Este libro, que en un principio se llamó La Ley de los sacerdotes, describe las funciones del sacerdocio y de los deberes de una nación sacerdotal como era Israel. Se divide en dos partes: la primera trata de los sacrificios y de las leyes que salvaguardan el carácter sacerdotal de Israel (capítulos 1–18), la segunda trata de la santidad (19:2 «Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios») y de la santificación de toda la vida humana (capítulos 19–27).
El libro comienza con las leyes concernientes a los sacrificios de los cuales los holocaustos eran los más antiguos; acerca de ellos Dios da instrucciones a Moisés en este capítulo.
Versículos 1–2
1. Se da por supuesto que el pueblo estaría inclinado a traer sacrificios al Señor. La religión revelada, o revelación escrita, supone que la religión natural es una institución tan antigua como el hombre, pues la caída primera dirigió a los hombres a glorificar a Dios mediante el sacrificio, el cual era un reconocimiento implícito de que lo habían recibido todo de Dios como criaturas suyas, y de que lo habían perdido todo como pecadores. Dios provee para que los hombres no se entreguen a sus propias fantasías ni se vuelvan vanos en sus sacrificios, no sea que mientras pretenden adorar a Dios y honrarle estén en realidad cometiendo abominación y deshonrándole. Por consiguiente, todas las normas van encaminadas a que los sacrificios signifiquen del mejor modo posible, tanto el gran sacrificio de expiación que Cristo había de ofrecer en el cumplimiento del tiempo, como los sacrificios espirituales de reconocimiento que los creyentes habrían de ofrecer diariamente. 2. Dios dio estas leyes a Israel mediante Moisés. Mediante otros profetas Dios envió mensajes a su pueblo, pero por medio de Moisés les dio leyes. Tan pronto como la shekinah tomó posesión de su nueva morada, Dios habló a Moisés desde el propiciatorio, mientras él escuchaba desde fuera del velo o, más bien, a la puerta, oyendo sólo su voz. El tabernáculo fue construido para ser un lugar de comunión entre Dios e Israel; allí donde ellos realizaban sus servicios en honor de Dios, Dios les revelaba su voluntad. La ley moral fue dada con terror desde una montaña que ardía en medio de truenos y relámpagos; pero la ley medicinal del sacrificio fue dada más benignamente desde un propiciatorio, porque era tipo de gracia del Evangelio, que es la ministración de la vida y de la paz.
Versículos 3–9
Cuando un hombre era rico y estaba al alcance de sus posibilidades, es de suponer que traería su holocausto, con el que deseaba honrar a Dios, de su ganado mayor. 1. El animal que había de ser ofrecido debía ser macho, sin defecto, y el mejor que tuviese en su ganado. 2. Debía ofrecerlo voluntariamente. Lo que se hace en materia de religión, como para agradar a Dios, no debe hacerse por otro motivo que por el de amor. 3. Debía ofrecerse a la puerta del tabernáculo donde estaba el altar de bronce de los holocaustos que santificaba la ofrenda. Debía ofrecerlo en la puerta, como quien es indigno de entrar, y reconociendo que un pecador no puede ser admitido al pacto y a la comunión con Dios, a no ser por medio de un sacrificio. 4. El oferente debe poner la mano sobre la cabeza de la víctima que ofrece (v. 4), significando con ello: (A) Que el animal era el sustituto o representante del que ofrecía el sacrificio. El hombre debía morir y derramar su sangre en expiación del pecado que infectaba su vida; pero Dios prohíbe el suicidio y, por otra parte, sería una sangre inaceptable por ser viciada. Por eso, se sustituye por la de un animal inocente y sin defecto; (B) para transferir a Dios la propiedad y el servicio del animal, reconociendo que todo nos viene de Dios y a Él se lo debemos todo; (C) una entera dependencia del sacrificio, en cuanto que estaba instituido para ser tipo del gran sacrificio sobre el cual fue cargada la iniquidad de todos nosotros (Is. 53:6). Aunque los holocaustos no hacían referencia a ningún pecado en particular, como hacían las ofrendas por el pecado, con todo tenían por objeto hacer expiación por el pecado en general. 5. La víctima había de ser matada por los sacerdotes o por los levitas, delante del Señor, esto es, de un modo devoto y religioso. 6. Los sacerdotes habían de rociar la sangre alrededor sobre el altar (v. 5); porque, Al estar la vida en la sangre, era ésta la que hacía expiación por el pecado. 7. El animal debía ser desollado y cortado de una manera decorosa, partiéndolo en piezas por sus junturas, y luego todas las piezas, junto con la cabeza y la gordura, habían de ser quemadas juntamente sobre el altar (vv. 6–9). 8. Este holocausto es llamado ofrenda encendida de olor grato para Jehová (v. 9). La quema de la carne no tiene de por sí un olor suave, pero como acto de obediencia al mandato divino, y tipo de Cristo, era agradable a Dios, quien se reconciliaba con el oferente. Todo sacrificio que no implica directamente expiación por el pecado, es de olor grato, porque es el pecado lo que hace que nuestras ofrendas huelan mal, por decirlo así. El ofrecimiento que Cristo hizo de sí mismo a Dios es llamado ofrenda y sacrificio
de olor fragante (Ef. 5:2), y en 1 Pedro 2:5 se nos dice que los sacrificios espirituales de los creyentes son aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
Versículos 10–17
Leyes concernientes a los holocaustos. Podían hacerse del ganado o de las aves. Quienes pertenecían a la clase media y no podían ofrecer un becerro, habían de traer una oveja o una cabra; y quienes no disponían de medios ni aun para eso, serían aceptados por Dios si traían una tórtola o un palomino. Es de notar que se escogían para el sacrificio aquellos animales que eran más mansos e inofensivos, para simbolizar la inocencia y la mansedumbre de Cristo, y para recalcar la inocencia y la mansedumbre que debe caracterizar a los cristianos. Aquí se dan instrucciones: 1. Con referencia a los holocaustos de ganado menor (v. 10). El método que se había de seguir para éstos era muy semejante al de los becerros. 2. Con referencia a los de aves, debían ser de tórtolas o de palominos. Todos ellos son llamados igualmente ofrendas de olor grato. Sin embargo, amar a Dios de todo corazón, y al prójimo como a sí mismo es más que todos los holocaustos y sacrificios (Mr. 12:33). En efecto, el holocausto significa la dedicación total del cristiano a su Dios, salida de lo íntimo de un corazón que se consagra por amor.
Ley concerniente a la oblación de alimento. Se especifican sus ingredientes, y las normas para ofrecerlas.
Versículos 1–10
La ley de este capítulo concierne a las oblaciones ofrecidas con toda espontaneidad, siempre que una persona encontraba motivo para expresar así su devoción. La primera ofrenda de que leemos en la Escritura fue de esta clase: Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová (Gn. 4:3).
I. Esta clase de ofrenda fue establecida: 1. En condescendencia con los pobres, con sus posibilidades, a fin de que los que vivían sólo de pan y tortas pudiesen ofrecer a Dios una ofrenda aceptable de lo que era su comida basta y hogareña. 2. Como adecuado reconocimiento de la misericordia de Dios hacia ellos en su alimento. Esto era una especie de censo o renta, por la cual testificaban de su dependencia de Dios, de su gratitud hacia Él, y de la esperanza que tenían puesta en Él. Quienes ahora, con corazón agradecido y generoso comparten su pan con los pobres, ofrecen a Dios una oblación aceptable, pues esta ofrenda de presente simboliza todo acto en que, negándonos a nosotros mismos, ofrecemos un servicio útil a Dios y a nuestros hermanos.
II. Las leyes de estas ofrendas eran las siguientes: 1. Los ingredientes habían de ser flor de harina y aceite del fino, dos productos principales de la tierra de Canaán (Dt. 8:8). El aceite era para ellos en aquel tiempo lo que la mantequilla es para nosotros, especialmente en los países nórdicos de Europa. 2. Si la harina no estaba cocida, había de tener encima incienso, además del aceite; este incienso había de ser quemado sobre la ofrenda para perfumar el altar (vv. 1–2). 3. Si estaba ya preparada, esto se hacía de varias maneras: el oferente podía cocerla, o freírla o mezclar la harina y el aceite en un plato. La ley era muy exacta incluso acerca de estas ofrendas que eran las menos costosas. 4. Había de ser presentada por el oferente al sacerdote, lo cual es llamado traerla a Jehová (v. 8). 5. Parte de ella había de ser quemada sobre el altar, para recuerdo, esto es, en señal de que ellos recordaban la generosidad de Dios hacia ellos al darles abundantemente todas las cosas para disfrutar de ellas. 6. Lo que restaba de la ofrenda habían de darlo a los sacerdotes (vv. 3–10). Así proveía Dios que los que servían al altar, viviesen del altar, y viviesen con holgura.
Versículos 11–16
I. La levadura y la miel quedan excluidas de todas estas ofrendas.
1. La levadura estaba prohibida en recuerdo del pan sin levadura que comieron al salir de Egipto. Por otra parte, la levadura siempre tiene en la Biblia el simbolismo de la maldad sutilmente corruptora. 2. También estaba prohibida la miel aunque la tierra de Canaán abundaba en ella. La miel es símbolo de una dulzura natural, más a propósito para el placer corporal que para lo espiritual. Sus efectos son contrarios a los de la sal, la cual preserva de la corrupción. Además, la miel era muy usada en los sacrificios de los gentiles como un alimento favorito de los dioses y en este sentido, su prohibición tendía a preservar la mentalidad de los israelitas de la noción degradante de que los sacrificios puedan ser el alimento de Dios.
II. La sal se requiere en todas estas ofrendas (v. 13). La sal es símbolo de la verdad divina que neutraliza la acción de la levadura. Los antiguos decían que la sal se compone de agua y fuego (sodio y cloro) y en efecto, la verdad divina consta del agua de la Palabra y del fuego del Espíritu (Jn. 3:5). Además, el altar es la mesa del Señor; y, por tanto, al estar la sal siempre en nuestras mesas, Dios quiere tenerla también en la suya. Es llamada la sal del pacto (v. 13), porque, así como los hombres confirman sus pactos comiendo y bebiendo juntos y en todas estas comidas se usa la sal, así Dios, al aceptar los presentes de sus hijos y darles banquete a base de sus sacrificios y cenar con ellos y ellos con él (Ap. 3:20), confirmó su pacto con ellos. Entre los antiguos, comer sal juntos era un símbolo de amistad. La sal para los sacrificios no era traída por los oferentes, sino que era provista a cargo de la comunidad, como lo era la leña (Esd. 7:20–22). Y había una estancia en el atrio del templo llamada la cámara de la sal, en la cual estaba almacenada. Los cristianos son la sal de la tierra (Mt. 5:13).
III. Se dan instrucciones acerca de los primeros frutos. 1. La oblación de los primeros frutos en tiempo de la cosecha, de lo que leemos en Deuteronomio 26:2. Estos se ofrecían al Señor, no para ser quemados en el altar, sino para darlos a los sacerdotes como emolumentos de su oficio (v. 12). 2. Ofrenda de los primeros frutos. La primera era requerida por la Ley; ésta era de libre voluntad (vv. 14–16). (A) Habían de traer las primeras espigas llenas y maduras, no las que fuesen pequeñas y medio marchitas. (B) Estas espigas, aún verdes, debían secarse al fuego, para que soltaran el grano. (C) Había de ponerse encima de ellas aceite e incienso. La oración ferviente de acción de gracias da a nuestros servicios la suavidad y el olor fragante que agrada a Dios, el cual se deleita especialmente en los primeros frutos maduros del Espíritu y en las expresiones de una devoción temprana. (D) Debe usarse como las demás ofrendas de presente (v. 16, comp. con v. 9). Ha de quemarse todo el incienso, es ofrenda encendida. El santo amor a Dios es el fuego con que deben hacerse todas nuestras ofrendas, de lo contrario no son de olor fragante para Dios. El incienso denota la mediación y la intercesión de Cristo, por la cual quedan perfumados todos nuestros servicios y son aceptados benévolamente por Dios.
Ley concerniente a las ofrendas de paz.
Versículos 1–5
Los holocaustos expresaban adoración y dedicación completa a la voluntad de Dios por eso se quemaban completamente. Pero las ofrendas de paz hacían referencia a Dios como a bienhechor de sus criaturas y dador de todas las cosas buenas que poseemos y de las que disfrutamos; por consiguiente, se dividían entre el altar, el sacerdote y el donante. Paz significa aquí: 1. Reconciliación, concordia y comunión, basadas en la sangre de la expiación. Y así se llamaban ofrendas de paz, porque en ellas Dios y su pueblo, por decirlo así, comían juntos en señal de amistad. 2. Prosperidad y toda clase de felicidad, pues el saludo: La paz sea con vosotros, es como decir: Toda clase de bien sea con vosotros, y así las ofrendas de paz se ofrecían: (A) Por vía de súplica por algún bien que se necesitaba y se deseaba, o: (B) Por vía de acción de gracias por algún favor especial recibido de Dios. En este caso se llama ofrenda de paz de acción de gracias, pues así lo era a veces como en otros casos era voto (7:15–16). El sacrificio de alabanza agrada a Dios más que el de un buey. La paz con Dios mediante la sangre de Cristo, que efectúa
la reconciliación (Ro. 5:1), estriba en que el pecador arrepentido, al aceptar y apropiarse la obra del Calvario por fe, demuestra estar satisfecho con lo que deja satisfecho a Dios.
Versículos 6–7
Se dan instrucciones acerca de la ofrenda de paz, si ésta era de oveja, cordero o cabra. Las tórtolas y los palominos, que podían traerse para el sacrificio de holocausto no estaban permitidos para las ofrendas de paz, porque no tenían gordura suficiente para ser quemada sobre el altar. Las normas concernientes a los corderos y las cabras, para ser ofrecidos en ofrenda de paz son muy semejantes a las que se observaban en el caso de los becerros.
Este capítulo trata de las ofrendas por el pecado, y que estaban destinadas propiamente a hacer expiación por un pecado cometido por ignorancia.
Versículos 1–12
Comienzan los estatutos de otra sesión, celebrada otro día. Estas órdenes fueron dadas por Dios desde el trono de gloria de en medio de los querubines. Los holocaustos, las ofrendas de presente y las ofrendas de paz, parece ser que ya habían sido ofrecidas antes de darse la Ley en el monte Sinaí.
I. Primero se expone el caso general (v. 2). 1. Con referencia al pecado en general, que se le describe como algo contra alguno de los mandamientos de Jehová; porque el pecado es transgresión de la ley (1 Jn. 3:4), de la ley divina. También dice el hebreo: Si un alma peca, porque no sería pecado, si no interviniese de alguna manera el alma para que fuese un acto del hombre, aunque no sea un acto propiamente humano (pues falta la deliberación). De ahí que se llame el pecado del alma (Mi. 6:7), y arruina su alma el que lo comete (Pr. 8:36). 2. Con referencia a los pecados por los que estaban establecidas estas ofrendas: (A) Se supone que eran actos externos y públicos; porque, si se hubiese requerido un sacrificio por cada pensamiento y palabra pecaminosos, cometidos inadvertidamente muchos de ellos, ni entre todos los sacerdotes habrían dado abasto para la enorme tarea que ello supondría, habiendo además un solo lugar donde ofrecerlos. Ya se hacía expiación por los pecados en su conjunto, una vez al año, el Día de la Expiación; pero éstos se dice que eran contra alguno de los mandamientos. (B) Se supone que eran pecados de comisión, cosas que no se debían hacer. (C) Se supone que son pecados cometidos por ignorancia o inadvertencia. Si el ofensor ignoraba la ley, como podemos suponer que ocurriría en muchos casos, siendo tan numerosas y diversas las prohibiciones, o cometían una acción pecaminosa sin percatarse de su maldad, había remedio en ambos casos mediante la ley de las ofrendas por el pecado.
II. La ley comienza con el caso del sacerdote ungido, es decir, del sumo sacerdote, siempre suponiendo que comete pecado por ignorancia, porque la ley constituye sumos sacerdotes a débiles hombres (He. 7:28). Aunque su ignorancia era la menos excusable de todas, sin embargo le era permitido traer su ofrenda. Ahora bien la ley concerniente a la ofrenda por el pecado en el caso del sumo sacerdote es: 1. Que debía traer un becerro sin defecto para expiación (v. 3), es decir, había de traer una ofrenda tan valiosa como la de toda la congregación (v. 14). 2. La mano del oferente debe ponerse sobre la cabeza de la víctima (v. 4), con una solemne y arrepentida confesión del pecado que ha cometido, poniéndolo sobre la cabeza de la ofrenda por el pecado (16:21). 3. Hay que matar al becerro, y el uso de la sangre debe hacerse con gran solemnidad (vv. 5–7); porque era la sangre la que hacía expiación (17:11), y sin derramamiento de sangre no hay remisión (He. 9:22). Parte de la sangre de la ofrenda por el pecado del sumo sacerdote había de ser rociada siete veces delante del velo, es decir, en dirección al propiciatorio, aunque éste estaba velado, parte había de ser puesta sobre los cuernos del altar de oro, porque en ese mismo altar ministraba el sacerdote; y de este modo se significaba el quitar la polución que de su pecado
se pegaba a sus servicios. Hecho esto, el resto de la sangre era derramada a los pies del altar de bronce. Con este rito, el pecador reconocía que merecía tener su sangre derramada de la misma manera. También significaba el derramamiento del corazón delante de Dios con verdadero arrepentimiento, y era tipo de nuestro Salvador cuando derramó su alma hasta la muerte (Is. 53:12). 4. La gordura de sobre las vísceras había de ser quemada sobre el altar de los holocaustos (vv. 8–10). Con esto la intención de la ofrenda y de la expiación llevada a cabo por ella era dirigida a la gloria de Dios, quien, al haber sido deshonrado por el pecado, era así honrado por el sacrificio.
Versículos 13–21
Esta es la ley para la expiación de la culpa de un pecado nacional, por medio de una ofrenda por el pecado. Si los líderes del pueblo, a causa de un error acerca de la ley, les inducían a errar, cuando se descubría el error había de traerse una ofrenda, para que no viniese la ira sobre toda la congregación. 1. Así es posible que la Iglesia yerre, y que sus guías la descarríen. Aquí se supone que toda la congregación puede errar y pecar por ignorancia. Dios siempre tendrá una Iglesia en la tierra en la presente dispensación, pero nunca dijo que sería infalible o perfecta y pura de la corrupción en este mundo (Ef. 5:27 tiene sentido escatológico). 2. Cuando el sacrificio se ofrecía por toda la congregación, los ancianos (al menos, tres) habían de poner sus manos sobre la cabeza de la víctima, como representantes del pueblo. 3. La sangre de esta ofrenda, lo mismo que la de la primera, había de ser rociada siete veces delante de Jehová hacia el velo (v. 17). No había que derramarla allí, sino sólo rociarla; porque la virtud purificadora de la sangre de Cristo estaba entonces, y está aún representada suficientemente, por el rociar. Había de ser rociada siete veces. Siete es el número de la perfección divina, porque cuando Dios hizo el mundo en seis días, descansó en el séptimo; así que esto significa la perfecta satisfacción que hizo Cristo y la completa purificación de las almas de los fieles por medio de ella (v. He. 10:14). Cuando la ofrenda se ha realizado se nos dice que se hace expiación por ellos y obtendrán perdón (v. 20). La promesa de perdón se funda en la expiación.
Versículos 22–26
1. Que Dios se da cuenta de los pecados de los gobernantes y muestra su desagrado por ello. 2. Que se supone que el pecado cometido por el gobernante en ignorancia, viene después a su conocimiento (v. 23), lo cual puede suceder o por acusación de su propia conciencia o por reprensión de sus amigos. 3. La ofrenda por el pecado de un gobernante debía ser un macho cabrío, no un becerro, como para el sumo sacerdote y para la congregación entera; ni se había de llevar la sangre de su ofrenda al interior del tabernáculo, como las otras dos, sino que se había de poner sobre los cuernos del altar de bronce, y el resto de ella derramada al pie del mismo altar (v. 25), ni se había de quemar la carne de la ofrenda fuera del campamento, como la de las otras dos, lo cual sugería que el pecado del gobernante, aunque era peor que el de una persona cualquiera del pueblo, no era tan nefando ni tenía tan perniciosas consecuencias como el del sumo sacerdote o el de toda la congregación. 4. Se promete que será aceptada la expiación, y perdonado el pecador (v. 26), se entiende, si él se arrepiente y se enmienda.
Versículos 27–35
I. La ley de la ofrenda por el pecado de una persona del pueblo, que se diferencia de la de un gobernante en esto: En que una persona del pueblo puede traer cabra o cordero, mientras que el gobernante había de traer un macho cabrío; y en que, para un gobernante, debía ser macho; para un hombre del pueblo hembra. El caso, como los demás, es un pecado de inadvertencia (v. 27). Todos tenemos necesidad de orar como David, para ser limpiados de los errores ocultos (Sal. 19:12), de los pecados que pasan inadvertidos por nuestra conciencia, por falta de conocimiento o de atención. 2. Que también los pecados de ignorancia de un simple y oscuro ciudadano requieren un sacrificio. 3. Que la ofrenda por el pecado, no sólo era admitida, sino aceptada de manos incluso de un individuo cualquiera del pueblo, y por ella se hacía expiación por el pecado (vv. 31–35). En esto se igualaban el rico y el pobre, el príncipe y el vasallo; todos ellos son acogidos igualmente por Cristo bajo las mismas condiciones (v. Job 34:19).
II. De todas estas leyes acerca de las ofrendas por el pecado, podemos aprender: 1. A odiar el pecado, y a vigilar para evitarlo. 2. A apreciar más y más a Cristo, la grande y verdadera ofrenda por el pecado, cuya sangre nos limpia de todo pecado (1 Jn. 1:7), cosa que no podían hacer por sí mismos los becerros y los machos cabríos con su sangre (He. 9:13; 10:4). Y quizás había alguna alusión a esta ley concerniente a los sacrificios por los pecados de ignorancia en aquella oración de Cristo cuando Él estaba ofreciendo su sacrificio: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc. 23:34).
Este capítulo y parte del siguiente tienen que ver con los sacrificios por ciertos pecados, más exactamente llamados sacrificios de expiación. Las diferencias entre las ofrendas por el pecado, de las que se ha tratado en el capítulo anterior, y estos sacrificios son las siguientes: 1. En las primeras, se trataba de pecados en general; en éstos, se tratan casos de pecados particulares; 2. en las primeras, se trataba de pecados por inadvertencia; en éstos, no se hace ninguna distinción; 3. en aquéllas, se hacía referencia especialmente a la culpa de la persona por ofender a Dios, en éstos se hace referencia especialmente a los efectos dañinos del pecado sobre el que lo comete; de ahí que, 4. el objetivo directo de las primeras era propiciar a Dios; en éstos, expiar, es decir, purificar al pecador.
Versículos 1–6
I. Las ofensas de que aquí se habla son: 1. El ocultamiento de la verdad por parte de un testigo que ha jurado decir la verdad toda la verdad, y nada más que la verdad. Entre los judíos, los jueces tenían autoridad para conjurar, no sólo a los testigos, como pasa entre nosotros, sino también a la persona encausada, como se ve por lo que hizo el sumo sacerdote conjurando a nuestro Salvador a responder, por lo que Él respondió, aunque hasta entonces había permanecido callado (Mt. 26:63–64). Pues bien, si un alma peca (como dice el hebreo), es decir, una persona puesto que alma equivale aquí, como en otros muchos lugares, a persona (v. 1), por haber sido llamado a testificar (es decir, si es conjurado a testificar de lo que sabe, y en tal caso rehúsa presentar evidencia, o dice sólo una parte de la verdad), quedará cargado con el pecado. Todos los que, en cualquier ocasión, son llamados a dar testimonio, deben pensar en esta ley para presentar evidencia libre y abiertamente y tener sumo cuidado en no prevaricar. Un juramento del Señor es una cosa sagrada, con la cual no se puede jugar. 2. Si un hombre tocaba algo que era ceremonialmente inmundo (vv. 2–3). Si una persona así contaminada, entraba inconsideradamente en el santuario, o descuidaba lavarse conforme a la ley, debía considerarse a sí mismo culpable y traer su ofrenda de expiación. 3. Jurar a la ligera. Si un hombre se obligaba por juramento a hacer o no hacer tal cosa o la otra, y se ve después que el cumplimiento de su juramento es ilegítimo o impracticable, por lo cual queda descargado de su obligación, debe traer una ofrenda para hacer expiación por su insensatez al jurar a la ligera.
II. 1. El ofensor debe confesar su pecado y traer su ofrenda (vv. 5–6). La ofrenda no era aceptada, a menos que fuese acompañada de una confesión arrepentida y una humilde petición de perdón. 2. El sacerdote debe hacer expiación por él.
Versículos 7–13
Quienes no tenían medios suficientes para traer un cordero, podían traer para la ofrenda por el pecado un par de tórtolas o dos palominos. Y si aún no tuviesen suficientes medios para esto, podían traer un poco de flor de harina, y les sería aceptado. Así las expensas para la ofrenda por el pecado podían rebajarse más que las de ninguna otra ofrenda, para enseñarnos que ni aun la extrema pobreza es un obstáculo para el perdón de una persona. Nadie podrá decir que no ha dispuesto de los medios suficientes para soportar las cargas de un viaje al Cielo.
I. Si el pecador traía dos tórtolas, una era para ser ofrecida en expiación por el pecado; la otra, como holocausto (v. 7). 1. Que antes de ofrecer el holocausto, que era para el honor y la alabanza de Dios, debía ofrecer el de expiación por el pecado, porque la expiación ha de preceder a la reconciliación. 2. Después de la expiación por el pecado, venía el holocausto, como un reconocimiento de la gran misericordia de Dios al establecer y aceptar la expiación.
II. Si traía flor de harina, había de ser ofrecido un puñado de ella, pero sin aceite ni incienso (v. 11), no sólo porque esto haría la ofrenda demasiado costosa para el pobre, sino porque era una ofrenda por el pecado y, por eso, para mostrar la asquerosidad del pecado por el que era ofrecida, no debía hacerse agradable, ni al gusto por el aceite, ni al olfato por el incienso.
Versículos 14–19
Ley concerniente a las que propia y peculiarmente eran ofrendas por transgresiones, que se ofrecían para expiar infracciones en cosas santas. Si alguien enajenaba o se apropiaba para su uso alguna de las cosas dedicadas a Dios, había de ofrecer esta clase de sacrificio, suponiendo que lo hubiese hecho inadvertidamente; por ejemplo, si por ignorancia había hecho uso de los diezmos, de los primeros frutos o de los primogénitos de su ganado, o si había comido de las partes de los sacrificios que estaban reservadas a los sacerdotes; esto era una infracción. Pero si lo había hecho a sabiendas, presuntuosamente, con desprecio de la ley, el ofensor había de morir sin remedio (He. 10:28). Pero en caso de descuido o ignorancia, estaba establecido este sacrificio. El infractor debía traer una ofrenda al Señor, la cual, en todos los casos citados, era un carnero sin defecto. También debía hacer restitución al sacerdote, de acuerdo a una justa estimación de lo que había defraudado, y añadir a ello una quinta parte.
Los siete primeros versículos de este capítulo son una continuación de la última sección del capítulo anterior, pues tratan de las ofrendas por transgresión o infracción, aunque ahora se refieren a las infracciones cometidas contra el prójimo. Desde el versículo 8 en adelante, se detallan los ritos y ceremonias correspondientes a diversos sacrificios. La Biblia hebrea comienza este capítulo en el versículo 8.
Versículos 1–7
I. Aunque todas las infracciones especificadas en los versículos 2–3 se refieren a pecados contra el prójimo sin embargo se las llama prevaricación contra Jehová. Leemos que la maledicencia contra el hermano es maledicencia contra la Ley y, por consiguiente, contra el Legislador (Stg. 4:11). Las infracciones especificadas son: 1. Negar un crédito o depósito: Si niega a su prójimo to encomendado o dejado en su mano o, lo que es peor, lo que le fue prestado para su uso. 2. Defraudar a un socio, entendiendo así la palabra prójimo, por reclamar como exclusivamente propio lo que era común a los dos en capital, interés, trabajo y beneficio. 3. Negar algo tan malo como haber robado o calumniado al prójimo, cosas que no pueden quedar ocultas. 4. Explotar a alguien en transacciones comerciales, como podría entenderse la palabra calumnie, que equivaldría a oprima (así se puede traducir también). 5. Retener algo que se ha encontrado, y negarlo después (v. 3).
II. La ofrenda establecida para estas infracciones. 1. En el día de su expiación (v. 5) ha de hacer satisfacción y restitución a su hermano, devolviendo todo lo que se apropió con fraude o violencia, añadiendo una quinta parte. 2. Hecho esto traerá a Jehová para expiación de su culpa un carnero sin defecto; y el sacerdote hará expiación por él (vv. 6–7). Nótese algo que muchos, incluso creyentes, parecen ignorar u olvidar: Sin restitución, no hay expiación; ni antes ni ahora.
Versículos 8–13
Comienza propiamente una sección diferente. Dios da a Moisés instrucciones para los sacerdotes: Manda a Aarón y a sus hijos (v. 9).
En estos versículos tenemos la ley del holocausto diario, en cuanto que éste estaba especialmente a cargo de los sacerdotes. Diariamente, cada mañana y cada tarde, había de ofrecerse en holocausto un cordero por toda la congregación de Israel.
I. El sacerdote ha de cuidarse de que se traten decentemente las cenizas del holocausto (vv. 10–11). Debe apartarlas del altar cada mañana, y ponerlas a un lado junto al altar. Esto ha de hacerlo con sus vestiduras de lino, que siempre ha de llevar puestas cuando efectúa algún servicio en el altar; después debe quitarse estas ropas y ponerse otras, para sacar las cenizas a un lugar limpio fuera del campamento (v. 11). El sacerdote mismo no sólo debe encender el fuego, sino limpiar el fogón y llevarse las cenizas. Los siervos de Dios han de pensar que no hay nada demasiado bajo para ellos, excepto el pecado.
II. El sacerdote ha de preocuparse del fuego que ha de arder sobre el altar. El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará (v. 13). Aunque no siempre estemos sacrificando, debemos conservar siempre ardiendo el fuego del amor santo; y así debemos orar siempre.
Versículos 14–23
La ofrenda de presente era o la que ofrecía el pueblo o la que ofrecían los sacerdotes en su consagración.
I. En cuanto a la ofrenda común:
1. Sólo un puñado era quemado sobre el altar, el resto era concedido a los sacerdotes para su alimento.
2. Las normas para comerla eran: (A) Que se había de comer sin levadura (v. 16). (B) Había de comerse en el atrio del tabernáculo. (C) Sólo los varones habían de comer de ella (v. 18). (D) Sólo los sacerdotes que estaban puros podían comer de ella.
II. En cuanto a la ofrenda de la consagración, que había de ser ofrecida por los sacerdotes mismos había de ser enteramente quemada; no se comerá (v. 23). Los sacerdotes ordinarios la ofrecían solamente el día de su consagración, pero el sumo sacerdote la ofrecía diariamente a sus expensas, en nombre de toda la casta sacerdotal. Dice Flavio Josefo: «El sumo sacerdote sacrificaba dos veces cada día a sus expensas, y éste era su sacrificio». La ofrenda de presente del sacerdote había de ser cocida como para ser comida, aunque debía ser enteramente quemada.
Versículos 24–30
Aquí tenemos muchos detalles de la ley del sacrificio expiatorio, por lo que especialmente concernía a los sacerdotes que lo ofrecían. 1. En el lugar donde se degüelle el holocausto, será degollada (v. 25). 2. El sacerdote que la ofrecía por el pecador tenía que comer (con sus hijos u otros sacerdotes (v. 29) la carne de ella después que la sangre y la gordura habían sido ofrecidas a Dios en el atrio del tabernáculo (que, en todos estos lugares, es llamado lugar santo); versículo 26. 3. La sangre de este sacrificio expiatorio había de ser lavada con gran reverencia en las ropas a las que hubiese salpicado (v. 27). 4. La vasija en la que había sido cocida la carne del sacrificio de expiación, había de ser quebrada si era de barro; si era de bronce, había de ser bien fregada y lavada (v. 28).
En este capítulo tenemos las normas para el sacrificio por la culpa, así como para la ofrenda de paz y de acción de gracias; se repite la prohibición de comer la sangre y la gordura; se habla de la participación
de los sacerdotes en dichas ofrendas, y se hace un resumen y conclusión sobre esta materia de los sacrificios, al final del capítulo.
Versículos 1–10
1. En cuanto al sacrificio por la culpa, que, pareciéndose mucho al sacrificio expiatorio, se regía por las mismas normas (v. 6). La principal diferencia entre ambos era que el sacrificio por la culpa no estaba destinado a procurar completa expiación, como lo estaba el expiatorio; más bien era ofrecido, (A) o como pena por alguna infracción; cuando había de ser ofrecido además de la necesaria restitución (7:14–16; 20–26), o (B) en casos dudosos (5:17–19), cuando su objetivo era suspender los efectos del pecado, 2. Cuando la sangre y la gordura eran ofrecidas a Dios para hacer expiación, los sacerdotes tenían que comer la carne, como la del sacrificio expiatorio, en el lugar santo. Los judíos tienen una tradición, mencionada por el obispo Patrick, acerca del rociamiento de la sangre del sacrificio por la culpa alrededor sobre el altar (v. 2), de que «había una línea escarlata que estaba alrededor del altar, exactamente a la mitad de su altura, y que la sangre de los holocaustos era rociada alrededor por encima de dicha línea, mientras que la sangre de los sacrificios por la culpa era rociada por debajo de dicha línea». Esto significaba precisamente que, como hemos dicho antes, el objetivo del sacrificio por la culpa no era expiar completamente la culpa, mientras que en el holocausto la dedicación era completa, y en el sacrificio expiatorio la expiación también era completa. 3. Parece ser que, en este sacrificio por la culpa, el oferente no participaba en la ofrenda, como lo hacía en la ofrenda de paz, sino que se repartía toda entre el altar y el sacerdote. La razón es que ofrecían las ofrendas de paz en agradecimiento por la misericordia divina, y entonces era apropiado el comer de la ofrenda; pero los sacrificios por la culpa los ofrecían con pesadumbre por el pecado, y entonces era más apropiado el ayuno, en señal de santo duelo, y como resolución de abstenerse del pecado. 4. En cuanto al holocausto, se establece aquí que el sacerdote que lo ofrezca se quede con la piel del animal (v. 8), de la cual no cabe duda de que podría sacar algún dinero. 5. En cuanto a la ofrenda de presente, si ya estaba cocida, estaba preparada para comerla inmediatamente; y, por consiguiente, el sacerdote que la había ofrecido había de comerla (v. 9).
Versículos 11–34
I. La naturaleza y la intención de las ofrendas de paz se detallan aquí más distintamente. Eran ofrecidas: 1. En agradecimiento por alguna gracia particular recibida, como recuperación tras una enfermedad, preservación de peligros en un viaje, liberación de la cautividad, etc. 2. En cumplimiento de algún voto que alguien hizo al estar en un apuro (v. 16). 3. En súplica de alguna gracia especial, lo cual se llama aquí sacrificio voluntario. Este acompañaba a la plegaria del oferente, como en el primer caso acompañaba a su alabanza.
II. Se detallan largamente los ritos y ceremonias de las ofrendas de paz.
1. Si la ofrenda de paz se ofrecía en acción de gracias, había de ofrecer con ella ofrenda de presente de diversos manjares (v. 12): tortas, hojaldres y flor de harina frita, todo sin levadura. A esta ofrenda sacrificial, se añadía como acompañamiento (v. 13) una comida ordinaria con tortas de pan leudo, las cuales, por supuesto, no se ofrecían sobre el altar (2:11).
2. La carne de las ofrendas de paz, tanto la que comía el oferente como la que comía el sacerdote, había de comerse deprisa ya que no debía dejarse enfriar, ya estuviese cruda o cocida. Aunque no estaban obligados a comerla en el lugar santo, como las ofrendas que se llaman muy santas, sino que se la podían llevar a sus tiendas para comerla allí; Dios quería, no obstante, darles a conocer mediante esta ley la diferencia que había entre esta carne y la ordinaria: (A) Porque Dios no quería que esta carne ya santificada se pudriera; (B) porque Dios no quería que su pueblo fuese tacaño y desconfiado de su providencia. (C) La carne de las ofrendas de paz era festín de Dios y, por consiguiente, Dios ordena que se use generosamente para obsequiar a sus amigos y para aliviar caritativamente la necesidad de los pobres.
3. Pero la carne, lo mismo que los que la comen, ha de ser limpia y pura. (A) La carne no debe tocar ninguna cosa inmunda; de lo contrario, no se comerá; al fuego será quemada (v. 19). (B) No debe ser
comida por ninguna persona inmunda. Si alguna persona estaba inmunda ceremonialmente por cualquier causa, arriesgaba su vida si se atrevía a comer de la carne de las ofrendas de paz (vv. 20–21). Si algún creyente se atreve a participar de la Mesa del Señor, contaminado por algún pecado del que no está verdaderamente arrepentido, al profanar así las cosas sagradas, come y bebe su propio juicio (1 Co. 11:29), como aquellos que comían de las ofrendas de paz estando inmundos.
4. Se prohíbe aquí de nuevo comer la sangre y la gordura de las entrañas; y la prohibición aparece aneja, como anteriormente, a la ley de las ofrendas de paz (3:17). Comer de la carne de animal muerto o despedazado por las bestias, estaba prohibido; el comer de la gordura de tales animales estaba doblemente prohibido (v. 24). La prohibición de la sangre es más general (vv. 26–27), porque la gordura era ofrecida a Dios sólo en reconocimiento, pero la sangre hacía expiación por el pecado, y así era tipo de Cristo mucho más que podía serlo la gordura. A ella, pues, había de prestarse mayor reverencia, hasta que estos tipos tuviesen su cumplimiento en la ofrenda del cuerpo de Cristo una vez por todas.
5. Se prescribe aquí la participación del sacerdote en las ofrendas de paz. Jesucristo es nuestra gran ofrenda de paz; porque Él mismo fue sacrificio, no sólo para expiar por el pecado y salvarnos así de la maldición, sino para alcanzarnos una gran bendición y toda clase de bienes. Al participar gozosamente de los beneficios de la redención, disfrutamos de un banquete sacrificial, para significar el cual fue instituida la Cena del Señor.
Versículos 35–38
Conclusión de estas leyes concernientes a los sacrificios. Deben ser considerados: 1. Como porción de los sacerdotes (vv. 35–36). 2. Como estatuto perpetuo para el pueblo, para que ellos traigan estas ofrendas de acuerdo con las normas prescritas y den de buena gana a los sacerdotes la parte que les corresponda. Dios mandó a los hijos de Israel que ofreciesen sus ofrendas a Jehová (v. 38). Los actos más solemnes del culto religioso están mandados. La observancia de la Ley de Cristo no puede ser menos necesaria que lo era la observancia de las leyes de Moisés.
Este capítulo nos refiere la solemne consagración de Aarón y de sus hijos para el oficio sacerdotal.
Versículos 1–13
Dios había dado orden a Moisés de consagrar a Aarón y a sus hijos para el oficio sacerdotal, cuando estuvo con él por primera vez en el monte Sinaí (Éx. caps. 28 y 29).
I. Se repite la orden. El tabernáculo había sido levantado recientemente, pero, sin sacerdotes, habría sido como un candelero sin lámparas; se había dado recientemente la ley concerniente a los sacrificios, pero no podía ponerse por obra sin sacerdotes. Aarón y sus hijos eran parientes próximos de Moisés, y por eso él no habría de consagrarlos hasta que recibiese las órdenes precisas para hacerlo, no fuese a parecer que estaba impaciente por tributar honores a su familia.
II. La congregación fue reunida a la puerta del tabernáculo (v. 4), es decir, en el atrio. Se había de hacer públicamente: 1. Porque era una solemne transacción entre Dios e Israel, y, por consiguiente, era apropiado que ambas partes estuviesen presentes, para consenso mutuo, a la puerta del tabernáculo de reunión. 2. Los espectadores de esta solemnidad no podían menos de estar poseídos, a la vista del acto, de una gran veneración hacia los sacerdotes y su oficio. Es extraño que algunos de los que fueron testigos de lo que aquí se hizo, dijeran más tarde, como lo hicieron, «¡basta ya de vosotros!» (Nm. 16:3) ¡Tan antigua es la demagogia!
III. Moisés leyó la orden dada por Dios (v. 5). Moisés, que era el representante de Dios en esta solemnidad, presentó la orden de Dios delante de la congregación: Esto es lo que Jehová ha mandado hacer.
IV. La ceremonia se realizó de acuerdo al ritual divino. 1. Aarón y sus hijos fueron lavados con agua (v. 6), para significar que debían ahora purificarse de todas sus disposiciones e inclinaciones pecaminosas y conservarse después siempre puros. 2. Fueron revestidos con los ornamentos sagrados Aarón con los suyos (vv. 7–9), que tipificaban la dignidad de Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote; y sus hijos, con los suyos (v. 13), que tipificaban la decencia de los cristianos, que somos sacerdotes espirituales. Cristo lleva el pectoral del juicio y la corona santa, porque el Sumo Sacerdote de la Iglesia es su Profeta y su Rey. Todos los creyentes están vestidos con la vestidura de justicia, y deben ejercitar la justicia y ceñirse el cinto de la verdad sincera; también sus cabezas están atadas, como el hebreo dice aquí, con la tiara o diadema de hermosura, la hermosura de la santidad. 3. El sumo sacerdote era ungido. El tabernáculo y todos sus utensilios recibían algo del aceite de la unción, que Moisés ponía en ellos con el dedo (v. 10), y lo mismo el altar (v. 11); pero sobre la cabeza de Aarón lo derramaba en abundancia (v. 12), hasta llegar al borde de su vestido, porque su unción era tipo de la unción de Cristo por el Espíritu, el cual no le es dado a Cristo por medida (Jn. 3:34).
Versículos 14–30
En la consagración de los sacerdotes, debía ofrecerse por ellos toda clase de sacrificios, para que ellos fuesen amables y benévolos cuando ofreciesen los sacrificios y los presentes del pueblo, sintiendo compasión a nivel de los ignorantes y extraviados (He. 5:2), recordando que también por ellos se habían ofrecido sacrificios, estando también ellos rodeados de debilidad. 1. Un becerro, la víctima más grande, era ofrecida en expiación (v. 14). Los ministros del Señor, encargados de declarar a otros la remisión de sus pecados, deben ser diligentes en asegurarse primero ellos mismos de que sus propios pecados están perdonados. Aquellos a quienes ha sido encomendado el ministerio de la reconciliación (2 Co. 5:18), deben primero reconciliarse ellos con Dios. 2. Un carnero era ofrecido como holocausto (vv. 18–21). Con esto, daban a Dios la gloria de este gran honor que se les tributaba, y le daban a Él la alabanza, como Pablo daba gracias al Señor Jesucristo por haberle puesto en el ministerio (1 Ti. 1:12). 3. Otro carnero, llamado el carnero de la consagración, era ofrecido en ofrenda de paz (vv. 22 y ss.). Todas las ceremonias de esta ofrenda, lo mismo que de las anteriores, habían sido establecidas por expreso mandato de Dios.
Versículos 31–36
Una vez que Moisés cumplió la parte que le correspondía en la ceremonia, dejó que Aarón y sus hijos cumplieran la suya.
I. Tenían que cocer la carne de su ofrenda de paz, y comerla en el atrio del tabernáculo; lo que sobraba, había de quemarse al fuego (vv. 31–32).
II. No debían salir de la puerta del tabernáculo durante siete días (v. 33). Siendo el sacerdocio una santa milicia, habían de aprender así a sufrir penalidades y desenredarse de los negocios de la vida (2 Ti. 2:3–4). Esto había de durar siete días, porque era una especie de creación; y este tiempo estaba fijado en honor del sábado, que, probablemente, era el último de los siete, para el cual se estaban preparando durante los otros seis días. Habían de guardar la ordenanza de Jehová (v. 35). Todos nosotros tenemos ordenanzas que guardar, un Dios eterno a quien glorificar, un alma inmortal para la que proveer, deberes necesarios que cumplir y una generación a la que servir; y debe ser nuestra solicitud cotidiana el observar estas ordenanzas, porque son encargo de nuestro Dios y Señor. Finalmente, se nos dice (v. 36) que Aarón y sus hijos hicieron todas las cosas que mandó Jehová. Pero, después de todas las ceremonias llevadas a cabo en su consagración, había un punto de ratificación que estaba reservado para ser el honor y el establecimiento perpetuo del sacerdocio de Cristo, como era el que todos éstos fueron hechos sacerdotes sin juramento pero Cristo con juramento (He. 7:21), puesto que ni aquellos sacerdotes ni su sacerdocio podían continuar, mientras que el de Cristo es un sacerdocio perpetuo e inmutable.
Aarón y sus hijos, después de haber sido consagrados solemnemente para el sacerdocio, comienzan en este capítulo a ejercer su oficio al día siguiente de haberse completado la ceremonia de su consagración.
Versículos 1–7
Se dan órdenes para otra solemnidad en el octavo día. Los sacerdotes no habían tenido ni el respiro de un día entero, sino que al día siguiente ya estaban enteramente ocupados en su oficio, porque su consagración era llenarles las manos, como indica el hebreo. En esta ocasión: 1. Moisés les despierta la expectación de una gloriosa manifestación de Dios a ellos en este día (v. 4): «Jehová se aparecerá hoy a vosotros, los sacerdotes». Ahora no tenemos que esperar tales apariciones; los cristianos andamos más por fe, y menos por vista, que ellos anduvieron; pero podemos estar seguros de que Dios se acerca a quienes se acercan a Él (Stg. 4:8), y de que las ofrendas de fe son aceptables a Él, aunque, al ser los sacrificios espirituales, las señales de aceptación son también, como parece adecuado que sean, espirituales. 2. Para recibir debidamente este favor que Dios les otorga, Moisés prepara tanto a los sacerdotes como al pueblo: Moisés llamó a Aarón y a sus hijos y a los ancianos de Israel (v. 1). (A) Ordena a Aarón que prepare sus ofrendas: Un becerro para expiación (v. 2). Los escritores judíos sugieren que le fue designado un becerro para expiación por el pecado para recordarle su pecado al hacer el becerro de oro. (B) Aarón debía dar órdenes al pueblo para que preparasen sus sacrificios (v. 3). (C) Aarón debía ofrecer primero su sacrificio, y después el del pueblo (v. 7). (a) El sumo sacerdote hizo expiación por sí mismo, como quien es uno de los pecadores; pero nosotros tenemos un Sumo Sacerdote que estaba moralmente separado de los pecadores (He. 7:26) y no necesitaba hacer expiación por sí mismo. Cuando se quitó la vida al Mesías en su sacrificio, no fue por sí mismo, y tampoco fue para sí mismo (Dn. 9:26), porque no conoció pecado (2 Co. 5:21). (b) Debe hacer la reconciliación por el pueblo, y ofrecer sus sacrificios. Y debe hacerla como ha mandado Jehová (v. 7). La misericordia de Dios, no sólo permite hacer reconciliación, sino que la manda. Por consiguiente, no queda lugar a duda de que la reconciliación o expiación que es mandada será aceptada.
Versículos 8–22
Siendo éstas las primeras ofrendas que eran ofrecidas por el sacerdocio levítico, conforme a la recientemente promulgada ley de los sacrificios, se refiere aquí detalladamente el modo de ofrecerlas. 1. Aarón degolló el becerro con sus propias manos (v. 8), e hizo el trabajo de sacerdotes inferiores. Por consiguiente, igual que Moisés antes, Aarón ofreció ahora alguno de cada una de las distintas clases de sacrificios que habían sido designados. 2. Los ofreció además del holocausto de la mañana, que era lo primero que se ofrecía cada día (v. 17). Después que Aarón hizo todo lo que le correspondía hacer con respecto a los sacrificios, alzó sus manos hacia el pueblo y lo bendijo (v. 22). Aarón alzó sus manos al bendecirlos, para insinuar de dónde deseaba y esperaba que viniese la bendición, a saber, del Cielo, que es el trono de Dios. Aarón sólo pudo implorar una bendición; es prerrogativa de Dios el hacerla descender. Aarón, después de bendecir, descendió (v. 22); Cristo, al bendecir, ascendió (Lc. 24:51).
Versículos 23–24
No se nos dice para qué entraron Moisés y Aarón en el tabernáculo (v. 23). Algunos de los escritores judíos dicen que «entraron a orar para que se manifestara la gloria de Dios». Pero, cuando volvieron a salir, ambos a una bendijeron al pueblo, que estaba esperando la prometida aparición de la gloria divina; y fue entonces (cuando Moisés y Aarón habían orado juntos y bendecido juntos al pueblo) cuando tuvieron lo que habían estado esperando. Las manifestaciones que Dios hace de sí mismo, de su gloria y de su gracia; ordinariamente se dan en respuesta a la oración. La gloria de Dios apareció, no mientras se estaban ofreciendo los sacrificios, sino cuando oraron los sacerdotes lo cual nos sugiere que las oraciones y las
alabanzas que elevan los sacerdotes espirituales de Dios, son más agradables a Dios que todos los holocaustos y sacrificios.
I. La gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo (v. 23). No se nos dice en qué forma se apareció; no cabe duda que fue tal que comportó su propia evidencia, probablemente mediante un resplandor salido de la nube. Quienes habitan en la casa de Dios, pueden captar con los ojos de la fe la hermosura del Señor.
II. Salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto (v. 24). Ya sea que este fuego descendiese del Cielo, ya saliese del lugar santísimo, o de aquella aparición visible de la gloria de Dios, que todo el pueblo vio (y es lo más probable), lo cierto es que fue una señal manifiesta de que Dios había aceptado el servicio que habían realizado.
1. Este fuego consumió (como dice el hebreo) devoró el sacrificio. (A) Ello significaba que Dios había apartado de ellos su ira. El unirse el fuego al sacrificio y devorarlo significaba que Dios lo aceptaba como expiación por los pecados y como reconciliación del pecador. (B) También significaba que Dios entraba en pacto y comunión con ellos.
2. Este fuego actuó como si tomara posesión del altar. También esto era figura de los bienes venideros. El Espíritu descendió sobre los Apóstoles en fuego (Hch. 2:3). Y el descenso de este santo fuego a nuestras almas, para encender en ellas piadosos y devotos afectos hacia Dios, y un celo tan santo que consuma la carne con sus concupiscencias, es una señal cierta de que Dios acepta benévolamente nuestras personas y nuestras acciones.
III. Aquí se nos dice la impresión que causó en el pueblo esta manifestación de la gloria y de la gracia de Dios; la recibieron: 1. Con el mayor gozo: alabaron ruidosamente, estimulándose mutuamente a alabar a Dios. 2. Con la más humilde reverencia: Se postraron sobre sus rostros y adoraron humildemente la majestad de aquel Dios que se había dignado manifestarse a ellos de esta manera.
La historia de este capítulo es una interrupción triste dentro de la institución del sacerdocio levítico, como lo fue la del becerro de oro dentro de la promulgación de la Ley. Aquí tenemos el pecado y la muerte de Nadab y Abiú, hijos de Aarón, con los detalles correspondientes a su funeral y al duelo por ellos. Vienen después las órdenes a los sacerdotes de que no beban nada embriagante antes de ir a ministrar para el Señor, así como instrucciones acerca de algunos detalles de su trabajo.
Versículos 1–2
I. El gran pecado del que se hicieron culpables Nadab y Abiú. ¿Cuál fue su pecado? Todo lo que aquí se nos dice es que ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que Él nunca les mandó (v. 1). Lo mismo se dice en Números 3:4. 1. Nadab y Abiú estaban tan orgullosos del honor que recientemente se les había otorgado, y ambicionaban tanto el realizar inmediatamente la parte más noble y honorable de su trabajo, que, aunque el servicio de este día era extraordinario, y realizado bajo la especial dirección de Moisés, no obstante, sin haber recibido orden alguna, tomaron cada uno su incensario y se atrevieron a entrar en el tabernáculo y quemar incienso. Así que el ofrecer fuego extraño era lo mismo que ofrecer incienso extraño, lo cual estaba expresamente prohibido (Éx. 30:9). 2. Una vez que se atrevieron a quemar su propio incienso sin recibir orden para hacerlo, no es extraño que cometiesen otro desatino más, y, en lugar de tomar el fuego del altar, que había sido recientemente encendido de delante del Señor y que de allí en adelante había de ser usado tanto para ofrecer el sacrificio como el incienso (Ap. 8:5), tomaron fuego común, probablemente del que había servido para cocer la carne de las ofrendas de paz, y éste es el que usaron para quemar incienso; al no ser fuego santo, es llamado fuego extraño. 3. El incienso tenía que ser quemado siempre por un solo sacerdote cada vez, pero en esta ocasión ambos entraron a la vez para quemarlo. 4. Lo hicieron con ligereza y precipitación. Agarraron sus incensarios sin la debida reverencia,
cuando todo el pueblo estaba postrado sobre sus rostros delante de la gloria del Señor. 5. Hay motivo para sospechar que habían bebido más de la cuenta cuando hicieron eso, por la ley que fue dada en esta ocasión (v. 8). Habían estado comiendo de las ofrendas de paz y bebiendo de las libaciones, y por eso tendrían la cabeza tan ligera. 6. No cabe duda de que lo hicieron con toda presunción. El hecho de que no dijesen una palabra a Moisés ni a Aarón muestra que estaban poseídos de una impía ambición de tomar ellos mismos las riendas de la congregación, al mismo tiempo que pensaban que aquellos viejos tardaban demasiado en morirse. Esto es lo que los propios rabinos aventuran a suponer.
II. El tremendo castigo de este pecado: Salió fuego de delante de Jehová y los quemó (v. 2). Éste fue un fuego santo, porque salió del lugar santo, de Jehová, y fue, en cierto modo, un fuego extraño, porque los devoró por dentro, sin consumir sus cuerpos ni sus ropas. Probablemente tomó la forma de un rayo. Es bien sabido que los rayos obran de maneras muy diversas y extrañas; hay rayos, como éste, que matan sin tocar los vestidos; y otros, que dejan a la persona desnuda, y hasta funden los objetos metálicos que lleva, sin herirla.
Pero, ¿por qué obró el Señor tan severamente con ellos? ¿No eran los hijos de Aarón, el santo de Jehová, y sobrinos de Moisés, el gran favorito de Dios? Sí, pero: 1. Era un pecado con muchas agravantes, pues comportaba un manifiesto desprecio hacia Moisés y hacia la ley divina que había sido dada por medio de Moisés. Hasta ahora, se había hecho notar expresamente respecto de cada cosa que se había llevado a cabo, que la habían hecho conforme Jehová mandó a Moisés; ahora leemos todo lo contrario, pues se dice que hicieron lo que Él nunca les mandó, sino que lo hicieron de su propia iniciativa. Dios, pues, quería ahora enseñar a su pueblo obediencia, y hacer cada cosa según la norma, como compete a los siervos; por tanto, el que los propios sacerdotes quebrantaran las normas y desobedecieran era una provocación tal, que no podía quedar sin castigo de ninguna manera. 2. Su castigo fue obra de una justicia necesaria, ahora que se establecían por primera vez las instituciones ceremoniales. Y no cabe duda de que esta obra ejemplar de justicia en los comienzos, impidió que se cometieran después muchas irregularidades. Así fueron castigados también Ananías y Safira, cuando se atrevieron a mentir al Espíritu Santo, aquel fuego recientemente descendido.
Versículos 3–7
Podemos suponer que cuando Nadab y Abiú fueron presa de la muerte, todos los que estaban presentes fueron presa del terror. Moisés guardó su calma, aunque le afectaba el hecho en lo más íntimo. Tuvo suficiente dominio propio.
I. Moisés hace lo posible para calmar a Aarón en este triste trance (v. 3).
1. Lo que sugirió Moisés a su pobre hermano en esta ocasión fue: Esto es lo que habló Jehová. ¿Y qué es lo que Dios habló? (y lo habla a todos nosotros): En los que a mí se acercan me santificaré, quienesquiera que sean, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. ¿Qué había en estas Palabras que pudiera calmar a Aarón? Dos cosas: (A) Debe dejarle sin queja el que sus hijos merecían morir, pues fueron cortados de su pueblo por el hecho de no haber santificado ni glorificado a Dios. (B) Debe dejarle satisfecho el que la muerte de sus hijos haya redundado en honor de Dios, y que su Justicia imparcial vaya a ser adorada por esto a través de todas las edades.
2. El buen efecto que estas palabras hicieron en él: Aarón calló, esto es, se sometió pacientemente a la santa voluntad de Dios en esta triste ocasión. Cuando Dios nos corrige a nosotros o a los nuestros por algún pecado, es nuestro deber permanecer en silencio bajo la corrección, sin altercar con Dios, ni denunciar su injusticia o acusarle de insensatez, sino asintiendo a todo lo que dice y hace; no sólo soportar, sino aceptar, el castigo de la iniquidad. Los argumentos más eficaces para calmar el espíritu de un hijo de Dios en medio de la aflicción son los que están derivados de la gloria de Dios. Lejos esté de cada uno de nosotros honrar a los hijos más que a Dios, o desear que el nombre de Dios, su casa o su ley se vean expuestos a la ofensa o al desprecio por el afán de preservar la reputación de nuestras familias.
II. Moisés da órdenes acerca de los cadáveres. No estaba bien que se quedasen donde habían caído. Por eso, Moisés se hizo cargo de este asunto, pues aunque habían muerto a manos de la justicia en el acto
de su pecado, debían ser no obstante sepultados decentemente, y así lo fueron (vv. 4–5). Se los llevaron fuera del campamento para enterrarlos. Debió de ser un espectáculo imponente e impresionante para el pueblo. Los nombres de Nadab y Abiú habían llegado a ser muy grandes y honorables entre ellos. Nadab y Abiú (que habían estado en el monte con Dios. Éxodo 24:1) eran considerados como los grandes favoritos del Cielo, y como las esperanzas de su pueblo; y ahora, de repente, cuando apenas habían llegado a sus oídos las noticias del suceso, al ver a ambos llevados ya muertos, con las señales visibles de la venganza divina sobre ellos, sacrificados a la justicia de Dios, no podrían decir otra cosa que lo que dijeron después los de Bet-semes: ¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo? (1 S. 6:20).
III. Moisés da órdenes acerca del duelo.
1. Los sacerdotes no debían hacer duelo. Aquí era prohibido a Aarón y sus restantes hijos: (A) Porque estaban a la sazón oficiando, haciendo una gran obra, que de ninguna manera debía cesar (Neh. 6:3); y el honor de Dios requería que el servicio que estaban realizando prevaleciese sobre la consideración debida a sus familiares, y que todas las demás tareas cediesen su puesto a la tarea de su ministerio. Precisamente por esto, hubieron de ser encargados de retirar los cadáveres dos primos de Aarón, los parientes más próximos que no pertenecían a la casta sacerdotal, porque si los sacerdotes hubiesen tocado los cadáveres, habrían quedado ceremonialmente inmundos para continuar ejerciendo sus funciones sagradas. (B) Sus hermanos habían sido ejecutados directamente por la mano de Dios a causa de su transgresión y, por consiguiente, no debían hacer duelo por ellos, para que no pareciese que defendían el pecado o recriminaban a la justicia de Dios por haberles castigado. No cabe duda de que resultó muy duro para Aarón y sus hijos reprimir su dolor en esta circunstancia tan dolorosa, pero la razón y la gracia se impusieron a la emoción, y soportaron la aflicción con una paciencia obediente. Dichosos los que se ponen así bajo el gobierno de Dios, y tienen sus pasiones bajo su propio control.
2. El pueblo debe hacer duelo: Vuestros hermanos, toda la casa de Israel, sí lamentarán por el incendio que Jehová ha hecho. La congregación debe lamentarse, no sólo por la pérdida de sus sacerdotes, sino especialmente por el desagrado de Dios a causa del pecado que ellos habían cometido.
Versículos 8–11
Después de haber observado Aarón exactamente lo que Dios le había dicho por medio de Moisés, ahora Dios le honra hablándole a él directamente: Jehová habló a Aarón, diciendo: Tú y tus hijos contigo, no beberéis vino ni licor fuerte cuando entréis en el tabernáculo pues habrían de atenerse a las consecuencias: para que no muráis (vv. 8–9). Probablemente habían visto el desastroso efecto que esto había tenido en Nadab y Abiú y, por tanto, debían escarmentar en cabeza ajena. Obsérvese aquí: 1. La prohibición misma: No beberéis vino ni licor fuerte. En otras circunstancias les era permitido (no era de esperar que cada sacerdote fuese un nazareo), pero durante el tiempo de su ministerio les estaba prohibido. Esta era una de las leyes en el templo de Ezequiel (Ez. 44:21). También se exige a los ministros del Evangelio que no sean dados al vino (1 Ti. 3:3). 2. La pena aneja a la prohibición: Para que no muráis; «para que no muráis cuando estéis bebidos, y venga de repente sobre vosotros aquel día» (Lc. 21:34). O, al menos, «para que no hagáis lo que os expondrá a ser cortados por la mano de Dios». 3. Las razones que fundamentan esta prohibición. Necesitan ser sobrios; de otro modo, no podrían desempeñar su oficio, pues estarían en peligro de desvariar con el vino (Is. 28:7). Deben estar seguros de su sobriedad. (A) Para que sean capaces de distinguir, en su ministerio, entre lo que es sagrado y lo que es común, sin peligro de confundirlos (v. 10). (B) Para que puedan enseñar al pueblo (v. 11), pues esto era parte de la tarea de los sacerdotes (Dt. 33:10), y quienes son dados al alcohol, están muy descalificados para enseñar al pueblo los preceptos de Dios, tanto porque quienes viven conforme a la carne no pueden tener conocimiento espiritual de las cosas del Espíritu, como porque tales maestros derriban con una mano lo que están edificando con la otra.
Versículos 12–20
Moisés ordena a Aarón que continúe con su servicio después de esta interrupción. Las aflicciones deben estimularnos a cumplir con nuestro deber, más bien que a apartarnos de él. Obsérvese que habló a
Aarón y a sus hijos que habían quedado (v. 12). El dar cuenta de esta supervivencia insinúa: 1. Que Aarón debía consolarse de la pérdida de dos de sus hijos y considerar que Dios benignamente le había conservado los otros dos. 2. Que el hecho de haberlos conservado Dios con vida debía ser para ellos un estímulo a servirle con más celo, sin rehuir el hombro al deber. Cuatro eran los sacerdotes que habían sido consagrados juntos; dos habían sido tomados, y dos habían sido dejados; por consiguiente, los dos que habían quedado debían esforzarse en cubrir el espacio que los otros habían dejado, y poner doble empeño y diligencia en los servicios del sacerdocio.
I. Moisés repite las instrucciones que les había dado anteriormente acerca de comer su parte en los sacrificios.
II. Investiga acerca de una desviación de lo establecido, que parece que había ocurrido en esta ocasión, y que era la siguiente: Había un macho cabrío para ser sacrificado en sacrificio de expiación por el pueblo (9:15). Ahora bien, la ley del sacrificio de expiación era que, si la sangre era introducida en el lugar santo, como lo era la del sacrificio de expiación por el sacerdote, entonces la carne tenía que ser quemada fuera del campamento. Pero la sangre de este macho cabrío no había sido introducida en el lugar santo y, sin embargo, parece ser que su carne fue quemada fuera del campamento. Moisés culpó de esto a Eleazar e Itamar (v. 16), pero es muy probable que lo hiciesen por orden de Aarón, y por eso fue él quien se disculpó. Puso como excusa su aflicción A mí me han sucedido estas cosas (v. 19); aquellas cosas tan tristes que no pudieron menos de llegarle al corazón y apesadumbrarle mucho. Era un sumo sacerdote tomado de entre los hombres, y no podía despojarse de su afecto natural cuando se vestía las vestiduras sagradas. Se calló (v. 3), pero no pudo acallar su pesar. Hace de ello un pretexto para hacer una variación en lo que estaba establecido acerca del sacrificio de expiación. No habría podido comerlo, sino con duelo y en la pesadumbre de su espíritu ¿y habría sido esto aceptado? Moisés mostró su asentimiento a esta excusa: Se dio por satisfecho (v. 20). Quizá pensó que lo que habían hecho tenía cierta justificación. Dios proveyó para que lo que no había sido comido, fuera quemado.
La ley ceremonial consistía, no sólo en sacrificios y ofrendas, sino en comidas y bebidas, en diversas abluciones (He. 9:9–10) para limpiarse de la inmundicia ceremonial. Las leyes concernientes a esto comienzan en este capítulo, que establece las diferencias entre las distintas carnes: permiten comer las unas como limpias, y prohiben las otras como inmundas.
Versículos 1–8
Ahora que Aarón había sido consagrado como sumo sacerdote sobre la casa de Dios, Dios le habló a él y a Moisés juntamente, y nombró a ambos apoderados suyos para comunicar su voluntad al pueblo. Se impuso a los sacerdotes como obligación especial que distinguieran entre lo limpio y lo inmundo, y que enseñaran al pueblo a distinguirlos igualmente. Podían comer carne, pero no toda clase de carnes; debían considerar unas carnes como inmundas y, por tanto, prohibidas; otras, como limpias y permitidas. Pero, ¿qué razón puede darse para esta ley? La mayoría de las carnes prohibidas aquí como inmundas, son realmente nocivas a la salud por eso, la dieta judía ha demostrado ser la más sana. Hay otra razón más profunda: Hay un elemento de dominio propio (Gá. 5:23; 2 P. 1:6), conectado con la santidad, que es el tema general del Levítico. El Apóstol nos advierte que el cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo (1 Co. 6:13). De ahí la obligación que tiene el creyente en mantener su cuerpo sano y limpio. Quizás esta diferencia de dietas explica bien el caso de Génesis 43:32, de que hebreos y egipcios no comiesen nunca juntos teniendo en cuenta, además, que muchos de los animales prohibidos aquí como inmundos y abominables, eran tenidos en gran veneración por los gentiles, no tanto por razón de alimento cuanto por usarlos para la adivinación y el sacrificio a sus dioses. No es extraño pues, que se mencionen aquí algunos animales, de los que difícilmente sentirían tentación de comer, pero, al mencionarlos se les estimulaba a los israelitas a mirar con horror y abominación lo que para los gentiles tenía un valor
supersticioso. Así, sabemos que el cerdo llegó a ser animal consagrado a Venus, el búho a Minerva, el águila a Júpiter, el perro a Hécate, etc., todos ellos, animales inmundos según la ley judía. En cuanto a los animales de tierra, se establece una regla general, por la que son legalmente comestibles todos los que tienen pezuña y rumian, excluyéndose los que no cumplen ambos requisitos. Esta norma se repite especialmente en la nueva mención de esta ley (Dt. 14:4–5), cuando parece ser que los israelitas tenían suficiente variedad de animales limpios para su alimento, y no podían quejarse de los límites que les imponía su confinamiento en el desierto. De todos los animales aquí prohibidos como inmundos, ninguno ha sido, y es, detestado con tanto horror por los judíos como el cerdo. Muchos de ellos fueron ejecutados a manos de Antíoco Epífanes por negarse a comer carne de cerdo, como vemos en el Segundo Libro de los Macabeos, capítulos 6 y 7, pues aunque no lo tenemos como inspirado por Dios, es un libro que merece crédito como histórico. Hay, finalmente, quienes sugieren que, en la prohibición de muchos animales como inmundos, hay como una cierta insinuación de precaverse de ciertas cualidades de ellos. Si, en cierto modo, uno llega a ser un poco lo que come, debe evitar el cerdo, porque, además de ser insano como alimento, es sucio y «cochino» en vida; la liebre es propensa a la timidez y apocada de corazón; el conejo gusta de vivir escondido en la tierra; el perro es sucio y desvergonzado (del gr. kuón = perro, viene la palabra cínico), etc. ¡Que el hombre, creado honorable e inmortal, no se haga semejante a estas bestias, inmundas y perecederas!
Versículos 9–19
I. Una norma general acerca de los peces, para discernir cuáles son limpios y cuáles no. Son considerados limpios y comestibles los que tienen aletas y escamas; inmundos, los que carecen de las dos o de una de estas peculiaridades (vv. 9–10). Respecto a los peces prohibidos, se dice: Los tendréis en abominación (vv. 10–12); esto es: «Los consideraréis como inmundos, y no sólo no los comeréis, sino que os mantendréis a distancia de ellos». Así también, el Israel espiritual de Dios, al haber recibido mayor honor que los demás por el pacto de adopción del Evangelio, debe también mortificarse más que los demás sometiéndose a la voluntad de Dios, que nos manda negarnos a nosotros mismos y llevar la cruz tras de Cristo.
II. Respecto a las aves, no se da una regla general, sino que se enumeran en detalle aquellas que están prohibidas como inmundas, lo cual implica que están permitidas todas las demás. De las aves aquí prohibidas: 1. Unas son aves de presa, como el águila, el buitre, etc., y Dios quería que su pueblo aborreciese todo lo que es bárbaro y cruel y evitase toda violencia y rapiña. Las palomas que eran apresadas eran carne adecuada para el alimento del hombre y para el sacrificio de Dios, pero los milanos y halcones, que hacen presa sobre ellas, habían de ser considerados como abominables ante Dios y los hombres. 2. Otras son aves solitarias que habitan en lugares oscuros y desolados, como el búho y el pelícano (Sal. 102:6), y la lechuza y el cuervo (Is. 34:11); porque el pueblo de Dios no debe tener melancolía, ni apego a la tristeza y a una constante soledad. 3. Otras se alimentan de cosas impuras, como la cigüeña de serpientes, y muchas otras de gusanos; y nosotros, no sólo debemos abstenernos de toda cosa impura, sino que debemos también abstenernos de tener comunión con quienes se permiten a sí mismos tales impurezas. 4. Otras, en fin eran usadas por los egipcios y otros gentiles para sus adivinaciones. Algunas de ellas eran consideradas como venturosas, otras como siniestras; y sus adivinos prestaban mucha atención al vuelo de estas aves; todo lo cual debe ser, consiguientemente abominable para el pueblo de Dios, que no debe aprender los caminos de los gentiles.
Versículos 20–42
I. La ley concerniente a los insectos voladores como moscas, avispas, abejas, etc. De éstos no deben comer (v. 20), ni son apropiados para ser comidos; pero había varias clases de langostas que en aquellos países constituían buen alimento y se usaban mucho; Juan el Bautista se alimentaba de ellas en el desierto y están aquí permitidas (vv. 21–22).
II. Acerca de los animales que se mueven sobre la tierra estaban prohibidos (29–30, 41–42). El polvo es el alimento que conviene a estos animales (Gn. 3:14), y por ello no son alimento adecuado para el hombre.
III. En cuanto a los cadáveres de todos estos animales inmundos: 1. Todo el que los tocase quedaba inmundo hasta la noche (vv. 24–28). Contraían una impureza ceremonial, que, durante ese tiempo, les impedía venir al tabernáculo de reunión, o comer de alguna de las cosas santas, o incluso conversar familiarmente con sus vecinos. Pero esta impureza duraba sólo hasta la noche. Y nosotros debemos aprender, al renovar nuestro arrepentimiento cada noche por los pecados del día, a quedar limpios por la sangre de Cristo de la contaminación que ocasionan a nuestro ser, para que así no nos acostemos en nuestra impureza. 2. Incluso las vasijas, u otros objetos, en los que cayesen dichos cadáveres, quedaban impuros hasta la noche (v. 32), y si se trataba de objetos de barro, habían de ser rotos (v. 33). Deberíamos preservar nuestras almas de infinito precio de las contaminaciones del pecado y limpiarlas de las ya contraídas con la misma diligencia y rapidez con que ellos tenían que preservar y limpiar sus cuerpos y los objetos de sus casas de esas inmundicias ceremoniales.
Versículos 43–47
I. La exposición de esta ley, o como una clave para hacer que podamos entender su significado. No tenía por objeto meramente presentar una lista de platos, o como instrucciones de un médico acerca de su dieta, sino que Dios quería mediante esto enseñarles a santificarse y ser santos (v. 44). Estos rudimentos del mundo (Col. 2:8) eran sus tutores y administradores (Gá. 4:2–3), para conducirlos a lo que es como la restauración de nuestro primer estado en Adán y las arras de nuestro mejor estado con Cristo, esto es, la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (He. 12:14). Este es en realidad el objetivo de todas las ordenanzas, que mediante ellas nos santifiquemos y aprendamos a ser santos. Incluso esta ley acerca de su alimentación, que parecía rebajarse tanto, apuntaba tan alto.
II. Las razones de esta ley. 1. Yo soy Jehová vuestro Dios (v. 44). «Por consiguiente, estáis obligados a hacer esto por pura obediencia.» 2. Yo soy santo (vv. 44–45). Si Dios es santo, también nosotros debemos serlo; de lo contrario, no podemos esperar ser aceptados por Él. Si el proverbio dice que «la amistad, o encuentra iguales o los hace», ¿cómo no vamos a esforzarnos por ser semejantes a Dios, cuando Él se ha dignado a tenernos, no sólo por amigos, sino por hijos? Todas estas restricciones ceremoniales tenían por objeto enseñarnos que no debemos amoldarnos a los deseos que antes teníamos estando en nuestra ignorancia (1 P. 1:14). 3. Yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto (v. 45). Quien había hecho por ellos más que por ningún otro pueblo, justamente podía esperar más de ellos.
III. La conclusión de este estatuto: Esta es la ley acerca de las bestias, y las aves, etc. (vv. 46–47). Esta ley era estatuto para ellos siempre, es decir, mientras durase aquella economía; pero bajo el Evangelio lo encontramos expresamente abrogado por una voz del Cielo a Pedro (Hch. 10:15), como ya lo había sido antes virtualmente por la muerte de Cristo, con las otras ordenanzas que perecen con el uso. En general, la ley fue clavada en la Cruz, para que ya no fuera nuestro adversario (Col. 2:14). Ahora sabemos que la comida no nos hace más aceptos ante Dios (1 Co. 8:8), y que nada es inmundo en sí mismo (Ro. 14:14), ni contamina al hombre lo que entra en su boca, sino lo que sale del corazón por su boca (Mt. 15:11). Por consiguiente: 1. Demos gracias a Dios de que no estamos bajo ese yugo, sino que para nosotros toda criatura de Dios nos es permitida como buena. 2. Estemos firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres (Gá. 5:1). 3. Seamos estricta y concienzudamente moderados en el uso de las buenas cosas que nos permite Dios. La naturaleza se contenta con poco; la gracia, con menos; pero la concupiscencia, con nada.
Después de las leyes acerca de los alimentos limpios e inmundos, vienen las leyes acerca de las personas limpias e impuras; y la primera está en este capítulo, concerniente a la impureza ceremonial de las mujeres que han dado a luz, y al modo de purificarse de tal impureza.
Versículos 1–5
La ley declara aquí inmundas a las mujeres que hayan dado a luz. Dicen los judíos: «La ley se extendía incluso al caso de aborto, si la criatura estaba lo suficientemente formada como para que se pudiese distinguir su sexo». 1. Había cierto tiempo de separación estricta inmediatamente después del parto. Durante esos días, estaba separada de su marido y de sus amigas, y quienes por necesidad tenían que asistirla quedaban también ceremonialmente inmundos, lo cual era una razón para que los varones no fuesen circuncidados hasta el octavo día, porque participaban en la impureza de la madre durante los días de su separación. 2. Había también un plazo más largo para su purificación. Durante este tiempo, sólo estaban separadas del santuario y se les prohibía comer la Pascua, o las ofrendas de paz o, si era esposa de un sacerdote, no podía comer ninguna cosa que era santa para el Señor. Si no hubiese entrado el pecado, sólo la pureza y el honor habrían acompañado a todos los productos de aquella gran bendición y mandamiento de Fructificad y multiplicaos (Gn. 1:28). La exclusión de la mujer del santuario por tantos días, y de toda participación de las cosas santas, significaba que nuestra corrupción original nos habría excluido para siempre del disfrute de la comunión con Dios y de sus favores, si Él no hubiese provisto benignamente para nuestra purificación.
Versículos 6–8
Toda mujer que hubiese dado a luz, cuando llegaba el tiempo fijado para poder entrar de nuevo en el santuario, debía traer sus ofrendas (v. 6). 1. Un holocausto; un cordero, si tenía medios; si era pobre, un palomino o una tórtola. Esto tenía que ofrecerlo en agradecimiento a Dios por el favor que había recibido de Él al sacarla con bien de todos los dolores del parto y de los peligros del sobreparto, y en deseo y esperanza de que Dios siguiese favoreciéndola tanto a ella como al niño. Cuando nace una criatura, hay gozo y hay esperanza, y, por consiguiente, estaba muy puesto en razón el traer esta ofrenda. Pero, además de esto: 2. Tenía que ofrecer un sacrificio de expiación, que había de ser el mismo para ricos y pobres: una tórtola o un palomino, porque, cualquiera que fuese la diferencia entre ricos y pobres en los sacrificios de reconocimiento, éste de la expiación era el mismo para todos, pues, en cuanto al pecado, todos estamos en la misma condición delante de Dios (Ro. 3:23). Este sacrificio de expiación tenía por objetivo completar su purificación de la inmundicia ceremonial, que, aunque en sí misma no era pecado, era sin embargo tipo de la contaminación moral. Así la expiación significaba que, en virtud del sacrificio, la causa que le había impedido venir al santuario había sido anulada. De acuerdo con esta ley, hallamos que la madre de nuestro bendito Salvador, aunque no había concebido por obra de varón, y el Señor no había sido concebido en pecado como los demás, sin embargo cumplió los días de su purificación (Lc. 2:22), y luego presentó su hijo al Señor, siendo primogénito y llevó como ofrenda un par de tórtolas (Lc. 2:22–24). Tan pobres eran los padres de Jesús que no pudieron traer un cordero para el holocausto. Tan tempranamente fue Cristo puesto bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley (Gá. 4:4–5).
La siguiente impureza ceremonial es la de la lepra, respecto de la cual la ley es muy prolija y detallada. En este capítulo se dan instrucciones para diagnosticarla, y en el próximo para la limpieza del leproso.
Versículos 1–17
I. En cuanto a la plaga de la lepra, podemos observar en general: Que es más bien una impureza que una enfermedad; o, al menos, así la consideraba la ley y, por consiguiente requería los buenos oficios de un sacerdote, no de un médico. Así de Cristo se dice que limpió leprosos más bien que los curó. No leemos que nadie muriese de lepra, sino más bien que los sepultaban vivos, dejándolos incapaces de conversar con nadie, excepto los infectados de la misma plaga. Se dice que comenzó primero en Egipto, de donde se extendió a Siria. Los judíos retuvieron las costumbres idolátricas que habían aprendido en Egipto, y por eso, Dios hizo justamente que esta enfermedad les siguiera juntamente con otras enfermedades de Egipto. Pero también leemos de Naamán de Siria, que era leproso (2 R. 5:1). Había otras enfermedades de la piel que se parecían mucho a la lepra, pero no lo eran; éstas podían incomodar y atormentar al hombre, pero no lo hacían ceremonialmente inmundo. El diagnóstico estaba reservado a los sacerdotes. Se consideraba a los leprosos como estigmatizados por la justicia de Dios y, por eso, los casos de lepra eran puestos en manos de los ministros de Dios, de los que se esperaba que conociesen mejor que nadie los síntomas de la enfermedad, y poder así pronunciarse sobre los que eran leprosos y los que no lo eran. La lepra era figura de la polución moral de la mente humana por el pecado, que es la lepra del alma, ambos se parecen por su impureza, su infección y su contagio, así como por su curación—la lepra, por los sacerdotes; el pecado, por la sangre de Cristo—. Según los rabinos, la lepra era una aflicción de la Providencia en castigo de la calumnia o de la detracción, que se extiende fácilmente como la lepra. El poder de la gracia de Cristo transciende infinitamente al del sacerdocio levítico, pues el sacerdote sólo podía diagnosticar la lepra (como la ley nos da el diagnóstico del pecado porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado; Ro. 3:20), pero Cristo puede curar al leproso, y puede quitar el pecado: Señor, si quieres, puedes limpiarme (Mt. 8:2), que era mucho más de lo que los sacerdotes podían. Es una obra de gran importancia pero de gran dificultad, juzgar de nuestro estado espiritual; todos tenemos razones para sospecharlo, siendo conscientes de nuestras manchas y de nuestros dolores, pero lo difícil está en decidir si son limpios o inmundos.
II. Aquí se dan varias reglas por las que debe regirse el juicio de los sacerdotes. 1. Si la mancha estaba sólo en la piel, había esperanza de que no fuese lepra (v. 4). Pero si era más profunda que la piel, la persona debía ser declarada inmunda (v. 3). Las debilidades que son compatibles con la gracia de Dios, no penetran mucho en el alma, sino que la mente sirve todavía a la ley de Dios, y el hombre interior se deleita en ella (Ro. 7:22, 25). Pero si la cosa es más grave de lo que parece, y el interior del hombre queda infectado, el caso es peligroso. 2. Si la llaga conservaba el mismo aspecto y no se extendía, no era lepra (vv. 5–6). Pero si se extendía mucho, y continuaba así después de varias inspecciones, el caso era malo (vv. 7–8). Si una persona no se vuelve peor, sino que se le pone un tope al curso de sus pecados y se le hace un buen diagnóstico de sus corrupciones, es de esperar que se ponga mejor; pero si el pecado se extiende y la persona se vuelve peor cada día el deslizamiento hacia abajo es seguro, aunque a veces pase inadvertido. 3. Si hay tumor blanco en la piel, que cambie el color del pelo, el sacerdote no tiene por qué esperar más tiempo, pues es lepra de cierto (vv. 10–11). No hay señal tan segura del mal estado espiritual de una persona como la hinchazón de su corazón en arrogancia, la confianza en la carne y la resistencia a las reprensiones de la Palabra y a los impulsos del Espíritu. 4. Si la erupción, cualquiera que fuese, cubría toda la piel de pies a cabeza, no era lepra propiamente dicha (vv. 12–13), porque entonces era evidente que los órganos vitales estaban sanos y fuertes y la naturaleza podía ayudarse a sí misma y arrojar de sí todo lo molesto y pernicioso. Hay esperanzas en unas viruelas cuando las pústulas aparecen claras; así también, si los hombres confiesan sinceramente sus pecados y no los ocultan, no es el mismo peligro que cuando hacen todo lo posible por ocultarlos. Hay quienes concluyen de esto, que hay más esperanza de un mundano sincero que de un profesante hipócrita. Y es cierto, puesto que los cobradores de impuestos y las prostitutas entran en el reino de los cielos—según el mismo Cristo—delante de los escribas y fariseos. Hasta cierto punto, los repentinos arrebatos de la pasión, aunque son bastante malos de por sí, no son tan peligrosos como la malicia oculta. Otros concluyen que, si nos juzgamos a nosotros mismos, no seremos juzgados; si vemos y reconocemos que nada hay sano en nuestra carne a causa de nuestro pecado (Sal. 38:3), encontraremos gracia a los ojos del Señor. 5. El sacerdote tenía que tomarse tiempo para dar su diagnóstico, y no darlo precipitadamente.
Versículos 18–37
Se dan aquí instrucciones al sacerdote para que sepa el diagnóstico que debe hacer cuando aparecen señales de lepra, o: 1. En una úlcera o divieso que se haya curado, pero aparezca después hinchazón, etc. (vv. 18 y ss.). Cuando viejas heridas, que parecían curadas, reaparecen, es de temer que se trate de lepra; tal es el peligro de aquellos que, después de haber escapado de las contaminaciones del mundo, se enredan otra vez en ellas y son vencidos (2 P. 2:20). O: 2. En una quemadura por accidente, pues esto parece ser que es lo que se indica (vv. 24 y ss.). El ardor de la discordia y de la contienda ocasiona muchas veces la erupción de algo corrompido e infecto, que da testimonio en el rostro mismo de los hombres de que son inmundos.
Versículos 38–46
I. Se dan cauciones para que ni la piel pecosa ni la calvicie limpia se confundan con la lepra (vv. 38–41). No toda deformidad física ha de tomarse como impureza ceremonial.
II. Pero hay una marca especial de lepra cuando una hinchazón de mancha blanca rojiza aparece en la calva: Leproso es, es inmundo; en su cabeza tiene la llaga (vv. 44). Si la lepra del pecado se apodera de la cabeza, si el juicio se corrompe y se acogen principios perversos, que favorecen y apoyan prácticas perversas, la inmundicia es completa. Una fe mantenida con pureza, preserva de lepra la cabeza.
III. ¿Qué ha de hacerse cuando alguien es leproso cierto y convicto? Cuando el sacerdote, después de serio examen y deliberación madura, le ha declarado solemnemente inmundo:
1. Él mismo debe declararlo públicamente (v. 45). Debe adoptar la actitud del que guarda duelo y gritar: ¡Inmundo inmundo! Por consiguiente: (A) Debe humillarse bajo la mano poderosa de Dios y no pretender que está limpio, cuando el sacerdote le ha declarado inmundo. Ha de dar a entender esto rasgando sus vestidos, descubriendo su cabeza y embozándose, todas ellas señales de vergüenza y confusión de rostro, pues indican la repugnancia y humillación de sí mismo que deberían llenar el corazón de toda persona sinceramente arrepentida, dispuesta a juzgarse a sí misma. (B) Debe avisar a otros para que tengan cuidado y no se acerquen. Por dondequiera que vaya, debe gritar a quienes vea a cierta distancia: «Soy inmundo, inmundo, ¡cuidado con tocarme!» No es que la lepra fuese necesariamente contagiosa, pero por tocar a un leproso se contraía la impureza ceremonial. Y esto es todo lo que la ley podía hacer. La ley sólo nos muestra nuestra enfermedad, el Evangelio nos muestra la curación en Cristo.
2. Después, el leproso debía ser echado fuera del campamento, y, más tarde, cuando entraron en la tierra de Canaán, fuera de la ciudad o aldea donde vivía, y habitar solo (v. 46), juntándose solamente con quienes fuesen leprosos como él.
Versículos 47–59
Ahora viene la ley concerniente a la plaga de lepra en un vestido, ya sea éste de lana o de lino. Lepra en un vestido, aun con todas las señales claras de ella, es algo que, para nosotros, hoy en día es del todo inconcebible. El proceso se parecía mucho al de una persona leprosa. El vestido sospechoso de lepra no había de quemarse inmediatamente, sino que había de mostrarse al sacerdote. Si, después de atento examen, se hallaba que la mancha era de lepra, había de quemarse. Si la causa de la sospecha se había desvanecido, debía lavarse, y entonces se podía usar (v. 58).
Este capítulo trata del método que ha de seguirse para purificar, tanto a las personas, como a las vestiduras, infectadas de lepra.
Versículos 1–9
I. Se tiene por cierto que la plaga de la lepra no es una enfermedad incurable. El rey Uzías continuó leproso hasta el día de su muerte, pero María sólo lo estuvo durante siete días; podemos suponer que, muchas veces, desaparecía por sí sola con el tiempo.
II. El dictamen de la curación, como el del diagnóstico, estaba reservado al sacerdote, quien debía salir al campo en busca del leproso, para ver si se le había curado la lepra (v. 3). Era una medida de compasión hacia los pobres leprosos el que los sacerdotes tuviesen especiales órdenes para atenderles. Al estar el leproso apartado de la sociedad, y no poder ir a los sacerdotes, estaba puesto en razón que los sacerdotes fuesen a él. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, los ministros de Dios (Stg. 5:14). Si lo aplicamos a la lepra espiritual del pecado esto insinúa que, cuando nos retiramos de los que andan desordenadamente para que sean avergonzados, no debemos tenerlos por enemigos, sino amonestarlos como a hermanos (2 Ts. 3:15). Y también, que, cuando Dios por medio de su gracia, ha traído de nuevo al arrepentimiento a quienes estaban fuera de comunión por escándalo, hay que recibirlos de nuevo con ternura, gozo y afecto sincero. Así Pablo ordena acerca del corintio puesto fuera de comunión que, cuando había dado señales evidentes de su arrepentimiento, debían perdonarle y consolarle, y reafirmar su amor hacia él (2 Co. 2:7–8).
III. Cuando se veía que la lepra estaba curada, el sacerdote debía declararlo con especial solemnidad. El leproso o sus amigos tenían que presentar dos avecillas vivas, cazadas con este objetivo (cualquier clase de aves que fuesen limpias), y madera de cedro, grana e hisopo. 1. Había de hacerse un preparado de sangre y agua, con el que se rociaba al leproso. Una de las aves había de ser inmolada sobre un vaso de barro que contuviese agua viva (agua de manantial). 2. La avecilla viva, con el cedro, la grana y el hisopo, eran mojados en la sangre vertida sobre el agua, con la que había que rociar siete veces sobre el que se purificaba de la lepra (vv. 6–7). Parece ser que la madera de cedro significaba la restauración del leproso a su salud y fuerza, porque es la clase de madera que mejor resiste a la putrefacción. La grana significaba que el leproso había recuperado su color sano, pues la lepra le había vuelto blanco como la nieve. Y el hisopo, que absorbe fácilmente el líquido y lo suelta después cuando se rocía con él, perfumándolo con su buen olor indicaba que se había retirado del leproso el mal olor que suele acompañar a esa enfermedad. El cedro, que es el árbol más noble y majestuoso, se usaba en este servicio junto con el hisopo, que es la más ruin de las plantas (1 R. 4:33). El leproso tenía que ser rociado siete veces, para significar una purificación perfecta, en alusión a lo cual ora David, diciendo: Lávame a fondo de mi maldad (Sal. 51:2). A Naamán se le ordenó que se lavara siete veces (2 R. 5:10). 3. La avecilla viva tenía que ser suelta entonces a campo abierto, para significar que el leproso, una vez purificado, no sólo volvía a la vida normal, sino que, al no estar ya bajo restricción ni confinamiento, podía dirigirse libremente a donde mejor le pareciese. Pero, como el vuelo del ave viva era hacia arriba, eso le sugería que, de allí en adelante, había de buscar las cosas de arriba (Col. 3:1–2), y no emplear esta nueva vida que Dios le había otorgado, meramente en la búsqueda de las cosas terrenales. Aquellos cuyas almas estaban hundidas hasta el polvo (Sal. 44:25), en aflicción y miedo, ahora vuelan por el amplio firmamento de los cielos y se remontan con las alas de la fe, la esperanza, el gozo y el amor. 4. El sacerdote debía, con esto, declararlos limpios. Limpios son en verdad los que Cristo declara tales, y no necesitan tener en cuenta lo que los hombres digan de ellos. Pero, aunque Cristo era el fin de la ley para justicia (Ro. 10:4), en los días de su carne fue puesto bajo la ley (Gá. 4:4) que todavía estaba en vigor, y, por eso, ordenó a los leprosos que había curado milagrosamente que fueran a mostrarse al sacerdote y presentar la ofrenda que ordenó Moisés (Mt. 8:4; Lc. 5:14). 5. Cuando el leproso era declarado limpio, debía lavarse el cuerpo y los vestidos y raerse todo el pelo (v. 8), y permanecer todavía otros siete días fuera del campamento, y al séptimo día debía repetir el lavado y el rapado (v. 9). Una vez que el sacerdote le había declarado limpio de la enfermedad, él debía limpiarse lo mejor posible de todos los restos de ella y de cualquier otra contaminación.
Versículos 10–20
I. Para completar la purificación del leproso, al octavo día, después de la anterior ceremonia solemne realizada fuera del campamento, tenía él que esperar a la puerta del tabernáculo y allí había de ser presentado delante de Jehová con su ofrenda (v. 11). 1. Que las misericordias de Dios nos obligan a presentarnos a Él (Ro. 12:1). 2. Cuando Dios nos ha restaurado a la libertad de las ordenanzas, después de
estar impedidos por enfermedad, la distancia o cualquier otra causa legítima, deberíamos aprovechar la primera oportunidad para testificar de nuestro respeto a Dios y de nuestro afecto al santuario.
II. El leproso había de traer tres corderos con una ofrenda de presente y una alcuza de aceite, que sería algo menos de medio litro. 1. Lo más especial de la ceremonia en este caso era el sacrificio por la culpa en el cual se ofrecía el primer cordero (v. 12). Los judíos dicen que el leproso se situaba fuera de la puerta del tabernáculo, y el sacerdote estaba dentro, de modo que la ceremonia se celebraba a través de la puerta, lo que significaba que ahora era admitido con los demás israelitas para asistir de nuevo a los atrios de la casa de Jehová; el mismo sacrificio por la culpa tenía por objetivo renovar su pacto con Dios, como buen israelita después que había sido cortado de la comunión con el pueblo de Dios, a causa de su enfermedad. Podía suceder que el nombre fatídico se le quedase como apodo de por vida (como leemos de uno que probablemente había sido sanado por el Señor Jesús, pero todavía después es llamado Simón el leproso; Mt. 26:6). Los leprosos limpiados son admitidos a la sangre y al aceite, tanto como los sacerdotes consagrados. 2. Además de esto, debía ofrecerse un sacrificio de expiación y un holocausto con un cordero para cada uno de ellos (vv. 19–20). Con cada uno de estos sacrificios se dice que los sacerdotes harán expiación por él. (A) Su culpa moral será quitada. (B) Su impureza ceremonial será retirada, la cual le había tenido apartado de la participación de las cosas santas. Y a esto se llama hacer expiación por él, porque nuestra restauración a los privilegios de los hijos de Dios, que en esto están tipificados, se debe pura y únicamente a la gran propiciación. El holocausto, además de la expiación que se hacía con él, era un agradecido reconocimiento a Dios por la misericordia que había tenido con él y cuanto más directa había sido la intervención de la mano de Dios, tanto en la enfermedad como en su curación, tanto mayor razón tenía él para darle gloria y, así, como dice nuestro Salvador, ofrecer por su purificación lo que Moisés ordenó, para que les sirviera de testimonio (Mr. 1:44).
Versículos 21–32
La benigna provisión que la ley hacía para la purificación de los leprosos pobres. Si no tenían medios para traer tres corderos y tres décimas de efa de flor de harina, debían traer un cordero y una décima de efa de flor de harina y, en lugar de los otros dos corderos, dos tórtolas o dos palominos (vv. 21–22). 1. Que la pobreza de la persona no podía excusarla de presentar sus ofrendas. Que nadie piense que, por ser pobre, Dios no le exige ningún servicio, puesto que les tiene consideración y exige solamente lo que el más pobre puede dar. «Dame, hijo mío, tu corazón (Pr. 23:26), y así los becerros de tus labios serán aceptados en lugar de los becerros de tus establos». 2. Que Dios esperaba de los pobres sólo lo que ellos pudiesen traer. Cuando existe una voluntad generosa y un corazón honesto, dos palominos, cuando son lo más que una persona puede dar, son tan aceptables a Dios como dos corderos.
Versículos 33–53
Esta es la ley concerniente a la lepra de una casa. La lepra de una casa es considerada como la de un vestido. 1. Se supone que incluso en Canaán, la tierra prometida, sus casas podían estar infectadas de lepra. 2. También se da por supuesto que el dueño de la casa lo hará saber al sacerdote tan pronto como vea la menor causa para sospechar que su casa tiene lepra. Cuando el pecado reina en una casa, es allí una plaga como lo es en el corazón. Y los cabezas de familia deberían estar alerta y con temor a la primera aparición de graves pecados en sus casas y alejar la iniquidad cualquiera que sea, de sus tabernáculos (Job 22:23). 3. Si el sacerdote, después de un examen diligente, hallaba que la lepra se había metido en la casa, debía tratar de sanarla arrancando la parte del edificio que estuviese infectada (vv. 40–41). Esto era como amputar un miembro gangrenado para preservar la salud del resto del cuerpo. 4. Si, a pesar de esto, todavía quedaba lepra en la casa, todo el edificio tenía que ser derribado, y los materiales habían de ser sacados fuera de la ciudad a un lugar inmundo (vv. 44–45). 5. Por el contrario, si el quitar las piedras infectadas había sido suficiente para sanar la casa, y la lepra no se había extendido más, entonces la casa debía ser limpiada; no sólo ventilada, para que fuese sana, sino purificada de la contaminación ceremonial, para que fuese morada conveniente de un israelita. La ceremonia de su purificación era muy parecida a la de una persona leprosa (vv. 49 y ss.). El mismo cuidado deberíamos tener para reformar todo
lo que deje algo que desear en nuestras familias, para que nosotros y nuestras casas sirvan al Señor (v. Gn. 35:2).
Versículos 54–57
Conclusión de esta ley concerniente a la lepra. Podemos ver en esta ley: 1. El cuidado benévolo que Dios tenía de su pueblo Israel. Cuando Naamán de Siria fue curado de su lepra, no se le pidió que se mostrase al sacerdote, aunque fue curado en el Jordán, como tenían que mostrarse los judíos que eran sanados por nuestro Salvador. 2. El cuidado religioso que hemos de tener de nosotros mismos, para preservar nuestra mente del dominio de todas las aficiones y disposiciones pecaminosas, que hacen enfermar nuestra mente y la contaminan, para que así estemos bien dispuestos para el servicio de Dios.
En este capítulo tenemos leyes concernientes a otras impurezas ceremoniales, contraídas ya por enfermedad física, como era el caso de la lepra, ya por otras causas naturales que aquí se detallan.
Versículos 1–18
Ley concerniente a la impureza ceremonial que se contraía por flujo de semen de los hombres, lo cual suele ser efecto de una vida disoluta, al menos en pensamientos y deseos de actos sexuales. Una vil enfermedad, por méritos viles. Todo el que padecía de este flujo. 1. Era inmundo (v. 2). No podía atreverse a acercarse al santuario. 2. Hacía inmunda a toda persona o cosa que tocase o que le tocase a él (vv. 4–12). Esto significaba el contagio del pecado, el peligro en que nos encontramos de quedar contaminados al conversar con los impuros. 3. Después que era curado de su enfermedad, todavía no podía ser limpiado de su impureza sin sacrificio, para el cual había de prepararse bañándose en agua viva (agua corriente de manantial o arroyo natural), y lavar también sus vestidos (vv. 13–15). Esto simbolizaba los grandes deberes del Evangelio, de fe y de arrepentimiento, y los grandes privilegios del Evangelio, de aplicarnos la sangre de Cristo a nuestras almas para nuestra justificación, y la gracia de Cristo para nuestra santificación.
Versículos 19–33
Esta porción concierne a la impureza ceremonial de las mujeres cuando tienen el flujo de sangre. Esto hacía inmunda a la mujer (v. 25) y a todo lo que tocara (vv. 26–27). Y si se le había pasado y, después de siete días, se hallaba perfectamente libre de su flujo, tenía que ser purificada por medio de la ofrenda de dos tórtolas o de dos palominos, para hacer expiación por ella (vv. 28–29).
Por estas leyes, se les enseñaba que debían ser un pueblo especial purificado para Dios, quien, siendo santo, quería hacer de ellos un reino de sacerdotes, una nación santa. También se les enseñaba a preservar el honor de su pureza, y a guardarse de todas las poluciones pecaminosas. En todas estas leves parece que hay una referencia especial al honor del tabernáculo, al que nadie debía acercarse cuando estaba en su impureza, para no contaminar mi tabernáculo (v. 31). Así se les enseñaba a no acercarse jamás a Dios, sino con un sentido humilde y reverente de su distancia y de su indignidad.
Demos gracias a Dios por no estar bajo el yugo de estas ordenanzas carnales, ya que lo único que puede contaminarnos, como lo único que puede destruirnos, es el pecado. Ahora pueden participar de la Cena del Señor quienes no se habrían atrevido entonces a comer de las ofrendas de paz. Veamos todos cuán indispensablemente necesaria es la verdadera santidad para nuestra felicidad futura, y tengamos nuestro corazón purificado por la fe, para que podamos ver al Señor.
En este capítulo tenemos la institución de la solemnidad anual del día de la expiación, que albergaba en su significación mayor contenido de Evangelio que cualquier otra institución de la ley ceremonial, como se ve por las referencias que encontramos en Hebreos 9:7 y siguientes. Concierne al sacrificio anual, en el que toda la nación estaba involucrada e interesada. Todo el servicio de este día estaba encomendado al sumo sacerdote. El pueblo tenía que observar este día religiosamente con santo reposo y con santa lamentación por el pecado; y esto debía ser para ellos por estatuto perpetuo (vv. 29 y ss.).
Versículos 1–4
I. La fecha de esta ley concerniente al día de la expiación: fue después de la muerte de los dos hijos de Aarón (v. 1), de la que leemos en el capítulo 10, versículo 1. 1. A fin de que Aarón no tema que alguna culpa remanente de aquel pecado quede adherida a su familia, se le dan instrucciones sobre el modo de hacer expiación por su casa. 2. Advertidos los sacerdotes por la muerte de Nadab y Abiú de que han de acercarse a Dios con reverencia y santo temor, se les instruye ahora del modo como acercarse lo más posible.
II. El objetivo de esta ley. Parte de este objetivo era preservar la veneración del lugar santísimo, dentro del velo donde plugo a la gloria de Dios, o shekinah, habitar entre los querubines. Adentro del velo, nadie podía jamás allegarse, excepto el sumo sacerdote, y aun eso sólo una vez al año. Pero veamos qué feliz cambio ha sido operado por el Evangelio de Cristo; todo buen cristiano tiene ahora libertad para entrar en el lugar santísimo a través del velo, cada día (He. 10:19–20) y nos acercamos confiadamente (no como Aarón, con temor y temblor) al trono de la gracia, o propiciatorio (He. 4:16). Cuanto mayor familiaridad adquirimos con los objetos de la fe, tanto mejor manifiestan su grandeza y su bondad; por eso, ahora somos invitados a allegarnos en todo tiempo, al santuario no hecho de manos. Entonces Aarón no podía acercarse en todo tiempo, para no morir; ahora nosotros debemos acercarnos en todo tiempo, para vivir; sólo en la distancia está nuestra muerte.
III. La persona a la que estaba encomendada la obra de este día la cual era exclusivamente el sumo sacerdote: Con esto entrará Áarón en el santuario (v. 3).
IV. El atuendo del sumo sacerdote en este servicio. No debía estar revestido de sus ricos ornamentos no tenía que ponerse el efod con sus piedras preciosas, sino sólo las vestiduras de lino que llevaba en común con los inferiores sacerdotes (v. 4). Éste era el atuendo que mejor le iba en este día de humillación.
Versículos 5–14
Los escritores judíos dicen que durante los siete días anteriores al día de la expiación, el sumo sacerdote tenía que morar en una cámara del templo para prepararse debidamente. Durante estos siete días, hacía él mismo la obra de los sacerdotes inferiores. 1. Tenía que comenzar el servicio del día muy temprano con el acostumbrado sacrificio matutino, después de haberse lavado primero todo el cuerpo antes de vestirse, y las manos y los pies de nuevo después. Luego quemaba el incienso diario, encendía las lámparas y ofrecía el sacrificio extraordinario establecido (Nm. 29:8). 2. Después tenía que quitarse las ricas vestiduras, bañarse, ponerse las vestiduras de lino y presentar ante el Señor su propio becerro, que había de hacer expiación por sí y por su casa (v. 6). 3. Luego, tenía que echar suertes sobre los dos machos cabríos, con los que había de hacer (ambos juntos) un sacrificio de expiación por el pecado del pueblo. Uno de estos machos cabríos había de ser degollado en señal de la necesaria satisfacción a la justicia divina por el pecado; el otro debía ser enviado al desierto, en señal de la remisión y despido del pecado por parte de la misericordia de Dios. Ambos eran presentados conjuntamente a Dios (v. 7), antes de que echara la suerte sobre ellos, y de nuevo después el que había de permanecer vivo (v. 10). Hay quienes opinan que se escogían machos cabríos para la expiación por el pecado a causa de lo desagradable de su olor, que simboliza lo ofensivo que es el pecado. 4. Luego venía el sacrificio del becerro que Aarón tenía que ofrecer por sí y por su casa (v. 11). 5. Después tomó un incensario lleno de
brasas, y sus puños llenos del incienso aromático molido, y entró luego en el lugar santísimo, puso las brasas en el suelo y desparramó el incienso sobre ellas, de modo que la habitación quedó llena inmediatamente del humo del incienso. Dicen los judíos que tenía que entrar de lado, para no mirar directamente al Arca, donde estaba la gloria de Dios, y que debía de salir de espaldas, por reverencia a la majestad divina; y, después de una breve oración, había de mostrarse al pueblo. 6. Luego tomó de la sangre del becerro y entró con ella por segunda vez en el lugar santísimo, que estaba aún lleno del humo del incienso y esparció la sangre con su dedo hacia el propiciatorio, una vez a la parte alta, y después siete veces hacia la parte baja de él (v. 14).
Versículos 15–19
Cuando el sumo sacerdote salía después de esparcir la sangre del becerro delante del propiciatorio: 1. Debía proceder a degollar el macho cabrío que era el sacrificio por el pecado del pueblo (v. 15), y entrar por tercera vez en el lugar santísimo para esparcir la sangre del macho cabrío, como había hecho con la del becerro; y así hacía expiación por el santuario (v. 16). Una vez que Dios estaba reconciliado con ellos, podía continuar habitando entre ellos. 2. Luego tenía que hacer con la parte exterior del tabernáculo lo mismo que había hecho con la parte interior. La razón alegada es porque el tabernáculo reside entre ellos en medio de sus impurezas (v. 16). Dios quería mostrarles con esto cuán purificados necesitaban estar sus corazones. 3. Después tenía que mezclar parte de la sangre del becerro y del macho cabrío y poner de la mezcla sobre los cuernos del altar que está delante del Señor (vv. 18–19).
Versículos 20–28
1. La siguiente ceremonia que tenía que realizar el sumo sacerdote, después de presentar al Señor los sacrificios expiatorios mediante el rociamiento de su sangre, era confesar los pecados de Israel y poner ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío que había quedado vivo (vv. 20–21); y cuandoquiera que se ponían las manos sobre la cabeza de cualquier sacrificio, siempre se hacía confesión. En tiempos posteriores, esta confesión improvisada degeneró en una fórmula ya fija para uso del sumo sacerdote. Con esta confesión, ponía los pecados de Israel sobre la cabeza del macho cabrío (v. 21). 2. Entonces el macho cabrío era enviado inmediatamente al desierto por una mano diestra para ello, a una tierra no habitada; y Dios les permitió dramatizar mediante este despido del macho cabrío el despido de sus pecados mediante una remisión libre y plena: Llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos (v. 22). Los judíos posteriores tenían la costumbre de atar un hilo de ropa de color escarlata a los cuernos del macho cabrío y otro a la puerta del Templo o a la cima de la roca por donde fue costumbre después precipitar al macho cabrío (ya que no era posible encontrar lugar deshabitado del que no pudiese volver), y concluían que si se volvía blanco (según dicen ellos que acostumbraba ocurrir), los pecados de Israel quedaban perdonados como está escrito: Aunque sean rojos (vuestros pecados) como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Is. 1:18). Y añaden que, durante los cuarenta años anteriores a la destrucción de Jerusalén por los romanos, el hilo escarlata nunca más cambió de color lo cual es una franca confesión de que al haber rechazado la realidad, no hallaban sustitución en la sombra. 3. Después el sumo sacerdote tenía que quitarse las vestiduras de lino en el tabernáculo, y dejarlas allí, para no volver a ponérselas ni él ni ningún otro, según dicen los judíos, pues las hacían nuevas cada año; debía luego lavar su cuerpo con agua, ponerse las vestiduras ricas, y entonces ofrecer su holocausto y el del pueblo (vv. 23–24). Una vez que tenemos el consuelo del perdón, debemos dar a Dios la gloria que le corresponde por ello. 4. La carne de los sacrificios de expiación, cuya sangre había sido introducida en el lugar santísimo, tenía que ser quemada a cierta distancia fuera del campamento, para significar, por una parte, el despojarnos del pecado por medio de un sincero arrepentimiento y un espíritu ferviente, y, por otra, la remisión completa del pecado por la gracia de Dios, alejando para siempre de nosotros el pecado, de modo que nunca pueda volver a levantarse contra nosotros en el juicio. 5. La persona que se llevó el macho cabrío vivo al desierto, y los que quemaron el sacrificio de expiación, habían de ser considerados como ceremonialmente inmundos y no podían entrar en el campamento hasta que se hubiesen lavado las ropas y el cuerpo con agua, lo cual simbolizaba la naturaleza contaminadora del pecado. 6. Hecho todo esto, el sumo sacerdote entraba de nuevo en el lugar santísimo para recoger su incensario, y así se volvía a su casa con gozo, porque había realizado su servicio y no había muerto.
Versículos 29–34
I. Instrucciones adicionales con referencia a esta gran solemnidad; en especial:
1. El día señalado para esta solemnidad. Debía ser observada cada año en el mes séptimo, a los diez días del mes (v. 29).
2. El deber del pueblo en ese día. (A) Debían descansar de todos sus trabajos: Día de sábado es para vosotros (v. 31). (B) Debían afligir sus almas. Debían abstenerse de todos los deleites corporales, en señal de la humillación interior y de la contrición de corazón por sus pecados. Todos (excepto los niños y los enfermos) ayunaban en ese día y dejaban a un lado sus ornamentos. Es muy de notar que el arrepentimiento personal era (y es) la condición indispensable para el perdón de los pecados delante de Dios, puesto que el día de la expiación, de suyo, sólo globalmente apartaba la ira de Dios de los pecados del pueblo, como sucedió en el Gran Día de la Expiación llevada a cabo en la cruz del Calvario (v. 2 Co. 5:19–20; donde a la reconciliación hecha en el Calvario globalmente, ha de unirse la reconciliación personal de cada uno).
3. La perpetuidad de esta institución: Esto tendréis por estatuto perpetuo (vv. 29, 34). No debía interrumpirse ningún año, ni cesar jamás hasta que dicha constitución y dispensación quedase disuelta, y el tipo fuese sustituido por el antitipo. La repetición anual de los sacrificios mostraba que había en ellos sólo una fuerza pequeña e imperfecta para hacer expiación, la cual sólo podía realizarse perfectamente por la ofrenda del cuerpo de Cristo una vez por todas (He. 9:26, 28; 10:12, 14); como esta sola vez fue suficiente, el sacrificio ya no necesitó ser repetido.
II. Veamos ahora cuánto Evangelio había en todo esto.
1. Aquí están tipificados los dos grandes privilegios de la remisión del pecado y del acceso a Dios; ambos los debemos a la mediación de nuestro Señor Jesucristo. Veamos, pues, aquí:
A) La expiación de la culpa que Cristo hizo por nosotros. Él es, a un mismo tiempo, el hacedor y la materia de la expiación, porque Él es: (a) El sacerdote, el sumo sacerdote, que hace propiciación por los pecados del pueblo (He. 2:17). Nadie podía estar junto al sumo sacerdote cuando éste hacía la expiación (v. 17); así nuestro Señor Jesucristo ofreció en soledad su sacrificio, pues todos sus discípulos le abandonaron y huyeron, ya que, si alguno de ellos hubiese sido arrestado y llevado a la muerte juntamente con Él, habría podido considerársele como que de alguna manera le asistía al hacer la expiación; y también estaba destinado a pisar el lagar en soledad el día de la venganza (Is. 63:3–6, Ap. 14:20; 19:15). Pero, mientras que la expiación llevada a cabo por el sumo sacerdote alcanzaba solamente a la congregación de Israel, Cristo es la propiciación, no sólo por los pecados de los judíos, sino por los de todo el mundo gentil (1 Jn. 2:2). También supera Cristo infinitamente a Aarón en que Aarón necesitaba primero ofrecer sacrificio por sus propios pecados, de los cuales tenía que hacer confesión sobre la cabeza del macho cabrío, pero nuestro Señor Jesucristo no tenía ningún pecado propio del que responder. (b) Así como Él es el Sumo Sacerdote, así también es Él mismo la víctima del sacrificio con la que se lleva a cabo la expiación; porque Él lo es todo en todo en nuestra reconciliación con Dios. Así fue Él tipificado por los dos machos cabríos que hacían conjuntamente una sola ofrenda: el macho cabrío degollado era tipo de Cristo que moría por nuestros pecados; el macho cabrío vivo era tipo de Cristo que resucitaba para nuestra justificación (Ro. 4:25). Primeramente, vemos que la expiación se completaba poniendo los pecados de Israel sobre la cabeza del macho cabrío. El pueblo merecía haber sido abandonado y enviado a una tierra olvidada, pero este castigo era transferido al macho cabrío que llevaba sus pecados, con referencia a lo cual leemos que Dios cargó sobre Él (nuestro Señor Jesucristo) la iniquidad de todos nosotros (Is. 53:6), y también leemos que llevó Él mismo nuestros pecados (pues asumió la responsabilidad de ellos y pagó la pena de ellos) en su cuerpo sobre el madero (1 P. 2:24). En segundo lugar, la consecuencia de esto era que todas las iniquidades de Israel eran llevadas a una tierra de olvido. Así Cristo, el Cordero de Dios, quita el pecado del mundo (Jn. 1:29), al mismo tiempo que lo carga sobre sí. Y, cuando Dios perdona el pecado, se dice que ya no se acuerda más de él (He. 8:12), que se lo echa a la espalda (Is. 38:17), que lo arroja a lo profundo del mar (Mi. 7:19), y que lo aparta tan lejos como el oriente del occidente (Sal. 103.12).
B) La entrada del sumo sacerdote en el lugar santísimo era tipo de la entrada que Cristo hizo en los cielos a favor nuestro. Lo expone así Hebreos 9:7 y siguientes, donde se muestra: (a) Que el Cielo es el
verdadero Lugar Santísimo, no el de un edificio hecho por manos humanas, y que la entrada en él por medio de la fe, la esperanza y la oración, en virtud y a través de un Mediador Jesucristo Hombre, no estaba entonces tan claramente manifiesta como lo está ahora para nosotros por el Evangelio. (b) Que Cristo nuestro gran Sumo Sacerdote, entró en los cielos el día de su Ascensión de una vez por todas. (c) Que entró por medio de su Propia sangre (He. 9:12), y esparció su sangre, por decirlo así, delante del propiciatorio, donde habla mejor que la sangre de los becerros y de los machos cabríos. Por eso leemos que apareció en medio del trono como el Cordero que ha sido inmolado (Ap. 5:6). La intercesión de Cristo allí aparece como incienso, mucho incienso (Ap. 8:3). Y así como el sumo sacerdote intercedía primero por sí, luego por su casa, y después por todo Israel, así también nuestro Señor Jesucristo, en el capítulo diecisiete de San Juan, se encomendó primero a sí mismo al Padre, luego a sus discípulos, que eran como su familia, y después a todos los que habían de creer por la palabra de ellos.
2. También están aquí tipificados los dos grandes deberes del Evangelio, que son la fe y el arrepentimiento mediante los cuales somos cualificados para participar de la expiación y apropiarnos sus beneficios. (A) Por la fe debemos poner nuestras manos sobre la cabeza de la ofrenda, y descansar y poner toda nuestra confianza en el Señor que es nuestra Justicia (Jehová Tsidqenú), y apelar a su satisfacción como a lo único capaz de expiar nuestros pecados y procurarnos el Perdón. ¡Él responde por nosotros! (B) Por el arrepentimiento debemos afligir nuestras almas; no sólo absteniéndonos por algún tiempo de los deleites del cuerpo, sino tener pesar interno por nuestros pecados, y vivir una vida de negación de nosotros mismos y de mortificación.
En este capítulo tenemos dos prohibiciones necesarias para preservar el honor de la expiación: 1. Que nadie, sino los sacerdotes, se atreva a ofrecer ningún sacrificio, y en ninguna otra parte que no sea a la puerta del tabernáculo; 2. Que nadie se atreva a comer sangre. Ambas cosas están prohibidas bajo pena de muerte.
Versículos 1–9
Este estatuto obligaba a todo el pueblo de Israel a llevar todos sus sacrificios al altar de Dios, para ser ofrecidos allí.
I. Cuál era la norma anterior. 1. Estaba permitido a todos erigir altares donde mejor les pareciera, y ofrecer allí sacrificios a Dios. 2. Esta libertad había ocasionado la idolatría. Los israelitas mismos habían aprendido en Egipto a sacrificar a los demonios. Y algunos de ellos parece ser que lo practicaron incluso después que el Dios de Israel se había aparecido tan gloriosamente en favor de ellos, y con ellos.
II. Qué normas fijó la presente ley. No es fácil hablar de esta ley como de una ley temporal, cuando expresamente se dice que es estatuto perpetuo de generación en generación (v. 7); por consiguiente, parece ser que prohíbe solamente inmolar animales en sacrificio en cualquier otro lugar que no sea el altar de Dios. No deben ofrecer sacrificio, como lo habían hecho antes, en medio del campo (v. 5), al verdadero Dios, sino que deben traerlo al sacerdote, para ser ofrecido en el altar del Señor. Si alguien infringe esta ley y ofrece sacrificio en otro lugar que no sea el tabernáculo: 1. La culpa es muy grave: Será culpado de sangre el tal varón; sangre derramó (v. 4). Los sacrificios idolátricos eran considerados, no sólo como adulterio, sino como homicidio: El que sacrifica buey es como si matase a un hombre (Is. 66:3). 2. El castigo era muy severo: Será cortado el tal varón de su pueblo.
III. Cómo fue observada esta ley. 1. Mientras los israelitas guardaron su propia integridad, tuvieron un respeto amoroso y celoso de esta ley como aparece por el celo que desplegaron contra el altar que habían erigido las dos tribus y media y únicamente lo dejaron quedar de pie después de recibir las explicaciones necesarias de que aquel altar nunca se había erigido, ni había de ser usado, con la intención de ofrecer en él sacrificios de ninguna clase, sino sólo como memorial para las futuras generaciones (Jos. 22:12 y ss.). 2. El quebrantamiento de esta ley fue por muchos años la señal de corrupción del pueblo de
Israel, como atestigua la queja que la Palabra de Dios hace durante la historia incluso de buenos reyes: Con todo eso los lugares altos no se quitaron (por ej. 2 R. 15:4). Y esto era un portillo por el que se colaban las más groseras costumbres idolátricas.
IV. Cómo está ahora este asunto y qué uso hemos de hacer de esta ley. 1. Es cierto que los sacrificios espirituales que hemos de ofrecer ahora, no están confinados a un lugar determinado. No tenemos templo ni altar que santifiquen la ofrenda, ni la unidad del Evangelio consiste en un solo lugar, sino en un corazón, y en la unidad del Espíritu (Ef. 4:3). 2. Cristo es nuestro altar, y el verdadero tabernáculo (He. 8:2; 13:10); en Él mora Dios entre nosotros, y en Él, sólo en Él, son aceptables a Dios nuestros sacrificios (1 P. 2:5).
Versículos 10–16
Repetición y confirmación de la ley que prohíbe comer sangre. Ya habíamos visto anteriormente esta prohibición, por dos veces, en la ley levítica (3:17; 7:26), además del lugar que ocupa en los preceptos dados a Noé (Gn. 9:4). Pero aquí: 1. La prohibición se repite una y otra vez, y se hace referencia a anteriores prohibiciones (v. 12). Se carga sobre ella un gran énfasis, como sobre algo que tiene mucha más importancia de lo que parece a primera vista. 2. Se la impone como obligatoria, no sólo para la casa de Israel, sino también para los extranjeros que moran entre ellos (v. 10). 3. La pena aneja a esta ley es muy severa: pena de muerte (v. 10). 4. Se da, del modo más completo, la razón de esta ley: Porque es la sangre la que hace expiación de la persona (v. 11), ya que la vida de la carne está en la sangre. En efecto, el pecador merece morir por su pecado, pero no puede quitarse a sí mismo la vida; entonces debe morir la víctima del sacrificio que sustituye al hombre pecador. Al estar, pues la vida en la sangre, y haber vida mientras hay sangre, Dios estableció que la sangre del sacrificio se derramara sobre el altar para indicar que la vida de la víctima sacrificada era ofrecida a Dios en lugar de la vida del pecador, como rescate y contrapartida por ella; por eso, sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados (He. 9:22). Por esta razón no debían comer sangre, y: (A) Era entonces muy buena razón, porque Dios quería preservar por este medio el honor de aquel modo de expiación que Él había instituido. Pero: (B) Esta razón no tiene ya lugar, lo cual indica que la ley misma era ceremonial, y ya no está vigente en modo alguno, la sangre de Cristo es la única que hace expiación de la conciencia, y de ella era un tipo imperfecto la sangre de los antiguos sacrificios. La sangre está ahora permitida como alimento de nuestro cuerpo, con tal que esté preparada de tal modo que no sea perjudicial para la salud, porque ya no está destinada por más tiempo a realizar la expiación de los pecados.
Se dan ciertos preceptos contra diversos actos de inmoralidad que eran corrientes entre los pueblos gentiles.
Versículos 1–5
Después de dar las anteriores instrucciones ceremoniales, Dios vuelve ahora a sancionar preceptos morales. Las primeras nos son útiles como tipos; los segundos nos obligan como leyes englobadas en la suprema ley del Evangelio. 1. Primero vemos la autoridad sagrada por la que estas leyes son promulgadas: Yo soy Jehová vuestro Dios (vv. 2, 4, 30). 2. Una severa advertencia para que se guarden de los restos de idolatría de Egipto, donde por tanto tiempo habían vivido, y de la infección de las idolatrías de Canaán, adonde ahora se dirigían (v. 3). Si guardamos sinceramente los mandamientos de Dios, aunque siempre estaremos lejos de la perfección, hallaremos que el camino del deber es el camino del bienestar, y llegará un día a ser el camino de la felicidad. Tenemos aquí la descripción de la justicia que es por la ley: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas (lit. en ellas; Ro. 10:5), donde se cita para probar que la ley no procede de la fe (Gá. 3:12); es decir, no se cumple por fe, sino por obras. La alteración que el Evangelio ha introducido está en las dos últimas palabras de la frase en Levítico 18:5 y
Romanos 10:5: por ellas; puesto que el creyente que hace obras buenas, vive, pero no por ellas, puesto que vive por la fe. La ley no podía dar vida, puesto que nadie podía ni puede cumplirla perfectamente, de acuerdo con el nivel de santidad que Dios justamente requiere, pero nosotros debemos nuestra vida espiritual a la gracia de Cristo (Ef. 2:8), y no al mérito de nuestras propias obras (Gá. 3:21–22).
Versículos 6–18
Estas leyes se refieren al séptimo mandamiento.
I. Los actos prohibidos con familiares se especifican aquí como llegarse a ellos para descubrir su desnudez (v. 6).
1. El objetivo primordial de estos preceptos es prohibir el matrimonio con estos parientes. El matrimonio es una institución divina, que tiene por objeto la decente y honorable propagación de la raza humana, con la íntima cooperación de una ayuda idónea para el hombre, con lo que la vida humana alcance un bienestar y una efectividad como conviene a la dignidad de la naturaleza del hombre que está por encima de la de las bestias. Estas prohibiciones, además de estar promulgadas por una autoridad incontestable, están en sí mismas muy puestas en razón y equidad, porque: (A) Por el matrimonio, dos personas llegan a ser una sola carne, es decir, como una sola persona; por consiguiente, quienes anteriormente ya eran de algún modo una carne por naturaleza, no podían, sin gran absurdo, hacerse una carne por institución. (B) El matrimonio pone cierta igualdad entre el marido y la mujer. La desigualdad entre amo y criado, entre noble y vasallo, se funda en el consentimiento y la costumbre y, por eso, no hay ningún inconveniente en que desaparezcan al contraer matrimonio, pero la que existe entre padres e hijos, tíos y sobrinas, tías y sobrinos, ya sea por consanguinidad o afinidad, se funda en la naturaleza y no puede sin alguna confusión, desaparecer por la igualdad que establece el matrimonio. (C) No se prohíbe el matrimonio entre parientes de línea colateral, excepto entre hermanos y hermanas, tanto uterinos, como medios hermanos, como por afinidad (cuñados). Querer usar la institución del matrimonio para abogar por uniones incestuosas está tan lejos de dar motivo para justificarlas o atenuar su culpabilidad que añade a ello la culpa de profanar algo que ha sido instituido por el mismo Dios, y de prostituir para los más viles objetivos aquello que fue instituido para los más nobles fines.
2. La impureza sexual llevada a cabo con cualquiera de estos parientes fuera de matrimonio, está igualmente prohibida aquí.
II. La mayoría de los grados de parentesco prohibidos están descritos claramente; y se establece como regla general que la misma clase de parentesco que impide casarse a una persona por su línea natural o de sangre, se lo impide también por la línea de su cónyuge (suegra, cuñada, etc.), puesto que ambos son una sola carne. Pero la ley que prohíbe casarse con una cuñada (v. 16) tenía una excepción peculiar del pueblo de Israel, ya que, si un hombre casado moría sin dejar descendencia, su hermano o el pariente más próximo debía casarse con la viuda, y levantar descendencia al nombre de su hermano (Dt. 25:5), para que no se extinguiera la línea familiar ni pasase a manos ajenas la hacienda de aquella casa.
Versículos 19–30
I. Se prohíbe el acto sexual mientras la mujer tiene el flujo de la menstruación (v. 19), por la impureza ceremonial que esto comporta.
II. Desde este mismo punto de vista de la contaminación ceremonial, se prohíbe aquí el adulterio, ya sancionado en el séptimo mandamiento del Decálogo (v. 20; v. Éx. 20:14).
III. Viene luego una ley contra la más antinatural idolatría la de ofrecer a un hijo por fuego a Moloc (v. 21). Moloc (según opinan algunos) era el ídolo en que se adoraba al sol, ese gran fuego del mundo; por eso, al tributarle culto, presentaban sus hijos para ofrecerlos en sacrificio a este ídolo, quemándolos ante él o sus devotos, haciéndolos pasar por entre dos fuegos, como algunos piensan, o simplemente arrojándolos a un fuego para honor de esta pretendida deidad, imaginándose que, al consagrar a Moloc de
esta manera aunque no fuese más que uno de sus hijos, podían conseguir buena suerte para el resto de sus hijos.
IV. Otra ley contra los vicios que son contra naturaleza, como son la sodomía (homosexualidad) y la bestialidad o ayuntamiento con animales, pecados que no se pueden nombrar ni pensar sin el mayor horror imaginable (vv. 22–23). Otros pecados hacen descender al hombre al nivel de las bestias, pero éstos le rebajan mucho más aún.
V. Motivos por los que se prohíben estas abominables perversidades y otras semejantes. 1. Los pecadores se profanan a sí mismos con estas abominaciones. Todo pecado contamina la conciencia, pero estos pecados comportan una peculiar impureza. 2. Las personas que las hagan serán cortadas de entre su pueblo (v. 29). Los deseos de la carne batallan contra el alma, y ciertamente la llevarán a la ruina, a menos que lo impidan la gracia y la misericordia de Dios. Por éstos y otros pecados semejantes, debían ser destruidos los cananeos.
VI. El capítulo concluye con un soberano antídoto contra esta infección: Guardad, pues, mi ordenanza, no haciendo las costumbres abominables que practicaron antes de vosotros (v. 30). Una constante adhesión obediente a las ordenanzas de Dios es el más eficaz preservativo contra la infección de los pecados más groseros. Sólo la gracia de Dios puede mantenernos libres de ellos, y esta gracia hay que demandarla por medio de la oración y hacerla eficaz por medio de la obediencia (1 Co. 15:10).
Este capítulo ocupa un lugar central en el libro del Levítico y, por tanto, en todo el Pentateuco, y encabeza la segunda parte del libro, encuadrada en el concepto clave de santidad, atributo que refleja, mejor que ningún otro, el carácter esencial de Dios. Los judíos titulan a la porción que incluye los capítulos 19 y 20 kedoshim, que significa «santidades». El presente capítulo contiene numerosos preceptos que recorren todos los mandamientos del Decálogo. Son cosas que no requieren mucho esfuerzo para entenderlas, pero demandan constante cuidado para observarlas.
Versículos 1–10
Se ordena aquí a Moisés que entregue un compendio de las leyes a toda la congregación de los hijos de Israel (v. 2). Muchos de los preceptos aquí dados, ya los habían recibido antes, pero era conveniente que se repitiesen, para que los recordasen mejor. En estos versículos se requiere:
I. Que Israel sea un pueblo santo, porque el Dios de Israel era un Dios santo (v. 2). Ninguna aspiración hay tan noble para el ser humano como el llegar a la imitación de Dios en el atributo que mejor compendia su perfección moral. Y ésta es también la ley de Cristo: Escrito está: Sed santos, porque yo soy santo (1 P. 1:15–16). Israel fue santificado por medio de tipos y sombras (20:8), pero nosotros somos santificados por la verdad, o realidad de todas estas sombras (Jn. 17:17; Tit. 2:14).
II. Que los hijos sean obedientes a sus padres: Cada uno temerá a su madre y a su padre (v. 3). 1. El temor aquí requerido incluye reverencia y estima, expresiones exteriores de respeto, obediencia a los legítimos mandatos de los padres, cuidados y esfuerzos para agradecerles y hacerles la vida agradable, y evitar todo cuanto pueda ofenderles, contristarles y desagradarles. Los doctores judíos preguntan: «¿En qué consiste este temor debido a los padres?» Y contestan: «Consiste en no estorbarle, en no sentarse en su lugar, en no contradecir lo que dice, en no criticarle ni llamarle por su propio nombre, ya esté vivo o muerto, sino: “padre mío” o: “señor”; consiste en proveer para él, si es pobre, y cosas semejantes». 2. Cuando los niños se hacen hombres, no deben pensar que están descargados de este deber; toda persona, aunque llegue a ser un sabio o un gran personaje, debe respetar a sus padres, puesto que siguen siendo sus padres. 3. La madre figura primero en el precepto, lo cual no es corriente, para mostrar que el cariño y la ternura propios de la madre no deben menoscabar en el hijo el mismo respeto debido a ambos
progenitores. 4. Se añade: Y mis sábados guardaréis. Si Dios provee, mediante esta ley, para preservar el honor de los padres, bien está que los padres usen de su autoridad sobre los hijos, para preservar el honor de Dios, especialmente en la santificación del día del Señor. Se ha observado que la ruina de los jóvenes comienza frecuentemente por el desprecio a sus padres y la profanación del día del Señor. 5. La razón añadida a ambos preceptos es: «Yo Jehová vuestro Dios; el Señor del sábado y el Señor de vuestros padres».
III. Que sólo Dios ha de ser adorado, y no por medio de imágenes: No os volveréis (hebreo no dirigiréis vuestro rostro) a los ídolos (hebreo elilim = naderías, cosas que no existen en realidad y, por tanto, no tienen poder ni valor alguno) ni haréis para vosotros dioses de fundición (v. 4). Como si dijera: Vosotros sois obra de las manos de Dios; no cometáis tal absurdo como es adorar a dioses que son obra de vuestras manos.
IV. Que los sacrificios de sus ofrendas de paz habían de ser ofrecidos y comidos de acuerdo con la ley (vv. 5–8).
V. Que dejasen para los pobres y los extranjeros los rebuscos de su mies y de su viña (vv. 9–10). Cuando recojan su trigo, deben dejar algo en un rincón de la finca. Los doctores judíos dicen que «debería ser una sexagésima parte del campo». Deben dejar asimismo los rebuscos de las viñas que pasaron desapercibidos en la vendimia.
Versículos 11–18
Nos enseña:
I. A ser honestos y sinceros en todos nuestros tratos (v. 11). Todo lo que poseamos en el mundo, hemos de cuidar que sea honestamente adquirido, porque no podemos ser ricos de verdad, ni por mucho tiempo, con lo mal adquirido.
II. Mantener un respeto muy reverente al sagrado nombre de Dios (v. 12).
III. No robar ni retener lo ajeno (v. 13). No debemos apropiarnos, mediante fraude o robo, de lo que no es nuestro; ni retener lo que pertenece al prójimo. El jornalero debe percibir su jornal diario tan pronto como haya acabado su trabajo diario, si así lo desea.
IV. Hay que cuidar con especial delicadeza del crédito y de la seguridad de quienes no pueden ayudarse a sí mismos (v. 14). 1. El buen nombre del sordo: No maldecirás al sordo, esto es, no sólo al que es en sí tal que no puede oír ni de cerca, sino también al ausente, que no puede oír de lejos. 2. También hay que procurar salvaguardar la integridad física del ciego no poniendo ningún tropiezo delante de él; porque esto es añadir nueva aflicción al afligido. Esta prohibición implica el precepto de ayudar al ciego retirando los obstáculos que haya en su camino. Los escritores judíos, al tener por imposible que alguien sea tan bárbaro y cruel como para poner tropiezo delante del ciego, lo han entendido en sentido figurado de prohibir dar mal consejo a los simples e inexpertos, con lo que pueden ser inducidos a hacer algo que resulte en su propio perjuicio.
V. A los jueces y a los constituidos en autoridad se les manda dar un veredicto imparcial y administrar justicia sin acepción de personas (v. 15). Ni al pobre distinguirás en su causa (Éx. 23:3). Aunque no haya medida en la limosna que se puede dar a un pobre, no puede concedérsele como un derecho nada que no se le deba legalmente, ni puede hacerse de su pobreza una excusa para eximirle de un justo castigo por alguna falta que haya cometido. Dicen los judíos: «Los jueces quedan obligados por esta ley a ser tan imparciales, que no permitan a una de las partes en contienda sentarse mientras la otra permanece de pie, ni permitir a uno decir lo que le plazca y pedir a otro que sea breve» (V. Stg. 2:1–4).
VI. A todos se prohíbe injuriar de alguna manera el buen nombre del prójimo (v. 16), ya sea: 1. En conversación corriente: No andarás chismeando entre tu pueblo. La palabra hebrea para «chismoso» significa «ir de una parte a otra como un revendedor», porque los chismosos toman chismes de una casa y los llevan a otra y ordinariamente truecan allí su mercancía. Este pecado es condenado en Proverbios
11:13; 20:19; Jeremías 9:4–5; Ezequiel 22:9. Dice un escritor judío: «No existe un carácter tan despreciable como el de un chismoso; tal persona es una peste para la sociedad y debería ser exiliado de la habitación de los hombres». Y el Talmud añade que «el calumniador, el hombre de mala lengua, es peor que un asesino, porque destruye la reputación, que es más preciosa que la vida». De ahí que el Libro de Oración de los judíos contiene esta plegaria, para recitarla tres veces al día: «Oh, Dios mío, guarda mi lengua de todo mal, y mis labios de hablar engaño». O: 2. Al dar testimonio, como ya está sancionado en el Decálogo (Éx. 20:16). La frase siguiente de este versículo (Lv. 19:16) dice en hebreo: No estarás sin hacer nada ante la sangre de tu prójimo; es decir, no mirarás con indiferencia a un semejante que esté en peligro mortal de ahogarse, ser atacado por fieras o ladrones, etc., sin hacer nada para rescatarlo del peligro. Este es también el claro sentido de Proverbios 24:11–12.
VII. Se nos manda corregir a nuestro prójimo con amor (v. 17). 1. Es preferible, y así está aquí mandado, corregir al prójimo que odiarle por algo en que nos haya injuriado. Si pensamos que nuestro prójimo nos ha perjudicado en algo, no debemos albergar una secreta ojeriza contra él ni alejarnos de él. Más bien debemos esforzarnos en convencerle del daño que nos ha causado y razonar el caso amablemente con él. Esta es la norma que nuestro Salvador nos propone para estos casos (Lc. 17:3). 2. Por tanto, repréndele; repréndele por su pecado contra Dios, precisamente porque le amas. La corrección fraterna es una obligación que nos debemos unos a otros y deberíamos darla lo mismo que recibirla, con amor: Que me corrija el recto, será óleo excelente que no rehusará mi cabeza (Sal. 141:5). No cabe negar que es un precepto sumamente difícil, puesto que necesita mucha humildad por parte del que recibe la corrección; y mucho amor, mucha humildad, mucha delicadeza y mucho tacto por parte del que corrige.
VIII. Nos manda deponer todo sentimiento de venganza y de rencor, y revestirnos de amor fraternal (v. 18). 1. No debemos abrigar malos sentimientos contra nadie. 2. Debemos tener buenos sentimientos para todos: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, y en él consiste la Regla de Oro de Mateo 7:12, por la que hemos de hacer a nuestro prójimo como querríamos que nos hiciesen a nosotros. Si vuestra alma estuviera en lugar de la mía—decía Job—(16:4). «Póngase en mi lugar»—solemos decir—, cuando pasamos por un apuro. Ya en el Antiguo Testamento encontramos casos de sublime magnanimidad, como los de José y David, que supieron devolver bien por mal. Pero el Nuevo Testamento va mucho más lejos con el nuevo mandamiento del Señor (Jn. 13:34–35). Pues si Cristo puso su vida por nosotros, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos (1 Jn. 3:16), amemos así, amemos así al prójimo más que a nosotros mismos. Sin duda que, después del Señor, nadie como Pablo ha cumplido este precepto del amor que llega hasta la total negación de sí mismo (V. 2 Co. 12:15; ¡versículo conmovedor!).
Versículos 19–29
I. Una ley contra las mezclas (v. 19). En el principio, Dios hizo los animales según su especie (Gn. 1:25), y debemos acomodarnos al orden natural que Dios ha establecido, y creer firmemente que es suficiente y es el mejor, sin ambicionar la formación de monstruos. También se prohíbe el sembrar semillas mezcladas y tejer vestidos (o, al menos, llevarlos) de dos clases de material—lino y lana—, ya fuese a causa de las costumbres supersticiosas de los gentiles, o para insinuar cuánto cuidado habían de tener de no mezclarse con los gentiles ni entretejer ninguno de los usos de los gentiles idólatras con las ordenanzas de Dios. Ainsworth sugiere que esta ley tenía por objeto conducir a Israel a la simplicidad y sinceridad de la religión.
II. Ley para castigar el adulterio cometido con una sierva desposada (vv. 20–22). Para los judíos, los desposorios tenían valor de matrimonio a todos los efectos, excepto la cohabitación bajo el mismo techo; por eso, este crimen era castigado como adulterio, en honor del estado matrimonial; pero, por otro lado, no era castigado como cuando la mujer era libre; así que la pena quedaba rebajada en honor de la libertad, tan grande era entonces la diferencia entre esclavo y libre (Gá, 4:30), pero el Evangelio de Cristo ha eliminado esa diferencia (Col. 3:11).
III. Ley concerniente a los árboles frutales, que durante los tres primeros años después de ser plantados, aunque lleguen a dar fruto en ese tiempo, no se ha de usar (vv. 23–25). Por consiguiente, era
costumbre entre los judíos arrancar el fruto tan pronto como aparecía, como algo prematuro e indigno de ser ofrecido a Dios. Así hacen a veces los hortelanos, porque estos frutos prematuros pueden impedir y retrasar el normal crecimiento del árbol. En el cuarto año todo el fruto había de ser consagrado a Dios, para ser entregado a los sacerdotes o para ser comido delante del Señor gozosamente, como lo era el segundo diezmo; de allí en adelante el fruto era para ellos. Esta ley acerca de los árboles frutales es paralela a la que concernía a los animales, de que ninguna criatura debía ser aceptada como ofrenda hasta que no hubiese cumplido ocho días, que era también el plazo para la circuncisión de los niños (v. 22:27). Dios tenía las primicias de los árboles, pero, como durante los tres primeros años, eran considerados como un cordero o un becerro de menos de ocho días, Dios no los admitía porque estaba puesto en razón que Él recibiese cada ofrenda en su sazón; tampoco permitía que ellos los usasen, porque todavía no se habían ofrecido a Dios los primeros frutos; por tanto, debían ser considerados como incircuncisos, esto es, como el animal que no tiene aún ocho días y no sirve todavía para nada.
IV. Ley contra las costumbres supersticiosas de los gentiles (v. 26–28). 1. Comer con sangre, o comer en torno a la sangre, como hacían los gentiles, quienes recogían la sangre de sus sacrificios en una vasija, imaginándose que los espíritus venían a bebérsela. La sangre de los sacrificios ofrecidos a Dios había de ser rociada sobre el altar, y el resto derramada al pie del altar de los holocaustos. 2. Los encantamientos, las adivinaciones, y la observación supersticiosa de los tiempos, tenían algunos días o algunas horas por afortunadas, y otras por adversas. Estas prácticas procedían especialmente de Egipto, donde desde antiguo habían sido practicadas por los sacerdotes. Sería algo imperdonable en aquellos a quienes fue confiada la palabra de Dios (Ro. 3:2), pedir consejo al diablo. Con todo, estas prácticas son más graves en los cristianos, a quienes se ha manifestado el Hijo de Dios, quien vino a destruir las obras del diablo. Que los creyentes confíen en horóscopos, en predicciones de buena ventura, en echadoras de cartas o examinadoras de las rayas de la mano, o que hagan uso de fórmulas mágicas para curar enfermedades o ahuyentar los malos espíritus, que se vean afectados por el derramamiento de la sal o la rotura de un espejo o por el número trece, etc., es una intolerable afrenta al Señor Jesús, un voto a favor del paganismo y de la idolatría, y un baldón contra sí mismos y contra el nombre honorable por el que son conocidos y llamados. 3. También había una superstición en el modo de raparse usado por los gentiles, que no debe ser imitada por el pueblo de Dios: No raparéis en redondo vuestra cabeza, ni os recortaréis los bordes de la barba (v. 27). Estas costumbres, que expresaban duelo por los muertos, eran al mismo tiempo señales de adoración del ejército de los cielos, en cuyo honor se rapaban así la cabeza para que se pareciese de algún modo al globo celeste. Esta costumbre, ya insensata por sí misma, resultaba idolátrica al ser llevada a cabo por respeto a los dioses falsos. 4. Los ritos y ceremonias con que los gentiles expresaban su duelo en los funerales, no debían ser imitados por el pueblo de Dios (v. 28). No debían hacerse incisiones ni tatuajes como hacían los gentiles para aplacar a sus deidades infernales. Cristo, con sus sufrimientos y su muerte, ha transferido la propiedad de la muerte («… sea la muerte … todo es vuestro»; 1 Co. 3:22), convirtiéndola en amiga de todo verdadero creyente; y, como ya no tenemos necesidad de hacer que la muerte nos sea propicia, tampoco tenemos por qué lamentarnos como los demás que no tienen esperanza (1 Ts. 4:13). Finalmente, profanar la sagrada condición de una hija, entregándola a un hombre sin la previa formalización del matrimonio, lo cual está aquí prohibido (v. 29), para señalar la dignidad de la persona humana, la santidad del matrimonio y la malicia de la fornicación, tan practicada por los gentiles en sus cultos idolátricos.
Versículos 30–37
I. Ley para preservar el honor del tiempo y lugar apropiados para el servicio de Dios (v. 30). 1. Los sábados debían ser observados devotamente. 2. El santuario debía ser respetado con toda reverencia. Aunque ahora ya no hay «piedras sagradas», excepto las personas de los creyentes (1 P. 2:50, ni lugares santos, como lo eran el tabernáculo y el Templo, con todo, esta ley nos indica la obligación que tenemos de respetar las solemnes asambleas de los creyentes para el culto, puesto que se reúnen bajo la promesa de una presencia especial de Cristo entre ellos (Mt. 18:20).
II. Una advertencia contra toda comunión con quienes invocan a los espíritus familiares: «No os volváis a ellos, no los consultéis; no temáis nada malo, ni esperéis nada bueno, que os pueda venir de ellos» (v. 31).
III. Encargo a los jóvenes para que respeten a los ancianos: Delante de las canas te levantarás (v. 32). Debemos honrar a quienes Dios ha honrado con la bendición ordinaria de la longevidad. Quienes a esa edad son sabios y buenos, merecen doble honor; su experiencia, su prudencia y su prestigio les hacen acreedores a que se les respete, se les consulte y se les atienda (Job 32:6–7). Nótese que la religión enseña buenos modales, y nos manda honrar a quienes merecen honor.
IV. Encargo a los israelitas de ser amables con los extranjeros (vv. 33–34): «No le oprimiréis … lo amarás como a ti mismo, como a uno de tu propio pueblo». ¡Cuán diferente concepto tenían del extranjero las demás naciones! Los romanos tenían primitivamente una sola palabra para enemigo y extranjero = hostis. Y el Derecho Germánico llamaba al extranjero rechtsunfähig = incapaz (sin derechos). Dios tiene especial cuidado del extranjero, como lo tiene de la viuda y del huérfano, porque pertenece a su honor el ayudar a los que se encuentran sin ayuda (Sal. 146:9). Por eso, el ser generoso con los extranjeros es señal de una buena disposición y de piadoso respeto a Dios, común Hacedor y Señor de todos. Pero aquí se les da una razón especial a los judíos: «Porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto (v. 34). Dios os favoreció entonces; por consiguiente, favoreced vosotros ahora a los extranjeros».
V. Se ordena aquí ser justos en pesos y medidas. Que no defrauden con ello (v. 35), y que sean muy exactos en ello (v. 36).
VI. El capítulo concluye con un precepto general: Guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra (v. 37).
Este capítulo es un apéndice natural de los capítulos 18 y 19, y enumera los actos que rebajarían, degradarían, la vida moral de Israel, y destruirían completamente su ideal de santidad.
Versículos 1–9
I. En estos versículos figuran tres pecados sancionados con la pena de muerte:
1. Sacrificar los hijos a Moloc (vv. 2–3). No era suficiente decirles que debían respetar la vida de sus hijos, sino que había que intimidarles: (A) Que el que cometiese tal crimen había de ser ejecutado como homicida: El pueblo de la tierra lo apedreará (v. 2), lo cual estaba considerado como la más terrible ejecución entre los judíos. (B) Que todos sus cómplices y encubridores habían de correr la misma suerte por la mano justiciera de Dios. Si sus vecinos lo ocultaban, y no venían a dar testimonio contra él—si los magistrados hacían la vista gorda, y no dictaban sentencia contra él compadeciéndose más bien de su insensatez que aborreciendo su maldad—, Dios mismo les ajustaría las cuentas (vv. 4–5).
2. Los hijos que maldijeran a sus padres (v. 9). Si los hijos se atrevían a hablar mal de sus padres o a desearles algún mal o a expresarse con burla o desprecio hacia ellos, era una iniquidad que los jueces debían castigar, cuyo oficio era preservar el honor de Dios, así como la paz pública, cosas ambas que eran atacadas por esta insolencia antinatural.
3. Las personas que consultaran a encantadores y adivinos (v. 6). Con esto, tanto como con lo peor que existe, un hombre se rebaja, se desacredita, se engaña a sí mismo y, por tanto, se maltrata. ¿Qué mayor locura puede una persona cometer, que ir a un mentiroso en busca de información y a un enemigo en busca de consejo? Esto hacen quienes practican la magia negra y tratan de conocer las profundidades de Satanás (Ap. 2:24).
II. En medio de estos preceptos particulares, aparece el encargo general de los versículos 7 y 8, donde vemos:
1. Los deberes requeridos, que son dos: (A) Que en nuestros principios, sentimientos y objetivos, seamos santos: Santificaos y sed santos (v. 7). (B) Que en todas nuestras acciones, y en todo el curso de
nuestra conducta seamos obediente a las leyes de Dios: Guardad mis estatutos, y ponedlos por obra (v. 8). Haced bueno el árbol, y será bueno el fruto.
2. Las razones que fundamentan estos deberes: (A) «Yo Jehová soy vuestro Dios (v. 7); por consiguiente, sed santos, para que os parezcáis a Aquél cuyo pueblo sois, y le agradéis. La santidad es su morada, y santos deben ser los que con Él moran y en los que mora Él». (B) Yo Jehová que os santifico (v. 8). Dios nos santifica por medio de sus peculiares privilegios, leyes y favores, que les distinguían de todas las otras naciones, y les dignificaban como a pueblo separado de Dios. Les dio su Palabra y sus ordenanzas como medios de santificación, y su buen Espíritu para instruirles.
Versículos 10–21
Los pecados contra el séptimo mandamiento son aquí sancionados con severos castigos.
I. Cometer adulterio con la mujer del prójimo es tenido por crimen capital. Los dos cómplices del mismo pecado deben caer igualmente bajo la misma sentencia: Indefectiblemente serán muertos (v. 10).
II. Conexiones incestuosas, en matrimonio o fuera de él (vv. 1 1–12).
III. Los vicios antinaturales de sodomía y bestialidad (cuya sola mención horroriza) habían de ser castigados con la muerte, así como el que se atreviese a cometer la enormidad de tomar juntamente a una mujer y a su madre; todos ellos debían morir (vv. 13–21). También se menciona, con la misma pena de muerte para ambos, el acto sexual con mujer menstruosa (v. 18).
Versículos 22–27
El último versículo contiene una ley especial, que viene después de la conclusión general, como si se omitiese en su lugar propio; está colocado de esta manera, para hacer énfasis especial en esta superstición, que ataca mortalmente a las religiones especialmente elevadas espiritualmente; los que tratan de evocar a los espíritus de los muertos de la familia, han de morir (v. 27). Quienes hacen pacto con el diablo, están haciendo pacto con la muerte.
El resto de estos versículos repite e inculca lo que ya se ha dicho con anterioridad.
I. Dignidad del pueblo de Israel: Yo Jehová vuestro Dios que os he apartado de los pueblos (v. 24). Eran suyos, su cuidado, elección y tesoro.
II. Su deber: éste se infiere de la dignidad que Dios les había otorgado; Dios había hecho por ellos mucho más que por los demás y, por consiguiente, esperaba de ellos más que de los demás.
III. Su peligro. Marchaban a una tierra infectada: Vosotros poseeréis la tierra de ellos … tierra que fluye leche y miel (24) en la que tendrían bienestar si guardaban su integridad; pero, al mismo tiempo, era una tierra llena de ídolos, de idolatrías y costumbres supersticiosas, a las cuales podían aficionarse, al haber traído consigo de Egipto una extraña disposición a contagiarse de tales infecciones.
Este capítulo contiene una ley que obliga a los sacerdotes a preservar la dignidad de su sacerdocio con el mayor celo y la mayor diligencia.
Versículos 1–9
Quedó anteriormente establecido (10:10–11) que los sacerdotes enseñaran al pueblo los estatutos que Dios les había dado acerca de la diferencia entre lo inmundo y lo limpio. Aquí se les ordena que observen ellos mismos lo que habían de enseñar al pueblo. Los sacerdotes tenían que acercarse a Dios más que
nadie del pueblo y familiarizarse con las cosas sagradas con mayor intimidad; por consiguiente, se requería de ellos que se guardasen de cualquier cosa inmunda a mayor distancia que los demás.
I. Deben cuidar de no degradarse en el duelo por los difuntos. Era tenido por ceremonialmente inmundo todo el que se acercase a un cadáver en un radio de unos dos metros; y se declara en Números 19:14, que todos los que entren en la tienda donde yace el cadáver, serán inmundos durante siete días. l. Los sacerdotes no deben jamás hacerse incapaces, por este motivo, de entrar en el santuario, a no ser que se trate de los familiares más próximos (vv. 1–3). 2. No serán extravagantes en las expresiones de su duelo. Su duelo no debe ser: (A) Supersticioso, al estilo de los gentiles, que se rapaban, se tatuaban y se hacían incisiones, en honor de las deidades imaginarias, que, según ellos, presidían en la congregación de los muertos y a las cuales tenían que propiciar en favor de sus deudos difuntos, (B) ni debe ser inmoderado en las expresiones de su aflicción. Nótese que los ministros de Dios deben ser modelos de paciencia bajo la aflicción, en especial la aflicción que nos afecta en lo más hondo, como es la muerte de nuestros familiares más próximos.
II. Deben cuidar de no degradarse en su matrimonio (v. 7). Un sacerdote no debe casarse con una mujer de mala fama, por ser culpable de impureza o por ser sospechosa de tal culpabilidad. Tampoco puede casarse con una repudiada por el marido. En cambio, no quedan excluidas las viudas.
III. Sus hijos deben evitar hacer algo que les deshonre: La hija del sacerdote, si comienza a fornicar, a su padre deshonra (v. 9). Su crimen es muy grande; no sólo se contamina, sino que se profana a sí misma y deshonra a su padre. Otras mujeres no tienen este honor específico que ella tiene, como miembro de una familia sacerdotal, de comer de las cosas santas y de haber sido educada como se ha de suponer, mejor que las demás.
Versículos 10–15
Si mucho más se esperaba de un sacerdote que de las demás personas, mucho más se esperaba del sumo sacerdote que de los demás sacerdotes, pues sobre su cabeza fue derramado el aceite de la unción (v. 10). Esto era como una corona sobre su cabeza (v. 12). En efecto, la unción del Espíritu es, para todos los verdaderos cristianos, una corona de gloria y una diadema de hermosura.
I. Al tener esta dignidad tan alta, el sumo sacerdote no debía contaminarse por los muertos, ni siquiera por sus familiares más próximos (v. 11). Así no podía ni siquiera acompañar la procesión funeral de su padre o de su madre. Por 1 Samuel 3:2 y siguientes, parece muy probable que el sumo sacerdote permanecía constantemente en los aledaños del santuario. En cambio, nuestro Señor Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote de nuestra profesión, tocó el cadáver de la hija de Jairo y el féretro del hijo de la viuda de Naín, y se acercó a la tumba de Lázaro, ya hedionda, para mostrar que había venido a cambiar la propiedad de la muerte y a quitarle el terror que inspiraba, quebrantando su poder. Ahora que no puede destruir, tampoco puede contaminar.
II. No podía casarse con una viuda (excepción no hecha a los demás sacerdotes); mucho menos, con una divorciada o con una mujer de mala fama (vv. 13–14). La razón de esto era el poner una diferencia notoria entre él y todos los demás en esta materia.
III. Aquí se apunta otra razón: Para que no profane su descendencia (v. 15). Era una precaución que había de tomar, puesta la mira en sus hijos, para no profanarlos mediante un matrimonio inconveniente. Los hijos de los ministros quedan profanados con todo lo que, de algún modo, degrada la santidad que debe caracterizar de un modo especial a sus padres.
Versículos 16–24
Al estar confinado el sacerdocio a una sola familia, y vinculado en exclusiva a la línea masculina de esta familia a lo largo de todas las generaciones, era de esperar que, al paso del tiempo, alguno que otro de los nacidos para el sacerdocio padeciese algún defecto o deformidad de tipo físico, como los que se mencionan en los versículos 17–20.
I. La ley concerniente a los sacerdotes que tenían alguno de dichos defectos era: 1. Que podían vivir del altar (v. 22), podían comer de los sacrificios, como los demás sacerdotes, incluso de las cosas más santas, como los panes de la proposición y de los sacrificios por el pecado y, desde luego, de las cosas santas como las ofrendas de paz, los diezmos y las primicias. Los defectos que tenían eran inculpables por parte de ellos y, por eso, aunque no podían oficiar no por ello se habían de morir de hambre. 2. No podían servir al altar, a ninguno de los dos altares, ni ser admitidos a asistir o a ayudar a otros sacerdotes para ofrecer sacrificio ni para quemar incienso (vv. 17, 21, 23). El prestigio del santuario exigía que ninguna persona deforme, por nacimiento o por accidente, apareciese allí.
II. En el Evangelio: 1. Cuantos padecen defectos como los mencionados, tienen muchos motivos para dar gracias a Dios de que no están excluidos, por dicha causa, de ofrecer a Dios sacrificios espirituales, ni siquiera de ejercer el ministerio, si están cualificados para él. Hay muchas almas sanas y hermosas, albergadas dentro de un cuerpo enfermizo o deforme. 2. En cambio, podemos inferir de aquí cuán incapaces son de servir al Señor aceptablemente aquellos cuyas mentes y cuyos corazones están manchados y deformados por algún vicio que los domine. Son indignos de ser llamados al ministerio, y aun de ser apellidados cristianos, quienes son en el orden espiritual ciegos, cojos, jorobados, etc., cuyos pecados les hacen deformes y escandalosos, hasta el punto de que las ofrendas al Señor caen en descrédito y son aborrecidas por causa de ellos.
En este capítulo tenemos diversas leyes concernientes a los sacerdotes y a los sacrificios, todo ello para mejor preservar el honor del santuario.
Versículos 1–9
Quienes tenían un defecto natural, aunque no podían ejercer el oficio de sacerdotes, eran sin embargo admitidos a comer de las cosas santas; y los escritores judíos dicen que «para preservarlos de la haraganería, se les empleaba en la habitación de la madera, para separar toda la leña que fuese comida de la polilla, para no usarla en el fuego del altar; también podían ser empleados en los exámenes de los leprosos».
I. Pero los que estaban bajo contaminación ceremonial, que posiblemente habían contraído por culpa suya, no podían comer de las cosas santas mientras continuaban en su contaminación.
II. En cuanto al objetivo de esta ley, hemos de observar: 1. Que esto obligaba a los sacerdotes a preservar su pureza con todo esmero, y a temer cualquier cosa que pudiese profanarles. 2. Esto hacía que el pueblo adquiriese mayor respeto hacia las cosas santas.
Versículos 10–16
Comer de las cosas santas estaba reservado a los sacerdotes y a sus familias.
I. Aquí hay una ley de que ningún extraño comiese de ellas; es decir, nadie, excepto los sacerdotes y sus familias (v. 10). Los sacerdotes reciben este encargo, para no profanar las cosas santas (v 15) al permitir que los extraños coman de ellas, pues les harían llevar la iniquidad del pecado (v. 16). Nótese que no sólo debemos cuidar de no llevar nosotros la iniquidad, sino que hemos de hacer lo posible para impedir que otros la lleven.
II. Tenemos también la explicación de la ley, para mostrar quiénes en realidad pertenecían a la familia del sacerdote, y quiénes no. 1. Los huéspedes ocasionales y los jornaleros alquilados no moraban constantemente con el sacerdote estaban en la familia pero no eran de la familia y, por consiguiente, no debían comer de las cosas santas (v. 10); pero el esclavo nacido en la casa, o comprado por dinero para
vivir permanentemente en ella sí podía comer de ellas (v. 11). 2. En cuanto a los hijos, no había duda, puesto que eran también sacerdotes; pero en cuanto a las hijas, había que hacer una distinción. Mientras continuaban en casa de su padre, podían comer de las cosas santas; pero, si se casaban con alguien que no fuese sacerdote, perdían su derecho (v. 12). 3. Hay también una ley de restitución, por la que toda persona que hubiese comido de cosa santa por yerro, sin tener derecho a ello, había de restituir el equivalente y añadir una quinta parte (v. 14).
III. Esta ley podía tener dispensa en caso de necesidad, como cuando David y sus hombres comieron de los panes de la proposición (1 S. 21:6). Nuestro Salvador justificó tal excepción, y dio para ello una razón que puede servirnos de norma constante en casos parecidos, al decir que Dios quiere misericordia, y no sacrificio (Mt. 12:3, 4, 7). Lo ritual debe estar supeditado a lo moral.
Versículos 17–33
Cuatro leyes concernientes a los sacrificios:
I. Todo cuanto se ofrecía en sacrificio a Dios había de ser sin defecto; de lo contrario, no sería aceptado. Además se hace diferencia entre lo que era presentado como ofrenda voluntaria y lo que era en pago de voto (v. 23). Conforme a esta ley, se tomaba muy a pecho el examinar minuciosamente todos los animales que eran traídos para el sacrificio para estar seguros de que no tenían ningún defecto. Los sacerdotes gentiles no eran tan estrictos en esta materia, sino que recibían para sus dioses sacrificios que eran un verdadero escándalo; pero era necesario que los extraños se enterasen de que el Dios de Israel no permitía ser servido de esta manera. Esto es para nosotros una lección de que, en nuestros sacrificios espirituales, hemos de ofrecer a Dios lo mejor que tenemos. Si nuestras devociones son ignorantes, frías, frívolas y llenas de distracciones, estamos ofreciendo lo ciego, lo cojo, y lo tarado, para sacrificio (Dt. 15:21).
II. Que no se había de ofrecer en sacrificio ningún animal que no tuviese ocho días (vv. 26–27). Ya se había ordenado anteriormente que los primogénitos del ganado, que habían de ser dedicados a Dios, no se llevasen a Él hasta después del octavo día (Éx. 22:30). Aquí se establece que no se ofrezca en sacrificio ningún animal que no tenga ocho días completos. Antes de este tiempo, no era apropiado para las mesas de los hombres; por consiguiente, tampoco lo era para el altar de Dios.
III. Que la madre y el hijo no debían ser degollados el mismo día, ya fuese para sacrificio o para el uso común (v. 28). Parecía algo antinatural con respecto a la especie el matar dos generaciones de una vez, como si se intentase la desaparición de la especie.
IV. Que la carne de sus ofrendas de acción de gracias se había de comer el mismo día que era sacrificada (vv. 29–30). Esto es una repetición de lo que ya vimos anteriormente (7:15; 19:6–7). El capítulo concluye con el precepto general, ya visto con frecuencia, de guardar los mandamientos de Dios, y no en profanar su santo nombre (vv. 31–32). Así como los cristianos opinamos con Lutero que Juan 3:16 es la Biblia en miniatura, los judíos dicen que Levítico 22:32 es la Biblia de Israel en miniatura. Los rabinos hacen de ello toda una filosofía de la historia judía, y dicen que «bestias salvajes visitan y afligen el mundo a causa de la profanación del nombre de Dios».
Hasta ahora, la ley levítica había tratado primordialmente de personas santas, de cosas santas y de lugares santos; en este capítulo tenemos la institución de los tiempos santos.
Versículos 1–3
I. Un informe general de los tiempos sagrados que Dios estableció (v. 2), y sólo un nombramiento divino puede hacer santo un tiempo determinado, porque Él es el Señor del tiempo; y tan pronto como hizo correr las ruedas del tiempo, Él santificó y bendijo un día determinado por encima de los demás (Gn. 2:3). El hombre puede establecer un día de regocijo (Est. 9:19), pero sólo Dios puede establecer un día de santidad. Concerniente a los días y tiempos sagrados que aquí se ordenan, obsérvese: 1. Se les llama fiestas. El Día de la Expiación que era uno de ellos era día de ayuno; sin embargo, como la mayoría de ellos estaban designados para alegría y regocijo, se les llama en general fiestas. 2. Son las fiestas solemnes de Jehová. 3. Eran proclamadas públicamente, porque no eran para que las guardasen solamente los sacerdotes que servían al santuario, sino todo el pueblo. 4. Habían de ser santificadas y solemnizadas con santas convocaciones, para que los servicios de estas fiestas apareciesen más honorables y augustos, y el pueblo más unánime en la celebración de ellos.
II. En primer lugar se repite la ley del día de reposo. Aunque las fiestas anuales se hacían más de notar por la asistencia general al santuario, no debían, sin embargo, eclipsar el esplendor del sábado (v. 3) Cristo, al hacer nuevas todas las cosas (2 Co. 5:17) quiso que el día del Señor fuese un día de santa convocación, apareciéndose a sus discípulos una y otra vez (y quizás otras que no sabemos) en ese día. Ya sea que tengamos oportunidad de santificarlo en santa convocación o no, ese día es de Jehová en dondequiera que habitemos (v. 3), y en cualquier cosa que hagamos. Hagamos, pues, diferencia entre ese dia y los demás, en nuestras familias.
Versículos 4–14
De nuevo se llama aquí a las fiestas de Israel fiestas solemnes de Jehová (v. 4), porque fue Él quien las instituyó. Como ya dijimos, la mayoría eran días de alegría y regocijo. Tanto el sábado como todas las fiestas anuales lo eran, con excepción del Día de la Expiación. Dios quería enseñarles con eso que los caminos de la sabiduría son caminos deleitosos (Pr. 3:17), y a estimularles a servirle animándoles a estar alegres y a cantar durante el trabajo. Había siete días de reposo completo y santa convocación: los días primero y séptimo de la fiesta de los panes sin levadura, el día de Pentecostés, el día de la fiesta de las trompetas, los días primero y octavo de la fiesta de los Tabernáculos, y el Día de la Expiación; seis, para santo regocijo; uno, para santa lamentación.
I. Repetición de la ley de la Pascua, que había de observarse el día decimocuarto del primer mes, en recuerdo de la liberación de Egipto y de la preservación diferencial de los primogénitos de Israel, mercedes que nunca se habían de olvidar.
II. Orden para el ofrecimiento de la primera gavilla de los primeros frutos el segundo día de la fiesta de los panes sin levadura; al primero se le llama sábado (v. 11), porque había de observarse como día de reposo y, al día siguiente, tenían esta solemnidad. Una gavilla o un puñado del nuevo grano era llevado al sacerdote, que había de levantarlo, en señal de que lo presentaba al Dios de los cielos, y mecerlo delante del Señor a los cuatro puntos cardinales, en señal de que era presentado al Señor de toda la tierra, y esto significaba por parte de ellos un reconocimiento agradecido del favor de Dios hacia ellos al vestir de mieses sus campos, y de su dependencia de Dios al preservarlo hasta el fin para alimento del pueblo. La ofrenda de esta gavilla de los primeros frutos en nombre de toda la congregación, les santificaba, por decirlo así, toda la cosecha. Vemos que, cuando llegaron a Canaán, el maná dejó de caer el mismo día en que fue ofrecida la gavilla de los primeros frutos; habían comido del grano viejo el día anterior (Jos. 5:11), y en este otro día ofrecieron los primeros frutos, con lo que quedaron capacitados para comer también del nuevo grano, de modo que ya no había razón de que cayera el maná por más tiempo. Esta gavilla de los primeros frutos era tipo del Señor Jesucristo, que ha resucitado de los muertos como primicias de los que durmieron (1 Co. 15:20). Los israelitas no habían de comer del nuevo fruto hasta que se hubiese ofrecido a Dios la parte que le correspondía de la nueva cosecha (v. 14), porque debemos comenzar siempre por Dios, comenzar nuestra vida con Él, comenzar cada día con Él, comenzar cada comida con Él, comenzar cada quehacer con Él; buscad primeramente el reino de Dios (Mt. 6:33).
Versículos 15–22
Institución de la fiesta de Pentecostés, o de las semanas, como se la llama en Deuteronomio 16:10, porque era observada cincuenta días, o siete semanas, después de la Pascua. También se la llama la fiesta de la siega en Éxodo 23:16. Porque así como la presentación de la gavilla de los primeros frutos era una introducción para la cosecha, y les daba libertad para meter la hoz, así también solemnizaban el final de la cosecha de grano con esta fiesta. 1. Entonces ofrecían un puñado de espigas de cebada, pero ahora ofrecían dos panes de flor de harina (v. 17). Eran panes con levadura. Por Pascua comían pan sin levadura, pero en Pentecostés lo comían con levadura, porque era un reconocimiento a la bondad de Dios hacia ellos en el sustento ordinario, que incluía la levadura; siendo ésta, sin embargo, un símbolo de la corrupción introducida por el pecado, es de notar que el sacerdote mecía la ofrenda, antes de reservarla él para su uso, pero no la podía ofrecer sobre el altar (2:11). 2. Con aquella gavilla de los frutos primeros, ofrecían sólo un cordero en holocausto, pero con estos panes de los primeros frutos ofrecían siete corderos, dos carneros, y un becerro, todo ello en holocausto, dando así gloria a Dios, como al Señor de su cosecha. También ofrecían un macho cabrío por expiación, y dos corderos como ofrenda de paz, para rogar bendición sobre el grano que acababan de almacenar. 3. Ese día había de ser observado con santa convocación (v. 21). Era uno de los días en que todo Israel tenía que encontrarse con su Dios y los unos con los otros, en el lugar que el Señor escogiese. Algunos sugieren que, mientras la fiesta de los panes sin levadura duraba siete días, la fiesta de Pentecostés se celebraba en un solo día, porque en ese tiempo estaban muy atareados, y Dios les permitía volver rápidamente a su trabajo. Esta fiesta anual fue instituida en recuerdo de la Promulgación de la ley en el monte Sinaí, a los cincuenta días después de haber salido de Egipto. Pero esta fiesta adquirió su sentido pleno cuando, precisamente en este día, descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y en él se inauguró la era de la nueva Ley, cincuenta días después de que Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros.
A la institución de la fiesta de Pentecostés se añade una repetición de aquella ley por la que se les ordenaba dejar para los pobres los rebuscos de sus campos, y el grano que crecía en los rincones (v. 22). Esto les enseñaba también que el regocijo de la cosecha debía expresarse en la caridad hacia los pobres.
Versículos 23–32
I. Institución de la fiesta de las Trompetas en el primer día del mes séptimo (vv. 24–25). Lo que aquí se declara como algo peculiar de este día es que comportaba una conmemoración al son de trompetas (v. 24). Tocaban la trompeta en cada novilunio (Sal. 81:3), pero en el novilunio del séptimo mes había de hacerse con solemnidad extraordinaria, porque comenzaban a tocarla a la salida del sol y continuaban hasta la puesta del sol. Sin embargo, es de notar que los novilunios se diferenciaban de las demás fiestas en que no eran días de reposo ni había en ellos santa convocación. 1. Se dice que era una conmemoración, porque este toque de trompeta era completamente distinto de los toques gozosos de todas las otras fiestas y novilunios (Nm. 10:10), y era una llamada al arrepentimiento y, por ello, un recuerdo del toque de la trompeta cuando la ley fue promulgada en el monte Sinaí, acontecimiento que nunca debía ser olvidado. 2. Los escritores judíos suponen que tenía también otro profundo significado: Al comienzo del año eran convocados con este toque de trompeta a sacudir su modorra espiritual, para escudriñar y probar sus caminos, y reformar su vida; el Día de la Expiación era el noveno día después de esto, y así se les despertaba para prepararse, con sincero y serio arrepentimiento, con miras a ese día. 3. Era tipo de predicación del Evangelio, pues con el sonido de tan buenas nuevas, habían de ser convocadas las almas a rendirse a Dios, a servirle y a guardarle una continua fiesta espiritual.
II. Repetición de la ley del Día de la Expiación; es decir, en lo que concernía al pueblo. 1. En este día, debían descansar de toda clase de trabajo. La razón es: Porque es día de expiación (v. 28). Para llevar a cabo la obra propia de ese día como era necesario, había que dejar a un lado los pensamientos de cualquier otra ocupación. 2. Habían de afligir sus almas con el arrepentimiento, sin el cual la expiación no surte efectos personales; era condición necesaria para celebrar debidamente este día; los infractores habían de ser cortados del pueblo por la mano de Dios (vv. 27, 29, 32). Tenían que someter también el cuerpo, negándole la satisfacción de sus apetitos. 3. Había de observarse el día entero: De tarde a tarde guardaréis vuestro reposo (v. 32).
Versículos 33–34
I. La institución de la fiesta de los Tabernáculos, que era una de las tres grandes fiestas en las que todos los varones estaban obligados a asistir, y era celebrada con mayores expresiones de júbilo que ninguna otra.
1. En cuanto a las instrucciones para celebrar esta fiesta, obsérvese: (A) Que había de celebrarse cinco días después del Día de la Expiación. Podemos suponer que, aunque no todos estaban obligados a asistir en el Día de la Expiación como en las tres grandes fiestas, muchos judíos devotos subían, sin embargo, bastantes días antes de la fiesta de los Tabernáculos, para disfrutar de la oportunidad de asistir el Día de la Expiación. La aflicción de sus almas en ese Día les preparaba para el gozo de la fiesta de los Tabernáculos. Cuanto más afligidos y humillados estemos a causa de nuestros pecados, tanto mejor preparados estaremos para los consuelos del Espíritu Santo. (B) Había de continuar por ocho días, el primero y el último de los cuales habían de ser observados como días de reposo. (C) Durante los siete primeros días de esta fiesta, todo el pueblo tenía que abandonar sus casas y habitar en enramadas o cabañas hechas de ramas de árboles frondosos y de palmeras (vv. 40–42). (D) Habían de regocijarse delante de Jehová su Dios durante todo el tiempo de esta fiesta (v. 40). Es tradición de los judíos que habían de expresar su regocijo danzando y cantando himnos de alabanza a Dios, acompañados de instrumentos musicales.
2. En cuanto al objetivo de esta fiesta:
A) Había de guardarse en recuerdo de su morada en tiendas de campaña durante su peregrinación por el desierto.
B) Era una fiesta de recolección, como se la llama en Éxodo 23:16.
II. El resumen y conclusión de estas instituciones.
1. Dios instituyó estas fiestas, además de los sábados de Jehová (v. 38), de vuestros dones, etc.Las instituciones de Dios dejan sitio para ofrendas voluntarias. Las fiestas del Señor, al ser nuestra vida cristiana una fiesta constante, ni están ahora ligadas a ceremonias obligatorias ni a viajes penosos y costosos, como lo eran entonces, sino que tienen un sentido espiritual, con anticipos más seguros y más dulces de aquella fiesta eterna en el Cielo, cuando esté allí reunida la cosecha final.
En este capítulo tenemos una repetición de las leyes concernientes a las lámparas y a los panes de la proposición, y también el triste caso de un blasfemo, con los detalles de su arresto, enjuiciamiento, condena y ejecución.
Versículos 1–9
Se ordena el sumo cuidado y las instrucciones que han de observarse en el decoroso aderezo del candelero y de la mesa en la casa de Dios.
I. Las lámparas debían estar ardiendo siempre. 1. El pueblo tenía que suministrar aceite (v. 2), del mejor, aceite puro de olivas machacadas, probablemente refinado dos veces. Los ministros de Dios son lámparas que arden y alumbran (Jn. 5:35) en la Iglesia de Cristo, pero es deber de la congregación proveer convenientemente para ellos, como el pueblo de Israel para las lámparas del candelero. Un sostenimiento escandaloso da lugar a un ministerio escandaloso. 2. Los sacerdotes tenían que preparar las lámparas: ellos debían despabilarlas, limpiar el candelero y ponerles aceite tarde y mañana (vv. 3–4). Así también, la tarea del ministerio del Evangelio es asirse de la palabra de vida (Fil. 2:16), no para encender nuevas luces, sino para hacer que la luz del Evangelio se extienda y brille más y más mediante la correcta predicación y exposición de la Palabra de Dios.
II. La mesa debe estar siempre preparada. Esto ya fue ordenado antes (Éx. 25:30). 1. Había una hogaza por cada tribu, porque en casa de nuestro Padre hay abundante pan (Lc. 15:17). Aun después de la rebelión de las diez tribus, continuó este número de hogazas (2 Cr. 13:11), en atención a los pocos de
cada tribu que conservaron su afecto hacia el Templo y continuaron asistiendo a él. 2. Sobre la mesa limpia (hebreo pura; es decir, cubierta de oro; Éx. 25:24) y, en dos hileras, estaban colocados los panes y, sobre ellos, se ponía el incienso. Cuando se retiraba el pan, para dar paso a otro nuevo, el pan se daba a los sacerdotes, y el incienso se quemaba en el altar de oro para recuerdo en lugar del pan, en reconocimiento humilde. 3. El pan se renovaba cada sábado. Los ministros de Cristo deben proveer para la casa de Dios, la Iglesia, nuevo pan cada semana, el producto de sus nuevos estudios de la Palabra de Dios, para que así cumplan su ministerio (2 Ti. 4:5).
Versículos 10–23
Como solemos decir las malas costumbres engendran buenas leyes. Aquí tenemos el relato de las malas maneras de un cierto israelita innominado y mestizo, y las buenas leyes a las que su conducta dio ocasión.
I. El ofensor aludido era hijo de padre egipcio y de madre israelita (v. 10); su madre era de la tribu de Dan. Se recoge este detalle de su parentela, o: 1. Para insinuar qué fue lo que motivó el incidente en que se vio envuelto. Los judíos dicen: «Propuso levantar su tienda entre los de la tribu de Dan al apelar a los derechos de su madre, pero fue rechazado justamente por alguno que otro de esta tribu, e informado de que, siendo su padre egipcio, no tenía arte ni parte en este asunto, sino que debía considerarse como extranjero». O: 2. Para mostrar el mal que, ordinariamente, resulta de tales matrimonios mixtos.
II. La ocasión próxima de la ofensa fue una contienda: El hijo de la israelita y un hombre de Israel riñeron (v. 10).
III. El pecado fue de blasfemia y maldición: Blasfemó el Nombre, y maldijo (v. 11). Es probable que sintiéndose agraviado por la ordenación divina, que hacía separación entre los israelitas y los extraños, censurase desvergonzadamente la ley y al Legislador, desafiándolo con su blasfemia.
IV. El procedimiento que se siguió contra su pecado. Moisés no se atrevió a dar él mismo una sentencia precipitada, sino que puso en custodia al ofensor, hasta que hubiese consultado al Señor sobre el caso. Esperaron a conocer la mente del Señor, sobre el modo de proceder contra él por si habría de morir por sentencia de la magistratura de Israel o si se había de dejar al juicio directo de Dios.
V. La sentencia decretada contra él por el justo Juez de cielos y tierra fue la siguiente: Apedréelo toda la congregación (v. 14).
VI. Con ocasión de este pecado, Dios estableció una ley especial para apedrear a los blasfemos (vv. 15–16). Los magistrados son los guardianes de ambas tablas de la ley, y deberían ser tan celosos del honor de Dios contra los que hablan con desprecio del mismo Dios y de su Providencia, como de la paz y seguridad públicas contra los perturbadores de las mismas.
VII. Repetición de algunas otras leyes conectadas con esta nueva ley. 1. Que el homicidio debía ser castigado con la muerte (vv. 17, 21). 2. Que los que lesionasen a otra persona fuesen castigados conforme a la ley del talión (vv. 19–20). Esta ley ya existía anteriormente (Éx. 22:4–5). Esto era apropiado para aquella dispensación en la cual se revelaba el rigor de la ley contra la perversidad del pecado, mientras que en la dispensación en que nos encontramos ahora, se revela la gracia del Evangelio en el perdón de los pecados; y, por eso, nuestro Salvador ha abrogado dicha ley (Mt. 5:38–39), no para impedir que los magistrados ejecuten públicamente justicia, sino para constreñirnos a no devolver personalmente injuria por injuria, y a perdonar a los demás como nosotros hemos sido y somos perdonados por Dios. 3. Que el perjuicio hecho voluntariamente al ganado del prójimo sea castigado mediante la reparación de los daños causados (vv. 18, 21). 4. Que los extranjeros tengan derecho al beneficio derivado de esta ley, tanto como los israelitas nativos, en cuanto al perjuicio sufrido, y, del mismo modo, que tanto el extranjero como el nativo estén sujetos al castigo de esta ley en caso de que la infrinjan.
La ley de este capítulo concierne a las tierras y posesiones de los israelitas en Canaán, cuya ocupación y transferencia habían de hacerse, lo mismo que la ordenación del culto religioso, bajo la dirección de Dios, puesto que, así. como el tabernáculo era una casa santa, así también Canaán era una tierra santa.
Versículos 1–7
La ley de Moisés ponía un gran énfasis en la observancia del sábado; esa ley no sólo reavivaba la observancia del sábado semanal, sino que, dando un paso más en honor del día de reposo, añadía la institución del año sabático: El séptimo año la tierra tendrá descanso, sábado para Jehová (v. 4). Este año sabático comenzaba en septiembre, al final de la cosecha en el séptimo mes de su año cultual; y la ley ordenaba: 1. Que al tiempo de la siembra, que seguía inmediatamente al final de la recolección, no habían de sembrar grano en la tierra, ni habían de podar las viñas en primavera, y, por consiguiente, no habían de esperar ni cosecha ni vendimia al año siguiente. 2. Que lo que el suelo produjese de sí, no lo habían de reclamar como de su propiedad o uso privados, excepto lo que se llevasen de la mano a la boca, sino que lo habían de dejar para el pobre, el siervo, el extranjero y el ganado (vv. 5–7). Debía ser sábado de descanso para la tierra, ni debían hacer en ella ningún trabajo, ni habían de esperar de ella ningún fruto; todos los trabajos anuales habían de interrumpirse en el séptimo año del mismo modo que los trabajos diarios habían de interrumpirse el séptimo día. Era un favor que se le hacía al suelo dejándolo descansar de tiempo en tiempo y, al mismo tiempo, era un reconocimiento de que el verdadero propietario de la tierra es Dios. También tenía fines educacionales, puesto que, durante ese año, había mayor oportunidad para todos de dedicarse al estudio de la Palabra de Dios. 3. Este año era tipo del descanso espiritual en el que todos los creyentes entran mediante el Señor Jesucristo nuestro verdadero Noé, que nos proporciona consuelo y descanso (pues eso significa el nombre de Noé), aliviándonos de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos (Gn. 5:29).
Versículos 8–22
I. Institución general del jubileo (vv. 8 y ss.).
1. Cuándo había de ser observado: Después de siete semanas de años (v. 8).
2. Cómo había de ser proclamado a son de trompeta en todas las partes del territorio (v. 9), tanto para notificarlo a todos, como para expresar su gozo triunfal por él (de ahí viene nuestra palabra «júbilo»); y el vocablo yobel (de donde, jubileo o, más exactamente, yubileo) parece ser que significa algún sonido particular del sofar (cuerno, a guisa de trompeta), claramente diferenciado de todo otro sonido. La trompeta sonaba el Día de la Expiación, al término de su celebración. Cuando habían hecho la paz con Dios, entonces era proclamada su libertad.
3. Qué es lo que hacían en ese día extraordinario además del descanso ordinario de la tierra, que había de observarse en cada año sabático (vv. 11–12), y de la remisión de las deudas personales (Dt. 15:2–3), había de efectuarse la recuperación legal, para todo israelita, de toda la propiedad y de toda la libertad que hubiese tenido que enajenar desde el último jubileo.
A) La propiedad que a cada persona correspondía como parte alícuota de la tierra de Canaán, no podía ser enajenada por más tiempo que el año del jubileo. Esto no causaba ningún perjuicio al comprador, puesto que el año del jubileo estaba fijado y todos sabían en qué año iba a caer, y así cerraban sus contratos convenientemente, con miras a dicho año. No tenían poderes para vender, sino sólo para hacer arriendos por cierto número de años, sin exceder nunca el límite del próximo jubileo. Por este medio se proveía para que la distribución de la propiedad por familias y por tribus se conservase equitativamente, y para que nadie se hiciese rico de un modo desorbitado, juntando casa a casa (Is. 5:8), sino que se ocupasen en cultivar lo que poseían, más bien que en ensanchar desmedidamente sus posesiones. Era una ley tan extraordinariamente sabia en el terreno economicosocial, que resultaba demasiado buena para la maldad del hombre, hasta el punto de que muchos ponen en duda que se cumpliese por mucho tiempo. Ezequiel habla de su no-observancia como de una de las señales de que había llegado el fin de la nación a causa de sus pecados.
B) La libertad con que cada persona había nacido, si era vendida o perdida, le había de ser devuelta el año del jubileo: Cada cual volverá a su familia (v. 10). Quienes habían sido vendidos a otras familias, se habían vuelto forasteros para la suya propia pero en este día de rescate, habían de volver.
II. Con ocasión de esta ley, se ordena también que nadie se aproveche de su prójimo en el comprar o vender; ni el comprador ni el vendedor deben aumentar el precio ilegalmente (vv. 14–17). Debe fijarse claramente el justo valor anual de la tierra, y entonces establecer el precio de acuerdo con los años que faltaban para el jubileo. Cuanto más cerca estaba el jubileo, tanto más bajo había de ser el precio en que se había de estimar el valor de la tierra: Cuanto menor sea el número (de los años), disminuirás el precio (v. 16).
III. La seguridad que se les daba de que, por observar estos días de reposo, no habían de perder nada, sino que habían de ganar mucho. Se les promete: 1. Que disfrutarían de seguridad: Habitaréis en la tierra seguros (vv. 18, 19). El vocablo significa, tanto seguridad exterior como interior, en confianza de ánimo. 2. Que tendrían en abundancia: Comeréis hasta saciaros (v. 19). 3. Que no les faltaría el alimento conveniente ese año en que no iban a sembrar ni a cosechar: Yo os enviaré mi bendición el sexto año, y hará fruto por tres años (v. 21). Esto tenía por objetivo a largo plazo el estimular al pueblo de Dios de todas las épocas a confiar totalmente en Dios por el camino del deber, echando sobre Él toda nuestra ansiedad, porque Él tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7).
Versículos 23–38
I. Una ley concerniente a las haciendas de los israelitas en la tierra de Canaán, y a la transferencia de las mismas. Ninguna finca podía venderse a perpetuidad por parte de la familia a la que le había correspondido en suerte al hacer la distribución de la tierra. Y la razón que para ello se da es que la tierra es mía, pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo (v. 23). Si alguien, por su pobreza, se veía constreñido a vender su tierra para poder mantener a su familia, y después se veía con medios suficientes para recuperarla, podía rescatarla antes del año del jubileo (vv. 24, 26, 27), y el precio había de fijarse de acuerdo con el número de años transcurridos desde la venta y antes del jubileo. Si la persona misma no tenía medios para rescatarla, podía hacerlo su pariente más próximo: Su pariente más próximo vendrá y rescatará lo que su hermano haya vendido (v. 25). Este pariente se llama en hebreo goel = redentor (Nm. 5:8, Rt. 3:9), al que pertenecía el derecho de rescatar la tierra. Era tipo de Cristo, quien asumió nuestra naturaleza para ser nuestro goel, nuestro Redentor, siendo nuestro hermano (He. 2:14, 17). Si la tierra no era rescatada antes del año del jubileo, entonces había de volver, como es natural, al que la había vendido o hipotecado: Él volverá a su posesión (v. 28). Esto es figura de la gracia soberana de Dios para con nosotros en Cristo, por medio del cual somos restaurados al favor de Dios y nos hacemos acreedores al Paraíso, del que nuestros primeros padres fueron expulsados a causa de su desobediencia. Se establecía cierta diferencia entre las casas dentro de ciudades amuralladas y las fincas en la campiña, o las casas de las aldeas campesinas. Las casas de las ciudades amuralladas eran más bien fruto de su propio ingenio que las fincas del campo, que eran don inmediato de la bondad y munificencia de Dios. Por consiguiente, si alguien vendía una casa en dicha ciudad, podía rescatarla en cualquier tiempo en el término de un año desde la venta; de lo contrario, quedaba a perpetuidad en posesión del comprador, y no había de volver ni siquiera en el año del jubileo (vv. 29–30). Esta estipulación se hizo para animar a los extranjeros y a los prosélitos a venir y establecer su residencia entre ellos. Aunque no podían comprar en Canaán tierra, ni para sí ni para sus herederos, podían comprar, sin embargo, casas en las ciudades amuralladas. Se añade una cláusula en favor de los levitas exceptuándolos de esta normativa.
II. Ley para aliviar la situación de los pobres, y tratar compasivamente a los pobres endeudados; esta ley es de carácter perpetuo y más general que la anterior.
1. Los pobres deben ser aliviados (v. 35). Aquí tenemos: (A) El caso del hermano pobre y en dificultad. Es cierto que sólo son hermanos nuestros, espiritualmente hablando, quienes han nacido de Dios (Jn. 1:12–13), pero el Apóstol nos exhorta diciendo: Hagamos el bien a todos, y mayormente a nuestros familiares en la fe (Gá. 6:10). (B) Se nos impone una obligación: Tú lo ampararás (v. 35). Con
tu simpatía, teniéndole compasión; con tu servicio, haciendo algo para aliviar su situación; con tus bienes, dándole de acuerdo con su necesidad y con los medios de que dispongas.
2. No se debe oprimir a los pobres endeudados: Cuando tu hermano empobrezca, y te pida prestado dinero para el sustento necesario de su familia, no le darás tu dinero a usura, ni tus víveres a ganancia, no le cobrarás interés ni en dinero ni en especie (vv. 35–37).
Versículos 39–55
Leyes concernientes a la esclavitud, destinadas a preservar el honor de la nación judía como pueblo libre y rescatado por el poder de Dios de la casa de esclavitud a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, siendo Israel el primogénito. La ley era como sigue:
I. Que un israelita nativo nunca podía ser hecho esclavo a perpetuidad. Si había sido vendido por deudas, o por crimen, por el tribunal competente, había de servir durante seis años solamente, y salir al séptimo. Esto ya estaba establecido en Éxodo 21:2. Pero si él se había vendido a sí mismo a causa de extrema pobreza, no quedándole nada en absoluto para mantenerse con vida, y era de su propia nación aquél a quien se había vendido, en este caso se estipula aquí: 1. Que no se le haga servir como esclavo (v. 39), ni sea vendido a manera de esclavo (v. 42), sino que servirá a su hermano como criado alquilado (v. 40), de quien el amo sólo tiene el uso, no el dominio. Dios los había rescatado de Egipto y, por consiguiente, nunca debían estar expuestos a la venta como esclavos. 2. Que mientras servía como criado, no se le había de tratar con rigor, como los israelitas habían sido tratados en Egipto (v. 43). Su trabajo y sus servicios debían ser los que correspondían a un hijo de Abraham. 3. Que en el año del jubileo, saldría libre, él y sus hijos consigo, y volvería a su familia (v. 41). Durante los diez días anteriores al toque de trompeta para el jubileo, los criados que por él iban a ser exonerados de su servidumbre, expresaban su gran gozo haciendo fiesta y llevando guirnaldas en la cabeza.
II. Que podían comprar esclavos de las naciones gentiles que estaban en derredor de ellos, puesto que no tendrían que desprenderse de ellos el año del jubileo; más aún, podrían dejarlos en herencia a sus hijos (vv. 44–46).
III. Que si un israelita se vendía como siervo a un prosélito rico que vivía entre ellos, había que procurar que tuviese las mismas ventajas que si se hubiese vendido a un israelita, y en algunos aspectos, mayores. 1. Que no había de servir como esclavo, sino como criado alquilado. También podía marcharse libre el año del jubileo (v. 54). 2. Que tuviese además la ventaja de poder ser rescatado antes del año del jubileo (vv. 48, 49).
Este capítulo es una solemne conclusión del conjunto más importante de las leyes levíticas. Los preceptos que figuran en este libro y en el que sigue, son repeticiones y explicaciones. El capítulo presente contiene una sanción general de todas aquellas leyes, con promesas de recompensa en caso de obedecer y con amenazas de castigo por desobediencia; las primeras actúan sobre la esperanza, las segundas sobre el miedo; esperanza y miedo son como las dos manecillas del alma, con las que se sujeta y se maneja.
Versículos 1–13
I. Se inculcan los preceptos que son la quintaesencia de las leyes levíticas y por los que se había de poner a prueba especialmente la obediencia de los israelitas (vv. 1–2). Son el compendio de los mandamientos segundo y cuarto. 1. La prohibición de hacer imágenes para adorarlas (v. 1). A la creencia en que hay un solo Dios, que todo lo hizo y todo lo gobierna, sigue inmediatamente el creer que Dios es Espíritu (Jn. 4:24). Espíritu infinito. Por consiguiente, representarlo en una imagen, obra de manos
humanas, sacralizar una imagen para confinarlo en ella, y adorarlo en una imagen inclinándose ante ella, es cambiar su verdad en mentira y su gloria en vergüenza, más que con ninguna otra cosa. 2. Guardad mis sábados, y tened en reverencia mi santuario (v. 2). Así como nada tiende a corromper la religión tanto como el uso de las imágenes para prácticas devotas, así también nada contribuye tanto a mantener la religión como guardar el día del Señor y tener reverencia al santuario donde se manifiesta especialmente su presencia. Esto forma parte importante del aspecto instrumental de la religión, mediante lo cual se guardan mejor los aspectos esenciales de la vida religiosa.
II. Se les anima grandemente a vivir en constante obediencia a todos los mandamientos de Dios. Los gobiernos humanos sancionan sus leyes con penas para los que las quebrantan; pero Dios desea ser conocido como el galardonador de los que le buscan y le sirven (He. 11:6). 1. Abundancia de frutos de la tierra. Antes de que acaben de trillar el grano que hayan recogido, estará presta la vendimia; y antes de que hayan acabado la vendimia, ya será tiempo de sembrar. La abundancia será tal, que tendrán que poner fuera lo añejo para darlo a los pobres, y así tener sitio en sus graneros para guardar lo nuevo (v. 10). 2. Habrá paz bajo la protección divina: Habitaréis seguros en vuestra tierra (v. 5); no sólo seguros, sino ciertos de su seguridad, se acostarán para descansar en el poder y la promesa de Dios, y no solamente no les hará daño nadie, sino que ni aun habrá quien los espante (v. 6). Dormir en paz es fruto de la confianza en Dios (Sal. 4:8). 3. Victorias y éxitos en las guerras que tengan que librar fuera, mientras que gozarán de paz y tranquilidad en su propio territorio (vv. 7–8). 4. El incremento numérico de la población: Os haré crecer, y os multiplicaré (v. 9, comp. Gn. 1:28). 5. El favor de Dios, que es el manantial de todos los bienes: Yo me volveré a vosotros (v. 9). Si el ojo de nuestra fe está puesto en Dios, el ojo de su favor estará puesto en nosotros. 6. Señales de su presencia en y por sus ordenanzas: Pondré mi morada en medio de vosotros (v. 11). 7. La gracia del pacto, como fuente y fundamento, dulzura y seguridad, de todas estas bendiciones: Afirmaré mi pacto con vosotros (v. 9). Si ellos cumplen con la parte que les corresponde en el pacto, no hay duda de que Dios cumplirá fielmente la suya. Todas las bendiciones del pacto están cimentadas y resumidas en la relación peculiar que el pacto ha establecido: Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo (v. 12). Esta relación peculiar ha surgido de la maravillosa redención que Dios les otorgó: Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto (v. 13).
Versículos 14–39
Después de haber puesto delante de ellos la bendición, ahora Dios pone delante de ellos la maldición, la muerte y el mal que les harían sumamente desgraciados si eran desobedientes.
I. Cómo se describe el pecado que les acarrearía toda esa miseria. No serían pecados de ignorancia o debilidad; Dios había provisto sacrificios para ellos. Ni tampoco serían pecados de los que ellos estuviesen ya arrepentidos con propósitos de abandonarlos; sino pecados que cometiesen con presunción y en los que persistiesen con obstinación. Dos cosas habrían de acarrearles ciertamente esta ruina:
1. El desprecio de los mandamientos de Dios (v. 14). Se supone que su pecado habría de comenzar por mero descuido, negligencia y omisión. (A) Desdeñando sus decretos (v. 15), los deberes impuestos y la autoridad que los imponía, pensando así bajamente, tanto de la ley como del Legislador. (B) Menospreciando mis estatutos, con repugnancia y odio en sus almas. Los que se apartan de su mandamiento, se vuelven contra su mandamiento y se levantan en sus corazones contra su mandamiento. (C) Invalidando mi pacto. Cuando los hombres llegan a tal extremo de impiedad, que desprecian y odian el mandamiento de Dios, el próximo paso es desconocer a Dios y toda relación con Él. Quienes rechazan el precepto, terminarán renunciando al pacto.
2. El desprecio a los correctivos de Dios. La desobediencia del pueblo no habría sido destructiva, si no se hubiesen obstinado en ella con toda dureza de corazón y de cerviz sin abrirse al arrepentimiento a pesar de los métodos que Dios usó para traerlos al buen camino. De tres maneras se expresa esto: (A) Si aun así no me oís (vv. 18, 21, 27). (B) Si seguís en vuestra rebeldía contra mí (vv. 21, 23, 27). Todos los pecadores son rebeldes contra Dios, sus verdades, sus leyes, sus consejos; pero especialmente los que no quieren corregirse bajo los juicios de Dios. (C) Si con estas cosas no os corregís (v. 23). El objetivo de Dios al castigar es corregir dando a los hombres convicciones sensatas acerca de la maldad del pecado, y
obligándoles a acudir a Él en busca de alivio; ésta es su intención primordial; pero los que no quieren ser reformados por los juicios de Dios, han de esperar ser arruinados por los castigos de Dios.
II. Se describe bajo dos aspectos la miseria y la desgracia que el pecado les habría de acarrear:
1. Dios mismo estaría contra ellos y ésta es la raíz y causa de toda esa desgracia. Si Dios está por nosotros (Ro. 8:31), es la suprema seguridad; pero si Dios está contra nosotros, es la más completa ruina. Quienes rechazan a Dios, merecen ser rechazados por Él. Los que son obstinados e incorregibles, tras capear un fuerte temporal deben esperar otro más violento.
2. La creación entera guerreará contra ellos.
A) Se les amenaza con castigos temporales: (a) Enfermedades del cuerpo, que se harán epidémicas. (b) Hambre y escasez de pan. (c) Sus hombres escogidos caerán en la batalla, y los que os aborrecen se enseñorearán de vosotros (v. 17), y justamente, puesto que no queréis que el Dios que os ha amado reine sobre vosotros (2 Cr. 12:8). (d) Bestias feroces, leones, osos y lobos se multiplicarán entre vosotros. (e) La cautividad o la deportación y la dispersión del pueblo: Os esparciré entre las naciones (v. 33), en la tierra de vuestros enemigos (v. 34). Jamás ningún pueblo estuvo tan unido y tan corporativamente organizado como ellos; pero, por su pecado, Dios los habría de dispersar, de modo que andarían perdidos entre los gentiles, de los que Dios los había distinguido y separado benignamente, pero con los que se habían mezclado en sus maldades y prácticas abominables. (f) La ruina total y la desolación de su tierra, tan terrible y extraordinaria que sus propios enemigos, que habían contribuido a ella, se quedarían pasmados ante ella (v. 32). Primeramente, sus ciudades quedarán desiertas (v. 31). En segundo lugar, sus santuarios serán asolados. Tercero, la tierra misma quedará abandonada, sin que nadie la cultive (vv. 34, 35). (g) La destrucción de sus ídolos: Destruiré vuestros lugares altos (v. 30). Los que no abandonan sus pecados a la vista de los mandamientos de Dios, tendrán que abandonarlos como consecuencia de los juicios de Dios; ya que ellos no querían destruir sus lugares altos, Dios mismo los destruirá.
B) Se les amenaza con juicios espirituales. Éstos harán presa en sus mentes; porque quien hizo la mente del hombre, puede, cuando le place, hacer que su espada llegue hasta la mente. Se les amenaza aquí con que: (a) No serían aceptados por Dios: No oleré la fragancia de vuestro suave perfume (v. 31). (b) No tendrían valor cuando saliesen a la guerra, sino que estarían completamente desalentados y descorazonados. (c) Que habían de languidecer sin esperanza del perdón de sus pecados (v. 39).
Versículos 40–46
El capítulo concluye con la promesa benévola de que Dios les devolvería su favor si se arrepentían, para que no se consumiesen de pena (a no ser que ellos se empeñaran en eso con sus pecados). Por mala que fuese la situación, aún había remedio. ¡Todavía hay esperanza para Israel!
I. Se describen los pasos del arrepentimiento que les habría de disponer para el ejercicio de la misericordia divina en el perdón de sus pecados (vv. 40–41). Estos pasos serían tres: 1. Confesión, por la cual debían dar gloria a Dios, y avergonzarse de sí mismos. Al confesar sus pecados, debían considerarlos en su aspecto más repugnante, como es andar oponiéndose contra Dios (v. 40). 2. Un santo pesar por el pecado: Se humillará su corazón incircunciso (v. 41). Un corazón impenitente, incrédulo y no humillado es llamado incircunciso, como corazón de un gentil que es extranjero para Dios, más bien que el corazón de un israelita que tiene pacto con Él. La verdadera circuncisión es la del corazón (Ro. 2:29), sin la cual la circuncisión de la carne no sirve para nada (Jer. 9:26). Un corazón humilde bajo una Providencia que humilla prepara el camino de la liberación y del verdadero consuelo y bienestar. 3. Sumisión a la justicia de Dios en todos sus caminos: Se someterán al castigo de sus iniquidades (v. 43), ya que reconocerán su pecado (v. 41). Estarán arrepentidos de veras cuando justifiquen a Dios y se condenen a sí mismos. «Convertirse—venía a decir Agustín de Hipona—es ponerse en línea con Dios. Dios aborrece el pecado; si tú amas el pecado, vas en contra de Dios; pero si aborreces el pecado, te pones en línea con Dios. Dios te acusa; si tú te excusas, vas contra Dios; pero si tú te acusas, te pones en línea con Dios.»
II. Se describe la misericordia que obtendrán si se arrepienten. 1. No serán abandonados: Yo no los desecharé, ni los abominaré para consumirlos (v. 44). Habla Dios como un tierno Padre que no puede sufrir en su corazón el desheredar a un hijo que le ha provocado gravemente. 2. Los recordará para bien:
Me acordaré de mi pacto … y haré memoria de la tierra (v. 42); me acordaré de ellos por el pacto antiguo (v. 45). Se dice que Dios recuerda el pacto cuando cumple las promesas del pacto, llevado únicamente por su fidelidad. Tres veces se repite el vocablo «pacto», para dar a entender que Dios se acuerda siempre de él y quiere que nosotros nos acordemos también de él. Cuando los que han caminado en contra de Dios por el camino del pecado se vuelven a Él con su sincero arrepentimiento, aunque Él ha tenido que caminar en contra de ellos por el camino del juicio, se volverá hacia ellos por el camino de una misericordia especial, en virtud del pacto de la redención y de la gracia. Nadie está tan presto a arrepentirse como Dios lo está para perdonar, en Cristo, que nos es dado por pacto, al arrepentido.
El Levítico se concluye, como se empezó, con un capítulo concerniente a normas sobre el santuario. Este capítulo trata de las contribuciones voluntarias para el sostenimiento del santuario tales ofrendas; son la expresión sincera de la devoción a la casa de Dios.
Versículos 1–13
Esto es parte de la ley concerniente a los votos personales, no comunes, en los que, aunque Dios no insistía expresamente para que se emitiesen, se compadecía si se ajustaban debidamente a los preceptos generales.
I. Se presenta el caso de personas ofrecidas a Dios por un voto especial (v. 2). Si un hombre se consagraba a sí mismo, o a un hijo, al servicio del tabernáculo, para ser empleado allí en oficios inferiores, como barrer el suelo, sacar las cenizas, hacer recados, o cosas semejantes, tal persona será consagrada a Jehová, lo cual da a entender que «Dios aceptará benignamente su buena voluntad»: Bien has hecho en haber tenido esto en tu corazón (2 Cr. 6:8). Pero, comoquiera que muchos no tenían oportunidad de cumplir su voto de servir así al tabernáculo, al haber una tribu entera dedicada a tal servicio, los que habían sido ofrecidos de esta manera habían de ser redimidos, y el dinero que se pagaba por su rescate se empleaba en la reparación del santuario, y otros usos en el mismo, como se ve por 2 Reyes 12:14, donde se llama a este dinero (según lectura alternativa del texto), el dinero de las almas de su estima. Se establece para ello una tabla o rollo de proporciones numéricas, como tarifa a la que habían de ajustarse los sacerdotes al hacer la valoración de las personas. Los pobres han de ser estimados según sus posibilidades (v. 8). Deben pagar algo, para que aprendan a no ser precipitados en sus ofrecimientos a Dios; pero no más de lo que puedan, de forma que, en su celo, no se arruinen a sí mismos y a sus familias.
II. Después se expone el caso de animales ofrecidos a Dios.
Versículos 14–25
Ley concerniente a fincas, rústicas o urbanas, dedicadas al servicio de Dios por voto particular.
I. Si un hombre, en su celo por el honor de Dios, dedica su casa consagrándola a Jehová (v. 14), la casa debe ser valorada por el sacerdote, y el dinero producto de la venta será empleado para uso del santuario, que de esta manera se fue enriqueciendo grandemente con las cosas dedicadas (1 R. 15:15). Si el dueño de la cosa dedicada llegaba a pensar en rescatarla, podía hacerlo, pero en este caso tenía que añadir una quinta parte del precio estimado, porque debió haberlo pensado antes de hacer el voto de dedicarla (v. 15).
II. Si un hombre quería consagrar al Señor una parte de sus tierras, para que fuese empleada en usos piadosos, debía establecerse una diferencia entre la hacienda que pertenecía al donante por herencia, y la que había obtenido por compra; según fuese el caso, era también la valoración.
Versículos 26–34
I. Se establece que nadie se atreva a tomar a la ligera esto de consagrar a Dios cosas o personas, como para consagrarle ningún primogénito, porque los primogénitos ya eran de Dios por ley (v. 26).
II. Se establece cuidadosamente una distinción entre cosas y personas dedicadas y cosas o personas santificadas. Una mera presentación en el tabernáculo o en el Templo, servía para santificar; pero una dedicación tenía efectos irrevocables. Así, pues: 1. Las cosas dedicadas a Dios eran cosas santísimas para Jehová; no podían rescatarse ni enajenarse (v. 28). 2. Las personas dedicadas a Dios como anatema, indefectiblemente habían de ser muertas (v. 29). Esto se refiere a las sentencias judiciales dictadas por las legítimas autoridades contra malhechores tales como los blasfemos (24:16) y los idólatras (Éx. 22:19). Nadie más tenía autoridad para hacer esta dedicación, que equivalía a una condenación.
III. Ley concerniente a los diezmos, que pagaban para el servicio de Dios antes de ser promulgada la Ley como se ve por el pago que hizo de ellos Abraham (Gn. 14:20) y la promesa que hizo de ellos Jacob (Gn. 28:22). Aquí se establece que habían de pagar diezmo de todo aquello en que el fruto se multiplicase, como era el caso del trigo, de la fruta y del ganado (vv. 30–32). Se nos enseña en general a honrar a Jehová con nuestros bienes (Pr. 3:9), y en particular a mantener a sus ministros y estar prestos así a hacerles partícipes de toda cosa buena (Gá. 6:6, comp. con 1 Co. 9:11). Y no hay manera más fácil y equitativa de hacerlo, proporcionalmente a lo que Dios nos haya prosperado, que con esto de los diezmos.
IV. El último versículo parece hacer referencia a todo este libro del Levítico, del que parece un compendio y una conclusión: Estos son los mandamientos que ordenó Jehová a Moisés para los hijos de Israel, en el monte Sinaí (v. 34). Muchos de estos mandamientos son de orden moral y tienen perpetua vigencia, aunque para los creyentes están englobados y superados en la ley del amor, que es el mandamiento nuevo (Jn. 13:34); otros, que eran ceremoniales y peculiares de la economía judía, tienen, no obstante, un sentido espiritual, y son instructivos para nosotros que estamos equipados con una clave que nos introduce en los misterios que contienen. Respecto de todo ello, tenemos muchos motivos para bendecir a Dios por no haber tenido que acercarnos al monte que se podía palpar (He. 12:18). 1. Gracias a Dios, ya no estamos bajo las oscuras sombras de la Ley, sino que disfrutamos de la clara luz del Evangelio, que nos muestra a Cristo el fin de la Ley para justicia (Ro. 10:4). La doctrina de nuestra reconciliación con Dios por medio de un Mediador, no está nublada con el humo de los holocaustos, sino clarificada con el conocimiento de Cristo, y éste crucificado (1 Co. 2:2). 2. Gracias a Dios, ya no estamos bajo el pesado yugo de la Ley y de sus prescripciones carnales, como se las llama en Hebreos 9:10, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas; un yugo que ni sus padres ni ellos pudieron llevar (Hch. 15:10), sino bajo las instituciones suaves y fáciles del Evangelio que declara ser verdaderos adoradores los que adoran al Padre en espíritu y en verdad (Jn. 4:23–24), por Cristo y en su nombre, ya que Él es nuestro sacerdote, templo, altar, sacrificio, purificación, y todas las cosas. Así, que, hermanos teniendo entera libertad para entrar en el Lugar Santo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él abrió para nosotros a través del velo, esto es, de su carne …, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe (He. 10:19–20, 22), rindiendo culto a Dios con santa alegría y humilde confianza, diciendo: ¡BENDITO SEA DIOS POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO!