Este libro de Job ocupa su lugar propio, sin conexión con ningún otro libro de la Biblia. Muchas copias de la Biblia Hebrea lo sitúan detrás del libro de los Salmos; otras, detrás del de Proverbios. Pero su puesto apropiado es el que tiene en nuestras Biblias, al frente de los libros poéticos y sapienciales. Al ser un libro de doctrina, está bien que preceda al de Salmos, que es devocional, y al de Proverbios, que es pragmático, porque ¿cómo podremos rendir adoración y obediencia a un Dios a quien no conocemos bien? En cuanto a sus características:
I. Estamos seguros de su inspiración divina, pero no de su autor humano. En todo caso, aun cuando Job no pertenecía al pueblo judío, los judíos, como fieles conservadores de los oráculos de Dios, siempre han retenido este libro en su canon sagrado. Su historicidad es refrendada por Ezequiel. 14:14, 20; Santiago 5:11. Su fecha, tenida por los exegetas tradicionales como muy antigua, pertenece, según los modernos, a la época del destierro a Babilonia, aun cuando la acción se desarrolle, con la mayor probabilidad, en la época patriarcal, lo cual se confirma por la longevidad del protagonista (más de 140 años).
II. Lo más importante es el tema del libro, que gira en torno al más inquietante de los problemas humanos: ¿Por qué permite Dios que sufran tanto los hombres, especialmente los buenos? Frente a la filosofía de los amigos de Job: el sufrimiento es siempre fruto del pecado personal (¡el que la hace la paga!), el libro enseña que la providencia de Dios es sumamente misteriosa, y que la sabiduría y el poder (en fin de cuentas, la soberanía) de Dios son perfecciones que trascienden la capacidad de toda inteligencia creada. Job, paradigma del hombre sufriente, ha de reconocer que, ante los misteriosos designios de Dios, no cabe otra actitud correcta que la de cerrar la boca, inclinar la cabeza y adorar.
III. El libro puede dividirse en tres partes claramente señaladas: (1) Informe de los sufrimientos de Job, sobrellevados con paciencia (caps. 1 y 2), con alguna mezcla de debilidad humana (cap. 3). (2) Disputa entre él y sus amigos acerca de dichos sufrimientos; en ella: (A) Los objetores son Elifaz, Bildad y Zofar. (B) El defensor es Job. (C) Los moderadores: primero, Eliú; después, Dios (caps. 4–41). (3) Finalmente, Job sale de la prueba honrado y prosperado (cap. 42). La moraleja de todo el escrito es que, por muchas que sean las aflicciones de los justos, cuando el Señor les ha hecho pasar por ellas, la prueba de su fe resulta en alabanza, honor y gloria de Dios.
Comienza aquí la historia de Job con un informe. I. De su gran piedad en general (v. 1) y en un caso particular (v. 5). II. De su gran prosperidad (vv. 2–4). III. De la inquina de Satanás contra él y del permiso que éste obtuvo para poner a prueba su paciencia (vv. 6–12). IV. De las asombrosas aflicciones que le sobrevinieron: la ruina de su hacienda (vv. 13–17) y la muerte de sus hijos (vv. 18–19). V. De su paciencia ejemplar bajo el peso de estas aflicciones (vv. 20–22). En todo esto nos es puesto como ejemplo para soportar la aflicción, de la que no hay prosperidad que nos ponga a salvo, pero la integridad y la rectitud moral nos preservarán y purificarán a través de ella.
Versículos 1–3
Nos habla de Job:
I. Que era un varón, un hombre de carne y hueso y, por tanto, sujeto a pasiones (Stg. 5:17, lit.) semejantes a las nuestras; que vivía en la tierra de Uz (mejor, Us. Hebreo, Uts), en la parte oriental de Arabia, cerca del Éufrates. Dios tiene un remanente en todas partes. Fue un gran privilegio para el país de Us tener allí un hombre tan bueno como Job. Cuanto peores eran quienes le rodeaban, tanto mejor era él. Su nombre: Job (hebreo, Iyob) significa, según unos, «hostilizador»; otros piensan que significa
«hostilizado».
II. Era muy bueno: cabal, es decir, íntegro (mejor que «perfecto») y recto. Este es el juicio que la Palabra de Dios hace de él, por lo que sabemos que ha de ajustarse a la verdad.
1. Job era piadoso: temeroso de Dios.
2. Sincero en su religión: apartado del mal. No es que careciese enteramente de pecado, pues él mismo dice (9:20): Si me tuviese por perfecto, esto me haría inicuo. Pero, al respetar los mandamientos de Dios, aspiraba a la perfección y era tan bueno como lo parecía, ya que tenía un corazón tan sano como sano y sencillo era su ojo. 3. Era recto en su conducta para con Dios y los hombres, fiel a su palabra y constante en sus propósitos. 4. El temor de Dios que reinaba en su corazón era el principio que regía toda su conducta.
3. Odiaba la idea misma de hacer el mal; por eso, se apartaba de él. El temor de Jehová es aborrecer el mal (Pr. 8:13). Con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal (Pr. 16:6).
III. Era piadoso, aun siendo próspero. Aunque es difícil que un rico entre en el reino de los cielos, no es imposible, con tal de que tenga corazón de pobre (Mt. 5:3). La prosperidad de Job añadía nuevo lustre a su piedad, y le deparaba mayores y más numerosas oportunidades de hacer el bien. 1. Tenía una familia numerosa. Su piedad era eminente, pero no estaba recluido en una ermita ni en un monasterio, sino que era un honrado padre de familia. 2. Tenía hacienda más que suficiente para mantener a su familia como vemos por el versículo 3. No se la describe en términos de hectáreas de terreno, sino (A) Por el número de sus cabezas de ganado: ovejas, camellos (esto es, dromedarios), bueyes, asnas; todo en gran número. Tan pronto como creó Dios al hombre y le proveyó de hierbas y frutas para su sustento, también le enriqueció dándole dominio sobre todas las criaturas (Gn. 1:28). (B) Por el número de sus criados: muchísimos; con lo que tenía gran honor a la vez que podía hacer el bien a muchísimas personas. Su riqueza, junto con su prudencia, le confería honor y poder en su país, como él mismo declara en el capítulo 29. El relato de la piedad y de la prosperidad de Job precede a la historia de sus aflicciones para mostrar que no por ser piadosos estamos a salvo de las comunes calamidades de la vida humana. Menos todavía defienden al hombre los bienes que posee (V. Is. 47:8).
Versículos 4–5
Ulterior informe de la piedad y prosperidad de Job.
I. Una señal de la prosperidad de Job y de la bendición de Dios era su numerosa familia. Siete hijos
(número ideal en descendientes varones; v. 1 S. 2:5; Rut 4:15) y tres hijas daban testimonio de esa bendición (V. Sal. 127:3; 128:3; 144:12). Era un gran consuelo para este buen hombre, 1. Ver a sus hijos e hijas ya crecidos y bien situados en la vida. Los hijos estaban, sin duda, casados, pues vivían en casas propias. 2. Verlos prosperar en sus negocios, pues podían invitarse unos a otros, y a sus hermanas, en las frecuentes fiestas que celebraban, no precisamente, o solamente, en los cumpleaños. 3. Verlos de buena salud. 4. Especialmente, verlos vivir en amor y en armonía, sin pendencias de ninguna clase. 5. Verles invitar a sus hermanas, con lo que demostraban que el haber formado una nueva familia no les disminuía el afecto que sentían hacia sus hermanas.
II. La preocupación de Job por el estado espiritual de sus hijos (v. 5).
1. Tenía un santo celo de que se conservasen puros y sin mancha en medio de todas sus fiestas. Así deberían comportarse los padres que profesan la fe cristiana.
2. Vemos que Job ejercía funciones sacerdotales en su familia, pues:
(A) Tan pronto como pasaban los días de banquete, los mandaba llamar para purificarlos. Les hacía examinar la conciencia y arrepentirse de cuanto hubiesen hecho digno de reprensión. Así conservaba su autoridad sobre ellos para bien, y ellos se sometían de buena gana, a pesar de que ya habían formado su propia familia. Job continuaba siendo el sacerdote de la familia, y a su altar venían sus hijos, los cuales apreciaban el participar de sus oraciones más que el participar de su hacienda. Es cierto que los padres no pueden dar a sus hijos la gracia ni la salvación (es Dios el que santifica), pero deben fomentar su santificación con oportunos consejos, admoniciones y plegarias.
(B) Ofrecía sacrificios por ellos. Job tenía, como Abraham, un altar para su familia. En tales ocasiones extraordinarias, ofrecía mayor número de sacrificios que de ordinario, conforme al número de todos ellos. «Por este niño oraba», dijo Ana a Elí (1 S. 1:27). Así también Job oraría por cada hijo en particular, ya que las plegarias, lo mismo que las exhortaciones, han de acomodarse al temperamento y a la condición de cada hijo. Se levantaba de mañana, y madrugaba para ello como quien tiene puesto el corazón en la obra.
(C) De esta manera hacía cada vez. Era perseverante en sus funciones sacerdotales. Los actos de fe y arrepentimiento han de renovarse con mucha frecuencia, puesto que con mucha frecuencia renovamos nuestras transgresiones. Quien haya de servir a Dios rectamente, ha de servirle continuamente.
Versículos 6–12
Job era, además de recto y piadoso, sabio y prudente, rico y grande en todos los aspectos, de tal manera que habríamos de pensar que la montaña de su prosperidad era tan fuerte y firme que no había cosa que pudiese removerla o sacudirla. Pero aquí vemos aproximarse sobre la cabeza de Job una negra y densa nube.
El diablo, tanto mayor enemigo de Job cuanto más eminente era la piedad de éste, pidió y obtuvo permiso para atormentarle. Es posible, y aun probable, que la dramatización que el autor hace aquí de la conversación entre Dios y Satanás sea parabólica, como la de Miqueas en 2 Reyes 22:19 y ss., pero no deroga en forma alguna la credibilidad de la historia de Job en general.
I. Entre los hijos de Dios (de ordinario, los ángeles), hallamos (v. 6) un adversario, pues eso es lo que significa Satanás: un enemigo de Dios, de los hombres y de todo lo bueno. Este adversario se mete de rondón en esta asamblea de los hijos de Dios, pero con muy diferente objetivo. Los ángeles son presentados en la Biblia actuando benéficamente en servicio de los hombres (V. He. 1:14) o realizando diversas actividades por encargo de Dios (V. por ej., Gn. 19:15–22). En cambio, Satanás, el acusador de los hermanos (Ap. 12:10), sólo intenta hacer daño, pues es mentiroso y homicida (Jn. 8:44).
II. Dios pregunta a Satanás (v. 7): ¿De dónde vienes? Dios sabía muy bien de dónde venía Satanás y qué objetivo le traía allí, pero le pregunta delante de los ángeles como para pedirle cuentas de sus actividades y mostrarle que le tiene bajo su vigilancia y control.
III. El informe que Satanás da de sus actividades por el mundo. «De recorrer—dice—la tierra y de andar por ella.» 1. No declara haber hecho nada ni bueno ni malo; se contenta con informar de sus «paseos», sin decir la verdad de que «siempre anda dando vueltas buscando a quien devorar» (1 P. 5:8).
2. Satanás nos muestra aquí su actividad incesante. Como ser incorpóreo, no siente sueño, hambre ni cansancio. Por otra parte, su invisibilidad hace que no se sienta su presencia; por lo que puede introducirse en cualquier lugar, sin pagar aduana ni visado de entrada. No hay, pues, lugar seguro contra el diablo. En realidad merodea en torno a los creyentes, para explorar el lado flaco de cada uno y ver por dónde le puede entrar. El diablo y todos sus demonios frecuentan más las iglesias que las salas de fiestas, pues en éstas no hace falta su presencia, se bastan a sí mismos los mundanos para hacerse daño moral y espiritual, tanto como físico.
IV. La pregunta que, a continuación, le hace Dios acerca de Job (v. 8): ¿No has considerado a mi siervo Job? ¡Cuán honorablemente habla Dios de Job! No hay otro como él en la tierra. Como si dijese:
«¿Cómo es que no te has dado cuenta de la extraordinaria virtud de ese hombre? Es mi siervo» (comp. con Is. 42:1) ¿Qué elogio mayor que ése? A continuación Dios repite las mismas palabras laudatorias que ya había inspirado al autor del libro (v. 1): Varón cabal y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.
V. La vil insinuación del diablo contra Job en respuesta a la pregunta de Dios. No podía negar que Job era un hombre cabal y recto, pero da a entender que Job teme y sirve a Dios por interés mercenario (v. 9): «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» Satanás se impacienta al oír elogios sobre Job, aun cuando sea Dios mismo quien le elogia. Los que no soportan el que otros sean alabados son imitadores del diablo. Satanás tiene a Job por hipócrita a sabiendas de que es mentira. Éste es el común proceder de los calumniadores, detractores y murmuradores: insinuar, con frases mordaces o silencios calculados, que
«no todo lo que reluce es oro», aun cuando el oro pueda pasar la prueba del fuego. Era cierto que Job no temía a Dios de balde, pues «gran fuente de ganancia (bien entendida) es la piedad» (1 Ti. 6:6), y Job había ganado mucho con ella; pero era falso insinuar que no habría temido a Dios si no hubiese prosperado, como lo demostraron los hechos subsiguientes. ¡Es curioso! Los amigos de Job le acusaron de hipocresía por estar tan afligido, mientras que Satanás le acusó de hipocresía por estar tan prosperado.
VI. La querella de Satanás por la prosperidad de Job (v. 10). Aunque no siempre la prosperidad es signo de virtud, lo cierto es que los hijos de Dios gozan de una protección especial y reciben contentamiento de sus labores honestas. Dios había prosperado a Job por la vía de la prudencia, la diligencia y la laboriosidad, no por la de la pereza y la injusticia. Job era rico, pero no en un explotador, sino sumamente generoso con su prójimo. El diablo se siente herido por la prosperidad de Job: «¿No le has rodeado con una valla de protección …?»
VII. Satanás pide a Dios que se ponga a prueba la sinceridad de la piedad de Job despojándole de cuanto posee (v. 11): «Pero extiende ahora tu mano y toca (esto es, arrebátale) todo lo que tiene, y verás si no te maldice a la cara» (lit.). Aunque el actual texto hebreo dice bendice, sabemos que se trata de una de las correcciones hechas (por una equivocada reverencia) por los escribas (nota del traductor). Así, pues, Satanás lanza un reto a Dios. El diablo es sumamente inteligente y listo, pero no es omnisciente. Su envidia y su rabia le oscurecen la ecuanimidad necesaria para estos casos. Si pudiese triunfar en este desafío, y demostrar que Job era un hipócrita contra la declaración del propio Dios, resultaría que no habría en el mundo ni un solo siervo fiel de Dios, que no existiría en la tierra la piedad sincera y que la religión sería una impostura ¡Todos los hombres serían fieles súbditos de Satanás!
VIII. El permiso que otorgó Dios a Satanás para que pusiese a prueba la sinceridad de Job. 1. Es motivo de asombro el que Dios condescienda a otorgar a Satanás tal permiso, pero lo hace por su propia gloria, por el honor de Job, la demostración de su Providencia y para animar y consolar a todos los creyentes que sufren y han sufrido a lo largo de los siglos. Permitió que Job fuese afligido, como permitió que Pedro fuese zarandeado, pero tuvo cuidado de que su fe no fallase (Lc. 22:32). 2. Es motivo de consuelo el que Satanás no nos pueda hacer daño sin el permiso de Dios. No pudo afligir a Job hasta que pidió y obtuvo permiso de Dios para afligirle, y sólo en la medida en que Dios se lo permitió: «Solamente no pongas tu mano sobre él». El poder del diablo es limitado.
IX. Salida del diablo de esta reunión de los hijos de Dios. Se fue entonces Satanás, no para recorrer la tierra, sino con un objetivo concreto y directo, a caer sobre el pobre Job, quien va diligentemente por el camino del deber, sin saber lo que le espera.
Versículos 13–19
Informe de las aflicciones de Job
I. Satanás comenzó a atormentarle el mismo día en que sus hijos comenzaban un nuevo turno de convites en casa de su hermano el primogénito (v. 13).
II. Todas las aflicciones llegaron al mismo tiempo; mientras un emisario le daba malas noticias, venía otro sin dejarle terminar el informe y, tras el segundo, un tercero y, tras el tercero, un cuarto.
1. Así podía parecer, con mayor probabilidad, que era una muestra de extraordinario desagrado por parte de Dios contra él. 2. Así tenía menos respiro para pararse a considerar y disponerse a someterse humildemente a los designios de la Providencia, ya que quedaba abrumado de una vez por la tremenda complicación de las calamidades.
III. Le fue arrebatado a un mismo tiempo todo cuanto poseía.
1. Tenía 500 yuntas de bueyes y 500 asnas, con el número de criados conveniente para cuidar de los animales, y los perdió a todos de una vez (vv. 14, 15). Sus vecinos los sabeos se llevaron los bueyes y las asnas y mataron a los criados que se aprestaban bravamente a defender los animales. Sólo escapó uno para contarlo. Cuando el diablo obtiene de Dios el permiso para hacer el mal, nunca le faltan malvados que le sirvan de instrumentos para perpetrarlo.
2. Tenía 7.000 ovejas y los pastores necesarios para apacentarlas. Una tormenta de múltiples rayos acabó con todo ello (v. 16). Job podía acusar de crimen a los sabeos y perseguirlos por su injusticia y por su crueldad, pero ¿a quién iba a acusar ahora? Podría verse tentado a decir: En vano sirvo a Dios.
El emisario llamó a los rayos fuego de Dios, como el fuego de parte de Jehová (Gn. 19:24) que consumió a Sodoma y a Gomorra ¡Qué terrible noticia la de esta destrucción que venía directamente de la mano de Dios!
3. Tenía 3.000 camellos (dromedarios) y los criados necesarios para cuidar de ellos. Todos cayeron al mismo tiempo en manos de los caldeos, quienes se llevaron los animales y mataron a los criados (v. 17).
Cuando los impíos prosperan mientras los justos sufren, los juicios de Dios son como el gran abismo
(Sal. 36:6), cuyo fondo no podemos hallar, porque no lo tiene (abismo significa «sin fondo»).
4. Sus posesiones más preciadas y queridas eran sus hijos; y, para concluir la tragedia, le llegan nuevas, al mismo tiempo que las otras, de que los diez habían quedado muertos y enterrados bajo las ruinas de la casa donde estaban banqueteando, junto con los criados que les servían, excepto el que vino a traer a Job la noticia (vv. 18, 19).
Esta fue la mayor de las pérdidas y, por eso, el diablo se la guardó para el final, a fin de que, si las otras provocaciones fallaban, ésta al menos le incitase a maldecir a Dios. Nuestros hijos son como parte de nosotros mismos; resulta muy duro desprenderse de ellos, y su pérdida le llega a un padre a lo más hondo. Pero perderlos todos, al ser muchos, y todos al mismo tiempo, cuando por tantos años habían sido objetos de sus cuidados y esperanzas, era cosa extremadamente dura. Y, si hubiesen muerto cuando estaban orando, habría podido tener algún consuelo, pero los perdió cuando comían, bebían y tenían juerga. Le fueron quitados precisamente cuando más los necesitaba para consolarse de las otras pérdidas.
Versículos 20–22
El diablo había hecho todo lo que se le había permitido hacer contra Job para provocarle a maldecir a Dios. Aquel a quien el sol naciente había contemplado como al más rico de los orientales, antes de llegar la noche era ya pobre de solemnidad. Si las riquezas de Job hubiesen sido, según la malévola insinuación de Satanás, el único motivo de su piedad, ahora que había perdido todo cuanto poseía, de seguro habría de perder su religión. Pero el relato que vemos a continuación muestra, con el piadoso comportamiento de Job, que el diablo era un mentiroso, y Job un hombre cabal y recto.
I. Se comportó bajo su aflicción como un hombre cabal (v. 20): Se levantó, rasgó su manto, rasuró su cabeza, etc. Eran éstas las usuales expresiones de pesar, y con ellas mostraba la sensibilidad de su alma, sin estallar en arranques pasionales de indignación. Frenó su ira y mantuvo bravamente la paz de su alma en medio de tales calamidades.
El momento en que comenzó a exteriorizar sus sentimientos no llegó hasta haber recibido la noticia de la muerte de sus hijos.
Una persona mundana habría dicho: «Ahora que se fue el bocado, no importa que se hayan ido también las bocas». Pero Job era creyente, y si la Providencia le hubiese preservado los hijos, habría quedado agradecido por ellos aunque no tuviese nada que darles, pues sabía que Jehová proveería.
II. Se comportó bajo su aflicción como un hombre sabio y bueno, como quien era temeroso de Dios y apartado del mal más que de las desdichas temporales.
1. Se humilló bajo la mano de Dios, y se sometió a los designios de la Providencia, como quien sabía escasear lo mismo que abundar (Fil. 4:12).
2. Se aquietó con piadosas consideraciones, para no perder la paz de su ánimo a causa de estos acontecimientos. Razona sobre el curso común de la vida humana, y se lo aplica a sí mismo: Desnudo salí del vientre de mi madre (como cada hijo de vecino), y desnudo volveré allá (al vientre de la madre tierra, madre común de la humanidad—Gn. 2:7; 3:19—). A esto hace referencia S. Pablo cuando dice (1 Ti. 6:7): «Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar». Esta consideración quita importancia a la pérdida de todo lo temporal. Job se ve ahora como estuvo en un principio; no se considera mutilado ni herido, sino sólo desnudo; con ello muestra que todo lo demás que poseemos es meramente tan nuestro como una vestidura que se pone y se gasta; se ve desvestido o, mejor, descargado, un poco antes de lo que esperaba. Quedar sin ropa antes del tiempo de dormir puede causar alguna inconveniencia, pero bien puede sufrirse cuando es hora de meterse en cama.
3. Bien podemos regocijarnos al ver a Job en esta buena disposición, pues aquí se hallaba la prueba a la que había sido puesta su integridad. El diablo había dicho que, bajo la aflicción, Job había de maldecir a Dios en su cara; pero Job bendijo a Dios, con lo que mostró ser hombre recto.
(A) Reconoció la mano de Dios, tanto en las mercedes de que había disfrutado anteriormente como en las aflicciones que ahora sufría: Jehová me lo dio y Jehová me lo quitó. El mismo que lo dio se lo llevó
¿No puede hacer lo que quiera con lo que es suyo? Véase cómo Job eleva la mirada por encima de los instrumentos para remontarse a la Causa Primera.
(B) Adoró a Dios en ambas cosas. Cuando todo le había sido quitado, se postró en tierra en humilde adoración (v. 20). Las aflicciones no deben apartarnos de los ejercicios de piedad, sino estimularnos a ellos. El llanto no ha de impedir la siembra ni la adoración. «Sea bendito el nombre de Jehová»— concluye—(v. 21). Alaba a Dios en medio de su gran aflicción, espera que todo resulte para bien y da gracias a Dios por concederle valor para soportarla.
Finalmente, tenemos aquí el testimonio honroso que el Espíritu de Dios da de la constancia de Job y de su buena conducta bajo la aflicción (v. 22). Pasó el examen con sobresaliente.
Job había dejado a Dios en muy buen lugar tras el reto que le había lanzado Satanás acerca de él.
Habría de esperarse que con esto se cerrase el desafío y nunca más volviese a poner en duda la reputación de Job; pero no es así. I. Satanás postula una nueva prueba que toque a Job en su propia carne y en sus propios huesos (vv. 1–5). Il. Dios la permite por sus santos designios (v. 6). III. El diablo hiere a Job con una enfermedad repugnante y dolorosa (vv. 7, 8). IV. Su propia mujer le induce a maldecir a Dios, pero él resiste la tentación (vv. 9, 10). V. Sus amigos vienen a condolerse con él y a consolarle (vv. 11–13). Y en todo esto, este buen hombre nos da un maravilloso ejemplo de paciencia en medio de horribles sufrimientos.
Versículos 1–6
Satanás está decidido a poner de nuevo a prueba la paciencia de Job.
I. El demandante ante el tribunal de Dios hace de nuevo su aparición en escena (vv. 1, 2), como lo había hecho anteriormente (1:6–7). Los ángeles están en torno al trono de Dios, y Satanás está entre ellos. Le es formulada la misma pregunta de antes: ¿De dónde vienes? Y responde de la misma manera: «De dar una vuelta por la tierra y pasearme por ella» ¡Como si no hubiese estado haciendo ningún daño!
II. El juez le interroga como antes: «¿No te has fijado en mi siervo Job, etc.» (v. 3), pero esta vez, añade: «… Y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?» ¡Gran bendición para nosotros es no tener por jueces de nuestros actos a demonios ni a seres humanos, pues, con justicia o sin ella, quizá nos destruirían! Afortunadamente, nuestro juicio procede de labios de Dios, quien todo lo conoce y a quien nadie puede engañar ni sobornar. A pesar del tremendo ataque del diablo, Job es ensalzado por Dios por conservar su integridad.
La constancia es la corona de la integridad.
III. El diablo prosigue adelante en su acusación (v. 4): «Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida». Satanás presenta a Job tan egoísta como el común de los humanos, quienes prefieren exponer al peligro la piel de sus animales, de sus criados y aun de sus hijos, antes que perder su propio pellejo. Por eso, lanza un nuevo reto para poner a prueba la integridad de Job (v. 5): «Toca su hueso y su carne y (verás) si no te maldice a la cara» (lit.). No hay cosa que tanto contribuya a oscurecer la mente y a destemplar el genio como un dolor agudo. El propio S. Pablo hallaba gran dificultad en soportar su espina en la carne, y sólo consiguió aguantarla con una gracia especial del Señor (2 Co. 12:7–9).
IV También esto se lo permite Dios a Satanás, aunque con cierta restricción (v. 6): «Está en tu mano; pero guarda su vida. Puedes afligirle cuanto quieras, con tal de que no lo mates». Puesto que el hebreo nephesh, como el griego psyché, significa tanto «alma» como «vida», podemos aventurar que Dios prohibió a Satanás dañar a Job con una enfermedad psíquica que le hubiese reducido a la condición de piltrafa humana, pues Job habría perdido entonces toda responsabilidad y sobraría el resto del libro.
Versículos 7–10
Una vez que obtuvo el permiso de Dios, el diablo se puso a trabajar de inmediato en su oficio sin perder tiempo. Su tentación va a tomar ahora la forma, en cierto modo, de la que llevó a nuestros primeros padres a desobedecer a Dios al perder la confianza en Él (Gn. 3). Si logra Satanás que Job llegue a desconfiar de la providencia de Dios habrá ganado la apuesta.
I. El diablo provoca a Job por medio de una repugnante enfermedad, con la esperanza de que así maldecirá a Dios cuando se vea a sí mismo hecho una piltrafa (vv. 7, 8).
1. La enfermedad con que hirió Satanás a Job era muy grave, dolorosa y repugnante (v. 7): Hirió a Job con unas llagas malignas desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. El vocablo hebreo shejín significa siempre una erupción y puede designar una extensa gama de enfermedades de la piel. Esta erupción era, según el texto, maligna (hebreo ra) y le cubría desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza.
2. En lugar de hallar algún remedio medicinal para la enfermedad, Job usaba un trozo de tiesto para rascarse con él (v. 8) ¡Triste de verdad era la condición de este pobre hombre! Incluso el mendigo Lázaro sentía algún alivio con la lengua de los perros que le lamían las llagas (Lc. 16:21), pero Job no disponía de ningún alivio. A pesar del mucho bien que había hecho a muchos, nadie era tan agradecido como para acercarse a él y tratar de aliviarle el picor o el sufrimiento, ya fuese por repugnancia o por el temor al contagio. Así que pasaba día y noche fuera de la ciudad, sentado sobre el montón de cenizas resultantes de la combustión de las basuras del vecindario. El texto hebreo menciona sólo las cenizas, pero la versión de los LXX especifica lo de la basura (V. en cursiva en la RV 1977. Nota del traductor). En lugar de reposar confortablemente en un blando lecho, su cama-diván era la ceniza de las basuras del lugar.
II. Pero la tentación más grave, a no dudar, le vino de su propia mujer (v. 9): «¿Aún persistes en tu integridad?»—le dijo—«Maldice (lit. bendice, según lo explicado en el comentario a 1; 11) a Dios y muérete». De todo cuanto poseía, lo único que le fue preservado a Job fue su mujer. Aunque los designios de Dios fuesen benignos en este caso, la razón por la que Satanás no se la quitó fue, por lo que se ve, para que le sirviera de instrumento de tentación. Siempre que Satanás deja de llevarse algo que le ha sido puesto en las manos es porque sabe que puede usarlo para mayor mal. Véase cómo le habla a Job su propia mujer:
1. «¿Aún persistes en tu integridad?» Como si dijese: «¿Eres tan manso, tan cobarde y tan necio como para someterte a un Dios que, en lugar de premiar tus servicios con señales de su favor, te azota sin compasión no habiéndole tú provocado con ningún pecado? ¿Es todavía un Dios digno de que se le sirva, se le bendiga y se le ame?»
2. Le urge a que abandone todo ejercicio de piedad, que blasfeme de Dios y y que se lance a la desesperación: «Maldice a Dios y muérete». Como si dijese; «Ya que tu Dios se porta así contigo, sé tú tu propio redentor y tu propio ejecutor ¡termina de una vez con tus sufrimientos quitándote la vida, pues es preferible morir antes que vivir de esa manera! Nótese que aquí tenemos dos de las más negras y horribles tentaciones de Satanás. Nada tan contrario a la conciencia natural como la blasfemia, y nada tan contrario al sentido natural como el suicidio. Con todo es probable que la frase de la mujer de Job no haya de tomarse como incitación al suicidio, sino como efecto seguro de haber maldecido a Dios. (Nota del traductor.)
III. Pero Job resiste bravamente y triunfa también de esta tentación (v. 10).
1. Se indigna sobremanera de que se le haya mencionado una cosa tan horrible: «¡Cómo! ¿Maldecir a Dios? ¡Ni pensarlo! Vete de mí, Satanás» (Lc. 4:8). En otras ocasiones, había soportado mansamente la conducta poco amorosa de su mujer (v. 19:17). Pero ahora que le inducía a maldecir a Dios, se disgustó mucho y le echó en cara sus malas palabras. En una casa donde había reinado la prosperidad junto con la piedad, la mujer de Job no tendría mucho empacho en ser su «ayuda idónea» (Gn. 2:18). Pero ahora que la tribulación más tremenda se había abatido sobre el hogar, ella no supo reaccionar con el mismo temple de ánimo que su esposo. La aflicción mostró que sus caracteres respectivos eran diametralmente opuestos. Si Eva resultó ser «tentación idónea» en Génesis 3:6, ¿qué se puede esperar de las hijas de Eva que no sean buenas hijas de Dios? Cuando Pedro hizo de Satanás con Cristo, el Señor le dijo lisa y llanamente:
«me eres tropiezo» (Mt. 16:23).
2. Razona con su mujer contra la tentación: «¿Qué? ¿Aceptaremos de Dios el bien, y el mal no lo aceptaremos?» Así hemos de tratar de convencer a aquellos a quienes reprendemos. No sólo habla de
«soportar», sino de «aceptar» el mal. Como si dijese: «¿No habremos de esperar el recibirlo? Si Dios nos da tantas cosas buenas, ¿nos vamos a sorprender o pensar que es extraño el que nos envíe aflicciones para probarnos?» (V. 1 P. 4:12). El vocablo original indica que también la aflicción se ha de recibir como un don, ya sea si se padece por una buena causa (Fil. 1:29), como si es en castigo de nuestros pecados (Lv. 26:41), sometiéndonos siempre de buena gana a la voluntad de Dios. Lo que es aflicción para el cuerpo es con frecuencia un bien para el alma: algo que, aunque entristezca el rostro, mejora el corazón.
IV. De esta manera se mantuvo Job firme en su integridad, y fue derrotado el diablo en sus malévolos designios: En todo esto no pecó Job con sus labios. Triunfó la gracia de Dios e impidió que brotase alguna raíz de amargura para estorbarle y contaminarle (He. 12:15).
Versículos 11–13
Relato de la visita que tres amigos le giraron a Job durante su aflicción. Algunos de entre sus enemigos disfrutaban al verle así afligido (v. 16:10; 19:18; 30:1; etc.). Pero sus amigos se preocuparon por él y trataron de consolarle. Se nombran aquí tres de ellos (v. 11): Elifaz, Bildad y Zofar (mejor, Sofar). Como se ve por sus discursos, estos tres tenían bien ganada reputación de hombres sabios y rectos, además de la experiencia que les confería la edad (v. 32:6).
I. Job había contraído amistad con ellos durante su prosperidad. Uno de los grandes consuelos de la vida presente se cifra en la amistad de personas prudentes y virtuosas; el que tiene algunos amigos de esta clase debe estimarlos altamente. Parece ser que los tres amigos de Job eran descendientes de Abraham: Elifaz descendía de Temán, el nieto de Esaú (Gn. 36:11); Bildad (es probable), de Súa, hijo de Abraham y Cetura (mejor Quetura), como vemos en Génesis 25:1–2; En cuanto a Zofar (o Sofar), hay quienes aventuran la opinión de que es una variante de Sefó, descendiente de Esaú (Gn. 36:11). La preservación de tanta sabiduría y piedad entre quienes eran extraños al pacto de la promesa era una indicación de la bondad de Dios entre los gentiles y un feliz presagio de que algún día habrían de tener acceso a la gracia del Evangelio, cuando fuese derribado el muro de separación en el futuro. Esaú fue rechazado; sin embargo, algunos de sus descendientes heredaron algunas de las mejores bendiciones.
II. Continuaron siendo amigos de Job en su adversidad, cuando la mayoría de sus allegados le habían desamparado (v. 19:14). Vinieron a compartir sus pesares, como antes habían venido a compartir con él sus consuelos. Son muchas las buenas lecciones que podemos aprender de las aflicciones ajenas, a fin de ganar en prudencia y seriedad. También cabe la oportunidad de decirles algo bueno que les ayude a soportar mejor los sufrimientos. De estos amigos, vemos:
1. Que vinieron llevados de su propio impulso, sin ser llamados (6:22). Vinieron con intención de consolarle, aunque resultaron malos consoladores, pues carecieron de tacto y de base sana al juzgar el caso.
2. Que cuando le vieron a cierta distancia, le hallaron tan desfigurado por las llagas que no lo reconocieron (v. 12) ¡Qué cambio tan grande produce en las facciones de una persona una grave dolencia o una aflicción torturadora! «¿Es posible que éste sea Job?», dirían. Pero no por eso se marcharon de allí con aprensión, sino que se quedaron con él tanto más enternecidos cuanto mayor era la miserable condición en que le veían. No cabe duda de que, al verlos venir y, sobre todo, al verlos llorar, se avivaría la pena de Job. Cada uno de ellos rasgó su manto, y los tres esparcieron polvo sobre sus cabezas hacia el cielo (lit.); esto es, al aire por encima de su cabeza. Eran señales corrientes de duelo. Es de suponer que se habían sentado con él a la mesa muchas veces, reclinados en sus divanes, cuando él gozaba de prosperidad. Ahora demuestran su amistad al compartir también con él el asiento de cenizas: se sentaron con él en tierra (v. 13).
3. Que resolvieron quedarse con él hasta que le viesen recuperado o finado. Siete días y siete noches permanecieron junto a él y ninguno le hablaba palabra. La razón, según el texto, es que veían que su dolor era muy grande. Esto concuerda con lo que, todavía en el siglo actual, acontece en algunas regiones árabes, según A. Musil. Cuando se alarga la enfermedad, «sacan los parientes al enfermo a las afueras del poblado, al sitio donde se amontonan los escombros, y allí, con cuatro estacas que sostienen un toldo, instalan un cobertizo en el que yace el enfermo día y noche. Luego que se extiende la noticia de la enfermedad, van los otros parientes y los conocidos a visitarle y forman un círculo alrededor del enfermo. En silencio, sin decir palabra, escuchan sus gemidos y quejas. Sólo si él les habla, responden y se lamentan de su suerte, pero no todos, sino los más ancianos; los demás apenas se atreven a añadir alguna palabra que otra». Además, este silencio les ayudaría a considerar y digerir lo que después habían de expresar como resultado de muchos y largos pensamientos.
«Habéis oído la paciencia de Job», dice Santiago (5:11). Sí, ya la hemos oído y leído; pero ahora vamos a ver también su impaciencia. En este capítulo le vamos a ver «maldiciendo su día». I. Se queja de haber nacido (vv. 1–10). II. Se queja de no haber muerto tan pronto como nació (vv. 11–19). III. Finalmente, se queja de continuar viviendo en medio de su miserable estado (vv. 20–26).
Versículos 1–10
Siete días y siete noches de silencio hacen madurar los falsos juicios de los amigos de Job, pero avivan también el fuego que abrasa el pecho del afligido, hasta que sobreviene la explosión. Ellos no querían decir lo que pensaban por no añadirle pesadumbre; él no se atrevía a expresar lo que sentía por no ofenderles. Al fin, habla … para maldecir.
I. Lo extremo de su situación, con el siguiente destemple de su ánimo, puede servir de atenuante, pero no le excusa totalmente de culpa. Se olvida ahora de los muchos días felices, lo de las vacas gordas, consumidas ahora por las feas y flacas (Gn. cap. 41), y sólo considera el mal presente, por lo que desea no haber nacido. El profeta Jeremías se expresó en términos parecidos (Jer. 15:10; 20:14 y ss.). No hay quien pueda hallarse en este mundo en una situación tal, a no ser por su culpa, en que no pueda dar gracias a Dios por haber nacido. Si recibe con fe el mensaje del Evangelio, sabrá que todas las cosas (aun las más adversas) cooperan para bien de los que aman a Dios (Ro. 8:28) y que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera (Ro. 8:18). Es cierto que, si no hubiese otra vida, las aflicciones y los dolores de la presente son tantos y tan grandes que nos veríamos tentados a decir con Etán: ¿Habrás creado en vano a todo hijo de hombre? (Sal. 89:47). Pero para honor de la gracia de Dios, observemos que, aunque sean muchos los que hayan maldecido el día de su primer nacimiento, no hay nadie que jamás haya maldecido el de su segundo nacimiento, cuando recibió la salvación y la vida eterna.
II. Job maldijo su día (v. 1), pero no maldijo a Dios—estaba cansado de vivir, y se habría despedido alegremente de esta vida, pero no estaba cansado de su piedad y no la deja extinguirse—. La disputa entre Dios y Satanás con respecto a Job no era sobre si tenía alguna debilidad y estaba sujeto a pasiones semejantes a las nuestras (esto se daba por supuesto), sino sobre si era un hipócrita que, si llegaba a ser provocado, habría de maldecir a Dios. Y, sobre esto, Job salió triunfante de la prueba. Las expresiones con que Job dio forma a sus maldiciones están llenas de imaginación poética y de arrebatamiento pasional. No hay razón para que las examinemos con microscopio. Baste notar, en cuanto a la maldición de su día, el día de su nacimiento:
1. Su deseo de que tal día no vuelva a revivir en el ciclo anual, sino que desaparezca como borrado del calendario, hasta el punto de que Dios se olvide de él (vv. 4–6) ¡Que el día aquel represente la actual condición de Job, cuyo sol se ha puesto al mediodía!
2. Su deseo de que la noche en que se anunció su nacimiento quede privada de todo gozo (v. 7) y se alargue tanto que nunca jamás pueda ver los parpadeos del alba (v. 9 ¡Bellísima metáfora! Comp. con Sal. 139:9).
3. Su deseo de que tal noche sea objeto de maldición por parte de todos; especialmente, de los expertos en «despertar a Leviatán» (v. 8). La imaginación oriental atribuía a Leviatán, monstruo marino, el poder nefasto de convertir en tinieblas el día más esplendoroso. Es, pues, un deseo de que se alargue la noche. No faltan, sin embargo, exegetas que opinan que hay una trasposición de los versículos 7 y 8, que deberían invertirse, y colocar el versículo 8 delante del 7, y aun del 6.
Versículos 11–19
Como si la explosión de su pecho hubiese menguado el ardor de las primeras llamaradas al lanzar al viento su más virulenta maldición, Job parece admitir su concepción y hasta su nacimiento, pero desea haber muerto en la más tierna infancia. Tampoco se expresa ahora en forma de maldiciones, sino de preguntas. La vida en sí pasa a ser, para Job, inútil, es preferible el sepulcro. Vemos, pues, hasta qué punto se engañó Satanás cuando dijo (2:4): «Todo lo que el hombre tiene dará por su vida», pues nunca hubo quien estimase su vida menos que Job.
I. Muy desagradecido se muestra Job al quejarse de la vida y desear no haber sido dado a luz (vv. 11, 12). Consideremos cuán débil y desvalida criatura es el hombre cuando viene al mundo y cuán delgado es el hilo de la vida en sus comienzos. ¡Con cuánta misericordia y ternura cuidó de nosotros la providencia de Dios cuando entramos en el mundo! ¡Y cuánta vanidad y esfuerzo inútil (Ec. 1:14) le espera al hombre en esta vida! Si no tuviésemos un Dios a quien servir en esta vida, y mejores cosas que esperar en el mundo venidero, si consideramos nuestra capacidad natural y los problemas que nos rodean y acosan, nos sentiríamos tentados a desear haber muerto en la matriz. Pero, por amarga que nos resulte la vida, hemos de decir: «Las misericordias de Jehová no se han acabado» (Lm. 3:22. Lectura más probable). El odio a la vida es contrario al sentido común y al sentimiento, tanto de la humanidad en general, como al nuestro propio cuando nos encontramos lo suficientemente serenos. Cuando el viejo de la fábula, cansado del peso de su carga, la arrojó desesperado e invocó a la Muerte, y ésta compareció y le preguntó qué deseaba, respondió él: «Nada; únicamente que me ayudes a cargar mi saco».
II. Aplaude con pasión a la muerte y al sepulcro y parece que está enamorado de ellos. El deseo de morir y estar con Cristo, para estar libres de pecado y revestidos de aquella nuestra habitación celestial (2 Co. 5:2), es efecto y evidencia de la gracia; pero el deseo de morir únicamente por estar tranquilo en el sepulcro y libre de las aflicciones de esta vida, huele a corrupción. Job se consume con el pensamiento de que, si estuviese en el sepulcro, haría compañía a los que en esta vida han gozado de los mayores privilegios: los reyes y nobles que han edificado para sí monumentos sepulcrales (v. 14), y los potentados que nadaron en dinero (v. 15), pero tuvieron que dejarlo todo. La muerte mezcla cetros con palas y azadones. No tiene acepción de personas: presos y libres (v. 18), esclavos y dueños (v. 19), son medidos por el mismo rasero. Siete pies de tierra bastan para albergar al monarca más opulento y al mendigo más andrajoso. Ahora que Jesucristo ha sacado a la luz la vida inmortal por medio del Evangelio (2 Ti. 1:10), los creyentes pueden hablar de la muerte como «ganancia» (Fil. 1:21), pero todo lo que el pobre Job podía desear era verse libre de problemas (v. 16), de perturbadores y fatigas (v. 17) y de esclavitud (v. 18). La muerte da suelta a los presos, alivia a los oprimidos y manumite a los esclavos.
Versículos 20–26
Job vuelve ahora a quejarse de que una vida de miseria y tormento no se acabe pronto.
1. Aunque no se atreve a culpar a Dios, lanza Job una indirecta en tercera persona; «¿Por qué ha dado (lit.) luz al desdichado, y vida al amargado de alma?» (lit.). La vida es llamada luz (comp. Jn. 1:4) por el servicio agradable que ambas prestan para caminar y para trabajar. Pero esta vida es como luz de candela: cuanto más tiempo alumbra, antes se gasta. Esta luz es un regalo, pero Job reconoce que, para los atormentados, es un regalo indeseable, pues es una luz que sólo sirve para alumbrar miserias. Desear ansiosamente una muerte que no llega es para Job un tormento redoblado. No se da cuenta de que la extensión de nuestra vida debe ajustarse a la medida de la voluntad de Dios, no de la nuestra. La imagen de «excavar» (v. 21. lit.) con el afán de hallar un tesoro nos da la idea del afán que aquí expresa Job por salir de este mundo.
2. Job piensa, en particular, en su dolor actual, y se imagina que no se va a acabar jamás. Una impaciencia tal, aunque explicable, no tiene justificación y muestra tremenda ingratitud hacia el Dador de la vida. La gracia nos enseña a estar dispuestos a morir en medio de los mayores consuelos, lo mismo que a vivir en medio de los mayores problemas. Job no halla ningún consuelo (v. 24): Mis suspiros son mi pan de cada día. Su pesadumbre aparece tan puntualmente como los tiempos de yantar, de modo que ése es su alimento cotidiano. El temor que le espantaba se refiere, con toda probabilidad, a los continuos sobresaltos que le oprimían cuando, una tras otra, iban cayendo sobre él las calamidades que se nos refieren en el cap. 1. El versículo 23, que Job se aplica ya a sí mismo es un índice de su congoja y perplejidad. Él había sido un hombre íntegro, temeroso de Dios (1:1), temeroso de que sus hijos ofendieran a Dios mientras banqueteaban (1:5), temeroso de que sus criados pudiesen ofender a sus vecinos. Pero ahora estaba espantado por no saber qué pensar de la forma con que Dios le trataba (v. 23) al no hallar ninguna salida a su situación. Los hombres caen en la desesperación cuando parece que se les cierran todas las puertas y no se filtra ningún rayo de luz por entre las negras nubes que cubren el firmamento de la vida.
Una vez que Job ha dado salida a sus quejas, sus amigos comienzan ahora a dar salida a sus juicios sobre el caso. El asunto en cuestión era sobre si Job podía ser un hombre íntegro o no. Satanás no había podido negar que Job perseveraba en su integridad a pesar de su gran aflicción, pero los amigos de Job se aferran a su juicio de que, si Job fuese un hombre íntegro, no sufría de esta manera; por consiguiente, le urgen a que declare que ha sido un hipócrita en sus actividades de piedad y caridad. Job se negará a ello, pues, aun cuando se reconozca pecador, puede confesar sinceramente que su corazón ha sido siempre recto en la presencia de Dios. Elifaz es, de los tres amigos, el que inicia el diálogo en este capítulo, en el cual, I. Da a entender que ya no puede callar por más tiempo (v. 2). II. Reconoce las muchas y buenas obras de Job (vv. 3, 4), pero, III. Le acusa de hipocresía, y se funda para ello en los tormentos que ahora sufre y en la forma como se comporta bajo la tribulación (vv. 5, 6). IV. Sienta el principio de que cada uno recoge lo que ha sembrado (vv. 7–11). V. Corrobora su aserto mediante una visión que había tenido, en la que pudo contemplar la incontestable santidad y justicia de Dios, así como la condición vil, débil y pecaminosa del hombre (vv. 12–21). Con todo esto, intenta doblegar el ánimo de Job y hacer que se arrepienta y tenga paciencia bajo su tribulación.
Versículos 1–6
I. Elifaz comienza excusándose de tener que molestar a Job con el discurso que va a pronunciar, pero no tiene más remedio que hacerlo (v. 2). Si lo que va a decir fuese atinado, podría servimos de ejemplo en el modo de tratar a aquellas personas a quienes nos vemos forzados a reprender. Deberíamos mostrar la mayor humildad y mansedumbre posibles (V. Gá. 6:1).
Por otra parte, el callarse por no ofender a los que tenemos que reprender es una necia compasión.
II. Presenta un doble cargo contra Job.
1. En cuanto a su conducta bajo la presente aflicción, le culpa de debilidad y desánimo. (A) Reconoce todo el bien que Job ha hecho en el pasado para consuelo e instrucción de otros (vv. 3, 4). Quienes abundan en riquezas materiales o espirituales deben hacer a otros partícipes de ellas ¿Por qué menciona Elifaz esto? Para hacerle ver que, al hallarse ahora él en las mismas circunstancias que aquellos a quienes ayudaba, debería reconocer que sólo sus pecados eran la excusa de verse ahora castigado por Dios. Viene a decirle: «Tú que enseñabas a muchos, ¿por qué no te enseñas a ti mismo?» (B) Le reprende por su conducta inconsecuente (v. 5): «Ahora que el mal ha venido sobre ti, te desalientas, y cuando te ha tocado lit.) te conturbas». Elifaz da poca importancia a la aflicción de Job: «… te ha tocado» ¡El mismo verbo que había usado Satanás en 1:11; 2:5! Si Elifaz hubiera sufrido en su propia carne lo que Job padecía, habría dicho: «me golpea, me hiere». Los hombres tendemos siempre a dar poca importancia a los sufrimientos ajenos y a exagerar los nuestros.
2. En cuanto a su conducta en general antes de esta aflicción, le acusa de maldad e hipocresía ¡Cuán injusta y falta de base era esta acusación! (v. 6): «¿No era (mejor que es—el verbo no está en el origina—
, pues así lo exige el contexto. Nota del traductor) tu temor de Dios tu confianza, y tu esperanza la integridad de tus caminos?» Como si dijese: «Tu conducta actual muestra lo insincero de tu conducta anterior, pues ha cambiado al cambiar las circunstancias». Satanás había intentado demostrar a Dios lo mismo que ahora intenta de demostrar a Job valiéndose de sus amigos. Pero, por la gracia de Dios, Job fue capacitado para mantener en alto su integridad y rechazar el falso testimonio que se profería contra él. Los que, faltos de caridad y discernimiento, censuran sin razón a sus hermanos tachándoles de hipócritas hacen la labor del diablo. Es cierto que «si desmayas en día del apuro, tu fuerza es estrecha» (Pr. 24:10, lit.); pero eso no significa que el carácter de una persona deba juzgarse por el desmayo de un momento.
Versículos 7–11
Elifaz presenta ahora otro argumento para demostrar que Job es un hipócrita: no sólo su impaciencia bajo la aflicción, sino también la aflicción misma es una evidencia contra él. Razona así:
1. Nunca sufren así los inocentes. Como si Job fuese un irreflexivo, le dice (v. 7); «Recapacita ahora:
¿qué inocente jamás ha perecido?»
Si se trata de la perdición eterna, eso es cierto (2 Ts. 2:3). Pero si hablamos de pérdidas temporales, no lo es.
2. Aplica el principio de la siembra y la siega (vv. 8, 9). Este principio se halla también en Salmos 7:15; Proverbios 22:8 y Oseas 8:7, pero Elifaz le da un sentido exclusivo e inexorable, no atestiguado en la Biblia. También Pablo lo emplea (Gá. 6:7 y, en cierto sentido, Ro. 6:23), pero el contexto es muy distinto, pues rebasa los límites de lo temporal. Para probar la inexorabilidad de su principio, Elifaz recurre a dos ilustraciones retóricas de mucha fuerza: (A) La ira de Dios es más temible que el viento de Jehová (Is. 40:7), el quemante viento del desierto que había hecho desplomarse el edificio sobre los hijos e hijas de Job (1:19). (B) Aunque los malvados sean tan fuertes como leones, la ira de Dios los dispersa y los quebranta (vv. 9–11). La lengua hebrea tiene cinco vocablos para designar al león, y los cinco se hallan en estos versículos. Es probable que la intención de Elifaz al poner esta ilustración fuese dar a entender que aunque Job hubiese sido anteriormente el hombre más grande de todos los orientales (1:3), quizá se había enriquecido, como el león, con despojos ajenos, y ahora veía su poder y su fortuna en bancarrota, y su familia deshecha y dispersa.
Versículos 12–21
Después de haber tratado de convencer a Job del pecado de impaciencia, Elifaz refiere ahora una visión que había tenido. Esta visión habría podido servir para reprender a Job por su descontento, pero no daba fundamento para acusarle de hipocresía. Las visiones en sueños o, como aquí, al despertar del sueño, eran corrientes en el Antiguo Testamento, pero, gracias a Dios, tenemos ahora la completa revelación de Dios por medio de Jesucristo, y hemos de acudir a la Biblia (V. 2 P. 1:19), en lugar de depender de visiones y voces.
I. El mensaje le fue enviado a Elifaz en secreto (v. 12), como suelen venir las más importantes comunicaciones de Dios al hombre. Dios tiene medios de infundir en el alma convicción, consuelo, aviso y reprensión con susurros que el mundo no puede escuchar, lo mismo que por medio de la predicación del Evangelio. Le fue traído en cavilaciones de visiones nocturnas (v. 13); es decir, entre pesadillas de ensueños. Se despertó sobresaltado (v. 14) y tuvo una visión real, no soñada (v. 15), de alguien cuyos rasgos no estaban bien definidos (v. 16). Era una figura humana de contornos borrosos; no cabe duda de que Elifaz se refiere a una figura celestial, angélica.
II. El mensaje mismo, pronunciado desde el silencio y en un susurro (v. 16) viene a ser una declaración de la suma transcendencia de Dios. Delante del Dios infinito en santidad y sabiduría, no sólo los hombres, sino también los ángeles son seres limitados y, de suyo, defectibles. No son amos, sino siervos (v. 18); y si a ellos les fuese confiado el gobierno del mundo, tendrían sus fracasos y sus errores. Son seres muy inteligentes, pero su inteligencia es limitada. Si hay tal distancia entre los ángeles y Dios, ¿Qué diremos de los hombres, cuyo espíritu, aun santificado, habita en vasos de barro? (ya desde Gn. 2:7, pasando por Sal. 103:14, hasta 2 Co. 4:7). Los ángeles son espíritus puros, libres de materia. Los hombres son espíritus enjaulados en cuerpos de barro, tan frágiles que el más pequeño accidente los quebranta como se aplasta la polilla entre los dedos (v. 19). De la mañana a la tarde desaparecen (v. 20), pues son arrancados con su tienda de campaña (v. 21, comp. con 2 Co. 5:1; 2 P. 1:14). Así, pues, ¿cómo se atreverá a contender con su Hacedor una criatura tan débil, tan pecaminosa y tan frágil como es el hombre?
¡Brillante discurso, pero fuera de lugar en esta ocasión, para el fin que Elifaz se proponía: convencer a Job de hipocresía!
Prosigue Elifaz con su razonamiento, apela ahora a los fieles testigos de la verdad en todas las edades (v. 1) quienes aseguran: I. Que el pecado es la ruina de los pecadores (vv. 2–5). II. Que la aflicción es la suerte común de la humanidad (vv. 6, 7). III. Que nuestro deber durante la aflicción es acudir a Dios, quien puede y quiere ayudarnos (vv. 8–16). IV. Que las aflicciones que se soportan bien, resultan bien; en particular, si Job estuviese en mejor disposición, podría estar seguro de que Dios tenía reservadas para él grandes bendiciones (vv. 17–27).
Versículos 1–5
Tan seguro estaba Elifaz de la validez de su argumentación que reta a Job a que escoja quien pueda darle la razón (v. 1): «Ahora, pues, da voces; ¿habrá quien te responda?» Como si dijese: «¿Puedes presentar un solo ejemplo de alguien que fuese realmente una persona íntegra y se viese reducida a tal extremo de aflicción como el que a ti te atormenta? Nunca trata Dios a quien le teme como te está tratando a ti; por consiguiente, de cierto que tú no eres temeroso de Dios. ¿Acaso ha maldecido jamás su día un hombre bueno como lo has hecho tú?» Elifaz no duda de que aun los ángeles le darán la razón en dos cosas:
1. En que el pecado causa la ruina de los pecadores (v. 2). No sólo es inútil el enojo, sino también nocivo: turba la razón, destempla el ánimo y hasta hace enfermar. «Eso te pasa a ti», viene a decir Elifaz:
«al querellarte contra Dios, te estás haciendo el mayor daño posible».
A la malévola incitación de su mujer, Job había respondido: Hablas como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas (2:10). Elifaz parece decirle ahora a él: «Te portas como suele portarse cualquiera de los hombres fatuos»
2. En que la prosperidad de los pecadores es de corta duración (vv. 3–5). Pone Elifaz a Job en parangón con los malvados. La prosperidad de Job había llegado a su fin como la de cualquier inicuo. Su hacienda había sido consumida; sus criados y sus hijos habían muerto de muerte violenta. En un momento, había pasado de la prosperidad a la miseria; todo se había vuelto contra él. Nótese la comparación (v. 4) con los malhechores que, al verse obligados a devolver lo que mal adquirieron, no pueden hacerlo, y deja endeudados a sus hijos: «Quebrantados en la puerta», es decir, ante los jueces. Como a los malvados le había ocurrido también a Job en lo de su hacienda (v. 5): A pesar de las vallas y las cercas con espinos, los sabeos y los caldeos, hambrientos de rapiña, se habían llevado todas sus posesiones (1:15–17).
Versículos 6–16
Después de lanzar tan terribles acusaciones, como si las tremendas calamidades de Job fuesen el fruto de sus pecados ocultos, Elifaz, que teme llevar a Job a la desesperación, trata ahora de animarle y le habla en tono suave, como si quisiera contrarrestar la dureza de sus anteriores frases.
1. Le recuerda que las aflicciones no vienen por casualidad, ni han de atribuirse a la acción de las causas segundas (v. 6), sino que se deben a la maldad de los hombres: no hay que echar la culpa al suelo, al mal tiempo ni al clima, sino al propio interior malvado del hombre, del mismo modo que las chispas se producen inevitablemente donde hay incendio.
2. Le aconseja comportarse bajo la aflicción del único modo correcto; buscando a Dios (v. 8) y poniendo en sus manos el caso. Eso es lo que Elifaz haría en el caso de Job, y eso es lo que Job debe hacer: Nada de quejarse ni de protestar, sino humillarse y acudir a Dios en oración. Si prescindimos de la equivocada teología de Elifaz, este consejo es provechoso en cualquier caso: «¿Está alguno entre vosotros afligido? haga oración», dice Santiago (5:13).
3. Le anima a buscar a Dios, pues es un Dios que obra prodigios de poder y de bondad (v. 9): hace maravillas en el reino de la naturaleza (v. 10) y en la forma de gobernar el mundo, pues deshace los planes de los soberbios y protege y levanta a los humildes y afligidos. Las frases de Elifaz en los versículos 11–16 guardan gran semejanza con las de Ana (1 S. 2:7–8), David (Sal. 18:27), otro salmista (Sal. 147:6) y el cántico de María, la madre de Jesús (Lc. 1:52–53).
Versículos 17–27
Elifaz aconseja ahora a Job que tome su aflicción como una disciplina de un buen padre, como la corrección del Todopoderoso (mejor, del Todosuficiente—hebreo Shadday—primera vez que este vocablo se cita en el libro de Job)
I. Ésta es, en sí, una exhortación muy oportuna (v. 17): «No menosprecies la corrección …» La disciplina procede del amor de un buen padre y tiene por objetivo el bien del hijo (He. 12:6 y ss.). La gracia puede vencer la antipatía que la naturaleza siente hacia el sufrimiento y hacer que el hijo de Dios se someta a la divina voluntad. No hemos de pensar que es un rebajamiento someterse a la disciplina, sino, al contrario, que Dios realmente engrandece al hombre cuando le visita y le pone a prueba (7:17, 18). No veamos en la aflicción un efecto de la casualidad o de las causas segundas, sino como la voz de Dios que nos envía un mensaje desde el Cielo.
II. Veamos las palabras de ánimo que da Elifaz a Job.
1. Bienaventurado es el hombre a quien Dios corrige (v. 17; comp. Stg. 1:12); si el hombre se aprovecha de la corrección que Dios le envía, pues esta corrección es una evidencia de verdadera filiación y un medio seguro de santificación: mortifica las corrupciones, aparta el corazón de los vanos deseos o, como castizamente dice nuestro Fray Luis de Granada (nota del traductor) «pone acíbar en los pechos del mundo»; nos acerca más a Dios, nos lleva a la Biblia, nos pone de rodillas y nos produce un eterno peso de gloria (2 Co. 4:17). Cuando Dios produce heridas con las reprensiones de su Providencia, las venda y cura con los consuelos de su Espíritu (v. 18).
2. En los vv. siguientes, Elifaz se dirige personalmente a Job y le declara muchas y grandes promesas de las buenas cosas que Dios haría por él si se humillase bajo la mano de su Hacedor. Aunque los amigos de Job dijeron de él y de Dios algunas cosas que no estaban bien, las doctrinas generales que exponen reflejan el sentido piadoso de la era patriarcal y, puesto que el apóstol Pablo cita el versículo 13 como escritura canónica (v. 1 Co. 3:19) y el mandato del versículo 17 (comp. con Pr. 3:11) nos obliga también a nosotros; también las promesas que aquí se declaran pueden aplicarse a nosotros y las podemos recibir como de la mano de Dios afín de que por medio de la paciencia y de la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza (Ro. 15:4).
(A) Se promete aquí que cuantas veces sobrevengan aflicciones, otras tantas sobrevendrán también amorosas liberaciones (v. 19). El número siete simboliza aquí, como siempre, totalidad y perfección.
(B) Por muchas que sean las tribulaciones que caigan sobre el justo, no le tocará el mal (comp. con 1 Jn. 5:18 «y el Maligno no le toca»); es decir, no le producirá verdadero daño (comp. con Sal. 91:10).
(C) Cuando vengan calamidades públicas, el justo gozará de peculiar protección (v. 20). Para contrastar esta mentalidad con la del Nuevo Testamento, basta con leer Mateo 5:45; Lucas 13:1–5.
(D) Todo lo que de los buenos se diga con calumnia o para destruir su reputación, quedará sin efecto y no les hará daño (v. 21). Los mejores y más inocentes no pueden verse libres de calumnias, reproches y falsas acusaciones. De estas cosas no puede ponerse a salvo el hombre más santo, pero Dios sí puede resguardarlo y hacer que los malvados calumniadores no le perturben la paz ni le manchen la reputación.
(E) Disfrutarán de santa serenidad mental, nacida de su confianza en Dios, en medio de los peligros que les acechan: No temerán la destrucción (v. 21), ni a las fieras del campo (v. 22). Pablo habla con exultación de la impotencia de la muerte y del sepulcro (1 Co. 15:55), persuadido de que nada, ni la muerte, puede separarnos del amor de Cristo (Ro. 8:35–39)
(F) Al estar en paz con Dios, habrá también un pacto de paz entre el justo y la creación entera (v. 23); ni las piedras impedirán la fertilidad de su campo, ni las fieras estropearán las cosechas.
(G) Sus casas y familias gozarán de incolumidad y prosperidad (vv. 24, 25): «Paz (será) tu tienda», dice literalmente el original. Es decir, tu casa se hallará en completa seguridad y prosperidad. Lo mismo ocurrirá con sus posesiones: cuando vaya a verlas, nada echará de menos. Su familia será numerosa: su prole brotará del seno como la grama que brota esplendorosa en el campo tras la lluvia. «Aunque hayas perdido todos tus hijos—parece decirle a Job—, si te vuelves a Dios, Él reconstruirá con creces tu familia.» Es un gozo para los padres ver la prosperidad, especialmente la espiritual, de sus hijos, pues si son realmente buenos, serán realmente grandes, aunque no lleguen a destacar en el mundo como personas importantes.
(H) Su muerte vendrá a su tiempo y sazón y terminarán el curso de la vida con gozo y honor (v. 26). Pero, si la Providencia no nos concede larga vida, con tal que la gracia de Dios nos deje satisfechos con el tiempo que haya sido fijado a nuestra vida, podemos decir que bajamos al sepulcro en buena vejez. Nuestros tiempos están en las manos de Dios (Sal. 31:35) y podemos estar contentos de ello; sabemos que Él se preocupará de que los suyos mueran en el mejor tiempo: aun cuando la muerte de algún creyente nos parezca prematura, nunca será inoportuna.
3. En el último versículo de esta sección (v. 27), Elifaz recomienda a Job que haga caso de estas promesas, pues son palabras fieles de cuya verdad puede estar seguro: He aquí lo que hemos indagado y es cierto. Habla en plural, pues se considera portavoz de sus compañeros. Es la voz de la experiencia propia y ajena, así como la tradición de los mayores. Así que lo mejor que Job puede hacer es escucharla y aplicársela para su provecho. No es bastante oír y conocer la verdad, sino que debemos ahondar en ella y hacernos más sabios y mejores por medio de ella. Buen sermón es el que nos hace bien; para ello, es preciso que nos apliquemos a nosotros mismos, no a otros, el mensaje.
Elifaz concluye su discurso con aire de seguridad, pero Job no está convencido de lo que acaba de oír, sino que se justifica en sus quejas y condena a Elifaz por la debilidad de sus razones. I. Muestra tener causa justa para quejarse de su aflicción como lo hizo antes; por eso, querría presentarse ante un juez imparcial (vv. 2–7). II. Continúa con su apasionado deseo de morir cuanto antes y ser así libertado de todas sus miserias (vv. 8–13). III. Reprende a sus amigos por las censuras poco caritativas que le han dirigido (vv. 14–30). Hay que reconocer que Job, en todo lo que habló, dijo muchas cosas razonables, pero con una mezcla de pasión y debilidad humana. Así que en esta discusión, como en las demás, hubo faltas por ambas partes.
Versículos 1–7
Aunque Elifaz se había mostrado muy duro al comienzo de su discurso Job no le interrumpió, pero cuando concluyó de hablar, Job respondió muy resentido.
I. Presenta su calamidad, en general, como más pesada de lo que él la había expresado antes y de lo que ellos se habían dado cuenta (vv. 2, 3). Desearía apelar a una tercera persona que usase justas pesas y medidas con que pesar sus quejas en uno de los platillos de la balanza, y su calamidad con todos sus detalles en el otro. Así se hallaría, como él dice en otro lugar (23:2) que es más grave (es decir, más pesada) su llaga que su gemido; pesaría, dice él ahora (v. 3) más que toda la arena del mar. Por eso, deben excusarle por la amargura de sus quejas. Se queja Job de que sus amigos han querido propinarle la medicina antes de entender su caso.
II. Se queja de la tremenda presión que sufre su mente bajo el peso de la mano de Dios, quien se ha vuelto su enemigo sin saber por qué (v. 4). Aquí vemos una figura de los sufrimientos de Cristo, quien en su agonía, se quejó especialmente del tormento de su alma (V. Mt. 26:38; 27:46; Jn. 12:27). El pobre Job gime porque las saetas del Shadday están clavadas en su interior. Lo que le llega a lo más hondo es pensar que el Dios a quien tanto amó y tan fielmente sirvió, le haya puesto en esta situación que lleva las marcas del desagrado divino. No hay tortura tan difícil de soportar como la tortura mental. De cierto es una pócima venenosa, pues perturba la razón, paraliza la decisión, agota el vigor y es una amenaza para la vida misma. Job se ve rodeado de los terrores de Dios, como en un campo de batalla en que los enemigos le han cercado sin dejarle salida.
III. Se queja de las severas censuras de sus amigos, las cuales no tienen fundamento. No se queja sin motivo. No se quejaba antes, cuando disfrutaba de prosperidad y comodidad, como no gimen las bestias cuando tienen pasto abundante (v. 5). Pero ahora que se ve privado de todas sus comodidades y afligido con tan pesadas miserias, sería como una piedra o un leño si no diese salida a sus quejas, pues hasta el asno y el buey lo hacen. Se veía obligado a comer manjares insípidos y tan empobrecido que no disponía ni de un grano de sal con que dar sabor ni siquiera a la clara de huevo (hebreo, rir hallamut, que otros traducen por «mucígalo del malvavisco», que se usaba hasta hace poco en medicina. Es obvio que ha de tratarse de algo que tiene positivamente mal gusto. Nota del traductor).
Versículos 8–13
El mar encrespado ruge con mayor encono cuando se estrella contra el acantilado. Así también Job, en lugar de desdecirse de lo que pronunció anteriormente, lo expresa ahora con mayor vehemencia que al principio.
I. Todavía desea apasionadamente morir. No halla a su miseria otra salida que la muerte y carece de paciencia para esperar el tiempo que está fijado para que baje al sepulcro. Ésta es la petición que presenta a Dios (vv. 8–9): Que se digne aplastarle. Aunque estaba tan deseoso de morir, notemos que no decide suicidarse, sino solamente suplica a Dios que acabe con él. Hace, pues, de su deseo una oración.
II. Con que Dios terminase con él de un golpe, se quedaría contento (v. 10): Sería esto mi consuelo.
Si Job no tuviese la conciencia tranquila, no hablaría de este modo.
Morir a manos de Dios sería ahora una señal de que el Señor se había vuelto hacia él con benevolencia. Morir en medio de las mayores torturas, sin haber contravenido los mandamientos del Santo, le haría exultar de gozo.
III. Se justifica del vehemente deseo que tiene de morir fundado en la deplorable condición en que se halla (vv. 11, 12), arguye, aunque torcidamente, contra los ánimos que sus amigos le quieren dar: ¿Cuál es mi fuerza para resistir por más tiempo? Como si dijese: «Ya veis cuán débil y agotado me hallo; por tanto, ¿qué motivos tengo para esperar mejores días? ¿Es mi fuerza la de las piedras? ¿Son de bronce mis músculos, y de acero mis tendones? ¡No lo son! Por ello, no puedo por menos que sucumbir bajo el peso de la adversidad». ¿Cuál es nuestra fuerza? Es una fuerza dependiente; no tenemos más fuerza que la que Dios nos da, pues en Él vivimos, nos movemos y somos (Hch. 17:18).
Versículos 14–21
Elifaz había sido muy severo al censurar a Job; sus compañeros habían sugerido, con su silencio, que estaban de acuerdo con él. El pobre Job se queja ahora de la malevolencia de ellos, pues ello agrava su desdicha y le concede una excusa más para desearse la muerte, pues ¿qué satisfacción puede esperar en este mundo cuando los que habrían de ser sus consoladores muestran ser sus atormentadores?
I. Muestra la razón que tenía para esperar de ellos benevolencia (v. 14): El atribulado es consolado por su compañero, incluso el que abandona el temor del Omnipotente. Es un principio de simple humanidad, que se da incluso en los que no tienen religión. La versión caldea traduce: Quien retira de su amigo la compasión abandona el temor del Omnipotente. En la aflicción es cuando se percata el hombre de quiénes son sus verdaderos amigos, y quiénes simulan serlo.
II. Muestra la decepción que ha sufrido en lo que de ellos esperaba (v. 15): Mis hermanos (así llama a sus amigos) me traicionaron como un torrente. En los vv. 15–21, los compara a los torrentes tan comunes en aquellos países del desierto arábigo, en los que falta el agua cuando más necesaria es. Las caravanas que se adentran por el desierto, al agotárseles la provisión de agua, dejan los caminos trillados y van en busca del torrente que en invierno vieron rebosante de agua; pero cuando llegan allí, quedan decepcionados al hallar seco el álveo, sin gota de agua. así le resultaban a Job sus amigos, ya que, en lugar de animarle con el recuerdo de su piedad anterior y la seguridad de que Dios le mostraría al fin su favor, le censuran y condenan como hipócrita, y echa en sus llagas vinagre en vez de aceite. No podemos esperar demasiado de la criaturas, ni demasiado poco del Creador (V. Jer. 2:13), pues Dios sobrepasa nuestras esperanzas, mientras los hombres mustian nuestras ilusiones.
El pródigo de Lucas 15 tuvo amigos mientras tuvo dinero, pero se quedó solo y abandonado cuando se le acabó la plata.
Versículos 22–30
Procede luego Job a reprender a sus amigos por su malevolencia. Si fueran imparciales, no tendrían más remedio que reconocer:
1. Que aunque estaba necesitado, no había mendigado el dinero de ellos. Tampoco había implorado su protección (vv. 22, 23). No, no esperaba que arriesgasen nada por ayudarle. El hecho de que Job no les pidiese ayuda económica no les excusaba a ellos por no ofrecerla cuando él la necesitaba y ellos estaban en condiciones de dársela. A menudo ocurre que, cuando esperamos algo de una persona, tenemos menos de parte de ella; pero cuando esperamos algo de Dios, siempre tenemos más (Ef. 3:20).
2. Que aunque no estaba de acuerdo con las opiniones de ellos, no rehusaba que le enseñasen e instruyesen (vv. 24, 25): Enseñadme y yo callaré, etc. Encuentra Job dulzura en las razones ecuánimes: sinceras y equilibradas, no distorsionadas por prejuicios o malevolencia; «pero ¿qué prueban vuestras
críticas?—añade—. Lo que hasta ahora le han dicho son hipótesis falsas, reprensiones sin motivo, acusaciones faltas de verdad y caridad.
3. Que aunque él se haya extralimitado en sus expresiones, han de tener en cuenta que son los dichos
(lit.) de un desesperado (v. 26).
Un poco de caridad les habría ayudado a juzgarle mejor ¿Se habrá de juzgar de la condición espiritual de una persona por unas expresiones pronunciadas en momentos de intenso dolor y profunda turbación? Los amigos de Job se portaban de manera parecida a los que trafican con huérfanos y traicionan a los amigos. No dice Job que lo hagan en realidad; son expresiones proverbiales que denotan un trato inhumano y bárbaro.
4. Que aunque sus expresiones hayan sido algún tanto apasionadas, en lo principal llevaba él la razón y que, aunque sus aflicciones eran extraordinarias, no demostraban que fuese un perverso ni un hipócrita: Ahora pues, si queréis miradme, etc. (v. 28). Como si dijese; «¿Qué veis en mí que os haga pensar que soy un loco o un perverso? ¿No muestra mi rostro que, aun cuando he maldecido mi día, no he maldecido a mi Dios? ¿Hay acaso falsedad en mi lengua (v. 30), esa clase de falsedad a la que vosotros os referís?» De haber sido así, su propia conciencia le habría advertido de ello, del mismo modo que el paladar puede discernir los manjares que se introducen en la boca. «Volveos», dice (v. 29); esto es: «Cambiad el curso de vuestra argumentación y, tras reflexionar imparcialmente, buscad a mis aflicciones otra explicación más favorable que la que habéis presentado».
Continúa Job expresando la amargura que siente por su aflicción y justificándose por el deseo de morir. I. Se lamenta de nuevo, en su interior y a sus amigos, de su aflicción y de la constante agitación en que se halla (vv. 1–6). II. Se vuelve hacia Dios (vv. 7 y ss., hasta el final del cap.), 1. Para que ponga fin rápidamente a su situación actual (vv. 7–10). 2. Para que se de cuenta de la miserable condición en que se halla (vv. 11–16). 3. Para que cese de contender con él, le perdone sus pecados y le alivie rápidamente de su miseria (vv. 17–21).
Versículos 1–6
Job insiste aquí en un tema que se repite una y otra vez (v. en especial, cap. 14): los días del hombre sobre la tierra son pocos y malos (comp. Gn. 47:9).
I. La vida del hombre es corta. «No toméis equivocadamente mis palabras—viene a decir Job— cuando expreso mi deseo de morir, como si pensase que puedo adelantar el tiempo fijado por Dios; ya sé que no es posible. El soldado ha de terminar su milicia, y el jornalero su jornada de trabajo.» Ciertamente que el plazo no nos ha sido fijado por el hado fatídico, como pensaban los estoicos, ni por la ciega fortuna, como cavilaban los epicúreos, sino por el designio sabio, santo y soberano de un Dios que es amor. Nos hemos de considerar en este mundo: 1. Como soldados, expuestos a las dificultades y a los peligros en medio de muchos enemigos; estamos bajo mando; y cuando se acabe el tiempo de nuestra milicia, seremos licenciados y desbandados; otros vendrán al relevo (14:14). 2. Como jornaleros, que tienen que llevar a cabo la labor del dia y rendir cuentas al llegar la noche.
II. Tenia mucha razón—pensaba él—para desear la muerte, como el esclavo y el jornalero (v. 2) que están cansados del trabajo y suspiran por las sombras de la noche, cuando recibirán su jornal y se irán a descansar. Pero él tenia otras especiales razones para desear que se acercara el final de su jornada:
1. Sus días eran inútiles y lo habían sido ya por algún tiempo: «meses de calamidad» (v. 3). Era una carga para sí mismo y aun para Dios (según el texto original, que los escribas alteraron por una falsa reverencia, del v. 20b). Tampoco podía hacer ningún bien a otros. Cuando no podamos hacer el bien que queremos, seremos igualmente aceptos a Dios si sufrimos cristianamente el mal que padecemos.
2. Sus noches eran especialmente dolorosas por estar llenas de agitación y de pesadillas (vv. 3, 4). La noche alivia al trabajador y, muchas veces, al paciente. Pero el pobre Job no podía conseguir este alivio. Esto le hacía temer la noche tanto como la desea el esclavo.
3. Todo su cuerpo estaba hecho una lástima (v. 5) y su vida—así le parecía a él—, iba rápidamente hacia su final (v. 6). Pensó que no tenía ningún motivo para esperar una vida más larga, pues sus días pasaban más veloces que la lanzadera del tejedor, que va rápidamente de un lado al otro del telar, y se le iba la esperanza de verse recuperado en su salud y en su hacienda.
Versículos 7–16
Job ruega aquí a Dios o que le alivie o que le acabe. Se presenta ante Dios:
1. Como un moribundo (v. 7): Acuérdate que mi vida es un soplo. Se encomienda, pues, a la compasión de Dios, en razón de la extrema fragilidad de su vida. Ni él volverá a ver la dicha (v. 7), ni los demás volverán a verle, y aun a la vista de Dios desaparecerá (v. 8). La muerte es algo que sucede una sola vez (He. 9:27). Job lo ilustra comparándola con el desvanecerse de una nube (v. 9), que se deshilacha en el aire para no volver a formarse. Surgen otras nubes, pero la misma nube jamás vuelve a su lugar (vv. 9–10), ni el lugar vuelve jamás a verla. «Por tanto (v. 11), no refrenaré mi lengua, etc». De las anteriores premisas, podía esperarse una mejor conclusión. Es preferible morir cuando se ora y alaba que morir quejumbroso y airado.
2. Como un desequilibrado, gravemente destemplado de cuerpo y alma (v. 12) ¿Soy yo el mar o un monstruo marino, para que me pongas guarda? ¡Irreverente modo de dirigirse al Creador! Le parece que Dios lo trata como a una fiera a quien es menester poner coto para que no haga daño. Pero, no le juzguemos apresuradamente. El pobre Job halla que su cama, en vez de aliviarle (v. 13), le aterra con pesadillas. Éstas se debían, en parte, al destemple de su ánimo, pero es probable que el propio Satanás pusiese una mano en ellas, pues suele aterrorizar a quienes desea destruir. Job le echa a Dios la culpa (v. 14). Hemos de orar a Dios para que nuestros sueños no perturben nuestro espíritu. Job halla en esos terrores un motivo más para desear ir al sepulcro, donde toda inquietud y toda pesadilla desaparecen. No cabe duda de que ésta era la mayor debilidad de Job, porque aun cuando una persona buena desee marchar de este mundo y prefiera la estrangulación y la muerte antes que el pecado, como es el caso de los mártires, se contentará, sin embargo, con vivir por tanto tiempo como a Dios le plazca y no escogerá, sin más, la muerte con preferencia a la vida, puesto que la vida es nuestra oportunidad para glorificar a Dios y disponerse para el Cielo.
Versículos 17–21
Job discute ahora con Dios:
I. Acerca del modo como trata a los hombres (vv. 17–18): ¿Qué es el hombre (hebr. enosh: el ser humano en su debilidad) para que tanto de él te ocupes (lit. le engrandezcas) y para que fijes en él tu atención? Nos engañamos en cuanto al carácter de Dios y de su providencia, si pensamos que es un rebajamiento para Él ocuparse de la más insignificante de sus criaturas. Preguntas parecidas a las de Job aquí, se hallan en los salmos (Sal. 8:5; 144:3), pero con dos diferencias notables: 1. Los salmistas se refieren al hombre en general, pero Job se lo aplica a sí mismo en particular, como vemos por el contexto.
2. Pero, principalmente, los salmistas se admiran, llenos de agradecimiento, de que Dios engrandezca al hombre colmándole de favores, mientras que Job se admira de que Dios le de tanta importancia a él no dejándole tranquilo, sino escrutando con mirada inquisitiva todo cuanto piensa, habla y hace.
II. Acerca del modo como le trata a él:
1. Tomándole como blanco de sus dardos (v. 20): «¿Por qué me pones por blanco tuyo?» Como si dijese: «Mi caso es extraordinario, pues a nadie atacas como a mí. Este acoso es tan constante que parece que Dios no tiene otra cosa que hacer: «Hasta convertirme en una carga para ti».
2. No permitiéndole punto de reposo, ni siquiera para «tragar la saliva» (v. 19. Comp. con 9:18, que es una expresión equivalente). La mirada de Dios—según él—le persigue constantemente. Con todo, se confiesa pecador (v. 21) delante de Dios. Dios mismo había dicho de él que era cabal y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (1:8), pero él dice: he pecado (sin embargo la construcción de la frase da a entender que Job habla en hipótesis: «Si es que he pecado, ¿qué (mal) te hago a tí?» (lit.). Esta pregunta incongruente de Job la hacen todavía muchos incrédulos: ¿Qué mal le hago a Dios con eso? Para responderla, basta mirar al Calvario. ¡Nuestro pecado le ha costado muy caro a Dios! (Nota del traductor).
3. Negándole el perdón, aun en el caso de que haya pecado (v. 21): ¿Y por qué no borras mi rebelión y perdonas mi iniquidad? Como diciendo: «Aun en el caso de que haya pecado (recuérdese la nota anterior), ¿por qué me guardas un rencor tan profundo, hasta el punto de negarme el perdón, puesto que sigues torturándome, con lo que muestras no haberme perdonado?» La pregunta es una amarga queja en los labios de Job, pero no le juzguemos demasiado severamente. La queja puede también entenderse (al menos, implícitamente) como una oración, una petición de perdón. La amargura sólo sirve para hacer más viva y urgente su oración. Cuando la misericordia de Dios perdona las transgresiones que hemos cometido, la gracia de Dios retira de nosotros la iniquidad reinante hasta entonces en nuestro corazón. Y cuando Dios retira la culpa del pecado, quebranta también el poder del pecado.
Los amigos de Job se portan como los emisarios del capítulo 1: se turnan rápidamente el uno al otro en sus acusaciones. Elifaz no replicó a lo que Job acababa de decir, pero le dejó el turno a Bildad. Elifaz había sacado la conclusión de que Job no sufriría tanto si no fuese un malvado. Bildad saca la misma conclusión, y añade que ciertamente lo es, a menos que Dios acuda rápidamente en su ayuda. En este capítulo se esfuerza en convencer a Job: I. De que ha hablado con demasiada pasión (v. 2). II. De que él y sus hijos han padecido lo que se merecían en justicia (vv. 3, 4). III. De que, si se arrepintiese de veras, Dios no tardaría en sacarle de aquella situación (vv. 5–7). V. De que era norma ordinaria de la Providencia extinguir los gozos y esperanzas de los malvados, como ocurría en su caso; por lo que tenían motivos para sospechar de él como de un hipócrita (vv. 8–19). VI. De que se confirmarían en sus sospechas, si Dios no acudía pronto para aliviarle (vv. 20–22).
Versículos 1–7
I. Bildad reprende a Job por lo que acaba de decir (v. 2), quiere poner freno a la pasión de éste, pero (como ocurre con demasiada frecuencia) con mayor pasión todavía. Job había dicho muchas cosas de sano juicio, pero Bildad no les presta ninguna atención, sino que dice: ¿Hasta cuándo hablarás tales cosas? Y las compara a un viento impetuoso.
II. Justifica el modo de proceder de Dios, de lo que no había necesidad en esta ocasión, puesto que Job no había condenado a Dios. Lo peor es que Bildad quiso justificar a Dios mediante una aplicación errónea e hiriente. 1. Es cierto que Dios no tuerce el derecho ni pervierte la justicia (v. 3). 2. Pero Bildad da por supuesto que los hijos de Job (cuya muerte le había causado una de sus mayores aflicciones), habían sido culpables de alguna perversidad notoria (v. 4). Job reconocía que Dios no tuerce el derecho, pero de ello no se seguía que sus hijos hubiesen muerto por alguna transgresión grave. Es cierto, que tanto nosotros como nuestros hijos hemos pecado contra Dios, pero las aflicciones extraordinarias no siempre son castigo de pecados extraordinarios, sino que, a veces, son para poner a prueba gracias también extraordinarias; y al juzgar casos ajenos, deberíamos optar por el lado más favorable, como nos enseñó el Salvador (Lc. 13:2–4).
III. Anima a Job a esperar que, si es limpio y recto (v. 6), como él asegura, todo terminará bien después de la presente tribulación (vv. 5–7). Esto puede tomarse en dos sentidos: 1. Como para demostrar que Job es un hipócrita y un malvado, puesto que su aflicción continúa. En esto se equivocaba Bildad, pues una persona buena puede ser puesta a prueba mediante la aflicción por largo tiempo, incluso durante toda la vida, la cual, comparada con la eternidad, no es más que breve momento. 2. O para animar a Job, a fin de que no desespere, sino que se arrepienta y corrija, con lo que su postrer estado será muy grande (v. 7). Con ello da a entender que, de momento, Job no merece ver días mejores. Que no se desanime Job por carecer de todo y tener que empezar a partir de cero en caso de que busque a Dios (v. 5). Con un principio tan pequeño, Dios puede hacerle prosperar grandemente. Un poco de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija (1 R. 17:14) son bastantes para que Dios los multiplique indefinidamente con su bendición. Este es el modo como enriquece Dios las almas de su pueblo con gracias y consuelos, no per saltum—a brincos—, sino—per gradum—paso a paso.
Versículos 8–19
Bildad no se atreve a decir, como lo había dicho Elifaz, que ningún inocente ha perecido (4:7); pero da por supuesto que Dios lleva, de ordinario, a los perversos a la vergüenza y a la ruina en este mundo y que, al acortar el tiempo de su prosperidad, descubre que su piedad había sido falsa. Sin embargo, no va a decir si esto prueba que todos los que de esta manera han sido arruinados habían sido unos hipócritas.
I. Para probar que todas las esperanzas de los hipócritas quedarán frustradas, apela al testimonio de la tradición. «Es cierto—dice—que nosotros somos de ayer y nada sabemos» (v. 9), pero que indague Job en los archivos de la antigüedad (v. 8) y ellos le enseñarán (v. 10) que los castigos de Dios siempre habían caído sobre la cabeza de los perversos. El erudito obispo Patrick sugiere que, al ser Bildad suhita, descendiente de uno de los hijos que de Cetura tuvo Abraham (Gn. 25:2), su apelación a la tradición se basaba principalmente en las bendiciones que Dios había prometido a la posteridad del creyente y fiel Abraham.
II. Ilustra esta verdad con algunos símiles.
1. Las esperanzas y alegrías de los hipócritas se parecen a un papiro y a un junco (vv. 11–13), los cuales necesitan el agua para crecer; fuera de ella, se secan. Pero las esperanzas del hipócrita brotan de un terreno seco que no puede hacerlas prosperar. Se fundan en la prosperidad material, en la falsa profesión de religión, en la buena opinión que de él tienen sus vecinos y en el alto concepto que él tiene de sí mismo, todo lo cual no es base sólida paz edificar verdaderas alegrías y esperanzas. Pueden parecer por algún tiempo como juncos verdes y lustrosos, que han crecido más que la sencilla hierba, pero son cosa ligera, hueca y vacía: Se seca primero que toda hierba (v. 12), aun antes de ser cortado. «Así son las sendas (lit.) de todos los que se olvidan de Dios» (v. 13); es decir, así es su final; y la esperanza del impío perecerá.
2. También se parecen a una tela de araña (vv. 14, 15). La esperanza del hipócrita es una creación de su propia fantasía y surge del falso concepto que él tiene de sus méritos y de su autosuficiencia. Hay una gran diferencia entre el trabajo de una abeja y el de una araña. El creyente diligente, como la abeja laboriosa, nutre todo su consuelo con el rocío celestial de la Palabra de Dios; pero el hipócrita, como la araña, teje sus esperanzas basado en falsas hipótesis que él mismo se fabrica con respecto a Dios, como si Dios fuese igual que él. Como la araña en su tela (lit. casa), así se apoya en su casa el hipócrita.También en palacios de rey está la araña (Pr. 30:28). De igual modo, el impío se apoya en su prosperidad y se jacta de su casa como de un palacio. Pero será barrido, como la telaraña, cuando venga Dios a limpiar su casa.
3. Finalmente, Bildad compara al hipócrita con un árbol frondoso y bien enraizado que, aunque no se seque de suyo, será arrancado de su lugar, de forma que éste se olvidará de él (vv. 16–18). A pesar de su corpulencia y de que sus raíces están entretejidas con las piedras (no como el junco, que se asienta en barro y agua), será arrancado de cuajo. Así le pasará al impío, por más seguro y próspero que se sienta él en el mundo.
Versículos 20–22
Bildad resume en pocas palabras todo lo que acaba de decir. 1. Por una parte, si Job fuera un hombre cabal e integro, Dios no le había de rechazar (v. 20). Si Job se vuelve a Dios, de seguro volverá a disfrutar de dicha prosperidad (v. 21), mientras sus enemigos se verán avergonzados (v. 22). 2. Por otra parte, si Job persiste en su hipocresía, Dios no vendrá en su ayuda, sino que lo dejará perecer en su actual aflicción (v. 20) y su morada desaparecerá como la de todos los impíos (v. 22). Esto es cierto en general, pues Sólo el que habita al abrigo del Altísimo estará seguro para siempre (Sal. 91:1 y ss.). El pecado arruina personas y familias. Pero argüir, como Bildad hace solapadamente, que Job ciertamente ha de ser un impío y un hipócrita, puesto que su familia ha perecido y él mismo se halla en situación lamentable, no fue justo ni caritativo.
Responde Job a Bildad y le habla honorablemente de Dios, humildemente de sí mismo, y resentidamente de su aflicción. En este capítulo, vemos, I. Expuesta la doctrina de la justicia de Dios (v. 2). II. Demostrada con base en la sabiduría, el poder y la soberanía de Dios (vv. 3–13). III. Aplicada al caso, en lo cual Job, 1. Se condena a sí mismo y confiesa que no puede contender con Dios (vv. 14–21).
2. Mantiene su punto de que no podemos juzgar el carácter de las personas por lo que aparece al exterior (vv. 22–24). 3. Se queja de la magnitud de su aflicción, de la confusión en que se ve y de su impotencia para saber qué decir o hacer (vv. 25–35).
Versículos 1–13
Bildad había comenzado su discurso reprendiendo a Job por hablar tanto (8:2). Job no responde a esto, pero en lo de que Dios no puede torcer el derecho (8:3), está de acuerdo con él (v. 2): Ciertamente yo sé que es así; ¿Y cómo se justificará el hombre ante Dios? Hay quienes entienden esto como una queja de la severidad de Dios, por la forma en que se expresa Job en otros lugares de este mismo capítulo. Pero hay que tomarlo más bien como una piadosa confesión de la pecaminosidad del hombre, y de la suya en particular, de forma que si Dios nos tratase como merecen nuestros pecados estaríamos perdidos.
I. Job sienta como verdad incontestable que nadie puede contender con su Hacedor: 1. En disputa (v. 3): Si quisiera discutir con Él en litigio ante tribunal, como se ve por el contexto anterior, no le podrá responder a una cosa entre mil. Cuando Dios habló a Job desde un torbellino (caps. 38 y 39) y le dirigió múltiples preguntas, Job no pudo responder ni a una sola de ellas. Igualmente, Dios puede acusarnos de mil ofensas, y no podemos responderle para excusamos de una sola de ellas. 2. En combate (v. 4): ¿Quién se enfureció contra Él y le fue bien? No puede presentarse ningún caso de ningún pecador que se haya atrevido a enfurecerse contra Dios y que no haya hallado que es demasiado duro para él, y pagar cara su insensatez.
II. Lo prueba mostrando con qué Dios nos las habemos (v. 4): Él es sabio de corazón y, por tanto, no podemos responderle ante la ley; y poderoso de fuerzas, por lo que no podemos luchar con Él. El diablo esperaba que Job, en su aflicción, había de maldecir a Dios en su cara, pero, en lugar de eso, Job honra a Dios y habla altamente de Él. El Dios de la naturaleza actúa con poder incontrolable y hace lo que le place, pues Él lo ha creado todo y todo depende de Él. Nada hay tan firme como las montañas; sin embargo, Dios las puede mover y trastornar de tal forma y con tal rapidez, que bien puede decir Job, en bella personificación, que no se enteran de quién las trastornó (v. 5). Hace temblar la tierra con terremotos, hasta sacudirla en sus cimientos (v. 6), oscurece el sol con eclipses y nieblas, y guarda bajo sello, como en recipiente cerrado (por medio de las nubes), las estrellas (v. 7). Extiende los cielos como una cortina y camina por encima de las nubes (v. 8. Más probable que sobre las aguas del mar). Él ha hecho las constelaciones (v. 9). Todo lo que hace es maravilloso (v. 10). Pero es extraño que Job mencione sólo obras del poder de Dios, especialmente las de poder destructivo, en vez de tener en cuenta su bondad y su rectitud. El motivo, sin duda, se deja ver en el contexto, tanto anterior como posterior: Dios es soberano y hace lo que le place. Nadie le puede pedir cuentas ni resistirle. ¡Gracias a Dios, nosotros tenemos mucha más luz! Aunque, de momento, no sepamos muchas veces por qué obra Dios de manera tan rara, sí sabemos que todo lo hace converger para bien de los que le aman (Ro. 8:28)
Versículos 14–21
Todo lo que ha dicho Job de la completa imposibilidad de contender con Dios, lo aplica ahora a sí mismo y desespera de obtener el favor de Dios. Le ronda la terrible sospecha de que Dios, sin saber por qué, está contra él. Si los más formidables poderes del caos (éste parece ser el sentido de «los que ayudan a Ráhab»—v. 13—) tienen que rendirse ante el poder de Dios, ¿qué va a hacer él, un pobre hombre puesto en tan lamentable estado? (v. 14). Así que no va a insistir en querer justificarse delante de Dios. En cambio:
1. Aun suponiendo que tenga razón, no va a responder, sino que va a apelar a la clemencia de Dios (v. 15). Dice el Apóstol Juan: Si nuestro corazón nos reprocha algo, mayor que nuestro corazón es Dios y Él conoce todas las cosas (1 Jn. 3:20). El versículo 16 puede entenderse de dos maneras: (A) Aunque Dios le responda, no será por la oración que le ha dirigido, sino puramente porque así le place (ésta es la opinión de M. Henry—poco probable—). (B) Aun suponiendo que Dios acuda a la cita de Job, y comparezca para litigar (v. 19), no espera Job que Dios atienda a sus cargos (opinión más probable. Nota del traductor). En todo caso, Job no halla motivo alguno para que Dios se porte así con él (v. 17). Lo peor para Job es que no puede resistir ni a la fuerza, ni a la sabiduría de Dios (v. 19). Repite una y otra vez lo que ya anunció en el versículo 4. Todas las versiones que conozco—nota del traductor—traducen la última frase del versículo 19 «¿quién le emplazará?» (a Dios), y corrigen el texto hebreo que dice claramente: «¿quién me emplazará?», y al seguir a los LXX. Pero el hebreo da a entender que Dios llama a Job a juicio, mas no hay nadie que le conceda acudir para apelar en contra de las decisiones de Dios. Podemos, pues, admitir la lectura del hebreo.
2. Pasa luego Job a decir grandes verdades que cada uno de nosotros puede aplicarse a sí mismo (vv. 20, 21). Son dos versículos muy difíciles. Su sentido parece ser el siguiente: Aun en el caso de que pudiese comparecer ante el tribunal de Dios (v. 19), si Dios seguía persiguiéndole como ahora (vv. 17, 18), no podría él alegar nada a favor de sí, ya fuese porque su boca no hallaría palabras para probar que era inocente (v. 20), o porque Dios le declararía reo, haciéndole ver que no era intachable, que no era tan inocente como él se creía y que su vida era despreciable (v. 21). Lo cierto es que toda persona buena que conozca lo engañoso y perverso del corazón humano (Jer. 17:9), ha de sospechar que alberga en su interior más ponzoña de la que él tiene conciencia y, por tanto, jamás tratará de justificarse ante Dios.
Versículos 22–24
Aquí toca Job brevemente el principal punto de discusión con sus amigos. Ellos sostenían que el que es bueno prospera siempre, y sólo los malvados sufren calamidades; él, por el contrario, afirma que es cosa corriente el que los malvados prosperen y los buenos se vean grandemente afligidos. Ahora bien, 1. Hay que reconocer que hay parte de verdad en lo que Job dice: los males caen igualmente sobre justos e impíos (v. 22). Job no dice aquí nada de los bienes, con lo que sus frases adquieren un cariz extremadamente pesimista. 2. Por otra parte. Job parece haber llegado aquí al colmo de su perturbación emocional, pues llega a decir: (A) Que Dios se ríe del sufrimiento de los inocentes (v. 23), frase lindante con la blasfemia, de la que sólo le excusa la turbación de su ánimo a causa de la tremenda aflicción por la que pasa. ¡Cuánta razón tenemos para orar: «No nos metas (lit.) en tentación»! (Mt. 6:13; Lc. 11:4). (B) Que Dios cubre el rostro de los jueces (v. 24), para que hagan la vista gorda ante las injusticias de los potentados.
En su obcecación, Job confunde la voluntad permisiva de Dios con una acción directa a favor del mal
¿Qué queda entonces para el libre albedrío y la responsabilidad de las acciones humanas? Mala cosa es pronunciar juicios a impulsos de la ira.
Versículos 25–35
Job se vuelve más y más quejumbroso. Cuando nos hallamos en un aprieto, podemos quejarnos a Dios, como vemos frecuentemente en los Salmos, pero no debemos quejarnos de Dios, como lo hace aquí Job.
I. Su queja de que los días de prosperidad pasaron velozmente no es censurable (vv. 25, 26). Nótese el clímax; primero, la rapidez del correo; más rápida se desliza la lancha; pero el águila se precipita mucho más velozmente sobre la presa.
II. Su queja de la situación en que se halla es también excusable (vv. 27, 28). Si alguien dice que podría haberse olvidado de su dolor y haber orado y alabado a Dios, que se ponga en el caso de Job. Como dice el refrán español: «Es muy fácil ver los toros desde la barrera».
III. Su queja de la inexorabilidad de Dios en la forma de tratarle no tiene ya tanta excusa. Él sabía muy bien que Dios no era como lo describe aquí y, en situación de calma, no habría hablado así. Las personas buenas no siempre hablan bien; pero Dios que conoce nuestra condición (Sal. 103:14), les da después oportunidades para desdecirse y corregir mediante el arrepentimiento lo que se dijo en un momento de ofuscación.
1. Job parece hablar aquí: (A) Como si desesperase de obtener de Dios ningún alivio en sus dolores (v. 28): «Sé que no me tendrás por inocente. Mis aflicciones duran demasiado tiempo. ¿Para qué trabajaré en vano?» (v. 29). Es cierto que, cuando se trabaja para los hombres, se trabaja muchas veces en vano, pero el trabajo para Dios no es en vano (1 Co. 15:58). (B) Como si Dios no tuviese en cuenta que Job era intachable (vv. 30, 31). No se daba cuenta de que, aun cuando las manos estuviesen limpias con la limpieza más esmerada, Dios ve el corazón engañoso del hombre, donde anidan pecados ocultos, suficientes para despojarnos de toda pretensión de limpieza moral. Pablo, cuando era fariseo, tenía las manos limpias; era irreprensible (Fil. 3:6), pero también se reconoce como el primero de los pecadores (1 Ti. 1:15). (C) Como si fuese imposible llegar a una conciliación con Dios (vv. 32, 33), ya que no hay árbitro que, según la costumbre de la época, pueda poner una mano sobre él y otra sobre Dios. Job no podía imaginarse que llegaría el tiempo en que tal árbitro había de existir: el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5). (D) Como si el terror que Dios le infunde le sacase de sus casillas, de forma que de nada le sirve hablar, pues no puede hacerlo con la serenidad y confianza de antaño (vv. 34, 35).
2. De todo esto hemos de sacar un sentimiento de honda compasión hacia quienes están profundamente heridos en su ánimo, y un firme propósito de albergar siempre buenos pensamientos acerca del carácter de Dios, porque pensar duramente de Él conduce siempre a desatinos de palabra y de obra.
Cada vez más lleno de confusión, Job se queja ahora, I. De su triste condición (vv. 1–7). II. De la aparente contradicción que ve en el cuidado que Dios tuvo al formarle, y la forma como ahora le trata (vv. 8–12). III. De la enemiga de Dios contra él, a la cual no halla Job ninguna explicación (vv. 13–22).
Versículos 1–7
I. Hallamos aquí en Job una resolución apasionada de persistir en sus quejas (v. 1). Está tan hastiado de la vida, que va a dar salida a toda la amargura que alberga en su interior. Al hablar en la amargura de su alma, podría decir como Pablo: «Ya no soy yo … sino el pecado que mora en mí (Ro. 7:17). No es mi alma la que habla, sino su amargura».
II. Como es frecuente en los Salmos, comienza su queja con una oración (v. 2), pero es para pedir cuentas a Dios de la forma en que le trata ¿Qué motivos puede tener Dios para afligirle? (v. 3). Los hombres, falibles y mortales, podrían proceder de ese modo; pero un Dios infinitamente sabio y eterno, que no necesita darse prisa para percatarse, con el tiempo, de la sinceridad y piedad de Job, y que conoce bien su integridad, ¿cómo es que le persigue con tanto encono? (vv. 4–6). Nótese los contrastes: 1. Los ojos de carne (v. 4) ven sólo lo de fuera, pero Dios ve el interior. 2. Los ojos de carne descubren las cosas poco a poco (v. 5), pero Dios lo contempla todo de un vistazo. 3. Los ojos de carne se cansan y se cierran, pero los de Dios siempre están abiertos, pues nunca duerme ni se adormece (Sal. 121:4). 4. Los hombres se hacen sabios por la experiencia, a fuerza de tiempo (vv. 5, 6); pero Dios todo lo tiene presente.
III. A Job le parece que Dios abusa de su omnipotencia al tener encarcelado a un preso que es inocente, únicamente porque sabe que no hay quien pueda librarle de su mano (v. 7). También puede entenderse de otra manera—nota del traductor—este versículo: la prueba a la que Dios somete a Job por tanto tiempo no es necesaria, pues sabe bien que no es un impío y, aun en el caso de que Job llegase a pecar después (si Dios le da ahora un respiro), nadie habría de librarle de las manos de Dios.
Versículos 8–12
I. Job considera a Dios como a Creador suyo, quien, después de formarle tan artísticamente, ahora parece que se deleita en arruinar su obra.
1. Dios es el que nos formó, pues nuestros padres fueron únicamente los instrumentos de su poder y providencia en nuestra producción. Job observa aquí: (A) Que el cuerpo es moldeado como el barro (v. 9. Comp. Gn. 2:7) de la misma manera que un alfarero hace los vasos de arcilla (Jer. 18). (B) También es formado como el queso (v. 10). (C) Con otra bella imagen, presenta nuestro organismo entretejido con nervios y huesos y revestido de carne y piel (v. 11). Los órganos más importantes para continuar viviendo: el cerebro, el corazón, el hígado, los pulmones, etc. están cubiertos para no exponerlos a la intemperie, y defendidos para no ser dañados. La estructura admirable del organismo humano es un ilustre ejemplo del poder, la sabiduría y la bondad de Dios ¡Qué lástima que estos cuerpos que fueron formados para ser templo del Espíritu Santo sean hechos instrumentos de iniquidad!
2. A este organismo tan bellamente formado, Dios le dio vida infundiéndole el espíritu (Gn. 2:7). Dios es el Padre de los espíritus (He. 12:9). Él nos hizo almas vivientes y nos otorgó el poder de razonar y amar. «¿Y por qué deshacer, sin motivo, una cosa tan bien hecha?»—viene a decir Job—(vv. 8, 9). Le parece arbitrario este proceder de Dios.
Versículos 13–22
En medio de su tremenda aflicción, y confuso por el proceder de Dios contra él, Job llega a imaginar un siniestro motivo de Dios en todo esto.
1. Piensa que Dios planeaba cuando le estaba formando acecharle de cerca en todo momento hasta sorprenderle en algún pecado, aunque éste fuese involuntario, y no perdonárselo jamás (vv. 13, 14).
2. Se queja a continuación de lo estricta que es la justicia divina. Los latinos decían: Sumrnus ius, sumrna iniuria = la justicia llevada al extremo se convierte en severidad dañosa.
3. Así que, haga lo que haga, está perdido (vv. 15–17). Si resulta culpable, no puede esperar perdón. Si se tiene por justo y quiere levantar la cabeza, Dios le cazará como un león y presentará contra él pruebas que, salidas del furor de Dios, son como tropas de relevo …
4. Por consiguiente, vuelve Job a su tema de quejarse contra la vida misma y desear no haber nacido (v. 18), sino, como un aborto, ser conducido desde el vientre a la sepultura (v. 19). Se equivocaba Job grandemente al pensar que una persona que sufre no tiene ningún motivo para continuar viviendo, ya que, en medio del sufrimiento, podemos servir todavía para alabanza de la gloria de Dios.
5. Termina Job este discurso con una oración a Dios, a fin de que le deje tranquilo en el poco tiempo que le resta de vivir en este mundo (v. 20), antes de marcharse para no volver (vv. 21, 22).
Las heridas del pobre Job están sangrando, pero ninguno de sus amigos echa en ellas aceite ni bálsamo. Zofar (mejor, Sofar), echa en ellas tanto vinagre como los dos anteriores. I. Acusa a Job de charlatán (vv. 1–4). II. Apela a Dios para que convenza a Job (v. 5): 1. De su sabiduría infalible y de su justicia insobornable (v. 6). 2. De sus inescrutables perfecciones (vv. 7–9). 3. De su soberanía incontestable y de su poder incontrolable (v. 10). 4. Del conocimiento que tiene de los hombres (vv. 11, 12). III. Le asegura que, si se arrepiente y se reforma (vv. 13, 14), Dios le restaurará a su anterior prosperidad (vv. 15–19); pero si es un malvado, en vano se puede esperar de Dios tal favor (v. 20).
Versículos 1–6
Da pena ver hasta qué punto pueden las pasiones destempladas trastornar el juicio de personas sabias y prudentes en el calor de una discusión, de lo cual tenemos aquí un ejemplo en Sofar. Elifaz había comenzado con modesto prólogo (4:2). Bildad se había mostrado algo más duro con Job (8:2). Pero Sofar cae sobre él sin compasión, y acusa a Job de charlatanería, cuando el pobre hablaba desde lo profundo de su aflicción. ¿Es esa la forma de consolar al afligido? ¿Por qué habla así el que pretende ostentar el papel de abogado de Dios y de su justicia?
I. Sofar presenta a Job de muy diferente manera de como era en realidad (vv. 2, 3). Lo tiene por lenguaraz, sofista y escarnecedor: por lo cual bien merece ser avergonzado y castigado. Ya hemos visto en los capítulos anteriores los discursos de Job y, a pesar de algunas frases atrevidas, salidas de la amargura de su alma, hemos hallado su buen sentido y su fuerte argumentación. Job no hablaba en vano ni había perdido el juicio.
II. Acusa a Job de decir lo que no había dicho (v. 4): Tú dices; mi doctrina es pura. Job no había dicho eso, pero había hablado de Dios de mejor manera que la de sus amigos. Tampoco había dicho Job: Yo soy limpio delante de tus ojos, sino: Tú sabes que no soy impío (10:7), aunque había reconocido que no era intachable (9:21). Había sostenido vigorosamente que no era un hipócrita, pero no negaba que fuese pecador.
III. Apela a Dios, y desea que acuda en persona para convencer a Job. Así es como se portan ordinariamente los hombres, piensa que hasta Dios tiene que darles la razón en lo que dicen, y quitársela a sus interlocutores. Como no tiene esperanza de convencer a Job, Sofar desea que Dios quisiera convencerle de dos cosas: 1. La inescrutable profundidad de los designios de Dios. Sofar desea que Dios mismo muestre a Job los secretos de la sabiduría divina en una medida suficiente para convencerle de que son de doble valor que las argucias de Job (v. 6). Lo que conocemos de Dios es como nada en comparación con lo que no conocemos de Él. Lo «escondido» (Ef. 3:9) de Dios es más del doble de lo que se manifiesta. Es probable que el sentido literal, según lo entienden algunos, indique que Dios conoce muchísimo más que nosotros de la maldad que llevamos dentro. 2. La incuestionable justicia de sus procedimientos: «Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece».
Versículos 7–12
Sofar se refiere ahora a la suma trascendencia de Dios, así como a la vanidad necia del hombre.
I. Dios es incomprensible. Nosotros sabemos muy poco de la divina naturaleza y, por tanto, somos jueces incompetentes de la providencia de Dios; así que, cuando censuramos algunos de sus procedimientos, estamos hablando de cosas que no entendemos (vv. 7, 8): «¿Descubrirás tú las profundidades de Dios?, etc.». A fuerza de buscar, podemos hallar a Dios (Hch. 17:27); podemos, de alguna manera, aprehenderle, pero no podemos comprenderle; podemos saber que es, pero no podemos saber qué es. Por eso deberíamos hablar siempre de Dios con la mayor humildad y precaución, y no discutir con Él, sino estar sumamente agradecidos a la revelación que nos ha hecho de sí mismo y desear aquel estado en que conoceremos como somos conocidos (1 Co. 13:12).
Nótese en los versículos 8 y 9 las cuatro dimensiones de la perfección de Dios, y compárense con las cuatro dimensiones del amor de Cristo (Ef. 3:18, 19), que podemos llegar a conocer, aun cuando no podamos conocer las de las perfecciones divinas.
El profesor L. Brates hace notar—nota del traductor—que el argumento de Sofar contra Job se volvía contra sus amigos: «Precisamente por ser la esencia de Dios impenetrable y trascendente, negaba Job que se le pudiera atribuir a Él una justicia al modo humano».
II. El hombre es pura vanidad y tiene que humillarse (vv. 11, 12).
El sentido del versículo 12 en el hebreo no está claro del todo. El texto actual parece favorecer la traducción de nuestras versiones, pero el contexto no se compagina con ella, porque si no hay posibilidad de que el insensato se haga cuerdo, ¿por qué anima Sofar a Job precisamente a eso? (vv. 13 y ss.). Por eso, es preferible la traducción de la Biblia de Jerusalén (nota del traductor): «Así el insensato se hace cuerdo, como un pollino de onagro se hace adulto». Es cierto que el hombre es vano (lit. vacío) por naturaleza y semejante a las bestias que perecen (Sal. 49:20; 73:22), pero, por la gracia de Dios, puede servir para gloria de Dios. Para entrar triunfalmente en Jerusalén, Jesucristo necesitó un asno (Mt. 21:3; Mr. 11:3; Lc. 19:31). ¡Que nadie se tenga por inútil, cuando un asno pudo servir al Señor! Lo malo es que el hombre vano es como un asno salvaje, que no sirve ni para montarlo, pues, en su orgullo, sólo sabe dar coces contra el aguijón. ¿Y se atreverá tal criatura a contender con Dios? ¡Que Job se enmiende y se haga cuerdo! ¡Que cese de censurar a Dios y se domesticará!
Versículos 13–20
Aquí Sofar, como los otros dos, anima a Job a esperar mejores tiempos si se pone de mejor humor.
I. Le da un buen consejo (vv. 13, 14), como se lo dio Elifaz (5:8) y también Bildad (8:5). Debe examinarse a sí mismo, cambiar de mentalidad y hacer bueno el árbol. Debe dirigir su corazón a Dios y extender a Él sus manos en oración humilde y confiada. Job había orado, pero Sofar le anima a que ore de mejor manera, no como quien apela, sino como quien suplica humildemente. También debe echar de sí toda maldad (v. 14), para poder orar con confianza. Asimismo ha de procurar que no more en su casa la injusticia: que todo lo que no sea recto en su casa sea reformado; aunque es probable que la frase sea un estilo paralelo a la frase anterior, al decir lo mismo con otra imagen, ya familiar (22:23; Jer. 4:14).
II. Le asegura que le irá muy bien con el consejo que le da (vv. 15 y ss.): Entonces levantarás tu rostro limpio de mancha, etc. Podrá Job acercarse confiadamente al trono de la gracia, no con terror (9:34). Job se hallaba confuso (10:15), al considerar a Dios como enemigo suyo y contender con Él. Sofar le asegura que si se somete humildemente, su mente quedará sosegada. Más aún, olvidará su miseria (v. 16) como se olvida una inundación cuando ya pasó y no ha dejado señales funestas. Job había procurado olvidar su queja (9:27), pero no había podido. Sofar trata ahora de complacer a Job, asegurándole:
1. Que aunque su luz esté ahora eclipsada, volverá a brillar con mayor esplendor que nunca (v. 17).
2. Que aunque ahora esté en continuo miedo y terror, volverá a vivir tranquilo y seguro (v. 18). No habrá nada ni nadie que le pueda atemorizar (v. 19).
3. De tal modo prosperará, que de nuevo serán muchos los que buscarán su favor (v. 19b), felicitándole por su recuperación y alabándole con lisonjas para ponerle de parte de ellos.
III. Sofar concluye con un paralelismo antitético (v. 20): Pero los ojos de los malvados se consumirán, mientras Job va con la cabeza alta, y no tendrán refugio, mientras él se siente seguro y tranquilo; y mientras Job ha visto colmada su esperanza, la única esperanza de los malos será dar su último suspiro, y desaparecer sin dejar rastro. Los que no quieran huir hacia Dios, en vano esperarán huir de Él. Es muy probable que Sofar sospechase que Job no había de seguir su consejo; por eso le advierte de lo que le ocurrirá a él si no lo sigue: es como si le pusiera delante la vida y la muerte.
Respuesta de Job a Sofar, en la que razona primero con sus amigos (v. también 13:19) y luego se vuelve hacia Dios. En este capítulo, se dirige a sus amigos y: I. Condena el juicio que se han formado de su carácter (vv. 1–5). II. Contradice lo que ellos han dicho sobre la destrucción de los impíos en este mundo, y muestra que con frecuencia prosperan (vv. 6–11). III. Está de acuerdo con lo que han dicho acerca de la sabiduría, el poder y la soberanía de Dios, y se extiende sobre ello (vv. 12–25).
Versículos 1–5
La reprensión que Job da a sus amigos.
I. Les reprende por el alto concepto que tienen de sí mismos y por la opinión demasiado buena que tienen acerca de su propia sabiduría. 1. Los presenta como quienes reclaman el monopolio de la sabiduría (v. 2). Véase la ironía con que se dirige a ellos: «Ciertamente vosotros sois el pueblo (lit.): la representación de todo el saber popular; y con vosotros morirá la sabiduría. Vuestras palabras son oráculo y ley. Vuestra voz es la de la mayoría, vuestro voto es decisivo y, esté bien o esté mal, todos hemos de estar de acuerdo con lo que vosotros decís. Al no haber más sabios que vosotros, con vosotros se acabará la sabiduría de este mundo». Es una locura pensar que nuestra muerte será una pérdida
«irreparable», ya que, cuando nosotros desaparezcamos de la escena, Dios suscitará otras personas mejor equipadas que nosotros para su obra. 2. Se presenta a sí mismo como quien tiene derecho a compartir con ellos el don de sabiduría (v. 3): «También yo tengo entendimiento como vosotros. También yo puedo juzgar sobre los métodos y procedimientos de la providencia divina, como vosotros lo hacéis».
No habla para engrandecerse a sí mismo: «¿Y a quién se le ocultan estas cosas? Lo que habéis dicho son cosas tan llanas y sencillas que cualquiera podría exponerlas tan excelentemente como vosotros y yo». Lo dice para humillarles y hacerles descender de la alta opinión en que se tienen a sí mismos como los únicos doctores del mundo.
II. Se queja del gran desprecio con que le han tratado (v. 4); Yo soy uno de quien su amigo se mofa. Es cierto que, a veces, tenemos por burlas lo que son sinceras reprensiones, pero en el caso de Job era diferente: Sus compañeros (lit.) se mofan de él bajo pretexto religioso, cuando él clama a Dios para que le responda. Job tenía un Dios a quien apelar, aunque los escarnecedores se sintiesen a sus anchas y despreciasen a quien había caído de repente en la pobreza y en la miseria. Así es como obra el mundo: Alaban a los que prosperan, mientras que de los que sufren dicen: «¡Abajo con ellos!»
Versículos 6–11
Los amigos de Job se basaban en el principio de que los malvados no pueden prosperar por largo tiempo en este mundo: Los ojos de los malos se consumirán (11:20). Job se opone a esto y mantiene que Dios actúa con perfecta soberanía al conducir los asuntos de la humanidad, y reserva para la otra vida la exacta distribución de premios y castigos.
I. Afirma como verdad incuestionable que los malvados pueden prosperar, y de hecho prosperan con frecuencia, por largo tiempo en este mundo (v. 6): Prosperan las tiendas de los ladrones (¿Estaría Job pensando en los sabeos y caldeos de 1:15, 17, que habían acabado con todo lo suyo?), y los que provocan a Dios (los peores pecadores, como son los blasfemos y los perseguidores) viven seguros. Parece como si disfrutasen de una bendición inalienable, ellos y sus familias. Con harta frecuencia, va pasando en herencia durante varias generaciones lo que se adquirió mediante fraude. Por consiguiente, no podemos juzgar de la piedad de una persona basados en su fortuna, ni de lo que tienen en su mente por lo que tienen en sus manos.
II. Para probar esto, apela incluso a las criaturas inferiores: las bestias, las aves, la tierra (es decir, los reptiles) y los peces (vv. 7, 8) lo podrían declarar, pues el animal más fuerte devora al más débil, y el pez gordo se come al pequeño (v. 1a comparación en Hab. 1:14). Si el pecado no hubiese entrado en el mundo, no habría tal desorden entre las criaturas de Dios, sino que el lobo y el cordero yacerían juntos. Sofar había hecho de todo ello un gran misterio (11:7), pero Job parece decir: «¡Nada de eso! ¡Hasta las bestias lo entienden!» (v. 9). Del dominio de Dios sobre la creación deberíamos aprender a contentarnos con la forma en que dirige los asuntos de los hombres.
III. Job llega a esta conclusión basado en la absoluta dependencia en que todas las cosas están con respecto a Dios (v. 10): En su mano está el alma de todo viviente. Todas las criaturas, especialmente los hombres, derivan de Él su misma existencia: su hálito. Suyas son todas las almas ¿No puede hacer como le plazca con lo que es suyo? No quiere Job decir que Dios actúa arbitrariamente, pero sí que actúa soberanamente. Notemos de paso que el sagrado nombre de Dios, Jehová, ocurre únicamente, de entre todo el libro, en el versículo 9 de este capítulo.
IV. El versículo 11 puede tomarse como conclusión de todo lo que acaba de decir o como prólogo de lo que va a decir a continuación. La mente humana tiene, para discenir entre la verdad y el error (cuando se exponen según se debe) tan buena facultad como la que tiene el paladar para distinguir entre lo dulce y lo amargo. Así que sus amigos deberían hacer uso de esa facultad racional, para juzgar imparcialmente, en vez de querer decidirlo todo con base en la tradición o en la autoridad, discutible, de los que hablan.
Versículos 12–25
Noble discurso de Job acerca de la sabiduría, el poder y la soberanía de Dios. Bueno sería que las personas buenas y prudentes que difieren en asuntos de menor importancia, dedicasen más tiempo a las grandes verdades sobre las que están de acuerdo. Sobre este tema, Job habla según es su carácter. Aquí no hay apasionadas quejas ni salidas de mal humor, sino reflexiones viriles y grandiosas.
I. Afirma la inescrutable sabiduría y el poder irresistible de Dios. Es cierto que la edad, con la experiencia, presta sabiduría a muchos (v. 12); pero con la edad se pierden las fuerzas, mientras que Dios tiene, en grado infinito, la sabiduría y el poder (v. 13): sabiduría para planear sus designios, y poder para llevar a cabo lo que ha planeado. Él no necesita pedir consejo ni ir adquiriendo experiencia mediante la observación, sino que todo eso lo tiene esencialmente desde toda la eternidad. Todo intento del hombre contra Él es insensato y queda frustrado (v. 14): Si Él derriba, no hay quien edifique, etc.
II. Para probar esta verdad, pone un ejemplo tomado de la naturaleza (v. 15): Dios tiene tal dominio sobre las aguas que las ata como en un paño (Pr. 30:4) y las mide con el hueco de su mano (Is. 40:12). 1. Las grandes sequías son, a veces, grandes castigos: Si Él detiene las aguas, todo se seca; si los cielos se vuelven de bronce, la tierra se vuelve de hierro. 2. Las grandes inundaciones también son, a veces, grandes castigos: Si las suelta (las aguas), destruyen la tierra: los productos del campo y las casas de la población.
III. Pone muchos otros ejemplos, sacados del modo de actuar Dios con los hombres.
1. En general (v. 16): Con Él está la fuerza y la pericia, esto es, la quintaesencia de la sabiduría, que es el tino y el acierto en el obrar (como indica el vocablo hebreo). Al tener sabiduría y poder sumos, sabe cómo hacer uso, no sólo de los sabios y buenos, sino también de los necios y malos, de los que no habría de esperarse ninguna utilidad para servir a los designios de la Providencia: ni la simpleza de los necios ni la astucia de los listos escapan al conocimiento de Dios.
2. Desciende después a detalles particulares: (A) Personas que parecían sabias y juiciosas quedan entontecidas, para que no se gloríen de sus dones naturales (vv. 17 y 20). (B) Quebranta el poder de reyes y magnates (vv. 19, 21). Desatar el cinto, aflojándolo, equivale a quitar la robustez y las fuerzas. Además, al aflojar el cinto, se les cae la espada y no es extraño que, bien pronto, se les caiga también de la cabeza la corona, con lo que Dios les ata una soga de esclavitud a los lomos (v. 18). (C) Los elocuentes quedan privados del habla (v. 20), de forma que no pueden expresar lo que querían decir. (D) Quienes creían tener bien ocultos sus designios, ven cómo quedan al descubierto sus complots (v. 22). (E) Los líderes más famosos por su estrategia y valentía quedan confusos como gente que vaga por el desierto (v. 24) y como borrachos que no pueden tenerse derechos (v. 25).
Job aplica lo que lleva dicho anteriormente. I. Se compara atrevidamente con sus amigos a pesar de las mortificaciones que sufre (vv. 1, 2), los condena por su falsedad y parcialidad (vv. 4–8), y les amenaza con los juicios de Dios por obrar así (vv. 9–12). Desea que se callen (vv. 5, 13, 17), y él se dirigiría a Dios en vez de a ellos (v. 3). II. También se dirige atrevidamente a su Dios: a veces, con gran fe (vv. 15, 16, 18); a veces, con demasiada pasión al considerar la deplorable situación en que se halla (vv. 14, 19, etc.), se queja de la confusión que sufre (vv. 20–22), y de su incapacidad para hallar en sí el pecado que provocó a Dios a afligirle de esta manera.
Versículos 1–12
Job expresa apasionadamente su resentimiento por la malevolencia de sus amigos.
1. Se encara con ellos como quien no necesita ser enseñado por ellos (vv. 1, 2). Le obligaron, como los corintios a Pablo, a ensalzarse a sí mismo, no por vía de jactancia, sino de autojustificación. Son dichosos los que no sólo ven y oyen, sino también entienden, la grandeza, la gloria y la soberanía de Dios. Esto, pensaba él, había de justificar el modo como había hablado anteriormente (12:3), lo cual repite ahora (v. 2): «Como vosotros lo sabéis, lo sé yo; no necesito ir a vosotros para que me enseñéis; no soy menos que vosotros».
2. Él preferiría dirigirse a Dios y discutir con Él, en lugar de hablar con sus amigos (v. 3).
3. Les condena por el trato poco caritativo y, además, injusto, que le daban (v. 4).
Le acusaban falsamente: Sois fraguadores de mentira. Forjaban falsas hipótesis acerca de la Providencia divina, como si Dios afligiese solamente a los malvados, con lo que deducían acerca de Job la falsa conclusión de que era un hipócrita. Se empeñaban en consolarle, en sanarle, pero resultaban médicos nulos (lit. inútiles).
4. Les ruega que se callen y hagan el favor de escucharle con un poco de paciencia (vv. 5, 6). Aunque no le habían interrumpido en su discurso, quizá no habían querido prestar atención a lo que él decía. Por eso les pide que no se contenten con oír, sino que estén atentos a los argumentos de sus labios (v. 6).
5. Se esfuerza por convencerles de que han dejado malparado el honor de Dios, mientras pretendían ser los abogados de Dios (vv. 7, 8). Dios y su causa no necesitan tales abogados. Si se callasen, mostrarían un poco de sabiduría (v. 5), pero, bajo pretensión de justificar a Dios por lo que aflige a Job, están hablando iniquidad al condenar a Job como si fuese un malvado y un hipócrita. La verdad de Dios no necesita nuestras mentiras, ni se ayuda a la causa de Dios mediante tácticas pecaminosas.
6. Se esfuerza en inculcarles temor del juicio de Dios, en el cual incurren al condenar a Job sin motivo (v. 9). Para una buena persona, es bueno desear que Dios la escudriñe, pero es malo para quien obra injustamente y solapadamente hace acepción de personas (v. 10). Ellos profesaban tener alto conocimiento de Dios y ser temerosos de Él, mas si se percatasen de la majestad aterradora de Dios (v. 11), de seguro se espantarían y tendrían más cuidado en lo que decían, pues todo lo que hasta ahora habían dicho era como refranes de ceniza que se lleva el viento, sin consistencia para resistir un examen imparcial, y como argumentos de arcilla que se hacen trizas al menor embate.
Versículos 13–22
Job se aferra aquí, más y más, a su integridad, como quien ha resuelto no dejarla escapar por mucho que se le ataque.
1. Pide a sus amigos que guarden silencio (v. 13) y no le interrumpan. Va a exponer su caso con toda valentía y sinceridad, pase lo que pase, pues está seguro de que sólo Dios conoce bien su corazón. Está decidido a defender su conducta (v. 15), a sabiendas de que, si ahora callara, su silencio le mataría (v. 19). Sabe que, con su audacia, va a arriesgar su vida; lo cual expresa bajo dos imágenes semitas, muy elocuentes: (A) Pondrá su carne entre sus dientes. De esta imagen no existe otro ejemplo en la Biblia, pero ha de interpretarse conforme al paralelismo con la segunda; (B) Arriesgará la vida en las palmas de sus manos, de las que, al estar abiertas, hay peligro de que se caiga (comp. con Jue. 2:3; 1 S. 19:5; 28:21; Sal. 119:109).
2. Depende de Dios en su justificación y salvación (vv. 15–18). Aquellos cuyo corazón está a bien con Dios, que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Ro. 8:4), pueden estar seguros de que, en fin de cuentas, no sólo quedarán justificados, sino salvos en todo y bien parados (v. 16): Esto mismo será mi salvación. La primera parte del versículo 15 es muy hermosa en la forma en que aparece en nuestras versiones, pero es poco probable que refleje el sentido del hebreo, el cual dice así: «Mira, me matará (pero), no esperaré; de seguro defenderé ante su rostro mis caminos». Véase el contexto.
3. Insiste en defenderse delante de Dios (vv. 20–22), con tal de que se cumplan dos condiciones: que Dios no le siga oprimiendo y que no le asuste. Entonces no tiene inconveniente en presentarse ante el tribunal de Dios; allí preguntará y que Dios responda, o si Dios le pregunta, ya responderá él. ¿Cómo podrá incluso una buena persona, mucho menos una mala persona, razonar con Dios, como para ser justificado delante de Él, cuando se halla en el potro del tormento?
Versículos 23–28
1. Job pide ahora a Dios que le muestre los pecados que haya podido cometer (v. 23): ¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?, etc. Sus amigos estaban prestos a decirle cuántos y cuán graves eran sus pecados (22:5), pero él quiere que se lo diga Dios, cuyo juicio es según verdad. Una persona verdaderamente arrepentida está dispuesta a conocer lo peor que haya en su interior; y todos nosotros deberíamos desear conocer cuáles son nuestras transgresiones, para confesarlas delante de Dios detalladamente, y ponernos en guardia contra ellas para el futuro.
2. Se queja amargamente de que Dios le esconde su rostro y le trata como a un enemigo (v. 24): ¿Por qué escondes tu rostro?, etc. Dios le escondía su rostro como a un desconocido. Nótese que, a veces, el Espíritu Santo niega sus favores a los mejores y más queridos santos y siervos suyos en el mundo. Se eclipsan las evidencias del Cielo, se interrumpe la comunicación y desaparecen los consuelos (v. Sal. 77:7–9; 88:7, 15, 16). Cargas pesadas son éstas para un alma santa que estima las gracias de Dios más que la vida, porque entonces, ¿quién sostendrá al ánimo angustiado? (Pr. 18:14). La angustiosa pregunta de Job nos enseña que, siempre que nos veamos en la «noche oscura», cuando Dios nos oculta el rostro, hemos de inquirir el motivo de ello—¿cuál es el pecado que impide la comunicación o qué otra cosa se propone Dios con esta retirada?—. Los sufrimientos de Job son, en cierto modo, figura de los de Cristo, de quien no sólo los hombres escondieron el rostro (Is. 53:3), sino también Dios el suyo, como atestiguaron las tinieblas que rodearon la cruz del Calvario y le hicieron gritar al Señor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt. 27:46; Mr. 15:34).
3. Apela a la clemencia de Dios, al sentir su total incapacidad para sostenerse en pie delante de Él (v. 25): ¿A la hoja arrebatada (es decir, que se la lleva el viento) has de quebrantar, y a una paja seca has de perseguir? Nosotros conocemos mucho mejor que Job la bondad y la compasión de Dios y de su Hijo Jesucristo, pues sabemos que no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea (Is. 42:3; Mt. 12:20).
4. Se queja tristemente de la forma tan severa como le trata Dios. Piensa que debe de ser por los pecados de su juventud (v. 26), pero cree que la aflicción que sufre es una sentencia demasiado pesada contra él. Dios escribe amargas sentencias contra nosotros, a fin de que recordemos pecados olvidados y, de este modo, el remordimiento nos lleve a apartamos de ellos. Pones además mis pies en el cepo (v. 27), para corregir mis malos pasos, midiendo las huellas de mis pies (frase paralela a la anterior, como si acotase el espacio que los pies no pueden traspasar). Ahora bien: (A) No era verdad que Dios persiguiera a Job más de lo debido. Tan lejos estaba de ello, que nunca nos paga como lo merecen nuestros pecados. Por tanto, Job se expresaba así por estar su mente oscurecida por la aflicción; en su sano juicio, nunca presentó a Dios como a un Amo demasiado duro. (B) Pero nosotros deberíamos vigilar constantemente nuestros pasos, no sólo para descubrir cualquier pecado que hayamos cometido, sino también para prevenimos de pecar en lo futuro.
5. Job se ve a sí mismo consumido por el infortunio y la enfermedad bajo la pesada mano de Dios (v. 28). Habla en tercera persona, ve que su cuerpo se va gastando como cosa carcomida, cuya putrefacción tiene dentro de sí su propia fuente; como vestido roído por la polilla, que cada vez se echa más a perder. Cuando no hay sanidad en el alma, no es extraño que haya poca sanidad en el cuerpo (Sal. 38:3).
Job continúa hablando con Dios y consigo mismo. En 13:12, había aludido a la inconsistencia de sus amigos; ahora contempla su propia debilidad y suplica a Dios que mitigue su miseria. I. En cuanto a la vida humana, dice que es: 1. Corta y mala (vv. 1–3). 2. Pecaminosa (v. 4) y 3. Escatimada (vv. 5, 14). II. En cuanto a la muerte humana, que: 1. Pone punto final a la vida presente, a la que no hemos de volver (vv. 7–12). 2. Nos libera de las calamidades de la vida (v. 13). 3. Destruye las esperanzas de la vida (vv. 18, 19). 4. Nos despide del negocio de la vida (v. 20) y 5. Nos rodea de oscuridad en cuanto a lo que sucede a nuestros parientes más allegados, por mucho que haya sido el interés que por ellos hayamos tenido antes (vv. 21, 22). III. En cuanto al uso que Job hace de todo esto: 1. Apela de ello a Dios, el cual—en opinión de Job—se portaba con él demasiado estricta y severamente (vv. 16, 17), le suplica que, en atención a su fragilidad, no siga contendiendo con él (v. 3), sino que le conceda algún respiro (v. 6). 2. Se pone a prepararse para la muerte (v. 14) y se anima con la esperanza de las ventajas que la muerte le va a proporcionar (v. 15). Este capítulo es muy apropiado para sacar mensajes para funerales.
Versículos 1–6
I. Caducidad de la vida humana. El hombre nacido de mujer (comp. Gá. 4:4), frase que indica fragilidad, vive pocos días y malos (v. 1). Job ilustra la brevedad de la vida con dos bellas imágenes: 1. La de una flor que es cortada en medio de su esplendor (Mt. 6:28–30). 2. La de una sombra que huye siempre, por más que se quiera alcanzarla, y desaparece al llegar la noche. Aunque Jacob había vivido 130 años, los tuvo por días cortos y aunque David murió colmado de días (no más de 70 años), la vida siempre parece muy breve cuando ya se ha pasado, y toda la Escritura pondera de muchas maneras esa brevedad. Además, es una vida llena de sinsabores, problemas, disgustos, penas y dolores.
Los momentos gratos se pasan rápidamente, mientras que un simple dolor de muelas parece durar una eternidad.
II. Pecaminosidad de la vida humana, surgida de la pecaminosidad de la naturaleza humana (v. 4):
¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie. La paráfrasis caldea tiene una lectura muy interesante a este respecto: ¿Quién puede hacer limpio a un hombre que es inmundo por el pecado? ¿No hay uno que puede, esto es, Dios? Aunque la exégesis tradicional usa este texto como testimonio cierto de la doctrina del pecado original (comp. con Sal. 51:5), bastarán lugares como Jeremías 17:9 para confirmar la aserción de Job 14:4, sin forzar la exégesis para deducir tal doctrina (así piensan la mayoría de los exegetas hoy día—nota del traductor—). El sentido directo del v. 4 es que Job no puede considerarse a sí mismo completamente limpio y, por ello, sólo puede apelar a la clemencia y a la misericordia de Dios (v. Sal.103:8–18).
III. Limitación fijada a la vida humana (v. 5). Nada ocurre por casualidad. Tampoco nuestra muerte sobreviene a causa de una flecha arrojada a la ventura, sino que su plazo, así como el modo y el lugar, están determinados por Dios (Sal. 139:16), sin que esté en manos del hombre alargar sus días (probable sentido de Mt. 6:27, comp. con Sal. 39:5). En atención a esta limitación escatimada de la vida humana, pide Job a Dios que le conceda algún respiro, como se le hace a un jornalero que bastante tiene con la fatiga que comporta el trabajo del día, sin que se le añadan nuevas fatigas y sinsabores.
Versículos 7–15
Aquí muestra Job:
1. Que la muerte es la partida definitiva de este mundo. Un árbol cortado puede volver a retoñar (vv. 7–9), pero el hombre, una vez que expira, yace y no vuelve a levantarse (vv. 10–12) ¿y dónde él? (v. 10b. lit.), es decir, ¿qué es de él después de morir? En la mentalidad del Antiguo Testamento, desaparece (comp. con 2 Ti. 1:10). La vida vegetal, que es la inferior, se recobra sólo con el olor del agua (v. 9. lit.).
La vida animal de algunos insectos, etc., con el calor del sol se restaura. Pero la vida del alma racional, una vez que se ha marchado, es demasiado grande y demasiado noble como para hacerla volver mediante los poderes de la naturaleza; está fuera del alcance de la lluvia y del sol, y sólo se recobra por la actuación directa de la omnipotencia divina. El versículo 12 no puede tomarse—nota del traductor— como prueba de la resurrección (v. 19:26), pues la frase «hasta que pasen los cielos». indicaba precisamente una duración eterna.
2. Que aún le queda la esperanza de algunos consuelos a la vista de la muerte, para escapar con ella de la presente situación. Muestra Job:
(A) Un vehemente deseo de que Dios le escondiese en el Seol (v. 13), pero no para siempre (le duele mucho perder la comunión con Dios), sino hasta que se apacigüe la ira de Dios.
(B) Una santa resolución de aguardar pacientemente hasta que Dios cumpla con él su voluntad, pero con cierta esperanza de que Dios haga en su caso una excepción de la regla general y le devuelva la vida y, con ella, el disfrute de un mejor trato por parte de Dios. Sabe que eso es pedir una cosa muy improbable: «Si el hombre muere, ¿volverá a vivir?» (v. 14a). Si así fuera, esperaría pacientemente todo el tiempo que Dios se dignase tenerle en el Seol. No estará de más—nota del traductor—advertir que gran número de exegetas niegan que Job pueda contemplar ni siquiera la posibilidad más remota de salir de nuevo del Seol (comp. con 7:9, 10).
(C) Una gozosa expectación de felicidad y satisfacción si Dios aún llega a acordarse de él (v. 15). Entonces Dios le llamaría, y él le respondería. Ahora está bajo una nube tan oscura que no puede, ni se atreve a, responder a Dios (9:15, 35; 13:22). Pero se consuela con la idea de que pudiese llegar un tiempo en que Dios le llamase y él le respondiese con tranquilidad, no agobiado por el dolor como ahora está.
¡Qué impresionante y tierna belleza en la frase: «Tendrás nostalgia de la hechura de tus manos»! Cuando Dios ha puesto su gracia en una persona, no la va a abandonar en este mundo (Sal. 138:8), sino que tiene el deseo, y el designio, de consumar la obra de su gracia en el Cielo coronando su gracia con gloria eterna.
Versículos 16–22
Desde las alturas de sus ilusiones, desciende Job a las prosaicas realidades de la vida presente y vuelve a sus quejas.
1. Se vuelve a quejar de lo estricto y severo de la justicia divina, que le cuenta los pasos y le niega el perdón, ya que le ha cerrado y cosido los pecados en un saco (vv. 16, 17), como se guarda bien segura la demanda de un proceso (comp. Os. 13:12), o una joya en el cofre (Dt. 32:34). Aquí Job: (A) Da la razón a la justicia divina al reconocer que sus pecados no merecían mejor trato, pero (B) No hace justicia a la bondad de Dios al insinuar que Dios es en extremo riguroso en el castigo del pecado, ya que siempre somos castigados menos de lo que merecen nuestros pecados. Una atenta lectura del original hebreo— nota del traductor—sugiere sin embargo una traducción muy distinta en los versículos 16 y 17: tengamos en cuenta que el versículo 16 comienza por la partícula ki, la cual no puede significar pero detrás de una proposición afirmativa, mientras que el versículo 18 comienza por un vau adversativo, dichos versículos, sin romper el contexto anterior, dirían: «Aunque ahora cuentes mis pasos, no espiarás mi pecado. Está sellada en un saco mi transgresión y tú cubres (para no verla) mi iniquidad» (trad. literal).
2. Se queja de la forma en que desaparece la vida humana en general. Vivimos en un mundo moribundo.
(A) La tierra misma se desgasta y decae (vv. 18, 19a). El mundo actual ha de pasar, pues vemos cómo los mismos montes se desgastan; las mismas rocas son removidas por el viento y por los embates del mar. No ocurre aquí como en el reino vegetal, donde el árbol tronchado retoña (vv. 7–9); los montes que se deshacen no se vuelven a componer, las rocas batidas por las olas no vuelven, de por sí, a su lugar. El agua las desgasta, como dice el adagio latino, non vi, sed saepe cadendo = no por la violencia, sino por la constancia con que caen. En este mundo, todo se desgasta al usarlo. Tempus edax rerum = el tiempo devora todas las cosas.
(B) No es extraño que el hombre también desaparezca desfigurado (vv. 19b, 22), pues también él es hecho de la tierra (Gn. 2:7; 3:19; 1 Co. 15:47); Así que no debe esperar demasiado de los goces de esta vida: De igual manera haces tú perecer la esperanza del hombre; es decir, pones punto final, cuando menos se lo espera, a todos los proyectos que se han formado en su imaginación y a todas las perspectivas de satisfacción futura con las que se había encandilado a sí mismo. La muerte pone fin a todo lo que se construye sobre confianzas y consuelos de este mundo. En cambio no puede destruir la confianza en Cristo y la esperanza del Cielo, sino que las consuma transformándolas en posesión y visión (v. Ro. 8:22– 25). Estas reflexiones habrían de servirnos para moderar nuestro pesar, tanto de nuestra propia muerte como de la de nuestros familiares (comp. con vv. 20–22). Gran sabiduría es, mediante la paz con Dios en Cristo y la conservación de una buena conciencia, atesorar consuelos que nos han de sostener y aliviar contra las penas y los pesares de la hora de la muerte.
Quizá creyó Job que, si no había convencido a sus amigos, al menos les había hecho callar. Pero no fue así. En este capítulo, comienzan un nuevo ataque contra él. Apoyándose en principios similares a los de 4:1 y ss., Elifaz, I. Reprende a Job por tratar de justificarse a sí mismo y, en tono más duro que el de antes, le acusa injustamente de muchos males (vv. 1–13). II. Le persuade a que se humille ante Dios y se avergüence de sí mismo (vv. 14–16). III. Le lee una larga lección acerca de la terrible condición de los malvados que endurecen su corazón contra Dios y contra los juicios que están preparados para ellos (vv. 17–25). Se puede hacer buen uso, tanto de sus reproches (pues son útiles) como de su doctrina (pues es sana), aunque tanto los primeros como la segunda están mal aplicados a Job.
Versículos 1–16
Elifaz se ceba ahora furiosamente en Job, por haberse opuesto éste a lo que él y sus colegas habían dicho. Acusa a Job de varios crímenes, únicamente por no haber querido reconocer que era un hipócrita.
1. Le acusa de insensatez (vv. 2, 3): de que, al haber gozado de la reputación de hombre sabio, había perdido ahora dicha reputación. Es cosa corriente entre airados discutidores presentar los razonamientos de sus interlocutores como impertinentes y ridículos. Hay gran cantidad de vanos conocimientos, falsamente llamados ciencia, que son inútiles, sin valor alguno. Éste es el conocimiento que envanece (1 Co. 8:1), pues con él se hinchan (como dice el griego) los hombres, inflados por el alto concepto que tienen de sí mismos y de sus realizaciones. El vano conocimiento y la conversación inútil deben ser reprendidos; en especial cuando se hallan en hombres sabios, a quienes peor cuadran tales cosas.
2. Le acusa de impiedad e irreligión (v. 4): Tú incluso disipas el temor y menoscabas la oración delante de Dios. He aquí un compendio de la verdadera religión: temor de Dios y oración a Dios, siendo el primero el principio más necesario, y la segunda la práctica más necesaria. Quienes no oran carecen de temor y de gracia, apagan el espíritu de adopción y se privan de la libertad amorosa con que se ha de cumplir el deber. Todavía peor es el caso de los que impiden a otros orar (Dn. 6; 7). De esto acusa Elifaz a Job. Pensaba que Job hablaba de Dios con tal descaro como si fuese su igual, con lo cual disipaba el temor de Dios. La acusación era falsa, pero Job se había excedido en sus expresiones. No sólo hemos de procurar mantenernos en oración y temor de Dios, sino que hemos de evitar también cualquier expresión que de a otros la oportunidad de buscar una ocasión para poner en duda la sinceridad de nuestra piedad (vv. 5, 6): Tu boca te condena, dice Elifaz. Su razonamiento es el siguiente: «Si es cierto lo que tú dices: que alguien puede ser gravemente atribulado y, con todo, continuar siendo cabal e íntegro ¡adiós entonces a la religión, a la oración y al temor de Dios! Pero tú has escogido el lenguaje de los astutos: pronuncias iniquidades con alarde de piedad, mezclas palabras buenas con malas, como hacen los comerciantes con sus mercancías para venderlas a un precio más alto que su valor real». Era cierto, sí, que Job se había excedido en su lenguaje, pero Elifaz no tenía en cuenta que él y sus compañeros le habían provocado a decir aquello mismo de lo que ahora le acusan, lo cual no es juego limpio.
3. Le acusa de intolerable arrogancia. La demanda que Job había hecho (12:3) era justa, razonable y modesta: sólo exigía que no se le tuviera por menor que ellos; pero véase cómo toman de ello ocasión contra él (v. 7): «¿Naciste tú primero que Adán? ¿O fuiste formado antes que los collados? (comp. con Pr. 8:23 y ss.) ¡No! Tú y nosotros somos de ayer (8:9). ¿Oíste tú el secreto de Dios? (v. 8. Comp. Jer. 23:18; 1 Co. 2:16)». Sigue Elifaz presentando a Job: (A) Como si se arrogase el monopolio de la sabiduría (vv. 8b–10); pero Job se había limitado a decir (13:2): «Como vosotros lo sabéis, lo sé yo». (B) Como si quisiese imponerse a toda la corriente de la antigüedad, la venerable tradición bajo la cual buscan resguardo todos cuando contienden con otros (v. 10): «Cabezas canas y hombres ancianos hay entre nosotros. Tenemos a los padres de nuestra parte».
4. Le acusa de despreciar los consejos y los consuelos que Dios le otorga por boca de sus amigos (vv. 11–13): «¿En tan poco tienes las consolaciones de Dios, etc?» Elifaz se expresa como si lo que él y sus colegas le están diciendo a Job fuesen palabras recibidas de Dios por medio de una revelación incontestable. «Por tanto—viene a decirle Elifaz—no es contra nosotros, sino contra Dios es contra quien vuelves tu enojo» (v. 13). No es fácil decir qué es lo peor de estas acusaciones de Elifaz, si su arrogancia, al creerse oráculo de Dios, o su falsedad y falta de caridad al acusar a Job de pecados que no había cometido.
5. Le acusa de justificarse a sí mismo hasta tal extremo que se atreve a negar incluso su parte en la común corrupción de la naturaleza humana (v. 14): ¿Qué (es) el hombre para ser limpio, y el nacido de mujer para ser justo? (lit.). Con estas sencillas verdades intentaba Elifaz convencer a Job, olvidando que precisamente él acababa de decir lo mismo (14:4): ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie. Pero, ¿se sigue de ahí que Job era un hipócrita y un malvado, pues eso era todo lo que él negaba ser? ¡ De ningún modo! Aunque, como nacidos de mujer, no somos limpios, sí que lo somos si hemos nacido del Espíritu (Jn. 3:5). Para dar más fuerza a su argumento, Elifaz le muestra: (A) Que las criaturas más santas (v. 15), es decir, los ángeles (5:1) son imperfectos (v. el comentario a 4:18). La 2.a parte del versículo 15 ha de entenderse, por metonimia, como un paralelismo con la 1.a parte—nota del traductor—. (B) Que si los del Cielo no son limpios a los ojos de Dios, ¿cuánto menos el hombre abominable y vil, que se bebe la iniquidad como agua? (v. 16). Si los ángeles no son de fiar, mucho menos los hombres, que han degenerado de su condición original. Notemos que cuando el hombre que es abominable y vil a los ojos de Dios, se arrepiente (cambia de mentalidad), se ve a sí mismo también como abominable y vil y, por tanto; se aborrece a sí mismo.
Versículos 17–35
Ahora Elifaz pasa a sostener su tesis, en la que trata de basar sus censuras contra Job: los malvados son miserables, y los miserables son malvados. Así que, de la condición miserable de Job, se puede deducir fácilmente su maldad. Veamos:
I. El solemne prólogo de su discurso (v. 17): «Escúchame; yo te declararé … lo que he visto». Promete enseñar a Job, 1. Basándose en su gran experiencia y observación (v. 17): «Lo que he visto yo mismo en diversas ocasiones, te voy a enseñar; cosas dignas de oírse, no como tu inútil y necia palabrería». 2. Apoyándose en la tradición de los mayores (v. 18): «Lo que los sabios nos contaron de sus padres y no lo encubrieron». Era doctrina no contaminada por extranjeros (v. 19.). Los conocimientos de los sabios y científicos modernos se basan en gran parte en los conocimientos obtenidos por los que nos precedieron. Los hijos buenos pueden aprender mucho de buenos padres: y lo bueno que hemos aprendido de nuestros antepasados, hemos de transmitirlo a la posteridad.
II. El discurso mismo, que procede de la siguiente manera: 1. Los sabios y justos disfrutarán de prosperidad, según parece insinuar Elifaz en la primera parte del versículo 19: «A ellos solos fue dada la tierra, y disfrutaron de ella en paz, sin que nadie les incomodara». Job había dicho (9:24): «La tierra es entregada en manos de los impíos». «¡No!», dice Elifaz, «es entregada en manos de los santos y no les roban los extranjeros, como a ti te robaron los sabeos y caldeos».
2. Los malvados, especialmente los que gobiernan tiránicamente, están continuamente atormentados de terrores hasta que perecen del modo más miserable. Sin nombrarle, se refiere indirectamente a Job, a quien más tarde (22:9–10) acusa de opresión y explotación. Piensa que, en la descripción que hace, Job puede ver su propio rostro.
(A) Véase cómo describe al pecador que vive de este modo tan miserable (vv. 25–28). No es un pecador ordinario, sino alguien que extiende su mano contra Dios y desafía la ira del Altísimo (comp. con Nm. 15:30). ¡Portentosa locura la de los presuntuosos pecadores que se atreven a desafiar al Todopoderoso! Disfrutan banqueteando y engordan en su prosperidad, por lo que se atreven incluso a embestir contra Dios.
(B) La miserable condición en que viene a parar el presuntuoso que extendía su mano contra Dios. Su anterior prosperidad ha cesado (v. 28): Ahora habita en ciudades asoladas, etc. Sus riquezas se le acaban antes de morir (v. 29). El que desafiaba a Dios va a perecer, agostado como una planta por el ardor del bochorno, con el aliento de la boca de Él (de Dios; v. 30b. lit.). Ya antes de perder sus riquezas, le atormentaban los temores, las preocupaciones, los dolores como de parto (vv. 20, 21). Cuanto más rico es, y mejor vida se da, mayor es el miedo que tiene, no sólo a la muerte (v. 22), sino a que llegue a faltarle el pan (v. 23) ¿No es éste el retrato exacto de muchos explotadores viciosos, que proyectan sobre otros sus propios vicios y ven por todas partes ladrones y asesinos que intentan arrebatarles los bienes y la vida misma? ¿A quiénes secuestran hoy—nota del traductor—los terroristas de toda laya, sino a los millonarios y a las personas más encumbradas en la escala social? Pero el castigo principal del malvado le está reservado para la otra vida (v. 30): No escapará de las tinieblas.
(C) Si este ha de ser el destino del pecador ensoberbecido contra Dios, más vale pararse un momento a reflexionar (v. 31): No confíe el iluso en la vanidad, porque ella será su recompensa. El que siembra vientos, recoge tempestades—dice el refrán castellano—. Morirá prematuramente y ni aun sus renuevos (quizá, sus hijos) llegarán a reverdecer (v. 32). El versículo 35, según aparece en nuestras versiones RV (nota del traductor), contradice al contexto anterior. La Nueva Biblia Española expresa magníficamente el sentido del original: «Concibe miseria y da a luz desgracia, gesta en el vientre la decepción». El mejor comentario es Romanos 6:23.
La respuesta de Job al segundo discurso de Elifaz no es más que una continuación del lamento con que había expresado anteriormente su melancolía. I. Reprende a sus amigos de la dureza con que le tratan (vv. 1–5). II. Presenta su propio caso como muy deplorable (vv. 6–16). III. Se aferra una vez más a su profesión de integridad, con respecto a la cual apela al justo juicio de Dios contra las injustas censuras de sus amigos (vv. 17–22).
Versículos 1–5
Tanto Job como sus amigos subestimaban recíprocamente la sabiduría, la visión y el buen sentido del interlocutor de turno. Cuanto más tiempo trabaja la sierra de la disputa, tanto más se calienta. Elifaz había descrito los discursos de Job como vana e inútil palabrería, y Job le responde acusándole de lo mismo.
Reprende a Elifaz: 1. Por sus innecesarias repeticiones (v. 2): Muchas veces he oído cosas como éstas. 2. Por sus aplicaciones inoportunas: «Consoladores importunos sois todos vosotros, pues, en lugar de aliviar mi aflicción, la volvéis más pesada». Triste es el caso del paciente cuya medicina es veneno y cuyo médico es la peor enfermedad. 3. Por su continua impertinencia (v. 3): ¿No tendrán fin las palabras vacías? 4. Por su obstinación: ¿Qué te anima a responder? Gran osadía era, en verdad, formar juicio sobre el estado espiritual de un hombre con base en su condición exterior. 5. Por la violación de las sagradas leyes de la amistad (vv. 4, 5). Este es un reproche dolorido: Si se cambiasen los papeles, él podría actuar como lo hacen ellos, pero no lo haría, sino que trataría de aliviarles la pena y el dolor. Las buenas palabras no cuestan dinero y pueden hacer mucho bien a los que sufren. Las malas palabras no rompen huesos, pero las buenas pueden hacer que se regocijen los huesos rotos (v. Sal. 51:8).
Cuando nuestros amigos sufren, hemos de hacer todo lo posible para fortalecerlos, animarles a confiar en Dios, levantarles el ánimo caído, aliviar sus pesares—si es posible, suprimir la causa de esos pesares; si no, quitarles a ellos el resentimiento de dichas causas.
Versículos 6–16
Las quejas de Job aquí son tan amargas como puedan serlo en cualquier parte de sus discursos. A veces, al dar suelta al lamento se alivian los pesares; pero, «Aunque hable—dice Job—, mi dolor no cesa». Otras veces, el silencio mismo facilita el olvido de las penas, pero no para Job, pues prosigue: Y si dejo de hablar, no se aparta de mí. Ninguna de las dos actitudes, por otra parte, le daba oportunidad de obtener de sus amigos algún consuelo, pues, si se quejaba, le tenían por colérico; si se callaba, por sombrío. Si se aferraba a su integridad, ese era su crimen; si no replicaba a las acusaciones de ellos, su silencio era tenido por confesión de culpabilidad.
1. Su familia estaba asolada (v. 7). La única compañía que le quedaba, mejor le habría ido si se la hubiesen quitado, puesto que le zahería en medio de su aflicción (2:9).
2. Su cuerpo estaba desfigurado con la enfermedad (v. 8). Su rostro estaba arrugado, no por la edad, sino por la dolencia.
3. Su enemigo no cesa de atormentarle (vv. 9–10). ¿A qué enemigo se refiere? Es casi seguro que Job se refiere a sus «amigos», pues ellos son los que le exasperan y afrentan; los tres con la misma furia. Hay expresiones que se cumplieron literalmente en Cristo (v. Sal. 22:13; Mi. 5:1; Mt. 26:27). El enemigo, hasta ahora, no es Dios, puesto que se le introduce expresamente en el versículo 11.
4. Dios, en vez de librarle de manos de sus enemigos, lo ha entregado en manos de ellos (v. 11): Me ha entregado Dios a los malvados, etc. Esto nos recuerda lo que dijo el Apóstol Pedro de Cristo el día de Pentecostés (Hch. 2:23).
5. No sólo le ha entregado Dios en manos de los malvados, sino que lo ha agarrado con sus propias manos (vv. 12–14).Todos los dolores que padece son como flecheros de Dios que le han tomado por blanco. Como flecheros de Dios, sí, hemos de ver todos los males que nos afligen, pero hemos de recordar que las heridas que Dios nos produce son precisamente para curamos. Veamos también cómo los hombres más santos hallan dificultad en retirar los malos pensamientos acerca de Dios.
6. Dios le ha despojado de todo honor y consuelo (vv. 15, 16). Las expresiones son metafóricas. No es que Job llevase vestido de saco pegado a su piel, sino que es una metáfora para describir el lamentable estado en que se halla. Su frente (lit. cuerno) estaba hundida en el polvo. El cuerno es símbolo de exaltación y de vigor.
Al estar hundido en el polvo, tanto su honor como sus fuerzas estaban por tierra. En el versículo 16 vuelve el sentido literal, pues Job tiene literalmente enrojecido el rostro a causa del llanto, y sus párpados (sus ojos) se hallan oscurecidos por las lágrimas y la inflamación.
Versículos 17–22
La condición de Job era deplorable, pero:
1. Él tenía el testimonio de su conciencia de que había caminado rectamente (v. 17). Nadie estuvo jamás mejor dispuesto que Job a reconocer sus pecados de debilidad, pero no podía acusarse de haber cometido ningún crimen por el que hubiese de estar más atormentado que cualquier otro hombre. Elifaz le había acusado de hipocresía, pero él alude específicamente a su oración, y profesa que siempre había sido pura de intención, aun cuando no hubiese estado exenta de debilidad. No era como la oración de los fariseos, que sólo buscaban ser vistos por los hombres. Al ser víctima del odio de sus enemigos y, en cierto modo, de Dios, Job se ve como asesinado, pues está seguro de que tal persecución va a durar hasta darle muerte; por eso, pide (v. 18) que la tierra no cubra su sangre para que pueda seguir clamando (Gn. 4:10) venganza contra la injusticia que se le hace.
2. Podía aún, sin embargo, apelar a la omnisciencia de Dios con respecto a su integridad (v. 19): «En los cielos está mi testigo»—dice—. El testimonio de nuestra propia conciencia puede engañamos si el testimonio del Cielo no está a nuestro favor, ya que nosotros no podemos ser nuestros propios jueces (1 Co. 4:4). Es un consuelo inefable para una buena persona saber que, por mucho que le censuren y calumnien los hombres, hay en el Cielo un Dios que conoce su integridad y, tarde o temprano, será el defensor de su causa.
3. Tenía un Dios en quien desahogar sus penas (vv. 20, 21): «Mis amigos (así se llamaban ellos, y así sigue llamándolos él) se burlan de mí; mas ante Dios derramaré mis lágrimas». Incluso las lágrimas, cuando van dedicadas (santificadas) a Dios, alivian el ánimo abatido; y aunque los hombres se burlen de nosotros, nos puede consolar el pensamiento de que Dios guarda nuestras lágrimas en su redoma (Sal. 56:8). Si pudiese ahora acercarse al tribunal de Dios con la misma facilidad con que alguien puede ir a un magistrado civil, no dudaría en llevar allá su causa, pues sabe que el Juez mismo es testigo de su integridad (v. 21). El lenguaje es parecido al que hallamos en Isaías 50:7–9.
4. ¿Alimenta Job la esperanza de que, alguna vez, tal vez después de la muerte, se le haga justicia? Así piensan algunos autores, fundados en los versículos 18–20 y, especialmente, en 19:25–27. Del versículo 22, Sólo podemos deducir que Job no veía otra salida a sus aflicciones que la muerte: El camino de donde ya no volveré.
Todos hemos de andar por ese camino (1 R. 2:2), pero, gracias al Evangelio, sabemos que la tumba no dice la última palabra sobre nuestro destino (v. 1 Ts. 4:13 y ss.). Los que con Cristo durmieron, también por Cristo resucitarán. Con esta esperanza hemos de consolarnos y saber que nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Co. 15:58).
I. Reflexiona ahora Job sobre las duras censuras que le han dirigido sus amigos y, al verse a sí mismo ya moribundo (v. 1), apela a Dios y le suplica que se apresure a salir a favor de él, pues los enemigos le hacen injusticia, y él no sabe cómo defenderse a sí mismo (vv. 2–7). II. Describe de forma irónica (probablemente) la forma en que se comportan con él (vv. 8–10). III. Reflexiona sobre las vanas esperanzas que había alimentado y que ahora ve definitivamente tronchadas (vv. 11–16).
Versículos 1–10
Se quiebra aquí el discurso de Job y pasa de repente a referirse a otras cosas, como es corriente en los hombres que se hallan en gran aflicción.
1. La deplorable condición que describe para justificar sus quejas.
(A) Se sentía moribundo (v. 1). Había dicho poco antes (16:22): Los años que me restan son contados. Pero aquí parece corregirse: «¿Para qué hablo de años? Mi aliento se agota, se acaban mis días». Ya ve preparado el sepulcro. Es necesario que redimamos el tiempo (Ef. 5:16; Col. 4:5), empleándolo en prepararnos esmeradamente para los días de la eternidad.
(B) Se sentía despreciado (v. 6): Él me ha puesto como proverbio de las gentes, etc. Aquí, como en 16:9 y ss., queda indeciso el sujeto, pero el contexto favorece a la opinión de que, aun cuando el verbo esté en tercera persona del singular, la referencia es a los «amigos», los cuales le han hecho como el hazmerreír del pueblo y la escupidera en la que todos vierten su desprecio y hasta su odio.
(C) Se sentía lleno de dolores (v. 7). Lloraba tanto que casi perdió la vista (16:16). Se había quedado convertido en un esqueleto: Mis miembros todos son como sombra. Era, en verdad, una «sombra» de lo que había sido.
2. La mala forma en que le trataban sus amigos en medio de su miseria. Le tenían por hipócrita a causa de los sufrimientos que padecía. Él los llama escarnecedores (v. 2), que se ríen de su aflicción y se mofan de su desdicha. Nadie quiere salir fiador de él (v. 3); por eso, suplica a Dios que sea Él quien le de fianza y protección (comp. Ro. 8:32, 33). ¡Gracias a nuestro gran Abogado, no hay quien pueda condenarnos! Job explica esta falta de compasión de sus amigos, y dice que Dios les ha escondido de su corazón la inteligencia (v. 4).
Cuando una persona carece de ternura y de compasión, es porque le falta inteligencia y comprensión.
Y, al ser insensatos, no han de prevalecer, pues ya que es justa la causa de Job y ser insensatos sus acusadores, de seguro que Dios, que ha quitado a sus amigos la sensatez y la inteligencia, también les quitará el triunfo en su tribunal. La traducción más probable del versículo 5 (nota del traductor), difícil por la concisión del hebreo, es la siguiente: «De reparto habla a los amigos, y los ojos de sus hijos languidecen». Como apunta Brates, esto es como un proverbio que Job aplica a sus amigos en sentido metafórico: Los amigos de Job le dan consejos sabios cuando les falta sabiduría para resolver sus propios problemas.
3. El buen uso que los justos habrían de hacer de las aflicciones que Job padecía a manos de sus amigos, de sus enemigos y de Dios (vv. 8, 9). Sin embargo—nota del traductor—, el sentido de estos dos
vv. parece ser irónico, pues de lo contrario no cuadra bien con el contexto. Así, pues, los rectos, los inocentes, son los amigos de Job, quienes se maravillan del castigo que están presenciando en la persona de Job y se indignan contra él como contra un malvado, pues, de ser íntegro, prosperaría. El versículo 10, con su vau adversativo, parece ya hablar en serio, y acusa a sus amigos de insensatez. Quienes (como el propio M. Henry) interpretan los versículos 8, 9 sin ironía, concluyen que las personas íntegras, en lugar de echarse para atrás a la vista de los sufrimientos de Job, más bien se afianzan en su buen camino, con la mira puesta en el Cielo, por muchas y grandes que sean las dificultades que encuentran en el viaje. Al contemplar las aflicciones del justo y reflexionar sobre las suyas propias, el hombre recto se robustecerá en el cumplimiento de su deber, a la vez que se vuelve más y más compasivo y comprensivo. El viento huracanado, en lugar de detener al caminante resuelto, le anima a seguir adelante, ciñéndose el manto lo más apretado posible.
Versículos 11–16
Job vuelve a quejarse de su condición.
1. Todas sus ilusiones anteriores han quedado mustiadas y él se halla lleno de confusión (vv. 11, 12). Pensaba seguramente ensanchar su hacienda, incrementar su ganado, colocar bien a todos sus hijos e hijas y, sin duda, promover la piedad entre sus conciudadanos; pero ahora concluye que todos estos buenos pensamientos han fracasado y él mismo se halla como frustrado. Sus amigos—ese parece ser el sentido— se empeñan en prometerle cosas buenas si se confiesa pecador, así le cambian la noche en día, haciéndole esperar que la luz se abra paso por entre las tinieblas, pero en vano.
2. Efectivamente, su única esperanza es la tumba (v. 13). Lo que sus amigos le habían intentado conseguir (en el v. anterior, como en 5:19; 8:21; 11:17) no pasaba de ser un sarcasmo de la peor especie. Así que lo mejor es avenirse con gusto a la suerte que le espera: «El Seol es mi casa». Para los malvados es una incómoda prisión (24:19, 20), pero para los buenos es un Bethabara = una casa de paso hacia la eterna mansión. «Haré mi cama en las tinieblas»—añade Job—. El sepulcro es una cama, pues en él hemos de reposar al anochecer de nuestro día en este mundo, para levantarnos de él al amanecer de nuestro eterno día (Is. 57:2). Esto ha de animar a los buenos a perderle el miedo a la muerte (1 Ts. 4:13 y ss.); es como irse a la cama después de un día de fatiga y aflicción ¿Por qué no han de ir a él con gusto cuando su Padre los llame? Job ve descender con él al sepulcro todas sus esperanzas (vv. 15, 16). No es que esté completamente sin esperanza, sino que su esperanza no está donde querría él que estuviese. La verdadera esperanza ha de estar en las cosas que no se ven, no en las que se ven, pues éstas son temporales, mientras aquéllas son eternas (2 Co. 4:18).
En este capítulo Bildad intenta otro asalto contra Job. En su primer discurso (cap. 8), le había animado a esperar que todo le iría todavía bien. Los razonamientos de Job le han exasperado. Así que, I. Reprende duramente a Job por su soberbia y el apasionamiento con que se obstina en su opinión (vv. 1– 4). II. Amplía la doctrina que antes había mantenido acerca de la miseria de los malvados (vv. 5–21). En esto, parece tener un ojo puesto en las quejas de Job por la miserable condición en que se halla: «Esta», viene a decir Bildad, «es la condición de un malvado y, por consiguiente, tú lo eres».
Versículos 1–4
Arroja Bildad sus dardos, sus palabras amargas, contra Job, sin percatarse de que, al obrar así, servía a los designios de Satanás al añadir aflicción al afligido Job.
1. Le acusa de ser un charlatán, como le había acusado Elifaz (15:2, 3): «¿Cuándo pondrás fin a tus palabras?» (v. 2). Se cansaba Bildad de oír a los demás y estaba impaciente por tomar su turno. Todo el mundo sabe cuán impertinente es este proceder, sin embargo, cuán pocos son los que reconocen en sí mismos este defecto. Hubo un tiempo en que Job tenía la última palabra en todos los debates (29:22):
«Tras mi palabra no replicaban». Entonces estaba en el pináculo de su poder y prosperidad, pero ahora estaba tan pobre y venido a menos que apenas se le permitía pronunciar palabra. Y, como si Job hablase precipitadamente, le dice Bildad: Reflexiona, y después hablaremos.
2. Como si Job tratase a sus amigos con olímpico desprecio y descortesía, le dice Bildad (v. 3): «¿Por qué nos tienes por bestias?» Es cierto que Job les había llamado escarnecedores y los había descrito como imprudentes y faltos de compasión, pero no los había tenido por bestias. No obstante, Bildad le acusa de esto. En el ardor de la discusión, buscaba un pretexto para atacar a Job con mayor fiereza. Los que suelen ser severos con otros piensan que los demás lo son con ellos. Como dice el refrán español: Piensa el ladrón que son todos de su condición.
3. Le acusa también de pasión furiosa (v. 4): «Oh tú, que te despedazas en tu furor».Quizás se refiere aquí a la frase de Job en 13:14: Pondré mi carne entre mis dientes (la frase de Job tiene otro sentido. Véase el comentario a dicho lugar. Nota del traductor).
4. Finalmente, le acusa de orgullo y arrogancia al querer imponer su ley a la providencia misma
«¿Quedará desierta la tierra por tu causa, etc.?» Como si dijese: «¿Tendrás la impía pretensión de afirmar que en tu caso no se ha cumplido la ley de la Providencia sobre la justa retribución, hasta el punto de que la Roca (lit.), es decir, Dios mismo ha dejado de ser el justo gobernador del mundo? ¡Pero Job!
¿Te crees tú que el mundo no puede sostenerse sin ti, y que si tú te arruinas, toda la tierra debería quedar desolada?» Esperar que Dios cambie sus designios, sus leyes, sus promesas, sus métodos de salvación y condenación, por darnos gusto a nosotros, es un absurdo inimaginable.
Versículos 5–10
El resto del discurso de Bildad está enteramente dedicado a describir elegantemente la miserable condición del malvado y en él hay una gran dosis de verdad. Pero no es verdad que todos los malvados lo pasen mal en este mundo, ni es verdad que todos los que sufren hayan de ser tildados de malvados. Por consiguiente, aunque Bildad pensaba que era fácil aplicar el caso a Job, no era un método seguro ni justo.
1. Bildad describe primero la destrucción de los malvados bajo el símil de las tinieblas. A tres clases de luces parece referirse en los versículos 5–6: La luz que se encendía para guiar a los transeúntes, la que se colocaba en la habitación para iluminar la estancia, y la llama viva del fuego del hogar. Las tres son testimonio de la paz que existe en el seno de la familia; de las tres carecerán los impíos y, por tanto, según la suposición de Bildad, Job.
2. Luego presenta dicha destrucción bajo la imagen de un ave o de un animal salvaje que caen en una trampa o cepo, algo parecido a lo que le ocurre a un malhechor que es sorprendido in fraganti y es arrestado para ir a la cárcel, a fin de aplicarle el castigo debido (vv. 7–10). El autor sagrado usa aquí todos los vocablos existentes en hebreo para designar redes, lazos, trampas, etc.
Es cierto que Dios le dará su merecido al malvado y hará que le aguarde una trampa en la senda, pero, en definitiva, es él mismo quien se ha creado la ruina (v. 7): Sus mismos planes lo derribarán. El impío es tan necio como para meterse él mismo en la trampa.
Versículos 11–21
Bildad pasa después a describir la destrucción misma.
1. El temor de la ira de Dios (vv. 11, 12): De todas partes le aterrarán temores, etc.—aunque no hay apoyo en el texto para atribuir los temores a la ira de Dios (nota del traductor)—. No le será fácil la huida (v. 11b), puesto que a sus pies le aguarda una trampa (v. 10). «Hambriento—gastado—está su vigor» (v. 12. lit.).
2. Al malvado le aguarda una muerte terrible. (A) Veámoslo muriendo, devorado por el primogénito de la muerte (v. 13), es decir, por una enfermedad mortal: la peste o la lepra. (B) Veámoslo muerto. Es llevado al rey de los espantos (v. 14), esto es, al poder de las tinieblas o al jefe de los espíritus infernales. Esto comporta la muerte para los malvados. En cambio, para los justos es un amigo y servidor, pues los conduce a la presencia del Señor. (C) Veámoslo arrojado del mundo, hasta tal punto que no se conservará ni el recuerdo de su nombre (vv. 17, 18), pues nadie querrá recordar un final tan trágico que causó el espanto de occidentales y orientales (v. 20).
3. También su familia será arruinada y arrancada de la tierra (vv. 15, 16, 19). (A) «En su tienda habitará (lo que) no (es) de lo suyo» (v. 15a. lit.). El sentido de esta frase es sumamente incierto. Los LXX no lo pudieron descifrar y lo tradujeron de forma muy rara: «Habitará (¿el terror?) en su tienda en su noche». Las versiones modernas no aportan más luz—nota del traductor—y se lanzan a corregir el texto original sin base alguna. ¿Se referirá el autor sagrado al fuego del Cielo (no de lo suyo, por paralelismo con la frase siguiente («piedra de azufre—comp. Gn. 19:24—será esparcida sobre su morada»), de modo que quiere destacarse la idea de que su morada está bajo la maldición de Dios? Lo cierto es que él y su posteridad se quedarán sin casa. (B) Al quedar completamente aniquilado (v. 16, comp. con Is. 5:24; Os. 9:16; Am. 2:9; Mal. 4:1), el malvado no dejará ninguna de las dos cosas que los hombres más desean perpetuar: su recuerdo y su nombre, esto es, su descendencia (v. 17); esto se declara explícitamente en el versículo 19.
Respuesta de Job al discurso de Bildad, en la que, I. Se queja de que lo tratan muy mal todos: 1. Sus consoladores le afligen aún más (vv. 1–5). 2. Dios mismo se ha vuelto contra él (vv. 6–12). 3. Sus más próximos familiares le son extraños (vv. 13–19). 4. Nadie le muestra compasión (vv. 20–22). II. Se consuela con una esperanza de ultratumba (vv. 23–27). III. Termina con una advertencia a sus amigos para que no persistan en censurarle (vv. 28, 29).
Versículos 1–5
Por dos veces había comenzado Bildad su discurso con un «¿hasta cuándo?» (8:2; 18:2); por eso, Job comienza también su discurso con otro «¿hasta cuándo?» (v. 2). Job tenía, para impacientarse de las razones de sus amigos, mucho mayor motivo que el que tenían sus amigos para impacientarse de las razones con que intentaba vindicarse a sí mismo.
1. Ellos estaban angustiando el alma de Job. Eran sus amigos y habían venido a consolarle, pero, al afectar gran piedad y sabiduría, se habían puesto a robarle el único consuelo que le quedaba en un buen Dios, una buena conciencia y un buen nombre; y esto le llegaba al alma. Le molían con palabras (lit. lo trituraban a pisotones con palabras). Le habían vituperado diez veces (v. 3), es decir muchas veces (comp. Gn. 31:7, 41).
2. Responde Job a las duras censuras de ellos, y les muestra que los errores que él haya podido cometer tienen alguna excusa y, en todo caso, deberían guardarle alguna consideración, en lugar de insultarle y buscar toda clase de pretextos para condenarle.
Si fuese cierto que ha pecado de la forma que ellos dicen, él pagaría las consecuencias (v. 4), pero ellos se están engrandeciendo contra él (v. 5, comp. con Is. 65:5), como si fuesen personas intachables que pueden juzgarle a él.
Versículos 6–22
1. Job quiere ahora convencer a sus amigos de que, en fin de cuentas, es Dios quien le ha derribado y le ha envuelto en su red (v. 6). Tres cosas, pues, deben sus amigos considerar: (A) Que ha sido derribado y envuelto y, por eso, no puede ayudarse a sí mismo; (B) Que es Dios el que lo ha hecho. Así que bastante tiene con la actuación hostil de Dios para que ellos sigan atacándole también; (C) Que de nada le sirve clamar y gritar, pues no hay quien le escuche y le haga justicia (v. 7).
2. Job pasa luego a enumerar ciertos detalles que indican el desagrado con que Dios le mira: (A) Le ha despojado del honor, la prosperidad y el prestigio de hombre cabal e íntegro que antes poseía (v. 9);
(B) Ha descuajado tontamente su esperanza, demolida como una ciudad fortificada que ha sucumbido al asedio del enemigo (vv. 10–12); (C) Dios es, en último término, el que ha alejado de él a sus hermanos y demás parientes (v. 13). El creyente que se halla en grave aflicción puede llegar a pensar que Dios es su más temible enemigo, pero es un gran error, pues Dios, como buen Padre, al que ama disciplina, etc. (He. 12:6–11). Además, la esperanza que se pone en las cosas de esta vida puede frustrarse, pero la esperanza del verdadero creyente no puede frustrarse, porque, cuando es cortado de este mundo, es trasplantado de este invernadero al jardín de Dios.
3. Después se queja Job directamente del modo como se conducen con él sus parientes más allegados, sus siervos, sus vecinos, sus amigos. (A) Sus vecinos y conocidos se alejan de él como de un extraño (v. 14); (B) Los criados y las criadas de su casa no le escuchan, ni le responden ni le obedecen aunque les suplique (vv. 15, 16). (C) La enfermedad que sufre le ha vuelto fétido el aliento, por lo que ni su mujer ni sus hermanos consienten en acercarse a él (v. 17). (D) Los jovenzuelos se burlan de él (v. 18). (E) Sus más íntimos amigos se vuelven ahora contra él (v. 19). Resulta difícil imaginar la terrible soledad en que Job se debate en medio de su enfermedad y su dolor. En realidad, el trato que recibe de quienes habrían de aliviarle y consolarle es cien veces peor que la más terrible de las soledades.
4. Se queja luego de que la enfermedad le ha consumido de tal modo que se ha quedado hecho un esqueleto (v. 20). El texto hebreo es difícil de interpretar. Según Brates, el significado es que Job «se ha quedado con la piel y los huesos (comp. Sal. 102:6; Lm. 4:8) … Sus dientes han quedado enteramente descarnados al retirarse las encías, lo que contribuye a que la figura de Job sea la de un esqueleto».
5. A la vista de todas estas miserias, no le queda a Job otro remedio que encomendarse a la compasión de sus amigos (vv. 21, 22): «¡Oh vosotros mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí! Porque la mano de Dios me ha herido». La repetición de la súplica expresa bien la hondura de los sentimientos de Job. «Por qué me perseguís como Dios?» (esto es, con la más terrible persecución)—añade, en el estilo semita, una metáfora que expresa la dureza de las falsas acusaciones que vienen lanzándole sus amigos—. Bien se dice que «del árbol caído, todos hacen leña». En esta condición se ve Job. Desde lo más profundo de esta desolación, va a alcanzar en los vv. siguientes las más altas cimas de su esperanza contra esperanza (comp. con Ro. 4:18).
Versículos 23–29
Estos versículos (nota del traductor) han significado, y significan, para muchos una explícita declaración de la doctrina evangélica de la resurrección. Sin embargo, el texto hebreo es sumamente oscuro y, por ello, es preciso avanzar con cautela para distinguir lo que es seguro de lo que es incierto.
1. En primer lugar el solemne prefacio con el que introduce el tema (vv. 23, 24). Cesa abruptamente en sus quejas para triunfar en sus consuelos. Desearía Job que sus palabras quedasen escritas a cincel sobre piedra y luego, según la opinión cada día más probable, que las cinceladuras de las letras fuesen recubiertas con plomo para darles mejor visibilidad. En todo caso, el deseo de Job ha sido colmado con creces, pues sus palabras han quedado inscritas en la Biblia con el dedo de Dios, de forma que, dondequiera se lean las Sagradas Escrituras, podrá leerse este memorial que Job quiso legar a la posteridad.
2. Pasa después Job a profesar su gran confesión de fe (vv. 25–27). (A) Tiene seguridad absoluta de que Dios ha de ser finalmente su Vindicador. Éste es aquí el sentido del hebreo goel = el pariente más próximo al que la Ley confería el derecho y el deber de defender y reivindicar los derechos del pariente. En sentido metafórico, el Antiguo Testamento aplica el término goel solamente a Dios. La traducción de goel por «Redentor» no es incorrecta con tal de que se entienda bien su sentido. Querer ver al Señor Jesucristo en dicho término es sacar las cosas de quicio (como lo hace el propio M. Henry).
(B) Sabe Job que su Vindicador (Dios) vive. Job se ve mortal, y hasta moribundo, pero el Dios en quien él espera es inmortal y, al no morir, llegará un día en que se alzará, para intervenir en defensa de Job, sobre el polvo que, con la mayor probabilidad, se refiere al polvo del sepulcro.
(C) También está seguro Job que, aun después de quedar deshecha su piel (v. 26), desde su carne (según la traducción más probable) verá a Dios. Sí, él mismo le verá (v. 27). «Ver a Dios» significa en general en la Biblia «experimentar el auxilio benéfico de Dios por una intervención suya o actuación de su poder» (Brates). Por tanto, una conclusión es segura: Job sabe de seguro (hebreo yadati= conoce por la experiencia que tiene de Dios) que Dios ha de actuar un día en favor suyo para salir en defensa de la integridad de Job, negada y atacada por sus amigos.
(D) Esto es lo que el sagrado texto da de sí. Y, con este supuesto, Job advierte a sus amigos (vv. 28, 29) que no deben continuar en sus ataques contra él; de lo contrario serán llevados a juicio y caerá sobre ellos la espada justiciera de Dios. Los hombres necesitan ser aterrorizados, con terrores del Dios Altísimo, para no caer en el pecado, especialmente en el pecado de juzgar precipitadamente a sus hermanos (Mt. 7:1; Stg. 3:1).
Podría pensarse que una profesión de fe y esperanza tan corajuda como la de Job habría de satisfacer a sus amigos, pero éstos no parecen haber hecho ningún caso de ella, pues Sofar vuelve a la carga contra Job con tanta vehemencia como antes. I. La introducción de su nuevo discurso es breve, pero dura (vv. 2, 3). II. Su discurso es largo y centrado en un solo punto: la miseria y la ruina que les espera a los malvados (vv. 4–29). Pero el gran error que comete es imaginarse que Dios no hace excepción ni variación en sus procedimientos y, por lo tanto, Job es, fuera de toda duda, un malvado.
Versículos 1–9
1. Comienza Sofar muy apasionadamente (v. 2): «Mis pensamientos me urgen a responder». No parece haber prestado ninguna atención a la súplica que Job les había hecho de que tuvieran compasión de él, y se excusa de la prisa que tiene en responder: (A) Porque Job le ha dirigido una reprensión que le ultraja (v. 3). Los amigos de Job tenían el ánimo demasiado exaltado e impaciente para tratar con un hombre que se hallaba en una condición tan deplorable como la de Job. A la menor observación la llaman ultraje; (B) Por una inspiración divina de carácter profético: Y me hace responder un soplo de mi mente (lit. entendimiento).
2. Sofar procede luego a mostrar la ruina y destrucción de los malvados, y da a entender que Job se halla arruinado por ser malvado. (A) Apela al conocimiento que Job habría de tener de esto (v. 4): ¿No sabes esto, que así fue siempre? (B) establece, una vez más el principio de que el triunfo de los impíos es breve (v. 5). (C) Lo ilustra de varias maneras (vv. 6–9): (a) Aun suponiendo que sus éxitos sean tantos y tan grandes que su cabeza toque las nubes, como su estiércol perecerá para siempre; (b) Los que le conocían, se quedarán asombrados (v. 7): «¿Qué queda de él?» Como si dijese: «No ha dejado ni rastro».
(c) Se ha disipado como un sueño (v. 8), que se olvida en pocos minutos. Todo esto da a entender que la prosperidad del impío era efímera, ficticia e ilusoria.
Versículos 10–22
Aquí se expresan en detalle los casos en los que se palpa la miserable condición de los malvados en este mundo. En ellos se ve:
1. Cuáles son las maldades por las que son castigados. (A) La injusticia con que han adquirido sus bienes (v. 10); por lo que se ven obligados a restituir, de ahí que sus hijos buscan el favor de los pobres (lit.); es decir, tienen que mendigar incluso de los pobres. Su codicia era insaciable, pero le vendrá de repente la estrechez (vv. 18–23). (B) La violencia y la opresión que han obrado hasta quebrantar y desamparar a los pobres (v. 19). (C) La vida regalada que se han llevado (vv. 11–13). Hasta los males que perpetraban eran para ellos como una golosina.
2. Cuáles son los castigos que sufren por tales maldades: (A) Con lo mal adquirido, pensaban llevarse buena vida, pero les serán negados los productos que más les halagaban el paladar: el aceite, la miel y la mantequilla o requesón (v. 17). Hemos de trabajar honestamente, y no precisamente para ser ricos (Pr. 23:4), sino para tener qué compartir con el que padece necesidad (Ef. 4:28), no para gastar sin tino. Los malvados esperaban torrentes de todas esas cosas buenas, pero no verán de todo ello ni una gota. (B) Pensaban poder disfrutar por mucho tiempo de lo que habían adquirido injustamente, pero todo ello les será arrebatado rápida y violentamente (vv. 14–17, 21–22). El sentido de algunos vv. (por ej. 10a, 22b, entre otros) no está claro en el original (nota del traductor).
Versículos 23–29
Sofar pasa finalmente a describir la completa ruina de los malvados.
1. Su ruina llegará a consumarse por mano del Dios airado y justiciero (v. 23): Dios enviará sobre él el ardor de su ira, y la hará llover sobre él y sobre su comida. Cada palabra de este versículo está llena de terror. No hay contra esto otra defensa que la que ha de ofrecer el Mesías (v. Is. 32:2): «escondedero contra el viento … refugio contra el turbión». Quizá Sofar aludía aquí veladamente a la muerte de los hijos de Job cuando estaban banqueteando.
2. Su ruina será inevitable y terrible (vv. 24, 25). Una u otra arma le ha de traspasar; estas armas son figura de los diversos castigos de Dios. Uno u otro le ha de alcanzar. Los vv. 26–28 describen diversas clases de castigos enviados por Dios; la inundación (v. 28), figura de la destrucción masiva, de la que no hay escape.
Como el malvado se ha labrado su propia ruina, ésta se representa aquí madura y presta a devorarle, como el fuego no atizado (v. 26).
Sofar concluye su discurso y resume, como un orador, lo que ha explicado en detalle (v. 29): Ésta es la suerte que Dios reserva al hombre impío, etc. Nunca se ha explicado mejor ninguna doctrina, ni se ha aplicado peor, que como lo ha hecho en este caso Sofar, pues con todo ello intentaba demostrar que Job era un hipócrita; recibamos la buena explicación, y hagamos mejor aplicación.
Respuesta de Job al segundo discurso de Sofar, en la que se queja de su aflicción menos que en los anteriores discursos y se acerca más al centro de la cuestión en disputa: si los malvados pueden o no prosperar, y los íntegros ser afligidos. I. Comienza por exhortar a sus amigos a que tengan paciencia con él y le muestren compasión (vv. 1–6). II. Su discurso tiene por objetivo hacer que rectifiquen sus equivocaciones: 1. Describe la gran prosperidad de muchos impíos (vv. 7–13). 2. Muestra la gran maldad de muchos de ellos, en la que se endurecen precisamente por su prosperidad (vv. 14–16). 3. Predice la ruina en que han de caer, pero después de un largo respiro (vv. 17–21). 4. Observa una gran variedad de procedimientos en la forma en que la Providencia trata a los hombres, incluso a los peores (vv. 22–26). 5. Ataca al fundamento mismo de las censuras que sus amigos le dirigían, y les muestra que, en este mundo, los malvados escapan con frecuencia de todo castigo hasta la hora de su muerte (vv. 27–34).
Versículos 1–6
Job se encomienda ahora a la compasiva consideración de sus amigos. Mansamente les pide que tengan paciencia para escucharle (v. 3), pues va a quejarse de nuevo. Si no tienen otro consuelo que ofrecerle, que sea éste al menos el consuelo que le den (v. 2). Después que él haya hablado, tienen permiso para escarnecerle (v. 3b). Como si dijese: «Cuando yo haya hablado, podéis continuar con vuestras burlas y censuras, que no os interrumpiré. Si me prestáis atención, espero haceros cambiar de opinión respecto de mí y que me tengáis compasión en lugar de burlaros de mí ¿Acaso me quejo yo de algún hombre? (v. 4). Mi queja va a Dios y a Él apelo. Que Él juzgue entre vosotros y yo».
No era un caso ordinario el suyo, no, sino algo que debería llenar de espanto a todo el que lo viese o lo oyese (v. 5), pues él mismo tiembla y se horroriza de su propia experiencia (v. 6), especialmente cuando compara su actual condición con la anterior prosperidad de la que había disfrutado por largos años.
Versículos 7–16
Los tres amigos de Job, en la segunda serie de sus discursos, se habían extendido considerablemente en describir la miserable condición del malvado en este mundo. «Es cierto», viene a decir Job, «que algunas veces caen sobre los malvados impresionantes castigos, pero no siempre, pues hay muchos casos en que los mayores impíos gozan de grande y prolongada prosperidad; aun cuando se endurecen en la maldad por su prosperidad, con todo se les permite continuar prosperando».
1. Describe su prosperidad en cuanto a su altura, su anchura y su largura. Viven sin ser cortados súbitamente por los golpes de la divina venganza. No sólo viven, sino que viven en gran prosperidad (1 S. 25:2 y ss.). En esa prosperidad llegan a envejecer (v. 7). Sus hijos crecen robustos en presencia suya (v. 8). Sus casas están a salvo de peligros y aun del temor a los peligros (v. 9). Sus ganados están sanos y son fecundos (v. 10). Su vida es una continua fiesta (vv. 11, 12). Y en esa prosperidad descienden al sepulcro (v. 13).
2. Muestra cómo abusan de su prosperidad hasta endurecerse en la maldad (vv. 14, 15). Dios les permite prosperar, lo que no ha de extrañar a nadie, pues el extravío de los ignorantes los matará al endurecerlos en el pecado (Pr. 1:32, comp. con Sal. 73:7–9). ¡Cuán a la ligera hablan de Dios estos malvados, como si la prosperidad de que gozan fuese motivo suficiente para prescindir de Dios y de la otra vida! El mundo es la porción que han escogido, Mamón es el dios al que sirven, y con eso se consideran felices; mientras tengan eso, pueden prescindir de Dios y de la religión. «Le dicen a Dios: … no queremos conocer tus caminos» (v. 14). Los dos grandes vínculos que nos atraen y nos sujetan en el ejercicio de la piedad son el deber y el interés. Los impíos no creen que su deber sea honrar a Dios (v. 15); «¿quién es el Todopoderoso para que le sirvamos?» Como si Shadday fuera un mero nombre, sin valor alguno, y ellos tan ricos y poderosos que no necesitan someterse a Él. Como Israel en tiempos de Jeremías, le dicen a Dios: «Vagamos a nuestras anchas; nunca más vendremos allí» (Jer. 2:31). Tampoco creen que la piedad tenga ningún interés para ellos (v. 15b): «¿De qué nos aprovechará que oremos a Él?» ¿Sólo se ha de estimar como ganancia la riqueza de este mundo? Si obtenemos el favor de Dios y las bendiciones eternas y espirituales, no hay motivo para que nos quejemos de que perdemos algo por ser piadosos (v. 1 Ti. 6:6).
3. Muestra que son unos insensatos por la forma en que disponen de sus bienes (v. 16), como si fuesen dueños soberanos de ellos, siendo así que les vienen de manos de Dios, aun cuando ellos son muy ingratos y no quieren reconocerlo (sin embargo—nota del traductor—son muchos los exegetas modernos que traducen la primera parte de dicho versículo en forma interrogativa: «Mirad, ¿no está en manos de ellos su fortuna?» No cabe duda de que todo el contexto exige la interrogación aquí). La segunda parte del versículo está clara: Job renuncia a toda participación en el consejo de los impíos: «Lejos esté de mí tener la mentalidad de ellos; lejos esté de mí participar en sus planes malvados. Sus descendientes aprueban sus dichos, aunque su camino es locura (Sal. 49:13), pero para mí hay mejores cosas que andar en consejo de malos (Sal. 1:1)».
Versículos 17–26
Job ha descrito la prosperidad de los impíos. Ahora:
1. Opone esto a lo que sus amigos han sostenido acerca de la ruina de los malvados en esta vida (v. 17): «Decidme: ¿Cuántas veces es apagada la lámpara de los impíos? ¿No veis cómo sigue ardiendo la mecha de ellos hasta el final, cuando se apaga por sí misma? ¿Cuándo viene sobre ellos su quebranto, etc.? ¿No veis cómo su prosperidad continúa hasta el final?»
2. Job sigue expresando lo mismo en los versículos 18–21, valiéndose de otras figuras familiares:
¿Son como la paja y el tamo que arrebata el torbellino? (v. 18, comp. con Sal. 1:4). ¿Guardará Dios el castigo para sus hijos? (v. 19) ¿Y qué le importa a él que su familia y su casa se hundan después que él haya muerto? Él, él, es el que debería recibir el pago y beber de la copa del furor de Dios (vv. 19b–21).
3. En este momento, Job intenta reconciliar estos hechos con la verdad indiscutible de un Dios infinitamente sabio y justo (vv. 22–26), pero la solución que él entrevé es meramente negativa: nadie puede enseñar a Dios sabiduría ni justicia, aunque no sepamos cómo explicarnos tantas anomalías. Gracias a Dios, nosotros conocemos que es tan grande la desproporción entre el tiempo y la eternidad que, al ser el infierno el destino final de los impíos, y el cielo el de los justos, poco importa si marchamos hacia la eternidad riendo o gimiendo.
Versículos 27–34
Job se encara directamente con sus amigos, quienes apoyados siempre en el principio de «la siembra y la siega», deducen que Job ha de ser forzosamente un hipócrita, cuando de tal manera es castigado por Dios.
1. Job declara que conoce bien lo que sus amigos piensan de él (v. 27), pues conoce el principio en que se basan (v. 28): «¿Qué queda de la casa del poderoso, etc? ¿Cómo está la casa de Job, y qué queda de la casa de su hijo primogénito, donde estaban todos sus hijos e hijas banqueteando? Si se investigan las circunstancias de la ruina de la casa y de la familia de Job, pronto se ve que han corrido la misma suerte que las tiendas en que moraban los impíos».
2. Los hechos que Job presenta no se los ha inventado él, sino que son del dominio público (vv. 29 y ss.). Basta preguntar a los que han viajado por varios países. Ellos dirán (darán su testimonio, sus señales—como dice el hebreo—) lo que ocurre con mucha frecuencia: los malvados no son alcanzados en el día de la ira (v. 30), ni reciben en vida el pago de sus malas acciones (v. 31); más aún, es llevado con gran pompa y acompañamiento al cementerio, y hasta dispondrá allí de un mausoleo, que perpetúe su memoria (vv. 32, 33): «Aquí yace don fulano de tal y tal, etc.» con encomios en su lápida y flores sobre su tumba.
3. De todo ello deduce Job la impertinencia de los discursos de sus amigos (v. 34). En vano pretenden consolarle, cuando sus razones se basan en falacia, es decir, en una hipótesis falsa. Donde no hay verdad, poco consuelo puede esperarse.
Tercer ataque de Elifaz contra Job. (vv. 1–4). También Bildad le atacará por tercera vez, mientras Sofar abandona el campo. En este capítulo, I. Elifaz reprende a Job por sus quejas acerca de la forma con que Dios le está castigando ahora: 1. De opresión e injusticia (vv. 5–11). 2. De ateísmo e incredulidad (vv. 12–14). II. Compara su caso con lo sucedido en tiempos antiguos (vv. 15–20). III. Le da un buen consejo, asegurándole que, si lo pone por obra, Dios se volverá a él en su misericordia, y él volverá a su anterior prosperidad (vv. 21–30).
Versículos 1–4
Lo que aquí dice Elifaz es aplicado injustamente a Job, pero en sí es muy justo y verdadero. Dice que:
1. Cuando Dios nos hace algún bien no es porque nos lo merezcamos ni porque nos deba algo por nuestras buenas acciones, pues éstas no le añaden ni le dan nada a Dios. Las ganancias de la piedad son inmensamente mayores que las pérdidas o los sacrificios que exige, y así se ve claramente cuando se pesan juntas en la balanza. Pero estas ganancias aprovechan al hombre mismo, no a Dios (v. 2). La virtud y la justicia aprovechan al hombre justo, pero Dios no adquiere nada por ello (v. 3). Esto es cierto, pero aquí comienza a asomar una insinuación parecida a la de Satanás en el comienzo del libro (1:9).
2. Cuando Dios nos hace algún daño, es porque lo tenemos merecido. Dios premia al piadoso, no al impío ¿Y habrá de castigar al piadoso, precisamente por su piedad? (v. 4; lit. temor, es decir, respeto o reverencia). De aquí va a deducir Elifaz todo lo que dice después.
Versículos 5–14
A continuación, Elifaz acusa a Job de muchos y grandes crímenes. Es como si, cansado de tratar de convencerle por las buenas, se dispusiera a poner todas las cartas boca arriba y, tras describir al tirano, al opresor, al ateo, al incrédulo, dijese como Natán a David: Tú eres ese hombre (2 S. 12:7). Elifaz no puede presentar ni un solo caso de los crímenes de que acusa a Job, pero está resuelto a calumniarle descaradamente y lanzar sobre él toda clase de reproches, seguro de que alguno dará en el blanco. Este Job, al que Dios mismo presentó como el mejor hombre del mundo, es presentado aquí por uno de sus amigos como uno de los mayores villanos de la tierra.
1. Le acusa de opresión e injusticia; de que, cuando nadaba en la prosperidad, no sólo no socorrió a nadie con su poder y sus riquezas, sino que hizo muchos y grandes males ya que abusó de su alta posición. Esto era totalmente falso, como se ve por lo que él mismo dice de sí después (29:12 y ss.) y por lo que Dios mismo había dicho de él al principio (cap. 1). «Exigías prenda a tus hermanos sin razón», dice Elifaz (v. 6), es decir, cuando no tenía derecho a ello o la caridad le obligaba a no hacerlo, como indica el contexto próximo, pues «despojabas—dice Elifaz—de sus ropas a los desnudos»; es decir, le acusa de tomar en prenda los míseros paños con que se cubrían los pobres, cosa terminantemente prohibida en la Ley (Dt. 24:10–13). También le acusa (v. 7) de negar bebida al sediento, y pan al hambriento, siendo así que nadaba en la abundancia; esto era una crueldad fustigada duramente en ambos Testamentos (Pr. 25:21; Is. 58:6 y ss.; Ez. 18:7, 16; Mt. 25:42). El término hebreo ayef que hemos traducido por «sediento», significa en realidad «extenuado», «desfalleciente», lo cual agrava el pecado. El versículo 8 no está muy claro en el original—nota del traductor—pero su sentido más probable es que Job, como hombre rico y pudiente, hacía valer sus derechos a las posesiones que tenía, sin tener que dar cuentas a nadie ni hacer a otros partícipes de su prosperidad. Le acusa igualmente de haber despedido a las viudas con las manos vacías (v. 9), es decir, sin hacerles justicia en sus demandas (comp. con Lc. 18:3, 4), y de quebrantar los brazos de los huérfanos, es decir, de despojarles de los pocos bienes (poder, fuerza) que les quedaban. A eso se deben, según Elifaz, todas las calamidades que Job padece ahora (vv. 10, 11). Es como un eco de lo que dice Santiago: «porque el juicio será sin misericordia para aquel que no haga misericordia» (Stg. 2:13).
2. Por otra parte, le acusa de ateísmo, impiedad e incredulidad como si fuese un perverso que, al no respetar a los hombres, tampoco temía a Dios. Según Elifaz, Job había olvidado, o negaba, que Dios desde su trono celestial, todo lo ve y lo juzga (v. 12), pues le hace decir (v. 13): «¿Qué sabe Dios?» (este es el sentido de la frase del «necio» en los Sal. 14:1; 53:1), como si las nubes le impidieran a Dios darse cuenta de lo que pasa en este mundo (vv. 13b, 14a), mientras se pasea por la bóveda (lit.) del cielo (v. 14b), es decir, por la parte interior de la «expansión» de Génesis 1:6 y ss. Como si la presencia de Dios estuviese limitada por ciertos espacios y no pudiese ver lo que pasa al otro lado por tener ojos de carne
como los hombres (10:4).
Todo esto se funda en terribles absurdos que no se le pudieron ocurrir a Job, pues supone que la administración y el gobierno del mundo son para Dios una carga, un aburrimiento o un rebajamiento; que los actos de justicia y de misericordia causan fatiga a la mente de Dios que es infinitamente sabia, santa y buena; que la distancia de un lugar puede crear problemas al que, por su inmensidad, está presente en todo lugar. Tampoco la distancia de tiempo puede crear problemas al que, por ser eterno, abarca todos los tiempos.
Versículos 15–20
Después de esforzarse en convencer a Job de su impiedad, procura Elifaz despertarle a la conciencia del peligro que corre por razón de sus pecados. Lo hace comparando su caso con el de los malvados a quienes arrasó el diluvio (vv. 15) y al del remanente de dichos malvados, es decir, los de Sodoma y Gomorra, a quienes consumió el fuego (v. 20). Estos malvados «decían a Dios (v. 17): Apártate de nosotros». Pero de Dios no hay escape: Quienes rehúsan someterse al cetro de oro de su amor, deben esperar ser despedazados por el cetro de hierro de su ira. «¿Y qué puede hacernos el Omnipotente?» (v. 17b). Como si dijese: «Ese Dios tan lejano no puede hacernos ni bien ni mal». Elifaz muestra lo absurdo de esta pretensión, pues a ese Dios le llama precisamente el Omnipotente: el que todo lo puede ¿qué no podrá hacer? Y a pesar de su impiedad, ¡Dios les había colmado de bienes! (v. 18)
Elifaz tuerce las palabras de Job en 21:14–16 y, lo que es peor, las retuerce contra él. Según Elifaz, Dios había colmado de bienes a Job anteriormente, a pesar de su impiedad, pero ahora, como los malvados de antaño, había sido cortado antes de tiempo. La norma que a Elifaz le servía para engrandecerse a sí mismo y a sus colegas era la misma que también le servía para condenar a Job: Job había sido castigado, luego era un malvado; ellos no habían sido castigados, luego eran buenas personas.
Versículos 21–30
Elifaz había presentado ante la vista de Job la miserable condición del malvado para asustarle y llevarle al arrepentimiento. Ahora, le muestra la otra cara de la moneda, la felicidad de que pueden disfrutar los que se arrepienten, para animarle a que se arrepienta. También los ministros del Evangelio han de usar ambos métodos al hablar a los pecadores: desde el monte Sinaí mediante los terrores de la Ley, y desde el monte Sion mediante los consuelos del Evangelio, han de poner ante ellos la vida y la muerte, el bien y el mal, la bendición y la maldición.
1. El buen consejo que da Elifaz a Job, aunque fundado en la falsa suposición de que era un malvado.
(A) «Reconcíliate ahora con Él (Dios)» (v. 21). Como si dijese: «No continúes siendo un extraño para Dios, como te has hecho a ti mismo al arrojar lejos de ti su temor y dejar de acudir a Él en oración». Es un honor para todo creyente el poder acercarnos libremente, por medio de Jesucristo, al trono de Dios del que nos había alejado el pecado, siendo ésta nuestra gran miseria. (B) «Con ello, tendrás paz: paz con Dios, al reconciliarte con Él (v. Ro. 5:1). Paz completa en ti mismo, pues por ello te vendrá bien». (C)
«Recibe la instrucción de su boca (v. 22). Una vez que hayas hecho las paces con Dios, sométete a su gobierno y resuélvete a regirte por sus normas, para que permanezcas en su amor». (D) «Pon sus palabras en tu corazón. No es suficiente con recibirlas; hay que retenerlas» (Pr. 3:18). (E) «Si te vuelves al Omnipotente, serás restablecido (v. 23)». No es suficiente dejar el pecado; es menester volverse a Dios y al deber: volverse del todo, no sólo hacer pequeños intentos de vuelta. (F) «Y si alejas de tu tienda (es decir, de tu casa) la iniquidad. No sólo la has de alejar de ti, sino de tu casa, y lo más lejos posible». Es el mismo consejo que le había dado Sofar (11:14).
2. Elifaz anima a Job y le dice que, si sigue su consejo, será muy dichoso. En general (v. 21): «Y por ello te vendrá bien». Como si dijese: «Ahora te ves caído y arruinado, pero, si te vuelves a Dios, te levantarás de nuevo, y serán reparadas tus presentes ruinas: Tu familia será edificada con hijos, tu hacienda con riquezas, y tu alma con santidad y consuelo». En particular:
(A) Le serán otorgadas en abundancia las bendiciones temporales. Si tiene las riquezas en nada por seguir y servir a Dios (v. 24), Dios mismo será su oro (v. 25. lit.) y, al tener en Dios la fuente de la verdadera riqueza, tampoco le faltará la plata: tendrá bienes materiales en abundancia. Bueno es tener el dinero a los pies (Hch. 4:35), no en el pecho. Los mundanos hacen del oro su dios; los santos hacen de Dios su oro; y quienes están enriquecidos con el favor y la gracia de Dios, bien pueden estar contentos, pues tienen sus tesoros en el cielo, al abrigo de gusanos y ladrones (Mt. 6:20).
(B) Será enriquecido con bendiciones espirituales (v. 26): «Porque entonces te deleitarás en el Omnipotente, porque siendo Él tu oro, en Él tendrás el corazón (Mt. 6:21), como los mundanos lo tienen en el dinero. Y alzarás a Dios tu rostro, es decir, podrás dirigirte a Él con toda confianza, no con miedo como ahora; entonces te oirá (v. 27) y cumplirás gozosamente los votos que le hayas hecho.
Todo te saldrá bien (v. 28); no tendrás tropiezo, porque sobre tus caminos resplandecerá la luz de la Providencia de Dios y de la Palabra de Dios (Sal. 119:105)». Más aún, cuando los arrogantes sean abatidos (v. 29. El sentido del original es muy oscuro—nota del traductor—), él se verá en alto por su humildad.
(C) Él mismo será bendición para otros, pues por la pureza de sus manos, Dios preservará de la destrucción a los pecadores (comp. con Gn. 18:24 y ss.). Por aquí se ve cuán grande bendición es una persona buena para la misma sociedad. Los pecadores lo pasan muchas veces bien por causa de los santos, aunque no se den cuenta de ello o no quieran reconocerlo. Si en Sodoma y Gomorra se hubiesen hallado diez justos, todos sus habitantes se habrían salvado de la destrucción, sin saber a qué se debía su preservación. Elifaz mismo y sus colegas fueron preservados de ser tratados afrentosamente por la pureza de las manos de Job (42:8).
De nuevo replica Job a Elifaz, y apela a Dios para que defienda su causa ya que su conciencia le da testimonio de su integridad. En este capitulo se palpa una lucha entre la carne y el espíritu, entre el temor y la fe. I. Se queja Job de su condición calamitosa y, en especial, de que Dios se ha retirado de él, por lo que no puede hacer que se oigan sus quejas (vv. 2–5), ni entender por qué Dios le trata así (vv. 8, 9), ni obtener esperanza ni alivio (vv. 13, 14). II. En medio de estas quejas, se consuela con la seguridad de la clemencia de Dios (vv. 6, 7), y de su propia integridad, de la que Dios es testigo (vv. 10–12).
Versículos 1–7
Aunque está enfermo y decaído, Job no se da por vencido.
1. Justifica su resentimiento y sus quejas (v. 2): «Hoy también—un día más de suplicio—hablaré con amargura. Porque es más grave mi llaga que mi gemido. No me quejo sin motivo. Lo que sufro en cuerpo y alma es tanto que tengo razón para quejarme mucho más».
2. De las acusaciones de sus amigos apela al justo juicio de Dios, como evidencia de que no era un hipócrita; de lo contrario, no se atrevería a hacer esta apelación. Pero, ¿Dónde hallar a ese Dios que le ha vuelto la espalda? (v. 3). Esta queja es buena señal en labios de un pecador que ha perdido por el pecado la comunión con Dios y se halla perdido mientras no ve el rostro favorable de Dios. Si Job supiese dónde hallar a Dios, allá se presentaría para exponer con numerosas razones su causa ante el tribunal de Dios (vv. 3, 4). Ante Dios podemos exponer nuestra causa con muchos argumentos, cosa que no suelen tolerar los gobernantes humanos, aun cuando Dios no necesita que le expongamos lo que Él ya sabe, pero la oración ferviente y perseverante no tiene por objeto mover a Dios, sino movernos a nosotros mismos al reconocimiento de nuestra necesidad y al robustecimiento de nuestra fe. Con gusto escucharía Job lo que Dios le respondiera (v. 5).
3. Se consuela con la esperanza de que Dios le atendería, en lugar de aplastarle con su poder (vv. 6, 7). El mismo poder que destruye a los rebeldes se pone en juego con los humildes, pues éstos prevalecen sobre Dios con la fuerza misma derivada de Él, como prevaleció Jacob (Os. 12:3). También Job está seguro de que prevalecería con Dios (v. 7).
Versículos 8–12
1. El desasosiego de Job se debe a que no puede hallar a Dios, por mucho que le busque en todas las cuatro direcciones: este, oeste, norte y sur (vv. 8, 9). Por tanto, no puede presentar ante Él sus quejas. La causa es justa, pero el juez no aparece por ninguna parte. El Dios omnipotente no está lejos de cada uno de nosotros (Hch. 17:27, 28), pero eso mismo hace más insufrible la situación del afligido: ¡Un Dios cercano que desampara! (Mt. 27:46; Mr. 15:34).
2. Se satisface con el pensamiento de que Dios era testigo de su integridad y, por eso, no duda de que ganaría el pleito ante Dios (vv. 10–12). Puesto en el crisol, Job saldría como el oro, no como purificado de escoria, sino como justificado en su queja. Sus pies han podido dar algún mal paso, pero nunca se han salido del camino recto. La observancia de los mandamientos de Dios ha sido para Job preferible a su manjar predilecto (comp. con Sal. 119:103). Es decir, preferiría vivir sin comer antes que vivir sin obedecer. La Palabra de Dios es para nuestra alma lo que el alimento necesario es para nuestro cuerpo.
Versículos 13–17
Job razona ahora consigo mismo en una resignación «a la fuerza».
1. Sienta buenas conclusiones (vv. 13, 14): (A) Que los designios de Dios son inmutables: Si Él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Lo sabe todo, no se equivoca ni tiene consejeros que le hagan alterar sus designios. La oración puede cambiar el camino de Dios, pero no su propósito. (B) Que el poder de Dios es irresistible: Su alma deseó e hizo. Dios puede hacer todo cuanto quiere (Sal. 135:6), y siempre hará lo que quiere, pues siempre quiere lo mejor, aunque a veces no lo entendamos.
2. Hace mal uso de dichas conclusiones, y hasta se contradice a sí mismo. Hace poco se había quejado de la ausencia de Dios (vv. 8, 9). Ahora (v. 15) dice que le espanta su presencia, hasta el punto de temblar ante el solo pensamiento. También parece volver a quejarse ante Dios de haber sido dado a luz (v. 17), aunque es probable que el sentido del versículo sea muy distinto (nota del traductor): «Aunque no soy cortado—silenciado—por las tinieblas, ni por la densa oscuridad que cubre mi rostro» (traducción probable).
Al seguir en la línea de la discusión sobre la prosperidad de los malvados, Job da un paso más en este capítulo, y amplía con muchos detalles lo que ya había dicho en 12:6: «Prosperan las tiendas de los ladrones, etc.» y muestra qué bien marchan y prosperan los que viven a espaldas de las leyes de la justicia y de la honestidad.
I. Los que abiertamente perjudican a sus prójimos pobres no reciben su merecido, ni los perjudicados son indemnizados (vv. 2–12, 21, 22).
II. Los que practican maldades secretas quedan sin descubrir ni castigar (vv. 13–17).
III. Los amigos de Job arguyen que, al fin, caen bajo el justo juicio de Dios (vv. 18–20).
IV. Sin embargo, Job no acepta el veredicto de sus amigos y se aferra en su convicción (vv. 21–25).
Versículos 1–17
1. Este capítulo comienza con la queja de Job de que Dios no tenga plazos señalados, días destinados a la administración de la justicia (v. 1), como los hay en los tribunales humanos. De ahí que los malvados pasan toda la vida sin ser enjuiciados y castigados, mientras que los temerosos de Dios pasan toda la vida sin presenciar las visitaciones de Dios para justicia. Dios ejercita su fe y su paciencia, al mismo tiempo que aviva el espíritu de oración de ellos para que clamen a Él día y noche (Lc. 18:7).
2. Job especifica dos clases de malvados:
(A) Los tiranos que oprimen a los pobres y abusan de su autoridad bajo pretexto de observar las leyes:
Traspasan los linderos (v. 2), es decir, remueven los mojones que señalan los límites de los campos, bajo pretexto de que están mal puestos (cosa condenada en la Ley. V. Dt. 19:14; 27:17; Pr. 22:28; 23:10; Os. 5:10), roban los ganados bajo pretexto de que están abandonados, hallan excusas para despojar a huérfanos y viudas del asno y del buey con que labran la poca hacienda que les queda (v. 3), hacen huir a los mendigos bajo pretexto de que perturban el orden público (v. 4). En los versículos 5–8 se describe la triste condición en que se hallan todos estos necesitados: trabajan de recio y carecen de vestido y cobijo. Pero los opresores no se quedan aún satisfechos con eso, sino que, para compensar deudas reales o ficticias, arrancan a los huérfanos del pecho de la madre (vv. 9–12) para convertirlos en esclavos que han de trabajar sin descanso y de los que no tienen compasión aunque mueran, por fin, extenuados. Lo peor es, dice Job, que Dios lo consiente, pues no atiende su oración (v. 12).
(B) La otra clase de malvados la constituyen los asesinos, ladrones y adúlteros (vv. 13–17). Éstos quedan sin castigo porque no son hallados al quedar cubiertos por las tinieblas: Son rebeldes a la luz (v. 13) y están acostumbrados a la oscuridad (v. 17). Odian la luz porque descubre las obras de ellos (Jn. 3:20). Así que la luz de la mañana es para todos ellos como sombra de muerte (v. 17a). Dice Brates: «Así sucede con ellos lo contrario que con los demás hombres, que salen con el día a sus labores (Sal. 104:23); y el alba, que a los demás alegra e incita a la actividad, a ellos les repele como las tinieblas y son invadidos con su llegada como con terrores de la región de la muerte». Maldicen el sol porque los descubre.
Versículos 18–20
Estos tres versículos encajan pésimamente en este contexto, pues en ellos Job parece sostener la tesis de sus contradictores. Dice Brates: «Si Job hablara así, se declararía vencido y pasado al bando de sus contrarios». Por eso, La Revised Standard Version los hace preceder de la frase: «Vosotros decís» (nota del traductor. V. el libro de D. José M. Martínez Job, la fe en conflicto, segunda edición, página 177, nota
1. Adrede he renunciado a citar de este magnífico comentario, a fin de no dispensar a mis lectores de adquirirlo). En efecto, como advierte Bullinger, es frecuente en la Biblia, entre las figuras de dicción, la elipsis del verbo decir. Al rellenar el hueco, se aclaran algunos pasajes que, de otro modo, quedarían sumamente oscuros, especialmente en los Salmos.
¿A quién habrán, pues, de atribuirse los versículos 18–20? Probablemente a Bildad, ya que Sofar no vuelve a replicar por tercera vez a Job, y Elifaz acabó ya mucho antes. Por otra parte, el discurso de Bildad en el capítulo 25 es demasiado breve, por lo que habrían de añadírsele otros fragmentos como estos tres versículos; en qué contexto, no sabemos. Muchos autores los colocan después de 27:23. Para que los lectores no se escandalicen de estas trasposiciones, les haremos saber que el texto hebreo de Job nos ha llegado bastante deteriorado; en algunos puntos, indescifrable. El significado de los versículos 18– 20 es, por otra parte, claro. Únicamente la primera frase del v. 18 necesita explicación. El hebreo dice literalmente: «Rápido (va) él (el impío) sobre la faz de las aguas», es decir, la corriente se lo lleva presurosa (comp. con Os. 10:7, donde se repite la frase).
Versículos 21–25
Vuelve Job ahora a describir otras maldades de los impíos y muestra cómo quedan sin castigo.
1. Algunos abusan de los que se hallan en apuros, y añaden aflicción al afligido (v. 21): «A la mujer estéril, que no concebía, «afligieron». La esterilidad era considerada como un gran oprobio, pero estos impíos todavía afligían a estas pobres mujeres que ya soportaban gran oprobio (comp. con Gn. 30:1; 1 S. 1:5, 6, entre otros lugares). Otros jamás socorren a los necesitados. Se menciona aquí a la viuda (comp. con v. 3).
2. Sin embargo, todos estos malvados prosperan y lo pasan bien por largo tiempo: Dios parece alargarles la vida y recobrarse incluso cuando se hallan tan enfermos que ellos mismos creen que no van a sobrevivir (v. 22). Otra traducción de este difícil versículo puede ser: «Se lleva con su poder (¿a la muerte?) al poderoso, y cuando se levanta nadie está seguro de su vida», lo cual supone otra clase de conducta criminal (no faltan otras traducciones—nota del traductor—). Es cierto que, al final, se marchitarán y serán cortados como cabezas de espigas (v. 24c), pero aun este final es lento y suave, como el de una flor que nadie arranca, sino que se va poniendo mustia de suyo, y como el de una espiga, que tampoco es arrancada de cuajo, sino solamente desgranada suavemente cuando ya está suficientemente madura.
3. Job está tan seguro de lo que dice, que reta a cualquiera a que le desmienta (v. 25): «Y si no, ¿quién me desmentirá ahora, o reducirá a nada mis palabras?» Y, si nadie puede desmentirle, se sigue que Job es falsa e injustamente censurado por sus amigos.
Aquí tenemos una breve réplica de Bildad. Deja a un lado el tema de la prosperidad de los impíos, pero piensa que Job se ha excedido al apelar al tribunal de Dios (cap. 23), muestra en pocas palabras la infinita distancia entre Dios y el hombre, enseñándonos: I. A pensar alta y honorablemente de Dios (vv. 2, 3, 5). II. A pensar bajamente de nosotros mismos (vv. 4, 6). Son dos lecciones útiles para todos, aunque Bildad las aplique mal a Job.
Versículos 1–6
Por dos cosas es de alabar Bildad aquí: 1. Por no decir ni una palabra del tema en que él y Job no estaban de acuerdo. 2. Por hablar tan bien sobre el tema sobre el que Job y él estaban de acuerdo. Dos argumentos usa Bildad para exaltar a Dios y rebajar al hombre:
1. Muestra cuán glorioso es Dios, y de ahí infiere cuán impuro y culpable es el hombre en la presencia de Dios (vv. 2–4). Dios es el Señor Soberano del Universo: Tiene un poder temible; Él pone paz en sus alturas (v. 2), puesto que en el Cielo se cumple siempre la voluntad de Dios (M. Henry) o, más probablemente (nota del traductor), por haber sofocado con su poder la sublevación de Satanás y sus ángeles. En todo caso, la paz que es obra de Dios (v. Fil. 4:7, 9), mediada por Jesús (Jn. 14:27) y hecha fruto del Espíritu (Gá. 5:22), es perfecta en el Cielo, porque allí es perfecta la santidad y perfecto también el amor. Sus ejércitos (v. 3), primariamente los ángeles, no tienen número. Su providencia se extiende a todos: «¿Sobre quién no está su luz? (trad. incierta, pero probable. Nota del traductor). Ante esta majestad de Dios, ¿quién es el hombre? ¿Cómo se justificará ante Dios? (v. 4). El hombre no es sólo débil, sino vil sucio. No puede estar limpio: (A) En comparación con Dios. (B) En discusión con Dios. (C) En la presencia de Dios.
2. Muestra también cuán oscuros e imperfectos son los cuerpos celestiales a la vista de Dios y en comparación con Él (v. 5). Las luminarias de los cielos, en comparación de la luz que es Dios (1 Jn. 1:5), carecen de resplandor, de la misma manera que una candela, por mucho que arda, no alumbra cuando se la enciende a la clara luz del sol. ¿Cómo se atreve Job a apelar a Dios con tanta osadía, cuando el que es la luz misma va a descubrir en Job tantas manchas de las que ni él mismo se apercibe? Los hombres, aun siendo nobles criaturas de Dios, son delante de Él como viles gusanos de la tierra (v. 6). Su brillo y su limpieza están por debajo del resplandor de los astros.
¡Cuán poca razón tiene para ensoberbecerse, y cuántas razones tiene para humillarse! ¿Será el hombre tan loco como para contender con su Hacedor?
Breve réplica de Job al breve discurso de Bildad. En ella ratifica Job lo que ya había dicho y sobrepasa a Bildad en engrandecer a Dios. I. Muestra que el discurso de Bildad es conforme a la verdad y a la justicia, pero no responde a su caso particular (vv. 2–4). II. Muestra también que era innecesario, pues todo lo que ha dicho lo sabía y lo creía también él y podía hablar de ello tan bien como Bildad (vv. 5–13), y concluye que el tema les viene demasiado grande tanto a él como a sus amigos (v. 14).
Versículos 1–4
Bildad pensaba que había pronunciado un gran discurso, pero Job le hace ver que su intervención no había sido tan valiosa como él creía.
1. No había mucha sustancia en el tema (v. 3): «¿En qué aconsejaste al que no tiene conocimientos, etc.?» Job habla aquí irónicamente y así reprocha a Bildad de impertinencia, el cual pensaba que había pronunciado un discurso claro, pertinente y exhaustivo, cuando sólo superficialmente había rozado un tema tan vasto y profundo.
2. Tampoco había utilidad alguna en lo que había dicho (v. 4): «¿A quién has dirigido tus palabras, etc.?» Como diciendo: «¿Qué ayuda me prestas con lo que acabas de decir? ¿Qué servicio prestas con eso a Dios y a su causa? ¿Qué tienen que ver conmigo tus peroratas? ¿Es que te imaginas que soy un chiquillo para necesitar tus instrucciones? Intentas convencerme, instruirme y consolarme, pero ¡ay! todo lo que dices me ayuda muy poco». No todo lo que es bueno y verdadero es, de sí, oportuno y conveniente. A quien, como Job, estaba humillado y afligido, convenía haberle hablado de la gracia y de la misericordia de Dios, más bien que de su grandeza y majestad. Job le pregunta: «¿De quién es el espíritu que de ti procede?» (v. 4b). Como si dijese: «¿Quién me habla por medio de ti? ¡Ciertamente no es el Espíritu de Dios!»
Versículos 5–14
Ahora entra Job en un tema sobre el que todos ellos estaban de acuerdo: la infinita gloria y el infinito poder de Dios.
1. Se presentan aquí muchos ejemplos de la sabiduría y del poder de Dios en la creación y preservación del Universo.
(A) Si miramos en derredor nuestro: a la tierra y a las aguas, veremos ejemplos extraordinarios del poder divino, como podemos deducir de estos versículos: (a) Cuelga la tierra sobre la nada (v. 7). Admirable expresión de lo que la astronomía moderna nos da a conocer. El hombre no puede colgar una pluma sobre la nada, pero Dios cuelga sobre la nada el orbe entero. (b) Puso límite a la superficie de las aguas (v. 10), para que no vuelvan a cubrir la tierra. (c) las columnas del cielo tiemblan, etc. Para entender esta frase es conveniente ver Génesis 1:6 y ss.; Salmos 104:5 y ss. Las altas montañas que se divisaban en el horizonte tenían sus raíces, en opinión del autor sagrado, en el fondo mismo del mar, y sostenían, a su vez, la expansión celeste o gran lona del firmamento. Al reprender Dios a la aguas (véase el contraste con el v. siguiente), éstas se agitaban con tanta fuerza que sacudían las «columnas del cielo».
(B) Mediante los vocablos Seol (morada de las almas de los muertos) y Abadón (vocablo hebreo que significa destrucción v. 6), podemos entender que aquellas regiones profundas de ultratumba, de las que los hombres de este mundo no saben nada, están totalmente descubiertas a los ojos de Dios, a cuyo conocimiento nada se le escapa.
(C) Si miramos arriba, al firmamento, vemos también estupendos ejemplos del poder soberano de Dios (v. 7a): Él extiende el norte sobre vacío. El «norte», es decir, la parte más alta del cielo o cenit, pende también del vacío por el poder soberano de Dios. Dice Brates: «El sagrado poeta considera digno de admiración y una manifestación del poder de Dios que el cielo, semejante a una extensísima lona de tienda, no necesite de percha o pértiga alguna para sostenerse» (v. Sal. 104:2). Con bellísimas metáforas describe el autor sagrado cómo ata Dios el agua en sus nubes (v. 8) como en enormes sacos y, sin embargo, las nubes no se rompen debajo de ellas, a pesar de ser tan colosal la cantidad de agua que trasportan y tan fina la envoltura que las encierra (v. Pr. 30:4). En beneficio de la tierra destilan su contenido gota a gota, no de una vez.
(D) Los versículos 12 y 13—nota del traductor—necesitan alguna explicación. El versículo 12b dice literalmente: ¡Y con sus habilidades machacó a Ráhab! Ráhab era, en la mentalidad del autor, un monstruo marino opuesto al sosiego de las aguas, con lo que la frase resulta un paralelo de la primera parte del versículo.
De la misma manera, con su soplo (el viento, mejor que el «espíritu»), Dios serena el cielo, es decir, lo limpia de nubes, traspasando así a la serpiente huidiza (lit.), otro monstruo que se opone a la claridad del cielo. Ambos son símbolos de orgullo y arrogancia (de ahí, este vocablo en nuestra versión Reina- Valera).
2. Job concluye bellamente esta parte de su discurso y dice que todo esto es solamente los bordes de sus caminos (v. 14); es decir, no ha hecho otra cosa que rozar superficialmente un poco (como la orla del manto) de lo que Dios ha llevado a cabo en el orden de la naturaleza. Job admira la profundidad de lo que el hombre no ha llegado a descubrir. Lo que conocemos de Dios y de sus obras es nada en comparación con lo que Dios es y lo que Dios ha hecho. Nuestros conocimientos son ahora, como nuestras capacidades, pequeños y superficiales; el descubrimiento pleno de la gloria divina está reservado para el estado de la futura gloria nuestra.
Job se había quejado a veces de que sus amigos escasamente le permitían pronunciar palabra, pero ahora le permitieron decir cuanto deseaba. Lo que había dicho en el capítulo 26 era réplica suficiente al breve discurso de Bildad, pero ahora sigue explayándose en lo que quería decir. I. Comienza testificando solemnemente de su integridad y de su resolución de continuar haciéndolo (vv. 2–6). II. Expresa el miedo que tenía a la hipocresía de la que sus amigos le acusaban (vv. 7–10). III. Muestra el final miserable de los impíos, a pesar de su larga prosperidad, y la maldición que les espera a ellos y a sus familias (vv. 11– 13). (Véase el comentario a los vv. 7 y ss.—nota del traductor—.)
Versículos 1–6
El discurso de Job es llamado aquí en hebreo mashal, que ordinariamente significa «proverbio», pero también, como en Números 23:7, 18, etc., «poema» o «canto» (así lo ha traducido la Versión Moderna). Es probable que este versículo haya sido añadido por un redactor posterior. Hay autores que lo interpretan como un «canto triunfal» de Job sobre sus oponentes. Tras esto, comienza el «canto» propiamente dicho de Job con un solemne juramento con el que avala lo que va a decir a continuación.
1. La forma del juramento (v. 2): ¡Vive Dios, que ha negado mi derecho! etc. Habla, pues, de Dios:
(A) Altamente, al reconocer que es un Dios vivo, pero también habla de Él (B) duramente, de forma inconveniente, al decir que le ha negado el derecho, esto es, que ha rehusado hacerle justicia en el tema de esta controversia al no aparecer en defensa de él y al continuar afligiéndole (v. 2): «… que amargó el alma mía». Con todo, mientras confía en la justicia de su causa, no cesa de confiar en la bondad de Dios.
2. La materia del juramento (vv. 3, 4): (A) Que no ha de hablar iniquidad, ni pronunciar mentira: es decir, que al haber hablado en todo este debate conforme a su conciencia, de ninguna manera había de mantener una doctrina o atestiguar un hecho que no fuesen verdad; tampoco había de negar la verdad, por mucho que fuese contra sus propios intereses. Por tanto, no sería incitado por injustas censuras a acusarse a sí mismo falsamente. (B) Que se adheriría a esta resolución mientras le durase la vida (de cuatro maneras hace esta aseveración—vv. 3, 5 y 6—). En cuestiones dudosas, es peligroso hablar de un modo tan perentorio, pues no conocemos las circunstancias que pueden hacernos cambiar de opinión, pero en un asunto tan claro como éste, bien podemos protestar de que no hemos de hablar iniquidad.
3. La explicación de su juramento (vv. 5, 6). «Lejos de mí (lit.) daros la razón (lit. justificaros), etc. Nótese con qué firmeza se reafirma en la justicia que le asiste en esta causa. Job se quejaba de los reproches que le lanzaban sus amigos, pero asegura que su conciencia (lit. corazón. comp. 1 Jn. 3:21) no le reprochará en todos sus días, pues piensa guardarla libre de toda culpa.
Versículos 7–10
Hay quienes opinan—nota del traductor—que los versículos 7 y ss. hasta el final del capítulo pertenecen a un tercer discurso de Sofar, pero también son muchos los que opinan que son de Job, aunque siguiéndole sarcásticamente la «corriente» a Sofar. En sí, a no ser por sarcasmo, es difícil atribuirlos a Job, pues está sustentando la tesis de sus oponentes. Prescindamos de quién lo dice; vamos adelante:
1. Job (o Sofar) considera la condición del hipócrita la peor en la que un ser humano pueda hallarse (v. 7): Sea como el impío mi enemigo, etc. Esto era una expresión proverbial. Lo peor que podría desear al peor de los impíos, lo desea a sus enemigos.
2. Las razones que tiene para ello: (A) Porque todas las esperanzas del impío son vanas ilusiones (v. 8): Porque, ¿Cuál es la esperanza del impío, por mucho que haya acumulado? Los amigos de Job querían convencerle de que era un hipócrita (4:6). «¡No!—viene a decir Job—por nada del mundo sería yo tan loco como para cimentar mis esperanzas en un fundamento tan corrompido». (B) Porque la oración del impío no será oída (v. 9): «¿Oirá Dios su clamor, etc.?» Si el impío viene al arrepentimiento, Dios le oirá y le aceptará (v. Is. 1:18), pero si continúa impenitente, que no piense que va a hallar el favor de Dios. (C) Porque la religión del hipócrita no es consecuente ni constante (v. 10): «¿Se deleitará él en el Omnipotente (mejor, en el Todosuficiente)? ¿Invocará a Dios en todo tiempo?» Como si dijese: «No le invocará en la prosperidad, sino que se olvidará de Él; tampoco le invocará en la adversidad, porque le maldecirá».
La razón por la que los hipócritas no perseveran en la piedad es porque no se deleitan en ella.
Versículos 11–23
Ahora que el ardor de la disputa se acercaba a su fin, Job estaba dispuesto a reconocer hasta qué punto estaba de acuerdo con sus amigos, y dónde estaba la diferencia entre su opinión y la de ellos (v. lo dicho al comienzo de la sección anterior—nota del traductor—).
1. Vemos que (A) Estaba de acuerdo con ellos en que los impíos son gente miserable, en que Dios tomará cuentas a los crueles opresores, y tomará en ellos venganza de las afrentas que han hecho a Dios y de los perjuicios que han causado a sus prójimos. Esta verdad es reconocida unánimemente, incluso por los que discutían con enojo sobre ella. Pero, (B) Diferían en lo siguiente: mientras ellos sostenían que los merecidos castigos caen sobre los malvados visiblemente y de inmediato, Job sostenía que, en muchos casos, los castigos no caen sobre ellos rápidamente, sino que son prorrogados por algún tiempo.
2. Job se dispone ahora a sacar este tema a plena luz (vv. 11, 12): «Yo os enseñaré, etc.» (A) Lo que les iba a enseñar: «En cuanto al poder de Dios», esto es, los propósitos de Dios con respecto a los malvados. «Esto, dice Job, no lo esconderé». En efecto, «las cosas reveladas son para nosotros y para nuestros hijos» (Dt. 29:29). (B) El motivo por el que debían aprender las cosas que él les iba a enseñar (v. 12): «Todos vosotros lo habéis visto; ¿Por qué, pues, os habéis hecho tan enteramente vanos como para condenarme como impío por el hecho de que estoy atribulado?» (C) Va a poner delante de ellos la suerte que le espera al malvado: (vv. 13 y ss.) «Ésta es para con Dios la porción del hombre impío, etc.» (comp. 20:29). Su porción en el mundo puede ser riquezas y honores, pero su porción con Dios es ruina y miseria.
3. Job muestra, en efecto, que los impíos pueden en muchos casos, prosperar, pero les espera la ruina, pues ésa es su porción.
(A) Pueden prosperar en tener gran descendencia, pero les espera la ruina (v. 14): «Si sus hijos se multiplican, (a) Unos serán para la espada»: la espada de la guerra, la espada de la justicia o la espada del asesino; (b) Otros morirán de hambre: «Y sus pequeños no se saciarán de pan»; (c) «Los que queden los enterrará la muerte (lit.), es decir, la peste, que es llamada «muerte» en muchos lugares (v. Ap. 6:8). Los enterrarán de prisa, sin solemnidad, y no los llorarán sus viudas.
(B) Pueden prosperar en reunir gran hacienda, pero también en esto les espera la ruina (vv. 16–18):
«Aunque amontone plata como polvo—tan abundante, especialmente entonces cuando no había carreteras asfaltadas—y prepare ropa como lodo—fácil de amontonar cuando llueve mucho—; la habrá preparado él, mas el justo se la vestirá, y el inocente repartirá la plata». El justo disfrutará honestamente de la riqueza que el impío acumuló deshonestamente. El inocente no se aferrará a su plata, sino que la repartirá a los pobres. El dinero es como el estiércol: hiede cuando se amontona, pero fertiliza los campos cuando se extiende. Aunque el rico haya edificado una suntuosa mansión para sí, será como telaraña que fácilmente se rompe y como cabaña de ramas que fácilmente se desmonta. Se sentía seguro, pero ha sido sacudido.
(C) Puede vivir por largo tiempo con salud y comodidades, pero le espera la destrucción también a su persona (v. 19): «Rico se acuesta, pero por última vez (lit. y no volverá a hacerlo)», es decir, ya no se acostará más como rico, pues cuando abra los ojos, nada tendrá. Esto le llenará de terror (v. 20) y, en medio de estos terrores, será arrebatado de su lugar como por una riada o un torbellino (vv. 20, 21. comp. Sal. 1:4; Job 21:18). El impío tiembla al pensar que va a dejar este mundo y, más aún, al temer lo que puede sucederle en el otro. La muerte es para el justo como un sueño, del que despierta en brazos de su Padre, pero para el impío es un golpe de la dura mano de Dios, de la cual no puede escapar (v. 22). Quienes ahora no se dejen persuadir a volar a los brazos de la gracia de Dios, los cuales están abiertos para recibirles, no podrán huir de los brazos de la ira de Dios. Para colmo, también los hombres se alegrarán de la caída de los impíos (v. 23): Batirán palmas en su huida y lo corearán con silbidos, esto es, se quedarán contentos y satisfechos de ver en qué ha parado la arrogancia de quienes tenían a todos en un puño.
Se olvida ahora Job de su dolor y de su aflicción y se pone a disertar como un filósofo: I. Sobre la riqueza de este mundo; con cuánto afán se acumula, y con qué riesgo se adquiere y se conserva (vv. 1– 11). II. Sobre la verdadera sabiduría: 1. Su precio es grande y su valor es inestimable (vv. 12, 13, 15–19).
1. Su lugar es secreto (vv. 14, 20, 22). 3. En particular, hay una sabiduría que está escondida en Dios (vv. 23–27), y hay otra sabiduría que es revelada a los hijos de los hombres (v. 28).
Versículos 1–11
Job muestra hasta dónde puede llegar el talento de los hombres en sumergirse hasta las profundidades de la naturaleza y arrancarle sus secretos, sin que, por otra parte, puedan comprender por qué algunos impíos prosperan y otros son castigados. Se pueden descubrir las cavernas de la tierra, pero no los designios del cielo. También muestra los trabajos y fatigas que los mundanos aguantan para adquirir riquezas, y dónde y cómo se extraen los metales preciosos, a fin de que los impíos se percaten de que tienen pocos motivos para jactarse de su pompa y de sus riquezas.
1. La riqueza de este mundo está escondida en la tierra. De allí se sacan la plata y el oro antes de refinarlos (v. 1). Más a mano se halla en la tierra el hierro (v. 2), así como otros metales que, aunque son de menor precio, son de más provecho. Su abundancia les rebaja el precio, lo cual es muy provechoso para el hombre, quien puede valérselas mucho mejor sin el oro que sin hierro. También nace de la tierra el pan (v. 5), es decir, el grano del que se hace el pan. De ahí se extrae el alimento del hombre, a fin de recordarle que de allí fue formado también él. El sentido de la 2.a parte del versículo 5 es incierto. Lo más probable es que aluda al fuego volcánico del interior de la tierra.
2. Las riquezas que se hallan escondidas en la tierra sólo pueden ser obtenidas con mucha dificultad.
(A) Es difícil hallarlas; sólo acá y acullá se encuentra un venero de plata (v. 1). (B) Cuando se hallan, es laboriosa su extracción: se ensaya un método tras otro; se examina todo a la perfección (v. 3), se abren galerías subterráneas (v. 4); los mineros se exponen a toda clase de peligros (v. 4b), pero se abren paso por muy debajo de los montes y hienden canales (lit. Nilos, es decir, corrientes muy amplias), «galerías horizontales a la altura de la vena del mineral» (Brates), con lo que sale a luz lo escondido (vv. 9–11). Dios ha hecho tan difícil la extracción de los metales preciosos y de los diamantes (v. 6), (a) Para que los hombres ejerciten su laboriosidad. Si las cosas valiosas se adquiriesen con facilidad, los hombres no aprenderían nunca a esforzarse. (b) Para frenar el lujo y la pompa. Lo necesario para la vida se extrae con un poco de trabajo de la superficie de la tierra, pero lo que es para lujo y ornamentación hay que sacarlo con grandes fatigas de las entrañas mismas de la tierra. El alimento es barato, pero el lujo es caro.
3. Aunque las riquezas subterráneas son tan difíciles de obtener, los hombres se empeñan, sin embargo, en obtenerlas. Han inventado la maquinaria necesaria para perforar las rocas, para secar o desviar las corrientes de agua cuando amenazan ser un obstáculo para el trabajo, para pisar, en fin, por donde ninguna fiera pisó (v. 8) y pasar por lugares que ningún buitre ni águila vio (v. 7). Ellos ven todo cuanto tiene precio (v. 10). Arrostran innumerables peligros (vv. 4, 11), pero ante la perspectiva de extraer tesoros, tienen en poco las dificultades. ¡Ve, pues, al minero, tú que eres tan perezoso para los ejercicios de piedad! ¡Considera sus caminos y sé sabio! La bravura, la determinación y la constancia de tales hombres en buscar la riqueza que perece debería avergonzarnos de la pereza y falta de ánimo que nos impiden esforzarnos por conseguir las verdaderas riquezas.
Versículos 12–19
Job pasa ahora a hablar de otra joya más valiosa: la sabiduría (hebr. jokhmáh) y el entendimiento (hebr. bináh) o discernimiento prudencial (v. 12), distinto del conocimiento (hebr. dáat) que comporta una intimidad experimental con el objeto conocido (v. Pr. 1:7). Aun en el plano de la sabiduría a la que se refiere Job, hay mayor instrucción, satisfacción y dicha en ella que en la filosofía y las ciencias naturales que nos enseñan a descubrir las maravillas del mundo. En lo concerniente a dicha sabiduría, dos cosas son las que no se pueden hallar:
1. Su precio, porque no tiene precio. Su valor es más alto que todas las riquezas del mundo juntas (v. 13): No conoce su valor el hombre. Pocos son los que, en realidad, le dan algún valor. El gallo de la fábula no conocía el valor de la piedra preciosa que halló en el corral y, por ello, deseaba más bien haberse posado en un grano de cebada. Tampoco los mundanos conocen el valor de la gracia y, por eso, no hacen nada por conseguirla. Job se extiende en los versículos 15 y ss. sobre el valor de la sabiduría, y la compara con los más valiosos tesoros de este mundo. No se puede comprar con dinero, porque es don del Espíritu Santo (Hch. 8:20). Los dones espirituales se dan sin dinero y sin precio (Is. 55:1, 2), porque no hay moneda corriente con que poder adquirirlos. La sabiduría es de mayor valor que el oro (vv. 15– 19), porque su valor es sumo (Pr. 4:7 y ss.); el oro es exterior a nosotros; la sabiduría es para el alma y para la eternidad.
2. Su lugar, porque no se puede hallar (v. 12): ¿Dónde se hallará la sabiduría, etc.? Esta es una pregunta que todos deberíamos hacemos. Mientras los mundanos se preguntan: «¿Cómo haremos negocio? ¿Dónde hallaremos dinero?», nosotros deberíamos preguntar: «¿Dónde se hallará la sabiduría?» No la vana filosofía, ni la prudencia carnal, sino la piedad y la comunión con Dios, pues ahí está la única verdadera sabiduría. «No se halla en la tierra de los vivientes» (v. 13). No podemos llegar a un recto entendimiento de Dios y de su voluntad, de nosotros mismos y de nuestros más altos deberes, al leer libros o escuchar a sabios humanos, sino leyendo y meditando el Libro de Dios y al escuchar a los hombres de Dios. Tal es la degeneración de la naturaleza humana que no hay manera de hallar verdadera sabiduría en personas que no hayan nacido de nuevo y que, mediante la gracia, participen de la naturaleza divina. «El abismo dice: No está en mí; y el mar responde: Ni conmigo» (v. 14) ¡En vano es, pues, preguntar a los mineros y a los marineros! Ni sumergiéndose en la tierra ni sumergiéndose en el mar, se puede obtener la sabiduría.
Versículos 20–28
Hay dos clases de sabiduría: Una, la que está escondida en Dios; ésta es secreta y no nos pertenece; la otra nos es conocida porque Él nos la ha revelado; ésta pertenece a nosotros y a nuestros hijos (Dt. 29:29).
1. El conocimiento de los designios secretos de Dios y de su Providencia está fuera de nuestro alcance. Saber lo que Dios hará en lo futuro y los motivos de lo que está haciendo ahora, es la sabiduría a la que se refiere Job aquí.
(A) Este conocimiento está oculto a nuestras mentes. Es demasiado alto para que lo podamos alcanzar (vv. 21, 22. Comp. Sal. 139:6). Está escondido a los ojos de todo viviente, incluso de los filósofos, de los políticos y de los santos. No hay ave que pueda otearlo, por mucho que ascienda en su vuelo (v. 21b). Incluso los que, en sus especulaciones, se alzan por encima de la cabeza del resto de los mortales, no pueden pretender haberlo alcanzado.
«¡Qué necios somos!—viene a decir Job—al estar luchando de esta manera en la oscuridad, y disputar sobre temas que no entendemos!» La escuadra y la plomada de la razón humana nunca podrán profundizar en el abismo de los designios de Dios. Sin embargo, hay un mundo de ultratumba en el que veremos claramente lo que aquí vemos borrosamente (1 Co. 13:12). Entonces conoceremos también las intenciones de Dios aunque ahora no las entendamos (comp. Jn. 13:7).
(B) Este conocimiento está escondido en Dios (v. 23). Los hombres hacen a veces cosas de las que no pueden dar una buena razón, pero en cada proyección de la divina voluntad hay un propósito: Él sabe bien lo que hace y por qué lo hace. Hay dos razones por las que Dios, y sólo Él, necesita conocer bien lo que hace: (a) Porque todo tiene que ser dirigido o controlado por la Providencia (vv. 24, 25). El que gobierna al mundo ha de ser Omnisciente.
Los asuntos y acontecimientos humanos están tan relacionados entre sí que sólo el que tiene de ellos una visión global y, al mismo tiempo, clara de cada cosa, puede ser el Juez competente de la humanidad. También es omnipotente y, como prueba de esto, alude Job a los vientos y a las aguas (v. 25) ¿Qué cosa más liviana que el viento? Sin embargo, Dios le confiere y conoce su peso, y guía y controla su paso.
¿Qué cosa tan escurridiza como el agua? Pero Dios le pone su medida: su proporción en cada lluvia, su límite en cada marea. La lluvia sigue unas leyes determinadas (v. 26), con o sin tempestad: tras la evaporación del agua del mar viene la condensación del agua en las nubes y cae en tierra por la lluvia. (b) Porque todos los acontecimientos están determinados desde la eternidad por una presciencia infalible y un decreto inmutable (v. 27). Job alude a los fenómenos de la naturaleza, pero también tiene que ver con los acontecimientos humanos. Habla de la sabiduría como personificándola (v. 27, comp. con Pr. 8:22 y ss.).
El conocimiento de lo que Dios nos ha revelado está a nuestro alcance y es para nuestro bien (v. 28): «Y dijo (Dios) al hombre: He aquí que el temor del Señor es sabiduría; y el apartarse del mal, la inteligencia» (hebr. bináh = discreción o prudencia). Job, pues, era un «sabio», ya que de él dice el mismo Dios que era «temeroso de Dios y apartado del mal» (1:8). No se diga, por tanto, que cuando Dios escondió sus designios de la vista de los hombres, fue porque tuviese envidia de darle algo que contribuyese a su verdadera felicidad. El todo del hombre (Ec. 12:13) está en ese versículo 28. Cuando Dios prohibió al hombre comer del árbol de la ciencia, le permitió comer del árbol de la vida ¿De qué sirve saber contra la voluntad de Dios, cuando la vida se consigue al obedecer a Dios? (Mt. 19:17 y paral.). El temor de Dios es la fuente y el compendio de toda piedad (Pr. 1:7). Hay un temor servil de Dios, que brota de una mente aterrorizada por el poder de Dios y que puede ser un buen primer paso hacia la conversión (Hch. 9:5). Pero hay un temor filial de Dios, que brota de pensamientos muy altos y reverentes acerca de Dios y es vida y alma de toda sincera piedad. Siempre que este temor reina en el corazón se mostrará en una constante diligencia por apartarse del mal (Pr. 16:6).
Job describe aquí el cenit de la prosperidad desde la que cayó y II. La hondura de la adversidad en la que ha caído; lo hace para mover a compasión a sus amigos y justificar sus quejas. Pero, III. Para salir al paso de las censuras de sus amigos, da testimonio de su integridad. Vuelve la vista a los días de su prosperidad, y muestra: 1. Las comodidades de que disfrutaba en su casa y entre su familia (vv. 1–6); 2. El honor que le era conferido en su país (vv. 7–10); 3. El bien que hizo como magistrado (vv. 11–17); 4. la esperanza que tenía de continuar cómodamente asentado en su casa (vv. 18–20) y de seguir ejerciendo su influencia en los demás (vv. 21–25).
Versículos 1–6
Job comienza con un deseo (v. 2): «¡Quién me volviese como en los meses pasados, etc.!» Como diciendo: «¡Ah, si yo pudiese ser devuelto a mi anterior prosperidad, entonces las censuras y los reproches de mis amigos quedarían silenciados, aun sobre la base de sus propios principios!» ¡Cómo desea tener aquel ánimo con el que gozosamente servía a Dios y disfrutaba de santa libertad y de dulce comunión con Él! Eso era en los días de su madurez (v. 4. Lit. de su otoño, como estación en que se recogen los frutos): en la flor de la vida, como solemos decir. Dos cosas hacían que los meses pasados le hubiesen resultado placenteros:
1. Que tenía su consuelo en su Dios. Este era el principal motivo de su gozo en medio de su prosperidad, pues era la fuente y la dulzura de esa prosperidad que era como una señal del favor de Dios hacia él. Eran los días en que Dios velaba sobre él (v. 2) y hacía resplandecer sobre la cabeza de Job su lámpara (v. 3), es decir, Dios hacía resplandecer su rostro sobre él (Nm. 6:25), para guiarle en sus dudas, consolarle en sus penas, aliviarle las cargas y ayudarle a través de toda dificultad. «Cuando la intimidad con Dios (estaba) sobre mi tienda» (v. 4b. lit.), dice Job. Dios conversaba con él como con un amigo íntimo a quien se confían los secretos (comp. Jn. 15:15). Conocía la mente de Dios y no estaba a oscuras como ahora. «Cuando aún estaba conmigo el Omnipotente»—añade (v. 5a)—, con lo que da a entender que ahora Dios se había apartado de él. La presencia amistosa de Dios en una casa hace de ella un castillo y un palacio, aunque se trate de una cabaña.
2. Que tenía también consuelo en su familia. Todo era allí agradable y gozoso: tenía bocas para su abundante provisión, y tenía abundante provisión para sus bocas. La falta de una de las dos cosas es gran desdicha. Job habla con gran sentimiento de este consuelo ahora que se ve privado de él. Con todo, echamos mal nuestras cuentas si, al perder a nuestros hijos, no nos consolamos con el pensamiento de que no hemos perdido a nuestro Dios. Su hacienda era opulenta (v. 6): Su ganado daba tanta leche que habría podido lavarse los pies en crema o requesón, y sus olivares eran tan fértiles como si fluyeran ríos de aceite de lagares excavados en las rocas. Habla de su riqueza en términos de leche y aceite, que son para el consumo, no de oro y plata, que son para atesorarlos en cofres.
Versículos 7–17
Vemos a Job en puestos de honor y poder. El juicio se administraba en la puerta de la ciudad, que era también el acceso a los lugares de mercado, con lo que fácilmente se conseguían testigos de lo que se decía y hacía en los tribunales. Al ser, pues, Job magistrado, se nos dice aquí:
1. El profundo respeto que se le guardaba, no sólo por la dignidad de su oficio, sino por sus méritos personales. El pueblo le honraba y le reverenciaba (v. 8): Los jóvenes, al temer quizás alguna reprimenda, se retiraban al verle; y los ancianos, aunque no se retiraban, no se sentaban, sino que se levantaban y se quedaban de pie en señal de respeto. Los príncipes y los nobles le rendían homenaje y le prestaban deferencia (vv. 9, 10), callaban ante él como quienes esperaban oír de él cosas más importantes que las que ellos pudiesen decir.
2. El mucho bien que hacía en su lugar. Job se hacía de valer, no por el honor de su familia, ni por el volumen de su hacienda, ni por el tribunal que presidía, sino por los favores que dispensaba. Todos los que le oían y le veían dedicarse a hacer el bien con toda la autoridad y el tierno afecto de un padre de la patria, le bendecían y daban testimonio de él (v. 11). Huérfanos y viudas tenían en él, no sólo un juez que les hiciese justicia, sino un padre que les procurase consuelo y consejo; aun los que estaban a punto de perecer los rescataba (vv. 12, 13. Comp. con 20:19; 22:6–9—por contraste—y con Sal. 72:12, 13—por semejanza—). Cubierto completamente de justicia (v. 14. Comp. con Ef. 6:14–17), era ojos para el ciego y pies para el cojo (v. 15), quizá metafóricamente, en el sentido de que daba buen consejo a los ignorantes y les proveía de medios para seguir adelante en sus negocios. Quebrantaba los colmillos del inicuo (v. 17), pues les hacía soltar de los dientes la presa que habían hecho al explotar al pobre. No dice que les quebrantaba el cuello, sino los dientes, pues no les quitaba la vida, sino el poder maléfico que ejercían. La ropa del magistrado le cala, pues, muy bien, mientras que al juez que no cumple con su deber, todo el ropaje que lleva sólo le sirve de reproche. Así como las ropas no pueden calentar a un muerto, así tampoco pueden hacer honorable a un malvado.
Versículos 18–25
1. Pensamientos de Job durante su prosperidad (v. 18): «Decía yo: En mi nido moriré». No preveía entonces ninguna tormenta que pudiese sacudir su nido. Por eso añadía: «Y como arena multiplicaré mis días». Aunque sabía que había de morir un día, veía muy lejano ese día. No hemos de pensar en nuestros días como en la arena que hay en la orilla del mar, sino como la de un reloj de arena, en el que la arena pasa rápidamente de arriba abajo.
2. Fundamento de estos pensamientos. No sentía dentro de sí nada que augurase la llegada de una enfermedad letal, y su fortuna y hacienda estaban bien aseguradas. Se veía a sí mismo como un árbol que no sólo profundiza y extiende bien sus raíces, sino que las lleva también hasta las aguas, por lo que está bien sustentado, así como bien sostenido. Bendecido con la grosura de la tierra y con el rocío del cielo (v. 19). Su gloria y su fuerza corporal, cuyo símbolo era el arco, se renovaban de día en día. Por otra parte, su palabra era para todos como un oráculo (vv. 21, 22), al que se ponía toda diligencia en escuchar y no había nada que añadir. En su rostro grave y sereno, una sonrisa era tan apreciada que apenas lo creían (v. 24). Él indicaba a todos el camino que habían de seguir y moraba entre ellos como un rey que, al espíritu de sabiduría, une dotes de gobernante y ternura de un padre (v. 25).
Este capítulo comienza con un melancólico «pero ahora». I. Había vivido en gran honor, pero ahora había caído en desgracia y era vilipendiado incluso por los más viles, tanto como antes había sido engrandecido incluso por los más nobles (vv. 1–14). II. Había gozado de grandes comodidades, pero ahora era una carga para sí mismo (vv. 15, 16) y estaba abrumado de pesar (vv. 28–31). III. Había disfrutado por largo tiempo de buena salud, pero ahora estaba enfermo y dolorido (vv. 17–19, 29, 30). IV. Antaño gozaba de la intimidad de Dios, pero hogaño se había cortado su comunicación con el cielo (vv. 20–22). V. Se había prometido larga vida, pero ahora la muerte llamaba a su puerta (v. 23). Una cosa, empero, le daba algún alivio: El testimonio de su conciencia de que, en medio de su prosperidad, siempre había tenido compasión del necesitado y le había tendido su mano bienhechora (vv. 24, 25).
Versículos 1–14
Job se queja aquí de la gran desgracia en que ha caído desde las alturas de su honor y de su reputación. Aduce dos circunstancias que agravan grandemente su aflicción:
1. La baja estofa de los que le afrentaban, pues se reían de él los hombres más viles y despreciables de la humanidad. Eran más jóvenes que él (v. 1), quienes deberían haberle guardado respeto por su edad y su carácter. Sus padres eran tan despreciables que no eran dignos ni siquiera de acompañar a los perros del ganado de Job en la tarea de cuidar y reunir a los rebaños. Aun siendo jóvenes, no tenían fuerza alguna (v. 2), pues sólo se habían dedicado a la vagancia. En lugar de buscar trabajo para mantenerse, preferían ir a recoger hierbas para comer y raíces de arbustos para calentarse (vv. 3, 4). La gente los arrojaba de sí (v. 5). Un haragán es una calamidad pública; pero habría sido mejor someterlos a la disciplina de un trabajo honesto que obligarles a marchar al desierto, con lo que les castigaban, pero no los reformaban. Habituados a vivir entre las fieras, se comportaban como ellas (vv. 6, 7), sin merecer ser tenidos como personas (v. 8).
2. La gravedad de las afrentas con que le afligían (v. 9): Y ahora he llegado a ser su cantinela y soy para ellos por refrán (lit.). Los forajidos a los que se ha referido antes se burlan de él tomándolo por tema de sus cánticos y de sus dichos burlescos. Desde cierta distancia, por el asco que tenían de él, le escupían (v. 10). Es difícil determinar—nota del traductor—si lo que se dice en los versículos 12 y siguientes se refiere a los mismos de antes (probablemente no) y si las expresiones son literales o metafóricas (lo cual es más probable). El populacho, o turba indisciplinada, al que alude en el versículo 12, bien podría designar a una multitud de agentes maléficos que han caído sobre Job de repente y le han causado la enfermedad y todas las molestias que padece. De esta forma han desbaratado (lit. demolido) la senda de Job (v. 13). Si se entiende de personas, significaría que le habían presentado como un tirano y opresor, a pesar de que él se había atenido siempre a las normas de la justicia y de la caridad. Quizás los amigos de Job apoyaban las censuras que proferían contra él (22:6 y ss.) en tales quejas de la plebe. Habían caído sobre él como soldados que irrumpen en la ciudad a través de un portillo que lograron abrir durante el asedio (v. 14).
3. Detrás de las causas segundas y moviendo los hilos de la trama, está la primera causa de la aflicción que Job padece (v. 11): Dios desató la cuerda de mi arco (el hebreo dice «su arco», pero está puntuado para que se lea «mi arco»); es decir, me arrebató el vigor que antes poseía, pues eso significa «soltar, o aflojar, la cuerda del arco» (comp. 12:18). Cuando la gentuza vio a Job afligido por Dios y sin fuerzas, se tomaron la libertad de decir y hacer contra él todo lo que les vino en gana. Los que hoy gritan Hosanna pueden mañana gritar Crucifícale. Pero el honor que viene de Dios no se puede perder ni alterar.
Versículos 15–31
Esta segunda parte de las quejas de Job es muy amarga.
1. Una gravísima aflicción había caído súbitamente sobre Job (v. 15) como parece expresar el original aquí y en el versículo 27. Había venido sobre él sin previo aviso, de forma que no pudo prepararse a tiempo para el día malo. El alma (mejor, la vida) se desleía en su interior (v. 16). Sus dolores le taladraban los huesos y, como roedores voraces, no le daban punto de reposo (v. 17). La piel se le había ennegrecido y se le caía (vv. 28, 30), tenía que estar apartado de la sociedad (v. 29) y su alegría de antes (comp. 21:12) se había convertido en luto (v. 31).
2. Lo peor de todo era que la fuente de su aflicción era el mismo Dios (vv. 18–23). Job estampa aquí una de las frases más fuertes que ha pronunciado contra Dios (v. 21): Te has vuelto cruel para mí». Job era injusto e ingrato al hablar así de Dios, como si el designio divino fuese destruirle completamente, en lugar de probarle. Con bellas metáforas representa a Dios persiguiéndole (v. 21) hasta darle alcance y alzarle en vilo para hacerle cabalgar en el huracán y disolverlo en la tormenta (v. 22), como un poco de estopa arrastrada y deshilachada por el fuerte viento. Esto era tanto más difícil de comprender cuanto que Job tenía motivos para demandar justicia (v. 24—versículo muy difícil de descifrar—. Nota del traductor), pues él había socorrido siempre al afligido (v. 25), pero, en lugar del bien que esperaba, le ha sobrevenido el mal (vv. 26, 27).
Los amigos de Job habían descendido a detallar los crímenes de que le acusaban, y él se descarga ahora de ellos; parece ser que se refiere especialmente a los que Elifaz había mencionado en su acusación (22:6 y ss.). I. Los pecados de los que aquí se descarga Job son: 1. Lascivia de ojos y de corazón (vv. 1– 4). 2. Fraude e injusticia en los negocios (vv. 5–8). 3. Adulterio (vv. 9–12). 4. Altivez y severidad para con sus criados (vv. 13–15). 5. Falta de compasión hacia los pobres, las viudas y los huérfanos (vv. 16– 23). 6. Confianza en sus riquezas temporales (vv. 24, 25). 7. Idolatría (vv. 26–28). 8. Venganza (vv. 29– 31). 9. Menosprecio de los pobres extranjeros (v. 32). 10. Hipocresía en encubrir sus pecados y cobardía en hacer la vista gorda ante los pecados ajenos (vv. 33, 34). 11. Abusar de los demás aprovechándose de la posición que ocupaba (vv. 38–40). II. Hacia el final, apela al juicio de Dios en defensa de su integridad personal (vv. 35–37). III. En todo esto podemos ver: 1. El sentido de la era patriarcal en cuanto al bien y el mal, y lo que ya desde tan antiguo se consideraba y condenaba como pecaminoso. 2. Un noble modelo de piedad y virtud que se nos propone para que lo imitemos.
Versículos 1–8
La concupiscencia de la carne y el amor al mundo son las dos rocas fatales en las que se estrellan las multitudes. Job atestigua aquí que siempre ha sido diligente en defenderse de ellas.
1. De la concupiscencia de la carne. No sólo se había conservado libre de cometer adulterio (v. 9), sino que había frenado sus ojos para no mirar lascivamente a ninguna mujer (v. 1): Hice un pacto con mis ojos, de no fijar mi vista en ninguna doncella. Se había comprometido, con la gracia de Dios, a no permitirse ni una mirada lasciva. Quienes deseen guardar puro el corazón deben poner severa guarda a las ventanas de los ojos, por los que entran y salen las impurezas. No lo hacía Job meramente por miedo a reproches humanos, aun cuando también esto debe entrar en consideración (Pr. 6:33), sino por temor a la ira de Dios (v. 2): «Porque, ¿qué galardón me daría desde arriba Dios …?» No sólo no tendría galardón, sino que merecería quebrantamiento y extrañamiento (v. 3. lit. calamidad y desastre). Si se traduce «extrañamiento», como hacen muchos, es un equivalente de «alienación». El pecado es una alienación, pues nos extraña de nosotros mismos (comp. Lc. 15:17—¡luego había estado «fuera de sí»!—) y de Dios (Ef. 4:18, 19). No creamos que nuestros actos pueden escapar de la mirada divina (v. 4): «¿No ve Él mis caminos y cuenta todos mis pasos?» Dios ve cuanto hacemos y dejamos de hacer y penetra hasta los más recónditos móviles de nuestra conducta.
2. También estuvo siempre en guardia contra el amor al mundo, evitó cuidadosamente todos los medios ilícitos de enriquecerse. Temía toda ganancia prohibida como temía todo placer prohibido. Nunca procedió con falsía (v. 5), esto es, nunca mintió para hacer negocio, sino que actuó siempre con nobleza, y evitó que sus pies resbalasen a cometer una injusticia (vv. 5b, 7a). El corazón no se le fue tras los ojos (v. 7b), es decir, no deseó obtener lo que vio que era propiedad de otra persona. Se guardó, pues, de la codicia de los ojos (1 Jn. 2:16). Nada manchado se pegó a sus manos. La injusticia es una mancha para el poseedor injusto y para la hacienda mal adquirida, pues estropea la belleza de ambos. Que Dios le pese con balanza justa y resplandecerá la integridad de Job (v. Pr. 16:2; 21:2; 24:12). Y, si entre sus bienes se hallase algo injustamente adquirido, Job está dispuesto a perderlo todo (v. 8): «Que otro coma lo que siembre yo, y sea arrancada mi sementera».
Versículos 9–15
Dos ejemplos más de la integridad de Job:
1. Aborrecía grandemente el pecado de adulterio. Ni de obra ni de deseo cometió tal crimen (v. 9). Ni su vista se fue tras la mujer del prójimo, ni acechó a la puerta del prójimo para ver cuándo se marchaba el marido y poder seducir a la mujer. Con solemne imprecación, desea Job que, si él cometiese tal pecado, su mujer sirva a otro como esclava (v. Éx. 11:5), y otros se acuesten (lit se encorven) con ella (v. 10). Dios castiga con frecuencia el pecado de un cónyuge con el pecado del otro; el adulterio del marido con el adulterio de la mujer. Quienes no son fieles no han de esperar fidelidad. Job sabía que el adulterio era una maldad digna de la pena capital (Dt. 22:22) y un fuego consumidor (vv. 11, 12) en más de un sentido.
2. Trataba con gran benignidad a sus criados (vv. 13–15). Supone que, de haber tenido algún pleito con ellos, siempre les habría reconocido sus derechos. Aduce dos motivos de esta conducta suya: (A) El juicio de Dios, en cuyo tribunal había de rendir cuentas (v. Ef. 6:9); (B) Su condición igualmente humana:
«El que en el vientre me hizo a mí, ¿no los hizo a ellos también?» (v. 15). Como si dijese: «Yo soy criatura de Dios lo mismo que ellos; participan de la misma naturaleza que yo y son obra de la misma mano».
Versículos 16–23
Elifaz había acusado a Job especialmente de falta de compasión hacia los pobres (22:6 y ss.). Job protesta que eso es completamente falso y sin fundamento alguno.
1. Siempre fue compasivo con los pobres y generoso con ellos, en especial con las viudas y los huérfanos, dispuesto en todo tiempo a concederles lo que deseaban y responder a sus esperanzas (v. 16). Tan padre era de los huérfanos que compartía con ellos el bocado que se comía (vv. 17, 18). Particular interés mostró en proveer de ropa a los que no tenían con qué cubrirse (v. 19), de forma que su oportuna ayuda antes de que llegasen los fríos del invierno hacía que le bendijesen los lomos del menesteroso (v. 20), es decir, «la parte del cuerpo alrededor de la cual se ciñe el vestido y que más exige estar cubierta» (Brates). Nunca usó su poder para aplastar a los que se cruzaron en su camino, a pesar de ver que le respaldaban en la puerta (v. 21), esto es, que habría podido hacerlo impunemente, por tener de su parte a los otros jueces y al común del pueblo. Sella Job esta confesión con otra imprecación: Si tal hubiese hecho (… alzando contra el huérfano su mano» (v. 21), pide que se le desprenda el brazo desde el hombro (v. 22), lo cual es mucho peor que quebrársele. Correspondería así el castigo a la culpa.
2. Los principios en los que Job se apoyaba para abstenerse de toda falta de caridad y de compasión:
(A) … Porque una destrucción (procedente) de Dios (es) un terror sobre mí» (v. 23a. lit.). Le invadía el miedo (hebreo, fajad) de que Dios le impusiera un severo castigo. (B) «Y ante su majestad (de Dios) no puedo (hacer nada)» (v. 23b. lit). Job pensaba siempre que, aunque él estuviese más alto que los pobres, hay siempre otro que está infinitamente más alto que todos nosotros (Ec. 5:8). El «miedo» o «terror» del que habla Job no era un temor servil, sino el pavor religioso que invade a cuantos tienen conciencia de la majestad gloriosa y de la purísima santidad de Dios (v. Os. 3:5; Miq. 7:17 y comp. con Is. 6:1 y ss.).
Versículos 24–32
Cuatro artículos más del testimonio de Job sobre sí mismo no sólo nos aseguran de cuál era su carácter y su conducta, sino también nos enseñan cómo debemos ser y obrar:
1. Asegura que nunca puso su corazón en los bienes de este mundo. El era hombre muy rico, pero no ponía su confianza en el oro (vv. 24, 25). Cosa difícil es poseer riquezas y no confiar en ellas; esto es lo que toma humanamente imposible para un rico el entrar en el reino de Dios (Mt. 19:23; Mr. 10:24).
2. Asegura que nunca prestó a ninguna criatura el culto de adoración que se debe a Dios únicamente; no fue jamás culpable de idolatría (vv. 26–28). Nunca dobló rodilla ante Baal (que, según algunos, representaba al sol), ni adoró al ejército de los astros. Siempre que miraba al firmamento veía, más allá del sol, de la luna y de las estrellas, al Padre de las luminarias (Stg. 1:17). No les prestaba ni el acto inferior de homenaje que consistía en enviarles, secreta y supersticiosamente, un beso con la mano (v. 27). Job veía en estas prácticas idolátricas una maldad que negaba la soberanía de Dios, un crimen de alta traición contra la majestad y la dignidad de Dios (v. 28).
3. Asegura que estaba tan lejos de hacer daño a nadie como para no desear el mal a nadie y no deleitarse en la desgracia de su peor enemigo (vv. 29, 30). En lugar de vengarse del enemigo, le daba de comer (Ro. 12:20), de modo que sus mismos criados decían (v. 31): «¿Quién puede indicar alguien que no se haya saciado de su carne?», es decir, de la carne de los rebaños de Job. Éste es el verdadero sentido del versículo 31b—nota del traductor—que el propio M. Henry entiende mal.
4. Asegura que nunca había faltado a las leyes de la hospitalidad (v. 32): «El forastero no pasaba fuera la noche; mis puertas abría al caminante». Guardaba abiertas las puertas exteriores de su casa, a fin de ver al que pasaba e invitarle a entrar, como hizo Abraham (Gn. 18:1).
Versículos 33–40
Todavía enumera Job otros tres pecados, de los cuales asegura hallarse libre de haberlos cometido:
1. Hipocresía. El pecado general del que le acusaban sus amigos era que realmente se comportaba tan mal como los demás, pero lo disimulaba. Job protesta que no era así, que él nunca había encubierto sus pecados con el silencio, o con falsas excusas, como suelen hacer los hombres (lit. como hombre, mejor que como Adán, aunque es cierto que Adán buscó muchas falsas excusas a su pecado, Gn. 3:10–12).
«¡No!—dice Job—Yo nunca palié un pecado con falsas excusas, ni escondí siquiera en mi seno mi iniquidad» (v. 33).
2. Cobardía y temor al qué dirán (v. 34). No, él no se quedaba callado por temor a nadie cuando tenía que hablar en una causa justa, ni se quedaba en casa para no verse comprometido, sino que resolvía salir por los fueros de la justicia y de la equidad, y endurecía su rostro como un pedernal. Todo el mundo lo sabía.
3. Aprovechamiento de los bienes ajenos. Job asegura, con imprecación, que no ha quitado a otros la tierra cuyos productos cosecha (vv. 38–40). Con una bella metáfora (v. 38. Comp. Hab. 2:11) dice que, si se hubiese apropiado indebidamente de la tierra, ésta clamaría llorando en todos sus surcos. Job pagaba puntualmente a los jornaleros (v. 39a) y, al contrario que Acab con Nabot, no afligía el alma de los propietarios de fincas (v. 39b). Termina Job esta porción con una imprecación y pide que, si ha faltado en alguna cosa de ésas, le sobrevenga el castigo que corresponde al pecado: que la tierra le de abrojos y espinos en lugar de trigo y cebada (v. 40).
Hacia el final de su discurso (vv. 35–37, que muchos autores opinan—nota del traductor—que constituyen el verdadero final del capítulo), Job apela al tribunal de Dios para que le haga justicia en cuanto a la verdad de todo lo que viene atestiguando. ¡Quién le diera que Dios le oyese (v. 35) y compareciese a testificar por él! Ya podría el acusador (sin duda, Dios) presentar cualquier libelo contra él. Está dispuesto a acudir al tribunal y ya desde ahora, se apresta a estampar su señal (lit.), es decir, su firma («he aquí mi firma», es la traducción apropiada de la frase del v. 35b—nota del traductor—). De esta forma se compromete Job a presentarse con su adversario, seguro de que no podrá alegar ante el tribunal ningún crimen que él haya cometido. Job, «lejos de temer ese libelo, está cierto que en él se hallaría confirmación de cuanto ha asegurado y constituiría por eso el testimonio más brillante de su inocencia. Sería, por lo tanto, una joya con la que él podría adornarse, llevándola al hombro como lleva un príncipe el emblema de su dignidad (cf. Is. 9:5; 22:22), o ceñida a su cabeza como una diadema, según imagen muy usada en los libros sapienciales (cf. Pr. 4:9; 12:4; 17:6)» (Brates).
Parece que la discusión ha llegado a su término y es el momento oportuno para que entre en escena un moderador, y Eliú es esa persona. Tenemos: I. Una breve reseña de su persona y de su parentela, de su intervención en la disputa y de los sentimientos que le animan con respecto al tema que se ventila (vv. 1– 5). II. Sus excusas por tener que intervenir en una discusión tan larga y eruditamente llevada por hombres de mucha más edad que él. Arguye, 1. Que, aun cuando no tiene la experiencia que da la edad, sí tiene la que da la inteligencia (vv. 6–10). 2. Que ha escuchado pacientemente todo lo que ellos han tenido que decir (vv. 11–13). 3. Que tiene algo nuevo que ofrecer (vv. 14–17). 4. Que su mente está llena de este tema y sería para él un alivio desembuchar lo que lleva dentro (vv. 18–20). 5. Que ha decidido hablar imparcialmente (vv. 21, 22). Aunque a Eliú le faltó tino, y aun tacto, en su intervención, sin embargo dijo tales verdades que ni Job se atrevió a replicarle ni Dios le dio ningún reproche.
Versículos 1–5
Cuando eran los viejos quienes habían estado disputando, se levanta en son de moderador un joven, como reproche por el acalorado debate que ellos habían llevado a cabo.
1. La razón por la que estaban ahora callados los amigos de Job (v. 1): «Cesaron … de responder a Job, por cuanto él era justo a sus propios ojos»; es decir, porque persistía en tenerse por inocente. No tenía ningún objeto discutir con un hombre así. Pero el juicio de estos hombres acerca de Job no era ecuánime, ya que Job era realmente justo a los ojos de Dios, no sólo a sus propios ojos.
2. Las razones por las que Eliú intervino en este punto. Elihú (lit.) significa Mi Dios es Él. Se dice que era buzita, de Buz, hijo segundo de Nacor (Gn. 22:21); y de la familia de Ram. La paráfrasis caldea lee: de la familia de Abram, suponiendo que primero se llamó Ram que significa «excelso»; después, Abram,
= «padre excelso»; y finalmente Abraham = «padre de una multitud». Pero esto no pasa de ser una suposición.
(A) Eliú intervino porque estaba enojado y pensó que tenía motivos para estarlo. Estaba enojado con Job porque pensaba que no había hablado de Dios con la debida reverencia; esto era cierto (v. 2): «Por cuanto se justificaba a sí mismo más que a Dios», es decir, había puesto mayor empeño en excusarse a sí mismo de la imputación de hipocresía al verse afligido, que de excusar a Dios de la imputación de injusticia al afligirle. Sin embargo, Eliú no condena a Job sin más, sino que pretende haber hallado razones que los tres amigos de Job no habían hallado para responderle; por eso, se había encendido su ira también contra ellos, porque no hallaban qué responder, aunque habían condenado a Job (v. 3). Como se ve, pues, Eliú quiere aparecer imparcial en su discurso.
(B) Eliú esperó pacientemente mientras los tres amigos de Job discutían con él, puesto que eran más viejos (v. 4); escuchó también a Job, y se enojó al ver que no sabían cómo responderle debidamente (v. 5). Por eso intervino cuando se acabaron las palabras de Job (31:40).
Versículos 6–14
Eliú aparece aquí:
1. Como hombre de gran modestia y humildad (v. 6): «Yo soy joven y vosotros ancianos; por tanto, he tenido miedo y he temido declararos mi opinión». Temía ser inoportuno o cometer alguna equivocación. ¡Cuánto nos conviene ser prontos para oír, tardos para hablar (Stg. 1:19), en especial cuando nuestra opinión es contraria a la de aquellos que, por su edad, experiencia y piedad, merecen de nosotros respeto y veneración! «Yo decía: Los de más edad hablarán» (v. 7). La edad y la experiencia confieren a un hombre gran ventaja en formar juicios, tanto por proveerle de mayor material en que ocupar su mente como por madurar y mejorar sus facultades. Siempre es bueno hospedarse con un discípulo antiguo (Hch. 21:16. Comp. Tit. 2:4). Eliú había prestado paciente atención a los tres amigos de Job, incluso cuando aparecían perplejos en buscar palabras (vv. 11, 12). Hemos de estar dispuestos a escuchar cosas que no nos gusten; de lo contrario, no podremos probarlo todo. Sólo los que escuchan bien pueden hablar, y sólo los que han aprendido pueden enseñar.
2. Como hombre de sentido y valentía, que sabía cuándo y cómo hablar, y cuándo y cómo guardar silencio. Aun cuando respetaba a sus amigos lo suficiente como para no interrumpirles, respetaba todavía más la verdad y la justicia (mejores amigos) como para no traicionarlos con su silencio. Como decía Aristóteles: «Amigo es Platón, pero más amiga es la verdad».
(A) El hombre es una criatura racional y, por ello, está dotado de juicio y discreción y se le debe permitir libertad de expresión cuando le llega su turno. A esto se refiere Eliú al decir: «Ciertamente hay espíritu en el hombre y el soplo del Omnipotente le hace que entienda» (v. 8, donde vemos que ruaj = espíritu y nishmat = soplo—Gn 2:7—son equivalentes por paralelismo). Viene a decir lo mismo que Job (12:3: «Pero también yo tengo entendimiento como vosotros»), pero se expresa con mayor modestia que él, con lo que da a entender que nadie tiene el monopolio de la razón: «Por tanto … Escuchadme» (v. 10). Nuestra alma es espíritu; espíritu inteligente. Tiene capacidad para descubrir y recibir la verdad, para discurrir y razonar sobre ella, y para decidir y actuar en consonancia. Este espíritu inteligente está en todos los hombres. Es el soplo del Omnipotente el que nos lo infunde.
(B) Aunque la antigüedad atribuía a la ancianidad cierta patente de sabiduría, Eliú declara que no siempre son los sabios los de mucha edad, ni los ancianos disciernen lo que es justo (v. 9). La sabiduría viene de Dios y de su Palabra, no de la edad (v. Sal. 119:99–100). ¡Ojalá los de más edad fuesen siempre sabios, pues así no harían jamás daño desde la posición de prestigio que ostentan y podrían hacer mucho bien con la sabiduría que poseerían! Tampoco el recto juicio es monopolio de la ancianidad; también los viejos pueden equivocarse y, por tanto, no han de tomar como una afrenta el que se les contradiga, sino más bien tomarlo como una fineza para ser instruidos por otros más jóvenes que ellos. «Por tanto, yo dije: Escuchadme» (v. 10). El que tiene buena vista puede ver desde el valle mucho más de lo que puede percibir el cegato desde lo alto de una montaña. «Más vale un muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos» (Ec. 4:13).
3. Era menester que alguien interviniese para poner la discusión bajo una verdadera luz: «Tengo que hablar—dice Eliú—, para que no digáis: Nosotros hemos hallado sabiduría (v. 13). No penséis que vuestros argumentos contra Job son concluyentes, como si no se le pudiese convencer y humillar con otras razones que las vuestras, pues lo refutará Dios, no el hombre (v. 13b). Si lo que sufre es por su pecado, Dios dirá la última palabra; vosotros no habéis sabido decirla».
4. Eliú piensa que tiene algo nuevo que ofrecer a la discusión: Él va a hablar con toda imparcialidad: ni Job ha presentado excusas que puedan convencer a Eliú, ni éste va a tratar de convencerle con las mismas razones que han empleado ellos (v. 14), para no ser tenido por impertinente o por apasionado.
Versículos 15–22
Eliú aduce tres razones como excusa para intervenir en este debate:
1. La escena había quedado sin actores, por lo que él se creía en la oportunidad de intervenir: «Se les fueron los razonamientos … Callaron y no respondieron más» (vv. 15, 16). El juicio pertenece a Dios, y por Él se ha de determinar quién tiene razón y quién no la tiene. Ellos ya habían expresado su opinión; él ahora va a exponer la suya.
2. Él se sentía constreñido a hablar. Estaba tan lleno de palabras (v. 18), después de haber escuchado a todos y haber reflexionado por largo tiempo, que en su interior bullían las razones como bulle el vino nuevo en los odres hasta reventarlos si no tiene respiradero (v. 19). Así que va a hablar y se desahogará (v. 20), no sólo para librarse de la presión interior, sino también para tener el placer de hacer el bien.
3. Había resuelto hablar sinceramente lo que pensaba ser justo y verdadero, no lo que fuese halagador para cualquiera de las partes (vv. 21, 22): «No haré ahora acepción de personas, ni usaré con nadie de títulos lisonjeros. Porque no sé hablar lisonjas; de otra manera, en breve mi Hacedor me consumiría». No va a ser como los jueces que se dejan sobornar por dinero o por halagos, pues el que nos creó aborrece el disimulo y la adulación y castigará los labios lisonjeros y la lengua jactanciosa (v. Sal. 12:3).
El discurso de Eliú no decepciona las esperanzas que su prefacio había suscitado. I. Pide a Job que acepte favorablemente lo que va a decir (v. 1–7). II. Le hace ver que, en el calor de la disputa, ha pronunciado palabras que daban a entender que Dios no le trataba como se merecía (vv. 8–11). III. Trata de convencerle de la necedad con que se ha portado en esto, mostrándole: 1. El soberano dominio de Dios sobre el hombre (vv. 12, 13). 2. La benevolencia con que Dios trata al hombre incluso cuando le aflige corporalmente (v. 14). «¿Por qué?—viene a decirle Eliú—Dios instruye a veces y convence a los hombres mediante tales sueños» (vv. 15–18). (B) Job se había quejado en especial de su enfermedad y de sus dolores; en cuanto a esto le muestra Eliú que, lejos de ser señales de la ira de Dios, como opinaba Job, o evidencia de que él era un hipócrita, como opinaban sus amigos, eran realmente métodos sabios y benévolos, de los que usaba la divina gracia para incrementarle la comunión con Dios y ejercitar la paciencia, la experiencia y la esperanza (vv. 19–30). Finalmente, concluye rogando a Job que le responda, si tiene razones para ello, o le permita continuar su discurso (vv. 31–33).
Versículos 1–7
Eliú no sigue con Job la misma táctica que sus amigos. Ya había declarado, en el capítulo anterior, su desagrado por la forma en que habían llevado la discusión. Por eso, dice: «Por tanto, Job, oye ahora mis razones (v. 1). Voy a ensayar un nuevo método; escucha mis palabras». Va a abrir la boca (v. 2), expresión que indica la importancia de lo que va a decir. «Mis razones declararán la sinceridad de mi corazón, serán producto genuino de mis convicciones y de mis sentimientos.» Lo que va a decir es claro y fácil de comprender: «Lo que saben mis labios, lo hablarán con claridad». A su vez, está dispuesto a escuchar lo que Job le pueda responder (v. 5): «Respóndeme, si puedes». Puesto que Job había deseado que alguien se presentase como árbitro imparcial, le dice Eliú (v. 6): «Yo no puedo presentarme ante Dios como un igual suyo, pero estoy delante de Dios en el mismo lugar que tú; de arcilla fui yo también formado». Job había presentado esto mismo a Dios como una razón para que no le tratase con dureza (10:9 «Acuérdate que como a barro me diste forma»). «Pues yo—dice Eliú—de arcilla fui también formado. Así que mi terror no te espantará» (v. 7). Si queremos convencer a alguien, hemos de hacerlo con razones, no con cañones.
Versículos 8–13
1. Eliú acusa en particular a Job de algunas expresiones que se le habían escapado con respecto a la justicia y a la bondad de Dios en el modo de tratarle (v. 8): «De cierto tú dijiste a oídos míos …». Lo había oído él lo mismo al igual que los tres amigos mayores que él. Cuando oigamos algo que tienda a deshonrar a Dios debemos dar testimonio público en contra, debemos reprender lo que se diga impropiamente a oídos nuestros. «Vosotros sois mis testigos, dice Jehová» (Is. 43:10, 12; 44:8), para confrontar a quien se le oponga. Job se había declarado inocente a sí mismo (v. 9. Véase 16:17). Es cierto que no lo había dicho con tantas palabras, pero había asegurado (27:6): «Mi justicia tengo asida y no la cederé». Sin embargo, Eliú no actuó correctamente al acusar a Job de haberse declarado limpio y sin defecto, pues esto no lo había dicho (v. 14:4), sino sólo que estaba libre de una trasgresión que mereciera tal castigo (13:23, 24). Tampoco había dicho: «Dios buscó reproches contra mí» (v. 10), aunque lo había insinuado con otras palabras.
2. Se esfuerza por convencerle de que ha hablado impropiamente al expresarse así y que debía humillarse ante Dios (v. 12): «Pues mira, en esto no has hablado justamente». Véase la diferencia entre la acusación que Eliú presenta contra Job y la que habían presentado contra él sus tres amigos: ellos no querían reconocer que fuese justo en modo alguno, pero Eliú se limita a decir:«En esto que has dicho, no has hablado justamente». En efecto, Job había dicho acertadamente muchas cosas de la grandeza de Dios, su poder irresistible, su soberanía indiscutible, su terrible majestad y su insondable inmensidad. «Ahora», dice Eliú, «considera todo lo que has dicho de la grandeza de Dios y aplícatelo a ti mismo: Mayor es Dios que el hombre (v. 12b); por tanto, mayor que tú; ve, pues, el motivo que tienes para arrepentirte de las inconsideradas frases que has pronunciado contra Él y tiembla al pensar en tu presunción». El pensamiento de que Dios es mayor que el hombre basta para silenciar todas nuestras quejas de los procedimientos de su Providencia. Él es, no sólo infinitamente sabio y poderoso, sino también infinitamente santo, justo y bueno, pues éstas son las cualidades y perfecciones trascendentes de la naturaleza divina. Así que es absurdo e irracional tratar de hallar falta en Él. Además, Dios no tiene por qué darnos cuenta de ninguna de sus acciones (v. 13) ¿Cómo podríamos nosotros, débiles, necios, pecadores, contender con un Dios de sabiduría, fuerza y santidad infinitas?
Versículos 14–18
Job se había quejado de que Dios le tenía completamente a oscuras en cuanto al modo de portarse con él, y de ahí concluía que se había vuelto enemigo suyo. «No», dice Eliú, «Él te habla, pero tú no te das cuenta; así que la falta es tuya, no de Él; Él tenía para ti designios favorables incluso en los métodos de su providencia que tú juzgas tan duramente». 1. Dios mira siempre por nuestro bien: «De una u otra manera nos habla Dios» (v. 14). Cuando no hacemos caso a un aviso suyo, nos ofrece otro. 2. Nosotros nos procuramos nuestro mal: «Pero el hombre no entiende», no se percata de que es la voz de Dios. Se tapa los oídos, mira las cosas con su propia luz y rechaza el aviso que Dios le da, al menos, por medio de su conciencia.
1. Las sazones y oportunidades para estas comunicaciones divinas (v. 15): «Por sueño, en visión nocturna, etc.», cuando los hombres se retiran del mundo y de los negocios del día. Ya lo hacía así desde antiguo a los profetas (Nm. 12:6).
Cuando los hombres se entregan al descanso y reflexionan sobre los asuntos del día o sobre los proyectos para el día siguiente, es el momento apropiado para oír la voz de la conciencia en el silencio de la noche. También los sueños—nota del traductor—nos dan bajo símbolos desde el inconsciente datos sobre el estado de nuestra personalidad y sobre peligros que nos amenazan, lo cual puede ser útil a quienes no quieren, o no pueden, tomar conciencia del estado en que se hallan.
2. El poder y la fuerza con que llegan tales comunicaciones (v. 16): «Entonces revela al oído de los hombres y les señala su consejo». Abre el corazón, como abrió el de Lidia (Hch. 16:14), y así abre también los oídos y hace que se impriman con fuerza en su corazón las instrucciones que les da para que se corrijan (v. 16b. lit. Y sella con la instrucción de ellos).
3. El objetivo de estas comunicaciones es doble: (A) Preservar del pecado a los hombres, especialmente del pecado de soberbia (v. 17): «Para quitar al hombre de su obra (se entiende, mala) y apartar del varón la soberbia»
Más de uno ha sido detenido en el camino hacia el precipicio mediante la silenciosa voz de la conciencia que le decía: «No hagas cosa tan abominable, que te puede acarrear fatales consecuencias».
«Apartar del varón la soberbia» es atacar a la raíz de amargura de la que brotan tantos pecados. (B) Librar de la ruina a los hombres (v. 18). Al apartar a los hombres del pecado, mediante los avisos de la conciencia, Dios libra su alma, es decir, su vida, de caer en la fosa (comp. con Ro. 6:23). ¡Gran misericordia es ponernos bajo los frenos de una conciencia despertada! Fieles son las heridas de tal amigo.
Versículos 19–28
Dios habla por segunda vez para convencer y atraer a los pecadores y lo hace por medio de circunstancias aflictivas y compasivas, en las que nos habla dos veces. Job se quejaba mucho de su enfermedad y de ella infería que Dios estaba enojado con él; pero Eliú le muestra que Dios aflige el cuerpo por amor, a fin de hacer bien al alma. Esta parte del discurso de Eliú nos será de gran utilidad para sacar provecho de las enfermedades por medio de las cuales Dios habla a los hombres.
1. Véase la obra que la enfermedad lleva a cabo (vv. 19 y ss.), cuando Dios la consiente con un designio determinado. (A) «Sobre su cama es corregido por el dolor.» El dolor y la enfermedad toman un lecho de plumas en lecho de espinas. Frecuentemente, cuanto más fuerte es el paciente, más fuerte es el dolor. No se queja uno de simple picor de la carne, sino del dolor profundo de los huesos; y no es sólo de un hueso, sino de todos los huesos (v. 19b). Pero, por la gracia de Dios, el dolor del cuerpo se convierte con frecuencia en un medio de favorecer al alma. (B) El enfermo pierde el apetito, lo cual es un efecto corriente de la enfermedad (v. 20): «Hace que su vida aborrezca el pan», es decir, el alimento. (C) Se convierte en un esqueleto (v. 21), con sólo la piel y los huesos. (D) Su alma se acerca al sepulcro» (v. 22). Los que le rodean, y aun él mismo, se dan cuenta de que es un moribundo. Los dolores de la muerte, llamados aquí los matadores (v. 22b. lit), están prestos para echarle mano.
2. La provisión que Dios ha designado para esta corrección, a fin de que, cuando Dios habla de esta manera al hombre, se le escuche y se le entienda (v. 23). Dichoso es tal hombre si tiene cerca de él algún elocuente mensajero muy escogido (lit. uno entre mil) que le explique el significado de la disciplina que Dios le aplica, un sabio que conozca la voz de la vara de Dios y su interpretación. El consejo y la ayuda de un buen pastor son tan necesarios y oportunos, y así deberían ser aceptados, en una enfermedad, como los de un buen médico, especialmente cuando el ministro de Dios es un experto en el arte de explicar los métodos que sigue la Providencia. Su oficio en tales ocasiones es enseñar al hombre su deber. Si el enfermo es persona piadosa, el mensajero no actuará como los amigos de Job, los cuales se empeñaban en demostrar que Job era un hipócrita y por eso le castigaba Dios, sino que le mostrará el camino del deber o, como dice literalmente el original, lo que es recto para él.
3. La favorable acogida que le dispensa Dios, si él se halla con las debidas disposiciones (v. 24). Dondequiera halla Dios un corazón bien dispuesto, le muestra su misericordia y su favor: (A) Da orden de que la muerte suelte su presa, pues lo libra de descender al sepulcro, de la muerte que es la paga del pecado (Ro. 6:23). (B) Declara la razón de dicha orden: Halló (el mensajero) redención; es decir, rescate. Este rescate—nota del traductor—es la decisión del enfermo de convertirse. Por otras Escrituras sabemos que somos rescatados por la propiciación llevada a cabo en el Calvario, pero no es ésta la significación literal del texto que comentamos.
4. Recuperación del enfermo como resultado. Cuando el paciente se vuelve penitente, este es el bendito cambio que se realiza: (A) Su cuerpo recupera la salud (v. 25). No siempre le sucede esto a un enfermo arrepentido, pero sí ocurre a veces. Y la recuperación de una enfermedad es una estupenda misericordia de Dios cuando es efecto del perdón del pecado. La recuperación puede ser tan asombrosa que el enfermo llega a obtener un grado de salud superior al de antes de la enfermedad (v. 25). (B) Pero todavía es más importante la recuperación del alma (v. 26), puesto que, en respuesta a su oración, verá con júbilo la faz de Dios, es decir, disfrutará de la íntima comunicación con Dios, que todo israelita deseaba con afán (v. Sal. 24:6; 27:8). Todos los verdaderos penitentes se alegran de que Dios les muestre de nuevo su rostro más que del disfrute de la prosperidad material (Sal. 4:6, 7).
5. De este ejemplo se puede colegir la norma general que Dios sigue al tratar con los hombres (vv. 27, 28). Así como los enfermos que se someten a la mano correctora de Dios son restaurados en el alma y, muchas veces en el cuerpo, así también todos los que de veras se arrepienten de sus pecados hallarán misericordia en el corazón de Dios. ¿Queremos conocer la naturaleza del pecado y su malignidad? Es la perversión de lo recto (v. 27b); es la cosa más injusta y menos puesta en razón, pues comporta la rebelión de la criatura contra el Creador y el dominio impuesto por la carne sobre el espíritu. ¿Qué motivos tenemos para arrepentirnos? Nos hemos desviado de lo recto (v. 27b. Lit. He pervertido la rectitud). Dios tiene tal compasión de los pecadores que, aun en el castigo, no les paga como se merecen (lit. y no me fue igualado), pues no se alegra de su ruina.
Versículos 29–33
Eliú resume lo que ha dicho, y muestra que el designio misericordioso de Dios en todas las administraciones de su disciplina a los hombres es preservarlos de la mayor miseria posible y llevarlos a la mayor dicha posible (vv. 29, 30). Les habla por medio de la conciencia, de la providencia, de sus ministros, de sus favores y de sus aflicciones. Les hace enfermar y recuperarse. ¿Por qué usa Dios de tantos y tan diversos métodos en su trato con los hombres? «Para retraer su alma del sepulcro» (v. 30). Si Job tiene todavía alguna objeción, puede exponerla (v. 32): «Si tienes razones (es decir, algo que oponer), respóndeme; habla, porque yo querría darte la razón (lit. justificarte)» Eliú estaría dispuesto a un acuerdo con Job si éste pudiera exponer una objeción fundada. Si no (v. 33), ha de callarse mientras Eliú continúa enseñándole la justicia de Dios en su actuación con los hombres; así se aprende la verdadera sabiduría.
Es probable que Eliú hiciese una pausa por ver si Job tenía algo que alegar, pero al quedar éste en silencio, Eliú prosigue su discurso. I. Se dirige ahora no sólo a él, sino también a los que les acompañaban (vv. 2–4). II. Acusa a Job de algunas otras expresiones que se le habían escapado (vv. 5–9). III. Trata de convencerle de que ha hablado impropiamente y le muestra: 1. La justicia incontestable de Dios (vv. 10– 12, 17, 19, 23); 2. Su dominio soberano (vv. 13–15); 3. Su poder omnímodo (vv. 20, 24). 4. Su
omnisciencia (vv. 21, 22, 25); 5. Su severidad con los pecadores (vv. 26–28); 6. Su providencia que todo lo gobierna (vv. 29, 30). IV. Le enseña cómo debería hablar (vv. 31, 32). V. Finalmente, deja todo el asunto al juicio de la conciencia de Job y concluye con un fuerte reproche por el descontento que Job está mostrando (vv. 33–37).
Todo esto lo recibió Job, no sólo con paciencia, sino con benevolencia, puesto que, mientras los demás amigos le habían acusado de cosas acerca de las cuales tenía la conciencia tranquila, Eliú le acusaba solamente de aquello que su propia conciencia comenzaba, es probable, a reprocharle.
Versículos 1–9
1. Eliú se dirige a los oyentes y trata de ganarse su atención y aprobación. (A) Los llama sabios y doctos (v. 2). Es una bendición hablar con personas que tienen sentido común y discernimiento. Eliú era de diferente opinión que ellos; sin embargo, les llama sabios y doctos. (B) Apela al juicio de ellos para que consideren el asunto (v. 3): Porque el oído del hombre juicioso discierne las palabras, para ver si lo que dice está bien o mal, del mismo modo que el paladar gusta, discierne el sabor de lo que uno come.
(C) Les invita a participar con él en el examen y discusión de este asunto (v. 4). No pretende ser un dictador dogmático, sino que viene a decir: «Vamos a dejar a un lado toda animosidad y prejuicio y escojamos lo que es justo, y reconozcamos, al comparar recíprocamente nuestras razones, lo que es bueno y lo que no lo es».
2. Acusa a Job de algunas frases que ha pronunciado llevado de la pasión, las cuales afectaban al gobierno de Dios.
(A) Repite las palabras que Job había pronunciado, según él las recordaba. Job había dicho (v. 5): «Yo soy justo» (v. 33:9, comp. con 9:17, 21) y, cuando se le había urgido a confesar su culpabilidad, había insistido (v. 6): «¿Se me ha de tener por mentiroso teniendo yo razón? Incurable (Bit.) es mi herida, mortal de necesidad, sin haber hecho yo transgresión» (comp. 16:16, 17). Había llegado a decir que de nada aprovechaba el servir a Dios (v. 9). Esto lo deduce Eliú como opinión de Job, basado en una insinuación (9:22): «Al perfecto y al impío Él los consume», lo cual encierra cierta verdad, pues a todos acontecen las mismas calamidades temporales, pero dicha verdad estaba mal expresada. Job recibió en silencio el reproche sin querer excusarse, por lo que el Sr. Caryl observa que las personas buenas se expresan a veces peor de lo que quieren y, por eso, prefieren soportar mayor reproche que el que merecen, más bien que excusarse cuando han dicho o hecho algo que realmente era impropio.
(B) Acusa a Job de insolencia (v. 7): «¿Qué hombre hay como Job, que se bebe la insolencia como agua …?» Con sus expresiones poco apropiadas, Job se hacía digno de reproche y de que otros se burlasen de él. Sigue diciendo de Job (v. 8): «Y va en compañía de los que hacen iniquidad, etc.» No quiere decir que la conducta de Job sea como la de los impíos, sino que, en la forma en que se expresaba, iba en favor de ellos y venía a confirmar la opinión que ellos tenían de Dios y de la religión. Con todo— nota del traductor—, Eliú exagera aquí algún tanto las tintas. Dice Brates: «Elihú juzga de las palabras de Job según lo que ellas expresan, por más que en la mente de Job no tuvieran mal sentido».
Versículos 10–15
El objetivo del discurso de Eliú era que Job tuviese paciencia en su aflicción, pues Dios no le hacía ningún perjuicio con ella, sino que era para su provecho espiritual.
En estos versículos, vuelve Eliú a dirigirse a todos los oyentes (v. 10): «Por tanto, varones de inteligencia (lit. corazón), oídme»: El Dios justo nunca perjudica a ninguna de sus criaturas, sino que su conducta es siempre ecuánime y recta; la nuestra no lo es.
1. Esta verdad queda expresada aquí enfáticamente, tanto en forma negativa como positiva (vv. 10– 12): lejos están de Él la impiedad y la iniquidad (v. 10), pues no son compatibles con su naturaleza; por ello, Dios no hace injusticias ni pervierte el derecho (v. 12). Aunque es Omnipotente, nunca usa su poder al servicio de la injusticia. Es Shadday = el Dios Todosuficiente y, por eso, no puede ser tentado por el mal (Stg. 1:13), sino que paga al hombre según su obra (v. 11).
2. Esto lo afirma Eliú fervorosamente: (A) Bien seguro de su verdad (v. 12): «Sí, por cierto» (B) Aborreciendo aun el pensamiento de lo contrario (v. 10): «¡Lejos esté de Dios la impiedad, etc.!» Eliú rechaza esta idea con la mayor indignación, como lo da a entender la partícula hebrea jalilah = «lejos de, de ninguna manera», con la que los traductores del Nuevo Testamento al hebreo han vertido la expresión griega de S. Pablo «me génoito» («¡En ninguna manera!»—lit. «¡no sea así»—Véase por ej. Ro. 6:2, 15; 7:7, 13). Como si dijese: «¡Y lejos esté de nosotros el imaginar tal cosa!»
3. Lo prueba hasta la evidencia con dos argumentos: (A) Por la absoluta soberanía de Dios (v. 13):
«¿Quién le ha encomendado a Él la tierra?» Dios no obra por delegación de otra persona, sino que es el Soberano absoluto del universo entero; (B) Por su poder irresistible (vv. 14, 15): Si Dios determinase retraer su aliento, todo ser viviente, incluido el hombre, volvería al polvo.
Versículos 16–30
Eliú se dirige más personalmente a Job y le dice que:
1. A Dios no hay que discutirle por cualquier cosa que haga (v. 17): «¿Gobernará el que aborrece el derecho?» El Dios justo ama de tal modo la justicia que, en comparación con Él, Job mismo, por muy cabal e íntegro que sea, puede decirse que aborrece el derecho. ¿Y pretenderá él instruir o corregir a Dios? «¿Y condenarás tú al que es tan justo?» No, en Dios no cabe parcialidad ni favoritismo (vv. 18, 19), pues Él ha creado al rico lo mismo que al pobre y, por tanto, es apropiado que gobierne sobre ambos, pues sobre ninguno de ellos tiene preferencia. ¿O quién le dio a Él primero, para que le fuese recompensado? (Ro. 11:35). Ni el rico ha de pensar que lo va a pasar mejor por su riqueza, ni el pobre que lo va a pasar peor por su pobreza. Una causa injusta no ha de prometerse prosperidad, y una causa justa no ha de morir por inanición.
2. A Dios hay que reconocerle y sometérsele en todo lo que haga. Eliú sugiere diversas consideraciones a Job, a fin de que conciba altos y grandes pensamientos acerca de Dios y persuadirle así a que se someta y no continúe discutiendo con Dios.
(A) Dios es todopoderoso y capaz de habérselas con el más fuerte de los hombres cuando entre en juicio con él (v. 20). Incluso el pueblo, el cuerpo entero de una nación, por muy numerosa que sea su población, desaparecerá de improviso; aun el más robusto será quitado sin que intervengan manos humanas. Ya pueden ser muchos los robustos, pues serán igualmente depuestos y sustituidos por otros (v. 24).
(B) Dios es omnisciente y puede descubrir lo más secreto. Así como no puede resistirle el más fuerte, tampoco puede escaparse de su vista el más sutil; por consiguiente, si algunos son castigados más o menos de lo que a nosotros nos parece que deberían ser castigados, es preciso que, en lugar de pendenciar con Dios, atribuyamos el hecho a algún motivo secreto que sólo Dios conoce. Todo está abierto ante sus ojos (v. 21): «Los ojos de Dios vigilan sobre los caminos del hombre, etc.». Y no hay lugar tan remoto o tan oscuro donde no puedan penetrar los ojos de Dios (v. 22): «No hay tinieblas ni sombra de muerte donde se escondan los que hacen maldad». Los obradores de maldad pueden encontrar medios de esconderse de la vista de los hombres, pero no de la vista de Dios: Él conoce, y puede hacer conocer, las obras de ellos (v. 25); no sólo conoce lo que hacen, sino también lo que intentan hacer.
(C) Dios es infinitamente justo y recto; «no apremia, pues, Él al hombre más de lo justo» (v. 23). Así como no castiga al inocente, tampoco exige a los culpables más de lo que sus iniquidades merecen; y de la proporción entre el pecado y el castigo la Sabiduría Infinita será el juez. Por tanto, Job era de reprender por sus quejas contra Dios. Los poderosos que abusaron de su poder contra los pobres e indefensos (v. 28), fueron así rebeldes contra Dios, pues «se apartaron de Él y no consideraron ninguno de sus caminos (de Dios)» (v. 27): no hicieron caso ni de sus preceptos ni de su Providencia, sino que vivieron sin Dios en el mundo.
(D) Dios ejerce un dominio incontrolable sobre todos los asuntos de los hombres y gobierna de tal manera cuanto concierne a comunidades y personas que, así como no puede frustrarse lo que Él intenta, así tampoco puede cambiarse lo que hace (v. 29). Las amenazas del mundo entero no pueden turbar a quienes Dios favorece con sus sonrisas: Si Él da reposo, ¿quién inquietará? Si Dios concede paz exterior a una nación, Él puede también guardar lo que da; y si concede paz interior a una persona, ni las acusaciones de Satanás, ni las aflicciones del presente siglo, ni la presencia de la muerte misma, pueden turbar esa paz (Fil. 4:7). En cambio, si esconde su rostro con desagrado y retira los consuelos de su gracia, ¿quién lo podrá ver?
(E) Dios es infinitamente sabio y se preocupa del bien público; por ello, provee para que no reine el hombre impío ni enrede en sus mallas al pueblo (v. 30). Los impíos, cuando llegan al poder, oprimen al pueblo; muchas veces, bajo capa de religión y de protección del orden público. Pero se equivocaba Eliú al decir que Dios impide que reinen tales hombres. Reinan; con frecuencia, por largo tiempo; y hasta mueren en paz.
Versículos 31–37
1. Eliú instruye ahora a Job sobre lo que debería decir en su aflicción (vv. 31, 32). En general, desearía que se arrepintiese de las expresiones que ha pronunciado. Los otros amigos de Job querían a todo trance que Job se confesase malvado, con lo que se pasaron de la raya, pero Eliú quiere obligarle únicamente a que reconozca que ha hablado neciamente (v. 35). (A) Job debe humillarse a sí mismo delante de Dios por sus pecados, y reconocer que justamente lleva el castigo (v. 31, que, como el 32, ha de leerse con interrogación:«¿Ha dicho (éste) a Dios: He llevado (castigo), no ofenderé (más)?»). Hay muchos que son castigados, pero no llevan bien el castigo, por lo que no lo llevan en modo alguno. Los que se arrepienten sinceramente han de tomar a gusto todo lo que Dios da y hace, y soportar el castigo como una operación medicinal destinada a hacerles bien. (B) Job debe orar a Dios para que le descubra los pecados que ha cometido (v. 32).
(C) También ha de prometer reformarse (vv. 31, 32): «No ofenderé más … no lo haré más». Todo lo que Dios nos descubra que hemos hecho mal, hemos de prometer evitarlo en lo futuro con la gracia de Dios.
2. Razona con Job respecto al descontento que expresa en medio de su aflicción (v. 33). Estamos inclinados a pensar que todo debería sucedernos conforme lo deseamos; pero Eliú muestra aquí cuán absurdo y fuera de razón es esperar eso: «¿Acaso ha de retribuirnos conforme a lo que tú le dictes?» ¡No!
¿Qué motivo hay para ello?
3. Apela a toda persona inteligente para que diga si es que no hay pecado y necedad en lo que Job ha dicho (v. 36): «Deseo yo que Job sea examinado a fondo, etc.». Apela Eliú a Dios y a los hombres, y desea que tanto Dios como los hombres den su veredicto sobre ello.
Como Job continúa callado, Eliú trata por tercera vez de mostrarle que ha hablado neciamente y debe retractarse. I. Ha presentado la piedad como cosa inútil, y Eliú trata de convencerle de lo contario (vv. 1– 8). II. Se ha quejado de que Dios se hace el sordo a los clamores de los oprimidos (vv. 9–13). III. Ha desesperado de que Dios vuelva a otorgarle su favor, puesto que lo difiere tanto, pero Eliú le muestra la verdadera causa de la tardanza (vv. 14–16).
Versículos 1–8
1. Las malas expresiones de las que acusa Eliú a Job (vv. 2, 3). En realidad, Job no había proferido las expresiones que Eliú le atribuye, pero todo el tono de los caps. 29, 30 y 31 da a entender que Job pensaba tener de la justicia retributiva una opinión más justa que la de Dios (éste es el sentido del v. 2). Las expresiones del v. 3 habían sido proferidas por cierto, por los impíos (21:15) y por Elifaz (22:2) respectivamente.
2. La respuesta que Eliú da a Job en este punto: (A) Es cierta en su sustancia (vv. 5–8): Dios es soberano y está tan por encima de nosotros que no le afectan íntimamente las cosas buenas o malas que hagamos. Es de notar, sin embargo—nota del traductor—, que Eliú se refiere aquí a las obras que afectan directamente a nuestro prójimo, como se ve por el v. 8. (B) Es inoportuna en cuanto su aplicación, puesto que no iba a la raíz del problema: ¿Cómo puede un hombre, siendo cabal e íntegro, ser castigado por Dios? En esto, Eliú comete el mismo error que los otros tres amigos de Job.
Versículos 9–13
Eliú responde ahora a otra expresión de Job (24:12) de que Dios no escucha los clamores de los oprimidos.
1. «Esto es cierto», viene a decir Eliú (v. 9): «Verdad es que a causa de la multitud de las violencias claman los hombres, etc.». Pero Eliú da la razón de esta aparente indiferencia por parte de Dios: Piden y no reciben porque piden mal (Stg. 4:3). «Se lamentan bajo la opresión de los poderosos» (v. 9b). Es el clamor del oprimido, pero no del arrepentido; un grito de la naturaleza, no de la gracia.
(A) En efecto, no buscan a Dios (v. 10): «Ninguno dice: ¿Dónde está Dios mi Hacedor?» Dios nos ha creado y a Él hemos de buscar, procurando ponernos a bien con Él. Hemos de preguntar: «¿Dónde está, para adorarle?» (Mt. 2:2). Pero muchos sólo claman por su salud, su libertad, su placer.
(B) Esos no quieren percatarse de los favores que han recibido, y reciben de Dios, el cual da cánticos en la noche (v. 10b), es decir, hace que se lleven con gozo las adversidades en la espera iluminada del alborear de la liberación, pues Dios es fiel a sus promesas. Además, Dios nos ha investido de facultades y poderes muy superiores a los de las bestias (v. 11). Éstas mueren con pena y sin gloria, pero nosotros sabemos que nos espera una eternidad feliz si estamos a bien con Dios, y que los que matan el cuerpo no pueden hacer daño a nuestro espíritu. Los animales tienen admirables instintos, pero no tienen capacidad para inquirir: «¿Dónde está Dios?» Por consiguiente, si los oprimidos claman solamente por la opresión que padecen, no hacen más que los brutos animales, que también se quejan cuando se les hace daño. Dios puede aliviar a los animales porque claman conforme al instinto (38:41; Sal. 104:21), pero ¿qué razón tienen los hombres para esperar alivio cuando están dotados de razón con la que pueden buscar a su Hacedor y no lo hacen? No pueden, pues, esperar que Dios les oiga (vv. 12, 13), ya que su clamor es un grito vacío. No hay verdadera oración sin humildad, y éstos están llenos de soberbia (v. 12. Comp. con Sal. 66:18; Is. 1:15).
(C) Así pues, la cosa está clara: si clamamos a Dios para que nos libre de la opresión o de la aflicción que padecemos, y no nos responde, el motivo no es que la mano de Dios se haya acortado para salvar o que se haya endurecido su oído para oír, sino que nuestras iniquidades han hecho separación entre nosotros y nuestro Dios (Is. 59:1, 2). Si la aflicción continúa es porque todavía no ha surtido su efecto: no nos hemos humillado bastante y, por consiguiente, hemos de dar gracias a Dios de que continúe.
Versículos 14–16
1. Eliú aplica ahora a Job lo que acaba de exponer en general: Si Dios parece hacerse el sordo a las quejas de Job (v. 14) y, en cambio, no castiga prontamente al impío (v. 15), Job debe humillarse delante de Dios y arrepentirse de veras, en lugar de abrir la boca para decir necedades (v. 16).
(A) Eliú reprende a Job por otra expresión impropia (v. 14): «… dices que no le ves» (v. 9:11). Como si dijese: «Te quejas de que no entiendes el modo de obrar de Dios contigo». Cuando estaba en prosperidad, Job pensaba que la montaña de bendiciones no se iba a rebajar nunca; ahora que estaba en aflicción, pensaba que el valle de adversidad no se iba a rellenar jamás; pero no por eso había de concluir que mañana ha de ser como hoy, pues las circunstancias suelen variar de modo asombroso.
(B) Eliú responde a la queja de Job diciéndole: (a) «La causa está delante de Él (Dios) y tú debes esperar» (v. 14b. Traducción más probable y en boca de Eliú, no de Job). Como si dijese: «Él sabe lo que hace y lo que tiene que hacer, todo lo hace con sabiduría, justicia y bondad; por ello, ¡confía en Él, depende de Él y ten por seguro que, al final, todo saldrá bien!» «Jehová es un Dios de justicia; dichosos cuantos esperan en Él» (Is. 30:18).
(C) Eliú concluye (v. 16) que Job ha abierto su boca vanamente, es decir, para decir vaciedades, cosas sin razón ni base, puesto que no confía en Dios ni espera en Él. El hombre que desconfía de Dios y duda, no ha de pensar que recibirá cosa alguna del Señor (Stg. 1:7). Como vemos, Eliú no acusa a Job de hipocresía como lo habían hecho los tres amigos, sino que le condena por un pecado semejante al de Moisés, cuando habló inconsideradamente y dudó (v. Nm. 20:10).
Después de reprender a Job por algunas de sus inconsideradas frases, Eliú aduce muchas razones, basadas en la sabiduría y en la justicia de Dios, en el interés que tiene en su pueblo y, especialmente, en su grandeza y en su poder omnímodo; intenta así persuadirle a que se someta a la mano de Dios. I. Introducción de este nuevo discurso (vv. 2–4). II. La relación que da de los métodos de la providencia de Dios concerniente a los hombres conforme a la forma en que éstos se comportan (vv. 5–15). III. La fiel advertencia y el buen consejo que da a Job a la vista de tales verdades (vv. 16–21). IV. La omnipotencia de Dios, por lo que todos deberíamos someternos a los procedimientos de su providencia con respecto a nosotros (vv. 22–33)
Versículos 1–4
Una vez más pide Eliú a los oyentes y, especialmente, a Job que le escuchen con paciencia. Para ello apela:
1. A que defiende una causa justa y está ocupándose de un tema noble y muy provechoso (v. 2):
«Todavía tengo razones en defensa de Dios».
2. A que tiene algo bueno que ofrecer (v. 3): «Traeré mi saber desde lejos». Como si dijese: «Voy a traer mis enseñanzas desde lugar muy alto, de la sabiduría de Dios, y desde muy profundo, desde los principios fundamentales en los que se asienta la verdadera sabiduría». Merece la pena ir lejos para alcanzar el verdadero conocimiento de Dios, aunque hayamos de viajar mucho o excavar hondo, pues el resultado recompensará con creces nuestros esfuerzos.
Y añade Eliú (v. 4): «Porque de cierto no son mentira mis palabras. Contigo está uno que tiene perfecto conocimiento. El que conoce bien el asunto está razonando contigo. Por tanto, préstale atención, pues habla para tu bien».
Versículos 5–14
Al hablar en nombre de Dios, Eliú muestra que las disposiciones de la Providencia están de acuerdo con las normas eternas de equidad. Dios actúa como gobernador justo, porque:
1. No piensa que se rebaja por tener consideración con el más vil de sus súbditos (v. 5): «He aquí que Dios es grande, pero no desestima a nadie». Pensaba Job que su persona y su causa no obtenían de Dios la consideración debida, ya que Dios no se aparecía inmediatamente a favor suyo. «¡No!», dice Eliú,
«Dios no desestima a nadie», lo cual es una buena razón para que también nosotros prestemos el debido honor a todos los hombres.
2. No tiene miramientos con los potentados si son malvados (v. 6): «No otorgará vida al impío». Aunque la vida del malvado se prolongue, no es porque disfrute de un cuidado especial de la providencia divina, sino por causas naturales.
3. Está siempre dispuesto a defender la causa de los oprimidos (v. 6b); si los hombres no defienden los derechos de los pobres, Dios sí que los defiende.
4. Cuida y protege especialmente a sus buenos súbditos (v. 7). No sólo los mira, sino que no aparta de ellos sus ojos. Aunque ellos se vean a veces menospreciados y olvidados de los hombres, los ojos amorosos y compasivos de su Padre Celestial nunca se apartan de ellos:
(A) A veces, los pone en lugares de honor y poder: «Como reyes los pondrá en trono para siempre» (v. 7b). Las gavillas de los demás se han de inclinar ante las de ellos, como en el caso de José y sus hermanos. «Con el éxito de los justos la ciudad se alegra» (Pr. 11:10). El favor que Dios les otorga, no sólo es una bendición para ellos mismos, sino también para el bien común.
(B) Si alguna vez les aflige es para su bien (vv. 8–10). «Cuando los ata con cadenas», como José en la cárcel, o «los aprisiona en las cuerdas de aflicción» (v. 8), confinándolos al lecho del dolor o a la necesidad pecuniaria, es para beneficio de su alma. Tres cosas intenta Dios con la aflicción: (a) Descubrirnos los pecados pasados (v. 9): «Es para darles a conocer la obra de ellos, etc.». El pecado es obra nuestra. (b) Disponer nuestro corazón a escuchar la instrucción de Dios (v. 10): «Despierta además el oído de ellos para su corrección». Dios instruye al que corrige (Sal. 94:12), y la aflicción dispone a los hombres a aprender y ablanda la cera para que reciba mejor la impresión del cuño; no es que lo haga por sí misma, sino como instrumento de la gracia de Dios. (c) Apartarnos del mal en lo sucesivo.
(C) Si la aflicción lleva a cabo su obra para la que fue enviada, Dios les visita de nuevo con sus consuelos, conforme al tiempo en que les afligió (v. 11). Si servimos a Dios fielmente, (a) Tenemos promesa de prosperidad exterior en la vida presente, con sus consiguientes consuelos en la medida que conviene para la gloria de Dios y para nuestro propio bien; ¿qué más puede desear uno? (b) Tenemos posesión de placeres internos, el consuelo de la comunión con Dios y de una buena conciencia, y la gran paz de que disfrutan los que aman la ley de Dios.
(D) Si la aflicción no lleva a cabo su obra, han de esperar que el fuego consumidor haga la suya, si no la hizo el fuego refinador, puesto que, cuando Dios juzgue, prevalecerá.
5. Trae la ruina sobre los hipócritas, pues son los enemigos del reino de Dios (v. 12): «Pero si no obedecen, serán pasados a espada, etc.». Cuando en vez de ablandarse con la aflicción, se endurecen más, «y no claman a Él ni aun cuando Él los castiga (v. 13), Dios castiga el orgullo de ellos, acortándoles la vida como se hace con los que se dedican a la sodomía en los templos de los paganos (v. 14).
Versículos 15–23
Eliú se dirige ahora más en particular a Job. Le dice:
1. Lo que Dios habría hecho por él, si él se hubiese humillado bajo la presente aflicción (v. 15): «Al pobre en espíritu, al que es de corazón contrito y humillado, Dios le mira con ternura y, a través de la aflicción, despertará su oído, para aleccionarle y traerle al buen camino: al camino del deber y, con ello al camino del gozo y de la paz. Si tú te sometieses a la voluntad de Dios, la libertad y la abundancia te habrían sido restauradas con creces». (A) «Disfrutarías de libertad y seguridad, pues te sacaría de la boca de la angustia, de la estrechura en que la aflicción te pone, a lugar espacioso, libre de todo apuro, a las anchuras del gozo, pues te verías libre, sano y salvo» (v. 16a). (B) «Además disfrutarías de toda abundancia; en lugar de la pobreza presente, podrías abastecer tu mesa de pingües manjares; Dios te prepararía mesa llena de grosura (v. 16b).
2. El reproche que merece por ser sabio en su propia opinión, a costa de falsear el derecho y la justicia (v. 17): «Mas tú estás lleno del juicio del impío»; es decir: «Seas como seas, lo cierto es que en este asunto te has comportado como un malvado, que defrauda de su derecho al oprimido». Nota del traductor: El texto de los versículos 16–20 nos ha llegado muy deteriorado. La traducción más probable del versículo 17b, según el texto hebreo actual, es: «El juicio y la justicia echarán mano (de ti)» (lit.). Así lo entiende también M. Henry, conforme a la Versión Autorizada inglesa.
3. Le advierte que no persista en su perversidad (v. 18), «por cuanto hay ira» (es decir, «porque Dios es un gobernador justo, ya que tienes razón para temer que estás expuesto al desagrado de Dios), por eso, ten cuidado no sea que te seduzca con Su burla, es decir, con un golpe que te deje avergonzado, sino sé lo bastante prudente para hacer las paces con Él rápidamente, y así se volverá de ti su ira. De nada te serviría el dinero, pues no podrías comprar el perdón con oro ni plata; ni el rescate más abundante podría librarte. Aun cuando todas las fuerzas de tu poder (v. 19) estuviesen en tu mano, aunque pudieras reunir numerosos siervos y vasallos para defenderte de Él, de nada te serviría toda tu opulencia. Tampoco tienes escape escondiéndote (v. 20): No anheles la noche, cuando la gente desaparece en sus lugares. La noche favorece una retirada de las fuerzas derrotadas cubriéndolas con la oscuridad, pero tú no puedes escapar de Dios, porque, para Dios, la noche es tan luminosa como el día (Sal. 139:11, 12). Guárdate (v. 21), no te vuelvas hacia la iniquidad, aunque la eligieras a causa de tu aflicción. Y no te empeñes en dar lecciones a Dios (v. 22): Mira que Dios es excelso en poder, es decir, tiene fuerza para derribar a quien le plazca y, por tanto, no te conviene contender con Él. También es un maestro sin par: «¿Qué enseñador será semejante a Él?» Es absurdo que pretendamos enseñar a quien es la fuente de la luz, de la verdad, del conocimiento y de la sabiduría (v. 21:22). ¿Sacaremos un candil para iluminar al sol? Al exaltar a Dios como gobernador, le alaba como a maestro, porque los gobernantes deben enseñar. Dios nos enseña por medio de la Biblia, que es el mejor libro, y por medio de su Hijo, que es el mejor Maestro.
Versículos 24–33
Eliú se esfuerza aquí por sugerir a Job grandes y altos pensamientos acerca de Dios y persuadirle, de este modo, a que se someta con gozo a los designios de la Providencia.
1. Muestra la obra de Dios en general (v. 24). Dios no hace nada vil ni despreciable. Sus obras visibles, que son las de la naturaleza, son dignas de nuestra admiración y alabanza; en ellas observamos la sabiduría, el poder y la bondad de Dios; por tanto, no debemos hallar falta en lo que Él dispone acerca de nosotros. Miremos a donde miremos, tendremos que decir: «Esto es obra de Dios: Éste es el dedo de Dios» (Éx. 8:19). Todos pueden ver, al mirar el cielo con sus luminarias, y al mirar la tierra con sus productos, la obra del Omnipotente. Ya usemos el telescopio o el microscopio, todo lo que vemos es maravilloso (vv. 24, 25). El eterno poder y la divinidad del Creador se hacen claramente visibles … y se entienden por medio de las cosas hechas (Ro. 1:20). La belleza y la excelencia de las obras de Dios, y la perfecta armonía que reina entre ellas, nos deben llevar a engrandecerle y alabarle.
2. Presenta a Dios, el autor de todo ello, como infinito e inescrutable (v. 26). Las corrientes del ser, del poder y de la perfección habrían de conducirnos hasta la fuente, para ver cuán grande es Dios, tanto que nosotros no le podemos comprender. Sabemos que es, pero no sabemos qué es. Sabemos lo que no es, pero no lo que es; conocemos en parte, sin llegar jamás a comprenderle del todo; no se puede escrutar el número de sus años, porque no lo tiene; es eterno. Es un Ser sin principio, ni fin, ni sucesión, que siempre fue, es, y será el mismo: el gran YO SOY (Éx. 3:14). Esta es una buena razón para no pretender dictarle lo que ha de hacer ni contender con Él.
3. Expone algunos ejemplos de la sabiduría, del poder y del dominio soberano de Dios, y comienza en este capítulo por las nubes y la lluvia que desciende de ellas. No necesitamos aguzar la crítica al examinar la fraseología o las bases científicas de este discurso, pues el objetivo de todo él es mostrar la infinita grandeza de Dios como Supremo Hacedor y Gobernador de todas las criaturas, que tiene todo poder en el cielo y en la tierra (al que, por tanto, debemos, con toda humildad y reverencia, adorar y honrar, así como hablar bien de Él) y que es una presunción de nuestra parte prescribirle las normas y los métodos de su providencia especial con respecto a los hombres. Para impresionar a Job con la idea de la sublimidad y soberanía de Dios, ya le había exhortado a mirar a las nubes (35:5). Ahora le dice que considere las nubes:
(A) Como fuentes de este mundo de abajo, las nubes destilan su tesoro de humedad. Si el cielo se vuelve de bronce, la tierra se vuelve de hierro. De ahí la promesa (Os. 2:21): «Yo responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra». Toda buena dádiva viene de arriba (Stg. 1:17), del Padre de las luminarias, que es también el Padre de la lluvia. Aquí (v. 28) se dice de las nubes que destilan … sobre los hombres, ya que, aun cuando Dios hace llover también sobre el desierto, donde no habita el hombre (38:26) y sobre las bestias del campo (Sal. 104:11), el principal objetivo de la lluvia es favorecer al hombre, a quien las criaturas inferiores están destinadas a servir. Dios hace llover sobre justos e injustos (Mt. 5:45). Al llover, Dios va soltando las gotas de las aguas (v. 27), poco a poco, no en cataratas, como cuando se abrieron las ventanas de los cielos en el Diluvio (Gn. 7–11). Con la misma agua con la que antaño inundó y ahogó la tierra, ahora la riega mansamente. Aunque el agua cae en gotas (v. 27), forma abundantes chaparrones (v. 28) y, por eso, se llama el río de Dios, lleno de aguas (Sal. 65:9). Destilan sobre la tierra la cantidad de agua equivalente al vapor que atraen del mar (v. 27b). Así pues, el cielo otorga su favor a la tierra sin recibir de ella nada a cambio.
(B) Como sombras para el mundo de arriba, las nubes oscurecen el cielo (v. 29): «¿Quién podrá comprender la extensión de las nubes?» ¿Y vamos a pretender nosotros comprender las razones y los métodos de los procedimientos judiciales de Dios con los hombres, cuyos caracteres y casos son tantos y tan variados? Por la interposición de las nubes entre nosotros y el sol, salimos favorecidos, pues nos sirven como de gran sombrilla para protegernos de los ardientes rayos del sol. Una nube de rocío en el calor de la siega representa un gran refrigerio para el segador (Is. 18:4). Otras veces, oscurecen tanto el cielo que parecen fruncir el entrecejo contra nosotros; por eso, el pecado es comparado a una nube (Is. 44:22), porque se interpone entre nosotros y la luz del rostro de Dios. Pero aunque las nubes oscurezcan el sol por algún tiempo y destilen la lluvia, quedan como fatigadas por el esfuerzo, y Dios vuelve a extender la luz del sol, como antes extendió la luz de los relámpagos (v. 30a).
Continúa Eliú exaltando el maravilloso poder de Dios en los meteoros y cambios del tiempo; si, en medio de tales cambios, aceptamos el tiempo que haga y sacamos de él el mejor partido posible, ¿por qué no habremos de hacer lo mismo en los cambios que sufrimos en nuestra condición? Eliú señala la mano de Dios: I. En el trueno y el relámpago (vv. 2–5). II. En el hielo, la nieve, la lluvia y el viento (vv. 6–13).
III. Reta a Job a que explique los fenómenos de estas obras de la naturaleza, a fin de que, al confesar su ignorancia acerca de ellos, pueda reconocerse como juez incompetente en los procedimientos de la providencia divina (vv. 14–22). Entonces, IV. Concluye con el repetido principio de que Dios es grande y debe ser grandemente reverenciado (vv. 23, 24).
Versículos 1–5
El trueno y el relámpago son manifestaciones notorias de la gloria y la majestad del Dios Omnipotente. Con ellos, Dios no se deja a sí mismo sin testimonio (Hch. 14:17), lo mismo que con la lluvia y las estaciones fructíferas del año. Es muy probable que, mientras Eliú decía estas cosas, estuviese tronando y relampagueando, pues habla de estos fenómenos como cosa presente; y puesto que Dios se disponía a hablar (38:1 y ss.), eran, lo mismo que en el monte Sinaí, como apropiado prefacio para demandar atención y reverencia. Eliú mismo estaba afectado, y deseaba afectar a Job, con la aparición de la gloria de Dios en el trueno y el relámpago. «Por mi parte, dice Eliú, se estremece mi corazón y comienza a palpitar tan fuerte que salta de su lugar» (v. 1). Llama Eliú la atención de Job, y de los demás presentes, para que observen los fenómenos que ocurren (v. 2): «Oíd atentamente el estrépito de su voz, etc.». Para percibir y entender las instrucciones que Dios nos da con ello, necesitamos prestar gran atención. Dios dirige el trueno y el relámpago (v. 3); no se producen por casualidad aunque a nosotros nos parezcan casuales y fuera de control. Por todo el horizonte se extienden, tanto el bramido del trueno como el fulgor del relámpago (vv. 4, 5). Al trueno se le llama aquí voz majestuosa de Dios (v. 4b). De aquí podemos inferir que, en todas las dispensaciones de su providencia, la voz de Dios es demasiado grande y majestuosa como para que intentemos oponemos a Dios o a contender con Él.
Versículos 6–13
A continuación, Eliú se extiende en la consideración de los cambios de tiempo que producen la nieve, el hielo, el viento huracanado, el frío y la niebla, etc. Eliú muestra cómo se manifiesta la gloria de Dios:
1. En la nieve y los aguaceros (v. 6): «Dice a la nieve: Desciende a la tierra». ¡Qué sencillo! Sin embargo, los cristales de nieve son una auténtica maravilla: billones y billones de billones de ellos, todos de seis puntas y ninguno igual (el vocablo hebreo shéleg = nieve—nota del traductor—tiene el valor numérico de 333). Con sólo una palabra—mental—de Dios, surge la nieve como surgió la luz (Gn. 1:3). Para nosotros, el decir y el hacer son dos cosas distintas; y no todo lo que decimos se hace; pero para Dios, el decir y el hacer son una misma cosa, porque su Palabra es eficaz (He. 4:12). De Dios proceden lo mismo la lluvia fina que los aguaceros. El labrador desde su casa y el caminante en su viaje pueden considerar de muy distinta manera el agua que cae, pero es un pecado y una necedad contender con la providencia de Dios a causa de los fenómenos atmosféricos. El rigor de la estación invernal obliga a hombres y bestias a retirarse (vv. 7, 8). A un lado han de dejarse los útiles de labranza lo mismo que los de pesca y navegación. Las bestias se retiran a sus guaridas (v. 8), adonde las conduce el instinto, pero el hombre ha de reconocer en todo ello la obra de Dios (v. 7b) y, cuando se ve confinado en casa, dedicarse de modo especial a la lectura de la Biblia y a la oración.
2. En los vientos, que soplan desde los diferentes puntos cardinales y producen también efectos diferentes (v. 9): «De la cámara (lit. esto es, desde la habitación en la que se supone encerrado) viene el torbellino». Gira en torno y, por ello, es difícil a veces decir de dónde sopla. Una cosa es cierta (contra muchas versiones): el torbellino no viene del sur, puesto que el viento del sur es sosegado y caliente (v. 17).
3. En el hielo (v. 10), que se forma por el soplo de Dios; expresión muy gráfica para designar la forma rápida, repentina, en que se forman el hielo y el granizo, en contraste con la nieve, que se forma suavemente al caer (v. 6). El viento frío es llamado aquí el soplo de Dios, así como el trueno es llamado la voz de Dios.
El efecto del viento frío en el mar (más aún, en los lagos) es que las anchas aguas se congelan (v. 10b). Por amplias que sean, y aunque ondulen con libertad, el hielo las aprisiona como con grilletes de cristal. Tal fenómeno es un ejemplo tan maravilloso del poder de Dios que, si no fuese tan frecuente, nos parecería casi milagroso.
4. En las nubes. De tres clases de nubes habla aquí: (A) Densas y negras, repletas de agua, las cuales se descargan y riegan la tierra (v. 11); (B) Nubes delgadas, sin agua, en forma de niebla que es disipada cuando el sol se levanta (v. 11b); (C) Nubes volátiles, que no se disuelven como las densas en lluvia, sino que son llevadas de una parte a otra en alas del viento (v. 12. No son relámpagos los que giran, sino las nubes), hasta que, por fin, descargan donde Dios les ordena (v. 12b): unas veces para castigo (inundaciones, etc.); otras, para bendición (lluvia mansa), según los designios divinos (vv. 12b–13).
Versículos 14–20
Ahora Eliú se dirige personalmente a Job para que se aplique a sí mismo las cosas que acaba de exponer. Le pide que preste atención a los prodigios de Dios (v. 14). Para humillarle, le muestra Eliú:
1. Que carece de intuición para penetrar en las causas naturales, ya que no puede ver sus fuentes primeras ni prever sus efectos (vv. 15–17): «¿Sabes tú, etc.?» Se nos enseña aquí: (A) La perfección del conocimiento de Dios. Una de las más gloriosas perfecciones de Dios es su omnisciencia. Además, su conocimiento es intuitivo, pues Dios lo ve todo y totalmente. Para su conocimiento no hay nada distante, sino todo cercano; nada futuro, sino todo presente; nada oculto, sino todo abierto y manifiesto. (B) La imperfección de nuestro conocimiento. Los más ilustres filósofos están a oscuras en cuanto a la esencia, el poder y las obras de la naturaleza. Somos una paradoja para nosotros mismos, y cuanto nos rodea es un misterio. Nos conviene, pues, ser conscientes de nuestra ignorancia. Hay quienes confiesan su ignorancia; y los que no quieren confesarla la demuestran por eso mismo. ¡Y qué jueces tan incompetentes somos de los métodos de la política divina, cuando tan poco es lo que entendemos de la mecánica divina! Si es que podemos prever, con algunas horas de anticipación, los cambios de tiempo y temperatura, ¡cuán poco es lo que esos cambios nos muestran de los designios de Dios mediante ellos! No sabemos cómo se sostienen en el aire las nubes cargadas de agua, que es mucho más pesada que el aire (v. 16). También es una maravilla el que el viento, que de suyo refrigera, caliente (v. 17. Este parece ser el único sentido aceptable, dentro de lo paradójico. Nota del traductor).
2. Que él no tuvo parte alguna en la fundación del mundo (v. 18): «¿Extendiste con Él (Dios) los cielos, firmes como un espejo (de metal) fundido?» Esta era la noción, y este era el concepto, que los antiguos tenían del firmamento, como vemos ya en Génesis 1:6 y ss. En todo caso, y tomándolo metafóricamente, podemos decir que los cielos son un espejo donde brilla la gloria de Dios. «Y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal. 19:1).
3. Que ni él ni ninguno de los asistentes eran capaces de hablar de la gloria de Dios de modo proporcionado a lo que el tema se merecía (vv. 19 20). Y reta irónicamente a Job: «Muéstranos, si puedes, qué le hemos de decir (a Dios). Tú tienes intención de argüir con Dios y querrías que nosotros contendiésemos a favor tuyo con Él; dinos, pues, qué le hemos de decir. Pero ten en cuenta que ni siquiera podemos ordenar nuestras ideas a causa de nuestra ignorancia». Los que, por la gracia, conocen algo de Dios, todavía conocen muy poco en comparación con lo que queda por conocer (v. 1. Co. 8:2) y con lo que se ha de conocer cuando venga lo perfecto (1 Co. 13:10) y se rasgue el velo que nos impide la visión directa del Señor. «¿Se le comunicará que voy a hablar?»—dice Eliú—(v. 20a lit.), como si quisiere imponer a Dios las propias razones. La segunda parte del versículo es difícil—nota del traductor—. La versión que mejor refleja el sentido literal en su contexto es la que da Brates: «¿Puede decir uno que se le oprime con violencia?» ¡No! Nadie puede decir, como insinúa Job, que Dios le aflige injustamente.
Versículos 21–24
Eliú concluye ahora su discurso con breves, pero espléndidas, frases acerca de la gloria de Dios, quien había dicho que habitaría en densa nube (v. 2 Cr. 6:1; Sal. 18:11). Los difíciles versículos 21 y 22—nota del traductor—sólo pueden entenderse siguiendo la versión de la New American Standard Translation (v. en la Ryrie Study Bible), que viene a decir así: «Y ahora los hombres no pueden ver la luz que brilla en el firmamento; pero (en este vau adversativo está la clave de la traducción) ha pasado el viento y lo ha limitado. Del norte viene un áureo resplandor; en torno de Dios hay una terrible majestad» (M. Henry ha captado bien el sentido). Al principio, impresiona desfavorablemente la visión de la densa nube que impide ver la luz y amenaza con un tremendo aguacero; pero al mirar al norte, presiente que el viento va a barrer las nubes y todo marchará bien. Dios no guarda para siempre su enojo, sino que está presto a mostrar su misericordia. Ahora que Dios está a punto de hablar, Eliú se da prisa por concluir y lo hace con las siguientes observaciones: (A) Que Dios está rodeado de una majestad que impone pavor, por la trascendencia infinita de sus perfecciones (v. 22). (B) Que, cuando nos ponemos a hablar del Todopoderoso (v. 23), hemos de reconocer que no podemos alcanzarle: nuestra mente limitada no puede comprender sus perfecciones ilimitadas. ¿Podremos meter en una cáscara de huevo todo el agua del mar?
(C) Que es excelso en poder (lit.). (D) Que no es menos excelso en sabiduría y justicia, sin lo cual habría
poca excelsitud en su poder. (E) Que no hará violencia a la justicia y a la abundante rectitud (v. 23b. lit). Nadie puede acusar de injusticia a Dios, pues es imposible que Él viole la justicia: sería una contradicción consigo mismo. (F) Que no tiene consideración con los que son sabios en su propia opinión (v. 24) y, por tanto, tiene en nada las censuras que le puedan dirigir.
En este capítulo y los siguientes, se muestra quién tiene, y debe tener siempre, la última palabra. En 11:5, había dicho Sofar: «¡Oh, quién diera que Dios hablara!» Pues, bien: Dios va a hablar ya desde este capítulo para humillar a Job y traerlo al arrepentimiento de las expresiones poco reverentes que ha pronunciado acerca de Dios. I. Comienza con un reto y demanda general (vv. 2, 3). II. Procede a mostrar con diversos ejemplos la total incapacidad de Job para contender con Dios, puesto que, 1. No sabe nada de la fundación del mundo (vv. 4–7), 2. Ni de los límites del mar (vv. 8–11); 3. Nada, sobre la luz de la mañana (vv. 12–15); 4. Nada, de las secretas cámaras del mar y de la tierra (vv. 16–21); 5. Nada, de los misterios de la lluvia (vv. 22–27). 6. Era incapaz de hacer nada en cuanto a la producción de la lluvia, las heladas y los relámpagos (vv. 28–30, 34–38); nada, en cuanto a dirigir las constelaciones de los astros (vv. 31–33). 7. Finalmente, era incapaz de suministrar alimento a los leones y a los cuervos (vv. 39–41). Si Job se sentía incapacitado para atender y actuar en estas obras ordinarias de la naturaleza, ¿cómo se atrevía a pretender sumergirse en los designios del gobierno de Dios y erigirse en juez de ellos?
Versículos 1–3
Veamos aquí:
1. Quién habla—Jehová; no un ángel, sino Dios mismo con su nombre más augusto y descriptivo (Éx. 3:14). Y comienza hablando de la creación del mundo. Eliú había dicho (33:14): «De una o de otra manera habla Dios pero el hombre no entiende». Sin embargo, esto no podía menos de ser percibido.
2. Cuándo habló—Entonces (v. 1). Cuando todos los demás interlocutores habían consumido su turno de hablar, entonces fue el momento en que Dios intervino para proclamar la verdad, pues sus juicios son siempre conforme a verdad. Job había silenciado a sus tres amigos; con todo, no había podido convencerles de que su conciencia no le argüía de ningún pecado especial. Eliú había silenciado a Job, pero no había podido conducirle a reconocer que no se había expresado debidamente en la discusión. Pero ahora interviene Dios y cumple ambas cosas, pues convence a Job de sus inconvenientes expresiones y le hace decir: «He aquí que yo soy vil» (40:4) equivalente a «he pecado» (2 S. 12:13); y después de humillarle, le honra al convencer a sus tres amigos de que se han portado mal con Job.
3. Cómo habló—desde el torbellino: desde una nube tempestuosa que se revolvía furiosamente. Un torbellino sirvió de prefacio a la visión de Ezequiel (Ez. 1:4) y a la de Elías (1 R. 19:11). De Dios se dice que camina en la tempestad y el torbellino (Nah. 1:3) y, para mostrar que hasta el viento tempestuoso cumple la palabra de Dios, es presentado aquí como vehículo de dicha palabra.
4. A quién habló—Respondió a Job, dirigiéndole a él su discurso, a fin de convencerle de lo que había dicho impropiamente, antes de disculparle de las injustas censuras que le habían hecho.
5. Qué habló—Comenzó por la introducción, que es un prefacio sumamente escrutador: (A) Acusa Dios a Job de ignorancia y presunción en lo que ha hablado (v. 2): «¿Quién es ese que habla de esa manera? ¿Es Job? ¡Cómo! ¿Mi siervo Job … varón cabal y recto? (1:8) ¿Es posible que traicione hasta ese punto su propia identidad? ¿Quién y dónde está ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? ¡Que de la cara si se atreve y que ratifique lo que ha dicho!» Una fe humilde y una obediencia sincera dan mejor acceso a los secretos de Dios que toda la filosofía de las escuelas y todas las investigaciones de la ciencia. Estas primeras palabras que dice aquí Dios son más de notar por el hecho de que a ellas se refiere Job en su arrepentimiento (42:3) como a lo que le había silenciado y humillado. Las repite y les da eco como la flecha que se le ha clavado en lo más hondo, como si dijese: «Yo soy ese necio que oscurecía el consejo». (B) Reta después Dios a Job a que presente tales pruebas de sus conocimientos que puedan servir para justificar sus querellas contra los designios de Dios (v. 3): «Ahora ciñe, como un luchador, tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás, si puedes, antes de que yo responda a tus preguntas».
Versículos 4–11
Para humillar a Job, Dios le muestra su ignorancia en cuanto a las cosas de la tierra y del mar.
1. En cuanto a la fundación de la tierra:
(A) Que diga Job dónde se hallaba él cuando se llevó a cabo (v. 4): «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Estabas tú presente cuando fue creado este mundo?» Véase aquí: (a) La grandeza y la gloria de Dios: Yo fundé la tierra. (b) La insignificancia del hombre: Dónde estabas tú entonces? Tan lejos estábamos de tener parte alguna en la creación del mundo, lo cual podría conferirnos algún derecho a ejercer dominio sobre él, o de ser testigos de su formación, con lo que fuésemos capaces de comprenderlo, que ni aun existíamos entonces. No existía aún el primer hombre ¡cuánto menos, nosotros! Es un honor de nuestro Salvador el que Él estaba presente cuando esto se llevó a cabo y tenía su parte en tal obra (Pr. 8:22 y ss.; Jn. 1:1–3); pero nosotros somos de ayer y no sabemos nada. No hallemos, pues falta, en las obras de Dios.
(B) Que describa Job cómo fue hecho este mundo (v. 5): «¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes?, etc. Fuiste tú el arquitecto que trazó los planos y ordenó sus dimensiones de acuerdo con ellos?» El amplio orbe de la tierra está moldeado como si fuese por medio de regla y plomada; pero, ¿quién puede describir cómo fue delineada su figura? ¿Dónde se asienta, de forma que no se desplome, o de dónde cuelga, de forma que no se hunde por su propio peso? (v. 6).
(C) Que repita Job, si puede, los cantos de alabanza que se alzaron en aquella solemnidad (v. 7), cuando los mismos astros entonaron su himno y lo corearon los santos ángeles, los hijos de Dios (1:6), llenos de regocijo cuando vieron echar los fundamentos de la tierra.
2. En cuanto a los límites puestos al mar (vv. 8 y ss.), Dios se refiere a la obra del tercer día de la creación, cuando dijo (Gn. 1:9): Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar … Y fue así. (A) Desde el fondo del abismo o caos en que el agua y la tierra estaban mezcladas, en obediencia al mandato de Dios, el mar salió como un recién nacido del seno materno (v. 8). (B) Este bebé fue envuelto en pañales (v. 9): las nubes y las nieblas que lo circundan. No dice que lo fajó con rocas y montañas, sino con nubes y oscuridad (neblina), lo cual pensaríamos que no era apropiado para tal objeto. (C) También le preparó la cuna (v. 10): Y tracé para él frontera: Fueron formados en la tierra valles suficientemente hondos para darle cabida y descanso; y, si a veces, se ve agitado por fuertes vientos, es (como observa el obispo Patrick) para mecerle la cuna, con lo que puede dormirse más pronto. (D) Cuando el bebé se volvió travieso y peligroso por el pecado del hombre, también proveyó Dios para él una cárcel con puertas y cerrojo (v. 10b). Y para poner freno a su insolencia, le fue intimado (v. 11): «Hasta aquí llegarás y no pasarás adelante, y ahí se romperá el orgullo de tus olas». Esto puede ser considerado como un acto de poder de Dios contra la bravura del mar, aunque su cuerpo es tan amplio y sus movimientos son a veces extremadamente violentos, Dios lo tiene bajo su control (comp. Mt. 8:26 y paral.); ni sus olas se han de alzar más, ni sus mareas han de llegar más lejos, de lo que Dios le permita. Esto se menciona como un motivo por el que habríamos de espantarnos ante la majestad de Dios (Jer. 5:22) y, por otra parte, como un motivo para confiar en Dios, porque el que tiene poder para sosegar el tumulto del mar, también lo tiene para sosegar, cuando le place, el tumulto de la gente (Sal. 65:7).
Versículos 12–24
El Señor procede aquí a preguntar a Job muchas cosas difíciles, a fin de convencerle de su ignorancia y avergonzarle así de su insensatez por querer prescribir normas a Dios. Queda Job retado a dar explicaciones sobre seis cosas:
1. Sobre el surgir del alba (vv. 12–15). No fuimos nosotros ni ser alguno creado quienes ordenamos la salida de la primera luz del amanecer. Ni le señalamos el lugar de salida, el lugar de su brillar ni el tiempo de su despertar. La constante y reglamentada sucesión del día y de la noche no fue obra nuestra; es obra de las manos de Dios (Sal. 19:1, 2). Está fuera de nuestro poder ordenarlo (v. 12) ¿Quién, pues, intentará aconsejar a Dios para que altere a favor de uno los métodos de su Providencia? Dios es quien ha señalado a la luz matinal la hora de salida, de forma que la tierra va cambiando de aspecto como arcilla bajo el sello vistiéndose de nuevos colores cada mañana (v. 14), con lo que los malhechores quedan al descubierto (vv. 13, 15). Dios hace que la luz administre justicia lo mismo que misericordia, pues así son sacudidos de la tierra los impíos, del mismo modo que una persona toma el manto por sus bordes para sacudir el polvo y los insectos que se le han pegado. Job había mencionado a los que son rebeldes a la luz (23:13 y ss.); Dios le pregunta ahora si le es deudor el mundo por este favor. No, es el gran juez del mundo quien envía los rayos del sol matinal como sus mensajeros para detectar a los criminales (v. 15), para que les sea quitada su luz, es decir, su cobertura, su confianza, su cobijo y su libertad, y para que su brazo enaltecido sea quebrantado, esto es, privado del poder de hacer el mal. Vemos aquí como un preludio del Magnificat (Lc. 1:51) y del Benedictus (Lc. 1:78). V. también 2 Corintios 4:6.
2. Sobre las fuentes del mar (v. 16): «¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, etc.?» Con este dominio sobre el mar, pudo Dios abrirse camino en el mar, y en las muchas aguas (Sal. 77:19), para conducir a su pueblo hacia la libertad (Éx. 14:21–31). Sin el poder de Dios que actuó con su soberana iniciativa, los israelitas no habrían tenido escapatoria posible.
3. Sobre las puertas de la muerte (v. 17): «¿Te han sido descubiertas las puertas de la muerte?» Todavía son más infranqueables esas puertas. El hombre no puede descubrir el lugar ni la hora de su muerte, pues ese es un gran secreto. ¡Asegurémonos de que se nos abran las puertas del cielo del lado de allá de la tumba y no tendremos por qué temer el abrirse de las puertas de la muerte, aunque es el camino por el que todos tenemos que ir una vez (He. 9:27). Mientras estamos aquí, en el mundo de los sentidos, hablamos del mundo de los espíritus del mismo modo en que hablaría un ciego del mundo de los colores.
4. Sobre la anchura de la tierra (v. 18): «¿Has calculado las anchuras de la tierra?» El conocimiento de esto está ahora al alcance de los hombres, pero no estaba aún al alcance de Job, aun siendo una cosa mucho más sencilla que casi todas las demás que aquí se mencionan. Job no había jamás navegado en torno al orbe, ni ninguno otro antes de él; sólo hace poco más de cuatro siglos que se descubrió el vasto continente de América y, después, se le dio la vuelta al mundo. ¿Quién, pues podrá abarcar la anchura, y penetrar en la hondura, de los designios de Dios?
5. Sobre el camino que siguen la luz y las tinieblas. De la luz de la alborada ya había hablado antes (v. 12), y vuelve otra vez a hablar de ella (v. 19): «¿Por dónde se va a la morada de la luz?» Y de nuevo:
«¿Por qué camino se reparte la luz?» (v. 24). ¿Estaba Job presente cuando dijo Dios: «¡Sea la luz!»? (Gn. 1:3). No habíamos nacido, ni tenemos los años suficientes para ser testigos de ello (v. 21. Nótese la ironía). ¿Vamos, pues, a discutir los eternos designios de Dios o buscar su motivación, para tratar de alterarlos? Ni el día ni la noche se suceden por mandato nuestro. Ni siquiera sabemos por qué camino se reparten el uno y la otra (v. 24). En pocos instantes, surge la luz del alba y lanza sus rayos sobre todas las partes del aire sobre el horizonte. Cada mañana se lleva a cabo ante nuestros ojos este maravilloso cambio, y cada noche vemos la vuelta a las tinieblas, pero las esperamos y, por eso, no nos proporcionan miedo ni sorpresa. Si de un modo parecido, considerásemos los cambios que afectan a nuestra condición exterior, no esperaríamos un día perpetuo cuando nos hallamos en el mediodía más brillante, ni desesperaríamos del retorno de la alborada en la más oscura medianoche, pues Dios ha puesto lo uno enfrente de lo otro como el día y la noche (Ec. 7:14).
6. Sobre los depósitos de la nieve y del granizo (vv. 22, 23): «¿Has entrado tú en ellos para echarles un vistazo?» En las nubes se forman la nieve y el granizo, y de allí caen en tal abundancia que podría pensarse que estaban allí almacenados de antemano, siendo así que se producen en un momento. ¡Qué necedad es contender con Dios, quien tan aprestado se halla para la batalla, y cuánto mejor nos iría si hiciésemos las paces con Él y nos conservásemos en su amor!
Versículos 25–41
Hasta ahora, Dios había hecho preguntas a Job para convencerle de su ignorancia. Ahora va, del mismo modo, a mostrarle su debilidad. Es muy poco lo que sabe y, por tanto, no debería denunciar los designios divinos. Es también muy poco lo que puede hacer y, por ello, no debería oponerse a los designios de la Providencia. Que considere las grandes cosas que Dios hace e intente probar si puede hacer algo semejante.
1. Dios tiene bajo su manto el trueno, el relámpago, la lluvia y el hielo, cosas que no tiene Job y, por eso, no debería atreverse a contender con Dios (v. 25): «Quién abre un canal al aguacero?»
En Proverbios 21:1, leemos que «Como los repartimientos de las aguas, con un simple movimiento del pie del hortelano, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a donde quiere lo inclina». Del mismo modo, el trueno, el relámpago y el rayo no son balas perdidas, sino proyectiles dirigidos por Dios, que los dirige por el camino que le place.
2. Al dirigir el curso de la lluvia, no se olvida del desierto (vv. 26, 27), donde no habita el hombre. La providencia de Dios va más lejos que la habilidad del hombre. Si no tuviese Dios más medios y mayor compasión con las criaturas inferiores que los que tiene el hombre, mal les iría a dichos seres. Sin Dios, el hombre puede llegar a plantar y regar, pero no puede producir el fruto. Así como las luminarias de los cielos (Stg. 1:17), tampoco la lluvia tiene otro Padre que Dios (v. 28). Incluso las gotas de rocío provienen del Dios de la naturaleza, así como proviene del Dios de la gracia la justicia que hace llover sobre nosotros como el rocío sobre Israel (Os. 14:5, 6; Mi. 5:7). El hielo y la escarcha, que se forman al congelarse el agua, son efectos de la Providencia (vv. 29, 30). Estas cosas, por ser ordinarias, no nos asombran. Pero, si consideramos el tremendo cambio que se produce en ellas en tan poco tiempo, podemos preguntarnos (v. 29a): «¿De qué seno sale el hielo?» ¿Qué poder creado sería capaz de producir tan asombrosos efectos? Ningún otro poder, sino el poder del Creador. Job no puede dar órdenes a la lluvia (v. 34): «¿Alzarás tú a las nubes tu voz, para que te cubra muchedumbre de aguas? ¿Puedes tú hacerte con esos recipientes celestes para regar tus huertos mustios por la sequía? ¿Enviarás tú relámpagos (v. 35) para que ellos vayan al lugar que tú les señales? ¿Acudirán a una orden tuya, para decir: henos aquí?» No, los ministros de Dios no son servidores nuestros.
3. Dios tiene también bajo su mando a las estrellas del cielo. Él menciona aquí ciertas constelaciones que, a pesar de sus enormes distancias, se supone que tienen alguna influencia sobre la tierra (no sobre la mente humana, ni sobre los designios de la providencia divina, puesto que el destino del hombre no está fijado por los astros, sino sobre el curso ordinario de la naturaleza). Y si las estrellas tienen tal influencia sobre esta tierra (v. 33b), a pesar de ser mera materia, ¿cuánto mayor será el poder del que las creó a ellas y a nosotros y es una Mente Eterna? Él cuenta el número de las estrellas; las llama a todas por sus nombres (Sal. 147:4. V. Is. 40:26). Dios les asigna las respectivas estaciones en las que aparecen y desaparecen de nuestra vista. Pero nosotros no tenemos ningún poder en esa provincia: No podemos sacar a su tiempo las constelaciones del Zodíaco, ni guiar a la Osa Mayor con sus oseznos (v. 32). Es que no conocemos las leyes de los cielos (v. 33a). Tan lejos estamos de controlarlas que ni aun somos capaces de conocerlas; son para nosotros un secreto. ¿Y pretenderemos conocer los designios de Dios?
¿Osaremos enseñar a Dios el modo de gobernar el mundo?
4. Dios es el autor, el dador, el padre y la fuente de toda sabiduría y de todo entendimiento (v. 36). Él ha puesto orden y armonía en el interior de todo ser, comenzando por el átomo. Nota del traductor: Este difícil versículo es traducido en las versiones de tres maneras, pero la única que, sin perder fidelidad al original, encaja en el contexto, es la que aparece en nuestra Reina-Valera 1977. En efecto, el original dice textualmente: «¿Quién ha puesto en las partes interiores sabiduría, o quién ha dado al meteoro entendimiento?» El gran Diccionario de Brown-Driver-Briggs, dice sobre el vocablo tujot = partes interiores: «Con base en el contexto, difícilmente puede traducirse como «corazón» del hombre («riñones», «lomos»…), sino más bien como capas de nubes (como espacios oscuros, escondidos); su
«sabiduría» aparece en su obediencia a la ley natural». El subrayado es suyo. En cuanto al vocablo sékhvi, no debe confundirse con sékhel = mente, sino que significa, según el mismo Diccionario, «fenómeno celeste … Job 38:36 (meteoro, conforme a la RV)». La sigla RV corresponde aquí a la Revised Version.
En todo caso, es cierto que no podemos pretender ser más sabios que Dios, cuando de Él recibimos la sabiduría, poca o mucha, que poseemos.
5. También las nubes están bajo el dominio y el control de Dios (v. 37). ¿Puede algún mortal, con toda su sabiduría, poner por cuenta las nubes? Y cuando comienzan a verter sobre la tierra su contenido,
¿Quién hace vaciar esos odres de los cielos (v. 37b), o quién los puede sujetar para que cesen de derramar agua? Sólo Dios puede enviarnos un chaparrón, como sólo Él puede enviarnos un día soleado.
6. Dios suministra alimento a las criaturas inferiores. El capítulo 39 se ocupa todo él en mostrarnos ejemplos del poder y de la bondad para con los animales, por lo que hay quienes transfieren a dicho capítulo los tres últimos versículos del presente (vv. 39–41): «¿Cazarás tú la presa para el león? (v. 39). De tus manos podían comer, en otro tiempo, los bueyes, asnos y camellos que poseías, pero ¿te atreverías a saciar el hambre de los leoncillos, cuando … se agazapan en la maleza para acechar?» (vv. 39, 40). No, ellos pueden cazar sin tu ayuda—le dice Dios a Job—, pero no sin la mía». La todosuficiencia de la providencia divina tiene con qué satisfacer el deseo y la necesidad de todo ser viviente. Véase la munificencia de Dios, pues dondequiera ha puesto vida, ha puesto también mantenimiento. ¿Quién prepara al cuervo su alimento? (v. 41). Su graznido puede interpretarse como un clamar a Dios y, al ser un grito de la naturaleza, es considerado como un instinto puesto por el Dios de la naturaleza. De un modo u otro, Dios provee para el cuervo y para sus polluelos. Y el que así provee para los cuervos, de cierto no permitirá que pasen hambre los suyos (Mt. 6:25–34).
Dios pasa aquí a mostrar a Job cuán poca razón tenía para acusar de malevolencia a quien tanta compasión y cuidado tiene de las criaturas inferiores. Le muestra también cuánta razón tenía para humillarse al saber tan poca cosa acerca de las criaturas que le rodeaban y tener tan pequeño poder sobre ellas, por lo que debería someterse de grado al Dios de quien todas ellas dependen. Menciona Dios: I. Las cabras monteses y ciervas (vv. 1–4). II. El asno montés (vv. 5–8). III. El toro salvaje (vv. 9–12). IV. El avestruz (vv. 13–18). V. El caballo (vv. 19–25). VI. El gavilán y el águila (vv. 26–30).
Versículos 1–12
Dios muestra aquí a Job cuán poca cosa podía hacer él con animales sin domesticar que corren libres por lugares desiertos, pero están, sin embargo, bajo el cuidado de la Providencia.
1. Las cabras monteses y las ciervas (v. 1–4), las cuales dan a luz con cierta dificultad y no reciben asistencia de los seres humanos, pero sacan adelante a sus hijos gracias a la buena providencia de Dios (v. 3). «Sus hijos se fortalecen, crecen con el pasto; salen, y no vuelven a ellas» (v. 4). Después que se han alimentado suficientemente a las ubres de sus madres, salen en busca de su propio alimento y ya no sirven de carga a sus madres, lo cual es buen ejemplo para los jóvenes, a fin de que, cuando han crecido lo suficiente, no estén por más tiempo viviendo a costa de sus padres.
2. El asno montés u onagro, una criatura que se menciona con frecuencia en la Biblia y de la que algunos dicen que no se puede domesticar (v. 5): «¿Quién echó libre al asno montés, sino Dios?» Así dispuso Dios su naturaleza, y así le dispensó su condición: libre de todo servicio para correr a sus anchas; ése es el privilegio del asno montés. Pero es una lástima que algunos hombres codicien esta clase de libertad. Mejor es trabajar y ser bueno para algo que corretear y no servir para nada (v. 7). Su casa está en la soledad (v. 6), donde tiene espacio suficiente para sus correrías. El asno común, que trabaja y presta al hombre sus servicios, tiene de su amo el alimento y el cobijo y vive en terreno fructífero; pero el asno montés, aunque viva a sus anchas, habita en lugares salitrosos, es decir estériles. No tiene amo ni se somete a sujeción: «Se burla del bullicio de la ciudad; no escucha las voces del arriero» (v. 7). Pero tiene que ir de una parte a otra para encontrar hierba verde (v. 8), mientras que los asnos comunes tienen abundantes pastos sin tener que buscarlos. De este carácter indomesticable de esas criaturas, podemos colegir lo mal equipados que estamos para dar leyes a la Providencia, cuando no podemos imponer ninguna ley ni al asno montés.
3. El toro salvaje (vv. 9–12) hebreo rem, que no se deja domesticar (mejor que «búfalo», pues ése puede domesticarse). Es un animal muy fuerte (Nm. 23:2; Sal. 92:10). Parece como si Dios le dijese a Job: «Ahora que te has quedado sin asnos ni bueyes, mira a ver si puedes hacerte con uno de estos toros salvajes y trata de domesticarle para ponerle a tu servicio, ¿podrás arar o trillar con él? Si te fías de él, ni tu tierra será labrada, ni tu cosecha quedará recogida, ¿cómo, pues, querrás contender conmigo?»
Versículos 13–18
El avestruz es un ave muy grande, pero nunca vuela. Hay quien la ha llamado camello alado. Tres peculiaridades acerca del avestruz:
1. El avestruz aletea alegremente (v. 13), ya sea en su veloz carrera, ya sea al danzar en círculos (lo que suele llamarse «la danza del avestruz»), pero sus alas y su plumón no son como los de la cigüeña, con lo que no puede ir tan alto ni tan lejos como la cigüeña. Dios da sus dones de muy variadas maneras; a veces, no son los dones más ostentosos los que más valor tienen ¿Quién no preferiría la voz del jilguero, y aun del gallo, a la cola del pavo real, o la vista del águila a las plumas del avestruz?
2. Otra peculiaridad, por la que, quizá, la palabra «avestruz» suele usarse como un insulto, es su descuido en criar a sus polluelos. La mayoría de las aves, como los demás animales, son guiados por el instinto para proveer a la preservación de sus crías, pero el avestruz deja sus huevos donde bien le parece (v. 14), sin cuidarse de ellos ni percatarse del peligro que pueden correr (v. 15). Si la arena y el sol los calientan, todo va bien, pero olvida que el pie del caminante los puede pisar, y que puede quebrarlos y aplastarlos la bestia del campo. Así que resulta cruel para con sus hijos (v. 16), lo que hace que su trabajo en poner huevos resulte muchas veces en vano. «Dios le privó de sabiduría y no le dio inteligencia» (v. 17). Esto da a entender que el arte que otros animales exhiben en la preservación de sus crías es un don de Dios y que, donde no existe tal instinto, Dios lo niega, a fin de que, por medio de la necedad del avestruz, lo mismo que por medio de la sabiduría de la hormiga, aprendamos a ser sabios. También hay padres que se portan con sus hijos como los avestruces con sus crías: algunos, aun en lo material, pues no se preocupan de facilitarles habitación y oficio para el día de mañana; muchos más, en lo espiritual, pues no cuidan de que tengan la debida educación moral y espiritual, y hacen que salgan al mundo indoctos, desarmados y sin domesticar, con lo que olvidan la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia.
3. Finalmente, hay otra peculiaridad del avestruz en la que muestra su egoísmo. Deja en peligro sus huevos, pero cuando ella misma se halla en peligro, corre tan velozmente (v. 18) que ni el más experto jinete montado en el más veloz corcel le puede dar caza: «Se burla del caballo y de su jinete». Muchas veces, los más bajos en el nivel del afecto natural son los que más invocan la ley del instinto de conservación.
Versículos 19–25
Después de hacer Dios alarde del poder que tiene sobre las criaturas que no se someten al hombre, muestra ahora el dominio que tiene sobre una de las que prestan su servicio al hombre como es el caballo, en especial el caballo que montan los militares del arma de caballería. Es probable que en el país de Job hubiese cría de caballos de buena calidad, de fuerza, agilidad y estampa (v. 19): «¿Diste tú al caballo la fuerza, etc.?» El caballo usa su fuerza al servicio del hombre, pero es Dios quien se la ha dado, pues Él es la fuente de todos los poderes de la naturaleza. Es una bendición para el hombre tener tal servidor, el cual, aunque es tan fuerte, es tan dócil que se somete a ser conducido por un niño y no se rebela contra su amo. Su cuello está revestido de una melena ondulante (v. 19b). «La majestad (lit.) de su resoplido es terrible» (v. 20b). «Escarba en el valle (v. 21) y va al encuentro de las armas y, en lugar de echarse para atrás ante el fragor del combate, hace burla del espanto» (v. 22). Todas estas características que son buenas cualidades en un caballo, no lo son en el hombre, pues sirven para describir el carácter de los pecadores presuntuosos (v. Jer. 8:6).
Versículos 26–30
Las aves del aire son pruebas del poder admirable y de la providencia de Dios. 1. El halcón (mejor que gavilán), noble ave de gran fuerza y sagacidad, aunque es ave de presa (v. 26). Se menciona aquí especialmente por su vuelo rápido, particularmente cuando dirige su rumbo hacia el sur, adonde va en invierno en busca del sol. En eso se echa de ver el sabio instinto que le ha puesto Dios, no el hombre. 2. El águila, la reina de las aves, notable: (A) Por la altura de su vuelo. Aunque el cóndor alcanza mayores alturas, ninguna otra ave asciende con tanta majestad, ni tiene las alas tan fuertes ni soporta como ella la luz directa del sol. «¿Se remonta el águila por tu mandato?», le pregunta Dios a Job (v. 27). No; es por el poder natural y el instinto que Dios ha puesto en ella. (B) Por la seguridad de su nido: «Pone en alto su nido» (v. 27b). Su casa es castillo y fortaleza (v. 28), con lo que sus polluelos están a resguardo de cualquier peligro. (C) Por la penetración de su mirada (v. 29): «Desde allí acecha la presa; sus ojos observan de muy lejos», no hacia arriba, sino hacia abajo, en busca de la presa. Nada hay de malo en esto, pues obedece al instinto que ha puesto Dios en ella, pero es figura del hipócrita, el cual, mientras hace profesión de religión al situarse en posición muy elevada del suelo, tiene la vista y el corazón puestos en la tierra, donde avizora las ventajas que puede obtener al hacer presa en los bienes ajenos bajo el pretexto de devoción. (D) Al contrario que el buitre, que se mantiene de carroña, el águila se mantiene, y mantiene a sus polluelos, de carne fresca, de animales vivos, a los que agarra y destroza, por lo que leemos que
«sus polluelos chupan la sangre» (v. 30a), aun cuando también, como dice Brates, «el águila, no menos que el buitre, se ceba en los cadáveres recientes de muertos violentamente» (v. 30b. comp. con Mt. 24:28; Lc. 17:37). En todo esto, el águila obra llevada por el instinto que en ella ha puesto Dios.
Muchas preguntas humillantes le había hecho Dios a Job; ahora, en este capítulo, I. Le pide que las responda (vv. 1, 2). II. Job se somete en humilde silencio (vv. 3–5). III. Dios, para convencerle, razona con él acerca de la infinita distancia y desproporción que media entre él y Dios, y le muestra que de ningún modo puede competir con su Creador. Le reta (vv. 6, 7) a rivalizar con Él si se atreve, en justicia (v. 8), poder (v. 9), majestad (v. 10) y dominio sobre los orgullosos (vv. 11–14), y le propone un ejemplo de su poder en cierto animal, llamado aquí (en hebreo) behemoth (vv. 15–24).
Versículos 1–5
1. Reto humillante que hace Dios a Job. Éste permanecía callado, por lo que Dios le obliga a responder (vv. 1, 2). Hay quienes opinan que Dios le habló ahora a Job como en un susurro, que hizo en Job mayor efecto que el torbellino, como le ocurrió también a Elías (1 R. 19:12, 13). (A) Dios comienza con una pregunta convincente (v. 2): «¿Contenderá el discutidor con el Omnipotente?» Los que contienden con Dios obran, en efecto, como si quisieran enseñarle a enmendar sus obras, pues eso es lo que el vocablo hebreo yissor («hallador de faltas») da a entender. (B) Dios urge a Job a que responda pronto: «El que disputa (lit. critica) con Dios, responda a esto» (v. 2b). Frases muy serias, capaces de humillar y silenciar a cualquier ser creado.
2. Humilde sumisión de Job. Vuelve ahora en sí y comienza a desleírse en sincero arrepentimiento. Mientras sus amigos razonaron con él no se rindió. Los tres le habían condenado por malvado. Eliú mismo había sido demasiado duro con él (34:7, 8, 37). Pero Dios no le había dirigido frases duras. Siempre podemos esperar mejor trato de parte de Dios que de nuestros amigos. Así es cómo este buen hombre es derrotado y se ofrece como cautivo, rindiéndose sin condiciones a la gracia de Dios: (A) Se reconoce ofensor (v. 4): «He aquí que yo soy vil, abominable a mis propios ojos». El arrepentimiento cambia la opinión que los hombres tienen de sí mismos. Al hablarle Dios, Job no supo qué responderle:
«¿Qué te responderé?» Así da razón de su silencio: no se calla por mal humor, sino porque ha sido convencido de que no tenía razón. (B) Promete no volver a ofender y se queda satisfecho con quedar en silencio (v. 4b): «Mi mano pongo sobre mi boca, como una brida, para suprimir todos los pensamientos apasionados que puedan hervir en mi mente y guardarme de prorrumpir en frases destempladas».
Job había permitido que sus malos pensamientos hallasen expresión en sus labios (v. 5): «Una vez hablé, más no responderé; aun dos veces (es decir, varias veces), mas no volveré a hablar».
Versículos 6–14
Job había sido humillado por lo que Dios le había dicho, pero no se hallaba aún suficientemente convencido; por ello, Dios continúa razonando con él como anteriormente (v. 6). Comienza ahora con un reto parecido al de 38:3 (v. 7): «Cíñete ahora, como un luchador (hebreo guéber = varón fuerte, apto para luchar), tus lomos; si tienes la valentía y la confianza de que has alardeado, muéstralas ahora».
1. No podemos rivalizar con Dios en justicia. El Señor es justo y santo en su modo de tratamos, pero nosotros somos injustos e inicuos en el modo de tratarle a Él; tenemos muchísimo de qué reprocharnos a nosotros mismos, pero nada de qué reprocharle a Él (v. 8): «¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? ¿Ha de sufrir mengua mi honor para mantener en alto tu reputación?»
2. Tampoco podemos rivalizar con Dios en poder, por consiguiente, así como es gran impiedad contender con Él, también es gran atrevimiento oponerse a Él (v. 9): «¿Tienes tú un brazo como el de Dios, igual que el suyo en fuerza y en largura? ¿Y truenas con voz como la suya? (v. 37:1 y ss.), ¿o como lo hace de nuevo desde el torbellino (v. 6)? «Ningún ser creado puede hablar tan convincente y poderosamente, ni con una fuerza tan dominadora como la de Dios, pues habla Él y queda hecho lo que dice. Su voz creadora es llamada trueno (Sal. 104:7), lo mismo que cuando aterroriza y quebranta a sus adversarios (1 S. 2:10): «Sobre ellos tronará desde los cielos».
3. Asimismo no podemos rivalizar con Dios en belleza y majestad (v. 10): «Si quieres entrar en competición con Él y aparecer más hermoso y atractivo que Él, ponte tu mejor traje: Adórnate ahora de majestad y de alteza; preséntate con pompa marcial y con todo el fausto de que puedas disponer, prueba a mostrarte con los mejores arreos que puedas hallar, y vístete de honra y de hermosura, tal que pueda espantar a tus enemigos y encantar a tus amigos; pero, ¿qué será todo eso, comparado con la belleza y la majestad de Dios? Mucho menos que la luz de una luciérnaga, comparada con la luz del sol en su cenit».
4. Finalmente, tampoco podemos rivalizar con Dios en dominio sobre los soberbios (vv. 11–14). Si Job es capaz de humillar y amilanar a los tiranos y a los opresores con la misma facilidad y efectividad que Dios, se le reconocerá que tiene alguna probabilidad de poder competir con Dios.
(A) La justicia de Job es aquí retada a humillar a los soberbios con una mirada:
(a) Se da por supuesto aquí que Dios puede hacerlo y lo hará; de no ser así, no retaría a Job a hacerlo. Dios demuestra ser Dios en que resiste a los soberbios, se sienta en su trono para juzgarlos y puede llevarlos a la ruina. Los soberbios son tan malvados que en la raíz de la mucha perversidad que hay en este mundo está el orgullo. Pero los soberbios serán abatidos. La ira de Dios, derramada sobre los altivos (v. 11), los humillará, los quebrantará (v. 12) y los hundirá en el polvo del sepulcro y en la oscuridad del Seol (v. 13). Así como con una mirada de amor puede Dios reavivar el corazón de los contritos, con una mirada de ira puede abatir a los altivos. Estaban orgullosos del honor que ostentaban y de la posición que ocupaban, pero serán sepultados en el olvido y no se les recordará más que a los que están escondidos en el polvo. Dice literalmente el v. 13: «Escóndelos en el polvo juntamente; ata sus rostros en la oscuridad» (comp. 17:16). Así como ellos se unían en coaliciones y ligas para hacer el mal, así también Dios los ata y liga juntamente en su destrucción. Así de completa será la victoria que obtendrá Dios, al final, sobre los altivos pecadores que se alzan en oposición contra Él.
(b) Se le propone a Job aquí que haga otro tanto. Él había estado discutiendo apasionadamente con Dios y su providencia: «Ven acá», le dice Dios, «prueba primero tu mano sobre los altivos y verás en cuán poco tienen ellos el favor de tu ira; ¿y quieres que yo me sienta afectado por ella?» Si Dios, y sólo Él, tiene poder suficiente para humillar y abatir a los orgullosos, no cabe duda de que también tiene la sabiduría suficiente para conocer cuándo y cómo ha de hacerlo, y no es de nuestra competencia prescribirle o enseñarle el modo de gobernar el mundo.
(B) Si Job pudiese llevar a cabo las obras que aquí se mencionan, Dios mismo promete hacerle justicia y reconocer que su diestra le ha proporcionado el triunfo (v. 14): Yo mismo te confesaré que podrá salvarte tu diestra, aunque, después de todo, no tendrá la fuerza suficiente para que puedas contender conmigo».
Versículos 15–24
Para dar más pruebas de su gran poder, Dios concluye su discurso con la descripción de dos poderosos animales, que superan con mucho al hombre en tamaño y fuerza; al primero se le llama en hebreo behemoth y se le suele identificar con el hipopótamo; al segundo se le llama livyathán y es opinión casi unánime que se trata del cocodrilo. Al primero se le describe en estos versículos; al segundo, en el cap. siguiente (en la Biblia Hebrea, el cap. 40 tiene 32 vers., y comprende los ocho primeros del cap. 41 de nuestras Biblias—nota del traductor—).
1. Descripción que se nos da aquí del behemoth.
(A) Su cuerpo es muy fuerte y bien formado (v. 16). «Su fuerza está en sus lomos.» Sus huesos, comparados con los de otras criaturas, son como bronce, y sus costillas como barras de hierro (v. 18). Su hueso posterior o cóccix es tan fuerte que, aunque su cola no es larga, la atiesa como un cedro (v. 17).
(B) Es un animal herbívoro y no devora a otros animales: «Hierba come como el buey» (v. 15b); «los montes producen hierba para él» (v. 20), y las bestias del campo no se espantan de él como del león, sino que retozan en torno suyo (v. 20b), saben que nada tienen que temer de él.
(C) Se recuesta bajo los lotos (v. 21), que lo cubren con su sombra (v. 22), y disfruta de aire fresco para respirar, mientras que los leones, que viven de su presa, cuando quieren reposar se ven obligados a retirarse a sus guaridas (38:40) para estar a cubierto de los rayos del sol ardiente. Quienes aterrorizan a otros se ven obligados, muchas veces, a esconderse; en cambio, los que permiten a otros acercarse a ellos sin peligro, pueden también vivir libres de peligro; incluso los cañaverales y juncos plantados en la humedad, aunque parezcan ser débil defensa, son suficientes para la seguridad de los que no piensan hacer daño a nadie.
(D) Vive tranquilo en el agua, y parece buen bebedor de este líquido, pues se nos dice que no se inmuta aunque se salga el río de madre y se estrelle contra su boca todo un Jordán (v. 23). El versículo 24 es oscuro; su sentido más probable es: «¿Lo tomará alguien en sus ojos (es decir, de frente, cuando está mirando—mejor que «por los ojos»—. Nota del traductor), y horadará su nariz con arpones?»
2. Esta descripción de tan voluminosa y fuerte bestia es un motivo más para humillarnos delante de Dios, pues Él lo hizo así como a nosotros (v. 15). «Él es una obra maestra (lit. principio) de Dios» (v. 19). «Sólo el que lo hizo puede acercarle la espada» (v. 19b). Es como si Dios le dijese a Job: «Yo te hice a ti igual que a él, pero él no se querella conmigo; ¿por qué lo haces tú? Y, si a pesar de su gran tamaño y fuerza, mis manos lo crearon y mis manos lo pueden destruir lo mismo que a un gusano o a una mosca,
¿no puedo hacer lo que quiera con lo que me pertenece?» El que construye una máquina y pone cada pieza en su sitio, la puede desmontar con la misma facilidad. Es probable que el behemoth y el livyathán (lit. Comúnmente se escribe leviatán) representen a los altivos opresores que Dios había mencionado anteriormente (vv. 11 y ss.), y retado a Job a que los humillara y abatiera.
La descripción que se nos hace aquí del leviatán o cocodrilo tiene por objeto convencer todavía más a Job de su impotencia y de la omnipotencia de Dios. I. Para convencer a Job de su debilidad se le reta a que eche mano de este leviatán y lo subyugue (vv. 1–9). II. Para convencer a Job del poder y de la terrible majestad de Dios, se exponen aquí algunos detalles de la fuerza de este leviatán y del terror que inspira, cualidades que Dios mismo le ha dado y al que Dios puede controlar perfectamente (vv. 11, 12). 1. Se dice que el rostro de esta bestia inspira terror (vv. 13, 14), 2. Sus escamas bien trabadas entre sí (vv. 15– 17); 3. Sus resoplidos humeantes (vv. 18–21), 4. Su carne durísima (vv. 22–24), 5. Su fuerza y sus ánimos, cuando es atacado, son insuperables (vv. 25–30), 6. Sus movimientos turbulentos (vv. 31–32); así que, en conjunto, es una criatura extremadamente terrible, con la que el hombre no puede habérselas sin perjuicio suyo (vv. 33, 34).
Versículos 1–10
1. Vemos primero cuán incapaz era Job para subyugar a este animal.
(A) No lo podía pescar con anzuelo (vv. 1, 2). No disponía de cebo con que atraerlo, ni garfio con que asirlo, ni cuerda con que sacarlo del agua, ni punzón con que horadarle las escamas y llevárselo a casa.
(B) No podía entablar relación amistosa con él (vv. 3, 4). (C) No podía meterlo solapadamente en una jaula y guardarlo como a un pájaro con el que jugasen sus hijas (v. 5). (D) No podía servirlo a la mesa para tener con él un banquete del que disfrutar en compañía de sus amigos (v. 6a). (E) Tampoco podía enriquecerse vendiéndolo a los mercaderes después de descuartizarlo, dándole a uno los huesos, a otro el aceite, etc. Si pudiesen cazarlo, sería otra cosa; pero el arte de cazar ballenas y otros animales corpulentos no estaba entonces inventado. (F) No podían destruirlo llenando de arpones su cabeza (v. 7). (G) El que se atreva a ponerle la mano encima, se acordará toda la vida, si sale con vida de la lucha (v. 9). Con esto se le advierte a Job que no prosiga en su controversia con Dios, sino que haga las paces con Él.
2. De aquí se infiere cuán incapacitado se hallaba Job para contender con el Omnipotente (v. 10):
«Nadie hay tan osado que lo despierte (al cocodrilo), si no es un loco perdido». Y añade Dios: «¿Quién, pues, podrá estar delante de mí?» (v. 10b).
Versículos 11–34
1. Se declara aquí el dominio soberano y la independencia de Dios (v. 11), puesto que, (A) No es deudor de ninguna de sus criaturas: «¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya?» (frase que cita S. Pablo en Ro. 11:35). Como si dijese: «¿A quién le he quedado obligado por servicios que de antemano me haya prestado?» B) Que es dueño soberano de cuanto existe: «Todo lo que hay debajo del cielo es mío».
2. La prueba e ilustración de ello, con base en la admirable estructura del leviatán (v. 12).
(A) Las partes de su cuerpo y la fuerza que tiene. Aunque es un animal de enorme tamaño, están sus miembros graciosamente dispuestos:
(a) A primera vista, el leviatán se presenta temible e inaccesible (vv. 13, 14). ¿Quién se atreverá a acercarse a él y descubrir la delantera de su vestidura (¿toda su piel exterior?, ¿la piel de su boca?—el sentido es sumamente incierto. Nota del traductor)—¿Quién se acercará a él con su freno doble (¿doble hilera de dientes?—según sugiere el contexto—)? ¿Quién se aventurará a mirarle la boca, como se puede hacer con la de un caballo para mirarle los dientes? Al que se atreviese a abrirle la boca (v. 14), le espantarían las hileras de sus dientes.
(b) Sus escamas (v. 15; «sus escudos») son su belleza y su fuerza y, por ello, su orgullo (lit.). No sólo son extremadamente duras, sino que están tan trabadas entre sí que no se pueden apartar (vv. 15–17).
(c) Con sus resoplidos (lit. estornudos) mismos causa terror. La descripción que se hace aquí del cocodrilo (v. 18–21) se parece a la de un enorme dragón de cuya boca brotan llamas. Se dice de los ojos del cocodrilo, lo mismo que de los de la ballena, que brillan por la noche («como los párpados de la aurora»—v. 18—). Es probable que todas estas expresiones hiperbó1icas tengan por objeto representar el terror que inspira la ira de Dios (comp. con Ap. 6:15–17).
(d) Su fuerza es invencible, de tal manera que él aterra a todos los que se le acercan, mientras que a él no le asusta nadie (v. 22). La segunda parte del versículo 22 dice literalmente: «Y ante él danza (salta) el terror», descripción gráfica del miedo que infunde a todos. No hay nada blando en su organismo (v. 23). Su corazón es duro como una roca (v. 24), no sólo como órgano corporal, sino también en el sentido de ánimo y de valentía. Cuando se yergue como una montaña viviente, aun los más fuertes desfallecen (v. 25). (e) Todos los utensilios que se usan para alcanzar y herir a los animales no sirven para hacerle daño a él; se burla de ellos (vv. 26–29).
(f) Su solo movimiento hace hervir el mar, a la vez que enturbia las aguas, pues pasa como un trillo sobre el barro (vv. 30–32), aunque en la superficie del mar deja una estela blanca como los navíos. Dice Brates, al final de su comentario sobre esta porción: «la descripción general del poeta coincide en varias de sus imágenes con las de antiguos autores orientales y clásicos, aunque no todas aplicadas al cocodrilo. La semejanza mayor la ofrecen los monumentos egipcios. Los ojos del cocodrilo son en la escritura jeroglífica signo para representar a la aurora. El cocodrilo es símbolo del faraón».
(B) Concluye con cuatro cosas que conciernen en general a este animal: (a) «No hay sobre la tierra quien se le parezca» (v. 33a). No hay criatura en este mundo que pueda competir con él en fuerza. Es una bendición para el hombre el no ser un animal acuático (7:12), para no tener que habérselas con animales como el cocodrilo. (b) Ha sido hecho exento de temor (v. 33b). (c) Aunque suele estar en lugares bajos, mira con desdén, con mirada desafiante, a todos los demás, por altos que estén (v. 34a). (d) «Él es rey sobre todos los hijos del orgullo» (v. 34b lit.).
3. Este discurso de Dios acerca de estos dos temibles animales, el behemoth o hipopótamo y el leviatán o cocodrilo, tiene por objeto mostrarle a Job que Dios es el único que puede quebrantar a los altivos (40:11–13), el único que puede hacer que los orgullosos se inclinen o se quiebren ante Él (Is. 2:11).
«Mejor es el fin de una cosa que su principio», dice Salomón (Ec. 7:8). Así pasa en esta historia de Job; al anochecer brilla la luz. Tres cosas hemos hallado en este libro que, tengo que confesarlo, me han preocupado muchísimo; pero por fin, hallamos resueltos los tres problemas; en este capítulo, las cosas se enderezan. I. Nos ha causado mucha pena ver tan enojadizo a un hombre tan santo como Job, y en especial verle contender con Dios. Pero aquí recobra su temple, se arrepiente de lo que ha dicho inconsideradamente, se desdice y se humilla delante de Dios (vv. 1–6). II. También daba mucha pena ver a Job y a sus amigos con criterios tan diferentes, a pesar de que todos ellos eran varones muy sabios y buenos. Pero también los vemos aquí reconciliados, felizmente terminadas las diferencias entre ellos y uniéndose en oraciones y sacrificios, recíprocamente aceptados por Dios (vv. 7–9). III. Finalmente, nos daba mucha pena ver tan duramente afligido a un hombre de tan eminente piedad: tan enfermo, tan empobrecido, tan vilipendiado, hasta convertirse en un cúmulo de todas las calamidades que pueden afligir a un hombre en esta vida. También esta desdicha queda aquí remediada, pues es sanado Job de todas sus dolencias, recibe más honores y mayor afecto que nunca, es enriquecido con una hacienda doble de la que antes tenía y rodeado de todas las comodidades de la vida; hecho un ejemplo de prosperidad tan grande como lo había sido de adversidad (v. 10–17). Todo esto fue escrito a fin de que nosotros, si llegamos a vernos en circunstancias similares a éstas, tentados del mismo desánimo que Job, tengamos esperanza mediante la paciencia y el consuelo de esta Escritura.
Versículos 1–6
Ya se habían acabado las palabras con que Job se justificaba a sí mismo (31:40). Habían comenzado, en cambio, las palabras con que Job se juzgaba y condenaba a sí mismo (40:4, 5). Aquí continúa en esta última línea y, aunque no había sido perfecta la obra de su paciencia, sí que lo fue la de su arrepentimiento por su impaciencia. Aquí le vemos completamente humillado por su necedad e inconsiderado hablar, y también le vemos perdonado. Después que Dios acabó de declararle su propia grandeza y su infinito poder como se reflejan en las criaturas más temibles, respondió Job a Jehová (v. 1), en forma de total sumisión.
1. Le vemos suscribiendo la verdad del poder, del conocimiento y del dominio infinitos de Dios, para probar lo cual Dios le había hablado desde el torbellino (v. 2). (A) Reconoce que Dios es Omnipotente.
¿Puede haber alguna cosa difícil para quien ha creado al behemoth y al leviatán y los maneja como le place? Job lo sabía bien ya antes, y él mismo había hablado muy bien sobre el mismo tema, pero ahora lo sabía aplicándoselo a sí mismo: «Yo conozco que todo lo puedes y, por tanto, puedes también levantarme de la baja condición en que me hallo y de la que, en mi desesperación, me había parecido imposible salir». (B) Reconoce también que no puede estorbarse ningún propósito de Dios. El Señor hace cuanto desea. Job lo había admitido apasionadamente, quejándose precisamente de eso mismo (23:13), pero ahora lo reconoce con satisfacción. Si los designios de Dios con respecto a nosotros son para bien, para llevarnos a un final inesperado y sorprendente, nadie puede estorbárselos.
2. Le vemos reconociéndose culpable de lo que Dios le había acusado (38:2) al comienzo de su discurso (v. 3): «¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Estas palabras me han convencido. Yo soy ese hombre tan necio. Tu palabra ha penetrado en mi conciencia y ha puesto mi pecado delante de mí. Confieso mi ignorancia al haber pasado por alto los designios de tu sabiduría al afligirme, y al haber contendido contigo mientras insistía demasiado en justificarme a mí mismo; por tanto, yo hablaba sin discernimiento»; es decir, «formaba juicios sobre los procedimientos de la Providencia, aunque desconocía totalmente la razón de tales procedimientos». Se reconoce, pues, ignorante de los designios divinos; y todos nosotros sufrimos la misma ignorancia que Job. Vemos lo que Dios hace, pero no sabemos por qué lo hace ni los resultados de su actuación. La razón por la que nos quejamos de la Providencia es porque no la entendemos. Job admite que ha sido un presuntuoso al empeñarse en discursear sobre lo que no entendía y en denunciar lo que no podía juzgar.
3. Así que, en realidad, no va a contestar, sino a suplicar a su Juez, como había dicho anteriormente (9:15): «Oye, te ruego, y hablaré (v. 4), no como quien emplaza a su adversario y defiende su propia causa (13; 22), sino como un humilde peticionario».
4. Se pone en la postura de un penitente verdadero, es decir, sinceramente arrepentido. En el verdadero arrepentimiento ha de haber no sólo convicción de pecado, sino también contrición, tristeza según Dios (2 Co. 7:9).
(A) «De oídas te conocía (v. 5). Sabía algo de tu grandeza, de tu poder, de tu dominio soberano; mas ahora te has descubierto a mí, por revelación directa, en toda tu gloriosa majestad; ahora mis ojos te ven». Es una bendición muy grande tener buena educación y conocer las cosas de Dios mediante la instrucción de su Palabra y de la de sus ministros. Cuando el entendimiento es iluminado por el Espíritu de gracia (Ef. 1:18), nuestro conocimiento de las cosas divinas supera con mucho al que antes teníamos, tanto como una demostración ocular supera a un informe que nos ha llegado de segunda mano. Por medio de las enseñanzas de hombres, Dios nos revela a su Hijo, pero mediante la instrucción de su Espíritu revela a su Hijo en nosotros (Gá. 1:16) y así nos va transformando a la misma imagen (2 Co. 3:18). Es muchas veces del agrado de Dios manifestarse a sí mismo a los suyos de manera más plena por medio de las reprensiones de su Palabra y de su Providencia: «Bienaventurado el hombre a quien Dios corrige» (5:17).
(B) «Por tanto, retracto mis palabras, y me arrepiento en polvo y ceniza» (v. 6). Incluso las personas más piadosas, que no han cometido grandes crímenes de los que arrepentirse, deben afligirse grandemente en su corazón por los inconsiderados estallidos de su orgullo, de su pasión, de su descontento y de sus frases inconvenientes pronunciadas en la precipitación de un momento de amargura. Cuanto más conozcamos de la gloria y majestad de Dios, así como de la malicia y odiosidad del pecado, y de nosotros mismos por causa del pecado, tanto más nos humillaremos y nos aborreceremos por ello. Dejemos en manos de Dios el gobierno del mundo y, mediante la fuerza que nos da su gracia, procuremos gobernarnos a nosotros mismos y, en especial, nuestro propio corazón.
Versículos 7–9
Mientras estaba Dios catequizando a Job desde el torbellino, podría alguien pensar que él era el único que merecía una reprimenda y que él era quien tenía perdida la causa en el tribunal divino; pero ahora vemos que la sentencia se dicta a favor de Job. Así que no juzguemos nada antes de tiempo (1 Co. 4:5).
Los que son verdaderamente rectos delante de Dios pueden quizás ver su rectitud obnubilada y eclipsada por grandes y extraordinarias aflicciones, por severas censuras de los hombres y aun por duros reproches de su propia conciencia, pero, a su debido tiempo, esas nubes se desvanecerán y Dios exhibirá su justicia como la luz, y su derecho como el mediodía (Sal. 37:6).
1. Dios da su veredicto contra los tres amigos de Job, con respecto a la controversia entre ellos y Job. No se censura aquí a Eliú, porque éste habría actuado, no como contendiente, sino como moderador. Job queda engrandecido, y sus tres amigos quedan mortificados. Pensábamos que todos tenían alguna parte de razón a su favor, pero es bueno que el juicio sea de Dios, y a Él hemos de atenernos.
(A) Job es engrandecido y sale con honor. Al tomar Dios partido por él, ya le había conducido al arrepentimiento por lo que había dicho inconvenientemente, antes de reconocerle por lo que había dicho bien. Dios le llama una y otra vez mi siervo Job, cuatro veces en dos versículos, y parece agradarse en llamarle así, como antes de sus aflicciones (1:8): «¿No has considerado a mi siervo Job, etc.?» Aun cuando ahora está enfermo, pobre y menospreciado, es, sin embargo, su siervo, tan amado de Dios como cuando nadaba en prosperidad. Aunque tenía sus defectos y estaba sujeto a pasiones semejantes a las nuestras (Stg. 5:17), y se había atrevido a contender con Dios, había confesado su yerro y seguía siendo siervo de Dios. Si Dios dice: «Bien, siervo bueno y fiel» (Mt. 25:21, 23), poco importa lo que otros digan.
(a) Dios dice, en efecto, que Job había hablado de Él lo recto (vv. 7, 8). Job había dado de la Providencia de Dios un testimonio mejor y más verdadero que sus antagonistas. Ellos habían tergiversado el carácter de Dios al hacer de la prosperidad una señal inequívoca del favor divino, y de la aflicción una indicación segura de la ira de Dios. Job, en cambio, había referido las cosas al juicio futuro mejor que lo habían hecho sus amigos; por tanto, había hablado lo recto acerca de Dios.
(b) Aun cuando había hablado de algunas cosas, incluso de Dios, de modo inconveniente, es alabado por lo que había dicho bien. Job tenía razón, y sus amigos no la tenían; a pesar de lo cual, él estaba pasándolo mal, y ellos lo estaban pasando bien—prueba evidente de que no podemos juzgar a los hombres por sus rostros ni por sus bolsos. Sólo lo puede hacer, e infaliblemente, el que ve el corazón del hombre.
(c) No obstante toda malevolencia que sus amigos habían mostrado contra él, Job era una persona tan buena y de un espíritu tan humilde, tierno y perdonador que estaba dispuesto a orar por ellos (v. 8): «mi siervo Job orará por vosotros». Los que están sinceramente arrepentidos no sólo hallarán favor como peticionarios para sí mismos, sino que serán aceptados también como intercesores a favor de otros. Y, así como Job oró y ofreció sacrificios por los que le habían injuriado y le habían herido el corazón, también Cristo oró y murió por sus perseguidores, y vive siempre para hacer intercesión por los transgresores.
(B) Los amigos de Job son mortificados y salen avergonzados. Eran buenas personas y pertenecían a Dios, por lo que no quería el Señor que quedasen en su error, como no quiso que Job se quedase en su disgusto; por lo que, después de haber humillado a Job con un discurso desde el torbellino, ahora les dirige otro discurso a ellos. En la mayoría de las disputas y controversias, se echa algo en falta por ambos bandos, ya sea en la verdad del caso, ya sea en el modo de presentarlo, ya sea en ambos aspectos; y es conveniente que a las dos partes se les haga ver sus errores.
(a) Dios les dice lisa y llanamente que no habían hablado de Él lo recto, como su siervo Job (v. 7, al final); esto es, que habían censurado y condenado a Job fundados en una hipótesis falsa; habían presentado a Dios luchando contra Job como contra un enemigo, cuando en realidad le estaba poniendo a prueba como a un amigo. No hablan bien de Dios quienes presentan su disciplina paternal como castigo judicial. Es cosa peligrosa juzgar poco caritativamente del estado espiritual y eterno de otras personas, porque, al hacerlo así, es muy fácil que estemos condenando a quienes han sido aceptados por Dios. «Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros» (v. 7), le dice Dios a Elifaz. Y les manda que ofrezcan sacrificios de expiación por lo que han hablado malamente. Debe traer cada uno de los tres siete becerros y siete carneros (v. 8), para ofrecerlos en holocausto.
(b) También les ordena que vayan a Job y le rueguen que ofrezca oración y, con la mayor probabilidad, el sacrificio por ellos; de lo contrario, no serían aceptados por Dios. Pensaban ellos que eran los favoritos del Cielo y que Job no tenia parte con ellos en el favor de Dios, pero Dios les da a entender que Job gozaba del favor suyo más que ellos.
(c) Job y sus amigos habían sostenido opiniones diferentes acerca de muchas cosas, pero ahora tenían que reconciliarse mutuamente por completo; para eso, han de estar de acuerdo en ofrecer sacrificio y oración. Quienes difieren en opinión sobre cosas de menor importancia, son una misma cosa en Cristo mediante su gran sacrificio y tienen acceso juntamente al mismo trono de la gracia; por consiguiente, han de amarse y soportarse recíprocamente.
(d) Nuestras querellas con Dios siempre empiezan de nuestra parte, pero la reconciliación siempre empieza de su parte.
2. La sumisión de los amigos de Job al juicio que Dios había pronunciado (v. 9). Eran buenos y, tan pronto como entendieron cuál era la mente de Dios, obraron como Él les había mandado. La paz con Dios ha de ser obtenida solamente por el camino y las condiciones que Él señale; estas condiciones nunca parecerán demasiado duras a los que saben estimar en lo que vale dicho privilegio. Los amigos de Job se habían unido en acusar a Job, y ahora se unen en pedirle perdón. Quienes han pecado juntamente, deben arrepentirse también juntamente.
Versículos 10–17
«Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor», dice Santiago (5:11), esto es, el fin que el Señor puso a los sufrimientos de Job. Al comienzo de este libro, teníamos la paciencia de Job bajo su aflicción como un ejemplo; aquí, al final, para animarnos a seguir tal ejemplo, tenemos el feliz término de sus sufrimientos y la próspera condición que le fue restaurada. Quizás, también, la extraordinaria prosperidad con que Job fue coronado tras su aflicción tuvo por objeto ser para nosotros los cristianos tipo y figura de la gloria y la dicha del Cielo, que nos espera después de las aflicciones y penas del tiempo presente. Dice también Santiago (2:12): «Dichoso el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de la vida, que el Señor ha prometido a los que le aman».
1. Dios le devolvió su favor, y esto cambió inmediatamente el rostro de la situación de Job; todo apareció ahora tan agradable y prometedor como triste y amedrentador había aparecido antes. La frase inicial del v. 10 dice literalmente: «Y Jehová cambió la cautividad de Job», y se aplica frecuentemente a la vuelta de Israel de su cautiverio. En efecto, al cambiar la suerte de Job para bien, quitándole todas las causas que le habían hecho quejarse, Dios le soltó las cadenas con que Satanás le había tenido atado, aunque con el permiso de Dios. Y lo que es más importante, cambió también la mentalidad de Job: el tumulto y la confusión que bullían en su cerebro cesaron, y el consuelo de Dios fue el deleite de su alma, tanto como los terrores de antes habían sido su carga. Bajó la marejada tan aprisa como había subido; y esto, después que él oró por sus amigos. Si oramos como conviene en favor de otros, estamos orando también a nuestro favor, pues en tales oraciones no sólo hay fe, sino también amor. Por eso, Cristo nos enseñó a orar diciendo: «Padre nuestro», donde va implícita la oración por nuestros hermanos.
Dios «aumentó al doble todos los anteriores bienes de Job». Había sufrido por la gloria de Dios y, por ello, Dios le devolvió el capital con buenos intereses. Con Dios, nadie pierde. Sus amigos le habían dicho (por ej. 8:6): «Si eres limpio y recto, ciertamente luego Él velará por ti». Ellos sacaban entonces la siguiente conclusión: «Pero Él no vela por ti; luego no eres limpio ni recto». Ahora Dios parece replicar a ese silogismo: «Aunque vuestro argumento carecía de buena lógica, incluso con eso voy a demostrar la integridad de mi siervo Job, pues voy a darle el doble de la fortuna que antes perdió».
2. Todos sus parientes y conocidos vinieron a verle y le trajeron regalos (v. 11). Ahora que Dios se había vuelto amigo de Job, también ellos quisieron portarse amistosamente con él (Sal. 119:74, 79). Por lo que se ve, todos estos parientes y amigos se habían retirado de Job cuando éste se hallaba enfermo y pobre. Podríamos llamarlos «amigos-golondrinas», que se van en invierno para regresar en primavera, por lo que su amistad de poco puede servir.
3. Su hacienda aumentó considerablemente con la bendición de Dios, quien le dio cosas mucho mejores que los anillos y piezas de oro que le trajeron sus parientes y conocidos (v. 12). Los últimos días de una persona resultan a veces sus mejores días; sus últimas obras, las mejores; sus últimos consuelos, los mejores; porque su sendero, como el de la luz de la mañana, brilla más y más conforme avanza el día.
4. Su familia fue reconstruida (vv. 13–15). El número de sus hijos fue el mismo que antes: siete hijos y tres hijas. La razón que algunos aducen por la que el número de sus hijos no fue doblado como el de su ganado es que los hijos que habían muerto no se perdieron, sino que fueron delante de él a otro mundo mejor. Se mencionan, caso curioso (quizá por su hermosura), los nombres de sus hijas, los cuales significan respectivamente, según Brates, «palomita», «cinamomo» y «pomito de esencias». Comoquiera que, según la ley mosaica, las hijas no tenían derecho a la herencia paterna, excepto cuando no había descendencia masculina, el mismo autor presenta en favor de la antigüedad del libro y su tradición ugarítica, el hecho de que «les dio su padre herencia entre sus hermanos» (v. 15b), pues, «en Ugarit— dice Brates—la hija podía heredar con los hijos varones por la voluntad del padre».
5. La vida de Job fue larga, para consuelo de su alma tras la grave aflicción que había padecido, pues vio a su descendencia hasta la cuarta generación (v. 16). Aunque no le fueron multiplicados sus hijos, en los hijos de sus hijos (que son la corona y las delicias de los ancianos), le fueron más que doblados. Dios tiene siempre a mano los medios de reparar las pérdidas y contrarrestar las penas de quienes han perdido a sus hijos, como se quedó Job después de enterrar a sus primeros hijos e hijas. Murió lleno de días (v. 17), satisfecho con haber vivido en este mundo y, al mismo tiempo, satisfecho también con dejarlo, no por desesperación como en los días de su aflicción, sino por piedad y, por tanto, del modo que Elifaz le había animado a esperar, «como gavilla de trigo que se recoge en sazón» (5:26).