La Epístola de Pablo a Tito es de naturaleza muy semejante a las que dirigió a Timoteo. Leemos bastantes cosas de este Tito. Era griego (Gá. 2:3). Pablo lo llama su hijo (Tit. 1:4), su hermano (2 Co. 2:13), su compañero y colaborador (2 Co. 8:23). Subió con los apóstoles a la iglesia de Jerusalén (Gá. 2:1) y se relacionó mucho con la iglesia de Corinto, en cuyos asuntos puso mucho interés y diligencia (2 Co. 8:16). La segunda epístola de Pablo a los corintios fue enviada por su mano (2 Co. 8:16–18, 23; 9:2– 4; 12:18). Estuvo con el apóstol en Roma, y de allí marchó a Dalmacia (2 Ti. 4:10), después de lo cual ya no se hace mención de él en las Escrituras. En Creta había echado el Evangelio algunas raíces, y allí se encontraban Pablo y Tito en uno de sus viajes; pero el apóstol no pudo detenerse por mucho tiempo allí. Por consiguiente, dejó allí a Tito por algún tiempo, para que llevara adelante la obra que había sido comenzada en aquel lugar. La presente epístola se la dirigió Pablo desde Macedonia o desde Nicópolis. Entre las materias más importantes que trata en ella, destacan: las cualificaciones que requiere para los ancianos de la iglesia (1:5–9), varias instrucciones a grupos de diversas edades (2:1–8), las relaciones con el gobierno (3:1, 2) y la relación de la regeneración espiritual con las obras y con el Espíritu (3:5).
Para la división de la epístola, usamos, como en otras ocasiones, los epígrafes de la Ryrie Study Bible:
I. Saludos iniciales (1:1–4).
II. Los ancianos en la iglesia (1:5–9).
III. Los ofensores en la iglesia (1:10–16).
IV. Diversos quehaceres en la iglesia (2:1–3:11).
V. Mensajes personales y saludos (3:12–15).
1. Pablo comienza con un largo saludo (65 palabras en el original), sólo inferior en largura al de las epístolas a los romanos (93 palabras) y a los gálatas (75 palabras). Como en Romanos 1:1, se llama a sí mismo «siervo» (gr. doúlos) y «apóstol». También como en Romanos (y en otras epístolas), su saludo- bendición menciona (v. 4) «gracia y paz», pues la añadidura de «misericordia», que se halla bien atestiguada en las dos epístolas a Timoteo, no se halla aquí, según los MSS más importantes. También es de notar que la expresión «siervo de Dios» (v. 1) solamente aparece aquí, mientras que en Romanos y Filipenses hallamos «siervo de Jesucristo».
2. Conforme a las particulares características de la epístola, el saludo toma también un sesgo especial (vv. 1b–3): «… para llevar a los elegidos con la esperanza puesta en la vida eterna, que prometió desde la eternidad el Dios que no puede mentir y que ahora, a su debido tiempo, ha sacado a la luz su palabra por medio de la predicación que me ha sido confiada por orden de Dios nuestro Salvador» (NVI). Los siguientes puntos requieren análisis especial:
(A) El original del versículo 1 dice: «… y apóstol de Jesucristo conforme a (gr. katá) la fe de los elegidos de Dios», pero es menester dar a la preposición katá un sentido final, como en 2 Timoteo 1:1, según la interpretan la mayoría de los autores modernos, al seguir a los antiguos escritores griegos de la Iglesia. La fe de los elegidos de Dios viene por el oír la Palabra de Dios, y para oír la Palabra de Dios hace falta que haya quien la proclame. Ahora bien, un apóstol es un embajador de Cristo con las necesarias garantías de credibilidad. Ésta, y no otra, es la razón por la que Pablo no se olvida de mencionar sus credenciales de apóstol al comienzo de sus cartas.
(B) Pero la verdad del Evangelio no va dirigida solamente al intelecto, sino también, y de modo principal, a que se traduzca en una vida santa. Por eso dice Pablo: «al conocimiento de la verdad que conduce a (de nuevo, katá) la piedad». Pablo llama a dicho conocimiento epígnosis (lit. superconocimiento), porque no es una gnosis intelectual (1 Co. 8:1b), sino más bien un reconocimiento de lo que la revelación de Dios significa para la eterna salvación del hombre. Dice Collantes: «Esta fe, así como lleva consigo el conocimiento especulativo de la realidad sobrenatural, también tiende a modelar la vida conforme a la piedad, porque es simplemente la única que establece las relaciones justas y debidas entre el hombre y Dios».
(C) Dependiendo de todo lo que antecede (no sólo de «que conduce a la piedad»), Pablo viene a decir que su apostolado, lo mismo que la fe de los que creen mediante su predicación, tiene una base firme:
«sobre la esperanza de la vida eterna» (v. 2, lit.). Esta esperanza, a su vez, está basada en la promesa de un Dios que no puede mentir. Este Dios tenía su plan de salvación oculto en su seno desde la eternidad, pero ahora, a su debido tiempo (v. 3) manifestó su palabra (lit.), es decir, ha dado a conocer su decisión eterna de salvar al hombre en un mensaje que ha encomendado al apóstol para que lo proclame a los cuatro vientos. No es un encargo opcional, que Pablo podría administrar según le pareciese, sino que le ha sido encomendado «conforme al mandato (gr. epitaguén) de Dios nuestro Salvador» (lit.). No se puede olvidar que en el origen del plan de nuestra salvación está Dios, es decir, Dios Padre (comp. con Hch. 2:23, entre otros lugares). Jesucristo es el medio por el cual (y en el cual, 2 Co. 5:19) se llevó a cabo nuestra redención.
3. A continuación (v. 4) viene la dirección del destinatario de la epístola: «a Tito, verdadero (gr. gnésio, genuino, como en 1 Ti. 1:2) hijo en la fe común», es decir, en la creencia cristiana (fe objetiva) que ambos, Pablo y Tito (con todos los demás cristianos) comparten. La bendición que sigue a continuación es parecida a la que dirigió a Timoteo en sus dos cartas, con dos únicas variantes: (a) en 1 Timoteo 1:2; 2 Timoteo 1:2, dice: «Gracia, misericordia y paz»; aquí, como ya dijimos anteriormente, lo de «misericordia» carece de la necesaria garantía en el original; (b) en los citados lugares de 1 y 2 Timoteo, dice «… Cristo Jesús nuestro Señor»; aquí, en cambio, dice: «… Cristo Jesús nuestro Salvador»; algo que se pone de relieve en tal forma en toda esta epístola, que el vocablo Salvador sale tantas veces (seis) como entre todas las epístolas del apóstol juntas.
Versículo 5
Sin más preámbulos, el apóstol entra en materia y especificar el motivo por el que dejó a Tito en Creta: «para que acabases de poner en orden lo que quedó sin terminar y establecieses ancianos en cada ciudad, de acuerdo con las instrucciones que te di» (NVI). El verbo apoleípo que el apóstol usa para decir «te dejé», muestra bien a las claras que Pablo salió de Creta y dejó a Tito allí. El Libro de Hechos no menciona este detalle. Dos son las conjeturas: 1) «Pablo pasó por Creta cuando iba prisionero hacia Roma durante el otoño del año 60» (Collantes). 2) Estuvo en Creta inmediatamente después de salir de su primer encarcelamiento. Ésta es la conjetura que suma más probabilidades, en opinión de la mayoría de los autores. Por lo que Pablo dice, tanto él como Tito pusieron manos a la obra de organizar la iglesia en Creta, pero quedaron muchas cosas sin terminar, entre ellas, la designación de ancianos en las iglesias (comp. con Hch. 14:23). El apóstol le había dado de palabra las instrucciones necesarias, pero las repite por carta, para conveniencia de Tito (y nuestra, en todas las edades).
Versículos 6–16
También sin preámbulos, pasa el apóstol a enumerar las cualidades que han de adornar a los que ejercen el ministerio específico en la iglesia (vv. 6–9), así como lo que hay que hacer con los que carecen de tales cualidades (vv. 10–16).
1. Lo primero que salta a la vista es la identidad de «anciano» y «supervisor» (que suele traducirse por «obispo»), pues bastaría para ello leer seguidos el versículo 5 y el 7, si no fuese suficiente testimonio la lectura de Hechos 20:17, 28, donde Lucas los identifica igualmente. Las cualificaciones que en ellos requiere el apóstol son semejantes a las que menciona a Timoteo (1 Ti. 3:2 y ss.). Analizaremos aquí solamente las que no aparecen en 1 Timoteo.
(A) El vocablo griego (v. 6) anénkletos (lit. que no debe ser llamado a rendir cuentas), y distinto del que usa en 1 Timoteo 3:2 para el supervisor, es el mismo que emplea en 1 Timoteo 3:10 para los diáconos. Va, pues, muy descaminado J. Collantes, al decir que (probablemente) se refiere a uno «que se llamaría obispo (inspector)». Lo de «marido de una sola mujer», lo vimos en 1 Timoteo 3:2.
(B) Sigue diciendo que: «tenga hijos creyentes, que no estén acusados de disolución (el mismo vocablo de Ef. 5:18) ni de rebeldía (lit. o insubordinados)». Es una recomendación semejante a la que aparece en 1 Timoteo 3:4, 5.
(C) Añade (v. 7): «Porque el supervisor debe ser irreprensible (el mismo vocablo del v. 6) como administrador de Dios» (comp. con 1 Co. 4:1, 2).
(D) El vocablo griego que se traduce por arrogante (authádes) sale únicamente aquí y en 2 Pedro 2:10, y significa realmente el que se satisface a sí mismo, mostrándose así arrogante con los demás. Es un defecto repugnante y, por desgracia, no demasiado escaso en quienes están constituidos en autoridad, tanto civil como eclesiástica.
(E) «No iracundo» (v. 7b), añade Pablo. Dice Collantes: «De la arrogancia nace el desprecio de los demás, y de ahí la brutalidad en la cólera cuando las cosas no salen a medida de sus deseos. Los otros tres vicios ya estaban estigmatizados en 1 Timoteo 3:2, 4, 8».
(F) Lo de «hospedador» y «sensato» (v. 8) lo vimos también en 1 Timoteo 3:2. En el mismo versículo 8 menciona otros cuatro que no mencionó en 1 Timoteo: «amigo de lo que está bien … justo, moralmente recto (gr. hósion), dueño de sí» (NVI). Nótese que todas ellas son cualidades que deberían brillar en todos los creyentes. ¡Cuánto más en los ancianos de las iglesias!
(G) Finalmente, el apóstol desea que el anciano o supervisor sea (v. 9): «retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada (lit. conforme a la enseñanza), para que también pueda exhortar con sana doctrina (gr. didaskalía) y redargüir a los que contradicen». Aquí hace una explanación de lo que dijo en 1 Timoteo 3:2 («apto para enseñar») y 9 («que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia»), aunque este último encargo lo había hecho con respecto a los diáconos. La «palabra fiel», es decir, digna de crédito, es la que «está en armonía con la sana doctrina, esto es, con la doctrina que, a su vez, está basada en la Escritura» (W. Hendriksen). Sólo así puede dicha palabra ser apta «para exhortar … y redargüir» (comp. con 2 Ti. 3:16).
2. A continuación, como si quisiera urgir a Tito para que seleccione con mucho cuidado a quienes hayan de ejercer el oficio de ancianos en las iglesias de Creta, Pablo le advierte que esta tarea no será fácil, a causa precisamente de los muchos indeseables que hay en la región. Veamos cómo los describe y lo que dice que hay que hacer con ellos:
(A) «Porque hay muchos rebeldes (gr. anupótaktoi, insubordinados; el mismo vocablo del v. 6 al final), habladores de vanidades (gr. mataiológoi, única vez que este vocablo ocurre en el Nuevo Testamento, aunque el vocablo de la misma raíz mataiologuía salió en 1 Ti. 1:6) y engañadores (gr. phrenapátai)» (v. 10). Es la única vez que también este último vocablo ocurre en el Nuevo Testamento, aunque el verbo correspondiente sale en Gálatas 6:3. Al final del mismo versículo, añade que esta clase de gente se halla especialmente entre los de la circuncisión. En efecto, eran precisamente los seudodoctores judíos los que se enzarzaban en fábulas y genealogías interminables que acarrean disputas … viniendo a caer en una vana palabrería …» (v. 1 Ti. 1:3–7).
(B) De aquí puede colegirse la importancia que aquí (v. 7b) da el apóstol a la necesidad de que, especialmente en esta región, el anciano o supervisor no sea arrogante. Estos de la circuncisión «probablemente consideraban la circuncisión como una marca de superior excelencia, que les confería un título para ser oídos y respetados por otros» (Hendriksen). ¿Qué había que hacer con estos arrogantes?
Claramente lo dice el apóstol (v. 11): «¡Taparles la boca!», es decir, no permitirles hablar. No dice Pablo cómo hay que hacer esto, pues no se les puede poner bozal como a los bueyes, pero, basado en la Escritura (v. 1 Ti. 1:3, 4, 20; 4:7; 2 Ti. 2:16, 21, 23; 4:2; Tit. 1:13b; 3:10), aconseja Hendriksen lo siguiente: «Al principio, el engañador (errorist) debe ser tiernamente amonestado, a fin de que pueda ser ganado para la verdad. Si rehúsa, debe ser reprendido con dureza y se le ha de mandar que desista. La persona que persista en sus malvados caminos ha de ser evitada por los demás y se le ha de aplicar la disciplina. La medida suprema, la excomunión, puede ser empleada a fin de salvaguardar la iglesia y en orden a traer al pecador al arrepentimiento».
(C) La razón por la que había que taparles la boca a estos sujetos la expone Pablo a continuación (v. 11b): «trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no deben». Nótese el tremendo contraste entre la conducta del apóstol predicando de balde el Evangelio (1 Co. 9:18) y la de estos engañadores que, no contentos con trastornar la paz familiar con sus interminables disputas, cobraban cara su vana palabrería. Dice Collantes: «Es una ganancia vergonzosa, puesto que venden una mercancía averiada, ya que no proponen lealmente la verdad. Los cretenses en particular tenían fama en la antigüedad de ser engañosos en sus tráficos».
(D) Para que no se le acuse de parcialidad, el apóstol cita de un poeta cretense los epítetos más fuertes que pueden aplicarse a una persona de su misma región (v. 12): «Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, vientres ociosos» (lit.). Se trata de Epiménides, poeta y filósofo del siglo VI antes de Cristo, a quien Platón mismo llamó «hombre divinamente inspirado» y fue considerado como uno de los «siete sabios de la antigüedad». Al decir que era «su propio profeta», no quiere Pablo dar a entender que fuese profeta en el sentido bíblico, sino que era tenido por los cretenses como profeta. Tal fama tenían los cretenses de ser mentirosos que, así como darse a la inmoralidad sexual se llamaba «hacer el corintio», así también al mentir lo llamaban «hacer el cretense». Lo de «malas bestias» hace referencia a la crueldad salvaje de los cretenses. «Vientres ociosos» es una manera de llamarles «glotones y holgazanes» en una sola pieza.
(E) Al añadir dureza al testimonio de Epiménides, apostilla Pablo (v. 13a): «Este testimonio es verdadero»; como si dijese: «Aunque también este poeta era cretense, por una vez, al menos, un cretense ha dicho la pura verdad». Dice Collantes: «La experiencia personal de Pablo a través de sus visitas a la isla o del conocimiento de algunos cretenses ha podido ver confirmada en sus líneas generales la opinión del poeta. Eso no quita que hubiera honrosas excepciones».
(F) Anteriormente (v. 11), el apóstol había dicho de modo impersonal que había que tapar la boca a estos engañadores, pero ahora insta a Tito a que los reprenda duramente para su propio bien: «para que sean sanos en la fe (comp. con 2:2), no atendiendo a fábulas judaicas (comp. con 1 Ti. 1:4), ni a mandamientos de hombres (v. Col. 2:8, 21, 22) que se apartan de la verdad» (vv. 13b, 14). En qué consisten esos mandamientos de hombres se advierte, no sólo por los lugares citados de Colosenses, sino tambien por el contexto posterior, donde el apóstol afirma y explica el gran principio de la libertad cristiana que ha expuesto en lugares como Romanos 14:20, y que el mismo Señor afirmó en Marcos 7:15.
(G) Dice, en efecto, en el versículo 15: «Todas las cosas son puras para los puros, mas para los contaminados e incrédulos nada es puro; pues hasta su mente y su conciencia están contaminadas». Como ya hemos apuntado, estas palabras son un eco de lo que el Señor había dicho en Marcos 7:15 y Mateo 15:11: Lo que viene de fuera no contamina al hombre, sino lo que sale del corazón; para el que es limpio, «todo es limpio». Y en Romanos 14:20b, el propio apóstol había escrito: «En realidad, todas las cosas son limpias». Como si dijese: «Las cosas, por su naturaleza, son buenas, puesto que son creación de Dios; lo que las mancha es el mal uso que el hombre hace de ellas; la contaminación no entra desde fuera, sino que la mente y la conciencia corrompidas son «las que manchan todo lo que tocan», en palabras de Calvino. Dice Collantes: «Si no se tiene fe, todas las purificaciones son inútiles, porque la mente y la conciencia están mancilladas». Pureza y fe van unidas en el pensamiento de Pablo, como van unidas la contaminación y la incredulidad.
(H) El apóstol expone públicamente la inconsecuencia de estos judíos legalistas, y termina su descripción con las palabras siguientes (v. 16): «Profesan conocer (lit. saber) a Dios, pero con los hechos lo niegan (comp. con 1 Ti. 5:8; 2 Ti. 3:5), siendo abominables y desobedientes (o rebeldes; gr. apeithéis: que se niegan a ser persuadidos), descalificados (el tan conocido adókimoi) en cuanto a (o, mejor, con relación a,—gr. pros—) toda obra buena». Sabido es el énfasis que los judíos ponen en su monoteísmo, hasta resultarles sumamente odiosa y blasfema la doctrina cristiana sobre la Trinidad. Se glorían en profesar su conocimiento del único Dios, a quien tienen por su Padre, pero estos judíos, como aquellos que acosaban a Jesús (Jn. 8:41–47), con los hechos están negando (gr. arnoúntai, presente de indicativo) lo que profesan hipócritamente. Sus hechos pronuncian un NO más fuerte que el SÍ que sale por sus bocas (v. el comentario a 2 Ti. 3:5). De ahí, los tres fuertes calificativos que Pablo les aplica: abominables, por su hipocresía, con la que se vuelven repugnantes (¡contaminados por entero!) para Dios (comp. por ej. con Is. 1:12–15; Jer. 6:20; Am. 5:21–23; Mt. 23:23–33; Lc. 18:11, 12), desobedientes, porque no se dejan persuadir por su Dios, que demanda santidad interior, y descalificados como no aptos para hacer obras buenas, ya que toda obra buena, para ser realmente tal, ha de proceder «de corazón limpio, de buena conciencia y de fe no fingida» (1 Ti. 1:5).
En este capítulo, el apóstol, I. instruye sobre la forma en que han de conducirse los miembros de una familia cristiana (vv. 1–10). II. Da la razón de ello: porque la gracia de Dios es para salvación y santificación de todos (vv. 11–15).
Versículos 1–10
De la vida en la congregación, pasa el apóstol a la vida de familia. Algo muy oportuno, ya que los perturbadores a los que se ha referido en 1:10–16, trastornaban casas enteras (1:11). Por eso abarca Pablo en su exhortación a Tito a todos los miembros de la familia, conforme a su edad, sexo y condición social: ancianos, ancianas, las jóvenes, los jóvenes, de los que Tito ha de ser modelo y, finalmente, los siervos o esclavos.
1. De los judíos que trastornaban casas enteras, había dicho (v. 11b) que lo hacían «enseñando por ganancia deshonesta lo que no deben», lo que no está de acuerdo con la sana doctrina. Por eso intima Pablo a Tito (v. 1): «Tú, en cambio, habla lo que es conforme a la sana doctrina» (lit.). El verbo prépei, que traducimos por es conforme, significa lo que conviene porque se ajusta bien a las características de un objeto (v. Ef. 5:3; 1 Ti. 2:10, por ejemplo). Entre los requisitos de los supervisores de la iglesia, Pablo había mencionado (1:9) «retenedor de la palabra fiel … para que también pueda exhortar con sana doctrina …». Esto mismo es, pues, lo que ordena al joven Tito, ya colocado en el ministerio específico. Pero nótese que ahora dice: «habla lo que es conforme a la sana doctrina», porque la sana doctrina nos es dada para la vida; de la sana doctrina habrá de extraer Tito las consecuencias prácticas que conducen a una vida santa dentro de la familia. Ése es el mejor modo de curar y de prevenir los trastornos que ocasionan los falsos doctores que se introducen de matute por las casas (2 Ti. 3:6), y enseña lo que no deben (1:11b).
2. A los ancianos en edad, no en el oficio de supervisor, ha de decirles Tito (v. 2) «que sean moderados, dignos de respeto, sensatos, sanos en la fe, en el amor y en la constancia (gr. hupomoné, paciencia en las circunstancias adversas)» (NVI). Que se trata de los ancianos en edad, se ve, no sólo por el contexto, sino porque Pablo usa aquí el vocablo presbútas, no presbutérous. En cuanto a los detalles:
(A) Los ancianos han de ser moderados. El vocablo nephálios significa moderación en todo, pero especialmente en la comida y bebida, donde los cretenses eran notorios por sus excesos (v. 1:12, al final); no sólo los hombres, sino, por lo que se colige del versículo 3, también las mujeres.
(B) También han de ser dignos de respeto, es decir, que se hagan respetar por su porte serio, grave (gr. semnoús), como conviene a las canas. Algunas ligerezas que son fácilmente perdonables en los jóvenes no tienen excusa en los ancianos.
(C) Sensatos (gr. sóphronas) es algo que el apóstol siempre recomienda con calor. Dice Collantes:
«El adjetivo sóphron es muy rico de contenido; puede significar la prudencia propia de aquel que no se cree fácilmente todo aquello que se le cuenta; la moderación y reserva en los actos, tanto interiores como exteriores y, en general, el fino sentido de la medida en todo».
(D) Sanos (gr. huguiaínontas, con «higiene» de espíritu) «en la fe, en el amor, en la paciencia». Cada una de las tres virtudes lleva delante, en el original, su correspondiente artículo definido. Con razón halla Hendriksen en esas tres virtudes las tres dimensiones de la conducta cristiana (v. también el v. 12, al final): fe, para con Dios; amor, para con el prójimo; paciencia, en su propio interior, frente a las circunstancias adversas.
3. Pablo pasa luego a describir las virtudes que Tito ha de recomendar a las ancianas (v. 3): «Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del mucho vino, maestras del bien». Un breve análisis bastará para entender bien estos términos:
(A) Para «reverentes» usa el apóstol el vocablo griego hieroprepeís, único lugar que dicho vocablo sale en todo el Nuevo Testamento y que significa que deben conducirse como quienes sirven en el templo de Dios, ¡y templos de Dios son!
(B) Para «calumniadoras» usa Pablo el ya conocido término diabólous. «No esclavizadas por el mucho vino», añade; el verbo está en participio de pretérito perfecto, lo que indicaría un hábito adquirido a fuerza de mucho beber. Observa Hendriksen: «Darse al vino y darse a la murmuración van con frecuencia juntos». «Maestras del bien» o, mejor, maestras de todo lo que es de calidad excelente (v. 1 P. 3:1, 2).
4. Así es como podrán enseñar, de palabra y con el ejemplo, a las mujeres jóvenes casadas; con lo que el apóstol pasa a describir (vv. 4b, 5) las cualidades que han de tener estas jóvenes casadas: «amantes de sus maridos y de sus hijos, sensatas, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada». Pablo desea que todas y cada una de las jóvenes casadas cristianas sean como la mujer virtuosa y hacendosa, tan difícil de hallar en el propio pueblo de Dios en el Antiguo Testamento (v. Pr. 31:10–31). Notemos algunos detalles dignos de consideración especial:
(A) Para «enseñar» usa el apóstol el verbo sophronízo (en presente de subjuntivo, como requiriendo una enseñanza continua). Dicho verbo significa realmente «dar lecciones de buen sentido» (Collantes). Lo primero que las ancianas experimentadas deben enseñar, entre las lecciones de buen sentido, a las casadas jóvenes, es «a que amen a sus maridos y a sus hijos» (NVI). Frecuentemente ha exhortado Pablo a las mujeres casadas a ser sumisas con sus maridos (v. 1 Co. 14:34; Ef. 5:22, 24; Col. 3:18), pero aquí les manda también que los amen, así como a los hijos, entrañablemente (gr. philándrous … philotéknous).
(B) Como buenas discípulas, que aprenden bien las «lecciones de buen sentido» que las ancianas les dan, han de ser (v. 5) «sensatas» (gr. sóphronas), y poseer así el buen sentido que necesitan para criar convenientemente a sus hijos (comp. con 1 Ti. 2:15, al final). Han de ser también castas (gr. agnás, puras), fieles en todo a sus maridos y decentes en su porte y vestido.
(C) Pablo añade otras tres cualidades (con lo que son siete en total), en las que las jóvenes casadas deben brillar: «ocupadas en las faenas de la casa (gr. oikourgoús), bondadosas» (agathás, de donde viene el nombre propio Águeda), en el sentido que tiene el vocablo «bueno» en Mateo 20:15, al final. La última cualidad, que el apóstol lleva mencionada en los lugares citados arriba en el apartado (A), es que sean «sumisas (mejor que “sujetas”, que parece connotar cierto despotismo por parte del marido) a sus maridos».
(D) El apóstol dice que estas cualidades de las jóvenes casadas son necesarias «para no dar motivo a que se hable mal del Evangelio» (NVI) Dice Guthrie: «La sustitución de palabra (lit.), en lugar del más usual “nombre”, da a la frase un significado especial. La contravención de estas cualidades cristianas sería una negación de la palabra o del “Evangelio” que ellas profesaban creer».
5. A continuación viene la exhortación que Tito debe hacer a los jóvenes (vv. 6–8): «De modo semejante, exhorta a los jóvenes a vivir con moderación. En todo muéstrate como modelo (gr. túpon) de buenas obras. En tu enseñanza, que se echen de ver la integridad, la seriedad y una sanidad de doctrina (gr. lógon huguié, palabra sana) que no merezca censura alguna, a fin de que los que están en contra de nosotros se vean confundidos al no encontrar nada malo que decir de nosotros» (NVI; el «vosotros» de nuestras versiones no tiene fundamento alguno en el original). Examinemos los puntos que requieren algún análisis:
(A) La moderación, o buen sentido en todo, debe ser lo primero que Tito ha de exhortar a los jóvenes. El verbo sophroneín que Pablo usa aquí, es uno de los verbos favoritos de Pablo, como lo son los demás vocablos de la misma raíz. Véase el comentario a Romanos 12:3, donde se expone su sentido primordial, que es el de pensar sensatamente y dar a todo incluyéndose a uno mismo, ni más ni menos que el valor o la capacidad (natural o sobrenatural) que tiene. Los jóvenes son idealistas y suelen extremar sus opiniones a favor o en contra de ideas y hechos que necesitan mayor ponderación para verlos en su perspectiva real. El mejor modo de que los jóvenes aprendan esta moderación en sus juicios lo mismo que en su conducta es que Tito les enseñe con el ejemplo, no sólo de palabra. A diferencia de nuestra RV y de la NVI, la versión de Collantes une lo de «en todo» con la frase anterior, mientras que la Biblia de las Américas y la Biblia de Jerusalén aceptan las dos lecturas como alternativas válidas.
(B) El vocablo griego túpon que Pablo usa (v. 7) para expresar la ejemplaridad de Tito, «significa primariamente la señal marcada por un golpe, una herida (Jn. 20:25); de donde: figura, imagen, modelo a reproducir o a imitar» (Collantes). No es un término tan fuerte como el hupotúposis de 1 Timoteo 1:16; 2 Timoteo 1:13, que requiere una imitación más estricta, como al calco.
(C) En la enseñanza que Tito ha de impartir a los jóvenes, quiere Pablo que se echen de ver la integridad (gr. aphthoría, incorrupción), que afecta al fondo del mensaje, y la seriedad o gravedad (gr. semnótes), la cual afecta a la forma de exponer dicho mensaje, sin ligerezas ni expresiones chabacanas, indignas de un proclamador de las más serias verdades, aun de las que entrañan el sumo gozo inherente a la fe.
(D) La sanidad de la doctrina (v. 8) ha de ser tal que no merezca censura (gr. akatágnoston, única vez que tal vocablo sale en el Nuevo Testamento). Al no tener nada censurable, no se dará ocasión a los enemigos del Evangelio a hablar mal de la palabra (v. vers. 5b), sino que «quedarán confundidos (o avergonzados) al no encontrar nada malo que decir de nosotros». El apóstol no quiere decir con esto que los enemigos se van a callar y van a dejar de contradecir, insultar o perseguir a los que enseñan seriamente el mensaje puro del Evangelio, sino que el predicador no les habrá dado ocasión de presentar una acusación seria y válida contra él.
6. En último lugar (vv. 9, 10), tenemos la exhortación que Tito ha de hacer a los siervos o esclavos:
«Enseña a los esclavos que estén sometidos en todo a sus amos, que procuren agradarles, que no les den malas contestaciones, que no se apropien de lo ajeno, sino que muestren que puede confiarse en ellos plenamente, para que así puedan de todas las maneras hacer atractiva la enseñanza acerca de Dios nuestro Salvador» (NVI).
(A) Lo primero que salta a la vista es la ausencia de exhortación a los amos, al ser tan larga la requisitoria que se hace a los esclavos. Tres cosas hay que tener en cuenta: (a) el número de esclavos era muy superior al de amos; (b) el apóstol da en otros lugares órdenes también a los amos (v. Ef. 5:8, 9; Col. 3:25; 4:1; Flm. 16); no es éste el único lugar en que trata de las relaciones sociales; (c) el contexto posterior (también en otros textos) pone de relieve la igualdad de todos los hombres (v. 11, al final) ante la salvación que Dios ofrece.
(B) Pablo resume en cuatro normas la actitud que los esclavos han de adoptar frente a sus amos; dos son positivas: sumisión y agrado; las otras dos son negativas; no contestarles mal, no robarles. Las dos actitudes positivas ya fueron examinadas en Efesios 6:5–8. Aquí expone dos actitudes negativas: no contradecir y no sisar (lit.). El verbo antilégo indica una oposición que no siempre se expresa en palabras, a pesar de la etimología de dicho verbo; basta que alguien se coloque en una posición que menoscabe, o parezca menoscabar, la autoridad o las razones ajenas (v. por ej., Jn. 19:12). El otro verbo griego, nosphízo, significa literalmente sisar, es decir, ir quitando dinero poco a poco (por ejemplo, al ir de compras o al ajustar cuentas con el amo).
(C) Sólo sometiéndose a estas cuatro normas, serán de fiar: mostrarán que puede confiarse en ellos plenamente. Más aún, si ellos están adornados de estas virtudes cristianas, los amos no podrán menos de ver en ellos algo particularmente hermoso, con lo que la fe que profesan cobrará una dignidad, un honor y un atractivo singulares. Estos pobres esclavos, privados de todos los derechos humanos, y, sin embargo, dignos de fiar en todo, harán con sola su conducta netamente cristiana, que lo que nuestra fe enseña acerca de Dios nuestro Salvador quede adornado en todas las cosas (lit.). El verbo kosméo que Pablo usa aquí (y en 1 Ti. 2:9) se usaba con frecuencia para describir «la disposición de las joyas en una forma que hiciese resaltar toda su hermosura» (Guthrie). La esclavitud ha sido desarraigada de la mayoría de los países, pero los criados cristianos tienen aquí un buen compendio de ética social.
Versículos 11–15
La sola mención de Dios nuestro Salvador, lleva al apóstol a cavar hondo (v. también 3:4–8) en los principios fundamentales del Evangelio de la gracia, para establecer la necesaria conexión entre la teología bíblica y las normas de la ética cristiana. Es aquí (nótese lo de «todos los hombres», al final del v. 11) donde se ve que la gracia de Dios nivela perfectamente las desigualdades existentes de edad, sexo y condición social (v. en especial 1 Co. 12:13; Gá. 3:28). La exposición que hace aquí el apóstol (vv. 11– 14), va seguida de una breve exhortación (v. 15).
1. Viene primero la exposición doctrinal, la cual queda magníficamente aclarada en la NVI: «Porque la gracia de Dios que trae salvación se ha dejado ver de todos los hombres. Y esa gracia nos enseña a decir “no” a la impiedad y a las pasiones mundanas, y a vivir en este tiempo una vida sobria, justa y piadosa, a la vez que estamos en continua espera de aquel día feliz en que se manifestará la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo, quien se entregó a sí mismo por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que le pertenece en propiedad y que está anhelando obrar el bien».
(A) Pablo llama a la gracia de Dios salvífica (gr. sotérios, que trae salvación). Al decir que esta gracia salvífica se ha dejado ver de todos los hombres (lit. se apareció a todos los hombres, según la correcta sintaxis, bien captada por la NVI), el apóstol se hace eco de Lucas 1:70 y Juan 1:9. La gracia nos trae la vida divina, y esta vida comienza iluminando (Jn. 1:4; Ef. 1:18; 5:13). El verbo epiphaíno sale únicamente en Lucas 1:79; Hechos 27:20; aquí y en 3:4, y significa brillar desde arriba. Por eso, el vocablo de la misma raíz, epipháneia, viene a ser una descripción característica de la Segunda Venida de Cristo en todo su esplendor. El hecho de que esta gracia no salve a todos los hombres se debe únicamente a que no todos la reciben. Pero sí es cierto que se deja ver de todos los hombres, esto es, se ofrece a todos los hombres, sin distinción ni excepción.
(B) Puesto que esta gracia de Dios viene con una iluminación, nos enseña (v. 12) o, más exactamente, nos educa (gr. paideúousa, en participio de presente). El verbo paideuo comporta el matiz de disciplina correctiva en todos los casos en que Pablo lo usa (1 Co. 11:32; 2 Co. 6:9; 1 Ti. 1:20; 2 Ti. 2:25 y aquí).
¿De qué forma nos educa la gracia de Dios? Dándonos tres lecciones muy importantes que pueden resumirse en tres epígrafes: renuncia, santidad y expectación anhelante.
(a) Esa gracia nos educa para renunciar a un pasado pecaminoso: para decir ¡no!, a la impiedad (gr. asébeian, la falta de reverencia y amor a Dios) y a las pasiones (gr. epithumías, concupiscencias) mundanas, propias de los hombres mundanos, inconversos.
(b) También nos educa positivamente a vivir en este tiempo, es decir, en el tiempo presente, el espacio de tiempo que media entre nuestra conversión y la Segunda Venida del Señor, una vida sobria, justa y piadosa. De nuevo tenemos aquí las tres dimensiones de una conducta santa, como en el versículo 2b: sobria (gr. sophrónos, con cordura y dominio de sí mismo), hacia sí mismo; justa, al tratar a los demás con justicia, equidad, honestidad; piadosa (gr. eusebós, lo contrario de la asébeian anterior) para con Dios.
(c) Con respecto al futuro, la gracia de Dios nos educa enseñándonos a vivir diariamente (v. 13) en continua espera de aquel día feliz en que se manifestará la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo. El participio de presente prosdekhómenoi significa estar continuamente acogiendo o estar continuamente dando la bienvenida al Señor que viene a consumar nuestra salvación (v. Ro. 13:11; He. 9:28). El creyente piadoso se santifica mientras espera, y espera mientras se santifica.
(C) Especial atención merece la última frase del versículo 13, que dice así literalmente: «… aparición de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo». ¿Se trata de una o de dos personas? Gramaticalmente, no puede decidirse, pues son muchos los casos en que el artículo definido está ausente delante de una expresión técnica como es «nuestro Salvador», con lo que tendríamos dos personas: la del Padre, el gran Dios, y nuestro Salvador, Jesucristo. Sin embargo, de los escritores antiguos, únicamente el Ambro-siaster (falso Ambrosio) identifica el gran Dios con el Padre. El contexto general favorece a la idea de que se trata de una sola persona, lo cual prueba J. Collantes con las siete razones siguientes:
«(a) La construcción gramatical. Si el gran Dios fuera persona distinta del Salvador, se repetiría el artículo: el gran Dios y el Salvador». (Esta razón, por sí sola, no es suficiente, como acabamos de ver).
«(b) Cuando san Pablo habla de la epifanía, no se refiere a Dios Padre, sino a Cristo Dios-Hombre (cf. 2 Ts. 2:8; 1 Ti. 6:14, 15; 2 Ti. 4:1)». (Ésta ya es una razón más fuerte que la anterior».
«(c) Dígase lo mismo del resto del Nuevo Testamento (Mt. 25:31; 1 P. 4:13).»
«(d) En la apocalíptica judaica no se habla conjuntamente de la manifestación de Jehová y del Mesías. Por consiguiente, si nuestro texto se refiriera a Dios y a Cristo, no tendría ningún paralelo». (Estas dos razones van añadiendo nueva fuerza a esta opinión).
«(e) El título de gran Dios no solamente se daba a las grandes divinidades (Zeus, Artemisa, etc.), sino también al emperador divinizado. Ésta es una razón que pudo inducir a Pablo a dar a Cristo ese título, que había suplantado la religión imperial». (En mi opinión, ésta es una razón muy peligrosa, pues aquí pueden ver, por ejemplo, los «Testigos de Jehová» una confirmación de su teoría de que el epíteto «Dios» designa un título u oficio, no el carácter de una persona—así lo aplican a Jn. 1:1c—, aunque en la traducción del presente versículo tienen cuidado en suplir en paréntesis el artículo delante de nuestro Salvador, dando así a entender que se trata de dos personas).
«(f) El contexto hace pensar que Pablo habla de la última manifestación gloriosa de Cristo, como juez universal. Ahora bien, en esas circunstancias es especialmente oportuno darle el título que por derecho propio le pertenece: gran Dios.» (Esta razón sólo tiene fuerza si se añade cumulativamente a otras evidentemente válidas.)
«(g) Finalmente, puede decirse que hay unanimidad en los Santos Padres en cuanto a la atribución de estos dos títulos a la única persona de Cristo.» (Esta razón tiene una fuerza relativa, pues son frecuentes los casos en que dichos «Santos Padres» se han equivocado unánimemente.)
En conclusión, las razones más fuertes, a mi juicio, son las que se han expuesto en los apartados (b),
(c) y (d).
(D) A continuación (v. 14), el apóstol hace un resumen de la obra de Cristo y del objetivo próximo de dicha obra:
(a) Dice de Jesucristo: «el cual se dio a sí mismo por (huper) nosotros …» (lit.). Frases semejantes, con el mismo verbo dar, se hallan en Gálatas 1:4 y 1 Timoteo 2:6 y, con el compuesto paradídomi, entregar, en Gálatas 2:20; Efesios 5:2, 25. Nótese que se dio a sí mismo, no envió a un ángel, y lo hizo por nosotros pecadores, pues Él no tenía nada que expiar (2 Co. 5:21; He. 7:27, 28).
(b) El objetivo próximo es triple:
Primero, rescatarnos de toda iniquidad. El verbo lutrósetai, en aoristo de subjuntivo de la voz media- pasiva significa que nos libró, de una vez por todas, de la esclavitud del pecado pagando el precio y adquiriendo para sí (como indica la voz media) el objeto comprado a tal precio. En cuanto al concepto específico de rescatarnos mediante precio, tenemos otros tres importantes lugares: 1 Corintios 6:20; 1 Pedro 1:18, 19; Apocalipsis 5:6. Dice Collantes: «El pecado aparece como un tirano que tiene esclavizados a los hombres, como el pueblo de Israel lo estaba de parte de los egipcios (Éx. 15:13) y babilonios (Is. 44:22–24)». Iniquidad (gr. anomía) es aquí toda transgresión de la ley.
Segundo, purificar para sí un pueblo que le pertenece en propiedad. Esto lo hace también mediante su sangre y su Espíritu (v. Ef. 5:26; He. 9:14; 1 Jn. 1:7, 9). No basta con sacar de la cárcel al que estaba esclavizado por el pecado; es necesario limpiarle, pues venía manchado con toda clase de transgresiones; además, el poder del pecado anida todavía en él, por lo que necesitará una constante purificación, como lo indica, por ejemplo, el tiempo presente en 1 Juan 1:7. De esta forma, puede presentarse la Iglesia como un pueblo propio de Cristo, santo y limpio como Él (v. 1 Jn. 3:3). En cuanto a la salvación, los gentiles que no éramos pueblo de Dios, lo somos ahora (comp. con 1 P. 2:10). A los que, al seguir a W. Hendriksen y a los demás teólogos de su opinión antidispensacionalista, ven en la Iglesia el sustituto de Israel a este respecto («Anteriormente, Israel era el pueblo propio de Jehová; ahora, lo es la Iglesia», dice Hendriksen), habrá que refrescarles la memoria invitándoles a que lean atentamente el capítulo 11 de Romanos.
Tercero, Cristo se dio a sí mismo también para que este pueblo que adquirió para sí al precio de su sangre, sea «celoso de buenas obras» (lit.), es decir, «que está anhelando obrar el bien», como aclara la NVI. El vocablo griego zelóten, que Pablo usa aquí, sale en otros cinco lugares, de ellos dos de la pluma de Pablo (1 Co. 14:12; Gá. 1:14). Si analizamos este último, vemos que Pablo expresa en él «su anhelo de mantener las tradiciones de sus antepasados y, aunque este celo estaba mal colocado, nunca, sin embargo, perdió su entusiasmo y aquí contempla a todo un pueblo, notado por un celo correctamente dirigido» (Guthrie).
2. A todo esto sigue una breve exhortación (v. 15): «Esto habla y exhorta y redarguye con toda autoridad (gr. epitagué). Que nadie te tome a la ligera» (lit.). La primera parte de este versículo guarda semejanza con 1 Timoteo 4:13 y 2 Timoteo 4:2. El griego epitagué connota la autoridad ejercida mediante órdenes y mandatos. La última parte del versículo nos recuerda lo dicho a Timoteo en 1 Timoteo 4:12, con una notable diferencia: allí el verbo era mucho más fuerte (gr. kataphronein); aquí es más suave (gr. periphroneín). No hace falta dominar el griego para darse cuenta de que el prefijo katá (contra y hacia abajo) es mucho más fuerte que perí (alrededor de). Por eso, hemos traducido «Que nadie te tome a la ligera». Conviene recordar que, en 1 Timoteo 4:12, Pablo tenía en cuenta la timidez de Timoteo, añadida a su debilidad física (v. 1 Ti. 5:23). Nótese el ritmo ascendente de la exhortación:
«habla … exhorta … redarguye». Y las tres cosas, no sólo la última, «con toda autoridad». El fiel ministro de Dios no puede permanecer pasivo, callado, como si nada le incumbiera, cuando es el administrador de los misterios de Dios (1 Co. 4:1). No basta con hablar, es necesario también exhortar, animar, estimular, incitar y redargüir, hacer que el recalcitrante se persuada de que no tiene razón, de que anda por mal camino, etc. Y todo esto, con autoridad, con la energía necesaria de quien se sabe comisionado por Cristo para apacentar Su iglesia, la cual Él adquirió para sí por medio de su propia sangre (Hch. 20:28). Estos pensamientos deben hacer reflexionar seriamente a todos los ministros de Dios.
En este capítulo, el apóstol, I. instruye a Tito sobre el modo de exhortar a los fieles a que se conduzcan como es debido con los demás (vv. 1–8). II. Le amonesta sobre lo que tiene que evitar en sí y en otros (vv. 9–11). III. Sigue con varios encargos personales (vv. 12–14). IV. Concluye con saludos y la bendición final (v. 15).
Versículos 1–8
1. Comienza, como en Romanos 13:1 y ss., con una exhortación a someterse a las autoridades legítimas: «Recuérdales (esto es, hazles a la memoria) que se sometan a los gobernantes (y) a las autoridades, que obedezcan (gr. peitharkheín, obedecer a los que gobiernan), que estén preparados (gr. etoímous, prestos, prontos, lo que indica una disposición interior) para toda obra buena» (v. 1; comp. con 2 Co. 9:8; Ef. 2:10; Col. 1:10; 1 Ti. 2:10; 5:10; 2 Ti. 2:21; 3:17). Al referirse, en 1:16, a los judíos trastornadores, ha dicho que estaban descalificados en cuanto a toda obra buena. A los fieles, en cambio, pide que estén prestos para toda obra buena. Esto tiene estrecha relación con la sumisión y obediencia a las autoridades, pues, como dice D. Guthrie, «donde la buena ciudadanía demanda acción comunitaria, él (el cristiano) debe ser siempre cooperativo, con tal que no esté implicada ninguna cuestión de conciencia».
2. Dice luego (v. 2) cómo han de comportarse con sus conciudadanos: «Que no calumnien a nadie, que sean pacíficos y comprensivos y que se muestren genuinamente humildes en su relación con toda clase de personas» (NVI). Analicemos algunos términos para entenderlos mejor:
(A) El verbo blasphemeín, que aquí usa Pablo, significa, en este contexto, decir mal, lo cual puede entenderse de varias maneras: insultar o injuriar (como traduce Collantes); mejor, calumniar o difamar, esto es, hacer daño de palabra (como traducen la mayoría de las versiones). De labios de creyentes no debe oírse semejante lenguaje.
(B) El griego amákhous designa a los que no son amigos de luchas, es decir, los que se abstienen de toda pelea, contienda o pendencia. Esta recomendación era especialmente necesaria «en una sociedad donde por todas partes había de tropezarse con hombres de mentalidades opuestas» (Collantes).
(C) El adjetivo epieikés ha salido ya en Filipenses 4:5 y 1 Timoteo 3:3, y su mejor traducción es indulgente, con tal que, en esa expresión, no se vea asomo de debilidad o connivencia con el mal, sino una benignidad que, al ser comprensiva con la debilidad ajena, es ecuánime y benévola, sin el espíritu justiciero de quien exige siempre medidas estrictas.
(D) La virtud que corona a las otras tres que la preceden es la mansedumbre o dulzura de ánimo, fruto directo de la humildad. Como el término manso tiene hoy día tonalidades peyorativas (cobarde, débil, lento, etc.), la NVI ha optado por traducirlo por «genuinamente humildes», pero quizás convendría conservar lo de mansedumbre, vertiendo, en cambio, apacibles (en lugar de mansos) en Mateo 5:5 y 1 Pedro 3:4. Esta mansedumbre, lo hemos dicho más de una vez, no tiene nada de cobardía, sino que, más bien, es la quintaesencia de la valentía, como lo es del dominio de sí mismo. Virtud muy rara porque es virtud muy alta, ya que en las altas cimas escasea la vegetación.
(E) Lo de «en su relación con toda clase de personas» añade nuevo brillo a la virtud de la mansedumbre, puesto que no es difícil mostrarse apacible con quienes son amigos, virtuosos, apacibles; pero serlo también cuando hay que corregir a los que caen en alguna falta (Gá. 6:1) o a los que se oponen y contradicen (2 Ti. 2:25), ya es más difícil. El que guarda su ánimo sereno frente a todas las embestidas de enemigos y contradictores es un genuino seguidor del Crucificado (v. 1 P. 2:19–23; 3:8–18; 4:12–19).
3. El mejor modo de estar preparados para ser apacibles, comprensivos, y benévolos hacia los demás es considerar: primero, lo que la benignidad de Dios soportó en nosotros antes de nuestra conversión (v. Ro. 2:4); segundo, lo que la gracia de Dios hizo en nosotros cuando nos salvó.
(A) «Porque también nosotros éramos en otro tiempo insensatos (gr. anóetoi. El mismo vocablo de Lc. 24:25; Ro. 1:14; Gá. 3:1, 3 y 1 Ti. 6:9), desobedientes (o rebeldes; el conocido apeithéis), extraviados, sirviendo como esclavos (participio de presente) a concupiscencias y placeres de diversos colores (gr. poikílais, el mismo vocablo de 2 Ti. 3:6), pasando la vida (gr. diágontes, participio de presente) en malicia y envidia, odiosos (gr. stuguetoi, única vez que tal vocablo aparece en todo el Nuevo Testamento), es decir, aborrecibles, dignos de odio por parte de Dios y de los hombres, tanto de los buenos como de los malos, y odiándonos unos a otros» (lit.). ¡Qué cuadro de maldad! ¿Nos reconocemos en él? Si no es así, hemos olvidado la convicción de pecado que un día debió atenazarnos el corazón. Pero si, por la gracia de Dios, no lo hemos olvidado, sabremos ser benévolos con los demás como lo fue Dios con nosotros.
(B) «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, etc.» (1 Co. 6:11), dice el apóstol tras de una lista parecida a la del versículo 3. Pero en ese versículo 3, no dice «erais» sino «éramos», incluyéndose a sí mismo. Así puede incluirse también en la gloriosa manifestación de la gracia de Dios; manifestación que está descrita aquí en términos parecidos a como lo ha hecho en 2:11–14, aunque en 3:4–7 se detiene más en la obra de nuestra justificación y regeneración. La diferencia de matiz ha sido bien percibida por J. Collantes, quien dice: «Todo este contexto es paralelo de 2:11. Allí se fundamentan los deberes mutuos de los cristianos en la fuerza educadora de la gracia de Dios; aquí se busca la última raíz de nuestras obligaciones para con el mundo social en el amor gratuito y generoso de Dios. En uno y otro caso, es la conducta de Dios la que debe servir de modelo para el cristiano». Analicemos esta porción. La mayor diferencia, a mi juicio, entre las dos porciones es que en 2:11–14, la enseñanza se centra en la obra de la redención llevada a cabo por nuestro Salvador Jesucristo, mientras que en 3:4–7, la enseñanza tiene dos centros: el amor de Dios Padre, y la obra del Espíritu Santo; el primero se describe en los versículos 4, 5a; la segunda, en los versículos 5b–7. Vamos por partes:
(a) «Pero cuando apareció desde arriba (gr. epepháne, el mismo vocablo, y en el mismo tiempo y modo, de 2:11) la benignidad y el amor a los hombres (lit. la filantropía; con Hch. 28:2, son los dos únicos lugares en que tal vocablo aparece en todo el Nuevo Testamento) de Dios nuestro Salvador (comp. con 2:13b), nos salvó, no en virtud de obras, de las que en justicia hubiésemos hecho nosotros, sino conforme a su misericordia» (traducción literal, pero téngase en cuenta que, en el original, el énfasis cae sobre el comienzo del versículo 5: «no en virtud de obras …», mientras que el «nos salvó» se halla al final de la frase, y adquiere así su correspondiente énfasis de colocación. Recuérdese 10 de Hechos 13:1:
«Bernabé … y Saulo»; el primero y el último, los dos más importantes). Como en Efesios 2:4–9, vemos aquí en el versículo 4 el amor benévolo de Dios a nosotros, y en el versículo 5a (comp. con Ef. 2:9) la gratuidad completa de dicho amor, al ser dirigido hacia quienes positivamente lo habíamos desmerecido; solamente a su misericordia debemos el no haber quedado para siempre en la perdición.
(b) En los versículos 5b–7, el apóstol describe la obra del Espíritu Santo: «mediante el lavamiento de regeneración (gr. palinguenesza; lit. nuevo nacimiento; el vocablo sólo sale aquí y en Mateo 19:28, donde se hace referencia a la cósmica regeneración) y renovación (el mismo vocablo de Ro. 12:2) del Espíritu Santo (el agente de esta obra), que derramó (Dios) sobre nosotros ricamente mediante Jesucristo nuestro Salvador (comp. con Jn. 15:26; 16:7; Hch. 2:33), para que, justificados por la gracia de Aquél (Dios), seamos hechos herederos (aoristo pasivo, de una vez por todas), conforme a la esperanza de la vida eterna» (lit.). La última frase puede leerse: «conforme a la esperanza de la vida eterna» o, como traduce Hendriksen: «herederos-en-esperanza de la vida eterna» (comp. con Ro. 8:17–25). Analicemos algunos puntos:
Primero, el «lavamiento» que hallamos en el versículo 5b es un baño espiritual (comp. con Jn. 3:5; 13:10, 11; 15:3).
Segundo, ese lavamiento espiritual se lleva a cabo cuando el Espíritu Santo, el agente ejecutivo, regenera y renueva; esto no lo hace en dos etapas, sino en una sola, al marcar el primer vocablo el comienzo de una nueva vida, y el segundo el proceso continuo que la puesta en marcha de esa nueva vida requiere.
Tercero, el Espíritu Santo, derramado sobre nosotros por el Padre (v. Ro. 5:5) y por el Hijo (v. Jn. 15:26; 16:7; Hch. 2:33) es el que, una vez justificados por la gracia de Dios, pone en nosotros la adopción de hijos, por la que somos hechos herederos de la vida eterna en Dios (comp. con Ro. 8:15–23; Gá. 4:5, 6).
Cuarto, el lavamiento de regeneración está simbolizado en el bautismo de agua, pero, al ser un lavamiento espiritual, sus efectos se obtienen antes del bautismo y aun sin el bautismo de agua.
4. Al final de una porción tan densa en doctrina de la salvación, el apóstol pronuncia, por quinta y última vez (v. 8), la frase «Palabra fiel (esto es, digna de todo crédito) es ésta», refiriéndose a todo lo que ha dicho en los versículos 4–7. Y para poner de relieve la importancia de las enseñanzas que en dichos versículos ha expuesto, continúa diciéndole a Tito: «y en estas cosas quiero (gr. boúlomai; no se trata de un mero deseo, sino de un mandato) que insistas con firmeza, para que los que han creído (han dado crédito) a Dios, se interesen (o pongan todo empeño; gr. phrontízosin, en presente de subjuntivo. Es la única vez que tal verbo ocurre en todo el Nuevo Testamento) en preceder a todos en buenas (gr. kalois, de calidad excelente) obras». Una vez más, como lo indica el participio de pretérito perfecto, la fe y la confianza en Dios son una actitud permanente después del acto inicial de fe mediante el cual fuimos salvos (Ef. 2:8). Y en la medida en que esta actitud de fe se mantenga viva, se mantendrá también vivo el celo por ejercitarse en buenas obras. Porque «estas cosas, añade Pablo al final del versículo 8, es decir, las mismas a las que ha aludido al comienzo del mismo versículo, no solamente son excelentes en sí mismas, sino también buenas (gr. kalá, excelentes) y útiles (gr. ophélima) a los hombres, es decir, a los seres humanos» (lit.) de todas las clases. Dice Hendriksen: «Traen vida, luz, gozo y paz donde antes había muerte, tinieblas, tristeza y miedo».
Versículos 9–11
A continuación, el apóstol amonesta a Tito acerca de lo que debe evitar en sí mismo y en otros.
1. Como había dicho a Timoteo (v. 1 Ti. 1:4; 4:7; 2 Ti. 2:16), también a Tito (v. 9) le amonesta a que evite las controversias tontas (gr. morás) y genealogías, contiendas y disputas acerca de la ley. En los lugares citados, ha expuesto diversas razones para que se eviten estas cosas; ahora dice: «porque son sin provecho (gr. anopheleís, lo contrario de las que son ophélima, v. 8, al final) y vanas (gr. mátaioi)». Como hace notar J. Collantes: «esas discusiones son inútiles, ya que no sirven para la edificación de la vida, y, además, vanas, puesto que no están fundadas en sólida verdad. San Jerónimo hace notar que los hebreos, que se preciaban tanto de conocer la Ley y sus genealogías, fácilmente se reían de aquellos que las ignoraban o no sabían bien pronunciar los nombres hebreos». Todo fiel ministro de Dios que tenga vivo interés por la gloria de Dios y por la salvación y edificación de los hombres, se ocupará de tal modo en las cosas tan importantes de los versículos 4–7, que no le quedarán tiempo ni ganas de ocuparse en discusiones inútiles y vanas. Por desgracia, los ministros de Dios tienen que aguantar con paciencia las preguntas de algunos miembros de su congregación sobre minucias y curiosidades que sólo sirven para entretenimiento, pero no para edificación.
2. Es, sin duda, en este mismo contexto como hay que entender la exhortación del versículo 10: «Al faccioso (gr. hairetikón), después de una primera amonestación, y de una segunda, deséchalo» (lit.). Aunque el vocablo castellano «hereje» se deriva del hairetikón de este versículo (única vez que tal vocablo aparece en todo el Nuevo Testamento), su significación primordial es: «el que por su obstinación en defender un punto de vista opuesto al de los demás, promueve partidos o facciones» (las airéseis de 1 Co. 11:19; Gá. 5:20). Estas personas son frecuentes en casi todas las iglesias y constituyen una verdadera gangrena, como da a entender el apóstol a continuación (v. 11): «sabiendo que el tal se ha pervertido y continúa pecando (el verbo está en presente), estando así condenado por sí mismo» (lit.). Será conveniente hacer algunas observaciones, a fin de evitar confusiones:
(A) El significado del término faccioso no es aquí sinónimo de hereje que niega algún punto importante de la fe cristiana, sino simplemente de alguien que, por empeñarse en necias controversias, causa división en la iglesia.
(B) Como dice Pablo, a dicho individuo hay que desecharlo (gr. paraitoú, déjalo a un lado, manténte alejado de él); el verbo no indica que se le haya de poner fuera de comunión, al menos de momento. Hay que amonestarle una y otra vez con mansedumbre y amor.
(C) Las expresiones «se ha pervertido» y «estando condenado por sí mismo» no deben interpretarse en sentido de condenación eterna. Lo que el apóstol quiere decir con tales expresiones es que tal individuo está «mental y moralmente retorcido», como interpreta Hendriksen el verbo griego exéstraptai (pretérito perfecto de indicativo, en la voz media-pasiva). Lo de «condenado por sí mismo» (gr. autokatákritos) significa que su propia conciencia lo juzga y lo condena como pecador. «Lo que hace que su pecado sea muy malo es el hecho de que sabe que está pecando» (Hendriksen).
Versículos 12–14
Siguen ahora varios encargos personales de Pablo a Tito.
1. «Cuando (v. 12) envíe a ti a Artemas o a Tíquico, apresúrate a venir a mí en Nicópolis, porque he determinado pasar el invierno allí». En calidad de Apóstol de Jesucristo (1:1), Pablo está por encima de los supervisores de las iglesias y, al necesitar los servicios de Tito, le anuncia que va a enviarle a Artemas o a Tíquico, a fin de que le sustituyan en Creta, mientras él se viene a Nicópolis para estar al lado de Pablo. De Artemas no sabemos nada más, pues no vuelve a salir en la Biblia. De Tíquico, en cambio, tenemos abundantes noticias (v. Hch. 20:4; Ef. 6:21; Col. 4:7; 2 Ti. 4:12). Nicópolis, en el Epiro, situada a la salida de la bahía de Ambracio, era un lugar envidiable, no sólo por el suave clima invernal, sino también por ser un punto de irradiación misionera.
2. Continúa encargando el apóstol (v. 13): «A Zenas, el experto en la ley, y a Apolos, provéelos de todo lo necesario para el viaje, de modo que nada les falte». De este Zenas, no sabemos más de lo que aquí se nos dice; ni siquiera podemos asegurar si lo de «experto en la ley» se refiere a la ley judía o a la ley romana, pues de cualquiera de los dos modos podía ser muy útil a Pablo y a las congregaciones en general. De Apolos ya sabemos más (v. Hch. 18:24–28; 19:1; 1 Co. 1:12; 3:6; 16:12). Es muy probable que ambos fuesen los portadores de la presente epístola. Tampoco sabemos el punto de destino del viaje que aquí se menciona, sino solamente que, mientras estuviesen en Creta, se les había de proveer de todo lo necesario para el viaje de vuelta (¿hacia Alejandría?)
3. En el versículo 14 W. Hendriksen ha visto una indicación de que Tito «no debe cargar él solo con ese peso», sino que los creyentes de la isla deben ayudarle en dichas manifestaciones de generosidad y de amor cristiano: «Y aprendan también los nuestros a preceder a los demás (el mismo verbo del v. 8) en buenas obras, en orden a (gr. eis) las necesidades urgentes, a fin de que no sean infructuosos» (lit.). Comparar con 2 Pedro 1:8. El cristiano fiel se muestra por sus frutos de buenas obras a favor de los hermanos necesitados. El verbo «aprendan» está en presente de imperativo, con lo que da a entender que esta lección necesita un continuo repaso, a fin de llegar a ser expertos en dar (comp. con 1 Ti. 5:4), como Pablo lo era en contentarse con lo que tenía (Fil. 4:11). Si la raíz de la fe es genuina, no faltarán frutos de buenas obras en «el árbol de la salvación» (v. Ef. 2:8, 10).
Versículo 15
Saludos y bendición final. La redacción es concisa y escueta: «Te saludan todos los que (están) conmigo. Salud a los que nos aman (gr. philoúntas, a los que nos quieren entrañablemente) en fe» (ya sea, «en la esfera de la fe cristiana», como interpreta W. Hendriksen, o «fielmente», como dice Simpson). La bendición final es semejante a la que hallamos en 1 Timoteo 6:21b y en 2 Timoteo 4:22b, excepto la añadidura de «todos» en la presente epístola. El «Amén» no aparece en los MSS más importantes.