La ansiedad y la angustia antes del DSM-IV. 

Textos clásicos de psicopatología.  


Tema X.  PSICOPATOLOGÍA Y FENOMENOLOGÍA DE LA NEUROSIS DE ANSIEDAD.

 Psicopatología clásica para residentes MIR y PIR psiquiatría. 

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Docencia residentes mir y pir psiquiatría y psicología de Aragón

            ¡Cuando aún no se hablaba de "neurosis de ansiedad", ni de "distimia", los clásicos nos explicaban los síntomas de la ansiedad y angustia enfermiza ¡.

Tema I:  Las neurosis de ansiedad.

                    En homenaje al erudito Robert Burton.

Nacido en Lindley (Inglaterra) en 1577. Estudio y vivió siempre en Oxford, donde murió en 1640.  Publica su obra magna en 1621: "The anatomy of Melancholy", la primera enciclopedia psiquiátrica, bajo el seudónimo de "Democritus Junior".

"Síntomas y señales de la mente: los afectos y las emociones".

Es este excelente texto, Robert Burton nos describe los síntomas de la ansiedad mórbida, y su relación con la melancolía. Leyendo este excelente texto de psicopatología, encontrarás todos los síntomas de la neurosis y distimia actual.

«temen lo que no hay que temerlo que no tiene importancia" Nos dice R. Burton de sus pacientes. 

¡un gozo para los alienistas¡


Nos dice Burton:

Arculano (InRhasis ad Almansor) considera que estos síntomas son infinitos, como de hecho lo son, y que varían de acuerdo con los individuos, «pues apenas uno de cada mil desvaría igual que otro» (Laurens, cap. 16).

El temor y la tristeza, que al igual que son causas frecuentes, del mismo modo, si perseveran durante mucho tiempo -de acuerdo con los aforismos de Hipócrates y Galeno- son señales seguras, compañeros inseparables y característicos de la melancolía.

"Algunos están realmente tristes, pero no temerosos; algunos temerosos, pero no tristes; y algunos ni temerosos ni tristes; algunos ambas cosas».

Habitualmente, y sin que haya ninguna causa:  

«temen lo que no hay que temer (Gordon), lo que no tiene importancia»; «aunque no todos temen igual», dice Altomari, «sin embargo lo hacen de forma semejante, algunos con un temor extraordinario y poderoso». (Areteo).

En cuanto abren los ojos, después de sueños terribles, inquietos, sus corazones apesadumbrados empiezan a suspirar. Están siempre quejosos, irritables, suspirando, doliéndose, quejándose, encontrando fallos, afligidos, envidiosos, llorando, heautontimorumenoi, «se castigan a sí mismos» mortificándose, están apesadumbrados, con pensamientos intranquilos, desasosegados, descontentos, ya sea por sus propios asuntos, ya por los de otros o por los públicos, aunque no les conciernan. Las cosas pasadas, presentes o futuras, el recuerdo de alguna desgracia, las pérdidas, daños, abusos, etc., les atormentan y reavivan, como si se hicieran de nuevo; si no, se afligen por cualquier peligro, pérdida, necesidad, vergüenza, miseria, que seguramente vendrán, como sospechan y desconfían.

«Muchos temen la muerte, y sin embargo, paradójicamente, se suicidan» (Galeno, De locis affectis,). Algunos tienen miedo de que se les caiga el cielo en la cabeza, otros de estar heridos o de poder estarlo.

«Se preocupan con escrúpulos de conciencia, desconfiando de las mercedes divinas, piensan que van a ir al infierno con seguridad, que el demonio les cogerá, y hacen grandes lamentos» (Jason Pratis).

El temor a los demonios, a la muerte, a que estarán muy enfermos de tal o cual enfermedad, prontos a temblar ante cualquier objeto, que morirán enseguida o que alguno de sus amigos más queridos o socios más cercanos están ciertamente muertos, el peligro inminente, la pérdida, la desgracia, etc.

De cómo, a través de la preocupación se puede perder la razón:

Creen que son enteros de cristal y por lo tanto no soportan que nadie se les acerque, o que son enteros de corcho, ligeros como plumas; otros se creen pesados como el plomo; algunos tienen miedo de que se les caiga la cabeza de encima de los hombros, creen tener ranas en el estómago, etc.

Uno «que no se atrevía a alejarse de casa paseando, por temor a desmayarse o morir». Otro «teme que todo el que se encuentre le robe, pelee con él o lo mate». Un tercero no se atreve a pasear solo, por temor a encontrarse al demonio, a un ladrón o a ponerse enfermo; teme a todas las ancianas pues las cree brujas, sospecha que todos los perros o gatos negros que ve son el demonio, que cada persona que se le acerca está embrujada, que toda criatura, todos, intentan perjudicarle, que buscan su ruina.

Otro, no se atreve a cruzar un puente, acercarse a una charca, una piedra, una colina empinada, a acostarse en una habitación donde haya travesaños por temor a verse tentado a suicidarse, ahogarse o precipitarse.

Otro, si está entre un auditorio silencioso, como en un sermón, tiene miedo de hablar alto de improviso, de decir algo indecente o inadecuado.

Si está cerrado en una habitación, tiene miedo de ahogarse por falta de aire, y siempre lleva consigo galletas, aguardiente o algún tipo de licor por temor a los desmayos o a estar enfermo.

Si está en una muchedumbre, en medio de la iglesia, en una multitud, de la que no puede salir bien, aunque esté sentado cómodamente, se ve afectado. Promete libremente llevar a cabo cualquier ocupación de antemano, pero cuando va a realizarla, no se atreve, sino que teme un número infinito de peligros, desastres, etc.

Algunos «tienen miedo de ser quemados, otros al rey, o de que el suelo se hunda bajo sus pies o les trague rápidamente o que el rey les llame a juicio por algo que nunca han hecho» (Al-Razí, Continens), «y que serán ejecutados con toda seguridad».

El terror de una muerte tal les trastorna, y temen tanto y se atormentan igual mentalmente «como los que han cometido un asesinato, y están pensativos sin razón, como si ya se les hubiera acusado de asesinato» (Platter, De mentis alienation).

Tienen miedo de alguna pérdida, de estar en algún peligro por el que puedan perder la vida, sus bienes y todo lo que tienen, pero no saben por qué.

Trincavelli (consil) tenía un paciente que quería suicidarse por temor a ser ahorcado, y durante tres años seguidos no se le pudo convencer de que no había matado a ningún hombre. Platter (Observationes, libro 1)tiene otros dos ejemplos de temerosos de ser ejecutados sin causa.

Si llegan a un sitio donde se ha cometido un robo, hurto u otro delito semejante, inmediatamente temen ser sospechosos, y muchas veces se descubren sin motivo. Luis XI, rey de Francia, sospechaba que todo el que se le acercaba era un traidor y no se atrevía a confiar en ningún oficial.

«Algunos temen a todos por igual, otros sólo a algunos» y no pueden soportar su compañía, enferman con ellos o si están lejos de casa. Otros siempre sospechan traición, otros «tienen miedo de sus amigos más queridos e íntimos» (Melanelio, E Galeno, Ruffo, Aetio) y no se atreven a estar solos en la oscuridad por temor a los duendes y demonios.

Aquél sospecha que todo lo que se ve u oye es un demonio o que está encantado, e imagina miles de quimeras y visiones que ve realmente en sus pensamientos, como: bichos, o que habla con negros, fantasmas, duendes, etc.

¡«Le espanta cualquier leve brisa, le sobresalta cualquier ruido»!

A otro no se le verá en la calle por vergüenza, sospecha, y timidez, «le gusta la oscuridad tanto como la vida y no puede soportar la luz» o sentarse en lugares luminosos, tiene el sombrero siempre sobre los ojos, no quiere ver ni ser visto voluntariamente (Hipócrates, Liber de insania et melancholia). No se atreve a estar acompañado por temor a ser maltratado, deshonrado, a excederse en los gestos o las palabras o a ponerse enfermo.

(de cómo de la sospecha neurótica se llega al delirio de perjuicio)

Piensa que todo el mundo le observa, le apunta, se burla de él, es malicioso con él. En su mayoría, «tienen miedo de ser embrujados, poseídos o envenenados por sus enemigos», y a veces sospechan de sus amigos más cercanos: «piensa que algo dentro de él habla o le dice algo, o que hablan de él, y que él arroja veneno», Cristóbal de Vega (libro 2, cap. 1) tenía un paciente tan afectado que no le podía reducir con ninguna persuasión o medicina.

De la aflicción a la hipocondría:

Algunos temen tener cualquier enfermedad temible que ven, oyen o leen que otros tienen, y por tanto no se atreven a oír o leer sobre ningún tema, no sólo de la melancolía, para no aplicarse a sí mismos lo que oyen o leen, pues lo agravarían y aumentarían.

Si ven a alguien poseído, embrujado, con un paroxismo epiléptico, un hombre agitado por la parálisis o mareado, tambaleándose, o en un lugar peligroso, etc., muchos días después les sigue rondado en la cabeza, temen estar así también, estar en un peligro semejante, como observa Perkins (en sus Cases of Conscience); y muchas veces, por la fuerza de la imaginación, lo provocan.

No pueden soportar ver ningún objeto terrible, como un monstruo, un hombre ejecutado, un cadáver, oír nombrar al demonio o ver algún suceso trágico, ya que tiemblan de miedo, «sueñan con duendes» (Luciano) y no pueden sacárselos de la cabeza después de mucho tiempo.

Se aplican a sí mismos todo lo que oyen, ven o leen. Apunta Felix Platter de algunos médicos jóvenes que, aprendiendo a curar enfermedades, las cogen, enferman y se apropian de todos los síntomas contados por otros y se los aplican a sí mismos.

Aconsejaría –nos dice Burton- al que ahora esté melancólico que no lea este tratado sobre los síntomas para que no se inquiete o empeore durante una temporada y se vuelva más melancólico de lo que estaba antes.

«se quejan por tonterías y temen sin causa», dice Areteo.

Siempre piensan que su melancolía es la más grave, y que nadie está tan mal como ellos, y aunque no haya ninguna relación, sin embargo seguro que nadie ha estado nunca tan afectado o de esta forma, en verdad tan atormentado y trastornado, en una agonía tan grande por tonterías (de las que se reirán después), como si fueran realmente los temas más materiales y esenciales sin duda dignos de temer, y no se convencerá de otra cosa.

Tranquilizadles de algún temor e inmediatamente se atormentan por otro, siempre temen algo que imaginan o conciben para sí neciamente, que quizá no ha existido nunca, nunca puede existir, ni probablemente existirá.

Se atormentan mentalmente por cualquier cosa, están intranquilos, se quejan siempre, están apesadumbrados, enfadados, son suspicaces, envidiosos, descontentos, y no pueden liberarse mientras continúe la melancolía. O si su mente está tranquila por el momento, y se liberan de peligros extraños, de accidentes externos, y sus cuerpos están destemplados, sospechan que una u otra parte está mal.

Ahora les duele la cabeza, el corazón, el estómago, el bazo, etc., están afectados, seguramente tendrán esta o aquella enfermedad; están siempre atormentados corporal o mentalmente, o ambos, y siempre están molestos por la flatulencia, la fantasía corrupta o alguna destemplanza accidental. Sin embargo, todos estos, como apunta Jacchinus, «en todo lo demás son sabios, formales, discretos, y no hacen nada que desdiga su dignidad, persona o lugar, salvo por este temor necio, ridículo e infantil», que tanto y tan continuamente les tortura y atormenta el alma.

La tristeza es, como atestiguan todos los escritores, la otra característica y compañera inseparable, tan inseparable como san Cosme y san Damián o el fiel Acates; un síntoma común, continuo y siempre sin ninguna causa evidente.

«Siempre están tristes, pero no pueden decir por qué» «nunca se ríen, están tristes, cogitabundos», parece como si acabasen de salir de la cueva de Trofonio y aunque se ríen muchas veces, y parecen estar muy felices (como lo estarán esporádicamente), sin embargo en un momento están otra vez torpes, obtusos y pesados, a la vez alegres y tristes, pero en su mayor parte tristes.

«Lo que gusta desaparece pronto, lo que disgusta se queda tenazmente». La tristeza persiste en ellos continuamente, corroyéndoles como el buitre hizo con las entrañas de Titio, y no pueden evitarlo.

La lúgubre Ate les mira con malos ojos, hasta tal punto que Areteo lo llama «opresión del alma», agonía perpetua. Apenas se les puede agradar o aliviar, y aunque en opinión de otros son muy felices, van, paran, corren, se apresuran, «como un jinete, cabalga tras de él», no pueden evitar esta plaga salvaje.

Aunque lleven la compañía que quieran, «la flecha mortal hiere su costado», como un ciervo que ha sido alcanzado, ya corra, vaya, descanse con el rebaño o solo, la pena continúa; la irresolución, la inconstancia, la vanidad mental, su temor, su tortura, preocupación, celos, sospecha, etc., continúan y no es posible aliviarlas.

Así se quejaba en el poeta: «Volvió a casa triste y apesadumbrado; sus criados hicieron todo lo que pudieron para agradarle: uno le quitó los calcetines, otro le preparó la cama, el tercero la sopa, todos se esforzaron lo más posible para suavizar su pena y alegrar su persona». Estaba profundamente melancólico, porque había perdido a su hijo y «eso le estaba torturando», era su dolor, su agonía, que no se podía quitar.

De ahí procede muchas veces el que estén hartos de vivir y que los pensamientos salvajes de violentar sus propias personas les vengan a la cabeza.

«El hastío de vivir» es un síntoma habitual, «el tiempo pasa despacio y sin diversión», pronto se cansan de todo; ahora se quedan, ahora se van; si están en la cama, se levantarán, si están levantados se irán a la cama; tan pronto estén complacidos, ya descontentos de nuevo; ahora les gusta todo, luego les disgusta, hastiados de todo; «ahora desean vivir, luego morir», dice Aureliano (libro 1).

La mayoría «desprecian la vida», están descontentos, inquietos, perplejos por cualquier causa o sin ella, y a menudo se sienten tentados, digo, de suicidarse: «no pueden vivir, no saben morir».

Se quejan, lloran, se lamentan, y piensan que llevan una vida miserable, nunca nadie ha estado antes así o tan mal; todos los pobres que ven son muy afortunados con respecto a ellos, cada mendigo que viene a su puerta es más feliz que ellos, estarían contentos de cambiar su vida por la de ellos, especialmente si están solos, ociosos, y lejos de su compañía habitual, molestos, disgustados, o provocados.

La pena, el temor, la agonía, el descontento, el cansancio, la pereza, la sospecha o alguna pasión semejante les atrapa con fuerza. Sin embargo, enseguida, cuando están con una compañía que les gusta o agrada, «condenan su disgusto anterior y están muy contentos de vivir», como observa Octavio Horaciano (libro 2, cap. 5). Y continúan así hasta que, con algún disgusto nuevo, se ven molestos otra vez y entonces están hartos de vivir, hartos de todo, quieren morir, y muestran más necesidad que deseo de vivir.

El emperador Claudio, según lo describe Suetonio, tenía una enfermedad de este tipo, pues cuando se veía atormentado por el dolor de estómago, le venía la idea de suicidarse.

La sospecha y los celos son síntomas generales: normalmente son desconfiados, inclinados a equivocarse y a exagerar, «fácilmente irascibles», enojadizos, malhumorados, impacientes y propensos a gruñir por el mínimo motivo, «con sus mejores amigos», y sin motivo, «se ofenderán, haya o no causa».

Si hablan en broma, se lo toma en serio. Si no se les saluda, invita, consulta o se les pide consejo, etc., o se descuida el respeto hacia ellos, una pequeña cortesía o ceremonia, piensan que no se les hace caso y se les desprecia; esto les atormenta durante un tiempo.

Si dos hablan entre sí, conversan, susurran, bromean, o cuentan una historia en general, piensa inmediatamente que se refieren a él, todo se lo aplica a sí mismo. O si hablan con él, está dispuesto a confundir cualquier palabra que digan e interpretarlo mal.

No puede soportar que nadie le mire fijamente, ni casi que le hable, se ría, bromee o sea íntimo, o que tosa, se ría, o escupa o haga cierto ruido a veces, etc. Piensa que se ríen de él o le señalan a él, o lo hacen para su deshonra, que le embaucan o le desprecian.

Piensa que todo el mundo le mira, y él se pone pálido, rojo: suda de temor e ira si alguien le observa. Se excita por ello y, mucho después, esta idea falsa del maltrato le atormenta.

Son inconstantes en todas sus acciones, vertiginosos, inquietos, incapaces de resolver ningún asunto; quieren y no quieren, se convencen a favor y en contra con cualquier motivo o palabra que se diga. Y sin embargo, si se deciden de una vez, son obstinados, difíciles de resignar.

Sin embargo, en la mayoría de las cosas vacilan, son irresolutos, incapaces de decidir, por temor; «ya son gastadores, ya avaros, y de repente se arrepienten de lo que han hecho» (Areteo), de modo que de ambas formas se atormentan: lo hagan o no, quieran o tengan, acierten o se equivoquen, se intranquilizan por todo, se cansan pronto y siempre buscan cambiar, son inquietos, volubles, huidizos, no pueden soportar estar en un sitio demasiado pequeño.

«En Roma, le gustaría ir al campo; una vez allí, alaba la ciudad hasta el infinito».

No soportan compañía durante mucho tiempo, ni persevera en una acción u ocupación.

A veces le gusta, otras veces le disgusta. Como a quien le han picado las pulgas y no puede dormir, y da vueltas en la cama de un lado a otro, sus mentes inquietas se agitan y varían.

No tienen paciencia para acabar de leer un libro, para acabar un juego o dos, andar una milla, estar sentados una hora, etc.

Se animan y desaniman en un momento; se animan a emprender algo y con una sola palabra se desaniman de nuevo.

Son extremadamente apasionados, «y lo que quieren, lo buscan frenéticamente», siempre están ansiosos y muy anhelantes, desconfiados y temerosos, envidiosos, maliciosos; un rato dadivosos, otro ahorrativos, pero en su mayor parte codiciosos, murmurando, quejándose, descontentos y siempre lamentándose, envidiosos, malhumorados, «inclinados a la venganza», enseguida atormentados y muy violentos en sus imaginaciones; no son afables en el habla ni propensos a las cortesías usuales, sino rudos, torpes, tristes, austeros.

Siempre están pensativos, muy absortos y, como pinta Alberto Durero a la Melancolía, como una mujer triste y que se apoya en el brazo con unos libros determinados, ropas descuidadas, etc.; algunos la consideran orgullosa, suave, tonta o medio loca, como veían los abderitas a Demócrito, y sin embargo tiene gran capacidad, excelente entendimiento, es juiciosa, sabia e ingeniosa. Pues yo soy de la opinión del noble –nos dice Burton- «la melancolía mejora la comprensión del hombre más que ningún otro humor», adelanta sus meditaciones más que cualquier bebida fuerte o vino blanco seco.

Tienen un juicio profundo en algunas cosas, aunque en otras «son inquietos y no juzgan correctamente», dice Fracastoro (De intellectione). Y, como lo considera Arculano (In Rhasis, cap. 16), «su juicio es normalmente perverso y corrupto, puesto que consideran honesto lo deshonesto y a los amigos como enemigos», abusan de sus mejores amigos y no se atreven a ofender a sus enemigos.

Son cobardes en su mayor parte, «y temen ofender», dice Cardano (De rerum varietate), y si por causalidad se exceden en palabras o en hechos o descuidan u olvidan alguna pequeña tarea o circunstancia, se atormentan miserablemente y se inventan mil peligros e inconvenientes, «hacen de una mosca un elefante», si lo imaginan una vez.

Se alegran en exceso con cualquier rumor bueno, cualquier historia o suceso prósperos, se conmueven fuera de sí; de nuevo, por la mínima desgracia, por malas noticias, por un perjuicio erróneo, una pérdida, un peligro, se afligen desmesuradamente, con gran agonía, están perplejos, abatidos, asombrados, impacientes, totalmente hundidos; temerosos, sospechando de todo.

Sin embargo, también muchos son cerebros de mosquito desesperados, temerarios, descuidados, propensos a ser asesinados al carecer de todo temor y tristeza; de acuerdo con Hércules de Sajonia, son «muy audaces, y se atreven a andar solos de noche por lugares desiertos y peligrosos, sin tener miedo de nadie».

«Son propensos al amor y fáciles de atrapar» (Montalto, cap. 21), se enamoran rápidamente, y desvarían por todo. Aman mucho hasta que ven a otra y se vuelven locos por ella, «y ésta, y ésta, y aquélla y todas». La actual les enternece más, y normalmente a la última la quieren más. Sin embargo, también algunos son «enemigos del amor», no pueden soportar ver a una mujer, aborrecen el sexo, como el anacoreta que cayó en una parálisis fría cuando se le puso ante él una mujer.

No pueden olvidarlo, no pueden descansar o dormir por ello, sino que se atormentan siempre; «soportan los tormentos de Sísifo», como observa Brunner.

«perpetuamente sufriendo y bajo un látigo miserable».

Es el rubor un síntoma común; «una modestia exagerada o pervertida» es algo que les obsesiona y atormenta. Si se les ha maltratado, ridiculizado, difamado, regañado, etc., o están afectados por alguna perturbación mental, les atormenta hasta tal punto que muchas veces se desaniman y están tan descorazonados y abatidos que no se atreven a salir (especialmente con compañías extrañas) o a llevar a cabo sus asuntos ordinarios.

Son tan infantiles, temerosos y pudorosos que no pueden mirar a nadie a la cara; algunos se inquietan más en este aspecto, algunos menos, unos más tiempo, otros menos o esporádicamente,  etc. Aunque otros, por el contrario (de acuerdo con Fracastoro) son «impúdicos e impertinentes».

En su mayor parte son vergonzosos, y eso hace que, rechacen los honores, oficios y ascensos que a veces les proponen.

No pueden hablar ni extenderse como otros, «el temor y la vergüenza les impiden su conducta», se contentan con la situación actual, sin desear encargarse de ningún oficio, y por lo tanto nunca pueden ascender. Por ese motivo, pocas veces visitan a sus amigos, salvo a algunos familiares; son de pocas palabras, y muy a menudo están totalmente callados. Frambesarius, tenía dos pacientes así, «totalmente taciturnos»; sus amigos no podían conseguir que hablaran. Rodrigo de Fonseca (Consultationes), da el ejemplo de un joven de veintisiete años que estaba frecuentemente callado, vergonzoso, atontado, solitario, que no quería tomar su comida ni dormir y, sin embargo, esporádicamente, era capaz de nuevo de tener hambre, etc.

La mayoría son, como apunta Platter, «negligentes, taciturnos, tardos, apenas se les puede obligar a que hagan lo que les atañe», aunque sea para su bien, al ser tan tímidos, apocados, de poca o ninguna cortesía, insociables, difíciles de relacionar, especialmente con extraños.

Prefieren escribir sus ideas a hablar y, por encima de todo, les gusta la soledad.

«¿Están así de solos por placer o por temor?». Por ambos. Sin embargo, yo pienso que es más bien por temor y tristeza, etc.:

«De ahí que se apenen y teman, evitando la luz, y que se encierren en prisiones oscuras a la vista».

Como Belerofonte en Homero, «Que vagaba triste por los bosques, solo, alejándose de la compañía humana, haciendo grandes lamentos».

Se deleitan con las riadas y las aguas, los lugares desiertos, les gusta pasear solos por huertos, jardines, paseos privados, calles traseras.

Evitan la compañía, como Diógenes en su tonel, o Timón el Misántropo, aborrecen a todos sus compañeros, incluso a sus conocidos más cercanos, y amigos más íntimos, pues tienen la idea -digo- de que todo el mundo les observa, que se van a burlar o reír de ellos o les van a maltratar y, por lo tanto, se encierran en sus casas o habitaciones privadas.

«huyen de los hombres sin motivo (dice AlRazí, Continens) y les odian»; se ponen a dieta, se alimentan y viven solos. Ésta era una de las principales razones por las que los ciudadanos de Abdera sospechaban que Demócrito estaba melancólico y loco, porque, como contaba Hipócrates en su epístola a Filopomeno, «abandonó la ciudad, vivía en arboledas y árboles huecos, en una rivera verde al lado de un río o en una confluencia de aguas todo el día y toda la noche» «lo cual es común entre los melancólicos».

Aunque estos síntomas sean comunes y probables en todas las personas, sin embargo son mucho más notables, frecuentes, furiosos y violentos en los melancólicos. Por decirlo en una palabra, no hay nada tan vano, absurdo, ridículo, extravagante, imposible, increíble, una quimera tan monstruosa, tan prodigiosa y extraña, que ni los pintores y poetas se atrevan a plasmarla, que en verdad no teman, fantaseen, sospechen o imaginen en su interior. Y lo que decía Luís Vives, en broma, de un campesino estúpido -que mató a su burro por beberse la Luna, «para poder devolver la Luna al mundo»- se puede decir de ellos en serio: actúan, conciben todo lo más extremo, todas las contrariedades y contradicciones, y en sus infinitas variedades.

«Hasta tal punto que apenas dos de cada dos mil coinciden con los mismos síntomas» ("Erastus», De lamiis).

La torre de Babel nunca produjo tanta confusión de lenguas como la variedad de síntomas que produce el caos de los melancólicos. En todos los melancólicos hay, como en las caras de los hombres, «una semejanza disímil», siempre. Y, como cuando nos bañamos en un río en el mismo sitio, no siempre es la misma agua numérica; al igual que el mismo instrumento proporciona diversas lecciones, así la misma enfermedad produce diversidad de síntomas. Y aunque sean distintos, intrincados, y difíciles de limitar, me aventuraré en tan vasta confusión y generalidad para explicarlos en un cierto orden y así descender a los particulares.

 Así concluye R. Burton su capítulo de Anatomía de la Melancolía.