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Profesión de fe del Vicario Saboyano (Nota crítica)

 

INTRODUCCIÓN: La Profesión de fe del Vicario Saboyano forma parte de la conocida obra de Rousseau sobre educación, El Emilio. En esta obra expone el ginebrino su clásica teoría educativa estudiada desde entonces por la pedagogía. Emilio debe ser educado tratando de mantenerle en el estado de naturaleza del que nunca debió el hombre alejarse. Sin embargo, hay que advertir que según el mismo Rousseau, dicho estado de naturaleza ni ha existido, ni existe, ni existirá nunca. No es ningún hecho histórico al que hay que retroceder en el tiempo para encontrar a un ser humano primitivo. Es solamente un estado teórico que sería el resultado de quitar al estado de cosas actual todo lo que tiene de artificial. Por eso hay que advertir ya desde ahora que es un error pensar que Rousseau propone una vuelta al estado de naturaleza, como muchos ilustrados entendieron[1]. Sin embargo, dicho estado según él conviene tenerlo muy en cuenta a la hora de elaborar un sistema educativo y una forma de gobierno que no esté corrompida por las perversas costumbres de unos hombres que estiman mucho más el “parecer” que el “ser”.

 En el apartado objeto de esta nota crítica La Profesión de fe del Vicario Saboyano, apenas aparecen proposiciones sobre la educación pero sí se tratan de establecer las bases filosóficas para ella. Como buen escritor que es, Rousseau recurre a un artificio literario consistente en personalizar en un Vicario de Saboya con problemas de ortodoxia doctrinal y moral, sus propias teorías filosóficas. Hay que añadir además, que estas teorías sirvieron de inspiración a Kant para sus Crítica de la Razón Pura y también de la Razón Práctica. Sin temor a equivocarnos podemos suponer que la anécdota que suele contarse de Kant de haber abandonado sus paseos metódicos con motivo de la lectura del Emilio puede atribuirse con mayor precisión al apartado que ahora estudiamos. A lo largo de este estudio iremos puntualizando mejor esa influencia.

El vicario revela a un pobre fugitivo en dificultades las propias profundidades de su alma con el fin de ayudarle y que no se pierda moralmente. Más adelante sabremos que el papel del expatriado se corresponde con el propio Rousseau que nos da así, algunos detalles de su biografía. No conocemos con exactitud cuánto hay de realidad en lo que dice y cuánto de recurso literario:

Hace treinta años que en una ciudad de Italia un joven expatriado se veía reducido a la última miseria. Había nacido calvinista, pero a consecuencia de una locura de joven, hallándose fugitivo en un país extraño y sin recursos, cambió de religión para tener pan.  

Y más adelante el vicario dirigiéndose al expatriado (Rousseau) se expresa de esta manera:

"Verteré en vuestro pecho - me dijo, abrazándome -, todos los sentimientos de mi corazón. Me veréis, si no tal como soy, al menos tal como yo me veo. Después de que hayáis oído mi completa profesión de fe, cuando conozcáis bien el estado de mi alma, sabréis por qué me considero feliz, y, si pensáis como yo, lo que debéis hacer para serlo.

 EL GIRO PRÁCTICO. A destacar, nada más comenzar esta disertación crítica, que estamos verdaderamente ante una profesión de fe y no ante sesudos razonamientos de filósofos. Esto significa que Rousseau no tiene interés en descifrar los grandes enigmas de la filosofía para los que se considera incapaz, sino dar un giro práctico, es decir, abordar directamente lo que, según él, hace posible ser feliz al hombre y que no es otra cosa que la práctica de la virtud. Fiel a la prioridad que concede al sentimiento[2] por delante de la razón, considera a los filósofos arrogantes y falsos y por eso, la fe que profesa y la que propone a Emilio es la de un hombre honesto que, como se ha dicho, lo único que quiere es ser feliz. Para lograrlo poco le importan todos los argumentos de los filósofos[3] y hombres de ciencia que han conducido a la humanidad a ser cada vez más desarrollada, pero mucho más infeliz. En sus obras anteriores Discursos sobre las Ciencias y las Artes y el Discurso sobre la Desigualdad de los hombres, escritos de combate rousseaunianos, ha desarrollado ampliamente estas ideas. Existe pues un giro práctico en los intereses del ginebrino. Así pues, mucho más que conocer lo que nos rodea concierne saber qué es lo que hay que hacer. Lo que de verdad nos atañe es ser feliz y para Rousseau, no está claro que haga falta de grandes teorías para conseguirlo. De hecho, parece más bien que es el ilustrado[4] el hombre más arrogante pero más desdichado y preocupado por el futuro. Hay en estas tesis un cierto sabor a “Elogio de la locura” de Erasmo de Rótterdam. O bien, e interpretado más modernamente, y muy libremente, una apuesta por la felicidad y la bondad de Forrest Gamp[5]. Todo ello frente a la envidia generalizada de los que compiten por llegar a la excelencia académica y/o profesional- social a costa de lo que sea.

 En un alarde de sinceridad y nada más comenzar su confesión, el vicario nos revela el origen tan poco sobrenatural de su vocación y el poco aprecio que tiene por el celibato:

Yo nací pobre y campesino, destinado por mi condición a cultivar la tierra, pero creyeron que era mejor que aprendiese a ganarme el pan con el oficio de sacerdote, y encontraron la forma de hacerme estudiar. Con toda certeza, ni mis padres ni yo teníamos con ello intención alguna de averiguar lo que era bueno, verdadero y útil, sino lo que precisaba saber para poder ser ordenado. Aprendí lo que se quería que aprendiese, dije lo que se quería que dijese, me obligué como quisieron, y fui hecho sacerdote. Pero no tardé en sentir que, cuando me obligué a dejar de ser hombre, había prometido más de lo que podía cumplir.”.

LA NATURALEZA. Con semejantes presupuestos puede anticiparse ya el tono del resto de su confidencia. Se pone en tela de juicio el celibato sacerdotal y se critica de paso la condición de muchos clérigos que, según esos postulados, habrían llegado a la condición clerical poco menos que engañados. Para nada tiene en cuenta Rousseau el celibato como una gracia de Dios; como un don que supera a la naturaleza, ni quiere entender que, con los estudios teológicos necesarios a los que alude, se está aprendiendo no solo lo que es bueno y verdadero en teoría, sino también a practicarlo, lo que es mucho más importante como él mismo reconoce. Para decirlo claramente, el ginebrino no cree que la gracia supere a la naturaleza cuando recela de que Dios pueda dar a sus sacerdotes el don del celibato. Que éste conlleve consecuentemente a la renuncia del ejercicio de la natural sexualidad le parece excesivo.

La falta de cumplimiento del celibato, públicamente descubierta, hizo caer en desgracia al vicario ante la autoridad eclesiástica. Este grave contratiempo produjo en él, según nos cuenta, una profunda crisis existencial de la que solo saldrá replanteándose de nuevo sus esquemas vitales de pensamiento:

Consulté a los filósofos, examiné sus libros, estudié sus distintas opiniones, y los encontré arrogantes, afirmativos y dogmáticos hasta en su pretendido escepticismo; no ignoraban nada, no probaban nada, y se burlaban los unos de los otros; este punto común a todos me pareció el único en que todos tienen razón.(…) Me di cuenta de que la insuficiencia del espíritu humano es la primera causa de esta prodigiosa diversidad de sentimientos y que el orgullo es la segunda. No tenemos la medida de esta máquina inmensa, no podemos calcular sus relaciones; no conocemos ni sus primeras leyes, ni su causa final; nos ignoramos a nosotros mismos; no conocemos ni nuestra naturaleza ni nuestro principio activo; apenas sabemos si el hombre es un ser simple o compuesto; misterios impenetrables nos acosan por todas partes, pues ellos son superiores a la región sensible; creemos tener inteligencia para penetrarlos y sólo tenemos imaginación.

LOS LÍMITES DE LA RAZÓN. Clásicamente se suele considerar a Kant como el primero que postula unos límites a la razón humana en su Crítica de la Razón Pura. Sin embargo es bastante claro el texto anterior para comprobar dónde obtuvo la inspiración. El espíritu humano no llega a tanto como quisieran los metafísicos, según Rousseau, y desde luego según Kant. Vemos pues que la crítica a la metafísica kantiana es anticipada por Rousseau con la diferencia de que, lo que son aquí intuiciones geniales serán en Kant largas cadenas de razonamientos. Pero ya están puestas las bases, que no son otras que las apreciadas también en Hume: ese cierto empirismo que se puede leer al final: creemos tener inteligencia (universal) y sólo tenemos imaginación (particular). O como dirá Hume de otro modo, las ideas (todas) son copias de impresiones (de los sentidos). Y así no hay metafísica posible.

Y poco más adelante: “El primer fruto que obtuve de estas reflexiones fue aprender a marcar un límite a mis investigaciones sobre lo que me interesaba de una forma inmediata, a vivir con sosiego en una profunda ignorancia de todo lo demás y a no inquietarme hasta la duda, sino por las cosas que me importaba saber.”

Pero ahora no necesita de ninguna metafísica racional sino del convencimiento del corazón que según él nunca miente: Llevando, pues, en mí el amor a la verdad por toda filosofía, y por todo método una regla fácil y simple que me dispensa de la vana sutileza de los argumentos, retomo por esta regla el examen de los conocimientos que me interesan, resuelto a admitir como evidentes todos aquellos a los que, en la sinceridad de mi corazón, no pueda negarles asentimiento, por verdaderos todos los que me parezcan tener una conexión necesaria con estos primeros, y a dejar todos los demás en la incertidumbre (…)

LOS TRES ARTÍCULOS DE FE. Y en su corazón Rousseau encuentra tres artículos de fe. Sin embargo para llegar a ellos no tiene inconveniente Rousseau de usar ciertos razonamientos bastante elaborados que no vamos a comentar[6]:

1.   “Creo, pues, que una voluntad mueve el universo y anima la materia. He ahí mi primer dogma o mi primer artículo de fe.

2.   Si la materia movida me muestra una voluntad, la materia movida según ciertas leyes me muestra una inteligencia: éste es mi segundo artículo de fe.

3.   (…) el hombre es libre en sus acciones y, como tal, está animado de una sustancia inmaterial. Éste es mi tercer artículo de fe.”[7]

 

Rousseau llega así a la existencia de un Dios con voluntad providente e inteligente, y a la libertad del hombre fruto de su alma inmaterial. De este modo rechaza de plano el materialismo ciego de algunos ilustrados y aceptando, casi como otro dogma, el dualismo antropológico de Descartes al que cita de pasada. No obstante entre Descartes y Rousseau existen muchas diferencias principalmente el racionalismo de aquél que éste no acepta.

 Rousseau ve, como Kant, necesarias para la ética la existencia de Dios, la libertad del hombre y la existencia del alma para construir la tesis de que virtud y felicidad están claramente asociadas. El hombre virtuoso es el hombre feliz y por el contrario el vicioso es el más desventurado de los hombres. Todo ello apoyado en la necesaria libertad del hombre que se demuestra curiosamente por el sentimiento de los remordimientos. Ellos prueban que podría haber hecho otra cosa. La virtud es posible y deseable y tiene premio (la felicidad) y el vicio, por el contrario, lleva consigo la penitencia de la desdicha[8]. Sin embargo, con el buen fin de destacar que ya en esta vida los malos tienen en sí mismos asegurada su desgracia, admite la posibilidad de que Dios no los condene para siempre[9], poniéndose otra vez al margen de la ortodoxia cristiana.

 LA RELIGIÓN NATURAL. Más adelante Rousseau insiste otra vez, contra todos los filósofos racionalistas e ilustrados, que en el hombre el sentimiento es anterior a la inteligencia[10] y que es aquél el que nos hace verdaderamente humanos. Y lo vuelve a proponer así para justificar ahora una religión natural que todo hombre alberga en su corazón y que se haría de este modo obligatoria para cada uno. Las religiones positivas son para Rousseau todas ellas falsas porque son producto de los propios hombres: “Jamás concebiré que lo que todo hombre está obligado a saber esté encerrado en unos libros” y eso por dos motivos, uno porque muchos no saben leer y otro porque las lenguas en los que están escritos ya no se entienden hoy. De paso alude Rousseau a que no le valen las traducciones porque nunca son del todo fiables. E incluso se pregunta para qué Dios ha de complicarlo tanto pudiendo hablarle al hombre a su corazón. Por eso, la religión natural sería la única que Dios ha infundido a todos los hombres en el fondo de su conciencia. Las religiones falsamente “reveladas”, según él, encierran demasiadas diferencias entre sí y son excesivamente complicadas para algunas conciencias, como para aspirar a ser verdaderas. Según Rousseau, para llegar a todos, Dios utilizaría la inspiración general al corazón de los hombres siempre en el silencio de las pasiones, y en el fondo de la conciencia. Todo hombre sería capaz de oír la voz de Dios y seguirla. Pero Rousseau no explica cuándo el hombre puede verse libre de esas pasiones y, por tanto está disponible para oír la voz de Dios en ese fondo de la conciencia. Indudablemente Rousseau percibe con claridad esa dificultad, pero no la resuelve.

 Desde luego, Rousseau tampoco rechaza completamente las religiones reveladas sino que las relativiza poniendo como esencial la religión del corazón, la religión natural. No escatima elogios al evangelio, pero rechazando todos los milagros, es decir lo que juzga de “irracional”: (…) el Evangelio tiene caracteres de verdad tan grandes, tan sorprendentes, tan perfectamente inimitables, que el inventor sería más digno de admiración que el héroe. A pesar de todo, el mismo Evangelio está lleno de cosas increíbles que repugnan a la razón y que no es posible que las conciba ni las admita ningún hombre sensato”[11]. Nuestro autor asume únicamente lo que de moral encuentra en el evangelio soslayando su carácter sobrenatural. No concibe que la doctrina y la conducta de Jesús, -a la que tantos elogios dirige-, se deba a algo verdaderamente extraordinario como que este sea el Hijo de Dios. Termina el vicario afirmando que no hay por qué rechazar las religiones reveladas que estén fundadas en la religión universal natural. El criterio que hay que seguir es el de asumir las obligaciones morales comunes a todos los hombres dejando plena libertad en lo demás para seguir los ritos que uno quiera. Afirma el vicario que desde que ha adoptado estas normas celebra la misa con mucha más devoción que antes. Ahora la honra mucho más puesto que lo hace desde el fondo de su corazón.

 En parte, el relativismo cultural y religioso actual bebe en fuentes del ginebrino.



[1] Este error fue la causa de muchas de las dificultades que el propio Rousseau experimentó en sus relaciones.

[2] En el texto:“No quiero argumentar con vos ni menos tratar de convenceros; me es suficiente exponeros todo lo que pienso con la simplicidad de mi corazón

[3] En el texto: “Yo no soy un gran filósofo, ni me preocupo de serlo. Pero tengo a veces sentido común y siempre amé la verdad”

[4] Señalamos que Rousseau no se considera a sí mismo un ilustrado, como por otra parte ha sido considerado por la historia.

[5] Película galardonada con varios oscars en la que se apuesta con decisión por la bondad del “tonto pero generoso” protagonista que choca frontalmente con una sociedad cruel y competitiva.

[6] Es posible que para el propio Rousseau no sean plenamente convincentes y de ahí que termine por proponerlos como “fe” y no como filosofía a la que ha denostado anteriormente.

[7] Cf. Rousseau. El Emilio. Profesión de fe … .

[8] En el texto: ¿Qué necesidad hay de buscar el infierno en la otra vida? Él reside en ésta, en el corazón de los malvados.

[9] ¡Oh, Ser clemente y bueno!, sean los que sean tus decretos, los adoro; si castigas a los malvados, yo someto mi débil razón ante tu justicia. Pero si los remordimientos de estos desventurados deben extinguirse con el tiempo, si sus males han de tener fin, y si la misma paz nos espera igualmente a todos un día, te alabo por ello.

[10]“Existir, para nosotros, es sentir; nuestra sensibilidad es irrefutablemente anterior a nuestra inteligencia, y hemos tenido sentimientos antes que ideas. Sea cual sea la causa de nuestro ser, ella ha provisto nuestra conservación dándonos sentimientos que convienen a nuestra naturaleza, y no puede negarse que éstos al menos son innatos. En lo que se refiere al individuo, estos sentimientos son el amor de sí, el miedo al dolor, el horror a la muerte y el deseo de bienestar”.

[11] Cf. Rousseau. O. cit.