Profeta es alguien que tiene gran intimidad con el Cielo y gran interés en la Tierra y, por consiguiente, gran autoridad sobre el mundo. La profecía era expresada de ordinario por medio de sueños, voces o visiones; era comunicada primeramente a los profetas y, por medio de ellos, a los hijos de los hombres (v. Nm. 12:6). Antes que comenzase a ser redactado el canon del Antiguo Testamento había ya profetas, quienes hacían las veces de una Biblia para los hombres. Nuestro Salvador insinuó que Abel fue uno de los profetas (v. Mt. 23:31, 35). También Enoc fue profeta; Noé fue predicador de justicia. De Abraham dijo Dios: «es profeta» (Gn. 20:7). Jacob predijo futuros acontecimientos (Gn. 49:1 y ss.).
Moisés fue, más allá de toda comparación, el más ilustre de todos los profetas del Antiguo Testamento, pues Dios hablaba con él cara a cara (Dt. 34:10). Pero después de la muerte de Moisés, durante mucho tiempo, el Espíritu de Dios se manifestaba y actuaba en el pueblo de Israel más bien como espíritu marcial que como espíritu profético; en tiempos de los Jueces, inspiraba a los hombres para la acción más bien que para la proclamación. Así hallamos al Espíritu de Dios que viene sobre Otoniel, Gedeón, Sansón y otros para servir al país, no con pluma, sino con espada. En todo el Libro de Jueces no se halla una sola mención de un profeta; sólo Débora es llamada profetisa. Entonces la Palabra de Dios era de mucho precio; no había visión frecuente (1 S. 3:1).
Pero con Samuel revivió la profecía, y él constituyó el principio de un famoso período profético, un tiempo de gran luz en constante e ininterrumpida sucesión de profetas, hasta un par de siglos después de la deportación a Babilonia, cuando quedó completo el canon del Antiguo Testamento. Entonces cesó la profecía por casi cuatrocientos años.
Hallamos profetas levantados por Dios para especiales servicios públicos, entre los cuales los más famosos fueron Elías y Eliseo en el reino de Israel. No ha quedado de ellos nada escrito, excepto una breve carta de Elías en 2 Crónicas 21:12–15. Sin embargo, en los siglos finales de los reinos de Judá e Israel, plugo a Dios instruir a sus siervos los profetas para que pusiesen por escrito algunos de sus mensajes.
Muchas fechas de tales profecías son inseguras, pero las primeras datan de tiempos de Uzías rey de Judá y de Jeroboam II, contemporáneo suyo, rey de Israel, unos 200 años antes de la deportación. Hubo quienes asesinaron a los profetas, pero no pudieron matar sus profecías; éstas permanecen como testigos contra ellos.
Oseas fue el primero de los profetas escritores. Joel, Amós y Abdías publicaron sus profecías por el mismo tiempo. Isaías lo hizo algún tiempo después, pero su profecía está colocada al principio de los libros proféticos, no sólo por ser la más larga de todas, sino por su predominante referencia al Mesías, de quien todos los profetas dieron testimonio; tanto que justamente se le apellida el Profeta Evangélico, y hasta hubo escritores antiguos que lo llamaron el Quinto Evangelista. De él nos vamos a ocupar de inmediato. Y, antes de entrar de lleno en el comentario de su profecía, conviene hacer constar dos puntos por vía de introducción especial:
I. En cuanto al profeta mismo. Si hemos de dar crédito a la tradición de los judíos, pertenecía a la familia real, pues dicen que su padre era hermano del rey Uzías. Lo cierto es que se le veía con mucha frecuencia en la corte, especialmente en tiempos de Ezequías. Notemos que el Espíritu de Dios proveía con frecuencia a sus propios designios por medio del carácter particular del profeta, ya que los profetas no eran trompetas parlantes a través de las que hablaba el Espíritu, sino hombres con razón y lengua propias, por medio de los cuales hablaba el Espíritu, y hacía uso de los poderes naturales de ellos, tanto con respecto a la luz de la inteligencia como con respecto a la llama del corazón, aunque elevándolos por encima de sí mismos.
II. En cuanto a la profecía. Es de primerísima importancia y utilidad; sirve para convencer de pecado, instruir en el deber y consolar en la aflicción. Dos grandes aprietos del pueblo de Dios se nos refieren en ella: La invasión de Senaquerib, la cual ocurrió en vida del profeta, y la deportación a Babilonia, que aconteció mucho tiempo después. En el aliento y ánimo que la profecía de Isaías proporciona para el tiempo de tales aprietos, hallamos abundante gracia del Evangelio. De ninguna otra profecía (y aun de todas juntas) quedan en los Evangelios tantas citas como de ésta. También sobrepasa a todas en explícitos testimonios acerca de Cristo, como lo vemos en cuanto a su nacimiento de una virgen (7:14) y a sus padecimientos redentores (cap. 53). Al comienzo del libro abundan especialmente los reproches por el pecado y las amenazas de castigo, pero la última parte está llena de palabras de consuelo. Éste es el método que el Espíritu de Cristo usó primero en los profetas y sigue todavía usando: convencer primero y consolar después; y quienes deseen verse bendecidos con las consolaciones deben someterse a las convicciones.
El primer versículo de este capitulo sirve de título a todo el libro. El mensaje que aquí se contiene consta de los siguientes puntos: I. El cargo que, por medio del profeta, hace Dios a la nación judía: 1. Por su ingratitud (vv. 2, 3). 2. Por su endurecimiento (v. 5). 3. Por la universal corrupción y degeneración del pueblo (vv. 4, 6, 21, 22). 4. Por la perversión de la justicia a manos de los gobernantes (v. 23). II. La triste queja de Dios en los juicios que ellos mismos se habían atraído por sus pecados y por los que habían llegado al borde de una casi completa ruina (vv. 7–9). III. El justo rechazo de aquellas caretas de religión que se ponían, no obstante la general degeneración y apostasía (vv. 10–15). IV. El urgente llamamiento al arrepentimiento y a la reforma de conducta, al poner ante ellos la vida y la muerte (vv. 16–20). V. Amenaza de ruina a quienes rehúsen cambiar de mentalidad y de conducta (vv. 24, 28–31). VI. Promesa de una feliz renovación final y de un retorno a su primitiva pureza y prosperidad (vv. 25–27).
Versículo 1
1. El nombre del profeta. Isaías (hebr. Yeshayah o Yeshayahu) significa «salvación de Jehová» y es equivalente de Yehoshuah o Yeshúah (Jesús), nombre muy apropiado para este profeta, cuya profecía contiene tantas cosas acerca de Jesús nuestro Salvador y de la gran salvación que Él llevó a cabo a favor nuestro. De él leemos que era hijo de Amós, quien, según la tradición judía, era hermano del rey Amasías, padre de Uzías.
2. La naturaleza de la profecía. Es una visión (hebr. jazón). Los profetas eran llamados videntes, ya fuese porque realmente veían lo oculto y lo futuro, ya fuese porque tenían visiones. Este segundo sentido es el que tiene aquí el vocablo hebreo. Mediante la revelación divina, Isaías contemplaba con los ojos del espíritu todo lo que aquí va a exponer, incluidos los oráculos que comunicará proféticamente a lo largo de todo el libro.
3. El contenido de la profecía. Algunos capítulos se refieren a Babilonia, Egipto, Tiro y otras naciones vecinas; pero en su título hace referencia a lo que va a ser el objeto principal de la profecía y, por consiguiente, dice que es una visión que tuvo concerniente a Judá y Jerusalén. Singulariza a ésta por ser la capital del reino. El profeta comunica su mensaje: (A) en forma de instrucción, pues a ellos les pertenecían los oráculos de Dios (Ro. 3:2; 9:4); (B) en forma de reproche y amenaza, porque si se halla iniquidad en Judá y en Salem, tarde o temprano serán llamados a cuentas; (C) en forma de consuelo y aliento en tiempos difíciles, pues los hijos de Sion se regocijarán en su rey.
4. La fecha de la profecía. Isaías profetizó en días de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías. De aquí se deduce: (A) Que profetizó por largo tiempo, especialmente si, como dicen los judíos, terminó su vida aserrado por medio bajo orden de Manasés, a lo que algunos suponen que se refiere el autor de Hebreos en 11:37. Desde el día en que murió el rey Uzías (6:1) hasta la enfermedad y recuperación de Ezequías, pasaron cuarenta y siete años. Por cuánto tiempo profetizó antes de lo uno y después de lo otro, no se sabe de cierto. (B) Que pasó por diversas vicisitudes. Jotam fue buen rey; Ezequías, todavía mejor, y no cabe duda de que se aconsejó del profeta; pero entre ambos, y cuando Isaías se hallaba en la flor de la vida, el reinado de Acaz fue muy profano y malvado.
Versículos 2–9
1. El profeta, aunque habla en nombre de Dios, al no esperar ser escuchado por sus compatriotas, se dirige a los cielos y a la tierra (v. 2): «Oíd, cielos, y escucha tú, tierra». De criaturas inanimadas, que cumplen las leyes que les fijó su Creador, se puede esperar que escuchen el mensaje de Dios mejor que este pueblo estúpido y sin sentido. ¡Avergüencen las luminarias del cielo la tenebrosidad de ellos, así como la fructuosidad de la tierra la esterilidad suya, y la regularidad con que cielos y tierra siguen sus órbitas y se ajustan a las diversas estaciones; avergüence la irregularidad de ellos! Así comienza también Moisés en Deuteronomio 32:1.
2. Les acusa de vil ingratitud. Que escuchen los cielos y la tierra y se asombren: (A) del amoroso comportamiento de Dios con un pueblo tan displicente y provocador: … Crié hijos y los engrandecí».
Estaban bien criados e instruidos (v. Dt. 32:6); (B) de la conducta antinatural de ellos hacia el que tan tiernamente se había comportado con ellos: … Y ellos (enfático en el hebreo) se han rebelado contra mí».
3. El profeta atribuye esta anomalía a la ignorancia e irreflexión de ellos (v. 3): «El buey conoce … pero Israel no conoce».
(A) Perspicacia del buey y del asno, criaturas de la más lerda especie; no obstante, el buey tiene tal sentido del deber como para reconocer a su amo y servirle. El asno, por su parte, tiene tal sentido de su interés como para reconocer el pesebre de su amo y apresurarse a llegar allá donde se le da de comer. Por tan lerdos animales es avergonzado el hombre en su falta de conocimiento, y no sólo se le manda a la escuela del buey y del asno para que aprenda de ellos (Pr. 6:6, 7), sino que se le coloca en un grado inferior al de ellos (Jer. 8:7).
(B) Necedad y estupidez de Israel. Dios es su amo y propietario. Él los creó y ha provisto abundantemente para ellos. Lo mismo ha hecho con nosotros. No obstante, muchos que dicen pertenecer al pueblo de Dios exclaman: «¿Qué es el Todopoderoso para que hayamos de servirle?» No saben ni reflexionan. Conocen, es cierto (comp. con Ro. 1:21), pero tal conocimiento no les sirve de nada, porque no consideran lo que conocen ni lo aplican a su caso. La inconsideración de lo que conocemos es un enemigo tan grande como la ignorancia de lo que deberíamos conocer. Éstas son las causas de que los hombres se rebelen contra Dios.
4. Se lamenta Isaías de la corrupción del reino de Judá. La enfermedad del pecado era epidémica y todos los estamentos de la sociedad, todas las clases, estaban sufriendo la infección de dicha epidemia:
«¡Oh nación pecadora …!» Tanto más culpable cuanto que era el pueblo escogido de Dios.
(A) La maldad era universal. La generalidad del pueblo era presa de los vicios y de la profanidad. Su perversidad pesaba sobre ellos como un talento de plomo (Zac. 5:7, 8). Procedían de mala estirpe; eran raza de malhechores dañosos (lit.). Llevaban la traición en la sangre. Y eran hijos depravados. Como indica el hebreo, no sólo eran corruptos, sino también corruptores; propagadores del vicio, que infectaban a otros. «Abandonaron a Jehová, despreciaron al Santo de Israel y le volvieron la espalda» (v. 4b). El hebreo niatsú indica un desprecio provocativo, deliberado y con mala intención: Sabían lo que irritaba a Dios y lo ponían por obra.
(B) El profeta lo ilustra mediante una comparación tomada de un cuerpo infectado totalmente por la lepra o, como el de Job, por llagas malignas (vv. 5, 6, comp. con Job 2:6, 7). La enfermedad afectaba a los órganos vitales y amenazaba así ser mortal. Se habían corrompido en su discernimiento: tenían la cabeza llena de lepra, se había extendido por todo el cuerpo la enfermedad, y se había vuelto así extremadamente nociva. «No hay en él cosa sana» (v. 6b). No habiendo buenos principios, no queda sino herida, hinchazón y podrida llaga. Como advierte Trenchard, «las expresiones del versículo 6 corresponden a heridas causadas por palos o látigos, y no a los síntomas de una grave enfermedad».
(C) Por otra parte, no había intentos de reforma; o, si los había mostraban ser ineficaces (v. 6b): «No están curadas, ni vendadas ni suavizadas con aceite». Mientras el pecado permanece sin arrepentimiento ni confesión, las heridas espirituales no se curan ni se cierran; en realidad, es imposible su curación.
5. El profeta se lamenta tristemente de los juicios divinos que los israelitas han atraído sobre sí mismos. Su reino está al borde de la ruina (v. 7): «Vuestra tierra (es) una desolación» (lit.). Y continúa: En cuanto a los frutos de vuestros campos, que habrían de servir de alimento a vuestras familias, extranjeros los devoran en presencia vuestra, sin que podáis impedirlo; morís de inanición, mientras vuestros enemigos se sacian. «La hija de Sion (v. 8), Jerusalén, como una doncella cuya madre era el templo edificado sobre el monte Sion, se hallaba ahora como choza en viñedo, como cabaña en melonar
… Dice F. L. Moriarty: «El aislamiento en que quedará Jerusalén lo compara a la frágil y solitaria choza del que guarda la viña». En todo esto, Isaías se refiere a la invasión de Tiglat-Pileser en 734 o, más probable, a la de Senaquerib en 701.
6. Isaías se consuela al considerar el remanente que había de ser un monumento de la gracia y la misericordia de Dios, a pesar de la general corrupción del país (v. 9): «Si Jehová de las huestes no nos hubiese dejado un exiguo remanente (lit.), conservado puro en medio de la común apostasía y a salvo de la general calamidad, habríamos sido como Sodoma, habríamos llegado a ser semejantes a Gomorra».
«Jehová de las huestes» es el título que indica el omnímodo poder y la soberanía de Dios cuando actúa como general en jefe de las fuerzas armadas de Su pueblo. Pablo cita esto en Romanos 9:27–29, y lo aplica a los pocos israelitas que habían abrazado el cristianismo. Este remanente es, con frecuencia, exiguo. La cantidad no es nota distintiva de la verdadera Iglesia. La manada de Cristo suele ser pequeña.
Quienes, por la gracia y la misericordia de Dios, se han salvado de la ruina, deben volver la vista atrás con gratitud, para ver cuánto deben a unos pocos que cerraron las brechas y, especialmente, a Dios, quien les otorgó este pequeño remanente.
Versículos 10–15
1. Ahora Dios les invita (aunque en vano) a que escuchen Su palabra (v. 10). Los epítetos que les impone son muy extraños: «Gobernantes de Sodoma … Pueblo de Gomorra». Esto da a entender cuán justo habría sido Dios si los hubiese consumido como hizo con las ciudades citadas, así como la corrupción del pueblo y de sus gobernantes, tipificada en la perversidad de Sodoma y Gomorra. Isaías no se mordía la lengua; y es tradición de los judíos que estas palabras fueron las que, al andar el tiempo, le ocasionaron una muerte violenta. En Sodoma y Gomorra no fue hallado un remanente puro de diez personas; por eso perecieron. Si Judá y Jerusalén han sobrevivido ahora, lo deben al resto que Dios les había dejado. La demanda que les hace es muy razonable: «Oíd la palabra de Jehová … Prestad oídos a la instrucción (lit. ley) de nuestro Dios». La Palabra de Dios es luz y vida. Con ella, no marcharán ciegos a la ruina.
2. Justamente rehúsa Dios escuchar las oraciones de ellos y aceptar sus sacrificios (v. 11), su asistencia a los servicios del templo (v. 12), sus ofrendas y sus asambleas festivas de toda clase (vv. 13, 14), sus manos extendidas en oración, mientras están llenas de sangre (v. 15). Todo es pura fachada, máscara burda de una religión externa, que oculta un corazón corrompido.
(A) Hay muchos que son ajenos a la religión, y aun enemigos de ella; y, sin embargo, muestran un celo enorme en guardar las formas y poner de relieve lo que es pura sombra de piedad. Esta nación pecadora sentía y mostraba enorme interés en llevar muchas víctimas animales al altar de los holocaustos y mucho incienso al altar de los perfumes, pero el corazón estaba vacío de verdadera devoción; sus holocaustos carecían de interior dedicación (comp. Ro. 12:1); sus oraciones, de verdadero fervor y sentido. Venían a ser vistos (v. 12, lit.) delante de Dios. Es curioso que, cuando los pecadores se sienten bajo el juicio de Dios, están más prestos a correr a sus devociones externas que a dejar sus pecados y reformar su vida.
(B) Las devociones más pomposas y costosas de los malvados están tan lejos de agradar a Dios que le resultan abominables. Todo lo que se contiene en los versículos 11–20 muestra, en una gran variedad de expresiones, el gran principio de que la obediencia es mucho mejor que el sacrificio. Tan vanas son todas estas manifestaciones externas de religión que a Dios le producen asco. Nótese cómo lo declara: «Me es ofrenda de abominación … (lit.). No puedo aguantarlo … (v. 13). Las tiene aborrecidas mi alma; me son una carga; estoy hastiado de soportarlas» (v. 14, lit.).
(C) Las oraciones y los sacrificios del pueblo, además de resultar abominables a Dios, son sin provecho alguno para ellos mismos: «¿Quién demanda esto de vuestras manos?» (v. 12). Como si dijese:
«Ni me sirve a mí (v. 11) ni os aprovecha a vosotros». Aunque multipliquen oraciones, Dios no las oirá (v. 15), porque no proceden de un corazón recto. «Son, dice Jehová, vuestros sacrificios (v. 11), vuestras fiestas solemnes (vv. 13, 14), no míos». Se presentan delante de Dios, no para honrar Su templo, sino para hollar, como animales salvajes e inmundos, sus atrios (v. 12). Dios nunca se cansa de escuchar las oraciones de los justos, pero le hastían pronto los costosos sacrificios de los malvados. De tal modo odia Dios el pecado, que las oraciones más prolijas y los sacrificios más caros le resultan abominables cuando están teñidos de pecado. La piedad hipócrita es doble iniquidad.
Versículos 16–20
1. Viene ahora un llamamiento al arrepentimiento y a la reforma: «Si queréis que vuestros sacrificios sean aceptados y escuchadas vuestras oraciones, debéis comenzar por el verdadero principio. ¡Limpiad el corazón, y todo lo demás quedará limpio! ¡Obedeced y serán aceptados vuestros sacrificios!» Así como la generosidad y aun el martirio no pueden expiar la falta de amor (1 Co. 13:3), así tampoco las oraciones y los sacrificios pueden expiar el fraude y la opresión (vv. 16, 17).
(A) Deben dejar de hacer lo malo (v. 16b), de apartarse de toda iniquidad. Ésta es la forma de lavarse y limpiarse (v. 16a). No es suficiente abandonar las prácticas malvadas; es preciso atacar a las raíces del pecado, como mostró el Señor en el Sermón del monte.
(B) Deben aprender a hacer lo bueno (v. 17). Éste es el lado positivo de una conducta reformada por un verdadero arrepentimiento. Hacer el bien no es algo congénito en nosotros; necesitamos aprenderlo, sin ahorrar esfuerzos, puesto que es una asignatura de primerísima importancia. Les urge en particular a cumplir los mandamientos de la segunda tabla del Decálogo (comp. con Stg. 1:27). Dice literalmente el hebreo: «Buscad juicio (esto es, haced lo recto); enderezad al opresor (esto es, refrenadle mediante el poder de la ley); juzgad al huérfano (defended su causa); proteged a la viuda». El bien que aquí se demanda es, con mucha frecuencia, arduo, arriesgado: Vindicar a los débiles, a los faltos de poder, ayuda y dinero, a los que son objeto de abuso, opresión y explotación por parte de codiciosos, arrogantes y sin conciencia.
2. Tenemos a continuación una de las más tiernas manifestaciones de la condescendencia y de la equidad de Dios en el modo de comportarse con ellos (vv. 18–20). «Vamos ahora y deliberemos juntos» (lit.), les dice Dios (v. 18). Como si dijese: «Mientras estén vuestras manos llenas de sangre, no tengo nada que hacer con vosotros aunque me traigáis multitud de sacrificios y oraciones; pero si os laváis y limpiáis, podéis acercaros a mí con toda confianza; venid y discutiremos juntos este asunto». La religión tiene a la razón de su parte. Hay toda la razón para que hagamos lo que Dios quiere que hagamos. Basta con que el caso se examine a la luz del día, y por sí mismo se resolverá.
(A) En efecto, ellos no podían esperar razonablemente otra cosa mejor que, con tal que se arrepintiesen y cambiasen de conducta, ser readmitidos al favor de Dios a pesar de sus anteriores provocaciones. No se les impone ninguna penitencia ni se les agrava el yugo. No les dice: «Si obedecéis a la perfección», sino: «Si estáis dispuestos a obedecer» (v. 19, lit., Si queréis y escucháis). Con eso tienen bastante para que Dios les perdone sus pecados y no vuelva a mencionar sus iniquidades.
(B) El perdón de Dios, en tal caso, será tan eficaz y completo que, aunque sus pecados (y los nuestros) hayan sido como la grana y el carmesí (v. 18), es decir, aunque el pecado esté tan embebido en nosotros como lo está una tela profundamente teñida de rojo y mantenida por largo tiempo en dicho tinte, el perdón misericordioso de Dios descargará, con la misma profundidad, el teñido. Si nos limpiamos por medio del arrepentimiento, Dios nos blanqueará totalmente con su perdón. Más aún, nos restaurará todos sus anteriores favores (v. 19): «Si queréis y obedecéis, comeréis el bien de la tierra»; todo lo bueno que la tierra prometida produce.
(C) Pero, por la misma razón, y con toda razón, si rehúsan obedecer (v. 20) y continúan en su rebeldía, serán consumidos a espada, «porque ha hablado (lit.) la boca de Dios», quien no puede mentir ni desdecirse. Es de notar que el verbo «hablar» está aquí en la forma intensiva Piel, para mayor énfasis.
Versículos 21–31
Estos versículos contienen una lamentación sobre Jerusalén (vv. 21–23), seguida de una resolución divina de enderezar los entuertos (vv. 24–31).
1. Por medio de Isaías, Dios se lamenta de la terrible degeneración de Jerusalén, la capital del reino, la ciudad regia, que había sido fiel a Dios y a los intereses de Su reino, así como a la nación y a los intereses del pueblo: «Llena estaba de justicia … En ella se alojaba la rectitud». Dice el rabino Slotki:
«La segunda es el principio de la rectitud y del justo comportamiento mutuo de los hombres, mientras que la primera, también traducida por “juicio”, es la práctica de dicho principio ante los tribunales y en la vida cotidiana».
(A) El contraste no puede ser más fuerte: Sion, aquella hermosa y fiel esposa, «se ha convertido en ramera» (v. 21a); donde antes se alojaba la rectitud, ahora habitan los homicidas sin que nadie les moleste. Los gobernantes mismos se habían vuelto tan crueles y opresores que no eran mejores que los asesinos.
(B) La degeneración de Jerusalén es ilustrada (v. 22) por medio de una comparación con la escoria de los metales preciosos y con el aguamiento de un buen vino: «Tu plata se ha convertido en escoria, tu vino está mezclado con agua». No es que esta plata esté rodeada de escoria, sino que toda ella se ha convertido en escoria inútil. Es posible que la escoria retenga el brillo de la plata, y que el vino aguado retenga el color del vino, pero ni la escoria ni el vino aguado sirven para nada. Así también ellos retenían un alarde y una pretensión de justicia y virtud, pero carecían del verdadero contenido de ambas.
(C) El contraste sube de punto en los gobernantes (v. 23): Tus príncipes, los encargados de mantener a otros en sujeción a la ley de Dios, se han vuelto rebeldes, y han desafiado a Dios y a Su ley. Los que deberían tener a raya a los ladrones, se han hecho compañeros, esto es, cómplices, de ladrones, pues comparten con ellos la ganancia ilícita de sus explotaciones, protegiéndoles y dejándose sobornar por ellos. Todo su interés se cifra en enriquecerse con las «propinas» que reciben, sean justos o injustos los medios con que se han obtenido las ganancias.
(D) Al proteger así a los explotadores, dejan sin defensa a los más necesitados (v. 23b): «No hacen justicia al huérfano, que no tiene quien le defienda, ni llega a ellos la causa de la viuda», porque la pobre carece de dinero con que hacer valer su causa y recurrir al soborno.
2. Ante tan lamentable situación, Dios toma la decisión de poner fin a estas iniquidades. La purificación del pueblo de Dios se llevará a cabo a distintos niveles de tiempo (vv. 24–31).
(A) La declaración tiene carácter sumamente enfático (v. 24): «Por tanto, dice el Señor, Jehová de las huestes, el Fuerte de Israel, que tiene poder suficiente para hacer buena Su palabra: ¡Ah! Yo me satisfaré en mis adversarios, me vengaré de mis enemigos» (lit.). Dios hallará tiempo y modo apropiados para descargarse de este peso. Si el pueblo que profesa ser el pueblo de Dios no se asemeja a la imagen del Santo de Israel (v. 4), tendrá que sentir todo el peso de las manos del Fuerte de Israel (v. 25). Aunque la plata se haya convertido en escoria, Dios no la arrojará a la basura, sino que la refinará: «Limpiaré hasta lo más puro tus escorias y quitaré todas tus impurezas» (v. 25b). El vicio será suprimido; los opresores, privados del poder de hacer daño.
(B) La reforma del pueblo de Dios es obra de la mano de Dios (v. 25a): «Volveré Mi mano contra ti». Dios hace para el reavivamiento de su pueblo lo que hizo para su alumbramiento. Lo hará bendiciéndoles con buenos magistrados y gobernantes (v. 26): «Restauraré tus jueces como al principio, antes que penetrase la corrupción, y tus consejeros como eran antes», a fin de que los malhechores sean tenidos a raya. Lo hará también (v. 27) al implantar en la mente de los hombres principios de justicia y al hacer que gobiernen su conducta mediante tales principios. Los hombres pueden hacer mucho al frenar lo que aparece al exterior, pero sólo Dios puede actuar con eficacia mediante el influjo de su Espíritu.
(C) Todos los redimidos por Jehová serán convertidos, y su conversión será su redención efectiva (v. 27b). El reavivamiento de las virtudes de un pueblo es el medio de que se restaure su honor (v. 26b):
«Entonces te llamarán Ciudad de justicia, Ciudad fiel».
(D) Por el contrario (v. 28), los que rehúsen reformarse serán, no sólo castigados, sino destruidos. Juntamente serán destruidos los abiertamente profanos que se han sacudido toda forma de piedad y los que han vivido perversamente bajo la máscara de una falsa profesión de fe, pues todos ellos entran en el grupo de los que dejan a Jehová, al que profesaban haberse unido anteriormente. Serán consumidos, como se consume pronto el agua de una cañería cuando se le corta el suministro de la fuente.
(E) De nada les servirán entonces sus ídolos (vv. 29, 30): «Porque se avergonzarán de los terebintos que amasteis y seréis sonrojados por los jardines que escogisteis» (lit.). Se habían postrado en adoración a los árboles, y escogido así abandonar al Dios viviente. Con referencia a los terebintos, dice Moriarty:
«Ésta es una de las pocas veces en que Isaías alude a los árboles sagrados bajo los cuales celebraban los cananeos sus ritos religiosos de la fecundidad. Como estos árboles corpulentos se secaban y perdían el vigor bajo un sol ardiente en tierra de secano, así serían destruidos los apóstatas en las llamas del juicio».
(F) Se avergonzarán de sus ídolos, porque los ídolos mismos irán con ellos a la cautividad (v. 46:1, 2). Los terebintos se marchitarán y los jardines se secarán por falta de agua (v. 30). Y ellos mismos perderán todo su vigor (v. 31): «El hombre fuerte será como estopa, no sólo en gran quebranto y presa de la debilidad, sino convertido en fácil combustible, y su trabajo como chispa que encienda pronto la estopa. Si toda su obra es chispa, y todo él es estopa, bien puede entenderse que ambos ardan juntamente y no haya quien los apague».
3. Todo esto que aquí se dice (vv. 24–31) tiene aplicación a tres niveles históricos: (A) a la bendita obra de reforma llevada a cabo en tiempo de Ezequías después de las abominables corrupciones campantes en el reinado de su padre Acaz; (B) a la purificación del pueblo mediante la deportación a Babilonia; (C) especialmente, al tiempo del reino mesiánico milenario.
Con este capítulo comienza un nuevo mensaje, el cual se continúa en los dos capítulos siguientes. En el capítulo presente, el profeta: I. Contempla la gloria del reino futuro (vv. 1–4); y II. La purificación necesaria que ha de llevarse a cabo previamente en la casa de Jacob (vv. 5–11). III. Contempla a continuación el Día de Jehová, tema favorito en todos los profetas del Antiguo Testamento (vv. 12–22).
Versículos 1–4
El título del presente mensaje (v. 1) es el mismo que el del que ya vimos en el primero (1:1), pues el tema concierne igualmente a Judá y Jerusalén. El mensaje comienza con la profecía que se refiere a los días del Mesías, cuando su reino será erigido en el mundo al final de los tiempos. El profeta predice aquí:
1. El triunfo de la causa de Dios en el mundo, «en lo postrero de los tiempos» (v. 2). Dice Isaías que
… el monte de la casa de Jehová, es decir, el monte Sion, será asentado como cabeza de los montes, etc.». Es obvio aquí el sentido figurado de «monte» como «reino», y de «cabeza» como «potencia» que impone su dominio sobre los demás «montes» o «reinos». La fuerza del monte Sion se deriva de la presencia especial de Dios en él (comp. con Ez. 48:35); por eso, lo llama «el monte de la CASA de Jehová».
2. Jerusalén será el emporio, no sólo del poder, sino también de la luz y de la ley (vv. 2c, 3): «… y confluirán a él (al monte de la casa de Jehová) todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos y dirán: Venid y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos y caminaremos por sus sendas». No les arredrará el que el viaje sea cuesta arriba, pues Dios les habrá ensanchado el corazón para que corran por el camino de sus mandamientos (Sal. 119:32). Merece la pena subir a ese monte donde se enseñan los buenos caminos, y quienes estén dispuestos a emprender ese viaje hallarán que no han trabajado en vano. «Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová», como de una fuente. Dice Slotki: «Se llama la casa del Dios de Jacob porque fue él quien llamó al lugar la casa de Dios (Gn. 28:19)».
3. Con la erección del reino mesiánico, no sólo se impondrá la justicia, sino que reinará una paz universal (v. 4): «Y juzgará (Dios) entre las naciones y será árbitro de muchos pueblos (ya no harán falta las “Naciones Unidas” para arreglar pleitos entre naciones y pueblos) y forjarán (lit.) sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces de podar; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra». ¡El reverso de la carrera armamentista de nuestros días! Como observa Trenchard, «Satanás será “atado”, de modo que “lo bueno” tendrá todas las ventajas». Toda esta profecía de 2–4 se halla también en Miqueas 4:1–4.
4. Algo parecido ocurre donde penetra el Evangelio de Cristo: pone en los corazones amor, gozo y paz como primeros frutos del Espíritu Santo (Gá. 5:22); el amor de Cristo, infundido en el corazón del hombre, constriñe a los cristianos a amarse mutuamente. Hasta los paganos se percataban del—para ellos—extraño fenómeno del amor que reinaba en los miembros de la primitiva Iglesia. La diferencia, sin embargo, entre la justicia y la paz del reino milenario y las del cristianismo es doble: (A) La justicia y la paz del reino milenario serán universales, mientras que las del Evangelio quedan limitadas (a) en cantidad, pues los verdaderos creyentes son minoría en el mundo; (b) en calidad, ya que aun muchos de los sinceros creyentes son demasiado carnales. (B) Por otra parte, la justicia y la paz del reino milenario se impondrán por la fuerza, sin cambiar de por sí el corazón del hombre, mientras que el Evangelio de Cristo, donde se recibe, produce un nuevo hombre, y regenera su corazón mediante el nuevo nacimiento.
Versículos 5–11
Tras este cuadro de la luz venidera, Isaías contempla las sombras tenebrosas de la situación presente.
1. La invitación del profeta al pueblo está teñida de triste lamento (vv. 5, 6): «Venid, oh casa de Jacob, y caminemos a la luz de Jehová. Pues tú (esto es, Jehová) has desechado a tu pueblo, la casa de Jacob, porque están llenos del oriente (lit.; es decir, de idolatrías, brujerías y supersticiones importadas de las naciones al oeste de Palestina) y de agoreros, como los filisteos; y pactan con hijos de extranjeros». Según comenta el Dr. Slotki: «El profeta viene a decir: “En vista de que tenemos por delante un futuro tan brillante, paz universal y el reconocimiento de la ley de nuestro Dios por parte de todas las naciones de la tierra, comencemos aquí y ahora nosotros mismos a caminar a la luz del SEÑOR”. Pero, hay!, Israel está todavía hundida en los vicios de la idolatría y de la superstición; y, por esta razón, Dios los ha abandonado». No puede ser más deplorable la situación de un pueblo al que Dios ha abandonado (comp. con Mt. 23:38). El caso es tan grave que el profeta llega a decir (v. 9b): «¡No los perdones!»
2. La suerte funesta de Israel y las razones en que está fundada. En general, es el pecado lo que provoca a Dios a abandonar a su pueblo. Los pecados particulares que el profeta especifica aquí son los que por aquel tiempo abundaban en Israel. Nótense los contrastes entre el comportamiento de Dios y el de ellos:
(A) Dios los había elegido y separado para sí como un pueblo de su especial propiedad, dignificándolo sobre todos los demás pueblos (Nm. 23:9); pero ellos se llenaron del oriente. No sólo importaron los abominables vicios de las naciones vecinas, sino que naturalizaron a extranjeros mezclándose con ellos (Os. 7:8). El país se llenó de sirios y caldeos, moabitas y amonitas; y, peor todavía, adoptaron las malas costumbres de todos estos paganos, y profanaron así la corona de su dignidad especial y quebrantaron el pacto de su Dios.
(B) Dios les otorgó sus oráculos, las Escrituras y los videntes, pero ellos habían despreciado a éstos y se habían vuelto agoreros como los filisteos (v. 6); habían introducido las artes de adivinación y escuchado a los que, por medio de los astros, de las nubes, del vuelo de las aves o de las entrañas de los animales, trataban de descubrir lo secreto o predecir lo futuro. Los filisteos eran famosos adivinos (1 S. 6:2).
(C) Dios les había asegurado que Él sería su riqueza y su fuerza; pero, al desconfiar del poder y de la promesa de Dios, ellos habían hecho del oro y de la plata su esperanza, y se habían equipado de multitud de caballos y carros, y dependían de ellos para su seguridad (v. 7). La prosperidad del reinado de Uzías había contribuido a todo ello. No es que el poseer plata y oro, caballos y carros sea un pecado, pero desearlos insaciablemente y poner en ellos su confianza es una provocación contra Dios.
(D) Jehová era el Dios de ellos, y había instituido las formas y ritos con que habían de servirle y prestarle adoración; pero ellos le desdeñaban a Él y sus a instituciones (v. 8). El país estaba infestado de ídolos; cada ciudad tenía su dios (Jer. 11:13). Quienes desean ídolos, desean tenerlos en abundancia; tan necios eran como para adorar la obra de sus manos. El oro y la plata con que Dios les había hecho prosperar y enriquecerse, los empleaban en hacerse ídolos.
(E) Dios los había colmado de honores; pero ellos se habían degradado vilmente (v. 9): «Se inclina el hombre, el individuo vulgar y corriente, y se humilla el varón, el ciudadano de pro». Hacen ídolos de metal, madera y piedra, materiales mucho más viles que el ser humano que los fabrica y que en ellos se envilece a sí mismo por debajo de la propia obra de sus manos.
3. Isaías pasa luego a declarar el funesto destino que espera a estos malvados. Los versículos 10 y 11 vienen a formar una especie de estribillo (comp. con los vv. 17, 19, 21) con que el profeta va a introducir su profecía sobre el gran Día de Jehová (comp. con Ap. 6:15).
(A) No es que Isaías piense que los malvados pueden escapar del juicio de Dios escondiéndose entre rocas o bajo la tierra (v. 10), ni que, como piensan muchos comentaristas judíos, sea el versículo como un grito de pánico de los israelitas sorprendidos por el castigo divino, sino que es una figura de dicción que expresa irónicamente lo inútil de tal subterfugio (comp. con el v. 19).
(B) Los que se degradaron humillándose ante los ídolos, serán verdaderamente humillados y abatidos (v. 11) el gran Día del juicio de Dios. Como observa Slotki, «el verbo hebreo shaphel está en perfecto (“fue abatida”). El profeta está tan seguro del resultado, que describe el acontecimiento como si ya se hubiese llevado a cabo. El verbo está también en singular, y pone de relieve su efecto en cada individuo». Aunque la expresión «Día de Jehová» aparece por primera vez en Amós 5:18, Moriarty hace notar que lo de «aquel día» es una frase que aparece nada menos que 45 veces en los primeros 39 capítulos de Isaías, aunque «su significado temporal—añade—hay que determinarlo por el contexto».
Versículos 12–22
En estos versículos, el profeta detalla el castigo que los malvados han de sufrir el día de Jehová, y muestra la desolación que se ha de abatir sobre ellos.
1. Dios se ha reservado un día para juicio (v. 12), después de los muchos días de paciencia y misericordia (comp. con Ro. 2:4, 5). Ese día vendrá sobre todo soberbio y altivo, etc. Se repite la idea del versículo 11, el cual, a su vez, se repite literalmente en el 17, así como el contenido del 10 se amplía en el 19, y éste, a su vez, se repite con pocas variantes en el 21.
2. Los individuos sobre los que ha de venir el juicio de Dios son descritos por medio de metáforas muy expresivas para los israelitas (vv. 13–16). Los cedros del Líbano, altos y erguidos (v. 13), representan literalmente a los fenicios que ocupaban la sierra del Líbano, pero sirven de símil para designar a toda persona altiva y arrogante. Las encinas de Basán (v. 13b) representan a los amonitas del otro lado del Jordán. Basán era una región famosa por el vigor de sus animales y por la fertilidad de sus tierras; de ahí que sus encinas, en lugar de ser altas y erguidas, fuesen anchas y recias, símbolo de los ricos bien engordados por su buena mesa y su fácil vida. Los montes y collados elevados (v. 14), provechosos para la estrategia militar, simbolizan, como ya dijimos, reinos y potencias humanas. Torres altas y muros fortificados (v. 15) son símbolos de seguridad y protección contra el enemigo. Y las naves de Tarsis (v. 16), el antiguo Tartesos español, cerca de la actual Cádiz, eran los buques mercantes de mayor fuerza, dimensión y calado de aquel tiempo, por lo que representaban la prosperidad comercial del país.
3. Todo ello va a desaparecer, pues sobre todo ello se abatirá el juicio de Dios. También desaparecerán los ídolos (v. 18), no sólo porque serán destruidos sus adoradores, sino porque, en su pánico, se desharán prontamente de ellos los mismos que los fabricaron (v. 20). De nada servirá la altura de los cedros, ni lo recio de las encinas, ni lo macizo de los muros y torres. Lo más elevado es lo más expuesto a los rayos de una tormenta. Las naves más grandes y más llenas de ricas mercancías son las que sufren naufragios más lamentables.
4. ¿Acaso podrán encontrar protección y refugio en sus amigos, en los mismos que los extraviaron apartándolos de Dios y haciéndoles servir a los ídolos? ¡No hay nada en el hombre que pueda servir de sostén y refugio el día del gran juicio de Dios! (comp. con Jer. 17:5 y ss.). «Desentendeos (lit. cesad) del hombre» (v. 22), dice Dios por medio del profeta. ¡Cuán débil es el ser humano! Su aliento, lo que le hace ser alma viviente (v. Gn. 2:7), está en su nariz. Dice Moriarty: «El hombre es un ser frágil, cuya alma no es sino un soplo que Jehová envía o retira (Job 7:7)». Positivamente, la vida del hombre está en la sangre (Lv. 17:11); negativamente, en las narices, en el sentido de que, cortándole al ser humano la respiración, fallece en un par de minutos. De ahí la conclusión que deduce el versículo 22b: «Porque, ¿en qué consideración ha de ser tenido?» (lit.). El profeta no se refiere aquí al valor intrínseco del ser humano, sino, de acuerdo con el contexto anterior, a su incapacidad para ayudar en momentos de apuro, por lo que es una necedad poner en él la confianza o tenerle miedo.
Al seguir en este capítulo la división que hace E. Trenchard, tenemos aquí: I. La falta de orden y la abundancia de violencia en Judá por este tiempo (vv. 1–8). II. El mensaje de Dios para justos e impíos dentro de esta lamentable situación (vv. 9–12). III. Los rectos juicios de Dios (vv. 13–15). IV. El atavío extravagante de las mujeres de Jerusalén (vv. 16–26).
Versículos 1–8
Dios se dispone ahora a terminar con todo lo humano en que habían puesto su confianza los israelitas, de forma que no hayan de tener sino desengaños en las esperanzas que habían puesto en ellos (v. 1):
«Porque he aquí que Jehová de las huestes quita de Jerusalén y de Judá sostén y apoyo». Es curioso que el hebreo tiene aquí un mismo vocablo, en forma masculina y en forma femenina, para dar a entender que les iba a faltar «toda clase de apoyo» (Slotki). De tal manera habían envejecido todas las instituciones del reino que, a la manera de un anciano (v. Zac. 8:4), tenían que apoyarse en un bastón. Ahora Dios les iba a quitar también ese bastón.
1. El pan es el sustento de la vida. Pero Dios puede quitar «todo sustento de pan y todo socorro de agua» (v. 1b). Y justo es que así lo haga cuando lo que Él ha dado para provisión de la vida se toma provisión de concupiscencias. Con sólo retener la lluvia, puede retirar el suministro de pan y de agua (v. Dt. 28:23, 24). al retirar estas bendiciones, la vida del hombre se halla al borde de la muerte. Cristo es nuestro pan de vida y nuestra agua de vida (Jn. 4:14; 6:27). Si Él es nuestro sustento, hallaremos que ésa es la buena parte que no nos será jamás quitada.
2. Su ejército jefes, y soldados rasos, les serán quitados (vv. 2a, 3a): «El fuerte y el varón …; el capitán de cincuenta y el hombre de rango». El «fuerte» es el veterano avezado a la guerra, probado en muchas y duras batallas; el «varón» es el soldado valiente, alistado en el ejército; el «hombre de rango» (lit. elevado de rostro) es el que, con su sola presencia, impone respeto. El Dios de los ejércitos de Israel les enseña aquí que ni los fuertes deben gloriarse en su fuerza, ni los paisanos deben confiar demasiado en sus militares y personajes de rango.
3. También les serán quitados sus políticos, sus consejeros, sus hombres sabios y, en general, todos los aristócratas (vv. 2b, 3b): «El juez y el profeta, el adivino (que, al acudir a toda clase de superstición, aconsejaba a los gobernantes) y el anciano o consejero experimentado dentro del concejo local; los consejeros superiores, de tipo nacional, renombrados por su sabiduría, el hechicero astuto y el hábil encantador que, como dice Slotki, “no podían ofrecer verdadera ayuda, pero contribuían de alguna forma a la estabilidad de las estructuras sociales”».
4. En lugar de príncipes prudentes y experimentados, Dios les va a poner (v. 4) «jovenzuelos por príncipes, y gobernarán sobre ellos los caprichos» (lit.), es decir, niños pequeños que se dejan llevar por sus desatinados caprichos infantiles. Dice Moriarty: «Aquí y en el versículo 12 es posible que haya una alusión a la juventud de Ajaz cuando subió al trono. Nada mejor que esta frase para indicar el desorden que habría cuando la autoridad se ponía en manos de irresponsables jóvenes».
5. Con todo esto, se ciernen sobre la sociedad el desorden y la violencia (v. 5). Dios les enviaría entre ellos, como en Jueces 9:23, un espíritu de discordia que les haría quebrantar todas las buenas normas de amistosa vecindad y de respeto social. Y, comoquiera que los príncipes eran jovenzuelos caprichosos, irresponsables, no habían de poner coto a tales violaciones del orden y de la paz. Mala señal es para una nación cuando la nueva generación resulta intratable e ingobernable. (¿Qué diría hoy M. Henry?—nota del traductor—).
6. En tales circunstancias, toda persona prudente se negará a desempeñar en la sociedad funciones de responsabilidad (vv. 6, 7). Puesto que los príncipes y demás gobernantes no estarán capacitados para poner orden en tal caos, cada uno se atribuirá facultades para prescribir quiénes han de ejercer cargos de responsabilidad. Un ciudadano cualquiera (v. 6) agarrará, para obligarle por la fuerza, a un pariente suyo, de la familia de su padre, y le dirá: Tú tienes manto, señal de que eres persona respetable; sé tú nuestro jefe (hebreo, qatsín, equivalente a nuestros locales «jueces de paz»).
7. Pero él (v. 7) protestará, «levantará la mano» (lit.), en actitud de juramento, diciendo. No seré vendador (lit.), es decir, sanador de las heridas del pueblo. Los buenos gobernantes son médicos y vendadores que procuran unir a los súbditos, en lugar de ensanchar las diferencias que existen entre ellos. Pero, ¿por qué no querrá tal sujeto pechar con esa responsabilidad? Porque, dice él, «en mi casa no hay pan ni manto»; esto es, «yo soy tan pobre y desamparado como los demás, ¡bastante tengo con mis propios problemas!»
8. En el versículo 8, el profeta resume la situación, y repite el motivo de tal desolación: Jerusalén y todo Judá se hallan en ese estado porque sus habitantes han provocado a Dios de palabra y obra, y han acarreado sobre sí mismos la ruina por haber desafiado a Jehová en Su propio rostro, como si se enorgulleciesen tanto más de despreciarle cuanto mayor era el conocimiento que tenían de Su gloria.
Versículos 9–12
En estos versículos Dios prosigue, por boca del profeta, la controversia con el pueblo.
1. El motivo por el que Dios se enfrenta con ellos es el pecado manifiesto de ellos. No lo disimulan (v. 9). Se han vuelto insensibles como Sodoma. Sus rostros mismos dan testimonio contra ellos, pues en la cara llevan la falta de vergüenza. Esto es lo que, más que ninguna otra cosa, contribuye al endurecimiento del corazón, y cierra así la puerta a un sincero arrepentimiento. Quienes dan de lado a la vergüenza, dan de lado a la gracia y, en último término, a la esperanza de recuperación.
2. Aunque las circunstancias son desfavorables, «Dios gobierna (vv. 10, 11) en las vidas particulares» (Trenchard). Cada uno recogerá de lo que siembre. Si todos fuesen rectos, a todos les iría bien. Al que le va mal, no le sucede otra cosa sino el pago de la labor mala que ha llevado a cabo (comp. con Ro. 6:23).
3. En el versículo 12, Isaías ve el cumplimiento de lo que ha declarado en el versículo 4: «En cuanto a mi pueblo, su gobernante actúa como un niño de pecho» (lit.), es decir, de forma arbitraria, caprichosa, tiránica. «Y mujeres se enseñorean de él», añade el profeta. Dice Slotki: «La influencia corruptora de las mujeres provoca la denuncia de los versículos 16 y ss». Además, como hace notar Moriarty, «malos recuerdos guardaban los de Judá de una mujer que los había gobernado, Atalía (2 R. 11:1–16)». Tampoco puede echarse en olvido aquí la tremenda influencia que la reina madre tenía, en los países de Oriente, no sólo cuando el rey era muy joven, sino aun durante toda la vida de éste. Con tan malos guías (v. 12b), los que debían conducir por el camino recto, no hacían otra cosa que extraviarse y extraviar a los demás.
Versículos 13–15
1. En esta controversia, Dios mismo se alza como litigador (v. 13): «Jehová está en pie para litigar, como un fiscal, y está en pie para juzgar a los pueblos», como un juez que sentencia a Su pueblo por haber quebrantado el pacto (vv. 14, 15). Los hombres de más alto rango no pueden eximirse del escrutinio y de la sentencia del juicio de Dios.
2. Los cargos que Dios presenta contra Su pueblo están a la vista de todos (vv. 9, 15): Los opresores muestran en el rostro su desdén y su arrogancia; no la disimulan; los oprimidos aparecen machacados y con la cara molida por los opresores.
3. Para castigar a los que así abusan de su poder, Dios les pone por gobernantes a quienes carecen de sentido para gobernar (v. 12). Además, los jueces, que deberían ser los defensores y protectores de los oprimidos, eran los peores opresores; y los ancianos y los príncipes del pueblo (v. 14) habían devorado la viña del pobre, despojándole así de la finca que era el sustento suyo y de su familia. Es como si la consumiesen a fuego, según indica el verbo hebreo, para que no retoñe. ¡Y eran ellos los encargados de cuidar y cultivar la viña del pueblo de Dios! (v. el cap. 5).
4. Todavía razona Dios con ellos (v. 15): «¿Qué pensáis vosotros que machacáis a mi pueblo, como si yo os hubiese conferido la autoridad y el poder para cometer tales desafueros, y moléis las caras de los pobres, haciéndoles sufrir penas y terrores semejantes a los padecimientos que habrían de sufrir si los triturasen en un molino?»
Versículos 16–26
La función del profeta era mostrar a todas las clases del pueblo la medida en que habían contribuido a la culpabilidad de la nación, y la parte que les había de tocar en los juicios que habían de sobrevenir a la nación. Ahora va a reprender y amonestar a las hijas de Sion, esto es, a las mujeres de Jerusalén.
1. El pecado de que acusa a las mujeres de Jerusalén se halla en el versículo 16: «Asimismo dice Jehová. Por cuanto las hijas de Sion son altivas, y andan con el cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan, van danzando y haciendo son con los pies». La descripción es sumamente gráfica. Dos son los cargos que les hace:
(A) Son altivas, pues andan con el cuello erguido, para así parecer más altas, además de mostrar con ese gesto su arrogancia y su desdén hacia otras.
(B) Son lascivas, pues van guiñando el ojo, como indica el verbo hebreo, tratan, como dice Ryrie, de seducir a los maridos de otras con sus lujosos vestidos importados». También andaban coqueteando con un andar parecido al de las danzarinas y hacían sonar unos cascabeles sujetos a los tobillos. Así se portaban las hijas de Sion, que deberían comportarse como conviene a mujeres que profesan la piedad (comp. con 1 P. 3:3, 4).
2. El castigo que les espera es el que se merecen por su pecado (vv. 17, 18):
(A) Ellas andaban con el cuello erguido, pero el Señor (hebr. Adonay, el Señor Soberano) iba a raparles la cabeza (v. 17a), una de las mayores afrentas que pueden hacerse a una mujer; especialmente, en la antigüedad. La segunda parte del versículo 17 dice literalmente: «y Jehová descubrirá sus partes secretas», según el significado claro del hebreo pathén. No es, pues, un paralelismo de sinonimia, como traducen muchas versiones modernas, sino lo que la Reina-Valera designa con la expresión «descubrirá sus vergüenzas». En cambio, el hebreo dice literalmente en la primera parte del versículo: «Y herirá con sarna el Señor la coronilla de la cabeza de las hijas de Sion» (mejor que el «rapar la cabeza» de la Reina- Valera. La Biblia de las Américas ha traducido bien la primera parte, pero, como la NVI y otras modernas, ha seguido en la segunda parte una lectura menos probable del hebreo. Nota del traductor).
(B) Ellas llevaban vestidos lujosos y provocativos, sin cuidarse de lo que dejaban al descubierto, pero Dios las va a reducir a tal miseria que no tendrán dinero suficiente para cubrir su desnudez. De esta forma quedará castigada su arrogancia, juntamente con su lascivia provocadora.
(C) También estaban muy orgullosas de su ornamentación, con toda clase de paños, turbantes, joyas y amuletos que se ponían (vv. 18–23. No quiere decir el profeta que cada mujer llevase todo lo que en estos versículos se especifica). Dice Moriarty: «Los versos siguientes … nos dan el catálogo más extenso de galas femeninas conservado en el Antiguo Testamento». No tiene mucha importancia investigar en qué consistían muchos de estos ornamentos, por cuanto las modas cambian constantemente y, con ellas, cambian también los nombres. Muchas de estas cosas podemos suponer que eran rídiculas y, si no hubiese sido porque era la moda, habrían sido objeto de burla.
3. Ellas se preocupaban demasiado del adorno exterior, pero Dios iba a castigarlas (vv. 24–26), al hacer que llevasen la pena que correspondía al pecado: «Y en lugar de los perfumes aromáticos habrá hediondez (v. 24), pues todo vestido lujoso se convertirá en harapos malolientes de tanto usarlo para toda clase de menesteres; y cuerda vulgar, en lugar de cinturón recamado, valioso; en vez de peinado artificioso, calvicie, es decir, cabeza rapada, como era costumbre en tiempos de duelo (v. 15:2; Jer. 16:6), o en dura esclavitud (v. Ez. 29:18); en lugar de peto (lit.), ceñimiento de cilicio, en señal de profunda humillación, y marca de fuego (como se hacía para marcar a los esclavos) en lugar de hermosura radiante, como la de toda mujer libre, dueña de su propio atavío. Peor aún (v. 25), los maridos caerán en la guerra, las puertas de la ciudad (v. 26), donde se discutían todos los asuntos públicos de los habitantes, estarán llenas de duelo y lamentación, y la ciudad misma, desamparada, desolada y arruinada, se sentará en tierra, como una viuda sin sustento y sin consuelo».
En este breve capítulo tenemos: I. La amenaza de una tremenda escasez de hombres (v. 1). II. La promesa de una gloriosa restauración de la paz y pureza. Rectitud y seguridad de Jerusalén durante el reino mesiánico (vv. 2–6).
Versículo 1
Efecto y consecuencia de la gran mortandad de hombres en la guerra futura.
1. La providencia divina ha dispuesto sabiamente que, más o menos, haya en la sociedad humana un número igual de hombres y mujeres. Sin embargo, en el día del gran castigo impuesto por Dios a los rebeldes, escasamente quedará un hombre por cada siete mujeres. Así como hay muertes que afectan especialmente a las mujeres, al dar a luz, así también hay muertes que afectan especialmente a los hombres por causa de las guerras, de forma que la espada devora más que el alumbramiento.
2. Como advierte el rabino Slotki, «el número siete no ha de tomarse literalmente en este contexto. Aquí significa “muchos, un puñado”». En todo caso, es un «puñado» grande, con lo que se pone de relieve la tremenda escasez de varones por causa de las enormes bajas sufridas en guerra o persecución. Lo cierto es que tal escasez de hombres hará que, en lugar de ser los hombres quienes soliciten a las mujeres para casarse, serán las mujeres las que, en su desesperación, no se preocuparán de su dignidad, con tal de evitar quedarse solteras, lo cual era una desgracia entre los orientales.
3. La ley (Éx. 21:10) obligaba al marido a procurar a su mujer sustento y vestido, pero estas mujeres se ven tan apuradas que, con tal de tener marido, están dispuestas a renunciar a los derechos que, a este respecto, les otorgaba la ley y prefieren proveerse a sí mismas de sustento y vestido antes que quedarse solteras: «Comeremos de nuestro pan y nos vestiremos de nuestras ropas; solamente permítenos llevar tu nombre (pues, como sucede aún en muchos países, la mujer perdía el nombre de familia al casarse), quita nuestro oprobio».
Versículos 2–6
Todo, en el versículo 1, rezuma melancolía. El cielo está nublado. Pero ahora asoma el sol por entre las nubes. En estos versículos tenemos muchas, grandes y preciosas promesas, y que dan seguridad de consuelo y apuntan ciertamente al reino mesiánico, bajo la figura de la restauración de Judá y Jerusalén bajo el reinado reformador de Ezequías, después del catastrófico reinado de su padre Acaz, así como bajo la figura del regreso de los cautivos después de la deportación a Babilonia, aunque el verdadero y final cumplimiento se llevará a cabo en el reino milenario del Mesías.
1. «En aquel día» (v. 2), cuando la justicia de Dios haya dado buena cuenta de los malvados en el Día de Jehová, será erigido el reino del Mesías.
(A) Jesucristo será exaltado en la tierra. «El renuevo de Jehová será para hermosura y gloria.» El renuevo (retoño o brote) es el Mesías-Rey, como puede confirmarse por Jeremías 23:5; 33:15; Zacarías 3:8; 6:12, donde se halla el mismo vocablo hebreo. En 11:1, leemos del mismo Mesías: «Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un retoño brotará de sus raíces». La hermosura y la gloria del Mesías redundarán en hermosura y gloria de todos sus súbditos.
(B) Aunque el Mesías, por su naturaleza divina, es enviado por el Padre y desciende del cielo (Jn. 3:13; 6:38 y ss.; Gá. 4:4), en cuanto hombre es «fruto de la tierra» y, en el reino milenario, servirá también de grandeza y honra especiales a los sobrevivientes de Israel.
2. Dios se reservará un remanente santo (v. 3). Cuando todos los rebeldes hayan sido cortados como ramas secas, a causa de su incredulidad, muchos habrán sido dejados en el árbol. Nótese: (A) que este remanente está registrado específicamente por Dios en el libro de la vida; (B) que no han quedado así por casualidad, sino por la gracia de Dios, ya que no son ellos los que se inscriben a sí mismos por sus propios méritos o esfuerzos, sino que es Dios, en su misericordia, el que allí los registra; (C) que será llamado santo, pues santo es todo el que es aceptado por Dios.
3. Efectivamente (v. 4), bien podrá ser llamado «santo» este resto «cuando el Señor (hebr. Adonai) haya lavado las inmundicias de las hijas de Sion y limpie la sangre de Jerusalén (es decir, la sangre que habrá sido derramada allí) de en medio de ella, con espíritu de juicio y con espíritu de devastación». En ambos casos el original hebreo usa el término ruaj. Aunque dicho vocablo significa aquí algo así como el vendaval con que Dios barre y agosta, en su gran juicio, todo lo inmundo y dañino, puede verse también la acción del Espíritu Santo, el «ruaj Jehová», que sopla, convierte, renueva, etc. La obra de reforma, de reavivamiento, de nuevo nacimiento, es obra de Jehová. ¿Cómo? Por el juicio de Su providencia son destruidos los malvados, pero con el Espíritu de Su gracia son convertidos y hechos santos los elegidos.
4. A los que Dios elige y santifica, también los protege y glorifica (vv. 5, 6).
(A) Sus moradas estarán protegidas (v. 5), pues en ellas rendirán culto y servicio a Dios con sus familias. Dios cuida y protege las moradas de los suyos, lo mismo las cabañas de los menesterosos que los palacios de los monarcas. Así también, donde dos o tres creyentes están reunidos en nombre de Jesús, allí está Él, por medio de Su Espíritu, en medio de ellos (Mt. 18:19, 20). Esta promesa de protección está tipificada en la nube de humo que protegía al pueblo de Dios en sus andanzas por el desierto, que los escondía de los enemigos y los preservaba del sol abrasador durante el día, y se convertía en columna de fuego durante la noche para iluminarles. Jehová lo creará (el mismo verbo de Gn. 1:1).
(B) La gloria de Dios (v. 5, al final) tendrá su dosel y el pueblo entero de Dios tendrá su tienda de enramada (hebr. sukkah; comp. con Mt. 17:4) para protegerles del sol, de la lluvia y del viento, del mismo modo que la presencia de Dios tendrá su dosel, como si toda morada y toda congregación de Su pueblo le fuese tan querida como Su propio tabernáculo (comp. con Ap. 21:3).
(C) Si Dios mismo es la gloria que nos circunda, Él mismo será como pared de fuego en torno nuestro, impenetrable e inexpugnable. La gracia en el alma es la gloria del creyente, y los que han sido favorecidos así por el amor de Dios, son guardados por el poder de Dios (1 P. 1:5) como en un fortín inatacable. El poder y la bondad de Dios serán el mejor tabernáculo de todos los santos. Dios mismo será su refugio y escondedero (v. 6, comp. con Sal. 32:7). El Altísimo será la segura morada de ellos (Sal. 91:9). Sean cuales sean el tiempo y la temperatura, Dios es siempre refugio de los suyos.
En este capítulo, el profeta, en nombre de Dios, muestra al pueblo sus transgresiones y los juicios que se ciernen sobre ellos a causa de sus pecados: I. Por medio de la alegoría de una viña infructuosa (vv. 1– 7). II. Mediante la enumeración de seis pecados específicos en los que incurría la generalidad del pueblo:
1. Codicia, que será castigada con hambre (vv. 8–10). 2. Orgías (vv. 11, 12, 22, 23), que han de ser castigadas con la cautividad (vv. 13–17). 3. Presunción y desafío a la justicia de Dios (vv. 18, 19). 4. Confusión de los principios morales del bien y del mal (v. 20). 5. Engreimiento de sí mismos (v. 21). 6. Perversión de la justicia, por lo que se les amenaza con una grande y general desolación (vv. 24, 25), que habría de llevarse a cabo mediante una invasión desde el exterior del país (vv. 26–30).
Versículos 1–7
En sus diversos métodos para despertar a los pecadores a fin de que se arrepientan y vivan, Dios habla unas veces en términos literales, y otras veces se expresa por medio de parábolas y alegorías; unas veces, en prosa; otras, en verso, como aquí. Esta alegoría fue puesta en verso, no sólo para que así resultase más conmovedora, sino también para que fuese mejor aprendida, recordada y transmitida a la posteridad. Es como una exposición del cántico de Moisés en Deuteronomio 32, y muestra que lo que Moisés profetizó entonces se va a cumplir ahora.
1. Vemos primero las grandes cosas que Dios había hecho por Israel. El «amado» (hebr. yedidí, vocablo que se repite tres veces en el v. 1) es, sin duda, Jehová, aunque, como dice Trenchard, «quizá se anticipa la persona y obra del Mesías» (comp. con Mr. 12:1–12). La figura aparece también en el Salmo 80:8–19. Véanse las ventajas que tenía esta viña:
(A) Dios la había plantado en una ladera fértil (v. 1b). El hebreo dice literalmente: «en un cuerno del hijo de la gordura», expresión cumulativa con la que se pone de relieve la fertilidad de la tierra de Israel.
(B) «La había cavado y despedregado y plantado de vides escogidas» (v. 2a). Había ahondado en el terreno, a fin de que le resultase más fácil echar raíces en una tierra que manaba leche y miel. Había sacado de allí las piedras, para que los corazones estuviesen prestos a recibir la divina gracia, y la había plantado con cepas escogidas, como fueron los primeros patriarcas del pueblo de Israel: Abraham, Isaac y Jacob; en especial, la simiente no podía ser más pura, por los principios morales y religiosos que había inculcado a Su pueblo.
(C) Le había puesto una doble defensa (v. 5): un vallado de espinos y una cerca bien construida de sólidas piedras, para evitar así que en ella penetrasen los transgresores. Si ellos mismos no hubiesen derribado la cerca e inutilizado el vallado, nadie habría podido invadir el país (v. Sal. 121:4; 125:2).
(D) Había edificado en medio de ella una torre (v. 2b), no sólo para facilitar la vigilancia, sino también para mejor defenderla de cualquier ataque exterior. El templo era esta torre.
(E) Había excavado también en ella un lagar (v. 2c). No había, pues, peligro de que las uvas fuesen robadas en el camino o se echasen a perder antes de llevarlas a las prensas; en la misma viña estaba el lagar para pisar las uvas, extraer el jugo y fabricar el vino. Este lagar era como un tipo del altar al que habían de llevarse los sacrificios, como frutos de la viña.
2. Vemos luego la decepción del divino viñador al ver frustradas sus esperanzas (v. 2d): «y esperaba que diese uvas, y dio agrazones». Dios espera frutos especiales de aquellos a quienes ha conferido especiales beneficios y privilegios. Los buenos propósitos y los buenos comienzos son cosa buena, pero no es suficiente; debe haber fruto, verdadero, maduro y duradero, salido de un corazón cambiado y de una conducta digna: pensamientos, afectos, palabras y acciones agradables al Espíritu de Dios. Sus esperanzas habían salido frustradas: (A) agrazones son uvas agrias, fruto de una naturaleza corrompida; (B) también son actuaciones religiosas hipócritas, que parecen uvas agradables, pero son ásperos y amargos agrazones.
3. Ante este fracaso, Jehová llama al pueblo de Israel a que razonen con Él (comp. con 1:18) sobre el caso, a ver qué les parece. El hebreo del versículo 3 dice literalmente: «Y ahora, habitante de Jerusalén y varón de Judá, juzgad, os ruego, entre mí y mi viña». Al principio, como advierte Slotki, «usa el singular en ambos casos para designar al pueblo colectivamente»; pero el verbo «juzgad» está en plural, con lo que es manifiesta la apelación a los individuos. La partícula nah (como en hosan-nah) puede traducirse como ahora o como ruego. Slotki prefiere aquí el segundo sentido, con lo que se pone de relieve la mansedumbre y la condescendencia de Dios.
4. Esta condescendencia divina sube de punto en las conmovedoras preguntas del versículo 4: «¿Qué más se podía haber hecho a mi viña, que yo no lo haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado agrazones?» Aquí les reta Dios a que muestren en qué les ha faltado. Él había puesto de Su parte todo lo necesario y conveniente para que la viña estuviese bien cuidada y produjese los buenos frutos que podían esperarse de vides tan escogidas. ¿Qué motivo, pues, había para que, en lugar de dar uvas exquisitas, diese uvas agrias, que no se pueden comer?
5. Vista la causa, Dios les lee la sentencia (vv. 5, 6). El hebreo del versículo 5a dice literalmente: «Y ahora os daré a conocer lo que yo hago a mi viña». Dice Slotki: «El uso del presente hebreo implica decisión irrevocable y actuación pronta». Como si dijese: «Ya que no hay excusa alguna que presentar por tal proceder, me voy a despreocupar de esa viña y será convertida en un desierto. Le quitaré su vallado (v. 5b) y quedará completamente al descubierto, con lo que será presa segura de cuantos quieran hollarla y destruirla. No le quedará ni la figura de viña». Quienes no quieren llevar buen fruto serán castigados y hará que no lleven ninguno, ni bueno ni malo. La maldición de esterilidad no es más que el justo castigo por el pecado de esterilidad.
6. Explicación de la alegoría (v. 7): «La viña es la casa de Israel, e indica así su pecado colectivo, y el varón de Judá (lit.) es la planta de sus delicias, pues a Dios le plugo escogerla como cepa de su agrado. De ahí que esperase de ella justicia y rectitud: que los reyes y magistrados administrasen verdadera justicia, y que el pueblo se portase con rectitud; pero los hechos eran muy diferentes: en lugar de justicia había violencia opresora; en lugar de rectitud, alaridos de los oprimidos que clamaban por ayuda y protección. Isaías, con su elegante estilo, buen letrado y poeta, pone de relieve dichos contrastes por medio de vocablos que se parecen muchísimo, pues mishpat (justicia en juzgar) se parece a mispaj (violencia): y tsedaqah (justicia en actuar) se parece a tseaqah (grito o alarido).
Versículos 8–17
La codicia de las cosas materiales y el afán de satisfacer a la carne son los dos pecados contra los que el profeta, en nombre de Dios, pronuncia aquí sus ayes. Estos pecados, que abundaban en los hombres de Judá, eran algunas de las uvas agrias que la viña de Israel producía (v. 4).
1. El primer ay es para los que ponen el corazón en las riquezas de este mundo (v. 8), los que juntan casa a casa, etc., de tal forma que se quedan solos en medio de la tierra, pues, al monopolizar las fincas urbanas y rústicas, no queda espacio para los demás. Tan desordenados son sus deseos de enriquecerse que no se preocupan ni de las malvadas artes de que se valen para hacerse con todo, ni de la miserable condición en que quedan los desposeídos por ellos de sus casas y sus tierras. El castigo que les espera por este pecado (vv. 9, 10) será la desolación de las moradas y la casi total esterilidad de las tierras: Aun las casas grandes y hermosas quedarán sin morador, ya sea por muerte violenta, por pestilencia o por deportación; y las tierras que han acumulado producirán una mínima fracción de lo que se sembró, hasta el punto de que un hómer (hebreo, jómer) de semilla producirá un efá (que es la décima parte de un hómer). ¡Cosecharán el diez por ciento de la semilla!
2. El segundo ay va para los que se entregan a los placeres de los sentidos (vv. 11, 12). La sensualidad arruina a los hombres tanto como la codicia. Estos malvados madrugan y trasnochan para embriagarse, hasta que el alcohol les enciende, es decir, los inflama hasta darse a toda clase de bajas pasiones; en especial, lujuria y violencia. Tan dedicados están a comer, beber y danzar (v. 12), que no miran la obra de Jehová ni consideran la obra de sus manos. El placer sensual les absorbe de tal modo que no tienen tiempo para reflexionar, ni acerca del poder, la sabiduría y la bondad de Dios que se muestran en las mismas cosas de las que ellos abusan, ni acerca de la munificencia de la providencia divina al permitirles disfrutar de aquellas cosas que para ellos sirven de pábulo a sus bajas pasiones. El castigo que les espera es terrible:
(A) Van a ser desalojados del país, para que la nación quede así libre de irreflexivos borrachos (v. 13): «Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo por falta de conocimiento …». Isaías habla en pasado como si ya viese realizado el castigo que profetiza. ¿Cómo iban a tener conocimiento, si el alcohol les privaba constantemente del sano juicio? Hasta tal punto iban a empobrecer por esta vida de continua orgía, que hasta sus notables, personas que habrían de imponer respeto por su alta posición en la sociedad, habían de perecer de hambre, y la multitud se había de secar de sed. ¡Justo castigo a los que de tal modo abusaban de la comida y de la bebida!
(B) El Sheol o morada de los muertos ensanchó sus fauces (v. 14); literalmente, su alma; es decir, en este contexto, su apetito voraz. Tantos serán los que mueran de una manera u otra, que el Sheol tendrá que ensanchar sus puertas para poder tragarse de una vez a la enorme cantidad que va a pasar por sus fauces. La metáfora es muy expresiva y no necesita ulterior explicación, debido a su claridad.
(C) Los versículos 15 y 16 forman, según Slotki, un paréntesis; quizá se les podría designar mejor como un epifonema de lo descrito hasta ahora: Todo pecador será abatido, mientras Jehová de las huestes será exaltado en sus juicios. Un tercer castigo de los que así abusan de los dones de Dios será la desolación en que va a quedar todo el país por culpa de los sensuales haraganes: Los sobrios pastores tendrán pasto copioso para sus corderos en pastizales abandonados, mientras que nómadas extranjeros (hebr. garim) devorarán los lugares desiertos de los gordos (lit.), es decir, de los que engordaron a costa de los demás, que comían y bebían sin preocuparse de Dios ni de los hombres.
Versículos 18–30
I. Tenemos aquí otros cuatro ayes (vv. 18, 20, 21 y 22), con lo que son seis (número de hombre) los que el profeta dirige en este capítulo contra otras tantas clases específicas de malvados. En 6:5 veremos un séptimo ay muy diferente de los del capítulo 5.
1. El tercer ay (vv. 18, 19) va dirigido contra los que tienen en poco la iniquidad y hasta desafían a Dios a que se apresure a cumplir lo que está diciendo por boca del profeta. Las metáforas del versículo 18 («arrastran la iniquidad como con cuerdas de vanidad, y el pecado como con sogas de carreta») pueden interpretarse de dos modos, como sugiere el rabino Slotki:
(A) La negligencia de la propia conducta, de forma que la comisión de pecados menos graves conduce gradualmente (como con cuerdas tenues; de vanidad, porque son delgadas y finas) a cometer pecados más graves. Este sentido es aquí poco probable.
(B) La determinación de entregarse al pecado a toda costa, sea con métodos suaves o violentos. Dice Moriarty: «La imagen compara el apego del pecador hacia su pecado con una fuerte cuerda, de las usadas para llevar por el cuello a las ovejas o los novillos. En otras palabras, los pecadores están uncidos a sus pecados». M. Henry deduce diferentes aplicaciones: Los que se creen seguros de conseguir sus malvados propósitos como si los arrastrasen tras de sí con sogas de carreta, verán que les resultan cuerdas de vanidad, que se quiebran cuando se las estira demasiado. Los que pecan por debilidad, son arrastrados por el pecado; pero los que pecan por presunción, arrastran hacia sí la iniquidad, a pesar de las resistencias que les opone la Providencia y los remordimientos que les presenta la conciencia. Hay quienes, por su pecado, atraen sobre su cabeza los juicios de Dios como si los hiciesen venir al tirar de ellos con sogas de carreta.
2. Estos malvados no sólo tienen en nada los pecados que cometen, sino que, además (v. 19), desafían al Todopoderoso a que cumpla en ellos las amenazas que profiere por medio de Sus profetas: «¡Venga ya, apresúrese su obra y veamos! ¡Acérquese y cúmplase el plan del Santo de Israel, para que lo sepamos! Ridiculizan al profeta y a Dios mismo, y no están dispuestos a creer la ira de Dios desde los cielos (Ro. 1:18) a no ser que la vean ejecutada. Si Dios se presenta contra ellos, según les ha amenazado, es posible que se apresten a entrar en tratos con Él: «Ya hemos oído su palabra—vienen a decir—, pero es puro hablar; que apresure su obra, que nosotros ya nos las arreglaremos bastante bien por nosotros mismos».
3. El cuarto ay cae (v. 20) sobre los que confunden los valores morales de las cosas: «los que al mal llaman bien, y al bien, mal, etc.». Esto es llegar, como dice Moriarty, al «límite máximo de la depravación». No se puede ofender más a Dios, endurecer la propia conciencia, hacerse mayor daño a sí mismos y a los demás, que tergiversar los valores de las cosas, hasta el punto de llamar a la ebriedad buen compañerismo; a la desfloración de doncellas, aprovechar bien la ocasión; a la codicia y al hurto, buena administración. Y, por otra parte, llamar a la seriedad mal genio; a la piedad, insensatez; a la bondad, infantilismo; al perdón, cobardía.
4. El quinto ay (v. 21) va dirigido a los que son sabios en sus propios ojos, etc. (comp. con Pr. 3:7; Ro. 12:16; 1 Co. 3:18–20). Estos insensatos creían que podían superar la infinita sabiduría de Dios y torcer los caminos de la divina providencia.
5. El sexto ay (v. 22) amenaza a los valientes y fuertes «en el arte de mezclar los “cócteles” de aquel tiempo», como gráficamente los designa Trenchard. Estos ebrios y embriagadores abusan del vigor que Dios les confirió para buenos fines al ponerlo al servicio de la maldad. Al darse a los licores, debilitan su cuerpo en lugar de darle vigor. Este versículo 22 añade a lo dicho en el segundo ay (vv. 11, 12) una nota de ironía y, además, explica también la conexión con el versículo 23, ya que, quienes tan bien se las apañan con los licores, también están prestos, si se hallan en posición de autoridad (jueces y gobernantes), a recibir propinas y ser sobornados para justificar al impío y condenar al justo, quitándole a éste sus derechos a que se le haga la debida justicia.
II. En los versículo 24–30 se describen los castigos que tales pecados van a atraer sobre los transgresores. El justo Dios va a tomar justa vindicación. Él mismo había comparado su pueblo a una viña (v. 7), de la que esperaba recibir buen fruto; pero la gracia de Dios había sido recibida en vano (v. 24): la raíz misma se había podrido, al secarse desde abajo, por lo que todos los brotes, áridos y sin fruto, habían sido aventados como el polvo o el tamo de las eras (comp. con Sal. 1:4). El pecado debilita la fuerza de los pueblos, de forma que fácilmente son arrancados de raíz, les quita la belleza del florecimiento y les priva de toda esperanza de buenos frutos de éxito y prosperidad. ¿Qué pueden esperar, sino el enojo de Jehová de las huestes, del Santo de Israel, cuya ley pisotearon? Dios no rechaza a los hombres por una transgresión cualquiera de Su ley y de Su Palabra; pero cuando Su ley es pisoteada, y Su Palabra es menospreciada y hasta hecha objeto de burla, ¿qué otra cosa pueden esperar, sino que Dios los abandone del todo?
1. Así pues (v. 25), «se encendió el furor de Jehová contra su pueblo y extendió contra él su mano». Esa mano que tantas veces se había extendido a favor de ellos contra sus enemigos, ahora se extiende contra ellos para herirlos, y se estremecieron los montes. Cuando Dios arremete airado contra un pueblo, tiemblan los montes; incluso los más valientes son presa del pánico. ¿Y qué vista puede ser tan aterradora como la de los cadáveres que yacen como basura en medio de las calles? (v. 25b). Esto da a entender que es una gran multitud la que va a caer; no sólo van a morir soldados en el campo de batalla, sino también muchos habitantes de las ciudades, pasados a cuchillo, a sangre fría. También insinúa que los supervivientes no dispondrán de manos ni de corazón para enterrar los cadáveres.
2. Esta ruina será llevada a cabo por fuerzas extranjeras (con la mayor probabilidad, los asirios), pues quienes conocen a Dios no son empleados por Él como instrumentos de los que se valga para llevar a cabo Sus designios. Comenta Trenchard: «Sin embargo, según la “perspectiva profética”, la invasión asiria prefiguraría otras que han asolado Palestina en el decurso de la historia, y quedaría la más terrible para los tiempos del Día de Jehová, descrito tan gráficamente en la profecía de Joel». El texto sagrado (v. 26) dice que alzará pendón (como señal para que reúnan sus fuerzas y las preparen para la batalla) a naciones lejanas. Si Dios alza su pendón como señal para la guerra, puede inclinar el corazón de los hombres para que se alisten en las fuerzas armadas, aun cuando no sepan por qué.
3. Los versículos 27–30 describen, con brillantes imágenes, «la rapidez, disciplina y empuje del enemigo asirio» (Moriarty), mencionadas ya en el versículo 26b.
(A) Aunque sus marchas sean prolongadas y los caminos sean ásperos (v. 27), «no habrá entre ellos cansado ni quien tropiece».
(B) Aunque se vean forzados a mantenerse en vela por mucho tiempo, sin quitarse los arreos militares ni tomarse un momento de descanso (v. 27b), «ninguno se dormirá, ni le tomará el sueño; a ninguno se le desatará el cinto de los lomos, ni se le romperá la correa de las sandalias», sino que llevarán siempre puesto el cinto y la espada al costado.
(C) Sus armas y municiones estarán en óptimo uso; sus caballos y sus carros, tan fuertes para la guerra que no habrá miedo de que se les estropeen en medio de la batalla (v. 28): «Sus saetas estarán afiladas, y todos sus arcos tensados; los cascos de sus caballos parecerán como de pedernal, y las ruedas de sus carros como torbellino».
Todos los soldados serán bravos y atrevidos (v. 29): «Su rugido será como de león, el cual se anima a sí mismo por medio de su rugido y causa terror a cuantos se aproximan a él. Su bramido será aquel día (v. 30) como el bramido del mar. No habrá entonces para los israelitas la menor esperanza de alivio ni de socorro. Si la luz se oscurece en los cielos (v. 30b), ¡cuán grande será tal oscuridad! Si Dios esconde Su rostro, no es extraño que los cielos escondan el suyo (comp. con Job 34:29)». Es de advertir que el sujeto del verbo «mirará» (v. 30b) no es precisamente el enemigo invasor, sino que el sentido es el siguiente (según lo han visto las versiones modernas, como la NVI): Y si alguien mira a la tierra, verá tinieblas y tribulación …».
Hasta ahora Isaías, con una comisión profética solamente virtual, y aun tácita, al ver tan poco fruto en su ministerio, comenzaba a pensar en dimitir de su oficio. Por consiguiente, Dios va a renovarle la comisión de tal manera que pueda estimularle el celo, aunque parecía que estaba trabajando en vano. En este capítulo tenemos: I. Una visión que Isaías tuvo de la gloria de Dios (vv. 1–4). II. El terror que dicha visión le infundió (vv. 5–8). III. La comisión que recibió de Dios para ir a predicar a un pueblo impenitente, aunque Dios mismo se reservará un remanente de misericordia (vv. 9–13).
Versículos 1–4
Contra la opinión de M. Henry—nota del traductor—expresada en la precedente introducción y división del capítulo, es altamente probable que aquí tengamos el primer llamamiento de Isaías a la función profética, de forma que los capítulos 1–5 habrían de considerarse como «una introducción a la colección total de oráculos, destacando los temas principales del libro» (Trenchard).
Va, pues, Isaías a comenzar su ministerio con una visión de la gloria de Dios. Como Dios de la gloria (Hch. 7:2), se apareció primero Dios a Abraham; también (Éx. 3:2) a Moisés. La profecía de Ezequiel y el libro profético de Juan (Apocalipsis) se abren también con visiones de la divina gloria. Quienes han de enseñar a otros el conocimiento de Dios, tienen que estar ellos mismos en íntima comunión con Él.
Dice el texto sagrado que la visión fue (v. 1) «en el año en que murió el rey Uzías». Uzías reinó desde el año 790 a. de C. hasta el 739. La visión, pues, tuvo lugar el año 739, antes o después de la muerte del rey. El contraste que Isaías pone de relieve no puede pasar desapercibido por ningún lector atento: «El mismo año que murió el rey de Judá, tras un reinado de 51 años, sólo sobrepasado en Judá por Manasés (quien reinó 55 años), Isaías vio en Su trono al Rey de los cielos y de la tierra». ¡Los reyes humanos, por mucho que reinen, al cabo mueren! Uzías murió leproso en un hospital. Dios es un Rey que nunca muere, y cuyo reinado no tiene fin.
El texto sagrado nos ofrece también otra insinuación: Isaías no tiene que turbarse por la muerte del monarca en tiempos que van a ser desde ahora muy difíciles, porque Jehová, el verdadero Rey de Israel, no muere ni se duerme. Tiene el mismo poder y amor de siempre para proteger a Su pueblo; también para castigarle como se merece, pero en la ira se acordará de la misericordia (v. 13). Pasemos ya al análisis de la porción.
1. Dios se aparece a Isaías «sentado (v. 1b) sobre un trono alto y sublime, esto es, excelso; elevado sobre todos los demás tronos, no sólo porque los trasciende, sino también porque los domina y controla. El profeta no vio la invisible esencia de Dios; el hebreo no dice que vio a Jehová, sino a Adonay (el Señor); esto es, las señales externas de Su soberano señorío. Según aclaró el propio Jesús (Jn. 12:41), Isaías vio la gloria de Cristo, al Monarca Eterno (v. Lc. 1:33) sobre un trono: (A) trono de gloria, ante el que hemos de adorar; (B) trono de gobierno, al que nos hemos de someter; (C) trono de gracia, al que podemos acercarnos con toda confianza (He. 4:16).
2. «Y la orla de Su manto (v. 1b)—continúa Isaías—llenaba el templo». Como hace notar Trenchard, Isaías no era sacerdote; no podía, pues, penetrar en el santuario propiamente dicho, sino que estaría «en el patio de los israelitas que rodeaba al de los sacerdotes … Quizá hemos de pensar que Isaías, al adorar a Dios en el patio de los israelitas, cayera en un éxtasis, y recibiese así la visión que describe». De acuerdo totalmente con Trenchard—nota del traductor—, hago notar que Isaías no es aquí un «vidente» (hebr. roeh), sino alguien «que tiene una visión» (hebr. jozeh) por medio de figuras, símbolos, etc. (como Juan en el Apocalipsis). Isaías llama «la orla de Su manto» al humo o nube (la shekinah), que mostraba visiblemente la presencia especial de Jehová en medio de Su pueblo.
3. Pero Isaías no vio solamente al Señor (v. 2): «Sobre Él (el Señor), es decir, asistiéndole, estaban los serafines», vocablo derivado del verbo saraph (arder o quemar). Los serafines arden de amor a Dios, de celo por Su gloria y de odio al pecado. La gloria de ellos está en tener abundancia, no sólo de la luz del conocimiento de Dios, sino del ferviente amor a Su santo nombre. Cada uno tenía seis alas, pero no extendidas (como las que vio Ezequiel, 1:11), sino que:
(A) Cuatro eran para cubrirse: «Con dos cubrían sus rostros, en señal de reverencia, para no mirar hacia la gloria de la presencia de Dios; con otras dos cubrían sus pies, en señal de modestia, a fin de no descubrir el cuerpo» (metafóricamente). Reverencia, humildad y modestia son las lecciones que estos serafines enseñan con esto a los adoradores de Dios.
(B) Dos eran para volar. Cuando Dios los envía para cumplir algún encargo urgente, vuelan rápidamente (v. 6, comp. con Dn. 9:21). Esto nos enseña a hacer la obra de Dios con gozo y sin demora.
4. El profeta escucha luego las voces de alabanza a Dios que los serafines profieren (v. 3). Hacemos notar, y lo repetiremos más de una vez, que la Biblia NUNCA presenta a los ángeles cantando, sino dando voces. «El uno al otro» no significa que todos gritasen a la vez, sino alternándose, como en forma antifonal. Se expresaban de manera semejante a la de los cuatro seres vivientes de Apocalipsis 4:8, y ensalzaban de modo especial la santidad de Dios. Del poder de Dios se habla dos veces en Salmos 62:11, pero aquí se repite tres veces Su santidad, lo cual, en hebreo, equivale a un gran superlativo, no a la Trinidad de personas en Dios. Jehová de las huestes es el título que, como siempre, pone de relieve el poder de Dios, como general en jefe de las fuerzas armadas de Israel.
5. Obsérvese a continuación (v. 4) la respuesta de los elementos inanimados ante esta invocación de la santidad y del poder de Dios: «Los quiciales de las puertas, como sacudidos por un terremoto, se estremecieron con la voz de los que clamaban, y la casa, esto es, el templo, se llenó de humo; la nube de la shekinah, que ya se extendía por el santuario (v. 1), se hizo más densa y extensa, a fin de velar todavía más la trascendente presencia de Dios (comp. Job 26:9). En el templo celestial, todo se verá con claridad, a la luz de la gloria de Dios (Ap. 21:23; 22:5). Allí Dios habita en una luz inaccesible (1 Ti. 6:16). En la tierra, habita en una nube densa (2 Cr. 6:1), es decir, muy oscura, de las que el sol no puede atravesar con su luz.
Versículos 5–8
1. Aquí vemos primero la consternación del profeta ante esta visión de la gloria de Dios (v. 5):
«Entonces dije. ¡Ay de mí, que estoy muerto!», es decir, perdido, arruinado. Recuérdese que, en el capítulo 5, son seis las veces que Isaías dirige el dedo hacia los demás, y dice: «¡Ay de los que …!» Pero ahora que ha visto la gloria de Dios, ya no dice: «¡Ay de los que …!», sino «¡Ay de mí!» La gravedad de los propios pecados sólo se echa de ver a la vista de la santidad del Dios tres veces santo, del mismo modo que las partículas de polvo, flotantes en una habitación o adheridas a los cristales de la ventana, sólo se ven bien cuando les dan de lleno los rayos del sol. Veamos:
(A) Qué es lo que Isaías vio en sí para exclamar de ese modo: «Estoy perdido, porque soy hombre de labios inmundos y habito en medio de un pueblo de labios inmundos». Tenemos muchos motivos para clamar así ante el Señor, porque: (a) «El énfasis recae sobre “los labios” por la razón de que éstos dan a conocer la corrupción interna del hombre caído, tal como recalcó el Maestro en Marcos 7:18–23» (Trenchard). Si nuestros labios no están consagrados a Dios, seremos indignos de tomar el nombre de Dios en nuestros labios. La impureza de nuestros labios debería sernos objeto de pesadumbre, pues por nuestras palabras seremos justificados o condenados. (b) Vivimos en medio de gentes que tienen también inmundos los labios. Esta enfermedad es hereditaria y epidémica, lo cual, lejos de disminuir la culpa, debería aumentar la pesadumbre, al considerar que no hemos hecho todo lo posible para limpiar los labios de nuestros prójimos; en lugar de ello, hemos aprendido el lenguaje de ellos, como José en Egipto cuando juró por el Faraón (Gn. 42:16).
(B) Qué es lo que motivó tan tristes reflexiones (v. 5b): «Mis ojos han visto al Rey, Jehová de las huestes». Estamos perdidos si no hay un Mediador entre nosotros y este Dios santo (v. 1 S. 6:20). Isaías fue humillado de esta manera, a fin de prepararle para el honor que se le iba a conferir con el llamamiento al ministerio profético.
2. Vemos luego la forma en que los temores del profeta fueron acallados con las palabras de consuelo que el serafín le dirigió (vv. 6, 7). Uno de los serafines voló rápidamente hacia él para purificarle. Quienes son abatidos con las visiones de la gloria de Dios pronto serán levantados de nuevo con las visitas de su gracia. Aquí vemos despedido por algún tiempo del trono de la gloria de Dios a un serafín, a fin de ser mensajero de gracia para un hombre bueno; y vino a él volando. También al Señor Jesús, en su agonía, se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle (Lc. 22:43). El ángel vino con un carbón encendido, tomado del altar (ya fuese de los holocaustos o de los perfumes). El Espíritu de Dios actúa como fuego (Mt. 3:11). Al profeta que se sentía muerto (v. 5), el serafín le infundió vida, porque el modo de purificar los labios de la impureza del pecado es encendiendo el alma con el amor de Dios (v. 7):
«Mira que esto ha tocado tus labios, te es quitada la culpa y expiado el pecado». La culpa del pecado es removida con el perdón de la misericordia; la corrupción del pecado, con el efecto renovador de la gracia. Por tanto, nada puede impedir que Isaías sea aceptado por Dios, no sólo como simple adorador, sino como mensajero suyo a los hijos de Israel.
3. Tenemos luego la comisión que Isaías recibe de parte de Dios (v. 8). Sólo el que tiene íntima comunión con Dios puede recibir comunicaciones de parte de Dios: «¿A quién enviaré, dice Dios, y quién irá de nuestra parte?» Este último plural puede tomarse como mayestático o, mejor en este contexto, deliberativo. Dice Ryrie: «Se ve a Dios como a un rey en consejo. Esta frase abre ciertamente paso a más plenas revelaciones de la Trinidad en el Nuevo Testamento». De este modo Dios nos enseña que el envío de obreros de la Palabra no debe hacerse sin una madura deliberación. Y el ministerio recibe un singular honor al ver a Dios así consultado en el seno de la Trinidad antes de enviar a un profeta en su nombre. La incapacidad natural del profeta es absoluta, y Dios toma la iniciativa, pero al decir: «¿A quién enviaré
…?», insinúa que ha de enviar un profeta semejante a sus hermanos (He. 2:17). Dios se complace en enviarnos hombres como nosotros, implicados en los mensajes que traen, pues los colaboradores de Dios son copecadores con nosotros. «Y para estas cosas, ¿quién está capacitado?» (2 Co. 2:16b). A nadie se le permite ir en nombre de Dios, sino a los que son enviados por Él (Ro. 10:15). Con los labios ya limpios por el fuego del altar, el joven profeta se pone enteramente a disposición del Señor, incluso antes de conocer el mensaje que había de predicar. Así le ofrece a Dios «carta blanca», sean cuales sean las dificultades que puedan salirle al paso en el desempeño de su misión.
Versículos 9–13
Dios le toma la palabra a Isaías y le envía a predicar un extraño mensaje: Predecir la ruina de su pueblo, e incluso madurarlos para dicha ruina. La misma habría de ser la situación en los días del Mesías, cuando la gran mayoría de los judíos iban a rechazar obstinadamente el Evangelio y a ser, por eso mismo, temporalmente rechazados por Dios. Estos versículos son citados en parte, o claramente aludidos, por seis veces en el Nuevo Testamento. Se le dan aquí a entender a Isaías cuatro cosas:
1. Que la generalidad del pueblo al que es enviado va a hacerse el sordo a su mensaje y a cerrar voluntariamente los ojos a las revelaciones de la mente y de la voluntad de Dios que el profeta les va a comunicar (v. 9).
2. Que, puesto que no quieren hacerse mejores mediante su ministerio, se harán peores por él. Quienes cierran voluntariamente los ojos a la luz de la verdad divina, merecen ser cegados por justo juicio de Dios (v. 10): «¡Engórdale el corazón a este pueblo, agrávales los oídos y ciérrales (por completo) los ojos!» «Engordar» (lit.) significa rodear de grasa el corazón, de forma que se vuelva sensual e impermeable a las cosas de Dios. «Agravar los oídos», esto es, hacerlos pesados, significa endurecerles el tímpano para que no puedan oír. El verbo hebreo hashá, más bien que «cerrar», significa «untar, embarrar, ensuciar», de forma que, por mucho que abran los ojos, no puedan ver por incapacidad funcional justamente merecida.
Para entender mejor—nota del traductor—estos difíciles versículos 9 y 10, es necesario tener en cuenta: (A) Que el hebreo no hace distinción entre conjunciones finales (a fin de que) y consecutivas (de forma que). Así, la frase: «para que no vean» habría de entenderse como: «de modo que no verán». (B) De manera semejante, el hebreo del Antiguo Testamento tampoco distingue entre lo que es efecto de la voluntad directiva de Dios y lo que es efecto de Su voluntad permisiva (v. por ej. 2 S. 24:1, a la luz de 1 Cr. 21:1).
3. Que la consecuencia de este endurecimiento habría de ser la ruina casi total del pueblo (vv. 11, 12). El profeta, asustado por la terrible sentencia de Dios, pregunta (v. 11): «¿Hasta cuándo, Señor?» Como si dijese: «¿Va a durar por siempre esta condición del pueblo? ¿Vamos a estar, yo y otros profetas, trabajando en vano entre ellos, de forma que nunca mejore la situación?» En respuesta a esto, Dios le dice que ha de continuar predicando al pueblo y profetizando su ruina aunque el pueblo se haga el sordo a su mensaje y sufra las consecuencias en la deportación a Babilonia, cuando la tierra quedará completamente desierta (v. 11) y los hombres serán alejados de ella (v. 12). Los juicios espirituales comportan muchas veces castigos temporales sobre personas y lugares.
4. No obstante (v. 13), Dios se reservará un remanente como monumento a su misericordia. Recordemos que la visión de Isaías tiene lugar antes de la caída del reino del norte. Cuando las diez tribus del reino de Israel marcharon deportadas a Asiria, quedó «la décima parte», esto es, el reino de Judá, pero también ésta, dice aquí el Señor, «será devorada de nuevo» (lit.). A su vez, después de la deportación a Babilonia, había de volver una décima parte de aquella décima parte que constituía el reino de Judá, con lo que siempre queda del pueblo de Dios un tocón, esto es, una pequeña parte del tronco con su raíz, de forma que no sólo queda suficiente para chupar la savia, sino también para recibir injertos (v. Ro. 11:17– 24). El tocón es como el del terebinto (mejor que roble), que, «al ser cortado, fluye de él un jugo fragante y resinoso» (Ryrie), y el de la encina, árbol fuerte y añoso; «la simiente santa, añade (v. 13b), será su tocón». A pesar de su apostasía y del consiguiente terrible castigo de Dios, el remanente es la «simiente santa» (comp. con Dt. 7:6; Esd. 9:2), por ser del pueblo «santo», elegido por Dios.
Este capítulo nos presenta mensajes juntamente de juicio y de gracia en un momento crítico de la historia del reino de Judá. Tenemos aquí: I. La consternación del rey Acaz ante las amenazas de las fuerzas confederadas de Siria e Israel contra Judá (vv. 1, 2). II. La seguridad que Dios le da, por medio de Isaías, de que el intento de los confederados será frustrado y Jerusalén será preservada (vv. 3–9). III. La confirmación de esto por medio de una señal milagrosa que Dios ofrece al rey Acaz (vv. 10–16). IV. La amenaza de una gran desolación que Dios hará venir, por medio de los asirios, sobre Acaz y su reino, aun cuando hayan escapado de la tormenta presente, por haber continuado en su maldad (vv. 17–25).
Versículos 1–2
1. Isaías había recibido su comisión profética el año en que murió Uzías (6:1). Su hijo Jotam reinó, y reinó bien, durante dieciséis años. No cabe duda de que Isaías profetizó durante ese tiempo como se le había mandado, pero el texto sagrado no registra ninguna de sus profecías durante ese tiempo. Las que hallamos en este capítulo fueron hechas en los días de Acaz hijo de Jotam (v. 1).
2. Vemos aquí una temible confederación contra Judá y Jerusalén por parte de Retsín, rey de Siria, y de Peqaj, rey de Israel, quienes ya habían hecho sus correrías contra Judá en tiempos de Jotam (v. 2 R. 15:37). Pero ahora, en el segundo o tercer año de Acaz, entraron en coalición contra Judá. Como Acaz, a pesar de hallar la espada pendiente sobre su cabeza, había comenzado con idolatría su reinado, «Jehová su Dios lo entregó en manos de los sirios, los cuales lo derrotaron … Fue también entregado en manos del rey de Israel, el cual lo batió con gran mortandad» (2 Cr. 28:5). Envalentonados con esta victoria, se pusieron en camino en dirección a Jerusalén para ponerle asedio.
3. Vemos luego la consternación de Acaz y de su corte al recibir la noticia: «Siria se ha confederado con Efraín». El reino del norte es llamado así por haber sido su primer monarca, Jeroboam, de la tribu de Efraín. Y, sin mencionar por su nombre en este versículo 2 a Acaz, porque, como dice la tradición rabínica, «el nombre de este rey malvado no merece el honor de ser mencionado», «se le estremeció el corazón y el corazón de su pueblo, como se estremecen los árboles del monte a causa del viento». La causa real de este pánico era la debilidad de su fe y su subconsciente sentimiento de culpabilidad.
4. Para entender mejor esta acción de Siria e Israel, así como la imprudente reacción de Acaz, bueno será recordar el trasfondo histórico, magníficamente compendiado por Ryrie: «2 Reyes 16:5–18 y 2 Crónicas 28:5–21 registran el trasfondo histórico de este capítulo. Aram (Siria) y Efraín (las diez tribus norteñas de Israel) se habían rebelado contra su señorón, Asiria, y trataban de forzar a Judá a aliarse con ellos, aun cuando esto tuviese como consecuencia la deposición de Acaz y la entronización de un rey- títere, el hijo de Tabeel (Is. 7:6)».
Versículos 3–9
1. Entonces Isaías recibe la orden de salir al encuentro de Acaz (v. 3): «Sal ahora al encuentro de Acaz tú y Sear-jasub tu hijo, al extremo del acueducto del estanque de arriba, en el camino del campo del Batanero». Dios tiene compasión de Acaz, no por él mismo, sino porque era hijo de David y rey de Judá; por atención a David, que no debía ser olvidado, y por atención a su pueblo, que no debía quedar abandonado. Dios le ordena que lleve consigo a su hijo, porque su nombre mismo llevaba en sí un mensaje, pues el hebreo Shear-yashub significa «un remanente volverá». El lugar escogido por Dios para el encuentro con el rey era donde Acaz «se hallaba inspeccionando la acequia abierta que proveía de agua a la ciudad» (Moriarty). Quizás se hallaba allí para ver de qué forma podía fortificar la ciudad, a la vez que aseguraba la traída de aguas a la ciudad en caso de asedio.
2. Dios pone en la boca de Isaías las palabras que ha de dirigir al rey; de lo contrario, el profeta no habría sabido el modo de llevar un mensaje tan bueno a un monarca tan malo. Dios lo hacía, no por él, sino en atención a los israelitas que todavía permanecían fieles. Isaías debe decirle al rey (v. 4): «¡Alerta, pero ten calma!» Las cosas buenas pueden echarse a perder tanto por falta de vigilancia como por sobra de agitación nerviosa.
3. Añade que debe despreciar a sus enemigos, no por orgullo o falsa seguridad, sino por fe y dependencia de Dios. El miedo le hacía pensar al rey Acaz que tenía delante dos poderosos enemigos, con quienes, aun por separado, no podía competir con éxito. Pero Isaías le dice, de parte de Dios, que no tiene por qué temer ni desmayar «a causa de estos dos cabos de tizón que humean» (v. 4b). Con esta expresión, quería dar a entender el Señor que Siria e Israel estaban a punto de apagarse por completo; el primero, el año 732 (unos tres años después de la presente profecía; el segundo, el reino del norte, iba a perder su existencia como nación el año 722. Por eso, eran como dos tizones que sólo despedían humo, bravatas, pero eran ya incapaces de consumir a Judá.
4. Tiene que persuadir a Acaz de que el actual designio de estos dos países ahora confederados contra Judá ha de fracasar con toda certeza y va a quedar en nada (vv. 5–7). Judá no les ha hecho ningún daño; no tienen, pues, excusa para atacar al rey ni al reino. Nótese la nota de desprecio (v. 5) al no mencionar por sus nombres al rey de Siria ni al de Israel, a pesar de que ellos (v. 6) parecen estar seguros de su victoria, pues ya quieren repartirse los despojos («hagámosla pedazos y repartámosla entre nosotros»): una parte para el rey de Israel, y otra parte para el de Siria, después de concertarse en poner en Judá una especie de virrey de ellos, un rey-títere, cuyo nombre no se menciona; sólo se dice de él que era «hijo de Tabeel», «probablemente, un aventurero sirio o efrainita» (Slotki). Dios mismo (v. 7) da Su palabra de que la coalición de Siria e Israel contra Judá fracasará.
5. Todavía añade el Señor dos razones para mostrar que el intento de Siria e Israel de subyugar a Judá está condenado al fracaso:
(A) Ninguno de los dos países ha de ensanchar sus dominios, sino que, de momento, han de contentarse con los territorios que ocupan. Sus respectivos límites están bien marcados, por lo que no deben intentar invadir el territorio de Judá; mucho menos, ocupar Jerusalén, la capital. Éste es, en efecto, el sentido del versículo 8, según comenta Slotki: «La idea contenida aquí parece ser que Retsín y Peqaj bien pueden ser los soberanos de sus respectivos países y de sus capitales …, pero nunca conseguirán la conquista de Judá ni de Jerusalén, que siempre han de disfrutar de la protección misericordiosa de Dios».
(B) Efraín, que es ahora el enemigo más próximo y seguramente el más malicioso, va a perecer muy pronto (v. 9): «Y dentro de sesenta y cinco años Efraín será quebrantado hasta dejar de ser pueblo». Comoquiera que el encuentro de Isaías con Acaz tuvo lugar el año 735, e Israel cayó bajo el poder de Asiria el año 722, muchos autores encuentran el plazo de 65 años (el año 669) demasiado largo. Ryrie lo entiende como «el tiempo en que tuvo lugar la repoblación del país de Israel por colonos extranjeros». Trenchard opina que «la predicción no señala la fecha de la derrota de Israel y de la deportación a Mesopotamia, sino la época en que dejaría de ser un pueblo». El rabino Slotki, por su parte, hace notar, a la vista de Amós 1:1; 7:17, que la cifra debe «calcularse desde el tiempo del terremoto en el reinado de Uzías, cuando el profeta anunció que Israel ciertamente había de ser llevado cautivo fuera de su país». Otros, como Kissane (citado por Moriarty), cortan por lo sano, y se atreven a corregir el texto sagrado. Pienso—nota del traductor—que la opinión de Slotki es la más probable.
6. La porción termina (v. 9b) con una seria advertencia de que, como siempre, la fe en la Palabra de Dios es condición indispensable para salvarse de esta ruina y de cualquier otra: «Si no creéis, tampoco estaréis firmes» (lit.). Sin fe no hay seguridad posible. El profeta juega con los dos vocablos hebreos taaminu (creeréis) y teamenu (seréis establecidos), ambos de la misma raíz: el conocido verbo amán = asegurar o estar seguro. Acaz no debe esperar que Dios le ayude si le falta confianza en el omnímodo poder de Dios para derrotar a cualquier enemigo, por fuerte y numeroso que sea, del pueblo elegido.
Versículos 10–16
En estos versículos, Dios, por medio del profeta, hace al rey Acaz una bondadosa oferta que el rey va a rechazar; por lo que, después de un duro reproche, Dios le ofrece misericordiosamente una señal de Su buena voluntad hacia Israel y hacia la casa de David.
1. Para confirmar las predicciones anteriores, Jehová le dice a Acaz (vv. 10, 11) «Pide para ti una señal (es decir, un milagro) de Jehová tu Dios, demandándola ya sea de abajo en lo profundo (desde lo más distante del mundo subterráneo), o de arriba en lo alto (desde el cielo empíreo)». Dios tiene en cuenta nuestra condición (Sal. 103:14) de que, al vivir en un mundo del sentido, no hay señales que nos afecten tanto como las que nos entran por los ojos, los oídos, el tacto, etc. Véase cuánta bondad despliega Dios aun con los malvados e ingratos. Así como Gedeón pidió a Dios señales (Jue. 6:37), así es aquí Dios mismo quien las ofrece al rey Acaz.
2. Acaz rechaza descortés e irreverente la oferta de Dios (v. 12): «No la pediré y no tentaré a Jehová». La verdadera razón por la que Acaz no quería pedir a Dios una señal era que, al haber puesto su confianza en la ayuda que le habían de prestar (según pensaba él) los asirios con sus poderosos ejércitos y sus dioses, no deseaba la ayuda de Jehová, el Dios verdadero, el Dios de Israel. Con todo, oculta sus malvados pensamientos bajo capa de falsa piedad. ¿Cómo podía alegar la excusa de no tentar a Dios, cuando Dios mismo era quien le ofrecía la señal que confirmase la profecía?
3. Isaías le reprocha entonces, no sólo el insulto contra el mismo profeta, sino la hipócrita repulsa de la garantía que el propio Dios le ofrece (v. 13): «Dijo entonces Isaías. Oíd ahora, casa de David (en vez de dirigirse al rey en persona, Isaías se dirige ahora a los miembros de la familia real y a los cortesanos allí presentes): ¿Os es poco el ser molestos a los hombres, para que también lo seáis a mi Dios?» Como si dijese: «Al afrentar a los profetas, pensáis que estáis ofendiendo meramente a hombres como vosotros, y no consideráis que estáis afrentando también a Dios mismo, cuyos mensajeros somos».
4. A continuación, el profeta, en nombre de Dios, les da una señal (vv. 14–16), que es una gran manifestación de la buena voluntad de Dios hacia Israel y hacia la casa de David. La señal tenía dos niveles: uno, de corto alcance, pues había de cumplirse en un próximo futuro; otro (comp. con Mt. 1:23), de largo alcance, pues se cumpliría al nacer el Mesías de una doncella judía. La versión literal de los versículos 14–16 es la siguiente: «Por tanto (por causa del escepticismo del rey), el Señor (hebr. Adonay) mismo os dará una señal. He aquí que la doncella ha concebido y ha dado a luz un hijo y le ha puesto por nombre CON NOSOTROS DIOS (hebr. immanuel). Requesón y miel comerá, al saber (esto es, cuando sepa) rechazar el mal y escoger el bien. Porque, antes que el niño sepa rechazar el mal y escoger el bien, será abandonada la tierra de cuyos dos reyes tú estás horrorizado». Estos versículos merecen especial atención.
(A) Comencemos por decir que la señal que Dios ofrece a Acaz debe cumplirse, de alguna manera, poco tiempo después de ser profetizada; de lo contrario, mal podría ser una señal para los allí presentes. Esto no obsta para que, en un plano más elevado, mesiánico, se cumpliese en el nacimiento de nuestro Salvador, como sabemos por Mateo 1:23, respecto de lo cual no es necesario que, en Isaías 7:14–16, se cumplan todos los detalles que se cumplieron después en la concepción y nacimiento del Salvador.
(B) En efecto, del niño de Isaías 7:14 se dice que, cuando haya llegado a la edad de la discreción, se tendrá que mantener de alimentos silvestres, puesto que la tierra de los reyes confederados contra Judá estará desierta (comp. con los vv. 21–23). Recuérdese que Isaías está hablando en el año 735 a. de C. Siria fue aplastada, y su capital (Damasco) capturada, por el rey de Asiria el año 732. Israel cayó el año 722. Así que, como dice Trenchard, «el sentido de la señal es que antes de que el niño pasara de la infancia hasta la edad del discernimiento, el peligro de la alianza sirioefrainita habría pasado».
(C) El hebreo no usa para «doncella» el término bethulah (virgen), sino almah (joven casadera), aunque se suponía que tales jóvenes eran, en efecto, vírgenes antes de casarse. Téngase esto en cuenta para no sacar las cosas de quicio. Tampoco los verbos «concebir» y «dar a luz» están en presente (como traducen algunos), sino en pretérito. Mucho menos se indica en el hebreo que la doncella conserve su virginidad a través de la concepción y del parto, aunque en María (cumplimiento a largo alcance) ocurriese así en la concepción, no en el parto, pues esto último está en contradicción con el texto sagrado (v. Lc. 2:22–24).
(D) La mujer de la que se habla en Isaías 7:14 nos es desconocida. La cronología de los reyes de Judá excluye, por sí misma, a la madre de Ezequías, el hijo de Acaz. Hay quienes opinan, a la vista de 8:1–4, que se trata de la esposa del propio Isaías («la que Isaías tomó después como segunda esposa», dice Ryrie). Pero contra esto hay dos poderosas razones: (a) No hay indicación alguna en el sagrado texto de que la esposa de Isaías, en 8:1–4, sea una «segunda» esposa, y la verdadera mujer de Isaías ya había tenido anteriormente un hijo, por lo que no se la podía llamar «doncella casadera»; (b) no se menciona en el sagrado texto ningún hijo de Isaías con el nombre de Manuel (hebr. Immanuel).
(E) En opinión de muchos y expertos autores, a la que me adhiero—nota del traductor—, el profeta, de parte de Dios, está usando un símil hipotético (en cumplimiento a corto alcance), como si dijese:
«Suponed que una doncella ha concebido y acaba de dar a luz un hijo, y le ha puesto por nombre Immanuel. Antes de que tal niño llegue a la edad de la discreción, la tierra de esos dos reyes habrá quedado desierta, con lo que el niño habrá de mantenerse de productos silvestres que no necesitan la industria del hombre». ¡Todo el énfasis de la señal está en el nombre del niño: Immanuel: DIOS ESTÁ CON NOSOTROS! Por mucho que los hombres se empeñen, Dios salvará a su pueblo en este conflicto, y salvará siempre a quienes pongan su confianza en Él (comp. con 1:23; Ro. 8:31b). ¡Qué consuelo para la casa de David y, especialmente, para la casa del hijo de David, la Iglesia, saber que «Jesús» (Jehová salva) es «Immanuel» (Dios con nosotros)!
Versículos 17–25
Después de la consoladora promesa hecha a la casa de David en esta ocasión, vienen ahora las amenazas contra el rey Acaz, contra su familia y el reino de Judá. Asiria será el instrumento, en manos de Dios, para castigar la rebeldía de Judá, y hacer que sus habitantes vivan una vida precaria por mucho tiempo antes de la deportación a Babilonia.
1. El castigo con que el profeta, en nombre de Dios, amenaza al rey, a su familia y a su pueblo, es muy grande (v. 17): «Jehová hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre, días cuales nunca vinieron desde el día que Efraín (Jeroboam, con las diez tribus del norte) se apartó de Judá: (hará venir) al rey de Asiria». Este castigo no se llevó a cabo de inmediato, pues Acaz logró que el rey de Asiria atacase a Damasco, pero acabó siendo prácticamente su vasallo (v. 2 R. 16:5–10). Fue, en realidad, unos treinta años después de la profecía de Isaías 7:14 cuando comenzaron de veras las pesadillas de Judá, como se ve por los versículos 18 y ss.
2. En efecto, fue en el año 701 cuando Egipto y Asiria, al luchar por la supremacía politicomilitar en Asia, chocaron en tierras de Judá, así que recibiendo los judíos recibieron severos golpes, tanto del norte como del sur. Lo expresa así el texto sagrado en los versículos 18–20: «Y acontecerá aquel día, que silbará (como dando la señal para que comiencen su actuación) Jehová a la mosca que está en los confines (esto es, en las regiones más remotas, como indica el original) de los ríos de Egipto (los brazos del Nilo), donde enjambres de insectos voladores infestaban las riberas, y a la abeja que está en la tierra de Asiria (país de muchas abejas); y vendrán y acamparán todas (Asiria y Egipto al enfrentarse mutuamente) en los valles desiertos, y en las cavernas de las piedras, y en todos los zarzales y en todos los abrevaderos. En aquel día, el Señor rapará con navaja alquilada de los que habitan al otro lado del río, esto es, con el rey de Asiria, la cabeza y el pelo de los pies, y aun la barba también afeitará». Notemos algunos detalles de estos dos últimos versículos 19 y 20.
(A) Los egipcios y los asirios, a los que el texto sagrado ha comparado (v. 18) a enjambres de insectos que infestan la tierra y molestan a los hombres, van a invadir, en su mutuo enfrentamiento, las tierras de Judá (v. 19), y se harán fuertes (como si fueran leones, en lugar de moscas y abejas) entre las rocas, e invadirán y devastarán, como una plaga, los poblados y los campos, ocuparán incluso los mismos abrevaderos de los rebaños, con lo que la tierra quedará desierta y sin cultivar (v. los vv. 21–25).
(B) Cambiando de metáfora, el profeta compara luego (v. 20) al rey de Asiria a una navaja de afeitar; la llama alquilada, porque Dios la va a usar, como pedida en préstamo, para castigar a su pueblo. El río que aquí se menciona es, por supuesto, el Éufrates. El afeitado de todo el pelo del cuerpo, incluida la barba (señal de especial dignidad entre los orientales), es símbolo del pillaje, de la degradación y de la terrible devastación que la tierra de Judá va a sufrir con esa invasión de esos dos países sin temor de Dios ni respeto a los hombres. En el epíteto alquilada, ve el rabino Slotki «probablemente, una alusión al oro y a la plata con que alquiló Acaz al rey de Asiria para que viniese en su ayuda». (cf. 2 Reyes 16:7 y ss.)
3. Los versículos 21–25 ponen de relieve la deplorable situación en que van a quedar las tierras de Judá después que se hayan marchado los ejércitos invasores: (A) El ganado quedará casi completamente destruido, de tal modo que un campesino podrá tenerse por rico con una vaca y dos ovejas (v. 21). (B) Para su mantenimiento (v. 22), tendrá que contentarse con el producto abundante de la vaca y las dos ovejas, además de la miel silvestre que se críe en los campos devastados. (C) La devastación será tal (v. 23) que «el lugar donde había mil vides que valían mil siclos de plata, será para espinos y zarzas». Esto muestra que las vides en tiempos de Isaías tenían un precio muy superior al de nuestros días. (D) En lugar de azadas y podaderas, los moradores tendrán que salir al campo armados de saetas y arco (v. 24), para defenderse de las fieras tanto como de los ladrones y salteadores. (E) En fin (v. 25), los montes y collados, lugares apropiados para plantar y cultivar viñedos, estarán tan cubiertos de espinos y cardos, que sólo el ganado que haya quedado podrá aventurarse a pastar por tan inaccesibles parajes. Dice Slotki:
«Los espinos y las zarzas que mantienen a distancia a los seres humanos no asustan a los bueyes ni a las ovejas».
Este capítulo y los cuatro que le siguen (hasta el 13) forman un discurso continuo, cuyo objetivo es mostrar la gran destrucción que, en breve, había de sobrevenir al reino de Israel, pero se anuncia también una provisión abundante de consuelo para los que temían a Dios en aquellos días tenebrosos. En este capítulo tenemos: I. Una profecía de la destrucción, a manos del rey de Asiria, de los reinos confederados de Siria e Israel (vv. 1–4). II. De las desolaciones que tan orgulloso y victorioso príncipe había de llevar a cabo en los países de Israel y de Judá (vv. 5–8). III. Se anima grandemente al pueblo de Dios en medio de tantas y tan graves calamidades, pues se le asegura: 1. Que los enemigos no podrán con ellos (vv. 9, 10).
2. Que si guardan el temor de Dios y echan de sí el temor a los hombres, hallarán en Dios su refugio (vv. 11–14). 3. Que, mientras otros caigan en la desesperación, ellos serán favorecidos por Dios con la esperanza de mejores tiempos (vv. 15–18). IV. Finalmente, amonesta a todos los que acuden a los adivinos, que no vayan a consultar a tales gentes, sino a Dios y a Su Palabra (vv. 19–22).
Versículos 1–8
En estos versículos tenemos una profecía de los éxitos del rey de Asiria contra Damasco (Siria), Samaria (Israel) y Judá; que los dos primeros serán devastados por él, y que al tercero le propinará un susto mayúsculo.
1. El Señor ordena a Isaías que escriba su profecía de forma que todos puedan leerla, a fin de que, cuando se cumpla, todos sepan que Dios le ha enviado, ya que éste es uno de los fines de la profecía (Jn. 14:29). Ha de tomar una tabla (o un rollo) grande, y ha de escribir allí solamente cuatro palabras con grandes caracteres, puesto que la tabla (o rollo) es también grande, a fin de que todos puedan leer en ella una importante profecía. Ha de escribir con pluma de hombre (lit.), es decir, con una escritura corriente y unos caracteres ordinarios que todos puedan leer y entender. Las cuatro palabras son, en hebreo: Maher shalal jash baz, que significan: «El despojo se apresura, la presa se precipita», y da a entender la rapidez con que los ejércitos asirios habían de caer sobre Damasco y Samaria.
2. El esmero con que el profeta había de registrar el mensaje, por orden de Jehová, quien es el sujeto («yo») del verbo tomaré (v. 2). Había de tomar por testigos a dos personas fieles, es decir, tenidas por el pueblo como dignas de crédito. Uno había de ser el sacerdote Urías, de quien se hace mención en 2 Reyes 16:10, 11. Del otro no se halla ninguna otra mención en las Escrituras.
3. En cumplimiento de la orden de Dios, Isaías se llegó (v. 3) a su mujer, la cual es llamada profetisa por estar casada con un profeta. El hijo que ahora concibió y dio a luz había de ser un mensaje vivo, pues había de llevar por nombre (v. 3b) precisamente Maher-shalal-jash-baz, que era el mensaje profético escrito en la tabla grande. El primer hijo (V. 7:3) llevaba un nombre que expresaba misericordia, pero el de este segundo expresaba juicio; cada vez que su nombre fuese pronunciado, había de servir de recordatorio del inminente castigo de los dos reinos del norte.
4. La profecía misma, contenida en ese misterioso nombre, viene a decir:
(A) Que Siria e Israel, que se hallaban ahora confederados contra Judá, habían de ser en breve presa del rey de Asiria (v. 4): «Antes de que el niño (que iba a ser concebido ahora) sepa decir: Padre mío, y Madre mía», esto es, antes de que sepa distinguir entre sus padres y otras personas, lo cual podría hacer a una edad muy temprana, sin esperar a la edad del discernimiento entre el bien y el mal (que suponía llegar a los 12 o 13 años). En ese breve tiempo, no superior a dos años, la riqueza de Damasco y los despojos de Samaria serán llevados, como trofeo de victoria, delante del rey de Asiria, a saber, Tiglat-pileser III (745–727 a. de C.).
(B) Que, por cuanto había en Judá muchos que estaban a favor de Siria e Israel, y desafectos hacia la casa de David, Dios les había de castigar también a ellos por manos del rey de Asiria (vv. 6–8).
(a) ¿Cuál era el pecado específico de estos descontentos? «Desechar (v. 6) las aguas de Siloé, que corren mansamente». Las aguas de Siloé son una metáfora para indicar simplemente la casa de David. Estos traidores despreciaban el manso fluir de estas aguas porque hacían poco ruido (como la voz del Espíritu, semejante a un suave susurro—v. 1 R. 19:12—), y se regocijaban (la traducción es correcta, contra la opinión de Trenchard) con los dos enemigos del norte. La expresión, sin embargo, indica sólo, como dice Slotki, «un deseo de llegar a un arreglo con el enemigo». Las naciones crían con frecuencia en su seno víboras de esa ralea, que comen de su pan mientras fomentan los intereses de los enemigos de la patria.
(b) Pero tampoco esos traidores habían de escapar del castigo que el rey de Asiria había de infligir a Damasco y Samaria (vv. 7, 8): los que desechaban las mansas aguas de Siloé habían de ser anegados por las bravías ondas («aguas del río»—dice literalmente el hebreo del v. 7—) del gran Éufrates, bajo cuya metáfora se menciona al rey de Asiria, como el propio texto sagrado declara (v. 7b). Dios les viene a decir: «¡Bien! Si sois admiradores del Éufrates, tendréis bastante de él». El rey de Asiria caerá sobre ellos como un diluvio, llegándoles hasta la garganta (v. 8b), es decir, hasta poner asedio a la propia Jerusalén. Menos mal que, en el mayor diluvio de la aflicción, Dios puede guardar por encima del agua la cabeza de sus hijos. ¡Estemos satisfechos con las mansas (y curativas—Jn. 9:7—) aguas de Siloé porque las corrientes impetuosas son siempre peligrosas!
(c) Al cambiar de metáfora (v. 8b), el sagrado texto contempla los ejércitos asirios como una gran ave de presa que extiende sus alas hasta abarcar toda la anchura de la tierra de Judá. Pero no debe pasar desapercibida la última frase del versículo 8: «… abarcará la anchura de tu tierra, oh Emanuel». Aunque el rey de Asiria extienda las potentes alas de su ejército por toda la tierra de Judá, esa tierra es, sin embargo, la tierra del Mesías y, por tanto, no le había de faltar la protección de Dios.
Versículos 9–15
Vuelve ahora el profeta a referirse al apuro en que se hallaba Acaz con toda su corte y su reino, a causa de la confederación de Siria e Israel contra el reino de Judá.
1. Se muestra triunfante frente a los invasores y, en realidad, les invita a emplear todos sus recursos en la empresa (vv. 9, 10): «Reuníos, pueblos … todos los que sois de lejanas tierras; prestad oídos a lo que el profeta os dice en nombre de Dios. No dudamos de que ahora vais a hacer vuestros mayores esfuerzos contra Judá y Jerusalén. Habéis hecho una coalición, ceñíos, pues, y disponeos (lit. ceñíos) para la batalla; trazad un plan, es decir, planead vuestra estrategia; proferid palabra, esto es, expresad la resolución que habéis tomado y con la que confiáis plenamente en que vais a vencer. Todos vuestros esfuerzos van a fracasar. Seréis despedazados … seréis despedazados … seréis despedazados (v. 9—tres veces en un solo versículo—). No sólo se arruinarán vuestros planes, sino que vuestros planes serán vuestra ruina; seréis despedazados por esos mismos planes que habéis formado contra Jerusalén. Porque Dios está con nosotros (hebr. ki immanuel). Él está de nuestra parte para luchar a nuestro favor; y, si Dios está por nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?» (Ro. 8:31).
2. Consuela y anima al pueblo de Dios con los mismos consuelos y alientos que él ha recibido:
(A) El profeta nos dice cómo le enseñó Dios a no ceder ante tan grandes amenazas (v. 11): «Porque Jehová me dijo de esta manera con su mano fuerte sobre mí, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo …». Dice Slotki: «La mente del profeta estaba bajo el influjo directo y preponderante del Espíritu Santo; así que se hallaba en una posición adecuada para ver la situación en su verdadera perspectiva, sin dejarse influir por ningún elemento perturbador». Isaías no había de seguir la corriente de un pueblo descaminado en su visión, en su emoción y, por consiguiente, en su andadura Hasta los mejores pueden verse tentados a asustarse ante la amenazadora tormenta, especialmente cuando el pánico se toma epidémico.
(B) A continuación, Isaías refiere lo que Dios le mandó decir al pueblo:
(a) Les había de precaver contra un miedo pecaminoso (v. 12). Parece ser que éste era el camino del pueblo en aquella sazón. Y el miedo es contagioso. El corazón que desfallece provoca el desfallecimiento de otros corazones (v. Dt. 20:8). Dios le manda decir al pueblo: «No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración, es decir, no os dejéis llevar del miedo a los hombres, al desconfiar del poder de Dios y de la santidad de Su causa; no penséis en llamar a los asirios en socorro vuestro por temor a la conjura de Siria e Israel contra vosotros. ¡No llaméis coalición a lo que Dios ve como disolución!»
(b) Les había de instigar a tener un temor santo (v. 13): «A Jehová de las huestes, a Él santificad (comp. con 1 P. 3:14, 15), es decir, a Él debéis dar la gloria de ser el único Salvador vuestro, sin miedo a ningún otro (comp. con Jer. 17:58)». El temor reverencial a Dios es el mejor preservativo contra el temor perturbador a los hombres. Pedro saca de los versículos 12 y 13 su exhortación a los creyentes para que no se amedrenten ante la persecución.
(c) Si así lo hacen, les asegura que estarán a salvo y gozarán de gran serenidad mental (v. 14):
«Entonces Él será por santuario, esto es, por lugar de santo refugio, a quienes pongan su confianza en Dios, de forma que no tengan nada que temer».
(C) Muy diferente será la suerte de los rebeldes, incrédulos y desobedientes (vv. 14b, 15): «… pero a las dos casas de Israel (la de Efraín—reino del norte—y la de Judá—los rebeldes del sur—), por piedra para tropezar». Dice Moriarty: «La piedra (ʾeben) contra la que tropieza Israel es la piedra angular que soporta la nueva casa del pueblo de Dios (28:16). En el Nuevo Testamento se hallan ideas semejantes (Lc. 2:34; Mt. 21:42; Rom. 9:32; 1 P. 2:8)». Con cuatro metáforas (piedra, roca, lazo y trampa) describe el profeta la suerte que espera a los desobedientes de Judá, lo mismo que a los de Israel (v. 15): «tropezarán en la piedra, serán quebrantados contra la roca, serán atrapados en el lazo y apresados en la trampa o red». Sin embargo, el profeta no dice que ésta es la suerte que les espera a todos, sino a muchos: «Muchos entre ellos tropezarán, etc.», «porque escapará un remanente» (Slotki). La misma piedra que había de ser refugio santo para algunos, había de ser ocasión de tropiezo, caída y quebrantamiento para muchos; … para los unos, olor de muerte para muerte, para los otros, olor de vida para vida» (2 Co. 2:16).
Versículos 16–22
1. El inefable privilegio del pueblo de Israel al serles entregadas las Sagradas Escrituras. Sigue hablando Dios en el versículo 16, como desde el versículo 11, y le dice ahora: «Ata el testimonio, sella la ley entre mis enseñados» (lit.). Nótese: (A) La Palabra de Dios es un testimonio que Él ha asegurado y, como tal, ha de informar nuestra fe; es también una ley que instruye y, en este sentido, ha de dirigir nuestra conducta. Así que hemos de suscribir sus verdades y someternos a sus preceptos. (B) Este testimonio y esta ley están atados y sellados, de forma que no podemos añadirles ni quitarles nada (comp. con Ap. 22:18, 19). (C) Están alojados como sagrado depósito en manos de los enseñados por Dios (comp. con Hch. 3:25). Este es el buen depósito que les ha sido encomendado (2 Ti. 1:13, 14).
2. El buen uso que hemos de hacer de este privilegio. Esto se nos enseña:
(A) Mediante la práctica y las resoluciones del propio profeta (vv. 17, 18). Especifica dos motivos de desaliento: (a) El enfado de Dios contra Su pueblo (v. 17b), pues «escondió Su rostro de la casa de Jacob», como si no se interesase más por el pueblo que escogió; (b) el desprecio y los reproches de parte de los hombres, no sólo hacia él, sino también hacia sus hijos, cuyos nombres eran ya, de por sí, un mensaje; no obstante, como dice Moriarty, «la palabra yeladim, “hijos”, incluye probablemente a sus discípulos, cuya tarea era preservar la revelación dada a Isaías y ser testigos de ella». También Cristo considera a los creyentes como hijos que el Padre le dio (Jn. 17:6), y tanto Él como ellos están para ser señales y portentos contra los que se habla (v. Lc. 2:34; Hch. 28:22). Sin embargo, Isaías vio también la mano de Dios en todo lo que le desanimaba (v. 17): «Esperaré, pues, a Jehová … y en Él confiaré». Ésta es la fe y la esperanza que no pierden de vista a Dios aun en ocasiones en que Dios parece esconder por completo Su rostro.
(B) Mediante el consejo y la advertencia que da a sus discípulos; quienes habían sido encomendados los sagrados oráculos. Supone que, en días de aflicción, serán tentados (v. 19) a consultar a los adivinos y agoreros, como hizo Saúl, en su apuro, al acudir a la médium de Endor (1 S. 28:7, 15) y Ocozías al dios de Ecrón (2 R. 1:2). Se dice que estos adivinos susurran y bisbisean (v. 19b), porque «las voces que salen de los fantasmas y de los espíritus familiares no son claras» (Slotki). El profeta les dice cómo han de responder a esta tentación: (a) «¿No consultará el pueblo a su Dios? El Dios de Israel es Jehová, el Todopoderoso, infinitamente sabio y bondadoso, presto a impartir gracia, paz, perdón y consejo, refugio y protección; (b) «¿Consultará a los muertos por los vivos?» ¿Cabe mayor absurdo que acudir a los amigos y parientes difuntos, rogándoles como si fuesen dioses a que nos digan y hagan por nosotros lo que no pueden hacer nuestros amigos y parientes vivos? (c) Es a la ¨Palabra de Dios a la que hemos de acudir (v. 20): «A la ley y al testimonio». Quienes saben hacer buen uso de su Biblia no acudirán jamás a los adivinos. Esas son las «sanas palabras» (1 Ti. 6:3) que nos han de servir de norma y de pauta.
(C) Mientras el pueblo acuda a los adivinos y agoreros, en lugar de atenerse a la Palabra de Dios, caminará en tinieblas, pues no le ha llegado la luz del amanecer (v. 20b). ¿Qué otra cosa pueden esperar cuando rechazan la luz que Dios ofrece? (v. Sal. 119:105): Hambre y fatiga, oscuridad y angustia (vv. 21, 22): «Y pasarán por la tierra, sin reposo y sin rumbo, sin residencia fija, yendo de una parte a otra, fatigados de tanto caminar, y hambrientos por carecer de lo necesario para el sustento. Los que solían comer hasta saciarse se verán hambrientos hasta desfallecer, pues quienes se desvían de Dios se desvían del camino de todo bien. Esta necesidad, en lugar de hacerles volver a Dios, les servirá de ocasión de enojo contra su Dios y su rey, hasta llevarles a maldecir de ambos, levantando el rostro en alto, en señal de reproche y desafío a Dios. Su mirada al cielo será de rebeldía, y su mirada a la tierra (v. 22) será de desesperación. ¿Qué puede ofrecer la tierra a los que están en guerra contra el cielo?
El profeta viene a decir a los justos, en este capitulo, que les irá bien, mientras que a los malvados les irá mal. Tenemos aquí: I. Buenas promesas para los que se adhieren a la ley y al testimonio. Para ellos habrá una gran luz, la luz del Evangelio con la venida del Mesías (vv. 1–7). II. Tremendas amenazas contra los rebeldes, los que rechazan la luz y no buscan a su Dios en el día de la aflicción (vv. 8–21).
Versículos 1–7
Antes de entrar a comentar esta porción, es menester advertir que el versículo 1 de este capítulo es el versículo 23 del capítulo 8 en la Biblia Hebrea. En realidad, los comentaristas judíos no aciertan a interpretar este versículo y se ven a oscuras en él, por no comprender que aquí se hallan los primeros rayos de la luz del Evangelio (v. Mt. 4:15, 16, donde se halla citado).
1. Tres cosas son las que aquí se prometen (vv. 1–5) y todas ellas apuntan, en último término, a la gracia del Evangelio, con que deben animarse los santos en días de tinieblas y oscuridad.
(A) Una luz gloriosa que gradualmente hará desaparecer la oscuridad, de forma que, a través de las tinieblas, se vayan filtrando los primeros rayos de luz donde antes sólo había negra noche (v. 1): La oscuridad ya no será «tal como la aflicción que le vino en el pasado a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí», las dos primeras tribus del norte que cayeron en poder de Tiglat-pileser III. Si una ligera aflicción no nos humilla y reforma, hemos de esperar otra aflicción más grave. Pero la oscuridad con que el profeta, en nombre de Dios, amenaza al pueblo (8:22) no prevalecerá hasta ese grado, porque (v. 2) «el pueblo que andaba en tinieblas ha visto una gran luz». En el tiempo en que Isaías escribía esto, había en Judá e Israel muchos profetas, cuyas profecías servían de luz, dirección y consuelo al pueblo de Dios que se atenía a la ley y al testimonio, pero esto había de tener cumplimiento pleno cuando el Señor Jesús apareciese como el gran profeta y comenzase a predicar el Evangelio en la tierra de Zabulón y de Neftalí.
(B) Un incremento glorioso, con el consiguiente regocijo universal (v. 3): «Multiplicaste la nación y aumentaste la alegría». El profeta habla en pretérito como si ya hubiese sucedido lo que anuncia. Es un gozo santo, espiritual, pues «se alegran delante de ti», es decir, en el santuario, donde brillaba la gloria de la presencia especial de Dios. Allí acudirán en actitud de adoración, alabanza y acción de gracias. La recolección siempre era, en Israel, una ocasión festiva de regocijo nacional delante de Dios. Todos los que esperan con paciencia los preciosos frutos de la tierra, hacen la siega y la vendimia con gran alegría; y los que han reñido duras batallas, se gozan cuando reparten los despojos (v. 3b). El Evangelio nos trae abundancia y victoria.
(C) Una libertad gloriosa (vv. 4, 5): «Con razón se alegrarán delante de ti, porque tú quebraste su pesado yugo, no sólo al quitar, sino al quebrar y destruir, el instrumento de servidumbre; de la misma manera quebraste la vara de su hombro o, más probable, al que hacía que se inclinase su (de Israel) hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián, por manos de Gedeón (v. Jue. 7:22)». No se ve con toda claridad a qué liberación próxima se refiere aquí el profeta, pero es probable que se refiera a la intervención silenciosa y milagrosa de Dios para impedir que Senaquerib se hiciese el amo de Jerusalén. Pero no hay duda de que el vaticinio va mucho más lejos, hasta llegar a la luz que había de visitar a los que estaban sentados en la oscuridad y a la liberación de los cautivos de que nos habla Lucas 4:18. El objetivo del Evangelio es quebrantar el yugo del pecado y de Satanás, quitar el pesado fardo de la culpa y de la corrupción y otorgarnos la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Cristo quebró el yugo de la ley (Hch. 15:10; Gá. 5:1) y nos libró de las manos de nuestros enemigos, para servirle a Él sin miedo (Lc. 1:74, 75). Esto se lleva a cabo mediante el Espíritu, que obra como fuego (Mt. 3:11), no como en la batalla del guerrero, donde se lucha con gritos confusos, puesto que las armas de nuestra milicia no son carnales.
2. Pero, ¿quién, y dónde, es el que ha de acometer y llevar a cabo tamaña empresa a favor de los suyos? El profeta nos dice (vv. 6, 7) que lo hará el Mesías, Emanuel (7:14). En su estilo profético, da por ya cumplido lo que profetiza de Él. Todo lo que Dios hace, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, lo hace mediante su Verbo, el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5).
(A) Vedlo en su humillación. El mismo que es el Dios Fuerte es un niño que nos ha nacido. De tal forma se vació y se humilló a sí mismo (Fil. 2:6–8), a fin de llenarnos y exaltarnos a nosotros. Nos ha nacido, porque el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn. 1:14). De tal manera amó Dios al mundo que lo dio (Jn. 3:16), nos lo dio; por eso, nos ha nacido. Nos ha nacido como Hijo del Hombre; nos ha sido dado como Hijo de Dios. Dice Moriarty: «al rey davídico se le saludaba como hijo de Dios (Sal. 2:7); la base de esta creencia se halla en 2 Samuel 7:14».
(B) Vedlo en su exaltación. Este niño, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, está investido del mayor honor y poder, de forma que no podemos menos de sentirnos felices si es nuestro amigo. Su pueblo le reconocerá y le prestará adoración mediante los gloriosos apelativos que aquí (v. 6b) se le atribuyen, y que, de acuerdo con el original, deben leerse así: «Maravilloso Consejero, Dios Fuerte, Perpetuamente Padre, Príncipe de Paz».
(a) Es Maravilloso Consejero, porque conoce, desde la eternidad, los designios de Dios (Jn. 1:18). Él es la Sabiduría del Padre y nos ha sido hecho por Dios sabiduría (1 Co. 1:30). Dice Trenchard: «El futuro hijo de David será el mismo Consejero de carácter sobrehumano, que es lo que indica “admirable”». (comp. Jue. 13:18)
(b) Es Dios Fuerte o Dios, el Fuerte. Así como tiene sabiduría sin límites, así también tiene poder infinito. Puede salvar completamente y perpetuamente (He. 7:25).
(c) Es perpetuamente Padre; es decir, siempre actúa como un buen padre. Es cierto que es eterno, pero no es éste el concepto que la profecía nos presenta aquí, pues el vocablo hebreo no es olam, eterno, sino ad, perpetuo (o a perpetuidad).
(d) Es Príncipe de paz, porque, como Rey, preserva, ordena y crea paz en Su reino. Él es nuestra paz. No olvidemos que el vocablo hebreo shalom indica el cúmulo de bendiciones que nos vienen de parte de Dios (Stg. 1:17). Todos esos bienes nos llegan por manos del Mediador.
(C) Además, Su trono está por encima de todo otro. «El principado se halla sobre su hombro.» Es posible que estas expresiones se cumpliesen, de algún modo, en Ezequías, el hijo de Acaz, pues fue coronado príncipe durante la vida de Acaz. Pero su cumplimiento pleno se halla en el Mesías, quien había de llevar sobre su hombro, no sólo la señal de autoridad, la llave de David (22:22), sino también el peso de la responsabilidad en el gobierno. De ese gobierno se dicen grandes cosas en el versículo 7:
(a) Se irá extendiendo y dilatando; irá aumentando su lustre, hasta brillar más y más. Especialmente glorioso será durante el reino mesiánico milenario.
(b) Será un imperio de paz ilimitada, pues gobernará con amor, que es creador de paz, y no habrá peligro de que esta paz sea turbada desde el exterior, tanto porque quebrantará con cetro de hierro a los enemigos como por estar atado Satanás, el gran enemigo de la paz y de la dicha de la humanidad (Ap. 20:1–3).
(c) Su gobierno será administrado con prudencia y equidad (v. 7b): «consolidado en juicio y en justicia desde ahora y para siempre».
(d) Dios mismo se ha comprometido a poner esto por obra (v. 7c): «El celo de Jehová de las huestes realizará esto», frase con la que se nos asegura el indefectible cumplimiento de la promesa divina.
Versículos 8–21
Aquí tenemos las terribles amenazas, primeramente dirigidas contra Israel, esto es, el reino del norte, cuya ruina se predice aquí y que había de ocurrir en el espacio de unos pocos años, pero apunta más lejos, al funesto destino de todas las naciones que se olvidan de Dios y no quieren que Cristo reine sobre ellas.
1. El prefacio de esta predicción (v. 8): «El Señor (hebr. Adonay) profirió una palabra, esto es, un mensaje, en Jacob y cayó, como si fuese una tempestad, en Israel». Jacob e Israel son sinónimos y designan el reino del norte en contraposición a Judá. Dios avisa antes de herir. Pero ellos no hicieron ningún caso de la ira de Dios, por lo cual les alcanzó de lleno.
2. Los pecados de que era culpable el pueblo de Israel y que provocaron a Dios a enviar estos castigos:
(A) Su insolente desafío a la justicia de Dios, al pensar que eran capaces de hacer frente al poder de Dios, puesto que, «con soberbia y con altivez de corazón» (v. 9), le retan a que actúe como le plazca (v. 10). Si Dios destruye sus casas de ladrillo, ellos las reedificarán con piedras sillares. Si el enemigo tala los sicómoros, ellos repoblarán el bosque con cedros.
(B) Su impenitencia y endurecimiento a pesar de todos los reproches y castigos (v. 13): «El pueblo no se convirtió al que lo castigaba ni buscó a Jehová de las huestes». O es que son ateos y carecen totalmente de religión, o son idólatras y buscan a los ídolos que son obra de sus propias manos.
(C) La general corrupción de costumbres y su abundante profanidad. Los que debían instigarles a la reforma les ayudan a extraviarse (vv. 14–16). Llama cabeza a los ancianos y nobles porque son ellos los que dirigen; llama cola a los profetas porque no hacen otra cosa que seguir lo que mandan los gobernantes. Bajo la metáfora de palmera designa a las clases altas; bajo la de junco, a las clases bajas, pues palmera y junco son respectivamente «la más alta y la más corta de las plantas» (Slotki). La peor enfermedad de un pueblo es tener malos médicos. La maldad era universal y todos estaban infectados de ella (v. 17): «Pues cada cual es un impío y un malhechor» (lit.). Impío, esto es, falto de piedad hacia Dios, y malhechor que hace daño a su prójimo. De ordinario, estos dos pecados van de la mano Quienes no temen a Dios, tampoco tienen consideración a los hombres.
3. Los castigos con que Dios les amenaza por esos pecados:
(A) En general, quedan por ellos expuestos a la ira de Dios, que abrasará como fuego a los que están secos como estopa (vv. 18, 19): «La maldad se encendió como fuego», tan secos había dejado a los impíos. Las zarzas y los espinos, dice Slotki, «representan al pueblo ordinario, que es el primero en sufrir los efectos de una desmoralización nacional». Pero el fuego consume también lo espeso del bosque, los nobles y los gobernantes. Todo el pueblo se convierte así en combustible, en pasto general de las llamas (v. 19), de tal forma que el país entero queda sumido en la oscuridad a causa de las densas espirales de humo (v. 18b).
(B) Dios arma a las naciones vecinas contra ellos (vv. 11, 12). En esta sazón, Israel se hallaba coligado con Siria contra Judá; pero los asirios, que eran adversarios de los sirios, después de conquistar a éstos, iban a invadir Israel. Dios iba a juntar contra Israel a los asirios, a los sirios y a los filisteos, quienes lo habían de devorar a boca llena (lit. con toda la boca, esto es, a dos carrillos). Quienes son cómplices en el pecado, como Israel y Siria en su ataque a Judá, han de compartir también los castigos por el pecado. Los sirios mismos, cuando no estuviesen en liga con ellos, les habían de azotar por delante, mientras los filisteos les azotarían por detrás. Rodeados de enemigos por todas partes, serían presa común de todas las bocas. Es curioso que, a la sazón, los filisteos no eran considerados como temibles enemigos, y los sirios eran considerados como fieles amigos. No obstante, ambos a una habían de devorar a Israel.
(C) Pero Dios había de sacar de en medio de ellos a aquellos mismos en quienes ellos habían puesto su confianza (vv. 14, 15): «Por eso, Jehová cortará de Israel cabeza y cola, palmera y junco en un mismo día, etc.», metáforas que ya han sido explicadas en el punto 2 (C). Los magistrados, que estaban puestos para dirigir y hacer justicia, pero, en cambio, habían extraviado al pueblo, serían cortados como ramas podridas. Los falsos profetas, que habían actuado servilmente a las órdenes de los malos dirigentes, en vez de reprenderles como era su obligación, también serían cortados, pues un mal ministro de Dios es el peor de los hombres. Como dice el adagio latino, corruptio optimi, pessima—Las mejores cosas, cuando se corrompen, se convierten en las peores.
(D) La desolación había de ser tan general como lo había sido la corrupción, y ninguno había de escapar (v. 17): «… Por tanto, el Señor no tomará contentamiento en sus jóvenes, que estaban en la flor de la vida, ni dirá: Tratadles bien en atención a mí. Ni siquiera tendrá compasión de sus huérfanos y viudas, a pesar de ser, de modo especial, el patrón y protector de ellos, porque todos son impíos y malvados, han corrompido sus caminos como todos los demás».
(E) Cada uno contribuirá a la ruina común (v. 19b): «El hombre no tendrá piedad de su hermano». Las guerras civiles hacen que un reino se precipite en la ruina. Esto es lo que ocurría en Israel. En tan tristes circunstancias, cada uno se apoderaba de lo que estaba al alcance de su mano, robaba para comer, sin poder saciarse (v. 20), y llegaba incluso a cebarse en sus prójimos más allegados. Este parece ser el sentido de la última frase del versículo 20, «cada cual comerá la carne de su propio brazo», esto es, de quienes podían ayudarle y sostenerle en su aflicción. Dice Slotki: «El versículo describe el horrible estado de un hambre que culmina en la locura». Y esto había de ocurrir, no sólo entre individuos, sino también entre las mismas tribus (v. 21): «Manasés a Efraín, y Efraín a Manasés, y ambos a una contra Judá». Los que eran capaces de unirse contra Judá no podían unirse entre ellos mismos. La mutua enemistad y animosidad entre las familias de los hijos de Dios es un pecado que las hace madurar para la ruina y un triste síntoma de que esa ruina se acerca a pasos agigantados.
(F) A pesar de tantos castigos, la ira de Dios no estaba aplacada. Como un estribillo (vv. 12, 17, 21), se repiten las frases: «Ni con todo esto ha cesado su furor, sino que todavía su mano está extendida». La ira de Dios no se apaga, porque el pueblo no se vuelve hacia el que los está hiriendo.
En este capítulo, el profeta se refiere: I. A los orgullosos opresores de su pueblo dentro de la misma nación, los cuales abusaban de su poder (vv. 1–4). II. A un amenazante invasor de su pueblo desde fuera, a Senaquerib rey de Asiria, con respecto al cual obsérvense: 1. El encargo que se le da de que invada Judá (vv. 5, 6). 2. Su orgullo e insolencia en el desempeño de tal encargo (vv. 7–11, 13, 14). 3. La reprensión que se le hace por su altivez, y la amenaza de su caída y ruina, una vez que haya cumplido los objetivos para los que Dios le levantó (vv. 12, 15–19). 4. Una promesa de gracia para el pueblo de Dios, a fin de capacitarle para que pueda aguantar la aflicción (vv. 20–23). 5. El gran ánimo que se les da para que no tengan miedo de la inminente tormenta, sino que abriguen la esperanza de que resultará en destrucción de este formidable enemigo (vv. 24–34).
Versículos 1–4
1. El cargo que se les hace a estos opresores (vv. 1, 2). Se les acusa: (A) de «decretar decretos malvados» (lit.), es decir, de ordenar una legislación injusta y vejatoria. Esto va contra los magistrados. La frase siguiente se refiere a los escribas o secretarios que ponían por escrito tales decretos: «y de los escribientes que escriben iniquidad» (lit.); (B) de pervertir la justicia y el derecho (v. 2) en la ejecución de tales decretos; (C) de enriquecerse a sí mismos mediante la opresión de los débiles, quienes no tienen quien les proteja: «para hacer de las viudas su despojo, y de los huérfanos su presa» (lit.).
2. El reto que se les hace a que, con todo su orgullo y poder, se atrevan a arrostrar los juicios de Dios (v. 3): «¿Y qué haréis en el día del castigo (lit. de la visitación)? ¿A quién os acogeréis para que os ayude, cuando venga de lejos el asolamiento? Podéis pisotear a las viudas y a los huérfanos pero ¿qué haréis cuando Dios se levante? (Job 31:14). ¿En dónde dejaréis vuestra gloria, para volver a encontrarla cuando pase la tormenta?» Su «gloria» era la riqueza que malamente habían acumulado, y no quedaría lugar seguro donde poder depositarla.
3. Se les lee la sentencia (v. 4), por la que son castigados: unos, a prisión y deportación; otros, a una muerte violenta. Los que habían oprimido y pisoteado a las viudas y a los huérfanos, habían de ser ellos mismos objeto de una opresión todavía mayor. El versículo 4 termina con la repetición, al pie de la letra, del mismo estribillo de 9:12, 17, 21.
Versículos 5–19
La destrucción del reino de Israel a manos de Salmanasar rey de Asiria fue predicha en el capítulo anterior y ocurrió en el sexto año del reinado de Ezequías (v. 2 R. 18:10). Fue total y definitiva; cabeza y cola fueron cortadas. El correctivo que el reino de Judá había de sufrir de manos de Senaquerib, también rey de Asiria, nos es narrado en el capítulo presente. La predicción se cumplió el año decimocuarto del reinado de Ezequías (2 R. 18:13, 17). Acabó en confusión para los asirios, y en gran ánimo para Ezequías y su pueblo en su conversión a Dios.
1. En su infinita soberanía, Dios comisionó al rey de Asiria (vv. 5, 6) para que le sirviese de instrumento con que descargar su ira sobre el pueblo mismo de Dios, convertido ahora en el pueblo objeto de la ira de Jehová (v. 6), pues, aun cuando exteriormente parecían muy buenos, eran una nación impía, enormemente hipócrita, ya que, al profesar ser religiosos y, a la sazón, incluso deseosos de reforma, no eran realmente ni lo uno ni lo otro. Ezequías era un rey piadoso y, en gran medida, les había curado de su idolatría, pero continuaban siendo idólatras en su corazón. El asirio, con toda su grandeza, no era otra cosa que báculo y vara (v. 5) de la ira de Dios; instrumento prestado, con el que iba a herir a Su pueblo. A veces, Dios se sirve de una nación idólatra, que no le presta ninguna clase de adoración, para castigar a una nación hipócrita, que no le adora con sinceridad y verdad. Nótese que el asirio (v. 6b) ha de sacar despojos, arrebatar presa y hollarlos como al lodo de las calles, pero no ha de derramar sangre. Despojará a la nación, saqueará las casas, se llevará el ganado y arrebatará la riqueza suntuosa del pueblo.
¿Por qué ha de prevalecer así el asirio contra Judá? No para que se arruinen, sino para que se reformen.
2. En su orgullo, el rey de Asiria pensaba ser dueño absoluto y actuar para su propio honor (vv. 7, 8). No se daba cuenta de que era un mero instrumento en las manos de Dios y, por tanto, siervo de Dios y aun amigo, a pesar suyo, de Judá. «Su intención (v. 7b) es destruir y exterminar muchas naciones». La vanagloria y la arrogancia de su ánimo se echan de ver en la carta que, por manos de su general, envió a Ezequías.
3. Su altivez y presunción son descritas aquí, en parte para ponerlo a él en ridículo, y en parte para asegurar al pueblo de Dios del final funesto que le esperaba al asirio. Nótense las bravatas de Senaquerib y en qué paró todo ello:
(A) De los reyes de las naciones había hecho sus cortesanos (v. 8): «Mis príncipes, ¿no son todos reyes?» Esto es, los que ahora eran príncipes de su corte, habían sido reyes anteriormente. Y los que no se hallaban sirviéndole en su palacio, le estaban sometidos y le pagaban tributo.
(B) Menciona específicamente ciudades importantes que habían sido conquistadas por Asiria: Calnó fue sometida lo mismo que Carquemís, Jamat como Arpad, Samaria como Damasco.
(C) Se imagina que es más poderoso que Dios por haberse apoderado (v. 10) de los reinos de los ídolos, como si la conquista de un reino significase la derrota de un dios. Se jacta incluso de haber borrado las fronteras de los pueblos (v. 13), saqueado sus tesoros y destronado sus reyes. Observemos que los grandes conquistadores no han sido otra cosa que grandes ladrones.
(D) Se jacta de que todo esto lo ha hecho por ser poderoso y sabio (v. 13): «Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque soy inteligente». Para él había sido como una fácil diversión, como quien se apodera de los nidos de los pájaros (v. 14): «como quien toma un nido …». Las frases finales del versículo 14 describen de manera pintoresca la debilidad de los derrotados. Dice Moriarty:
«No hubo quien moviera el ala. Tan aterrorizados estaban los habitantes, que no hicieron nada para defenderse. Como el pájaro que permaneciera inmóvil en el nido, presa del miedo, mientras se dejaba robar la cría». Como Alejandro Magno, Senaquerib se imaginaba que había conquistado el mundo entero.
(E) Amenaza con hacer lo mismo a Jerusalén, a la que tenía puesto asedio (vv. 10, 11). Blasfema al llamar ídolo al Dios de Israel y yerra gravemente al pensar que la fuerza de una nación estriba en el número de sus imágenes idolátricas, con lo que Israel sería más débil que las demás naciones, por no poseer imágenes, ya que ahora Ezequías había corregido este pecado. Tomen buena nota las iglesias que hacen del esplendor exterior y de la suntuosidad la marca de una fiel asamblea de cristianos. Como había conquistado Samaria, el asirio se imaginaba que también conquistaría Jerusalén. Pero se equivocaba, pues Jerusalén se adhería aún a su Dios, mientras que Samaria le había abandonado.
3. Dios, en su justicia, reprende a Senaquerib por su orgullo y le lee la sentencia de su caída.
(A) Le muestra la vanidad de su insolencia y de sus temerarias bravatas (v. 15): «¿Se jactará el hacha frente al que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve?» De dos maneras puede decirse que se jacta el hacha contra el que con ella corta: (a) Hace resistencia y oposición. Senaquerib blasfemaba de Dios, con el reto de que no había de someterse a Él más de lo que se había sometido a los ídolos de otras naciones. Esto es como si el hacha se levantase por encima del que la maneja. La herramienta que discute con el obrero no es menos absurda que el barro que alterca con el alfarero (Ro. 9:20, 21). ¿Cómo podrá el hombre altercar con Dios y usar de los mismos dones que Dios le ha otorgado?
(b) Hace competencia o competición (v. 13): «Con el poder de mi mano lo he hecho y con mi sabiduría»… ¿Se alabará el hacha por la obra en que el amo la emplea? Sin embargo, esto es lo que hace Senaquerib (v. 15b): «¡Como si la vara moviese al que la levanta …!» ¿No se está quieto el leño hasta que lo levanta el que no es un leño?
(B) Se le predice al asirio su caída y su ruina. Cuando Dios haya llevado a cabo Su obra por medio de él, hará Su obra contra él (v. 12).
(a) Con respecto a la invasión de Senaquerib, Dios se propuso hacer el bien a Jerusalén. Cuando Dios pone en aprieto a Su pueblo es para convencerle de pecado, despertarle el sentido de responsabilidad y enseñarle a orar y al amor mutuo entre los hermanos. Cuando estos puntos se ganan mediante la aflicción, ésta desaparece por mano de la misericordia (Lv. 26:41, 42). La vara llevará a cabo aquello para lo que fue empleada.
(b) Cuando Dios haya llevado a cabo esta obra de gracia a favor de Su pueblo, llevará a cabo una obra de ira contra los invasores (v. 12b): «Yo castigaré el fruto de la soberbia del corazón del rey de Asiria y la altivez de sus ojos». El intento contra Sion y Jerusalén será de cierto frustrado y vendrá a parar en nada (vv. 16, 17). Dios mismo lo hará como Jehová de las huestes y la luz de Israel. Sabemos que puede hacerlo por ser el General en jefe de todas las huestes de cielos y tierra; que sabe hacerlo, porque es la luz de Israel; y que quiere hacerlo, porque es el fiel Santo de Israel (v. 20, al final).
(c) Esta destrucción será semejante a la consunción de un cuerpo humano por medio de una enfermedad (vv. 16–19): «Enflaquecimiento entre los robustos» (v. 16), ya que hace que los engordados con las riquezas ajenas las vomiten y queden flacos, y que los ya flacos («zarzas y espinos», el pueblo bajo, como en 9:18) sean totalmente consumidos. «La gloria de su bosque y de su campo fértil» (v. 18) es, con toda probabilidad, como en 9:18b, lo «espeso del bosque», una alusión a los oficiales de alto rango del ejército; también éstos vendrán a desfallecer, «como enfermo que languidece» (v. 18b).
(d) Al seguir con este mismo símil, el profeta (v. 19) compara el remanente del ejército asirio a un bosque en el que han quedado tan pocos árboles, que un niño los podrá poner por escrito (lit.), es decir, «consignar por escrito todos sus nombres» (Slotki).
Versículos 20–23
Vemos aquí el buen fruto de la aflicción que el pueblo de Dios había sufrido durante la invasión de Senaquerib.
1. La conversión de algunos, a quienes la providencia había hecho producir el apacible fruto de justicia, aunque al presente no había sido motivo de gozo, sino de tristeza (He. 12:11). Éstos son un resto, «los que hayan quedado» (v. 20), «un remanente» (vv. 21, 22), «el remanente de Jacob» (v. 21). De hecho, el versículo 20 dice literalmente: «Y sucederá en aquel día que el remanente de Israel y los que hayan escapado de la casa de Jacob no volverán a apoyarse en el que los hirió (Asiria), sino que se apoyarán en Jehová, que es de verdad el Santo de Israel». La posición del vocablo hebreo beemeth al final del versículo favorece a esta versión propuesta por Ehrlich. Recordemos que el nombre del primer hijo de Isaías era (7:3) Shearyashub, un remanente volverá. Esta profecía se había de cumplir a tres niveles: (A) Cuando se levantase el asedio de Jerusalén y retornasen, no sólo a la pacífica posesión de sus casas y tierras, sino también a su Dios y a su deber: se arrepentirán, orarán, buscarán el rostro de Dios y reformarán su vida. (B) Cuando vuelvan a Palestina, después de la deportación a Babilonia. Serán pocos, pero se habrán curado para siempre de la idolatría. (C) El apóstol Pablo (Ro. 9:27) aplica precisamente esta promesa a la conversión de Israel a su Mesías, primero en un remanente pequeño; después (v. Ro. 11:26), masivamente, al final de los tiempos.
2. La consunción de otros (v. 23): «El Señor, Jehová de las huestes, realizará en medio de toda la tierra un exterminio ya decidido». Esto significa la consunción de las haciendas y las familias de muchos judíos a manos del ejército asirio. Está ya decidido, no sólo que será una realidad tal consunción, sino también cuánta ha de ser su extensión y por cuánto tiempo ha de continuar. Dios traerá justamente esta consunción sobre un pueblo provocador, pero en Su sabiduría y gracia le pondrá límites y fronteras.
Versículos 24–34
El profeta, en su predicación, distingue entre lo valioso y lo vil. Con respecto a la invasión de Senaquerib, pronuncia frases de terror contra los hipócritas, que eran el pueblo objeto de la ira de Dios (v. 6). Pero aquí habla palabras de consuelo a los sinceros, que eran el pueblo objeto del amor de Dios.
1. Exhortación al pueblo de Dios a que no se asusten ante la inminente calamidad. ¡Que se espanten los pecadores de Sion, los hipócritas! (33:14), pero no los adoradores sinceros de Jehová: «Pueblo mío, morador de Sion, no temas de Asiria» (v. 24).
2. Los motivos que tienen para no amedrentarse: Los asirios no pueden hacer contra ellos más de lo que Dios ha determinado. La tormenta pasará pronto (v. 25): «Pues de aquí a muy poco tiempo, se consumará mi furor, y mi enojo los destruirá; ese enojo que (v. 5) es la vara que yo he puesto en manos de ellos». El enemigo que ahora les amenaza será llamado a rendir cuentas. Ha levantado su vara contra Sion y Jerusalén (v. 12), pero luego «levantará (v. 26) Jehová de las huestes un azote contra él»; él es ahora un terror para el pueblo de Dios, mas luego será Dios un terror para él. Isaías, para animar al pueblo, cita algunos precedentes. La destrucción de los asirios será «como en la matanza de Madián en la peña de Oreb» (Jue. 7:25), efectuada por un poder invisible. También alzará (Dios) Su vara sobre el mar como lo hizo en Egipto (v. 26b, comp. con Éx. 14:26, 27). Así como alzó su vara sobre el mar Rojo, a fin de dividirlo, de forma que se abriese para que escapasen los israelitas, y que se cerrase en seguida para destrucción de sus perseguidores, así también levantará luego su vara, como lo hizo en Egipto, para liberación de Jerusalén y destrucción de los asirios.
3. Serán completamente libertados, no sólo del poder de los asirios, sino también del miedo que les tienen a los asirios (v. 27). El yugo que los asirios les han impuesto, no sólo les será quitado de encima, sino que será destruido a causa de la gordura (lit.). Dice el rabino Slotki: «Así como la creciente gordura de un animal haría reventar el yugo de su cuello, así también la fuerza renovada y la creciente prosperidad de Israel había de quebrantar toda opresión extranjera».
4. El avance y la destrucción de los ejércitos asirios son descritos ahora (vv. 28–34) con una rapidez sobrecogedora y un despliegue de metáforas que hacen de esta porción uno de los más bellos cantos de guerra (nota del traductor).
(A) ¡Cuán formidables eran los ejércitos asirios! Aquí tenemos una descripción viva de la rápida marcha de Senaquerib en su avance hasta las afueras de Jerusalén: «Vino hasta Ayat …, en Micmás dejó el bagaje» (v. 28, lit.), como si no necesitase más de sus pesadas máquinas de guerra; ¡tan fácilmente se le rendían cada una de las plazas!… Han pasado el desfiladero» (v. 29, lit.).
(B) ¡Cuán acobardados estaban los hombres de Judá, la degenerada estirpe del cachorro de león! Huyeron (v. 29, al final) a la primera alarma. Y la pobre Anatot, ciudad sacerdotal, que debería ser modelo de bravura, se encoge llena de cobardía (v. 30). Las ciudades contiguas, Madmená, Guebim, etc., se unen, no en la resistencia frente al enemigo, sino en la desbandada de espaldas al enemigo (v. 31). Esto muestra cuán deprisa se extendían por todo el reino las noticias del avance rápido del enemigo. «¡Ha llegado hasta Ayat!», diría uno; «¡No, pasó ya hasta Migrón!», le replicaría otro (v. 28).
(C) ¡Cuán impotente el intento de Senaquerib contra Jerusalén! (v. 32) «Ese mismo día hará un alto en Nob, desde donde podrá ver el monte Sion, y allí sacudirá su mano (lit.) en señal de amenaza; pero en eso quedarán todas sus bravatas».
(D) ¡Cuán fatal le resultará a él mismo tal avance! (vv. 33, 34). Al mismo tiempo que sacuda él su mano contra Jerusalén, el Señor, Jehová de las huestes, desgajará el ramaje con gran poder, y los árboles de gran altura serán cortados, y los elevados serán abatidos en tierra; y cortará con hierro la espesura del bosque, y el Líbano caerá frente al Fuerte (o Potente). Nos hallamos ante metáforas conocidas: Los ejércitos asirios son comparados a un bosque talado por el hacha del leñador; los árboles de gran altura, elevados, son símbolo del orgullo nacional de los sirios. El hierro del versículo 34 indica la parte metálica del hacha; la espesura del bosque es la flor y nata del ejército asirio (comp. con 9:18 y 10:18). El Líbano, con sus cedros majestuosos, es aquí el símil que el profeta usa para describir el orgullo de Asiria, basado especialmente en su poderoso ejército, el cual cayó de un solo golpe a manos del Fuerte (v. 34b), es decir, del ángel del Señor. El vocablo hebreo para «fuerte» es addir, que significa «noble» o, mejor, «majestuoso».
Tras del relato de la tremenda derrota del ejército asirio, viene una estupenda profecía acerca del Mesías. Aquí vemos: I. Cómo del tocón remanente en Judá (6:13) sale un brote en la casa de David. Ese brote es el Mesías (v. 1). II. Vemos luego los dones con que el Espíritu Santo lo equipará para su misión (vv. 2, 3). III. La justicia y la equidad de su gobierno (vv. 3–5). IV. La paz del reino mesiánico (vv. 6–9).
V. La admisión de las naciones gentiles en dicho reino, juntamente con los judíos recogidos de todas partes en que se hallarán dispersos (vv. 10–16).
Versículos 1–9
El profeta había hablado ya de un niño que había de nacer y sobre cuyos hombros había de gravitar la responsabilidad del gobierno (9:6). Ahora va a especificar su estirpe y las cualidades de que estará dotado.
1. El Mesías había de nacer, a su debido tiempo, de la estirpe de David, como renuevo del que Jehová había dicho (4:2) que había de ser hermoso y glorioso. Este renuevo había de brotar del tronco de Isaí. Así como Cristo es llamado «el hijo de David», a David se le suele llamar «el hijo de Isaí». Dice Slotki:
«El padre de David simboliza la dinastía davídica». En otro notable anuncio profético, el ángel Gabriel declaró a la Virgen María que al hijo que le había de nacer, el Señor Dios le dará el trono de su padre David (Lc. 1:32). Aunque nació como un brote (v. 1) y creció como un tierno retoño (53:2), expuesto a los malos tratos de los hombres, salió victorioso sobre sus enemigos. Se dice que saldrá de Isaí, más bien que de David, porque la casa de Isaí era de baja posición antes que David ascendiera al trono (1 S. 18:18) y, al nacer el Mesías, había vuelto a su baja posición, como lo muestra la pobreza material de María y de José.
2. Los dones con que el Espíritu Santo le había de equipar (vv. 2, 3a). Este tierno brote había de ser regado con el rocío de los cielos hasta llegar a ser una fuerte vara con que gobernar a judíos y gentiles. El Espíritu Santo que se posaba temporalmente sobre reyes, profetas, jueces, etc., a fin de capacitarlos para sus funciones específicas, no se posará sobre el Mesías, sino que reposará sobre Él (v. 2a) de modo completo y permanente (42:1; 48:16; 61:1; Mt. 3:16; Jn. 1:32; 3:34). A continuación vienen los dones con que el Espíritu le había de dotar: «Espíritu de sabiduría y de entendimiento; espíritu de consejo y de fortaleza; espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y su deleite estará en el temor de Jehová» (vv. 2b, 3a). Observemos algunos detalles:
(A) Fácilmente se advierte la estructura binaria de los dones: tres pares de a dos, y termina con uno que los resume a todos, como el espigón que atravesaba el candelabro de los siete brazos, y llegaba así al número perfecto: siete.
(B) Slotki hace ver que el primer par expresa las cualidades de orden intelectual; el segundo, las de carácter administrativo; y el tercero, las de carácter espiritual. También hace notar la similitud con Bezaleel (Éx. 35:31) en cuanto al primer par.
(C) Jesús comenzó su predicación precisamente con estas palabras: … EI Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc. 4:18). Su sabiduría era notoria a todos, ya desde niño (Lc. 2:47). Su entendimiento, esto es, la habilidad de aplicar los principios a las situaciones concretas, fue también notorio en todos los casos que se le presentaron. Su consejo siempre era certero y atinado. Sabía muy bien cómo administrar los asuntos del reino espiritual para gloria de Dios y beneficio de los hombres. También tenía fama de fuerte y valiente en el modo de enseñar los caminos de Dios, sin temor a los hombres ni acepción de personas (Mt. 22:16). Su conocimiento de Dios y su íntima comunión con el Padre fueron inigualables (v. Mt. 11:27; Lc. 10:22; Jn. 1:18; 6:46; 10:15; 17:21, 25).
3. Su gobierno estará caracterizado por la justicia y la equidad (vv. 3b–5): «No juzgará según las apariencias, puesto que sabrá lo que hay en el interior del hombre (Jn. 2:25), ni decidirá por lo que sepa de oídas, no tendrá que recurrir a informaciones de segunda mano, como suele ocurrirles a los gobernantes de este mundo. Estará siempre ceñido de justicia y de fidelidad (v. 5); serán para Él ceñidor de honor y cinturón de fortaleza. Así no habrá nadie que se le oponga ni le resista cuando haga justicia a favor de los necesitados (hebr. dalim) u oprimidos, y de los mansos de la tierra (hebr. anwey érets, esto es, los anawim Jehová, los pobres en el espíritu de Mt. 5:3)». Las dos últimas frases del versículo 4 están construidas en paralelismo de sinonimia, por lo que han de leerse del modo siguiente: «y herirá (al culpable de) la tierra con la vara de su boca, y con el aliento (hebr. ruaj) de sus labios matará al impío». Un vistazo a 2 Tesalonicenses 2:8, compárese con Apocalipsis 19:15–21, nos ayudará a comprender dicho paralelismo.
4. Durante su reinado habrá gran paz y tranquilidad (vv. 6–9, comp. con 9:6). La paz, como cúmulo de todos los bienes, se cifra especialmente en dos bienes fundamentales:
(A) La unidad o concordia, descrita en los versículos 6 y 7, hasta el punto de que el lobo morará pacíficamente con el cordero. Del mismo modo, los hombres de peores disposiciones temperamentales se avendrán a convivir pacíficamente durante el reinado milenario del Mesías. Cristo, que es nuestra paz, vino a matar las enemistades y establecer entre los suyos una paz fundada en el amor; esto no se logra por completo ahora, debido al poder del pecado que todavía anida en nuestra naturaleza caída. El leopardo, lejos de devorar al cabrito, se acostará con él. Y como el carácter depende, en gran parte, de la dieta, los animales carnívoros se volverán vegetarianos (v. 7). Esto se cumple, en sentido espiritual, en las personas que de veras y con todo el corazón reciben el Evangelio de Jesucristo: quienes eran, antes de su conversión, temibles y feroces como leones, se tornan después amables y mansos como corderos. Entonces se cumplirá también lo de 2:4.
(B) La seguridad o tranquilidad libre de temores. Cristo, el gran Pastor de las ovejas, cuidará de su rebaño, no sólo para que no se destruyan unas a otras, sino también para que no se le permita a ningún enemigo del exterior la ocasión de molestarlas. El pueblo de Dios será libertado, no sólo del mal, sino también del temor al mal. El fruto de todo esto será la afabilidad y docilidad de los hombres, una excelente disposición para recibir instrucción, de forma que «la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar» (v. 9b). No habrá tampoco temor de las fieras, pues los animales que ahora son tremendamente feroces y temibles, serán entonces tan mansos que un niño los pastoreará (v. 6, al final). Se nos presenta una condición paradisíaca. Igualmente, el áspid y la víbora dejarán de destilar su ponzoña (v. 8), de modo que los padres podrán permitir a sus niños pequeños jugar impunemente con ellos. Donde antes había engendros de víboras, habrá generaciones de santos.
Versículos 10–16
Una ulterior profecía del avance y extensión del reinado del Mesías bajo la figura de Judá en los postreros años del reinado de Ezequías, tras de la derrota de Senaquerib.
1. Esta predicción se cumplió en parte cuando las grandes cosas que Dios había hecho por Ezequías y por su pueblo fueron como un pendón o señal para los pueblos circunvecinos; por este motivo envió el rey de Babilonia a sus embajadores en visita a Ezequías, y Jerusalén mostró su gloria (v. 10). Muchos israelitas de las tribus del norte, que habían sido forzados por el rey de Asiria a emigrar de su país, se animaron a regresar a su patria y a ponerse bajo la protección del rey de Judá.
2. Se volvió a cumplir en parte con el edicto de Ciro, cuando un remanente, no muy crecido, regresó a Palestina, según se nos narra en los libros de Esdras y Nehemías.
3. Su cumplimiento definitivo se llevará a cabo en los últimos días. Un augurio de la definitiva repatriación de los judíos lo tenemos ya desde el establecimiento oficial del Estado de Israel en 1948, «la vuelta en incredulidad de los judíos a Palestina que estamos presenciando en nuestros días», como dice Trenchard. Pero, como señala el mismo autor, la repatriación final que aquí contempla Isaías será llevada a cabo, no por obra de la iniciativa humana, sino por la iniciativa directa y soberana de Dios mismo. Nótense los siguientes detalles:
(A) «La raíz de Isaí (v. 10), la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes». Cuando Jesús, esa raíz, fue crucificado, fue levantado de la tierra, como un pendón y un faro, de forma que todos habían de ser atraídos a Él (Jn. 12:32). Las gentes, esto es, los gentiles, comenzaron a buscar a Jesús cuando aquellos griegos de que nos habla Juan (Jn. 12:21) dijeron: «Queremos ver a Jesús» (v. el comentario a este versículo).
(B) La vuelta final de los expatriados se describe, en los versículos 11 y ss., sobre el esbozo de lo que ocurrió en la vuelta de los deportados a Asiria y Babilonia:
(a) El Señor mismo (v. 11. El hebreo dice Adonay, no Jehová) alzará su mano para recobrar a los suyos de todos los lugares a los que fueron esparcidos (v. 12, «… los dispersados de Israel … los esparcidos de Judá», dice lit. el hebreo). Hasta el final, el pueblo de Dios se halla en continua «diáspora» (v. Stg. 1:1; 1 P. 1:1).
(b) Tanto los procedentes del reino del norte como los procedentes de Judá volverán a sentirse hermanos, procedentes de un padre común (v. 13, comp. con Jer. 3:18; Ez. 17:22; 37:16; Os. 1:11).
(c) Los que se encuentren allende el Mediterráneo volarán sobre los hombros de los filisteos (v. 14), como aves de presa que se lanzan sobre su víctima, aunque la figura describe, más bien, la orografía de Palestina. Dice Slotki: «La tierra de los filisteos, en su declive hasta el Mediterráneo bien podía ser vista desde las colinas de Judá como un hombro».
(d) Los de oriente (v. 14b, lit. Ios hijos del este) eran las tribus árabes que vivían en el desierto oriental.
(C) Todo lo que podría impedir o estorbar el regreso de los expatriados (o esparcidos) será quitado de en medio (vv. 15, 16). «Y secará Jehová la lengua del mar de Egipto, es decir, el mar Rojo, como lo hizo cuando salieron los israelitas bajo la conducción de Moisés, y con un viento abrasador agitará su mano sobre el río, esto es, el Éufrates, y lo dividirá (lit. herirá) en siete corrientes, es decir, en multitud de corrientes». De esta manera, el volumen de agua será tan escaso que podrán pasar por él en sandalias, es decir, a pie enjuto. Lo que era un obstáculo insuperable, tanto del lado de Egipto como del de Asiria, se convertirá en camino real (hebr. mʾ sillah) por donde podrán regresar tranquila y fácilmente.
La salvación prometida en el capítulo anterior fue comparada a la de «Israel el día que subió de la tierra de Egipto» (11:16, al final). Y así como Moisés y los hijos de Israel cantaron entonces un cántico de alabanza a la gloria de Dios (Éx. 15:1), así también el pueblo de Dios entonará el maravilloso cántico que vemos en el presente capítulo, cuando la raíz de Isaí sea puesta por enseña del pueblo y se convierta en el deseo y el gozo de todas las naciones. En aquel día: I. Todo creyente entonará un cántico de alabanza (vv. 1–3). II. Muchos se unirán en el cántico de alabanza a Dios por el común beneficio resultante de esta salvación (vv. 4–6).
Versículos 1–3
Ésta es la primera parte del himno de alabanza preparado por Isaías para que lo cantasen los israelitas en las grandes liberaciones que Dios hacía a favor de ellos y, especialmente, para que se cante cuando el Mesías venga a inaugurar su reino milenario en este mundo.
1. La promesa es segura, y las bendiciones contenidas en ella, cuando Dios las otorgue, serán materia de alabanza y de acción de gracias para todos los súbditos del reino mesiánico.
2. «En aquel día dirás (v. 1), esto es, cada uno de vosotros habrá de decir: Yo te alabo (lit. te daré gracias), Jehová; pues, aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó y me has consolado.» Aun cuando se haya enojado Dios contra nosotros a causa de nuestros pecados, no hemos de cesar por eso en nuestras alabanzas y acciones de gracias a Él. Por medio de Jesucristo, la raíz de Isaí, la indignación de Dios contra la humanidad ha sido apartada (2 Co. 5:19). Y a los que Dios reconcilia consigo mismo, también los consuela. Dios lleva, a veces, a los suyos al desierto para hablarles al corazón (Os. 2:14).
3. Se les enseña a triunfar en Dios (v. 2): «He aquí, Dios es mi salvación» (hebr. yeshuatí; ¡Jesús para mí!) No sólo es el Salvador, sino que es mi salvación, en quien estoy seguro. Tendremos trabajo que hacer y tentaciones que resistir, pero podemos depender de Él para ser capaces de trabajar y de vencer las tentaciones. En lo más oscuro de la tribulación, podemos depender de Él y darle gracias, pues Él da cánticos en la noche (Job 35:10).
4. Obsérvese el título que aquí se le da a Dios (v. 2b): «Yah Jehová»; Yah es una abreviatura de Jehová. Con esa repetición se pone de relieve el carácter eternamente inmutable de Dios, lo cual es un grandísimo consuelo para quienes han puesto su confianza en Él como su fuerza y su cántico.
5. «Por consiguiente (v. 3), es decir, porque Jehová es vuestra fuerza y vuestro cántico y será vuestra salvación (el hebreo lleva un vau consecutivo que falta en nuestras versiones—nota del traductor—), con gozo sacaréis aguas de las fuentes de la salvación (hebreo yeshuah, Jesús)» Cuando se nos cumplen las grandes promesas de Dios y se nos invita a que nos abrevemos con abundancia en las fuentes de la salvación, no podemos menos de hacerlo con sumo gozo. No olvidemos que el agua tenía para los orientales un valor especial, y compárese con Jeremías 2:13; Jueces 5:11.
Versículos 4–6
Ésta es la segunda parte del cántico de Isaías; aquí se invita a todos a unirse a este cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios por una salvación tan grande.
1. Los habitantes de Sion y Jerusalén (v. 6), a quienes Dios había protegido de la violencia de Senaquerib, debían ser los primeros y los más celosos en tributar a Dios estas alabanzas y acciones de gracias. «Moradora de Sion» es femenino, no precisamente porque Isaías se dirija aquí a las mujeres, como opina M. Henry, sino porque «Sion, como en cualquier otro lugar, es llamada como una mujer» (Slotki).
2. La exhortación no es sólo a alabar a Dios y darle gracias, sino también a invocar Su nombre en oración (comp. con Ro. 10:13) y a declarar en los pueblos Sus obras y proclamar que Su nombre es sublime, exaltado (v. 4b, comp. con 1 P. 2:9b).
3. Todos estos anuncios y todas estas proclamaciones han de hacerse, conforme al gozo del versículo 3, de forma que expresen en todos los tonos la alabanza y la gratitud que brotan del corazón. Por eso, el versículo 5 comienza con estas palabras: «Cantad (lit. tañed, con instrumento de cuerda) a Jehová, etc.», y el versículo 6 empieza con un «da gritos de júbilo y canta». No sólo hemos de dar gritos de júbilo cuando obtenemos personalmente la salvación, sino también cuando vemos a otros que son salvos mediante la predicación del Evangelio, como quienes gritan para celebrar la victoria (Éx. 32:18) o en las aclamaciones a un rey (Nm. 23:21).
4. El versículo 6b apunta el motivo principal que hace surgir los gritos de júbilo: «Porque grande es en medio de ti (Sion) el Santo de Israel». Es infinitamente glorioso por ser infinitamente santo. ¡Qué felicidad para Israel (y para todo creyente sincero) que el Dios que ha hecho pacto con ellos y mora en medio de ellos, es infinitamente grande!
Hasta ahora, las profecías de este libro tenían que ver únicamente con Israel y Judá y, especialmente, con Jerusalén. Pero ahora el profeta comienza a leerles la sentencia a los reinos circunvecinos, porque el que es Salvador de los suyos es también el Soberano de las naciones. Las naciones aludidas aquí y en los capítulos siguientes son aquellas que conciernen, de un modo u otro, a la historia de Israel (v. Dt. 32:8, 9). Las amenazas que hallamos contra ellas tenían por objeto animar a los israelitas temerosos de Dios, pero aterrados y oprimidos por estos poderosos y malvados vecinos. Este capítulo y el siguiente contienen lo que Dios tenía que decir a Babilonia y a su rey, quien, más adelante, había de ser el mayor enemigo de Israel y por medio del cual había Dios de ajustarles a ellos las cuentas. En este capítulo tenemos: I. Una revista general de las fuerzas que habían de ser empleadas contra Babilonia (vv. 1–5). II. La sangrienta tarea que estas fuerzas habían de llevar a cabo en Babilonia (vv. 6–18). III. La completa ruina y desolación de Babilonia (vv. 19–22).
Versículos 1–5
El título general del libro de Isaías es: «Visión de Isaías, hijo de Amós» (1:1), pero la inscripción particular del presente mensaje es: «Carga (hebr. massá) de Babilonia». El texto sagrado llama «carga» a todo oráculo de Dios que encierra una advertencia amenazante o una sentencia de destrucción. Aunque en tiempo de Isaías, Babilonia era una provincia dependiente de la monarquía asiria, cuya capital era Nínive, se había de sublevar más tarde y convertirse en monarquía independiente, hasta llegar en tiempo de Nabucodonosor al pináculo de su poderío. El profeta anunciará más tarde (39:6) la cautividad de los judíos en Babilonia, pero ahora convoca a las naciones que Dios usará como instrumentos para la destrucción de Babilonia. El profeta da el nombre de dichos instrumentos (v. 17): los medos, quienes, en unión con los persas, bajo las órdenes de Darío el medo y de Ciro el persa, habían de llevar a cabo la ruina de la monarquía babilónica.
1. Babilonia es llamada aquí (v. 2) «puertas de los nobles», a causa de la abundancia de moradas nobiliarias que en ella se hallaban y, en especial, como hace notar Slotki, como «insinuación del nombre de Babilonia, derivado de Babel (Bab-ilu), “puerta de Dios”. La etimología tradicional hebrea del nombre es “confusión” (Gn. 11:9)». Pero no sólo la ciudad, sino todo el país, reciben la sentencia de destrucción (v. 5), porque, aun cuando los nobles eran los jefes en la persecución contra el pueblo de Dios, toda la nación les apoyaba en esta empresa.
2. Las personas convocadas para llevar a cabo la destrucción de Babilonia son llamadas aquí (v. 3) los consagrados de Dios, en el sentido de que Dios los escoge y los separa, los pone aparte, para que lleven a cabo el objetivo que Su providencia se ha propuesto. Insinúa que, en la intención de Dios, aunque no en la de ellos, es una guerra santa. La intención de ellos era ensanchar las fronteras de su imperio, pero la de Dios era llevar a cabo la liberación de Su pueblo. Ciro, en particular, es llamado «ungido» (hebr. meshijó,
¡mesías!) de Jehová (45:1), porque lo había destinado Dios para llevar a cabo esta obra de liberación de los deportados de Judá, y ser así tipo del gran Mesías, del gran Libertador que había de venir. En ese mismo lugar (45:1) leemos que, en su expedición, Dios le tomó por su mano derecha. Aunque Ciro no conocía al Dios verdadero, Dios le usó como siervo Suyo (45:4).
3. También llama Dios a tales personas «mis valientes» (v. 3b; hebr. guiboray, el mismo vocablo de 9:6), porque recibían de Dios su fuerza y la iban a usar al servicio de Él. Son numerosos (v. 4): «multitud … mucha gente … reinos … naciones reunidas». No son tropas inexpertas, rudas, sino tropas regulares, bien disciplinadas y conocedoras del arte de la guerra. Y «vienen de tierra lejana, de lo más lejano de los cielos» (es decir, de los confines del horizonte, donde parece que el cielo se toca con la tierra). Para los judíos, las regiones de Medo-Persia eran como los confines del mundo conocido. Y añade que vienen … a destruir toda la tierra (v. 5b), porque «se suponía que Babilonia abarcaba todo el mundo civilizado» (Slotki).
4. El llamamiento que se hace a tales ejércitos es efectivo. Tras de «levantar bandera en un alto monte y gritarles» (v. 2), ya se han congregado rápidamente, pues (v. 4) … Jehová de las huestes pasa revista a las tropas para la batalla».
Versículos 6–18
Descripción de la terrible desolación que los medos y los persas iban a llevar a cabo en Babilonia.
1. Los que ahora se sentían seguros, habían de aullar (v. 6) … porque cerca está el día de Jehová; vendrá como una destrucción de parte del Todopoderoso (hebr. mi-Shadday, de parte del Todosuficiente)». Con la sola excepción del vocablo inicial del versículo («Aullad»), todo el versículo se repite al pie de la letra en Joel 1:15. La mención del «Día de Jehová» es aquí muy apropiada, pues la destrucción de la Babilonia histórica era tipo de la destrucción de la Gran Babilonia de Apocalipsis capítulos 17 y 18, que se llevará a cabo durante el «Día de Jehová» por antonomasia, dentro de la Gran Tribulación final (comp. el v. 10 con Ap. 6:12 y 13).
2. A los atacados les había de fallar el corazón (v. 7, lit. se les derretirá), hasta llenarse de terror y de angustia (v. 8). Los que, en días de paz, eran arrogantes y altivos, soberbios y tiranos (v. 11), cuando venga el apuro se convertirán en cobardes y débiles (vv. 7, 8): Toda mano se debilitará, incapaz de manejar ninguna arma, todo corazón de hombre (hebr. enosh, que pone de relieve la debilidad del hombre) se derretirá como la cera ante el fuego. Tal será el terror, que cada cual se asustará al mirar a su compañero, al ver reflejado en el rostro del vecino el mismo terror que cada uno siente. Tendrán el rostro encendido de vergüenza y de rabia impotente.
3. Como en muchos otros lugares, el versículo 10 nos ofrece los fenómenos astronómicos que señalan una intervención extraordinaria de Dios para castigar a los rebeldes e inaugurar una nueva era (comp. con 5:30; 24:23; 50:3; Ez. 32:7; Jl. 2:10; Mt. 24:29; Mr. 13:24; Lc. 21:25; Hch. 2:20; Ap. 6:12, 13).
4. Dios los castigará por su iniquidad (v. 11), particularmente por su soberbia. Ese orgullo ha de ser ahora abatido; especialmente, el de Nabucodonosor y el de su nieto Belsasar, quienes, más que ningún otro tirano, habían atropellado al pueblo de Dios.
5. Tan grande será la matanza, que los varones resultarán más escasos que el oro fino (v. 12). Países de suyo populosos, quedan despoblados con las guerras.
6. La confusión de los vencidos será semejante a una gran sacudida de cielos y tierra, por obra de la indignación de Jehová (v. 13). Dice Moriarty: «la palabra reash, “sacudir”, “moverse”, es, por así decirlo, el término técnico que expresa la vuelta al caos primordial en el período escatológico en que Dios inaugura su día». Y aquella Babilonia que antaño era como un león rugiente y un oso enfurecido, será ahora (v. 14) «como gacela perseguida, que se apresura a escapar del cazador, y como oveja sin pastor, que no acierta a volver al rebaño». El pánico les dirá interiormente: «¡Sálvese quien pueda!»; así que (v. 14b), «cada cual enfilará hacia su pueblo, y cada uno huirá a su tierra».
7. Será escena de sangre y horror, como es corriente cuando la espada devora. El conquistador no concede armisticio, sino que pasa a todos a cuchillo. Quienes vengan en ayuda de ellos correrán la misma suerte. Puesto que, en el furor de la guerra, quedan silenciadas las más sagradas leyes de la naturaleza y de la humanidad, los conquistadores emplearán los métodos más bárbaros (v. 16): «Sus niños serán estrellados ante sus ojos … y violadas sus mujeres».
8. El enemigo será inexorable. Estos medos, en unión con los persas, no aceptarán soborno (v. 17):
«no estiman la plata ni codician el oro». No tendrán compasión de los jóvenes que están en la flor de la vida, ni de los niños, aun de los recién nacidos (el «fruto del vientre»).
Versículos 19–22
1. Destrucción final de Babilonia (v. 19), aquella ciudad que era «la joya de los reinos, prez y orgullo de los caldeos». En efecto, ella era la cabeza de oro de Dn. 2:37, 38, la «señora de reinos» de 47:5, la que era alabada por toda la tierra (Jer. 51:41), como una agradable gacela, aunque ahora ya era como gacela perseguida (v. 14) y alcanzada. Se añade que había de ser destruida (v. 19b) «como cuando destruyó Dios a Sodoma y Gomorra», es decir, de improviso y con total destrucción. En efecto, Babilonia fue tomada cuando Belsasar estaba en su orgía; y, aun cuando Ciro y Darío no la destruyeron por completo, su ruina se completó gradualmente.
2. Se predice aquí (v. 20) que «nunca más será habitada». En tiempo del emperador Adriano (76– 138) no quedaba sino el muro. Y, aunque de Nínive estaba profetizado que, cuando quedase desierta y desolada, aún habían de yacer rebaños en medio de ella, aquí se dice de Babilonia (vv. 20b, 21) que «ni levantará allí tienda el árabe, ni los pastores tendrán allí majada»; es decir, «incluso las tribus nómadas del desierto la evitarán» (Slotki). En cambio, será morada de fieras del desierto, que gustan de la soledad, y sus casas se llenarán de hurones (o búhos). El significado del hebreo ojim es incierto, pues es un vocablo que no sale en ninguna otra parte de la Biblia. Añade el profeta que «allí habitarán avestruces (comp. con 34:13; 43:20 y Jer. 50:39) y allí danzarán los sátiros». Aunque el hebreo seirim significa también cabras, es más probable la versión que ofrecemos. Los sátiros eran demonios en forma de machos cabríos, que se suponían tener reuniones en los prados desiertos. En vascuence existe el vocablo aquelarre, que significa «prado del macho cabrío». La enciclopedia del Reader’s Digest da la siguiente definición y descripción de «aquelarre»: «Junta o reunión nocturna de brujos y brujas. En la Edad Media se creía que ocurrían tales reuniones, y que las presidía Satanás en figura de macho cabrío, en algún prado, donde los participantes se entregaban a orgías desenfrenadas y a la práctica de las artes de hechicería». Un cuadro de Goya, existente en el Museo Lázaro Galdeano de Madrid, ha recogido una de esas escenas.
3. Benjamín Bar-Yona, en su Itinerario, al hablar de Babel, tiene estas palabras: «Ésta es aquella Babel que se extendía por treinta millas y ahora está desolada. Allí están las ruinas de un palacio de Nabucodonosor, pero nadie se atreve a entrar allí, por miedo a las serpientes y a los escorpiones que se han posesionado del lugar». Se insinúa aquí (v. 22b) que la hora de su destrucción estaba al llegar. Esta profecía de la destrucción de Babilonia tenía por objeto sostener y animar al pueblo de Dios cuando se encontrasen allí cautivos y grandemente oprimidos. Su cumplimiento se llevó a cabo casi 200 años después de haber sido pronunciada.
En este capítulo: I. Se añade más peso a la carga de Babilonia. 1. Es defendida la causa de Israel en esta reyerta con Babilonia (vv. 1–3). 2. El rey de Babilonia será abatido (vv. 4–20). 3. Será exterminada toda la raza de los babilonios (vv. 21–23). II. Una confirmación de tal profecía sobre la destrucción de Babilonia, que estaba muy distante en el tiempo, se incluye aquí en la profecía sobre la destrucción del ejército asirio, que había invadido el país; hecho que ocurrió no mucho después de la declaración de la presente profecía (vv. 24–27). III. Se predice aquí el éxito de Ezequías contra los filisteos, y los beneficios que el pueblo había de obtener con ello (vv. 28–32).
Versículos 1–3
Babilonia va a ser destruida a causa de la misericordia que Dios tiene reservada para Su pueblo. La opresión que los Suyos han sufrido ha de ser vengada en la cabeza de sus perseguidores. El yugo que ha puesto Babilonia sobre el cuello de ellos ha de ser quebrantado para que ellos sean puestos en libertad.
1. La base de estos favores a Israel es la compasión de Dios hacia Jacob (v. 1), esto es, a los descendientes de Jacob, deportados ahora en Babilonia, y la elección, nunca revocada (v. Zac. 1:17; Ro. 11:29), de Israel como pueblo escogido de Dios, aunque de momento parezca que Dios los ha rechazado.
2. Los favores específicos que les otorgará todavía:
(A) «Le hará establecerse en su tierra (v. 1b), de la que fueron deportados—la Tierra Santa, la Tierra Prometida—; y a ellos se unirán extranjeros, y se juntarán a la familia de Jacob» (56:3, 6; 60:4, 5, 10; Ef. 2:12–19). Les dirán: Dejadnos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros (Zac. 8:23b).
(B) Estos prosélitos les habían de ser de gran ayuda en su retorno a la patria (v. 2): «Y los tomarán los pueblos y los traerán a su lugar» lo cual es una predicción de lo que Ciro había de hacer a favor de ellos, dejándoles marchar (v. Esd. 1:4, 6), no por estar asqueados de ellos, como pasó con los egipcios, sino por amor hacia ellos.
(C) Estos prosélitos, no sólo marcharían con ellos, sino que les servirían como criados y criadas en la tierra de Jehová; de tal forma que se cambiarían las tornas en la relación amo-criado (v. 2b): «Cautivarán a los que los cautivaron y dominarán sobre los que los oprimieron». Esto no indica un espíritu de revancha por parte de los israelitas, sino de justa compensación por la opresión que Israel había experimentado en Babilonia.
(D) Israel había de conocer un dichoso final de todas sus aflicciones (v. 3): «En el día en que Jehová te de reposo de tus trabajos, de tu desazón y de la dura servidumbre en que te hicieron servir». Dios mismo se compromete a llevar a cabo este bendito cambio.
Versículos 4–23
Los reyes de Babilonia fueron, sin solución de continuidad, opresores del pueblo de Dios. La monarquía babilónica pretendía ser absoluta, universal y perpetua y, con estas pretensiones, intentaba competir con el Omnipotente. Era, pues, justo que fuese abatida y que su último rey, Belsasar, fuese asesinado la misma noche en que fue tomada Babilonia (v. Dn. 5:30). Veamos:
1. La caída del rey de Babilonia. De ella se hace aquí una hermosa y pintoresca dramatización, y se nos da un relato de la vida y muerte de este poderoso monarca: «¡Cómo terminó el opresor!» (v. 4b), descendiendo al Seol … por cuanto el terror de los fuertes fue en la tierra de los vivientes (Ez. 32:27).
(A) La prodigiosa altura de poder y riquezas a la que este monarca y su monarquía habían llegado. Según el texto masorético actual, la última frase del v. 4 viene a decir de Babilonia, «la que exigía oro». Los modernos expositores rechazan esta expresión por ser un inusitado arameísmo y cambian el dálet por resh, y hacen que diga «insolente», y así es como aparece en nuestras versiones (nota del traductor). Lo cierto es que el rey de Babilonia vivía en la opulencia, era la cabeza de oro de Daniel 2:38, que dominaba a las naciones con cetro de terror (v. 6), hasta abatirlas (v. 12). Tan poderosos y numerosos eran sus ejércitos que hacía temblar la tierra (v. 16); todos sus vecinos tenían miedo de él y se veían forzados a someterse a él.
(B) El perverso abuso que hacía de su riqueza y de su poder:
(a) Se le menciona con el epíteto de opresor (v. 4), de bastón de los impíos y cetro de los déspotas (v. 5), el que hería a los pueblos (v. 6), no con justicia, sino con furor, y continuamente, con llagas permanentes, no para reforma y corrección, sino con ira y con acoso sin tregua. De forma que el que dominaba a todos cuantos se hallaban en derredor suyo, no sabía nunca dominarse a sí mismo.
(b) El versículo 17 describe hasta qué punto llegó su crueldad: «Puso el mundo como un desierto, tan grande fue la devastación que llevó a cabo; por doquier asoló sus ciudades, de forma que no quedase de ellas ni el recuerdo, y a sus presos nunca abrió la cárcel; les hacía sufrir cadena perpetua, sin esperanza alguna de regresar a sus hogares». Esto lo hizo especialmente con los judíos, pero no fue más benigno con sus propios súbditos (v. 20): «destruiste tu tierra, mataste a tu pueblo».
(c) A esto se añadía su orgullo, altivez y arrogancia. Se toma nota aquí de su pompa (v. 11), esto es, de la extravagancia en el séquito, del lujo de la vestimenta, de la suntuosidad en el mueblaje, etc. Pero era sobre todo la presunción orgullosa de su fantasía lo que le hizo madurar para la ruina (vv. 13, 14): «Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono». Como Satanás, aspira a ser igual a Dios. Todo este pasaje ha sido aplicado, desde antiguo, al diablo, pero no es éste el sentido literal de la porción, ni los judíos lo entendieron jamás así. El monte de la reunión es, con alguna probabilidad, Sion (comp. con Sal. 48:3), aunque no puede descartarse la opinión de que Isaías se refiera a la montaña sagrada de la mitología babilónica. Dice Slotki: «La ambición de Nabucodonosor en unirse a la asamblea de los dioses principales de su pueblo». Moriarty hace notar que Elyón (Altísimo) (v. 14) «es un epíteto que se aplica a Él, el dios supremo en la mitología de Canaán». Entre los fundadores de la monarquía asiria había algunos que habían sido deificados y sus nombres habían sido puestos a ciertas estrellas, pero el monarca de Babilonia quería subir «por encima de las estrellas de Dios» (v. 13).
(C) La ruina total que le había de sobrevenir:
(a) Se predice que su poder y su riqueza serán quebrantados. Ha sido un opresor por largo tiempo, pero el opresor (no sólo la opresión) va a terminar (v. 4). A los que no cesan de pecar, Dios les hará cesar de existir. Dios, Jehová, ha quebrantado su bastón y su cetro (v. 5). Y él mismo queda cortado por tierra (v. 10), es decir, talado y derribado en tierra. Su fuerza ha resultado tan débil (v. 10) como la de cualquier otro rey que acabó en el sepulcro y, con él, descendió al Seol su pompa (v. 11).
(b) Este poderoso príncipe, que solía dormir en un lecho de edredón, tendrá ahora (v. 11) «gusanos por cama y gusanos que le cubrirán». Aun cuando se hacía venerar como dios, se comprobará que estaba hecho del mismo material que los demás hombres. «Todos los reyes de las naciones (v. 18) yacen con honor, cada uno en su morada», es decir, tienen su propio sepulcro, pero este rey de Babilonia es echado (v. 19) de su sepulcro como un brote abominable, como una planta ponzoñosa que nadie se atreve a tocar, en lugar de una mortaja regia, con su cadáver embalsamado, estará «vestido (lit.) de muertos pasados a cuchillo», es decir, rodeado de los cadáveres de sus soldados, y «como cadáver pisoteado» por los caballos y los soldados que habrán pasado sobre él. Ese «ellos» del versículo 20 se refiere, no a sus antepasados, sino a los reyes del versículo 18.
(c) Ahora que está muerto, toda la tierra está en reposo y en paz (v. 7), pues él era el gran perturbador de la paz internacional; y no sólo los seres humanos prorrumpen en aclamaciones (v. 7b), sino que hasta los cipreses y los cedros del Líbano (v. 8) están de fiesta, pues se creen seguros ahora que no hay peligro de que los talen para proveer de maderamen al monarca. Si esto se toma como símil para simbolizar a los príncipes de los países circunvecinos (v. Zac. 11:2), esos príncipes se sentirán ahora a salvo de ser desposeídos de sus derechos reales.
(d) Los muertos le darán la bienvenida (vv. 9, 10), especialmente los príncipes y reyes, porque el tan temido rey de Babilonia ha corrido la misma suerte que ellos, y ha descendido al sepulcro como los demás. Como muy bien hace notar Trenchard, «el “rey” no es tanto Nabonido, quien, con su “hijo” Belsasar, regía el imperio en el momento de su caída, sino la encarnación de todo el orgullo carnal de Babilonia, que fue representado por la cabeza de oro de la imagen de Daniel capítulo 2 y por el león con alas de águila en la visión de las bestias de Daniel capítulo 7».
(e) El que pensaba poner su trono por encima de las estrellas (v. 13), no sólo ha caído del cielo (v. 12) a la tierra, sino desde la tierra al Seol (v. 11) con toda su pompa. Se le llama «lucero» (hebr. heilel) e
«hijo del alba» (hebr. ben shájar). Como ya dijimos—nota del traductor—, algunos escritores eclesiásticos de los primeros siglos de la Iglesia aplicaron esto a Satanás, de donde le vino el apodo de «Lucifer». El propio Trenchard dice: «Muchos expositores han visto aquí por lo menos una ilustración del orgullo y de la ambición de Satanás, quien, por soberbia y ambición, cayó de su sublime lugar angelical». Lo curioso del caso es que la Biblia aplica el epíteto de «Lucifer» (gr. phosphóros, portador de luz), no a Satanás, sino al Señor Jesucristo en su parusía o Segunda Venida, como puede comprobarse leyendo 2 Pedro 1:19 (donde el gr. phosphóros corresponde al hebr. heilel de Is. 14:12), a la luz de Isaías 60:1, 2; Lucas 1:78.
(f) ¿Cómo ha podido un lucero de tal magnitud convertirse en un pedazo de barro putrefacto? ¿Ha caído jamás un ser humano de tal elevación de honor y poder a tal abismo de vergüenza y miseria? (v. 15). «Se inclinan hacia ti los que te ven, te contemplan de cerca asombrados (v. 16), diciendo: ¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que sacudía los reinos …? ¿Quién habría imaginado que iba a parar en esto? (v. Sal. 82:7). Vienen a comentar: «¿Hubo jamás un hombre a quien la muerte produjese un cambio tan tremendo como a este? ¿Es posible que un hombre, que hace pocas horas parecía tan grande, parezca ahora tan horrible, tan despreciable?
(D) La consecuencia que el profeta saca de esto (v. 20b): «No será mencionada para siempre la descendencia de los malignos (o malhechores)». Los príncipes de la monarquía babilónica eran unos malhechores y, por consiguiente, habían de llevar su infamia como blasón deshonroso de su linaje. Los caminos del pecado carecen de prestigio.
2. Se predice también aquí la ruina total de la familia real, junto con la de la ciudad regia.
(A) La familia real será completamente extirpada. A los medos y persas, que van a ser empleados en esta obra destructora, se les ordena que, cuando hayan dado muerte a Belsasar, preparen para sus hijos el matadero (v. 21). Nabucodonosor había ordenado la muerte de los hijos de Sedequías (Jer. 52:10) y, por esta iniquidad suya, a sus descendientes se les paga con la misma moneda, para que no se levanten ni posean la tierra, no sea que hagan en su tiempo tanto daño como hicieron sus antepasados en sus días. La providencia de Dios vela por el bien de las naciones más de lo que nosotros nos apercibimos, pues hace que mueran tempranamente algunos que, si viviesen por más tiempo, harían daños incalculables.
(B) La ciudad imperial ha de ser demolida y abandonada (v. 23). Va a ser el patrimonio (v. 23), la posesión perpetua, de erizos (también podía significar alcaravanes, aves de mal agüero comp.—con 34:11—) y en pantanos, agua estancada, maloliente, donde la ciénaga cultiva miasmas e insectos malignos.
Versículos 24–32
Pasaron cerca de 200 años desde la predicción de la caída de Babilonia hasta su cumplimiento. La gente a quienes Isaías anunciaba este futuro acontecimiento podía decirle: «¿Qué nos va a nosotros en eso?» A esta posible pregunta, el profeta se adelanta a responder con otra predicción de la ruina que en breve iba a sobrevenir a los asirios y a los filisteos. Esto vendría a ser como prenda de la futura liberación de las garras de los babilonios.
1. Se da seguridad de la destrucción de los asirios (v. 25): «Quebrantaré al asirio en mi tierra». Senaquerib trajo a Judá un formidable ejército, pero Dios lo quebrantó por completo. Solamente Dios va a hacerlo; nadie pondrá un solo dedo para colaborar en la empresa. El quebrantamiento del poder asirio será el quebrantamiento del yugo que pesa sobre el cuello del pueblo de Dios (v. 25b): «Su yugo será apartado de ellos y su carga será quitada de sus hombros». Y la profecía es ratificada y confirmada con juramento (v. 24): «Jehová de las huestes juró …». Lo que aquí se dice en este caso particular tiene aplicación en todo lo que Dios se propone. El quebrantamiento del poder asirio viene a ser un ejemplo de lo que Dios había de hacer con todas las naciones que maquinasen el mal contra Judá (vv. 26, 27), como después contra la Iglesia. Esto es aún verdad y siempre lo será. Dios es el enemigo de los enemigos de Su pueblo (Éx. 23:22). Todos los poderes de la tierra quedan retados a cambiar los planes de Dios (v. 27): «Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, y ¿quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?»
2. También se da seguridad de la destrucción de los filisteos y de su poder. Esto ocurrió (v. 28) «en el año en que murió el rey Acaz», esto es, el año 720 a. de C. A los filisteos se les reprocha por el triunfo que consiguieron al morir el rey Uzías, quien había sido para ellos como una culebra (v. 29b), abatiendo su poderío (v. 2 Cr. 26:6)—aun cuando Slotki da como más probable que se refiera a la muerte de Tiglat- pileser III en el año 727, a la de Salmanasar IV en 722 o a la de Sargón en 705, y aun a la del propio Acaz en 720—. Lo cierto es que, cuando Uzías se vio obligado a abdicar en su hijo Acaz, se anunció con gozo en Gat y se publicó en las calles de Ascalón (hebr. Ashkelón). Hicieron represalias contra Acaz y tomaron muchas ciudades de Judá (2 Cr. 28:18), pero de la raíz de la culebra salió una víbora, un adversario más temible que Uzías, su nieto Ezequías, quien batió a los filisteos hasta Gaza (2 R. 18:8). Lo que de Filistea quede, su raíz (v. 30b) será destruida por el mismo Dios, pues la hará morir de hambre, mientras los menesterosos de Judá (v. 30) vivirán seguros y bien alimentados. Toda Filistea aullará (v. 31) y se derretirá de miedo, porque vendrá una humareda del norte. Dice Moriarty: «Las fuerzas asirias se comparan a la tormenta que viene del norte». Y del ejército asirio, ningún recluta faltará a la revista de tropas ni desertará en medio del combate (v. 31b).
3. El buen uso que de tales acontecimientos ha de hacer el pueblo de Dios para su propio consuelo y aliento (v. 32): «¿Y qué se responderá a los mensajeros de las naciones?» Resulta oscuro el sentido de esta pregunta. ¿A qué «naciones» se refiere el profeta? Dice Slotki: «Probablemente, enviados de Filistea que busquen una alianza con Judá». Ryrie comenta con mayor seguridad: «Acaz era pro-asirio, pero Asiria se hallaba en dificultad (v. 29a). Mensajeros de Filistea propusieron al rey Ezequías una coalición para sublevarse contra Asiria (v. 32). El Señor dijo a Isaías que la tregua del dominio asirio era solamente temporal (v. 29b), que Filistea estaba sentenciada a fenecer (v. 30) y que ellos debían confiar únicamente en el Señor (v. 32)».
(A) Todo esto implica que las grandes cosas que Dios lleva a cabo a favor de los Suyos no les pasan desapercibidas a sus vecinos. Van a venir mensajeros para inquirir acerca de ellos. A nosotros nos concierne estar siempre preparados para dar, con mansedumbre y respeto, razón de la esperanza que tenemos en Dios y en Su providencia (1 P. 3:15).
(B) La respuesta que ha de darse a los enviados: Dios es, y seguirá siendo, el gran amigo de los Suyos. Decidles que Jehová fundó a Sion (v. 32b), y ¿quién hará sacudir sus fundamentos? Los mensajeros de las naciones venían a Jerusalén a tratar de política y del arte de la guerra, pero ha de decírseles que triunfos de esta naturaleza no se deben a tales artes, sino al cuidado que Dios tiene de los Suyos. Por eso, los afligidos, los necesitados, del pueblo de Dios, se acogerán a ella, a Sion, es decir, en ella encontrarán refugio. Los pobres son los que reciben el evangelio (Mt. 11:5). Confían en esta gran verdad, que Dios es quien ha fundado a Sion. Sobre ese fundamento construirán ellos sus esperanzas, sin confiar en brazo de carne.
Este capítulo y el que sigue forman la carga de Moab—una profecía de la gran desolación que había de sobrevenir a esa nación, que lindaba con Israel y había causado daños y vejaciones a los judíos, a pesar de que los moabitas eran descendientes de Lot, el sobrino y compañero de Abraham, y aunque los israelitas, por orden de Dios, les habían perdonado la vida, cuando fácil y justamente podían haberlos exterminado juntamente con los países limítrofes de Moab—. En este capítulo tenemos: I. Una gran lamentación de los moabitas y del propio profeta por ellos (vv. 1–5). II. Las grandes calamidades que había de ocasionar tal lamentación (vv. 6–9).
Versículos 1–5
El país de Moab era poco extenso, pero muy fértil. Lindaba con la tribu de Rubén al otro lado del Jordán y sobre el mar Muerto. Noemí se fue allá con su familia cuando hubo hambre en Canaán. Éste es el país que (según se predice aquí) había de quedar devastado. En Jeremías 48 hallamos en Jeremías 48 otra profecía de su ruina, la cual fue efectuada por Nabucodonosor. La profecía que en el presente capítulo se hace tuvo su cumplimiento tres años después (16:14) y, por tanto, fue llevada a cabo por Salmanasar IV, hacia el tiempo en que fue tomada Samaria (en el cuarto año de Ezequías), o por Senaquerib, diez años después, en la invasión de Judá. Slotki da como posible también que fuese Jeroboam II el invasor. El profeta declaró esta profecía a su propio pueblo, a fin de mostrarles que hay una Providencia que gobierna el mundo con todas las naciones que en él se hallan—y que los adoradores de los falsos dioses habían de rendir cuentas al Dios de Israel—. El cumplimiento de esta profecía, tan cercano (en el plazo de tres años—16:14—), podía ser un respaldo de la misión del profeta y una confirmación de que todas sus demás profecías eran verdaderas. Con respecto a Moab se predice aquí:
1. Que sus principales ciudades habían de ser ocupadas por sorpresa, en una noche, por el enemigo (v. 1): Por eso habría gran lamentación, porque de noche fue destruida Ar de Moab … y Kir de Moab, las dos principales ciudades de dicho reino. Con esto, la caída de Moab era un hecho, porque la toma de esas dos ciudades abrió de par en par las puertas del país y convirtió en fácil presa todas sus riquezas. Así como la nación protege a las ciudades, también las ciudades alimentan y protegen a la nación, y ninguna puede decir a la otra: No te necesito (1 Co. 12:21).
2. Que los moabitas recurrirían a sus ídolos en busca de socorro (v. 2): «Él (esto es, el rey de Moab) subió a Báit (o al templo) y a Dibón, a los lugares altos, a llorar». Fue a pronunciar su lamento y sus quejas delante de los dioses a quienes él y su pueblo adoraban.
3. Que habría duelo general por todo el país, lo cual se describe aquí muy gráficamente (v. 3): «Se vestirán de saco … aullarán todos, deshaciéndose en llanto». El país entero se convertirá en un valle de lágrimas—un pequeño mapa de este mundo—. Los moabitas llorarán la pérdida de Nebó y de Medbá, otras dos ciudades notables, las cuales, como es lo más probable, fueron saqueadas e incendiadas. Se mesarán el pelo de la barba y de la cabeza hasta tal punto que «toda cabeza será rapada, y toda barba rasurada» (v. 2b), conforme a las expresiones de duelo que se usaban por aquel tiempo en aquellos países. La frase «deshacerse en llanto» (lit. irse abajo en llanto) solamente ocurre en este lugar, pues, como hace notar Slotki, en todos los demás lugares de la Escritura el texto habla de irse abajo en llanto, no la persona entera (como es aquí el caso), sino sólo el ojo (v. Jer. 9:17; Lm. 1:16; 3:48).
4. Que les faltará la bravura propia de los militares. Los soldados bien entrenados, los guerreros de Moab (v. 4), aullarán como los demás ciudadanos: «Su alma (la de cada uno) le desfallece (o se estremece) dentro de él» (lit.).
5. La predicción de estas calamidades le produce tal impresión al profeta, que le hace conmoverse de compasión (v. 5): «Mi corazón dará gritos por Moab». Aunque son enemigos de Israel, son criaturas de Dios y parientes lejanos de Israel. Bien les va a los ministros de Dios ser de espíritu tierno, para asemejarse a su Maestro, quien lloró sobre Jerusalén, previendo su destrucción, cuando iba a ser crucificado en ella, y ser también semejantes a Dios, quien no desea la muerte del pecador (Ez. 18:23). Las ciudades circunvecinas se harán también eco de los lamentos de Moab. Los fugitivos de Moab se apresurarán a ponerse a salvo, huyendo presurosos hasta Zoar, la ciudad a la que su antepasado Lot había huido para escapar de las llamas de Sodoma, y que, en atención a él, fue preservada de la destrucción. Con su llanto harán tanto ruido como una novilla de tres años, llena de salud y vigor, cuando muge por su ternero, como en 1 Samuel 6:12. «Por la cuesta de Luhit subirán llorando (como subió David por la del Olivete—2 S. 15:30—) y por el camino de Joronáim (o Joronáyim)», un camino que se bifurca, como indica el dual hebreo (v. Jos. 16:3, 5).
Versículos 6–9
Para entonces (v. 8) «el llanto ha rodeado los límites de Moab», hasta llegar a Eglaim, ciudad en uno de los extremos del país, y a Beer-elim, situada en el otro extremo.
1. «Las aguas de Nimrim (v. 6) serán consumidas (lit. desoladas)». Esta descripción se explica «por la expedición combinada contra Moab por parte de Israel y Judá coligados (Joram y Josafat) en los días de Mesá (2 R. 3:25), cuando taponaron los pozos» (Whitehouse, citado por Slotki). Con ello habrá cesado la irrigación del terreno, se habrá acabado la producción agrícola; los habitantes no tendrán otro remedio, para poder subsistir, que trasladarse más allá del arroyo de los sauces (la actual Wadi el-Ahsa), que constituía la frontera entre Moab y Edom.
2. «Las aguas de Dimón (v. 9) se llenarán de sangre», lo cual indica el gran número de sus habitantes que allí hallarán la muerte. Slotki es de opinión que Dimón es otro nombre de Dibón (v. 2), pero ha sido alterado para constituir una aliteración con dam, sangre. Aun así, la ira de Dios no se habrá apartado: todavía vendrán «males mayores: un león sobre los que escapen de Moab y sobre los que queden en su suelo». La desolación no puede ser más completa.
En este capítulo se continúa y concluye la carga de Moab. I. El profeta da un buen consejo a los moabitas: Que se reformen y, en particular, que sean bondadosos con el pueblo de Dios, para que no se lleven a efecto los castigos con los que anteriormente se les amenaza (vv. 1–5). II. al temer que no van a seguir este consejo, procede a predecir la devastación del país dentro de tres años (vv. 6–14).
Versículos 1–5
Dios ha puesto siempre en claro que no se deleita en la ruina de los pecadores, y les dice lo que tienen que hacer para impedir tal ruina; así lo hace aquí con Moab.
1. Les aconseja que sean buenos con la casa de David y paguen el tributo que antaño se comprometieron a pagar (v. 1): «Enviad corderos al gobernador (hebr. moshel) de la tierra». Slotki hace notar que los moabitas, «al llegar a Edom, que estaba bajo la influencia política de Judá, piden asilo a Jerusalén», y llama al rey de Judá «gobernador de la tierra», es decir, de Edom, porque «el rey de Judá era también el gobernador virtual de Edom». Es de recordar que David había hecho tributarios suyos a los moabitas (2 S. 8:2). Después pagaron el tributo a los reyes de Israel (2 R. 3:4), y lo pagaban en corderos o en lana. Ahora Isaías les aconseja que paguen ese tributo a Ezequías, desde Sela (que significa roca— ¿quizá Petra, ciudad de Edom?; v. 2 R. 14:7—) que está en dirección al desierto, hasta el monte de la hija de Sion, la ciudad de David. Es un consejo parecido al que Daniel dio al rey Nabucodonosor (Dn. 4:27) cuando le leía la sentencia. Esto es aplicable al gran deber que todos tienen de someterse, por fe, a Cristo, el gran gobernador de toda la tierra: Cuando nos llegamos al gran Rey, nuestro Dios, hemos de llegarnos en el nombre del Cordero de Dios. Las hijas de Moab (v. 2), es decir, los habitantes de las ciudades provinciales de Moab, en su huida del país, tratarán de hallar refugio en los vados de Arnón, río que constituía la frontera, y escapar como «nidada dispersa», como aves a medio pelo que son espantadas.
2. Se pide a los israelitas que se porten amablemente con los refugiados de Moab (M. Henry lo ha entendido al revés—nota del traductor—). Las frases del versículo 3 y ss., «Da un consejo, facilita una decisión …», las pronuncian, pues los moabitas (mejor dicho, su país, Moab, personificado). La situación en que se hallaban, al huir de los asirios, era crítica. En su huida necesitaban refugio y protección. Esto es lo que se simboliza en los versículos 3b, 4 como sombra y escondedero, y eso es lo que Moab pide a Israel (v. 4): «Moren contigo mis fugitivos …». El devastador, atormentador y pisoteador (v. 4b) es el asirio. «No entregues, le dice a Israel, a los que andan errantes» (v. 3b), en contraste con lo que hicieron los edomitas (Abd. vv. 13, 14).
3. Esta petición de misericordia para los fugitivos de Moab conduce a Isaías (v. 5) a profetizar «un trono establecido sobre la misericodia y, sobre el trono, asentado firmemente uno de la dinastía (lit. de la tienda) de David, que juzgue y busque justicia (que juzgue con justicia y defienda los derechos), y esté presto a obrar con rectitud». En un primer plano, esto se cumplía en Ezequías, rey piadoso, justo y lleno de compasión, pero las frases apuntan al Mesías en su reino milenario. Dice Moriarty: «El pensamiento se proyecta en el futuro, y anuncia al rey mesiánico, en cuyo reinado florecerán la justicia y la rectitud (Sal. 89)».
Versículos 6–14
La petición de Moab es rechazada.
1. En un rápido giro, vemos ahora los pecados de que se acusa a Moab (v. 6): El orgullo, con sus múltiples facetas: soberbia, arrogancia, altivez y falsas jactancias. «Hemos oído, dice el profeta, la soberbia de Moab.» Como si dijese: «Todo el mundo la conoce». Y, como suele ocurrir con los orgullosos, eran también altivos, de mal genio y quisquillosos, y falsamente jactanciosos, es decir, mentirosos, pues se jactaban de lo que no eran ni tenían. Es probable que el orgullo haya llevado a la ruina mayor número de almas que ninguna otra pasión.
2. A continuación vemos los castigos con que Moab es amenazado (v. 7): «Por tanto, en castigo de su gran orgullo, aullará Moab (los moabitas) por Moab (por su país)». «Gemiréis, dice a continuación, dirigiéndose directamente a ellos en segunda persona, por las tortas de pasas de Quirjaréset» (v. 7b). Se hacían con pasas y harina y eran consideradas como la confitura más delicada (v. Cnt. 2:5). Comenta Moriarty que «se consumían en las fiestas paganas y tal vez se ofrecían a la diosa cananea Aserá (Os. 3:1)». Dichas deliciosas tortas no estarán ya más al alcance de los moabitas, porque habrán desaparecido tanto las viñas de donde salían las pasas como los campos de cereal de donde salía la flor de harina. En efecto:
(A) «Los campos de Jesbón (v. 8) se han marchitado, la vid de Sibmá» (lit). Eran unas vides tan escogidas que se habían extendido por todo el país, llegando a Yazer por el norte, al desierto por el este, y hasta el otro lado del mar (del mar Muerto) por el oeste.
(B) Desaparecidos los campos fértiles y las viñas de escogidas vides, no cabe sino llanto y lamentación (v. 9). «Quitado es el gozo y la alegría del campo fértil» (v. 10). Cesan los cánticos de los que vendimiaban, así como de los que pisaban las uvas en el lagar. Si se destruyen las viñas y las higueras, se acaba la alegría de todo corazón carnal (Os. 2:11, 12). Pero una persona espiritual puede regocijarse en el Señor como en el Dios de su salvación incluso cuando no florece la higuera ni hay fruto en la vid (Hab. 3:17, 18).
(C) El profeta mismo se siente conmovido por esta desolación (v. 11): «Por eso, mis entrañas vibran como un arpa por Moab, y mi interior por Quir-jares (es el mismo Quir-jaréset del v. 7)». Todo creyente sincero debe lamentarse, no sólo por las aflicciones de sus hermanos en la fe, sino también por las del mundo en general (v. 15:5).
3. En los versículos 12–14, vemos la insuficiencia de los dioses de Moab para proteger a los moabitas: Cuando fatigados, ya sea por la guerra, ya sea por llegar pronto a los lugares altos donde celebraban sus cultos paganos (comp. con 15:2), acudan allá a orar a sus ídolos, no les valdrá (lit. no prevalecerá). Comenta Slotki: «Ni la defensa física (o adoración) en el lugar alto, ni la oración a sus ídolos en su santuario salvarán a un pueblo al que el Señor ha condenado». Dios ha determinado (v. 13) la destrucción de Moab dentro de tres años (v. 14) y tal destrucción se llevará a cabo puntualmente, como los años de un jornalero (comp. con 21:16), es decir, tan puntualmente como se termina el tiempo en que se ha concertado el alquiler de un jornalero, el cual no es como el esclavo que trabaja a tiempo completo.
Siria e Israel se habían coligado contra Judá (7:1, 2), por lo que, en este capítulo, tras la carga de Damasco, capital de Siria, se le va a leer la sentencia a Israel también, aunque a éste será mezclada con misericordia. I. Se predice la destrucción de las grandes ciudades de Siria e Israel (vv. 1–5, 9–11). II. En medio del juicio, es recordada la misericordia hacía Israel, con una promesa de que será preservado de las calamidades un remanente al que le irá bien (vv. 6–8). III. Se anuncia la derrota del ejército asirio a las puertas de Jerusalén (vv. 12–14). En el orden cronológico, este capítulo habría de ir después del 9, pues la destrucción de Damasco, que aquí se predice, aconteció durante el reinado de Acaz (v. 2 R. 16:9).
Versículos 1–5
Tenemos aquí «la carga de Damasco» (lit.); la paráfrasis caldea lee: La carga de la copa de la maldición para que la beba Damasco; y, como las diez tribus israelitas del norte se hallaban confederadas con Siria, había de esperar compartir esta copa de Damasco.
1. Damasco mismo, la capital de Siria, ha de ser destruida; sus casas serán incendiadas; sus muros, puertas y fortificaciones han de ser demolidos; sus habitantes serán deportados. De esta forma, «a Damasco le es quitado el ser ciudad» (v. 1, lit.). Las ciudades del país serán abandonadas por sus habitantes (v. 2), de forma que lo que estaba destinado a ser morada de seres humanos, «serán para los ganados … y no habrá quien los espante». Dice Slotki: «Quizás hubo un Aroer en el reino de Siria; pero si es una referencia al bien conocido Aroer sobre el Amón en el sur (Nm. 32:34; Dt. 2:36), el versículo debe aplicarse al reino de Israel al que dicha ciudad perteneció un día».
2. También los fortines de Israel dejarán de existir (v. 3). Los sirios eran los que llevaban la voz cantante en la confederación contra Judá y, por tanto, habían de sufrir los primeros el castigo, un castigo más severo. Ahora le toca a Israel ser debilitado y enflaquecido (v. 4). En cuanto al versículo 3, Slotki demuestra, con base en la acentuación, que su versión debe ser como sigue: «También dejará de existir el baluarte de Efraín, y el reino de Damasco y el remanente de Siria; serán como la gloria de los hijos de Israel, dice Jehová de las huestes». Quedarán en una condición tan vil y despreciable como la de Israel.
¿Cómo quedará la gloria (es decir, el poder y la riqueza) de Israel? ¡Débil y flaca! (v. 4), sin poder y sin riqueza. Israel murió de consunción gradual, hasta quedarse en la piel y los huesos, como «un rebusco de espigas» (v. 5), pues la mayor parte de la cosecha se la habrá llevado el asirio.
Versículos 6–8
Al hacer un paréntesis en medio del juicio, el profeta intercala un puñado de misericordia, pues habrá un remanente que escapará de la ruina general del reino de las diez tribus. Los mansos de la tierra quedaron escondidos en el día de la ira del Señor, y sus vidas quedaron a salvo por su retirada a la tierra de Judá.
1. Serán sólo un pequeño resto, sellado para ser preservado (v. 6): «rebuscos como cuando sacuden el olivo». La masa del pueblo habían de ser deportados, sacudidos por la vara de Asiria, pero quedarían «dos o tres olivas en las ramas de la punta», fuera del alcance de los que sacuden el olivo; eso es todo.
2. Serán un santo resto (vv. 7, 8), pues se habrán arrepentido de sus pecados y habrán abandonado sus ídolos, volviéndose a su Dios, al Santo de Israel (comp. con 1 Ts. 1:9). Mirarán hacia su Hacedor, al Dios que hizo de ellos un pueblo y una nación (comp. con 51:13; 54:5); reconocerán Su mano, aflictiva y curativa, en todos los acontecimientos concernientes a ellos, y se someterán voluntariamente a esa mano. Mirarán desde sus ídolos, obra de sus manos (v. 8), al Dios de quienes ellos son obra; de lo que veneró su fantasía, al Dios que ha de ser adorado en Su realidad.
Versículos 9–11
Aquí vuelve el profeta a predecir la desolación que el ejército asirio iba a producir en Israel. Aun las ciudades fuertes, que deberían haber protegido el país, no habrán sido capaces de protegerse a sí mismas (v. 9) y quedarán abandonadas, como lo fueron las de los jiveos y los amorreos, cuando los israelitas, con Josué a la cabeza, echaron de sus ciudades a los habitantes de Canaán. Así como los cananeos huyeron entonces de los israelitas, así huirán ahora de los asirios los israelitas. El país quedará desolado (v. 9, al final). ¿Por qué? «Porque te olvidaste (vv. 10, 11) del Dios de tu salvación, del que tantas veces te ha salvado, y no te acordaste de la roca de tu refugio, de la que ha sido tantas veces tu protección y tu refugio, y sin la cual habrías sido quebrantado hace mucho tiempo». Por eso, lo que Israel plante será fruto de desgracia, pues «la cosecha será un montón de ramas (lit.) en el día de la angustia y del dolor desesperado» (v. 11b). Tanto Moriarty como Slotki ven en las plantas hermosas (lit. plantas de agrado) del v. 10b esquejes dedicados al dios de la vegetación, el Adonis de los griegos (el Tamuz de Ez. 8:14).
Dice Moriarty: «Como estos esquejes simbolizan los abominables cultos de la fertilidad, no darán frutos, y la única cosecha que habrá será de desgracias».
Versículos 12–14
En estos versículos se lee la sentencia de los que despojan al pueblo de Dios; aquí, la referencia es a los asirios: Si se llevan cautivo al pueblo de Dios y dejan desolado el país, que sepan que lo que les espera a ellos es la ruina. El ejército asirio estaba compuesto de soldados de muchas nacionalidades («multitud de pueblos»—v. 12—), que, por su número y por el ruido que hacían (¡siete veces se repite en los versículos 12 y 13 algún vocablo que indica ruido!), pensaban que podían amedrentar al pueblo de Dios. No hay más que ver el ruido que hacían tanto las arengas del Rabsaces como las cartas de Senaquerib a Ezequías. Pero en eso paró todo aquello, en ruido, pues, ante la reprensión de Dios (v. 13), huyeron lejos.
Senaquerib, el Rabsaces y el resto de sus tropas huyeron presa de sus propios terrores, ahuyentados como el tamo de los montes delante del viento (comp. Sal. 1:4). Para poner de relieve la rapidez con que fueron deshechos los ejércitos asirios, el profeta declara en siete vocablos hebreos la prontitud con que se cambiaron las tornas (v. 14): Al atardecer, el enemigo asirio infundía terror; antes de amanecer el día siguiente (para los judíos, el mismo día), el ejército asirio había dejado de existir (v. 2 R. 19:35). El sueño de aquella noche fue para los asirios demasiado profundo (Sal. 76:5, 6).
Cualquiera sea la región designada con la expresión de «zumbido de alas», Dios va a entrar en guerra con ella en atención a Su pueblo. I. Amenazan al pueblo de Dios (vv. 1, 2). II. Se invita a todos los países circunvecinos a presenciar el resultado (v. 3). III. Aun cuando Dios parece desentenderse, por algún tiempo, de la aflicción de Su pueblo, aparecerá en escena, a la larga, contra los enemigos de Israel y los exterminará (vv. 4–6). IV. Finaliza el capítulo con una profecía que tendrá cumplimiento especial en el reino milenario (v. 7).
Versículos 1–3
1. A pesar de la expresión «más allá de los ríos de Etiopía» (v. 1), no es probable que Isaías se refiera a ninguna otra nación. Moriarty hace notar que fueron etíopes los reyes de la XXV dinastía de Egipto,
«que dominó la nación después del 714. Habían venido a persuadir a Ezequías a que se rebelase con ellos contra Asiria». Los versículos 1 y 2 quedan así perfectamente claros. «Zumbido» es, en hebreo, tsitsal, con lo que se muestra la gran afinidad con tsatsalya, término con el que los nativos del valle del Nilo designan a la temida mosca tsetsé. Con respecto a la embajada que menciona el versículo 2, dice Slotki:
«Algunos asocian la embajada con Tirhaca, rey etíope, contemporáneo de Senaquerib y Ezequías (cf. 37:9 y ss.). Parece ser que este rey pensó que iba a proteger a los judíos, como si fuese a ponerlos bajo la sombra de sus alas mediante un poderoso ataque al rey de Asiria, cuando éste ponía asedio a Jerusalén (2 R. 19:9), pero Dios iba a usar una maniobra muy diferente para proteger a Jerusalén».
2. A esto se refiere la embajada que vemos en el versículo 2. Los enviados de Etiopía vienen a Jerusalén a consultar con el rey de Judá acerca de la estrategia que había de seguirse para resistir al rey de Asiria. Pero Isaías va a decirles (vv. 3–7) que el Dios de Israel está velando por Su pueblo y pronto se las habrá con las bravatas del asirio y el poder y número de sus fuerzas armadas.
3. En el versículo 3 vemos la convocación que el profeta, en nombre de Dios, hace a todos los moradores del mundo a que se apresten a contemplar el glorioso espectáculo de lo que Dios se dispone a hacer con el ejército asirio. Jehová de las huestes va a levantar bandera, como señal de convocación a las armas, y a tocar trompeta, como señal de que va a empezar la batalla.
Versículos 4–7
1. La seguridad que Dios da a su profeta, para que éste la comparta con el pueblo, de que, aun cuando por algún tiempo les habrá parecido que se estaba quieto como un espectador al que nada le va en el asunto, ahora se pondrá a actuar para consuelo de Su pueblo y confusión de los enemigos de Su pueblo (v. 4): «Porque Jehová me dijo …». Isaías no tiene por qué temer nada ni de Asiria ni de Egipto. (A) Primero (v. 4b), Dios se estará quieto, pero madurará en silencio sus planes contra Asiria, del mismo modo que el calor del sol y el rocío de los cielos hacen madurar los frutos de la tierra. (B) Cuando Asiria piense que la caída de Jerusalén es cosa segura, como fruto maduro (v. 5), Dios tomará en su mano la podadera y quitará las ramas inútiles antes de dar el golpe final al ejército asirio. Contra el parecer de M. Henry— nota del traductor—y del rabino Slotki, opino, con Moriarty, que el texto se refiere aquí a Egipto. Dice Moriarty: «En el tiempo fijado por Jehová, los brotes y los sarmientos de la viña (Egipto) serán cortados con la podadera de la justicia divina. Parece aludirse aquí oscuramente a las aspiraciones de Egipto sobre el occidente de Asia, aspiraciones que había que podar. Asiria no alcanzará su apogeo militar hasta que Jehová intervenga y destruya a Egipto».
2. El versículo 7 se abre con una frase («En aquel tiempo …») que no suele indicar precisamente una sincronización con lo que precede, sino que más bien designa vagamente un nivel temporal diferente. En este caso concreto, toda la fraseología del versículo 7 proyecta hacia el futuro reino milenario del Mesías el cumplimiento de lo que aquí se dice. Como advierte Ryrie, la ofrenda de que se habla en dicho versículo 7 no es un presente que los etíopes traerán al Señor, al monte de Sion (comp. con Ap. 14:1; 21:26), sino que ellos mismos serán dicha ofrenda, al rendir pleitesía al Señor. En efecto, el versículo 7 comienza así literalmente: «En el tiempo aquel, será traído un presente a Jehová de las huestes: Un pueblo alto, etc.».
Asiria fue una vara para herir a Judá. Egipto fue una caña rajada, con la que Judá fue engañado. Con ambos se las hubo Dios. Aquí tenemos la carga de Egipto: I. Había de ser abatido, y había de arrostrar el desprecio de las naciones tanto como ahora gozaba de gran consideración por parte de ellas (vv. 1–17). II. El profeta contempla luego el tiempo en que, al igual que Etiopía (18:7), también los egipcios y los asirios temerán y servirán al Dios verdadero durante el reinado milenario del Mesías (vv. 18–25).
Versículos 1–17
A pesar de que Egipto había sido casa de esclavitud para Israel, los incrédulos judíos del tiempo de Isaías confiaban en la ayuda de Egipto (30:2) y allá se fueron, en clara desobediencia al expreso mandato de Dios, cuando las cosas llegaron a su último extremo en su propio país (Jer. 43:7). El propio Rabsaces les había advertido que Egipto era una caña rajada (36:6). Mientras pensaban en la ayuda de Egipto, estos judíos no tenían en cuenta los juicios de Dios, sino que dependían de Egipto para su seguridad. Por eso, para poner fin a este desatino, Dios va a sentarle la mano a Egipto.
1. Los dioses de Egipto serán totalmente incapaces de salvar a su pueblo (v. 1): «Jehová monta sobre una ligera nube y está llegando a Egipto; y los ídolos de Egipto temblarán delante de Él …». Con todos los arreos de su majestad, Dios va como juez a condenar y castigar a Egipto. En todo este oráculo contra Egipto no se menciona la invasión de ningún país enemigo desde el exterior; Dios mismo, Él solo, va a herir a Egipto y hará temblar a sus ídolos. Isis, Osiris y Apis, los ídolos de Egipto, serán incapaces de ayudar a sus adoradores; éstos (v. 3) les consultarán, lo mismo que a sus hechiceros, etc., pero en vano.
2. El ejército egipcio, tan renombrado por su bravura, se derretirá de miedo (v. 1b), como la cera al calor del fuego; «el ánimo (lit. el espíritu) de Egipto se desvanecerá en medio de Él» (v. 3). «Serán como mujeres» (v. 16), es decir, tímidos y débiles. La menor alarma los asustará y les pondrá en fuga.
3. Ellos mismos se enredarán en mutuas discordias (v. 2). No habrá necesidad de que venga a pelear contra ellos ningún ejército extranjero, pues ellos mismos se destruirán unos a otros. Egipto estaba entonces dividido en doce provincias, pero Psammético, el gobernador de una de ellas, se hizo el amo de todas tras de enfrentarlas a unas con otras. Un reino dividido entre sí con tales discordias, pronto había de ser presa de la desolación.
4. La política de su gobierno había de parar en planes disparatados, y Dios iba a destruir esos planes (v. 3b). Al enemistarse unos contra otros, cada uno ponía de relieve su propia estupidez; así que la divina providencia los va a tratar a todos como a locos (v. 11). Los nobles de Egipto se jactaban de su antigüedad, al registrar una sucesión de dinastías que se remontaba a 10.000 años antes. Según Herodoto, Egipto se jactaba de ser varios millares de años más antiguo que cualquier otra nación. Esto se adivina al final del versículo 11. Pero el profeta les pregunta (v. 12): «¿Dónde están ahora aquellos tus sabios?» Si tan sabios son, que les digan lo que Dios ha determinado sobre Egipto, para que así puedan prepararse convenientemente para la lucha. Pero tan lejos están de poder hacer eso que, en realidad, están preparando la ruina de Egipto y aun apresurándola (v. 13). Sus príncipes, no sólo se han entontecido y engañado a sí mismos, sino que han engañado a Egipto (v. 13b) y le han hecho errar en todas sus empresas (v. 14). ¡Triste cosa es que, quienes están puestos para velar por la seguridad de su país, sirvan para apresurar su destrucción!
5. La vara del gobierno se convertirá en serpiente de tiranía y opresión (v. 4). Dios los va a entregar en manos de un amo duro, de un rey violento, no de un extraño, sino de alguien que reinará por derecho hereditario. De la misma opinión que M. Henry—nota del traductor—es Moriarty, quien comenta:
«Probablemente el etiope Pianhi, cuya estela al conmemorar su avance hacia el Mediterráneo, alrededor de 725, puede verse en el museo de El Cairo». En cambio, Slotki dice: «Algunas autoridades han sugerido que se trata de Cambises o de Jerjes; otros piensan en Esarhadón o Asurbanipal, que saquearon Egipto en los años 672 y 662 respectivamente». Ryrie asegura: «Esarhadón de Asiria, que conquistó Egipto el 671».
6. Egipto es famoso por su río Nilo, que es su riqueza y su fuerza, pero aquí (v. 5) se le amenaza con que «las aguas del mar faltarán, y el río se agotará y secará». La prosperidad del país dependía por entero del Nilo. Si el río se secaba, la fértil tierra pronto se convertiría en un árido desierto (v. 7). Si la caña y el carrizo (v. 6) se iban a marchitar, ya que estaban a la orilla del río, ¡cuánto más el cereal, que estaba a mayor distancia del agua! Las aguas no se iban a secar con las plantas de los pies de los soldados asirios de lo que Senaquerib se jactaba (37:25), sino con el soplo de la providencia de Dios, que cambia los ríos en desierto (Sal. 107:33). Al secarse los ríos habían de morir los peces (Sal. 105:29), con lo que los canales apestarán (v. 6) y la industria del pescado sufrirá la más completa bancarrota (vv. 8–10). A esto se añadirá la perversidad de reyes y magnates, los cuales desviarán las aguas del río para su propia comodidad. Cuenta Herodoto que el Faraón Neco, en su proyecto de hacer un paso navegable desde el Nilo hasta el mar Rojo, estropeó el río, perdió 120.000 de sus hombres y dejó sin llevar a buen término su proyecto.
7. Egipto era famoso también por su industria textil, pero también ésta iría a la ruina. Los mercaderes de Salomón compraban lienzos en Egipto (1 R. 10:28). Este país disponía del mejor lino del mundo y de las más hábiles manos para trabajarlo, pero también «los que trabajan el lino fino … serán confundidos» (v. 9). La calamidad se extenderá a todos los oficios y a todas las clases sociales (v. 15): «Y no le saldrá bien a Egipto cosa alguna que haga la cabeza o la cola, la palmera o el junco» (v. 9:13).
8. La consternación del pueblo será general (v. 16): Los hombres más valientes serán como mujeres, débiles y tímidos, lo cual es evidencia de decadencia y ruina. En cuanto se enteren (v. 17) de las desolaciones que el ejército asirio está llevando a cabo en las ciudades de Judá, sacarán la conclusión de que les va a llegar pronto a ellos el caer como presa del asirio. Verán en ello (v. 16b) la mano levantada de Jehová de las huestes contra ellos mismos como lo está contra Judá. Porque si el juicio comienza por la casa de Dios (1 P. 4:17), ¿dónde y cómo terminará?
Versículos 18–25
Por entre las densas nubes de la amenaza profética se abren paso los rayos del sol de justicia, que es un sol de misericordia. Dios tiene en reserva mucha misericordia para Egipto y hará que, un día, Egipto adore al único verdadero Dios. Esto se ha ido cumpliendo parcialmente y de maneras muy diversas desde el tiempo mismo de Senaquerib hasta nuestros días, pero su pleno cumplimiento sólo se llevará a cabo en el reino milenario del Mesías. Ya hubo algunos judíos que, al huir a Egipto cuando Senaquerib invadió sus ciudades, se llevaron allá su religión. Más tarde, según el testimonio de Flavio Josefo, Onías, el hijo del sumo sacerdote Onías, que vivía ilegalmente en Alejandría, obtuvo de Tolomeo VI Filométor (186– 145 a. de C.) y de la reina madre Cleopatra I permiso para edificar, en Bubastis de Egipto, un templo, semejante al de Jerusalén, dedicado al Dios de Israel; para obtener tal permiso, invocó precisamente la profecía del versículo 19. Sin embargo, como dijimos más arriba, su pleno cumplimiento se realizará en el reino milenario.
1. «Hablarán la lengua de Canaán» (v. 18), el lenguaje santo de la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento. No sólo la entenderán, sino que la hablarán. Cinco ciudades de Egipto la hablarán, lo que indica que habrá muchos judíos en Egipto, hasta llenar pronto cinco ciudades. «Una (de ellas) será llamada la ciudad de la destrucción» (v. 18, al final); es decir, de la destrucción de la idolatría. Esta versión está en consonancia con la lectura más probable del texto hebreo, que dice ir haheres. Pero hay muchos MSS que leen ir hajeres, ciudad del sol, con lo que la ciudad (por cierto, una de las más antiguas de Egipto) sería Heliópolis, que, en griego, significa «ciudad del sol». Allí se veneraba, como dios, al sol y era una de las ciudades más infames por su idolatría, pero incluso allí (si se retiene la lectura «ciudad de la destrucción») habrá una admirable reforma moral y espiritual.
2. «Jurarán (v. 18b) por Jehová de las huestes», lo cual indica, no sólo respeto al nombre del Dios verdadero, sino también su compromiso solemne a procurar Su honor y dedicarse a Su servicio.
3. Establecerán en su propio país el culto público al dios de Israel (v. 19): «Habrá un altar para Jehová en medio de la tierra de Egipto», un altar en que harán sacrificio y oblación (v. 21, comp. con 56:7; 60:7; Zac. 14:16–18).
4. La verdadera religión campeará en Egipto, pues no sólo se hallará en el corazón del país, sino que habrá (v. 19b) un monumento a Jehová junto a su frontera, con lo que proclamará que el verdadero Dios es su fortín y baluarte.
5. Al seguir con Egipto la misma pauta providencial que con Israel, Dios no los destruirá, sino que los castigos que les imponga cuando se desvíen, en algo, del camino recto, serán «medicinales» (v. 22): Cuando se conviertan a Jehová, les será propicio y los sanará finalmente.
6. El conocimiento de Dios prevalecerá en Egipto (v. 21). Dios comenzó a ser conocido respetuosamente en Egipto cuando, dos siglos antes de Cristo, se hizo en Alejandría de Egipto la versión griega del Antiguo Testamento (la versión de los LXX o Septuaginta). Pero el conocimiento de que aquí se habla, como se ve por todo el contexto, sólo será una realidad plena en el reino milenario.
7. Con el conocimiento del verdadero Dios, vendrá la paz con sus vecinos (vv. 23–25). Dice Slotki:
«Existirán cordiales relaciones entre Asiria y Egipto (“un camino real”—”calzada” en la RV—), quienes se unirán a Israel en una triple alianza en el Reino de Dios que culminará en una bendición universal». El mutuo intercambio amistoso entre Egipto y Asiria se echa de ver en toda la fraseología del versículo 23. La frase del versículo 24, «En aquel tiempo (recuérdese el comentario a 18:7) Israel será tercero con Egipto y con Asiria …, no significa que Israel sea el tercero en rango nacional ni espiritual, sino que entrará en alianza con Egipto y Asiria cuando éstos hayan hecho ya su mutua alianza: Israel será el tercero en entrar en esta Sociedad de Naciones.
8. Esta triple alianza (v. Ec. 4:12) será (v. 24, al final) «para bendición en medio de la tierra». Los que tienen comunión espiritual con un mismo Dios y a Él se allegan ante el trono de la gracia, por fuerza deben amarse y servirse mutuamente, y poner fin a todas las disputas y animosidades. Aunque Egipto fue para Israel «casa de esclavitud», y Asiria un cruel e injusto invasor de Israel y Judá, todo esto se habrá olvidado y perdonado y, lo mismo que Israel, Egipto y Asiria serán bien acogidos por Dios. Los que son tomados bajo la protección de Dios, son igualmente pueblo Suyo.
Este capítulo es una predicción de la deportación que multitudes de Egipto y de Etiopía habían de sufrir a manos del rey de Asiria. Tenemos aquí: I. La señal simbólica mediante la cual fue hecha esta predicción (vv. 1, 2). II. La explicación de dicha señal, aplicada a Egipto y a Etiopía (vv. 3–5). III. El buen uso que el pueblo de Dios hizo de eso, al aprender a no confiar jamás en brazo de carne, a fin de no caer en el engaño (v. 6).
Versículos 1–6
Aquí Dios, como Rey Supremo de las naciones, trae una dura aflicción sobre Egipto y Etiopía; pero, como Rey santo de Israel, saca de ello bienes para Su pueblo.
1. La fecha de la profecía. Fue el año en que Asdod, una ciudad fuerte de los filisteos, cayó en poder de los asirios (v. 1). Esto sucedió el año 711 a. de C. Era rey de Asiria Sargón. Tartán, Turtanu en asirio, significa «general en jefe». Fue enviado con Rabsaces a desafiar a Ezequías (v. 2 R. 18:17).
2. Como sucede con frecuencia en los profetas de Israel, Isaías se hizo en esta ocasión símbolo viviente de la devastación que los asirios iban a traer sobre Egipto. Dios ordenó a Isaías que anduviese desnudo, es decir, con el mínimo de indumentaria, y descalzo (v. 2) por tres años (v. 3). Isaías iba vestido de saco (v. 2b), esto es, de paño burdo o material peludo, como Elías (2 R. 1:8) y el Bautista (Mt. 3:4), en señal de duelo por el exilio de las diez tribus del norte. Pero aun esto se había de quitar, y quedar así en paños menores, expuesto al ridículo de sus compatriotas, «con el atuendo propio de un prisionero de guerra» (Ryrie). Dios le ordenó esto para que fuese ejemplo de obediencia a Él, para confundir así la desobediencia del pueblo, y «para desaconsejar a Ezequías e impedir que se levantara desatentadamente contra Asiria» (Moriarty). Cuando vamos por el camino de la obediencia, podemos confiar en Dios tanto para nuestra seguridad como para nuestro prestigio.
3. La explicación de esta señal (vv. 3, 4). Tenía por objeto dar a entender que los egipcios y los etíopes habían de ser llevados cautivos por el rey de Asiria, desnudos y descalzos, tal como Isaías andaba. Dios llama al profeta (v. 3) mi siervo Isaías, por la rendida obediencia que le había prestado en esto como en otras cosas. Aunque para otros fuese objeto de burla por andar de aquella facha, Dios se gloriaba en él. Porque obraba en obediencia a Dios, Isaías no se avergonzaba de andar así durante tres años. En cambio, para los orgullosos egipcios, ser llevados cautivos, desnudos y descalzos, no podía ser mayor deshonra; por eso, se singulariza (v. 4, al final) lo de «para vergüenza de Egipto».
El uso y aplicación de esto (vv. 5, 6). Otros países que estaban amenazados de ser presa de los asirios, como Filistea y el propio Judá, esperaban que Tirhaca, rey de Etiopía, pararía en seco el avance de las tropas asirias, y establecería una barrera de protección para ellos, y que Egipto, famoso por su alta política y su astucia, obligaría a los asirios a levantar el sitio de Asdod y retirarse. Pero, en lugar de conseguir estos objetivos, al intentar oponerse al rey de Asiria, sólo obtuvieron caer presa de él. Ahora estaban más asustados que nunca ante la creciente grandeza del rey de Asiria, para quien Egipto y Etiopía mostraban no ser otra cosa que zarzas y espinos lanzados al fuego con el objeto de apagar el incendio. Los judíos en particular se convencerían de su estupidez en querer apoyarse en cañas tan rajadas (v. 6). El morador de esta costa designa estrictamente a Filistea, pero el oráculo tiene por objeto llamar la atención especial de Judá. La conclusión que sacan no puede ser más correcta (v. 6b): Si los países en quienes poníamos la esperanza han parado tan mal, ¿cómo escaparemos nosotros?
En este capítulo tenemos una profecía de muy malos tiempos y de muy pesadas cargas: I. Sobre Babilonia, llamada aquí «el desierto del mar», de que había de ser destruida por los medos y los persas (vv. 1–10). II. Sobre Dumá, o Idumea (vv. 11, 12). III. Sobre Arabia, o Quedar (vv. 13–17).
Versículos 1–10
Ya vimos antes (cap. 13) una carga de Babilonia; aquí tenemos otra predicción de su caída. Babilonia aparentaba algunas veces ser amiga de Judá (como en 39:1), y Dios les advierte aquí que no deben confiar en esa amistad ni temer su enemistad. Babilonia está marcada para ser destruida; y todos cuantos creen a los profetas de Dios la pueden ver ya tambaleándose. Se la llama aquí (v. 1) el desierto del mar, por su situación cerca del Golfo Pérsico (según Slotki), o quizá «puede referirse a las marismas que había al sur de Babilonia» (Moriarty). Mientras la monarquía estuvo en manos asirias, Babilonia estuvo en la oscuridad por el brillo, la fama y la grandeza de Nínive; pero después llegó a ser la señora de los reinos.
No obstante, ya antes del tiempo de su gran rey Nabucodonosor, Dios, por medio de Isaías, profetizó una y otra vez la ruina de Babilonia, a fin de que Su pueblo no se asustase al verla elevarse tan alto, ni desesperar de la liberación cuando se encontrasen allí deportados y cautivos (comp. con Job 5:3; Sal.
37:35, 36).
1. El poderoso ataque que los medos y persas habían de lanzar contra Babilonia (vv. 1, 2): Vendrá del desierto (v. 1—véase al principio—), de una tierra de terror: de Persia, que iba a ser el terror de Babilonia. «Elam (v. 2b) estaba situada al norte del Golfo Pérsico y al este del Tigris; Media se extendía al norte de Elam. Ciro gobernó primero sobre Ansán, al norte de Media, país que conquistó en 549 a. de C., y unió así ambos países en un solo reino» (Slotki). Estas fuerzas vendrían como torbellino del Négueb es decir, del sur, aunque négueb significa literalmente «seco». Como es corriente en tales casos, Ciro contaría con algunos desertores. Aun cuando las frases (v. 2): «El violento usa violencia (mejor que: el traidor traiciona) y el saqueador saquea» se refieren a Babilonia, cuentan los historiadores que Gadatas y Gobrias, dos altos oficiales del rey de Babilonia, se pasaron a Ciro y, buenos conocedores de las avenidas de la ciudad, condujeron una parte del ejército medopersa directamente al palacio, donde fue muerto Belsasar.
2. Las diferentes impresiones que recibirían los que entonces se hallasen en Babilonia. No es fácil— nota del traductor—determinar quién expresa los sentimientos que se nos declaran en los versículos 3–5. Slotki da como interpretación posible el que Isaías exprese los sentimientos de las víctimas babilónicas, pero es más probable que sea el propio Isaías el que se siente abrumado de terror ante la visión que el Señor le ofrece. Este sentimiento, que le hace hasta compadecerse de lo mucho que van a sufrir los habitantes de Babilonia, contrasta con la irresponsable actitud del rey y de sus comensales (v. 5—«comen, beben»—, comp. con Dn. cap. 5). Esta opinión, que con razón goza del favor de la mayoría de los autores (incluido Slotki), se aviene mejor con todo el contexto posterior (vv. 5b–10).
3. El profeta, pues, ante el terrible espectáculo que contempla, espolea (v. 5b) a los estúpidos comensales del rey a que se levanten y se apresten a la batalla, porque el Señor (hebr. Adonay) le ha ordenado (v. 6) poner un centinela que de noticias sobre el avance medopersa hacia Babilonia. A pesar de la tercera persona (v. 8, «Y él gritó»), podemos asegurar que sigue hablando Isaías. Slotki hace notar el frecuente desdoblamiento de la personalidad durante el éxtasis profético. Al principio, no ve nada (v. 8b), pero de repente (v. 9) ve cómo se aproxima la cabalgata mencionada en el versículo 7. Uno de los que vienen (v. 9b) a caballo del campo de batalla, trae la noticia de la caída de Babilonia. La frase «Cayó, cayó Babilonia» se repite en Apocalipsis 14:8 y 18:2. Dice Ryrie: «Aun cuando el imperio babilónico fue derrotado en 539, Babilonia, en cuanto que representa todo lo que se opone a Dios, no será definitivamente destruida hasta la terminación del período de la Tribulación».
4. Isaías se dirige entonces (v. 10) a su pueblo, comunicándole lo que Dios le ha hecho ver. Llama a Judá «trillado y aventado», dándole a entender que, aunque el tirano de Babilonia los había de oprimir, pisotear y aventar por todas las provincias de su imperio, la caída de Babilonia había de significar la liberación de ellos. La primera parte del v. 10 dice así literalmente: «¡Oh mi pisoteado y el hijo de mi era de trillar!» Aunque estas expresiones son de boca de Isaías, bien pueden considerarse como pronunciadas por el mismo Dios, y son sumamente consoladoras. El pueblo de Dios es la era de Dios. Los creyentes son el trigo de Dios, aunque los falsos profesantes sean únicamente paja y tamo. El trigo de la era de Dios ha de esperar ser trillado por las aflicciones y las persecuciones, pero aun entonces Dios lo reconoce como Suyo; no ha de temer, por tanto. Dios sabe lo que hace (v. Ro. 8:28).
Versículos 11–12
1. Esta profecía concerniente a Duma es muy breve y difícil de entender. Algunos piensan que Duma (hebr. Dumáh) era una ciudad idumea, y hasta suponen que sus habitantes descendían de un hijo de Ismael mencionado en Génesis 25:14 con ese nombre. Pero si tenemos en cuenta que Edom es conocido en el antiguo Egipto con el nombre de Aduma, y que Seír es siempre el monte con que se identifica a Edom, no cabe duda de que la profecía se refiere a este país.
2. Su aflicción es predicha aquí, no sólo para que les sirva de aviso, sino también como advertencia a Israel, a fin de que no se apoye en Edom, sino únicamente en Dios. La pregunta: «¿Qué hay de la noche?», repetida (v. 11) para poner de relieve el interés de la persona que pregunta, es hecha a un guarda (el vocablo es diferente del que designa al centinela del v. 6), oficio semejante al del sereno o vigilante de noche.
3. La pregunta equivale a decir: «¿Cuánto queda por pasar de la noche con sus incertidumbres atemorizadoras? ¿Cuánto falta para que alboree la redención?» (Slotki). Los profetas y los ministros de Dios están puestos como guardas, como los guardas de una ciudad en tiempo de paz, para ver si todo está seguro y llamar a las puertas cuando hay sospecha de algún peligro interior («¿Están bien cerradas las puertas? ¿Están apagados los fuegos o las luces?, etc.»). También son como guardas en tiempo de guerra (Ez. 33:7), pues deben apercibirse del enemigo y dar la alarma.
4. El guarda (v. 12), como debe hacer todo ministro del Señor, no estaba dormido ni descuidado, y responde: «La mañana viene y también la noche» (lit.). La mañana simboliza liberación, paz, consuelo, oportunidad, etc. La noche, inseguridad, opresión, calamidad, etc. «Mañana de bendición para Israel; noche de juicio para Edom» (Ryrie).
5. Si enigmático es el proverbio anterior (comp. con Abd. vv. 1–9), más enigmática todavia es la segunda mitad del versículo 12: «Si queréis inquirir, inquirid; volveos, venid». Explica Slotki: «Aun cuando ahora no se puede, o no se desea, dar una respuesta clara, podría repetirse con éxito la pregunta en algún día futuro». M. Henry hace la siguiente aplicación devocional: «Sed inquisitivos, sed penitentes, sed obedientes».
Versículos 13–17
Arabia era un extenso país, al oriente y al sur de Canaán. Los dedanim (v. 13) descendían de Dedán, hijo de Abraham por Cetura (o Quetura)—v. Gn. 25:3—. Los habitantes de Temá (v. 14) y de Quedar (v. 16) descendían también de Abraham, pero por Agar (Gn. 25:13, 15). Los árabes vivían en tiendas de campaña, cuidaban ganado y eran de gran resistencia para el trabajo y las incomodidades. Servían a los judíos como de muro de contención contra las naciones guerreras de más allá del este.
1. Se profetiza aquí también una carga sobre Arabia (v. 13). Al no estar acostumbrados a la guerra, no les quedaba otro recurso que huir (vv. 14, 15) ante el avance del enemigo asirio. Durante muchos años, los jefes árabes habían pagado tributo a Tiglatpileser III y a Sargón. A los habitantes de Temá (v. 14), que, probablemente, eran los vecinos más próximos de los dedanitas, se les exhorta a que socorran con pan y lleven agua a los fugitivos dedanitas, sedientos y hambrientos. Se supone que los de Temá atendieron a la petición de socorro que se les hacía y confortaron a los fugitivos. Aprendamos de aquí a compadecernos de los que están en algún aprieto y a prestarles toda la ayuda que esté al alcance de nuestras manos.
2. Al contrario que los dedanitas, los de Cedar, o Quedar (vv. 16, 17), eran buenos flecheros, como su antepasado Ismael (v. Gn. 21:20), pero, conforme a esta profecía, la gloria de Cedar, sus abundantes ganados, y sus flecheros fuertes, bien entrenados en el arco y avezados a la lucha, habían de disminuir considerablemente, hasta llegar casi a la extinción en el plazo de un año (v. 16). Para la frase «conforme a los años de un jornalero», véase el comentario a 16:14. Este emplazamiento pudo ser de gran utilidad para los árabes, a fin de despertarlos a un sincero arrepentimiento y evitar así, como los de Nínive, la destrucción que se cernía sobre ellos, ratificada por la Palabra de Dios (vv. 16, 17).
Este capítulo es «la carga del valle de la visión», Jerusalén. ¡Que escuche ahora Jerusalén su propia sentencia! Este capítulo concierne: I. A la propia ciudad de Jerusalén y a su vecindad (vv. 1–14). II. A la corte de Ezequías y a los funcionarios de tal corte (vv. 15–25).
Versículos 1–7
El título de esta profecía es «carga del valle de la visión» (v. 1). Jerusalén es llamada valle por estar rodeada de montañas, y la tierra de Judá tenía gran abundancia de valles. Es llamada valle de la visión porque allí era conocido el verdadero Dios, y los profetas conocían los designios de Dios por medio de visiones. Babilonia, por ser extraña al Dios verdadero, aun ser rica y grande, es llamada el desierto del mar (21:1); en cambio, Jerusalén, por confiársele los oráculos divinos, es un valle de visión. Ahora bien, la carga de este valle de visión no tiene por el momento la intención de anunciar su ruina, sino sólo darle un susto mayúsculo, pues no se refiere a su destrucción por mano de Nabucodonosor, sino al frustrado intento de conquista por parte del asirio (v. caps. 10 y 36). Veamos:
1. La consternación que la ciudad había de experimentar con la llegada del ejército asirio hasta las cercanías de la ciudad, mezclada con la necia seguridad de la mayoría de la población, que se subía a las azoteas (v. 1b) para presenciar el jolgorio de la calle (v. 2), donde se celebraba prematuramente la partida de los ejércitos de Senaquerib.
2. La vergonzosa huida (vv. 2b, 3) de los altos jefes militares, que huyeron desde todas las partes del país, abandonando las armas, hacia Jerusalén (comp. con 36:1), pero no les valió: todos ellos fueron apresados juntamente.
3. La gran pesadumbre que esto ocasionó a toda la gente seria; el propio Isaías se puso a llorar amargamente, sobrecogido por la visión del inminente desastre (vv. 4, 5), sin permitir que nadie viniese a prestarle consuelo. La expresión (v. 4b) «la hija de mi pueblo» es la única vez que ocurre en Isaías, aunque es frecuente en Jeremías y en Lamentaciones. Toda esta calamidad (v. 5) ha sido determinada por el Señor, Jehová de las huestes, en castigo por la infidelidad de Su pueblo. Es día (v. 5a) de «congoja, pisoteo y confusión (o perplejidad)» (lit.). Ninguna traducción puede dar adecuadamente la impresionante aliteración de los tres vocablos hebreos: mehumah, umebusah, umebukhah.
4. La gran fuerza del enemigo que había de poner sitio a la ciudad (vv. 6, 7). Elam, es decir, Persia, viene con abundancia de arqueros, de carros y de jinetes. Kir, esto es, los medos, saca el escudo para entrar en batalla. Slotki hace notar que «los escudos eran guardados en fundas de cuero cuando no se usaban». El profeta contempla ya (v. 7) llenos de carros de combate los hermosos valles que rodeaban Jerusalén, en los que solían pastar los ganados. Los jinetes enemigos acampan ya a las puertas de la ciudad, y cierran el paso a todos los que intenten traer provisiones a la ciudad.
Versículos 8–14
1. En este apuro, los judíos, en lugar de buscar la ayuda de Dios, se vuelven a una parte y a otra, llenos de pánico, en busca de defensa y de aprovisionamiento. La casa del bosque (v. 8b) era el arsenal que Salomón había construido con madera de cedro (1 R. 10:17). Trataron, sin éxito, de cubrir las muchas brechas (v. 9) que se habían multiplicado en Jerusalén, la ciudad de David. «Y recogisteis (v. 9b) las aguas del estanque de abajo», es decir, «del depósito construido por Ezequías para recoger el agua que venía por el túnel de Siloé, que también había construido él» (Moriarty). El recuento de las casas (v. 10) tenía por objeto, según Slotki, «ver las que podían salvarse de la destrucción para ser usadas en la fortificación del muro», mientras eran derribadas (v. 10b) las que no servían para tal uso. En todo esto, no miraron hacia el Señor (v. 11b), al principal agente de este desastre, determinado por Él desde mucho tiempo antes (lit.). De Ezequías se dice (2 R. 18:5) que «puso su esperanza en Jehová, Dios de Israel»; en especial, en esta ocasión (2 Cr. 32:8). Pero sus cortesanos y altos jefes militares no miraban hacia el único de quien les podía venir el auxilio.
2. El gran desprecio a la ira y a la justicia de Dios (vv. 12–14). El designio de Dios al traer sobre ellos esta calamidad era humillarlos y hacer que se arrepintieran. En ese día de angustia (v. 12), Dios les llamaba a que mostrasen frutos dignos de arrepentimiento, a que hiciesen duelo y se dispusiesen a cambiar de conducta. Para eso les comunicaba Dios, por medio del profeta, los designios de Su providencia. Pero ellos, en lugar de hacer duelo y arrepentirse (v. 13), se daban al jolgorio en banquetes y orgías, y hacían incluso burla del profeta que les amenazaba con una segura destrucción. Dice Slotki: «La frase (“comamos y bebamos, que mañana moriremos”—v. 13b—) bien pudo ser el eslogan de atrevidos juerguistas que querían gozarla mientras podían, pues la vida era corta y la muerte podía llegar en cualquier momento. Quizá fuese también una burlona indirecta del profeta a la ruina que les amenazaba». Por mi parte—nota del traductor—, y así parece haberlo entendido M. Henry, la frase de los juerguistas encierra una burla hacia las repetidas amenazas de destrucción que les hacía Isaías. El apóstol (1 Co. 15:32) aplica la frase a los que negaban la resurrección de los muertos. La falta de fe en la vida de ultratumba está en el fondo de la seguridad carnal y de la brutal sensualidad que son la vergüenza y la ruina de gran parte de la humanidad. Contra esta temeridad, Dios les sentencia (v. 14) que «este pecado no será expiado hasta que muráis» (comp. con Ro. 6:23). De Dios nadie se burla impunemente; las risas de un momento serán castigadas con una eternidad de llanto.
Versículos 15–25
Tenemos ahora una profecía concerniente al desplazamiento de Sebná, el mayordomo de la corte, y la promoción de Eliaquim a dicho cargo. Es probable que esta profecía fuese pronunciada al mismo tiempo que lo de la primera parte del capítulo y que comenzase a cumplirse antes de la invasión de Senaquerib, pues ahora era Sebná el mayordomo, mientras que entonces lo era ya Eliaquim (36:3) y Sebná había descendido al rango de escriba.
1. La profecía de la degradación de Sebná. Es llamado ese mayordomo (v. 15, lit.), donde el demostrativo hebreo indica desprecio. Según los judíos, este individuo era un traidor, que tenía correspondencia secreta con el rey de Asiria y se había concertado con él para entregarle la ciudad en sus manos.
(A) Sus perversas cualidades pueden observarse aquí: su orgullo, su vanidad y su falsa seguridad (v. 16): «¿Qué tienes tú aquí, si eres un aventurero extranjero, o a quién tienes aquí, cuando no hay en esta ciudad ningún pariente tuyo, para labrarte aquí un sepulcro … en lugar alto … en una roca, como los más nobles de la aristocracia judía?»
(B) A tanta vanidad corresponde la sentencia de su degradación (vv. 17–19). Sebná ha querido asegurar bien su prestigio, para que su fama perdure después de su muerte, pero Dios va a destruir esa falsa seguridad arrojándole, como a una pelota, a un lugar extenso, más amplio que Judá, donde morirá desterrado. La fraseología hebrea de los versículos 17, 18a resulta difícil de entender por su densidad elíptica, pero la imagen es clara: Dios le va a dar vueltas y más vueltas, enrollándolo hasta hacer de él una bola para mejor arrojarle lo más lejos posible. En eso parará (v. 18b) su ostentación vanidosa, para vergüenza del rey que le había dado tan alto cargo, al ser un extranjero ambicioso y aventurero. Seguramente fue Acaz quien le promovió al oficio de administrador de palacio, pero la vergüenza recaía también sobre Ezequías, por conservarlo en el lugar que ocupaba indignamente.
2. La profecía de la promoción y caída de Eliaquim (vv. 20–25), el hijo de Jilquías (hebr. Jilquiyahu).
Notemos lo que se dice de él:
(A) Dios le llama mi siervo (v. 20), aprobado por su comportamiento en otros puestos de la administración, por lo que el Señor le promueve al cargo que ostentaba Sebná. El profeta se lo declara a éste, de parte de Dios (vv. 19–21). Eliaquim recibe el atuendo que corresponde al cargo de administrador, por el que se convierte en padre de la patria, esto es, en «consejero, amigo y administrador benévolo (cf. Gn. 45:8)» (Slotki).
(B) Su gran autoridad desde dicho cargo se pone de relieve en las frases que leemos en el versículo 22, similares a las que hallamos en 9:6; Job 12:14 y Apocalipsis 3:7, e incluso en Mateo 16:19. Dice Slotki: «En aquel tiempo, una llave era un objeto grande y pesado que había de llevarse sobre el hombro». El poder de abrir y cerrar significa, según el mismo autor, «poseer el supremo poder en todos los negocios del Estado».
(C) Su larga permanencia en el cargo se pone de relieve en los versículos 23, 24. Será como una clavija firme (v. 23), que se hincaba en la pared para que sirviese de percha donde colgar la ropa, y como asiento de honor para toda su familia («la casa de su padre»). Una percha y un trono tan honorables, que toda la parentela de Eliaquim, grandes y pequeños, hijos y nietos y, probablemente, los hermanos, los sobrinos y hasta los primos, se agarrarán a dicha clavija (v. 24) para disfrutar del honor y de los beneficios de toda índole que tan alto cargo podía proporcionarles.
Es a la vista de estos detalles del versículo 24 como se debe interpretar el versículo 25. A primera vista, el contraste con el contexto anterior es tan fuerte, que el rabino Slotki se resiste a pensar que se trate aquí de Eliaquim y prefiere ver ahí, lo mismo que «muchos otros comentaristas, una vuelta a la referencia del despido de Sebná». Sin embargo, esta interpretación resulta demasiado forzada. Más acertado me parece—nota del traductor—el comentario de Moriarty: «El nepotismo fue la ruina de Eliaquim. No aparece claro si fue meramente separado del cargo o si fue destituido. Tal vez cayera en desgracia de Ezequías por haber favorecido el partido pro egipcio». La clavija que parecía tan segura cedió por fin por ser demasiado el peso que se quiso colgar de ella. M. Henry tiene una buena aplicación devocional, y hace ver que nuestro Señor Jesucristo, al tener la llave de la casa de David (Ap. 3:7), es una clavija en lugar firme, y que la gloria de la casa de Su Padre cuelga de Él. El alma que, por fe, se agarra a Cristo y pende de Él, por mucho que sea el peso de sus pecados, no puede perecer, pues no puede caer por los suelos el amor que Dios nos tiene en él (Ro. 8:39).
Este capítulo contiene una profecía sobre Tiro (lit. la carga de Tiro). Se predice: I. La tremenda desolación de Tiro, a manos de Nabucodonosor y de su ejército, por el mismo tiempo en que fue destruida Jerusalén (vv. 1–4). II. La restauración de Tiro, pasados setenta años, y la vuelta de los tirios, desde su deportación, a sus anteriores negocios (vv. 15–18).
Versículos 1–14
Al ser Tiro puerto de mar, la profecía de su caída comienza y termina convenientemente con un
«¡Aullad, naves de Tarsis!» (vv. 1, 14), pues todos sus negocios, su riqueza y su prestigio dependían de sus barcos. Si la industria naviera hacía quiebra, todos ellos estaban perdidos.
1. Vemos primero el florecimiento de Tiro. Los mercaderes de Sidón, que traficaban por mar, la habían abastecido anteriormente (v. 2). Sidón era la ciudad más antigua de Fenicia, situada también en la costa del Mediterráneo y un poco más al norte. Tiro fue al principio una colonia de Sidón, pero después la hija creció más que la madre. Egipto la había ayudado mucho a crecer (v. 3). Shijor es el nombre que se da al Nilo en el versículo 3. Desde ese río, y luego por el mar, los egipcios negociaban con Tiro; así que esta ciudad se hizo rica y grande con el comercio, sin otros arados que los que surcan las aguas. Era una ciudad alegre (v. 7), conocida por su jolgorio. Esto la hacía muy poco dispuesta a dar oídos a las advertencias que Dios le hacía por medio de los profetas. Su misma antigüedad (v. 7b) contribuía a que se sintiese segura. Era una ciudad tan ilustre que repartía coronas (v. 8), una vez que se había coronado a sí misma. Sus negociantes eran príncipes; sus mercaderes, los honorables de la tierra, respetados por todos, y en todas partes.
2. Vemos después su caída. No parece ser que esto le ocurriese por haber provocado a sus vecinos, sino más bien por haberlos tentado con sus riquezas; pero, si fue esto lo que indujo a Nabucodonosor a caer sobre Tiro, tuvo que salir muy decepcionado, ya que, después de haber aguantado el asedio por trece años, sus habitantes se marcharon por mar, llevándose todos sus bienes, de forma que no le dejaron a Nabucodonosor otra cosa que la ciudad desierta y desnuda. La destrucción fue completa: No quedó casa (v. 1). El profeta incita a Sidón a avergonzarse, porque el mar (v. 4) se queja de haberse quedado ahora sin naves que lo surquen, como una madre que se queda sin hijos, hasta el punto de olvidársele que en algún tiempo dio a luz (v. 4b). Egipto mismo se turba ante las nuevas que le llegan de la caída de Tiro (v. 5). Ya que tienen el mar al lado, lo mejor que pueden hacer es huir por mar al país más lejano, a España (v. 6), pues Tarsis, como sabemos, es el Tartessos que hubo cerca de Cádiz, donde ya tenían por entonces los fenicios una colonia.
3. El profeta les declara luego (vv. 9 y ss.) quién es el que ha traído sobre ellos este desastre: Lo ha hecho Jehová de las huestes, a fin de castigarla por sus pecados; especialmente, por su soberbia (v. 9). Dios trata de convencer a los hombres de cuáles son sus designios: Persuadirles de la vanidad e inseguridad de toda gloria terrenal, y mostrarles cuán pronto se marchita aun cuando parezca algo muy duradero. ¿Para qué se glorían los hombres de su erudición, de su pompa, de su poder y de su gloria?
¡Que contemplen las ruinas de Tiro y vean toda su gloria ensuciada, marchita y enterrada en el polvo! Como los señorones fenicios habrán perdido su poder opresor, los nativos de Tarsis (v. 10) habrán quedado libres para surcar el mar en todas direcciones, del mismo modo que el Nilo desborda todos sus bancales. La mano de Dios (v. 11) está extendida sobre el mar, de modo que a los fenicios no les valdrá refugiarse en Quitim, es decir, Chipre, porque tampoco allí tendrá reposo. Sidón, en el versículo 12, representa a todo el país, pero se la singulariza con el apelativo de virgen «porque nunca anteriormente había sido conquistada» (Slotki). El versículo 13 resulta muy oscuro en este contexto. La interpretación más probable es que, aunque Asiria (Senaquerib, el año 702 a. de C.) derrotaría a los caldeos (Babilonia), no habían de pensar los fenicios que el peligro caldeo había pasado. Más tarde, Babilonia había de levantar la cabeza bajo Nabucodonosor y conquistar las ciudades fenicias; en concreto, Tiro, pues, en la segunda parte del versículo 13, según Moriarty, «se describe el largo asedio por Nabucodonosor».
Versículos 15–18
1. En estos versículos aparece primero una restauración parcial de la gloria y de la riqueza de Tiro, después de haber sido olvidada en su desolación por espacio de 70 años, «desde la conquista de Nabucodonosor hasta la caída de Babilonia» (Ryrie). «Los días de un rey, dice Slotki, significan la longevidad ordinaria de un hombre, aunque sea rey (cf. Sal. 90:10); también puede significar el hebreo: “de un cierto rey”, esto es, David, quien vivió setenta años».
2. La restauración parcial de Tiro aparece profetizada bajo un símil muy expresivo (vv. 15b, 16). Le va a suceder como a una ramera, que ha estado largo tiempo bajo corrección por su lascivia; pero en cuanto es puesta en libertad, vuelve a las andadas, y echa mano de todas sus artes de seducción. Volverá a comerciar (v. 17) y otra vez fornicará con todos los reinos del mundo, es decir, a obtener subidas ganancias con la industria naviera como lo hacía antaño. El amor a las riquezas mundanas es una fornicación espiritual y, por eso, Santiago llama a los amigos del mundo «almas adúlteras» (Stg. 4:4). Al haber quedado Tiro destruida y olvidada por la conquista de Nabucodonosor, «recobró bajo los persas algo de su primitivo poder, hasta que Alejandro Magno demolió la ciudad isleña el año 332» (Ryrie).
3. La porción termina (v. 18) con una proyección profética hasta el reino mesiánico milenario (comp. con 60:5–9, así como con Sal. 72:10, 11; Mi. 4:13; Zac. 14:20). Las riquezas que entonces adquiera Tiro serán empleadas según la voluntad de Dios; ya no las emplearán para beneficio exclusivo suyo, sino que serán patrimonio de los que moren delante de Jehová (lit.), esto es, los justos. Esta proyección escatológica de la profecía encierra una aplicación útil en todos los tiempos: Hemos de entregarnos primero a nosotros mismos al Señor (comp. con 2 Co. 8:5) en santidad a Jehová, antes de que pueda ser ofrenda agradable a Dios todo lo que hagamos, tengamos y obtengamos. Cuando somos generosos en aliviar a los pobres, sostener a los ministros de Dios y fomentar la extensión del Evangelio, entonces nuestros negocios y ganancias son consagrados a Jehová, si en ellos intentamos sinceramente Su gloria.
Los capítulos 24 al 27 constituyen un grupo aparte, «fuertemente marcado por su carácter general apocalíptico» (Slotki). Por eso, se les suele llamar «el Apocalipsis de Isaías». En este capítulo tenemos: I. Una descripción general del castigo final sobre la tierra (vv. 1–12). II. El gozo que, en aquel día terrible, sentirán los justos (vv. 13–15). III. Una desolación final, con los fenómenos cósmicos que la acompañan (vv. 16–23).
Versículos 1–12
Esta profecía nos presenta una escena muy oscura y melancólica.
1. La tierra queda desnuda (v. 1): «He aquí que Jehová vacía la tierra y la despuebla …», como si fuese reducida al primer caos, tohu y bohu; de nuevo, confusión y vaciedad (Gn. 1:2). Otra vez, en el versículo 3: «La tierra será enteramente vaciada y completamente saqueada». Es cosa segura que
«tierra», aquí, se refiere a todo el orbe. Por el pecado del hombre (v. 5), la tierra se ha echado a perder y se ha convertido en algo muy diferente de lo que fue al principio cuando Dios la creó. El mundo (hebr. tebel) significa aquí (v. 4) «las partes habitadas de la tierra» (Slotki).
2. Puesto que los hombres han echado a perder la creación de Dios, Él va a traer sobre la tierra todas las calamidades que aquí se mencionan. El mismo Señor que hizo la tierra fructífera y hermosa para el servicio y la comodidad del hombre, la pondrá entonces vacía y despoblada (v. 1), pues su Creador será también su Juez. Jehová lo ha dicho (v. 3b) y lo cumplirá.
3. Esta calamidad caerá por igual sobre todas las clases de personas (v. 2). Dice Slotki: «El hebreo es idéntico al de Oseas 4:9. Los otros paralelismos en este versículo insinúan que los sacerdotes formaban la clase dirigente». La dignidad y el rango no servirán de nada. Tanto los sacerdotes como los magistrados habían sido tan malvados como los demás; y si su condición especial no les había servido para refrenarse de pecar, ¿por qué les había de servir para librarse del castigo? Los que tienen dinero habrán de sufrir lo mismo que los menesterosos. Como sucede con la muerte, también la última calamidad medirá a todos por el mismo rasero.
4. Este tremendo juicio de Dios humillará el orgullo de los hombres (v. 4): «Se marchitaron los nobles del pueblo de la tierra», por haber perdido lo que les sustentaba el orgullo. Se acabó la alegría y el jolgorio de todos los amantes de la bebida, de la música y de la danza (vv. 7–9). La alegría carnal es ruidosa (comp. con Ec. 7:6); pero, cuanto mayor es el ruido, tanto peor es su final y, además, se acaba muy pronto. El regocijo de los panderos (v. 8) se refiere especialmente «a las celebraciones musicales en los festivales de la vendimia», dice Slotki, y cita a Amós 8:3, 10. El vino que les alegraba (v. 9) ya no les gusta; se les ha avinagrado (comp. con v. 11).
5. Las ciudades experimentarán severamente esta desolación (v. 10): «Ha sido destruida la ciudad del caos», dice literalmente el hebreo, al usar para el último vocablo el término tohu de Génesis 1:2.
«Ciudad» no lleva artículo en el original y no significa una ciudad particular, sino la desolación general de todo lugar poblado. «Toda casa se ha cerrado» (v. 10b), ya sea por miedo de los sobrevivientes que habiten allí o por haber quedado sepultadas bajo los escombros de la general destrucción (comp. con v. 12).
Versículos 13–15
Viene ahora un rayo de misericordia en medio de la ira. Siempre quedará un remanente del pueblo de Dios, que será preservado de la ruina general, para vivir entre las naciones.
1. El número de los que sobrevivan de la catástrofe será, al principio de la recuperación, pequeño (v. 13): Como lo que queda en las ramas más altas de un olivo sacudido y en las cepas después de la vendimia (comp. con 1:9; 17:6; 27:12). Quedan dispersos entre las ramas y debajo de las hojas de las cepas. Pero Dios sabe quiénes son Suyos, aunque el mundo no los conozca.
2. La gran devoción de estos supervivientes que, de forma admirable, han escapado de la catástrofe universal (v. 14): «Éstos alzarán su voz, cantarán gozosos». Quienes se regocijan en Dios, bien pueden regocijarse en medio de la tribulación. No sólo cantarán por la misericordia que experimentan, sino también aclamando la majestad de Jehová.
3. En su santo celo, incitarán a otros (v. 15) a glorificar el nombre de Jehová, Dios de Israel. «Los lugares de la luz» es una expresión que designa el oriente; el sentido es «que el oeste llamará al este para que se unan con ellos y con las islas del mar en himnos de alabanza y gloria al Dios de Israel» (Slotki).
Versículos 16–23
Estos versículos desconciertan a primera vista, pues parece ser que el profeta se vuelve atrás después de las manifestaciones de gozo y alabanza de los versículos 13–15. Slotki explica admirablemente, del modo siguiente, el sentido de los versículos 16–20: «El profeta oye cánticos jubilosos que ascienden de las partes más remotas de la tierra; quizás, de Persia o Etiopía. Pero exclama desesperado: “¡Mi desdicha, mi desdicha, ay de mí!”, porque el regocijo es prematuro; el mundo tiene que pasar todavía por tribulación y pesadumbre antes de que sean barridos los traidores y la traición, y la tierra pueda ser limpiada».
1. Sólo un profeta verdadero, inspirado por Dios, puede darse cuenta de que los cánticos que se escuchan desde los últimos confines de la tierra (v. 16) son prematuros. De ahí, su dolor y su grandísima pena al vislumbrar la maldad que todavía existe en la tierra.
2. Precisamente por esa gran maldad que todavía queda en el mundo, Dios va a enviar una catástrofe universal (Día de Jehová—v. 21—) sobre la tierra, después de la Gran Tribulación—nota del traductor— y antes del Milenio, como lo muestra contundentemente el versículo 23b. M. Henry, como todos los antimilenaristas (o antimilenialistas), va del todo descarriado en esta porción. Notemos los detalles más relevantes:
(A) Los versículos 17 y 18 (comp. con Jer. 48:43, 44) describen una doble conmoción cósmica: Un tremendo terremoto que hace temblar los cimientos de la tierra, hasta desmenuzarla (v. 19), y la apertura de las ventanas de los cielos (v. 18b, comp. con Gn. 7:11), no precisamente para inundar de agua la tierra, pues Dios prometió (Gn. 9:15) que no volvería a acabar con la humanidad por medio del agua, sino como manifestación catastrófica del juicio de Dios en su Gran Día.
(B) Juntamente con la humanidad perversa, de la que se destacan (v. 21b) «los reyes de la tierra», como principales responsables, van a ser castigadas las huestes de los cielos en lo alto, es decir (contra la opinión de Moriarty), no precisamente los astros, sino los ángeles rebeldes seguidores de Satanás (como hacen ver tanto Ryrie como Slotki). Toda la fraseología del versículo 22 nos recuerda lo que, del apócrifo Libro de Enoc, toman Pablo (1 Co. 6:3), Pedro (2 P. 2:4) y Judas (Jud. v. 6).
(C) El versículo 23 apunta al tiempo en que Jehová de los ejércitos reinará en el monte de Sion (comp. con Ap. 14:1) y esté patente su Gloria delante de sus ancianos. Moriarty lo entiende así: «Como los setenta ancianos contemplaron la gloria de Jehová en el Sinaí (Éx. 24:9–11), así al fin de los tiempos verán los ancianos de Israel a Dios entronizado como rey en el monte de Sion. La única esperanza del hombre está puesta últimamente en esta manifestación creadora y renovadora de la gloria de Dios». Por mi parte—nota del traductor—prefiero ver en estos «ancianos» a los que se mencionan en Apocalipsis, desde 4:4 en adelante. Las primeras frases del versículo 23 («La luna se avergonzará, y el sol se confundirá») significan que la luz de estos astros palidecerá ante el brillo, muy superior, de la gloria de Dios en aquel día.
I. Alabanzas agradecidas por lo que Dios ha llevado a cabo. El profeta ofrece a Dios estas alabanzas (vv. 1–5) en nombre de los que han sobrevivido a la catástrofe que hemos visto en el capítulo anterior. II. Preciosas promesas que Dios tiene en reserva para los súbditos del reino mesiánico milenario (vv. 6–8).
III. Los redimidos alaban a Dios por haberles salvado, mientras ha destruido a sus enemigos (vv. 9–12).
Versículos 1–5
1. El profeta decide alabar a Dios (v. 1): «Jehová, tú eres mi Dios, el Dios que ha pactado conmigo». Cuando Dios está castigando a los reyes de la tierra sobre la tierra (24:21), un pobre profeta puede acercarse a Dios y, con humilde franqueza, decirle: «Jehová, tú eres mi Dios; te exaltaré, alabaré tu nombre».
2. Se satisface con el pensamiento de que también otros se verán incitados a alabar a Dios (v. 3): «Por esto te dará gloria un pueblo fuerte, te temerá una ciudad de gentes terribles». Son aquí un pueblo y una ciudad enemigos los que van a dar gloria al Dios de Israel. ¿Cómo? O al convertirse y glorificar a Dios en unión con los que son Su pueblo, o, al menos, al quedar convictos de debilidad e impotencia al verse obligados a reconocer que han sido derrotados por un poder sobrehumano. En efecto, esa «ciudad» (vv. 2, 3) que aquí, como en 24:10, 12 y 26:5, 6, no es una ciudad determinada, sino el símbolo de toda fortaleza que se opone a Dios, se ve convertida en un montón de ruinas (v. 2), mientras Sion, la ciudad fuerte, porque tiene a su Dios y Salvador por muros y antemuro (26:1), será un día reedificada y establecida a perpetuidad. Téngase en cuenta el carácter escatológico de los capítulos 24–27.
3. Isaías observa los motivos que hay para rendir a Dios alabanza y acción de gracias: Son cosas maravillosas (v. 1b), con las que Jehová cumple con perfecta fidelidad las promesas hechas a los patriarcas. En cumplimiento de esas promesas: (A) destruye a los enemigos de Su pueblo, haciéndoles morder el polvo de la derrota (vv. 2, 3, 5); (B) levanta y protege a los suyos, a los pobres y menesterosos que ponen su confianza solamente en Él (v. 4), y hace que todos los esfuerzos de los violentos enemigos de Dios y de Su pueblo se estrellen como un turbión contra el muro (v. 4b).
4. El pobre y el menesteroso de Israel pueden cantar victoria, porque pertenecen al pueblo de Dios; en cambio, los enemigos de Israel son llamados extraños (v. 2), terribles (v. 3), violentos (v. 4b), extranjeros (v. 5) y tiranos (v. 5b). Quienes no tienen respeto a Dios, por fuerza han de ser terribles y odiosos para los hombres; no pueden infundir amor, sino miedo.
Versículos 6–8
1. La perspectiva escatológica, frecuente en estos capítulos, se echa de ver en estos versículos: Jehová de las huestes (v. 6) va a preparar un banquete de manjares suculentos en este monte, es decir, en Sion. Es un festín que se ha de celebrar en la capital del reino mesiánico milenario. El carácter escatológico de este festín es reconocido por autores de tan diversos campos como Ryrie y Trenchard (evangélicos), Slotki (rabino inconverso) y Moriarty (jesuita). M. Henry ve aquí única (o principalmente) «la gracia del evangelio», lo cual puede valer como acomodación devocional, pero está lejos del sentido literal del texto sagrado.
2. En aquel tiempo, Dios «destruirá en este monte (v. 7) la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que cubre a todas las naciones» (comp. con 2 Co. 3:14–18). Dice Trenchard: «Dios deshace la cobertura o velo que impedía que los pueblos se diesen cuenta de la realidad de la esfera espiritual detrás de la engañosa sombra de lo material y de lo temporal. Ahora Él mismo se revela en gloria y “todo ojo le verá”». Este velo desaparece ya para todo el que se convierte al Señor (2 Co. 3:16).
3. En vez de ser la muerte la que se trague a los hombres (5:14), será Dios quien «se tragará (lit.), esto es, destruirá por completo, a la muerte (comp. con 1 Co. 15:54) para siempre» (v. 8). El último enemigo habrá sido destruido (v. 1 Co. 15:26; Ap. 20:14). Y, con él, habrá desaparecido todo lo que es como una antesala de la muerte: pesar, dolor, enfermedad—¡lágrimas!—; «y enjugará el Señor Jehová (hebr. Adonay Jehová) las lágrimas de todos los rostros» (comp. con Ap. 7:17; 21:4). La esperanza en esta promesa debería ya ahorrar al creyente toda lágrima que es un obstáculo para la siembra y un olvido de que «las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros» (Ro. 8:18). La «afrenta» que Isaías menciona en el versículo 8b es «la negligencia con que la Providencia parece tratar al pueblo de Dios» (Slotki). Toda oposición a la verdadera fe, todo ataque y persecución contra los sinceros creyentes, toda malévola interpretación y toda perversa calumnia con que son denigrados, todo eso «lo quitará el Señor de sobre la tierra; porque Jehová ha hablado» (v. 8b). Él lo ha dicho y, por tanto, no puede fracasar.
Versículos 9–12
1. La bienvenida con la que el pueblo de Dios acogerá estas promesas (v. 9): «Y se dirá en aquel día, con humilde exultación, he aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado para que nos salvase». Con este cántico triunfal entrarán los santos en el gozo de su Señor: «Nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación», es decir, en la perfecta salvación que Él nos ha traído.
2. Extraña un poco, a primera vista, ver singularizado, entre los enemigos de Dios y de Su pueblo, a Moab (v. 10); pero es lo más probable que Moab represente aquí a todos los enemigos de Israel. Según Trenchard, «Moab, enemigo milenario de Israel, representa, sin duda, los estados árabes, enemigos de Israel de hoy en día». Quizás sea esto ir demasiado lejos del contexto actual. Para entender esta singularización, basta con recordar el ensañamiento especial de Moab con Judá después de la caída de Jerusalén (v. Jer. todo el cap. 48; Ez. 25:8–11; Am. 1:3; Sof. 2:9).
3. Dios continuará protegiendo a Su pueblo, como lo insinúa la metáfora del nadador (v. 11), quien bracea con todo vigor para hacerse paso por en medio de las aguas. El poder omnímodo del Dios de Israel entrará en juego para: (A) abatir su soberbia (el pecado característico de Moab—v. 16:6—) mediante juicios humillantes que se sucederán uno tras de otro; (B) y la destreza de sus manos; aquellas manos que tan adiestradas estaban para el despojo y la rapiña; (C) y abatirá la fortificación de tus altos muros (v. 12), que Moab creía inexpugnables; pero no hay muros, por fuertes que sean, que resulten inexpugnables para el Omnipotente.
Este capítulo hace también referencia a un futuro escatológico. En él tenemos: I. Un canto de alabanza y acción de gracias por todo lo que Dios hace a favor de Su pueblo (vv. 1–6). II. Viene luego, con una actitud impregnada de oración y confianza, el recuerdo, como dice E. Trenchard, «del duro camino andado» (vv. 7–18). III. Finalmente, vemos la respuesta de Dios a Su pueblo (vv. 19–21).
Versículos 1–6
1. «En aquel día (v. 1), frase que, como en otros lugares de Isaías, apunta a la escatología, se cantará
…: Ciudad fuerte tenemos, etc.». «Jerusalén dista mucho de ser la ciudad del caos que se menciona en 12:10» (Moriarty). La ciudad no debe su fuerza a una muralla física ni necesita ya defensas materiales,
«porque Dios es su Guardián y Protector» (Slotki).
2. Por eso, no es necesario cerrar sus puertas; al contrario, es menester abrirlas de par en par (v. 2) para que una nación justa (lit. hebr. goy tsaddiq), guardadora de fidelidades (lit.) entre por ellas. Dice Slotki: «Una bella interpretación homilética de los rabinos da a la frase el sentido de “un justo gentil”, basada en el principio de que “los justos de todos los pueblos tendrán su porción en el mundo venidero”».
3. El versículo 3 dice literalmente: «(Al de) una disposición constante (en Ti), (lo) guardarás en paz, paz, esto es, en perfecta paz, porque en Ti confía» (comp. con Sal. 112:7, 8). Los que de veras confian en Dios, gozan de completa paz; el Dios de paz (Fil. 4:9) los guarda en esa paz, a pesar de todas las aflicciones y adversidades que puedan sobrevenirles, como las aguas tranquilas del océano, bajo el oleaje que levantan las furiosas tempestades. Cuando parezca que no nos queda ninguna otra cosa o persona en quien confiar, confiemos en Dios siempre, en todo tiempo, con todo el corazón y con toda la mente. Cualquier cosa de este mundo en que pongamos nuestra confianza, está confinada dentro de los límites del tiempo; pero aquello por lo que ponemos nuestra confianza en Dios, perdurará por toda la eternidad, porque «en Yah Jehová (v. 4)—en el que era, y es, y ha de venir—está la Roca de los siglos», es decir, la Roca eterna (lit. Roca de edades o de eternidades). Dios es una Roca inconmovible; quien en Él se apoya, no quedará avergonzado ni decepcionado.
4. Con esta confianza puesta en Dios, los creyentes afligidos y menesterosos de Israel (v. 25:4) y de toda gente justa (v. 2), hollarán (v. 6) la ciudad altiva (v. el comentario a 25:2, 3), mientras ésta (los enemigos de Dios y de Su pueblo) quedará derribada hasta el polvo (v. 5). No dice que la hollarán poderosos ejércitos, sino «los pies del pobre, del afligido» (v. 6), cuando Dios la haya humillado (comp. con Sal. 147:6; Mal. 4:3; Ro. 16:20).
Versículos 7–18
1. El versículo 7 dice literalmente: «La senda para el justo es rectitudes; oh, Recto, allana la ruta del justo». El hombre justo se afana por caminar con Dios en continua obediencia. Sobre esta base, el profeta pide a Dios que allane la pista (o ruta) del justo, y retire, con Su providencia amorosa, todo lo que podría ser ocasión de tropiezo. Es cierto que el verbo te phalés está en imperfecto, no en imperativo, pero es corriente en el hebreo poner en imperfecto lo que es un ruego y hasta un mandato. El verbo significa también pesar, «Dios lo pesa, dice M. Henry, lo considera, y les dará suficiente gracia para ayudarles a remontar todas las dificultades». En realidad, la conexión de «pesar» con «nivelar o allanar» radica en la posición que adoptan los platillos de la balanza cuando llevan igual peso, pero la acomodación devocional de M. Henry es útil.
2. Los tres versículos siguientes (vv. 8–10) contienen una mezcla de oración y de expresión de confianza. El profeta, con el resto fiel del pueblo de Dios, expresa su confianza inconmovible en Jehová y su deseo de que Dios siga manifestándose a ellos de forma benévola (v. 8). Ese deseo se les agudiza en la noche (v. 9), es decir, en medio de la aflicción y de la perplejidad. «Nombre y memorial» (v. 8b), como dice Slotki, «son sinónimos cuando se aplican a Dios (cf. Éx. 3:15; Sal. 135:13) y denotan la manifestación de Él, según es experimentada por el hombre y recordada de generación en generación» (comp. Mt. 6:9b; Lc. 11:2b). En efecto, nuestro primer interés en la oración, y en la vida toda, debe ser que el nombre de Dios sea santificado; y que ese nombre nos sirva de continuo memorial o recordatorio, para estímulo en nuestro fiel desempeño de nuestras obligaciones y para gran consuelo en medio de nuestras aflicciones.
3. Una gran fuente de consuelo para los justos es (v. 9b) ver que los malvados no escapan impunes, ya que, a la vista del castigo de Dios sobre ellos, «los moradores del mundo aprenden justicia». Con esa frase se suele designar en la Biblia a los pecadores (a los que tienen pegado el corazón a las cosas de este mundo). Dios les hace un favor con esos castigos, pues ése es el método que suele emplear para llamarles al arrepentimiento y a la reforma de vida. Sin embargo, aunque se haga ese favor (lit. hebr. yuján—de la misma raíz que jen, gracia—) al malvado (hebr. rashá), no aprende a obrar el bien, incluso cuando se halla en tierra de rectitud. Así como ser recto en tierra de maldad es una muestra de la hondura de buenas convicciones de una persona, así también ser malvado en tierra de rectitud es una muestra de la hondura de las corrupciones de un ser humano, pues se comete la maldad con plena deliberación, sin que contribuyan a ello las ocasiones de tropiezo que vienen del exterior.
4. Dichos malvados no miran a la majestad de Jehová (v. 10b), esto es, no tienen ningún temor del Dios infinitamente santo y justo. Tampoco ven (v. 11) la mano de Dios que está akada. No la ven, pero la verán (v. 11b): «Verán al fin para vergüenza suya el celo que Dios tiene por Su pueblo». Por muy ciegos que sean, puesto que son voluntariamente ciegos, Dios les hará ver, quieran o no, que está airado con ellos. Los ateos, los burlones, los indiferentes y los que se sienten seguros sin Dios, verán un día cuán terrible cosa es caer en manos del Dios viviente (He. 10:31). Verán que han causado mucho daño al pueblo de Dios y se avergonzarán de ello, pero ya sin remedio, porque los consumirá el fuego de la ira de Dios (v. 11, al final).
5. En uno de sus rápidos giros, el profeta pide a Dios que siga constantemente bendiciendo a Su pueblo con Su protección (v. 12), como lo ha hecho hasta el presente. La segunda parte de dicho versículo dice literalmente según el original: «Porque todas nuestras obras las has llevado a cabo para nosotros», es decir: «Sin la ayuda de Dios, todos los esfuerzos de Israel para salvarse a sí mismo no le habrían servido de nada» (Slotki). M. Henry comenta: «Toda buena obra que es hecha por nosotros, se debe a una buena obra producida por la gracia de Dios en nosotros». Esto es cierto (v. 1 Co. 15:10; Ef. 2:8–10), pero no es ése el sentido del texto que estamos analizando. Los versículos 13 y 14 son como una explanación del versículo 12: El profeta, en nombre del pueblo, expresa su gratitud por lo que Dios ha hecho por ellos:
«Con tu ayuda nos acordaremos (lit.) de tu nombre» (v. 13b), es decir, te seremos agradecidos por la ayuda que Tú solo nos has prestado, porque los señores de este mundo no han hecho otra cosa que oprimirnos. También las pasiones son tiranos opresores que nos llevan en cautividad al pecado y, mediante el pecado, a la muerte. Pero esos señorones (v. 14) han sido destruidos por el juicio de Dios:
«Esos muertos no vivirán (nótese el contraste con el v. 19); las sombras, es decir, los espíritus de esos muertos, no se levantarán; no volverán al mundo para aterrorizar de nuevo al pueblo de Dios.
6. Los versículos 15–18 forman un conjunto heterogéneo, pues al optimista versículo 15 (v. su semejanza con 9:3) suceden los versículos 16–18, llenos de quejas. Slotki explica del siguiente modo el versículo 15: «Al destruir a la nación opresora y traer salvación a Israel, Dios se ha vindicado a Sí mismo como Gobernador del mundo». A mi juicio—nota del traductor—, el versículo 15 apunta al Milenio, lo mismo que los versículos 19–21, cuando el Israel «vuelto a la vida», por decirlo así (comp. con Ro. 11:15b), sea el centro del gobierno del Mesías en todo el mundo. Hasta el momento en que el profeta pronuncia su profecía, Israel sólo ha sufrido aflicciones, dolores de parto, pero sin fruto positivo, sin alivio de sus males, sin dar a luz otra cosa que viento (vv. 17, 18, comp. con Jn. 16:21). Pero, al menos, la tribulación les ha servido para buscar a Dios en oración (v. 16). Las aflicciones nos conducen a Dios, nos muestran que dependemos de Él y nos avivan para que cumplamos con nuestras obligaciones. También nos incitan a orar en privado, con lo que nos sentimos más libres y específicos en la forma en que nos dirigimos al Señor que cuando oramos en público.
Versículos 19–21
En estos versículos, Dios, por medio del profeta, consuela y anima a Su pueblo con la esperanza de una resurrección nacional, como en Ezequiel 37, aunque se insinúe también veladamente la esperanza de la resurrección personal, doctrina que solamente en Daniel 12:2, 13 aparece explícita con toda claridad.
1. El versículo 19 dice textualmente, según el original hebreo: «Tus muertos vivirán; mis cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo (esto es, del sepulcro)! Porque tu rocío es como el rocío de la luz, y la tierra sacará a la vida las sombras» (v. el comentario al v. 14). El súbito cambio del adjetivo posesivo de segunda persona («tus») al de primera («mis»), es tan chocante que todas las versiones que conozco—nota del traductor—lo ignoran, y sólo dos hacen notar (una, al margen; otra, al pie de página) que el hebreo dice mis. Slotki explica admirablemente esta aparente anomalía, y dice que este versículo es «un canto antifonal sobre la resurrección de los muertos, introducido como respuesta al sufrimiento y a la aflicción que parecen no tener sentido … Primera voz: Tus muertos vivirán. Segunda voz: Mis cadáveres resucitarán. Ambas voces al unísono, cantan la proclamación que hará el Omnipotente el día de la resurrección: Despertad y cantad, moradores del polvo. Una tercera voz, volviéndose hacia el Cielo: Porque tu rocío es como el rocío de la luz. Todos en unión: Y la tierra sacará a la vida las sombras».
2. Los dos versículos finales del capítulo (20, 21) constituyen una llamada al pueblo de Dios, para que se retiren a sus aposentos (v. 20), «lugares de adoración y estudio» (Slotki; comp. con Mt. 6:6), hasta que haya pasado la indignación de Dios contra los enemigos de Su pueblo. (A) Dios invita a los Suyos a retirarse, a fin de no ser envueltos en la tormenta. Debemos hallar, por fe, un camino que conduzca a ese aposento y escondernos allí; con serenidad mental, debemos ponernos bajo la protección divina. Si entramos allá, Dios mismo nos cerrará la puerta para que nuestro refugio sea más seguro, como hizo con Noé (v. Gn. 7:16). Cuando se cierne un peligro grave, bueno es retirarse y esconderse, como hizo Elías en el arroyo de Querit (1 R. 17:3).
(B) Dios les asegura que la tormenta durará sólo un breve momento (v. 20b), la más pequeña parte de tiempo que podemos concebir. Cuando la tormenta haya pasado, nos parecerá que ha sido como nada. Cuando Atanasio fue expulsado de Alejandría por un edicto de Juliano el Apóstata, y sus amigos sentían gran pesadumbre por ello, les dijo él que tuviesen buen ánimo: «Es una pequeña nube, que luego pasará».
(C) Les asegura también que sus enemigos tendrán que rendir cuentas por todo el mal que han hecho (v. 21): «Jehová sale de su lugar (del cielo) para visitar (lit.) al morador de la tierra por sus (de ellos) maldades. Dios sale de su lugar para castigar. Observan algunos que el lugar de Dios es el propiciatorio, sede de misericordia; allí es donde le agrada estar; cuando castiga, sale de su lugar, pues no se deleita en la muerte de los pecadores. Y los criminales quedarán convictos (v. 21b): «La tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella»; la sangre inocente de los santos y de los mártires, que ha sido derramada, será sacada a la luz (v. Gn. 4:10; Job 20:27). «El asesinato quedará al descubierto, y el criminal no gozará de inmunidad» (Slotki).
Este capítulo tiene también claro tinte escatológico, como han visto muy bien la mayoría de los autores. I. Tenemos primero el castigo que Dios inflige a los grandes opresores de Su pueblo (v. 1). II. Viene luego un cántico a la viña (Israel), pero en muy diferente contexto del de 5:1–7 (vv. 2–6). III. El profeta declara que el castigo que Israel ha sufrido ha sido moderado e impuesto por el amor, mientras que el castigo impuesto a sus enemigos será durísimo (vv. 7–13).
Versículo 1
1. Bajo metáforas que designan respectivamente a Asiria, Babilonia y Egipto, el versículo 1 profetiza el triunfo final («En aquel día …») sobre los enemigos de Dios, de Su Ungido y de Su pueblo.
2. Para poner de relieve la dureza del castigo, se dice que Jehová castigará con su espada dura (inexorable), grande (adecuada para enemigos también grandes) y fuerte (como conviene al Omnipotente). Así es también la espada con que Cristo derrotará finalmente al Anticristo y a sus seguidores (Ap. 19:15) y, en fin de cuentas, al diablo, el dragón rojo de Apocalipsis 12:3 y ss., pues Cristo vino a reducir a la impotencia al que tenía el dominio de la muerte, esto es, al diablo (He. 2:14b, lit.).
3. Los enemigos se describen bajo las metáforas de tres monstruos: (A) El leviatán serpiente veloz, con el que se designa, en primer término, a Asiria, por la rapidez con que avanzaban sus ejércitos; (B) el leviatán serpiente tortuosa con que se designa a Babilonia, por la doblez astuta de su diplomacia; (C) el dragón que está en el mar, con el que se designa a Egipto; «el mar significa aquí el Nilo» (Slotki). Detrás, sin embargo, de estos países enemigos de Israel, «está el diablo, de quien son símbolos constantes la serpiente y el dragón» (Trenchard).
Versículos 2–6
Viene ahora un segundo cántico a Israel considerado como viña especial de Jehová. El contexto es muy diferente del de 5:1–7, lo que indica que estamos también en un tiempo completamente diferente: el tiempo del fin.
1. En efecto, «en aquel día» (v. 2), la viña que antes daba sólo agrazones (5:2, 4), ahora dará «vino espumoso» (lit.). El hebreo jémer únicamente sale aquí y en Deuteronomio 32:14; pero Slotki advierte que «algunos MSS hebreos leen jémed “viña deliciosa” como en Amós 5:11». La razón por la cual esta viña da ahora un fruto tan exquisito es porque Jehová mismo (v. 3) la guarda de noche y de día y la riega cada momento, es decir, constantemente sin faltar un solo día. Quienes dan fruto agradable para Dios, lo dan por Su gracia y bajo Su protección. Aunque sufran, nadie les daña en realidad (v. 1 P. 3:13, comp. con Ro. 8:28). Dios los riega cada momento, pero no por eso quedan anegados, pues los tranquilos y silenciosos rocíos de la gracia y de las bendiciones de Dios descienden continuamente, pero acomodados a la necesidad de cada momento. Dios riega Su viña mediante el ministerio de Su palabra. Pablo cantó, Apolos regó, pero Dios dio el incremento.
2. Aunque en otro tiempo Dios haya contendido con Su pueblo, su enojo hacia él ha desaparecido (v. 4). El enojo de Dios es ahora sólo contra los enemigos («espinos y zarzas»), los cuales serán consumidos por el fuego de la ira de Dios, a menos que se acojan a Su amparo (lit. fuerza) y hagan las paces con Él (vv. 4b, 5). ¿Quién se atreverá a contender con Dios? (v. 1 Co. 10:22). Cristo crucificado es el poder de Dios (1 Co. 1:24). Sólo es menester que el ser humano, por fe viva, se asga de Él. Dios está dispuesto a perdonar y salvar, pues ya reconcilió al mundo consigo en la cruz, y demanda de cada uno que esté dispuesto también a reconciliarse con Él (2 Co. 5:19, 20).
3. En esos días venideros (v. 6), Jacob echará raíces, se establecerá firmemente y prosperará: florecerá y echará renuevos, y la faz del mundo se llenará de frutos. Comenta Slotki: «Las bendiciones otorgadas a Israel serán disfrutadas por el mundo entero». Muchos serán añadidos al pueblo de Dios; los prosélitos serán numerosos de entre todas las naciones, y los convertidos darán frutos de justicia, por obra de la predicación del Evangelio (Col. 1:6), frutos que permanecerán (Jn. 15:16).
Versículos 7–13
En estos versículos, el profeta declara que el castigo impuesto a Israel por sus pecados ha sido moderado y mezclado de misericordia, mientras que el castigo infligido por Dios a sus enemigos ha sido muy duro.
1. Esto se ve especialmente en el versículo 7, cuya primera parte se aclara si intercalamos en paréntesis los sujetos y los complementos del modo siguiente: «¿Acaso le (a Israel) ha herido (Dios) como Él (Dios) hirió a quien le (a Israel) hería?»; la segunda parte viene a contener un cierto paralelismo de sinonimia, y vuelve las oraciones por pasiva, para mayor claridad. La respuesta a ambas preguntas es obviamente: «¡No!» Dios castiga a Su pueblo con moderación (v. 8): «con medida». Slotki lo entiende de otro modo: «Justamente tanto como lo merecían los pecados de Israel; pero no más». Esta interpretación da a entender que el castigo de Dios es, a veces, superior a la culpa del hombre, lo cual es insostenible, ya que Dios es infinitamente justo. En realidad, siempre castiga menos de lo que el hombre pecador se merece.
2. La expiación del pecado de Israel muestra la justicia, la sabiduría y la misericordia de Dios: Arrojó lejos a Israel (v. 8b), a Babilonia. Y el medio eficaz (lit. el fruto) para apartar su pecado fue desmenuzar todas las imágenes idolátricas a las que el pueblo rendía culto de adoración. Esas imágenes idolátricas («los símbolos de Aserá—o Astarté—y las imágenes del sol») ya no volvieron a levantarse (v. 9b). Como dice Slotki: «El arrepentimiento sin retirar la causa del pecado no basta». ¡El gran fruto de la deportación a Babilonia fue arrancar de cuajo del pueblo de Israel la idolatría!
3. «La ciudad fortificada» (v. 10), y todo lo que sigue en los versículos 10 y 11, hace referencia, según Slotki, Ryrie y Moriarty, a Jerusalén. En cambio, Trenchard ve en ella «la ciudad enemiga de Babilonia». En favor de la primera opinión está la semejanza de muchas expresiones del versículo 11 con otras de Isaías 1:3; 5:13; 9:17; 17:7; 43:1, 7; 44:2, 21, 24; 54:5, así como de Deuteronomio 32:6, 18, 28; Jeremías 8:7. Por otra parte, en favor de la segunda opinión está la contradicción que se halla entre lo que dicen estos versículos 10 y 11 y todo el contexto anterior. Más aún, si dichos versículos se entienden de Israel, también el contexto posterior (vv. 12 y 13) resulta incomprensible.
4. En efecto, los versículos 12 y 13, dentro siempre de la perspectiva escatológica («En aquel día …») de los capítulos 24–27, tienen un aire triunfal con respecto a Israel, cuyos hijos serán reunidos uno a uno (v. 12, al final) en el granero de Dios. El verbo que nuestras versiones traducen por trillará significa
«golpear», lo cual puede aplicarse a la trilla, pero, mejor aún, a la sacudida que se da a los olivos con un palo. Lo importante es la idea que aquí subyace y es expuesta así por Slotki: «La recogida de los esparcidos exiliados es comparada a la recogida esmerada de un fruto desparramado, olivas por ejemplo, tras de haber sido sacudidas del árbol». El río es el Éufrates, y el arroyo (o torrente) de Egipto es, con la mayor probabilidad, el moderno Wadi el Arish, aunque no faltan quienes opinan que se refiere al Nilo.
5. De nuevo se mencionan otros acontecimientos de «aquel día» (v. 13): (A) «Se tocará con gran trompeta» (comp. con Lv. 25:9; 1 Cr. 15:24; Mt. 24:31; Ap. 11:15). (B) «Vendrán los que habían sido esparcidos en la tierra de Asiria y los que habían sido desterrados a Egipto», es decir, desde los últimos confines de Israel por el este y por el sur. (C) «Y adorarán a Jehová en el monte santo, en Jerusalén», para lo que la gran trompeta les habrá convocado (v. también 19:21, 23; 49:7; 66:23; Zac. 14:16; He. 12:22). Cuando los cautivos vuelvan a reunirse y regresen a su tierra, la principal ocupación a la que se dedicarán será adorar a Dios. Dice Moriarty: «El monte de Sion se convierte en el centro espiritual del universo».
En este capítulo: I. Los efrainitas reciben una reprensión y son amenazados por su soberbia y sensualidad (vv. 1–8), aunque también hay una benévola promesa del favor de Dios al remanente santo de Su pueblo (vv. 5, 6). II. También son reprendidos y amenazados por su estupidez y su ineptitud para sacar provecho de las instrucciones que les han dado los profetas en nombre de Dios (vv. 9–13). III. Los gobernantes de Jerusalén son reprendidos y amenazados por su insolente desprecio de los juicios de Dios; también aquí se intercala una promesa de gracia (vv. 14–22). IV. Todo esto se confirma con una comparación sacada de las labores del agricultor (vv. 23–29).
Versículos 1–8
1. El versículo 1 describe bellamente la luctuosa situación de la capital del reino del norte, designado con el nombre de Efraín. Se trata, pues, de Samaria, bella ciudad en aquel tiempo, como una hermosa flor, y que, situada sobre un monte y rodeada de torreones, ofrecía el aspecto de una corona. Estamos probablemente en el año 725 a. de C.—reina Oseas, cuyo orgullo se echa de ver en su negación a pagar tributo al asirio (2 R. 17:4)—. «Él y su corte continuaron viviendo suntuosamente, sin preocuparse mucho de las medidas que Asiria tomaría» (Moriarty). No hay que ir muy lejos para percatarse de estas
«medidas»: Samaria iba a caer en poder de Senaquerib tres años después (722 a. de C.). Los de Efraín eran bien conocidos por su ebriedad. Sobre la cabeza de los aturdidos por el vino (v. 1, al final), la hermosa y orgullosa corona de Samaria iba a ser una corona de flores caducas, pues Jehová iba a traer (comp. con 10:5) sobre ella (v. 2) al fuerte y poderoso rey de Asiria, que avanzaría como torbellino trastornador (v. 2b).
2. Para los asirios, que avanzarán impetuosos por el reino del norte, el orgullo de Samaria será humillado; y, ya por los suelos, será pisoteada su corona por los ejércitos asirios. La belleza de sus valles se marchitará por sí misma; en su propia hermosura llevará el principio de su corrupción, pues será como la fruta temprana de la higuera (v. 4), que excita el apetito del viandante. Al ser fruto temprano, será tanto más estimado: el asirio no tardará en echarle mano y devorarlo.
3. Pero, «en aquel día» (v. 5; nótese su tono escatológico) Jehová será para el remanente de Su pueblo (vv. 5, 6) lo que Samaria no ha sido. Obsérvense los contrastes: (A) Samaria es corona de soberbia (vv. 1, 3); Jehová será corona de gloria (v. 5); (B) Samaria es flor caduca de la hermosura de su gloria (vv. 1, 4); Jehová será diadema (permanente) de hermosura (v. 5b); (C) Samaria está en manos de aturdidos por el vino (vv. 1, 2); Jehová será por espíritu de juicio al que se sienta en juicio, sin que el vino le turbe el razonamiento ni la decisión de hacer justicia (recordemos que, por este tiempo, está reinando en Judá el piadoso Ezequías); (D) el asirio tiene bastante con una mano para echar por tierra a los que, ebrios por el vino, son débiles para oponerle resistencia (vv. 1–4); pero Jehová será por fuerzas a los que rechazan en la puerta a los atacantes (comp. con 25:4 y 2 Cr. 32:6–8).
4. Pero tampoco Judá está sin defecto: «También éstos desvarían con el vino» (v. 7), es decir, muchos de los de Judá. También hay ebrios en Jerusalén como los hay en Efraín. En Judá se hallan los pecados de Efraín, pero no la ruina de Efraín. Hay tres circunstancias que agravan el pecado en este contexto: (A) Eran culpables de este pecado los que, por su cargo, debían servir de ejemplo a los demás (v. 7): «el sacerdote y el profeta»; en el vino ha quedado anegado el prestigio del oficio. Los sacerdotes debían observar templanza por la dignidad que el sacrificio requería (Lv. 10:9). Los profetas eran equiparados a los nazareos (o nazireos), según se echa de ver por Amós 2:11; además, su condición de videntes requería claridad de juicio y discernimiento de los oráculos que recibían, todo lo cual era perturbado por el abuso del licor. ¿Y cómo iban a reprender a otros por aquello mismo de que ellos eran culpables? (B) Las consecuencias, como ya hemos insinuado, eran sumamente perniciosas (v. 7b): Al estar trastornados por el vino, aturdidos por el licor, los profetas desvarían en sus visiones, mientras que los sacerdotes titubean en sus decisiones (comp. con Pr. 31:5). (C) La enfermedad tiene carácter de epidemia (v. 8): «Porque toda mesa está llena de vómito y suciedad, hasta no haber lugar limpio». Dice Slotki: «Se ha sugerido que la aristocracia de Judá estaba celebrando la retirada de los asirios y que Isaías, al tomar por sorpresa a los licenciosos juerguistas, presenció una escena como la que describe aquí».
Versículos 9–13
El profeta se queja aquí de la estupidez de este pueblo que no se deja instruir.
1. Sus profetas y sacerdotes estaban para enseñar conocimiento, el conocimiento de Dios y de Su voluntad, y para hacer entender el mensaje (v. 9). Esta es la forma con que trata Dios con los hombres, a fin de iluminarles primero la mente con el conocimiento de la verdad, y así ganarles los sentimientos e inducir la voluntad a observar Sus leyes. Pero aquí las preguntas del versículo 9 las hacen los propios juerguistas, que se burlan del profeta, y le dicen que ya no son niños para que les vaya con sus enseñanzas, propias de una escuela de primaria. En su burla, estos rebeldes imitan la forma con que se enseñaba la ley a los niños que eran llevados de los pechos al Libro, pues, entre los judíos, las madres criaban así a los niños hasta que tenían unos tres años, cuando estaban ya casi listos para ir a la escuela. Esta enseñanza primaria (v. 10) era «precepto sobre precepto, precepto sobre precepto, línea sobre línea, línea sobre línea, un poco aquí, un poco allí» (lit.). En los labios balbucientes de estos borrachos, el hebreo de este versículo sonaba como el burlón recital de una canción de cuna: «tsav latsav, tsav latsav, qav laqav, qav laqav, zeer sham, zeer sham».
2. El profeta responde a estas burlas con una sarcástica imitación de sus balbuceos de ebrio, a la vez que les predice el castigo que van a sufrir de manos del conquistador asirio (v. 11): «Porque con labios balbucientes y en lengua extraña (extranjera, difícil y dura) se hablará a este pueblo». Comenta Moriarty:
«No habían querido aprender la lección en hebreo, pero la tendrían que aprender en asirio». Dice Ryrie:
«Este versículo es citado por Pablo en 1 Corintios 14:21 para mostrar que las lenguas son una señal para reprensión de los incrédulos». Los sinceros adoradores judíos habían de hallar en Jerusalén (v. 12), morada especial de Dios, lugar de reposo y de refrigerio (comp. 11:10; 30:15; 32:17, 18; Jer. 6:16; Mt. 11:28, 29). Dice Slotki: «El verdadero camino de la paz y de la seguridad para el pueblo afligido era mantenerse lejos de cualquier alianza con Egipto y no dar oídos al partido antiasirio», que buscaba la alianza mencionada para ir juntos precisamente contra Asiria. Así que, después de imitar las mismas frases (v. 13) que burlonamente habían pronunciado los ebrios juerguistas, añade que, con la misma precisión y meticulosidad del «precepto sobre precepto, línea sobre línea, etc.», les había de sobrevenir a ellos la retribución que merecían por sus voluntarias transgresiones.
Versículos 14–22
Contra el parecer de Ryrie y del propio M. Henry—nota del traductor—, el versículo 15 da a entender claramente que el «pacto con la muerte» (vv. 15, 18) lo hacen aquí «los falsos trovadores» (v. 14) del gobierno de Judá, que eran partidarios de un pacto con Egipto contra el azote restregador (lit.) de Asiria. Dice Moriarty: «El pacto con la muerte contiene una alusión a Mot, el dios cananeo de la muerte y del Seol». El profeta responde a estos cantos de sirena de los gobernantes de Judá y dice que dicho pacto no les valdrá: los burlones impíos perecerán; sólo se salvarán quienes sinceramente se adhieran al Señor (v. 16).
1. El profeta se dirige a los burladores (v. 14) que ha mencionado con anterioridad (vv. 9, 10; v. también v. 22 y 29:20), para advertirles que los planes que hacen van a fracasar. Ellos están seguros (v. 15) de que el azote asirio no les llegará, pues el pacto que ellos proyectan con Egipto es una medida política tan segura, que es como un pacto con la muerte, etc. No van a morir violentamente a manos del asirio, sino en buena edad y en su lecho. Si estamos en paz con Dios, entonces tenemos de veras un buen pacto con la muerte, pues no nos dañará, ¡es nuestra! (v. Ro. 8:38; 1 Co. 3:22, 23). Pero pensar que podemos pactar con la muerte y tenerla por amiga, mientras estamos enemistados con Dios por nuestros pecados, es el mayor absurdo. Las dos últimas frases del v. 15 necesitan un aclaración: Los términos «mentira» y «falsedad» no están en labios de los propios burladores, sino que, como advierte Slotki, «son la reproducción irónica que el profeta hace de las confiadas aserciones de ellos». En efecto, Isaías les hace ver dónde está el verdadero refugio y cómo fracasa la falsa seguridad:
(A) Como dice Moriarty, «Jehová solo será el arquitecto de la reconstrucción de Israel» (vv. 16, 17). Esta reconstrucción está profetizada a tres niveles: (a) En el futuro próximo, se aplica a la reforma del piadoso rey Ezequías; (b) en la dispensación actual, al Mesías-Salvador, como puede verse por la cita que del versículo 16 se hace en Romanos 9:33; 10:11; 1 Pedro 2:6–8; (c) pero esta piedra, el Mesías-Rey, es también la fundación del reino mesiánico (Dn. 2:34). De esta piedra dice el profeta (v. 16b) que es angular, probada y preciosa. Comenta Ryrie: «El Mesías es una prueba angular, de fundamento, en Su expiación; una piedra probada, en Sus tentaciones; y una piedra preciosa (de mucho valor—el paréntesis es del traductor) en su relación con Su pueblo». Jehová mismo es el que pone esta piedra. La construcción hebrea del versículo 16b es elíptica y ha de traducirse así: «Mirad (yo soy el que) ha puesto una piedra, etc.». La forma intensiva del verbo hebreo (yissad) da a entender que Dios pone la piedra muy firme, de cimiento estable, como dice después el mismo versículo. Y el mismo Dios que pone el cimiento estable, construirá también el resto del edificio, pues por eso se mencionan el cordel y la plomada (v. 17, comp. con Zac. 4:10). Así será todo justo y recto, no sin que antes barra Dios, por medio de las agencias que va a emplear en la destrucción, los falsos cobijos en que confían los escarnecedores (v. 17b). Pero el creyente no se apresurará (v. 16b, lit.), es decir, no se alarmará ante las circunstancias adversas, sino que «permanecerá firme en su fe, por mucho que se demore la realización» (Slotki).
(B) En cambio, a los escarnecedores se les hace ver (vv. 18–22) que el azote (v. 18b) del que se creen a salvo (v. 15), no sólo les va a llegar, sino que los va a pisotear. De este modo, «será anulado (hebr. kuppar, el mismo vocablo que significa expiar o borrar) vuestro pacto con la muerte, y vuestro convenio con el Seol no permanecerá en pie» (v. 18a, lit.). A los que se quejaban burlonamente de que Isaías les predicaba un mensaje sólo adecuado para los recién destetados (v. 9), les será dado un mensaje, cuyo entendimiento les ha de causar un espanto terrible (v. 19). Los que hasta ahora habían disfrutado de lujosas comodidades, no tendrán espacio suficiente donde acostarse, ni ropa suficiente con que abrigarse (v. 20). A este enojo de Jehová contra Su pueblo lo llama el profeta «extraña obra» y «extraña tarea», porque un castigo tan duro no era la forma corriente con que trataba a Su pueblo. El versículo 22 contiene una «severa advertencia a Judá para que deponga su descarada actitud. De lo contrario, las ataduras se apretarían más y sería imposible escaparse. El decreto de destrucción no es irrevocable» (Moriarty). Que no se burlen estos escarnecedores de las amenazas divinas, pues el profeta les asegura que el Señor (hebr. Adonay) Jehová de las huestes ha decidido firmemente exterminación sobre toda la tierra (lit.). ¿Y creen ellos que van a escapar impunes?
Versículos 23–29
Esta parábola, que (como muchas de las parábolas de nuestro Salvador) está tomada del oficio del agricultor, va precedida (v. 23) de una solemne llamada a prestar atención.
1. La parábola está lo suficientemente clara: el labrador se dedica con todo esmero y prudencia a su oficio y observa cierto método y orden en su obra.
(A) En el arar y sembrar (v. 24): «El que ara para sembrar, ¿arará todo el día? ¿Estará (continuamente) abriendo y rastrillando los terrones de la tierra?» La respuesta, obviamente, es: ¡No! Puesto que ara para sembrar, no se pasa todo el tiempo arando, sino que, cuando el terreno está ya bien preparado, procede a sembrar (v. 25): Una vez que ha igualado el terreno, siembra las semillas en su lugar y proporción convenientes.
(B) En el modo de trillar el grano (vv. 27, 28). Esto también requiere su método y orden. Cada clase de cereal requiere su modo especial de obtenerlo; no todos se trillan, sino que el eneldo se sacude con un palo, y el comino con una vara (v. 27); y aun los cereales que se trillan, como el trigo y la cebada («el grano»), no son aplastados (o molidos) con el trillo, sino que, aun cuando la carreta que pasa sobre él, y los caballos que tiran de la carreta, hagan mucho ruido, no es para molerlo, sino sólo para separar el grano de la paja.
2. La mayoría de los comentaristas hacen de la parábola una respuesta a los que se rebelan contra los juicios de Dios. Le dan la siguiente aplicación: «Así como el labrador no está siempre arando, sino que también dedica su tiempo a sembrar, así también Dios no está siempre amenazando, sino que también descarga sobre los contumaces los castigos que se merecen; pero lo hace con sabiduría, a fin de que lleguen a arrepentirse y cambiar de conducta». Pero podemos dar a esta parábola mayor amplitud:
(A) Es Dios quien instruye al labrador y le enseña lo recto, pues es su Dios (v. 26). Los labradores necesitan discreción para hacer bien sus tareas. El arte de la agricultura merece ser recomendado, pues es un servicio más necesario para la humanidad que el que le pueden prestar la mayoría de las demás artes. La habilidad del labrador procede de Dios. Esto disminuye algo el peso de la sentencia que gravita sobre el hombre a causa del pecado, pues vemos aquí que, aun cuando Dios, en castigo del pecado, le mandó al hombre trabajar la tierra con sudores y fatigas, le enseñó cómo hacerlo de la forma que más le convenía. A todos da Dios la habilidad para un oficio determinado, así como la inclinación a practicarlo con gusto; pero los labradores necesitan mayor discreción, y aun mayor inclinación, porque ellos dependen directamente de la Providencia.
En cuanto al otro ejemplo del método del labrador en obtener el grano, leemos (v. 29): «También esto salió de Jehová de las huestes». Y si esto, que pertenece todavía al arte de la agricultura, procede de la discreción que Dios otorga, «mucho más el destino y las vicisitudes de la humanidad» (Slotki). En realidad—nota del traductor—, todo el versículo 29 se refiere al caso histórico de Israel en las circunstancias a la sazón. Moriarty resume admirablemente la parábola y su aplicación: «Es Dios quien le ha enseñado al labrador lo que hay que hacer. Dios tiene también su plan acerca de Judá y usa los medios y remedios que las circunstancias requieren».
En este capítulo tenemos: I. Los castigos que Dios, por medio de Isaías, anuncia contra Jerusalén (vv.
1–8). II. Una declaración de la ceguera y de la hipocresía de Israel (vv. 9–16). III. Una promesa de bendiciones a Israel, las cuales sólo tendrán pleno cumplimiento en el Milenio (vv. 17–24).
Versículos 1–8
1. El capítulo comienza con un solemne y repetido apóstrofe a Jerusalén (comp. con Mt. 23:37), como se ve por la explicación que sigue a continuación: «ciudad donde acampó David», lo cual añade también peso a la humillación que la ciudad memorial de las proezas de David iba a experimentar. Ariel, en este contexto, sólo puede significar «fogón (del altar) de Dios» (v. Ez. 43:15). El vocablo se aplica, pues, a Jerusalén en cuanto que allí estaba ubicado el templo al Dios verdadero.
2. El castigo que Jerusalén va a llevar es declarado (vv. 2–8) tras de una invitación irónica a que sigan comportándose como si no fuese inminente el castigo.
(A) «Ay de Ariel, Ariel», porque de nada le valdrá la observancia exterior de las ceremonias religiosas para eximirla de la destrucción. «Añadid (v. 1b) un año a otro año, gire el ciclo de las fiestas». Como si dijese: «Continuad con vuestras festividades anuales; vengan tres veces cada año vuestros varones adultos a presentarse ante Jehová en el templo; y que no vengan con las manos vacías, ni falten jamás a ninguna de esas solemnidades; mientras su corazón no se humille y su conducta no se reforme, que no piensen que de ese modo van a pacificar a un Dios ofendido y apartar Su ira».
(B) Jerusalén ha de saber que va a sufrir un duro asedio:
(a) Jerusalén será sitiada. No dice: «Yo destruiré a Ariel», sino «Yo pondré (v. 2) a Ariel en apretura». Será puesta en aprieto a fin de que, incitada así al arrepentimiento, pueda escapar de la destrucción. «Acamparé contra ti (v. 3) alrededor», añade. Era el ejército enemigo el que había de acampar contra Jerusalén, pero bien puede decir que lo hará Dios, pues los asirios serán únicamente instrumentos de la divina justicia.
(b) «Estará (v. 2b) desconsolada y triste al ver desolado el resto del país, y será para Jehová como Ariel, esto es, como un altar de holocaustos, a causa de la sangre que correrá por las calles de la ciudad».
(c) Será humillada y postrada de tal manera, que su voz parecerá salida del interior de la tierra (v. 4). Slotki comenta así este difícil versículo: «Escena de humillación y postración. En lugar del clamor corriente de una ciudad que se siente en paz, se oirán voces sepulcrales como los susurros del nigromante (cf. 8:19)».
3. Pero también se anuncia la derrota de los enemigos de Jerusalén (vv. 5–8). (A) En un momento, repentinamente (v. 5), el terrible enemigo quedará desmenuzado hasta ser como tamo que se lleva el viento (comp. con Sal. 1:4). (B) Dios hará sonar alarma con todos los fenómenos que señalan una intervención extraordinaria de Jehová de las huestes contra los enemigos de Su pueblo (v. 6). (C) La decepción de los asirios ante la inesperada derrota a manos del ángel protector de Israel, será parecida (vv. 7, 8) a la del que sueña que come y bebe y, al despertarse, se halla tan hambriento y sediento como estaba. Esto es exactamente lo que le pasó al ejército asirio que ponía sitio a Jerusalén: Mientras esperaban obtener un gran botín en la captura de Jerusalén, enriqueciéndose con el saqueo de la ciudad, sus esperanzas resultaron ser vanos sueños. Ellos mismos, con toda su pompa, poder y prosperidad, se desvanecieron como un sueño.
Versículos 9–16
1. Vemos aquí al profeta, asombrado ante la estupidez de la mayor parte de la nación judía. Tenían profetas que les llevaban mensajes directamente de parte de Dios. Seguramente esta nación grande había de ser un pueblo sabio y entendido (Dt. 4:6, al final). Pero, ¡ay! La realidad era muy distinta (v. 9): Están ofuscados y ciegos y andan sin rumbo, tambaleándose, incapaces de tomar decisiones correctas; y eso, sin estar ebrios de vino o de licor. Jehová, en sus justos juicios (vv. 10–12), ha derramado sobre ellos un espíritu de sopor, o de letargo, de forma que viendo, no perciben, y oyendo, no se dan cuenta (6:9, 10, comp. con Pr. 23:35). Todo mensaje les parece como palabras de libro sellado, «que no se pueden leer hasta que se haya roto el sello y abierto el libro. En Apocalipsis 5:1 hay un pasaje semejante» (Moriarty). Pablo (Ro. 11:8) aplica el versículo 10 a los judíos incrédulos, quienes, al rechazar el evangelio de Cristo, justamente fueron endurecidos en su incredulidad. Lo mismo les aconteció a los principales sacerdotes, a los fariseos, a los escribas y a los ancianos del pueblo, quienes se opusieron decididamente a Cristo y al Evangelio y, por justo juicio de Dios, quedaron como aletargados, de forma que no comprendiesen la verdad. Ante un libro sellado, tanto el experto (v. 11) como el ignorante (v. 12) se hallan incapacitados para conocer el contenido.
2. El profeta, en nombre de Dios, amenaza a quienes, carentes de verdadera devoción, se conformaban, en su hipocresía, con la observancia mecánica y formalista de los servicios religiosos (vv. 13, 14).
(A) La adoración que dan al Señor es un puro fingimiento (v. 13): Es una religión de boca y de labios, pero su corazón está muy lejos de Dios; no está convertido a Dios porque está vuelto a otras cosas, y todo lo que así desvía el corazón es un ídolo. El temor que profesan tener al Dios verdadero «no es más que un mandamiento de hombres aprendido (de memoria)» (lit.). La tradición de los ancianos tenía para ellos mayor valor que las leyes que Dios les había dado por medio de Moisés. Nuestro Salvador aplicó el versículo 13 a los judíos de su tiempo (Mt. 15:8, 9).
(B) El versículo 14, contra la opinión de M. Henry, no contiene una amenaza de mayor juicio, sino una promesa de gracia más abundante. Dios va a obrar de una manera tan extraordinaria, que los «sabios» de Judá se van a dar cuenta de su falsedad, y la prudencia de sus prudentes se ocultará (lit.), es decir, se esconderán llenos de vergüenza. Comenta atinadamente Moriarty: «Una vez se haya puesto en claro la falsedad de su (de este pueblo—paréntesis del traductor—) sabiduría, Dios intervendrá de un modo maravilloso en la historia de este pueblo. San Pablo hace buen uso de este texto en 1 Corintios 1:19».
3. Muestra luego la insensatez de quienes pensaban que podían actuar secretamente a espaldas de Dios (vv. 15, 16): «¡Ay de los que ahondan para ocultar sus planes a Jehová (lit.), y sus obras están en tinieblas, y dicen: ¿Quién nos ve, y quién nos conoce?!» El profeta se dirige aquí «a los conspiradores políticos del partido proegipcio, que estaban negociando en secreto (cf. 31:1 y ss.; 36:9)» (Slotki), y les dice (v. 16): «¡Oh, qué perversidad (lit. poner las cosas al revés) la vuestra! ¿Acaso ha de reputarse el alfarero como barro, como si el objeto hecho dijese del que lo hizo: “No me hizo”, o el objeto formado dijese del que lo formó: “No entiende”?» (lit.). ¡Verdaderamente, eso sería volver las cosas del revés! Comenta Slotki: «La presunción humana de saber más que Dios es tan insensata como si el alfarero hubiese de ser puesto al mismo nivel que el barro que usa para fabricar sus cacharros; o como si un objeto manufacturado se atreviese a poner en duda la inteligencia del hombre que lo fabricó o a negar en redondo el hecho mismo de que fue quien lo hizo». ¡Cuál no será, pues, la locura del hombre que se atreva a altercar con su Hacedor! (v. Ro. 9:20).
Versículos 17–24
En estos versículos cambia del todo el tono del profeta, y podemos hallar en el versículo 18 un agudo contraste con los versículos 11 y 12. Aquí tenemos, como dice Ryrie, «otra descripción de las bendiciones del Milenio». Dios es ahora el que va a volver las cosas del revés. La afirmación de M. Henry de que «apunta más lejos, al rechazo de los judíos en la primera plantación del Evangelio» no puede ir más descaminada (nota del traductor).
1. La vuelta del revés que Dios va a efectuar es presentada primero (v. 17) en frases que bien podrían ser reproducción de un dicho proverbial: El Líbano, que era un bosque, se iba a convertir en breve en campo fértil, mientras que el campo fértil (¿el Carmel?) había de ser estimado por bosque. De la misma manera (v. 18), los que antes (vv. 10, 11) eran sordos y ciegos, oirán (entenderán) las palabras del libro (comp. con Hch. 8:30 y ss.; 26:18) y verán claramente, fuera ya de (o en lugar de) la oscuridad y de las tinieblas.
2. Esa vuelta del revés tendrá lugar también en el plano social (vv. 19–21): Los humildes y los pobres (los más necesitados—hebr. ebioney—) exultarán de gozo en Jehová, porque (v. 20) los tiranos se habrán acabado, y el escarnecedor (28:14, 22) habrá desaparecido, etc. Comenta Moriarty: «El “tirano” (arits) es aquel cuyo orgullo y egoísmo ha traído desastre a su pueblo. La desaparición de tiranos y desvergonzados es una de las señales de la futura felicidad prometida». Todos los que pervierten la justicia (v. 21), dan falso testimonio («con una palabra»), odian y tratan de enredar a los jueces («al que juzga en la puerta») y hacen que al justo se le nieguen sus derechos («pervierten la causa del justo») al emplear una argumentación sin base, sin orden ni concierto (hebr. batóhu, con el caos—el mismo término de Gn. 1:2—), todos ellos «serán destruidos» (v. 20b).
3. Jacob, que tuvo que avergonzarse ante las humillaciones que le infligieron sus enemigos, dará ahora al olvido, como cosa del pasado, todo lo que sus opresores le hicieron sufrir (vv. 22–24). Dice Slotki: «La generación futura, así como la antigua, reconocerán su sujeción a un Dios Santo, y los extraviados y descontentos ganarán entendimiento y aprenderán las lecciones de la verdadera religión».
(A) «Por tanto, Jehová (v. 22), que redimió a Abraham, dice así a la casa de Jacob …». Dios sacó a Abraham de sus apuros y redimirá también a todos los que, por fe, son su descendencia espiritual; en especial, a los de su descendencia física, tanto como espiritual, que se habrán convertido al final de los tiempos. Slotki entiende así lo de «redimió a Abraham»: «del horno ardiente en el que, según la tradición, le había echado Nimrod por rehusar adorar a sus ídolos».
(B) Jacob no será ahora avergonzado y le desaparecerá la palidez causada por las humillaciones y los sufrimientos que hubo de sufrir antaño a manos de sus enemigos. Comenta Slotki: «ahora. En el distante futuro que, en la vívida visión del profeta, aparece como el presente». Jacob, la antigua generación, pudo pensar que su descendencia quedaba extinta, avergonzándose por ello; pero ahora verá que no es así: Verá a sus hijos, muchos hijos, que santifican y temen al Santo Dios de Israel (v. 23, comp. con 8:13, donde ocurren los mismos verbos hebreos). Nótese que, al hablar de «sus hijos», los de Jacob), dice Dios que son «obra de mis manos». Es de gran consuelo a los padres pensar que sus hijos son criaturas de Dios, la obra de las manos de Su providencia. Pero mucho más consuelo les causará ver que sus hijos son nuevas criaturas de Dios, la obra de las manos de Su gracia.
Este capítulo parece referirse al inminente peligro que ofrecía la invasión de Senaquerib. Tenemos aquí: I. Una justa reprensión a los que se daban prisa por obtener ayuda de Egipto (vv. 1–7). II. Una terrible amenaza contra los que despreciaban el buen consejo que les daba Dios por medio de Sus profetas (vv. 8–17). III. Una amable promesa a los que confiaban en Dios: Habían de ver días felices, de triunfo, de gozo y de genuina reforma (vv. 18–26). IV. Una profecía de la derrota total del ejército asirio (vv. 27– 33).
Versículos 1–7
El pueblo de Dios cometió muchas veces el pecado y la insensatez de pedir socorro a sus vecinos de un lado cuando eran amenazados por los vecinos de otro lado, en lugar de buscar a Dios y poner su confianza en Él. Contra Israel, Judá pidió ayuda a los sirios (2 Cr. 16:2, 3); contra los sirios, buscó el auxilio de los asirios (2 R. 16:7); y contra los asirios, el de los egipcios (2 R. 18:21).
1. Aquí tenemos uno de los casos en que cometió tal pecado (vv. 1, 2): Sin pedir consejo a Dios, esos
«hijos rebeldes», como los llama Él mismo, urden su propia trama, que no es más que una tela de araña, por no seguir la pauta que indica el Espíritu de Dios. Buscan apoyo en la fuerza del Faraón, y refugio en la sombra de Egipto (v. 2b). La «fuerza del Faraón» no era más que una «caña rajada», y el «refugio» que les ofrecía Egipto sólo era una «sombra» que no podía guarecer del fuego enemigo.
2. La maldad de este pecado. Profesaban ser hijos de Dios, pero, al no fiarse de tal Padre, justamente son estigmatizados como «hijos rebeldes». Estaban (v. 1, al final) «añadiendo pecado a pecado». ¿Valía la pena enviar embajadores a Egipto, sin considerar si Dios aprobaba o no tal expedición? Y, en su peligrosa travesía por el Négueb («tierra de aflicción y angustia», v. 6), acarreaban enormes presentes de parte del rey de Judá para los altos funcionarios de la corte de Egipto. Dios les habría socorrido eficazmente y gratis; pero ellos no dudan en gastar fuertes sumas para buscar el apoyo de quienes no podían ayudarles.
3. Las consecuencias de esta insensatez. No está claro de quién son los príncipes y embajadores del versículo 4, si del rey de Judá o del de Egipto. Al considerar que Soán se hallaba al nordeste de Egipto, y que Janés se hallaba al sur de Menfis, mi opinión personal (nota del traductor) es que los príncipes eran de Egipto, y los embajadores, de Judá. Si se tiene también en cuenta que en Egipto gobernaba la dinastía XXV (etíope), se entenderá el comentario de Moriarty: «Los etíopes habían mandado sus delegados al delta oriental, para evitarles a los de Judá el tener que caminar con los presentes hasta Napata, casi a la altura de la cuarta catarata». El enlace con el versículo 5 se explica entonces así: «Aunque los de Egipto les ahorren un largo viaje a los de Judá, o aunque los de Judá lleguen a adentrarse profundamente en Egipto con sus pesados regalos, de nada les servirá» (v. 5): «todos (todo el pueblo de Judá a quienes los embajadores representan) se avergonzarán del pueblo (Egipto) que no les aprovecha (v. 5). Tres veces se repite eso de «sin provecho» en los versículos 5 y 6. La referencia se hace plenamente explícita en el versículo 7: «Sí, a Egipto, cuya ayuda es totalmente inútil; por eso le he llamado lit. he llamado a ése): Ráhab-hem-shábeth», que significa «el monstruo (o el arrogante) que se está quieto». Dice Moriarty: «El epíteto es irónico, pues al ser Ráhab símbolo de confusión y turbulencia, no podía esperarse que se estuviese quieto. Sin embargo, tan impotente es ahora que tiene que estarse forzosamente quieto, sin poder hacer nada».
Versículos 8–17
1. La introducción de la amenaza que el profeta, en nombre de Dios, va a lanzar contra los insensatos gobernantes de Judá, es solemne y tremenda. Por segunda vez (comp. con 8:1 y ss.) le pide Dios al profeta que escriba la visión en una tablilla y que la registre en un rollo de cuero o de papiro, a fin de que sirva de testimonio eterno (v. 8) para el futuro (comp. con 8:16–18). ¡Quede por escrito para vergüenza de los presentes y para admonición a los venideros! Si no les aprovecha a ellos, que les aproveche a sus descendientes. Éstos podrían verse tentados a pensar que Dios había sido demasiado duro con sus mayores, a no ser que conociesen lo malos que sus mayores habían sido, y lo paciente y bueno que había sido Dios al usar con ellos de todos los medios posibles, antes de traer sobre ellos tal desastre.
2. El apelativo que Dios da a estos judíos profanos y malvados (v. 9): «Que éste es un pueblo rebelde (como en el v. 1), hijos mentirosos, que prometen pero no cumplen; que cumplen de boca, pero no de corazón; hijos que no quieren escuchar la instrucción (lit. la ley) de Jehová».
3. La sentencia que pronuncia contra ellos es terrible.
(A) Estos hijos rebeldes y mentirosos no querían oír verdades amargas, sino mentiras dulces (vv. 10, 11). Las frases, como en otros lugares de Isaías, no son precisamente las que salían de los labios de ellos, sino más bien las que el profeta usa para describir la actitud de ellos. Este es un defecto corriente en todos los tiempos. Muchos que profesan ser creyentes, hijos de Dios, se incomodan de que se les diga la verdad, buscan del predicador que les entretenga, no que los fustigue; prefieren fábulas y anécdotas interesantes antes que escuchar el consejo entero de Dios (Hch. 20:27).
(B) A la actitud de esos hijos rebeldes, que no querían escuchar la palabra que, de parte de Dios, les predicaban los profetas, Dios responde «con una serie de metáforas que describen la completa ruina del Estado» (Slotki). La opresión (v. 12) es, probablemente, la exacción de excesivos tributos con que han cargado al pueblo a fin de financiar la costosa política (v. 6) que están siguiendo con Egipto. La perversidad (hebr. naloz) indica la astucia con la que se da de lado a lo que no interesa. Como el pecado del pueblo era, en el fondo, la búsqueda de una falsa seguridad, el castigo es el que corresponde al pecado (vv. 13, 14): será como grieta en una pared … cuya caída viene súbita y repentinamente. En esta caída no quedará nada que sea de utilidad para el futuro (v. 14): se quebrará como vaso de alfarero al que se hace pedazos sin misericordia y que ya no sirve para nada: ni aun para traer fuego o sacar agua. Dice Moriarty: «A falta de otros utensilios que no abundaban, los tiestos se usaban para una multitud de cosas, como la que se menciona en el verso». Todo esto nos recuerda lo que dijo el Salvador sobre la casa que se edifica sobre arena (Mt. 7:26, 27).
(C) Dios les había ofrecido salvación y fuerza (v. 15) con tal que confiasen reposadamente en El. En Dios hemos de apoyarnos con una santa seguridad de que puede hacer cuanto quiera y querrá hacer lo que más conveniente sea para los Suyos. Esta será nuestra fuerza. Pero ellos no aceptaron, sino que (v. 16) retaron a Dios con la confianza en que se las arreglarían por sí mismos para hacer frente al enemigo. La interpretación (o paráfrasis) más probable del versículo 16 es la que ofrece Slotki: «Huiremos en caballos contra los invasores; por tanto (responde Jehová), huiréis del enemigo, escaparéis del campo de batalla en derrota». La segunda parte del versículo 16 está suficientemente clara. Cuando Senaquerib capturó las ciudades fortificadas de Judá, estos hijos rebeldes no pudieron ser persuadidos a que esperasen pacientemente la manifestación de Dios a favor de ellos, como lo hizo finalmente. Por eso, en su pecado hallaron el castigo. Los conquistadores protegieron a los que se estuvieron quietos, pero persiguieron a los que se escaparon. Se predice aquí (v. 17) que serán pocos los que sobrevivan: «tan pocos que darán la impresión de ser como un asta abandonada sin enseña» (Moriarty). Sobre un lugar elevado, podría ser una advertencia para otros.
Versículos 18–26
En esta porción se describen, dice Ryrie, «las glorias del Milenio, aunque el día de la gran matanza (v. 25) se refiere a Armagedón».
1. En efecto, la conjunción consecutiva hebrea lakhén, con que empieza el versículo 18, puede (y debe aquí) traducirse por adversativa («pero», o «a pesar de eso»), pues, frente al cuadro sombrío que presentan los versículos 12–17, el versículo 18 encabeza una sección en la que son prominentes la gracia y la compasión de Dios hacia Su pueblo. Llegará un día en que Israel esperará en su Dios (v. 18, al final) y clamará a Él (v. 19) en oración; y su Dios les escuchará, porque se habrán convertido a Él. Israel nunca más llorará. Los que vivan en Sion, la ciudad santa, tendrán bastantes motivos para enjugar sus lágrimas (comp. con 25:8; 60:20; 61:1–3). Esto se basa en dos grandes verdades: (A) Que Jehová es un Dios de justicia (v. 18b): es sabio y justo en todas las disposiciones de Su providencia; fiel a Su palabra y compasivo hacia Su pueblo. (B) Que, por tanto, son dichosos cuantos esperan en Él (v. 18c); que no sólo esperan en Él con sus oraciones, sino también le aguardan a Él con sus esperanzas.
2. Se predice una era de abundancia y prosperidad; especialmente, de obediencia a la Palabra de Dios.
«El pan de congoja y el agua de angustia», es decir, la extrema escasez de alimentos (la frase sale por primera vez en 1 R. 22:27), darán paso a la abundancia; en especial, a la instrucción espiritual que recibirán del Señor (v. 20). La frase «tus ojos verán a tu Maestro», con que termina el versículo significa, como de ordinario, que gozarán del favor especial de Dios, quien se manifestará a ellos con Sus obras maravillosas (comp. con 1 P. 2:9b). Esta instrucción de parte de Dios les será dada con abundancia, y ellos la buscarán con diligencia (v. 21). Dice Slotki: «Estarán tan ansiosos de oír la Palabra de Dios desde cualquier dirección que venga, que escucharán atentamente incluso a una voz que pueda venirles de detrás de ellos». Dice M. Henry: «Tus oídos oirán a tus espaldas palabra que te diga, etc., llamándote como llama uno a un viajero a quien ve que se marcha de su camino. Esta palabra vendrá de detrás de ti, de alguien a quien tú no verás, pero Él sí te verá a ti». Y cuando alguien esté a punto de torcer, esto es, de desviarse hacia la derecha o hacia la izquierda (v. 21b), la voz que le habla a sus espaldas le dirá: «Éste es el camino; andad en él» (lit.; comp. con Jn. 14:6; Col. 2:6b).
3. Con esto vendrá la mayor de las bendiciones (v. 22): Habrán sido curados de raíz de todas sus idolatrías. Arrojarán lejos de sí todos los vestigios de idolatría (comp. con Os. 14:8). Para lo de «trapo asqueroso» el hebreo tiene una expresión muy distinta de la de 64:6. En aquellos días, los israelitas no sólo se arrepentirán de todo corazón de las pasadas idolatrías, sino que concebirán una santa indignación contra todo lo que pueda desviarles el corazón a lo que no sea agradable a los ojos de Dios.
4. Con esto, Dios les dará abundancia de toda cosa buena (vv. 23–25). Como ellos buscarán primeramente el reino de Dios y su justicia, Dios les añadirá todas las demás cosas (Mt. 6:33). Algo parecido vemos en Salmos 67:6, 7. Dios les dará (v. 23) la lluvia temprana, que cae en octubre para el tiempo de la siembra, y hará que la tierra de fruto pingüe, es decir, grueso, de muy buena calidad, y abundante en cantidad. Los ganados (vv. 23b, 24) tendrán también pienso abundante, sabroso y bien cribado. Incluso en los montes y colinas, de los que habría de esperarse que estuviesen faltos de agua, habrá ríos y corrientes de agua (v. 25). El final del versículo 25 confunde a muchos autores. Dice Moriarty: «El día de la matanza. Pensamiento que sorprende en este contexto; tal vez esté desplazado». Como ya hemos citado de Ryrie, el día de la matanza se refiere a la gran batalla de Armagedón. El
«pensamiento» no está «desplazado», pues se mueve dentro de todo este contexto que se refiere al día de Jehová (en el que se incluyen la Gran Tribulación, Armagedón y el Milenio). Las altas torres que entonces caerán (v. 25, al final) son una «metáfora que designa a los grandes y poderosos» (Slotki).
5. En aquel día (v. 26), la luz, símbolo aquí de dicha y de prosperidad de toda clase, aumentará de tal forma que la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol siete veces (perfección y totalidad) mayor, como la luz de siete días, es decir, siete días de luz en un solo día.
Versículos 27–33
En estos versículos vuelve a predecirse el juicio de Jehová contra Asiria. 1. Jehová es introducido en el versículo 27 con todo el poder de Su majestad y con todo el terror de Su ira. Esto es lo que se implica en la expresión «el nombre de Jehová». Se dice que viene de lejos, ya sea en sentido espacial: «Desde Su morada celestial, desde Su misteriosa morada» (Slotki); o en sentido temporal, como dice el mismo Slotki: «Tradicionalmente, desde lejos significa desde tiempos antiguos, de acuerdo con la promesa que hizo hace mucho tiempo». Nótense las tres metáforas del versículo 28: (A) El agua que llega hasta el cuello, «formando una división entre la cabeza y el cuello» (Slotki). (B) El zarandeo de las naciones con criba de destrucción, de forma que no quede ni uno, ya que la criba no hallará nada digno de conservarse.
(C) El freno en las quijadas de los pueblos, haciéndoles errar (lit.) significa que los enemigos serán frenados de forma que todos sus planes fracasen.
2. Recuérdese una vez más todo el episodio de la milagrosa liberación de Jerusalén del asedio que les habían puesto los asirios (2 R. 19:35–37; 2 Cr. 32:21; Is. 37:36). Mientras los israelitas se alegran como quien celebra la Pascua (v. 29), y festejan con panderos y arpas (v. 32) cada golpe de la vara de Dios contra Asiria, Jehová (v. 30) hará oír su majestuosa voz (probablemente, la de los truenos en una gran tempestad) y descenderá airado para quebrantar a los asirios (vv. 31, 32). Esta destrucción del ejército asirio es comparada (v. 33) a una gigantesca pira de hombres consumidos por el fuego. Éste es el quemadero (lit.) que Dios prepara para ellos. Dice Slotki: «El hebreo Tofté se ha de conectar evidentemente con Tófet, el lugar donde se quemaban a Moloc sacrificios humanos (2 R. 23:10; Jer. 7:31). Aquí, el “sacrificio” será el rey de Asiria, cuya destrucción se predice». En efecto, se supone que en el Tíffet, nombre que designa al valle del Hijo de Hinnom (la guéenna del N.T.), fue donde los regimientos asirios cayeron al golpe del ángel exterminador.
Este capítulo es como un compendio del anterior. I. Se denuncia a los que, ante la invasión asiria, confiaron en los egipcios, y no en Dios, para su socorro (vv. 1–3). II. Seguridad que se les da de la protección que Dios había de dispensar a Jerusalén en aquel tiempo de peligro (vv. 4, 5). III. Un llamamiento al arrepentimiento y a la reforma de vida (vv. 6, 7). IV. Predicción de la caída del ejército asirio (vv. 8, 9).
Versículos 1–5
1. El pecado de que aquí se les reprende a los israelitas (v. 1): Descienden a Egipto por ayuda, como si los adoradores de los ídolos hubiesen de tener más éxito en la tierra que los siervos del Dios vivo y verdadero. Los egipcios tenían muchos carros, caballos y jinetes y, si podían obtener para su servicio tales medios, pensaban los judíos que estarían en condiciones de habérselas con el rey de Asiria. Con esto hacían de menos al Dios de Israel: «No miran al Santo de Israel ni buscan a Jehová» (v. 1, al final).
2. Lo absurdo de tal pecado (v. 2): «Pero Él (Dios) también es sabio». Comenta Slotki: «El profeta habla irónicamente. La sabiduría no es monopolio de los políticos del partido proegipcio. ¡También Dios la posee!» Moriarty hace notar que «éste es el único texto del Antiguo Testamento en que se le llama a Dios sabio». No sólo es sabio, más sabio que ellos, sino que, además (vv. 2, 3), es infinitamente poderoso, pues «los egipcios son hombres, criaturas mortales; y sus caballos, carne», débil como toda carne (comp. Jer. 17:5), mientras que Jehová es Dios, infinito y eterno, y Espíritu (comp. con Jn. 4:24).
3. A continuación, Isaías les dice, de parte de Jehová, que Él mismo va a entrar en liza contra los enemigos de Jerusalén con la misma osadía con que un león ruge sobre la presa (v. 4). Cuando un león se lanza sobre la presa, aunque se reúnan muchos pastores contra él, no lo espantarán. No se atreverán ni siquiera a acercarse a él; lo más que pueden hacer es ruido, y pensar que con sus voces lo van a espantar; pero él no hace caso de dichas voces. «Así descenderá Jehová de las huestes a pelear sobre el monte de Sion» a favor de Jerusalén. «Amparará a Jerusalén del mismo modo que protege un ave a su nidada aleteando sobre sus polluelos» (v. 5). No cabe duda de que aquí la figura es la del águila, en contraste con la gallina de Mateo 23:37. El vocablo para «pasando» («y pasando la preservará»—dice literalmente la frase final del v. 5—) es pasóaj, y únicamente ocurre aquí y en Éxodo 12:12, 13, 27—con referencia al ángel exterminador que pasaba sobre las casas de los israelitas cuando mató a todos los primogénitos de los egipcios—. Del mismo modo iba a ser totalmente destruido el ejército asirio: iban a morir de pestilencia, pero ninguno de los sitiados iba a contraer la infección. De este modo iba a pasar de nuevo sobre las casas de Su pueblo para preservarlos.
Versículos 6–9
1. Una vez que Jerusalén se reforme, será libertada de sus enemigos (vv. 6, 7). Esta era la voz del Señor que gritaba en la ciudad, y la voz de los profetas que interpretaban el juicio de Dios: «Volveos a aquel contra quien os rebelasteis profundamente, hijos de Israel» (v. 6). Les recuerda su origen y su linaje; habían sido apóstatas, pero sin dejar de ser hijos; por tanto, que se vuelvan y será curada su apostasía. A eso sigue (v. 7) una promesa misericordiosa: «Porque en aquel día (de nuevo, el “día”; compárese con 2:10; 30:22) arrojará cada uno sus ídolos, etc.». Aunque lo habían de hacer también (externamente) en tiempo de Ezequías, sólo al final de los tiempos lo harán de todo corazón.
2. Los sitiadores de Jerusalén serán derrotados. Cuando los israelitas hayan arrojado sus ídolos, entonces caerán los asirios (vv. 8, 9). El ejército asirio quedará en el lugar donde se halla, muertos todos sus componentes por la espada de Dios en manos de un ángel. Lleno de terror (v. 9), huirá el que es su fortaleza (lit. su peña), es decir, el rey de Asiria. Sus príncipes, es decir, los jefes del ejército asirio, se espantarán (o desmayarán) de la enseña (lit.). Esto da a entender que la enseña no indica ninguna bandera asiria, sino «la que Dios levantará, por decirlo así» (Slotki). ¿Quién hará esto? Jehová, cuyo fuego está en Sion, y su horno en Jerusalén (v. 9b). Moriarty ve aquí una «alusión al fuego del templo (6:6)». Slotki lo entiende de otro modo: «Fuego … horno. Que consumirá a Sus enemigos e irradiará luz y calor a Sus amados». M. Henry hace la siguiente acomodación devocional: «Dios guarda allí morada, como hace el hombre en el lugar donde están su fuego y su horno. Que no piensen los asirios que le van a desposeer de su propia casa. Él mismo es una muralla de fuego alrededor de Jerusalén, de forma que, quienquiera se lance al asalto de ella, lo hará con peligro de su vida».
Aquí hay: I. Una profecía de la buena obra de reforma con que iba a comenzar su reinado Ezequías (vv. 1–8). II. Una profecía de la gran perturbación que había de sufrir su reino a causa de la invasión asiria (vv. 9–14). III. Una promesa de mejores tiempos, durante el reinado milenario del Mesías (vv. 15– 20).
Versículos 1–8
Aquí tenemos la descripción de un reino floreciente.
1. Vemos a las autoridades que cumplen con su deber (vv. 1, 2). Los altos funcionarios del Estado (hebr. sarim—lit. príncipes—) han de tener sobre ellos un monarca que sea principio de unidad y de orden; y el rey ha de tener bajo su cetro altos funcionarios, para actuar por medio de ellos (1 P. 2:13, 14). Han de usar su poder conforme a la ley, no contra la ley. Han de gobernar con rectitud y con justicia y equidad, lo cual requiere también sabiduría y prudencia. Así serán de gran bendición para el pueblo (v. 2). Un varón así, un rey que gobierne con rectitud, será refugio seguro para el pobre y el oprimido, y manantial de social bienestar y prosperidad, pues eso es lo que indican las cuatro metáforas del versículo.
2. En su sentido pleno, sólo el Mesías cumple a la perfección todo eso: En Él hallamos ríos de agua viva (v. Jn. 7:37–39) para todos los que tienen sed de justicia, así como todo el refrigerio que un alma necesitada pueda desear; la sombra de una roca que nos proteja del calor excesivo, del viento y de la lluvia; el escondedero y el refugio contra las demandas que la justicia infinita del Dios tres veces santo presenta contra cada uno de nosotros, miserables pecadores.
2. Vemos a los súbditos, deseosos igualmente de cumplir con su deber. Estarán deseosos de ser enseñados (vv. 3, 4), darán de lado a prejuicios y resentimientos contra los gobernantes y los maestros, y se someterán a la luz y al poder de la verdad (v. 3). Cuando esta bendita obra de reforma se pone en marcha, y los hombres ponen de su parte lo necesario, la ceguera anterior (29:9, 10) queda eliminada, y todos abren de par en par los ojos y los oídos a la Palabra de Dios. Experimentarán en su interior un cambio maravilloso (v. 4): Los atolondrados que antes se precipitaban a obrar a impulso de sus instintos, comprenderán para saber cómo han de hablar y actuar, y los malvados «que temían hablar con claridad, no fuese que sus secretos designios fuesen conocidos» (Slotki), hablarán claramente.
3. En un reino como éste, cuyo modelo perfecto sólo se hallará en el reino mesiánico milenario, a las cosas se les llamará por su verdadero nombre (nótese el contraste con 5:20). Las diferencias entre el bien y el mal ya no volverán a ser confundidas (v. 5) por los que llaman luz a las tinieblas, y tinieblas a la luz:
«El ruin nunca más será llamado generoso, etc.». Los hombres serán estimados por su carácter moral, no por las riquezas que posean. Se describe aquí (vv. 6–8) al ruin y al generoso: El ruin no tendrá respeto a Dios ni consideración a los hombres, pues, a costa de medrar, tramará intrigas para enredar a los ignorantes y a los necesitados, explotándoles hasta dejarles faltos de todo sustento. Pero el que es generoso (lit. noble—v. 8—) proyectará cosas nobles, y en cosas nobles se sostendrá (lit.). A fuerza de pensarlas (comp. con Fil. 4:8), las pondrá en práctica. El árbol se conoce por sus frutos. Dice Moriarty:
«El epigrama aquí expresado es el equivalente hebreo del agere sequitur esse» («el obrar sigue—como el fruto al árbol—al ser». El paréntesis es del traductor).
Versículos 9–14
Como en 3:16–24, el profeta lanza aquí una diatriba contra las mujeres de Jerusalén que, al pertenecer a las clases pudientes, hacían ostentación de lujo en peinado, vestido y joyas.
1. Las llama (v. 9) indolentes, esto es, despreocupadas y amantes de la comodidad, y las exhorta a levantarse (comp. con Am. 6:1) y dar de lado a su indolencia, porque la vida fácil se les va a terminar pronto (v. 10), ya que, en poco más de un año, Senaquerib invadirá Judá y no habrá cosecha ni vendimia. Las que derrochan en lujo, y gastan para lo superfluo, pronto carecerán hasta de lo necesario.
2. Las exhorta al arrepentimiento (vv. 11, 12). No basta con que se lamenten de lo que va a ocurrir, es preciso que se despojen de sus ropas lujosas y costosas, se vistan de saco y se golpeen el pecho en señal de duelo. Esto da a entender que no sólo las van a desnudar los juicios de Dios, sino que la mejor prevención del aprieto en que se verán ha de ser arrepentirse y humillarse en la presencia de Dios con las evidentes pruebas de una sincera pesadumbre por sus pecados. La mejor preparación para la inminente calamidad será negarse a sí mismas y desligarse de todos los deleites de los sentidos.
3. Ciertamente, habrá sobrados motivos para lamentarse (vv. 13, 14), ya que los campos sólo criarán «espinos y zarzas»; las casas—aun los palacios—donde antes había alegría y jolgorio, así como las torres y los fortines, sólo servirán de guarida para los asnos silvestres. Todo será una desolación perpetua. Sin embargo, el «para siempre» (hebr. ad olam) del versículo 14b significa «por largo tiempo, pues su final se predice en el versículo siguiente» (Slotki). Nótese el «hasta que» con que empieza el versículo 15.
Versículos 15–20
De nuevo tenemos en estos versículos una predicción de las bendiciones del reino milenario.
1. La renovación futura, con la restauración de la prosperidad, la justicia y la paz, será obra del Espíritu de lo alto, es decir, del cielo (v. 15), el cual será derramado sobre nosotros—como dice Isaías, en nombre de todo el pueblo de Dios—. Para la segunda parte del versículo 15, véase el comentario a 29:17. Esta profecía se halla ampliada en Joel 2:28–32, y tuvo parcial cumplimiento el día de Pentecostés (v. Hch. 2:16–21), «pero su pleno cumplimiento se verá cuando Israel se convierta al Señor (Hch. 3:19; Ez. 36:25–27)» (Trenchard).
2. La justicia hallará morada en todas partes, incluso en el desierto (v. 16), y el resultado (v. 17), es decir, el fruto (lit. Ia obra) de la justicia será la paz. Efectivamente, sin justicia no hay paz posible. Por eso, no puede esperarse paz duradera en el actual estado de cosas, ya que la justicia y la rectitud brillan por su ausencia. Pío XII tomó como lema la primera parte del versículo 17 (en latín: «opus justitiae pax»), pero el mismo año en que fue coronado papa (1939), comenzó la Segunda Guerra Mundial.
3. Este estado de cosas: rectitud, prosperidad, paz, será—ahora va de veras—«para siempre» (v. 17, al final). Tras de este cuadro de plena felicidad, «los dos últimos versos (19, 20) son oscuros», dice Moriarty. Ryrie recurre a la alegoría: «Cuando el bosque de la humana soberbia sea nivelado por el granizo». Lo más probable es que Isaías compendie aquí el inminente juicio de Dios sobre Israel por medio de la invasión asiria, pues el granizo es una metáfora que designa el juicio de Dios (comp. con 28:2, 17; 30:30), la posterior destrucción de Jerusalén (no Nínive, según opinan muchos expertos judíos), «descendiendo al valle» (v. 19, al final, lit.) «de la destrucción» (Slotki, aunque parece favorecer la idea de que se trata de Nínive) y, finalmente, la dicha (v. 20) general durante el reino milenario (comp. con 30:24, 25).
En este capítulo tenemos: I. Un apóstrofe del profeta al invasor asirio, seguido de una oración ferviente a Dios, que Isaías ve ya respondida de antemano (vv. 1–6). II. Se describe, una vez más, la desolación asiria (vv. 7–9). III. Dios se dispone a obrar en respuesta a la oración del pueblo (vv. 10–12).
IV. El profeta expone las condiciones requeridas para librarse del juicio de Dios (vv. 13–16). V. La victoria sobre el asirio lleva al profeta a remontarse a las bendiciones del reino mesiánico (vv. 17–24).
Versículos 1–6
1. El profeta apostrofa aquí (v. 1) al invasor asirio sin nombrarlo: «¡Ay de ti, que saqueas, etc.». El rey de Asiria había despojado al pueblo de Dios, había quebrantado su pacto de paz con él y había obrado a traición. Así había tratado a quienes no le habían hecho ningún mal. Pero el que había despojado a las ciudades de Judá, será destruido por medio de un ángel; los caldeos harán deslealtad contra él (v. 1, al final), cuando él haya acabado de portarse así con Judá. Peor todavía será la deslealtad de sus propios hijos, quienes le asesinarán mientras rinde devoción a sus falsos dioses.
2. Sigue una oración del pueblo de Dios (v. 2), que acude con fervor al trono de la gracia, e implora misericordia por el país, que se halla en un tremendo apuro: «Oh Jehová, ten misericordia de nosotros, etc.». Oran por el rey, sus nobles y los soldados: «¡Sé tú el brazo de ellos por las mañanas!» (lit.). El brazo, la ayuda y defensa, de todo Israel, no sólo de los nobles y el ejército, a pesar del cambio brusco de la primera persona de plural a la tercera, cosa «no extraña en el estilo hebreo» (Slotki). Isaías vuelve de nuevo a usar la primera persona: «Nuestra salvación también en tiempo de aprieto». De Dios dependen, no sólo para que les salve ahora, sino para que sea «salvación» de ellos.
3. El profeta ve en seguida que Dios va a responder a la oración. El estruendo (el trueno—la voz de Dios—), símbolo de la ira divina y del juicio que va a ejecutar, hace huir a los pueblos (v. 3), en plural, porque «las huestes asirias se componían de muchas nacionalidades» (Slotki). Sin embargo, como el propio Slotki advierte: «Como el texto no tiene artículo determinativo, puede ser una descripción general de la fuerza invencible de Dios, y la traducción debería ser “pueblos … naciones”».
4. En el versículo 4, Isaías se dirige a los asirios, pues el original dice «vuestro despojo». Estos despojos serán recogidos de forma que no quedará nada: «como cuando lo recogen las orugas». Lo mismo hacen las langostas, que devoran cuanto encuentran a su paso. Los que despojen a los asirios derrotados y fugitivos, se harán dueños del botín con la misma facilidad y presteza con que las orugas y las langostas desnudan un árbol o un campo. Con este despojo de los enemigos sobrenaturalmente derrotados, «será exaltado» (v. 5). El pueblo disfrutará de la bendición, pero la gloria será del que los salvó. Con gratitud y rendida adoración, el profeta alaba al Dios que, a pesar de morar en las alturas, ha descendido a libertar a Su pueblo; más aún, ha llenado a Sion de justicia y rectitud (v. 5b, comp. con 32:16).
5. Ezequías y su pueblo son animados (v. 6) con la seguridad de que Dios había de estar del lado de ellos durante su aflicción: «Rica provisión de salvación, de sabiduría y de conocimiento». La base firme de todo esto es que Él (Jehová) será un fundamento estable para tus tiempos. «Salvación», con respecto a los enemigos de fuera; «sabiduría y conocimiento» para saber cómo gobernarse dentro del país. Y (v. 6, al final) «el temor de Jehová será su tesoro». La sincera piedad es el verdadero tesoro de todo príncipe y de todo pueblo. Esto es lo que les hace de veras ricos.
Versículos 7–12
Se describe ahora la desolación que la invasión asiria ha producido, así como la decisión de Dios de ponerse a actuar en respuesta a la oración del versículo 2.
1. Vemos primero el gran aprieto en que llegó a verse Jerusalén (vv. 7–9). Se predice aquí:
(A) Que el enemigo sería muy insolente y no habría modo de habérselas con él ni con tratados de paz, porque los ha quebrantado (vv. 7b, 8—«los mensajeros de paz llorarán amargamente; … ha anulado el pacto»—), ni con preparativos para la guerra (vv. 7a, 8b—«los valientes darán voces—de lamentación— fuera …; despreció las ciudades, tuvo en nada a los hombres»). Al encontrar tan poca resistencia en su camino hacia Jerusalén, el asirio hace burla de las ciudades y de los hombres.
(B) Que el país quedaría desolado durante algún tiempo a causa de la crueldad del invasor. Nadie se atrevía a salir a los caminos ni aun a la calle (v. 8a). Con esto, el comercio y aun cualquier negocio sufrían un paro general. Lo mismo pasó con la agricultura y el pastoreo (v. 9). La parte del país que correspondía a las diez tribus del norte estaba ya desolada. Nótense las bellas metáforas: «Se enlutó, enfermó la tierra (al simpatizar con los sufrimientos de sus habitantes—Slotki—); el Líbano, famoso por sus cedros, se avergonzó y se marchitó, al ser despojado de lo que era su hermosura; Sarón, famoso por sus rosas, se ha vuelto como un desierto; y están desnudos Basán y Carmel (lit.): Basán, famoso por su ganado mayor, y Carmel, famoso por su cereal, están desnudos, es decir, pelados por el enemigo». Todos ellos «son mencionados como los lugares más fértiles (cf. 35:2)» (Slotki).
2. Vemos después, por fin, la manifestación de Dios que se dispone a pararle los pies al arrogante invasor (vv. 10–12). Parecía que se había desentendido de lo que estaba sucediendo, sentado en Su trono como un espectador a quien el asunto no le va ni le viene. Pero ahora va a mostrar, no sólo que hay un Dios que juzga, sino también que es un Dios soberano. Cuando fracasan todos los demás auxiliadores, entonces es la hora de Dios para auxiliar (v. 10). Y, dirigiéndose a los asirios, les dice Él mismo (v. 11):
«Concebisteis paja; rastrojo daréis a luz» (lit.). En sus propios planes, los asirios preparaban el combustible. Y el mismo aliento que los asirios respiraban, es decir, el furor con que perseguían a sus víctimas (v. la misma imagen en Hch. 9:1 «respirando amenazas y muerte …») era como el fuego con que ellos mismos se iban a consumir, al ser un combustible tan adecuado. Así es como los pueblos (v. 12, comp. con el v. 3) serán consumidos del todo, calcinados («como las quemas de cal») y abrasados, como espinos cortados, doblemente secos, que son quemados en el fuego. Tal fue, en efecto, la destrucción del ejército asirio.
Versículos 13–16
Como advierte Slotki, el versículo 13 «puede entenderse como conclusión de la sección precedente o como introducción de la que sigue». Al ser una llamada de atención, puede tomarse en los dos sentidos, pero me atrevo a decir (nota del traductor) que más bien sirve de puente o quicio, ya que «los de lejos» (v. 13a) se refiere a los invasores gentiles (comp. con Ef. 2:13, 17), por lo que precede (vv. 10–12), mientras que «los que están cerca» (v. 13b) son, sin duda, los judíos, como se ve por lo que sigue (vv. 14–16).
1. El tremendo golpe que Dios ha infligido a los enemigos de Su pueblo ha sembrado el terror también entre los pecadores en Sion (v. 14), hasta sobrecoger de espanto a estos hipócritas. Hay pecadores que disfrutan de los privilegios y servicios religiosos de Sion, pero su corazón no está recto en la presencia de Dios. Pero al ver la destrucción llevada a cabo en el ejército enemigo, quedan consternados y convictos en el interior de su conciencia, y se preguntan (v. 14b): «¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor?» (comp. con He. 12:29), es decir, «Dios, cuya ira llameante destruye a los malvados y purifica a los penitentes» (Slotki). Sobre lo de las «llamaradas eternas» (frase final del v. 14), comenta el mismo Slotki: «El juicio de Dios es eterno como Dios mismo».
2. A continuación, tenemos la respuesta (vv. 15, 16) a las preguntas del versículo 14b. Las condiciones para disfrutar de la comunión con Dios son «caminar en justicia y hablar lo recto» (v. 15). Tenemos aquí:
(A) El carácter del bueno aun en tiempos de general iniquidad: Él camina rectamente. Actúa según las normas de la equidad, dándole a cada uno lo suyo; no sólo a Dios, sino también a los hombres. También habla rectamente, con honesta intención y con mesura de palabras. Tiene por cosa sórdida enriquecerse por medio de la opresión del prójimo, así como recibir soborno para impedir que se haga justicia: «sacude sus manos de recoger soborno, como si tomase por grave afrenta el que se atrevan aun a proponérselo; se tapa los oídos para no escuchar propuestas sanguinarias, es decir, de conspiraciones para derramar sangre; el que cierra sus ojos para no ver cosa mala, no para hacer la vista gorda ante los crímenes que se perpetran, sino porque aborrece el pecado de tal manera que no puede sufrir el ver a otros cometerlo». Los que quieran preservar la pureza de su alma, deben también cerrar los oídos a la tentación, y desviar los ojos del pecado y de las vanidades del mundo.
(B) El consuelo del bueno, que puede animarle aun en tiempos de general calamidad (v. 16). Este hombre estará a salvo, pues tendrá comunión con el Dios que es fuego consumidor, pues para él será una luz regocijadora. En cuanto a los presentes apuros y calamidades, no llegarán a hacerle daño, pues habitará en las alturas, refugiado en Dios, baluarte de rocas. El Dios que es la roca de las edades (o de la eternidad) será su alto torreón. Allí no le faltará nada de lo que necesita para subsistir; tiene seguros el pan y el agua, por muy duro y estrecho que sea el cerco puesto a la ciudad. Quienes temen a Dios, nunca carecerán de cualquier cosa que sea buena para ellos.
Versículos 17–24
Estos versículos se refieren al reino mesiánico, como lo entienden autores de trasfondo tan dispar como Slotki, Moriarty y Ryrie.
1. El profeta se dirige a la nación, como si fuese un solo individuo, en singular colectivo, y dice (v. 17): «Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán una tierra dilatada». Dice Moriarty: «Al rey en su esplendor: al rey futuro de la era mesiánica, que reinaría sobre un reino dilatado y tranquilo». Esto se cumplió en parte en Ezequías, cuando apareció de nuevo con su lujosa y larga vestimenta regia, después de haber ido vestido de saco en señal de duelo. Así verán también todos los creyentes la Jerusalén Celestial, la Nueva Tierra Prometida, y se consolarán de las aflicciones y penalidades de la vida presente, cuando recuerden lo que aquí sufrieron (v. 18): «Tu corazón imaginará el espanto experimentado durante el asedio, y dirá: ¿Qué es del que contaba? (lit.), es decir, del oficial asirio que contaba el número de personas que habían de ser sometidas a trabajos forzados o a pagar tributo. ¿Qué del pesador del tributo, del oro y de la plata con que se pagaba el tributo? ¿Qué del que contaba las torres (lit.), para ver cuáles debían ser demolidas “o para comprobar la resistencia de que era capaz la ciudad”? (Slotki)».
2. Estarán tranquilos, porque ya no volverán a ver (v. 19) al asirio, a aquel pueblo orgulloso (v. 2 R. 19:32), de lengua difícil de entender, etc. (v. el comentario a 28:11, así como Dt. 28:49, 50; Jer. 5:15). La permanente estabilidad futura de Jerusalén se declara aquí en una doble promesa (v. 20) de seguridad: (A)
Será una seguridad bien fundada, morada de quietud para el pueblo de Dios. Los tiranos habrán desaparecido (v. 29:20); así que no se verán espantados por alarmas de guerra ni de opresión. (B) Será una seguridad inamovible, porque, aun siendo una tienda o tabernáculo (¡también en el cielo!—Ap. 21:3—), su estabilidad será tal que «no será desmantelada, ni serán arrancadas sus estacas, ni ninguna de sus cuerdas será rota». Dice Moriarty: «Jehová permanecerá con ellos sin moverse». M. Henry hace la siguiente acomodación devocional: «La iglesia de Dios en la tierra es un tabernáculo que, aunque sea trasladado de un lugar a otro, no será desmantelado mientras dure el mundo, porque en cada época tendrá Cristo una simiente que le sirva. Las promesas del pacto son las estacas, y las ordenanzas e instituciones del Evangelio son las cuerdas que nunca serán rotas».
3. Dios mismo será su protector y Salvador (vv. 21, 22). Ésta es la base principal de la confianza de ellos. Dios será el Salvador de Jerusalén: «Majestuoso estará allí Jehová para nosotros» (lit.). Es cierto que habrá ríos y arroyos muy anchos, abundancia de agua, no sólo como garantía de fertilidad, sino también de seguridad. Dice Slotki: «Jerusalén es comparada a una ciudad rodeada de agua como protección (cf. Nah. 3:8)». Sin embargo, a pesar de estar rodeada de ríos, por ellos no andará galera de remos, ni pasará gran nave, es decir, no habrá peligro de que se acerquen jamás naves enemigas. La razón de esta seguridad la da el propio profeta (v. 22): «Porque Jehová es nuestro Juez … Legislador … y Rey; en una palabra, nuestro Soberano Omnipotente; Él mismo nos salvará».
4. En el versículo 23 (que, con la mayor probabilidad, debe conectarse con el v. 21), el profeta se dirige a un imaginario enemigo que se haya atrevido a intentar llevar sus barcos a los anchos ríos de Jerusalén: No llegarán a puerto; no sólo se verán incapaces de izar las velas, sino que dejarán en poder de los habitantes de Jerusalén tan abundantes despojos, que hasta los cojos podrán participar del botín, al no haber quedado ningún enemigo que los persiga para impedirlo. De esta manera, Dios sacará bienes de males, pues no sólo salvará a Jerusalén, sino que la enriquecerá.
5. No sólo el pecado, sino también la enfermedad, quedarán alejados de allí (comp. con Sal. 103:3). Así como la muerte es paga del pecado (Ro. 6:23), también lo es la enfermedad, que es como la antesala de la muerte. En la feliz y santa Jerusalén, nadie se sentirá enfermo (v. 24), porque le habrá sido perdonada su iniquidad, que es la enfermedad del alma, raíz y fuente de la enfermedad del cuerpo. Cuando Dios perdona el pecado, también cura la enfermedad (comp. con Stg. 5:14–16).
En este capítulo y en el siguiente tenemos la cara y la cruz del gran Día de Jehová; aquí, Armagedón; en el capítulo 35, el Milenio. En el presente capítulo tenemos: I. Una llamada a todas las naciones del mundo, para que se enteren del juicio que Dios ha sentenciado contra ellas (vv. 14). II. El terrible castigo que Jehová va a infligir a los rebeldes incrédulos, simbolizados en Edom (vv. 5–8). III. El cuadro de la tremenda desolación que seguirá a la conflagración universal (vv. 9–17).
Versículos 1–4
1. Proclamación de la guerra (v. 1). Todas las naciones deben escuchar el bando, porque a todas les concierne: Dios está airado con ellas; Su indignación se cierne sobre toda la tierra y cuanto hay en ella.
2. Publicación del bando (v. 2): Todas las naciones están coligadas (v. Sal. 2:1–3) contra Dios, contra Cristo y contra la religión verdadera y dispuestas a fomentar y propagar los intereses del diablo. Así como han disfrutado hasta ahora del beneficio de la paciencia de Dios, así deben esperar ahora sufrir los efectos de Su indignación. Su furia se cierne de modo especial sobre todo el ejército de ellas (comp. con Ap. 19:19), pues es por medio de las armas como ha llevado el enemigo su persecución al pueblo de Dios.
3. Se adelanta luego (v. 3) un compendio de la tremenda derrota que van a sufrir los enemigos de Dios y de Su pueblo: Los muertos serán innumerables; sus cadáveres permanecerán insepultos, de forma que un hedor insoportable se levantará de ellos; la sangre derramada será tan copiosa que se derretirán los montes (lit.). Con expresiva hipérbole, se pone así de relieve la tremenda mortandad. El acontecimiento tendrá (v. 4) repercusiones cósmicas (comp. con Ap. 6:12–14), que dan a entender los efectos, en la tierra y en el cielo, de la indignación divina; por lo cual se repite su mención a diversos niveles (v. 13:13; 51:6; Ez. 32:7, 8; Jl. 2:31; Mt. 24:29; 2 P. 3:10; Ap. 6:12–14; 20:11; 21:1). Toda la belleza decorativa con que Dios vistió a la creación, quedará entonces desmontada y destruida, como una morada maldita, que comparte el anatema de sus moradores.
Versículos 5–8
Se describen las operaciones de la guerra contra las naciones, simbolizadas en Edom, esto es, Esaú, el enemigo ancestral de Israel.
1. «Mi espada se ha embriagado en los cielos» (v. 5, lit.), dice Dios, en una metáfora que indica el furor de la ira divina preparándose para destruir a Edom. La espada guerrera de Dios es siempre una espada de justicia. En ese furor divino ha templado la espada su filo (comp. con Ez. 21:9–11).
2. A continuación, el profeta contempla ya (vv. 6, 7) ejecutada la venganza de Jehová. Ve la espada de Dios llena de sangre, «cubierta de grasa». «Los edomitas son comparados a los animales que son degollados para el altar» (Slotki). Según el mismo autor, los corderos, machos cabríos y carneros del versículo 6 «son figura de los diversos tipos entre las clases bajas de los habitantes de Edom», mientras que los búfalos, toros y becerros del versículo 7 «son figura—según Slotki—de los rangos entre las clases más altas del dinero y de la milicia».
3. La mención del sacrificio en Bosrá, capital de Edom (v. 6b), nos da una nueva pista para ver en esta matanza de los edomitas el tipo de la batalla de Armagedón (comp. con 63:1; Jer. 49:13; Ap. 14:19, 20; 19:13, 15). El versículo 8 nos añade una nueva referencia, que confirma lo que acabamos de decir:
«Porque Jehová tiene un día de venganza, un año de retribuciones en el pleito de Sion» (comp. con 61:2b; 63:4), es decir, en la controversia de Sion con Edom.
Versículos 9–17
En estos versículos podemos contemplar el cuadro de total desolación después de la conflagración descrita en los versículos anteriores bajo la figura de la destrucción de Edom.
1. El país quedará como Sodoma y Gomorra cuando las consumió (v. Gn. 19:24) el fuego del cielo (vv. 9, 10). Dichas ciudades se hallaban en las cercanías del país de Edom. De ahí, la mención del azufre y de la brea ardiente (v. 9). Las frases del versículo 10 expresan gráficamente una devastación irreversible: Quedará asolada para siempre, no volverá a ser edificada, nadie pasará por ella, como si ardiese perpetuamente. Esta imaginería es aplicada a los adoradores de la Bestia en Apocalipsis 14:10, 11, y a la «gran ramera» (Babilonia-Roma) en Apocalipsis 19:3.
2. El sentido figurado de las expresiones del versículo 10 se capta claramente al compararlas con las del versículo 11, donde se describe gráficamente el estado en que queda una ciudad asolada por completo, pues las aves ahí mencionadas van siempre conectadas con los lugares desiertos y solitarios (comp. con 14:23). Sobre la ciudad queda extendida «la cuerda de confusión y la plomada de vaciedad» (v. 11b, lit.). Es muy interesante notar que Isaías describe el estado caótico de la devastada Edom con los mismos términos hebreos tohu y bohu que vemos en Génesis 1:2. «El pecado—dice M. Henry—convierte pronto en caos un paraíso y empaña la belleza de toda la creación. Cuando hay confusión, pronto habrá vaciedad.» Sus nobles desaparecerán y ninguno podrá presentarse (v. 12) que haga valer sus derechos al trono, pues «todos sus príncipes habrán quedado en nada».
3. La devastación de Edom continúa siendo descrita (vv. 13–15) con nueva imaginería: Se mencionan como habitantes de la ciudad desolada («espinos, ortigas y zarzas» son las únicas plantas que allí se crían), animales asociados, como las aves del versículo 11, con lugares solitarios y selváticos (vv. 13–15): chacales y avestruces (v. 13b); hienas y sátiros (v. 14; comp. con 13:21, 22, donde puede verse el comentario sobre lo que nuestra Reina-Valera vierte por «cabra salvaje»). Especial atención merece el hebreo lilit («lechuza», en la Reina-Valera). Dice Slotki: «El hebreo lilith, que en la Biblia se halla únicamente aquí, ocurre con frecuencia en la literatura talmúdica y especialmente en la Cábala, donde es el nombre de un demonio femenino, la primera esposa de Adán antes de Eva». Dice Moriarty: «En los escritos de los rabinos, Lilit es la mujer que engañó a Adán». Contra esta fábula, véase 2 Corintios 11:3, donde se llama precisamente «Eva» la mujer engañada por la serpiente. A los animales mencionados en los versículos 13 y 14, se añaden en el versículo 15 el búho y los milanos (mejor que «buitres»). Lo de
«cada uno con su compañera» (v. 15, al final) nos recuerda Génesis 7:2 y ss.
4. El capítulo finaliza con la seguridad que da el mismo Dios (vv. 16, 17) de que esto se cumplirá puntualmente, según queda consignado en el libro de Jehová (v. 16). A qué libro se refiere aquí Isaías, no es fácil de adivinar. Ryrie asegura que es el propio libro del profeta, donde se contienen «las profecías concernientes a estos decretos de juicio de parte de Dios». Lo mismo parece sugerir Slotki. En cambio, Moriarty dice: «Al tener en cuenta otros significados que la palabra sépher tiene en el Antiguo Testamento y su uso en el tratado arameo de soberanía de Sefire, se ha sugerido que el libro era una copia de un pacto en el que se contenía esta amenaza como maldición a los que lo violasen». Los versículos 16 y 17 amplían la mención del versículo 15, al final, de «cada uno con su compañera», en confirmación de que estos animales obedecerán la voz de Dios para habitar en la desolada Edom, del mismo modo que la obedecieron para entrar, de dos en dos, en el Arca de Noé. Esto da lugar a Slotki a presentar una interpretación alternativa de la frase «el libro de Jehová» como referente al libro del Génesis, escrito, como el resto de la Ley, bajo el mandato de Dios. Comenta entonces Slotki: «Si el mandato de Dios hizo que ninguno de estos animales se abstuviese de venir al Arca de Noé a pesar de la escasa provisión de alimentos, mucho más había de hacer Su juicio y Su decreto que ninguno de estos animales se abstuviese de venir a Edom, donde habrían de tener abundante provisión de carne y grasa». El mismo Dios (v. 17) les echó suertes allí, y allí tendrán perpetuamente su heredad.
Este capítulo presenta un notable contraste con el anterior. Tras de la destrucción de Edom, tenemos el retorno de Israel a una Sion nueva, transformada; y, en un plano más elevado, tras de Armagedón, tenemos ahora las grandes bendiciones del reino milenario. Vemos aquí: I. El florecimiento y la gran fertilidad de la tierra (vv. 1, 2). II. El ánimo que el profeta da, en nombre de Dios, a los que se sienten débiles y apocados (vv. 3, 4). III. Desaparecerán los defectos naturales de la tierra y de sus habitantes (vv. 5–7). IV. Será construido un camino real para que por él regresen a Sion los redimidos de Jehová (vv. 8– 10).
Versículos 1–2
1. Tenemos aquí (v. 1) un desierto convertido en un vergel. Cuando la tierra de Judá se vio libre de los ejércitos asirios, el país empezó a recuperarse y a florecer como la rosa. Lo mismo estamos presenciando en esta segunda mitad del siglo XX, desde que se constituyó oficialmente el año 1948 el nuevo Estado de Israel. Pero la profecía tendrá su pleno cumplimiento en el Milenio. Cuando Cristo fue predicado en Samaria, hubo gran gozo en aquella ciudad (Hch. 8:8). La gracia de Dios hace del alma que era un sequedal alegrarse y florecer como un jardín de rosas.
2. Todo el país gritará de júbilo ante la nueva primavera y (v. 2), en especial, ante la visión de la gloria de Dios. Dios se manifestará más que en ninguna época anterior en su gracia y en su gran amor al hombre. Esto es lo que primordialmente hace que un desierto se convierta en un vergel. Cuanto más vemos, por fe, de la gloria de Dios, tanto más gozo sentimos y tanto más fruto, con su gracia, producimos.
Versículos 3–4
1. Con esta gloriosa perspectiva, el profeta anima a los que se sienten débiles y apocados. Los profetas y los ministros de Dios tienen la obligación, en virtud de su oficio, de fortalecer las manos débiles (v. 3), de consolar y dar fuerzas a los que se sienten debilitados por las fatigas recientemente pasadas, como era el caso de los judíos poco después de levantarse el asedio de Jerusalén y como será el caso de los creyentes, judíos y gentiles, que hayan sobrevivido después de la Gran Tribulación. El objetivo del Evangelio es también éste:
(A) Fortalecer a los débiles. Entre los cristianos sinceros, hay muchos que tienen débiles las manos y vacilantes las rodillas, pues son todavía como bebés en Cristo; pero es nuestro deber (comp. con Lc. 22:32) no sólo aguantar su debilidad, sino robustecer sus fuerzas (Ro. 15:1; 1 Ts. 5:14). Es también una obligación nuestra el animarnos a nosotros mismos a ser fuertes (He. 12:12), y a hacer buen uso de las fuerzas que Dios nos da.
(B) Animar a los tímidos y apocados (v. 4): «Decid a los de corazón apocado: No temáis, etc.». Las grandes calamidades producen pánico y desequilibran las fuerzas mentales, y llenan de miedo y de confusión a la persona, como dice David en el Salmo 31:22: «Decía yo en mi inquietud: Cortado soy de delante de tus ojos». El Evangelio nos provee de suficiente antídoto contra este veneno, y el que nos dice:
¡Esforzaos!, nos da las fuerzas necesarias para cualquier contingencia (Fil. 4:13).
2. El profeta les da la seguridad de que Dios viene a vindicar a los Suyos (v. 4b) y a retribuir castigo a los enemigos, «y os salvará Él mismo». No envió a un ángel para redimir a la humanidad, sino que descendió Él mismo, despojándose del manto de Su gloria y ciñéndose la librea de esclavo, para someterse a la voluntad del Padre, subió a la Cruz para morir a favor nuestro y en nuestro lugar.
Versículos 5–7
Con la nueva primavera de la tierra desaparecerán los defectos de las personas y aun de la propia naturaleza.
1. Se realizarán maravillas en los reinos de la naturaleza y de la gracia.
(A) Desaparecen los defectos que impiden a las personas disfrutar plenamente de la vida (vv. 5, 6):
«Los ojos de los ciegos serán abiertos». Esto fue llevado a cabo muchas veces por Jesús durante su vida mortal (v. Mt. 9:27; 12:22; 20:30; Jn. 9:6). Por su poder fueron abiertos los oídos de los sordos (Mr. 7:34) y las lenguas de los mudos fueron sueltas (Mt. 9:32, 33). Cristo hizo estos milagros para mostrar que era el Enviado de Dios (Jn. 3:2); más aún, que era Dios, el mismo que había creado los ojos, los oídos y la boca del hombre.
(B) Mayores maravillas aún son realizadas en el alma del ser humano. Por medio de la predicación de la Palabra de Dios y mediante el poder vivificante del Espíritu de Cristo, los que eran espiritualmente ciegos fueron iluminados (Hch. 26:18), y los que eran sordos a los llamamientos de Dios fueron dispuestos a escuchar el mensaje del Evangelio, como le ocurrió a Lidia, a quien el Señor le abrió el corazón para que estuviese atenta a lo que Pablo decía (Hch. 16:14). Los que estaban mudos, sin saber cómo hablar de Dios o a Mos, al tener abierto el entendimiento para conocerle, tendrán también abiertos los labios para publicar Sus alabanzas (1 P. 2:9b).
2. Tanto en el orden de la naturaleza (comp. con 41:18; 43:19, 20; 51:3) como en el de la gracia (Jn. 7:38, 39) «serán alumbradas aguas en el desierto, y torrentes en la soledad» (v. 6b). Se dice que serán alumbradas, como brotando milagrosamente de donde menos se esperaba. El efecto será (v. 7) que el lugar seco (lit. tierra socarrada) se convertirá en estanque, etc. Dice Slotki: «O “el espejismo se convertirá en un (verdadero) lago”, pues el vocablo árabe para “espejismo” corresponde al vocablo hebreo usado aquí». Donde antes (v. 34:13) tenían su morada los chacales y otros animales silvestres acostumbrados a lugares desiertos y solitarios, se guarecerán ahora los rebaños; será lugar de hierba (lit. hebr. jatsir), apropiado para cañas y juncos, es decir, una marisma con agua abundante.
Versículos 8–10
Será construido un camino real para que regresen cómoda y gozosamente los redimidos de Jehová.
1. El camino real que será preparado para los redimidos de Jehová será llamado Camino de Santidad, sin la cual nadie verá a Dios (He. 12:14). Será un camino planeado y preparado por Dios. El camino de santidad es el camino de los mandamientos de Dios; es el antiguo buen camino (v. Jer. 6:16). «No pasará por él el inmundo (comp. con Ap. 21:27), ni para contaminarlo ni para estorbar o contagiar a los que pasen por él. Será para los que Dios haya escogido para sí (Sal. 4:3), pues han de andar por allí en comunión con Dios, sentido al que favorece la versión que Ehrlich da, al traducir: «y Él (Dios, no el camino) será para ellos el que va por el camino (lit.), es decir, el Guía». La última frase del versículo 8 dice literalmente: «Y los necios (hebr. evilim) no errarán o, mejor, no se extraviarán (en él)». El sentido es que aun los torpes, los de pocas luces, no se extraviarán, pues la dirección estará bien señalizada y no se presentará a la vista del caminante ningún desvío que le confunda.
2. Por otra parte (v. 9), será un camino seguro, sin peligro de que al caminante le asalte ninguna fiera. Quienes van por el camino de la santidad están fuera del alcance del diablo, que, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar (1 P. 5:8). Son los que se han separado de la perversa generación (Hch. 2:40) y van por el camino de los redimidos de Jehová (v. 10).
3. El versículo 10 se repite en 51:11. Estos redimidos de Jehová volverán y vendrán a Sion con alegría. ¡Buenas nuevas para los ciudadanos de Sion! Dios les abrirá una vía de escape de su cautiverio y llegarán, un día, a unirse todos en aquel monte Sion que es la ciudad del Dios viviente (He. 12:22). Quienes han sido hechos ciudadanos de la Sion celestial, bien pueden seguir gozosos su camino (Hch. 8:39). Se regocijan en Cristo Jesús, y los que lloraban son tenidos por dichosos porque serán consolados (Mt. 5:4). Cuando el pueblo de Dios regresó de Babilonia a Sion, lo hicieron llorando (Jer. 50:4); pero cuando hayan escapado de la otra Babilonia escatológica, lo harán cantando de alegría (Ap. 18:4, 20). Su gozo será visible y proclamado para gloria de Dios. Y las gozosas esperanzas que abrigamos en la perspectiva de la vida eterna habrían de tragarse no sólo las penas, sino también los gozos, de la vida presente.
El profeta Isaías se nos presenta como historiador en este capítulo y en los tres siguientes. La llave de la profecía hay que hallarla en la historia y aquí, como para que mejor podamos entrar, está, como quien dice, colgada en la puerta misma. Se repite en estos capítulos, casi a la letra, lo que tenemos ya en 2 Reyes capítulos 18 y 19 y en 2 Crónicas capítulo 32. En el presente capítulo tenemos: I. La embajada que, tras de sus primeros éxitos en tierras de Judá, envió Senaquerib a Ezequías para que se le sometiera (vv.
1–10). II. La arenga que el Rabsacés hizo al pueblo que estaba sobre el muro de Jerusalén para amedrentarles (vv. 11–20). III. La reacción de los delegados de Ezequías y del pueblo que estaba sobre el muro, ante las blasfemas bravatas del asirio (vv. 21, 22).
Versículos 1–10
1. Es posible que un pueblo marche por el camino del deber y, sin embargo, encuentre aprietos y aflicciones. No ha de extrañarnos que, cuando estamos obrando rectamente, nos envíe Dios aflicciones a fin de estimularnos a una mayor espiritualidad. Los enemigos del pueblo de Dios se esfuerzan en conquistar Jerusalén por medio de la intimidación; en especial, tratando de que pierdan la confianza en su Dios. Así hace el Rabsacés aquí, con clamorosa jactancia, al presentar al rey Ezequías ante el pueblo como incapaz de dominar la situación y arrostrar el ataque de Senaquerib.
2. Ezequías se libró del asirio porque puso su confianza en Dios. Nos interesa, pues, para mantenernos firmes en nuestro puesto (Ef. 6:10–18) contra los enemigos de nuestra alma, que mantengamos en alto el ánimo poniendo por entero nuestra esperanza en Dios. Quienes abandonan el servicio de Dios, se exponen a perder igualmente la protección de Dios. Es cosa fácil, y bastante frecuente, el que quienes persiguen al pueblo de Dios presuman de estar comisionados por Él para obrar así. El Rabsacés (hebr. Rabshaqué) pudo decir (v. 10): «¿Acaso vine yo ahora a esta tierra para destruirla sin permiso de Jehová?», cuando había subido en realidad contra Jehová (v. 37:28). Comenta Moriarty: «Sin duda que habrían llegado a conocimiento de los asirios las palabras de Isaías en 10:5–11. Asiria es el instrumento de Jehová y, consciente de eso, se dispone a cumplir con su oficio».
Versículos 11–22
Mientras los príncipes y altos consejeros están debatiendo asuntos públicos, no es correcto apelar al pueblo; menos aún, tratar de encender los ánimos de los súbditos contra sus gobernantes por medio de bajas insinuaciones. Los orgullosos escarnecedores, cuanto más comedidos son sus interlocutores, tanto más insensata es la osadía con que se dirigen a ellos.
1. En efecto, los enviados del rey Ezequías no pudieron hablarle al Rabsacés con mayor mansedumbre y respeto, pues le dijeron (v. 11): «Te rogamos que hables a tus siervos en arameo, etc.». Pero esto mismo le puso en un tono más despectivo e imperioso. Cuando Satanás tienta a los hombres para que no confíen en Dios, lo hace insinuándoles que, si hacen caso a lo que él les propone, van a salir mejor parados. Cuando el mundo y la carne nos dicen (v. 16): «Haz las paces conmigo y ven a mí», lo hacen con falsas promesas de paz y libertad (v. 16b): «y coma cada uno de su viña, etc.» (comp. con 1 R. 4:25; Mi. 4:4; Zac. 3:10). Son promesas falsas, ofrecen una libertad que nos conduciría a la más vil esclavitud (comp. con 2 P. 2:19).
2. Mal camino seguía el Rabsacés, para convencer a los judíos, al medir por el mismo rasero a los dioses falsos y al Dios vivo y verdadero. ¿Cabe mayor absurdo en sí y mayor afrenta al Dios viviente que compararlo con los dioses falsos de los paganos? Los ídolos son nada, mientras que Dios es el YO SOY (Éx. 3:14, 15); ellos son obra de las manos de los hombres; Él es el Creador de todas las cosas.
3. Los pecadores presuntuosos están inclinados a pensar que, puesto que han podido tratar duramente a sus semejantes, también pueden perderle el respeto al Creador. Como el asirio había subyugado a esta nación y a la otra y a la de más allá, sin que los dioses respectivos les librasen de las manos del conquistador, tampoco Jehová podría librar a Jerusalén del poder de Senaquerib. Pero, aun cuando los tiestos de la tierra puedan altercar unos con otros, es inútil que se pongan a altercar con el alfarero (Ro. 9:20, 21).
4. Muchas veces, es prudente no responder al necio según su necedad. La orden de Ezequías era (v. 21b): «No le respondáis». Como si dijese: «Dejad que sea Dios quien le tape la boca, pues vosotros no podéis». Pero, aunque no le respondieron palabra, se rasgaron las vestiduras (v. 22) en señal de celo por el honor del nombre de Dios y de indignación por el abuso que el Rabsacés había hecho de tal nombre.
En el presente capítulo vemos que Ezequías utiliza el mejor método para vencer a los enemigos de Dios y de Su pueblo. I. Acude a presentar el caso a Jehová y envía recado a Isaías para que interceda por el pueblo y la ciudad santa (vv. 1–7). II. Senaquerib envía a Ezequías una carta insolente y despectiva, en tono parecido al discurso del Rabsacés (vv. 8–13). III. Al recibir la carta, Ezequías se dirige a Dios en humilde oración (vv. 14–20). IV. Respuesta que Dios le da por medio de Isaías, prometiéndole que pronto habría un cambio feliz en la marcha de los asuntos (vv. 21–35). V. El inmediato cumplimiento de esta profecía en la ruina del ejército asirio (v. 36) y el asesinato del propio Senaquerib (vv. 37, 38).
Versículos 1–7
1. El mejor método para hacer fracasar los malévolos designios que nuestros enemigos abrigan contra nosotros es valernos de ellos para tener una comunión más íntima con Dios y un propósito más firme de cumplir con nuestras obligaciones. El Rabsacés procuraba apartar a Ezequías del Señor, pero lo que hizo fue acercarle más al Señor. El viento, en lugar de arrebatar el manto al viandante, hace que éste se lo ciña más apretadamente. Cuanto más trata el Rabsacés de deshonrar al Dios de Israel, tanto más procura Ezequías honrarle: Envía mensajeros a Isaías para pedirle oraciones, recordando lo que los mensajes del profeta habían tenido que ver con lo que acontecía a la sazón. «Es día de angustia» (v. 3); por tanto, ha de ser día de oración. Ahora que los hijos han llegado hasta el punto de nacer, pero la que da a luz no tiene fuerzas, hay que llamar a la oración. Cuando los dolores de parto son más intensos, los gemidos de la oración han de ser más fervientes. La oración es la comadrona de la misericordia, pues le ayuda a salir en socorro nuestro.
2. «Quizás, dice Ezequías (v. 4), oirá Jehová tu Dios las palabras del Rabsacés, etc.». Esto no significa que Ezequías desconfiase del poder de Dios y del amor hacia Su pueblo, sino que muestra su completa dependencia de la soberanía divina, la cual tiene Sus tiempos y Sus métodos para actuar. Muestra también que el rey se tiene a sí mismo y a su pueblo por indignos de recibir el auxilio de Dios.
3. Isaías le asegura, de parte de Jehová (v. 6), que no hay por qué temer al Rabsacés, pues éste ha blasfemado del verdadero Dios y el juicio de Dios ha de caer sobre él y sobre el rey de Asiria que le ha enviado. Senaquerib oirá un rumor (v. 7), esto es, la noticia que se menciona en el versículo 9, que le hizo temer. Los temores de los pecadores no son sino el prólogo de sus dolores.
Versículos 8–20
1. Dios responde a Ezequías, pero no vemos que le responda a Rabsacés, sino que le deja proseguir su carrera hacia la destrucción. Volvió, pues, el Rabsacés (v. 8) a recibir nuevas instrucciones de su soberano. El rey de Asiria, sin haber sido provocado, se puso a hacer la guerra a Judá. Ahora (v. 9), con la misma falta de protocolo, Tirhaca, rey de Etiopía (704 a. de C.), que mandaba el ejército egipcio y se apoderó del trono de este país en 690, salió para hacer la guerra a Senaquerib. Quienes son amigos de entablar contiendas, han de esperar que otros las entablen con ellos.
2. Malo es proferir de palabra insultos y blasfemias, pero peor aún es hacerlo por escrito, ya que, por una parte, muestra mayor deliberación y propósito y, por otra, lo que se escribe se extiende más, dura más y produce mayor daño. Los grandes éxitos endurecen más, de ordinario, el corazón de los malvados y los tornan más atrevidos. Los reyes de Asiria no dudaban de que podrían destruir la nación de Dios, porque los reyes idólatras de Jamat, Arpad, etc., habían sido fácil presa de Asiria; por tanto, el religioso rey y reformador de Judá no lo había de pasar mejor.
3. Ezequías tomó la carta de Senaquerib y la extendió en la presencia de Dios, sin intención de hacer más quejas que las que se basaban en el propio escrito del asirio. ¡Que la carta hable por sí misma! «Abre, Jehová, tus ojos y mira» (v. 17). Ezequías se anima con la idea de que el Dios de Israel es Jehová de las huestes y el único que es Dios de todos los reinos de la tierra, pues Él hizo los cielos y la tierra (v. 16) y, por consiguiente, es poderoso para hacer cuanto quiera. Cuando estemos tentados de tener miedo a hombres que son grandes destructores, apelemos con humilde osadía al Dios que es el gran Salvador.
Versículos 21–38
1. Los que reciben con paciencia mensajes de terror de parte de los hombres, y envían con oración mensajes de fe a Dios, pueden esperar, para su consuelo, mensajes de gracia y de paz de parte de Dios. Isaías envió, de parte de Dios, un largo mensaje a Ezequías como respuesta a su oración: «Por cuanto me rogaste contra Senaquerib, etc. (v. 21b), has de saber, para tu consuelo, que tu oración ha sido oída».
2. Los que insultan al pueblo de Dios, a Dios insultan (v. 23): «¿A quién vituperaste y a quién blasfemaste?… Contra el santo de Israel». La injuria que Senaquerib hizo a Dios tuvo la agravante de enviar a sus siervos a que lo hiciesen de su parte (v. 24): «Por mano de tus siervos has vituperado al Señor …». Y todavía se gloriaba el asirio de ser capaz de remover todos los obstáculos que se opongan a su avance (vv. 24, 25).
3. En respuesta a estas bravatas de Senaquerib, Dios responde, por boca de Isaías, apostrofa al asirio y le hace saber (vv. 26–29) que «todo su poder y sus éxitos se deben enteramente a la voluntad de Dios, quien había decretado desde antiguo el destino de las naciones que él había conquistado» (Slotki). Era, pues, una intolerable arrogancia por parte del asirio gloriarse de sus éxitos como si se debiesen enteramente a la habilidad de su estrategia y al poder de su numeroso ejército. En respuesta a esa arrogancia, Dios le va a frenar en seco (v. 29): «Pondré mi garfio en tu nariz, y mi freno en tus labios». Dice Moriarty: «Asiria va a ser como un animal de carga o, como a veces se hacía, un prisionero, a quienes se les perforaba la nariz; a los primeros, para que obedecieran; y a los segundos, para afrentarles».
4. Dios había firmado (10:6) la comisión de Senaquerib contra Judá. Ahora (vv. 33–38, que empalman con el v. 29) la va a cancelar. Jerusalén será amparada (v. 35), y los sitiadores serán derrotados antes de que comiencen de veras el asedio (v. 33). No hay modo de oponerse a Dios ni a Sus juicios cuando se dispone a cumplirlos. Un solo ángel, en una sola noche, destruirá el numeroso ejército asirio en el mismo lugar en que se halla (v. 36). El gran rey, el rey de Asiria, aparece diminuto en gran manera cuando se ve forzado a darse la vuelta lleno de terror, no sea que el ángel que ha destruido su ejército le destruya también a él. Pero aún cae más bajo cuando sus propios hijos, que habrían de defenderle, lo ofrecen en sacrificio a sus ídolos, cuya protección él buscaba (vv. 37, 38).
5. Pero esto no es todo. Dios se vuelve misericordioso hacia Su pueblo (vv. 30–32). La tierra de Judá será más fructífera que de ordinario, de forma que sus pérdidas quedarán sobradamente reparadas. Pero que no piensen que las destrucciones llevadas a cabo en el país les van a excusar de observar el año sabático (v. 30). ¡Bien pueden depender de Dios para su provisión quienes han dependido de Él para su salvación!
En este capítulo hallamos: I. La enfermedad de Ezequías y la sentencia de muerte que recibió de parte de Dios (v. 1). II. Su oración (vv. 2, 3). III. La respuesta de paz que Dios dio a esa oración, con una señal que la confirmara (vv. 4–8). IV. El cántico con que Ezequías expresó su gratitud a Dios (vv. 9–20). V. Los medios naturales que Isaías ordenó para que el rey se recuperase de la enfermedad (vv. 21, 22).
Versículos 1–8
1. Ni la grandeza ni la bondad exime a los hombres de pagar su tributo a la enfermedad y a la muerte. Ezequías, un potentado en la tierra y un favorito del cielo, es herido con una enfermedad que, de no haber intervenido un milagro, le habría conducido al sepulcro; y esto, en la flor de su vida y de su utilidad para la nación. Le tomó la enfermedad precisamente en medio de su triunfo sobre el deshecho ejército de los asirios. Si estamos preparados para morir, no le adelantaremos a la muerte su llegada, pero le haremos más fácil su entrada; y los que están listos para morir son los que mejor dispuestos están para vivir.
2. Dice Santiago: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración» (Stg. 5:13). La oración es un bálsamo para cualquier herida, personal o pública. Las aflicciones nos llevan a nuestras Biblias y doblan nuestras rodillas. Cuando Ezequías tenía salud subió a la casa de Jehová a orar (38:1). Pero cuando se puso enfermo, volvió su rostro a la pared e hizo oración a Jehová (v. 2). Comenta Slotki: «Volvió su rostro de los que rodeaban su lecho (cf. 1 R. 21:4) a la pared. Para concentrar sus pensamientos y tener comunión en privado con su Creador».
3. El testimonio de nuestra conciencia de que, por la gracia de Dios, hemos caminado con Él muy de cerca y con humildad, nos será de gran consuelo cuando tengamos que ver el rostro de la muerte. Y, aun cuando no dependamos de nuestra rectitud para ser justificados ante Dios, podemos apelar a ella como una evidencia de nuestro interés en la justicia de nuestro Mediador. Ezequías no le pide a Dios una recompensa por sus buenos servicios, sino que le ruega humildemente que no eche al olvido la forma en que se le ha mostrado aprobado con un ojo sencillo y un corazón honesto: «… que te acuerdes que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón» (v. 3).
4. El mismo profeta que fue enviado a Ezequías para avisarle que se preparase para morir, le es enviado después con la promesa de que no sólo se recuperará, sino que su salud le será restaurada por otros quince años. Cuando oramos en nuestra enfermedad, aunque Dios no nos envíe una respuesta como la que dio a Ezequías, si, por Su Espíritu, nos pide tener buen ánimo, nos asegura de que nuestros pecados están ya perdonados, de que Su gracia será suficiente para nosotros y de que, vivamos o muramos, seremos Suyos, nunca tendremos motivo para decir que hemos orado en vano. Dios nos responde si nos fortalece el vigor del alma (Sal. 138:3), aun en el caso de que carezcamos de fuerzas físicas.
5. Como Dios conocía los sentimientos del corazón de Ezequías, le prometió, no sólo que se recuperaría, sino que vería la prosperidad de Jerusalén todos los días de su vida (Sal. 128:5). Jerusalén sería (v. 6) libertada del asirio y amparada por Jehová.
6. Dios le había dado a Ezequías repetidas seguridades de Su favor; pero, por si fuera poco en su consideración, le da una señal: Hará volver atrás diez grados la sombra que había descendido en el reloj de su padre Acaz (v. 8). El sol es un fiel medidor del tiempo, y el Dios que echó a andar ese reloj puede retrasarlo cuando le plazca, porque el Padre de las luminarias (Stg. 1:17) es el director de ellas.
Versículos 9–20
Cántico de acción de gracias de Ezequías, que él puso por escrito, bajo la dirección divina, después de su recuperación. Con todo, hallamos (2 Cr. 32:25) que «no correspondió al bien que se le había hecho». Parece ser que las buenas impresiones que se reflejan en su cántico se le pasaron pronto. Un cántico de agradecimiento es cosa buena, pero una vida de agradecimiento es todavía mejor. En el presente cántico:
1. Nos declara (vv. 10–13) los pensamientos que abrigaba cuando se dio por muerto sin remedio. No deberíamos ser excesivamente pesimistas, como si un enfermo grave fuese ya un hombre muerto. El que nos ha abatido nos puede también levantar. Por eso, David recuerda con frecuencia, una vez pasado el peligro, las conclusiones llenas de melancolía que había deducido mientras se hallaba en aprieto, y las palabras precipitadas que había proferido entonces (v. Sal. 31:22). Notemos que:
(A) Ezequías tenía entonces unos treinta y nueve años de edad, con la perspectiva de muchos y felices años por delante (v. 10). Aún no le había nacido su hijo y sucesor Manasés. La enfermedad le tomó de sopetón y era, de suyo, enfermedad mortal. Al morir entonces, no sólo se vería privado de la comodidad y del consuelo que supone una vida regia, sino también de todas las oportunidades de servir a Dios y a su generación (v. 11).
(B) Las metáforas con que expresa su muerte prematura son (vv. 12, 13) muy gráficas: (a) Su morada es arrancada como tienda de pastor (v. 12a), arrancada de cuajo y en un instante, sin dar tiempo a desclavar cuidadosamente las estacas y plegar amorosamente las lonas. ¡Alegrémonos de que nuestra residencia terrenal es sólo como una tienda de campaña, de la que seremos trasladados a mansiones celestiales regias (Jn. 14:2). (b) El hilo de su vida, ya enrollada como el paño de un tejedor, será cortado (v. 12b) súbitamente con la enfermedad. Es cierto que nuestros días pasan como la lanzadera de un tejedor (Job 7:6) y, cuando hemos llegado al término de nuestra vida, el hilo se corta y la pieza de tela es presentada al Amo para ver si está bien o mal tejida (v. 2 Co. 5:10). Pero así como el tejedor, cuando ha cortado los hilos, ha terminado su obra, también el creyente, cuando se corta el hilo de su vida, también se cortan con él sus aflicciones y fatigas, de modo que puede descansar de sus trabajos (comp. con Ap. 14:13). (c) Con la enfermedad veía Ezequías triturados todos sus huesos (v. 13). La posición del hebreo kaarí («como un león») al final de la primera frase, seguido de la conjunción ken (sí, así, y otros varios significados), hace que el sentido quede un tanto oscuro. La mayoría de las versiones traducen «como un león molió (o trituró) todos mis huesos», con lo que refiere todo ello a Dios como sujeto. Sin embargo, el rabino Slotki traduce así: «Cuanto más me hago como un león hasta el amanecer, tanto más (mi enfermedad) quebranta todos mis huesos». Las aplicaciones dependen de la forma en que se traduzca el versículo 13.
2. Las quejas que profirió al hallarse en ese estado (v. 14): «Como la golondrina o como la grulla, así cotorreaba» (lit.). ¡Qué cambios produce la enfermedad en poco tiempo! La aflicción le hacía proferir quejas que se parecían al piar de un ave más bien que al gemir de una persona; sin embargo, esas extrañas voces fueron aceptables a Dios. «Gemía como la paloma», con tristeza, pero en silencio y con paciencia. La segunda parte del versículo 14 debe traducirse así: «Mis ojos desfallecen de mirar hacia arriba (a la morada de Dios en el cielo). Jehová, me veo en aprieto; sé tú mi fiador». Comenta Slotki: «La muerte o la enfermedad aparece aquí personificada como un acreedor que demanda el pago por los pecados del inválido; y se pide a Dios, por decirlo así, que en Su misericordia y poder para perdonar, actúe como fiador». «Cuando recibimos dentro de nosotros sentencia de muerte, dice M. Henry, estamos perdidos si la divina gracia no nos transporta, por el valle de la sombra de muerte, al reino celestial que hay al otro lado de él».
3. El agradecido reconocimiento que hace de la bondad de Dios para con él en su recuperación (vv. 15–19).
(A) «¿Qué diré?»—pregunta Ezequías (v. 15), incapaz de expresar su gratitud de forma adecuada—.
«El que me lo dijo, Él mismo lo ha hecho»; esto es, lo prometió, y lo ha cumplido, pues ninguna palabra de Él cae en vano al suelo. Así lo interpreta Slotki—nota del traductor—, pero me parece que encaja mejor con el contexto posterior la interpretación de Moriarty: «Pues es Él quien lo hace: quejarse y protestar sirven de poco: Dios ha debido de tener alguna oculta razón para afligir al autor de este salmo, como lo hace».
(B) Ezequías se anima a sí mismo y quiere animar a otros con la experiencia que ha tenido de la bondad de Dios (v. 16): «Con estas cosas que tú has hecho por mí, los hombres viven». Con el mismo poder y la misma bondad que me han restaurado a mí, todos los hombres siguen con vida. «Y en todas ellas está la vida de mi espíritu»—prosigue—. Esa vida está mantenida por lo que Dios ha hecho para preservarla.
(C) Ha sido levantado de un gran extremo (v. 17): «Mira, por paz (es decir, en lugar de paz—más probable—) tuve gran amargura (lit. amargura, amargura—repetición de abundancia—)». Apenas se vislumbró el triunfo sobre Senaquerib, le sobrevino la enfermedad mortal—amargura, amargura: nada sino hiel y ajenjo; ésta era la condición en que se hallaba cuando le envió Dios el alivio. Pudo decir con David (Sal. 18:19b)—: «Me libró porque me amaba». Esto puede aplicarse a nuestra redención por Cristo: En su amor y en su compasión nos redimió. Y la preservación de nuestro cuerpo es doblemente consoladora cuando es por amor a nuestra alma—ya que cuando Dios repara la casa lo hace por amor al morador de la casa—. En realidad, la recuperación de Ezequías fue el resultado del perdón de sus pecados (v. 17b): «porque echaste tras de tus espaldas todos mis pecados». Frase, dice Slotki, «que expresa perdón completo». Cuando los ponemos delante de nuestro rostro con verdadero arrepentimiento, como lo hizo David cuando su pecado estaba siempre delante de él (Sal. 51:3), Dios los echa detrás de sí.
(D) Si la enfermedad aquella le hubiese llevado al sepulcro, habría puesto punto final a una vida de servicio a la gloria de Dios y al bienestar de su nación (v. 18). Al haberse recobrado de ella, resuelve, no sólo proseguir, sino también abundar, en la alabanza y el servicio a Dios (v. 19): «El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy». No sólo deberíamos alabar a Dios todos los días de nuestra vida (v. 20), sino también (v. 19b) comunicar a los descendientes la fidelidad de Dios en el cumplimiento de Sus promesas, a fin de que las generaciones venideras den gloria a Dios y confíen en Su Palabra. No cabe duda de que Ezequías lo hizo así y, sin embargo, su hijo Manasés no anduvo en los caminos de su padre. Los padres pueden dar a los hijos buenas cosas, buenos ejemplos, buenas instrucciones, buenos libros, pero no pueden darles gracia.
Versículos 21–22
En los dos últimos versículos de este capítulo pueden observarse dos lecciones:
1. Las promesas de Dios no deben sustituir, sino recomendar, el uso de los medios naturales. Era seguro que Ezequías se iba a recuperar; no obstante, había que ponerle en la llaga un emplasto de higos (v. 21). No debemos poner a los médicos en el lugar de Dios, pero hemos de acudir a ellos en sumisión a Dios y a Su providencia. ¡Ayúdate, y te ayudará Dios!
El fin principal al que deberíamos aspirar cuando deseamos vida y salud es que podamos así dar gloria a Dios, hacer bien al prójimo y mejorar nuestra condición espiritual, al progresar en gracia y en el conocimiento de Dios y de Su Palabra. Esto es lo que Ezequías dio a entender cuando dijo (v. 22): «¿Qué señal tendré de que subiré a la casa de Jehová?» Al continuar con vida, podía seguir alabando a Dios (v. 19).
Aquí tenemos, como en 2 Reyes 20:12 y ss.: I. El orgullo y la necedad de Ezequías al mostrar a los enviados del rey de Babilonia todos sus tesoros (vv. 1, 2). II. La reprensión que le hizo Isaías a causa de eso y la sentencia que le pasó de parte de Dios (vv. 3–7). III. La paciente sumisión de Ezequías a esta sentencia (v. 8)
Versículos 1–4
1. La humanidad, y aun la cortesía, nos enseñan a regocijarnos con nuestros amigos y vecinos, especialmente cuando se han recobrado de una grave enfermedad. El rey de Babilonia, al oír que Ezequías se había recuperado, le envió una embajada para felicitarle por ello. El sol era el dios de los babilonios; así que, cuando se enteraron de que, en atención a Ezequías, el sol había retrocedido diez grados, se creyeron obligados a rendir a Ezequías todo el honor que podían.
2. El rey de Babilonia rindió este homenaje a Ezequías, no porque éste era piadoso, sino porque era próspero, de la misma manera que desearon los filisteos hacer una alianza con Isaac (Gn. 26:28). El rey de Babilonia era enemigo del rey de Asiria y, por eso, estimaba al rey de Judá porque los asirios habían sido derrotados por el poder del Dios de Ezequías.
3. Ezequías era un hombre bueno y prudente, pero cuando Dios comenzó a obrar en favor de él un milagro tras otro, le resultó difícil conservar el corazón a salvo del lazo de la soberbia. ¡Qué poca cosa era para Ezequías, a quien había concedido tanto honor, sentirse orgulloso por el respeto que un príncipe pagano le presentaba, como si eso le añadiese algo a su prestigio! Tan pronto como este sutil y venenoso pecado del orgullo se quiere introducir en nuestro corazón, debemos avergonzarnos de él, como hizo Ezequías en fin de cuentas.
Versículos 5–8
1. Dios nos humilla porque nos ama. Le es enviado a Ezequías un mortificante mensaje, a fin de que sea humillado por el orgullo de su corazón y sea convencido de su insensatez. Al jactarse de sus tesoros, le es comunicado que ha obrado como el viajante que enseña su dinero a uno que resulta ser un ladrón y se ve con eso tentado a robarle. Si Ezequías hubiese sabido que los sucesores de este rey de Babilonia habían de ser más tarde la ruina de su familia y de su reino, no habría mostrado a sus embajadores el obsequioso respeto que les tuvo; y cuando el profeta le dijo lo que había de suceder, podemos imaginarnos lo que se enojaría contra sí mismo por lo que había hecho. Los que gustan de aliarse con gente irreligiosa, quedarán hartos de ello y tendrán motivos sobrados para arrepentirse.
2. Ezequías se creyó muy dichoso con la amistad de Babilonia, a pesar de que era la madre de las rameras y de las idolatrías; pero Babilonia, que así cortejaba ahora a Jerusalén, más adelante la conquistaría y se la llevaría cautiva. Ezequías (v. 8) reconoció como buena esa palabra de Dios, con lo cual demostró que había vuelto a su sano juicio, ya que, al serle comunicado el castigo de su pecado, dijo:
«Buena es la palabra de Jehová». Slotki comenta: «Buena es … Dios es misericordioso al posponer la calamidad hasta después de mi muerte». Moriarty, por su parte, excusa a Ezequías de egoísmo, y dice:
«Ezequías se consuela de la calamidad futura con el pensamiento de que no sucederá mientras él viva, no, ciertamente, por egoísmo, sino al acatar la voluntad divina, agradecido a la misericordia que Jehová tenía con él».
Con este capítulo comienza la segunda parte de la profecía de Isaías. Así como la primera contenía muchas «cargas», ésta contiene muchas bendiciones. Aquí tenemos: I. La orden de publicar las buenas nuevas de la redención (vv. 1, 2). II. Estas buenas nuevas son introducidas por medio de una voz que clama en el desierto, y da seguridades de que será removida toda obstrucción (vv. 3–5) y de que la palabra de Dios quedará firme y se cumplirá (vv. 6–8). III. Una gozosa perspectiva que de esta redención se ofrece al pueblo de Dios (vv. 9–11). IV. Son enaltecidos el poder y la soberanía de Dios (vv. 12–17). V. Se hace ver a los idólatras, no sólo la gravedad, sino también la necedad, de su pecado (vv. 18–26). VI. El pueblo de Dios recibe una reprensión por sus infundados temores (vv. 27–31).
Versículos 1–2
La comisión que aquí se da a Isaías es aplicable a todos los que proclaman consuelo para el pueblo de Dios. Israel necesitaba un consuelo especial ante la perspectiva de la futura deportación.
1. Se dirigen palabras de consuelo al pueblo de Dios en general (v. 1). Los profetas reciben instrucciones de Dios para animar al pueblo de Dios. Hay en el mundo un pueblo que es el pueblo de Dios, y es la voluntad de Dios que Su pueblo sea consolado, incluso en el peor de los tiempos. Las palabras de reprensión, cuales las tenemos en la primera parte de este libro, deben ser seguidas de palabras de consuelo, cuales las tenemos aquí, pues el mismo que ha herido curará.
2. Estas palabras de consuelo se dirigen, en particular, a Jerusalén (v. 2): «Hablad al corazón de Jerusalén»; no le susurréis, habladle; decidle a voces; y habladle al corazón, es decir, cariñosamente (v. el comentario a Gn. 50:21). ¿Qué hay que hablarle a Jerusalén?
(A) Que su tiempo de servicio ya es cumplido. Dice Moriarty: «El destierro es comparado al servicio militar, al fin del cual recobra el soldado la libertad». También la vida, en general, es comparada a una milicia (Job 7:1); mucho más lo es la vida cristiana (v. por ej. 1 Ti. 6:12; 2 Ti. 2:4; 4:7). Pero la lucha no ha de durar siempre. Llegará un día en que se cumpla el servicio militar y, entonces, los buenos soldados recibirán, no sólo su descanso, sino también su recompensa.
(B) Que su pecado es perdonado. Es retirada la causa de sus males y, por eso, son retirados los efectos. Dios está reconciliado con ella. Ninguna otra cosa puede dar tanto consuelo como ésta: Hijo, ten buen ánimo; te son perdonados tus pecados.
(C) Que ha recibido de la mano de Jehová el doble por todos sus pecados. Esta frase puede entenderse de dos maneras: «Puede referirse a un castigo pleno y suficiente por los pecados de Israel, o quizás a una gracia sobreabundante para cubrir sus pecados» (Ryrie). De este segundo modo lo entiende Trenchard: «No quiere decir que los sufrimientos de Israel habían bastado para expiar doblemente sus pecados, sino que el Señor le dio en gracia el desquite, ya que era costumbre oriental devolver la factura doblada al satisfacer una deuda». Del primer modo lo entienden Slotki y el propio M. Henry: «Ha recibido el doble para la curación de todos sus pecados, más que suficiente para separarla de sus ídolos, cuya adoración fue el gran pecado del que quiso Dios apartarla mediante la cautividad en Babilonia. Esta produjo en ellos una arraigada antipatía a la idolatría, y fue una medicina doblemente fuerte para purgarla de dicha iniquidad. Los verdaderos penitentes han recibido, de veras, en Cristo y en sus sufrimientos, de la mano de Dios el doble por todos sus pecados, pues la satisfacción que Cristo llevó a cabo con Su muerte fue de valor infinito, por lo que fue más que el doble de los deméritos del pecado; pues Dios no escatimó a Su propio Hijo (Ro. 8:32)». En esta segunda aplicación, M. Henry une admirablemente ambos sentidos de la frase (nota del traductor).
Versículos 3–8
Al haber llegado el tiempo del favor de Sion, el pueblo de Dios ha de prepararse, por medio del arrepentimiento y la fe, para los favores que están destinados para él.
1. Tenemos aquí (v. 3): «Una voz está llamando» (lit.). Lo que la voz pregona es lo siguiente:
«Preparad en el desierto el camino de Jehová, etc.». Los LXX adoptaron una puntuación diferente, que es la que siguen los escritores del Nuevo Testamento (v. por ej. Mr. 1:3). En primer término, «la voz celestial llama a preparar un camino real para el Señor, quien guía a los deportados en su camino de vuelta a Sion» (Slotki). La exhortación a rellenar los baches, rebajar los promontorios, allanar lo escabroso y enderezar lo torcido (vv. 3b, 4), tiene su fundamento en la costumbre antigua de preparar una vía fácil y cómoda para la llegada de un rey o de un alto personaje.
2. Pero esta exhortación implica un sentido espiritual, que el propio Slotki reconoce: «El lenguaje es figurativo de la retirada de todo obstáculo que se oponga en el camino de la liberación». ¿Cómo ha de prepararse este camino espiritual?
(A) Mediante el arrepentimiento del pecado. Esto es lo que Juan el Bautista predicó a todo Judá y a Jerusalén (Mt. 3:2, 5) y, de este modo, preparó para el Señor un pueblo bien dispuesto (Lc. 1:17). Dios viene por un camino de misericordia y hemos de prepararnos para Él (vv. 3–5). Suprímase todo lo que puede ser un obstáculo para la entrada de Cristo en nuestro corazón. Los que carecen de los consuelos de Cristo a causa de sus depresiones y de su desconfianza son los valles que hay que rellenar. Los que carecen de dichos consuelos a causa de su orgullo y autosuficiencia son los promontorios que hay que rebajar. Los que son impedidos por prejuicios contra la Palabra y los caminos de Dios son lo áspero y tortuoso que es menester enderezar. Cuando todo esto se haya llevado a cabo, «se manifestará la gloria de Jehová» (v. 5). Cuando los deportados a Babilonia estén preparados, Ciro proclamará el edicto de liberación. Cuando el Bautista había predicado arrepentimiento por algún tiempo y hubo así pueblo preparado para el Señor (Lc. 1:17), fue cuando el Mesías reveló su gloria e hizo milagros, así como vendó con su gracia y curó con sus consolaciones a los que Juan había herido con sus convicciones. Esta gloria «toda carne la verá» (v. 5b), no sólo los judíos, sino también los gentiles.
(B) Mediante la confianza en la Palabra de Dios, y no en criatura alguna. Mediante el cumplimiento de las profecías y de las promesas de salvación, se pone de manifiesto que la Palabra de Dios es segura. El poder de los hombres, tanto para librar como para hacer daño, no ha de ser temido; porque será como la hierba (vv. 6–8) frente a la Palabra de Dios; se marchitará y será pisoteada. Cuando Dios se dispone a salvar a los Suyos, hace que cesen de depender de las criaturas y de elevar la mirada a los montes desde donde esperan que les venga la salvación. La Palabra de nuestro Dios, la gloria del Señor que ahora va a ser revelada (ya en esta era, en el Evangelio; después, en el reino mesiánico), y la gracia que con ella viene y produce en nosotros sus efectos, todo eso permanecerá para siempre (v. 8b).
Versículos 9–11
En el versículo 5 hemos visto la promesa de que se manifestará la gloria de Jehová. Ahora vamos a ver:
1. Cómo será revelada (v. 9). Será anunciada al remanente que quede en Sion y Jerusalén, a los pobres de la tierra, que eran viñadores y labradores; se les dirá que sus hermanos van a retornar a ellos. También será anunciado esto a los cautivos que pertenecían a Sion y a Jerusalén. De Sion se dice (Zac. 2:7): «La que moras con la hija de Babilonia»; y allí recibe la noticia de la favorable proclamación de Ciro. Sion misma (v. 9b) ha de pasar a las otras ciudades de Judá la noticia de la liberación: ¡Ved aquí a vuestro Dios!» Como si dijese: «Por tanto tiempo le habéis estado esperando. ¡Ahí le tenéis!» Esto podría hacer referencia a la invitación que desde Jerusalén fue enviada a las demás ciudades de Judá, tan pronto como tuvieron erigido allí un altar, luego de su regreso de Babilonia, para que vinieran a unirse con ellos en sus sacrificios (Esd. 3:2–4). Pero este anuncio había de tener un mejor cumplimiento en la predicación de los apóstoles a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (Hch. 1:8).
2. Qué gloria es ésa que ha de ser manifestada. (A) Viene en plan de Fuerte, o en Su atributo de Fuerte, y Su brazo gobernará para Él (v. 10, lit.), es decir, no habrá nadie que pueda oponerse a Su gobierno cuando Él venga a reinar. (B) Su recompensa viene con Él (v. 10b, comp. con 62:11; Ap. 22:12). Dice Ryrie: «Su recompensa de bendición a los piadosos y de retribución a los malvados». (C) «Como un pastor apacentará su rebaño, etc.» (v. 11, comp. con Jer. 31:10; Ez. 34:12–14, 23, 31; Mi. 5:4; Jn. 10:11, 14–16). Su Palabra es alimento para que se nutra Su rebaño; Sus ordenanzas son prados donde pueden pastar; Sus ministros son pastores subordinados al Príncipe de los pastores (1 P. 5:4). El Buen Pastor cuida con toda ternura Sus corderos, especialmente a los más jóvenes, a los recién convertidos, a los débiles. Los reúne cuando vagan dispersos, los levanta cuando caen y los recogerá, finalmente, consigo en el redil celestial; y todo esto, con su propia mano, de la que nadie podrá arrancarle Sus ovejas (Jn. 10:28).
Versículos 12–17
Estos versículos describen la grandeza y la gloria del Señor Jehová, Dios de Israel, y fueron escritos para animar a los Suyos que estaban en Babilonia, a fin de que cobrasen esperanza y dependiesen de Él para su liberación; también fueron escritos para llenar de un santo respeto y gran amor a Dios a todos aquellos que reciben las gratas noticias de la redención por medio de Jesucristo.
1. Su poder es ilimitado (v. 12), pues: (A) Tiene muy largo alcance. Veamos las esferas celestes: Con su palmo abarcó los cielos. Todas las aguas de mares y océanos le caben en el hueco de la mano; en un tercio de medida juntó el polvo de la tierra. Dice Slotki: «Según una interpretación tradicional, el mundo fue dividido en tres partes: un tercio, para desierto; otro, para tierra habitable; y el otro, para mares y ríos». (B) Tiene enorme fuerza, pues puede mover las montañas con mayor facilidad de la que puede mostrar un comerciante cuando pone en la balanza su mercancía; las puede colocar donde le place con la misma precisión que si las pusiese con Sus dedos en los platillos de una balanza.
2. Su sabiduría es inescrutable (vv. 13, 14). Así como nadie puede hacer lo que Dios ha hecho, tampoco puede nadie sugerirle algo que a Él no se le haya podido ocurrir. Cuando Dios creó el mundo (Job 26:13), no había nadie que le pudiese aconsejar. Tampoco necesita consejero alguno que le instruya en el gobierno del mundo.
3. Las naciones del mundo son como nada en comparación de Él (vv. 15, 17). Tomad las naciones más grandes y más poderosas, los más pomposos reyes, los más populosos reinos, las islas más remotas y solitarias. Frente a Dios, son «como la gota de agua que se desprende del exterior de un cubo cuando se saca agua de un pozo» (Ryrie) o como una partícula de polvo en la balanza. Todas cuentan para Él (v. 17) como nada. Las podría lanzar a la nada con la misma facilidad con que las sacó de la nada. Son como naderías y vaciedad. El hebreo tiene para esta última palabra el término tohu, el mismo de Génesis 1:2. Esto enaltece el amor de Dios al mundo, pues, aun siendo como nada delante de Él, para redimirlo entregó a Su Hijo Unigénito (Jn. 3:16).
4. Los servicios religiosos no pueden añadir nada a Su magnificencia (v. 16): «Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio». Dice Slotki: «La humanidad no puede rendir un homenaje adecuado al Gobernador del mundo. Todos los bosques del Líbano, con su abundancia de madera y animales, no pueden proveer un sacrificio que llegue a la medida de Su grandeza».
Versículos 18–26
Reprende aquí el profeta: 1. A los que hacían imágenes y después decían de ellas que se parecían a Dios, por lo que les rendían homenaje. 2. A los que ponían a las criaturas en el lugar de Dios, las temían o amaban más que a Dios. Dos veces les lanza aquí el reto: «¿A qué haréis semejante a Dios?» (v. 18); y de nuevo (v. 25): «A quién, pues, me haréis semejante?» Esto muestra lo absurdo: (A) De hacer imágenes visibles del Invisible, y pensar que la imagen está henchida de deidad; (B) de tener el mismo afecto a las criaturas que al Creador. La gente orgullosa se hace a sí misma igual a Dios; la gente codiciosa hace a su dinero igual a Dios; y todo aquello que estimamos o amamos, tememos o esperamos, más que a Dios, lo estamos igualando a Dios, lo cual es la mayor afrenta que se puede imaginar. Ahora pues, para mostrar lo absurdo de esto:
1. El profeta describe a los ídolos como dignos del mayor desprecio (vv. 19, 20): «Fíjate en el mejor de ellos, hecho de metal no precioso, con la figura que al artífice le plugo darle, y dorado o cubierto con planchas de oro, a fin de que pase como imagen de oro macizo. ¡Es un ser creado! Lo hizo un artesano; por tanto, no es Dios (Os. 8:6). Es un puro engaño, incluso en su hechura, pues aunque sea de oro por fuera, por dentro es de plomo o de cobre, y representan así a las deidades, que no eran lo que parecían ser. El que busca tal dios es, a veces, tan pobre que no puede pagar por una imagen de metal y se contenta con una de madera que no se apolille y no le importa su figura con tal que no se tambalee. ¿Cómo pueden imaginarse estos idólatras que dioses de tan baja estofa les vayan a traer algún beneficio? Pero véase también cómo nos avergüenzan a nosotros, que adoramos al único Dios vivo y verdadero: ellos no regatean esfuerzo ni dinero para servir a sus ídolos; nosotros escatimamos lo que gastamos en el servicio de nuestro Dios.
2. El profeta describe a Dios como infinitamente grande y digno de la mayor veneración. Para mostrar la grandeza de Dios, apela:
(A) A lo que de Él se sabe de oídas (v. 21): «¿No lo habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio?, es decir, por una tradición que tiene su origen en el comienzo mismo de la humanidad. Las mismas cosas creadas ya nos dicen por sí mismas algo del eterno poder y de la divinidad del Ser Supremo (Ro. 1:20). Cielo y tierra están bajo Su dominio, pues Él (v. 22) está sentado sobre el círculo de la tierra (comp. con Pr. 8:27). Dice Slotki: «Los antiguos veían la tierra como un disco circular, cubierto con el firmamento que tenía la figura de un dosel abovedado». Y prosigue Isaías (v. 22b): «Él (Dios) extiende los cielos como una cortina» (hebr. doq, de material fino). El firmamento azul era para los antiguos una cortina que Dios descorría por la noche para que se viesen las estrellas, y la volvía a correr al llegar el nuevo día.
(B) A la pequeñez del hombre delante de Dios (vv. 22–24): «Los moradores de la tierra son como langostas» (v. 22), pequeños y fáciles de aplastar. Si los espías se vieron a sí mismos como langostas frente a los hijos de Anac (Nm. 13:33), ¿qué seremos nosotros delante del gran Dios? Las langostas viven poco tiempo y despreocupadamente (no como las hormigas); así viven la mayoría de los hombres. Los que actúan contra la voluntad de Dios, por grandes que sean o parezcan, serán abatidos por la poderosa mano de Dios (vv. 23, 24). Su vida y su poder son tan efímeros (v. 24b) que apenas puede decirse que hayan sido plantados o sembrados, que son las dos maneras de propagar las plantas: por simiente y por esqueje. Apenas surgidos a la vida, se secan y el torbellino se les lleva como hojarasca.
(C) A la visión del cielo estrellado (v. 26): «Levantad en alto vuestros ojos y mirad, ¿quién creó estas cosas?», es decir, los astros. Los idólatras, al levantar sus ojos al cielo, veían los astros, pero no veían más allá de ellos y los adoraban (Dt. 4:19). Pero es el Creador quien los saca y cuenta su ejército, como un general saca los batallones de su ejército y les pasa revista; a todas las estrellas, a cada una de ellas llama por sus nombres, las conoce una por una (comp. con Sal. 147:4). Ni una faltará «para responder a la llamada para que cumpla con su quehacer diario» (Slotki). Dice Moriarty: «La mención de las estrellas, el ejército del cielo, parece suponer una alusión al culto de las estrellas que se practicaba en Babilonia. Tal culto no tenía razón de ser para un israelita, que sabía que las estrellas habían sido creadas por Dios y dependían de Él».
Versículos 27–31
1. Ahora el profeta reprende al pueblo de Dios por su incredulidad y desconfianza (v. 27): «¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel, etc.?» Jacob e Israel son aquí sinónimos y representan a todo el pueblo de Dios. (A) Los epítetos con que se dirige a ellos bastaban para avergonzarles: Jacob, Israel, ¡el pueblo con quien Dios había pactado!, ¡el pueblo que profesaba pertenecer, de modo especial, a Dios! (B) La forma de reprenderles es mediante el razonamiento (comp. con 1:18). Muchos de nuestros necios temores se desvanecerían con una esmerada investigación de sus causas. (C) Hablaban de Dios como si se despreocupase de ellos, con lo que perdían toda esperanza con respecto a su presente condición. Concluían que: (a) No se preocupaba de ellos: «Mi camino está escondido (oculto, no visto) de Jehová»;
(b) no tenía en cuenta los derechos de ellos: «A mi Dios se le pasa mi derecho», esto es, lo ignora como si no existiera.
2. Les hace a la memoria lo que bastaba para silenciar todos esos temores y desconfianzas (v. 28). Debían saber por sí mismos y recordar lo dicho por sus mayores acerca del amor, del poder y de la sabiduría de Dios. Era precisamente por ser inescrutable Su inteligencia por lo que ellos no estaban capacitados para juzgar los caminos de Dios con respecto a ellos, pero habían de saber:
(A) Que es un Dios Omnipotente: Es eterno, Creador de todas las cosas, que no desfallece ni se fatiga con cansancio (v. 28). Por ser eterno, no conoce el cambio ni la decadencia. Por ser Creador de todo, tiene el derecho y el poder de gobernarlo todo. Por ser inescrutable Su inteligencia, no hay quien pueda frustrar Sus designios. Porque no desfallece ni se cansa, no hay temor de que disminuyan Sus fuerzas.
(B) Que es un Dios fortalecedor. Lejos de cansarse, es Él quien da fuerzas a los débiles. El Dios Fuerte es la fuerza de Israel: (a) Dios da vigor al cansado y acrecienta la energía al que no tiene fuerzas; es el único que puede multiplicar por cero, sin que el resultado sea cero. La condición indispensable, pero única, es que se confíe en Él, que se espere a Él, no a un brazo de carne (Jer. 17:5 y ss.). (b) De tal modo puede dar Dios fuerzas a los que en Él confían (pensemos directamente en el regreso de los deportados, pues ésa es la primera intención del profeta, según el contexto) que, aunque los jóvenes se fatiguen y se cansen, y los guerreros escogidos flaqueen y caigan (v. 30) por confiar en sus propias fuerzas, los que esperan a Jehová (v. 31), los que sólo en Él han puesto su confianza, tendrán nuevo vigor, verán sus fuerzas continuamente renovadas, y disfrutarán en cada momento de la energía que el poder y la gracia de Dios les comunica.
(C) Que la fuerza que Dios da no disminuye con el uso. Slotki ofrece una estupenda interpretación del aparente anticlímax del versículo 31b: «Levantarán el vuelo como las águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán». Dice Slotki: «La dificultad del notorio anticlímax: (a) volar, (b) correr, y
(c) caminar, quizá pueda tener una explicación si consideramos la secuencia como correspondiendo a las tres etapas en los peligros y dificultades que los exiliados habrán de encontrar y superar en su regreso. En orden cronológico, son: (a) el escape del país del cautiverio; (b) el viaje a la patria; y (c) el asentamiento allí. Remontar los agudos peligros implicados en el escape bien puede describirse como “volando sobre alas de águila” … Los azares del viaje y del asentamiento pueden Justamente compararse, y tener en cuenta su desigual duración, al correr y caminar respectivamente».
Este capítulo tiene por objeto convencer a los idólatras y consolar a todos los sinceros adoradores del Dios verdadero. I. Dios, por medio del profeta, muestra la necedad de los que rinden culto de adoración a los ídolos (vv. 1–9). II. Anima a los que son fieles a que continúen confiando en Dios (vv. 10–20). III. Presenta un reto a los ídolos (vv. 21–29).
Versículos 1–9
El interés de Dios por Su pueblo al levantar a Ciro para que fuese el libertador de ellos es una prueba de Su soberanía sobre todos los ídolos y sobre el poder de los dioses falsos para proteger a sus pueblos respectivos.
1. Un reto general a los adoradores de los ídolos (v. 1). Se repite en el versículo 21: «Alegad por vuestra causa», pues es otra manera de decir lo del versículo 1: «Reunámonos a juicio». Se establece el tribunal y se envían citaciones a los pueblos y aun a las islas costeras. El versículo 1 comienza literalmente así: «Guardadme silencio, islas». Como si dijese: «No juzguéis antes de tiempo, hasta que yo haya presentado mis razones, pues yo soy quien presenta el caso, y hay que oírme a mí primero, como es de protocolo en un tribunal». Pero a los comparecientes se les pide que se esfuercen, es decir, que preparen bien sus argumentos para la discusión, y que se acerquen a razonar a favor de sus dioses.
2. En particular, Jehová reta a los ídolos a que hagan por sus adoradores lo que Él ha hecho y quiere hacer por los Suyos.
(A) Lo que hay que demostrar es: (a) Que sólo Jehová es Dios; Él es el primero y sigue siéndolo con los últimos (v. 4): que es infinito, eterno e inmutable, que ha gobernado el mundo desde el principio y lo hará hasta el fin de los tiempos. (b) Que Israel es Su siervo (v. 8), al que Él protege y usa, y en el que es, y será, glorificado.
(B) Para probar esto, muestra que Él fue quien levantó a Ciro el Grande, rey de Persia (558–529 a. de C.). A pesar de que esta profecía había de cumplirse casi doscientos años después, lo dice como si ya hubiese acontecido. Dios le proveyó de continuas victorias, le entregó naciones y le hizo gobernar sobre reyes (v. 2a). A partir de la mitad de este versículo y en el versículo 3, el sujeto de las oraciones es el mismo Ciro o algo que a él se atribuye: «Su espada (de Ciro) los dio (lit.) como polvo; su arco, como hojarasca arrebatada; él (Ciro) los persiguió y pasó en paz por camino que no holló con sus pies»; es decir, «su marcha victoriosa es tan rápida que sus pies no parecen tocar el suelo» (Slotki). Ciro es aquí, como gran libertador de Israel, tipo de Cristo, quien nos libertó del poder de las tinieblas.
3. Pone de manifiesto la necedad de los idólatras al persistir obstinados en su idolatría (v. 5): «Las islas lo vieron y tuvieron temor, etc.». Ante el avance victorioso de Ciro, todas las naciones y aun las islas costeras (comp. con v. 1) se echaron a temblar y se animaban todos unos a otros a recurrir a sus ídolos de nueva factura (vv. 5–7) en busca de protección. En lugar de ayudarse unos a otros a buscar al verdadero Dios, se animan mutuamente a endurecerse en su idolatría. No contentos con los antiguos ídolos, se animan a hacer otros nuevos (V. Dt. 32:17). El versículo 7 está lleno de ironía: El carpintero anima al orfebre, hasta que ambos quedan satisfechos con su obra, pero la sujetan con clavos, no sea que se mueva y se caiga. ¡Qué dioses!
4. Dios anima luego a Su pueblo a que confíen en Él: «Pero tú, Israel, siervo mío …» (vv. 8, 9). Como si dijese: «Los idólatras se han puesto bajo la protección de tan impotentes deidades; los que las hacen son como ellas, y así es todo el que confía en ellas, pero tú, Israel, eres el siervo de un mejor Dueño». Los israelitas son siervos del Dios verdadero. Él los ha escogido para que sean su pueblo especial, y no los ha desechado. Son la descendencia de Abraham, el amigo de Dios (v. 8b, comp. con 2 Cr. 20:7; Stg. 2:23). Es el único a quien en la Biblia se da tal epíteto. En atención a tal antepasado, Dios ama y protege a los israelitas, a pesar de que le han provocado tanto y tantas veces.
Versículos 10–20
El objeto de estos versículos es acallar los temores, y animar la fe, de los siervos de Dios en sus aflicciones. En primer lugar, lo más probable es que la porción tenga por objeto levantar los ánimos de Israel durante el cautiverio; pero todos los que sirven fielmente a Dios, abrigarán esperanza mediante la paciencia y el consuelo de esta Escritura. Nótense las tres veces que, a poca distancia una de otra, se repite ese «¡No temas!» (vv. 10, 13, 14). Va contra la intención de Dios el que Su pueblo sea un pueblo miedoso.
1. Tienen que depender de Su presencia entre ellos como su Dios. Esto se repite continuamente en esta porción: «Yo estoy contigo … Yo soy tu Dios, yo te doy vigor, sí, yo te ayudaré y siempre te sostendré con la diestra» (v. 10). ¿Qué se puede temer yendo de la mano de Dios? (Comp. con Sal. 73:23); «Yo, Jehová tu Dios, soy quien te sostiene de tu mano derecha … Yo te ayudo» (v. 13); «Yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor» (v. 14).
2. Aunque sus enemigos aparezcan ahora temibles, va a llegar el día en que Dios les pedirá cuentas. Hay quienes están enfurecidos contra el pueblo de Dios y contienden con él (v. 11) y le hacen la guerra (v. 12), porque le odian. Pero el pueblo de Dios debe aguardar al tiempo de Dios. Los enemigos se convencerán de la locura de contender con el pueblo de Dios: «serán avergonzados y confundidos» (v. 11), lo que podría conducirles al arrepentimiento, pero les llenará más bien de rabia. En todo caso, Israel no ha de temer, pues sus enemigos serán reducidos a la nada: «serán como nada» (v. 11), frase que se repite en el versículo 12. Se estrellarán contra la justicia y el poder de Dios.
3. Los mismos israelitas se convertirán en terror para los que ahora les aterrorizan, y la victoria se volverá del lado de Israel (vv. 14–16).
(A) Jacob e Israel están ahora muy abatidos; son un gusano (v. 14): «el gusano Jacob» (lit.); tan pequeño, tan débil, tan indefenso, forzado a arrastrarse por el suelo para su propia seguridad y, aun así, expuesto al pisotón de cualquier viandante (comp. con Sal. 22:6). Los hijos de Dios son muchas veces como gusanos, pero no son víboras como sus enemigos, porque ellos no son de la simiente de la serpiente.
(B) Dios considera el bajo estado de Jacob y le dice: «No temas, gusano Jacob»; no temas que nadie te aplaste, y vosotros los pocos de Israel. A este gusano pequeño, insignificante, su Dios lo va a levantar y va a hacer de él (v. 15) un instrumento duro, cortante y moliente, un trillo nuevo, de dientes afilados. Con este instrumento en las manos de Dios, los montes y collados, es decir, los enemigos más altos, más fuertes y más enconados de Israel, serán trillados y molidos (v. 15b); más aún, una vez molidos y reducidos a tamo, los aventarás y se los llevará el viento, etc. (v. 16). Esto se ha cumplido, en fin de cuentas, siempre que los enemigos de Dios y de los Suyos han tratado de acabar con los que sirven fielmente a su Hacedor y Redentor.
1. Tendrán en Dios, no sólo abundancia de consuelo y apoyo, sino también de honor (v. 16b): «Pero tú te regocijarás en Jehová, te gloriarás en el Santo de Israel», por todo lo que ha hecho a tu favor.
2. Si se da la ocasión, Dios hará de nuevo por ellos lo que hizo cuando salieron de Egipto en su marcha hacia Canaán (vv. 17–19). Dice Slotki: «El texto puede entenderse en sentido literal o figurado». Lo mismo viene a decir Trenchard: «Se ha de entender tanto en sentido literal como espiritual». M. Henry saca de aquí varias aplicaciones: (A) Estas promesas de redención fueron provistas por el Evangelio de Cristo. El glorioso descubrimiento de Su amor ha dado plena seguridad de que Dios ha provisto lo suficiente para el suministro de todo lo que necesitamos, y para la respuesta a todas nuestras oraciones.
(B) Son aplicadas por la gracia de Dios y el Espíritu de Cristo a todos los creyentes, para que tengan consuelo en el camino y completa felicidad al final de la jornada. Nuestro espíritu busca con anhelo satisfacción, pero no puede hallarla en las cosas de este mundo. Es Dios quien nos abre en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca (v. 18, comp. con Jn. 7:38, 39). Y en el mismo desierto, hace que broten cedros, acacias, etc. (v. 19). El Evangelio produce en los hombres un cambio tan grande como si los cardos y los espinos se convirtiesen en cedros. Todo esto se hace para que (v. 20) «todos vean y entiendan que la mano de Jehová ha hecho esto, y que el Santo de Israel lo creó». Todos verán que este cambio extraordinario está muy por encima del curso normal de la naturaleza y, por consiguiente, es obra de un poder superior.
Versículos 21–29
El Señor, por medio del profeta, repite ahora el reto a los idólatras (v. 21): «Alegad por vuestra causa
… Presentad vuestras pruebas». Tenéis que demostrar que vuestros ídolos son dioses de veras, dignos de honor y adoración.
1. Los ídolos son retados a presentar pruebas de su conocimiento y de su poder. En vano se esperan tales pruebas, pues: (A) No pueden decir nada que nosotros no podamos conocer. ¡Que nos digan algo del pasado, para ver si hay algún detalle que a la humanidad le haya pasado desapercibido! ¡Que nos digan algo de lo que ha de suceder! (vv. 22, 23b). Con esto último demostrarían ser dioses, pues los hombres no pueden conocer el futuro, a no ser por divina revelación. (B) Tampoco pueden hacer nada que nosotros no podamos hacer: «Mira, vosotros (sois) de nada; y vuestras obras, cosa de nada, de ningún valor» (v. 24, lit.). Y prosigue: «Abominación es el que os escogió». Un siervo es libre para escoger su amo, pero el hombre no es libre para escoger su Dios.
2. A continuación, Dios presenta pruebas de que Él es el verdadero Dios y que no hay otro Dios que Él.
(A) Él tiene un poder irresistible. Esto se mostrará especialmente cuando haga surgir a Ciro (v. 25)
«del norte … del nacimiento del sol». Ciro era medo por parte de padre, y persa por parte de madre; y su ejército constaba de medos, cuyo país daba al norte, y de persas, cuyo país daba al este. Había de venir a Babilonia para sus propios fines, pero de él dice que «invocará mi nombre», porque había de «reconocer la soberanía de Dios (cf. Esd. 1:2)» (Slotki). (B) Toda oposición a su marcha será deshecha (v. 25b): «y pisoteará príncipes como lodo, y como pisa el barro el alfarero».
(B) Tiene también una presciencia infalible (v. 26). Ahora bien, los falsos dioses, no sólo no pudieron hacerlo, sino que ni pudieron saberlo (v. 26). (a) Les reta a que presenten alguna de sus deidades o alguno de sus adivinadores, para poder decir: «Es justo», esto es, confesamos que es una profecía verdadera. (b) Recaba para Sí el exclusivo honor y poder de hacerlo (v. 27): Él es quien va a ser el primero en llevar a Jerusalén las buenas nuevas de su liberación. Esto es aplicable a la obra de nuestra redención, en la que el Señor nos ha dado las buenas nuevas de reconciliación.
3. Se da la sentencia sobre este juicio: (A) Ninguno de los ídolos había predicho esta obra admirable (v. 28). Otras naciones además de los judíos habían salido del cautiverio en Babilonia por decreto de Ciro; sin embargo, ninguna de ellas tenía de antemano ningún conocimiento de ello por anuncio de alguno de sus dioses o de sus profetas y sacerdotes. Ninguno de los dioses de las naciones había mostrado a sus adoradores el camino de la salvación, como lo había de mostrar Dios por medio del Mesías. (B) Ninguno de los que apelaban a esos falsos dioses podía presentar prueba alguna de un poder o conocimiento que tuviese alguna señal de que eran verdaderos dioses. Debe, pues, proferirse sentencia contra el apelante, por silencio. Nada podían hacer ni decir (v. 28), pues todo ello era vaciedad y nada; viento y confusión (hebr. tohu, como en otros lugares de Isaías y en Gn. 1:2). (C) Por tanto, la sentencia es dada de acuerdo con el cargo presentado contra ellos (v. 24).
El profeta se adentra ahora todavía más en la profecía del Mesías y de su reino bajo el tipo de Israel, más bien que de Ciro. Tenemos aquí: 1. Una profecía de que el Mesías vendría con mansedumbre, aunque también con poder (vv. 1–4). II. Se presenta la comisión que recibió del Padre (vv. 5–9). III. El gozo con que habrían de recibirse las Buenas Nuevas (vv. 10–12). IV. El éxito del Evangelio en la destrucción del reino del diablo (vv. 13–17). V. El rechazo de los judíos incrédulos (vv. 18–25).
Versículos 1–4
Estamos seguros de que estos versículos son aplicables a Cristo, puesto que el evangelista nos dice expresamente que esta profecía se cumplió en Él (Mt. 12:17–21).
1. La confianza del Padre en Él. (A) Dios lo reconoce como Suyo (v. 1): «He aquí mi siervo». Aunque era Su Hijo Unigénito, tomó sobre sí la forma de esclavo para ser nuestro Mediador. (B) Dios lo ha escogido: «… mi escogido». La sabiduría infinita hizo la elección y, luego, reconoció que estaba bien hecha. (C) Dios ha puesto en Él Su confianza: «En quien mi alma tiene contentamiento». (D) Dios le cuida, le guarda, le protege: «Yo le sostendré». El Padre estuvo siempre a su lado y le sostuvo y dio fuerza, poder y autoridad.
2. Sus cualificaciones para el oficio (v. 1b): «He puesto sobre Él mi Espíritu, a fin de equiparle para esta empresa» (comp. con 61:1).
3. La tarea que se le encomienda: «Él dictará justicia a las naciones»; es decir, declarará a todo el mundo el propósito salvífico de Dios, ya que tal propósito abarca a los gentiles tanto como a los judíos.
4. La mansedumbre y ternura con que llevará a cabo esta tarea (vv. 2, 3). No gritará, ni sonará la trompeta por las calles, como lo hacen quienes invitan a la violencia o a la guerra. Sufrirá en silencio y con toda paciencia la oposición que se levante contra Él (He. 12:3), pues Su reino no es de este mundo y, por tanto, Sus armas no son carnales ni es pomposa Su apariencia. Aunque proclamará la verdad con toda valentía y sin subterfugios (v. 3b): «de acuerdo con la verdad hará justicia», no por eso rechazará a los débiles y vacilantes (v. 3a): «No quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea». ¡Al contrario! Vendará lo herido y soplará donde se halle la mínima parte de fuego a fin de que pueda surgir una llama viva de fe y amor. Hay quienes «se rajan» ante el temor y la duda; hay quienes están a punto de apagarse por falta de amor y comunión. Con todos ellos desplegará Cristo Su paciencia y Su ternura. ¡Si así procedieran siempre sus ministros!
5. El coraje y la constancia con que perseverará en el desempeño de su misión (v. 4), hasta que pueda decir: Está consumado. Y del mismo modo capacita a sus apóstoles y ministros para que no desmayen ni se desanimen, hasta que también ellos hayan terminado su testimonio. Su objetivo es «establecer en la tierra justicia» (v. 4b). Dice Trenchard: «Todo cuanto Dios hace en el mundo se encamina al restablecimiento de las normas de justicia, pero sabemos por la revelación del Nuevo Pacto que este propósito sólo pudo realizarse por medio de la Obra de la Cruz». El mundo sólo puede reformarse por el poder del Evangelio y de la gracia.
Versículos 5–12
1. El pacto que Dios hace con el Mesías y la comisión que le da (vv. 5–7).
(A) Los regios títulos con que el gran Dios se da aquí a conocer (v. 5): Él es la fuente de todo ser y, por tanto, de todo poder. En el mundo superior, Él creó los cielos y Él los despliega (comp. con 40:22). En el mundo inferior, extiende la tierra, y la hace habitable, y lo que sale de ella como producto es efecto de Su poder. En el mundo de la humanidad, da aliento (hebr. neshamáh) de vida física y espíritu (hebr. ruay), los poderes y facultades de la vida racional, a los habitantes de la tierra. Todo esto va por delante del pacto de Dios con el Mesías y de la comisión que le encarga, a fin de mostrar que la obra de la redención tenía por objeto restaurar al hombre a la sumisión que debe a Dios como a Su Hacedor.
(B) La seguridad que da al Mesías de que estará a su lado sosteniéndole y protegiéndole (v. 6). El Mesías fue llamado por Dios; no era un intruso (He. 5:4). Cuando fue enviado un ángel del cielo para que le fortaleciese en su agonía, el Padre estaba con Él, y se cumplió esta promesa.
(C) Los altos propósitos de esta comisión ofrecen consuelo a los hombres. Al darnos a Cristo, Dios nos dio generosamente todas las gracias y bendiciones del nuevo pacto. Dos gloriosas bendiciones se especifican aquí (vv. 6b, 7) entre las más gloriosas que se derraman sobre todas las naciones: luz y libertad. El Mesías es dado por luz de las naciones (comp. con 49:6; 51:4; 60:1, 3; Lc. 2:32; Hch. 13:47; 26:23), para abrir los ojos espirituales de los ciegos. Por medio de su Espíritu, en la Palabra presenta el objeto, y en el corazón prepara el órgano. También es llamado a proclamar libertad a los cautivos (v. 7b); no sólo para abrirles las puertas y dejarlos salir, que es lo único que Ciro pudo hacer, sino también capacitarles para hacer buen uso de su libertad. Esto lo hace Cristo por medio de Su Palabra y de Su gracia.
2. Ratificación y confirmación de esta encomienda. (A) La autoridad del que hace la promesa (v. 8):
«Yo soy Jehová, éste es mi nombre». Si es el Señor que da el ser y la vida a todo lo que vive, también dará el ser y la vida a esta promesa. (B) El cumplimiento de Sus promesas primeras es prueba de que también se cumplirán las nuevas (v. 9). Las hace saber ya, a fin de dar seguridad de que lo futuro ha de cumplirse lo mismo que se cumplió lo pasado.
3. El cántico de júbilo y alabanza que habría de resonar aquí para gloria de Dios (v. 10): «Cantad a Jehová un cántico nuevo, etc.». Dar luz a los gentiles fue una cosa nueva; las alabanzas a la gracia de Dios requieren también un cántico nuevo, y lo han de cantar: (A) Los que viven en los confines de la tierra, en las regiones más apartadas de Jerusalén; (B) los marineros y mercaderes, que descienden al mar. Los judíos comerciaban poco por mar, luego se refiere aquí, en especial, a los gentiles. (C) Las islas y sus moradores (v. 10b y, de nuevo, en el v. 12); (D) el desierto y sus ciudades (v. 11), esto es, las situadas en los oasis; (E) Cedar (hebr. Quedar) los moradores de sus aldeas eran «una tribu pastoril del desierto sirio» (Slotki). Sela es, con toda probabilidad, Pedra, en el país de Edom.
Versículos 13–17
Estos versículos podrían constituir el cántico mismo que los gentiles han de cantar o una profecía de lo que Dios hará para abrir el camino al entonar dicho cántico.
1. Aparecerá Dios en todo Su poder y en toda Su gloria más que nunca (vv. 13–15). Es probable que, en un primer término, como ha visto Slotki, estos versículos se refieran a la ira de Dios contra los que se llevaron cautivo a Israel, mientras el versículo 16 se refiere a los israelitas que vuelven del exilio. Sin embargo, en un plano más elevado, esta porción apunta a los últimos días. Dice Trenchard: «Es interesante notar el contraste entre los versículos 2 y 3 por una parte, y 13 y 14 por otra. Aquéllos hablan del ministerio terrenal del Siervo de Jehová, que se lleva a cabo sin voces por el que era “manso y humilde de corazón”, pero su obra en la Segunda Venida será muy diferente. Dios guarda silencio ahora, aparte del mensaje de las Buenas Nuevas en la boca de sus siervos, pero más tarde ha de “invadir” el mundo que habrá rechazado el Evangelio y, entonces, cual “guerrero”, “dará voces”, interviniendo públicamente en los asuntos de la tierra, cumpliendo su obra de juicio y restableciendo su Reino de una forma visible».
2. Dios manifestará su favor y su gracia, mostrando el camino de Sion (v. 16) a los redimidos por Él, y guiándoles por sendas que no habían conocido. Esto lo hace ya en la conversión de los pecadores, al sacarlos de las tinieblas a la luz. Así, en la conversión de Pablo, fue cegado primero; después, Dios le reveló a Su Hijo, e hizo así que se le cayeran de los ojos las escamas. En el camino de la obediencia hay dificultades escabrosas, ásperas, pero Dios las allana con Su poder y Su gracia.
3. Dios hará que se den media vuelta, confundidos y avergonzados (v. 17) todos los idólatras. Cuando los babilonios vean que esos judíos que despreciaban las imágenes de los ídolos, son reconocidos por Dios como Suyos y libertados por ese mismo Dios a quien adoran, se avergonzarán de haber dicho a tales imágenes: «Vosotros sois nuestros dioses». En tiempos de verdadera reforma, el pecado resulta pasado de moda.
Versículos 18–25
El profeta, después de haber animado a los israelitas creyentes, se vuelve ahora a los que, entre ellos, eran todavía incrédulos. Éstos eran tipo de los judíos que rechazaron a Cristo y fueron rechazados por Él.
1. El llamamiento que se hace a esta gente (v. 18): «Sordos, oíd, y vosotros, ciegos, mirad para ver». Estaban incapacitados, por su mente obtusa y su corazón endurecido, para oír y ver; pero si hubiesen obedecido este llamamiento, habrían podido hacerlo, de la misma manera que el hombre de la mano seca no podía extenderla, pero si no hubiese probado ante el mandato de Jesús, no habría sido curado.
2. La condición en que se hallaban estos incrédulos (vv. 19, 20): «¿Quién es ciego, sino mi siervo, etc.». El pueblo judío era, por libre elección de Dios y profesión exterior de ellos, «siervo de Jehová»; sus sacerdotes y ancianos eran sus mensajeros (Mal. 2:7); pero eran sordos y ciegos, endurecidos y rebeldes. Eran peores que los propios gentiles, por cuanto la ceguera y la sordera en las cosas espirituales son más graves en los que profesan ser siervos y ministros de Dios que en los demás. El profeta continúa (v. 20) y describe la ceguera y obstinación de la nación judía (v. ya desde 6:9 y ss.) de forma parecida a la descripción que nuestro Salvador hacía de los judíos de su tiempo (Mt. 13:14, 15).
3. El interés que Dios tiene en el honor de Su propio nombre, a pesar de la sordera y de la ceguera de ellos. La Escritura se cumplió en el rechazo de los judíos lo mismo que en el llamamiento de los gentiles. Con todo, Dios seguirá enalteciendo Su ley. Dice Moriarty: «Fue un privilegio para Israel el recibir de Dios tal ley (torá) o revelación. Pero no se aprovechó de ella, sino que continuó en su pecado. El castigo, pues, era inevitable». La Ley, en efecto, es digna de todo honor y, si los hombres no la enaltecen obedeciéndola, Dios la enaltecerá castigándoles por su desobediencia.
4. Los desastres que Dios va a traer sobre la nación judía por su ceguera y sordera (v. 22). Van a estar saqueados y pisoteados; atrapados en cavernas y escondidos en cárceles; puestos para despojo, sin que nadie lo remedie. El pecado del pueblo es el que les ha traído esta calamidad, como lo expresan los versículos siguientes.
5. El consejo que Dios mismo les da para que hallen remedio a dicha situación (v. 23), puesto que, aun cuando el caso es muy grave, no es todavía desesperado. La mayoría están sordos a la voz de Dios; por tanto, les va a golpear para ver si hay alguien entre ellos que de oídos a esto. Cuando un método no resulta, se prueba otro. Si no escuchamos la voz de Dios, esperemos que nos pruebe con dura disciplina (He. 12:6 y ss.). Cualesquiera sean los instrumentos, ha de reconocerse la mano de Dios en las aflicciones de los Suyos (v. 24): «¿Quién dio a Jacob en botín, y entregó a Israel a los saqueadores? ¿No fue Jehová, contra quien pecamos? No quisieron andar en sus caminos, etc.». Dice Slotki: «La primera persona se refiere a la generación presente; la tercera, a sus antepasados». El profeta se cuenta a sí mismo entre los pecadores, como Daniel en Daniel 9:7, 8. Véase la calamidad que el pecado desencadena:
provoca a Dios a que se enoje contra un pueblo y, de este modo, enciende una conflagración universal, incendiándolo todo (v. 25).
Este capítulo comienza con un agudo contraste («Pero ahora …») con respecto a los últimos versículos del capítulo anterior. A pesar del pecado de Israel: I. Dios hace preciosas promesas a Su pueblo, y les asegura un brillante futuro (vv. 1–7). II. Reta a los ídolos a que se atrevan a competir con la omnisciencia y la omnipotencia de Dios (vv. 8–13). III. Se da mucho ánimo al pueblo de Dios para que espere su liberación de la cautividad de Babilonia (vv. 14–21). IV. Se adopta el método de preparar al pueblo haciéndoles a la memoria sus pecados, a fin de que lleguen al arrepentimiento y busquen el rostro misericordioso del Señor (vv. 22–28).
Versículos 1–7
Este capítulo tiene una clara conexión con el precedente. Allí se decía que Jacob e Israel no querían andar en los caminos de Dios; podría ahora pensarse que Dios iba a abandonarles; pero no es así. Las primeras palabras son: «Pero ahora … oh Jacob … oh Israel: No temas, porque yo te he redimido … mío eres tú». Aunque muchos de ellos eran rebeldes, Dios continúa amando a Su pueblo, y el remanente de la nación será preservado por la misericordia divina. Por en medio de las densas nubes, se filtra así un brillante y sorprendente rayo de luz. Las expresiones del amor de Dios a Israel son aquí extremadamente ricas y abundantes.
1. El fundamento de este interés de Dios por Su pueblo. Jacob e Israel, a pesar de su miserable condición pecaminosa, hallarán misericordia, porque: (A) Son hechura especial de Dios (comp. con Ef. 2:10). Dios los creó, no sólo les dio el ser, sino los formó (el mismo verbo de Gn. 2:7) como pueblo, instituyó su gobierno y les otorgó Su pacto. (B) Son el pueblo de Su adquisición: Él los ha comprado y los ha vuelto a comprar, pues eso significa redimir. Los rescató primeramente de la tierra de Egipto, los rescatará luego de Babilonia y, después, hasta el fin, de todas las esclavitudes que hayan llegado a padecer. (C) Son Su pueblo de un modo especial, pues lo ha llamado por su nombre y llevan Su nombre: son el Israel de Dios. (D) Jehová ha pactado con ellos como su Dios (v. 3). No tienen, pues, por qué temer, pues Dios está por ellos (comp. con Ro. 8:31).
2. Anteriores ejemplos de esta predilección de Dios por Israel: (A) Por el rescate de Israel, Dios ha dado a Egipto, a Etiopía y a Sebá (v. 3). Dice Slotki: «La liberación de Israel de Babilonia por Ciro cuando la capturó éste, y la conquista de Egipto y Sebá por su hijo Cambises, son descritas por el profeta como sucesos interdependientes y predestinados. Persia es compensada de la pérdida de los israelitas cautivos con la conquista de los tres países africanos». (B) Dios le había puesto precio conforme a esto, pues Israel era a los ojos de Dios de gran estima (v. 4). Moriarty advierte que esto se ha de interpretar «sin entender la palabra en su sentido estricto, como si Dios pagara realmente el rescate».
3. Otros ejemplos que Dios estaba dispuesto a presentar de Su amor e interés por Israel: (A) Había de estar presente en medio de ellos en los mayores peligros y dificultades (v. 2). (B) Cuando se diese la ocasión, estaba dispuesto a hacer que todos los intereses de los hijos de los hombres cediesen a favor de los intereses de los hijos de Israel. (C) Los que de Israel estuviesen dispersos por otras naciones, habían de ser reunidos un día para participar juntamente de las bendiciones del pueblo (vv. 5–7), pues habían sido creados para Su gloria y, por tanto, estaban marcados con Su gracia. Esto se refiere, en último término, a la final reunión de los israelitas en la Segunda Venida de Cristo (comp. con Mt. 24:31).
Versículos 8–13
Dios reta a los adoradores de los ídolos a que presenten pruebas de la divinidad de sus falsos dioses.
1. Ha de presentarse primero (v. 8) el pueblo de Dios, al que se llama aquí ciego y sordo por su rebeldía, a pesar de tener ojos y oídos con los que ha podido apercibirse de los portentos de Dios a su favor. Ellos son Sus testigos, Su siervo (v. 10) que puede declarar a favor del poder, del amor, de la sabiduría; en fin, de la verdadera Deidad del único Dios. «De que Yo soy Él», dice literalmente la frase central del versículo 10; esto es, «de que soy el mismo de siempre, el que fue, es y será» (Slotki). Ningún otro dios estaba con Él (v. 12), porque ninguno era capaz de hacer las cosas que Dios dice de sí mismo en la primera parte del versículo. Desde el principio, Él ha sido el único Salvador de Su pueblo (vv. 11–13).
2. Que se presenten también en el tribunal los adoradores de los falsos dioses, como testigos de sus ídolos, y justifíquense (v. 9), es decir, ofrezcan pruebas claras de que las demandas que, por medio de ellos, hacen sus falsos dioses, son verdad. En vano se presentarán, pues sólo el Dios de Israel está acreditado como verdadero Dios por su poder para salvar (v. 13). Dice Moriarty: «Dios se vuelve a Israel y le nombra su propio testigo. Tal es la misión de Israel en la historia, la de dar testimonio acerca de Dios Creador y Redentor». Nótese la repetición de la frase «Vosotros sois mis testigos» (vv. 10, 12; 44:8). De aquí—nota del traductor—han sacado los «Testigos de Jehová» su «motto».
Versículos 14–21
1. Aquí Dios asume títulos que son muy alentadores para Su pueblo (vv. 14, 15): «Vuestro Redentor, el Santo de Israel … Jehová, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey». Con todos estos títulos, no le ha de faltar a Israel suficiente protección, mientras los babilonios, los caldeos (v. 14b) huyen por el Éufrates en las naves de las que se gloriaban.
2. Les trae a la memoria las grandes cosas que hizo a favor de sus antepasados cuando los sacó del país de Egipto (vv. 16–18). El que tuvo poder para hacer tales cosas, «¿cómo no hará una cosa nueva?… un camino en el desierto y ríos en la soledad» (v. 19). Dice Slotki: «Ríos en el desierto. Un milagro mayor que convertir el mar Rojo en tierra seca».
3. No sólo promete libertarlos de la cautividad de Babilonia, sino también conducirles a salvo a su propio país (v. 20). Después de abrirles un camino por entre el desierto y convertir el mismo desierto en un oasis (v. 19), habrá tal abundancia de agua que tanto los hombres como los animales silvestres podrán saciar su sed. Dice Moriarty: «El reino animal unirá sus alabanzas a las del hombre, pues debido a la abundante agua que Dios hará brotar en el desierto, pulularán los animales llenos de vida». M. Henry hace la siguiente acomodación: «Esto apunta, no sólo al cuidado que Dios ofrecerá a la Iglesia judía entre su regreso de Babilonia y la venida de Cristo, sino a la gracia del Evangelio, especialmente según es manifestada al mundo gentil. Los pecadores de entre los gentiles, que habían sido como las bestias del campo, que corrían de modo salvaje, fieros como los dragones, estúpidos como los búhos o avestruces, serán traídos a honrar a Dios por su gracia».
4. Declara cuál es el origen de todas estas bendiciones del pueblo de Israel (v. 21): «Este pueblo que he creado para mí, a fin de que publique mis alabanzas» (comp. con 1 P. 2:9). Lo creó para Sí y, por tanto, hace todo eso por ellos, a fin de que publiquen Sus alabanzas, «mediante el cumplimiento de la Torah de Dios y la difusión de sus ideales» (Slotki).
Versículos 22–28
El cargo que aquí le hace Dios de nuevo a Israel tiene por objeto hacer justicia a la providencia divina por haberles llevado al exilio. Ellos habían menospreciado a Dios y le habían dado de lado y, por eso, Él los había rechazado justamente, había puesto por anatema a Jacob y por oprobio a Israel (v. 28). Ellos tienen que reconocer esto antes de estar preparados para su liberación.
1. Los pecados de que aquí se les acusa.
(A) Omitir las cosas buenas que Dios había preceptuado. Obsérvese que esta sección es introducida con un «pero» o «no obstante» (hebr. vau adversativo). Compárese con el versículo 21, donde Dios declara los favores que les había otorgado y lo que de ellos esperaba. Pero ellos le habían pagado muy mal por Sus favores. Habían abandonado la oración (v. 22): «No me invocaste a mí, oh Jacob». Jacob fue famoso por su oración (Os. 12:4). Jactarse del nombre de Jacob y vivir sin oración es burlarse de Dios y engañarnos a nosotros mismos. Se habían cansado de su religión, y habían escatimado las expensas de su devoción (vv. 23, 24). En realidad—nota del traductor—, lo que los versículos 22–24 dan a entender es que durante el exilio en Babilonia, Dios no les había exigido la carga de ofrecerle sacrificios. No habían sido «fatigados» por Dios en esto.
(B) Cometer cosas malas que Dios les había prohibido. Dios no les había fatigado (v. 23b) demandándoles sacrificios, pero ellos fatigaron a Dios (v. 24b) con sus maldades. El amo no había fatigado a sus criados con sus mandamientos, pero ellos le habían fatigado con su desobediencia.
2. Agravantes de este pecado (v. 27): (A) Eran hijos de desobediencia, pues su primer padre (con la mayor probabilidad, Jacob—v. Os. 12:3 y ss.) pecó. (B) También eran discípulos de desobediencia: «Tus maestros prevaricaron contra mí». No aprendían las cosas buenas de sus mayores, pero sí aprendían las cosas malas de sus maestros.
3. Señales del desagrado de Dios contra ellos a causa de sus pecados (v. 28): «Por tanto, yo profané (es decir, desecré, no tuve por sagrados) a los príncipes del santuario». «Los sacerdotes (cf. 1 Cr. 24:5). Otros traducen “príncipes consagrados”, lo que puede referirse ya sea a los sumos sacerdotes o a los reyes, ya que ambos eran ungidos con el óleo de consagración» (Slotki). Ellos se habían profanado a sí mismos con sus enormes pecados; y, al estar ya profanados, Dios los desecró con enormes calamidades (Mal. 2:9). Igualmente fue a la ruina el honor del Estado de Israel (v. 28b): «Puse por anatema a Jacob y por oprobio a Israel». Dios expuso a Israel al abuso y a la burla de sus enemigos. Dice Moriarty: «El anatema (jérem) era parte de la guerra santa y consistía en la dedicación total a Dios, ordinariamente por destrucción, de la persona o cosa sobre quien se había pronunciado el anatema. Con esto cesaba la ofensa de Dios y el país quedaba purificado. Israel ha de ser purificado por medio de las naciones enemigas».
4. Riquezas de la misericordia de Dios hacia ellos a pesar de todo (v. 25): «Yo, yo soy el que, a pesar de todo esto, borro tus rebeliones».
(A) Esta bondadosa declaración de la inclinación de Dios a perdonar el pecado de Su pueblo se inserta aquí de modo muy extraño. El cargo había sido muy grave: «Me fatigaste con tus maldades» (v. 24, al final). Habría de esperarse ahora que añadiese: «Yo, yo soy el que te voy a destruir, para no fatigarme más preocupándome de ti». Pero no es eso lo que dice, sino: «Yo, yo soy el que te voy a perdonar». Como si el gran Dios quisiera enseñarnos con esto que el perdonar las injurias es el mejor método de guardarnos de ser fatigados por ellas. Nótese en qué forma se expresa aquí el perdón otorgado a un creyente arrepentido:
(a) «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones», como queda borrada una nube por los rayos del sol (44:22), o como se borra una deuda para que no permanezca visible contra el deudor (se pone una cruz en el registro como si la deuda estuviese pagada, pues se perdona con base en el pago hecho efectivo por el fiador).
(b) «No me acordaré de tus pecados», con lo que no habrá disminución de Su amor en lo futuro. Cuando Dios perdona, también olvida. En cambio nosotros cuando perdonamos, raras veces olvidamos, con lo que mostramos que nuestro perdón no era lo suficientemente genuino. Téngase en cuenta que Dios no tiene memoria, porque lo tiene todo presente; pero con este antropomorfismo se nos da a entender que el perdón de Dios es completo y eterno, como completa y eterna habría permanecido Su ira sobre nosotros si nuestros pecados no hubiesen sido perdonados.
(c) Este perdón de los pecados lo otorga Dios, no por algo bueno que haya visto en nosotros o por algo bueno que nosotros le hayamos ofrecido, sino en atención al amor que le tiene a Su pueblo, o para vindicar la gloria de Su nombre.
(B) Como en otros lugares de esta profecía (v. 1:18; 41:1; 50:8), el Señor condesciende a razonar con Su pueblo (v. 26): «Hazme recordar, esto es, si crees que hay algo a favor tuyo que a Mí se me haya pasado por alto, házmelo saber». «Entremos en juicio juntamente; habla tú para justificarte». Como si dijese: «No te acuso sin darte primero una oportunidad de exponer libremente tu caso» (Slotki).
En este capítulo, Dios continúa: I. Anima a Su pueblo con la seguridad de las grandes bendiciones que les tenía reservadas al volver del exilio (vv. 1–8). II. Muestra la insensatez de los fabricantes de ídolos y de los adoradores de ídolos (vv. 9–20). III. Confirman las seguridades que había dado a Su pueblo de esas grandes bendiciones y levanta así sus gozosas expectaciones (vv. 21–28).
Versículos 1–8
Dos grandes verdades se hallan en estos versículos:
1. Que el pueblo de Dios es un pueblo dichoso, especialmente a causa del pacto que Dios ha hecho con ellos. Tres cosas hacen que su dicha sea completa:
(A) Sus pactadas relaciones con Dios (vv. 1, 2). Israel es llamado aquí Yeshurún, que significa «el recto», pues sólo son de verdad israelitas, como Natanael, aquellos en quienes no hay dolo. Jacob e Israel habían sido presentados al final del capítulo anterior como prevaricadores y expuestos al anatema de Dios, pero el presente capítulo se abre con un vau adversativo, cuya mejor traducción sería: «Con todo, ahora, etc.»; de nuevo se intercala así la misericordia dentro de la ira: «Con todo, ahora, escucha Jacob, siervo mío, y tú, Israel, a quien yo escogí; es decir, a pesar de todo, vamos a ser amigos de nuevo tú y yo». Esto es lo que da a entender en Hebreos 8:12, cuando dice: «Seré propicio a sus injusticias». Ahora bien, las relaciones pactadas con Dios son muy alentadoras: (a) Son sus siervos. (b) Son sus escogidos, y Él se atendrá a la elección que hizo de ellos; a los que ha escogido los guarda bajo especial protección. (c) Son sus criaturas: Él es su Hacedor y Él los formó (comp. con vv. 21, 24 y 43:1, 7) y, por tanto, les ayudará a cumplir los objetivos para los cuales los formó.
(B) Las bendiciones pactadas que Dios ha puesto en seguro para ellos y para sus familias (vv. 3, 4).
(a) Los que son conscientes de sus necesidades espirituales y de la insuficiencia de las criaturas para satisfacerlas, tendrán abundante satisfacción en Dios: «Yo derramaré aguas sobre el sequedal, etc.». (b) Los que son estériles como la tierra seca, serán regados con la gracia de Dios. (c) El agua que Dios derramará sobre ellos es Su Espíritu (Jn. 7:39, comp. con Jl. 2:28–32 y Hch. 2:17 y ss.). (d) Habrá un extraordinario aumento de convertidos al verdadero Dios, no sólo entre los judíos, sino también entre los no judíos, como se ve por el versículo 5.
(C) Llegará un día en que un número creciente de no judíos (v. 5) se adherirán alegremente al pacto que Dios hizo con Israel. También éstos serán descendientes espirituales de Abraham (v. Ro. 4:16–24). Muchos de los que estaban lejos se acercarán y proclamarán su adhesión, en fe y obediencia, a Jehová y se tendrán por israelitas. Dice Slotki: «El nombre “israelita” será todosuficiente. Representará para él el nombre más honrado y dignificado, que sobrepasa con mucho a todos los demás títulos». Serán invitados a ello por la gloriosa manifestación de Dios a Su pueblo (v. Zac. 8:23); y, con gran amor a Jacob, al pueblo de Dios, estarán dispuestos a seguir la suerte de los israelitas bajo toda clase de condiciones. Lo harán solemnemente, suscribiéndolo de su puño y letra (comp. con Neh. 9:38). Cuanto más explícitos seamos en nuestro pacto con Dios, mejor (comp. con Éx. 24:7, aunque la sinceridad de los que así hablaban dejó mucho que desear).
2. Que, así como el pueblo de Dios es un pueblo dichoso, así también el Dios de ese pueblo es un gran Dios, el único verdadero Dios (vv. 6–8). Esto ha de proporcionar abundante satisfacción a todos los que confían en Él. El Dios en quien confiamos es un Dios de incontestable soberanía y de irresistible poder: Es Jehová, el autoexistente y autosuficiente; es Jehová de las huestes, de los ejércitos celestes y de los ejércitos de Israel; es el Rey de Israel y su Redentor; y quienes toman a Dios por Rey, lo tendrán por Redentor. Es el Dios eterno, antes de todo tiempo y después de todo tiempo, desde siempre y para siempre. Si no hubiese un Dios para crear, nada habría existido. Sólo Él es Dios (v. 6, al final): «Y fuera de mí no hay Dios». No hay otro Dios que Jehová. Es todosuficiente y, por tanto, no se necesita ningún otro. Su pueblo no había menester de esperar en ningún otro dios. Los que gozan de la luz del sol, no necesitan la luna ni las estrellas, ni la luz del fuego que puedan encender. Por eso, tampoco necesitaban tener miedo de ningún otro dios. Ningún otro fuera de Él (v. 7) podía predecir lo venidero, como lo hizo Jehová, por medio de Su profeta, al anunciar en esta profecía lo que había de suceder más de 200 años después.
Versículos 9–20
El discurso que sigue tiene por objeto: 1. Armar al pueblo de Israel contra la fuerte tentación de adorar a los ídolos cuando estuviesen exiliados en Babilonia, y agrandar así a los que ahora eran sus amos. 2. Curarlos de su inclinación a la idolatría, pecado que con mayor facilidad hacía presa en ellos. Así como la vara de Dios sirve para dar fuerza a la Palabra, así también la Palabra de Dios sirve para explicar la vara. 3. Equiparles con algo que puedan decir a sus mayorales caldeos. Cuando éstos les insultasen diciéndoles: ¿Dónde está vuestro Dios?, que pudieran ellos preguntarles: ¿Qué son vuestros dioses? Para convencer a los idólatras, tenemos aquí:
1. Un reto a que se descarguen de la acusación de la más vergonzosa locura imaginable (vv. 9–11). Emplean todo su ingenio en imaginar, y sus manos en fabricar, imágenes esculpidas, a las que llaman (v. 9b) sus delicias (lit.). Hay que decirles que se engañan a sí mismos y unos a otros, ya que sus delicias para nada sirven. Ellos mismos son testigos de eso contra sí mismos; bastaría que dejasen a su propia conciencia darles fiel testimonio de ello, pues los ídolos no pueden darles ningún bien ni librarles de ningún mal. «¿Quién formó un dios?» (v. 10). Nadie, sino alguien que no esté en su sano juicio podría pensar en formar un dios, en hacer algo que, si se supone que es un dios, habría de ser el hacedor de quien lo hace. Los artífices de estos dioses son hombres (v. 11), débiles e impotentes y, por tanto, es imposible que formen un ser omnipotente.
2. Tenemos luego en detalle el procedimiento de la formación de uno de tales dioses.
(A) Las personas empleadas en tal menester son artesanos, los mismos que cualquiera emplearía en hacer los utensilios comunes de una casa o los útiles de labranza. Hay que llamar a un herrero (v. 12) que trabaja en las ascuas. Es tarea dura, que no le deja tiempo para comer ni para beber, con el peligro de desmayarse. El nuevo dios adquiere su forma gracias a los fuertes martillazos del herrero, según el modelo que le ha sido presentado. Luego viene (v. 13) el carpintero con sus propias herramientas: lo mide lo marca, lo corta, lo cepilla y le da la figura de un hermoso varón, al estilo de las estatuas paganas de Grecia y Roma. Pero con eso no puede jamás llegar a la hermosura del Dios eterno. Por otro lado, es una mera figura que no puede moverse ni hacer nada por sí misma, sino que tiene que quedarse inmóvil en casa, «ordinariamente, en un nicho excavado en la pared» (Moriarty).
(B) El material con que se fabrica este dios no puede ser más rústico (vv. 14–17); se saca de un árbol.
(a) El árbol mismo se escoge de entre los que crecen en el bosque (v. 14). Allí ha crecido con otros árboles, sin gozar de mayor virtud o valor que los de sus vecinos. Era un cedro, o un ciprés o una encina. Quizás le había echado el ojo con anterioridad y había favorecido su crecimiento (v. 14b) o lo había plantado él mismo con este propósito. ¡Qué agravio al Dios de los cielos al levantarle un rival que se cría con la lluvia que el verdadero Dios envía sobre justos e impíos!
(b) Las ramas de este árbol no servían sino para combustible, y para hacer fuego las usa el carpintero, lo mismo que los trozos que le sobran del leño en que trabaja (vv. 15, 16). El árbol no manifiesta tener ninguna virtud innata para protegerse, pues puede ser quemado como cualquier otro árbol, y el que lo escogió no vio en él mayor valor que en los demás, pues arrojó en el fuego gran parte de él como basura ordinaria, sin tener por ello ningún remordimiento de conciencia. Le sirve para calentarse (v. 15), lo mismo que para cocer pan (v. 15b) y preparar un asado (v. 16), así queda satisfecho de que, al fin y al cabo, lo que ha quitado para hacer el dios le ha servido para algo. En cambio, el dios que hace no le va a servir para nada.
(c) En efecto, el cuerpo principal del tronco le servirá para hacer un dios; mejor le habría servido para hacer una mesa o un banco. Cuando el insensato idólatra se ha servido para otros usos más provechosos del resto de la madera, se fabrica un ídolo y se prosterna delante de él (v. 15b), o, como detalla el versículo 17, «hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora y le ruega diciendo: Líbrame porque tú eres mi dios», como si dependiese enteramente de su propia obra para su liberación. La ironía no puede ser más mordaz.
3. Ahora viene el juicio sobre todo este asunto (vv. 18–20). El hombre se ha vuelto peor que las bestias que perecen, pues éstas actúan de acuerdo con el instinto, pero el hombre no actúa conforme a los dictados de la razón (v. 18). Personas que actúan conforme a la razón en otras cosas, actúan del modo más absurdo en ésta. Son rebeldes contra la gran ley de la reflexión (v. 19): «Ninguno reflexiona en su interior». No se para a pensar en la insensatez de lo que acaba de hacer: «No tiene sentido ni entendimiento para decir: Parte de esto quemé en el fuego, y sobre sus brasas cocí pan, asé carne y la comí. ¿Haré del resto una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol? ¿Seré tan loco como para postrarme ante un tronco de árbol—cosa insensible, sin fuerzas y sin vida—?» Estos idólatras se engañaban a sí mismos (v. 20): «De ceniza se alimenta». Dice Slotki: «Alimentarse de cenizas significa apoyarse en algo que es vano, inútil o sin valor». La apostasía de los pecadores al apartarse de Dios, se debe enteramente a ellos mismos y al perverso corazón de infidelidad que llevan en el pecho. A ninguno de ellos se le puede persuadir a que, por lo menos, sospeche hasta el punto de decir (v. 20b):
«¿No es pura mentira lo que tengo en mi mano derecha?», con lo que podrían pensar en la liberación de su alma. La sospecha de sí mismo es el primer paso hacia la liberación de sí mismo.
Versículos 21–28
1. Vemos aquí la obligación que tenía que cumplir Israel para quedar cualificado para la liberación. Nuestro primer interés debe ser sacar bienes de nuestras aflicciones, y entonces podremos esperar salir de ellas. Dicha obligación está expresada en dos palabras: Acuérdate y vuélvete. (A) «Acuérdate de estas cosas, oh Jacob. Recuerda la locura de la idolatría y que siervo mío eres tú (v. 21); y, por tanto, que no debes servir a otros amos» (B) «Vuélvete a mí» (v. 22).
2. Los favores que Dios asegura dar a Jacob e Israel, ahora en el exilio; y lo que aquí se promete a los que se acuerdan y se vuelven a Dios, se promete en sentido espiritual a todos los que de manera igual se vuelven a Dios. Cuando comenzamos a acordarnos de Dios, Él comienza a acordarse de nosotros, y tiene en cuenta que, en realidad, Él se acordó de nosotros primero.
(A) Las bases sobre las que estaban edificadas las favorables intenciones de Dios hacia Su pueblo: (a) Son Sus siervos y, por tanto, justamente alterca con los que los detienen. «Deja ir a mi pueblo para que me sirva» (Éx. 8:1 b). (b) Él los formó como pueblo (v. 24). Desde que comenzaron a crecer hasta formar una nación, los tuvo Él bajo Su especial cuidado. (c) Él los ha redimido anteriormente, y es siempre el mismo (v. 23b): «Jehová redimió a Jacob». El profeta lo da por hecho, porque Dios ha determinado hacerlo, pues Él es Jehová el Redentor (v. 24) de ellos. (d) Dios es glorificado en Israel (v. 23, al final); por tanto, lo hará una vez más (comp. con Jn. 12:28). (e) Ha perdonado sus pecados (v. 22), que eran el único impedimento para su liberación. Quebrará, pues, el yugo de su cautividad, ya que declara: «Yo deshice como una densa nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados». Nuestros pecados son como una densa nube que se interpone entre los cielos y la tierra. Cuando Dios perdona el pecado, deshace esa densa nube, de modo que se abre de nuevo, de par en par, el acceso al trono de la gracia.
(B) El gozo universal que acompañará a la liberación del pueblo de Dios (v. 23): «¡Cantad loores, oh cielos!» La creación entera tendrá motivos para alegrarse y regocijarse en la redención del pueblo de Dios; y se asegura que, aun cuando ahora gime bajo el peso de la servidumbre de la corrupción, se verá un día libre de ese peso (v. Ro. 8:19–22). La más alta institución en el mundo será el establecimiento del reino de Dios en él (Sal. 96:11–13; 98:7–9). También los ángeles se regocijarán de ello. Los cielos cantarán, porque Jehová lo ha hecho (v. 23). Y hay alegría y gozo en los cielos cuando Dios y el hombre se reconcilian (Lc. 15:7). También los gentiles se unirán a estas alabanzas, pues compartirán estos gozos.
(C) El ánimo que nos da la esperanza de que, aunque haya grandes dificultades en el camino de la liberación del pueblo de Dios, llegará un día en que habrán sido remontadas con toda facilidad, pues «así dice Jehová tu Redentor …: Yo soy Jehová, que lo hago todo», ya que no hay nada que escape a los designios de Su providencia.
(D) La confusión en que todo esto pondrá a los oráculos de Babilonia (v. 25) al dejar sin cumplimiento todas las predicciones de sus adivinos y agoreros, mientras (v. 26) «confirma la palabra de su siervo y cumple el consejo de sus mensajeros» (lit.). Su siervo es aquí el profeta Isaías, y los mensajeros son los demás verdaderos profetas.
(E) Los particulares favores que Dios tenía destinados para Su pueblo, al que ahora vemos en el exilio (vv. 26–28). Jerusalén está deshabitada y las ciudades de Judá están en ruinas, pero Dios promete que Jerusalén volverá a estar poblada y que las ciudades de Judá serán reconstruidas. Así como la desolación del santuario fue para todos los judíos piadosos el detalle más lamentable de toda la destrucción, así también su futura restauración había de ser el detalle más gozoso de toda la liberación. Las frases del versículo 27 son interpretadas de diversas maneras. Dice Moriarty a este propósito: «Que dice al abismo: a la gran masa de agua que rodea a la tierra. Probable alusión al mito cosmogónico del triunfo sobre las aguas». En cambio, el rabino Slotki se acerca más al sentido del contexto histórico, al decir: «Se alude a la desviación del río Éufrates, según lo registra Herodoto, medio por el cual Ciro pudo hacerse con una entrada a la ciudad fortificada. Otros consideran lo de profundidades y ríos como una figura de dicción que designa los obstáculos que Ciro había de hallar». También M. Henry lo entiende de la desviación del Éufrates.
(F) Hallamos, por fin, en el versículo 28, el nombre de Ciro, el futuro rey de Medo-Persia y conquistador de Babilonia. En hebreo es Koresh; en persa, Kurush. Ciro corresponde al griego Kuros. De él dice Dios: «Es mi pastor», porque, al mandato de Dios (v. 28b), cumplirá con Israel los cuidados que un pastor tiene para con su rebaño. Israel es el pueblo del pasto de Dios, pero ahora se halla entre lobos. Ciro será empleado por Dios en la tarea de dar suelta a estas ovejas que ahora están oprimidas y como maniatadas. Mayor presea es para Ciro ser el pastor de Dios que el emperador de Persia. Dios usa a los hombres como le place; en aquello mismo en que ellos buscan sus propios intereses, Dios se sirve de ellos para Sus propios designios.
Ciro ha sido mencionado al final del capítulo anterior como pastor de Dios; ahora le vemos como tipo del Gran Redentor. Tenemos aquí: 1. Las grandes cosas que Dios había de hacer en favor de Ciro, a fin de que él diese la libertad al pueblo de Dios (vv. 1–4). II. La prueba que con esto iba a dar Dios de Su eterno poder (vv. 5–7). III. Oración del profeta para que se apresure la liberación (v. 8). IV. Se lanza un reproche a los judíos incrédulos (vv. 9, 10). V. Se anima a los judíos creyentes, que habían puesto en Dios su confianza y perseveraban en la oración (vv. 11–15). VI. Se lanza un reto a los adoradores de los ídolos y se les lee la sentencia, mientras se da verdadera satisfacción a los adoradores del verdadero Dios y se les asegura el consuelo (vv. 16–25).
Versículos 1–4
1. Muchos años antes de que se apoderase de Babilonia, se nos dicen aquí de Ciro las grandes cosas que Dios quiso hacer para él, a fin de que consiguiese el poder suficiente para dar libertad al pueblo de Dios. Con este fin, dispuso Dios que Ciro llegase a ser un poderoso guerrero y un opulento monarca, pues las naciones habían de serle tributarias, abasteciéndole de hombres y dinero. Ciro es llamado aquí (v. 1) ungido (¡Mesías!, según el hebreo) de Dios, porque estaba destinado por Dios a este gran servicio y había de ser así tipo del verdadero Mesías. Jehová lo va a tomar por su mano derecha, como puso Eliseo sus manos sobre las de Joás, el rey de Israel, cuando éste iba a disparar sus flechas contra Siria (2 R. 13:16).
(A) Al estar bajo esta dirección, Ciro había de extender sus conquistas hasta muy lejos, quebrando toda oposición que se le presentara. Reinos populosos se le habían de rendir (v. 1b). Reyes poderosos habían de caer delante de él. Lo de desatar lomos de reyes (figura que expresa el quitar las fuerzas a uno) se cumplió literalmente en el rey Belsasar (v. Dn. 5:6). Grandes ciudades habían de ser ocupadas por él (v. 1c), pues Dios mismo le abriría las puertas. Las marchas más largas y peligrosas le iban a resultar fáciles, pues Dios iría delante de él (v. 2) allanándole el camino, es decir, quitándole todos los obstáculos que se opusieran a su paso. También será Dios quien quebrantará (v. 2b) las puertas de bronce y hará pedazos los cerrojos de hierro. Esto se cumplió a la letra si, como dice Herodoto, la ciudad de Babilonia tenía 100 puertas, todas de bronce, con postes y goznes del mismo metal.
(B) Le llenará los cofres (v. 3): «Y te daré los tesoros de la oscuridad (es decir, bien escondidos) y las riquezas ocultas de lugares secretos» (lit.), tesoros de oro y plata, que habían sido sepultados bajo tierra por los habitantes. Ciro reconoció la bondad de Dios para con él y, en consideración a eso, dio libertad a los cautivos (v. Esd. 1:2).
2. Se nos dice después lo que Dios se había propuesto al hacer todo eso a favor de Ciro.
(A) «Para que sepas (v. 3b) que yo soy Jehová, el Dios de Israel, el que te llama por tu nombre (lit.), mucho antes de que nacieses».
(B) Para que el Israel de Dios fuese puesto en libertad (v. 4). Aun cuando él no conocía a Dios, Dios le llamaba Su pastor (44:28) y le mencionaba por su propio nombre de Ciro, y añadía que era Su ungido.
¿Y por qué hizo Dios todas estas cosas por Ciro? No en atención a él mismo, discutiéndose si era varón de virtud o no. Por cierto, Jenofonte hizo uso del nombre de Ciro cuando quiso describir las virtudes heroicas de un príncipe excelente, pero otros historiadores lo presentan como altivo, cruel y sanguinario. En todo caso, el vocablo virtud tenía para los griegos un sentido muy distinto del que se le suele dar en nuestros días. La razón por la que Dios lo escogió a él fue (v. 4) «en atención a mi siervo Jacob y de Israel mi escogido». Ciro fue tipo de Cristo en sus victorias sobre principados y potestades y a Cristo le fueron confiadas riquezas sin límite, para uso y beneficio de los siervos de Dios. Subiendo a lo alto, se llevó cautiva la cautividad (Ef. 4:8) y les abrió la cárcel a los que estaban encadenados.
Versículos 5–10
Aquí Dios afirma Su soberanía única, manifiesta al mundo en todas las grandes cosas que llevó a cabo a favor de Ciro y por medio de él. Obsérvese:
1. Que esta doctrina está expuesta aquí en dos cosas:
(A) En que no hay otro Dios que Él. Esta es una verdad fundamental, capaz de abolir la idolatría en todo el mundo. ¡Con qué tremendo y soberano aire de majestad y autoridad lo proclama aquí el gran Dios al mundo (v. 5): «Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. No hay ninguno otro autoexistente, autosuficiente, infinito y eterno»! Yo soy Jehová, y ninguno más hay. Esto se le dice aquí a Ciro, no sólo para curarle del pecado de sus antepasados, que era la adoración de los ídolos, sino también para preservarle de caer en el pecado de algunos de sus predecesores en la victoria y en la monarquía universal, quienes se establecían a sí mismos como dioses y reclamaban adoración idolátrica. Recuerde Ciro que no es más que hombre y que no hay más que un Dios.
(B) En que Jehová es Señor de todo y de todos y que nada es hecho sin Él (v. 7): «Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz, es decir, toda clase de bendiciones, y creo el mal (lit.), esto es, las adversidades y calamidades que son consecuencia del pecado del hombre». La luz y las tinieblas se oponen mutuamente. En la rotación diaria de nuestro planeta, a cada una de ellas le toca su turno, pero la causa de ambas es la misma: la Causa primera de todas las cosas. El que formó la luz de la naturaleza (Gn. 1:3), forma también la luz de la providencia; y el que al comienzo hizo la paz entre los discordantes principios de la naturaleza, hace también esa concordia en los asuntos de los hombres. El que hizo las tinieblas naturales, que eran una mera privación, crea también la oscuridad providencial.
2. Cómo se prueba y publica esta doctrina. (A) Se prueba por lo que Dios hizo por Ciro: No hay Dios fuera de mí, porque yo te ceñí, aunque tú no me conociste (v. 5). Con esto se echa de ver que el Dios de Israel usa como le place, y emplea incluso a quienes le son extraños y rinden homenaje a otros dioses. (B) Es publicada por todo el mundo por medio de la Palabra de Dios, de Su providencia y del testimonio de los judíos que están sufriendo en Babilonia. La admirable liberación del Israel de Dios proclamó a todo el mundo que no hay nadie como el Dios de Yeshurún (o Jesurún, como suele escribirse), que cabalga sobre los cielos para ayudarles.
3. Cómo es puesta en práctica esta doctrina y con qué fin.
(A) Para consuelo de los que esperaban pacientemente la redención de Israel (v. 8): Rociad, cielos, de arriba. Slotki hace notar que, tanto este verbo como el destilen que viene después, son verbos transitivos y que el término directo común de ambos es «la justicia en sentido de “victoria” (v. en 41:2)». Dios es el que decreta las victorias de Jacob (Sal. 44:4). Todas las criaturas tendrán que contribuir a la realización de esta gran obra (comp. con Ro. 8:28). Y así como, de parte de Dios, la victoria es justicia, así también, de nuestra parte, no puede haber salvación sin justicia, pues ambas brotan juntas y juntas las crea Dios. Cristo murió para salvarnos de nuestros pecados, no en nuestros pecados, y nos es hecho redención al sernos hecho justificación y santificación. Esta gran liberación viene de los cielos y, si nuestro corazón está abierto para recibirla, el producto será los frutos de justicia y la gran salvación.
(B) Para reprensión de los enemigos del pueblo de Dios, que se oponían a esta salvación, y aun de los amigos que desesperaban de obtenerla (v. 9): ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡Ay de los insultantes babilonios que desafiaban a Dios y no dejaban marchar a Su pueblo! Tampoco los oprimidos deben quejarse de Dios por la prolongación de su cautiverio: «¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces?, esto es: ¿Por qué me haces de esta forma y con esta figura?» ¿Nos atreveremos, después de haber sido formados maravillosamente (v. Sal. 139:14), a poner en duda la sabiduría o el poder de Dios? ¿Le diremos: «No tiene manos» (lit. v. 9, al final)? Es de notar que el texto masorético actual dice de la obra de Dios: «No tiene manos», es decir, no tiene asas (su figura no está bien hecha); pero A. F. Johns (citado por Moriarty), basándose en el MS 1QIs» (Rollos de Qumrán), propone la siguiente traducción: «Tu Hacedor no es un hombre con manos», es decir, no tiene poder o le falta destreza. Esto es tan antinatural como decirle un hijo a su padre: «¿Qué has engendrado?»; o a su madre: «¿Qué has dado a luz?» (v. 10)
Versículos 11–19
A los que del pueblo de Dios acataron la voluntad de Dios y esperaron pacientemente el tiempo de su liberación, se les asegura aquí que no esperan en vano.
1. Se les invita a inquirir acerca del resultado final de sus aflicciones (v. 11) «Preguntadme de las cosas por venir. Recurrid a los profetas y ved qué dicen. Preguntad a los centinelas: ¿Qué hay de la noche?» No debemos pleitear, por medio de quejas importunas, con nuestro Hacedor, pero sí podemos luchar con Él por medio de una oración fiel y ferviente. Véase el poder de la oración y su fuerza que prevalece con Dios: «Tú clamarás y yo te diré: Aquí estoy, ¿qué quieres que te haga?» Sin embargo— nota del traductor—, son muchos los autores (y las versiones) que entienden el versículo 11 en forma interrogativa: «¿Vais a pedirme cuentas de mis hijos, o dictarme lo que han de hacer mis manos?» (versión de Moriarty, y alternativa de Slotki).
2. Se les anima a depender del poder de Dios cuando estén abatidos y se sientan totalmente incapaces de ayudarse a sí mismos (v. 12). Su ayuda está en el nombre y en las manos del Dios que creó el cielo y la tierra.
3. En particular, se les dice lo que Dios iba a hacer por ellos, y esto había de conducirles a esperar un Redentor más glorioso, del cual Ciro era tipo.
(A) Les es proclamada la libertad (v. 13). Ciro será el instrumento de Dios en esto: «Yo lo suscité (a Ciro) en justicia, es decir, para mi propósito de salvar a mi pueblo, y enderezaré todos sus caminos, haré que todo le salga a pedir de boca». Dos cosas tiene que hacer Ciro por Dios: (a) Ordenar la reedificación de Jerusalén, la ciudad de Dios, que ahora está en ruinas; (b) ordenar la suelta de los deportados de Dios, pues, aun cuando ahora están en cautiverio, siguen siendo de Él. Ciro debe soltarlos sin exigir ningún rescate. Cristo fue ungido para hacer por todos nosotros, cautivos en el pecado, lo que Ciro hizo por los deportados en Babilonia: «Proclamar libertad a los cautivos» (61:1), en una esclavitud mucho peor que la de los judíos en Babilonia».
(B) Les es anunciada abundante provisión. Marcharon pobres, incapaces de pagar los gastos de su establecimiento; por eso, les es prometido que el trabajo de Egipto (v. 14) y las mercancías de Etiopía y de otras naciones pasarán a ser de ellos. Así como no salieron de vacío del país de Egipto, tampoco saldrán de vacío del país de los caldeos. A quienes Cristo redime, también los enriquece. Cuando Dios levanta los ánimos para ir a la Sion celestial, también da seguridad de que podemos depender de Él para cubrir las expensas del viaje, pues todo el mundo es nuestro en la medida en que nos sirve para nuestro bien (v. 1 Co. 3:22).
(C) También tendrá abundancia de prosélitos (v. 14b): «Hombres de elevada estatura se pasarán a ti y serán tuyos; irán en pos de ti, pasarán encadenados; te harán reverencia y te suplicarán diciendo: Ciertamente en ti está Dios». Esto se cumplió en parte cuando muchos nativos se hicieron judíos (Est. 8:17). Dirán: «Dejadnos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros» (Zac. 8:23). También se había de cumplir, en mayor escala, cuando los gentiles habían de obedecer al Evangelio con la palabra y con las obras (Ro. 15:18).
4. Se les exhorta a que confíen en Dios aun antes de que se les manifieste. El profeta hace la siguiente reflexión (v. 15): «Verdaderamente tú eres un Dios que te escondes». Se escondía al no manifestarse Su gloria ni Su poder para salvar a Su pueblo mientras éste permanecía en el cautiverio. La salvación de una persona es llevada a cabo de modo misterioso, oculto, mientras el Espíritu de Jehová de las huestes trabaja en el espíritu humano (Zac. 4:6) por medio de instrumentos débiles e incompetentes por sí mismos, y por medio de circunstancias que parecen casuales, cuando son providenciales. Nuestro consuelo está en que, aunque Dios se esconda, estamos seguros de que es el Dios de Israel, que salva (v. 15, al final; comp. con Job 35:14).
5. También se les asegura que sus enemigos, los idólatras que fabrican imágenes, quedarán confusos, avergonzados y cubiertos de oprobio todos juntos (v. 16), mientras que Israel, el pueblo de Dios, nunca quedará avergonzado ni afrentado (v. 17), sino que será salvo por Jehová con salvación eterna. Más allá de la liberación de Babilonia, deben mirar hacia aquella salvación eterna que sólo el Mesías podrá procurarles: «No sólo seréis libertados de la vergüenza y confusión eternas (Dn. 12:2), que serán la porción de los idólatras, sino que tendréis honor y gloria eternas». Quienes quedan confundidos como penitentes por sus pecados, no serán confundidos como creyentes en la promesa y en el poder de Dios.
6. Quedan comprometidos a que se adhieran, para siempre, a Dios y a no abandonarle jamás. Que el Dios a quien servimos y en quien confiamos es el único Dios verdadero se manifiesta por las dos grandes luces que son la de la naturaleza y la de la revelación.
(A) Se echa de ver por la luz de la naturaleza; pues Dios creó el mundo y, por tanto, justamente demanda el homenaje de Sus criaturas (v. 18): «Porque así dijo Jehová, que creó los cielos …, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso …: Yo soy Jehová y no hay otro». Dios no creó la tierra en vano (para que fuera un caos—como vierte Moriarty acertadamente), no la creó tohu, como dice el hebreo (comp. con Gn. 1:2, además de muchos otros lugares de Isaías); la creó para que fuese habitada. La creó de tal manera que fuese morada adecuada para el hombre, para habitación, escenario y laboratorio. Dios no hace nada en vano, sin orden ni concierto, sino que todo lo hace con orden y con algún propósito. Si hay seres humanos que demuestran haber sido creados en vano, ello se debe únicamente a la culpa de ellos.
(B) Se echa también de ver por la luz de la revelación. Así como las obras de Dios prueban abundantemente que sólo Él es verdadero Dios, así también lo prueba sobradamente Su Palabra, con el descubrimiento que, por ella, nos ha hecho de Sí mismo, de Su mente y de Sus planes. Todo lo que Dios ha dicho está claro: «No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra» (v. 19). Las deidades paganas proferían sus oráculos desde el fondo de fosos y cavernas, con voz grave y ahuecada y con expresiones ambiguas; los que tenían espíritus familiares (8:19) susurraban y bisbiseaban; pero Dios dio Su Ley desde la cima del monte Sinaí, con voz distinta, audible e inteligible. La visión estaba escrita en caracteres claros y grandes, de modo que pudiese ser leída incluso por los que pasaban corriendo. Si para algunos resulta oscura, a sí mismos deben echarse la culpa. Cristo apeló, para su propia defensa, a lo que Dios dice aquí: «Nada he hablado en oculto» (Jn. 18:20, al final). Dios, en Su Palabra, invita a los hombres a buscarle y nunca se hace el sordo a las oraciones de ellos. Si alguna vez considera que no es conveniente para el mismo que ora darle la cosa concreta que es objeto de la oración, le da otra cosa más conveniente o le otorga tal gracia, consuelo y satisfacción que superan con mucho a lo que se le había pedido. Lo que decimos del invierno es verdad también de la oración: Nunca se pudre en el cielo.
Versículos 20–25
Lo que aquí se dice va dirigido:
1. A los idólatras, para mostrarles su insensatez en adorar a dioses que no les pueden ayudar, y despreciar a un Dios que puede hacerlo. Todos los sobrevivientes de las naciones (v. 20), no sólo los judíos, sino también los de otras naciones que habían sido puestos en libertad por Ciro, deben oír lo que se dice aquí contra la adoración de los ídolos: «No tienen conocimiento aquellos que erigen sus ídolos de madera, los que ruegan a un dios que no salva». Aunque recubran de oro la imagen, la vistan de finos ornamentos, y hagan de ella un dios, no por eso deja de ser de madera. «Ruegan a un dios que no salva.»
«Hay que convocarlos y reunirlos a todos (v. 20a), y decirles que el gran pleito entre Jehová y Baal va a ser de nuevo puesto a prueba. Que vengan todos a consulta (v. 21), y se verá que no hay ningún otro dios que pueda salvar, sino Jehová: No hay más Dios que yo; un Dios justo y Salvador; ningún otro hay fuera de mí». Ningún otro que pueda gobernar ni salvar; así como es un Dios justo, también es un Dios Salvador.
2. A los fieles adoradores de Jehová, quienesquiera sean (v. 22), para consuelo y ánimo de ellos. Dios lo dice a todos los de Su pueblo, aunque parezcan perdidos y olvidados en su dispersión: «Volved el rostro (lit.) hacia mí, en fe, arrepentimiento y oración, y sed salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios y no hay otro». Como puede verse, el llamamiento es universal: a todos los confines de la tierra, esto es, a toda la humanidad, como universal es también la razón que se da a continuación: Porque yo soy Dios y no hay otro (comp. con 1 Ti. 2:5—«un solo Dios, etc.»—). Cuando Cristo hubiese sido levantado de la tierra, a todos atraería a sí mismo (Jn. 12:32). Dios lo ha jurado por sí mismo (v. 23) y no tiene otro mayor por quien jurar (He. 6:13): «De mi boca salió palabra en justicia y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua». De la boca de Dios ha salido esa promesa; «la palabra de Dios al ofrecer la salvación a todos no será jamás revocada» (Moriarty). Las frases finales del versículo 23 son aplicadas a Cristo en Romanos 14:11 y, más explícitamente, en Filipenses 2:10.
3. A todos en general, ya sean enemigos de Dios y de Su pueblo, ya sean de la descendencia de Israel. Los primeros (v. 24) vendrán a Dios confusos y avergonzados (comp. con 41:11), condenados sin remedio a la ruina, a no ser que su confusión vaya acompañada de sincero arrepentimiento; los segundos hallarán justificación, es decir, vindicación victoriosa (comp. con 1 Ti. 3:16—«justificado en el Espíritu»—) y gloria triunfal en Jehová. Todos los que creen en el Dios de Israel pueden esperar confiados, en medio de todas sus aflicciones, de que serán vindicados por Él; Él les dará fuerzas para soportar las aflicciones, gracia para santificarlas y esperanza segura de que los libertará de ellas.
Aquí el profeta, de parte de Dios, prepara a Israel para su liberación, y les exhorta a detestar los ídolos y poner toda su confianza en Jehová. I. Que no teman a los ídolos de Babilonia, sino que confíen en que Dios les librará (vv. 1–4). II. Que no piensen en hacerse ídolos, sino que pongan los ojos en la Palabra de Dios, no en una imagen vana (vv. 5–7). III. Que dependan de las promesas de Dios y del poder de Dios para llevarlas a efecto (vv. 8–11). IV. Que sepan que la incredulidad del hombre es impotente para dejar sin efecto la Palabra de Dios (vv. 12, 13).
Versículos 1–4
Slotki resume así la enseñanza de esta porción: «La impotencia de los dioses de Babilonia es contrastada con el supremo poder del Dios de Israel. Los primeros son transportados lejos de su país al exilio, mientras que el Dios de Israel transporta a Su pueblo del cautiverio a la libertad».
1. De cierto, los falsos dioses decepcionarán a sus adoradores (vv. 1, 2). Bel y Nebó eran dos famosos ídolos de Babilonia. El primero «era el título aplicado a Marduk, el dios principal del panteón babilónico» (Moriarty); «el dios babilonio de la luz» (Slotki); el segundo, «Nabú en la lengua de Babilonia, era su hijo» (Moriarty); «el patrono del arte de escribir» (Slotki). Dice M. Henry: «Así como Bel era un príncipe deificado, así (piensan algunos) Nebó era un profeta deificado, pues eso es lo que Nebó significa». Dios les dice aquí lo que será de esos ídolos. Cuando Ciro tome Babilonia, se irán abajo los ídolos. Bel y Nebó, que estaban puestos en alto, tendrán que postrarse a los pies de los soldados que lleven a cabo el saqueo de sus templos. Y, como van revestidos de oro y plata, se los llevarán con el resto del botín. Serán llevados sobre bestias de carga, sin darles más honorífico trato que a las demás cosas, y transportados así a Persia.
2. El verdadero Dios nunca decepciona a sus adoradores. Él los formó como pueblo y les dio su constitución. Cada hombre bueno es lo que Dios le hace. Dios los había llevado, como en brazos, desde el vientre (v. 3), desde la matriz, esto es, desde el día en que nacieron como pueblo, y los había de llevar de igual manera hasta la vejez (v. 4), hasta las canas, desde que necesitaron de nodriza, por su debilidad infantil, hasta que necesiten de toda clase de apoyo, por su debilidad senil. Israel se estaba volviendo ahora viejo; sus pecados, más que sus castigos, le habían hecho envejecer prematuramente. Pero Jehová es todavía su Dios y los llevará en los mismos brazos eternos que los llevaron en tiempo de Moisés (Dt. 33:27). Con alas de águila los iba a llevar ahora desde Babilonia, como los llevó antaño cuando los sacó de Egipto. Y la promesa hecha aquí al envejecido Israel, es aplicable también a todo anciano israelita, ya sea según la carne o según el espíritu. Nosotros cambiamos, pero Dios es siempre el mismo, y Sus brazos omnipotentes tienen siempre la misma fuerza.
Versículos 5–13
De nuevo se promete aquí la liberación de Israel mediante la caída y destrucción de Babilonia, para convicción de idólatras y opresores.
1. Para convicción de los que hacían ídolos y los adoraban; en especial, de los idólatras de Israel.
(A) A unos y otros reta a que modelen una imagen que, aun de lejos, pueda parecerse a Él (v. 5): «¿A quién me asemejaréis, etc.?» Absurda cosa es pensar que se puede representar al Espíritu infinito y eterno por medio de la figura de una criatura cualquiera. Nadie vio jamás una semejanza de Dios, ni se puede ver Su rostro y seguir con vida.
(B) Pone al descubierto la insensatez de quienes fabrican ídolos y les dirigen plegarias (vv. 6, 7):
«Sacan oro de la bolsa, aunque así perjudiquen a sus familias y debiliten su hacienda; pesan plata con balanzas, ya sea para pagar al artífice o, más probable, para calcular el tamaño del futuro dios. Con gran reverencia (v. 7) se lo llevan sobre los hombros, lo llevan y lo colocan en su lugar, más bien como a un cadáver que como a un Dios viviente. En su pedestal se está y no se mueve de su sitio, pues es materia que, al no tener vida, tampoco tiene movimiento. Ni puede responder a los gritos angustiosos que le dirigen ni puede librar de la tribulación». ¿Cabe mayor locura que poner la confianza en un dios como éste?
(C) Les invita a entrar en razón (v. 8): «Acordaos de esto y manteneos firmes; volved en vosotros (comp. con Lc. 15:15), prevaricadores». Como si dijese: «Percataos de lo que son los ídolos: imágenes que no ven ni oyen, ni hablan ni pueden ayudar en nada, y mostrad que sois personas de sano juicio, y no insensatos; hombres cuerdos, y no bebés sin conocimiento; no seáis tan mentecatos como para adorar imágenes sin vida, obra de manos humanas».
(D) De nuevo presenta pruebas inconcusas de que Él es Dios (v. 9): «Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos, esto es, de lo que el Dios de Israel hizo por Su pueblo desde el comienzo. Acordaos de esas cosas y tendréis que reconocer que yo soy Dios, y no hay otro». Él es el único Dios, porque es el único que puede (v. 10) declarar el fin, es decir, el último porvenir, desde el principio. Muchas profecías de la Escritura que fueron proferidas hace muchos siglos, faltan aún por cumplir; pero el cumplimiento de las ya realizadas es una garantía de que también las demás se cumplirán a su debido tiempo. El cumplimiento de esta concreta profecía, que declara la elevación de Ciro y su instrumentalidad en la liberación del pueblo de Dios de su cautiverio en Babilonia, es mencionado aquí como confirmación de esta verdad. Dios, en Sus designios, llama desde el oriente al ave de presa, a Ciro, a quien apellida el varón de mi consejo, es decir, el que ha elegido para que lleve a cabo el propósito de Dios en este asunto. Dice Slotki que Ciro es descrito aquí como ave de presa «por la rapidez de sus movimientos o por la fuerza irresistible de sus ataques». Dios lo ha decidido (v. 11b) y lo hará. Aunque Dios tiene muchas cosas en Sus designios que no están en Sus profecías, pero todas las que están en Sus profecías están también en Sus designios.
2. Para la convicción de los que se oponían a los designios de Dios, se da aquí seguridad de que se llevarán a cabo muy en breve (vv. 12, 13).
(A) Esto va dirigido (v. 12) a los duros de corazón, es decir, obstinados en su parecer incrédulo y en su actitud desconfiada. No cabe duda de que se refiere a los judíos en el exilio que estaban todavía sin humillar y que, aunque ya llevaban bastante tiempo en el horno, no se habían derretido aún, como sus antepasados incrédulos en el desierto, después de salir de Egipto, quienes no entraron en la Tierra Prometida precisamente a causa de su incredulidad. Esto es también aplicable a la nación judía cuando rechazaron el evangelio de Cristo; aunque iban tras de la ley de justicia, no la alcanzaron, porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley (Ro. 9:31, 32).
(B) Ahora bien, Dios dice (v. 13) que, piensen lo que piensen, unos por presunción, otros por desesperación: (a) Ciertamente habrá salvación para el pueblo de Dios. Si los hombres no les hacen justicia, Dios se la hará. Pondrá salvación en Sion, esto es, hará que Jerusalén sea lugar de defensa y seguridad para todos los que quieran establecerse allí. (b) Eso se llevará a cabo muy en breve: «Mi salvación no se detendrá, es decir, no se retrasará».
En este capítulo tenemos, como dice Ryrie, «un cántico de triunfo sobre Babilonia», cuya destrucción se predice. I. La amenaza de ruina: Babilonia será abatida hasta el polvo (vv. 1–5). II. Los pecados que han provocado a Dios a infligirle este castigo: 1. Su crueldad hacia el pueblo de Dios (v. 6). 2. Su orgullo y falsa seguridad (vv. 7–9). 3. Su desprecio de Dios (v. 10). 4. Sus artes mágicas y su dependencia de adivinos y hechiceros (vv. 11–15).
Versículos 1–6
En estos versículos, Dios, por medio de Su profeta, envía un mensaje a Babilonia, como el de Jonás a Nínive: «Se acerca la hora en que Babilonia será destruida». Se le da así un amistoso aviso, a fin de que, por medio del arrepentimiento, pueda apartar de sí la ruina.
1. Controversia de Dios con Babilonia. Ella ha hecho de Dios su enemigo. Sepa que el justo Juez, a quien pertenece la venganza, ha dicho (v. 3b): «Tomaré venganza». La última frase del versículo 3 se presta a diversas versiones. Literalmente dice: «Y no me encontraré con (o no imploraré a) hombre». La interpretación más probable es: «Y no aceptaré la mediación (o intercesión) de nadie». Dios está decidido a castigar a Babilonia y no habrá quien le aplaque.
2. El trasfondo particular de esta controversia. Dios va a defender contra Babilonia la causa de Su pueblo. Se reconoce (v. 6) que Dios ha entregado a Israel en manos de los babilonios, usando a éstos para corregir a Sus hijos; en este sentido puede decir (v. 6b): «Profané mi heredad, esto es, no la tuve por sagrada». Pero los babilonios se habían excedido en esto, y habían atropellado a los judíos más de la cuenta (v. 6c): «No les tuviste compasión, sobre el anciano agravaste mucho tu yugo». Menciona a los ancianos como personas más débiles, pero con los jóvenes habían hecho pesar todavía más su yugo.
3. El terror de esta controversia. Babilonia tiene motivos para temblar, pues se le dice quién es el que alterca con ella (v. 4): «Es Jehová de las huestes, que tiene bajo Su mando todas las criaturas y, por tanto, tiene todo poder en los cielos y en la tierra. Él es el Santo de Israel, el Dios que ha pactado con Israel».
4. Las consecuencias que de esto se derivan para Babilonia. Era hermosa como una doncella. La llama virgen (comp. con 23:12) porque nunca antes había sido conquistada. La llamaban tierna y delicada (v. 1c) porque estaba acostumbrada a la comodidad y al lujo. También la llamaban (v. 5b) señora de reinos, por su dominio sobre muchos países. Todo eso va a cambiar: Su honor, su poder, su dominio, su comodidad, se van a terminar (v. 1b): «Siéntate en la tierra, sin trono, hija de los caldeos». Quienes abusan de su dignidad y de su poder provocan a Dios a que les quite todo eso y los abata hasta el polvo. Se terminó también su comodidad, así como su libertad (vv. 2, 3): Aun los más nobles del país recibirán de sus conquistadores el mismo trato que ellos daban a sus oprimidos. Moler harina (v. 2) en el molino era «ocupación de esclavas (cf. Éx. 11:5)» (Slotki). La segunda parte del versículo 2 dice literalmente:
«Quítate el velo, retira la cola (del vestido), descubre la pierna, pasa los ríos». Velo y cola del vestido eran ornamentos que llevaban las mujeres que no hacían trabajos manuales; descubrir la pierna era necesario para atravesar los ríos de camino hacia el cautiverio. La primera parte del v. 3 se refiere probablemente a la forma en que las esclavas eran expuestas en el mercado. Todas estas figuras de dicción describen el humillante estado en que Babilonia va a hallarse pronto.
Versículos 7–15
Ahora tenemos los pecados que han provocado a Dios a infligir tal castigo a Babilonia.
1. Vemos primero su orgullo y altivez: «Yo soy, y fuera de mí no hay más» (vv. 8, 10, comp. con Sof. 2:15). Habla como si fuese Dios y no necesitase de nadie (comp. con 45:5, 6, 18). Se siente dominadora suprema de las naciones.
2. Vemos también su lujo y amor a la comodidad (v. 8): «Oye … mujer voluptuosa, tú que estás sentada confiadamente». Riquezas abundantes son fuerte tentación a la sensualidad y, donde hay sobra de pan, hay de ordinario abundancia de holgazanería.
3. Es igualmente acusada de falsa seguridad y vana confianza. Nótese:
(A) La causa de su seguridad. Se sentían seguros a perpetuidad (v. 7): «Para siempre seré señora, hoy como ayer, y mañana como hoy y más aún, y no has pensado en esto, en que eres mero instrumento en las manos de Dios para corrección de Su pueblo, ni te acordaste del fin de esto (lit.), «de que, cuando el período de castigo se haya terminado, Israel será restaurado a su primera gloria» (Slotki). El fin de todo esto será, para Israel, restauración; para Babilonia, destrucción.
(B) La base de esta seguridad. Confiaban en su maldad y en su sabiduría (v. 10). Ponían su confianza en el poder y en las riquezas que habían adquirido mediante el fraude y la opresión. No dudaban de que prevalecerían sobre todos sus enemigos, puesto que apelaban a la mentira, al asesinato, al perjurio y a todo lo que sirviese a sus intereses. Pero esta perversa sabiduría no les había de librar de la destrucción.
(C) La expresión de esta seguridad se halla en tres frases que muestran su necia altivez: (a) «Para siempre seré señora» (v. 7, comp. con Ap. 18:7). Muchas de las frases de este capítulo se hallan en Apocalipsis capítulos 17 y 18. Como dice Ryrie: «Babilonia en la Biblia es también símbolo de la humanidad organizada en rebelión contra Dios». (b) «No quedaré viuda (v. 8, penúltima frase), es decir, nunca me veré privada de monarca que, como esposo, me defienda y me proteja». (c) «Ni sabré lo que es perder los hijos (v. 8, última frase), esto es, no me veré privada de habitantes por exterminio a manos de un poderoso conquistador».
(D) El castigo de esta seguridad. Esta misma seguridad será su ruina (v. 9): «Estas dos cosas, en que ponías tu confianza, te vendrán de repente en un mismo día, pérdida de hijos y viudez; tanto tus príncipes como tu pueblo serán exterminados, de forma que ya no tendrás más ni monarca que te gobierne ni súbditos que te sirvan». La ruina será súbita, imprevista, inevitable e irremediable (v. 11). Babilonia se jactaba de su sabiduría (v. 10), pero, con todos sus conocimientos, no pudo prever la ruina que le amenazaba, ni pudo evitarla con todo su poder. Isaías y otros profetas del Señor le habían advertido de la inminente desolación, pero ella había menospreciado estos avisos no dándoles ningún crédito.
4. Finalmente, se acusa a Babilonia de usar adivinos y hechiceros. Éste es uno de los pecados más provocativos, pues el versículo 9 dice en el original: «… por la multitud de tus hechizos, etc.», aunque la preposición hebrea be (en) puede también traducirse aquí «a pesar de». La hechicería es un grave pecado, al dar al diablo el honor que sólo a Dios es debido. En Babilonia estaba bajo la protección del Estado. Pero en vano se habían fatigado echando mano, desde la juventud, esto es, desde la fundación del imperio babilónico, de tales medios (vv. 12, 13). Esta inutilidad de sus hechiceros, consejeros y astrólogos se echó de ver principalmente la noche (v. Dn. 5:8) en que ninguno de ellos supo interpretar la escritura en la pared, cuando cayó Babilonia en poder de los medos y los persas, y el rey Baltasar (o Belsasar) fue asesinado. Todos ellos perecerán en la común ruina (v. 14): el fuego los devorará como si fuesen estopa. Las últimas frases del versículo 14 dan a entender que «el fuego no será confortativo ni beneficioso, sino fiero y destructivo» (Slotki). En vano se fatigaron (v. 15) en acudir a tales consejeros, y aun les pagaban por los consejos y hechizos; cuando suene la hora de la ruina, «cada uno se marchará por la senda que tenga delante de él» (lit.).
Así como el capítulo anterior trataba de la caída de Babilonia, éste muestra la misericordia de Dios con Israel, no sin antes exponer también los pecados del pueblo de Dios. I. Dios les acusa de hipocresía en lo bueno y de obstinación en lo malo, especialmente en la idolatría (vv. 1–8). II. Les asegura que su liberación se llevará a cabo, pero no por ningún mérito de ellos (vv. 9–11). III. Les anima a depender únicamente del poder de Dios y de la promesa de su liberación (vv. 12–15). IV. Les muestra que, así como fue por su pecado por lo que fueron llevados al cautiverio, así también será únicamente por la gracia de Dios por lo que obtendrán su liberación y aumento posterior (vv. 16–19). V. Proclama su libertad, pero con la salvedad de que los malvados no se beneficiarán de ella (vv. 20–22).
Versículos 1–8
1. La profesión hipócrita que muchos judíos hacían de la religión y de su relación con Dios. Veamos:
(A) Cuán alto ascendía la profesión que hacían, y cuán buena cara ponían sobre un mal corazón. (a) Eran de la casa de Jacob (v. 1); tenían un nombre y un lugar en la congregación de Israel—«A Jacob amé», dice Dios (Mal. 1:2; Ro. 9:13)—. (b) Se llamaban con el nombre de Israel, que significa, probablemente, «campeón de Dios» (Hertz); y ellos se jactaban de pertenecer a una raza de campeones de Dios (o luchadores con Dios). (c) Salieron de las aguas de Judá: pertenecían a la tribu regia, la tribu que se adhirió a Jehová cuando las demás se sublevaron. (d) Juraban en el nombre de Jehová, reconociéndole así como el único Dios verdadero. (e) Hacían mención del Dios de Israel en sus oraciones y alabanzas. (f) Se nombraban de la santa ciudad (v. 2); eran jerosolimitanos. (g) Se apoyan en el Dios de Israel (v. 2b, comp. con Mi. 3:11), y se jactaban de las promesas de Dios y del pacto que había hecho con ellos.
(B) Cuán bajo se había hundido su profesión de la religión, a pesar de todo eso. Todas esas cosas eran en vano, porque su corazón no era sincero ni estaba de acuerdo con esas profesiones.
2. Los medios que Dios usó para tenerlos cerca de Sí e impedir que se diesen a la idolatría. Las muchas y excelentes leyes que les dio no sirvieron para refrenarlos del pecado y, por ello, Dios añadió notables profecías y admirables providencias, todas las cuales estaban destinadas a convencerles que era su obligación adherirse a Él.
(A) Les favoreció con notables profecías (v. 3): «Lo que pasó, ya antes lo declaré, etc.». Ninguna cosa importante le aconteció a su nación desde el principio que no hubiese sido profetizada de antemano—su esclavitud en Egipto, su liberación de allí, el establecimiento de las tribus en Canaán, etc.—. Las calamidades mismas bajo las que estaban gimiendo ahora en Babilonia se las había declarado Dios desde antiguo (Lv. 26:31 y ss.; Dt. 28:26 y ss.; 29:28). También les había declarado que se volverían a Dios, y de nuevo a su país (Lv. 26:44, 45, Dt. 30:4).
(B) Les honró con admirables providencias (v. 6): «Cosas nuevas te hice oír a partir de ahora» (lit.). Por medio de los profetas de aquel mismo tiempo, les había hecho ver y oír cosas nuevas, y entonces las había creado (v. 7). Además de ser cosas nuevas, eran ocultas, que no podían conocerse de otra manera, como la profecía concerniente a Ciro y al tiempo exacto en que habían de obtener su liberación de Babilonia. «Considerad—viene a decir Dios—cómo os fue declarado por medio de los profetas cuando era lo último que se os podía ocurrir y no teníais razón para esperarlo (vv. 7, 8), pues parecía totalmente imposible.» «Lo oíste y lo ves realizado» (v. 6). Oíste la profecía, y ahora ves su cumplimiento. «¿Y no lo anunciaréis vosotros? (v. 6b), es decir, ¿no reconoceréis que así es de veras, que vuestro Dios ha sido para vosotros un buen Dios? Declarad esto para honor Suyo y vergüenza vuestra».
3. Las razones por las que Dios adoptaba este método con ellos.
(A) Para adelantarse a la jactancia que ellos pudiesen tener de sí mismos y de sus ídolos (v. 5): «Para que no dijeras: Mi ídolo lo hizo, etc.». Y los que no eran tan profanos como para atribuir esas cosas a un ídolo, eran todavía tan orgullosos como para presumir de su propia sagacidad para preverlas.
(B) Porque sabía cuán obstinados eran (v. 4): «Por cuanto conozco que eres obstinado (lit. duro), y barra de hierro tu cerviz, inepta para someterse al yugo de los mandamientos de Dios; inflexible a la voluntad de Dios e incapaz de doblarse a los procedimientos de la divina providencia; tu frente es bronce (lit.), esto es, tu desvergüenza es tal que es imposible que te salgan los colores a la cara». Todas estas expresiones declaran metafóricamente la hondura de su obstinación. Dios les enviaba Sus profetas, pero ellos no les prestaban oídos ni querían saber nada de ello (v. 8), pues eran rebeldes de nacimiento (v. 8, al final): «se te llama rebelde desde el vientre». Estaban inclinados a la idolatría y, además, habían sido murmuradores desde el momento mismo en que emprendieron la marcha hacia Canaán. Por eso dice Dios (v. 8b): «porque sabía que habías de portarte con mucha perfidia».
Versículos 9–15
La liberación del pueblo de Dios de su cautiverio en Babilonia era algo tan improbable que resultaba necesario animarles con respecto a ella. Dos eran las cosas que desanimaban: la indignidad de ellos para que Dios hiciese tal cosa a favor de ellos, y las muchas dificultades que la empresa presentaba. Pero Dios iba a superar las causas de ese desánimo.
1. Vemos primero un motivo por el que Dios iba a obrar así a favor de ellos, a pesar de ser tan indignos (vv. 9–11).
(A) Es verdad que le habían provocado mucho. La cautividad era el castigo de tal iniquidad. Pero ahora dice Dios (v. 9): «En atención a mi nombre diferiré, esto es, daré largas a, mi ira, y para alabanza mía la reprimiré para no destruirte». Si el pueblo de Dios era exterminado de la tierra, los enemigos blasfemarían, se burlarían, del nombre de Dios; en cambio, si Israel era restaurado, eso redundaría en alabanza de la misericordia divina.
(B) También es verdad que ellos estaban corrompidos y muy mal dispuestos, pero Dios los va a disponer para la misericordia que se ha propuesto tener de ellos (v. 10): «Te he refinado, para que puedas ser vaso de honor, y no como a plata; es decir, el procedimiento no ha sido tan severo como el que se usa para refinar la plata en el crisol, pues es un fuego que habría consumido enteramente al pueblo; te he probado en el crisol de la aflicción, a una temperatura suficiente para consumir la escoria, sin destruir el metal». Para muchos de los que han sido vasos escogidos en el servicio de Dios, la obra de la gracia en ellos había comenzado en el horno de la aflicción. Dios lo va a hacer, no porque les deba ese favor, sino para que no se insolenten los enemigos, y piensen que, al triunfar sobre Israel, triunfan sobre el Dios de Israel (v. 11). Moisés apelaba con frecuencia a esto: «¿Qué dirán los egipcios?»
2. Tenemos luego una prueba de que Dios podía hacerlo a favor de ellos, cuando ellos eran impotentes para valerse por sí mismos, y la cosa misma parecía totalmente imposible. Son llamados (v. 12) conforme al propósito de Dios; así como los llamó de Egipto (Os. 11:1), así también los llamará de Babilonia y les librará con el poder de Su brazo, porque Él (v. 12) es el primero, el único que ya era cuando nada existía, y el último, el mismo por toda la eternidad (comp. con 41:4; 44:6). Además (v. 13), con una mano fundó la tierra, y con la otra, la derecha, extendió la bóveda del cielo. Si eso puede hacer con las manos, ¿qué será cuando extienda el brazo?
3. A continuación, Dios reta a todos (v. 14), no a las naciones (en contraste con 41:1), sino a Israel, para que se presenten en la presencia de Dios y digan si hay entre ellos alguno que pueda declarar estas cosas. Nadie podía preverlas y, por tanto, nadie podía predecirlas ni hacerlas. Ciro es la persona que lo va a llevar a cabo. Dios va a hacerle un gran honor al servirse de él como instrumento en la redención de Su pueblo, y ser así tipo del gran Redentor, el Hijo de Dios, en quien Él tenía toda Su complacencia. También de Ciro se dice (v. 14b): «Aquel a quien Jehová ama». Dice Moriarty: «Honor distinguido que se tributa a Ciro, el mismo que se tributa a Abraham en 41:8». Dios le habló, lo llamó y lo trajo (v. 15) para ejecutar Su voluntad en la destrucción de los caldeos (v. 14b); y, puesto que Dios le ha llamado y traído para esta empresa, de seguro que será prosperado su camino (v. 15b).
Versículos 16–22
Jacob e Israel son convocados a escuchar a Dios que habla en el profeta y por medio del profeta. Los que se acercan a Dios pueden esperar que Él les comunique Sus secretos.
1. Dios hace referencia a lo que ya había dicho y hecho anteriormente. Siempre había hablado claramente desde el principio por medio de Moisés y de todos los profetas (v. 16): «Desde el principio no hablé en secreto». No dio Sus oráculos en forma oscura y ambigua, sino de forma que pudiesen ser entendidos (comp. con 45:19). Y añade: «Desde que eso llegó a ser, allí (estoy) yo» (lit.). Las frases finales del versículo 16 son muy difíciles de entender, pues parecen desconectadas del contexto, a no ser que se entiendan como que es el profeta quien habla: «Y ahora me envió el Señor Jehová y a Su Espíritu». Sin embargo, cierta semejanza con 61:1 y, sobre todo, con Zacarías 2:9, 11, hace que muchos autores vean aquí «una referencia al Cristo preencarnado, quien es asociado aquí al Señor Jehová y al Espíritu, dándonos un atisbo del Antiguo Testamento de la Trinidad» (Ryrie).
2. Por medio del profeta, Dios les envía un tierno mensaje. El prólogo de dicho mensaje es, al mismo tiempo, atemorizador y alentador (v. 17): «Así ha dicho Jehová, el Dios eterno, tu Redentor, pues es el Santo de Israel, que no puede engañar». Las mismas palabras que presentan la ley para darle autoridad, presentan la promesa para darle validez.
(A) Aquí tenemos la buena obra que Dios se compromete a llevar a cabo en ellos. Quien es el Redentor será también el instructor: «Yo soy Jehová tu Dios, que te enseña para provecho tuyo, esto es, las cosas que pertenecen a tu paz». Dios enseña a quien redime, y a quien ha dispuesto librar de sus aflicciones, primero le enseña a sacar provecho de esas aflicciones. Les encamina por el camino que deben seguir (v. 17c). No sólo les ilumina los ojos, sino que les dirige los pasos. Por medio de Su gracia los conduce por el camino del deber, y por medio de Su providencia los guia por la senda de la liberación.
(B) Aquí tenemos también la buena voluntad que Dios declara haber tenido para con ellos (vv. 18, 19).
(a) Como cuando les dio la ley, ardientemente desea que la obedezcan (v. 18): «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos!» (comp. con Dt. 5:29). Esto confirma lo que Dios había dicho y jurado: que no se complace en la muerte de los pecadores.
(b) Les asegura que, si hubiesen sido obedientes, no sólo habrían sido preservados del cautiverio, sino que habrían alcanzado y perpetuado su prosperidad: «Sería entonces tu paz, tu bienestar general, como un río (caudaloso como el Éufrates), y tu justicia, el triunfo de tu causa, como las ondas del mar». Pero ahora, por su desobediencia, la corriente de su prosperidad había quedado interrumpida, y el triunfo de su causa había sido impedido. La actual generación (v. 19) sería numerosa y próspera, mientras que ahora son muy pocos, como se ve por el exiguo número de los que regresaron a Palestina (Esd. 2:64). El honor de Israel (v. 19b) estaría íntegro y sin mancha, mientras que ahora aparecía como cortado y raído de la presencia de Dios. Esto debería incitarnos (y aun irritarnos) contra el pecado, pues no sólo nos priva de las cosas buenas de que disfrutábamos, sino que nos impide disfrutar de muchas otras cosas buenas que Dios nos tenía reservadas.
Aquí tenemos, en fin, la seguridad de la gran obra que Dios se proponía hacer por ellos: salvarlos del cautiverio. Dios había proclamado, mucho antes de que Ciro lo hiciese, que todo el que lo deseara podía volver a su país (v. 20). Dios les pide que estas buenas nuevas sean publicadas hasta lo último de la tierra (v. 20b, comp. con Hch. 1:8, al final): «Redimió Jehová a su siervo Jacob» (lit.). No sólo les soltó las amarras que les aprisionaban, sino que (v. 21) «no tuvieron sed cuando los llevó por los desiertos, etc.». Dice Moriarty: «Las ideas recuerdan uno de los más importantes hechos de Dios con los hebreos en el primer éxodo». Esto es aplicable a los tesoros de gracia escondidos y reservados para nosotros en Jesucristo, de quien todo bien fluye como fluyó el agua de la roca para Israel, pues la roca era Cristo (v. 1 Co. 10:4). Pero aunque los pensamientos de Dios eran pensamientos de paz, «no hay paz para los impíos, dice Jehová» (v. 22). La frase se repite en 57:21, con la sola variante de mi Dios en lugar de Jehová. Para los que rehusaban reformarse y obedecer a Dios, no podía haber paz. ¿Qué tiene la paz que ver con los enemigos de Dios?
La profecía de la liberación de los exiliados en Babilonia apuntaba más lejos a la redención de los cautivos por el pecado, redención que había de ser llevada a cabo por medio de nuestro Señor Jesucristo. En este capítulo tenemos: I. La designación de Cristo, bajo el tipo de Isaías (personificación de Israel), para el oficio de Mediador (vv. 1–3). II. La seguridad que se le da del éxito de su empresa entre los gentiles (vv. 4–8). III. La redención que había de ser llevada a cabo por Él (vv. 9–12). IV. El ánimo que se da aquí a los afligidos de Sion (vv. 13–17). V. Dios le promete a Sion otros hijos que ella no engendró, esto es, nacidos en el exilio (vv. 18–23). VI. Ratificación de la profecía de la liberación de los judíos exiliados en Babilonia; liberación que había de ser tipo y figura de todas estas bendiciones (vv. 24–26).
Versículos 1–6
1. El capítulo anterior iba dirigido a la casa de Jacob y al pueblo de Israel (48:1, 12), pero éste va dirigido a las islas—esto es, a los gentiles, pues son llamados las islas (o costas) de los gentiles (o de las naciones) en Gn. 10:5—, y al pueblo de lejos, que eran extraños en cuanto a los pactos de la promesa (Ef. 2:12). Que oigan éstos. Las noticias de un Redentor son enviadas a los gentiles, y prestarán atención al mensaje del Evangelio cuando los judíos se hagan el sordo a él.
2. El gran autor de la redención presenta desde el cielo las credenciales de su autoridad.
(A) Dios le había designado: … Jehová me llamó desde el vientre (comp. con 44:2, 24; 46:3), esto es, me predestinó antes de nacer; desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria» (v. 1). Esto lo dice de sí mismo Isaías, como lo dicen también Jeremías (Jer. 1:5) y Pablo (Gá. 1:15). Pablo y Bernabé se aplican a sí mismos parte del versículo 6 (v. Hch. 13:47). Sin embargo, Isaías habla aquí como personificación de Israel, el siervo de Jehová, y pasa, casi sin notarse la transición, a designar al Mesías, en el que se compendiaba el remanente de Israel (v. por ej. Os. 11:1, aplicado a Cristo en Mt. 2:15, al final). El versículo 5 deja bien claro que la referencia es ya, exclusivamente, al Mesías, pues «el Siervo se distingue muy claramente de “Jacob” y de “Israel”, a los cuales ha de restaurar a su Dios» (Trenchard).
(B) Dios le había equipado para el servicio: «Puso mi boca como espada aguda (comp. con He. 4:12; Ap. 1:16; 2:12, 16) … y me puso por saeta bruñida» (v. 2), para luchar las batallas de Dios contra los poderes de las tinieblas, conquistar los dominios de Satanás y devolver, mediante Su Palabra, a la lealtad para con Dios a los súbditos que se habían sublevado contra Él.
(C) Dios le había protegido con vistas al servicio que más tarde había de llevar a cabo (v. 2b): «Me escondió en la sombra de su mano». La casa de David fue protegida de modo especial por la divina providencia, porque le pertenecía esta bendición. Cristo en su infancia fue protegido del furor de Herodes. Dios le había reconocido y le había dicho (v. 3): «Mi siervo eres, oh lsrael, porque en ti me gloriaré». De cierto puede llamarse Israel a Cristo, no sólo porque Cristo es el compendio y cifra del verdadero Israel,
«campeón de Dios», «que prevalece con Dios», sino también porque «sólo en Él se vieron realizadas todas las expectaciones de Dios» (Ryrie). También Israel tenía por misión anunciar el nombre de Dios a las naciones. Dice Moriarty: «La vocación de Israel es profética, llamado a hablar en nombre de Jehová, como resulta de Amós (7:15) y de Jeremías (1:5)».
3. Se le asegura un buen resultado en su empresa.
(A) El desaliento que le tomó al principio (v. 4): Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas, pues siguen siendo un pueblo rebelde (65:2). Ésta era la queja del propio Isaías. Esta misma obstinación del pueblo fue para Jeremías una tentación a abandonar el ministerio profético (Jer. 20:9). Ésta es también la queja de más de un ministro del Señor que no ha escatimado esfuerzos de palabra, de obra y de oración, gastando y desgastándose (1 Co. 12:15), sin tener ningún fruto aparente de sus labores. Pero que no piense que le sucede algo extraño, cuando el propio Señor Jesús estuvo predicando en persona el evangelio del Reino, trabajando y agotando sus fuerzas físicas y, con todo, los gobernantes de la nación y el pueblo en masa, con la excepción de unos pocos, le rechazaron a Él y a Su doctrina.
(B) Se consuela, sin embargo, con la consideración de que no es su propia causa, sino la de Dios, la que está en juego (v. 4b): «Pero mi causa está delante de Jehová, que es el Juez de todos, y mi recompensa con mi Dios, cuyo siervo soy». Su consuelo ha de ser el consuelo de todos los fieles ministros, cuando ven poco éxito en sus labores: están con Dios, por Dios y para Dios; están del lado de Él, y son, de algún modo, colaboradores con Él. Él es su Amo, como sólo Él es también su Juez (1 Co. 4:4). Aun cuando el trabajo sea en vano con respecto al campo en que el siervo de Dios trabaja, no lo es con respecto al propio trabajador, con tal que sea fiel: el Señor le justificará, aun cuando los hombres le condenen. La obra queda con el Señor, para darles éxito, conforme a Sus designios, en el tiempo oportuno y del modo que a Dios le place.
(C) Recibe de Dios una respuesta adicional (vv. 5, 6). A los que destina para usarlos como Sus siervos, Dios los forma y prepara cuando, quizás, ni ellos mismos ni otros se dan cuenta de ello. Cristo había de ser el siervo de Jehová (v. 6), no sólo para levantar a Israel, sino también para iluminar a las naciones (v. Lc. 2:32), a fin de que, de este modo, la salvación que Jehová ofrece alcance hasta los confines de la tierra. La descendencia de Jacob se había apartado de Dios, y había que hacerla volver primero. Cristo fue enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero el propio Israel ha de ir después en busca de las ovejas que no eran de su propio redil (Jn. 10:16). En efecto, todos los apóstoles eran israelitas, y a ellos se les encomendó predicar el Evangelio a toda criatura (Mr. 16:15) y ser testigos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra (Hch. 1:8).
(D) Sea cual sea el resultado de su labor, tanto Cristo como el Evangelio que proclama son estimados a los ojos de Jehová (v. 5b):
(a) Estimado y glorioso es Cristo a los ojos de Dios. Aunque fueron pocos los que de la nación judía se convirtieron por la predicación y los milagros de Cristo, y muchos le cubrieron de insultos y afrentas, Dios, sin embargo, le glorificó en su bautismo y en su transfiguración; hablándole desde el cielo, le envió ángeles que le sirviesen, e hizo gloriosa incluso su muerte ignominiosa, y más gloriosa aún su resurrección. En medio de sus sufrimientos, «el Dios suyo fue su fuerza» (v. 5, al final), de forma que, aun enfrentándose con el mayor desaliento imaginable, no desmayó ni se desanimó. Le fue enviado un ángel del cielo para confortarle (Lc. 22:43). Los fieles ministros de Dios, aunque no vean ningún fruto en sus labores, no por eso dejan de ser estimados en los ojos de Dios y, por tanto, verdaderamente gloriosos.
(b) Estimado y glorioso será el Evangelio, incluso a los ojos del mundo, pues será luz de las naciones (v. 6). Parecía que Cristo había venido únicamente para hacer volver a Dios a Jacob (v. 5), pero eso era relativamente muy poca cosa (v. 6); le estaba destinada una esfera mucho más amplia de servicio y, por eso, dice Dios: «te daré por luz de las naciones (o de los gentiles), para ser (esto es, para que seas; o para que llegue a ser) mi salvación hasta el fin de la tierra» (lit.). De aquí aprendió Simeón (Lc. 2:32) que Jesús había de ser «luz para revelación a los gentiles», y la exposición de Pablo en Hechos 13:46, 47 sirve de clave para el contexto: «Nos volvemos a los gentiles. Porque así nos lo ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles». En esto fue el Redentor verdaderamente glorioso, al iniciar las bendiciones espirituales del Reino en el mundo gentil, lo cual fue para su honor más que si hubiese levantado terrenalmente todas las tribus de Israel.
Versículos 7–12
1. La humillación y exaltación del Mesías, tipificado en Israel (v. 7), menospreciado de los hombres, abominado de las naciones y siervo de los tiranos. Dice Trenchard: «El énfasis aquí recae sobre el “Siervo-pueblo”, y se reitera la promesa de que la humillación se ha de trocar en gloria en el momento cuando su esparcimiento terminará y los hijos de Israel se restaurarán a la tierra … Al mismo tiempo descubrimos indicios de la Misión del Siervo único y escogido, quien, después de ser “despreciado de los hombres” y “abominación de la nación” (v. 7; el hebreo está en singular—nota del traductor—), llega a elevarse por encima de los reyes de la tierra, y es medio de salvación y “pacto” para el pueblo». Cristo llegó a ser abominación de la nación hasta el punto de que llegaron a gritarle a Pilato: «¡Crucifícale, crucifícale!» Por otra parte, el rey Herodes sintió pavor cuando dijo de Él: «¡Es Juan el Bautista!»; nobles, gobernadores y centuriones vinieron a Él y se postraron a sus pies.
2. Las bendiciones que tiene reservadas para todos aquellos a quienes ha de alcanzar la salvación. Dios reconocerá a su Siervo y estará a su lado en la empresa que ha de llevar a cabo (v. 8). Violentos ataques sufrió Israel por parte de sus enemigos, como violentos fueron también los ataques que el Señor Jesús sufrió por parte del poder de las tinieblas, a fin de desviarle del plan de Dios para salvación, pero Dios promete, tanto a su Siervo-Israel como a su Siervo-Mesías, que le ha de guardar y proteger de todos sus enemigos.
(A) Ha de ser fiador del tratado de paz entre Dios y los hombres: «Te daré por pacto al pueblo» (v. 8b). Esta frase y otras más de los versículos 8 y 9 salieron ya en 42:6, 7. Slotki hace notar que la frase citada (en hebreo, leberit am) puede traducirse también: «Te pondré por pueblo del pacto». Fue en Cristo donde Dios estaba reconciliando consigo al mundo (2 Co. 5:19); y quien no escatimó a Su propio Hijo, no nos negará nada bueno (Ro. 8:32). Cristo nos es por pacto, como árbitro que ha puesto sus manos sobre ambos (Job. 9:33), Dios y el hombre.
(B) Él reparará todos los desperfectos que la desolación ha causado (v. 8b): «Para que restaures la tierra, para que vuelvas a asignar sus asoladas heredades»; así hubieron de hacer los líderes de Israel a su regreso del cautiverio, y así lo hizo el evangelio de Cristo cuando, de millones de almas áridas y muertas en delitos y pecados, hizo que brotaran vergeles florecientes con toda clase de virtudes cristianas y llenos de frutos del Espíritu.
(C) Él libertará las almas de los hombres de la esclavitud del pecado y de la corrupción y las conducirá a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Les dirá a los presos (v. 9): Salid. La gracia del perdón nos desata de la maldición de la ley, y la gracia de la renovación interior nos libera del dominio del pecado. Ambas nos vienen por medio de Cristo. Él es quien nos dice: Salid, pues si el Hijo nos liberta, seremos realmente (lit.) libres (Jn. 8:36). También es él quien dice a los que están en tinieblas. Mostraos: «no solamente habéis de ver, sino que habéis de ser vistos, para gloria de Dios y consuelo vuestro».
(D) Él proveerá para que tengan un viaje cómodo desde el lugar donde han sido libertados hasta el lugar de su nuevo establecimiento (vv. 9–11). Estos versículos se refieren a la provisión que los judíos obtuvieron para su regreso de Babilonia, pero son aplicables al cuidado que de nosotros tiene el Buen Pastor en nuestra peregrinación hacia la Tierra Prometida Celestial, y tendrán su pleno cumplimiento al final de los tiempos (v. Ap. 7:16, 17). El mundo conduce a sus seguidores a cisternas rotas, pero Dios conduce a los Suyos a manantiales de aguas vivas (Jer. 2:13). Y los que son guiados por Dios, hallarán camino fácil incluso a través de las montañas (v. 11).
(E) Los reunirá de todas partes, a fin de que vuelvan corporativamente como nación y se alienten mutuamente. Habían sido dispersados según plugo a sus enemigos, a fin de impedir que se uniesen. Pero cuando suene la hora de Dios para reconducirlos juntos a su hogar, un mismo espíritu animará a todos ellos (v. 12): «Vendrán de lejos (¿del este?), del norte y del occidente, y de la tierra de Sinim, esto es, del sur, de Egipto». Sin (v. Ez. 30:15, 16) corresponde al moderno Asuán, junto a la primera catarata, y famoso hoy en día por su presa gigantesca.
Versículos 13–17
El regreso del pueblo de Dios, así como la redención eterna llevada a cabo por Cristo (del que Israel es aquí el tipo), había de ser una gran ocasión de júbilo y una gran prueba del interés que Dios tiene por Su pueblo.
1. Ninguna otra cosa nos puede suministrar mejor materia para cánticos de alabanza y acción de gracias (v. 13): ¡Haya gozo en el cielo y en la tierra, y prorrumpan en alabanzas los montes! «Porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido» (v. 13b).
2. Ninguna otra cosa nos puede suministrar pruebas más convincentes de la ternura con que Dios cuida de Su pueblo.
(A) Las aflicciones del pueblo habían dado cierta ocasión para poner en duda el interés de Dios hacia él (v. 14): «Me ha abandonado Jehová, y el Señor se ha olvidado de mí». Esto es lo que Sion dice (comp. con Ez. 8:12), como si Jehová no sintiese ya ningún afecto por Su pueblo. Los creyentes débiles, en su desconfianza, están inclinados a decir: La Iglesia está dejada de la mano de Dios. Pero no tenemos más motivo para poner en duda Sus promesas y Su gracia que el que tenemos para poner en duda Su providencia y Su justicia.
(B) Las futuras victorias de Su pueblo, después de las presentes aflicciones, sacarán totalmente de dudas en esta materia: (a) En el versículo 17 se nos dice lo que Dios se propone hacer por Sion: Los amigos, que la habían abandonado, volverán a su regazo: «Tus hijos vendrán aprisa». También los que se convierten a la fe de Cristo vienen aprisa, de buena gana, a unirse a Su Iglesia. El Targum y otras versiones leen bonáyij (tus edificadores) en lugar de banáyij (tus hijos), con referencia a los que habían de reedificar las casas y los muros de Sion y, especialmente, el templo. Por otra parte, los enemigos, que la habían amenazado, se verán forzados a retirarse de ella (v. 17b). Cristo ha salido victorioso sobre el príncipe de este mundo, Satanás, el gran destructor.
(b) Las insinuaciones de Sion no tenían ningún fundamento (vv. 15, 16). Dios no la había abandonado, no se había olvidado de ella ni se olvidará jamás: «¿Se olvidará la mujer de su niño de pecho?» Una madre no puede perder interés por el hijo de sus entrañas, pues es parte de ella. Mas, si llegase el caso (por desgracia, llega) de que una madre desnaturalizada se olvidase de su hijo, Dios nunca se olvidará de Sion (v. 15b). El interés de Dios por Su pueblo es tan grande que lo tiene esculpido (lit.) en las palmas de Sus manos (v. 16). Siempre que Dios abre Sus manos para bendecir o castigar, allí contempla, como tatuado, el nombre de Sion. «Delante de mí están continuamente tus muros»—añade Dios (v. 16b—). Las actuales ruinas de Sion, espectáculo poco agradable, están ante la continua consideración de Jehová. También está delante de Dios el modelo de los muros que están por reedificar, y esa empresa de reedificación se llevará a cabo con toda certeza.
Versículos 18–23
Dos cosas promete Dios aquí que se cumplirán en parte cuando vuelva a reunirse la congregación de Israel después de su regreso. De algún modo se cumplirán también en la plantación de la Iglesia mediante la predicación del Evangelio de Cristo, pero su cumplimiento pleno se llevará a cabo al final de los tiempos.
1. Sion se verá un día superpoblada por el gran número de israelitas que vendrán a acogerse a ella. Vimos ya en el versículo 17 la promesa de que sus hijos vendrán aprisa.
(A) Multitudes acudirán a ella de todas partes (v. 18): «Alza tus ojos alrededor y mira: todos éstos se han reunido, han venido a ti». Vendrían a Jerusalén porque la ciudad santa era el centro de la unidad del pueblo. También, durante la dispensación del Evangelio, hay una continua incorporación, en fe y amor, al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
(B) Todos los que habían de acudir a Jerusalén, como los que ahora son incorporados a la Iglesia, no sirven de carga o desdoro, sino que sirven de ornamento y fuerza (v. 18b): «Vivo yo, dice Jehová, que de todos, como de vestidura de gala, serás vestida; y de ellos serás ceñida como novia». Cuando los que son añadidos a la Iglesia son santos, piadosos y ejemplares, le sirven de ornamento (v. Tit. 2:10).
(C) El país que estaba desierto y desolado, sín habitantes (5:9; 6:11), será repoblado; más aún, superpoblado (v. 19): «Porque tu tierra devastada, arruinada y desierta por tanto tiempo, ahora será demasiado estrecha por la multitud de los moradores, mientras que tus devoradores que te destrozaban y consumían serán apartados lejos, serán alejados para no volver (comp. con v. 17)».
(D) Los nuevos pobladores habrán crecido y se habrán multiplicado de forma sorprendente. Después de haber perdido tantos hijos por obra de la espada, del hambre o del cautiverio, Sion tendrá una nueva familia que habrá crecido muy deprisa (v. 20): «Aun los hijos de los que fuiste privada encontrarán demasiado estrecho el lugar y dirán cada uno a su vecino: hazme sitio, para morar yo también». En lugar de los hijos de los que fuiste privada, «otros interpretan: los que nacieron en el exilio cuando Sion se hallaba en su desolación» (Slotki). La madre (v. 21) estará sorprendida ante el crecimiento de la familia y dirá: «¿Quién me engendró éstos, etc.?» Sion no se daba cuenta de que también eran hijos suyos, porque le habían nacido en el exilio, lejos de ella, mientras ella se hallaba desolada y como estéril (comp. con 66:8).
(E) Y toda esta obra se llevará a cabo con ayuda de gentiles. Dios alzará su mano (v. 22) y levantará bandera como señal para que presten a los libertados del cautiverio los servicios que se mencionan a continuación (v. 22b): «Traerán en brazos a tus hijos, y tus hijas serán traídas a hombros», frases que describen el interés y la ternura que aun los gentiles mostrarán a los exiliados que vuelven a su patria. Dios puede levantar amigos de Su pueblo, incluso de entre sus más declarados y enconados enemigos.
2. Sion se verá un día cortejada por los potentados de las naciones que un día la despreciaron (v. 23):
«Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas», frases que describen, como las que siguen después, el honor que los gentiles tributarán a los israelitas, y el respeto que mostrarán hacia Jehová, el Dios de Israel. Varios fueron los reyes de Persia que respetaron, y hasta animaron, a los judíos, como Ciro, Darío y Artajerjes. La reina Ester fue como una madre y nodriza para los judíos que todavía quedaban en cautividad, y se jugó la vida para rescatarlos de una muerte segura. «Y lamerán el polvo de tus pies»— dice, en alusión a la costumbre de los orientales en sus muestras de respeto—. Dice Moriarty: «Los que antes eran sus amos, ahora vendrán como esclavos a postrarse a sus pies».
Versículos 24–26
1. Ahora parece que se presenta una objeción a la promesa de liberación de los exiliados judíos, como si se insinua que no puede esperarse tal cosa, pues (v. 24) son presa en manos del fuerte y, por tanto, no hay probabilidad de que puedan ser rescatados por la fuerza. Legalmente estaban cautivos. Al haber ofendido a Dios, justamente habían sido entregados al cautiverio, conforme a la ley del mismo Dios. Por otra parte, habiendo sido hechos cautivos en guerra, justamente estaban retenidos en su cautiverio, según las leyes comunes de las naciones, hasta que fuesen rescatados o intercambiados por otros prisioneros. Ahora bien, las preguntas de este versículo 24 son hechas, ya sea por los enemigos, como justificándose en su negativa a entregar a los cautivos, ya sea por los amigos, en son de desconfianza.
2. La objeción es contestada mediante promesa explícita de Dios (vv. 25, 26): «Pero así dice Jehová. Ciertamente el cautivo será rescatado del valiente, por muy fuerte que éste sea, y el botín será arrebatado al tirano, por terrible que el tirano pueda ser; ni la fuerza ni la perfidia de los opresores pueden nada contra el Dios Omnipotente (v. 25b): «Yo—dice Yahweh litigaré con tus litigadores y yo salvaré a tus hijos». Dios se llevará cautiva la cautividad (comp. con Ef. 4:8), y a los opresores de Israel (v. 26) les hará comer sus propias carnes. Dice Slotki: «Serán aniquilados en sus propias facciones mutuamente destructivas (cf. Zac. 11:9)». Los orgullosos babilonios se convertirán en fácil presa unos de otros. Su ruina, que comenzó por una invasión del exterior, se completará mediante divisiones intestinas. Véase cuán crueles son a veces los hombres unos con otros. No sólo están sedientos de sangre, sino que llegan a beberla con tanto placer como si fuese el vino más exquisito.
3. El efecto de la ruina de Babilonia (v. 26b): «Y conocerá toda carne (lit.; es decir, todos los hombres) que yo, Jehová, soy tu Salvador y tu Redentor, el Fuerte de Jacob». Dios hará que quede manifiesto a todo el mundo que, aunque Israel parezca perdido irremisiblemente, tiene un Redentor.
Aquí vemos: I. Que el exilio de Israel no significaba que Dios hubiese roto Su pacto con él (vv. 1–3).
I. Que el profeta declara su prontitud a cumplir el encargo que Dios le da, dispuesto a sufrir lo que por eso le pueda acontecer y confiado en que Dios le permitirá llevarlo a cabo contra toda oposición (vv. 4– 9). III. El mensaje es de consuelo para los piadosos, y de amenaza para los impíos (vv. 10, 11).
Versículos 1–3
Quienes han profesado ser del pueblo de Dios y pasan por severas pruebas pueden verse tentados a quejarse de Dios. Pero, en respuesta a cualquiera de esas quejas, tenemos aquí:
1. Un reto a que prueben que el altercado comenzó del lado de Dios (v. 1). Jehová había sido para ellos un buen marido, y a los maridos les era entonces concedido el poder de repudiar a sus esposas por pequeños disgustos (Dt. 24:1; Mt. 19:7). Pero Israel no podía decir que Dios se hubiese portado así con ellos. Es cierto que ahora se hallaban separados de Él y habían permanecido por muchos días sin efod, altar ni sacrificio; pero, ¿de quién era la culpa? Dios había sido para ellos un buen padre, y los padres tenían entonces el poder de vender a sus hijos por esclavos a sus acreedores en pago de sus deudas. Es cierto que ahora los judíos estaban vendidos a los babilonios, como después a los romanos; pero, ¿los vendió Dios en pago de alguna deuda? No, Dios no era deudor de ninguno de aquellos a quienes estaban vendidos.
2. Un cargo, que muestra que ellos mismos eran los autores de su propia ruina (v. 1b): «He aquí que por vuestras maldades fuisteis vendidos, y por vuestras rebeldías fue repudiada vuestra madre. Por seguir vuestros propios gustos, os vendisteis a obrar el mal y, por consiguiente, Dios os entregó justamente en manos de vuestros enemigos» (comp. con 2 Cr. 12:5, 8). Los judíos fueron exiliados a Babilonia a causa de su idolatría, y fueron más tarde rechazados por crucificar al Señor de la gloria.
3. La confirmación de aquel reto y de este cargo. Dios vino a ofrecerles Su favor, les tendió la mano para que no entrasen en esta aflicción o para sacarlos de ella, pero ellos le menospreciaron a Él y a Su gracia (v. 2). ¿Es que carecía de poder para salvarlos? ¿No había sido Su omnipotencia la que les había abierto un camino seco a través del mar Rojo (v. Éx. 14:29), había convertido los ríos en desierto (v. Sal. 107:33), y hecho que los peces apestasen de hedor por falta de agua (v. Éx. 7:21)? El mismo poder tiene con respecto a los cuerpos celestes (v. 3): eclipses, tormentas, etc. (comp. con 1 R. 18:45). No se había acortado, pues, la mano de Dios para redimir (v. 2, comp. con 59:1).
Versículos 4–9
Estos versículos se aplican, en cierta medida, al Siervo-pueblo, personificado en Isaías, pero tienen más perfecto cumplimiento en el Siervo-Mesías, como veremos a continuación. El Siervo aparece aquí:
1. Como un predicador aceptable. Isaías, como profeta, fue dotado para la obra a la que había sido llamado, pero Cristo fue ungido con el Espíritu Santo más que ninguno de los profetas. El siervo ha sido equipado por Dios:
(A) Con lengua de sabios (v. 4), para saber cómo instruir: «para saber cómo animar con palabras al cansado» (comp. con Mt. 11:28). Véase cuál es la mejor instrucción que recibe el ministro de Dios: saber cómo consolar las conciencias atribuladas o perplejas y hablar la palabra precisa, confortadora y oportuna en los diversos casos de las pobres almas. La habilidad para obrar así es un don de Dios.
(B) Con oído de discípulos (vv. 4b, 5), para recibir instrucción. Los profetas tienen necesidad de esto, tanto como de la lengua del sabio, pues deben recibir con toda atención la palabra de la boca de Dios, a fin de poder comunicarla con toda exactitud (v. Ez. 3:17). Para ser un buen maestro, es menester haber sido un buen discípulo. Por eso, los apóstoles primero, y todos los creyentes después, fueron llamados «discípulos». «Mañana tras mañana» (v. 4b) hay que despertar el oído, ya que, por naturaleza, somos perezosos para oír y todo lo oímos a medias; además, somos cobardes para poner por obra lo que comporta alguna dificultad, mientras que el siervo obediente a lo que escucha (v. 5b) no es rebelde (comp. con Hch. 26:19) a lo que se le dice, ni se vuelve atrás ante las dificultades, persecuciones y humillaciones.
2. Como un sufridor paciente (v. 6). Aunque preveía dificultades y desalientos, aunque había de perseverar en su difícil servicio, aunque había de humillarse hasta lo más bajo, no huyó de su deber ni desmayó su ánimo: «Di mis espaldas a los que me golpeaban (comp. con Mt. 27:26), y mis mejillas a los que me mesaban la barba (comp. con Mt. 26:67), algo que suponía una de las mayores afrentas que podían hacerse a alguien (v. por ej. 2 S. 10:4); no escondí mi rostro de injurias y de esputos. Todo esto, y más, sufrió Cristo paciente y voluntariamente, para darnos a entender su disposición a salvarnos.
3. Como un valiente campeón (vv. 7–9). El Redentor es tan famoso por su denuedo como por su humildad y paciencia; y, aunque no resiste, se porta en eso mismo como más que vencedor: «El Señor Jehová (lit.) me ayudará»—dice en el v. 7, y lo repite en el v. 9—. Dios envió a Jesús un ángel que le confortase en lo más recio de su agonía. Y (v. 8) «cerca estaba de Él Quien había de justificarle, es decir, vindicar su inocencia. No cabe duda de que Isaías fue también cargado de insultos malignos, de reproches y calumnias, pero sabía que, al fin y a la postre, Dios había de vindicar su causa que era la del mismo Dios. Por eso podía retar a sus enemigos a que presentasen sus cargos contra él (vv. 8, 9), seguro de que ninguno podía demostrar que el profeta era un malhechor o que no estaba en lo cierto en los mensajes que proclamaba. También en el caso de Cristo hubo muchos que quisieron exigirle cuentas, pero a todos les cerró la boca. Los ministros de Dios, si con proclaman fidelidad el mensaje del Evangelio, no deben temer ninguna oposición; el mismo Dios que les comisionó, hará que su mensaje cumpla, de un modo u otro, el propósito de Dios (v. 55:11). No hay condenación para aquellos a quienes Dios justifica. La justa causa de Cristo y de sus profetas sobrevivirá a toda oposición (v. 9, al final): «Serán comidos por la polilla». Una cosa tan pequeña bastará para destruirlos.
Versículos 10–11
El profeta, como tiene lengua de sabio, hace aquí uso de ella. Es como un compendio del Evangelio.
Veamos cómo:
1. Se proclama aquí consuelo a los santos desconsolados y se les anima (v. 10) a poner su confianza en la gracia de Dios. Hijo de Dios es el que teme al Señor con un temor filial frente a la majestad del Altísimo y tiene miedo de incurrir en Su desagrado; obedece a la voz del siervo de Dios y está dispuesto a dejarse gobernar por el Señor Jesús en la gran obra de la redención del hombre. Quienes de veras temen a Dios, también obedecerán a la voz de Jesús. No es nuevo para los hijos y herederos de la luz caminar a veces en tinieblas y carecer, por algún tiempo, de todo rayo de luz. El que así se halla en la oscuridad (v. 10b), «confíe en el nombre de Jehová y apóyese en su Dios. Confíe en la bondad, la sabiduría y el poder de Dios, porque el nombre de Jehová es castillo fuerte». No importa caminar en la oscuridad si caminamos de la mano de Dios Todosuficiente. Eche mano de su pactada relación con Dios («su Dios») y todo le irá bien, aun cuando a veces se sienta mal.
2. Se advierte a los pecadores presuntuosos que no confíen en sí mismos (v. 11). El fuego que encienden contra los justos los consumirá a ellos mismos, como en el caso de Nadab y Abiú, fuego extraño, que no era según la voluntad de Dios (Lv. 10:1). Con fina ironía se les dice (v. 11b): «Andad a la luz de vuestro fuego y de las teas que encendisteis». Moriarty comenta: «Con dura ironía se les dice a los que rechazan la luz que el profeta les ofrece, que se aprovechen de la que ellos mismos se buscan independientemente de Jehová, luces que un día se convertirán en violento incendio en que perecerán ellos consumidos». Los que hacen del mundo su consuelo y comodidad, y de su propia justicia su confianza, hallarán al final la más terrible amargura. El camino del piadoso puede estar sombreado de melancolía, pero su final será paz y luz perpetua. El camino del impío puede parecer agradable, pero su final será eterna oscuridad.
Este capítulo contiene palabras de consuelo para el remanente de Sion. I. Dios cuidará de que ese remanente no perezca (vv. 1–3). II. Dios va a libertar a Su pueblo; la salvación está cerca, pues los perseguidores del pueblo de Dios son frágiles criaturas (vv. 4–8). III. El mismo poder omnímodo que obró en el pasado, obrará también ahora para bien de Israel; de eso puede estar completamente seguro (vv. 9–16). IV. Por muy deplorable que aparezca ahora la situación del pueblo, Dios promete que la copa de aflicción que Israel está bebiendo, pronto será aplicada a los labios de sus enemigos (vv. 17–23).
Versículos 1–3
1. El pueblo de Dios sigue la justicia (v. 1) y busca a Jehová, pues sólo en el seguimiento de la justicia se puede buscar a Dios con la esperanza de hallarle. Aquí se les instruye a que vuelvan la vista a la cantera de donde fueron arrancados (v. 1b), es decir (v. 2), a los orígenes del pueblo. Dice Moriarty:
«Los que desconfían, recuerden cómo Abraham y Sara, solos y sin hijos, fueron bendecidos por Dios».
Cuán dura era la roca de la que fueron cortados. La consideración de esto habría de llenarles (y a nosotros también) de pensamientos humildes acerca de sí mismos, y elevados acerca de la gracia divina. Así como se cumplió puntualmente la promesa de Dios a Abraham (Gn. 12:2), así también se cumplirán las promesas hechas al pueblo de Dios, aunque de momento la situación parezca tan difícil como la de Abraham y Sara antes de engendrar a Isaac.
2. El pueblo de Dios recibe la seguridad de que las lágrimas de ahora (v. 3) se tornarán en gozo y alegría. Dios tiene un tiempo y un método apropiados para consolar a Sion. El mayor consuelo de la Iglesia es poder servir para la gloria de Dios y ser como Su huerto y jardín en el que Él se deleita. Dios da alegría a los Suyos y corazón para que se regocijen. Con los frutos de justicia, serán hallados allí el gozo y la alegría, pues cuanto mayor es la santidad del hombre, y mayor el bien que hace, tanto mayor es la alegría de que disfruta.
Versículos 4–8
Perpetuidad de la justicia y de la salvación de Dios.
1. El consuelo de que habla aquí el profeta, de parte de Dios, pertenece (v. 4) a «mi pueblo y a mi nación, el pueblo que yo escogí y la nación que reconozco como peculiarmente mía». Hay un pueblo que conoce justicia, pues son capaces de formarse un juicio correcto acerca de lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. Y así como tienen buena cabeza, también tienen buen corazón, pues tienen en ellos la ley de Dios. Pero incluso los que conocen justicia y tienen en su corazón la ley de Dios, pueden hallarse en grandes apuros y cargados de insultos y desprecios; mas su Dios les consolará y fortalecerá.
2. El consuelo que pertenece al pueblo de Dios.
(A) La justicia y la salvación de que habla el versículo 5 equivalen a la liberación que Dios ha de llevar a cabo a favor de Israel. Pero, a la luz del Evangelio, adquieren un significado más profundo (v. Ro. 1:16; 3:21, 22; 10:10). El Evangelio de Cristo será proclamado en todo el mundo: Una ley (hebr. torah) saldrá de mí, dice Dios (v. 4b); ley en forma de instrucción, más bien que de obligación. Es ahora la ley de la libertad, por la que el mundo será goberndo, pues no será sólo para beneficio de Israel, sino también como luz para los gentiles.
(B) Esta ley abrirá un camino llano para los hijos de los hombres, a fin de que puedan ser salvos mediante la esperanza en el poder del brazo de Dios (v. 5). No hay salvación sin justicia y, dondequiera está la justicia de Dios, allí está la salvación de Dios (Ro. 1:16, 17).
(C) Esta justicia y esta salvación están cerca (v. 5a); cerca en el tiempo y en el espacio (Ro. 10:8).
(D) La justicia y la salvación que trae El evangelio no estarán confinadas a la nación judía, sino que se extenderán a los gentiles: «Mis brazos juzgarán a los pueblos». Los que no se sometan a los juicios de la boca de Dios, serán aplastados por los juicios de la mano de Dios. Algunos serán juzgados de esta manera por el Evangelio, pero otros, y los de las islas, esperarán en Jehová y pondrán su confianza en Él (v. 5b) y darán la bienvenida al evangelio, lo mismo a sus preceptos que a sus consuelos. El brazo de Jehová, que aquí se menciona, es revelado en Cristo (53:1).
(E) Esta justicia y esta salvación serán por todas las generaciones (v. 8b), es decir, para siempre. Arriba (v. 6), los cielos se desvanecerán como humo (comp. con Sal. 102:25 y 26; Is. 13:13; 34:4; Mt. 24:35; He. 1:10–12; 2 P. 3:10). Abajo, la tierra se desgastará como ropa de vestir. Pero cuando el cielo y la tierra actuales hayan desaparecido, cuando toda carne y su gloria se hayan marchitado como hierba, la palabra de Jehová permanece para siempre. Quienes tienen ligada su felicidad a la justicia y a la salvación que trae Cristo, tendrán el consuelo de hallarse felices para siempre, cuando todas las cosas temporales hayan dejado de existir.
3. Si la justicia y la salvación de Dios se hallan cerca de ellos, no han de temer afrenta de hombre (v. 7), ni desmayar ante sus ultrajes, ya sea cuando les pidan que canten los cánticos de Sion o cuando les pregunten: ¿Dónde está vuestro Dios?, pues todos estos burladores serán pronta y definitivamente silenciados (v. 8a): «Porque como a vestidura se los comerá la polilla (comp. con 50:9), como a lana se los comerá el gusano». La falsedad de sus insultos será descubierta, y la verdad triunfará completamente. Las nubes pueden ocultar la luz del sol, pero no pueden impedir que recorra su carrera por el firmamento.
Versículos 9–16
1. Tenemos aquí primero una oración para que Dios se manifieste y actúe en orden a la liberación de Israel (v. 9): «Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo de Jehová». El brazo de Dios es Cristo, aunque también equivale a la persona misma de Jehová (v. Sal. 44:23). Se dice que el brazo de Dios se despierta cuando, en favor del pueblo de Dios, se extiende para actuar. No es que a Dios tengamos que hacerle a la memoria algo o incitarle a obrar, sino que Él mismo nos permite que nos mostremos afanosos portales manifestaciones de Su poder cuales pueden servir a Su gloria. Israel (y la Iglesia) ven difícil su caso; los enemigos son muchos y poderosos; los amigos son pocos y débiles; por tanto, dependen puramente, para su liberación, de la fuerza del brazo de Dios.
2. Las razones en que apoyan esta oración.
(A) Apelan a lo mucho que Dios hizo a favor de sus antepasados (vv. 9b, 10). Ráhab es «el monstruo mitológico que simboliza a Egipto (como en 30:7)» (Ryrie). Otro monstruo de la mitología cananea era «la victoria del Baal cananeo sobre el dragón del caos» (Moriarty). Pero estos mitos sólo sirven para poner de relieve el hecho histórico de la victoria de Dios sobre Egipto en el paso del mar Rojo. Las pasadas experiencias son buenas razones para aducirlas en nuestras oraciones (v. Sal. 85:1–6).
(B) Apelan también a las promesas de Dios (v. 11): «Ciertamente volverán los redimidos de Jehová, etc.» (comp. con 35:10). Cuando los pecadores son sacados de la esclavitud del pecado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, bien pueden venir cantando, como el pájaro al que se le abre la puerta de la jaula. También los habitantes de la Sion celestial entonan cánticos de alabanza y acción de gracias. Y, mientras ese feliz estado nos llega a nosotros, podemos estar seguros de que quien ha destinado para nosotros un gozo tan grande, actuará también para nuestra liberación tantas veces como el caso se presente.
3. La respuesta que se da inmediatamente a esta oración (v. 12): «Yo, yo soy vuestro consolador». Habían orado por la actuación de Su poder; Dios contesta con los consuelos de Su gracia, lo cual puede ser aceptado como equivalente. Si Dios no responde inmediatamente con la fuerza salvadora de Su diestra, podemos estar agradecidos si nos responde, como al ángel de Zacarías 1:13, con palabras consoladoras. Véase cómo resuelve Dios consolar a Su pueblo: Toma en Sus propias manos la empresa:
«Yo, sí, yo, lo haré».
(A) Consuela a los temerosos reprendiéndoles (vv. 12, 13): «¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, etc.?» Es absurdo tenerle miedo a un moribundo. ¡Cómo! ¿Tener temor del hombre que ha de morir … destinado a fenecer como heno? ¿Al que se va a marchitar, y sólo servirá para ser pisoteado o comido? Hemos de considerar cuán necia cosa es de parte de los siervos del Dios viviente tener miedo a hombres mortales que hoy están entre nosotros y mañana han desaparecido. Más absurdo es todavía (v. 13b) tener miedo todo el día, continuamente, del furor del opresor. Cuando hay un peligro inminente, puede ser prudente temer; pero estar continuamente temblando, al mero movimiento de una hoja de árbol, es estar durante toda la vida sujetos a servidumbre (He. 2:15). En efecto, «¿en dónde está el furor del opresor?» (v. 13, al final). Como si dijese: ¿Qué se ha hecho del que oprimía a Israel? ¿En dónde ha parado su furia? La respuesta es: En ninguna parte, pues el enemigo ha sido incapaz de destruir al pueblo de Dios.
(B) Pero ese miedo, no sólo es infundado, sino que es también impío (v. 13a): «Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra». Nuestro miedo desordenado a los hombres es un tácito olvido de Dios y un insulto a Su amor y a Su poder para salvar. Cuando nos turbamos con el miedo a un mortal, nos olvidamos de que hay un Dios infinitamente superior a él; olvidamos las experiencias que tenemos del cuidado que Dios tiene de nosotros y de las muchas ocasiones en que nos ha librado del mal; olvidamos que nuestro Dios es Jehová-yireh (Jehová proveerá; o, literalmente, verá). Cada una de Sus actuaciones pasadas es un monumento a Su misericordia.
(C) Consuela igualmente a los presos (vv. 14, 15): «El preso agobiado será libertado pronto y podrá regresar a su país, del cual fue exiliado; Jehová se cuida de que no muera en la mazmorra ni le falte su pan». El hebreo dice: «Y no morirá (bajando) a la fosa» (lit.), es decir, no bajará a la tumba, sino que no le faltará ni la vida ni el alimento. De la misma manera (v. 15) que Dios ejerce dominio completo sobre la naturaleza, agitando las olas del mar lo mismo que calmándolas, así también puede frenar la furia de los enemigos de Israel, pues es Jehová de las huestes.
(D) Su consuelo va más lejos, pues asegura a Israel que va a ser (v. 16) el agente de la revelación divina. Por medio de él, Dios va a impartir sus comunicaciones proféticas a la humanidad. Va a extender los cielos y echar los cimientos de la tierra en una nueva época de rectitud moral y va a poner en la boca de Israel Sus palabras, «la instrucción moral y religiosa en la vida de las naciones» (Slotki). Esto apuntaba también a la obra del Evangelio y el establecimiento del cristianismo en el mundo, pues israelitas habían de ser aquellos a quienes se encargaría la comisión de predicar el Evangelio a toda criatura hasta los últimos confines de la tierra. Vemos también que, así como, en el principio, Dios creó el mundo mediante la Palabra que es el Verbo (He. 1:2), así también establecerá, por medio de Él, un nuevo mundo, nuevos cielos y nueva tierra. Comoquiera que el pecado puso en desorden toda la creación, Jesucristo, al quitar el pecado del mundo, pone de nuevo todas las cosas en orden.
Versículos 17–23
Viene ahora un llamamiento, no tanto para despertar del sueño del pecado como para salir del estupor de la desesperación, aun cuando lo más necesario para estar dispuestos a ser libertados de la cautividad es arrepentirse del pecado. Cuando los habitantes de Jerusalén estaban en el exilio, se veían tan abrumados por el sentimiento de su desdicha que no eran capaces de pensar en cosa alguna que tendiese a prestarles ningún consuelo. Vemos que:
1. Jerusalén había estado por largo tiempo en lo profundo de la miseria.
(A) Yacía bajo las señales del desagrado de Dios. Dios le había puesto en las manos (v. 17) el cáliz de su ira. Ella le había provocado a ira y tuvo que gustar los amargos frutos de esa ira. Ese cáliz de la ira de Dios es, y será siempre, cáliz de aturdimiento para todos los que lo han recibido en las manos. Leemos en Salmos 75:8 que las heces de ese cáliz, todos los impíos de la tierra las apurarán. Dondequiera hubo un cáliz de fornicación, como lo hubo en las manos de Jerusalén cuando se entregó a la idolatría, tarde o temprano tiene que haber un cáliz de furor.
(B) Los que deberían haberle ayudado en su apuro, le habían fallado (v. 18). Al no haber quien la guíe ni la tome de la mano, se tambalea como un ebrio. No sabe lo que dice ni lo que hace; mucho menos sabe qué es lo que debería decir o hacer y, en esta desdichada condición, no recibe ayuda ni de sus propios hijos. Y ¿cómo le van a ayudar, si ellos mismos se desmayaron (v. 20), están tendidos por los caminos, exhaustos y desvalidos, como un antílope en la red donde ha sido cazado y llenos ellos mismos de la indignación de Jehová? Dos son las grandes calamidades que le han acontecido (v. 19): «La ruina del país (asolamiento y quebrantamiento) y la muerte de sus habitantes (hambre y espada)» (Slotki). Estas mismas dos cosas le habían de acontecer también a Babilonia (47:9).
Se promete después que las aflicciones de Jerusalén llegarán a su fin un día (vv. 21–23), cuando … Jehová tu Señor y tu Dios, el Dios que todavía es fiel a Su pacto contigo y tiene poder para ayudarte, el cual aboga por su pueblo (comp. Jer. 50:34), te dirá. Ahora se van a cambiar los papeles; ya he quitado de tu mano el cáliz del aturdimiento …; nunca más lo beberás. Lo voy a poner en mano de tus angustiadores, etc.». Los perseguidores y opresores de Jerusalén tendrán que beber del mismo cáliz amargo del que ella había bebido hasta las heces, lleno otra vez del mismo furor de Dios, del mismo modo que los perseguidores de Daniel fueron arrojados al mismo foso de los leones al que habían conseguido que Daniel fuese arrojado. El caso de Babilonia será todavía peor que el de Jerusalén en sus peores tiempos.
La mayor parte de este capítulo prosigue con el mismo tema del capítulo anterior, pero los tres últimos versículos entran en el tema del siguiente, el cual trata de la persona del Redentor, de su humillación y de su exaltación. I. El ánimo que se da a los judíos del exilio para que abriguen la esperanza de que Dios los libertará en su día y del modo determinado en Sus designios (vv. 1–6). II. El gran gozo que, con motivo de ello, tendrán tanto los ministros de Dios como el pueblo en general (vv. 7– 10). III. El llamamiento a los que se quedaron en la cautividad cuando fue proclamada la libertad (vv. 11, 12). IV. Una breve idea que se nos da aquí del Mesías, de quien se trata largamente en el capítulo siguiente (vv. 13–15).
Versículos 1–6
1. Se incita aquí al pueblo de Dios a que se revista de fuerzas a fin de aparecer vigoroso ante la perspectiva de su liberación (vv. 1, 2). Que dejen de lado su desconfianza, eleven su ánimo y se alienten unos a otros. Despierten de su depresión, miren hacia arriba y en torno suyo, se fijen en las promesas pasadas y en las providencias actuales mediante las cuales estaba Dios obrando a favor de ellos, y que se eleven así sus expectaciones de las grandes cosas que les han de venir de Dios. Despierten también de su embotamiento y de su pereza, pues Jehová les da aquí la seguridad:
(A) De que el cautiverio debe servirles para que se reformen de sus pasadas idolatrías. Los incircuncisos enemigos no habían de volver a venir allá (v. 1, al final); tampoco los impuros (los mismos enemigos, según Slotki; los impuros de entre los hijos de Israel, según Moriarty) habían de ser admitidos en la congregación mientras no se purificaran. El nuevo pueblo de Dios es purificado mediante la sangre de Cristo y por la gracia de Dios, para llegar a ser una nación santa (1 P. 2:9).
(B) De que serían rescatados de su cautiverio y no volverían a ser invadidos. Si se mantienen adheridos a su Dios, Él les preservará de sus enemigos; pero, si vuelven a corromperse, Antíoco profanará el templo y, más tarde, los romanos lo destruirán. No obstante, por algún tiempo disfrutarán de paz. Que se preparen para regocijarse (v. 2): «Sacúdete el polvo; levántate y siéntate, Jerusalén, etc.». Comenta Trenchard: «En el capítulo 47 notamos la descripción de la caída de Babilonia bajo la figura de una señora aristocrática y orgullosa que pierde toda su categoría y es humillada hasta el polvo. Aquí hallamos la metáfora a la inversa, pues Sion, tanto tiempo cautiva, afligida y humillada, ha de levantarse del polvo para vestirse de novia, sentándose luego cual reina sobre el trono que Dios le prepara». El Evangelio proclama libertad a los que estaban atados con temores y hace que tomen como un deber el asirse a esa libertad. Todos los que, hasta ahora, han estado fatigados y cargados, pueden hallar descanso en Cristo (Mt. 11:28, 29); porque, si el Hijo los hace libres, serán libres de veras (Jn. 8:36).
2. Dios mismo se incita a Sí mismo a libertar a Su pueblo.
(A) Los caldeos que los han oprimido nunca han reconocido a Dios más de lo que lo reconoció Senaquerib (10:6, 7): «De balde fuisteis vendidos, dice Jehová; nada sacasteis con ello, ni tampoco Yo saqué nada con ello» (v. 3). Los babilonios no le dieron gracias a Dios; al contrario, blasfemaron por ello del nombre de Dios. «Por tanto, añade Jehová, sin dinero seréis rescatados» (v. 3b), como ya estaba prometido (45:13).
(B) Ya antes se habían hallado con frecuencia en apuros similares; sería, pues, una lástima que también ahora hubiesen de ser dejados en manos de sus opresores (v. 4): «Mi pueblo descendió a Egipto en otro tiempo, invitados de modo amistoso a morar allí. Mas luego los trataron como a esclavos y los gobernaron con excesivo rigor. Después fueron libertados por Dios. ¿Por qué no habríamos de pensar que Dios librará hoy también a Su pueblo? Más tarde (v. 4b), el asirio lo oprimió sin razón, es decir, sin ningún derecho legal o moral (Slotki)».
(C) Jehová se considera a Sí mismo como deportado con Su pueblo a Babilonia (v. 5): «Y ahora ¿qué hago aquí, dice Jehová, viendo que mi pueblo ha sido llevado sin motivo?» Comenta Slotki: «En Babilonia, Dios estaba, por decirlo así, juntamente cautivo con Su pueblo, y el opresor se ha vuelto tan degradante e insoportable que tanto la seguridad de Israel como el honor de su Dios demandaban su inmediata liberación del exilio».
(D) La gloria de Dios se va a manifestar en la liberación de ellos (v. 6): «Por tanto, por cuanto mi nombre está en la picota, mi pueblo conocerá mi nombre, verá y apreciará lo que mi nombre significa y es capaz de hacer. ¡Heme aquí! (dice literalmente la frase final del v. 6)». Como si dijese: «Aquí estoy para cumplir la promesa que hice» (Slotki).
Versículos 7–12
El regreso de los judíos de Babilonia, y la aplicación que del versículo 7 hace el apóstol en Romanos 10:5 al Evangelio, da a entender claramente que la liberación de que aquí se habla era tipo y figura de la redención llevada a cabo por Jesucristo a favor de la humanidad entera.
1. Se habla aquí de una gran bendición, que debe ser recibida con gran gozo. (A) Los que traen las buenas noticias de la liberación merecen un buen recibimiento (v. 7), conforme llegan a través de los montes que rodean a Jerusalén. Se describe en este versículo 7 a los que traen el mensaje de las buenas nuevas, y proclaman salvación y paz, y dicen a Sion: «¡Tu Dios reina!», es decir, ha restablecido Su reino en Sion. Como lo hace Pablo, esto tiene buena aplicación a la predicación del Evangelio, que es una proclamación de paz y salvación; buenas nuevas de victoria sobre nuestros enemigos espirituales, y de libertad de nuestra esclavitud espiritual. Cristo fue el primero en traer estas buenas nuevas (Mr. 1:15; Lc. 4:18; He. 2:3) y bien puede aplicarse a Él lo de «¡cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas!» ¡Cuán hermosos sobre el monte Calvario aquellos pies que fueron clavados en la Cruz!
(B) Tras de los mensajeros que vienen en primera fila del exilio, se regocijan (v. 8) los atalayas de Sion. Tales atalayas como los que Dios había de poner sobre los muros de Jerusalén (62:6) para que hiciesen mención del nombre de Jehová y estuviesen en continua y ferviente oración hasta que Jehová ponga a Jerusalén por alabanza en la tierra (62:7). Estos atalayas están sobre sus torres, y esperan que se de respuesta a sus oraciones (Hab. 2:1) y, por tanto, cuando llegan las buenas nuevas, ellos son los primeros que las reciben. Alzan la voz y juntamente dan voces de júbilo (v. 8b), para invitar a los demás a que se unan en sus alabanzas, al ver que hay perfecto acuerdo entre la profecía y el acontecimiento, entre la promesa y su cumplimiento. La segunda parte del versículo 8 dice literalmente según el hebreo:
«Porque ojo a ojo verán en el volver (esto es, cuando regrese) Jehová a Sion». La expresión «ojo a ojo» es la misma de Números 14:14, que suele traducirse «cara a cara». Dice Slotki: «Ojo a ojo. Clara y distintamente como cuando alguien le mira a otro derechamente a los ojos». Por supuesto, se trata de un antropomorfismo y nada tiene que ver, como es obvio, con la llamada «visión beatífica»—nota del traductor.
(C) Los lugares desolados de Sion (v. 9) son invitados igualmente a prorrumpir en gritos de júbilo conjuntamente y cantar, porque Jehová ha consolado a Su pueblo, ha rescatado a Jerusalén. La redención de Jerusalén es el gozo de todo el pueblo de Dios (Lc. 2:38), y la gloria es de Dios (v. 10) porque ha manifestado Su poder, desnudó su santo brazo (¡se remangó!) ante los ojos de todas las naciones. El profeta está tan seguro del futuro acontecimiento que lo da ya por ocurrido, expresándose en tiempo perfecto.
2. Al proclamarse la libertad, el pueblo de Dios debe salir de Babilonia a toda prisa (v. 11, comp. con 48:20 y Ap. 18:4). Babilonia no es lugar apto para israelitas (Esd. 1:5). A todos los que se hallan todavía bajo la esclavitud del pecado y del diablo se hace llamamiento a que usen de la libertad que Jesucristo nos ha proclamado a todos. Y que nadie traiga consigo ninguna de las inmundicias de Babilonia: «No toquéis cosa inmunda». Dice Slotki: «Porque Dios va a la cabeza de ellos y no debe haber contaminación en Su presencia (cf. Dt. 23:15)». Moriarty, por su parte, comenta: «La ocasión es sagrada. Los israelitas marcharán como en procesión a Sion, llevarán los vasos sagrados, y esto requerirá que se observe la pureza ritual evitando todo lo que pudiese hacerles impuros». Pero, aun cuando deben darse prisa en salir, no han de salir (v. 12) a la desbandada como quien huye, porque Jehová irá delante, como Guía, y a la retaguardia, protegiéndoles de los enemigos que se atrevan a perseguirles (comp. con Éx. 14:19).
Versículos 13–15
La profecía que comienza aquí y se continúa hasta el final del capítulo siguiente, apunta claramente al Señor Jesucristo. Hasta los judíos de los primeros siglos de nuestra era lo entendieron del Mesías. Sólo después del siglo XI, y debido a que bastantes se convertían al cristianismo, toda esta porción fue eliminada adrede de las haftorahs u oraciones públicas en las sinagogas. El diácono y evangelista Felipe puso este punto fuera de toda discusión al decirle al eunuco etíope (Hch. 8:35) que aquí se trataba de Jesús.
1. Dios encarga a Cristo la empresa que aquí se menciona (v. 13): «He aquí que mi siervo, etc.». Dice Moriarty: «Es Jehová quien habla, quien introduce a su Siervo humillado y afligido y quien anuncia su futura exaltación y su triunfo». El Mesías hace en esto la voluntad de Dios, busca el honor del Padre y sirve a los intereses del Reino de Dios. Será prosperado, porque sobre Él reposará el espíritu de sabiduría y de inteligencia (o entendimiento), según vimos en 11:2.
2. Tenemos luego (vv. 14, 15) un breve compendio de su humillación y de su exaltación.
(A) «Así como se asombraron de ti muchos (v. 14a), etc.». La apódosis de este período se halla a comienzos del versículo 15. El paréntesis del versículo 14b nos describe el objeto de dicho asombro: «De tal manera fue desfigurado su aspecto que no parecía hombre, y su figura no era como la de los hijos de los hombres». Pensemos en el rostro de Jesús, después de ser escupido, abofeteado y coronado de espinas (comp. con 53:2, 3 y Sal. 22:6, 7). La vista de un Maestro sabio, bueno e inocente, puesto así en tan terribles sufrimientos, no podía menos de suscitar el asombro.
(B) Pero Dios le había de exaltar por encima de todo y de todos (v. Fil. 2:9–11). A la sorpresa de verlo así humillado y desfigurado, sucederá otra sorpresa cuando se conozca el motivo de sus sufrimientos (v. 15, donde ha de leerse «sorprenderá», más bien que el «rociará» que aparece en algunas versiones). «Los reyes cerrarán ante Él la boca, es decir, no hablarán contra Él como lo hicieron antes, porque verán lo que nunca les fue contado, y comprenderán lo que jamás habían oído». Dice Moriarty:
«Reyes ante Él se quedarán sin palabra: cuando la luz de la revelación les descubra el misterio de los padecimientos del Siervo». Cristo decepcionó las expectaciones de quienes buscaban un Mesías de acuerdo con sus falsas ideas, pero superó las de quienes esperaban un Mesías como el que había sido prometido.
Las dos grandes cosas que los profetas del Antiguo Testamento, bajo la divina inspiración, atestiguaron de antemano fueron los sufrimientos de Cristo y la gloria que se había de seguir (v. 1 P. 1:11). Pero en ninguna parte del Antiguo Testamento se hallan profetizadas esas cosas tan clara y plenamente como en este capítulo, hasta el punto de que se ha hablado del «evangelista Isaías». Aquí tenemos: I. La persona del Siervo (vv. 1–3). II. La pasión del Siervo (vv. 4–6). III. La pasividad del Siervo (vv. 7–9). IV. La porción del Siervo (vv. 10–12). Los epígrafes precedentes están tomados de la Ryrie Study Bible—nota del traductor.
Versículos 1–3
El profeta había previsto y predicho, al final del capítulo anterior, la amable recepción que el Evangelio de Cristo había de hallar entre los gentiles. Ahora predice, con asombro, la incredulidad de los judíos, a pesar de las muchas noticias que previamente habían recibido de la venida del Mesías.
1. El menosprecio con que trataron el Evangelio de Cristo (v. 1). Se aplica igualmente al poco efecto que la predicación de los apóstoles hizo en judíos y gentiles (Ro. 10:16). Fueron pocos los que creyeron a los profetas que hablaron antes de la venida de Cristo; y, cuando Él mismo vino, ninguno de los gobernantes ni de los sacerdotes le siguió, sino alguno que otro de los del vulgo; y, cuando los apóstoles llevaron por todo el mundo este mensaje, algunos en cada lugar creyeron, pero eran relativamente muy pocos. Y aun hasta el día de hoy, de los muchos que profesan creer el mensaje del Evangelio, son pocos los que de corazón se adhieren a él y se someten al poder que comporta. No disciernen el poder divino que acompaña a la Palabra, la obra del Espíritu que da eficacia al mensaje. No creen el Evangelio porque, al rebelarse contra la luz que tenían, han perdido la oportunidad de recibir la gracia de Dios.
2. El desprecio con que trataron a la persona del Mesías a causa de sus modestas apariencias (vv. 2, 3).
(A) La baja condición a la que se sometió, y cómo se abatió y se vació (lit.) a sí mismo (v. Fil. 2:7).
La forma con que entró en este mundo y la posición que asumió en él no concordaban de ningún modo con las ideas que los judíos se habían formado del Mesías. Se esperaba que surgiese de la alta sociedad, pues había de ser el Hijo de David; pero, aunque de cierto surgió de tan ilustre y regia familia, ésta se había hundido en el olvido, y José no era más que un pobre carpintero. Esto es lo que se da a entender con la frase «como raíz (que brota) de tierra seca» (v. 2), pues nació de una familia oscura, en Galilea, de donde nada grande, verde, podía esperarse (v. Jn. 1:46). También se esperaba que apareciese pomposa y majestuosamente en público, pero «creció como un retoño delante de Él», de Dios, no de los hombres, de forma callada e insensible, como el grano de Marcos 4:27. También se esperaba que tuviese en su rostro y en todo su porte una belleza poco común; pero no hallaron en Él nada que fuese extraordinario, como podría esperarse del Hijo de Dios encarnado. Véase el contraste con lo que se nos dice de Moisés (Hch.
7:20; He. 11:23) y de David (1 S. 16:12). Se esperaba que habría de disfrutar de una vida agradable, humanamente atractiva, pero, por el contrario, fue (v. 3) «varón de dolores y experimentado en quebranto».
(B) La baja opinión que los hombres tenían de Él a causa de su modesta apariencia. había en Él la hermosura de la santidad y la belleza de la bondad, suficientes para que pudiese ser el deseado de las naciones; pero la mayor parte de aquellos entre los que vivió no vieron nada de esta belleza, pues tiene que ser discernida espiritualmente. Fue rechazado como un descastado, de quien se vuelve el rostro a otra parte (v. 3b). Al aludir a los colores con que se le dibuja en este versículo 3, Moriarty dice: «El contexto parece indicar que estos epítetos hay que entenderlos no sólo de la apariencia externa, del aspecto físico, sino aun del carácter: pensaban que los sufrimientos eran merecidos, que era pecador, y en lenguaje sapiencial, que era un necio. Por eso no se sentían inclinados a socorrerle, sino a volverle la cara». La humillación a la que se había sometido era como un velo que ocultaba su condición interior, por eso «fue despreciado y desechado de los hombres», ya que no pudieron ver a través de tal velo.
Versículos 4–9
I. Una ulterior descripción de los sufrimientos de Cristo. Vemos aquí algunos detalles más de la condición a la que se abajó a sí mismo, al hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (v. Fil. 2:8).
1. «Llevó nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores» (v. 4a). Por la cita de Mateo 8:17, vemos que no sólo los llevó sobre sí, sino que los quitó de aquellos a quienes sanaba. Los llevó sin quejarse de mala suerte, sin echarse para atrás ante ellos ni hundirse bajo ellos, sino que con ellos perseveró hasta el final, en que pudo gritar: «Está consumado» (Jn. 19:30).
2. Fue azotado, herido y afligido (v. 4b). Herido con la lengua cuando le contradecían y le calumniaban diciendo de Él toda clase de cosas malas; fue también herido de obra, al recibir golpe tras golpe.
3. Fue azotado, no conforme a la misericordiosa restricción de la ley judía, que no permitía más de 40 azotes ni aun para el peor de los malhechores, sino según la costumbre bárbara de los romanos. Pilato la llevó a cabo con la intención de que fuese un sustituto de la crucifixión, pero, de hecho, resultó ser un prólogo de la crucifixión. Sus manos, sus pies y su costado fueron atravesados.
4. Sufrió toda clase de vejámenes (vv. 7, 8): «Fue oprimido y humillado (o mejor, y permitió que le afligiesen) … con sentencia injusta se lo llevaron (éste es el mejor sentido del v. 8a)». Se procedió contra Él como contra un malhechor; de esa forma, se le arrestó, se le tuvo bajo custodia, se le acusó, se le juzgó y se le condenó.
5. «Fue cortado de la tierra de los vivientes» (v. 8b). Expresión enérgica con la que se da a entender tanto la violencia de su muerte como la injusticia de su condenación y lo prematuro de su partida en la flor de la vida. Nuevo vejamen supuso el ser crucificado en medio de dos ladrones, como si Él fuese el peor de los tres ajusticiados, aunque con los ricos fue en su muerte (v. 9), pues fue sepultado en un sepulcro nuevo, perteneciente a José de Arimatea, honorable miembro del sanedrín.
II. Una declaración del significado de sus sufrimientos. No se puede menos de preguntar con asombro: «¿Cómo pudo suceder eso? ¿Qué mal había hecho?» Sus enemigos le tenían por herido de Dios (v. 4, al final). Como se tenían a sí mismos por defensores de la causa de Dios, creyeron que Dios mismo había decretado que muriese por sus propios pecados. Pero:
1. Nunca cometió Él nada que mereciese la forma en que fue tratado. Aunque le acusaban de soliviantar al pueblo y promover la sedición, todo eso era completamente falso. No cometió ninguna violencia; al contrario, «pasó haciendo el bien» (Hch. 10:38). También fue llamado impostor (Mt. 27:63), pero aquí (v. 9b) se nos dice que «nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca» (comp. con 1 P. 2:22, donde Pedro cita de aquí). No ofendió jamás de palabra ni de obra. Nadie pudo redargüirle de pecado (Jn. 8:46). El juez que lo condenó (Pilato) no halló falta en Él, el ladrón que le acompañó en el suplicio confesó que no había hecho nada inconveniente (lit. fuera de lugar), y el centurión que presidió la ejecución, hubo de profesar que ciertamente era, no sólo un hombre justo (Lc. 23:47), sino también Hijo de Dios (Mt. 27:54).
2. Aunque fue oprimido y afligido, no abrió la boca (v. 7), ni aun para declararse inocente, sino que se ofreció libre y voluntariamente a sufrir y morir por nosotros. El escándalo de la cruz sólo se quita si se reconoce que Cristo se sometió voluntariamente a la muerte en cruz en cumplimiento de la voluntad de Dios y para la salvación de la humanidad perdida. Con su sabiduría habría podido evadir la sentencia, y con su poder habría podido resistirse a ser ejecutado, pero estaba escrito que así era necesario que el Mesías padeciese (Lc. 24:46). Este mandamiento había recibido del Padre (Jn. 10:18, al final). Por eso, en obediencia a la voluntad del Padre, en la que somos santificados (He. 10:10), «como un cordero que es llevado al matadero, y como una oveja que delante de sus trasquiladores está muda, tampoco Él abrió su boca» (v. 7b); de esta forma, se ofreció a Sí mismo en ofrenda y sacrificio por el pecado del mundo.
3. En efecto, Cristo padeció a favor nuestro y en nuestro lugar, lo cual se afirma lisa y llanamente en esta porción.
(A) Es cosa cierta que todos nosotros somos culpables delante de Dios. Todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Ro. 3:23). Como lo dice aquí Isaías (v. 6): «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas (que se marchan del rebaño y no siguen al pastor), cada cual enfiló (lit. puso el rostro) hacia su propio camino». Cada ser humano sigue sus propios caminos para pecar, pero sólo por un camino (v. Jn. 14:6) puede volver al rebaño. Al pecar, nos hemos extraviado como las ovejas, animal que es incapaz de por sí de volver al rebaño. Éste es nuestro carácter natural; estamos inclinados a apartarnos de Dios y, por nuestras propias fuerzas, somos incapaces de volver a Él. Seguimos nuestro propio camino, y establecemos así nuestra voluntad en oposición a la de Dios, en lo que está la raíz misma de la malignidad del pecado. Estos pecados son precisamente (v. 4) nuestras enfermedades y nuestros dolores.
(B) El Señor Jesucristo fue destinado a llevar sobre sí la iniquidad de todos nosotros (vv. 5, 6). Los llevó al madero en nuestro lugar (1 P. 2:24); es decir, fue nuestro sustituto, al hacerse responsable de los pecados de la humanidad y sufrir así el castigo que la Ley infligía a los que la quebrantaban (Gá. 3:13). Al llevar sobre sí las iniquidades de todos nosotros, esa carga fue levantada de nuestros hombros para pasar a los suyos. Para que tal beneficio se aplique a una persona sólo es necesario someterse a la gracia del Evangelio. Sólo se condena el que rechaza el perdón que tal gracia ofrece. Solamente Dios tiene poder y autoridad para poner nuestros pecados sobre los hombros de Cristo, ya que Dios era el ofendido por el pecado y, por otra parte, Cristo fue el único hombre sin pecado propio (2 Co. 5:21). Además, por su condición divina, sus méritos tenían un valor infinito delante del Padre. Que Él se sometió voluntariamente al suplicio se ve por Salmos 40:6–8; Juan 10:18; Hechos 10:5–7, y aun por el versículo 7 de este capítulo, cuya frase inicial puede traducirse así: «Aunque oprimido, fue sumiso».
(C) Al haber tomado, pues, sobre sí nuestra deuda, tuvo que pagarla: Llevó nuestros pecados sobre sí y, por eso, tuvo que llevar sobre sí nuestros dolores y nuestras enfermedades (v. 4); … fue herido (v. 5) por nuestras transgresiones y molido por nuestros pecados». Nuestros pecados fueron la causa de las espinas en su cabeza, de los clavos en sus manos y en sus pies, de la lanzada en el costado. Lo mismo hallamos al final del versículo 8: «… por la rebelión de mi pueblo fue herido». La herida que nosotros merecíamos cayó sobre El.
(D) El resultado de esto para nosotros fue paz y curación. Dice así a la letra la segunda parte del versículo 5: «El castigo de nuestra paz (es decir, el castigo que nos procuró la reconciliación con Dios y demás bendiciones que ello comporta) fue sobre Él, cayó sobre Él, y por su azotaina, por los padecimientos que sufrió, (hubo) curación para nosotros». Esto muestra que no fuimos curados automáticamente con sus padecimientos, sino que ellos preveyeron el remedio para todo el que se lo aplique por fe. Una frase parecida, por contraste, hallamos al final del versículo 9, que dice literalmente así: «y por la rebelión de mi pueblo (hubo) herida para Él». Cristo estuvo dolorido, a fin de que nosotros estuviésemos cómodos espiritualmente, al saber que, por medio de Él, Dios nos perdona los pecados. Se habla de curación, porque el pecado no es sólo un crimen, sino también una enfermedad, la única enfermedad temible, pues conduce a la muerte eterna. Con sus padecimientos, nos obtuvo el Señor la gracia y el poder del Espíritu para dar muerte a nuestras corrupciones, que son el destemple del alma, y poner nuestras almas en buen estado de salud, a fin de que puedan servir adecuadamente para el honor de Dios y el provecho del prójimo. Al quebrarse en nosotros el dominio del pecado, quedamos fortalecidos contra lo que fomenta la enfermedad.
Versículos 10–12
En los versículos precedentes, el profeta ha testificado de los sufrimientos de Cristo; ahora, predice la gloria que había de seguir.
I. Veamos primero los servicios que prestaron los sufrimientos de Cristo en su estado de humillación. Venid a ver cómo nos amó, según se desprende por lo que hizo a nuestro favor y en nuestro lugar.
1. Se sometió a las demandas de la justicia de Dios (v. 10: «Jehová quiso (es decir, tuvo a bien) quebrantarlo, sometiéndole a padecimiento (lit. haciendo que enfermase)». Los hombres pensaban que Dios le había puesto así por algún grave pecado que Él mismo hubiese cometido (v. 4). Ahora bien, es cierto que Dios le había herido, pero no por ningún pecado suyo propio, sino por los nuestros.
2. Se sustituyó en lugar de los pecadores en sacrificio por los pecados de éstos (v. 10b): «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, etc.». Dice Moriarty: «La palabra asham, “expiación”, es el término técnico para expresar el sacrificio vicario, en el que la víctima sustituye al pecador (Lv. 5:1– 19; 7:1–38; 14:1–57)». Él mismo expresó esto (Mt. 20:28) cuando dijo que había venido a dar su vida en rescate por muchos. No fuimos nosotros los que le pusimos como sustituto nuestro. Dios fue quien así le puso (Hch. 2:23) y Él aceptó libremente (Jn. 10:18).
3. Él se sometió a lo que para nosotros es el salario del pecado (v. 12): «… derramó su vida hasta la muerte». Como la vida está en la sangre (Lv. 17:11), derramó toda su sangre como en sacrificio de libación; no tuvo en estima su vida, sino que la vertió como si fuese agua, ya que sabía que ése era el precio de nuestra redención (1 P. 1:18–20).
4. Sufrió así ser contado en el rango de los pecadores (v. 12c), al mismo tiempo que intercedía por los transgresores (v. 12, al final, comp. con Lc. 23:34). No sólo fue condenado como malhechor, sino también ajusticiado en medio de dos malhechores, como si fuese el peor de los tres. Durante su vida fue también contado con los transgresores, pues fue tenido por quebrantador del sábado, por comilón y borracho y por amigo de exactores del censo y de prostitutas. Aquella oración de Lucas 23:34: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», fue como el lenguaje de su sangre, que no clamaba venganza, sino misericordia (v. He. 12:24).
II. Las gracias y glorias de Cristo en su estado de exaltación. Se promete aquí:
1. Que el Redentor tendrá una descendencia que le sirva y lleve Su nombre (v. 10b): «… verá descendencia» (comp. con Sal. 22:30; He. 2:11 y ss.). Los verdaderos creyentes son como la descendencia de Cristo; por eso, se les llama «cristianos», seguidores de Cristo, así como la descendencia de la serpiente son los imitadores de Satanás (v. Gn. 3:15, comp. con Jn. 8:44).
2. Que, para ver esa descendencia, vivirá por largos días (v. 10b). Esto implica necesariamente Su resurrección. Porque Él vive, también nosotros viviremos, pues Él es nuestra vida.
3. Que continuará interesándose por los asuntos y el bienestar de su familia. Dice a la letra la segunda parte del v. 10: «Verá descendencia, prolongará (sus) días, y el beneplácito de Jehová prosperará en su mano». Cristo no encargará a ningún otro el cuidado de su familia. Los propósitos de Dios tendrán cumplimiento eficaz en las manos de Cristo; no fracasará en su mano nada de lo que Dios quiera (v. Jn. 17:12).
4. Él mismo quedará satisfecho con el fruto de la Cruz (v. 11): «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho». Quizás pueda entenderse que lo vio de antemano, con lo que habría tenido a la vista el fruto de su sacrificio, al mismo tiempo que tenía a la vista los padecimientos de ese sacrificio. En este sentido puede entenderse Lucas 22:43. En todo caso, lo había de ver en la conversión y salvación de tantos pobres pecadores, que habían de ser las piedras vivas de la Iglesia de Cristo.
5. La frase central del versículo 11 necesita explicación especial: «Con su conocimiento, mi siervo justo justificará a muchos» (lit.). La interpretación más obvia de esta frase es que Jesucristo había de poner a muchos en correcta relación con Dios mediante el conocimiento que Él mismo había de impartir de Dios. La revelación final de Dios, llevada a cabo por mediación de Jesucristo (Jn. 1:18; He. 1:2), comporta la salvación y la vida eterna (Jn. 17:3, 6–8, 14, 26), ya que la fe, mediante la cual obtenemos la gracia de la salvación (Ef. 2:8), no es sino la respuesta obediente al mensaje revelado. Por supuesto, el núcleo central del mensaje evangélico es la persona y la obra de Cristo (v. 1 Co. 15:1–4). De ahí que lo de
«su conocimiento» pueda interpretarse también como «el conocimiento que tenemos de Cristo» (v. Ro. 3:26), pues por fe es como le conocemos (v. 2 Co. 5:16; Gá. 2:20). Dice M. Henry: «Fe es el conocimiento de Cristo, y sin conocimiento no puede haber fe verdadera. Ese conocimiento de Cristo y esa fe en Él, por la que somos justificados, hacen referencia a Él, tanto como a Siervo de Dios, cuanto como a Fiador nuestro. Él mismo es justo y de su justicia todos hemos recibido. Tenemos que conocerle y creer en Él como en quien llevó nuestras iniquidades—nos salvó de hundirnos bajo el peso de ellas al tomarlas sobre sí mismo».
6. Muchas más cosas podrían decirse de este precioso, extraordinario, importantísimo capítulo 53 de Isaías. Permítaseme—nota del traductor—hacer notar dos posibles variantes: (A) En el versículo 11, es probable la versión «Verá luz» (en lugar de «Verá el fruto»), pues, según Moriarty, «la palabra luz se halla en los LXX y la confirman los dos rollos de Isaías de Qumrán». (B) El versículo 12 comienza en nuestras versiones del modo siguiente: «Por tanto, yo le daré parte entre los grandes». Pero, como hace notar Ryrie, el vocablo hebreo es el mismo del versículo 11, por lo que debería traducirse como lo hace Moriarty: «Por eso le daré a muchos como parte suya»; y comenta: «Cual general victorioso, Dios distribuye el botín entre sus soldados. Al Siervo le dará muchos, proporcionalmente a sus esfuerzos. Alusión, tal vez, a 40:9, 10».
Del cántico del Siervo Sufriente, pasamos ahora al cántico de la Sion triunfante, con lo que tenemos un empalme con 52:12. I. Regreso de los exiliados a la madre Sion (vv. 1–3). II. Al volver a Dios como una mujer repudiada a su marido, Israel olvidará la vergüenza del pasado en el amor y el gozo de la reunión (vv. 4–6). III. Mientras la ira de Dios es pasajera, Su amor es duradero (vv. 7–10). IV. El esplendor externo y la belleza de Sion en su condición restaurada (vv. 11–14). V. Ninguna acción violenta y ninguna habladuría maliciosa serán efectivas contra Israel, por cuanto su Protector es Dios (vv. 15–17). Nota del traductor: Los epígrafes de esta introducción están sacados de Slotki. M. Henry anda totalmente equivocado al aplicar este capítulo a la Iglesia en su sentido literal pleno. Todo el capítulo se refiere a Israel.
Versículos 1–5
1. Tenemos primero una profecía del regreso de los judíos del exilio de Babilonia, y se habla aquí del crecimiento de la población después que se hayan asentado de nuevo en el país. Jerusalén había estado en ruinas y deshabitada desde el año 587 a. de C. Por eso es comparada (v. 1) a una mujer estéril y a una viuda desolada, a la que ahora se le promete que tendrá hijos abundantes, es decir, que las ruinas de la ciudad serán reparadas y la nueva Sion, lo mismo que el resto del país, volverá a ser habitada.
2. En efecto, la población de la ciudad será tan numerosa, que su espacio habitable tendrá que ser ensanchado considerablemente (v. 2). Esto se expresa bajo la metáfora del nómada del desierto que, ante el considerable aumento de su familia, se ve obligado a extender las lonas de la tienda de campaña en que vive. Se extenderá por todos lados, dice Ryrie, «añadirá pieles, alargará las cuerdas y clavará estacas más fuertes». El versículo 3 habla de extenderse a derecha y a izquierda, pero, como observa Moriarty,
«derecha e izquierda son en hebreo sinónimos de sur y norte. Tal vez haya aquí una alusión a la promesa hecha a Jacob de que sus descendientes se extenderían por los cuatro puntos cardinales (Gn. 28:14)».
3. Con esto, se le quitará a Israel «el oprobio de su viudez» (v. 4), hasta el punto de que se le olvidará todo lo que ha padecido, ya que Jehová la colmará de bendiciones y consuelos (v. 5), por cuanto ha vuelto a Él que es su Marido: «Tu marido es tu Hacedor». Dice Slotki: «Israel no tiene necesidad de dudar del cumplimiento de la promesa hecha por Jehová de las huestes, el Dios de toda la tierra». También Jesucristo es el Marido y Hacedor de su Iglesia, por quien ella es sacada del cautiverio y de la esclavitud del pecado, que es la peor de las esclavitudes.
Versículos 6–10
El auxilio y el alivio que Dios envió a sus cautivos en Babilonia se predicen aquí como tipo de todos los consuelos y bendiciones que Dios había de dispensar a los suyos en el futuro reino mesiánico, aunque también pueden acomodarse a los creyentes de la dispensación actual.
1. Miremos primero a las pasadas aflicciones y a los favores que Dios dispensó a Su pueblo (vv. 6–8).
(A) Cuán triste había sido la situación de Israel: Como mujer abandonada, rechazada por el marido. Incluso los que están desposados con Dios pueden parecer, a veces, abandonados. El símil se explica en los versículos 7 y 8. Cuando Dios tiene por largo tiempo atribulado a Su pueblo, parece como si lo hubiese abandonado. Así ven el caso sus enemigos (Sal. 71:11). Fue en un arranque momentáneo de ira (vv. 7, 8) como abandonó Dios a Israel y escondió de él Su rostro (v. también 57:17). En comparación con lo que Israel se merecía, la ira de Jehová se desató sólo por un momento, pues es tardo en airarse, pero veloz en mostrar misericordia. (B) Cuán suave es el retorno de Dios a Su habitual misericordia, como se ve en la forma en que reúne de nuevo a Su pueblo y le llena de consuelos y bendiciones, no por mérito alguno de ellos, sino enteramente por Su gracia. Nótese el contraste (v. 7): «Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con gran compasión». Y mejor aún en el versículo 8: «En un arranque de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti». Su ira es por un momento; Su amor, por toda la eternidad.
2. Miremos luego hacia delante, a futuros peligros y, en desafío a ellos, los favores de Dios aparecen constantes, y Su benignidad se muestra perpetua, porque proviene de un pacto de paz.
(A) Este pacto es tan firme como el que juró a Noé cuando le prometió que no volvería a anegar el orbe con un diluvio de agua (v. 9, comp. con Gn. 8:21, 22; 9:11). Y Dios ha guardado este pacto, a pesar de que el mundo ha ido a más en sus provocaciones a Dios, pues le dice ahora a Israel (v. 9b): «Así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te amenazaré».
(B) Es también más firme que las partes más fuertes de la creación visible (v. 10): «Pues, aun cuando los montes se aparten y los collados sean sacudidos, no se apartará de ti—dice Jehová—mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene compasión de ti» (comp. con Hab. 3:6). La versión que damos es propuesta como alternativa a la literal por Slotki, pues da mejor el sentido. De cierto, montañas y collados han sido sacudidos a veces por terremotos, pero no hay terremoto que pueda sacudir las promesas de Dios a Su pueblo. Si los amigos de la tierra nos abandonan, el Amigo del cielo no abandona jamás a los que ama. Su pacto es innamovible e inviolable, porque no está fundado en ningún mérito de nuestra parte, sino en la misericordia de Dios que es desde siempre y para siempre.
Versículos 11–17
Dios promete ahora que, además de continuar amando y protegiendo a Su pueblo, le ha de levantar a una prosperidad tan grande cual jamás la ha disfrutado. En el capítulo anterior, teníamos la humillación y exaltación del Siervo-Mesías. Ahora tenemos la humillación y exaltación del Siervo-Pueblo. Si sufrimos con Él, también reinaremos con Él.
I. El lamentable estado en que se había visto el pueblo de Dios (v. 11): «Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo». Esta había sido la situación de Israel en el cautiverio babilónico: Empobrecida hasta el extremo de depender enteramente de sus opresores para subsistir, zarandeada por la aflicción, como un navío próximo a ser engullido por las olas del mar; afligida como mujer abandonada, viuda y sin hijos.
II. El glorioso estado que Dios le promete. Cuando el pueblo de Dios se vea afligido y zarandeado, que escuchen a Dios hablándoles con estas palabras de consuelo. «En toda angustia de ellos, Él también fue angustiado» (63:9). Les anima aquí con la seguridad de las grandes cosas que va a hacer por ellos.
1. Promesas de Dios que conciernen a la belleza y el honor que Israel va a obtener de su Marido y Hacedor.
(A) Esto se promete bajo un símil tomado de una ciudad reedificada con gran esplendor. Aunque Jerusalén yacía ahora en ruinas, hecha un montón de escombros, será embellecida y aparecerá más espléndida que nunca. Dice literalmente el versículo 11b: «Mira, voy a asentar tus piedras sobre antimonio, y tus cimientos sobre zafiros». Comenta Slotki: «bellos colores, lit. “antimonio”, usado por las mujeres orientales como polvo o ungüento para pintar los ribetes de sus párpados y aumentar así el brillo de sus ojos (cf. 2 R. 9:30). El ungüento y los ojos podrían representar, respectivamente, el costoso mortero y las piedras finamente labradas». El versículo 12 describe la belleza del resto del edificio mediante la comparación de las piedras más preciosas. Slotki hace notar que el vocablo hebreo con que se expresa lo de … tus almenas» (o baluartes) es shimshothayij, «lo que denota algo que centellea con los rayos del sol (shémesh)». Basta comparar estos dos versículos 11 y 12 con Apocalipsis 21:18–21 para apreciar la semejanza con la Jerusalén Celestial.
(B) Se promete también mediante la descripción de lo que constituye la belleza interior del pueblo de Dios: el conocimiento, la santidad y el amor, la verdadera imagen de Dios, a semejanza de la cual fue creado el ser humano. Éstas sí que son piedras preciosas con las que se comparan los mejores materiales de construcción empleados en la edificación de la Iglesia (v. 1 Co. 3:12), pues hay gloria y belleza interiores: (a) cuando estamos llenos del conocimiento de Dios (v. 13): «Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová» (comp. con 50:4). Por cierto, cuando el Señor Jesús citó de aquí en Juan 6:45, dijo escuetamente: «Y serán todos enseñados por Dios»; (b) cuando vivimos en paz y unidad (v. 13b): «Y se multiplicará la paz de tus hijos». El vocablo que las versiones traducen aquí por «hijos» tiene aquí distinta puntuación que en la primera parte del versículo, por lo que, como advierte Slotki, no debe leerse aquí banáyij, tus hijos, sino bonáyij, tus edificadores; (c) cuando reina la santidad, pues ésta es la mayor belleza del pueblo de Dios (v. 14a): «En justicia serás consolidada». La reforma de costumbres, la restauración de la pureza, la debida administración de la justicia, el predominio de la honestidad y de la lealtad en el trato mutuo, son la fuerza y la estabilidad de los estados lo mismo que de las iglesias.
2. Aunque ahora estaba en constante peligro, Dios le promete protección y seguridad.
(A) No habrá temores dentro (v. 14): «Estarás lejos de la opresión, no sólo del mal, sino del temor del mal. Tampoco habrá luchas fuera. Aunque conspiren contra ellos, no tendrán éxito (v. 15): «Si alguno conspira contra ti, lo hará sin mí; es decir (lo más probable), lo hará sin mi consentimiento y, además, fracasará; el que contra ti conspire, delante de ti caerá». Mientras haya un diablo que incite, y un perseguidor que odie a Dios y a Su pueblo, han de esperarse alarmas frecuentes, pero tales intentos están abocados al fracaso. Podemos depender de nuestro Dios con la mayor seguridad.
(B) El herrero que hace armas de guerra es criatura de Dios. Dios mismo le ha dado el arte que posee para trabajar en hierro y bronce (v. Éx. 31:3, 4) y fabricar las armas que maneja el destructor (v. 16). La era del hierro es la era de la guerra. Pero Dios ha creado al herrero y, por consiguiente, puede atarle las manos a fin de que no prospere el proyecto del enemigo.
(C) Habrá fuerzas armadas (v. 17), pero no podrán hacer nada contra Israel; no prosperarán, porque Jehová protegerá a Su pueblo. Cuando no prosperan las armas de guerra, hay lenguas que se levantan en juicio y son peores todavía que las armas, pues bien dice el refrán que «más mató la lengua que la espada». Las malas lenguas presentan alegaciones falsas y acusan al pueblo de Dios como a malhechores públicos y enemigos del gobierno de la nación. Esto es lo que hicieron los enemigos de los judíos, a fin de incitar a los reyes de Persia contra ellos (Esd. 4:12; Est. 3:8). Pero estas lenguas malvadas serán silenciadas si hacemos el bien (v. 1 P. 2:15).
(D) «Esta es la herencia de los siervos de Jehová» (v. 17b), pues los siervos de Jehová son hijos Suyos. Dios da por heredad el cumplimiento de Sus promesas a los que tienen por heredad el cumplimiento de Sus preceptos (Sal. 119:111). Todo esto tendrá pleno cumplimiento en el Milenio.
En este capítulo tenemos la oferta de salvación que Dios hace a todos los que estén dispuestos a escucharle. I. Invitación a todos a que vengan a tomar los beneficios del Evangelio (vv. 1–5). II. Exhortación al arrepentimiento y a la reforma de vida (vv. 6–9). III. Eficacia de la Palabra de Dios (vv. 10, 11). IV. Alegre retorno final de los judíos a su tierra, que florecerá con las bendiciones del reino milenario (vv. 12, 13).
Versículos 1–5
I. Aunque todo este capítulo se dirige, en su sentido literal histórico, a Israel, bien puede servir de hermoso mensaje evangelístico para todos. Al seguir, pues, esta aplicación universal, podemos ver:
1. Quiénes son invitados (v. 1): «Todos los sedientos». En ese todos podemos incluir, no sólo a los judíos, sino también a los gentiles, a los pobres, los cojos, los mancos, los ciegos, etc., que van por las encrucijadas de los caminos de la vida. Los ministros de Dios han de presentar a todos la oferta general de salvación. El Evangelio no excluye sino a los que se excluyen a sí mismos.
2. Cuál es la cualificación que se requiere: Estar sedientos. Quienes están satisfechos con el mundo, sus placeres y sus comodidades, no están sedientos, porque no reconocen su necesidad. Tampoco los que dependen de sus propios méritos y esfuerzos. Para ser salvo es menester sentirse perdido. Pero todos los que están sedientos, insatisfechos, son invitados a venir a las aguas (comp. con Jn. 4:14; 7:37; Ap. 21:6b; 22:17b). Cuando Dios da Su gracia, da primero sed de ella; y, una vez que ha dado esta sed, da también la gracia (Sal. 81:10).
3. Adónde se les invita: A las aguas, lo que equivale a invitarlos a Cristo, pues las fuentes de la salvación fueron abiertas en el Calvario. Allí fue herida la Roca de la que brotaron dichas aguas.
4. Qué se les manda hacer: (A) «Venid y comprad. No estéis perplejos ante los términos de la transacción, pues es altamente beneficiosa». (B) «Venid y comed; no sólo veréis satisfecha vuestra sed, sino que también saciaréis vuestro apetito».
5. Cuál es la provisión que se les ofrece: «Vino y leche», que no sólo apagan la sed (también el agua podría hacerlo), sino también nutren el cuerpo y reavivan los ánimos. Cristo supera todas nuestras expectaciones. Se nos invita a venir a las aguas, y luego se nos ofrece vino y leche, que abundaban principalmente en la tribu de Judá. El agua es, en la Biblia, símbolo de la Palabra de Dios; en el Antiguo Testamento, esa palabra está especialmente en la Torah, en la Ley como instrucción; en el Nuevo Testamento, está principalmente en el mensaje del Evangelio y en la gracia que dicho mensaje comporta. Dice Slotki que el vocablo hebreo para «comprar» significa, de ordinario, «comprar grano» (v. Gn. 42:2).
6. A qué precio se ofrece esa provisión: ¡Gratis! «sin dinero y sin precio». El comprar sin dinero insinúa: (A) Que los dones ofrecidos no tienen precio, pues su valor excede a todo precio. (B) Que quien los ofrece no tiene necesidad de nosotros ni de ninguna cosa que podamos darle a cambio. (C) Que las cosas ofrecidas han sido ya compradas y pagadas, no con dinero, sino con la sangre preciosa de Cristo (1 P. 1:19). (D) Que seremos bienvenidos a los beneficios de la promesa y debemos reconocer que, si Cristo en los cielos es nuestro, eternamente le seremos deudores por su gracia libremente otorgada.
II. Se nos urge insistentemente a aceptar esta invitación.
1. Se nos exhorta a escuchar atentamente lo que Dios nos propone (v. 2): «Oídme atentamente …». Y de nuevo (v. 3): «Inclinad vuestro oído … oíd». Como si dijese: «Os conviene escuchar con diligencia, a fin de que podáis nutriros abundantemente y vivir eternamente».
2. Los argumentos usados para persuadirnos.
(A) El daño indecible que nos hacemos a nosotros mismos si rechazamos esta invitación (v. 2): «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, cuando podríais tener conmigo vino y leche sin dinero? ¿Por qué gastáis vuestro jornal, el esfuerzo de vuestras labores y el salario de esas labores, en lo que no sacia, puesto que no es nutritivo?» Las cosas de este mundo no son pan, no son alimento apropiado para el alma. Los mundanos gastan su dinero y su esfuerzo en estas cosas inciertas y que no sacian, no satisfacen.
(B) El bien inefable que nos hacemos a nosotros mismos si aceptamos esta invitación (v. 2b): «Oídme atentamente, y comed de lo bueno, de lo que es espiritualmente sano y agradable al paladar del alma piadosa». La palabra y las promesas de Dios, una buena conciencia y los consuelos del Espíritu Santo son una continua fiesta para los que escuchan con atención y obediencia al Señor Jesucristo. Con esto nos aseguramos felicidad duradera (v. 3): «Oíd y vivirá vuestra alma». Además, serán nuestras las promesas misericordiosas y firmes que Dios hizo a David con pacto eterno. Respecto de lo cual, bueno será tener en cuenta lo siguiente:
(a) El pacto de 2 Samuel 23:5, que se especifica detalladamente en 2 Samuel 7:8–16, concernía a la dinastía de David (comp. con Sal. 89:26, 27, 30–33), pero aquí se conecta (vv. 3b–5) con la misión universal, evangelística, de Israel, y no se dice ni una palabra del pacto del Sinaí.
(b) La dinastía de David adquiere su «perpetuidad» en el Mesías (v. Lc. 1:32, 33). Esto se confirma por Hebreos 1:5, donde el autor de Hebreos aplica a Jesucristo lo que, en 2 Samuel 7:14, Jehová refiere a Salomón (comp. con 2 Cr. 6:42). Si a esta transferencia unimos otra (Mt. 2:15, al final, comp. con Os. 11:1), veremos que Jesucristo, el Siervo-Mesías, se hace Mediador y Fiador del «pacto eterno» (v. He. 8:6–13) y toma aquí la representación de Israel, el Siervo-Pueblo. Por eso, vemos en Juan 1:14, 17, que Jesús nos trajo la gracia y la verdad, binomio que corresponde al del Antiguo Testamento misericordia y fidelidad, y que aparecen en el hebreo al final del versículo 3 de esta porción. Véase también 2 Corintios 1:20.
III. En efecto, Jesucristo es presentado, bajo el tipo de David (v. 4), como el que hará buenas todas las promesas que vemos en los versículos 1–3, y a las que se nos invita que aceptemos. Jesús es el David de las promesas misericordiosas y firmes del pacto eterno de Dios. No hay nada en nosotros que merezca tales favores, pero Cristo es el don inefable de Dios (2 Co. 9:15). Nosotros no sabemos hallar el camino a las aguas de que aquí (v. 1) se habla, pero Cristo es un guía (v. 4b), o príncipe (v. 2 S. 7:8, donde se aplica a David el término naguid que vemos aquí) que conduce a esas aguas. Nosotros no sabemos qué hacer, pero Cristo es también el general que nos muestra lo que hay que hacer y nos capacita también para ello. Cristo es un jefe con sus preceptos y un guía con su ejemplo; nuestro deber es obedecerle y seguirle.
IV. Una vez que se ha establecido el Amo y Director de la fiesta, y se ha puesto la mesa, sólo queda que entren los invitados, quienes son aquí (v. 5) los gentiles: «Mira, llamarás a una nación que no conociste, y una nación que no te conocía correrá a ti, a causa de Jehová tu Dios y del Santo de Israel, porque te ha glorificado» (lit.). Como advierte Slotki, el singular «nación» equivale a «muchas naciones». El verbo «conocer», en ambos casos, indica que, entre Israel y las naciones de la gentilidad, no había comunión ni aun comunicación normal, ya que el pueblo escogido debía mantenerse alejado de la influencia nefasta de las naciones gentiles, idólatras y corrompidas. Pero aquí Israel va a llamar (es decir, a tener una influencia espiritual decisiva sobre) a las naciones de la gentilidad. Israel dictará a las naciones su enseñanza y su ley, lo cual apunta claramente al reino mesiánico futuro, aunque ya fue desde Israel desde donde la Iglesia recibió el Evangelio, esto es, el testimonio apostólico sobre Cristo.
Versículos 6–13
Vemos ahora que las bendiciones prometidas en el pacto eterno de gracia ponen a prueba a los que tienen sed de las aguas vivas, y señala las condiciones indispensables, antes de anunciar las bendiciones que se han de dispensar.
I. La oferta gratuita de perdón, paz y felicidad, hecha a los pobres pecadores, se ajusta a los términos señalados en el Evangelio (vv. 6, 7).
1. Han de ejercitar la fe, y buscar suplicantes al que puede oírles y salvarles (v. 6): «Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano». La importancia de esta exhortación se echa de ver, no sólo porque en ella entra en juego nuestra eterna salvación o condenación, sino también por las abundantes referencias que a ella se hace en otros lugares (v. 45:19, 22; 49:8; 58:9; 65:24; Sal. 32:6; Am. 5:6, además de otras similares como Mt. 5:25; Lc. 13:25; Jn. 7:34; 2 Co. 6:2; He. 3:13). Dios está siempre cercano, atento a cualquier llamada de fe y oración. El que le invoca, halla salvación. Ahora es el tiempo aceptable; busquémosle, pues Su paciencia nos espera, Su Palabra nos invita, y Su Espíritu contiende con nosotros.
2. Han de arrepentirse, cambiar de mentalidad y de conducta, para que sus pecados les sean perdonados (v. 7). Hay aquí una llamada a los inconversos, al impío y al inicuo, al que no tiene temor de Dios y al que no respeta al prójimo; a ellos va este mensaje de salvación, con la seguridad de que los pecadores arrepentidos hallarán a un Dios perdonador. El arrepentimiento incluye dos aspectos complementarios: (A) Arrepentirse es dejar el pecado. Es menester que haya un cambio de mentalidad; el inicuo ha de abandonar sus pensamientos. El arrepentimiento verdadero ataca a la raíz, y limpia de maldad el corazón. Debemos cambiar el juicio que abrigamos sobre personas y cosas, desalojar las imaginaciones corruptas y los falsos pretextos bajo los que se cobija a sí mismo el corazón no santificado.
(B) Arrepentirse es volverse al Señor, contra el que nos hemos rebelado; volver a Dios, que es la fuente de la vida. Si así lo hacemos, Dios tendrá compasión de nosotros, pues es amplio en perdonar. También puede traducirse: «Porque multiplicará el perdón», así como nosotros hemos multiplicado el pecado.
II. Se nos anima a aceptar esta oferta y a jugarnos el alma en ella.
1. Si miramos al cielo, hallamos allí los pensamientos y los caminos de Dios (Sus propósitos y Sus actuaciones) a distancia infinita sobre los nuestros (vv. 8, 9). Al inicuo se le urge a dejar sus malvados pensamientos y caminos (v. 7) y a poner sus pensamientos y sus caminos en línea con los de Dios, pues Dios dice: «Mis pensamientos y mis caminos no son como los vuestros». Los vuestros están dirigidos a las cosas de abajo; los míos están muy por encima, tanto como el cielo está sobre la tierra; y si os tenéis por verdaderos penitentes, los vuestros deben estar también puestos en las cosas de arriba (Col. 3:2). Los pecadores pueden estar inclinados a temer que Dios no esté reconciliado con ellos, por haberle ofendido tanto y tan frecuentemente. Pero Dios les dice: «Mis pensamientos en este punto no son como los vuestros, sino tan por encima de ellos como los cielos están sobre la tierra». Pensamos que Dios está más presto a tomar ofensa que a otorgar perdón—que, si ha perdonado una o dos veces, ya no nos va a perdonar más—. Pedro pensó que ya era mucho perdonar siete veces (Mt. 18:21), pero Dios siempre sale misericordioso y perdonador al encuentro de los pecadores que vuelven arrepentidos. Nosotros perdonamos, pero no podemos olvidar; en cambio, cuando Dios perdona el pecado, también lo olvida.
2. Si miramos abajo, a la tierra, hallamos allí la Palabra de Dios poderosa y eficaz (vv. 10, 11). Dios dice a la nieve: Desciende a la tierra; y a los aguaceros: Lloved fuerte (Job 37:6). La lluvia y la nieve (v. 10) no vuelven al cielo, sino que riegan la tierra, a fin de que de fruto: no sólo pan al que come, sustento continuo para el dueño y su familia, sino también semilla al que siembra, para que pueda haber alimento suficiente al año siguiente. El labrador tiene que ser buen sembrador así como es buen comedor, de lo contrario, pronto verá el fin de cuanto tiene y se verá a sí mismo llegado al fin de lo que es. Así ocurre (v. 11) con la palabra de Dios: no vuelve al cielo de vacío, sino que cumple el propósito para el que Dios se ha complacido en enviarla. Y así como la nieve y la lluvia riegan la tierra para que de fruto material, así también la Palabra de Dios riega el alma para que produzca fruto espiritual. Comenta atinadamente Trenchard: «En primer lugar, aquí la palabra equivale al decreto divino en cuanto a la bendición de Israel, pero todos los términos pueden aplicarse igualmente al mensaje del Evangelio, que resulta en la gloria y la bendición de la Iglesia». La venida de Cristo, el Verbo de Dios, a la tierra, como el rocío del cielo (Os. 14:5), no será en vano.
3. Los versículos 12 y 13 contemplan «el pacífico y gozoso regreso del exilio, lo cual es el propósito de la palabra de Dios, mencionada en el versículo precedente» (Slotki). «Saldréis con alegría—dice Jehová a los exiliados de vuestro cautiverio en Babilonia, y con paz seréis conducidos de nuevo a vuestro país» (v. 12a). Dice Moriarty: «En el segundo éxodo, hasta la naturaleza se asociará a la alegría que todos sentirán», pues vemos aquí (v. 12b) a los montes y collados prorrumpiendo en cánticos de júbilo delante de los que regresan, y a todos los árboles del campo dando palmadas de aplauso. La tierra volverá, en cierto modo (v. 13), a la condición que tenía antes de que Dios la maldijera como efecto del pecado de nuestros primeros padres (comp. con Gn. 3:17, 18). Dice Trenchard: «Los hermosos versículos 12 y 13 tienen su sentido literal en relación con las bendiciones del Milenio, pero la obra de Dios siempre tiende a convertir el árido desierto en florido vergel, sea en el sentido material o espiritual». En este sentido espiritual M. Henry hace las siguientes aplicaciones: «Sin duda, se refiere (lo de “con alegría saldréis, y con paz seréis conducidos”) a algo más (que lo del éxodo de los judíos de la cautividad—los paréntesis son del traductor—). Esto será por señal eterna, es decir: (A) El rescate de los judíos al salir de Babilonia será una ratificación de las promesas que se refieren a los tiempos del Evangelio. (B) Será una representación de las bendiciones prometidas y una figura de ellas. La gracia del Evangelio pondrá en libertad a los que estaban bajo la esclavitud del pecado y de Satanás … Producirá un gran cambio en el carácter de los hombres. Los que eran como zarzas y ortigas, que no sirven sino para el fuego, se tornarán útiles y de gracioso talante como el ciprés y el mirto. El surgir de agradables árboles en lugar de eso otro, significa la retirada de la maldición de la ley, y la introducción de las bendiciones del Evangelio. El pacto de gracia es un pacto eterno; porque sus presentes bendiciones son signos de las eternas». Como puede verse, el aspecto milenario de estos versículos le pasó desapercibido a M. Henry.
En este capítulo tenemos: I. La recompensa prometida a los que guardan el pacto de Dios, cualesquiera sean la raza, el lugar o la condición social de que procedan (vv. 1–8). II. Una grave acusación contra los atalayas de Israel, que no se preocupaban del desempeño de sus obligaciones (vv. 9– 12).
Versículos 1–2
Cuando Dios se acerca a nosotros por el camino de la misericordia, debemos salirle al encuentro por el camino del deber.
1. Nos declara Dios aquí (v. 1) sus intenciones misericordiosas hacia nosotros: «Mi salvación está a punto de llegar»—la gran salvación llevada a cabo por Jesucristo y tipificada aquí en la salvación de los judíos, ya sea de las manos de Senaquerib o de las manos de los caldeos—. En sentido literal histórico, ésta no es la salvación que se obtiene al recibir la gracia de la justificación mediante la fe, sino la que se promete a los que practican la justicia.
2. Es tenido por feliz (v. 2) el hombre (todo hombre, no sólo el judío) que obra así; especialmente, el que guarda el sábado y no lo profana. Dice Ryrie que aquí (vv. 1, 2) se contiene «una admonición a Israel para que mantenga un buen testimonio, tanto a su regreso del exilio de Babilonia como en la era del reino». Moriarty, por su parte, comenta así: «La observancia del sábado, única institución israelita mencionada en el decálogo, fue de gran importancia para la comunidad post-exílica. Como escribe Msgr. Kissane: “(durante el destierro) fue ésta la única prescripción de la ley mosaica por medio de la cual podían los judíos prestar homenaje al verdadero Dios. De ahí es que la observancia del sábado llegó a ser la marca del verdadero israelita”».
3. También es tenido por feliz (v. 2, al final) «el que guarda su mano de hacer nada malo», esto es, que desagrade a Dios, haga daño al prójimo y perjudique al propio sujeto. La mejor evidencia de haber guardado bien el sábado cristiano es guardar una buena conciencia durante toda la semana. Quedará manifiesto que hemos estado con Dios en el monte si nuestro rostro brilla en una santa conducta ante los hombres.
Versículos 3–8
El profeta está aquí, en nombre de Dios, animando a los que se adherían a Jehová pero estaban bajo grandes desalientos. 1. Algunos se desanimaban porque no eran de la descendencia de Abraham (v. 3):
«Y el extranjero que se ha unido (mejor que “sigue”) a Jehová no hable diciendo: Me separará ciertamente Jehová de su pueblo». Al ser gentiles, ajenos a los pactos de la promesa, temían que Dios no les admitiría a las bendiciones del reino. 2. Otros estaban desanimados porque no podían ser padres en Israel. El eunuco decía (v. 3b): «He aquí, yo soy un árbol seco». Pensaba que no era de ningún provecho porque no podía tener hijos. A esto se añadía la prohibición que pesaba sobre ellos: no podían ser admitidos al sacerdocio (Lv. 21:20) ni en la congregación misma de Israel (Dt. 23:1). Pero Dios no los iba a excluir del reino mesiánico futuro, ni siquiera de la Iglesia, donde serían sacerdotes espirituales. En esta porción se da ánimo:
1. A los que no tienen hijos propios, aunque tenían el honor de ser hijos del pacto, y habían de ser admitidos en la Iglesia y en el Reino.
(A) Nótese la buena condición bajo la cual se les describe (v. 4): Guardan los sábados de Jehová, como se les había mandado que los observasen, escogen lo que Jehová quiere, que es siempre lo mejor, y se mantienen firmes en el pacto de Jehová, al ofrecerse libre y sinceramente a tener a Jehová por su Dios. El verbo hebreo indica asirse fuertemente del pacto, como se asiría un criminal de los cuernos del altar al huir allá para buscar refugio. En el pacto nuevo hallamos nosotros refugio para escapar de una segura condenación.
(B) Si cumplen con estas condiciones, aunque no formen una familia, les dice Dios (v. 5): «Yo les daré lugar en mi casa, y dentro de mis muros un monumento (el mismo vocablo de 2 S. 18:18), es decir, memorial y un nombre mejor que el de hijos e hijas». Pertenecer a la familia de Dios en los cielos supera con mucho al honor de tener una familia numerosa aquí en la tierra. Un lugar y un nombre dan reposo, fama y prestigio. Aunque no tengan hijos que les alegren la casa, Dios mismo les será por lugar y por nombre: «Nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá».
2. A los que son hijos de extranjeros:
(A) Se les promete (vv. 6, 7), bajo las mismas condiciones que a los eunucos (v. 6), que los admitirá Dios en Su santo monte (v. 7), es decir, en el Templo, donde serán aceptos a Dios sus sacrificios lo mismo que sus oraciones. Que traigan los israelitas, al volver del exilio, cuantos puedan de sus vecinos gentiles, y Dios hallará para ellos suficiente lugar en su casa. Las condiciones para su admisión son: (a) Que abandonen sus falsos dioses; (b) que se unan a Jehová como a su único Dios y Dueño Soberano; (c) que amen el nombre de Jehová, a fin de adherirse a Él, honrarle y servirle como es debido.
(B) Se promete también que multitudes de gentiles serán admitidas también en el pacto (v. 8), como serán admitidas en el templo (v. 7b): «Porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos», frase que el Señor Jesús citó en Mateo 21:13; Marcos 11:17; Lucas 19:46. Este universalismo puede verse también en 60:1–14 y 66:18, 19. Nótese: (a) Que no la llama casa de sacrificio, sino casa de oración. (b) Que será casa de oración, no sólo para los judíos, sino también para todos los pueblos (comp. con Hch. 10:35). Se había declarado una y otra vez que al extranjero que se acercase se le había de dar muerte, pero ahora (en la Iglesia como en el Reino) los gentiles ya no serían extranjeros ni advenedizos (Ef. 2:19). La fraseología misma del v. 8b se parece mucho a la del Señor Jesús en Juan 10:16: «También tengo otras ovejas que no son de este redil, etc.».
Versículos 9–12
De las palabras de consuelo pasa el profeta ahora a las palabras de reprensión, que se prolongarán en los tres capítulos siguientes. Había asegurado al pueblo que, a su debido tiempo, Dios los libraría de la cautividad. Ahora les muestra cuáles son sus pecados y sus provocaciones; especialmente, de los líderes del pueblo.
1. Comienza el profeta esta nueva sección (v. 9) invitando, con amarga ironía, a todas las bestias del campo, y a todas las fieras del bosque, que vengan a devorar «a las ovejas indefensas, pues sus pastores las habían dejado sin protección» (Slotki). Algo parecido hallamos en Jeremías 12:9b y Ezequiel 34:8.
2. La razón de los juicios que se pronuncian contra los líderes del pueblo. Estos pastores, que deberían ser los centinelas del rebaño, no se preocupaban de las ovejas: estaban ciegos, pues no veían la diferencia entre lo que era bueno y lo que era malo para el rebaño y, en su ignorancia, no hablaban lo recto para reprender a los que obraban mal, lo cual se expresa bajo la metáfora de «perros mudos, que no pueden ladrar». Esto va dirigido a todas las clases dirigentes: profetas, sacerdotes y magistrados de la nación. También tiene aplicación a todos los ministros de Dios, predicadores de la Palabra (v. 2 Ti. 3:16, 17). Del vocablo hozim, delirando, dice Slotki: «Sólo se encuentra aquí y tiene un paralelo en árabe al describir la forma en que habla un enfermo que delira. Puede notarse que el vocablo es casi idéntico con jozim (videntes); quizás hay aquí un intencionado juego de palabras».
3. Continúa (vv. 10b–12) la descripción del malvado carácter de estos líderes: (A) Eran holgazanes:
«amigos de dormir». (B) Codiciosos, lo que se compara al hambre canina: «Y esos perros comilones son insaciables». Todo su interés estaba centrado en lo que podían obtener, no en lo que debían hacer: «Cada uno busca su propio provecho, cada uno por su lado». Aunque sus opiniones y sus métodos eran diferentes, en una cosa estaban de acuerdo: en obtener más y más. (C) Nunca estaban mejor en su elemento que cuando se emborrachaban (v. 12) de vino y de licor fuerte. Con este mal ejemplo, invitaban al pueblo a embriagarse también como ellos, pues ¿cómo podía pensar el pueblo que obraba mal, cuando los líderes les marcaban la pauta de esta manera? (D) Estaban confiados en que podían continuar por mucho tiempo con este tren de vida (v. 12b): «Y será el día de mañana como éste, o mucho más excelente».
El profeta hace sus observaciones: I. Con base en la muerte de las personas piadosas (vv. 1, 2). II. Con base en la grosera idolatría y en la fornicación espiritual de que eran culpables los judíos, por lo que atraían sobre sí los juicios de Dios (vv. 3–12). III. Con base en la constante misericordia de Dios hacia Su pueblo para poner fin al cautiverio que sufrían y restablecer su antigua prosperidad (vv. 13–21).
Versículos 1–2
El profeta había condenado a los atalayas de Israel por su ignorancia y corrupción; aquí muestra la general estupidez e insensibilidad del pueblo. Vemos aquí:
1. La providencia de Dios al reiterar de este mundo a los piadosos (v. 1): «Perece el justo» «bajo el desgobierno y la apatía de los líderes de la nación» (Slotki). La piedad no exime de la muerte. La rectitud nos libra del aguijón de la muerte, pero no del golpe de su guadaña. Los que menos se pueden escatimar son, con frecuencia, los que más pronto desaparecen. Vemos árboles sanos y fructíferos cortados por la muerte, mientras otros secos y estériles inutilizan la tierra (Lc. 13:7).
2. El desinterés del mundo al menospreciar tales providencias: «… y no hay quien piense en ello … y no hay quien considere (mejor que “entienda”) …». Hay muy pocos que lamenten la pérdida de un justo como un mal público, y menos todavía los que lo tomen como una advertencia para todos. Los niños, cuanto más pequeños son, menos lamentan la muerte de sus padres, porque no se dan cuenta de la pérdida que para ellos significa tal muerte.
3. La felicidad de los piadosos que así son sacados de este mundo malvado (vv. 1b, 2): «… de delante de la aflicción es recogido el justo. Entra en la paz; descansan en sus lechos todos los que andan rectamente». Al llegar el diluvio, son recogidos en el Arca; y cuando la ira de Dios se cierne sobre el mundo, son retirados de él los que cubrían la brecha para apartar los juicios de Dios. Señal es de que Dios intenta la guerra cuando llama a casa a Sus embajadores. Nótese que el justo, al morir, entra en la paz (v. Job 3:13) y descansa en su lecho como quien duerme.
Versículos 3–12
Aquí se presenta una justa acusación contra la malvada generación de la que los justos son removidos, porque el mundo no era digno de ellos (He. 11:38).
I. Los epítetos con que se les designa (v. 3): «Hijos de la hechicera (o de la bruja), linaje del adúltero y de la fornicaria». El pecado es como brujería y adulterio, pues es apartarse de Dios y seguir al diablo.
«Llegaos acá, dice el profeta al comienzo del versículo 3, y os leeré la sentencia (v. 4b): ¿No sois vosotros hijos de transgresión y simiente de falsedad?» (lit.).
II. Los pecados concretos de que se les acusa.
1. Burlarse de Dios y de Su Palabra. Eran una generación de burlones (v. 4): «¿De quién os estáis burlando? Pensáis que es solamente de los pobres profetas, a los cuales despreciáis y maltratáis, pero en realidad es de Dios mismo, cuyo mensaje profieren ellos». Torcer el rostro, abrir la boca y sacar la lengua (v. 4), como hacían estos burlones, eran ya gestos de insulto y desprecio, como lo son ahora.
2. Idolatría. Éste era el pecado del que los judíos eran más notoriamente culpables antes de la deportación a Babilonia; pero aquel exilio los curó de él. Abundaba tal pecado en tiempos de Isaías, como lo testifican las abominables idolatrías de Acaz (al que algunos piensan que el profeta se refiere aquí en particular) y de Manasés.
(A) Tan enamorados estaban de sus ídolos que «ardían de lujuria (v. 5) entre los terebintos (lit.), bajo cualquier árbol frondoso», al aire libre y en la sombra (v. Os. 4:13 y ss.). «La inmoralidad sexual formaba parte de los ritos idolátricos» (Slotki).
(B) Eran bárbaros y crueles hasta ser desnaturalizados en el culto que tributaban a sus ídolos, pues (v. 5b) sacrificaban a sus hijos en los valles, debajo de las hendiduras de las rocas (lit.), lugares oscuros y apartados, los más adecuados para tales obras de las tinieblas.
(C) Eran insaciables en sus idolatrías:
(a) Tenían dioses en los valles, cerca de las aguas (v. 6): «En las piedras lisas del valle está tu porción; ellas, ellas son tu suerte». Dice Slotki: «Las piedras sin valor alguno son contrastadas con la grandeza de Dios, quien era la suerte del Israel leal (cf. Sal. 16:5; 119:57; 142:6)». Si veían una piedra finamente alisada, le rendían culto en seguida (v. 6b): «… y a ellas derramaste libación y ofreciste oblación (lit.), como si esas deidades falsas te hubiesen dado la comida y la bebida».
(b) También tenían dioses en los montes y collados (v. 7): «Sobre monte alto y empinado pusiste tu cama, esto es, un altar que fuese el lecho de tus impurezas; allí también subiste a ofrecer sacrificio». Como dice Slotki, «la imagen del lecho está insinuada por la estrecha relación entre idolatría e inmoralidad».
(c) Como si todo esto no fuese bastante, tenían también dioses familiares, los lares y penates de los romanos (v. 8). El propio rabino Slotki declara que esta porción (vv. 8 y ss.) es difícil: «Hallamos aquí no sólo dificultades de sintaxis, sino también alusiones oscuras». La versión (y paráfrasis) más probable del
v. 8 es la siguiente: «Y detrás de la puerta y de las jambas pusiste tu emblema (figura erótica de una deidad pagana—v. Ez. 16:17—), porque apartándote de mí te descubriste y subiste (a los lugares altos mencionados en el versículo 7) y ensanchaste tu cama, y te hiciste pacto con ellos (para cohabitar con ellos—lo más probable, a la vista de la frase que sigue—) y amaste la cama con ellos cuando veías su mano (es decir, el gesto de su mano)». Slotki entiende aquí «la señal de invitar con el dedo». Otras versiones entienden (y a mi juicio—nota del traductor—es más probable) que se trata del órgano genital masculino. En todo esto se ve—de ahí la oscuridad de las expresiones—la suma delicadeza con que la Palabra de Dios trata este tema tan escabroso. No hay duda de que estamos ante la prostitución sagrada masculina, corriente entre los idólatras de Canaán.
3. Otro pecado del que se les acusa es confiar en la ayuda de extraños y entablar amistad con los poderes paganos y con sus deidades (v. 9): «Y fuiste al rey con ungüento», donde el vocablo mélek, rey, es una referencia a Mólek o Mólok, deidad pagana, cuyo culto «se caracterizaba por ritos orgiásticos que culminaban en el sacrificio de un niño» (Moriarty). Allá iban con ungüentos y perfumes, ya fuese para embellecer su propio rostro y aparecer así más dignos de la amistad de Mólek o, más probable, como presentes que ofrecían a la deidad. Y a donde no podían llegar ellos, despachaban sus embajadores en busca de deidades extrañas, y les hacían consultar incluso a los dioses del abismo (hebr. sheol), y ejercitar la nigromancia (v. 8:19).
III. Circunstancias agravantes de estos pecados.
1. Habían quedado decepcionados de estos procedimientos en otras ocasiones y, no obstante, continuaban sin convencerse de la necedad e inutilidad de tales métodos (v. 10): «Te cansaste de tanto caminar, pero no dijiste: Me rindo, etc.». Quienes olvidan la única senda recta y segura, se pierden por mil atajos que ellos mismos habían descubierto.
2. Aunque estaban convencidos de que el camino que seguían era un camino de pecado, no podían ser persuadidos a arrepentirse de él, por cuanto habían hallado en él cierto placer y hasta prosperidad material (v. 10b): «Hallaste nuevo vigor en tu mano (es decir, a tu disposición); por tanto, no te desalentaste». Éstos eran también los sentimientos de Efraín cuando decía: «Ciertamente me he enriquecido; he hallado riquezas para mí» (Os. 12:8). La prosperidad en medio del pecado es un gran obstáculo para convertirse del pecado.
3. A causa de sus pecados, se habían portado muy indignamente con su Dios, pues daban a entender que la razón por la que le habían dejado era por ser demasiado terrible para ellos; era mejor—pensaban— tener otros dioses más accesibles y familiares. «Pero—dice Jehová (v. 11), ¿de quién te asustaste y temiste, para ser desleal?, etc.». El sentido de estas frases es más bien—nota del traductor—que «tenían miedo de los ídolos que derriba el viento (v. 13), y no lo tenían de Dios, cuya Ley despreciaban» (Moriarty).
4. El silencio paciente de Dios les había incitado a rebelarse más y más contra Él (v. 11b): «¿No es porque he guardado silencio desde tiempos antiguos, por lo que nunca me has temido?» Se habían endurecido en el pecado por la paciencia con que Dios los había aguantado.
IV. Viene, pues, la resolución de Dios de llamarlos a cuentas (v. 12): «Voy a declarar tu justicia (irónicamente, pues era una pretensión de justicia) y tus obras, que no te aprovecharán». Como si dijese:
«Lo mismo de que te jactas se tornará para ti en confusión, pues de nada te va a servir lo que haces».
Versículos 13–16
I. Dios muestra ahora cuán insuficientes eran los ídolos y, en general, toda criatura, para venir en auxilio de los que les rendían culto (v. 13): «Cuando clames en medio de la aflicción y pidas socorro, que te libren todos tus ídolos, toda esa colección de deidades que has acumulado y en las que has puesto toda tu confianza; pero ¿qué ayuda pueden prestarte? A todos ellos se los llevará el viento; no son otra cosa que tamo liviano, y como a tamo los arrebatará un soplo».
II. Les muestra también que en Él hay suficiencia, todosuficiencia (v. 13b): «Mas el que en mí confía poseerá la tierra y heredará mi santo monte». Quien pone su confianza en Dios, y sólo en Dios, será dichoso en cuerpo, alma y espíritu, en este mundo y en el otro. Los que confían en la providencia de Dios, toman el mejor camino para asegurar sus más sagrados intereses. En particular:
1. Los cautivos que confían en Dios, serán puestos en libertad (v. 14): «Entonces se dirá, por boca de los ministros de Dios: ¡Construid, construid! ¡Despejad el camino! ¡Quitad el tropiezo del camino de mi pueblo!» (lit.). «Despejar el camino» significa «retirar las malas inclinaciones del corazón, que bloquean el paso de la redención» (Slotki). Solamente Dios puede salvar, pero es menester que el pecador se arrepienta de sus pecados.
2. En efecto, el que es de espíritu contrito y humilde será vivificado (v. 15b). La gloria de Dios se manifiesta aquí esplendorosamente:
(A) En toda su grandeza y majestad: «Lo dice (v. 15) el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo». No hay criatura como Él, nada puede comparársele. Las expresiones indican Su dominio soberano sobre todas las cosas y el incontestable derecho que tiene a dar leyes a todos y pedir cuentas a todos en juicio. Es inmortal e inmutable. La rectitud de Su carácter es infinita: Su nombre es el Santo, y, todos los que deseen tener amistad con Él han de buscar la santidad, como Él es santo. Y, aunque habita tan alto, condesciende a socorrer a los más bajos: los huérfanos y las viudas (Sal. 68:4, 5).
(B) En Su gracia y misericordia, pues tiene compasión del humilde y del contrito. Por muy pobre que sea, y muy desamparada que esté una persona (y precisamente por ello), Dios la socorrerá, con tal que la condición espiritual se ajuste a la situación material: contritos en su aflicción, y humildes en su abatimiento. Con éstos habita Dios; los visita y conversa con ellos, por medio de Su palabra y de Su Espíritu, como pueda hacerlo un hombre con los miembros de su familia. El que habita en los altos cielos, habita también en los más humildes corazones (a ras de tierra); del mismo modo, el que habita la eternidad habita también la sinceridad, se deleita en ella, y revive el corazón y el espíritu de quienes sinceramente le buscan.
3. Aquellos con quienes Dios contiende, si se vuelven a Él, serán bien acogidos (v. 16). También les vivificará el corazón (v. 15, al final). A Dios no le gusta contender ni regañar. Su lugar es el amor, no la ira; la misericordia, no el castigo. Slotki comenta así el versículo 16: «El versículo explica por qué está Dios cerca del contrito en espíritu. La ira divina dura sólo por algún tiempo, hasta que el castigo ha producido la deseada purificación y la humildad de espíritu. Una continua prolongación de Su ira y juicio llegaría a destruir las almas (las vidas, las personas—el paréntesis es del traductor—) que Él ha creado».
Versículos 17–21
En estos versículos Dios continúa animando al contrito, mientras hace una seria advertencia al impenitente.
I. Aquí (vv. 17–19) se muestra que la ira de Dios se debe a la iniquidad del pueblo. Pero Dios, en Su misericordia, quebrantará el corazón del pecador, para sanarle y consolarle.
1. Los justos reproches que el pueblo recibe por su pecado (v. 17): «Por la iniquidad de su codicia me enojé y le herí». La codicia era un pecado que abundaba mucho. Los que no se dejaban llevar de la idolatría material a imágenes idolátricas, se entregaban a la idolatría espiritual, pues tal es la codicia, y hacían del dinero un dios (Col. 3:5). Pero muchos de ellos, aun siendo codiciosos, eran pródigos y derrochadores en el servicio de sus ídolos (v. 6). Es difícil afirmar cuál de las dos cosas provocaba más a Dios, si su prodigalidad en servir a los ídolos, o su codicia en todo lo demás. Por estos pecados, Dios se enojó con Su pueblo, le hirió, le reprendió por medio de Sus profetas, le corrigió por medio de Su providencia y le castigó en aquellas mismas cosas de las que más codicioso estaba. Dios esconde Su rostro (v. 17b) mientras le castiga. Cuando estamos bajo la vara de Dios, podemos soportarla si Dios se nos manifiesta; pero si se esconde de nosotros, no nos envía profetas y no nos habla palabra de consuelo, no podemos hallarnos más miserables.
2. La obstinación e impenitencia de ellos bajo estos reproches (v. 17c): «y él siguió rebelde por el camino de su corazón, es decir, por el malvado camino que había escogido». Véase cuán insuficientes son, de suyo, las aflicciones para reformarnos, a no ser que la gracia de Dios actúe juntamente con ellas.
3. Pero, finalmente, triunfa la misericordia de Dios sobre los que todavía continuaron en su obstinación, pues a pesar de ver sus caminos (v. 18), determina sanarlos, guiarlos y consolarlos. Tales son las riquezas de la misericordia divina, y tanto se alegra esa misericordia al triunfar sobre el juicio, que tenemos esta, al parecer, paradoja de viendo sus caminos malvados, determina sanarles. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Ro. 5:20). Dios les da gracia, y entonces, no antes, les da paz. Es como si Dios dijese: «He visto sus caminos, que de suyo no se va a volver a mí; por tanto, yo mismo lo voy a volver».
(A) Dios le va a curar de su disposición viciosa y corrompida. No hay enfermedad espiritual tan inveterada que la gracia de Dios no pueda curar.
(B) Dios le va a guiar también. Él continúa rebelde, respirando maldad como Saulo, pero Dios le va a cambiar la mentalidad, guiándole por un camino mejor.
(C) Y entonces le restaurará aquellos consuelos a los que había él renunciado, y para cuyo retorno Dios lo ha preparado. Hubo primero una admirable reforma llevada a cabo en el corazón de los exiliados a Babilonia y, después, hubo una admirable redención llevada a cabo a favor de ellos.
II. Pero así como cuando el pueblo fue llevado a la cautividad algunos de ellos eran higos buenos, muy buenos, otros eran higos malos, muy malos, y, de acuerdo con eso, la cautividad fue para ellos cosa buena o cosa dañosa (v. Jer. 24:8, 9), así también, cuando volvieron del exilio, todavía algunos de ellos eran buenos, pero otros eran malos y su liberación estuvo de acuerdo con la condición de cada uno.
1. Para los que eran buenos, el regreso de la cautividad fue paz, tipo de la paz que había de ser predicada por Jesucristo (v. 19): «Produciré fruto de labios», esto es, gratitud (comp. con He. 13:15). El hebreo dice literalmente: «El que crea fruto de labios». Él mismo dice a continuación: «Paz, paz, al de lejos, al que no ha salido todavía del exilio o en camino de vuelta, y al de cerca, que ha llegado a la patria. Paz de conciencia, una santa serenidad de mente, una cierta seguridad, después de las muchas reprensiones de la conciencia y de las muchas agitaciones del espíritu, bajo las que se habían hallado en el exilio. Cuando Dios nos habla paz, nosotros debemos hablarle alabanza. Esta paz es el fruto de los labios de Cristo, quien predicó paz a los de lejos, a los gentiles, y a los de cerca, a los judíos (Ef. 2:17).
2. Para los que continuaban en su impiedad, aunque volviesen con los demás, el regreso no implicaba paz (v. 20). El impío, dondequiera se halle, en Babilonia o en Jerusalén, lleva consigo el principio de su propia inquietud. No quiere ser curado por la gracia de Dios y, por tanto, no podrá disfrutar de los consuelos de Dios. Los impíos son siempre como el mar en tempestad, pues llevan consigo: (A) Corrupciones no mortificadas. Sus pasiones sin freno les ponen el corazón como el mar en tempestad. (B) Conciencia no pacificada. Están siempre bajo la aprensión de la propia culpa y de la ira de Dios, como estaba Caín; no pueden estarse quietos. El profeta repite, pues, lo que había dicho en 48:22, con una pequeña variante: Allí dijo «Jehová», mientras que aquí dice «mi Dios». La frase principal continúa la misma: «No hay paz para los impíos». No hay paz con Dios, ni hay paz de Dios, para ellos.
En este capítulo, Dios le dice a Su pueblo qué clase de religión es la que Él desea de ellos. Obsérvese:
I. La buena profesión que ellos hacían de su religión (vv. 1, 2). II. La jactancia que hacían de tal religión, hasta culpar a Dios de que no hacía ningún caso de ella (v. 3). III. Los pecados por los que sus ayunos resultaban inaceptables para Dios (vv. 4, 5). IV. Instrucciones que Dios les da para que guarden correctamente sus ayunos (vv. 6, 7). V. Preciosas promesas a quienes así lo hagan (vv. 8–12). VI. Promesas igualmente preciosas a quienes observen correctamente el día del sábado (vv. 13, 14).
Cuando el Señor Jesús prometió enviar al Consolador, añadió (Jn. 16:7, 8): «Cuando Él venga, convencerá …», porque la convicción es la que prepara para la consolación. Dios había designado a Isaías para consolar a Su pueblo (40:1), pero ahora le ordena (v. 1) convencerles, mostrando sus pecados.
1. Debe decirles lo malos que son (v. 1). (A) Ha de hacerlo lisa y llanamente. Aunque se les llama pueblo de Dios y casa de Jacob, no ha de adularles, sino mostrarles claramente sus transgresiones; los pecados que cometen, sin que reconozcan que son pecados; aunque en algunas cosas se han reformado, en otras siguen tan mal como antes. (B) Ha de hacerlo «a voz en cuello, sin cejar», aun cuando se malquiste con ellos y se exponga a insultos y persecución.
2. Ha de reconocer que aparentan ser muy buenos (v. 2): «Que me buscan cada día y aparentan deleitarse en saber mis caminos». No ven transgresión en ninguna parte, pues son diligentes y constantes en el culto que rinden a Dios. Ahora bien:
(A) El mismo Dios reconoce que eso es verdad. En tanto que los hipócritas hagan el bien, no se les ha de escatimar la alabanza. Se reconoce aquí que tienen una forma de piedad: (a) Acuden al templo y observan sus horas de oración: Me buscan cada día; (b) les gusta oír buenos mensajes: «Se deleitan (lit.) en conocer mis caminos», como Herodes, que oía con gusto a Juan el Bautista. (c) «Les agrada acercarse a Dios», no por lo que Dios significa para ellos, sino por alguna otra circunstancia: la fiesta, la compañía, etc. (d) «Piden justos juicios», es decir, decisiones para obrar justamente; (e) y son «como nación que obrase justicia y no abandonase la ordenanza de su Dios» (lit.). Así lo parecían a sí mismos y aun a otros. Hay quienes pueden ir gran trecho en el camino del cielo y quedarse cortos. También hay quienes van al infierno con buena reputación. Pero:
(B) Ya se insinúa aquí mismo que, lejos de ser todo esto un atenuante de sus pecados, no hacía en realidad otra cosa que agravarlos.
Versículos 3–7
I. Estos hipócritas se quejan ahora (v. 3) de que Dios no hace caso de tantos actos religiosos con que le obsequian: «¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por enterado?» Así iban por el camino de Caín, quien se resentía de que Dios no aceptaba sus sacrificios. Al ponderar sus ayunos y sus penitencias, como se exigían en el día de la Expiación, hacían como el fariseo de la parábola (Lc. 18:12), que se jactaba de ayunar dos veces por semana, como dándole a Dios más de lo que Él exigía. Pensaban que sus actos religiosos eran tan buenos, que por fuerza se debía dar Dios por enterado de ellos. Culpan a Dios de injusticia y parcialidad, y quizás insinúen con eso que mejor sería abandonar toda religión, ya que no hallan ningún provecho en ello (comp. con Job 21:14, 15; Mal. 3:14).
II. La verdadera razón por la que Dios no aceptaba sus ayunos ni respondía a las oraciones que le hacían en sus festividades: No lo hacían correctamente. Ayunaban, sí, pero no como los ninivitas (Jon. 3:8), «convirtiéndose cada uno de su mal camino», sino que—dice Dios—«He aquí (v. 3b) que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y explotáis a todos vuestros trabajadores».
1. Eran, pues, unos explotadores, codiciosos e inmisericordes. Aun cuando ayunaban, sus injusticias con el prójimo continuaban siendo las mismas, a pesar de que era al final del ayuno anual cuando se proclamaba liberación de deudas y servidumbres adquiridas por causa de extrema pobreza. Dice Moriarty: «Tal vez se trate aquí de los ayunos con que después de la vuelta del destierro conmemoraban la caída de Jerusalén» (Zac. 7:3; 8:19).
2. Eran también contenciosos y despectivos (v. 4): «Mira, para riñas y contiendas ayunáis». Cuando proclamaban ayuno, aparentaban escudriñar los pecados que más provocaban a Dios; y, con esta buena excusa, llegaban a acusar falsamente a personas inocentes, como pasó a Nabot el día del ayuno de Jezabel (1 R. 21:12). Así, en lugar de juzgarse a sí mismos, condenaban a otros. Comenta Slotki: «En ausencia de un motivo religioso, los estómagos vacíos sólo excitan la irritabilidad y las riñas».
3. Por eso, les dice Dios (v. 4b): «No ayunéis como hoy, es decir, como lo hacéis ahora, para que vuestra voz sea oída en lo alto». Esta última frase ha de entenderse en el sentido siguiente: «como si así pudiese oírse en lo alto vuestra voz». Comenta Slotki: «Ayunos como los que aquí se describen no ayudan en forma alguna a que las oraciones de los hombres asciendan al cielo».
III. Se dan claras instrucciones acerca de la verdadera naturaleza de un ayuno religioso.
1. En general, un ayuno tiene por objeto: (A) Honrar y agradar a Dios. (B) Humillarse a sí mismo. Ayuno es un día de afligir el alma; si no expresa un genuino arrepentimiento del pecado y no promueve una verdadera mortificación de las pasiones, no es ayuno.
2. Nos interesa, por tanto, inquirir, en un día de ayuno, qué es lo que resultará aceptable a Dios y aflictivo para nuestra naturaleza corrompida.
(A) Aquí se nos dice en forma negativa lo que no es el ayuno que Dios ha escogido. (a) No basta con poner cara de melancolía ni inclinar la cabeza como un junco que se marchita y se quiebra, como los hipócritas (Mt. 6:16), que afectaban un aspecto triste y desfiguraban el rostro para mostrar a los hombres que ayunaban. El publicano, cuyo corazón estaba verdaderamente humillado, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo (Lc. 18:13); pero aquí (v. 5b) era una pura mímica, un gesto exterior al que no correspondía nada en el interior. (b) No basta con «yacer en ceniza vestido de saco» (espléndida versión de Moriarty), mortificando el cuerpo por algún tiempo, mientras el cuerpo de pecado queda intacto.
¿Llamaréis a esto ayuno? ¡No! No es más que sombra de ayuno.
(B) También se nos dice en forma positiva cuál es el ayuno que Dios ha escogido. No es afligir el alma por un día, sino algo que incluye la vida entera. Lo que aquí se requiere es:
(a) Que nos portemos correctamente con aquellos a quienes venimos tratando malamente (v. 6):
«desatar las cadenas de maldad», esto es, las ataduras que hemos impuesto injustamente a otros. «Que sea suelto el encarcelado por deudas quien no tiene nada con que pagar, que se acabe la vejación que pesa sobre el vecino, que sea manumitido el esclavo que es retenido por la fuerza por más tiempo que el de su esclavitud, y se rompa así todo yugo; no sólo han de ser sueltos los que son oprimidos injustamente bajo cualquier yugo, sino que debe quebrarse el yugo mismo, para que no vuelva a oprimir».
(b) Que seamos caritativos con los que están necesitados (v. 7). Contribuir al rescate de los que son oprimidos por otros, a la liberación de los cautivos y al pago de las deudas que los pobres han contraído. Éste es, pues, el ayuno que Dios ha escogido:
Primero: Proveer alimento para los que lo necesitan: Compartir tu pan con el hambriento. Debe ser, no el pan ajeno, sino el tuyo, el que has ganado honradamente. Hemos de negarnos a nosotros mismos, a fin de tener algo que dar al necesitado. Éste es verdadero ayuno, darle al hambriento hogaza, no contentarte con despedirlo con una migaja.
Segundo: Proveer albergue para los que lo necesitan (v. 7b): «y a los pobres errantes (esto es, vagabundos) albergues en tu casa». Si el vagar así no se debe a la holgazanería de ellos, sino a la injusticia de otros, albérgalos en tu casa; y si no tienes espacio, págales el alojamiento en otro lugar conveniente. No te niegues a hospedar extranjeros, pues podrías hospedar a Cristo mismo (comp. con Mt. 25:35): «fui forastero, y me recogisteis».
Tercero: Proveer vestido a los que carecen de lo necesario para cubrirse: «que, cuando veas al desnudo (esto es, al mal vestido), lo cubras». Todo esto tiene mayor urgencia cuando el necesitado es un pariente próximo: «y no te escondas de tu hermano» (lit. de tu carne).
Versículos 8–12
Preciosas promesas para los que observan de buen grado las festividades y guardan correctamente el ayuno que Dios ha escogido.
1. Ulterior descripción de las obligaciones que hay que cumplir (vv. 9, 10).
(A) Hemos de abstenernos de todo acto de violencia y fraude. «Esas cosas has de quitarlas de en medio de ti (es decir, que no se de eso dentro del pueblo de Dios). Los que están en puestos de autoridad han de hacer todo lo posible para prevenir toda opresión dentro de su jurisdicción. No sólo deben romper el yugo (v. 6), sino también han de quitarlo de en medio. También ha de dejar las amenazas (Ef. 6:9), el dedo amenazador (v. 9, al final) o, mejor, como en Proverbios 6:13b, el dedo escarnecedor (el original sólo dice apuntar con el dedo). Dice Slotki: «Gesto de burla del rico contra el pobre, del poderoso contra el débil». «La palabra malvada» (última frase del v. 9) es toda conversación que denigra al prójimo e incita a actuar injustamente contra él.
(B) Hemos de abundar en todo acto de caridad y beneficencia. Hemos de dar libre y alegremente, inspirados por el sincero amor al prójimo: … Sacar el alma al hambriento» (v. 10, lit.), esto es, darle de todo corazón, y simpatizar con él. Que vaya el corazón con el socorro pecuniario, porque Dios ama al dador alegre, y también el necesitado desea que se le de alegremente. No basta con vaciar el bolsillo si se cierran las entrañas (v. 1 Jn. 3:17b) por falta de verdadera compasión. Cuando el Señor Jesús curaba y alimentaba a la multitud lo hacía teniendo compasión de ellos. Y no sólo debemos dar lo suficiente para matar el hambre, sino para saciar el alma afligida (v. 10b).
2. Plena descripción de las bendiciones y de los beneficios que se obtienen con el cumplimiento de estas obligaciones.
(A) Dios les sorprenderá agradablemente con el retorno de Su favor después de graves aflicciones, de forma que el gozo subsiguiente será como la luz del alba (v. 8) después de una noche tenebrosa. Lo dice más ampliamente en el versículo 10b: «En las tinieblas brotará tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía». A quienes son alegres en hacer el bien, Dios les hará también alegres en disfrutar del bien, pues éste es también un especial don de Dios (Ec. 2:24).
(B) Los que han ayudado a otros a salir de apuros, obtendrán ayuda de Dios cuando les llegue a ellos el turno de hallarse en apuros. Las buenas obras serán recompensadas con un buen nombre; quizás esto se incluye también en lo de la luz que brota en medio de las tinieblas (v. 10). Ciertamente se incluye en lo de «irá tu justicia delante de ti» (v. 8), como una buena protección que asegura contra la carga de los enemigos que vienen de frente, mientras que «la gloria de Dios será tu retaguardia» (v. 8, al final), la misma frase de 52:12, al final. Los buenos están seguros por todos los lados.
(C) «Entonces invocarás, en las oraciones del día de ayuno, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá Él: Heme aquí» (v. 9). Cuando se observa lo que Dios manda como Dios lo manda, las oraciones son prestamente respondidas del modo más conveniente para el que las dirige al Señor, pues Jehová está cercano a él en todo cuanto le pide (Dt. 4:7).
(D) «Jehová te guiará continuamente» (v. 11). Mientras estamos aquí, en el desierto de este mundo, tenemos necesidad de que el cielo nos guíe continuamente. Además, al hombre que hace lo que agrada a Dios, Dios le otorga no sólo sabiduría y conocimiento, sino también gozo, pues le satisface con el testimonio de su buena conciencia y con las seguridades del favor divino. Éstas sacian el alma (vv. 10b, 11b), y ponen gozo en el corazón aun en medio de la sequía de la aflicción, dando vigor a los huesos (v. 11c), con una alegría que sostiene a la persona de la misma manera que los huesos sostienen el cuerpo.
(E) «Y serás como huerto de riego, fructífero en gracias, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan ni por sequía ni por helada» (v. 11b). Así como un manantial, a pesar de sacar continuamente su agua, está siempre lleno, así también el hombre caritativo abunda en bienes en la medida que abunda en hacer el bien, y nunca se hace pobre por su generosidad.
(F) «Y los que (saldrán) de ti (lit.) reconstruirán las viejas ruinas (viejas, porque desde hace mucho yacen en desolación)» (v. 12). «Tu posteridad será así altamente beneficiosa para su generación. Esto te será atribuido a ti (v. 12b): Los cimientos de muchas generaciones (es decir, que yacieron en desolación durante varias generaciones) levantarás (lo cual se cumplió en la reedificación del templo—v. Esd. 5:2—
). Por todo esto, serás llamado reparador de portillos, de brechas que han estado por mucho tiempo abiertas, restaurador de calzadas para poblados, calzadas tranquilas y seguras, no sólo para viajar por ellas, sino para vivir junto a ellas».
Versículos 13–14
Siempre se puso mucho énfasis en la correcta observancia del sábado y se les exigió a los judíos de manera especial cuando estaban cautivos en Babilonia, porque, mediante la observancia de ese día en honor del Creador, se distinguían de los adoradores de los falsos dioses que no han creado los cielos ni la tierra (v. 56:1, 2). Vemos aquí:
1. Cómo había de ser santificado el sábado (v. 13).
(A) Nada había de hacerse que indicase menosprecio al día del sábado. «Si retrajeres a causa del sábado tu pie, es decir, si te abstienes de caminar y de trabajar, que son ocupaciones mundanas, de hacer tu voluntad, de ir en pos de tus caprichos, y lo llamares delicia, esto es, “si observases el día santo con espíritu de gozo y alegría” (Slotki), en lugar de tomarlo como una carga pesada».
(B) Había de hacerse todo lo posible por honrar el sábado (v. 13b): «Y (llamares) al (día) santo de Jehová, honorable»; donde vemos que el texto hebreo da como epíteto del sábado «el santo de Jehová», pues «día» no figura en el original. El resto del versículo 13 da a entender que la forma de honrar bien el sábado puede resumirse en tres puntos: (a) «no andar en los propios caminos», no hacer lo que a uno le venga en gana, sino lo más agradable a Dios (comp. con Ro. 12:2); (b) «no buscar el propio negocio», no emplear el día del sábado en los negocios de la semana; (c) «ni hablando de él»; el hebreo dice: «… hablando palabra». Dice Slotki: «La frase puede significar “hablando palabras ociosas” (cf. Os. 10:4), en lugar de concentrarse en asuntos santos, o “haciendo proposiciones de negocios” (cf. Gn. 24:33)».
2. La recompensa de una correcta observancia del sábado (v. 14).
(A) Habían de gozarse en esa observancia; en la obra misma hallarían la recompensa: «entonces te deleitarás en Jehová», pues Él se había de manifestar más y más a ellos. Si cumplimos con alegría nuestro deber, obtendremos de él cumplida satisfacción.
(B) También obtendrían de él honor subido: Éyo te haré subir sobre las alturas de la tierra», frase que equivale a obtener honor, poder, prestigio e influencia (v. Dt. 32:13). Los que honran el sábado, serán honrados por Dios. Si Dios, mediante Su gracia, nos capacita para vivir por encima de lo mundano, también nos honrará exaltándonos sobre el mundo.
(C) Finalmente, obtendrían también provecho material de la observancia del sábado: «y te alimentaré con la herencia de Jacob tu padre». Con la expresión «la herencia de Jacob» se describe todo el territorio que le fue prometido a Jacob (Gn. 28:14). La expresión «te alimentaré» puede significar que Jehová hará que pueda disfrutar de tal herencia o que una de las recompensas de la observancia del sábado sería la obtención de copiosas cosechas. En fin de cuentas, ambos sentidos se complementan.
Al seguir los epígrafes de la Ryrie Study Bible, tenemos en este capítulo: I. La descripción de los pecados de Israel (vv. 1–8). II. La confesión de los pecados de Israel (vv. 9–15). III. El perdón de los pecados de Israel (vv. 16–21).
Versículos 1–8
Aquí vemos el error de quienes habían estado querellándose de Dios por no haber obtenido la liberación que esperaban en respuesta a sus ayunos y oraciones (v. 58:3).
1. Esa demora no se debía a Dios mismo (v. 1), pues todavía tenia poder, la misma omnipotencia de siempre, para salvar: «Mirad, no se ha encogido la mano de Jehová tanto que no pueda salvar, ni se ha endurecido tanto su oído que no pueda oír» (versión de Moriarty). El poder de Dios no se había menguado: podía extender Su mano con la misma fuerza y hasta la misma distancia de siempre (comp. con Nm. 11:23). Ni la prolongación del tiempo, ni la fuerza de los enemigos, ni la debilidad de los medios e instrumentos, pueden acortar ni encoger el poder de Dios. Tampoco había perdido el interés por Su pueblo. Él estaba tan presto como siempre a socorrerles y dar respuesta a sus oraciones: «Su oído no se ha endurecido como para no oír». aquí se insinúa más de lo que se dice; no sólo que no se ha vuelto duro de oído, sino que está presto a oír; antes que le llamen, responde (65:24). Si no son contestadas nuestras oraciones, no es porque Dios esté fatigado de oírlas, sino porque nosotros estamos fatigados de hacerlas; no porque su oído esté duro cuando le hablamos, sino porque el nuestro está duro cuando nos habla Él.
2. Ellos eran los que impedían el tráfico, al poner una barrera en su propia puerta (vv. 2–8, comp. con Jer. 5:25: «Vuestras iniquidades han estorbado estas cosas»).
(A) El perjuicio que el pecado causa. Obstaculiza los favores de Dios; es como un muro de separación entre nosotros y Dios, que oculta de nosotros el rostro de Dios (v. 2), expresión que denota el desagrado de Dios (Dt. 31:17). Nótese que Isaías no dice: los pecados han hecho separación entre Dios y nosotros, sino entre vosotros y vuestro Dios, pues la barrera está del lado del pecador, no del lado de Dios. Al separarnos de Dios, el pecado nos separa de la fuente de todo bien y nos acerca a todo mal (v. Dt. 29:21).
(B) El profeta muestra cuántas y cuán graves eran las iniquidades del pueblo, conforme al encargo que Dios le dio (58:1) de mostrar al pueblo su transgresión.
(a) Esta transgresión se incuba en el corazón (v. 7b): «… sus pensamientos son pensamientos de iniquidad». «Conciben maldades (v. 4c); por lo que no pueden menos de dar a luz iniquidad» (comp. con Stg. 1:15). No les importan los dolores de este parto (remordimientos de la conciencia y oposiciones de la Providencia) con tal de ver que ha nacido un hombre en el mundo (Jn. 16:21). A esto se llama (v. 5) incubar huevos de áspides y tejer telas de arañas, pues quienes participan en la maldad de otros, comen del venenoso fruto de esa maldad y mueren espiritualmente, al quedar prendidos en las redes de la iniquidad que, como las telarañas, parecen muy finas y débiles, pero atrapan poderosamente.
(b) De esta abundancia de maldad en el corazón habla la boca de ellos, aunque a veces no hable (que también los silencios pueden ser mortíferos), o hable quedamente, pues ya sea en voz alta o en susurro (v. 3b), sus labios siempre pronuncian mentira y maldad. Estos labios resultaban doblemente malvados y dañinos cuando, con esas mentiras, se contribuía a que se derramase sangre inocente, al acusar injustamente y defendiéndose falsamente (v. 4a).
(c) De los pensamientos y las palabras pasaban a las acciones perversas (v. 3): «Vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad». La sangre contamina; deja en la conciencia una mancha de suyo indeleble, que sólo la sangre de Cristo puede limpiar y borrar. También sus pies se apresuran para derramar la sangre inocente (v. 7). Toda su persona está embebida de maldad, pues toda su confianza (v. 4b) está en una vaciedad caótica (de nuevo, el hebreo tohu).
(d) Y en esa vaciedad hallarán el fruto de todos sus esfuerzos y planes malvados (v. 6): «Sus telas no servirán para vestir, ni de sus tejidos serán cubiertos», pues no tienen la consistencia necesaria para hacer de ellos una indumentaria apropiada. Comenta Slotki: «Incluso cuando sus actos parecen producir algún bien, son en realidad inútiles, si no son peligrosos». Nada se consigue con el pecado, y eso se ve con claridad cuando se comparan el provecho y la pérdida. Los caminos de iniquidad son (v. 8b) veredas torcidas, que no pueden acabar bien: «quien por ellas vaya, no conocerá la paz» (comp. con 48:22; 57:21).
Versículos 9–15
De la tercera persona pasa el profeta a la primera para incluirse a sí mismo entre aquellos del pueblo que confiesan su pecado.
1. Reconocen que Dios ha contendido con ellos (vv. 9–11). (A) Estaban en apuros, oprimidos por sus enemigos, y Dios no se había manifestado a favor de ellos para defender su justa y perjudicada causa (v. 9): «Por esto se alejó de nosotros la justicia y no nos alcanzó la rectitud». «Por eso», es decir, por sus pecados (como en el v. 2). Como si dijese: «Aunque, en cuanto a nuestros perseguidores, la justicia está de nuestra parte, y ellos son los malhechores, tampoco nosotros nos hemos hecho justicia unos a otros y, por eso, Dios permite que nuestros enemigos se porten de forma tan injusta con nosotros». (B) Habían salido muy decepcionados de sus expectaciones (v. 9b): «Buscamos luz y no hay más que tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad … (v. 11b): esperamos justicia, y no la hay; salvación, y se alejó de nosotros. Hemos buscado luz como quien espera que se haga pronto de día, pero seguimos en la noche oscura; hemos esperado salvación, pues hemos orado por ella con ayunos, pero cada vez se ha alejado más de nosotros». (C) Estaban en plena confusión, sin saber por dónde tirar (v. 10): «Palpamos la pared como ciegos y andamos a tientas como los sin ojos». Los que aman las obras de las tinieblas no pueden esperar otra cosa que andar en tinieblas. (D) Se hundían en la desesperación (vv. 10c, 11) «estamos en lugares oscuros (hebr. ashmannim, única vez que tal vocablo sale en la Biblia) como los muertos». Según Slotki, «ashmannim parece ser que procede de una raíz que significa “gordura” y puede, por tanto, traducirse por “robusto, lozano”; de ahí la traducción de la Versión Revisada inglesa: “entre los robustos, estamos como muertos”». En medio de la desesperación, «gruñían como osos y gemían como palomas», entre la rabia y la debilidad.
2. Reconocen que han provocado a Dios (vv. 12–15).
(A) Confiesan que habían pecado: «Somos testigos contra nosotros mismos, porque nuestras transgresiones se han multiplicado delante de ti (v. 12) … y conocemos nuestros pecados, aunque hayamos tratado neciamente de ocultarlos».
(B) Reconocen la maldad del pecado, pues es (v. 13) «prevaricar y renegar de Jehová, y el apartarse de seguir en pos de nuestro Dios», pecados que eran en ellos mucho más graves que en los paganos, por cuanto ellos, al transgredir los preceptos de Jehová, quebrantaban el pacto que Dios había hecho con ellos.
(C) Reconocen también que había en el pueblo una decadencia general de la honestidad moral; los que renegaban de Jehová eran también desleales entre ellos mismos (v. 13b): «tramar opresión y revuelta, pensar y decir de corazón palabras de mentira» (versión de Moriarty). Tramaban opresión, a pesar de que era un alejamiento de la verdad. Hay palabras de mentira que se profieren inconsideradamente, por miedo a decir la verdad y ofender a otros o perjudicarse a sí mismo; pero las palabras de mentira que ellos proferían, eran dichas con toda malicia y deliberación, de corazón. La boca hablaba de la maldad que había en el corazón; hablaban con doblez de corazón (Sal. 12:2).
(D) Reconocen igualmente que no han hecho lo que debían en cuanto a la rectitud en defender los derechos de los oprimidos y hacer justicia sin parcialidad. Sobre la frase (v. 14b) «la verdad tropezó en la plaza», comenta Moriarty: «La verdad tropieza: lo absurdo de esta falta contra la verdad, de este tropiezo, aparece claro en hebreo, donde la palabra que significa “verdad” (émet) significa también “firmeza”, “seguridad”. Así que la verdad deja de serlo, pues tropieza y cae». Al juicio recto (v. 14a), que habría de seguir su curso normal, como el de una poderosa corriente, se le ha hecho retirarse, seguir un curso contra su naturaleza.
(E) Reconocen que la administración de la justicia había degenerado de tal forma que los criminales salían impunes, mientras que (v. 15b) «el que se aparta del mal se convierte a sí mismo en presa» (lit.). Dice Slotki: «Los virtuosos son castigados por no seguir el mal ejemplo de la mayoría». El que no sigue la corriente del mal es tenido, primero, por «bicho raro» (v. 1 P. 4:4); después, por dañino (v. Hch. 16:20, 21).
(F) Reconocen, en fin, que todo esto no podía menos de desagradar al Dios de los cielos (v. 15b). Aunque las maldades se tramaban en secreto y bajo muy diversos pretextos, no podían pasar desapercibidas a Jehová: «Y lo vio Jehová, y desagradó a sus ojos que no se hiciese justicia». No hacer justicia aparece aquí como el pecado fundamental, que provoca especialmente el desagrado de Dios.
Versículos 16–21
El pecado abundó en la primera parte del capítulo, pero la gracia sobreabunda en estos versículos.
Vemos aquí:
I. Por qué Dios obró salvación, a pesar de tantas provocaciones. Lo hizo puramente en atención a Su nombre.
1. Dios se percató de que la cosa no tenía solución humana (v. 16): «Y vio que no había hombre, es decir, nadie que mereciese llamarse así, nadie que protestase valientemente contra tanta injusticia, y se sorprendió de que no hubiese ningún intercesor» (lit.) entre los hombres y Dios, esto es, con Dios a favor de los hombres o con los opresores a favor de los oprimidos (v. 15), pues ambos sentidos son probables. Se habían quejado (58:3) de que Dios no hacía nada a favor de ellos; pero Dios se queja, con mucha más razón, de que ellos no hacían nada por sí mismos.
2. Ya que no había hombre que pusiese fin a tal estado de cosas, Dios mismo, como un guerrero fuerte, entra en liza para salvarles (v. 17). La obra de la reforma (que es el primero y principal paso para la salvación) será llevada a cabo bajo la directa influencia de la divina gracia en la conciencia de los hombres. Cuando Dios levantó a Ciro y sacó de Babilonia a Su pueblo, no con la fuerza, ni con el poder, sino sólo con el Espíritu de Jehová de las huestes (Zac. 4:6), entonces Su brazo, nunca acortado, trajo salvación. La divina justicia, a la que ellos habían armado, con sus pecados, contra sí mismos, se manifestó, mediante la divina gracia, a favor de ellos. Aunque ellos no podían esperar de Dios ningún favor como si les fuese debido, Dios, en Su justicia, castigará a los enemigos de Israel (comp. con Dt. 9:5). En nuestra redención por medio de Jesucristo, puesto que no teníamos justicia propia, Dios nos trajo justicia por la mediación de Su Hijo: «la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe» (Fil. 3:9).
El versículo 17 nos detalla que, en la obra de la salvación, Dios «se puso por coraza la rectitud, y como yelmo en la cabeza salvación (comp. con Ef. 6:14, 17); tomó ropas de venganza por vestidura, y se cubrió de celo como de manto» (las dos primeras frases—nota del traductor—son de la versión de Moriarty; las dos últimas, de la RV 1977). Slotki comenta así el versículo 17: «Dios es presentado como un guerrero cuya cota de malla, escudo y demás equipo consta de justicia, salvación, venganza y celo, atributos para el castigo de los malvados y liberación de los piadosos». M. Henry, por su parte, dice así:
«Cuando la justicia es Su escudo de armas, la salvación es su crestón. Al aludir a esto, Pablo menciona entre las piezas de la armadura del cristiano la coraza de justicia y, por yelmo, la esperanza de la salvación (comp. Ef. 6:14–17 con 1 Ts. 5:8); y se llama la armadura de Dios porque Él nos la prepara, pone y ajusta después de llevarla primero Él mismo. Como ellos no tenían ánimo ni celo para hacer nada por sí mismos, Dios lo va a hacer todo a favor de ellos».
II. La salvación que será llevada a cabo por la justicia de Dios mismo. 1. Habrá luego una salvación temporal a favor de los judíos que se hallan, ya sea en Babilonia o en cualquier otra parte. Esto se promete (vv. 18, 19) como tipo de algo que se cumplirá totalmente más tarde. aquí se promete:
(A) Que Dios les ajustará las cuentas a los enemigos de Israel y les retribuirá conforme a las obras de ellos: así retribuirá a los enemigos de Su pueblo en el exterior, a los enemigos de la justicia y de la verdad en el interior (pues también ellos son enemigos de Dios), e incluso a las islas costeras, que suelen nombrarse como objeto de la misericordia de Dios, pero aquí no escaparán del castigo, pues también se mencionan entre los enemigos (v. Sal. 21:8).
(B) Que por muchos y grandes que sean los intentos que pongan por obra los enemigos de Dios para turbar la paz de Su pueblo, en todos ellos fracasarán, pues Dios cargará contra ellos con toda Su fuerza y con toda Su furia (v. 19b): «Porque vendrá como torrente impetuoso, empujado por el soplo de Jehová». Comenta Moriarty: «La cólera divina tiene toda la fuerza de un torrente encajonado, empujado además por la furia del viento».
(C) Que todo esto había de redundar en gloria del nombre de Jehová (v. 19a): «Y temerán desde el occidente el nombre de Jehová, y desde el nacimiento del sol su gloria». Esto ya se cumplió parcialmente con la predicación del Evangelio, mediante la cual comenzaron a entrar en las bendiciones espirituales del reino muchos del oriente y del occidente (Mt. 8:11), aunque su pleno cumplimiento se llevará a cabo en el futuro reino mesiánico, como se ve por el versículo 20.
2. Habrá una salvación más gloriosa llevada a cabo por el Mesías al final de los tiempos, cuando venga a redimir a Israel (vv. 20, 21).
(A) En efecto, el Mesías vendrá entonces a Sion como Redentor (hebr. goel). Ya desde el principio, y en el mismo Isaías (41:14; 54:5, 8), aparece el goel, «que designa a aquel cuyo deber es rescatar a todo trance al pariente que ha sido hecho prisionero, o vengarle si ha sido muerto» (Moriarty). El hebreo no lleva artículo, por lo que la correcta traducción es «vendrá un redentor» (Slotki) o «vendrá como redentor» (Moriarty). Es por esta razón por lo que el autor de Hebreos (2:14–16) pone de relieve el parentesco de Jesucristo con los que habían de ser redimidos por Él. Pablo cita el versículo 20 cuando profetiza la salvación final de Israel (Ro. 11:26).
(B) En aquel tiempo, como fruto pleno del nuevo pacto (comp. con Jer. 31:31; Ez. 36:24–31; Jl. 2:28, 29), Dios pondrá su Espíritu, el mismo que ponía en los profetas, en todo el pueblo (v. 21): «Y en cuanto a mí, éste (es) mi pacto con ellos, ha dicho Jehová: Mi Espíritu que (está) sobre ti, y mis palabras que he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu prole (hebr. zéra, simiente) ni de la boca de la prole de tu prole, ha dicho Jehová, desde ahora y para siempre» (lit.). Por supuesto, esta redención sólo será aplicada a los que temerán el nombre de Jehová y se apartarán de sus transgresiones.
Este capítulo, como los otros seis siguientes hasta el final del libro de Isaías, se refieren claramente al reino mesiánico milenario, y quien no los entienda así (entre ellos, M. Henry), andará totalmente descaminado en la interpretación del sentido literal de toda esta sección. Nos apartarnos, pues, de M. Henry en casi todo lo que hayamos de decir hasta el final del libro. La Ryrie Study Bible pone el siguiente epígrafe a este capítulo: «La gloria de Israel en el reino milenario». I. Jerusalén aparece centelleando de luz con la gloria de Jehová (vv. 1–3). II. Regreso final de los hijos de Israel a Sion (vv. 4–9). III. Las naciones extranjeras, con sus reyes, se ponen al servicio de Israel (vv. 10–14). IV. El abandono y el odio que Sion había sufrido se toman ahora en honor y prosperidad (vv. 15–18). V. La gloriosa luz de Jehová brillará eternamente sobre Sion (vv. 19, 20). VI. La nueva comunidad será santa y próspera (vv. 21, 22).
Versículos 1–3
1. Se contempla primeramente a Sion postrada en el miserable estado al que la redujo el cautiverio; pero, ante la perspectiva de la futura redención, el profeta, de parte de Dios, la anima diciéndole:
«¡Levántate, resplandece!» (v. 1). No sólo va a recibir luz, sino que va a irradiar luz. La luz de la gloria de Jehová la va a penetrar por completo (v. 1b): «porque ha venido tu luz, esto es, el tiempo de tu redención (v. 59:20), y la gloria de Jehová ha amanecido sobre ti».
2. Como en un lugar que sobresale entre los demás del paisaje, la luz amanece, alborea primero, sobre Sion, pero desde allí (vv. 2, 3) se extenderá al resto de las naciones. Hasta que los rayos del amanecer reverberen con fuerza en Sion, la tierra estará cubierta de tinieblas (v. 2a). Dice Moriarty: «Es en Jerusalén donde amanece el día de la salvación, y desde allí se extiende como luz a todo el mundo, que estaba sumido en las tinieblas del pecado, iluminándolos y salvándolos».
3. Los primeros rayos de luz han llegado a las naciones paganas (v. 3), con lo que ellas, y sus reyes, comienzan a caminar a la luz de Sion, es decir, a caminar en los caminos de Jehová, cuya enseñanza les será impartida desde Sion (2:3). Jehová mismo, que ha puesto en Sion esta luz, ha puesto también en el corazón de las gentes una atracción que las impele a subir a Jerusalén en busca de esa luz. También la predicación del Evangelio comenzó en Jerusalén.
Versículos 4–9
Aquí vemos a los exiliados que regresan a Sion, transportados «a la cadera» (v. 4, al final, según excelente versión de Moriarty).
1. Los exiliados (v. 4) vienen todos y reunidos, juntos. Vienen desde todas partes; por eso, se exhorta a Sion a que «levante los ojos y mire alrededor» Vienen «de lejos», no sólo por la distancia física, geográfica, sino también porque siempre se está lejos cuando se está fuera del pueblo del pacto (v. Ef. 2:13). Vienen las hijas llevadas al lado (hebr. al tsad), esto es, al costado, sobre la cadera. Dice Slotki:
«En los países orientales, un niño es llevado por su madre (o nodriza) en su costado o cadera, y es sostenido por el brazo de ella que descansa sobre la espalda de él». La primera parte de este versículo 4 es una repetición de 49:18.
2. El versículo 5 dice literalmente: «Entonces (lo) verás y estarás radiante, de alegría y felicidad (V. Sal. 34:6), y tu corazón palpitará y se ensanchará de gozo (V. Sal. 119:32). Advierte Slotki que el verbo que traducimos por «palpitará», «se traduce ordinariamente por “tener miedo”, pero aquí significa “temblar de gozo”, “feliz excitación”». Este gozo, que acelera el pulso y ensancha el corazón, se debe al espectáculo que se ofrece a la vista de Sion: no sólo ve venir a todos sus hijos, sino también las riquezas de las naciones que vienen a llenar las arcas del templo de Jehová, además de los animales que traen para el sacrificio (vv. 5b–7). Moriarty hace notar que «se menciona en primer lugar Arabia, representada por cuatro regiones importantes: Madián, Efá, Quedar y Nebayot». Algunos de los regalos (v. 6, comp. con Mt. 2:11) nos hacen ver que los regalos que trajeron a Jesús los magos eran como figura y primicias de lo que al Rey de Sion habían de traer todas las naciones cuando inaugure su reino milenario.
3. El profeta vuelve luego los ojos del oriente al occidente, al Mediterráneo, desde donde ve venir (vv. 8, 9), volando como nubes y como blancas palomas que vuelven a sus palomares, las naves de Occidente con las de Tarsis—España—a la cabeza. Slotki hace notar que las palomas «vuelan más raudas cuando regresan con alimento para sus pichoncillos que cuando marchan en busca de él». Como temen a Dios y han puesto su esperanza en Él (v. 9a), todos ellos no se contentan con traer a los israelitas dispersos en occidente, sino que traen también sus tesoros, «su plata y oro con ellos» (v. 9b), es decir— según Slotki—, «la plata y el oro pertenecientes a los exiliados que regresan. Ya no volverán a ser robados de sus valiosas posesiones, y todo aquello de lo que fueron saqueados les será devuelto por los pueblos que los despojaron». Los aviones en los que tantos israelitas han vuelto a su país bien pueden compararse a las palomas que vienen volando.
Versículos 10–14
Los extranjeros vienen a ofrecer a Sion, no sólo sus cosas, sino sus personas.
1. Ellos serán (v. 10) quienes reedificarán los muros de Jerusalén Puesto que Jehová los admite en Su pueblo (v. 56:3–8), alegremente se prestarán a este servicio que redunda en beneficio de ellos mismos. Los reyes, ya mencionados en el versículo 3b, acostumbrados a ser servidos, con gusto asumirán el oficio de servidores (v. 10b): «sus reyes te servirán» El resto del versículo 10 contiene frases que nos recuerdan las de 54:7 y ss.
2. La Jerusalén celestial, eterna, recogerá, purificadas y sublimadas, las bendiciones del reino milenario. Esto ha de ser tenido en cuenta al estudiar muchos lugares de estos capítulos 60 al 66 de Isaías. Por eso, el v. 11 tiene un extraordinario parecido a lo que Juan dice (Ap. 21:24, 25) de la Jerusalén celestial. No sólo en el cielo, sino también en la Sion terrenal futura, la necesidad de cerrar las puertas de noche habrá cesado: en el cielo, porque allí no entrarán los ladrones; en la Sion terrenal futura, porque serán tenidos a raya con cetro de hierro (v. 12). En Zacarías 14:17–19 hallamos profecías parecidas a la del v. 12. Las leyes que emanen de Jerusalén habrán de ser obedecidas de buen grado o por la fuerza.
3. A los servicios prestados por los árabes del oriente del país, y por los países de allende el Mediterráneo, se unen ahora (v. 13) «los de los vecinos del norte, que ofrecerán sus incorruptibles maderas, como hicieron para la construcción del primer templo (1 R. 5:8–10)» (Moriarty). Recuérdese que el Líbano era famoso por sus cedros. El versículo 14 resume, en la voluntaria humillación que se imponen a sí mismos los que otrora humillaron y escarnecieron a Israel, el homenaje universal que las naciones tributarán a Sion del Santo de Israel, y reconocerán en la capital del pueblo de Dios la Ciudad de Jehová, la ciudad que Dios protegió de modo especial y que, ahora, ha redimido definitivamente y exaltado sobre todas las ciudades y pueblos de la tierra.
Versículos 15–18
En estos versículos se le prometen a Israel honor y prosperidad, en lugar del abandono en que se ha hallado recientemente y del odio que sus enemigos han puesto por obra contra el pueblo de Dios.
1. En lugar del abatimiento que durante tanto tiempo ha experimentado (v. 15) y de una desolación expresada en la frase «tanto que nadie transitaba por ti», ahora Dios iba a convertir a Israel en «orgullo eterno» (lit.), es decir, en un estado de prosperidad tan excelente que fuese algo digno de qué gloriarse. Esto había de constituir su gozo de generación en generación frase que sólo en el reino milenario tendrá perfecto cumplimiento.
2. Las naciones tributarán a Israel (v. 16), no sólo honor, sino también lo mejor que posean. En 49:23 se prometía que las reinas de las naciones serían sus nodrizas. Al seguir la misma imagen, aquí se le promete que mamará la leche de las naciones. No dice que les chupará la sangre, como hacen los opresores, sino la leche, los dones que, con maternal afecto, como dadores alegres, le presentarán las naciones.
3. Así, la que antes había sido oprimida y empobrecida, ahora será enriquecida (v. 17). Con las bendiciones espirituales vendrán también las riquezas materiales. El pecado convirtió el oro en bronce cuando Roboam hizo escudos de bronce en lugar de los escudos de oro que había empeñado; pero el favor de Dios va a convertir ahora el bronce en oro.
4. La prosperidad será acompañada de la justicia y tendrá como fruto la paz (vv. 17b, 18). Como los magistrados de la nación harán justicia, habrá paz en el gobierno del país. Jamás volverá a existir en el país la violencia, con lo que la desolación y la destrucción se habrán terminado también. Dice Moriarty:
«Esta visión magnífica de la tierra en paz contrasta fuertemente con 59:9–15. La Jerusalén vista por Zacarías no necesitará murallas». Aquí (v. 18b) todavía se habla de muros, pero es sólo para dar a entender que la ciudad estará protegida contra ataques e invasiones del enemigo. Esto es lo que se da a entender con el epíteto de Salvación que se pone a dichos muros. Sus puertas serán llamadas Alabanza, porque todo el que entre por ellas sólo oirá y cantará alabanzas.
Versículos 19–20
Como símbolo de la paz interior de Jerusalén y de las bendiciones que Dios le dispensará de forma ininterrumpida, los versículos 19 y 20 (comp. con Ap. 21:23; 22:5) apuntan todavía más lejos que el Milenio para entrar en la eternidad feliz de la Jerusalén Celestial. Sin embargo, en sentido metafórico, las expresiones de dichos versículos dan a entender aquí la paz y la prosperidad permanentes de Israel como bendiciones de su Dios. El sol tiene sus variantes: se pone, vuelve a salir, etc. La luna varía aún más; no sólo sale y se pone, sino que crece y mengua. El versículo 19 dice literalmente: «El sol ya no será más tu luz de día, etc.». Israel tendrá un sol que no cambia (v. Stg. 1:17). Tampoco puede descartarse el que haya aquí «una alusión al culto cananeo del sol y de la luna, importante en el panteón cananeo. Jehová es y será siempre su verdadera luz» (Moriarty)
Versículos 21–22
En resumen de todo lo dicho, los versículos 21 y 22 ponen de relieve que «la nueva comunidad, purificada, recta y numerosa, poseerá la tierra y, en sus vidas santas, darán testimonio de la gloria de Dios» (Slotki). Por su parte Moriarty comenta así el versículo 21: «Todos serán justos; afirmación explícita de lo que está implícito en la descripción anterior: todos serán rectos y santos, si no personalmente, por lo menos porque formarán parte de una nación recta y santa, cuyo guardián será Jehová». La viña que Jehová plantó (5:1–7) le había dado agrazones en lugar de uvas, pero la que ahora va a plantar será, dice Jehová (v. 21, al final), «obra de mis manos en la que gloriarme». Y no sólo será una viña buena, sino que se multiplicará prodigiosamente (v. 22). Dios mismo lo corrobora con la fórmula solemne que cierra el versículo 22 y el capítulo: «Yo, Jehová, a su tiempo apresuraré su cumplimiento».
«Los rabinos, dice Slotki, descubrieron una aparente contradicción en esta última frase: Si un acontecimiento ha de suceder a su tiempo, ¿cómo puede apresurarlo Dios? Lo explican así: si Israel es digno, Dios apresurará su llegada; si no, sucederá a su (destinado) tiempo». Mayor cordura muestra M. Henry (aunque aplica todo esto a la Iglesia): «Puede parecer que se demora, pero, como ha de hacerlo el Señor, también lo ha de apresurar; lo hará en el tiempo designado por Su sabiduría, aunque no en el tiempo prescrito por nuestra necedad. Y esto es realmente apresurarlo; porque, aunque parezca que se retrasa, no se retrasa si sucede en el tiempo de Dios».
La Ryrie Study Bible pone a este capítulo el siguiente epígrafe: «El ministerio de paz del Mesías durante ambas venidas». Aquí tenemos: I. El anuncio que el Mesías hace de Su misión (vv. 1–3). II. Las ciudades del país serán reedificadas y la nación gozará de gran prosperidad (vv. 4–9). III. Israel, por boca del profeta, expresa sus sentimientos de gozo y alabanza a Dios ante estas bendiciones (vv. 10, 11)
Versículos 1–3
El mejor expositor de la Palabra de Dios (v. Jn. 1:18; He. 1:2) nos ha dado aquí la mejor exposición de estos versículos: el propio Señor Jesús, al leerlos en la sinagoga de Nazaret y aplicarlos enteramente a Sí mismo, diciendo: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc. 4:17–21). Así como Isaías fue enviado a proclamar libertad a los judíos cautivos en Babilonia, así fue Cristo enviado por Dios a publicar un jubileo más gozoso a un mundo perdido.
I. Cómo fue equipado el Mesías para esta empresa (v. 1): «El Espíritu del Señor Jehová está sobre mí». Los profetas tenían el Espíritu de Dios moviéndolos a ellos, tanto en las instrucciones que les daba sobre lo que habían de decir como en las incitaciones con que les impelía a decirlo. También el Espíritu mismo se movía de uno a otro profeta (v. por ej. 2 R. 2:9). Pero Cristo tenía al Espíritu que reposaba sobre Él siempre y sin medida. Cuando iba a comenzar el ministerio de Su vida pública, el Espíritu Santo descendió sobre Él, en figura de una paloma mansa (Mt. 3:16). Este mismo Espíritu es el que Él comunicó a los que habían de proclamar las Buenas Nuevas a todo el mundo, diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn. 20:22).
II. Cómo fue destinado y consagrado para este ministerio: «El Espíritu del Señor Jehová está sobre mí, porque me ha ungido Jehová». Por esto, fue llamado el Cristo, es decir, el Ungido, ya que Cristo es la versión griega del hebreo Mashiaj (Mesías), pues Dios le había ungido con óleo de alegría más que a sus compañeros (Sal. 45:7), y el aceite de la unción era el símbolo del Espíritu Santo (v. Zac. 4—todo el capítulo—y 1 Jn. 2:20, 27, entre otros lugares).
III. Cuál era la obra para la que había sido destinado y consagrado.
1. Había de ser un predicador, es decir, había de ejercitar en esto el oficio profético. Había de predicar buenas noticias (pues esto es lo que significa el vocablo «Evangelio»). Las había de predicar a los pobres (comp. con 29:19), es decir, a los humildes, los arrepentidos, los que sólo confían en Jehová, pues no tienen a nadie ni nada en que confiar, excepto Dios (comp. con Sof. 3:12; Mt. 5:3). Para éstos, las buenas nuevas de la redención serán de veras buenas noticias
2. Había de ser también un médico, pues había de vendar a los quebrantados de corazón, es decir, a curar las heridas producidas por el pecado y, en consecuencia, las producidas por las aflicciones y penalidades que, de uno u otro modo, son efecto del primer pecado. Quienes tienen el corazón quebrantado por el pecado y son así humillados (contritos) bajo el sentimiento de culpa y el peso de la ira de Dios, son equipados en el Evangelio de Cristo con lo que les puede aliviar el peso y silenciar el miedo.
3. Había de ser un libertador. Como profeta, había de enseñar; como sacerdote, había de sanar; y como rey, había de libertar.
(A) Había de proclamar paz para sus amigos: «para proclamar libertad a los cautivos (como lo hizo Ciro con los judíos que estaban en el exilio), y a los presos apertura de los ojos» (lit.), con lo que se expresa gráficamente «la facultad para ver claramente en contraste con la oscuridad de una prisión» (Slotki). El pecado no sólo nos ata y esclaviza (Jn. 8:32–36; Ro. 6:17, 18), sino que también nos ciega, pues el que no sigue a Cristo anda en tinieblas (Jn. 8:12). Esta libertad es efectiva para todos aquellos que se sacuden el dominio del pecado, y no permiten que reine sobre ellos (Ro. 6:12), así como la visión la obtienen cuantos no cierran voluntariamente los ojos a la luz (v. Jn. 9:39–41).
(B) Había de proclamar guerra y venganza contra sus enemigos (v. 2). Mientras los que creen y se arrepienten entran en el gran jubileo de Dios («el año de la buena voluntad de Jehová»—comp. con Lc. 2:14b—) y, por eso, alcanzan la libertad, los enemigos de Dios (comp. con 66:14) no experimentarán misericordia, sino ira: el día de la venganza de nuestro Dios. No cabe duda de que ese día es el día de Jehová. Ese día (comp. con Ro. 2:5) no pertenece a la presente dispensación, sino a la Segunda Venida del Señor, por lo cual, y esto es muy importante, cuando el Señor Jesús leyó estos versículos en la sinagoga de Nazaret, se detuvo bruscamente después de decir: «… para proclamar el año de la buena voluntad de Jehová», pues si hubiese continuado diciendo: «y el día de la venganza de nuestro Dios», ESO NO SE HABRÍA CUMPLIDO en el HOY EN QUE CRISTO ESTABA HABLANDO.
4. Había de ser un consolador, pues por eso iba a ser predicador, médico y libertador. Es enviado a consolar a todos los que lloran (v. 2b, comp. con 57:18); se refiere especialmente a los que lloran por Sion, como se ve por el versículo siguiente. Ese consuelo que el Salvador va a brindar se describe gráficamente por medio de los símbolos de alegría que van a sustituir a los de duelo. Les dará: (A)
«diadema en lugar de ceniza». En el hebreo hay un bello juego de palabras: Dará peér (diadema) en vez de epher (ceniza), donde vemos una trasposición de las dos primeras letras. La diadema o, más exactamente, la guirnalda de honor y alegría reemplazará a la ceniza, que es símbolo de duelo. (B) «Óleo de gozo en lugar de luto». Dice Slotki: «La aplicación del aceite al cuerpo para aliviar los efectos del calor era considerada como un gran refrigerio (v. Sal. 23:5; 45:8) y, por eso, su uso se interrumpía en tiempo de duelo (cf. 2 S. 14:2)». (C) «Manto de alabanza en lugar de espíritu de pesadez» (lit.). La depresión pesa sobre el alma como plomo; en cambio, la alabanza por los beneficios recibidos es como un manto de honor, que no pesa porque se lleva con sumo gusto.
5. También iba a ser agricultor (comp. con Jn. 15:1): «Y serán llamados (los consolados por el Mesías) terebintos de justicia, plantío de Jehová (comp. con 60:21), para gloria suya». Todo lo que Cristo hace por nosotros es para que seamos pueblo de Dios y le rindamos alabanza y servicio como árboles vivos, de hoja perenne y siempre con frescura primaveral, como los terebintos; con esto, Dios es glorificado en sus santos.
Versículos 4–9
1. Se promete aquí primeramente (vv. 4–7) que «las ruinas de las ciudades desoladas de la Tierra Santa serán reconstruidas, y los extranjeros apacentarán los rebaños y cultivarán los campos, mientras que Israel, libre de cuidados mundanales, consagrará la vida al servicio de Dios y, como sacerdotes Suyos, enseñarán religión y moralidad a las naciones del mundo» (Slotki).
(A) Confortados con la salvación que el Redentor les ha traído, pondrán manos a la obra y reedificarán las ciudades que por tanto tiempo yacieron en ruinas (v. 4). Como advierte Slotki, no está claro quiénes son los que edifican, si los de Sion (v. 3) o los extranjeros (v. 5), aunque el paralelismo con lo que sucedió a la vuelta del exilio de Babilonia parece implicar que serán los propios judíos los que llevarán a cabo esa tarea (comp. con 49:8); con todo, 60:10 sugiere que serán extranjeros
(B) Los que habían sido sus opresores serán sus servidores en las faenas pastoriles y agrícolas (v. 5).
(C) Mientras tanto, los israelitas (v. 6), «reino de sacerdotes» (Éx. 19:6), podrán dedicarse a las faenas espirituales que son propias de los sacerdotes, pues el sustento material les será asegurado por los extranjeros, quienes del ganado y de la tierra podrán proveerles de todo lo necesario. Dice Slotki: «Así como los sacerdotes se sustentaban de lo que los israelitas les asignaban, así también la nación sacerdotal será sustentada por los otros pueblos, ya que ellos estarán dedicados al servicio divino». Un adelanto de esto lo tenemos ya en la Iglesia, donde todos los creyentes, no una casta solamente, somos sacerdotes (v. 1 P. 2:9).
(D) Lo que constituía el esplendor de las naciones (v. 6, al final), es decir, las riquezas de toda índole, serán entregadas a los israelitas como ofrendas que se llevan al altar. Se volverán así las tornas (v. 7). Los que de la mano de Dios habían recibido el doble (v. 40:2), mientras sus enemigos se alegraban al verlos tan abatidos y humillados, ahora poseerán doble honra, con lo que corresponderá así la exaltación actual al abatimiento anterior.
2. Se promete también (vv. 8, 9) que Dios renovará con ellos Su pacto («haré con ellos pacto perpetuo»—v. 8, al final—), de tal forma que no sólo ellos, sino también sus descendientes, serán reconocidos en todas las naciones como «el linaje que Jehová ha bendecido» (v. 9). La razón que Dios alega (v. 8a) para hacer este beneficio a Israel es que «Yo, Jehová, soy amante del derecho, aborrecedor del latrocinio con iniquidad» (lit.). Así dicen comúnmente las versiones, al seguir a ciertos MSS que leen awlah, iniquidad, en lugar de olah, holocausto, que es la lectura más probable. Por eso, la Ryrie Study Bible y la Biblia de Jerusalén (ésta, en pie de página), así como la A.V. inglesa, traducen: «y aborrezco latrocinio en el holocausto». Basado en la A.V. es como M. Henry comenta atinadamente: «Ama (Dios) que se haga justicia entre los hombres, tanto entre los magistrados y los súbditos como entre vecino y vecino y, por ello, aborrece toda injusticia. Si los hombres no hacen justicia, Él ama hacer justicia por Sí mismo y compensa a los que padecen injustamente, y castiga a los que obran el mal. Es cierto que los servicios rituales nunca expiarán por la violación de los preceptos morales, ni se justificará ningún latrocinio con decir: “era para holocaustos” o Corbán—Es un don».
Versículos 10–11
En estos versículos el profeta expresa los sentimientos de gozo que embargan los ánimos del pueblo redimido. Puede apreciarse claramente el trasfondo escatológico de estos dos versículos si se comparan con Jeremías 33:11; Mateo 22:2; Apocalipsis 21:2.
1. El pueblo se regocija en Jehová, su Dios (v. 10). El motivo es que Dios le ha revestido con vestiduras de salvación: La salvación que Jehová ha llevado a cabo a favor de Su pueblo es como un hermoso ropaje que le cubre enteramente; por ninguna parte pueden verse ya los harapos que denunciaban su anterior estado de abatimiento y pobreza. Jehová le ha rodeado de manto de justicia, es decir, de vindicación, como en otros muchos lugares de Isaías; no queda ya ningún flanco que se ofrezca al ataque o al denuesto de los enemigos de Israel; está bien cubierto, y cubierto de gala, como un novio o una novia en el día de su boda.
2. El versículo 11 establece un paralelo entre la fecundidad de la tierra y los frutos espirituales que Jehová hará brotar incluso en las naciones que han sido enemigas de Israel, pues también ellas «se verán obligadas a confesar que éste es el pueblo a quien ha bendecido Jehová» (Moriarty). El original dice que «el Señor Jehová hará brotar justicia (tsedaqah) y alabanza (tehilah)», entendiendo por «justicia» la «victoria», y por «alabanza» la «gloria». Israel será así vindicado y glorificado ante las naciones, de forma que quienes otrora le oprimieron y llenaron de oprobios, ahora le justificarán y llenarán de alabanzas (comp. con v. 9).
En este capítulo llegamos a la cima del ensalzamiento de Sion. La división del capítulo puede hacerse siguiendo los epígrafes que Slotki pone al comienzo de las secciones respectivas. Así tenemos: I. El profeta no puede callarse hasta que la causa de Sion quede definitivamente vindicada (vv. 1–5). II. Dios ha puesto atalayas que le recuerden constantemente Sus promesas a la ciudad (vv. 6–9). III. El profeta convoca a prepararse para dar la bienvenida a los exiliados que vuelven a su patria (vv. 10–12).
Versículos 1–5
1. El profeta, como vidente y como portavoz de Dios, no quiere callar, sino gritar sin descanso, hasta que sea vindicada la causa de Sion. Vemos, pues:
(A) Cuál es la resolución del profeta: «No callaré, no descansaré». Continuará insistente en su predicación y ferviente en su oración.
(B) Cuál es el motivo de esta resolución: «En atención a Sion, en atención a Jerusalén»; no lo hace por ningún interés personal suyo, sino por amor a Sion, por el afecto que siente hacia Sion, ya que es la Sion de Dios y, por tanto, le es querida para él como lo es para Dios.
(C) Hasta cuándo. Ha resuelto continuar así a tiempo y fuera de tiempo (2 Ti. 4:2), hasta que se cumpla la promesa de la vindicación de Sion ante todas las naciones (v. 1b): «hasta que salga como resplandor su justicia (su vindicación), y su salvación (su liberación) brille como una antorcha». Dice Slotki: «Así como una antorcha que arde puede verse desde lejos, en una zona extensa, así también la salvación de Sion será visible a todos».
2. Dios, por su parte, va a llevar a cabo la liberación de Sion.
(A) Cuando Dios haya llevado a cabo la salvación de Sion, ésta será manifiesta a todos: «Entonces (v. 2) verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria (v. 61:11, al final)». Sion quedará vindicada y alabada por quienes antes la oprimieron y la denostaron.
(B) A Sion le será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová señalará (v. 2b, comp. con Jer. 33:16; Ap. 2:17; 3:12). Un nombre nuevo «supone un cambio radical en la persona» (Moriarty); por tanto, es señal de un nuevo carácter y hasta de una nueva relación con Dios. Esta nueva relación con Dios se indica en el versículo 3: «Y serás corona de adorno en la mano de Jehová, y diadema real en la mano de tu Dios». Esta corona y esta diadema no estarán en la cabeza de Dios, como si le añadiesen algún honor o algún poder, sino en la mano, pues Dios la sostendrá así para que todos la admiren.
(C) «Nunca más (v. 4) será llamada Desamparada (hebr. Azubah, que, por cierto, es un nombre propio en 1 R. 22:42) ni su tierra se dirá más Desolada, sino que será llamada Jeftsi-bah (que significa: “Mi deleite en ella”) y su tierra, Beulah (que significa “desposada”). El versículo 5 explica el motivo del cambio de epítetos: Del mismo modo que un joven se desposa con una virgen, se desposarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo tu Dios». Antes había estado desamparada y desolada, como una viuda sin esposo y sin hijos, ahora será como una virgen a quien con gusto desposa Dios y hasta sus propios hijos, una vez que su Dios la ha purificado, refinado y reformado. Para muchos autores, resulta extraño que los hijos de Sion vayan a desposar a su madre, y piensan que habría que leer bonáyij (tus edificadores) en lugar de banáyij (tus hijos). Sin embargo, la lectura correcta es banáyij. Slotki presenta esta explicación:
«La aspereza de la expresión que los comentaristas señalan es, quizá, más aparente que real si uno se percata de que la esposa es Sion, y los hijos son los exiliados que regresan. La comparación no es con el acto del desposorio, sino con el acto de la lealtad, la devoción y la completa dedicación que la motivan. Al tener en cuenta que la raíz original hebrea baal significa tanto “desposorio” como “posesión”, puede sugerirse que el profeta hace puramente un juego de palabras y que la versión pueda ser: “como un joven se desposa con una virgen, así te poseerán tus hijos”».
Versículos 6–9
Dos cosas se le prometen aquí a Jerusalén:
1. Abundancia de medios de gracia—abundancia de buena predicación y de buena oración (vv. 6, 7—). Se suministra provisión: (A) Para que los ministros puedan cumplir con su obligación de atalayas:
«Sobre tus muros—dice Dios (v. 6)—he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás». Tienen que aprovechar todas las oportunidades para dar advertencias a los pecadores, a tiempo y a destiempo, y nunca deben traicionar la causa de Dios con un cobarde silencio. ¿Quiénes son estos guardas? Dice Slotki: «Guardas. Invisibles seres angélicos. Según otros, los centinelas o guardas son los “que hacen duelo en Sion” o “la compañía de profetas” que, mediante sus oraciones por el bien de Jerusalén, le recuerdan a Dios Sus promesas». (B) Para que el pueblo pueda cumplir con su deber. Que no piensen que ya es bastante con que sus guardas oren por ellos, sino que también ellos deben orar por sí mismos. Los que profesan ser pueblo de Dios deben ser un pueblo orante.
2. Abundancia de todas las demás cosas buenas (v. 8). Del grano de ellos se han alimentado sus enemigos. En esto había un doble perjuicio, pues mientras ellos carecían de lo necesario para la vida, sus enemigos se fortalecían precisamente con eso mismo. Se dice que Dios había dado el trigo a los enemigos, en justo castigo por el abuso que ellos habían hecho de la abundancia. El vino por el que ellos habían trabajado, lo habían bebido los extranjeros para satisfacer sus concupiscencias. Pero véase cómo Dios les restaura ahora todas esas cosas (v. 9): «Los que lo cosechan lo comerán y alabarán a Jehová». Debemos recoger con diligente laboriosidad lo que Dios nos da, y comerlo con alegría. Hemos de servirle de esta abundancia, usarlo en obras de piedad y caridad, comerlo y beberlo en los atrios de Su santuario, donde el altar, el sacerdote y el pobre deben tener, todos ellos, su porción. Jehová ha jurado (v. 8a) por su mano derecha y por su poderoso brazo, que hará esto por Su pueblo. Es una gran satisfacción para los que edifican sus esperanzas en la promesa de Dios; estar seguros de que es también poderoso para hacer lo que ha prometido (Ro. 4:21).
Versículos 10–12
El profeta convoca aquí a prepararse para dar la bienvenida a los que regresan del exilio.
1. Hay que preparar el camino, y quitar todos los obstáculos que se opongan a un viaje cómodo y pacifico (v. 10). M. Henry entiende que las puertas de las que se habla aquí son las de Babilonia, a fin de que por ellas salgan los exiliados. Slotki opina que son «las de las ciudades, para hacer la siguiente proclamación». Moriarty dice que «la invitación se dirige probablemente a los ciudadanos de Sion». El contexto posterior del versículo 10 favorece, en opinión del traductor, a Moriarty. También Juan el Bautista fue enviado a preparar el camino del Señor (Mt. 3:3).
2. Esta salvación se ha de publicar (vv. 11, 12): (A) Primeramente, a Sion (v. 11b): «Decid a la hija de Sion: Mira, viene tu Salvador». El lenguaje de este versículo 11, como advierte Slotki, «tiene reminiscencias de 40:10; 48:20». Sion, Jerusalén, tendrá un consuelo y una satisfacción grandes con esta noticia. De aquí se sigue que (v. 12) les llamarán (las naciones a los israelitas que regresan) Pueblo Santo, Redimidos de Jehová Las dos últimas frases del versículo 11 han sido comentadas en 40:10. A Jerusalén se le dice, con frases parecidas a las del versículo 4, que ahora la llamarán Buscada, pues la prosperidad siempre atrae, Ciudad no desamparada y, por tanto, excelente para cobijarse en ella.
En este capítulo tenemos: I. La venganza que Dios toma de Sus enemigos (vv. 1–6). II. La gratitud y el reconocimiento con que el pueblo se dirige a su Dios (vv. 7–14). III. Una oración en la que apelan a la misericordia de Dios para que les perdone y les ayude (vv. 15–19).
Versículos 1–6
Tenemos aquí la victoria de Jehová sobre los enemigos. Éste es el día de la venganza de nuestro Dios (61:2b). Basta comparar las frases de estos versículos con lugares como Apocalipsis 14:18–20; 19:13, para percatarse de que esta victoria la obtiene Jehová mediante su Siervo-Mesías. Como dice muy bien Trenchard: «Parece increíble que tanto los “Padres de la Iglesia” como los teólogos de la Reforma, amén de muchos expositores modernos, hayan podido ver aquí el anuncio de la obra de Cristo, pues no coinciden más que frases aisladas. Basta notar que la sangre que tiñe los vestidos del vencedor no es la suya propia aquí, sino la de sus enemigos (63:3)».
1. El capítulo comienza con preguntas retóricas del profeta. Edom representa aquí a los países de tiranía y opresión. Dice Moriarty: «Edom, al sudeste del mar Muerto, era el enemigo tradicional de Israel y simboliza aquí la hostilidad de las naciones contra Jehová. Bosrá era la principal ciudad de Edom».
2. Responde el divino guerrero, y dice (v. 1b): «Yo, el que hablo en justicia, es decir, en victoria vindicativa, poderoso para salvar». Como advierte Slotki: «No se menciona ninguno de los nombres divinos, sino sólo dos atributos de Dios. Fue a Edom para un propósito concreto: castigar a los opresores y salvar a Su pueblo».
3. Al ver los vestidos del guerrero teñidos en sangre, el profeta pregunta (v. 2) de nuevo qué significan esas manchas. Resulta curioso que el vocablo hebreo adom, rojo, es de la misma raíz que Edom (y también Adán—tierra rojiza, esto es, arcilla—). El divino guerrero responde que esas manchas rojas son de la sangre de sus enemigos (v. 3): al pisarlos como se pisan las uvas en el lagar, la sangre le ha salpicado los vestidos. Es ahora el día de Jehová (v. 4), de venganza contra los enemigos, de redención para Israel.
4. Esta victoria la ha conseguido solo (vv. 3a, 5, comp. con 59:16). Dice Moriarty: «Jehová no se ha servido de ningún instrumento para llevar a cabo su juicio, como cuando, en tiempos pasados, utilizó el poder de Asiria y de Babilonia para castigar a su pueblo». La metáfora del versículo 6b: «y los embriagué en mi furor», encaja bien en lo de pisar el lagar del versículo 3a, y así lo traen todas las versiones. No obstante, algunos MSS hebreos y el Targum cambian el kaf de ashakrem en bet. ashabrem, «los hice pedazos». Téngase en cuenta que kaf y bet son tan parecidas que sólo un ojo experimentado en la lectura del hebreo puede distinguirlas de inmediato.
Versículos 7–14
En estos versículos el profeta, en nombre del pueblo, hace una fervorosa confesión de la misericordia de Jehová y de la rebeldía de Israel.
1. Tenemos primero (vv. 7–9) un reconocimiento agradecido de las misericordias (jasdey, en plural) de Jehová (v. 7). Tan abundantes son las fuentes de la misericordia divina, que emplea el plural al mencionarla. Las alabanzas de Jehová son los muchos actos, dignos de alabanza, que Dios ha llevado a cabo a favor de Su pueblo. La misericordia amorosa de Dios es tan copiosa porque Dios es amor (1 Jn. 4:8, 16); conforme a Su propia naturaleza obra, cuando obra con amor.
2. Dios se confió a ellos (v. 8) y los salvó desde el principio (vv. 11–14), esperaba que le serían leales (comp. con 5:2). El ángel de su rostro (lit.) los salvó (v. 9b) es el ángel de Jehová (Éx. 23:20–23), «el ángel del pacto» (Mal. 3:1b), es decir, el propio Señor Jesucristo preencarnado, el cual bien puede llamarse el ángel del rostro de Jehová, no sólo porque es «la fiel representación de su ser real» (He. 1:3, RV 1977), sino también por ser la manifestación en carne del Dios invisible (v. Jn. 14:9; 1 Ti. 3:16; 1 Jn. 4:2).
3. Especialmente conmovedora es la frase que encabeza el versículo 9: «En toda angustia de ellos Él fue también angustiado». Dice Slotki: «Dios mismo, por decirlo así, participa en los sufrimientos de Su pueblo». Es cierto que el actual texto masorético dice: «En toda angustia de ellos, (Él) no (fue) adversario», pero el adverbio lo (no) lleva encima un asterisco, como advirtiendo que en lugar de alef podría haber un vau, con lo que en lugar de no sería para Él («angustia para Él», lit.). A mi juicio—nota del traductor—, se trata de una de las muchas correcciones hechas por los antiguos escribas, por una falsa reverencia; cambiaron el vau en alef. Vienen a las mientes las palabras de Jesús a Saulo: «… ¿por qué me persigues?», cuando Saulo perseguía a la Iglesia. Tan lejos está Dios de afligir por gusto (Lm. 3:33), que es afligido en las aflicciones de ellos, como se afligen los buenos padres cuando alguno de sus hijos está enfermo.
4. «Mas ellos (v. 10) fueron rebeldes y contristaron su Santo Espíritu (comp. con Ef. 4:30); por lo cual se les volvió enemigo, etc.». No fue por gusto de Dios, sino por los pecados de ellos (comp. con 59:1, 2). ¡Qué cosa tan mala ha de ser el pecado, para convertir en enemigo al mismo Dios que es tan amigo de Su pueblo; como para ser afligido en todas las aflicciones de ellos, y tomar al que es el Amor en persona en un Dios que pelea contra Su propio pueblo!
5. El versículo 11 resulta difícil de interpretar por no estar claro: (A) quién es el que se acordó; (B) quién es el que hace las preguntas de los versículos 11b–13. Para no aburrir al lector con prolijas discusiones, bastará con presentar la versión literal más probable del versículo 11: … Entonces se acordó (Israel, lo más probable) de los días antiguos, del que sacó (hebr. moshé—¡el nombre hebreo de Moisés!—) a su pueblo, (diciendo): ¿Dónde (está) el que hizo subir del mar el pastor (algunos MSS dicen los pastores, es decir, Moisés y Aarón) de Su rebaño? ¿Dónde el que puso en medio de ellos Su Santo Espíritu?»
6. Los versículos 12 y 13 muestran claramente que Moisés (o Moisés y Aarón) fue pastor de Israel (comp. con Jn. 10), guió a los israelitas desde la salida de Egipto hasta las puertas mismas de la Tierra Prometida, y pasó por el mar Rojo y por el desierto. Pero el que en realidad los guiaba por mano de Moisés era Jehová, pues Él era quien hizo subir del mar el pastor (Moisés) y Aquel cuyo brazo glorioso (v. 12, lit. brazo de gloria) marchaba a la mano derecha de Moisés, para darle fuerza sobrenatural cuando empuñaba la vara de los prodigios, la que dividió las aguas. El versículo 14 ha de ponerse, con la mayor probabilidad, en labios del propio Isaías, dirigiéndose a Dios. El lugar de descanso al que el Espíritu de Dios llevó al pueblo es, con la mayor probabilidad, la Tierra Prometida. Dice Moriarty: «El descanso incluye no sólo el descanso físico, sino el moral, que es la paz».
Versículos 15–19
En estos versículos hallamos una ferviente plegaria a Dios para que salve y auxilie a Su pueblo.
1. No ha de verse en el versículo 15 ninguna irreverencia en la forma en que el profeta, en nombre del pueblo, se dirige a Dios. Dice Moriarty: «De la consideración del pasado de Israel, el autor se traslada al presente y contempla la desdichada situación de los desterrados … Apunta delicadamente la queja de que Dios está demasiado lejos para ocuparse de su pueblo». Le recuerda a Dios que, a pesar de todas las rebeldías de Israel, sigue siendo (v. 16), no sólo el Redentor perpetuo del pueblo, sino también su Padre (comp. con Éx. 4:22, 23) y, por tanto, no puede desentenderse de Sus hijos, ya que sus progenitores según la carne, Abraham y Jacob, «yacen en sus sepulcros sin cuidarse de sus descendientes» (Moriarty). De los buenos padres terrenales podrá decirse que siempre aman, pero no se puede decir que siempre viven. Sólo Dios es nuestro Padre amante e inmortal.
2. La misma queja tierna se expresa en los versículos 17–19, de tres formas diferentes, pero complementarias:
(A) Se queja de que Él mismo, Jehová, les hizo extraviarse de Sus caminos (v. 17) y endureció el corazón de ellos para no temerle, esto es, prestarle la debida adoración. Dice Slotki: «Los sufrimientos de Israel, infligidos por Dios, son en sí mismos un obstáculo para volver a las sendas de la justicia y de la rectitud, y es implorado Dios para que se reconcilie con Su pueblo, si no es en atención a ellos, que lo haga en atención a sus antepasados». A eso viene la mención de las tribus de tu heredad (v. 17, al final).
(B) Se queja también (v. 18) de que han sido entregados en manos de los enemigos (de Israel y de Dios), de forma que un pueblo santo ha visto pisoteado por extranjeros su lugar santo: «Por poco tiempo poseyó (el santuario) tu pueblo santo; nuestros enemigos han hollado tu santuario» (lit.). No se quejan aquí de que los enemigos hayan destruido sus hogares y sus ciudades, sino de que han pisoteado el templo. Aunque tuvieron santuario (primero, el tabernáculo; después, el templo) durante más de siete siglos, eso les parece poco tiempo en comparación con la promesa hecha a Abraham (Gn. 17:8) de que habían de poseer la tierra de Canaán a perpetuidad.
(C) Se queja finalmente (v. 19) de que, al ser el pueblo de Dios, en realidad parece como si Israel no fuese ya una teocracia, y el país estuviese dejado de la mano de Dios, hecho semejante a las demás naciones del mundo, en las que Dios ejerce un control remoto, sin cuidarse especialmente de los intereses del pueblo. ¿Habrá cesado Israel de ser el pueblo elegido de Dios? Con esto se insinúa que «la inacción de Dios podría poner en peligro Su reputación» (D. F. Payne).
Sólo queda por hacer notar que la Biblia Hebrea añade al versículo 19 de este capítulo el versículo 1 del capítulo siguiente, mientras que los LXX hacen una partición, con lo que el texto queda como aparece en nuestras versiones. Dice Moriarty: «Y con razón, como lo demanda el sentido, más afín con lo que sigue, la teofanía divina, que con lo que precede».
En este capítulo continúa la patética plegaria del capitulo anterior. I. Fervorosa oración para que Dios se manifieste a favor de ellos de un modo extraordinario (vv. 1, 2). II. Apelan a lo que Dios ha hecho en otras ocasiones por Su pueblo (vv. 3–5). III. Confiesan que tienen bien merecido el castigo que ahora padecen (vv. 6, 7). IV. Se entregan a la misericordia de Dios como a Padre que es de ellos, y se someten a su soberanía (v. 8). V. Oran fervientemente por el perdón del pecado y para que se aleje el enojo de Dios (vv. 9–12).
Versículos 1–5
I. Aquí, la petición es que Dios se manifieste de forma maravillosa a favor de ellos (vv. 1, 2). Cuando Dios lleva a cabo alguna extraordinaria liberación de Su pueblo, se dice que resplandece, para mostrarse a Sí mismo fuerte; así, aquí piden que rasgue los cielos y descienda. Esto es aplicable a la Segunda Venida de Cristo, cuando el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, etc. (1 Ts. 4:16). Los antiguos concebían la bóveda del cielo como una plancha metálica. Le piden, pues, a Dios que haga una abertura en la bóveda, en dirección a la tierra (v. Sal. 18:9), y descienda por allí. Para que esta manifestación sea más notoria, piden a Dios que, a Su presencia («es fuego consumidor»—He. 12:29—), se derritan los montes, como prende el fuego en la enramada, fuego que hace hervir las aguas (v. 2). A nadie podría pasar desapercibido un fenómeno tan portentoso, y las naciones temblarían ante la presencia de Jehová.
II. Apelan a casos anteriores en los que Dios se había manifestado de forma maravillosa a favor de ellos.
1. Le recuerdan a Dios lo que hizo por ellos cuando sacó a Israel de Egipto (v. 3). Hizo entonces cosas terribles, es decir, que infundían terror, en las plagas de Egipto, cosas en que ellos mismos no habían pensado ni las esperaban. Después descendió al monte Sinaí (v. 3b) con tal aparato de majestad aterradora que hizo derretirse a los montes adyacentes, haciendo que saltasen como carneros (Sal. 114:4).
2. Apelan también a la provisión que había hecho para la seguridad y dicha de Su pueblo.
(A) Es una provisión copiosa (v. 4). Los hombres no habían oído ni visto las cosas que Dios obra en favor del que en Él espera (comp. con Sal. 31:19). Muchas de esas cosas estuvieron ocultas durante las antiguas dispensaciones, pero iban a ser reveladas en la dispensación del Evangelio, como lo declara el apóstol en 1 Corintios 2:9. Lo que los hombres no habían oído desde el principio del mundo, lo habían de oír antes del fin del mundo. Incluso la paz presente de los creyentes sobrepasa toda expresión (Fil. 4:7).
¡Qué será en la futura bienaventuranza! De las obras de Su gracia maravillosa, lo mismo que de las obras de su portentoso poder, hemos de deducir que no hay Dios como Él.
(B) Es una provisión al alcance de la mano (v. 5): «Sales al encuentro del que con alegría hace justicia; le sales al encuentro con el bien que le has preparado (v. 4), y no te olvidas de los que se acuerdan de ti en tus caminos». ¡Qué comunión la que existe entre un Dios de gracia y un alma en gracia! Hemos de cumplir nuestros deberes con alegría, deleitarnos en nuestro Dios y cantar en nuestras labores. Esta buena disposición es preludio de ulteriores gracias, pues Dios sale al encuentro o, mejor, se adelanta al que obra el bien con gozo. Se adelanta a perdonar a Su pueblo arrepentido, como se adelantó el padre del pródigo a recibir al hijo que regresaba a casa (Lc. 15:20). Les oye y responde antes que terminen de hablar (65:24).
3. Apelan a la inmutabilidad del favor de Dios y a la estabilidad de Sus promesas (v. 5b): «Mira, tú estás enojado y nosotros somos pecadores, por lo cual hemos estado bajo las manifestaciones de tu ira; pero en ellos, en aquellos caminos tuyos, los caminos de misericordia en los que nos acordábamos de ti, en ésos hemos continuado. Y, mediante la continuación del pacto, esperamos ser salvos, pues en la perpetuidad de ese pacto está toda nuestra salvación». Esta interpretación de M. Henry, contra lo que da a entender la letra de nuestras versiones, está corroborada por la versión inglesa judía, que hace un paréntesis de la frase «Mira, tú estás enojado y nosotros somos pecadores». Parece, en efecto, ser la interpretación más correcta.
Versículos 6–12
Vemos ahora las Lamentaciones de Isaías—la destrucción de Jerusalén a manos de los caldeos, y el pecado de Israel que provocó tal destrucción.
1. El pueblo de Dios en su aflicción confiesa y lamenta sus pecados. Ahora que estaban bajo la reprensión de Dios por sus pecados, confiesan que no tienen otra cosa en que confiar, sino en la misericordia de Dios.
(A) Había entre ellos una general corrupción de costumbres (v. 6): «Todos nosotros somos como suciedad, como quienes están llenos de lepra y han de ser expulsados del campamento, y aun todas nuestras justicias, es decir, las obras que consideramos como suficientemente buenas, son como trapos de inmundicia (lit. paños de tiempos, con lo que alude a la menstruación periódica de las mujeres— contaminadora, según la Ley—)». Eso es lo que son las mejores personas; todos nosotros estamos corrompidos y contaminados. Nuestras mejores acciones también lo están. No sólo hay una corrupción general de costumbres, sino también generales defectos en nuestros actos de devoción.
(B) Había también entre ellos un general enfriamiento de la devoción (v. 7). La verdadera oración estaba abandonada: «Nadie hay que invoque tu nombre, nadie que busque tu gracia para reformarnos, o tu misericordia para aliviarnos y hacer que se aparten los castigos que nuestros pecados han atraído sobre nosotros». Y si había uno aquí o allá que invocase el nombre de Dios, lo hacía con gran dosis de indiferencia: «Nadie hay … que se despierte para apoyarse en ti (mejor, para asirse de ti)». Orar es asirse de Dios, asirse de las promesas que Dios nos ha hecho por su buena voluntad—asirse de Él como se ase el que lucha de aquel con quien está luchando (v. Gn. 32:24–26—). Pero cuando nos asimos de Dios es como el barquero que, con su arpón, se ase de la orilla como si quisiese atraer ésta hacia sí, pero en realidad es para tirar de sí mismo hacia ella; así también oramos, no para atraer a Dios a nuestra mente, sino para llevarnos a nosotros mismos a la Suya. Los que quieran asirse de Dios en oración han de despertarse para ello, todo cuanto hay en nuestro interior ha de ponerse al servicio de esta tarea (y todo será poco): nuestra mente ha de estar fija, y nuestro corazón ha de estar llameante.
2. Reconocen que sus aflicciones son el fruto de sus pecados y de la consiguiente ira de Dios (v. 6b):
«Y caímos todos nosotros como la hoja. No sólo nos hemos marchitado y perdido nuestra belleza, sino que nos hemos desprendido del árbol de la vida, como las hojas en otoño, secas ya y sin savia; y entonces nuestras maldades, como el viento, nos llevaron deprisa al cautiverio, como vientos de otoño que primero soplan en las hojas y las desprenden, y luego soplan todavía en ellas para llevarlas lejos (v. Sal. 1:3, 4).
3. Apelan a la relación que tienen con Jehová como su Dios y le imploran humildemente (v. 8):
«Ahora, pues, Jehová, tú eres nuestro padre. Necios y negligentes cuales somos, pobres y despreciados de nuestros enemigos, todavía, con todo, tú eres nuestro padre; a ti, por tanto, volvemos en nuestro arrepentimiento». Dios es su Padre, pues les dio el ser y los formó como pueblo, moldeándoles según la figura que le plugo: «Nosotros somos el barro, y tú nuestro alfarero (lit.); por consiguiente, esperamos que tú que nos hiciste y formaste, nos rehagas y reformes, aun cuando nos hemos deshecho y deformado a nosotros mismos: Somos como suciedad (v. 6), pero obra de tus manos somos todos nosotros (v. 8b); por tanto, no desampares la obra de tus manos (Sal. 138:8c). Somos tu pueblo; y, ¿no buscará un pueblo a su Dios? (8:19). Somos tuyos, ¡sálvanos! (Sal. 119:94)».
4. Importunan a Dios para que se vuelva de su ira y les perdone los pecados (v. 9). Oran que Dios se reconcilie con ellos, y entonces sentirán un alivio muy grande, ya sea que la aflicción continúe o sea retirada: «No te enojes sobremanera, sino sea mitigado tu enojo con la clemencia y la compasión de un padre».
5. La condición lamentable en que se hallaban.
(A) Sus casas estaban en ruinas (v. 10). Las ciudades de Judá fueron destruidas por los caldeos, y sus habitantes fueron deportados del país: «Tus santas ciudades están desiertas». Las ciudades de Judá son llamadas santas porque eran de Dios y porque el pueblo era un reino de sacerdotes para Jehová; por eso, se lamentaban de que estuviesen en ruinas sus ciudades. «Incluso Sion es un desierto, añaden. La ciudad misma de David yace en ruinas; Jerusalén, la hermosa, es una desolación; se ha vuelto la burla y el escándalo de toda la tierra; está hecha un montón de escombros».
(B) También la casa de Dios está en ruinas (v. 11). Esto es lo que lamentan más que todo: que ha sido pasto del fuego. Era «nuestra casa santa y hermosa»; la santidad de ella era a sus ojos la mayor belleza de esa casa y, por consiguiente, su profanación era el aspecto más triste de su desolación. Era el lugar donde «te alabaron nuestros padres»—dicen—. Allí le habían alabado con sus sacrificios y sus cánticos.
¡Qué lástima que yaciera en cenizas lo que por tantos siglos había sido la gloria de su nación! Todas sus cosas más estimadas habían sido destruidas, todas las cosas que ellos empleaban en el servicio de Dios; no sólo el mueblaje del templo, los altares y la mesa, sino los sábados y todas sus demás festividades religiosas, que ellos solían observar con alegría.
6. Concluyen arguyendo humildemente con Dios acerca de sus presentes desolaciones (v. 12): «¿Te estarás quieto, oh Jehová, ante estas cosas? Cuando se nos maltrata guardamos silencio, porque la venganza pertenece a nuestro Dios, no a nosotros; pero cuando Dios es insultado en Su honor, debería con razón esperarse que Él hable y actúe para vindicarlo; Su pueblo no le prescribe lo que debe hacer, pero le dice: «¿Callarás?» (comp. con Sal. 83:1: «Oh Dios, no guardes silencio»). Como si dijese: «¡Habla para convicción de tus enemigos! ¡Habla para consuelo y alivio de tu pueblo! Porque, ¿nos afligirás sobremanera?» Dios había dicho que no contendería para siempre y, por tanto, los Suyos pueden asirse de esa promesa para estar seguros de que sus aflicciones no han de continuar hasta la extremidad ni hasta la eternidad, sino que han de ser ligeras y por un momento.
En este capítulo tenemos: I. El anuncio de la extensión de las buenas nuevas a los gentiles (v. 1). II. El rechazo temporal de los judíos por su obstinación e incredulidad (vv. 2–7). III. La salvación del remanente (vv. 8–10). IV. Los juicios de Dios que han de perseguir a los rebeldes (vv. 11–16). V. Las bendiciones reservadas para el reino futuro mesiánico (vv. 17–25).
Versículos 1–7
El apóstol Pablo nos ha dado una interpretación auténtica de los versículos 1 y 2 de este capítulo en Romanos 10:20, 21, y hace la observación de que Isaías es muy atrevido al predecir esto a los judíos, quienes habrían de tomarlo como una grave afrenta hecha a su nación. Sin embargo—nota del traductor—
, es muy problemático que el sentido literal histórico del hebreo sea ése, pues parece ser que aquí tenemos la respuesta a la oración del capítulo anterior. Dice Moriarty: «Dios contesta que Él estuvo siempre dispuesto a proteger a su pueblo, pero fue éste quien no pidió ayuda». No obstante, puesto que la acomodación de Pablo fue inspirada por Dios mismo, seguiremos esa línea de interpretación, como lo hace M. Henry.
I. Se predice aquí que los gentiles, que habían estado lejos, habían de ser hechos cercanos (v. 1). Pablo lo lee de la siguiente manera: Fui hallado por los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí.
1. Los que por tanto tiempo habían estado sin Dios en el mundo, van a ser vistos ahora hallándole sin buscarle; los que nunca habían dicho: ¿Dónde está Dios mi hacedor?, comenzarán ahora a inquirir por Él.
¡Con qué placer habla aquí el gran Dios de ser hallado! Pues hay gozo muy grande en el cielo por pecadores que se arrepienten.
2. Dios se adelantará con sus bendiciones a las oraciones de ellos: Fui hallado por los que no me buscaban. Este feliz encuentro y comienzo de buena relación entre Dios y el mundo gentil comenzó del lado de Él. Aun cuando, en el tiempo que sigue a la conversión, Dios es hallado por los que le buscan (Pr. 8:17), en la primera conversión es hallado por los que no le buscan. Sólo después que Dios ha comenzado a llamar, puede un inconverso buscarle (v. 55:6 y ss.), pues le amamos porque Él nos amó primero (1 Jn. 4:19).
3. Dios concedió las ventajas y los beneficios de la revelación divina a quienes nunca habían hecho ninguna profesión de religión: «Dije a gente que no me llamaba por mi nombre, que no pertenecía a mi pueblo: Heme aquí, heme aquí, es decir, aquí estoy para recibirte, aquí estoy a tu disposición».
II. Se predice a continuación que los judíos, quienes por largo tiempo habían sido un pueblo cercano a Dios, serían rechazados y colocados a distancia por algún tiempo (v. 2). El apóstol aplica esto a los judíos de su época (Ro. 10:21): «Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y contradictor».
1. Cómo eran cortejados los judíos por la gracia de Dios. Dios mismo, por medio de Sus profetas, de Su Hijo, de Sus apóstoles, extendió hacia ellos las manos en actitud de ruego suplicante y de anticipada bienvenida. Cuando Jesús fue crucificado, fueron extendidas sus manos, como si se preparase a recibir a los pecadores, y clavadas se le quedaron para que no se le cayesen de fatiga como a Moisés. Incluso los que lleguen a la hora undécima del día no serán rechazados.
2. Ellos despreciaron la invitación; fueron invitados al banquete de bodas, pero no quisieron venir, sino que rechazaron el consejo de Dios contra sí mismos. El mundo verá que no fue por nada por lo que fueron rechazados por Dios. Estaban muy decididos. Bueno o malo, querían obrar lo que mejor les parecía. Dios les había declarado cuáles eran Sus pensamientos, Su mente y Su voluntad, pero ellos prefirieron seguir en pos de sus pensamientos (v. 2, al final).
(A) Ésta era la queja de Dios acerca de ellos: le apenaron, contristaron su Santo Espíritu (63:10), como si estuviesen decididos a que se tornase enemigo de ellos.
(B) El profeta habla más en particular de las iniquidades de ellos y las de sus padres (v. 7), como el motivo por el que Dios los rechazó. La iniquidad más provocadora de sus padres había sido la idolatría. Éste fue el pecado que les condujo al cautiverio y, aun cuando el cautiverio les curó bien de ella, todavía les fue tenida en cuenta cuando llegó la ruina final de la nación.
(C) Quizás eran muchos, largo tiempo después de la deportación, los que, aun cuando no adoraban dioses extraños, se casaron con mujeres extrañas. Abandonaron el templo de Dios y sacrificaron en huertos (v. 3b), a su modo, menospreciaron lo instituido por Dios. Abandonaron el altar de Dios y quemaron incienso sobre ladrillos. Dice Moriarty: «La práctica aquí condenada formaba parte probablemente del culto cananeo a Aserá, la cual aparece, en la épica ugarítica de Baal, fabricando ladrillos para la casa del dios, como se confirma por una moneda tiria encontrada en 1954». Altar nefando, en comparación con el altar de oro que Dios les había ordenado.
(D) Practicaron la nigromancia o consultas a los muertos, a lo que alude lo de «se sientan en los sepulcros y pasan la noche en antros» (v. 4). También violaron las leyes de Dios acerca de los alimentos, comiendo (v. 4b) carne de cerdo y el caldo (o piezas) de otras cosas abominables, es decir, de otros alimentos prohibidos (comp. con 66:17). Dice Slotki: «El caldo, preparado de una manera especial, creían que tenía propiedades mágicas. El alimento prohibido es llamado aquí abominación, y los que lo tomaban son llamados (Lv. 11:43) ellos mismos personas abominables».
(E) El pecado principal de los judíos en tiempo de nuestro Salvador era el orgullo hipócrita, especialmente entre los escribas y fariseos a quienes denunció Jesús con repetidos ayes. Así hacían también éstos (v. 5), diciendo: «Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú». Como diciendo: «Retírate y júntate con los que son como tú; no te me acerques, que me contaminas; no me toques, que estoy apartado de tu contacto». «Éstos—dice Dios (v. 5b)—son humo en mi nariz, fuego que arde todo el día». La frase «humo en mi nariz», dice Moriarty, es una «imagen gráfica para indicar una cosa que produce comezón y excita la cólera divina». «Es un humo, dice M. Henry, que no procede de un fuego rápido, que arde pronto en llamas agradables, sino del fuego de madera húmeda, que arde todo el día, sin hacer otra cosa que humo.»
(F) La prueba contra ellos es manifiesta y notoria (v. 6): «He aquí que escrito está delante de mí». Todas las iniquidades de ellos y de sus padres figuran en los anales de Dios, y Dios les dará su merecido (comp. con Sal. 79:12; Lc. 6:38). Dice Dios que les pondrá el pago en el seno, porque «en el seno se guardaba antiguamente la bolsa del dinero» (Moriarty).
Versículos 8–10
Esta porción es explicada por el apóstol en Romanos 11:1–5, donde, al referirse al rechazo de los judíos, se hace la pregunta: «¿Acaso ha desechado Dios a su pueblo?» Y responde: «¡En ninguna manera! … Ha quedado un remanente conforme a la elección de la gracia». La presente profecía hace referencia a ese distinguido remanente. Algunos judíos habían de abrazar el cristianismo. Otros muchos más se habían de convertir en la Segunda Venida del Señor (Ro. 11:26); 144.000 serían reservados para un ministerio especial durante la Gran Tribulación (Ap. 7:1–8).
1. Esto es ilustrado aquí por medio de una comparación (v. 8). Cuando una vid se halla tan marchita que parece no tener savia ni vida, y el viñador se siente inclinado a cortarla, quizás uno que pase por allí descubre que alguno de los racimos tiene todavía jugo y le dice: «No lo desperdicies porque hay bendición en él». A veces, Dios no acaba con ciudades, y aun con naciones, en atención a unos pocos.
2. Quiénes son los que formarán este remanente: (A) Los que sirven a Dios (v. 8b): «Así haré yo por mis siervos», dice Dios. Y añade (v. 9, al final): «Mis siervos habitarán allí». Los fieles siervos de Dios sirven también a su generación. (B) Los que buscan a Dios, tienen por lo más importante de la vida el invocarle.
3. Qué es lo que la misericordia de Dios tiene en reserva para ellos. El remanente volverá a establecerse felizmente en el país (v. 9): será «descendencia de Jacob». De Judá va a sacar «un heredero de mis montes»; es decir, de la región montañosa en que está ubicada Jerusalén. También tendrán abundantes pastos (v. 10) para sus ganados. Sarón y Acor se llenarán otra vez de ganado. Sarón es «la fértil llanura entre las montañas y el Mediterráneo, que se extiende desde Jaffa (Jope) hasta las cercanías del monte Carmel (cf. 35:2)» (Slotki). Akor (comp. con Os. 2:15), según Moriarty, «conocida hoy como Buqueiah, en los montes al norte y oeste de Qumrán, era, y es aun ahora, desierto».
Versículos 11–16
Condiciones diferentes de los piadosos y de los malvados, de los judíos que creyeron y de los que todavía persistieron en su incredulidad.
I. El terrible destino de los que persistían en su idolatría, a pesar de la deportación a Babilonia, y en su infidelidad, después de la predicación del Evangelio de Cristo.
1. Viene primero la amenaza (v. 12): «Yo también os destinaré a la espada, y todos vosotros os arrodillaréis al degolladero». Hay aquí un juego de palabras, pues el verbo manithi (destinaré) corresponde al dios Destino (hebr. mení) de final del versículo 11.
2. Los pecados por los que son destinados a la espada. (A) La idolatría era un pecado inveterado (v. 11): «Vosotros sois los que, en lugar de servirme a mí como pueblo mío, dejáis a Jehová para servir a otros dioses y olvidáis mi santo monte para quemar incienso sobre los montes de vuestros ídolos (v. 7), tras de haber dejado al único Dios vivo y verdadero. Ponéis una mesa para la Fortuna (hebr. Gad) y suministráis libaciones para el Destino (hebr. Mení)». Éstos eran, dice Slotki, «nombres de deidades cuyo culto consistía en extender para ellos una mesa con manjares y bebidas». (B) La infidelidad era el pecado específico de los judíos contemporáneos del cautiverio (v. 12b): «por cuanto llamé y no respondisteis, etc.», lo que se refiere a lo mismo del versículo 2, y eso es aplicado (v. Ro. 10:21) a los que rechazaron el Evangelio. Nuestro Señor Jesús los llamó igualmente: «se puso en pie y alzó la voz» (Jn. 7:37), pero no respondieron. No es extraño que los que no se dejan persuadir a escoger el bien, persistan en seguir escogiendo el mal.
II. La agravación de este destino, cuando se considera el dichoso estado de los que fueron traídos al arrepentimiento y a la fe. Las bendiciones de los que sirven a Dios y la terrible condición de los que se rebelan contra Él se ponen aquí frente a frente, para que sirvan mutuamente de contraste (vv. 13–16). El pesar de los que perecen se aumentará al ver la felicidad de los siervos de Dios y, especialmente, al pensar que también ellos podían haber compartido esa dicha si no hubiera sido por su propia culpa. La diferencia entre ambos estados estriba en dos cosas:
1. En punto al consuelo y a la satisfacción. Los siervos de Dios no carecerán de nada que sea bueno para ellos. Pero los que ponen el corazón en las cosas del mundo estarán hambrientos y sedientos, siempre vacíos y siempre ansiosos, pues no es pan (55:2); harta, pero no satisface. Los siervos de Dios se alegrarán (v. 13c) y cantarán por júbilo del corazón (v. 14). El cielo será un mundo de perpetuo gozo para todos los que ahora siembran con lágrimas. Pero, por la otra parte, los que dejan al Dios verdadero se cierran a sí mismos las puertas del gozo, pues serán avergonzados (v. 13, al final) de su vana confianza, de su propia justicia y de las esperanzas que sobre ella edificaron.
2. En punto al honor y a la reputación (vv. 15, 16): Los malvados perderán la reputación a la que pensaban ser acreedores, de forma que sólo merecerán maldiciones. En efecto (v. 15), ésta es la maldición que se lanzará contra ellos: «¡Que el Señor Jehová te mate!» En cambio, Dios dará a sus siervos otro nombre (v. 15b), les pondrá «un apelativo de fama y de gloria» (Slotki). Los malvados se bendicen a sí mismos en la abundancia de bienes temporales que poseen (Sal. 49:18; Lc. 12:19); pero los siervos de Dios (v. 16) se bendicen a sí mismos en el Dios del Amén (comp. con 2 Co. 1:20), esto es, en el Dios fiel, y dicen: «El Dios fiel me bendiga». Le darán a Dios el honor que se le debe por este bendito cambio, pues les ha hecho olvidar las angustias anteriores (v. 16b). Tan olvidadas que quedarán escondidas de los ojos mismos de Dios. Dice Slotki: «Dios mismo, por decirlo así, ya no las verá más».
Versículos 17–25
Estos versículos, dice Ryrie, contienen «una descripción del reino milenario, el cual es preliminar a los nuevos cielos y la nueva tierra (v. 17)».
1. Se predice primero (v. 17) la «creación de unos nuevos cielos y una nueva tierra». El contexto posterior aclara que estamos ante el reino milenario, no ante la eternidad (comp. con 66:22–24). ¿Cómo se explica, pues, la semejanza con 2 Pedro 3:13 y Apocalipsis 21:1? Comenta Trenchard: «En parte, se vislumbra un reino terrenal, donde se edifican casas y se plantan viñas, y donde, a pesar de una longevidad desconocida desde el diluvio acá, la muerte puede caer sobre el pecador (65:20 y 21). Pero el oráculo rebasa los límites de un reino terrenal, y pasan a abarcar la nueva creación de los cielos y la de la tierra, o sea, la renovación de todo el universo». Slotki explica la expresión «nuevos cielos y nueva tierra» como una «metáfora para designar un nuevo orden mundial». En efecto—nota del traductor—, es probable que éste sea el significado que aquí quiere darle el profeta.
2. Las condiciones del nuevo orden de cosas serán tales que ya no se acordarán de lo primero (v. 17b), es decir, de las angustias pasadas (v. 16b, comp. 42:9; 43:18, 19; 2 Co. 5:17). En lugar de angustia, tristeza y dolor, habrá alegría en Jerusalén y gozo en el pueblo (vv. 18 y 19), en el sentido probable de que el pueblo de Israel no sólo se gozará en Jehová como Jehová se gozará en él, sino que también irradiará ese gozo a todo el mundo. Así lo entiende Slotki. Estas dichosas condiciones se particularizan (vv. 20–25) en cierto número de detalles de la vida en el Milenio:
(A) Habrá gran longevidad (v. 20). El que muera de cien años será tenido por demasiado joven para morir o por demasiado malo para seguir con vida por más tiempo. Si cien años se estima el período más corto de vida, quizás la longevidad normal de los fieles súbditos del Rey habría de cifrarse en mil años, con lo que éstos pasarían del Milenio a la eternidad sin sufrir la muerte. Sin embargo, del texto sagrado sólo pueden extraerse dos datos que arrojan alguna luz, aunque no decisiva, sobre este punto: (a) El versículo 22b asegura: «porque según los días de un árbol añoso serán los días de mi pueblo». Hay varios árboles cuya longevidad se acerca al milenio y aun lo sobrepasa, pero la frase del texto no da pie para fijar una cifra, aunque insinúa, desde luego, varias centurias. (b) En Apocalipsis 20:4 (al final) leemos: «y reinaron con Cristo mil años», pero el contexto anterior aclara que esto se refiere específicamente a los decapitados que volvieron a la vida, mártires resucitados para toda la eternidad.
(B) La propiedad estará asegurada, pues no serán posibles los hurtos en un régimen de justicia bajo el cetro de hierro del Salvador (vv. 21–23): «No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma» (v. 22). De todo ello disfrutarán ellos y sus descendientes con ellos (v. 23, al final), lo cual da a entender que «varias generaciones vivirán juntas simultáneamente» (Slotki).
(C) Habrá una buena correspondencia entre ellos y su Dios (v. 24): «Y antes que me llamen, responderé yo; mientras aún estén hablando, yo habré oído». Dios se adelantará a las preces de ellos con las bendiciones de Su bondad. Dice Slotki: «Todos los deseos humanos serán divinamente cumplidos aun antes de que hayan sido expresados».
La naturaleza entera disfrutará de la paz mesiánica, lo cual se notará especialmente en el mundo animal (v. 25, comp. con 11:6): «El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey»; no hará daño porque se habrá vuelto vegetariano. Satanás estará atado (v. Ap. 20:1–3), mordiendo el polvo: «y el polvo será el alimento de la serpiente». La alusión a Génesis 3:14 no puede ser más clara. Con esto se indica «que la era mesiánica será el retorno a la era del paraíso» (Moriarty).
La Ryrie Study Bible ofrece la siguiente división del presente capítulo. I. Reprensión de la hipocresía (vv. 1–6). II. Renacimiento de Israel (vv. 7–9). III. Regocijo en el futuro (vv. 10–24).
Versículos 1–6
1. El primer versículo de este capítulo es aplicado por Esteban (Hch. 7:49, 50) al desmantelamiento del templo material de Israel, para dar paso a la adoración pura y sencilla en espíritu y en verdad (Jn. 4:24). En efecto, en el versículo 2 hace ver Dios que Su atención no estará en las prácticas rituales, sino en la disposición del corazón: «pero miraré, es decir, tomaré nota y le atenderé en sus oraciones, a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra, esto es, es consciente de su responsabilidad en cumplir mi voluntad» (comp. con Sof. 3:12). Sería, con todo, una equivocación ver en este versículo un repudio absoluto del culto litúrgico; eso supondría una contradicción de lo que el mismo Dios dice por medio de los profetas Hageo y Zacarías. Lo que este versículo significa es que «el mero ritualismo no es un sustituto de la moralidad, ni dejará Dios de mostrar su cólera contra los pecadores porque le edifiquen un templo» (Moriarty).
2. Los versículos 3 y 4 dan a entender que los sacrificios de los malvados no sólo son inaceptables para Dios, sino que son una abominación a Sus ojos (comp. con Pr. 15:8). Los judíos carnales, a su regreso del cautiverio, se volvieron remisos en el servicio de Dios. Traían lo hurtado, lo cojo, lo enfermo (Mal. 1:13). Si tenemos en cuenta que la expresión «como si», repetida cuatro veces (v. 3) en nuestras versiones, no existe en el original hebreo, el significado más probable es que el culto había venido a ser una mezcla de ritos legales y supersticiones paganas, abominables a Dios, aunque quizás sea más probable la explicación alternativa que ofrece Moriarty: «o como indicando la falta de sinceridad y respeto con que ofrecían a Jehová los sacrificios rituales, como si fueran cosas profanas». Esto era como una burla a Dios, por lo que Él (v. 4) les dice: «también yo escogeré para ellos escarnios, etc.».
3. Después de haber denunciado la hipocresía de la nación, que se mofaba de la Palabra de Dios, el profeta se dirige ahora a los temerosos de Dios que tiemblan a Su palabra (v. 5; la misma expresión del v. 2), para decirles que no teman lo que sus hermanos—es decir, los judíos que no temían a Dios—sentían acerca de ellos. De estos «falsos hermanos» dice: «os aborrecen, precisamente por ser sinceramente piadosos, y os echan fuera, esto es, os excluyen de su compañía». Slotki hace ver que «el verbo hebreo para echar fuera significa en el hebreo tardío “excomulgar”». Lo que estos falsos hermanos les dicen a los piadosos es una mofa sarcástica, pues es evidente que no sienten lo que dicen. No hay, empero, motivo para temer estas mofas, pues son ellos (v. 5, al final) los que serán confundidos. Más aún, Dios se dispone (v. 6) a darles el castigo merecido. Dice Moriarty: «Dios viene con la majestad de la tempestad. Su voz se oye desde el templo, lo que anticipa ya el juicio del día de Jehová».
Versículos 7–9
En estos versículos se predice el renacimiento de Israel en tiempos del reino mesiánico milenario. Así la restauración escatológica de Israel es mencionada inmediatamente después de la mención implícita (v. 6) del día de Jehová.
1. A juicio del traductor, el versículo 7 tiene un extraño parecido con Apocalipsis 12:5 y podría arrojar una luz insospechada sobre tan oscura porción (v. el comentario a Ap. 12). En la alegoría que aquí tenemos delante, la mujer que está de parto es Sion (v. 7), lo cual no obsta para que se aplique también a Israel (Ap. 12:1), por ser Sion el centro religioso del país. Se dice (v. 7b) que dio a luz un hijo varón antes de que le viniesen los dolores de parto, lo cual significa que la salvación final de Israel (comp. con Zac.
12:10; 13:1; Ro. 11:26) vendrá por sorpresa, como por sorpresa vendrá también el juicio (v. 6) a los malvados. La razón por la que se especifica que el nacido será un hijo varón es porque «el nacimiento de un varón era ocasión de mayor gozo que el de una hembra» (Slotki).
2. Más sorprendente aún que el nacimiento de un varón antes de que la madre sienta los dolores de parto, es que la mujer de a luz en un solo día a toda una nación (v. 8). La conversión en masa de los judíos es aquí comparada al nacimiento de una nación. El apóstol Pablo lo compara (Ro. 11:15) a una resurrección de entre los muertos: «Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos?»
3. Esto será obra de Dios, quien no deja nunca las cosas a medio hacer (comp. con Fil. 1:6). El versículo 9 dice así literalmente, según el original hebreo: «¿Acaso haré yo llegar hasta el punto de dar a luz y no haré nacer, dice Jehová? Si yo hago nacer, ¿cerraré el vientre?, esto es, ¿dejaré el parto a medio acabar?, dice tu Dios». Esto significa que «la rápida restauración que se ha iniciado se completará. Dios no dejará Su obra sin terminar» (Slotki).
Versículos 10–24
A continuación vemos una exhortación a regocijarse en el futuro de Israel, lleno de bendiciones.
I. Tenemos primero (vv. 10–14) una descripción del reino milenario.
1. Las angustias primeras (65:16) serán olvidadas, para dar paso a un gozo puro y sin mezcla de tristezas ni temores. Por eso, el profeta exhorta a todos a que se alegren con Jerusalén, porque viene la nueva era, la era mesiánica, en la que todas las naciones compartirán las bendiciones de Israel (vv. 10, 11). Esto es lo que se declara bajo las gráficas expresiones de mamar de sus pechos y beber de la abundancia (hebr. ziz, que bien podría verterse por ubre, al hacer un paralelo con pecho de la frase anterior) de su gloria. Continúa, pues, como advierte Moriarty, «la alegoría de la madre». Sion será entonces la madre-nodriza no sólo de Israel, sino también de todas las naciones.
2. El que de tal manera les exhorta a que se regocijen, les explica también (vv. 12–14) el motivo de este gran regocijo:
(A) Jehová establecerá en Sion la paz como un río (v. 12), esto es, en gran abundancia, proveyendo a todos de todo bien, del mismo modo que lo hace un río a todas las tierras por donde pasa.
(B) También extenderá Jehová sobre ella (v. 12b) la gloria de las naciones (comp. con 60:5; 61:6; Ap. 21:24, 26) como un torrente que se desborda, y mamaréis de todo lo mejor que las naciones puedan aportar (la gloria) a lo mucho bueno que ya tendrá Sion (la gloria, al final del v. 11).
(C) A la abundancia de bienes se une la forma sumamente afectuosa con que serán tratados los de Israel por parte de las naciones (v. 12c) y de Dios mismo (v. 13): (a) «En brazos seréis traídos (mejor, sobre la cadera)» (comp. con 49:22; 60:4). Hasta las naciones que habían oprimido a Israel se apresurarán a traer a la Tierra Santa a los israelitas que se hallan dispersos por todo el mundo. (b) «Sobre las rodillas seréis mimados», como lo son los niños pequeños sobre las rodillas de sus madres. Sigue, pues, la alegoría de la madre-nodriza. (c) «Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo», donde hay tres detalles dignos de notar: Primero, lo que se ha dicho del niño pequeño, se extiende aquí a todo hijo que viene a su madre, cansado o herido, en busca de consuelo. Segundo, en realidad, quien de veras da a luz y «da de mamar» al pueblo no es Sion por sí misma (ella no es fuente, sino canal), sino Dios mismo. Tercero, vemos que al israelita sincero, como a todo creyente, no le hace falta ninguna otra madre espiritual (la «Madre de la Iglesia» o «la Madre Iglesia»), pues Dios es, al mismo tiempo, Padre y Madre, al tener en Sí, infinitamente ampliados y sublimados, los sentimientos paternales y maternales.
(D) Cuando vean esto (v. 14), es decir, cuando lo experimenten, se alegrará su corazón, es decir, lo más íntimo de la persona, y sus huesos (siendo que por todo el ser, ya que el esqueleto es el armazón del cuerpo) reverdecerán como el césped, esto es, como la hierba «fresca y llena de savia» (Slotki). Así será notoria la protección de Dios (la mano de Jehová») a sus siervos fieles, mientras se desata Su enojo contra Sus enemigos. Esta última frase sirve de enlace con lo que sigue.
II. Aquí tenemos (vv. 15–17) una descripción vívida de los juicios de Dios contra los malvados en la Segunda Venida de Cristo (comp. con 2 Ts. 1:7–9).
1. Se describen primero (vv. 15, 16) los juicios de Dios contra los impíos. Aunque la preposición es la misma en la primera frase del v. 15 y en la primera frase del versículo 16, hay que verter en la primera:
«Jehová vendrá en fuego», el fuego de la ira de Dios, fuego que refina (Éx. 3:2) sin consumir—a los Suyos—, o fuego consumidor (He. 12:29) a todo rebelde. Aquí, con todo el aparato que designa metafóricamente la majestad tremenda de Jehová: sus carros (comp. con 5:28; Sal. 68:17; Hab. 3:8) como el torbellino y la llama de fuego. Luego (v. 16) se describen los instrumentos con que Dios hará perecer a Sus enemigos: (A) «Con fuego», con el fuego de la Gehenna, es decir, del infierno. (B) «Con su espada» (comp. con 27:1). Dice Moriarty: «Jehová vendrá como un guerrero, y sus armas serán el fuego y la espada, y muchas las víctimas».
2. Se declara después (v. 17) cuáles son los pecados por los que ha de venir sobre los impíos el juicio de Dios (comp. con 65:3, 4): (A) Van a los huertos, a fin de practicar allí los detestables ritos idolátricos ya mencionados en el versículo 3. (B) Lo de «siguiendo uno que está en medio» puede interpretarse de tres maneras, según observa Slotki: «El kethib (lo escrito) lee la palabra (uno) como masculino, el keré (como se lee) como femenino. El primero podría denotar al guía de la procesión, el segundo a una diosa, posiblemente la aserah. Maimónides explica como “detrás de un árbol en el medio”, lo que él entiende como complacerse en pasión prohibida». (C) «Los que comen carne de cerdo, abominación (probablemente, el caldo de 65:4) y ratón», todo ello prohibido en la Ley.
III. En los versículos 18–21 se nos dan «detalles del testimonio misionero durante el Milenio» (Ryrie).
1. Se declara primero el tiempo en que esto ocurrirá (v. 18). Es precisamente (¿y paradójicamente?) porque Jehová conoce las obras y los pensamientos (v. 18a, comp. con 59:7; 65:2) de los impíos (enlace con el versículo anterior) por lo que se dispone a efectuar una salvación amplia, para la que los israelitas convertidos servirán de misioneros a todas las naciones. Estas naciones, de diversas lenguas, vendrán a Sion y verán la gloria de Jehová (comp. con 45:22–25; Jer. 3:17), la majestad salvífica y bienhechora del Dios de Israel.
2. No se dice (v. 19a) cuál será la señal que Dios hará, pero parece que, en todo caso, será una señal milagrosa. Esta señal será como el toque de atención de que va a comenzar la labor misionera de los escapados de ellos, es decir, de los supervivientes miembros del remanente judío (contra la opinión de Slotki, que ve en estos escapados a «los sobrevivientes del fuego y del furor descritos en los vv. 15 y ss.»).
3. Los misioneros judíos se desplazarán (v. 19b): a Tarsis (SO, costa de España), Put (Libia), Lut (Lidia en el Asia Menor), los tiradores de arco (probablemente se refiere a los dos pueblos anteriores), a Tubal (NE, Asia Menor) y Yaván (Grecia), y a las islas costeras lejanas, que no han oído ni visto nada de las manifestaciones gloriosas de Jehová.
4. La labor misionera de estos judíos se resume en pocas palabras al final del versículo 19: «Y publicarán mi gloria entre las naciones». Los judíos que así se dispersarán entre las naciones declararán la gloria de la providencia de Dios en la historia de Israel. Se cumplirá así lo predicho por Zacarías 8:23:
«Así dice Jehová de las huestes: En aquellos días acontecerá que diez hombres de las naciones de toda lengua tomarán del manto a un judío, diciendo. Dejadnos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros».
5. Los versículos 20 y 21 podrían entenderse en el sentido de que los convertidos por la labor misionera del remanente salvo judío han de traer, en toda clase de cabalgaduras y vehículos (comp. con 43:6; 49:22; 60:4), a los israelitas que se hallaban dispersos entre ellos «por ofrenda a Jehová» (v. 20) y que, también de esos gentiles, hechos ya prosélitos, Dios tomará para sacerdotes y levitas (v. 21). Esto puede ser verdad (comp. con 1 P. 2:5, 9), y así lo ve aquí Moriarty; pero lo más probable es que sean los convertidos de las naciones los que traigan a los israelitas dispersos, pero que sea de éstos de los que Dios tomará para sacerdotes y levitas. Cabe todavía, como opina Trenchard, que sean los propios «escapados» del versículo 19 los que, dice él, «predicarán a las naciones y recibirán el encargo de recoger a sus hermanos de la dispersión de todo el mundo».
IV. En los últimos versículos (22–24) del capítulo (y del libro) se mezclan expresiones que apuntan al Milenio, con otras que se refieren al estado final, eterno, tanto de los salvos como de los condenados.
1. Como ya hemos visto en el comentario a 65:17, es probable que la expresión «los cielos nuevos y la nueva tierra» (v. 22) se refiera en primer lugar al «nuevo orden mundial» inaugurado en el Milenio, como lo da a entender el que se tome nota de meses y sábados (v. 23) con respecto al culto de adoración a Jehová (comp. con 1:13, 14; 19:21, 23; 27:13; 49:7; Ez. 46:1, 6). Tres detalles adicionales confirman esto:
(A) En el versículo 22b Jehová asegura a los israelitas que «así permanecerá vuestra descendencia para siempre», lo que no cuadra bien con el estado eterno, donde la descendencia natural no tendrá ninguna relevancia. (B) En el versículo 23b se dice que «vendrá toda carne (lit.) a adorar», lo que se explica mejor de la humanidad según existe en la tierra, no en el cielo. (C) El versículo 24 comienza diciendo: «Y saldrán y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí». Esto tiene su mejor explicación después de la batalla de Armagedón.
2. La segunda parte del versículos 24 es citada por el propio Jesús con indudable referencia al infierno (Mr. 9:48, donde está bien atestiguado por todos los MSS). El versículo 24, como dice Moriarty, «choca con lo que precede. Quizás por ello los masoretas sugirieron que se repitiera la lectura del versículo 23 después del versículo 24, con objeto de que la profecía terminara con una nota positiva y reconfortante». En efecto, así figura en las Biblias hebreas, aunque el versículo 23 aparece, en la repetición, en caracteres más pequeños. En cuanto a las frases «su gusano nunca morirá ni su fuego se apagará», dice el mismo autor: «Como el gusano devora el cadáver sin ser devorado, así el fuego quema sin consumirse; se trata de una descripción apocalíptica y amedrentadora del juicio contra los apóstatas».