Esta breve epístola, parecida a la 2 de Juan en su brevedad, se distingue tanto de la 1 de Juan como de la 2 de Juan en su carácter totalmente personal. No sólo va dirigida a una persona concreta, un tal Gayo, sino que en ella se tratan asuntos de otros dos personajes también concretos: Diótrefes, que era probablemente el más conspicuo líder de la comunidad a la que Gayo pertenecía; y Demetrio, probablemente un misionero itinerante que había de entregar (con la mayor probabilidad) a Gayo la carta de Juan.
La división de la breve epístola, según la Ryrie Study Bible, es la siguiente:
I. Saludos iniciales (v. 1).
II. El buen testimonio de Gayo (vv. 2–8).
III. La mala conducta de Diótrefes (vv. 9–11).
IV. La merecida alabanza de Demetrio (v. 12).
V. Observaciones finales y bendición (vv. 13–15).
Versículo 1
«El anciano, a mi querido amigo (lit. al amado) Gayo, a quien amo en la verdad» (NVI). «Gayo», dice Plummer, «era quizás el más común de todos los nombres en el Imperio Romano». Sin salir del Nuevo Testamento hallamos entre los fieles más prominentes tres Gayos: el de Corinto (1 Co. 1:14, comp. con Ro. 16:23); el de Macedonia (Hch. 19:29); y el de Derbe (Hch. 20:4). Según el antiquísimo documento eclesiástico llamado la Didakhé (Doctrina de los Doce Apóstoles), fue a este Gayo de Derbe a quien Juan dirigió la presente carta y a quien designó primer obispo de Pérgamo. Sin embargo, según Dodd (citado por Stott), «no hay nada improbable en esto, pero el documento es tardío y no hay ninguna base temprana para tal afirmación». A la vista de lo que antecede, resulta prudente el consejo de Stott:
«Es más seguro resistir el intento de identificar al Gayo de esta epístola».
De este Gayo dice Juan: «A quien yo (gr. egó; enfático en el original) amo en verdad» (lit.). Como justamente observa Stott, aun cuando falta el artículo delante de «verdad», no es probable que aquí signifique «de veras», sino que «la verdad era la esfera en la cual existía y florecía el amor mutuo de ambos. Quizás su mutua relación era todavía más personal que esta, y la referencia a “mis hijos” (v. 4) insinúa que Gayo debía a Juan su conversión». Aunque Stott no matiza aquí su pensamiento, no hay que dudar de que entiende por deber a Juan la conversión, no como al agente principal, sino como al instrumento en manos de Dios.
Versículos 2–8
De inmediato pasa Juan a comunicar el objeto de su epístola. Lo inicia con un encomio del propio Gayo, a causa de su conducta piadosa en general (vv. 2–4), y de su hospitalidad en particular (vv. 5, 6), y da a continuación una buena razón de lo encomiable de tal conducta (vv. 7, 8).
1. Dicen así los versículos 2–4 en la NVI: «Querido amigo (lit. amado), oro a Dios para que goces de buena salud y para que todos tus asuntos marchen bien, de la misma manera que marcha bien tu alma. Me dio una gran alegría el recibir la visita de algunos hermanos y oírles dar testimonio de tu fidelidad a la verdad y de que continúas viviendo de acuerdo con la verdad. No hay cosa que me cause más alegría que el oír que mis hijos están viviendo de acuerdo con la verdad».
(A) El apóstol ora (lo de «a Dios» no está en el original) para que todas las cosas le vayan por buen camino (lit.) a Gayo y para que goce de buena salud, así como su alma va por buen camino (lit.). Es una metáfora que significa prosperar (comp. con Ro. 1:10; 1 Co. 16:2). Hay quienes opinan que Gayo estaba enfermo y que por eso oraba Juan por su salud. Pero, como hace notar Stott, lo que de aquí se deduce es una «garantía bíblica para desear tanto el bienestar físico como el espiritual de nuestros amigos cristianos».
(B) Estas noticias acerca de Gayo las había obtenido (v. 3) el autor sagrado por medio de unos hermanos, seguramente misioneros itinerantes, que habían pasado por Éfeso y le habían comunicado a Juan ]a buena conducta de Gayo; «estaban dando testimonio de tu verdad» (lit.), esto es, de la adhesión total de Gayo a la verdad o, mejor aún, de la fiel verdad del propio Gayo (v. Ec. 12:13; Ef. 6:14). La frase siguiente: «así como caminar en la verdad» da la explicación de lo que antecede. Dice Stott: «El que “camina en la verdad” es un cristiano integrado, en el cual no hay dicotomía entre la profesión y la práctica». Comenta Rodríguez-Molero: «Esta “verdad” es, por decirlo así, la vertiente humana visible de aquella “realidad” divina que habita en el nacido de Dios (cf. 1 Jn. 1:8; 2:4; 2 Jn. 2). Es la adecuada respuesta moral a aquella gracia divina». Juan dice que, con estas noticias, se alegró extraordinariamente (gr. ekháren lían, la misma expresión de 2 Jn. 4).
(C) El corazón del autor sagrado se descubre en esa confidencia de tipo general (v. 4): «No tengo mayor alegría (o gozo; gr. kháran) que éstas, el que oigo que mis hijos están caminando (participio de presente) en la verdad» (lit.). Llama «hijos suyos», dice Ryrie, «a los beneficiarios del ministerio de Juan, a quienes él probablemente había conducido a Cristo». Esa alegría del apóstol parece insinuar que no todos los creyentes le causaban a Juan el mismo gozo. Como dice Rodríguez-Molero: «El apóstol siente el contraste entre esta alegría y las penas que le causarían otros cristianos».
2. En los versículos 5 y 6 Juan encomia especialmente la hospitalidad de Gayo: «Querido amigo (lit. amado), eres fiel en lo que estás haciendo por los hermanos, y eso tratándose de forasteros. Ellos informaron de tu amor ante la iglesia. Harás bien de proveerles para el viaje de una manera digna de Dios» (NVI).
(A) La repetición del epíteto «amado» indica que hay en Gayo un nuevo motivo de encomio: La hospitalidad, que habría de ser una virtud bien cultivada por todos los creyentes (v. Ro. 12:13; He. 13:2; 1 P. 4:9), pero especialmente por las viudas (1 Ti. 5:10) y por los líderes de las comunidades (1 Ti. 3:2; Tit. 1:8). El original dice: «Haces el fiel (esto es, obras fielmente) en lo que trabajas (el mismo verbo de Jn. 6:27), es decir, en lo que te esfuerzas por hacer, por (gr. eis, preposición de dirección) los hermanos y esto (siendo) extranjeros». El gr. xénous puede significar «extranjeros» o «forasteros».
(B) Con esto no quiere decir Juan que Gayo tuviese dos procedimientos distintos para dos grupos distintos de misioneros itinerantes, pero sí pone de relieve la calidad de la hospitalidad de Gayo al obsequiar de esta manera a misioneros forasteros. Por cierto que, en esto, se puede pecar por los dos extremos. Hay comunidades que muestran mucho mayor aprecio a los obreros de fuera que a los que tienen en la propia iglesia. Otras, en cambio, vuelcan todo su afecto sobre los de «casa» y no quieren saber nada de los «forasteros». La hospitalidad de Gayo brillaba, no en que prefiriese a los de fuera, sino en que, después de cumplir rectamente con los de casa, su hospitalidad se desbordaba hasta los de fuera. Y ésta es la forma de guardar el equilibrio que la comunión eclesial y la intercomunión de las iglesias demandan.
(C) Aquellos misioneros extranjeros, a los que Juan se está refiriendo, dieron testimonio (v. 6) de la hospitalidad de Gayo. «Esos extranjeros, llenos de emoción y gratitud, han cantado sus grandes méritos en presencia de la iglesia, o sea delante de la comunidad reunida» (Rodríguez-Molero, quien también observa que «es la primera vez que la palabra ekklesía sale en san Juan»).
(D) El encomio le sirve a Juan para eforzar mejor la exhortación que va a continuación (v. 6b): «a los que (a los misioneros extranjeros) harás bien en proveerles para el viaje (éste es el sentido constante en el Nuevo Testamento del verbo gr. propémpo) de manera digna de Dios» (lit.), esto es, como se merecen los que están al servicio del Señor, como obreros de su viña; más aún, como enviados de Dios (comp. con Mt. 10:40).
3. La razón es que (vv. 7, 8) dichos misioneros «fue por el nombre (del Señor) por lo que se pusieron en camino, sin recibir ninguna ayuda de los paganos. Por tanto, debemos ofrecer hospitalidad a tales personas para cooperar en su trabajo por la verdad» (NVI, la cual hace notar que lo de «del Señor» no figura en el original).
(A) Como hace notar Stott, el verbo que Juan usa para estos misioneros extranjeros es el mismo que usa para los falsos maestros: exélthon, salieron. «Describe, dice, un propósito deliberado de lanzarse a una misión, como cuando Pablo se embarcó en su segundo viaje misionero». El «nombre» se refiere al Señor Jesucristo (comp. con Hch. 5:40, 41; Ro. 1:5; Fil. 2:9–11).
(B) Lo de «paganos», no se refiere a los creyentes de extracción gentil, sino a los inconversos paganos, en contraste con los creyentes tanto de extracción israelita como gentil. Conviene entender bien lo que aquí insinúa Juan. Dice Stott: «La frase no tomando nada no ha de entenderse estrictamente como si dichos misioneros rehusasen aceptar dones que voluntariamente les ofreciesen los inconversos. No se prohíbe aquí aceptar dinero de no cristianos que puedan estar bien dispuestos hacia la causa cristiana. Jesús mismo pidió y aceptó un vaso de agua de una samaritana pecadora. Lo que aquí se dice es que estos evangelistas itinerantes no querían (como norma táctica) buscar ayuda económica de los paganos y que, de hecho, no habían recibido de ellos ninguna ayuda».
(C) De ahí pasa Juan a generalizar con respecto al deber de los creyentes: «Nosotros, pues, dice (v. 8), debemos (el mismo verbo de 1 Jn. 2:6; 3:16; 4:11) acoger a los tales, para llegar a ser cooperadores en la verdad» (lit.). Ese «nosotros», en el que Juan mismo se incluye, designa a todos los genuinos creyentes, consecuentes con la profesión que hicieron de fe en Jesucristo. El dativo griego tei aletheiai, que Juan usa al final del versículo 8, puede significar aquello en que se coopera o, mejor quizá, aquello a lo que se coopera. En este segundo caso, más probable, la verdad aparece personificada como alguien con quien se colabora. En cuanto a una construcción gramatical similar, véase Santiago 2:22. Dice Stott:
«Tal personificación de la verdad, el Evangelio o la Palabra, no carece de precedente en el Nuevo Testamento (v. por ej. v. 12; 2 Co. 13:8; Fil. 1:27; 1 Ts. 2:13)».
Versículos 9–11
En estos versículos Juan presenta un cuadro muy distinto del anterior. Habla de un orgulloso y ambicioso líder de la congregación a la que pertenece Gayo. Su nombre es Diótrefes, que, curiosamente, significa «alimentado por Júpiter». El autor sagrado describe: 1) Su carácter (v. 9); 2) sus egoístas actividades (vv. 10, 11).
1. Dice el versículo 9: «Ya escribí a la iglesia, pero Diótrefes, a quien le gusta mandar entre ellos, no quiere saber nada con nosotros» (NVI).
(A) Lo primero que observamos es que Juan había escrito a la iglesia en la que Diótrefes era el líder principal, y de la que Gayo era, con la mayor probabilidad, miembro. La carta a la que alude Juan se ha perdido; es muy posible que el propio Diótrefes la destruyera.
(B) Dice Juan que Diótrefes era un ambicioso: «le gusta ser el primero de ellos» (gr. philoproteúon autón), según dice textualmente el original. No se nos insinúa que hubiese usurpado el oficio, sino que abusaba de él de una manera dictatorial.
(C) Su abuso de poder llegaba a términos inconcebibles. «No nos reconoce», dice Juan, conforme al sentido que el verbo epidékhetai tiene aquí, más bien que «no nos acoge». Diótrefes no reconocía la autoridad apostólica de Juan, como vemos por el versículo siguiente.
2. En este versículo 10, el autor sagrado particulariza las actividades egoístas y dictatoriales de Diótrefes: «Así que si voy allá, llamaré la atención sobre lo que está haciendo, hablando malignamente contra nosotros. No satisfecho con eso, rehúsa acoger (el mismo verbo del v. 9) a los hermanos; y además, a los que quieren acogerlos, les prohíbe hacerlo y los echa de la iglesia» (NVI).
(A) Juan anuncia aquí que, en una probable futura visita a la iglesia en la que Diótrefes es el principal líder, se propone darle una pública reprimenda, llamando la atención (gr. hupomnéso; lit. haré recordar) sobre sus malvadas actividades, que el apóstol Juan enumera a continuación.
(B) «Está, dice Juan, denigrándonos» (en participio de presente). El orgulloso Diótrefes estaba calumniando malignamente a Juan, como si éste abusase de su autoridad apostólica. Ésta es la conjetura más probable, ya que, como dice el refrán, «piensa el ladrón que todos son de su condición». En opinión de Findlay (citado por Stott), su propio nombre, poco común, de Diótrefes indicaría que pertenecía a la aristocracia de Pérgamo. «Otros autores atribuyen la rivalidad entre Juan y Diótrefes a los cambios estructurales eclesiales al final del siglo primero de nuestra era» (Stott). El mismo Stott hace notar que
«fue hacia el año 115, cuando el obispo Ignacio de Antioquía escribió sus cartas a las iglesias de Asia, el tiempo en que fue establecida entre ellas el “episcopado monárquico” (la aceptación de un solo obispo con autoridad sobre un grupo de presbíteros)».
(C) Sin embargo, como el propio Stott arguye, «para Juan los motivos que gobernaban la conducta de Diótrefes no eran teológicos, ni sociales ni eclesiásticos, sino morales». Y el autor sagrado los enumera a partir de la raíz:
(a) La raíz de sus perversas actividades era su ambición de honor y de poder, como se refleja (v. 9) en ese amor al primer puesto, que ya hemos analizado anteriormente. Stott cita la observación de David Smith de que «proáguein (2 Jn. 9) y philoproteúein denotan dos humores que perturbaron la vida cristiana del Asia Menor—arrogancia intelectual y encumbramiento personal».
(b) Primer amargo fruto de tal raíz fue denigrar con interpretaciones malignas el ejercicio de la autoridad apostólica por parte de Juan, como también lo hemos visto ya (v. 10b).
(c) Segundo fruto, consecuencia también de la amarga raíz, era la falta de acogida a los misioneros itinerantes procedentes de Éfeso (v. 10c): «Y no contento con estas cosas, no sólo no acoge él mismo a los hermanos …». Como conjetura Stott: «Quizás no tenía mejor motivo para rehusar acoger a estos forasteros que el haber sido cosa mandada por Juan».
(d) Pero no se contentaba tampoco Diótrefes con esta actitud negativa, sino que de la defensa pasaba al ataque: «… sino que a los que quieren (acogerlos) se lo prohíbe». No contento con su propio rechazo, exigía que todos los demás miembros de su iglesia siguieran la misma pauta de rehusar la acogida a los misioneros procedentes de Éfeso.
(e) Pero no paraba en eso (v. 10d) la dictatorial arrogancia de Diótrefes (v. 10e): «… y los echa de la iglesia». A quienes rehusaban sumarse a su falta de acogida ¡los ponía fuera de comunión! ¿Cabe mayor dictadura eclesiástica? Sin embargo, esto presenta una dificultad: Si Diótrefes ponía fuera de comunión a quienes daban acogida a los enviados de Juan y a los misioneros itinerantes, ¿cómo es que Gayo, quien se conducía precisamente del modo contrario al de Diótrefes, seguía aún en comunión con la iglesia? Hay quienes opinan que Juan no habla de echar de la iglesia a los miembros que daban acogida a los misioneros, sino a los misioneros mismos. Pero la fraseología, la propia construcción gramatical de las frases, se opone a dicha opinión. Rodríguez-Molero opina que «los dos presentes “impide” y “echa” son de conatu (esto es, de intento. El paréntesis es mío). Diótrefes intentó prohibirles y echarlos. Pero de hecho no consiguió nada, pues Gayo sigue perteneciendo a la comunidad». Quizás sea esto lo más probable.
3. En el versículo 11, Juan deduce de lo dicho en los versículos 9 y 10 una conclusión que le sirve de exhortación general a Gayo: «Querido amigo (lit. amado; ésta es la cuarta y última vez que Juan se dirige a Gayo con este epíteto), no imites lo malo, sino lo bueno. Quien obra el bien, es de Dios. Quien obra el mal no ha visto a Dios» (NVI). Del verbo que usa aquí Juan (mímou) se deriva el castellano mímica.
«Cada cual es un imitador», dice Stott. El versículo sirve de gozne entre lo que precede, el mal ejemplo de Diótrefes, y lo que sigue, el buen ejemplo de Demetrio. Así se explica que Juan comience por la negativa: «No imites lo malo». La imitación de lo bueno, que aquí encomía Juan, es la consecuencia de pensar todo lo que es bueno (v. Fil. 4:8), con la diferencia, a favor de la imitación, de que para imitar no hace falta pensar, sino ver. Es quizás por esto por lo que, en la segunda parte del versículo, dice el autor sagrado: «El que hace lo bueno es de Dios (ek tou Theoú, genitivo de procedencia), es decir, muestra con su conducta los rasgos de familia, ¡imita a su Padre!, mientras que el que hace lo malo, no ha visto a Dios» (comp. con 1 Jn. 3:6, donde Juan añade, como equivalente: «ni le ha conocido»); al no tener familiaridad, íntima comunión con Dios, no puede imitarle. Dice Stott: «Quizás en esta generalización, Juan tiene en mente a Diótrefes y así da a entender, de forma indirecta, que pone en duda si Diótrefes es en absoluto cristiano».
Versículo 12
La mención de Diótrefes le condujo a Juan a escribir sobre la necesidad de no imitar lo malo. La mención de la necesidad de imitar lo bueno le lleva ahora a escribir sobre Demetrio. El contraste entre ambos caracteres no puede ser más agudo: «Todos hablan bien de Demetrio—incluso la verdad misma—. Nosotros también hablamos bien de él, y ya sabes que nuestro testimonio es verídico» (NVI). Tres son los testimonios que aquí se profieren sobre Demetrio: 1. El de todos. El original dice a la letra: «A Demetrio se ha dado testimonio por todos». Con ese perfecto pasivo se da a entender que el buen testimonio continúa. 2. El de la misma verdad. Probablemente, en esta como personificación de la verdad, Juan se refiere (comp. con Ec. 12:13) a la exacta conformidad de la conducta de Demetrio con la fe que profesaba. Dice Stott: «De seguro significa que la genuinidad cristiana de Demetrio no necesitaba la evidencia de los hombres; era evidente por sí misma». 3. El del propio Juan, quien, con el plural
«nosotros», da a entender su autoridad apostólica, por la que se garantiza la veracidad y competencia de su testimonio: «y sabes que nuestro testimonio es veraz» (lit. Comp. con Jn. 21:24).
Versículos 13–15
La epístola concluye de forma parecida a la de 2 Juan 12, 13. Las diferencias pueden notarse a primera vista si traducimos a la letra estos versículos 13–15: «Muchas cosas tenía (yo) que escribirte (en aoristo), pero no quiero (gr. thélo, más débil que el ebouléthen de 2 Jn. 12) por medio de negro (esto es, tinta) y caña (es decir, pluma) escribirte (en presente de infinitivo). Mas espero verte pronto y hablaremos boca a boca. Paz a ti. Te saludan los amigos. Saluda (tú) a los amigos por (su) nombre, es decir, a cada uno en particular». «Paz a ti» es la versión literal del saludo hebreo «shalom lekhá» (comp. con Jn. 20:19, 21, 26). Dice Stott: «Oración muy apropiada para Gayo si tenía que ejercer el liderato en una iglesia en que Diótrefes estaba levantando contención». El mismo autor hace notar que «la designación de los cristianos como amigos es única en las epístolas. Sin embargo, Jesús llamó Sus amigos a los Doce (Jn. 15:13, 14) … No parece haber aquí ninguna insinuación de que los amigos están menos íntimamente asociados mutuamente que los “hermanos” (cf. vv. 3, 5, 15), pues la instrucción que se le da a Gayo es saludar a los amigos por su nombre … Los cristianos no deben perder su identidad individual y su importancia dentro del grupo … El Buen Pastor llama por su nombre a Sus ovejas (Jn. 10:3)».