Zacarías (hebr. zekharyáh, que significa «Yah—Jehová—se acordó») era contemporáneo de Hageo, pues comenzó su ministerio dos meses más tarde que él (en octubre del 520 a. de C.). Su padre se llamaba (1:1) Berequías, que significa «Yah—Jehová—bendijo»; y su abuelo se llamaba Iddó, que, según algunos, significa «fijado» (el tiempo); según otros, «ataviado» Si se acepta el primer significado de Iddó, tendríamos que los tres nombres de la genealogía de 1:1 formarían el mensaje del libro: «Jehová se acuerda de Su pueblo y le bendice en el tiempo fijado».
El profeta proclama el propósito de Dios en tiempo de crisis y reafirma una fe fundamental en Dios como Soberano Señor del Universo, quien un día tomará firme y directamente en Sus manos el gobierno del mundo, y hará que Su pueblo retorne a su verdadero centro y, así, los reinstaurará en su propia heredad. Dios tiene las riendas de los gobiernos y de las naciones, e incluso en medio de graves problemas y desánimo general el profeta anuncia que no hay nada que Dios no pueda restaurar según Su propósito: He ahí un buen resumen del mensaje general de Zacarías.
El libro puede dividirse en dos grandes secciones:
I. Diversos mensajes proféticos (1:1–8:23).
II. Oráculos escatológicos (9:1–14:21).
Estas dos secciones se subdividen del modo siguiente:
Mensajes proféticos (1:1–8:23)
1) Llamada al arrepentimiento (1:1–6).
2) Visiones y oráculos (1:7–6:8).
3) Exaltación del sumo sacerdote Josué (6:9–15).
4) Diversos oráculos proféticos (7:1–8:23).
Oráculos escatológicos
1) Restauración de Judá (9:1–11:3).
2) El buen pastor y los malos pastores (11:4–17).
3) Sufrimientos últimos y liberación final (12:1–14:21).
En este capítulo, después de la introducción (v. 1), tenemos: I. Una llamada despertadora a un pueblo pecador para que se arrepientan y se vuelvan a su Dios (vv. 2–6). II. La esperanza de alcanzar favor y misericordia recibe gran aliento: 1. Mediante la visión de los caballos (vv. 7–11). 2. Mediante la oración del ángel por Jerusalén y la respuesta a dicha oración (vv. 12–17). 3. Mediante la visión de los cuatro obreros o artesanos (vv. 18–21).
Versículos 1–6
1. Tenemos aquí, en primer lugar, una llamada al arrepentimiento, ya que Jehová se había enojado mucho (v. 2. También en el v. 15) contra la generación anterior. El verbo hebreo qatsáf indica una actitud constante en el carácter de Dios, mientras que el verbo jaráh expresa indignación pasajera. Dios está indignado contra Israel (v. 2), como lo está también contra las naciones (v. 15), porque entrambos han actuado contra la voluntad y los propósitos de Dios.
2. La llamada al arrepentimiento está expresada, como de ordinario en el Antiguo Testamento, por medio del verbo shub, volver («Volveos a mí … y yo me volveré a vosotros, dice Jehová de las huestes»— v. 3—). Dicho verbo corresponde al griego metanoeín del Nuevo Testamento, y ambos tienen carácter activo, operativo. De ahí la conexión con el versículo 4 (comp. con Mal. 3:7). Dice M. Henry: «Algunos argüirían: ¿Vamos a ser nosotros más sabios que nuestros padres? Ellos nunca hicieron caso de los profetas. ¿Y vamos nosotros a hacer caso de ellos?» Según se les enseña aquí, eso es lo contrario de lo que debían haber dicho. Esto significa que tienen aún oportunidad para arrepentirse y enmendarse, y no deben olvidar que Dios puede castigarles sin previo aviso. Nótese, de paso, la frase «Jehová de las huestes», que se repite cinco veces en cuatro versículos; de ellas, tres veces en un solo versículo (el v. 3). Es un epíteto que se le asigna a Dios cuando se dispone a actuar «en plan guerrero», por decirlo así.
3. La idea subyacente a los versículos 5 y 6, como hace notar Ryrie, es: «Prestad atención a la Palabra de Dios, porque, aunque los profetas se mueran, ella permanece; y la prueba de que permanece es que sus avisos se cumplen (“¿no alcanzaron …?”)». El verbo hebreo para «alcanzar» está aquí en el sentido de atrapar adelantándose al pecador, como hace el policía con el conductor que viola las normas de tráfico. La segunda parte del versículo 6 declara el hecho de que los de la generación anterior, los deportados a Babilonia, reconocieron la mano de Dios en el exilio, se arrepintieron y se volvieron a Dios.
Versículos 7–17
En estos versículos tenemos la primera de ocho visiones proféticas, que llegan hasta 6:15. Aunque utilizan símbolos diferentes, todas ellas traen el mismo mensaje.
1. En la presente porción aparecen cuatro jinetes. El caballo es, en la Biblia, símbolo de dominio y de fuerza; especialmente, de fuerza guerrera. La presente visión de los cuatro jinetes difiere mucho de la visión que Juan tuvo en Apocalipsis 6:1 y ss. Zacarías tuvo esta visión (v. 7) el día 24 del mes undécimo, que es el mes de Sebat. El vocablo Shebat, única vez que sale en la Biblia, pertenece a la nomenclatura babilónica de los meses, no a la hebrea, y viene a coincidir con la última decena del mes de enero y las dos primeras decenas de febrero; por lo que dicha fecha viene a ser el 15 de febrero del 519 a. de C. «Tres meses después de la llamada al arrepentimiento de 1:1–6 y después que Hageo habló (Hag. 2:10–23), el pueblo se había arrepentido» (Ryrie).
2. Los caballos y los jinetes de esta porción han de ser considerados a la luz de lo que sabemos acerca de los correos montados que los reyes de Persia usaban para despachar sus decretos y controlar los asuntos del imperio. Quizá los colores no tengan aquí la importancia que tienen en Apocalipsis 6. Von Rad sugiere que los caballos reflejan aquí el tornasol de la puesta del sol, mientras que en el capítulo 6 (también de la presente profecía) representan la luz del amanecer. Otros sugieren que dichos colores están aquí abreviados, y no faltan quienes opinan que también aquí han de verse los cuatro colores del capítulo 6: rojo, amarillo, negro y blanco (comp. con los de Ap. 6). La diferencia más notable es que aquí los caballos y los jinetes desempeñan una labor de reconocimiento del terreno, mientras que los carros y caballos del capítulo 6 son emisarios de destrucción. El término hebreo metsuláh, «hondonada», indica casi siempre la hondura del mar, de un río o de un pantano, pero aquí es probable que designe «una localidad cerca de Jerusalén» (Buck). Lo mismo opina Feinberg. J. G. Baldwin opina que se trata del valle de Cedrón.
3. En la visión, Zacarías contempla varios personajes celestiales: (A) El varón que cabalgaba sobre un caballo rojo (hebr. adom), al que se identifica con lo de «que estaba entre los mirtos» (v. 8), es el propio Ángel de Jehová del versículo 11, ya que también de Él se dice que estaba entre los mirtos; y, por supuesto, el mismo del versículo 12, ya que aquí se le identifica como el mismo Ángel de Jehová del versículo 11. Como ya lo hemos visto repetidas veces desde Génesis 16:7, no es otro que el Señor Jesucristo preencarnado. (B) El ángel que hablaba con Zacarías (v. 9) ejerce la función de intérprete de la visión, y es distinto de los demás personajes que entran en escena. (C) El pronombre demostrativo «éstos» del versículo 10 y el pronombre personal «ellos» del versículo 11 se refieren a los otros tres jinetes, con sus caballos, que estaban detrás del varón sobre caballo rojo (v. 8) y le informan (v. 11) como subordinados a un jefe supremo.
4. El informe que le dan (v. 11b) es que «toda la tierra está sentada y tranquila» (lit.). El imperio persa estaba ahora en paz porque los enemigos de Darío I Histaspes habían sido subyugados, pero el original hebreo (shoqáteth) sugiere que dicha tranquilidad no era señal de contentamiento por parte de la población, sino de resignación pasiva ante una injusta situación contra la que nada podían hacer. Como se ve por los versículos 14 y ss., no es esto lo que Dios quiere, pues el templo está todavía sin reedificar; de ahí las exclamaciones del versículo 12, en las que vemos al Ángel de Jehová que intercede por Jerusalén y Judá. Lo del final del versículo 12: «desde hace setenta años», no se refiere, según Ryrie, a los años del exilio, sino «a los años durante los que el templo yacía en ruinas (586–516)». No me cabe duda de que Ryrie está en lo cierto.
5. No se nos dice (vv. 13, 14) todo el mensaje transmitido al ángel que hablaba con Zacarías, pero se expresa lo sustancial: El celo de Jehová por Jerusalén (la ciudad como centro político) y por Sion (como centro espiritual) le lleva a airarse mucho (v. 15) contra las naciones que se excedieron, y fueron en su violencia más allá de lo que Dios les había permitido al castigar a Su pueblo, y se vuelve compasivo hacia Jerusalén (v. 16), a la vez que les promete seguridad para estimularles a la obra de reconstrucción (v. 17). Es notable, en el versículo 17, la cuádruple repetición del adverbio hebreo od, «aún» (comp. con Ro. 8:34), que anunció prosperidad a Israel, consuelo a Sion y renovada elección a Jerusalén. A la luz de Isaías 2:1–4; Jeremías 33:7 y ss.; Miqueas 4:1–4, puede verse en el «rebosarán» (hebr. tefutsénnah, del verbo puts) del versículo 17b la extensión de las bendiciones divinas más allá de las fronteras de Israel. Del verbo hebreo puts dice Buck: «Este verbo, que se encuentra sesenta y nueve veces en el Antiguo Testamento, significa generalmente dispersar, desparramar (cf. e.gr., 13:7); solamente aquí y en Proverbios 5:16 se interpreta por derramar fuera, rebosar».
Versículos 18–21
Segunda visión de Zacarías. En la Biblia Hebrea, el capítulo 2 de esta profecía comienza en el versículo 18 del capítulo 1 de esta misma profecía. La visión se desdobla, en realidad, en dos:
1. Primero (vv. 18, 19) el profeta ve cuatro cuernos. Como sabemos, el cuerno, en la Biblia, es símbolo de fuerza o de abundancia. Son cuernos de animales vivos, puesto que actúan poderosamente, aunque no se hace ninguna mención de los animales, pues no viene al caso y podría ser un obstáculo a la recta interpretación de la porción. Hay un dato cierto y otro problemático en la significación de los cuernos. El dato cierto es que se refieren a los poderes paganos que acornearon al pueblo de Dios a lo largo de la historia. El dato problemático es qué poderes fueron esos precisamente. Según Buck, el número 4 «se funda en la idea de los cuatro puntos cardinales (cf. Is. 11:12) y en los cuatro vientos (Jer. 49:36; Zac. 2:10; 6:5; Dn. 7:2; Mt. 24:3; Ap. 7:1) y simboliza la totalidad». No obstante, los autores se esfuerzan en hallar cuatro reinos específicos que acornearon a Israel. Hengstenberg (citado por Buck)
«cree que se trata de Babilonia, Persia, Grecia y de un reino desconocido». Feinberg opina, con base en Daniel capítulos 2, 7 y 8, del modo siguiente: «Los poderes que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén … fueron Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Es cierto que, en tiempo de Zacarías, el tercero y el cuarto de esos poderes no existían aún, pero es prerrogativa de la profecía ver en una sola panorámica todo el esquema de los acontecimientos». Me inclino por la opinión de Ryrie, quien da como más probables los nombres de Asiria, Egipto, Babilonia y Medo-Persia, «los cuales afligieron y dispersaron a Israel». De este modo se evita mejor la objeción de que aquí no estamos ante un oráculo que apunte proféticamente al futuro.
2. Pero, inmediatamente después de la visión de los cuatro cuernos, Zacarías tiene otra visión complementaria (vv. 20, 21); puede decirse que es la misma, porque no cambia el escenario, aunque se sucedan los actores: Ahora aparecen cuatro artesanos. El hebreo jarashim designa artesanos en piedra, metal o madera. Aquí lo que importa es que tengan la fuerza y el instrumental necesario para ejecutar la tarea que la Providencia les ha asignado, y representan a los pueblos de los que Dios se ha servido para derribar y destruir a las naciones que acornearon a Israel.
Damos aquí el resumen que, de este capítulo, trae Ryrie como nota en su Ryrie Study Bible: «Esta visión significa la seguridad de la restauración y de las bendiciones de Israel y de Jerusalén. En el futuro, Jerusalén se extenderá más allá de sus muros (v. 4), aunque los habitantes vivirán seguros allí a causa de la presencia personal del Señor (v. 5) durante el Milenio. Los que no habían regresado aún de Babilonia (la tierra del norte, Jer. 1:14) son convocados a regresar (vv. 6, 7; sólo unos 50.000 habían vuelto tras el decreto de Ciro el año 538), porque Babilonia había de ser tomada pronto (como ocurrió tres años después) … Los versículos 10–13 describen las bendiciones mileniales para las naciones, Israel y Jerusalén».
Versículos 1–5
1. Esta visión del capítulo 2 sirve para recalcar la promesa de 1:16. La medida de las nuevas dimensiones (y «sin muros»—v. 4—), implica que la extensión de la nueva Jerusalén será mucho mayor que la de la antigua (comp. con Ez. cap. 40). El varón del versículo 1 necesita ulteriores instrucciones acerca del plan de Dios. A primera vista, parece natural que se construyesen murallas para defensa de la ciudad, pero no es ése el plan de Dios: No habrá ningún peligro; podrá ser ciudad abierta (comp. con Ap. 21:25), pues Jehová mismo le servirá de muro (v. 5).
2. En efecto, el versículo 5 nos trae a la memoria Éxodo 13:21 y ss. También entonces les protegió Dios y les guió por medio de la columna de fuego. Ahora no será un fuego visible, pero será notoria la protección divina. Un dato sumamente interesante en este versículo 5 es la inusitada inclusión explícita del verbo hayah, precisamente en la misma forma («ehyeh») en que se halla en Éxodo 3:14, por lo que algunos comentaristas ven en eso una alusión a la teofanía en que se definió Dios a Sí mismo como YO SOY EL QUE SOY (lit. «seré el que seré». V. el comentario a dicho lugar).
Versículos 6–13
Aquí tenemos dos oráculos poéticos (6–9 y 10–13), que se distinguen claramente. En ambos, especialmente en el primero, abundan los «porque».
1. En los versículo 6–9, Jehová urge a los deportados que todavía se hallan en Babilonia a salir de ella: «escápate» (v. 7, comp. con Is. 48:20; Jer. 51:6; 2 Co. 6:17; Ap. 18:4). La segunda frase del versículo 8 es sumamente difícil por su concisión. Dice literalmente según el original hebreo: «Tras (la) gloria me ha enviado a las naciones que os despojaron». De todas las muchas y variadas interpretaciones que de la frase hebrea ajar kabod se han intentado, la más plausible es la que propone Feinberg:
«Sostenemos con otros—dice—que el Señor (Jehová de las huestes—el paréntesis es mío—) declara que, para vindicación y manifestación de Su gloria (la cual está ligada inseparablemente a la suerte de Su pueblo), enviará al Mesías, no al profeta, a visitar las naciones que han despojado a Su pueblo». La razón es (v. 8b) que quien injuria a Israel, es como si injuriase la pupila de Jehová. «Como bien se sabe—dice Feinberg— … la pupila es la parte más delicada, más fácil de dañar y más importante del ojo.» Tanto en 8b como en el versículo 9, el comentario de Zacarías está entremezclado con el oráculo divino. El cumplimiento de los oráculos garantizará la autoridad del mensajero.
2. En los versículos 10–13 vemos que el retorno de Jehová a Sion es justa causa para una celebración festiva. «Sion» (v. 10), entendida aquí como la ciudad con su pueblo, se contradistingue del templo (v. vv. 4 y ss.; 8:3). Con esta promesa se afianza la relación pactada (como en Éx. 25:8; 1 R. 6:13). Este pacto tendrá carácter universalista (v. 11) por un acto positivo y deliberado de las naciones: «Se unirán …». En el versículo 12 vemos la única vez que la expresión «la tierra santa» ocurre en toda la Biblia. La llama así porque es heredad santa, dada por un Dios santo a Su pueblo santo. Nótese (v. 12, al final) lo de «escogerá de nuevo a Jerusalén». Tenemos una expresión sinónima («santo monte») en Salmos 2:6; 15:1; 99:9. El versículo 13 nos declara que el júbilo por la inmanencia de Dios ha de estar unido al temor reverencial por la trascendencia, mientras Dios sale de su celestial morada (comp. con Hab. 2:20). Dice Buck: «El silencio trae consigo reverencia y humilde sujeción, y tal postura conviene a todo ser vivo delante de Jehová, que está para intervenir. Jehová se levanta: se supone que hasta ahora él había quedado inactivo (cf. Dt. 26:15; Jer. 25:30; Sal. 29:9) y silencioso (cf. Is. 42:14) allí en su santa morada. Y al despertarse, despertará a todos (cf. Hag. 1:14) y los conmoverá (cf. Hag. 2:7), de manera que se ponga en marcha la realización de las promesas hechas durante la segunda y tercera visión». Como alguien ha dicho: «Cuando Dios se mueve, los hombres han de esperar en silencio reverencial» (v. Ap. 8:1). Esto debería inducirnos a hacer un serio examen de conciencia y prepararnos para venir al encuentro de nuestro Dios (Am. 4:12).
La Ryrie Study Bible resume del modo siguiente el contenido del presente capítulo: «Josué, el sumo sacerdote, es limpiado en esta visión. Esto tenía un significado personal en cuanto al cargo que algunos habían presentado de que Josué estaba inhabilitado para desempeñar tal oficio. Tenía también un significado sacerdotal para la nación, y describe su restauración a la posición sacerdotal delante de Dios. Tenía asimismo un significado profético, al ilustrar la futura limpieza de la nación al retorno de Cristo».
Versículos 1–3
1. Zacarías tiene ahora otra visión. Jehová hace de Juez (v. 1) y el Ángel de Jehová aparece, seguramente, al lado de Jehová. Delante del Ángel de Jehová está de pie el sumo sacerdote Josué (hebr. Yehoshuá) llevando la iniquidad suya y de su pueblo Israel. A la mano derecha de Josué se halla, como fiscal, el Satanás (lit. Con artículo, lo mismo que en el libro de Job). Hace notar Feinberg que «la mano derecha es la posición de costumbre del demandante en una litigación (Sal. 109:6), pero es también el lugar del defensor (Sal. 109:31)». En Job 1:7 vemos que Satanás ha recorrido (hebr. shut) toda la tierra como los siete ojos de Jehová (4:10, al final). Pero mientras los ojos de Jehová recorren la tierra en función santa, el diablo sólo lo hace para buscar motivos (aun falsos) de acusación contra los hijos de Dios. Por algo Hassatán (Satán con artículo) significa el adversario. Es posible que el nombre original de Satanás fuese Shatán, del verbo shut, recorrer de una parte a otra.
2. La acusación de Satanás no prospera, porque Jehová reprende al diablo (comp. con Jud. v. 9, al final). Es muy notable ese desdoblamiento de Jehová al comienzo del versículo 2: «Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda». Bueno será tener en cuenta que incluso los rabinos judíos admiten cierta identificación del Ángel de Jehová con Jehová, la cual no puede estar más clara en este lugar, advirtiendo que el nombre de Jehová designa corrientemente al único Dios vivo y verdadero. Aquí, el Ángel de Jehová (Cristo preencarnado) se identifica de tal modo con el único Dios vivo y verdadero (comp. con Jn. 10:30), que también a Él se le atribuye el epíteto de Jehová. La importancia de este dato, en orden a la afirmación de la deidad de Cristo, es insoslayable.
3. Tenemos, pues, aquí al Cristo preencarnado que intercede ya (v. 2b) por el pueblo de Dios y consigue misericordia y gracia, esto es, justificación gratuita para el pueblo escogido, representado aquí por el sumo sacerdote Josué. Lo del tizón arrebatado del incendio (v. 2, al final; comp. con Amós 4:11 y Jud. v. 23) sugiere, según algunos, una alusión a la liberación del pueblo de Israel del «horno» de Egipto (v. Dt. 4:20).
4. En efecto, las vestiduras del sumo sacerdote Josué (v. 3) son como las del que ha escapado de un incendio: sucias y chamuscadas, pues representan las iniquidades suyas y las del pueblo, contra las que Josué es incapaz de hacer nada, ya que «sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados» (He. 9:22b).
Versículos 4–7
1. No se pierda de vista que es el Ángel de Jehová el que continúa hablando en estos versículos y en los siguientes, pues las frases del v. 4b revisten gran importancia en orden a la afirmación, ya vista, de la deidad del Cristo preencarnado. Es el Ángel quien manda que a Josué le quiten las vestiduras sucias y chamuscadas, no sólo por el castigo, sino también por el pecado del pueblo, y le vistan de gala (vv. 4b y 5), como al Hijo Pródigo de Lucas 15:22, para indicar que el pueblo es aceptado una vez más en la presencia de su Dios. Es también el Ángel de Jehová quien perdona el pecado («hago pasar de ti tu pecado»—v. 4c, comp. con Mr. 2:5–12—).
2. En los versículos 6 y 7 vemos que Josué es reinstalado en su oficio de sumo sacerdote y, además, se le otorgan dos privilegios que no tuvieron antes los sumos sacerdotes: (A) Si observa los mandamientos de Dios y el ritual que describe las funciones del sumo sacerdote, gobernará (lit. juzgará—hebr. din—) la casa de Dios, es decir, el templo, con una autoridad de la que antes disfrutaban los reyes (v. 1 R. 2:27; 2 R. 16:10–19), y que ahora es transferida a Josué. (B) Además, tendrá libre acceso a la presencia de Dios, lo cual es como un anticipo de Hebreos 4:14–16 y, por supuesto, de los 24 ancianos reyes-sacerdotes de Apocalipsis 4:4 y ss. Por cierto, este privilegio no va a ser exclusivo de Josué, el sumo sacerdote, sino que de él van a participar los demás que aquí están (v. 7, al final), tú y tus amigos que se sientan delante de ti (v. 8b).
Versículos 8–10
1. Los colegas de Josué son (v. 8b) «varones (de) símbolo» (lit.). El hebreo mophéth indica un símbolo en calidad de buen presagio, puesto que su continuación en el sacerdocio, a través de todas las vicisitudes del exilio, comporta la garantía de que Dios hará algo mucho mejor mediante Su Siervo, el Renuevo (hebr. tsémaj). «El término hebreo—dice Buck—significa un brote de una planta; aquí este brote se refiere a una persona, porque se añade mi siervo.» El término tsémaj vuelve a salir, con su verbo correspondiente (yitsmáj), en 6:12. En Isaías 4:2 y Jeremías 23:5; 33:15 aprendemos algo más acerca del Renuevo o Retoño: Las dos virtudes gemelas, «justicia» y «rectitud», habrían de ser mantenidas por los descendientes de David, pero aquí todo apunta a preparar el camino para un sucesor de David de proporciones mesiánicas: el Siervo de Isaías 52:13–53:12. A las referencias arriba indicadas pueden añadirse Isaías 42:1 y Ezequiel 34:23, 24.
2. «La piedra …». (hebr. haében, pues lleva el artículo ha) del versículo 9 es, quizás, representativa de las que tenían los nombres de las tribus en las hombreras (lugar de soporte) y en el pectoral (lugar de afecto) del sumo sacerdote. A la luz de Apocalipsis 5:6, podemos entender mejor lo de los siete ojos de este versículo 9 (comp. con 4:10, al final). También podrían entenderse como siete facetas de la piedra, en la que estará esculpida la gracia misericordiosa de Dios, que ha quitado el pecado del pueblo. Siete nos da el número completo de los destellos que la piedra envía. «La piedra—dice Ryrie—es también una referencia al Mesías (cf. Sal. 118:22; Mt. 21:42; 1 P. 2:6). En su segunda venida, limpiará a Israel (Ro. 11:25, 26).»
3. «En aquel día» (v. 10)—frase de sentido netamente escatológico—, el pueblo de Dios disfrutará de completa paz, pues cada uno convidará a su compañero debajo de su parra y debajo de su higuera (comp. con 1 R. 4:25; Is. 36:16; Mi. 4:4). En los versículos 7, 9 y 10 se repite la expresión «Jehová de las huestes», como ocurre siempre que se quiere poner de relieve el poder de Dios como «general en jefe de las huestes de Israel».
Si el capítulo 3 hablaba de la gracia, el capítulo presente nos habla del poder; en el anterior, el Cristo preencarnado era protagonista; en el actual lo es el Espíritu Santo, con la unción que Él imparte. Al seguir la división de Feinberg, podemos ver: I. A Israel como la Luz del mundo (vv. 1–3). II. Al Espíritu Todopoderoso de Dios (vv. 4–6). III. El ánimo que se da a Zorobabel (vv. 7–10). IV. Los dos canales de gracia y poder (vv. 11–14).
Versículos 1–5
1. No menos de once veces se repite, en los seis primeros capítulos de Zacarías, la frase «el ángel que hablaba conmigo» (1:9, 13, 14, 19; 2:3; 4:1, 4, 5; 5:5, 10; 6:4), y dicho ángel se contradistingue siempre claramente (v., por ej., 1:12, 13) del Ángel de Jehová. Aunque no se le menciona por su nombre, quizá se trate (esa es mi opinión) del ángel Gabriel. Vemos (v. 1) que este ángel despierta a Zacarías, esto es (con la mayor probabilidad), distrae su atención de la visión que acaba de tener para alertarle a percibir una nueva visión.
2. Ahora (v. 2) el profeta ve un candelabro de oro (la menoráh, como dice el hebreo), clara alusión al candelabro que lucía en el Tabernáculo (v. Éx. 25:31 y ss.). Salomón proporcionó al templo diez candelabros como éste (v. 1 R. 7:49). Se distinguía de una lámpara común (hebr. ner) en que se sostenía sobre un pedestal o trípode. El depósito o cúpula (hebr. gulláh) contenía el aceite mediante siete tubos para cada una de las siete lámparas (en total, 49 tubos). Además del número 7 (número de perfección), es de notar una vez más el simbolismo del aceite, que representa la unción del Espíritu Santo, como puede verse por la expresión «con mi Espíritu» en el versículo 6 (comp. con 1 Jn. 2:20, 27).
3. La provisión de aceite para las lámparas del candelabro está garantizada mediante los dos olivos (v. 3), que están directamente conectados con el depósito. La identidad de los olivos nos es dada en el versículo 14 y, por todo el contexto, se ve que los ungidos son Zorobabel y Josué. Dice Buck: «A esta visión acerca de las significaciones mesiánicas de Zorobabel y de Yehosúa se debe también que más tarde, en la Comunidad de Qumrán, se esperaran dos ungidos, un Mesías de Aarón, es decir, un Mesías sacerdotal, y otro Mesías de Israel, es decir, un Mesías real y davídico. Pero, de hecho, en la plenitud de los tiempos, los dos poderes, real y sacerdotal, serán reunidos juntamente en la persona de Cristo». Es interesante la observación que el mismo autor hace sobre la unción que reside en todo creyente: «El justo, para describir su dicha, no se compara con la palmera o el cedro (cf. Sal. 92:13), sino con el olivo (e. gr., Sal. 52:10)».
4. Zacarías pregunta sobre el significado de todo esto (v. 4), pero su pregunta no es respondida de inmediato, por lo que insiste (vv. 5, 11–13) hasta que recibe la respuesta en el versículo 14. La razón, en mi opinión, está en que el ángel tiene un mensaje mucho más importante que comunicar a Zacarías (vv. 6–10); solamente después de dicho mensaje es cuando el ángel satisface la curiosidad del profeta.
Versículos 6–14
1. En efecto, el ángel tiene un mensaje seguro y urgente (v. 6) para Zorobabel: El templo será reconstruido «no con fuerza (hebr. jayil) ni con poder (hebr. kóaj)—entendiendo por «poder» la habilidad o capacidad propia del ser humano—, sino con mi Espíritu (hebr. ruají). El mismo Espíritu que formó la tierra, separó las aguas y levantó a los muertos, es el que había de hacer la obra de reconstrucción, como si fuese un «nuevo nacimiento». Esto no excluye el esfuerzo humano y la coordinación necesaria para una obra de tal envergadura, sino que le confiere el poder divino y la unidad del Espíritu para completar, del modo más conveniente, esa obra sagrada.
2. Con ese poder que sólo el Espíritu de Dios puede conferir, no hay obstáculo (v. 7—«oh gran monte», comp. con Mt. 17:20; 21:21; Mr. 11:23) que pueda subsistir, ya que el Espíritu de Dios da fuerzas a quienes, con fe y discernimiento espiritual, llevan a cabo el plan de Dios, como es aquí el caso de Zorobabel. Según la literatura rabínica, el hombre que tiene discernimiento espiritual es llamado «removedor de montañas», lo cual lanza nueva luz sobre las frases de Jesús en los citados lugares de Mateo y Marcos.
3. «La primera piedra» (v. 7b) es, en realidad, «la piedra de remate» (hebr. haében harosháh), como muy bien traduce Buck; es decir, la piedra principal—«cabeza»—que completa y unifica el resto del edificio. Será sacada y exhibida al público entre gritos de júbilo: «Gracia, gracia a ella» (v. 7, al final), exclamación que, como dice Buck, equivale a decir: «¡Que Jehová, a causa del templo acabado, de sus bendiciones!» Esta piedra no puede menos de traernos a la memoria lugares como Salmos 118:22 y ss.; Mateo 21:42.
4. El mensaje continúa (vv. 9, 10) y da seguridades, no sólo de que los cimientos quedarán firmemente asentados, sino de que su terminación se llevará felizmente a cabo. El original dice a la letra en la primera parte del versículo 9: «Las manos de Zorobabel han asentado la casa esta, y sus manos la terminarán». Y «los que menospreciaron el día de las pequeñeces (v. 10. Lit.), es decir, de los comienzos insignificantes—en opinión de ellos, poco prometedores—se alegrarán al ver en la mano de Zorobabel la piedra de separación» (lit.), es decir, la piedra elegida, que no es otra que la del versículo 7. Dice Buck:
«Los LXX, Aq, Targ, Vg lo tradujeron por la piedra de estaño, esto es, la cuerda con su plomo o plomada que usan los albañiles. Así lo entienden también muchos autores modernos. Pero este término no es la palabra ordinaria para designar la plomada». En efecto, el vocablo hebreo para «plomada» es mishqoléth; únicamente en Amós 7:7, de entre toda la Biblia, tenemos el término anákh para designar igualmente la plomada. «Piedra de separación» (hebr. haében habbedil) significa que es: sin aleación, sin escoria, sin impurezas. Esta piedra, obviamente, no es la de 3:9.
5. Abruptamente (vv. 11–14), el ángel contesta ahora a la pregunta de Zacarías en el versículo 4: Los dos olivos suministran aceite para las lámparas. El sentido de los versículos 11–14 es el siguiente: Puesto que el candelabro significa el testimonio del templo y del pueblo acerca de Dios, la solución para la impotencia de Israel está en volver a recalcar el papel de testigo, con un líder obediente, responsable y activo (Zorobabel), papel que el pueblo había de desempeñar, en anticipación de Mateo 5:14 y Apocalipsis 1:12. Josué y Zorobabel no son los únicos testigos, pero son los más relevantes «ungidos» (v. 14. Lit. hijos del aceite), ya que habían sido ungidos clara y específicamente para actuar como los agentes designados por Dios. Esto tiene aplicación a nosotros, como miembros del Cuerpo de Cristo y santuario del Espíritu Santo, y, de modo especial, a los ministros del Señor, por cuanto se nos ha encomendado la función primordial (v. Hch. 1:8) de ser «testigos» del Resucitado. Dice Ryrie: «Todo testimonio verdadero ha de darse con el poder del Espíritu».
Continúan en este capítulo las visiones de Zacarías: I. Visión del rollo volante (vv. 1–4). II. Visión de la mujer sentada en medio del efá (vv. 5–11).
Versículos 1–4
1. Tenemos primero la visión del rollo volante. Este rollo vuela (v. 1) a fin de que todos puedan leerlo desde cualquier lugar donde se hallen. Hoy estamos familiarizados con los anuncios «volantes» hechos desde las avionetas comerciales. Por eso mismo, las dimensiones de este rollo (v. 2) son las que corresponden a un anuncio volante: nueve metros de largo por cuatro y medio de ancho, las mismas que las de la entrada en el templo de Salomón (v. 1 R. 6:3). Es una imagen apropiada para el tiempo (tras del exilio) en que habría un renovado deseo de aprender la Torah o Ley.
2. Lo peculiar de este rollo es que está completamente abierto. Por supuesto, como en otros lugares, está escrito por los dos lados. Contiene sendas maldiciones contra dos pecados bien especificados: hurtar y jurar en falso. Robar los bienes o la fama es grave daño contra el prójimo. Peor todavía es invocar el nombre de Jehová para sellar un testimonio falso. Los que tal hacen han de ser destruidos (v. 3b) o, como dice a la letra el texto, cortados (hebr. niqqáh), es decir, extirpados, como se hace con un tumor maligno, de entre una fiel congregación.
3. De acuerdo con Isaías 55:11, la Palabra de Dios cumple su misión con eficacia (ese es el sentido de los vv. 3 y 4) por la autoridad que la respalda. Así, el caso es conectado con el pacto, como en Deuteronomio 29:12, 18. El versículo 4 pone de relieve que, sin la cooperación de ninguna agencia humana, la Palabra de Dios hace su obra eficaz (comp. con He. 4:12) e impone su juicio, sea cual sea el juicio de los hombres, dentro de la conciencia. Dice Buck: «La maldición que entra en la casa de cada pecador insinúa que cada uno es responsable de sus pecados (cf. Ez. 18:1 y ss.). Y por el hecho de que la maldición permanece dentro de la casa hasta consumirla … se indica que ningún culpable puede escapar delante del juicio de Dios (cf. Am. 5:18, 19)». Esta función de la conciencia—voz de Dios que acusa y persigue fieramente al delincuente—ha sido expuesta de mano maestra por Dostoievski en su novela Crimen y castigo. Feinberg, por su parte, asegura: «Que nadie se llame a engaño: No hay nada tan letal ni tan ineludible para nosotros, en cuanto concierne a nuestros poderes personales, como el pecado».
Versículos 5–11
1. Viene ahora la visión del ánfora de iniquidad. El efá (v. 6) era una medida para áridos y contenía de 15 a 18 litros (Rut 2:7). Pero, al tener (v. 7) una figura humana dentro, no importan tanto las medidas como el mensaje. La última frase del versículo 6 dice al pie de la letra: «Y dijo: Eso es el ojo de ellos en toda la tierra». Es bien sabida la clara connotación moral y espiritual que el ojo tiene tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento (v., por ej., Mt. 6:22, 23). Hay quienes prefieren traducir lo de «ojo» por «semejanza», ya que es la figura lo primero que el ojo percibe; vendría a significar entonces:
«Ésta es la semejanza—del efá—en toda la tierra». Es, sin embargo, mucho más probable la primera interpretación.
2. Dentro del efá (v. 7: «en medio de aquel efá») estaba sentada una mujer. Esta mujer tipifica la Maldad (v. 8, comp. con Mt. 13:33; Ap. 17:3). El término hebreo que el texto usa para designar dicha Maldad es harisháh, que es el femenino (con artículo) de reshá, impiedad. Respecto de este término, dice R. Baker Girdlestone en su obra Sinónimos del Antiguo Testamento: «Se deriva de rashá, que se supone que originalmente se refería a la actividad, al vaivén y a la confusión en que viven los impíos, y a la agitación perpetua que provocan en otros». En cualquier caso, dicha Maldad (lit. impiedad) comporta diversas formas concretas del mal: social, moral, espiritual, y sólo se la puede dominar con la fuerza que poderes superiores, divinos, confieren (comp. con Ef. 6:10 y ss.).
3. Al corresponder a la figura de la mujer del versículo 7, Dios encarga (v. 9) a dos mujeres que vuelan (probablemente, con el poder del Espíritu de Dios). El original (v. 9b) dice a la letra: «Y viento («ruaj») en las alas de ellas». Dice que «tenían alas como de cigüeña». Esto no indica nada que tenga que ver con la condición «inmunda» de dicha ave, sino que «las alas de la cigüeña sugieren que esas mujeres son capaces de volar rápidamente y a largas distancias» (Buck). Es curioso que el término hebreo con que se designa aquí a la cigüeña (o garza) sea jasidáh, que no puede menos de sugerirnos cierta asociación con jesed, el amor misericordioso de Dios, el cual se ha manifestado tan claramente en el capítulo 3. La mención del viento sirve para que el profeta recuerde que esta remoción de la iniquidad es obra exclusiva de Dios.
4. Sinar (v. 11) es el antiguo nombre de Babilonia, la que siempre estuvo en marcado antagonismo contra el plan de Dios, como se ve ya desde Génesis 11:1–9 hasta los capítulos 17 y 18 de Apocalipsis. La casa que se le va a edificar es probablemente un templete, hornacina o altar. Allí está su lugar apropiado, no en la tierra en que Jehová-Dios ha puesto su nombre. Alguien podría ver aquí una alusión profética a una probable reedificación futura de la ciudad de Babilonia.
Este capítulo consta, como el anterior, de dos partes: I. La visión de los carros y los caballos (vv. 1– 8). II. Una acción simbólica: La coronación de Josué (vv. 9–15).
Versículos 1–8
1. A primera vista, esta visión parece asemejarse a la de 1:7–17, pero las diferencias son muy notables: Estos carros (v. 1 y ss.), que el hebreo designa con el término markaboth (¡plural de la conocida merkabáh de Ezequiel!), no son vehículos militares, pues salen de entre dos montes de bronce (v. 1b), donde los carros de guerra tendrían poca cosa que hacer, sino que son de reconocimiento del terreno. Von Rad y otros opinan que los colores de los caballos (vv. 2 y 3) corresponden al alba, como el anunciar un nuevo día en la historia de Judá. Otra notable diferencia es que en 1:7–17 los jinetes estaban encargados de traer informes al Ángel de Jehová, mientras que aquí los carros tienen el encargo de llevar a cabo los decretos judiciales de Dios. Por tanto, la semejanza con los jinetes de Apocalipsis 6:1 y ss. se halla en Zacarías 6:1 y ss. más bien que en Zacarías 1:7–17.
2. Tanto el número (dos) como la naturaleza de los montes (de bronce) merecen especial atención. Dice Feinberg: «Los montes no son otros que el monte Moria y el monte Olivete; los carros corren por el valle de Josafat. Son de bronce, no para hacerlos inmovibles, ni para indicar la firmeza del lugar donde mora Jehová, ni la estabilidad del pueblo de Dios o de Su gobierno, sino para indicar la rectitud de Dios en el juicio (v. Sal. 36:6). Nótese el uso del bronce en el tabernáculo y en el Templo y su objetivo allí».
3. Los «cuatro vientos» (v. 5) indican que salen de los cuatro puntos cardinales. Recuérdese que el Antiguo Testamento presenta a los vientos como mensajeros de Dios (V. Sal. 104:4). La enumeración (y otros detalles) que de los caballos se hace en los versículos 6–8 presenta varias dificultades: (A) En los versículos 2 y 3 hay una neta enumeración: caballos alazanes (lit. rojos; hebr. adumim—comp. con Adán), negros (hebr. shejorim), blancos (hebr. lebanim; recuérdese que Líbano significa «blanco») y tordos (hebr. berudim). Pero en la enumeración del versículo 6 no se mencionan los alazanes. (B) De los caballos tordos se dice en el versículo 3 (al final) que eran vigorosos o, mejor, briosos (hebr. amutstsim). Pero en el versículo 7, tras la mención de los caballos tordos (al final del v. 6), leemos: «Y los briosos (hebr. haamutstsim, con el artículo claramente expreso) salieron y se afanaron, etc.». Si sólo los tordos briosos recorren la tierra ¿qué hacen los demás? Se han propuesto soluciones de todas las clases, habida cuenta de que el hebreo amutstsim significa literalmente «fuertemente coloreados», por lo que nuestra Reina-Valera trae «los alazanes» al comienzo del versículo 7, para suplir la falta de los alazanes en el versículo anterior. La mejor solución, a mi juicio, es la que presenta Feinberg: «Tanto los caballos negros como los blancos salieron hacia la tierra del norte, que es, con seguridad, Babilonia; los tordos partieron rápidos al país del sur o Egipto. Bajo estos dos nombres se comprenden los implacables enemigos del pueblo de Israel, pero hay una razón para poner énfasis en Babilonia … Los caballos alazanes son pasados en silencio … Debe de ser que los que recorren la tierra por permiso de Jehová no son otros que los caballos alazanes del primer carro … Los caballos alazanes salen para terminar la obra comenzada por los otros grupos». Se ve (v. 7) a los caballos que salta impacientes por recorrer la tierra.
4. Sean cuales sean los caballos que salieron a recorrer la tierra (v. 7) (y Feinberg dice que «es imposible restringir la referencia a la tierra al país de Palestina»), lo cierto es que (v. 8) los que salieron hacia la tierra del norte (los negros—muerte—y los blancos—justicia—), es decir, a Babilonia, hicieron reposar el Espíritu de Jehová. Esto puede significar: (A) que, con su obra de juicio y destrucción, aplacaron la ira de Dios, o (B) que hicieron su obra entre los exiliados en Babilonia, para disponerlos a renovar una correcta actividad espiritual en el servicio de Dios. El segundo sentido es el más probable.
Versículos 9–15
1. De las visiones (ocho) de Zacarías pasamos ahora a una coronación simbólica del sumo sacerdote Josué. Lo más notable de esta porción es lo siguiente: (A) Se trata de una sola corona (v. 11), aunque el hebreo ataroth esté en plural. Dice Ryrie: «una corona adornada. Una corona compuesta hecha de varios círculos. La corona le fue puesta a Josué. Ninguna corona le fue puesta a Zorobabel». (B) Sobre la cabeza del sumo sacerdote no es emblema de autoridad regia (pues esto habría de corresponder a Zorobabel) sino de especial dignidad. (C) La alusión al Retoño o Renuevo (v. 12) tiene tono escatológico. Dice Ryrie: «La coronación de Josué prefiguraba la coronación del Mesías, el cual (v. 13), en su segunda venida edificará el templo (milenial) y unirá en una sola Persona los oficios de Rey y Sacerdote». (D) Lo de «consejo de paz» de la última frase del versículo 13 significa, no solamente unanimidad, sino más bien, identidad, ya que, como hemos dicho, el Mesías unirá en Sí las funciones de Rey y de Sacerdote.
2. En el versículo 10 aparecen los nombres de cuatro exiliados en Babilonia «que habían venido a Jerusalén en una visita, a fin de traer una ofrenda para la construcción del Templo» (Ryrie). Se consignan sus nombres: Jelday, Tobías, Yedayá y Josías hijo de Sofonías. De éste dice Buck: «se distingue de los otros tres, porque se menciona a su padre; además, posee una casa. Su padre o su abuelo, tal vez, es idéntico con aquel sacerdote segundo, Sofonías, mencionado entre los deportados en 2 Reyes 25:18 (cf. también Jer. 29:25–29)». En el versículo 14, el nombre de Jelday se sustituye por el de Jélem, que significa «vigor», y el de Josías se cambia en Jen, que significa «gracia». Esos cuatro exiliados son los que, según el mismo versículo 14, han ofrendado el oro y la plata (aunque esto no aparece expresamente en el texto) para fabricar la corona de múltiples círculos que quedará en el templo como memorial a la generosidad de ellos.
«Los que están lejos» (v. 15) no son los todavía exiliados o dispersos, quienes no habían de poner mano en la reconstrucción del templo, sino que tiene sentido de lejanía en el tiempo futuro (v. Hag. 2:7). Son todos aquellos a quienes han de extenderse las bendiciones mesiánicas, aun cuando pertenezcan a las naciones de la gentilidad. También ellos contribuirán a la reconstrucción del templo futuro. «Cuando todo esto se cumpla, se conocerá que Zacarías es un verdadero profeta a quien el Señor ha enviado para anunciar todo esto anticipadamente» (Buck). Eso es lo que significa la frase central del versículo 15. En cuanto a la última frase («Y esto sucederá si escucháis obedientes la voz de Jehová vuestro Dios»), no quiere decir que el cumplimiento de la profecía sea bajo condición de obediencia, sino que «Su venida (la del Mesías—el paréntesis es mio—) y obra estaban aseguradas y sin condiciones, pero la bendición y el beneficio de ello estaban condicionados por la obediencia de Israel» (Feinberg).
También este capítulo puede dividirse en dos partes: I. La obediencia es antes que el ayuno (vv. 1–7).
II. Jehová dice claramente qué es lo que requiere de Su pueblo: juicio, misericordia y compasión (vv. 8– 14).
Versículos 1–7
1. El capítulo 7 se abre de una forma que nos da a entender con toda claridad que estamos ante una sección de la profecía de Zacarías completamente distinta de la primera. Ya no tenemos más visiones, sino un grupo de oráculos proféticos (caps. 7 y 8) y otro, más amplio, de oráculos netamente escatológicos (caps. 9 al 14). La línea divisoria, con respecto a los seis primeros capítulos, se nota también en el cuidado con que Zacarías registra la fecha en que ocurre lo que va a narrar a continuación: Fue (v. 1) el día cuatro del mes noveno, que es Quisléu, del año cuarto del rey Darío, es decir, el 7 de diciembre del año 518 a. de C. Este Darío no es el del libro de Daniel, sino Darío I Histaspes (521–486 a. de C.).
2. El oráculo que en esta ocasión dio Jehová a Zacarías fue con ocasión de una consulta que ciertos hombres de Betel vinieron a hacer a los sacerdotes y profetas de Jerusalén. A la cabeza de esta delegación («… y sus hombres») venían (v. 2) un tal Sarétser (nombre propio, con la mayor probabilidad) y Réguem- mélec, que significa «oficial del rey» y, por tanto, no parece que sea nombre personal, sino de oficio, como el Rabsaces de Asiria. Los detalles temporales tan específicos sugieren un viaje largo (desde Babilonia, no desde Betel). Dice Buck: «No sorprende que la consulta se haga ahora en el mes noveno acerca de una observación litúrgica que obligaba en el mes quinto, porque el viaje de Babilonia a Jerusalén, según Esdras 7:7–9, había llevado varios meses».
3. Estos hombres vienen, primordialmente (v. 2b), a implorar el favor de Jehová (lit. acariciar el rostro de Jehová) mediante actos culturales y, de paso, preguntar a sacerdotes y profetas sobre el ayuno. Desde 1 Crónicas 25:1 y ss., parece ser que los profetas disfrutaban de status levítico (comp. con Lm. 2:20). Lejos de Jerusalén y, por tanto, del templo, los exiliados suplían su falta de sacrificios mediante la observancia de los días de ayuno. El ayuno del mes quinto conmemoraba la trágica destrucción del templo el año 586 a. de C. (v. 2 R. 25:8); el del mes cuarto, la brecha que los asaltantes hicieron en los muros de la ciudad el año 587 (v. Jer. 39:2); el del mes séptimo, el asesinato de Gedalías (2 R. 25:23–25; Jer. 41:1 y ss.); y el ayuno del mes décimo se observaba en memoria del comienzo del asedio de Jerusalén, el 588 (v. Jer. 39:1). ¿Habrían perdido su sentido estos ayunos tras de la reconstrucción del templo?
4. El profeta, de parte de Dios, responde (vv. 4–7) que esos ayunos y lamentaciones no estaban realmente dirigidos a Jehová y a lo que el templo significaba, sino que representaban simples fechas de calendario, conectadas con hechos que ellos consideraban trágicos para el pueblo de Israel; pero, como alguien ha dicho, «un ritual que no se centra propiamente en su objeto, resulta estéril». El versículo 6 sugiere que los mismos motivos egoístas que operaban en sus fiestas, operaban también en sus ayunos y duelos: puro sentimentalismo egoísta. En el versículo 7 se les hace ver a estos consultantes que los profetas primeros, esto es, los anteriores al asedio y destrucción de Jerusalén, cuando el país gozaba de prosperidad, ya habían observado en el pueblo la misma falta de respuesta apropiada a las demandas de Dios.
Versículos 8–14
1. Por medio de Zacarías, Jehová dice ahora (vv. 8–10) lo que Él requiere de Su pueblo: «Juzgad juicio verdadero» (lit.), esto es, según justicia y equidad, y practicar mutuamente el amor fraternal (hebr. jésed—amor benigno) y la compasión (hebr. rajamim). Estas virtudes se mostrarán prácticamente en la ausencia de dos vicios criminales: la opresión (hebr. asháq, el mismo verbo de Mal. 3:5) a los desvalidos («la viuda, el huérfano, el extranjero y el pobre») y la maquinación interior (hebr. jasháb) del mal, ya que del interior, del corazón, es de donde salen todos los males (v. Mt. 15:19, Mr. 7:21). El hecho de que se maquine el mal, específicamente, contra el hermano (v. 10, al final), añade mayor culpabilidad a la mala acción, lo mismo que al mal pensamiento. Si no se cumplen estas cosas que Jehová requiere, todo el culto no es más que una burla.
2. Pero los antepasados del pueblo (v. 11), pues a ellos alude el contexto posterior (vv. 12 y 13), no quisieron escuchar este mensaje de labios de los profetas primeros (v. 12b)—v. el comentario al versículo 7—, a pesar de que hablaban movidos por el Espíritu de Jehová (con Neh. 9:30, éste es el único caso en que esta «inspiración» aparece explícita en todo el Antiguo Testamento—aunque, para ser exactos, los profetas son llevados por el Espíritu, como puede verse en 2 P. 1:21; mientras que la Escritura es la inspirada o, mejor, expirada por Dios, según 2 Ti. 3:16).
3. En lugar de escuchar, volvieron la espalda (v. 11b) o, como dice a la letra el texto, «dieron hombro que se retrae». Comenta bellamente M. Henry: «Como en Jeremías 34:10, 11, pusieron primero el hombro, como dispuestos a llevar el yugo, pero al llegar el momento, lo retrajeron de nuevo». El texto del versículo 11 añade: «Y se taparon los oídos (lit. hicieron pesados sus oídos) para no oír». El diamante es conocido por su extraordinaria dureza (v. Jer. 17:1; Ez. 3:9), por lo que se usa para cortar el cristal, cosa que no se puede hacer con cuchillo de metal. Por eso, le sirve al profeta (v. 12) para expresar el extremo al que habían llegado en el endurecimiento de su corazón: «pusieron su corazón como diamante», haciéndose así completamente insensibles a todos los llamamientos que se les hacían de parte de Dios, e impedían incluso el que pudiesen penetrar en la conciencia (v. Ez. 3:8 y comp. con 1 Ti. 4:2).
4. La consecuencia fue (vv. 12b–14) que el enojo de Jehová descargó sobre ellos, devolviéndoles la pelota, por decirlo de alguna manera (v. 13): «Y aconteció que, así como Él clamó y no escucharon, también ellos clamaron y yo no escuché, dice Jehová de las huestes» (así ha de leerse este versículo, conforme al original). Bien lo pudieron experimentar en la gran tragedia de la destrucción de Jerusalén y de su templo, y en la deportación del pueblo a Babilonia.
Este capítulo está lleno de profecías mesiánicas, que se proyectan hasta el final de los tiempos. No menos de diez oráculos hablan del glorioso porvenir que le espera a Sion y a su pueblo. De este modo, el capítulo 8 sirve de buen enlace con los siguientes, que contienen oráculos específicamente escatológicos. Aquí tenemos: I. Un oráculo en el que se promete la restauración del pueblo y de la ciudad santa (vv. 1– 3). II. Un segundo oráculo en que se promete longevidad, prosperidad y copiosa descendencia (vv. 4–6).
III. Otro oráculo en que se promete el regreso del exilio y su pacífica morada en el país (vv. 7, 8). IV. Un nuevo oráculo en el que se anuncia que la maldición antigua será seguida de una abundante prosperidad (vv. 9–13). V. Todavía otro oráculo en que Jehová promete no afligir más a Su pueblo (vv. 14, 15). VI. Dios promete dar las bendiciones pactadas, pero es también preciso que el pueblo cumpla con sus obligaciones (vv. 16, 17). VII. Jehová responde ahora directamente a la pregunta sobre el ayuno (vv. 18, 19). VIII. Dios promete que Jerusalén se convertirá en el centro del mundo en una época futura (vv. 20– 23). Algunos autores (Buck, entre ellos) desdoblan dos de estos dos oráculos, con lo que vienen a resultar diez en lugar de ocho.
Versículos 1–8
1. En el primer oráculo de este capítulo (vv. 1–3) hallamos una expresión que ya vimos, con ligeras variantes, en 1:14 (comp. con Jl. 2:18): «He celado a Sion con gran celo y con gran fervor (mejor que “con gran ira”) la he celado» (v. 2). El término hebreo quináh, celo, designa el surgir de una fuerte emoción que colorea de rojo el rostro. Es como si Dios no pudiese controlar sus sentimientos amorosos, a pesar del extremo endurecimiento del corazón de Su pueblo Israel. No obstante el empleo del vocablo jemáh, «furor», en este contexto su significado es de fervor o, como traduce Buck, de ardiente pasión, un sentimiento de amor, más bien que de enfado.
2. Tan grande es el amor de Jehová hacia Sion, que anuncia (v. 3) su intención de volver a habitar en Jerusalén, cuya suerte cambiará cuando sea la Ciudad Fiel y el monte Santo, esto es, cuando la fe y la conducta marchen de la mano (comp. con Is. 2:16; Jer. 3:17). No habrá entonces (v. 4) miedo—¡no habrá terrorismo!—en las avenidas amplias (lit. en las anchuras; hebr. rejóboth) de Jerusalén, y la longevidad («ancianos y ancianas») estará coronada de paz y prosperidad. Por otra parte, la abundancia (v. 5) de alegres niños y niñas será la evidencia de una nueva sana vida de familia, buen augurio para un próspero porvenir de la nación.
3. Esto (v. 6) dejará atónitos a los del «remanente», que tenían pocas esperanzas de ver cosas tan buenas, pero no es ninguna sorpresa para el Dios omnipotente y omnisciente. El plan de Dios (v. 7) se va a cumplir: Él va a salvar a Su pueblo, con todo lo que este verbo significa: especialmente, liberación de una cautividad o esclavitud. Es de notar que el verbo está en participio (moshía), lo que le da el sentido de un presente continuativo. Dios (v. 8) ejercitará con ellos Su fidelidad (émet) y Su justicia (tsedaqáh); ellos corresponderán con sinceridad y obediencia. Lo mismo que en 13:9, las frases de este versículo 8 indican una renovación del pacto de Dios con Su pueblo.
Versículos 9–17
1. El versículo 9 es un llamamiento alentador al pueblo, a fin de que se animen a completar la obra de reconstrucción del templo. «Los profetas» (v. 9b), los de «estos días», no pueden ser otros que Hageo y Zacarías. La situación anterior (v. 10) ha sido precaria: ni jornal del que poder sustentarse, ni seguridad física en ningún lugar, por causa del enemigo, ni confianza en el prójimo. Ahora (v. 11) eso va a ser cosa del pasado, ya que de aquí en adelante (v. 12) «habrá simiente de paz», es decir, habrá la suficiente seguridad para sembrar tranquilamente; habrá bendición y prosperidad abundantes (comp. Hag. 1:10 y ss. con Hag. 2:19). Y sucederá (v. 13) que los que se habían convertido en refrán de maldición, no sólo serán benditos, sino que serán bendición (comp. con Gn. 12:2) para otros. Dice Buck: «Cuando los gentiles querían maldecirse, en sus fórmulas de execración se referían a los israelitas, y decían: Maldito como un israelita».
2. Pero ninguna de estas cosas ha tomado a Dios por sorpresa. Jehová ha tenido siempre (vv. 14, 15) las riendas del bien y del mal, tanto para castigar como para bendecir; sin embargo (vv. 16, 17), para que la nueva era de bendiciones permanezca, Dios exige a Su pueblo (v. 16) juicios justos y equitativos (comp. con 7:9) en las puertas (donde se ventilaban los litigios de la comunidad), juicios que conduzcan a una buena armonía social («lo conducente a la paz», a todo bien—comp. con Lc. 19:42—), y que cada uno (v. 17) evite el rencor, el odio y el perjurio contra su prójimo.
Versículos 18–23
1. Después de haber asentado los grandes principios de una ética espiritual, que son los que dan vida a toda la observancia exterior, el profeta contesta directamente (vv. 18, 19) a la pregunta de 7:3. Todos esos fastos de ayuno (rutina cuadriculada de calendario) se van a convertir en fiestas, con tal que los corazones estén bien dispuestos (v. 19) por la verdad y el amor (comp. con Ef. 4:15, 16).
2. Esto será para todo el mundo (vv. 20–23) un testimonio tan claro y estupendo de la bendición de Dios (comp. con Jn. 17:21b), que todos querrán asirse de un nativo de Judá (v. 23). Nótese el contraste entre lo de «en aquellos días» de este versículo y lo de «en estos días» del versículo 15.
3. Sin embargo, no todos en general, sino los de corazón sincero, serán atraídos por el testimonio del Israel reunido y recto, convertido en «misionero» de las naciones. Como dice David Ellis en A Bible Commentary for Today, p. 1039: «La verdadera espiritualidad sólo es atractiva para los que ejercitan una fe genuina; pero para otros puede ser una disuasión (inglés, deterrent)». El universalismo aquí aludido no es obra de diálogos ni de discusiones; es obra de Dios.
Comienza aquí la última parte de la profecía de Zacarías, con oráculos específicamente escatológicos.
Esta sección está unida a la anterior por medio del tema de la liberación, el cual presenta aquí unos horizontes más amplios, sin tener que recurrir a la duplicidad de autoría, como hacen algunos autores modernos («Deutero-Zacarías», dice Buck). Dice Ryrie: «Existen muchas semejanzas entre los capítulos 1–8 y 9–14, y la diferencia de estilo nunca es un argumento conclusivo para afirmar una doble autoría». Conforme a la división que hace la Ryrie Study Bible, podemos distribuir el presente capítulo del modo siguiente: I. Las victorias de Alejandro Magno (vv. 1–8). II. Las venidas del Rey (vv. 9, 10). III. Las victorias de los Macabeos (vv. 11–17).
Versículos 1–8
1. El capítulo se abre, como el 12, con el vocablo hebreo massá, que, como sabemos, significa literalmente «carga», pues describe un mensaje «pesado», en primer lugar, para los hombros del profeta, el cual tiene que comunicarlo a los demás; también suele ser «pesado» para los destinatarios, e indica el anuncio de un «grave castigo» (v. Is. 13:1). Como «oráculo que introduce la palabra de Jehová», sólo aparece aquí, en 12:1 y en Malaquías 1:1. Esta «carga» está «sobre la tierra de Jadrakh y de Damasco» (lit.). La ciudad siria de Jadrac se menciona únicamente aquí; no sale en ningún otro lugar de la Biblia;
«en textos asirios y arameos ocurre en la forma de jatarikka y jazrak; era capital del principado arameo de Laásh y de la provincia asiria de jatarikka, a la que dio el nombre» (Buck). En cambio, Damasco se menciona 45 veces en el Antiguo Testamento.
2. El versículo 1b resulta muy difícil de interpretar. La versión literal más natural, según el texto masorético actual, es la siguiente: «Porque a Jehová (pertenece) el ojo del hombre (hebr. Adán) y de todas las tribus de Israel». La paráfrasis que aparece en nuestra Reina-Valera (así como en la Biblia de las Américas y en la Nueva Versión Internacional, entre otras) hace buen sentido, pero, a mi juicio, no liga bien con la primera parte del versículo. Mejor es la conexión que establece la lectura alternativa que ofrece la Nueva Versión Internacional: «Porque el ojo de Jehová está sobre toda la humanidad, lo mismo que sobre las tribus de Israel». En fin, otros autores optan por aceptar la enmienda de aram (Siria) por Adán, dada la extrema semejanza de las letras hebreas d y r. Diría entonces: «Porque el ojo de Jehová está sobre Siria, como está sobre todas las tribus de Israel». En esta misma línea de enmienda (de aram por Adán), Buck traduce así: «Al Señor pertenece el ojo de Aram, como todas las tribus de Israel». «El ojo de Aram» vendría a ser entonces expresión para designar a Damasco, un ojo, esto es «gema por su belleza e importancia» (Buck). En mi opinión, no se necesita tal enmienda, y la versión que me parece más apropiada es la que da la NVI como alternativa.
3. Jamat (v. 2) es mencionada en Amós 6:2 como una ciudad importante. Génesis 10:18 muestra que era antes una colonia independiente; por algún tiempo estuvo en buenas relaciones con Israel (v. 2 S. 8:9 y ss.; 1 Cr. 18:9 y ss.). Permanece todavía hoy con el nombre de Hama, entre Alepo y Damasco. Tiro es bien conocida como importante ciudad industrial en la antigüedad, mencionada especialmente por el comercio entre su rey Hiram y los reyes de Israel David y Salomón. Después se vio en graves aprietos por parte de Asiria, y su futuro es predicho con maldición (v. Jer. 37:1–11; Ez. 36:1–38:19). Sidón fue una de las primeras ciudades fenicias; fue notable, sobre todo, por su puerto.
4. Los versículos 2b y 3a deberían traducirse de la siguiente manera, para hacer buen sentido: «… Aunque es muy sabia Tiro, y ha construido para sí un baluarte …». Hay un juego de palabras entre tsor (Tiro) y matsor (baluarte). Hiram I, rey de Tiro (979–945 a. de C.) construyó una carretera que unía el puerto con la fortaleza. La referencia al oro y la plata (v. 3) puede aludir a la importación hecha en colaboración con Salomón (1 R. 10:22; 2 Cr. 9:21). Pero, a pesar de su poderío (v. 4. Lit. fuerza; hebr. jayil), es decir, su prosperidad económica y sus potentes defensas militares, estaba destinada a la destrucción, como ya había profetizado Amós (Am. 1:10). El cumplimiento de esta profecía tuvo lugar (es lo más probable) el año 332 a. de C., cuando fue conquistada por Alejandro Magno. El mismo destino (v. 5) espera a las ciudades filisteas Ascalón, Gaza, Ecrón y (v. 6) Asdod. Dice Buck: «Gat es omitida, porque parece que había perdido, después de las invasiones asirias del siglo VIII, su independencia e importancia y ya no era una ciudad puramente filistea».
5. El vocablo mamzér, que solamente sale aquí (v. 6) y en Deuteronomio 23:3, no significa «extranjero», sino «mestizo» («gente bastarda», en la RV 1977) y se refiere, con la mayor probabilidad, a una multitud de diversas razas, como la que causó problemas a Nehemías (Neh. 13:24). También tenemos aquí (v. 6, al final) la última mención bíblica de los «filisteos», que tanto quehacer dieron a Saúl y a David, pero (v. 7) todavía quedará un «remanente» incorporado al pueblo de Dios. Quizá comience a cumplirse esto en los palestinos que se hallan vinculados a Israel en el sur del Líbano. Se menciona explícitamente (v. 7, al final) a Ecrón. Y, al ser Jehová el guardián de Su pueblo en todo momento (v. 8), éste se hallará a salvo de enemigos e invasores, pues Dios vigilará con sus propios ojos (v. 8, al final).
Versículos 9–10
1. En un primer nivel mesiánico, el profeta ve ahora al rey de Israel que llega (v. Mt. 21:4 y ss.; Jn. 12:14 y ss.). Esta profecía, pues, se cumplió enteramente en la primera venida de Cristo. Zacarías le ve venir (v. 9b) justo (para corregir los desafueros), victorioso (lit. salvado—hebr. noshá—de caer en la batalla) y humilde (hebr. aní; comp. con Mt. 11:29), cabalgando sobre un asno, para denotar, no precisamente rebajamiento (era cabalgadura apta para nobles y aun reyes), sino para dar a entender que viene con mansedumbre y en son de paz. El hebreo «aní» significa, en realidad, «pobre» (comp. con 2 Co. 8:9). Lo de «cabalgando sobre un asno» (comp. con Gn. 49:10, 11) contrasta con Apocalipsis 19:11 y ss., cuando Cristo, en su segunda venida, aparecerá montado sobre un caballo blanco, lo que denotará entonces que viene en son de guerra. La repetición del animal es un paralelismo, conservado en Mateo 21:7 (no en Jn. 12:14 y ss.), donde el evangelista se ajusta estrictamente al original hebreo.
2. Como ocurre en muchos otros lugares de la profecía (v., por ej., Is. 61:2), del versículo 9 al versículo 10 hay un salto cronológico de muchos siglos, pues «el cumplimiento de esta profecía de paz universal espera hasta la segunda venida de Cristo» (Ryrie). Efectivamente, durante el tiempo del reino milenario, todos los armamentos serán destruidos (v. 10), algo que las naciones son incapaces de llevar a cabo, y todos los «edictos» del Rey serán «paz» (hebr. shalom). Este oráculo cita, con bastante libertad, el Salmo 72:8, donde se expresa un deseo universal de paz.
Versículos 11–17
1. «Y tú (el pronombre se halla en femenino porque alude a la “hija de Sion”—Jerusalén misma—del v. 9) también (o, mejor, «En cuanto a ti ciertamente …»), en virtud de la sangre de tu pacto (v. 11), he sacado tus presos de la cisterna en que no hay agua» (lit.). Lo de «serás salva» no existe en el original. Aunque la mención de la sangre en conexión con el pacto es frecuente, ya que todos los días era recordada en los sacrificios, y Jeremías la menciona también (Jer. 31:31), la frase antedicha sólo sale tres veces en toda la Biblia: aquí, en Éxodo 24:8 y en Marcos 14:24. En este último lugar adquiere la plenitud de su sentido. Zacarías (v. 11b) ve ya como cumplida esta profecía, que indica una completa liberación, un cambio radical de estado en la suerte o bienestar del pueblo. Las cisternas sin agua se usaban como prisiones, según hace notar Ryrie.
2. Judá y Jerusalén eran «fortaleza» (v. 12), en el sentido de que tenían a Jehová por guardián y defensor, y allí podían refugiarse los exiliados, llamados aquí «prisioneros de la esperanza», esto es, cautivos que estaban esperando su liberación y habían de sentirse animados por la declaración de que les había de ser restaurado el doble (v. 12, al final); es decir, a cambio de la desesperación en que les había sumido la cautividad, les sería otorgado el doble de gozo. No ha de pasar desapercibido el vocablo hebreo (bitstsarón) usado aquí para «fortaleza». Es la única vez que tal vocablo aparece en toda la Biblia; «se deriva de la raíz batsar, ser inaccesible» (Buck).
3. El poder de Jehová (v. 13) permanecerá con el pueblo. Tanto el sur como el norte cooperarán en la victoria como instrumentos de Dios, exactamente igual que el arco y la flecha se usan juntos en las manos del arquero. Al cambiar de figura, el versículo 13b habla de «espada» en manos de los israelitas—«los hijos de Sion»—, para vencer a «los hijos de Yaván» (v. Gn. 10:2–4), es decir, a los griegos. Como hace notar Ryrie, toda esta porción de los versículos 13–17 «predice la derrota de Grecia (en particular, de Antíoco Epífanes) por el pueblo judío durante la era de los Macabeos (siglo II a. de C.)».
4. En el versículo 14 el profeta emplea un lenguaje claramente apocalíptico. Como en Habacuc 3:4– 11, Jehová marcha entre torbellinos, rayos y relámpagos—reminiscencias quizá de Éx. 24:9–15 y del cántico de Débora en Jue. 5:4 y ss.—. Bajo el amparo de Jehová (v. 15), los israelitas vencerán y despojarán a sus enemigos, darán puntapiés de desprecio a las piedras que les arrojen con honda y celebrarán la victoria con vino y ruidoso júbilo, satisfechos y llenos como las vasijas de debajo del altar de los holocaustos, las cuales rebosaban a causa de la abundancia de los sacrificios (v. Lv. 4:7).
5. Así restaurados (v. 16), el profeta los contempla como piedras preciosas de una diadema, a causa de todo lo que Dios ha hecho por ellos. Tales condiciones de paz y prosperidad (v. 17) resultarán en una juventud numerosa, alegre y robusta, augurio de un futuro feliz y próspero para Israel.
Este capítulo y hasta el versículo 3 inclusive del capítulo 11 nos presentan, como dice Ryrie, «las bendiciones que proceden del Mesías». Vemos aquí que: I. Sólo Jehová puede salvar y salva; por eso, se enciende su enojo contra los malos pastores de Su pueblo (vv. 1–3). II. Pero un día llegará en que Él personalmente se encargará de que Israel triunfe y prospere (vv. 4, 5). III. Los dos reinos resurgirán gloriosos (vv. 6–9). IV. Egipto y Asiria serán humillados (vv. 10–12).
Versículos 1–3
1. Cuando hay fuerza espiritual, sostenida por la oración, hay también (v. 1) prosperidad material (comp. con Stg. 5:7, 16b). Así es como, en contraste con la «sequía» del exilio, habrá «lluvia abundante» para el campo de cada uno. En cambio, ¿cuáles han sido los resultados de la apostasía del pueblo? (v. 2). Los terafines (lit.)—especie de dioses domésticos, usados para adivinación en tiempo de los jueces—(cf. Jue. 17:5; 18:5) han dicho vanas mentiras (hebr. áwen), es decir, han dado oráculos falsos. Lo mismo ha sucedido con los adivinos y los soñadores (todos ellos prohibidos en Israel—v. Dt. 18:10 y ss.), ya que Dios había dado a Su pueblo profetas, que apuntaban al Gran Profeta (Dt. 18:15 y ss.) que había de venir.
2. Sin líderes espirituales (v. 2b), el pueblo vagaba en la oscuridad y el desconcierto. El profeta alude claramente a Ezequiel 34:6–8 (v. 1 R. 22:17) y nos recuerda las palabras de Jesús mismo en Mateo 9:36; Marcos 6:34. La tragedia del pueblo de Dios ha sido siempre el estar a merced de pastores no llamados ni cualificados para el ministerio. La referencia a los pastores, en el Antiguo Testamento, afectaba primeramente a los reyes (Is. 44:28; Ez. 34:23 y ss.; Mi. 5:4), pero, en último término, se refería a Dios mismo (v. Gn. 49:24; Sal. 23:1; Is. 40:11, y comp. con Jn. 10).
3. Luego (v. 3), Jehová toma Su ira directamente contra pastores y líderes, no del pueblo de Israel, sino contra «señorones extranjeros que habían de ser destruidos (v. 11)» (Ryrie). La Ryrie Study Bible hace aquí una referencia marginal, muy iluminadora, a Jeremías 25:34–36. El sagrado texto apoya también esta interpretación, pues los contradistingue claramente (v. 3b) del rebaño de Jehová, que es la casa de Judá. Nueva confirmación hallamos en el epíteto hebreo atudim, que significa «machos cabríos», al tener en cuenta que, en Isaías 14:9b, todos los príncipes de la tierra son llamados, en hebreo, kol atudey árets, «todos los machos cabríos de la tierra» (comp. con los cabritos de las naciones, en Mateo 25:32 y ss., en el juicio de las naciones conforme a su conducta hacia Israel).
4. En cambio, Jehová visitará (v. 3b) benévolamente a Su pueblo y, al cambiar súbitamente de metáfora, «los pondrá como su caballo de honor en la guerra». ¡Qué contraste! ¡En lugar de la oveja desvalida, débil, sin dirección ni seguridad, el honor y la fuerza de una montura dócil, segura, eficaz, obediente a las riendas del jinete!
Versículos 4–5
1. ¡Nuevos honores para Judá! «De él (v. 4), de Judá, repetido cuatro veces en este versículo 4, saldrá la piedra angular» (v. Sal. 118:22; Is. 28:16; Mt. 21:42; Ef. 2:20b; 1 P. 2:7), única, irremplazable, de la que todo el edificio recibe firmeza, unidad y perfección. En 11:4–17, Zacarías aludirá al rechazo de esta «piedra». Lo de la «clavija» alude a la pinza de la tienda de campaña que podría parecer algo insignificante a los ojos de un observador superficial, pero es lo que mantiene enhiesta contra vientos y tempestades a esa tienda de campaña. «El arco de guerra», antes destruido en manos de los hombres (9:10), tendrá ahora su eficacia en manos de los líderes («los jefes») nombrados por Dios, pero tendrá una eficacia especial, decisiva, en manos del Mesías.
2. Así, Judá (v. 5) saldrá siempre victorioso bajo la dirección de Jehová y hollarán el lodo de las calles en la batalla (lit.). El enemigo no figura explícito en el texto original aquí, pero se halla expreso en Miqueas 7:10, en una frase similar a la presente. «Y los que cabalgan en caballos serán avergonzados» (frase final del v. 5). ¡Y tendrán motivo suficiente para ello pues la infantería habrá derrotado a la caballería!
Versículos 6–9
1. En este nuevo «Éxodo», Dios libertará (v. 6) ambos reinos y los hará volver a su patria. Nótese la mención de José, en lugar de Efraín, al referirse al reino del norte (¡lo mismo que en Ap. 7:8!). Jehová mostrará hacia Israel una misericordia tan grande, que vendrá a ser como si no los hubiera desechado. Esto implica un completo olvido, por parte de Dios, de los pasados pecados de Israel, los cuales fueron la causa del exilio a Babilonia.
2. Ahora (v. 7) se nombra expresamente a Efraín por haber sido el primero en caer ante las oleadas del ejército asirio. También él será favorecido lo mismo que Judá (v. 9:15 y ss.). Dios, como Buen Pastor, los llamará (v. 8) con un silbido, «de la misma manera que los colmeneros reúnen a sus abejas por medio de un silbido» (Feinberg). El profeta ve ya cumplido el rescate (v. 8b) de Efraín, con la subsiguiente bendición de una descendencia tan numerosa como la que tuvo en un principio.
3. El versículo 9 resume admirablemente toda la historia de Israel hasta nuestros días. Todos los verbos están en imperfecto, esto es, en tiempo futuro. El original dice «los sembraré». Con respecto a este verbo, dice Feinberg: «El verbo sembrar no se usa jamás en sentido malo o judicial. Tiene la idea de esparcirse y multiplicarse. Aquí se revela que Dios tenía un propósito especial al sembrarlos así entre los pueblos de la tierra». Efectivamente, en esa «diáspora», el pueblo judío tiene una misión testimonial que cumplir: se van a conservar sin mezcla («vivirán con sus hijos»—v. 9, al final—), aunque estén en medio de otros pueblos en lejanos países, de la misma forma que el aceite no se mezcla con otros líquidos aunque se echen en una misma vasija, y volverán (¡ya vuelven!)
Versículos 10–12
Egipto y Asiria (v. 10) se toman aquí como símbolos, respectivamente, de esclavitud y destierro.
Ahora los israelitas van a volver a la tierra de Galaad (¡y pasarán a la Transjordania!) y al Líbano, y no habrá bastante sitio para ellos. ¡No les bastará! «Y él (v. 11), esto es, Efraín, atravesará el mar de la angustia, clara alusión al mar Rojo en un contexto en que la liberación final de Israel se contempla como un nuevo Éxodo (comp. con Is. 51:9–11). Bajo la dirección de Dios, no habrá barreras que se opongan a su avance. Más aún (v. 12), en Jehová hallarán fuerza para todo (comp. con Fil. 4:13), y así estarán preparados para caminar en su nombre, es decir, bajo las órdenes de Jehová y seguirán sus pisadas (comp. con 1 P. 2:21; 1 Jn. 2:6; 3:23). Nótese en este versículo 12 una especie de desdoblamiento de Jehová, similar al que vimos en 3:2.
Los tres primeros versículos de este capítulo continúan el tema del capítulo anterior. Al seguir a Buck, dividiremos del modo siguiente el presente capítulo: I. Los soberbios serán derribados (vv. 1–3). II. Alegoría del profeta pastor (vv. 4–14). III. Alegoría del pastor insensato (vv. 15–17).
Versículos 1–3
Como acabamos de decir, los tres primeros versículos son continuación del capítulo anterior, y expresan un cántico de triunfo sobre los enemigos de Israel, simbolizados, respectivamente, por los arrogantes cedros del Líbano y las frondosas encinas de Basán. Pero Dios prepara dos instrumentos de destrucción para estos árboles: el fuego y el hacha; con ello, el camino de vuelta quedará expedito para que regresen los exiliados. Ni siquiera la exuberante jungla del Jordán va a escapar del terrible juicio de Dios. Entra aquí para reforzar las imágenes, el símil de los pastores que se lamentan a gritos de la destrucción de sus rebaños por los zarpazos de fieros leones.
Versículos 4–7
1. Para entender esta porción hasta el final del capítulo es menester percatarse de que el rebaño representa a Israel, que los pastores son los líderes del pueblo, y que el propio Zacarías es constreñido a servir como pastor escogido por Jehová. Pero la lección que aquí se enseña tiene una gama mucho más amplia de destinatarios (comp. con Jn. 10). Es una tremenda amonestación para quienes ejercen cargo pastoral en las iglesias. Muy malo es ser pastor mercenario, pero mucho peor es ser pastor lobo, que arruina las ovejas por las que murió el Señor Jesucristo.
2. ¡Qué cuadro nos presenta el versículo 5! Los pastores de Israel venden las ovejas y las exponen a la corrupción. El cuadro cobra tintes realmente trágicos cuando estos malvados llegan al extremo de su hipocresía y bendien a Dios por el éxito de sus crímenes.
3. El juicio es, pues, inevitable (v. 6): Cada uno será presa de su compañero y vivirá temeroso del rey que a la sazón se siente en el trono del país. Junto con esto, se habrá perdido toda confianza en el prójimo. Esto ya se cumplió suficientemente en el siglo II a. de C. (la era de los Macabeos) y, después, el año 70 de nuestra era, pero, según el mismo Señor Jesús, tendrá pleno cumplimiento al final de los tiempos, con el aumento de traidores y de falsos maestros (Mt. 24:3–13).
4. Así pues (v. 7), el propio Zacarías se hace cargo del rebaño. Como símbolos de su autoridad, el profeta usa dos cayados: Benevolencia (hebr. noám), el cual se refiere a la canalización de los beneficios que reporta el favor de Dios, y Uniones (hebr. jobelim), consecuencia del primero, pues la comunión con Dios comporta necesariamente unión y armonía entre Sus hijos, las ovejas de Su prado. Ambas cosas (la comunión con Dios y el amor a las ovejas) les faltaban a estos pastores. Toda esta porción suministra suficiente materia de meditación y de examen de conciencia para los ministros del Señor.
Versículos 8–14
1. Dice Feinberg que «del versículo 8 se han contado cuarenta interpretaciones diferentes». Gran parte de la dificultad desaparece si se vierte a la letra el original de la primera frase: «Y destruí a los tres pastores en un (solo) mes». Dice Feinberg: «El mejor punto de vista es el que contempla en los tres pastores tres clases de líderes en Israel: el profeta, el sacerdote y el rey (o, más propiamente, los magistrados civiles) (v. Jer. 2:8)». Buck ve aquí a Joacaz, Joacim y Joaquín.
2. La segunda parte del versículo 8 debe leerse del modo siguiente: «Pero mi alma se impacientó contra ellos, etc.». Lo de «ellos» se refiere al rebaño en general (así se explica la conexión con el v. 9). No se pierda de vista que Zacarías es aquí tipo del Mesías. En efecto, como advierte Ryrie, «Zacarías estaba desempeñando el papel del Mesías venidero».
3. En vista de la tremenda oposición que este buen pastor halla, renuncia a su oficio (v. 9) y entrega a las impenitentes ovejas a sus propios malvados caminos. Quiebra entonces (v. 10) el cayado llamado Benevolencia, a fin de simbolizar el desagrado de Dios y la suspensión temporal del pacto que concertó con todos los pueblos, no sólo con el pueblo de Israel, ya que, como hace notar Feinberg, «las tribus de Israel no son designadas de ese modo en las Escrituras».
4. El versículo 11 dice literalmente, según el texto hebreo: «Y fue roto (el cayado) en ese día, y conocieron así los afligidos (o pobres) del rebaño que me observaban (esto es, que le veían romper el cayado) que aquello era palabra de Jehová». Es decir, el «remanente» justo se percató de que la promesa de Ezequiel 34:25 había sido suspendida temporalmente. Dice Feinberg: «Dios les puso freno (a los pueblos de la tierra) para que no hiciesen daño a Israel … Cuando fue retirado el freno, los romanos destruyeron su ciudad y su economía. Ni Alejandro, ni Antíoco Epífanes, ni Pompeyo obtuvieron permiso para dañar a su existencia nacional. Pero cuando el Mesías rompió Su cayado, ni Tito ni sus generales pudieron salvar (de su destrucción) el Templo, ni Juliano el Apóstata pudo restaurarlo más tarde».
5. Al terminar su oficio (v. 12), el profeta pastor reclama del pueblo su salario: «Su amor, su obediencia, su devoción a Dios y a Su Pastor» (Feinberg). Y ellos le dan el precio en que estimaban Su persona y Su obra: Treinta siclos de plata. Ésta era precisamente la suma compensatoria de un esclavo (v. Éx. 21:32), con lo que Mateo 26:15, compárese con Filipenses 2:7, adquiere una nueva dimensión interpretativa.
6. En el versículo 13, muchas versiones (entre ellas, nuestra Reina-Valera) leen «tesoro» (hebr. otsár), al seguir a la versión siríaca, pero el texto masorético actual dice yotsér, alfarero, y ésta es la lectura que se debe adoptar. El alfarero podría ser el moldeador o fundidor de plata del templo, con lo que, como sugiere F. F. Bruce, tendríamos el lazo de unión entre el campo del alfarero de Mateo 27:3–10 y el «dinero de sangre» de Judas (Mt. 27:68; Hch. 1:18, 19). Feinberg ofrece esta otra explicación:
«Echar una cosa al alfarero podría haber sido una expresión proverbial para deshacerse de lo que es inútil». Quedan dos detalles por analizar en este versículo 13:
(A) La exclamación a ¡El espléndido precio en que he sido valorado por ellos!» (lit.) es, por supuesto, un sarcasmo, ya que la cantidad de dinero que le ofrecen es ridícula e insultante, algo sin precedentes en la larga historia de las ingratitudes humanas.
(B) En Mateo 27:9 leemos que «entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías …», y trae a continuación precisamente la cita del versículo 13, que venimos comentando. Al completar lo dicho en el comentario a Mateo 27:9, ponemos aquí la siguiente explicación de Feinberg: «La solución ha de buscarse probablemente en el hecho de que el nombre de Jeremías estuvo a la cabeza de toda la colección de los profetas, porque su profecía estaba colocada la primera. De esta posición hay constancia en los escritos judíos».
7. Luego, el profeta pastor quiebra el otro cayado (v. 14), porque, al rechazar al pastor que Dios había escogido, no habrá para Israel ninguna cosa con la que se pueda mantener la unión de los dos reinos. Esta desintegración, que se hizo evidente durante el asedio de Jerusalén por los romanos en el año 70 de nuestra era, ha perdurado hasta hoy.
Versículos 15–17
Al rechazar al Buen Pastor, el pueblo escoge como alternativa a un pastor no sólo inútil, sino sumamente nocivo. Zacarías dibuja bien su carácter y sus acciones. Su fracaso tiene dos aspectos igualmente perversos: Abandona el rebaño y, por otra parte, se lo come, y tira lo que no le sirve («las pezuñas»—v. 16, al final—). Pero el juicio de Dios cae sobre él (v. 17): Quedará paralítico y ciego. Así no podrá defender ningún rebaño. ¿Quién es este pastor inútil y nocivo? Buck afirma que se refiere al rey Sedequías, quien «llevó—dice—una política suicida al enfrentarse con Babilonia». En cambio, Feinberg dice lo siguiente: «El que es presentado como pastor insensato e inútil es, sin duda, el Anticristo personal de Daniel 11:36–39; Juan 5:43; 2 Tesalonicenses 2:1–12 y Apocalipsis 13:11–18».
La primera «carga» comprendía los capítulos 9 al 11. La segunda «carga» contiene los oráculos comprendidos en los capítulos 12 al 14. El presente capítulo puede dividirse del modo siguiente: I. Jerusalén y Judá van a experimentar una feliz renovación, total y definitiva (vv. 1–9). II. Los que hayan de disfrutar de estos magníficos beneficios necesitarán ser renovados personalmente (vv. 10–14).
Versículos 1–9
1. Como el capítulo 9, también este capítulo comienza con el vocablo hebreo massá, carga. Nótese, de entrada, que aquí, como en el resto del capítulo y en los capítulos 13 y 14, ya no se hace distinción entre los reinos del norte y del sur. La escatología se hace aquí preludio del carácter apocalíptico de lo que sigue. Buck toma la segunda parte del v. 1 como una doxología. «La doxología—dice—, que exalta a Jehová como creador y dueño del universo, parece estar calcada sobre Isaías 42:5: Dios Jehová creó el cielo y lo desplegó, extendió la tierra …, da el espíritu a los que por ella caminan».
2. La ciudad de Jerusalén se convierte (vv. 2, 3) en centro del propósito de Dios—«copa» de las suertes—y en piedra donde tropiezan, caen y son despedazados todos los adversarios de Jerusalén, que lo son igualmente de Dios. Jerusalén había bebido demasiado del «cáliz (hebr. raal) de la ira de Dios» (Is. 51:17), pero ahora ella va a ser copa (hebr. sap raal) de la que van a beber otros. Dice Ryrie: «Esta profecía se cumplirá durante la campaña de Armagedón».
3. Aún más, Dios va a sembrar el pánico (v. 4) y la locura (lo cual es un juicio punitivo de la desobediencia—v. Dt. 28:28), mientras que, en contraste con la ceguera de los enemigos, Dios abrirá sus ojos sobre Judá y abrirá los ojos de Judá, de forma que (v. 5) los jefes de los clanes de Judá reconocerán que la victoria se debe exclusivamente a la intervención sobrenatural de Dios, que está presente en medio de ellos. De Dios (v. 6) reciben poder y fuerza increíbles los mismos jefes, al derrotar rápida y totalmente a los enemigos. Todo vestigio (v. 7) de alienación entre Judá y Jerusalén quedará borrado por la inequívoca intervención de Jehová.
4. «La casa de David» (v. 8b), en la que se centran todas las miradas ilusionadas del futuro, será como Dios (hebr. kelohim), es decir, con la mayor probabilidad, como el Ángel de Jehová, cualificado claramente con atributos divinos. Y (v. 9) todo el que se oponga, será destruido.
Versículos 10–14
1. Pero los que han de disfrutar de estos beneficios necesitarán ser renovados (comp. con Ez. 36:25– 27). Dios mismo proporcionará los medios para esta renovación: gracia (hebr. jen; comp. con el «Espíritu de gracia» de He. 10:29) y oración (lit. súplicas; hebr. tajanumim). Son dos gracias gemelas: una actitud orante irá acompañada de constantes favores por parte de Dios, y de una conducta graciosa y generosa de unos con otros. Dice M. Henry: «Cuando Dios se propone otorgar gran misericordia a su pueblo, lo primero que hace es disponerlo a orar». Y, a continuación, Dios toma sobre Sí la injuria hecha a Su representante, así como la mirada futura de arrepentimiento de Su pueblo (v. Jn. 19:37). Dice Ryrie: «En la segunda venida de Cristo, Israel reconocerá a Jesús como su Mesías, y confesará con profunda contrición que Él era aquel a quien sus antepasados traspasaron».
2. En cuanto al «Hadad-rimón» del versículo 11, se han propuesto varias interpretaciones. Hay quienes piensan que se trata del nombre de un dios de la fertilidad (v. 2 R. 5:18), cuya muerte era lamentada durante la estación de la sequía, de manera parecida a la lamentación por Tamuz, mencionada en Ezequiel 8:14. Bruce sugiere que este ritual litúrgico podría estar ligado al recuerdo anual de la muerte de Josías, quien cayó en la batalla de Meguidó (2 Cr. 35:25). Delcor llega a la misma conclusión, aunque modifica el texto («por el hijo de Amón»—es decir, Josías—, en lugar de «Hadad-rimón»). Probablemente, la mejor explicación es la que ofrece Feinberg, con otros autores modernos, quienes aseguran que se trata de dos dioses sirios: Hadad y Rimón.
3. Que todas estas muestras de duelo y arrepentimiento son un don de Dios, se muestra (vv. 12–14) por lo espontáneo de las actitudes y por su generalización. Se nombran expresamente la familia real («la casa real»), la nobleza («la casa de Natán»—el hijo de David—) y también los sacerdotes («la casa de Leví»), tanto por su rango como por su ejemplaridad.
Este capítulo se divide en dos partes: 1. Jehová purifica con todo esmero a Jerusalén (vv. 1–6). II. Muerte del pastor, con la consiguiente dispersión y reducción del rebaño (vv. 7–9).
Versículos 1–6
1. El tono escatológico—apocalíptico de esta parte de la profecía de Zacarías se hace aquí (vv. 1, 2) manifiesto. El capítulo se abre con la expresión «En aquel día» (lit.), expresión que se repite, entre este capítulo y el siguiente, diez veces (13:1, 2, 4; 14:1, 4, 6, 8, 9, 20 y 21). Al realizarse el arrepentimiento de Israel, Dios hace la necesaria provisión para que el pueblo quede completamente limpio: Se abre un manantial (v. 1, comp. con Ez. 36:25) para que la casa de David y los habitantes de Jerusalén sean purificados del pecado (hebr. jattat, el sentido genérico de «pecado») y de la impureza ceremonial (hebr. niddáh). Se alude, probablemente, en primer término a la idolatría (comp. con Ez. 36:16, 17).
2. Entonces (v. 2) Dios acabará con todos los ídolos (hasta se olvidarán sus nombres) y cortará toda relación con los falsos profetas y con el espíritu de inmundicia, contrapuesto al Espíritu Santo. Comenta
M. Henry: «Jesús, el Cordero de Dios … quita la culpa del pecado con la sangre de su cruz … Bajo la Ley, había un lavabo de bronce y un mar de bronce; eran vasijas, pero nosotros tenemos una fuente». Y más adelante: «Quita el dominio del pecado con el poder de su gracia». En apoyo de estas ideas podríamos citar muchos lugares del Nuevo Testamento (v., por ej., Jn. 1:29; 7:37–39; 1 Co. 6:11; 2 Co. 12:9, Fil. 4:13; 1 Jn. 1:7; 3:5).
3. La renovación espiritual de Israel será tal que, si llegase a surgir un falso profeta (v. 3), sus propios padres acabarían con él, tras de la oportuna denuncia: «le traspasarán cuando profetice», como si fuese un caso similar al expuesto en Deuteronomio 13:6–9.
4. Los vv. 4–6 sugieren que ya no se usará el manto velloso, esto es, el «manto profesional» de profeta, pues será tenido por augurio de desgracia, y los hombres evitarán ser tenidos por profetas (comp. con Jn. 1:19 y ss.), lo cual puede apreciarse ya en Amós 7:14. Y si existe algún profeta falso, hará todo lo posible por ocultarlo (vv. 5, 6). Y cuando le pregunten: «¿Qué heridas son ésas entre tus manos?», es decir, «en el pecho» (Buck), lo atribuirá a cualquier percance, más bien que a las incisiones autoinfligidas en trance profético (v. 1 R. 18:28). Hay incluso la posibilidad de que las heridas hayan sido producidas por sus propios padres (v. 3) o, como sugiere también Ryrie, «en peleas amistosas» con otros compañeros.
Versículos 7–9
1. Esta porción se refiere directamente a la purificación o refinación que Dios lleva a cabo en el
«remanente». Parece ser que Zacarías reasume el tema de 11:4–17. La atmósfera de gran pesadumbre, descrita en 12:10–14, sería tal que haría comprensible el juicio contenido en la segunda parte del poema, aunque resulte difícil aceptarlo dentro del contexto final y glorioso de la era mesiánica. Sin embargo, no ha de perderse de vista que estamos aquí ante uno de los casos en que la profecía se cumple a distintos niveles, distantes entre sí en el tiempo. En todo caso, resulta más inteligible si se liga con el capitulo 12.
2. «Despierta, oh espada, contra mi pastor, etc.» (v. 7). La interpretación dada a estas frases por el propio Señor Jesús en Marcos 14:27 nos despeja las dudas acerca de la identidad del pastor (v. también Mt. 26:31). Además, Dios le llama «el guerrero que está cercano a mí» (lit. hebr. guéber amití), es decir, el Rey en quien Jehová ha delegado su autoridad para gobernar (v. Mt. 28:19). M. Henry comenta:
«Contra el pastor y contra el compañero mío. Como Dios, es compañero mío (Fil. 2:6). El y el Padre son uno. Como Mediador, es mi Pastor, el Pastor que había de poner su vida por las ovejas. Levántate, oh espada. Porque, si había de ser sacrificio, tenía que ser inmolado, ya que sin derramamiento de sangre no hay remisión» (v. He. 9:22). La idea de herir al Rey está ya, por ejemplo, en Miqueas 5:1, pero adquiere un sentido más completo y profundo en Isaías 50:6 («Di mis espaldas a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me mesaban la barba …») y también en Isaías 53:4, 10.
3. Dos terceras partes de la población (vv. 8, 9) perecerán, y el remanente será purificado como se refinan en el crisol los metales preciosos (v. Ez. 5:1–12). El resultado de este cataclismo purificador será que el remanente estará más presto que nunca a testificar, con todo fervor, del conocimiento de Jehová como su Dios. Dios, a su vez, los reafirma como pueblo Suyo (comp. con Ro. 11:26). Dice Ryrie: «El juicio de Dios sobre Israel al regreso de Cristo extirpará a todos ellos, exceptuando una tercera parte, los cuales constituirán el todo Israel que será salvo entonces».
Al seguir a Buck, este capítulo puede dividirse del modo siguiente: I. El día de Jehová, con la segunda venida de Cristo (vv. 1–5). II. Comienza una nueva era (vv. 6–11). III. Son destruidos los enemigos de Jerusalén (vv. 12–15). IV. Jerusalén se convierte en el centro religioso del mundo (vv. 16– 21).
Versículos 1–5
1. El drama final llega ahora (vv. 1, 2) a su clímax. La ciudad es tomada, y la mitad de sus habitantes marchan al cautiverio; pero al llegar la situación al punto más algido, al extremo más crítico, el Señor Jesús desciende de los cielos para intervenir directamente. Es «un día para Jehová» (v. 1, lit.), es decir, el tiempo en que compete a Dios hacerse cargo total de las riendas de la historia del mundo (vv. 6, 8), y da a entender que se va a terminar el día del hombre, a fin de que comience el día de Dios. El juicio comenzará por la casa de Dios (Ez. 9:6; 1 P. 4:17). El momento escatológico es declarado por la reunión de todas las naciones (v. 2) contra Jerusalén.
2. Pero Jehová interviene personalmente «como en el día de la batalla» (v. 3, al final). Esta frase no se refiere, probablemente, a un episodio particular (el hebreo no lleva artículos), sino que alude «a tantas intervenciones de Jehová en favor de su pueblo, desde los días del éxodo» (Buck). Un dato importante, desde el punto de vista teológico, es que se atribuye aquí a Jehová lo que el Señor Jesucristo hará «tras de la batalla final de Armagedón» (Ryrie). Dice Buck: «Jehová se acerca como guerrero; viene del este, donde se levanta el sol y donde se cree estar la puerta del cielo, es decir, viene del punto cardinal feliz que simboliza vida y salvación».
3. En efecto, serán los pies de Jesús, tanto como la gloria de Jehová (v. Ez. 11:23, comp. con Hch. 1:11), los que se posarán sobre el monte de los Olivos (v. 4), llamado así por primera vez (aunque en 2 S. 15:30 se menciona «la cuesta de los Olivos»). Desde allí se obtiene una buena panorámica de la ciudad. Tanto David como Jesús vinieron a este monte en momentos críticos de su vida, y no cabe duda de que la promesa de la segunda venida de Cristo tenía en mente este versículo 4. Pero ahora el monte se va a partir por la mitad (v. 4b), de modo que puedan tener franco escape los que huyan de la ciudad (comp. con Hab. 3:6). Amós 1:1 menciona el terremoto aludido en el versículo 5b, y Flavio Josefo confirma que ocurrió en tiempo de Uzías, rey de Judá. «La ubicación de Azal—dice Ryrie—es incierta, y es quizás una aldea cerca de Jerusalén».
4. Continúa el profeta y dice (v. 5, al final): «Y vendrá Jehová mi Dios, y con Él todos los santos». Una ojeada a lugares como Salmos 96:13; Isaías 66:15, 16; Mateo 16:27; 25:31; Judas versículo 14; Apocalipsis 19:14 nos convence de que es el Señor Jesucristo el aquí aludido.
Versículos 6–11
1. Los versículos 6 y 7 son muy difíciles de traducir e interpretar. Ello se debe, en gran parte, al mal estado en que se halla el texto hebreo mismo. La lectura más probable del versículo 6 es la siguiente: «En aquel día no habrá luz, sino frío y condensación». En mi opinión, la solución podría estar en Isaías 49:10, compárese con Apocalipsis 7:16. En todo caso, la idea general es que, como dice Ryrie, «disturbios cósmicos afectarán al día y a la noche cuando Cristo regrese (cf. Hch. 2:19, 20)». En cuanto al versículo 7, véanse Isaías 60:19 y ss. y Apocalipsis 21:23, 25; 22:5.
2. Conforme a los profecías anteriores, ya desde Ezequiel 47:1–12; Joel 3:18, y aun Isaías 30:25 y ss. (quizás Gn. 2:10 y ss. puedan servir de primera referencia), y en vista de Juan 7:37–39 y Apocalipsis 22:1, por las «aguas vivas» del versículo 8 (recuérdese el simbolismo del «agua»—«palabra o gracia»—), se entiende aquello que produce la restauración completa de Israel. El Salmo 65:9 habla del «río de Dios, lleno de aguas». También Jeremías 2:13 añade sentido a este lugar.
3. El versículo 9 apunta claramente al Milenio, cuando el reino de Dios en la tierra será una realidad por la universal sumisión de sus moradores. Deuteronomio 6:4 no será ya una simple afirmación central del «credo» israelita, sino algo vivo, real en cada persona. Jerusalén (v. 10) será una gran meseta desde Guebá, a unos 9 km y medio al nordeste de la ciudad, hasta Rimón, a unos 57 km al sureste. La ciudad (v. 11) estará muy poblada en su centro. Las constantes alusiones en los versículos 10 y 11 al libro de Nehemías, le sirven a Zacarías para poner de relieve su seguridad de que Jerusalén se hallará ahora purificada de contactos extraños y en paz inalterable bajo la protección directa de Dios.
Versículos 12–19
1. Dios castigará (v. 12) con una plaga terrible a cuantos se atrevan a levantarse en armas contra Jerusalén. El versículo 13 hace memoria de la derrota de los madianitas a manos de Gedeón (v. Jue. 7:21 y ss.). En el versículo 14 vemos que Judá peleará y vencerá, y los que la despojaron quedarán despojados. Hay quienes opinan que el v. 15 habría de ser colocado detrás del versículo 12 o del 13. No obstante, la dislocación sintáctica es frecuente en los autores sagrados (comp. con Ap. 13:8—que debe leerse como en la RV 1977—y 20:5—donde todo el versículo, excepto la última frase, debería estar colocado en paréntesis).
2. En el versículo 16 (al final) es notable la mención singular de la fiesta de los tabernáculos, en la que se conmemoraba la estación anual de la cosecha. Tenía referencia histórica a la liberación de Egipto (v. Éx. 34:22, etc.; Lv. 23:24) y ponía de relieve la creencia de que la vida de la nación había comenzado bajo el cuidado y la protección de Dios, y así había de continuar. Iba siempre acompañada de la lectura de la Ley (hebr. Torah), como puede verse en Nehemías 8:14–18. Su conexión con la lluvia data del tiempo del exilio, según la Mishná Sukkáh 4:9, cuando se transportaba agua para las libaciones desde Siloam hasta Jerusalén (v. Jn. 7:37).
3. Egipto sirve (v. 18) de ejemplo representativo de las naciones que no ponen en Dios su dependencia para su bienestar, sino en sus recursos naturales, tales como las inundaciones periódicas del Nilo. En la segunda frase del versículo 18, el original hebreo intercala un «no» que sólo podría tener sentido si se hace en forma interrogativa («¿no vendrá la plaga …?»), según aparece en la RV 1977. Otras versiones prefieren suplir «la lluvia». Así, la Biblia de las Américas traduce: «Y si la familia de Egipto no sube ni viene, entonces sobre ellos no habrá lluvia; será la plaga con la cual el SEÑOR herirá a las naciones que no suban a celebrar la fiesta de los Tabernáculos». Dejo sin subrayar las dos palabras que en dicha versión aparecen en letra cursiva, como para dar a entender que son de relleno. El versículo 19 repite la amenaza para darle más énfasis.
Versículos 20–21
1. Dentro del reinado universal de Dios (esto es, directamente, del Mesías) todo será santo y sagrado; aun las campanillas de los caballos (v. 20), usadas por los guerreros paganos para ahuyentar los malos espíritus, serán emblema de santidad tanto como lo era la mitra del sumo sacerdote. Esto es ya una realidad espiritual en los creyentes (v. Ro. 12:1, 2, entre otros lugares), para quienes no debe haber nada profano, sino que todo ha de estar santificado, por cuanto todo debe ser conforme a la voluntad de Dios y para Su gloria (v. 1 Co. 10:31; Col. 3:17).
2. En cuanto al templo nuevo y al culto que en él se rinda a Dios, nadie volverá a hacer mercancía de ninguna clase. Ya no volverá a ser «cueva de ladrones» (v. Jer. 7:11; Jn. 2:16 y paral.). «Cananeo—dice Ryrie—es símbolo de todos los incrédulos sin escrúpulos.» Buck, por su parte, afirma: «Esta frase no hace únicamente alusión a la exclusión de los negocios del recinto del templo, sino más bien parece querer decir que los impíos y profanos no entrarán más en el templo. Se anticipa así lo que dirá Apocalisis 21:27 con respecto a la entrada en la Jerusalén celestial: y no entrará en ella absolutamente nada profano, etc.».
3. Hay quienes piensan que entonces «no se necesitará especial provisión de animales sacrificiales». Pero Zacarías afirma expresamente (v. 21) que «todos los que sacrifiquen vendrán y tomarán de ellas (las ollas) y cocerán en ellas». La misma mención de sacrificios en el nuevo Templo del Milenio se halla, con todo detalle, en Ezequiel (v. Ez. 40:42; 43:1827; 44:7, 11, 15, 29–31), donde puede verse el comentario que explica la función de «memorial» que estos sacrificios ejercerán (¡lo mismo que la Cena del Señor en la Iglesia!)