El propósito de este capítulo es robustecer nuestra fe en Cristo como el eterno Hijo de Dios y como el verdadero Mesías y Salvador del mundo. El capítulo puede dividirse en cuatro partes: 1) El gran prólogo sobre la Encarnación del Verbo de Dios (vv. 1–18) 2) el testimonio de Juan el Bautista ante los enviados de Jerusalén (vv. 19–28); 3) el testimonio del Bautista ante las turbas (vv. 29–34) y 4) el reclutamiento de los primeros discípulos de Jesús (vv. 35–51).
Versículos 1–5
Escudriñemos lo que se halla en estas densas y profundas líneas. El evangelista declara aquí la gran verdad que va a demostrar a lo largo de todo su Evangelio: que Jesucristo es el Hijo de Dios y un solo Dios con el Padre. Veamos:
I. De quién habla: Del Verbo o Palabra viva (gr. Logos). Este epíteto se halla exclusivamente en los escritos de Juan. Era enseñanza corriente entre los judíos que la Palabra de Dios era una misma cosa que Dios. Al cerrar su majestuoso prólogo, el evangelista viene a explicarnos por qué llama a Cristo el Verbo: Porque es «el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, y Él le ha dado a conocer» (v. 18). Hay dos clases de palabra: La palabra que se piensa y la palabra que se expresa. 1. La palabra que se piensa es lo que llamamos concepto, por ser el producto primero e inmediato de lo que concebimos mentalmente. En este sentido, la segunda persona de la Deidad es aptamente llamada el Verbo de Dios, porque es el Unigénito del Padre. Es de notar que de nada estamos tan seguros como de que pensamos; por eso dijo el filósofo francés Descartes: «Pienso, luego existo»; pero nada hay tan misterioso como el modo con que pensamos. Y, si es tan misteriosa la elaboración de nuestros pensamientos, ¿qué diremos de la mente divina, cuyo concepto es una Palabra viva y sustancial, tanto que es una persona divina? 2. La palabra que se expresa al exterior es un medio de comunicación de lo que pensamos, pues mediante ella nos relacionamos con los demás. En este sentido, Cristo es la Palabra de Dios, porque «En estos últimos días nos ha hablado (Dios) en el Hijo» (He. 1:2). Cristo nos ha declarado la mente del Padre con respecto a nosotros, de la misma manera que la palabra o el discurso de un hombre nos dan a conocer sus pensamientos. Sólo Cristo podía declararnos con toda precisión, exactitud y profundidad la mente de Dios, porque: (A) sólo Él conoce exhaustivamente al Padre (v. Mt. 11:27); (B) En todo lo que hacía y decía, Cristo era «Dios manifestado en carne» (1 Ti. 3:16), la Palabra de Dios Encarnada (v. 14), es decir, la traducción más exacta posible de Dios al lenguaje humano, de tal modo que quien ve a Jesús, ha visto al Padre (14:9). Juan el Bautista era una voz, pero Cristo es el Verbo.
II. Lo que aquí se dice de Él:
1. Su existencia desde toda la eternidad: En el principio era el Verbo. Esto nos declara Su existencia, no sólo antes de encarnarse, sino eternamente. El mundo existe desde el principio, pero el Verbo ya existía en el principio, antes de que el mundo comenzara a existir. El que era en el principio no comenzó con el principio y, por tanto, existió siempre.
2. Su coexistencia con el Padre: Y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. El versículo 2 repite esto y condensa el hecho de Su existencia eterna: Éste (el Verbo) estaba en el principio junto a Dios, es decir, estaba con Dios desde toda la eternidad. En el principio, el mundo fue hecho por Dios pero el Verbo ya estaba con Dios (v. Pr. 8:22–31), como siempre lo había estado. El Verbo estaba con Dios: (A) En cuanto a la identidad de esencia o sustancia, pues el Verbo era Dios; (B) en cuanto a complacencia y felicidad, pues la preposición griega de movimiento pros, con un verbo de estado, nos da a entender que la Palabra estaba dirigida hacia el Padre en íntima comunión, como en una corriente continua de amor y de gozo (v. 17:5), antes de que el mundo existiese; (C) en cuanto a propósitos y objetivos. Así que la gran empresa de la reconciliación de Dios con los hombres fue concertada desde toda la eternidad en el seno de la Trina Deidad.
3. Su instrumentalidad personal en la creación del mundo (v. 3), la cual, muy conforme al estilo hebreo, es expresada aquí por medio de un paralelismo antitético, ya que (A) se declara positivamente: Todas las cosas fueron hechas por medio de Él. Cuando todas las cosas comenzaron a ser, el Verbo estaba con Dios cooperando con el Padre y el Espíritu Santo en la creación del mundo. El Padre obraba mediante el Verbo, no como el obrero que corta con su hacha, sino como el cuerpo que ve con el ojo. (B) Se niega lo contrario: Y sin Él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho, desde el ángel más elevado hasta el gusano más vil. En este trabajo, como en todo lo demás, Dios el Padre no hizo nada sin su Verbo lo cual prueba que el Verbo es Dios. Con esto se muestra la excelencia del cristianismo, ya que el autor y fundador de la Cristiandad es también el autor y fundador del mundo. También se ve por aquí cuán bien cualificado estaba para la obra de nuestra redención y salvación, pues las cosas se reforman por las mismas causas que las formaron; el mismo que nos hizo nos rehízo (v. He. 1:2–3).
4. En Él está el origen de la vida y de la luz: En Él estaba la vida (v. 4). Es una prueba más de que es Dios, pues: (A) Tiene vida en sí mismo (5:26); no sólo es el Dios verdadero, sino también el Dios viviente. (B) Todas las criaturas vivientes tienen su vida en Él, toda la vida que hay en la creación se deriva de Él. Él es la Palabra, de la que el hombre vive más que del pan (Mt. 4:4 comp. con Jn. 6:35, 48– 51). (C) Las criaturas racionales tienen su luz de Él: Y la vida era la luz de los hombres. La vida del hombre es muy superior y mucho más noble que la de las demás criaturas, por la luz de la razón:
«Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre» (Pr. 20:27) y fue el Verbo eterno quien encendió esa lámpara. ¿De quién, pues, podíamos esperar la luz de la revelación mejor que de aquel que nos proporcionó la luz de la razón?
5. La manifestación que hizo de Sí a los hijos de los hombres. ¿A qué se debe el que los hombres tomen tan poca nota de esta luz? A esto responde el Evangelista: La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ella (v. 5). Vemos:
(A) La manifestación del Verbo eterno al mundo caído, incluso antes de que se encarnase: En las tinieblas brilla; (a) la Palabra eterna de Dios resplandece en medio de las tinieblas de la conciencia natural, como un reflejo que todo hombre percibe de la santidad y del poder de Dios; (b) la Palabra eterna de Dios brilló en la oscuridad de las profecías y promesas del Antiguo Testamento. El que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz (2 Co. 4:6) era Él mismo, desde hacía mucho, la Luz que resplandece en las tinieblas.
(B) La incapacidad del mundo degenerado para recibir esta luz: Y las tinieblas no prevalecieron contra ella, es decir, no pudieron detener su avance. Esta parece ser la mejor traducción contra los que traducen: Y las tinieblas no la comprendieron aunque esta versión encaja mejor en el contexto de los versículos 9–10. Los judíos que tenían la luz del Antiguo Testamento no acertaron a ver en Él a Cristo. Por eso, era menester que Cristo viniese no sólo a rectificar los errores de los gentiles, sino también a mejorar las verdades de los judíos.
Versículos 6–14
En los versículos 19–36, el evangelista nos presenta el vibrante testimonio que de Cristo dio el Bautista; pero, aun antes de referirnos la encarnación del Verbo, introduce el nombre del Precursor y compendia la función que venía a desempeñar. Vemos, pues:
I. Un compendio del testimonio que el Bautista venía a dar de Jesús.
1. Su nombre era Juan, que significa «Jehová ha impartido gracia». Y venía «enviado de parte de Dios». Era un hombre, un mero hombre. Place a Dios hablarnos por medio de hombres como nosotros. Juan era un mensajero enviado por Dios, quien le había dado tanto la misión como el mensaje. Juan no obró milagros, pero la pureza de su vida y de su doctrina eran pruebas contundentes de que era un enviado de Dios.
2. A renglón seguido, se nos dice cuál era la misión que traía el Bautista: Éste vino para testimonio. Las instituciones legales de los judíos habían sido por muchos siglos testimonio de Dios. Pero ahora la revelación divina estaba en silencio, y se disponía a ser transmitida por otro canal. De esta nueva revelación, venía Juan a dar testimonio: (A) El objeto de su testimonio: Vino … para dar testimonio de la luz. La luz es algo que testifica por sí misma. La luz de Cristo no necesita el testimonio de ningún hombre, pero sí lo necesitan las tinieblas del mundo. Juan era como el vigilante de noche, que ronda las calles del lugar y proclama el despuntar del alba a los que tienen los ojos cerrados por el sueño. Dios le envió a proclamar la dispensación en que la vida y la inmortalidad serían sacadas a la luz; (B) el designio de su testimonio: A fin de que todos creyesen por él, es decir, por medio de su predicación. No habían de creer en él, sino, por medio de él, en Cristo. Después veremos cuán bien cumplió Juan con esa misión, pues dirigió a los hombres, no a que lo mirasen a él, sino a que pusiesen sus ojos en Cristo. Si no querían recibir el testimonio de un mero hombre, pronto verían que el testimonio de Dios era mucho más grande. Su testimonio abarcaba a todos los hombres sin excluir a ninguno, excepto a los que se excluyesen a sí mismos.
3. Inmediatamente se nos previene para que no confundamos a Juan con la luz de la que venía a dar testimonio: No era él la luz, sino para dar testimonio de la luz (v. 8). Era una estrella, como la que había guiado a los magos a Cristo; era una estrella matutina, pero no el Sol. Siempre que el evangelista habla del Bautista en términos muy elogiosos, muestra su interés por poner a Cristo en un lugar mucho más elevado. Juan era grande como profeta del Altísimo, pero no era el Altísimo. Hemos de cuidarnos mucho, lo mismo de sobrevalorar a los ministros de Cristo que de infravalorarlos, no son nuestros señores, sino servidores por medio de los cuales hemos creído y somos edificados. Quienes usurpan el honor debido a Cristo, renuncian al honor de ser fieles siervos de Cristo. Juan era muy útil como testigo de la luz, aun cuando no era él la luz. Siempre son de gran provecho los ministros que saben brillar con la luz prestada del Señor.
II. Pero, antes de continuar con el testimonio del Bautista el evangelista vuelve a darnos un informe más amplio de la venida de Cristo al mundo por medio de la Encarnación del Verbo.
1. El Verbo era la luz verdadera (v. 9). Cristo es la luz y brilla con luz propia, no prestada. Otras luces lo son en sentido derivado y secundario. ¿Y cómo alumbra el Verbo a todo hombre que viene a este mundo?: (A) En el ámbito de la creación, ilumina a todo hombre con la luz de la razón; de Cristo se derivan el orden y la hermosura que vemos en el Universo y en nosotros mismos; (B) En el ámbito de la redención, ilumina a todos con la publicación de Su Evangelio en todas las naciones. El Bautista era una luz pequeña, que iluminó sólo a Jerusalén y Judea como una lámpara que ilumina una sola habitación; pero Cristo es una luz grande, luz para todos pues lo había de ser también para los gentiles. La divina revelación no había de estar confinada, como lo había estado antes a un solo pueblo, sino que había de ser difundida por todo el mundo (Mt. 5:15). Así que toda luz que el hombre posee, ya sea natural o sobrenatural, se la debe a Cristo.
2. Esta luz, que es el Verbo, estaba en el mundo (v. 10), y a pesar de que el mundo fue hecho por medio de Él, ese mundo no le conoció. Al hacerse hombre, dejó Cristo un mundo de bendición y de gloria, y entró en este nuestro mundo de miseria y melancolía. Habitó en este mundo, pero no era de este mundo. El mayor honor que pudo caber a nuestro planeta es que el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó aquí. Y el hecho de que el Hijo de Dios se aviniese a morar en este mundo, debería hacernos menos incómoda esta pasajera morada. Sin duda, Cristo podía esperar de este mundo la más respetuosa y afectuosa acogida, pues era un mundo hecho por Él; y por eso mismo vino a salvarlo, porque era suyo. Pero este mundo no le conoció. El buey conoce a su amo, pero el mundo es más bruto que los más brutos animales, y no reconoció a su Hacedor. Pero, cuando vuelva a juzgar al mundo todos le reconocerán.
3. Vino a lo que era suyo (v. 11); no sólo al mundo, que era suyo, sino al pueblo de Israel, que era suyo de una manera peculiar. A los israelitas fue primero enviado. Vino a buscarles y a salvarles, por ser suyos de una manera especial, pero la generalidad del pueblo lo rechazó: Los suyos no le recibieron. Tenían mayor motivo para esperar que le recibiesen con todos los honores los que eran paisanos suyos. Vino en persona a vivir entre ellos, y multiplicó prodigios y favores, de forma que no tuvieran excusa. Por eso, se dice del mundo que no le conoció, pero de los Suyos no se dice que no le conocieron, sino que no le recibieron. Es posible que algunos profesen ser del partido de Cristo, sin haber recibido al Señor, por no haber dejado el pecado y permitido que Cristo reinase sobre ellos.
4. Pero hubo un remanente que le recibió (v. 12): «Pero a todos los que le recibieron». Hubo, pues, algunos que fueron atraídos a someterse a Cristo, y muchos más que no eran de aquel redil (10:16).
(A) Vemos primero la descripción del verdadero cristiano: Es alguien que recibe a Cristo creyendo en Su nombre, pues creer en Él es recibirle como el inefable don de Dios. Hemos de recibir Su doctrina como verdadera y buena; y hemos de recibir el favor de Su gracia y el impacto de Su amor, como norma que gobierne nuestros actos y nuestros afectos.
(B) Vemos después la verdadera dignidad y el excelso privilegio del cristiano. Este privilegio es doble:
(a) El privilegio de la adopción: Les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (v. 12b). Hasta entonces, la adopción había pertenecido exclusivamente a los judíos pero ahora, mediante la fe en Cristo, también los gentiles son hijos de Dios. Este privilegio comporta un derecho, una potestad o autoridad a ser adoptados por hijos de Dios. Todos los creyentes disfrutan de este derecho. Por eso leemos en 1 Juan 3:1: «Mirad qué amor tan sublime nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios». Dios les llama hijos; y ellos le llaman Padre. Este privilegio de adopción se debe enteramente a Jesucristo, pues Él les dio esta potestad a todos cuantos creen en Su nombre. El hijo de Dios vino a ser Hijo del Hombre, a fin de que los hijos y las hijas de los hombres viniesen a ser hijos e hijas de Dios Altísimo.
(b) El privilegio de la regeneración: Engendrados … de Dios (v. 13). Todos los hijos de Dios son nacidos de nuevo. Todos los que son adoptados es porque han sido regenerados. El texto sagrado pasa a decirnos cómo llega una persona a tal dignidad. Lo dice, primero, por negaciones: «Los cuales no han sido engendrados de sangre (lit. de sangres), lo que indica que el ser hijo de Dios no se hereda ni por parte de padre ni por parte de madre (¡Dios no tiene nietos!), ya que los hijos de «los hijos de Dios» necesitan ser salvos personalmente. Tampoco nuestro esfuerzo personal ni nuestro mérito ni nuestra decisión puramente humana («voluntad de carne» comp. con 3:6) puede hacer que nazcamos de arriba. Finalmente la «voluntad de varón», esto es, el afán procreador del marido es igualmente incapaz de producir un «hijo de Dios». Por supuesto tampoco el lugar, la nación, ni el rito bautismal pueden hacer de un ser humano un «cristiano». Todo esto tenía especial relevancia contra la pretensión de los judíos, quienes se creían «hijos de Dios» por el solo hecho de pertenecer racialmente al pueblo escogido y ser descendientes de Abraham, el padre de los creyentes. Segundo, se nos dice positivamente que sólo el que nace de Dios es hijo de Dios. Este nuevo nacimiento se debe a la Palabra de Dios como agencia exterior, y al Espíritu Santo de Dios como a la única iniciativa amorosa que obra internamente en nosotros este nuevo nacimiento. Los creyentes genuinos son así hijos de Dios (comp. 1 Jn. 3:9; 5:1).
5. Y el Verbo se hizo carne (v. 14). Estas palabras declaran la encarnación del Hijo de Dios mejor que con todo lo dicho hasta ahora. Ahora que había venido la plenitud de los tiempos, Dios envió a Su Hijo hecho de una mujer (Gá. 4:4). Vemos:
(A) La naturaleza humana con que el Verbo se cubrió: El Verbo se hizo carne; es decir, hombre mortal con toda la humillación que la carne débil comporta: «Por cuanto los hijos han llegado a tener en común una carne y una sangre, Él también participó igualmente de lo mismo» (He. 2:14). Así que Juan nos asegura que el mismo Verbo que era Dios (v. 1), ahora se hizo carne; se sometió voluntariamente a las miserias y necesidades de la naturaleza humana. Carne connota también al hombre pecador y, aunque Cristo no cometió jamás nada impropio, fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21). Así entendemos lo de Ro. 8:3: «… Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y en lo concerniente al pecado condenó al pecado en la carne». El Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios, de la misma manera que un hombre puede hacerse ingeniero sin dejar de ser hombre. Y así como la Palabra de Dios vive y permanece para siempre (1 P. 1:23), así también el Verbo de Dios, una vez hecho hombre, permanecerá para siempre Dios-Hombre.
(B) La morada que esa carne proporcionó al Verbo: «Y acampó (lit.) entre nosotros». De la misma manera que el Arca de la Alianza, sobre la que reposaba la presencia de Dios (La shekinah, cuyo parecido con el eskénosen de Jn. 1:14 es notable) velaba dicha presencia al mismo tiempo que la revelaba, así también el Immanuel o «Dios con nosotros», plantó también su tienda de campaña en medio de nosotros, haciéndose compañero nuestro de peregrinación por el desierto de esta vida, para nacer, trabajar, sufrir y morir con nosotros y por nosotros. Habitó entre nosotros, gusanos miserables que nos habíamos rebelado contra Dios. Y así como los judíos debían ir a la puerta del tabernáculo para implorar desde allí la bendición y la propiciación de Dios, así nosotros podemos acercarnos con toda confianza al trono de la gracia (He. 4:16), una vez que nuestro gran sumo sacerdote hizo propiciación por nosotros en la Cruz.
(C) Los rayos de gloria que se filtraron a través del velo de esa carne: «Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». El Sol es fuente de luz, incluso cuando está cubierto por las nubes o eclipsado. Así tambien Cristo, aun velado por la carne humana, era el resplandor de la gloria del Padre (He. 1:3). Y hubo algunos que, en este mundo, vieron a través de ese velo:
(a) ¿Quiénes fueron los testigos de esta gloria? Vimos, nosotros, Su gloria. Otros hombres descubren sus debilidades a los más íntimos, pero Cristo descubrió Su gloria precisamente a los más íntimos. Ellos vieron Su gloria, mientras que otros sólo veían el velo de Su carne.
(b) ¿Qué evidencia tuvieron de ello? Vimos; no nos lo contaron, sino que fuimos testigos de primera mano, testigos oculares. El verbo griego (el mismo de 1 Jn. 1:1) indica una visión fija y atenta. No cabe duda de que Juan hace aquí particular referencia a la gloria de la Transfiguración del Señor (de la que fue testigo privilegiado, con su hermano Jacobo y con Pedro—comp. con 2 P. 1:17–18—).
(c) ¿Qué calidad tuvo esa gloria? «… como del unigénito del Padre». La gloria del Verbo hecho carne era la que competía únicamente al Hijo Unigénito del Padre y no podía ser otra. Los creyentes son hijos de Dios por el favor especial de adopción y la gracia especial de la regeneración; son, de algún modo, copartícipes de la naturaleza divina (v. 2 P. 1:4), pero Cristo es de la misma naturaleza que el Padre, consustancial al Padre. Ésa era la gloria que manifestó cuando habitó entre nosotros.
(d) ¿Qué beneficio obtuvieron aquellos entre quienes el Verbo hecho carne acampó? En el tabernáculo del Antiguo Pacto, estaba la Ley; en éste, está la gracia; en el tabernáculo, todo era tipo y figura; en Cristo está la verdadera realidad, pues Él estuvo entre nosotros «lleno de gracia y de verdad», las dos grandes cosas de las que más necesita el hombre caído. Él estaba lleno de gracia y por tanto, cualificado para interceder por nosotros; lleno de verdad y, por tanto, cualificado para enseñarnos. Tenía la plenitud del conocimiento y la plenitud de la compasión.
Versículos 15–18
I. El evangelista se refiere de nuevo al testimonio que el Bautista dio de Cristo (v. 15). Vemos:
1. Cómo expresaba Juan este testimonio: «Clamó, diciendo», para que se cumpliese la profecía según la cual Juan había de ser «voz de uno que grita en el desierto». Los profetas del Antiguo Testamento gritaban para mostrar al pueblo sus pecados; Juan grita para mostrar al pueblo el Salvador. Fue un testimonio gritado públicamente, para que todos pudiesen tomar buena nota de él. Juan daba este testimonio con toda libertad y de todo corazón. Clamaba como quien está seguro de la verdad que predica, y afectado por el mensaje de su propia predicación.
2. Cuál era su testimonio. Apela a lo que había dicho al comienzo de su ministerio, cuando había dirigido la atención de la gente hacia uno que había de venir después de él (de quien él era el Precursor, es decir, el que corre delante): «Éste es de quien yo decía». Los demás profetas se habían referido al Mesías a distancia, pero Juan pudo señalarle con el dedo (v. 29). De este Mesías que venía después de él, dice Juan:
(A) Que «es antes de mí», es decir, superior a mí, tanto como un rey es superior al heraldo que proclama su venida. Jesucristo era Hijo del Altísimo (Lc. 1:32); por eso, tenía precedencia sobre Juan, que era profeta del Altísimo (Lc. 1:76). Juan era un gran hombre, pero estaba decidido a darle la preferencia a quien le correspondía. Todos los ministros de Cristo han de preferir al Señor y los intereses del Señor a sus propios intereses.
(B) Juan da una buena razón para ello: «Porque era primero que yo». Lo era: (a) en cuanto al tiempo; Jesús, en cuanto Dios, era eterno y, por tanto, anterior a Juan y anterior a Abraham (8:58), mientras que Juan tendría unos treinta años; (b) en cuanto a la dignidad, pues Jesús era el Señor, mientras que Juan era como un esclavito que no se tenía por competente ni para desatarle a Jesús la correa del calzado (v. 27).
II. A continuación, el evangelista retorna a hablar de Jesús, aunque, a partir del versículo 19, especificará y detallará el testimonio del Bautista acerca de Jesús. El versículo 16 conecta claramente con el versículo 14, donde se nos dice que el Verbo de Dios se manifestó en carne, «lleno de gracia y de verdad». El evangelista añade ahora: «Porque de su plenitud todos hemos recibido» (lit. recibimos, en aoristo). Todos cuantos han recibido el influjo benéfico de la gracia de Dios (y el evangelista se cuenta entre ellos, y se refiere a la maravillosa experiencia que tuvo un día concreto—vv. 35–39—), lo han recibido a través de Cristo. Todos los creyentes genuinos reciben la gracia de la plenitud de Cristo; los mayores santos no pueden recibirla, sino de Él; y el ser humano más miserable que pueda existir, puede vivir de esa plenitud, porque esta gracia que fluye de la plenitud de Cristo, como de un manantial que nunca se agota por muchos que sean los que de Él tomen, está a disposición de todos cuantos le reciban por fe (v. 1:9; 2 Co. 5:14 y ss.; 1 Ti. 2:4–6; 1 Jn. 2:2). Esto excluye, por una parte, la jactancia, pues no tenemos nada, sino lo que de Él hemos recibido (15:5; 1 Co. 4:7); por otra parte, excluye la perplejidad y el miedo, pues la libre oferta de Su gracia es para todos: nadie es tan pecador que no pueda alcanzar la gracia del perdón y de la adopción de hijo de Dios. El evangelista detalla que:
1. Hemos recibido «gracia sobre gracia» o «gracia por gracia». Todo lo que hemos recibido de Cristo se resume en esta palabra: «gracia»; ¡así de grande, de rico, de valioso, es el don! Consideremos:
(A) La bendición que esto supone: Es gracia: Un favor inmerecido (mejor, desmerecido) de parte de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, y que comporta una buena obra de Dios en nosotros. La buena voluntad de Dios (v. Lc. 2:14; Fil. 2:13) produce una buena obra en nosotros, y esta buena obra nos cualifica para obtener ulteriores favores de la buena voluntad de Dios. De la misma manera que el pozo artesiano recibe el agua de la plenitud de la montaña, la rama del árbol recibe la savia de la plenitud de la raíz, y el aire recibe la luz de la plenitud del sol, así también nosotros recibimos la gracia de la plenitud de Cristo.
(B) La magnitud de esta bendición: «Y gracia sobre gracia». La preposición griega antí puede tener varios sentidos. Puede significar «por» o «en lugar de», como en Mateo 20:28, o «frente a», como en Hebreos 12:2. Pero aquí significa que los creyentes van recibiendo sucesivas oleadas de gracia, continuas bendiciones de parte de Dios en Cristo (v. Ef. 1:3, 6). No puede significar «una gracia (la del Evangelio) en vez de otra (la de la Ley)», aunque el contexto próximo podría engañar. Tengamos en cuenta que la Ley o Torah aunque era un privilegio del pueblo escogido, nunca es llamada «gracia» en la Biblia, puesto que, igual que las «obras», siempre aparece en contraste con la fe, la gracia y el Evangelio. Estas oleadas de gracia se suceden: (a) en extensión: conforme a la necesidad de cada momento, recibimos de Cristo la gracia oportuna; (b) en intensidad: una gracia bien recibida y usada ensancha la capacidad de nuestro vaso, de modo que siempre pueda estar lleno con nuevas gracias.
2. De Cristo hemos recibido gracia y verdad (v. 17). En el versículo 14 había dicho el evangelista que Cristo estaba «lleno de gracia y de verdad». Ahora nos dice que «por medio de Jesucristo vinieron la gracia y la verdad». Tres cosas descubrimos en este versículo en el contraste que Juan establece entre Jesús y Moisés: (A) La Ley del Sinaí fue un privilegio de Israel, tan sublime que Hebreos 2:2–3 menciona a los ángeles como mensajeros de ella. Aquí se nos dice que «fue dada por medio de Moisés», el gran caudillo de Israel y gran amigo de Dios, pues hablaba con Él «cara a cara» (como amigo íntimo). Pero la gracia y la verdad salvíficas vinieron con Jesús. Nótese el contraste entre el «fue dada» y el «vinieron» como si dijera: Moisés fue un mero transmisor de la Ley desde las manos de Dios hasta las manos del pueblo, mientras que la misericordia y la fidelidad de Dios vinieron personificadas en Cristo; (B) la gracia y la verdad de Cristo señalaban el cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Pacto; (C) así como la gracia marcaba el fin de las obras, así también la verdad marcaba el fin de los tipos y sombras del Antiguo Pacto, pues Cristo es el verdadero Cordero Pascual, el chivo expiatorio verdadero, el verdadero maná, etc. Ellos tenían la gracia como en un cuadro; nosotros la tenemos en persona. Notemos que el original usa aquí el mismo verbo que en el versículo 3 «fueron hechas». Como todas las cosas fueron hechas por medio de Él, también la gracia y la verdad lo fueron.
3. Otra cosa importante que hemos recibido de Cristo es una clara revelación de Dios (v. 18): Jesús nos ha hecho la exégesis de Dios, a quien nadie ha visto jamás. Notemos:
(A) La insuficiencia de todos los demás descubrimientos: «A Dios nadie le ha visto jamás» (comp. con Dt. 4:12; Mt. 11:27; Lc. 10:22; Jn. 5:37; 6:46; 1 Ti. 6:16; 1 Jn. 4:12, 20). Esto indica: (a) Que, al ser espiritual la naturaleza de Dios, es invisible a los ojos del cuerpo; sólo por fe podemos ver al Invisible (He. 11:27); (b) Que la revelación que de Sí mismo hizo Dios en el Antiguo Pacto era muy pequeña e imperfecta en comparación con la que nos ha hecho por medio de Jesucristo. La grandeza del cristianismo se echa de ver en que ha sido fundado por Alguien que ha visto a Dios y conoce de la mente de Dios infinitamente más de lo que cualquier ser angélico o humano podría conocer.
(B) La completa suficiencia de la revelación que de Dios nos ha hecho Jesús: «El unigénito Hijo (bastantes e importantes MSS dicen: «El unigénito Dios»), que está en el seno (lit. hacia el seno) del Padre, Él le ha dado a conocer (lit. Él lo explicó o hizo la exégesis de Él)». Obsérvese qué bien cualificado estaba Jesús para hacernos la exégesis del Padre, puesto que: (a) Es el Hijo único del Padre, su Verbo o Expresión infinita, exhaustiva. Nadie conoce exhaustivamente al Padre, y en nadie es conocido exhaustivamente el Padre, sino el Hijo y en el Hijo (Mt. 11:27) y el Espíritu Santo (v. 1 Co. 2:10–11); (b) sólo el Hijo está en el seno del Padre, como el escogido Bienamado en quien el Padre tiene todas sus complacencias, y como Aquel a quien Dios confía todos sus secretos (15:15; 17:26); (c) al hacerse hombre, el Verbo de Dios nos hizo la perfecta traducción de Dios al lenguaje humano, no sólo en Sus palabras, sino en Su propia persona, pues en Él habitaba toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9), y quien le ve a Él, ve al Padre (14:9). Si se pudiese ver del Padre algo que no se ve en Cristo Jesús habría engañado a Felipe. No cabe otra visión de Dios que la que se refleja en la lumbrera que es el Cordero (Ap. 21:23). El que se sienta triste por no poder ver al Padre en Sí, es que no está satisfecho con el Señor Jesucristo o no lo conoce como es necesario. Sólo cuando se manifieste, lo veremos tal como es en Sí (1 Jn. 3:2).
(C) Este versículo (lo mismo que 15:15), no ha de entenderse como si Jesús nos hiciese partícipes del conocimiento exhaustivo que las tres personas divinas tienen de Sí mismas (lo cual es imposible, ya que nunca podemos ser iguales a Dios), sino que expresa la íntima familiaridad con que nuestro Padre nos ha comunicado los secretos de la salvación que nos afectan en lo más vivo de nuestra existencia y de nuestro destino eterno.
Versículos 19–28
Testimonio que Juan dio ante los mensajeros que de Jerusalén le habían sido enviados para examinarle. Veamos:
I. Quiénes y por quién, fueron enviados a Juan el Bautista: Los enviados eran: 1. Sacerdotes y levitas (v. 19). El Bautista era sacerdote de la descendencia de Aarón y, por ello, era apropiado que fuesen sacerdotes quienes le examinasen, 2. Estos sacerdotes y levitas «eran de los fariseos» (v. 24), los cuales creían que no necesitaban arrepentimiento. Los que los enviaron eran «los judíos de Jerusalén». El evangelista usa aquí el término «judíos», como en otras muchas partes de su Evangelio, para designar peyorativamente a los contumaces compatriotas de Jesús que no quisieron recibirle (v. 11). Podría esperarse que estos «judíos», pertenecientes al Sanedrín o Supremo Consejo de Israel conocieran los signos de los tiempos, que el Mesías estaba para llegar y que, por tanto, era fácil reconocer en Juan al Precursor profetizado; pero, en lugar de ello, vemos que envían mensajeros para ver quién era y qué se proponía este desconocido predicador. La mera erudición, el poder político o religioso y el alto rango en los honores públicos rara vez disponen bien para recibir la luz divina.
II. Con qué objetivo fueron enviados: «Para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?» Es decir, para inquirir acerca de su persona y de su obra. No enviaron a arrestarle, sino para mostrar la autoridad que tenían en materias religiosas, para satisfacer su curiosidad y para ver de silenciar al Bautista. La doctrina que éste predicaba acerca del arrepentimiento les era extraña a estos judíos.
III. Cuál fue la respuesta que él les dio con el informe acerca de sí mismo y del bautismo que administraba:
1. Acerca de sí mismo. Ellos le preguntaron: «¿Tú, quién eres?» La aparición de Juan en sociedad fue sorprendente. Su espíritu, su talante, sus enseñanzas tenían algo que imponía respeto, pero él mismo no pretendía ser «alguien grande»; ponía más empeño en hacer el bien que en aparecer importante. Así que responde a la pregunta:
(A) Primero, en forma negativa: «Él no dejó de confesar, sino que declaró francamente: Yo no soy el Cristo» (v. 20. Vers. Las Grandes Nuevas). El original dice: «Confesó, y no negó, y confesó …». Como en el versículo 3 y en 2 Reyes 20:15, también aquí se dice lo mismo en forma afirmativa y negativa, para recalcar, contra los seguidores fanáticos del Bautista, que él no era el Mesías. El Bautista, aquí como en otros lugares, no quiere arrebatarle a Cristo la gloria de ser el único Salvador y Esposo de la Iglesia. Las frases enérgicas del Bautista muestran la vehemencia y la constancia de su protesta. Los testigos fieles de Dios se ponen más en guardia contra el respeto indebido que contra el desprecio injusto. También niega Juan ser Elías (v. 21). Estaba profetizado que Elías volvería para ser el precursor del Mesías. Por una mala inteligencia de Malaquías 4:5, los judíos pensaron que vendría para ser Su precursor en Su Primera Venida. Al enterarse del carácter de la doctrina y el bautismo de Juan, y de que había aparecido como «llovido del Cielo» no es extraño que le tomasen por Elías; pero no por eso le honraban como Elías habría merecido ser honrado. Juan respondió; «No lo soy». En efecto, no lo era en persona, pero sí lo era «en espíritu» (comp. Lc. 1:17 con Mt. 11:14, 17:12). También niega Juan ser «el profeta», es decir el profeta a que hace referencia Deuteronomio 18:15–18, lugar que algunos entendían como referido a otro Precursor del Mesías, aunque la referencia del Deuteronomio apuntaba al propio Mesías, como vemos por Hechos 3:22; 7:37. A esto último, el Bautista respondió secamente: «No». Resulta curioso observar que las respuestas de Juan van siendo cada vez más concisas: «Yo no soy el Mesías … No lo soy … No».
(B) El comité enviado para examinarle le urge entonces a que de una respuesta positiva, para informar debidamente a quienes les habían enviado: «Le dijeron, pues: ¿Quién eres?, para que demos una respuesta a los que nos enviaron» (v. 22). A Juan se le tenía por persona sincera a carta cabal y, por eso, estaban seguros de que les daría una respuesta clara y sin rodeos ni tapujos a la pregunta: «¿Qué dices de ti mismo?» Y así lo hizo al decirles: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto». Les responde con palabras de la Escritura (Is. 40:3), para mostrar que la Escritura se cumplía en él, pero lo hace con toda modestia, humildad y abnegación: «Soy la voz, una mera voz». Para entender bien esta respuesta del Bautista, es preciso leer detenidamente Isaías 40:1–11, donde el profeta anuncia la misericordia de Jehová con Su pueblo, cuando éste vuelva de la cautividad de Babilonia, como un rey que viene a visitar a su pueblo con nuevos regalos de su gracia, pero exige de sus súbditos que le preparen el camino para que pueda viajar cómodamente. Juan no es la Palabra, pero es una voz; mejor aún, un sonido agudo, como un grito de socorro en medio del desierto sin agua; de aquel desierto que no estaba lejos del Jordán donde Juan predicaba. En el desierto, la gente puede morir de sed, si le falta el agua que da la vida (4:14; 7:37). Juan no tiene el manantial, no puede calmar la sed, no es el Salvador, pero grita a todo el que se sienta perdido, a punto de morir de sed, señalándole el camino de la salvación, como lo hace en los versículos 29 y 36 (comp. con Is. 40:2; Mt. 3:2; 4:17; Mr. 1:15; Lc. 3:4–6). Así también, los ministros de Dios son la voz mediante la cual Dios tiene a bien hablar desde la Biblia. Esta voz, como la de Juan, es una voz humana. El pueblo había temblado al recibir la Ley mediante la voz de truenos y relámpagos; pero iban a oír el Evangelio por medio de una voz de hombre como la nuestra. La voz de Juan era un clamor de importunidad, de urgencia, de solemne proclamación de parte de Dios (comp. con 2 Co. 6:1– 2). Así es como han de clamar los predicadores, pues las palabras que salen frías de los labios del predicador es imposible que calienten el corazón de los oyentes. Esa voz se oía en el desierto, porque sólo en un lugar de silencio y soledad lejos del mundanal ruido y de la prisa que los negocios imponen, es como se puede oír la voz de Dios.
(C) El mensaje que la voz clamorosa de Juan proclamaba era el siguiente: «Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Juan vino a rectificar los errores del pueblo en cuanto a los caminos de Dios (v. Is. 55:8). «Camino» y «andar» son términos que la Biblia emplea para indicar la conducta (v. Col. 2:6–7). Así, pues, «enderezar el camino» es cambiar de conducta y convertirse a Dios. Compárese con Hebreos 9:10 «… reformar las cosas» = hacer correcta la relación con Dios, perdida por el pecado (comp. con Jer. 2:13). Los escribas y fariseos habían hecho torcidos los caminos, y Juan clama al pueblo para que enderece todo lo torcido.
2. Luego viene el testimonio que Juan da acerca de su bautismo. Nótese:
(A) La pregunta que el comité le hizo acerca de esto: «¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?» (v. 25). Eran conscientes de que el bautismo de Juan era el rito sagrado que simbolizaba la purificación de los que estaban afectados por la polución del pecado, y esperaban que estaría en uso en los días del Mesías. Se daba por supuesto que tanto el Mesías como Elías y el profeta anunciado bautizarían cuando vinieran a purificar un mundo contaminado. Es la gracia divina la que ha provisto el modo de quedar limpios del pecado mediante la fe en el Salvador. A la vista del bautismo que Juan llevaba a cabo, y ante la respuesta de él de que no era el Mesías, ni Elías, ni el anunciado profeta, ellos le preguntan entonces: «¿Por qué, pues, bautizas, si tú na eres el Cristo, ni Elias ni el profeta?» (v. 25). Le preguntan con qué autoridad ejerce esta función, ya que la purificación escatológica del pueblo era un acto singularmente mesiánico, según Ezequiel 36:35; 37:23. Como la respuesta de Juan aludía a una función profética (predicar arrepentimiento), ellos interrogan acerca del aspecto sacerdotal de su conducta. Máxime cuando no estaban preparados para recibir a un Precursor de carácter tan espiritual.
(B) A esto replicó Juan diciendo que él era meramente el ministro de un signo exterior: «Yo bautizo con agua» (v. 26); como si dijese: «Eso es todo. Yo no puedo conferir la gracia espiritual que ello simboliza. Mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis (lit. sabéis)». Cristo estuvo en medio del pueblo como uno de ellos, pero pasaba desconocido; no se daban cuenta de Su presencia, como indica el verbo original. Como iban en busca de un Mesías que no respondía al verdadero concepto bíblico del auténtico Mesías, el Cristo que ya ha surgido en medio de ellos les pasa totalmente desapercibido. ¡Cuántas cosas de gran valor están escondidas a los ojos del mundo! La oscuridad es con mucha frecuencia la suerte que cabe al verdadero valor, a la virtud sincera y a la auténtica excelencia.
También nos muestra esto que Dios está siempre más cercano a nosotros que lo que pensamos. Así entonces, el reino de Dios estaba en medio de ellos (Lc. 17:21). Juan repite a continuación lo que ya había dicho en el versículo 15, y añade que «del cual (Jesús) yo no soy digno (lit. no estoy cualificado, o no soy competente) de desatar la correa del calzado» (v. 27). Desatar las sandalias era oficio de esclavos. Lo hacían cuando sus amos volvían a casa, antes de lavarles los pies según costumbre. Si Juan se tenía por indigno e incompetente para ese honor de servir a Cristo en el ínfimo de los oficios de un esclavo, ¡cuán indignos deberíamos tenernos nosotros de servirle! Al llegar a este punto, cualquiera pensaría que estos sacerdotes y levitas habrían de preguntar inmediatamente a Juan quién era tal persona tan excelente y dónde podían encontrarle. Pero no lo hacen. Habían venido a molestar a Juan, no a recibir de él instrucción. Tuvieron la oportunidad de conocer a Cristo, pero la dejaron pasar. Se nos especifica en qué lugar sucedió todo esto (v. 28). Aunque nuestras versiones dicen «Betábara», los mejores MSS dicen
«Betania», distinta de la Betania de Lázaro, Marta y María (la cual estaba cerca de Jerusalén) y situada a unos 20 km al sur del mar de Galilea y a unos 32 km al sudeste de Nazaret. El tiempo, según W. Hendriksen, era a últimos de febrero o primeros de marzo del año 27 de nuestra era.
Versículos 29–36
En estos versículos, tenemos un informe detallado del testimonio que Juan dio acerca de Jesucristo a los discípulos que le acompañaban. Tan pronto como fue bautizado, Cristo marchó apresuradamente al desierto, donde fue tentado por el diablo; allí estuvo cuarenta días. Durante Su ausencia Juan continuó dando testimonio de Él, pero ahora, por fin, «vio a Jesús que venía hacia él» (v. 29). En dos días consecutivos, Juan da de Jesús un testimonio coincidente.
I. En los versículos 29–34, tenemos el primero de dichos testimonios. En él, dice Juan acerca de Cristo cuatro cosas:
1. Que es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (v. 29). Aprendamos aquí:
(A) Que Jesús es el Cordero de Dios (el que es de Dios y el que Dios provee para nuestra salvación), lo cual nos habla del gran sacrificio mediante el que se llevó a cabo la expiación por el pecado, y Dios reconcilió consigo al mundo (2 Co. 5:19). Entre todos los sacrificios, Juan alude a los corderos que se ofrecían en el templo, con referencia especial a los del sacrificio diario que se ofrecía cada mañana y cada tarde, y siempre se hacía con corderos; alude también al cordero pascual, cuya sangre libró a los israelitas de la muerte de los primogénitos llevada a cabo por el ángel exterminador. Cristo es nuestra Pascua (1 Co. 5:7). El hecho de que la Pascua estaba cercana, y la cita de Isaías 40:3, hecha el día anterior (v. 23) nos confirman que el Bautista, al apuntar hacia Cristo como al «Cordero», tenía en su mente al cordero pascual (Éx. 12:1–13), que iba a ser el sustituto por nuestros pecados (Is. 53:7), conforme lo vería después el Apóstol Juan en Apocalipsis 5:6. Así lo vieron también Mateo (Mt. 8:17), el evangelista y diácono Felipe (Hch. 8:32), Pedro (1 P. 2:22) y el autor de Hebreos (He. 9:28).
(B) Que este Jesús, «el Cordero de Dios», es el que «quita el pecado del mundo». Juan el Bautista había invitado al pueblo a que se arrepintieran de sus pecados, a fin de obtener la remisión de ellos. Ahora les muestra cómo y por quién había de esperarse el perdón de los pecados. Éste es el fundamento de nuestra esperanza: En Jesús, y sólo en Él hay perdón para todo pecador arrepentido. Nótese la fuerza del verbo original airo, que aquí, como en 19:31, tiene un triple sentido: (a) Mediante Su muerte en la cruz del Calvario, Jesús quita el pecado de encima de todo aquel que se somete por fe a la gracia del perdón y a la acción poderosa del Espíritu Santo. El participio de presente denota una acción continua: Jesús está siempre en condiciones de quitar el pecado. «El pecado», en singular y con artículo, no sólo indica nuestras rebeliones personales, sino, antes y sobre todo, el fallo general de la humanidad respecto a su destino eterno (hamartían); la misma singularización hallamos en 2 Corintios 5:21 donde se expresa claramente la sustitución expiatoria de Jesús. Él «mundo» tiene aquí un sentido universal, como en 3:16; 2 Corintios 5:14–21; 1 Timoteo 2:4–6; 1 Juan 2:2; etc. Todos estos textos y muchos otros más nos presentan claramente la verdad bíblica de que Jesucristo murió por todos los hombres aunque no todos se salven, sino sólo los que cumplen con la única condición de creer (Jn. 3:15–16), (b) el verbo indica también que Jesús retira el pecado tan lejos que no pueda volver, pues Dios se olvida de los pecados perdonados, los sepulta en el abismo, y los aleja tanto como un confín del Universo del otro confín. Si así retira Jesús el pecado del mundo, ¿quién desconfiará de que sus pecados queden perdonados, por muchos y muy graves que sean? (c) Finalmente el verbo indica que Jesús carga sobre Sí el pecado que retira de nosotros (v. Is. 53:5–7) de la misma manera que el macho cabrío vivo del Día de la Expiación se llevaba al desierto sobre su propia cabeza «todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados» (Lv. 16:21). Dios ha encontrado el modo de abolir el pecado, y salvar al pecador, al hacer a Su Hijo «pecado por nosotros» (2 Co. 5:21).
(C) Que es nuestro deber mirar al Cordero de Dios. El original dice literalmente: «¡Mira! ¡El Cordero de Dios …!» El griego no deja lugar a dudas de que se trata de una interjección, puesto que el sustantivo «cordero», con su artículo, se halla en caso nominativo. Si volvemos la vista a 3:14–15 con su referencia a Números 21:8–9, nos percataremos de la tremenda importancia y urgencia que, para cada uno de nosotros, tiene ese «mirar». Además, al mirar cómo Jesús se lleva nuestro pecado cargándolo sobre Sí, aumentará nuestro amor a Jesús y nuestro odio al pecado.
2. Que éste es aquel de quien anteriormente había hablado Juan (vv. 30–31): «Éste es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un hombre …». Este es el honor que le cupo al Bautista, que, mientras los otros profetas hablaron del Mesías como del que había de venir, Juan lo vio ya llegado y lo pudo señalar con el dedo. Una diferencia semejante hay entre la fe presente y la visión futura. Aun cuando Cristo no apareció con pompa externa ni poder majestuoso, Juan no se avergonzó de Él; antes bien, declaró paladinamente: «el cual es antes de mí», es superior a mí. Era necesario que Juan mostrase así la excelencia del Salvador; de lo contrario, la gente no habría podido creer que un hombre que aparecía en tan humilde condición, fuese el mismo de quien Juan había dicho tan grandes cosas. Y, para que no se pensase que Juan y Jesús se habían puesto de acuerdo de antemano, niega que existiese tal confabulación:
«Y yo no le conocía» (v. 31). Juan no conocía a Jesús hasta que éste llegó para que Juan le bautizara. Quienes son enseñados por Dios, creen y confiesan al que no han visto, y son bienaventurados por haber creído sin ver (20:29). El gran objetivo del ministerio y del bautismo de Juan era presentar a Jesucristo:
«Para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua». El bautismo de agua que Juan administraba hablaba de la impureza del pecado, y Jesús era el Cordero de Dios que venía a quitar de veras el pecado por medio del sacrificio de Sí mismo en la Cruz. Los contrastes entre la persona y obra del Bautista, y la persona y obra de Jesucristo son numerosos: (A) Juan prepara el camino, exhorta a enderezar el camino propio, mientras que Cristo mismo es el Camino (14:6); (B) Juan bautiza con un bautismo visible, en agua (o con agua), que era señal y medio de purificación (v. 3:5); Cristo bautiza interiormente «con Espíritu Santo y con fuego», pues Él es la Palabra viva y eficaz en persona (comp. 1:1, 14 con He. 4:12); Él perdona y borra interiormente el pecado (vv. 29, 36); (C) el mensaje de Juan iba dirigido primordialmente a Israel (comp. con Mt. 4:15–16; Lc. 1:79; Hch. 2:39; 7:51–53; 13:46; Ro. 10:20–21); Cristo había de gustar la muerte por todos (He. 2:9).
3. Que éste era aquel sobre quien «el Espíritu descendía del Cielo como una paloma y permaneció sobre Él» (v. 32). Este testimonio está confirmado en Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22. Juan dice esto para dar mayor fuerza a su testimonio, y apela a la extraordinaria experiencia del Espíritu descendiendo como paloma, y al anuncio que de ello le hizo Dios el Padre (vv. 32–34). Aquí se nos dice:
(A) Que Juan el Bautista lo vio y dio testimonio de ello con toda la seriedad y la solemnidad de un verdadero testigo: «Vi al Espíritu que descendía del cielo …». Juan no podía ver el Espíritu pues es Dios y, por ello, no tiene cuerpo ni puede verse con los ojos del cuerpo (v. 4:24), pero sí vio la paloma que era el símbolo y la representación del Espíritu. La paloma con un ramo de olivo en el pico había sido para Noé la señal de que la tierra había emergido ya sobre las aguas del diluvio tras la ira de Dios; por eso, es llamada «la paloma de la paz» el olivo es símbolo del Espíritu Santo (la «unción» de 1 Jn. 2:20, 21); y la paloma es también símbolo de pureza, mansedumbre y dulzura.
(B) Que Juan había sido advertido de antemano para reconocer al Mesías mediante una señal que no podía fallar: «Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, Él me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo» (v. 33). Véase aquí cuán seguro era el fundamento sobre el que Juan apoyaba su testimonio. No echó a correr sin ser enviado, sino que fue Dios quien le envió a bautizar; tenía la garantía celestial para ello. Cuando el llamamiento de un ministro del Señor es claro, sus actividades marchan sobre seguro, aun cuando no siempre le acompañe el éxito. Juan fue enviado no sólo a bautizar con agua, sino a manifestar al que había de bautizar con el Espíritu Santo. Gran consuelo es para los ministros de Dios saber que quien les envía a predicar puede poner en el corazón lo que ellos ponen en el oído y soplar el Espíritu sobre los huesos secos a los que ellos profetizan con su predicación. Dios le había dado a Juan una señal clara: «Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece en Él, ése es …». Con esto, no sólo se le prevenía contra toda equivocación, sino que se le confería denuedo y confianza para dar su testimonio con toda seguridad. Nótese que la señal distintiva de Cristo era que el Espíritu Santo permanecería sobre Él. Esa
«permanencia» del Espíritu Santo sobre Jesús establece una diferencia radical entre Él y cada uno de los creyentes, porque: (a) a Cristo le fue dado el Espíritu sin medida (3:34); a nosotros, según medida (Ef. 4:7). Como Cristo es la Cabeza de la Iglesia, posee la plenitud del Espíritu y de los dones, como el blanco del espectro solar incluye en sí todos los colores del iris; en cambio, los creyentes tienen diversos dones, según el servicio que han de ejercitar en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, pero ninguno tiene todos los dones (v. 1 Co. 12:29–30); (b) en consecuencia, nosotros no siempre somos conducidos por el Espíritu en todo lo que decimos o hacemos, mientras que Jesús siempre era conducido por el Espíritu, hasta el punto de ser el único ser humano que siempre y en todo fue dirigido invariablemente por el Espíritu Santo, para santificarse a Sí mismo y ofrecerse en sacrificio vivo al Padre, en obediencia perfecta y constante (v. 3:34; 4:34; 9:30; 10:36; 17:19; Ro. 12:1; He. 9:14; 10:6–10, comp. con Fil. 2:8, etc.).
(C) Un hecho sumamente curioso es que Jesús bautizaba con el Espíritu Santo, en el interior, pero no con agua. Juan (Jn. 4:2) tiene buen cuidado en decirnos que «Jesús mismo no bautizaba sino sus discípulos», como comentaremos en su lugar. Hemos de distinguir cuidadosamente entre el bautismo de agua (exhortación al arrepentimiento que Juan ofrecía y administraba) y el bautismo cristiano (símbolo de la fe en el Salvador). Por eso, vemos a Pablo en Éfeso, bautizando en el nombre del Señor Jesús a un grupo de discípulos que habían sido bautizados con el bautismo de Juan (Hch. 19:1–6). Mateo 3:13–17 nos detalla el episodio del bautismo de Jesús a manos de Juan, para cumplir toda justicia, es decir, todo el programa que Dios tenía acerca de Su Hijo como Redentor de la Humanidad. El bautismo de Juan era para arrepentimiento de los pecados, y Jesús no tenía ningún pecado del que arrepentirse (8:46). Por tanto, se puede decir que Jesús recibió el bautismo de Juan solamente en el sentido de que se humilló para bajar a las aguas del Jordán como si fuera pecador, y mostró ya desde aquel momento que se solidarizaba con nosotros como nuestro Representante y Sustituto (He. 2:11–17).
4. Que Jesús es el Hijo de Dios. Ésta es la conclusión del testimonio del Bautista: «Y yo le he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (v. 34). Esta afirmación es el núcleo del «credo» cristiano como vimos al comentar Mateo 16:16. Los dos verbos están en pretérito perfecto, como indicando una acción pasada que se ha quedado bien grabada en las pupilas de Juan, por lo que su testimonio es algo que continúa sin desmayo. Al comparar este lugar con Lucas 3:22, W. Hendriksen concluye que aquí el título «Hijo de Dios» es usado en sentido estrictamente trinitario (la Segunda Persona de la Trina Deidad), y cita los pasajes típicos de este Evangelio (1:1, 18; 3:16–18; 5:25; 17:5; 19:7; 20:28, 31). Personalmente opino que dicho título, como en Lucas 3:22; 4:3, está usado en sentido mesiánico, más bien que trinitario (nota del traductor).
III. A continuación, tenemos el testimonio que Juan dio de Cristo al día siguiente (vv. 35–36). El evangelista asegura: «Al día siguiente …», al recordar fielmente aquellos episodios que de tal manera se habían grabado en su corazón. Éste es el tercer día, dentro de los siete de toda esta sección que concluye con las bodas de Caná, según el simbolismo del número 7, tan frecuente en este Evangelio, y sobre el que volveremos más adelante. «Otra vez estaba allí Juan, y dos de sus discípulos con él». La diferencia con el día anterior está en que allí (v. 29) el Bautista al apuntar hacia Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», se dirigía a las turbas, de las que no se especifica ni el número ni el carácter. En cambio, aquí se dirige a dos de sus discípulos; probablemente, los más adictos. Ellos iban a ser los dos primeros discípulos de Jesús. Notemos que:
1. Juan se fijó en Jesús que pasaba por allí (v. 36). El día anterior, Jesús venía hacia Juan (v. 29). Hoy parece que Jesús pasa de largo. El verbo griego significa «pasearse» y, también, «andar» o
«conducirse a algún lugar». Lo más probable es que Jesús pasase por allí en dirección al lugar en el que se hospedaba aquel día. Hendriksen hace notar que el testimonio de Juan el día anterior, seguramente en voz más alta y ante una multitud no parece haber tenido ninguna respuesta positiva, mientras que el de hoy la va a tener, y de inmediato. Los dos discípulos no olvidarán jamás aquel momento importante en sus vidas con tan feliz encuentro con el Salvador. Adviértase el verbo «fijándose». Juan puso sus ojos en Jesús y mantuvo la vista fija en Él. Quienes han de guiar a otros a Cristo han de ser diligentes y constantes en la contemplación del Maestro.
2. Juan repitió el mismo testimonio que había dado el día anterior. El testimonio de hoy está resumido, ya sea porque el evangelista no cree necesario repetirlo íntegramente, ya sea porque esa sola frase fue suficiente para que los discípulos de Juan identificasen sin dificultad al Mesías. El sacrificio de Cristo para quitar el pecado del mundo es un tema sobre el que deben insistir los predicadores del Evangelio: Cristo, el Cordero de Dios … Como Pablo hemos de predicar «a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Co. 1:23; 2:2).
3. Juan puso especial empeño en que lo oyeran estos dos discípulos que estaban con él pues quería llevarlos a Cristo. Nunca pensó que iba a perder por eso dos de sus mejores discípulos, como no lo piensa todo buen maestro de escuela cuando envía sus alumnos a la Universidad. Además, Juan reunía discípulos, no para sí, sino para Cristo. Los espíritus generosos y humildes dan a otros la alabanza que les es debida, sin temor de que por ello hayan de sufrir mengua ellos mismos.
Versículos 37–42
Tenemos a los dos discípulos que estaban con Juan, dejando a éste para seguir a Jesús. Uno de ellos alcanza enseguida a un tercero, y estos tres son los primeros frutos en el discipulado de Cristo.
I. Los dos discípulos que estaban con Juan, cuando éste dio testimonio de Jesús ante ellos eran Andrés y otro al que no se nombra (v. 37). El hecho de que Juan el Evangelista calle el nombre del otro es una prueba muy fuerte de que se trata de él mismo. Los minuciosos detalles que aporta de todo el episodio nos confirman que el que habla es un testigo de primera mano. Veamos:
1. La prontitud con que siguieron a Jesús: «Al oírle hablar los dos discípulos, siguieron a Jesús». Nótese el contraste: OYEN a Juan, y SIGUEN a Jesús. ¡Qué buen testigo de Jesús era Juan! ¿No deberíamos ser así todos los predicadores, todos los pastores, todos los obreros del Señor? ¡Que nos oiga la gente hablar bien claro del Maestro, pero que sigan a Jesús, no a nosotros! Juan el Bautista se porta aquí, como en 3:26–30, como el gran «amigo del esposo», el «padrino del novio», que se preocupa de presentar a Jesús una esposa virgen, pues ha tenido sumo cuidado en no robarle a Cristo la gloria de ser el único Salvador de la Iglesia. Todo buen ministro del Señor ha de ser como el Bautista: no como una línea horizontal que lleve al pecador a Cristo al pasar a través del ministro, por una falsa interpretación de Lucas 10:16, sino formando un triángulo: Juan se coloca en un vértice y, desde allí, señala por un lado al pecador y apunta, por el otro, directamente a Jesucristo, de tal modo que se establezca una línea recta entre el pecador y el Salvador, mientras que el ministro, como el Bautista, desaparece por el foro tras la
«misión cumplida» de llevar las almas a Jesús.
2. «Volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis?» (v. 38). Jesús se dio cuenta enseguida de que le seguían y se volvió prestamente. Jesús ha escuchado el ruido de los pasos o les ha visto echar a andar tras Él, o simplemente lo conoce por medio de Su omnisciencia divina. Cristo toma nota inmediatamente de cualquier movimiento incipiente de un corazón hacia Él, y no espera a que estos discípulos le pregunten, sino que se adelanta a hablarles. Siempre que se establece la comunión entre Jesús y un alma, es Jesús quien toma la iniciativa y comienza el diálogo. Notemos que Jesús no les dice:
¿A quién buscáis?, sino: «¿Qué buscáis?» ¿Buscaban el perdón de los pecados mediante la obra del Cordero de Dios? ¿La salvación de puro regalo, entrada libre en el reino de los cielos? Pues allí estaba Él para darles lo que necesitaban. Todo ser humano busca algo en esta vida. Los creyentes tenemos el privilegio, por pura gracia de Dios, de saber lo que nos conviene buscar (v. Col. 3:1–3). Cristo hace su pregunta con ternura, humildad y mansedumbre, enseñándonos cómo hemos de conducirnos al instruir a otros para que se lleguen a Cristo.
3. Ellos le contestan, y comienzan con un saludo respetuoso: «Rabí (que traducido es, Maestro)». Juan lo traduce para los lectores de lengua griega. Es un título que, en su raíz hebrea, indica grandeza. También en esto, los discípulos evolucionan en el tratamiento que dan a Jesús. Al principio le llaman «Maestro»; después, le dirán: «Señor» (comp. con 6:68). Es curioso notar que después de la resurrección de Cristo, desaparece completamente el título «Rabí» aplicado a Jesús, porque es ya notoriamente «Señor y Cristo» (Hch. 2:36). El verbo que Juan usa, en el paréntesis, para «traducido» no es el exegésato de 1:18, donde se nos da la exacta interpretación que el Verbo hecho carne nos hace de Dios, sino methermeneuómenon, que indica un «cambio» («metá») inevitable al pasar de un lenguaje a otro, y una interpretación puramente humana: hermeneuómenon. Esta palabra se deriva de Hermes (Mercurio, para los latinos), el dios mitológico que servía de intérprete de los dioses (v. Hch. 14:12, donde el original dice Hermen). Después del saludo, los discípulos le preguntan a Jesús: «¿Dónde te hospedas?» Con ello, insinúan que desean tener una conversación con Él, para aprender de Él con más detenimiento. Las palabras del Bautista habían despertado en ellos tremendo interés, y no se contentan con hacerle unas cuantas preguntas en la calle, sino recibir una enseñanza más completa en su domicilio, como todo discípulo que quiere aprender una asignatura con un buen profesor. Todos cuantos tienen comunión con el Señor desean aprender más y más de Él: sentarse continuamente a Sus pies, pues esto es lo único necesario y la mejor parte, que no nos será arrebatada.
4. «Les dijo (Jesús): Venid y ved» (v. 39). A pesar de la suma importancia que el episodio tenía para el evangelista, el relato no puede ser más lacónico. Pero, dentro de su laconismo, es denso en contenido. Ellos le habían preguntado dónde moraba y Jesús contesta con algo más (comp. con Lc. 23:42–43): les invita a pasar el día con Él. Jesús no tenía domicilio propio (v. Mt. 8:20); por eso, lo propio era acompañarle al lugar en que se hospedaba aquel día. De paso, podemos advertir ya que la frase: «Ven y ve» o: «Venid y ved» es el mejor y más sencillo testimonio en favor de Jesús y del Evangelio. Jesús invita a ir a Él donde Él mora, y es preciso seguirle tan pronto como escuchamos su invitación. Aprovechar la oportunidad que pasa es muestra de gran sabiduría: «Ahora es el tiempo aceptable» (2 Co. 6:2).
5. Ellos obedecieron y le siguieron: «Fueron y vieron dónde se hospedaba, y se quedaron con Él aquel día; porque era como la hora décima». Buscaron y encontraron, según la promesa de Jesús (Lc. 11:10 y paral.). También en este capítulo, el buscar del versículo 38 tiene la recompensa del encontrar en los versículos 41 y 45. Ya hemos dicho que no cabe duda de que uno de los dos discípulos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús era el propio evangelista. Aquel día cambió su vida. Y la impresión que recibió de aquel primer encuentro salvífico con Jesucristo fue tan tremenda, que sesenta y tantos años más tarde recuerda perfectamente la hora del día en que se realizó el gran encuentro. ¿Qué hora del día representa, en realidad, esa «hora décima» que Juan señala? Era costumbre contar las horas del día y de la noche de tres en tres, según los tiempos de vela de los pastores y de los soldados. Así que prima correspondía a las seis de la mañana según nuestro modo de contar; tercia era las nueve; sexta, las doce del mediodía; nona, las tres de la tarde. Según este cómputo, los discípulos se habrían encontrado con Jesús a las cuatro de la tarde. Esta interpretación ofrece las siguientes dificultades: (A) Juan debería haber dicho «aquella tarde», en vez de «aquel día», puesto que, para los judíos, el día comenzaba a la puesta del sol (v. Gn. 1:5 y ss.
«tarde y mañana …»); (B) el tiempo que les quedaba para estar con Jesús aprendiendo todo lo necesario con miras al discipulado habría sido demasiado corto; (C) según el contexto, les quedó tiempo todavía para buscar a sus respectivos hermanos: el Evangelio habla explícitamente de Andrés que encuentra aquel día a su hermano Simón Pedro; puede suponerse que Juan hizo lo mismo con su hermano Jacobo o Santiago el Mayor. Por estas razones, Hendriksen opina, apoyado en muy buenos exegetas, que se trata de las diez de la mañana según nuestros relojes pues los romanos contaban también de esta forma, y esto era lo más corriente a fines del siglo primero de nuestra era, que es la fecha en que Juan está escribiendo, y precisamente para lectores de extracción gentil. Compárese con 20:19 donde claramente se refiere al modo romano de contar el día. Siendo las diez de la mañana, se explica satisfactoriamente que les quedase tiempo abundante para escuchar las explicaciones del Maestro hasta el caer de la tarde, e ir después en busca de sus respectivos hermanos.
II. Andrés se dio prisa en comunicar las nuevas a su hermano Simón Pedro:
1. Veamos la información que Andrés dio a su hermano:
(A) «Éste (Andrés) halló primero a su hermano Simón» (v. 41). Lo de hallarle implica que le buscó. Vemos, pues, que Andrés se convierte en el primer misionero de Cristo. No puede callarse el encuentro que ha tenido con el Mesías, y va a dar testimonio de ello, y comienza por su propia casa, como debe ser.
(B) Le dijo lo que habían encontrado: «Hemos hallado al Mesías». Habla con humildad; no dice: «He hallado», sino: «Hemos hallado», regocijándose de haber compartido con otro tan dichosa experiencia. Habla también con exultación: «Hemos hallado». Lo proclama gozoso. Podemos suponer el entusiasmo de Andrés y Juan al dar este testimonio: La suprema expectación de Israel había tenido, por fin, cumplimiento. Aquel hacia el que apuntaban todas las profecías de la salvación, de la liberación, de la redención del pueblo escogido, acababa de manifestarse (v. Gá. 4:4). Es cierto que el conocimiento que del Mesías tenían estos buenos discípulos necesitaba aún purificación y profundización. Hasta que no descendiese el Espíritu Santo sobre ellos, muchas cosas les pasarían desapercibidas o no las entenderían
correctamente, pero el gran hallazgo se había cumplido, y el eurékamen del texto griego tiene mucha más importancia que el famoso «eúreka» que pronunció Arquímedes, mientras se estaba bañando, al descubrir el principio de flotación de los sólidos. Arquímedes había ampliado sus conocimientos científicos, pero Andrés y Juan habían hallado al que constituía la única esperanza de Israel y al que, en Proverbios 8:29, aparece estableciendo los fundamentos de la tierra.
(C) «Y le trajo a Jesús» (v. 42); le trajo a la fuente. Esto fue una prueba del amor que le tenía a su hermano. También nosotros deberíamos tener un interés especial en el bienestar espiritual de nuestros parientes más próximos, puesto que este parentesco nos ofrece no sólo una mayor obligación, sino también una mejor oportunidad, para hacer el bien a sus almas. La conversación de aquel día con Jesús hizo este efecto espontáneo en Andrés. Así mostró que había estado con Jesús (comp. con Hch. 4:13), pues estaba tan lleno de Él. Sabía ya que en Cristo había suficiente para todos y, habiendo gustado la bondad del Señor (v. Sal. 34:8; 1 P. 2:3), no paró hasta que sus más amados parientes la gustasen también. La gracia genuina odia el monopolio y no le agrada comer a solas sus manjares.
2. Las palabras de Jesús a Simón Pedro (v. 42):
(A) Cristo lo llamó por su nombre, después de mirarle fijamente por unos momentos, como indica el verbo original: «Tú eres Simón, hijo de Juan (o Barjonás, que, probablemente, no significa «hijo de Jonás», sino algo parecido a «Zelote»).
(B) A continuación, Jesús impuso a Simón un nuevo nombre: «Tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)». Este nuevo nombre era un privilegio para Pedro, pues con él apuntaba Jesús proféticamente al día aquel que, en Cesarea de Filipo, el impulsivo Apóstol, por revelación del Padre había de confesar a Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mt. 16:16. V. el comentario a este lugar). De las seis veces que el Nuevo Testamento nombra a Pedro como «Cefas», cinco están en las Epístolas de Pablo; la última en Gálatas 2:9, cuando precisamente en el contexto posterior se narra el incidente de Antioquía en que Pablo tuvo que reprender severamente a esta «piedra» porque se tambaleaba, «no andaba rectamente», como dice el original. A la oración de Jesús (Lc. 22:32) se debió el que la fe de Pedro no fallase del todo, cuando vino la prueba, y, con lo que aprendió en su dolorosa experiencia, quedó capacitado para fortalecer mejor a sus hermanos. La firmeza de su fe como la nuestra, no era una cualidad propia suya, sino una gracia especial del Señor.
Versículos 43–51
Llamamientos de Felipe y de Natanael.
I. Felipe fue llamado directamente por Jesús, no como Andrés y Juan, que fueron dirigidos a Cristo por el Bautista, ni como Pedro, que fue conducido a Jesús por su hermano Andrés. Dios usa métodos diversos para llamar los hombres hacia Sí: «Jesús … halló a Felipe» (v. 43). Para dar más viveza al relato Juan usa aquí el presente histórico («halla»). Como en este casó Jesús nos llama porque nos busca antes de que nosotros hagamos pesquisas para hallarle (comp. con Ro. 10:20). «Felipe» es nombre griego, que significa «amigo de los caballos»; a pesar de ser un nombre muy frecuente entre los gentiles, Jesús no le cambió el nombre ni le impuso un sobrenombre como a Simón o a «los hijos del trueno». Este llamamiento lo llevó a cabo Jesús «al día siguiente». Cuando hay que hacer la obra de Dios, es menester no perder un solo día. Jesús, que se hallaba todavía en Betania, la del otro lado del Jordán, decide cruzar hacia Galilea, al dirigirse hacia el noroeste. Felipe fue traído al discipulado por el poder omnímodo de la palabra de Cristo, que le dijo, como a Leví (Mateo): «Sígueme». Se nos dice que Felipe era de Betsaida, de donde también eran Andrés y Pedro (v. 44). Betsaida era un lugar perverso (Mt. 11:21); sin embargo, también allí había un remanente, conforme a la libre elección de la gracia de Dios.
II. A continuación, Natanael es invitado por Felipe a seguir a Cristo. Veamos:
1. Lo que pasó entre Felipe y Natanael:
(A) Las alegres nuevas que Felipe llevó a Natanael (v. 45): «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas». También aquí, el original usa el tiempo presente al inicio del versículo, y dice textualmente: «Encuentra Felipe a Natanael y le dice». Felipe no se contenta con obedecer la invitación de Jesús y seguirle, sino que va en busca de Natanael, de Caná (21:2). Natanael es un nombre hebreo que, como el griego «Teodoro» significa «don de Dios» o «Dios ha dado». Por 21:2 no cabe duda de que Natanael fue uno de los Doce Apóstoles y que es, con toda probabilidad, el Bartolomé de los Sinópticos, pues su nombre (Bar-Tholmay = hijo de Tholmay) es, en realidad, su apellido, como el «Barjonás» de Pedro. Felipe le dice: «Hemos hallado», porque eran israelitas y, por tanto, esperaban al Mesías (v. el contraste en Ro. 10:20–21, donde los gentiles son hallados por Dios sin buscarle, mientras que los israelitas veían el auxilio de Dios y las promesas mesiánicas como cosa dirigida a ellos). «¡Lo hemos hallado, lo hemos hallado!», parece decir, lleno de gozo, Felipe. Es muy de notar el orden que las palabras de Felipe guardan en el original: «Al que describió Moisés en la ley y los profetas, le hemos encontrado; Jesús, hijo de José, de Nazaret». Por eso es por lo que Natanael percibe con más fuerza lo paradójico de que el Mesías proceda de Nazaret. Gran ventaja tenía Felipe en conocer bien las Escrituras del Antiguo Pacto, pues por ellas estaba preparada su mente para recibir la luz del Evangelio. Al decir que Jesús «era (procedía) de Nazaret», Felipe expresaba el lugar donde había pasado Jesús la mayor parte de Su vida terrenal, y donde vivían ya María y José antes del nacimiento de Jesús. Felipe no tenía todavía un conocimiento como el que el propio Natanael adquirió en su primer encuentro con Jesús (v. 49); menos aún, el sentido claramente trinitario de la confesión de Pedro en Mateo 16:16. Nadie sabía o recordaba que Jesús había nacido en Belén a causa del censo y para que se cumplieran las profecías.
(B) La reacción de Natanael: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (v. 46). ¿Por qué era Nazaret tan despreciable? Primero, por su posición, aislada casi del resto de Israel, en un extremo limítrofe con Esdrelón; segundo, porque ni el Antiguo Testamento, ni los Apócrifos, ni Flavio Josefo ni el Talmud hacen mención de ella. De todas maneras, podemos decir: (a) Que la precaución con que hablaba Natanael no estaba del todo exenta de alguna prudencia. El Apóstol dice: «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Ts. 5:21) pero (b) su objeción nacía de la ignorancia, al pensar que Jesús había nacido en Nazaret.
(C) La respuesta de Felipe. A la objeción de Natanael, Felipe no contesta con argumentos, sino que actúa de una forma que debe servir de pauta a todo creyente que se halle en situación de dar testimonio de Cristo. El mejor argumento es la experiencia personal de un encuentro salvífico con Cristo. Le dice: «Ven y ve». Como si dijese: «Ven a Jesús tú también y ve por tus propios ojos al que es el Mesías, el Salvador del mundo, que puede hacer contigo lo mismo que ha hecho conmigo». Con este argumento se puede silenciar al más erudito filósofo que se oponga a nuestra fe, pues es una inducción totalmente empírica y a salvo de cualquier abstracción metafísica o prejuicio alucinatorio. Es parecido a lo que dijo el recién curado ciego de nacimiento en 9:25: «Una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo». Notemos que Felipe no le dice: «Anda y ve», sino: «Ven y ve», como si dijera: «Yo te acompañaré».
2. Lo que pasó entre Natanael y el Señor. No vino en vano Natanael a Jesús, pues le vio, aunque fue visto antes por Jesús.
(A) «Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba …» (v. 47). Los ojos del Señor se fijaron en aquel desconfiado Natanael; pero Jesús dijo de él: «He ahí un israelita de verdad, en quien no hay engaño». No lo dice por adulación, sino para dar a entender que Natanael era un sincero y genuino israelita, sin hipocresía ni duplicidad, cosa excepcional en aquel tiempo entre los judíos. Más aún a la vista del contexto posterior (especialmente, del v. 51), podemos atisbar que Jesús contraponía el sincero Natanael, sin engaño, al suplantador Jacob, quien arrebató con engaño la bendición del primogénito Esaú (Gn. 27:35). Es cierto que Esaú, en un arrebato de imprudencia carnal, había vendido su primogenitura a Jacob por un plato de potaje rojo, pero eso no justifica el engaño de Jacob, quien, en vez de fiarse de las promesas de Dios, se apoyó en su propia astucia (y en la de su madre) para engañar a Isaac y después, a su tío y suegro Labán (Gn. 30:37–43), y de él aprendieron también sus hijos mayores a engañar (v. Gn. 34). Finalmente, nótese que Jesús no dice que Natanael sea «sin pecado», lo cual iría contra Romanos 3:23, sino «sin engaño»: sincero para con Dios y para con los hombres.
(B) La gran sorpresa de Natanael ante estas palabras de Jesús: «¿De dónde me conoces?» (v. 48). Véase aquí: (a) La modestia de Natanael: como si dijese: «¿De qué me conoces, como si yo fuese una persona importante?» Esto era una evidencia de su sinceridad, pues no se jactó como si mereciese ser bien conocido. Cristo nos conoce perfectamente; pero ¿le conocemos nosotros a Él?; (b) la ulterior manifestación que de Sí mismo hizo Jesús a Natanael: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Con esto le mostraba Jesús en primer lugar, Su divinidad al ver a Natanael a distancia; segundo, que le conocía antes de que Felipe le llamara. Cristo nos conoce mucho antes de que nosotros podamos percatarnos de ello. Natanael se había extrañado de que Jesús le conociese personalmente: ¿Cuál podría ser la fuente de información de la que Jesús disponía? Pero Jesús le dice que le ha conocido a distancia en la intimidad del santuario hogareño, donde Natanael, como todo buen israelita, hacía su lectura diaria de la Ley: en casa y bajo la higuera del zaguán. No se olvide que en Israel había tres plantas simbólicas de la relación entre Dios y el pueblo escogido: el olivo, símbolo de la presencia del Espíritu de Dios en medio de Su pueblo; la higuera, símbolo de los frutos que Dios esperaba de Su pueblo; y la vid, símbolo de la unión marital del pueblo de Israel con su Dios, para producir fruto agradable por la gracia de Dios y en unión con Él (v. respectivamente Zac. 4:1–6; 1 R. 4:25 y Mt. 21:19 y ss.; Is. 5 y Jn. 15:1 y ss.). Esta alusión a su meditación de la Ley bajo la higuera era algo muy personal que sólo el propio Natanael sabía, de ahí, su exclamación admirativa.
(C) «Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el rey de Israel» (v. 49); en otras palabras: «Tú eres el Mesías». Ante la firme y segura declaración de Jesús, Natanael queda tremendamente impresionado, y se percata inmediatamente de que Jesús es el Mesías prometido. Aun cuando comentaristas de la talla de W. Hendriksen (nota del traductor) opinan que la profesión de Natanael ha de tomarse en sentido trinitario, opino que, lo mismo que en Mateo 4:3; Lucas 4:3, aquí sólo puede deducirse el sentido mesiánico, que comportaba el don profético en el grado extraordinario de vidente especial. Lo confirman dos detalles: (a) El título siguiente («el rey de Israel»), título claramente mesiánico para un judío, como referido a un heredero del trono de David (v. Gn. 49:10, comp. con Lc. 1:31–33). La misma gradación de las frases («el Hijo de Dios … el rey de Israel») perdería su fuerza ascendente (sería un «anticlímax»), si la primera hubiese de ser tomada en sentido trinitario; (b) la diferencia con Mateo 16:16 es notoria ya que allí Jesús declara a Pedro que sólo una revelación del Padre ha podido indicarle el carácter realmente divino de Jesús, mientras que aquí bastaba una inspiración profética. Nótese con qué firmeza confiesa ahora Natanael la mesianidad de Jesús. Lo cree de todo corazón, y lo confiesa entusiasmado con la boca (v. Ro. 10:9–10); confiesa el carácter profético de Jesús, al llamarle «Rabí»; Su misión divina, al llamarle «Hijo de Dios»; y Su realeza mesiánica, al llamarle «rey de Israel».
(D) Al oír esto Jesús levanta la esperanza y la expectación de Natanael, prometiéndole cosas mayores (vv. 50–51):
(a) Primero, Jesús acepta y admira la prontitud con que Natanael ha creído en Él, al decirle: «¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees?» Aquello era señal de que el corazón de Natanael estaba bien dispuesto para creer; de no ser así, el efecto de las palabras de Jesús no habría sido tan rápido.
(b) Le promete además pruebas más fuertes, que le robustezcan y aumenten la fe:
En general: «Cosas mayores que éstas verás», como habían de ser los milagros que Jesús había de llevar a cabo y, en especial, Su resurrección. Quienes, con corazón sincero, creen en el Evangelio, verán crecer y multiplicarse para ellos las evidencias de su fe. Y, en todo caso, por muchas y grandes que sean las manifestaciones que de Sí haga Cristo a los Suyos en este mundo, ¿cuán grandes no serán las que nos haga en la vida venidera?
En particular, le dijo, dirigiéndose ahora a todos los presentes: «De cierto, de cierto os digo: De aquí en adelante veréis el cielo abierto …» (v. 51). Ésta es la primera de las muchas veces que en este Evangelio repite Jesús el arameo amén, amén = de cierto, de seguro. Este vocablo procede del verbo amán = sostener, en el doble sentido de «soporte» y «nutrición». De la misma raíz proceden muchas otras palabras de gran sentido teológico como amón = arquitecto, emún = fiel, emunah = fe o fidelidad, amoz = fuerte, amán = confiar, amanah = confirmación, omnah = columna, emet = verdad. Este último vocablo tiene la particularidad de contener la primera, la mediana y la última letra del alfabeto hebreo o alefato, como para dar a entender que comprende todo el diccionario. La repetición del «amén» en los labios de Jesús indica, por una parte, la plena seguridad de lo que dice; y, por otra, requiere mucha atención por parte de los oyentes, pues introduce una declaración de suma importancia. Aunque los judíos usaban con frecuencia (como lo hacemos los cristianos) ese «amén» al final de una oración, nadie sino Cristo lo usó al principio de una frase. Lo que Cristo promete en esta ocasión es que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. «El Hijo del Hombre» es un título que Cristo, y sólo Él, se aplica frecuentemente a Sí mismo en los Evangelios. Para conocer bien el sentido de esta expresión, ver Daniel 7:13 y ss. y Mateo 26:64. Los ángeles del cielo habían de subir y bajar varias veces para ministrar al Señor, pero el sentido más probable en esta porción, se remonta mucho más arriba en las Escrituras. Aparte del contraste que ya hemos observado en el versículo 47, donde Jesús parece contraponer el Natanael «sin engaño» al engañador Jacob, es probable que Natanael estuviese leyendo debajo de su higuera, cuando le vio Jesús, el pasaje de Génesis 28:12, en que se narra el sueño de Jacob:
una escalera de la tierra al cielo, ángeles de Dios que subían y bajaban por ella, y Dios que promete desde arriba a Jacob que aquella tierra se la daría a él y a sus descendientes, los cuales se habían de extender por los cuatro puntos cardinales, de modo que «todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente» (Gn. 28:14). Con esta última frase, se anticipa el anuncio del Mesías (v. Gn. 3:15; Gá. 3:16).
Aquí, en Juan 1:51, Jesús declara que la profecía se ha cumplido, porque en Génesis 28:12, los ángeles subían y bajaban por una escalera vacía, pero ahora suben y bajan «sobre el Hijo del Hombre»; es decir, ya ha aparecido el Mesías, el vínculo de reconciliación entre el Cielo y la Tierra (2 Co. 5:19), el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5), el cual será, según la carne, descendiente de Jacob (Ro. 9:5) y bajará del Cielo para salvarnos (Lc. 19:10).
En este capítulo tenemos el relato del primer milagro que Jesús obró en Caná de Galilea. Después de una breve estancia en Capernaúm, Jesús subió a Jerusalén para la Primera Pascua de Su ministerio público. Allí llevó a cabo la purificación del templo y dio una señal a los que se querellaban de su actitud. Termina el capítulo con la referencia a unos «casi cristianos».
Versículos 1–11
Relato de la conversión de agua en vino que Cristo llevó a cabo en unas bodas de Caná de Galilea. Pudo haber hecho milagros antes, pero, comoquiera que, sobre todo en Juan Sus milagros eran señales sagradas y como sellos solemnes que confirmaban Su doctrina, no comenzó a realizarlos hasta que comenzó a predicar.
I. La ocasión de este milagro. Observa Maimónides que fue un honor para Moisés el que todos los milagros que llevó a cabo en el desierto fueron hechos para satisfacer alguna urgente necesidad; por ejemplo, cuando necesitaron comida, les dio el maná del Cielo. Así lo hizo también Jesucristo. Veamos:
1. El tiempo: «Al tercer día …» (v. 1). El evangelista lleva su diario con toda regularidad. Nuestro Maestro empleaba el tiempo mucho mejor que Sus siervos los creyentes, y nunca se iba a dormir por la noche con la queja de haber perdido un día. Como ya dijimos, «a los tres días» completa el número 7 desde el principio del relato evangélico de Juan. El tiempo de Dios se ha cumplido (Mr. 1:15), y con la perfección espiritual que comporta el número 7 (día en que Dios descansó de crear, para dedicarse de lleno a salvar—V. 5:17—), va a comenzar la manifestación de la gloria de Dios en Cristo (1:14). Al tercer día, Jesús había ganado el tercer par de discípulos: Felipe y Natanael.
2. El lugar: «en Caná de Galilea». Cristo comenzó a obrar Sus milagros en un oscuro extremo del país. Su doctrina y Sus milagros no encontraron en Galilea tanta oposición como en Jerusalén.
3. La ocasión misma eran «unas bodas». Cristo quiso así honrar el carácter sagrado del matrimonio, no sólo con Su presencia, sino llevando a cabo Su primer milagro. Ver también Hebreos 13:4: «Sea honroso en todos …»
4. Cristo, Su madre y Sus discípulos eran invitados de honor de estas bodas: «y estaba allí la madre de Jesús». Se encuentran en Caná, el lugar nativo de Natanael. El hecho de que la madre de Jesús estuviese ya allí, da a entender que tal vez los contrayentes eran parientes suyos. Juan no menciona por su nombre a la madre de Jesús, lo cual da pie a W. Hendriksen para opinar que Juan como sobrino de María, prefiere dejar en el anonimato a sus parientes más próximos. El «estaba» daría, pues, a entender que María se hallaba allí de antemano, como pariente de los novios, y ayudaría a la familia a preparar todo lo necesario para el banquete de bodas. Al conocer el carácter servicial y generoso de María, no es de extrañar su estancia allí, así como el detalle de que fuese ella la primera en darse cuenta (v. 3) de que se había terminado el vino. No se hace mención de José, por lo que se supone que había muerto ya. Vemos que Cristo aceptó la invitación de venir a este banquete, pues había venido para actuar de un modo diferente al del Bautista, el cual vino «no comiendo ni bebiendo» (Mt. 11:18). El punto principal del versículo 2 es, como dice Hendriksen, que Jesús aceptó gustoso; no era un solitario «puritano» ni un eremita alejado de las honestas alegrías (v. Mt. 11:19). Pablo, el gran heraldo de Cristo, era de la misma mentalidad (v. Col. 2:16–23; 1 Ti. 4:3–5). Los puritanos extremistas son de mentalidad judaizante, propia del Viejo Testamento, por mucha apariencia de piedad que tengan. El creyente genuino está a salvo del falso puritanismo, lo mismo que del libertinaje mediante la docilidad al Espíritu Santo (Ef. 5:18), cuyo fruto último, el regulador de la conducta exterior, se halla al final de los nueve en la lista de Gálatas 5:22– 23: el «control o dominio de sí mismo». Quienes deseen tener a Cristo presente en su boda, han de invitarle en oración; y pueden estar seguros de que acudirá y convertirá el agua prosaica en vino generoso.
II. El milagro mismo, en el que hemos de notar lo siguiente:
1. Surge la necesidad: «Y habiendo comenzado a faltar el vino». A pesar de la abundante provisión, el vino se acababa. Sin embargo, con la presencia de Jesús toda insuficiencia queda compensada por Su total suficiencia. Algunos MSS añaden: «porque se había acabado el vino de las bodas», lo que da a pensar que el milagro que va a ocurrir tiene una significación más profunda que lo que el texto mismo da a entender. A la luz de Isaías 54:5 y ss. y del libro de Oseas, vemos que el pueblo de Israel en bloque había desechado a su primer Esposo, le había sido infiel. Quedará sí un remanente (Sof. 3:12–13), que le será fiel. Éstos son los invitados a las nuevas bodas (comp. con Ap. 19:9). El «vino nuevo» inaugura esta etapa como veremos en el comentario al versículo 11. El Evangelio sucede a la Ley (Ro. 10:4). Por eso, «Los suyos no le recibieron» (1:11) pues no le reconocieron como a Mesías, introductor del Nuevo Pacto. En cuanto al aspecto literal del pasaje, hay que advertir: (A) No sabemos a qué se debió esta falta de vino a mitad del banquete; ciertamente, no a la llegada de Jesús y Sus discípulos, puesto que estaban invitados de antemano (v. 2); quizá los novios calcularon mal la cantidad; (B) que se trataba de vino verdadero, no de zumo de uva sin fermentar, puesto que, como hace notar Hendriksen, la boda tuvo lugar entre octubre y mayo, mientras que las uvas se recogían entre junio y septiembre; (C) que el uso del vino es lícito, como puede verse por Génesis 14:18; Números 6:20, Deuteronomio 14:26, Nehemías 5:18; Mateo 11:19; 1 Timoteo 5:23—donde el original dice «vino», no «zumo»—. Y lo que tomaron el Señor y los discípulos en la celebración de la Pascua (en abril), no pudo ser sino vino fermentado. El hecho mismo de que Jesús realizase su primer milagro para convertir el agua en vino, del cual los invitados iban a beber a discreción (v. 10), lo cual no quiere decir «emborracharse», es señal de que el vino no está prohibido en la Biblia;
(D) Pero también es cierto que la Biblia prohíbe el abuso del vino, por la intoxicación que comporta y la disolución a la que da lugar (v. Lv. 10:9; Pr. 31:4–5; Ec. 10:17; Is. 28:7; Ef. 5:18; 1 Ti. 3:8).
2. La madre de Jesús le ruega implícitamente que saque a los novios de este apuro. En los versículos 3–5, se nos refiere el breve diálogo entre Jesús y su madre.
(A) Ella le comunica la dificultad de la situación: «Le dijo: No tienen vino» (v. 3). Hay quienes piensan que ella no esperaba de Jesús ningún milagro, ya que Cristo no había obrado todavía ninguno, y que se limitaba a exponerle la situación. Pero es más probable que María, al conocer el poder y la generosidad de su Hijo, esperase que Él hiciese algo para sacarles del apuro. Es posible que el novio estuviese grandemente preocupado por lo embarazoso de la situación y tratase de hallar vino en alguna parte, pero María se dirigía a la fuente misma. Esto nos enseña a preocuparnos por las necesidades y los problemas de nuestros amigos. Tanto en nuestros apuros como en los de nuestros amigos, es nuestro deber y señal de gran prudencia acudir a Jesucristo en oración. Y, cuando así lo hagamos, no queramos imponerle nuestra voluntad; basta con que le expongamos humildemente nuestro caso.
(B) La respuesta de Jesús parece áspera y dura, como una reprensión. Tenemos primero:
(a) La reprensión misma: «¿Qué tengo que ver contigo, mujer?» (lit. «¿Qué a mí y a ti, mujer?»). Para entender correctamente esta frase, basta compararla con otros pasajes semejantes, como 2 Samuel 16:10. En el lenguaje de hoy diría: «Esto no es asunto de tu incumbencia». La Nueva Biblia Española traduce: «¿Quién te mete a ti en esto, mujer?» La Virgen, con su impaciencia (comp. Lc. 2:48–49), se olvida de que Jesús tenía que hacer cada cosa en el momento preciso que el Padre le indicase y no podía consentir que nadie, ni su madre, se interfiriese en los planes mesiánicos (v. 4:34). Por el contexto posterior, podemos adivinar que el Señor dulcificaría con el tono de la voz y el gesto la aparente dureza de la frase. Yerran los comentaristas que hallan en la palabra «mujer» un matiz despectivo, pues, tanto aquí como en 19:26, es un título de honor, equivalente al castellano «señora». En todo caso, Jesús nos enseña aquí a poner los intereses y el llamamiento de Dios por encima de los lazos de carne y sangre.
(b) La razón de dicha reprensión: «Aún no ha llegado mi hora». Hay intérpretes que opinan que esta
«hora» era la de comenzar a hacer milagros. Otros piensan que la «hora» ha de ser la de Su Pasión y muerte, en consonancia con 7:30; 8:20; 12:23; 13:1; 17:1. Sin embargo, parece más natural el interpretar aquí la «hora» de Jesús como el «tiempo u oportunidad de Dios para Él en cada momento» (comp. con 7:6, donde es significativo el uso del término kairós = oportunidad, en vez de khronos = tiempo). Podría resultar extraño el hecho de que, a renglón seguido, Cristo obrase el milagro que su madre le sugería, pero también aquí nos puede ayudar el paralelo con 7:6, pues Jesús lo hizo después, por su propio impulso, cuando previó que «este principio de Sus señales» serviría para confirmar la fe de Sus discípulos (v. 11). Su madre le indujo a que hiciese algo cuando comenzaba a faltar el vino, pero Él esperó a que la necesidad llegase al extremo. Esto nos enseña que el momento extremo para el hombre es el momento propicio para la oportunidad de Dios. Su «hora» llega cuando nos vemos reducidos al máximo aprieto y ya no sabemos qué hacer. La dilación de la gracia no ha de ser tomada como negativa a la oración.
(C) A pesar de la repulsa de Jesús, María adivinó que su Hijo iba a sacar a los novios del apuro y se contentó con decir a los que servían: «Haced lo que Él os diga» (v. 5). Como Abraham, «creyó en esperanza contra esperanza» (Ro. 4:18). Deducir de este pasaje como suelen hacer los fieles de la Iglesia de Roma, que María es «Medianera Universal de todas las gracias» es sacar las cosas de quicio. Pero basta connotar que, al hablarles a los sirvientes, María no llama la atención hacia sí misma, sino hacia Jesús, el único que puede salvar y sacar de todos los apuros. ¿Por qué creyó conveniente María hacer esta advertencia a los sirvientes? El gran exegeta W. Hendriksen da dos razones: (a) Para que a los sirvientes no les tomase por sorpresa el recibir órdenes de un invitado; (b) para que estuvieran dispuestos a cumplir lo que Cristo les dijese, aunque quizá les pudiera parecer disparatado. Cuando acudimos al Señor en súplica de alguna gracia, dos cosas pueden desalentarnos: 1) el sentimiento de nuestra propia necedad y flaqueza; y 2) el temor de que el Señor nos rechace. A veces, las aflicciones continúan, la liberación se hace de esperar, y parece que Dios se hace el sordo ante nuestras plegarias. Este parecía ser el caso de María en aquella ocasión; sin embargo, ella no pierde ánimo y obra de la manera más sabia y prudente: recomienda obediencia puntual a las órdenes de Jesús. Quienes esperen el favor de Cristo han de estar dispuestos a cumplir Sus órdenes. El camino del deber es el camino de la misericordia, y a los métodos de Cristo no se les puede poner objeciones.
(D) Jesús obró finalmente el milagro y proveyó para la necesidad mucho más abundantemente de lo que cualquiera habría esperado, porque Cristo es, con mucha frecuencia, mejor que Su palabra, nunca peor.
(a) El milagro mismo consistió en convertir el agua en vino. Con esto mostró Jesús ser el Dueño de la naturaleza, al realizar con solo su palabra una transmutación química, en un instante por la que las moléculas de agua pasaron a ser moléculas de un vino excelente. Él es quien hace que las viñas produzcan su fruto; con el mismo poder hizo que el agua se convirtiera en vino. Todos los milagros de Cristo en el Evangelio de Juan introducen un mensaje (o le siguen); por eso, los llama «señales». Este primer milagro lleva un mensaje indudable, como ya aludimos anteriormente: la conversión del agua en vino señalaba el paso de la Ley al Evangelio.
(b) Las circunstancias en que se realizó el milagro fueron tales que hacían imposible cualquier clase de trampa o engaño.
Primero, se llevó a cabo en seis tinajas de piedra, las cuales estaban destinadas a las purificaciones legales ordenadas por la ley de Dios, y otras muchas añadidas por las tradiciones de los ancianos. Había entre ellos el dicho siguiente: «El que use mucha agua para lavar ganará mucha riqueza en este mundo».
Segundo, son de notar las siguientes circunstancias: Eran tinajas de piedra que nunca habían sido usadas para contener vino; cada una de ellas venía a contener unos cien litros, lo cual es una cantidad muy considerable; los sirvientes las llenaron hasta arriba (v. 7), es decir, hasta los bordes. Este detalle nos confirma la autenticidad del milagro, porque, si estaban completamente llenas de agua, no se podía mezclar con ningún otro líquido. Allí había sólo agua. Pero además, este hecho de estar llenas de agua las tinajas, y llenas hasta el borde, nos indica la fiel obediencia de los sirvientes, que cumplieron a tope el encargo que Jesús les había dado. «Hay también un gesto regio de echar el agua», dice P. Charles. Lo cual debe servirnos de ejemplo en nuestra obediencia y nuestra dedicación al Señor (v. Ro. 12:1–3). No hay servicio pequeño ni ministerio vil cuando se trata de ejercitar nuestros dones para la edificación de la Iglesia y para la gloria de Dios. Aunque parezca tan insignificante como llenar de agua una vasija, ello puede dar pie para que Dios realice un milagro de su gracia.
Tercero, el milagro se llevó a cabo instantáneamente y de una forma que lo engrandeció sobremanera.
Efectivamente, tan pronto como llenaron las tinajas, dijo Jesús: «Sacad ahora» (v. 8), y fue hecho, sin más ceremonia y a la vista misma de los asistentes. Lo mismo puede hacer sin decir una sola palabra, con sola su voluntad. Cristo hace grandes cosas sin ruido; obra cambios estupendos de manera oculta, fuera de toda perplejidad e inseguridad. Aunque era su primer milagro, lo llevó a cabo con plena confianza y quiso que el maestresala fuera el primer testigo: «llevadlo al maestresala». Como el tiempo del verbo griego es presente de imperativo, el sentido es: «sacad de poco en poco e id llevándoselo al maestresala». Discuten los intérpretes si el agua se convirtió en vino dentro de las tinajas, o si se iba convirtiendo en vino conforme sacaban el agua los sirvientes. A la vista del versículo 9, W. Hendriksen piensa fundadamente que el agua se iba convirtiendo en vino conforme la iban sacando de las tinajas. Por supuesto, Jesús convirtió el agua en vino para que se bebiera. Las obras de Cristo son hechas para el uso.
¿Se te ha tornado el agua en vino? ¿Te ha concedido el Señor nuevo conocimiento o nuevas gracias? Es para que te aproveches de ello; por tanto, saca ya ahora. Los dones de Dios son para usarlos.
Cuarto, el maestresala o supervisor del banquete (el maître como dicen los franceses) no había estado presente en el aula del comedor donde se hallaban las tinajas de agua. De ahí su tremenda sorpresa al probar el vino, especialmente al notar que se trataba de un vino exquisito (vv. 9–10). Efectivamente, era cierto que aquello era vino, aunque el maestresala no sabía de dónde había salido, pero sí lo sabían los sirvientes. Además, era un vino del mejor, digno de quien lo había fabricado. Así lo manifestó sorprendido el maestresala al novio: aquello no era corriente. La costumbre era reservar el vino de inferior calidad para el momento en que el gusto de los invitados estaba estragado del mucho comer y beber, como para no discernir el sabor y el aroma del vino que se servía después. Por eso, era normal poner primero el mejor vino, cuando los invitados podían apreciar bien sus cualidades. En este caso, el novio se quedó tan sorprendido como el maestresala, puesto que tampoco él sabía de dónde había salido el vino. Al proveer tan abundantemente para los invitados, Cristo permite el uso del vino especialmente en tiempo de fiesta y regocijo (v. Neh. 8:10), pero no por eso invalida su propia advertencia de que nuestro corazón no ha de cargarse de libertinaje y embriaguez (Lc. 21:34). Una templanza forzada es una virtud desagradecida, pero el negarse a sí mismo voluntariamente y usar con moderación, con la gracia de Dios, de los bienes que la providencia divina nos proporciona, es siempre digno de alabanza. Dos consideraciones, deducidas de esta porción, pueden ayudarnos a vencer las tentaciones contra la templanza: Primera, que la comida y la bebida son dones de la munificencia de Dios. Por ello, es impiedad e ingratitud abusar de ellos. Segunda, que en cualquier lugar en que nos hallemos, el Señor tiene Sus ojos puestos en nosotros. Él nos ha dado un ejemplo del método que emplea con aquellos que tienen trato con Él: reserva lo mejor para el final, y así nos enseña a mantener nuestra confianza en Él. Los placeres del pecado aparecen hermosos cuando el vino rojea y resplandece su color en la copa (Pr. 23:31), pero al final son amargas sus heces; en cambio, los goces espirituales son goces que duran para siempre.
III. En la conclusión de este pasaje (v. 11), se nos dice:
1. Que «éste fue el principio de las señales que hizo Jesús». Es de notar que Juan usa el término «señal» (= signo) mucho más que los otros evangelistas, con preferencia al término «milagro» o «prodigio». Ello se debe, como hemos insinuado anteriormente a que, para Juan, los milagros de Jesús (los siete que él narra) son, ante todo, pruebas de Su divinidad y, también, ilustraciones prácticas de otros tantos mensajes; por ejemplo, la multiplicación de los panes (cap. 6) lleva al discurso sobre «el pan de vida» la curación del ciego de nacimiento (cap. 9), a la luz espiritual (8:12; 9:39–41; 12:46); la resurrección de Lázaro (cap. 11), al mensaje de resurrección y vida, tanto espiritual como corporal, que sólo Jesús nos puede dar; etc. ¿Cuál es el mensaje que comporta este primer milagro? Dos observaciones nos servirán para un intento de comprenderlo: (A) El silencio absoluto respecto a los nombres de los novios, así como la relación de dicha familia con Jesús y sus discípulos, nos hacen pensar en un simbolismo relevante, dentro del cual Jesús ocupa todo el espacio; (B) el hecho de que, al decir que ésta fue «principio de sus señales», Juan no usa el término proton = primero de una serie, sino arkhé = principio que marca la pauta de todos los demás milagros; lo cual nos lleva a pensar de la mano de buenos comentaristas que el «vino nuevo» es símbolo del Nuevo Pacto. Como ya se había acabado el vino de las bodas, es decir, el amor fiel de Israel a su Dios, su Hacedor y su Marido (Is. 54:5), Jesús provee un nuevo y mejor vino, con el nuevo mandamiento del amor (13:34–35), que ensancha su extensión (amar a todos) y su intensidad (amarles, no sólo como a nosotros mismos, sino «como Él nos ha amado», es decir hasta el sacrificio—15:13; 1 Jn. 3:16–18—), con lo que se establece un cambio radical que configura toda la normativa del creyente (v. Ro. 13:8; Gá. 5:13–14; 6:2).
2. Que así «manifestó su gloria». Con este milagro comenzó la manifestación de su divinidad majestuosa y bondadosa (1:14), pues con ello dio nuevo honor al matrimonio, siendo Él mismo el Novio de su Esposa, la Iglesia (3:29; Ef. 5:25–27; 2 Co. 11:2; Ap. 19:7; 21:2, 9–10). Además, mostró cuán generosa ha de ser su munificiencia en el orden espiritual, cuando fue tan grande en el orden material. Verdaderamente, Jesús es el «Dios con nosotros», lleno de gracia y de verdad, así como de bondad y de poder.
3. Que «sus discípulos creyeron en Él». Aquellos a quienes había llamado (cap. 1), al ver esto, sintieron que su fe quedaba fortalecida con esta prueba que Jesús había mostrado de su poder divino, aunque ya le habían recibido como a Mesías y Salvador y le habían seguido. Esto nos enseña que incluso la fe genuina puede ser débil en sus comienzos. Los hombres más fuertes en la fe fueron otrora recién nacidos de nuevo, del mismo modo que los hombres más fuertes en vigor físico fueron en un principio débiles niños de pecho.
Versículos 12–22
I. Tenemos ahora una breve visita que Jesús giró a Capernaúm. En Mateo 9:1 se la llama «su ciudad» porque había hecho de ella como su «cuartel general» mientras estaba en Galilea y, por cierto, ¡cuán poco reposo pudo tener allí! Era un lugar de confluencia y, por eso, Cristo la escogió a fin de que la fama de su doctrina y de sus milagros se extendiera más rápidamente. Vemos aquí:
1. Quiénes le acompañaron en este viaje: «su madre, sus hermanos y sus discípulos» (v. 12). A dondequiera que Cristo iba, (A) no iba solo, sino que llevaba consigo a los que se habían hecho sus discípulos; (B) por otra parte, sus discípulos no le dejaban ir solo, pues les resultaban dulces, ya fuese su doctrina, ya fuese su manjar (v. 6:26). Su madre le seguía ahora, no para interceder con Él, sino para aprender de Él. Sus hermanos, porque habían asistido a las bodas de Caná y sus discípulos porque le seguían a todas partes. Al hablar de «sus hermanos» (v. Mr. 6:3), no podemos soslayar este punto polémico con los de la Iglesia de Roma, quienes al sostener la perpetua virginidad de María, no pueden admitir que Jesús tuviese hermanos según la carne, hijos de María y José. Incluso algunos evangélicos, como el famoso obispo anglicano Ryle (v. su comentario a este lugar) sostienen que el término «hermano» equivale a «primo», pues es corriente en la Biblia llamar «hermanos» a primos, tíos y sobrinos. Aunque éste es un tema sobre el cual no conviene iniciar controversia con católicos, no sólo porque es un tema periférico, sino también porque se les hiere innecesariamente en sus sentimientos más profundos, bueno será advertir que es cierto que el hebreo del Antiguo Testamento no distingue siempre entre ambos términos, debido a la escasez de vocabulario, pero el griego distingue muy bien entre adelphós, hermano de padre y madre (o hermano en la fe) y anepsiós, primo (no «sobrino») o sungenís, pariente (v. Lc. 1:36; Col. 4:10). Ahora bien, está claro por Juan 7:5 que «ni aun sus hermanos (de Jesús) creían en Él» (comp. con Lc. 8:20). En cambio, en 1 Corintios 15:11 y otros lugares, se trata de «hermanos en la fe».
2. El tiempo de su permanencia allí: «y estuvieron allí no muchos días». Jesús no solía estar mucho tiempo en un mismo lugar porque le necesitaban en muchos lugares. Además, no podía estar por mucho tiempo en Capernaúm, porque estaba próxima la Pascua, fiesta a la que había de asistir en Jerusalén.
II. «Estando ya próxima la pascua de los judíos, subió Jesús a Jerusalén» (v. 13). Esta es la primera pascua a la que Jesús asistió después de su bautismo. Al haber sido «puesto bajo la ley» (Gá. 4:4), Jesús observó la pascua en Jerusalén. Fue allá cuando «estaba cerca la pascua» y quería estar allí entre los primeros. Desde que tenía doce años, había observado la pascua, pero ahora iba a hacer algo más, como veremos enseguida.
1. Digamos primero, como introducción, que, en Juan, aparecen tres pascuas (2:13; 6:4; 13:1); de donde deducimos que el ministerio público de Jesús duró unos tres años, más o menos. De ahí que la purificación del templo que aquí se nos narra sea diferente de la que refiere Mateo 21:12 y ss. Esta purificación del templo es como una preparación para entender la purificación del templo espiritual que ahora somos los creyentes, como «piedras vivas» (v. Jn. 4:21–24; 1 Co. 6:19; Ef. 4:12, 16; 1 P. 2:5). Al final, ya no habrá templo, porque la Nueva Jerusalén estará llena de la gloria de Dios y no existirá nada «profano», es decir, excluido del santuario. La pascua era la fiesta principal de los judíos («pascua» significa «paso»), porque la primera pascua (Ex. 12:11–12) significó, en primer lugar, el paso del ángel exterminador que mató a todos los primogénitos de Egipto, y preservó las vidas de los judíos mediante la señal de la sangre del cordero en el dintel y los postes de las casas de los hebreos, como principio de la liberación del pueblo escogido. Por eso dice Pablo que Jesús es «nuestra pascua» (1 Co. 5:7) y, por ello también, añade que nosotros debemos ser «nueva masa, sin levadura». Jesús es el verdadero «Cordero Pascual» (comp. con Isaías 53:7 y, en múltiples lugares de Apocalipsis, como «corderito»), mediante cuya sangre somos salvos, perdonados, liberados del Egipto de nuestros pecados y de la esclavitud del demonio. Es notable la imagen del «cordero», aplicado a nuestro Salvador en calidad de sustituto por nuestros pecados; al ser así que, en el Día de la Expiación, no era un cordero, sino un macho cabrío el sustituto por los pecados del pueblo (v. Lv. 16:5 y ss).
2. La fiesta duraba siete días y, durante este tiempo, se ofrecían a Dios muchos animales como sacrificio (v. Nm. 28:16–25). El día 14 del mes de Nisán (a primeros de abril) se inmolaba el cordero macho, de un año, sin mancha. La fiesta incluía: (A) Una oración de gracias, hecha por el cabeza de familia, y se bebía la primera copa de vino; (B) se comían hierbas amargas, en recuerdo de la amarga estancia de Israel en Egipto; (C) el hijo mayor preguntaba: «¿en qué se distingue esta noche de las demás?» A lo cual respondía el padre de familia y explicaba la historia de la liberación; (D) se cantaban los salmos 113 y 114 y se lavaban las manos; (E) se trinchaba y comía el cordero con panes sin levadura, que son emblema de pureza; (F) terminada la comida/cena, se cantaban los salmos 115 al 118, también llamados «el gran Hallel». A este día seguían los siete días de la Fiesta de los Panes sin levadura.
3. A continuación, narra Juan la purificación del templo que llevó a cabo Jesús (vv. 14–17). Vemos:
(A) Que el primer lugar donde hallaron a Jesús en Jerusalén fue en el templo y, por lo que se echa de ver, no se manifestó ninguna vez en público hasta que vino al templo en esta ocasión.
(B) Que la primera tarea que llevó a cabo en el templo fue la de purificarlo. Al entrar en el atrio, Jesús se percató de que el atrio de los gentiles se había convertido en un mercado, con todo su ruido, su inmundicia y su profanación. Es cierto que cada judío podía traer animales para el sacrificio, pero bien pudo decir Jesús que habían convertido la casa de Dios en «cueva de ladrones» (Mt. 21:13; Mr. 11:17; Lc. 19:46, comp. con Jer. 7:11), puesto que Anás y Caifás llenaban sus arcas con el dinero que les proporcionaban los cambistas y vendedores que tenían la exclusiva del negocio y cargaban la mano en el precio de los animales, así como en el cambio de la moneda, la cual debía ser hebrea para ser aceptada como ofrenda a Jehová en el templo (v. Éx. 30:13). Por aquí podemos ver igualmente cuántas veces el amor al dinero siembra la corrupción en las iglesias. Cristo espera que todos cuantos vienen a Él reformen su vida y purifiquen el corazón.
(a) «Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes». En un lugar en que abundaban las sogas o cuerdas gruesas para conducir y amarrar a las reses destinadas al sacrificio, no faltarían elementos para hacer con ellos un látigo. Por analogía con Mateo 21:12, y por el masculino griego pantas, parece claro que «todos» se refiere a los traficantes; los animales se enumeran a continuación, y comienza precisamente por «ovejas», que en griego es del género neutro. Notemos que Cristo nunca forzó a nadie a entrar en el templo, pero echó fuera de él a quienes lo profanaban. También hoy existen muchos «templos» cuyos atrios son un mercado de imágenes, de estampas, reliquias, etc. Conforme a 4:24; 1 Corintios 6:19; 1 Pedro 2:5 y ss., etc., sabemos que, en la Nueva Ley, el único «templo de Dios» somos los creyentes, ya que no hay piedras muertas «sagradas». Por eso, nuestros lugares de reunión no son templos, aunque en ellos se deba guardar todo respeto cuando la congregación se reúne para rendir culto al Señor, ya sea en la oración, en el partimiento del pan o en el ministerio de la Palabra. Nosotros, el «templo de Dios», hemos de estar purificados de malas obras; y los pecadores endurecidos están preparando para sí mismos las cuerdas con las que el Señor los ha de arrojar fuera.
(b) «Y esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas». Al esparcir las monedas mostró su desprecio del dinero; y al volcar las mesas, mostró su desagrado contra quienes hacían de la religión un negocio material y mundano. Los «cambistas» de los templos son los que ponen tropiezo para ahuyentar a quienes desean acercarse al Señor.
(c) «Y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto» (v. 16). Los gorriones y las golondrinas se admiten en la casa de Dios, ya que dependen en todo de la providencia de Dios (v. Sal. 84:3), pero no
las palomas, de las que los hombres se aprovechaban para su lucro. Jesús ejerce su autoridad de un modo majestuoso, y ejercita así su derecho de Hijo Unigénito del Padre (v. Lc. 2:49). Ante esta majestad, los traficantes no reaccionan en contra; con su huida muestran que son conscientes de que están obrando mal. Nótese la diferencia entre el trato que Jesús da a los cambistas (explotadores), a quienes arroja a latigazos, y el que da a los vendedores de palomas, a quienes trata con mayor mansedumbre, pues quizá no explotaban a nadie, pero ejercían el comercio en un lugar sagrado.
(d) Les dio a todos una buena razón del modo como se comportaba: «No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado». Tenemos aquí: Primero, una razón por la cual no debían profanar el templo, puesto que era la casa de Dios. El mercado tiene su lugar en las tiendas, las plazas o las calles, no en el templo. Esto era un sacrilegio, al robar a Dios su gloria y hacer vil lo solemne. Era poner la religión al servicio de los intereses materiales. En cierto modo, cuantos asisten a los servicios religiosos con la mente y el corazón llenos de las preocupaciones mundanas y de los negocios seculares y, más aún, los que ejercen el ministerio por puro lucro material, hacen de la casa de Dios casa de mercado.
Segundo, una razón por la que Él estaba interesado en purificar el templo, ya que era la casa de Su Padre. Al ser Cristo «el hijo sobre su casa» (He. 3:6), tenía completa autoridad para purificarla; no podía ver profanada la casa de Su Padre, ni deshonrado el Padre de la casa. De ahí su celo por ejecutar esta limpieza, y el que esta acción deba ser considerada una de sus obras maravillosas, sobre todo si tenemos en cuenta que la llevó a cabo sin la asistencia de ninguno de sus amigos, y sin la resistencia de ninguno de sus enemigos. La corrupción era demasiado clara como para poder ser justificada o excusada. De un modo semejante, la propia conciencia del pecador es el mejor amigo del reformador. Además del celo, había en Cristo un poder divino que se sobreponía al espíritu de los hombres.
(e) A continuación se nos refiere el comentario que los discípulos de Jesús hicieron sobre lo sucedido:
«Entonces se acordaron sus discípulos de que está escrito: El celo de tu casa me devora» (v. 17). Les vino a las mientes una porción de las Escrituras, que les enseñó a compaginar la mansedumbre del Cordero de Dios con la majestad del Rey de Israel. La cita es del Salmo 69:9. Nótese que este salmo es uno de los más citados en el Nuevo Testamento. Entre las 19 referencias a él, destacan, de los propios labios de Jesús, las citas mesiánicas que comportan los versículo 4 (Jn. 15:25) y 21 (Jn. 19:28). Es de notar que Juan pasa a futuro, en el original («consumirá»), el «consumió» del salmo en la versión de los LXX que corresponde fielmente al perfecto del hebreo original. La razón de este cambio la encontramos en que, en el Salmo 69:9, David se querella ante Jehová de lo que sus enemigos han hecho ya contra él a causa del celo que sentía por la casa de Dios, mientras que Juan predice lo que le acontecerá a Jesús por su celo en purificar el templo. Recordemos que las palabras del versículo 19 fueron tergiversadas por los falsos testigos que declararon ante el tribunal de Caifás durante la Pasión del Señor. ¿Cuándo «se acordaron» los discípulos que estaba escrito de Jesús lo del Salmo 69:9? Por lo que vemos en el versículo 22 parece claro que esto lo recordaron «cuando resucitó de entre los muertos»; es decir, tras el descenso visible del Espíritu en Pentecostés, puesto que el Espíritu había de venir a enseñarles y recordarles todo lo que Jesús les había dicho (14:26). Téngase en cuenta que el «entonces» de nuestras biblias, al comienzo del versículo 17, no se halla en el original.
(f) Jesús nos da aquí un ejemplo del celo que habríamos de tener por las cosas de Dios (comp. con Tit. 2:14). Este celo habría de hacer que nos olvidásemos de nuestro prestigio, interés, comodidad, etc., siempre que todas esas cosas entran en competición con el servicio del Señor. La ira de Jesús fue una ira santa, como todos sus actos. No olvidemos que, por poseer una naturaleza humana sin pecado, el corazón de Jesús, como un vaso de agua limpia, sin posos, no podía ser enturbiado por una pasión malsana; sus pasiones estaban siempre sujetas a su mente y a su libre albedrío, como fuerzas que obedecen a una orden superior. Dice el proverbio que «las pasiones son buenos auxiliares, pero malas consejeras». Pero Jesús estaba siempre bien aconsejado por el Espíritu (v. 3:34) y, por eso, sus pasiones se movían al impulso de motivaciones santas. Concretamente, en este caso, le movía «el celo por la casa de Dios». La ira de Jesús no se debía al hecho de las transacciones, sino al modo de hacerlas (explotando a otros) y, sobre todo, al lugar: en la casa de Dios.
4. Cristo ofreció una señal a quienes le demandaban que demostrase su autoridad para llevar a cabo lo que había hecho. Vemos que:
(A) Le piden una señal: «Y los judíos respondieron y le dijeron». No son las «multitudes», como algunos opinan, sino los líderes quienes hacen a Jesús esta pregunta; como no tienen nada que objetar contra el hecho mismo, cuestionan la autoridad de Jesús para llevarlo a cabo, como si le dijesen: «¿Quién te mete a ti en esto, pues no tienes ningún oficio que cumplir en el templo?» Es de notar que Juan usa casi siempre en sentido peyorativo el apelativo de «judíos». Ello se debe, a no dudar, al hecho de que este Evangelio fue escrito unos 26 años después de la catástrofe del año 70 y después del rechazo global del pueblo de Israel del Evangelio del Reino de Dios (v. Hch. 13:46). Así pues, las autoridades judías hostiles a Jesús le piden cuentas de esta acción drástica. No se percatan de que tienen ante sí al profetizado en Malaquías 3:1–3 y de que esta purificación del templo era en sí misma una señal, la que ellos pedían («¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?») Esta actitud de los principales sacerdotes y de los escribas muestra que su corazón estaba más duro y rebelde que el de los cambistas y vendedores, quienes habían salido de allí sin protestar. Los responsables del respeto al templo tienen tan poca vergüenza que reprochan a Jesús algo que ellos mismos deberían haber hecho a su tiempo. En lugar de confesar su culpabilidad por permitir todo aquello, piden a Jesús pruebas de su autoridad, bien manifiesta en la majestad con que había obrado.
(B) Respuesta de Jesús a esta demanda: «Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (v. 19). Una señal es para algo que ha de venir después y cuyo cumplimiento probará la veracidad de quien propuso la señal. Así Jesús da como única señal su futura resurrección, tras su Pasión y muerte, ya que, en efecto, la resurrección de Cristo es la prueba más contundente de su divinidad y de su obra salvífica; de ahí, la importancia que a la resurrección de Cristo se da en todo el Nuevo Testamento, especialmente en Romanos 4:25; 6:3–10; 1 Corintios 15:4, 12 y ss. Así como después habló Cristo, de modo preferente, en parábolas, de tal manera que quienes voluntariamente fuesen ignorantes no pudieran percibir el sentido de lo que predicaba (Mt. 13:13–14), también aquí su respuesta va envuelta en una especie de acertijo enigmático, al estilo del mashal semita, tan frecuente a lo largo de todo el Antiguo Testamento y aun en el Nuevo, especialmente en los sinópticos. Los propios términos del original griego, como lúsate (= destrucción de un edificio aplicable a un cuerpo humano) naón = santuario, aplicable al templo, pero más aún al cuerpo de Jesús (v. 1:14 «vimos su gloria», es decir, la shekinah o habitación de Dios en Él; comp. con Col. 2:9), y egeró = levantaré, aplicable tanto a un edificio como a la resurrección de un muerto (comp. con el egerthe = fue resucitado, de Ro. 4:25), requerían unos momentos de reflexión, máxime ante la paradoja de levantar un templo ¡en tres días! Pero los ciegos judíos, que habrían de estar acostumbrados a esta clase de enigmas, no supieron, ni quisieron, interpretar el verdadero sentido de la frase, como vemos por el versículo siguiente e, incluso, como ya hemos indicado, la tergiversaron después (v. Mt. 26:61; Hch. 6:14). Como dice W. Hendriksen: «El tipo y el antitipo no se pueden separar. El templo físico de Israel (o tabernáculo) era el lugar en que Dios moraba. De ahí que fuera tipo del cuerpo de Cristo, el cual era también, en un sentido muy superior, la morada de Dios. Si alguien destruye el segundo, el cuerpo de Cristo, también destruye el primero, el templo de piedra de Jerusalén». Recordemos lo dicho en el comentario a 1:14 sobre el sentido del verbo griego eskénosen = puso su tienda de campaña o tabernáculo. Esta unión estrecha entre el sentido del templo y el del cuerpo de Cristo se muestra claramente como advierte Hendriksen, en que: (a) cuando Cristo fue crucificado, y roto su cuerpo también se rasgó el velo del templo y éste perdió su sentido cultual; (b) la muerte de Cristo acarreó más tarde al pueblo judío la destrucción total del templo material.
Notemos que, ya al principio de su ministerio, Jesús predice su muerte por la malicia de los judíos, pues les dice: «Destruid este templo». Tenía una visión clara de los sufrimientos que le esperaban y, con todo, iba hacia la muerte con toda determinación. Pero también predice su resurrección mediante el poder que poseía, al añadir: «Y en tres días lo levantaré». Hubo otros que fueron levantados, pero Jesús se levantó a sí mismo. Por eso escogió esa manera de hablar, al expresarse en términos de destruir y reedificar el templo, ya que tenía que justificarse ahora de haber purificado el templo que ellos estaban profanando. Como si les dijera: «Vosotros que profanáis un templo, destruiréis después otro; y yo demostraré mi autoridad en purificar lo que vosotros habéis profanado, cuando yo levante lo que vosotros habréis destruido».
(C) Nueva réplica de los judíos: «En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días?» (v. 20). Como si dijesen: «La obra del templo ha sido siempre tarea lenta, ¿y vas a llevar a cabo tú tan rápidamente esa obra?» Mostraban su conocimiento en cuanto al tiempo en que el templo material había sido construido, pero también mostraban su ignorancia, no sólo del sentido de las palabras de Jesús, sino, sobre todo, del poder de Cristo, como si no fuera capaz de hacer otra cosa que lo que los hombres solían hacer. En realidad, como lo vemos en muchos pasajes de los evangelios, no sólo los enemigos de Jesús, sino también sus propios discípulos, no acertaban a discernir el verdadero sentido de las palabras de Cristo, ni a encontrar el antitipo de muchos tipos ya profetizados en el Antiguo Testamento. Si hubiesen estudiado atentamente las Escrituras (v. Sal. 40:6–7; Jer. 3:16), habrían sabido que el templo, con todos sus enseres y ceremonias, estaban destinados a ser destruidos un día. No les cabía en la cabeza que aquel templo, suntuosamente edificado por Herodes el Grande desde el año 19 a.C., llevaba ahora más de 46 años sin terminar de construirse ¡e iba a terminarse unos pocos años antes de ser destruido por completo! El «tú» de la segunda parte del versículo tiene un tono despectivo: «¿tú vas a reedificar en tres días el templo que no hemos terminado en 46 años?»
(D) «Pero Él se refería al templo de su cuerpo» (v. 21). Aquí, el evangelista mismo explica lo que Jesús había querido realmente decir, para que sus lectores no se llamen a engaño, como les había ocurrido a los judíos. Hay quienes opinan que, cuando dijo Jesús: «Destruid este templo», apuntó con el dedo hacia su propio cuerpo; pero el texto no da lugar a esta interpretación. Lo cierto es que, aparte de lo ya apuntado, había muchas semejanzas entre el templo material y el cuerpo de Jesús: Como el templo, también el cuerpo de Jesús había sido formado bajo la dirección de Dios; como el templo, también era una casa santa; como el templo, era la habitación de la gloria de Dios, allí habitaba el Verbo eterno pues Él es Dios con nosotros, Immanuel. Los adoradores judíos miraban hacia el templo cuando se hallaban lejos de él, del mismo modo, hemos de poner nosotros la vista en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (He. 12:2), con la mira en las cosas de arriba (Col. 3:1–3), pues allí se halla Jesús, nuestro tesoro.
(E) Viene finalmente la reflexión posterior de los discípulos de Jesús: «Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron a la Escritura y a la palabra que Jesús había dicho» (v. 22). Es probable que a los discípulos les intrigase durante mucho tiempo la frase de Jesús en el versículo 19. Cuando Cristo resucitó al tercer día, comenzaron a entender. Y lo comprendieron perfectamente cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos. «La Escritura» es aquí los lugares como Isaías 53:10–12 y, especialmente, Salmos 16:10, citado en Hechos 2:27. «Y a la palabra que Jesús habla dicho», es decir, las frases del versículo 19. Todo esto tiene aplicación también para nosotros. Las memorias de los discípulos de Cristo deben ser como el tesoro del buen padre de familia, bien provisto de «cosas nuevas y cosas viejas» (Mt. 13:52). Sobre todo, los más jóvenes en edad y profesión de la fe cristiana habrían de estar ávidos de atesorar aquellas verdades cuyo sentido y utilidad no entienden bien de momento, pero después les han de servir de gran provecho. El mismo día de su resurrección, Jesucristo les abrió la mente a los discípulos para que comprendiesen las Escrituras (Lc. 24:45). Si estamos atentos a las palabras de la Biblia y somos receptivos al Espíritu Santo que nos ilumina la mente para que las entendamos, nos percataremos de que «así estaba escrito y así era necesario que sucediera» (Lc. 24:46).
Versículos 23–25
I. Cuando el Señor Jesús estaba en Jerusalén, para asistir a la Pascua, predicó e hizo milagros allí (v. 23). Era el día de la fiesta, y Cristo aprovechó la oportunidad cuando la concurrencia de la gente era multitudinaria.
II. «Muchos creyeron en su nombre, al ver las señales que hacía». Esta fe no llegaba más allá de lo que Nicodemo dirá más tarde (3:2): que era un profeta enviado por Dios y, quizás, el esperado Mesías; pero a pesar de que el original nos da una construcción que indica «creer en alguien», sin embargo el contexto posterior nos aclara que no se trataba de una verdadera fe, de la fe que salva por gracia (Ef. 2:8), puesto que no se entregaron de corazón al Señor. «No toda fe es fe salvífica», dice Hendriksen (v. 6:26), quien hace notar en otro lugar el tiempo del verbo (aoristo), mientras que la verdadera fe suele expresarse en presente (comp. con 3:15–16, 18 y otros). En efecto, los milagros sirven para confirmar la fe implantada en el corazón mediante la operación del Espíritu Santo, pero no provocan por sí mismos el acto de fe (v. Lc. 16:31, que es un texto relevante a este respecto).
III. «Pero Jesús mismo no se confiaba a ellos» (v. 24). Aquí aparece el mismo verbo (pisteuo = creer) para «confiarse», pero seguido del caso dativo: «a ellos», en vez de la construcción «creer en», que lleva la preposición griega eis con acusativo. A pesar de las aparentes muestras de fe en Él que muchos ofrecían, Jesús, que penetraba en lo íntimo del corazón, no los tenía por verdaderos creyentes, de quienes pudiera fiarse como seguidores de Su causa. Eran como el segundo terreno de la parábola del sembrador, que se entusiasmaban de pronto, pero, por carecer de verdadera raíz de fe, le habrían abandonado como los discípulos de 6:66. Los que, al principio, se entusiasman excesivamente, suelen ser cobardes y hasta desleales cuando viene el tiempo de la dificultad y de la prueba. No estará de más hacer notar que estos falsos conversos eran de Jerusalén. Jesús tenía en Galilea muchos más discípulos fiables que entre los habitantes de Jerusalén.
IV. La razón por la que no se confiaba a ellos era porque «conocía a todos». Conocía la maldad de algunos y la debilidad de otros. El evangelista aprovecha esta oportunidad para dar testimonio de la omnisciencia de Cristo: «conocía a todos», no sólo sus nombres y sus rostros, como también a nosotros nos es posible conocer a muchos, sino que conocía la naturaleza, las disposiciones, aficiones, los intereses y los propósitos de todos, de una forma en que nosotros no conocemos a ningún hombre, pues escasamente nos conocemos a nosotros mismos. El Señor conoce infaliblemente a los que son Suyos; conoce la integridad de ellos como conoce también su debilidad. «Y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio acerca del hombre» (v. 25). A la manera típicamente hebrea, este versículo recalca que Jesús no necesitaba de información ni de testimonios ajenos (v. 17; 5:31–47), puesto que, con su omnisciencia, penetraba en lo más profundo del corazón, y adivinaba los pensamientos y las intenciones.
¡Cuán apto es Cristo para ser el Salvador y Médico de los hombres, puesto que tiene tal conocimiento del estado, del caso, de las buenas y de las malas disposiciones de sus pacientes! ¡Conoce perfectamente lo que hay dentro de cada uno! ¡Y cuán apto es también para ser Juez de los hombres! Viene el Señor a su templo, y nadie se allega a Él, sino un grupo de gente simple y débil, tales de quienes no puede esperar mucho crédito, ni en quienes puede depositar su confianza. ¿Qué testimonio podían dar de Cristo tales hombres? Una persona que no ha nacido de nuevo podrá emitir algún juicio correcto, pero será incapaz de cambiar su mentalidad hasta el punto de ver con claridad el «reino de Dios»: la iniciativa salvadora de Dios en Cristo. Un caso concreto lo tenemos en 3:2–3; por lo que estos versículos finales del capítulo 2 enlazan magníficamente con los primeros del capítulo 3: «… pues Él sabía lo que había en el HOMBRE. Había un HOMBRE de los fariseos …».
Este capítulo se divide claramente en dos partes: 1) el diálogo de Jesús con el fariseo Nicodemo; 2) el último testimonio del Bautista, antes de ser puesto en prisión, acerca de Jesús.
Versículos 1–21
I. «Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un hombre importante entre los judíos» (v. 1). Se nos introduce aquí a un fariseo con nombre griego (Nikódemos = vencedor del pueblo). Desde que los macabeos ejercieron el poder en Palestina (siglo II a. de C.), aparecen con frecuencia nombres griegos entre la población judía (Andrés, Felipe, Timoteo, etc.). La palabra «fariseo» significa
«puro» o, literalmente, «separado», pues los fariseos ponían gran empeño en la observancia externa de la Ley para establecer su propia justicia (v. Lc. 18:9 y ss.; Ro. 10:3). Su celo por la Ley se había incrementado a partir de la helenización pagana que el pueblo había contraído a fines del siglo II a. de C. Eran especialmente escrupulosos en lo tocante a la observancia del sábado o día de reposo, hasta el punto de crear unas reglas excesivamente detalladas que desbordaban con mucho las exigencias del Decálogo y ahogaban en su rutina el espíritu y verdadero sentido de la Ley, hasta llegar a las extravagancias más insensatas, de las que Hendriksen menciona tres: 1) en el día de reposo, una mujer no debía mirarse al espejo, no fuera que encontrase una cana en el cabello y se sintiera impulsada a arrancársela, lo cual sería
«trabajar»; 2) una persona podía tomar vinagre en sábado para curarse la garganta, pero no podía hacer gárgaras con el vinagre; 3) un huevo puesto en sábado podía comerse solamente en el caso de que uno tuviese intención de matar la gallina.
A este partido pertenecía Nicodemo, y de él se añade en este versículo que era un arconte, es decir, principal o magistrado del pueblo, buen conocedor de la Ley y, por ello, «el maestro del Israel» (lit.),
como le llama Jesús en el versículo 10. Por tanto, era también un escriba (en griego, grammateús, como expositor profesional de las Sagradas Letras, o hierá grámmata, como dice el original de 2 Ti. 3:15).
Dice Pablo en 1 Corintios 1:26 que, entre los creyentes de Corinto, no había «muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos ni muchos nobles». No muchos, pero sí algunos, y aquí tenemos uno.
Aunque las cosas andaban mal en Jerusalén y eran tan pocos los fariseos y los gobernantes que creían en Jesús (v. 7:48), había más de uno bien inclinado hacia el Señor (v. 19:38–39). Nicodemo permaneció en el Sanedrín e hizo allí lo que pudo, cuando no pudo hacer lo que quiso.
II. La forma tan solemne con que se dirigió al Señor (v. 2). Vemos:
1. Cuándo vino: «Éste vino a Jesús de noche» (v. 2). ¿Por qué vino de noche? Unos piensan que por prudencia y discreción. Cristo estaba todo el día ocupado en enseñar y curar, y Nicodemo no quería ir a Él de día para no interrumpirle, y esperaba más bien que el Señor pudiese recibirle en la quietud de la noche y en la hora del reposo. Además Cristo comenzaba ya a tener Sus enemigos y, por eso, era preferible que Nicodemo viniese a Él de incógnito, no fuera que los principales sacerdotes se enterasen, y se enfureciesen todavía más contra Jesús. Otros piensan que fue por su gran interés en recibir las enseñanzas de Cristo. Mientras otros se daban al descanso, él prefería adquirir buenos conocimientos. No sabía cuánto tiempo permanecería Jesús en la ciudad ni lo que podría ocurrir entre aquella pascua y la siguiente y, por ello, no quería desaprovechar la oportunidad. En el silencio de la noche, tendría más libertad para conversar con el Salvador y habría menos peligro de distracción o perturbación. Otros, en fin, opinan que fue por cobardía, por miedo a ser descubierto por alguno de sus colegas y criticado por los otros miembros del Sanedrín. De ahí, el interés de Juan en recordar este detalle en 19:38. Poco a poco, iría perdiendo Nicodemo ese miedo inicial, como se ve en 7:51. Fuese como fuese, lo cierto es que Jesús le recibió amablemente, reconoció su integridad y excusó su debilidad enseñando así a Sus ministros a ser amables y animar a los principiantes, por débiles que sean o parezcan.
2. Qué dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro». Llama a Cristo «rabí», y reconoce en Él a un gran maestro. De quienes respetan al Señor y hablan honorablemente de Él, pueden esperarse algunas cosas buenas. A continuación, dice: «sabemos», lo cual parece indicar que algunos otros, además de él, habían llegado a la misma conclusión, fruto de una experiencia de verificación personal (según el sentido que el verbo original suele tener; v. 2:23) de los milagros que Jesús hacía. Nicodemo reconoce en Jesús a un «maestro venido de Dios», y lo tiene por evidente. La razón que da de esta convicción es que sólo alguien que esté en íntima relación personal con Dios puede hacer aquellos milagros: «porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con Él». La conclusión, pues, era correcta (v. 9:31, 33) y en ella se mostraba Nicodemo como un investigador juicioso, agudo y experimentado, pero el juicio que emitía era insuficiente para engendrar una genuina fe salvífica.
III. El diálogo que tuvo lugar entre Cristo y Nicodemo, a partir de este momento. Cuatro puntos son de notar en el discurso que sigue:
1. La necesidad y naturaleza del nuevo nacimiento (vv. 3–8); en lo que es de notar:
(A) Aunque Nicodemo no había formulado ninguna pregunta, Jesús la ve en el fondo del corazón de su interlocutor; una pregunta quizás equivalente a la del joven rico de Mateo 19:16. Es como si Nicodemo esperase de Jesús una nueva enseñanza que completase el «sabemos» enunciado por él, y le llevase al conocimiento de algún nuevo precepto necesario para alcanzar la vida eterna.
(B) El Señor no discute sobre la correcta conclusión de Nicodemo, ni le añade una nueva enseñanza suplementaria del «sabemos» (comp. con 6:28, 29, que es un caso similar), sino que, al dar a la conversación un giro de 180 grados, le propone, por medio de un símil o mashal, como el de 2:19, el único camino válido para ver el reino de los cielos y entrar en él. No basta con un cambio de estado ni con una reforma de la vida, sino que se necesita un cambio de espíritu; es preciso nacer de nuevo, o nacer de arriba (pues el original admite los dos sentidos); esta última traducción es preferible, para no dar pie a los partidarios de la reencarnación. Es, pues, absolutamente necesario un cambio absoluto y radical, obra de la regeneración espiritual llevada a cabo por el Espíritu Santo en el corazón del pecador (v. 1:12–13; 3:5– 8; Ef. 2:1–6; 5:26; 1 P. 1:22–23). Este cambio radical es un don de Dios (Ef. 2:8) y, por él, el reino de Dios, es decir, la generosa y libre iniciativa divina de salvar al hombre, toma cuerpo en una persona. De acuerdo con Marcos 1:15, las condiciones indispensables para que ese reino de Dios sea una realidad en nuestras vidas son el arrepentimiento o cambio de mentalidad (en griego, metánoia) y la fe en la Buena Noticia que es el Evangelio. «El reino de Dios—dice Hendriksen—, es el área en que su dominio es reconocido, son obedecidas sus normas, y en que su gracia prevalece.»
(C) Sin esta regeneración o nuevo nacimiento, el hombre, depravado por naturaleza, está totalmente desorientado, hecho un cadáver espiritual, incapaz incluso de ver las cosas del espíritu (v. 1 Co. 2:14; Ef. 2:1 y ss.). El Señor da su palabra (amén, amén) de que es necesaria una nueva vida, pues el nacimiento es el comienzo de la vida. No hay que pensar en poner parches al viejo edificio ni curar con cataplasmas al que es ya un cadáver; es preciso empezar por los cimientos y adquirir una nueva naturaleza (v. 2 P. 1:4) y, por ello, nuevos criterios, nuevos afectos, nuevos intereses, nuevos objetivos. Nuestra alma, nuestro espíritu, nuestro hombre interior, ha de ser formado y vivificado de nuevo (v. Ef. 2:10), como una «nueva creación» (comp. con Gn. 2:7; 2 Co. 5:17; Gá. 6:15). Es un nacimiento de arriba, porque se nace a una vida celestial y divina. Notemos que la vida celestial es una vida bienaventurada. Por consiguiente, nacer de nuevo es absolutamente necesario para nuestra eterna felicidad. Es, pues, perfecta la ecuación entre felicidad y santidad, contra lo que los mundanos se imaginan.
(D) Vemos que, a esta solemne enseñanza de Jesús sobre la absoluta necesidad del nuevo nacimiento:
(a) Objeta Nicodemo: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?» (v. 4). Aquí puede verse: Primero, su ignorancia. Lo que Cristo acaba de decir refiriéndose al reino espiritual, lo ha entendido él de un modo material, como si se tratara de ser formado de nuevo en el seno materno, en lugar de adquirir un nuevo corazón espiritual.
¿Acaso podía tener otro nacimiento mejor que el haber nacido israelita y ser instruido en la Ley como fariseo? Quienes están orgullosos de su primer nacimiento son difíciles de persuadir a que nazcan por segunda vez (es evidente que Nicodemo no pensaba en una reencarnación, idea ajena al judaísmo. V. el comentario a 9:2). En segundo lugar, se descubre también su afán de aprender. No se marcha de Jesús por no comprender lo que el Señor acaba de decir, sino que sigue preguntando, como si dijera: «Señor, explícame esto, pues es un enigma para mí; soy tan torpe que no veo otro modo de nacer de nuevo que el de volver al vientre de la madre». Siempre que en las cosas de Dios nos encontremos con algo que nos resulta oscuro y difícil de entender, hemos de continuar en estudio y oración, hasta que el Espíritu Santo nos ilumine y nos guíe a toda la verdad.
(b) Jesús añade una ulterior explicación (vv. 5–8). De la objeción de Nicodemo, Jesús toma ocasión para confirmar con otro doble amén lo que antes había dicho (recordemos que amén proviene del verbo hebreo amán = asegurar, sostener, nutrir). Aunque Nicodemo no había entendido el misterio de la regeneración espiritual, el Señor afirma de nuevo su absoluta necesidad para entrar en el reino de Dios. Es una necedad querer evadirse de la obligación de los preceptos evangélicos, bajo el pretexto de que son difíciles de comprender. Para aclarar lo que acaba de decir, Jesús muestra:
Primero, quién es el autor de este cambio radical: «nacer de arriba o de nuevo» es obra del Espíritu Santo, agente ejecutivo de la Trina Deidad (vv. 5–8). Este cambio no es producto de la sabiduría ni del poder humanos (v. 1:13), sino del poder y de la gracia del Espíritu de Dios. Es obvio que el hombre espiritual, hijo de Dios, nazca del Espíritu, que es Dios, y de Dios, que es Espíritu (4:24; 2 Co. 3:17).
Segundo, la naturaleza de este cambio y qué es lo que produce: es espíritu (v. 6). Los que son así regenerados son hechos espirituales. Injertados en Cristo (Ro. 6:5), hechos un solo espíritu con Él (1 Co. 6:17), entran a formar parte de la familia divina (Ro. 8:14–17; 2 P. 1:4). Desde ahora, el pecado y la carne no han de dominarles (Ro. 6:12) sino que deben andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos de la carne (Gá. 5:16). Los valores e intereses celestiales han de prevalecer sobre los de este mundo.
Tercero, la necesidad de este cambio. Para ser espiritual, es necesario nacer del Espíritu, porque «lo que es nacido de la carne, carne es» (v. 6). Aquí se nos dice: (i) lo que somos por naturaleza: «carne». El alma es una sustancia espiritual, es cierto, pero tan dominada, después de la caída original, por la voluntad carnal, que justamente entra también bajo el apelativo de «carne». Y ¿qué comunión cabe entre el Dios que es Espíritu, y un alma de condición carnal?; (ii) cómo hemos llegado a ser carne: al nacer de la carne. Nuestra naturaleza está corrompida desde el seno materno (v. Sal. 51:5; Ef. 2:3). De algo concebido en pecado, no puede salir nada limpio a los ojos de Dios (v. Job 14:4). Si somos así por nuestro primer nacimiento, es preciso pasar por un segundo nacimiento, pero éste ha de realizarse por obra del Espíritu Santo, que nos santifica después de sellarnos (Ef. 1:13), desde el primer momento de nuestra regeneración y, de allí en adelante, hasta el toque final de la resurrección (v. Ro. 6:22; 8:11; 2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2).
Nicodemo hablaba de «entrar por segunda vez en el vientre de la madre y nacer» pero, aunque ello fuera posible, ¿de qué serviría? Aun cuando naciese cien veces del vientre de su madre, en nada podría corregir el defecto radical, pues todavía «lo nacido de la carne sería carne». No basta con ponerse un nuevo cuerpo, como un nuevo vestido del alma; es preciso tener un nuevo hombre. Por eso, añade Cristo: «No te asombres de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo» (v. 7). El gran Médico de nuestras almas conoce bien nuestro caso, así como el necesario remedio para nuestra congénita enfermedad. No hemos de asombrarnos de ello, porque si nos percatamos de la infinita santidad del Dios con quien hemos de tratar y de la radical depravación de nuestra naturaleza, no nos resultará extraño que se ponga tanto énfasis en la necesidad de nacer de nuevo o de arriba. El fariseo Nicodemo se extraña de estas cosas, porque está acostumbrado a pensar que el favor y la gracia de Dios se consiguen mediante la observancia de la Ley (v. Ro. 10:3), y ahora Jesús le dice que es menester «ser nacido» (nadie se nace a sí mismo) de Dios, no como obra propia, sino como don de Dios (Ef. 2:8–9). El «os es necesario», como observa Hendriksen, no es, pues, un mandamiento que cumplir, sino algo que le tiene que acontecer a uno mediante la obra del Éspíritu por el mensaje de la Palabra. Como veremos en el versículo 10, Nicodemo debía saber eso. Notemos bien que Jesús no dijo: «Nos es necesario», sino: «Os es necesario» ya que Él no podía incluirse en el grupo general de los humanos por ser totalmente santo desde el primer momento de Su concepción (Lc. 1:35).
Cuarto, el Señor ilustra esta regeneración espiritual con dos símiles: (i) La agencia de la que se sirve el Espíritu Santo para llevar a cabo la obra de nuestra regeneración espiritual es comparada al agua. ¿Qué significa «nacer de agua»? La inmensa mayoría de los catolicosrromanos y de algunos protestantes, entre ellos Hendriksen, piensan que se refiere al agua material del bautismo. No negamos que Jesús hiciese alusión indirecta al agua del bautismo, pues cuando Juan escribía esto el bautismo real de la fe y el bautismo ritual del agua iban unidos (v. por ej., Ro. 6:3 y ss.; Ef. 4:5; 1 Co. 12:13 y aun Mr. 16:16), pero, cuando se compara Juan 3:5 con 15:3; 17:17; Efesios 5:26; Tito 2:5 y 1 Pedro 1:23, vemos que «agua» ha de significar aquí la Palabra de Dios. Recordemos que el agua simboliza también la gracia o el don de Dios (Ez. 36:25–27; Jn. 4:10–14; 7:37–39; Ap. 22:1). Bien se compara el agua a la operación del Espíritu Santo en la tarea de la espiritual regeneración puesto que el agua, por una parte, limpia y purifica de la suciedad; y, por otra parte, refresca y conforta como lo hace con el ciervo que está a punto de ser cazado (Sal. 42:1) y con el caminante fatigado de la dura jornada. (ii) Esta regeneración espiritual es también comparada a la acción del viento: «El viento sopla donde quiere … así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (v. 8). La misma palabra, lo mismo en hebreo (ruaj) que en griego (pneuma), significa tanto espíritu como viento, pero el texto mismo nos da a entender que Jesús juega aquí con las palabras para poner un símil fácilmente inteligible: La acción del Espíritu es soberana, misteriosa e incomprensible; con su libre gracia y sus dones inmerecidos no tiene más medida que Su beneplácito (Ef. 1:11; 4:7), y todos los que son nacidos del Espíritu poseen la misma libertad verdadera, que es la que proporciona el verdadero amor a Dios y al prójimo (v. Ro. 5:5; 8:14–21; 2 Co. 3:17; Gá. 2:4; 5:1, 13, 22; Stg. 1:25; 2:12). «Oyes su sonido (del viento)—añade Jesús—, pero no sabes de dónde viene ni adónde va.» De la misma manera que nadie puede controlar el viento, aunque sus efectos son experimentables por el ruido que hace al chocar con una resistencia, así pasa con el Espíritu de Dios, al que nadie puede encadenar, monopolizar ni manipular; es totalmente libre y otorga el influjo de Su gracia y de Su poder dónde, cuándo y a quien quiere, y en la medida y los grados que le place; es poderoso en grado infinito, y Sus efectos se hacen sentir como los del viento; aunque las causas quedan ocultas, los efectos son manifiestos; y es misterioso, porque Sus caminos son ocultos e incomprensibles para la mente humana; cómo reúne y esparce, cómo levanta y abaja, resulta para nosotros un enigma. También la conducta del creyente es sorprendente y misteriosa, extraña, para los mundanos (v. 1 P. 4:4). Todo esto, en verdad, era sorprendente para el fariseo Nicodemo, tan acostumbrado a la cuadrícula de las normas del Talmud y a una supuesta salvación por obras de la Ley, de una Ley de piedra para corazones de piedra (v. Ez. 36:26). El cristiano está regulado sólo por la ley del amor (13:34–35; Ro. 6:14; 13:8; 1 Co. 9:21; Gá. 5:23; 1 Jn. 3:23), con la que cumple, completa y rebasa la Ley del Antiguo Pacto. Por eso, dice Pablo en Gálatas 5:23 que, frente al fruto del Espíritu, la Ley ya no es un adversario: fue crucificada con Cristo, quien sufrió por nosotros la maldición de la Ley contra sus transgresores (v. Gá. 3:10–14; Ef. 2:15; Col. 2:14).
2. La certeza y sublimidad de las verdades del Evangelio. Vemos:
(A) La nueva objeción que Nicodemo opone: «¿Cómo puede ser eso?» (v. 9). Por este versículo vemos que Nicodemo sigue sin entender. «Queda bien claro—dice Hendriksen—, que este líder religioso carecía de los más elementales conocimientos acerca del camino de la salvación. Desde el principio se ve
que su formación farisaica le había hecho inmune contra toda percepción de lo espiritual» (comp. con 1 Co. 2:14). Cristo no podía haber hablado más claro, pero Nicodemo no entiende; la corrupción congénita de nuestra naturaleza, que hace necesario el nuevo nacimiento, y el poder del Espíritu que lo hace posible, siguen siendo para Nicodemo tan misteriosos e incomprensibles como la cosa misma. Ésta es la razón por la que muchos no creen las verdades del cristianismo ni se someten a las normas de Cristo: no están dispuestos a deponer sus prejuicios. No tienen inconveniente en que Jesús sea el «Maestro», con tal de que ellos escojan el programa y el método de las lecciones. Con su frase del versículo 9, Nicodemo vuelve a reconocer su ignorancia, como diciendo: «Esas cosas superan mi capacidad de comprensión no entiendo cómo pueden ser». Al no entenderlas, pone en duda o, al menos, cuestiona, su posibilidad. Así les pasa a muchos que se empeñan en no creer lo que, a juicio de ellos, no se puede probar.
(B) El reproche que Jesús le hace por su torpeza e ignorancia: «Tú eres el maestro de Israel ¿y no conoces estas cosas?» (v. 10). No ha de verse en estas palabras de Jesús ni sombra de ironía o de sarcasmo. Cristo trató a veces a ciertos hombres con ira a los más con compasión; pero a nadie con desprecio. Jesús viene a decirle: «Tú eres reconocido como el más relevante maestro del pueblo escogido de Dios, ¿y no comprendes mis actuales enseñanzas, en perfecto acuerdo con Ezequiel capítulos 11, 36 y 37, y con lo enseñado por Juan el Bautista (v. Mt. 3:9, Lc. 3:8)?» Estas palabras de Jesús son un reproche también: (a) para los que tienen por oficio enseñar a otros en el camino de la rectitud cristiana, y ellos mismos son ignorantes e inexpertos en ese camino; (b) para los que gastan el tiempo en nociones y ceremonias de religión o en minucias y curiosidades acerca de la Palabra de Dios, pero descuidan lo esencial y lo práctico. Las palabras de Jesús a Nicodemo comportan un énfasis especial: Primero, respecto al lugar: «en Israel», al que había sido confiada la Palabra de Dios (Ro. 3:2). Nicodemo podía haber aprendido estas cosas en el Antiguo Testamento. Segundo, en cuanto a las cosas mismas en las que mostraba su gran ignorancia: «estas cosas», tan necesarias, tan grandes, tan divinas.
(C) El discurso de Jesús, a raíz de esto, sobre la certeza y la sublimidad de las verdades del Evangelio (vv. 11–13). Obsérvese:
(a) Que las verdades enseñadas por Cristo eran ciertísimas (v. 11, comp. con Lc. 1:1): «De cierto, de cierto te digo que hablamos de lo que sabemos». Frente al «sabemos» de Nicodemo en el versículo 2, un saber producido por deducción reflexiva, Jesús no se enzarza en polémicas, ni siquiera sobre los lugares bíblicos anotados en el comentario al versículo anterior, sino que apela a un testimonio de primera mano, a un «sabemos», tal vez plural mayestático, fruto de una experiencia personal existencial, como de alguien que está en el seno del Padre (1:18), y que testifica de lo que ha visto eternamente y sigue viendo para siempre en la persona y en la acción continua del Padre (v. 5:17–20). Es esta íntima comunión personal intratrinitaria la que faculta a Jesús para dar de las cosas espirituales un testimonio sin par. El Verbo, la Sabiduría de Dios personificada (v. Pr. 8:22) da ese testimonió de primera mano, como si dijese: No me lo han contado; soy testigo de vista. La porción de 8:13–18 bastaría para apoyar esta interpretación del plural «sabemos» en labios de Jesús. Pero la gran mayoría de los comentaristas opinan que, en ese plural, se incluyen además de Jesús, no sólo el Bautista (v. 5:33), sino también todos aquellos que habían aceptado a Jesús y se habían hecho discípulos de Él, con lo que un testimonio conjunto, visible, al menos de dos hombres (los dos testigos necesarios para dar crédito a un testimonio; comp. con Mt. 26:60), sería rechazado por otro grupo: «y no recibís nuestro testimonio). En este grupo está incluido, de momento, Nicodemo, junto con los de 2:23–25. Nótese que el verbo «recibís» está en presente en el original griego, lo cual viene a significar: «continuáis sin recibir» o «todavía no recibís». La mentalidad de Nicodemo, como la de los demás escribas y fariseos, se resistía aún a cambiar, al menos respecto a este tema de la regeneración espiritual.
(b) Que las verdades enseñadas por Cristo, a pesar de tratar sobre realidades espirituales, no son difíciles de comprender al que está bien dispuesto para recibirlas: «Si os he dicho cosas de la tierra (lit. de sobre la tierra), y no creéis, ¿cómo creeréis si os digo las del cielo?» (v. 12). A primera vista, produce alguna extrañeza el que Jesús llame cosas de la tierra algo tan celestial como es la regeneración espiritual, que es «de arriba» (vv. 3, 7, comp. con los vv. 31–34, así como con He. 9:23). Sin duda ninguna, Jesús se refiere a cosas que, aunque proceden del cielo y tienen carácter celestial, acontecen aquí y ahora, dentro del contexto espacio-temporal de la experiencia humana en este mundo, en contraste con los designios de Dios, misterios escondidos en el Cielo, sobre la historia de la salvación, la fundación de la Iglesia, la futura glorificación de Cristo, etc. (comp. con 1:50–51). La diferencia con 3:31–34 estriba en que allí el Bautista se refiere al origen de las palabras de Jesús (v. 1:18); y la diferencia con Hebreos 9:23 está en que el autor de Hebreos compara las purificaciones legales que limpian externamente en la tierra, con la reconciliación de los pecadores la cual se realiza ante el trono de Dios en los cielos. En el sentido que en este versículo tienen estas «cosas de la tierra», el argumento del Señor viene a ser el siguiente: «Si no estás dispuesto a creer algo que es experimentable aquí abajo, mediante el cambio radical de una persona, ¿cómo estarás dispuesto a creer misterios invisibles, al dar crédito únicamente a mi palabra?» Además con los símiles del agua y del viento, que Jesús había usado para ilustrar Su enseñanza sobre el nuevo nacimiento, no de la carne sino del Espíritu, las cosas celestiales estaban envueltas en ropaje terrenal fáciles de traducir al lenguaje de esta tierra y de comprender por mentes que se hallan todavía de peregrinación por este mundo. Si con expresiones tan claras y familiares, Nicodemo no acertaba a comprender la doctrina, ¿qué podría comprender de verdades tan altas que no pueden ni deben ser expresadas en humano lenguaje? (comp. con 2 Co. 12:4). Dios tiene en cuenta la materia de que estamos hechos, del polvo de la tierra, y, por eso, se acomoda, en su revelación de las cosas más importantes, a nuestro modo de pensar y de entender. Pero los indrédulos inventan excusas en todos los terrenos, desprecian las cosas de la tierra porque las tienen por vulgares; y las del cielo porque las consideran abstrusas.
(c) Que el Señor Jesús, y Él solo, es competente para revelarnos una doctrina tan cierta y tan sublime:
«Y nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre» (v. 13). La frase última que aparece en nuestras biblias («que está en el cielo») no se encuentra en los mejores MSS. Con estas palabras, Jesús no se refiere a su posterior ascensión corporal a los cielos, sino a su presencia divina en el seno del Padre desde toda la eternidad, de donde le viene el conocimiento de los secretos de Dios (v. Mt. 11:27; Lc. 10:22; Jn. 1:18; 6:46). Y Ése que, junto con el Espíritu Santo (v. 1 Co. 2:10) es el único que penetra en las profundidades de Dios, es el mismo que ha descendido del cielo al hacerse hombre aquí abajo (1:14). No se trata en realidad de un descenso «local», puesto que, como Dios, está en todas partes y, en cuanto hombre, no bajó, sino que llegó a ser hombre, comenzó a serlo, aquí en el seno de María. Es en esta tierra donde el Hijo de Dios al hacerse hombre y acampar entre nosotros, se anonadó y humilló a Sí mismo (Ef. 4:8–10; Fil. 2:6–8). En cuanto a la expresión «el Hijo del Hombre», que ocurre 86 veces en el Nuevo Testamento, véase lo que dijimos en el comentario a 1:51 (recuérdese que la expresión procede de Dn. 7:13 y ss.). Nicodemo se había dirigido a Jesús como a un «maestro» (v. 2), como si fuese un profeta; pero debe aprender que Cristo es mucho mayor que todos los profetas del Antiguo Pacto juntos, porque ninguno de ellos había ascendido al cielo en el sentido explicado anteriormente. De aquí hemos de aprender también que no es de nuestra competencia pedir instrucciones al Cielo, sino estar dispuestos a recibir las instrucciones del Cielo porque el que descendió del Cielo no deja de estar en el Cielo. Al decirle a Nicodemo que aunque Él es el Hijo del Hombre, ha descendido del Cielo, viene a darle un atisbo de las cosas del Cielo, porque, si la regeneración de una persona humana es un misterio tan grande, ¿qué diremos de la encarnación de una persona divina? En este lugar, pues, tenemos una clara insinuación de que, en Cristo, hay dos naturalezas distintas en una sola persona, y podemos deducir, por tanto, las siguientes importantes verdades: Primera, que Cristo posee la naturaleza divina (comp. con Col. 2:9).
Segunda, el conocimiento perfecto que Cristo posee de los secretos divinos. Tercera, que Cristo es la manifestación de Dios en carne (v. 1:14; 1 Ti. 3:16; 1 Jn. 4:2). El Nuevo Testamento nos muestra a Dios que desciende del Cielo para hacerse como uno de nosotros, aunque sin pecado, a fin de enseñarnos el camino de la vida y salvarnos del pecado y de la condenación eterna. En esto se mostró el amor de Dios hacia nosotros (Ro. 5:8–11; 1 Jn. 4:9–10, 19). Cuarta, que Jesús es el Hijo del Hombre, expresión bajo la que los judíos siempre entendieron que se significaba el Mesías esperado. Quinta, que, en el mismo momento en que está hablando en la tierra con Nicodemo, está también en el Cielo. Nótese que Nicodemo ya no contesta a las palabras de Jesús. ¿Comenzaba quizás a caer en la cuenta de lo que implicaba la enseñanza de Jesús? No lo sabemos, pero su silencio a partir de aquí resulta muy significativo (es opinión del que esto escribe que los versículos 16–21, así como los versículos 31–36, son reflexiones del propio evangelista. Nota del traductor).
3. A continuación, Jesús expresa el gran objetivo que tuvo Su venida a este mundo, y la dicha inmensa de cuantos creen en Él (vv. 14–18). Aquí tenemos la quintaesencia del Evangelio. Mediante una ilustración, tomada de la historia de Israel y, por ello, muy bien conocida de los judíos, va a exponer en qué consiste la verdadera perdición, tanto como la verdadera salvación y la fe mediante la cual se nos aplica la obra de la salvación llevada a cabo en la Cruz del Calvario: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto (v. Nm. 21:9), así también tiene que ser levantado (v. 8:28; 12:32, 34) el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree en Él, no perezca (lit. no se arruine, no se eche a perder), sino que tenga vida eterna» (vv. 14:15). Vemos, pues:
(A) Que Cristo vino a sanarnos, de la misma manera que los hijos de Israel, que habían sido mordidos por las serpientes venenosas, eran sanados y librados de la muerte mediante una mirada a la serpiente de bronce. Consideremos:
(a) La naturaleza mortífera y destructiva que posee el pecado conforme se implica aquí. La culpa del pecado es como la mordedura de una serpiente venenosa; el poder corruptor del pecado es ese veneno que se difunde por toda la persona del pecador. Las maldiciones de la Ley son como feroces serpientes, pues todas ellas son señales de la ira de Dios. Recordemos, según lo alude Jesús, el episodio que se nos narra en Números 21:5–9. Vemos que el pueblo, desanimado por el largo rodeo de la tierra de Edom, murmura contra Dios y contra Moisés. El pecado es castigado por Jehová por medio de serpientes venenosas (lit. ardientes), por cuya mordedura muere mucho pueblo. El pueblo clama a Dios, confiesa su pecado e implora clemencia. Moisés ora por el pueblo, y Dios provee un medio de salvación, al mandar a Moisés fabricar una serpiente de bronce (también «ardiente», es decir, de bronce bruñido, que parece incandescente por el brillo. Comp. con Ap. 1:15) y ponerla sobre un asta en lo alto del campamento, a fin de que todos puedan verla. Cuantos la miraban recobraban la salud. Podemos suponer que quienes se veían a punto de morir se volverían a mirar a la serpiente de bronce con toda su alma, de corazón, con un ansia inmensa de sanar y una absoluta confianza en el poder sanador de la serpiente. Así que, al seguir la comparación de Jesús creer es como mirar a la Cruz del Calvario con toda el alma, como a quien le va la vida en ello, poner todo el corazón con plena confianza en Aquel que fue levantado en el Calvario a fin de que «todo aquel que cree en Él, no perezca, sino que tenga vida eterna». También aquí, como en Números 21:5–9, tenemos todos los elementos que integran el proceso de la salvación: el pecado que nos domina, el necesario cambio de mentalidad o arrepentimiento para reconocer la perdida situación en que nos hallamos, alzar a Dios los ojos en demanda de socorro, la provisión del remedio por parte de Dios y la utilización de dicho remedio por parte de todo aquel que, compungido en su corazón por la operación del Espíritu Santo (comp. con Hch. 2:37), suspira por la salvación y recibe con alegría la Buena Noticia de que hay salvación para el perdido, por medio de la fe viva en Jesucristo como único Salvador necesario y suficiente (v. Hch. 4:12) y único Mediador entre Dios y los hombres (v. 1 Ti. 2:5). Recuérdese la leyenda india sobre el joven ansioso de salvación, que ya expusimos en otro lugar.
Por eso, la fe no puede ser una mirada fría, intelectual o aun sentimental, a la Cruz del Salvador, sino una mirada angustiosa, como la del que sabe que en el mirar le va la vida, y no una vida como la de este mundo, sino que es cuestión de vida eterna o muerte eterna: vivir plenamente y para siempre, sin el temor de morir jamás, o estar siempre muriendo, sin la esperanza de terminar jamás de morir. He ahí el tremendo dilema con que nos confronta la Cruz de Jesucristo, ante la cual nadie puede pasar indiferente, como si no tuviera que ver con todos y cada uno de los seres humanos. Hay que recibir, por fe viva, al Salvador, o rechazarle con todas las consecuencias.
(b) El poderoso remedio provisto para tan fatal enfermedad. El caso de los pecadores es deplorable, pero ¿es desesperado? Gracias a Dios, no lo es, como acabamos de ver. El Hijo del Hombre fue levantado como la serpiente de bronce en el desierto. Esta serpiente tenía la misma figura que las serpientes venenosas, pero no tenía veneno. Así pasa con Jesús, quien vino en semejanza de carne de pecado (Ro. 8:3), pero sin pecado (He. 4:15; 7:26). Así como la serpiente de bronce fue izada sobre un asta, así también Jesús fue izado en el madero de la Cruz. Adviértase el sentido del verbo «ser levantado» en Juan 3:15. Como es obvio, este verbo indica que Jesús sería alzado de la tierra al estar colgado en la Cruz; pero al considerar el carácter triunfal del Evangelio de Juan, vemos que el verbo griego hupsó = levantar (del que procede hupsistós = Altísimo, aplicado a Dios) indica la exaltación gloriosa de Cristo mediante su muerte en cruz y su posterior ascensión a la diestra del Padre, así como la proclamación del Evangelio eterno de la salvación (comp. con 8:28; 12:32–34; Fil. 2:9–10). Como dice Hendriksen: «La cruz nunca aparece aislada de los otros grandes acontecimientos (tales como la resurrección, la ascensión y la coronación) en la historia de la redención. Es siempre la senda obligada hacia la corona. Más aún, ¿dónde resplandece la gloria de todos los atributos de Dios en Cristo con mayor brillo que en la Cruz (cf. 12:28, comp. con 12:32, 33)?» Levantado, pues, en la Cruz, como la serpiente de bronce en el desierto, fue puesto para sanarnos. El mismo que envió la llaga, proveyó también el remedio. Fue Dios mismo quien encontró el rescate. Aquel a quien ofendimos es nuestra paz.
(c) El medio de aplicación de este remedio, que es mediante el creer: «Para que todo aquel que cree en Él, no perezca, sino que tenga vida eterna». También podría leerse de este otro modo: «para que todo el que crea, pueda tener vida eterna en Él». De aquí vemos que la crucifixión de Cristo no salva automáticamente a nadie, sino sólo a los que se apropian por fe la salvación que Dios ha puesto a disposición de todo el que se acerque con fe y arrepentimiento. Todo este pasaje menciona sólo el creer. En otros lugares, como Hechos 2:38; 17:30, se menciona sólo el arrepentimiento. Ambos son conceptos complementarios y hasta sinónimos (con la distinción que hemos señalado en otro lugar) puesto que una fe viva comporta esencialmente un cambio de mentalidad, y el cambio de mentalidad o arrepentimiento no puede ser sincero y eficaz, sino por la fe viva, «según Dios» (v. 2 Co. 7:9). Tampoco la serpiente de bronce curaba automáticamente, sino sólo a los que la miraban con afán de ser sanados. Diremos más en el comentario al versículo siguiente, que amplía el contenido del versículo 15.
(d) La gran esperanza y los grandes ánimos que nos da el creer en Él, al fijar nuestra mirada en la Cruz del Calvario. A todo el que miraba a la serpiente de bronce le fue bien (Nm. 21:9). Ya había dicho el Señor, en Isaías 45:22: «Miradme a mí, y sed salvos, todos los confines de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más». Fue con este propósito por lo que fue levantado, a fin de que Sus seguidores pudiesen ser salvos. La oferta de salvación, por medio de Él, es universal, «para todo aquel que crea», sin excepción.
¡Qué gozo tan grande produce saber que, en ese «todo aquel», tengo cabida yo que escribo esto, y tú que me lees, quienquiera que seas! Finalmente, la salvación ofrecida es completa: Quienes la reciban por fe, jamás perecerán, pues tendrán vida eterna, es decir, una vida que comienza en el momento en que uno recibe a Cristo y dura por toda la eternidad.
(B) Jesucristo vino a salvarnos perdonándonos los pecados en virtud del puro amor que Dios nos tuvo. Esto sí que es de verdad Evangelio, es decir, Buena Noticia, la mejor que pudo llegar del Cielo a la tierra (vv. 16–17).
(a) En esto se mostró el amor de Dios hacia nosotros, en que envió a su Hijo al mundo (v. 16, comp. con Ro. 5:5–11; Gá. 4:4–6; 1 Jn. 4:9–19). Primero vemos la revelación del gran misterio del Evangelio:
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado (lit. dio de una vez por todas) a su Hijo unigénito» (v. 16). Lo dio, es decir, lo entregó para que fuese crucificado. Y esto «para que todo aquel que cree en Él, no perezca, sino que tenga vida eterna». Este versículo, como decía Lutero, es el compendio de toda la Biblia, como la Biblia en miniatura. En efecto, en cuatro frases, la primera de siete palabras en el original y las otras tres de seis cada una, se resume toda la historia de la salvación, arrancando desde la eterna y soberana iniciativa divina, llena de amor y de misericordia para salvar a la humanidad perdida, hasta la consumación en la gloria eterna, de la salvación adquirida «de gracia, mediante la fe» (Ef. 2:8).
Lo primero que notamos en este versículo es el énfasis que comporta ese «De tal manera» como si dijese: «así de grande fue el amor de Dios …»; lo cual nos recuerda lo que el mismo Juan escribe en 1 Juan 3:1: «Mirad qué (lit. de qué país o de qué clase) amor tan sublime nos ha dado el Padre …». El amor de Dios hacia el mundo fue tan grande que no pudo ser mayor, ya que se hizo efectivo mediante la donación de su único Hijo, tan Dios como Él, al mundo perdido, y no para dominar o enriquecerse en el mundo, sino para servir y para morir en el suplicio más atroz y afrentoso de todos los entonces conocidos, tras haber vivido en tan suma pobreza, que todo lo que tuvo lo tuvo de prestado, desde el pesebre en que nació hasta la tumba en que fue sepultado.
Lo segundo que es de admirar sobremanera es que «de tal manera amó Dios AL MUNDO …».
Cuando vemos que el objeto del amor de ese Dios tres veces santo, infinitamente sabio, santo y poderoso, es este mundo pecador, rebelde, perdido, que sólo merecía un castigo eterno, nuestro asombro crece. El original dice claramente «al mundo», a toda la humanidad que habita el cosmos, por lo que vemos claramente que el objeto del amor redentor de Dios es toda la humanidad. La voluntad salvífica antecedente de Dios es universal (comp. con 2 Co. 5:14–21; 1 Ti. 2:1–6; 1 Jn. 2:2, entre otros lugares) y por eso Cristo murió por todos, aunque no todos se beneficien de su muerte, sino sólo los que creen en Él (v. 8:24). Decir que el Dios que es Amor (v. 1 Jn. 4:8, 16) amó sólo a un grupo de «elegidos», es un prejuicio teológico contrario a la Escritura. La comparación con el Día de la Expiación (Lv. 16) o Yom Kippur (como dice el hebreo) nos aclara bien este concepto: Así como la expiación realizada por el sumo sacerdote una vez al año cubría los pecados de todo el pueblo, de manera que Dios los pasaba por alto, no los tenía en cuenta, no descargaba sobre los pecadores su ira, aunque sólo fuesen realmente perdonados los que se arrepentían personalmente de sus propios pecados, así también la obra de Jesús en el Calvario sirve para que hubiese «sanación para nosotros» (Is. 53:5, lit.), para que Dios no les tenga en cuenta a los
hombres sus pecados (v. Hch. 17:30; Ro. 3:25; 2 Co. 5:19) y poner la salvación a disposición de todos los que quieran recibirla mediante la fe, y recibir así los beneficios del pacto (comp. con 2 Co. 5:14–21; 1 Ti. 2:4–6; He. 10:26 y ss.). Sólo el que rehúsa creer se encierra en su condenación y muere en sus pecados (3:17–21; 8:24; 9:41). Nadie tiene así excusa, puesto que la obra de Cristo derribó la pared de separación entre judíos y gentiles, de modo que todo el mundo tiene acceso a la salvación, y ya descendió el Espíritu Santo para convencer a todo el mundo de pecado, de justicia y de juicio (16:8–11). Incluso los que nunca han oído el Evangelio son alcanzados por los rayos de esa «luz del mundo» que es Cristo (1:9, 8:12, 12:46). Y aun en el caso de que no lleguen a conocer a Jesús por su «nombre», son salvos por la obra del único Mediador (1 Ti. 2:5) y del único Salvador (Hch. 4:12, donde el «nombre» no significa una «etiqueta», sino la Persona misma del Salvador). Es precisamente el Evangelio de Juan el que más énfasis pone en quitar fuerza a la «pura sangre» judía, es decir, a la genealogía natural, carnal (v. 1:12–13; 3:6; 8:31–39).
Lo tercero que vemos en este versículo es que los quilates del amor de Dios se muestran en que «ha dado a su Hijo UNIGÉNITO». Como hace notar W. Hendriksen, el original dice: «a su Hijo, el Unigénito, Él dio», para señalar la grandeza del don, colocándolo en primer lugar, delante del verbo. Ese «dio», ya lo hemos apuntado, equivale a «lo entregó a la muerte como holocausto y sacrificio expiatorio del pecado» (v. 15:13; 1 Jn. 3:16; 4:10 y, como consecuencia, 1 Jn. 1:7; 2:1–2), y al «no eximió ni a su propio Hijo» de Romanos 8:32, compárese con Génesis 22:2, 12; Mateo 21:33–39. Notemos que es Dios quien entrega a la muerte a su único Hijo. Cuentan de un matrimonio rico, pero sin hijos, que quisieron adoptar un niño pobre de una pareja que tenía cuatro hijos. Cuando el señor rico fue a casa del matrimonio pobre para rogarles que le cediesen uno de los cuatro hijos, a fin de adoptarlo y dejarle en herencia todo lo que poseían, los padres no consintieron en cederle ninguno. «El mayor, no—dijo el padre—, porque ya va a trabajar y nos ayuda.» «El segundo tampoco—dijo la madre—, porque se parece a mi marido.» «Pues el tercero tampoco—añadió el padre—, porque se parece a mi mujer.» «¿Y el menor de los cuatro?», interrogó el señor. «Pobrecito, ése está siempre enfermo, y nos da lástima», dijeron a coro el marido y la mujer. Así fue que un matrimonio pobre no quiso desprenderse de ninguno de sus cuatro hijos, y eso que se trataba de hacerlo inmensamente rico y feliz. En cambio, Dios, que para nada necesitaba de nosotros, entregó a su único Hijo por nosotros; y no para hacerlo rico, para gozar y dominar a los demás hombres, sino que «por amor a nosotros se hizo pobre siendo rico, para que nosotros fuésemos enriquecidos con su pobreza» (2 Co. 8:9).
Lo cuarto que advertimos en este versículo es que Dios nos dio a su único Hijo «para que todo aquel que cree en Él, no perezca». La alternativa que se presenta a todo aquel que rehúsa creer en Jesucristo como en su único Salvador necesario y suficiente no es simplemente el no disfrutar del Cielo, ni siquiera el perecer físicamente y ser aniquilado al final, como sostienen algunos grupos dentro de algunas denominaciones cristianas, sino el perderse o arruinarse para siempre: la muerte eterna o «muerte segunda», que consiste en estar siempre muriendo sin acabar nunca de morir, así como la vida eterna consiste en estar siempre viviendo en plenitud, sin temor de volver a morir. El propio Jesús, en Mateo 25:46, establece un perfecto paralelismo antitético entre el «castigo eterno» de los impíos y la «vida eterna» de los justos (v. comentario a dicho lugar). Un Dios celoso, que ha sido ofendido en lo más sublime de Su amor, mostrado en el Calvario, ha de convertirse, por toda la eternidad, en un Dios de ira para el que ha rehusado creer en el Hijo.
Lo quinto y último que notamos en dicho versículo es la antítesis de la condenación: «sino que tenga vida eterna», es decir: vida en plenitud y para siempre; una vida que se diferencia en calidad y extensión de la vida terrenal. La expresión «vida eterna» aparece 17 veces en el Evangelio de Juan, y 6 veces en su Primera Epístola; y connota la liberación de toda esclavitud (8:32), con el perdón de los pecados (8:24, 34; 9:41), la participación de la naturaleza divina (1:13; 3:6; 2 P. 1:4), la adopción de hijos (Ro. 8:15; Gá. 4:5), la comunión con Dios en Cristo (17:3, 21), la participación de Su amor (5:42; 17:23, 26), de Su gozo (17:13) y de Su paz (16:33). Al fin y al cabo, es una participación de la vida de Dios (1:4; 5:21–26; 10:10; 17:3). Como ya hemos hecho notar al explicar el versículo 3 Jesús menciona el nacimiento de arriba antes de hablar de la fe en Él, porque sólo el que ha sido resucitado espiritualmente (v. Ef. 2:1 y ss.) puede creer y dirigir una mirada angustiosa a la Cruz. Sólo quien ha sido despertado, puede ver la realidad. Por eso dice Pablo que se cree «con el corazón» (Ro. 10:9–10), porque Dios obra en lo más íntimo de nuestro ser por medio de su Espíritu, antes de que nos percatemos de que ya hemos nacido de nuevo.
(b) El evangelista insiste en el objetivo que Dios se propuso al enviar al mundo a su único Hijo:
«Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar (lit. juzgar) al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de Él» (v. 17). El Hijo de Dios vino como un embajador del Padre para residir entre nosotros con el único objetivo de ofrecer salvación a toda la humanidad. Aunque el mundo estaba convicto de pecado y Dios tenía todas las razones para condenarlo, al ser un mundo culpable de lesa Majestad divina, y aunque el Hijo vino con plenos poderes para ejecutar juicio de condenación (v. 5:22, 27), no comenzó a condenar, sino que nos ofreció la oportunidad de comparecer ante el trono de la gracia con la causa ganada a nuestro favor: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Co. 5:19) y, por tanto, salvándolo en cuanto estaba de Su parte. ¡Buena noticia, en verdad, para una conciencia convicta de pecado, saber que el Hijo de Dios ha venido a traer perdón de culpas, sanación de huesos quebrantados y de heridas abiertas y sangrantes; que Cristo, nuestro Juez, no ha venido a pronunciar sentencia de muerte, sino oferta de vida! Los judíos habían llegado a pensar, llevados de su exclusivismo fanático, que el Día de Jehová entendido como la Venida del esperado Mesías, no sólo comportaría la salvación definitiva de Israel, sino también la condenación en masa (v. Jon. 4:2–3; Hch. 11:18) de las naciones gentiles. Ya Amós había censurado este punto de vista (v. Am. 5:18–20). Ahora Jesús lo ataca igualmente al decir: Primero, que el designio salvador de Dios no estaba limitado a Israel, sino que se extendía a todo el mundo; segundo, que Él, el Mesías, no había sido enviado, en esta su Primera Venida, a condenar al mundo, sino a salvarlo (comp. con Lc. 19:10). En realidad, Él no condena a nadie, sino que todo aquel que no cree en Él, se encierra en su propia condenación, como lo declaran los versículos 18–21 (v. también 3:36; 8:24; 12:47–48; 1 Jn. 5:9–12, así como Ro. 2:4–11).
En el asunto de la salvación y de la condenación hay encerrados tremendos misterios (elección, predestinación, reprobación, etc.), pero toda esta sección nos ayuda a percatarnos de estas dos verdades fundamentales que nos han sido reveladas por Dios y a las que debemos asirnos con toda nuestra fe: (i) Todo lo que es de salvación, viene de Dios (v. Jon. 2:9; Ef. 2:8–10); nadie puede gloriarse en Su presencia de haber contribuido a su propia salvación en lo más mínimo (valga la expresión incorrecta gramaticalmente); no hay en el ser humano fuerza, capacidad ni mérito que inclinen a Dios a congraciarse con nosotros; (ii) todo lo que es para condenación es un resultado culpable del desvío de nuestra libertad; por eso, nadie podrá acusar a Dios de injusticia en la reprobación justísima de los condenados. Toda otra consideración de tipo teológico debe estar subordinada a esas dos verdades. Permítase al que esto escribe (nota del traductor) otra consideración de tipo personal, singularmente emotiva: El término con que, tanto el hebreo como el griego, designan el «pecado» indica «fallar el blanco» o «desviarse del objetivo», con lo que se nos muestra que Dios parece dar mayor importancia a la desgracia en que incurre el ser humano al pecar, que a la ofensa que a Dios mismo se infiere por el pecado.
(C) De todo lo que antecede se colige la auténtica felicidad de los creyentes genuinos: «El que cree en Él, no es condenado» (v. 18). Esto supone algo más que una suspensión temporal de la ejecución de la pena: «no es condenado», es decir, es descargado de su culpabilidad. «¿Quién es el que condena? ¿Acaso será Cristo …?» (Ro. 8:34, lectura probable).
4. La deplorable condición de los que persisten en su incredulidad y en su ignorancia voluntaria (vv. 18:21).
(A) Véase aquí el destino fatal de los que rehúsan creer en Cristo: «pero el que no cree, ya ha sido condenado». Nótese la diferencia de tiempo en ambas frases: en la primera, tenemos un presente («no es condenado»), porque, mediante la fe, salimos del estado de condenación y comenzamos a ser constituidos justos en la presencia de Dios (Ro. 5:19); Dios nos abre en aquel momento, desde fuera, la puerta de la salvación. En cambio, en esta otra frase el tiempo es pretérito perfecto («ya ha sido condenado»), es decir no tiene que esperar al veredicto final, puesto que su incredulidad le cierra por dentro, con siete cerrojos la puerta de la salvación, la cual sólo puede abrirse mediante la fe (comp. con 8:24). No se olvide que, desde el momento de ser concebidos ya llevábamos encima la condenación (v. Sal. 51:5; Ef. 2:3) y que cada pecado personal nuestro la va confirmando voluntariamente; en cambio, la salvación surge al creer, en un determinado momento de nuestra vida terrenal. Vemos:
(a) Cuán grande es el pecado de los incrédulos: Se niegan a creer «en el nombre del unigénito Hijo de Dios», quien, por ser infinitamente verdadero, merece ser creído, y, por ser infinitamente bueno, es digno de ser recibido. Dios envió para salvarnos el Hijo tan querido para Él ¿y no será para nosotros el amado por excelencia?
(b) Cuán grande es la miseria de los incrédulos: Ya están condenados: una condenación cierta y actual; su misma conciencia les condena. Condenados por no aceptar el remedio de la condenación; la incredulidad es un pecado contra el remedio mismo provisto por Dios para la salvación.
(B) Véase también el destino fatal de los que rehúsan incluso conocer a Cristo: «Y ésta es la condenación (ahí está el veredicto): que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (v. 19). Este versículo apunta a la única causa del destino fatal de los que no se salvan: se debe a una «preferencia culpable», a una «opción fundamental desviada», contra la luz santa que Dios es (1:9; 1 Jn. 1:5), y a favor de las tinieblas del pecado. En otras palabras la condenación de una persona no se debe a la ignorancia inculpable de Dios o del Evangelio, puesto que a todos llega de algún modo la luz que Cristo ha venido a traer (v. 1:9; Ro. 1:20; 10:18), sino a la rebeldía de los que cierran el paso a la verdad que pugna por avanzar hasta el corazón (1:5; Ro. 1:18). Esta preferencia por las tinieblas no indica que haya en los impíos algún amor a la luz, aunque inferior al amor que tienen a las tinieblas; el versículo siguiente nos aclara este extremo. Notemos que el Evangelio es luz y, cuando se proclama el Evangelio, se enciende una luz en el mundo. La luz se muestra por su mismo brillo; lo mismo pasa con el Evangelio: muestra su origen divino. La luz descubre lo que está escondido a la vista. ¿Qué sería del mundo sin luz? Pero mucho más oscuro estaría el mundo sin la luz del Evangelio. No hay palabras para expresar la tremenda locura de los hombres que prefieren las tinieblas a la luz de Cristo. Los malvados que estaban apegados a sus concupiscencias preferían su ignorancia y sus errores a las verdades del Señor. Los miserables pecadores están a gusto en su enfermedad, a gusto en su esclavitud, y no quieren ser libres ni quieren estar sanos. La verdadera razón por la que los hombres amaron más las tinieblas que la luz es «porque sus obras eran malas». ¡No hay situación tan triste como la del enfermo que, al no querer sanar de su enfermedad, se empeña en no darse cuenta de ella! Es la táctica del avestruz, que esconde la cabeza bajo la arena, y piensa que por no ver él al enemigo, el enemigo no puede verle a él. La ignorancia culpable, lejos de excusar de pecado, sólo sirve para agravarlo, pues «ésta es precisamente la condenación»: que cerraron sus ojos a la luz sin admitir parlamento con Cristo y con el Evangelio.
Hemos de dar cuenta en el juicio, no sólo de lo que hemos pecado contra lo que conocíamos, sino también por no querer conocer lo que debíamos saber. Es una observación muy sabia que «todo aquel que obra el mal aborrece la luz» (v. 20). Los malhechores buscan la oscuridad, el escondite, el actuar por sorpresa, a fin de no ser descubiertos y arrestados: «No viene a la luz, para que sus obras no sean redargüidas»; es decir, para que no queden al descubierto (comp. con He. 4:12 y Stg. 1:23–24, donde la Ley de Dios es como un espejo que descubre nuestro verdadero rostro). La luz del Evangelio es enviada al mundo para poner al descubierto las malas obras de los pecadores; para poner ante los ojos de la gente sus transgresiones; para mostrar que es pecado lo que los hombres no tienen por pecado, «a fin de que por el mandamiento el pecado llegase al extremo de la pecaminosidad» (Ro. 7:13). El Evangelio presenta las convicciones, a fin de preparar el camino para las consolaciones. Fue por esta razón por la que los verdaderos malhechores odiaban la luz del Evangelio. Había quienes cometieron pecados pero estaban avergonzados y hasta arrepentidos de ellos, como los cobradores de impuestos y las rameras, éstos daban la bienvenida a la luz. Pero los que estaban resueltos a andar por sus propios caminos, odiaban la luz de Cristo que los descubría.
Cierto misionero estaba predicando el Evangelio por primera vez a un grupo de nativos de una tribu africana, y lo hacía basándose en el capítulo 1 de la Epístola a los romanos. Conforme avanzaba en su mensaje, se daba cuenta de que el jefe de la tribu se ponía cada vez más nervioso, hasta que, por fin, desenvainó su espada y dio unos pasos hacia el misionero en forma amenazadora, mientras le gritaba:
«¡Cállese y cierre ese libro que declara todo lo que yo hago!» (comp. con 4:29). Efectivamente, en Romanos 1:24–31 estaba descrita su propia conducta. Cristo es odiado cuando el pecado es amado. Los que no quieren venir a la luz es porque abrigan un secreto odio a la luz.
En cambio, los corazones rectos acogen la luz con alegría: «Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sean manifiestas sus obras» (v. 21). Así como la luz convence para terror a los malhechores, así también confirma para consuelo a los que obran con rectitud. Aquí se describe el carácter de una persona recta: «practica (lit. hace) la verdad». Para un hebreo, «hacer la verdad», «realizar la verdad» (comp. con el vocablo hechura—poiema en el griego—, de Ef. 2:10) era configurar la propia existencia de acuerdo con el plan de Dios y observar Sus mandamientos (v. Ec. 12:13–14), mientras que el que desobedece a Dios se convierte en una «mentira personificada». No es extraño, por tanto, que la lista de los que son arrojados al lago de fuego y azufre de Apocalipsis 21:8 se cierre con los «mentirosos», que no son simplemente los que dicen mentiras, sino aquellos cuya vida es una especie de mentira viviente. Éstos son los que odian la luz y, por consiguiente, odian, desprecian u olvidan a Dios (Sal. 50:22). Por tanto, puede verse claramente el paralelismo que existe, de una parte, entre Dios, verdad y luz, y de la otra, entre el Maligno (v. 8:44), la mentira y las tinieblas (comp. con 1 Ts. 5:1–10). Así el verdadero creyente, aunque todavía imperfecto, puede compararse al girasol, planta cuyas flores presentan la propiedad de ir volviéndose continuamente en dirección al sol. Aunque a veces se quede corto del nivel de rectitud que Dios espera de él, lo que hace es verdadero, lleva la marca de la honestidad; tendrá su debilidad, pero no le falta integridad, pues quiere hacer la voluntad de Dios y está resuelto a llevarla a cabo, aun cuando vaya en contra de sus propios gustos e intereses; sus obras son hechas «según (lit. en) Dios». Nuestras obras son rectas cuando la voluntad de Dios es nuestra norma, y la gloria de Dios es nuestro objetivo; cuando son hechas mediante el poder de Dios y por amor a Él. Para terminar esta sección, añadamos que Nicodemo se quedó perplejo al principio ante estas enseñanzas, pero después llegó a ser fiel discípulo de Cristo.
Versículos 22–36
I. Ahora se nos refiere la marcha de Jesús, con sus discípulos, «a la tierra de Judea» (v. 22). El Señor Jesús, tan pronto como empezó su ministerio público, viajó mucho y se trasladaba con frecuencia de una parte a otra. Se tomó muchas fatigas para hacer el bien a las almas y a los cuerpos. El Sol de justicia recorrió su circuito para difundir su luz y su calor (v. Sal. 19:6). No se detuvo por mucho tiempo en Jerusalén. «Pasado esto», es decir, una vez pasada la pascua y su entrevista con Nicodemo, Jesús, en compañía de sus discípulos, probablemente los seis mencionados o aludidos en 1:35–51, abandonó Jerusalén y se encaminó a otra parte de la región de Judea, junto al Jordán, y quizá no lejos de Jericó. No se retiró para estar en privado, sino para ser de mayor utilidad. Su predicación y sus milagros harían, tal vez, más ruido en Jerusalén, la capital de la nación, pero menos bien. «Pasó allí algún tiempo con ellos» (sus discípulos). Quienes estén dispuestos a seguir a Jesús, le hallarán dispuesto a quedarse con ellos. «Y bautizaba». Juan había comenzado a bautizar en la región de Judea (v. Mt. 3:1), por tanto Cristo comenzó también allí. Por 4:2, vemos que Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos; sin duda, bajo su autoridad y en su nombre. Este mismo hecho de bautizar mediante la agencia de sus discípulos confería al bautismo de Jesús un rango superior al del Bautista. En cuanto a la naturaleza de dicho rito bautismal, W. Hendriksen dice que «puede ser considerado como una transición entre el bautismo de Juan y el bautismo cristiano» (v. Mt. 28:29) que es ahora una ordenanza perpetua del Señor para su Iglesia a partir de Pentecostés (v. Hch. 2:38, 41). No hay razón para suponer que los Apóstoles, de los cuales unos habrían sido ya bautizados por Juan, y otros por Jesús mismo, volviesen a ser bautizados el día de Pentecostés, sobre todo a la vista de 13:10 y su contexto explícito e implícito, ya que la ordenanza de conmemorar la Pascua en la Cena del Señor supone ya cumplida (ésta es la opinión más general, y más segura, entre los evangélicos, así como entre los catolicorromanos y los ortodoxos orientales) la ordenanza del Bautismo. Nótese, cómo pone de relieve Agustín de Hipona, que las ordenanzas o sacramentos, aunque se administren por medio de hombres débiles y pecadores, son de Cristo.
II. Se nos refiere igualmente que Juan el Bautista continuaba ejerciendo su ministerio mientras tuvo oportunidad de hacerlo (vv. 23–24). Vemos:
1. Que «Juan también bautizaba». Mientras Jesús instala durante algún tiempo su agencia de bautismos, Juan prosigue su ministerio algo más al norte, probablemente unas cuantas millas al sudoeste de la Betania situada al otro lado del Jordán, cerca de la conjunción de las provincias de Galilea, Samaria, Perea y Decápolis; es decir, un sitio muy apropiado para que las muchedumbres acudiesen a él, atraídas todavía por su prestigio. Aunque, poco a poco, las gentes acudirían en mayor abundancia a Jesús (v. 26). Vemos, pues, que:
(A) Cristo comenzó su tarea de predicar y bautizar antes de que Juan tuviese que abandonarla por la fuerza; de este modo, las ruedas del molino del Evangelio no cesaban en su labor. Es un consuelo para los fieles siervos del Señor, cuando la edad, los achaques u otra fuerza mayor les obligan a retirarse, ver a otros fieles siervos que surgen para llenar el hueco.
(B) Juan continuó con su ministerio de predicar y bautizar, a pesar de que Jesús había comenzado su ministerio público. Todavía había trabajo para Juan, puesto que Jesús no era aún conocido en el mismo
grado que el Bautista, ni estaban las mentes del pueblo en la disposición necesaria para cambiar de mentalidad y recibir al Salvador. Juan seguía en su tarea hasta que la providencia de Dios dispusiera otra cosa. Los dones más valiosos de unos siervos de Dios no tornan inútiles las labores de otros que no están tan dotados; hay, en la viña del Señor, trabajo suficiente para todas las manos. Sólo los remolones o los adustos se sientan ociosos cuando se ven a sí mismos oscurecidos por los éxitos de otros.
2. Que Juan «bautizaba en Enón, cerca de Salim», lugares que no son mencionados en ningún otro lugar de la Biblia. Dondequiera que fuese, parece que Juan iba de un lugar a otro. Los ministros del Señor han de seguir el curso de las oportunidades que Dios les depare. Escogió, de todos modos, un lugar donde
«había muchas aguas», esto es, muchas corrientes de agua, de forma que siempre que topase con alguno que estuviera dispuesto a ser bautizado por él, hubiese a mano agua con que bautizarle.
3. Que las personas «acudían y eran bautizadas». Hay quienes refieren esto tanto a Juan como a Jesús, pero lo más natural es que se refiera al sujeto más cercano, que en este caso es Juan.
4. El evangelista hace notar que «Juan no había sido aún puesto en prisión» (v. 24). Este detalle informativo del cuarto evangelio tenía por objeto deshacer un equívoco que pudo surgir tras una lectura superficial de Mateo 4:11–12, lugar que podría insinuar la idea de que Juan fue puesto en prisión inmediatamente después de las tentaciones de Jesús en el desierto. Así vemos que, entre Mateo 4:11 y 12 (así como entre Mr. 1:13 y 14, y Lc. 4:13 y 14), pasó un considerable lapso de tiempo en que Jesús y el Bautista simultanearon su ministerio de bautizar.
III. A continuación, el evangelista narra la «discusión de los discípulos de Juan con un judío acerca de la purificación» (v. 25, lit.). Éste sería uno de los judíos que no se habían sometido al bautismo de Juan para arrepentimiento. La doble agencia de bautismos no podía por menos que dar ocasión a disputas y a preferencias por uno u otro de los bautizantes, o por supuesto, a oposición contra los dos grupos. El hombre carnal siempre está inclinado a formar partidos dentro de lo religioso (comp. con 1 Co. 1:11–13; 3:1–4). Por la composición de la frase, parece ser que fueron los discípulos de Juan los que comenzaron la discusión sobre la pretendida base de que el bautismo de su maestro tenía mayor fuerza purificadora que el de Jesús. Esta discusión estaría fomentada por el hecho, notorio a los mismos discípulos de Juan, de que las multitudes se sentían atraídas especialmente hacia Jesús, como se ve por el versículo siguiente. No hay duda de que, en principio, los judíos no convertidos daban mayor importancia a sus purificaciones legales que al bautismo de Juan o al de Jesús. Los discípulos de Juan estaban en lo correcto al dar la preferencia al bautismo de Juan sobre las purificaciones legales, pero es lo más probable que este judío, al no poder negar el valor y el objetivo más elevado del bautismo de Juan, echase mano del bautismo que Jesús administraba para hacer de menos el bautismo de Juan. Así se explica mejor la querella que sigue (v. 26). De un modo semejante, los hombres levantan objeciones contra el Evangelio a base del mismo avance que el Evangelio ha experimentado a lo largo de los siglos, como si la madurez fuese contraria a la niñez anterior o como si la estructura de un edificio fuese contraria a su fundamento.
IV. La querella que los discípulos de Juan presentaron ante su maestro acerca de Cristo y del bautismo que el Señor administraba: «Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, mira, ése está bautizando, y todos vienen a Él» (v. 26). Estos discípulos de Juan, llevados de su carnalidad, conciben celos y envidia del ministerio de Jesús y se van a su maestro, y espera de él la misma reacción. Vienen a sugerirle que el hecho de que Jesús se pusiera a bautizar era un acto de presunción, algo así como montar una sucursal de bautismos, siendo así que, según ellos, Juan tenía la «patente» de invención. Nótese que, en su desprecio, evitan mencionar el nombre de Jesús: «ése …». Como si dijesen: «fíjate qué atrevimiento y qué ingratitud ¡ponerse a bautizar, cuanto tú diste tan buen testimonio de Él! Debiste ser más avisado, y no haber ensalzado tanto a ese individuo que ahora intenta hacerte la competencia y robarte la clientela». El final ese de «y todos vienen a Él» encierra una gran exageración avivada por la envidia, que tiene la mala propiedad de agrandar la buena suerte de los que se antojan como competidores. Es como si le dijeran a su maestro: «Vas a tener que cerrar el negocio». Hablan como si Jesús debiera toda su reputación al testimonio que Juan había dado de Él. Pero lo cierto es que Jesús no necesitaba el testimonio de Juan (v. 5:36). Fue precisamente Jesús quien otorgó a Juan mucho mayor honor que el que Él podía recibir del propio Juan. El Bautista hizo justicia a Cristo en el testimonio que de Él dio, pero, con la respuesta que Jesús dio a dicho testimonio, no empobreció, sino que, más bien enriqueció, el ministerio de Juan. El afán de monopolio del honor, del respeto y del éxito ha sido, en todas las épocas, el veneno de las iglesias y la vergüenza de sus miembros y de sus ministros. Nos equivocamos de medio a medio si pensamos que los dones, las gracias, las labores y la utilidad de un siervo del Señor suponen mengua o desdoro para otro siervo de Dios que ha recibido el don y la gracia de ser fiel. Debemos dejar en las manos de Dios el escoger, usar y honrar a Sus propios instrumentos según le plazca.
V. Veamos ahora la maravillosa respuesta de Juan (vv. 27 y ss.). La querella de sus discípulos no le afectó, pues lo que ellos le decían era precisamente lo que él deseaba. Así que se opuso a la queja y aprovechó la ocasión para confirmar los testimonios que previamente había dado de Cristo como de alguien superior a él.
1. Juan se rebaja a sí mismo en comparación con Cristo (vv. 27–30)
(A) El Bautista está totalmente de acuerdo con los planes divinos: «Un hombre no puede recibir nada, si no se le ha dado del cielo» (v. 27). La respuesta de Juan es un modelo de humildad, de nobleza y de sinceridad. Se conoce bien a sí mismo (comp. con 2 Co. 10:12–13) y sabe mantenerse dentro de los límites del don que Dios le ha otorgado. «Dios—viene a decir—, le asigna a cada ser humano su don, su servicio, su puesto en este mundo y es una locura querer atribuirse más de lo que Dios le ha asignado.» El original griego usa el participio de pretérito perfecto para decir «dado» como indicando la permanencia del don asignado a cada uno. Precisamente porque la distribución de dones y servicios es cosa de la providencia de Dios, nadie tiene por qué envidiar a otros que tengan mayores dones o se muevan dentro de una más amplia esfera de servicio al Señor. Juan quiere que sus discípulos se percaten de que Jesús no sobresaldría sobre él si no se le hubiera otorgado por el Cielo, y si Dios le había dado el Espíritu sin medida (v. 34), ¿por qué habían de tenerle ellos envidia? No estemos descontentos si nos consideramos inferiores a otros en dones y servicio pareciéndonos que las excelencias ajenas eclipsan nuestra propia posición; nadie es inferior a otro, si desempeña con fidelidad el papel que Dios le ha encomendado (v. 1 Co. 4:2). Juan estaba dispuesto a reconocer que era Dios quien le había otorgado el interés y el amor y la estima que su ministerio había despertado en el pueblo; si ahora este interés comenzaba a declinar, ¡ésa era la voluntad de Dios! Una vez cumplido su ministerio, de buen grado se dispone a desaparecer de la escena.
(B) Juan apela asimismo al testimonio que previamente había dado acerca de Cristo: «Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de Él» (v. 28). Ahora el testimonio de Juan se hace más directo y concreto. Es como si les dijese: «Vosotros estabais allí cuando yo di testimonio de Él, a la vez que aseguré que yo no era el Cristo, el Mesías esperado, sino el heraldo que anuncia su llegada» (v. 1:8, 15, 20, 23, 27). Ni el enojo de los principales sacerdotes ni la adulación de sus propios discípulos tenían fuerza suficiente para cambiar la firme actitud del Bautista. Esta firmeza le sirve ahora:
(a) Para convencer a sus discípulos de lo insensato de la querella que le presentaban, como si dijese:
«Pero, ¿es que no os acordáis …? ¿Por qué, pues, os parece extraño que yo me haga a un lado para darle paso a Él?»
(b) Para confortarse él mismo con la idea de que nunca había dado a sus discípulos ocasión alguna para que sospecharan que deseaba ponerse en competición con Jesús, sino que, por el contrario, les había prevenido particularmente contra esta equivocación; no sólo no les había dado ánimos para que le considerasen a él como Mesías, sino que les había declarado lisa y llanamente lo contrario. Es una excusa muy corriente entre quienes disfrutan de un honor y respeto indebidos decir: «Si a la gente le gusta que les engañen, ¡allá ellos!»; pero ésta es una máxima mundana y deshonesta e indigna de aparecer en los labios de quienes, por su ministerio, tienen la obligación de sacar a la gente de sus errores.
(C) A continuación, Juan expresa su gran satisfacción y regocijo por el auge que experimenta el prestigio de Cristo. Y lo hace por medio de un símil bello y elegante al comparar a Jesús al novio de unas bodas: «El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, que está a su lado y le oye, se alegra mucho por la voz del novio; así pues, este gozo mío se ha completado» (v. 29). El símil que usa el Bautista es precioso, pues ilustra magníficamente el papel de Juan y el modo fiel de desempeñarlo. Con la comparación de unas bodas, Juan confiesa que Jesús es el esposo y por tanto la esposa (la Iglesia—v. 2 Co. 11:2; Ef. 5:26 y ss.; Ap. 19:7, etc.) le pertenece a Cristo, no a él. Él tiene bastante gozo con ser el padrino del esposo. Entre los judíos, el padrino no era meramente un phílos numphíou = amigo del esposo, sino un numphagógos = el encargado de conducir al esposo a la cámara nupcial, y quedarse a la puerta para escuchar el grito jubiloso del esposo al percatarse de que le habían presentado una novia virgen. Así pues, para Juan, el colmo de su gozo era ver que las gentes le dejaban a él y se iban tras de Jesús, pues eso demostraba que Juan ofrecía a Cristo una novia «virgen», en el sentido de que él (el Bautista) no se había atribuido a sí mismo el papel ni la gloria de «salvador» del pueblo de Dios, privilegio que competía exclusivamente al Mesías; por el contrario al señalar con su dedo al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (2:29), había puesto a los pecadores en contacto directo con el Salvador, retirándose él de la escena, para no arrebatarle a Jesús ni un miligramo de Su gloria. ¡Qué estupendo modelo para todo ministro del Señor! El novio divino tiene la novia cuando las almas le son dedicadas con fe y amor, y los ministros del Señor cumplen fielmente con este papel cuando recomiendan a Jesús ante los oyentes y presentan la gloria, la hermosura y la suficiencia del Salvador y les llevan íntegro sin quitar ni poner, el mensaje que, como a embajadores suyos, les ha confiado el Señor (v. 2 Co. 5:20). Si cada uno de nosotros imitásemos este ejemplo del Bautista y de Pablo, no se hallarían partidos ni facciones en las iglesias de Dios (v. 1 Co. 1:13–17; 3:5–8). Tengamos en cuenta que todo intento de arrogarnos a nosotros mismos la menor gloria en la salvación de nuestros semejantes equivale a «pisarle la novia» (como suele decirse) a Cristo y mancillar su virginidad. Este abuso puede cometerse de muchas maneras, y es la principal la presunción de ser los «representantes de Dios» o «vicarios de Cristo» en la tierra, que exigen ser oídos como si fueran el mismo Dios. A ello ha contribuido una falsa exégesis de lugares como Mateo 16:18–19; Lucas 10:16 y Juan 20:21–23. El gozo de todo fiel ministro del Señor es desposar a las almas con Cristo en sincera conversión, contento de ser un simple instrumento en las manos de Dios para la proclamación de las Buenas Noticias. De seguro que no cabe un gozo mayor que éste, puesto que no existe en el mundo un ministerio más alto ni una ocupación tan excelente como la predicación del Evangelio.
(D) Juan reconoce que es apropiado y aun necesario que el prestigio de Cristo aumente y que el suyo disminuya: «Es necesario que Él crezca, y que yo mengüe» (v. 30). Es decir, «es menester que Él ahora sobresalga, y que yo pierda importancia» (versión LAS GRANDES NUEVAS). El «es necesario» indica que así debe ser según el plan mismo de Dios. Una vez que él ha cumplido su papel de precursor, ¿de qué le sirve atraer la atención de la gente, cuando ya ha llegado el Mesías? ¡Que sigan a Cristo! Es natural que Jesús vaya sobresaliendo como quien es (el esposo de la Iglesia) y que él (el Bautista) pierda importancia y desaparezca de la escena, como así sucedió. Se cumplía de esta manera el destino de ambos a partir de entonces: Jesús iba a comenzar su predicación en público, mientras que Juan iba a ser puesto en prisión, lo cual era providencial, para que la gente no se confundiera más. Agustín de Hipona comenta, por acomodación, pero con su peculiar ingenio, que lo de crecer Jesús y menguar Juan se cumplió incluso en el aspecto físico de la muerte de cada uno: Jesús creció al ser levantado en la Cruz; Juan menguó al ser decapitado. Al usar otra comparación, podemos decir que Juan era como el lucero de la mañana, Jesús, como el sol. De la misma manera que el lucero matutino deja de brillar tan pronto como el sol sale, así también desapareció el brillo y el prestigio popular del Bautista, tan pronto como Jesús comenzó su ministerio público. El brillo de la gloria de Cristo debe eclipsar el brillo de toda otra gloria, y hemos de contentarnos con ser poca cosa, con ser nada, para que Él lo sea todo
2. Ahora viene un razonamiento para mostrar por qué es menester que Cristo sobresalga sobre todos:
(A) Primero, por la peculiar dignidad de la persona de Cristo: «El que viene de arriba está por encima de todos» (v. 31). Hay quienes piensan (nota del traductor) como el propio M. Henry y W. Hendriksen, que, desde este versículo hasta el final del capítulo, sigue hablando el Bautista. Opinamos, con la mayoría de los modernos exegetas, que el resto del capítulo desde el versículo 31 inclusive contiene reflexiones del propio evangelista (lo mismo que en los versículos 16–21, según indicamos anteriormente). Tengamos en cuenta que Juan el Apóstol y autor humano del cuarto Evangelio no perdía de vista, en la época en que estaba escribiendo su Evangelio, los restos de fanáticos seguidores del Bautista. Por eso, comienza ahora contraponiendo a Jesús, que viene del Cielo (v. 13) y, por su origen divino, es superior a todos (v. Mt. 28:18–20; Ef. 1:20–23), al Bautista, quien, a pesar de ser el precursor del Mesías y el mayor de los profetas hasta entonces surgidos, tenía un origen terreno (v. Mt. 11:11). Jesús es el Verbo de Dios y habla «desde arriba», porque nos declara lo que ha visto «en el seno del Padre» (1:18; 5:19); Juan es el «eco», «la voz que habla en el desierto», desde abajo. Está incluso sujeto a defectos como las dudas y perplejidades acerca de la identidad del Mesías (Mt. 11:2–3, comp. con Stg. 5:17); en cambio, Jesús nunca fue vencido por la duda ni por la tentación. Nótese que el evangelista pone en contraste «el que viene del Cielo» y «el que es de la tierra» no lo espiritual y lo carnal o natural (comp. con 3:6), puesto que también Juan había nacido de arriba y hablaba de cosas espirituales, que deben tener lugar ya aquí en la tierra, pero no hablaba con la misma autoridad con que hablaba el que había venido de arriba. En efecto, sólo el que venía de arriba estaba cualificado para mostrarnos la voluntad del Cielo y el camino del Cielo. De ahí la autoridad, sin par, de Cristo. Siempre que hablemos del Señor Jesús, hemos de decir: «Él está por encima de todos». Todos los demás somos, no sólo «vasos de barro», sino también, «vasos frágiles». Los mismos profetas y apóstoles, sobre los que está cimentada la Iglesia (Ef. 2:20) eran del mismo «barro» que nosotros, aunque llevaban consigo un riquísimo tesoro (2 Co. 4:7).
(B) Segundo, por la singular excelencia y seguridad de Su doctrina. Juan, por ser «de la tierra», hablaba «cosas terrenales». Los profetas eran meros hombres; de sí mismos no podían hablar sino de la tierra. El mensaje de los profetas y de Juan mismo era «de abajo», comparado con el de Jesús. Los pensamientos y las palabras de Cristo superaban a los de los profetas tanto como sobrepasa el Cielo a la tierra. En esta porción se nos recomienda la doctrina de Cristo:
(a) Como infaliblemente segura y cierta, y así hay que recibirla: «y lo que ha visto y oído, de eso testifica» (v. 32). Este versículo viene a repetir en tercera persona lo que Jesús dice a Nicodemo en primera persona en el versículo 11. Por aquí vemos: Primero, la ciencia divina de Cristo, pues no testifica sino lo que ha visto y oído en el seno del Padre. Nos descubre de Dios lo que ha visto (comp. con 5:19), y nos revela de la mente del Padre lo que de Él ha oído directamente (15:15); mientras que los profetas testificaban de lo que habían visto en sueños y visiones, no directamente en la naturaleza misma de Dios. El mensaje de Cristo, conforme lo tenemos en el Evangelio, no es una opinión como las hipótesis de filósofos y científicos, sino una revelación de la mente divina, que es la misma verdad eterna y sustancial; segundo, su gracia y bondad divinas. Al predicar de Cristo se le llama aquí «testificar», para dar a entender (i) Su evidencia contundente; no era un informe de oídas, sino como testimonio de primera mano, dado ante un tribunal, (ii) el afán amoroso que tenía de darlo a conocer.
(b) De la certeza evidente de la doctrina de Cristo, toma Juan (el evangelista, como más probable) ocasión para lamentarse de la obstinada incredulidad de la mayoría de los hombres. Con hipérbole típicamente semita, añade: «y nadie recibe su testimonio». No lo reciben, no lo escuchan, no quieren darle crédito. Esto lo dice, no sólo en tono de asombro, sino también de pena. Los discípulos de Juan se apenaban de que «todos vienen a Él» (a Jesús, v. 26); pensaban que los seguidores de Jesús eran demasiados. Pero Juan se apena de que nadie recibe su testimonio; piensa que son demasiado pocos. La incredulidad de los malvados es el tormento de los santos. Pero, sin desesperar por eso, Juan pasa a ensalzar la actitud de los pocos que creen: «El que recibe su testimonio, ése certifica (lit. selló) que Dios es veraz» (v. 33). Los documentos de Dios son verdaderos aun cuando nosotros no los firmemos ni les pongamos el sello, pues Su verdad no necesita de nuestro apoyo, pero por medio de la fe, nos hacemos a nosotros mismos el honor y el beneficio de suscribir lo que Dios dice. Este versículo es, pues, muy expresivo y de mucha fuerza en la predicación del Evangelio pues viene a decirnos que Dios, al aprobar el justo proceder de Cristo y la enseñanza que nos suministra (v. Lc. 3:22; Jn. 1:34), exhibe ante nosotros Su testimonio en una especie de documento notarial—documento que implícitamente contiene el pacto de la redención por medio de la obra de Cristo en la Cruz (v. 2 Co. 5:19–20; Ef. 2:1–10; He. 10:29; 1 Jn. 5:10)—; el que acepta este testimonio y cree en Jesús es como si pusiera su propio sello personal al pie del documento testificando que Dios dice la verdad, que aquel documento es válido y, por tanto, que está dispuesto a recibir gozosamente en Cristo los beneficios de la salvación: la herencia concertada en el pacto de gracia (v. Ro. 8:16–17; 1 P. 1:3–5). En cambio, el que no cree, tiene a Dios por mentiroso (1 Jn. 5:10). Las promesas de Dios son todas en Cristo Sí y Amén (2 Co. 1:20); y, por fe, les ponemos nosotros también nuestro amén. Una vez contentos y satisfechos de que son verdaderas todas las promesas que Dios ha hecho acerca de Cristo en la Biblia, y nosotros en Cristo, podemos ya descansar seguros en Su Palabra, y vivir enteramente confiados en ella.
(c) También se nos recomienda la doctrina de Cristo como divina: «Porque Aquel a quien Dios ha enviado, habla las palabras de Dios; pues Dios no (le) da el Espíritu por medida»; es decir con límites (v. 34). Aunque es cierto que también Juan fue enviado por Dios (1:6), no cabe duda, por el texto y el contexto posterior, de que aquí el evangelista se refiere a Cristo, ya que Él, y sólo Él, al estar en el seno del Padre, reproduce, cual perfecto Embajador, el mensaje que el Padre le ha encomendado (v. 7:17, entre otros lugares). Es Jesús quien preferentemente es señalado como «el Enviado de Dios» en el Cuarto Evangelio (v. 3:17; 5:36, 38; 6:29, 57; 7:29; 8:42; 9:7; 10:36; 11:42; 17:3, 8, 18, 21, 23, 25; 20:21). Por eso, Él, mejor y más que ningún otro, «habla las palabras de Dios»; sólo las palabras de Dios y todas las palabras de Dios (15:15). De ahí que, tras habernos hablado por medio del Verbo, su Palabra personal, el Padre ha agotado su revelación a la humanidad (v. He. 1:1–3. V. un delicioso comentario de Juan de la Cruz a esta porción, en mi libro Espiritualidad Trinitaria, p. 105. Nota del traductor). El Espíritu Santo ha venido después, no a revelar algo nuevo, sino a enseñar y recordar («recordar» = volver a pasar por el corazón como decía Ortega y Gasset) todo lo que Jesús nos reveló ya (14:26 comp. con 1 Jn. 2:20, 27).
Esto es de suma importancia para conservar el correcto equilibrio entre la Palabra y el Espíritu, que son como el cuerpo y el alma de la revelación escrita; es cierto que la Palabra sólo puede ser correctamente entendida mediante la operación del Espíritu, pero también es cierto que toda pretendida revelación del Espíritu Santo debe ser contrastada con la Palabra de Dios, a la cual ni el Espíritu Santo puede contradecir. Si esto se tuviera en cuenta siempre, huiríamos a un mismo tiempo de dos extremos igualmente peligrosos: la frialdad de la mera ortodoxia, y el entusiasmo desatinado del sensacionalismo «espiritual».
Aunque el original griego sólo dice: «porque no da el Espíritu con medida» (ek metrou), el contexto remoto (v. 1:14, 16), así como el próximo posterior (3:35), nos aclaran que es a Jesús al que Dios el Padre no le da el Espíritu con medida (comp. con Ef. 4:7) sino con la «plenitud» (1:14, 16) que corresponde a quien había de ser la Cabeza de la Iglesia y la fuente de la que habíamos de recibir toda clase de bendiciones celestiales (Ef. 1:3; 6–11). El Espíritu estaba en Cristo, no como en un vaso o un depósito, ni siquiera como en un canal o en una fuente, sino como en un océano sin fondo.
(C) Tercero, por el poder y la autoridad singulares de que fue investido: «El Padre ama al Hijo, y todas las cosas las ha entregado (lit. dado) en su mano» (v. 35). Los profetas eran siervos fieles de Dios pero Jesús es el Hijo (v. He. 3:5–6). Este amor del Padre al Hijo, no sólo no se disminuyó en el estado de humillación del Hijo de Dios, sino que podemos decir que, de alguna manera, se aumentó, si no en calidad sí en extensión por cobijar en el mismo amor a la naturaleza humana del Hijo de Dios (v. 15:10); le amó todavía más: por su entera obediencia (4:34), su pobreza voluntaria (2 Co. 8:9) y sus terribles sufrimientos (He. 5:7–10). Por lo cual, Dios le exaltó y le constituyó Señor de todo y de todos (Hch. 2:36; Fil. 2:9–11); «le ha entregado todas las cosas en sus manos» (comp. con 20:21; Mt. 28:18–20). Y, como el amor es generoso, el infinito amor del Padre al Hijo se hace también generosidad infinita: todo poder, toda autoridad, sobre todas las cosas. Tanto el cetro de oro como la vara de hierro están en sus manos. La gracia está en su mano, como en el canal de conducción el juicio de Dios está en su mano como en la presa de la ira de Dios (v. Ap. 6:16, comp. con Jn. 5:22, 27). Nosotros somos indignos de que Dios ponga todas las cosas en nuestras manos; sin embargo, todas las cosas que Dios ha puesto en las manos del Hijo, las pone también en las manos de los que creen en el Hijo, porque, al ser adoptados por hijos de Dios, pasamos a ser herederos de Dios y coherederos de Cristo (Ro. 8:17). «Todo lo que tiene el Padre es mío», dice también Jesús en 16:15 (v. también Mt. 11:27; 28:18; Jn. 5:19–30; 6:37; 12:49; 13:3; 17:2, 4, 11; Col. 1:15). Y, como Cristo es el único Hijo que Dios tiene, toda la hacienda del Padre le pasa a Él, sin tener que compartirla con otros hijos; de forma que nosotros somos coherederos en la misma única herencia, indivisa, del Unigénito (v. también 1 Co. 3:22). Discuten los exegetas si el término «Hijo», en Juan 3:35, ha de tomarse o no en sentido trinitario, pero, según observa Hendriksen, el texto es demasiado majestuoso como para tomarlo en sentido meramente mesiánico; más bien connota la filiación intratrinitaria de Jesucristo.
(D) Cuarto, por ser objeto directo de aquella fe que nos es demandada como condición indispensable para alcanzar la salvación, es decir, la felicidad eterna: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; mas el que rehúsa creer (lit. no obedece, no se deja persuadir) en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (v. 36). En 1 Juan 5:12, hallamos las mismas expresiones, casi al pie de la letra; lo cual nos confirma en la opinión de que esta porción refleja las consideraciones de Juan el evangelista, no del Bautista. En este versículo se halla como el resumen y compendio de todo el asunto del presente capítulo y, por tanto, del Evangelio que debe ser predicado a toda criatura (Mr. 16:15–16). Así como Dios nos ofrece y otorga todas las cosas buenas por medio del testimonio de Jesucristo, así también nosotros las recibimos y compartimos mediante la fe en dicho testimonio. Así, el método del recibir se ajusta perfectamente al método del dar. Una vez más, al parodiar a Hamlet, podemos repetir: CREER O NO CREER: ESA ES LA CUESTIÓN. El evangelista llega así al clímax de todas sus consideraciones en esta porción, como diciendo: «Entre todas las cosas que el Padre ha puesto en manos del Hijo, está también la vida eterna a disposición de todo aquel que reciba por fe viva en la obra del Calvario, al único Salvador del mundo». Es de notar que todos los verbos griegos que entran en este versículo están en presente (excepto «verá»), ya de indicativo, ya de participio; de ello podemos deducir dos importantes consecuencias doctrinales y, al mismo tiempo, muy prácticas; (a) la fe, como el arrepentimiento, no son actos pasajeros, sino actitudes permanentes; una persona no es creyente porque creyó un día, sino porque sigue creyendo todos los días (recuérdese la observación de Hendriksen sobre la diferencia entre los pasajes en que el verbo está en aoristo y los otros en que está en presente); (b) la ira de Dios está continuamente pendiente, como la famosa espada de Damocles, sobre los que rechazan persistentemente el mensaje del Evangelio. El término griego orgé = ira, que ocurre muchas veces en el Nuevo Testamento significa—como observa Hendriksen—, una indignación fija, en contraste con el término thumos = furor, que indica una conmoción turbulenta. En términos psicológicos, podemos decir que la ira es un sentimiento, mientras que el furor es una emoción. Añadamos, para terminar este capítulo, que el fuerte contraste entre la suerte del creyente y la del incrédulo se echa de ver cuando consideramos que la vida eterna no es una vida futura, sino algo que se posee ya y ha de durar por toda la eternidad; la gracia es la gloria ya comenzada, aunque velada (v. Col. 3:1–3), en cambio, la condición del incrédulo no puede ser más miserable: la ira del Dios omnipotente pende continuamente sobre él; y, si persiste en su incredulidad, penderá para siempre sobre él en el Infierno.
Este capítulo puede dividirse en cuatro partes: 1) Conversación de Jesús con la mujer de Samaria; 2) vuelta de los discípulos tras ir a la ciudad en busca de alimento; 3) la conversión de muchos de los samaritanos de Sicar; 4) la curación del hijo del oficial del rey Herodes.
Versículos 1–3
Como prólogo al contenido principal del capítulo, tenemos en estos versículos la referencia al viaje que Jesús llevó a cabo desde Judea a Galilea cuatro meses antes de la cosecha (v. 35). Vemos:
I. Cristo hacía discípulos (v. 1). Su ministerio tenía éxito, a pesar de la oposición que se le hacía. Es prerrogativa de Cristo el hacer discípulos, formarlos y modelarlos según Sus normas. El cristiano se hace, no se nace.
II. Cristo bautizaba a los discípulos que hacía. Como ya apuntamos anteriormente Jesús bautizaba mediante el ministerio de Sus discípulos, quienes lo hacían en Su nombre y por la autoridad de Él (v. 2). Así se notaba mejor la diferencia entre Su bautismo y el de Juan, pues éste bautizaba siempre por sí mismo. Jesús quería de este modo, no sólo honrar a Sus discípulos, sino también entrenarlos para ulteriores servicios. También nos enseñaba con esto que lo que, según Sus instrucciones, es llevado a cabo por Sus ministros, es como si lo hiciera Él mismo.
III. También se nos dice (v. 1) que «Jesús hacía y bautizaba más discípulos que Juan». El que había venido de arriba tenía un poder de atracción superior al del que era de la tierra.
IV. Los fariseos se enteraron de esta actividad de Jesús (v. 1). Tras el paréntesis de 3:26–36, el hilo histórico del Cuarto Evangelio parece reanudarse. Quizás había ocurrido ya el encarcelamiento de Juan al entrar el invierno del año 27 d.C. (aproximadamente), y los fariseos estarían gozosos al ver que aquel adusto predicador del desierto ya no podía señalarles airado con sus mensajes. Pero con gran disgusto notaron que se había levantado otro predicador no menos temible, que también hacía discípulos y los bautizaba. Es de notar el mismo orden que luego Jesús mandaría observar al enviar a Sus discípulos al desempeño de la Gran Comisión: Mateo 28:19 «haced discípulos … bautizándolos»: primero está el hacer discípulos, el fundar escuela; después, el bautizar—poner el uniforme—(v. Gá. 3:27); a los que aceptan someterse al discipulado de Cristo este mismo orden parece implícito en la formación de las frases griegas de la aludida porción en Mateo, puesto que los verbos «yendo» (lit.) y «haced discípulos» están en tiempo aoristo, como un hecho de una vez por todas, que precede a los participios «bautizando» y «enseñando», los cuales están en tiempo presente, con lo que da a entender que se trata de actividades que han de continuar a lo largo del curso cíclico, constante, de las iglesias. Es de notar cómo exaspera a los enemigos de Cristo el éxito del Evangelio.
V. Jesús «supo», fue informado de ello, que los fariseos se habían enterado de Sus actividades. Aunque es cierto que podía saberlo por Su omnisciencia divina, parece más natural, y el Nuevo Testamento en griego moderno lo confirma, que «lo aprendió» por información que le fue suministrada.
VI. Como consecuencia de esta información, «abandonó Judea y marchó otra vez a Galilea» (v. 3). En Caná de Galilea, había llevado a cabo su primer milagro. Marchó después a Jerusalén para celebrar la pascua. Ahora volvía a Galilea para escapar de la persecución que la información dada a los fariseos podía acarrearle, puesto que todavía no había llegado «su hora». Debía continuar su ministerio y no tenía por qué exponerse innecesariamente a la furia de sus enemigos. Además, los discípulos que había hecho en Judea estaban todavía muy «tiernos» para poder soportar persecuciones, y no quería exponerlos a ellos tampoco. Así daba ejemplo de la norma que después daría Él mismo: «Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra» (Mt. 10:23). Dios no nos llama al martirio mientras podamos evitarlo sin pecado y, por consiguiente, es preferible que cambiemos de residencia. Además de la razón apuntada, Jesús marchó a Galilea porque allí tenía mucha labor que llevar a cabo, y allí tenía más amigos que enemigos.
Versículos 4–26
Relato del mucho bien que hizo Cristo en Samaria. Los samaritanos eran judíos mestizos, tanto en sangre como en religión; para los de Judea, bastardos. Es cierto que adoraban sólo a Jehová, el Dios de Israel, pero lo hacían en el monte Gerizim. No recibieron a Cristo cuando vieron que tenía trazas de ir a Jerusalén a celebrar la fiesta (Lc. 9:53). Los judíos no hallaban otro epíteto peor para denostar a una persona que decir: «Es un samaritano» (v. 8:48). Vemos en esta porción:
I. El viaje de Cristo a Samaria. Él mismo encargó a sus discípulos que no entrasen en ninguna ciudad de los samaritanos (Mt. 10:5), y Él mismo no predicó allí públicamente ni obró ningún milagro, puesto que tenía la vista puesta en las verdaderas ovejas perdidas de la casa de Israel. Todo el bien que hizo en Samaria fue como una migaja de pan de los hijos, caída casualmente de la mesa del amo.
1. La jornada de Judea a Galilea fue a través de Samaria: «Y tenía que pasar por Samaria» (v. 4). Se podía ir por la costa o por el centro de la región. Aun cuando es cierto que esto último le permitía tomar la ruta más corta, el verbo griego da a entender que era la voluntad del Padre que pasase por allí precisamente por la oportunidad que se iba a presentar en el encuentro con la mujer samaritana.
2. Fue una gran suerte para la ciudad samaritana de Sicar el que Jesús tuviese que pasar por allí. Sicar o Siquem (v. Gn. 33:19) fue la primera ciudad en dar «prosélitos» al pueblo de Israel (v. Gn. 34:24), y ahora iba a ser también el primer lugar fuera de los hijos del Pacto, donde se iba a predicar casualmente el Evangelio de la salvación. Aquí fue hecho rey Abimelec; aquí estuvo la sede real de Jeroboam; pero el evangelista no tiene en cuenta estos detalles, sino sólo la «heredad que Jacob dio a su hijo José» y que «estaba allí el pozo de Jacob» (vv. 5b–6a).
3. Juan añade que «Jesús, cansado del viaje, se sentó, así, junto al pozo». Este versículo nos muestra a Jesús como verdadero hombre, sujeto a todas nuestras debilidades, excepto el pecado (v. He. 4:15). El adverbio «así» indica que se sentó en la postura en que se sienta una persona fatigada por un largo y áspero viaje: recostándose, sin duda, sobre el brocal del pozo. Era, también, pobre. Una persona rica habría viajado en carruaje (comp. con Hch. 8:28) o montado en rápido corcel. Hay quienes opinan que «la hora sexta» se refiere al mediodía, con lo que el calor de la hora añadiría cansancio al Señor. Como ya dijimos al comentar 1:39, es más probable que Juan use la forma romana de computar las horas. En vista del contexto, está fuera de cuestión la hora matutina; por consiguiente, debió de ser a las 6 de la tarde. Hendriksen aporta un detalle que confirma esto mismo al hacer notar que ésta era la hora corriente en que las mujeres salían a sacar agua (v. Gn. 24:11). Edersheim observa que, al haber diversas fuentes en la vecindad del poblado, no era necesario que precisamente todas las mujeres de Sicar viniesen a sacar agua de este pozo. Algo que no debe pasar desapercibido es el detalle de la fatiga de Jesús, cuando los discípulos (no todos serían más jóvenes que él) tenían fuerzas suficientes para ir a la ciudad y volver con alimentos. Podríamos pensar que, por la pureza de su naturaleza humana, Jesús habría de ser de constitución robusta. Pero los evangelios no sólo aquí sino también en otros lugares y, en especial, en los relatos de su pasión y muerte, dan a entender que precisamente por su fina sensibilidad, era más proclive a la fatiga y a las molestias físicas de toda índole (hambre, sed, etc.). Cuanto más fino es el sistema nervioso, mayor es también el desgaste de energía.
II. Conversación de Jesús con la samaritana. Los temas de esta conversación son cuatro:
1. El tema del agua (vv. 7–15). Nótense:
(A) Las circunstancias que dieron ocasión a esta conversación: Aquí tenemos que «vino una mujer de Samaria a sacar agua» (v. 7). Sin duda, no tenía criada a quien enviar para este menester, así que vino ella misma. Véase por aquí cómo la providencia de Dios lleva a cabo sus propósitos por medios que parecen fortuitos, lo que la gente llama «casualidades». «Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos» (v. 8). Cristo no fue a la ciudad a comer, no porque tuviera escrúpulos de ir a comer a una ciudad samaritana, sino: (a) porque tenía una labor más importante para llevar a cabo junto al pozo; (b) porque resultaba más privado y familiar el yantar en un lugar retirado que en la ciudad; además, resultaba más barato; (c) porque, como hemos visto, estaba muy fatigado del viaje. Jesús tuvo muchas oportunidades de hablar a grandes multitudes, pero tampoco desaprovechó las oportunidades de hablar a una sola persona, a una mujer pobre, a una samaritana, a una extranjera, para enseñar a Sus ministros a practicar lo mismo, y saber cuán glorioso y digno del mayor esfuerzo es el resultado del salvar, aunque sólo sea una sola alma (que vale más que todo el Universo material) de la condenación eterna.
(B) Los detalles singulares de esta conversación. Jesús comienza por pedir modestamente un poco de agua: «Dame de beber» (v. 7b). El que, por nosotros, se hizo pobre (2 Co. 8:9), no tuvo inconveniente en pedir limosna. Es la única vez que Jesús pidió algo pero no para que realmente se le diera de beber, pues no consta que lo hiciera en esta ocasión, sino sólo para iniciar así la conversación. Pero la mujer se extraña tremendamente de ello: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana? (Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí—lit. no usan en común las mismas vasijas—)» (v. 9). Las disputas sobre religión suelen ser las más ásperas y violentas, y muestran lisa y llanamente que, por muy verdadera que sea la religión que se profese, no son verdaderamente religiosos los que hacen de ella motivo de acritud y de violencia y persecución. Nótense las dos incompatibilidades que la respuesta de esta mujer implica: mujer, cuando era vergonzoso para un varón judío incluso el hablar a su propia mujer en la vía pública; y samaritana, cuando la enemistad entre judíos y samaritanos era proverbial y secular. Jesús al dirigirse a una mujer samaritana, quiebra dos grandes prejuicios de una vez: muestra la estima que la mujer merece como ser humano, y quebranta una discriminación racial inaceptable para Dios. Del asombro de la mujer, Cristo toma ocasión para instruirla sobre las cosas de mayor importancia para un ser humano: «Si conocieras el don de Dios …» Cristo le dice expresamente que ésta es la gran oportunidad que ella tiene para obtener la gracia:
(a) Le da a entender cuán ignorante es de lo que mejor debería saber: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber» (v. 10). Ella le veía como a un pobre judío, a un viajero fatigado; pero Él le iba a declarar algo más alto acerca de Sí mismo. Jesús es «el don inefable de Dios» (2 Co. 9:15), el más rico regalo que el Padre pudo enviarnos (3:16), y es un privilegio verdaderamente inefable el que Dios nos ofrezca este regalo, y que nos lo ofrezca mediante una petición del propio Señor (comp. con Ap. 3:20). Pero el «don de Dios» va más lejos, como veremos al comentar la segunda parte del versículo.
(b) Le declara cuán afanosa estaría ella de poseer lo que este viajero podía darle: «tú le habrías pedido a Él». Quienes deseen los beneficios que Cristo puede otorgar han de pedírselos. Los que tienen un correcto conocimiento de Jesús van en busca de Él. Cristo sabe lo que haría cada uno si poseyera los medios de conocimiento que está deseando tener.
(c) Le asegura qué es lo que Él le habría dado si ella le hubiera conocido a Él y conocido también el don que Él podía otorgarle: «tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva». Por aquí vemos que «el don de Dios» significa primordialmente el Espíritu Santo (comp. con 7:37–39; Ro. 5:5; Gá. 5:22; 1 Jn. 4:13; Ap. 22:1). Aquí, el que otorga «el don de Dios» es el Mesías, como Hijo de Dios y en señal de que había llegado el cumplimiento del tiempo, pues la efusión del Espíritu era una de las señales del advenimiento de los tiempos mesiánicos (v. Jl. 2:28 y ss.). «Agua viva» (v. Lv. 14:5, donde el hebreo dice «agua corriente»; Jer. 2:13, etc.) significa agua de manantial que fluye constantemente por el álveo del río, que mantiene así su movilidad y, con su movilidad, su pureza, pues ello le inmuniza de la corrupción por la continua afluencia de oxígeno. En el sentido espiritual en que Jesús emplea aquí la metáfora, es la vida eterna, la gracia de Dios que purifica y sacia la sed espiritual (comp. con Ez. 36:25; Is. 12:3; 55:1).
(d) La mujer no entiende el sentido espiritual de la frase del Señor y le dice: «Señor, no tienes con qué sacarla»; además, «el pozo es hondo» (v. 11). Y, «¿acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?» (v. 12). Toma literalmente lo del «agua», como Nicodemo había tomado carnalmente lo de «nacer de nuevo» o «de arriba». Se extraña de las palabras de Jesús, pues le cree incapaz de proveer de agua de ninguna clase: «No tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo». En efecto, Jesús no lleva soga ni caldero, y el pozo vendría a tener unos 30 metros de profundidad. Hay quienes no creen en las promesas de Dios, a no ser que se les hagan visibles los medios divinos de llevarlas a cabo. Al acomodar las palabras de la mujer podemos decir que, tratándose del agua de la vida eterna, no tenemos medios naturales con que sacarla, y además es «agua de hondura», porque el manantial, que es el Espíritu Santo, se instala en lo más profundo de nuestro ser (comp. con Hch. 17:25, 28) y requiere que no nos distraigan los ruidos ni los atractivos del mundo, sino que nos recojamos en silencio para sentir al divino Huésped (14:23).
(e) Al no entender el sentido, la mujer sigue preguntando intrigada, con una mezcla de curiosidad y de incredulidad: «¿De dónde, pues, tienes el agua viva?» Como si dijera: «No sé de dónde vas a sacarla». La fuente de la vida está escondida en Cristo (Col. 3:3–4). Cristo tiene suficiente para nosotros, aunque nosotros no sepamos a menudo la capacidad del almacén de sus recursos. La mujer sigue preguntando; esta vez, con cierto dejo de indignación y resentimiento, sorprendida de que un judío desconocido parezca arrogarse un poder y una autoridad superiores a la del gran patriarca Jacob: «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él mismo, sus hijos y sus ganados?» (v. 12). Aun en el supuesto de que fuese verdadera esta tradición, la mujer comete aquí varios errores: Primero, en llamar a Jacob su padre; ¿qué autoridad tenían los samaritanos para tenerse a sí mismos por descendientes de Jacob? También se equivoca al decir que fue Jacob quien les dio ese pozo. En el mismo error incurrimos cuando tenemos por donantes de los dones de Dios a quienes son meramente mensajeros de Dios, y tenemos en más las manos por las que pasan los dones que la fuente de la que provienen dichos dones. Pero el error más grave de la samaritana estaba en considerar a Cristo inferior al patriarca Jacob. Con afición de «anticuarios», muchos creyentes en nuestros días tienen en más sus dichosas tradiciones que las gracias más excelsas del Señor.
(f) Pero Cristo le hace saber a esta mujer que el agua viva que Él puede ofrecer es inmensamente mejor que la del pozo de Jacob (vv. 13:14). Notemos que Cristo no se enfada con esta mujer ni se marcha de ella malhumorado, sino que la estimula y anima para que adquiera un mejor conocimiento. Le muestra que el agua de aquel pozo, como toda agua material, sólo quita la sed por algún tiempo: «Respondió Jesús y le dijo: Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed» (v. 13). Esto nos insinúa: Primero, la debilidad de nuestro cuerpo en la vida presente, donde nada satisface del todo; esta vida es como un fuego fatuo, que pronto se apaga por falta de aceite y de combustible; segundo, la imperfección de las comodidades de esta vida: no duran mucho tiempo; lo que comimos y bebimos ayer no nos sirve ya para el trabajo de hoy.
(g) En cambio, le dice Jesús, «el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente de agua que salte para vida eterna» (v. 14). No tendrá sed jamás, porque, por mucha que sea la sed que tenga, será saciada por Dios, sólo en Dios, y tendrá más y más de Dios. El vacío interior que todo ser humano siente (al menos, alguna vez) en su vida, sólo puede llenarse con Dios. El Creador ha puesto en nuestro corazón un abismo, es decir, algo que no tiene fondo; y un abismo sólo se llena con otro abismo. Como muy bien escribió Agustín de Hipona:
«Nos hiciste, Señor, para ti, y está intranquilo nuestro corazón hasta que descanse en ti». La razón por la que todo aquel que beba del agua viva no tendrá sed jamás es que Cristo no sólo da el agua, sino también el manantial. Por 7:37–39 vemos que el manantial del agua viva es el Espíritu Santo; es como un surtidor de agua que se instala dentro de nosotros aquí y ahora, y salta hasta el Cielo para perdurar por toda la eternidad. Si sólo fuésemos canales o depósitos del agua espiritual, podríamos temer que nos faltase el agua, pero al tener dentro el mismo manantial no hay miedo de que nos falte la provisión. Nuestra satisfacción espiritual es siempre segura, siempre está a mano, ya que el surtidor siempre rebosa, está en perpetuo movimiento. Si la verdad llega a estancarse dentro de nosotros, nuestra vida espiritual se deteriora, pues no responde a la necesidad que constantemente nos acosa. Es menester que vaya creciendo nuestro conocimiento del Señor, como es necesario que se vaya realizando nuestra transformación en Él (v. Ro. 8:29; 2 Co. 3:18; Ef. 3:18–19; 4:13; Col. 2:6–7; 1 Jn. 2:3–4).
(h) Al entender que el agua que Cristo da es mejor que la del pozo de Jacob, «la mujer le dijo: Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla» (v. 15). Igual que los judíos en 6:34, la samaritana, aunque piensa en el agua material, quiere tener un agua que le permita quitar la sed para siempre y la libre de la incomodidad de venir cada día con el cántaro a este pozo. La comodidad es un bien muy valioso para la gente pobre y trabajadora. Todo trabajo supone un desgaste de energía y, por eso, impera con tanto poder la ley del mínimo esfuerzo.
2. El segundo tema de la conversación de Jesús con la samaritana es acerca de su marido (vv. 16–18). Jesús al llegar a este punto, parece cambiar de tema, como si desistiera de hablarle del agua viva de la salvación y de explicarle el Evangelio, pero procura antes que quede convicta de pecado; por eso, le habla de su marido. Esto nos enseña que no se le debe hablar a una persona de salvación mientras no se percate de su perdición. Ésta es la razón por la que muchas personas, especialmente las que carecen de necesidades materiales, son refractarias a la Predicación del Evangelio, pues se dicen a sí mismas y replican, al menos implícitamente: «¿salvarme? ¿De qué?» Por eso, no es que Cristo abandone el tema, sino que despierta en la mujer la conciencia de pecado, como quien abre la llaga para mejor aplicar el remedio. Éste es el método que hemos de seguir para ganar almas para el Señor: es menester que, antes de nada, se sientan cargados y fatigados, antes de llevarlos a Cristo para que descansen en Él. Éste es el curso que sigue la terapéutica espiritual. Veamos:
(A) Cuán discreta y decentemente introduce Cristo esta parte de su conversación: «Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá» (v. 16). La orden que Cristo le da está muy puesta en razón, como si le dijera: «Llama a tu marido, a fin de que también él aprenda estas cosas de tan vital importancia, quizás él, que te conocerá bien, te ayudará a entenderlas, y llegaréis a ser coherederos de la gracia de la vida» (1 P. 3:7). Pero el objetivo de Cristo tenía mayor alcance, pues iba a darle a la mujer ocasión de que se percatara de la vida de pecado que llevaba. Esto nos enseña que se necesita un arte especial, tacto y prudencia, para reprender con fruto.
(B) Cuán astutamente pretende la mujer evadirse de la convicción de pecado, bajo el pretexto de que:
«No tengo marido» (v. 17), sin percatarse de que, inconscientemente, está declarando su actual estado de concubinato. No puede adivinar, ni de lejos, la respuesta que el Señor le va a dar.
(C) Con qué penetración y sabiduría le despierta Jesús la conciencia a la mujer. Es probable que le dijese más de lo que aquí se nos refiere, como puede colegirse por el versículo 29. «Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque has tenido cinco maridos, y el que tienes ahora no es marido tuyo, en esto has dicho la verdad (lit. esto verdadero has dicho)» (vv. 17b–18). Obsérvese con qué tacto lleva Jesús la conversación. No le dice: «Vives en adulterio o concubinato», sino «el que tienes ahora no es marido tuyo», y deja que la mujer descubra el resto en su propia conciencia. Y añade: «en esto has dicho la verdad». Así que, lo que ella había dicho como para negar la condición en que se hallaba, Jesús se lo interpreta como una declaración de la verdad y una confesión abierta de su pecado. Con eso nos enseña Jesús que el mejor método para ganar las almas es sacar el mejor provecho de lo que ellas mismas nos digan, en lugar de comenzar por recriminarlas acremente, con lo que sólo se consigue que se exasperen y no se dispongan a escucharnos con calma. Aunque se trate de una acomodación, resulta curioso que esta mujer hubiese tenido cinco maridos legítimos, al ser así que los samaritanos sólo admitían de la Biblia Hebrea los cinco libros del Pentateuco; así como que el culto que daban a Jehová no fuese legítimo, por adorarle en el monte Gerizim («no tengo marido»). Recuérdese que los reyes buenos que hubo en Judá, lo primero que hacían era derribar los altares de los montes o «lugares altos».
3. El siguiente tema de la conversación de Jesús con la mujer de Samaria fue sobre el lugar de culto
(vv. 19–24). Aquí tenemos:
(A) Un caso de conciencia sobre el lugar legítimo del culto a Dios (vv. 19–20).
(a) En primer lugar, vemos lo que la mujer infiere de las palabras de Cristo: «Señor, estoy viendo que tú eres un profeta» (v. 19); en este caso, un «vidente» que escudriña, por revelación divina, el interior de los corazones o los eventos del futuro. Así que la mujer no puede negar lo que Cristo le ha declarado; tampoco se enfada con Él por haberle puesto el dedo en la llaga como suele ocurrir, sino que (caso raro) admite como verdadero lo que Jesús acaba de declarar. Aún más; le trata respetuosamente al llamarle «Señor» (título de cortesía, no confesión de Su divinidad). Tal vez, se debió esto a que Jesús la había tratado también consideradamente; en segundo lugar, le reconoce como «profeta»; finalmente, le pide más instrucción.
(b) El caso que la mujer propone a Jesús es sobre el legítimo lugar de culto al verdadero Dios. Hay quienes piensan que la mujer, al verse descubierta por Cristo en cuanto a su vida íntima, trata ahora de cambiar de tema. Pero el texto no da lugar a interpretarlo de esta manera; más bien, aparece lo contrario en el versículo 29. A pesar de su vida de pecado, hemos de conceder a esta pobre mujer cierta inquietud religiosa sobre un tema que la intrigaba. Sabía que es preciso dar culto al verdadero Dios y deseaba hacerlo correctamente. Al encontrarse con un gran profeta, aprovecha la oportunidad para pedir su dirección: ¿Dónde había de rendirle culto, en Jerusalén, como lo hacían los habitantes de Judea o en el lugar ya tradicional de los samaritanos desde la vuelta del cautiverio? Este lugar, edificado por Sanballat, estaba en el monte Gerizim, precisamente el monte sobre el que se habían pronunciado las bendiciones (v. Dt. 11:29; 27:12). «Nuestros padres adoraron sobre este monte»—dice ella—(v. 20). Piensa que tiene a su favor la antigüedad, la tradición y la sucesión ininterrumpida. En cuanto a los judíos, dice: «Vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar». Al no hallar en el Pentateuco el lugar que Dios había de escoger posteriormente para que allí se le rindiera culto, los samaritanos se creían libres para adorarle en un lugar que no fuese la capital de Judea.
(B) Respuesta de Cristo a este caso de conciencia (vv. 21–24). En esta respuesta, Jesús comienza declarando que no es el lugar lo que importa, sino la disposición del corazón, y le llama la atención sobre este detalle: «Mujer, créeme, que está llegando la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (v. 21). Como si dijese: «Se acerca una época en que todas estas minucias y diferencias sobre los lugares de culto van a ser de poca importancia, pues Dios no está vinculado a un lugar determinado, por ser espíritu infinito». Pero en cuanto al estado actual de cosas, Jesús no le deja lugar a dudas:
«vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos» (v. 22). Cristo se refiere a que, por ahora, el único culto legítimo es el de los judíos en el templo de Jerusalén, puesto que de Judá había de surgir el Salvador (1:17). Así que los samaritanos estaban en un error, con lo que vemos que la ignorancia, en vez de ser la madre de la devoción, es su verdugo. Quienes, con un estudio atento y devoto de las Escrituras, han alcanzado un correcto conocimiento del Dios verdadero, sabrán dar al Señor un culto que a ellos les resultará placentero, y a Dios le será aceptable puesto que saben lo que adoran y adoran lo que saben. Notemos que el Señor Jesús se complace en contarse entre los que adoran a Dios de forma legítima («Nosotros …»). Cuando el Hijo de Dios, en Su humanidad, no se tuvo a menos contándose entre los que rinden culto a Dios, ¿quién se creerá demasiado alto o autosuficiente para pensar que se rebaja al mostrar su piedad religiosa?
(C) Al haber mostrado que el lugar de culto es indiferente, pasa Jesús a declarar que lo esencial y, por tanto, lo necesario es adorar a Dios «en espíritu y en verdad». El énfasis se carga sobre el estado interior del corazón y de la mente de los que adoran. Nos interesa saber, no sólo cuál es el verdadero objeto de nuestra adoración, sino también la correcta manera de llevarla a cabo. Esto es lo que Jesús va a declarar ahora a la samaritana. Le dice:
(a) El cambio revolucionario que en esta materia se va a llevar a cabo: «Llega la hora, y ahora es» (v. 23); es decir, ya estamos en esa hora. Alborea en estos momentos el dia perfecto, la hora de la verdad completa.
(b) En qué consiste este cambio: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad». «En espíritu», es decir, en lo interior, en contraste con las observancias externas de las ceremonias de la Ley; «en verdad», es decir, con acceso directo a las propias realidades divinas en contraste con las figuras y tipos de la Ley (v. He. 9:23). Aunque es cierto que sólo mediante el poder y la asistencia del Espíritu Santo podemos rendir al Padre el culto de adoración y alabanza que le es debido, la palabra «espíritu» no se refiere aquí a la tercera persona de la Trina Deidad, sino al espíritu humano (v. Fil. 3:3). La adoración «en verdad» incluye, por supuesto, no sólo el objeto (las «realidades», en oposición a las «figuras») sino también la actitud del sujeto: la sinceridad de corazón. No se puede tener a sí mismo por «adorador en espíritu y en verdad» quien no se ajusta, en su conducta, a las enseñanzas y normas del Evangelio. Tales adoradores no abundan mucho, también en esto la puerta de la adoración espiritual es estrecha, sin embargo, no hay otra adoración que sea aceptable a Dios: «Porque también el Padre busca tales adoradores que le adoren»; es decir, ésta es la clase de adoradores que el Padre busca. Por cierto, no los buscaría si Él mismo no los hiciera con Su divina gracia. Aquí vale el famoso pensamiento de Pascal: «tú no me buscarías si ya no me hubieras hallado».
(c) La suprema razón de este cambio: «Dios es Espíritu, y los que le adoran, es necesario que le adoren en espíritu y en verdad» (v. 24). Es más fácil decir lo que no es Dios, que lo que es, pero aparte de
la constante definición viejotestamentaria de Dios como «santo, santo, santo» (Is. 6:3, entre otros, a partir de Lv. 11:14), el Nuevo Testamento nos ofrece tres definiciones explícitas de Dios (v. Jn. 4:24; 1 Jn. 1:5 y 4:8, 16). La espiritualidad de la naturaleza divina es la razón de la espiritualidad del culto divino. Por tanto si no le adoramos «en espíritu», estamos errando el blanco de nuestra adoración. Al decir que Dios es «Espíritu», Jesús pone de relieve tres perfecciones de Dios: Primera, que es un ser incorpóreo, no es un dios de madera o de piedra, etc., al que se le pueda dar figura visible; segunda, que es un ser personal; no es una deidad muda y ciega (v. Is. 44:9), sino Alguien con quien podemos tener comunión íntima, personal; tercera, que es un ser inmenso al que el Universo entero no puede abarcar, por tanto en cualquier lugar se le puede hallar y adorar (v. 1 R. 8:27 y ss.; Sal. 139:7 y ss.; Hch. 17:24 y ss.).
4. El cuarto y último tema de la conversación de Jesús con la samaritana es sobre el Mesías (vv. 25– 26). Veamos:
(A) La fe de la mujer en el Mesías venidero: «Le dijo la mujer; sé que va a venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando Él venga, nos declarará todas las cosas» (v. 25). La mujer, a la que le resultaban todavía difíciles estas cosas reconoce que el Mesías que estaba a punto de llegar, las aclararía todas. Ella no tenía nada que objetar a las palabras de Jesús, pero prefería suspender su juicio hasta que venga el Mesías, de quien ella espera una explicación clara y perfecta. Así es como muchos dejan escapar la oportunidad que tienen a mano por pensar que tendrán otra mejor a la vista. Judíos y samaritanos estaban de acuerdo en la expectación del Mesías y de su reino, y en que estaba a punto de llegar, puesto que había sido quitado el cetro de Judá (v. Gn. 49:10). Para los lectores de extracción no judía, el evangelista traduce el vocablo «Mesías» («llamado el Cristo»); ya que ambos términos significan «Ungido» (v. Is. 61:1, comp. con He. 11:26, donde es clara la identificación del Mesías con el pueblo escogido, lo mismo que en Mt. 2:15, comp. con Os. 11:1). La esperanza de la samaritana en que el Mesías les explicaría todas las cosas daba a entender: (a) La imperfección del conocimiento que los samaritanos tenían de la voluntad de Dios, especialmente en cuanto a las normas del culto; (b) la confianza que tenían en que el Mesías estaría bien cualificado para explicarles todas las cosas que ahora les parecían difíciles, y respecto a las cuales se debatían como en la oscuridad.
(B) El favor que Jesús dispensó a la samaritana al declararle sin rodeos quién era Él: «Jesús le dijo: Yo soy, el que te está hablando» (v. 26). Sólo en otra ocasión (9:37), se declaró Jesús a Sí mismo como Mesías de una manera tan explícita y abierta como a esta mujer. Con esto, honraba Cristo a una mujer miserable y pecadora, que, de seguro, sería objeto del desprecio público. Esta mujer no había tenido ninguna oportunidad de contemplar los milagros de Jesús, que eran el medio ordinario de convicción sobre Su mesianidad. Dios puede hacer que la luz de la gracia brille en un corazón, aun en los casos en que la luz del Evangelio no brilla en el rostro. Así resultó esta mujer mejor preparada que muchos otros para recibir a Cristo, quien gusta de manifestarse personalmente a los que le buscan con deseo humilde y sincero: «Yo soy, el que te está hablando» (comp. con 9:37). Hasta entonces, Jesús estaba cerca de ella pero ella no lo sabía (v. Gn. 28:16). Hay muchos creyentes que se lamentan de la ausencia de Cristo, y están anhelando Su presencia, sin percatarse de que, en esos mismos momentos, Él les está hablando.
Versículos 27–42
I. La conversación de Jesús con la samaritana es interrumpida por la llegada de los discípulos. Justamente cuando el Señor había llegado a declarar abiertamente a la mujer Su propia personalidad, «en esto llegaron sus discípulos» (v. 27). Como ya dijimos anteriormente, un judío se deshonraba al hablar con una mujer en la vía pública. En este caso, se daba la circunstancia agravante de que era una samaritana. Por eso, «se sorprendieron de que hablara con una mujer». Con todo, «ninguno dijo: ¿Qué le preguntas?, o: ¿Qué hablas con ella?» Era tal la opinión que tenían de su Maestro, que supondrían: Él sabe lo que hace. Efectivamente todo lo que Cristo dijo e hizo estaba puesto en razón, como confesó el ladrón recién convertido (Lc. 23:41).
II. La información que la mujer corrió a dar a sus convecinos (vv. 28–29). Obsérvese:
1. Cómo se olvidó del objeto mismo que la había traído hasta el pozo (v. 28): «Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad». En realidad, no es que la mujer olvidara el cántaro, pues el original griego no dice: «olvidó» (comp. con Fil. 3:13), sino «dejó» (comp. con el v. 3, donde no significa que el Señor se olvidara de Judea). Lo dejó, según opina Hendriksen, deliberadamente, no sólo para que Jesús pudiera calmar su sed, sino también porque pensaba traer a otros a Jesús, y podría entonces llevarse el cántaro. Dejó primero el cántaro, porque así podría ir más deprisa a la ciudad pues lo que más le interesaba era comunicar la noticia a sus conciudadanos. Con eso nos enseñaba a poner en primer lugar las cosas más importantes y urgentes, y dejar para más tarde lo que no es indispensable y admite espera.
2. Cómo puso interés en dar testimonio de su experiencia personal, convirtiéndose así en una excelente misionera, al comenzar por los de su propia ciudad (comp. con Hch. 1:8): «Fue a la ciudad y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? (vv. 28b–29). Nótese:
(A) Cuán solícita estuvo en comunicar a sus amigos y vecinos la experiencia que había tenido con el Salvador (comp. con Lc. 15:9). Con ese «venid y ved», revela la misma sencillez y sabiduría del testimonio que Felipe había dado a Natanael acerca del Mesías (v. 1:46). ¿No nos ha hecho Jesús el honor de darse a conocer a nosotros? ¡Hagámosle, pues, a Él el honor de darle a conocer también a otros! Ni aun a nosotros mismos podemos hacernos mayor honor que éste. Esta mujer se convierte en misionera tan pronto como conoce al Mesías. Los que tengamos mayores oportunidades estamos bajo mayor obligación de hacer el bien, especialmente a los más cercanos a nosotros.
(B) Cuán abierta y sinceramente comunica lo que ella sabía de este extranjero: «Me ha dicho todo cuando he hecho» como si dijera: «Me ha descubierto lo más íntimo, lo que nadie sabe excepto yo misma». Dos cosas le habían llamado la atención: (a) La extensión del conocimiento de Jesús: «todo»; (b) la profundidad de tal conocimiento: «lo que he hecho»: lo más secreto, lo más profundo, lo más infame. Es curioso que esta mujer se preocupe especialmente en comunicar a otros aquella parte de la conversación de la que parecería que había de estar más avergonzada. Cuando una persona es llevada al Señor mediante la convicción de pecado y la consciencia de la propia miseria, hay una garantía segura de que dicha persona ha llegado a saber lo que es la salvación y a creer de manera efectiva en el Salvador. Como había hecho también Felipe, no se enzarza en argumentos que a ella misma no le habrían convencido, sino que apela a lo más sencillo: «venid y ved». ¿Y no querremos nosotros ir a ver Aquel cuyo día desearon ver reyes y profetas? También muestra la mujer su sabiduría en la pregunta que hace a sus paisanos: «¿No será éste el Cristo?» En vez de imponerles categóricamente su propia convicción, deja que ellos mismos saquen sus conclusiones personales. Con esta pedagogía tan sencilla como efectiva, son despertadas las conciencias de los hombres mucho antes de que se percaten de ello.
(C) El éxito que la mujer tuvo en su cometido: «Entonces salieron de la ciudad, y comenzaron a venir a Él» (v. 30). Salieron al encuentro del Salvador, se dieron prisa (como indica el tiempo aoristo del verbo) para verle en lugar de enviar a que viniese a ellos, e iban viniendo ordenadamente, como indica el pretérito imperfecto. Los que son atraídos a Cristo por el Padre (Jn. 6:44), vienen a Él y Él no los rechaza, sino que son inscritos en el libro de la vida del Cordero (6:37; Ap. 13:8; 17:8).
III. Conversación de Cristo con sus discípulos en ausencia de la mujer (vv. 31–38). Por aquí vemos cuán solícito era Jesús en redimir el tiempo, al aprovechar cada minuto. ¡Qué bien nos iría si del mismo modo, fuésemos solícitos en recoger los fragmentos dispersos del tiempo que se intercalan entre nuestros quehaceres cotidianos! Dos detalles son de notar en esta conversación:
1. El deleite de que el Señor disfruta al llevar a cabo su labor. En la presente tarea le vemos totalmente engolfado, puesto que:
(A) Descuida el alimento material por el interés que pone en la obra que el Padre le ha encomendado. Cuando se sentó fatigado junto al pozo, estaba sediento y necesitaba refrigerio pero la oportunidad de salvar un alma le hizo olvidarse de la fatiga y del hambre. Y le importaba tan poco el alimento, que Sus discípulos llegaron a olvidar la sorpresa que les había causado verle hablar con una mujer extraña, y a preocuparse seriamente por sus necesidades físicas: «Le rogaban, diciendo: Rabí, come» (v. 31). El imperfecto «rogaban» indica que le urgieron una y otra vez a que comiera. Por parte de ellos, fue una señal del afecto que le tenían el que le invitaran repetidamente a comer; pero, por parte de Él, era señal de un afecto mucho mayor a las almas el que necesitara ser rogado con tanta insistencia. Hasta tal punto estaba despreocupado de la comida material, que llegaron a sospechar que alguien—¿quizá la mujer misma?—, le habría traído algo de comer y, por eso, se hallaba sin apetito (v. 33).
(B) Su alimento está en la tarea que lleva entre manos: no sólo la instrucción que acababa de dar a la mujer, sino también la obra que iba a llevar a cabo entre los habitantes de Sicar era lo que le servía de alimento: «Pero Él les dijo: Yo tengo para comer un alimento (gr. brosin = el acto de comer) que vosotros no sabéis» (v. 32). Jamás hubo un hambriento o un glotón que anhelase un opíparo banquete con el mismo afán con que Jesús anhelaba las oportunidades de hacer el bien a las almas. Era un alimento que los discípulos no conocían aún. Esto puede aplicarse también a los buenos cristianos, cuyo alimento espiritual es desconocido para los mundanos, y cuyo gozo no pueden sospechar los que no tienen el Espíritu Santo. Esto es lo que les hizo a los discípulos de Jesús preguntarse: «¿Le habrá traído alguien de comer?» (v. 33). La construcción griega da como improbable tal cosa, por no tratarse los samaritanos con los judíos (v. 9). Como la samaritana respecto del agua, también los discípulos han entendido materialmente lo del «alimento» del versículo 32. Pero Jesús responde claramente: «Mi alimento (gr. broma = la comida misma) es hacer la voluntad del que me envió, y llevar a cabo su obra» (v. 34). ¡Jesús vivía de obedecer al Padre! ¡Oh, si nosotros pudiéramos decir sinceramente lo mismo! La salvación de los pecadores es la voluntad de Dios (v. 1 Ti. 2:4); y el instruirlos para que lleguen al conocimiento de la verdad es su obra. En esta obra ponía Cristo todo su interés, porque éste era su negocio. Los hombres de negocios tienen tal interés en ellos, que de día y de noche cavilan cómo mejorar el balance, pero no se olvidan por ello de satisfacer sus necesidades físicas. Jesús, en cambio, de tal manera estaba ocupado en llevar a cabo la obra que el Padre le había encomendado, que se olvidaba hasta de comer y beber. Estaba resuelto a seguir adelante, hasta poder decir, poco antes de expirar: «¡Consumado está!» (19:30). Toda la vida de Jesús tenía el mismo afán, norte y guía (comp. con 3:34; 17:4; He. 10:7). Hay muchos que aparentan mucho celo al principio pero carecen de constancia para llevar a cabo hasta el final la obra que Dios les ha encomendado.
2. La forma en que comunica a sus discípulos cuán urgente es la tarea de la salvación de las almas. Ellos iban a ser colaboradores suyos en esta obra (v. 1 Co. 3:9) y, por eso, habían de mostrar el mismo interés en tal trabajo. La obra consistía en predicar el Evangelio, y Cristo la compara a la labranza (v. de nuevo 1 Co. 3:9), especialmente a la siembra y a la siega (vv. 35–38), que son tiempos de mucha ocupación; todas las manos han de estar entonces prestas al trabajo que no se puede soslayar ni diferir, porque tiene su razón en un espacio de tiempo limitado y, por tanto, ha de hacerse entonces o nunca. A propósito de esto, Jesús les ofrece tres motivos para avivar la diligencia de ellos:
(A) Que es una obra necesaria y urgente: «¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? Pues yo os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para ta siega» (v. 35). Los discípulos podían observar el verdear de los campos (era entonces, probablemente, últimos de diciembre o primeros de enero) y pensarían: «Aún faltan cuatro meses para la siega». En Palestina, la cosecha de trigo es temprana, y la mies madura no es amarillenta como en España sino que los campos blanquean literalmente. Pero Jesús se refiere a la cosecha espiritual; y ésa está ya a punto para la siega: el grupo de samaritanos que ya se divisaba en lontananza aparecería literalmente como un conjunto de espigas blancas ondulando al soplo de la brisa. Cuando hay por parte de los oyentes un sincero deseo de oír la Palabra de Dios, se aviva en los ministros del Señor el incentivo y la diligencia en la obra de la predicación del Evangelio. Si estamos con ojo avizor, nos daremos cuenta de que hay muchedumbres tan prestas a recibir el mensaje como está un campo de trigo maduro para recibir la hoz (comp. con Mt. 9:37–38; 10:1). Grandes ánimos nos infundirá para dedicarnos a la obra el comprender, mediante los signos de los tiempos, que la cosecha espiritual está en sazón para segar. Juan el Bautista había comenzado la obra de la siembra con tal empeño, que grandes multitudes se esforzaban por entrar en el reino de Dios (v. Lc. 16:16). Jesús había continuado la obra que el Bautista le había preparado. Era, pues, el tiempo de meter la hoz; un tiempo que era necesario y urgente aprovechar, porque el trigo que no se recoge a tiempo, se pierde. Cuando las conciencias comienzan a ser convictas de pecado y estimuladas a escuchar el mensaje de Salvación, es de todo punto necesario y urgente acudir en su ayuda; de lo contrario, los comienzos esperanzadores vendrán a desperdiciarse y quedar en nada.
(B) Que es una obra provechosa y ventajosa en la que ellos mismos saldrían ganadores: «Y el que siega recibe salario (comp. con 1 Ti. 5:18) y recoge fruto para vida eterna» (v. 36 comp. con Is. 53:11; Ro. 6:23). Los colaboradores de Cristo no podrán jamás quejarse de que tienen un amo duro o mal pagador: de seguro, cosecharán fruto si trabajan con diligencia en comunión con el Señor y de acuerdo con Su voluntad (15:2, 4–5, 16). Nótese bien: no es éxito lo que Dios espera de sus ministros, sino fruto que, muchas veces, pasa desapercibido a los ojos de los hombres y a los del mismo predicador. El fruto es «para vida eterna»: está destinado a la salvación eterna de los oyentes del Evangelio y de los predicadores mismos; y esto ha de constituir el mayor gozo de los fieles obreros del Señor, saber que su trabajo tiene por objetivo la salvación eterna de las almas las cuales tienen un valor equivalente al precio que Dios ha pagado por ellas (v. 1 P. 1:18–19), es decir, infinito. Y todos los que colaboran en esta importante tarea han de regocijarse conjuntamente: «Para que el que siembra se regocije juntamente con el que siega»—añade Jesús—. Esto ha de entenderse primordialmente de Cristo como el Sembrador, y de los discípulos como segadores, quienes comparten el gozo del amo al ver que se cumple la profecía de Amós (Am. 9:13), al menos en parte. Pero también tiene aplicación a los siervos del Señor. ¡Cuántas veces un fiel siervo de Dios ha sudado en la obra sin llegar a ver aparente fruto, y algún tiempo después, otro siervo de Dios recoge el fruto de lo que el siervo anterior había sembrado con tantas fatigas! ¿Y será posible que un ministro del Señor tenga celos de otro, cuando ambos están trabajando, no para su propia gloria, ni en su propio negocio, sino para la gloria de Dios y en la misma viña del mismo amo?
(C) Que es una obra fácil y llevadera, porque el trabajo más duro ha sido hecho por los que les han precedido: «Uno es el que siembra, y otro es el que siega» (v. 37). Moisés, los profetas, el Bautista y el propio Jesús habían sembrado lo que los Apóstoles iban a segar: «Yo os he enviado a segar lo que vosotros no habéis trabajado» (v. 38). Esto insinúa dos cosas acerca del ministerio en el Antiguo Pacto:
(a) Moisés y los profetas sembraron, pero no pudieron segar; los escritos de ellos sirvieron de mayor provecho después que ellos se fueron, que mientras vivían en este mundo; (b) el ministerio de ellos estaba precisamente destinado a servir y apoyar al ministerio del Nuevo Pacto (v. 1 P. 1:10–12). Si no hubiese sido por la semilla sembrada por los profetas, no podría haber dicho la samaritana: «Sé que va a venir el Mesías» (v. 25). También nos insinúa esto otras dos cosas acerca del ministerio de los Apóstoles de Cristo: (a’) Que era un ministerio fructuoso: eran segadores que recogían una gran cosecha; (b’) era un ministerio facilitado por los escritos de los profetas. Los profetas sembraron con lágrimas, hasta llegar a clamar: Hemos trabajado en vano; en cambio los Apóstoles estaban segando con gozo, hasta llegar a decir: «Gracias a Dios, quien siempre nos lleva en triunfo» (2 Co. 2:14). De las labores de otros, recogemos mucho buen fruto los que les sobrevivimos. Véase cuánta razón tenemos para dar a Dios gracias por los siervos que nos precedieron, pues «hemos entrado en las labores de ellos» (v. 38b).
IV. El buen efecto que causó a los samaritanos la visita que Jesús les hizo (vv. 39–42). Véanse las impresiones que de ella recibieron:
1. Por el testimonio de la mujer acerca de Cristo. Este testimonio consistía solamente en la frase:
«Ved a un hombre que me ha dicho todo cuando he hecho» (v. 29). En este punto, empalma el hilo de la historia que dejamos en los versículos 28–29). Y dos cosas se nos dicen del impacto que el testimonio de la mujer hizo en los habitantes de Sicar:
(A) Que dieron crédito a la palabra de Cristo: «Y de aquella ciudad, muchos de los samaritanos creyeron en Él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho» (v. 39). Quedaron impresionados del misterioso poder de Cristo, que había sido capaz de revelar todo el pasado de otra persona. Estos hombres no eran de la casa de Israel, pero su fe era como arras de la fe que los gentiles habían de tener en el Salvador. Y creyeron al testimonio de una mujer. Por aquí se puede ver:
(a) De qué modo se complace Dios a veces en usar instrumentos débiles para comenzar y llevar a cabo la obra del Evangelio; (b) cuán amplio radio de acción puede ser alcanzado por un pequeño fuego. Con sólo instruir convenientemente a una mujer pecadora, Jesús extendió su instrucción a toda su ciudad. ¡Que no se desanimen los ministros del Señor en su labor ni se sientan tentados a descuidarla, por el hecho de que sean pocos o insignificantes los que les escuchan, puesto que, si ponen empeño en llevar el mensaje a esos pocos, es posible que ese mensaje les llegue después a muchos! (c) Que el testimonio más eficaz es el que está respaldado por la propia experiencia (comp. con 9:25). Los que pueden referir lo que Dios ha hecho con ellos son los que más impacto pueden causar en otros.
(B) Que invitaron a Jesús para que les predicase personalmente: «Entonces vinieron los samaritanos a Él y le rogaban que se quedase con ellos». Animados por lo que le habían oído a la mujer quieren saber más y le piden a Jesús que se digne venir a predicar a la ciudad. Vemos por aquí la hospitalidad de estos samaritanos y, por otra parte, su sincero deseo de escuchar las verdades del Evangelio. Son muchos los que de buena gana irían a escuchar a quienes les halagasen con buenas promesas; pero éstos invitaban a quien les iba a convencer de sus malas obras. Tambien vemos que mientras los judíos echaban a Jesús de sus confines, los samaritanos le acogían con gozo. La prueba del éxito del Evangelio no siempre está de acuerdo con el cálculo de probabilidades; es una obra en la que abundan las grandes sorpresas. Jesús accedió de buena gana a la invitación que le hacían, «y se quedó allí dos días». Limitó su estancia en Samaria a este poco tiempo y a esta sola ciudad. No hay, pues, ninguna contradicción con lo de Mateo 10:5, lo cual, por otra parte era una orden de carácter transitorio, ya que la Gran Comisión había de ensancharla hasta los últimos confines de la tierra (Mt. 28:18–20; Mr. 16:15–16; Hch. 1:8). Más tarde, como vemos en Hechos 8, se recogió mucho fruto espiritual en Samaria. En cuanto a los versículos que estamos comentando, no se nos dice lo que Cristo dijo e hizo en aquella ciudad, pero sí la impresión que causó en sus habitantes, pues les convenció de que Él era el Mesías; y lo que más alto habla de la obra de un siervo de Dios es el fruto que de ella se deriva. Ahora vieron y oyeron al Mesías en persona; y el efecto fue: (a) Que creció el número de los creyentes: «Y creyeron muchos más por la palabra de Él» (v. 41), (b) que creció la fe de ellos: «Y decían a la mujer: Ya no creemos (es decir, sólo) por lo que tú has hablado». En tres cosas había crecido la fe de estos samaritanos: Primera en el contenido. Por el testimonio de la mujer, habían creído que Jesús era un profeta, pero después de verle y oírle a Él mismo, confesaron que era «el Salvador del mundo, el Cristo» (v. 42b). Creyeron que era el Salvador, no sólo de los judíos, sino de todo el mundo, en el que ellos, como samaritanos, podían ser incluidos. Segunda, en su certeza; la fe de ellos había crecido hasta llegar a la plena seguridad: «Sabemos» (comp. con 6:69; 1 Jn. 4:16). Tercera, en la motivación y fundamento de su fe: «Ya no creemos por lo que tú has hablado, porque nosotros mismos hemos oído …». Así vemos cómo la fe viene por el oír (Ro. 10:17). Son los informes ajenos los que nos hacen sabedores del mayor número de verdades. Por eso, es tan importante el que los padres, tutores, maestros y predicadores instruyan a niños y jóvenes en la sana doctrina. Más tarde el conocimiento y la fe crecerán y se confirmarán mediante el estudio personal de la Palabra de Dios y la comunión con El Señor, para que, de esta forma, la fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Para finalizar esta sección, es preciso añadir que de estos versículos no se puede inferir que todos estos samaritanos creyeron con fe salvífica. Es muy posible, y aun probable, que algunos no llegasen más allá de lo que llegaron los de 2:23 (v. el comentario a dicho lugar).
Versículos 43–54
I. Jesús regresa a Galilea (v. 43): «Dos días después, salió de allí y fue a Galilea». Veamos:
1. A qué parte de Galilea fue. No se nos dice en el texto que fuese esta vez a Nazaret ni a diversas ciudades de Galilea, sino sólo a Caná (v. 46), «donde había convertido el agua en vino». El evangelista menciona este milagro para enseñarnos a guardar en la memoria las grandes maravillas llevadas a cabo por el Señor.
2. Por qué razón fue ahora a Galilea. El evangelista dice clara y explícitamente: «Porque Jesús mismo había dado testimonio de que un profeta no tiene estima en su propia tierra» (v. 44). Puesto que Jesús se había criado en Galilea, parece a primera vista una paradoja que fuese precisamente a un lugar donde no era estimado (v. el comentario a Mt. 13:57 y Lc. 4:24). Algunos autores (entre ellos, M. Henry. Nota del traductor) piensan que Juan se refiere solamente a Nazaret no al resto de Galilea. Otros autores opinan que fue a Galilea, a pesar de que un profeta no tiene estima en su propia tierra. La interpretación más probable es la que da W. Hendriksen, quien se apoya en dos detalles importantes: (A) La conjunción griega gar es claramente causal y no hay que darle otro sentido retorcido; (B) si se observa la conexión de los versículos 43–44 con los versículos 1–3 de este mismo capítulo, se notará que Jesús se fue a Galilea precisamente porque allí no había peligro de alcanzar un prestigio como el que estaba consiguiendo en Judea, pues un honor semejante habría provocado una colisión directa con los fariseos, lo que habría precipitado la crisis final; por otra parte, el contexto posterior muestra la verdad de la proposición enunciada por Jesús la cual ha sido ya comentada en Mateo y Lucas, pero no estará de más repetir que el orgullo y la envidia de los hombres les impide ser instruidos por quienes fueron compañeros suyos en la infancia y en la adolescencia. Dios actúa justamente al negar la gracia del Evangelio a los que desprecian a los ministros del Evangelio. Quienes se burlan de los mensajeros están abandonando el beneficio del mensaje.
3. Cómo le recibieron en Galilea. «Los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén en la fiesta, porque también ellos habían ido a la fiesta» (v. 45). A primera vista, esta acogida choca con lo que vemos en el versículo anterior pero son de notar dos detalles: (A) El verbo «recibieron» no es el mismo de 1:12, sino que significa simplemente «acoger sin hostilidad». El resto del versículo puede compararse con 2:23–25 para ver la semejanza del resultado. El versículo 48 añade nueva fuerza al argumento de que dicha «acogida» no debe interpretarse como un recibimiento que conduce a la verdadera fe. La aplicación que salta a la vista es que no sirven los prodigios cuando el corazón no está dispuesto a someterse a la Palabra de Dios (comp. con Lc. 16:31).
II. La curación del hijo del palaciego. Este milagro no es referido por ninguno de los otros evangelistas. La noticia de que Jesús había llegado a Caná se extendió pronto hasta Capernaúm, la ciudad de Juan y Santiago el Mayor, los hijos de Zebedeo y Salomé. Vemos:
1. Quién vino a Jesús desde Capernaúm y por qué. El griego dice: «un cierto cortesano del rey», es decir, un palaciego u oficial de alto rango de la corte de Herodes, «cuyo hijo estaba enfermo» (v. 46). Las dignidades y los títulos honoríficos no garantizan la salud de los familiares ni de los mismos titulares (v. por ej., 2 R. 5:1 y ss). No se nos da su nombre, pero sí parece seguro, por el versículo 48, que era israelita. Vemos también que este hombre no tenía tanta fe como el centurión romano, gentil, de Lucas 7:1–10, pues no creía que Jesús pudiese curar a distancia, ya que rogó al Señor que «descendiese y sanase a su hijo» (v. 47). Con todo, mostró: (A) el amor que tenía a su hijo, pues no escatimó molestias, ya que Caná distaba unos 25 km de Capernaúm, y se humilló, a pesar de su alto rango a pedir a Jesús que sanase al hijo; (B) el gran respeto que tenía al Señor Jesús, pues no envió un criado a rogarle que viniese, sino que fue él mismo personalmente, con fe suficiente para creer que Jesús tenía poder para curar; es más que probable que también él hubiese asistido a la fiesta de 2–23. Los hombres más grandes, cuando están en apuros y acuden a Dios, son comunes pordioseros. Vemos, en fin, que aunque la fe de este hombre no era tan grande como la del centurión, tampoco era tan pequeña como la del padre del endemoniado de Marcos 9:24; por eso, Jesús accede a realizar el milagro.
2. Pero Jesús le dirige un reproche que muestra la falta de genuina disposición en este hombre:
«Entonces Jesús le dijo: Si no veis señales y prodigios, de ningún modo creéis» (v. 48); es decir: «Lo único que os interesa es el espectáculo de algo extraordinario, sensacional, pero no la fe genuina en la persona y en la palabra del Salvador». Aunque era un oficial de alto rango, Jesús le dirige el reproche que se merecía. El Señor humilla primero, para disponerlos a recibir sus misericordias, a los que vienen a suplicarle socorro en casos de apuro. Los prodigios de Jesús son señales que apuntan hacia su poder espiritual y divino y nos deben llevar al reconocimiento de su persona, a entregarnos a su señorío y a expresarle nuestra alabanza y gratitud.
3. El palaciego acepta humildemente el reproche de Cristo, al tiempo que impaciente, pero respetuosamente, ruega al Señor que se de prisa a bajar a Capernaúm antes de que se muera el hijo (v. 49). Vemos que no tomó las palabras de Jesús como una afrenta ni como un rechazo, pues insistió en su petición y continuó en su lucha hasta prevalecer. Estaba tan preocupado por la salud de su hijo, que no parecía atender a ninguna otra cosa. Todavía descubre la debilidad de su fe, pues cree que Jesús puede curar a su hijo antes de que éste muera, pero no cree que Jesús tenga poder para resucitarle. Había olvidado que Elías y Eliseo habían resucitado a personas; ¿y acaso era Cristo inferior en poder a dichos profetas? Obsérvese la prisa que le da a Jesús, como si hubiera peligro de que al Hijo de Dios se le pudiera escapar el tiempo.
4. La respuesta apacible y favorable que Jesús le dio: «Vete, tu hijo vive» (v. 50a). Con esta expresión, Cristo no quiere decir meramente: «tu hijo continuará viviendo», sino: «tu hijo ha salido de la enfermedad que le ponía en peligro de muerte». Nótese con qué facilidad llevó a cabo Cristo el milagro. No dice, ni hace ni ordena que se haga cosa alguna para que se realice la curación. Simplemente afirma lo que su voluntad divina ha determinado que suceda. El hombre le había suplicado «que descendiese y sanase a su hijo» (v. 47). Pero Jesús le curó sin descender.
5. El palaciego quedó satisfecho con la palabra de Jesús y se marchó confiado al dar crédito a lo que el Señor había dicho: «Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se puso en camino» (v. 50b). No ha visto todavía el milagro pero lo cree. Cristo ha dicho: «tu hijo vive», y él lo acepta. Le dice: «vete», y él obedece. Pero nótese la construcción gramatical; «creyó la palabra» y comp. con el «creyó él, etc.» del versículo 53, y se notará que, en el versículo 50, todavía no se halla la fe salvífica, sino la fe que da crédito a una noticia. La fe que salva no consiste esencialmente en un asentimiento del intelecto, sino en una entrega personal, de corazón.
6. Los siervos del palaciego notaron la súbita mejoría del enfermo y no tuvieron paciencia para aguardar la llegada del padre, sino que le salieron al encuentro. Así fue que «cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron noticias, diciendo: Tu hijo vive» (v. 51). Repiten la misma frase de Jesús: «tu hijo vive» aunque, como hace notar Hendriksen, el término para «hijo» es distinto en labios de Jesús (huiós = hijo ya crecido), en los del padre (paidíon = niñito) y en los de los criados (pais = niño o simplemente hijo—a veces siervo—. V. Lc. 7:7; Hch. 3:13, 26; 4:25, 27, 30). Quienes dan crédito a la Palabra de Dios recibirán buenas noticias. El hombre «preguntó a qué hora había comenzado a mejorar» (v. 52). Anhelaba ver confirmada su fe del día anterior. Y los criados le dijeron que «a la hora séptima le dejó la fiebre». Esto confirmaba que la recuperación se había realizado a la hora precisa en que Jesús le había dicho: «tu hijo vive», y así lo comprendió el hombre (v. 53). También confirma la tesis de Hendriksen de que Juan echa mano siempre del cómputo romano para determinar las horas del día, puesto que, si se tratara de la una de la tarde (hora judía), no se explica que el padre, con la prisa que tenía, se detuviese en Caná hasta el día siguiente, cuando la distancia de Caná a Capernaúm era inferior a 25 km.
En cambio, al ser las 7 de la tarde, se explica que, de noche y por un terreno montañoso llegase al día siguiente. Nótese bien la frase de los criados: «le dejó la fiebre», lo cual indica: (A) Que la curación fue instantánea y total, no fue una lenta mejoría; (B) que la sincronización fue exactísima «a la hora séptima», no: «poco más o menos, a las siete»; (C) que la fiebre le dejó y se marchó como un esclavo que obedece fiel y ciegamente las órdenes de su amo (comp. con Lc. 7:7–8). Para los hombres, la distancia en el espacio es una pérdida de tiempo y, a veces, del viaje o del negocio (y aun de la vida); pero el Señor no es esclavo, sino dueño, del espacio y del tiempo.
7. El feliz resultado de este milagro. La curación milagrosa del hijo ocasionó la salvación de toda la familia: «creyó él (el hombre) y toda su casa» (lit.), es decir, no sólo los familiares, sino también los criados, pues éste es el sentido de «casa» en el griego del Nuevo Testamento en pasajes como éste (comp. con Hch. 16:31). El día anterior, el hombre «creyó la palabra» de Jesús; ahora, creyó en la persona de Jesús. Cristo tiene muchos medios de ganarse el corazón de un ser humano y, muchas veces, mediante la concesión de un beneficio temporal, se abre camino hacia mejores gracias. Como todos los de la casa de este palaciego tenían interés en la recuperación del joven, toda su casa creyó también con él. Al ser un hombre de la alta nobleza, es de suponer que tuviese muchos criados; por lo que pudo llevar a Cristo muchos discípulos. ¡Qué cambio, tan lleno de tan grandes bendiciones, se produjo en aquella casa, precisamente a consecuencia de la enfermedad de un miembro de la familia! Esto nos debería enseñar a no tener por adversidades las aflicciones, pues no sabemos el bien que Dios puede sacar de ellas.
8. Viene al final la observación que el propio evangelista añade al terminar el informe sobre este milagro: «Ésta fue una segunda señal que hizo Jesús cuando fue de Judea a Galilea» (v. 54). «Segunda», con referencia a 2:11. Había obrado en Judea muchos milagros; allí habían tenido la primera oportunidad de creer en el Salvador. Pero, al ser rechazado en Judea, Jesús obró milagros en Galilea. Cristo ha de encontrar buena acogida en un lugar o en otro. La gente puede cerrar las ventanas al sol en sus propias casas, pero no pueden impedir que el sol siga brillando en el mundo. El evangelista hace notar que «ésta fue la segunda señal que hizo Jesús en Galilea», para traernos a la memoria la primera (gr. arkhén = «principio» y modelo) que había obrado en las bodas de Caná. Las gracias recientes deben traernos a la memoria otras gracias anteriores, así como animarnos a esperar gracias ulteriores. Es probable que, al ser el paciente persona de alto rango, cuando toda su casa creyó en el Señor, muchas otras personas hicieran lo mismo. ¡Cuánto bien pueden hacer los hombres grandes cuando son hombres buenos!
Este capítulo se divide en tres partes: 1) Curación del paralítico de la piscina (vv. 1–16); 2) Cristo declara su propia autoridad como Hijo de Dios (vv. 17–30); 3) presenta varios testimonios que le confirman como Enviado del Padre (vv. 31–47).
Versículos 1–16
Esta curación milagrosa no es referida por ningún otro evangelista, pues los sinópticos se limitan casi por completo a informarnos de los milagros que Jesús llevó a cabo en Galilea, mientras que Juan refiere éstos que fueron realizados en Judea.
I. El tiempo en que fue realizado el milagro: Durante una fiesta de los judíos (v. 1). Discuten los exegetas de qué fiesta se trata aquí. Unos opinan que era Pentecostés, otros que la fiesta de los Tabernáculos. Hendriksen aduce, a favor de la Pascua, el testimonio de Ireneo. Pero es extraño que Juan omita aquí el artículo, el cual aparece en 6:4; 7:2. Es cierto que la Pascua era la única fiesta a la que los judíos tenían la obligación de asistir, pero Jesús observaba también las otras dos fiestas principales: Pentecostés y Tabernáculos. No se puede, pues, determinar de fijo qué fiesta era. «Subió.» A Jerusalén siempre se «subía», espiritualmente al menos, por estar el templo del Dios Altísimo ubicado sobre los montes Sion y Moria. Era una oportunidad de hacer el bien, y Jesús no la iba a desaprovechar, especialmente si era la fiesta de Pascua, pues en ella se reunían grandes multitudes de todo el país.
II. El lugar en que se llevó a cabo el milagro: En el estanque llamado Betesda (v. 2). Bethesda significa en hebreo «casa de misericordia». El estanque estaba situado «cerca de la puerta de las ovejas» (comp. con 10:7) de Jerusalén. Hay quienes opinan que se llamaba así porque, por aquella puerta, eran conducidas las ovejas que habían de ser sacrificadas en el cercano atrio del templo. El nombre mismo de «casa de misericordia» se presta muy bien para una aplicación devocional; pero la lectura Bethzatha = «casa del olivo», está mejor atestiguada. Se añade que tenía cinco pórticos donde podían cobijarse los enfermos, al resguardo de las inclemencias del tiempo. De esta forma, la caridad de los hombres se conjugaba con la misericordia de Dios para alivio de los afligidos. La naturaleza provee remedios, pero los hombres deben proveer hospitales. Cinco es símbolo del Pentateuco (comp. con 4:18), pero no se debe forzar la acomodación como pretexto para evadirse del sentido literal.
III. Quiénes se hallaban allí: «Una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (v. 3a). ¡Cuántas son las aflicciones de este mundo! Es conveniente visitar, de vez en cuando los hospitales, no sólo para confortar a los enfermos y heridos, sino también para ser agradecidos a Dios por la salud que nos conserva, la cual sólo se aprecia de veras cuando se pierde. En aquel estanque esperaban la salud con avidez estos enfermos. ¡Oh, si los hombres fuesen tan diligentes en buscar remedios para la condición de su alma como lo son para la del cuerpo!
IV. Qué virtud especial tenía el agua de aquel estanque: Aunque los mejores MSS omiten la última parte del versículo 3 y todo el versículo 4, no es desdeñable la lectura de muchos otros MSS; y por otra parte, es muy provechoso el contenido en el aspecto devocional. Según estos últimos MSS, vemos que «un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua» (v. 4 a). Por aquí vemos los oficios tan provechosos que los santos ángeles de Dios desempeñan (v. He. 1:14). Las aguas del santuario tienen poder de curar cuando se hallan en movimiento, y a los ministros de Dios compete el oficio y la responsabilidad de poner en movimiento las gracias que la Palabra de Dios y las ordenanzas contienen; si se muestran fríos y sin celo en su ministerio, las aguas se estancan y no son aptas para curar. El ángel descendía para agitar el agua. Pero sólo «el que primero entraba en el estanque después del movimiento del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese» (v. 4). Así, el poder del milagro triunfa donde el poder de la naturaleza sucumbe. Sólo el primero que descendía al estanque obtenía la curación. Esto nos enseña a ser diligentes en observar y aprovechar las oportunidades, para no perder una ocasión que quizá no vuelva a presentarse. Con este milagro, Dios ofrecía a su pueblo elegido una prueba de Su buena voluntad, e indicaba que aun cuando había estado por largo tiempo sin profetas ni milagros, Él no los había desheredado; era un indicio del Mesías que había de venir con «curación en sus alas» (Mal. 4:2, lit.).
V. El paciente en quien fue llevada a cabo esta curación «hacía treinta y ocho años que estaba enfermo» (v. 5). Su enfermedad era grave, pues había perdido el uso de sus miembros. Triste cosa es que el cuerpo, que ha sido hecho para servir de instrumento al alma, se convierta en casos como éste en un impedimento. Demos gracias a Dios por las fuerzas físicas y la posibilidad de usar los miembros de nuestro cuerpo. La duración de la enfermedad era prolongada: treinta y ocho años; la flor de la vida se le pasó en esta enfermedad. ¿Y nos quejaremos de una mala noche, de un dolor de muelas, de un día de sufrimiento, cuando hay quienes apenas han conocido un día de bienestar?
VI. Breve relato de la curación y de sus circunstancias (vv. 6–9).
1. «Jesús lo vio tendido» (v. 6). Obsérvese que, cuando Cristo vino a Jerusalén, no fue a visitar los palacios, sino los hospitales, con lo que dio así a entender su gran objetivo al venir al mundo: curar y salvar a los enfermos y heridos por el pecado. Había allí muchos enfermos, pero Jesús fijó sus ojos con tierna compasión en éste. Jesús «supo que llevaba ya mucho tiempo así» y le plugo acudir en ayuda de este hombre. ¿Cómo lo supo Jesús? Pudo ser por información ajena, por revelación del Padre o por comunicación de la divina naturaleza de Jesús a su naturaleza humana por obra del Espíritu Santo. Lo que importa es que Jesús se conmovió ante el caso de este pobre inválido.
2. Y le preguntó: «¿Quieres quedar sano?» A primera vista, esta pregunta no sólo parece superflua, sino casi insultante. ¿Es que acaso había perdido el deseo de estar sano? La razón es, sin duda, para que tomase conciencia más honda del miserable estado en que se hallaba, al no poder ayudarse a sí mismo de ninguna manera, y a desear con mayor anhelo su propia curación. También podría así ser dispuesto para apreciar su curación. Es un hecho experimentable que, a veces, es peligroso ofrecer limosna o ayuda a quien no la pide. En el terreno espiritual, hay muchos que no quieren ser sanados de sus pecados. Otros parecen resignarse a su enfermedad como excusa para no hacer nada. Recuérdese que Juan llama a los milagros de Jesús «señales» que comportan un mensaje. En este caso, la parálisis de este enfermo es un símbolo de la inacción del ser humano, y Cristo va a aprovechar esta ocasión (¡y curar en sábado!) para poner de relieve posteriormente que ni el Padre ni Él mismo guardan «vacación», en la obra de la salvación, ni en «día de reposo».
3. El pobre hombre aprovechó la ocasión para exponer a Jesús lo miserable de su caso: «Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua» (v. 7a). Este versículo nos pone ante los ojos el egoísmo connatural al hombre. Cualquiera pensaría que, al menos, alguno de los que habían sido sanados vendría a echarle una mano a este hombre. Pero «todos buscan lo suyo» (Fil. 2:21). ¡Aun entre creyentes! Si la caridad es flor nacida del seno del cristianismo, y aun así hay tanto egoísmo, ¿qué podría esperarse en este caso? Contrasta esta actitud general con la de Cristo, quien nunca buscó su propia satisfacción, sino que siempre se interesó por los problemas ajenos, nunca desatendió ni despreció a nadie. También aquí tiene aplicación Jeremías 17:5–8: sólo en Dios hay salvación segura.
4. Jesús sana a este enfermo con sola su palabra: «Levántate, toma tu camilla y anda» (v. 8). ¡Extraña orden a un inválido! Pero el mandato de Jesús comportaba la fuerza para ponerlo por obra; la obediencia es el gran remedio contra la impotencia, pues nos pone en contacto con la omnipotencia. Y, para demostrar que tendría fuerzas suficientes, Jesús le ordena no sólo que se levante, sino que eche a andar con su camilla a cuestas; no fue una recuperación gradual, sino total y repentina, del extremo de una invalidez completa e inveterada, se levantó a una salud perfecta y robusta; el que hacía un minuto no podía revolverse en su camilla, al minuto siguiente tiene fuerza para levantarse y cargar con ella. Era un caso de necesidad por parte del enfermo; de misericordia, por parte de Jesús; y de piedad por parte del mismo enfermo al obedecer el mandato del Señor: Tres razones para hacer algo en sábado. Con todo, el hecho iba a suscitar el encono de los judíos. El enfermo hizo lo que Jesús le ordenaba, «y al instante quedó sano …» (v. 9). ¡Qué sorpresa para el pobre lisiado encontrarse de repente sano, fuerte y capaz de valerse en todo por sí mismo después de treinta y ocho años de invalidez! ¡Todo un nuevo mundo, una nueva vida! «Tomó su camilla y echó a andar», sin importarle los insultos ni las amenazas de la gente.
VII. Lo que le sucedió al pobre hombre después de su curación:
1. Lo que pasó entre él y los judíos que le vieron acarrear su camilla: Le decían: «Es sábado; no te es lícito llevar la camilla» (v. 10). Se referían, a no dudar, a pasajes como Éxodo 20:10; Jeremías 17:19–27 y aun Nehemías 13:15. Pero todos estos lugares tienen que ver con el trabajo que se lleva a cabo con las labores que se hacen para ganar algún dinero; pero éste no era el caso ahora. Por eso él respondió con toda razón: «El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu camilla y anda» (v. 11). Como si dijese: «Quien tuvo tal poder para curarme, de seguro tiene autoridad suficiente para ordenarme que lleve mi camilla; y si tan compasivo ha sido conmigo, no iba a ser tan impío como para ordenarme cometer un pecado». Los judíos le preguntaron entonces: «¿Quién es el que te dijo: Toma tu camilla y anda?» (v. 12). No les interesa el poder ni la compasión de Jesús, sino que preguntan por el «hombre» que, según ellos ha cometido tal desacato contra la Ley para tildarle de peligroso delincuente. Pero el hombre no sabía quién era el que le había sanado, porque Jesús se había escabullido de la gente (v. 13). ¿Por qué lo hizo? ¿Fue por huir del aplauso popular? ¿Fue para encararse más tarde con los líderes mismos de los judíos? ¿O para que el hombre recién sanado mostrase, no sólo su salud física recuperada, sino también la fuerza de
sus convicciones al tener que expresarlas sin ayuda ajena? Sea como sea, hay un detalle que no debe pasar desapercibido: Los judíos no le preguntan a este hombre quién le ha curado como sería obvio, sino quién le ha ordenado que lleve la camilla o colchoneta.
2. Lo que pasó entre el recién sanado y Jesús después del incidente con los judíos: «Después le halló Jesús en el templo» (v. 14). Cristo fue al templo. También este hombre fue al templo y Cristo le halló allí en el atrio, adonde no le había sido posible al hombre acudir durante treinta y ocho años. No se nos dice que fuese allí precisamente para ofrecer un sacrificio de acción de gracias. En cambio, el contexto posterior da a entender que el hombre no había sido sanado aún espiritualmente. Ésta es una buena razón para que Jesús le buscase y le dijese: «Mira, ya estás sano; no peques más, para que no te suceda alguna cosa peor». Hay quienes piensan que este hombre había cometido algún pecado especial por el cual le había sobrevenido la enfermedad. Pero Jesús se refiere sólo a su actual condición espiritual, bien expresada en el griego por el presente de imperativo con el cual viene a decirle: «No continúes en pecado». Con ello, le estimulaba a ponerse en correcta relación con Dios y cambiar de vida. «Para que no te suceda alguna cosa peor»; ¿Qué peor cosa que la condenación eterna? Volver al pecado después de una salvación tan grande de cuerpo y alma, ya sería una ofensa tremenda y una horrible ingratitud hacia el que tan compasivamente se había apiadado precisamente de él entre tantos otros. No está de más comparar el caso con 8:11 y 9:3.
VIII. El informe que este hombre fue a dar: «El hombre se fue y les contó a los judíos que era Jesús el que le había sanado» (v. 15). El hombre marchó con la gratitud en el corazón y sin mala intención. Como comenta Ryle, «al hombre se le había enseñado a respetar a los gobernantes y ancianos y es natural que desease darles la información que le habían pedido, sin razón para suponer, por lo que podemos ver, que ello resultaría en perjuicio de su bienhechor». En efecto, los judíos no le habían dicho a este hombre lo que después le dijeron al recién curado ciego de nacimiento: «Sabemos que ese hombre es pecador» (9:24). Hendriksen hace notar un detalle muy interesante: Mientras los judíos le habían preguntado hombre: «¿Quién es el que te dijo: Toma tu camilla y anda» (v. 12), el hombre «les contó a los judíos que era Jesús, no el que le había dicho: Toma tu camilla y anda, sino el que le había sanado». Y el evangelista concluye la narración con esta triste observación: «Por esto, los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en sábado» (v. 16). Por aquí vemos: 1. Cuán absurda e irracional era la enemistad que los judíos le tenían a Cristo: «Por esto»; precisamente por sanar a un enfermo en sábado, por hacer el bien, tal bien, y por medio de un milagro, quieren perseguirle, y perseguirle hasta darle muerte; 2. Cómo querían cubrir su perversidad bajo capa de celo por la Ley:
«porque hacía estas cosas en sábado». Así cubren los hipócritas con capa de forma de piedad su total carencia de la eficacia de ella. Los verbos de este versículo 16 están en imperfecto, de tal forma que, como observa Ryle, podría hacerse la siguiente paráfrasis: «Desde este momento, los judíos comenzaron a perseguir a Jesús y estaban buscando la ocasión de poder darle muerte, porque Él se había habituado a hacer estas cosas en sábado»; y aduce en confirmación de esto el que, mucho después, Jesús se refiera a este milagro cuando dijo: «¿Os enojáis conmigo porque sané completamente a un hombre en sábado?» (7:23).
Versículos 17–30
Mensaje de Jesús con ocasión de haber sido acusado de quebrantar el sábado.
I. La verdad en que se basó para justificar lo que hizo en día de reposo: «Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo» (v. 17). Es cierto que Dios descansó en el séptimo día de la obra de la creación (Gn. 2:1–3), pero no descansa en la obra de la conservación y providencia (Hch. 14:17), ni en la obra de la salvación. Filón escribió: «Dios nunca cesa de trabajar. Así como es propiedad del fuego el quemar, y de la nieve el enfriar, así también es propiedad de Dios el trabajar». Y, comoquiera que el Padre hizo todas las cosas mediante el Hijo (1:3), mediante el Hijo las conserva (Col. 1:17; He. 1:3), y mediante el Hijo nos salva (Tit. 2:11–14), Jesús añade: «y yo también trabajo», puesto que, al ser una misma la naturaleza del Padre y del Hijo (10:30), también ha de ser una misma la acción; ambos están necesariamente unidos en la misma empresa.
II. La ofensa que recibieron los judíos con estas palabras de Jesús: «Por esto, pues, procuraban más aún los judíos matarle» (v. 18a). La justa defensa de Jesús era para ellos una injusta ofensa. Ese «más aún» da a entender claramente que los judíos, ya furiosos por lo que ellos creían ser quebrantamiento del sábado, se pusieron todavía más furiosos al oír lo que para ellos era una blasfemia, pues comprendieron cabalmente que, al identificarse de tal modo con el Padre, Cristo se hacía igual a Dios (v. 18b). Habría sido blasfemia si Jesucristo no fuese realmente Dios, pero es una gran verdad. Lo que los teólogos liberales no aciertan a ver, lo comprendieron bien los judíos en las palabras de Jesús. En esta porción como en todo su evangelio, Juan deja bien claro el propósito que tuvo al redactarlo (v. 20:30–31). Si Cristo es el Hijo de Dios, aceptarlo por fe es algo necesario para «que, creyendo, tengamos vida en su nombre» (20:31).
III. A esto responde Jesús con una exposición más amplia de la verdad que acababa de declarar y, en lugar de rebajar en algo lo que había dicho, refuerza todavía su justa pretensión, sin temor de que los judíos arrecien en su furia contra Él. Comienza con una de sus más solemnes frases: «De cierto, de cierto os digo» (v. 19). Como si dijese: «Os aseguro y os doy mi palabra, que es la Palabra del Padre, de que lo que os voy a decir es una solemne verdad». Y les dice:
1. En general, que es uno con el Padre en todo lo que hace, pues:
(A) El hijo no puede hacer nada independientemente del Padre: «No puede el Hijo hacer nada por su cuenta (lit. de sí mismo), sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que Él hace, también lo hace igualmente el Hijo» (v. 19). La voluntad humana de Jesús estaba totalmente sometida a la voluntad de Dios (4:34; 8:29; He. 10:7); y, en cuanto Dios, no estaba sometida, sino que era (y es) una misma con la del Padre. Nótese el verbo «ve» en contraste con el «oiga» (16:13) referido al Espíritu Santo. Espiritualmente se llama «ver» al «entender». Por lo que, al ser el Hijo la Luz sustancial del Padre y el resplandor de su gloria (1:9; 8:12; 12:46; He. 1:3), es también el Verbo en el que Dios Padre ve todas las cosas. Así pues, el Hijo no puede hacer, sino lo que ve hacer al Padre, no por falta de poder, sino por comunión de esencia y operación. Para el Hijo, el Padre, no puede tener secretos, pues nadie conoce a fondo al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo resuelva revelarlo (Mt. 11:27; Lc. 10:22). Al ser Luz sustancial, en Cristo el ver es hacer; por eso, hace lo que ve hacer al Padre.
(B) Aunque el Hijo procede por la vía de la mente, el Padre lo engendra con amor y recostándolo en su seno (1:18), «le muestra todo lo que Él hace» (v. 20), le comunica, con sus secretos planes, el poder para llevarlos a cabo, tanto en la providencia de las cosas ordinarias como en la realización de milagros. Todo lo que Jesús hacía, lo hacía bajo la dirección del Padre. «Mayores cosas que éstas» (la de curar al paralítico de la piscina) serán el resucitar muertos (v. 11:43–44) y el resucitarse a Sí mismo (10:18).
«Para que vosotros os admiréis.» No dice: «para que creáis», puesto que aun cuando ése era su objetivo (20:31), estos judíos no estaban en la disposición receptiva necesaria. Hay muchos que llegan hasta la admiración de las obras y de las enseñanzas de Cristo, por lo que Él obtiene gran honor, pero no llegan a creer de veras en Él, con lo que ellos se privan del mayor beneficio posible.
2. En particular. Luego demuestra su igualdad con el Padre al declarar específicamente algunas de las obras que son propias de Dios y que Él mismo también las lleva a cabo (vv. 21–30). Obsérvese:
(A) Lo que se dice aquí sobre el poder del Mediador para resucitar a los muertos y dar la vida:
(a) Su autoridad para hacerlo: «Porque como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (v. 21). Es una prerrogativa divina levantar a los muertos y darles vida, tanto en el orden natural como en el espiritual. Una resurrección de los muertos nunca es obra de la naturaleza misma, sino que es puramente obra del poder de Dios, así como el poder de conocerlo nosotros es obra exclusiva de la revelación divina. El Mediador está investido de este Poder: «el Hijo da vida a los que quiere». Esto no indica arbitrariedad, sino que su poder y su acción de vivificar no se deben a una necesidad como la del sol, que no puede menos de enviar sus rayos; por el contrario, Cristo es un agente libre. Y, así como posee el poder divino, también posee la sabiduría y la soberanía de Dios:
«Tiene las llaves de la muerte y del Hades» (Ap. 1:18b).
(b) Su capacidad para hacerlo: «Porque como el Padre tiene vida en Sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener vida en Sí mismo» (v. 26). El Hijo, en cuanto Dios, es engendrado por el Padre; la Palabra vive del que la dice. En cuanto hombre, Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres, ha venido lleno de vida, como de gracia y de verdad, para darlas y darlas en abundancia (1:16; 10:10). Puede juzgar el que vino a salvar (Lc. 19:10); puede levantar a los muertos quien vino a entregar su vida para que los pecadores puedan salir de muerte a vida (v. 24, comp. con 1 Jn. 3:14).
(c) Su actuación, de acuerdo con su autoridad y su capacidad. Hay dos clases de resurrección llevadas a cabo por la palabra poderosa de Jesús: Primera en el orden espiritual que tiene lugar en la presente vida:
«De cierto, de cierto os digo: Llega la hora, y ahora es (es decir ya estamos en ella), cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán» (v. 25). Que aquí se trata de la vida espiritual, por la que se sale de la tumba del pecado a la justificación por la gracia, se prueba tanto por el texto como por el contexto: El texto de los que oigan la voz con lo que se advierte una selección; esta selección la hace el Hijo de Dios, porque tiene vida en Sí mismo (v. 26); y los que la oyen y creen tienen vida eterna y no vendrán a condenación, sino que han pasado de la muerte a la vida (v. 24). Es cristiano el que ha oído la voz del Salvador y ha creído en Él. Creer en Él es creer también al que le envió (v. 24), pues el objetivo de Cristo es llevarnos al Padre. Cristo, como hombre, es el camino (14:6). Cristo, como Dios, es nuestra meta (14:9). Vemos también aquí el gran certificado que garantiza el perdón al creyente: «No vendrá a condenación» (comp. con Ro. 8:1). «No viene a juicio»—dice el original—, porque, aun cuando el creyente ha de comparecer ante el tribunal de Cristo (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10) no será para juicio, sino para recoger recompensa, según lo que haya edificado (comp. con 1 Co. 3:11–15). A esta resurrección espiritual se refiere Pablo en Efesios 2:1 y ss. Segunda, en el orden material. Esta «está para llegar» (v. 28). En ella, no algunos, sino todos los que están en los sepulcros oirán su voz (la del Hijo del Hombre— v. 27—). «Los que hicieron lo bueno», porque creyeron en el Hijo (3:36), «saldrán a resurrección de vida»; es decir, saldrán del sepulcro para vivir eternamente; en cambio, «los que hicieron lo malo» (lit. lo trivial, lo inútil. Comp. con 2 Co. 5:10, pero el contexto es diferente) saldrán del sepulcro «a resurrección de condenación» (v. 29); no para vivir, sino para morir eternamente para la «muerte segunda» en que estarán siempre muriendo sin acabar de morir. La alternativa es tan tremenda que nunca es exagerado insistir en su importancia (comp. con Dn. 12:2). De este versículo, como de otros lugares no se puede deducir que la resurrección de los creyentes y la de los incrédulos sean simultáneas, puesto que Apocalipsis 20:4–6 pone claramente un intervalo de mil años entre ambas.
(B) Lo que se dice aquí sobre el poder del Mediador y su autoridad para ejecutar el juicio (vv. 22–23, 27). Así como tiene poder omnímodo para dar la vida, así también tiene jurisdicción soberana para ejecutar juicio. La comisión de Jesucristo como juez es declarada aquí de dos maneras:
(a) En su calidad de Hijo de Dios. En este aspecto, se nos dice que «ni aun el Padre juzga a nadie, sino que ha dado todo juicio al Hijo» (v. 22). Aun cuando la ejecución de juicio divino es, de suyo, prerrogativa común de las tres personas divinas, se atribuye con toda razón al Hijo por ser Éste la Palabra personal del Padre: el Verbo de Dios (1:1; Ap. 19:13). Por ser el Verbo la Palabra personal en la que el Padre ve, conoce y juzga todas las cosas, bien se puede decir que a Él le compete juzgar, por cuanto es el Juicio vivo y personal del Padre. En el Hijo reconcilia Dios a la humanidad (2 Co. 5:19), y en el Hijo también juzga y condena a quienes no han creído (8:24). Además, el Padre no juzga a nadie, porque quiere que todos sean salvos (3:16–17 comp. con 1 Ti. 2:4); mientras que el que se condena es «porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (3:18); justo es, pues, que se vea expuesto, en el último día a «la ira del Cordero» (Ap. 6:16–17). Para salvarse es necesario estar inscrito en «el libro de la vida del Cordero» (Ap. 13:8; 17:8).
(b) En su calidad de Hijo del Hombre, lo cual expresa su función mediatorial como Mesías: «Y también le dio autoridad de ejecutar juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre» (v. 27). El que vendrá a ejecutar juicio es el mismo que vino a salvar a los hombres mediante su muerte en la Cruz del Calvario; Él es el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5). En este sentido su autoridad le viene del Padre: «le dio autoridad». Todo esto redunda en honor del Hijo, lo mismo que del Padre (v. 23), y sirve de gran consuelo a los creyentes, quienes tienen así la seguridad de que han puesto su vida en buenas manos. Esta autoridad le ha sido concedida a Cristo, como Hijo del Hombre por dos razones: Primera, porque al ser en la forma de Dios e igual al Padre, condescendió a hacerse uno de tantos, en todo semejante a nosotros, excepto el pecado (Fil. 2:6–8; He. 2:11 y ss.; 4:15). Su afinidad con nosotros, el ponerse de nuestra parte, le acreditó a ser hecho Señor de todos ante quien toda criatura debe doblar la rodilla, y toda lengua confesarle por Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:9–11). Segunda, porque, al ser el Mesías prometido, había de venir investido de todo poder, no sólo sobre el pueblo judío, sino sobre toda criatura (Mt. 28:18; Jn. 20:21–23). El Padre le envió (v. 23). Por tanto, la afrenta que se haga al Embajador del Padre, se le hace al Padre mismo.
IV. Jesús resume ahora la argumentación que comenzó en el versículo 19: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre» (v. 30, comp. con 4:34; 6:38). Hay quienes opinan, como Ryle, que el «yo» enfático de la primera frase es señal de que Cristo no se refiere a Sí mismo ya como Hijo del Hombre, sino que expresa la relación intratrinitaria por la que el Hijo no obra independientemente del Padre. Sin negar el trasfondo intratrinitario es preferible la opinión de que Cristo habla aquí como Enviado del Padre. Lo confirman dos detalles: 1) el verbo «oigo»; compárese con 15:15, en contraste con el «ve» del v. 19; 2) la mención de su voluntad en contraposición con la del Padre, lo cual sólo puede entenderse de su voluntad humana (comp. con Mt. 26:39, 42 y paralelos). Al ser el Enviado del Padre, no puede traernos otra revelación ni pronunciar otros juicios que los que ha recibido del Padre. Y, como siempre hace la voluntad del Padre (v. 3:17; 4:34; 6:38; 8:29), y el Padre siempre juzga con rectitud (Sal. 51:4; Ro. 3:4; etc.), el juicio de Jesús es también siempre recto. Por consiguiente, los judíos que se oponen a Cristo por lo que acaba de hacer y decir, se están oponiendo a Jehová, al Dios mismo de Israel. Por eso, hallamos en Mateo 17:5 la voz de Dios que dice de Jesús: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd». Con esto quedan también refutados cuantos dicen o piensan que se puede ir a Dios por otro camino que Cristo (comp. con 14:6).
Versículos 31–47
En estos versículos, Jesús presenta las credenciales que le atestiguan como Enviado de Dios.
I. Comoquiera que los judíos, según la Ley (Dt. 19:15), exigían el testimonio de dos testigos, Jesús condesciende a retirar por ahora su propio testimonio, porque no lo necesita (comp. con 8:13–17 y se verá que no hay contradicción con 5:31) y dice a los judíos: «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero (lit. verídico; gr. alethés)»; es decir, «no es válido según la ley».
II. En cambio, presenta seis testimonios, más que suficientes para demostrar la verdad de sus palabras y la rectitud de sus obras:
1. El testimonio del Padre: «Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero» (v. 32). Hay exegetas que entienden aquí el testimonio de Juan el Bautista, por el contexto posterior, pero es mucho más probable que se refiera al testimonio del Padre, puesto que: (A) Todos los verbos del versículo están en presente, mientras que el testimonio de Juan pertenecía ya al pasado; (B) la semejanza con 8:16–18 demuestra que este primer testigo es el Padre. Al oír esto, los judíos se quedarían perplejos sin saber a quién aludía (comp. con 8:19), al deducir al fin, que se refería al Bautista, por lo que Jesús aduce a continuación el testimonio de éste. El Padre, al enviar al Hijo al mundo, le puso el sello (6:27, lit.) que le acreditaba como Enviado suyo. Por eso, el que no cree en Jesús, hace a Dios mentiroso (v. 1 Jn. 5:9–12).
2. También Juan el Bautista dio testimonio de Jesús: «Vosotros enviasteis mensajeros a Juan (v. 1:19), y él dio testimonio de la verdad» (v. 33). Nótese el verbo en pasado». Con este objetivo surgió el Bautista: Para dar testimonio de la luz que es Cristo (1:6–9). El testimonio de Juan había sido público y solemne, pues lo había dado abiertamente ante la embajada de sacerdotes y levitas que los judíos de Jerusalén habían enviado para interrogarle. Esto dio a Juan la oportunidad de dar testimonio de la verdad. No dice: «de mí», sino, con toda modestia e imparcialidad: «de la verdad», aun cuando Él mismo era la verdad (14:6). Dos cosas se añaden aquí acerca del testimonio de Juan:
(A) Que había una clase de testimonio que Jesús no necesitaba: «Pero yo no recibo testimonio de parte de hombre alguno» (v. 34a). Cristo no necesita credenciales ni certificados humanos, pues lleva consigo su propia garantía como lleva consigo su propia autoridad y excelencia. ¿Por qué, pues, aduce el testimonio del Bautista? «Mas digo esto para que vosotros seáis salvos» (v. 34b). Como si dijera: «No necesito del testimonio de Juan, pues basta mi propio testimonio; pero, ya que vosotros tuvisteis respeto y aprecio a Juan, aduzco su testimonio a fin de que creyéndole a él, que dio testimonio de mí, os inclinéis a creerme a mí y podáis así ser salvos, pues eso es lo que más deseo y para eso he venido» (comp. con Lc. 19:10). Cristo desea la salvación de todos, incluso de sus más encarnizados enemigos y perseguidores (v. Lc. 23:24).
(B) Que era un testimonio acerca de Juan, aun siendo éste un hombre, por el respeto que ellos tenían al Bautista (v. 35). Donde vemos:
(a) El carácter del Bautista: Él era una lámpara que ardía y alumbraba». No era la luz (1:8), sino una lámpara, es decir, una luz derivada y subordinada. «Ardía y alumbraba»; nótese el orden de los verbos: un creyente no puede alumbrar con su palabra, si no arde con su amor. Ardía de veras, no fingía arder, porque el fuego pintado puede reflejar la luz y brillar de algún modo, pero sólo el fuego verdadero arde; esto denota actividad, celo y fervor. El fuego no dice: «¡Basta!» (Pr. 30:16). Y el fuego santo es un fuego de amor, al que no pueden apagar las aguas ni los ríos (Cnt. 8:7). Por ser fuego necesita combustible, algo en que cebarse; tiende a extenderse por lo que resulta buen ministro de Dios (Sal. 104:4). Juan también alumbraba al arder; no era un fuego lento, que no brilla ni un fuego subterráneo que no calienta, sino un fuego con fervor y brillo; lo que, en buen castellano, se llama «lumbre» (ésta es la exacta traducción de phos en Mr. 14:54; Lc. 22:56). Ésa es la clase de luz con que todo creyente debe brillar (Mt. 5:16).
(b) La atención que suscitó entre el pueblo: «Y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz». Por Mateo 3:5 y ss., vemos la popularidad que Juan alcanzó rápidamente entre el pueblo. Todos parecían estar orgullosos de que en su generación surgiera un profeta tan grande como Juan. Llegaron a tomarle por el Mesías. Pero esta conmoción gozosa pasó pronto; fue sólo «por un tiempo», como los niños con una fiesta de fuegos artificiales. Pero, cuando Juan comenzó a desengañarles y a poner el dedo en la llaga de cada uno, pronto se cansaron de él y dijeron que tenía demonio (Mt. 11:18; Lc. 7:33), como si estuviera fuera de sí por la austeridad con que vivía. Además, Juan tuvo poco tiempo para ejercer su ministerio, porque Herodes le puso en prisión. Los fieles ministros de Dios arden tanto que, de ordinario, se consumen pronto, no sólo por el fervor con que trabajan, sino porque sus enemigos y, con frecuencia, aun los miembros mismos de sus congregaciones les arruinan la salud. Esto es particularmente cierto con respecto a los falsos profesantes, quienes suelen enfriarse tanto más pronto cuanto parecieron al principio ser los más calientes. Cristo menciona estos detalles acerca de Juan y de la oposición que los enemigos de la luz le habían presentado, a fin de condenar la oposición que Él mismo tenía que soportar de parte de ellos. Si hubiesen continuado en el respeto a Juan, le respetarían ahora a Él. Pero así se muestra cómo muchos de los que se regocijan en la luz no están dispuestos a andar en ella.
3. El testimonio de las obras mismas que Jesús llevaba a cabo: «Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan, porque las obras que el Padre me dio para que las llevase a cabo (v. 4:34; 10:25, 38; 14:11; 17:4; 19:30), las mismas obras que yo hago dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado» (v. 36). Juan no había hecho ningún milagro (10:41), pero Jesús hacía muchos, grandes, visibles, públicos, beneficiosos y sin fraude. El Evangelio de Juan nos refiere cuatro veces esta apelación a los milagros de Jesús como prueba de que era el Enviado del Padre (3:2; 5:36; 10:25; 15:24). Estamos tan hechos a leer los evangelios, que nos parece normal encontrar en ellos los muchos y grandes milagros que hizo Jesús; pero a la generación que los presenció, debieron de hacerle una impresión tremenda. Esta tremenda evidencia no podía ser puesta en duda. En realidad, no se atrevieron a negarla, sino que apelaron al blasfemo recurso de atribuirlos a un pacto con Satanás. A quienes los niegan hoy, conviene refrescarles la memoria con este detalle tan significativo. Con todo, Jesús no se atribuye a sí mismo una iniciativa independiente en la realización de sus milagros, sino que, tanto en los mensajes que pronuncia, como en los milagros que lleva a cabo, siempre da la gloria al Padre: «las obras que el Padre me dio» (v. 14:10; 17:8); obras que fueron planeadas en el seno de la Trina Deidad desde antes de la fundación del mundo. El testimonio de Dios es siempre superior (infinitamente superior) al de cualquier hombre (v. 1 Jn. 5:9). La vida entera de Jesús fue un canal purísimo a través del cual Dios mostró Su naturaleza a los hombres (1:14; 14:9; 1 Ti. 3:16; 1 Jn. 4:2). A través de Jesús podemos ver, no sólo el poder, sino también la sabiduría y el inmenso amor del Padre. De estas obras extraordinarias dice Jesús tres cosas: (A) que le fueron dadas por el Padre; del Padre les venía el designio y el poder; (B) que le fueron dadas para que las llevase a cabo, lo cual hizo Él con toda perfección, con sumo agrado y arrostrando terribles fatigas, persecuciones y padecimientos; (C) que esas obras daban testimonio de Jesús, pues nadie, sino un Enviado de Dios podía hacerlas; y no un enviado cualquiera, como un criado enviado por el amo, sino como un Hijo enviado por el Padre. Dios no envió un ángel a morir por nosotros, sino que vino Él mismo en la persona del Hijo.
4. A continuación, Jesús presenta con mayor amplitud el testimonio personal del Padre respecto de Él: «También el Padre que me envió, ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz ni habéis visto su aspecto» (v. 37). Es cierto que Dios había hecho oír su voz en testimonio de Jesús, tanto en su bautismo como en su transfiguración (v. Mt. 3:17; 17:5); pero esto no sería prueba suficiente para los interlocutores, puesto que, a la primera de dichas ocasiones, sólo Juan el Bautista oyó esa voz; en la segunda, sólo Pedro, Juan y el hermano de éste, Santiago el Mayor, habían oído la voz del Padre. A la vista de esto y del inmediato contexto posterior es mucho más probable que Jesús se refiera al testimonio de las profecías del Antiguo Testamento. El Padre había testificado abundantemente del Mesías en los siglos pasados. Si ellos hubiesen prestado atención a este testimonio, no andarían a ciegas respecto a las credenciales de Jesús como Mesías, pero ellos habían fracasado voluntariamente en reconocer en las palabras de Jesús la voz de Dios, y en las obras y la conducta toda de Jesús el aspecto de Dios, es decir, la forma externa (gr. eidos) en que el Dios esencialmente invisible (1 Ti. 6:16) se manifestaba a través de Cristo (1:18; 14:9). Los judíos, al desconocer este testimonio mostraban: (A) Ignorancia de Dios, como la podría tener un hombre de otro hombre a quien jamás hubiese visto ni oído. Siempre ocurre lo mismo: La ignorancia de lo que la Biblia nos dice acerca de Dios es la única razón por la que los hombres rechazan el testimonio que la Palabra nos presenta acerca de Jesús y de la salvación que vino a traer al mundo; (B) rebeldía contra Dios, puesto que no permitían que la Palabra que estaba en medio de ellos, penetrase de veras dentro de ellos: «Ni tenéis su palabra morando en vosotros» (nótese el verbo «morar», que siempre implica comunión). La Biblia Hebrea brillaba ante los ojos de ellos y sonaba en sus oídos, pues se leía siempre en voz alta pero no penetraba en el corazón de ellos ni gobernaba la conducta. ¿De qué les servía el que les hubiesen sido encomendados los oráculos de Dios (Ro. 3:2), cuando no observaban lo que estos oráculos demandaban? Donde la Palabra de Dios no permanece, sino que se oye o se lee a la ligera, no puede hacer la obra a la que está destinada (v. Stg. 1:22–25). ¿En qué se conocía que la Palabra de Dios no moraba en ellos? En que no reconocían, por medio de ella, en Jesús al Mesías: «Porque a quien Él envió, vosotros no creéis». Sólo convirtiéndose al Señor, se quita el velo que oculta la fuerza de este testimonio (v. 2 Co. 3:14–16), porque el Espíritu Santo guía hacia la verdad (14:26; 15:26; 16:13), descubre las cosas de Dios (1 Co. 2:10–16) y calienta el corazón (Lc. 24:32) para escucharlas y ponerlas por obra. El morar de la Palabra y del Espíritu en nosotros se muestra por sus efectos, especialmente por el recibimiento que se hace al Enviado de Dios.
5. El testimonio que a continuación presenta Jesús va directo a las Escrituras del Antiguo Pacto:
«Escudriñad (o «Escudriñáis») las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna». Como el presente de indicativo y el presente de imperativo son iguales en griego, discuten los comentaristas si se ha de leer «escudriñad» o «escudriñáis» (v. la RV 1977. Nota del traductor). En el primer caso, Jesús estaría incitando a los judíos a que estudiasen bien las Escrituras para percatarse de que ellas dan testimonio de Él. La mayoría de los comentaristas antiguos, incluyendo al Crisóstomo, Agustín de Hipona, Lutero, Calvino y Ryle, lo entienden así. En el plano devocional, es aprovechable este sentido. Debemos estudiar la Biblia con toda diligencia, y profundizar en cada pasaje cuanto nos sea posible, y comparar unas porciones con otras, y no sólo ver lo que nos enseñan, sino también cumplir lo que nos mandan. Quienes deseen hallar a Cristo han de escudriñar las Escrituras, lo cual requiere diligencia en buscar y deseo de hallar. Hemos de buscar con mayor empeño que el que lleva a los hombres a las minas de oro o plata y a los buscadores de perlas. Decía Lutero: «Hallamos al infante en la cuna, a Cristo le hallamos en la Biblia». Sin embargo, la mayoría de los comentaristas modernos entienden la frase en indicativo. Hendriksen tiene toda la razón cuando, en favor de este sentido, arguye que es el único que da razón del contexto, tanto anterior («su palabra está entre vosotros, pero no mora en vuestro corazón»), como, especialmente con el posterior («porque a vosotros os parece que en ellas tenéis vida eterna»). Los judíos no estaban equivocados al pensar que en las Escrituras hay vida eterna, pero lo que Cristo quiere hacerles ver es que, por mucho que escudriñen la letra de las Escrituras, no les aprovechará para la vida eterna, porque no aciertan a verle a Él en las Escrituras, al ser así que «ellas dan testimonio de mí», esto es de Cristo; si se les quitara el velo del corazón, el conocimiento intelectual que tenían de las Escrituras les llevaría a Jesús, en quien está la vida (v. 40, comp. con 1:4; 3:36; 5:21; 6:33 y ss.; 10:10; 20:31; 1 Jn. 5:11–13). Era proverbio corriente entre los judíos que «el que tiene las palabras de la Ley tiene vida eterna». Y los rabinos llegaban a decir que Dios mismo en el Cielo no tiene mejor ocupación ni mayor contentamiento que leer la Ley. Tenían sumo cuidado, no sólo en examinar y memorizar todas sus palabras, sino también en distinguir y retener los acentos para modular su lectura y las tildes cuya confusión u omisión puede influir en una incorrecta lectura. Sin embargo, preocupados excesivamente por la letra se les escapaba el espíritu. El rabino Saulo recordaba esto cuando escribía «la letra mata, pero el espíritu vivifica» (2 Co. 3:6. V. todo el contexto posterior, que retrata bien el estado de los judíos con los que Cristo habla en Jn. 5). Nótese ese «no queréis» del versículo 40, que explica la triste condición de todo el que no recibe a Cristo (comp. con 7:17). Jesús va a las raíces mismas de la actitud hostil de los judíos contra Él, al descubrir los perversos motivos que anidaban en el corazón de ellos (comp. con Jer. 17:9). La gente no se condena por falta de luz, sino por falta de voluntad. Un corazón en tinieblas impide que la mente funcione razonablemente (v. Ro. 1:21).
Esto se echa de ver en el versículo 41: «Gloria de los hombres no recibo». Algunos comentaristas no aciertan a ver el sentido de este versículo, pero el sentido es claro, pues equivale a decir: «Todo esto no lo digo por pensar que merezco ser alabado por vosotros, sino porque deseo vuestra salvación». Parece responder a una maliciosa suposición de sus interlocutores, como expone Hendriksen. Es probable que los judíos pensasen: «Este individuo se enfada porque le acusamos de quebrantar el sábado y de hacerse igual a Dios. Si le hubiéramos aplaudido por el milagro que hizo al curar al paralítico, se habría quedado satisfecho». A esto Jesús contesta: «No, yo no busco alabanzas de parte de los hombres; no es aplauso lo que busco. La razón de todo lo que estoy diciendo no es mi afán de gloria, sino vuestra falta de sinceridad». Y, a continuación, les declara las razones por las que no quieren recibirle como a Enviado de Dios:
(A) Falta de amor a Dios: «Pero yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros mismos» (v. 42). La razón por la que tantos menosprecian a Cristo es que no aman a Dios. En el versículo 37 les había reprochado Jesús su ignorancia de Dios; ahora les reprocha su falta de amor a Dios. Así, en un círculo vicioso, muchos no aman a Dios porque no le conocen de veras ni desean conocerle. Los judíos se jactaban de amar a Dios y de observar sus mandamientos, pero «su celo de Dios no correspondía a un correcto conocimiento de Él» (v. Ro. 10:2). Hay muchos que profesan amar a Dios, pero no lo muestran en su conducta al no seguir la santidad, «sin la cual nadie verá al Señor» (He. 12:14). Cristo sabía que ellos no tenían amor de Dios (v. comentario al v. 6). No pensemos que podemos engañarle con falsas profesiones, porque Él atraviesa con su mirada todas las caretas, por muy bellas que sean las máscaras que nos pongamos. Podemos engañar a nuestros vecinos, amigos y hermanos; podemos incluso engañarnos a nosotros mismos; pero no podemos engañarle a Él.
(B) La búsqueda de vanidades y sensacionalismos: «Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése recibiréis» (v. 43). Los escritores antiguos opinaron que Jesús se refería aquí al Anticristo. No hay razón alguna para opinar así. Es cierto que el Anticristo engañará a muchos (v. 2 Ts. 2:9–10; Ap. 13:14), pero Cristo se refiere aquí probablemente a los muchos falsos «cristos» que aparecieron en los siglos I y II de nuestra era (v. Hch. 5:36–37, y el Barkokhba—132– 135 d.C.—, de quien el rabino Akiba dijo que era «la estrella de Jacob» de Nm. 24:17). Según Stier, citado por Ryle, no menos de 64 falsos «Mesías» aparecieron con esta pretensión y tuvieron cierto crédito entre los judíos. La inclinación a creer a falsos profetas y maestros es proverbial entre los buscadores de sensacionalismos que halagan la vista y el oído (v. 2 Ti. 4:3–4). Los fuegos fatuos fascinan más que el fuego real. Hasta muchos creyentes prefieren sermones que satisfagan su curiosidad a mensajes que pongan el dedo en la llaga. Predicadores que declaman y gesticulan son, para los creyentes inmaduros, preferibles a los sanos y competentes expositores de la Palabra de Dios. ¡Desgraciado el ministro de Dios que busca así su propia gloria! Peor es todavía el caso del predicador que falsea, por ignorancia o por malicia, el claro sentido de la Palabra. Recuerdo (nota del traductor) dos predicadores (el uno un cura católico; el otro, un predicador «evangélico») a quienes les oí la siguiente barbaridad: «¿Prepararse para subir al púlpito? ¡Para eso, está el Espíritu Santo!» Para ellos era pura receptividad al Espíritu lo que, lisa y llanamente, no es otra cosa que tentar a Dios.
(C) La búsqueda del aplauso ajeno, con propaganda recíproca y autobombo: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? (lit. de parte de Dios solo)» (v. 44). Como hace notar Hendriksen, el vocablo mismo «judío», proveniente de «Judá», significa «alabado». Pablo recuerda a sus compatriotas que «la alabanza del cual (del judío genuino) no viene de los hombres, sino de Dios» (Ro. 2:29). Pero al buscar la propia gloria, estos judíos buscaban la alabanza de los hombres y, en su propio orgullo, despreciaban a Jesús. Vemos:
(a) La ambición por obtener alabanzas de los mundanos al contrario que Cristo (v. 41). Jesús viene a decirles: «Deseáis recibir gloria unos de otros y eso es todo lo que apetecéis. Otorgáis honor a otros y los aplaudís, únicamente para que ellos, a su vez os honren y aplaudan a vosotros». De éstos dijo Cristo: «De cierto os digo que ya están recibiendo su recompensa» (Mt. 6:2, 5, 16).
(b) El menosprecio de la alabanza de Dios: «no buscáis la gloria de parte de Dios solo». Este gran honor pertenece en exclusiva a los creyentes verdaderos; todos los que creen en Cristo reciben de Dios
«gloria, honra, inmortalidad y paz», pues son ellos quienes la buscan de Él (Ro. 2:7, 10). Éste es el premio de vida eterna, no de aplauso temporal.
(c) La influencia que estas malas disposiciones ejercían en su incredulidad: «¿Cómo podéis vosotros creer …?» La ambición de honor y gloria por parte del mundo son un tremendo obstáculo para creer en Jesucristo, porque hacen al hombre esclavo de un ídolo y conculcador del gran Shemá de Deuteronomio 6:4–5. «Nadie puede servir a dos señores» (Mt. 6:24).
6. El último testigo al que Jesús apela es Moisés (vv. 45–47). Cristo les muestra:
(A) Que Moisés fue un testigo contra los judíos incrédulos: «No penséis que yo voy a acusaros ante el Padre»—les dice Jesús—. Como observa W. Hendriksen, ante los agudos reproches de los versículos que anteceden, es posible que los judíos comenzasen a sospechar que lo que Cristo les dice en el versículo 34b no era verdad, sino que Jesús era un «acusador» al estilo de Satanás, cuando éste se puso a la derecha del Ángel de Jehová para acusar al sumo sacerdote Josué de que las vestiduras que llevaba no estaban limpias (Zac. 3:1–5). Pero no era ese el propósito de Jesús (v. 3:17). Jesús no vino a este mundo como acusador, sino como abogado (1 Jn. 2:1–2), como Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5). Incluso en la Cruz, no acusó a quienes le crucificaban, sino que oró al Padre para que les perdonara (Lc. 23:34). Es Moisés, «en quien tenéis puesta vuestra esperanza, quien os acusa» (v. 45). Los judíos se jactaban de ser «discípulos de Moisés» (9:28) y esperaban que, mediante la observancia de las leyes y ordenanzas que Moisés les había prescrito de parte de Dios, serían salvos. Este Moisés, cuyas instrucciones analizaban y discutían con una casuística extremadamente minuciosa, mostraría ser el verdadero acusador de ellos.
Quienes ponen toda su confianza en los privilegios de que disfrutan, se encontrarán un día con que esos mismos privilegios serán sus más temibles testigos contra ellos.
(B) Que Moisés testificó de Cristo y de sus enseñanzas: «De mí escribió él» (v. 46b). Mediante tipos y figuras, todo el Pentateuco, redactado por Moisés, apuntaba hacia Cristo; pero hay pasajes como Génesis 3:15; 9:26; 22:18; 49:10, Números 24:17 y Deuteronomio 18:15–18 que se refieren directamente al Mesías venidero. Así que, bien pudo decirles Jesús: «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí» (v. 46a). Muchos dicen que creen, pero sus acciones demuestran que sus palabras son una mentira. Quienes creen una parte de la Escritura han de creer y poner por obra toda la Escritura, puesto que toda está inspirada por Dios (2 Ti. 3:16). El hecho de que estos judíos no creyesen en Cristo, de quien Moisés había hablado tan claramente demostraba que no era verdad que creyesen a Moisés. «Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?» (v. 47). Muchos se confunden al leer este versículo, como si Jesús antepusiera la autoridad de Moisés a la suya propia. Pero no es esto lo que Jesús intenta subrayar aquí. La comparación que establece Jesús es entre los escritos de Moisés y las palabras suyas, y es una especie de silogismo en que las premisas son los escritos de Moisés, y la conclusión la fe en Jesús; como si les dijera: «Para vosotros no hay nada tan sagrado como la Ley de Moisés. Colocáis la Torah sobre toda otra autoridad (al menos, en teoría; pues, en la práctica, superponéis las tradiciones de los ancianos). Moisés es vuestro supremo líder, y sus escritos están, en vuestra opinión, por encima de las enseñanzas que cualquier persona, incluido yo, os pueda impartir. Si, por consiguiente, no creéis en lo que él escribió, ¿cómo podréis creer lo que yo diga?» Argumento contundente, cuya validez nunca caduca. Como concluye Hendriksen: «Negad las Sagradas Escrituras, y todo está perdido. Los judíos necesitaban esta lección; también nosotros la necesitamos hoy».
Este capítulo se divide en cinco partes: 1) El milagro de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces, pasaje que es referido por los cuatro evangelistas (vv. 1–14); 2) Jesús se retira de la multitud que quiere hacerle rey (v. 15–21); 3) las multitudes acuden a Él en Capernaúm (vv. 22–27), 4) su famoso mensaje sobre el pan de vida (vv. 28–59); 5) los efectos que el mensaje produjo en sus oyentes (vv. 60– 71). Éste es el capítulo más largo del Evangelio de Juan.
I. Lugar y tiempo en que fue llevado a cabo este milagro:
1. La región en que Cristo se hallaba: «Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea» (v. 1). Lucas 9:10 informa que el lugar estaba cerca de Bet-saida. Hendriksen demuestra que esta Betsaida (vocablo que en arameo, significa «casa de pescar») no es la de Galilea, sino la Betsaida Jutias. La añadidura: el de Tiberias es una referencia claramente inteligible para los lectores del Asia Menor, pues cerca de allí se hallaba la ciudad de Tiberias, fundada el año 22 de nuestra era por Herodes Antipas en honor del emperador reinante, Tiberio.
2. La gente que le acompañaba: «Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos» (v. 2). Por el contexto posterior, vemos que esta multitud seguía a Cristo, no porque creyesen en Él, sino por curiosidad e interés propio. Sin embargo, Jesús no dejó, por eso, de hacer el bien. Y, al ser el bien, en general, lo que todos apetecen, no es extraño que Jesús se viese siempre rodeado de multitudes. Esto nos enseña a no perder la calma ni la paciencia cuando nos asedia la gente, siempre que estemos sirviendo al Señor y a no excusarnos diciendo que sólo vienen a molestarnos. Los milagros de Cristo hacían que le siguieran muchos que, en realidad, no eran atraídos a Él (v. 44); pero Él seguía haciendo el bien. Obsérvese cuántas veces curó Jesús a los enfermos sin predicarles ningún sermón. «No nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no desfallecemos» (Gá. 6:9). Ya tendremos una eternidad para descansar y regocijarnos en el Señor.
3. El sitio en que el Señor se acomodó con sus discípulos para poder divisar a la multitud: «Subió Jesús al monte, y se sentó allí con sus discípulos» (v. 3). Cristo estaba acostumbrado a ser un predicador al aire libre, y su palabra no era peor para los que le seguían fuera, al desierto, que para los que le seguían arriba, al monte, aunque cuesta arriba nos «cuesta» más seguirle. En todo caso quien quiera seguirle podrá hallarle, pues no se esconde de quien sinceramente le busca.
El tiempo en que esto sucedió: «Después de esto» (v. 1), de lo que sucedió en la conversación de Jesús con los judíos, referida en 5:19 y ss. «Y estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos» (v. 4). Era costumbre de los judíos observar religiosamente los treinta días anteriores a la Pascua. Es probable que la cercanía de la fiesta, cuando la gente sabía que Cristo asistiría a la celebración de la Pascua en Jerusalén, incitase a la gente a poner mayor empeño en seguirle los pasos. Esto nos enseña a poner redoblada diligencia en aprovechar las oportunidades, especialmente las que es probable que no vuelvan a presentarse. Juan añade otro detalle que nos sitúa en la estación primaveral: «Había mucha hierba en aquel lugar» (v. 10).
II. El milagro.
1. Primero, Cristo se percató de que le seguía gran multitud: «Cuando alzó Jesús los ojos y vio que había venido a Él gran multitud …» (v. 5a). Lo mismo que en el caso de los samaritanos (v. 4:35), Jesús vio complacido la muchedumbre que le seguía y, lejos de sentirse incomodado por su presencia, comenzó a descender de la colina para salirles al encuentro, pues sus entrañas se conmovieron a la vista de la multitud (v. Mt. 14:14). Esto ha de enseñarnos a condescender con quienes son tenidos por el mundo como gente baja. No hemos de considerar como dignos de figurar entre los perros de nuestro ganado (Job 30:1) a quienes Cristo considera como ovejas del suyo (Jn. 10:27).
2. Luego preguntó qué podía hacerse para dar de comer a tanta gente: «Dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos panes para que coman éstos?» (v. 5b). ¿Por qué le preguntó precisamente a Felipe? Los que opinan que esto ocurrió cerca de Betsaida de Galilea, ven en ello una razón para preguntarle a él, puesto que Felipe era de Betsaida y estaría enterado de los lugares en que se podía comprar pan. Juan añade: «Pero decía esto para probarle». Sin embargo, ¿no necesitaban los demás ser probados igualmente? No sabemos, pues, por qué fue a Felipe con esta pregunta; sólo que era uno de los cuatro primeros discípulos de Jesús, y que había presenciado el primer milagro de Jesús, cuando convirtió el agua en vino en Caná. Un detalle que muestra hasta qué punto Cristo era un «hombre para los demás» es que no dice: «¿De dónde compraremos panes para comer todos nosotros?, sino: «para que coman éstos». Quienes estén dispuestos a aceptar los favores de Cristo sin tener que pagar por ellos, tendrán su pago precisamente en aceptarlos gratis (comp. con Is. 55:1 y ss.). Cristo piensa en comprar para dar, así como Pablo nos exhorta a trabajar para dar (v. Ef. 4:28).
3. El objeto de esta pregunta, ya queda apuntado: «Pero decía esto para probarle; porque él sabía lo que iba a hacer» (v. 6). Vemos pues, que Jesús no preguntaba por falta de información. Nosotros con frecuencia, no sabemos qué hacer; pero Él siempre sabe lo que va a hacer. Como a Felipe, también a nosotros nos pregunta a veces, calladamente, para probarnos: para ver si la necesidad de la gente nos conmueve como le conmovía a Él; para ver también si en los actos de Jesús estamos dispuestos a reconocer su soberanía, su poder y su gracia; para ver si en los caminos por los que el Señor nos guía, acertamos a ver «señales» que apuntan a un mensaje determinado que en cada situación nos conviene, porque nos concierne.
4. La respuesta de Felipe: «Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarán para que cada uno de ellos tome un poco» (v. 7). Como si dijera: «Ni en la región circunvecina podremos hallar suficiente pan, ni tenemos dinero suficiente para poder comprarlo». Según él, ni aun esa suma de dinero bastaría para que cada uno tomase «un poco», mucho menos, para que todos quedasen satisfechos (v. 12). Jesús podía haberle replicado, como lo hizo en 14:9: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido, Felipe?» No culpemos a Felipe de ello, cuando nosotros mismos estamos inclinados a desconfiar del poder de Dios cada vez que nos fallan los medios visibles y ordinarios, con lo que mostramos que no confiamos en Él más allá de lo que podemos ver.
5. La información que Cristo recibió acerca de la provisión de que disponían los discípulos. Fue Andrés quien dio este informe, y en él podemos apreciar:
(A) La fuerza de su amor hacia aquellos por quienes estaba el Maestro preocupado, ya que se mostró dispuesto a presentar todo lo que tenía a mano, aunque ellos mismos también lo necesitaban y podía haberse dicho: «La caridad comienza por uno mismo». No no ocultó lo que había hallado, sino que dijo a Jesús: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos» (vv. 8–9). Es un detalle curioso el que, igual que en 12:20–22, hallemos aquí mencionados juntamente a Felipe y a Andrés, ambos de la misma ciudad y dos de los seis primeros discípulos del Señor (1:41–43). La provisión era ordinaria, pero sana; aunque el pan de cebada era alimento de pobres, no quiere decir que fuese un pobre alimento; y los peces, según el original griego, eran de los que se usan para condimento o sandwich. De todos modos cuando hay hambre, pan y pescado son un festín, y Andrés no sé avergonzó de presentarlo al Señor, y lo hizo con generosidad. Esto nos enseña a tener fe en la providencia del Señor y socorrer a los necesitados, sin temor a que vayamos a morir de hambre. Imitemos a Andrés y a la viuda de Sarepta (v. 1 R. 17:8–16).
(B) La debilidad de su fe: «Pero, ¿qué es esto para tantos?» (v. 9b). Ni Felipe ni Andrés tenían en cuenta, como debían tenerlo, el poder de Jesús.
6. Las instrucciones que dio Jesús a sus discípulos: «Haced recostar a ta gente» (v. 10). Sin lanzar ningún reproche a Felipe ni a Andrés, Jesús se dispone a obrar: La providencia de Dios irá al mercado y comprará provisiones sin dinero. No había divanes en aquel lugar, pero la hierba prestaba cómodo asiento a los comensales: «Y había mucha hierba en aquel lugar»; y, al ser primavera, el aspecto del campo resultaría agradable a la vista (v. Mt. 6:29–30), tanto y aun más que los jardines de Asuero para sus banquetes (v. Est. 1:4 y ss.), pues la pompa que ostenta la naturaleza es la más gloriosa. Fue Dios quien plantó el primer jardín (Gn. 2:8). También el número de los comensales superó al de cualquier banquete:
«Cinco mil varones», sin contar mujeres y niños (Mt. 14:21). Este gran banquete es figura del que el Señor ofrecerá en el monte de Sion a todos los pueblos (v. Is. 25:6) y, espiritualmente, del Evangelio que había de ser predicado a toda criatura (Mt. 28:19; Mr. 16:15; Lc. 24:47; Hch. 1:8), como un banquete que la misericordia de Dios prepara gratuitamente para todos los hambrientos y sedientos de justicia (v. Is. 55:1 y ss.).
7. La distribución del alimento (v. 11). Nótese que Jesús, como en la resurrección de Lázaro (11:41– 42), dio gracias antes de obrar el milagro no después de comer como se indica en Deuteronomio 8:10, ni usó una fórmula ya hecha (como hacían los escribas y fariseos) pues Jesús según observa Hendriksen, era siempre original, no copiaba las expresiones de los rabinos, ni nos lo podemos imaginar orando al Padre de esa manera. Este detalle de la acción de gracias de Jesús revistió gran importancia para el evangelista, como puede notarse por el versículo 23. También nosotros hemos de dar continuamente gracias a Dios, del que nos viene toda dádiva y todo don perfecto (Stg. 1:17). Aunque nuestras provisiones sean escasas sabemos que no nos han de faltar si buscamos primero el reinó de Dios y su justicia (Mt. 6:33), y debemos ser agradecidos y compasivos, al ver que una tercera parte de la población mundial perece físicamente por falta de lo más necesario para la vida temporal. Notemos también que, no sólo hubo un poco para cada uno, sino que todos pudieron comer «cuanto querían» y quedar «saciados» (vv. 11–12). Esto bastaría para que nadie llamase «ayuno y abstinencia» a comer pescado, pues equivale a menospreciar el gran banquete que Jesús dio, con pescado, a las multitudes.
8. Pero la saciedad no es excusa para el despilfarro; por eso «Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada» (v. 12). Esto nos enseña a no malgastar ninguna cosa que Dios provea para nuestro sustento y cobijo, pues Él nos las ofrece para que las administremos como es debido, y bien merece llegar a pasar verdadera necesidad el que derrocha lo que tiene, como le pasó al Hijo Pródigo (v. Lc. 15:13–14), pues de ahí le vino el nombre de «pródigo», sinónimo de «derrochador». Por otra parte, cuando nos veamos satisfechos, hemos de acordarnos de los que padecen necesidad; y, para ser caritativos, hemos de ser buenos administradores de lo que poseemos. Notemos dos detalles adicionales: (A) Cristo no mandó recoger los pedazos mientras no estaban saciados los que comieron; (B) no mandó recoger migajas, sino fragmentos: pedazos que sirvieran para ser aprovechados después. «Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido» (v. 13). Estas cestas, repletas de pedazos sobrantes, daban testimonio de la realidad y de la grandeza del milagro. Las cestas eran doce, una por cada discípulo, para que compartieran con Jesús, hiciesen memoria del milagro y quedasen bien pagados por la generosidad con que pusieron a disposición de la multitud lo que podían haber guardado para sí mismos.
III. A continuación el evangelista refiere la impresión que el milagro causó en los que fueron testigos y beneficiarios del portento: «Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Éste es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo» (v. 14). Incluso el vulgo era consciente de que había de surgir el profeta del que habló Moisés en Deuteronomio 18:15–18. Por la expresión «el que viene al mundo» (lit.), podemos colegir que la gente veía en Jesús al Mesías prometido. Pero no pasaban de ahí, esperaban un Mesías politico-militar que les sacase del yugo del poder extranjero, pero no creían en el Hijo de Dios para salvación. Muchos son también hoy los que reconocen en Cristo a un gran profeta pero no están dispuestos a reconocerle como el Salvador necesario y suficiente (Hch. 4:12), ni a poner por obra sus enseñanzas.
Versículos 15–21
I. Vemos aquí que Cristo se retira de la multitud. Ello se debe:
1. Al celo imprudente de muchos de sus seguidores: «Iban a venir para apoderarse de Él y hacerle rey» (v. 15). Llenos de entusiasmo por el milagro de tan grande y generoso bienhechor, piensan que Él debe reinar, pues a Él le deben el no perecer de hambre (comp. con Gn. 47:25). Los que son alimentados por Cristo con toda clase de gracias y favores han de entronizarle en su corazón como su rey. Pero el celo de estos hombres era imprudente por estar fundado en la ignorancia de la Escritura, ya que en toda ella estaba claro que el Cristo había de entrar en su gloria a través del sufrimiento, no del triunfo temporal (v. Lc. 24:25–27, 44–46). Un concepto equivocado de Cristo lleva a grandes errores. Este entusiasmo de la multitud era efecto de la carnalidad del corazón (v. 26), pues pensaban en un rey que les sustentase materialmente y les llevase al triunfo en lo secular y lo político. Así es como, muchas veces, la religión queda prostituida bajo intereses políticos y materiales, al hacer de Cristo un líder revolucionario o un aliado del poder constituido. Y lo querían hacer rey por la fuerza, como indica el verbo original. Es frecuente el caso de hacer violencia a Cristo con el fin de «llevar el agua a su molino», como suele decirse, en vez de hacerse fuerza a sí mismo para llegarse a Cristo.
2. A la humildad del Señor Jesús, quien no se dejaba llevar de la vanidad, especialmente cuando se le ofrecían honores que no iban por el camino de Dios (comp. con Mt. 4:4–10; 16:22–23). Con esto, nos dejó un ejemplo estupendo y un testimonio fehaciente contra la ambición de fama y honores mundanos.
¡No codiciemos jamás ser ídolos de las multitudes! También fue un testimonio contra la sedición y la rebelión, contra todo lo que tiende a perturbar la paz de las naciones. Así que «volvió a retirarse al monte Él solo». Para huir de la seducción del aplauso popular, nada mejor que retirarse al monte, para estar a solas con Dios, pues nunca se está menos solo que cuando se está con Él.
II. Apuro de los discípulos en el mar.
1. Descenso de los discípulos al mar: «Al atardecer, descendieron sus discípulos al mar» (v. 16). Una vez cumplido el quehacer del día, se dispusieron a volver a casa y, para ello, se hicieron a la mar con rumbo a Capernaúm (v. 17).
2. La tormenta que se levantó mientras cruzaban el lago: «Se levantaba el mar con un gran viento que soplaba» (v. 18). Después de banquetear con Jesús, no es extraña la aparición de una tempestad. «Había oscurecido ya» (v. 17). Muchas veces, los hijos de Dios se hallan, no sólo en apuro, sino también en oscuridad al no saber qué camino tomar ni cómo soportar la aflicción que les sobreviene. «Jesús no había venido a ellos.» Esto era lo peor. Cuando el Señor esconde su rostro y parece que está ausente, es la «noche oscura» del espíritu, como la llamó Juan de la Cruz, es la hora de la gran prueba para los que de veras aman al Señor, no por las dulzuras que su comunión comporta, sino por lo que Él es. Para estos discípulos, la ausencia del Señor era su mayor preocupación. Se habían hecho a la mar, cuando la mar estaba en calma pero ahora, en medio del mar, surgía la tormenta. En tiempo de tranquilidad espiritual, hemos de prepararnos para la tormenta; la presencia y la presión del enemigo nos recuerda que somos peregrinos por el desierto de la vida y que hemos de estar prestos al combate con las huestes de maldad (v. Ef. 6:10 y ss.; 1 Ti. 6:12; 2 Ti. 2:3–4; 4:7) y recordar que el relevo vendrá cuando hayamos acabado la milicia (Job 14:14). No pensemos que, por ser hijos del día y de la luz (1 Ts. 5:5), estamos libres de las tinieblas y de la noche. Lo que importa es que las tinieblas, por densas que sean en derredor nuestro, no estén dentro de nosotros (v. 1 Jn. 1:5 y ss.).
3. La oportuna llegada del Salvador: «Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios (una distancia bastante para que tuvieran que remar durante varias horas), vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca». El poder de Cristo se sobrepone al efecto de las leyes de la naturaleza. El que había multiplicado milagrosamente los panes y los peces en la tarde pasada caminaba ahora sobre las aguas encrespadas a pie enjuto y como si fuese sobre la playa. Se acercó a la barca para infundirles ánimo y prestarles auxilio (comp. con Sal. 107:23–32). Sin embargo, ellos «tuvieron miedo». Por lo que parece, temblaron más ante lo que les pareció un fantasma que ante la furia de la tormenta ya pasada. Lo sobrenatural imaginado les hacía mayor impresión que lo natural realizado. Bien se ha dicho que el noventa por ciento de nuestros temores son fruto de nuestra imaginación, sin motivo real. Y es curioso que el susto mayor aparezca cuando más cercano está el socorro mejor que podemos desear. ¡Con qué ternura y compasión silenció Jesús los temores de ellos: «Yo soy, cesad de temer» (v. 20. Nótese el presente de imperativo). No hay palabras que puedan llevar mayor consuelo a un hijo de Dios que pasa por apuros o temores, que las que dice aquí el Señor. Es como si nos dijera: «Yo soy Jesús a quien tú amas» (comp. con Hch. 9:5).
4. La rápida llegada a puerto, una vez que tuvieron a bordo al Señor: «Querían, pues, recogerlo en la barca; la cual llegó enseguida a la tierra adonde iban» (v. 21). El verbo «querían» no significa que se conformasen con un simple deseo, sino que lo recogieron de muy buena gana en la barca. Todo lo que es valioso se aprecia más cuando se ha perdido o se ha carecido de ello por algún tiempo. La ausencia del Señor durante la tormenta avivó el deseo de los discípulos de tenerlo con ellos en la barca. Si Cristo está junto al timón de la Iglesia, nada tiene que temer el timonel; la barca llegará pronto, y con seguridad a puerto. En cambio «Si Jehová no guarda la ciudad, en vano vela la guardia» (Sal. 127:1). Los discípulos habían remado de recio durante varias horas, sin conseguir avanzar mucho, pero, tan pronto como Cristo estuvo a bordo la barca «llegó enseguida a la tierra adonde iban». Si hemos recibido al Señor Jesucristo aunque la noche esté oscura y el viento sea fuerte podemos consolarnos con el pensamiento de que hemos de llegar pronto y salvos a puerto, pues estamos más cerca de lo que nos imaginamos.
Versículos 22–27
I. El empeño que la gente puso en hallar a Jesús, tomándose las molestias necesarias para ello. Con esto vemos:
1. Que se sentían desamparados sin Él. Jesús se había marchado, precisamente cuando querían hacerle rey, y no sabían dónde podía estar. No vieron más que una barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos (v. 22).
2. Que fueron muy diligentes en buscarle. Registraron todos los alrededores y, cuando vieron que ni Él ni sus discípulos se hallaban allí, se fueron a buscarle a otra parte. En el plano espiritual, los que han sido alimentados por Cristo con el pan de vida han de sentir un vivo deseo de seguirle a todas partes y tener íntima comunión con Él. La gente determinó ir a Capernaúm para ver de hallarle allí. Allá habían marchado sus discípulos, y sabían que no estaría por mucho tiempo ausente de ellos. La providencia vino en ayuda de ellos, pues «otras barcas habían arribado de Tiberíades junto al lugar donde habían comido el pan» (v. 23). Quienes buscan a Cristo con sinceridad, son asistidos por la providencia de Dios para que le hallen sin dificultad. Como ya hicimos notar, el evangelista añade la frase «después de haber dado gracias el Señor» con lo que muestra así la impresión que la acción del Maestro había producido en ellos, y no la podían olvidar.
3. Así que «entraron en las barcas y fueron a Capernaúm, buscando a Jesús» (v. 24). Cuando las convicciones son firmes, y los deseos son fervientes, la búsqueda de Jesús es una necesidad que apremia. A veces, las mociones que la gracia hace surgir en nuestro corazón no llegan a madurar, por falta de firme decisión de ponerlas por obra sin dilación. Se fueron a Capernaúm y, por lo que se infiere del texto, la travesía procedió en calma y sin apuros, mientras que los discípulos lo hicieron en medio de una tormenta y con el mar encrespado. No ha de extrañarnos el que, en este mundo perverso, los mejores tengan las peores travesías.
II. El éxito de la búsqueda: «Le hallaron al otro lado del mar» (v. 25). Merece la pena cruzar el mar en busca de Cristo, si al fin tenemos el consuelo de hallarle. Es decepcionante ver que esta gente, que tan celosa estuvo de hallar a Jesús, le volviesen luego la espalda, como se deduce del contexto posterior. Cuando la gente no muestra otra clase de afecto al Señor que el acudir a toda clase de sermones e incluso reuniones de oración por curiosidad, por costumbre, por complacer a sus parientes o porque allí se reúnen muchas personas, no pueden tenerse por mejores que esta turba de galileos impacientes. Lo que nos maravilla es la longanimidad del Señor, quien, a pesar de conocer los motivos por los que le seguían, se dejó hallar por ellos.
III. La pregunta que hicieron a Jesús: «Rabí, ¿cuándo llegaste acá?» (v. 25b). Por el versículo 59, vemos que le hallaron en la sinagoga de Capernaúm. Esto es todo lo que tienen que decirle; se preocupan por el cuándo y cómo de los movimientos de Jesús, pero no eran diligentes en escudriñar los motivos que les inducían a seguirle. Y, como estos motivos no eran rectos, Jesús no les felicitó por su afán en buscarle, sino que les reprochó por el bajo motivo de su búsqueda.
IV. La respuesta que les dio Jesús fue la que ellos merecían.
1. Les descubre el corrupto motivo por el que le buscaban (v. 26): «De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis». Nótese la introducción de la solemne fórmula «de cierto», siempre repetida en el Evangelio de Juan. Como observa Hendriksen, Jesús viene a decirles que, aunque habían visto milagros especialmente el de la multiplicación de los panes y los peces, no acertaban a ver en ellos «señales» que le designaban como Mesías espiritual e Hijo de Dios. No le buscaban por la doctrina que les enseñaba para bien de sus almas, sino por el pan que multiplicaba para satisfacción de sus estómagos. Es curioso que el evangelista use el verbo griego que se emplea para dar a entender lo que comen los animales herbívoros (khortos = hierba). A pesar de tan bajo motivo, le llaman «Rabí», es decir, Maestro, cuando no le seguían por su enseñanza, sino por el pan del que se habían saciado. Había sido una comida abundante y, además, les había resultado gratis. Vemos que Jesús no se deja llevar de la adulación, sino que les reprende por su hipocresía; de aquí han de aprender sus ministros a no dejarse sobornar por halagos y adulaciones, sino a ser fieles en reprochar a quienes lo necesitan.
2. Les instruye a obrar por motivos más altos: «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna» (v. 27). No debemos hacer de las cosas de este mundo la causa principal de nuestras preocupaciones (v. Mt. 6:25–34), pues todo lo de este mundo es corruptible y transitorio. Las riquezas, los placeres y los honores son cual comida que, a lo más, alimenta el vientre y, a veces, sólo la fantasía. Es triste que los hombres se alimenten de estas cosas, cuando los que más abundan en ellas no están seguros de poseerlas mientras viven, pero sí lo están de que han de dejarlas y perderlas cuando mueran. Por consiguiente, es una necedad poner tanto empeño en buscarlas a costa de la pérdida del alma. En cambio, hay una «comida que permanece para vida eterna, la cual da el Hijo del Hombre», es decir, Jesucristo. Es una comida que realmente satisface, no sólo porque nutre el espíritu, sino también porque dura para siempre, puesto que es «vida eterna». Dice que hay que trabajar por ella, no porque se adquiera por mérito o esfuerzo, sino porque hay que buscarla con diligencia (comp. con Is. 55:1 y ss.). No podían dudar de la verdad de estas afirmaciones de Jesús, puesto que Dios mismo había acreditado de muchas maneras (v. 5:30–47) que Cristo era el Enviado del Padre. El original usa el verbo «sellar», con lo que, en primer lugar, se indica la firma puesta al pie de un documento, junto con la rúbrica y el sello oficial, para garantizar lo que en el documento se declara; pero algunos comentaristas hacen notar que, a la vista del contexto posterior, en que Jesús habla de «comer su carne» (vv. 51–58), es curioso que Jesús use dicho verbo, por cuanto los judíos no pueden comer como alimento «limpio», sino lo que el rabino ha sellado como kosher (= limpio) en la carnicería, antes de que pueda ser vendido al público. Cristo era «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y encumbrado por encima de los cielos» (He. 7:26) y, por ello, no sólo era el único para actuar como sumo sacerdote a nuestro favor, sino también para ser víctima apta para el sacrificio de expiación por nuestros pecados. Por el contexto (vv. 31–35), vemos que los judíos no entendieron el verdadero sentido del pan, del mismo modo que la samaritana no había entendido el sentido del agua (4:14–15).
Versículos 28–59
Comienza el gran mensaje de Jesús sobre el pan vivo que era Él mismo. Vemos que los judíos le interrumpen al llegar a este punto y comienzan a hacerle preguntas. Jesús no se resiente por la interrupción, sino que aprovecha la oportunidad para dar instrucción.
I. Al oír de «trabajar», los judíos piensan en las obras de la Ley, y piensan que Jesús alude a obras especiales necesarias para alcanzar un puesto en el reino de Dios. Por eso, preguntan: «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?» (v. 28); es decir, las obras en que Dios se complace y tiene por justas. Esta pregunta es de suma importancia cuando se hace con sinceridad y con determinación de obedecer la voluntad de Dios. Ellos entienden, al menos, que una comida que permanece para vida eterna merece que por ella se haga cualquier esfuerzo. Y, al ser una comida que Dios dispone, es necesario conocer el medio de alcanzarla. La respuesta de Jesús es clara, directa y definitiva: «Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (v. 29). ¿Quiere esto decir que la fe es una obra? Entonces, ¿cómo podemos salvarnos por gracia (Ef. 2:8), si la fe es una obra que el hombre debe hacer? Para entender bien la frase de Jesús, es necesario tener en cuenta lo siguiente:
(A) El Evangelio de Juan, como los demás libros del Nuevo Testamento, no deja lugar a dudas de que la salvación es por gracia (v. 1:13, 17, 29; 3:3, 5, 15–16; 4:10, 14, 36, 42; 5:21; 6:27, 33, 37, 39, 44, 51, 55, 65; 8:12, 24, 36; 10:7, 9, 28–29; 11:25, 51–52; 14:2–3, 6; 15:5; 17:2, 6, 9, 12, 24; 18:1; 20:31).
(B) Pero la fe que se requiere para ser salvo, no es una fe ociosa, sino una fe activa, en la que el pecador pone todo su empeño (3:14 y ss.), que se reactiva por medio del amor (Gá. 5:6) por lo que Pablo habla de «la obra de vuestra fe» (1 Ts. 1:3). El hecho de que la fe no se adquiera por medio del trabajo no quiere decir que sea una fe que no obra: La obra de la fe es la obra de recibir el don de Dios, como observa Hendriksen; y tanto él como Strong comparan la fe a la raíz de un árbol: la raíz no produce por sí misma el agua y los minerales de que se nutre el árbol, sino que los recibe como un don del suelo; sin embargo ejerce una labor necesaria y ardua para sacar del suelo lo que será después la savia que de vida al árbol.
II. Entonces los judíos, al oír de labios de Jesús la demanda de creer en Él como Enviado del Padre, le piden una señal (v. Dt. 18:20 y ss.).
1. Piden que les muestre las credenciales: «¿Qué señal pues, haces tú, para que veamos y te creamos?
¿Qué obra haces?» (v. 30). A pesar de haber visto el milagro de la multiplicación de los panes y los peces y de estar enterados de otros milagros que Jesús había realizado, piden una señal «del cielo» (comp. con Mr. 8:11; Lc. 11:16), como se ve por los versículos 31–33. ¡Precisamente en Capernaúm, donde tantos y tan grandes milagros había hecho! No, no les bastaba con el pan del que se habían saciado; reclamaban, como señal, «pan del cielo» (v. 31), como el maná que sus antepasados habían comido en el desierto.
¡Como si el pan cotidiano no fuese un don del cielo! Vienen a decir: «Si Él es mayor que Moisés, que haga un milagro que, al menos, sea tan grande como el de Moisés al alimentar con el maná a todo el pueblo de Israel». Véase qué mal uso hacían de la historia, al apelar de nuevo a una comida que perecía en un solo día. Por otra parte olvidan que sus mismos antepasados habían llegado a menospreciar el maná diciendo: «nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano» (Nm. 21:5). Fue precisamente este desprecio el que provocó el envío de Jehová de serpientes venenosas entre el pueblo. De la misma manera menospreciaban estos judíos al que, a semejanza de la serpiente de bronce, había de ser levantado en la Cruz para salvación de los que creyesen en Él (3:14–15).
2. Jesús les replica y rectifica la falsa idea que tenían del dador del maná: «Jesús entonces les dijo: De cierto, de cierto os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo» (v. 32). No fue Moisés el dador del maná, sino Dios mismo, como puede verse por Éxodo 16:4; Salmos 78:24, entre otros lugares, aunque por mano de Moisés, como instrumento de Dios, les fuese servido el maná, como les fue servida el agua (v. Neh. 9:14–15).
3. El Señor sigue diciendo: «Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo» (v. 33). Con esta ulterior explanación, Jesús les hace ver, con un triple contraste, que el pan que Él da es superior en todo al maná de Moisés: (A) Moisés fue un medio para dar el maná, mientras que Dios mismo les da este pan; (B) el maná no era verdadero alimento, sino tipo del verdadero pan del cielo; (C) el maná era para el sustento diario, pero el pan que Jesús da es para vida eterna. Con todo, y como hemos apuntado ya, los judíos no entendieron el sentido espiritual de estas palabras y se creyeron que hablaba de un pan material: «Le dijeron, pues: Señor, danos siempre este pan». Como si dijesen: Ya nos diste pan para un día, pero queremos que nos des siempre de este otro pan, que no sólo sirve para sustentar la vida, sino también para darla. A esta demanda, va a responder Jesús con el gran discurso sobre el pan de vida, que sigue a continuación.
III. Después de responder cumplidamente a lo que los judíos le preguntaban, Jesús tomó ocasión para hablar de Sí mismo bajo el símil del pan, y del creer en Él bajo el símil del comer y beber, y acaba por decir que el pan vivo sería su propio cuerpo, del cual habrían de aprovecharse todos los que hubiesen de tener vida, pues así como Él tiene comunión intima con el Padre, así también el que crea en Él, tendrá comunión con Él, a lo cual Jesús llama «comer Su carne» y «beber Su sangre» (comp. con 1 Co. 10:16). En efecto:
1. Después de hablar de Sí mismo como el gran don de Dios y el pan verdadero (v. 32), explana y confirma por lo largo todo esto, y muestran que Él es el verdadero pan de vida, lo cual repite una y otra vez (vv. 33, 35, 48–51). Obsérvese:
(A) Que Cristo es pan. Así como el pan material sostiene la vida del cuerpo, así Jesús es el pan del que se alimenta nuestro espíritu: «Yo soy el pan de vida». Mejor podrían pasar nuestros cuerpos sin el pan material, que nuestros espíritus sin este pan espiritual.
(B) Que es «el pan de Dios» (v. 33); pan divino, pan de la familia divina, pan de los hijos de Dios.
(C) Que es el pan de la vida (vv. 35, 48), porque es el fruto del árbol de la vida; como el pan cotidiano, Él surgió de nuestra tierra, del vientre de la Virgen María, fue trillado con los sufrimientos de Su pasión y muerte y cocido en el horno de Su inmenso amor. Es «el pan vivo» (v. 51). El pan material es una cosa muerta pero Cristo es pan vivo y vivificante (v. 1 Co. 15:45), pues, aunque estuvo muerto por nuestros pecados, está vivo (v. Ap. 1:18; 5:6), porque resucitó para completar nuestra justificación (v. Ro. 4:25). La muerte y la resurrección de Cristo, conforme a las Escrituras, constituyen el núcleo del Evangelio (v. 1 Co. 15:1–5) así como la fuerza y el consuelo de todo creyente. Él «da vida al mundo» (v. 33). El maná se limitaba a preservar y sustentar la vida recibida; Cristo da la vida a los que están muertos en delitos y pecados (Ef. 2:1), además, el maná estaba reservado a los israelitas pero Cristo es el pan que da vida al mundo: a todos, sin distinción.
(D) Que es el pan que descendió del cielo, lo que repite Jesús varias veces (vv. 33, 51, 58). Esto denota, junto con la Deidad de Cristo, el original y modelo de todo bien que el Padre nos concede mediante Él (v. Ro. 8:32; 2 Co. 9:15; Stg. 1:17).
(E) Que Él es el pan del que el maná era tipo y figura (vv. 32, 58). Así como, en el desierto había suficiente maná para todos, así también en Cristo está la plenitud de gracia y de verdad, de la que todos recibimos.
(F) Descendió del cielo para llevar a cabo la obra que el Padre le había encomendado (4:34; 17:4):
«Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (v. 38). No vino por su propia cuenta (5:19; 7:17–18), independientemente del consejo y consenso de la Trina Deidad, sino Enviado por el Padre, como el gran agente de la salvación y sanación de la humanidad perdida. El objetivo de toda su vida fue dar gloria al Padre y, con ello, hacer el bien a todos los hombres. Explica, en particular, cuál era la voluntad del Padre que Él vino a cumplir:
(a) Las instrucciones particulares dadas a Cristo en orden a la salvación del remanente escogido; y éste es el pacto de la redención entre el Padre y el Hijo: «Y ésta es la voluntad del Padre, que me envió: Que de todo lo que me ha dado, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el último día» (v. 39). Hay un determinado número de seres humanos dados por el Padre a Jesucristo, para que Éste los cuide y sirvan para gloria y alabanza de Su nombre. Aquellos a quienes el Padre hizo objeto especial de Su amor, los encomendó a las manos de Cristo. Y Cristo se encarga de que no se pierda ninguno de los que le han sido dados por el Padre. Este cuidado se extiende más allá de la tumba: «sino que lo resucite en el último día» (vv. 39, 40, 54). Esta empresa, pues, no quedará finalizada sino en la resurrección del último día. Todo esto tiene su fuente y origen en la voluntad del Padre.
(b) Las instrucciones públicas que habían de ser impartidas a todos los hombres acerca de las condiciones necesarias para obtener de Cristo esa salvación; y Éste es el pacto de gracia entre Dios y los hombres. Quiénes son estas personas elegidas que han sido dadas a Jesucristo en este pacto es un secreto pero aun cuando sus nombres quedan ocultos, su carácter es manifestado. Hay una oferta específica, mediante la cual los que han sido dados a Cristo son atraídos a Él: «Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el último día» (v. 40). ¿No es un gran consuelo oír esto? La vida eterna está al alcance de la mano, y el que no la obtenga ha de atribuirlo a su propio rechazo. La corona de la gloria es puesta delante de nosotros como premio de nuestra sublime vocación, y será nuestra si corremos bien para obtenerla; cualquiera puede alcanzarla. La vida eterna es cosa asegurada para todo aquel que crea en Jesucristo: El que ve al Hijo, el que contempla la hermosura de Jesucristo, y cree en Él, será salvo. Ver es aquí sinónimo de creer pues equivale a contemplar a Cristo con los ojos de la fe. No es una fe ciega la que Cristo demanda, como si primero tuviésemos que sacarnos los ojos y después seguirle, sino que hemos de verle primero, para saber sobre qué fundamento establecemos nuestra confianza y sobre qué terreno andamos por fe (v. Col. 2:6–7). Los que creen en Cristo serán resucitados por Su poder en el último día. Fue también esto lo que el Padre le encomendó (v. 39), y ahora promete solemnemente que lo llevará a cabo.
2. Una vez que Cristo habló de Sí mismo como pan de vida, en la forma que hemos considerado, veamos cuál fue la reacción de sus oyentes acerca de dicha declaración:
(A) Cuando oyeron que había un pan procedente de Dios, pan que daba vida, pidieron a Jesús con insistencia que les diera de ese pan: «Danos siempre este pan» (v. 34). No hay por qué suponer que hiciesen esta petición con hipocresía, pero sí con ignorancia, como ya dijimos anteriormente. Las nociones confusas y superficiales de las cosas de Dios pueden producir alguna clase de deseo hacia ellas. Quienes poseen un conocimiento poco claro de las cosas de Dios, como el hombre que veía los hombres como árboles que andaban, pueden proferir peticiones mal articuladas de las bendiciones divinas. Piensan que el favor de Dios es cosa buena, y que el Cielo es un hermoso lugar, aun cuando no tengan en modo alguno el deseo de la santidad que es del todo necesaria para ver al Señor.
(B) Pero cuando entendieron que, bajo el símil del pan de vida, Jesús daba a entender que Él mismo era ese pan, lo menospreciaron: «Murmuraban entonces de Él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo» (v. 41). Esto viene inmediatamente después de la declaración de Jesús acerca de la voluntad de Dios, y de la tarea que se le había encomendado de llevarla a cabo, sobre la salvación de los hombres (v. 39, 40); declaración que contenía algunas de las más importantes y grandiosas palabras que procedieron de los labios de nuestro Señor. Uno habría de imaginarse que, tan pronto como oyeron que Dios les visitaba de este modo con su misericordia, habrían de postrarse para adorar y recibir con júbilo tan buenas noticias; pero, por el contrario murmuraban y se querellaban de lo que Cristo les acababa de decir. Hay muchos que, con la boca, no se atreven a contradecir abiertamente la doctrina de Cristo, pero en lo íntimo de su corazón están diciendo que no les gusta. Lo que les ofendió es que Cristo dijera que había descendido del Cielo (vv. 41, 42). Lo que de Él conocían en cuanto a su extracción terrenal les era un obstáculo para creer en su origen divino: «Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?» (v. 42). Pensaban que no podía proceder del Cielo, al ser como uno de ellos.
3. Después de hablar de «la obra de Dios» (v. 29), Jesús se extiende ahora en la explanación de dicha obra.
(A) Muestra primero en qué consiste creer en Cristo. Creer en Él equivale a venir a Él (vv. 35, 37, 44, 45). El arrepentimiento para con Dios es llegarse a Él como al Bien Supremo y a la Última Meta; y, del mismo modo, la fe hacia nuestro Señor Jesucristo es venir a Él como al autor de nuestra salvación y camino para llegar al Padre (v. 14:6; Hch. 20:21). Cuando Él estaba en la tierra, eso equivalía a algo más que llegarse físicamente a Él; igualmente, venir a Él ahora es algo más que acudir a la Palabra y a las ordenanzas o sacramentos. Es «comer de Él» (v. 51): «Si alguien come de este pan, vivirá para siempre». Lo primero indica el llegarnos nosotros a Cristo; lo otro indica el llegarse Cristo a nosotros.
(B) Muestra también qué es lo que se obtiene con creer en Él: ¿Qué conseguiremos con alimentarnos de Cristo? La necesidad y la muerte son las dos cosas que más teme el ser humano. Pero los que se nutran de Jesús no pasarán necesidad (comp. con Sal. 23:1 y ss.): «El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás» (v. 35). Todos los deseos más urgentes, y de las cosas más importantes quedarán tan abundantemente satisfechos que no pasarán necesidad jamás, sin que esta satisfacción les harte ni les quite el apetito. Además, no morirán eternamente, pues tendrán vida eterna (vv. 40, 47, 50, 51, 54, 58). La unión con Cristo y la comunión con Dios en Cristo son la vida eterna ya comenzada. Mientras que los que comieron del maná murieron Cristo es una clase de pan que quien de Él coma no morirá eternamente (vv. 49–50). Los que comieron el maná murieron en el desierto, y allí se acabó todo el efecto del maná, pero los que se nutran de Cristo, tienen vida eterna y, aun cuando el cuerpo pase por el túnel de la muerte física, al otro lado de la tumba espera la resurrección para vida sempiterna. Con esto vemos:
(a) La insuficiencia del maná como tipo que era: «Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron» (v. 49). Los que comieron «pan de los ángeles» (Sal. 78:25. Lit. pan de los fuertes) murieron como los demás seres humanos. Muchos de ellos murieron precisamente por su incredulidad y sus murmuraciones. El comer del maná no les preservó de la ira de Dios, como nos preserva el creer en Cristo (v. 3:36). El resto de ellos murió como consecuencia del curso común de la naturaleza humana caída, y sus cadáveres cayeron en el mismo desierto en que comieron el maná. Así que estos judíos no tenían por qué jactarse del maná.
(b) La todosuficiencia del verdadero maná: «Éste es el pan que desciende del cielo, para que coman y no mueran» (v. 50). Ese «no mueran» equivale al «no perezcan» de 3:15–16, no morirán en el desierto, sino que entrarán en la Canaán Celestial. «Si alguien come de este pan, vivirá para siempre» (v. 51). Éste es el sentido de «no morir». «Vivir para siempre» no es lo mismo que existir para siempre (también los condenados existirán para siempre), sino vivir una vida feliz para siempre.
(C) Muestra igualmente los motivos que tenemos para creer en Él. Cristo menciona algunas personas que «aunque le han visto, no creen» (v. 36). No siempre es la fe efecto de la vista, los soldados de la guardia del sepulcro de Cristo fueron testigos de vista de su resurrección, pero la negaron abiertamente y no creyeron en Él. Hay dos cosas que prestan ánimo a nuestra fe: Que el Hijo dará la más cordial bienvenida a cuantos vengan a Él: «Al que a mí viene de ningún modo le echaré fuera» (v. 37). ¡Con qué gozo deberían acoger nuestras almas estas palabras con las que el Salvador nos promete su cordial acogida! La única condición que se nos impone es la necesaria para recibir el beneficio de la Buena Noticia: Llegarnos a Cristo para que, por su medio, podamos llegar al Padre. La belleza y el amor de Cristo nos han de atraer a Él; el sentimiento de necesidad y el temor al peligro nos han de llevar a Él; todo nos invita a llegarnos a Cristo. La promesa es segura y absoluta: «De ningún modo le echaré fuera» (v. 37b. Ésta es la única traducción correcta—RV 1977—, por la reduplicación del adverbio y el tiempo futuro del verbo original). Todos somos pecadores y tenemos motivos para ser recibidos de mala manera; habríamos de temer que se nos recibiera con el ceño fruncido y nos dieran con la puerta en las narices; pero ¡no! el mayor criminal de este mundo puede estar absolutamente seguro de que será bien recibido, con tal de que venga a Cristo con fe. Al decir: «de ningún modo le echaré fuera» es como si dijera: «de cierto, de cierto le recibiré dentro» y le daré todo aquello que le ha impulsado a venir a mí: el hambre y sed de verdadera felicidad, pues ésta es la voluntad del Padre que no puede fracasar, y esta voluntad será obedecida y llevada a cabo por el Hijo con todas las garantías para salvación eterna de todos cuantos se lleguen a Jesús con fe. Veamos:
(a) Cómo les asegura que esto se llevará a cabo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí» (v. 37a). Cristo se había quejado de los que, a pesar de haberle visto, no creían en Él (v. 36). Ahora añade eso otro para despertarles y persuadirles. ¿Cómo podemos pensar que Dios nos ha dado a Cristo, si nosotros nos damos al mundo y a la carne? Cristo mismo tiene aquí consuelo y ánimo para los sufrimientos que le esperan, cuando añade: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí». Aquí tenemos descrito: Primero, el hecho de la elección: «Todo lo que el Padre me da». No dice «todos» sino «todo». No sólo sus personas, sino sus servicios, sus intereses, sus circunstancias, son del Padre y el Padre las encomienda al Hijo. Así como todo lo que Dios tiene es de ellos, así también todo lo que ellos tienen es de Cristo (v. 1 Co. 3:21– 23). Ahora estaba Dios a punto de entregar a Cristo «por herencia las naciones» (Sal. 2:8). Y, aun cuando los judíos que le habían visto, no creían en Él, muchos de los que no le habían visto, tendrían la dicha de creer en Él (20:29b). Era menester que Cristo trajese también las ovejas que no eran del redil de Israel (10:16). Segundo, el efecto seguro de la elección: «vendrá a mí». No es una mera promesa, sino una predicción infalible. Ni uno de ellos será olvidado; ni un solo grano del trigo de Dios dejará de ser recogido en Su granero. Por naturaleza alienados de Cristo y adversarios de Él (v. Ef. 2:2, 12), pero vendrán atraídos por la gracia (v. 44).
(b) Cómo serán traídos a Cristo los que le hayan sido dados por el Padre. Dos elementos son necesarios para que esta atracción se lleve a cabo:
Primero, les será iluminado el entendimiento (vv. 45–46). Estaba escrito en los profetas: «Y serán todos enseñados por Dios» (v. 45). Para creer en Jesucristo es menester que Dios nos enseñe con Su revelación especial y que aprendamos de Él. Hay cosas que incluso la naturaleza nos las enseña, pero para ser llevados a Cristo es menester una luz superior. Dios lo hace mediante una operación en el interior de nuestras facultades espirituales. Al darnos la razón, Dios nos enseña ya más que a las bestias; pero, al darnos la fe, nos enseña más que al hombre natural (v. 1 Co. 2:14). Todos los que son sinceros, genuinos, son enseñados por Dios; Dios ha tomado a Su propio cargo el educarles por Sí mismo. De ahí se sigue, como una consecuencia lógica, que «todo aquel que oyó al Padre y aprendió de Él, viene a Cristo» (v. 45b). A no ser que la gracia de Dios ilumine nuestro entendimiento y, no sólo nos hable para que podamos oír, sino que también nos enseñe para que podamos aprender la verdad conforme está en Cristo, nunca llegaremos a creer en Él. Por eso, los que no vienen a Cristo, es que no han oído ni aprendido jamás del Padre; porque, si lo hubiesen hecho, de cierto habrían venido a Él. En vano pretenden los hombres haber sido enseñados por Dios, si no creen en Jesucristo. Pero, a fin de que nadie piense poder aprender mediante una aparición visible del Padre añade: «No es que alguien haya visto al Padre» (v. 46a, comp. con 1:18; 1 Ti. 6:16). Al iluminar los ojos del entendimiento y enseñar a los hombres, el Padre obra de un modo espiritual, el Padre de los espíritus tiene acceso espiritual al espíritu humano. Se puede sentir Su poder sin haber visto Su rostro; y los que quieran aprender del Padre, han de aprender necesariamente de Cristo, porque «éste ha visto al Padre» (v. 46b); únicamente Él le ha visto.
Segundo, les será doblegada la voluntad. En la naturaleza humana corrompida por el pecado hay una rebelión de la voluntad contra los justos dictados de la razón. Es necesaria, por tanto, una operación de la gracia sobre la voluntad. Esta operación es llamada aquí atracción (lit. arrastre): «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le atrae» (v. 44a. Lit. no le arrastra). Los judíos murmuraban de la doctrina de Cristo. Jesús les dice: «No murmuréis entre vosotros» (v. 43). Como si dijese: «No le echéis a otro la culpa por el disgusto que os producen mis enseñanzas; vuestra antipatía hacia las verdades de Dios es tan fuerte y tan profunda, que sólo una atracción del poder divino puede sobrepujarla». Veamos aquí:
(i) la naturaleza de esta operación divina: es una atracción; no es una coacción impuesta a la voluntad, sino un cambio radical operado en la raíz misma de la voluntad; le es impartida al alma una nueva propensión por la que se inclina hacia Dios. El que formó el espíritu del hombre, sabe cómo moldearlo sin forzarlo; (ii) la necesidad de esta operación: «Nadie, en su estado de naturaleza caída, débil, desvalida, puede venir» sin ella; (iii) el autor de esta operación: «si el Padre … no le atrae». El Padre no envía a la ventura, sino con seguridad plena y con poder irresistible. Así que, al haber enviado a Cristo para salvar las almas, ahora envía las almas para que sean salvas por Cristo; (iv) la perfección con que el Padre corona su obra por medio de Cristo: «y yo le resucitaré en el último día» (v. 44b). Cuatro veces se menciona esta frase en el presente discurso. Si Jesús toma a su cargo esta empresa, de seguro que la llevará a feliz término. Que nuestros ánimos se acrecienten con la expectación de la felicidad que nos está reservada para el último día.
(D) Dos objeciones se pueden presentar a la vista del versículo 44:
(a) ¿Cómo puede conjugarse la libertad humana con esta atracción irresistible de la gracia divina? Nadie ha contestado a esto con tanta profundidad y belleza como Agustín de Hipona en su comentario a este versículo. Dice así, como si respondiese a un anónimo que le pregunta: «¿Cómo puedo creer voluntariamente si soy arrastrado?» Y él mismo responde: «Yo digo: no sólo eres arrastrado voluntariamente, sino también voluptuosamente … Pues si al poeta le fue permitido decir “a cada uno le arrastra su placer” (Virg. Egl. 2, 64); no la coacción, sino el placer; no la obligación, sino la delectación; ¿con cuánta mayor fuerza debemos decir que es arrastrado hacia Cristo todo hombre que se deleite en la verdad, que se deleite en la felicidad, que se deleite en la justicia, que se deleite en la vida sempiterna, todo lo cual es Cristo? Tienen los sentidos sus delectaciones ¿y no tendrá el alma las suyas?… Dame alguien con un corazón amante, y entenderá lo que digo. Dame un corazón con deseos y con hambre; un corazón que se sienta desterrado y con sed, y que suspire por la fuente de la patria eterna; este tal sabrá de qué estoy hablando. Pero, si hablo a alguien que tenga un corazón frío, no comprenderá lo que digo».
(b) ¿Cómo es que, en esta enseñanza de Jesús, se menciona la atracción del Padre (v. 44) y, en 12:32, la del Hijo, pero no se menciona al Espíritu Santo? Esta pregunta se la hace a sí mismo W. Hendriksen. Y él mismo responde y dice: Primero, que el Espíritu Santo no había sido dado todavía (v. 7:39); segundo, que en la noche en que fue entregado, Jesús habló, aunque con expresiones diferentes, de la atracción del Espíritu (14:26; 15:26; 16:13, 14); y tercero, que la obra de la regeneración espiritual es atribuida específicamente al Espíritu Santo (3:5), y ella se incluye implícitamente en este proceso de atracción (v. también Jer. 31:3; Ro. 8:14; Col. 1:13).
4. Cristo pasa a continuación a explicar en qué forma es Él este pan que alimenta para vida eterna. Sigue todavía con la metáfora del alimento, pero avanza un paso más al mencionar su carne y su sangre:
«El pan que yo daré es mi carne» (v. 51), «la carne del Hijo del Hombre y su sangre» (v. 53); «su carne es verdadera comida, y su sangre es verdadera bebida» (v. 55); «hemos de comer su carne, y beber su sangre» (v. 53); de nuevo, «el que come mi carne y bebe mi sangre» (v. 54, 56); «el que me come» (v. 57). Y, al terminar por la metáfora del pan, con la que había comenzado, dice: «el que come de este pan» (v. 58). Veamos en todas estas frases:
(A) Cómo toda esta fraseología está expuesta a ser mal entendida. Fue mal entendida por los judíos que le escuchaban: «Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (v. 52). Cristo hablaba (v. 51) de dar su carne por nosotros, al morir en la Cruz; ellos entendieron de darla a nosotros, para comerla físicamente. Es también mal entendida por quienes dicen que si toman el sacramento cuando van a morir de seguro irán al cielo, a la vida eterna. Pero es de notar; (a) que el sacramento es una ordenanza, por tanto, el tomarlo sería necesario con necesidad de precepto, como suele decirse, pero aquí se habla de una necesidad de medio (v. 53); (b) si se tratase de comer físicamente su carne, también habría que entender físicamente el beber su sangre, cosa que, como ya advirtió Agustín de Hipona, estaba terminantemente prohibido en la Ley (Gn. 9:4; Lv. 3:17; 19:26; Dt. 12:16); (c) el mismo Jesús explicó que sus palabras habían de entenderse espiritualmente (v. 63); (d) la carne y la sangre físicas no sirven para la vida eterna (1 Co. 15:50).
(B) Cómo ha de entenderse toda esta parte del discurso de Jesús:
(a) Qué se entiende por la carne y la sangre de Cristo. Se la llama «la carne del Hijo del Hombre, y su sangre» (v. 53); se dice que es dada «por la vida del mundo» (v. 51); esto es: Primero, en lugar de la vida del mundo, la cual fue echada a perder por el pecado, Cristo entrega su propia carne en rescate (comp. con Mt. 20:28); segundo, es dada para Ia vida del mundo, es decir, para poder hacer una oferta general de vida eterna a todo el mundo. Así que la carne y la sangre del Hijo del Hombre apuntan hacia Cristo crucificado (v. 3:14–15), y a la redención llevada a cabo por Él. Las promesas del pacto y la vida eterna son llamadas la carne y la sangre de Cristo: (i) porque son obtenidas mediante el quebrantamiento de su cuerpo y el derramamiento de su sangre; (ii) porque son comida y bebida para nuestra alma. Antes se había comparado a Sí mismo al pan, que es alimento necesario; ahora, a la carne, que es alimento delicioso. Él es verdadera comida y verdadera bebida, porque satisface de veras el hambre y sed del ser humano, en contraposición a las sombras e ilusiones con que el mundo decepciona a quienes se alimentan de lo que el mundo puede ofrecer.
(b) Qué se entiende por comer su carne y beber su sangre. Es cierto que significa, ni más ni menos, creer en Cristo, puesto que creer en Jesús incluye estas cuatro cosas que el comer y beber implican: Primera, un apetito por Cristo, pues este comer y beber comienza siempre por un hambre y sed de justicia (v. Mt. 5:6); segunda, apropiarnos la obra de Cristo; de poco sirve el mirar la carne, si no se come; tercera, deleitarse en Cristo y en la salvación que Él nos trae; la doctrina de Cristo crucificado ha de sernos comida y bebida, que nos sirva de alimento para el espíritu y de tema para nuestra predicación y nuestro testimonio; cuarta, depender de Cristo para nutrir nuestra vida espiritual, a fin de adquirir crecimiento y robustez espirituales; en otras palabras, vivir de Él como vivimos físicamente del alimento que tomamos. Cuando después instituyó unas señales sensibles que representasen nuestra comunión en los beneficios de su muerte, escogió el pan y el vino, que son para comer y beber, e hizo de ellos símbolos y memorial: «Haced esto en memoria de mí» (Lc. 22:19; 1 Co. 11:25, comp. con 1 Co. 10:16).
(C) Una vez explicado el sentido general de esta parte del discurso de Jesús, los elementos esenciales pueden reducirse a lo siguiente:
(a) La necesidad de alimentarnos de Cristo: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (v. 53). Así que, primero, es una señal cierta de que no hay vida espiritual en nosotros, si no tenemos deseo de Cristo ni nos deleitamos en Él. Si nuestro espíritu no tiene hambre ni sed de Él de seguro que está muerto; segundo, es cierto igualmente que, si no obtenemos la vida espiritual por fe en Jesucristo, no la podemos obtener por otro medio; separados de Él, no podemos hacer nada (15:5b). Tanto pueden vivir nuestros cuerpos sin el alimento ordinario, cuanto pueden vivir nuestras almas sin Jesucristo.
(b) Los beneficios que comporta el alimentarnos de Cristo:
Primero, seremos uno con Cristo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (v. 56, comp. con 14:10–11; 1 Jn. 4:16b). «El que se une al Señor—dice Pablo—, es un solo espíritu con Él» (1 Co. 6:17). Por fe, se establece una íntima comunión con Cristo: Él está en nosotros, y nosotros en Él. Tal es la unión entre Cristo y los creyentes, que Él comparte nuestras penas (v. Hch. 9:5) y nosotros compartimos sus glorias; Él come de nuestras hierbas amargas, y nosotros nos deleitamos en sus dulces golosinas.
Segundo, tendremos vida, y vida eterna, por medio de Él: «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo a causa del Padre, asimismo el que me come, él también vivirá a causa de mí» (v. 57). Los creyentes genuinos reciben esta vida divina en virtud de su unión con Cristo. Cristo vivía del Padre (5:26) y su alimento era hacer la voluntad del Padre (4:34). Para los creyentes, el vivir es Cristo y Cristo vive en ellos (Fil. 1:21; Gá. 2:20). Porque Él vive, también nosotros viviremos (14:19). Eternamente viviremos con Él:
«El que come mi carne, y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (v. 54); «el que come de este pan, vivirá eternamente» (v. 58).
5. Finalmente, el evangelista concluye con la referencia al lugar en que Cristo pronunció este discurso: «Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaúm» (v. 59). Cristo apeló a esto cuando dijo ante el tribunal de Anás: «siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo» (18:20).
Versículos 60–71
Ahora se nos refieren los efectos que produjo el anterior discurso de Jesús.
I. Para algunos de ellos fue un olor de muerte para muerte, no sólo para los judíos, sino también para muchos de Sus discípulos.
1. Murmuraban de la doctrina que acababan de escuchar. No fueron unos pocos, sino bastantes, los que se ofendieron al oír estas cosas: «Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra;
¿quién la puede oír?» (v. 60). Como si dijeran: «Resulta muy duro este modo de hablar, ¿quién es capaz de aceptarlo?» Ellos no se sienten capaces de aceptarlo. Ahora bien, si cuando hallaron esto difícil de entender, le hubiesen suplicado a Jesús humildemente que les declarase esta parábola, de seguro que lo habría hecho y les habría abierto el entendimiento; pero ellos se ofenden en su orgullo y piensan que es imposible que alguien lo acepte. Así pasa con todos los burladores de la verdadera religión: Suponen que toda persona inteligente ha de estar de acuerdo con ellos. Gracias sean dadas a Dios de que millares y millares de personas han oído estas enseñanzas de Jesús, y no sólo las han aceptado, sino que las han hallado deliciosas.
2. Lo que Cristo replicó a estos murmuradores (vv. 61 y ss.).
(A) Conocía bien sus murmuraciones (v. 61). Las conocía no por oírlas de otros, sino en sí mismo, en virtud de su omnisciencia divina. Nuestros pensamientos son para Cristo como palabras que llegan a sus oídos (comp. con Sal. 139:4); por consiguiente, hemos de tener cuidado, no sólo de lo que decimos y hacemos, sino también de lo que pensamos.
(B) Conocía bien cómo responderles. «Les dijo: ¿Esto os ofende?» (v. 61b). Es asombroso que tal enseñanza de Cristo produzca tan gran escándalo. Jesús mismo se asombra de ello: «¿Esto os ofende?» Pues, ¿qué dirán cuando ascienda al cielo, lo cual ofrecerá una confirmación contundente de la verdad de su doctrina? «¿Pues qué, si vieseis al Hijo del Hombre subir a donde estaba primero?» (v. 62). Como si dijese: «Si tan duro os resulta el oír que soy el pan vivo descendido del cielo, ¿cómo aceptaréis si os hablo de mi ascensión al cielo, de donde descendí?» A continuación, Jesús ofrece una clave general para entender metáforas como las que acaba de proponer, a fin de que sepan entenderlas espiritualmente: «El espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada» (v. 63). La simple participación en las ordenanzas del bautismo y de la Cena del Señor no aprovecha para nada a menos que el Espíritu de Dios obre en ellas y avive, mediante ellas, nuestro espíritu. Sólo la percepción espiritual de las realidades significadas en tales ordenanzas sirve para la vida espiritual: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (v. 63b). No son meras expresiones, palabras que se lleva el viento, sino divinas realidades provenientes del Verbo, en quien estaba la vida (1:1–4) cuando se las acepta por fe, se convierten en instrumentos de salvación eterna. Si comes a Cristo, es decir, si crees que Cristo murió por ti, tendrás vida eterna (3:16, 36). El motivo por el cual los hombres no aprecian las palabras de Cristo es que no las entienden como es debido. El sentido literal de una parábola, de una alegoría, de un símil, de un símbolo, no hace ningún bien, si no se penetra en el significado real que en tales figuras se esconde.
Hallaban ofensa en las palabras de Cristo, cuando la causa estaba dentro de ellos mismos. Para las mentes sensuales, las cosas espirituales carecen de sentido (v. 1 Co. 2:14–15). Por eso, Jesús les declara que no esperaba mejores cosas de ellos, pues, aun cuando se llamaban sus discípulos conocía bien el interior de ellos (vv. 64–65).
(a) Algunos no creían (v. 64): «Pero hay algunos de vosotros que no creen». Entre los cristianos nominales hay muchos que son incrédulos reales. La incredulidad de los hipócritas está desnuda y abierta ante los ojos del Señor: «Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar» (v. 64b). Sabía quiénes eran sinceros, sin dolo, como Natanael, y quiénes no lo eran. Es prerrogativa de Cristo conocer lo íntimo del corazón; Él sabe quiénes no creen, por mucho que aparenten creer. Si nosotros nos arrogamos el derecho a juzgar el interior del corazón humano, estamos subiéndonos al trono de Cristo. Muy a menudo nos engañamos en cuanto a los hombres, y también nos damos cuenta de que nos hemos equivocado al juzgarlos, ya sea para bien o para mal.
(b) La razón por la cual no creían lo que Jesús decía es porque el brazo del Señor no les había sido revelado: «Y siguió diciendo: Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si no le ha sido dado por el Padre» (v. 65, refiriéndose al v. 44). Había dicho con anterioridad que nadie podía venir a Él, si el Padre no le atraía; aquí dice: «si no le ha sido dado del Padre», lo cual muestra que Dios atrae las almas dándoles gracia y fuerza y un corazón dispuesto a venir.
3. A continuación tenemos la apostasía definitiva de estos discípulos, a causa de las palabras de Jesús:
«Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás (lit. a las cosas de atrás), y ya no andaban con Él» (v. 66). Estos discípulos se habían alistado en la escuela de Jesús, pero se marcharon (comp. con 1 Jn. 2:19); no es que le negasen por una vez, sino que le dejaron de una vez. Con frecuencia sucede lo mismo: cuando algunos se marchan, arrastran a otros a marcharse, porque la apostasía es contagiosa; lo mismo pasó con Satanás y los ángeles que le siguieron en su rebeldía. Claramente se nos expone el motivo de tal retirada: «Desde entonces»; es decir, a partir del momento en que Cristo predicó esta consoladora doctrina de que Él es el pan vivo y que quienes se alimenten de Él tendrán vida por Él. El corazón perverso y corrompido del hombre toma muchas veces ofensa de lo que habría de ser motivo del mayor consuelo. Con todo, lo que es palabra y verdad de Cristo ha de predicarse y enseñarse fielmente, aun cuando sean muchos o pocos quienes se ofendan de ello. Los pensamientos de los hombres han de rendirse cautivos a la Palabra de Dios, en lugar de que la Palabra de Dios haya de acomodarse a los pensamientos de los hombres (v. 2 Co. 10:5).
II. Este discurso de Jesús fue para otros olor de vida para vida. Muchos se marcharon, pero, gracias sean dadas a Dios de que no todos se fueron. Vemos:
1. La tierna pregunta que Jesús hizo a los Doce: «¿Queréis acaso iros también vosotros?» (v. 67). No dijo nada a los que se marcharon, porque nada perdía con los que nunca habían sido suyos; con la misma ligereza con que le siguieron, se marcharon; pero, de esta retirada, toma ocasión para preguntar al círculo más íntimo de los Doce: «¿Queréis acaso iros también vosotros?» Como si dijese: (A) «Está a vuestra elección el quedaros o marcharos; si os habéis de ir, ahora es la oportunidad, cuando tantos se van». Cristo no retiene a nadie contra su voluntad; sus soldados son voluntarios, no alistados a la fuerza. Los Doce habían tenido ya tiempo suficiente para ver si les agradaba o no la compañía y la doctrina de Jesús; por eso, les concede la oportunidad de escoger libremente, confirmar o revocar su decisión de seguirle; (B) «es con gran peligro vuestro, si decidís marcharos también. Esos que se han marchado no han tenido conmigo la misma intimidad que vosotros, ni han recibido de mí tantos favores como vosotros; se han marchado, pero ¿os iréis también vosotros?» Cuanto más cerca hayamos estado de Cristo, cuanto más tiempo hayamos estado con Él y cuanto mayores sean las mercedes que de Él hemos recibido tanto más grave será nuestro pecado si le dejamos; (C) «tengo mis razones para pensar que vosotros no os marcharéis. Espero mejores cosas de vosotros, porque vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas» (Lc. 22:28). Cristo y sus ovejas se conocen lo suficiente recíprocamente como para separarse por un desagrado cualquiera (10:14, 27).
2. La ferviente respuesta de Pedro, en nombre de los demás, a la pregunta del Maestro (vv. 68–69). Como en muchas otras ocasiones, Pedro era también ahora como la boca o portavoz de los demás, no tanto por tener un oído más agudo que los demás para escuchar a Jesús, cuanto por tener una lengua más larga que los demás; y lo que dijo, unas veces mereció la aprobación, y otras veces el reproche, de Jesús (v. Mt. 16:17, 23), como suele pasarles a los que son prontos para hablar (comp. con Stg. 1:19). Pero aquí tenemos su buena y firme resolución de seguir adheridos a Jesucristo: «Señor, ¿a quién iremos?» (v. 68a. Lit. ¿junto a quién nos marcharemos?) Como si dijera: «No, Señor, hemos ponderado nuestra decisión demasiado bien como para cambiar ahora de opción». Quienes vayan a marcharse de Cristo deben considerar bien a quién van a seguir. «¿Adónde iremos? ¿Volveremos a cortejar al mundo? De seguro que nos engañará. ¿Retornaremos al pecado? De seguro que nos destruirá. ¿Vamos a dejar la fuente de agua viva, para cavarnos cisternas rotas? (Jer. 2:13). Los discípulos (excepto Judas) resuelven continuar en busca de la vida y de la felicidad eternas (v. Ro. 2:7), y quieren adherirse a Cristo como a su Maestro y Guía. Como diciéndole: «Si hemos de hallar el camino de la felicidad, es menester que te sigamos». Los que quieran desertar de Cristo, han de considerar si pueden hallar un camino mejor para la felicidad. Esta resolución de los Apóstoles no se debía a un afecto ciego, irreflexivo, sino que era el resultado de una deliberación bien madurada: No estaban dispuestos a abandonar a Cristo, porque no había otro en quien pudiesen hallar la satisfacción que su corazón les exigía: «Tú tienes palabras de vida eterna» (v. 68b). La doctrina que Cristo enseñaba mostraba el camino hacia la vida eterna y les conducía hasta ella, a fin de heredarla. «Tener palabras de vida eterna» es sinónimo de «tener poder para dar vida eterna». En su discurso anterior, Jesús había asegurado la vida eterna a quienes le siguieran; estos discípulos habían aceptado esta enseñanza clara y llana y, por consiguiente, habían resuelto seguir adheridos a Él, mientras los otros la habían tenido por palabra dura (v. 60) y, por eso, le habían dejado. Aun cuando, en las enseñanzas del Evangelio, podemos encontrar cosas misteriosas y profundas, incluso oscuras, sabemos que son palabras de vida eterna y a ellas nos hemos de adherir, dispuestos a vivir y morir por ellas, puesto que tenemos una seguridad absoluta acerca de la persona de nuestro amado Salvador: «Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (v. 69). Vemos:
(A) La doctrina que habían creído: Que este Jesús era el Mesías prometido a sus antepasados, y que no era un mero hombre, sino el Hijo del Dios viviente.
(B) el grado de su fe: «Hemos conocido». Como si dijesen: «Estamos seguros de lo que hemos creído». En 1 Juan 4:16, tenemos: «Y nosotros hemos conocido y creído …». Por donde vemos que no se trata de un conocimiento intelectual que se alcanza después de haber creído, sino de un conocimiento experimental (comp. con 17:3), de una experiencia viva y cordial, simultánea y equivalente al creer. Cuando nuestra fe en el Señor es tan fuerte como para aventurar la suerte de nuestras almas en el seguimiento de Él, entonces, y sólo entonces, estaremos dispuestos a seguirle con plena convicción y seguros de que hemos tomado el único camino que conduce al Padre (14:6); no nos importará entonces el que tengamos que renunciar a cualquier otra cosa que Él nos pida a fin de seguirle.
3. El capítulo se cierra con una melancólica observación de Jesús, con base en la respuesta de Pedro (vv. 70–71): «¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?» (v. 70). Y el evangelista nos declara a continuación a quién se refería Cristo con estas palabras «Se refería a Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar siendo uno de los doce» (v. 71). Pedro había dado por supuesto que todos ellos, los Doce, estaban resueltos a seguir adheridos a Él. Cristo no condena la confianza de Pedro (pues siempre hemos de estar dispuestos a esperar de los demás lo mejor— v. 1 Co. 13:7—), pero corrige tácitamente el exceso de confianza de Pedro, a fin de que no nos vayamos al otro extremo, al confiar demasiado en todos. El Señor sabe quiénes son Suyos nosotros, no. También vemos aquí que los hipócritas y traidores son como el diablo. Judas, en cuyo corazón había entrado el diablo es llamado por Cristo diablo (v. 70). Hay quienes parecen santos pero son diablos. Es algo extraño, pero real; por eso, Jesús muestra cierto asombro al decir: «¿No os he escogido yo a los doce …?» ¡Qué cosa tan triste y de lamentar! ¡Llamado por el propio Jesús para el más alto ministerio, y resultar un diablo! ¡Cómo debería esto hacer temblar a quienes, sin haber tenido una experiencia personal con el Salvador, se atreven a ejercer el ministerio designado por Dios para la salvación de las almas! Si no fuese por la extraordinaria paciencia de Dios que no quiere que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 P. 3:9), merecerían que les ocurriese lo que les sucedió a los hijos de Esceva, que pretendían expulsar los demonios en nombre de Jesús sin estar convertidos a Él, por lo que el propio demonio les dijo: «A Jesús conozco (comp. con Stg. 2:19), y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?» (Hch. 19:15). Lo malo no es ser desconocidos para el diablo, sino ser desconocidos para Dios (v. Mt. 7:23; 25:12). A los hombres se les puede engañar pero los ojos de Jesús penetran hasta el corazón. Juan, el historiador, recalca que Judas era «uno de los doce» (v. 71b). Entre los más cercanos al Dios encarnado, había uno que era como el diablo encarnado. Sin embargo, vemos que ni Jesús ni los demás discípulos echaron a Judas de su compañía. Con esto nos enseñaban una lección relevante para los creyentes genuinos: Mientras vamos por este mundo, no es posible hallar una iglesia «perfecta»: no rechacemos la compañía de once por el hecho de que un duodécimo sea diablo. Hay una asamblea tras el velo (v. He. 12:22–24), en la que nada impuro puede entrar (He. 12:14; Ap. 21:27).
Este capítulo puede dividirse en cuatro partes: 1) Cristo se dispone a subir a Jerusalén a la fiesta de los Tabernáculos, pero en privado (vv. 1–13); 2) enseña públicamente en el templo y concita la oposición de los fariseos (vv. 14–36); 3) hace una generosa invitación a que vengan a Él, lo cual suscita división entre la gente (vv. 37–44); 4) la discusión sobre la persona de Jesús llega al mismo Sanedrín, con ocasión del informe que traen los guardias que habían sido comisionados para prenderle (vv. 45–53).
Versículos 1–13
I. La razón por la que Cristo pasaba más tiempo en Galilea que en Judea: «Porque los judíos le buscaban para matarle» (v. 1b). Como vemos por el versículo 23 el motivo por el que la gente de Judea le buscaba para matarle era el haber curado en sábado al paralítico de la piscina (v. 5:16). Nótese, en el comienzo de este versículo 1, que Jesús «no quería andar en Judea». No leemos: «No se atrevía», sino «no quería», para mostrar que su retirada a Galilea no se debía a cobardía por su parte; sino por prudencia, puesto que su hora no había llegado aún. Cristo se retira justamente de aquellos que no quieren tenerle en su compañía. En momentos de peligro inminente, no sólo es permitido, sino también aconsejable retirarse a otro lugar y ejercer el ministerio o dar simplemente testimonio en otros sitios que no sean tan peligrosos (v. Mt. 10:23). Si la providencia de Dios dispone que personas de mérito y competencia se vean confinadas a lugares de oscuridad y poco brillo, no ha de parecerle a nadie cosa extraña, pues ésta es la suerte que le tocó al propio Señor. Notemos que, al no poder andar en Judea, no se limitó a retirarse a Galilea para estarse quieto allí, sino que andaba en Galilea; por todas partes pasaba haciendo el bien (Hch. 10:38). Así nos enseñaba a actuar donde y como podemos, cuando no podemos hacerlo donde y como queremos.
II. La cercanía de la fiesta de los Tabernáculos (v. 2), una de las tres fiestas solemnes en las que se requería la asistencia de judíos varones. Esta fiesta se celebraba con gran observancia desde el día 15 hasta el 21 o el 22 del séptimo mes, que venía a coincidir aproximadamente con nuestro octubre (v. Lv. 23:33–34; Nm. 29). En ella, se daban gracias a Jehová por la vendimia y, a la vez, era una gozosa conmemoración del poder y del amor de Dios hacia Israel, al guiar al pueblo durante la peregrinación por el desierto. De ahí que se celebrase en tiendas de campaña, como recuerdo de aquellas otras en que hubieron de habitar en el viaje hacia la Tierra de Promisión. Por aquí vemos que las instituciones divinas no se tornan jamás anticuadas, ni obsoletas, con el paso del tiempo; las misericordias recibidas en el desierto no deben ser olvidadas jamás.
III. La conversación de Jesús con sus hermanos según la carne, los cuales se creyeron competentes para aconsejarle lo que debía hacer en esta ocasión. Vemos
1. La ambición y vanagloria de ellos al urgirle a que se manifestara en público. Le dicen: «Sal de aquí y vete a Judea» (v. 3).
(A) Aportan dos razones para que siga el consejo que le dan: (a) Que este proceder animaría mucho a los habitantes de Jerusalén y sus alrededores: «Para que también tus discípulos vean las obras que haces». Pensaban que el tiempo pasado con los discípulos que tenía en Galilea no estaba bien empleado, y que los milagros que llevaba a cabo no le darían mucho prestigio mientras no los viesen los que vivían en la capital; (b) que de esta manera alcanzaría Él el prestigio que sus obras merecían: «Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto» (v. 4). Daban por supuesto que Cristo buscaba con afán hacerse de conocer: «Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Como si dijeran: «No te arrincones aquí. Es ya tiempo de que te conozcan en las altas esferas y en los lugares más concurridos. Aquí son pocos los que te pueden conocer; allí te conocerá todo el mundo».
(B) El evangelista hace notar esto como una prueba de la incredulidad de ellos: «Porque ni aun sus hermanos creían en Él» (v. 5). No es extraño que Jesús diese mucho más valor a su familia espiritual que a sus parientes según la carne (v. Mt. 12:50; Mr. 3:35), puesto que quienes escuchan las palabras de Jesús y las ponen por obra son los que participan de la naturaleza divina (2 P. 1:4 y ss.). Entre los parientes de Jesús según la carne, vemos que había quienes desde el principio creyeron en Él, mientras otros no creyeron sino hasta después de su resurrección, como parece desprenderse de Hechos 1:14, aun cuando María, la madre de Jesús, fue siempre un modelo de fe (v. Lc. 1:38, 45).
(C) ¿Qué había de incorrecto en el consejo que le daban? Era una señal de que no le creían capaz para guiarles a ellos, cuando no le creían con capacidad suficiente para guiarse a sí mismo; mostraban también una gran falta de interés por la seguridad de Él, al querer que fuese a Judea, donde sabían que los judíos le buscaban para matarle. Quizás estaban cansados de su compañía en Galilea y deseaban, en realidad, que se marchara de allí. Implícitamente vienen a echarle en cara que es un cobarde, cuando no se atreve a presentarse en público en Jerusalén, mientras que, si tuviese la bravura suficiente, lo haría, y no se quedaría oculto en un rincón. Incluso parecen poner en duda la realidad de los milagros que obraba, pues le dicen: «Si haces estas cosas» (v. 4b); como si dijesen: «si llevan el refrendo de Dios, también podrán pasar la prueba del escrutinio público en los más altos tribunales de la tierra». Piensan de Cristo de un modo tan carnal, que le imaginan con los mismos sentimientos de ellos: deseoso de provocar el asombro popular mediante un alarde de poder y de ingenio naturales. El egoísmo familiar estaba en el fondo de todo esto, pues pensaban que, si Él podía hacerse famoso con sus prodigios ellos, al ser sus hermanos, compartirían el honor de Él. Hay quienes van a los cultos únicamente para ostentación propia, y todo lo que les preocupa son las apariencias.
2. La prudencia y humildad del Señor Jesús (vv. 6–8). Aunque las palabras de sus hermanos según la carne implicaban tan bajas insinuaciones, les contestó con toda mansedumbre. Debemos aprender de nuestro Maestro a responder con mansedumbre y, aun cuando nos sea fácil hallar muchos despropósitos en lo que se nos dice, hagamos como si no nos percatáramos de ellos y pasemos por alto la afrenta que en ellos se nos hace. En efecto, Jesús:
(A) Muestra la diferencia que hay entre Él y ellos en dos cosas: (a) «Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto» (v. 6). A la vista del contexto posterior, sólo cabe una interpretación correcta de dicha frase: «Vosotros podéis subir a la fiesta en cualquier momento, mientras que para mí todavía no ha llegado el momento de subir». Sin embargo, podemos hacer de la frase de Jesús una acomodación más general: Quienes viven ociosamente y sin fruto, siempre tienen tiempo disponible para hacer lo que les plazca, mientras que los que tienen bien programadas sus obligaciones están constreñidos a días y momentos determinados y no disponen del tiempo que otros pueden derrochar. La constricción que el deber impone es mil veces mejor que la libertad de la holgazanería. Ellos, ignorantes y miopes, se atreven a prescribir a Jesús el tiempo en que debe hacer las cosas; pero Él conoce bien su tiempo y espera con paciencia; (b) la vida de ellos no estaba en peligro, mientras que la suya propia sí lo estaba: «No puede el mundo aborreceros a vosotros, porque vosotros sois del mundo; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas» (v. 7). El mundo que yace en el Maligno (1 Jn. 5:19) no puede odiar a las almas malvadas, a las que un Dios santo no puede amar; esas personas no se exponen a ningún peligro al presentarse en público, pero Cristo, al manifestarse al mundo, se exponía al mayor peligro, porque el mundo le aborrecía a Él. ¿Y por qué le aborrecía el mundo? Porque Cristo daba testimonio de que «sus obras son malas». Las obras de un mundo perverso por fuerza han de ser perversas, porque como es el árbol, así son los frutos de él. El mundo experimenta un gran malestar y una aguda provocación cuando queda convicto de la maldad de sus obras (comp. con Hch. 7:54). Cualquiera sea la excusa con que el mundo pretenda cubrirla, la causa verdadera de la enemistad contra el Evangelio es el testimonio que éste presenta contra el pecado y los pecadores. Pero es preferible incurrir en el odio de los mundanos por dar testimonio de su maldad, antes que ganarnos su amistad corriendo con ellos hacia el mismo desenfreno de disolución (1 P. 4:4).
(B) Les despide, con el objeto de quedarse allí oculto, por algún tiempo, en Galilea: «Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta» (v. 8). Les permite que vayan ellos a la fiesta, pero se niega a ir en compañía de ellos. Quienes van a los lugares, aun cuando sea a los servicios religiosos, por pura ostentación o para servir a sus propios intereses materiales, se van sin Cristo y sin las bendiciones que Dios otorga a los seguidores de Cristo. Si la presencia del Señor no va con nosotros ¿adónde iremos que bien nos vaya? (comp. con Éx. 33:14–16). Cuando vamos a los servicios religiosos, o volvemos de ellos, mucho importa que tengamos cuidado en las compañías que escogemos, no sea que el fervor de nuestros afectos se enfríe al contacto de las malas compañías (v. 1 Co. 15:33). Nótese que Jesús no dice: «Yo no subo a esta fiesta», sino: «Yo no subo todavía a esta fiesta», pues ésta es la lectura, no sólo basada en gran número de MSS, sino que es la única que concuerda con el contexto anterior y posterior (vv. 6, 9 y 10). La razón, que ya había expresado antes, es: «Mi tiempo aún no ha llegado» (v. 6).
3. Conforme a esas palabras, Cristo «se quedó por entonces en Galilea» (v. 9). Su voluntad estaba fija en su objetivo, y así habría de estar siempre también la nuestra. Pero, cuando llegó su tiempo, también Él subió a la fiesta (v. 10). Notemos: (A) Cuándo subió: «Después que sus hermanos habían subido». Sus hermanos según la carne fueron primero; después, marchó Él. La cuestión no es quién llega primero, sino quién llega mejor preparado. Si nuestro corazón está bien dispuesto, no importa que otros vayan delante de nosotros; (B) Cómo subió: como si fuera escondiéndose: «No manifiestamente, sino en secreto». Con tal de que la obra que Dios nos ha encomendado sea llevada a cabo con eficiencia, mejor es que se haga con el menor ruido posible. Podemos hacer la obra de Dios en secreto, sin que por eso la hagamos con defecto.
4. La gran expectación que su persona suscitaba entre los judíos de Jerusalén (vv. 11–14). No podían menos de pensar en Él: «Y le buscaban los judíos en la fiesta, y decían: ¿Dónde está aquél?» (v. 11). Esperaban que la fiesta le traería a Jerusalén y así tendrían ocasión de verle; pero especialmente le esperaban allí los líderes religiosos, cuyas intenciones conocemos por 5:18, 7:25. Véase con qué falta de respeto hablan de Él: «¿Dónde está aquél?», lo que equivale a decir: «¿Dónde está ese fulano?» En vez de aprovechar la solemnidad de la fiesta como una oportunidad para servir a Dios, estaban contentos de que se les presentara así la oportunidad de perseguir a Cristo. La gente difería mucho en sus opiniones acerca de Él: «Y había gran murmullo acerca de Él entre la multitud» (v. 12). La enemistad de los líderes contra Jesús hacía que la gente hablase más de Él. Muchas veces, la oposición que se hace al Evangelio sirve para que éste se extienda con mayor rapidez. Ser calumniado es, a veces, un medio de ser bien conocido. Nótese que el murmullo no era contra Él, sino acerca de Él; algunos murmurarían de los líderes porque no le reconocían por lo que era; otros murmurarían de que los líderes no le silenciaran y restringieran sus actividades. Siempre ha sido, y será, objeto de mucha controversia y discusión la religión de Cristo (v. Lc. 12:51–52), pero el ruido y la contradicción dentro de la libertad son preferibles, sin duda, al silencio y al aparente consenso de una prisión. «Unos decían: Es bueno». Esto era una gran verdad, pero no era toda la verdad, pues era también el Hijo de Dios. Muchos no hablan convenientemente de Cristo, porque, aun cuando el concepto que tienen de Él no sea malo, es todavía bajo. Incluso los que no le consideraban como Mesías, no tenían más remedio que confesar que era bueno. «Pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo». Por Mateo 27:63, vemos quiénes eran principalmente los que pensaban de este modo (v. también Lc. 23:2, 5). Si hubiese sido un engañador de cierto habría sido un mal hombre. Todos ellos, los que hablaban bien y los que hablaban mal, temían manifestar en público su opinión acerca de Él, por temor a los líderes: «Sin embargo, ninguno hablaba abiertamente de Él, por miedo a los judíos» (v. 13).
Versículos 14–36
I. Ahora tenemos la predicación pública de Jesús en el templo (v. 14). La fiesta, que duraba una semana (v. Lv. 23:26), estaba ahora a la mitad: «Mas a la mitad de la fiesta, subió Jesús al templo y enseñaba». Juan no nos informa del mensaje que Jesús predicó en esta ocasión, pero lo que es de notar es que subió a la mitad de la fiesta. ¿Por qué no subió antes para enseñar en el templo? Podemos aventurar dos motivos: 1. Porque el pueblo se sentiría más satisfecho de oírle después de haber pasado varios días en las tiendas de campaña; 2. Porque Él consideró que era el momento oportuno, cuando tanto sus amigos como sus enemigos se preguntaban por Él. Pero, ¿por qué se manifestó en público precisamente ahora? De seguro que fue para avergonzar a sus perseguidores, pues así demostraba que no les tenía miedo y, por otra parte les arrebataba de las manos la obra que llevaban a cabo. Era oficio de ellos enseñar al pueblo en el templo, pero enseñaban como doctrina de Dios lo que era mandamientos de hombres; por eso, se va Él al templo para enseñar al pueblo lo que Dios requería que se enseñase.
II. A continuación, Juan nos refiere su conversación con los judíos:
1. Acerca de Su doctrina. Vemos:
(A) Cómo se asombraban de ella los judíos: «Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras sin haber estudiado?» (v. 15). El Señor Jesús no había asistido a ninguna escuela de los rabinos. «En el lenguaje de hoy—observa Hendriksen—, podríamos decir que no había conseguido graduarse en ninguna institución acreditada.» Pero, al haber recibido el Espíritu sin medida (v. 3:34), no necesitaba recibir instrucción en ninguna escuela humana. Cristo conocía perfectamente las Sagradas Letras (2 Ti. 3:15, lit.), sin haberlas estudiado a los pies de ningún rabino. En cambio, es menester que los ministros de Jesucristo tengan su aprendizaje y, puesto que no han de esperar obtenerlo por inspiración, es necesario que se tomen la molestia de estudiar, ya por su cuenta, ya en una institución donde se ofrezca sana doctrina. La grandeza de Cristo y el asombro que provocaba su doctrina, se debía a la fuente en que la había bebido, sin haberla aprendido en ninguna escuela de hombres. Algunos se percataron de esto no cabe duda para honor de Él. Otros, con toda probabilidad, lo mencionaron para menospreciarle, como si dijesen: «Por mucho que parezca saber, no puede realmente poseer verdaderos conocimientos, porque no ha pasado por ninguna escuela rabínica ni ha obtenido la aprobación de sus estudios». Quizás algunos llegaron a sospechar, y aun a sugerir, que había obtenido sus conocimientos por medio de la magia, y dar por supuesto que, si no había sido escolar, por fuerza había de ser conjurador.
(B) Lo que Él dijo de su propia doctrina: Tres cosas:
(a) Que su doctrina era divina: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (v. 16). Como si dijera: «Lo que yo enseño no lo digo por mi propia cuenta, sino que enseño lo que el Padre me ordenó que enseñase». Se ofendían los judíos de que enseñase sin haber asistido a ninguna escuela rabínica, y Él les contesta que lo que Él enseñaba no era producto del aprendizaje propio, sino de la revelación divina. Jesús no hacía de Sí mismo el centro de sus enseñanzas, sino que llevaba a las almas al conocimiento del Padre (1:18; 14:6, 9).
(b) Que los jueces más competentes para juzgar del origen de su doctrina eran los que tuviesen un corazón recto y deseoso de conocer y hacer la voluntad de Dios: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (v. 17). Nótese que Cristo no prohíbe que su doctrina sea pasada por el tamiz del escrutinio público o privado, pero asegura que sólo quienes estén dispuestos a poner su voluntad de acuerdo con la de Dios tendrán éxito en dicho escrutinio. Cristo promete aquí solemnemente impartir un conocimiento seguro de su doctrina a quienes estén en dicha disposición de corazón. «El principio que es expuesto aquí—dice Ryle—es de inmensa importancia, pues se nos dice que el conocimiento claro depende de la honesta obediencia en gran medida, y que no se puede esperar una visión distinta y clara de las verdades divinas, a menos que estemos dispuestos a poner en práctica las cosas que conocemos. Al vivir de acuerdo con la luz que poseemos, obtendremos más y más luz.» En este sentido (nota del traductor) decía nuestro Unamuno que era menester volver del revés el famoso adagio escolástico: «Nada es querido sin ser antes conocido», para decir: «Nada es conocido sin ser antes querido». En efecto, es cierto que mediante el estudio de la historia, de la crítica y de la propia Biblia, se pueden obtener profundos conocimientos teóricos de las verdades divinas; en realidad, el núcleo fundamental del Evangelio de salvación es sumamente breve (v. 1 Co. 15:1–4), pero todos esos conocimientos no sirven, de suyo, para impartir el amor a Dios en Jesucristo y, sin amor, nada somos (1 Co. 13:1–3) y ninguna cosa espiritual podemos entender como se debe (v. 1 Co. 2:14 y ss.). En cambio, todo el que esté dispuesto a someterse a las reglas de la ley divina, quedará convenientemente expuesto a los rayos de la luz divina.
(c) Que así queda claro que Jesús como Maestro, no enseñaba por su propia cuenta ni para su propia gloria: «El que habla por su propia cuenta, busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero (lit. verídico o veraz), y no hay en él injusticia» (v. 18). Véase, de paso, el carácter del impostor: «busca su propia gloria», lo cual es señal de que «habla por su propia cuenta». Los engañadores hablan y enseñan sin comisión ni instrucción de parte de Dios, sino apoyados únicamente en su propia voluntad como única garantía de lo que enseñan; no hay en ellos inspiración divina, sino mera imaginación humana; los que se buscan a sí mismos, hablan de sí mismos. Así se conoce pronto al predicador jactancioso. En cambio, los que hablan enseñados por Dios, hablan para gloria de Dios, no de sí mismos. El que busca la gloria de Dios en lo que dice, bien merece que se le de crédito en lo que dice. Los que así nos enseñen, y sólo ellos, han de ser acogidos, y escuchados entre nosotros. Con esta rectitud de intención bien podía asegurar Jesús que «no hay en él injusticia». En cambio, los falsos maestros son injustos: injustos para con Dios, de cuyo nombre abusan; e injustos para con los hombres, a quienes tratan de imponerse. Jesús mostraba que era veraz y justo, puesto que era en realidad lo que decía que era.
2. Los judíos le recriminaban a Jesús por haber curado al paralítico y haberle hecho cargar con su camilla en sábado, pero el Señor les recrimina de no cumplir la ley: «¿No os dio Moisés la ley? Y ninguno de vosotros cumple la ley» (v. 19). Estos líderes de Israel se jactaban de ser discípulos de Moisés (9:28) y se sentaban en la cátedra de Moisés (Mt. 23:2), por mano del cual habían recibido la Ley. Pero Jesús pasa ahora a la ofensiva, y a quienes falsamente le acusaban de quebrantar el sábado, les da a entender que ninguno de ellos cumple la ley, puesto que toda la ley se resume y se cumple en el amor (Mt. 7:12; Ro. 13:8–10; Gá. 5:14; y ya en Lv. 19:18), y ellos, no sólo no amaban al prójimo, sino que aborrecían a Jesús hasta el punto de procurar matarle, como en efecto lo llevarían a cabo unos seis meses más tarde. De ordinario, los más inclinados a censurar a otros son ellos mismos los más dignos de censura. La frase «¿Por qué procuráis matarme?» que Jesús les dirige a continuación, va dirigida, con toda probabilidad, no sólo contra los líderes, sino contra muchos de los judíos de Jerusalén, pues aun prescindiendo del término general «judíos» (5:16, 18; 7:1), lo da a entender la alusión a la «multitud» en el versículo siguiente (v. también vv. 30, 44) y, finalmente, será esa turba la que gritará ante Pilato: «¡Crucifícale, crucifícale!»
Al llegar a este punto, vemos que la gente le interrumpió muy descortésmente, al decir: «Demonio tienes; ¿quién procura matarte?» (v. 20). Esto demuestra, por una parte, la buena opinión que tenían de sus líderes, de quienes pensaban que nunca se atreverían a intentar algo tan atroz como dar muerte a Jesús; por otra parte, demuestra la mala opinión que tenían del Señor, al decirle que tenía demonio, es decir, un espíritu inmundo de mentira, o quizá de depresión y melancolía, como si se sintiera acosado de temores infundados, pues no sólo el frenesí demencial, sino también la melancolía depresiva, silenciosa, eran comúnmente atribuidos al poder de Satanás. En cualquiera de los dos casos, Jesús no podía ser en opinión de ellos, una persona buena y equilibrada. ¡No nos resulte extraño el que los mejores hombres sean considerados por los incrédulos como personas abominables o desequilibradas! Pero los que quieran ser semejantes al Salvador han de imitarle en la forma como responde a estos insultos con toda mansedumbre, sin resentimiento ni espíritu de venganza (v. Ro. 12:19). Cristo responde vindicando sin ira su modo de proceder:
(A) Apela a los sentimientos de ellos acerca del milagro con el que le acusaban: «Una obra hice, y todos os maravilláis» (v. 21). Es decir: «Por una sola obra que he realizado, todos estáis asombrados». Es cierto que Jesús había hecho ya otros milagros (v. 2:23; 4:45) en Jerusalén, pero esta sola, la curación del paralítico en la piscina de Betesda o Betzata, llevada a cabo en sábado, era la ocasión del complot que tramaban para matarle. No podían menos de maravillarse, puesto que era un gran milagro.
(B) Apela a la costumbre que ellos mismos tenían de circuncidar en sábado, si en él caía el octavo día después del nacimiento del niño (vv. 22–23), como diciéndoles: «Por una sola obra que he llevado a cabo en sábado, todos os asombráis, os parece extraño en gran manera el que una persona religiosa se atreva a hacer tal cosa; sin embargo, si para vosotros es legal y es vuestro deber circuncidar en sábado a un niño, mucho más legítimo y provechoso es que yo haya curado a un inválido en día de reposo».
(a) Comienzo y origen de la circuncisión: «Moisés os dio la circuncisión» (v. 22). Se dice aquí que la circuncisión es dada y (v. 23) recibida, para dar a entender que las ordenanzas que Dios había instituido como señales del pacto con Su pueblo, eran dones de Dios a los hombres, y como tales habían de ser recibidas. ¡Cuánto mejores son los dones de Dios en las ordenanzas del Nuevo Pacto, y cómo habríamos de recibirlas con mayor gratitud! Jesús les pone las cosas en claro, al añadir en paréntesis que, en realidad, la circuncisión no se originó con Moisés, sino que ya había sido practicada anteriormente por los patriarcas (v. Gn. 17:10 y ss.). Había sido ordenada anteriormente, como señal del pacto de Dios con Abraham y sus descendientes.
(b) El respeto que los judíos tenían para esta ordenanza, al poner la circuncisión por encima de la ley sobre el día de reposo. Si un niño nacía en sábado, era circuncidado sin falta al sábado siguiente.
(c) La inferencia que de aquí saca Jesús para vindicar su modo de proceder en el caso del milagro que había realizado en sábado: «Si recibe el hombre la circuncisión en sábado, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, si esto os parece legítimo y obligatorio, ¿os enojáis conmigo porque sané completamente a un hombre en sábado?» (v. 23). El enojo de los judíos ante el milagro de Jesús era absurdo, sin razón alguna, al condenar a otros por aquello mismo con que se justificaban a sí mismos. Obsérvese la comparación que Cristo hace aquí entre circuncidar a un niño y sanar enteramente a un hombre en sábado. La circuncisión era meramente una institución ceremonial, mientras que la curación era un beneficio altamente provechoso por ley de naturaleza. La circuncisión hacía daño, pero Cristo había hecho un gran beneficio al sanar completamente. Mientras que al circuncidar a un niño, había de tenerse el cuidado necesario de sanar sólo aquella parte del cuerpo en la que se había practicado la circuncisión, pero no se inmunizaba por eso al niño contra otras enfermedades que pudiese contraer o que, quizás, había ya contraído, el milagro de Jesús había sanado enteramente al hombre. Más aún, no sólo le había sanado enteramente el cuerpo, sino también el alma, al advertirle: «No peques más, para que no te suceda alguna cosa peor» (5:14).
(C) Jesús concluye su argumentación con este consejo que debía servirles de norma para el futuro:
«No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio» (v. 24). Esto es de aplicación particular al caso presente, pero tiene aplicación general a todas las demás obras, así como a las enseñanzas y a la persona misma de Cristo. «Las apariencias engañan»—dice el refrán—; quienes, a primera vista, parecen los mayores santos, pueden resultar, a la larga, los peores criminales. Estas apariencias eran precisamente las que tan alto prestigio habían deparado a los fariseos, quienes, por fuera (v. Mt. 23:27–28) parecían tan piadosos, y los hombres los juzgaban y tenían en alta estima por esas apariencias. Pero Cristo les advierte que «no todo lo que reluce es oro»; en cambio, puede hallarse oro puro de santidad bajo apariencias modestas. Sólo Dios (y Jesús, por ser Dios) puede ver el interior del corazón (comp. con 1 S. 16:7). Los que se empeñaban en juzgar a Jesús por su modesta apariencia, no era fácil que juzgaran con justo juicio, pero si se atendía al poder de Dios que se manifestaba y daba testimonio en las obras que llevaba a cabo, y a las profecías que en Él tenían cabal cumplimiento, era justo y puesto en razón recibirle y juzgarle con los ojos de la fe, no con la vista exterior. También nosotros hemos de aprender a no juzgar a nadie por las apariencias pomposas, por los títulos o por la posición que ocupa en la sociedad, sino por su valer intrínseco y por los dones y gracias del Espíritu Santo que en él se manifiesten.
3. Cristo pasa después a conversar con ellos acerca de Sí mismo; de dónde había venido y adónde se dirigía (vv. 25–36).
(A) De dónde venía (vv. 25–31).
(a) La objeción contra el verdadero origen de Cristo fue presentada por unos habitantes de Jerusalén que parecían ser los que mayores prejuicios abrigaban acerca de Él (v. 25). Nuestro Señor Jesús halló con frecuencia las peores acogidas entre aquellos de quienes había motivo para esperar que mejor le acogieran. Pero no fue sin ninguna razón por lo que llegó a surgir el siguiente proverbio: «Cuanto más cerca de la iglesia, tanto más lejos de Dios». Veamos:
Primero, cómo reaccionan los propios habitantes de Jerusalén, quienes conocían a los líderes religiosos del país mejor que los venidos de fuera de la ciudad. La reacción del Sanedrín queda registrada en el versículo 15, la de la multitud (compuesta especialmente de peregrinos), en el versículo 20. Ahora, estos jerosolimitanos, que a un mayor conocimiento de los líderes añadían un mayor odio a Jesús, se sorprenden de que nadie le haya parado los pies a este atrevido (v. 19) y preguntan: «¿No es éste a quien buscan para matarle? Pues mirad, habla públicamente (lit. atrevidamente) y no le dicen nada» (vv. 25– 26). Y añaden, más bien con ironía maliciosa que con sospecha de posibilidad: «¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo?» (v. 26b). Con esta insinuación, trataban de exasperar a los propios gobernantes, como si la pasividad que mostraban en este asunto redundara en menosprecio de la misma autoridad que ostentaban. Como si dijesen: «Si nuestros gobernantes soportan con toda calma el que de tal modo se les insulte, están incitando a la gente a que les pierda el respeto» (W. Hendriksen opina, sin embargo, que la frase pronunciada al final del versículo 26 no contiene ninguna malicia, sino que expresa una sincera duda. Nota del traductor). Las peores persecuciones se han llevado a cabo bajo pretexto de la necesidad de apoyar al régimen y mantener el «orden constituido». Si las frases de estos judíos se toman irónicamente, ese «habrán reconocido …» equivale a decir: «¿Cómo es que han cambiado de opinión acerca de este sujeto?» Cuando la profesión de la fe cristiana no goza de la reputación popular, son muchos los que se sienten tentados a ridiculizar y perseguir a los creyentes, aun cuando sólo sea por no parecer que se ponen de parte de ellos. Es extraño que los líderes, irritados por estas observaciones, no trataran inmediatamente de arrestar al Señor; pero su hora no había llegado todavía. Dios puede atar con admiración las manos de los hombres, aun cuando éstos no experimenten contrición en el corazón.
Segundo, cómo expresan su prejuicio acerca del origen de Cristo con base igualmente en las apariencias: «Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo (es decir, el Mesías), nadie sabrá de dónde es» (v. 27). ¿Acaso no sabían todos que Jesús procedía de la despreciada Galilea, y que era hijo de José y María? (v. 6:42; 7:41). A pesar de la ignorancia que estos jerosolimitanos expresaban acerca del lugar de origen del Mesías, el mismo evangelista nos dice que había quienes recordaban bien la profecía (v. Mi. 5:2), según la cual el Mesías había de proceder de Belén (v. 42). Es probable que hubiese entre ellos quienes, según ciertas leyendas, pensaban que el Mesías aparecería de repente, sin saber de dónde venía, como llovido del Cielo. Hendriksen expone la total falsedad de los que se atrevían a formar el siguiente silogismo, conforme a la fraseología del versículo 27: «Nadie sabe de dónde vendrá el Mesías. Es así que nosotros sabemos de dónde procede este Jesús. Luego este Jesús no puede ser el Mesías». Si las premisas fueran verdaderas, la conclusión sería totalmente lógica y, por tanto, también verdadera. Pero resulta que las dos premisas eran falsas; así que la conclusión no podía ser más falsa. La familiaridad engendra menosprecio e inclina a desdeñar el hacer uso del talento y de los dones de muchas personas cuyo humilde origen parece oscurecer la real valía de sus personas. «Vino a lo que era suyo, y los suyos no le recibieron» (1:11). ¡Qué tristeza causa este versículo! ¡Qué consuelo y ánimo ofrecen los dos versículos que le siguen! (v. 1:12–13).
(b) Jesús contesta a esta objeción (vv. 28–29), no sólo públicamente (o atrevidamente—v. 26—) sino en voz más alta: «Entonces Jesús, enseñando en el templo, alzó la voz» (v. 28a), con lo que dio a entender así su vehemente pesar por la dureza que observaba en el corazón de sus interlocutores. Aunque hemos de dar testimonio de nuestra esperanza con mansedumbre y reverencia (o respeto personal) ante el que nos demande razón (1 P. 3:15), también debemos contender con vehemencia por la fe dada una vez a los santos (Jud. 3) contra toda sinrazón. Esta vehemencia, aunque sin perder el control de sí mismo, se observa en el tono y en la frase de Cristo: «Alzó la voz y dijo: A mí me conocéis y sabéis de dónde soy». Hay comentaristas que interpretan esta última frase en forma de interrogación, lo cual es muy improbable a la vista del texto original. Otros (entre ellos, el propio Matthew Henry. Nota del traductor), piensan que contiene una concesión parcial, como si dijese: «En parte tenéis razón, pues, aun cuando no nací en Galilea, allí me crié y allí están mis parientes más cercanos». Esta interpretación tiene contra sí el contexto posterior, en el que Jesús, lejos de deshacer el error que sus interlocutores manifestaban por desconocer que había nacido en Belén, se remonta a su origen divino, no humano. Por eso, la única interpretación correcta es la que sostiene W. Hendriksen, con muchos otros insignes autores, entre los que descuellan Calvino, Beza, Toledo, Stier, Godet y Lenski; Cristo se expresó aquí irónicamente, en forma de exclamación, como si dijese: «¡Así que me conocéis y sabéis de dónde soy!» Esto está en perfecta concordancia con lo que el mismo Jesús expresa una y otra vez en este mismo Evangelio de Juan acerca de la ignorancia del pueblo sobre su persona y su origen (v. 3:11; 5:18, 37, 38; 6:42, 60–62; 8:19, 55–69; 14:9). El verdadero origen de Cristo es divino, y así lo expresa a continuación Él mismo al decir: «Y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero (aquí, genuino, como en 15:1; 1 Jn. 5:20), a quien vosotros no conocéis». Esta gente venía a decir que Jesús se arrogaba la personalidad y la misión del verdadero Mesías sin serlo. Jesús les replica de nuevo que Él no ha venido por su propia cuenta, sino enviado y comisionado por el Dios verdadero, real (según expresa el griego), no por algún ser imaginario, de pura leyenda. Pero es a este único Dios verdadero (17:3) al que ellos no conocen (v. 8:19, 55). La
ignorancia del verdadero carácter de Dios, según aparece en las páginas de la Biblia, es la verdadera causa de que tanta gente se niegue a creer y rechace a Cristo y al cristianismo. Jesús sí que conoce al Dios verdadero y real: «Pero yo le conozco, porque de Él procedo (lit. de junto a Él soy), y Él me envió» (v. 28). Él conocía perfectamente al Padre, por estar recostado en su seno (1:18) y no tenía dudas acerca de la misión que del Padre había recibido ni estaba en la oscuridad sobre la obra que el Padre le había encomendado que llevara a cabo (4:34; 17:4).
(c) La provocación que esta abierta declaración ocasionó a sus enemigos: «Entonces procuraban prenderle, pero nadie puso sobre Él la mano, porque aún no había llegado su hora» (v. 30). Dios tiene a los malvados fuertemente sujetos como con una cadena. La malicia de los perseguidores resulta impotente, incluso cuando es más impetuosa, y, aun en los casos en que Satanás llena el corazón de ellos, Dios les ata las manos. Los siervos de Dios son, a veces, protegidos de un modo maravilloso por medios que no podemos vislumbrar. Cristo tenía su hora fija; así también la tienen sus ministros y todos los creyentes. Ningún poder de la tierra ni del infierno puede prevalecer contra ellos, mientras no hayan acabado su testimonio.
(d) El buen efecto que el mensaje de Cristo tuvo en algunos de sus oyentes: «Y muchos de la multitud creyeron en Él» (v. 31). Como hace notar Hendriksen, aquí, como en otros lugares (2:23; 4:45, 48), no se puede hablar de fe salvífica; probablemente estaban dispuestos a aceptar a Jesús como a Mesías político, al ver los milagros que hacía y al tener por buenas las referencias que de Él se hacían (comp. con Is. 35:5– 6; Mt. 11:2–5). Vemos que los que así creían no eran de los líderes, sino del pueblo, «de la multitud». No se debe medir el éxito del Evangelio por el número de los magnates y sabios que lo aceptan, y los ministros de Dios no deben desanimarse por el hecho de que sólo los pobres reciban su mensaje. Pero la fe de éstos era mucho más débil que la de los samaritanos que afirmaban: «Éste es el Salvador del mundo, el Cristo» (4:42), puesto que, en forma de duda, añaden: «El Cristo, cuando venga, ¿acaso hará más señales que las que éste hace?»
(B) Adónde iba (vv. 32–36).
(a) El propósito de los fariseos y de los principales sacerdotes contra Él (v. 32). Por la información que les proporcionaron sus espías, supieron que «la gente comentaba de Él (Jesús) estas cosas». La cosa se ponía seria. Muchos mostraban su respeto, si no su fe, a Jesús. El murmullo entre el pueblo bastó para enfurecer a los líderes al pensar que, cuanto más creciese Jesús, más menguarían ellos. Así que, fariseos y saduceos, aun siendo enemigos entre sí unieron sus fuerzas contra Jesús y «enviaron alguaciles para que le prendiesen». Su siniestro objetivo, ya expresado en 5:18, debe ponerse por obra sin dilación. El modo más efectivo de dispersar el rebaño es herir al pastor. Quienes, por su oficio y sus conocimientos de la Escritura, debieran ser los más solícitos en defender el reino de Dios y a Cristo que venía a inaugurarlo, son precisamente los que envían a arrestar al Mesías. Parece que estamos viendo al Gran Inquisidor de Dostoievski, a quien, como dice Cabodevilla, «le molestaba cualquier motivo de remota perturbación; por el bien de los propios fieles, apresó a Jesús y le prohibió toda clase de actividad, pues, cualquiera que ésta fuese, acabaría soliviantándolos».
(b) El mensaje cifrado que, con esta ocasión, pronunció el Señor: «Todavía estaré con vosotros un poco de tiempo, y me iré al que me envió. Me buscaréis y no me hallaréis; y a donde yo esté, vosotros no podéis venir» (vv. 33–34). Estas palabras, como la columna de nube y fuego, tienen su lado oscuro y su lado brillante:
Primero, tienen un lado brillante con relación a Jesús. Hallamos aquí tres cosas que le animan y confortan: (i) Que le quedaba poco tiempo en este mundo de penas y miserias; pronto se acabaría la obra que había venido a llevar a cabo. Debe consolarnos la idea de que, sean amigos o enemigos los que nos rodean, estaremos con ellos sólo «un poco de tiempo». Mientras tanto, no tenemos más remedio que convivir con muchos que son como zarzas y espinos; pero ¡bendito sea Dios! que sólo por poco tiempo pueden dañarnos, y pronto estaremos lejos de su alcance. (ii) Que pronto estaría con el que le había enviado; como si dijese: «Cuando haya acabado entre vosotros la obra que vine a realizar, entonces, y no hasta entonces, «me iré al que me envió». Quienes sufran por Cristo consuélense con esto: que tienen un Dios a quien ir, y que están yendo cada día hacia Él, para estar con Él por toda la eternidad. (iii) Que ninguno de sus perseguidores podía acompañarle hasta el Cielo, a no ser que se volviese discípulo suyo:
«Me buscaréis y no me hallaréis». Uno de los aspectos que añaden felicidad a los santos glorificados es que ya están fuera del alcance del diablo y de los perversos instrumentos de Satanás.
Segundo, estas palabras tienen un lado oscuro, negro, para los que odiaban y perseguían a Jesús.
Querían deshacerse de Él, y según su deseo sería su destino. Él no les va a molestar por mucho tiempo, sino que, dentro de poco, se marchará de ellos. Día llegará en que la nación judía, en su desesperación buscará la liberación pero será demasiado tarde. Al no haber creído en Él, morirán en sus pecados (8:24, comp. con Gn. 27:30–38, a la luz de He. 12:17; Pr. 1:24–28; Am. 8:11–12). No hay mayor miseria para los que rechazan a Cristo y no quieren oír de Él, que ser dejados a su deseo. Ahora es el día en que se puede hallar a Jesús; «he aquí ahora el tiempo favorable; he aquí ahora el día de salvación» (2 Co. 6:2). Los que no quieran aceptar a Cristo, en vano tratarán de hallar un lugar en el Cielo: «Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre» (1 Jn. 2:23).
(c) La errónea interpretación que ellos dieron a estas palabras de Jesús (vv. 35–36): «Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde se va a ir éste, que no le hallemos?» Con esto muestran: Primero, su ignorancia y ceguera, pues Él acababa de decir adónde iba: al que le envió, al Padre en los cielos y, aun así, todavía se preguntan: «¿Adónde se va a ir éste?», y: «¿Qué significa esto que dijo …?»; segundo, el atrevimiento con el que despreciaban las amenazas de Jesús. En lugar de temblar ante la terrible sentencia del: «Me buscaréis y no me hallaréis» parecen tomarlo a risa y se burlan de Él: «¿Acaso va a ir a los dispersos entre los griegos, y a enseñar a los griegos?» Nótense los dos grupos implicados en la frase: Los judíos de la diáspora (palabra griega que se halla en el original de este versículo y significa «dispersión»), y los griegos, los gentiles mismos. Como hace notar Hendriksen, cuando Juan menciona «griegos», no quiere decir (al revés que en Hch. 6:1; 9:29) los judíos que hablaban griego, sino los griegos de nacionalidad y raza. Así que los oponentes de Jesús, con el mayor desprecio hacia los gentiles, se preguntaban: «¿Acaso irá a enseñar a los gentiles?» No se percataban de que, como Caifás más tarde (v. 11:51–52), lo que decían en son de burla, contenía una gloriosa profecía pues pronto serían «ciertos griegos» los que se interesarían por Jesús (v. 12:10 y ss.). Es muy corriente entre los que se muestran muy celosos en mantener el monopolio de la religión, el que hayan perdido la eficacia de la religión.
Versículos 37–44
I. El notable mensaje que Jesús pronunció a continuación (vv. 37–39). Es probable que estos tres versículos contengan solamente un breve sumario de lo que pronunció en esta ocasión, pero, aun en esta forma tan concisa, contienen el núcleo de todo el Evangelio. Aquí tenemos una invitación a llegarnos a Cristo, y una consoladora promesa de la felicidad que hallaremos en Él. Veamos:
1. Cuándo hizo esta invitación: «En el último y gran día de la fiesta» de los Tabernáculos (v. Nm. 29:12–39). Como habría mucha gente reunida, con una invitación hecha a tantos, podría esperarse que algunos la aceptasen. El pueblo estaba ahora a punto de volverse a sus casas y podrían llevar consigo, como noticias de última hora, este importante mensaje del Salvador. Cuando nos veamos ante una gran congregación que está a punto de dispersarse (especialmente, si hay poca probabilidad de que vuelvan a congregarse), ése es el tiempo oportuno para decir o hacer algo que pueda ayudarles para entrar en el camino de la salvación. Quedaban entonces unos seis meses hasta la próxima fiesta solemne la Pascua pero algunos de la multitud que ahora se congregaba habrían muerto para entonces. Por eso, el Señor se muestra ahora tan afanoso por que oigan este importante mensaje.
2. Cómo hizo Jesús esta invitación: «Se puso en pie y alzó la voz». Tanto la postura como el tono evidencian anhelo e importunidad (comp. con 2 Ti. 4:2). El amor a las almas debe avivar el celo de los predicadores. Era el ardiente deseo de Jesús que todos pudieran oír sus palabras y aceptar esta invitación. Los oráculos de los dioses paganos eran dados en privado mediante susurros ininteligibles, pero los oráculos del Evangelio han de ser proclamados como lo fueron por Cristo, con urgencia insistente, en público y a voz en grito.
3. La invitación misma es universal: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (v. 37b). Todo el que tenga sed de verdadera y eterna felicidad, que venga a Cristo y tome del agua de la vida. De la importancia de este mensaje nos da idea el hecho de que es el último que la Biblia repite (v. Ap. 22:17). Hasta que todo lo que ha de cumplirse sea consumado (v. Ap. 21:6 «hecho está»), habrá oportunidad de predicar este mensaje y de recibir esta invitación. Nótese que:
(A) Son invitadas todas las personas que tengan sed. El sentido no es de inclinación (comp. con Mt. 5:6), puesto que los creyentes han saciado su sed y no tendrán ya sed jamás (v. 6:35), sino de necesidad; todo el que busca satisfacción en cisternas rotas y no puede calmar su sed (comp. con Jer. 2:13). A estos insatisfechos y verdaderamente indigentes, Jesús les promete satisfacción si se llegan a Él.
(B) Son invitadas a llegarse a la fuente de aguas vivas: «Venga a mí y beba», con la seguridad de que no será rechazado (v. 6:37). Por mucha que sea su sed, quedará satisfecho; no sólo quedará refrescado, sino también rellenado.
4. La consoladora promesa, aneja a esta misericordiosa invitación: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva» (v. 38). Este pasaje, no sólo nos recuerda lo que leemos en Isaías 55:1–2 y en el ya citado lugar de Apocalipsis 22:17, sino en especial, el diálogo de Jesús con la samaritana (4:10–14) sobre este mismo tema. En cuanto al inciso «como dice la Escritura» pueden verse lugares como Salmos 46:4 y Ezequiel 47:1. Es cierto que el Salmo habla de «la ciudad de Dios», y Ezequiel habla del «umbral del santuario»; pero ambas cosas tienen aplicación al creyente, pues es «santuario» de Dios (v. 1 Co. 3:16; 6:19), y forma parte de la «ciudad santa» (v. Ap. 21:2–3, 9–10). Por otro lado, la expresión «de su interior» (lit. de su vientre), sólo puede referirse al interior del creyente, no de la Escritura por cuanto el pronombre está en masculino («de él», no «de ella»). Y el sentido concuerda con el contexto posterior, lo mismo que con 4:14. «Agua viva» siempre equivale, en la Biblia, a «agua corriente»; se llama viva porque está en movimiento. Es agua que brota perpetuamente, porque surge de un manantial que se convierte en «surtidor para vida eterna» (4:14). No hay, pues, peligro de que se acabe y nos vuelva la sed. Con ello se muestra que las gracias y dones del Espíritu Santo no son para permanecer inertes, como en la quietud de un estanque, sino para moverse y ser usados para beneficio del propio individuo y de los demás. De la misma manera que el árbol se conoce por sus frutos, el río se conoce por sus corrientes.
5. A continuación, el evangelista mismo explica el significado de esta promesa del Señor: «Esto dijo del Espíritu que iban a recibir (v. Hch. 2:1 y ss.) los que creyesen en Él» (comp. con 16:7). El Espíritu Santo, al morar dentro del creyente, no sólo imparte el agua de la vida, sino que es como un manantial de agua viva, puesto que, al ser persona divina, tiene vida en sí mismo (comp. con 5:26) y vida inmortal por esencia (comp. con 1 Ti. 6:16). Nosotros sólo podemos ser canales o depósitos de agua, pues dependemos en todo de la fuente que es Dios; pero el Espíritu Santo, que habita en nosotros, es el manantial. Con este manantial dentro, no tenemos excusa para no producir fruto, pues estamos en mejores condiciones que los justos de los que se habla en Salmos 1:3 («como árbol plantado junto a corrientes de aguas»), ya que nosotros no sólo tenemos la corriente de aguas cerca, sino dentro. Al tener más, más se nos pedirá. ¿Cómo nos atreveremos a quedar ociosos y sin fruto (v. 2 P. 1:8), si tenemos dentro tal manantial de gracia?
6. Finalmente, Juan hace notar que la promesa estaba en futuro, «pues aún no había sido dado (lit. aún no había—comp. con Hch. 19:2, donde tiene el mismo sentido) el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado» (v. 39b). Es cierto que, con la Venida de Cristo al mundo, llegó el cumplimiento del tiempo (Mr. 1:15), pero, mientras Jesucristo estaba en la tierra, parecía como si poseyera el «monopolio» (v. 3:34) del Espíritu; tanto que su presencia en la tierra, antes de su muerte y resurrección, era como un obstáculo para que el Espíritu fuese difundido por doquier (v. 16:7; Hch. 2:32– 33). Es precisamente en el Evangelio de Juan donde la muerte de Cristo, como ya hicimos notar, toma el carácter de «elevación», de «triunfo», de «centro de atracción» (v. 3:14–15; 12:32–33). Tenía que ascender al Cielo y recibir del Padre el «espaldarazo» de Vencedor, para repartir el botín y derramar el Espíritu Santo con sus dones (v. Ef. 4:8). Comenta Hendriksen: «De la misma manera que los creyentes no pueden convertirse en la mayor bendición posible para el mundo mientras no hayan recibido el Espíritu Santo con poder (Hch. 1:8), así tampoco el Espíritu Santo podía ser derramado mientras Jesucristo no fuese glorificado».
II. Las consecuencias o efectos que produjo entre los oyentes este mensaje de Jesús. En general, ocasionó una división entre las opiniones de la multitud: «Había, pues, disensión entre la gente a causa de Él» (v. 43). No pensemos que Cristo vino a poner paz, no. El efecto de la predicación del Evangelio siempre es la división, porque, mientras algunos se reúnen a él y son añadidos a la Iglesia (v. Hch. 2:41, 47), otros se reúnen contra él. No es culpa del Evangelio el que se provoque esta división, como no es culpa de la medicina la revulsión que provoca en los humores mórbidos del organismo, a fin de descargarse de ellos. Vemos, pues:
1. Que algunos eran atraídos hacia Jesús: «Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta (v. 40). Quizá veían en Él al profeta de Deuteronomio 18:15– 18 (v. el comentario a 1:21), o al heraldo y precursor del Mesías. Otros iban más lejos, pues decían: «Éste es el Cristo» (v. 41a), el propio Mesías. Como en otros lugares, no hallamos que quienes así se expresaban llegasen a hacerse sus seguidores y discípulos. Una buena opinión acerca de Jesucristo está todavía muy lejos de una fe viva, salvífica, en Él; muchos le dieron algunas buenas palabras, pero ahí quedó todo.
2. Otros seguían con prejuicios contra Él. Tan pronto como alguien hacía alguna de las dos afirmaciones precedentes, otros se apresuraban a contradecir y poner objeciones. El hecho de que se hubiese criado en Galilea y de allí hubiese surgido, era para muchos un argumento contundente contra los que opinaban que Jesús era el Mesías o, al menos, un profeta (v. 52): «¿De Galilea ha de venir el Cristo?» (v. 41b). Una tal pregunta daba por supuesta una respuesta negativa. Y añadían: «¿No dice la Escritura que del linaje de David (Mt. 1:1) y de la aldea de Belén (v. Mi. 5:2), de donde era David (1 S. 16:1, 4), ha de venir el Cristo?» (v. 42). Éstos tenían los mismos prejuicios que hemos hallado en 6:42 y 7:27, con la diferencia de que en dichos lugares, las dos premisas eran falsas y, por tanto, la conclusión era doblemente falsa, pero aquí, en 7:42, la premisa mayor era correcta, pues Jesús no sólo era nacido en la aldea de Belén, en la que también David había nacido, sino que era del linaje de David, tanto legalmente por parte de José (Mt. 1:1, 16), como físicamente, según la carne, por parte de María (según la interpretación más probable de Lc. 3:23, 32). La interpretación de Miqueas 5:2 a favor del Mesías era la común entre los rabinos y del propio Sanedrín (v. Mt. 2:6), y era una interpretación correcta. Pero la premisa menor era falsa, pues Jesús no había nacido en Galilea, sino en Judea. Por donde vemos en esta gente:
(A) Un laudable conocimiento de las Escrituras. Incluso lo que se llama «la gente baja, el vulgo», conocían esto por la exposición tradicional que los escribas les ofrecían. Así pasa con muchas personas que muestran grandes conocimientos bíblicos, pero sólo les sirven para torcer las Escrituras, para su propia perdición (2 P. 3:16).
(B) Una lamentable ignorancia acerca del Señor Jesús. Al suponer que Cristo había nacido en Galilea, daban por seguro que no podía ser el Mesías, mientras que, si hubiesen atendido a su doctrina y a los milagros que llevaba a cabo, se habrían sentido inclinados a investigar más a fondo, hasta enterarse de que Jesús había nacido en Belén.
3. Otros, exasperados por las palabras de Jesús, «querían prenderle» (v. 44), sin darse cuenta de que ya habían sido enviados alguaciles para este encargo (v. 32), «pero ninguno le echó mano», puesto que todavía no había llegado su hora.
Versículos 45–53
Los principales sacerdotes y los fariseos se enfurecen aún más ahora, por haber fracasado el encargo que dieron a los alguaciles. Por lo que se ve, estaban reunidos en la cámara del Sanedrín, sin asistir a los servicios religiosos de aquel día, a pesar de ser «el gran día de la fiesta» (v. 37). Allí esperaban impacientes que les trajesen preso a Jesús, pero los alguaciles regresaron sin Él. Vemos:
I. Lo que pasó entre los líderes y los alguaciles, al regresar éstos del templo.
1. La reprimenda que los líderes echaron a los alguaciles: «¿Por qué no le habéis traído?» (v. 45). No les cabía en la cabeza que los que eran sus fieles servidores no hubiesen cumplido la orden que se les había dado.
2. La respuesta que dieron los alguaciles: «¡Jamás hombre alguno habló así!» (v. 46, según la lectura mejor atestiguada). Ésta era una gran verdad pues nadie jamás ha hablado, ni puede hablar, con la sabiduría, el poder, la autoridad, la gracia, la claridad y el encanto con que habló Jesús. Los propios alguaciles que habían sido enviados para prenderle mostraron que les había impresionado de un modo profundísimo la forma en que Jesús hablaba. Y no solamente quedaron profundamente impresionados, sino que tuvieron la valentía de confesarlo ante sus propios superiores, con lo que venían a admitir que Jesús merecía mayor crédito que los que se sentaban en la cátedra de Moisés. Así es como el poder de la gracia de Dios pudo preservar a Cristo en esta ocasión, al hacer tal impresión en la conciencia de hombres que no eran sospechosos de simpatía hacia el Salvador. Su testimonio, pues, delante de las autoridades judías, tenía doble garantía.
3. «Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados?» (v. 47). Como si dijesen: «Mal está que este hombre engañe a los que le siguen embobados y son sus discípulos, pero ¿vosotros? ¿Es posible que vosotros hayáis llegado a tal engaño, con tal estupidez?» El cristianismo, desde sus mismos comienzos ha parecido una estupidez a los sabios de este mundo; ha sido, incluso, llamado «el opio del pueblo»: suave droga para evadirse de las realidades de este mundo; creencia de «fanáticos» y de «beatas». Y, curiosamente, la mayoría de los incrédulos son «fanáticos ignorantes», que se dejan embaucar por los que, bajo el título universalmente reconocido de «expertos», les proponen sus hipótesis prejuzgadas como si fueran realidades evidentes. Es un hecho constante que, los que más duros se muestran para creer la verdad, más blandos se muestran para creer el error. Quienes se resisten a ser discípulos en la escuela del Maestro por excelencia, son extremadamente crédulos como alumnos en la escuela del diablo. Así es como estos líderes de los judíos quieren, a todo trance, que los alguaciles consideren:
(A) Que, si llegan a creer en Jesús, siguen el camino contrario al de los gobernantes y maestros del país, es decir, de las personas de mayor reputación dentro de la nación judía: «¿Acaso ha creído en Él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?» (v. 48). Según 12:42, muchos de los gobernantes creían en Jesús, pero les faltaba valentía para confesarlo. De ello se aprovechaban estos líderes en su intento de querer persuadir a los alguaciles de que el prestigio de Jesús no era tan grande como a ciertas personas les parecía. La causa de Cristo raras veces tiene gobernantes y fariseos de su lado; la negación de sí mismo y el tomar la cruz son lecciones demasiado duras para tales personas.
(B) Que quienes hablan de esa manera a favor de Jesús son la gente más despreciable de la nación:
«Mas esta gente que no conoce la ley son unos malditos» (v. 49). ¡Cuán burlona y despectivamente hablan del pueblo: «esta gente»! Así como la sabiduría de Dios suele escoger lo necio, lo bajo, lo vil y lo despreciable de este mundo (1 Co. 1:27–28), así también la sabiduría de los hombres rebaja y desprecia a los que Dios ha escogido. Los líderes achacan este entusiasmo por Jesús a ignorancia de la ley, cuando era precisamente la ley, toda la Escritura, la que daba testimonio a favor de Jesucristo (5:39 y ss.). Quizá mucha gente del pueblo conocía poco de la ley, pero lo poco que conocía le servía mucho más que a los escribas, aunque éstos conocieran perfectamente la letra de la ley. Se repite con mucha frecuencia el caso de creyentes sencillos y fieles que poseen un conocimiento rudimentario de las Escrituras, pero llegan a una comprensión íntima, experimental, del Señor y de la misma Palabra de Dios, que supera con mucho a los amplios conocimientos bíblicos de exegetas y teólogos de fama mundial. Aquí podemos aplicar la sabia consideración que hallamos en la primera página de la famosa Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis: «¿De qué te sirve discutir cosas profundas de la Trinidad, si careces de humildad, por lo que desagradas a la Trinidad?» Finalmente, estos líderes vienen a pronunciar, como ex cátedra, sentencia de maldición contra quienes hablasen bien de Cristo (comp. con 9:22). Se expresan de esta forma para dar escape a su indignación y para amedrentar a los alguaciles, a fin de que nada tuvieran que ver con la «maldita gente».
II. Pero ¡mira por dónde les sale un contradictor desde su propio campo, uno de los fariseos, el llamado por Jesús «el maestro del Israel» (3:10, lit.)! Veamos el diálogo que tuvo lugar entre ellos y Nicodemo (vv. 50 y ss.). Observemos:
1. La justa y racional objeción que presentó Nicodemo contra esta manera de proceder de sus colegas. Notemos los detalles principales:
(A) Quién fue el que presentó la objeción contra ellos: «Les dijo Nicodemo, el que vino a Él de noche (3:1 y ss.), el cual era uno de ellos» (v. 50). Aunque había visitado a Jesús y le tenía por maestro venido de Dios, retenía todavía su puesto en el Sanedrín y, con ello, la facultad de votar en las sesiones que en la cámara superior del país se celebraban. Dios tiene un «remanente» en lugares donde nadie sospecha (v. 1 R. 19:18; Ro. 11:4), de la misma manera que tiene enemigos o falsos amigos donde tampoco se podría sospechar (v. 13:26–29). Aun en el caso de que hubiese venido a Jesús de noche por falta de coraje (lo cual no es seguro, v. el comentario a 3:1 y ss.), lo cierto es que ahora tuvo la valentía de salir en defensa de Jesús, asociándose así, en la expresión de los demás colegas, a la «maldita gente». Pero no podían acusarle de no conocer la ley; así que le acusan de simpatía hacia los galileos (v. 52). No debemos juzgar mal, ni demasiado pronto, de quienes, al principio, sienten timidez en pasar por creyentes, pero que, a la larga, por la gracia de Dios, se muestran sinceros, valientes y maduros. ¡Que nadie ponga por excusa para disimular su fe el ejemplo de Nicodemo, a no ser que, como él, esté dispuesto a salir abiertamente en defensa de la causa de Cristo, y aunque esté solo en este menester pues esto es lo que hizo Nicodemo aquí y en 19:29!
(B) Lo que alegó Nicodemo contra esa manera de proceder de los otros fariseos: «¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y averigua lo que hace?» (v. 51). Con toda prudencia, arguye Nicodemo con base en los principios de la Ley misma, y en conformidad con las más elementales normas de justicia, que nadie debe ser condenado sin ser oído. Mientras que ellos reprochaban al pueblo sencillo de no conocer la ley (v. 49), él les imputa tácitamente a ellos el mismo cargo. Nótense los tres oficios que Nicodemo atribuye a la ley: juzga, oye y averigua. Es justo que nadie caiga bajo la sentencia de la ley, sin haber pasado por el escrutinio de la ley. Los jueces tienen dos orejas, para recordarles que deben oír a las dos partes. Y las personas deben ser juzgadas, no por lo que se dice de ellas, sino por lo que ellas hacen. En los procedimientos judiciales, hay que atender a las acciones, no a las facciones; y antes de la espada de la Justicia, hay que usar la balanza de la Justicia.
2. Lo que ellos le contestaron a esta objeción. No le responden directamente, sino que le replican con tanto mayor encono y burla cuanto menor es la razón que les acompaña. En lugar de admitir que estaban procediendo ilegalmente, se evaden de la razón para acusarle implícitamente de insinceridad y de innegable simpatía hacia los despreciables galileos: «Respondieron y le dijeron: ¿Acaso eres tú también galileo?» (v. 52). Pero van a cometer otro grave error, pues:
(A) Suponen que Cristo había nacido en Galilea, lo cual era falso, y que, puesto que la mayoría de los discípulos de Jesús eran galileos, todos lo eran; finalmente, suponen que de Galilea no había surgido ningún profeta, y también esto era falso. Pero supongamos que no hubiese surgido de Galilea ningún profeta, ¿era, por ello imposible que de allí surgiera alguno? ¿Pierde acaso valía, dignidad o virtud una persona por haber nacido en una región pobre y oscura?
(B) Pero lo más tremendo de este error es que retan a Nicodemo a que escudriñe las Escrituras:
«Escudriña y ve que de Galilea nunca ha surgido ningún profeta» (v. 52b). Además de Oseas y Nahúm, quienes probablemente eran de Galilea, está el caso clarísimo de Jonás. En efecto, de Oseas, dice F. Buck:
«Como la predicación de Oseas se desarrolla en el reino del norte (coincidente con Galilea. Nota del traductor), se supone que es oriundo del norte. Además, su perfecto conocimiento de las condiciones políticas y religiosas, de la geografía e historia de dicho reino, muestra que debía de ser de origen israelita» (es decir, no de Judea. Nota del traductor). En cuanto a Nahúm, la única probabilidad de que fuese galileo surge del nombre de Capernaúm que, en hebreo (kepar-najum), significa «aldea de Nahúm». Pero, como dice F. Buck, «el silencio de Nahúm sobre el reino septentrional, su alusión a Senaquerib, que devastó a Judá y atacó infructuosamente a Jerusalén, y el apóstrofe a Judá (Nah. 2:2) hacen pensar que Nahúm era originario del reino meridional (es decir, de Judá. Nota del traductor)». De todos modos, el caso de Jonás es absolutamente claro, pues era de Gath-Hépher (2 R. 14:25), ciudad situada en la frontera de Zabulón y Neftalí (Jos. 19:13), precisamente a poco más de cuatro kilómetros y medio al nordeste de Nazaret. ¿Por qué este olvido? Personalmente (nota del traductor) sugiero que quizás era debido a que Jonás fue el único profeta del Antiguo Pacto que fue enviado por Dios, a pesar suyo, a predicar a los gentiles, cosa inaudita para un judío, como puede apreciarse por la admiración de aquellos judíos (¡convertidos!) de Hechos 11:18. Ni Felipe (1:46) ni Nicodemo (7:52) se atreven a invocar el caso de Jonás, lo cual da a entender que también a ellos se les había olvidado (nuestro subconsciente olvida lo que no le conviene recordar. Nota del traductor). Hendriksen opina que quizá la rivalidad de ciudades vecinas jugase algún papel en el desprecio a Nazaret, en el caso de Natanael, por parte de un habitante de Caná.
3. El capítulo se cierra de una manera abrupta, precipitada, al no poder los líderes responder, de modo razonable, a la sincera y honesta observación de Nicodemo. Así que la «sesión» se levantó enseguida «y cada uno se fue a su casa» (v. 53).
Antes de cerrar el comentario a este capítulo (nota del traductor), es preciso hacer dos observaciones que ningún expositor de la Biblia debe desconocer: 1) La división de la Biblia en capítulos se hizo «a la buena de Dios» en los primeros siglos de la Iglesia, pero la división en versículos es relativamente reciente (hacia el final de la Edad Media), por lo que, a veces, resulta algún tanto arbitraria. Aquí tenemos un caso de esa arbitrariedad, pues claramente se percibe que el versículo 53 del capítulo 7 debería ir unido al versículo 1 del capítulo 8, para resaltar mejor el contraste: «Y cada uno se fue a su casa; mas Jesús se fue al monte de los Olivos». ¡Qué contraste! Mientras los líderes religiosos se fueron a descansar, Jesús se fue a orar; mientras los líderes religiosos se fueron a sus casas, Jesús, que no tenía casa propia, fue a orar al monte y, con toda probabilidad, se refugiaría en la cercana casa de sus amigos de Betania. Quizá, como observa Hendriksen, «Jesús se retiró de la ciudad para evitar el peligro de ser arrestado, al saber que su hora apropiada para su arresto y crucifixión no había llegado todavía». 2) Toda la sección de 7:53 hasta 8:11 inclusive es objeto de discusión entre los expertos, no sin fundamento, pues el testimonio de los MSS es extremadamente confuso, hasta el punto de que unos autores tienen por espuria toda la sección, aunque otros sospechan que fue fraudulentamente extirpada de numerosos códices y MSS «por temor— dice Agustín de Hipona—a que las mujeres apelaran a este episodio como una excusa para su infidelidad conyugal». Mi opinión personal, al atender al estilo literario de la porción, y con base en los estudios de otros exegetas «conservadores», sin dejar de ser expertos, es que la porción es genuina e inspirada como el resto de las Escrituras, pero de origen lucano, no juánico, como se ve además por la forma parentética en que está inserta en el texto de Juan; el versículo 12 del capítulo 8 empalmaría así mucho mejor, y con mayor naturalidad, tras 7:52. Lo más prudente es creer, como dice Hendriksen, «que lo que se nos refiere aquí, se llevó a cabo y que no contiene nada que esté en conflicto con el espíritu apostólico. De aquí que, en lugar de extirpar de la Biblia esta porción, debemos retenerla y usarla para nuestro provecho. ¡Los ministros no deben temer el basar sobre ella sus mensajes! Por otra parte, todos los hechos que conciernen a la evidencia textual deberían ser puestos en conocimiento de los lectores». Nótese la mención de «los escribas», única en Juan.
Este capítulo puede dividirse en siete secciones: 1) El episodio de la mujer adúltera (vv. 1–11. Recuérdese la observación núm. 2 del traductor al final del comentario al capítulo anterior); 2) una conversación de Jesús con los fariseos en el lugar de las ofrendas (vv. 12–20); 3) otra conversación con los judíos acerca de la miserable condición espiritual en que éstos se hallaban (vv. 21–30); 4) otro mensaje importante de Jesús sobre la verdadera libertad y la más temible esclavitud (vv. 31–37); 5) continúa la conversación de Cristo con los judíos a quienes acusa de homicidas e hijos del diablo (vv. 38– 47); 6) defensa de Cristo contra los graves insultos que le hacían sus interlocutores (vv. 48–50), 7) sus declaraciones acerca de la inmortalidad de los creyentes y acerca de Su propia preexistencia eterna (vv.
51–59).
Versículos 1–11
I. Vemos primero, en este capítulo, el retiro de Jesús al monte, cuando llegó el atardecer: Y Jesús se fue al monte de los Olivos» (v. 1). Se fue de Jerusalén (no sólo por las razones apuntadas al final del comentario al cap. 7. Nota del traductor), quizá por no tener allí ningún amigo con la amabilidad o el coraje suficiente para darle posada por una noche, mientras que sus perseguidores tenían cada uno su propia casa. Durante el día, no temía exponerse a sí mismo de buena gana, a fin de llevar a cabo su obra en el templo; pero por la noche se retiró a la campiña, buscando en ella el cobijo conveniente.
II. Su regreso al templo por la mañana, y su tarea en aquel lugar (v. 2). Vemos:
1. Cuán diligente predicador era Cristo: «Y de madrugada (lit.) se presentó de nuevo en el templo y
… enseñaba» (v. 2). Tres detalles se nos hacen notar aquí acerca de esta enseñanza de Cristo en la presente ocasión: (A) El tiempo: de madrugada. Cuando hay que llevar a cabo una tarea importante, tanto para la gloria de Dios como para el servicio del prójimo, es menester madrugar para sacar el mayor provecho de las horas del día; (B) el lugar: en el templo. No tanto por ser un lugar consagrado, cuanto por ser un lugar concurrido; (C) Su postura: «sentándose, les enseñaba», como quien sienta cátedra con gran autoridad y competencia (comp. con 7:37, donde el contexto exige otra postura).
2. Cuán diligentemente acudía la gente a escucharle: «y todo el pueblo vino a Él» (v. 2). Aunque a los líderes les disgustaba el que la gente viniera a escucharle, ellos (esa «gente maldita»), venían a oír sus enseñanzas; y, aun cuando los líderes estaban furiosos con Jesús, Él no cesaba por eso de enseñar.
III. Cómo se comportó Jesús con los que «le trajeron una mujer sorprendida en adulterio», para tentarle. Vemos:
1. El caso que le propusieron los escribas y los fariseos (v. 3), «tentándole para tener de qué acusarle» (v. 6):
(A) Le ponen delante al reo: Una mujer sorprendida en adulterio. Los convictos de este crimen habían de ser condenados a muerte de acuerdo con la ley judía. Los escribas y los fariseos la traen a Jesús y la ponen en medio, a la vista de todos y como dejándola enteramente al juicio de Cristo. El hecho de que la lleven a Jesús, y no al Sanedrín, tribunal competente en estos casos, demuestra que la traen únicamente para poner en aprieto al Maestro.
(B) Exponen a Jesús el cargo contra la mujer: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio» (v. 4). Llaman «maestro» al mismo a quien el día anterior habían llamado
«engañador». Los fariseos aparecen aquí extremadamente celosos contra el pecado, cuando poco después se ve que ellos mismos no estaban libres del mismo pecado (u otros) del que acusaban a la mujer. Es frecuente entre los que son indulgentes con sus propios pecados, el que sean muy severos con los pecados de los demás. Dice el Dr. J. D. Pentecost, en su comentario a Mateo 5:8: «El hombre se mide a sí mismo al establecer la medida con su prójimo. Cuando él desea medir su carácter, su ética o su moral, siempre la mide en relación con sus semejantes. Siempre puede hallar a alguien que está algo más bajo que él, y midiéndose con otra persona, se felicita a sí mismo de no haber bajado tanto como otros. Esto significa que la definitiva pauta de moralidad reside en el individuo más perverso que exista. Aquel a quien consideramos por debajo de nosotros busca a alguien que esté por debajo suyo a fin de poder felicitarse a sí mismo. De este modo, vamos descendiendo en la pauta moral hasta que llegamos al nivel de la persona más pecadora que podemos descubrir». La prueba del crimen, en este caso era contundente: la mujer había sido sorprendida in fraganti, «en el acto mismo del adulterio» (v. 4). A veces, es una gracia para los pecadores el que su pecado sea expuesto a la luz pública; mejor es que el pecado nos avergüence que el que nos condene.
(C) Presentan el precepto de la Ley que hacía al caso: «Y en la ley (v. Lv. 20:10; Dt. 22:22–23) mandó Moisés apedrear a tales mujeres» (v. 5). La perversidad del adulterio está en razón directa de la santidad del matrimonio, pues es la violación de la primera institución divina en el estado de inocencia, por medio de la afición a una de las más viles concupiscencias del hombre en el estado de corrupción.
(D) Le piden que de su veredicto en este caso: «Tú, pues, ¿Qué dices? Tú, que pretendes ser un maestro enviado por el Dios tres veces santo y que enseñas nuevas leyes, supuestamente más elevadas que las existentes, ¿qué dices en este caso tan perverso y tan notorio?» Si hubiesen hecho la pregunta con sinceridad, habría sido recomendable darles una respuesta clara. Pero «esto decían tentándole, para tener de qué acusarle» (v. 6). Si confirmaba el veredicto de la ley de Moisés, le censurarían como inconsecuente consigo mismo, puesto que recibía a los cobradores de impuestos y a los pecadores y no ostentaba las señales características del Mesías, quien había de ser manso y traer salvación no condenación (además, v. 18:31, con lo que podían acusarle ante el gobernador). Si la perdonaba, le acusarían de contravenir la ley de Moisés y fomentar el pecado, cosa indigna de quien profesaba la rectitud y la pureza propias de un profeta. Nótese: (a) que no presentan al hombre envuelto en el adulterio, porque les bastaba el arresto de uno de los cómplices; además, esta clase de pecado siempre ha parecido más abominable en la mujer; (b) como observa Hendriksen, es muy probable que estos escribas y fariseos no pretendiesen realmente que la mujer fuese apedreada, puesto que no era la mujer la que principalmente les interesaba, sino que sólo les servía de ocasión para tentar a Jesús y hacer de Él la verdadera víctima.
2. El método que siguió Jesús para resolver este caso y escapar del lazo que le tendían.
(A) Al principio se comportó como si no diera importancia al caso, haciéndose el sordo: «Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo» (v. 6b). Es la única vez que el texto sagrado menciona a Jesús escribiendo, pero no se nos dice y, por tanto, es vana curiosidad preguntarlo, qué es lo que escribía o, si en realidad no escribía, sino que simplemente trazaba garabatos en el suelo, como quien está, o se hace, el distraído. Lo importante es el silencio de Jesús, no porque no supiese qué responder, sino para dar mayor solemnidad y majestad a lo que iba a decir después. Es un silencio parecido al de Apocalipsis 8:1. En todo caso, nos enseña una lección muy buena: Cuando nos propongan casos difíciles, no hemos de precipitarnos a responder, sino pensar dos veces antes de hablar. Por su parte, Jesús demostró que no sólo oía las palabras de ellos, sino que leía también los pensamientos del corazón.
(B) Acosado por las repetidas preguntas de sus enemigos, volvió contra ellos mismos el veredicto que formulaban contra la mujer (v. 7). En efecto:
(a) Ellos «insistían en preguntarle» (v. 7). Podemos imaginárnoslos urgiendo a Jesús, cada vez con mayor vehemencia, a que responda, animados por el silencio mismo de Cristo, como si estuviese en gran aprieto y no supiera qué decir.
(b) Ante la insistencia de ellos, el Señor «se enderezó y les dijo …» (v. 7). Al cambiar de postura, para añadir peso y majestad al veredicto que iba a pronunciar, les dio una respuesta que sólo Él era capaz de dar, no sólo por su omnisciencia, sino también por su absoluta pureza. No rebajó las demandas de la ley ni excusó el pecado de la mujer; ni siquiera rebajó la pena de lapidación conmutándola por otra más suave, pero les mostró que ellos no eran testigos cualificados para ejecutar la sentencia (v. Dt. 17:7), pues habían incurrido en el mismo pecado del que acusaban a la mujer: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (v. 7b). Esto nos recuerda lo que dice Pablo en Romanos 2:1: «Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas al otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas practicas lo mismo». Siempre que hallemos faltas en otros, debemos reflexionar y ser más severos con relación a nuestros pecados que contra los ajenos, principalmente porque conocemos los motivos y circunstancias de los nuestros, mientras que desconocemos las intenciones y circunstancias de los demás. No arrojemos piedras al tejado ajeno, cuando el nuestro es de cristal. Quienes tengan el deber de amonestar a otros, deben primero mirar hacia sí mismos y conservarse puros (v. Gá. 6:1). Hay otra lección importante en este pasaje: La perversidad de la lengua de estos acusadores era cien veces mayor que el pecado carnal de aquella mujer. Es muy de notar que la Epístola de Santiago, tan llena de normas prácticas de ética cristiana, sólo mencione de pasada el adulterio (2:11. Lo de 4:4 se refiere al adulterio espiritual) mientras que dedica grandes porciones a los pecados de la lengua.
(c) Una vez que pronunció la inesperada sentencia, Jesús «inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra» (v. 8). Como si dijese: «¡Ahí queda eso! Ahora, haced lo que mejor os parezca. ¿Os atreveréis a apedrearla?» Algunos MSS añaden: «los pecados de cada uno de ellos». Pero esa lectura, aparte de estar mal atestiguada, no está de acuerdo con el tenor general de la Biblia, pues el Señor no escribe en tierra los pecados de los hombres, sino que están escritos «con cincel de hierro y con punta de diamante» (Jer. 17:1). Los pecados no se borran ni se olvidan ante los ojos de Dios mientras no son borrados por la fe en el Hijo de Dios.
(d) Los escribas y fariseos quedaron como fulminados por las palabras de Jesús, así que dejaron de perseguir al Señor al que querían tentar, y de proseguir a la mujer, a la que ya no se atrevieron a acusar:
«Acusados por su conciencia, saltan uno por uno» (v. 9). Quizá les asustó ahora el que Jesús volviera a escribir en el suelo, como se asustó el rey Belsasar (Dn. 5:6) ante el escrito que apareció sobre la pared. O tal vez les amedrentó la denuncia que les hizo ante la conciencia de ellos, no fuese que descubriese también a la luz pública lo que la luz privada de la conciencia les reprendía. La conciencia es la luz de Dios depositada en el interior del hombre, y una palabra de Cristo puede reavivar esa luz (v. He. 4:12).
Esto no quiere decir que estos escribas y fariseos quedasen sinceramente avergonzados de sus pecados; el texto no da motivo alguno para pensar así. Al marcharse rápidamente, mostraban que no les agradaba permanecer por más tiempo con la conciencia descubierta. Si hubiesen estado en buena disposición, habrían permitido que quien les había abierto la herida, escudriñase la ponzoña y sanase lo que estaba enfermo (v. Mt. 8:12; Mr. 2:17; Lc. 5:31). Lo de «comenzando desde los más viejos hasta los últimos» (v. 9) no hay razón suficiente para interpretarlo—según hacen muchos—como si los más viejos tuviesen conciencia de haber cometido mayor número de pecados que los otros, sino que tenían mayor astucia para comprender que no les quedaba más remedio que salir cuanto antes para evitar el ridículo. El hecho de que saliesen uno por uno también da a entender que no querían salir en tropel, todos a la vez, para disimular así mejor la derrota que habían sufrido.
(e) Cuando los vencidos demandantes abandonaron el campo de batalla, «quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio» (v. 9b), es decir, en el centro de la escena donde la habían dejado sus acusadores. La mujer no trató de escapar, como lo habían hecho los enemigos de Jesús, sino que se quedó delante del Juez ante quien la habían presentado; sólo quedaban en torno, pero algo más lejos, los que habían venido a escuchar las enseñanzas de Jesús. Quienes son llevados ante el tribunal del Señor, nunca tendrán ocasión ni necesidad de apelar a un tribunal superior. Nuestro caso queda resuelto en el tribunal del Evangelio; somos dejados con Jesús solo, y sólo con Él se ha de sentenciar nuestra causa. Si el Evangelio es nuestra norma, de salvación será nuestra sentencia.
(f) Y aquí se acabó el proceso: «Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer …» (v. 10). Es probable que la mujer quedase temblando, como quien está perplejo ante la decisión que el Juez va a tomar y la sentencia que se va a pronunciar. Cristo no tenía pecado y, por tanto, estaba en condiciones de arrojar el primero la piedra; pero, aunque nadie hay tan severo como Él contra el pecado, nadie hay tan misericordioso como Él hacia el pecador, pues es «tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» (Éx. 34:6, comp. con Jn. 1:14, 17). A continuación, Cristo cita a los demandantes a que sigan con su acusación: «Mujer, ¿dónde están aquellos que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?» (v. 10b). Pregunta Jesús, a fin de avergonzar a los escribas y fariseos, no porque no supiera que se habían ido, sino para imprimir mejor en el corazón de la mujer el perdón que iba a concederle, después que ninguna otra persona se había atrevido a pronunciar contra ella la sentencia de condenación que demandaba la ley de Moisés. «Ella dijo: Ninguno, Señor» (v. 11). Se dirige a Jesús con todo respeto, llamándole «Señor». Notemos también que, al verse libre de la acusación de los escribas y fariseos, no se excita por la derrota de éstos ni les insulta en su retirada, sino que se limita a contestar humilde y concisamente sobre lo que sólo a ella le concernía. Los verdaderos penitentes tienen bastante con dar a Dios cuenta de sí mismos, y no se ocupan en declarar los pecados ajenos. Así que la prisionera es descargada con las palabras del Juez: «Tampoco yo te condeno; vete y no peques ya más» (v. 11b); con lo que vemos:
1. Que queda descargada de la pena temporal, pues Jesús viene a decirle: «Si ellos no te condenan a ser apedreada, tampoco yo te condeno». Cristo no quería condenar a esta mujer a la pena capital: (a) Porque no era ése su oficio; no se interfería en los asuntos del orden secular (v. Lc. 12:14); (b) porque los que la habían demandado eran más culpables que ella y habían desistido de proseguir el proceso. Pero Jesús la despidió con la advertencia: «Vete y no peques más». Cuanto más favorable es la sentencia, tanto más suave es la reprensión por lo cometido y la amonestación a no reincidir. Quienes se esfuerzan por salvar la vida de un criminal condenado a muerte, habrían de imitar al Señor, y ayudar con una amonestación similar a salvar también el alma del indultado.
2. Que queda descargada de la condenación eterna. Porque, al decirle Cristo: «Tampoco yo te condeno», equivalía a decirle: «Yo te perdono», puesto que «el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados» (Mt. 9:6; Mr. 2:10; Lc. 5:24). Como conocía el interior del corazón, sabía que la mujer estaba arrepentida sinceramente y, por eso, le dirigió estas consoladoras palabras. De cierto son consolados aquellos a quienes Jesús no condena. Pero el enorme favor que Cristo nos ha prestado debe servirnos de acicate para no volver a pecar; así lo piden la gratitud y el amor que hemos de tener a quien es, a un mismo tiempo, «bueno y recto» (Sal. 25:8). Como observa Agustín de Hipona, Jesús no le dijo a esta mujer: «Vete y haz lo que quieras», sino: «Vete y no peques más» (comp. con Ro. 6:1, 15).
Versículos 12–20
El resto del capítulo está ocupado con discusiones entre el Señor y los pecadores que le contradecían.
Aquí tenemos otros fariseos que intentan impugnar el testimonio que de Sí mismo daba el Señor.
I. Tenemos primero una de las más importantes enseñanzas de Jesús, una de las siete encabezadas en el Evangelio de Juan por un «Yo soy».
1. La enseñanza misma es como sigue: «Yo soy la luz del mundo» (v. 12). Jesús «hablaba otra vez» a los que se habían hecho el sordo en ocasiones anteriores. El hecho de que los hombres no nos escuchen no debe desanimarnos, sino que hemos de insistir en el testimonio que les presentamos. Jesús era «la luz del mundo», pues de Él se esperaba que fuese «luz para revelación a los gentiles» (Lc. 2:32). La luz visible del mundo es el sol. Este sol material ilumina todo el mundo, y así lo hace también este otro «Sol de justicia» (Mal. 4:2), que es nuestro Salvador. ¡Cuán lóbrega prisión sería este mundo sin la luz del sol! Mucho peor sería la condición de esta tierra sin Cristo, así como es mucho mayor la miseria de «un corazón sin fe» que la de «unos ojos sin luz».
2. La consecuencia que se deriva de esta gran verdad: «El que me sigue, de ningún modo andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Es nuestro deber seguir a Cristo, la luz verdadera (1:9); no es suficiente con mirarle, sino que hay que seguir esta luz, por cuanto es lámpara, no sólo para nuestros ojos, sino también para nuestros pies (comp. con Sal. 119:105) al abrir nuestros ojos a la verdad, nos desata los pies para la libertad (v. 32) puesto que los enemigos de la libertad son la ignorancia y el vicio (v. 34, comp. con 2 P. 2:18–29). Los que siguen a Cristo no andarán en tinieblas y, con la luz que Él es y que Él nos imparte, tendremos el perdón y la comunión, tanto con Dios como con nuestros hermanos en la fe (v. 1 Jn. 1:5–7). El que sigue a Cristo, va por el camino del Cielo, pues va «por el camino nuevo y vivo que Él abrió para nosotros» (He. 10:20).
3. La oportunidad de esta enseñanza:
(A) Por la «señal» que pronto iba a llevar a cabo (9:1 y ss.), en conexión con la «luz» que Él mismo afirmaba ser, ya que, como vimos al comentar el milagro de las bodas de Caná, Juan llama «señales» a los milagros de Jesús, porque eran indicadores de algún punto de su mensaje de salvación.
(B) Por las circunstancias exteriores. Así como la ceremonia del agua que llevaban a cabo los sacerdotes le había dado a Jesús la oportunidad para hablar de los ríos de agua viva que saltarían del interior de los que creyeran en Él (7:37–39), así también otra ceremonia que se llevaba a cabo al final de la fiesta de los Tabernáculos, que todavía duraba o estaba recién celebrada, le dio oportunidad para hablar de la luz, y describirse a Sí mismo, no sólo como dador de la «fuente de agua viva» que es el Espíritu Santo, sino también como la: «luz de la vida» o «luz viva» (al interpretar así el hebraísmo. V. 1:4) y «verdadera» (1:9). En el atrio de las mujeres se colocaban en aquellos días cuatro enormes candelabros, en cuyas cimas había sendas copas de oro llenas de aceite (comp. con Zac. 4:2 y 22), y en cada una de dichas copas había varias mechas para dar más luz, de tal modo que el resplandor de estas luces se proyectaba sobre la ciudad; entretanto, los levitas tañían diversos instrumentos musicales de cuerda, sentados en las gradas que daban acceso al atrio, y el pueblo llevaba antorchas, mientras celebraba con júbilo la ceremonia llamada en hebreo «la alegría de la fiesta». De esta forma, recordaban la columna de fuego que había guiado a sus antepasados en su peregrinación por el desierto. Por otra parte, los mismos rabinos llamaban al futuro Mesías «Luz» e «Iluminador», de acuerdo con Isaías 9:2; 42:6; 49:6; Daniel 2:22, comp. con Lucas 2:32. Así como los que habían seguido la columna de luz en el desierto y no se habían rebelado contra Dios, habían llegado a la Tierra de Promisión, mientras los demás habían dejado allí sus cadáveres, así también ahora, los verdaderos seguidores de Cristo, no andarán en tinieblas, sino que llegarán seguros a la tierra de la luz (Ap. 21:23).
II. La objeción que los fariseos presentaron contra esta doctrina: «Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero» (v. 13. Lit. verídico). La objeción es injustificada desde el momento en que presentan como no digna de crédito una doctrina introducida por revelación divina, de la que no puede haber más testigos que el que recibió de Dios la revelación. ¿Acaso no habían dado testimonio de sí mismos Moisés y todos los profetas, al presentarse al pueblo como mensajeros de Dios? Además, como vimos en 5:31 y ss., Jesús había presentado muchos otros testigos que confirmaban su propio testimonio.
III. La respuesta que da Cristo a esta objeción (v. 14). Él es la luz del mundo, y es propiedad de la luz dar evidencia de sí misma por su mismo brillar. Los primeros principios de la filosofía o de la ciencia son indemostrables, se prueban a sí mismos. Cristo presenta ahora tres razones para demostrar que su testimonio, aunque es acerca de Sí mismo, es verídico y fehaciente:
1. Que tenía plena conciencia de Sí mismo y de su autoridad, ya que conocía su origen divino; no habla con inseguridad, sino con certeza: «Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verídico, porque sé de dónde vine y adónde estoy yendo» (v. 14, lit.). Sabía que había venido del Padre, y que al Padre volvía (13:3; 16:28); había dejado la gloria (Fil. 2:6–8), pero iba a volver a la gloria que tuvo desde toda la eternidad (17:5).
2. Que ellos no eran jueces competentes, por ser ignorantes: «Pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy» (v. 14b). Ya les había dicho que bajó del Cielo y que volvería al Cielo, pero a ellos les había parecido necedad, y no le recibieron (1:11). Se habían metido a juzgar sobre lo que no conocían; y no podían conocer por su visión parcial, miope, carnal: «Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie» (v. 15, comp. con 3:17; 12:47). No puede ser recto el juicio, cuando la norma es torcida. Los judíos juzgaban de Cristo y de su Evangelio por las apariencias exteriores, y juzgaban imposible que Él fuera la prometida luz del mundo, como si las nubes que ocultan el sol le hicieran desaparecer del firmamento.
3. Que el testimonio de Sí mismo, que Él profería, estaba suficientemente respaldado y corroborado por el testimonio de Dios el Padre, que estaba con Él y a favor de Él (v. 16). En efecto:
(A) Este testimonio del Padre avalaba el juicio que Él profería de Sí mismo: «Si yo juzgo, mi juicio es verídico; porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió». Jesús no obraba por su propia cuenta, sino según veía en el Padre (5:19) y de acuerdo con la comisión que había recibido del Padre (7:17). No había, pues, duda de que su juicio era válido y verídico.
(B) Con esto, se daba también satisfacción al requisito de la ley concerniente al testimonio: «Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verídico» (v. 17). Si no hay quien pueda probar algo evidente en contra, se ha de dar por válido tal testimonio. El argumento es, como se dice, a fortiori: «Si el testimonio de dos hombres, siendo meros hombres, es válido ante la Ley, ¡cuánto mayor fuerza tendrá el testimonio de Dios y del Enviado de Dios! (17:3): «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da también testimonio de mí» (v. 18). Es de notar que el testimonio de dos hombres, aun cuando sea válido ante la ley, puede ser engañoso, no sólo por la posible malicia de los testigos, sino, ante todo, porque los hombres son falibles. Pero el testimonio del Hijo de Dios, respaldado por el testimonio del Padre, no puede de ningún modo ser falso, porque Dios no puede engañarse, por ser infinitamente sabio, ni engañarnos, por ser infinitamente fiel a Sí mismo y a sus promesas de misericordia.
(C) Las palabras de Jesús comportaban una evidencia tan contundente, que amordazaron la lengua y ataron las manos de ellos:
(a) Les dejó sin respuesta, por lo que pretendieron evadirse con una pregunta, probablemente malévola, como insinuación repetida en el versículo 41: «Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre?» (v. 19). Al oírle mencionar a su Padre, bien podían haber entendido que se refería nada menos que a Dios mismo; sin embargo, parecen referirse a un padre humano y le piden que venga para dar testimonio. Así, como ya les había dicho Jesús, ellos «juzgaban según la carne» y demostraban que la referencia de Jesús al Padre de los cielos había caído en oídos sordos. A esto contestó Cristo: «Ni a mí me conocéis ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais» (comp. con 14:7, 9). Pero el hombre natural es incapaz de conocer las cosas de Dios (1 Co. 2:14), pues le resultan tan extrañas como a un ciego de nacimiento los colores. Los ojos de estos líderes estaban tan velados por el orgullo, la malicia y los prejuicios, que no podían ver la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Co. 4:6); lo peor de todo es que no estaban dispuestos a reconocer su ceguera (9:39–41). Mientras que los recién nacidos espiritualmente pueden reconocer en Dios a su Padre y decir: «Abbá, Padre» (Ro. 8:15), estos líderes religiosos de los judíos, con todo su conocimiento teórico de las Escrituras, eran incapaces de conocer a Dios; no le conocían, precisamente porque se negaban a reconocer en Jesús al Mesías e Hijo de Dios:
«Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre» (1 Jn. 2:23). Y la razón por la que los hombres ignoran al verdadero Dios es siempre la misma. Cuanto mejor conozcamos a Jesucristo, mejor conoceremos al Padre.
(b) Les ató las manos: «Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo; y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora» (v. 20). Frente al muro del atrio de las mujeres había trece recipientes en forma de trompetas, en los que el pueblo depositaba sus ofrendas. Aquí estaba enseñando Jesús, muy cerca del lugar en que el Sanedrín acostumbraba celebrar sus reuniones. Ahora bien, en este lugar, los sacerdotes allí presentes, con la ayuda de los porteros que estaban a sus órdenes fácilmente habrían podido arrestar a Jesús y exponerlo a la furia de la turba o, al menos hacerle callar. Pero, incluso en el atrio del templo, donde le tenían al alcance de la mano, «nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora». Aquí vemos, primero, la mano invisible de un poder divino, que ató las manos de ellos. Dios puede poner freno a la ira de los hombres, del mismo modo que pone límite a las olas del mar; segundo, la razón de esta restricción: «porque aún no había llegado su hora». La frecuente mención de esta frase insinúa hasta qué punto la muerte de Jesús dependía, en todos sus detalles, del «determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch. 2:23). Lo mismo pasa con cada uno de nosotros; por eso podemos decir y cantar, como David: «En tu mano están mis tiempos» (Sal. 31:15). ¡Sí, mejor está nuestro destino en manos de Dios que en las nuestras!
Versículos 21–30
En esta porción, Jesús advierte con toda mansedumbre a los judíos incrédulos para que consideren las graves consecuencias que tal actitud les puede acarrear: «Otra vez les dijo Jesús» (v. 21). Por la forma tan descortés y malévola con que los judíos habían recibido el testimonio de Jesús, éste les describe el fatal destino de su incredulidad.
I. Jesús continuó enseñando, en favor de los pocos que habían de recibir su doctrina, como un ejemplo para sus ministros a fin de que continúen impávidos en su ministerio, a pesar de la oposición que se les haga, puesto que un remanente ha de ser salvo. Ahora Cristo va a cambiar el tono. Hasta entonces, según su propia ilustración, «había tocado la flauta, y ellos no habían bailado»; ahora, iba «a entonar canción de duelo por ver si se lamentaban» (v. Mt. 11:17; Lc. 7:32). En efecto, les dice: «Yo me voy y me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy, vosotros no podéis venir» (v. 21b). Cada una de estas palabras es terrible y entraña juicios espirituales, que son los más terribles de todos los juicios. Son cuatro los juicios con que Jesús amenaza aquí a los judíos:
1. Que va a marcharse de ellos: «yo me voy». Mas ¡ay de aquellos de quienes Cristo se aleja! Se despide de ellos, pero como quien siente mucho tener que marcharse y desea que se le invite a quedarse.
2. La confusión en que se verán envueltos por su oposición al verdadero Mesías, pues: (A) Irán en busca de falsos Mesías; como si dijese: «Continuaréis en vuestra vana expectación del Mesías, cuando el Mesías ha venido ya». (B) Quizás clamarán por un Mesías liberador cuando ocurran los terribles sucesos del año 70. (C) Pero especialmente buscarán con ansia, pero sin éxito, un liberador en el momento de la muerte (v. tambien v. 24), por haber rechazado al único que podía llevarles consuelo y paz en aquella hora.
3. Su impenitencia final: «pero moriréis en vuestro pecado», es decir, en vuestro pecado de incredulidad, pues éste es, en realidad el único pecado que conduce a la condenación (v. 3:17–18, 36). Los que persisten en la incredulidad están perdidos para siempre, si mueren en su incredulidad; mientras que muchos que han vivido por largo tiempo en el pecado, se salvan de morir en pecado mediante la gracia de un arrepentimiento a tiempo, aun cuando sea unos momentos antes de morir (v. Lc. 23:40–43).
4. Su eterna separación de Cristo: «adonde yo voy, vosotros nopodéis venir». Cuando Cristo murió, se fue al Paraíso (Lc. 23:43). Allá se llevó consigo al ladrón arrepentido, ya que éste no murió en sus pecados; pero no se llevó al impenitente, pues los que no se arrepientan de sus pecados, todos perecerán igualmente (Lc. 13:35). En efecto, el Cielo no sería Cielo si en él entrasen los que no están preparados para estar allí.
II. La burla que ellos hicieron de estas amenazas: «¿Acaso se matará a sí mismo?» (v. 22). ¡Cuán a la ligera tomaban las amenazas del Señor! Pensaban divertirse con este malvado e infundado pensamiento de que Cristo pudiese estar tramando quitarse la vida. ¡Como si el suicidio fuese el único lugar al que Cristo pudiese recurrir, o como si ellos no pudiesen recurrir jamás a ese extremo! En una ocasión anterior (7:35–36), no habían llegado tan lejos, pues se habían imaginado que tal vez se iría a predicar a los gentiles. Esto muestra, una vez más, que la maldad consentida se va volviendo cada vez más perversa. Esta extraña insinuación de que Jesús pudiese llegar al suicidio, era, como observa Hendriksen, «una amarga caricatura de la verdad, a saber, que iba a dar su vida en rescate por muchos (10:11, 18, comp. con Mt. 20:28)».
III. Jesús muestra cuán bajos eran los pensamientos de ellos y repite, confirmándola, la declaración que les había hecho antes «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba (v. 3:31); vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo» (v. 17:14, 16). Como si dijese: «¿Cómo podéis venir adonde yo voy, cuando vuestro espíritu y vuestra disposición son tan contrarios al espíritu y a la disposición que yo tengo?» El espíritu de Cristo no era de este mundo, sino de arriba; y sólo los nacidos de arriba (3:3, 5) pueden habitar con el Señor en el Cielo. La disposición de estos judíos no sólo era de esta tierra, sino de más abajo ¡del Infierno! (v. 44). Y, ¿qué armonía tiene Cristo con Belial? (2 Co. 6:15). Jesús repite, a continuación, con una ligera variante, lo que antes les había dicho: «Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados» (v. 24). El predicado de la oración «Yo soy» ha de suplirse mentalmente, como en 4:26; 6:20; 9:9; 13:19; 18:5, 6, 9 (en 8:58 viene a significar: «Yo existo»). Varios pasajes del Antiguo Testamento, como Éxodo 3:14; Deuteronomio 32:39 e Isaías 43:10, arrojan mucha luz sobre dicha frase sin predicado; por lo que la frase podría completarse diciendo: «… el Mesías, el Salvador del mundo, el Hijo del Hombre, el Enviado del Padre, etc.». Cualquiera de estos predicados, o todos juntos, arrojan mucha luz sobre la segunda mitad del versículo 25. El que no cree que Jesús es el Hijo de Dios venido a este mundo para salvar a la humanidad perdida, morirá en sus pecados, puesto que, sin fe, es imposible agradar a Dios (He. 11:6) y escapar del castigo que nuestros pecados merecen (3:15–21). Contra la picadura mortal del pecado, no hay otro remedio que la mirada de fe hacia el que pendió en la Cruz por nosotros (3:14–15). El que cree que Cristo es el Salvador, no muere en sus pecados, sino en «la justicia que procede de la fe» (Ro. 10:6; Fil. 3:9).
IV. A esta declaración de Jesús, sigue una mayor explanación acerca de Sí mismo (vv. 25–29). Obsérvese:
1. La pregunta que le hicieron los judíos: «¿Tú quién eres?» (v. 25a). Como si se burlasen de la frase que Jesús había dejado pendiente en el aire, sin acabar, ellos replican: «Tú dices: Yo soy. ¿Yo soy qué?» Como siguen sin escuchar, siguen sin entender y, precisamente porque no había dicho expresamente quién era, se mofan de Él como si no supiera qué decir de Sí mismo.
2. Su respuesta a dicha pregunta, instruyéndoles sobre tres fuentes a las que podían acudir para obtener la necesaria información:
(A) Les recalca lo que, durante toda la conversación, trata de hacerles entender: «Exactamente (o: Principalmente) lo que os vengo diciendo (lit. hablando)» (v. 25b). Es ésta una de las frases más difíciles de todo el Nuevo Testamento, pero la versión que ofrecemos parece ser la única correcta, si se analiza bien el original, así como el contexto. En otras palabras, Jesús viene a decirles: «La pregunta que me hacéis es totalmente superflua, pues durante todo el tiempo vengo diciéndoos quién soy, a qué he venido y quién me ha enviado». Quienes cierran voluntariamente los ojos y los oídos a la verdad, no merecen que el Señor les de ulterior explicación (comp. con Is. 6:9–10 y sus referencias en el Nuevo Testamento), porque eso sería como «echar las perlas delante de los cerdos» (Mt. 7:6).
(B) Les hace referencia al juicio del Padre: «Muchas cosas tengo que hablar y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verídico y yo, lo que le he oído a Él, esto hablo al mundo» (v. 26). Como embajador del Padre, Jesús solamente dice lo que el Padre le ha encomendado que diga (7:16). Con estas palabras, Jesús:
(a) Refuta la acusación que le insinúan de no saber qué decir a la pregunta que le habían hecho, pues viene a decirles: «Tengo muchas cosas que hablar, y muchas cosas de qué acusaros, pero, por ahora, es bastante con lo que os he dicho».
(b) Les hace ver que la oposición que le hacen a Él, se la están haciendo, en realidad, al Padre a quien ellos llaman «su Dios» (v. 41) puesto que fue Dios quien le envió a Él, y el Padre daba testimonio de que Él decía lo que el Padre le había encargado que dijera. Así que estas dos cosas le consolaban: Primera, que Él era fiel al Padre puesto que hablaba al mundo lo que Él le había oído al Padre; segunda que el Padre le era fiel a Él, puesto que, aun cuando Él no les juzgaba ni les acusaba ante el Padre, el Padre era verídico y les juzgaría por no haber recibido el testimonio dado a favor de Jesús (5:36–38). Ya antes, Juan (el Bautista o, más probablemente, el propio evangelista) había dicho de Jesús: «Aquel a quien Dios ha enviado, habla las palabras de Dios» (3:34). Al llegar a este punto, el evangelista no puede contenerse sin hacer la siguiente melancólica observación: «Pero no comprendieron que les hablaba del Padre» (v. 27). Aunque Cristo les hablaba, con tanta claridad, de Dios como Padre suyo, todavía no entendían lo que les decía. Para el ciego, lo mismo es la noche que el día, pues no puede percibir la diferencia.
(C) Les predice los sentimientos que más tarde albergarán acerca de Él: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre» (v. 3:15; 12:32, dando a entender siempre la crucifixión), entonces conoceréis que yo soy (comp. con v. 24), y que nada hago por mí mismo (comp. con 5:19), sino que, según me enseñó el Padre (v. 7:16), así hablo» (v. 28). Estas frases no indican, contra el parecer de algunos autores, una predicción de la salvación futura de los judíos, puesto que el contexto no lo permite (vv. 21, 24), sino de la terrible verificación de que este Jesús, al que ahora despreciaban y trataban de dar muerte, era, en fin de cuentas, el que había declarado ser; desgraciadamente, se apercibirían de ello demasiado tarde. Quienes toman a broma las cosas sagradas y se muestran sin cuidado en lo tocante a la salvación, llega un día en que se percatan de la valía de lo que despreciaron, precisamente cuando se pasó la ocasión en que pudieron haberse aprovechado de la gracia de Dios. Por fortuna, muchos de ellos cuando Pedro les hizo ver que habían crucificado al Mesías, «se compungieron de corazón y dijeron …: ¿qué haremos?» (Hch. 2:37). Con la muerte y la resurrección de Cristo se obtendría el derramamiento del Espíritu y Él convencería al mundo de la justicia de Cristo (16:10). El gran consuelo que le quedaba a Jesús, a pesar de la burla y la sañuda persecución de sus enemigos, era la comunión con el Padre: «Y el que me envió está conmigo; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (v. 29), comp. con 4:34; 5:30; 6:38; 15:10). El que envió al Hijo fue, por supuesto, Dios el Padre (v. también 3:11; 5:19, 30, 32, 36, 37; 7:16; 8:18, 26, 27). La razón por la que el Padre no le deja solo es su perfecta obediencia al Padre. Incluso el grito de Mateo 27:46; Marcos 15:34 «¡Dios mío, Dios mío, ¿a qué fin me has desamparado?» no contradice la presente declaración de Jesús, puesto que Dios el Padre no desamparó a Jesús en la Cruz por ser desobediente (comp. con Fil. 2:8 «obediente hasta la muerte», sino por ser nuestro sustituto (v. 2 Co. 5:21). Toda empresa de Jesús en este mundo se reducía a llevar a cabo siempre y en todo lugar lo que agradaba a Dios, y jamás hizo nada que fuera desagradable a los ojos de Dios (v. Lc. 23:41; Jn. 8:46). Si queremos mantener la comunión íntima con Dios, hemos de ofrecernos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, con una constante renovación de nuestra mente a fin de comprobar en cada momento cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Ro. 12:1–2).
V. El efecto que las palabras de Jesús produjeron en algunos de los oyentes: «Mientras hablaba Él estas cosas, muchos creyeron en Él» (v. 30). La interpretación más probable es que no se trata de verdaderos creyentes, sino, a lo más, de oyentes persuadidos a dar crédito a las palabras de Jesús en cuanto a su mesianidad. El contexto posterior, con el cual forma conjunto el presente versículo, muestra que estas personas carecían de fe salvífica. Como observa Hendriksen, y ya lo hicimos notar en otro lugar, el aoristo griego, aquí como en 2:23; 7:31; 12:42, a pesar de la preposición eis = en, no siempre indica un cambio de corazón, sino sólo mental. Por otra parte, el pretérito perfecto del versículo 31 muestra que se trata del mismo grupo, mientras que la verdadera fe suele expresarse en tiempo presente (v. 3:16, 18, 36; 6:35, 40, 47; 7:38; 11:25, 26; 12:44, 46; 14:12; 17:20). A primera vista, no se explica la transición de esta actitud pacífica de crédito en Jesús a la hostilidad que se muestra desde los versículos 33 en adelante. Pero, si se entiende que estos oyentes no tenían una fe viva, personal, en Jesucristo, se comprende esta aparente anomalía. Como dice Hendriksen, «sí que hay transición; pero no de un grupo a otro grupo diferente, sino de una actitud a otra dentro del mismo grupo». Este brusco cambio se explica por el hecho de que, tan pronto como Jesús les da a entender que un mero cambio de pensar no es suficiente (aceptando que Jesús fuese el Mesías que ellos sonaban), sino que deben rendirse a Él en obediencia a sus enseñanzas para poder salir de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios se revuelven furiosos en su orgullo y ya no creen en Él en ningún sentido. Esto demuestra que no es muy difícil persuadir a un mundano a que admire las enseñanzas de Jesús y sienta simpatía hacia su persona, pero ya no es tan fácil persuadir a esa misma gente a que se entreguen al Señor sin reservas y abandonen, arrepentidos, su vida de pecado.
Versículos 31–37
En esta sección tenemos:
I. La consoladora enseñanza que Jesús imparte acerca de la verdadera libertad de que gozarán los que se hagan discípulos de Él: así si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (vv. 31–32). Tres cosas importantes podemos considerar aquí:
1. El carácter del verdadero discípulo de Jesús: «Si vosotros permanecéis en mi palabra». El verbo
«permanecer», especialmente en Juan, no significa una mera continuidad, sino una comunión y hasta una mutua inmanencia (15:4–7; 1 Jn. 4:16). Permanecer, pues, en la palabra de Jesús es identificarse con ella y hacer de ella la norma de nuestra vida. Esta vida de obediencia, de seguimiento constante del Salvador, es lo que hace de una persona un verdadero discípulo de Cristo.
2. El privilegio del verdadero discípulo de Cristo: «Y conoceréis la verdad». Tanto el verbo «conocer» como el sustantivo «verdad» significan para un judío mucho más de lo que significan para un filósofo occidental. «Conocer» es tener experiencia personal con el objeto conocido (comp. Gn. 4:1) y, si se trata del conocimiento de Dios, sólo puede obtenerse por revelación e implica la respuesta a un previo conocimiento y amor por parte de Dios (v. Ro. 8:29; 1 Co. 8:1–3, 1 Jn. 4:7–17). La «verdad» en sentido bíblico no es tampoco un fruto intelectual: «la adecuación de la mente al objeto», como la definían los filósofos escolásticos, sino la «sabiduría de Dios, hecha norma de la vida humana» (v. Ec. 12:13; Jn. 3:21; 17:17; Ef. 6:14; 1 Jn. 2:4; 3 Jn. vv. 3, 12). Así se entiende mejor 14:6: «Yo soy … la verdad» la Sabiduría de Dios encarnada. Y el que ve las cosas como Dios las ve (comp. con Is. 55:8) tiene una perspectiva apropiada de Dios, del mundo y de sí mismo, pues verá las cosas en su verdadero color y les dará el aprecio que corresponde al verdadero valor que tienen. Esto es lo que se suele llamar una correcta «escala de valores».
3. La felicidad del verdadero discípulo de Cristo: «y la verdad os hará libres». Después de la vida (y, a veces, más que la vida), los seres humanos aman la libertad; pero, al ignorar la verdad, desconocen la verdadera libertad. En efecto, la verdad que santifica (vv. 15:3; 17:17) nos libra de la ignorancia y del pecado, que son los dos enemigos de la libertad; la ignorancia lo es porque impide ver la realidad, el genuino valor de las cosas; el pecado lo es porque es el fruto de la concupiscencia, de la pasión desordenada. El pecador es esclavo del pecado (v. 34), porque es seducido y atraído por la pasión, en lugar de ser él el dueño, el controlador de sus pasiones (Stg. 1:14–15); en vez de ser el caballo el que obedece al jinete, es el jinete quien está a merced del caballo desbocado, por no saber, o no poder, manejar el freno. La mejor expresión de la libertad es el servicio (v. Gá. 5:13), porque la disposición a servir, por amor, a los demás, nos libera del peor enemigo de la libertad, que es el egocentrismo, por el que el hombre pierde su vida en un intento falso de salvar su «yo». La proliferación moderna de toda clase de neurosis se debe, como ha observado el gran psicólogo A. Adler, al incremento del egocentrismo. Sólo el amor-ágape nos proporciona la verdadera libertad, según la famosa frase de Agustín de Hipona:
«Ama y haz lo que quieras» (de ordinario, mal citada y fuera de su contexto), pues el amor del que Agustín habla no es el amor erótico (latín amare), sino el amor generoso, desinteresado de sí mismo (latín diligere), que nuestras Biblias solían traducir por «caridad», pero este vocablo ha perdido su sentido original y suele entenderse por «limosna». Lo que Agustín quería dar a entender es lo mismo que dice Pablo en Romanos 13:8, Gálatas 5:14: «El que ama al prójimo, ha cumplido la ley»; y el que ha cumplido la ley, se ha liberado de toda «obligación», pues el amor rompe las ataduras del deber al ir mucho más lejos de lo que se «debe». La verdad de Dios, llevada a la práctica, proporciona verdaderamente la libertad, pues extirpa los prejuicios, los errores, las falsas nociones y restablece al ser humano el dominio de sí mismo. La mente se ensancha con el progresivo conocimiento de Cristo (v. 2 Co. 3:17–18), y el corazón se ensancha para cumplir los mandamientos divinos (v. Sal. 119:32) y servir por amor a nuestros hermanos (v. 2 Co. 6:11–12).
II. La ofensa que estos carnales judíos recibieron al oír esta enseñanza de Cristo: «Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?» (v. 33). Veamos:
1. Qué es lo que les ofendió: La frase «la verdad os hará libres». 2. Qué es lo que alegaron en contra:
«Linaje de Abraham somos». Es muy frecuente en familias que han degenerado de su linaje el jactarse de la gloria y de la dignidad de sus antepasados y tomar prestado del blasón familiar un honor al que ellos hacen deshonra. Esto es lo que los judíos hacían al apelar al patriarca Abraham, como si la fe y la obediencia del gran amigo de Dios pudiese expiar por la falta de piedad que ellos mostraban. Juan deja claro en su prólogo que la dignidad de Dios no se adquiere por herencia (1:13). «No todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos» (Ro. 9:6), puesto que «de las piedras puede Dios suscitar hijos a Abraham» (Lc. 3:8). Como hace notar Hendriksen, la libertad de que estos judíos se jactan no podía ser la libertad política ya que no podían olvidar haber sido esclavos de Egipto, Babilonia, Persia, Siria y, actualmente, Roma; tampoco podían pensar en la libertad social, pues muchos judíos habían sido esclavos. Pensaban, sin duda, en la libertad espiritual, al ser descendientes de Abraham, con quien Dios había establecido el pacto de gracia y a quien había otorgado las magníficas promesas, por las que de la descendencia de Abraham saldría la salvación, y ellos, los israelitas, serían una raza escogida, una nación santa, con un sacerdocio regio y el privilegio de ser posesión del verdadero y único Dios (v. Éx. 19:6; Dt. 7:6; 10:15). Pero todos estos privilegios (v. Ro. 3:2; 9:4–5) de nada servían a quienes se negaban a creer en el Mesías, puesto que por las obras de la Ley no podían ser justificados delante de Dios (Ro. 3:20). Sólo la verdad que Cristo proclamaba podía conferirles la verdadera libertad, pero el corazón de ellos estaba endurecido, de tal manera que la esclavitud del pecado, la cautividad bajo Satanás y la libertad del amor les sonaban extrañas a los oídos de ellos (comp. con Hch. 17:20).
III. La vindicación que Cristo hace de su doctrina en los versículos 34–37, en los que observamos estas cuatro cosas:
1. Les muestra que hay una esclavitud de la que ellos no se querían percatar: «Todo aquel que hace pecado es esclavo del pecado» (v. 34b). Nótese que el verbo está en presente e implica una práctica habitual (comp. con 1 Jn. 3:4–95, es decir, como observa Hendriksen, «el que vive en pecado», no el que cae algunas veces en pecado (comp. con 1 Jn. 1:8). El prefacio con que Jesús introduce esta declaración es el que usa en otras solemnes ocasiones: «De cierto, de cierto os digo» (v. 34a). Es el estilo de los profetas de antaño, pero ellos decían: «Así dice Jehová», porque eran siervos fieles; pero Cristo es el Hijo y puede hablar en su propio nombre: «Os digo». Obsérvese igualmente que Jesús hace una declaración universal: «Todo aquel que hace pecado»: todo pecador habitual es un esclavo de su pecado, de su vicio y, con mucha frecuencia, lo confiesa al exclamar cuando alguien le exhorta a dejar el vicio: «No puedo». Es un esclavo, porque se deja dominar por su amo (v. Ro. 6:16; 11:32; 2 P. 2:19), y está encadenado con vínculos más fuertes que las cadenas de hierro que aprisionan a un criminal en la celdilla de una cárcel. Como expone maravillosamente Pablo en Romanos 6:16–22, el ser humano no puede escapar de servir a alguien, ya que no es autónomo, puesto que no es autosuficiente; todo depende del amo a quien sirve; servir a Dios es reinar (comp. con Ap. 22:3, 5), pues implica obediencia a una voluntad infinitamente santa, sabia y poderosa y llega a ser «imitador de Dios» (Ef. 5:1); pero el que comete pecado se hace esclavo del diablo, quien es un mentiroso, un homicida (8:44), un mal amo «que a sus presos nunca abrió la cárcel» (Is. 14:17, comp. con Is. 42:7; 61:1) y un mal pagador, puesto que «la paga del pecado es muerte». Puesto que de servir no hemos de escapar, y no podemos servir a dos amos (Mt. 6:24), sirvamos al que, como fruto nos da la santificación, y como recompensa final la vida eterna (Ro. 6:22). Esta elección de amo a quien servir es lo que hoy se llama, mejor que «decisión», «opción fundamental» para toda la vida.
2. Jesús les muestra que el ocupar un lugar privilegiado en la casa de Dios no les da derecho a ser herederos de Dios, puesto que «el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre» (v. 35). Esta declaración de Jesús afecta a dos niveles: (A) a nivel histórico, apunta a la próxima repulsa de la nación judía en su mayoría (v. Hch. 13:46), según la profecía del propio Jesús en Mateo 23:38; Lucas 13:35, por lo que, por un lado, los judíos incrédulos serían echados de la casa y por otro lado, la casa en la que ellos confiaban que morarían para siempre, iba a quedar desierta y desolada. Israel era el hijo de Dios, el primogénito (Éx. 4:22), pero Cristo les asegura que, por haberse hecho esclavos del pecado, no van a quedar en la casa para siempre; como diciéndoles: «No penséis que vais a ser libres de pecado mediante los ritos y ceremonias de la ley de Moisés, por cuanto Moisés mismo fue un siervo en la casa de Dios (v. He. 3:5); pero si el Hijo os hace libres, lo seréis de veras» (v. 36); (B) a nivel geográfico, tiene aplicación para todos los pecadores, pues, al ser esclavos del pecado, serán echados fuera, mientras que los genuinos creyentes serán hechos libres y permanecerán para siempre en la casa de Dios.
3. Les muestra igualmente cuál es el camino de la libertad. El caso de los que se hacen esclavos del pecado es verdaderamente triste, pero, gracias sean dadas a Dios, no es desesperado y sin remedio, ya que el Hijo tiene el poder y la autoridad para otorgar a todo creyente arrepentido, no sólo la manumisión, sino también la adopción de hijos: «Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres» (v. 36). Vemos:
(A) Que Cristo, en su Evangelio, nos ofrece la libertad: (a) en la justificación, nos abre las puertas de la cárcel, porque, al haber ofrecido satisfacción por nuestros pecados, nos ha descargado de la deuda. Cristo, como fiador, mediador y sustituto nuestro, borra nuestro déficit en la cuenta de Dios, quien es nuestro acreedor, y cumple de manera sobreabundante con las demandas de la santidad de Dios en contra nuestra; (b) en la santificación, rompe las cadenas de esclavitud mediante la obra poderosa del Espíritu Santo, con la cual el alma adquiere la libertad al quebrantarse el poder corruptor del pecado y ser reunidas y vigorizadas las fuerzas de la razón y de la virtud; (c) en la adopción, nos confiere la nacionalidad y ciudadanía de la patria celestial a los que éramos extranjeros y advenedizos (v. Ef. 2:12), lo cual es una nueva gracia, con un nuevo título de privilegio, además del perdón de los pecados.
(B) A los que el Hijo liberta, los hace realmente libres. Nótese que el adverbio usado en este versículo (gr. ontos = realmente) es distinto del usado en el versículo 31 (gr. alethós = verdaderamente).
En efecto, el discípulo ha de ser verdadero, porque en el sujeto se requiere veracidad, sinceridad, fidelidad, pero la libertad que Cristo da es real, ontológicamente real, puesto que no es una cosa imaginaria, una fantasía, de la que los judíos se jactaban, sino un producto intrínsecamente auténtico, sin fraude, sin mezcla, sin engaño; es una libertad digna del nombre que lleva, pues corresponde totalmente al concepto más puro de la cosa significada, es una libertad gloriosa; es algo sustancial (comp. con He. 11:1), mientras que las cosas de este mundo son meras sombras, que sólo pueden prometer una libertad ficticia.
4. Aplica después esta noción de libertad a la falsa jactancia de ellos: «Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros» (v. 37). Vemos:
(A) Que Jesús admite el privilegio del que ellos se jactaban: «Sé que sois descendientes de Abraham», descendientes físicos (gr. sperma = simiente); no les llama «hijos». Ellos se jactaban de ser «linaje de Abraham» (v. 33), como si con ello se engrandecieran a sí mismos, cuando lo cierto es que eso mismo agravaba su pecado.
(B) Que Jesús les muestra la inconsecuencia de la conducta de ellos en relación con la dignidad de que se jactaban: «pero procuráis matarme». Lo habían intentado ya varias veces, y ahora lo procuraban también, como el contexto posterior (v. 58) nos mostrará. Como dice Hendriksen: «¡La descendencia de Abraham procura matar al mismo cuyo día había visto por anticipado Abraham, y se había regocijado!» (v. 56).
(C) Que Jesús les muestra el motivo de esta inconsecuencia: «porque mi palabra no halla cabida en vosotros». La Palabra de Dios desciende como lluvia que irriga la tierra (v. Is. 55:10–11; He. 6:78), pero el corazón de estos judíos era como una roca por la que el agua resbala sin dejar que penetre una sola gota. ¿Cómo podía hallar cabida la palabra de Cristo en unos corazones que estaban llenos de odio y de venganza? La palabra de Cristo requiere un lugar en el corazón, no sólo para morar como en su propia casa, sino también para obrar, lugar donde implantar la gracia y expulsar el pecado, y para reinar, al hacerse norma de nuestra vida. Hay muchos que profesan ser creyentes, pero no dejan lugar a la palabra de Cristo para que obre, porque tienen el corazón ocupado por otras cosas. Ahora bien, donde la palabra de Jesús no tiene cabida nada bueno puede esperarse, ya que quedará demasiado espacio para toda clase de iniquidad.
Versículos 38–47
En esta porción, continúa la discusión de Jesús con los judíos.
I. Jesús expresa ahora la diferencia que existe entre sus propios sentimientos y los de ellos, remontándose a la fuente, también diferente, de tales sentimientos: «Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre» (v. 38). Nótense los contrastes:
1. La doctrina de Cristo era de arriba: «Yo hablo lo que he visto (v. 5:19) cerca del Padre». Cristo habla, revela, declara, lo que ha visto y oído en el seno del Padre (1:18; 15:15); no cabe fundamento más firme. Las enseñanzas de Cristo no están basadas en discutibles hipótesis, sino que están cimentadas en la más segura y experimentable realidad. Es una prerrogativa del Hijo poder ser testigo de vista de lo que dice, y poder hablar de lo que ha visto.
2. En cambio, los hechos de ellos estaban inspirados por el diablo: «Vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre». Ellos hacían no sólo hablaban, lo que habían oído, no visto, como un susurro del diablo en los oídos de ellos. Del mismo modo que un niño educado por su padre, aprende las expresiones y los hábitos de su padre y crece pareciéndosele a él por imitación, más aún que por semejanza de rasgos fisonómicos, así también estos judíos se estaban haciendo semejantes al diablo, puesto que se habían propuesto imitar las actitudes del diablo (v. 44).
II. A continuación, replica a las jactanciosas expresiones de ellos en cuanto a la relación de la que se gloriaban con respecto a Abraham y a Dios como «padres» de ellos.
1. Al oír las palabras de Jesús y darse cuenta de que no nombraba explícitamente a Abraham como padre de ellos, los judíos se indignan: «Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham» (v. 39). Con esto, intentaban (A) darse honor a sí mismos y engrandecerse a sus propios ojos; (B) desahogar su odio contra Jesús como si el Señor insinuase que ellos habían aprendido a obrar mal siguiendo el ejemplo de Abraham, el padre espiritual de ellos, el gran amigo de Dios. A esto replica Jesús: «Si fueseis hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham» (v. 39b). El original dice, en todos los MSS, sois (no: fueseis), lo que induce a pensar que la lectura más probable, en cuanto al segundo verbo, atestiguada por bastantes MSS (aun cuando no los mejores), ha de ser «hacéis» (no: haríais). En este caso, como observa Hendriksen, las frases de Jesús sólo pueden entenderse como una ironía. Más aún, cuando la partícula de unión con el versículo 40 no es «allá» = pero, sino «de», que puede traducirse por «y», «mas» o «sin embargo». En todo caso, la conclusión de Jesús es evidente: «Decís que sois hijos de Abraham; sin embargo, ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual se la he oído a Dios; no hizo esto Abraham» (v. 40). En contraste con la conducta de Abraham, quien hospedó a los tres varones (uno de los cuales era, sin duda, el propio Jehová; los otros dos, ángeles, como puede verse por toda la historia de Gn. caps. 18 y 19), estos supuestos «hijos de Abraham» tramaban la muerte de Jesús, el Dios y Salvador del pueblo (Mt. 1:21), así como el «hombre» (nótese el énfasis en la naturaleza humana de Jesús, como en 1 Ti. 2:5) que, lejos de hacerles daño había sido enviado por Dios para hablarles la verdad que había oído de Dios. A la impiedad y a la impenitencia, unían la ingratitud. Todo eso no cuadraba a quienes se tenían por hijos espirituales de Abraham, famoso por su humanidad, tanto como por su piedad: «no hizo esto Abraham». Además, «Abraham creyó a Jehová, y le fue contado por justicia» (Gn. 15:6), mientras que ellos se obstinaban en su incredulidad. Por todo ello Jesús añade:
«Vosotros hacéis las obras de vuestro padre» (v. 41). Como si dijese: «No sois hijos de Abraham, sino que es evidente que pertenecéis a otra familia; es otro el padre cuyas obras imitáis». Todavía no les dice por su propio nombre quién es este otro padre, como si les diera tiempo para que la propia conciencia de ellos les redarguyera de su perversidad.
2. Pero, lejos de reconocer su indignidad en relación al parentesco que pretenden tener con Abraham, se enfurecen tanto más cuanto que Jesús no se digna todavía decirles quién es ese padre que les pertenece y en el que Él está pensando, así que responden: «Nosotros no somos nacidos de fornicación, tenemos un padre Dios» (v. 41b). La primera frase puede entenderse de tres maneras.
(A) Literalmente, en el sentido sexual. Este sentido no puede descartarse, con la malévola insinuación (corriente entre los judíos no convertidos) de que Jesús no era hijo legítimo, sino hijo bastardo de María y de un soldado romano de la guarnición de Nazaret. Vendrían a decirle: «Nosotros somos hijos de legítimo matrimonio; tú, no».
(B) Metafóricamente, en el sentido de idolatría pues en este sentido se usa, con mucha frecuencia, a lo largo del Antiguo Testamento y aun del Nuevo (v. Stg. 4:4), ya que Jehová aparece como el «Marido» de Israel (v. Is. 54:5, Jer. 31:32, y Oseas en muchos lugares). Éste es, sin duda, el sentido que mejor cuadra en este lugar, como admiten todos los exegetas. Pero, si eso era todo lo que podían alegar a su favor, el no tener ídolos a quienes adorar, ¿de qué les servía? Una persona puede estar libre de la idolatría en este sentido estricto y sin embargo, perecer por cualquier otra clase de iniquidad. Se gloriaban de adorar al único Dios, pero no le adoraban en espíritu y en verdad, como son los adoradores que Dios busca (4:24).
(C) A la vista del versículo 48, podría vislumbrarse un tercer sentido: «Nosotros no somos como los samaritanos, gente híbrida; somos judíos, pura sangre israelita».
3. A la falaz apelación de ellos, Jesús responde y niega la paternidad que ellos reclaman para sí con respecto a Dios: «Si fuese Dios vuestro padre, me amaríais a mí» (v. 42). El que ama al Padre, ama también al Hijo (1 Jn. 5:2) y «el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre» (1 Jn. 2:23). «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió» (5:23b). En el versículo 40, niega que ellos tengan verdadero parentesco con Abraham; ahora niega que tengan parentesco espiritual con el único Dios verdadero. Todos cuantos aman a Dios, aman también a Jesucristo. Así lo ha revelado el mismo Dios y así se revela también si somos o no hijos de Dios: ¿Amamos de veras al Señor Jesucristo? Obsérvese la importancia que Jesús da a su comisión como Enviado del Padre: «porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que Él me envió» (v. 42b). El énfasis es evidente por la repetición martilleante de la misma idea. Jesús vino para «congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos». Para llevar a cabo esta tarea dio su vida. ¿Y no hemos de acoger con brazos abiertos a tal mensajero, enviado por Dios con tal objetivo? Jesús añade una pregunta, llena de ternura, tanto como de asombro y tristeza: «¿Por qué no comprendéis mi lenguaje?» (v. 43). Como si dijese: «¿Cómo no entendéis que soy el enviado y el Hijo de Dios, que soy el Mesías prometido que vengo a ofreceros la verdadera libertad, y que esta libertad sólo se consigue al escuchar la verdad que os predico en mis enseñanzas? ¿Tenéis tan embotada la mente, como para suponer cosas tan absurdas y hacerme preguntas tan estúpidas?» (vv. 19, 22, 25, 27, 33, 39, 41). Antes que ellos le respondan a esta pregunta, Él mismo les da la respuesta: «Porque no podéis escuchar mi palabra», es decir, no queréis llevar a bien las cosas que os vengo hablando. Los que no son de la familia de Dios no entienden el dialecto de la casa de Dios.
Estos judíos no comprendían el lenguaje de Jesús por el mero hecho de que su corazón estaba entenebrecido por el pecado y se negaban a admitir lo que sus prejuicios les impedían ver. Hay un refrán castellano que dice: «No hay peor sordo que el que no quiere oír». No les agradaba lo que Cristo decía; por eso, no acertaban a comprenderlo; «el que quiera … conocerá …» (7:17).
III. Súbitamente, Jesús les declara sin rodeos quién es el verdadero «padre» de ellos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo» (v. 44). Esta frase implica algo realmente horrendo y tuvo que caerles como una bomba. El cargo que les hace es muy duro, pero lo va a probar con abundante y contundente argumentación:
1. Con un argumento general: «y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (v. 44b). La identidad de ideas, sentimientos y resoluciones demuestra una común naturaleza. Como si dijese: (A) «Hacéis lo que vuestro padre hace y quiere que hagáis, pues sois esclavos de él y estáis al arbitrio de su mala voluntad». Los deseos o concupiscencias peculiares del diablo, ser incorpóreo, son el orgullo, la envidia, el odio, la mentira y el engaño; son los peores pecados, puesto que provienen de la parte espiritual, donde no cabe la excusa de la debilidad o de la pasión carnal; (B) «queréis hacer los deseos del diablo vuestro padre». Cuanto mayor es la voluntariedad que en el pecado se pone, tanto mayor es el ingrediente diabólico que en tal pecado se encuentra; deleitarse en el pecado es propio del diablo.
2. Con dos ejemplos particulares, en los que ellos manifiestan su parentesco próximo con el diablo: el homicidio y la mentira:
(A) «Él (el diablo) ha sido homicida desde el principio». No desde el principio de la creación (Job 38:7, con toda probabilidad), ni desde el principio de su propia existencia (v. Is. 14:12–14; Ez. 28:12–16. Nótese el «hasta que …» del v. 15), sino desde el principio de la historia del hombre, cuando, mediante la tentación de Génesis 3:1 y ss. hundió a la humanidad en la muerte espiritual, física y eterna (v. Ro. 5:12; He. 2:14; 1 Jn. 3:8). El gran tentador es el gran destructor. Los judíos le llamaban «el ángel de la muerte». Si el diablo no se hubiese hecho tan fuerte en Caín no le habría inducido a cometer un crimen tan horrible como asesinar a su propio hermano (v. 1 Jn. 3:12). De la misma forma, estos interlocutores de Jesús eran imitadores del diablo y seguidores de Caín: asesinos de almas, enemigos jurados de Cristo y decididos a darle muerte (v. 37).
(B) El diablo es también mentiroso, un desertor de la verdad: «No se mantuvo en la verdad». Contra el parecer de Hendriksen, es mi opinión (nota del traductor), con Ryle y otros, de que este versículo, como Judas 6, muestra que el diablo «cayó de la verdad». La siguiente cláusula «pues no hay verdad en él» no significa que el diablo cayera de la verdad porque no hay verdad en él, sino que afirma el actual estado y condición del diablo: que es mentiroso y padre de la mentira. Un caso similar, en cuanto a la construcción gramatical, es 1 Timoteo 1:13, donde Pablo dice: «fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia», donde no puede decirse que la ignorancia fuera la causa de la misericordia de Dios. En ambos casos, la conjunción no es gar = porque (causal), sino hoti = pues (explicativa). En el diablo no hay verdad; por eso se opone a la verdad que es Cristo. Del mismo modo se oponen a Cristo y a la verdad que el proclama estos judíos, con lo que muestran su directo parentesco con el diablo. El diablo es padre y patrón de la mentira. Tres cosas dice Cristo del diablo con relación a la mentira: (a) Que es un mentiroso; sus oráculos son mentira; sus profetas son mentirosos. Todas sus tentaciones son sugeridas por medio de mentiras», llamando bien al mal, y al mal bien» (Is. 5:20). (b) Que «cuando habla mentira, de lo suyo habla», es decir, conforme a su propia naturaleza. El diablo sólo es original, observa Hendriksen, cuando miente. En efecto, si el diablo dice alguna verdad, siempre está mezclada con mentira, con lo que las medias verdades se convierten en las peores mentiras, pues son más aptas para engañar, puesto que la mente humana está hecha para la verdad, y sólo cree en la mentira cuando ésta tiene apariencias de verdad. (c) Que es «padre de la mentira» o «padre del mentiroso», ya que el original admite cualquiera de las dos versiones. Dios hizo al hombre con una inclinación hacia la verdad; es congruente a la razón y a la luz natural el que hagamos y digamos la verdad; pero el diablo, al ocasionar la corrupción de la raza humana, introdujo la mentira en el género humano y se hizo el padre de todos los mentirosos, como si los hubiese engendrado y educado en la escuela de la mentira, por eso se parecen a él como hijos y discípulos de él.
IV. Después de mostrar que todos los homicidas y mentirosos son hijos del diablo, Cristo pasa, en los versículos siguientes, a tratar de que sus interlocutores se apliquen a sí mismos lo que acaba de decir. Dos son los cargos que presenta contra ellos:
1. Que no quieren creer la palabra de la verdad: «Y a mí, porque yo digo la verdad, no me creéis» (v. 45). La verdad, en la forma que ya explicamos anteriormente, es el conjunto de supremos principios (sabiduría) acerca de las realidades reveladas por Dios en Cristo. No se trata de conocimientos científicos, sino de aquel «saber de salvación» (v. 2 Ti. 3:15), sin el cual todos los demás saberes de este mundo no sirven para nada, según la famosa estrofa que termina así:
«Que al final de la jornada, aquel que se salva, sabe;
y el que no, no sabe nada.»
Cosa triste es que las verdades supremas, las más importantes, sean las que menos crédito reciben de la mayoría de los seres humanos, por rebelarse contra la luz (v. 3:17–21). Y, al rebelarse contra la luz, se rebelan contra el que es la Luz personal de Dios (v. 12). El corazón del hombre, perverso y engañoso (Jer. 17:9) se rebela contra esa luz que pone al descubierto las profundidades malvadas, corruptas, de nuestro corazón. En vez de corregir el rostro, rompen el espejo (comp. con Stg. 1:23–24), pero otro refrán castellano dice:
«Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué».
Y, para ponerles las cosas más en claro, como adelantándose a la objeción de ellos: «Tú no dices la verdad, ¿por qué te vamos a creer?», Jesús les reta a que presenten alguna prueba de que Él está en el error: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?» (v. 46). Jesús había hablado del diablo como homicida y mentiroso, y había acusado a estos judíos de ser hijos del diablo por ser imitadores de Satanás en sus planes criminales y en su odio a la verdad que Cristo proclamaba. Jesús les reta ahora a que le presenten un solo caso en el que Él mismo haya obrado o dicho la mentira. Todo lo que hablaba lo decía para que ellos fuesen salvos (5:34), y lo confirmaba con la perfecta inocencia de su vida; su santidad era la mejor garantía de su verdad: «¿Quién de vosotros me redarguye (es decir, puede presentar pruebas. Es el mismo verbo griego de 3:20; 8:9 y 16:8 además de otras 14 veces en que sale en el Nuevo Testamento) de pecado?» El hecho de que no respondiesen a este reto era una confesión implícita de la santidad y de la verdad de Jesús. El mismo juez que le sentenció a muerte hubo de confesar tres veces: «Yo no hallo en Él ningún delito» (18:38; 19:4, 6). El ladrón crucificado junto a Él, fue más lejos: «Éste no ha hecho nada impropio» (Lc. 23:41). Y el centurión que había supervisado la ejecución de los crucificados, todavía fue más allá, al declarar:
«Realmente, este hombre era justo» (Lc. 23:47, comp. con Mt. 27:54; Mr. 15:39). La única razón por la que los hombres no creen en Cristo es porque no están dispuestos a dejar el pecado y abandonar el vicio; al no querer negarse a sí mismos, no están en condiciones de servir a Dios fielmente y de seguir a Cristo. Esto muestra la tremenda, condenatoria, inconsecuencia de los incrédulos, como Jesús les hace ver: «Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?» No dan tampoco respuesta a esta otra pregunta, puesto que tendrían que admitir que no son hijos de Dios.
2. Jesús mismo les da la respuesta que ellos no quieren dar, con la que presenta un cargo más profundo contra ellos: «El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por eso no las escucháis vosotros, porque no sois de Dios» (v. 47). Vemos:
(A) El principio que Cristo sienta: «El que es de Dios, escucha las palabras de Dios». El que toma partido por Dios, está dispuesto a escuchar lo que dice y deseoso de ponerlo por obra. En prueba de ello, investiga cuál es la voluntad de Dios y hace con gozo lo que agrada a Dios; percibe y discierne en las palabras de Cristo la voz de Dios, de la misma manera que los criados de una casa saben bien lo que el amo desea de ellos, y del mismo modo con que las ovejas saben distinguir entre la voz del pastor propio y la de los extraños.
(B) La aplicación que Cristo hace de este principio: «Por esto no las escucháis vosotros, porque no sois de Dios». Como si dijera: «El hecho de que vosotros os hagáis sordos a las palabras de Dios es una prueba evidente de que no sois de Dios». Puesto de otra forma: «Como no sois de Dios, no estáis en condiciones de escuchar con provecho las palabras de Dios, que son las que yo os hablo». Si la palabra del reino de Dios no rinde fruto, la culpa no es de la semilla, sino del terreno en que cae.
Versículos 48–50
I. Los que no pueden dar razón de su sinrazón, siempre acuden, como último recurso, al insulto. Así lo hacen estos escribas y fariseos en esta ocasión, diciéndole al Señor: «¿No decimos bien nosotros que tú eres samaritano, y que tienes demonio?» (v. 48). Vemos:
1. El apelativo blasfemo que estos perversos judíos daban al Señor Jesús, al decirle: (A) Que era samaritano; de esta manera le exponían a la mala voluntad del pueblo, entre quienes no se le podía poner a una persona un nombre peor que «samaritano». Con mucha frecuencia le llamaban «galileo» y entendían por ello una persona despreciable; pero ahora le llaman «samaritano», designándole así como persona mala. En todas las épocas, los malos han hecho grandes esfuerzos para poner a las buenas personas nombres odiosos; y cuán fácilmente se le pone un mal nombre a una persona por toda la vida, cuando estos apelativos circulan entre la gente sin que nadie lo impida; (B) que tenía demonio: que estaba en coalición con el diablo, que estaba poseído de un espíritu inmundo de melancolía, y sufría complejo de persecución, por lo que insultaba a los líderes; un hombre depresivo, cuyo cerebro está obnubilado, o un mal hombre, cuyo cerebro está demasiado caliente, de modo que todo lo que decía no era más digno de crédito que lo son las extravagantes salidas de un paranoico.
2. Cómo trataron de justificar el insulto: «¿No decimos BIEN nosotros …?» Esto muestra cuán arraigados estaban los prejuicios de ellos, y cuán endurecido estaba su corazón. Desahogan su enemistad contra Cristo, como si nunca hubieran hablado mejor que cuando decían contra Él lo peor. Mala cosa es decir y obrar mal, pero es peor todavía el persistir en esas prácticas.
II. La mansedumbre y misericordia del Cielo se reflejan en la respuesta de Cristo (vv. 49–50). Notemos que:
1. No responde nada al insulto de «samaritano», puesto que Él mismo había puesto a un samaritano como modelo de compasión hacia el prójimo (v. Lc. 10:30–37).
2. En cambio, niega rotundamente el cargo que le hacen de tener demonio: «Yo no tengo demonio».
Como si dijesen: «La acusación es injusta; ni estoy poseído del demonio ni tengo pacto con él».
3. En confirmación de ello, asegura la sinceridad de su intención: «sino que honro a mi Padre». Siempre, y en todo, buscó Jesús dar gloria al Padre y cumplir la voluntad del Padre. Si tuviera demonio, no honraría al Padre, porque los demonios son incapaces de honrar a Dios.
4. Se queja de la deshonra, que con tales apelativos, le infieren a Él mismo: «y vosotros me deshonráis». Con estas palabras se echa de ver que Jesús, en cuanto hombre, tenía un vivo sentido del deshonor que se le causaba con las malas palabras. Cristo honraba al Padre más y mejor que lo que cualquier ser humano pudo y quiso honrar y, sin embargo, Él mismo fue deshonrado como nadie jamás lo ha sido; porque aun cuando Dios ha prometido que Él honrará a quienes le honren, nunca ha prometido que los hombres vayan a honrar a los que honran a Dios.
5. A continuación, Jesús se descarga de la imputación de vanagloria (v. 50), puesto que menospreciaba la gloria de los hombres: «Pero yo no busco mi gloria (comp. con 5:41); hay quien la busca y juzga», es decir, el Padre. Quienes están muertos a las alabanzas de los hombres, pueden soportar impávidos los insultos de los hombres. De dos maneras mostraba Jesús que no buscaba su propia gloria:
(A) En que no buscaba los respetos, halagos ni adulaciones de los hombres, pues sabía que Dios honra a quienes no buscan su propio honor; por eso, la humildad va delante del verdadero honor; (B) en que no se vengaba de las afrentas que le hacían los hombres, con referencia a esto, dijo: «y juzga» (Dios). Como si dijese: «Él será quien vindicará mi honor». Si apelamos a Dios con humildad, y esperamos con paciencia, encontraremos, para nuestro consuelo, que «hay quien juzga».
Versículos 51–59
I. Vemos ahora afirmada, de labios de Cristo, la inmortalidad de los creyentes: «De cierto, de cierto os digo que el que guarda mi palabra, nunca verá la muerte» (v. 51). Como en otras solemnes ocasiones, repite el «Amén, amén» del texto original. Por estas expresiones de Jesús, se echa de ver:
1. El carácter del creyente: Es alguien que guarda la palabra de Jesús; no sólo la recibe por fe, sino que la guarda con obediencia; no sólo la tiene, sino que la retiene (comp. con Sal. 119:9). Hemos de guardar las palabras de Jesús en nuestra mente y en nuestra memoria; guardarlas en el corazón con amor y afecto profundo; tenerlas por guía de nuestro camino y norma de nuestra vida.
2. El privilegio del creyente: «Nunca jamás verá la muerte». Puesto que el verdadero creyente ha pasado de muerte a vida (5:24), la comunión con Dios le confiere vida eterna, y las propiedades de la muerte física han sido alteradas de tal manera que ya no está bajo el terror de la muerte (v. 1 Ts. 4:13 y ss.), sino que, más bien, es dueño incluso de la muerte (1 Co. 3:22), pues ésta le lleva a la presencia del Señor (2 Co. 5:8; Fil. 1:21–23) y es estimada a los ojos de Dios (Sal. 116:15). Tan consoladora resulta la muerte física a los genuinos creyentes, que bien puede decir Jesús que no la verán jamás, puesto que ha sido sorbida victoriosamente por la vida (v. 1 Co. 15:54), y son preservados para siempre de la muerte eterna.
II. Al oír estas palabras de Jesús, los judíos repiten el insulto que habían lanzado contra Él: «Ahora nos damos perfecta cuenta de que tienes demonio. Abraham murió y los profetas …» (v. 52). Vemos:
1. El insulto que profieren: «Ahora nos damos perfecta cuenta de que tienes demonio». Si Jesús no hubiese demostrado abundantemente que era un maestro enviado de Dios (3:2), las promesas de vida inmortal que hacía, bien podían haber sido ridiculizadas, y sus discípulos tenidos por excesivamente crédulos; incluso habría sido un acto de caridad desengañarles de sus necias ilusiones; pero la doctrina de Cristo era evidentemente de origen divino, sus milagros la confirmaban, y las profecías mismas guiaban a los judíos a la expectación de un profeta semejante, y a la fe en él, tan pronto como apareciese.
2. El razonamiento que usan: Tienen a Jesús por culpable de una insoportable arrogancia, al hacerse implícitamente a Sí mismo mayor que Abraham y los profetas: «Abraham murió, y los profetas». Sí, es cierto que murieron físicamente, y la biografía de estos grandes hombres termina siempre con las palabras: «y murió». Se nota aquí el eco de Génesis 5, como observa Hendriksen: «y murió … y murió … y murió». Aun así, hubo dos notables excepciones: Enoc y Elías (v. Gn. 5:24; 1 R. 2:11); pero Jesús no hablaba aquí de la muerte física. Por eso, había dicho al hablar de Abraham, Isaac y Jacob: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mt. 22:32; Lc. 20:38). Por otra parte, estos judíos daban a entender que no podía haber nadie mayor que Abraham y los profetas (comp. con 4:12), sin percatarse de que el Mesías había de ser mayor que Abraham y que todos los profetas. De modo que, en lugar de haber inferido que Cristo tenía demonio por hacerse superior a Abraham y a los profetas, deberían haber inferido que era el Mesías; pero sus ojos estaban velados por los prejuicios. Así que le replican en son de befa: «¿Quién te haces a ti mismo?» (v. 53).
III. La réplica que Cristo les da. Todavía condesciende a razonar con ellos, para mostrar así que todavía era el día de su paciencia.
1. En su respuesta, Jesús se refiere, por una parte a su Padre que es Dios; por otra, al padre de ellos
según la carne, Abraham.
(A) A su Padre: «Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios» (v. 54). Jesús hace derivar del Padre todo el honor que ahora reclamaba para Sí, pues dependía únicamente del Padre con respecto al honor que le había de ser conferido tras sus padecimientos y su muerte. Y los que son de Cristo han de depender igualmente de Dios en cuanto a su honor; pues todo el que está seguro de tener honor donde éste tiene su verdadera estima, no le importará tener deshonor donde el verdadero honor no se estima. Por eso, les dice Cristo:
«… decís que es vuestro Dios; pero vosotros no lo conocéis» (vv. 54b–55a). Decían que era el Dios de ellos (comp. con Stg. 2:14), pero sin razón alguna. Muchos pretenden tener interés en las cosas de Dios y hasta se tienen por Suyos, sin que en su corazón alberguen una correcta relación con Dios. ¿De qué les servirá decir: «Dios mío»? (comp. con Mt. 7:21–23). ¿A qué se deben estas falsas pretensiones? A ignorancia del verdadero Dios: «Pero vosotros no le conocéis». Es posible que hombres eruditos y expertos en la Biblia hablen profundamente de las cosas de Dios sin conocerle, pues sólo han aprendido los nombres de Dios, sin tener comunión personal con Él. Al no conocer a Dios, estos judíos no podían percibir correctamente el carácter de Dios ni la voz de Dios en Cristo. La razón por la cual los hombres no reciben el Evangelio de Cristo es porque no poseen el conocimiento de Dios. Y continúa Jesús: «Mas yo le conozco, y si dijese que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco y guardo su palabra» (v. 55). Ésta es la razón por la que Cristo está seguro de que el Padre le honrará y le reconocerá por Hijo Amado: «Le conozco»—dice con toda seguridad—. No puede negarlo, porque entonces sería tan mentiroso como ellos cuando decían que el Padre era el Dios de ellos, y así sería hallado falso testigo contra Dios y contra Sí mismo. ¿Cómo demuestra Jesús que conoce a Dios? «Le conozco, y guardo su palabra». Por eso había asegurado que el que guardase sus palabras no vería la muerte (v. 51). Juan habla en términos similares (v. 1 Jn. 2:3–5). Sólo el que esté dispuesto a obedecer a Dios, puede conocer la verdad de Dios en Cristo (7:17). Hendriksen hace notar el contraste entre los dos verbos que vertimos por
«conocer» al comienzo del versículo 55: el primero indica un reconocimiento personal basado en información ajena (aun cuando esto no sea obstáculo para una comunión íntima con Dios), mientras que el segundo implica un conocimiento intuitivo y directo de Dios, exclusivo del Hijo (1:18) y del Espíritu Santo (1 Co. 2:10).
(B) Al padre de ellos, Abraham:
(a) De él dice Jesús: «Abraham vuestro padre se regocijó de que había de ver mi día; lo vio y se regocijó» (v. 56). Dos cosas menciona aquí Cristo como ejemplos del respeto que Abraham tenía hacia el Mesías venidero: Primera, que Abraham exultó de gozo al saber que había de ver el día del Mesías. Es notable que, en el Targum aramaico de Génesis 17:17, el verbo hebreo «se rió» es traducido «se regocijó». Cuando Dios le dijo a Abraham que en él serían benditas todas las familias de la tierra (Gn. 12:3), le revelaría interiormente que la fuente de bendición universal iba a estar centrada en el Mesías que había de descender de él. Con esta interior revelación Abraham exultaría de gozo, al mismo tiempo que concebiría un enorme deseo de conocer, de algún modo, al Mesías. Quienes han adquirido un verdadero, aunque imperfecto, conocimiento de Cristo desean saber más y más de Él, del mismo modo que quienes han visto el amanecer (Lc. 1:78), están deseosos de ver el Sol de justicia. Lo cierto es que Abraham deseó ver el día de Jesús, a pesar de hallarse a muchos siglos de distancia con relación al Mesías que había de venir, mientras que estos judíos, descendencia bastarda de Abraham, no acertaron a discernir ese día ni le dieron la bienvenida cuando llegó.
(b) Jesús agrega que Abraham «lo vio (el día de Jesús) y se alegró». Donde vemos:
Primero, que Dios satisfizo los deseos del patriarca: deseó ver el día de Jesús, y lo vio. Nótese que Jesús no dice que Abraham le vio a Él, sino «su día». ¿Cuándo y cómo vio Abraham el día de Cristo? Hay quienes piensan que Jesús se refiere aquí al conocimiento que de Jesús tendría Abraham en el otro mundo, pero esta explicación no satisface, pues el tiempo del verbo está en pasado, no en presente. Sólo que a la conjetura, ya apuntada, de una revelación interior de Dios a él, y confirmada por Hebreos 11:13, donde leemos: «Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido (comp. con He. 11:39–40), sino MIRÁNDOLO DE LEJOS». Hendriksen hace notar que la posibilidad de la expectación del Mesías Redentor pudo deberse a la promesa de Génesis 3:15, cuya tradición se conservaría a través de las generaciones. La aplicación para nosotros es que todos los deseos de los hijos de Dios de conocer mejor a Jesucristo no se cumplirán perfectamente mientras no hayamos llegado al Cielo (comp. con 1 Co. 13:12; Fil. 3:10–14; 1 Jn. 3:2).
Segundo, que Abraham se alegró de ello. Se alegró al ver la merced que Dios le hacía a él, y la misericordia de Dios para todas las familias de la tierra. Una mirada de fe hacia Cristo nos ha de llenar continuamente de alegría. No hay gozo como el gozo de la fe, pues éste es fruto del Espíritu Santo (v. Gá. 5:22), nunca se conoce lo que es el verdadero deleite hasta que no le hayamos encontrado en Cristo.
(c) Los judíos, al oír que Abraham había visto el día de Jesús, entendieron que Cristo había sido contemporáneo de Abraham: «Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?» (v. 57). La idea de que Abraham pudiera haber visto el día de Jesús, por medio de la fe, a tantos siglos de distancia, era inconcebible para estos judíos. Lo de «cincuenta años» es entendido por algunos como si los sufrimientos físicos y morales que, para este tiempo, había soportado ya Jesús le hiciesen aparecer como de mayor edad que la que tenía; pero es más probable la opinión de que estos judíos, para no exponerse a error de cálculo, pusieron la edad límite en que los sacerdotes eran relevados de sus funciones en los servicios del templo. Lo cierto, según ellos, era que ni Abraham había podido ver a Jesús, ni Jesús a Abraham, con tantos siglos de distancia entre ambos.
(d) A esto replica el Salvador con una de sus solemnes declaraciones: «De cierto, de cierto os digo». Como si dijese: «Ante vuestra cara os voy a lanzar una afirmación solemne, la toméis como la toméis». Y, a continuación, pasa a declarar su propia antigüedad, superior infinitamente a la de Abraham: Frente a la larga, pero temporal y transitoria, vida de Abraham (v. Gn. 25:7), Jesús expresa Su propia eternidad, al ser Dios como el Padre: «Antes que Abraham llegase a ser (lit.), YO SOY» (v. 58). Dos cosas son de notar aquí: Primera, el cambio de verbo, en Abraham, muestra que era un ser creado que llegó a ser (el mismo verbo de 1:14 «se hizo carne»); en Abraham, se habla en pasado, por lo que había de esperarse que Jesús dijera: «Antes de que Abraham llegase a ser, yo era»; pero no dice eso, sino que, al hablar en presente, asegura: «YO SOY» (comp. con Éx. 3:14). Ambos detalles, el tiempo y la referencia implícita al «YO SOY» de Éxodo 3:14, no pudieron pasar desapercibidos a los judíos que le escuchaban. Así que:
(e) Como acusándole de blasfemia, por hacerse igual a Dios (5:18; 10:33; 19:7), «tomaron entonces piedras para arrojárselas» furiosos al oír tal declaración que, según ellos, le hacía reo de muerte (v. Lv. 24:16). Las piedras abundarían en un lugar en que todavía se llevaba a cabo la edificación del templo (v. 2:20), y se las iban a arrojar sin previo juicio ante los tribunales de la nación. Así es como los prejuicios hacen reaccionar a los hombres contra la fe de Jesús en todas las épocas: el arrojar piedras contra Él y perseguir a sus seguidores, al detener con injusticia la verdad (Ro. 1:18). Pero Cristo escapó de ellos, ya que no había llegado su hora, quizás escabulléndose por entre la muchedumbre, quizás al usar su poder sobrenatural, pero no por cobardía ni miedo a ellos. Cristo se alejó de ellos, ya que ellos no merecían disfrutar de su compañía por más tiempo. Dios a nadie abandona, sino a quien primero le abandona a Él. Cristo salió escondido y silencioso, y pasó desapercibido. A veces, el alejamiento de Cristo de una persona, o de una iglesia, es secreto pasa desapercibido (comp. con Ap. 3:20. ¡Cristo, fuera de las puertas de una iglesia!), como el reino de Dios entre la multitud (Lc. 17:20–21). Triste cosa es que Cristo se aleje de una persona, pero más triste todavía es que no se le eche en falta.
En este capítulo tenemos la deliciosa narración de la curación del ciego de nacimiento, con el interrogatorio subsiguiente por parte de los fariseos, y el reproche que, al final, lanza Jesús contra éstos. El milagro es la mejor ilustración de la verdad de 8:12, pues era «señal» de que Jesús es «la luz del mundo».
Versículos 1–7
I. Vemos primero cómo se apercibió el Señor Jesús de la condición lastimosa de este pobre ciego: «Y al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento» (v. 19. Aunque los judíos acababan de insultar al Señor y trataban de darle muerte, Él no perdía ninguna oportunidad de hacer el bien entre ellos. La curación de este ciego era un favor en bien de la comunidad, al capacitar a este hombre para que se ganase el sustento mediante el trabajo y cesase así de ser una carga para la vecindad. Un noble modo de imitar a Cristo es ser generoso con los demás y estar dispuesto a servir al prójimo para bien de la comunidad. Aun cuando se hallaba en grave peligro de su propia vida, y escapaba ahora mismo de una muerte violenta, se detuvo por algún tiempo para mostrar su compasión, de una manera efectiva, hacia este pobre hombre. Con esto nos enseñaba a no desperdiciar las ocasiones de hacer el bien, incluso cuando vamos de paso a cualquier otro quehacer. La condición de este hombre era muy triste, pues era ciego, y lo era desde su nacimiento. El que está temporalmente ciego no puede disfrutar de la luz, pero el que es ciego de nacimiento no puede hacerse idea de la luz, ni de las formas ni de los colores. Pienso que tal persona habría dado cualquier cosa por satisfacer su curiosidad con obtener la vista por un día, aunque la volviese a perder. Demos gracias a Dios de que no es ése nuestro caso. El ojo es el órgano más maravilloso de nuestro organismo; su estructura es extremadamente bella y hecha con suprema sabiduría; no hay cámara fotográfica que pueda comparársele. ¡Qué bendición la nuestra, que no sufrimos ningún accidente durante nuestra concepción, o en nuestro nacimiento, por el que nos viésemos privados del sentido de la vista! Cristo curó
muchos ciegos que lo eran por enfermedad o accidente, pero en esta ocasión curó a uno que lo era de nacimiento (comp. con Hch. 3:2), a fin de ofrecer una muestra de su poder para prestar auxilio en casos sin esperanza. Con esto, señalaba también el poder que posee para dar la visión de la fe, por medio de su Palabra y de su gracia, a las almas de los pecadores, ciegos por naturaleza. Jesús mostró su compasión desde el momento en que se fijó en este hombre. Otros veían cada día a este ciego, pero no le miraban como Cristo le miró. Jesús fijó su vista en nosotros antes de que nosotros pudiésemos verle y fijar nuestra vista en Él. Advirtamos también que una de las grandes pruebas de la venida del Mesías había de ser la curación de ciegos (v. Is. 29:18; Mt. 11:5).
II. La conversación entre Jesús y sus discípulos acerca de este hombre.
1. La pregunta que los apóstoles hicieron al Maestro: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?» (v. 2). Al fijarse Jesús en el ciego, ellos se fijaron también en el hombre. La compasión de Cristo debería excitar la nuestra. Pero los discípulos no rogaron a Jesús que curase al ciego, sino que, en lugar de ello, le hicieron una pregunta indiscreta. En efecto, esta pregunta era:
(A) Muy poco caritativa, pues daban por supuesto que tal desdicha era necesariamente la consecuencia de alguna perversidad poco común. Como los amigos de Job, daban a entender que, en esta calamidad, había por medio algún gran pecado; pero no se debe pensar que los que más sufren vayan a ser, por ello, los más grandes pecadores. El dolor es consecuencia de la primera caída de la humanidad, pero sirve también para conducir las almas a Cristo, para disciplinar a los creyentes carnales y para purificar a los buenos cristianos.
(B) Innecesariamente curiosa. ¿Qué les iba a ellos en si esta calamidad se debía a un pecado del propio ciego o de sus padres? Los hombres somos inclinados a inquirir acerca de los pecados ajenos más bien que acerca de los nuestros. Juzgarnos a nosotros mismos es nuestro deber (v. 1 Co. 11:28, 31), pero juzgar a los demás es pecado (v. Mt. 7:1 y ss.; Ro. 2:1 y ss.). Los discípulos preguntan:
(a) Si este hombre era castigado por algún pecado que hubiese cometido él mismo, no en otra vida, ya que la doctrina de la reencarnación de las almas era totalmente ajena al pensamiento judío, sino en el vientre de su madre, de acuerdo con la enseñanza rabínica que interpretaba así Génesis 25:22–26, y concluía que Esaú intentó matar a su hermano Jacob en el vientre de Rebeca. Los fariseos parecen aludir a esta misma teoría en el versículo 34.
(b) O si era castigado por algún pecado especial de sus padres entendiendo así lo de Éxodo 34:7 «que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos» (v. el comentario a este lugar en el Pentateuco). Quizá pensaban que su padre era un disoluto, que habría contraído alguna enfermedad venérea por la que el hijo había nacido privado de la vista, como es un caso frecuente en la actualidad. Pero no hay que olvidar lo que se nos dice en Ezequiel 18:20: «El alma que peque, ésa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre…».
2. Respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos: «No es que pecó éste ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (v. 3). Nótese bien:
(A) Que Jesús no achaca esta enfermedad a un pecado especial del ciego o de sus padres. Con sus palabras, Jesús no niega que el ciego y sus padres sean pecadores como los demás (v. Ro. 3:23), ni que las enfermedades sean fruto del primer pecado, sino que esta enfermedad no se debe a un pecado específico del propio paciente ni de sus progenitores. La razón especial en este caso era muy distinta: «sino para que las obras de Dios se manifiesten en él»; lejos de ser una manifestación de pena, esta enfermedad era una oportunidad de gloria. Y, si Dios ha de ser glorificado en nosotros, o por medio de nosotros, cualquier cosa que nos ocurra no es en vano, sino que «vale la pena». Las dificultades que, desde este punto de vista, se suelen presentar contra la providencia de Dios, tienen su solución aquí: Dios quiere mostrar así las maravillosas propiedades de Su naturaleza; Su poder, Su sabiduría, Su misericordia, Su bondad, Su paciencia, etc. Hay quienes no son movidos a la consideración de las cosas de Dios por los medios corrientes y ordinarios, pero son con frecuencia alarmados y convictos mediante cosas no corrientes, sino extraordinarias. Este hombre había nacido ciego, precisamente para que el Señor Jesús pudiese mostrar que era la luz verdadera, venida a este mundo (1:9; 8:12; 12:46). Hacía muchos años que este hombre era ciego, pues era ya mayor de edad (v. 21); sin embargo, nunca hasta ahora se había sabido el verdadero motivo por el que había nacido ciego. El libro de la providencia es un volumen muy grueso; a veces, es preciso pasar muchas páginas hasta encontrar la razón de algunos casos.
(B) Que Jesús da también la razón por la que Él mismo estaba dispuesto, y hasta presuroso, para hacer este gran favor de curar al ciego de nacimiento (vv. 4–5). «Es menester que yo haga las obras del que me envió, entretanto que el día dura; viene la noche, cuando nadie puede trabajar» (v. 4). (A pesar de esta lectura de nuestra RV, la evidencia textual está a favor del plural «es menester que hagamos» o «debemos hacer», como aparece en la versión Las Grandes Nuevas. Nota del traductor.) Adviértase que era día de reposo, pero en él estaban permitidas las obras de necesidad, de caridad y de piedad. Cristo aclara:
(a) Que es preciso hacer la voluntad de Dios: «las obras del que me envió». Cuando Dios envía a alguien, no lo envía de vacío, porque a nadie invita a ser ocioso ni haragán. Jesús trabajaba constantemente con el Padre (5:17), y se sometía a los deberes más penosos, con tal de llevar a cabo, y lo hacía con el mayor contento, la obra que el Padre le había encomendado (4:34; 17:4; 19:30). Y lo que hacía lo hacía con toda su alma y con todas sus fuerzas (v. Ec. 9:10), cómo habríamos de hacerlo nosotros también.
(b) Que ahora era la oportunidad: «entretanto que el día dura». Mientras dura la luz del día, es preciso hacer buen uso de ella (v. 11:9), pues es entonces cuando el trabajo se hace más fácilmente; y hay trabajos que sólo de día pueden llevarse a cabo. Éste era el día de Jesús, pues todo lo que tenía que hacer, lo había de hacer antes de su muerte, como Él mismo aclara en el versículo 5: «Entretanto que estoy en el mundo, soy luz del mundo». Mientras dura nuestra vida en este mundo es la oportunidad de hacer el bien; no se debe desperdiciar este tiempo, sino redimirlo (Ef. 5:16, Col. 4:5). Tiempo (mejor dicho, eternidad) habrá para descansar de los trabajos de esta vida (v. Ap. 14:13). Pasar el tiempo, malgastar el tiempo o, como se dice «matar el tiempo», es pecado (Stg. 4:11).
Que las oportunidades están al alcance de la mano, pero no han de durar siempre: «viene la noche; cuando nadie puede trabajar». De cierto que viene la noche de la muerte; se acerca con mayor o menor prisa, pero sin pausa. No está en nuestra mano conjeturar a qué hora se va a poner el sol de nuestra vida, nuestro ocaso puede llegar al mediodía; «en la flor de la vida», como suele decirse. Y lo peor es que no podemos prometernos un crepúsculo entre la puesta del sol y la noche pues no sabemos si moriremos tras larga enfermedad o de repente. La noche es el siervo que convoca a los obreros para que cesen en su trabajo y den cuentas de su mayordomía, para recibir entonces conforme a lo que hayan hecho, sea bueno o ruin» (2 Co. 5:10). Cuando la mecha de la candela está acabándose, de nada sirve buscar aceite para avivar el pábilo.
(d) Que su quehacer en este mundo era impartir luz: «Entretanto que estoy en el mundo, soy luz del mundo» (v. 5). Ya lo había dicho en otra ocasión (8:12). Este hombre, ciego de nacimiento, era símbolo de un mundo sin luz, obcecado por la ignorancia y el vicio; y Jesús vino al mundo a ser luz del mundo, no sólo a disipar las tinieblas, sino también a otorgar la visión. Esto nos presta grandes ánimos para llegarnos a Él, porque ¿quién no deseará que le sean abiertos los ojos para contemplar la luz? ¿Adónde volveremos los ojos, sino a Él, cuando todo lo que nos rodea está bajo el poder de las tinieblas? (v. Lc. 22:53; Ef. 6:12; Col. 1:13, 1 Jn. 5:19). Por otra parte, esta luz, como la gracia, se nos da gratis, sin dinero y sin precio (v. Is. 55:1). Y se nos da para que seamos luz del mundo (Mt. 5:14–16; Fil. 2:15). ¿Para qué se hicieron las lámparas, sino para arder y brillar? (v. 5:35). Hemos de preguntarnos: ¿Brilla nuestra lámpara? ¿O difunde tinieblas, en lugar de disiparlas?
III. Viene a continuación el relato de la curación del ciego (vv. 6–7). Las circunstancias del milagro son singulares y, sin duda, muy significativas: «Dicho esto», como necesaria preparación para la obra que se disponía a llevar a cabo, se puso a trabajar, aun cuando era día de reposo (v. 14). No la dejó hasta que pasara el sábado, cuando sería menor la ofensa que causaría a los fariseos. Cuando hemos de hacer algún bien, hemos de procurar hacerlo cuanto antes, no sea que se nos pase deprisa la oportunidad. Quien espere a que nadie le ponga objeciones para hacer el bien, se expone a dejarlo sin hacer. Veamos:
1. La preparación del colirio: «Escupió en tierra e hizo lodo con la saliva» (v. 6). Hizo barro con su propia saliva, porque no había agua a mano; con esto nos enseñaba a echar mano de lo que está más cerca de nosotros, si ello sirve para lo que hemos de llevar a cabo en un momento determinado; ¿para qué ir de una parte a otra, cuando lo que buscamos puede hallarse por un camino más corto?
2. La aplicación del remedio a la parte afectada: «Y untó con el lodo los ojos del ciego». Aunque el paciente era un mendigo, el divino Médico preparó con sus propias manos el remedio. ¡Curioso remedio, por cierto! El lodo serviría más bien para cerrar los ojos de una persona que para abrírselos; pero el poder
de Dios se manifiesta mejor con remedios, al parecer, contradictorios; con paradojas, como dice el original de Lucas 5:26. El objetivo del Evangelio es abrir los ojos de los hombres, y el colirio que nos sirve de medicina ha de ser preparado por Jesús mismo; a Él hemos de acudir en busca de ese colirio (comp. con Ap. 3:18). Sólo Él tiene la exclusiva de este remedio, pues Él ha sido enviado con autoridad y capacidad para confeccionarlo. Los medios empleados para este menester pueden ser muy débiles y, de suyo, ineptos para este servicio, pero son hechos efectivos por el poder del Señor. Y el método que Cristo sigue es llevar primero a los hombres a la convicción de su propia ceguera, y abrirles después los ojos a la luz (v. 41).
3. Las instrucciones que da al paciente: «Ve a lavarte en el estanque de Siloé (lit. Siloam), (que significa Enviado)». Jesús quería de esta manera poner a prueba la obediencia del ciego, y ver si éste seguiría con fe implícita las instrucciones que le daba un desconocido. También le pondría a prueba en cuanto al grado en que era afectado por las tradiciones de los ancianos, quienes enseñaban que no era lícito lavarse los ojos en sábado. Con todo esto, quería simbolizar el método que ha de seguirse en cuanto a la salud del alma, en lo que tenemos que poner algo de nuestra parte, aun cuando el efecto se deba puramente al poder y a la gracia de Dios. Así como mandó al ciego que fuese a lavarse en la fuente de Siloé, también nos envía a estudiar la Palabra de Dios, atender a los mensajes que se nos predican y tomar consejo de los hermanos que son más prudentes que nosotros; todo lo cual es como ir a lavarse a la fuente de Siloé. En cuanto a esta fuente, es digno de notarse que sus aguas provenían del monte Sion; eran aguas vivas, curativas. El evangelista señala el detalle de que Siloé significa «Enviado». Cristo es llamado con mucha frecuencia «el Enviado de Dios o del Padre»; de forma que cuando envió este hombre a la fuente de Siloé, lo envió, en realidad, hacia el Salvador mismo (comp. con Is. 12:1–6).
4. La obediencia del paciente a las instrucciones del Médico Divino: «Fue entonces y se lavó».
Confiando en el poder de Cristo le obedeció y fue a lavarse.
5. El beneficio que obtuvo: «Regresó viendo». Su obediencia, superior a la de Naamán, le granjeó el beneficio de la vista. Por supuesto, al no ser leproso, sino ciego, no tuvo que sumergirse en el estanque, sino solamente lavarse los ojos. De manera semejante a cuando el conflicto y como los dolores de parto del nuevo nacimiento han pasado, las ataduras del pecado se sueltan, y se obtiene la luz y, con ella la libertad (8:31–32). ¡Tal es el poder de Cristo! ¿Y qué no podrá hacer el que hizo esto, y lo hizo de esta manera? Este ciego hizo lo que Cristo le mandó y fue sanado inmediatamente. Así también, cuantos deseen ser sanados por Jesús han de estar dispuestos a someterse a su gobierno. Este hombre regresó viendo; asombrado de lo que veía y asombrando a quienes le veían. También representa esto los beneficios que se obtienen al asistir a las ordenanzas que Cristo dispuso para su Iglesia; los que se acercan temblando, regresan triunfando; los que antes fueron ciegos, han vuelto viendo y cantando.
Versículos 8–12
Un hecho tan sorprendente como la curación de un ciego de nacimiento no podía menos de suscitar las hablillas de toda la localidad. Ahora se nos refiere lo que sus vecinos decían de él, como confirmación de lo sucedido. Lo que al principio no se cree sin escrutinio, puede ser admitido después sin escrúpulo. La gente discute:
I. Sobre si este hombre era el mismo que había estado ciego (v. 8).
1. Los vecinos no pudieron menos de sorprenderse cuando se dieron cuenta de que veía y se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba y mendigaba?» (v. 8); es decir, el que se sentaba para mendigar. Al no poder trabajar para ganarse el sustento, sus padres no disponían de recursos para mantenerle, por lo que se veía obligado a mendigar. Quienes no pueden mantenerse de otra manera, no han de avergonzarse de mendigar. ¡Que nadie se avergüence sino de pecar! La caridad nos obliga a procurar ayuda a los que no pueden ayudarse a sí mismos; y la prudencia nos alerta a no dejarnos engañar por los falsos mendigos, holgazanes disfrazados; pues no debemos permitir que los zánganos y las avispas se coman la miel, mientras las laboriosas abejas se mueren de hambre. La verdad del milagro quedó manifiesta con el testimonio de tantas personas que habían visto mendigar al ciego; y este testimonio tenía más fuerza contra la infidelidad de los judíos que se negaban a creer que este hombre hubiese nacido ciego, que si él hubiese permanecido en casa, y ser mantenido por sus padres. Nótese también cómo
condescendía Jesús a realizar sus milagros más portentosos entre aquellos que se distinguían, no por la dignidad de su nobleza, sino por la miseria de su pobreza.
2. «Otros decían: Él es» (v. 9a); es decir, es el mismo que se sentaba a mendigar, y era ciego. Estos eran buenos testigos pues llevaban mucho tiempo contemplando sentado en su silla a este hombre tan ciego como una piedra. «Y otros (decían): A él se parece» (v. 9b). Como si dudaran de que pudiese ser el mismo, se limitaban a comentar: «no es posible que sea el mismo, sino que es uno que se le parece mucho». Pero, si resultaba que era el mismo esta misma confesión mostraría que se había obrado en él un milagro portentoso. Pensemos: (a) En la sabiduría y el poder de la providencia de Dios al proveer tal variedad de rostros en hombres y mujeres, que, aun cuando sean miles de millones los habitantes de nuestro planeta no se hallan dos personas que sean totalmente idénticas. Incluso en los hermanos gemelos univitelinos (nacidos del mismo óvulo), aun cuando mucha gente no acierta a distinguirlos, su madre los distingue por algún detalle, por nimio que sea. Esto es sumamente conveniente para la sociedad, el comercio y la administración de la justicia. ¡Qué caos se originaría, si no se pudiesen distinguir las facciones del rostro! (b) En el maravilloso cambio que la gracia de Dios es capaz de operar en personas que han sido malvadas y perversas, pero que, al recibir al Señor, de tal modo cambian visible y notoriamente, que uno se sentiría inclinado a pensar que no son la misma persona.
3. Esta controversia entre los vecinos quedaba zanjada por el testimonio del propio ciego, ahora sanado de su ceguera: «Él decía: Yo soy» (v. 9c); es decir, «yo soy el mismo de antes, pero no soy ciego como antes». El que antes era ciego, pero ahora veía, se había convertido en un monumento de la misericordia y de la gracia de Dios. Los que han sido iluminados y salvos por la gracia de Dios, no han de sentir vergüenza en confesar lo que antes eran.
II. Después someten a escrutinio la forma en que el hombre había obtenido la vista (vv. 10–12). Dos son los detalles sobre los que inquieren los vecinos:
1. La forma en que se había llevado a cabo la curación: «¿Cómo te fueron abiertos los ojos?» (v. 10). Es bueno observar y examinar el método y los medios con que Dios obra, a fin de que se vea mejor su maravillosa sabiduría. En respuesta a la pregunta de los vecinos, el hombre responde: «Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo … y recibí la vista» (v. 11). Por aquí vemos que alguien debió de decirle cómo se llamaba el hombre que le curó. Quienes han experimentado el poder y la bondad de Dios, ya sea en las cosas temporales, más aún en las espirituales, deberían estar prestos en todo momento a comunicar sus experiencias. Es una deuda de gratitud hacia nuestro Bienhechor, y una deuda de testimonio hacia nuestros prójimos. Cuando los favores de Dios quedan silenciados en nosotros, no merecen ser incrementados para nosotros.
2. El autor del milagro: «¿Dónde está Él?» (v. 12a). Es posible que algunos hicieran esta pregunta por curiosidad, como si dijese: «¿Dónde está, a fin de que le podamos conocer?» Pero es posible que otros lo preguntaran con mala intención, como insinuando: «¿Dónde está, para que podamos echarle mano?» Podemos piadosamente pensar que alguien haría la pregunta con la mejor voluntad, como si dijese:
«¿Dónde está, a fin de que podamos entregarnos a Él?» En respuesta a esto, el hombre se limitó a decir:
«No lo sé» (v. 12b). Parece ser que, tan pronto como le envió al estanque de Siloé, Jesús se marchó de allí (recuérdese 8:59). El hombre nunca había visto a Jesús, ya que, para el tiempo en que él recibió la vista, se había marchado el oculista. Con ninguna de las cosas que podía contemplar ahora este hombre, se habría visto tan satisfecho como con ver al que le había sanado, pero lo único que sabía de él es que se llamaba Jesús, el Salvador. Así pasa con el milagro de la gracia de la conversión de una persona: se ve el cambio efectuado, pero no la mano que lo llevó a cabo.
Versículos 13–34
Podría esperarse que un milagro tan sensacional de Cristo hubiese silenciado y avergonzado a cuantos se oponían al Señor pero tuvo el efecto contrario: en vez de recibirle como al gran profeta, le sometieron a juicio como a un gran criminal.
I. «Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego» (v. 13). Hay quienes piensan que los que llevaron a este hombre a los fariseos, lo hicieron con buen fin, para mostrarles que este Jesús no era lo que ellos decían, sino alguien que había presentado pruebas suficientes de su divina misión. Otros piensan
que lo hicieron con mala intención. Del texto no es posible colegir lo uno o lo otro. Quizá simplemente pensaban que era un caso tan portentoso que requería una investigación a fondo.
II. Toda obra buena que es puesta en descrédito, siempre lo es bajo pretexto de alguna irregularidad. La irregularidad era, en este caso, que «era sábado cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos» (v. 14). Las tradiciones de los judíos habían hecho que fuese considerado como violación del sábado algo que no lo era en realidad. Pero habrá quien pregunte: «¿Por qué se empeñaba Jesús, no sólo en hacer milagros en sábado, sino también de una forma con la que sabía que había de ofender a los judíos? ¿No podía haber sanado a este hombre sin haber hecho lodo?» La respuesta es que Jesús tenía la intención deliberada de mostrar que no estaba dispuesto a someterse a las falsas normas de escribas y fariseos. Cristo se sometió a la ley de Moisés, porque era la ley de Dios, pero no quiso someterse a las falsas leyes de hombres que así usurpaban el poder de Dios. Lo hacía así para mejor exponer, de palabra y de obra, cuál era la ley del cuarto mandamiento del Decálogo.
III. La meticulosa investigación que los fariseos emprendieron sobre este caso. Aparece aquí tal dosis de pasión, prejuicios y mala voluntad, y tan poca lógica, que todo el interrogatorio no es otra cosa que inútiles repeticiones de las mismas preguntas. La enemistad que abrigaban contra Cristo les despoja de toda clase de humanidad. Veamos cómo trataron de importunar a este hombre.
1. Le interrogan primero acerca de la curación misma: «Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista» (v. 15). No creían que el hombre hubiese nacido ciego; esto mostraba que no les movía una prudente precaución, sino una incredulidad llena de prejuicios. Le hacen la misma pregunta que le habían hecho los vecinos, pero esta vez con la intención clara de tener con qué acusar al Señor. El hombre contesta igual que lo había hecho anteriormente: «Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé y veo». La única diferencia es que antes había dicho: «y recibí la vista»; pero, a fin de que quedase claro que lo que había recibido no era sólo un «vistazo», dice ahora: «y veo», es decir, continúo viendo, como indica el tiempo presente del verbo griego; es una cura completa y permanente. Esta respuesta abre la puerta a toda una batalla de silogismos por parte de los fariseos:
(A) Algunos aprovecharon la oportunidad de censurar y condenar a Cristo, pues decían: «Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el sábado» (v. 16a). Hendriksen desarrolla así el silogismo:
Premisa mayor: Todos los que son de Dios guardan el sábado. Premisa menor: Este hombre (Jesús) no guarda el sábado.
Conclusión: Luego este hombre no procede de Dios.
Este silogismo es incorrecto, por la sencilla razón de que lo que los fariseos entendían por «guardar el sábado» no era, en realidad, observar la ley de Dios, sino las tradiciones de los ancianos. Por tanto, no se podía inculpar a Jesús de quebrantar el sábado. Con esto se ve cuántas injusticias pueden cometerse cuando los hombres hacen las normas de la religión más estrictas de lo que Dios las hizo. Sólo la Palabra de Dios debe ser nuestra norma auténtica de fe y conducta.
(B) Otros hablaron en favor de Cristo, arguyendo de la siguiente manera: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales señales?» (v. 16b). El silogismo de éstos viene a ser el siguiente:
Premisa mayor: Sólo quienes son de Dios pueden curar a un ciego.
Premisa menor: Este hombre (Jesús) abrió los ojos de un ciego de nacimiento. Conclusión: Luego este hombre procede de Dios.
Nótese que, aun cuando la conclusión es correcta, el silogismo no lo es. En primer lugar, el argumento es puesto en forma de pregunta. Téngase en cuenta que todos los que discuten ahora (con la mayor probabilidad, en el Sanedrín) son fariseos. En segundo lugar, la premisa mayor es falsa, puesto que hay quienes pueden hacer milagros sin proceder de Dios (comp. con Mt. 7:22 y ss.). Es un razonamiento parecido al que se implica en el versículo 2: «¿Quién pecó …?», como si sólo los malvados hubiesen de sufrir calamidades. El evangelista añade: «Y había disensión entre ellos». Por carecer de la disposición necesaria, todos ellos se debatían en la oscuridad. Dios confunde a los adversarios de la verdad y siembra la división entre ellos.
2. Le interrogan después acerca del autor de la curación: «¿Qué dices tú del que te abrió los ojos?» (v. 17). Si el hombre respondía menospreciando a Cristo, como podría estar tentado a hacerlo por complacerles o por miedo de contrariarles, habrían triunfado en toda la línea. No hay cosa que tanto endurezca a los enemigos de Cristo en sus impías opiniones, como el menosprecio que parezcan tenerle los que pasan por ser sus amigos. Pero si el hombre hablaba bien del Señor, le entablarían proceso ante el Sanedrín. Sin embargo, aquellos cuyos ojos han sido abiertos por Jesucristo, saben cómo hablar bien de Él: «Y él dijo: Que es profeta» (v. 17b). Con la poca luz que aún poseía, el hombre no pudo pensar todavía que Jesús fuese el Mesías, pero habló suficientemente bien de Él. Este pobre mendigo, ciego hasta hacía poco, tenía de las cosas pertenecientes al reino de Dios un discernimiento mucho más claro que los que eran maestros de Israel.
3. Antes de volver a la carga con el hombre los fariseos se van ahora hacia los padres del hombre, ya que a éste no le creían (v. 18), y les preguntan: «¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» (v. 19). Como si dijesen: «Esto es imposible; así que es mejor que os desdigáis». Quienes no pueden soportar el resplandor de la verdad, hacen todo lo posible por eclipsarla e impedir que se manifieste. Nótese la duda que interponen al dirigirse a los padres del hombre: «el que vosotros decís que nació ciego …», como negando implícitamente que el hombre hubiera nacido ciego, aunque sus padres lo aseguraran. «Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego» (v. 20). Sí, lo sabían bien, porque les había causado muchas lágrimas y muchas horas de molestia y fatiga la condición de su hijo. Quienes se avergüenzan de sus hijos a causa de las enfermedades físicas o mentales de éstos tienen aquí una lección que aprender, pues estos padres no tuvieron empacho en reconocer por suyo (recuérdese el v. 2) este hijo. Pero, con toda cautela, declinan el dar evidencia del modo como se había llevado a cabo la curación, puesto que ellos no habían sido testigos de ella: «pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos» (v. 21a). Ahora bien, estos padres quedaban obligados a guardar inmensa gratitud hacia el hombre que de tal manera había curado a su hijo, pero no tuvieron el coraje de dar testimonio explícito acerca de Jesús. Por eso, les remiten al mismo que había experimentado la curación: «Edad tiene, preguntadle a él; él hablará de sí mismo» (v. 21b). Aunque, para ciertas obligaciones, la edad era a los trece años, en casos como éste es preferible la opinión de Ryle, de que la edad era a los treinta años. El versículo siguiente explica la razón por la que los padres de este hombre tuvieron miedo de dar de Jesús un testimonio claro y valiente. Al que, por esto, les acuse de cobardes, hemos de hacerle la pregunta:
«¿Qué habría hecho usted ante una situación semejante y con el escaso conocimiento que, sin duda, estas personas tenían del Salvador?»
4. La pena a que se exponían quienes confesasen que Jesús era el Mesías (v. 22). A esta pena es a la que los padres del nacido ciego tuvieron miedo, pues pensaron como el común de la gente: «Cercano es mi hermano, cercano es mi hijo, pero más cercano me soy yo mismo; así que yo soy el prójimo más próximo al que debo tener en cuenta». Vemos:
(A) La reciente ley que había promulgado el Sanedrín: «Los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías (o: confesase a Él—lit.—como Mesías), fuera expulsado de la sinagoga». Nótese:
(a) El supuesto crimen que debía ser castigado con esta clase de «excomunión»: recibir y confesar a Jesús como al prometido Mesías. Los mismos fariseos esperaban al Mesías, pero los prejuicios les impedían reconocer en Jesús de Nazaret al verdadero Mesías, ya que, primero, las normas de Cristo eran contrarias a las leyes que ellos mismos se habían fijado; la adoración en espíritu y en verdad desmontaba las externas formalidades de ellos; y la humildad, la mortificación, el arrepentimiento y la negación de sí mismo eran lecciones que sonaban muy extrañas a los oídos de ellos; segundo, las promesas y la apariencia externa de Jesús eran contrarias a las expectaciones que ellos abrigaban acerca del futuro Mesías. Un Mesías que aparecía tan pobre y humilde, y que demandaba de sus seguidores negarse a sí mismo, llevar la cruz y disponerse a sufrir persecución, les causaba tal desilusión, que no podían compaginarle con sus fallidas esperanzas.
(b) La pena con que había de ser castigado dicho supuesto crimen. Si alguien se atrevía a tenerse por discípulo de Cristo debía ser expulsado de la sinagoga. No era esto una mera medida disciplinaria; era, en realidad, ser puesto fuera de la ley y de la comunidad judía. Dice Hendriksen: «El relato sugiere, a no dudarlo, que la pena de excomunión aquí citada era terrible y definitiva. Para otras referencias a la aplicación de esta norma, véanse 12:42; 16:2. Nótese que, en esta última referencia, la expulsión de la sinagoga y la pena de muerte van yuxtapuestas». No sólo de los tribunales judíos y romanos tuvieron que sufrir persecución los primeros cristianos, sino que la misma Iglesia oficial, cuando su autoridad ha estado en malas manos, ha lanzado los proyectiles de su más pesada artillería contra sus mejores miembros. No es cosa nueva ver expulsados de la sinagoga a los que han sido el mejor ornamento y la mayor bendición de ella.
(B) La influencia que esta ley tuvo sobre los padres del hombre: «Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él» (v. 23). No se comprometieron a decir nada en favor de Jesús, «porque tenían miedo a los judíos» (v. 22). Cristo había suscitado el furor de los fariseos al curar a este hombre en sábado, pero sus padres no querían suscitar el mismo furor al hacer honor a Cristo.
5. Al ver que no adelantaban nada, los fariseos vuelven a la carga e interrogan de nuevo al que había sido ciego. Comienzan hablándole de una manera solemne: «Da gloria a Dios, nosotros sabemos que ese hombre es pecador» (v. 24). Hendriksen y Ryle piensan que la primera frase viene a decir: «Da a Dios, no a este hombre, la gloria de tu curación». Esta opinión recalca el contraste entre «Dios» y «ese hombre», pero es una interpretación que se nos antoja forzada. Un lugar parecido nos da la clave para interpretar éste: Josué 7:19. De acuerdo con esto, la frase viene a decir: «Da gloria a Dios (fórmula bíblica para conjurar) y dinos la verdad». M. Henry (nota del traductor) admite ambos sentidos. Respecto del primero, hace la siguiente aplicación: «Cuando Dios usa hombres pecadores como instrumentos para hacernos el bien, debemos dar la gloria a Dios, sin olvidar la gratitud que debemos a los instrumentos». Si se toma como conjuro, vemos de qué forma tan baja tratan a Jesús («ese hombre es pecador»), y con qué insolencia se atreven a conjurar al hombre a que diga la verdad (es decir, lo que ellos aseguran ser verdad), con ese arrogante «sabemos». Como si dijesen: «Sabemos que ese hombre es pecador, y nadie podrá convencernos de lo contrario». El mismo Jesús les había retado a que le redarguyesen de pecado (8:46), y no habían podido hacerlo, pero ahora, a espaldas de Él, le denuestan como a criminal. Así ocurre muchas veces, que los falsos acusadores quieren suplir con arrogantes declaraciones lo que les falta de sinceridad y de pruebas. El Señor Jesús vino, no sólo en forma de esclavo (Fil. 2:7), sino también «en semejanza de carne de pecado» (Ro. 8:3) y, habiendo de ser hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21), despreció incluso este vituperio (v. He. 12:2 «menospreciando el oprobio»).
6. El debate que, a continuación, se suscitó entre los fariseos y este pobre hombre acerca de Cristo. Ellos decían: «Es pecador»; pero él aseguraba: «Es profeta». Para cuantos se vean en la necesidad de dar testimonio de Cristo, es un gran consuelo y un ejemplo magnífico el valor y la prudencia de este recién curado ciego de acuerdo con la promesa que había hecho Jesús: «Os será dado en aquella hora lo que habéis de hablar» (Mt. 10:19). Ahora bien, en esta discusión podemos observar tres pasos:
(A) El hombre se aferra a la evidencia del hecho que ellos intentan negar. Sin meterse a juzgar en causas ajenas, da testimonio de lo que él ha experimentado en su propia persona: «Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que siendo (lit.) ciego, ahora veo» (v. 25). Por el versículo 33, vemos que, no obstante esta reticencia calculada, el hombre reprueba tácitamente el mal apelativo que ellos le cuelgan a Jesús, y viene a decir: «Si vosotros estáis seguros de que ese hombre es pecador, yo, que por experiencia propia conozco su bondad y su poder, no le puedo atribuir tal carácter». Dice el sabio refrán: «Contra los hechos, no valen los argumentos». Así como los favores de Cristo, por nadie son mejor valorados que por quienes se han sentido necesitados de ellos, así también el afecto y la gratitud más durables hacia Cristo provienen de aquellos que han adquirido de Él un conocimiento experimental. Por eso, en las obras de la gracia, aun cuando una persona no pueda explicar a otros el cuándo y el cómo del cambio que ha experimentado, y aun cuando no tenga los suficientes estudios bíblicos para presentar defensa razonada de su fe (1 P. 3:15), al menos puede decir como el ciego recién curado: «una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo». Los fariseos siguen preguntándole, con inútiles repeticiones: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26). Insistían en sus preguntas, porque echaban en falta algo seguro que pudiesen decir a sus colegas del Sanedrín, y preferían seguir con sus impertinencias antes que verse humillantemente silenciados. Esperaban también que, a fuerza de hacerle repetir al hombre las preguntas sobre su experiencia, llegarían por fin a atraparle en alguna contradicción.
(B) El hombre les echa en cara los prejuicios que les impiden ver la verdad, y ellos le vilipendian como a discípulo de Jesús (vv. 27–29).
(a) El recién curado ciego se niega a repetir de nuevo la misma historia, al ver que se oponen sin razón alguna a la evidencia del milagro: «Ya os lo he dicho y no habéis escuchado; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Acaso queréis también vosotros haceros sus discípulos?» (v. 27). Se nota que el hombre comienza a perder la paciencia. En cuanto a la última frase, hay quien opina que el hombre la dijo con toda seriedad pero es cosa segura que dicha pregunta fue hecha con la más sarcástica ironía, como si dijese: «Parece que tenéis demasiado interés en lo que ese hombre ha hecho conmigo; ¿es que quizá también vosotros, precisamente vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Quienes cierran los ojos a la luz, como lo hacían estos fariseos primero, se hacen a sí mismos viles y despreciables; segundo, se niegan a sí mismos el beneficio de una ulterior información e instrucción. Si ya lo han oído más de una vez, y no han querido escuchar, ¿para qué se les ha de repetir lo mismo? Y tercero, demuestran que han recibido en vano la gracia de Dios, por lo que merecen que no se les conceda otra oportunidad.
(b) Al percibir la ironía con que les zahería el hombre, los fariseos se revuelven furiosos cubriéndole de insultos (v. 28). Al no poder resistir a la sabiduría ni al espíritu con que hablaba (comp. con Hch. 6:10), prorrumpen en improperios de pasión no controlada. Es método corriente entre los que no hallan razón para sus propósitos, tratar de suplir con insultos lo que les falta de verdad y buenas razones. Vemos aquí que:
Primero, le echan en cara el afecto que siente hacia Cristo: «Tú eres discípulo de ése». Así «le insultaron» o, como dice la Vulgata Latina, «le maldijeron», pues ambas cosas significa el verbo griego.
¿Y cuál fue la maldición que le echaron? «Tú eres discípulo de ése.» Nótese el pronombre con el que silencian despectivamente el nombre de Jesús, como si fuese para ellos un veneno. Piensan que, con ello, infieren al hombre el mayor insulto posible. Dice Agustín de Hipona: «¡Caiga esa maldición para siempre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» Adviértase que estos fariseos no tenían ningún motivo para llamar a este hombre «discípulo de Jesús», cuando se había limitado a hablar bien de quien le había hecho tan gran favor, pero ni esto podían soportar ellos oír.
Segundo, se glorían arrogantemente de ser ellos «discípulos de Moisés». Antes se habían gloriado de su buen linaje: «Nuestro padre es Abraham» (8:39). Ahora se glorían de su buena educación: «Somos discípulos de Moisés», como si esto pudiera salvarlos. Había perfecta armonía entre Cristo y Moisés (v. 5:45–47); si hubiesen sido buenos discípulos de Moisés, lo habrían sido también de Cristo; pero, al oponerse a Cristo, demostraban que no eran de verdad discípulos de Moisés. Si nos percatamos bien de la armonía entre Moisés y Jesús, hallaremos que la gracia de Dios y el deber del hombre se salen al encuentro mutuamente y se dan el beso de la justicia y de la paz (Sal. 85:10).
Tercero, ésta es la razón por la que ellos se adhieren a Moisés y rechazan a Cristo: «Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde es» (v. 29). Nótese de nuevo la forma despectiva con que hablan de Jesús, y téngase en cuenta que, en realidad, no niegan el conocer el lugar nativo de Jesús (comp. con 6:42; 7:27), sino más bien la fuente de la cual derivaba Cristo su autoridad, mientras que de Moisés aseguran saber que Dios le había hablado. Pero, ¿acaso no había predicho el propio Moisés la futura venida de otro profeta (Dt. 18:18), que les hablaría todo lo que Dios le mandase? (v. 3:34; 4:25; 8:28; 12:49–50). Con todo, cuando Jesús, el profeta anunciado por Moisés, apareció en público, no sólo olvidaron, sino que renunciaron voluntariamente, a las bendiciones prometidas. En este argumento, nótese: (i) cuán impertinentemente afirmaban lo que nadie había negado:
«que Dios había hablado a Moisés». Lo sabían todos y, gracias sean dadas a Dios, también nosotros lo sabemos. Es verdad que Moisés era profeta, ¿y acaso era eso un obstáculo para que Cristo lo fuese también? (ii) cuán absurdamente oponen su desconocimiento de Cristo como razón para justificar el desprecio que sentían hacia Él: «pero respecto a ése, no sabemos de dónde es». Hay quienes desconocen las enseñanzas de Cristo porque están resueltos a no creerlas, y luego pretenden demostrar que no pueden creerlas porque no las conocen.
7. El hombre razona todavía con ellos con gran sabiduría, y ellos le insultan más vilmente también y le expulsan finalmente de la comunión con la nación judía (vv. 30–34).
(A) El pobre hombre, al ver que la razón estaba de su parte, cobra mayor coraje y expresa asombro ante la incredulidad de ellos: «pues en eso está lo asombroso, en que vosotros no sepáis de dónde es, y a mí me abrió los ojos» (v. 30). De dos cosas se asombra este hombre: (a) De que a ellos les resulte tan extraño un hombre tan famoso. El que tenía poder para abrir los ojos de un ciego de nacimiento, por fuerza debía de ser una persona notable y digna de ser tenida en cuenta. El que ellos hablasen como si diesen a entender que no era digno de ellos llegar al conocimiento de tal persona, era cosa sobremanera extraña. Hay muchos que pasan por letrados y expertos, pero no sienten interés, ni siquiera curiosidad, en conocer las «cosas a las que anhelan mirar los ángeles» (1 P. 1:12). (b) De que ellos pusieran en duda la misión divina de alguien que, sin lugar a dudas, había llevado a cabo un portentoso milagro. «Cosa extraña es—viene a decirles—que el milagro obrado en mí no acabe de convenceros, y que de una manera tan obstinada cerréis los ojos a la luz.» Si los ojos de los fariseos hubieran estado abiertos, no habrían dudado de que Jesús era profeta. Y el hombre sigue arguyendo de forma contundente, y demuestran que Cristo, no sólo no era pecador (v. 31), sino también que venía de parte de Dios (v. 33). En efecto:
Primero, vemos que arguye: (i) con gran conocimiento. Aunque no había tenido nunca la oportunidad de leer una sola letra del Libro Sagrado, se ve que estaba bien familiarizado con las Escrituras; al que le faltaba el sentido de la vista, no le faltaba el sentido del oído, por el que entra la fe (v. Ro. 10:17). (ii) Con gran celo por el honor de Cristo. (iii) Con gran denuedo y valentía. Quienes tienen en mucho los favores de Dios, no temen suscitar los furores de los hombres.
Segundo, su argumentación puede ponerse en forma silogística como lo había hecho el salmista (v. Sal. 66:18–20). El silogismo implícito de este hombre era el siguiente:
Premisa mayor: Sólo el que es temeroso de Dios, y hace su voluntad, es escuchado por Dios para obrar milagros.
Premisa menor: Este hombre, Jesús, ha sido escuchado por Dios a fin de que obrase en mí este gran milagro.
Conclusión: Luego este hombre es de Dios, no puede ser un pecador.
Como dice Hendriksen: «¡Esto sí que es asombroso de veras: Un mendigo derrotando a los fariseos con las propias armas de ellos!» El hombre considera este milagro como respuesta a una oración (comp. con 11:42). Al leer lo de que «Dios no oye a los pecadores» Agustín de Hipona atribuyó ignorancia a este hombre, como si no hubiese recibido aún la iluminación necesaria para entender que Dios sí oye a los pecadores, como escuchó la oración del publicano (Lc. 18:13–14). Pero no fue el hombre este quien careció de iluminación necesaria, sino el propio Agustín, por no entender debidamente el sentido de la frase. Lo que Dios no oye es la invocación que un impostor o un hipócrita le haga para que refrende con un milagro las enseñanzas o las supuestas credenciales que tal impostor presente. En este sentido, la lógica del mendigo es perfecta: Sólo quien está dispuesto a hacer la voluntad de Dios puede ser escuchado por Dios. Así que aquí no se desanima a los pecadores sinceramente arrepentidos, sino a los que están endurecidos en sus pecados. «Pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye» (v. 31). He aquí un sencillo retrato de un hombre justo: «teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre» (Ec. 12:13); es decir, todo su deber y toda su verdad.
Tercero para dar más fuerza a su argumento, el hombre engrandece el poder milagroso de Jesús:
«Desde el principio no se ha oído decir que alguien abriese los ojos a uno que nació ciego» (v. 32). Era un gran milagro, muy superior al poder de la naturaleza; nunca se había oído que un hombre curase por medios naturales a un ciego de nacimiento; era algo sin precedente. Moisés había obrado numerosas plagas, pero Jesús obró numerosas curaciones.
Cuarto, concluye, pues, el hombre con toda lógica: «Si éste no viniera de parte de Dios, nada podría hacer» (v. 33). Lo que Cristo llevó a cabo en la tierra, demostraba suficientemente lo que Él era en el Cielo (comp. con 3:13). Por aquí podemos conocer también nosotros si somos de Dios o no; ¿qué estamos haciendo? ¿Obras en que Dios se complace o cosas que suscitan su ira? ¡Imitemos al Apóstol! (v. Fil. 3:8–14).
(B) Los fariseos no quieren escuchar más e interrumpen al hombre llenándole de insultos (v. 34). Al no saber cómo responder a la perfecta lógica del mendigo, se ensañan contra su persona: «Tú naciste todo entero en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros?» (v. 34). Así vemos:
(a) Cómo despreciaron su persona al venir a decir: «Tú no sólo naciste en pecado como los demás hombres, sino que toda tu persona nació corrompida, pues llevas en tu cuerpo, lo mismo que en tu alma, las marcas de corrupción, como alguien a quien la naturaleza misma ha cubierto de estigmas». Estas frases de vituperio eran tanto más injustas cuanto que ahora la sanación llevada a cabo en él por el Señor Jesús, no sólo había borrado el estigma de la ceguera física, sino que había señalado a este hombre como favorito del Cielo.
(b) Cómo desdeñaron ser enseñados por él: «¿Y nos enseñas a nosotros?» Hay aquí un tremendo énfasis en el contraste entre ese «tú» y el «nosotros», como si dijesen: «¿Qué? ¿Pretenderás tú, estúpido, ignorante, iletrado, enseñarnos a nosotros, que nos sentamos en la cátedra de Moisés?» Los orgullosos desdeñan ser enseñados, sobre todo por parte de sus inferiores, con lo que se privan a sí mismos de grandes conocimientos; nunca deberíamos tenernos por demasiado viejos, demasiado buenos o demasiado sabios, para aprender; los que poseen mucha riqueza material todavía quieren adquirir siempre más; ¿y por qué no han de abrigar los mismos deseos quienes poseen grandes conocimientos?
(c) Finalmente, «le expulsaron». Hay quienes entienden, por esta frase, que le despidieron simplemente de la reunión del Sanedrín; pero es mucho más probable que le despidieran, no sólo de la reunión que estaban celebrando, sino también de la comunión religiosa de la nación de Israel (v. 13).
Versículos 35–38
I. Vemos ahora el tierno cuidado e interés que nuestro Señor Jesús tuvo de este hombre, al recibir amorosamente al que acababa de ser excomulgado por el supremo tribunal religioso de la nación judía:
«Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole …», lo que da a entender que el Señor le buscaba para darse a conocer a él y prestarle ánimo, primero, porque había hablado tan bien, con tanta valentía, en defensa de Jesús. Cristo cumplía así su promesa de dar la cara por los que le confiesan delante de los hombres y reconocer como suyos a quienes le reconocen a Él, a Sus doctrinas y a Sus normas. Esto ha de redundar a nuestro favor, no sólo para la recompensa futura, sino también para nuestro consuelo presente; segundo, porque los fariseos le habían excomulgado. Aquí había un pobre hombre que sufría por Cristo la mayor pena moral que un judío podía sufrir, ser cortado oficialmente del pueblo escogido, y el Señor quería que, así como su aflicción abundaba, su consolación sobreabundase. ¡Dichosos los que tienen un amigo de quien los hombres no tienen poder para apartarles! Jesús está siempre dispuesto a recibir tiernamente a quienes por causa de Él son injustamente rechazados y excomulgados por los hombres.
II. Las confortadoras palabras que Cristo le dirigió. Jesús le imparte ahora mayor instrucción, «porque a cualquiera que tiene, se le dará y tendrá en abundancia» (Mt. 13:12). Notemos que:
1. Jesús le examina en cuanto a su fe: «¿Crees tú en el Hijo de Dios?» (v. 35b). Es probable, como dice Hendriksen, que el Señor recalcase el pronombre «tú», como implicando: «¿Crees tú, como un verdadero discípulo, en contraste con esos judíos que se niegan a creer?» Vemos que el Mesías es llamado aquí, por Él mismo, el Hijo de Dios (v., sin embargo, lo que luego diremos).
2. El pobre mendigo pregunta solícito acerca del Mesías en quien debe creer, y muestra estar dispuesto a hacerlo tan pronto como le halle: «Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en Él?» (v. 36). La palabra «Señor» aquí es solamente una señal de respeto a un desconocido, en contraste con el «Señor» del versículo 38. Algunos opinan que este hombre sabía que el Jesús que le había curado era el Hijo de Dios, pero que no sabía que este hombre que le hablaba era Jesús. Contra esta opinión va la evidencia del versículo 11, donde el mendigo habla de Jesús meramente como hombre. Otros opinan que sabía que éste que le hablaba era Jesús, de quien él creía ya que era un hombre y un gran profeta, pero no sabía que Jesús era el Hijo de Dios (no está de más advertir que la lectura «Hijo del Hombre» está mejor atestiguada en los MSS que la de «Hijo de Dios». Nota del traductor). Esta opinión es la única correcta, a la vista del texto y del contexto.
3. El Señor Jesús revela entonces su identidad a este hombre: «Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que está hablando contigo Él es» (v. 37). No hallamos en los evangelios que Cristo se expresase de un modo tan explícito, y con tantas palabras, para declarar su identidad a ninguna otra persona, excepto a la samaritana (4:26). A otras personas, las dejó a que razonaran por sí mismas si Él era o no el Hijo del Hombre, el Mesías. Cristo se declara aquí a este hombre por dos detalles:
(A) «Tú le has visto», es decir, «le estás viendo», puesto que hasta ahora el mendigo no había podido ver a Jesús, pero podía reconocerle por el timbre de la voz. Curado de su ceguera, este pobre hombre tenía el supremo consuelo, la gran bendición, de ver con sus propios ojos, a su Médico y Salvador. El mayor servicio que pueda prestarnos la vista del cuerpo es ayudarnos a incrementar nuestra fe e interesarnos por el bien de las almas, la nuestra y las de nuestros semejantes. Llegará un día en que, con estos mismos ojos, veremos a nuestro amable Redentor (comp. con Job 19:26–27). Mientras tanto, contemplémosle con los ojos de la fe, veámosle en su gloria y en su hermosura, y demos constante alabanza y perenne gratitud al que nos abrió los ojos del alma.
(B) «El que está hablando contigo, Él es». Los reyes de este mundo tienen por gran honor ser vistos de muchos con quienes no condescienden a hablar. Pero Cristo tiene a bien conversar tiernamente con quienes se acercan sinceramente a Él, y se manifiesta a ellos como lo hizo a los dos discípulos que iban a Emaús, y puso ardor en el corazón de ellos mientras les hablaba en el camino (Lc. 24:32). Este hombre preguntaba por el Mesías cuando le estaba viendo y oyendo. El Señor Jesús está con frecuencia más cerca de quienes le buscan que lo que ellos mismos se pueden imaginar.
4. El pobre hombre reacciona espontáneamente ante esta sorprendente revelación, y dice: «Creo, Señor. Y le adoró». Profesó su fe en el Salvador, y se prosternó para adorarle. Aquí, la palabra «Señor» tiene un significado muy superior al del versículo 36. Allí era una mera muestra de respeto; aquí, era la profesión de fe en la mesianidad de Jesús. ¿Cómo podía dudar ahora de lo que Jesús le decía, cuando ya antes había dado tan buen testimonio de Cristo y ahora este mismo Jesús que le había curado milagrosamente, se le revelaba tan abierta y generosamente? Al haber creído en el corazón, le confesaba también con la boca (v. Ro. 10:9–10). La caña rajada (v. Is. 42:3) se había convertido en un cedro del Líbano y prestaba al Salvador del mundo su homenaje de pleitesía (Sal. 2:12). Al adorar a Jesús, reconocía implícitamente que Jesús era el Hijo de Dios. Y Cristo mismo confirmaba esta creencia, al dejar que el hombre le adorara (comp. con Dt. 6:13; Mt. 4:10; Lc. 4:8; Ap. 10:10; 22:9). Todo el que de veras cree en Jesús, no dudará en tributarle adoración. En cuanto al ciego ya curado, ya no sabemos más de él por el texto sagrado.
Versículos 39–41
I. Jesús pronuncia ahora unas frases tremendas contra la incredulidad de los fariseos: «Para juicio he venido yo a este mundo» (v. 39). El objetivo directo de la venida de Cristo a este mundo fue la salvación, no el juicio (3:16–17), pero la reacción de los hombres ante esta venida decidió la alternativa (1:11–13; 3:18–21). Dice Hendriksen: «Cuando Jesús ve a este hombre (al ciego recién curado) ante sus pies en actitud de adoración genuina, y compara la humildad y creyente condición del corazón y de la mente de él con la hostilidad y la obstinación de los fariseos, ve que su venida a este mundo tiene dos efectos diametralmente opuestos. Unos le reciben con gozo y son recompensados. Otros le rechazan y son castigados». Veamos:
1. Cuán grande era la tarea que Cristo vino a llevar a cabo en la tierra: «Para juicio he venido yo a este mundo». A predicar unas enseñanzas y unas normas que pondrán a prueba a los hombres hasta efectuar entre ellos una clara y amplia separación; a revelar los pensamientos de los corazones (Lc. 2:35), y descubrir así el genuino carácter de cada persona.
2. La forma en que explica esta doctrina. Lo hace por medio de una metáfora tomada del mismo milagro que había llevado a cabo recientemente: «Para que los que no ven, vean, y los que ven se vuelvan ciegos» (v. 39b). Esto tiene aplicación:
(A) A naciones y pueblos. Los gentiles vieron una gran luz (v. Is. 9:2; Mt. 4:16; Lc. 1:79; 2:32), mientras que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte (Ro. 11:25), y sus ojos están velados (2 Co. 3:15).
(B) A las personas en particular. Cristo vino al mundo con la intención de dar vista a los que estaban espiritualmente ciegos; para descubrir las realidades mediante Su Palabra, y para curar el órgano de la visión mediante Su Espíritu, a fin de que muchas almas de precio infinito pudiesen salir de las tinieblas a la luz admirable (1 P. 2:9). Pero, en el curso de este proceso, muchos que creían ver porque tenían un elevado concepto de su propia sabiduría, mientras resistían obstinadamente a la revelación divina, quedarían sellados en su ignorancia. La predicación de la Cruz resultaría locura para aquellos que no conocieron a Dios mediante la sabiduría (1 Co. 1:21).
III. Los fariseos se sintieron aludidos por estas palabras de Jesús, y le dijeron: «¿Acaso nosotros somos también ciegos?» (v. 40). Al decir Cristo que los que veían serían cegados con su venida, ellos entendieron que se dirigía a ellos, puesto que se tenían por videntes de Israel, y se jactaban de su intuición y de su previsión, y vienen a decirle: «¿Acaso también nosotros estamos catalogados entre esos malditos que no conocen la ley?» (7:49). ¿No eran ellos los «discípulos de Moisés», que se sentaban en su cátedra? Es cosa frecuente que los que necesitan mayor reproche y más se lo merecen, aunque tengan suficiente discernimiento para percatarse de las indirectas y de la voz de la conciencia, no tienen la humildad suficiente para aceptar los reproches justos y cambiar de mentalidad.
III. Respuesta de Jesús a las palabras de los fariseos, con la que, si no les convenció, al menos los silenció: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora decís: Vemos; por eso, vuestro pecado permanece» (v. 41). Se jactaban ellos de no ser ciegos, sino de ver con sus propios ojos, pues pensaban que tenían capacidad suficiente para guiarse por sí mismos. Pero Cristo les dice aquí que precisamente esto mismo en lo que se gloriaban, era la causa de su confusión y ruina.
1. «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado.» Es decir, «si carecierais de luz, pero fueseis conscientes de vuestra condición lamentable y suspiraseis por luz y salvación, no habría razón para lanzaros ningún reproche; habríais acudido a mí como a vuestro guía, y tendríais la luz necesaria». En el último día, será más tolerable la sentencia para los que perecieron por falta de visión que para los que se rebelaron contra la luz. Quienes se percatan de su enfermedad están en disposición de poner los medios para curarse, pues no hay mayor impedimento para la salvación de las almas que la autosuficiencia.
«Mas ahora decís: Vemos; por eso, vuestro pecado permanece». En otras palabras: «Puesto que os tenéis por sabios y entendidos, porque sois discípulos de Moisés y maestros de la ley, y no queréis ver vuestra condición de pecado y rebeldía contra la luz verdadera, os estáis endureciendo en el pecado y no venís a mí para obtener la salvación». Así como no hay peor ceguera que la del que no quiere ver, así tampoco hay ilusión más peligrosa que la del que se imagina que ve. Cabe abrigar mayor esperanza de un cobrador de impuestos y de una prostituta, conscientes de su pecado, que de un fariseo que se tiene por justo y entendido en la ley.
En este capítulo, Jesús habla por medio de alegorías de su relación con los Suyos, que son Sus ovejas; Él es la puerta del redil y el buen pastor del rebaño; Él da la vida por Sus ovejas y les asegura salvación, libertad y alimento. Aparecen también aquí los comentarios que de Jesús hacía la gente, y otro intento de los judíos de prenderle.
Versículos 1–18
Los fariseos, en su oposición a Cristo, se escudaban en el pretexto de ser ellos los pastores de Israel y perseguían a Jesús como a intruso e impostor, y hacían todo lo posible para que el pueblo le odiara a Él y les siguiera a ellos. En este capítulo Cristo los describe a ellos como a falsos pastores, y afirma que Él es el buen pastor. En el decurso de su mensaje, describe el carácter del buen pastor y del mercenario, con lo que los oyentes mismos pueden sacar por sí mismos las conclusiones correctas.
I. Jesús comienza con el símil de la puerta y, para destacar una vez más la importancia de lo que va a exponer, emplea la solemne repetición, corriente en Juan: «De cierto, de cierto os digo …».
1. En el símil parabólico se contrastan las características del ladrón, salteador, extraño, y las del pastor propio y dueño de las ovejas:
(A) El ladrón y salteador, que viene a causar daño a las ovejas y perjuicio al dueño, «no entra por la puerta» (v. 1), ya que ni posee la llave ni tiene derecho legal alguno para llegarse por la verdadera entrada, la puerta; por el contrario, «sube por otra parte». Jesús no menciona siquiera una ventana o una chimenea, sino que da a entender que los ladrones son tan astutos para hacer el mal, que pueden arreglárselas para forzar la entrada por donde menos podría temerse. Esto debería avergonzarnos a los creyentes de nuestra indolencia y cobardía en el servicio del Señor.
(B) En cambio, el que es verdadero pastor y dueño del rebaño «entra por la puerta en el redil de las ovejas» (v. 2), y llega allá para hacerles bien. Las ovejas han menester del cuidado de su amo y, a su vez, prestan su servicio al amo, y dan abrigo y alimento al mismo que les da cobijo y pastos.
(C) El pastor encuentra franca la entrada: «A éste le abre el portero» (v. 3).
(D) El cuidado que el pastor tiene de sus ovejas: «Las ovejas oyen su voz, y lo que es más, él llama a sus propias ovejas por su nombre» tal es el conocimiento que tiene de cada una de ellas en particular, como ponen motes los pastores a sus ovejas, «y las saca» del redil para conducirlas a los pastos (vv. 3 y 4, comp. con v. 9). Y no les empuja para que vayan delante de él (como suele hacerse en la Europa occidental), sino que, «cuando ha sacado fuera todas las propias, de entre las demás que se hallaban en el mismo corral, va delante de ellas mostrándoles el camino; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz, y están acostumbradas a seguirle, pues se sienten a salvo con él» (v. 4).
(E) La familiaridad de las ovejas con su pastor, cuya voz reconocen con facilidad, mientras que «al extraño no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (v. 5).
2. Los creyentes son comparados a las ovejas. Los hombres como criaturas de Dios, dependen del Creador, y de Él reciben su pasto, «sustento y alegría» (Hch. 14:17). El pueblo de Israel es llamado con frecuencia «ovejas» de Dios (v. Sal. 78:52; 79:13; 95:7; 100:3). Y la Iglesia de Dios es como un rebaño dentro del mundo; y todos los hijos de Dios, dispersos por el mundo, han de ser congregados en ese rebaño (v. 11:52). Este rebaño está continuamente expuesto a la malignidad de ladrones y salteadores, que son como lobos (Mt. 10:16; Lc. 10:3), los cuales se introducen, a veces, en el rebaño vestidos de ovejas (v. Mt. 7:15; Hch. 20:29). Pero el Gran Pastor de estas ovejas (1 P. 2:25; 5:4) pone todo su cuidado en Su rebaño (comp. con Sal. 23:1 y ss.). Los pastores subordinados, a quien el Príncipe de los pastores ha encomendado la custodia y alimento del rebaño de Dios, deben ser diligentes y fieles en el desempeño de su cometido ministrándole en las cosas espirituales y alimentándole con la Palabra de Dios. Deben conocer a los miembros de la grey por su nombre, velar sobre ellos, ser para el rebaño como boca de Dios en la exposición de las Escrituras, y ser para Dios como boca del rebaño en la exposición de los problemas y de las necesidades de la grey. Quienes son verdaderas ovejas de Cristo habrán de ser aptos para reconocer la voz de los pastores que son fieles, y muy cautos para no escuchar la voz de los extraños. Así seguirán a su pastor, al conocer su voz, lo cual requiere un oído atento y un corazón obediente (v. He. 13:17).
II. Los ojos de los judíos estaban velados, de modo que no entendían el sentido de la alegoría: «Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no comprendieron de qué les estaba hablando» (v. 6). Los fariseos tenían un alto concepto de sus propios conocimientos; sin embargo, no tenían la suficiente comprensión para entender las cosas que Jesús les hablaba, parecía que estas cosas estaban muy por encima de la capacidad de ellos. Con frecuencia, los que más pretenden saber son los más ignorantes en las cosas de Dios.
III. La explicación que Jesús dio de la alegoría. En la porción que antecede, Jesús había distinguido el verdadero pastor del extraño en que aquél entra por la puerta, mientras que el extraño sube por otra parte (vv. 1–2). Pero ahora, dice de Sí mismo que es la puerta del redil, al mismo tiempo que pastor del rebaño.
1. Cristo es la puerta. Esto lo dijo a los judíos, que se tenían por ovejas de Dios, sus únicas ovejas, y a los fariseos, quienes se tenían a sí mismos por los únicos pastores de Israel: «Yo soy la puerta de las ovejas» (v. 7).
(A) En general, es una puerta cerrada contra los ladrones y salteadores, contra todos los que no son aptos para estar entre las ovejas de Su rebaño; pero es también una puerta abierta de pasadizo y comunicación. A través de Cristo, y sólo por medio de Él, tenemos admisión al rebaño de Dios (comp. con 14:6). Y también por medio de Él, Dios viene a su Iglesia, la visita y se comunica con ella.
(B) En particular:
(a) Cristo es la puerta de los pastores, de forma que los que no vienen encargados por Él, no deben ser contados como pastores, sino como ladrones y salteadores, aun cuando pretendan ser pastores; a éstos no les deben oír las ovejas. Y añade Jesús: «Todos cuantos vinieron antes de mí, son ladrones y salteadores; pero no los oyeron las ovejas» (v. 8). Conecta así con el versículo 1. Pero, ¿Qué significa ese «antes de mí»? Ciertamente, no se refiere a los profetas que vinieron antes de Él, en el Antiguo Testamento, ni a Juan el Bautista, ya que no se puede decir de todos ellos que fuesen ladrones y salteadores. Al admitir que la preposición significa aquí una prioridad de tiempo, no una superioridad de oficio, clase o carácter, no hay duda de que Jesús se refiere aquí a los líderes religiosos de su tiempo, especialmente a los fariseos, como nota Hendriksen, y como se ve por 9:40; 10:19, pues éstos eran los que intimidaban al pueblo (9:22) y le ataban cargas pesadas y difíciles de llevar (Mt. 23:4; Lc. 11:46), al mismo tiempo que devoraban las casas de las viudas (Mt. 23:14; Mr. 12:40; Lc. 20:47). Ellos eran los que campaban por sus respetos como maestros de Israel cuando Jesús comenzó su ministerio público (v. 3:1). Éstos se tenían por superiores a Cristo (v. 9:28–29) y le señalaban delante del pueblo como si Él fuera el intruso y salteador porque no había pasado por las manos de ellos para hacerse cargo de las ovejas de Israel, al ser así que ellos deberían haberle admitido por las pruebas que presentaba de parte de Dios.
«Pero no los oyeron las ovejas», esto es, las verdaderas ovejas, que eran los discípulos de Cristo. Los que habían reconocido en Jesús al Enviado de Dios no podían aprobar las tradiciones de los hombres ni adherirse a las formalidades externas de los ancianos.
(b) Cristo es la puerta de las ovejas: «Yo soy la puerta; el que entre por medio de mí, será salvo, entrará y saldrá, y hallará pastos» (v. 9). Aquí vemos: Primero, las instrucciones sencillas para entrar al redil: hemos de entrar por la puerta que es Jesús. Todavía a principios del presente siglo, un misionero halló a un pastor en Palestina, cuyo redil estaba abierto, y al preguntarle el misionero por qué no tenía puerta, respondió él: «Yo soy la puerta; por el día, me coloco en la entrada y voy contando una por una mis ovejas, haciéndolas pasar por debajo de mi cayado; por la noche, me tiendo sobre la entrada, de modo que cualquier ladrón o bestia que se llegue a mi rebaño tendrá que encontrarse conmigo». Por fe en Jesús, que puso Su vida por nosotros, entramos en Su rebaño y somos guardados con toda seguridad en comunión con Dios. Segundo, las magníficas promesas para todos los que observen estas instrucciones:
(i) «será salvo», es decir, tendrá vida y la tendrá en abundancia (v. 10, comp. con v. 28 y 3:15–17); (ii)
«entrará y saldrá», expresión hebrea para indicar completa libertad (comp con 8:32, 36); al que sale, no se le cierra la puerta como a un extraño, sino que es libre para regresar a casa; y al que entra, no se le tiene por intruso, pues viene a su propia casa; pueden ir al campo, al quehacer diario, por la mañana, y volver al redil, a descansar, por la tarde; y en ambos lugares (iii) «hallará pastos»; hierba, en el campo; forraje, en el redil.
2. Cristo es el pastor (vv. 11 y ss.). Dios ha determinado que Jesucristo sea nuestro pastor; y aquí expresa una y otra vez el reconocimiento de esa relación que tiene para con nosotros, sus ovejas, y espera de nosotros la atención, la obediencia y el afecto que las ovejas guardan a sus verdaderos pastores.
(A) Cristo es un buen pastor, no un ladrón: «El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir» (v. 10). Los que vienen a robar, a privar a los hombres de Cristo y de sus pastos, vienen a matar y destruir espiritualmente. Los impostores religiosos son asesinos de almas. En cambio, nótese el objetivo del buen pastor: Él viene:
(a) A dar vida a las ovejas. Dice Jesús: «Yo he venido para que tengan vida». Vino a poner vida en el rebaño, que parecía un valle de huesos secos (comp. Ez. 37), más bien que personas vivas rodeadas de pastos alimenticios. La palabra «vida» incluye toda clase de bienes espirituales.
(b) A dar vida abundante. Añade Jesús: «y para que la tengan en abundancia», en mayor abundancia de lo que podrían pedir o esperar (v. Ef. 3:20). Lo que Cristo da es siempre algo más y algo mejor, pues es vida y vida eterna.
(c) No sólo a dar vida a las ovejas sino a dar la vida por las ovejas: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas» (v. 11). El adjetivo griego no significa directamente el carácter moral del pastor, sino su cualidad excelente (lo mismo que en 2:10 acerca del vino). Un pastor de cualidades excelentes es el que no sólo cuida y guarda bien sus ovejas, sino que, en defensa de ellas, está dispuesto a dar la vida. Fue prerrogativa de nuestro Pastor Divino dar Su vida para comprar el rebaño (v. 1 P. 1:18– 19).
(B) Cristo es un buen pastor, como dueño amante de Su rebaño, no como un asalariado. Había muchos pastores en Israel que, sin ser precisamente lobos, eran mercenarios, pues descuidaban el desempeño de su cargo y el rebaño sufría grandes perjuicios a causa de la negligencia de estos pastores. Cristo se llama aquí buen pastor (y en v. 14), porque no hay ninguno tan fiel, tan tierno, tan experto, como Él. Con ello, se contrasta a Sí mismo con los pastores que eran mercenarios o asalariados (vv. 12– 14). Veamos:
(a) Cómo se describe el carácter y conducta del pastor infiel: «Ve venir al lobo, y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa … Huye porque es asalariado, y no le importan las ovejas» (vv. 12–13). Los malos pastores, así como los malos magistrados y ministros, quedan aquí descritos tanto por sus malos principios como por su mala conducta. Sus malos principios son la raíz de su mal obrar. ¿Cuál es la causa por la que los pastores mercenarios que tienen a su cargo las almas de los creyentes, hacen traición en tiempos de prueba al encargo que les fue hecho, y no se interesan por el bienestar de las ovejas en tiempos de tranquilidad? El que «son asalariados y no les importan las ovejas». Las riquezas de este mundo son todo su objetivo: el salario. Han asumido el cargo de pastor como un negocio con que medrar y enriquecerse. Son asalariados todos los que aman el beneficio más que el oficio. No les importan las ovejas porque no aprecian el valor que éstas tienen a los ojos de Dios, pues por rescatarlas de la muerte eterna envió a Su Hijo Unigénito a morir en la Cruz del Calvario; «buscan lo suyo» (v. 1 Co. 10:24; 13:5; 2 Co. 12:14; Fil. 2:21; 4:17). ¿Qué puede esperarse de ellos, sino que huyan cuando viene el lobo, ya que no les importan las ovejas? Efecto lógico de su mala estimación es su indigno y cobarde comportamiento. Todos cuantos buscan su propia seguridad más que su deber son fácil presa de las tentaciones de Satanás. ¡Y cuán fatales son las consecuencias! «El lobo arrebata las ovejas y las dispersa».
(b) Por contraste, véase la gracia, el cuidado y la ternura del buen pastor (vv. 14–18). Aquí tenemos dos grandes ejemplos de la excelencia del buen pastor:
Primero, el conocimiento que tiene de su rebaño: (i) Conoce bien a los que ya son ovejas suyas (vv. 14–15), como buen pastor de ellas (vv. 3–4): «Conozco mis ovejas, y las mías me conocen» (v. 14). Las conoce, las discierne, las ama, las cuida, las recibe, no le engañan los cabritos, aun cuando se vistan de ovejas. Y las ovejas le reconocen a Él con los ojos de la fe; pero su mayor felicidad está en ser conocidas de Él (v. 1 Co. 8:3), más que en conocerle a Él ellas. La base y modelo de este conocimiento mutuo es el conocimiento mutuo que del Padre tiene el Hijo, y del Hijo el Padre (v. 15, comp. con 17:21). Jesús conoce a los que son suyos, pues Él los ha escogido y está seguro de ellos (v. 13:18), y ellos saben en quién han confiado (v. 2 Ti. 1:12). Como Cristo amaba y obedecía al Padre, así los creyentes han de amar y obedecer a Jesús. (iii) También conoce Jesús a los que serán después ovejas suyas: «También tengo otras ovejas que no son de este redil (de Israel); aquéllas también debo traer; y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (v. 16). En alguna ocasión Cristo había expresado su especial preocupación por las ovejas de Israel; pero aquí dice: «Tengo otras ovejas» (comp. con 11:52; 17:20). Cristo afirma así sus derechos sobre algunas almas de las que todavía no ha tomado posesión. Pero, ¿por qué tiene que traerlas? Sencillamente, porque si Él no las trae, ellas no vendrán (comp. con 6:44); y ha de traerlas porque a eso le envió el Padre (v. 6:37 y ss.). Ya hemos hecho notar en otro lugar que, entre todos los animales, la oveja es la más incapaz de encontrar el camino de vuelta al rebaño, si el pastor no viene a rescatarla, se pierde sin remedio (v. Lc. 15:4). El efecto saludable de esta búsqueda será que también estas ovejas oirán su voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. Nótese que no dice: «y habrá un solo redil», un solo compartimento visible, según dice la Vulgata Latina y traduce desafortunadamente la Versión Autorizada inglesa, sino «y habrá un solo rebaño», porque, en cualquier compartimento o «denominación» en que haya verdaderas ovejas de Cristo, allí hay una parte de su «rebaño».
Segundo, el sacrificio que hace por su rebaño (vv. 15, 17, 18), donde vemos que: (i) declara su propósito de morir por el rebaño: « Y pongo mi vida por mis ovejas» (v. 15). Puso su vida, no sólo por el bien de sus ovejas, sino en lugar de sus ovejas (v. 2 Co. 5:21). Miles y miles de ovejas habían sido ofrecidas por los pastores en sacrificio a Dios, pero aquí, en contraste sorprendente, es el pastor el que se ofrece en sacrificio a Dios por las ovejas. Aunque al herir al pastor, se dispersarán las ovejas (v. Mr. 14:27), tras matar al pastor, se reunirán las ovejas (v. 16; 11:52); (ii) quita la ofensa de la Cruz mediante cuatro consideraciones. Primera: porque el poner la vida por sus ovejas le merece el amor del Padre y el honor que el Padre le ha de conferir: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida» (v. 17, comp. con Fil. 2:9–11). Cuando Cristo tuvo en tanto el amor del Padre, que lo juzgó suficiente recompensa por la muerte que había de sufrir a favor de nosotros, ¿nos parecerá a nosotros poca cosa dicho amor, de forma que prefiramos las sonrisas y los placeres que el mundo nos pueda ofrecer? Segunda: Que daba la vida para recuperarla de nuevo: «Yo pongo mi vida para volverla a tomar» (v. 17b). El Padre le amaba demasiado como para permitir que su cuerpo permaneciera en el sepulcro (v. Hch. 2:24). Entregó la vida como si hubiese sido herido malamente por la muerte pero, en realidad, murió para conquistar la muerte y despojar al sepulcro de su victoria (comp. con 1 Co. 15:55). Tercera: Que sus sufrimientos y su muerte eran perfectamente voluntarios: «Nadie me la quita (la vida), sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo potestad (o autoridad) para ponerla y tengo potestad para volver a tomarla» (v. 18). Véase aquí la potestad de Cristo como Señor de la muerte. Tenía potestad para conservar su vida frente a todos los poderes de este mundo. Aunque parecía que Cristo era sorprendido por la muerte como por una tormenta inesperada, lo cierto es que fue Él quien se rindió con toda libertad a la muerte (v. el comentario a 19:30), pues, de lo contrario, habría sido inexpugnable como el mejor guarnecido baluarte: «Nadie me la quita». Tenía potestad para «poner su vida»; es decir, para colocarla frente a la guadaña de la muerte. Nosotros no podemos hacer eso, pero Él podía, cuando le pluguiera, soltar el nudo que ata el alma con el cuerpo.
Así como había tomado voluntariamente un cuerpo (He. 10:5–7), así también era libre para dejarlo. El poder que tenía sobre su propia vida era soberano. Además, tenía potestad para volver a tomar la vida; ningún ser humano disfruta de esa potestad. Nuestra vida, una vez que ha sido puesta, es «como aguas derramadas por tierra, que no pueden volver a recogerse» (2 S. 14:14); pero Cristo, después de poner su vida en el sepulcro, todavía la tenía al alcance de la mano para poder recogerla. Véase aquí la gracia de Cristo (comp. con 2 Co. 8:9), quien puso su vida para nuestro rescate (Mt. 20:28; 1 Ti. 2:6), ya que se ofreció a ser nuestro Salvador. Cuarta: Que, finalmente, puso su vida en obediencia al mandamiento del Padre: «Este mandamiento recibí de mi Padre» (comp. con 6:38; 14:31). Por aquí vemos que la obediencia al Padre es compatible con la libertad. Más aún, nunca es más libre el ser humano que cuando obedece fielmente a Dios porque la obediencia no es otra cosa que el empalme ajustado con la divina omnipotencia, a la que nada ni nadie pueden resistir.
Versículos 19–21
A continuación se nos refieren las diferentes opiniones de la gente acerca de Cristo: «Volvió a haber disensión (lit. cisma) entre los judíos a causa de estas palabras» (v. 19). Esto había sucedido ya en ocasiones anteriores (v. 7:43; 9:16). Donde se ha producido una disensión o cisma, cualquier nimiedad vuelve a causar la misma división. Un desgarrón se hace en un momento, pero el remendarlo requiere mucho tiempo. Con todo, es mejor que los hombres estén divididos acerca de las enseñanzas de Cristo que el que estén unidos en la práctica del vicio y al servicio del pecado.
I. En esta ocasión, algunos hablaron mal de Cristo y de lo que Él enseñaba: «Muchos de ellos decían: Demonio tiene y está fuera de sí» (v. 20, comp. con 7:20; 8:48). Vuelven a denostarle, al suponer que está poseído de un espíritu de melancolía y depresión, y que es un maníaco a quien se pierde el tiempo escuchándole: «¿por qué le oís?» ¡Cuán triste es que los hombres tomen a broma y se rían de aquellas cosas de las que precisamente tienen mayor necesidad!
II. Otros salieron en defensa de Él y, aunque la corriente era fuerte y rápida, se atrevieron a nadar contra corriente (comp. con 1 P. 4:4). No podían soportar que se hablase así del Salvador. Ya que no sabían (o no se atrevían) a dar mejores pruebas en favor de Jesús, al menos aseguraban que no tenía demonio y que estaba en sus cabales. Dos cosas alegan a favor de Él: 1. La excelencia de su doctrina:
«Estas palabras no son de endemoniado» (v. 21). Como si dijesen: «Lo que este hombre dice demuestra que no está poseído por el demonio ni en liga con el diablo». Tanta era la santidad y la sensatez que se traslucían en las palabras de Cristo, que bien se podía concluir que no eran palabras de un hombre poseído por el demonio, sino de un hombre enviado por Dios. 2. El poder manifestado en los milagros que hacía:
«¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?» Ni los locos ni los malos pueden obrar verdaderos milagros en confirmación de una comisión divina. Más interesado está el diablo en sacarles a los hombres los ojos que en abrírselos. La consecuencia era evidente: Jesús no tenía demonio.
Versículos 22–38
Cosa difícil de determinar es qué resulta más asombroso, las palabras que salían, llenas de gracia y sabiduría, de los labios de Jesús, o las palabras, llenas de odio y de desprecio, que salían de los labios de sus enemigos.
I. «Se celebró por entonces la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Era invierno» (v. 22). Esta fiesta no había sido establecida en la Ley, pero se celebraba anualmente en recuerdo de la dedicación del nuevo altar, llevada a cabo por Judas Macabeo el año 165 a. de C., tres años después de la profanación efectuada en el templo por el impío rey Antíoco Epífanes (v. 1 Mac. 1:59; 4:52, 59. El hecho de que los evangélicos no tengamos por inspirado este libro, no significa que no se le haya de dar crédito como libro histórico. Nota del traductor). El retorno a la libertad había sido para el pueblo judío algo parecido al retorno a la vida después de la muerte y, en recuerdo de ello, celebraba anualmente una fiesta a comienzos de diciembre. Su celebración no estaba confinada a Jerusalén, sino que cada cual la observaba en su propia localidad.
II. El lugar en que se llevó a cabo la conversación que se nos refiere a continuación: «Y Jesús andaba paseando en el templo por el pórtico de Salomón» (v. 23). Paseaba el Señor, no sólo para darse a ver y oír de quienes acudiesen a Él, sino, como sugiere el versículo 22 al final, para calentarse los pies paseando por el pórtico, pues no hemos de olvidar que el Señor, en cuanto hombre, era enteramente como nosotros, excepto el pecado. Gracias a Dios, ya no tenemos que acudir al templo para ver y oír al Señor, pues tenemos con nosotros Su Palabra y Su presencia espiritual (v. Mt. 18:20).
III. La conversación misma del Señor con los judíos.
1. Comienza por una pregunta que le hacen los judíos: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo?» (lit. ¿hasta cuándo nos quitas el alma, o la vida?) Antes de hacerle la pregunta, se nos dice que «le rodearon los judíos» (v. 24). Le cercaron como para acorralarle y encontrar en sus palabras algo de que poder acusarle. Jesús estaba allí presto para dar instrucción, aviso y consuelo, pero ellos vienen con toda su mala voluntad, no para aprender de Él, sino para asaltarle. Y añaden: «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Aparentan imparcialidad y deseo de conocer si Jesús era efectivamente el Mesías. Jesús se había declarado abiertamente a la samaritana (4:26) y al recién curado ciego de nacimiento (9:37), pero, ¿por qué no lo había dicho abiertamente a los líderes? Dos razones pueden adivinarse en esta reticencia de Jesús con relación a estos judíos: Primera, que no estaban espiritualmente dispuestos para reconocer en Jesús a un Mesías que no se presentaba ahora como un libertador politicomilitar de Israel. Segunda, que toda la fraseología de Jesús, y los milagros que obraba, daban a entender claramente que Él era el Mesías prometido. Por eso, les responde: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en el nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí» (v. 25, comp. con 5:36). El que ellos no reconocieran en Jesús al Mesías no se debía a falta de claridad en las palabras de Cristo, sino a sobra de prejuicios e incredulidad en el corazón de ellos. En la lucha entre las convicciones que presentaban las palabras y las obras de Cristo y las corrupciones que había en el corazón de los judíos, vencían las corrupciones, porque Jesús no se presentaba con la imagen que del Mesías se habían formado ellos. Pero ellos echaban a Cristo la culpa de la perplejidad en que se debatían, como si Él no hubiera presentado pruebas claras de su personalidad. Cristo tiende a hacer que creamos, pero nosotros tendemos a dudar de Él.
2. Respuesta de Cristo a la pregunta de los judíos:
(A) Primero, se vindica a Sí mismo, refiriéndose: (a) a lo que ya había dicho: «Os lo he dicho» (v. 25). Ya había dicho que era el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios. Por tanto, ¿no estaba claro que era el Mesías? Por eso añade: «y no creéis». Jesús viene a decirles: «Lo he dicho ya muchas veces con suficiente claridad (v. 5:17–47; 6:29, 35, 51–65; 7:37–39; 8:12–20, 28–29, 42, 56–58; 10:7–18), pero
vuestra incredulidad ciega vuestros ojos, precisamente porque os aferráis a vuestra propia suficiencia» (v. 9:41). Ellos daban a entender que estaban perplejos por falta de pruebas, pero Jesús les declara que lo están por sobra de incredulidad. Esto nos enseña también a no pretender enseñar a Dios cómo debe revelarse a nosotros, sino ser agradecidos a la revelación que Dios nos ha hecho de Sí en la Santa Biblia.
(b) Les refiere también a sus obras, al ejemplo de su propia vida y, especialmente, a sus milagros. Nadie podría obrar tales señales si Dios no estuviese con Él (v. 3:2), y Dios no estaría con Él para refrendar una impostura.
(B) Les echa en cara su obstinada incredulidad: «Y no creéis». Y la razón es muy sencilla: «Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho» (v. 26). Como si dijejse: «No me creéis porque no estáis dispuestos a seguirme, como siguen las ovejas a su pastor, ni queréis reconocer mi voz, como la reconocen las que mi Padre me ha dado (v. 29), pues éstas reconocen la voz del pastor y le siguen (vv. 3–4, comp. con 6:39, 44). Vuestra total antipatía a mi Evangelio tiene su raíz en vuestra perversa incredulidad». En un mismo versículo tenemos conjugadas estas dos verdades bíblicas que la razón humana encuentra difíciles de compaginar: la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. Permítasenos copiar unas sabias consideraciones de W. Hendriksen: «Nótese la conexión causal: “no creéis porque no sois de mis ovejas”. ¡Dios no está obligado a salvar a quienes han atraído sobre sí la perdición! Además, ha de tenerse en cuenta que, de parte de ellos la incapacidad y la mala voluntad van de la mano. De aquí que, en toda esta argumentación, Dios aparece santo, así como soberano mientras que sólo a sí mismo ha de echarse el hombre la culpa».
(C) Jesús aprovecha esta ocasión para declarar la disposición favorable y la condición dichosa de quienes son sus ovejas.
(a) Para convencer a estos judíos de que no son de sus ovejas, les describe cuáles son las cualidades de sus ovejas: «Mis ovejas oyen mi voz» (v. 27), pues saben que es la mía (v. 4), y Él mismo hace que le oigan (v. 16). Las ovejas de Cristo oyen su voz, la disciernen, se deleitan en ella y obran de acuerdo con ella. Cristo no contará entre sus ovejas a quienes se hagan el sordo a su llamada y a sus encantos. «Y me
siguen.» Cristo llama siempre a una persona diciéndole: «Sígueme». Los discípulos de Cristo han de procurar seguir de cerca las pisadas de Cristo (1 P. 2:21), acompañándole a donde vaya (comp. con Ap. 14:4). En vano oiremos la voz del Señor, si no le seguimos.
(b) Para convencerles de su miseria e infelicidad al no ser de las ovejas de su rebaño, les describe el estado feliz de las que lo son: «Oyen mi voz, y yo las conozco». Las distingue de las que no son suyas (v. 2 Ti. 2:19), y tiene un cuidado especial con cada oveja individual, no sólo con el rebaño en general (v. Sal. 34:6). Ha proveído para ellas felicidad perenne: «Y yo les doy vida eterna» (v. 28). El mayor bien del ser humano es la vida; por eso, la dicha que Cristo provee para los suyos es vida. El hombre posee un alma inmortal, por eso, la dicha que Cristo provee es vida eterna. Cristo la da, porque el hombre no puede merecerla ni alcanzarla por sus propias fuerzas, sino que ha de obtenerla por pura gracia. No dice: «les daré», sino «les doy», porque es un regalo ya presente y actual. La tienen en embrión, como una semilla del Cielo, pero la tienen segura en las manos de Cristo y del Padre: «Y en ningún modo (lit.) perecerán jamás». Así como hay una vida eterna, así también hay una muerte eterna, de la que las ovejas de Cristo estarán para siempre preservadas. Los pastores humanos pierden, a veces, alguna oveja y, aunque quieran, no pueden remediarlo; pero Cristo tiene amor y poder suficientes para preservar de la destrucción a todas y a cada una de sus ovejas de modo que nada ni nadie podrá llevarse una sola para destruirla: «Y nadie las arrebatará de mi mano». El Pastor Divino tiene tal poder que, no sólo no se puede llevar nadie una oveja suya de su redil, sino que no puede ni tocarla (comp. con 1 Jn. 5:18), porque no sólo las tiene en el redil, sino también en su mano, bajo una protección singular y directa. Y, para que nadie piense que es una mano humana la que protege y sostiene a las ovejas de Cristo, Jesús interpone también el poder del Padre en la preservación de sus ovejas: «Mi Padre que me las dio es mayor que todos». Esta traducción hace buen sentido, pues es cierto que Dios es mayor y más poderoso que todos los poderes del cielo, de la tierra y de los infiernos y, aunque los pastores humanos puedan cabecear y dormirse, Dios no duerme ni se distrae. Pero los mejores MSS están a favor de otra lectura: «Lo que mi Padre me ha dado es mayor (más excelente) que todas las cosas». Esta versión también hace justicia al texto y añade una nota de sumo consuelo para los creyentes. Las ovejas que Dios el Padre ha regalado al Hijo como regalo de bodas, tienen tanto valor a los ojos de la Trina Deidad, que, para comprar ese regalo, fue derramada toda la sangre del Hijo de Dios (v. 1 P. 1:18–19). A continuación, para dar a entender que la mano del Hijo y la del Padre es una sola, la mano del Dios Omnipotente, Jesús aplica a la mano del Padre el mismo poder preservador que a la suya, y añade: «y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre». También puede leerse de esta otra manera: «Y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre». En el texto original, no aparecen «las», ni «nada», por lo que puede leerse de las dos formas. Cristo mismo conocía bien la fuerza de esa mano del Padre que siempre estaba con Él y le sostenía y fortalecía (v. 8:16, 29), y el Padre mismo ponía esas ovejas en las manos de Jesús (v. 29). Quien aseguraba la gloria del Redentor (8:50; Hch. 3:13), aseguraba también la gloria de los redimidos. Y bien podían Jesús y el Padre tener la misma mano, pues tenían la misma esencia: «Yo y el Padre somos uno», es decir, un solo ser divino (ya que el numeral está en neutro en el griego), no una sola persona (estaría en masculino). En este versículo 30, vemos afirmada, pues, tanto la unidad de esencia como la distinción de las personas y la Deidad de ambas, con lo que no cabe mejor resumen del gran misterio de la Trina Deidad. Que Jesús quiso expresar del modo más claro este misterio, se colige de la reacción de los oyentes (v. 33), no sólo de la evidencia textual. Si Jesús hubiese intentado decir algo inferior a eso, habría negado de inmediato que Él fuese igual al Padre, pero no lo negó.
IV. El furor de los judíos ante esta declaración de Jesús: «Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle» (v. 31). Antes lo habían hecho ya (8:59), pero es de notar aquí una variante: en el lugar citado (8:59), el verbo es «levantar» del suelo para «arrojar» las piedras contra Jesús, pero aquí el verbo es «acarrear» grandes piedras con las que «aplastarlo». Estas piedras grandes eran las que se usaban para matar a los grandes malhechores. Lo absurdo de esta actitud de los judíos y su desvergüenza en atentar el asesinato de Jesús de manera tan cruel, suben de punto si tenemos en cuenta que ellos mismos le habían pedido a Jesús con importunidad y urgencia que se identificara (v. 24); es decir, que les declarara abiertamente si era el Mesías o no; y ahora que lo declara, le condenan como a gran malhechor. Así les pasa muchas veces a los fieles predicadores de la Palabra de Dios: si la proponen con modestia y mansedumbre, se les tilda de cobardes; y si la proponen con todo denuedo, les llaman insolentes. Pero, además, estos judíos tenían mala memoria, pues cuando quisieron apedrear a Jesús en la ocasión anterior, se había escabullido de en medio de ellos (8:59), y ahora volvían a la carga, como si no tuviese poder para
escaparse de nuevo. Los pecadores atrevidos se empeñan muchas veces en arrojar piedras contra el Cielo, sin percatarse de que pueden caerles en la cabeza.
V. La reconvención razonable que Jesús les propuso con toda mansedumbre: «Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me vais a apedrear?» (v. 32, lit. «me apedreáis»). Las obras que Cristo había llevado a cabo eran «muchas» y «excelentes» (el mismo adjetivo del v. 11. Véase el comentario a dicho v.). Eran palabras tan tiernas las de Jesús, que deberían haber derretido hasta los corazones de piedra. Vemos que el Señor arguye con sus enemigos con base en las obras que lleva a cabo, porque los hombres muestran lo que son por lo que hacen, ya que «por el fruto se conoce el árbol», como el propio Jesús había dicho (Mt. 7:17; 12:33; Lc. 6:43–44). Al decir: «¿Por cuál de ellas …?», es como si les preguntase: «¿Qué clase de obra, entre las que he llevado a cabo, suscita vuestro furor?»
1. El poder divino de las obras de Jesús dejaba a estos judíos convictos de la más obstinada incredulidad, pues eran obras «del Padre». Éstas son las obras que les había mostrado, pues las había llevado a cabo en público, no en un rincón ni a la luz de una candela, sino en plena calle y a la luz solar del mediodía (v. 18:20). Sus obras eran una demostración incontestable de la veracidad de sus expresiones.
2. La gracia divina de sus obras les dejaba convictos de la más baja y villana ingratitud, pues no las había realizado para asombrar ni para suscitar la curiosidad, sino para hacerles el bien y para hacerlos buenos a ellos mismos. Así que viene a decirles: «Ahora, pues, si queréis apedrearme, decidme: ¿por cuál de mis obras me vais a matar? Puesto que todas mis obras han sido excelentes y provechosas, ¿qué obra buena es la que os ha molestado?» Al dar por sentada su propia inocencia en las obras que había llevado a cabo, ponía de manifiesto la malicia de ellos, puesto que «le aborrecían sin motivo» (15:24–25).
VI. La mala excusa que dan para justificar su atentado contra el Señor (v. 33).
1. No se tenían a sí mismos por tan malvados contra Jesús ni por tan perjudiciales para su propia nación como para intentar apedrearle por algo bueno: «No te queremos apedrear (lit. apedreamos) por ninguna obra buena». Para ellos, lo que Cristo decía (v. 5:17–18; 8:30, 58–59; 10:30) era más importante que lo que hacía. En realidad, no tenían por buenas las obras que Cristo hacía, sino por malas, ya que con ellas—en opinión de estos judíos—quebrantaba la ley del sábado. Si hubiesen tenido por buenas las obras de Jesús, no habrían tenido más remedio que reconocerlas pero entonces, ¿cómo le habrían apedreado por ninguna de ellas? De esta manera, absurdo sobre absurdo, no se les podía sacar de su endurecimiento.
2. Se tenían a sí mismos por tan amadores de Dios, observantes de su ley y celosos de su gloria, que sólo por su supuesta blasfemia le perseguían: «sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios a ti mismo». Aquí vemos, en efecto:
(A) Un celo hipócrita por la ley. Parecen tremendamente interesados en el honor de la majestad divina, pues una blasfemia tal era digna de lapidación según la ley (Lv. 24:16). De semejante modo, las más odiosas y viles prácticas se cubren muchas veces con el barniz de las más plausibles excusas. Así como no hay nada tan estimulante como una conciencia bien informada, así tampoco hay nada tan ultrajante como una conciencia equivocada.
(B) Una verdadera enemistad contra el Evangelio, al presentar a Jesús como blasfemo. No es cosa nueva que al mejor de los hombres se le pongan los peores epítetos, cuando gente perversa se empeña en perseguir a los que les reprenden y les dicen la verdad. El crimen de que acusan éstos a Jesús es blasfemia. ¿Cuál es la prueba de este crimen? «Porque tú, siendo hombre, te haces Dios a ti mismo». Sí, estaban en lo cierto al admitir que Cristo era hombre (comp. con 8:40; 1 Ti. 2:5) y que se tenía por Dios, puesto que lo era. Pero se equivocaban en dos cosas: (a) en pensar que Cristo era mero hombre; (b) en que se hacía Dios a sí mismo, puesto que no se hacía, sino que lo era, a pesar de lo cual «no se aferró a la majestad divina, pues no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse» (Fil. 2:6).
VII. Cristo replica a la acusación de blasfemo que le hacían y vindica la verdad de la declaración que había hecho en el versículo 30. Lo hace por medio de dos argumentos (vv. 34 y ss.):
1. Mediante un argumento sacado de la palabra de Dios. «¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois?» (v. 34, comp con Sal. 82:6). Como si dijese: «Si a ellos se les llama en la Biblia “dioses”,
¿cuánto mejor a mí?» Veamos:
(A) Cómo explica el texto citado: «Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, es decir, a los jueces, partícipes del atributo divino de juzgar, pero que son reprendidos por Dios mismo por juzgar injustamente, y la Escritura no puede ser quebrantada» (v. 35), es decir, la Escritura, toda Escritura, por ser palabra infalible de Dios (v. 2 Ti. 3:15–16), es indestructible, no puede ser desposeída de su divina autoridad, sea cual sea la opinión que de ella tengan los hombres, ni se la puede disminuir en una jota ni en una tilde (v. el comentario a Mt. 5:18 y Lc. 16:17).
(B) Cómo aplica el texto citado: «¿Al que el Padre santificó (es decir, puso aparte, cualificó y consagró, comp. con 17:19) y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?» (v. 36). Vemos aquí: (a) el honor que le confirió el Padre, al cualificarle como a Redentor competente (v. He. 2:10; 5:9) y enviarle al mundo. Nuestro Señor Jesús era Él mismo el Verbo o Palabra personal del Padre, y recibió el Espíritu Santo sin medida (3:34). Fue enviado al mundo como Señor y Dueño de todas las cosas (3:35). El hecho de que el Padre le confiera todos estos honores era una garantía inconfundible de que eran justas las demandas de Cristo al llamarse a sí mismo Hijo de Dios; (b) el deshonor que le hacían los judíos al tenerlo por blasfemo al atribuirse tal título: «¿Y de éste os atrevéis a decir que es blasfemo? ¿Tenéis el descaro y la desvergüenza de decirle al Dios de la verdad que es un mentiroso? ¡Cómo! ¿Que el Hijo de Dios es un blasfemo?» Si los demonios, a quienes Él vino a condenar y derrotar, hubieran dicho eso de Él, no sería extraño; pero que los hombres a quienes Él vino a salvar y enseñar se atrevan a decir eso de Él, «¡asombraos, cielos, de ello!» (Jer. 2:12).
2. Mediante un argumento sacado de sus propias obras. Aquí hace válidas sus demandas y demuestra con ello que Él y el Padre son uno: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis …» (vv. 37–38). Veamos:
(A) En qué apoya su argumentación: en sus propias obras. Así como Él demostró que era enviado de Dios con base en lo divino de sus obras, así también hemos de demostrar nosotros que somos los seguidores de Cristo en lo cristiano de nuestras obras. (a) El argumento que Cristo emplea es contundente, pues las obras que Él hacía eran las obras de Su Padre, obras que sólo el Padre podía hacer y que no podían ser hechas de acuerdo con el curso normal de la naturaleza. Los milagros que los apóstoles hicieron después en nombre de Jesús corroboraron este argumento del Señor, y remachaban su evidencia una vez que Él se marchó al Cielo. (b) Jesús propuso este argumento de la manera más cortés, clara y concisa que era posible: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis». No pide un asentimiento a sus demandas mayor que la prueba que de ellas presenta. Cristo no es un amo duro, que espera recoger en aquiescencia lo que no ha sembrado en evidencia. Y continúa Jesús diciendo: «Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras» (v. 38a). Como si dijera: «Creed lo que vuestros ojos mismos ven, y vuestra razón puede fácilmente deducir». Las cosas invisibles del Redentor se hacen visibles por sus milagros prodigiosos, así como las cosas invisibles del Creador se hacen visibles por sus maravillas de poder y sabiduría en la obra del Universo (Ro. 1:19–20). Los milagros de Jesús eran obras de poder y de gracia, de forma que quienes no se convenciesen al verlas, quedasen sin excusa.
(B) Para qué usa su argumentación: «Para que aprendáis y entendáis (lit. conozcáis y sigáis conociendo) que el Padre está en mí, y yo estoy en el Padre» (v. 38b, en la versión Las Grandes Nuevas que da del original mejor lectura y sentido que la RV. Nota del traductor). Con estas últimas frases, Jesús declara, no sólo su unidad, como Dios, con el Padre (v. 30), sino la mutua inmanencia del Padre en el Hijo, y del Hijo en el Padre (v. 14:10, y comp. con 1 Jn. 4:16b). Esto lo sabemos porque Jesucristo mismo lo declaró. Es un misterio y no sabemos cómo explicarlo, pero sí lo conocemos y creemos (comp. con 1 Jn. 4:16a). Reconocemos y adoramos la profundidad, aun cuando no podemos hallar el fondo sin fondo del misterio.
Versículos 39–42
Aquí tenemos el resultado de esta conversación de Jesús con los judíos. En esta porción se nos dice:
I. Cómo, al no poder responder con razones los judíos recurrieron a la fuerza: «Procuraron otra vez prenderle» (v. 39). Como Él persistía en dar el mismo testimonio acerca de sí mismo, ellos también persistían en sus malvados planes contra Él. Expresan el mismo resentimiento que otras veces, y justifican su intento de apedrearle mediante otro intento de arrestarle.
II. Cómo frustró Jesús el intento de ellos: «pero Él se salió de sus manos» (comp. con Lc. 4:30). No lo hizo con auxilio de algún amigo que acudiese a socorrerle, sino con su propio poder y su sabiduría. Quien supo escapar así de sus enemigos, sin duda sabe también librar de la tentación a los suyos proveyéndoles de una vía de escape (1 Co. 10:13; 2 P. 2:9).
III. Qué hizo después de escabullirse de sus enemigos: «Se fue al otro lado del Jordán, etc.» (vv. 40– 42). Notemos:
1. El cobijo que halló allí. Se fue a un lugar apartado de la región, «y se quedó allí» (v. 40b). Allí halló el reposo y la tranquilidad que de ningún modo pudo encontrar en Jerusalén. Jesucristo y su Evangelio encuentran, con mucha frecuencia, mejor recibimiento en plena campiña que entre los sabios, los poderosos y los nobles (1 Co. 1:26).
2. El fruto que recogió allí. Decidió marchar precisamente «al lugar donde primero había estado bautizando Juan» (v. 40), ya que allí (1:28) quedarían aún, a no dudar, recuerdos e impresiones del ministerio del Bautista en su predicación y en el bautismo que administraba, lo cual estaba ordenado a preparar a la gente para recibir al Mesías. Y el fruto correspondió, en cierta medida, a la expectación, puesto que aquí se nos dice:
(A) Que «muchos acudieron a Él» (v. 41). Cuando los medios de gracia acuden de nuevo a un lugar, suele producirse un avivamiento de los antiguos sentimientos con reacciones favorables.
(B) Que razonaban a favor de Él, tanto como habían razonado en contra de Él los judíos de Jerusalén, pues decían: «Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad» (v. 41b). Dos cosas consideraron: (a) Que Cristo aventajaba grandemente en poder a Juan el Bautista, pues Jesús hacía muchos milagros, mientras que Juan no había hecho ninguno; de donde podía inferirse que Cristo era superior a Juan. ¡Cuán grande, pues, es este Jesús! A Cristo se le conoce mejor y se le reconoce de mayor categoría cuando se le compara con otros, pues su posición y su condición personal son superlativamente superiores a la de cualquier otro ser humano. Ante el talento, el poder o la virtud, nos inclinamos; pero ante Jesús, tenemos que caer de rodillas y postrarnos; (b) Que Cristo había correspondido exactamente al testimonio que de Él había dado el Bautista (v. 1:19–36, 3:22–36, 5:33). Todo lo que Juan había dicho de Jesús era verdad. Juan había dicho de Jesús cosas tan elevadas, que habían suscitado enorme expectación pero esta expectación no se había visto frustrada, pues la gente le consideraba ahora tan grande, o mayor que lo que Juan había dicho que sería. Cuando llegamos a conocer de veras al Señor y a tener comunión espiritual con Él, hallamos que la realidad excede con mucho a los informes que de Él teníamos (comp. con 1 R. 10:67). El Bautista estaba ahora difunto, pero los que otrora le habían oído, todavía se beneficiaban de su predicación, pues se confirmaban en su creencia de que Juan era un profeta, puesto que había predicho tales cosas. Habían sido preparados para creer que Jesús es el Cristo, el Mesías prometido. Por aquí vemos que el fruto y la eficacia de la predicación no están limitados a la vida terrena del predicador, ni se mueren cuando él expira.
(C) Que «muchos creyeron en Él allí» (v. 42). Aquí tenemos la misma expresión que en 8:30, por donde podemos colegir que no todos recibieron al Señor con fe viva ni se hicieron discípulos de Él. Es posible, con todo, como hace notar Hendriksen, que el adverbio «allí» denote un contraste con 8:30, y que éstos fuesen verdaderos creyentes. En todo caso, es muy probable que, al menos, algunos se convirtieran de veras, con lo que la predicación de Juan habría obtenido una magnífica cosecha póstuma. Dondequiera que se predique fielmente la doctrina del sincero arrepentimiento, hay grandes esperanzas de que la predicación de la doctrina de la reconciliación con Dios obtenga frutos genuinos. Donde Juan ha sido aceptado, Jesús no será mal recibido.
En este capítulo se nos refiere el portentoso milagro de la resurrección de Lázaro llevada a cabo por el Señor Jesús. Sólo Juan lo menciona, y lo hace con gran lujo de detalles, no sólo por el poder que requería devolver a la vida a una persona que había muerto hacía cuatro días y estaba ya sepultada, sino porque la resurrección de Lázaro era como las arras del milagro que había de coronar y refrendar todos los demás
milagros de Jesús: su propia resurrección de entre los muertos después de su muerte en cruz y su sepultura. Al final del capítulo (vv. 45–57), el evangelista refiere la reacción que este milagro suscitó en los enemigos de Jesús y el complot que tramaron para darle muerte.
Versículos 1–16
I. Tenemos primero la presentación de los personajes que representaron en esta historia un papel primordial (vv. 1–2). Era una familia que vivía en Betania, lugar no lejano de Jerusalén y en el que solía hospedarse Jesús cuando acudía a las fiestas del pueblo judío en Jerusalén. Se le llama aquí «la aldea de María y de Marta su hermana» (v. 1). Tenían un hermano que se llamaba Lázaro. Aquí tenemos una familia honesta y feliz y con la que el Señor Jesús tenía especial amistad. Una de las hermanas es señalada en particular como «la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos» (v. 2). Es una referencia parentética a la unción del Señor que el mismo evangelista nos narra en el capítulo siguiente, versículos 3 y ss. Lázaro, el hermano de María y de Marta, estaba ahora enfermo, con la consiguiente aflicción por parte de sus hermanas. Cuanto más queridos nos son nuestros deudos y amigos, tanto mayor es la aflicción que nos ocasionan los problemas y las enfermedades de ellos. La multiplicación de los consuelos guarda así perfecta ecuación con la multiplicación de nuestros pesares.
II. Las noticias que le llegaron al Señor Jesús acerca de la enfermedad de Lázaro (v. 3). Sus hermanas sabían dónde estaba Jesús y le enviaron un mensaje urgente, en el que le manifestaban: 1. El afecto que profesaban a su hermano y la preocupación que les causaba la enfermedad que éste padecía, porque «el hermano ha nacido para el tiempo de angustia» (Pr. 17:17), y la hermana también. 2. La confianza que tenían depositada en el Señor Jesús a quien querían tener enterado del apuro en que ahora se hallaban. El comunicado que le enviaron era muy breve, notificándole simplemente la situación pero con una velada insinuación de una apelación urgente: «Señor, mira, el que amas está enfermo» (v. 3). El verbo usado aquí, en el original, para «amar» no es el mismo de 3:16, sino el que indica una amistad recíproca. Notemos que las hermanas no dicen: «el que te ama», sino «el que amas». El amor que nosotros le tenemos a Jesús es imperfecto, de poco valor e indigno de mención; pero el amor que Jesús nos tiene es tan grande que nunca se le pondera bastante. Advirtamos que no es cosa nueva que quienes son amigos de Cristo, pasen por enfermedades, problemas y contrariedades, pues estas cosas son comunes a todo el género humano, como lo son los beneficios generales que Dios dispensa (v. Mt. 5:45). Por otra parte, nos sirve de gran consuelo cuando estamos enfermos el que haya en torno nuestro quienes oren al Señor por nosotros. Y tenemos igualmente motivo para amar y encomendar en oración a aquellas personas de quienes sabemos que Cristo las ama y se preocupa por ellas.
III. A continuación, vemos cómo reaccionó Jesús al recibir esta noticia.
1. Pronosticó el carácter y objetivo de esta enfermedad:
(A) Primero, el carácter peculiar de esta enfermedad: «Esta enfermedad no es para muerte» (v. 4a).
¡Extraña declaración! No sólo era para muerte, sino que Lázaro estuvo efectivamente muerto por cuatro días a causa de ella. Pero Cristo no quiso decir que Lázaro no iba a morir, sino que la muerte no iba a ser el resultado natural de aquella enfermedad. La muerte no acudió aquí, como sucede en los demás casos, en forma de emplazamiento inexorable del sepulcro, sino como un arresto provisional entre dos vidas.
Murió Lázaro en aquella ocasión, pero su muerte no puso punto final a su vida, por lo que bien puede decirse que, en realidad, su vida no acabó con esa muerte. La muerte es un adiós definitivo a este mundo; en este sentido, la muerte de Lázaro no fue una despedida, sino un «hasta luego». En cierto modo, y con mayor gozo y mejor esperanza, así es siempre la defunción de los creyentes, pues su muerte corporal a este mundo no es sino el nacimiento espiritual al mundo celestial.
(B) Segundo, el objetivo peculiar de esta enfermedad: «sino para la gloria de Dios». Las aflicciones de los santos tienen por objeto la gloria de Dios. Los favores más dulces del Señor son los que provienen de las circunstancias más amargas. ¡Tengamos viva fe en los designios de la providencia de Dios, incluso en las horas más oscuras de nuestra vida, pues todo ello es para la gloria de Dios, ya que Dios hace que cooperen conjuntamente, para bien de los que le aman, todas las cosas (Ro. 8:28), no sólo las que llamamos «prósperas», sino también las que nos parecen «adversas»! Y, si Dios ha de ser glorificado con ello, debemos estar satisfechos, pues, en último término, también ha de redundar en nuestro bien. Aquella era una enfermedad contraída «para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella» (v. 41b), puesto que servía de ocasión para que Cristo llevase a cabo el glorioso portento de resucitar a un muerto de cuatro días (v. 39). Esto nos ha de ayudar a consolarnos y a prestar consuelo a todos a quienes Jesús ama con el pensamiento de que, en cualquier aflicción en que nos hallemos, el objetivo de todo ello es que el Hijo de Dios sea glorificado por ese medio.
2. Después de estas palabras, vemos que Cristo demoró visitar a su paciente (vv. 5–6). Las hermanas de Lázaro habían enviado a Jesús un mensaje urgente: «Señor, mira, el que amas está enfermo» (v. 3), y habríamos de suponer que Jesús estaría dispuesto a llegarse cuanto antes a la cabecera del enfermo, pues se nos dice que: «Amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro» (v. 5). Aunque parezca un detalle insignificante, del que los comentaristas no suelen hacer mención, no estará de más hacer notar que el verbo original, en este versículo, para «amar», no es el mismo del versículo 3, sino el de 3:16 y otros lugares, donde no significa una amistad recíproca, un afecto entrañable y correspondido, sino el amor más generoso que es compatible incluso con la falta de correspondencia por parte del amado. Volviendo a nuestro punto, notemos que no sucede aquí lo que habríamos esperado de Jesús: que, al recibir la noticia, se pusiese de inmediato en camino hacia Betania, sino que: «cuando oyó, pues, que estaba enfermo se quedó dos días más en el lugar donde estaba» (v. 6). Por donde vemos, a la vista del contexto:
(A) Que, aun cuando Jesús amaba de veras generosamente, a toda esta familia, difirió el venir a ellos para poner a prueba la fe de las hermanas, y para que la prueba resultase en alabanza y honor.
(B) Que, precisamente porque les amaba de veras, tenía el designio de obrar en favor de esta familia algo sumamente grande y extraordinario. Por eso demoró visitar al enfermo, a fin de dar tiempo a que Lázaro muriese y fuese sepultado antes de que Él llegara. Al demorar por tanto tiempo su visita, tenía la oportunidad de hacer por él más que por ningún otro. Dios tiene designios de misericordia aun en sus aparentes demoras. Aun cuando Jesús no se apresuró a venir a Betania, no olvidaba a sus amigos que vivían allí.
IV. La conversación que Jesús tuvo con sus discípulos a raíz de esto (vv. 7–16). Dos temas hallamos en esta conversación: el peligro en que Jesús mismo se hallaba, y la muerte de Lázaro.
1. El peligro que Él mismo corría al dirigirse a Judea (vv. 7–10).
(A) Dice a sus discípulos: «Vamos a Judea otra vez» (v. 7). Estas palabras pueden considerarse: (a) Como una indicación del propósito de hacer un gran favor a sus amigos de Betania. Cuando supo que se hallaban deprimidas Marta y María por la muerte de su hermano, dice: «Vamos ya a Judea otra vez». Cristo es puntual a favor de los suyos cuando ha llegado la hora precisa en que Él ha decidido intervenir; y, de ordinario, el peor momento para nosotros es su momento. Así que, cuando nos hallemos en lo profundo de nuestra aflicción, no nos dejemos arrastrar hasta lo profundo de la desesperación, al saber que la extrema necesidad del hombre es la suprema oportunidad de Dios. (b) Como una prueba para ver si la valentía de sus discípulos era suficiente para animarles a acompañarle en el viaje a Judea, donde tan mal lo habían pasado. Notemos que Cristo nunca deja solos a los suyos en ningún peligro, sino que siempre les acompaña.
(B) La objeción que ellos presentaron a este viaje: «Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá?» (v. 8). Le traen así a la memoria el peligro en que se había encontrado tan recientemente. Por aquí vemos que los discípulos de Cristo tienden a ver los peligros con más negros colores que su propio Maestro. El recuerdo del susto reciente no se les había borrado de la mente. Por eso se sorprenden de que resuelva ir a Judea otra vez, y es como si le dijeran: «¿Vas a favorecer ahora con tu presencia a quienes acaban de expulsarte de su región? ¿Vas otra vez adonde tan mal te han tratado?» Si Jesús hubiese estado inclinado a escapar del sufrimiento, no habría permitido que fuesen sus amigos los que le persuadieran a ello. Al mismo tiempo, ellos parecían desconfiar del poder de su Maestro, como si no pudiera escapar ahora y protegerles a ellos, de sus enemigos, de la misma forma que lo había hecho en anteriores ocasiones. Se ve que abrigaban un secreto temor de que iban a sufrir ellos mismos, si el Maestro estaba en peligro.
(C) Respuesta de Cristo a esta objeción: «¿No son doce las horas del día?» (v. 9). Aunque las horas de luz varíen según las estaciones del año, Jesús usa aquí el cómputo corriente entre los judíos, que dividía el día en doce horas de luz y otras doce de oscuridad, y viene a decir a sus discípulos: «Mientras dura el día, es tiempo de trabajar» (comp. con 9:4–5). La providencia de Dios nos ofrece la luz del día para trabajar. La vida del hombre es como un día (comp. con Job 14:2). Este día se divide en distintas horas, edades, estados y oportunidades. La consideración de esto debería hacernos, no sólo muy diligentes para llevar a cabo el trabajo que Dios nos ha asignado para esta vida, sino también muy preparados para los peligros de la vida. Pero no perdamos de vista que Dios alargará nuestro día hasta que hayamos consumado nuestra obra. Como decía Ryle, «somos inmortales mientras no hayamos terminado el trabajo que Dios nos ha encomendado». Esto nos muestra el consuelo y la satisfacción de que puede disfrutar un hijo de Dios mientras se mantiene en el camino del deber: «El que anda de día no tropieza». No está perplejo en su mente, sino que, al andar recto, anda seguro. Así como el que anda a la luz del día, no tropieza, sino que marcha seguro y alegre por su camino, «porque ve la luz de este mundo» y, con ella, ve la ruta que está delante de él, así también el creyente, apoyado en la Palabra de Dios como en su luz y norma de vida (Sal. 119:105), y al tener como meta y objetivo la gloria de Dios en todo (1 Co. 10:31), marcha seguro con estas dos grandes luces; está equipado con un fiel guía en todas sus dudas y con un poderoso guardián en todos sus peligros. Cristo siempre caminaba de día a dondequiera que iba, y así hemos de hacerlo nosotros si somos sus fieles seguidores. Jesús muestra igualmente el peligro al que se expone todo el que no se atiene a esta norma: «Pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él» (v. 10). Quien camina por la ruta de su propio corazón y conforme a la corriente de este mundo, cae en toda clase de lazos y peligros. Tropieza porque no hay luz en él, pues la luz espiritual es para nuestras acciones morales lo que la luz natural es para nuestras acciones naturales (comp. con 1 Jn. 1:5 y ss.).
2. La muerte de Lázaro (vv. 11–16).
(A) La noticia que gradualmente da Jesús a sus discípulos acerca de la muerte de Lázaro: «Nuestro amigo Lázaro se ha quedado dormido» (v. 11. Lit. se ha dormido). Vemos aquí cómo llama Cristo a los creyentes y a la muerte de los creyentes. Al creyente le llama «amigo»: «Nuestro amigo Lázaro». Y da a entender claramente que los que El tiene por amigos, han de ser tenidos por tales de parte de quien profese ser creyente. Por eso habla de Lázaro como de un amigo «común a él y a ellos»: «Nuestro amigo». Por aquí vemos también que ni aun la muerte tiene poder para romper los lazos de la amistad entre Cristo y el creyente. Lázaro está ahora muerto y, sin embargo, Jesús le llama «nuestro amigo». Por otra parte, Jesús llama a la muerte de un creyente «dormición»; «duerme». Buena cosa es llamar a la muerte con epítetos que sirvan para hacérnosla más familiar y menos formidable, menos temible. Ante la fe firme y la esperanza segura de resucitar para una vida eterna y bienaventurada, ¿por qué no había de resultarnos tan fácil dejar el cuerpo y morir, como nos lo es quitarnos las ropas para dormir? Cuando un cristiano se muere, no hace otra cosa que ponerse a dormir para descansar del trabajo del día anterior (comp. con Ap. 14:13), y recobrar fuerzas para la mañana siguiente. Pero Jesús no va a dejar que Lázaro duerma por demasiado tiempo así que añade: «pero voy a despertarle» (v. 11). Hace poco había dicho:
«Nuestro amigo duerme»; pero enseguida añade: «Voy a despertarle». Cuando Cristo dice de alguna manera a los suyos cuán grave es el caso, de inmediato se apresura a decirles también cuán pronto puede Él remediarlo. Al oír esto de labios del Señor, los discípulos cobrarían ánimo, al ver que el objetivo que Jesús tenía al ir a Judea era ofrecer su poderosa ayuda a una familia a la que todos ellos estaban tan obligados.
(B) Los discípulos no entendieron el modo de hablar del Señor (vv. 12–13), y le dijeron: «Señor, si está dormido, sanará» (v. 12). Con esto daban a entender: (a) Su interés por Lázaro. Esperaban que se recuperaría de la enfermedad, porque al oír que estaba durmiendo, pensaban que había pasado ya lo peor de la enfermedad pues el sueño es, con frecuencia, una buena medicina de la misma naturaleza orgánica. Esto es cierto de la muerte del creyente, pues se encuentra muchísimo mejor (v. Fil. 1:23). (b) Un gran respiro para ellos mismos. Si Lázaro se estaba recuperando de la enfermedad, no había necesidad de que Cristo marchase a Judea a exponerse a Sí mismo, y a ellos, al peligro. Así es como también nosotros estamos inclinados a esperar que una buena obra que Dios nos ha encargado, se hará por sí misma, sin que tengamos que pasar por la fatiga o el peligro que tal obra comporta.
(C) Jesús rectifica esta equivocación de los discípulos: «Pero Jesús se había referido a la muerte de Lázaro» (v. 13). ¡Cuán duros de mollera estaban todavía los discípulos de Cristo! Y eso, a pesar de que, incluso en el Antiguo Testamento, se llama con frecuencia «sueño» a la muerte. Deberían haber entendido a Jesús cuando les hablaba en el lenguaje de las Escrituras. Por difícil que nos parezca una cosa, cuando Cristo se dispone a poner allí su mano hemos de estar seguros de que se trata de algo grande, inusitado, extraordinario, digno de Él. Notemos con qué cuidado corrige el evangelista el error de los discípulos, al decir: «Pero Jesús se había referido a la muerte de Lázaro». ¡Cómo lo recordaría Juan, al ser él mismo uno de los que habían entendido a Jesús equivocadamente!
(D) Cristo les dice ahora lisa y llanamente, sin metáforas, el hecho de la muerte de Lázaro y su resolución de marchar a Betania: «Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto» (v. 14). Y les declara ahora el motivo por el que había demorado por tanto tiempo el viaje: «Y me alegro por vosotros de no haber estado allí» (v. 15). Así tendrían ellos una oportunidad para robustecer su fe («para que creáis»), como fue el caso de los que, al ver a Jesús resucitar a Lázaro, «creyeron en Él» (v. 45). Decide, pues, ir a Betania y llevar consigo a sus discípulos: «vayamos hasta él» (v. 15b). La muerte no puede separarnos del amor de Cristo (Ro. 8:38), porque no puede alejarnos de su potente voz cuando nos llame. Quizás alguno de los que habían dicho, al oír que Lázaro dormía, «ya no hay por qué ir», diría ahora, al oír que había muerto, «ya no hay para qué ir».
(E) A continuación, se nos da una pincelada maestra del carácter variopinto de Tomás: valiente y al mismo tiempo, depresivo y difícil de persuadir acerca del lado rosa de los acontecimientos. «Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo» (v. 16). La palabra «Tomás» en arameo es equivalente a «Dídimo» en griego, y ambas significan «gemelo» o «mellizo». Probablemente lo era, aunque nada se nos diga de su gemelo hermano o hermana. Dijo Tomás «a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con Él».
(a) Al tener en cuenta la cobardía de los discípulos, como se mostró en el arresto de Jesús en Getsemaní hay autores que opinan que «con él» significa «con Lázaro». Sin embargo, esta opinión es insostenible por las siguientes razones: Primera, era una necedad querer morir con Lázaro, máxime cuando Jesús se dirigía precisamente a resucitarle. Segunda, la cobardía de los discípulos ante el peligro, como se mostró después, no era obstáculo para que su resolución a morir con Cristo fuera sincera, como hay que suponerla en 13:37, compárese con Mateo 26:35. Tercera, si el «vamos también nosotros» de Tomás corresponde al «vamos» de Jesús (v. 15), es obvio que el «muramos con Él» quiere decir: «con Jesús», al pensar todavía en el peligro que habían expresado antes (v. 8), para Jesús, si volvía de nuevo a Judea.
(b) Basados, pues, en la única interpretación correcta de la frase de Tomás, en el sentido de «morir con Cristo», vemos que él viene a decir: «¡No hay más remedio! Si Él (Jesús) se empeña en correr el peligro de muerte, vayamos con Él y corramos el mismo peligro del que nos dijo: “¡Sígueme!” Eso es lo que exige la obediencia que le debemos y el afecto que le profesamos». Tomás conocía bien la perversidad de los enemigos de Jesús, y no se le antojaba improbable que le diesen muerte en esta ocasión. Por otra parte, mostraba el amor que profesaba al Maestro, al estar dispuesto a morir con Él. Y no sólo estaba él dispuesto a morir por Cristo, sino que alentaba a los demás condiscípulos a tener la misma resolución: «Vamos también nosotros». Como si dijese: «¿Cómo vamos a consentir quedarnos sin nuestro Maestro y sobrevivirle?» Así es como, en momentos de extrema dificultad, los genuinos creyentes deberían animarse unos a otros. Es digna de copiarse la reflexión de Ryle sobre este pasaje:
«Observemos cuán diferentes en carácter son entre sí los discípulos de Cristo. Pedro, por ejemplo se adelantaba siempre lleno de celo y confianza, al contrario precisamente que Tomás el desconfiado. Sin embargo, ambos tenían la gracia de Dios y eran favorecidos con el amor de Cristo. No debemos, pues, incomodarnos de que los creyentes sean diferentes entre sí en detalles de carácter personal, sino soportar las diferencias, cuando se tiene en común lo que es fundamental».
Versículos 17–32
al haber Cristo resuelto ir a Betania, y sus discípulos con Él se ponen en camino hacia el lugar, del que se hallarían a una distancia de treinta y cinco o cuarenta kilómetros; lo cual se llevaría un día de viaje; sumado al día en que Jesús recibió el recado de la enfermedad de Lázaro y a los dos días más (v. 6) que Cristo demoró el viaje, era ya el cuarto día desde que Lázaro había muerto (vv. 17 y 39). Llegan, pues, a Betania, que «estaba cerca de Jerusalén (nótese el detalle), como a quince estadios» (v. 18), es decir, a tres kilómetros de la capital.
I. En qué situación encontró Jesús a sus amigos allí. Siempre que nos separamos de nuestros amigos, no sabemos qué cambios habrán ocurrido cuando los volvamos a ver.
1. Halló a su amigo Lázaro en el sepulcro: «Vino, pues, Jesús y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro» (v. 17). Las bendiciones prometidas, aunque siempre vienen con seguridad, no siempre vienen con celeridad.
2. Halló a los amigos sobrevivientes sumidos en hondo pesar: «Y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas por su hermano» (v. 19). De ordinario, donde hay muerte hay duelo. Aquí estaba la casa de Marta, una casa donde había temor de Dios, una casa favorecida por las bendiciones de Dios y por las visitas de Jesús, y, sin embargo, era «una casa en duelo» (Ec. 7:2). La gracia ahuyenta el duelo del corazón (14:1), pero no de la casa. Con todo, donde hay quienes están de duelo, puede haber quienes den consuelo, y es nuestro deber hacia los que lloran acompañarles en el duelo y prestarles consuelo (Ro. 12:15). Estos amigos habían llegado para consolarlas por su hermano, como es costumbre en los países orientales y aun entre algunos de los occidentales. Esto no significa que fuesen creyentes o amigos de Jesús. Muchos, o casi todos, vendrían por rutina, aunque algunos de ellos creyeron después (v. 45). El hecho de que vinieran a compartir el duelo de las hermanas es una prueba más de que Lázaro estaba realmente muerto, como hace notar Lightfoot. La cantidad de visitantes nos da también a entender la distinción social de esta familia. Fue una providencia especial el que viniese tanta gente en esta ocasión, para que tuvieran la oportunidad de presenciar un milagro tan portentoso y ser así testigos de excepción de lo ocurrido.
II. La conversación que mantuvo Jesús con las hermanas de Lázaro. Cuando Cristo se ha ausentado, es cuando más se echa en falta su presencia y mejor se valora su persona.
1. El diálogo de Cristo con Marta.
(A) Se nos dice que «Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a su encuentro» (v. 20). A la vista de todas las porciones que nos hablan de estas dos hermanas, se percibe claramente que Marta era activa y extravertida, al estilo de Pedro, mientras que María era introvertida y contemplativa, al estilo de Juan. Así, tan pronto como Marta se enteró de que Cristo venía, salió a su encuentro sin esperar a que el Señor llegara, «mientras María se quedaba sentada en casa». Hay quienes opinan que Marta, más atenta a lo que ocurría en su derredor, se enteró de la noticia antes que su hermana, y por eso salió antes a recibir al Señor. Otros piensan que María estaba más abrumada por la muerte de su hermano que Marta, y por eso estaba sentada en casa, que es la actitud de los que hacen duelo (comp. con Job 2:13). Pero la única razón válida es la que hemos expuesto al describir compendiosamente el temperamento de la una y de la otra. Y, aun cuando, en otra ocasión, el talante contemplativo de María le valió llevarse la mejor parte de la visita de Jesús (v. Lc. 10:38 y ss.), en el episodio que comentamos fue Marta la que se llevó la mejor parte, precisamente por su temperamento impulsivo. Esto muestra que, entre los sinceros creyentes, puede haber temperamentos muy diferentes y hemos de tenerlo en cuenta para aprender a «soportarnos con paciencia los unos a los otros en amor» (Ef. 4:2), pues para todos es «la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios el Padre y la comunión del Espíritu Santo» (2 Co. 13:13). Si todos los instrumentos de una orquesta tocasen la misma melodía, no habría concierto (comp. con 1 Co. 12:12–27). Y así como en el episodio de Lucas 10:38 y ss., Marta fue víctima de su propio temperamento, así lo fue aquí María del suyo, con lo que se nos muestra cuán avisados hemos de andar del lado flaco por el que nos ataca el enemigo, quien precisamente por eso, da vueltas para ver por dónde nos puede entrar (v. 1 P. 5:8).
(B) A continuación se nos refiere el diálogo mismo de Jesús con Marta.
(a) Sin otro saludo por delante, Marta se apresura a decir a Jesús: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto» (v. 21). Parece como si se quejase de la demora de Jesús en venir. Aquí vemos, por una parte, una evidencia de la fe de Marta, pues creía firmemente en el poder de Jesús para preservar de la muerte a su hermano. También estaba segura del afecto y de la compasión del Señor, y sabía que si Él hubiese visto a Lázaro en el extremo de su enfermedad, habría hecho que se recuperase prontamente de ella. Pero, por otra parte, la fe de Marta estaba mezclada con algo de incredulidad. Su fe era genuina, pero era pequeña, débil como una caña cascada (v. Is. 42:3), ya que ponía límites al poder de Cristo al decir: «si hubieses estado aquí», como si el Señor no pudiese curar a distancia. A pesar de estas frases, quizá dichas con demasiada precipitación, Marta parece corregirse a sí misma y añade: «Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará» (v. 22). Por fin, parece querellarse ahora contra sí misma tras haberse querellado implícitamente de la demora del Maestro al dar a entender que había llegado demasiado tarde. Ahora muestra: Primero, la fortaleza de su esperanza, pues se limita a exponer a Jesús el caso con humildad y confianza. Cuando no estamos seguros de cómo y qué hemos de pedir al Señor, dejemos que el Espíritu Santo pida en nosotros conforme a la voluntad de Dios (v. Ro. 8:26–27). Segundo, la debilidad de su fe, pues dice a Jesús: «Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará», cuando debería haberle dicho: «sé que puedes hacer todo cuanto quieras». Es cierto que la intercesión de Jesús siempre prevalece, pero también es cierto que su poder siempre predomina.
(b) La palabra de consuelo que Jesús dio a Marta: «Jesús le dijo: Tu hermano resucitará» (v. 23). Marta, en su querella, miraba hacia el pasado. En casos similares, estamos inclinados a incrementar nuestra tristeza mediante la imaginación de lo que podría haber sido … Pero Cristo instruye a Marta, y a nosotros, a mirar hacia el futuro y pensar, no en lo que pudo haber sido, sino en lo que será. Por eso le dice: «Tu hermano resucitará». Esto era cierto con respecto a Lázaro, en aquella ocasión, de una manera peculiar, pues iba a ser resucitado de inmediato, aun cuando para volver a morir algún tiempo después. Pero es aplicable a todos los creyentes, y en un sentido más elevado, pues resucitarán para no volver a morir jamás (6:51, 58; 8:51). Junto al lecho de su esposa difunta, lloraba de rodillas su apesadumbrado esposo. Ambos eran creyentes. El médico de la casa, que también era cristiano, puso su mano sobre la cabeza del hombre y se limitó a decirle: «No se aflija demasiado. Volverá a verla». Esto mismo es lo que Jesús dice tácitamente a todo creyente, cuando la muerte se cierne sobre una familia cristiana: «No llores; volverás a ver a tu marido, a tu esposa, a tu hijo, a tu hija, etc.».
(c) La fe con que mezcló Marta la palabra de Cristo (v. He. 4:2), y la parte de incredulidad que quedaba todavía mezclada con su fe: «Marta le dijo: Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día» (v. 24). Da por palabra fiel que habrá resurrección en el último día, pero parece que esto le da poco consuelo en el momento presente (nótese, sin embargo, que ese «ya» no se halla, en ningún MSS, en el original. Nota del traductor). Lo cierto es que Marta presta así poco aprecio a las palabras de Jesús. A causa de nuestro descontento bajo las cruces que nos agobian, también nosotros subestimamos nuestras futuras esperanzas.
(d) La instrucción ulterior y el mayor ánimo que Jesús da a Marta diciéndole: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (v. 25). Aquí tenemos el quinto «YO SOY» de Jesús en Juan, de los que van seguidos de algún predicado, aparte de los que aparecen sueltos, como en 8:24, 58. Los otros seis son: 6:35; 8:12; 10:9; 10:11; 14:6 y 15:5. Como hace notar Hendriksen, «sujeto y predicado son intercambiables». En efecto lo mismo se puede decir que «Jesús es la vida» y que «La vida es Jesús en persona» (comp. 1:3–4 con 8:12; 16:4), con lo que se nos da a entender la deidad de Jesús, en la que las perfecciones divinas se identifican con la esencia, lo cual no sucede en nosotros; de nosotros se puede decir que estamos vivos, pero no que somos la vida, puesto que sólo Dios posee, como en su raíz y fuente, la vida inmortal (v. 1 Ti. 6:16). En esta instrucción de Jesús a Marta vemos:
Primero, el poder soberano de Cristo. Marta creía que Jesús, por medio de su intercesión eficaz, podía obtener de Dios cuanto le pidiera, pero Jesús quiere hacerle saber que con sola su palabra, puede hacer cuanto quiera, ya que, al ser el autor de la vida (Hch. 3:15), puede restaurarla mediante la resurrección.
Es un consuelo inefable para todos los creyentes saber que el Señor Jesucristo es la resurrección y la vida, y lo será para cada uno de ellos.
Segundo, la gran promesa para todo creyente: «El que cree en mí (nótese el presente, que indica una fe viva), aunque haya muerto (físicamente ha de entenderse, pues sólo cabe este sentido), vivirá» (v. 25); es decir, volverá a la vida. Percatémonos de que Jesús se está dirigiendo a Marta, y es como si le dijera:
«El que es creyente, aunque su cuerpo se halle en la tumba, como se halla el de tu hermano, puede volver a la vida en virtud del poder que yo tengo para resucitarle». Y, a continuación, Jesús se refiere a todo creyente que vive todavía en este mundo, y añade: «Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (v. 26). Nótese que en el versículo anterior, la muerte física precede a la vida eterna, la vida de la resurrección; en el versículo presente, la vida presente precede a la muerte provisional que ha de desembocar en la vida eterna. Por otra parte, en el versículo anterior, el creer va delante del vivir, mientras que en el versículo actual, el vivir va delante del creer aun cuando (sin negar que se está refiriendo a la vida presente) es muy probable, como advierte Hendriksen, que se trate de una endíadis (del griego hen dia dis = una misma cosa mediante dos palabras) y que el Señor quiera decir: «todo aquel que vive por fe en mí» no verá la muerte eterna (comp. con Ap. 20:6). Efectivamente el que cree de veras, «ha pasado de muerte a vida» (5:24; 1 Jn. 3:14). La actual mortalidad de nuestro cuerpo será un día sorbida por la vida victoriosamente (v. 1 Co. 15:54–55), mientras que la vida física sin fe será sorbida por la muerte miserablemente (v. Ap. 20:10; 21:8).
(e) Tras esta solemne declaración, Jesús pregunta a Marta: «¿Crees esto?» (v. 26b). A lo que Marta responde con una confesión clara, firme y valiente de su fe en el Señor: «Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios (comp. con Mt. 16:16), que has venido al mundo» (v. 27. Lit. «el que viene al mundo»). En esta declaración, vemos que la palabra de Cristo sirve de guía a la fe de Marta, pues da inmediatamente por seguro lo que Cristo acaba de decir: «Sí, Señor». Podemos decir que la fe es como un eco de la revelación divina, pues devuelve con exactitud las palabras que se le envían. También vemos que la autoridad de Cristo es la base de la fe de Marta. Como soporte de toda la estructura de sus creencias, Marta ve en la persona de Cristo la base de su fe: «Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Es de notar que, aunque el griego (como otros idiomas) no exige el uso de los pronombres personales, tanto el «yo» como el «tú» del versículo 27 aparecen enfáticos en el original. Vemos, pues, que Marta creía y confesaba que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios y, con estos supuestos, no le resultaba difícil admitir que Cristo es «la resurrección y la vida» (v. 25). Así como, por ser la fuente de la luz y de la verdad, hay garantía de que sus palabras son fieles y verdaderas, así también, por ser la fuente de la vida feliz, podemos depender confiadamente de su poder divino.
3. El diálogo de Cristo con María, la otra hermana de Lázaro.
(A) La noticia que Marta comunicó a su hermana acerca de la llegada de Cristo: «Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana» (v. 28). En otra ocasión, Marta quería retirar de Cristo a María, para que viniese a ayudarla en sus «muchos quehaceres» (Lc. 10:40); pero ahora, pone toda diligencia en atraerla hacia Cristo. Le comunicó la noticia «en secreto». «Podemos imaginárnosla—dice Hendriksen— corriendo a casa y susurrándole a su hermana al oído. ¿Por qué se lo dijo “en secreto”? ¿Fue porque no quería que los judíos (hostiles, en general, a Jesús) se enteraran de la cercanía de Jesús? ¿O, quizá, porque, de no ser así, se habría entablado alguna disputa entre los judíos y Jesús, y ella deseaba que también María tuviese una oportunidad de conversar con el Maestro en privado? Es probable.» Lo cierto es que Marta fue a comunicar a su hermana la llegada de Jesús por orden del propio Maestro: «El Maestro está aquí y te llama» (v. 28b). Se nota en las palabras de Marta una nota de triunfo: «El Maestro está aquí». ¡Ha llegado Jesús! ¡Ha llegado el tan deseado y tan esperado! Éste era el mejor refrigerio en medio de esta aflicción: «Y te llama». ¡De seguro que no hay otra invitación que presagie mejores bendiciones! Siempre que Jesucristo viene a nosotros, nos llama. Y nos llama por nuestro propio nombre, personalmente. Si Él te llama, Él te sanará, Él te confortará Él te consolará.
(B) La prisa con que acudió María a la llamada de Cristo: «Ella, en cuanto lo oyó, se levantó de prisa y vino a Él» (v. 29). El griego dice literalmente «venía»; el pretérito imperfecto es aquí muy gráfico, pues describe la continua, aunque rápida, marcha de María hacia Jesús. Podríamos preguntar por qué se había detenido Jesús allí (v. 30), en vez de llegarse a la casa de Betania. Una de las razones que los comentaristas aducen es que, de esta forma, tenía mejor oportunidad de conversar en privado con las hermanas de Lázaro. Es, sin embargo, más probable, como apunta Hendriksen, que Cristo se detuviese cerca de la tumba de Lázaro, que era un lugar de duelo más adecuado que la casa, en la que se hallaban los que hacían el duelo de rutina. Aunque el Señor está siempre cerca de quienes le buscan, una llamada suya para una mayor cercanía de comunión es siempre una especial bendición. Por eso, la menor insinuación de una llamada similar es suficiente para una fe viva siempre presta a vislumbrar una alusión y a responder al primer toque en la puerta del corazón. María no dijo palabra a los judíos que la consolaban en casa, sino que los dejó en seguida para llegarse a Jesús. Y le halló «en el lugar donde Marta había salido a recibirle» (v. 30). En aquel lugar permanecía Cristo, presto a llevar a cabo su obra. Y en aquel lugar le halló María, presta a beneficiarse de la presencia del Maestro.
(C) Vemos a continuación los equivocados pensamientos de los judíos que estaban en la casa:
«Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, al ver que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí» (v. 31). Notemos, de paso, que Marta era más entera de ánimo que su hermana para soportar las aflicciones. María era de corazón más tierno y, por ello, de espíritu más pesaroso; como ya dijimos, los temperamentos de estas hermanas eran muy distintos. Los judíos que se hallaban en la casa con María, al verla salir tan deprisa, al conocerla, sacaron en consecuencia que se iba al sepulcro para llorar allí a sus anchas. Por aquí vemos:
(a) Cuán necias son las suposiciones de los falsos consoladores, ya que, faltos de verdadera compasión, sólo se imaginan cosas que, en lugar de ayudar a conformarse con la voluntad de Dios, sirven más bien para incrementar el dolor y pintar de colores más repugnantes las cosas que ya los tienen feos de suyo. (b) Cuál es el deber de los que tratan de ayudar y cuál es la prudencia de los verdaderos consoladores: hacer que los que están afligidos levanten los ojos al Cielo y se distraigan del dolor presente. De todos modos, esos judíos que siguieron a María, al pensar que iba al sepulcro a llorar, fueron conducidos de este modo a Cristo y llegaron a ser testigos de primera mano de uno de los más gloriosos milagros del Señor. Por aquí podemos entender el buen resultado que se obtiene de acompañar en sus aflicciones a los amigos de Cristo, porque de este modo podemos llegar a conocer mejor al Señor mismo.
(D) Las palabras de María a Jesús, tan pronto como llegó al lugar en que Él estaba: «María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se arrojó a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano» (v. 32). Son exactamente las mismas palabras que su hermana había dicho al Señor, pero no se nos dice de Marta (aunque tampoco se niega) que se arrojase a los pies de Jesús. Es cierto que Marta dominaba sus emociones mejor que su hermana y, además, era María quien se había sentado a los pies de Jesús para oír su palabra (Lc. 10:39), y la hallamos aquí en la misma postura. Quienes, en días tranquilos, se ponen a los pies de Jesús para recibir sus instrucciones, hallarán también a sus pies el consuelo y la bendición que se necesitan en los días adversos. Aunque María no hizo (no tuvo la ocasión de hacer) la brillante confesión de Marta (v. 27), también es cierto como nota Hendriksen, que no añadió las frases de Marta en el versículo 22 (ni la insinuación de incredulidad del versículo 39. Nota del traductor), con lo que la puntuación respectiva de cada hermana alcanza cierto equilibrio. Ambas hermanas dirigen a Jesús la misma implícita querella: «Si hubieses estado aquí …». Vemos, pues, que María habló menos que Marta, pero lloró más que ella; y las lágrimas de piedad y afecto tienen su voz peculiar para los oídos y el corazón de Cristo, pues no hay oratoria tan eficaz como la de las lágrimas.
Versículos 33–44
I. En esta porción, vemos primero la actitud compasiva (comp. con He. 4:15) de Jesús hacia sus amigos de Betania. Esta actitud se manifiesta de tres maneras:
1. Mediante sus gemidos y su conmoción interior: «Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció interiormente (lit. en el espíritu) y se conmovió» (v. 33). El verbo que traducimos por «se estremeció» puede tener varios sentidos. Hay comentaristas que lo entienden en sentido de que «se indignó», ya fuese por el llanto hipócrita de algunos de los que se lamentaban, ya fuese por ver en la tumba de Lázaro un efecto del primer pecado. Sin embargo, el único sentido posible, a la vista de todo el contexto, es que se conmovió interiormente y mostró esta conmoción interior con notorio estremecimiento exterior, en reacción de simpatía con los que lloraban junto a Él; fue este llanto de los otros el que provocó en Él este estremecimiento que se rompió en lágrimas (v. 35). No ha de olvidarse que el Señor Jesús poseía una naturaleza humana perfecta y, precisamente por ser exenta de pecado, más sensible al dolor ajeno que la nuestra. Aquí tenemos como una representación de las aflicciones de los hijos de los hombres. ¡Qué bien corresponde esta escena a la conocida frase «valle de lágrimas», con la que se denomina a este mundo! Pablo nos exhorta a «llorar con los que lloran» (Ro. 12:15). Quienes aprecian de veras a sus amigos deben compartir con ellos penas y alegrías, porque, ¿para qué es la amistad, sino para la mutua comunicación de ideas y sentimientos? La gracia de Dios hacia nosotros se muestra de modo soberano en su compasión hacia los que se encuentran en aflicción: «En toda angustia de ellos Él fue también angustiado» (Is. 63:9). Un detalle digno de notarse es la forma gramatical en que aparece en el original la frase «se conmovió», pues significa literalmente: «se turbó a sí mismo», donde se nos da a entender que Jesús era dueño perfecto de sus emociones, aunque sus reacciones emocionales justas no dejasen por eso de ser espontáneas.
2. En señal de su sincera condolencia con los que se dolían, Jesús pregunta: «¿Dónde le habéis puesto?» (v. 34). Podemos suponer que, quien al estar ausente, supo por sí mismo que Lázaro había muerto, sabría también dónde habían puesto su cadáver; pero el hecho de que Cristo, al poseer dos naturalezas perfectas y perfectamente distintas, dispusiese también de dos fuentes distintas de información, nos hace pensar que ahora quiere echar mano de la fuente de información que le era común con nosotros y pregunta con el sincero deseo de saber por ellos en qué tumba habían colocado al difunto. Con esta pregunta, Jesús tendía quizás a aliviar algún tanto la tensión emocional de los presentes distrayéndoles de sus sombríos pensamientos. Ryle hace notar agudamente que, mediante esta pregunta, Jesús demostraba que no cabía fraude en el milagro que iba a llevar a cabo, pues no era posible la impostura de sustituir un muerto por un vivo.
3. En tercer lugar, la actitud tiernamente compasiva de Jesús se mostró en sus lágrimas. Los que le rodeaban, le dijeron: «Ven y ve» (comp. con 1:38). Y, al llegar junto a la tumba, se nos dice:
(A) Que «Jesús lloró» (v. 35). El verbo significa «derramar lágrimas» en silencio, y es diferente del usado no menos de 40 veces en el Nuevo Testamento (entre ellas, en el v. 31, y dos veces en el v. 33) para «llorar», y que significa «llorar sonoramente». Es la única vez que el verbo usado en el versículo 35 ocurre en todo el Nuevo Testamento. Es también éste el versículo más corto del Nuevo Testamento, pero ¡qué profundidad en esas dos palabras! Dos veces lloró el Señor Jesús por otros (Lc. 19:41 y aquí), y una vez (en Getsemaní; v. He. 5:7) por sí mismo. En todas ellas, dio una prueba elocuente de ser hombre perfecto y de que el llanto no es algo indigno de un hombre (como suponían los filósofos estoicos). Su llanto era humano en los dos sentidos de la palabra: humano, por ser hombre como nosotros, aunque sin pecado y humano en sentido de benigno y compasivo. Como estaba profetizado de Él, era «varón de dolores y experimentado en quebranto» (Is. 53:3). No se nos dice en los evangelios que Cristo se riera una sola vez, pero sí que lloró en tres ocasiones. Las lágrimas de compasión son, pues, dignas de un cristiano, ya que nos hacen asemejarnos más a Cristo.
(B) Que las lágrimas de Jesús suscitaron diversas reacciones en quienes asistían al acto. (a) Algunos lo echaron a buena parte, pues decían: «Mirad cómo le amaba» (Jesús a Lázaro), según vemos en el versículo 36. Parecían asombrados de que Jesús mostrara tanto afecto a uno que no era pariente suyo. Pero la misma Escritura nos dice que «hay amigo más unido que un hermano» (Pr. 18:24). Es, pues, también muy apropiado que los creyentes, al seguir el ejemplo de Cristo, mostremos afecto hacia nuestros amigos, tanto vivos como difuntos. Aun cuando nuestras lágrimas de nada les sirvan a los muertos, son como bálsamo para su recuerdo. Si por unas lágrimas que derramó junto a la tumba de Lázaro, decían:
«Mirad cómo le amaba», con cuanto mayor razón hemos de decir nosotros: «Mirad cómo nos amó», hasta el punto de dar la vida por cada uno de nosotros. (b) Pero otros hicieron un maligno comentario, al decir: «¿No podía éste, que abrió los ojos del ciego, haber hecho también que éste (lit.) no muriera?» (v. 37). Razonaban de la manera siguiente: «Si hubiese podido impedir que Lázaro muriera, lo habría hecho; como no lo hizo, parece claro que no pudo. En realidad, esto nos hace sospechar que lo de la curación del ciego fue una impostura». Pero Cristo no tardó en convencer y avergonzar a estos murmuradores, pues resucitó a Lázaro, lo cual fue mayor milagro que el haber impedido que muriera. Y, si quiso y pudo resucitar a un muerto, con mayor evidencia (aunque con la misma facilidad) pudo curar a un ciego de nacimiento.
II. Llegada de Cristo al sepulcro de Lázaro.
1. Aquí repite Jesús sus gemidos: «Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro» (v. 38). La expresión es similar a la del versículo 33b, con la diferencia (en el original) de que, en el versículo 33, el texto dice literalmente: «se estremeció en el espíritu», mientras que en el versículo 38 dice: «se estremeció en sí mismo». Por consiguiente, las mismas consideraciones que hicimos en el comentario al versículo 33 tienen aplicación en el versículo 38. El evangelista añade que el sepulcro «era una cueva, y tenía una piedra puesta encima», es decir, tenía la entrada cubierta con una piedra. El sepulcro en que el Señor Jesús fue puesto era semejante a éste. Cuando la gran piedra era rodada para cubrir la tumba, se daba por terminado el funeral.
2. En seguida, Jesús da orden de que retiren la piedra: «Dijo Jesús: Quitad la piedra» (v. 39). Con esta orden, quería Jesús que todos los asistentes pudiesen ver el cadáver puesto en la tumba, al mismo tiempo que se le abría la puerta al que había de resucitar y aparecer a la vista de todos con un verdadero cuerpo, no como un fantasma o un producto de la alucinación colectiva. En sentido espiritual, es un buen paso hacia la resurrección de una persona a la vida eterna cuando, por medio de la predicación del Evangelio los ministros de Dios, fieles al llamamiento de Cristo lanzan la Palabra al fondo de la tumba del corazón y preparan el camino para que el Espíritu Santo remueva los prejuicios quebrantando la piedra (comp. con Jer. 23:29) y haga surgir a la vida (3:5) al que estaba muerto en sus delitos y pecados (Ef. 2:1).
3. Aun entonces, Marta, fijándose más en el cadáver de su hermano que en el poder del Salvador, parece objetar que el cadáver está ya en proceso de descomposición, pues «hiede ya». Al llegar aquí, no estará de más hacer dos observaciones: (a) Era opinión corriente entre los orientales que el alma del difunto se quedaba junto al cadáver durante tres días, pero que se marchaba definitivamente de él al cuarto día, con lo que el proceso era de todo punto irreversible. Esto nos hace pensar que, precisamente por eso, Jesús esperó hasta el cuarto día después de la muerte de Lázaro, a fin de que no quedase duda alguna de que la resurrección del difunto era de todo punto imposible, a no ser por el poder divino. (b) Aunque los judíos embalsamaban o «ungían» los cadáveres de sus difuntos su método distaba mucho de la perfección con que los egipcios llevaban a cabo dicha operación; por ello, no ha de extrañarnos que el cadáver de Lázaro, «ya de cuatro días», exhalase el hedor que evidencia el proceso de descomposición. También en esto, Cristo venció a la muerte, puesto que su propio cadáver no experimentó la ordinaria corrupción del sepulcro (v. Hch. 2:24, 31), así como su espíritu no había experimentado la corrupción del pecado. ¡Qué cambio tan profundo y tan rápido se produce en nuestro cuerpo tan pronto como lo abandona el alma! Marta pensó que era demasiado tarde, como si dijese: «Señor, es demasiado tarde. Es imposible que este podrido cadáver vuelva a la vida».
4. Pero Cristo, a quien el hedor del cadáver no había repugnado como le repugna el hedor del pecado, reprende benignamente a Marta por la dosis de incredulidad que todavía le queda a ella. Más aún, le da a entender que el hecho mismo de que el cadáver hieda ya, va a servir para incrementar la gloria del milagro que el poder divino va a obrar: «Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» (v. 40). Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado todas las garantías imaginables de que una fe sincera será coronada, a la larga, con una bienaventurada visión. Si tomamos a la letra la palabra de Cristo y nos apoyamos enteramente en su poder y en su fidelidad, veremos la gloria de Dios y seremos inmensamente felices con esa visión. Tenemos necesidad de que se nos refresque la memoria con mucha frecuencia a fin de que las seguras mercedes que el Señor nos ha prometido nos sirvan de ánimo en medio de las dificultades de la vida presente. Estamos inclinados a olvidar las palabras de Cristo, y es preciso que Él nos repita una y otra vez, mediante su Palabra y su Espíritu: «¿No te he dicho …? ¿O piensas que me voy a desdecir?» A continuación vemos que, sin atender a las palabras de Marta, los hombres obedecieron la orden de Jesús: «Quitaron, pues, la piedra de donde había sido puesto el muerto» (v. 41). Lo único que podían hacer estos hombres era «quitar la piedra». Sólo Cristo podía devolver la vida al cadáver.
III. Jesús lleva a cabo el milagro de resucitar a Lázaro.
1. Primero, se dirige al Padre acompañando las palabras con un gesto muy significativo: «Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído» (v. 41b). Alzó sus ojos al trono de Dios en los cielos pues, ¿qué otra cosa es la oración, sino la elevación del alma hasta el trono celestial de Dios, para dirigir allá los afectos, los sentimientos y las súplicas de nuestro corazón? Alzó los ojos por encima de la tumba de Lázaro y pasó por alto todas las dificultades que, para una vuelta a la vida, suponía la hediondez de un cadáver en proceso de descomposición. Y se dirige al Padre con toda seguridad, dándole gracias por haberle oído, es decir, por haberle concedido el poder de hacer el milagro como si éste se hubiese llevado a cabo ya (comp. con v. 11). De esta forma nos enseñaba Jesús con su propio ejemplo lo que ya había dicho a sus discípulos: «Por eso, os digo que todo cuanto rogáis y pedís, creed que lo estáis recibiendo, y lo tendréis» (Mr. 11:24). Como David, podemos decir: «Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, te la sabes toda» (Sal. 139:4). No es extraño que el Padre siempre oyera a Jesús (v. 42), pues Jesús siempre hacía lo que le oía al Padre (v. 5:30; 8:26, 40). La oración es la llave que nos abre los tesoros del poder y de la gracia de Dios. Por eso, Cristo, al estar seguro de que su petición había sido oída, profesa aquí:
(A) Su agradecimiento por esta respuesta anticipada: «Gracias te doy por haberme oído». Celebra la victoria antes de empezar la batalla. Por fe en la promesa de Dios, podemos ver como ya concedida la merced que Dios ha prometido concedernos (comp. con 2 Cr. 20:17), y darle gracias por ella. No hay oración más eficaz que ésta, pues compromete a Dios con sus propias palabras (comp. con Éx. 32:11–14). La gratitud a los favores que recibimos de Dios en respuesta a la oración, no sólo es un deber perentorio, sino también garantía segura de nuevos favores, pues así como Dios no se deja ganar en generosidad, tampoco se deja ganar en fidelidad. Y así como Él responde con su favor antes de que le pidamos, así también debemos darle gracias antes de que nos lo conceda. Y además de valorar el favor en sí, deberíamos tener en cuenta cuán grande es la benignidad y condescendencia de Dios al estar tan presto a responder la oración de quienes somos «polvo y ceniza» (v. Gn. 18:27).
(B) Su seguridad por una respuesta tan presta y tan a tiempo: «Yo sabía que siempre me oyes». Saber que el Padre nos oye siempre, ha de animarnos grandemente a orar, y poner nuestras súplicas en sus manos con plena confianza. Nosotros no podemos atrevernos a tanta confianza como Jesús, porque no tenemos con el Padre la unidad que Cristo tenía con Él en cuanto Dios, y la intimidad, nacida de una obediencia absoluta (4:34) en cuanto hombre; sin embargo, «ésta es la confianza que tenemos ante Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho» (1 Jn. 5:14–15).
(C) La razón por la que expresó en voz alta la respuesta del Padre a su petición: «Pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado» (v. 42b). De esta forma, Jesús pulverizaba las objeciones de sus enemigos, quienes habían llegado a blasfemar horriblemente del Espíritu Santo, al atribuir a una coalición con el diablo los milagros que Jesús llevaba a cabo mediante el poder del Espíritu de Dios (v. Mt. 12:28; Lc. 11:20). Ahora, para convencerles de lo contrario, se dirige al Padre, por medio de oración, no de encantamiento mágico, alza los ojos y eleva la voz al Cielo, para mostrar así que dependía por entero de Dios en la realización de sus milagros, y no de cualquier otro poder. Todos los portentos que llevaba a cabo estaban destinados a confirmar su misión divina y a corroborar así la fe de quienes se habían adherido a Él y se habrían de adherir a Él después, en el decurso de los siglos (comp. con 17:18–23): «para que crean que tú me has enviado». Jesús da de su divina misión la prueba más alta y contundente: devolver la vida a un muerto de cuatro días.
2. Después de dirigirse al Padre, Jesús se dirige ahora al propio amigo difunto: «Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, sal fuera!» (v. 43). El original griego usa expresivamente dos adverbios:
«¡Lázaro, acá, fuera!» Notemos lo siguiente:
(A) Cristo pudo haber devuelto la vida a Lázaro mediante el ejercicio silencioso de su poder divino, pero quiso hacerlo mediante un llamamiento hecho en voz muy alta. ¿Por qué?
(a) Para dar a entender el poder empleado en el milagro. El alma de Lázaro se hallaba ya, no junto al cadáver, como habrían pensado los judíos si el milagro se hubiese llevado a cabo antes, sino ya en el Hades o (nota del traductor) en manos del Padre de los espíritus (v. Ec. 12:7), puesto que la presciencia divina sabía que la vida de Lázaro no iba a terminar por ahora en el sepulcro (v. 4). En todo caso, el alma de Lázaro estaba ya lejos del cuerpo, por lo que Jesús gritó a gran voz, como se hace para llamar a alguien que está a gran distancia. Cuanto más profundo es el sueño de una persona, más fuerte voz se necesita para despertarla (v. 11).
(b) Como tipo de otras obras portentosas que el poder de Cristo lleva a cabo. Esta «gran voz» es figura, primero, de la voz del Evangelio, mediante la cual son levantados a la vida quienes yacen «muertos por sus delitos y pecados» (Ef. 2:1); segundo, de otra voz suya, cuando el Señor mismo descienda con «voz de mando» (1 Ts. 4:16), «a la final trompeta» en el último día, y «los muertos resuciten incorruptibles» (1 Co. 15:52). Ningún obstáculo prevalecerá contra el poder de Dios.
(B) Este llamamiento en voz alta fue sumamente conciso y, al mismo tiempo, extremadamente poderoso. Llama al muerto por su propio nombre, para que, como dice Agustín de Hipona, sea él quien vuelva a la vida y no otro, pues la voz de Jesús es tan poderosa—dice él—que si no le hubiese llamado personalmente, todos los muertos se habrían levantado de sus sepulcros. Le dice «¡sal fuera!»; no le dice:
«¡Resucita!», porque, como dice el Crisóstomo, demostraba así que podían oírle los muertos igual que los vivos. Tampoco le dice: «¡Sal en nombre de mi Padre!», porque quien había orado, como hombre, al Padre obraba ahora en virtud de su propio poder divino. Le llama a que salga, para mostrar que, junto con la vida, le da el movimiento, con el que se muestra claramente la vida de un ser. Esto nos enseña que aquellos a quienes la gracia de Cristo ha hecho pasar de muerte a vida (5:24), han de moverse para dar testimonio de lo que Dios ha obrado en ellos y han de poner la mira en las cosas de arriba (Col. 3:1–3), sin volver a la tumba del pecado y de lo mundano (comp. con 2 P. 2:20–22), no sea que, en vez de presentarse como nacidos de nuevo, sean, en realidad cadáveres ambulantes como los que «corren hacia el desenfreno de disolución» (1 P. 4:4).
(C) El milagro se llevó a cabo:
(a) Con la mayor rapidez: «Y el que había muerto salió» (v. 44). ¡Qué majestuosa sencillez en esta breve frase del cronista! Con una velocidad superior a la de la luz la orden fue transmitida al alma y al cuerpo de Lázaro, de forma que se reunieran y, así, vivo de nuevo, pudiese obedecer la orden de salir del sepulcro. El milagro nos es descrito, no por los ocultos y misteriosos cambios efectuados en el muerto, ya que Jesús no intentaba satisfacer la curiosidad, sino por sus efectos visibles con lo que se robustecía la fe y se derrotaba la incredulidad. Si alguien pregunta si Lázaro, una vez resucitado, pudo informar de lo que pasó en él o de lo que vio en el otro mundo, es de suponer que tales fenómenos fuesen para él mismo imposibles de expresar o impedidos de declarar (comp. con 2 Co. 12:4). No nos dejemos llevar de la vana curiosidad, sino contentémonos con lo que está escrito: «El que había muerto, salió».
(b) Con la mayor perfección. Lázaro pudo salir del sepulcro con la misma fuerza, con las mismas energías, con que se levantaba de la cama por la mañana cuando se hallaba en la plenitud de su salud juvenil; no sólo volvió a la vida, sino a plena salud. No salió meramente a efectuar un breve relevo, sino a vivir como cualquier otra persona sana. Tan perfecta era la salud con que salió que se levantó de la tumba, «atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario» (v. 44). Volvió a la vida y salió vestido con el mismo traje con que había sido sepultado, para mayor evidencia de que era la misma persona, sin truco alguno por parte de alguien que hubiera intentado suplantarle. A continuación, «Jesús les dijo: Desatadle y dejadle ir». Como si dijese: «Soltadle las ataduras que le impiden caminar, a fin de que pueda marcharse a casa con lo que lleva puesto». Los encargados de ejecutar esta orden de Jesús tuvieron la ocasión, no sólo de ver, sino de «palpar y ver que era el mismo» (comp. con Lc. 24:39), al ser testigos de excepción del milagro. Por aquí vemos también cuán poca cosa nos llevamos cuando nos vamos de este mundo: sólo una mortaja y un ataúd; y aun eso nos lo dan, no lo tomamos nosotros. Como dice Pablo: «porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar» (1 Ti. 6:7). En el sepulcro, al menos, no necesitamos cambiar de ropa. Podemos imaginarnos que quienes vieron a Lázaro salir así del sepulcro, no sólo quedaron excesivamente sorprendidos, sino que se llevaron también un susto mayúsculo. Por eso, para familiarizarles con el milagro, Jesús les pone a trabajar: «Desatadle y dejadle ir».
Versículos 45–57
En esta porción vemos las reacciones que provocó entre la gente el milagro de la resurrección de Lázaro.
I. Algunos fueron inclinados a creer en Jesús: «Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en Él» (v. 45). Muchas veces habían oído de sus milagros, pero no se habían convencido, ya que ponían en duda que fuesen una realidad, pero ahora les daban crédito al ver por sus propios ojos lo sucedido. Aunque, como hemos explicado en otros lugares, la frase no significa que todos ellos recibieran al Señor como su Salvador, no puede negarse que algunos se convertirían de veras. Estos judíos habían venido a casa de Lázaro para consolar a sus hermanas. Siempre que hacemos el bien a otros, nos ponemos en condiciones de recibir favores de parte de Dios.
II. Pero otros se obstinaron en su incredulidad, irritados por el milagro que habían presenciado.
1. Así les pasó a los que fueron a informar a los fariseos de lo sucedido: «Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho» (v. 46). Con este desprecio de Jesús y de sus milagros, fueron a incrementar el odio y el furor de quienes no necesitaban de mayor espolique para proseguir en su empeño con más ahínco. Vemos aquí una incredulidad tanto más obstinada cuanto mayor era la evidencia de las pruebas a favor de Jesús. Vemos asimismo una enemistad inveterada. Si no se quedaban suficientemente satisfechos como para creer que Jesús fuese el Mesías podía esperarse al menos que se suavizaran y cesaran en su afán de perseguirle.
2. Los jueces del caso, los guías ciegos del pueblo, se exasperaron más aún con el informe que les fue dado. Así que: (A) «Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el Sanedrín» (v. 47). Esta reunión fue convocada, no sólo para tomar acuerdos, sino también para exasperarse mutuamente en su enemistad y furia contra Jesús.
(B) Expusieron el caso y recalcaron las tremendas consecuencias que podían derivarse de él.
(a) El tema principal del debate era qué acción debía tomarse contra Jesús: «Y dijeron: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchas señales» (v. 47b). Reconocen la autenticidad de los milagros de Cristo, y que son muchos los que está llevando a cabo; así que son testigos contra sí mismos, ya que reconocen las credenciales del Mesías y, con todo, se niegan a aceptar la comisión que desempeña. Deliberan sobre lo que debe hacerse y se reprochan a sí mismos por no haber tomado antes las medidas pertinentes para impedir lo que estaba sucediendo. No se paran a reflexionar y ponderar las pruebas para ver si le han de recibir o no como Mesías, sino que dan por seguro que es un enemigo de la nación y como a tal hay que tratarlo: «¿Qué hacemos?» Como si dijesen: «¿Es que vamos a estar siempre hablando y discutiendo, sin tomar medidas más efectivas?»
(b) Lo que, según ellos, representaba el mayor peligro, si dejaban marchar las cosas como iban, era el prestigio que Jesús iba ganando entre el pueblo, con lo que las multitudes llegarían a ver en Jesús el Mesías prometido y alzarlo por rey (6:15), por lo que tendría que intervenir el poder romano, que no admitía otro rey que César, y la nación sería la que pagase las consecuencias: «Si le dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos, y destruirán (lit. quitarán) nuestro lugar santo y nuestra nación» (v. 48). Bajo pretexto de patriotismo, los líderes judíos se aprestan a tomar rápidas y graves medidas contra Jesús, a pesar de confesar ellos mismos que está llevando a cabo muchos milagros y de que no tiene pretensiones de gobernar sobre ellos como rey temporal y político. Véase de paso qué opinión tan alta tienen de sus propios poderes. Hablan como si el éxito o el fracaso futuros de Jesucristo dependiesen de las medidas que ellos tomen o de la aparente vista gorda que están haciendo ahora; no se percatan de que el que tiene poder para derrotar la muerte, tiene también poder para frustrar los designios de ellos (v. 10:18). Analicemos en detalle las palabras de estos líderes religiosos de la nación:
Primero, se atreven a profetizar que si se deja en libertad a Jesús, «todos creerán en él». De esta forma exaltan, a pesar suyo el prestigio de Cristo hasta considerarle irresistible; y lo hacen únicamente para servir así a sus propios intereses, pues esta gente es la misma que anteriormente había presentado la predicación de Jesús como algo despreciable para toda persona experta en la ley: «¿Acaso ha creído en Él alguno de los gobernantes o de los fariseos?» (7:48). ¡Y ahora tienen miedo de que «todos creerán en Él»!
Segundo, se atreven igualmente a profetizar que, si todos creen en Él, «vendrán los romanos, y destruirán el templo y la nación». Aquí se ve la cobardía de estos hombres. Si hubiesen sido fieles a su Dios, no habrían tenido necesidad de temer a los romanos; pero se expresan ahora como gente que ha perdido todo ánimo. Cuando una persona pierde el temor de Dios, pierde también su valentía ante los hombres. Era completamente falso que hubiese peligro alguno de irritación por parte de los romanos a causa del progreso del Evangelio mediante la predicación de Cristo, pues Él mismo había enseñado que debía darse tributo a César y a no usar de violencia contra quien les maltratase. El propio gobernador romano durante el proceso de Jesús, tuvo que admitir que no hallaba en Él ningún delito (18:38). Los miedos imaginarios suelen ser como la irradiación al exterior de los malvados designios del corazón. Así es como, en todas las épocas, los enemigos de Cristo y del Evangelio han tratado de cubrir con capa de bien público, de común seguridad y hasta de unidad nacional la persecución del Evangelio, y presentar a los ministros de Dios y a los verdaderos profetas como sediciosos de la más temible calaña: «Estos que han revolucionado el mundo entero, también han venido acá» (Hch. 17:6). La política de este mundo suele presentar sus razones de estado contra las normas de la justicia. Cuando se emplean tan falsas excusas para evitar calamidades públicas, se incurre en un pecado que atrae sobre las cabezas de los que lo cometen las desgracias más efectivas.
(C) Como los que debaten el asunto no parecen llegar a ningún acuerdo positivo, se levanta el presidente del Sanedrín, el propio sumo sacerdote, y pronuncia su veredicto, lleno de maldad contra Jesús, y de desprecio hacia todos los demás miembros del supremo Consejo de la nación.
(a) La perversidad de sus palabras se echa de ver al primer vistazo (vv. 49–50). Al ser el sumo sacerdote, Caifás carga con la responsabilidad de pronunciar la decisión final: «Entonces Caifás uno de ellos, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que nos conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca». Es de notar en estas palabras:
Primero, que el que así hablaba era Caifás, quien era sumo sacerdote aquel año. Esto no significa que cada año hubiese relevo de sumo sacerdote, puesto que el cargo era vitalicio, aun cuando en aquella época, el poder romano quitaba y ponía a su arbitrio a quien le parecía y, por otra parte, el suegro de Caifás, Anás, era quien, en realidad llevaba las riendas del cargo. Lo que Juan se limita a decir es que, en aquel año, el sumo sacerdote era Caifás (comp. con Lc. 3:1–2).
Segundo, que el núcleo y punto principal del discurso de Caifás es que, de alguna manera, había que hallar el modo de dar muerte a Jesús. Caifás no dice: «Hay que silenciarlo», sino: «Hay que matarlo».
Tercero, que, con esta drástica medida, Caifás pretendía mostrar su personal sagacidad, al mismo tiempo que la estupidez de sus colegas: «Vosotros no sabéis nada». Como si dijese: «Vosotros, los maestros de la ley y simples sacerdotes, no os dais cuenta del peligro que se cierne sobre la nación.
Carecéis del “carisma” profético que yo solo poseo, por ser el sumo sacerdote». Así es como muchas veces, los que se hallan en el pináculo de la autoridad imponen sus normas corrompidas con base en el oficio elevado que detentan; y, puesto que se tienen a sí mismos como mejor enterados y más responsables que los demás, esperan que todo el mundo les de la razón y obedezca sin objeciones ni protestas lo que ellos tengan a bien dictaminar. Caifás da por sentado que el caso está claro y no admite discusión. La razón y la justicia son abatidas, con gran frecuencia por mano de los más altos jerarcas. «La verdad se tambaleó en la plaza» (Is. 59:14), donde se pronunciaban los discursos; y, cuando la verdad cae por el suelo, «la rectitud no puede entrar» (Is. 59:14b). Cuando la verdad cae, abajo se queda; y cuando la justicia no puede entrar, fuera se queda. Caifás echa mano de una máxima política, que de buen grado firmaría Maquiavelo: El bien común siempre tiene precedencia sobre el bien de las personas particulares: «Nos conviene que un solo hombre muera por el pueblo». La preposición «por» significa, en el griego, «a favor de». Con lo que el sentido exacto de las palabras de Caifás es: «Es conveniente para nuestra nación que Jesús muera, ya que su muerte es un beneficio para todo el pueblo» (v. la misma preposición en 10:11, 15). El astuto maquiavelismo de Caifás se echa de ver en su a primera vista, aplastante lógica: «Si se deja en libertad a Jesús, la nación será destruida; pero, si se da muerte a Jesús, la nación se salvará de la ruina. Por consiguiente, es menester dar muerte a Jesús para que la nación se salve». De esta forma, Caifás da a entender que el mejor y más provechoso hijo de la nación judía debería pensar que su vida estaba bien empleada y bien perdida, si con su muerte se salvaba de la ruina el país.
Pero el caso estaba muy mal puesto de esta manera. Lo que debería haber considerado es: «¿Es conveniente para la nación cargar sobre sí la responsabilidad de derramar sangre inocente con el pretexto de asegurar la tranquilidad pública y los intereses cívicos?» Pero una política carnal, mientras piensa salvarlo todo mediante el pecado, lo que hace, en fin de cuentas, es arruinarlo todo. Este es aquí el caso; por una tremenda ironía de la historia, sucedió precisamente todo lo contrario que el consejo de Caifás pretendía evitar, pues, al sentenciar a muerte a Jesús, los judíos pronunciaron la sentencia de destrucción sobre sus propias cabezas, ya que, durante aquella misma generación, vinieron los ejércitos romanos y destruyeron el lugar santo y la nación misma.
(b) El misterio que se hallaba encerrado en el consejo de Caifás, y del que él mismo no era consciente nadie lo vio de inmediato, pero el propio evangelista nos lo descubre: «Esto no lo dijo por sí mismo» (v. 51). Es decir, Dios puso en las palabras de Caifás un sentido que él no pretendía (comp., en cierto grado, con 1 P. 1:10–12; 2 P. 1:20–21), de forma que Caifás pronunció una profecía de largo alcance, muy a pesar suyo, como lo había hecho Balaam de forma consciente en otro tiempo (v. Nm. caps. 23 y 24). Sin percatarse de ello, Caifás profetizó, por carisma especial que plugo a Dios concederle en aquel momento, por «ser el sumo sacerdote aquel año, que Jesús iba a morir por la nación» (v. 51). El evangelista hace el más precioso comentario sobre el más pernicioso texto. La caridad nos exhorta a echar a buena parte, si no hay evidencia en contrario, lo que los hombres hacen y dicen; pero la piedad va más allá, pues nos enseña a sacar el mejor provecho de lo que digan y hagan los demás. Si los impíos son como la mano de Dios, instrumento para humillarnos y reformarnos, ¿por qué no han de ser como la boca de Dios para instruirnos y convencernos? No olvidemos que, así como los corazones de todos los hombres están en las manos de Dios, así también lo están sus bocas.
(D) El evangelista explica en detalle el sentido misterioso de las palabras de Caifás.
(a) Explica por qué habló así:
Primero, nos dice que «esto no lo dijo por sí mismo», de su propia iniciativa. Así como, al concitar los ánimos del Sanedrín contra Jesús, habló por sí mismo, al declarar los ocultos designios de Dios, no habló por sí mismo, sino como oráculo de Dios.
Segundo, nos dice que «profetizó». Y los que profetizaban no hablaban por sí mismos, sino llevados por el Espíritu (2 P. 1:21). Podríamos preguntar: «¿Qué le ha sucedido a Caifás? ¿Caifás también entre los profetas?» (comp. con 1 S. 10:11; 19:24). ¡Pues, sí, sólo por una vez! Dios puede usar a hombres perversos como instrumentos para Sus designios, incluso contra las claras intenciones de tales instrumentos. Las palabras proféticas en boca de una persona no son evidencia infalible de la gracia de Dios en el corazón de tal persona. Las hipócritas apelaciones a ciertos carismas («Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre …?»; Mt. 7:22) serán rechazadas como frívolas disculpas.
Tercero, nos dice que profetizó «por ser el sumo sacerdote aquel año». No quiere decir que el ser sumo sacerdote le cualificase, sin más, para profetizar, sino que, al ser el sumo sacerdote, plugo a Dios poner estas significativas palabras en su boca y no en la de cualquier otro miembro del Sanedrín, a fin de que tuviesen peculiar relieve y fuesen tomadas en mayor consideración.
Cuarto, nos dice que el tema de esta profecía era «que Jesús iba a morir por la nación». Caifás entendió por «nación» la de aquellos que estaban obstinados en su oposición a Cristo, pero Dios intentó significar por «pueblo» el conjunto de los que habían de recibir la doctrina de Cristo y habían de ser sus discípulos. Es algo tremendo lo que aquí se profetiza: Que Jesús iba a morir, a morir por otros, y no sólo a favor de otros, sino también en lugar de otros (v. 2 Co. 5:21). Si la nación judía entera hubiese creído unánimemente en Jesucristo y recibido su Evangelio, no sólo se habría salvado para vida eterna, sino que se habría salvado también de la inminente ruina temporal.
(b) Extiende el sentido misterioso de la profecía de Caifás más allá de los límites dentro de los que se incluía el propósito de su declaración: «Y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (v. 52). Vemos: Primero, las personas por las que murió Cristo: No sólo por las de la nación de Israel, «sino también por los hijos de Dios que estaban dispersos», es decir, por los no judíos, nacidos o por nacer (comp. con 17:20), que habían de creer en el Evangelio a lo largo de los siglos siguientes, así como por judíos, a la sazón vivientes o por nacer. En realidad, la salvación por medio de Cristo alcanza a todo el que ha sido salvo desde Génesis 3:15 y lo será hasta Apocalipsis 22:17; es decir, de punta a cabo de la historia de la Humanidad pecadora.
Segundo, el propósito e intención de su muerte: «Para congregar en uno a los hijos de Dios» (comp. con 10:16). Por medio de la muerte de Cristo, tanto los judíos (los cercanos) como los gentiles (los lejanos) que hemos creído, y los que han de creer, en Jesús, tenemos acceso por un mismo Espíritu al Padre (v. Ef. 2:17–19) ya que «Él (Cristo Jesús) es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación …» (Ef. 2:14–16). Cristo, elevado en la Cruz, es como un enorme imán (12:32 comp. con 6:44), que atrae hacia Sí todos los corazones (comp. con 3:14–15); y, al atraer hacia Sí a todos los que creen se convierte en el gran centro de unidad: congrega a todos en uno; hace de todos una gran congregación; así que todos los verdaderos creyentes de todos los lugares y de todas las épocas tienen su punto de reunión en Cristo. Este es el verdadero ecumenismo.
(E) El resultado del debate del Sanedrín: «Así que, desde aquel día, acordaron matarle» (v. 53). Ahora todos entendieron de qué se trataba y se pusieron de completo acuerdo en matar a Jesús. También los enemigos de Cristo se congregaron en uno (v. Hch. 4:27–28) para quitarle la vida, así como los amigos de Cristo son congregados en uno para vivir de su muerte. Lo que anteriormente habían pensado por separado, ahora lo maquinaban conjuntamente para fortalecer mutuamente sus manos en esta obra criminal. Los impíos cobran ánimos unos de otros, mediante la unión de pareceres, a fin de llevar a cabo sus prácticas abominables (comp. con Ro. 1:32). De este modo, muchos crímenes que, a primera vista, parecían imposibles de ser llevados a efecto son ejecutados con la mayor facilidad. Lo que por tanto tiempo deseaban, pero necesitaban una buena excusa para ello, resultaba ahora, no sólo excusable y justificable, sino conveniente y aun necesario.
(F) A consecuencia de la decisión tomada por el Sanedrín, Jesús se retiró de la zona de peligro: «Por tanto, Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos» (v. 54). Se retiró a un lugar tan escondido que se discute la precisa ubicación de dicha ciudad aunque es lo más probable que se trate de Ofrá (v. Jos. 18:23), lindante casi con Samaria; probablemente también, coincide con la localización actual que lleva el nombre de El-Tayyibé, la cual, por estar situada cerca del desierto de Judá, habría facilitado la huida de Jesús fuera del territorio judío, en caso de ser perseguido por sus enemigos. Allá marcharon sus discípulos con Él. No se escondió Jesús por temor a sus enemigos o desconfianza en su propio poder divino, sino para mostrar su desagrado ante el rechazo de los judíos, quienes no se habían percatado del día de su visitación (v. Lc. 19:42) y también para que la crueldad de sus enemigos resultase menos excusable ya que el furor de ellos debería haber amainado con la retirada de Jesús. El motivo principal, empero, era que no había llegado su hora todavía. Esta retirada provisional haría que su regreso a Jerusalén, para morir allí dentro de pocos días se convirtiese en una entrada triunfal, cuando llegase cabalgando sobre un asno entre las aclamaciones de júbilo de quienes le habían de dar la bienvenida.
(G) La meticulosa investigación acerca de su paradero, hecha durante su retiro (vv. 55–57).
(a) La ocasión de tal investigación fue la proximidad de la Pascua, en la que se esperaba su asistencia según costumbre: «Y estaba cerca la pascua de los judíos» una fiesta que brillaba como estrella de primera magnitud en el calendario hebreo. Ahora que se aproximaba la gran fiesta «muchos subieron de aquella región, de todas las localidades del país, a Jerusalén antes de la pascua, para purificarse» (v. 55). Eran purificaciones legales, a las que habían de someterse los que habían cometido alguna clase de infracción de la ley (v. Éx. 19:10–15; Nm. 9:9–14; 2 Cr. 30:17–18; Jn. 18:28), así como los que debían expiar por medio de sacrificios las contaminaciones legales.
(b) La investigación fue llevada a cabo meticulosamente: «Y buscaban a Jesús, y estando ellos en el templo, se preguntaban unos a otros: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta» (v. 56). Hay quienes opinan que estas palabras fueron dichas por los que deseaban ver a Jesús en la fiesta, al menos por curiosidad. Jesús había faltado a la fiesta en otra ocasión (v. 6:4 y ss.). Lo más probable es que quienes así se expresaban fuesen enemigos de Cristo, los cuales en lugar de subir a Jerusalén para purificarse de sus infracciones de la ley, subían con ánimo de prender a Jesús para darle muerte. Las frases comportan: (i) una insidiosa alusión, como si el no venir a la fiesta significase que el Señor tenía miedo de exponerse al peligro; (ii) una temerosa aprensión de que si no subía a la fiesta iban ellos a perder la oportunidad de echarle mano; como si dijesen: «¿No vendrá a la fiesta? Si es así, nos van a salir mal nuestros planes».
(c) Las órdenes cursadas para arrestarle: «Y los principales sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba, lo denunciara, para que le prendiesen» (v. 57). El gran Sanedrín publicó un decreto en el que encargaba y requería con toda solicitud, urgencia y estricta obligación que cualquier persona que conociese el paradero de Jesús, lo diese a conocer a las autoridades, a fin de que pudiesen arrestarle. Véase aquí, primero, cuán resueltos estaban a llevar adelante su malvado propósito; segundo cómo estaban determinados a involucrar a otros en la criminal operación que intentaban llevar a cabo. Una circunstancia agravante de los crímenes que cometen los gobernantes perversos es que, de ordinario, desean hacer de los subalternos instrumentos y cómplices de sus iniquidades.
Este capítulo puede dividirse en siete partes, al seguir el orden de los títulos que aparecen en nuestras Biblias (RV 1977. Nota del traductor): 1) Unción de Jesús en Betania (vv. 1–8); 2) el complot para matar también a Lázaro (vv. 9–11); 3) la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén (vv. 12–19); 4) la petición de unos griegos de ver al Señor y la extraña, pero profunda enseñanza de Cristo con ocasión de esta audiencia (vv. 20–26); 5) Jesucristo declara la necesidad de ser levantado en la Cruz para salvación de quienes crean en Él mientras es tiempo (vv. 27–36); 6) Los judíos, en su mayoría, persisten en su incredulidad (vv. 37–43), y 7) el mensaje de Jesús será el que juzgue a los hombres en el último día (vv. 44–50).
Versículos 1–8
I. Vemos la visita que hizo el Señor Jesús a sus amigos de Betania (v. 1). Vino del lugar al que se había retirado y llegó «a Betania seis días antes de la pascua». Se alojó allí «donde estaba Lázaro el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos». Su visita a Betania en esta ocasión puede considerarse:
1. Como un prólogo a la pascua que iba a celebrar, a lo cual hace referencia la exacta determinación de la fecha: «Seis días antes de la pascua».
2. Como una voluntaria exposición de sí mismo a la furia de sus enemigos; ahora que su hora estaba para llegar, Él se ponía al alcance de las manos de ellos. El Señor Jesús sufrió porque quiso sufrir; no le quitaron la vida por la fuerza, sino que Él la entregó de grado (10:18). Y así como la violencia de sus perseguidores no fue superior al poder de Él, así tampoco la astucia de ellos le tomó a Él por sorpresa. Hay tiempo en que se nos permite huir para preservar la vida, y hay tiempo en que se nos pide arriesgarla por la causa del Señor.
3. Como un ejemplo del afecto que sentía hacia sus amigos de Betania (11:5). Esta fue una visita de despedida. Betania es descrita aquí como la ciudad «donde estaba Lázaro». Y Juan añade el detalle significativo de que este Lázaro era «el que había estado muerto y a quien (Jesús) había resucitado de los
muertos». El milagro llevado a cabo aquí, dio un honor nuevo a esta localidad y le añadió lustre y notoriedad. Donde Cristo siembra pródigamente, pronto surge una espléndida cosecha.
II. La estupenda recepción que sus amigos le ofrecieron: «Y le hicieron allí una cena» (v. 2). Es la misma que aparece en Mateo 26:6; Marcos 14:3. Podemos suponer que los invitados eran todos ellos hombres, ya que, según hace notar Hendriksen, no se consideraba apropiado que las mujeres se reclinasen a comer juntamente con los hombres. Éstos serían, al menos quince: Jesús, los Doce, Lázaro y el Simón que vemos en Mateo y Marcos. Recordemos que la cena era la comida principal del día, pues era el ágape familiar en común después de las labores del día, durante las cuales cada miembro de la familia tomaba su sobrio yantar en el lugar mismo de sus respectivos trabajos. Ofrecieron a Jesús esta cena en señal de respeto y gratitud, pues un banquete se ofrece por amistad, pero también para disfrutar de una nueva oportunidad de conversar libre y gozosamente con el Salvador, pues un banquete es también para comunión. «Marta servía»—añade Juan—. Quizás habría otros sirvientes en la casa, pero Marta tomó como un honor servir cuando entre los invitados estaba Cristo. Y nosotros no debemos tener por deshonroso el abajarnos a cualquier servicio con el que el Señor sea glorificado. Cristo había reprendido a Marta en otra ocasión por estar preocupada «de mucho servicio» (Lc. 10:40, lit.); pero no por eso había dejado ella de servir, como les pasa a algunos que cuando se les reprende de algún exceso, se enfadan y dejan el oficio; no, ella continuó sirviendo. Mejor es ser un sirviente en la mesa de Cristo que ser un invitado de honor en la mesa de un rey. «Y Lázaro era uno de los que estaban reclinados a la mesa con Él». Esto era una prueba adicional de que había resucitado de veras, como lo fue de la resurrección del Señor el testimonio de los que comieron y bebieron con Él después que resucitó de los muertos (Hch. 10:41). El mero hecho de estar Lázaro reclinado a la mesa con los demás convidados era un monumento vivo del milagro que en él había llevado a cabo Jesús. También a los que Cristo ha resucitado a la vida espiritual, les hace sentarse con Él a su Mesa.
III. Los singulares respetos que le presentó María, la otra hermana de Lázaro (v. 3): «Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume». Es interesante comparar este relato de Juan con el que Mateo (26:6–7) y Marcos (14:3) nos ofrecen de la misma escena. De paso, es preciso advertir que el episodio narrado por Lucas (7:36–50) es totalmente diferente del actual, como ha demostrado magistralmente W. Hendriksen. Véase el comentario al citado lugar de Lucas y nótense bien las diferencias. Tres detalles hallamos en Mateo y Marcos que no se encuentran en Juan: 1. Mateo y Marcos especifican que esta cena tuvo lugar en casa de Simón el leproso, el cual ofreció su amplio salón, sin duda, para esta recepción, tanto en señal de gratitud al Señor, quien probablemente le había curado de la lepra, como por la también probable falta de espacio en casa de Marta y María para tantos comensales. 2. Marcos refiere el interesante detalle de que María quebró el vaso de alabastro (v. el comentario a dicho lugar), con lo que se da a entender: (a) que era un frasco nuevo contra el parecer de algunos autores que aventuran la opinión de que este frasco contenía lo que había sobrado del embalsamamiento de Lázaro;
(b) que María ofreció al Señor todo el contenido del frasco sin reservarse una sola gota del valioso perfume. 3. Mateo y Marcos dicen que María derramó el perfume «sobre la cabeza» de Jesús, mientras que Juan refiere que «ungió los pies de Jesús» (comp. con Sal. 45:8; 133:2). Al usar todo el contenido del frasco no cabe duda de que hubo suficiente para ungir la cabeza, el cuello y los hombros de Cristo, y derramar el resto sobre los pies en tal cantidad que hubo necesidad de enjugarlos. María los enjugó con su propio cabello, con olímpico desprecio a las rutinarias normas del país (y de cualquier otro país oriental), que miraban con desdén a una mujer que se atreviese a destrenzar el cabello en presencia de varones. En todo y por todo, María quiso ofrecer al Señor lo mejor que tenía: el mejor ungüento, para el Gran Ungido de Dios (Is. 61:1). En efecto: (A) el ungüento que María usó en esta ocasión era «de mucho precio», según expresan los tres distintos vocablos sinónimos en los respectivos relatos de los evangelistas, aunque en Mateo y Juan connotan especialmente el «valor estimativo» del perfume, mientras que en Marcos se recalca el «mucho precio» de costo. (B) El perfume era «de nardo puro», como señalan Marcos y Juan; este último especifica que era «una libra», equivalente al peso de unos 327 gramos. El significado del adjetivo «puro» fue explicado ya en comentario a Marcos. (C) Sólo Juan nos ha conservado el detalle de que «la casa se llenó del olor del perfume», lo que muestra también la gran cantidad del ungüento que María derramó sobre Jesús. Mateo (26:13) y Marcos (14:9) añaden que dondequiera se hubiese de predicar el Evangelio en el mundo entero, se hablaría (lit.) también en memorial de ella lo que hizo (lit.).
La casa de la Iglesia—como alguien ha comentado—iba a quedar llena del perfume de amor agradecido y de generoso y santo derroche que María mostró hacia el Salvador. Todos cuantos de veras aman a Jesucristo más que a todas las cosas de este mundo, no tendrán pereza ni vergüenza en poner a los pies de Él lo mejor que posean y lo que más aprecien. Una conducta cristiana, consecuente con la fe que profesamos, es el «grato olor de Cristo» (2 Co. 2:15), el mejor perfume que podemos ofrecer en este mundo corrompido por el pecado.
IV. El descontento de Judas ante este acto de respeto de María para con Jesús (vv. 4–5). Mateo y Marcos mencionan a los demás discípulos como irritados contra María, pero Juan nos señala con precisión la persona que originó la murmuración.
1. Esta persona fue «Judas Iscariote hijo de Simón, el que iba a entregarle» a traición (v. 4), «uno de los discípulos» de Jesús; es decir, uno del número de los Doce, no de la condición propia de un verdadero discípulo de Cristo. Judas era un Apóstol, predicador del Evangelio, pero, en lugar de ensalzar esta acción de María murmuró contra ella y, como se ve por los lugares paralelos, contagió a los demás discípulos, incitándoles a ser cómplices de su murmuración. Triste cosa es ver que muchas congregaciones cristianas caigan en descrédito ante el mundo por causa del mal ejemplo que dan quienes, por el oficio que ostentan, están obligados a «ser ejemplos de la grey» (1 P. 5:3).
2. El pretexto con que cubrió su desagrado: «¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios y dado a los pobres?» (v. 5). Aquí tenemos un caso de sabiduría mundanal, al censurar un acto bajo capa de celo generoso. Quienes se sobreestiman a sí mismos por su prudencia secular y subestiman en otros la sincera piedad, llevan dentro de sí una dosis del espíritu de Judas mayor de lo que querrían que se pensase de ellos. Aquí aparece la caridad para con los pobres como un manto bajo el que se oculta solapadamente la más vil de las codicias. Pregunta Judas: «¿Por qué no fue … dado a los pobres?» Otra lección que debemos aprender de este episodio es no acostumbrarnos a pensar que quienes no se portan en todo como nosotros, se están comportando incorrectamente. Los orgullosos son inclinados a pensar que los que no siguen su consejo están mal aconsejados.
3. La forma en que Juan, buen conocedor del «paño», como suele decirse, descubre el verdadero motivo que impulsó a Judas a formular esta declaración hipócrita: «Pero dijo esto, no porque tuviese interés por los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella» (v. 6). La censura de Judas no brotaba de su caridad hacia los pobres, sino de su avaricia. Así hay, por desgracia, muchos que aparentan mucho celo por defender la autoridad de la Iglesia, y aun de fomentar su pureza, cuando, en realidad, procuran su propia gloria y aun sus intereses materiales. En este pasaje vemos:
(A) Que Judas era el tesorero de la familia espiritual de Cristo. Véase, por aquí, de qué recursos se mantenían Jesús y sus discípulos: de una pequeña bolsa, de las que, según el vocablo griego indica, usaban los músicos para llevar las boquillas de las flautas. Allí se echaban las donaciones que para el Maestro y los suyos aportaban personas piadosas (v. Lc. 8:3), ya que «nuestro Señor Jesucristo, por amor a nosotros se hizo pobre, siendo rico» (2 Co. 8:9). Hay quienes opinan que este oficio de tesorero fue confiado a Judas precisamente por su baja condición espiritual, pero no hay razón alguna para pensar así. Es mi opinión personal (nota del traductor) que Jesús le confió este cargo a Judas por ser el único judío (los demás eran galileos), y los judíos se han distinguido siempre por su singular capacidad para los negocios. Es cierto que los empleos seculares son un obstáculo, y hasta una tentación, para los ministros de Dios, pero cuando el Señor llama a uno de los suyos a que se encargue de la administración de los fondos, no hay en ello pizca de degradación (comp. con Hch. 6:1–7). Poner a Judas como tesorero no fue por parte de Jesús un tropezadero para precipitar su ruina, sino una oportunidad de poner a prueba la calidad de su carácter. Es cierto que Jesús conocía de antemano a cada uno de sus discípulos (6:70–71), pero la presciencia de Cristo no era el motor de la codicia de Judas, sino el conocimiento previo (comp. con Hch. 2:23) de lo que Judas iba a ser.
(B) Que, al abusar de la confianza que en él había depositado Jesús, Judas era un ladrón. «Raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Ti. 6:10), y los males que se le siguieron a Judas de este amor al dinero no pudieron ser más funestos: la venta de su Maestro por treinta monedas de plata, su posterior desesperación y, por fin, el suicidio. Quienes tienen corazón de ladrón, fácilmente llegan a tener corazón de asesino, porque la codicia y la compasión rara vez van de la mano. Y el que es honesto en esta materia muestra de ordinario, que alberga en su corazón algún temor de Dios (comp. con Ef. 6:5–8).
V. Cristo vindica la conducta de María en esta ocasión (vv. 7–8): «Entonces Jesús dijo: Déjala». Como si dijese: «Permitidle que haga esto, pues es una señal de buena voluntad hacia mí, ya que guardó esto para mi sepelio». Cristo no quiere desanimar a quienes de corazón desean servirle, incluso en casos en que, a los ojos humanos, hay falta de discreción en lo que le ofrecen. Con todo, la lectura apropiada de este versículo, de acuerdo con el original, es la siguiente: «Dejadla que lo guarde para el día de mi sepelio», puesto que el segundo verbo griego está en aoristo de subjuntivo. María no tendría después la oportunidad de embalsamar al Señor, pero su buena intención fue tenida en cuenta y grandemente estimada por Jesús. Así es como, muchas veces, la providencia de Dios abre la puerta de una oportunidad a los buenos creyentes, de forma que las expresiones de su sincera piedad resulten más oportunas y más hermosas de lo que ellos mismos podrían imaginarse.
VI. También responde cumplidamente Jesús a la objeción de Judas, y dice: «Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, mas a mí no siempre me tenéis» (v. 8. Lit.). Si el pecado no hubiese corrompido a la raza humana, no habría pobres; pero, dada la condición actual de la humanidad por muchas que sean las personas generosas, dispuestas a socorrer las necesidades ajenas, siempre habrá pobres. La providencia divina nos ofrece así la oportunidad de hacer el bien a quienes no disfrutan de lo necesario para subsistir. En cambio, al Señor una vez ascendido al Cielo, ya no le podemos asistir en la forma que se le podía servir cuando peregrinaba en este mundo (v. 1:14 «acampó entre nosotros», lit.). Esto nos enseña a sacar provecho de las oportunidades mientras están a mano especialmente de aquellas oportunidades que tienen corta duración. Las obligaciones que pueden cumplirse en cualquier tiempo, han de dejar paso a las que sólo se pueden cumplir en un determinado tiempo.
Versículos 9–11
En esta porción tenemos la reacción de la gente ante la presencia de Jesús en Betania.
I. Cómo se corrió la noticia de que Jesús había estado convidado a una cena en Betania: «Gran multitud de los judíos se enteraron entonces de que Él estaba allí y vinieron» (v. 9). Vinieron en grupos a ver a Jesús cuyo nombre había cobrado altísimo prestigio por el milagro que había llevado a cabo recientemente: a) resucitar a Lázaro. No parece ser que vinieran a oírle, sino sólo a verle para satisfacer su curiosidad. Les parece tener ahora la respuesta a su búsqueda de 11:55–56, y acuden en tropel a Betania, ya que saben que estaba allí. Y no sólo vinieron a ver a Jesús, «sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos». Para la mayoría de éstos, Jesús y Lázaro eran un mero espectáculo.
II. Cómo se indignaron los principales sacerdotes por el creciente interés que suscitaba el Señor Jesús:
«Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús» (vv. 10–11). Aunque la mayoría de los comentaristas (nota del traductor) leen así la última frase, y así aparece en casi todas las versiones del Nuevo Testamento, es posible también, y más conforme con la estructura gramatical del original, la lectura siguiente: «porque a causa de él muchos se apartaban de los judíos y creían en Jesús». En este caso, los judíos del versículo 9 significan la gente del pueblo en general, mientras que en el versículo 11 significarían los líderes de los judíos, según es costumbre en Juan. «Apartarse» no significa precisamente que dejasen de asistir a la sinagoga, sino que dejaron de prestar atención a las enseñanzas y normas de los líderes y se entregaron al Señor. Aunque algunos, como Ryle, opinan que no hay evidencia de que el verbo «creer» aquí signifique otra cosa que cierto asentimiento intelectual, otros, como Hendriksen, ven en los dos pretéritos imperfectos de la frase una expresión de continuidad, e indican una fe genuina en el Salvador. Obsérvese:
1. Cuán vanos habían sido hasta ahora los intentos de silenciar a Jesús. Los líderes habían hecho todo cuanto estaba en sus manos para alejar de Jesús al pueblo y, con todo, mucha gente quedaba tan persuadida por la evidencia contundente de los milagros de Cristo, que se apartaban del partido de los sacerdotes y se convertían en seguidores de Jesús. Esto era a causa de la resurrección de Lázaro, la vuelta de Lázaro a la vida natural puso vida espiritual en los que, por fe, salieron del sepulcro de sus pecados y delitos. ¿Qué cosa sería imposible para el que tiene poder para resucitar a los muertos?
2. Cuán absurdo e irracional era el designio de los principales sacerdotes de dar muerte también a Lázaro. Esta gente no tenía ni temor de Dios ni respeto al hombre (Lc. 18:2). Dice Agustín de Hipona:
«Como si el que resucitó al muerto no pudiese resucitar al matado». Jesús había hecho que Lázaro resucitase mediante un milagro, y ellos quieren darle muerte mediante un maligno complot. A estos sacerdotes les irrita doblemente la resurrección de Lázaro: (A) Por el prestigio que un milagro de tal magnitud daba a Jesús; (B) porque la gran mayoría de los sacerdotes eran del partido de los saduceos, quienes niegan que haya resurrección (v. Mt. 22:23; Mr. 12:18; Lc. 20:27; Hch. 23:8); por eso querían matar a Lázaro, como para dar a entender que lo de su resurrección había sido una impostura, la cual se haría evidente si le mataban de veras; era, pues, como un reto al Señor, para ver si entonces podía resucitarle sin fraude posible. Podríamos pensar que ante la evidencia del milagro, estos hombres se habrían convencido de su error doctrinal y habrían aceptado a Jesús como al Mesías prometido y Salvador del mundo. Además, ¿qué daño les había hecho Lázaro, para decretar darle muerte? Quienes no temen a Dios, ¿Cómo podemos esperar que tengan miramiento con los hombres?
Versículos 12–19
En esta porción se nos refiere la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, episodio del que nos informan los cuatro evangelistas. Veamos:
I. Las aclamaciones que el pueblo tributó al Señor Jesús (vv. 12–13).
1. Quiénes fueron los que le aclamaron: «Grandes multitudes que habían venido a la fiesta». No precisamente los habitantes de Jerusalén, sino la gente de las aldeas y pueblos comarcanos. Los más cercanos al templo del Señor eran los más lejanos del Señor del templo. Quizá le habían oído predicar en la región y eran admiradores suyos y, por eso, anhelaban presentarle sus respetos en Jerusalén. Quizá también eran los sinceramente devotos judíos que habían venido con anticipación a la fiesta, a fin de purificarse, por lo que estaban más prestos que sus vecinos de la capital a rendir a Dios este homenaje. No eran los líderes ni los potentados de la capital quienes fueron al encuentro de Jesús, sino el pueblo llano. Sin embargo, Cristo recibe mayor honor de parte de esta muchedumbre de aldeanos que de la podredumbre de los cortesanos porque Él valora a los hombres por el precio de sus almas, no por el blasón de sus armas.
2. Cuál es el motivo que les indujo a esto: «el oír que Jesús venía a Jerusalén». Ya antes le habían buscado (11:55–56), aunque no todos con buena intención. Pero los que le buscaban sinceramente, al oír que venía a la capital, se sintieron incitados a tributarle un recibimiento conveniente.
3. De qué forma expresaron sus sentimientos hacia Él: De la mejor forma que podían hacerlo. Estas multitudes, despreciables a los ojos de los líderes (v. 7:49), fueron como una figura aunque pálida, de aquella otra gloriosa «multitud, la cual nadie podía contar … que estaban en pie delante del trono y en la presencia del Cordero» (Ap. 7:9). Aun cuando éstos no estaban delante del trono, sí que estaban en la presencia del Cordero. De aquel coro celestial de Apocalipsis 7:9–10, se nos dice:
(A) Que tenían palmas en las manos. También éstos «tomaron ramas de palmera» (v. 13). La palmera ha sido siempre símbolo de triunfo y de victoria; lo es especialmente a través del martirio como es claramente el caso de la multitud de Apocalipsis 7 (v. el v. 14 de dicho cap.). También el Señor iba a triunfar a través de su próxima muerte, de «los principados y potestades» (Col. 2:15).
(B) Que clamaban a gran voz diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios (Ap. 7:10). También éstos «salieron al encuentro (de Jesús) y clamaban: ¡Hosanná! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor» (v. 13). El vocablo hebreo hosan-ná significa «salva ya». Con estas aclamaciones:
(a) Reconocían que Jesús es el rey de Israel que viene en nombre de Jehová Adonay o Jehová el Señor. Le reconocen como a rey, lo cual implica dignidad y honor que debemos adorar, así como poder y dominio al que hemos de someternos. Es un rey legítimo pues viene en nombre de Dios, conforme al Salmo 2:6: «Yo mismo he instalado a mi rey sobre Sion, mi santo monte». Jesús es el prometido y largamente esperado Mesías (Is. 61:1), el príncipe de paz (Is. 9:6), «el rey de Israel» (1:49, comp. con Mt. 27:42).
(b) Le deseaban de todo corazón el reino, pues ese deseo va implicado en el «¡Hosanná!» Con este grito, oraban por tres cosas: (i) que su reino viniese pronto, con su luz para conocerlo, y con poder para imponer la sumisión a él; (ii) que su reino fuese acompañado de grandes victorias para el pueblo; (iii) que su reino continuase para siempre, como si dijesen: «¡Viva siempre el rey!»
(c) Le daban la bienvenida en Jerusalén, la capital de la nación: «¡Bendito el que viene acá, a la ciudad santa y al santo lugar!» Así hemos de dar nosotros, en nuestro corazón, la bienvenida a Cristo, el rey de los creyentes, ya que hemos de estar siempre prestos a observar sus preceptos, pues «no son gravosos» (1 Jn. 5:3). La fe dice: «¡Bendito el que viene!»
II. La cabalgadura en que Cristo llegó montado para recibir los respetos que le presentaba la multitud:
«Y halló Jesús un asnillo y montó sobre él» (v. 14). Juan pasa por alto los detalles acerca de la búsqueda y traída de este asnillo, pero ya los hemos visto en los otros tres evangelistas. Así como los caballos se usaban para que reyes y príncipes fuesen a la guerra montados sobre ellos, Jesús prefiere entrar montado en un asno, símbolo de paz; el hecho de que este asnillo no hubiera sido montado antes por ninguna otra persona daba a entender que era dedicado al Señor, pues así se hacía con los animales que eran consagrados a Dios. También daba así a entender a la gente que no venía a ejercer un reinado politicomilitar, sino a sufrir mansamente los padecimientos que le esperaban en el plazo de cinco días. Su reino no era de este mundo y, por ello, no entraba con la pompa con que suelen entrar los reyes y magnates de este mundo. El que, en el seno de su madre, vino a Belén, a no dudar, montado en un asno, para nacer allí, como estaba profetizado de Él (Mi. 5:2), entraba ahora en Jerusalén, montado también en un asno, para morir en la capital, «porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc.
13:33). No leemos que viajase montado en ninguna otra ocasión, pues solía hacerlo a pie o en una barca.
III. El cumplimiento de la Escritura en este episodio: «Como está escrito: No temas, hija de Sion …». (v. 15). La profecía citada se halla en Zacarías 9:9. Es curioso que, en Juan, al citar la primera parte del versículo de Zacarías 9:9, leamos: «No temas», cuando tanto el texto hebreo como la versión de los LXX dicen: «Alégrate sobremanera». Pero, como hace notar Hendriksen, el tiempo presente del verbo griego que usa Juan, indica un cambio de temor a gran gozo, pues la traducción exacta sería: «cesa de temer», aun cuando no siempre siga el gozo de inmediato (v. Mt. 28:8) a la cesación del temor. Notemos, pues, que:
1. Estaba profetizado que el rey de Sion vendría precisamente sentado sobre un pollino. Aun cuando viene despacio (ya que el asno es, de suyo, animal de paso lento), viene seguro y con talante de condescendencia para animar grandemente a sus leales súbditos. Los humildes que se lleguen a Él para presentarle alguna súplica, le tendrán así al alcance de la mano.
2. La hija de Sion es invitada aquí a recibir sin temor a su rey. Los temores de incredulidad o desilusión han de tornarse en cánticos de regocijo. Donde entra el gozo, de la mano del amor, por fuerza ha de salir el miedo (v. Gá. 5:22; 1 Jn. 4:18). Y si llega el caso en que no podemos elevarnos hasta la exultación del gozo, hemos de procurar, al menos, evitarnos la opresión del miedo. El gozo estimula, mientras que el miedo paraliza. Hendriksen hace notar que Sion estaba localizada, en un principio, al sudoeste de Jerusalén (v. 2 S. 5:7; 1 Cr. 11:5). De aquí fue después subida el Arca de la alianza al templo de Salomón (v. 2 Cr. 5:2), por lo que la sección nordeste de Jerusalén quedó identificada con Sion; así se incluiría también en ella el área del monte Moriah sobre el que fue edificada, al menos, la parte más sagrada del templo; es decir, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. Comúnmente, con el apelativo de «hija de Sion», equivalente a «Sion» simplemente, se designa a la ciudad entera de Jerusalén con sus habitantes (v. Is. 10:24; Jer. 3:14). Finalmente, como dato de curiosidad semántica, es de notar que el vocablo
«Jerusalén», a pesar de las apariencias, no significa «visión de paz», ni «fundamento (o fundación) de paz», sino que, con toda probabilidad, se deriva del antiguo nombre asirio de la ciudad, «Urusalim», que significa «ciudad de paz».
IV. La observación que el evangelista Juan hace al respecto: «Estas cosas no las entendieron sus discípulos (de Jesús) al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de Él, y de que se las habían hecho» (v. 16). Notemos:
1. El conocimiento imperfecto que de las Escrituras tenían los discípulos de Jesús hasta que Él «fue glorificado» (v. Lc. 24:45). No se dieron cuenta de que se estaba cumpliendo la profecía de Zacarías acerca de la ceremonia de entronización del rey de Sion. Las Escrituras se cumplen muchas veces por medio de quienes no se percatan, por ignorancia de la Biblia, de lo que ellos mismos están llevando a cabo. Lo que después resulta claro, fue al principio oscuro y difícil. Es muy conveniente que los creyentes ya maduros se acuerden de la debilidad e inconsistencia de los conocimientos que, en un principio,
tuvieron de las Sagradas Escrituras, a fin de que aprendan a tener compasión y paciencia con los recién convertidos que todavía están dando los primeros pasos en la Palabra de Dios. Como dice Pablo:
«Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; mas cuando me hice hombre, dejé a un lado lo que era de niño» (1 Co. 13:11). Lo triste es que muchos creyentes «se hagan tardos para oír y, debiendo ser ya maestros después de tanto tiempo, todavía tengan necesidad de que se les enseñen cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios» (He. 5:11–12).
2. Cómo mejoró este conocimiento de los discípulos cuando llegaron a la madurez:
(A) Cuándo lo entendieron: «Cuando Jesús fue glorificado». Hasta entonces no entendieron bien la naturaleza del reino de Dios. Sólo cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos (v. Hch. 2:1 y ss.), fueron conducidos por Él a toda verdad (16:13).
(B) Cómo lo entendieron: Al comparar la profecía con el acontecimiento: «Entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de Él, y de que se las habían hecho». Al no entender lo que todo ello significaba y al estar después abrumados de tristeza por los subsiguientes acontecimientos de la pasión y muerte de su Maestro, los discípulos llegaron a olvidar por completo el episodio. ¡No les culpemos! ¡Cuántas veces nos ocurre a nosotros lo mismo pues no nos percatamos de los caminos de la providencia en nuestras vidas, cuando fácilmente podríamos acudir a la Palabra de Dios para adquirir luz sobre lo que nos está sucediendo! El recuerdo de lo que está escrito nos ayudará a entender lo que está hecho, y la observación atenta de lo que sucede nos ayudará a entender lo que se lee.
V. La razón por la que la gente se sintió impulsada a tributar este homenaje al Señor Jesús: Fue por haber presenciado el portento llevado a cabo por Cristo al resucitar a Lázaro.
1. Véase el testimonio de la gente acerca del milagro del cual habían sido testigos de vista y del que deseaban testificar ante la población entera de la ciudad. Los que tomaron el milagro como prueba irrefutable de la misión de Cristo y como base para creer en Él, pudieron fácilmente apoyar su informe en quienes habían sido testigos de excepción del milagro, a fin de que los oyentes se percatasen bien de la solidez de la verdad (comp. con Lc. 1:1–4): «Y daba testimonio la gente que estaba con Él (Jesús) cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de los muertos» (v. 17). Unánimemente aseguraron la verdad del hecho, fuera de toda discusión o duda. La verdad de los milagros de Cristo se basa en pruebas irrefutables.
2. Véase igualmente la influencia que dicho testimonio ejerció en el pueblo: «Por lo cual también salió la gente a su encuentro, porque oyeron que Él había hecho esta señal» (v. 18). Algunos irían llevados de la curiosidad a ver al que había llevado a cabo una obra tan portentosa. Otros, quizá, sacudidos en su conciencia, desearían honrarle como al gran Enviado de Dios.
VI. La indignación de los fariseos a causa de esto. Confiesan que, en su oposición a Jesús, tienen perdida la partida: «Ya veis que no conseguís nada» (v. 19). Parece ser que es el sector más radical del grupo el que así se dirige a los «moderados». Quizá fue el propio Caifás quien se expresó así (comp. con 11:49). Los que se oponen a Cristo verán un día que no han podido prevalecer, porque Dios llevará a cabo sus designios a pesar de ellos y de los débiles esfuerzos de su impotente maldad. «No conseguís nada.» En efecto, nada en absoluto se consigue con oponerse a Jesucristo. Confiesan igualmente que Jesús se lleva tras sí a la gente: «Mirad el mundo se va tras Él». Es cierto que hallamos aquí una de las frecuentes hipérboles, propias de los orientales, pero no se puede olvidar que, según el informe de Flavio Josefo, se acercaba a los tres millones el número de los que asistían a la fiesta de la pascua; en su mayor número, como ya dijimos, eran gente que vivía fuera de la capital. Ante una masa humana de tal magnitud, curiosa por ver la llegada de Jesús a la ciudad no es de extrañar que la envidia de los fariseos les hiciese ver en ellos a «todo el mundo» de israelitas y prosélitos. Con estas palabras, los enfurecidos fariseos:
1. Expresan su contrariedad; su envidia les conduce al enojo. A la vista del ascendiente de que gozaban estos fariseos entre la gente, habríamos de pensar que no necesitaban tomarse un disgusto tan grande por una efímera muestra de honor que la gente tributaba a Jesús; pero los orgullosos son ávidos de monopolizar los honores y no sufren que haya quien los comparta con ellos.
2. Se incitan a sí mismos, y unos a otros, a una campaña más vigorosa y efectiva en su ofensiva contra el Señor. Cuanto más frustrados se ven en sus intentos los enemigos de la religión, tanto más resueltos y activos se vuelven en sus ataques contra ella. ¿Y será posible que los amigos de Cristo se desanimen a la menor contrariedad, al saber que defienden una causa justa y que, a la larga, es segura la victoria?
Versículos 20–26
Vemos el honor que ciertos griegos tributan a Cristo con el gran deseo que muestran de verle.
I. Se nos dice quiénes eran estas personas que así honraban al Señor: «Ciertos griegos entre los que subían a adorar en la fiesta» (v. 20). Hay quienes opinan que se trata de judíos que hablaban griego (como en Hch. 6:1), pero un análisis cuidadoso del texto original nos convence de que no es así, sino que eran verdaderamente de nacionalidad griega (v. 7:35b; Ro. 1:14, 16; 2:10; 1 Co. 1:22; 12:13; Gá. 3:28; Col. 3:11, entre otros lugares); es decir, «prosélitos de la puerta», como se les llamaba, tales como el eunuco de Hechos 8:27 y ss. y el centurión Cornelio de Hechos 10 quienes habían abandonado el culto a los ídolos, práctica común entre los gentiles (comp. con 1 Ts. 1:9), y adoraban ahora al verdadero Dios. Estos griegos no estaban circuncidados, a no ser que fueran también «prosélitos del pacto». En este último caso, se les bautizaba y podían participar de la pascua, aunque, si acudían al templo para ofrecer sacrificios, no podían pasar del atrio de los gentiles. Pero, incluso si eran solamente «prosélitos de la puerta», como parece indicar el versículo 20, el hecho de que acudiesen a la fiesta para adorar en Jerusalén, aunque no pudiesen comer la pascua, dice mucho en favor de la genuina piedad de estos griegos. Esto nos enseña a ser agradecidos por los beneficios y privilegios de que podemos disfrutar, aunque haya otros privilegios que no están a nuestra disposición.
II. Se nos dice también qué clase de honor querían tributar estos griegos a Jesús: «Señor—le dicen a Felipe, como título de simple cortesía—, queremos ver a Jesús» (v. 21b). En cierta iglesia evangélica de Galicia (nota del traductor), en el lado del púlpito que da hacia el predicador, se leen esas mismas palabras: «Señor, queremos ver a Jesús». Cualquier fiel ministro de Dios que piense en predicar allí otra cosa que no sea «Cristo crucificado» (1 Co. 1:23; 2:29, por fuerza ha de sentir tremendamente sacudida su conciencia. Estos griegos no deseaban ver a Cristo simplemente por la curiosidad de saber cuál sería su presencia física, ni por el deseo de persuadirle, ante la oposición de los fariseos, que los dejase y se marchase a predicar entre los gentiles (¡hay opiniones para todos los disparates!), sino, como se ve por el contexto posterior, por sincero deseo de conocer algo de la salvación y del reino de Dios que Jesús proclamaba, y decidirse, una vez bien enterados, a seguirle. Al estar, pues, deseosos de ver a Jesús con sana intención fueron también diligentes y avisados en los medios que escogieron para su propósito. No se quedaron en vanos deseos sino que hicieron cuanto pudieron para conseguirlo. Y así «se acercaron a Felipe» (v. 21). Hay quienes piensan que le conocían de antemano. Lo cierto es que no sabemos el motivo por el que se acercaron precisamente a Felipe. Aunque Felipe y Andrés (los únicos Apóstoles con nombre griego) son precisamente los dos involucrados en este episodio, esta coincidencia no es decisiva para concluir que fue esa la razón, o que estos dos hablaban griego mejor que los demás. En todo caso, esto nos estimula a desear la compañía y la amistad de quienes tienen íntima comunión con el Señor. Quienes anhelen ver, por fe, a Jesús que está ahora en el cielo han de prestar atención al mensaje de sus fieles ministros que le predican aquí en la tierra, pues Él los ha puesto en la Iglesia (v. Ef. 4:11) con este objetivo, a fin de que «velen por nuestras almas, como quienes han de dar cuenta» (He. 13:17); han de dar cuenta al amo (comp. con Lc. 16:2; 1 Co. 4:2–4), no a los consiervos.
III. El llegarse estos griegos a Cristo por medio de Felipe y de Andrés nos da a entender la instrumentalidad de los Doce en orden a conocer a Jesús y ser usados por Él en el ministerio de la conversión de los gentiles al Evangelio: «Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús» (v. 22). Notemos de paso que precisamente estos dos y Juan, quien calla su propio nombre, fueron los tres discípulos a quienes Cristo llamó primeramente (1:37, 40, 43). Por mediación de Andrés y Felipe, llegaron estos griegos a ver a Jesús, como era su deseo. En todo servicio religioso o culto, ya sea local o intereclesial, al que hayamos de asistir, nuestro objetivo principal ha de ser «ver a Jesús». Todo lo demás, aun lo más legítimo y provechoso para nuestra comunión con los hermanos, ha de estar subordinado a esto. Si esto nos falta, hemos perdido lo principal. Hendriksen hace notar que esta petición de los griegos presentaba a Felipe un doble problema:
1. A la vista de lo que Jesús había expresado en otras ocasiones (v., p. ej., Mt. 10:5; 15:24), ¿podría Él ahora recibir a estos griegos en su presencia? Pero, por otra parte, ¿no había mencionado Él las «otras ovejas que no eran del redil de Israel, pero que Él las debía traer también»? (10:16). ¿Qué actitud adoptaría Jesús con estos griegos? ¿Les acogería amablemente o se negaría a concederles audiencia?
2. Si Jesús se atrevía a consentir en la petición de estos griegos y conversaba amablemente con ellos, ¿no exasperaría con ello a los fariseos, e incluso a todos los judíos, especialmente si la conversación se llevaba a cabo en el atrio del templo? (comp. con Hch. 21:28). «El problema—comenta Hendriksen—era demasiado grande para Felipe, por lo que éste fue a consultar con su amigo, colega y paisano Andrés (pues eran ambos “de Betsaida de Galilea”). Andrés y Felipe, perplejos entre ofender o animar a estos griegos, ponen el asunto en manos de Jesús.» Los ministros de Dios deben ayudarse mutuamente a llevar las almas a Cristo.
IV. Jesús acepta el honor que estos griegos le tributan al desear verle y expresa, no sólo ante ellos, sino también ante la multitud que le rodeaba (v. 29), el honor que a sí mismo le iba a corresponder con ser seguido (vv. 23–24) y el honor que habrían de obtener los que le siguieran (vv. 25–26).
1. Ve Cristo la copiosa cosecha futura en la conversión de los gentiles, de quienes estos griegos eran como los primeros frutos: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado» (v. 23). La glorificación del Redentor había de ser consumada cuando fuesen reunidos en el granero de Dios todos los que habían de ser redimidos. Esto tenía que llevarse a cabo mediante la predicación del Evangelio en todo el mundo. La apertura del mensaje al «mundo entero» (v. Mr. 15:15; Hch. 1:8) comenzaba al romper la barrera que separaba al judío del gentil. Por eso, al llegarse estos griegos, gentiles, a Cristo, Él viene a decir: «¿Comienzan los gentiles a interesarse por mí? Entonces llega la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado». Esto no era ninguna sorpresa para Él pero resultaba paradójico a los ojos de quienes le rodeaban. Había una «hora», fijada en los designios de Dios para la glorificación del Redentor, y Él habla de esta «hora» con júbilo triunfal: «¡Ha llegado la hora!» Pero, a renglón seguido, da a conocer el extraño medio por el que tan triunfal designio había de llevarse a cabo: ¡La muerte del Redentor! Esto se aprecia en el símil que expone a continuación: «De cierto, de cierto os digo (nótese, una vez más, la solemnidad de la declaración) que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo (ocioso, sin fruto, escondido; comp. con 2 P. 1:8); pero si muere, lleva mucho fruto» (v. 24). Después que Cristo llegó a lo más profundo de su humillación, «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:8), es cuando «fue exaltado hasta lo sumo» (Fil. 2:9) y constituido espíritu vivificante (1 Co. 15:45), para «llevar muchos hijos a la gloria» (He. 2:10). No habría sido Cabeza y raíz de la Iglesia (v. Ef. 1:22; Col. 2:7), si no hubiese descendido del cielo a esta tierra de maldición (v. Gn. 3:17), de la tierra al madero de maldición (v. Gá. 3:13), del madero al sepulcro, y del sepulcro como fruto del vientre de la tierra («los dolores de parto», literalmente, de Hch. 2:24), al cielo acompañado ahora del botín de la cosecha (Ef. 4:8). Cristo fue, sí como el grano de trigo que cae a la tierra y muere, pero la muerte de este «grano» produjo la cosecha de millones de cristianos siempre vivos (11:25–26). Estaba escrito en Isaías 53:10.
2. Cristo promete una copiosa recompensa a los que de corazón le reciban, y demuestren que son fieles discípulos suyos:
(A) En su disposición a sufrir por Él: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para vida eterna» (v. 25). Por supuesto, sólo Cristo puede hacer, con su muerte, que otros vivan; pero el discípulo fiel de Cristo ha de arriesgar incluso la vida para ser testigo, «mártir», de Cristo.
(a) Véanse las fatales consecuencias de un amor desordenado a la vida temporal, pues por este falso amor a sí mismo, se abraza con la muerte y pierde la vida en su errado intento de retenerla. Quien se aferra a su vida animal, acortará sus días, perderá esa misma vida que tanto idolatra y, lo que es peor, dejará de alcanzar la vida feliz que dura por toda la eternidad. No se puede pagar un precio más alto por una cosa de valor más bajo; con lo que se echa de ver la necedad de los que van tras la ilusión de lo mundano, y pierden la realidad de lo celestial (v. Lc. 12:16–21).
(b) Véase también la recompensa que comporta un santo menosprecio de la vida temporal, considerándola, como en realidad es, de mucho menor valor (éste es el sentido de «aborrecer») que la vida espiritual, la cual es vida auténticamente feliz y duradera: «vida eterna» (3:15–16, etc.). La «vida en este mundo» incluye todo lo que el mundo puede ofrecer: placeres, honores, riquezas, etc. Debemos, pues, menospreciar todo eso como cosas vanas e insuficientes para hacernos dichosos, y estar dispuestos a desprendernos de todo ello siempre que nos impida servir a Cristo de todo corazón. Así es como se muestra la eficacia de la piedad (2 Ti. 3:5) en el vencimiento de las más fuertes inclinaciones naturales, y el misterio de la piedad (1 Ti. 3:16) en la manifestación de la más elevada sabiduría en el seguimiento de Cristo, mediante el menosprecio de la vida hasta la muerte (Ap. 12:11). Quienes, por amor a Cristo, menosprecian su vida en este mundo, serán recompensados copiosamente en la resurrección de los justos (comp. con Lc. 14:14).
(B) En su disposición a servir a Cristo: «Si alguno me sirve, sígame, y donde yo esté allí estará mi servidor. Al que me sirva, mi Padre le honrará» (v. 26). Los cristianos han de ser, fundamentalmente, seguidores de Cristo; así participarán de la gloria y el honor que Cristo ha recibido mediante su muerte. Los griegos de esta porción deseaban ver a Jesús (v. 21), pero Cristo les dice que no basta con verle, sino que es menester servirle. Al tomar un criado o sirviente, es costumbre fijar con él las condiciones: tanto el trabajo como el salario. Esto es lo que Cristo hace aquí al expresarse de este modo.
(a) El trabajo que ha de llevarse a cabo en el servicio de Cristo es poner atención a los movimientos de nuestro Amo, para seguirle de cerca: «Si alguno me sirve sígame» (comp. con 1 P. 2:21). Los cristianos han de hacer lo que Cristo dice (comp. con 2:5) y «andar como Él anduvo» (1 Jn. 2:6); más aún, «andar en Él» (Col. 2:6), puesto que están «injertados en Él»: «plantados juntamente con Él» (Ro. 6:5). Así que debemos ir a donde Él fue y por el camino que Él siguió. Sólo así estaremos donde Él está: a la diestra del Padre (He. 10:12), sentados con Él en su trono (Ap. 3:21).
(b) Ésta es, en efecto, la recompensa que Cristo promete, no como «salario», sino como «propina», a quienes le sirvan, pues el servir a un amo como Él es ya suficiente remuneración. Esta recompensa es doble:
Primeramente, serán felices con Él: «Donde yo estoy (lit.), allí también estará mi servidor». Se refiere, sin duda, al Paraíso, donde, en cuanto Dios, nunca dejaba de estar (3:13b, según leen muchos MSS). Aquí habla en cuanto hombre, y se expresa como si ya disfrutase de la felicidad celestial (comp. con 17:11). ¡Tan seguro estaba de ella, y tan cercana la veía! El mismo gozo y la misma gloria que Él tenía por suficiente recompensa a cambio de todos sus trabajos y sufrimientos (v. Is. 53:11; He. 12:2), son propuestos aquí a los siervos de Cristo como recompensa por los trabajos y sufrimientos de ellos en el servicio del Señor. Quienes le acompañan por el mismo camino que Él pisó, le acompañarán en el lugar al que Él subió.
En segundo, pero no en último lugar, «serán honrados por el Padre» como Él ha sido honrado por el Padre al ser exaltado hasta lo sumo sobre todo lo creado (v. Fil. 2:9–11). Así serán sobreabundantemente compensados de todos los sufrimientos y pérdidas de cosas terrenales, pues recibirán honores muy superiores a los que tan insignificantes gusanos de esta tierra podrían aspirar y esperar. El honor se mide por el que lo confiere, así como la injuria se mide por el que la sufre. Nosotros, pues, hemos inferido a Dios, con nuestros pecados, injurias, en cierto modo, infinitas; pero al ser salvos por pura gracia, recibimos de Dios honores, en cierto modo también, infinitos. El honor que el Padre otorga es el más alto y duradero que existe: un honor digno de tal Señor. Quienes sirvan al Hijo, serán honrados por el Padre. Quienes, en el servicio de Cristo, se humillen a sí mismos y sean, de ordinario, vilipendiados por el mundo, serán, por contrapartida feliz, exaltados sobre todo lo del mundo; aunque no lo sean en este tiempo, lo serán a su debido tiempo.
V. Finalmente, qué se hizo de estos griegos que deseaban ver a Jesús y lo consiguieron, y escucharon además esta preciosa enseñanza de sus labios, no sabemos, pero podemos barruntar, con piadosa imaginación que quiénes con tanto interés buscaron el camino (14:6) del cielo, puestos los ojos en el Salvador (comp. con He. 12:2), lo hallaron y anduvieron en él.
Versículos 27–36
Es ahora Jesús quien recibe honor de su Padre mediante una voz del cielo, lo cual dio a Cristo una oportunidad para prolongar su conversación con la gente.
I. Cristo se dirige a su Padre a consecuencia de la turbación que sintió en su espíritu en este preciso instante: «Ahora está turbada mi alma» (v. 27). ¡Extrañas palabras de la boca de Cristo, y tanto más sorprendentes cuanto que son pronunciadas tras una visión de gloria y honor, cuando podría esperarse que dijera: «Ahora está satisfecha mi alma»! Sin embargo, no es extraño, desde el punto de vista psicológico, el que a la retaguardia de gloriosas elevaciones del espíritu, aparezcan profundas depresiones de ánimo. Vemos:
1. El temor de Jesús ante la visión de sus inminentes sufrimientos: «Ahora está turbada mi alma». Ahora aparecían las primeras angustias de la aflicción de su alma (Is. 53:11). El pecado de nuestra alma era la causa de la angustia de su alma, pero la angustia de su alma estaba destinada a librarnos de la aflicción de nuestra alma. Jesús estaba ahora afligido, pero no iba a ser por mucho tiempo: después de la cruz momentánea, vendría la luz sempiterna (comp. con Ro. 8:18). Lo mismo pasa con quienes le siguen; éste es el gran consuelo de los creyentes en medio de sus más graves aflicciones: son por un momento,
«porque esta leve tribulación momentánea nos produce, en una medida que sobrepasa toda medida, un eterno peso de gloria» (2 Co. 4:17).
2. El aprieto en que parece hallarse: «¿Y qué diré?» Jesús habla como quien se halla confuso, sin saber adónde dirigirse (comp. con Fil. 1:23, aunque el contexto es diferente). Había en la zona emotiva del alma de Jesús como una lucha entre el pleno conocimiento de la obra que tenía que llevar a cabo y la resistencia natural a los sufrimientos que se avecinaban y, especialmente, al desamparo del Padre por cargar sobre Sí el pecado del mundo, lo que comportaba la interrupción de la comunión con Dios: ¡la muerte espiritual, eterna! como sustituto nuestro (v. 2 Co. 5:21). Ante esta horrenda perspectiva, Jesús exclama: «¿Qué diré?» Como si dijese: «¿Qué socorro invocaré?» Es la voz de los que se hallan en inminente peligro de sucumbir.
3. Su oración al Padre en tal aprieto. A pesar de que las ediciones del Nuevo Testamento Griego (y, por ello, las versiones de nuestras Biblias) traen esta oración entre signos de interrogación, los mejores comentaristas, tanto evangélicos como catolicorromanos, presentan argumentos convincentes de que no debe traducirse así, sino simplemente en forma de petición, exactamente como en el huerto de Getsemaní, de cuya agonía nos ofrece Juan aquí una imprecisa y rápida vislumbre, habida cuenta del carácter «triunfal» del cuarto Evangelio, como ya hicimos notar desde el principio. Dice, pues, Jesús ahora:
«¡Padre, sálvame de esta hora!» Aunque la frase que hallamos en los otros evangelistas: «si es posible» no se halla aquí, se sobrentiende fácilmente. No pide Jesús que la hora no llegue, sino que el Padre le saque con bien de ella (nótese la preposición ek, como en He. 5:7 «… librar de—¡ek!—la muerte»). Es la voz de una naturaleza humana pura, inocente, que derrama los sentimientos del corazón en ardiente súplica al Padre. Aunque ponía su vida con toda su voluntad, oraba a Dios que le salvara de sus padecimientos, si eso era posible dentro de los eternos designios de la Trina Deidad. Con esto aprendemos que una oración en la que suplicamos a Dios que nos libre de una aflicción, es compatible con la entera sumisión de nuestra voluntad a la voluntad de Dios. El tiempo de sufrir era para Cristo tan breve como una «hora»; y, aunque una hora de sufrimiento intenso se hace muy larga, a través de ese breve espacio veía Jesús «el gozo puesto delante de Él» (He. 12:2).
4. Su aquiescencia a la voluntad del Padre, a pesar de todo: «Mas para esto he llegado a esta hora». Las emociones del sentimiento suelen tener la primera palabra, pero las resoluciones de la voluntad son las que pronuncian el veredicto definitivo. Así es como la natural repugnancia de Cristo a sufrir se doblegaba finalmente al amor, a la sabiduría y al poder divinos. Quienes deseen proceder como es debido, deben dar lugar a la reflexión antes de tomar una decisión. Fruto de esta reflexión es ese «segundo» pensamiento que aparece en la segunda frase de Jesús: «mas para esto he llegado a esta hora», con el que viene a rectificar su exclamación de la frase anterior: «sálvame de esta hora». No acalla sus temores con la idea de que no puede evitar sus padecimientos, sino que se satisface con la resolución de no querer evitarlos. Esto ha de servirnos de ejemplo en las horas más oscuras de nuestra vida.
5. Su interés por el honor que a Dios se le ha de seguir por los inminentes sufrimientos de Jesús:
«Padre, glorifica tu nombre» (v. 28a). Es una conclusión parecida a lo que dijo después en Getsemaní:
«no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc. 22:42), pues ésta es la mejor manera de glorificar el nombre de Dios (v. la secuencia en Lc. 11:2 «santificado … hágase tu voluntad»). Esta frase de Jesús expresa algo más que una simple sumisión a la voluntad de Dios, pues indica una dedicación de sus padecimientos a la gloria de Dios. Era una voz pronunciada en razón de su función mediatorial (v. 2 Co. 5:19; 1 Ti. 2:5), pues la pronunciaba para garantizar nuestra salvación el mismo que se había hecho cargo de satisfacer a la justicia divina por nuestros pecados. El Señor Jesús glorificaba así la santidad de Dios mediante su radical humillación. Viene a decir: «Padre, glorifica tu nombre, y carga sobre mí la deuda de quienes han deshonrado ese santo nombre». Permítaseme (nota del traductor) copiar el brillante párrafo con que W. Hendriksen concluye su magnífica exposición del versículo 27. Dice así: «Toda la idea de la oración (de Jesús) puede parafrasearse del modo siguiente … “Padre, sálvame de esta hora, si es posible y de acuerdo con tu santa voluntad, pero no me salves de esta hora si ello significa que yo vaya a perder la cosecha espiritual (12:24), ya que la obtención de esta cosecha mediante mi muerte voluntaria es el verdadero objetivo de mi venida a este mundo. Por tanto, Padre, haz que, mediante mi perfecta obediencia a tu santa voluntad, a dondequiera que tu voluntad me conduzca (especialmente en mis padecimientos y muerte), tu nombre sea glorificado”».
II. La respuesta del Padre a esta oración de Jesús. Nótese:
1. Cómo fue dada esta respuesta: «Entonces vino una voz del cielo». Mediante «voces» salidas del cielo, tanto en el bautismo de Cristo (Mr. 1:11) como en su transfiguración (Mr. 9:7), y mediante los portentosos milagros que Jesús había llevado a cabo, el Padre había sido ya glorificado en el Hijo.
2. Cuál fue la respuesta misma: «Lo he glorificado (mi nombre), y lo glorificaré otra vez» (v. 28b). Jesús había terminado su oración diciendo: «Padre, glorifica tu nombre». A esto responde inmediatamente la voz celestial: «lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez». En efecto:
(A) El nombre de Dios había sido glorificado en la vida de Cristo, lo mismo en su doctrina y sus milagros que en los ejemplos maravillosos que nos dejó de su santidad y bondad.
(B) El nombre de Dios iba a ser glorificado otra vez, y en mayor grado, mediante la muerte y los padecimientos de Jesús. Con la obra de la redención, llevada a cabo en el Calvario, iban a resplandecer de forma insuperable la sabiduría, el poder, la justicia, la santidad, la fidelidad y la bondad de Dios. Al aceptar la satisfacción hecha a la santidad de Dios en la Cruz, el Padre se declaró enteramente satisfecho y complacido. De forma similar aunque a nivel inferior, lo que Dios ha hecho por nosotros para gloria de su santo nombre ha de servirnos de estímulo para esperar lo que aún ha de hacer por nosotros en el futuro.
III. Lo que opinaron los circunstantes acerca de esta voz: «Y la multitud que estaba allí y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado» (v. 29). Algo similar les ocurrió a los que acompañaban a Saulo en el camino hacia Damasco pues «oyeron la voz», pero «no la entendieron» (v. Hch. 9:7; 22:9). Esto demuestra: 1. Que fue algo real, no una ilusión acústica. 2. Que eran tardos en admitir una prueba tan clara de la divina misión de Cristo, pues se empeñaban en dar toda clase de explicaciones, excepto que Dios mismo le había hablado en respuesta a su oración.
IV. La explicación que, con toda mansedumbre y paciencia, dio de esta voz celestial el propio Jesús. Les dice:
1. Por qué vino esta voz: «No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros» (v. 30). Como si dijese: «No es que yo necesitase esta voz para decirme lo que ya sé por mi comunión íntima con el Padre (comp. con 11:42), sino para que vosotros no tengáis excusa, si os negáis a creer en mí aun después de haber oído esta voz del cielo». Lo que desde el cielo se nos dice acerca del Señor Jesús, por nuestro bien se dice, a fin de que se robustezca la fe y la confianza que hemos depositado en Él (comp. con 2 Ti. 1:12b) y estemos dispuestos a seguirle por el camino que Él recorrió.
2. Cuál era el significado de esta voz. Dos cosas intentaba Dios al decir que iba a glorificar su nombre otra vez:
(A) Que, mediante la muerte de Cristo Satanás iba a ser derrotado: «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (v. 31). Habla Cristo en plan de júbilo triunfal, como si dijese: «Ahora llega el año jubilar de mis redimidos; ahora, sí, ahora se va a llevar a cabo esa magna obra que, desde antes de la fundación del mundo, fue decidida en el consejo de la Deidad». Los motivos de este júbilo triunfal son:
(a) Que «ahora es el juicio de este mundo»; la «crisis», como dice el original al emplear un término que tiene resonancia médica, tanto como legal. Una enfermedad llega a su «crisis» en el punto en que se decide la recuperación o la muerte del enfermo. Ahora se van a descubrir del todo los pensamientos de muchos corazones (Lc. 2:35). Pero el vocablo griego significa, en realidad, como de costumbre, un juicio de condenación (comp. con 3:17, 19, por ejemplo); al rechazar a Cristo, el mundo no se percataba de que estaba pronunciando contra sí mismo su sentencia de condenación (v. 16:8–11). Podemos ampliar todavía, con ulteriores aplicaciones este pensamiento: La muerte de Cristo significaba el juicio de este mundo:
Primero, porque iba a poner a prueba el carácter de cada individuo con base en lo que la cruz de Cristo significa para cada uno. Los hombres serán juzgados por la forma en que hayan comprendido el sentido de esta muerte (3:14–15).
Segundo, porque, por medio de este juicio, la Cruz se interponía entre un Dios santo y un mundo pecador, de forma que se había de pronunciar la sentencia de absolución y perdón sobre todos aquellos, tanto judíos como gentiles que, por fe, recibiesen la justicia de Dios en Cristo (v. Ro. 1:17; 3:21, 25; 4:3, 6, 11, 22; 9:30; 10:3; 2 Co. 5:21).
Tercero, porque, por medio de la muerte de Cristo, este mundo regido por el príncipe de las tinieblas (16:11; Ef. 2:2; 1 Jn. 5:19) iba a rubricar su sentencia de condenación (3:17–21, 36; 8:24). Con este juicio, se había de demostrar que el diablo era un usurpador de los poderes de este mundo, pues el juicio no le competía a él, sino a Jesús.
(b) Que «ahora el príncipe de este mundo será echado fuera», es decir, será desposeído de sus mal adquiridos derechos sobre las naciones y reinos de este mundo (comp. con Lucas 4:6, a lo que Cristo no replica). El alzamiento de Cristo en la cruz significará la más vergonzosa derrota de los «principados y potestades» (Col. 2:15) «dominadores de este mundo de tinieblas» (Ef. 6:12). Al obtener la reconciliación del mundo con Dios por medio de su muerte, Jesús quebrantó el poder de la muerte (v. 1 Co. 15:22, 55– 57) y echó fuera al Destructor. Y al conducir al mundo hacia Dios mediante la doctrina de la Cruz, Jesús quebrantó el poder del pecado (Ro. 5:12–21; 6:6) y echó fuera al Engañador (Ap. 12:9; 20:8). ¡Con qué seguridad habla Cristo de su victoria sobre Satanás: la da por conseguida, pues al entregarse voluntariamente a la muerte, triunfa sobre ella!
(B) Que, mediante la muerte de Cristo, muchas almas se habían de convertir y salvar, con lo que Satanás quedaría fuera de todo aquel que creyese en Jesús: «Y yo, si soy levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (v. 32). Obsérvense dos detalles:
(a) El gran designio del Señor Jesús era atraer hacia sí todos los hombres, no sólo a los judíos, sino también a los gentiles de toda raza, lengua, nación y pueblo (comp. con Ap. 5:9; 7:9). Nótese cómo Cristo es todo en todos en la conversión y salvación de las almas. Cristo es el que atrae hacia sí pero como el Padre y el Hijo son uno en esencia, honor y poder (10:30), también el Padre atrae hacia Cristo (6:44) a todos los que, por fe, han de venir a Él. No atrae por la fuerza, sino como un imán, al hacer que la persona quiera, y quiera, no sólo voluntariamente, sino placenteramente (v. el comentario a 6:44). Somos atraídos por el conocimiento que tenemos de Él y para que conozcamos más y más de Él (v. 2 Co. 3:18).
(b) El extraño método que siguió el Señor Jesús para atraer hacia sí a todos fue mediante su alzamiento de la tierra; es decir, mediante su crucifixión, conforme aclara el versículo 33 (comp. con 3:14): «Y decía esto dando a entender de qué (lit. de cuál, de qué clase) muerte iba a morir». Primero fue clavado en la cruz, y después levantado en ella. El verbo griego significa «exaltar», por donde vemos que Jesús tenía por gran honor el morir en una cruz por nosotros. ¿Y nos avergonzaremos nosotros de confesarle y de predicar a Cristo, y a éste crucificado? Por este medio, se convirtió Cristo en centro de atracción universal, de modo que todos los que se salvan, por Él, y sólo por Él, se salvan (Hch. 4:12). El nacimiento y el crecimiento de la Iglesia fueron la bendita consecuencia de este alzamiento de Cristo en la cruz del Calvario. Aunque para los que se pierden, la cruz de Cristo es piedra de tropiezo (1 Co. 1:23), para los que se salvan es piedra imán (v. Fil. 3:7–14; 1 P. 1:8, comp. con Cnt. 1:4: «Llévame en pos de ti ¡corramos!») Él es el verdadero «tesoro» (comp. 1 P. 2:7 con Mt. 6:21) que atrae hacia sí el corazón de quienes le aman. Podemos incluso aludir a la postura que Jesús adoptó mientras estuvo en la cruz: extendidos los brazos para recibir a todo el que se allegue a Él (6:37), y clavados para no bajarlos por cansancio (comp. con Éx. 17:12).
V. La objeción de la gente a estas palabras de Jesús (v. 34). Aun cuando habían oído la voz venida del cielo, se oponían tercamente a sus enseñanzas. Cristo se había llamado a sí mismo (v. 23), «el Hijo del Hombre», expresión que se halla 83 veces en los Evangelios (13, en Juan) y que los judíos sabían que era sinónimo de «Mesías». Por eso, se sorprendieron que dijera que iba a ser levantado, lo cual también entendieron claramente que se refería a su muerte. Notemos que:
1. Alegan contra Jesús la enseñanza de las Escrituras del Antiguo Testamento: «Nosotros hemos oído (pues se les leía) de la ley (sacado—ek—de la ley), que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo, pues dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado (es decir, alzado de la tierra hasta el otro mundo)?» Sin duda, entendían por «ley» el conjunto de la Escritura o Biblia Hebrea, y recordarían lugares como Salmos 110:4; Isaías 9:6–7; Ezequiel 37:25; Daniel 7:14, que hablaban del Mesías como de un rey sempiterno (comp. con Lc. 1:33). Y no estaban equivocados en esto. Pero olvidaban que, también según la Escritura, este mismo Mesías había de ser el Siervo Sufriente de Isaías 53:5 y ss.; Daniel 9:26 y aun Salmos 22:16–18. Esta confusión es la que, hasta el día de hoy, sirve de «escándalo» a los judíos (v. 1 Co. 1:23). Los más expertos rabinos han opinado siempre que eran dos, en realidad, los Mesías: uno, «el hijo de José», que vendría a sufrir; otro, «el Hijo de David», que vendría a reinar y a resucitar al primero (v. el libro de A. Fruchtenbaum Jesus was a Jew. Nota del traductor); no han sido capaces de identificar en una sola persona a estos «dos Mesías». Estas son las enseñanzas, aparentemente «paradójicas», de algunos pasajes bíblicos, cosas «difíciles de entender, las cuales los indoctos e inestables (lit.) tuercen … para su propia perdición» (2 P. 3:16).
2. Preguntan, con aire de desprecio, qué clase de Mesías puede ser Jesús: «¿Quién es éste, el Hijo del Hombre?» (v. 34b, lit.). Como si dijesen: «Nosotros sabemos que el Mesías ha de permanecer para siempre, y tú dices que el Hijo del Hombre tiene que morir; ¿qué clase de Mesías eres tú?» Parece ser que prefieren no tener ningún Mesías antes que tener uno que se les vaya a morir. Sin embargo, la expresión
«el Hijo del Hombre» tiene, ya desde Daniel 7:13, un sentido de elevación, más bien que de humillación. Específicamente, como hace notar Hendriksen, en Juan es Aquel que desciende del cielo a la tierra (3:13), que habla el lenguaje del Padre Celestial (8:28), que sirve de puente entre el cielo y la tierra (1:51), que cumple en la cruz la misión redentora (3:14), que tiene la autoridad de ejecutar juicio (5:27), que es el pan vivo, bajado del cielo, necesario para tener vida (6:27, 53), que es el objeto primordial de fe (9:35, de acuerdo con la lectura más probable. V. el comentario a dicho v.) y ha de ser glorificado, aunque ha de pasar por la muerte (12:23–24; 13:31).
VI. Lo que Cristo replicó a esta objeción de la gente (vv. 35–36). Como vemos siempre en Juan, hasta el punto de parecer desconcertantes las respuestas de Jesús a lo largo de todo el cuarto evangelio, a la objeción del versículo 34 no responde Jesús directamente, sino que da un giro práctico a la conversación, como si dijese: «Es inútil enzarzarse en discusiones sobre lo que dice la ley acerca del Hijo del Hombre, porque vosotros no estáis en condiciones de entender esas cosas. Para conocer las cosas de Dios es preciso tener el Espíritu de Dios (1 Co. 2:14). Sólo quienes están dispuestos a hacer la voluntad de Dios pueden conocerme (v. 7:17) pero toda la responsabilidad de la ignorancia que padecéis recae sobre vosotros, por cuanto tenéis la luz suficiente para quedar sin excusa (v. Lc. 12:47–48; Jn. 1:9; 8:12; 2 P. 2:20–21, etc.). Por consiguiente, dejaos de controversias y prestad interés a las oportunidades que se os presentan en la práctica para obtener beneficio de la luz que, al presente, está al alcance de vuestra mano «aún por un poco, está la luz entre vosotros; andad entretanto que tenéis luz, para que no echen mano de vosotros (o: prevalezcan contra vosotros. Es el mismo verbo de 1:5. Ver el comentario a dicho v.) las tinieblas» (v. 35). Observemos:
1. En general, el interés que Jesús tiene por el alma de los hombres, y el deseo de que alcancen la verdadera felicidad. ¡Con qué ternura les amonesta a estos malvados contradictores a que miren por sí mismos y se dejen de pendencias necias e insensatas! Sigue así el mismo método que después seguirá Pablo, cuando dice: «Porque el siervo de Dios no debe ser pendenciero, sino amable con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen …» (2 Ti. 2:24–26).
2. En particular, vemos:
(A) La singular ventaja de que esta gente disfrutó al tener entre ellos al Señor Jesús predicándoles el Evangelio, y de la que deberían haberse aprovechado, especialmente cuando era poco el tiempo que les quedaba: «Aún por un poco está la luz entre vosotros». Cristo es esta luz, «el Sol de justicia» y, aun cuando había de morir en la cruz, había de ser, no obstante, el Cristo que permanece para siempre (v. 34), pues había de volver a la vida, de la misma manera que el ocaso del sol no impide que su influjo sea permanente sobre la tierra (v. Gn. 1:14–18), puesto que cada mañana vuelve a surgir de nuestro horizonte. Pero somos nosotros quienes no sabemos si llegaremos a la mañana siguiente, cuando el sol vuelva a salir. Por eso, hemos de aprovechar el tiempo de luz que tenemos, «andando entretanto que tenemos luz».
(B) La advertencia que les hace de que saquen el mejor partido del privilegio que se les ofrece:
«Andad entretanto que tenéis luz». Así como los que viajan a pie o a caballo, han de aprovechar bien todas las horas del día para que no les sorprenda la noche en el camino, así también hemos de aprovecharnos de la luz que ilumina nuestro camino hacia el cielo (v. Sal. 119:105), mientras vamos de paso por este mundo. El día es para el trabajo; la noche para el descanso (9:4–5). Esto debe hacernos
diligentes para no malgastar el tiempo que Dios nos concede, sino aprovechar todas las ocasiones de hacer el bien (Ef. 5:16; Col. 4:5), no sea que nuestro día se acabe antes de haber terminado la tarea que se nos ha asignado para la jornada: «para que no os sorprendan las tinieblas».
(C) La triste condición de los que rechazan el Evangelio de Jesucristo: «Andan en tinieblas y no saben adónde van» (v. 35b), pues no saben dónde están ni cómo hallar la salida (comp. con Hch. 13:11). Cuando se dejan a un lado las enseñanzas de la fe cristiana, y no se disciernen bien las diferencias entre lo bueno y lo malo, toda la conducta es tenebrosa y el ser humano marcha deprisa a precipitarse en su destrucción, porque desconoce el peligro en que se halla, y no se da cuenta de que está danzando a oscuras al borde mismo del abismo.
(D) El gran interés que esto ha de suscitar en cada uno de nosotros, y la grave obligación de seguir la norma de Cristo se infieren de la insistencia con que el Señor vuelve a la carga al repetir la misma exhortación: «Entretanto que tenéis la luz, creed en la luz para que seáis hijos de luz» (v. 36). Esta insistencia de Jesús a que no se marchen del mercado, sino que se beneficien de la oferta que les hace, se debe a que esa «luz» de la que por poco tiempo van a disfrutar, es nada menos que Él mismo (1:9; 8:12). Por eso, «el que cree en Cristo)» (7:38) «cree en la luz» y no sólo cree en la luz, sino que «llega a ser hijo de luz»; es decir, a identificarse con la luz (conforme a esta clase de semitismos o maneras de expresión de los hebreos y otros orientales) y ser luces (Ef. 5:8; Fil. 2:15), «partícipes de la naturaleza divina» (2 P. 1:4), «hijos de Dios» (1:12–13), que «es Luz» (1 Jn. 1:5). ¡Dichoso aquel cuyo ser entero «es luminoso no teniendo parte alguna de tinieblas»! (Lc. 11:36). En la medida en que contemplamos el rostro de Jesús por medio de la Palabra y conducidos por el Espíritu Santo no sólo tenemos luz para nuestros ojos y para nuestros pies (Sal. 119:105), sino que «vamos siendo transformados de gloria en gloria (y brillamos cada vez más) a la misma imagen» (2 Co. 3:18, comp. con Ro. 8:29), puesto que Jesús es la imagen misma de Dios (Col. 1:15; He. 1:3).
VII. La segunda parte del versículo 36 viene a ser un compendio de la actividad que llevó a cabo Jesús durante el tiempo de su ministerio público; un compendio también del constante rechazo que halló de parte de los líderes religiosos, y su final retirada de ellos, como se ve por el contexto posterior. Es un final parecido al de Hechos 28:25–29. Dice Juan: «Estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos». Se ocultó de ellos (lit. fue ocultado lejos de ellos), para que quedasen en sus voluntarias tinieblas por su obstinación en rechazar la luz (vv. 35–36a), y se marchó con toda probabilidad a Betania para pasar allí la noche. Puesto que los judíos no quisieron recibir sus enseñanzas, es como si les dijera, con esta retirada:
«Puesto que no queréis escucharme, no tengo más que deciros». Cristo retira, con toda justicia, los medios de gracia a los que se obstinan en rechazarlos. Desde ahora, ya no aparecerá más en público hasta que sea conducido a los tribunales para ser juzgado y condenado a muerte. Solamente conversará con sus discípulos en el Aposento Alto, y con Pilato a fin de que éste pueda testificar de la inocencia de Jesús y quede sin excusa al condenarle a muerte, cobarde e injustamente. Los versículos 44–48, a pesar de las apariencias, no constituyen un mensaje posterior, sino que, como hace notar Hendriksen, son como un compendio de toda la predicación de Jesús durante su ministerio público.
Versículos 37–43
Testimonio que de Jesús habían dado los profetas del Antiguo Testamento, lo cual agravaba el pecado de los que ahora le rechazaban, aunque también hubo algunas honrosas excepciones, ya que «aun de los gobernantes, muchos creyeron en Él» (v. 42). Dos detalles se nos dan aquí acerca de esta gente tan obstinada, y los dos fueron profetizados por el profeta Isaías:
I. Que estos judíos no querían creer: «Pero a pesar de que había hecho tan grandes señales delante de ellos, no creían en Él» (v. 37). Aquí vemos:
1. La abundancia de medios de convicción de que esta gente disponía. Jesús había obrado delante de ellos muchos y grandes milagros. Al ser tantos, cada uno era confirmación de los anteriores; al ser tan grandes, la evidencia de la misión divina de Jesús era contundente, eran milagros de beneficencia, y el bien que producían aumentaba con cada milagro que llevaba a cabo; al ser tan notorios («delante de ellos»), los testigos quedaban sin excusa.
2. La ineficacia subjetiva de estos medios de convicción: «A pesar de todo ello, no creían en Él». Al ver tantos portentos delante de sus propios ojos, se negaban a creer en Jesús.
3. Con esto se cumplía la Escritura: «Para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías» (v. 38). Cuanto más improbable es un suceso futuro, tanto más brilla la presciencia divina al predecirlo. Nadie podía imaginarse que, cuando apareciese el Mesías-Rey, precedido por tantas y tan claras profecías, hubiese de hallar tan fiera oposición entre los judíos. Jesús mismo «se asombró de la incredulidad de ellos» (Mr. 6:6), pero ya se había asombrado Isaías unos 700 años antes al predecirlo: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?» (v. 38b, comp. con Is. 53:1). El original hebreo viene a significar: «¿Quién ha creído el informe salido (lit. que fue oído) de nuestros labios?», o: «¿ … que fue oído por nosotros?» (se sobrentiende: «y dado a conocer»). Vemos, pues, que el Evangelio es llamado aquí un «informe» que nosotros hemos recibido de Dios, y que otros han oído de nosotros. Muchos son los que lo oyen, pero ¿Quién lo ha creído? Muy pocos, pues la mayoría se hace el desentendido. Por eso, la pregunta se hace en un tono de lamentación de que sean tan pocos los que creen el mensaje del Evangelio. Y la razón que se da es que «no les fue revelado el brazo del Señor»; es decir, no entendieron el poder del Dios Omnipotente, revelado y hecho manifiesto en los portentos que Jesús llevó a cabo (comp. con Is. 40:10; 52:10; 63:5). El motivo por el que no les fue revelado el poder de Dios era la dureza del corazón de ellos, impermeable a la luz del mensaje; no se debía a falta de claridad en la revelación, sino a la obstinada resistencia de ellos (comp. con Ro. 1:18). Así se explica lo que leemos a continuación.
II. Que estos judíos no podían creer: «Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Ha cegado los ojos de ellos …» (vv. 39 y 40a). Estas frases parecen duras y difíciles de explicar. Dios no condena arbitrariamente a nadie; y, sin embargo, leemos: «no podían creer». La explicación está dada en el punto anterior, pero por la dificultad del tema, hemos de insistir:
1. No podían creer, porque habían resuelto no creer; la obstinación lleva al endurecimiento y el endurecimiento voluntario marca el destino de una persona, moldea su carácter de tal manera que cada gracia posterior rebota en la superficie y añade mayor culpabilidad. Cerrar la ventanas a la luz es condenarse a la oscuridad. La culpa no es de la luz, sino del que cierra la ventana. El mismo sol que ablanda la cera endurece el barro. La costumbre de obrar lo perverso crea una segunda naturaleza, tan difícil de cambiar como el color natural de la piel: «¿Podrá mudar el etíope su piel, o el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?» (Jer. 13:23). Es, pues, una incapacidad psicologicomoral.
2. No podían creer, porque dijo Isaías: Ha cegado los ojos de ellos. ¿Es que acaso es Dios el autor de este pecado? No, por cierto, sino que:
(A) Es menester reconocer la mano justiciera de Dios en la ceguera de muchos que persisten en su impenitencia e incredulidad, por lo que justamente son castigados por su anterior voluntaria resistencia a la luz divina. Cuando Dios retira su gracia por el abuso que el hombre hace de ella, y entrega a los hombres a las pasiones vergonzosas en que ellos se complacen (v. Ro. 1:24–32), sólo ejecuta sobre ellos sus justos juicios, y a esto llama la Escritura «cegar los ojos», «endurecer el corazón». Obsérvese por contraste, el método de la conversión, al examinar el método de la perversión: Los pecadores que no ponen resistencia a la luz de Dios, son conducidos por el Espíritu de Dios a ver con sus propios ojos y discernir la realidad de las cosas de Dios (v. 1 Co. 2:10 y ss.). Igualmente son conducidos a «entender con el corazón» (v. 40); es decir, no sólo a asentir y aprobar, sino también a consentir y aceptar (Ro. 10:9–10). De esta forma, son convertidos a Dios, y sanados por Cristo. La misma mano que perdona es la que sana, pues el pecado es la más corrupta de nuestras enfermedades; es el cáncer del espíritu que llega a todos los demás elementos del ser humano, desde el centro hasta la periferia. La amenaza de este juicio de Dios pende sobre todos los que persisten voluntariamente en su injusta represión de la verdad de Dios (Ro. 1:18).
(B) Lo que Dios ha predicho, infaliblemente se ha de cumplir y, por eso, pudo asegurar Isaías que no podrían creer. Pero el hecho de que Dios prediga lo que ha de suceder no implica que el hombre se vea fatalmente forzado a obrar, puesto que la presciencia de Dios consiste en ver, desde la eternidad que sobrepasa al tiempo, lo que ha de suceder como si estuviese ya sucediendo. En otras palabras, pasado, presente y futuro dicen relación al tiempo; pero Dios no se mueve en el tiempo, sino que permanece en su eternidad que abarca todos los tiempos; por eso, lo que para nosotros es futuro, Dios lo ve como ya presente. Por eso también, Dios no tiene historia o biografía propia, porque la historia consiste en una sucesión de acontecimientos en los que el ser humano pierde algo de su realidad (el pasado que ha quemado) y adquiere algo nuevo para realizarse progresivamente (el futuro que todavía no tiene); el presente no existe realmente para nosotros, pues nuestra vida es como las aguas de un río que se desliza, sin pararse, sin solución de continuidad. En Dios, ocurre todo lo contrario: no tiene pasado ni futuro, sino que es un eterno presente («Yo soy el que soy»; Éx. 3:14), desde el que abarca y sobrepasa todos los tiempos. Si Dios desconociera el futuro, estaría recibiendo siempre nueva información, con lo que nunca sería infinitamente sabio. Una de las mejores ilustraciones de esto es la comparación con un hombre que, desde lo alto de una torre contempla una larguísima procesión de individuos en fila india, en la que cada uno sólo ve al que marcha inmediatamente delante de él, mientras que el de la torre abarca con su mirada a todos, desde el primero hasta el último de la fila. Por consiguiente el conocimiento de Dios no está expuesto a la equivocación en lo que ve, ni la verdad de Dios está expuesta al error en lo que predice.
Obsérvese, también, que la profecía no señala con el dedo a ninguna persona en particular, sino al conjunto de la nación judía; por lo que quedaba un remanente, a través del cual había una puerta de esperanza, abierta a las personas particulares de forma que cada uno podía decir, como lo puede decir cada uno de nosotros ¿Por qué no he de ser yo uno de los del remanente?
(C) Finalmente, el evangelista Juan, después de citar la profecía, muestra que se refería principalmente a los días del Mesías: «Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de Él» (v. 41). En la profecía leemos (Is. 6:8–9) que estas cosas le fueron dichas a Isaías, pero aquí leemos que estas cosas fueron dichas por Isaías; no hay ninguna contradicción en ello, puesto que ninguna cosa fue dicha por ningún profeta sin que antes le fuese dicha al profeta mismo. La visión que el profeta tuvo, en esta ocasión, de la gloria de Dios, se dice ahora que fue la visión de la gloria de Jesús y «habló acerca de Él» (Jesús, lo mismo que en el versículo siguiente: «muchos creyeron en Él»). Con ello, tenemos una prueba más de que Jesús es Dios, el mismo Jehová cuya gloria contempló Isaías. Habló acerca de Jesús, a fin de que fuese glorificado lo mismo en la ruina justa de una muchedumbre de incrédulos que en la salvación de un remanente de creyentes. No está de más el observar que Juan se refiere al profeta Isaías más bien que al libro de Isaías, y pone en boca de Isaías las palabras de Isaías 53:1, lo cual es un fuerte argumento contra los que afirman que toda esta sección, desde el capítulo 40 en adelante, no fue escrita por Isaías, sino por alguien que la redactó después de la deportación a Babilonia.
III. La sección termina con una nota consoladora. Aunque el grueso de la nación rechazó al Mesías, no todos se cerraron en la incredulidad: «Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en Él» (Jesús), aun cuando la fe de ellos no fuese todavía madura, como sigue explicando el mismo Juan (vv. 42–43). En efecto, vemos:
1. El poder de la Palabra de Dios en la convicción que produjo en la mente de algunos: «Creyeron en Él», como Nicodemo, recibiéndole como a Maestro enviado de Dios (3:2). Hay muchos que no pueden menos de aceptar en su interior verdades que no se atreven a profesar al exterior, ya sea por vergüenza cobarde, ya sea por interés inconfesable. Probablemente, hay muchas más personas buenas que las que parece haber, aun cuando también es probable que muchos de los que parecen cristianos no lo sean de verdad. Lo cierto es que sólo Dios conoce a los suyos, y nosotros no hemos de atrevernos a juzgar y usurpar el lugar de Dios. Conocemos los pecados de muchos, pero ignoramos el arrepentimiento de algunos (comp. con Lc. 7:39). Muchas veces, no es la malicia, sino la debilidad y la cobardía, lo que induce a los hombres al pecado. Los hombres sólo vemos el exterior y estamos inclinados a juzgar todas las acciones con el mismo rasero, pero Dios conoce bien todas las circunstancias así como los factores endógenos, temperamentales, del pecador y ha de descontar lo que se debe al ambiente y a la herencia, tanto para excusar como para agravar la culpabilidad de las acciones.
2. El poder de las fuerzas del mal para debilitar la convicción inducida por la Palabra de Dios. Éstos que «creyeron en Él», no se atrevían a exteriorizar sus convicciones: «pero a causa de los fariseos no lo confesaban». Aquí vemos dónde estaba la debilidad de estos hombres: no confesaban a Cristo. Hay motivo para dudar de una fe que tiene miedo o vergüenza de ser manifestada. ¿Y qué temían estos hombres? Ser expulsados de la sinagoga (v. 9:22), lo cual significaba para ellos la mayor desgracia posible: ser cortados legalmente de la comunidad del pacto. Juan nos dice a renglón seguido cuál era la raíz profunda de ese miedo a confesar a Jesús: «Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (v. 43). Aparte de la inspiración del Espíritu Santo, con una posible revelación directa de ello, podemos pensar que Juan obtuvo esta información, probablemente, de labios de Nicodemo o de José
de Arimatea, o de ambos a la vez. Vemos, pues, que en el primer estadio de la conversión de estos hombres (ya que algunos de ellos llegaron, a no dudar, a una genuina fe en el Señor, comp. con Hch. 6:7; 21:20), la debilidad estaba en la forma incorrecta con que ponían en la balanza estos dos valores: la gloria de Dios y la de los hombres:
(A) Ponían la alabanza de los hombres en un platillo de la balanza, y consideraban cuán bueno es alabar a los hombres y ser alabados de ellos (comp. 5:44). No se atrevían a confesar a Cristo no fuera que esto les enemistase con los fariseos y perdieran la reputación de que gozaban en el seno del Sanedrín. Olvidaban lo de Proverbios 29:25: «El que teme a los hombres caerá en el lazo, mas el que confía en Jehová será puesto en lugar seguro». Otras consideraciones se añadirían para acobardar a estos hombres. Verían, por ejemplo que los seguidores de Cristo eran desprestigiados por los líderes de la nación y menospreciados, lo cual resultaba muy duro para quienes estaban acostumbrados a los honores y respeto de la gente. Cada uno pensaría que, si se declaraba abiertamente a favor de Jesús, se había de quedar solo, cuando, precisamente «armándose de valor» (Mr. 15:43), es probable que otros se sintieran estimulados a seguirle en su profesión de fe en el Señor. «Ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Jn. 5:4b).
(B) Ponían la gloria de Dios en el otro platillo de la balanza. Se daban cuenta de que, al confesar a Cristo, darían gloria a Dios y recibirían alabanza de parte de Dios, pero daban preferencia a la alabanza de los hombres y, con ello, inclinaban la balanza hacia el lado de menor peso (comp. con 2 Co. 4:17 «eterno peso de gloria»). ¡Cuántos se quedan a medio camino, «casi cristianos», cortos de la gloria de Dios, por temor a perder el respeto de los hombres, por no enemistarse con el mundo, por el «¡qué dirán!» Estos respetos humanos hacen que muchas personas sean simples hipócritas cuando la religión parece estar de moda, y que sean abominables apóstatas cuando la religión es perseguida.
Versículos 44–50
Compendio de lo que Jesús había venido predicando desde el comienzo de su ministerio público. Como el mensaje principal de Cristo había sido expuesto en voz alta y con toda solemnidad, según lo exigía la importancia del tema (comp., p. ej., con 7:37), también aquí se nos dice que «Jesús clamó y dijo» (v. 44). Esta elevación de la voz significaba siempre: 1) Su denuedo al predicar. Aunque los aludidos en el versículo 42 no tenían el coraje necesario para profesar abiertamente la fe en la doctrina de Cristo, Él sí lo tenía para proclamarla; aunque ellos estaban avergonzados de su fe, Jesús no lo estaba de sus enseñanzas. 2) Su insistencia en lo que predicaba. Gritaba como quien ve la amenaza de un peligro y desea que sus prójimos se percaten de él; aunque sus clamores sean importunos, no por eso dejan de ser oportunos. 3) Denota la urgencia de que todos presten oído atento a lo que va a decir. Al ser ésta la última vez que se dirigía al público en general, quiere proclamar el Evangelio con gran clamor, como deseando que todos se enteren y tomen bu ena nota de lo que va a decir. Este compendio de las enseñanzas de Cristo se parece mucho al discurso final de Moisés, en el que dijo: «Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal» (Dt. 30:15). Así es como Cristo se despide a la vera del templo, con una solemne declaración de tres cosas importantes:
I. Los privilegios y honores de los que creen.
1. Al creer en Jesucristo, somos puestos en relación íntima con el Padre (vv. 44–45): «El que cree en mí, no cree en mí (es decir, exclusivamente en mí), sino (también) en el que me envió». Jesús es el único camino hacia el Padre (14:6); Él es el puente entre el Padre y nosotros (v. 1 Ti. 2:5), y el puente entre nosotros y el Padre (v. Ef. 2:18), porque, en cuanto hombre, es en todo semejante a nosotros, excepto el pecado (He. 2:14; 4:15); y, en cuanto Dios, es uno con el Padre (10:30). Como referencias a este punto doctrinal, podemos ver también 4:21; 7:16; 8:19, 42; 12:30; 13:20. Por eso continúa y dice: «y el que me ve, ve al que me envió» (v. 45). Al observar, meditar, experimentar, la hermosura de Jesucristo: de su persona, de sus palabras, de sus obras, nos percatamos de que vemos a Dios mismo con nosotros (Immanuel), al «Dios manifestado en carne» (1 Ti. 3:16). Al ver a Cristo, vemos cuán «bueno es Jehová para con todos y la ternura de su amor sobre todas sus obras» (Sal. 145:9. Todo el salmo es un retrato admirable de Dios, revelado en Cristo). ¿Y habrá quien no se satisfaga con ver a Jesucristo para ser feliz por toda la eternidad? ¿Hace falta ninguna otra «visión beatífica»? (v. 14:9–10). El que conoce a Jesús, conoce al Padre (8:19), porque el Padre está en Jesús, y Jesús está en el Padre (10:38). «Porque Dios, que
mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz (Gn. 1:3), es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Co. 4:4). Todo el que contempla a Cristo con una mirada de fe, es conducido al conocimiento seguro de Dios. Cristo no es un embajador inferior al rey (comp. con 2 Co. 5:20), sino como un Enviado igual al Enviante (10:30).
2. Al creer en Jesucristo, somos puestos en la más feliz situación posible para nosotros: «Yo, la luz (1:9; 8:12), he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas» (v. 46). Con esto, se nos declara: (A) El carácter de Cristo: Es la luz divina que ha venido a ser la luz del mundo (v. también 1:4–5; 9:5; 12:35–36). (B) El consuelo de los creyentes, pues éstos «no permanecen en tinieblas» como los que se obstinan en rechazar la luz; «en otro tiempo éramos tinieblas, mas ahora somos luz en el Señor» (Ef. 5:8); porque «luz hay sembrada para el justo» (Sal. 97:11. Lit.), para que, no sólo sea puesta en nuestro interior como un foco, sino que también progrese y crezca en resplandor «siendo transformados de gloria en gloria a la misma imagen» (2 Co. 3:18), que es Jesús (v. Col. 1:15).
II. A continuación, vemos el tremendo peligro en que se hallan los que no creen: «Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el último día» (vv. 47–48). Vemos:
1. Quiénes son los que se condenan, privándose a sí mismos de la vida: «Los que oyen las palabras de Cristo y no las guardan» (comp. con Sal. 119:9; Mt. 7:24–26; Stg. 1:21–25; 2:14–26; 1 P. 2:13). La
misma idea aparece en 1:12–13; 3:36; 6:40, 47; 8:51; 1 Juan 5:10–12. Nadie será condenado por incredulidad, a no ser que haya rechazado el mensaje de Cristo (3:17–21; 8:24). Cada ser humano será juzgado de acuerdo a la luz que haya recibido (comp. con Ro. 2:12–16). Sólo Jesús es el Salvador de todos los que se salvan (Hch. 4:12), incluso de los que no conocieron al Salvador por el nombre de Jesús, ya que, en Hechos 4:12, el «nombre» significa, no el rótulo, sino la persona del Salvador (¿cómo serían salvos, si no, los santos del Antiguo Testamento, de los que He. 11 nos ofrece una buena lista?).
2. En qué consiste la gravedad de esta incredulidad: En que todo el que no recibe las palabras de Cristo, le está rechazando a Él mismo (v. 48), Verbo único del Padre (1:1), mediante el cual quedó consumada la revelación de Dios (He. 1:1–3). Siempre que se despliega el estandarte del Evangelio, ya no caben neutrales: «El que no está con Cristo, está contra Él» (Lc. 11:23).
3. La admirable paciencia y longanimidad del Señor: «Yo no le juzgo» (comp. con 3:17–21; 8:11, 15). Él juzgará a todos en el Último Día (5:27–29), pero hasta entonces tiene otro oficio mejor que desempeñar: Ha sido enviado por el Padre «para que el mundo sea salvo por medio de Él» (3:16–17). Ha venido a ofrecer salvación a todo ser humano, de modo que el que no se salve no pueda achacarle a Dios el fracaso, sino sólo a sí mismo por haber rechazado la salvación que Dios le ofrecía (v. 1 Ti. 2:4–6).
4. La cierta e inevitable condenación de los que se hayan negado a creer. En el último día, en el Juicio Final, se llevará a cabo la gran revelación del justo juicio de Dios contra los incrédulos. «Tendrán quien les juzgue». No hay cosa tan temible como el abuso de la gracia (comp. con He. 10:26–31), y «el menosprecio de las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad» (Ro. 2:4). No hará falta que el mismo Dios se levante para pronunciar sentencia. Nótese que, en Apocalipsis 20:11 y ss., los muertos están de pie, es decir, ya resucitados para condenación, delante del gran trono blanco pero «fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras» (Ap. 20:12). No se nombra aquí al «Cordero» (para la exégesis de Mt. 25:41, v. el comentario a dicho lugar), mientras que, en el juicio de recompensas, se nombra «el tribunal de Cristo» (Ro. 14:10, 2 Co. 5:10). Las palabras del Evangelio, proclamadas por el mismo Señor Jesucristo y fielmente expuestas por sus ministros, ellas serán las que se levanten a juzgar a quienes acudieron a los cultos religiosos, oyeron el mensaje del Evangelio y no le prestaron atención o no le hicieron caso. ¡Qué responsabilidad tan grande la de los que oyen los mensajes y no se convierten al Señor! Por eso, nadie sale, o se retira, de oír un mensaje en las mismas condiciones en que entró, o se acercó a escuchar: o sale convertido (o en camino de conversión), o sale más endurecido en su pecado y sin excusa alguna que presentar ante el gran trono de Dios. ¡ALLÍ ESTARÁ LA PALABRA DE DIOS, COMO JUEZ SUFICIENTE! (v. también 5:24, 45–47; 8:31, 37, 51;
14:23–24, además de Mt. 7:21–27; Lc. 11:28). La Palabra condenará como evidencia de criminalidad y como norma quebrantada.
III. Finalmente, Jesús hace en esta porción una solemne declaración de la autoridad que posee en orden a demandar nuestra fe en Él (vv. 49–50).
1. Nótese la comisión que el Señor Jesucristo ha recibido del Padre: «Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; sino que el Padre que me envió, Él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar» (v. 49). Jesús resume aquí los mismos pensamientos expresados en 3:11; 7:16; 8:26, 28, 38; 14:10. El Padre le dio todas las instrucciones de lo que había de decir y de lo que había de hablar, y Jesús las cumplió a la perfección (v. 3:34), todas sus palabras fueron «palabras de Dios». Los verbos «decir» y
«hablar» son aquí sinónimos; Jesús emplea ambos para mayor énfasis. Esta instrucción que Jesús nos ha dado de parte de Dios es llamada aquí «mandamiento», en el sentido de «orden» o «encargo que cumplir» (v. Hch. 17:15). Por eso, el Nuevo Testamento Hebreo (versión hecha del griego por judíos convertidos), emplea el mismo verbo que hay en el Salmo 91:11, así como en Mateo 4:6; Lucas 4:10 (hebreo, zavah; griego, entello, del que se deriva entolé). Nuestro Señor Jesucristo aprendió experimentalmente la obediencia (He. 5:8) antes de enseñarla, a pesar de que era el Hijo. Dios ordenó obediencia al Primer Adán, y su desobediencia causó nuestra ruina. También ordenó obediencia al Postrer Adán, y su obediencia nos procuró la salvación (v. Ro. 5:19).
2. Adviértase el objetivo de tal comisión: «Y sé que su mandamiento es vida eterna» (v. 50). Es decir, la comisión dada por el Padre a Cristo tiene que ver con la vida eterna de los seres humanos. Él ha venido a revelar, a proclamar y a procurar esa vida eterna (10:10). De ahí que quienes siguen las instrucciones de Cristo, y creen en su Palabra, obtienen la vida eterna (v. también 3:16; 6:63; 1 Jn. 2:25). Por eso, quienes desobedecen a Cristo, renuncian por ello mismo a la vida eterna (3:36), y se privan a sí mismos de la bienaventuranza perpetua. Por este, y todos los demás lugares del Nuevo Testamento, vemos, como hace notar Hendriksen, cuán equivocados son los que piensan que un Hijo amoroso vino para aplacar a un Padre irritado. Por el contrario, Jesús deja bien claro que fue el Padre quien le ha dado el mandamiento de procurar la vida eterna y revelárnosla (comp. con 3:16; Ro. 8:32; 2 Co. 5:19–21; Gá. 4:4).
3. Véase finalmente, la exacta observancia con que llevó a cabo Jesús la orden del Padre: «Así, pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho» (v. 50b). De la misma manera que un testigo fiel ocasiona la salvación de un acusado inocente, así también Cristo cumplió fielmente el encargo del Padre de revelar y procurar vida eterna: Habló la verdad, toda la verdad y sola la verdad. Esto es un gran estímulo para creer, pues si entendemos bien las palabras de Cristo y las ponemos por obra, hemos depositado en buenas manos el negocio de nuestra salvación eterna (comp. con 2 Ti. 1:12); si no lo hacemos así, arriesgamos la eternidad de nuestra alma, pues la exponemos a la eterna condenación. También es un gran ejemplo de obediencia, ya que Jesús dijo y habló exactamente lo que se le ordenó. Este es el único honor que apetece y estima: que lo que el Padre le ha dicho y ordenado que dijera, eso es lo que ha dicho y hablado. Así, pues, al creer con certeza absoluta cada una de las palabras que Cristo nos dice, y al someter enteramente nuestra vida a sus normas, le daremos la gloria que su nombre se merece.
Este capítulo se divide fácilmente en cuatro secciones, conforme a los títulos que suelen aparecer en nuestras versiones del Nuevo Testamento: 1) Jesús lava los pies de sus discípulos (vv. 1–17); 2) anuncia, durante la Cena, la traición de Judas (vv. 18–30); 3) promulga su nuevo mandamiento (vv. 31–35), y 4) anuncia la negación (mejor: las negaciones) de Pedro (vv. 36–38).
Versículos 1–17
Los comentaristas más prestigiosos de todos los tiempos están de acuerdo en que la escena del lavamiento de los pies de los discípulos y el discurso de Jesús que se detallan en este capítulo se llevaron a cabo en la misma noche en que fue entregado, y en el mismo lugar en que Jesús comió con ellos la Pascua e instituyó la Cena del Señor. Este evangelista, con objeto de referir episodios y milagros que los demás evangelistas habían omitido, omite adrede la mayoría de los que los otros refieren, esto produce dificultades a ciertos comentaristas, cuando precisamente Juan facilita la solución de algunas de estas dificultades, como puede verse con un cuidadoso análisis comparativo de los cuatro evangelios (v. el comentario de W. Hendriksen. Nota del traductor). Se nos dice aquí (v. 1) que estas cosas sucedieron «antes de la fiesta de la Pascua». En estos versículos, tenemos el episodio del lavamiento de los pies de los discípulos, que llevó a cabo nuestro Señor Jesucristo. Pero, ¿por qué hizo Jesús esto? Al ser infinitamente sabio, no cabe duda de que tuvo sus razones para hacerlo. El momento era muy solemne, y se nos dan en el texto sagrado cuatro razones: 1) Dar testimonio del inmenso amor que profesaba a los discípulos (v. 1); 2) darnos un estupendo ejemplo de su inigualable humildad (vv. 3–5); 3) enseñarnos una lección espiritual, simbolizada en el lavamiento material de los pies, como se ve en el diálogo que tuvo con Pedro en esos momentos (vv. 6–11), y 4) dejarnos ejemplo de cómo nos hemos de portar unos con otros en lo significado por la acción que había llevado a cabo (vv. 12–17).
I. Cristo lavó los pies a sus discípulos para darles una prueba del gran amor que les tenía (vv. 1–2).
1. El Señor Jesús, «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (v. 1. Lit. hasta el fin).
(A) Esto es cierto con relación a los discípulos que se hallaban allí presentes. Ellos eran sus amigos íntimos y le habían acompañado, desde el principio de su ministerio público, por todas partes (15:27; Hch. 1:21). Siempre les había mostrado ternura, les había dado plena libertad para hablarle y preguntarle y había soportado con toda paciencia las debilidades de ellos. Por eso, se nos dice que «los amó hasta el fin», sin cesar, hasta el final y hasta el extremo al que puede llegar el amor (v. 15:13). Aun cuando entre sus discípulos había algunos de alto rango, nunca dejó a un lado a estos pobres pescadores. A veces hubo de reprenderles, pero nunca dejó de amarles, y lo demostró con el cuidado que tuvo de ellos en todas las ocasiones.
(B) También es cierto con relación a todos los genuinos creyentes. Nuestro Señor ama, hasta el extremo, a todos que son suyos en este mundo. Los suyos, por raza y según la carne, no le habían recibido (1:11), pero estos eran suyos de veras, porque pertenecían a su familia espiritual, que es lo que realmente cuenta (v. Mt. 12:48; Mr. 3:33; Lc. 8:21). Éstos son sus hermanos (v. Mt. 28:10), pues son hijos de Dios (1:12–13; Mt. 5:45; Lc. 6:35, etc.). Cristo tiene inmenso amor a cada uno de los suyos que están en el mundo. Ahora que se marchaba al cielo, sentía amor, ternura y preocupación por los suyos que quedaban en el mundo, puesto que necesitaban más de sus cuidados, de la misma manera que el niño débil y enfermo necesita más de los cuidados de la madre. El amor de Cristo a los suyos es tan fuerte que nadie ni nada puede separarnos de su amor (Ro. 8:35–39).
2. Cristo manifestó este amor que tenía a los suyos cuando les lavó los pies. Así les mostraba que su amor hacia ellos, no sólo era fuerte y constante, sino también condescendiente hasta el extremo de darles un honor tan grande y sorprendente como es el honor de un señor que se pone a servir a sus criados. Los discípulos habían descubierto recientemente (v. 12:4–5, comp. con Mt. 26:8) la debilidad del amor que le tenían a Él al murmurar del ungüento que María había derramado sobre la cabeza de Jesús, pero, a pesar de eso, ahora Jesús condescendía a lavarles los pies a ellos. Nuestra ingratitud contrasta con la amabilidad del Señor con nosotros.
3. Escogió esta ocasión para llevar a cabo este acto por dos razones:
(A) Porque «sabía que había llegado su hora para que pasase de este mundo al Padre» (v. 1). Era la Pascua, que significa «paso» (v. Éx. 12:11–12), y Él tenía que pasar al Padre. Todos los creyentes, al dejar este mundo, pasan al Padre. Este paso es, para nosotros, lleno de triunfo y de gloria, pues nos vamos de este mundo perverso a la presencia de un Padre infinitamente santo y bueno, pero, para Jesús, este
«paso» comportaba el derramamiento de la sangre del Cordero Pascual, mediante la cual, y por fe en ella (v. Ro. 3:25), somos librados de la mortandad del exterminador (v. Éx. 12:13). El tiempo de este «paso» era la «hora» de Jesús por antonomasia. A veces, es llamada esta hora (12:27; Mr. 14:25), la hora de sus enemigos (Lc. 22:53), la hora en que a sus enemigos les era permitido echarle mano y darle muerte (comp. con 7:30; 8:20), pareciendo así que eran ellos los que triunfaban, pero era Él quien, a través de esa «hora», había de ser glorificado (v. 17:1). Él lo sabía por su presciencia divina (comp. con 2:4; 7:6; 12:23; 13:11, 18; 18:4; 19:28). Esta misma presciencia, desde el principio de la hora en que había de padecer tan horribles sufrimientos y tan afrentosa muerte, sería en el alma de Jesús como una espina constantemente clavada, aun cuando también tenía puesto delante de Él el gozo (He. 12:2, comp. con Is. 53:11). ¿No es una gracia misericordiosa del Señor el que ignoremos las tribulaciones, las penas y enfermedades que nos esperan en el futuro? Así podemos descansar tranquilos en los brazos de nuestro Padre, que tiene preparado para nosotros, a pesar de todo, lo mejor (v. Ro. 8:28).
(B) Porque «el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase» (v. 2). La frase forma como un paréntesis, puesto adrede como: (a) para descubrirnos el origen de la traición de Judas, pues era una obra diabólica. No podemos adivinar la forma en que el diablo tiene acceso al corazón de los hombres, incluso de los creyentes (v. Hch. 5:3); pero hay ciertos pecados tan extraordinariamente perversos por su propia naturaleza, que parece como si el diablo pusiese el huevo del pecado en un corazón dispuesto a ser el nido que lo cobije e incube; (b) para insinuarnos el motivo por el cual, precisamente ahora, iba Jesús a lavar los pies a sus discípulos: al estar ahora Judas ya completamente resuelto a entregar al Maestro, la hora del paso de Cristo al Padre no podía estar lejos. Cuando más fiera sea la saña con que nuestros enemigos nos persigan, más diligentes hemos de mostrarnos en prepararnos para lo peor que nos pueda suceder. Ahora que Judas había caído ya en el lazo de Satanás, y el diablo quería enredar igualmente a Pedro y a los demás (v. Lc. 22:31), es cuando Jesús se disponía a fortalecer a los suyos contra el enemigo. Cuando el lobo ha hecho presa en una oveja del rebaño, es el tiempo en que el pastor ha de poner mayor diligencia en salvar a las demás. El antídoto ha de estar a la mano, cuando ya ha comenzado la infección. Juan había recalcado ya, en otra ocasión, que Judas era «uno de los doce» (6:71). Los demás evangelistas lo hacen en los lugares que son paralelos a Juan 13:2 (v. Mt. 26:14; Mr. 14:10; Lc. 22:3). Con esto, se nos dan a entender dos cosas: Primera, que a pesar de ser uno de los doce discípulos más íntimos de Jesús, fue él quien le entregó a traición. Segunda, que fue sólo uno de los doce. Aunque Jesús tenía ante sí al traidor, no iba a privar de las muestras de su amor a los demás por culpa de uno. Aunque uno era un diablo (6:71) y un traidor (v. 2), los demás no iban a sufrir por eso ningún detrimento.
II. Cristo lavó los pies de sus discípulos para mostrar a todo el mundo hasta qué punto estaba dispuesto a abajarse por amor a los suyos. Esto se insinúa en la secuencia observable fácilmente en los versículos 3–5: «sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos (v. Mt. 11:27; 28:18) … se levantó de la cena» ¿para que sus discípulos le rindiesen homenaje de pleitesía por un rango tan elevado? (v. Sal. 2:12). ¡No!, sino que … comenzó a lavar los pies de los discípulos». ¡No sólo resulta enorme el contraste, sino que parece como si Juan, tras meditarlo durante más de medio siglo, lo considerase realmente paradójico! En efecto:
1. Tenemos primero, el rango tan elevado que ocupaba el Señor Jesús: El Padre había puesto todas las cosas en sus manos, pues le había dado autoridad sobre todas las cosas (Mt. 11:27; 28:18), y era «el heredero de todo» (He. 1:2, comp. con Mt. 21:38; Mr. 12:7; Lc. 20:14). Además, «había salido de Dios», pues «estaba en el principio con Dios» (1:1–2). Era el Hijo de Dios (1:18, etc.) «y a Dios iba», al principio del que procedía (16:28). Lo que sale de Dios vuelve a Dios: los que son nacidos de arriba (3:3, 7), han de residir definitivamente en la patria a la que pertenecen (v. Fil. 3:20). Jesús «sabía» todo esto de antemano; no era como el príncipe que está aún en la cuna, ignorante de su futuro reinado, sino que, a sabiendas de su alto rango, se abajó a prestar un servicio propio de esclavos. ¿Y por qué se intercala esto aquí? Quizá como un motivo que le estimulase en medio de sus padecimientos. Judas estaba ahora a punto de traicionarle, y Él lo sabía, pero, «sabiendo también que había salido de Dios y a Dios iba», no se echó para atrás. Es como si fuera un contrapeso glorioso a la humillación que iba a imponerse a Sí mismo. Lo que nos parece que le habría inducido a gloriarse, le lleva precisamente a humillarse. De cierto, los pensamientos de Dios no son como los nuestros (Is. 55:8).
2. Tenemos luego el voluntario abajamiento que se impuso a Sí mismo el Señor Jesús. Una bien garantizada seguridad de salvación y de vida eterna en el cielo, en vez de hinchar de orgullo a un creyente, le llenará de humildad hasta bajarlo al mismo suelo y mantenerlo siempre a ras de tierra en el concepto que tenga de sí mismo (v. Gn. 18:27; 1 Co. 15:10). Lavar los pies era una acción baja, contada entre los servicios más propios de un criado o esclavo. Por eso, cuando Juan el Bautista quiso mostrar la superioridad del Señor Jesús sobre él, PUSO de relieve que él se sentía incompetente incluso de desatarle las sandalias para lavarle los pies (1:27). Y Cristo, el Señor, lo hizo por los discípulos, sus siervos (15:15, comp. con Mt. 20:28; Mr. 10:45; Lc. 22:26). Cuando recordamos lo de Abigail ante David (v. 1 S. 25:41), nos sorprende que ni uno solo de los doce discípulos se adelantase a lavarle los pies al Maestro pero, ¿cómo iban a pensar en gestos humildes los mismos que habían estado «altercando sobre quién de ellos parecía ser mayor»? (Lc. 22:24). El ser humano es, por naturaleza, egocéntrico. Incluso muchos que parecen abajarse, sólo lo hacen para ensalzarse, ya sea para obtener favor de los superiores, o respeto de los inferiores como se cuenta del abad de un monasterio, quien a fuerza de repetir: «vuestro abad, que indignamente os preside», creó entre los frailes la impresión de que lo decía con profunda humildad, hasta que un ingenuo novicio, tomándolo en serio, dijo un día: «nuestro abad, que indignamente nos preside …». ¡Allí se acabó la «humildad» del abad, pues reprendió severamente al osado novicio! Pero el acto de Jesús fue de sincera humildad.
3. Jesús realizó este acto, no «acabada la cena», sino «cuando se hacía la cena» (v. 2. Lit.), pues a favor de esta lectura están, no sólo los MSS más fiables, sino el claro contexto posterior donde se lee que
«se puso de nuevo a la mesa» (v. 12) y dio a Judas el pan mojado en la salsa (v. 26). Lo hizo, cuando se hacía la cena, y no antes («se levantó de la cena», v. 4), porque es probable que esperase (nota del traductor), por ver si alguno de ellos lo hacía. En todo caso, esta circunstancia nos enseña también:
(A) A no incomodarnos si alguna vez se nos llama a prestar un servicio al Señor o a nuestro prójimo cuando estamos comiendo. El mismo Jesús que no quiso suspender su predicación para atender a sus parientes más próximos (Mr. 3:33), no tuvo inconveniente en interrumpir la cena para lavar los pies a sus discípulos.
(B) A no regalarnos en demasía con los alimentos. Hay estómagos que no soportarían sin náuseas lavar los pies sucios de unos pobres pescadores en medio de una cena, pero Él lo hizo, no precisamente para enseñarnos a ser rudos y desaliñados (la limpieza y la piedad son cualidades bien avenidas), ni sólo mortificar nuestro apetito, sino para mostrar con el ejemplo que había tomado la forma de siervo (Fil. 2:7), despojándose de su manto y ciñéndose la toalla del sirviente (v. 4). Sin más ceremonia, «puso agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido» (v. 5).
(C) A ser longánimes como Jesús, y agotar todos los recursos de la amabilidad frente a quienes no son amables con nosotros. No hay en el texto sagrado ninguna indicación de que exceptúase a Judas en este lavamiento, ya que Judas estaba en este momento con los demás (vv. 26 y ss.). Así que Jesús lavó los pies del peor de los pecadores, de quien en aquel mismo momento tramaba entregarle a traición.
III. Cristo lavó los pies de sus discípulos para dar a entender la purificación espiritual del alma de las poluciones del pecado. Esto se ve claramente en su conversación con Pedro (vv. 6–11).
1. La sorpresa de Pedro: «Llegó, pues, a Simón Pedro» (v. 6), y le pidió que le permitiera lavarle los pies. Con toda probabilidad, se llegó primero a Pedro; de lo contrario, no se explicaría la sorpresa de éste; además, los otros no habrían consentido que Jesús les lavase los pies, si no hubiesen oído la explicación que Jesús dio a Pedro. Así que «Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies a mí?» Nótese el contraste entre los pronombres «tú» y «mí», enfático en el original griego, donde aparecen juntos. Como si dijese:
«¿Tú, nuestro Señor y Maestro, a quien nosotros hemos creído y conocido como a Hijo de Dios (6:69), me vas a lavar los pies a mí, gusano miserable de la tierra, a mí que soy un hombre pecador? (Lc. 5:8).
¿Van a lavar mis pies esas manos que, con un leve toque, han limpiado a los leprosos, han dado vista a los ciegos y han levantado a los muertos?» Es ahora cuando desearía Pedro haberse levantado antes de la cena, y haberle lavado él los pies a Jesús, al tener esto por el mayor honor que podía prestar al Maestro en aquella ocasión. Que el Maestro le lavara a él los pies era una paradoja que no podía soportar.
2. La explicación que, de inmediato, le dio el Señor, y debería haber bastado para silenciar las objeciones de Pedro: «Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después» (v. 7). Aquí hay dos razones a las que Pedro debe someter su entendimiento:
(A) Porque al presente estaba a oscuras respecto al significado de lo que Jesús estaba haciendo y, por tanto, no debía oponerse a lo que no entendía. Con esto, Cristo le pide a Pedro una obediencia sin reservas: «Lo que yo hago, tú no lo comprendes; por eso, no eres juez competente de mi acción».
(B) Porque había en la acción de Jesús algo misterioso, cuyo sentido habría de entender Pedro después: «lo entenderás después». Nuestro Señor Jesucristo hace muchas cosas que ni sus discípulos entienden de momento, pero las entenderán después. Así como los discípulos entendieron ésta y otras enseñanzas cuando fue derramado sobre ellos el Espíritu Santo (16:12–14), así también los creyentes de hoy pasan por experiencias que, muchas veces, no aciertan a comprender, pero el estudio de la Palabra, la iluminación del Espíritu y posteriores experiencias provistas por la divina providencia les enseñarán a comprender lo que antes no entendieron. ¡Cuántas veces hemos experimentado que los acontecimientos que nos parecían más adversos, eran realmente los más prósperos para la salud de nuestra alma! Bien se ha dicho que «Dios escribe derecho con líneas torcidas». Hemos de dejar, pues, que el Señor siga su propio método con nosotros, seguros de que su método es el que consigue los mejores resultados.
3. La perentoria negativa de Pedro a que Jesús le lavara los pies: «Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás» (v. 8). Es el lenguaje de una resolución fija y determinada. Pedro mostró ahora una sincera humildad y un gran respeto hacia su Maestro. Pero por debajo de este manto de humildad, había una oposición resuelta contra la voluntad del Señor Jesús. Algo similar puede ocurrirle a quien, cuando le es ofrecida la gracia del Evangelio, la rehúsa, no por verdadera humildad, sino por sutil incredulidad (comp. con Hch. 13:46 «… no os juzgáis dignos de vida eterna»), como si la gracia de Dios fuese demasiado valiosa para serle aplicada, o las buenas nuevas fuesen demasiado «buenas» para ser verdaderas. Jesús había dicho a Pedro que había un «ahora» en el que no podía comprender lo que estaba sucediendo, pero que habría un «después» en el que llegaría a entenderlo. Pedro responde y extiende su negativa, no sólo al «ahora», sino también al «después», ya que responde a Jesús que no le ha de lavar los pies «jamás» (lit. «hasta el siglo»; es decir, «para siempre»). El original duplica, además, la conjunción «no», lo cual equivale a «de ningún modo» (comp., entre otros lugares, con 6:37 «de ningún modo le echaré fuera») o
«en absoluto».
4. Jesús insiste en su oferta, y añade una advertencia que va a desmenuzar la oposición de Pedro:
«Jesús le respondió: Si no te lavo, no tendrás (lit. «no tienes») parte conmigo». Como si dijese: «Si no te lavo, mediante mi humillación, de la polución del pecado, no eres de los míos, no tienes parte (comp. con Hch. 8:21) en los frutos de mi obra redentora». Quien se niega a obedecer a Cristo, renuncia a la vida eterna (comp. 3:36 «… el que no se deja persuadir …». Lit.). Sólo los que son lavados espiritualmente por Jesucristo (v. Ap. 7:14; 22:14) tienen parte con Cristo. Esta «buena parte» es «lo único necesario» (Lc. 10:42).
5. Pedro se somete ahora, y ruega al Señor, no sólo un lavado parcial, sino un baño total: «Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza» (v. 9). ¡Qué pronto ha cambiado Pedro de pensar! Esto nos enseña a no ser precipitados en nuestras resoluciones, no sea que pronto hallemos serias razones para retractarnos; es preferible ser cautos en proponer algo que no podremos mantener si no es a fuerza de terquedad o fanatismo. En la respuesta de Pedro podemos observar:
(A) Cuán presto está Pedro a retirar lo que acababa de decir. Como si se acusara de estupidez: «Señor,
¡qué necio he sido al expresarme con tanta precipitación y terquedad!» Ahora que percibe en el acto de Jesús un beneficio de su gracia lo admite; pero no lo soportaba cuando veía en ello una exagerada humillación. Las personas honestas, cuando se dan cuenta de su error, no han de ser lentas en retractarse.
(B) Cuán deseoso está Pedro de la gracia purificante del Señor, y de que el influjo de esta gracia se extienda a todo su ser. Para quienes tienen los ojos del corazón (Ef. 1:18) iluminados por el Espíritu de Dios el mayor de los males es ser excluidos de la comunión con el Señor. Para que esto no nos suceda jamás, hemos de insistir e importunar al Señor en oración, a fin de que Él nos purifique completamente: los pies, para andar en sus caminos; las manos, para servirle con amor; la cabeza, para tener la mente de Cristo (1 Co. 2:16). Hemos de decirle como David: «Lávame a fondo de mi maldad, y límpiame de mi pecado» (Sal. 51:2).
6. Cristo ofrece una explicación más amplia del significado espiritual del acto que está llevando a cabo (vv. 10–11):
(A) Con referencia a los discípulos que le permanecían fieles: «Jesús le dijo: El que está lavado (es decir se ha bañado) no necesita sino lavarse (el verbo es ahora diferente en el original) los pies (los cuales, cuando se llevan sandalias, se ensucian con el polvo de los caminos), pues está todo limpio» (v. 10). Estas frases deben entenderse en el sentido espiritual que Jesús les dio: El que recibe el mensaje del Evangelio queda totalmente limpio al recibir la justicia de Cristo, delante de Dios. Esto es lo que, teológicamente hablando, se llama justificación. En cambio, camino, conducta diaria y «pies» entran en lo que llamamos santificación, la cual, en este sentido, implica la obra constante del Espíritu Santo en el corazón del creyente para formar en él la imagen del Cristo humilde, manso y servicial, que muestra con su conducta la gratitud que debe a Dios. También los creyentes «ofendemos en muchas cosas» (Stg. 3:2), como el polvo que se pega a los pies en la andadura cotidiana en medio de tentaciones, caídas, debilidades, etc. Esto es lo que ha de limpiarse diligentemente cada día en la forma en que luego veremos. Y añade Jesús: y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Pedro no había comprendido bien el sentido de las palabras del Señor y se había ido al otro extremo. Jesús le notifica que, al estar todos ellos ya limpios, excepto Judas (v. 15:3), en lo que toca a la regeneración espiritual (comp. con 1 P. 1:22–25), sólo les quedaba purificar los pies de la diaria infección del pecado. Veamos cuán grande es el privilegio de los que hemos sido lavados en la sangre del Cordero: Dios nos considera totalmente limpios en su presencia, a pesar de nuestras debilidades y miserias (comp. con Nm. 23:21, dicho acerca de un «pueblo rebelde», comp. Dt. 32:15; 33:29). Por eso mismo, deberíamos ser diligentes en limpiarnos, mediante la confesión y el arrepentimiento (Stg. 5:16; 1 Jn. 1:9), y lavar nuestros pies en la fuente que mana siempre de la sangre de Jesucristo (1 Jn. 1:7). Esta provisión segura para nuestra limpieza no debe hacernos presuntuosos, sino, por el contrario, más cautos y vigilantes. Del perdón de ayer deberíamos sacar gratitud y diligencia contra la tentación de hoy.
(B) Con referencia a Judas: «Y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No todos estáis limpios» (vv. 10b–11). No todos los que son limpiados por Cristo en el exterior, lo están en el interior, ya que allí estaba Judas, que le iba a entregar. Hay muchos que tienen el «signo» y reciben las ordenanzas, pero no tienen la realidad significada en ellas. Cristo cree necesario advertir a sus discípulos que no todos están limpios, a fin de que seamos diligentes en examinarnos a nosotros mismos y preguntarnos: «¿Acaso soy yo, Señor (comp. con Mt. 26:22), el que, estando entre los limpios, todavía no estoy limpio?»
IV. Cristo lavó los pies de sus discípulos a fin de darnos ejemplo. Ésta es la explicación que Él les dio después de terminar el lavamiento (vv. 12–17). Observemos:
1. Con qué solemnidad les explicó el significado de lo que acababa de hacer: «Después que les lavó los pies … les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?» (v. 12). Vemos, pues:
(A) Que demoró la explicación hasta haber terminado el acto, a fin de poner a prueba la sumisión y obediencia implícita de ellos para que aprendieran a consentir en lo que Él quisiese hacer, aun en el caso en que no viesen la razón por la que obraba así. Era cosa muy apropiada terminar la enigmática operación antes de darles la solución del enigma.
(B) Que, antes de darles esta solución, les preguntó qué pensaban ellos de lo que Él les había hecho:
«¿Sabéis lo que os he hecho?» Les hace esta pregunta, no sólo para que se percaten de su ignorancia, sino también para suscitar en ellos el deseo de ser instruidos.
2. Qué títulos alega como fundamento de lo que les va a decir: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy» (v. 13). Nuestro Redentor y Salvador es también nuestro Señor y Maestro. Es nuestro Maestro, es decir nuestro profesor e instructor; es también nuestro Señor; es decir, nuestro Gobernador y Amo. Bien les va a los discípulos de Cristo llamarle Maestro y Señor, no por cumplido, sino porque lo es de veras; no porque estamos constreñidos a ello, sino porque estamos deleitados con ello. Llamar a Cristo Maestro y Señor es para nosotros un deber que nos imponemos a recibir y practicar las instrucciones que nos de. El honor, la honestidad y la gratitud nos obligan a ello.
3. La lección que con ello nos enseñó: «Vosotros también os debéis el lavaros los pies los unos a los otros» (v. 14b).
(A) Hay quienes han entendido esto literalmente, es decir que los creyentes deben lavar, de forma religiosa y solemne, los pies de sus hermanos, en señal de amor que condesciende a prestarse recíprocamente en humildad este servicio. Así lo hacen, entre los evangélicos, los menonitas; entre los de la Iglesia de Roma, el Papa y los obispos lo hacen, el día de Jueves Santo al lavar los pies a doce pobres, quienes, por supuesto, acuden a la ceremonia con los pies esmeradamente limpios. Esta práctica se remonta al siglo IV de nuestra era, pues ya la practicaba en Milán el obispo Ambrosio. S. Agustín decía que los cristianos que no lo hacen con las manos lo deberían hacer, al menos, con el corazón en humildad. Y añadía: «Pero prescindiendo de esta acción material, ¿podemos lavarnos espiritualmente unos a otros? Confesemos mutuamente nuestros pecados, perdonémonoslos mutuamente; oremos unos por otros, y así nos habremos lavado los pies espiritualmente». En efecto, lo que Cristo no se desdeñó de hacer, tampoco los cristianos deberían desdeñarse de hacerlo.
(B) Pero, sin duda alguna, las palabras de Cristo han de entenderse en sentido figurado. Tres son las cosas que Jesús quería enseñarnos con su acción.
(a) Humildad que condesciende. Hemos de aprender de nuestro Maestro a ser humildes de corazón (Mt. 11:29). Cristo había enseñado a los doce la lección de la humildad, y ellos la habían olvidado; pero ahora enseña esta lección con un método tan gráfico que seguramente no podrían olvidarla jamás.
(b) Condescendencia para servir. Lavarse mutuamente los pies es abajarse a los más oscuros y comunes servicios de amor, para verdadero bien y provecho del prójimo. No debemos ahorrarnos molestias, fatigas o tiempo, en favor de aquellos a quienes no nos obliga un deber específico, incluso aunque sean inferiores a nosotros en rango, edad, ciencia o situación económica. Esta condescendencia ha de ser recíproca: hemos de ayudar a nuestros hermanos y hemos de aceptar la ayuda que ellos estén dispuestos a prestarnos; con frecuencia, esto último es más difícil, porque nos lo impide nuestra autosuficiencia.
(c) Servicio para la mutua santificación, según el sentido más probable de Filipenses 2:12–13, así como de las propias palabras del Señor en el versículo 10 de la presente porción: Lavarse los pies unos a otros significa, ante todo, ayudar al hermano a purificarse de los defectos y pecados que, muchas veces, ni él mismo ve y que le hacen daño a él y a los demás hermanos (v. Gá. 6:1–2). Es cierto que no podemos expiar ni satisfacer a Dios por los pecados ajenos (eso es propio de la sangre de Cristo, v. 1 Jn. 1:7; 2:1– 2), pero también es cierto que podemos ayudar al hermano con nuestras oraciones, nuestras exhortaciones y nuestras lágrimas a que se purifique de sus pecados y se laven así, espiritualmente, sus pies; por supuesto, este servicio ha de comenzar por uno mismo, pero el hecho de que cada uno se sienta pecador, defectuoso e imperfecto, no debe impedir al que lava cumplir con este deber, ni al que es lavado ha de provocarle resentimiento o irritación. No es extraño que a la mayoría de los comentaristas se les escape este sentido obvio de las palabras de Cristo, ya que se trata del servicio más difícil de cumplir por parte de un creyente. Los fieles ministros del Señor lo saben por experiencia.
4. Jesucristo interpone su propio ejemplo para dar fuerza al mandamiento que impone: «Pues si yo, el Señor y Maestro he lavado vuestros pies, vosotros también os debéis el lavaros (lit) los pies los unos a los otros» (v. 14). Como si dijese: «Soy vuestro Maestro y por consiguiente, debéis aprender de mí esta lección». ¡Y qué buen Maestro es Jesús, pues emplea el mejor método según las normas de la Pedagogía: el método del ejemplo! «Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis así» (v. 15). Cristo enseñó no sólo de palabra, sino con el ejemplo, dejándonos así una copia exacta, sin una pincelada en falso, de la santidad que Dios requiere de nosotros (v. 1 P. 2:21 y ss.). Con esa copia ante nuestros ojos, nos es fácil escribir, y aun calcar, lo que debemos hacer en cada caso. En efecto, el ejemplo es algo que se aprende por simple imitación, mientras que las palabras necesitan, por decirlo así, «traducción», pues cada uno tenemos dentro nuestro pequeño «diccionario». No tenemos, pues, excusa para no ser buenos alumnos, al tener un Maestro tan excelente. Esto tiene aplicación especial a los ministros de Dios en los que deben resplandecer con mayor brillo las gracias de la humildad y del amor santo. Cuando el Señor envió a sus apóstoles a predicar, fue con el encargo implícito de «hacerse todo a todos» (1 Co. 9:22), pues vino a decirles: «Lo que yo he hecho con vuestros pies sucios, eso mismo debéis hacer vosotros con las almas sucias de los pecadores contaminados a causa de sus transgresiones contra la ley de Dios: Lavadlas. De igual manera se enseña aquí a los cristianos a condescender unos con otros en amor, sin que se les pida y sin que se les pague, pues no hemos de ser mercenarios en los servicios de amor. Y sigue diciendo Jesús: «De cierto, de cierto os digo (nótese la solemnidad): El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió» (v. 16). El Señor había dicho algo parecido en otra ocasión (v. Mt. 10:24–25), como razón para que los discípulos no se extrañaran de tener que sufrir como Él sufrió; aquí lo dice para que no piensen que se van a humillar demasiado si se abajan hasta condescender como Él acaba de hacer al lavarles los pies. Lo que Él no tuvo por desdoro para sí, tampoco ellos lo han de tener por rebajamiento para sí mismos. Cristo nos recuerda aquí nuestro lugar como siervos; el siervo no ha de tenerse por persona de más alto rango que su amo.
¡Cuánto menos hemos de tenernos por superiores al Hijo de Dios! Aquí vemos la excelencia de la virtud de la humildad, ya que Cristo le tributó el mayor honor posible al humillarse a Sí mismo. Cuando vemos a nuestro Maestro sirviendo ¿cómo podremos atrevernos a vivir dominando?
5. Nuestro Salvador cierra esta porción de su discurso y dice: «Si sabéis estas cosas, dichosos sois si las ponéis en práctica» (v. 17). La mayoría de la gente tiene por dichosos a los que alcanzan puestos elevados en la sociedad y dominan a los demás. Lavar los pies de otros nunca es mérito para alcanzar fortuna ni preferencia; pero Cristo dijo, a pesar de la opinión común, que son dichosos los que se abajan, sirven y obedecen. Y, puesto que los preceptos que el Maestro nos ha dado son tan excelentes, y llevan la recomendación de tan excelente ejemplo como el que Él mismo nos dio, no es extraño que el ponerlos en práctica con la mayor diligencia posible contribuya, como ninguna otra cosa de este mundo, a obtenernos la más completa felicidad. Esto que Cristo dice aquí de lavar los pies tiene también aplicación a los demás preceptos que nos ha dado. Aun cuando es cosa necesaria conocer nuestras obligaciones, de nada nos servirá para ser felices tal conocimiento si no ponemos en práctica dichas obligaciones, ya que el conocimiento del bien está ordenado a obrar el bien (v. Stg. 4:17). Es el conocer y el hacer lo que
mostrará que hemos recibido el reino de Dios y que somos sabios edificadores (v. Mt. 7:24–27). Esto tiene especial aplicación al mandamiento de ser humildes como nos enseña Cristo aquí. No hay cosa mejor conocida que la excelencia de la humildad, pues pocos habrá que se jacten de ser orgullosos, ya que es la soberbia un vicio sin excusa y odioso como pueda haber otro; sin embargo, cuán pocos son los que practican una sincera humildad. Hay muchos que se saben estas cosas tan bien, que esperan que todos los demás se las hagan a ellos, pero las olvidan cuando se trata de practicarlas ellos mismos.
Versículos 18–30
Vemos cómo se descubrió el complot de Judas para entregar a traición a su Maestro. Cristo ya lo sabía desde el principio (6:70–71); pero ahora lo descubre por primera vez a sus discípulos.
I. Cristo comienza con una insinuación general: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quiénes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura (v. Sal. 41:9): El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar» (v. 18).
1. Ya antes (v. 10), les había dicho: «Y vosotros estáis limpios aunque no todos». También aquí (v. 18) dice: «No hablo de todos vosotros». Lo que se dice de las excelencias de los discípulos de Cristo, no se puede decir de todos los que profesan ser cristianos. En la mejor de las sociedades, hay mezcla de malo y bueno; un Judas entre los Apóstoles.
2. Jesús sabía muy bien quiénes eran de Él, y quiénes no lo eran aun cuando lo pareciesen: «Yo sé a quiénes he elegido». Los que han sido elegidos lo han sido por elección de Cristo. Y a los que ha elegido, Él los conoce bien, porque nunca olvida a ninguno de los que desde la eternidad estaban en los designios de su amor (v. 2 Ti. 2:19).
3. En la traición del que demostró no ser verdadero discípulo de Cristo, se cumplió la Escritura. Cristo acogió en el seno de su familia espiritual a uno del que sabía que iba a ser un traidor, «para que se cumpliera la Escritura». Como ya hemos explicado en otro lugar, el hecho de que la Escritura de referencia se cumpliera en Judas no significa que Judas careciese de responsabilidad en su traición; obró como estaba profetizado, porque Dios veía en su eterno presente lo que Judas llevaría a cabo en el futuro; así que la profecía no forzó a Judas a entregar al Señor, sino que señaló de antemano lo que el traidor iba a llevar a cabo libremente. La Escritura citada es Salmos 41:9, donde David, al referirse a Ahitófel (v. 2 S. 15:12; 17:23), dice: «Hasta mi amigo íntimo, en quien yo confiaba, el que comía mi pan alzó contra mí su calcañar». Juan al traducir directamente del hebreo, no de la versión de los LXX traduce literalmente:
«El que traga (o tragaba) mi pan, levantó contra mí su calcañar» (v. 18b). Es notable la forma en que Ahitófel, el consejero de David, fue tipo de Judas, uno de los doce íntimos del hijo de David: Ambos comían de la mesa del rey de Israel; Ahitófel, de la de David; Judas, de la de Cristo; ambos hicieron traición a sus respectivos soberanos; y ambos se suicidaron al fracasarles, a última hora, el plan que llevaban entre manos. Es también de notar que la palabra original que nuestras Biblias traducen por «amigo» en Mateo 26:50 (v. el comentario a dicho lugar), significa literalmente «compañero», cuya etimología señala a una persona que «come pan con» otra. Incluso para señalarle como a traidor, Jesús le dio un bocado de pan mojado en la salsa (v. 26). Al ser uno de los Doce, dondequiera iba Jesús con sus discípulos, también Judas iba con ellos, y compartía con Jesús el pan. Cuando Jesús multiplicó los cinco panes y los dos pececillos para dar a comer a cinco mil hombres (6:9–13), también Judas comió de estos alimentos milagrosamente multiplicados, y también a él le tocó llevarse su cesta de pedazos de pan. El último bocado de pan que Judas comió en este mundo es probable que fuera el que Cristo le dio en la última Cena, mojado en la salsa preparada para aderezar el cordero pascual. No todos los que comen de la Cena del Señor son infaliblemente verdaderos discípulos del Señor. Judas fue culpable de la más vil y abominable traición: «Levantó contra Jesús su talón o calcañar», lo que, en nuestro lenguaje castellano, viene a significar «poner la zancadilla» para que una persona tropiece y se caiga. En sentido figurado, da a entender que Judas despreció a Cristo, desertó de Él y mostró ser su peor enemigo. ¡Que uno, según todas las apariencias, de los más íntimos amigos de Cristo fuese su más encarnecido adversario, es algo que debería no sólo llenarnos de asombro, sino también de terror! «¿Acaso soy yo, Señor?», habríamos de decir, acosados por nuestras continuas infidelidades al que siempre, y en tan alto grado, nos ha sido fiel (comp. con 2 Ti. 2:13).
II. Jesús les aclara el motivo por el cual les ha declarado de antemano la traición de Judas: «Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy» (v. 19); es decir, «para que se robustezca vuestra fe (lit. para que continuéis creyendo) en que soy el que repetidamente he declarado ser» (comp. con 8:24). Al aplicarse a Sí mismo los tipos y profecías del Antiguo Testamento, Jesús demostraba ser el Mesías que había de venir.
III. Jesús anima con palabras de aliento a sus apóstoles y a todos los ministros que emplea en su servicio: «De cierto, de cierto os digo (nótese la fórmula solemne habitual): El que recibe al que yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (v. 20). Cristo les había dicho a sus discípulos que debían abajarse y humillarse. Ahora viene a decirles: «Aunque es posible que haya quienes os desprecien por vuestra condescendencia, también habrá quienes os tributen honor, y a ellos también les será tributado honor por honraros a vosotros». Quienes tienen por suficiente título honorífico recibir la comisión de Cristo, bien pueden estar contentos de ser vilipendiados en la opinión del mundo. Así como Cristo nunca les tendrá en menos por el hecho de que haya un Judas entre ellos, así tampoco dejará de tenerlos por suyos y de levantar personas dignas que les reciban. Los que habían recibido a Judas cuando era un predicador del Evangelio, no por eso se volvieron peores cuando Judas mostró ser un traidor, ya que él fue uno de los Doce a quienes Cristo envió. Mientras no se muestre claramente lo contrario, hemos de recibir como a Cristo a los que son enviados por Cristo. Aunque algunos, al practicar la hospitalidad, hospedaron ladrones, sin percatarse de ello, también hubo otros que, «sin saberlo, hospedaron ángeles» (He. 13:2). Los abusos que se hagan de nuestra caridad no han de justificar nuestra falta de caridad ni nos harán perder la recompensa de nuestra caridad. Aquí se nos anima a recibir a los ministros de Dios como a enviados de Cristo (comp. con 2 Co. 5:20): «El que recibe al que yo envíe, por débil y pobre que sea el enviado, si proclama fielmente mi mensaje, el que lo reciba y hospede será reconocido como amigo mío». Es como si recibiera al propio Señor Jesucristo. Igualmente se nos anima a recibir a Cristo como Enviado de Dios: «Y el que me recibe a mí, recibe al que me envió; es decir, al Padre, puesto que yo y el Padre somos una sola cosa» (10:30); es decir, un solo Dios.
IV. A continuación, y de forma también solemne, Jesús notifica a sus discípulos, con más pormenores, la traición de Judas, no sin antes mostrar al exterior la conmoción que esto le causaba:
«Habiendo dicho Jesús esto, se turbó en su interior (lit. en el espíritu) y dio testimonio diciendo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar» (v. 21). Repitamos una vez más que la predicción de Cristo, conforme a las Escrituras, no determinaba fatalmente el pecado de Judas, ya que, aunque el hecho había de seguirse de acuerdo con la predicción, no había de llevarse a cabo por causa de la predicción. Cristo no puede ser el autor del pecado. En cuanto a este abominable crimen de Judas, notemos que:
1. Cristo lo conoció de antemano. «Él sabe lo que hay en el hombre» (2:25), mejor que el mismo hombre y, por consiguiente, sabe muy bien lo que cada uno hará en sus respectivas circunstancias y llevado de los motivos que se esconden en lo más profundo de nuestro perverso y engañoso corazón (v. Jer. 17:9).
2. Lo predijo, no sólo al tener en cuenta al resto de los discípulos, sino también en beneficio del propio Judas, a fin de que se diese por aludido. Los traidores suelen desistir de sus planes siniestros cuando se aperciben de que han sido descubiertos; ¿se retirará Judas a tiempo, al saber que el Maestro conoce el complot? ¡No, por cierto! «El diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase» (v. 2).
3. Al mencionar lo del complot Jesús se turbó interiormente. La caída de un discípulo de Cristo causa gran conmoción en el ánimo del Maestro; los pecados de los creyentes entristecen al Señor (comp. con Ef. 4:30). «¡Uno de vosotros!» Estas palabras debieron de caer como una bomba en medio de los discípulos—comenta Hendriksen—. Y añade: «¿Realmente quería decir el Señor que uno del número de ellos iba a ponerle a Él (el Hijo de Dios) en manos de las autoridades, para que los gobernantes hiciesen con Él como mejor les pluguiera?» Este proceder de Judas tuvo que llegarle muy hondo al corazón de Jesús, de manera parecida a como la ingratitud y la alevosía de un hijo contrista a quienes le han criado y educado.
V. Justamente se alarmaron los discípulos (v. también los paral. Mt. 26:21–25; Mr. 14:18–21; Lc. 22:21–23). Juan, uno de los presentes, lo relata con los más vivos colores: «Entonces los discípulos se miraban unos a otros estando perplejos (lit.) acerca de quién hablaba» (v. 22). Se quedaron tan horrorizados que no sabían bien hacia qué lado mirar ni qué decir. Veían turbado al Maestro y no podían menos de turbarse ellos también. Lo que contrista a Cristo debería contristar también a todos los que son de Cristo. Así que a raíz de esta declaración, los discípulos se esforzaron por descubrir al traidor. Cristo ocasionó a sus discípulos esta gran perplejidad, a fin de humillarlos, ponerlos a prueba y provocarlos a celos entre ellos mismos (comp. con Ro. 11:14). ¡Cómo nos conviene que, a veces, se nos obligue a reflexionar y examinarnos a nosotros mismos, para que no se desborde nuestro espíritu por la continua actividad!
VI. Los discípulos mostraron gran solicitud en que el Maestro se explicara.
1. De entre todos los discípulos, Juan era el más apropiado para inquirir el primero, no sólo por ser el discípulo amado del Señor, sino también por estar el más cercano al pecho de Jesús: «Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús» (v. 23). Al comparar esto con 21:20, 24, queda claro que este discípulo era Juan, el propio evangelista. Vemos aquí la especial amabilidad con que Jesús trataba a este discípulo. Cristo amaba a todos ellos y los amó hasta el extremo (v. 1), pero a éste le amaba de una manera especial. Su propio nombre (hebreo: Yohanan) significa «agraciado de Jehová». Dios no tiene favoritismos en cuanto a hacer distinción de clases sociales, razas, pueblos, etc., pero en cuanto a las personas individuales, su amor es soberanamente libre y tiene su «elegidos … conforme al beneplácito de su voluntad» (Ef. 1:4–5), y nadie puede pedirle cuentas si otorga mayores dones y mejores privilegios a unos discípulos que a otros. Vemos el lugar que ocupaba Juan en la mesa en esta ocasión: «Estaba recostado al lado de Jesús». Esto nos parece una extraordinaria muestra de afecto, pero todos cuantos se pongan a los pies de Jesús, estarán un día recostados en su pecho. En esta oportunidad como en otros lugares, Juan oculta su nombre con toda modestia, pero se contenta, sumamente agradecido, con ese seudónimo de «el discípulo al que Jesús amaba», como con el más alto título de honor.
2. Pero, de entre todos los discípulos, Pedro era el más propenso a inquirir y preguntar: «A éste (Juan), pues, hizo señas Simón Pedro, para que preguntase quién era aquel de quien hablaba» (v. 24). Es muy probable que Pedro estuviese colocado a la izquierda de Jesús, así como Juan estaba a su derecha (puesto que estaba reclinado sobre el pecho de Jesús), lo cual explicaría que Pedro hiciese señas a Juan por detrás de Jesús y sin ser advertido por los demás. Otros exegetas, al seguir a Edersheim, opinan que Pedro estaba al otro lado de la mesa, frente por frente de Juan, lo cual también es posible, aunque más difícil de disimular. Hasta hay quien opina—según Hendriksen—que Pedro estaba ¡a la derecha de Juan!
¿Para qué habría necesitado entonces Pedro hacerle señas? Lo cierto es que, como en otras ocasiones, también ahora Pedro llevó, como suele decirse, «la voz cantante». Cuando el temperamento natural de una persona le inclina a ser osado en preguntar e inquirir, si ello va unido a un espíritu de humildad y discreción, puede hacerle servicial y de gran provecho para la comunidad. Dios reparte sus dones con gran variedad; pero es de notar que no era Pedro, sino Juan, el discípulo «al cual Jesús amaba». Quizá Juan comprendía a Jesús mejor que los demás, ya que sus escritos muestran un temperamento reflexivo, adecuado para la meditación (comp. con Lc. 2:19, 51, lo que nos daría una ulterior razón para mejor entender Jn. 19:26–27). También es de notar, como advierte Hendriksen, que cuando Juan se oculta bajo la expresión «el discípulo al cual Jesús amaba», lo dice sin jactancia, porque no se gloría del amor que él le tenía al Maestro, sino del amor que el Maestro le tenía a él lo cual no es pecado.
3. La razón por la que Pedro no preguntó él mismo a Jesús es que Juan estaba en mejores condiciones, por el lugar que ocupaba en la mesa, para susurrar la pregunta al oído de Jesús y recibir de Él una respuesta en voz muy baja. Por aquí vemos cuánto nos conviene en interesarnos por los que gozan de una comunión íntima con el Señor. ¿Conocemos algún hermano del que tenemos motivos para pensar que está reclinado en el pecho de Jesús? Vayamos a él para pedirle consejo y que conforte nuestra fe con palabras salidas de una comunión íntima con el Señor.
4. Juan, pues, hizo la pregunta a Jesús: «Él, entonces, recostándose cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es?» (v. 25). Con esto, muestra Juan:
(A) Consideración hacia su condiscípulo Pedro. A veces los que se recuestan en el pecho de Jesús pueden aprender algo de los que están postrados a los pies del Señor y ser advertidos de alguna cosa en la que ellos mismos no habían pensado.
(B) Respeto y reverencia a su Maestro. Aun cuando le susurró la pregunta al oído, no fue por falta de cortesía o respeto, sino por la necesidad de no descubrir en público al traidor mientras Cristo mismo no lo hiciera. Por eso, llama a Jesús «Señor» a fin de que la familiaridad que Cristo le había concedido no rebajase el respeto que le debía. Cuanto más íntima es la comunión espiritual que un creyente tiene con el Señor, tanto mayor es el respeto con que le ha de tratar, por ser más consciente de su propia indignidad y de la altísima dignidad de Cristo.
5. Cristo dio rápida respuesta a esta pregunta, susurrándola también, con la mayor probabilidad, al oído de Juan, ya que, por lo que se nos dice en el versículo 29, los demás desconocían lo que ocurría. Díjole Jesús: «A quien yo de el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón» (v. 26). Jesús dio a conocer al traidor mediante una señal. Pudo haberle comunicado expresamente a Juan el nombre de Judas. Ordinariamente, los falsos hermanos de quienes debemos estar prevenidos no nos son conocidos por medio de palabras, sino por gestos y acciones. Los conoceremos por sus frutos. La señal que Cristo dio a Juan fue un bocado de pan mojado en salsa. El Señor da, a veces, a los traidores «pan mojado en salsa»: riquezas temporales, honores y placeres que, por decirlo así, son como pan empapado en salsa que la Providencia pone en manos de los impíos. No debemos ultrajar en público ni aun a quienes sabemos que son nuestros enemigos y nos están traicionando. Jesucristo se portó con Judas con la misma amabilidad que con los demás que estaban a la mesa con Él, a pesar de que sabía que Judas estaba a punto de llevar a cabo su abominable traición.
6. Tras la respuesta de Cristo a Juan, podríamos pensar que éste se dio prisa a comunicarla a Pedro, al menos por señas, como Pedro le había preguntado a él. Pero el texto sagrado no nos dice nada, por lo que no podemos aventurar si lo hizo o no. Es probable que no lo hiciera, quizá por no llamar más la atención; por otra parte, al conocer el temperamento de Pedro (comp. con 18:10), es probable que, sin contemplaciones, se hubiese lanzado contra Judas, estorbando así los planes de Dios.
VII. El diablo había sugerido ya al corazón de Judas que llevase a cabo la traición contra su Maestro (v. 2). Ahora, el diablo mismo se metió en el corazón de Judas: «Y después del bocado, entró Satanás en él» (v. 27). En vez de quedar convicto de pecado por la muestra de afecto que Cristo había tenido con él al darle el pan mojado en la salsa, Judas se endureció todavía más en su pecado.
1. El diablo en persona tomó posesión de Judas, como indica la frase «entró Satanás en él». Entró en él para hacer que quedasen establecidos firmemente en su corazón, tanto el odio y el desprecio que sentía hacia Cristo, como su avidez por tener en sus manos el salario de su iniquidad y la resolución de obtenerlo a toda costa. Pero, ¿es que no estaba ya antes el diablo en el corazón de Judas? ¿No había dicho Jesús anteriormente de él que era un diablo? (6:70). Sí, es cierto que ya lo era, no sólo en la presciencia del Señor, sino porque, con sus murmuraciones malignas y envidiosas (v. 12:5), seguía el ejemplo del «diablo», vocablo que significa «calumniador, murmurador, acusador» (v. Ap. 12:10, comp. con Zac. 3:1). Pero ahora el diablo tomaba plena posesión de Judas. Aunque el diablo es el fautor y aliado de todo el que obra la maldad, especialmente de los mentirosos y homicidas (v. 8:44; 1 Jn. 3:12), a veces se posesiona de una persona con mayor poder y notoriedad que en otras ocasiones. Y si nos preguntamos por qué entró el diablo en él precisamente después del bocado, quizá fue porque Satanás se percató de que eso era la señal convenida para descubrirle, y era necesario que se decidiese a llevar a cabo sus planes con la mayor determinación. Por desgracia, hay muchos a quienes las bondades de Cristo hacen que, en lugar de mejorar, empeoren y queden confirmados en su obstinación por aquellos mismos medios que deberían haberles llevado a la contrición y al sincero arrepentimiento.
2. A raíz de esto, Cristo despidió a Judas a toda prisa: «Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo más pronto» (v. 27b). Como si dijese: «Date prisa en consumar la traición que has tramado contra mí». El adverbio griego que traducimos por «más pronto» es el mismo de 20:4 («más aprisa»). Con esto daba a entender Jesús no sólo que conocía bien los planes de Judas, sino que, siendo el Amo y Señor de todas las cosas (v. 3), era también el Dueño de la situación, y Él mismo abandonaba a Judas al poder y al talante traidor del diablo que había entrado en él, y tomado pacífica posesión de su corazón. Todos los demás medios que Cristo había usado con él resultaron sin efecto por la resistencia de Judas. Cuando el espíritu diabólico es recibido voluntariamente en el corazón de una persona, el Espíritu Santo se retira, con toda justicia del lado de dicha persona. Jesús, con la frase que dirige a Judas, es como si le retara a llevar su complot hasta sus últimas consecuencias: «Date prisa; no te tengo miedo; estoy presto para ser entregado por medio de ti».
3. Los que estaban con Él a la mesa no entendieron lo que Jesús quiso decir con esas palabras (vv. 28–29): «Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué le dijo esto». No podían sospechar que Cristo le hablase a Judas como a traidor, porque no les cabía en la cabeza que Judas, uno de los Doce, llegase a tal extremo de perversidad. Los discípulos de Cristo estaban instruidos a amarse mutuamente, de forma que no estaban inclinados a sospechar fácilmente unos de otros. Por aquí vemos también cómo cumplió Judas a la perfección con su papel de «hipócrita», vocablo que significa «comediante», pues no mostró en su conducta exterior la perversidad que abrigaba en su interior. Al ser Judas el administrador de los fondos, dieron por sentado que Jesús le había instado a que se diese prisa en comprar lo necesario para la fiesta o en dar limosna a los necesitados: «Porque algunos pensaban, puesto que Judas tenía la bolsa, que Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta; o que diese algo a los pobres». Aunque el Señor mismo vivió de limosna (v. Lc. 8:3), daba, sin embargo, limosna a los pobres: un poco de lo poco que tenía a mano. Aun cuando bien podía haberse excusado de ello, no sólo porque Él mismo era pobre (2 Co. 8:9), sino también porque hacía el bien de muchas otras maneras, al curar gratis a todos, con todo eso, para darnos ejemplo, se preocupó de aliviar la condición de los que se hallaban en extrema necesidad económica. En tiempo de fiesta religiosa, se consideraba especialmente apropiado ejercitarse en obras de caridad. Al celebrar la Pascua en gratitud al que les había rescatado de Egipto, no debían olvidar a los que se hallaban en la esclavitud de la miseria tanto como en la esclavitud del pecado. Cuando hemos experimentado la bondad de Dios hacia nosotros, debemos mostrar también bondad hacia los que están necesitados.
4. A continuación vemos cuán prontamente obedeció Judas esta orden del Señor, no para servir mejor al Maestro, sino porque le espoleaba a llevar a cabo, cuanto antes, sus malvados propósitos: «Cuando él, pues, tomó el bocado, salió enseguida; y era de noche» (v. 30). Vemos:
(A) La prisa que se dio Judas: «salió enseguida» para comunicar a las autoridades, a quienes se había ofrecido por dinero para entregar a Jesús (Mt. 26:14–16; Mr. 14:10–11; Lc. 22:3–6), el lugar y la hora conveniente para el arresto. Sus planes habían sido descubiertos; así que era necesario darse prisa. «Salió enseguida», como quien está cansado de soportar la compañía del Señor y de los demás discípulos. Jesús no necesitó tomarle de la mano para sacarle a la calle; él mismo se fue de muy buena gana a proseguir con su plan. Satanás, que había entrado en él, le daba prisa a hacer los deseos de su padre (comp. con 8:44).
(B) La hora en que se marchó Judas: «Y era de noche»; era de noche en el exterior del Aposento Alto cuando salió Judas, y era también de noche en el corazón de Judas, puesto que los que obran el mal son «hijos de la noche» (v. 3:20, comp. con 1 Ts. 5:4–7). No le importaron a Judas ni la oscuridad ni el frío de la noche (v. Mr. 14:54; Jn. 18:18), ya que la noche le servía para desenvolverse a sus anchas en la oscuridad y pasar desapercibido, puesto que la población se había retirado a descansar. Deberíamos avergonzarnos de nuestra pereza y cobardía en el servicio de Cristo cuando los seguidores del diablo son tan diligentes y atrevidos en su servicio.
Versículos 31–35
Lo que sigue, hasta el final del capítulo 14, es una conversación de sobremesa de Jesús con sus discípulos, aparte de la institución de la Cena del Señor, que Juan no menciona, y a la que, con toda probabilidad, no asistió Judas. Cuando la cena corriente acabó, salió Judas. Jesús, a sus anchas con sus fieles discípulos, una vez que el traidor se había marchado, se explaya con ellos con toda confianza, y declara los sentimientos que, para sus amigos (15:13–15), reservaba en su corazón. Les habla en esta porción:
I. Acerca del gran misterio de su propia muerte y de los grandes sufrimientos que la iban a preceder, acerca de lo cual todavía estaban ellos tan a oscuras, pues no comprendían de ninguna manera por qué tenía que ser así. Notemos que Cristo no comenzó su discurso antes de que Judas saliera de la reunión. La presencia de los malvados es, con frecuencia, un estorbo para una buena conversación. Tan pronto como Judas salió, dijo Cristo: «Ahora ha sido glorificado (lit. fue glorificado) el Hijo del Hombre, y Dios (el Padre) ha sido glorificado (lit. fue glorificado) en Él» (v. 31). Aunque en castellano (nota del traductor),
resulta más correcto el uso del pretérito perfecto, el aoristo del original tiene peculiar expresividad, pues indica claramente que, precisamente ahora, al salir Judas de allí, la gloria de Dios adquiría nuevo brillo (comp. con 12:28) por el hecho de que Jesús, ante la inminente consumación de la traición de Judas, en lugar de batirse en retirada, se entregaba voluntariamente, y en perfecta obediencia, a la muerte decretada
«desde antes de la fundación del mundo» (1 P. 1:20). La crucifixión de Cristo iba a ser su «exaltación» hasta lo sumo (comp. 3:14; 8:28; 12:32, con Fil. 2:8–9).
1. En esas palabras de Cristo, con las que se refiere a sus inminentes padecimientos, hay una nota de
consuelo, pues les dice a sus discípulos.
(A) Que, por medio de tales sufrimientos, Él mismo sería glorificado. El Hijo del Hombre va a ser expuesto ahora a la mayor ignominia y deshonra, tanto por parte de sus insolentes enemigos como de sus cobardes amigos. No obstante, ahora es glorificado; es la hora de alcanzar una decisiva victoria sobre Satanás y todos los poderes de las tinieblas; es también la hora de llevar a cabo una gloriosa liberación de sus elegidos, mediante la reconciliación que Dios llevará a cabo con el mundo en el Calvario (2 Co. 5:19), al proveer para ellos justicia y felicidad eternas; es la hora igualmente de ofrecer un ejemplo sin par de negación de Sí mismo y de paciencia en Su pasión y muerte en cruz, y de un amor tal a los hombres, que será perpetuamente objeto de admiración, alabanza y gratitud. Jesús había sido glorificado en los muchos milagros que había realizado, pero ahora habla de ser glorificado a través de sus padecimientos, con lo que da a entender que en ellos va a obtener mayor gloria que en todos los portentos que había llevado a cabo.
(B) Que Dios el Padre habría de ser glorificado también en esos padecimientos, ya que la muerte expiatoria de Cristo iba a satisfacer cumplidamente las demandas de la santidad y de la misericordia de Dios. Dios es Amor (1 Jn. 4:8, 16), y precisamente en la muerte de Cristo es donde mejor se mostró el amor de Dios hacia nosotros (3:16; Ro. 5:8; 1 Jn. 4:9–10).
(C) Que, después de esos padecimientos, sería todavía glorificado más altamente por el Padre, ya que el Padre habrá sido glorificado por medio de dichos padecimientos: «Si Dios ha sido glorificado en Él (el Hijo del Hombre), Dios también le glorificará en sí mismo (17:5), y enseguida le glorificará» (v. 32). Vemos:
(a) Que Cristo está seguro de que el Padre le glorificará. El mundo y el mismo Infierno se han conjurado para vilipendiar a Jesús, pero el Padre ha resuelto glorificarle. Lo glorificará en medio de los padecimientos mismos mediante los portentos que va a obrar en la naturaleza cuando Cristo esté muriendo y después que haya expirado, así como mediante la confesión de los propios verdugos, quienes se verán obligados a reconocer que este crucificado era el Hijo de Dios.
(b) Que el Padre le glorificará en sí mismo. Así como Cristo da al Padre suma gloria por medio de su perfecta obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, así también el Padre a su vez, glorificará a Jesús en su propio seno (1:18; 17:5). El Padre y el Hijo no se glorifican a sí mismos, sino el uno al otro recíprocamente, de la misma manera que no existen para sí mismos, sino el uno para el otro (y ambos para el Espíritu Santo, y recíprocamente el Espíritu para ellos), ya que en Dios, dentro de la unidad de esencia (10:30), hay tres personas distintas; y estas personas se distinguen entre sí por lo mismo que las constituye (por decirlo de alguna manera) como personas: por la entrega total de cada una a las otras dos. Por eso, la gloria del Padre se refleja en el Hijo, del mismo modo que la gloria del Hijo se refleja en el Padre.
(c) Que le glorificará enseguida. Cristo tenía ante su vista el gozo y la gloria que la muerte en cruz le reportaría (He. 12:2), y veía todo ello, no sólo como cosa elevada, sino también cercana. Los buenos servicios que son prestados a los reyes y príncipes de este mundo quedan, con frecuencia, sin recompensa por largo tiempo; pero Dios es muy puntual en sus honores y galardones y va a glorificar a Jesús enseguida.
(d) Que todo esto se llevará a cabo en consideración a la gloria que el Padre va a recibir mediante la muerte y los padecimientos de Cristo: «Si Dios fue glorificado (lit.) en Él …», de igual manera le glorificará a Él. Quienes toman a pechos hacerlo todo para la gloria de Dios, no cabe duda de que serán dichosos en todo lo que hagan, pues serán glorificados en todo con Él (v. 1 Co. 10:31; Col. 3:17; 1 P. 4:11).
2. También hay en las palabras de Cristo una nota de advertencia para despertar a sus discípulos de su insensatez y tardanza de corazón para entender lo que estaba profetizado de Él en la Escritura (v. Lc. 24:25–26). Por eso les dice: «Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a
los judíos, así os digo ahora a vosotros: Adonde yo voy, vosotros no podéis ir» (v. 33). Dos advertencias serias hallamos en estas frases de Jesús:
(A) Que le queda poco tiempo de estar con ellos en este mundo. Esta triste noticia va precedida de una expresión rebosante de ternura paternal: «Hijitos míos». Esta es la única vez que el vocablo «hijitos» sale en los Evangelios, pero al discípulo amado se le debió de quedar tan grabado en la memoria, que las otras siete veces que el vocablo sale en el resto del Nuevo Testamento, todos proceden de la pluma de Juan (1 Jn. 2:1, 12, 28; 3:7, 18; 4:4, 5:21). Cristo expresa así, con este diminutivo, que los discípulos son aún inmaduros, pero le son muy amados, como hijos pequeños. Les dice, a renglón seguido, que es poco el tiempo que le queda de estar con ellos; por consiguiente, deben estar sumamente atentos a lo que les va a decir en estas últimas horas. De aquí hemos de aprender a sacar el mayor provecho de las oportunidades que se presentan raras veces o por poco tiempo. Es cierto que les convenía que Él se fuera para enviarles el Paráclito (16:7), pero la presencia del Consolador no sería para ellos una satisfacción tan visible, audible y palpable como había sido la presencia física de Cristo (v. 1 Jn. 1:1–3). No han de pensar que esta presencia les va a durar mucho, sino que van a tener que acostumbrarse a vivir sin ella; no van a ser siempre niñitos, sino que han de aprender a echar a andar solos, sin ayuda de la niñera. (V. también 7:33; 8:21; 12:35; 14:19; 16:16–20).
(B) Que no les va a ser fácil seguirle hasta el otro mundo. Lo que antes les había dicho a los judíos (7:34), se lo decía también a ellos, aunque con un final diferente. Cristo les dice aquí:
(a) Que cuando Él se haya marchado, le echarán en falta: «Me buscaréis». Las mejores cosas se estiman más, precisamente cuando nos faltan. Es de notar que a los discípulos les dice Jesús: «Me buscaréis», pero no añade lo que les había dicho a los judíos en 7:34: «y no me hallaréis»; los discípulos no le buscarían en vano pues iban a tener algo, en realidad, mejor que la presencia física de Jesús.
(b) Que adonde Él iba, ellos no podían ir de momento, sino sólo después de la muerte (v. 36). No podían seguirle ahora hasta la cruz, porque les faltaba el conocimiento, la bravura y la resolución para ello. Pero, como dice luego a Pedro, le seguirán más tarde. También ellos irán un día al Padre; y ésta es la gran diferencia entre ellos y los judíos de 7:34. Éstos jamás irán al Padre, puesto que morirán en sus pecados (8:21, 24).
II. Con todo, aunque los discípulos no podrán por ahora gozarse con la presencia corporal de Jesús, todavía podrán disfrutar de la comunión unos con otros mediante el amor mutuo en la armonía del consenso común en el acuerdo y en la plegaria, por medio de lo cual Cristo estará espiritualmente en medio de ellos (Mt. 18:19–20). De ahí que el Maestro pasa a continuación a instruirles sobre el nuevo y gran mandamiento del amor fraternal (vv. 34–35). Ahora que el Maestro se va, han de fortalecerse mutuamente las manos por medio del amor fraternal; Jesús emplea tres argumentos para incitarles a este amor mutuo:
1. El mandato del propio Maestro: «Un mandamiento nuevo os doy» (v. 34). En griego hay dos adjetivos que significan «nuevo»: neós, que indica algo reciente que no ha existido antes; comporta, pues, la idea de tiempo; el otro es kainós, que significa algo que, aunque haya existido antes en alguna forma, adquiere ahora una mejor condición, una «renovación» (v. Ro. 12:2, donde sale un vocablo similar); comporta así la idea de forma o calidad, como observa Trenchard. Este segundo adjetivo («kainén», por ser femenino el nombre al que afecta) es el que Juan usa aquí. En efecto, el mandamiento de amar al prójimo no era «reciente», sino muy antiguo (v. Lv. 19:18; Pr. 20:22; 24:29; Mr. 12:29, 31), pero necesitaba una renovación por haber sido corrompido en su expresión (v. Mt. 5:43 con la espuria añadidura de «y aborrecerás a tu enemigo») y violado en la práctica (v. p. ej., 8:42). Necesitaba, por tanto, ser corregido y adornado como se hace con una nueva edición, corregida y aumentada, de un viejo libro al que se le cayeron las tapas y hasta le van faltando hojas. Jesús lo renueva ahora dándole una fuerza con la que no va a necesitar de ulterior corrección; durará por toda la eternidad, incluso cuando la fe y la esperanza, que ahora permanecen (1 Co. 13:13) hayan pasado para dar lugar a la vista (2 Co. 5:6– 8) y a la posesión (Ro. 8:24). Este mandamiento de Cristo es nuevo en su formulación, ya que antes era:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo», pero ahora es: «Que os améis unos a otros», con lo que el vínculo del amor queda religado con el mutuo deber de una correspondencia recíproca.
2. El ejemplo mismo del Salvador: «Como yo os he amado, que también os améis unos a otros». Esto es lo que presta mayor novedad a este mandamiento, ya que el mandamiento antiguo de amar al prójimo como a sí mismo era vulnerable desde dos flancos: (A) desde su nivel meramente humano: como un hombre ama a otro hombre; (B) desde su misma condición precaria pues estribaba en una base propicia al desfonde, ya que ¿cómo podrá amar rectamente al prójimo como a sí mismo alguien que no se ama a sí mismo como debe? En cambio, Cristo nos manda ahora amarnos los unos a los otros «¡como Él nos amó!» ¿Quién podrá llegar a este amor de cuatro dimensiones «que sobrepasa a todo conocimiento»? (v. Ef. 3:18–19). Cristo amó hasta el extremo (v. 1), al dar la vida por sus ovejas (10:11, 15). «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos» (15:13); sobre todo, cuando pone su vida para convertir en amigos a los que eran sus enemigos (v. Ro. 5:6–11). Éste es un nivel de amor al que ningún creyente, por santo que sea, puede llegar; y precisamente porque es un nivel inalcanzable, nunca podemos estar satisfechos de haberlo ya conseguido, con lo que el precepto de Cristo nos presenta siempre nuevas demandas. Es, pues, un mandamiento nuevo en intensidad, profundidad y motivación. El ejemplo de Cristo nos obliga a dar incluso la vida por nuestros hermanos (v. 1 Jn. 3:16–18). Y, si «la vida de la carne en la sangre está» (Lv. 17:11), ¿quién se atreverá a tener por antibíblica la transfusión de sangre?
3. La buena reputación de nuestra profesión cristiana: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor unos con los otros» (v. 35). Hemos de tener amor; no sólo manifestarlo, sino tenerlo en la raíz del corazón y en el hábito de la conducta, así lo tendremos presto a obrar. El amor fraternal es el emblema de los discípulos de Cristo; es la librea de la familia y, por eso, Jesús quiere que se distingan por ella como por algo en que superan a todos los demás. Por este amor generoso en el que uno se olvida de sí mismo para interesarse por los demás, es por lo que el Maestro se distinguió especialmente; y, por consiguiente, cuando se ve a una persona que muestra hacia su prójimo un afecto, un amor y una compasión superiores a lo corriente, hay motivo para decir: «de seguro es un discípulo de Cristo; ha estado con Jesús». En Hechos 4:32 (lit.) leemos: «Uno solo era el corazón y el alma de la multitud de los creyentes». Esto era lo que, según Tertuliano, admiraba a los paganos y les hacía exclamar: « ¡Mirad cómo se aman los cristianos, y cómo están dispuestos a morir unos por otros!» El corazón del Señor tenía gran interés en que los suyos se distinguieran por esto; su amor había de ser singular, es decir, peculiar de todo creyente. Mientras que la forma en que los mundanos se comportan de ordinario es que «todos buscan lo suyo propio» (Fil. 2:21—¡creyentes!—comp. con 1 Co. 10:24; 13:5; 2 Co. 12:14; Fil. 4:17; 1 Ts. 2:3–9), mientras que los discípulos de Cristo deben distinguirse en «servirse los unos a los otros por medio del amor» (Gá. 5:13) y «sobrellevar los unos las cargas de los otros» (Gá. 6:2). Nótese que no dice Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos si predicáis buenos mensajes, si obráis milagros, si expulsáis demonios, etc.», puesto que todas esas actividades pueden llevarse a cabo sin amor, con lo que a una persona no le sirven para nada, ni esa persona sirve para nada e, incluso, ella misma es nada (1 Co. 13:1–3). Si los seguidores de Cristo no se aman mutuamente, están dando motivo para sospechar de su sinceridad. Cuando nuestros hermanos se hallan en necesidad de ayuda, y aunque a veces no nos traten como es debido, o aun sean nuestros oponentes y enemigos (con lo que nos darán la oportunidad de ejercitar el perdón), en tales casos es cuando se conocerá si llevamos o no el emblema de los discípulos de Cristo.
Versículos 36–38
En estos versículos tenemos:
I. La curiosidad de Pedro.
1. La pregunta de Pedro fue directa y atrevida: «Le dijo Simón Pedro: Señor, ¿adónde vas?» (v. 36), refiriéndose a las palabras de Jesús en el versículo 33: «Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Es defecto corriente entre nosotros tener mayor deseo de satisfacer nuestra curiosidad que de alertar nuestra conciencia. Se puede observar fácilmente en las conversaciones de los cristianos cuán pronto se despacha un tema de edificación para entrar en asuntos banales o en interminables discusiones de palabras.
2. La respuesta del Señor. No satisfizo la curiosidad de Pedro, sino que repitió para él en particular lo que había dicho en general a todos: «Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora, me seguirás empero después» (v. 36b). Con esto le ha de bastar, y por ello ha de entender que le seguirá después hasta la cruz, pues es tradición que Pedro murió también crucificado, aunque la misma tradición (o leyenda) añade que pidió ser crucificado boca abajo, por no ser digno de morir como su Maestro. Cuando arrestaron a Cristo, Él exigió que dejasen marchar incólumes a los discípulos: «Pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos»
(18:8), ya que entonces no estaban en condiciones de seguirle. Cristo tiene en cuenta que somos polvo;
«Él conoce nuestra condición» (Sal. 103:14). A su tiempo nos será dada la fortaleza para superar el conflicto. Aunque Pedro estaba destinado al martirio (21:18–19), no puede seguir al Maestro ahora; le seguirá después. ¡Que no piense que, porque ahora va a escapar sin un rasguño, va a escapar de todo sufrimiento más tarde! Es posible que nos sean reservadas pruebas más duras que las que hemos pasado, ya que no hemos de ser coronados sin haber antes peleado la buena batalla (comp. con 1 Ti. 6:12; 2 Ti. 2:3; 4:7–8). Entre el mar Rojo de nuestra salvación y el Canaán de nuestra posesión, media el Desierto de nuestra peregrinación.
II. La autoconfianza de Pedro.
1. Pedro pronuncia la más osada protesta de constancia en su fidelidad al Maestro: «Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti» (v. 37). Al haber oído al Maestro hablar tantas veces de sus propios sufrimientos, estaba seguro ahora de que Jesús se refería a la muerte al declarar que se iba, y dice, como Tomás en otra ocasión (11:16): «vaya yo y muera con Él»; prefiere morir con Él a vivir sin Él. Con esto, Pedro mostraba su sincero amor hacia el Señor Jesús, y no cabe duda de que era sincera la expresión de su amor y de su disposición a seguir al Maestro hasta la muerte, pues incluso parece tomar a mal lo que Jesús acaba de decirle y por eso le pregunta: «¿Por qué no te puedo seguir ahora?» Como si dijese: «¿Acaso sospechas de mi fidelidad?» Los corazones sinceros sienten pesar de que su amor y su fidelidad parezcan ser puestos en duda, ya que somos propensos a pensar que podemos hacerlo todo, y a tomar a mal que se nos diga que no podemos hacer esto o lo otro, cuando habríamos de tener siempre en cuenta que «aparte de Cristo, no podemos hacer nada» (15:5).
2. A estas protestas de fidelidad por parte de Pedro, contesta Jesús prediciéndole su inconstancia (v. 38). Le reprende por su extrema confianza en sí mismo: «¿Tu vida pondrás por mí?» Con esto, le invita a que piense dos veces sobre lo que antes ha prometido y a que intercale en su protesta la condición necesaria para llevarla a cabo: «Señor, si tu gracia me capacita para ello, pondré mi vida por ti». El Señor le reconviene, como diciéndole: «¿Cómo? ¿Que te atreverás a morir por mí? ¿Tú, que temblabas al caminar hacia mí sobre las aguas? No te fue difícil dejar la barca y las redes para seguirme, pero no te será tan fácil poner tu vida por mí». ¡Cómo nos conviene avergonzarnos de la excesiva confianza que tenemos en nosotros mismos! ¡Qué necedad es hablar tan alto cuando somos tan bajos! A continuación, Jesús le predice a Pedro su cobardía en la hora crítica de la prueba, diciéndole con la solemnidad acostumbrada: «De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, antes que me hayas negado tres veces».
«Tus negaciones—viene a decirle—irán siempre por delante del canto del gallo» (v. Mr. 14:30). Fue precisamente el segundo canto del gallo, junto con la mirada de Jesús, lo que despertó el arrepentimiento y las lágrimas de Pedro (18:27, comp. con Mr. 14:72). Cristo previó y predijo, tanto la traición de Judas como las negaciones de Pedro, aunque no fue la causa de lo uno ni de lo otro. Jesús conoce la perversidad de los pecadores tanto como la debilidad de los santos. Le predijo a Pedro que le negaría, no solamente una vez por un desliz de la lengua, sino repetida y deliberadamente. Podemos imaginarnos lo mal que le sentaría a Pedro el que Jesús le echase por tierra la confianza que tenía en su propia bravura. Los que se sienten más seguros suelen ser los que menos están a salvo; y los que con mayor confianza presumen de sus propias fuerzas son los que más vergonzosamente descubren su debilidad (v. 1 Co. 10:12).
Este capítulo puede dividirse en siete secciones: 1) Jesús nos muestra el Cielo como el lugar de nuestra final felicidad (vv. 1–3); 2) declara después que Él mismo es el único camino al cielo (vv. 4–11);
3) el gran poder de la oración en el nombre de Jesús (vv. 12–14); 4) el futuro envío de otro Consolador (vv. 15–17); 5) la mutua comunión que entre ellos ha de prevalecer con Jesús, mediante el Espíritu, cuando el Señor se haya marchado de este mundo (vv. 18–24); 6) las instrucciones que el Espíritu Santo les impartirá (vv. 25–26); y 7) el capítulo (y la sesión en el Aposento Alto con alguna probabilidad) se cierra con la declaración que Jesús hace de su propia alegría al considerar que marcha hacia el Padre (vv. 27–31).
I. El capítulo comienza con una exhortación general de Cristo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón» (v. 1). Hendriksen hace notar la cadencia de la frase en el original, al tener en cuenta que el verbo está en presente; y, para guardar una cadencia similar en la traducción al inglés, propone la siguiente versión, al acentuar las sílabas subrayadas:
«Let not your hearts any longer be troubled».
En castellano podemos mantener la misma cadencia y citar el famoso estribillo de nuestra Teresa de Ávila:
«Nada te turbe, nada te espante».
Como advierte Ryle, hemos de recordar que, en el original, no existe propiamente solución de continuidad entre los capítulos 13 y 14. Así notaremos mejor la secuencia, hábilmente comentada por el cardenal Gomá: «Jesús había anunciado su partida inminente; ellos debían aún quedar en el mundo (cf. 13:33): el anuncio de la separación de un Maestro a quien querían tanto y habían seguido tan fielmente, que dejaba en su juicio sin consumar la obra prometida de la fundación del reino mesiánico, que les dejaba solos frente a sus enemigos terribles, les llenó de turbación y congoja: No se turbe vuestro corazón, les dice Jesús. La razón de la serenidad que deben guardar en aquellos momentos es la confianza en Dios y en Él: Creéis en Dios, creed también en mí: de la misma manera que tenéis fe en Dios, debéis tenerla en mí, que soy su legado y su Cristo, que soy Dios como Él; y, por lo mismo, aunque os deje en la apariencia, estaré con vosotros perpetuamente, con mi auxilio divino». Vemos, pues, que el Señor Jesucristo:
1. Se percató de la turbación que hacía presa en el corazón de sus discípulos. Quizá se transparentaba en el rostro de ellos. De todos modos, no podía pasar desapercibida a la mirada divina del Señor, quien conocía los más íntimos pensares e intuía las heridas que sangran en el interior. Es un gran consuelo para nosotros el saber que el Señor conoce los más graves problemas de los suyos en cualquier momento en que la tribulación parece presta a inundarnos. Aparte de lo apuntado anteriormente, muchas otras cosas contribuían ahora a incrementar la congoja de los discípulos:
(A) Cristo acababa de declararles la malevolencia con que algunos de ellos le habían de tratar, y esto les acongojaba a todos. Ahora el Señor les consuela; aunque un santo celo sobre nosotros mismos es de gran ayuda para mantenernos humildes y en vela, no debemos, sin embargo, permitir que nos acongoje hasta el punto de privarnos del santo gozo que es fruto del Espíritu Santo.
(B) También acababa de decirles, no sólo que se marchaba de ellos, sino que se iba por entre una densa nube de padecimientos. Cuando contemplamos al Señor crucificado, no podemos menos de lamentarnos amargamente, a pesar de que vemos el feliz resultado que su muerte ha de tener; mucho más amarga tenía que ser para ellos dicha contemplación, ya que no tenían como tenemos nosotros, el privilegio de ver más allá de los sufrimientos de Cristo. Si Cristo se va ahora de ellos, van a verse vergonzosamente decepcionados en cuanto a sus esperanzas de ver triunfante y glorioso a su Maestro, y se hallarán abandonados y expuestos a la burla y a la persecución de los enemigos de Cristo. Para contrarrestar esto, Jesús les dice: «No se turbe vuestro corazón». Hay aquí tres palabras en las que es preciso cargar el énfasis: (a) «turbe». El verbo griego indica, en Aristófanes, la agitación de un mar embravecido. Como en otro tiempo, Jesús quiere llevar la calma al corazón de los discípulos, como la llevó a la barca agitada por las olas en el mar de Galilea. Notemos que no les dice: «Tratad de que vuestro corazón se haga insensible a la pena y al pesar», sino: «No permitáis que vuestro corazón sea turbado y agitado por el pesar»; (b) «corazón». Al mencionar el centro de la actividad humana, el Señor quiere que mantengan el control de este centro; que guarden la serenidad de ánimo aun cuando la carne débil tiemble (comp. con Mt. 26:41; Mr. 14:38). El corazón es el principal baluarte, pase lo que pase, es menester defender este bastión; (c) «vuestro». Como si dijese: «Vosotros, que sois mis seguidores, mis discípulos, no habéis de turbaros, porque tenéis mayor conocimiento y estáis en mejores condiciones que los demás». Los creyentes hemos de aprender a conservarnos en paz interior cuando todo es inquietud y confusión en nuestro derredor.
2. Les prescribió el remedio: «Creéis en Dios, creed también en mí» (v. 1b). Hay quienes piensan que los dos verbos están en modo indicativo; esta opinión tiene muy pocos fautores, ya que son pocas las probabilidades a su favor. Otros, como Henriksen, opinan que los dos verbos están en imperativo, de acuerdo con el tono dominante en toda la porción. Pero la opinión más probable (la del propio M. Henry, de Ryle, etc. y del que esto escribe. Nota del traductor) es que el primer verbo está en indicativo, como algo puesto fuera de duda, y el segundo está en imperativo, como exhortación a ver que la fe en Jesús, el Enviado del Padre, es consecuencia lógica de la fe en el Padre que le envió. Como diciéndoles: «Vosotros habéis creído y continuáis creyendo (los dos verbos están en presente) en Dios, en sus perfecciones y en su providencia; por tanto, creed y continuad creyendo también en mí que soy el Mediador entre Dios y los hombres». Al creer en Jesús como en el Mediador nuestra fe en Dios se torna sumamente consoladora.
Quienes tienen un recto concepto de Dios, no sentirán dificultad en creer en Cristo, ya que en Él se muestra «la benignidad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres» (Tit. 3:4). Creer en Dios mediante la fe en Jesucristo es un excelente medio para conservar en paz el corazón, porque el gozo de la fe es el mejor remedio contra los pesares del sentido.
II. A continuación, Cristo imparte una instrucción particular a fin de que la fe de los discípulos se haga efectiva sobre la base de la promesa de vida eterna (vv. 2–3). ¿Para qué hemos de creer en Dios y en Cristo? Para descansar en la confianza segura de una feliz eternidad en las mansiones celestiales. Los fieles de todos los tiempos han cobrado ánimos al mirar hacia arriba (comp. con Col. 3:1–3) en medio de las más terribles pruebas de esta vida. Veamos cómo se insinúa aquí este pensamiento.
1. Hemos de creer y considerar que existe esa felicidad: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones» (v. 2a). La palabra griega para «mansión» (moné) ocurre sólo dos veces en todo el Nuevo Testamento (precisamente en este capítulo, vv. 2 y 23) y significa una morada permanente (al contrario que la de He. 13:14); el verbo griego meno = permanecer, de donde dicho sustantivo se deriva, sale 11 veces en 13 versículos del capítulo siguiente (15:4 [tres veces], 5, 6, 7 [dos veces], 9, 10 [dos veces] y 16). Los mejores palacios de este mundo pueden ser despojados y destruidos; en último término, hay que dejarlos al morir. Pero la «mansión» que nuestro Padre celestial tiene edificada y aparejada para cada uno de sus hijos, es digna de tal Arquitecto (v. He. 11:16), eterna y destinada para los hijos inmortales de la resurrección (Lc. 20:36). Notemos que dice «mansiones», no «tiendas de campaña», como en la peregrinación por esta vida (v. 2 P. 1:14. Lit.). Estas mansiones están «en la casa del Padre». Es una casa familiar, pero en la que cada miembro de la familia tendrá su apartamento individual, puesto que nuestra personalidad no se diluirá en la más íntima y estrecha comunión con el Señor y con todos los santos. No habrá que pagar renta ni tributo; es un regalo del Padre; un regalo a perpetuidad, pues «nuestra herencia es incorruptible, incontaminada, inmarcesible y reservada» (1 P. 1:14). Nuestros nombres están ya escritos allí (Lc. 10:20). Como decía Teresa de Ávila, aquí estamos pasando «una mala noche en una mala posada», pero allí será eterno día (Ap. 21:25) en una regia mansión. Las mansiones son muchas, porque son muchos los hijos que son llevados a la gloria (He. 2:10).
2. Véase la seguridad que tenemos de la realidad de esa felicidad eterna: «Si no (hubiera muchas mansiones), ya os lo hubiera dicho» (v. 2b). La seguridad está basada en la veracidad de su palabra y en la sinceridad de su afecto a los discípulos. No sólo es veraz, de modo que no puede engañarse en lo que dice, sino también amoroso, de modo y manera que no puede sufrir el que nosotros nos llamemos a engaño. El afecto que nos tiene es demasiado grande como para que nuestra esperanza pueda verse frustrada (v. Ro. 5:5 y ss.).
3. Hemos de creer igualmente y considerar que, por consiguiente, vendrá de cierto otra vez para recogernos: «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (v. 2c). Ese es su designio al marcharse al Cielo: prepararnos un lugar; tomar posesión de él en nuestro lugar (comp. con Ef. 2:6); ser allí nuestro abogado para asegurarnos la posesión del título de propiedad; hacer todas Ias provisiones necesarias y convenientes para que nuestra futura mansión sea del todo cómoda y estupenda. La habitación feliz en los cielos será proporcional a la condición feliz de los inmortales hijos de Dios. Puesto que el elemento principal de la bienaventuranza eterna es la presencia de Cristo y la comunión íntima, sin velos ni estorbos, con Él, menester es que Él marche primero allá, pues donde Él esté, estará el paraíso (comp. con Lc. 23:43). El Cielo no sería mansión conveniente para el cristiano, si no estuviese ya Cristo allí. Ése es también nuestro gran consuelo: Saber que el Señor vendrá pronto (el tiempo pasa rápido) a recogernos:
«Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez, y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (v. 3). Verdaderamente, estas palabras están llenas de consuelo para nosotros, puesto que por ellas sabemos:
(A) Que el Señor Jesucristo vendrá otra vez. Él lo asegura. Cuando nosotros estamos dispuestos a ir a algún lugar al que se nos llama, solemos decir: «Ya voy», a pesar de que todavía no nos hemos puesto en
marcha. También Cristo es «el que viene» (Ap. 1:7), porque «viene pronto», «viene en breve» (Ap. 22:12, 20).
(B) Que vendrá pronto a recoger consigo a sus fieles seguidores. La Segunda Venida de Cristo tiene por objeto «nuestro arrebatamiento juntamente con ellos (los que hayan muerto y resucitado “primero”) en las nubes para salir al encuentro del Señor en el aire» (1 Ts. 4:17).
(C) Que donde Él está, allí estaremos nosotros también. Esto nos da a conocer que la quintaesencia de la felicidad celestial es estar con Cristo allí. Cristo dice «donde yo estoy». Es cierto que, en cuanto Dios, Jesús está, y siempre lo estuvo, en el Cielo (v. 3:13), pero aquí habla como hombre, y habla en presente porque de tal manera está ya para salir de este mundo, que ya se considera fuera de él (comp. con 17:11). Equivale a decir: «Donde yo estaré en breve y para siempre, allí estaréis también en breve vosotros y para siempre; no sólo como espectadores de la gloria celestial, sino como partícipes de ella».
(D) Que esto puede colegirse fácilmente por sus propias palabras de que «va a preparar lugar para nosotros» (v. 2c), porque las preparaciones de Cristo siempre son seguras, nunca son en vano, ya que nadie ni nada las puede frustrar. Si Él nos prepara y decora las mansiones, no van a quedar vacías; también nos preparará a nosotros para que, a su debido tiempo, tomemos posesión de ellas (v. 1 P. 1:4–5, y comp. el «reservada» del v. 4 con el «guardados» del v. 5).
Versículos 4–11
Después de poner ante los ojos de los discípulos la meta de la felicidad celestial, Jesús pasa ahora a mostrarles en sí mismo el camino para dicha meta. Y vemos que:
I. Lo da como cosa conocida de ellos: «Y sabéis adónde voy, y sabéis el camino» (v. 4). Cómo si dijese:
1. «Lo podéis saber fácilmente, pues no es ninguna de las cosas secretas, que no os pertenecen a vosotros, sino que es de las reveladas» (v. Dt. 29:29).
2. «Lo sabéis; sabéis y conocéis que existe esa casa y que existe un camino para esa casa, aunque quizá no acertéis a percataros de cuál es esa casa y cuál es el camino. En realidad, ya se os ha dicho y no podéis menos de conocer, tanto la mansión como el camino».
II. A esta declaración de Jesús, objeta Tomás su propia ignorancia, tanto de la meta como del camino:
«le dijo Tomás: Señor no sabemos adónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» (v. 5). La declaración que Cristo acababa de hacer respecto al conocimiento que de la meta y del camino esperaba de ellos, suscita en ellos precisamente el reconocimiento de la ignorancia en que estaban en relación con todo eso, al mismo tiempo que les aviva el deseo de saber más. Aquí muestra Tomás mayor modestia que Pedro. Pedro sentía afán de conocer adónde iba el Señor en cambio Tomás está solícito por conocer el camino. Al confesar su ignorancia recomendaba su modestia. Los fieles siervos del Señor, cuando se hallan a oscuras, conscientes de que conocen sólo en parte (1 Co. 13:12), están prestos a reconocer sus propias deficiencias. Pero la causa de la ignorancia de los discípulos era culpable, ya que desconocían adónde iba Cristo por no discernir los tiempos y sazones y pensar que Cristo iba a restaurar de inmediato, sin pasar por la Cruz, el reino mesiánico (v. Hch. 1:6). La imaginación de los discípulos volaba de una ciudad a otra del país, preguntándose en cuál de ellas iba Jesús a ser ungido rey; por eso, no podían entender en qué lugar de los cuatro puntos cardinales iban a ser edificadas aquellas «mansiones» de las que Cristo les hablaba. Si Tomás hubiera entendido que Jesús se dirigía al otro mundo y, en ese mundo, al Cielo, no habría dicho: «¿cómo podemos saber el camino?»
III. A esta objeción de Tomás, nacida de una supina ignorancia, da Jesús cumplida respuesta (vv. 6– 7). Tomás le había preguntado sobre la meta y sobre el camino, y Jesús contesta a ambas preguntas. Le conocían suficientemente a Él, y Él era el camino, Podían, del mismo modo, conocer al Padre, y el Padre era la meta por consiguiente, con razón les había dicho: «Sabéis adónde voy, y sabéis el camino» (v. 5).
«Creéis en Dios, que es la meta; creed también en mí, que soy el camino» (v. 1). Vemos:
1. Que habla de sí mismo como camino: «Yo soy el camino … Nadie viene al Padre, sino por medio de mí» (v. 6). Aquí hemos de notar:
(A) La naturaleza de la mediación de Cristo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». Comoquiera que todo el contexto pone de relieve la idea de «camino», es muy probable que Jesús, al hablar en arameo, quisiese decir: «Yo soy el camino vivo y verdadero» (comp. con He. 10:20), ya que el hebreo y el arameo suelen expresar por acumulación de sustantivos lo que el griego y el latín expresan por yuxtaposición de adjetivos. Pero notemos los siguientes detalles:
(a) Cristo es el camino en el que Dios y el hombre se encuentran; no es un camino entre tantos (comp. con Hch. 16:17 «un camino». Lit.), sino el único camino de salvación (Hch. 4:12). Ya no estamos en el estado de inocencia para ir por nosotros mismos al árbol de la vida, pero podemos ir a Él por medio de Cristo (Ap. 22:14). Todo el que siga las pisadas de Cristo (1 P. 2:21), puede estar seguro de que no se desviará del camino recto hacia el Cielo.
(b) Cristo es la verdad. No una verdad cualquiera: científica, religiosa, filosófica, etc., sino la única verdad consistente y total: «El Alfa y la Omega», de la A a la Z, la Enciclopedia completa de Dios (Ap. 1:8, comp. con 22:13), sin mezcla de error ni falsedad. Ésa es la verdad que hace libres (8:32); por eso, al inquirir sobre la verdad, no necesitamos aprender otra verdad que la que está comprendida en Jesús, pues todas las cosas están en Él resumidas y restauradas (Ef. 1:10). En Cristo está la clave de todos los enigmas, pues Él «nos ha sido hecho de parte de Dios sabiduría» (1 Co. 1:30).
(c) Cristo es la vida. No una vida cualquiera, no el efímero bios = la forma externa de nuestro vivir, junto con los bienes con que se sustenta (v. 1 Jn. 2:16; 3:17), ni la interna pero corruptible psykhe = vida temporal, que hemos de estar dispuestos a sacrificar en aras de Cristo y del Evangelio (12:25), sino la zoé
= la vida en el centro mismo del ser, participación de la vida de Dios (1:4; 5:24; 8:12; 10:10; 1 Jn. 3:14; 5:11–12, 20, entre otros lugares). Esta es la vida que dura por toda la eternidad (3:15–16, 36; 4:14 36;
5:24; 6:27, 40, 47, 54, 68; 10:28; 12:25, 50; 17:2–3; 1 Jn. 1:2; 2:25; 3:15; 5:11, 13, 20). En Cristo y por
Cristo estamos vivos para Dios con esta vida de Dios (Ro. 6:3–11; Ef. 2:1–5).
(B) La necesidad de la mediación de Cristo: «Nadie viene al Padre sino por medio de mí» (v. 6b). El hombre caído (y todo ser humano es originalmente caído desde el vientre de su madre, Sal. 51:5) no puede llegarse a Dios como a su Padre, si no es llegándose a Cristo como al único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5).
2. Que habla del Padre como de la meta: «Si me conocieseis también conoceríais a mi Padre; y desde ahora le conocéis y le habéis visto» (v. 7). Ésta es una implícita reprimenda a los discípulos, por su torpeza y descuido en percatarse de la verdadera personalidad de Cristo: «Si me conocieseis …». Le conocían, pero no como podían y debían conocerle. Jesús había dicho antes a los judíos, en presencia de los Apóstoles: si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais» (8:19b). Con todo, los Apóstoles no conocían tampoco a Jesús. No es fácil decir cuál de las dos cosas es más extraña, si la ignorancia voluntaria de los enemigos de la luz o los errores lamentables de los hijos de la luz. No obstante Jesús se satisface en parte, por la sinceridad de ellos, a pesar de la debilidad que muestran en su entendimiento embotado: «Desde ahora le conocéis y le habéis visto», por cuanto «la gloria de Dios brilla en la faz de Jesucristo» (2 Co. 4:6). Muchos discípulos de Cristo tienen mayor conocimiento y más gracia que lo que ellos piensan tener, pero no echan mano de lo que saben, como deberían, por lo que se privan a sí mismos de un conocimiento superior y de una comunión más íntima con Dios.
IV. Al oír estas últimas frases de Jesús Felipe siente curiosidad por saber más acerca del Padre, y Jesús le da cumplida respuesta (vv. 8–11). Notemos:
1. El intenso deseo de Felipe de obtener un conocimiento superior del Padre, con lo que se quedará satisfecho: «Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta» (v. 8). Como si dijese: «Eso es lo que deseamos todos nosotros y con eso tenemos bastante». Esto supone un intenso deseo de conocer íntimamente a Dios como a Padre. La petición es: «Muéstranos el Padre». El alegato es: «Con eso nos basta». Piensa Felipe que, con tal de que Cristo descorra el fleco de la cortina que nos oculta la visión del Padre, y pueda gozarse con un rayo de luz que emerja de la gloria divina, su alma quedará satisfecha pues habrá disfrutado, por algunos momentos, de la vida del Cielo desde la tierra. Es como si le dijera a Cristo:
«Déjanos ver al Padre con nuestros ojos corporales como te vemos a ti, y con eso tendremos bastante por ahora». Con ello manifiesta, no sólo la flaqueza de su fe, sino también el desconocimiento de la forma en que el Padre se manifiesta. Su imaginación, como la de muchos otros, requería para confirmación de su fe, o para aliento de su esperanza, un conocimiento del Padre, superior al que Jesucristo mismo ofrecía en su propia persona.
2. La respuesta que Jesús dio a Felipe, la cual es muy digna de estudio y consideración, ya que, incluso en las postrimerías del siglo xx (nota del traductor), hay muchos creyentes de fe sincera, pero de ignorancia supina, que se hacen las mismas ilusiones que el Apóstol Felipe. Al contestar a Felipe, Cristo:
(A) Le asegura que, para conocer al Padre, tiene bastante con conocerle a Él: «Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?» (v. 9). Jesús reprende aquí a Felipe por dos cosas:
(a) Por no haber adquirido, después de tanto tiempo, un conocimiento claro de la persona de Jesucristo: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?» El primer día que vio Felipe a Cristo declaró que había reconocido en Él al Mesías (1:45). Habían pasado desde entonces unos tres años y medio, y el conocimiento que de Cristo tenía ahora Felipe no había progresado en absoluto. El Señor espera de nosotros que nuestro progreso en conocerle sea, en cierto grado, proporcional al tiempo que llevamos en su compañía, de forma que no seamos bebés perpetuamente (comp. con He. 5:11–14).
(b) Por su flaqueza en orar: «Muéstranos el Padre». Aquí tenemos un ejemplo de la debilidad de muchos creyentes, quienes no sólo no saben qué han de pedir como conviene (Ro. 8:26), de cuya debilidad todos somos partícipes, sino que tienen que ser rectificadas por el Espíritu Santo sus oraciones (Ro. 8:27), puesto que «piden mal» (Stg. 4:3). En la instrucción que Jesús da ahora a Felipe justifica la afirmación anterior de que «conocían al Padre y le habían visto» (v. 7), ya que, al requerirle Felipe que les mostrase al Padre, el Señor responde categóricamente: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (v. 9). Todo el que contempla a Cristo con los ojos de la fe está viendo en Él al Padre, ya que Jesús es «uno con el Padre» (10:30), es «Dios manifestado en carne» (1 Ti. 3:16; 1 Jn. 4:2). La afirmación que Jesús acaba de hacer es de tal importancia y de tal contundencia (nota del traductor) que, de un solo golpe echa por tierra toda clase de «visión beatífica» de la esencia divina, que no sea a través de la humanidad de Cristo, a través del Verbo hecho carne. Esta declaración de Jesús está en perfecta consonancia con 1:18; 6:46 y especialmente 1 Timoteo 6:16 («a quien ninguno de los hombres ha visto NI PUEDE VER»). En efecto, aparte de Cristo, Dios es Espíritu (4:24), invisible a los ojos del cuerpo y, por ser infinito, incomprensible a los ojos del espíritu; y es además espíritu purísimo, sin composición ni mezcla («YO SOY EL QUE SOY»; Éx. 3:14), no se puede ver una parte de Dios sin que se le vea entero, lo cual sólo puede hacerlo alguien que sea tan infinito como Él. De ahí que sólo las tres divinas personas pueden verse unas a otras como son en sí (v. Lc. 10:22; 1 Co. 2:11). Todo otro lugar de la Escritura que hable de «ver a Dios» ha de interpretarse como signo de comunión íntima con Él, no de visión directa de la esencia divina. El argumento cobra mayor fuerza cuando se compara este lugar con Hechos 1:6–7, donde, a la pregunta de los discípulos sobre la restauración del reino a Israel Jesús no niega el hecho, sino apela a los planes de Dios respecto a los tiempos y sazones, es decir, a las distintas dispensaciones divinas. En cambio, aquí (Jn. 14:9) Jesús contesta lisa y llanamente y afirma que «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Si además de la visión de Cristo, hubiese una ulterior visión en la gloria del Cielo, de la esencia divina del Padre en sí mismo, prescindiendo de la visión del Verbo humanado, Jesús habría proferido, no sólo una afirmación arrogante, sino también engañosa, puesto que, a semejanza de Hechos 1:6–7, debería haber dicho a Felipe: «Felipe, ten paciencia; por ahora te basta con verme a mí; DESPUÉS, VERÁS TAMBIÉN AL PADRE». Hay quienes apelan a Apocalipsis 5:6–7 para afirmar que Juan vio, además del «Cordero», al que «estaba sentado en el trono». Éstos no se percatan de que Juan expresa en símbolos las realidades, y las expresa por medio de metáforas, pues ni Jesús es un «cordero», ni el Padre tiene «mano derecha» (Ap. 5:1) ni izquierda, puesto que es un Espíritu Infinito, sin miembros corporales (comp. con Lc. 24:39).
(B) Le hace notar la razón por la que «quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre», pues añade: «¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí?» (v. 10). Como si dijese: «Si yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí, el que me ha visto a mí, ha visto al Padre». En efecto, Jesús es uno con el Padre (10:30; 17:21). Si creemos que Jesús es el Enviado del Padre (3:16, etc.), y que habla las palabras de Dios (3:34), hemos de creerle a Él como creemos a Dios (v. 1). Por eso añade: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras». Las obras que el Padre hacía en Jesús daban testimonio de que era el enviado del Padre (5:36). Por ellas, Dios hablaba más alto que con cualquier expresión audible (comp. con Mr. 2:9–11). Si los discípulos no aciertan a ver en Jesús al Padre, las obras que Jesús hace dan testimonio de que es verdad lo que Él dice. Sí, el Padre está en Cristo, de tal forma que fácilmente puede ser hallado (Is. 55:6). Al ver en los Evangelios la persona, la doctrina y los milagros de beneficencia del Salvador, adquirimos un claro conocimiento de Dios de forma que podamos exclamar, con mayor motivo que David: «Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia. Bueno es Jehová para todos, y la ternura de su amor sobre todas sus obras» (Sal. 145:8–9).
(C) Jesús quiere que esto quede bien claro; por eso, recalca el hecho de la mutua inmanencia del Padre y del Hijo, y apela de nuevo a las obras que el Padre hace en Él: «Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; si no, creedme por las mismas obras» (v. 11). Comentando esta inmanencia del Padre en el Hijo, y del Hijo en el Padre, dice S. Hilario: «Está Jesús en el Padre, y el Padre está en Jesús, no por conjunción de dos naturalezas distintas, ni por la fuerza de absorción de una capacidad mayor, sino por el nacimiento de un viviente de una naturaleza viviente, por cuanto de Dios no puede nacer más que Dios. Por lo mismo, Jesús es Dios de Dios, con igual naturaleza que el Padre. Él está en el Padre porque tiene idéntica naturaleza y está naciendo de Dios desde toda la eternidad; y el Padre está en Él por igual razón, porque le engendra eternamente Dios».
Versículos 12–14
Los discípulos, así como estaban llenos de tristeza por la marcha de su Maestro, también estaban llenos de preocupación con respecto a sí mismos, al no saber qué sería de ellos cuando Jesús se hubiera marchado. Si les deja ahora, van a sentirse como ovejas sin pastor. Por eso, Cristo les asegura aquí que serán investidos del poder suficiente para sobreponerse a lo que se les avecina. En efecto, les será dado:
I. Gran poder en la tierra: «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará; y aun hará mayores que éstas, porque yo voy al Padre» (v. 12). Lo más glorioso del poder de Cristo es que, no sólo obró milagros Él mismo, sino también dio poder a otros para que los obrasen iguales y aun mayores. Vemos aquí las dos cosas acerca de las que les da plena seguridad:
1. Les asegura que podrán hacer las mismas obras que Él hizo. ¿Curó Cristo a los enfermos, limpió a los leprosos y resucitó a los muertos? También ellos lo harán. ¿Convenció y convirtió a los pecadores y se llevó tras sí grandes multitudes? También ellos lo harán. Aunque Él se va a marchar, su obra no ha de cesar ni fracasar; progresará, y está todavía en progresión.
2. Les asegura igualmente que harán mayores obras que Él. En el mundo de la naturaleza, obrarán mayores milagros que Él. No leemos en los Evangelios que la sombra de Jesús curase a nadie pero leemos en Hechos 5:14–16, no sólo el éxito que Pedro tenía en la conversión de los pecadores, sino también en la curación de enfermos, tanto que los ponían en la calle «para que, al pasar Pedro, a lo menos su sombra cubriese a alguno de ellos». Y, ciertamente, el tiempo en que Jesús obró sus milagros fue limitado a unos tres años y pocos meses, mientras que sus discípulos obraron, en su nombre, milagros sin cuento en diversos países. Y en el reino de la gracia, al que parece referirse principalmente Cristo, el éxito de los discípulos sobrepasó con mucho al del Maestro. En tres años y medio, Jesús logró reunir, a lo sumo, quinientos discípulos (v. 1 Co. 15:6), mientras que, tras el primer mensaje de Pedro el día de Pentecostés, fueron añadidas a la iglesia «unas tres mil almas» (Hch. 2:41). W. Hendriksen hace notar que, aunque el verdadero autor de la salvación es Dios los creyentes son instrumentos que Dios usa para llevar a cabo sus obras y, por eso, se les atribuye también su aporte en la tarea de la salvación (v. Pr. 11:30; Dn. 12:3; Jn. 4:35–38; Stg. 5:20). Opina también Hendriksen que, si se da por sentado que Jesús se refiere especialmente a las obras espirituales como «mayores» habríamos de colegir que el propio Señor viene a insinuar que los milagros que se llevan a cabo en la esfera de la naturaleza tenderían a desaparecer gradualmente por no haber ya menester de ellos.
3. La razón que de ello les da Cristo es: «porque yo voy al Padre» (v. 12b). Como si dijese: «Podréis hacer esas obras porque yo me voy al Padre a fin de que, tras de mi muerte, resurrección y ascensión a los cielos, os sea enviado el Espíritu Santo, quien os capacitará para esa magna tarea» (v. Hch. 2:33; Ef. 4:8).
II. Gran poder en los cielos: «Cualquier cosa que pidáis … la haré» (vv. 13–14). Por donde vemos:
1. De qué manera han de obtener de Él el poder para obrar tales maravillas, una vez que Él se haya marchado al Padre: Mediante la oración. Cuando dos amigos íntimos se separan y se marchan a lugares muy lejanos el uno del otro, se intercambian las respectivas señas o direcciones y prometen mantener correspondencia por medio de cartas; así también, al partirse Jesús de sus discípulos, les dice cómo han de escribirle en cada ocasión y cuál es el medio más seguro para que nuestras cartas le lleguen certera y puntualmente. Es como si les dijera: «Hacedme llegar vuestras noticias por medio de la oración, y vosotros sabréis de mí por medio del Espíritu Santo». Este correo está todavía a nuestra disposición. La humildad nos dice: «Pide, continúa pidiendo» (nótense los presentes de imperativo en Mt. 7:7, Lc. 11:9). No podemos pedirle nada como si nos debiera algo, sino en actitud de humilde y necesitado mendigo, que, si no pide, perece de hambre. Se nos prescribe humildad, pero también se nos otorga amplia libertad:
«cualquier cosa que pidáis»: todo cuanto nos sea necesario para la vida, conveniente para el alma, demandado en el nombre de Jesús y con conocimiento de causa (comp. con Mr. 10:38 «no sabéis lo que pedís»). Aunque varíen las circunstancias, toda petición de algo realmente conveniente será escuchada en el trono de la gracia (He. 4:16).
2. En nombre de quién han de presentar sus peticiones: «Cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre … Si me pedís algo en mi nombre» (vv. 13, 14). Pedir en el nombre de Jesús es interponer su autoridad, su obra y sus méritos. Es notable que, aun cuando el Padre es, de ordinario, presentado como el término al que se dirige la plegaria, en nombre de Cristo y por su mediación, y al tener por consejero y ayudante al Espíritu (Ro. 8:26–27), con lo que las tres personas de la Deidad parecen aportar su matiz peculiar en esta gracia de la oración, como en todo lo que obran en las criaturas, lo cierto es que todo lo que no sea la relación personal que las distingue en el seno de la Trina Deidad, es común a las tres personas y, por eso, Jesús se presenta en estos versículos, no sólo como aquel en cuyo nombre es dirigida la oración, sino también como aquel al que se dirige la oración y aquel que responde las peticiones que se le hacen; nótense los tres aspectos en el versículo 14: «Si ME pedís algo en MI NOMBRE, YO lo haré». Al ser Cristo el único Salvador (Hch. 4:12), dependemos de Él para todo lo conducente a la salvación; por lo cual, como hace notar Agustín de Hipona, «no pide en nombre del Salvador el que no pide cosas conducentes a la salvación». Nada podemos pedir en nuestro propio nombre, porque somos pecadores, así que tenemos mal nombre en el cielo; y, si todavía somos extranjeros a la celeste ciudadanía, nuestro nombre no estará en el padrón de aquella ciudad (v. Lc. 10:20; Ef. 2:12; Fil. 3:20). Pero el nombre de Cristo es muy buen nombre y, además, muy bien conocido en el cielo.
3. El éxito o fruto (15:16) que obtendrán en sus oraciones: «Cualquier cosa que pidáis … la haré» (v. 13). Y, de nuevo: «Si me pedís algo … lo haré» (v. 14). Como si dijese: «Podéis estar seguros de alcanzar lo que pidáis; no sólo será hecho, sino que yo mismo lo haré». Por fe en el nombre de Jesús podemos obtener cuanto pidamos, si es conducente para nuestra salvación.
4. Cuál es la razón por la que nuestras oraciones tendrán una respuesta tan rápida y segura: «Para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (v. 13b). La primera petición del Padrenuestro es «Santificado sea tu nombre» y siempre es respondida, porque, si el corazón es sincero al hacerla, con ella, de alguna manera, consagra todas las demás peticiones. Éste es el objetivo principal de Cristo al otorgar lo que le pidamos, y por la gloria del Padre en el Hijo, hará todo cuanto le pidamos. Sólo resta que nos preguntemos: «¿Es esto para la gloria de Dios?» (comp. con 1 Co. 10:31). La sabiduría, el poder y el amor de Dios fueron santificados en el Redentor, cuando sus apóstoles y ministros fueron capacitados para llevar a cabo tan grandes cosas, tanto como pruebas de su doctrina, cuanto por el éxito que consiguieron, al recoger ellos lo que Cristo había sembrado.
Versículos 15–17
En esta porción, Cristo promete enviar el Espíritu Santo, a cuyo cargo estará consolar a los discípulos e imprimir en su memoria y en su corazón estas cosas.
I. Antes de prometerles el Consolador, les demanda la condición necesaria para obtener el verdadero consuelo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (v. 15). No esperar consuelo por otra vía que la del deber cumplido. Ahora que estaban preocupados por lo que iba a ser de ellos, les pide que salgan de su egocentrismo y muestren en su obediencia el amor que le tienen. En horas de aflicción y en tiempo de apuro, la preocupación por el «qué va a pasar» debería ser sorbida por la ocupación en la fiel observancia de los deberes cotidianos. Cuando ellos mostraban el afecto que le tenían en la tristeza que les embargaba el ánimo a causa de su partida, Él les ruega que, si quieren mostrarle que le aman de veras no lo hagan mediante esas débiles y femeninas emociones, sino mediante la viril y decidida observancia de sus
mandamientos. Esto es mejor que las lágrimas y mejor que los sacrificios. Al otorgarles tan preciosas promesas, Jesús les pone como condición: «con tal que observéis mis mandamientos, como prueba del amor que me tenéis».
II. A continuación, les hace esta gran promesa que va a ser una inefable bendición para ellos (vv. 16–
17).
1. Les promete que tendrán otro Consolador. Ésta es la gran promesa del Nuevo Testamento; una promesa a propósito para la actual condición de los discípulos, quienes se hallaban ahora llenos de tristeza (16:6) y en urgente necesidad de un consolador. Vemos pues:
(A) La bendición prometida. La palabra original (Parákletos) significa literalmente «uno que es llamado para que venga al lado»; se supone que es llamado para que ayude en una situación de aprieto, ya sea para instruir, consolar, amonestar, traer a la memoria, iluminando los ojos y el corazón (no la Palabra misma, pues ésta tiene su propia luz, v. Sal. 119:105; 2 P. 1:19), ayudándonos en nuestros sufrimientos, testimonios, oraciones, etc. El vocablo griego ocurre sólo cinco veces en todo el Nuevo Testamento; todas ellas, de la pluma de Juan, cuatro se hallan en estos capítulos (14:16, 26; 15:26; 16:7); la otra, en 1 Juan 2:1, donde se aplica a Jesucristo con el sentido de «abogado junto al Padre». Por donde vemos que el creyente tiene a su disposición dos abogados: uno junto al Padre para defendernos de nuestro gran acusador (v. Ap. 12:10 y comp. con Zac. 3:1); el otro, a nuestro lado, para defendernos de todo mal que nos asedie o nos estorbe (v. 1 Jn. 3:24b; 4:4b; con la mayor probabilidad, tanto por la preposición «en», comp. Jn. 14:18, como por la contraposición al «que está en el mundo», comp. con 12:31). Cuando Cristo estaba en la tierra, Él hablaba a favor de ellos al Padre, pero, al marcharse Cristo, este otro Consolador que es el Espíritu, no sólo hablará a favor de ellos (Ro. 8:27), sino también en ellos (Mr. 13:11). Una causa que se defiende con tal Abogado no puede quedar fallida. Al decir «otro» Jesús da a entender que Él mismo lo había sido hasta ahora y que de ahora en adelante, lo sería el Espíritu Santo único que merece el nombre de «Vicario de Cristo en la tierra», puesto que Él es ahora el que «hace las veces» de Cristo.
(B) El Dador de tal bendición es el Padre: «Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador». El mismo que nos dio como Salvador al Hijo (3:16; Ro. 8:32; Gá. 4:4–6), nos dio por Consolador al Espíritu Santo.
(C) Cómo nos proveyó el Padre de esta bendición: por intercesión del Señor Jesucristo: «Yo rogaré al Padre». Como hace notar Hendriksen, el verbo «rogar» en el original griego nunca es aiteo = pedir en forma de súplica en boca de Jesús sino erotao = pedir como quien demanda con autoridad. Sólo una vez se usa en el Nuevo Testamento el verbo erotao en conexión con las peticiones que los creyentes elevan a Dios (1 Jn. 5:16); el contexto explica bien el porqué de esta excepción. Cuando Jesús dice: «Yo rogaré al Padre» no quiere dar a entender que el Padre no esté inclinado a concedernos ese Don, sino sólo que la concesión del Espíritu Santo a los creyentes es fruto de la función mediatorial de Cristo.
(D) La permanencia de tal bendición: «para que esté con vosotros para siempre» (v. 16b). Con los discípulos a quienes se dirigía entonces el Maestro, y con todos cuantos habían de compartir con ellos, a lo largo de los siglos, el derramamiento del Espíritu el día de Pentecostés. Este gran regalo del Espíritu es «para siempre»; es decir, nunca le faltará a ningún creyente durante toda su vida, y nunca le faltará a la Iglesia durante la presente dispensación. Aunque estén dispersos en el tiempo y en el espacio, el Espíritu Santo, que es Dios como el Padre y el Hijo, es inmenso (con lo que puede hallarse en todos y cada uno de los creyentes a la vez) y es eterno (con lo que nunca habrá un tiempo en el que haya cesado su permanencia en ellos). ¡Demos gracias a Dios por los perpetuos consuelos de los que nos ha proveído!
¡Nunca tendremos que echar en falta a nuestro Divino Consolador! Por medio de Él y con Él, Jesús permanecerá con nosotros hasta la consumación de los siglos (Mt. 28:20).
2. Este consolador es «el Espíritu de la verdad, al cual … vosotros le conocéis» (v. 17). Vemos:
(A) Que el Consolador prometido es el Espíritu, alguien que ha de llevar a cabo su obra de una forma y con un método espiritual.
(B) Que es el Espíritu de la verdad (v. 17a), no sólo por ser la Verdad sustancial, al ser Dios como el Padre vivo y verdadero (1 Ts. 1:9) y como el Hijo (v. 6), sino porque Él es el encargado de guiarnos a toda la verdad (16:13), especialmente a todas las verdades que tienen relación con la obra redentora de Cristo (16:14). También es el Espíritu de la verdad, por ser el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9; 1 P. 1:11), que es la Verdad (v. 6). Nos conducirá a la verdad, no sólo por sí mismo (v. 1 Jn. 2:20, 27), sino también por medio de los ministros de Cristo que son fieles (1 Co. 4:1–2).
(C) Que el mundo, es decir, los amadores del mundo (v. 1 Jn. 2:15–17), no puede recibir el Espíritu de la verdad, porque no le ve ni le conoce (v. 17b). Los seguidores del mundo pertenecen a un reino distinto, al reino de Satanás, opuesto al reino de Cristo; son los que prefieren las tinieblas a la luz (3:17– 21) y, al ser secuaces del error y de la mentira, no están en condiciones de recibir al Espíritu de la verdad (comp. con 1 R. 22:22; 2 Cr. 18:21), mientras no salgan de las tinieblas a la luz (v. 1 P. 2:9). Es una terrible desgracia para los amadores del mundo el que, por no poder recibir al Espíritu de la verdad se vean en tinieblas acerca de todo lo que más importa para el destino de todo ser humano. Donde impera el espíritu del mundo, queda excluido el Espíritu de Dios. Y, al quedar fuera, los secuaces del mundo no le pueden ver ni conocer, no pueden tener relación con Él. Los consuelos del Espíritu Santo les son tanta locura como la Cruz de Jesucristo (1 Co. 1:18, 24). Habladles a los del mundo de estas cosas: de la inhabitación y de las operaciones del Espíritu Santo en el creyente y en la iglesia, y pensarán que estáis locos o que habéis venido de otro planeta.
(D) Que los creyentes tienen el altísimo privilegio de conocerle, de tenerle junto a ellos y que mora en ellos: «Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros» (v. 17c). Es interesante comparar las preposiciones que el evangelista usa en los versículos 16 y 17:
(a) «para que esté CON vosotros» (v. 16). La preposición griega es metá, por lo que, en dicho versículo, equivale a «en compañía de (o: en medio de) vosotros». Los creyentes nunca están solos.
(b) «porque mora CON vosotros» (v. 17). Aquí, la preposición griega es para con dativo. Equivale, pues, a decir: «mora al lado de vosotros» (nótese, como ya lo hicimos, el griego Parákletos). No sólo nos hace compañía y está en nuestro medio, sino que está a nuestro lado.
(c) «y estará EN vosotros» (v. 17). La preposición es aquí en (como en castellano), con el sentido de «dentro de vosotros». Puede, pues, observarse la gradación que el Señor establece, de menos a más: «en compañía de», «al lado de», «dentro de». Con esta última preposición queda claramente indicada la inhabitación del Espíritu Santo en el creyente. La tercera persona (tercera, no en naturaleza, dignidad ni poder, sino en el orden de las procesiones divinas intratrinitarias) de la Trina Deidad, el Espíritu Santo, no sólo es un asistente que está constantemente a nuestro lado, sino también un huésped que ocupa nuestro espíritu y nuestro cuerpo como santuario (1 Co. 6:19); y no como un huésped que viene a pasar unas vacaciones, sino que tiene su morada en nosotros para trabajar en todo el proceso de nuestra santificación (3:5; 14:26; 16:13–15; Ro. 5:5; 8:4, 9, 14; 26–27; 1 Co. 2:10; 12–13; 12:7 y ss.; Gá. 5:5, 16, 22, 25; Ef. 2:18; 3:16; 4:30; 5:18, etc.). No sólo llevará a cabo el Espíritu Santo todas estas cosas, sino que los discípulos serán conscientes de su presencia y de su acción: «pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros» (comp. con 1 Jn. 2:20, 27). El mejor conocimiento acerca del Espíritu Santo es el que se adquiere por la experiencia íntima de la comunión personal con Él, según el sentido bíblico del verbo «conocer». La inhabitación del Espíritu Santo en el creyente es duradera; si somos genuinos creyentes, podremos entristecerlo (Ef. 4:30) con cada pecado no reconocido ni confesado, pero no se marchará de nosotros (comp. con 2 Ti. 2:13). Como la luz en el aire, y como la savia en el árbol, así de inseparable es de nosotros el Espíritu Santo. Dentro de nosotros, Él está y trabaja en silencio, sin ruido, sin pausa. No hay consuelo que pueda compararse a éste.
Versículos 18–24
Cuando dos amigos íntimos tienen que partirse el uno del otro, suelen dirigirse mutuamente la siguiente petición: «Por favor, no dejes de escribirme o telefonearme siempre que puedas». Algo similar es lo que Jesús les dice a sus discípulos en esta porción.
I. Les promete que continuará cuidando de ellos: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros» (v. 18). Su partida no será como la de un padre o una madre que mueren o abandonan la familia y dejan en la orfandad a los hijos. Jesús había sido para ellos como un padre y una madre. Isaías 9:6 le anunciaba como «Padre perpetuo» (o también: «perpetuamente Padre», pues esa es la idea que subyace a dicha versión literal. V. la nota al margen en la RV 1977. Nota del traductor). La marcha de Jesús no será total ni definitiva.
1. No será total, porque, aunque desaparezca física, visiblemente, de la presencia de los discípulos, no les dejará sin consuelo y sin ayuda. Aunque los creyentes pasen, con frecuencia, por casos de apuro y congoja, nunca quedan sin consuelo, porque nunca se quedan huérfanos, ya que Dios es siempre su Padre.
2. No será final, porque:
(A) Volverán a verle cuando haya resucitado de entre los muertos, con lo que la tristeza de ellos se convertirá en gozo (16:20, 22, 24). Ya se les había dicho en varias ocasiones: «y al tercer día resucitará» (Mt. 16:21; 17:23; 20:19; 27:63; Mr. 8:31; 9:31; 10:34; Lc. 9:22; 18:33; 24:7).
(B) Volverán a tenerle diariamente con ellos mediante el Espíritu, Espíritu de Cristo, que estará con ellos y dentro de ellos. Vendrá cada día, y muchas veces cada día (si tomamos conciencia de su presencia y mantenemos comunión íntima con Él), por medio de señales experimentales de Su amor y visitas de Su gracia. Aunque no le veamos con los ojos de la carne, podemos contemplarle con los ojos de la fe y estar seguros de su presencia, como estamos seguros de la presencia de un amigo que está con nosotros en la oscuridad. No se refiere Jesús, en esta ocasión, a su Segunda Venida.
II. Les promete que, después de un corto intervalo, ellos, no el mundo, volverán a verle: «Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis …» (vv. 19–20). El mundo, en el sentido en que Jesús se refiere a él en estos capítulos como al conjunto de los que no le aman, de los que no le conocen experimentalmente (14:17, 19, 27, 30; 15:18–19; 16:8, 11, 20, 33; 17:6, 9, 14, 16, 25), no le verá más, ni siquiera físicamente volverá a contemplar a Jesús (v. Hch. 10:40–41). Ese mundo perverso le había visto suficientemente y había gritado: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!» (19:15). Conforme a la petición que iban a formular ante Pilato, así les sería hecho: no le verían más. Pero sus discípulos conservarían la comunión con Él durante los días en que estarían privados de su presencia física, y le verían de nuevo después de su resurrección.
1. «Pero vosotros me veréis» (v. 19a). El verbo griego que Juan usa, las dos veces, en este versículo significa «observar con atención», es empleado por Jenofonte en el sentido de «pasar revista» a una compañía de soldados, y por Platón en el sentido de «considerar fijamente una idea»; de él se derivan nuestros vocablos «teorema» y «teoría»; es sinónimo del que 1 Juan 1:1 usa para «contemplar». En efecto, después de su resurrección, «los discípulos se regocijaron viendo al Señor» (20:20b). Y después de su ascensión le contemplaron con los ojos de la fe y, aun después de desaparecer de la vista de ellos, «se volvieron a Jerusalén con gran gozo» (Lc. 24:52), porque pudieron seguir viendo en Él lo que el mundo perverso nunca acertó a ver.
2. «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (v. 19b). Lo que más les apenaba es que el Maestro se les iba a morir, y de cierto habrían preferido morir con Él (v. 11:16). Pero Cristo les dice: «¡No, no! ¡Yo vivo! Y todo el que vive espiritualmente, vivirá lo mismo que yo» (comp. con 11:25–26). Jesús habla de su muerte como de algo tan pasajero que, adelantándose a la resurrección, puede hablar en presente; no dice
«yo viviré», sino «yo vivo». No quedamos sin consuelo, ya que podemos decir como Job: «Yo sé que mi Redentor vive» (Job 19:25). La vida espiritual, vida eterna, no sufre cambio ni cesación al pasar por el túnel de la muerte, porque está enraizada (Col. 2:7) e injertada (Ro. 6:5) en el que es «la Vida» (v. 6). La vida de los creyentes está inseparablemente ligada a la vida de Jesucristo; tan largo como Él viva—para siempre—, vivirán también con Él todos cuantos están unidos a Él por fe. Esta vida está ahora escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3), como la vida del árbol está escondida en la raíz cuando el árbol parece muerto en el invierno; pero, mientras la raíz y la cabeza estén vivas, también lo estarán respectivamente las ramas y los miembros del cuerpo.
3. De esta vida, producida por la mutua inmanencia de ellos en Cristo, y de Cristo en ellos, pueden estar completamente seguros: «En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros» (v. 20). El conocimiento perfecto de estos misterios está reservado para el día en que el Señor se manifieste en su Segunda Venida (Col. 3:4; 1 Jn. 3:2) pero, cuando el Espíritu Santo sea derramado el día de Pentecostés, adquirirán un conocimiento claro, aunque todavía imperfecto (v. 1 Co. 13:12), de estas cosas. Ya entonces, la luz brillará en sus ojos y en su corazón (2 Co. 4:6) para tener suficiente «conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo», y dará clara visión a nuestros ojos, como le fue dada al ciego aquel, tras un segundo toque de la mano del Señor, que antes veía a los hombres como árboles que andaban (Mr. 8:24). Conocerán que Cristo está en el Padre, porque tienen ambos la misma y única naturaleza divina (10:30), así como el Padre está en Cristo incluso en cuanto hombre y hace en Él sus obras (5:36; 9:4; 10:37; 14:10). También Cristo está en los creyentes, y los creyentes están en Cristo (14:20; 15:4–5; 17:21, 26), pero no al mismo nivel que el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, puesto que la mutua inmanencia de las personas divinas es básica y esencial (tiene su raíz en la unidad de naturaleza), mientras que la nuestra con Cristo y con los demás creyentes es moral y espiritual (tiene su raíz en una comunión de gracia, libre y espontáneamente impartida por el Autor de nuestra salvación; He. 2:10). Esta unión de los creyentes con Cristo es firme e inquebrantable; la comunión puede tener sus altibajos e incluso perderse (v. el comentario a 15:1 y ss.), pero la unión es irrompible (Ro. 8:1, 25–39); nadie puede arrebatarnos de sus manos, que son las del Padre (10:28–30). La unión con Cristo es la vida de los creyentes; el conocimiento y la consideración de esta unión constituyen el fundamento del gozo y de la satisfacción de ellos. Tan íntima es esta unión de Cristo con los suyos, que bien puede compararse a la unión entre la vid y los pámpanos (15:1 y ss.) y a la de la cabeza con los miembros (1 Co. 12:27, entre otros lugares). El propio Jesús la considera como una identificación (v. Hch. 9:5: «Yo soy Jesús, A QUIEN tú persigues» que comporta una participación en la gloria, el honor y el poder eternos, de los cristianos con Cristo, en forma similar a la de la participación de los mismos atributos que Cristo tiene con el Padre (v. Ap. 3:21).
III. Les promete igualmente que continuará amándoles y se manifestará a ellos (vv. 21–24). Vemos:
1. Quiénes son los que verdaderamente aman a Jesucristo: «El que tiene mis mandamientos y los guarda» (v. 21). Esto lo dice no sólo a los discípulos que se hallaban allí presentes, sino también a los que habían de creer en Él por medio de la palabra de ellos (17:20).
(A) El deber de los que reclaman para sí el privilegio de ser discípulos de Cristo: Al tener los mandamientos de Cristo, han de guardarlos. No es bastante que los guarden en la cabeza, es menester que los guarden en el corazón (v. Sal. 119:11) y los reflejen en su conducta.
(B) La dignidad de los que cumplen con este deber de discípulos de Cristo. No son más dignos por tener mayor talento, ni por saber hablar de Él con más elocuencia ni por dar para su causa mayores sumas de dinero, sino por guardar sus mandamientos. La prueba más segura de nuestro amor a Jesucristo es la obediencia a las normas de Jesucristo.
2. El galardón que Cristo les otorgará en recompensa del amor que le tengan:
(A) Disfrutarán más y más del amor del Padre Celestial: «El que me ama será amado por mi Padre». Nosotros no podemos amar a Dios si no es por el amor que Él nos ha manifestado primero (1 Jn. 4:9–10, 19) y por habernos dado de su Espíritu (Ro. 5:5; 1 Jn. 4:13), por medio del cual podemos corresponder con el amor que es fruto primogénito del Espíritu (Gá. 5:22). Dios nos ama y nos hace saber que nos ama. Si amamos al Hijo, el Padre nos ama también a nosotros, ya que Él ama infinitamente al Hijo. Dice el refrán: «los amigos de mis amigos son también mis amigos». Cuando dos corazones son atraídos por un mismo tesoro (v. Mt. 6:21), en ese tesoro se encuentran, compenetran y funden, porque el bien amado tiende a asimilar al amante.
(B) Disfrutarán igualmente del amor de Jesús: «Y yo le amaré». Dios ama, como Padre, al que ama a Jesucristo. Jesucristo pues, ama, como a hermano, al que le ama a Él (Ro. 8:29; Él es «el primogénito entre muchos hermanos»). Si «nos amó y se entregó por nosotros» (Gá. 2:20b) cuando éramos sus enemigos (v. Ro. 5:6, 8, 10), ¿cómo no nos amará, en correspondencia sobreabundante cuando somos ya sus amigos? (15:14). En la naturaleza divina, no hay perfección que más brille que el amor, porque «Dios es amor» (1 Jn. 4:8, 16). Al ser ésta la única definición de Dios que es repetida en el Nuevo Testamento, podemos intuir que equivale a su repetida autodefinición de «misericordioso» (Éx. 20:6; 34:6–7; Nm. 14:18; Dt. 4:31; 2 Cr. 30:9; Neh. 9:31; Sal. 78:38; 86:15; 103:8; 111:4; 112:4; 116:5; 145:8, 17; Jer. 3:12; Jl. 2:13; Lc. 6:36; Ef. 4:32; Stg. 5:11). En la empresa que el Hijo de Dios tomó a pechos para llevarla a cabo a favor nuestro, nada brilla asimismo tanto como el amor que nos tuvo y nos tiene, en virtud del cual se entregó por nosotros: «Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre» (Ap. 1:5b, lit. según los mejores MSS). Cristo se despide ahora de sus discípulos, pero promete continuar amándolos; se marcha físicamente de su presencia pero se los lleva en el corazón, «viviendo siempre para interceder por ellos» (He. 7:25).
(C) Disfrutarán finalmente de la manifestación de Jesús: «y me manifestaré a Él». Esta manifestación de Jesús a sus fieles discípulos se lleva a cabo mediante la Palabra y el Espíritu, y es una realidad en la vida del creyente (15:26; 16:13–14; 1 Co. 2:10–11; 12:3–7) de forma que pueden decir, como el Apóstol Pablo: «Pero el Señor estuvo a mi lado y me revistió de poder … Y fui librado de la boca del león. Y el Señor me librará de toda obra mala y me preservará para su reino celestial» (2 Ti. 4:17–18). Si Jesús es nuestro Pastor (10:14), «nada nos faltará» (Sal. 23:1, comp. con Jn. 10:9; Ap. 3:20).
3. La reacción que provocó esta frase de Jesús: «y me manifestaré a Él» (v. 21b).
(A) Uno de sus discípulos (de los once ahora presentes) expresó su sorpresa ante tal declaración (v. 22). Consideremos:
(a) Quién es el que se expresó con asombro: «Le dijo Judas (no el Iscariote)» (v. 22a). Entre los doce apóstoles de Cristo, dos llevaban este nombre: el Iscariote, hijo de Simón, que fue el que le entregó, y este otro, que era «hermano de Jacobo» el Menor (Lc. 6:16; Hch. 1:13). Como advierte Hendriksen, es conveniente distinguir bien los siete hombres que aparecen en el Nuevo Testamento con el nombre de Judas, además del patriarca Judá, hijo de Jacob-Israel: 1) un «hermano de Jesús» (Mt. 13:55; Mr. 6:3; Jud. 1), autor de la epístola que lleva su nombre; 2) un antepasado de Jesús (Lc. 3:30); 3) un galileo que se sublevó en los días del censo (Hch. 5:37); 4) otro que vivía en Damasco, en cuya casa se alojó el recién convertido Saulo de Tarso (Hch. 9:11); 5) Judas Barsabás mencionado en Hechos 15:22, 27, 32; 6) Judas Iscariote; 7) el Judas que aquí se menciona. Entre los apóstoles de Cristo hallamos pues, dos con el mismo nombre: uno, muy malo; otro, muy bueno. Con lo que vemos que los nombres no nos hacen mejores ni peores ni nos hacen más o menos aceptables a los ojos de Dios. Ni al traidor le ayudó su nombre para ser mejor, ni al hermano de Jacobo le incitó su nombre a ser peor. Los evangelistas siempre distinguen, al nombrar a los Apóstoles, entre los dos, y siempre ponen suma diligencia en que aparezca bien clara la diferencia. Hendriksen hace notar que al Judas del presente versículo se le apellida de tres maneras: «Lebeo» (Mt. 10:3), «Tadeo» (Mr. 3:18, comp. con Mt. 10:3), y «hermano de Jacobo», como ya hemos dicho anteriormente
(b) Qué es lo que este Judas le dijo al Señor: «Señor, ¿qué pasa, que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (v. 22b, lit.). No cabe duda de que Judas entendió la «manifestación» de Jesús en sentido de triunfo exterior, por medio de grandes portentos, para convencer al mundo (comp. con 7:3–4) de que Él (Jesús) era el Mesías esperado. De ahí la gran sorpresa de Judas al oír que el Señor se iba a manifestar solamente a ellos. Vemos:
Primero, la debilidad de la fe de Judas, pues se fundaba en una falsa interpretación de las palabras de Cristo. Judas esperaba el triunfo político de Jesús y que sería ahora (comp. con Hch. 1:6) cuando iba a instaurar el reino mesiánico en Israel y aparecer públicamente con toda pompa y poder, así que le dice:
«¿Qué pasa?» Como si dijese: «¿Qué cambio se ha efectuado, para que no te manifiestes públicamente como todos esperamos?»
Segundo, la generosidad del amor de Judas, pues parece interesado en que no sólo ellos, sino todo el mundo pueda participar de la grandiosa manifestación que el Mesías habría de hacer al inaugurar el reino mesiánico. Como si dijese: «¿Por qué vamos a ser sólo nosotros los favorecidos con esa grandiosa manifestación de la gracia y de la misericordia de Dios?»
(B) Jesús responde a la pregunta de Judas, y amplía la idea expresada en los versículos 16–21, a la vez que deja bien claro que la manifestación que va a llevar a cabo es de orden espiritual, interior, por medio de la morada de la Trina Deidad en el creyente. Sólo los que aman a Jesús y guardan su palabra, no el mundo perverso, pueden disfrutar de tal privilegio y dignidad (vv. 23–24). Así que:
(a) Explica con mayor claridad las condiciones para disfrutar de la promesa del Espíritu Santo: amarle y guardar sus mandamientos. El amor es la raíz de la que brota el fruto de la obediencia; no se ama por obediencia, sino que se obedece por amor.
Siempre que en el corazón de una persona haya sincero amor a Cristo, habrá en su vida una obediencia rendida a las normas de Cristo: «El que me ama guardará mi palabra» (v. 23a). Con amor el deber se hace fácil; los mandamientos de Cristo no son gravosos (1 Jn. 5:3), es decir, pesados, porque el amor pone alas en el corazón; «el yugo se hace cómodo, y la carga se hace ligera» (Mt. 11:30). Durante un largo desfile, una niña de ocho años sostenía en brazos a su hermanito de dos años. Un señor que estaba a su lado le dijo después de un largo rato: «¿No te pesa?» Ella respondió con toda naturalidad:
«¡Qué va! ¡Si es mi hermanito!» En cambio, al que no ama todo lo que le rodea le pesa y le incomoda. Por eso, prosigue el Señor: «El que no me ama no guarda mis palabras» (v. 24). Así como el deber se hace ligero cuando fluye de la fuente de un amor agradecido, así también se hace pesado cuando no hay fe en las palabras de Cristo, ni amor a las normas de Cristo; el amor está conectado con la libertad (Gá. 5:13); el pecado, con la esclavitud (Jn. 8:34); y no hay cadenas tan fuertes y pesadas como las del vicio. Y, ¿por qué ha de tener Cristo morada en quienes le son extraños?
(b) También explica con mayor amplitud la promesa: «El que me ama guardará mi palabra; y mi Padre le amará» (v. 23a). Esto ya lo había dicho antes (v. 21), pero ahora añade: «e iremos a él, y haremos morada (v. el comentario al v. 2) con él». Aunque la preposición griega usada aquí es para, que, con dativo, significa «junto a», el griego clásico, no sólo el del Nuevo Testamento aquí, la emplea, con dativo de persona, en el sentido de en casa de, con lo que equivale al apud latino, al chez francés y al bei alemán. La importancia de esta declaración de Jesús no puede enfatizarse nunca tanto como se merece, pues indica, no sólo la inhabitación de la Trina Deidad en el creyente, sino la participación de éste, en cierto grado y a nivel creado, en las mismas relaciones intratrinitarias de la Deidad. Judas se asombraba de que Jesús fuese a manifestarse a ellos, no al mundo. Jesús ahora le dice que, no sólo Él, sino también el Padre (y el Espíritu Santo, v. 17), se manifestarán a ellos y harán en ellos su morada. El Dios Uno y Trino, no sólo ama a los discípulos de Cristo, sino que habita en ellos como en su propia morada; no como un huésped que reside temporalmente en una pensión, sino como un inquilino que tiene allí domicilio permanente. Pero (nota del traductor) hay algo más: Además del verbo xenizo, que indica un hospedaje transitorio (v. Hch. 10:6), el griego tiene cuatro verbos que significan habitar: 1) paroikeo = habitar como peregrino (v. He. 11:9); 2) oikeo = habitar de continuo, sin implicar, de suyo, afecto a la propia morada (v. p. ej., 1 Co. 7:12–13); 3) katoikeo = tener afecto al domicilio en que se reside; tener el corazón pegado a él. En este sentido lo emplea Juan en doce de las trece veces que este verbo ocurre en Apocalipsis (Ap. 2:13b; 3:10; 6:10; 8:13, 11:10—dos veces—; 13:8, 12, 14—dos veces—; 17:2, 8); 4) meno (de donde se deriva el sustantivo moné = morada de los vv. 2 y 23) = permanecer en un lugar, y mantener comunión íntima con el habitante de la «morada». Basta con leer el capítulo 15, con la insistente repetición de este verbo; desde el versículo 4 en adelante, se ve claro que dicho verbo comporta una mutua inmanencia, de influencia dinámica, de amor recíproco, de comunión de actividades, como resultado de la comunión de la naturaleza divina (2 P. 1:4). Por eso, el creyente, en la medida y grado en que mantiene esta comunión con las personas divinas, no sólo piensa, desea, siente, quiere y actúa a semejanza de Dios (nótese el contraste con Is. 55:8), sino que imita a las personas divinas en lo que éstas tienen de peculiar, pues llega a engendrar a Cristo como lo hace el Padre (v. Gá. 4:19, y comp. con Mt.
12:48; Mr. 3:33: «¿Quién es mi madre …?»); llega a expresar incoerciblemente el mensaje del Padre como el Verbo (comp. 1:18; 3:34; 7:17; 8:38; 12:50; 14:10, 24b, con Jer. 20:9; 1 Co. 9:16); y, como el Paráclito, ejerce el oficio de consolador (v. 2 Co. 1:3–7, donde se palpa esta imitación de Dios: en cinco versículos, salen nada menos que diez veces el verbo parakaleo = consolar, y el sustantivo paráklesis = consolación).
(c) Finalmente, da una razón muy buena, tanto para estimularnos a observar la condición como para animarnos a depender de la promesa que acaba de hacer: «Y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió» (v. 24b). En el mismo sentido había hablado con frecuencia (v. 7:16, además de los lugares citados en el párrafo anterior). El énfasis de nuestro deber se basa en el mandamiento de Cristo como nuestra norma; el énfasis de nuestro consuelo, en la promesa de Cristo como nuestra garantía; el énfasis de nuestra seguridad, en que las palabras de Cristo no las dice por su propia cuenta, sino que es palabra del Padre que le envió.
Versículos 25–26
En esta porción, Cristo consuela a sus discípulos con la promesa de que, cuando Él se marche, quedarán bajo la tutela y la instrucción del Espíritu Santo.
I. Cristo les recalca la importancia de las instrucciones que Él mismo acababa de darles, a fin de que no las olviden: «Os he dicho estas cosas estando con vosotros» (v. 25). Lo que ha dicho no lo va a retractar, sino que ha de quedarse impreso en la mente y en el corazón de ellos, como si hubiese de permanecer «esculpido en piedra para siempre, con cincel de hierro y con plomo» (Job 19:24).
II. Les promete el envío del Espíritu Santo, el cual tampoco «hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo cuanto oiga» (16:13) del Padre y del Hijo. Así que, por medio del Espíritu, les hablará Jesús, del mismo modo que, por medio de Jesús, les ha hablado hasta ahora el Padre. Vemos, pues, que en el versículo 26, Cristo les dice:
1. Quién dará al Espíritu la comisión de venir en ayuda de ellos: «El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre» (v. 26), es decir, por mi intercesión (v. 16) y para mi gloria (16:14), en cuanto hombre; y por mi comisión y autoridad, en cuanto Dios (15:26). Nótense los nombres que se dan aquí a la tercera persona de la Trina Deidad. En cuanto al epíteto de Paráclito o Consolador (vocablo que no agota el sentido del original), ya hemos hablado al comentar el versículo 16. En cuanto a «Espíritu», véase el comentario a 3:5–8. Se llama «Santo», no precisamente por ser sin pecado, ni defecto ni límite, o por hallarse en posesión de todos los atributos morales, y en grado infinito, que pertenecen a la santidad de conducta, ya que todo esto le es común con el Padre y con el Hijo, sino: (A) por proceder del Padre y del Hijo por la vía del amor, así como el Hijo procede del Padre por la vía de la mente (Logos). El Espíritu Santo es un «regalo» (doreá; Hch. 2:38) procedente del amor que, primeramente, une al Padre y al Hijo en la santísima inclinación de la voluntad común de ambos hacia el Sumo Bien contemplado en el Verbo; en segundo lugar, es un «regalo» para todo creyente (al menos, de la presente dispensación; v. 4:10; 7:37–39); (B) por ser el «agente ejecutivo» de la Trina Deidad en la santificación de los creyentes, pues Él aplica a los que son salvos lo que Cristo les consiguió mediante la obra de la Redención en la cruz del Calvario, así como en su resurrección y exaltación a los cielos. Los oficios y actividades que aquí y en otros lugares se atribuyen al Espíritu Santo (enseñar, recordar, testificar, convencer, guiar, oír, ayudar, etc.) son propios de una persona, no de un poder o de una fuerza impersonales. Además, sólo a una persona se le puede mentir (v. Hch. 5:3–4) o contristar (Ef. 4:30). Los comentaristas (nota del traductor), al menos los evangélicos, con rara unanimidad, deducen también que el Espíritu Santo es persona, no fuerza, por el hecho de que, tanto en este versículo, como en 15:26 y 16:14, se le atribuye género masculino, al ser así que el nombre griego pneuma es neutro. Todos estos comentaristas no se percatan de dos detalles gramaticales dignos de consideración: 1) el pronombre personal que aparece en 14:26; 15:26 y 16:14 aunque nuestras Biblias lo traducen por él, no es autós, con lo que estaría clara la concordancia sintáctica con el antecedente más próximo, sino ekeinos = aquél, con referencia no a pneuma (neutro), sino a Parákletos (masculino). 2) Esto resulta todavía más claro si se analiza 14:16–17, donde todos los pronombres relativos y personales que hacen referencia al Espíritu Santo ¡están en neutro!
2. Con qué objetivo será enviado el Espíritu Santo: «Él (lit. Aquél) os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (v. 26b). Dos oficios distintos se le atribuyen aquí al Espíritu Santo:
(A) «Enseñar» (interiormente) todas las cosas, es decir, las que pertenecen a la obra del Salvador: «Él guía a toda la verdad» (16:13) referente a la persona y a la obra de Jesucristo (comp. con Ap. 19:10: «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía»). Todas estas cosas las saben quienes poseen el Espíritu de Cristo, «la unción del Santo» (1 Jn. 2:20, 27). El Espíritu Santo nos hace la eiségesis o conducción al interior (v. 16:13 hodegései = les abrirá camino) de la verdad, de toda la verdad referente a Jesucristo y a la salvación que Él nos consiguió, no sólo en relación con el pasado y el presente, sino también con el futuro profético (16:13b); en cambio, Jesús, el Verbo encarnado, nos hace la exégesis (v. 1:18; He. 1:1– 2), o revelación, descubrimiento al exterior, de lo que el Padre ha tenido a bien revelarnos «en estos últimos días» (He. 1:2. Lit. al final de estos días, es decir, en «el cumplimiento del tiempo»; Mr. 1:15; Gá. 4:4). El teólogo bautista A. H. Strong resume las principales características que señalan una diferencia entre la obra de Cristo y la del Espíritu Santo, de la manera siguiente: «Podemos resumirlas en cuatro afirmaciones: primera, todo lo que sale de Dios parece ser obra de Cristo, mientras que todo lo que vuelve a Dios parece ser del Espíritu; segunda, Cristo, es el órgano de la revelación externa, el Espíritu Santo es el órgano de la revelación (más exacto: iluminación. Nota del traductor) interna; tercera, Cristo es nuestro abogado en el cielo, el Espíritu Santo es nuestro abogado en el alma; cuarta, en la obra de Cristo estamos pasivos, en la obra del Espíritu somos activos». (Systematic Theology, págs. 338–339.)
(B) «Recordar» (gr. hupomnései = traerá a las mientes), como se ve por 2:22; 12:16 y 16:13. «Re- cordar», como solía decir Ortega y Gasset, apoyado en buena etimología, significa: «volver a pasar las cosas por el corazón». La mente es fría, pero el corazón es caliente; por eso, cuando las cosas han pasado por el corazón (comp. con Lc. 24:32), difícilmente se olvidan. («¿Se olvidará la mujer de su niño de pecho …?»; Is. 49:15.) Los discípulos olvidaban con facilidad las lecciones que Jesús les daba. El Espíritu no les enseñará nuevas lecciones, ni añadirá nada al Evangelio, sino que les traerá a la memoria las lecciones que les habían sido impartidas por Cristo y les iluminará los ojos del entendimiento y del corazón (Ef. 1:18 en sus dos lecturas) a fin de que puedan entenderlas. A todos los creyentes les es dado el Espíritu Santo para que les sirva de recordador. No estará de más (nota del traductor) el percatarse de que el primer nombre con que se designa en la Biblia al «varón» (Gn. 1:27. Lit. «macho») es el hebreo zakhar, que significa «el que se acuerda» (Zacarías = Jehová se acordó). Al comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, con la pretensión de ser como Dios, sabiéndolo todo (Gn. 3:5), parece
como si nuestros primeros padres sólo hubiesen llegado al conocimiento de «que estaban desnudos» (Gn. 3:7), y al olvido de todo lo que más importa para el eterno bienestar del ser humano. No es extraño que, a lo largo de toda la Biblia, el Señor repita cientos de veces (v. una buena Concordancia) las frases:
«recuerda» «recordar», «no olvides», «no olvidéis». Olvidar parece ser el mayor y peor defecto del ser humano caído; el olvido de lo que realmente importa conduce al extravío hacia «lo que no sacia» (v. Is. 55:2; Jer. 2:13). Por eso la operación del Espíritu Santo en el corazón de un creyente olvidadizo comienza siempre por un «¡recuerda!» (v. Ap. 2:5, comp. con Lc. 15:17).
Versículos 27–31
En esta porción vemos que Jesús vuelve a exhortar a sus discípulos a que no se turben por el hecho de que Él se marcha, sino a que conserven la paz que Él les da, junto con los motivos por los que deberían estar alegres.
I. Les dice primero que deberían ser receptivos al influjo de su paz: «La paz os dejo, mi paz os doy» (v. 27). Para un judío el vocablo «paz» (hebreo shalom, del verbo shalam = estar entero, completo, seguro) significa el cúmulo de bendiciones de toda clase que «descienden de parte del Padre de las lumbreras» (Stg. 1:17. Lit.). Es como si, en este versículo Jesús hiciese su testamento, ya próximo a morir, y les dejase a sus discípulos todo lo que le iba a quedar después del despojo que sufrió en su pasión y muerte en cruz.
1. Vemos primero lo que les deja. El legado es «paz» en el sentido indicado: «La paz …, mi paz». El espíritu lo entregará al Padre (v. 19:30, comp. con Lc. 23:46); el cuerpo, a José de Arimatea, para que lo coloque en el sepulcro nuevo (19:38); sus vestidos, a los soldados que habían intervenido en su crucifixión (19:23–24); su madre, a Juan, que era el que lo escribió (19:27); su reino, a un ladrón arrepentido (Lc. 23:42–43). Entonces, ¿qué les iba a dejar a sus pobres discípulos? Oro ni plata no tenía, pero les dejó lo mejor que le quedaba (comp. con Hch. 3:6): su paz. ¿Para qué querían más, si en la paz de Cristo se hallan concentrados todos los bienes que un creyente puede desear? La paz es para reconciliación y amor. Y, ¿qué paz verdadera puede poseer el que no tenga paz con Dios (Ro. 5:1), por haberse negado a reconciliarse con Él, una vez que Él hizo provisión, en Cristo, de una reconciliación al alcance de todos? (v. 2 Co. 5:19–21). Esa es la paz que los ángeles desearon a los hombres en el nacimiento del Salvador (Lc. 2:14), y la que debemos conservar en nuestro interior (Gá. 5:22) y, en cuanto dependa de nosotros, con todos los hombres (Ro. 12:18).
2. Vemos también a quiénes es legada esta paz: «Os dejo … os doy»; es decir, «esta paz es para vosotros, mis discípulos y seguidores». Esta paz es el legado de Cristo para todo cristiano que anda en el Espíritu (Gá. 5:16, 22). Sólo la carnalidad puede privar de esta paz a un creyente.
3. Vemos después qué clase de paz y de qué modo se les da: «Yo no os la doy como el mundo la da». Como si dijese: «Mi paz no es de cumplido ni como mera rutina, sino una verdadera bendición. Los dones que yo otorgo no son como los que el mundo da». Efectivamente, los regalos que el mundo ofrece son temporales y afectan sólo al cuerpo o a la sensibilidad; en cambio, los dones de Cristo enriquecen el alma para toda la eternidad. Así que la paz que Cristo ofrece es infinitamente más valiosa que todo lo que el mundo puede ofrecer. Así como hay un abismo de diferencia entre un narcótico letal y un sueño que restaura las energías y da refrigerio al cansado, así también hay un abismo de diferencia entre la paz de Cristo y la del mundo.
4. Finalmente, cómo hay que echar mano de esta paz que Cristo da: «No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo» (v. 27b). Esto viene aquí como conclusión de todo lo que les ha dicho desde el comienzo del capítulo. Empezó diciendo: «No se turbe vuestro corazón» (v. 1), y lo repite ahora como algo de lo que hasta aquí había dado razones suficientes.
II. Les consuela haciéndoles ver que, aun cuando se marcha ahora, vendrá de nuevo a ellos: «Habéis oído que yo os he dicho: Voy y vengo a vosotros» (v. 28). Cristo cobraba ánimos con el pensamiento de que, mediante sus sufrimientos y su muerte vendría de nuevo (v. 3, comp. con 10:17–18), y deseaba que sus discípulos cobrasen ánimos con el mismo pensamiento. Del mismo modo debería animarnos este pensamiento a todos los creyentes cuando hemos de partirnos de este mundo a la hora de la muerte; nos despedimos para volvernos a encontrar; la frase que debemos pronunciar al marcharnos de nuestros amigos y familiares ha de ser: «buenas noches» o «hasta luego», no un «adiós» definitivo.
III. Les dice que se marcha a su Padre, por lo cual deben regocijarse, no entristecerse: «Si me amarais, os alegraríais, porque he dicho que voy al Padre» (v. 28b). Había razón para regocijarse, pues, aun cuando su partida tenía su lado oscuro, también tenía su lado rosa. La razón de esto es, como Él dice, «porque el Padre es mayor que yo» (v. 28c). Una mala inteligencia de esta frase ha servido de tropezadero, no sólo a los arrianos y unitarianos de todos los tiempos, incluidos los modernos «Testigos de Jehová», sino también a varios exegetas evangélicos tenidos por «conservadores», los cuales han llegado a deducir de aquí (y también de 1 Co. 15:28) que el Hijo está, de algún modo, subordinado al Padre. Suele replicarse a esto y se dice que, al haber en Cristo dos naturalezas, no habla Él aquí como Dios, sino como hombre. Sin negar que esta respuesta sea teológicamente correcta, lo más probable, desde el punto de vista meramente exegético, es que ha de entenderse, no en contra de la total unidad de esencia con el Padre (v. 10:30), sino en virtud de su función mediatorial, en la que, al despojarse del brillo de su gloria, quedó en inferioridad de apariencia, no de naturaleza, respecto del Padre (v. Fil. 2:6–8). Por eso, ha dicho: «Voy al Padre», es decir, a recuperar, junto a Él, «aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiese» (17:5). Su condición junto al Padre iba a ser mucho mejor que la presente. Cristo levanta así los pensamientos y las esperanzas de sus discípulos hacia algo mucho más glorioso, grandioso y dichoso que lo que ellos pensaban ahora ser el fundamento de su propia felicidad a la sazón. El reino del Padre es mayor que el reino mediatorial de Cristo. Todos los discípulos de Cristo deben mostrar que le aman de veras en el gozo que experimenten por la gloria que para Cristo comporta el hecho de su exaltación a los cielos. Hay muchos que aman al Señor, pero no le aman «según conocimiento» (comp. con Ro. 10:2); piensan que, si están constantemente en pena por Él, es entonces cuando mejor le aman, al ser así que, si le aman según Él mismo desea, deben «alegrarse». Dice el Apóstol a los fieles de Filipos:
«Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Fil. 4:4).
IV. Les dice también que su partida debe ser considerada como un medio para confirmar y robustecer la fe de ellos: «Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis» (v. 29). Palabras semejantes había dicho en 13:19 y dirá en 16:4. Cristo les habló a sus discípulos de su muerte inminente, porque después había de redundar en confirmación de la fe de ellos. El que les predecía estas cosas es porque tenía presciencia divina, y las cosas predichas habían de cumplirse de acuerdo con el propósito divino. Por tanto, es menester que cesen de turbarse, de preocuparse de sí mismos, y que piensen en la gloria que Él va a obtener mediante su muerte, en lo que ellos no deben entristecerse, sino, al contrario, regocijarse para robustecimiento de su fe.
V. Igualmente les asegura de la victoria que va a conseguir sobre Satanás (v. 30): «No hablaré ya mucho con vosotros». Todavía iba a hablar con ellos un largo rato (caps. 15 y 16), pero, en comparación con lo que les había hablado hasta entonces, no era mucho. Una razón por la que no iba a hablar ya mucho con ellos era porque ahora tenía otra tarea urgente que llevar a cabo: «porque viene el príncipe de este mundo». Así le había llamado ya en 12:31 (comp. con Ef. 2:2; 6:12). Cristo viene a decirles que el diablo, «el príncipe de este mundo» (comp. con Lc. 4:6; 1 Jn. 5:19) es su gran enemigo (v. Gn. 3:15), pero no puede hacerle perjuicio: «él nada tiene en mí». Consideremos aquí:
1. Cómo era consciente Cristo del conflicto que se le avecinaba, no sólo con los hombre impíos, sino con los poderes de las tinieblas. El diablo le había asediado con sus tentaciones al comienzo de su ministerio público (Mt. 4 y Lc. 4) y, como «mejor» alternativa que la programada por el Padre, le había ofrecido los reinos de este mundo. Ante el enérgico rechazo de Jesús, vemos que el diablo «se alejó de Él hasta un tiempo oportuno» (Lc. 4:13). Esta oportunidad llegaba ahora (v. Lc. 22:53). La clara visión que Cristo tenía de la tentación inminente, le daba gran ventaja para prepararse a combatirla. Cuando se nos avisa de antemano, hemos de armarnos de antemano (v. Ef. 6:10 y ss.). Como dice el refrán: «Los dardos previstos no hieren tanto».
2. La seguridad que tenía de salir triunfante en el conflicto: «Y él nada tiene en mí». Como en Cristo no había culpa alguna (8:46), no había en Él agarradero para Satanás. Es cierto que, por ser nuestro sustituto (v. 2 Co. 5:21), había de padecer por nuestros pecados. Satanás iba, por tanto, a prevalecer contra Él en apariencia, al lograr que fuese sentenciado a muerte de cruz; pero no iba a conseguir aterrorizarle y hacerle volverse atrás; aunque se apresurara a llevarlo a la muerte, no lograría llevarle a la desesperación. Cuando Satanás viene a nosotros para turbar nuestra paz, tiene en nosotros algo con que causarnos perplejidad y turbación, porque todos hemos pecado (Ro. 3:23); pero, cuando quiso turbar a Cristo, no halló en Él nada con que causarle turbación, puesto que en Él no había corrupción. Tal era la pureza sin mancha de su naturaleza, que estaba inmune de la posibilidad misma de pecar. Para tener un concepto claro de esta impecabilidad de Cristo (nota del traductor), es preciso distinguir entre la posibilidad física de pecar, existente en todo ser libre, capaz de inclinar la voluntad hacia un lado u otro (v. 10:17–18), sin la que Cristo no habría muerto libremente, y la imposibilidad moral, por la total sumisión de su santa voluntad humana a la voluntad divina (v. Lc. 22:42), así como la imposibilidad metafísica por cuanto, al haber en Cristo unidad de persona, el responsable del pecado, y sujeto de atribución del pecado, habría sido el Verbo, ¡Dios como el Padre! Pero esta referencia metafísica a la persona del Verbo no se interfería en la libertad psicológica de la naturaleza humana de Cristo, porque la personalidad en sí misma no es, como se dice técnicamente, «agencia ejecutiva», sino «sujeto responsable» de la acción. En otras palabras, la instrumentalidad de la acción no compete a la persona, sino a la naturaleza con la que obra.
VI. Les declara que su partida se llevaba a cabo en obediencia al Padre: «Mas, para que el mundo conozca que amo al Padre, actúo como el Padre me mandó» (v. 31, comp. con 10:18b). Donde vemos que:
1. Confirma lo que tantas veces había dicho, que su empresa como Mediador era una demostración, cara al mundo, de que obraba de perfecto acuerdo con el Padre. Así como fue una prueba evidente de su amor a los hombres el que murió para salvarlos, así también fue una prueba evidente de su amor al Padre el que murió para su gloria. No hay mejor prueba de amor que la obediencia, como Él había recalcado (v. 21). Eso era cierto respecto de Él, lo mismo que de nosotros (v. 15:10). El mandamiento de Dios debe bastar para sostenernos en lo que resulta más discutible para otros, y para hacer que cobremos ánimo frente a lo que resulta más difícil para nosotros mismos.
2. Saca conclusión de lo que ahora acaba de decir: «Para que el mundo conozca que amo al Padre» (comp. con 17:21b). Por eso, para dar a entender con qué bravura, y aun gozo (v. Is. 53:11; He. 12:2), se dirige al patíbulo, añade: «Levantaos, vámonos de aquí» (v. 31b). Cuando los sufrimientos se ven a distancia, es fácil decir: «Señor te seguiré adondequiera que vayas» (Lc. 9:57. V. también Mt. 8:19); pero cuando, en el camino del deber, se cruza súbitamente un problema inevitable, decir entonces: «vámonos a él» en lugar de escabullirse de enmedio para evitarlo, es una señal inequívoca de que amamos al Señor, y el mundo puede conocerlo bien. Con esas palabras, Cristo estimula a sus discípulos a seguirle; no dice:
«Tengo que irme», sino: «Vámonos». No les llama a pasar por ninguna dificultad por la que Él no haya pasado delante de ellos como buen guía y caudillo. Les da asimismo ejemplo de santo desprendimiento, y les enseña a estar siempre desapegados de las cosas de aquí abajo, y preparados para pensar y hablar con frecuencia de su disposición a dejarlas. Cuando nos hallemos bajo la sombra y protección del Señor, deleitados con su presencia y dulce comunión, propensos a decir: «Señor, bueno es estarnos aquí» (Mt. 17:4; Mr. 9:5; Lc. 9:33), pensemos también en estar preparados para levantarnos y descender del monte.
Son muchos los comentaristas que, basados en las últimas palabras del capítulo 14, opinan que Jesús y los discípulos se levantaron de la mesa y se dirigieron de inmediato al huerto de Getsemaní; el capítulo 15 se entendería así mejor a la luz del racimo de oro que figuraba en el frontis del templo, y el capítulo 16, en que predominan las enseñanzas sobre el Espíritu Santo, se explicaría mejor a la vista de los olivos del huerto, ya que el olivo es símbolo del Espíritu Santo (v. Zac. 4:1 y ss.; 1 Jn. 2:20, 27). La oración sacerdotal del capítulo 17 podría haber sido pronunciada ya por Jesús en el huerto mismo. Sin embargo, el comienzo del capítulo 18 da a entender que salieron después de la oración del capítulo 17. Comentaristas situados en denominaciones tan distintas como W. Hendriksen (de la Iglesia Reformada Calvinista) y el cardenal Gomá (de la Iglesia de Roma), están de acuerdo aquí en que Jesús y sus discípulos se levantaron de la mesa tras 14:31, pero permanecieron de pie los pocos minutos bastantes para que Jesús pronunciase el contenido de los capítulos 15, 16 y 17, y salir entonces del Aposento Alto. En este capítulo 15 hay cuatro palabras que determinan claramente su división en cuatro porciones: 1) «fruto» (vv. 1–8); 2) «amor» (vv. 9–17); 3) «odio» (vv. 18–25); 4) «Consolador» (vv. 26–27).
Versículos 1–8
En esta porción, habla Jesús, bajo la alegoría de una vid con sus pámpanos, del fruto del Espíritu Santo que producen los que permanecen en comunión con el Salvador. Veamos:
I. La doctrina que se nos enseña bajo dicha alegoría:
1. Jesucristo es «la vid verdadera» (v. 1), es decir, genuina como indica el original (lit. «la vid, la genuina»): la que da fruto conveniente según su especie, no como la «viña» de Israel (v. Is. 5:1–7) que, en lugar de uvas, dio agrazones. El remanente piadoso de Israel, donde había muchas «vides» en una «viña», se concentra ahora en una sola «vid» o «cepa», Jesucristo, en el que han de ser injertados (v. Ro. 6:5) todos los que hayan de salvarse por fe en Él. Esta «vid» no es producto espontáneo de nuestra tierra, sino que ha sido plantada en la «viña» por el «agricultor» (lit.), que es el Padre (comp. con 1 Co. 3:6–9). La vid que es Jesús fue plantada en la tierra cuando «el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (1:14). La vid es planta que tiende a extenderse. Así también Jesús trae «salvación hasta los confines de la tierra» (Is. 49:6; Hch. 13:47). El fruto de la vid honra a Dios y alegra al hombre; así lo hace también el fruto de la mediación de Cristo. Jesús es la vid genuina, en oposición a la falsificada. De los árboles infructuosos se dice que mienten, pero Cristo es una vid que no engaña, todo el que a Él se allegue, quedará satisfecho (v. 6:35–37).
2. Los creyentes son como «pámpanos» de esta vid, lo que supone que Cristo es la «cepa» y «raíz» de la planta. La cepa o raíz es la que sustenta a las ramas del arbusto o del árbol (v. Ro. 11:18), le comunica la savia y le provee de todo en todo, tanto en cuanto al echar flores como en el dar fruto. También Cristo «lo llena todo en todo» (Ef. 1:23, comp. con 4:15–16). Las ramas o pámpanos de la vid son muchos, pero, al estar unidos a la misma cepa, forman todos una sola vid. Así también los cristianos, aunque distantes en el espacio, en el tiempo y en las opiniones personales, se encuentran en Cristo, que es el centro de la unidad cristiana.
3. El Padre es el agricultor o labrador. Aunque toda la tierra es de Jehová (Sal. 24:1; 89:11), no lleva fruto mientras Él no la trabaja, porque no sólo posee la tierra como finca que le pertenece, sino también como campo en el que hace su labor; por eso, cuida de la vid y de los pámpanos. Nunca hubo un labrador tan experto y tan vigilante para su viña como lo es Dios para la Iglesia. Por eso, «nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo» (Ef. 1:4) y nos lo dio «como Cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (Ef. 1:22).
II. El deber que se desprende, para nosotros, de esta alegoría. 1. Debemos dar fruto. En una vid buscamos uvas; del mismo modo, en un creyente buscamos frutos de cristianismo. Un talante cristiano, una vida y un testimonio cristianos: ésos son los frutos. Así hemos de dar honor al labrador de la viña y a la cepa que nos sustenta. Los discípulos han de ser, como creyentes, «llenos de frutos de justicia» (Fil. 1:11) y, como Apóstoles, manifestando en todo lugar el aroma del conocimiento de Cristo (v. 2 Co. 2:14). Consideremos:
(A) El destino de los pámpanos infructuosos: «Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quita» (v. 2). Esta frase (nota del traductor) y todo lo que sigue hasta el versículo 16, puede entenderse de dos maneras: (a) Como referido a falsos profesantes, que pasan por ser «pámpanos» en Cristo, pero no llevan fruto, por donde muestran que no son creyentes genuinos. Al estar unidos al Salvador sólo mediante el hilo de una profesión externa no reciben de él savia por lo que no tardan en secarse. A éstos los recogen y los echan al fuego (v. 6, comp. con Mt. 13:41–42). Esta es la opinión más corriente, tanto en la Iglesia Romana como entre los evangélicos. (b) Como referido a verdaderos creyentes, pero «carnales», «ociosos y sin fruto» (comp. con 1 Co. 3:1–3; 2 P. 1:8–9). Dios obra con éstos por medio de una disciplina drástica: los corta (comp. con 1 Co. 11:30; 1 Jn. 5:16–17). Según esta opinión que es la de L. S. Chafer y, en general, del Seminario Teológico de Dallas y otros muchos centros de formación bíblica, no es Dios quien los echa al fuego, sino los hombres, ya sea mediante la disciplina de la iglesia local (v. 1 Co. 5:5), ya sea según el juicio de los hombres, «según la carne» (1 P. 4:6), ya que los mismos mundanos, por mucho que odien a los creyentes que son consecuentes, los respetan, mientras que sólo burla y sarcasmo tienen para los que dan mal testimonio. Esta segunda opinión se apoya en fuertes bases tanto textuales como doctrinales, puesto que, en primer lugar, la traducción literal del versículo 2 no es: «Todo pámpano que en mí no lleva fruto», sino: «Todo pámpano (que está) en mí, no llevando fruto», con lo que se distingue cuidadosamente entre la «unión» con Cristo en la que se implica la justificación («los que están en Cristo Jesús»; Ro. 8:1. La segunda parte de este v. es, con la mayor probabilidad, una glosa espuria, sacada del v. 4), y la «comunión» con Cristo, en la que se implica la santificación progresiva, la que, como expuesta a crisis y altibajos, puede palidecer y hasta secarse, sin que se pierda la unión con Cristo y, por tanto, la justificación. Nótese que todo el resto del capítulo está dominado por el verbo «permanecer», que indica comunión, no unión. Dado que Cristo se está refiriendo todo el tiempo a la unión vital con Él, no a la pertenencia a una estructura externa como es la iglesia local, la separación definitiva de un «pámpano» significaría la pérdida de la salvación por parte de alguien que la tuvo antes, cosa que sólo los arminianos y los catolicorromanos admiten. Éstas son, pues las dificultades que confrontan a los partidarios de la opinión corriente, que hemos citado en primer lugar.
(B) La promesa hecha a los pámpanos fructíferos: «Y todo aquel que lleva fruto, lo limpia, para que lleve más fruto» (v. 2b). La bendición de una mayor fructuosidad es el galardón de la fructuosidad ya existente. Incluso los pámpanos que dan fruto necesitan ser podados y limpiados para que den más fruto. Aun los mejores llevan algo vicioso, defectuoso, sucio (v. Stg. 3:2): nociones, pasiones, humores que necesitan ser purificados; a veces, el esfuerzo que se hace para vencer un defecto da origen a otro defecto; cosa triste es que el diablo se las arregla para sacar «ventaja» (2 Co. 2:11) no sólo de nuestros defectos, sino hasta de nuestras «virtudes». Por eso está continuamente dando vueltas para ver el punto flaco por donde atacar (1 P. 5:8). La poda, a su tiempo y sazón, de los pámpanos fructíferos corre a cargo del gran Agricultor.
(C) El privilegio de los creyentes: «Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado» (v. 3, comp. con 13:10). Ahora que Judas ya no estaba entre ellos, Jesús no añade: «aunque no todos» (13:10, 11). Los once que quedaban estaban limpios, es decir, ya santificados por la verdad de Cristo (v. 17:17). Esto se aplica a todos los creyentes, especialmente a los que muestran con su fruto que viven de la cepa, que es Cristo. Cristo les había predicado el mensaje, y ellos le habían creído porque eran «palabras de vida eterna» (6:68–69). Hay en las palabras de Jesús virtud para limpiar (comp. con Sal. 119:9), de la misma manera que el fuego limpia al oro de su escoria, y la purga limpia al cuerpo de la enfermedad.
(D) La gloria que de nuestra fructuosidad resulta para el Padre: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto y seáis, así, mis discípulos» (v. 8). Todo el fruto de los cristianos es para la gloria de Dios. Un poeta francés, Jean-Claude Rénard, basado en 1 Corintios 15:24, presenta a Jesucristo en el acto de exprimir en los labios del Padre todos los racimos que, a lo largo de los siglos, han llevado estos «pámpanos de su vid». Las notorias buenas obras de los creyentes redundan siempre en gloria y alabanza de Dios (Mt. 5:16). Con esto dan evidencia segura de que son discípulos de Cristo, quien tuvo siempre por norte y guía, en la obra que llevó a cabo en este mundo, glorificar al Padre (13:31; 17:4). Cuanto más fruto llevemos, tanto más abundaremos en toda cosa buena y tanto mayor será la gloria que demos a nuestro Padre Celestial.
2. Para que podamos dar fruto, es menester que permanezcamos en Cristo; es decir, que mantengamos íntima comunión con Él.
(A) La obligación que se nos impone: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (v. 4). Los que se allegan a Cristo han de permanecer en Él. Mediante esta comunión, la inmanencia de Cristo en nosotros es segura, porque la comunión de Cristo con los suyos nunca se rompe por el lado de Él. El brote del pámpano está en la cepa, y la savia de la cepa permanece en el pámpano y, de este modo, siempre hay una constante comunicación entre ambos.
(B) La necesidad de permanecer en Cristo a fin de llevar fruto: «Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (v. 4b). Los pámpanos producen su fruto en virtud de su unión con la cepa, que les da la savia vital, pero también es cierto que el fruto se produce, no en la raíz de la cepa, sino en los pámpanos mismos. Una vez que Cristo ascendió al Cielo, su obra es prolongada por los creyentes, especialmente por los predicadores del Evangelio, quienes aplican así, al arrostrar persecuciones y sufrimientos lo que Jesús llevó a cabo en el Calvario (v. Col. 1:24). Dios no suele hacer milagros para convencer a las almas de pecado, si no es por la predicación del mensaje (Ro. 10:17), al que el Espíritu Santo da calor y vida (3:5; 16:7–11). Por eso, los predicadores son los «embajadores» de Cristo (2 Co. 5:20). Ellos son como los labios de Cristo para «predicar, instar, redargüir, reprender, exhortar» (2 Ti. 4:2); las manos de Cristo para ayudar, consolar, curar; los oídos de Cristo para escucharle a Él mismo y a los hermanos que van a ellos con sus dudas y problemas, así como a todos los que van a ellos en busca de luz; y los pies de Cristo para ir con el mensaje hasta los últimos confines del mundo (Hch. 1:8), y con su ayuda adondequiera que haya necesidad. La comunión íntima con Cristo es la fuente de todo fruto que merezca tal nombre, y aparte de esta comunión con Cristo, no podemos hacer nada que valga la pena: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí (lit. sin mí), nada podéis hacer» (v. 5). Tan necesario es para nuestra «utilidad para el Dueño» (2 Ti. 2:21) y, por tanto, para nuestra auténtica felicidad (que consiste en «servir para algo»), «limpiarse» de toda maleza, y estar así «dispuestos para toda obra buena» (2 Ti. 2:21b), que el motivo más fuerte para tener comunión íntima con el Señor es que, de otra manera, no podemos llevar ningún fruto. Una vida de fe en el Hijo de Dios (v. Gá. 2:20) es, sin comparación, la vida más excelente que un ser humano puede vivir en este mundo, puesto que «aparte de Cristo, no podemos hacer nada». Cualquier clase de pelagianismo o semipelagianismo queda aquí claramente condenada, ya que, como escribe Agustín de Hipona en su comentario a este versículo, «para que nadie pensase que el pámpano puede llevar por sí mismo algún fruto, aunque pequeño, después de decir: “Éste lleva mucho fruto”, no dijo (Jesús): “Porque sin mí podéis hacer poco, sino: Nada podéis hacer”. Por tanto, ya sea poco, ya sea mucho, no puede hacerse sin Aquél, sin el que nada puede hacerse». Y añade: «El que piensa que produce fruto por sí mismo, no está en la vid; el que no está en la vid, no está en Cristo; y el que no está en Cristo, no es cristiano». Sin la gracia de Cristo el ser humano, no sólo no puede hacer nada, sino que no es nada (v. 1 Co. 15:10. Es de notar que la preposición que aparece al final de este versículo: «sino la gracia de Dios conmigo» es precisamente la opuesta a la que en Jn. 15:5b se traduce por «separados de», «aparte de», con lo que ambos pasajes se iluminan mutuamente). Dependemos de Cristo, no sólo para sustentación, como la vid en la pared o en el emparrado, sino para vitalidad, como la rama de la raíz.
(C) Las consecuencias fatales de no tener comunión con el Señor: «El que en mí no permanece, es echado fuera como el (mal) pámpano, y se seca» (v. 6a). Es echado fuera como sarmiento seco que es cortado o arrancado «para que no inutilice» la savia de la vid (comp. con Lc. 13:7). Los que no tienen comunión con Jesucristo, poco a poco (o mucho a mucho) se irán secando y se quedarán en nada. Habrá incluso motivo para pensar que nunca fueron verdaderos creyentes (v. lo dicho, al comienzo del comentario sobre el v. 2, acerca de las diferentes opiniones de los comentaristas). Quienes no llevan ningún fruto, tarde o temprano se quedarán también sin hojas. «Y los recogen (los ángeles o los hombres), y los echan al fuego y arden» (v. 6b), lo cual siempre es terrible (comp. con 1 Co. 3:13, 15; He. 12:29).
(D) La bendición adicional de los que permanecen en el Señor: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os será hecho» (v. 7). A la idea de la permanencia nuestra en Cristo, y la de Cristo en nosotros añade ahora el Señor la de la «permanencia de sus palabras en nosotros», así como, en 8:31, había hablado de «permanecer en su palabra», con lo que aprendemos que hay también una mutua inmanencia entre los creyentes y la palabra de Cristo, de la que Pablo habla en Colosenses 3:16, exhortándonos a que le prestemos amplia acogida a fin de que «habite ricamente en nosotros». Jesús había enfatizado repetidamente este poder salvífico de la palabra suya (5:24, 38; 8:31, 37, 51. V. también 17:6, 17 y comp. con 1 P. 1:22–25). Cuando mantenemos comunión íntima con Cristo, y sus palabras controlan nuestra conducta, «todo lo que pidamos será hecho según queramos», porque siempre lo querremos de acuerdo con su voluntad al ser ella la norma de nuestra voluntad. Y, ¿qué más podemos desear, sino que se nos concedan las cosas que pedimos? La idea se repite al final del versículo 16 y, tanto en estos versículos como en el resto del capítulo, queda suficientemente claro que la eficacia de la oración está conectada con el «fruto», y el «fruto» depende enteramente de la comunión con Jesús. Esos textos que hablan de la eficacia de la oración no se pueden sacar, por consiguiente, de su contexto. Cristo en el corazón del creyente es el que cumple los deseos del corazón del creyente, porque nuestros deseos serán los de Cristo, como la mente nuestra será la mente de Cristo (1 Co. 2:16b). Así es como las promesas de Dios estimulan nuestras plegarias, y las plegarias en comunión con el Señor y con los hermanos suben, rápidas y sin estorbo, al trono de la gracia (comp. con 1 P. 3:7b).
Versículos 9–17
Cristo, que es el fruto encarnado del amor de Dios (3:16), habla, en esta porción, del amor; un amor en cuatro direcciones (respecto a las cuatro dimensiones del amor de Cristo, véase Ef. 3:17–19).
I. Del amor que el Padre le tiene a Él (vv. 9–10).
1. El Padre siempre ha amado a Cristo: «Así como el Padre me ha amado …». Era «su amado Hijo» (Col. 1:13. Lit. «el Hijo de su amor»). Y, sin embargo, «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (3:16), para morir por nosotros (v. Ro. 8:32. Lit. «no perdonó a su propio Hijo …»). Quienes son amados por tal Padre, bien pueden menospreciar el odio que el mundo les tenga.
2. Él siempre ha permanecido en el amor del Padre, precisamente por haber guardado siempre los mandamientos del Padre: «… así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (v. 10b). Anteriormente había dicho: «yo hago siempre lo que le agrada» (8:29, comp. con 4:34; 5:30; 6:38). Porque Él amó al Padre, y cumplió su voluntad en obediencia hasta la muerte de cruz (Fil. 2:8; He. 10:5–10), y por este amor se fue gozoso hacia el patíbulo, «menospreciando el oprobio» (He. 12:2), el Padre tuvo siempre en Él su complacencia (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 1:11; Lc. 3:22; 2 P. 1:17).
II. De su propio amor a sus discípulos. Se aleja de la presencia de ellos, pero no los aleja de su corazón. Veamos:
1. El modelo de este amor de Jesús a los suyos: «Así como el Padre me ha amado, también yo os he amado» (v. 9). El mejor comentario de esto se halla en 13:1: «… los amó hasta el extremo». El Padre le amaba como a su Unigénito (1:18), y Cristo nos ama como nuestro Primogénito (Ro. 8:29). Pero, en la motivación, hay una diferencia significativa: El Padre amó en el Hijo al que era siempre digno de su amor pero el Señor nos amó a nosotros cuando éramos totalmente indignos (Ro. 5:5 y ss.). Pero, al estar nosotros en Cristo, el Padre nos ama como le amó a Él, porque «nos agració en el Amado» (Ef. 1:6, lit.).
2. Las pruebas y productos de este amor de Jesús a los suyos:
(A) Cristo amó a sus discípulos, y lo mostró al dar la vida por ellos: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos» (v. 13). Éste es el amor con que «nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros» (Gá. 2:20; Ef. 5:2). «Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero» (1 Jn. 4:19). La mayor prueba del amor que se tiene a un amigo es dar la vida por la vida del amigo, porque aquí muestra el amor su máxima fuerza, al ser «fuerte como la muerte» (Cnt. 8:6). Pero el amor de Cristo excedió al amor de todos los amantes juntos, tanto cuanto el cielo excede a la tierra. Dice Calvino: «Los corazones que no se suavizan con tan incomparable dulzura como es la del amor divino, por fuerza deben de ser más duros que el hierro y la roca».
(B) Cristo amó a sus discípulos, y lo mostró al hacer un pacto de amistad con ellos (vv. 14–15). Los seguidores de Cristo son amigos de Cristo. Quienes cumplen con su deber de siervos, son promovidos a la dignidad de amigos. Éste es un honor del que disfrutan todos los fieles siervos del Señor. Aun cuando los creyentes no se comporten muchas veces como amigos de Cristo, Él es un amigo que les ama siempre (comp. con 2 Ti. 2:13). Ya no los quiere llamar «siervos», sino «amigos». Así se les dice (v. 15), porque no sólo les ama, sino que quiere que sepan que les ama. Sin embargo, aunque Cristo ya no quiso llamarles «siervos», sino «amigos», ellos no se tenían por dignos de tal título y continuaron llamándose a sí mismos «siervos» (v. 1 P. 1:1, así como Ro. 1:1; Gá. 1:10; Stg. 1:1; Jud. 1). Cuanto mayor sea el honor que Cristo nos otorgue, tanto mayor ha de ser el honor que a Él le tributemos; y cuanto mayores seamos a sus ojos, tanto más bajos hemos de considerarnos ante nuestra conciencia.
(C) Cristo mostró el amor que tenía a sus discípulos, al tener la libertad de comunicarles los secretos del Padre: «Porque todas las cosas que le oí a mi Padre, os las he dado a conocer» (v. 15b). Jesucristo les encomendó fielmente a sus discípulos y a todos los creyentes genuinos (los que se hacen como niños), lo que Él había recibido del Padre (v. Mt. 11:27). Los grandes temas pertenecientes a la salvación de la Humanidad, los ha declarado Cristo a sus amigos y discípulos, para que éstos los declaren a otros.
(D) Cristo mostró el amor que tenía a sus discípulos, al elegirles y comisionarles: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto …». (v. 16). Así que su amor a ellos aparece en que:
(a) Los eligió para el apostolado: «¿No os he escogido yo a vosotros los doce …?» (6:70). Esta elección no fue por iniciativa de los doce, sino de Jesús: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros». Está puesto en razón que sea Cristo quien escoja a sus ministros y todavía lo hace. Aun cuando los ministros de Dios hagan del llamamiento divino su propia decisión, la elección que hace Cristo es anterior a la decisión de ellos, y aun la dirige y determina.
(b) Los comisionó para el ministerio: «Y os he puesto, es decir, os he colocado aparte del mundo, con la promesa de capacitaros para el ministerio». Depositó en ellos una gran confianza al poner el tesoro del Evangelio en aquellos vasos de arcilla (2 Co. 4:7), para que fuesen por todas partes llevando fruto; un fruto de tal calidad que no se desvaneciera al primer soplo del viento de la persecución, sino que fuese un fruto permanente. Eran comisionados, no para estarse de brazos cruzados, sino para ir (Mt. 28:19; Mr. 16:15; Jn. 20:21; Hch. 1:8), y no como quien golpea al aire (1 Co. 9:26), sino revolucionando el mundo entero (Hch. 17:6b), al ser instrumentos en manos de Dios para llevar a todas las naciones a la obediencia del Evangelio de Cristo. Los que son comisionados por Cristo no trabajarán en vano, pues la Iglesia de Cristo no iba a ser flor de un día, como la calabacera (o ricino) de Jonás, «que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció» (Jon. 4:10). Al mismo ritmo que pasa una generación de creyentes y de ministros del Señor, otra generación les sucede; de esta forma, el fruto no se marchita, sino que permanece hasta el día de hoy, y permanecerá hasta el fin del mundo (Mt. 28:20).
(c) Les mostró el amor que les tenía, declarándoles el interés que tenía en abogar por ellos ante el trono de la gracia y de la misericordia (He. 4:16), pues les dice: Para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo de» (v. 16b). Repite aquí la promesa del versículo 7; pero mientras allí se había expresado en forma impersonal: «os será hecho», aquí hallamos el personal «dé», sobrentendiendo «él» (el Padre), aunque el pronombre no se halle en el original. Repitamos, por su importancia, que esta promesa va ligada al «fruto», de la misma manera que el «fruto» va ligado a la comunión con Jesús (v. 5). Tenemos un Dios a quien presentarnos con nuestras peticiones como a un Padre. Tenemos un buen nombre, el nombre de Jesús (Hch. 4:12), para invocarlo en nuestras peticiones. Tenemos un gran objetivo en nuestro trabajo; no cabe una tarea tan excelsa como la salvación de las almas por medio de la predicación del Evangelio. Podemos, pues, con toda franqueza y libertad, aunque con toda humildad, presentar confiadamente nuestras súplicas ante el trono de nuestro Padre Celestial.
III. Del amor de los discípulos a Jesucristo. Con respecto a esto, les exhorta a tres cosas:
1. A que continúen en su amor: «Permaneced en mi amor» (v. 9b). Todos cuantos aman a Cristo han de amarle de modo permanente. El aoristo de imperativo griego denota aquí una decisión u opción tomada de una vez por todas, pero la prueba evidente de esta opción será la observancia constante de los mandamientos de Cristo, como se ve en el versículo 10a. Todo nos irá bien, si permanecemos en el amor de Cristo y cumplimos siempre su voluntad. No habrá obstáculo que nos turbe, nos estorbe o nos desanime, si el amor al Señor continúa vivo en nuestro corazón.
2. A que se dejen invadir por el gozo de Cristo (v. 11), de modo que:
(A) Su gozo permanezca en ellos: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros» (v. 11). Si continúan en el amor de Cristo, y llevan así mucho fruto, Él se deleitará en ellos, y ellos se regocijarán en Él. Los discípulos fieles y fructuosos son el gozo del Señor. Y el gozo del Señor en ellos, se refleja en el gozo de ellos en el Señor. No es un gozo como el del mundo, de la misma manera que la paz de Cristo no es como la paz del mundo (v. 14:27). El amor, el gozo y la paz, que son fruto del Espíritu Santo (v. Gá. 5:22) son algo celestial, puro, inmarcesible. Es deseo de Cristo que sus discípulos se regocijen constante y continuamente (v. Fil. 4:4). El gozo de los que permanecen en el amor de Cristo es una continua fiesta.
(B) Su gozo «sea completo» (v. 11b). Este gozo, como todo lo que pertenece a la vida espiritual, está destinado a ser completo y, al mismo tiempo, a estar siempre creciendo, pues no es algo estático como un depósito o estanque, sino algo dinámico como un río que aumenta su caudal a medida que el álveo se hace más profundo. El gozo del mundo es como cisternas agrietadas (comp. con Jer. 2:13), que ni pueden retener el agua, porque se escapa por las junturas, ni la pueden conservar indefinidamente, porque se evapora sin que haya un manantial que mantenga siempre completa la provisión de agua. Al quitar de nuestro pecho el corazón de piedra, y ponernos un corazón de carne (v. Ez. 36:26), nos ha dado, por decirlo así, un vaso «elástico», de forma que siempre puede estar lleno y, a la vez, llenarse continuamente a medida que el vaso se ensancha (v. Sal. 119:32: «Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón». Comp. con 2 Co. 6:11–13).
3. A que demuestren mediante la observancia de sus mandamientos el amor que le tienen: «Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor» (v. 10a). La unión de este versículo con el anterior nos muestra que el amor que Dios nos tiene y el que nosotros le tenemos a Él de tal modo se funden, que el nuestro viene a ser como un eco del suyo; y así como una persona que se halla a igual distancia del que habla y de la pared o muro que transmite el eco, no distingue bien si lo que oye es la voz o su eco, así también la Palabra de Dios une de tal forma el amor de Dios a nosotros y el nuestro a Él, que resulta difícil discernir si habla del uno, del otro, o de ambos a la vez (v. p. ej., Ro. 5:5, sobre «el amor de Dios derramado en nuestros corazones»). Así, pues, la promesa: «permaneceréis en mi amor» insinúa:
(A) Una morada, como un lugar donde habite el amor de Cristo (comp. con Ef. 3:17). (B) Un lugar de reposo, donde descansar de nuestras fatigas y de nuestras cargas (v. Mt. 11:28); y (C) un baluarte o fortaleza, donde estar a salvo (v. Sal. 18:1; 27:1; 28:7; 46:1; 118:14; Pr. 10:29; Is. 12:2; Jer. 16:19; Hab. 3:19). Así que podemos estar seguros de tener siempre a mano la gracia y el poder para perseverar en el amor de Cristo. La promesa de Jesús va condicionada a la observancia de sus mandamientos: «Si guardáis mis mandamientos». Los discípulos habían de guardar los mandamientos del Señor, no sólo para observarlos ellos mismos constantemente sino también para comunicarlos a otros fielmente, como depositarios de un tesoro que ha de compartirse con otros. Y, para estimularles a guardar sus mandamientos, Cristo apela a su propio ejemplo: «Así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (v. 10b). Con esta fidelidad a los mandamientos de Jesús, los discípulos mostrarán la amistad que tienen con Él: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis cuanto yo os mando» (v. 14). Sólo pueden ser contados como amigos fieles de Cristo aquellos que son sus siervos obedientes. Y la única obediencia aceptable al Señor es la obediencia total.
IV. Del amor de los discípulos entre sí: «Esto os mando: Que os améis unos a otros» (v. 17). Cristo repite aquí lo que antes había puesto como el «nuevo mandamiento» y el distintivo característico del cristiano (13:34–35), pero en el contexto del capítulo 15, adquiere un tono de conclusión convincente, con una lógica que Hendriksen ha puesto hábilmente de relieve: «Yo, que de mí mismo soy indigno de ser amado, no puedo continuar amando a mi hermano, el cual tampoco es digno de ser amado (al menos, así lo veo yo), a no ser por medio de una constante consideración del amor que Cristo me ha tenido a mí. No sólo le amamos a Él porque Él nos amó primero (1 Jn. 4:19), sino que nos amamos los unos a los otros porque Él nos amó primero». En el versículo 12, Cristo había repetido este mismo mandamiento de 13:34 en forma más completa. A Juan se le grabó bien en la memoria este mandamiento, como lo muestra a lo largo de los capítulos 3 y 4 de su primera Epístola, especialmente en 3:23, donde se resume toda la ética del creyente, en forma parecida a como Deuteronomio 6:4–5 resumía toda la ética del israelita. Aquí tenemos, no sólo el motivo, sino también el nivel, del amor que ha de existir entre los creyentes. Como si nos dijera: «Ve y haz tú lo mismo» (Lc. 10:37). Notemos que este amor a los hermanos es una obligación, como vemos que Cristo lo expresa con todo énfasis y de diferente forma en los versículos 12 y 17:
1. «Éste es mi mandamiento» (v. 12), como el que da a entender que es el más necesario de sus mandamientos. Parece como si Cristo, al prever la falta de caridad que los cristianos habían de mostrarse recíprocamente en lo futuro, quisiese recalcar con todo énfasis la necesidad de que observemos este mandamiento.
2. «Esto os mando» (v. 17). Parece como si se dispusiera a preceptuar un cierto número de normas; y, sin embargo, sólo ordena ésta: «Que os améis unos a otros».
Versículos 18–25
En esta porción, Cristo habla del odio, que es la característica y espíritu del reino del diablo, así como el amor lo es del reino de Jesucristo. Vemos
I. En quiénes se encuentra este odio: En los que son del mundo, como contrapuestos a los que son de Dios. Al llamarles «mundo» (en sentido peyorativo, como se ve por el contexto), Cristo da a entender:
1. Su número; hay un «mundo» de gentes que se oponen a Cristo y al cristianismo. Es de temer que, si se pusiera a votación en nuestra sociedad escoger entre el partido de Satanás y el de Jesucristo, Satanás se llevaría la mayoría absoluta de los votos.
2. Su confederación; aun cuando los mundanos se aborrecen unos a otros (Tit. 3:3), sin embargo, cuando se trata de odiar a los creyentes y de perseguirlos, se juntan, se coligan y se hacen amigos (v. Sal. 2:2; Lc. 23:12; Hch. 4:27) entre sí.
3. Su espíritu y disposición; son hombres «del mundo». Los hijos de Dios son instruidos y exhortados a odiar el pecado, pero no a odiar al pecador, sino a amar y hacer el bien a todos los hombres (Gá. 6:10). La envidia, el odio, el desprecio, no son plantas del jardín de Cristo, sino del mundo «que yace en el Maligno» (1 Jn. 5:19).
II. Contra quiénes se desata este odio de los mundanos: Contra los discípulos de Cristo, contra Cristo mismo y, en último término, contra Dios el Padre. En efecto:
1. El mundo odia a los discípulos de Cristo: «El mundo os aborrece» (v. 19b).
(A) Obsérvese cómo se introduce aquí esta frase del Señor. Cristo había expresado el gran amor que les tenía como a amigos suyos; pero ahora les predice «una espina en la carne» (comp. con 2 Co. 12:7), que, en este caso, será el odio y la persecución que habrán de arrostrar por causa de Cristo. Él les había encomendado una tarea, pero ahora les dice las dificultades que encontrarán en el desempeño de tal encargo. Les había encargado también, con toda insistencia, que se amaran los unos a los otros, y bien que lo necesitarían, ya que el mundo les iba a aborrecer conjuntamente a ellos. Quienes se encuentran en medio de enemigos, como entre dos fuegos, necesitan amarse y ayudarse mutuamente, pues luchan contra un adversario común.
(B) Obsérvese la clase de actitud que el mundo adoptará hacia ellos. No se contentarán con el desprecio o la burla, sino que les tendrán verdadero odio. El mundo maldice a los que Dios bendice. Los favoritos y herederos del reino de los cielos nunca han sido los predilectos del mundo. Los frutos de este odio de los mundanos se echan de ver en el versículo 20:
(a) «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán». Esta es la suerte que comparten todos los que viven piadosamente en Cristo Jesús: «padecer persecución» (2 Ti. 3:12). Por eso dijo que les enviaba como a ovejas en medio de lobos (Mt. 10:16; Lc. 10:3).
(b) Otro fruto de esta enemistad se insinúa en la frase siguiente: «Si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra»; da con esto a entender que, así como la mayoría de los oyentes de Cristo no habían guardado la palabra de Cristo (v., p. ej., 5:38; 8:37), así también la mayoría de los oyentes del mensaje de los apóstoles se opondrían a su predicación, siendo así ellos, como Cristo mismo, «signo de contradicción» (comp. Lc. 2:34 «señal que es objeto de disputa» con Hch. 28:22 «porque de esta secta [el cristianismo] nos es bien conocido que en todas partes se la contradice»). Sin embargo, la frase de Jesús aquí, como la anterior, tiene dos vertientes: Los que persiguieron a Cristo y no guardaron su palabra, también van a perseguir a sus enviados y tampoco guardarán la palabra de éstos; pero habrá quienes no les perseguirán, sino que guardarán la palabra de ellos, así como hubo también quienes no persiguieron a Jesús, sino que se hicieron discípulos suyos y guardaron su palabra.
(c) Las causas de esta enemistad están claras en los versículos 19 y 21:
Primera, porque ellos no pertenecen al mundo: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo» (v.
19). No ha de extrañarnos que los que están entregados al mundo sean prosperados en las cosas del mundo, como amigos y favoritos del mundo. Ni ha de extrañarnos que quienes han sido libertados de las garras del mundo sean objeto del odio del mundo, ya que son considerados como enemigos del mundo. Lo que sí es motivo de duda y perplejidad es que quienes se precian con el nombre de cristianos y son «carnales», sean prosperados en las cosas del mundo y considerados como amigos por parte de los mundanos, puesto que no puede haber «armonía de Cristo con Belial, ni del creyente con el incrédulo» (2 Co. 6:15).
La razón por la que los discípulos de Cristo no son del mundo es porque Cristo los ha escogido de entre el mundo y, precisamente por haber sido sacados del mundo, el mundo los aborrece (v. 19) y les insulta (1 P. 4:4). En realidad, la gloria a la que han sido destinados, y que ha de resplandecer en su carácter y en su vida, les pone en alto, en un lugar muy superior al de los mundanos, con lo que llegan a ser espectáculo al mundo (v. 1 Co. 4:9; He. 10:33), como en las elevadas tablas de un teatro bien iluminado, y quedan así expuestos a la envidia de los mundanos espectadores. La gracia de que el Señor les ha revestido contrasta con la desgracia en que se debaten, dentro de sus múltiples vicios, los amigos del mundo. Su conducta es un testimonio vivo y perenne contra el mundo, lo cual es algo que los malvados no pueden soportar. Pero el hecho de ser odiados precisamente por ser los escogidos del Señor ha de darles fuerzas, ánimo y consuelo en medio de todas las calamidades que el odio del mundo pueda tramar contra ellos. Si el mundo nos odia sin motivo (v. 25), por el hecho de ser cristianos, tenemos justo motivo para regocijarnos y tenernos por dichosos, y no debemos avergonzarnos, sino glorificar a Dios por ello (1 P. 4:12–16).
Segunda, porque ellos pertenecen a Cristo: «Mas todo esto os harán por causa de mi nombre» (v. 21). Cualquiera sea la excusa que el mundo ponga para perseguir a los cristianos, lo cierto es que la verdadera causa de esta enemistad es que los creyentes llevan el nombre de Cristo en medio del mundo, pues el carácter genuino del creyente se muestra en llevar bien en alto el nombre del Señor y estar dispuestos a dar testimonio de Él y a sufrir cualquier cosa por causa y honor de este nombre, dulcísimo nombre, de Jesús. No puede haber mayor suerte que la de ser encontrados dignos, por la gracia de Dios, «no sólo de creer en Cristo, sino también de padecer por Él» (Fil. 1:29), «si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados» (Ro. 8:17b, comp. con Fil. 3:10–11), «porque de la manera que abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así abunda también por medio de Cristo nuestra consolación» (2 Co. 1:5).
Tercera, porque el mundo no conoce a Dios, que es quien ha enviado a Su Hijo a este mundo:
«porque no conocen al que me ha enviado» (v. 21b). El fundamento más profundo de este odio que los mundanos tienen a los discípulos de Cristo, es la ignorancia que el mundo tiene de las cosas de Dios. Al no conocer al verdadero Dios, o al no conocer a Dios verdaderamente, no le conocen como al que ha enviado a Su Hijo al mundo, ni para qué le ha enviado (3:16–21). No se puede conocer correctamente a Dios si no se le conoce en Jesucristo.
2. El mundo odia a Jesucristo mismo. De esto habla aquí Jesús con dos objetivos:
(A) Para mitigar el desconsuelo de sus seguidores, nacido del conocimiento que ahora tienen acerca del odio que el mundo va a mostrar contra ellos: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros» (v. 18). Este «antes» ha de entenderse en sentido de prioridad de tiempo, pero también admite el sentido de «más que», ya que Cristo, como jefe y capitán de los cristianos, por fuerza ha de ser el blanco directo de los tiros del mundo. Si Cristo, paradigma de santidad, fue odiado, ¿podemos esperar que haya en nosotros virtud o cualidad buena que sea grata a la perversidad del mundo? Si nuestro Maestro, el fundador del cristianismo, encontró tanta oposición al poner los fundamentos de su Iglesia, ¿podemos esperar del mundo mejor acogida en nuestra tarea de seguir edificando la Iglesia (v. 1 Co. 3:9–17; Ef. 2:20–22; 4:12–16; 1 P. 2:5 y ss.) mediante la profesión del cristianismo y la propagación del mensaje de salvación? Por eso, los remite Jesús a lo que antes les había dicho (13:16), para confirmar lo que ahora les declara: «Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor» (v. 20a). Ésta es una verdad lisa y llana: El criado es inferior al amo. Las verdades más claras son los argumentos más fuertes para los más duros deberes. De donde infiere con toda lógica Jesús: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (v. 20b). Como si dijese: «Eso es lo que debéis esperar, por cuanto:
(a) «Vosotros vais a hacer lo mismo que yo he hecho, con el resultado de que se han sentido provocados; vais a tener que echarles en cara sus pecados, y prescribirles normas estrictas de una vida santa, lo cual ellos no van a soportar.»
(b) «Vosotros no podéis hacer más de lo que yo he hecho para persuadirles. Que a nadie le extrañe tener que soportar el mal por hacer el bien. Si han guardado mi palabra también guardarán la vuestra; así como ha habido unos pocos que han sido atraídos por medio de mi predicación, así también habrá algunos pocos que serán atraídos por la vuestra.»
(B) Para agravar la perversidad de este mundo incrédulo y sacar a la luz pública su extrema pecaminosidad. El mundo suele tener un sentido peyorativo en las Escrituras, pero no le faltaba otra cosa, para tener todavía peor nombre, que esto de haber aborrecido a Jesucristo. Dos son las circunstancias que agravan esta perversidad de los que le han aborrecido:
(a) Que había las mayores razones imaginables para que le amaran:
Primera, que sus palabras bien merecían que se le amara: «Si yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado» (v. 22). Es decir, no tendrían el pecado que lleva a la condenación (v. 3:17– 21; 8:24; 9:41). Efectivamente, si no hubiesen oído el mensaje del Evangelio, no serían juzgados por ese mensaje (v. 12:48); «pero ahora no tienen excusa de su pecado». Por aquí vemos: (i) el beneficio de que disfrutan los que reciben el mensaje de Cristo: Cristo viene a ellos y les habla; les habló directa y personalmente a los hombres de su generación, y todavía nos habla a nosotros por medio de los escritos inspirados de los que convivieron con Él. Cada una de sus palabras comporta una compasión, un amor y una ternura capaces, habría de pensarse, de encantar a la más sorda víbora; (ii) la excusa que tienen los que no han oído el mensaje del Evangelio: «Si yo no … les hubiera hablado no tendrían pecado»; este pecado específico de incredulidad al que nos hemos referido antes; no les habría sido imputado el pecado de haber despreciado a Cristo; pues así como «el pecado no se imputa donde no hay ley» (Ro. 5:13b), así tampoco se imputa la incredulidad donde no hay predicación del Evangelio; (iii) la culpabilidad gravísima que contraen aquellos a quienes Cristo ha hablado en vano: «no tienen excusa de su pecado». Son del todo inexcusables. La palabra de Cristo despoja al pecado del manto que lo cubre, a fin de que aparezca el pecado en «el extremo de la pecaminosidad» (Ro. 7:13b).
Segunda, que sus obras eran tales que bien merecían que por ellas se le amara: «Si yo no hubiese hecho entre ellos las obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado» (v. 24); es decir, su incredulidad y su enemistad contra mí tendrían excusa». Pero Él había presentado pruebas satisfactorias de su misión divina: obras que ningún otro había hecho. Sus milagros, sus mercedes, obras de asombro y obras de gracia, demostraban que Él había sido enviado por Dios, y que había sido enviado con designios de misericordia. Cristo llevó a cabo obras que ningún otro hizo ni podía hacer pues sólo alguien que había venido de Dios como Maestro, y con quien Dios estaba, podía hacer las señales que Él hacía (3:2). Todas las obras de Cristo eran buenas obras, no sólo por ser santas, sino también por ser útiles, obras de beneficencia. Una persona que era tan universalmente útil, debería haber sido universalmente amada y, sin embargo, era casi universalmente aborrecida. Las obras de Cristo agravan la culpabilidad de sus enemigos; si sólo hubiesen oído sus palabras pero no hubiesen visto sus obras, su incredulidad podía haber apelado contra la falta de pruebas; pero no sólo habían oído sus palabras, sino que le habían visto siempre dispuesto a llevar a cabo milagros de beneficencia. Con todo, le aborrecían. También nosotros vemos en su palabra el gran amor con que Dios nos amó (Ef. 2:4) y el amor de Cristo que sobrepasa a todo conocimiento (Ef. 3:19), ¿y no corresponderemos agradecidos a tal amor?
(b) Que no había ninguna razón en absoluto para que le aborrecieran: «Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Me aborrecieron sin motivo» (v. 25, comp. con Sal. 35:19). Los que aborrecen a Cristo no tienen ningún motivo para ello; la enemistad contra Cristo es totalmente sin razón, ya que Cristo ha sido, y es, la mayor bendición imaginable para su propio país y para el mundo entero. Es cierto que dio testimonio de que las obras de los incrédulos eran malas (3:19), pero ese testimonio tenía por objeto hacerles el bien; por lo que odiarle por este motivo era aborrecerle sin motivo; y en esto se cumplía la Escritura. No es que los que aborrecían a Jesús intentasen que se cumpliese la Escritura, sino que Dios, al preverlo y permitirlo, confirma nuestra fe en Cristo como Mesías al haber predicho esto con respecto a Él y al haberse cumplido lo que de Él estaba predicho. Incluso no habría de parecernos extraño si todavía tuviese un ulterior cumplimiento entre nosotros.
3. En último término, en Jesucristo el mundo odia a Dios mismo; lo cual aparece en el versículo 23:
«El que me aborrece a mí, aborrece también al Padre». Y se repite al final del versículo 24: «y me han aborrecido a mí y también a mi Padre». Así que hay quienes aborrecen a Dios, puesto que al no poder negar que Dios existe y, al mismo tiempo, desear que no existiese, le odian. El odio a Jesucristo comporta siempre el odio a Dios. El trato que se da al Hijo, se le da igualmente al Padre, ya que ambos dan el mismo testimonio (8:16), ambos son uno en naturaleza (10:30), están ambos el uno en el otro (14:10, 20) todo lo que tiene el Padre lo tiene también el Hijo (16:15), el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre; en cambio, el que confiesa al Hijo, tiene también al Padre (1 Jn. 2:23); y el que no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (el Padre); pero el que persevera en la doctrina de Cristo, ése tiene tanto al Padre como al Hijo (2 Jn. 9). Según el propio Juan, esta verdad es tan importante, que añade a continuación: «Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le saludéis.
Porque el que le saluda, participa en sus malas obras» (2 Jn. 10).
¡Que sepa el mundo incrédulo que su enemistad contra el Evangelio de Cristo es enemistad contra Dios mismo! ¡Y que todo el que sufre por causa del reino de Dios y de su justicia se consuele con esto: Si Dios mismo es odiado en Él, no tiene que avergonzarse de su causa ni atemorizarse por el resultado!
Versículos 26–27
Después de referirse a la oposición que el Evangelio había de arrostrar, Jesús da a conocer la provisión divina para mantenerlo en alto, lo cual habría de llevarse a cabo mediante el testimonio primordial del Espíritu Santo (v. 26) y el testimonio subordinado de los Apóstoles (v. 27).
I. Jesús promete que el Espíritu Santo sostendrá la causa de Cristo en el mundo: «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré de junto al Padre (lit.), el Espíritu de la verdad, el cual procede del Padre, Él dará testimonio acerca de mí» (v. 26). En este versículo tenemos del Espíritu Santo más doctrina que en cualquier otro versículo de la Biblia.
1. Lo que se dice de su persona. En su esencia, el Espíritu Santo es «el Espíritu de la verdad, el cual procede del Padre». Se habla de Él como de una persona distinta del Padre y del Hijo, ya que procede del Padre y es enviado por el Hijo. Es llamado «Espíritu de la verdad» (como en 14:17; 16:13), porque Él es la Verdad en persona (v. 1 Jn. 5:6), tanto como lo es el Padre (17:17) y el Hijo (14:6). «Procede del Padre» desde toda la eternidad, aunque es enviado al mundo en el tiempo. También procede del Hijo, puesto que es enviado por el Hijo. Nótese que Jesús habla en futuro de este envío porque Él no había sido aún glorificado (comp. con 7:39; Ef. 4:8). En cambio, habla en presente de que «procede del Padre», porque ahora Jesús está en función de Mediador, es decir como Hombre. Es de advertir que al Espíritu se le llama: «Espíritu del Señor» (2 Co. 3:17), «Espíritu de Jesús» (Hch. 16:7), «Espíritu de Cristo» (Ro. 8:9), y «Espíritu de su Hijo» (Gá. 4:6), con lo que se da a entender que procede del Hijo, puesto que ninguna de dichas expresiones se puede volver del revés («Cristo, del Espíritu», etc.). No tienen, pues, motivo los orientales separados, también llamados «ortodoxos», para negar que el Espíritu Santo procede también del Hijo, aunque las antiguas fórmulas griegas siempre lo expresan y dicen que el Espíritu Santo «procede del Padre por medio del Hijo», mientras que los escritores latinos lo han expresado siempre bajo la fórmula «del Padre y del Hijo». (Para más detalles, v. mis libros Un Dios en Tres personas y Espiritualidad Trinitaria. Nota del traductor.) El espíritu del hombre es llamado «aliento de vida» (Gn. 2:7), porque, al ser puesto por Dios en el interior del ser humano (v. también Ec. 12:7) llega a proceder de dentro del ser humano, al mismo tiempo que le vivifica dándole energía, no sólo para henchirle por dentro, sino también para apagar lo que quiere extinguir en el exterior. Así también el Espíritu Santo procede de Dios como una emanación térmica de la luz divina y como una energía eficaz del poder divino, por lo que se le llama también «Espíritu de vida» (Ro. 8:2).
2. Lo que se dice de su misión. Será enviado por el Padre (14:26) y por el Hijo (15:26), y vendrá con una plena efusión de sus dones, gracias y poderes, tal como nunca antes había venido sobre ninguna persona o corporación. En 14:16, Jesús había dicho: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre». En 14:26, dice: «a quien el Padre enviará en mi nombre». En cambio aquí, en 15:26, el énfasis está en el envío por parte del Hijo: «a quien yo os enviaré de junto al Padre». Es de notar que, tanto aquí, en 15:26 (dos veces) como en 16:28 («salí de junto al Padre». Lit.), se usa la misma preposición griega «para» con genitivo), que indica una comisión de embajador de junto al Padre. El Hijo fue comisionado para revelarnos las cosas del Padre (1:18). El Espíritu fue comisionado para iluminarnos los ojos (Ef. 1:18) de forma que lo que el Hijo reveló exteriormente, nos fuese revelado interiormente (1 Co. 2:10) por el Espíritu, siendo quitado el velo del corazón (v. 2 Co. 3:16–18), en virtud de la obra de Cristo (v. 2 Co. 3:14b). En otras palabras, Cristo nos declaró el mensaje (1:18; He. 1:2), el Espíritu nos aclara los ojos para entenderlo.
3. Lo que se dice de las operaciones mediante las cuales lleva a cabo su oficio. Éstas son dos: Una está implícita en el epíteto que se le da: «Paráclito», es decir, Consolador o Abogado. Un abogado de la causa de Cristo para sostenerla en alto contra la incredulidad del mundo, y un abogado de nuestra causa en el interior de nuestro corazón, confortándonos contra el odio de nuestros enemigos y dándonos seguridad de nuestra filiación divina (Ro. 8:16). La otra operación está explícita aquí: «Él dará testimonio acerca de mí» (v. 26b). No sólo es abogado, sino también testigo, a favor de la causa de Jesucristo. El poder del ministerio es derivado del Espíritu Santo, pues es el que capacita a los ministros de Dios; y también es derivado del Espíritu el poder del cristianismo, pues es Él quien santifica a los cristianos, y en ambas operaciones da testimonio de Jesucristo.
II. Jesús promete que también los Apóstoles tendrán el privilegio de ser comisionados como testigos de Jesucristo: «Y vosotros daréis testimonio también, porque estáis conmigo desde el principio» (v. 27).
1. Los Apóstoles fueron comisionados para ser testigos de Cristo en el mundo. Después de decir: «el Espíritu … dará testimonio acerca de mí» (v. 26), añade: «Y vosotros daréis testimonio también» de donde se deduce que el testimonio del Espíritu no estaba destinado a reemplazar, sino a capacitar y estimular, el nuestro. Aun cuando el Espíritu testificará como testigo principal, también los ministros del Señor han de dar testimonio. La tarea que a los discípulos en primer lugar, y a todos los creyentes después, especialmente a los ministros de la Palabra, ha sido asignada es testificar de la verdad, de toda la verdad y de sola la verdad acerca de Jesucristo. Aunque los discípulos huyeron tan pronto como el Señor fue arrestado en Getsemaní, y estuvieron ausentes mientras Jesús era procesado ante Anás, Caifás y Pilato, sin embargo cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre ellos, testificaron con denuedo acerca de la causa de nuestro Salvador. La verdad de la religión cristiana había de ser demostrada mediante la evidencia de los hechos, en especial de la resurrección de Cristo, de la que los Apóstoles fueron escogidos como testigos singularmente cualificados (Hch. 10:41). Pero todos los ministros de Dios son especiales testigos de Cristo, aunque no sólo ellos, sino todos los creyentes también (Hch. 1:8; 8:4). Pablo habla de los ministros de Dios como «colaboradores de Dios» (1 Co. 3:9). El honor que Cristo les confirió había de animarles contra el odio y el desprecio que el mundo había de mostrar contra ellos.
2. Los Apóstoles fueron igualmente capacitados para dar testimonio de Jesucristo: «Porque estáis conmigo desde el principio». No sólo habían oído las enseñanzas que había dado en público, sino que habían conversado y convivido con Él diariamente (v. Hch. 1:21–22). Otros vieron las obras maravillosas de poder y de compasión que Jesús llevó a cabo en las respectivas ciudades y regiones del país, pero ellos le acompañaron por todas partes. Los que siempre procuran mantener viva la comunión con el Señor, mediante la fe, la esperanza y el amor, son los que mejor capacitados están para dar testimonio de Él. Por eso, los ministros de la Palabra han de aprender primero de Jesús antes de predicar acerca de Él, pues sólo quienes tienen experiencia personal de las cosas de Dios pueden hablar de ellas como es debido. Es una ventaja sin par haber estado con el Señor desde el principio. ¡Ojalá hayamos estado con Él desde que llegamos a la edad de discernimiento! Pero si esto no nos ha sido posible, procuremos al menos mantener una constante comunión con nuestro Salvador, de forma que, al cabo de los años, seamos como el «amo de casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas» (Mt. 13:52).
Este capítulo comienza con palabras que llenan de pesadumbre a los discípulos por la perspectiva de aflicciones y pesares que Jesús pone delante de ellos (vv. 1–6). Pero, a continuación, les dice palabras de consuelo y aliento para poder sobrellevarlo todo. Los motivos de consuelo y aliento que les propone son cinco: 1) que les había de enviar el Espíritu Santo, el Consolador (vv. 7–15); 2) que Él mismo les visitaría después de su resurrección (vv. 16–22); 3) que les aseguraría una respuesta favorable a las oraciones de ellos (vv. 23–27); 4) que Él se marchaba ahora al Padre, de quien había salido (vv. 28–32), y 5) que, por muchas y grandes que fueran las aflicciones que les hubiesen de salir al paso disfrutarían de paz en Él, seguros de la victoria que el Salvador había de obtener para sí y para ellos (v. 33).
Versículos 1–6
Jesús se comportó fielmente con sus discípulos, sin ocultarles las dificultades que les saldrían al paso cuando fuesen a desempeñar la comisión que les encargaba. Les dijo lo peor, a fin de que pudieran sentarse a calcular el costo.
I. Comienza exponiendo el motivo por el que les habla palabras que pueden causarles alarma: «Estas cosas os he hablado para que no tengáis tropiezo» (v. 1). «Estas cosas» son las que les había dicho en 15:18–27. Los discípulos de Cristo son siempre propensos a tomar ofensa de la cruz; y la ofensa o
«escándalo» de la cruz es siempre una tentación grave, peligrosa, incluso para los buenos pues les incita a dejar los caminos de Dios. Nuestro Señor Jesucristo, al notificarnos de antemano los contratiempos futuros, tenía el propósito de eliminar de nuestra mente la consideración del terror que implican, y lo hizo al declarar que no debían tomarnos por sorpresa (comp. con 1 P. 4:12–13). Así como podemos recibir cumplidamente a un huésped que esperamos así también podemos armarnos de antemano contra un enemigo de cuya llegada se nos avisa a tiempo.
II. Les predice en detalle los padecimientos que han de sufrir (v. 2): Quienes tendrán algún poder para perseguirles, no sólo les «excomulgarán», sino que tratarán de darles muerte. Vemos aquí «las dos espadas» que serán desenvainadas contra los seguidores de Jesucristo:
1. La espada de las censuras eclesiásticas: «Os expulsarán de las sinagogas». Al principio, los azotaron en las sinagogas como a menospreciadores de la ley (Mt. 10:17) y, después, los expulsarían de allí como se hace con los incorregibles. Esto es ya evidente desde 9:22–23. Los que confesasen a Cristo habían de ser puestos fuera de la ley, hechos como ajenos al pacto, a las esperanzas y prerrogativas de los hijos de Israel; perderían sus puestos de trabajo, serían exiliados juntamente con sus familias y hasta serían privados de una sepultura decente. ¡Cuántas verdades han sido anatematizadas como herejías! ¡A cuántos verdaderos profetas se les ha tapado la boca con toda clase de amenazas y degradaciones!
2. La espada del poder civil. Pero no se contentarán con echarlos de las sinagogas: «Y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio (lit. servicio de culto) a Dios». La muerte, precedida de toda clase de crueldades, de increíbles torturas, ha sido la suerte que han corrido millones de discípulos de Cristo. Y esto, no sólo de parte de los paganos: de los emperadores romanos, de los dictadores sin Dios, de los que se profesan ateos o anticristianos, sino, lo que es mucho peor, de los que se cubren con el manto de «cristianos», de todas las denominaciones y colores, de los «jerarcas» de todas las confesiones religiosas: «¡Pensarán que rinden, con eso, culto a Dios!» En la mayoría de las veces, lo harán por mano del poder civil «para no contaminarse y así poder comer la pascua» (18:28).
¡Siempre la misma hipocresía! Aparte de Pedro, de quien la Escritura predijo explícitamente «con qué muerte había de glorificar a Dios» (21:19), y de Santiago el Mayor, a quien Herodes Antipas hizo matar a espada (Hch. 12:2), nada sabemos, por el texto sagrado de la muerte de los demás Apóstoles. Pero es tradición que todos ellos, excepto Juan, sufrieron martirio por causa del Evangelio. Y aun del mismo Juan dice la misma tradición que fue metido, por orden del emperador romano, dentro de una caldera de aceite hirviendo, de donde, como se lee en el Breviario Romano, salió sanior vegetiorque, es decir, «más sano y robusto». Es sabido que los paganos de los primeros siglos del cristianismo llamaban a los cristianos «ateos» porque sólo adoraban a un Dios, aun cuando éste es el único Dios verdadero (el «Dios desconocido» de Hch. 17:23). Ya sea, pues, en el nombre de muchos dioses (recuérdese que al emperador romano se le concedían honores divinos), ya sea, lo que es peor, en nombre del Dios verdadero, los verdaderos seguidores de Cristo han sufrido cruel persecución, increíbles tormentos y sañuda muerte. Es terrible que el trabajo del diablo se haya llevado a cabo, muchas veces, bajo la librea de Dios, y que se haya patrocinado la enemistad contra la religión con el pretexto de cumplir con los más sagrados deberes religiosos. Esto no rebaja la culpabilidad de los perseguidores, pero añade nueva amargura a los padecimientos de los fieles perseguidos, al saber que mueren como si fueran enemigos de Dios.
III. Jesús les explica la razón por la que el mundo les ha de odiar y perseguir a muerte: «Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí» (v. 3). Hay muchos que pretenden ser conocedores de Dios y, sin embargo, ignoran completamente la verdadera naturaleza y el carácter real de Dios. Todos los que son ignorantes en cuanto a la persona de Jesucristo están incapacitados para tener un concepto correcto acerca del verdadero Dios. Sólo estos ignorantes de la verdadera naturaleza de Dios y de Jesucristo pueden pensar que rinden culto aceptable a Dios persiguiendo a los genuinos discípulos de Cristo. Es explicable que las autoridades judías, que rehusaban reconocer a Jesús como al Mesías verdadero, persiguiesen a los discípulos del crucificado, pero ¡que lo hayan hecho también quienes se han tenido por ministros del Señor y hasta por autotitulados «Vicarios de Cristo»! Lugares como Éxodo 32:29; Deuteronomio 13:1–8; 17:1–5, dan como lícito y agradable a Dios derramar la sangre de los seductores y de los falsos profetas, y los principales sacerdotes, los escribas y los fariseos se apoyaron en la falsa excusa de que Jesús era un impostor (v. Mt. 27:63; Lc. 23:2, 5; Jn. 7:12, 47; 19:7). Pablo da testimonio de haber creído su deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret (Hch. 26:9). Por experiencia propia, pues, pudo decir de los judíos incrédulos de su tiempo: «Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no según el perfecto conocimiento» (Ro. 10:2). Por eso, dice J. Murray acertadamente, en su comentario a este último versículo: «El celo es una cualidad neutral y puede ser el mayor de los vicios. Lo que determina su carácter ético es aquello a lo que va dirigido». Por eso, se equivocó B. Pascal cuando dijo: «De buena gana creo a testigos que se dejan matar», porque, como escribió Agustín de Hipona, «al mártir no le hace la sentencia de muerte, sino la causa por la que muere». Hay aquí algo de notar con respecto a los que, por un falso celo de Dios, persiguen a los creyentes genuinos hasta expulsarles de las sinagogas (y aun de las iglesias) y llegan a darles muerte. El que se comporten de un modo cruel contra los buenos discípulos de Cristo no significa que carezcan de toda autoridad para ejercer su oficio y hasta proclamar el mensaje de Dios de una forma que demanda la obediencia por parte de los que lo oyen.
Basta con leer Mateo 23:3; Hechos 23:3, 5, para convencerse de ello. Es muy significativo el hecho de que ni el Señor Jesús ni el Apóstol Pablo se expulsaran a sí mismos de la sinagoga, lo que no les privó de ejercitar su oficio profético contra los desmanes y corrupciones doctrinales de las autoridades religiosas judías. Con esto nos enseñaban algo muy importante que suele pasar desapercibido (nota del traductor), pero que ha sido puesto de relieve por M. Harper en su libro Para que todos seamos uno. Lo diremos con palabras de Ryle al citar a Hengstenberg, en su comentario al versículo 2: «Los discípulos no debían marcharse de la sinagoga por su propia iniciativa, sino esperar lo que habría de sucederles si proclamaban plenamente el mensaje del Evangelio. Esto nos ofrece una clara insinuación a todos los fieles en tiempos en que la Iglesia declina: a saber, que deben alejar de su mente la idea de una secesión arbitraria. La nueva formación es correcta sólo en el caso de que haya precedido la expulsión».
IV. Les dice también Jesús por qué les notifica esto ahora, y no antes. Se les dice ahora, no para desanimarles, sino «para que cuando llegue la hora, se acuerden de que se lo había dicho» (v. 4). Cuando vienen los sufrimientos es la oportunidad de echar mano de lo que Cristo nos ha explicado acerca de los padecimientos; entonces, la aflicción no resulta tan severa, puesto que ya nos había sido anunciada; así que no tiene que tomarnos por sorpresa. Y no se lo dijo antes, porque hasta ahora le habían tenido al lado de ellos como Consolador: «Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros» (v. 4b). Es de notar que ya anteriormente les había hablado de los futuros padecimientos, no sólo de los suyos propios, sino también de los que habrían de sufrir ellos mismos (v., p. ej., Mt. 10:16 y ss.), pero lo recalcaba ahora que Él se iba a marchar. Mientras Él estuvo con ellos, fue Él el blanco central de los tiros del enemigo, y soportó las tarascadas maliciosas de escribas y fariseos, de saduceos y herodianos; en fin, de todos los líderes del pueblo. Él estaba al frente de su «manada pequeña» (Lc. 12:32) y, elevado como signo de contradicción (v. Lc. 2:34) a la vez que como buen pastor que va delante de sus ovejas (10:4, 11), atraía la atención de los lobos hacia sí, mientras que sus discípulos estaban resguardados, no tanto por falta de malicia en los adversarios cuanto por suficiente protección por parte del Maestro (comp. con 18:8–9).
V. A continuación expresa su tierna preocupación por la tristeza que embarga el ánimo de los discípulos (vv. 5–6), los cuales, no sin cierto egocentrismo, comenzaban a desanimarse ante la partida del Maestro, en lugar de alegrarse por la exaltación que Jesús obtendría como resultado de su muerte (v. 14:28). En vez de una santa curiosidad, les invadía una insana melancolía. Jesús quiere hacerles notar que no tienen motivo para estar así acongojados; así que les recuerda:
1. Que ya les había dicho antes que tenía que marcharse de ellos: «Pero ahora me voy al que me envió» (v. 5, comp. con 7:33; 13:3, 33; 14:2, 4, 12, 28). No se lo llevaban por la fuerza, sino que se iba por su propia voluntad, aunque siempre en obediencia al Padre (v. 10:17–18). Se iba al que le envió, como marcha un embajador a la corte para dar cuenta al Jefe del Estado de sus gestiones en un país extranjero.
2. Que ya les había dicho antes las dificultades por las que ellos habían de pasar cuando Él se hubiese marchado. Podían sentirse tentados a pensar que, al seguir a Jesús, habían hecho un mal negocio. El Maestro comprende la inquietud de ellos, pero les reprende de dos cosas:
(A) De que no parecían preocuparse de la fuente de la que les había de venir el consuelo: «ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas?» (v. 5b). Es cierto que Pedro había enunciado la pregunta (13:36), y Tomás la había secundado (14:5), pero otros pensamientos les habían impedido llevarla adelante, en parte porque entonces no comprendían el sentido de la marcha de Jesús. Pero ahora les había dado ya suficientes instrucciones como para que sintieran mayor curiosidad en saber adónde marchaba. Después de las elevadas lecciones del Maestro, éste era el tiempo oportuno para las preguntas. Por aquí vemos qué Maestro tan compasivo es Jesús. Muchos maestros no aguantan que un discípulo les haga dos veces la misma pregunta; si no ha entendido a la primera lo que acaba de oír, le dejan que se marche sin salir de la duda. Pero el Señor Jesucristo sabe muy bien cómo hay que tratar, no sólo a los adultos, sino también a los bebés (comp. con He. 5:11 y ss., donde el escritor parece perder la paciencia). El inquirir en los designios de Dios en medio de las tinieblas de la aflicción o de la duda, nos ayudaría mucho a entenderlos. No es de nuestra incumbencia preguntar: «De dónde vienen», sino: «Adónde van»; esto es, qué objetivo tienen las dificultades que la providencia de Dios pone en nuestro camino, o permite que nos las pongan, lo cual viene a ser lo mismo, ya que ni un cabello de nuestra cabeza cae sin el consentimiento de nuestro Padre Celestial (Mt. 10:33; Lc. 12:7; 21:18). Entonces nos daríamos cuenta de que «todas las cosas (no sólo las que llamamos “prósperas”, sino también las que apellidamos “adversas”, es decir, “contrarias”) cooperan (obran conjuntamente, como un inmenso mecanismo de relojería) para bien de los que aman a Dios» (Ro. 8:28).
(B) De que estaban demasiado preocupados de las fuentes de aflicción: «Antes, porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón» (v. 6). Por fijar la vista en lo que iba contra ellos, y pasar por alto lo que había en favor de ellos, estaban tan llenos de tristeza que no quedaba en el corazón de ellos ningún rincón para el gozo. Es un defecto corriente entre los creyentes, y una fuente de necias consideraciones melancólicas, el tener siempre fija la vista en el lado oscuro de la nube. Lo que llenaba de tristeza el corazón de los discípulos era un apego demasiado grande a las cosas de la vida presente; estaban llenos de esperanza acerca de la gloria y del poder del reino mesiánico, que ellos imaginaban inminente y material, y no se hacían a la idea de una consolación espiritual de parte del Paráclito. No hay cosa que tanto dañe a nuestro gozo en Dios como el amor del mundo (v. 1 Jn. 2:15–17); y no hay cosa, por consiguiente, que nos deprima tanto como la tristeza del mundo (v. 2 Co. 7:10b).
Versículos 7–15
Tres cosas dice aquí Jesús acerca de la venida del Consolador:
I. Que la marcha de Cristo era absolutamente necesaria para el descenso del Espíritu Santo (v. 7). Cristo vio que había motivos para asegurarlo con especial solemnidad: «Pero yo os digo la verdad».
1. «Os conviene (no sólo me conviene. V. 14:28) que yo me vaya.» Nuestro Señor Jesucristo tiene en cuenta, sobre todo, lo que es conveniente para nosotros, y nos da el remedio que nosotros somos perezosos en tomar, porque sabe que es bueno para nuestra salud espiritual.
2. Era, pues, conveniente que se fuese, porque era con el fin de que viniera el Consolador. Por donde vemos que:
(A) La marcha de Cristo tenía por objeto la venida del Paráclito: «Si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros». El que da libremente, bien puede retraer un don antes de otorgar otro, aun cuando a nosotros nos gustaría retener ambos. El envío del Espíritu había de ser fruto de la transacción de Jesús, y esa transacción tenía que ser llevada a cabo mediante su muerte. Sería una respuesta a su intercesión allende el velo (14:16, comp. con He. 10:20). Así que este don del Espíritu tenía que ser pagado y demandado por el Señor Jesús. Los discípulos tienen que verse privados de la presencia corporal del Señor antes de ser preparados debidamente para recibir las ayudas y los consuelos espirituales de una nueva dispensación: «Si me voy, os lo enviaré». Con ese objeto, en efecto, se marcha.
(B) La presencia del Espíritu de Cristo en la Iglesia es tanto más deseable que su presencia corporal, como que nos es realmente conveniente que Él se marche. Su presencia corporal estaba limitada a un solo lugar, no podía estar en dos lugares al mismo tiempo; mientras que, por medio de su Espíritu, puede ahora estar dondequiera estén dos o tres congregados en su nombre (Mt. 18:20). La presencia corporal de Cristo puede atraer la atención de los ojos, pero el Espíritu Santo puede atraer el corazón de los hombres.
II. Que la venida del Espíritu Santo era absolutamente necesaria para llevar adelante la causa de Jesucristo en la tierra: «Y cuando Él venga, redargüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio» (v. 8). En estas frases vemos (así como en los vv. 9–11):
1. Con qué objeto es enviado el Espíritu Santo: Para redargüir. El Espíritu Santo, no sólo mediante la Palabra, sino también por medio de la conciencia, nos redarguye, nos deja convictos. Es éste un término legal, usado en los tribunales para dar a entender que el juez da por conclusa la evidencia de los hechos alegados y probados. En el presente contexto, nos da a entender que el Espíritu Santo silenciará completamente a los adversarios de Cristo y del Evangelio. Esto sólo es aplicable al caso en que el mensaje de salvación es propuesto de forma clara, completa y persuasiva. De ahí la tremenda responsabilidad de los pecadores, pues no pueden contentarse con una exposición superficial de lo que es el pecado, la fe, el arrepentimiento y la obra de la cruz. La tarea de persuadir los corazones de los oyentes es competencia exclusiva del Espíritu Santo; los hombres pueden presentar el caso y la causa, pero sólo el Señor puede abrir el corazón (v. Hch. 16:14) por medio del Espíritu Santo. Al Espíritu Santo se le llama Consolador (v. 7), pero en el versículo 8 le vemos redarguyendo. Podría pensarse que ambas cosas son incompatibles, como si el Espíritu se limitara a aplicar un dulce consuelo; pero éste es el método que el Espíritu usa: al principio, convence; después, consuela; primero tiene que abrir la herida, para aplicar después la medicina.
2. Quiénes son los que deben ser redargüidos y convictos por obra del Espíritu Santo: «El mundo», es decir, los mundanos, los seguidores del sistema diabólico, anticristiano, de los que el Señor habla a lo largo de estos capítulos 14, 15, 16 y 17. El Espíritu Santo va a presentar ante el mundo las más evidentes pruebas del Evangelio. Con ellas proveerá lo suficiente para silenciar las objeciones y prejuicios que el mundo abriga contra el mensaje del Evangelio. A muchas personas dejará convictas y sin excusa; a otras, de todos los lugares, épocas, razas, etc., dejará convencidas y salvas. Aun cuando este mundo es perverso y yace bajo el poder del Maligno, el Espíritu va a obrar eficazmente en él, para salvación de almas, honor de Jesucristo y gloria de nuestro Padre Celestial. La convicción íntima de los pecadores es el mayor consuelo de los fieles ministros de Dios.
3. De qué va a convencer el Espíritu Santo al mundo: «de pecado, de justicia y de juicio» (v. 8b); lo cual se detalla en los tres versículos siguientes:
(A) «De pecado, por cuanto no creen en mí» (v. 9). El Espíritu es enviado para convencer de pecado a los pecadores, no sólo a decirles que están en pecado; en la convicción hay mucho más que una mera noticia: hay un poder de persuasión que deja sin ninguna excusa a una persona. El Espíritu convence del hecho del pecado, de la culpabilidad del pecado, de la locura del pecado, de la mancha del pecado y, finalmente, del fruto del pecado, que es la muerte: «Porque la paga del pecado es muerte» (Ro. 6:23a), muerte eterna, opuesta a la vida eterna (3:15–16, comp. con Ro. 6:23b). Pero, especialmente, el Espíritu Santo redarguye del pecado de incredulidad, por cuanto éste es el pecado que atrae directamente sobre una persona la condenación eterna (v. 3:17–21, 36; 5:24, 40; 6:53; 8:21, 24; 9:41; 11:25–26; 12:47–48; 15:22; 1 Jn. 3:14; 5:9–12). Por eso, el Espíritu Santo convence especialmente del pecado de incredulidad, porque este pecado es:
(a) El gran pecado reinante. Había, y hay, un mundo de personas que no creen en Jesucristo y que, además, han perdido la sensibilidad de conciencia con respecto a ese pecado. No hay transgresores tan perdidos como aquellos que, cuando Dios nos habla por medio de su Hijo (He. 1:1–2), desechan al que habla (He. 12:25).
(b) El gran pecado arruinante. Todo pecado tiende a arruinar al pecador, pero la incredulidad acarrea una ruina total y definitiva, porque es un pecado que va directamente contra el remedio que nos salva de dicha ruina.
(c) El gran pecado originante. La incredulidad está en el fondo de cualquier otro pecado, pues en todo pecado hay una falta de fe en el carácter santo de Dios, en la fidelidad de Dios a su Palabra y en su poder omnímodo para llevarla a cabo. Notemos que, en la base misma de la primera desobediencia humana, hubo un pecado de incredulidad y desconfianza en Dios (v. Gn. 3:16). El Espíritu Santo convencerá, pues, al mundo de que la razón última por la que el pecado reina entre los mundanos es porque se niegan a creer en la obra del Señor Jesucristo.
(B) «De justicia, por cuanto me voy al Padre y no me veréis más» (v. 10). Esto sólo puede entenderse de la justicia personal del Señor Jesucristo. El mundo bien representado ahora en los judíos enemigos de Cristo, juzgaban justo y debido el que Cristo muriera (19:7: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley DEBE MORIR»). Pero lo contrario era precisamente la verdad. Jesús era por completo justo (v. Mt. 27:19, 24; Lc. 23:47; Hch. 3:14; 7:52; 22:14; 1 Jn. 2:1) y, por tanto, no merecía morir. El Espíritu Santo había de convencer al mundo de la justicia de Cristo, había de vindicarle (éste es el sentido de la frase «justificado en el Espíritu», de 1 Ti. 3:16). ¿Qué argumento había de emplear el Espíritu Santo para convencer al mundo de la sinceridad y justicia de Jesucristo? La resurrección de Cristo y su ascensión a los cielos. Aunque iba a ser rechazado por el mundo, sería bien recibido arriba por el Padre. Mediante su acogida en el trono del cielo, Jesús iba a recibir del Padre el espaldarazo de caballero de la buena causa, de la victoria contra el diablo, el mundo el pecado y la muerte. La venida del Espíritu Santo sería la señal manifiesta de que el Señor Jesucristo «había sido exaltado por la diestra de Dios» (Hch. 2:33). Ésta sería la evidencia más contundente de la justicia de Cristo. Ahora que estamos seguros de que Jesucristo está sentado a la diestra del Padre, estamos también seguros de que «asimismo nos hizo sentar (Dios) en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:6), puesto que, al ser Él nuestro sustituto en el Calvario, nosotros fuimos hechos justicia de Dios en Él (v. 2 Co. 5:21).
(C) «Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado» (v. 11, comp. con 12:31). Al inducir a los judíos a condenar a muerte a Cristo, el diablo, el príncipe de este mundo, «el cual engaña al mundo entero» (Ap. 12:9, comp. con Ap. 20:8, 10), se juzgó y se condenó a sí mismo como mentiroso y homicida (v. 8:44), es decir, como el gran Engañador y el gran Destructor, con el nombre que Apocalipsis 9:11, le aplica tanto en hebreo como en griego para advertir y precaver al judío y al griego. Por la obra de Cristo en la cruz, el diablo fue desposeído de sus mal adquiridos derechos legales sobre las naciones de este mundo y sobre las almas de los seres humanos. Ahora, sólo el que así lo desea voluntariamente queda sometido al imperio de Satanás, que es el reino del pecado y de la muerte (v. Ro. 6:6–14). En cada alma que pasa de muerte a vida (5:24), de las tinieblas a la luz admirable del reino de Dios (v. 1 P. 2:9, comp. con Col. 1:13), Jesucristo obtiene una nueva victoria contra Satanás (v. Mt. 12:29; Lc. 11:21–22; Ef. 4:8). Con ese juicio y condenación del príncipe de este mundo se muestra que Cristo es más fuerte que el diablo (comp. con 1 Jn. 4:4). El juicio del mundo y de su príncipe mostrará que la venida de Cristo a este mundo tuvo por objeto poner en orden lo que el diablo había desordenado; «para, por medio de la muerte, anular el poder al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (He. 2:14b). Y todo marchará completamente bien cuando haya sido totalmente quebrantado el poder de quien tantos males atrajo sobre este mundo. Y, si de forma tan rotunda es vencido Satanás por Jesús, podemos estar seguros de que ningún otro poder podrá oponerse al poder del Señor.
III. Que la venida del Espíritu Santo será sumamente beneficiosa para los discípulos mismos. El Espíritu tiene una tarea que llevar a cabo, no sólo en los enemigos de Cristo, sino también, y especialmente, en sus siervos y ministros; por consiguiente, les conviene que Él se vaya. En efecto:
1. Ahora ellos son incapaces de aprender las lecciones que corresponden, por decirlo así, al curso superior del cristianismo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar». Era todavía demasiado «pesado» para los hombros de ellos (es el mismo verbo de 10:31) lo que el Espíritu Santo les había de enseñar después que el Señor fuese glorificado. En las palabras de Jesús podemos notar la ternura por la que se hacía cargo de las actuales debilidades de ellos. ¡Qué buen maestro es Jesús! Nadie se le puede comparar en abundancia de enseñanzas, pues en Él «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:3). Y nadie como Él en compasión, pues querría haberles enseñado más cosas «acerca del reino de Dios» (Hch. 1:3), pero ellos no eran todavía capaces de entenderlas y, por tanto, les habría confundido y hecho tropezar, más bien que darles útiles conocimientos y satisfacción interior.
2. Pero les asegura que pronto contarán con la suficiente ayuda y asistencia: «Pero cuando venga el Espíritu de la verdad … todo irá bien» (vv. 13–15). En efecto, Él guiará a los Apóstoles y glorificará a Jesucristo.
(A) Guiará a los Apóstoles, a fin de que no yerren en el camino de la verdad: «Él os guiará a toda la verdad» (v. 13), como un experto piloto sabe llevar a buen puerto su navío. El verbo griego da a entender que irá todo el tiempo abriéndoles camino y guiándoles por él. Ser guiado a la verdad es algo más que conocer la verdad, pues indica la presencia de un guía interior con el que se tiene confianza plena y comunión personal íntima; también indica un descubrimiento gradual, progresivo, de la verdad que brilla más y más intensamente a nuestros ojos (comp. con 2 Co. 3:18). Pero, ¿cómo hace «a toda la verdad»? ¿Acaso nos enseñará también historia, matemáticas, geografía, etc.? No, sino que se refiere a toda verdad que dice referencia a la misión que le ha sido encomendada; a todo lo que nos es necesario y conveniente conocer para la salud eterna de nuestra alma. El Espíritu Santo iba a enseñar a los Apóstoles y a los escritores sagrados las verdades que ellos debían enseñar a otros. El Espíritu Santo no les iba a guiar a otra cosa que la verdad. Efectivamente:
(a) «El Espíritu … os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo cuanto oiga», ni más ni menos que eso. Notemos la semejanza con 5:19, donde Jesús dice de sí mismo: «No puede el Hijo hacer nada por su cuenta (lit. de sí mismo; exactamente igual que aquí en 16:13), sino lo que ve hacer al Padre». La diferencia (v. el comentario a 5:19) está en que del Hijo se dice que «ve», porque el Verbo procede del Padre por la vía del intelecto, al que compete «ver» mentalmente, mientras que el Espíritu santo procede por la vía del amor, que se aviene mejor con el «oír» (comp. con 20:16; Ro. 10:9–10, 17). El testimonio del Espíritu Santo (v. Ap. 19:10b) tanto en la Escritura misma como en la predicación de los Apóstoles es el cimiento donde descansa nuestra fe. El testimonio del Espíritu siempre concuerda con la Palabra de Dios, porque no habla de sí mismo, sino en perfecta concordancia y de común acuerdo con el Padre y el Hijo, con quienes le une la única naturaleza divina en que los tres subsisten (v. Mt. 28:19, «en el nombre …», no «en los nombres»). Por consiguiente, el Espíritu ilumina y da calor únicamente a lo que es Palabra de Dios, y lo que no es Palabra de Dios tampoco puede pertenecer al campo de la verdad a la que el Espíritu guía; por lo cual, y esto es de extrema importancia, todo cuanto se pretenda decir o hacer bajo el pretexto de que lo ha comunicado el Espíritu Santo, pero no esté de acuerdo con la Palabra de Dios, ha de ser juzgado como una impía falsificación. Entre los hombres, cabe desacuerdo entre sus palabras y su espíritu, puesto que nuestro corazón es engañoso más que todas las cosas, y perverso (Jer. 17:9), pero la eterna Palabra de Dios y el Espíritu eterno (1:1; He. 9:14) nunca pueden estar en desacuerdo.
(b) «El Espíritu … os anunciará (lit.) las cosas que habrán de venir.» El Espíritu era en los Apóstoles un Espíritu de profecía. Esto era una satisfacción para la mente de ellos, y de gran utilidad para su conducta. No debemos tener envidia de ellos ni resentirnos de que el Espíritu no nos muestra en esta vida las cosas que habrán de venir; bástenos saber que el Espíritu nos muestra en la Escritura las cosas que habrán de venir en la otra vida, pues esto es lo que más interesa.
(B) Glorificará a Jesucristo (vv. 14–15). El envío mismo del Espíritu Santo fue ya una glorificación de Cristo, pues fue un gran honor para el Redentor el que el Espíritu fuese enviado en su nombre y para aplicar y llevar a ejecución en las personas lo que Jesús había realizado y obtenido en la cruz del Calvario. Todos los dones y gracias del Espíritu Santo, todos los mensajes orales y escritos de los Apóstoles, las lenguas, los milagros, etc., tenían por objeto glorificar a Jesucristo. El Espíritu glorificaba a Cristo al guiar a sus seguidores en todo «conforme a la verdad que está en Jesús» (Ef. 4:21). ¿De qué forma? Lo dice el Señor a continuación:
(a) «Él me glorificará; porque tomará de lo mío y os lo hará saber» (v. 14). El Espíritu hace que las verdades y las virtudes de Cristo sean proclamadas e imitadas, a fin de que resplandezcan más y más vivamente el poder, la sabiduría, el amor, la humildad, la ternura, la prudencia, la paciencia, la santidad sin tacha, de Jesucristo. Todo lo que el Espíritu nos enseña lo saca del tesoro de verdades y gracias de Jesús, de los tesoros de sabiduría y de conocimiento del Verbo Encarnado (v. Col. 2:2–3). Con ello se indica, en fin de cuentas, que el Espíritu Santo procede del Hijo, pues no podría tomar de Él la sabiduría si no tuviera común con Él la naturaleza en la que la sabiduría está como perfección divina. El Espíritu Santo no vino a fundar un nuevo reino ni a fundar una nueva empresa por su propia cuenta, sino a confirmar y establecer lo que Jesús había erigido.
(b) «Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber» (v. 15). Ni el Hijo podía hacer, sino lo que veía al Padre (5:19), ni el Espíritu podía decir, sino lo que oía al Padre y al Hijo (16:13). Pero el Padre había puesto todas las cosas en las manos del Hijo (3:35; 13:3); por lo que, al tomar del Hijo, el Espíritu Santo tomaba necesariamente también del Padre; y con toda razón, pues ambos son uno en esencia y perfecciones (10:30). La gracia y la verdad, equivalentes al binomio frecuente en el Antiguo Testamento de misericordia y verdad, o misericordia y fidelidad, vinieron por medio de Jesucristo (1:17); estaban en el Padre y fueron puestas en manos del Hijo. Ahora, el Espíritu de la verdad (15:26; 16:13), que es también el Espíritu de gracia (He. 10:29), aplica la gracia y la verdad del Padre y del Hijo a todos cuantos recibieron, reciben y recibirán al Salvador (1:12–13). Con razón deducen los teólogos de este versículo que el Espíritu Santo procede conjuntamente del Padre y del Hijo como de un único principio, puesto que si el Espíritu procede del Padre (15:26), y todo lo que tiene el Padre es también del Hijo, excepto, por supuesto, el ser Padre (ya que en eso se distinguen), es obvio que el Espíritu ha de proceder también del Hijo, ya que en esta relación hacia el Espíritu Santo no se distinguen el Padre y el Hijo, sino que la tienen en común.
Versículos 16–22
I. Vemos primero la forma en que Jesús insinuó el consuelo que tenía destinado para sus discípulos (v. 16). Les dice:
1. Que dentro de poco le perderían de vista: «Todavía un poco, y no me veréis». Por consiguiente, si tenían alguna pregunta que hacerle, se tenían que dar prisa a exponérsela. Nos conviene grandemente estar siempre alerta a las oportunidades de gracia que el Señor nos otorga, para que nos demos prisa a aprovecharnos de ellas. Los discípulos perdieron de vista al Maestro cuando éste murió y fue sepultado. Lo más que puede hacer la muerte a nuestros hermanos en Cristo es quitarlos por un poco de nuestra vida, pero no de nuestro recuerdo ni de nuestro corazón. Después, cuando el Señor ascendió a los cielos,
«mientras los bendecía, se fue alejando de ellos e iba siendo llevado arriba al cielo» (Lc. 24:51).
2. Que dentro de otro poco volverían a verle: «Y de nuevo un poco, y me veréis». Su despedida no era definitiva y final, puesto que volverían a verle: (A) Después de su resurrección, cuando «se presentó vivo con muchas pruebas indubitables» (Hch. 1:3). (B) Por medio de la efusión del Espíritu, diez días después de su ascensión a los cielos. La venida del Espíritu Santo fue una visita de Jesús a sus discípulos, una visita permanente, no transitoria. (C) En su segunda venida, al final de los tiempos.
3. Que había un motivo muy razonable para ausentarse ahora de la vista de ellos: «Porque yo voy al Padre». A la vista de esta última frase, comparada con 14:19, la mayoría de los autores opinan que Cristo no se refería a la visita que haría a sus discípulos después de su resurrección, sino a su segunda venida, como puede verse por Hebreos 10:37, donde se usa una expresión similar: «aún un poquito», en un contexto que habla claramente de la segunda venida del Señor. Sin embargo, quizá sea preferible la opinión de Alford, quien piensa que la frase tiene más de un sentido. Que Jesús parece referirse de algún modo al tiempo en que había de permanecer en la tumba, se deduce de todo el contexto posterior (vv. 20 y ss.), en el que se habla de tristeza y lamento, al ser así que la partida del Señor al cielo en el día de su ascensión, no llenó a los discípulos de tristeza, sino «de gran gozo» (Lc. 24:52). No estará de más advertir que la frase «porque me voy al Padre» de este versículo falta en la mayoría de MSS y códices griegos.
II. La perplejidad de los discípulos ante esas palabras de Jesús, pues no sabían qué podían significar. No es extraño, porque aun después de venido el Espíritu Santo, y a fines del siglo XX, todavía discuten los exegetas acerca de su significado: «Entonces se dijeron algunos de sus discípulos unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice …?» (v. 17a). Aunque Cristo se había expresado anteriormente de una forma semejante, todavía estaban en la oscuridad. Por aquí vemos:
1. La debilidad de los discípulos, al no poder entender unas frases tan claras (pero téngase en cuenta lo que hemos dicho en el punto anterior. Nota del traductor). Les había dicho con frecuencia que habían de darle muerte, pero que resucitaría al tercer día. Con todo, ellos están perplejos: «No sabemos qué quiere decir» (v. 18b. Lit. «qué habla»). La tristeza les llenaba el corazón (v. 6) y les incapacitaba para recibir palabras de consuelo. Las equivocaciones suelen causar pesar, y el pesar, a su vez, confirma las equivocaciones. La noción de un reinado temporal del Mesías, un reinado político, glorioso, inminente, estaba muy arraigada en ellos. Cuando un creyente, o toda una denominación cristiana, tiene prejuicios teológicos de cualquier signo y se empeña en que la Biblia esté de acuerdo con las falsas ideas que se han aprendido no es extraño que resulte difícil entender las Escrituras. En cambio, cuando nuestros razonamientos se rinden cautivos a la revelación divina (comp. con 2 Co. 10:5), el tema se hace fácil. Parece ser que lo que mayor perplejidad les causaba era ese «un poco», como vemos por el versículo 18. No podían concebir que el Señor fuese a dejarles tan prontamente. También a nosotros nos resulta difícil muchas veces persuadirnos a nosotros mismos de que se acerca rápidamente algún cambio del que tenemos noticia cierta que ha de llegar y que puede llegar súbitamente.
2. La disposición en que estaban, no obstante de ser instruidos acerca de lo que no acertaban a adivinar. Quizá no se atrevían a mostrar al Maestro su ignorancia y preferían conferir y discutir unos con otros sobre el significado de las palabras del Maestro (vv. 17–18). Cuando, después de la oración y del estudio de la Palabra, no acertamos a entender algún pasaje, no hemos de tener vergüenza en pedir prestada a nuestros hermanos la luz que ellos pueden tener y con la que podemos mejorar nuestro entendimiento de las Escrituras. El mismo Apóstol Pablo, tan favorecido por las revelaciones divinas, después de exponer su opinión sobre cierto asunto, continúa diciendo: «Y si en algo sentís de un modo diferente, también esto os lo revelará Dios» (Fil. 3:15b).
III. La ulterior explicación que Cristo les da.
1. Véase primero por qué les dio esta explicación: porque «conoció que querían preguntarle» (v. 19). Hemos de llevar al Señor los nudos que no acertamos a desatar. No hemos de avergonzarnos en preguntarle cualquier cosa, pues, aun cuando a los hombres les parezcan a veces necias nuestras preguntas, el Señor nos conoce bien y no desprecia nuestra ignorancia, sino que tiene solamente en cuenta nuestra sinceridad. Vemos también que Cristo está presto a enseñar e instruir incluso a los que no se atreven a preguntarle. Los humildes, los que son conscientes de su ignorancia e insuficiencia, están en las mejores condiciones para aprender del Señor, pues sólo el que cree que sabe algo, es el que se cierra a sí mismo la puerta de un mayor conocimiento, pues «aún no ha aprendido nada como se debe conocer» (1 Co. 8:2). Nos parece oír aquí aquello del filósofo Sócrates: «Sólo sé que nada sé». El que sabe que no sabe es el más diligente en procurarse los medios de una mejor información, como insinúa el Señor:
«¿Indagáis entre vosotros acerca de esto?» (v. 19). Como si dijese: «Si buscáis, hallaréis» (v. Mt. 7:7; Lc. 11:9, donde el presente de imperativo exhorta a una búsqueda perseverante, continua).
2. Véase también cómo les dio la explicación. Lo explica mediante los sentimientos de tristeza y gozo, ya que somos propensos a medir el valor de las cosas según el nivel en que nos afectan: «De cierto, de cierto os digo (nótese la solemnidad), que vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (v. 20). El gozo o la tristeza de los creyentes depende de si tienen o no una recta visión del Señor.
(A) Lo que aquí se dice, y en los versículos 21–22, acerca de la tristeza y del gozo de los discípulos, ha de entenderse primordialmente en base al estado anímico en que, a la sazón, se hallaban. El Señor les predice: «Vosotros lloraréis y os lamentaréis …; vosotros os entristeceréis …». Llorarían por Él porque le amaban; el sufrimiento de un buen amigo nos afecta como si lo sufriésemos también nosotros. También llorarían por sí mismos, al sentirse como huérfanos. Ya les había anunciado antes Jesús que habían de esperar tribulación en el mundo (v. 15:20), y volvería a repetirlo (16:33), a fin de que se aprestaran también a recibir el consuelo que Él les otorgaría. «El mundo se alegrará.» El mundo se alegra cuando parece que la causa de Cristo está en descrédito. Lo que apena a los santos, regocija a los impíos. Los que son extranjeros para Cristo son los que, a la muerte de Cristo, celebrarán su propio triunfo y pensarán que han acabado definitivamente con Él. No nos sorprenda ver algunos que triunfan cuando nosotros estamos temblando. No perdamos la esperanza, pues pronto se volverán las tornas: «pero vuestra tristeza se convertirá en gozo». La tristeza del creyente sólo dura unos momentos. Los discípulos se alegrarán cuando vuelvan a ver al Señor. Su resurrección fue vida de entre los muertos no sólo para Él mismo, sino también para los discípulos, pues el duelo y el lamento por la muerte de Cristo se trocó en gozo indescriptible (v. 1 P. 1:18) e indestructible: «como entristecidos, mas siempre gozosos» (2 Co. 6:10). Ésta es una de las paradojas que Pablo describe en la porción citada: Un gozo en profundidad, en medio del oleaje que conturba.
(B) Pero todo esto tiene también aplicación a todos los fieles seguidores del Cordero, puesto que:
(a) La condición en que ahora se encuentran es, muchas veces, de duelo y de lamento. Quienes, al seguir a Cristo, van por la cruz a la luz, han de seguir la pauta del que fue «varón de dolores y experimentado en quebranto» (Is. 53:3). Los creyentes genuinos han de llorar con los que lloran (Ro. 12:15), y llorar por los que deberían llorar por sí mismos, pero no lo hacen, ya que van por el camino de la perdición.
(b) Mientras tanto, el mundo se viste de fiesta. Ciertamente, el jolgorio y los placeres no se deben contar entre las mejores cosas, porque, si así fuera, los mayores impíos no tendrían tanta parte en ellos, ni los favoritos del cielo tendrían tan poca parte en ellos.
(c) El duelo santo y espiritual se tornará pronto en eterno gozo. El lamento de los justos no sólo será seguido de gozo, sino que se tornará en gozo; es como si del mismo material que la tristeza nos proporciona, el Señor nos fabricase una fuente de consuelo y gozo; algo así como la conversión de agua en vino. Pero el Señor emplea, para ilustrar esto, una parábola mucho más expresiva:
Primero, tenemos la parábola misma: «La mujer, cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre (es decir, un ser humano) en el mundo» (v. 21). Aquí vemos el fruto de la sentencia pronunciada en Génesis 3:16: «con dolor darás a luz los hijos». Este mundo es como un jardín en que las rosas están siempre rodeadas de espinas, espinas que son también fruto del pecado (Gn. 3:18). Pero, a pesar de todo, Dios torna las maldiciones en bendiciones: la aparente victoria de la serpiente se tornará en
derrota (Gn. 3:15). Y los dolores de parto darán lugar al nacimiento de un nuevo ser humano. Incluso la
«nueva humanidad», que es en Cristo, el Postrer Adán, saldrá de la tierra con Él, como de una madre que ha sufrido los dolores de parto (v. Hch. 2:24, con la explicación al margen en la RV 1977. Nota del traductor). Nótese lo de «su hora», en Juan 16:21, comp. con 12:27, entre otros lugares. Todo nacimiento es un motivo de gozo para los padres de la criatura. Por muchos que sean los cuidados y las molestias que comporta el dar a luz y el criar a un niño o a una niña, es lo más natural alegrarse de su nacimiento. Este símil es muy apropiado para poner de relieve: (i) las aflicciones de los discípulos en el mundo; son ciertas y duras, pero no duran mucho y, además, están destinadas a producir gloriosos frutos de justicia (comp. con He. 12:11); (ii) su gozo después de estas aflicciones cuando Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Ap. 21:4). Cuando cosechen el fruto de todos sus servicios y aflicciones, los dolores y angustias de este mundo nunca jamás serán recordados; vista desde la feliz eternidad, esta vida nos parecerá un minúsculo puntito entre dos espacios infinitos.
Segundo, la aplicación que del símil hace Jesús: «Tambien vosotros ahora tenéis tristeza, pero os volveré a ver» (v. 22a). De nuevo les habla aquí de la tristeza, a la que había aludido en el versículo 6. El alejamiento de Cristo es siempre una fuente de tristeza para sus fieles seguidores. Cuando se pone el sol, el girasol inclina la cabeza porque no tiene a donde mirar. Pero, a continuación, y con mayor extensión que antes, les asegura que su tristeza se tornará en gozo. La causa de este gozo es que el Maestro los volverá a ver. Cristo regresará de buena gana para visitar a los que le esperan (comp. con He. 9:28b).
Entre los hombres, quienes llegan a las cimas del poder suelen olvidarse de sus inferiores, incluso de aquellos que les ayudaron a subir; y aun a veces, le dan un puntapié a la escalera, a fin de que nadie suba tras de ellos. Pero Jesús no es así; cuando sea exaltado volverá a ver a los suyos y, con ello, retornará el gozo al corazón de ellos. Este gozo será cordial: «se gozará vuestro corazón». Cuando el gozo se aposenta en el corazón, no es un gozo cualquiera, sino algo muy sólido, pues está en el centro mismo de la personalidad; allí escondido, es secreto, dulce, seguro, difícil de quebrar. Este gozo es además continuo y permanente: «Y nadie os quitará vuestro gozo». Los hombres del mundo lo arrebatarían si pudieran, pero no prevalecerán. Hay quienes entienden esto como si se tratara del gozo eterno después de la resurrección de los justos, ya que nuestros gozos en este mundo están expuestos a ser robados por cientos de accidentes, mientras que los del cielo son incorruptibles e inmarcesibles. Pero, como se ve por el versículo siguiente, ha de entenderse del gozo espiritual de los que han nacido de arriba y están santificados por el Espíritu. No se les puede robar el gozo auténtico, porque nadie les puede separar del amor de Cristo y, por tanto, del tesoro que tienen reservado en los cielos (Mt. 6:20; 1 P. 1:4b).
Versículos 23–27
Ahora da Jesús respuesta a las preguntas que los discípulos habían hecho, ya que les promete que, cuando haya descendido el Espíritu Santo, no necesitarán preguntarle nada. No estará de más hacer notar que hay dos clases de preguntas: la pregunta del que inquiere, que es la pregunta del que no sabe, y la pregunta del que suplica, que es la pregunta del que no tiene. A ambas preguntas, la del ignorante y la del indigente, da aquí satisfacción el Señor.
I. En cuanto a las preguntas para saber más, Jesús les dice que no necesitarán preguntarle nada: «En aquel día no me preguntaréis nada» (v. 23a); no lo necesitarán. Es un «día» que dura ya cerca de dos mil años. En el informe que nos ha sido conservado por Lucas en el libro de Hechos, raras veces vemos a los Apóstoles o a los demás discípulos que hagan preguntas, ya que estaban constantemente bajo la guía del Espíritu Santo. Hacer preguntas supone que una persona se ha perdido o tiene que detenerse; pero vemos que los Apóstoles no se perdían ni se paraban, sino que se movían sin cesar y sin perder la dirección. La razón de esta seguridad la da Jesús en el versículo 25: «Estas cosas os he hablado en alegorías; viene la hora en que ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre». Así que no necesitarán hacerle más preguntas. En efecto:
1. Cristo les iba a conducir al conocimiento de lo más alto que hay en el Universo y en la inmensidad de un Dios al que ni los cielos ni la tierra pueden contener (v. 1 R. 8:27): «claramente os anunciaré acerca del Padre». Con esto, daba expresión el Señor al máximo favor que tenía reservado para sus discípulos. En el cielo contemplarán la gloria del Padre en la lumbrera que es el Cordero (Ap. 21:23; 22:5). Pero Cristo se refiere aquí al conocimiento que del Padre habrían de adquirir sus discípulos
mediante la enseñanza del Espíritu. Este conocimiento se echa de ver en lugares como Romanos 3:21–25; capítulos 5 y 8; Efesios 1:3–14; Filipenses 2:9–10; 1 Pedro 1:3–12; 1 Juan capítulo 3, etc.
2. De esto les había hablado antes por alegorías o símiles. Jesús había explicado sus parábolas a los discípulos en privado. (A) Al tener en cuenta la dureza de mente y la incapacidad de ellos para entender lo que les decía, bien podría decirse que les había hablado en proverbios, pues lo que les enseñaba era para ellos como un libro sellado con siete sellos (comp. con Ap. 5:1 y ss.). (B) Igualmente, al comparar lo que hasta entonces les había enseñado con lo que después les iba a declarar, bien se puede decir que hasta ahora, todo había sido proverbios. (C) Limitándonos a lo que les había dicho acerca del Padre, todo lo que les había dicho era sumamente oscuro, comparado con lo que en breve les iba a enseñar.
3. Dice que les anunciará claramente acerca del Padre. Cuando fue derramado el Espíritu Santo, los Apóstoles alcanzaron un conocimiento de las cosas divinas mucho más elevado que el que hasta entonces habían tenido. ¿Quién diría, por ejemplo, que las epístolas de Pedro estaban escritas por un humilde y tosco iletrado, pescador? Pero esta promesa había de cumplirse plenamente, para ellos y para todos los creyentes, en el cielo, pues aquí siempre vemos como por medio de un espejo de metal bruñido y borrosamente (v. 1 Co. 13:12).
II. En cuanto a las preguntas para tener más, les asegura que no pedirán en vano. Se da aquí por supuesto que todos los discípulos de Jesucristo han de dedicarse a la oración. Por medio de la oración, hemos de conseguir instrucción, dirección, fuerzas y fruto.
1. Tenemos aquí la promesa explícita, y de manera solemne, de que nos será concedido lo que pidamos (recuérdese lo dicho en el comentario a 15:16), como puede verse por la expresión que Cristo adelanta antes de la promesa misma: «De cierto, de cierto os digo (es como el toque del cetro; v. Est. 5:2), que todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará» (v. 23). ¿Para qué se quiere mayor garantía? La promesa es tan explícita como podría desearse. (A) Se nos enseña aquí cómo hay que buscar: hay que pedir al Padre en el nombre de Jesús. Pedir al Padre incluye un sentido de necesidad espiritual y un deseo de bendiciones divinas, convencidos de que sólo del Padre de las lumbreras pueden venirnos tales bendiciones (Stg. 1:17). Pedir en el nombre de Jesús implica un reconocimiento de nuestra propia indignidad y una entera dependencia en el valor de la obra de Jesucristo. (B) Se nos dice a continuación la presteza con que nos serán concedidas nuestras peticiones: «os lo dará»; sin duda, sin mengua, sin demora. ¿Qué más podemos desear? Cristo les ha prometido una gran iluminación por medio del Espíritu Santo, pero hay que orar para obtenerla. Y es menester perseverar en la oración. El disfrute pleno, sin fatiga, está reservado para el país de nuestro eterno reposo; pedir y recibir son las constantes de nuestra peregrinación por el desierto de la vida presente.
2. También hay aquí una exhortación a pedir. Los grandes personajes de este mundo son suficientemente benévolos si permiten que se les dirija alguna petición, pero Jesús nos exhorta a que le pidamos (v. 24).
(A) Al volver la mirada hacia atrás les hace notar que hasta entonces, nada le habían pedido en su nombre. De acuerdo con el método de oración que el Maestro les había enseñado (v. Mt. 6:9–13; Lc. 11:2–4), ellos se habían dirigido, en sus oraciones, a Dios, sin mencionar el nombre de Jesús. No es que el nombre de Jesús sirva como de fórmula «mágica» para obtener infaliblemente alguna petición, sino que significaba el interponer los méritos de Cristo en función de la obra redentora del Calvario. Ellos no habían comprendido aún el oficio de Jesús como único Mediador entre Dios y los hombres (v. 1 Ti. 2:5), aunque hay autores que opinan que, en realidad, no les era posible a los discípulos interponer el nombre de Jesús en sus oraciones mientras la obra del Calvario no se hubiera llevado a cabo. En este caso, las palabras de Jesús significarían simplemente la exposición de un hecho, no una especie de recriminación por algo que ellos deberían haber tenido en cuenta. Una cosa cierta hay: esta clase de oración en el nombre de Jesús es propia de la dispensación de la Iglesia; por eso, Jesús habla de ella en conexión con todas las enseñanzas sobre el Espíritu Santo el cual sería enviado después que el Señor fuese glorificado (7:39).
(B) Les exhorta ahora a que adopten esta fórmula para el futuro: «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo esté completo». Les anima a que pidan lo que necesitasen, que era precisamente lo que Él les había prometido; y les asegura que lo recibirán. Lo que se le pide a Dios con base en un principio de gracia, el Dios de toda gracia nos lo concederá, para que nuestro gozo sea completo. Lo cual implica: (a) el fruto de bendición de la oración de la fe (Stg. 5:15) que es el gozo de la fe (Fil. 1:25). Después de exhortar a los fieles de Filipos a regocijarse en el Señor siempre, el Apóstol les dice, casi a renglón seguido: «Por nada os inquietéis, sino que sean presentadas vuestras peticiones delante de Dios mediante oración y ruego con acción de gracias» (Fil. 4:4, 6). Por aquí podemos ver cuán alto se eleva nuestro objetivo en la oración: no sólo hasta la paz, sino también hasta el gozo; (b) o, puesto de otro modo, el fruto de bendición de la respuesta de paz: «Pedid, y recibiréis lo que colmará vuestro gozo».
3. Aquí tenemos, finalmente, las bases sobre las que pueden fundar su esperanza (vv. 26–27), y que el Apóstol Juan compendia de esta manera: «Abogado tenemos para con el Padre» (1 Jn. 2:1).
(A) Tenemos un abogado: «Y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros» (v. 26b). Habla como si ya no necesitasen otros favores o beneficios ya que Él va a conseguirles el don del Espíritu Santo que intercederá dentro de ellos (14:17; Ro. 8:26), por lo que no necesitarán más de la intercesión de Cristo por ellos en la tierra. Pero pronto veremos que Jesús hace por nosotros más de lo que dice.
(B) Nos las habemos con un Dios que es Padre: «Pues el Padre mismo os ama» (v. 27a). Los discípulos de Cristo son los hijos amados de Dios. Obsérvese el énfasis que el Maestro carga en la frase:
«El Padre mismo os ama». El Padre mismo, de cuyo favor no teníais ningún derecho a reclamar nada, y junto al cual necesitáis un abogado, Él mismo os ama ahora. ¿Por qué amaba ahora el Padre a los discípulos de Cristo: «Porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios» (v. 27b). Como si dijera: «Porque ahora sois de veras mis discípulos». Aquí vemos descrito el carácter de un discípulo de Cristo: tiene amor a Jesús, porque le cree venido de Dios. La fe en Cristo actúa mediante el amor hacia Él (v. Gá. 5:6); si creemos firmemente que es nuestro Salvador, no podremos menos de amarle como a nuestro máximo bienhechor. Notemos con qué respeto se expresa Cristo acerca del amor que le tienen sus discípulos; habla como si ese amor fuese la mejor recomendación para disfrutar del favor y del amor del Padre. ¡Qué privilegio tan grande tienen los fieles discípulos de Cristo, pues el Padre les ama, y eso es precisamente porque ellos aman a Jesús! ¡Y qué ánimos les daría esto para orar confiadamente! No tienen por qué temer el que sus oraciones hayan de esperar respuesta por largo tiempo, pues son escuchadas prontamente por un Padre que les ama. Esto nos previene también contra una noción dura, falsa, del carácter de Dios. Cuando se nos enseña a que en las oraciones apelemos al nombre de Jesús, a sus méritos y a su intercesión, no es como si hubiésemos de depender únicamente en la bondad y ternura de Jesucristo, ya que, en realidad, los méritos de Cristo se los debemos a la misericordia y amor del Padre al enviarlo al mundo y entregarlo a la muerte por nosotros (3:16).
Abriguemos, pues, en nuestra mente y en nuestro corazón buenos y bíblicos pensamientos acerca de Dios. Los que aman a Cristo deben saber que Dios el Padre les ama a ellos.
Versículos 28–33
Dos son las cosas con las que Cristo consuela aquí a sus discípulos:
I. Con la seguridad de que, aunque deja el mundo, es para volver al Padre (vv. 28–32). Tenemos:
1. Una declaración, lisa y llana, de la misión que Cristo había recibido del Padre, y de su retorno a Él:
«Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre» (v. 28). Esta es la conclusión de todo este tema.
(A) Los dos puntos incluidos en dicho versículo aparecen: (a) Condensados. Los compendios de las doctrinas cristianas son de gran utilidad para los principiantes; por eso, los principios establecidos en la Palabra de Dios, cuando se condensan y exponen con orden en los credos y catecismos, proveen la luz y el calor de los oráculos divinos con un poder semejante al de una lupa o de un espejo cóncavo que refleja concentrados los rayos del sol. (b) Comparados. Hay admirable armonía en las verdades divinas, pues se corroboran e ilustran las unas a las otras; así pasa con estas dos verdades de la venida de Cristo a este mundo y de su marcha al Padre. Cristo había encomiado la fe de sus discípulos al reconocer éstos que el Maestro había salido de junto a Dios (v. 27. Lit.), y de ahí saca la conclusión de que debía igualmente retornar al Padre. El mejoramiento de lo que ya conocemos y reconocemos nos ha de ayudar a entender lo que nos parece difícil y oscuro.
(B) Si, al hablar del Redentor, preguntamos de dónde vino y adónde fue, tenemos la respuesta de que:
(a) Salió del Padre, y vino hasta nosotros a este mundo, al mundo de la humanidad caída. Aquí tenía Él la tarea que había de llevar a cabo (v. Lc. 19:10), y a ella se dedicó incansablemente. Dejó su trono celestial para venir a este planeta extraño; cambió su palacio por esta pobre posada. (b) Cuando terminó su labor
en este mundo, se marchó para volver al Padre. Pero todavía está espiritualmente presente en su Iglesia (Mt. 18:20), y lo estará hasta la consumación del siglo (Mt. 28:20).
2. La satisfacción de los discípulos con esta declaración (vv. 29–30): «Le dijeron sus discípulos: He aquí que ahora hablas claramente». Parece ser como si estas pocas palabras de Cristo les hubiesen hecho más bien que todo lo que les había dicho con anterioridad. En dos cosas mejoraron y avanzaron los discípulos con esa enseñanza de Jesús:
(A) En conocimiento: «mira, ahora hablas claramente». Las verdades divinas producen el mayor beneficio cuando son expuestas con toda claridad. Como Jesús nos habla claramente al corazón, tenemos motivos para regocijarnos grandemente en ello.
(B) En fe: «Ahora sabemos …; por esto creemos …» (v. 30). Vemos:
(a) Cuál era el punto doctrinal que creían: «creemos que has salido de Dios» (v. 30b). En el versículo 27, el Maestro mismo había declarado: «habéis creído que yo salí de Dios». Ellos confirman ahora la declaración de Jesús, como si dijesen: «Sí, Señor lo creemos».
(b) Cuál era el motivo de su fe: La omnisciencia de Jesús, de la que estaban seguros con la convicción que la fe presta (v. 2 Co. 5:1). Esto le señalaba como a Maestro enviado de Dios, y más que profeta, puesto que sabía todas las cosas: «Sabemos que sabes (lit.) todas las cosas». Quienes mejor conocen a Cristo son los que le conocen por propia experiencia personal; los que pueden decir del poder de Cristo:
«para lo cual también trabajo fatigosamente según la energía de Él, que actúa en mí con poder» (Col. 1:29, lit.), y del amor de Cristo pueden decir: «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20b). Esta experiencia confirmó aquí la fe de los discípulos, pues añadieron: «y no necesitas que nadie te pregunte»; con lo cual se expresa la singular aptitud de Cristo para enseñar, puesto que sus instrucciones son tan claras que no dejan lugar para que se le importune con preguntas y objeciones. Además el mejor de los maestros humanos sólo puede responder a lo que se le diga, pero Jesús puede responder hasta a lo que se piensa.
3. El tierno reproche que, al llegar aquí, dirige Cristo a sus discípulos (vv. 31–32). Al observar el aire de triunfo que se transparentaba en las declaraciones de ellos, les dice: «¿Ahora creéis? ¡Ay! Todavía no conocéis vuestra debilidad. He aquí la hora viene, y ha venido ya (es decir, está al alcance de la mano; v. 5:25), en que seréis esparcidos cada uno por su lado y me dejaréis solo» (vv. 31–32). En estas palabras de Jesús, podemos ver:
(A) Una pregunta destinada a hacerles reflexionar: «¿Ahora creéis?», la cual puede entenderse de dos maneras: (a) «Si ahora, ¿por qué no antes?» Los que, después de mucha enseñanza, se sienten persuadidos a creer, tienen razón para avergonzarse de haber tardado tanto en creer. (b) «Si ahora, por qué no siempre?» Como si dijera: «Cuando llegue la hora de la prueba, ¿dónde estará entonces vuestra fe?»
(B) Una predicción de la caída cercana de ellos. Dentro de poco todos ellos le iban a abandonar; esto se había de cumplir aquella misma noche: se dispersaron cada uno por su lado (comp. con Is. 53:6), como gente que huye a la desbandada, y busca cada uno salvar el pellejo del modo más rápido sin que nadie se interponga en su camino. Y, al dispersarse, le iban a dejar solo, abandonado al encono de sus enemigos. Deberían haber estado como testigos a su favor en el proceso que le iban a formar ante los tribunales, pero se avergonzaron de sus cadenas (contraste con 2 Ti. 1:16), al no desear participar en los padecimientos de Él. Lo peor que le puede acaecer a una buena causa no es la persecución de sus enemigos, sino la deserción de sus amigos, con lo que muchos de los discípulos «profesantes» no son hallados fiables, pues no se atreven a ser «confesantes». Si alguna vez hallamos que nuestros amigos nos dejan solos en horas de prueba recordemos lo que le sucedió al Señor. Lo grandioso es que, a pesar de que Cristo sabía que sus discípulos le iban a abandonar en el momento más crítico, todavía siguió tratándoles con toda ternura. Nosotros nos sentimos tentados a pensar y a decir: «Si hubiese conocido de antemano su ingratitud, no le habría prestado ningún favor». Cristo no obró así, sino que, aunque conocía que le iban a desamparar, continuó tratándoles amablemente. Al preguntarles: «¿Ahora creéis?», Jesús viene a hacerles caer en la cuenta de que no deben pensar altamente de sí mismos, sino tener santo temor. Incluso cuando estamos disfrutando de los mayores consuelos y gracias del Señor, es bueno que se nos recuerden los peligros que surgen de nuestras propias corrupciones interiores. Cuando nuestra fe se siente fuerte, ferviente nuestro amor y claras nuestras evidencias, no por eso podemos concluir que «será el día de mañana como éste» (Is. 56:12). Cuanto más convencidos nos hallamos de pisar terreno firme, tanto más hemos de temer que podamos caer (v. 1 Co. 10:12). Vemos que Jesús habla como de algo que está muy cercano: «la hora viene, y ha venido ya» en la que los discípulos estarán tan avergonzados de Él como están en este momento enamorados de Él.
(C) Una seguridad de que, a pesar de esa deserción de los suyos, Jesús no estaba completamente solo:
«mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (v. 32b). Aunque esto tiene aplicación a todos los genuinos creyentes, tiene singular aplicación al Señor Jesús, en quien la naturaleza divina y la humana subsistían en la persona única del Verbo de Dios. Es en la Cruz donde habría de ocurrir aquella espantosa ruptura de comunión entre el Padre y Jesús, pero, aun entonces, le llamaría al Padre «mi Dios» y, poco después, encomendaría su espíritu en manos del Padre. Con esta compañía del Padre, se había consolado siempre Jesús (v. 8:29). Incluso el desamparo que Jesús sufrió por parte del Padre en la Cruz, ha sido la fuente de innumerables consuelos para los cristianos de todos los tiempos; cuando nos sentimos solos, podemos estar seguros de que no estamos realmente solos, pues Dios está siempre por nosotros (Ro. 8:31), con nosotros (Mt. 1:23) y en nosotros (Jn. 14:17). Y si escogemos deliberadamente la soledad, como Natanael bajo la higuera o como Pedro en la azotea, meditando y orando, nuestro Padre está con nosotros. Los que conversan con Dios en la soledad, nunca están menos solos que cuando están solos. Un buen Dios y un corazón sincero hacen siempre y en todas partes muy buena compañía. Y cuando la soledad nos cause aflicción, recordemos que no estamos tan solos como pensamos: el Padre está con nosotros. Y mientras esté con nosotros su presencia favorable, podemos ser dichosos, aun cuando el mundo entero nos abandone.
II. Con la promesa de la paz que ellos han de disfrutar a causa de la victoria de Jesús sobre el mundo, cualesquiera sean las aflicciones que en el mundo hayan de tener: «Estas cosas os he hablado para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis aflicción; pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (v. 33). Notemos:
1. El objetivo al que Cristo aspiraba: «Para que tengáis paz en mí». La ida de Jesús al Padre era para bien de los discípulos. Es voluntad de Cristo que los suyos disfruten de paz interior, sean cuales sean las aflicciones que sufran de parte del exterior. La paz de Cristo es la única paz verdadera (v. el comentario a 14:27). Por medio de Él tenemos paz con Dios (Ro. 5:1) y por eso, en Él tenemos paz en nuestra conciencia también. La palabra de las Escrituras está destinada igualmente a llevar consuelo y paz a los corazones (Sal. 119:165; Ro. 15:4).
2. El trato que les había de dar el mundo. A los discípulos de Cristo siempre les ha caído en suerte padecer más o menos tribulación en este mundo (v. 2 Ti. 2:3; 3:12; 4:5, etc.). Los mundanos ven con malos ojos a los fieles seguidores de Cristo, porque la conducta santa de éstos es un reproche vivo para el mundo (v. 1 P. 4:4). Pero también interviene en esto la disciplina del Señor, a fin de que den más fruto (v. 15:2; He. 12:6–11). Así que, de parte del mundo sufren porque son buenos; y de parte de Dios, para que sean mejores. Así que, les dice: «En el mundo tendréis aflicción». Todas las palabras que, en griego, latín, castellano, inglés, etc., llevan esa raíz trib, sinónima de flig y thlib, indican aprieto, pisoteo, zarandeo, etc. Si se recuerda que así es como se separa el trigo de la paja, para ser almacenado en el granero del Padre de familia (Mt. 13:20), el «trillo» de la aflicción no turbará nuestra paz, pues sabemos que tiene por fin limpiarnos de toda escoria e impureza «para que participemos de la santidad de Dios» (He. 12:10).
3. Los ánimos que Cristo les da: «pero tened ánimo». Como si dijese: «Que eso no os deprima, que no os desaliente, como hacen los padres que no saben educar a sus hijos (v. Col. 3:21), sino solamente esforzaos y sed muy valientes, para cuidar de hacer conforme a mi mandamiento (Jos. 1:7); no temáis a los que matan el cuerpo (Mt. 10:28; Lc. 12:4); temed a Dios (1 P. 2:17)». En medio de las tribulaciones de este mundo, es el deber y el privilegio de los creyentes (v. Fil. 1:29b) estar de buen ánimo. Dice Pablo:
«nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia» (comp. con Ro. 8:17–18; 2 Co. 4:17; He. 12:11; 1 P. 5:10).
4. El fundamento de este ánimo que Cristo les da: «Yo he vencido al mundo». La victoria de Cristo es el triunfo del cristiano (comp. con Ro. 8:37; 1 Jn. 4:4; 5:4; Ap. 12:11). Cuando va a enviar sus discípulos a predicar el Evangelio por todo el mundo les anima con estas palabras: «tened buen ánimo, yo he vencido al mundo». Él mismo triunfó de la maldad del mundo sometiéndose a los malos tratos que le infligieron, «soportó la cruz, menospreciando el oprobio» (He. 12:2); triunfó igualmente de las atracciones que el diablo y el mundo le quisieron presentar; las menospreció y rechazó para seguir el destino que el Padre había designado para Él. Jamás hubo un conquistador que tan rotundamente venciera al mundo, y su ejemplo debe animarnos en todo momento. Si Cristo ha vencido al mundo delante de nuestra vista, hemos
de considerar al mundo, y al diablo que lo gobierna como un enemigo vencido. Él es el capitán de nuestra salvación, así como el autor y distribuidor de ella, conforme al denso sentido del vocablo griego arkhegós (Hch. 5–31; He. 2:10). Por medio de su cruz, el mundo está crucificado para nosotros, y nosotros para el mundo (Gá. 6:14), lo cual habla de una victoria completa. Puesto que Cristo derrotó completamente al diablo y al mundo (Ef. 4:8; Col. 2:15), los creyentes no tienen que hacer otra cosa que «estar firmes» y «resistir», con armas defensivas, dentro del terreno de victoria que Cristo nos ha conquistado, y del que nada ni nadie nos puede arrojar (v. Ef. 6:10–18), pues «en todas estas cosas triunfamos enteramente (lit.) por medio de aquel que nos amó» (Ro. 8:37).
Este capítulo contiene lo que se llama «la gran oración sacerdotal de Jesús», y viene a ser como «el Lugar Santísimo» del Evangelio de Juan. Después de una breve introducción, en la que se nos describen las circunstancias exteriores, comienza la oración propiamente dicha, y que puede dividirse en dos partes:
1) oración por sí mismo (vv. 1–5); 2) oración por los suyos (vv. 6 y ss.). En cuanto a esta segunda parte, la opinión corriente es que, en los versículos 6–19, Jesús ora por los once Apóstoles allí presentes; en los versículos 20–26, por todos los que habían de creer por la predicación de los Apóstoles. Sin embargo, hay autores (nota del traductor) que opinan, basados en razones teológicas y textuales, que el versículo 20 constituye una especie de paréntesis, y que tanto el contexto anterior (vv. 6–19) como el posterior (vv. 21–26) se refieren solamente a los Apóstoles.
Versículos 1–5
I. Las circunstancias de esta oración (v. 1). Ninguna de las oraciones de Jesús es referida con tantos detalles como ésta.
1. El tiempo en que dijo esta oración: Después que habló estas cosas, es decir, las que se refieren en los capítulos anteriores, desde el 13 en adelante. Notemos que fue:
(A) Una oración después de un sermón; después de hablar de Dios a sus discípulos, ahora Jesús habla en favor de sus discípulos a Dios. Siempre que predicamos a otras personas, debemos orar por esas personas. La Palabra predicada debe ser rociada con oración, puesto que es Dios quien da el crecimiento (1 Co. 3:6, 7).
(B) Una oración después del sacramento (u ordenanza). Cerró Jesús la solemnidad de la Cena del Señor con esta oración, para que Dios imprimiera en la mente y en el corazón de los discípulos lo que éstos habían visto, oído y hecho con Jesús en aquella ocasión. (C) Una oración en familia. Los discípulos de Cristo eran su familia espiritual y, para sentar un buen ejemplo delante de los cabezas de familia, bendijo a los miembros de su casa y oró por ellos y con ellos.
(D) Una oración de despedida. Siempre que tengamos que separarnos de nuestros amigos, es muy conveniente que lo hagamos con una oración (v. Hch. 20:36).
(E) Una oración que sirvió de prefacio a su sacrificio, que estaba ahora a punto de ofrecer en esta tierra. Cristo oró en estos momentos como sacerdote al ofrecer el sacrificio en virtud del cual obtienen eficacia todas las oraciones de los suyos (comp. con Ap. 8:3–4).
(F) Una oración que era como un modelo de lo que es su actual intercesión dentro del velo, donde vive siempre para interceder por nosotros (He. 7:25).
2. La expresión exterior del ferviente deseo que le animaba al pronunciar esta oración: y levantando los ojos al cielo …». Con este gesto aprobaba y santificaba la postura de los que así se dirigen a nuestro Padre que está en los cielos con lo que se simboliza el altísimo trono de gloria desde el que Dios gobierna y controla el Universo, aun cuando sabemos que Dios está en todas partes (v. 1 R. 8:27). Desde la antigüedad se usó la frase latina «Sursum corda» = «arriba los corazones», como una llamada a la oración, en la que elevamos el corazón a Dios.
II. La primera parte de la oración, en la que Cristo ora por sí mismo, aunque no de un modo egoísta.
1. Ora a Dios como a su Padre: «levantando los ojos al cielo, dijo: Padre». Si Dios es nuestro Padre, tenemos plena libertad de acceso a Él (He. 4:16), y podemos esperar de Él grandes cosas. Jesús le llama, en el decurso de esta oración, «Padre santo» (v. 11) y «Padre justo» (v. 25). Mucho nos servirá en nuestras oraciones dirigirle a Dios los epítetos que denotan las perfecciones que son el apoyo de nuestra esperanza en la oración.
2. Ora por sí mismo en primer lugar. Aunque en cuanto Dios, hay que orar a Jesucristo; en cuanto hombre, Él tenía también que orar. Tenía que pedir lo que debía obtener. ¿Y esperaremos nosotros recibir lo que nunca hemos merecido, antes bien lo hemos desmerecido, a menos que lo solicitemos en oración? Esta oración de Jesús da mucho ánimo a todos los que oran. Hubo un tiempo en que el que ahora es Abogado a nuestro favor, presentó al Padre una causa por la que pedir para sí mismo, y lo hizo en la misma forma que nos prescribió a nosotros que lo hiciésemos: «con ruegos y súplicas» (He. 5:7). Cristo comenzó orando por sí mismo antes de orar por sus discípulos, no por egoísmo, sino porque de este modo aseguraría la eficacia de la oración por los suyos. Notemos también que la oración que Cristo elevó al Padre por sí fue mucho más breve que la que hizo en favor de los discípulos. Nuestras oraciones por la iglesia no deben ser relegadas a un rincón dentro de nuestras plegarias. Dos son las peticiones que Cristo hace por sí mismo, pero las dos pueden reducirse a una. La petición de «glorifícame» ocurre dos veces aquí porque tiene doble referencia: una, a lo que todavía estaba por cumplir: «Glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti» (v. 1); otra, a lo que ya había cumplido hasta el presente:
«glorifícame tú» (v. 5), puesto que «yo te he glorificado en la tierra» (v. 4). Como si dijera: «Yo he dado cima a lo que estaba de mi parte. Ahora, Padre, haz lo que te compete a ti». Vemos, pues, que:
(A) Cristo ora aquí por su gloria, pero a fin de que ello redunde en gloria de Dios: «Glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti» (v. 1). Observemos:
(a) Por qué cosa ora: Que Él sea glorificado en este mundo. El Padre glorificó al Hijo en este mundo; le glorificó incluso en medio de sus padecimientos, por medio de las señales y los portentos que los acompañaron y siguieron. No sólo le justificó, sino que le glorificó: Cuando Jesús fue crucificado fue exaltado (3:14; 8:28; 12:32–33), fue glorificado; fue en la Cruz donde Cristo triunfó de Satanás y de la muerte; sus espinas eran punzantes, pero, al fin y al cabo, eran una corona. Pero, sobre todo, el Padre glorificó a su Hijo al resucitarlo de entre los muertos.
(b) Qué apelación interpone para corroborar su petición:
Primero, apela a su relación íntima con Dios: Glorifica a tu Hijo. Quienes han recibido la adopción de hijos pueden orar con fe por la herencia de hijos: «a los que justificó, a éstos también glorificó» (Ro. 8:30).
Segundo, apela a la sazón actual: «Padre, ha llegado la hora». Con frecuencia había dicho Jesús que no había llegado todavía su hora, pero ahora había llegado, y Él lo sabía. En 12:27, la llama «esta hora»; aquí: «la hora». La hora de la muerte del Redentor que era también la hora del nacimiento de los redimidos, fue la hora más importante y señalada; sin duda, la hora crucial desde que Dios le dio cuerda al reloj del tiempo. Por eso equivale a: (i) «ha llegado la hora en medio de la cual debo ser reconocido», la batalla decisiva entre el cielo y el infierno se iba a librar ahora; «glorifica a tu Hijo», ahora que va a hacer de su cruz su carro de triunfo. (ii) «Ha llegado la hora en que he de ser glorificado». Cuando los buenos creyentes se hallan en una hora de prueba, en particular en la hora de la muerte, deben orar así: «La hora es llegada, Padre, está tú conmigo, ahora o nunca; ahora cuando este tabernáculo se deshace (2 Co. 5:1), ha llegado la hora en que he de ser glorificado.
Tercero, apela al interés mismo del Padre: «Para que también tu Hijo te glorifique a ti». Iba a glorificar al Padre de dos maneras: (i) Por la muerte en la cruz; como si dijera: «Reconóceme como a Hijo tuyo en medio de mis padecimientos, para que por ellos te de honor a ti». (ii) Por el mensaje de la cruz, que dentro de poco había de ser proclamado en el mundo entero. Si Dios no hubiera glorificado a Cristo crucificado, resucitándole de entre los muertos, la empresa misma por la que había venido a este mundo habría terminado en el fracaso y en la bancarrota; por eso, dice: «glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti». ¡Qué hermosa lección nos da aquí Jesús, pues nos enseña cuál ha de ser el objetivo primordial de nuestras oraciones: la gloria de Dios! Así que, cuando oremos por algo nuestro, hemos de decir: «Padre, haz esto o lo otro por tu siervo, a fin de que también tu siervo te de gloria a ti. Dame salud, para que por ella te pueda glorificar en mi cuerpo; dame prosperidad en mi oficio, a fin de que con ella pueda glorificarte al poner mi dinero al servicio de tu obra, etc». «Santificado sea tu nombre» ha de ser siempre nuestra primera petición, y la que marque la pauta y objetivo de todas las demás peticiones, «para que en todo sea Dios glorificado mediante Jesucristo» (1 P. 4:11). Él nos ha enseñado lo que hemos de esperar en respuesta a nuestras oraciones, porque, si hemos resuelto con toda sinceridad glorificar en todo a nuestro Padre, Él nos dará siempre la gracia suficiente y las oportunidades convenientes. Pero, si en lo más secreto de nuestro corazón, buscamos nuestra gloria más bien que la suya, atraeremos sobre nosotros vergüenza más bien que gloria.
Cuarto, apela a la comisión que había recibido del Padre (vv. 2–3); desea glorificar al Padre, en conformidad a la comisión que había recibido de Él. Aquí es donde se echa de ver especialmente el poder del Mediador. Notemos:
(i) El origen de su poder: «le has dado potestad»; la obtuvo de Dios, al que toda potestad pertenece. El rey de Israel y cabeza de la Iglesia no es un usurpador, como lo es el príncipe de este mundo; el derecho de Cristo a gobernar es irrecusable.
(ii) La extensión de su poder: «sobre toda carne»; es decir, sobre todos y cada uno de los seres humanos (comp. con Gn. 6:12). Al ser el único Mediador entre Dios y los hombres, apela a la potestad que ha recibido sobre toda carne. Era esta humanidad la que necesitaba ser salvada de la condenación y de esta raza humana. Dios le había dado un remanente para ser salvo (v. 9, comp. con 6:37, 39, 44) y el resto, los enemigos de la Cruz, para ser puestos por estrado de sus pies (He. 10:13). Esta humanidad estaba toda corrompida y caída. Si la humanidad no hubiese sido «carne» en este sentido, no habría tenido necesidad de un Redentor. Sobre esta raza pecadora tiene Jesús todo poder; sobre ella le ha sido dada autoridad de ejecutar juicio (5:27). Quien no se someta a su gobierno, tendrá que apartarse de Él al Infierno (Mt. 25:41).
(iii) El elevado designio de este poder: «Para que de vida eterna a todos los que le has dado». Aquí vemos una vez más, al Padre que hace al Hijo este regalo de los elegidos, dándoselos como la corona y la recompensa de la empresa que lleva entre manos. Y aquí vemos también al Hijo que toma a pechos asegurar la dicha eterna de los que le han sido dados para que Él, a su vez, les de a ellos vida eterna. Tiene vidas y coronas que dar; vidas que son inmortales, coronas que son inmarcesibles. Consideremos, pues, cuán grande es el Señor Jesús, y cuán lleno de gracia para los suyos; los santifica en este mundo y les da la vida espiritual, que es vida eterna en embrión, pues la gracia en un alma es el comienzo del cielo en esa alma; Él los glorificará plenamente en el otro mundo pues su bienaventuranza será completa cuando vuelvan a verle, cuando Él se manifieste (Col. 3:4; 1 Jn. 3:2). Hemos sido llamados a su reino y gloria (1 Ts. 2:12), y nos hizo renacer … para una herencia incorruptible (1 P. 1:3–4). Lo que es último en la ejecución, fue primero en la intención: la vida eterna. El dominio que Cristo ejerce sobre los hijos de los hombres tiene por objeto la salvación de los hijos de los hombres. Así, la administración de ambos reinos, el de la providencia y el de la gracia, es puesta en las mismas manos (v. 13:3), para que todas las cosas cooperen juntamente para bien de los que aman a Dios (Ro. 8:28).
Quinto, explica en qué consiste esta vida eterna, que es el gran objetivo de su venida a este mundo:
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (v. 3). Vemos:
(i) El grandioso destino que la religión cristiana pone delante de nosotros: la vida eterna. Esto es lo que Cristo vino a revelarnos y por lo que vino a dar la vida a fin de procurárnoslo. Por medio del Evangelio, «sacó a luz la vida y la inmortalidad» (2 Ti. 1:10).
(ii) El medio seguro para obtener ese bendito destino, que es el correcto conocimiento experimental, personal, de Dios y de Jesucristo. La afirmación de Jesús en ese versículo 3 puede tomarse en dos sentidos: 1) La vida eterna consiste en el conocimiento de Dios y de Jesucristo. 2) La vida eterna se manifiesta en el conocimiento de Dios y de Jesucristo, ya que este conocimiento es el fundamento para disfrutar de una vida que es participación de la misma vida de Dios (v. 2 P. 1:4). No cabe duda de que este segundo sentido es el correcto, puesto que el versículo no pretende dar una definición de la vida eterna. En efecto, el conocimiento de Dios y de Cristo nos conduce a la vida eterna, por cuanto la religión cristiana nos muestra el camino hacia el cielo: 1) dirigiéndonos hacia Dios, pues Cristo murió para llevarnos a Dios (v. He. 2:10). Los arrianos y los unitarios de todos los tiempos hallan aquí un argumento contra la divinidad de Cristo, pues Él mismo dice al Padre: «para que te conozcan a ti, el único Dios verdadero». Esto está en línea perfecta con Deuteronomio 6:4. Pero ello no puede echar por tierra lo que el mismo Señor Jesucristo había dicho en 10:30: «Yo y el Padre somos uno». Es de notar que Cristo no dice: a ti la única persona que es el Dios verdadero, sino: «a ti, el único Dios verdadero», lo cual no excluye que también el Hijo y el Espíritu Santo sean el Dios verdadero. 2) Dirigiéndonos hacia Jesucristo, pues Él es el Enviado del Padre, el único camino hacia el Padre (14:6), el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5). Esta es la razón principal por la que Jesús contradistingue entre el Padre, el único Dios verdadero, y Él mismo, ya que aquí aparece, no como Dios, sino como el Mediador, Jesucristo- Hombre. Si la humanidad hubiera permanecido en la inocencia original, el conocimiento de Dios habría bastado para proporcionarle la vida eterna; pero, al haber caído, necesita algo más: necesitamos creer en Jesucristo como en nuestro Redentor. Creer en Jesús es vida eterna, pues Él ha venido a darnos esta vida en abundancia (10:10). Quienes tienen comunión con Dios en Cristo, se hallan ya en los suburbios de la Jerusalén celestial.
(B) A continuación, Jesús ora y pide ser glorificado, en atención a la gloria que ya ha dado al Padre hasta este momento (vv. 4–5). El sentido de la petición anterior era: «Glorifícame en este mundo». El sentido de esta otra es: «Glorifícame en el otro mundo». Notemos:
(a) Con qué consuelo vuelve Jesús la vista a los pasados años de su vida en este mundo: «Yo te he glorificado en la tierra, he llevado a término la obra que me diste a realizar» (v. 4). Se complace en recordar el servicio que ha prestado al Padre. Esto nos ha sido conservado aquí para honor de Cristo, que su vida en esta tierra dio cumplimiento pleno al destino que le había traído a este mundo. Aquí vemos: Primero: Que nuestro Señor Jesús tenía que llevar a cabo una obra que se le había encomendado. El Padre se la dio; lo «selló» (6:27) para ella y le asistió mientras la llevaba a cabo. Segundo, que llevó a feliz término la obra que se le había confiado. En unas pocas horas, le habrá dado el toque final a esta obra, cuando diga desde la cruz: «Consumado está» (19:30). Tercero, que con esta obra había glorificado al Padre. Para gloria de Dios había consumado su obra, y en el feliz término de esta obra se fundaba la gloria misma del Redentor. Aquí queda esta referencia para ejemplo nuestro, para que sigamos sus pisadas (1 P. 2:21), pues Él es el autor y el consumador de nuestra fe (He. 12:2). Nosotros, pues, hemos de aplicarnos con toda diligencia a llevar a cabo la obra que Dios nos ha encomendado y buscar en todo la mayor gloria de Dios. Así hemos de perseverar hasta el fin de nuestros días; no debemos sentarnos a descansar mientras no la cumplamos. ¿Cómo estaremos de brazos cruzados, cuando nuestro Salvador no paró hasta llevar a término la obra que el Padre le había encomendado? Pero ese mismo feliz término que el Señor dio a su obra ha de animarnos siempre a confiar en Él, porque si ha dado pleno cumplimiento a la obra que se le dio para que la realizase, es entonces un Salvador completo, que no dejó su labor a medias, sino que «estamos completos en Él» (Col. 2:10), «porque con una sola ofrenda ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados» (He. 10:14); no que ya seamos perfectos interiormente (v. Fil. 3:12), sino que Él ha hecho provisión perfecta para todo el curso de nuestra santificación, desde la justificación inicial hasta la glorificación final.
(b) Con qué confianza espera «el gozo puesto delante de sí» (He. 12:2), pues dice: «Ahora, pues, Padre, glorifícame tú» (v. 5). Donde vemos:
Primero, lo que pide: «Glorifícame tú», como lo había pedido antes (v. 1). Aunque el Padre se lo había prometido, Él lo pide no obstante, porque las promesas no están destinadas a sustituir a las oraciones, sino a estimularlas, y ser guía de nuestros deseos y fundamento de nuestras esperanzas.
Segundo, qué clase de gloria pide; no es una gloria en solitario, sino en compañía del Padre; no sólo dice: «glorifícame tú», sino que añade: «al lado tuyo». Las oraciones que suben desde este mundo inferior atraen gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo en perfecta conjunción (v. Ro. 1:7; 1 Co. 1:3; 2 Co. 1:2; Gá. 1:3; Ef. 1:2; Fil. 1:2; Col. 1:2; 1 Ts. 1:1; 2 Ts. 1:2; 1 Ti. 1:2; 2 Ti. 1:2; Tit. 1:4; en estas tres últimas con la añadidura de «misericordia»). Así vemos cómo el Padre glorificó a Jesús al lado suyo. Además, es una gloria duradera, eterna: «con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiese». Es cierto que, al ser Cristo en cuanto Dios uno con el Padre (10:30), la gloria eterna del Padre, aun prescindiendo de la obra de la creación y de la redención era común al Padre y al Hijo, pero el pensamiento que Cristo quiere recalcar aquí es más bien el de la gloria que estaba en los planes divinos desde toda la eternidad, y que según esos mismos planes, había de ser obtenida mediante la obra de la Redención en el Calvario (v. 12:28). No es que Dios necesitase de nosotros para obtener esa gloria, pero la obtuvo por medio de nuestra redención. Como ha escrito E. Kevan: «No es que el hombre fuese digno de ser salvado por Dios, pero era digno de Dios salvar al hombre». En su estado de humillación, el Verbo se había despojado de esta gloria que le pertenecía como a Dios (v. Fil. 2:6–7), manifestándose en carne (1 Ti. 3:16; 1 Jn. 4:2), no en gloria. Pero, en su estado de exaltación, reasumió la gloria de la que se había despojado (Fil. 2:9–11). Observemos que Cristo no pide ser glorificado con los reyes y príncipes de este mundo, no; el que conocía los dos mundos, el de aquí abajo, y el de allá arriba, escogió la gloria del mundo más elevado, en comparación de la cual la gloria de este mundo no es más que humo y vanidad.
«Haya, pues, en nosotros los mismos sentimientos que hubo también en Cristo Jesús» (Fil. 2:5), y digámosle a Dios: «Padre, glorifícame tú al lado tuyo».
Tercero, qué apelación interpuso al orar así al Padre: «Yo te he glorificado» (v. 4); «así, pues, ahora, Padre, glorifícame tú» (v. 5). Hay una equidad en esta apelación, una proporción admirable porque si Dios había sido glorificado en Él, era lógico que Él fuese glorificado en Dios. Si el Padre había alcanzado tanta gloria en la humillación del Hijo, estaba muy puesto en razón que el Hijo no saliera perdedor en esa transacción, sino que fuese glorificado también por aquello en que el Padre había sido glorificado. Además esto estaba de acuerdo con el pacto de la Redención, puesto que fue «por el gozo puesto delante de Él» por lo que Jesús «soportó la cruz» (He. 12:2). Puesto que Él ha llevado a término la obra que el Padre le dio a realizar, espera con toda razón que sea también llevada a término su exaltación. Por lo mismo que glorificó a Cristo, fue glorificado el Padre y, si nosotros glorificamos a Dios por la obra que Cristo llevó a cabo en el Calvario, demostramos que estamos satisfechos con aquello mismo con que Dios quedó satisfecho. Así se nos enseña, finalmente, que sólo aquellos que han glorificado a Dios por medio de una vida santa en la tierra, serán glorificados por Dios cuando ya no estén más en este mundo.
Versículos 6–10
Después de orar por sí mismo en la forma que hemos comentado en los versículos anteriores, Jesús pasa ahora a orar por los suyos. Veamos:
I. Por quiénes no oró: «No ruego por el mundo» (v. 9). No excluye aquí al mundo de la humanidad en general, pues en el versículo 21 ora «para que el mundo crea que tú me enviaste», sino por el mundo de la maldad satánica, antievangélica y anticristiana. Si tomamos el «mundo» como si fuera un montón de trigo sin aventar, recién trillado en la era, Dios lo ama, Cristo ora por Él y muere por Él, puesto que hay bendición en medio de Él. Pero si tomamos el «mundo» por la paja que queda después de aventar la mies y separar el trigo de la paja, en tal caso Jesús no ora por eso, sin excluirles de las bendiciones comunes a todos (v. Mt. 5:45; Hch. 14:17), Jesús no tiene para ellos el mismo deseo que para los suyos, en favor de quienes eleva esta oración; por eso, no dice: «ruego contra el mundo», sino: «no ruego por el mundo» (v. una diferencia semejante en 1 Jn. 5:16b, donde no hallamos: «yo digo que no se pida», sino: «yo no digo que se pida»). Nosotros, al no saber quiénes son escogidos y quiénes no lo son, debemos orar por todos los hombres (1 Ti. 2:1, 4). Mientras hay vida, hay esperanza y, por tanto, lugar para entrar en nuestras oraciones.
II. Por quiénes oró: Por los que «le habían sido dados», es decir, por los que habían recibido, o habían de recibir, su palabra y poner fe en ella (v. He. 4:2). En primer lugar, por los que estaban presentes (vv. 6, 8); en segundo lugar, también « por los que habían de creer en Él por la palabra de ellos» (v. 20). Hendriksen hace notar que el mismo Jesús que hacía pocos momentos al dirigirse a los discípulos, había puesto de relieve la debilidad de la fe de ellos (16:31, 32), al dirigirse ahora al Padre, no hace ninguna mención de tal imperfección.
III. Qué instancias alega al orar por ellos. Cinco son las que aquí aparecen:
1. El encargo que había recibido concerniente a ellos: «Tuyos eran y me los diste» (v. 6); de nuevo, en el versículo 9: «Yo ruego por … los que me diste, porque tuyos son». Como ya hemos repetido, esto tenía una aplicación muy especial a los discípulos allí presentes, puesto que ellos le habían sido dados por el Padre a fin de que fuesen los primeros predicadores del Evangelio, y sobre ellos fuese plantada la Iglesia (Ef. 2:20–21). Cuando lo dejaron todo para seguir a Jesús, se pudo vislumbrar la secreta fuente de tan extraña resolución; pero todavía se vio mejor cuando le dejaron después a Él en el huerto de Getsemaní, por miedo a verse involucrados en los padecimientos de Él; «le habían sido dados a Él»; de no ser así, nunca se habrían dado ellos a sí mismos. El apostolado y el ministerio, que son regalo de Cristo a su Iglesia (v. Ef. 4:11), fueron primero el regalo del Padre a Jesús. Cristo recibió estos dones a favor de los hombres, para poder darlos también a los hombres (comp. He. 5:1 con Ef. 4:8). Esto carga con una tremenda obligación a los ministros del Evangelio, pues deben dedicarse por completo al servicio de
Cristo ya que han sido dados a Él pero tiene aplicación a todos los creyentes, porque también de ellos se dice que han sido dados a Jesucristo (v. 6:37, 39).
(A) El Padre tenía autoridad para darlos: «Tuyos eran» (v. 6); «tuyos son» (v. 9). Son del Padre por tres motivos: (a) Por derecho de creación; el ser entero de todos ellos había sido creado por Dios.
(b) Por derecho de redención; eran criminales, y el ser entero de ellos había sido entregado al diablo; pero constituían un remanente de la humanidad perdida, que había sido entregada a Cristo para que los redimiera, y hacer así que quienes podían haber sido sacrificados a la justicia de Dios, llegasen a ser monumentos de su misericordia. (c) Por derecho de elección; habían sido escogidos y puestos aparte por Dios. En esto insiste en el versículo siguiente: «Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti» (v. 7). Como si dijera: «Proceden enteramente de ti; tú me los has dado y, por eso, yo ahora te los devuelvo redimidos para que sean tuyos enteramente, para tu servicio y gloria».
(B) El Padre los dio al Hijo como ovejas al pastor para que los guardara; como pacientes al médico para que los curara; y como niños al maestro para que los educara. Fueron entregados a Cristo a fin de que la elección de ellos, por gracia, no quedara frustrada; para que ninguno de ellos, ni uno siquiera, se perdiese (v. 11); para que la empresa que Cristo llevaba entre manos no fracasara: «Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho» (Is. 53:11).
2. El cuidado y la solicitud que había tenido con ellos para enseñarles: «he manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste» (v. 6); porque les he dado las palabras que me diste» (v. 8). Obsérvese aquí el elevado designio de las enseñanzas de Cristo que era manifestar el nombre de Dios, declarar el verdadero carácter de Dios, a fin de que fuese más amado y mejor adorado. Esta fue una tarea que Cristo desempeñó con toda fidelidad, como puede verse por la identidad de su doctrina, con las instrucciones que había recibido del Padre (3:34; 5:19; 7:15, etc.). En esto fue un buen modelo para los ministros de Dios, quienes, al poner el mensaje del Evangelio en palabras, han de ser diligentes en trasladar fielmente a los oyentes las palabras que el Espíritu Santo enseña; no deben buscar su propia gloria, sino imitar a Jesús, quien no se buscó a sí mismo, sino que todo su afán fue manifestar el nombre de Dios y hacer que su Padre fuese engrandecido. Manifestar con toda precisión, claridad y exactitud el nombre de Dios a los hijos de los hombres es prerrogativa exclusiva de Cristo, porque sólo Él tenía con el Padre una comunión tan íntima como para poder descubrirnos plenamente los secretos de Dios (15:15); además, al ser hombre perfecto y al haber sido tentado en todo conforme a nuestra semejanza, pero sin pecado (He. 4:15), está en óptimas condiciones para tener acceso al espíritu del hombre y comprenderle bien. Los ministros de Cristo han de proclamar el nombre del Señor, pero sólo Jesucristo puede manifestarlo. Los ministros pueden comunicarnos las palabras de Dios, pero sólo Cristo puede ponerlas dentro de nosotros. Tarde o temprano, Jesucristo manifestará el nombre de Dios a todos los que le han sido dados.
3. El buen efecto que en los elegidos produjo el cuidado diligente que Cristo había ejercitado con ellos: «Han guardado tu palabra» (v. 6); «han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti» (v. 7); «les he dado las palabras que me diste; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste» (v. 8). Vemos, pues:
(A) Qué éxito tuvo la doctrina de Cristo entre los que le fueron dados: Recibieron las palabras que Cristo les dio como el suelo recibe la semilla y como la tierra se bebe la lluvia. Y estas palabras les fueron implantadas, puesto que las guardaron y conformaron a ellas su vida, pues el mandamiento de Cristo sólo es guardado cuando es obedecido. Era menester, en efecto, que los discípulos guardasen bien las palabras de Cristo, pues habían de transmitirlas a todas las épocas y a todos los lugares del mundo. Por eso mismo las recibieron y las conocieron, las entendieron perfectamente, «todas las cosas» (vv. 7–8). Todos los oficios y poderes de Cristo, todos los dones del Espíritu, todas las gracias y consuelos, procedían de Dios, destinadas por su beneplácito y selladas con su gracia para su gloria en la salvación del hombre. Podemos, pues, aventurar el destino de nuestra alma en las manos del Mediador que es Jesucristo-Hombre. Si la justicia ha sido designada por Dios, seremos justificados; y si la gracia es dispensada por Cristo seremos santificados. Y ellos, al recibir las palabras de Cristo y guardarlas han puesto sobre ellas el sello de confirmación: Han conocido verdaderamente que salí de ti» (v. 8). Por aquí vemos en qué consiste el creer; es conocer con seguridad la verdad revelada y compenetrarse cordialmente con ella. Para conocer con seguridad no es menester conocer con evidencia, ya que andamos por fe, que es lo más seguro, no por vista, que es lo más claro (2 Co. 5:7). ¿Qué es lo que tenemos que creer? Que Jesucristo salió de Dios y fue enviado por el Padre. Por consiguiente, todas las enseñanzas de Cristo han de ser recibidas como verdades divinas, y todas sus promesas han de ser creídas como divinas seguridades.
(B) Cómo habla Jesucristo aquí de todo ello: Como de algo en lo que se complace. La firmeza con que los discípulos se adherían a Él, el progreso que hacían en su escuela y el conocimiento que al final habían alcanzado de Él, constituían su gozo. Cristo es un Maestro que se deleita en el progreso de sus alumnos. Acepta la sinceridad de la fe de ellos, sin tener en cuenta la debilidad de esa fe. Habla también como quien apela en favor de ellos ante su Padre, pues está orando por los que el Padre le ha dado; y apela también a la devoción de ellos, pues ellos se han dado también a sí mismos a Él. Quienes guardan la palabra de Cristo y creen en Él, no necesitan otra recomendación más que la suya, pues Él es quien los encomienda en las manos del Padre.
4. Apela también al interés que el Padre mismo tiene en ellos: «Yo ruego por ellos … por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío» (vv. 9–10, comp. con 16:15). Donde vemos:
(A) La apelación a favor de los discípulos: «Tuyos son». El hecho de que el Padre los entregara a Cristo, lejos de enajenarlos de la propiedad del Padre, era precisamente para que fueran más del Padre, pues Cristo nos redimió, no sólo para sí, sino para Dios. ¡Qué buena apelación es la que Cristo hace aquí al decir: «Tuyos son»! Nosotros podemos hacerla nuestra y decirle a Dios: ¡«Tuyo soy, sálvame!» o, mejor, con Teresa de Avila:
«Vuestra soy, pues me criastes, vuestra, pues me redimistes, vuestra, pues que me sufristes, vuestra, pues que me llamastes, vuestra, pues que me esperastes, vuestra, pues no me perdí. ¿Qué mandáis hacer de mí?»
Pero no sólo hemos de pedir por nosotros, sino también por otros, diciéndole a nuestro Padre: «Ellos son tu pueblo; tuyos son. ¿No los preservarás, para que no sean derribados por el diablo y por el mundo? Puesto que son tuyos, ¡reconócelos por tuyos!»
(B) El fundamento en que se basa esta apelación de Jesús: «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío» (v. 10). Esto muestra, una vez más, que el Padre y el Hijo son uno en esencia y en interés. Lo que pertenece al Padre como a Creador, le pertenece a Jesús también: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre» (Mt. 11:27). Nada se exceptúa sino: «Aquel que sometió a Él todas las cosas» (1 Co. 15:27b). Y todo lo que Cristo tiene como Redentor está destinado a la gloria del Padre. Todos los frutos de la redención, comprados por la sangre de Jesús, son «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef. 1:6). Por eso, añade: «Todo lo mío es tuyo». El Hijo no reconoce por suyo a ninguno que no esté dedicado al servicio de su Padre. En un sentido más limitado, todo creyente puede decir: «Todo lo tuyo es mío» (comp. con 1 Co. 3:22). Y, en un sentido ilimitado, todo verdadero creyente ha de decir: «Señor todo lo mío es tuyo; todo lo pongo a tus pies, a tu servicio. ¡Cuida de ello, Señor, porque todo es tuyo!»
5. Finalmente apela a la preocupación que tiene por ellos: «He sido glorificado en ellos» (v. 10b). El poco honor que el Señor tenía en este mundo, lo tenía entre sus discípulos, por eso ruega por ellos de un modo especial. Todavía había de ser más glorificado en ellos en el futuro, cuando marchasen por todo el mundo proclamando el mensaje del Evangelio. Así que viene a decir al Padre: «Yo he sido, soy y seré, glorificado en ellos; por lo tanto, me preocupo de ellos y te los encomiendo a ti, Padre, que has tomado a tu cargo glorificar a tu Hijo y que, por ello, cuidarás como a la niña de tus ojos aquellos en quienes yo he sido glorificado».
Versículos 11–16
Después de las apelaciones que interpone a favor de sus discípulos, Jesús pasa a exponer al Padre sus particulares peticiones a favor de ellos. Todas ellas se refieren a «bendiciones espirituales, en cosas celestiales» (comp. con Ef. 1:3), pues la verdadera prosperidad es la prosperidad del espíritu. Dichas bendiciones son las más apropiadas para el presente caso y estado de ellos. La intercesión de Cristo es siempre pertinente. Nuestro abogado con el Padre (1 Jn. 2:1) está bien enterado de cada detalle de cada una de nuestras necesidades. Se alarga ampliamente en sus peticiones, para enseñarnos a ser fervientes e importunos en la oración, luchar como Jacob (Gn. 32:24 y ss.) y decirle a Dios: «No te dejaré, si no me bendices». La primera petición que Jesús hace por sus discípulos es para que el Padre los preserve.
Preservar supone que hay peligro; este peligro les había de venir del mundo; por eso ruega al Padre que los guarde del mal (o del Maligno) que hay en el mundo (v. 15). Notemos:
I. La petición misma, que viene a ser: «Guárdalos del mundo». Ahora bien, hay dos maneras de ser guardado del mundo:
1. Ser sacados físicamente del mundo. No es esto lo que Jesús pide para ellos: «No ruego que los quites del mundo» (v. 15a). Es decir:
(A) «No pido que te los lleves por medio de la muerte.» Si el mundo los va a tratar tan mal, el mejor modo de preservarlos sería proveer carros y caballos de fuego para llevárselos cuanto antes al Cielo. Pero Cristo no oró así por sus discípulos. Comoquiera que había venido a conquistar y derrotar toda clase de intemperancia, incluida la impaciencia por las contrariedades de la vida, dejó bien claro que hemos de estar dispuestos a cargar con nuestra cruz, no a pisotearla. Como alguien ha escrito, «las espinas duelen menos si se besan que si se pisan». Además, tenían que llevar a cabo su obra en el mundo; así que no podían ser sacados, sin más, del mundo. Por compasión hacia este mundo tenebroso, Cristo no quería retirar de él estos luminares (v. Fil. 2:15), especialmente a causa de los que habían de creer en Él por la palabra de ellos (v. 20). Aunque todos, cada uno en su orden, hayan de morir como mártires, no lo será mientras no hayan acabado su testimonio. No es cosa de desear el que los buenos sean arrebatados de este mundo, aunque para ellos sea «muchísimo mejor» (Fil. 1:23). Es cierto que Jesús ama a sus discípulos y desea verles en el cielo, pero no se los lleva inmediatamente, sino que los deja aquí por algún tiempo, no sólo para beneficio del mundo, sino también para que ellos mismos maduren para la eternidad.
(B) «No pido que sean exentos de los problemas que este mundo presenta, ni que sean retirados de los aprietos y terrores que en él se hallan.» Como dice Calvino: «No que, libres de todo apuro, se pongan a sestear con gran comodidad, sino que, con la ayuda de Dios, sean preservados en los casos de peligro». No que sean resguardados de todo conflicto con el mundo, sino que no sean sobrepujados por él. Más honor acarrea al soldado de Cristo vencer al mundo por fe (v. 1 Jn. 5:4), que retirarse de él por medio de los votos monásticos; y más honor aporta a Cristo el que le sirve en una ciudad que el que le sirve en una celda.
2. Guardándolos de la corrupción que hay en el mundo (vv. 11, 15). Aquí tenemos como tres ramas de esta petición:
(A) «Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre» (v. 11. Mejor: «Padre santo guárdalos en tu nombre que me has dado»). Cristo estaba a punto de dejarles; por eso, los encomienda aquí a la custodia del Padre. Es un inefable consuelo para todos los creyentes el que Cristo mismo los haya encomendado al cuidado de Dios. ¿Cómo no van a estar a salvo aquellos a quienes protege el Dios omnipotente, y que han sido puestos en sus manos por el Hijo de su amor? A esta oración se debe la maravillosa preservación del ministerio del Evangelio y de la Iglesia misma en el mundo hasta el día de hoy. Los pone bajo la protección divina, la cual es constante, pues necesitamos el poder de Dios, no sólo para ponernos en estado de gracia, sino también para conservarnos en él. Los títulos que da a Aquel a quien ora, y a los discípulos por quienes ora, refuerzan la petición. Aquí se dirige a Dios llamándole «Padre santo». Al ser santo y odiar el pecado, Él hará que sean santos los suyos, los guardará del pecado y hará que ellos aborrezcan el pecado y lo teman como al mayor mal, único mal verdadero. Al ser Padre, pondrá interés y cuidado en sus hijos. ¿Quién, si no, habría de ponerlo? Y de ellos habla como de quienes le han sido dados por el Padre (según una de las posibles lecturas. Nota del traductor). Esto nos enseña que lo que recibimos como regalo de nuestro Padre, bien podemos ponerlo bajo el cuidado de nuestro Padre.
(B) «Guárdalos en tu nombre»; es decir, «guárdalos con tu poder, tu sabiduría y tu amor, las perfecciones que mejor dan a conocer tu carácter divino, sin par». Bien pueden confiar los que piden algo con miras al honor de Dios, más bien que con la vista puesta en sus propios intereses particulares.
«Guárdalos en el conocimiento y santo temor de tu nombre; guárdalos en la profesión y el servicio de tu nombre, les cueste lo que les cueste.»
(C) «Guárdalos del mal» (v. 15. O «del Maligno»). Anteriormente les había enseñado a orar:
«Líbranos del mal» (o «del Malo». Mt. 6:13; Lc. 11:4). Y esto mismo decía ahora, para enseñarles a seguir orando de este modo. «Guárdalos del Maligno; guárdalos de Satanás tentador para que no vacile la fe de ellos; guárdalos de Satanás destructor; guárdalos de lo malo, esto es, del pecado; guárdalos para que no cometan pecado; guárdalos del mal que hay en el mundo; presérvalos en medio de la aflicción que en el mundo tendrán, de forma que permanezcan libres de su aguijón. No que sean preservados de la aflicción, sino guardados a través de ella.
II. Las razones con que guarnece estas demandas, y que son cinco:
1. Apela al cuidado que de ellos ha tenido hasta el presente: «Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre» (v. 12). Todos habían estado a salvo y ninguno de ellos se echaba en falta, excepto el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.
(A) Cristo había desempeñado fielmente el oficio de guardar a los elegidos: Cuando estaba con ellos en el mundo, los guardaba, y el cuidado que tuvo con ellos no fue en vano. Muchos de los que le habían seguido por algún tiempo, se ofendieron con una cosa u otra y se volvieron atrás; pero guardó a los Doce de forma que no se marchasen. Al estar con ellos visiblemente los guardó de una manera visible; pero al marcharse de ellos, debían ser guardados de una forma más espiritual. Los consuelos y las ayudas, a veces son dados, a veces son quitados; pero, aun en el caso en que nos son retirados, no por eso nos quedamos perdidos y sin consuelo. Lo que Cristo dice aquí tiene aplicación a todos los hijos de Dios mientras se hallan en este mundo; Cristo los guarda en nombre de Dios. Son débiles y no pueden sostenerse a sí mismos. Pero a los ojos de Dios son muy valiosos y dignos de ser guardados, pues son su tesoro, sus joyas. Su salvación está reservada pues para ella son ellos guardados (v. 1 P. 1:5). Los justos son preservados para los días de felicidad; están al cargo del Señor Jesús; Él los guarda, porque Él puso su vida, como buen pastor para salvación de sus ovejas.
(B) La cuenta consoladora que da de su administración: «Ninguno de ellos se perdió». Jesucristo salvará con toda certeza a todos los que le han sido dados; ellos pueden a veces creerse perdidos y es posible que casi lo estén (es decir, en inminente peligro); pero es voluntad del Padre que Cristo no pierda a ninguno, y a ninguno perderá.
(C) La fatídica marca puesta sobre Judas, por la que no estaba entre los que Jesús había tomado a su cargo para guardarlos. Estaba en medio de ellos, pero no era de ellos (comp. con 1 Jn. 2:19). Pero la apostasía de Judas no era achacable al Maestro ni al resto de los discípulos, sino que era «hijo de perdición» no por haber nacido perdido de manera especial, sino por haber escogido deliberadamente el camino de la perdición, tornándose tan obstinado que parecía ya identificado con ella. Al estar, así, abocado a la perdición, no era de los que el Padre había dado a Jesús para que los guardase. ¡Cosa horrible es, en verdad, que uno de los Apóstoles resultase ser el hijo de perdición! No hay lugar, ni denominación ni iglesia que pueda asegurar de la ruina a una persona, a no ser que su corazón sea recto a los ojos de Dios. La Escritura se cumplió, el pecado de Judas fue previsto y predicho, y como consecuencia segura, de cierto se había de cumplir el hecho predicho, aunque la predicción no fuese en sí misma la causa del pecado.
2. Apela a que ahora está a punto de tener que dejarlos: «Guárdalos en tu nombre (porque «yo voy a ti»), para que sean una misma cosa, así como nosotros» (v. 11). Véase:
(A) Con qué placer habla de su propia partida. Se expresa acerca de ella con aire de triunfo y exultación, con referencia al mundo que deja, lo mismo que al mundo al que se dirige: «Y ya no estoy en el mundo». Tan cerca ve su partida, que se ve como si ya estuviera fuera de este mundo. Quienes tenemos nuestra ciudadanía en los cielos habríamos de tener gozo en sentirnos ya como fuera de este mundo. En efecto, ¿qué hay en él que pueda atraer nuestro corazón? «Y yo voy a ti». Salir de este mundo es sólo la mitad del consuelo para un Cristo que muere, y para un cristiano que muere; la mejor mitad está en el pensamiento de ir al Padre. Quienes aman a Dios no pueden menos de gozarse con el pensamiento de llegarse a Él, aun cuando sea a través del valle de sombras de muerte. Es estar presente con el Señor (2 Co. 5:8), como los niños que son llevados de la escuela a casa del padre.
(B) Con qué ternura habla de los que deja en este mundo: «mas éstos están en el mundo … Padre santo, guárdalos; ellos necesitarán mi presencia, haz que tengan la tuya. Necesitan ser guardados ahora más que nunca, y se perderán si tú no los guardas». Cuando nuestro Señor estaba a punto de marchar al cielo se llevaba consigo una gran preocupación por los suyos que están en el mundo. Cuando ellos le habrán perdido de vista, Él no los perderá de vista, y menos aún de su mente y de su corazón. Para dar a entender la gran necesidad que los discípulos tienen de ser preservados, Jesús sólo ha menester de decir:
«éstos están en el mundo» pues con ello da a entender que se hallan en zona de peligro, aun cuando ya están destinados al cielo.
(C) El gran objetivo de toda su oración sacerdotal, el cual se detalla en los versículos 21 y ss., se expresa aquí como un avance de lo que dirá después: «Para que sean una misma cosa así como nosotros». A fin de que el testimonio de los discípulos sea efectivo ha de ser unánime, sin diferencias ni fisuras, como un bloque de granito ante la oposición del mundo. De la misma manera que el Padre y el Hijo son una misma cosa (10:30) en el testimonio que dan del mensaje de Jesús (8:16), porque lo son también en su naturaleza, así también los Apóstoles han de presentar un testimonio conjunto, proveniente de un mismo corazón y de una sola alma (comp. con Hch. 4:32).
3. Apela a la satisfacción que ellos sentirán al saberse a salvo y a la satisfacción que Él mismo tendrá al verlos a salvo: «Hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo completo en sí mismos» (v. 13).
(A) Jesucristo deseaba ardientemente que sus discípulos estuvieran llenos de gozo, puesto que es su voluntad que se regocijen siempre (v. Fil. 4:4). Cuando ellos pensaban que su gozo en Él había llegado a su fin, era precisamente el tiempo en que ese gozo iba a alcanzar cotas mucho más altas que antes, de forma que se sintieran llenos de regocijo (v. Lc. 24:52). Aquí se nos enseña a encontrar nuestro gozo en Jesús. Cristo es el gozo del cristiano, su gozo supremo. El regocijo que el mundo puede aportar se marchita al compás del paso de las cosas mundanas; pero el regocijo en Cristo es perpetuo como lo es Él. El Apóstol nos urge a mantener este gozo con todo ahínco y diligencia (Fil. 3:1; 4:4). Juan escribe su primera epístola con el objetivo concreto de que «nuestro gozo sea completo» (1 Jn. 1:4). Quizá no haya faceta de nuestra vida cristiana en la que la Escritura insista tanto. Éste fue también el objetivo de la primera proclamación del mensaje del Evangelio a cargo de los ángeles que anunciaron el nacimiento del Salvador: «Dejad de temer, porque he aquí que os traigo buenas noticias (lit. os evangelizo) de gran gozo, que lo será para todo el pueblo; que os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc. 2:10–11).
(B) Para que los discípulos disfruten de este gozo, y lo disfruten completamente, los encomienda solemnemente al cuidado y a la custodia del Padre: «Pero ahora voy a ti, y hablo esto en el mundo» (v. 13). Al decir esto en el mundo, después de haber dicho: «ya no estoy en el mundo» (v. 11), da a entender que será de mayor ánimo y satisfacción para ellos el que esto sea dicho precisamente en el mundo, pues les capacitará mejor para gloriarse en la aflicción que van a tener en el mundo (16:33). Cristo no se contenta con almacenar consuelos para los suyos, sino que se apresura a impartirlos para que les ayuden en las horas que más los necesitan. Condesciende así a publicar su testamento antes de morir y hacer saber a los herederos (cosa que muchos no se atreven a hacer) los tesoros que les lega y cuán bien asegurados están dichos tesoros. La intercesión de Cristo a nuestro favor es suficiente para completar nuestro gozo en Él; no hay cosa tan efectiva para silenciar nuestros temores y desconfianzas como ésta:
«Que Él vive siempre para interceder por nosotros (He. 7:25).
4. Apela también a los malos tratos que van a sufrir por parte del mundo, a causa de Él: «Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (v. 14). Aquí vemos la enemistad del mundo contra los seguidores de Cristo. Esta enemistad ya estaba en acción cuando ellos se hallaban resguardados por su Maestro, pero se hará mayor y más manifiesta cuando Él se haya marchado, y ellos hayan revolucionado el mundo entero (Hch. 17:6) mediante la proclamación del Evangelio. Por eso, viene a decir Cristo: «Padre, sé tú el amigo de ellos, que disfruten de tu amor, ya que el odio del mundo contra ellos es inminente y les perseguirá de continuo». Es un gran honor para Dios ponerse de parte del más débil, y ayudar al que está sin ningún apoyo, para que así brille mejor «la excelencia del poder de Dios» (2 Co. 4:7) y se demuestre que «uno con Dios es mayoría». Los motivos de la enemistad del mundo hacen más urgente esta apelación de Cristo a favor de sus discípulos:
(A) Una de las razones es que los discípulos habían recibido la palabra de Dios de manos de Cristo, cuando la mayor parte de los del mundo la rechazaban. Los que reciben la buena voluntad y la buena palabra de Cristo, han de esperar de parte del mundo mala voluntad y malas palabras. Los ministros del Evangelio, en particular, siempre han sido (y son) odiados por el mundo, porque llaman a los hombres a salir del mundo y separarse de él, con lo que tácitamente condenan el mundo: «Padre, guárdalos—dice Jesús—, porque van a sufrir por tu causa». Quienes guardan la palabra de Cristo con toda paciencia tienen opción a una protección especial en la hora de la tentación. La causa que produce mártires bien puede producir también sufrientes gozosos.
(B) Otra razón, bien explícita en el texto, es que el mundo los odia «porque no son del mundo» (comp. con 15:19). Aquellos a quienes la palabra de Cristo llega con poder no son del mundo, y por eso el mundo les tiene ojeriza.
5. Finalmente, apela a que el ser conformes a Él (comp. con Ro. 8:29) les hace no ser conformes al mundo: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (v. 16). Bien pueden encomendarse a Dios con fe «quienes son en este mundo como Él es» (1 Jn. 4:17). Dios no puede menos de amar a los que son como Jesucristo.
(A) Jesucristo no era de este mundo; nunca lo fue, pues Él era de arriba (8:23). Con esto se da a entender: (a) su estado: no era de los que el mundo aprecia y estima. No tenía posesiones de este mundo, ni siquiera dónde recostar la cabeza (Mt. 8:20; Lc. 9:58). Tampoco ejerció poderes ni oficios del mundo (v. Lc. 12:14); (b) su espíritu: estaba perfectamente muerto a las cosas de este mundo; por eso, el príncipe de este mundo no tenía nada en Él (14:30).
(B) Por consiguiente, los cristianos genuinos tampoco son de este mundo. La suerte que les toca es ser despreciados por el mundo; no pueden hallar en el mundo mayor favor que el que su Maestro halló. Su privilegio consiste en ser libertados del mundo; por eso, es su deber estar muertos al mundo. Aun cuando los discípulos de Cristo eran débiles y tenían muchos defectos el Maestro asegura aquí que no eran del mundo y, por eso, los encomienda al cuidado del Cielo.
Versículos 17–19
La siguiente petición de Jesucristo a favor de sus discípulos es que sean santificados; que no sólo sean preservados del mal, sino también guardados en el bien.
I. La petición es: «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (v. 17). Cristo desea que sean santificados:
1. Como cristianos (v. 1 Ts. 5:23).
(A) La gracia que Cristo les desea es la santificación: «Padre santifícalos». Como si dijese:
«Confirma en ellos la obra de la santificación; asegura en ellos las buenas resoluciones. Haz que perseveren en las buenas obras, y que su luz brille más y más; que sea completa tu obra en ellos, y avancen en santidad hasta el final». No podrá reconocerlos por suyos sin avergonzarse, ya sea ahora o después de la muerte, ni presentarlos al Padre, si no han sido santificados. Los que, por pura gracia, han sido santificados al ser separados del mundo y dedicados a Dios, tienen necesidad de ser santificados más y más. No avanzar equivale a retroceder: «El que es santo, santifíquese todavía» (Ap. 22:11b). Dios es el que santifica, así como el que justifica.
(B) El medio para conferir esta gracia de la santificación: «en tu verdad; tu palabra es verdad» (comp. con Sal. 119:9). La divina revelación según la hallamos en las Escrituras no sólo es sumamente acrisolada (Sal. 119:140), pura y sin mezcla alguna, sino también verdad entera y eterna (Sal. 119:142, 144), sin defecto ni caducidad. Esta palabra de verdad debe ser el ordinario medio exterior de nuestra santificación, porque ella es la semilla del nuevo nacimiento (1 P. 1:23) y el alimento de la nueva vida (1 P. 2:2).
2. Como ministros de Dios: «Santifícalos; haz que su llamamiento al apostolado sea ratificado en el cielo. Cualifícalos, con gracias abundantes y dones convenientes, para el ministerio; sepáralos para tan elevado oficio. Yo los llamé y ellos accedieron a seguirme; ahora, Padre, di Amén a esto; reconócelos como tuyos para el ministerio; que tu mano esté sobre ellos a lo largo del desempeño de su función; santifícalos en tu verdad, para que sean predicadores de tu verdad en el mundo». Jesucristo intercede, con un interés especial, por sus ministros y encomienda al Padre a los que han de ser luminares (Fil. 2:15) de primera magnitud en este mundo de tinieblas. La mejor cosa que puede pedirse a Dios en favor de los ministros del Evangelio es que sean santificados y enteramente dedicados al Señor, de forma que tengan experiencia personal de la influencia de la Palabra de Dios en su corazón, a fin de que así puedan predicarla a otros con poder.
II. A continuación, hallamos dos apelaciones que Cristo presenta a fin de corroborar la petición que hace al Padre:
1. La misión que habían recibido de Él: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (v. 18).
(A) Cristo habla aquí de su propia misión con toda seguridad: «Tú me enviaste al mundo». Fue enviado por el Padre para decir lo que dijo, para hacer lo que hizo y para ser lo que fue para todos los que creyeron en Él.
(B) Cristo habla también de la comisión que Él da a sus discípulos: «Así yo los he enviado al mundo».
Los envía a predicar la misma doctrina que Él predicó, con una comisión semejante a la que Él recibió (v. 20:21), con lo que rinde gran honor al ministerio que les encomienda, pues pone de manifiesto la estrecha afinidad entre el oficio del Mediador y el de los ministros de la reconciliación (v. 2 Co. 5:18–20). La diferencia está en que Él fue enviado como Hijo, ellos como siervos (comp. con He. 3:5–6). Jesús siente gran preocupación por ellos, porque él mismo los había puesto en un oficio difícil, que requería grandes cualidades para desempeñarlo dignamente. Pero pueden tener el consuelo de que, si Cristo los ha puesto allí, Él les sostendrá de pie. Cuando Él nos encarga alguna tarea, también nos cualifica para ella y nos sostiene durante todo el tiempo en que la llevamos a cabo. Jesús los encomienda al Padre, porque estaba sumamente interesado en la causa de ellos, ya que era continuación de la misión que Él mismo había recibido del Padre. El Padre le santificó a Él cuando le envió al mundo (10:36). Ahora pide al Padre que los santifique también a ellos, ya que también son enviados al mundo.
2. La obra que a favor de ellos llevaba Él a cabo: «Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos estén santificados en la verdad» (v. 19). Aunque el verbo es el mismo en las dos frases del versículo, el sentido es diferente:
(A) Jesucristo fue santificado (en este contexto) no porque estuviese falto de la perfección espiritual conveniente, sino en el sentido de ser consumado, por medio de su sacrificio en la cruz del Calvario, como autor de la salvación (He. 2:10; 5:9; 9:14). A esto apela ante el Padre, puesto que su intercesión tiene su eficacia en virtud de la satisfacción que su obra expiatoria llevó a cabo.
(B) Los discípulos son santificados en la verdad, no sólo porque han sido limpiados con la palabra de verdad (15:3), sino también porque han sido separados, a fin de ser dedicados en verdad, no en el exterior y por medio de ceremonias, a Dios con el objetivo de proclamar a todo el mundo la verdad del Evangelio; para que sean cualificados para el ministerio y aceptos a Dios. El oficio del ministro de Dios es fruto del rescate ofrecido por medio del derramamiento de la sangre del Cordero inmaculado (v. 1 P. 1:19), y uno de los frutos benditos de la obra del Calvario. En general, la verdadera santidad de todos los creyentes genuinos es fruto de la muerte de Jesucristo, quien se entregó a sí mismo por su Iglesia para santificarla y presentarla Él a sí mismo—en el último día—como una Iglesia gloriosa (Ef. 5:25–27). En este mundo, es todavía la «Iglesia de la Cruz»; cuando Cristo venga a recogerla, será la «Iglesia de la luz». Quien designó el fin, designó también los medios; han de ser santificados, y lo han de ser en verdad y con la verdad. La palabra de la verdad adquiere así su poder santificador en virtud de la muerte de Cristo. Cristo ora por esto, por cuanto «ésta es la voluntad de Dios: nuestra santificación» (1 Ts. 4:3). Con ello nos anima a que también nosotros oremos por nuestra santificación.
Versículos 20–23
Después de haber orado por la santidad de los discípulos, ahora va a orar por su unidad.
I. Quiénes están incluidos en esta oración: «No … solamente … éstos, sino también … los que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos» (v. 20). Vemos, pues, que todos, y solos, los que creen en Cristo, son objeto de su mediación intercesora. No ora por ellos a la ventura. Los que le oyeron entonces y recibieron su palabra vieron y creyeron; los que habían de vivir en épocas posteriores creyeron, creen y creerán sin ver (v. 20:29). Y todos los que llegan a creer en Cristo, lo hacen mediante la proclamación apostólica del mensaje del Evangelio (Ro. 10:17). Jesucristo no oró solamente por los más eminentes sabios y teólogos cristianos, sino también por los más sencillos y pobres. El Buen Pastor pone sus más tiernos cuidados en las ovejas más débiles, Él «salvará a la que cojea y recogerá la descarriada; y las pondrá por alabanza y por renombre en todas las tierras donde fueron avergonzadas» (Sof. 3:19). Aunque este texto de Sofonías tiene un sentido primordial para el futuro de Israel, bien puede aplicarse a las ovejas del actual rebaño de la Iglesia. Con esta amplitud de intercesión, Jesús tenía en cuenta, no sólo las ovejas que no habían nacido todavía sino también las que no eran del redil del judaísmo, pero también debían ser traídas, a fin de que haya un solo rebaño (no «un solo redil») y un solo pastor (10:16). Recuérdese la indicación (nota del traductor), al comienzo de este capítulo, de las diversas opiniones sobre este versículo. Si se estima como un paréntesis lo cual es probable, se habrá obviado una grave dificultad que acecha a los que lo conectan con los versículos siguientes.
II. Cuál es el objetivo de esta petición del Señor: «Para que todos sean uno». Esto ya lo había dicho antes (v. 11b), y añadía entonces: «así como nosotros», al referirse a Sí mismo y al Padre. Ahora lo pide con más detalle en el versículo 21, y vuelve a repetirlo en forma más resumida en el versículo 22, y sigue
una ulterior explicación en el versículo 23. Esto denota el afán que latía en el corazón de Cristo de que los suyos formasen un bloque sólido, único y unánime; que fuesen uno, no sólo en el corazón para sentir lo mismo (Fil. 2:2–5), sino también en la boca para hablar todos una misma cosa (1 Co. 1:10). Si esta plegaria de Jesús se extiende a todos los creyentes de todos los tiempos, tendremos que confesar que su eficacia ha dejado mucho que desear, por la gran diversidad, y aun oposición violenta, de sentimientos, de pareceres y de expresiones, al aparecer, no unidos, sino muy divididos, frente al mundo. Pero si se aplica, ante todo, a los Apóstoles, la oración de Cristo fue totalmente eficaz pues el testimonio apostólico ante el mundo fue sólido, unánime, visible a todos los que lo escucharon en su tiempo, y a todos cuantos lo leen en los escritos inspirados del Nuevo Testamento. Veamos en detalle, primeramente, lo que Cristo pide al orar por la unidad de los suyos, y suponer que en su oración incluye a todos los creyentes:
1. Que todos sean incorporados a un solo cuerpo (v. 1 Co. 12:13). Viene a decir: «Padre, míralos como a un solo cuerpo, un solo rebaño, un solo santuario tuyo, una sola vid. Aun cuando vivan en tiempos y lugares diferentes, que estén unidos en mí como en su común Cabeza, cepa y piedra angular». Así como Cristo murió para atraer a todos a sí mismo (12:32), así también oró para congregar a todos en uno (11:52).
2. Que todos sean animados por el mismo Espíritu. Esto se insinúa claramente cuando dice: «que también ellos sean una misma cosa en nosotros» (v. 21), lo cual se hace mediante la unión en el espíritu y por el Espíritu (v. 1 Co. 6:17). Como si dijese: «Que en todos quede estampada la misma imagen e inscripción, y que todos sean influidos por el mismo divino poder».
3. Que todos sean unidos por el vínculo de la perfección, que es el amor (Col. 3:14, comp. con Ef. 4:3), siendo uno solo el corazón de todos ellos (v. Hch. 4:32). Que sean uno en el juzgar y en el sentir, en el pensar y en el hablar; no en cualquier detalle minucioso, lo cual no es posible ni necesario, sino en las grandes cosas de Dios, y ello en virtud de esta oración. Que tengan todos la misma disposición e inclinación en todo lo fundamental de doctrina y práctica; en sus objetivos y en sus afanes, en sus deseos y en sus plegarias; aunque pertenezcan a diferentes culturas y, por tanto, tengan distinta mentalidad y fraseología, que oren de corazón por los mismos objetivos. Cristo ora, en efecto, por la llamada comunión de las cosas santas, en las que se expresa, mide y valora la comunión de los santos. Esta oración, en cuanto a la unidad de todos los creyentes, no tendrá su completa respuesta mientras no estén todos los santos ya en la patria celestial; sólo entonces serán perfectos en unidad (v. 23. Lit. perfeccionados hacia la unidad).
III. Lo que se indica aquí como apelación para corroborar su petición.
1. La unidad del Padre con el Hijo, la cual se menciona una y otra vez (vv. 11, 21–23). Ya hemos dicho que el Padre y el Hijo son uno en naturaleza, perfecciones, tareas y objetivos. El Padre ama al Hijo (5:20), y el Hijo siempre hace lo que le agrada al Padre (8:29). La intimidad o mutua inmanencia, que es consecuencia de esta unidad de naturaleza en perfecta compatibilidad con la distinción real de las personas divinas, se echa de ver en las palabras: «como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti» (v. 21). No es de extrañar que no se mencione el Espíritu Santo junto con el Padre y el Hijo, ya que el Espíritu Santo es el Amor personal del Padre y del Hijo, es decir el vínculo de unidad dentro de la Trina Deidad (comp. con Col. 3:14). Por eso, basta con que se mencione explícita o implícitamente, la comunión de las personas divinas, para que allí esté tácitamente indicado el Espíritu Santo (comp. con 2 Co. 13:13 «… la comunión del Espíritu Santo», y con 1 Jn. 1:3 «… y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo»). En esta comunión intratrinitaria insiste Jesús en su oración a favor de la unidad de los suyos:
(A) Como el modelo de la unidad de los cristianos. Los creyentes son uno, en cierta medida, como las tres personas divinas son uno; están unidos por los siete vínculos de unidad mencionados en Efesios 4:4– 6, en cuyo contexto se exhorta a los creyentes, no a hacer la unidad, la cual es obra del Espíritu Santo (v. 1 Co. 12:13), sino a guardarla y fomentarla, hasta que lleguemos a la «estación de término» del Cielo, cuando la unidad será perfecta en todos los aspectos (v. Ef. 4:3, 13). Esta unidad de los creyentes es consecuencia de compartir juntos, a nivel creado, la naturaleza divina (2 P. 1:4), por lo que se espera que los creyentes piensen, deseen, quieran y actúen a la manera de Dios (comp. con Is. 55:8); están unidos por la misma gracia, el mismo perdón de parte de Dios, el mismo amor de parte de Jesucristo, el mismo testimonio (Hch. 1:8), y los mismos objetivos que llevar a cabo en este mundo. Es una unidad santa, tanto en sus principios como en sus medios y objetivos; no forman un partido político ni otra clase cualquiera de corporación secular o para fines temporales. Y es una unidad que requiere unión completa, del mismo modo que el orden de la salvación incluye al ser humano entero y, potencialmente, a todos los hombres.
(B) Como el centro de dicha unidad: «que también ellos sean uno EN NOSOTROS». Así como el Padre está en el Hijo, y el Hijo está en el Padre mediante la comunión del Espíritu Santo, en la verdad y en el amor, también los creyentes han de estar unidos en ese mismo centro de la Verdad y del Amor, que son sustanciales en Dios. En imitación, lo más perfecta posible, de las tres personas divinas, los creyentes han de estar unidos en toda actividad eclesial, en una fe común, alimentada por el ministerio de la Palabra, y en un amor entusiasta y ferviente para ejercer los dones que el Espíritu Santo distribuye en la Iglesia como le place (v. 1 Co. 12:4–6). Los tres aspectos han de mantenerse en perfecto equilibrio para que la obra eclesial no sufra mengua o desequilibrio. Especialmente, ha de mantenerse el equilibrio entre la verdad y el amor. La verdad sin amor es fría como un puñal; pero el amor sin verdad es un entusiasmo loco y sin tino. Hendriksen hace notar que «los creyentes deben suspirar siempre por la paz, pero nunca por una paz a expensas de la verdad, porque la “unidad” que se gana a costa de tal sacrificio no es digna de tal nombre». Ello es cierto, pero habría que dejar bien claro (nota del traductor) qué se entiende por «verdad»; si las verdades fundamentales de la religión cristiana claramente expresadas en la Biblia, o las interpretaciones denominacionales (o personales) que llegan a ser como otras tantas «tradiciones de los ancianos» (Mt. 15:2, Mr. 7:5) por las que se lucha a capa y espada, como si fuesen el núcleo de la fe cristiana. Repitamos que todos los que de veras están unidos en un solo Dios, por un solo Mediador entre Dios y los hombres, los cuales son uno, son también uno entre ellos mismos, y pronto estarán unidos perfecta y perpetuamente. Todo lo que en la Iglesia no tenga por centro de unidad a Dios como única meta y a Jesucristo como único camino, no es unidad, sino conspiración (C) Como apelación presentada por Jesús a favor de tal unidad. El Creador y el Redentor son uno en intereses y objetivos; pero, ¿en qué pararán esos intereses y esos objetivos, si los creyentes no forman un solo cuerpo conjuntamente en Cristo, y reciben de Él juntos «gracia sobre gracia» (1:16), así como Él la obtuvo y la recibió por todos ellos? Las palabras «Yo en ellos, y tú en mí» (v. 23) muestran qué clase de unidad es esa, tan necesaria, no sólo para la belleza y bienestar, sino para el ser mismo de la Iglesia. La unión de los creyentes con Cristo se echa de ver en la frase «Yo en ellos»; la unión de los creyentes por medio de Cristo se ve en la otra frase «Tú en mí». Como si dijera: «de forma que, por medio de mí, tú estés en ellos». Y de esta unión «vertical», es consecuencia necesaria la unión «horizontal» entre los mismos creyentes: «para que sean perfeccionados hacia la unidad» (v. 23. Lit.), con esto se puede apreciar, por el mismo texto sagrado, que la unidad cristiana no es algo estático, sino dinámico, en una tensión constante desde una unidad fundamental hasta una unión nunca perfectamente conseguida en esta vida.
2. El designio del Salvador en todas sus comunicaciones de luz y gracia a los suyos: «Y yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno así como nosotros somos uno» (v. 22). Así como la gloria del Padre se reflejó perfectamente en la persona y en las obras de Jesús, así también la gloria de Cristo se ha de reflejar en las vidas de los creyentes, especialmente en el amor fraternal, por el que el mundo les ha de reconocer como discípulos de Cristo (comp. 13:35 con 17:21b «para que el mundo crea que tú me enviaste»). Pero la gloria de Cristo en los suyos ha de reflejar también los dones que Cristo, por medio de su Espíritu, había de conferir a su Iglesia, para llevar a cabo la obra de la predicación del Evangelio, mediante la cual había de ser aplicado con el poder del Espíritu, el fruto de la redención llevada a cabo por Jesús en el Calvario. Todos estos dones pueden dividirse en dos secciones:
(A) Los conferidos exclusivamente a los Apóstoles. La gloria de ser embajadores de parte de Dios para el mundo y de erigir el trono del reino de Dios entre los hombres fue una gloria dada primero a Cristo, y Él confirió parte de esta gloria a los discípulos cuando los envió a hacer discípulos de entre todas las naciones.
(B) Los conferidos, en general, a todos los creyentes. La gloria de disfrutar del pacto de gracia con el Padre fue una gloria que el Padre dio al Redentor cuando le envió a este mundo lleno de gracia y de verdad (1:14, 16, 17), y de Él la hemos recibido todos los redimidos. Este honor es el que Jesús dice que les ha dado para que sean uno, el honor que comporta el privilegio de la unidad. El don del Espíritu, esa gran gloria que el Padre dio al Hijo, para que por Él fuese dado a todos los creyentes (7:39), les confiere esa unidad (1 Co. 12:13), y les compromete en el deber de guardar la unidad (Ef. 4:3), para que, al considerar lo que tienen en común con un solo Dios y un solo Señor y una sola esperanza de un solo Cielo
(Ef. 4:4–6), tengan una sola mentalidad y un solo lenguaje. La gloria del mundo produce división, puesto que cuando a unos hace elevarse, hace que otros se eclipsen; mientras que cuanto más exaltados estén los cristianos con la gloria que Cristo les ha dado, tanto menos deseosos estarán de vanagloria y, por consiguiente, menos dispuestos a sembrar discordia y a menospreciar a los demás.
3. Jesús apela a la influencia que la unidad de los creyentes tendrá sobre los demás. Dos veces insiste en esto: «para que el mundo crea que tú me enviaste» (v. 21b); y de nuevo: «para que el mundo conozca que tú me enviaste» (v. 23). Los cristianos deben saber lo que creen y por qué lo creen. Quienes creen a la ventura van demasiado lejos en su creencia, pues se arriesgan a ser crédulos en vez de ser genuinos creyentes. En estas frases, Cristo nos muestra:
(A) Su buena voluntad hacia la humanidad en general pues tiene la misma mentalidad que el Padre, quien amó al mundo hasta el punto de enviar a su Hijo Unigénito a morir por la salvación de la humanidad perdida (3:16–17) y desea sinceramente que todos los hombres puedan ser salvos y llegar al conocimiento de la verdad (1 Ti. 2:4). Por consiguiente, es su voluntad que no quede piedra sin remover a fin de que los hombres de este mundo lleguen a la convicción de pecado y a la conversión. Así que cada uno en su lugar, todos hemos de hacer cuanto esté en nuestra mano para promover la salvación de los hombres.
(B) El buen fruto de la unidad de la Iglesia: será una evidencia de la verdad del cristianismo y un medio de persuadir a muchos a que se sumen a nuestras filas. En general, presentará el cristianismo como algo digno de ser seguido o, al menos, de ser admirado y respetado (v. Hch. 2:43–47). Cuando el mundo vea que tantos de los que eran del mundo han cambiado de lo que antes eran (v. 1 Co. 6:10–11), algunos estarán dispuestos a decir: «Iremos con vosotros, porque vemos que Dios está con vosotros». La unión de los cristianos en amor y caridad embellece la profesión cristiana e incita a otros a unirse a ellos. Cuando los cristianos, en lugar de causar discordias en su seno o al exterior, influyen en la cesación de las discordias que hay en el mundo y dan ejemplo de amor y benignidad, solícitos en preservar y promover la paz, presentarán una imagen de la fe cristiana atractiva para los que tengan algo de instinto religioso o de afección natural. En particular, producirán en los del mundo un buen concepto acerca de Cristo: «para que el mundo crea que tú me enviaste». Con eso, se mostrará que Cristo era el Enviado de Dios, pues demostrará que la fe cristiana tiene poder para unir a tantas personas de tan diferentes capacidades, temperamentos e intereses respecto de otras cosas en un solo cuerpo; mediante una sola fe, y en un solo corazón mediante un solo amor. También tendrán buen concepto de los creyentes, pues el mundo conocerá «que los has amado a ellos como también a mí me has amado» (v. 23b). De paso, vemos aquí:
(a) El privilegio de los creyentes: El Padre les ama con un amor semejante al que tiene a su Hijo, pues son amados en Él con un amor eterno (comp. con Jer. 31:3). (b) La evidencia de que ellos son uno: Será evidente que Dios nos ama, si nos amamos con un amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia y de fe no fingida (1 Ti. 1:5). Véase cuánto bien haría al mundo conocer mejor cuán grande es el amor que Dios tiene a los suyos. Esto nos ha de estimular también a nosotros los creyentes a amar más a los que tan amados son de Dios.
Versículos 24–26
I. Sigue ahora una petición de Jesús para que el Padre glorifique a todos los que le han sido dados a Jesucristo: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (v. 24a, comp. con 12:26; 14:3). Véase:
1. La conexión de esta súplica con lo que precede. Había orado al Padre que los santificase; ahora le pide que corone todos los demás dones que les ha dado y los glorifique. Al seguir este método de Jesús, hemos de pedir primero gracia; después, gloria; pues éste es el método de Cristo al orar, y de Dios al dar.
2. La forma en que dirige esta súplica: «Padre … quiero». Aquí, como anteriormente, se dirige a Dios como a su Padre, y lo mismo debemos hacer nosotros; pero cuando dice: «Quiero», usa un lenguaje que no compete a los creyentes en general, pues con ese verbo Cristo da a entender la autoridad singular de su intercesión, ya que no suplica, sino que demanda, su palabra tiene potestad en los cielos lo mismo que en la tierra. En particular, da a entender su autoridad en el asunto sobre el que ruega al Padre; puesto que tenía potestad para dar vida eterna (v. 2), de acuerdo con este poder, dice: «Padre, quiero».
3. La petición misma: Que todos los elegidos lleguen a estar finalmente con Él en el cielo. Observemos:
(A) En qué se basa nuestra esperanza de ir al Cielo y en qué consiste la felicidad celestial. Tres son los elementos que hacen que el Cielo sea Cielo: (a) Estar donde está Jesucristo: «donde yo estoy»; es decir, donde yo voy a estar en breve y para siempre. En este mundo estamos sólo de paso; donde de veras hemos de estar es donde estaremos para siempre. (b) Estar con Él donde Él está. La felicidad del lugar consistirá en la presencia de Cristo en aquel lugar. El centro mismo del Cielo es la presencia de Jesucristo en él. (c) Contemplar la gloria que el Padre le ha dado: «para que vean mi gloria que me has dado». La gloria del Redentor es la lumbrera del Cielo, puesto que el Cordero es la lumbrera de la nueva Jerusalén (Ap. 21:23). Dios muestra su gloria en el Cielo, como muestra su gracia en la tierra, por medio de Jesucristo. La felicidad de los redimidos consiste primordialmente en contemplar la gloria de Jesús, pues allí podrán contemplar el manantial del amor del que fluyen todas las corrientes de la gracia (comp. con 7:37–39; Ap. 22:1). Allí será perfecta la transformación de gloria en gloria a la misma imagen (v. 2 Co. 3:18; 1 Jn. 3:2b).
(B) Dónde se apoya la seguridad de nuestra esperanza: En la voluntad de Jesús, expresada en su demanda al Padre: «Padre, quiero». La evidencia de nuestra esperanza se halla en la voluntad de Cristo. Jesús habla aquí como quien no se considera completamente feliz mientras sus elegidos no compartan con Él su gloria.
4. El argumento con que respalda su petición: «Porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (v. 24b). Esta es la razón: (A) Por la que Él mismo esperaba esta gloria. Como si dijera: «Tú me la darás porque me has amado. «El Padre ama al Hijo (5:20), está infinitamente satisfecho con la obra que el Hijo ha llevado a cabo, y le ha dado todas las cosas en las manos» (13:3). No sólo como a Hijo Unigénito, sino también como a Mediador entre Dios y los hombres, el Padre amaba a Jesús desde antes de la fundación del mundo (comp. con Ef. 1:4; 1 P. 1:20). (B) Por la que esperaba que los que le habían sido dados deberían estar con Él para compartir su gloria. Como si dijera: «Tú me has amado, y a ellos en mí y, por tanto, no puedes negarme nada que yo te pida por ellos».
II. La conclusión de esta oración sacerdotal de Jesús.
1. El respeto que muestra hacia el Padre (v. 25). Obsérvese:
(A) El título que da a Dios: «Padre justo». Cuando pidió a Dios que los discípulos fuesen santificados, le llamó «Padre santo» (v. 11); ahora que pide que sean glorificados, le llama «Padre justo».
(B) La forma en que describe la condición del mundo: «El mundo no te ha conocido». La ignorancia de lo que Dios es se extiende sobre este mundo como un velo de oscuridad; éstas son las tinieblas en que la humanidad está sumida. Los discípulos necesitaban la ayuda de gracias especiales, no sólo por la necesidad de la obra que habían de llevar a cabo, sino también por la dificultad de tal obra; por eso, es necesario que el Padre los guarde (v. 11). Además, estaban cualificados para obtener de Dios ulteriores y peculiares favores, por cuanto tenían de Dios un conocimiento del que el mundo carece.
(C) La apelación que hace al conocimiento que Él tiene del Padre: «Pero yo te he conocido». Cristo conocía al Padre como jamás hombre alguno le conoció y, por consiguiente, se llega a Él en su oración con la misma confianza con que nos llegamos a alguien a quien conocemos íntimamente. Después de decir: «El mundo no te ha conocido», habríamos de esperar que dijese: «Pero éstos te han conocido»; pero no lo hace así; no podía jactarse del conocimiento que de Dios tenían ellos, sino de que «yo te he conocido» (comp. con Mt. 11:27; Jn. 1:18; 6:46). No hay nada en nosotros que nos recomiende o nos merezca el favor de Dios, sino que todo el interés que nosotros tenemos en Dios y la comunión que con Él disfrutamos, nos vienen de la obra de Cristo a nuestro favor y del interés que Él tiene en nosotros. Nosotros somos indignos, pero Él es digno (v. Ap. 5:9).
(D) La apelación que hace al conocimiento que de Él tienen los discípulos: «Y éstos han conocido que tú me enviaste». En esto se distinguen del mundo incrédulo. Conocer a Cristo y creer en Él en medio de un mundo que persiste en la ignorancia y en la incredulidad, será ciertamente coronado con una gloria especial, pues una fe singular cualifica para favores también singulares. Con esto, también participan del beneficio que comporta el que Jesús conozca al Padre, ya que, al conocer a Jesús como Enviado del Padre, conocían en Él al Padre (v. 14:9–10). Por eso, puede pedir: «Padre, guárdalos en tu nombre que me has dado» (v. 11, según lectura más probable).
2. El respeto que muestra hacia sus discípulos (v. 26): «Y les he dado a conocer tu nombre … para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos». Donde vemos:
(A) Lo que Cristo ha hecho por ellos: «Les he dado a conocer tu nombre». Esto es lo que había hecho por sus inmediatos seguidores (1:18). Y esto mismo lo ha hecho por todos los que creemos en ello, y lo hace por medio de su Espíritu (1 Co. 2:10 y ss.). Somos deudores a Jesucristo por todo el conocimiento que tenemos del carácter y de las perfecciones de Dios, especialmente de todo lo que ha hecho y ha de hacer por nosotros (v. Ro. 8:30 y ss.), pues es ahí donde más y mejor se manifiesta el nombre de Dios (comp. con Éx. 3:14 y ss.). A los que Cristo recomienda al favor de Dios, primero los guía hacia el conocimiento de Dios.
(B) Lo que Cristo pensaba hacer todavía por ellos: «Y lo daré a conocer aún». Había resuelto dar a sus discípulos más instrucción después que resucitase de entre los muertos (v. Hch. 1:3b); sobre todo, cuando el Espíritu fuese derramado el día de Pentecostés, y a todos los creyentes en cuyos corazones brilla más y más.
(C) Cuál era el objetivo que perseguía en todo esto: Asegurar y hacer progresar la felicidad de ellos en dos cosas:
(a) En la comunión con Dios: «Para que el amor con que me has amado esté en ellos». Como si dijera: «Haz que el Espíritu de amor con el que tú me has llenado esté también en ellos». Cristo declara a los creyentes el nombre del Padre, a fin de que, con esa luz divina proyectada en la mente de ellos, pueda el amor divino ser derramado en el corazón de ellos (Ro. 5:5), y así puedan participar de la naturaleza divina (2 P. 1:4). Cuando el amor que Dios nos tiene viene a posarse en nuestro interior, es como la fuerza que el imán confiere a la aguja de la brújula inclinándola a que se mueva hacia el norte, pues atrae las almas hacia Dios. Por tanto, bueno es que no sólo estén interesados en amar a Dios, sino también en disfrutar del provecho que ese interés les proporciona; que no sólo conozcan a Dios, sino que sepan también que le conocen. El amor de Dios cuando es derramado en el corazón, llena de gozo ese corazón, incluso en medio de las tribulaciones (v. Ro. 5:3, 5). No sólo podemos estar satisfechos con el amor de Dios, sino que podemos estar satisfechos en virtud de ese amor. A esto debemos aspirar; esto hemos de perseguir; si ya lo tenemos, demos gracias a Jesucristo, si lo deseamos, ya es una satisfacción, porque el deseo de la perfección ya es una perfección inicial (v. Fil. 3:12–15).
(b) En la unión con Jesucristo para disfrutar de la comunión con Dios: «Y yo en ellos …» No hay otra vía para llegar al amor de Dios sino a través de Jesucristo, ni podemos conservarnos en el amor de Dios si no es al permanecer en Cristo (v. 15:7–9). Es precisamente «Cristo en nosotros, la esperanza de la gloria» (Col. 1:27). Y esa es la esperanza que no avergüenza (Ro. 5:5), que no deja en la confusión ni en el desengaño cruel a nadie, porque el amor de Dios es fiel, y fiel permanece incluso cuando nosotros somos infieles (2 Ti. 2:13). Todo lo que se relaciona con nuestra comunión con Dios, el amor que Dios nos tiene y el amor con que le correspondemos, pasa por las manos del Señor Jesucristo. Poco antes (v. 23) había dicho: «Yo en ellos»; lo repite aquí, y con esa frase cierra su oración el Señor, para mostrar cuán hondo estaba este pensamiento en el corazón de Jesucristo; como si dijese: «Yo en ellos; que yo tenga esto, y con ello me basta». Hagamos, pues, segura nuestra unión con Cristo, y entonces gocemos del consuelo de su intercesión. Esta oración llegaba así a su final, pero Él siempre vive para interceder por nosotros con ese final.
Hasta ahora, no son muchos los detalles que de la vida de Jesús nos había conservado este evangelista; casi lo preciso para darnos a conocer sus discursos más importantes. Pero ahora desciende a referirnos con todo detalle las circunstancias de sus padecimientos. En este capítulo nos refiere: 1) El arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní (vv. 1–12). 2) Los malos tratos que el Señor recibió en el patio de Anás, junto con las negaciones de Pedro (vv. 13–27). 3) La prosecución de su proceso ante el tribunal de Pilato, donde fue puesto a votación del pueblo en competición con Barrabás, y en la que perdió la elección (vv. 28–40).
Versículos 1–12
Había llegado ya la hora en que el Capitán de nuestra salvación, que había de ser perfeccionado mediante padecimientos (He. 2:10; 5:8–9), entrase en liza con el enemigo de nuestras almas. «Vayamos, pues, ahora, y veamos esta gran visión» (Éx. 3:3).
I. Nuestro Señor Jesucristo, como valiente campeón, se adelanta al terreno de acción: «Habiendo dicho estas cosas, sin perder tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia el otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto» (v. 1). Vemos, pues, que:
1. El Señor Jesús entró en el campo de sus padecimientos después que dijo estas cosas. Cristo había dicho todo lo que tenía que decir como profeta, y ahora se dispone a desempeñar su oficio de sacerdote, para poner su vida en expiación por el pecado (Is. 53:10); y, después de pasar por esto, entro a desempeñar su oficio como rey (He. 10:12). Una vez que, con su discurso en el Aposento Alto preparó a sus discípulos para esta hora de prueba, y, mediante su oración sacerdotal, se preparó a sí mismo para ella; con todo denuedo salió al encuentro de su «hora». Sólo después de vestirse la armadura entró en la lid, y no antes. Cristo no quiere enredar a los suyos en ningún conflicto sin antes hacer por ellos lo que es necesario para prepararlos como es menester. De este modo, podemos aventurarnos, con firme decisión a arrostrar las mayores dificultades cuando nos lo exija el deber.
2. Salió con sus discípulos. Quería hacerlo según acostumbraba, sin cambiar de método, para salir al encuentro de su cruz cuando la hora era llegada. Cuando estaba en Jerusalén, tenía costumbre de retirarse por la noche al monte de los Olivos, y no iba a romper con esta costumbre por tener a la vista sus padecimientos inminentes. Estaba tan poco deseoso como sus enemigos de que hubiese un tumulto en el pueblo (Mt. 26:5; Mr. 14:2). Si hubiese sido arrestado en la ciudad y se hubiese formado un alboroto, se habrían producido serios enfrentamientos y habría corrido la sangre en abundancia; por eso, se retiró al monte. Cuando nos hallemos en algún aprieto, deberíamos procurar que ninguna otra persona quedase involucrada en ello, pues no es ninguna vergüenza para los discípulos de Cristo caer mansamente. Los que desean recibir honores de los hombres suelen estar dispuestos a pagar su vida tan cara como les es posible, pero los que saben que su sangre es preciosa para Cristo no necesitan adoptar tan costosas resoluciones. Con esto, quería también darnos ejemplo para retirarnos a tiempo del mundo. Si queremos cargar alegremente con nuestra cruz debemos dejar a un lado, o detrás de nosotros las multitudes, los cuidados y los consuelos de las ciudades, incluso de las ciudades sagradas.
3. Se fue hacia el otro lado del torrente de Cedrón ya que tenía que pasar por él para dirigirse al monte de los Olivos, pero la referencia de este detalle por parte del evangelista nos hace pensar que hay algún sentido oculto en ello. Es de notar que Cedrón significa, con toda probabilidad, oscuro o turbio, y se le llamaba así, ya fuese por la oscuridad del valle bajo el que corría el torrente, ya fuese por el color de las aguas, teñidas de oscuro por las suciedades de la ciudad. Los piadosos reyes de Judá habían hecho uso del torrente Cedrón para quemar y destruir allí los ídolos que encontraban. Las cosas abominables eran arrojadas a este torrente. Y en dicho torrente podemos decir que comenzó la pasión de Jesús.
4. Pasado el torrente, entró en un huerto. Esta circunstancia de que los sufrimientos de Cristo comenzaron en un huerto es referida exclusivamente por este evangelista. El pecado comenzó en el huerto del Edén (Gn. 3); allí fue prometido el Redentor (Gn. 3:15). Cristo comenzó a sufrir en un huerto y fue sepultado también en un huerto. Así que, cuando paseemos por nuestros huertos o jardines, aprovechemos la ocasión para meditar en los sufrimientos de Jesucristo en un huerto, a los cuales debemos todo el deleite que podemos disfrutar en nuestros huertos y jardines. Por otra parte, cuando nos hallemos contentos con nuestras posesiones y deleites no perdamos de vista la segura expectación de aprietos y problemas, pues nuestros jardines deleitosos están situados en un valle de lágrimas.
5. Jesús entró en el huerto con sus discípulos. Ellos debían ser testigos de sus padecimientos y de su paciencia en medio de tales padecimientos a fin de que estuviesen mejor preparados para predicar acerca de ellos, con toda seguridad y entusiasmo, a todo el mundo, y también para estar ellos mismos dispuestos a padecer por la causa del Evangelio. Quería también meterlos consigo en el peligro para mostrarles que eran débiles por sí mismos. Muchas veces Jesús pone en dificultades a los suyos, para que brille mejor la gloria de Él al librarlos del mal.
6. «Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar» (v. 2). Un huerto solitario es un lugar apropiado para la meditación y la oración, pues nos ayuda a concentrarnos, a implorar fuerzas para hacer efectivos nuestros propósitos y remachar así el clavo de nuestras resoluciones. Se hace aquí mención de que Judas conocía el lugar: (A) Para agravar el pecado de Judas en traicionar a su Maestro, al hacer uso de la familiaridad que tenía con Jesús y con la costumbre que éste tenía de salir a orar en aquel lugar precisamente para aprovechar esta circunstancia en orden a llevar a cabo su traición con mayor seguridad; un alma noble habría rechazado desdeñosamente rebajarse a tal villanía. (B) Para engrandecer el amor del Señor, quien, a pesar de saber dónde podía encontrarle sin dificultad el traidor, allá se fue para ser hallado por él. De esta manera, se mostró decidido a sufrir y morir por nosotros. Era ya tarde (podemos suponer que eran las ocho o las nueve de la noche) cuando Cristo entró en el huerto. Cuando otros se iban a dormir Él se iba a orar y a sufrir.
II. Una vez que el autor o capitán de nuestra salvación entró en el campo de batalla, el enemigo no tardó en atacarle (v. 3): Judas, con los que le acompañaban, se acercó a Él. El evangelista Juan, como ya dijimos, pasa por alto la agonía de Jesús en el huerto, no sólo porque esto había sido ya narrado en detalle por los otros tres evangelistas, sino también porque el cuarto evangelio es un evangelio de gloria (3:14; 8:28; 12:32). Vemos:
1. Las personas que intervienen en el arresto de Jesús: «Una compañía de soldados y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos y, al frente de ellos, Judas».
(A) Aquí tenemos, pues, una multitud coligada contra Cristo; toda una compañía de soldados y alguaciles. Los enemigos de Jesús eran muchos, mientras que sus amigos eran pocos.
(B) Aquí tenemos una multitud abigarrada, heterogénea. La compañía de soldados (no mencionada por los otros evangelistas) habría sido obtenida con permiso del gobernador, pues eran soldados romanos. Con ellos iban los alguaciles o guardias de los atrios de los principales sacerdotes y de los fariseos; guardias, por lo tanto, judíos. Los soldados romanos y los guardias del templo eran enemigos entre sí; sin embargo, en esta ocasión estaban unidos contra Jesús (comp. con Hch. 4:27).
(C) Esta multitud había recibido órdenes de los principales sacerdotes y es muy probable que tuviesen todas las garantías legales para arrestar al Señor, puesto que temían al pueblo. Por aquí se ve qué clase de enemigos ha tenido siempre Cristo y su Evangelio, y sigue teniéndolos, numerosos y poderosos: poderes eclesiásticos y civiles, combinados entre sí para hacer la guerra y la persecución a los seguidores genuinos de Jesucristo.
(D) Todos ellos iban dirigidos por Judas. Él los había tomado, creyéndose más honrado en marchar a la cabeza de esta numerosa turba violenta que a la retaguardia de los despreciables Apóstoles.
2. La preparación que hicieron para el arresto del Señor: Vinieron «con linternas y antorchas, y con armas». En caso de que Cristo se escondiese, y aunque tenían la luz de la luna llena, no les vendrían mal las linternas y las antorchas. Pero era una gran necedad usar una linterna para buscar el Sol de justicia. También pensaban hacer uso de las armas en caso de que se resistiera. Comoquiera que les había batido numerosas veces con las armas espirituales que son las apropiadas para nuestra milicia, ahora echan mano de las armas materiales: «espadas y palos» (Mt. 26:47; Mr. 14:43).
III. Nuestro Señor Jesucristo resistió gloriosamente el primer ataque del enemigo (vv. 4–6).
1. Cómo les recibió:
(A) Con una pregunta por demás suave: «Sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis?» (v. 4). Vemos aquí la presciencia que Jesús tenía de sus sufrimientos, a pesar de lo cual salió intrépido al encuentro de ellos. Nosotros no debemos desear conocer de antemano lo que nos espera, pues sólo serviría para aumentarnos el dolor. «Le basta a cada día su propio mal» (Mt. 6:34); sin embargo, nos hará mucho bien esperar sufrimientos en general. Por eso, es necesario sentarse para calcular el costo (v. Lc. 14:28, 31). También vemos que Cristo se adelantó a sufrir, mientras que, cuando el pueblo quiso forzarlo a que fuese rey, se retiró al monte Él solo (6:15); ahora que venían a forzarlo para ir, no a la corona regia, sino a la cruz y a la corona de espinas, Él mismo se ofrecía a ir con ellos, puesto que había venido a este mundo a sufrir y se marchaba al otro mundo para reinar desde allí, hasta que llegue, según piensan muchos autores, la dispensación del reino mesiánico en este mundo. Esta prontitud del Señor a sufrir no es garantía para que nosotros nos expongamos innecesariamente a los peligros, pero puede llegar el momento en que seamos llamados a sufrir cuando no tenemos medios de evitarlo sin pecado.
(B) Con una respuesta también suave, cuando ellos le dijeron a quién buscaban (v. 5). Ellos dijeron:
«A Jesús nazareno». Y Él les dijo entonces: «Yo soy». Es muy probable que, al menos, los guardias del templo le hubieran visto con frecuencia. Judas le conocía bien, y el evangelista vuelve a enfatizar la presencia del traidor cuando Jesús dio su respuesta (v. 5b), sin embargo ninguno de ellos se atrevió a decir: «Tú eres el hombre a quien buscamos». Dicen que buscan a Jesús nazareno, título despectivo que le dan, al tratar de oscurecer la evidencia de que era el Mesías. Por aquí se echa de ver que no conocían su lugar de origen. Con todo, Él les responde: «Yo soy». Aun cuando ellos le habían llamado «Jesús nazareno», Él responde al nombre, y desprecia el oprobio (comp. con He. 12:2). Podía haber dicho: «No lo soy», puesto que era «Jesús de Belén». Con ello nos enseñaba a reconocerle y confesarle, por mucho que ello nos cueste, así como a no avergonzarnos de Él ni de sus palabras. Como ya hemos dicho, Juan hace notar que Judas estaba también con ellos. El que solía estar con los seguidores de Cristo, estaba ahora con los perseguidores de Cristo. Con ello se nos muestra la gran desvergüenza de Judas, pues podemos preguntarnos de dónde sacó el atrevimiento con que ahora se encaró con el Maestro sin avergonzarse. También se nos muestra con ello que a Judas se dirigía en particular el poder con que salió de labios de Cristo la frase «Yo soy», con la que los enemigos de Cristo fueron derribados en tierra.
2. Cómo les aterrorizó y les obligó a retroceder: «Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron en tierra» (v. 6). Hay autores que opinan que, al oír de labios de Jesús: «Yo soy», los esbirros pensaron que Jesús pronunciaba el nombre sagrado, y retrocedieron para postrarse en adoración. Esto no puede ser más absurdo. Muchas veces había pronunciado Jesús esta frase, con la que en el Antiguo Testamento, se designaba Jehová a sí mismo (v. p. ej., Dt. 32:39; Is. 41:4; 48:12), sin que los oyentes adoptaran esa actitud (p. ej., en 8:24). Es cierto que, en 8:58, tomaron piedras para apedrearle por supuesta blasfemia, pero no fue por la frase misma, sino por contraste con Abraham. Además, ¿qué significaba para los soldados romanos dicha frase? La única opinión sostenible es que Jesús, para mostrar una vez más que nadie le quitaba la vida, sino que Él la ponía de sí mismo (10:18), quiso dar una prueba de su poder majestuoso antes de entregarse en manos de sus enemigos. La serenidad, la calma y la majestad con que pronunció esas palabras obligaron a sus enemigos a retroceder y caer en tierra; lo cual, por otra parte, fue una circunstancia agravante de la forma en que trataron a continuación al Señor Jesús, pues aquel milagro debería haberles convencido del poder y de la autoridad de Jesús como propiedades del Mesías. La misma palabra que solía confortar a los discípulos y quitarles el miedo, sirvió para aterrorizar a los enemigos y derribarlos en tierra. Por otra parte, no es necesario suponer que toda la turba aquella fue derribada en tierra; basta con que lo fueran los de las primeras filas, que fueron quienes hicieron la pregunta al Señor. Podemos ampliar esta consideración percatándonos de que aquí mostró el Señor Jesús:
(A) Lo que podía haber hecho con sus enemigos. Lo mismo que les hizo retroceder, podía haberles hecho caer muertos, pero no lo hizo. Una vez que se entregaba voluntariamente a la muerte nos dejó un ejemplo admirable de paciencia y de compasión hacia sus enemigos. Al derribarlos en tierra y no hacerles mayor daño, les invitaba al arrepentimiento y les daba tiempo para arrepentirse.
(B) Lo que hará en el último día con sus implacables enemigos que no se arrepentirán, ni siquiera después de la manifestación de «la ira del Cordero» (v. Ap. 6:15–17; 9:20–21; 11:13, «dieron gloria al Dios del Cielo» no significa que se arrepintieran, sino que no tuvieron más remedio que reconocer la justicia de Dios). Dice Agustín de Hipona: «¿Qué hará cuando venga a juzgar el que hizo esto cuando iba a ser juzgado? ¿Cuál será su poder cuando venga a reinar, si tal poder desplegó cuando estaba a punto de morir?»
IV. Después de dar a sus enemigos una prueba de su poder para derribarlos en tierra, da ahora una prueba de su poder para preservar a sus amigos (vv. 7–9).
1. Continuó exponiéndose a la furia de sus enemigos (v. 7). Al estar éstos derribados en tierra, podría pensarse que Jesús hubiese escapado de sus manos, y al levantarse ellos, podría pensarse que fuesen ellos los que, después de tal demostración milagrosa del poder de Jesús, hubiesen desistido de su intento de arrestarle. Pero no fue así, sino que, así como Jesús se mostró tan paciente y manso como antes, así también ellos se mostraron tan dispuestos como antes a prenderle. No podían imaginarse qué es lo que les había pasado para caer así en tierra, pero seguramente lo achacaron a cualquier otra circunstancia que no fuese el poder de Jesús. Quizá pensarían que habían chocado unos con otros, debido a la sorpresa que les causó la calma con que Jesús había respondido a la pregunta de ellos (¡hay exegetas evangélicos que ofrecen esta interpretación, para quitar así carácter milagroso al hecho!) Lo cierto es que hay corazones tan endurecidos en el pecado que no hay nada que les pueda ablandar y llevar al arrepentimiento. Recuérdese el caso de Faraón. Por su parte, el Señor se muestra dispuesto a ser arrestado y no hace nada por escapar. Después que sus enemigos cayeron por tierra, les hizo la misma pregunta: «¿A quién buscáis?» (v. 7). Ellos dieron la misma respuesta de antes: «A Jesús nazareno». Era el nombre y la consigna que habían recibido de sus superiores y lo repetían casi mecánicamente; pero, al repetirlo sin dar ninguna muestra de arrepentimiento, demostraban una obstinación difícil de explicar. ¿Y qué decir de Judas? ¡Qué endurecimiento tan terrible el suyo!
2. Después de exponerse voluntariamente a la furia de sus enemigos, Jesús mostró su poder de nuevo, al demandar y conseguir la protección para sus discípulos: «Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (v. 8). Estas palabras de Jesús agravaron el pecado de los discípulos al abandonarle y, en especial, el de Pedro al negarle reiteradamente. Sin embargo, no se puede perder de vista que el Señor, al conocer la debilidad de los discípulos, quería ahorrarles una prueba que les habría resultado demasiado dura si ellos hubiesen sido arrestados también con Él. Al decir, pues, «dejad ir a éstos», Jesús quería:
(A) Manifestar el tierno interés que sentía por sus discípulos. Al exponerse Él al furor de sus enemigos, les excusa a ellos, porque no los considera preparados todavía para sufrir. Meterlos ahora en una prueba tan dura habría sido con detrimento para la salud de sus almas. Además, ellos tenían que cumplir con la misión de predicar el Evangelio a toda criatura. Con esto, Cristo nos estimula en gran manera a seguirle, pues conoce bien el «paño» del que estamos hechos, sabe fijar la hora exacta más conveniente para que pechemos con nuestra cruz, y siempre nos la pone en proporción con nuestras fuerzas (comp. con 1 Co. 10:13). También nos da un buen ejemplo de amor a nuestros hermanos, para que no miremos sólo por nuestro propio interés, sino también por el de los hermanos y a veces, más que por el nuestro (v. Fil. 2:4).
(B) Darnos una muestra de su función como Mediador. Al mismo tiempo que Él se ofrecía a sufrir y morir por nosotros, procuraba que nosotros escapásemos de la condenación y de la muerte eterna.
3. Confirmaba con esto la palabra que había dicho antes en su gran oración sacerdotal (17:12): «De los que me diste, no perdí ninguno». Notemos de entrada que la forma en que Juan cita las palabras de Cristo en este lugar nos recuerda la misma expresión que se halla, especialmente en Mateo, para dar a entender el cumplimiento de alguna Escritura del Antiguo Testamento, con lo que tácitamente nos viene a decir que las frases de Jesús eran también Escritura. A primera vista, nos choca ver aquí aplicada a la seguridad física de los discípulos lo que en la oración sacerdotal había dicho con relación a la preservación espiritual de los mismos. No hay, sin embargo, ninguna degradación en el versículo que comentamos, ya que, como hacen notar los mejores comentaristas, si los discípulos hubiesen sido arrestados en estas circunstancias, habría sido una prueba demasiado dura para la fe de ellos. Al librarles, pues, de las manos de los soldados y de los alguaciles, Jesús procuraba la salud espiritual de los suyos. Además, como ya hemos dicho antes, Cristo quería preservarles la vida natural para el servicio al que los había destinado; esa vida tenía que ser preservada mientras el Señor tuviese a bien usarla para su gloria y servicio. Para no perder a ninguno, era conveniente no exponer a ninguno.
V. A continuación, Jesús reprende la forma imprudente y violenta con que uno de sus discípulos se comporta, a la vez que reprime la cólera con que los enemigos podían haber reaccionado, y da a todos sus seguidores una lección de paciencia y mansedumbre (vv. 10–11).
1. La imprudente precipitación de Pedro. De las dos espadas que obraban en manos de los discípulos (Lc. 22:38), una estaba en manos de Pedro, como podíamos suponer. Y, sin pensárselo dos veces, «Simón Pedro que tenía una espada, la desenvainó e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco» (v. 10). En esta ocasión:
(A) Hemos de reconocer la buena voluntad y el celo de Pedro, un celo honesto en favor de su Maestro, pero un celo imprudente. Había prometido recientemente que no dudaría en aventurar la vida en favor de Jesús y quería darse prisa en hacer buenas sus palabras.
(B) Con todo, debemos reconocer cuán mal se comportó Pedro en esta ocasión; y, aun cuando su buena intención era una circunstancia que disminuía su culpabilidad, no por eso justificaba su acción, ya que:
(a) No tenía de su Maestro ninguna autorización para obrar de aquel modo. Los soldados de Cristo han de esperar la voz de mando de su capitán, sin anticiparse a sus órdenes.
(b) Había resistido a los poderes seculares, y lo había hecho con violencia; algo que Cristo nunca había permitido, sino que lo había prohibido terminantemente (Mt. 5:39).
(c) Al actuar de esta forma, se oponía de obra a los sufrimientos de Jesús, como otras veces se había opuesto de palabra (v. Mt. 16:22). Así, mientras parecía estar luchando a favor de Jesucristo, estaba luchando contra Él.
(d) Quebrantaba también los términos de la capitulación que Jesús había estipulado con sus enemigos al decirles: «Pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (v. 8). Con esta frase, Jesús anticipaba una conducta mansa por parte de sus discípulos. Pedro lo había escuchado y, sin embargo, se comportaba de una forma que iba directamente contra las cláusulas de la capitulación.
(e) Se exponía neciamente a sí mismo y a los demás discípulos a la furia de los enemigos. Si el Señor no lo hubiera impedido, ¿qué habrían podido hacer once débiles hombres, muchos de ellos pescadores, ninguno de ellos gente de armas, contra una multitud armada y entrenada para la lucha? Lo cierto es que esta imprudente acción de Pedro contribuyó, a no dudarlo, a que fuese más fácilmente reconocido cuando estaba calentándose con los criados del sumo sacerdote (v. 26). Hay quienes son culpables de su propia destrucción en su celo por su propia preservación.
(f) Pedro mostró de tal forma su cobardía no mucho después, al negar repetidamente al Maestro, que hay razón para pensar que calculó mal su propia valentía. Juan nos da el nombre completo («Simón Pedro») del atacante, para mostrar así los dos lados de su carácter; el lado débil y el lado fuerte. Notemos de paso que Juan es el único de los evangelistas que menciona por su nombre, tanto al atacante como al atacado («Malco, el siervo del sumo sacerdote»), lo cual se explica por la fecha tardía en que escribió su evangelio, mucho después de la destrucción de Jerusalén y de la muerte de Pedro, cuando ya no había peligro de represalias por parte de los enemigos judíos del cristianismo. ¿Qué indujo a Pedro a obrar de una forma tan imprudente y precipitada? W. Hendriksen opina con razón que Pedro debió de sentirse envalentonado por el maravilloso triunfo del poder de Cristo sobre sus enemigos, al hacer que cayesen por tierra con sólo decir: «Yo soy». Y al pensar que la victoria militar era así segura, quiso figurar entre los héroes de la batalla que bien se merecen una medalla, y tiró de la daga (gr. mákhaira, como en Ef. 6:17) que los soldados usaban para el combate cuerpo a cuerpo (v. también Lc. 22:52, donde sale el mismo vocablo). No cabe duda de que Pedro intentaba partirle la cabeza a Malco (¿qué habría pasado si le mata?), pero erró el golpe, ya fuese por providencia de Dios o porque Malco se echó rápidamente a un lado, y le cortó la oreja derecha, como especifican Lucas (22:50) y Juan (18:10). Si quedó separada totalmente de la cabeza (como indica el verbo usado en Mt. 26:51; Mr. 14:47; Lc. 22:50), o permaneció colgando de ella, no lo sabemos y poco importa para el milagro de la curación que Jesús llevó a cabo de inmediato.
(C) Hemos de reconocer, finalmente, la providencia de Dios por encima de este incidente, quien le dio a Cristo una oportunidad de mostrar su poder y su benignidad al curar la herida (v. Lc. 22:51).
2. La reprensión de Jesús a Pedro: «Jesús entonces dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina» (v. 11). Es una reprensión bondadosa, ya que era el celo, aunque celo imprudente lo que había impulsado a Pedro a traspasar los límites de la discreción. Muchos piensan que, por hallarse en momentos de dolor y de apuro, tienen excusa para expresarse en términos duros y violentos con los que les rodean, pero Cristo nos da aquí ejemplo de mansedumbre y paciencia en medio de los sufrimientos.
3. La razón de esta reprensión de Jesús a Pedro: «La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no la he de beber?» (v. 11b). Con esto nos da Jesús:
(A) Una magnífica prueba de su total sumisión a la voluntad del Padre. De todo lo impropio que Pedro hizo, Jesús se resiente aquí especialmente de que trate de impedir sus padecimientos ahora que ha llegado su hora (17:1). El Señor estaba dispuesto a beber de esta copa, por muy amarga que fuese. Él bebió de esta copa de aflicción, a fin de poner en nuestras manos la copa de salvación. Y está dispuesto a beberla, porque es la copa que el Padre le ha dado. Nunca se ha de perder de vista que, en medio de los criminales sufrimientos a que los enemigos sometieron a nuestro Salvador, el supremo responsable de la muerte de Cristo, por cuanto era el único sacrificio aceptable a Dios, fue el Padre (v. Hch. 2:23; 4:28). Por eso, habla de la copa que el Padre, no sus enemigos, le ha dado.
(B) Un magnífico ejemplo, para nosotros de sumisión a la voluntad de Dios. Debemos empeñar nuestra palabra de compartir la copa de Jesús (v. Mt. 20:23), la que Él bebió. No es más que una copa; poca cosa relativamente. Es una copa que nos es dada, pues también los sufrimientos son dones de Dios
(v. Fil. 1:29). Es una copa que el Padre nos da, con el afecto de un buen Padre y sin intención de hacernos daño, sino bien para nosotros y gloria para Él.
VI. Después de esta reprensión a Pedro, Jesús se dejó arrestar sin oponer resistencia, no porque no pudiese escapar, sino porque no quería hacerlo. Veamos:
1. Cómo echaron mano de Jesús: «Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos prendieron a Jesús y le ataron» (v. 12). Aun cuando sólo algunos de ellos llevarían a cabo el prendimiento de Jesús, la operación es imputada a todos ellos, por cuanto todos ayudaban de alguna manera. Así como en el ayudar para bien, no caben excusas para estar ociosos, en el ayudar para mal no caben excusas de ser accesorios, ya que todos concurren como protagonistas. Precisamente porque tantas veces se habían visto frustrados en sus intentos de echarle mano, es de suponer que ahora se lanzarían violentamente para asegurar la presa.
2. Cómo aseguraron la presa: «le ataron». Sólo Juan nos menciona este detalle. Con él se nos da a entender:
(A) El menosprecio de los enemigos de Jesús. Le ataron para poder así atormentarle mejor, despreciarle y burlarse de Él, e impedir que se escapara. Le ataron como a reo ya condenado a muerte, pues estaban resueltos a procesarle de forma que se le condenase a la pena capital. Cristo había atado la conciencia de ellos con el poder de su palabra, lo cual les había irritado sobremanera; y ellos querían ahora vengarse atándole las manos.
(B) La mansedumbre de Cristo al permitir que le atasen. De nada les habría servido su empeño en atarle, si Él no se hubiese atado previamente con cuerdas a los cuernos del altar (Sal. 118:27, comp. con He. 13:10); eran cuerdas de amor a los hombres (comp. con Os. 11:43) y de obediencia total al Padre (Fil. 2:8). La culpa es una atadura del alma, por la que somos arrestados para ser presentados ante el tribunal de Dios para juicio, la corrupción es una atadura del alma, por la que somos arrestados y hechos cautivos bajo el poder de Satanás. Para soltarnos de estas ataduras, Jesús se sometió a ser atado por nosotros. A esas ataduras de Cristo les debemos nuestra libertad, así es como el Hijo nos hace realmente libres (8:36). Pero ello nos obliga, en amor y gratitud, a atarnos al deber cristiano y a la obediencia al Señor. Las ataduras que por nosotros llevó nos atan a nosotros para amarle y servirle siempre. Esas ataduras de Jesús estaban destinadas a hacer suaves nuestras ataduras por su causa, hasta santificarlas y hacerlas tan dulces que nos permitan, como a Pablo y a Silas, cantar en la cárcel con los pies sujetos por el cepo.
Versículos 13–27
Relato de la comparecencia de Cristo ante el sumo sacerdote, con algunos detalles que son omitidos por los otros tres evangelistas. Las negaciones de Pedro, que los otros evangelistas refieren aparte, aparecen aquí entretejidas con otros episodios. Como el cargo que se le imputaba a Jesús era de orden religioso, las autoridades religiosas del país hicieron que fuese llevado de inmediato a la presencia del más alto tribunal religioso. Tanto los judíos como los gentiles le habían arrestado y tanto los judíos como los gentiles habían de condenarle a muerte en sus respectivos tribunales, por cuanto había venido a dar su vida tanto por los judíos como por los gentiles.
I. Después de apresar al Señor, «le llevaron primeramente a Anás» (v. 13). Sólo Juan menciona este episodio de la presentación de Jesús ante Anás. Contra la opinión de algunos autores, incluido Edersheim, Hendriksen ha demostrado brillantemente que todo este episodio, hasta el versículo 23, tuvo lugar ante Anás, no ante Caifás; y el versículo 24 es un argumento contundente a favor de esta opinión. La objeción de que, en todo el pasaje citado, se habla del «sumo sacerdote», y sabemos, por el mismo Juan (11:51; 18:24), que Caifás era el sumo sacerdote, no debe llamarnos a engaño, si tenemos en cuenta lo que sabemos por la historia del pueblo judío: Anás había sido nombrado sumo sacerdote por el procurador Quirino el año 6 de nuestra era, y había ocupado el cargo hasta el año 15 o 16. Después de un breve intervalo, un hijo de Anás ostentó el cargo, hasta que, desde el año 18 hasta el 36, fue Caifás, yerno de Anás, quien ejerció el sumo sacerdocio. Después de él, otros cuatro hijos y un nieto de Anás ocuparon este cargo, pero siempre ejerció Anás un papel tan preponderante, que se le llama varias veces «sumo sacerdote» junto con su yerno Caifás (v. Lc. 3:2; Hch. 4:6). No es, pues, de extrañar que el propio Judas lo condujese primero a quien, en realidad, tenía las riendas del supremo poder religioso y que era, quizás, el que había convenido con Judas el precio que se le había de pagar por la traición. Es muy significativo que, a partir de este momento, Judas desaparezca de la escena hasta el momento de su tardío remordimiento. Consideremos ya tras esta nota aclaratoria, lo que significaba este modo de conducir a Jesús:
1. «Le llevaron». Le llevaron como en triunfo, como un trofeo de su victoria. Se lo llevaron a toda prisa y con violencia, como si fuera el más vil y el más abominable de los malhechores. Nosotros nos hemos dejado arrastrar por nuestras impetuosas concupiscencias, hasta ser llevados cautivos a voluntad de Satanás y, a fin de que pudiésemos ser rescatados, Cristo fue llevado violentamente, prisionero de los agentes e instrumentos de Satanás.
2. Le llevaron a sus amos que les habían enviado a prenderle. Era casi medianoche, y cualquiera habría de pensar que le iban a dejar bajo custodia hasta que amaneciera y llegase la hora oportuna para presentarlo ante un tribunal; pero no es así, sino que es llevado a toda prisa, no a los jueces de paz para que se hagan cargo de Él, sino a los jueces malvados para ser condenado; ¡tan extremadamente violenta era la furia con que deseaban acelerar el proceso!
3. «Le llevaron primeramente a Anás», puesto que era el personaje más influyente, y también el más taimado, del Sanedrín. Llevándolo a su presencia le rendían un homenaje de respeto a su alta dignidad y le aseguraban el éxito en la empresa de conducir a Cristo al patíbulo. Cristo, la gran víctima del gran sacrificio, había de ser presentado a este personaje y conducido después, «atado» (v. 24) al sumo sacerdote en funciones, Caifás, como quien ha obtenido la aprobación para ser puesto sobre el altar. Es muy probable que Anás y Caifás viviesen en el mismo palacio del sumo sacerdote por lo que el paso de Jesús de una vivienda a otra podía hacerse con toda discreción, comodidad y rapidez.
II. Anás y Caifás entran en acción en el proceso de Jesús.
1. Vemos el poder y la posición de Anás y de Caifás. De Anás se nos dice que «era suegro de Caifás», para darnos a entender, no sólo su parentesco con la suprema autoridad religiosa de la nación, sino también, aunque implícitamente, el ascendiente que este personaje astuto e influyente tenía sobre su yerno, como lo tuvo sobre sus hijos. De Caifás se dice, como en 11:51 «que era sumo sacerdote aquel año». Repetimos que esto no significa que los sumos sacerdotes se nombraran por turnos «anuales», sino que acaeció que aquel año era sumo sacerdote Caifás, siéndolo también durante varios años antes y después del ministerio público de Jesús. El evangelista quiere resaltar aquí que Caifás era sumo sacerdote el mismo año en que el Mesías «fue cortado de la tierra de los vivientes» (Is. 53:8, comp. con Dn. 9:26). Cuando, por parte de los hombres, iba a ser cometido un crimen tan execrable como la condenación y ejecución del Mesías, la Providencia dispuso que una persona también execrable ocupase la primera cátedra y el sumo oficio sacerdotal del país. El ser sumo sacerdote aquel año fue para Caifás el colmo de su ruina, pues se constituyó en el principal portavoz de los que, a toda costa, querían quitar de en medio al Mesías. Hay muchas personas a quienes la promoción a los puestos más elevados les ha hecho perder su reputación ante la Historia a la cual no habría pasado Caifás con tanta deshonra si no hubiese obtenido tan alto honor.
2. La maldad de Caifás se nos insinúa (v. 14) mediante la repetición de lo que poco tiempo antes había dicho: «que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo» (v. 11:51). Con este desafío a las normas de la más elemental equidad, mostraba Caifás la nefanda política que constituía el eje de toda su inmoral conducta. El caso de Jesús estaba ya decidido en el tribunal de este hombre antes de que el reo fuese presentado y oído. Caifás había proferido de antemano la sentencia: Jesús debía morir. Así que su proceso era una burlona comedia. En realidad, fue un testimonio de la inocencia del Señor Jesucristo por boca de uno de sus peores enemigos, el reconocer que, fuese como fuese, había de ser sacrificado en beneficio del pueblo, y esto, no porque fuese necesario a causa de la malignidad del reo, sino como algo conveniente para el bien común de la nación.
3. La complicidad de Anás en la prosecución de Cristo, puesto que participó en el proceso de Jesús de distintos modos:
(A) Como capitán de los oficiales o alguaciles, al retener preso a Jesús cuando debería haberlo soltado. Menos excusa tenía él para retener atado a Jesús que los alguaciles, ya que tenía la obligación de conocer el caso mejor que ellos.
(B) Como la persona más influyente del Sanedrín y, con toda probabilidad, como el iniciador del interrogatorio que vemos en los versículos 19 y ss.
III. En el palacio de Anás y de Caifás, Simón Pedro comenzó a negar a su Maestro (vv. 15–18).
1. No fue sin dificultad como entró Pedro al patio del sumo sacerdote, conforme se nos refiere en los versículos 15–16, donde vemos:
(A) La buena inclinación de Pedro hacia Jesús, la cual (aunque de poco le sirvió) se observa en dos cosas:
(a) En que seguía a Jesús (v. 15), aunque de lejos, cuando el Señor era llevado a Anás. Aun cuando, al principio huyó como los demás discípulos, después parece ser que se repuso algún tanto y comenzó a seguirle a cierta distancia, al recordar las promesas que había hecho de adherirse a Él, costase lo que le costase. Quienes de veras aman y estiman a Cristo, le seguirán sople el viento que sople y en toda clase de circunstancias, tanto prósperas como adversas. Pero ya vemos aquí un primer mal paso de Pedro al seguir al Señor de lejos.
(b) En que, ya que no pudo entrar hasta el lugar en que Jesús se hallaba, entró en el patio del sumo sacerdote gracias a la recomendación del «otro discípulo» que le acompañaba. Parece, en verdad, que el deseo de Pedro era estar lo más cerca posible de Jesús y esperar quizás una oportunidad para llegarse más cerca todavía. Pero al quedarse fuera, junto con los criados que estaban calentándose junto a la lumbre, Pedro dio un segundo mal paso hacia su caída. Cristo, que lo conocía mucho mejor de lo que él se conocía a sí mismo, le había dicho anteriormente: «Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora» (13:36); además le había profetizado una y otra vez que le había de negar; pero Pedro no cejó en su terquedad, hasta que la experiencia le hizo percatarse de su propia debilidad al llegar a negar a Jesús, conforme le había predicho el Maestro.
(B) El favor que el otro discípulo dispensó a Pedro al abogar por él a fin de que pudiera entrar al patio del sumo sacerdote, aun cuando la experiencia posterior demostró que no había sido un favor, sino un perjuicio, el que le había procurado. Muchos son los exegetas que no sólo opinan, sino que dan por seguro el hecho de que este «otro discípulo» era Juan el propio evangelista. Pero no hay razón para pensar que fuese Juan ni otro alguno del círculo de los más íntimos de Jesús. Más aún, hay bastantes razones en contra:
(a) Es muy improbable que un no muy rico ni noble pescador de Galilea tuviese tanta influencia con el sumo sacerdote en Jerusalén; sobre todo, tratándose de un Apóstol que había seguido a Cristo a todas partes, tanto como Pedro y Jacobo el Mayor.
(b) Siempre que Juan se oculta bajo el anónimo de «otro discípulo», añade, sin excepción, «al que amaba Jesús». No se explica que aquí no lo dijera, cuando no había ya ningún peligro en decirlo.
(c) El hecho de que Juan acumule detalles en el proceso de Jesús y en las negaciones de Pedro se debe a dos factores: Primero que trataba de rellenar las lagunas de los otros evangelistas, como se ve en el proceso de Jesús ante Anás, algo que los sinópticos no mencionan. Por otra parte, al ser Juan el que refiere la rehabilitación de Pedro (21:15–17), es natural que también refiera en detalle las negaciones de Pedro, así como sus anteriores promesas de fidelidad a Jesús.
(d) Finalmente, es mucho más probable que este «otro discípulo» fuese alguien influyente dentro de la capital del país; aunque, por alguna razón para nosotros desconocida Juan haya preferido dejarlo en el anonimato (¿Quizás el dueño del Aposento Alto? ¿Era éste el padre de Juan Marcos?).
2. Tan pronto como Pedro se halló en el interior del patio del sumo sacerdote, fue asaltado de inmediato por la tentación (v. 17).
(A) Vemos primero cuán ligero fue el ataque. Fue una simple criada, y de tan poco relieve como para ocupar sólo la portería, la que le retó a identificarse vagamente: «¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?» Pedro habría tenido algún motivo de alarmarse si hubiese sido Malco el que, agarrándole del brazo, hubiese dicho ante los presentes: «Éste es el que me cortó la oreja, y yo voy a conseguir que le quiten la cabeza».
(B) Si débil fue el ataque, la rendición no pudo ser más rápida. Sin tomarse tiempo para pensar, Pedro respondió tan necia como cobardemente: «No lo soy». Como sólo estaba preocupado por su propia seguridad personal, pensó que no quedaría incólume si no se daba prisa a negar su conexión con Jesús.
(C) A pesar de esta primera derrota, Pedro no escarmienta, sino que se queda allí con los siervos y los alguaciles: «y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose» (v. 18b). Vemos:
(a) Cuán poco se preocupaban estos siervos y alguaciles de lo que le pasase a Jesús. Al estar fría la noche de primeros de abril, hacen lumbre en el patio y se ponen al abrigo del fuego.
(b) Más lamentable es todavía la actitud de Pedro, quien también estaba de pie, calentándose con ellos. Mal había hecho en seguir a Jesús de lejos; peor, al quedarse con los siervos del sumo sacerdote; pésimo, el final, al ceder a la tentación de negar al Maestro. És muy probable que hubiese podido subir a la parte alta del salón en el que se celebraba el proceso de Cristo, a fin de dar allí buen testimonio del Salvador. Podía haber aprendido de Cristo cómo comportarse cuando le llegase a él el turno de sufrir por la causa del Evangelio. Con todo, ni su conciencia ni su curiosidad bastaron para llevarle hasta el aula del proceso; y, lo que es mucho peor, se quedó con los enemigos de Jesús, expuesto así a ulteriores ataques. Y, si no había sido valiente para resistir a una simple portera, ¿qué haría si aquel grupo de hombres le descubría? Una cosa tan insignificante como el amor a la lumbre en una noche fría fue bastante para que Pedro se mezclase imprudentemente con tan malas compañías. Si el celo de Pedro por su Maestro no se hubiera helado, sino que hubiera continuado con el mismo fervor que parecía tener unas pocas horas antes, no le habría hecho falta a Pedro arrimarse ahora a tan peligrosa lumbre. Así que Pedro era digno de reprensión:
Primero, por juntarse con estos malvados, quienes probablemente se estarían divirtiendo con los detalles de la expedición de aquella noche: el beso de Judas, el arresto de Jesús, etc. Seguro que se burlarían del Señor; y ¿qué clase de diversión podían ser para Pedro estas bromas? Si le faltaba el coraje necesario para salir en defensa de su Maestro, al menos debería haber tenido el suficiente afecto a Jesús como para retirarse a un rincón a llorar en secreto por los padecimientos de su Maestro y por el pecado que contra Él acababa de cometer al negarle cobardemente.
Segundo, porque, de lo que se colige del relato, deseaba pasar por uno de ellos. ¿Es posible que éste sea Pedro? ¿Es éste el que confesó abiertamente que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo? (Mt. 16:16). Mala cosa es querer calentarnos con aquellos en cuya compañía estamos en peligro de quemarnos.
IV. Mientras Pedro, el gran amigo de Cristo, había comenzado a negarle, el sumo sacerdote (probablemente, Anás), el gran enemigo de Cristo, había comenzado a acusarle (vv. 19–21). Según parece, la primera tentativa consistía en demostrar que Jesús enseñaba falsas doctrinas y, de este modo, traía engañados a sus discípulos. Cuando este procedimiento falló, se intentaron los que nos narran los otros evangelistas, hasta llegar a la acusación de blasfemia ante Caifás, con lo que su proceso ante el tribunal religioso quedó concluso. Observemos:
1. Los temas sobre los cuales fue examinado Jesús en primer lugar: «Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina» (v. 19). Por donde vemos:
(A) La irregularidad de este proceso, pues era contra toda ley y equidad. Ahora que el preso está delante del tribunal, no tienen ningún cargo formal de qué acusarle. Contra toda razón y justicia, se le hace que se acuse a sí mismo.
(B) La mala intención de la pregunta del sumo sacerdote, al interrogarle sobre detalles concernientes a su vida privada: (a) Sobre sus discípulos, para poder acusarle de sedicioso. Hay quienes piensan que esta parte de la pregunta venía a significar: «¿Qué les ha pasado a tus discípulos? ¿Por qué no se presentan a testificar?» con la intención de poner de manifiesto la cobardía de los más íntimos seguidores del Señor, y tratar así de añadir aflicción a sus padecimientos; (b) Sobre su doctrina, para poder acusarle de impío. Este era un tema muy apto para ser juzgado en este tribunal, ya que un profeta no podía morir sino en Jerusalén, donde tenía sus sesiones dicho tribunal. Es notable que no le pregunta sobre sus milagros, con los que había pasado haciendo el bien (Hch. 10:38), porque con relación a éstos no podían acusarle de nada.
2. La respuesta que Cristo dio al interrogatorio de Anás. En cuanto a sus discípulos, no respondió palabra. Hay autores que opinan que, al ser ilegal el interrogatorio, no sólo por ser celebrado durante la noche, sino por ser el Sanedrín el que tenía jurisdicción para un interrogatorio legal, no Anás, Jesús no respondió al primer extremo de la pregunta, y sólo indirectamente al segundo. Lo más probable es que Cristo no respondiera a lo de los discípulos sencillamente porque, para vergüenza de ellos, todos le habían abandonado, y el único que se hallaba cerca, en el patio, estaba negándole repetidamente. Por otra parte, el tener discípulos era una práctica común entre los maestros. Si, a pesar de todo, el sumo sacerdote quería tender un lazo también a los discípulos, Jesús les había preservado la libertad desde que, en el huerto, había dicho a los que vinieron a arrestarle: «Si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (v. 8). Y
compasivo como era con las debilidades de los suyos no quiso decir nada contra ellos, ya que no podía decir nada a favor de ellos. En cuanto a su doctrina, Jesús no creyó oportuno explicar nada a Anás, sino referirse en general a quienes le habían oído (vv. 20–21). Después de todo, no era Él, sino los que le habían oído quienes podían testificar imparcialmente en este caso. Así que:
(A) Tácitamente, acusa a sus jueces de proceder ilegalmente, pues apela a las normas legales para que le digan si aquel procedimiento es equitativo: «¿Por qué me preguntas a mí?» (v. 21). Como si dijese:
«¿Por qué me preguntas acerca de mi doctrina cuando ya tienes prejuzgado que es condenable? Además,
¿acaso soy yo el que debo acusarme a mí mismo?» Habían decretado en el Sanedrín que todo el que le reconociera como a Mesías fuese expulsado de la sinagoga (9:22). ¡Y venían ahora a preguntarle sobre su doctrina!
(B) Explícitamente, declara que, en la proclamación de sus enseñanzas, nunca ha tenido nada que ocultar. De esta manera, se descarga plenamente de cualquier acusación contra Él: (a) En cuanto a su manera de predicar: «Yo he hablado públicamente …; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo
… y nada he hablado en oculto» (v. 20). Aunque había guardado sus confidencias para sus más cercanos seguidores, su predicación había tenido lugar siempre en público: en las sinagogas, en el templo, al aire libre. Y siempre había hablado sin rodeos ni ambigüedades, sino con plena certeza de lo que decía: «De cierto, de cierto os digo …» (b) En cuanto a las personas a quienes predicaba o enseñaba: A todos cuantos se paraban a oírle: «Al mundo», en general; a «todos los judíos» que se reunían en las sinagogas y en el templo. (c) En cuanto a los temas que había tocado, bien podían ser investigados, pues «nada había hablado en oculto». No la había enseñado en rincones inaccesibles para el público, ni la había disimulado por temor al qué dirán, pues no tenía nada de qué avergonzarse en todo lo que había enseñado. Y aun lo que había dicho en secreto a sus discípulos, había mandado que se publicase desde las azoteas de las casas (Mt. 10:27).
(C) Al apelar a quienes le habían escuchado, pide que se les examine a ellos: «Pregunta a los que han oído, qué les he hablado; mira, ellos saben lo que yo he dicho» (v. 21). No quiere decir que pregunten a sus discípulos y amigos, quienes estarían dispuestos a hablar bien de Él, sino a los oyentes imparciales, al común de la gente que le había escuchado. Todos cuantos hayan escuchado las enseñanzas de Cristo, el mensaje del Evangelio, si están dispuestos a juzgar imparcialmente, no tendrán más remedio que dar buen testimonio de Jesús y de su doctrina.
V. Mientras Jesús sufría este ilegal interrogatorio, los que estaban junto a Él, lejos de guardarle el más elemental respeto, se comportaron indignamente con Él (vv. 22–23).
1. Villana en extremo fue la afrenta que le infirió uno de los alguaciles que estaba allí. Ante la mansa respuesta de Jesús, este insolente esbirro «le dio a Jesús una bofetada (el vocablo griego puede significar un golpe cualquiera: un revés con la mano, un puñetazo o un varapalo, al ser lo primero lo más probable), diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote?» (v. 22). Si se compara la respuesta de Jesús con la de Pablo en Hechos 23:3 (aunque en descargo de Pablo hay que notar, tanto la impía conducta de Ananías como la defectuosa visión de Pablo), se notará la diferencia, ya que Jesús no había dicho palabra alguna que fuese injuriosa para el sumo sacerdote, el cual, para colmo, no era el verdadero «sumo sacerdote» en funciones. Además, fue un acto de extrema cobardía golpear de este modo a un prisionero con las manos atadas; pero aún más, golpearle ante el propio tribunal en el que era interrogado. Con todo, el juez de la causa no dijo una sola palabra a favor del reo, sino que, al contrario, parece que le satisfizo esta prueba de aparente lealtad y adulación por parte del alguacil. «¿Así respondes al sumo sacerdote?» Como si el Señor Jesús se hubiese comportado como un rudo y descortés preso común al que es preciso enseñar buenos modales. Si Anás hubiese sido una persona digna, no habría consentido este desacato en su presencia, por muy halagadora que pareciese la forma en que el alguacil se expresó a favor de su amo. Sólo los gobernantes impíos se complacen en los servicios de impíos subalternos, ya que son éstos los más apropiados para apoyarles y ayudarles a llevar a cabo sus malvados designios.
2. El Señor Jesucristo soportó la afrenta con admirable mansedumbre y paciencia: «Jesús le respondió: Si he hablado mal testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?» (v. 23). De paso, hemos de notar que, después de recibir el golpe, Cristo no puso la otra mejilla, con lo que se ve claramente que la norma de Mateo 5:39, no ha de interpretarse literalmente, como algunos pretenden. Al comparar la norma de Jesús con su propia conducta, aprendemos que en casos parecidos a éste, no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano ni ser jueces en causa propia (comp. con Ro. 12:19). No es menester que nos callemos ante las injurias, pero, con el ejemplo de Cristo, nuestra respuesta ha de ser mansa y razonable, nunca airada ni violenta. Esto es ser «imitadores de Dios» (Ef. 5:1), según indica el contexto anterior.
VI. Mientras los criados de Anás se comportaban con Jesús de esta manera tan vil, Pedro continuaba negándole (vv. 25–27).
1. Por segunda vez, repitió su pecado. Mientras estaba calentándose con los siervos y alguaciles, éstos
«le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos?» Y, acobardado de nuevo, no fuese que echasen mano de él, respondió negativamente: «Él negó y dijo: No lo soy» (v. 25). Donde vemos:
(A) La gran imprudencia que cometió Pedro al continuar en compañía de unas personas de las que seguramente le había de sobrevenir de nuevo la tentación. No se percató de que quienes se complacen en calentarse con malhechores (comp. con Sal. 1:1), pronto se vuelven fríos hacia las buenas personas y hacia las buenas cosas, y que los que se sienten a gusto junto al fuego del diablo, se exponen a ser devorados por el fuego del diablo.
(B) Para su mala fortuna, fue asaltado de nuevo por la tentación, como era de prever. Obsérvese: (a) La astucia del tentador al procurar la caída de quien ya se había tambaleado antes, no es ahora una simple portera, sino todos los criados del sumo sacerdote quienes le interrogan. El conocido proverbio dice:
«Resiste a los comienzos», porque el que cede a la primera tentación, pronto se ve asaltado por otra más fuerte. Satanás redobla sus ataques cuando ve que comenzamos a ceder terreno. (b) Los peligros de las malas compañías. Mostramos de ordinario nuestra disposición y nuestro carácter en la forma en que escogemos nuestras compañías y amistades. La elección de un amigo o de un compañero es siempre una elección importante, pues no sólo muestra, sino que puede moldear, nuestro carácter; por consiguiente, hemos de poner suma diligencia en escoger bien las primeras amistades.
(C) De nuevo mostró Pedro su debilidad y cobardía al ceder a la tentación y decir: «No lo soy. No soy de sus discípulos, ni tengo nada que ver con Él ni con los suyos». Pedro se avergüenza de lo que habría de constituir su mayor honor. En efecto, cuando Cristo era admirado y tratado con respeto, Pedro se jactaba y gloriaba de ser discípulo de Jesús. Desgraciadamente, se repite el caso en muchos que aparentan tener en gran estima la fe cristiana cuando la religión está de moda, pero se avergüenzan de ella cuando parece caer en descrédito y, especialmente, cuando es perseguida.
2. Pedro repite ahora por tercera vez su negación (vv. 26–27); esta vez, a pregunta de un pariente de Malco, al que Pedro había cortado la oreja derecha en el huerto de Getsemaní (v. 10). Sólo Juan (porque podía hacerlo sin ningún peligro) nos refiere este detalle: «Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con Él?» (v. 26). Y continúa diciendo Juan: «Negó Pedro otra vez, y en seguida cantó el gallo» (v. 27). Antes de pasar adelante, son de notar en Juan dos detalles que son exclusivos de su narración: 1) la cuidadosa matización de las preguntas que los interlocutores hacen a Pedro; 2) la ausencia de mención alguna: Primero, de la mala manera en que, increscendo, iba respondiendo Pedro en sus negaciones, hasta llegar a juramentos y maldiciones (v. especialmente Mr. 14:66–72). Segundo, de la mirada de Jesús a Pedro, que sólo Lucas (22:61) nos ha conservado (v. comentario a dicho lugar). Tercero, del llanto de Pedro, después que el gallo cantó por segunda vez. La explicación más probable (nota del traductor) de esta ausencia de pormenores es que Juan escribe esto, quizás unos veintiocho años después del martirio de Pedro (en todo caso, más de veinte años después), y el respeto al gran Apóstol le impide acumular detalles que añadan desdoro a su persona. Por otra parte, los otros evangelistas habían referido ya suficientes pormenores. Veamos ahora:
(A) Anteriormente, sólo cabían sospechas acerca de la estrecha relación de Pedro con Jesús, pero ahora el que dirige la pregunta, aunque sin absoluta seguridad, es alguien que recordaba haber visto a Pedro en el huerto de Getsemaní cuando Cristo fue arrestado. Como Pedro fue el que le cortó la oreja a Malco, y el interlocutor era pariente de Malco, las sospechas aumentaban. Por haber ocurrido de noche el arresto, y a pesar de la luz de las antorchas, el hombre no tenía completa seguridad, aunque sí fuertes sospechas. Repitamos una vez más que la imprudencia de Pedro en su precipitada acción en el huerto le estaba causando problemas, Pues ayudaba a los presentes a identificarle. Y cuanto más hablaba, más le delataba su acento galileo. Con esto vemos que quienes piensan que pueden escapar de un aprieto al cometer un pecado, no hacen otra cosa que enredarse y comprometerse más y más. En cambio, quien es lo suficientemente valiente para estar del lado de la verdad, la verdad le defenderá a la larga y, al menos, saldrá del aprieto, o pasará a través de él, con la cabeza bien alta. El detalle del parentesco del interlocutor con Malco aparece aquí para hacernos ver que esta circunstancia añadiría nuevo terror a los temores de Pedro, con lo que se nos enseña a no malquistarnos con nadie en cuanto esté de nuestra parte. Cuando lo que se necesita son amigos, no deberíamos crearnos enemigos sin necesidad. Una circunstancia bien digna de notarse, y que suele pasar desapercibida a lectores y comentaristas, es que, a pesar de que, al llegar a este punto, había suficientes pruebas para llevar a Pedro ante los tribunales, especialmente por lo de Malco, escapó indemne sin embargo, sin que nadie le echara mano siquiera. Con ello se nos muestra cuán a menudo somos arrastrados cobardemente a cometer un pecado por miedo infundado a correr algún peligro, cuando un poco de discreción y prudencia nos habría bastado para conservar la paz de ánimo junto con la tranquilidad de la conciencia.
(B) La forma en que Pedro sucumbió a la tentación fue tan vil y cobarde como antes, más aún, según se deduce por los relatos de los otros evangelistas, fue de mal en peor, tanto en su imprudencia como en la forma de expresar sus negaciones: negó una y otra vez, y negó cada vez con mayor vehemencia. Por donde vemos: (a) La naturaleza del pecado en general; es engañoso y seductor, y endurece en la obstinación al pecador: «que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado» (He. 3:13, comp. con Stg. 1:14–15). Aquí puede aplicarse lo de Proverbios 17:14: «El que comienza la discordia es como quien suelta las aguas». O como dice Santiago (3:5) a l hablar de los males que produce la lengua:
«¡Mirad qué gran bosque se incendia con un pequeño fuego!» El pecado, como la lepra, tiende a extenderse en el propio paciente y a contagiar a los demás; una vez que se derriba la cerca, no es de extrañar que la finca se vea invadida por toda suerte de alimañas. (b) La naturaleza del pecado de mentir, en particular: la mentira es un pecado que prolifera, porque una mentira necesita otra para poder sostenerse; y la segunda mentira necesita una tercera, y así sucesivamente. Por lo que dice nuestro refrán castellano: «Antes se coge a un mentiroso que a un cojo». Es tan contra naturaleza la mentira en el ser humano, aún caído (comp. con 8:44), que el mayor mentiroso del mundo no puede menos de decir muchas más verdades que mentiras, por lo cual la contradicción no tarda en descubrirse; con lo que el mentiroso suele perder todo crédito, incluso cuando dice la verdad.
(C) «Y en seguida cantó el gallo» (v. 27b). Por los demás evangelistas sabemos que ésta fue la segunda vez que cantó el gallo, de acuerdo con la predicción del Señor (v. Mr. 14:30). Para los demás este canto del gallo nada tuvo de particular, pues era lo de siempre, pero para Pedro significaba mucho, pues era como la voz de Dios que le invitaba al arrepentimiento.
Versículos 28–40
Proceso de Jesús ante el tribunal de Pilato, el procurador romano. Esta parte de la prosecución de Cristo se llevó a cabo en el pretorio (v. 28), donde se hallaba el salón del juicio, como se le llamaba. Allá lo llevaron a toda prisa, después del interrogatorio ante Caifás, del que Juan no hace mención, para que fuese condenado a muerte en el tribunal romano y ejecutado por mano de inicuos (Hch. 2:23) es decir, de verdugos no pertenecientes al pueblo judío, el pueblo de los santos del Altísimo (v. Dn. 7:18). Los enemigos de Jesús adoptaron este procedimiento: 1) A fin de que la ejecución de Cristo tuviese visos de legalidad; no como Esteban, que fue apedreado en abierta conculcación de la ley romana, por la que les estaba prohibido, desde fecha reciente, a los judíos ejecutar sentencia de muerte (v. 31). 2) A fin de que su ejecución se llevase a cabo con toda tranquilidad. Si lograban del gobernador romano la sentencia de muerte contra Jesús disminuiría considerablemente el peligro de un tumulto entre el pueblo. 3) A fin de que fuese Jesús condenado a la muerte más afrentosa de todas, como era la muerte de cruz (nótese el énfasis en Fil. 2:8). Al ser la más ignominiosa de las ejecuciones, querían estampar sobre la persona de Jesús el estigma más infamante. Por eso gritaban con insistencia ante el gobernador: «¡Crucifícale, crucifícale!» (p. ej., 19:6, 15). 4) Para que ellos mismos pudieran escudarse tras la decisión del poder romano. No era cosa muy digna condenar a muerte a quien había pasado haciendo el bien; por eso, deseaban cargar la responsabilidad, y el posible odio del pueblo, sobre el régimen romano. Así es como muchas personas sienten más temor de afrontar el escándalo del pecado que el pecado mismo. Dos detalles singulares son de notar en este versículo 28:
Primero, que «era de madrugada», cuando la mayoría de la gente estaba todavía en la cama; en esto se echa de ver la cautela que adoptaban para llevarlo por las calles de la ciudad sin dar ocasión a ningún
alboroto, y la prisa que tenían en que se le condenara cuanto antes para darse el gusto de verlo clavado en la cruz.
Segundo, la necia superstición y la vil hipocresía de los que maquinaban la muerte de Jesús, pues «ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua» (v. también el comentario a 19:14). Entrar simplemente en casa de un gentil era para ellos cosa contaminante (comp. con Hch. 10:28; 11:3). Temían una contaminación legal, pero no se preocupaban de la contaminación moral por el crimen que estaban llevando a cabo, una vez más, colaban el mosquito y se tragaban el camello (Mt. 23:24). Al llegar a este punto, es preciso clarificar algo que ha llenado de contusión a numerosos comentaristas, haciéndoles desvariar con toda clase de extrañas opiniones. La opinión tradicional, bien respaldada por el relato de los evangelistas, es que Jesús y sus discípulos comieron la Pascua en la tarde del jueves, que Jesús fue arrestado en aquella misma noche y que, tras el complicado, pero rápido, proceso, fue sentenciado a muerte a la mañana siguiente y crucificado hacia el mediodía del viernes, y murió y fue sepultado antes de que se pusiera el sol. La dificultad aludida se halla en que el versículo 28, al final, da a entender que los enemigos de Jesús pensaban comer la Pascua el viernes. ¿Es que hay varios días disponibles para comer la citada Pascua? ¿Se adelantó Jesús, con los suyos, a comerla antes, puesto que había de morir al día siguiente? ¿No habla 19:14 de que ese día, el viernes, «era la preparación de la Pascua»? ¿Era, pues, el sábado el día verdaderamente señalado para ello? El excelente comentarista del Evangelio de Juan, W. Hendriksen, adopta la opinión del Dr. Mulder al respecto, de la que afirma: «Los artículos del Dr. Mulder deberían ser traducidos al inglés. Yo no he hallado en ninguna otra parte una mejor defensa de este punto de vista». Después de exponer y pesar cuidadosamente todos los argumentos en favor y en contra, concluye Hendriksen de la manera siguiente: «En pocas palabras, según el Dr. Mulder, el texto da a entender simplemente que los miembros del Sanedrín habían estado ocupados en el arresto y procesamiento de Jesús de tal manera que no habían tenido tiempo para celebrar la cena pascual. Durante toda la tarde del jueves habían estado esperando a que llegase Judas, pues no sabían a ciencia cierta a qué hora llegaría éste. (Tampoco Judas sabía de antemano dónde iba a celebrar Jesús la cena pascual con sus discípulos.) Los miembros del Sanedrín tenían que estar listos y necesitaban tomar parte también en el arresto, al menos como espectadores (v. Lc. 22:53). Luego vino el comienzo del proceso por la noche. Todo esto se llevó tiempo, mucho tiempo. De ahí que llegaran a convencerse de que, en interés del objetivo que para ellos era el que realmente importaba, a saber, quitarse de en medio a Jesús—versículo 11:5—, todo lo demás, incluida la cena pascual, podían demorarlo. Por eso, cuando muy de madrugada llevaron a Jesús ante Pilato, no habían celebrado todavía la cena pascual … Una vez que Jesús estuviese clavado en la cruz (y se burlasen de Él), ya podían irse a casa a comer el cordero». Es cierto, y Hendriksen lo admite, que esta solución suscita algunas objeciones, como: ¿No pudieron comer la Pascua antes del arresto de Jesús? ¿Cómo se atrevieron estos legalistas a traer sobre su cabeza una maldición por ocuparse durante toda aquella noche del jueves en actividades que nada tenían que ver con la celebración de la Pascua? De todos modos, su enemiga contra Jesús y la oportunidad única de darle muerte, ante el ofrecimiento de Judas quien podría echarse atrás a última hora, pueden darnos la explicación de que se saltaran todos los demás escrúpulos legales que, en otras circunstancias, les habrían impedido obrar de aquella manera en cuanto a la celebración de la Pascua. El punto principal, al cual hemos de asirnos con toda firmeza es que no hay en el texto sagrado absolutamente nada que pueda sugerir la más remota contradicción entre el relato de Juan y el de los otros evangelistas. Una vez desbrozado este delicado punto preliminar, podemos pasar ya al estudio de la presente porción:
I. Diálogo de Pilato con los demandantes del proceso. Fueron ellos los interrogados por Pilato, a lo que respondieron lo que tenían que decir contra el preso (vv. 29–32).
1. El procurador romano les hizo llamar para que expusieran el caso. Como ellos no querían entrar en el pretorio, salió Pilato a recibirles: «Entonces salió Pilato a ellos y les dijo: Qué acusación traéis contra este hombre?» (v. 29). Tres detalles hallamos aquí que dicen algo a favor de Pilato: (A) Su diligencia en iniciar el proceso. Quienes se hallan constituidos en autoridad no deben demorar sus tareas ni ser perezosos en llevarlas a cabo. (B) Su condescendencia a salir al encuentro de quienes no consideraban el pretorio como un lugar digno de ser visitado por ellos. Pilato podía haber dicho: «¡Está bien! Si ellos no condescienden a entrar, que se marchen por donde vinieron»; pero Pilato no se muestra puntilloso a este respecto, sino que sale al encuentro de ellos. (C) Su noción de las justas normas legales, al demandar el
cargo del que se acusaba al reo: «¡Qué acusación traéis contra este hombre?» Como si dijera: «¿cuál es el crimen de que le acusáis, y qué pruebas tenéis de ello?»
2. Los demandantes exigen a Pilato que dicte sentencia contra Jesús bajo el cargo general de que es un malhechor: «Respondieron y le dijeron: Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado» (v. 30). Estas palabras muestran: (A) La incalificable descortesía de estos hombres al dirigirse de esta manera al gobernador. Éste había hecho la pregunta de la manera más cortés y razonable que podía hacerse; pero, aun en el caso de que Pilato hubiese preguntado de forma incorrecta, no habrían podido ellos responder con mayor desdén. (B) La villana y prejuzgada acusación contra el Señor Jesús. Asumen, sin más, que es un malhechor aquel mismo reo de quien Pilato habrá de confesar que es inocente. Dicen de Él que es un malhechor, cuando todos sabían que había pasado haciendo el bien (Hch. 10:38). No es cosa nueva que los mayores bienhechores sean señalados y perseguidos como si fueran los peores malhechores. (C) El desmedido orgullo y la alta opinión que tenían de sí mismos, al pensar que no había otro criterio de juicio y de justicia superior al de ellos mismos.
3. Al oír esto, el procurador les concede que le juzguen ellos mismos: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley» (v. 31). Hay quienes piensan que Pilato, con estas palabras, quiso darles una satisfacción, al reconocer el poder que todavía les quedaba y permitiéndoles que lo ejercieran según su criterio. Sin embargo, lo más probable es que Pilato, al no tener conocimiento de ninguna actividad peligrosa y notoria de Jesús, pensase que se trataba de alguna minucia contra la ley de Moisés y que los demandantes no pretendían que se dictase contra Jesús sentencia de muerte, sino alguna pena inferior, con lo que no había necesidad de llevarle a él el caso e incomodarle en días en que su atención debía centrarse en detalles más importantes.
4. La respuesta de Pilato daba a entender que, cualquiera que fuese la acusación que presentasen contra Jesús, ellos mismos podían juzgarle y sentenciarle según lo pidiera el delito que le imputaban. Que así lo entendieron se demuestra por la forma en que replican al gobernador: «Y los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie» (v. 31b). Con estas palabras, los jefes judíos se veían obligados a confesar que su país había dejado de ser una nación independiente y que había sido quitado el cetro de Judá, de acuerdo con la profecía de Jacob (Gn. 49:10). Podían dictaminar una sentencia de muerte, pero carecían de autoridad para ejecutarla. Una vez más hemos de admirar aquí los designios de la Providencia y la evidente inspiración de las Escrituras, al predecir que al Mesías no se le había de quebrantar ningún hueso por ser el verdadero Cordero Pascual (v. Éx. 12:46; comp. con Jn. 19:36), y que no había de ser muerto a pedradas, con lo que se le habrían quebrado los huesos, sino crucificado según la profecía de David en el Salmo 22:16. No cabía fraude en el cumplimiento de esta profecía, puesto que sólo hacía muy pocos años que les había sido quitado a los judíos este poder ejecutivo; y, por otra parte, ni los romanos, por supuesto, ni los mismos judíos estaban dispuestos a aceptar que el Mesías hubiera de morir, y precisamente de muerte en cruz. Los judíos estaban, por cierto, muy satisfechos con que, de cumplirse la sentencia de muerte contra Jesús, no sólo se le infligiera la muerte más horrible e ignominiosa, sino de que fuese así quitado literalmente de la tierra al ser levantado en la cruz. No se percataban de que eso era también precisamente lo que Jesús deseaba (3:14; 8:28; 12:32), aunque por razones muy diferentes, como ya hemos explicado en los respectivos lugares.
5. Con ello, se iba a cumplir la predicción del propio Jesús: «Para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir» (v. 32). Incluso los que habían resuelto acabar con Jesús iban a servir de meros instrumentos para llevar a cabo el plan que Dios tenía previsto y determinado desde toda la eternidad para la redención de la humanidad pecadora (v. Hch. 2:23). En realidad, dos fueron las frases de Jesús que habían de tener cumplimiento al declinar los judíos el juzgarle según la ley de Moisés: (A) El que había de ser entregado a los gentiles para que éstos le diesen muerte (v. Mt. 20:19; Mr. 10:33; Lc. 18:32–33). (B) Que había de ser crucificado (Mt. 20:19; 26:2), levantado en alto (como ya hemos indicado, según las expresiones ya citadas de 3:14; 8:28 y 12:32). Era, pues, necesario, como ya hemos dicho, que fuese ejecutado conforme al estilo usado por los romanos. Así como el régimen romano había intervenido para que Cristo naciese en Belén, de acuerdo con las Escrituras, así también iba a intervenir para que muriese en la Cruz, de acuerdo siempre con las Escrituras. Pablo hará notar, en Gálatas 3:13, que de este modo «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros, porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero» (comp. con Dt. 21:23, donde el contexto anterior se presta a sabrosas consideraciones, cuando se compara con Lc. 15:22 y ss.). ss.).
II. A continuación, el evangelista nos refiere la conversación que Pilato sostuvo con Jesús (vv. 33 y
1. Vemos, pues, al reo frente por frente del juez romano. Después de la conversación con los jefes
religiosos judíos, la cual se llevó a cabo en la puerta del pretorio, Pilato se retiró al interior y mandó que le fuese llevado el reo. Así comenzó el juicio contra el Señor, a fin de que nosotros pudiésemos quedar libres del juicio de Dios (v. 5:24, donde el texto original dice literalmente: «y no viene a juicio»).
2. Comienza el interrogatorio de Pilato a Jesús. Los otros evangelistas nos refieren que los acusadores de Jesús habían dicho a Pilato que este hombre «había sido hallado pervirtiendo a la nación, prohibiendo dar tributo a César y diciendo que Él mismo era Cristo rey» (Lc. 23:2). Así se explica la forma en que el procurador romano inicia la investigación directa del reo.
(A) Le hace una pregunta con la que pueda quedar en claro si es cierta la acusación que contra él presentan los judíos: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (v. 33b, comp. con Mt. 27:11; Mr. 15:2; Lc. 23:3). Hay quienes opinan, de acuerdo con el rumor recogido por Suetonio, que por este tiempo prevalecía en el Oriente una especie de mito legendario de que había de levantarse de entre los judíos un rey poderosísimo que habría de hacerse con el dominio del mundo entero. En realidad, esto no era ninguna leyenda, sino una tradición basada en las profecías del Antiguo Testamento. Según esto, dicho rumor habría llegado a los oídos de Pilato, quien sentiría curiosidad por averiguar qué había de cierto o de legendario en esto. Sea de esta opinión lo que sea, parece claro que la pregunta del gobernador va marcada por un tinte de escepticismo ante la presencia de un hombre de humilde apariencia y completamente indefenso, de quien no podía esperarse ninguna pretensión de regios poderes. Por otra parte si tales eran sus pretensiones era muy extraño que los propios judíos quisieran acabar con Él (nótese lo de 19:15: «¿A vuestro Rey he de crucificar?»). Por consiguiente, las palabras de Pilato vienen a decir: «¿Cómo? ¿Un rey, tú? ¿Y rey precisamente de estos judíos que te persiguen a muerte y te traen a mi tribunal para que te condene a ser crucificado?» Puesto que no podía creer a sus acusadores, Pilato quiere que el propio Jesús confirme o niegue el cargo que se le hace, para proceder de acuerdo con la confesión del mismo reo.
(B) Cristo responde a Pilato dirigiéndole a su vez una pregunta, para que el gobernador diga cuál es su fuente de información o qué noción se ha formado él mismo acerca del carácter de Jesús: «Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?» (v. 34). Como hace notar Hendriksen, la respuesta de Cristo no puede ser más apropiada, puesto que Pilato no habría entendido la respuesta en el caso de que Jesús hubiera dicho que sí pues podía interpretarse que estaba dispuesto a hacerse inmediatamente con el poder político del país, lo que no era cierto, ni en el caso de que hubiera dicho que no, puesto que Jesús no podía negar en redondo que Él era el rey de Israel, como se verá más adelante en el decurso de la conversación (v. 37). Si la fuente de información de Pilato eran los mismos judíos, podría haber respondido que no era cierto, pero si era una noción que Pilato mismo se había formado, no lo podía negar sin más. Por consiguiente, la respuesta de Jesús dejó abierta la puerta al diálogo, al mismo tiempo que mostraba, como en otras ocasiones, su divina sabiduría. Consideremos por un momento. (a) Que Pilato estaba obligado por su oficio a mirar por los intereses del emperador romano, pero no podía ver, por cosa alguna que el Señor hubiese dicho o hecho, que tales intereses estuviesen en peligro o fuesen a sufrir ningún daño con la actuación del Salvador. (b) Jesús podía haber dicho a Pilato que quienes le acusaban de querer hacerse rey eran, en realidad, los verdaderos enemigos del Imperio. Si Pilato hubiese llevado más lejos su investigación, podría haber llegado a la conclusión de que la verdadera razón, o, al menos, una de las razones de más peso en esta enemiga contra Jesús, era que el Señor se había negado a establecer un reino temporal en oposición directa al poder romano (v., p. ej., 6:15). Al no corresponder a las expectaciones que ellos abrigaban, le imputan aquello mismo de lo que precisamente eran ellos culpables: de desafecto y complot contra el régimen imperante.
(C) Pilato se resiente de la respuesta que Jesús acaba de darle y la toma muy a mal, como se nota tanto en sus palabras como en el tono con que las dice: «Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación y los principales sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» (v. 35). Jesús le había preguntado si lo de ser rey lo decía por su propia iniciativa, y Pilato, con evidente tono de desprecio, responde: «¿Soy yo acaso judío?» Un romano, y de tan alta posición como la suya, tomaba como una de las peores afrentas ser tenido por judío. Jesús le había preguntado también si se lo habían dicho otros, a lo que Pilato responde tácitamente: «Sí; son precisamente los tuyos: tu nación; y no sólo el pueblo bajo, sino los jefes: y los principales sacerdotes te han entregado a mí; por consiguiente, no puedo hacer otra cosa que proceder de acuerdo con la información que ellos me han suministrado. Al ser así las cosas, ¿qué has
hecho? De seguro que todo este humo no puede salir sin algún fuego, ¿cuál es la causa?» Aun cuando Pilato, por lo que se ve en Mateo 27:18; Marcos 15:10, sabía (según Mateo), se iba dando cuenta (según Marcos), de que por envidia le habían entregado, es posible que Pilato pensase que tal envidia no daba una solución completa y satisfactoria a lo extraño del caso.
(D) Cristo responde ahora con toda mansedumbre y ofrece al gobernador una explicación más detallada a la primera pregunta que le había formulado: «¿Eres tú el rey de los judíos?», aclarando en qué sentido lo era (v. 36):
(a) Le ofrece primero un resumen de la naturaleza; y constitución de su reino: Mi reino no es de este mundo». Es decir, no surge en virtud de un poder mundano, ni es mundana su naturaleza es un reino primordialmente espiritual, cuyas armas son espirituales, cuyo primer objetivo es orientar y gobernar la conciencia y el corazón de los hombres, cuya defensa no estriba en poderes militares, políticos ni financieros. Los súbditos de este reino, aunque están en el mundo, no son del mundo. Los últimos objetivos de este reino son la implantación de la verdad, la justicia y la paz. Las normas de este reino no se basan en la sabiduría de los expertos en ciencia o en economía, sino en las normas rectas y justas de la ley de Dios.
(b) Cristo ofrece a Pilato una prueba evidente de la naturaleza primordialmente espiritual de su reino:
«Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos». Los seguidores de Cristo no tenían ánimo, preparación ni instrucciones para luchar militarmente; no pensaban levantarse en armas para rescatar a su Maestro de las manos de quienes le habían arrestado y llevado a los tribunales. Él mismo, no sólo no les había ordenado luchar, sino que les había prohibido terminantemente hacer uso de la fuerza a su favor (v. 11). Más aún, lo que, precisamente por carencia de soldados y de armamento, habría supuesto para un reino de este mundo su caída y destrucción, era lo que mejor servía para el progreso y extensión del reino de Cristo. «Así que—viene a decir Jesús a Pilato—ya ves que mi reino no es de aquí. Está en el mundo, pero no es del mundo.»
(E) Pilato, al no entender bien todavía la naturaleza del reino de Cristo, pregunta aún: «¿Luego, eres tú rey?» (v. 37a). Como si dijese: «Así que, en fin de cuentas, tú posees un reino, sea cual sea su naturaleza, ¿en qué sentido, pues, eres tú rey? ¡Explícate!» En este punto, Cristo no negó, sino que confesó paladinamente: «Tú lo dices; yo soy rey». Como si dijese: «Esa es la verdad, y no la puedo negar». Reconoce Jesús que es rey, aunque no en el sentido que Pilato había entendido, como si el reino de Cristo pudiese entrar en competencia con el régimen imperante. Aunque Cristo había tomado la forma, la verdadera naturaleza, de un esclavo (Fil. 2:7), podía aun así reclamar para sí el poder, el honor y la autoridad de rey. No sólo era rey, sino que había nacido como rey y para gobernar un reino que no tendría fin (Lc. 1:32–33). Esta afirmación de su propia realeza entraba dentro del conjunto de verdades que había recibido del Padre para que diese testimonio de ellas en orden a la salvación de los hombres: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad». Cristo había venido a destruir el reino del diablo que era el reino de la mentira (8:44; He. 2:14–15). Él mismo era la verdad (14:6), y venía a dar de esa verdad un testimonio relevante de primera mano a este mundo sumido en las tinieblas de la ignorancia y del pecado. En este mundo de tinieblas, Él era la luz (8:12; 12:46), que venía a descubrir lo que, de otro modo, no habrían conocido los hombres acerca de Dios (1:18) y de su buena voluntad hacia los hombres (3:16; 17:26). Para confirmar esta verdad, que era la verdad de su reino, había obrado sus milagros, mediante los cuales daba pruebas fehacientes de que el Padre le había enviado (5:36). El mismo Juan, el Precursor, había venido a dar testimonio de Él, de la luz verdadera (1:6–9), a fin de que todos creyesen, por medio de su predicación (la del Bautista), que Cristo era el Mesías (5:33). Cristo explica a Pilato que el espíritu y el genio del cristianismo es la verdad genuina, la verdad suprema, la verdad divina, la única que hace libres a los que se someten al gobierno de Jesús (8:32–36). La evidencia de esta verdad, el poder de esta verdad, son las armas que vencen y convencen el espíritu del hombre, «llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Co. 10:5). ¡Dichosa servidumbre, la que conduce a la verdadera libertad, y constituye en reyes a los súbditos de tal gobierno! (v. Ap. 22:3–5). Tan identificado está el reino de Cristo con la verdad, que bien puede decir Jesús que los súbditos de su reino pertenecen al «partido» de la verdad: «Todo aquel que es de la verdad (es decir, que está de parte de la verdad), oye mi voz». En esto demuestran ser súbditos del reino de Jesús, del reino de la verdad, en que escuchan con gusto la voz de su soberano. Todo el que siente amor hacia la verdad, acude a Cristo para escuchar su voz, porque en ninguna otra parte se puede hallar verdades más grandes, más seguras, más importantes, más provechosas, más dulces, que en Jesús, por medio de quien vinieron a este mundo la gracia y la verdad (1:14, 17).
(F) A este testimonio de Jesús acerca de la verdad, contesta Pilato: «¿Qué es (la) verdad?» Lightfoot opina que el sentido de esta frase es: «¿Qué puede haber de verdad en todo esto? ¿Cómo puedes ser tú rey, y de un reino que no es de este mundo?» Hay quienes piensan que Pilato, confuso por las palabras de Cristo, dio a entender que no podía dictaminar qué había de verdad en todo este proceso. Ryrie por su parte, en nota a este versículo, dice: «Pilato no habla como filósofo, sino que expresa simplemente frustración e irritación ante la evasiva de Jesús a dar una respuesta directa a lo que a él le parecía una pregunta sencilla». La opinión más corriente, y también la más probable a la vista del propio texto y, especialmente, del contexto posterior inmediato, es que Pilato, hombre práctico y escéptico, a la moda de la alta sociedad romana de su tiempo, venía a decir: «¡La verdad! ¿Dónde está esa verdad? Hay tantos sistemas filosóficos, tan diferentes unos de otros, y todos aseguran que poseen la verdad …». No cabe duda de que Pilato pensó que tenía delante de sí a un soñador o visionario interesado en especulaciones que a él no le iban ni le venían, y se percató de que Jesús podía ser un loco, pero no un criminal, y así lo manifestó, no sólo sin esperar ulteriores respuestas de parte de Jesús, con lo que perdió la mejor oportunidad de su vida para conocer la única verdad liberadora, sino al asegurar a los acusadores de Cristo: «Yo no hallo en Él ningún delito» (v. 38b). Pilato no conocía el gran proverbio bíblico que dice:
«Compra la verdad y no la vendas; la sabiduría, la instrucción y la inteligencia» (Pr. 23:23). Con su desprecio a esta perla de gran precio, el procurador romano perdió el único tesoro incorruptible (Mt. 6:20). Le faltaron las tres virtudes más importantes para la búsqueda de la verdad: la humildad, la paciencia y la sinceridad. ¡Demos gracias a Dios de que, sin que nosotros buscásemos la verdad, la verdad nos buscó! Cristo no tuvo oportunidad de explicar en detalle a Pilato la verdad, pero la enseñó a los discípulos, y ellos nos la han conservado en las Escrituras del Nuevo Testamento.
III. Resultado de las conversaciones de Pilato, tanto con los demandantes como con el reo (vv. 38– 40).
1. El juez no tuvo más remedio que hablar en favor del reo:
(A) Declaró públicamente la inocencia de Jesús: «Yo no hallo en Él ningún delito» (v. 38b). Esta declaración solemne de la inocencia de Cristo sirvió: (a) Para justificación y honor del Señor Jesús. Aunque fue tratado como el peor de los malhechores, el propio juez declaró públicamente que no merecía en absoluto tal tratamiento. (b) Para explicar el designio y objetivo de su muerte, de que no moría por crimen alguno que Él hubiera cometido, sino como sustituto nuestro, en sacrificio de expiación por nuestros pecados, según la profecía que, inconscientemente, había proferido Caifás, al decir que
«convenía que un solo hombre muriera por el pueblo» (11:50; 18:14). (c) Para agravar el pecado de los judíos, al llevar el proceso contra Jesús de una forma tan injusta y tan violenta. A pesar de que el Señor Jesucristo era totalmente inocente (comp. con He. 7:26), y como tal había sido declarado por el propio juez romano, le trataban como al peor de los malhechores y estaban sedientos de su sangre.
(B) Propuso una fórmula mediante la cual pensaba que podría solucionar fácilmente el caso y dejar en libertad a un reo que la merecía en justicia: «Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte a uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?» (v. 39). «De seguro—pensaría Pilato—que esta gente que hace pocos días le aclamó con sus “hosannas”, escogerá al que tan entusiásticamente aplaudieron como a su rey.» El mero hecho de darles a escoger entre Cristo y Barrabás (v. Mt. 27:17) era ya una ignominia para Jesús, después de haber sido declarado inocente pues se le ponía en parangón con el peor criminal del país. Rigiéndose por criterios completamente mundanos, el gobernador creyó que podía arriesgarse a ofrecer al pueblo esta alternativa, seguro de que de esta forma agradaría a las dos partes del proceso al absolver al inocente y dar satisfacción al voto de la mayoría. Opina Hendriksen que la frase de Pilato: «¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?», contiene un dejo de burla, dentro de su desesperado intento por escapar de la responsabilidad de condenar a un inocente. Gomá, por su parte, dice lo siguiente: «La propuesta del Procurador es hábil: evoca en la memoria del pueblo el Cristo a quien todos esperaban, y junto al nombre del presunto Cristo coloca el nombre de un hombre aborrecible, el sentimiento religioso y el patriótico, y el instinto de conservación social, se impondrán, y el pueblo pedirá la libertad de Jesús, tanto más cuanto que ahora, por su multitud, el pueblo, recto por natural, no se dejará arrastrar por los bajos sentimientos de envidia de sus directores». Esta explicación nos parece demasiado optimista y romántica. Lo más probable es que Pilato pensara en la forma que hemos expuesto al principio como paráfrasis de sus propias reflexiones. Aun en ellas, Pilato no se percataba de que sus noticias sobre el ascendiente de Jesús entre el pueblo, algo que no le sería del todo desconocido, así como sobre la envidia de los jefes contra Jesús (v. Mt. 27:18; Mr. 15:9–10), no eran suficiente garantía para que el pueblo pidiese la suelta de Jesús. La experiencia enseña que las voces de unos pocos fanáticos, astutos y atrevidos, no sólo pueden prevalecer sobre el sentir de la mayoría (vv. 19:6, 12, 15, y lugares paralelos de los sinópticos), sino que son capaces de sumir a las masas borreguiles en una especie de hipnosis colectiva en la que se mueven como marionetas al antojo de los líderes que mueven los hilos de la farsa.
2. Y así fue efectivamente: el pueblo se puso de parte de Barrabás y en contra de Jesús: «Entonces todos gritaron de nuevo diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón» (v. 40) un ladrón de la peor especie, como indica el original («Salteador, pirata, etc.») y lo confirman Marcos (15:7) y Lucas (23:19; Hch. 3:14), quienes consignan que era un sedicioso y un homicida. Obsérvese la fiereza ultrajante de esta turba. Pilato había propuesto la alternativa con toda calma y serenidad, pero ellos replican con ardor, vehemencia, clamor y gritos. Siempre hay motivo para sospechar falta de razón y de justicia en aquellos que recurren al alboroto popular. La elección de Barrabás (¡cuándo se lo imaginaría él!) para que fuese favorecido con el privilegio que al pueblo se le ofrecía con ocasión de la Pascua, no pudo ser más injusta y descabellada, especialmente en contraste con Jesús puesto que aun siendo Barrabás un ladrón y homicida peligroso, es absuelto, con lo que: (a) Un notorio quebrantador de la ley de Dios y de la seguridad pública es puesto en libertad sin haber dado señales de arrepentimiento o reforma. (b) Un pueblo que debía protegerse contra los salteadores y mirar por su interés económico y espiritual, se pone a favor de este ladrón y asesino. Así es como se portan siempre quienes prefieren continuar en sus pecados antes que entregarse al Señor puesto que el pecado es un ladrón, el peor de los ladrones, ya que nos roba la amistad con Dios y la vida eterna, dándonos la muerte como salario de nuestra servidumbre (Ro. 6:23), y aun así lo preferimos necia y villanamente a las innumerables y verdaderas riquezas que Dios nos ofrece en Jesucristo (v. p. ej., Ef. 1:18; 2:7; 3:8, 16; Fil. 4:19; Col. 1:27; 2:2), en quien somos herederos de Dios (Ro. 8:17; 1 P. 1:4). (c) Barrabás se convierte así en figura simbólica de todos los que hemos sido salvos y absueltos en el tribunal de Dios por la sustitución que Jesucristo llevó a cabo, en favor nuestro, en la cruz del Calvario. Si Barrabás una vez suelto y en plena libertad, siguió, al menos por curiosidad, a la comitiva que acompañó a Cristo hasta el Calvario, al ver a Jesús en la Cruz pudo decir con toda verdad: «Ahí debería estar yo». Si el pueblo hubiese pedido la suelta de Jesús, habría sido Barrabás el crucificado en medio de los otros dos ladrones. Cada uno de nosotros podría decir, con el mismo motivo que Barrabás, al mirar a la cruz de Cristo: «Ahí debería estar yo». Pero por la gran misericordia de Dios, que nos amó hasta el extremo de entregar a su Hijo Unigénito a la muerte por nosotros, el que salvó a tantos no quiso salvarse a sí mismo y todas las circunstancias fueron combinadas de tal forma que se llevase a cabo el decreto de la Redención, resuelto en el seno de la Trina Deidad desde antes de la fundación del mundo.
En este capítulo, el evangelista prosigue su relato del proceso de Jesús ante el tribunal del gobernador, y culmina con la sentencia de muerte que llevó a la cruz a nuestro Salvador. Termina el capítulo con el sepelio de Jesús, en el que se distinguieron por su bravura y amor al Maestro dos discípulos que hasta entonces no se habían mostrado lo bastante atrevidos para seguirle y confesarle abiertamente.
Versículos 1–15
Continúa en esta porción el injusto proceso del Señor Jesús. Los demandantes siguieron adelante en sus malvados designios, y causaron gran griterío y confusión entre el pueblo, a la vez que el cobarde juez abrigaba también gran confusión en su propio pecho.
I. Vemos primero, con gran sorpresa, que Pilato, después de haber reconocido paladinamente la inocencia de Jesús, mandó azotarle, con la esperanza de que así quedarían satisfechos los enemigos de Cristo.
1. «Así que, entonces tomó Pilato a Jesús y le azotó» (v. 1). Es como si, con esa conjunción consecutiva, Juan quisiera resaltar el extraño contraste entre la declaración de inocencia de Jesús por el gobernador y la injustificada azotaina que le propinó. Parece ser que Pilato, decepcionado por la inesperada decisión del pueblo, tomó la medida de azotar a Jesús, al abrigar la certeza de que, al ver el severo castigo que le había sido impuesto (aunque sin motivo), el pueblo se movería a compasión y cesaría en su petición de que el reo fuese condenado a muerte. Esto aparece claro por los versículos 4–5 y por el relato de los otros evangelistas. Mateo (27:24) y Marcos (15:15) parecen dar a entender que esta flagelación se llevó a cabo después que Pilato pronunciase la sentencia de muerte contra Jesús. Esto ha inducido a algunos intérpretes a opinar que Jesús fue azotado dos veces, pero no hay motivo para tal suposición. Mateo y Marcos la mencionan después, no sólo porque la flagelación del reo solía tener lugar después de su condena a muerte, sino, ante todo, porque nos adelantan un resumen del resultado del proceso antes de descender a los detalles en particular. Es seguro que la flagelación de Jesús se llevó a cabo en el orden en que la refiere Juan. Al fallarle a Pilato esta medida, continuó con sus esfuerzos por librar de la muerte al Salvador, pero, una vez dictada la sentencia, no había por qué repetir otra vez la pena de azotes. Por otra parte, los principales sacerdotes y los fariseos estaban sumamente interesados en que Jesús muriese en la cruz; una segunda flagelación habría precipitado su muerte antes de llegar al Calvario; aun así hubieron de echar mano de Simón de Cirene para que le llevase la cruz, pues es seguro que, al salir para el Gólgota, Jesús debió de caer bajo el peso de la cruz, según refiere la tradición. Esto pudo influir también en la temprana muerte de Jesús, cosa que causó sorpresa al propio Pilato aunque ya hemos dado en otro lugar la explicación altamente probable de que Cristo murió «antes de hora» a causa de la rotura del corazón. Después de lo dicho en el comentario a los evangelios sinópticos, no creemos necesario extendernos en explicar la horrible crueldad del tormento que con los azotes y la coronación de espinas sufrió el Salvador. Añadamos únicamente que la flagelación al estilo romano no estaba limitada, como era costumbre entre los judíos, a cuarenta azotes menos uno (2 Co. 11:24). El estado en que quedó Jesús después de la flagelación se colige por la expresión de Pilato en el versículo 5. Lo que más nos interesa en la consideración de este episodio de la Pasión del Señor es que, con esta flagelación:
(A) Se cumplían las Escrituras, que hablaban de que se le podían contar todos los huesos (Sal. 22:17) y de que el castigo de nuestra paz, la paz con Dios (Ro. 5:1) obtenida a favor de nosotros a costa de los tormentos (satisfacción vicaria) del Mesías, cayó sobre Él (Is. 53:5). Él mismo había predicho que le azotarían (Mt. 20:19; Mr. 10:34; Lc. 18:33).
(B) Se cumplía especialmente la Escritura que dice literalmente: «Y por su azotaina, hubo curación para nosotros» (Is. 53:5). Por una de las maravillosas paradojas divinas, fue azotado el Médico para que fuese sanado el paciente.
(C) Quedaban santificados los azotes que puedan sufrirse por causa de Cristo y del Evangelio. Un creyente puede ser azotado por causa de Cristo y sufrirlo, no sólo con paciencia, sino también con gozo (comp. con Col. 1:24), porque los azotes que Cristo sufrió por nosotros han quitado el aguijón punzante (lo mismo que a la muerte; v. 1 Co. 15:55–56) a los que nosotros podamos sufrir por Él.
2. Después de azotarle, le entregó a los soldados, quienes se burlaron de Él y le trataron como a un loco: «Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y se la pusieron en la cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos!; y le daban de bofetadas» (vv. 2–3). Véase:
(A) La bajeza y la injusticia de Pilato al entregar a Jesús a la soldadesca, si no complacido, al menos despreocupado por lo que los rudos soldados romanos pudiesen hacer con Jesús. Como sabemos por Lucas (23:11), también «Herodes con sus soldados, después de menospreciarle y escarnecerle, le vistió de una ropa espléndida». Al ser días de festival, era una buena diversión para los soldados esta comedia, la cual sería también del gusto de los judíos que odiaban a Jesús.
(B) La desconsideración e insolencia de los soldados, que de tal manera se burlaron de Jesús, vistiéndole de rey de mofa, como a un clown con quien divertirse. De manera semejante visten muchos a la religión cristiana con ropas a su gusto, sólo para despreciarla y ridiculizarla. Los soldados vistieron a Jesús con un manto de púrpura como el que usaban los reyes y los nobles. Probablemente era un viejo manto de legionario romano, de lana roja, como un remedo de la clámide que portaban los generales y los emperadores romanos. No puede afirmarse con certeza de qué especie eran las ramas espinosas con que los soldados entretejieron la corona o capacete, pues había abundancia de arbustos espinosos en Palestina, en las cercanías mismas de Jerusalén (v. Jue. 8:7; Sal. 58:9; Os. 9:6; Mi. 7:4). Lo más significativo de este
episodio de las espinas es que se mencionan en Génesis 3:18 en conexión con el pecado de nuestros primeros padres, con lo que, también en esto, Jesús cargaba sobre sí, no sólo nuestra maldición (Gá. 3:13), sino también la de la naturaleza, de la misma manera que su Redención había de tener carácter cósmico, pues abarcaría no sólo a la humanidad, sino también a la naturaleza (Ro. 8:20–21).
(C) La admirable paciencia y condescendencia del Señor Jesucristo. Las personas más generosas y los caracteres más nobles de la humanidad soportan cualquier cosa mejor que la ignominia y la burla, con todo, el santísimo Jesús se sometió por nosotros a esta cruel ignominia. Son de admirar, tanto la insuperable paciencia del Siervo Sufriente como el invencible amor y la inefable benignidad del Salvador Inocente. No sólo mostró el gran amor que nos tenía al morir por nosotros en una cruz, sino al morir como un criminal ante los judíos, y como un loco ante los gentiles (comp. con 1 Co. 1:23). Hay héroes humanos que llegan a soportar impávidos la tortura, pero no pueden aguantar la befa; pero este héroe divino soportó con la misma mansedumbre lo uno y lo otro. ¿Y nos quejaremos nosotros de una espina en la carne o de un desprecio banal, cuando el Hijo de Dios, digno del mayor respeto y de la más rendida adoración, se humilló hasta el punto de llevar en la cabeza un capacete de punzantes espinas, el rostro lleno de salivazos y de cárdenas señales de las bofetadas y puñetazos, y toda su figura hecha un hazmerreír de la soldadesca? Verdaderamente, al dirigirse a la cruz, lo mismo que al pender de ella, «menospreció el oprobio» (He. 12:2). Después de todas estas burlas dolorosas, añadieron la de marchar frente a Él probablemente simulando un desfile, para saludarle en son de mofa con el acostumbrado «Ave, Caesar», que el griego vierte por «Alégrate» y equivale a nuestro «¡Viva el rey!» Pero el que de esta manera recibía regios saludos de burla, fue exaltado por Dios hasta lo sumo, y en su nombre ha de doblarse toda rodilla … y toda lengua ha de confesar que es el SEÑOR, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:9–11). «El que descendió (a las partes más bajas de la tierra) es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo» (Ef. 4:9–10).
II. Cuando los soldados quedaron satisfechos con esta burla, Pilato sacó a Jesús a la vista de los que le habían llevado al pretorio, a la espera de que, a la vista de tan lastimosa figura como la que ahora presentaba el Salvador, sus enemigos se sentirían movidos a compasión (vv. 4–5). Dos son las cosas que Pilato propone a la consideración de los demandantes del proceso:
1. Que no había hallado en el reo nada que supusiera una amenaza para el régimen romano: «Mirad, os lo traigo fuera, para que os deis cuenta de que no hallo en Él ningún delito» (v. 4). Pero, si no había hallado en Él ningún delito, ¿por qué lo volvía a presentar ante sus acusadores, en lugar de soltarle inmediatamente como era su obligación? Pilato sigue pensando que la táctica más prudente en este delicado caso era agradar al pueblo mediante la flagelación de Cristo, al mismo tiempo que creía satisfacer los escrúpulos de su conciencia al hacer todo lo posible por librarle de ir al patíbulo. Pero la experiencia demuestra que, de ordinario quienes tratan de salvar su responsabilidad ante una obligación evidente y recurren a lo que suele llamarse «el mal menor», incurren en doble culpabilidad, pues emplean medios pecaminosos y fracasan en su objetivo de evitar lo peor. Aquí tiene aplicación el sabio consejo de Spurgeon a quien le sugería un compromiso de muy dudosa ética para «evitar peores consecuencias». Spurgeon respondió con toda energía: «El creyente tiene la obligación de cumplir con su deber; de las consecuencias se encargará Dios».
2. Que ya había propinado al reo un castigo suficiente, con lo que, bien escarmentado, no resultaría ya tan peligroso ni para ellos ni para el poder romano: «Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!» (v. 5). Muchas veces se ha interpretado esta última frase en el sentido de que Jesús era el paradigma de ser humano, el Hombre con mayúscula. Tal interpretación es absolutamente arbitraria, sin base alguna en el texto ni en el contexto. Jesús aparecía ahora como todo lo contrario a la dignidad de un ser humano (v. Is. 52:14; 53:2–4). Tampoco es sostenible la opinión de que Pilato expresaba con esta frase, el desprecio que sentía hacia este reo, a quien consideraba un visionario, no un criminal. La única interpretación que hace justicia a todo el contexto es que Pilato quería decir: «Fijaos cómo ha quedado este hombre (no dice «vuestro rey»; comp. con el v. 14); ¿no ha sufrido ya bastante? ¿Es menester aplicarle todavía el tormento de la crucifixión? ¿Es que tiene aún apariencia de insurrecto o de peligroso criminal?» No sabemos hasta qué punto el cobarde gobernador sintió algún brote de compasión hacia Jesús. Ciertamente, la visión de una apariencia tan lastimosa no sirvió en absoluto para ablandar el odio diabólico de los judíos contra Él. En cambio, para todo creyente genuino nunca es Jesús tan precioso y tan adorable como en este estado de extrema humillación con que aparece ante las turbas. Pedro expresa bien el contraste cuando, frente al desprecio que los malos edificadores de Israel sintieron contra la piedra angular que es Cristo, dice: «Para vosotros, pues, los que creéis, es de gran valor» (1 P. 2:7). En este episodio, como en todos los demás de su santísima vida y de su preciosísima muerte, hemos de tener «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (He. 12:2); y ya que su aparente miseria es el blasón de nuestra gloria y el pedestal de la suya propia mirándole a cara descubierta, iremos siendo transformados, incluso (y especialmente) en la participación de sus sufrimientos, de gloria en gloria a la misma imagen (2 Co. 3:18, comp. con Ro. 8:29).
III. Los enemigos de Jesús, lejos de enternecerse ante su vista, se exasperan todavía más y más (vv. 6–7). Veamos:
1. El clamoreo ultrajante de los jefes religiosos, así como de los subalternos: «Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, gritaron diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» (v. 6). Es posible que el común de la gente hubiese accedido a que el gobernador soltase a Jesús, pero los líderes estaban resueltos a que fuese cortado de la tierra de los vivientes. Su odio contra Jesús no podía ser más irracional y absurdo, puesto que el propio gobernador le había declarado inocente, y además, a pesar de ese veredicto, había infligido al Señor un horrible tormento. No se sacian con nada que no sea la crucifixión. Es inocente, pero debe ir al patíbulo. Ni la declaración de inocencia, ni la extremidad de la azotaina, ni lo admirable de su paciencia les había ablandado en un ápice su corazón obstinadamente duro y perverso. Si los enemigos de Jesús pidieron con tanta insistencia que fuese crucificado, ¿seremos nosotros fríos y remisos en pedir que sea coronado? Si le tenemos algún amor, ¿no haremos cuanto esté en nuestras manos para extender su reino «en nuestra conducta santa y en piedad, aguardando y apresurando la venida del día de Dios» (2 P. 3:11–12)?
2. El disgusto de Pilato ante esta terquedad, para él inexplicable, de los jefes religiosos. Exasperado por tal actitud, les dice: «Tomadle vosotros y crucificadle; porque yo no hallo delito en Él» (v. 6b). Es ya la tercera vez que, en el relato de Juan, repite Pilato esta última frase (v. también Mt. 27:23–24; Mr. 15:14; Lc. 23:4, 13–15, 22). Por supuesto, Pilato sabía (18:31) que los judíos no tenían autoridad para crucificar a Cristo; por eso, se descarga de su responsabilidad al devolverles el derecho a seguir con el proceso por cuenta de ellos. No quiere ser cómplice en este asunto, ya que ve claro que se trata de una persecución injusta, efecto únicamente de la envidia maliciosa de estos jerifaltes religiosos. Pero, por otra parte, comienza a tenerles miedo; por eso, no se decide a soltar al reo como debería haber hecho según su propia declaración de la inocencia de Jesús. Le faltó el coraje suficiente para obrar según los dictados de su conciencia.
3. La causa ulterior que los enemigos de Jesús alegan como razón para que se le condene a muerte:
«los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios» (v. 7). Vemos cómo se jactan de «su» ley. Tenían, sí, una ley excelente, pero en vano se jactaban de ella, al usarla para tan nefandos objetivos. Le acusan de hacerse a sí mismo Hijo de Dios. Pero no es que «se hiciera» Hijo de Dios. ¡Es que lo era! Era «el Unigénito Hijo de Dios» (1:18; 3:16). En efecto, esta alegación que Jesús hacía de sí mismo, o era la más horrible blasfemia, por la que habría merecido la pena de muerte, de acuerdo con Levítico 24:16, o era la más gloriosa verdad. Los obstinados miembros del Sanedrín se adherían tercamente a la primera alternativa; pero los portentosos milagros que refrendaban su misión divina, demostraban también que era lo que declaraba ser (v. p. ej., 3:2; 5:36; 9:33). Con esta alegación, los judíos se rebelan tácitamente contra el poder romano, al exigir al gobernador que dicte sentencia según unas normas peculiares del pueblo israelita, en las que el régimen romano no tenía por qué inmiscuirse. Por Mateo 26:66, vemos claramente que fue la propia confesión de su mesianidad, de su misión divina, y aun de su Deidad misma, la que realmente influyó en que Cristo fuese crucificado, aun cuando, al no servirles este cargo ante el gobernador romano, cambiaron de táctica para conseguir sus propósitos. No habían apelado antes al recurso que ponen en juego ahora, porque temían fundadamente que este cargo religioso no iba a impresionar al gobernador, pero echan mano de él al haber fracasado la vaga e infundada acusación primera de que era «malhechor».
IV. Al oír esto, Pilato se lleva de nuevo al preso al interior del pretorio para volver a interrogarle (vv. 9–11). Vemos:
1. El miedo que le entró a Pilato al oír esto: «Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo» (v. 8). Al enterarse de que el reo, no sólo pretendía ser rey, sino también Hijo de Dios, el gobernador comenzó a preocuparse seriamente. ¿Era este personaje un visionario, o, caso corriente en la mitología griega y romana, era un hijo de alguno de los dioses? El incidente que narra Mateo (27:19) le vendría ahora a las mientes con toda su fuerza, y el supersticioso, aunque filosóficamente escéptico, gobernador (18:38), se veía ahora en mayor apuro que antes, porque: (A) Si este hombre se arrogaba falsamente la dignidad divina era más difícil sustraerle a las iras del pueblo. Si no había podido pacificar a los que alegaban que Jesús se hacía rey, ¿cómo podría Pilato apaciguarles si acusaban a Jesús de hacerse Hijo de Dios? (B) Por otra parte, si realmente era hijo de uno de los dioses, ¿qué le ocurriría a él, pobre Pilato si se atrevía a condenarle a muerte? ¿No suscitaría con ello la cólera de Júpiter tonante, atrayendo sobre sí las maldiciones del Olimpo?
2. Ante esta perplejidad, Pilato vuelve a examinar a Jesús y comienza por preguntarle: «¿De dónde eres tú?» (v. 9). Analicemos en detalle todas las circunstancias:
(A) El lugar donde se llevó a cabo este segundo interrogatorio de Pilato: «Y entró otra vez en el pretorio». Así podía mantener una conversación privada con el reo, lejos de los gritos de los judíos y del bullicio de la calle. Esto tiene una aplicación espiritual para los creyentes, y aun para los sinceros buscadores de la verdad: Todos cuantos deseen hallar la verdad que hay en Jesús, deben apartarse del mundanal ruido y de todo prejuicio, y retirarse como si fuera a la sala del tribunal, al trono de gracia, para conversar a solas con nuestro Dios el Padre y con el Señor Jesús.
(B) La pregunta que Pilato hizo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Como si dijese: «¿Eres un hombre como los demás o un ser sobrenatural? ¿Eres de la tierra o del cielo? ¿Eres de abajo o de arriba? ¿Cuál es tu verdadero origen?»
(C) El silencio de Jesús ante esta pregunta: «Mas Jesús no le dio respuesta» (v. 9b). No le dio respuesta porque no la merecía. Un juez que, después de confesar públicamente, tres veces al menos, que Jesús era inocente, le había mandado azotar con toda la saña que los soldados romanos acostumbraban llevar a cabo la flagelación, no era digno de que Jesús le declarara su origen divino. Además, ya tenía suficiente información con lo que Jesús le había dicho en 18:36–37. Guardó, pues, silencio Jesús «encomendando la causa al que juzga justamente» (1 P. 2:23). Así se sometía obedientemente al designio de Dios para redención de la humanidad. Cuando el sumo sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» (Mr. 14:61), Jesús respondió: «Yo soy»; pero este Pilato no tenía noción alguna del Mesías, ni de que el Cristo pudiera ser el Hijo de Dios; por tanto, tampoco por este lado merecía ulterior información.
(D) El orgulloso gobernador se sintió ofendido por el silencio de Jesús: «Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?» (v. 10). Obsérvese cómo se engrandece Pilato a sí mismo, y se jacta de la autoridad que le compete como gobernador del país. Los hombres que ocupan altos cargos en la sociedad ya en el plano civil, ya en el militar, y aun en el eclesiástico, suelen hincharse por el poder que ejercen y la autoridad que tienen o detentan, y llevan muy a mal cualquier actitud de los súbditos que a ellos les parezca un desacato; y cuanto más absoluto y arbitrario es su poder, tanto más fuertes son los humos con que su altivez les encona. Pilato siente de sí tan alto, que le parece increíble que alguien se niegue a responderle:
«¿A mí no me hablas?» Como si dijese: «¿A mí, que tengo plenos poderes en este caso? (Nótese la posición del pronombre, tanto en el original, como en nuestra versión.) ¿Cómo te atreves a no contestar?
¿No te das cuenta de que soy el gobernador, en nombre del poder más temible de este mundo? ¿A mí, en cuyas manos está el soltarte o el llevarte al patíbulo?» Si Jesucristo hubiese deseado (contra el plan divino de la Redención, por supuesto; v. 10:18b) salvar su vida ésta era la ocasión de exponer su caso con todo detalle y declarar al gobernador su verdadera personalidad.
(E) La réplica pertinente de Jesús a esta jactancia de Pilato (v. 11):
(a) Le reprocha valientemente por su arrogancia: «Respondió Jesús: No tendrías ninguna autoridad contra mí, si no se te hubiera dado de arriba» (v. 11). Esta frase de Jesús puede interpretarse de dos maneras: Primera: «No Podrías hacer nada contra mí si no fuese porque la providencia de Dios lo permite para que se cumpla el objetivo para el que vine a este mundo». Esta interpretación es teológicamente cierta, pero este sentido habría resultado ininteligible para el pagano gobernador. Segunda: «No tendrías ningún poder sobre mí, si tu autoridad no te hubiese sido conferida por Dios», ya que «no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas» (Ro. 13:1). Esta es la única interpretación correcta, desde el punto de vista del texto y del contexto posterior. Aquí encaja perfectamente la queja de Asaf contra los jueces injustos: «Dios se levanta de la reunión de los jueces; en medio de los jueces juzga. ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente y aceptaréis las personas de los impíos?» (Sal. 82:1–2). Aun en el orden político, Pilato era un subalterno del emperador; pero ambos tenían un Amo superior (comp. con Ef. 6:9). Cristo se sometió humildemente a la autoridad de Pilato, mientras éste actuó según la ley; pero no dudó en hacerle caer en la cuenta de que su autoridad era delegada por Dios, cuando el gobernador se jactó de que estaba en su mano absolver o condenar al Salvador. Aprendan de aquí los opresores que hay Alguien más alto que ellos. Y aprendan también los oprimidos a no murmurar ni de los opresores ni de la Providencia, al saber que los perseguidores no pueden ir ni un milímetro más allá de lo que Dios les permita. Nunca se habría considerado Pilato a sí mismo tan grande como ahora, cuando ante su tribunal estaba de pie un preso de tal calibre que era tenido por muchos como rey de Israel, y aun como Hijo de Dios. Pero Cristo le hace saber aquí que no es sino un instrumento en las manos de Dios.
(b) Le excusa benignamente por su ignorancia: «por tanto, el que me ha entregado a ti, tiene mayor pecado» (v. 11b). Hay quienes opinan que Jesús se refiere aquí a Judas Iscariote; pero esto es muy improbable, ya que Judas había entregado a Jesús al Sanedrín, no al gobernador. Lo más probable es que se refiera al Sanedrín como corporación responsable de la decisión tomada en Mateo 26:66 y, en especial, a Caifás, representante máximo y autoridad suprema del Sanedrín (v. 11:49–53; 18:14). Jesús pues, no excusa a Pilato de pecado, un gran pecado, puesto que, a pesar de reconocer y declarar públicamente la inocencia de Jesús, lo condenaba a la flagelación y, en último término, al patíbulo; pero el pecado de Pilato tenía por motivos la ignorancia y el miedo, mientras que el de Caifás y el resto de los líderes religiosos tenía por motivo el odio y la envidia, sin poder escudarse en la ignorancia, puesto que conocían los oráculos de Dios, las profecías referentes al Mesías, y el cumplimiento de tales profecías en Jesús quien había demostrado abundantemente, mediante las obras que había llevado a cabo entre el pueblo, que era el Enviado de Dios. Con este texto, tenemos una prueba más de que no todos los pecados son iguales (v. también Mt. 10:15; 11:22; Mr. 6:11; Lc. 10:12, 14, así como Lc. 12:47–48). Efectivamente, todo el que quebranta un punto de la ley divina, se hace transgresor de la ley (Stg. 2:10–11), pues la infringe (1 Jn. 3:4) y se hace reo de muerte (Ro. 5:12; 6:23); pero hay pecados más graves que otros (Nm. 15:22–31); algunos, los más abominables, que se pueden evitar; otros, casi ineludibles, en los que todos ofendemos (v. Stg. 3:2 y ss.; 1 Jn. 1:8, 10).
V. Pilato forcejea con los judíos en su intento de librar a Jesús de las manos de ellos, pero en vano (vv. 12–15).
1. Pilato parece ahora más resuelto que antes a soltar a Jesús: «Desde entonces procuraba Pilato soltarle» (v. 12). El texto da a entender que Pilato se percató mejor que antes de que aquel hombre no podía ser un sedicioso, puesto que mostraba respeto hacia la autoridad, junto con una dignidad poco corriente, pues le recordaba al gobernador que su poder era delegado y limitado. Aun cuando Cristo hallaba falta en él, él hallaba cada vez menos falta en Jesús. Si el miedo no hubiese prevalecido sobre la justicia en el ánimo de Pilato, no sólo habría procurado soltar a Jesús, sino que lo habría hecho de inmediato.
2. Pero los judíos se enardecían tanto más cuanto más parecía acobardarse el gobernador. Continuaban en su resolución de dar muerte a Jesús y urgían al gobernador, con la misma violencia y el mismo clamor de antes a que dictara la necesaria sentencia. Se movían astutamente entre el pueblo (v. Mt. 27:24–25; Mr. 15:11, 15; Lc. 23:18, 23), a fin de que el veredicto de condenación de Jesús no pareciese designio de unos pocos, sino decisión unánime del pueblo. Así es como un grupo de malvados y locos (la historia se repite constantemente) engañan, fascinan y galvanizan a las masas, como a borregos sin ideas propias, y se imaginan así que representan la auténtica «voz del pueblo». Siempre parecen «mayoría» los que más gritan, y no pocas veces el mismo pueblo se percata, demasiado tarde, del error al que fueron conducidos por jefes arrogantes y sin escrúpulos. Es probable que, mientras Pilato mantenía este segundo diálogo con Jesús, los principales sacerdotes, temerosos de que se les escapara de las manos la presa, y al ver que el cargo de blasfemia contra Jesús hacía poca mella en el ánimo del procurador y aun resultaba contraproducente (como se veía en el miedo de Pilato), recurrieran a un argumento personal, de carácter político, contra Pilato. Este recurso iba a resultar definitivamente eficaz: «Si sueltas a éste, no eres amigo del César, todo el que se hace rey, se opone al César» (v. 12b). Recordemos que el emperador a la sazón era el suspicaz Tiberio. Pilato se dio cuenta rápidamente de lo que esas palabras implicaban. Sabía muy bien que estos judíos mentían en su aparente celo por el honor del César, cuando en su interior odiaban el régimen romano y le eran enteramente desleales. Por otra parte, ni la conducta de Jesús ni su reino «no de este mundo» ofrecían peligro alguno contra el régimen romano (v. Mt. 22:21; Mr. 12:17; Lc. 20:25). Pero bastaba la sospecha de que esta gente informara al César de la lenidad del gobernador al dejar impune a quien presentaban como oponente del emperador, para que Pilato temblara ante el solo pensamiento de que un mal paso en este proceso podía costarle, no sólo el cargo, sino también la cabeza. ¡Cuántas veces un pretendido celo por lo que es bueno sirve para cubrir una real oposición malvada contra lo que es mejor! Los enemigos de la religión siempre se han servido de este artificio del «bien común», de la «paz pública» o de la «unidad nacional», a fin de presentar al cristianismo como perjudicial para los países o los reyes y gobernantes de las naciones, cuando la verdad es que no hay cosa tan beneficiosa para el orden social, civil y político como la práctica, a todos los niveles, de las normas del Evangelio.
3. Todavía se esforzó Pilato, aunque con menos ánimo y peor táctica que antes, en librar a Jesús de la furia del pueblo. Cuando más seguro estaba de la inocencia de Jesús (v. 12), el curso de los acontecimientos lo arrastró a firmar la injusta sentencia como si fuese del todo impotente para oponerse al torbellino en que se veía sumido (vv. 13–15). Se rindió, pues, al fin para que se cumpliera el designio divino de nuestra redención (Hch. 2:23). Vemos:
(A) Lo que turbó decisivamente el ánimo de Pilato: «Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús» (v. 13). Pilato, ya vencido, va a sentarse en el tribunal para dictar sentencia, pero antes va a lanzar su punzante ironía, su sajante sarcasmo, contra aquellos impíos líderes del pueblo judío y contra la loca multitud que les hacía coro. Pero todo esto, incluido el posterior lavamiento de las manos (Mt. 27:24) con el que pretendía descargarse de la culpabilidad que acarreaba la condenación de un inocente (v. Dt. 21:67), no excusaba en manera alguna la injusticia del gobernador. Quienes hacen depender su felicidad del favor que puedan obtener de los magnates de este mundo, se convierten en fácil presa de las tentaciones de Satanás.
(B) La preparación ceremoniosa para dictar la sentencia sobre el caso en cuestión: Pilato «se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado (griego Lithóstrotos), y en hebreo Gabatá» (v. 13b). Aunque algunos exegetas de nota opinan que Pilato sentó a Jesús en el tribunal, antes de pronunciar él mismo la sentencia, con lo que se explicaría mejor la expresión sarcástica: «¡He aquí vuestro Rey!» (v. 14b), la opinión más probable es la que adoptamos en nuestra versión (la cual, por lo demás, es la que adoptan las versiones de todos los colores y de todos los idiomas). Dos razones principales apoyan nuestro aserto: (a) Si el texto quisiera dar a entender que Pilato sentó a Jesús, es extraño que, contra el uso gramatical corriente, no aparezca el pronombre autón después del verbo ekáthisen. (b) Es muy improbable que, precisamente ahora, cuando mayor era el temor que Pilato sentía ante el supuesto origen divino de Jesús, y cuando mayor era el encono que sentía hacia estos hipócritas judíos, fuese a rebajarse a sí mismo y degradar el propio tribunal oficial mediante este gesto de mal gusto y de inútil burla. Damos, pues, por supuesto que fue Pilato quien se sentó para dar sentencia. Notemos con qué meticulosidad nos refiere Juan todas las circunstancias de lugar y tiempo en que fue dictada contra Jesús la sentencia de condenación:
Primero, el lugar: «En el lugar llamado el Enlosado (da el nombre griego Lithóstrotos, para inteligencia de los gentiles), y en hebreo Gabatá», lugar, sin duda, en que se solía pronunciar la sentencia contra los reos de cualquier delito de carácter no religioso. Es probable que este lugar sea el mismo que fue excavado hacia el 1930 en las cercanías de la Torre Antonia.
Segundo, el día: «Era la preparación de la Pascua» (v. 14). Esta expresión no significa que tal día fuese cuando se preparaba la Cena Pascual, sino simplemente que era el Viernes de la semana de Pascua (v. 13:1; 18:28, y comp. con Mr. 15:42; Lc. 23:54). Era el tiempo en que los judíos deberían haber estado ocupados en purificar de la vieja levadura todos los lugares y prepararse debidamente para la celebración de la gran fiesta de la Pascua; pero, cuanto más santo era el día, tanto más malvada era su conducta.
Tercero, la hora: «Era … como la hora sexta». Hay algunos MSS que dicen «tercera», lo cual, si se entiende según el modo judío de computar las horas del día, concordaría con Mateo 27:45, donde vemos que «desde la hora sexta», es decir, desde el mediodía, «hubo tinieblas …»; esto supondría que Jesús fue crucificado antes del mediodía, concordaría, sobre todo, con Marcos 15:25, donde leemos: «Era la hora tercera cuando le crucificaron»; es decir, a partir de las nueve de la mañana. Pero la casi unanimidad de MSS y códices leen en Juan 19:14 «sexta», no «tercera». Por otra parte, es muy de notar que Juan no dice que fue crucificado en la hora sexta, sino que era «como la hora sexta», con lo que bien pudo ser entre las seis y las siete de la mañana, no cuando fue crucificado, sino cuando Pilato le sacó del pretorio, y todavía tuvo un diálogo, más o menos largo, con los judíos antes de dictar la sentencia de muerte. Todo ello nos persuade de que, como prueba abundantemente Hendriksen, Juan da el cómputo romano de las horas, tanto aquí como en 1:39; 4:6, 52, con lo que se resolvería una de las más graves aparentes incongruencias o discordancias de los Evangelios, pues entonces ese «como la hora sexta» indicaría algún tiempo después de las seis de la mañana; así habría tiempo para que se diese fin al proceso, se dictase la sentencia, se escribiera la inscripción que había de figurar en lo alto de la cruz de Jesús, así como la de los otros dos ladrones, se organizara la comitiva en la que los sentenciados a muerte serían conducidos al Calvario, y comenzase la crucifixión pasadas ya las nueve (según Marcos); después de las primeras palabras de Jesús y las burlas e insultos de los que asistían al espectáculo o pasaban por allí, vendría la oscuridad indicadora del desamparo de Dios (hacia el mediodía, según Mateo); hacia las tres de la tarde, cesaron las tinieblas se produjo el grito de Jesús que narran Mateo y Marcos y ocurrió el resto de los episodios que narran los evangelistas (en especial, Jn. 19:25 y ss.), hasta la muerte de Jesús antes de las seis de la tarde, y su sepelio antes de la puesta del sol, que a mediados de abril vendría a ocurrir pasadas las seis y media. Todo esto nos indica que, precisamente en las horas en que los sacerdotes deberían estar ocupados en los servicios del templo, estaban ocupados en este inicuo servicio de procurar, y conseguir, la muerte del «Cordero de Dios». No obstante, habría en el templo algunos sacerdotes que contemplasen horrorizados cómo se rasgaba de arriba abajo el velo del templo al expirar Jesús.
(C) El diálogo final de Pilato con los judíos, en el que, incapaz ya de contener las iras de los jefes religiosos, volcó sobre ellos su más punzante ironía: «Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey!» Como si dijese: «Mirad, este hombre es el que vosotros decís que es un pretendiente a la corona. ¿Acaso puede este hombre flagelado, indefenso, al que demandáis para ser sentenciado a la muerte más horrible e ignominiosa, ser un peligro para el gobierno de mi nación?» A pesar de que Pilato decía esto con sarcasmo, era como el eco de la voz de Dios contra ellos. Cristo, coronado ahora de espinas, es presentado al pueblo como un rey en el día de su coronación: «Mirad a vuestro rey». Pero ellos gritaron en el colmo de su irritación: «¡Fuera, fuera, crucifícale!» (v. 15). Como si dijesen: «¡Quítalo de nuestra vista! No lo reconocemos por rey. Ni siquiera lo queremos reconocer como perteneciente a nuestro pueblo (1:11). ¡Que sea cortado de la tierra de los vivientes y del país en el que se invoca al Dios viviente!» Pero, si Cristo no hubiese sido rechazado de esta manera por los hombres, nosotros habríamos sido rechazados para siempre por Dios. Esto nos muestra de qué modo hemos de tratar nuestros pecados, cuando una praxis voluntaria de pecado es tenida en la Escritura (v. He. 6:6, comp. con 10:9) como una renovación de la impiedad judía al crucificar al Señor Jesucristo, exponiéndole a la pública ignominia. Es el pecado al que hemos de crucificar (Ro. 6:6; 8:13), al «yo» pecador (Gá. 2:20), a semejanza de lo que Cristo hizo en la Cruz (v. Ro. 8:3). Con piadosa y santa indignación, deberíamos quebrantar el pecado en nosotros así como los judíos quebrantaron, con impía y malvada indignación, al que fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21). Pilato para poner de relieve con mayor fuerza lo impropio de la paradoja que ellos demandaban, repite con un énfasis evidente, tanto en el original como en nuestras versiones: «¿A VUESTRO REY he de crucificar?» (Nótese el orden de las palabras.) Con estas palabras ponía de manifiesto con mayor fuerza la notoria hipocresía de los judíos. Esta hipocresía cobraba su extremo más inaudito cuando «respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César». ¡Cierto! Si rechazaban al que las profecías del Antiguo Testamento y las realidades notorias de la persona y las obras de Cristo señalaban como al Rey-Mesías de Israel, no les quedaba otro rey que el emperador Tiberio, el César reinante a la sazón en Roma. ¿Agradaría a Pilato esta declaración? Le hubiera agradado, sin duda, si la hubieran expresado con sinceridad. Pero Pilato sabía muy bien que pronunciaban una rotunda mentira, pues conocía la deslealtad habitual en estos jefes religiosos hacia el régimen opresor. Y, lo que era mucho peor para el gobernador, esta declaración entrañaba una implícita, pero bien clara, amenaza contra él mismo, ya que venía a decir: «Nosotros no reconocemos otro rey que el César pero ¿qué dices tú? ¿No muestras tu deslealtad hacia el emperador, al repetir con insistencia que ese hombre es nuestro rey?» Pero Dios, el gran Soberano del Universo, les iba a dar su merecido (v. Ro. 11:25). Apelaban al César, no en el sentido de justicia que Pablo reclamaba para su defensa (Hch. 25:11–12), sino en su injusta sed de la sangre del Justo. ¡Y a César irían! Dentro de pocos años, Dios les daría de sobra del
«generoso» trato de sus amados Césares (comp. con Ap. 18:6). De aquí en adelante, se irían rebelando, cada vez con más furia e imprudencia, contra los Césares romanos, y los Césares les iban a tratar cada vez con mayor tiranía hasta culminar en la destrucción total de la ciudad santa y en la horrible masacre de sus habitantes. Cuando una persona o una nación rechaza a Cristo de esta manera, y muestra preferencia por lo que ofende al Señor, Dios usa esto mismo como un terrible azote, como una plaga desoladora, contra los infractores. Y el propio diablo paga con esta miserable moneda a los que así le sirven (Ro. 6:23).
Versículos 16–18
Relato de la sentencia de muerte que fue dictada contra el Señor Jesús, y de la subsiguiente crucifixión que se llevó a cabo de acuerdo con la sentencia, sin dilación alguna. El conflicto que se había librado, con tanta violencia, en el interior de Pilato, había concluido. Sus convicciones habían cedido al empuje de su cobardía y de su corrupción, el temor a los hombres había prevalecido en él sobre el temor de Dios, de esta manera, era inevitable que llegase a una conclusión insensata, por cuanto «el principio de la sabiduría es el temor de Jehová» (Pr. 1:7; 9:10). Así, pues:
I. Pilato dictó la sentencia de muerte contra Jesús y «lo entregó a ellos para que fuese crucificado» (v. 16). El gobernador obró así, notoriamente y sin excusa alguna, contra su propia conciencia, puesto que repetidamente había declarado la inocencia de Jesús y no obstante, le condenaba como a reo de muerte. El temor a ser acusado ante el César de deslealtad a su soberano le hizo cometer una tremenda injusticia antes que desagradar a los principales sacerdotes, de cuya maldad e hipocresía no le cabía duda (v. Mt. 27:18; Mr. 15:10). Por otra parte, la Historia nos dice que Pilato era de un ánimo resuelto e implacable. Lo mostró incluso a continuación, después de firmar la sentencia de muerte contra Jesús (v. 22). Pero precisamente esto agrava su pecado, pues el que un hombre de suyo resuelto en otras ocasiones, y de resoluciones drásticas e implacables (v. Lc. 13:1), fuese doblegado en esta ocasión por los gritos del pueblo y las veladas amenazas de los principales sacerdotes, muestra la perversidad de su carácter, al preferir cauterizar su conciencia (comp. con 1 Ti. 4:2) antes que hacer justicia en una causa que no le ofrecía dudas. Al lavarse las manos, intentó descargar sobre los judíos su culpabilidad (Mt. 27:24) pero no hay detergente capaz de borrar esa culpa la cual sólo se limpia con la sangre de Cristo (1 Jn. 1:7), pero no para los que la derraman, sino para los que la recogen (6:53–55). Entregó a Jesús a ellos, a los demandantes del caso, a los principales sacerdotes y a los demás miembros del Sanedrín, como dando a entender que no era él quien le llevaba al suplicio sino que sólo lo permitía, como haciendo la vista gorda ante los que en realidad le iban a clavar en la cruz.
II. Tan pronto como Pilato firmó el tan deseado veredicto y les entregó el reo, ellos no perdieron tiempo, resueltos a salirse con la suya antes de que el gobernador tuviese tiempo de cambiar de parecer. Tenían también la excusa de evitar que tomara cuerpo el tumulto que se formaba entre el pueblo (v. Mt. 27:24). ¡Qué bien nos iría a nosotros si tan expeditos fuésemos para hacer el bien como lo son los enemigos de Cristo para hacer el mal! Nosotros nos mostramos remisos ante las dificultades, cuando ellos se apresuran a superar los obstáculos que se cruzan en su camino de maldad.
1. «Tomaron, pues, a Jesús y le llevaron» (v. 16b). Se dieron buena prisa a llevarse consigo al reo. Los principales sacerdotes se lanzaron con avidez sobre la presa que por tanto tiempo habían codiciado ansiosamente. Dice Juan que lo entregó a ellos … y le llevaron, porque ellos eran los agentes principales, aunque usaron a los soldados romanos para llevar a cabo la conducción de Jesús hasta el Gólgota y su crucifixión (vv. 23–24). Según la ley de Moisés, los demandantes del caso tenían que ser los ejecutores del reo, y los sacerdotes estaban orgullosos de su oficio, pero no era necesario, ni posible, que ellos mismos se mancharan las manos de sangre, puesto que la ejecución era ahora competencia de la cohorte romana. Jesús fue conducido preso, para que nosotros podamos escapar con plena libertad.
2. Como era costumbre en estos casos, hicieron que Jesús cargase su cruz (comp. con Lc. 14:27), pues todo el que era crucificado tenía asignada su propia cruz. Aun cuando sabemos por los demás evangelistas que, en vista de la debilidad de Jesús, hubieron de obligar a Simón de Cirene a que le llevara la cruz gran parte del trayecto, no cabe duda de que Jesús la llevó por suficiente tiempo como para que su cuerpo cansado se resintiese del peso del madero, y sus hombros llagados por la flagelación se doliesen terriblemente con la fricción constante de la cruz. Cada paso renovaría el intenso sufrimiento; incluso los golpes del madero contra el capacete de espinas que cubría y rodeaba su cabeza se harían inevitables. Sin embargo, todo lo soportó impertérrito y en silencio, como estaba profetizado de Él (v. Is. 53:7). Fue hecho maldición por nosotros (Gá. 3:13) y, por eso, tuvo que llevar sobre sí la cruz. Con esto nos enseñó el Maestro a todos sus discípulos a tomar cada uno nuestra cruz (Lc. 14:27) y seguirle. De nada sirve tomar una cruz, por pesada que sea, si no es en seguimiento de Cristo y por amor a Él y a nuestros prójimos (v. 1 Co. 13:3). Sea cualquiera la cruz que Él mande tomar, y en cualquier tiempo y lugar que nos lo mande, recordemos siempre que Él, el santo e inocente Hijo de Dios, llevó primero la cruz más pesada de todas. Discuten los exegetas dos detalles acerca de la cruz de Cristo:
(A) Opinan algunos que Cristo llevó solamente el travesaño de la cruz o palo horizontal sobre el que estaba inscrita la causa de la sentencia (en el caso de Jesús, v. 19). Otros piensan que Simón de Cirene llevaba el palo largo o vertical. En este, como en otros detalles de la crucifixión, la imaginería religiosa, a lo largo de los siglos, ha inventado suposiciones para todos los gustos. El texto sagrado no presta ninguna base para esta última suposición. Tampoco puede admitirse que la cruz tuviese el enorme tamaño con que aparece en algunos cuadros de famosos pintores, aun cuando de seguro sería lo suficientemente grande y fuerte como para soportar el peso de cualquier condenado a muerte, y no demasiado pesada para que así fuese acarreada por el propio reo.
(B) Mucho se ha discutido también sobre la forma de la cruz: (a) en cuanto a la figura misma, la opinión hoy más corriente es que tenía la forma de una T, pero el hecho de que el título fue colocado «sobre la cruz» (v. 19) favorece a la opinión de que, como aparece en la imaginería artística y popular, tenía la forma de la cruz latina (t). Esta forma se presta a ciertas consideraciones devocionales aunque fundadas en meros simbolismos, no en el sentido literal del texto sagrado: Primera, la cruz vista desde arriba tiene la forma de una espada, con lo que se simboliza la ira de Dios que, como la espada de Damocles, pende sobre el pecador y descargó su golpe contra Jesús porque fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21); segunda, vista desde abajo parece una barrera que nos impide el acceso a Dios; tercera, vista de frente parece una balanza en la que la justicia divina coloca nuestros pecados, pero éstos quedan ocultos bajo los ensangrentados brazos de Cristo; cuarta, vista oblicuamente parece un arado, con el que los impíos aradores araron las espaldas de Jesús (en realidad, en la flagelación; Sal. 129:3, comp. con Is. 50:6); pero es menester arar la tierra para sembrar el grano (12:24), y sólo con esta labranza en nuestro propio ser, podemos ser imitadores de Cristo (12:26), pues, como ha escrito un poeta contemporáneo, «sólo así germina el santo»; quinta, la cruz es, en su propia figura, una contradicción; por eso, cruzamos las palabras y las cifras que queremos corregir o anular. Cristo en la cruz es así «signo de contradicción» (Lc. 2:34), no sólo por la oposición que hubo de soportar de parte de sus enemigos («tal contradicción de pecadores contra sí mismo»; He. 12:3), sino por ser también símbolo de la contradicción que implica el pecado (el palo horizontal de nuestra propia voluntad) contra la ley de Dios (el palo vertical de la voluntad divina, que nos viene de «arriba»). Por eso, cuando nuestra voluntad se somete por completo a la divina y se pone en línea con ella (comp. con el contraste de Is. 55:8 a la vista de Is. 59:2), la cruz deja de ser contradicción y, en dos líneas paralelas, perpendiculares a nuestro suelo, nos ofrece la figura de una escalera que nos facilita el acceso al cielo; (b) en cuanto al material mismo (madera basta o cepillada), aunque el texto sagrado usa varias veces el vocablo griego xúlon = madero (Hch. 5:30; 10:39; 13:29; 1 P. 2:24), no es probable que fuese un madero sin desbastar, aunque no puede descartarse, sin más la posibilidad de que así fuese, ante la innegable evidencia del uso de tales maderos, y aun de maderos en forma de horca, para la ejecución de criminales en aquel tiempo. Ciertamente, el uso de un árbol en forma de horca facilitaría el acarreo del mismo por parte del reo, como hace notar Ryle para no descartar toda probabilidad en favor de tal opinión.
3. Llevaron a Jesús al lugar de la ejecución: «Salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo (es decir, arameo), Golgotá» (v. 17b). Aquí son de considerar los siguientes detalles:
(A) El llevar Él mismo la cruz añadía mayor infamia al suplicio, especialmente cuando hubo de llevarla solo, sin ayuda de nadie, antes de que la cargaran sobre Simón de Cirene.
(B) La crucifixión, «colgar del madero» era ya una maldición (Dt. 21:23) cuando se colgaba el cadáver después de la muerte por apedreamiento mucho más cuando el colgado estaba aún vivo (Gá. 3:13). El horror de la crucifixión aparece todavía mayor cuando se observa el procedimiento usado en versículos 31–33, aunque esto no hubo necesidad de aplicarlo al Señor (v. también 1 Co. 1:23; Fil. 2:8).
(C) Otro elemento que añade oprobio a la cruz de Jesús es que, en señal de maldición y de vituperio, fue sacado de la ciudad para su ejecución, como se hace notar en Hebreos 13:12–13, en consonancia con Éxodo 29:14; Levítico 4:12, 21; 9:11; 16:27; Números 19:3.
(D) Finalmente, fue sacado al lugar de ejecución de los malhechores comunes. Este lugar se llamaba «de la Calavera», no porque se dejasen allí los cráneos (o todos los huesos) de los ejecutados, lo cual habría constituido un lugar de contaminación inaccesible para los judíos, sino porque, con la mayor probabilidad, tenía la forma de un cráneo. Una antigua leyenda dice que allí había sido sepultado nuestro primer padre, el Primer Adán, con lo que el Postrer Adán, Jesús, venía a destruir con su muerte el poder de la muerte con que el Primer Adán infectó a la raza humana (Ro. 5:12). Pero esta leyenda tiene tan poco fundamento como la que pretende que el árbol del que se hizo la cruz para Jesús fue sacado de un retoño del antiguo árbol de la vida del Paraíso. Si hemos de tomar literalmente el texto sagrado, el verdadero árbol de la vida se hallará en el Paraíso Recuperado de Apocalipsis 22:2.
4. Allí le crucificaron en medio de dos malhechores: «Y allí le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio» (v. 18). Nótese:
(A) Una vez más, la forma tan cruel que tomó la muerte de Cristo, como pone de relieve Pablo cuando dice: «obediente hasta la muerte, y MUERTE DE CRUZ» (Fil. 2:8b): una muerte cruenta, dolorosa, llena de ignominia y maldición. Pero fue levantado como la serpiente de bronce (3:14–15) para curarnos del cáncer del pecado; y sus brazos fueron extendidos y clavados: (a) para interceder por nosotros infatigablemente (comp. con Éx. 17:8–15, con el final de «YHWH-Nissí» = «Jehová es mi bandera», porque la Cruz de Cristo es nuestra bandera); (b) para recibir con los brazos abiertos a todo el que se allegue con fe a Él (comp. con 6:37). ¿Y habrá quien desespere de llegar a Él, o quien espere salvarse a no ser por fe en Él?
(B) La compañía en que murió: «en medio de dos malhechores». Nótese el meticuloso detalle que nos refiere Juan. Ya era bastante con ser crucificado en compañía de otros dos malhechores pues eso daba a entender a cualquier persona que contemplara la escena, que Jesús era un malhechor común como los otros dos pero el detalle enfatizado por Juan de que Jesús fue crucificado en medio significaba que era el peor de los tres y, por eso, se le colocaba en el lugar más visible y oprobioso. Así se cumplía la Escritura que dice: «Se dispuso con los impíos su sepultura … y fue contado con los pecadores» (Is. 53:9, 12).
Hagamos aquí una pausa y, con los ojos de la fe, contemplemos a Jesús pendiente de la cruz. ¿Hubo jamás un dolor semejante a este dolor? ¿Mayor pena para menor culpa propia? Veámosle sufriendo, veámosle sangrando, veámosle muriendo, y, al verle así, amémosle, vivamos para Él, para servirle, para glorificarle, para ofrecerle toda nuestra vida. ¿Seremos tan ingratos y tan locos como para no ofrecer nuestra vida hasta la muerte al que murió para ofrecer sentido eterno a nuestra vida?
Versículos 19–30
Algunas circunstancias muy notables de la muerte de Cristo, que Juan nos refiere con más detalles que los otros evangelistas, quienes, a su vez, complementan los detalles que Juan relata.
I. El título puesto sobre la cabeza de Jesús. Veamos:
1. La inscripción misma que Pilato escribió y mandó colocar en lo alto de la cruz para dar a conocer la causa por la que el reo había sido condenado a muerte (v. 19). La inscripción decía: «ÉSTE ES JESÚS NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS» (v. 19b), aunque Juan no menciona las dos primeras palabras, que son suplidas por Mateo (27:37) y Lucas (23:38). La intención de Pilato era dar a entender, como cargo criminal, que este Jesús de Nazaret pretendía ser el rey de los judíos, poniéndose así en oposición abierta al César romano. Pero Dios, en su admirable providencia, hizo que Pilato escribiese aquí: (A) Una gran verdad, porque, en efecto, Jesucristo es el rey de Israel, que había de reinar para siempre sobre la casa de Jacob (Lc. 1:32–33); su honor, su dignidad, su poder sin par se declaraban así a todo espectador. Era Jesús, el Salvador del pueblo, como el propio Caifás había profetizado contra su voluntad (11:51; 18:14), que moría llevando sobre sí el pecado del mundo (1:29). (B) Un testimonio de la inocencia de Jesús y, por tanto, de la tremenda injusticia cometida contra Él al condenarle a muerte, puesto que el título escrito sobre la cruz no alegaba ningún delito merecedor de condena, especialmente en la forma que se expresaba la causa, como los mismos enemigos de Cristo le hicieron notar al gobernador (v. 21).
2. La notoriedad que adquirió esta inscripción: «Y muchos de los judíos leyeron este título» (v. 20). No sólo los judíos que, por aquellas fechas, residían en Jerusalén, sino también todos aquellos que habían subido a la capital para la celebración de la Pascua y que habían llegado hasta de lugares muy lejanos. Al ser tantos los que leyeron este título, por fuerza fueron muchas y muy diversas las consideraciones y especulaciones a las que dio lugar. Cristo se constituía así en la gran «señal» por la que la humanidad quedaría dividida en dos mitades: los que aceptarían a Cristo como a Salvador, y los que le rechazarían como a impostor. Su vida, su doctrina y sus milagros no dejaban lugar a duda en cuanto a quiénes les servía de «olor de muerte para muerte», y a quiénes les servía de «olor de vida para vida» (2 Co. 2:14– 16). Juan da dos razones que explican esta notoriedad: (A) «Porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad». Todos desde cualquier dirección que tomasen para ir a Jerusalén a celebrar la Pascua, habían de pasar cerca del lugar en que Cristo pendía de la cruz en aquella tarde en la que la mayoría de los peregrinos se llegaban a la ciudad. (B) «Y estaba escrito en hebreo (es decir, en arameo), en griego y en latín.» En el lenguaje de la religión, en el lenguaje de la cultura y del comercio, y en el lenguaje oficial del poder. Todos los que asistieran a la crucifixión, lo mismo que los viandantes que pasasen por aquel lugar, sentirían gran curiosidad en saber la causa por la que pendía de la cruz aquel hombre; y todos podrían enterarse: los soldados y demás funcionarios del régimen imperante lo entenderían en el latín; los prosélitos y los judíos que vivían fuera del país y quizás habían olvidado el idioma patrio, lo entenderían en griego; los habitantes de la nación judía, en su propio idioma. Por tanto, todo el mundo pudo leer el título. Como dice Hendriksen: «Aquí hay un Salvador de resonancia internacional». El hecho de que la Biblia y, entre los escritos sagrados, los Evangelios especialmente estén traducidos a la mayoría de los idiomas y dialectos de este mundo, es también una señal, no sólo de esta resonancia internacional de Jesús, sino de la necesidad de que todos le conozcan para ser salvos y llegar al conocimiento de la verdad (v. Hch. 4:12; 1 Ti. 2:4–5).
3. La ofensa que al leer este título, sintieron los enemigos de Jesús (v. 21): «Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: el Rey de los judíos, sino que Él dijo: Soy Rey de los judíos». Los jefes religiosos de Israel se sintieron profundamente ofendidos e insultados con la forma en que Pilato expuso en la inscripción la causa de la condena de Jesús, puesto que presentaba, contra la intención del propio gobernador, a Jesús como legítimo rey de los judíos, no como un usurpador, según ellos le tenían por tal, y aun el mismo Pilato. Dios escribía derecho con líneas torcidas, como suele decirse, conforme lo había hecho por medio de la burra de Balaam y del propio Caifás, sumo sacerdote a la sazón. Tanto mayor sería la ofensa de estos hipócritas cuanto que sabían muy bien que eran ellos mismos los que habían forzado a Pilato, por medio de sus malas artes, a dictar sentencia de muerte contra Cristo, a pesar de conocer él que Jesús era inocente y que se lo habían llevado únicamente por envidia. Piensa Hendriksen que es muy probable que Pilato escribiese adrede el título de esta forma, a fin de vengarse de alguna manera de estos impertinentes e hipócritas judíos. Lo mismo piensa Ryle, quien señala el carácter irónico de la expresión.
4. La resolución de Pilato de no cambiar en nada el título que había escrito: «Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito», es decir, «escrito tiene que permanecer». La inmensa mayoría de los comentaristas interpretan estas palabras de Pilato como un escape de coraje tardío, por el que el gobernador, cansado de ser juguete de los jefes religiosos de Jerusalén, mostraba su resolución a no dejarse intimidar por más tiempo. Sin embargo, el sentido más probable de la frase, de acuerdo con las normas legales del derecho romano, es: «Lo que he escrito, tiene que quedar escrito, porque una vez dictada la sentencia y el cargo presentado, no se pueden alterar las fórmulas». Toda otra consideración: Que Pilato reconocía así la dignidad regia de Cristo mientras los propios judíos lo rechazaban como a Rey-Mesías del pueblo; que así les demostraba la injusticia que habían cometido al procesar a Jesús ante su tribunal, etc., no pasan de ser reflexiones piadosas sin fundamento alguno. Hay quienes llegan a decir que, aunque en secreto, ¡el propio Pilato era cristiano! Es notable la aplicación que de este versículo hace Agustín de Hipona al decir: «Si un hombre como Pilato pudo decir. Lo que he escrito, he escrito, y no lo voy a alterar, ¿podemos imaginar que Dios vaya a borrar algo de lo que ha escrito en su Libro?»
II. El reparto de las vestiduras de Jesús entre los ejecutores de la crucifixión (vv. 23–24). Para esta tarea, en la que el reo era clavado en tierra y levantado después en alto, fueron empleados cuatro soldados, uno por cada clavo. Las vestiduras del reo les eran concedidas como propina por su actuación. Así que «tomaron los vestidos de Él e hicieron cuatro partes, una para cada soldado» (v. 23). Esto se refiere a la vestidura exterior, pues se nos dice a continuación, respecto a la túnica interior: «Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos y sobre mi ropa echaron suertes. Y esto es precisamente lo que hicieron los soldados» (vv. 23–24, comp. con Sal. 22:18). A la luz de Marcos 15:24, parece ser que los soldados echaron suertes, no sólo sobre la túnica sin costura, para ver a quién le tocaría, sino también sobre el resto de la vestimenta. Ni la profecía ni el versículo 23 de la presente porción dan motivo para pensar que los soldados rasgaron en cuatro partes el manto exterior, sino que echaron a suertes las cuatro piezas de dicha vestimenta. Hendriksen sugiere que estas cuatro piezas eran: la cofia o turbante, las sandalias, el cinto o faja, y el manto. En cambio, si hubieran repartido la túnica, rasgándola en cuatro partes de nada le habría servido a ninguno de ellos. Sólo la suerte, sin duda a los dados, había de determinar a quién le tocaría esta especie de lotería. Consideremos aquí cuatro detalles que pueden servir para nuestra edificación:
1. La vergüenza a la que fue expuesto el Señor Jesús. No sólo torturado, sino desnudado a la vista de todos, para llevar también sobre sí este fruto del pecado (v. Gn. 3:7; 10–11, 21, comp. con Ap. 7:13–14).
«De seguro—dice Hendriksen—que si lo que hizo Cam a su padre Noé es mencionado especialmente como señal de su malvado carácter, lo que los soldados hicieron a Jesús al desnudarle y repartir entre ellos sus vestiduras debería llenarnos de horror, el cual se sugiere en la frase de Juan: Y esto es precisamente lo que hicieron los soldados.» Conforme a la imaginería religiosa que, por pudor, cubre con un lienzo el cuerpo del Señor desde la cintura a los muslos, hay autores que opinan que los soldados le pusieron efectivamente ese lienzo, pero el texto sagrado no garantiza tal opinión.
2. No se nos dice que la túnica sin costura tuviese especial valor. Una leyenda dice que la madre de Jesús le había confeccionado esta túnica cuando aún era niño, lo cual no puede ser más descabellado. Igualmente es producto de la imaginación la leyenda de que dicha túnica se halla en la ciudad de Treves o en otros lugares. Desde Agustín de Hipona, dicha túnica sin costura ha venido a ser símbolo en la Iglesia de Roma de la unidad indivisible de la Iglesia, de forma que todo aquel que se separa de la estructura exterior de dicha Iglesia no tiene ya nada que ver con esa túnica. También esto es sacar las cosas de quicio.
3. El cumplimiento, en esto, de la profecía del Salmo 22:18, citada aquí de la versión de los LXX. Aunque ciertos detalles de este salmo se cumplieron directamente en David, otros, especialmente los mencionados en los versículos 12–18, se cumplieron directamente en Cristo, mientras que en David tuvieron un carácter meramente figurativo y metafórico. A propósito de esta profecía, Hendriksen menciona el estudio del Dr. J. F. Free, quien, de acuerdo con el llamado cómputo del canónigo Liddon, asegura que en el Antiguo Testamento se hallan 332 profecías que se cumplieron literalmente en Cristo, lo cual es una prueba contundente de la inspiración divina de las Escrituras, ya que la probabilidad natural de que todas esas profecías se cumpliesen en un solo ser humano puede representarse matemáticamente en una fracción o quebrado, en que la unidad es presentada sobre la cifra 84 ¡seguida de noventa y siete ceros!
III. El interés que, en medio de su agonía, mostró Jesús por su pobre madre.
1. La madre de Jesús (Ryle hace notar que el texto sagrado nunca la nombra como «la Virgen María») estaba junto a la cruz en que su hijo moría como un criminal (v. 25). Al comparar la lista de Juan con las de Mateo y Marcos, parece claro que, aparte del propio Juan, eran cuatro las mujeres que estaban junto a la cruz de Jesús antes de que éste expirase: Su madre, la hermana de su madre (que no puede ser otra que Salomé, la madre de Juan y Santiago el Mayor), la otra María «mujer de Cleofás y María Magdalena». El texto puntualiza que «estaban de pie» (v. 25). Es probable que, posteriormente, según aparece en Mateo y en Marcos, los soldados las obligaran a retirarse lejos de la cruz. Podemos ver aquí el tierno afecto que estas mujeres sentían hacia el Maestro, valientes, decididas a estar al pie de la cruz, y compartir el oprobio de Jesús mientras los Apóstoles, excepto Juan, se ocultaban cobardemente, pues no se les menciona que asistiesen al Señor ni desde cerca ni desde lejos. Ni la furia de los enemigos, ni lo horrendo del espectáculo detuvo a estas mujeres; ya que no podían aliviarle en sus tormentos, le consolaban con su amorosa presencia. Podemos suponer la terrible aflicción de estas mujeres especialmente de su madre al ver a Jesús expuesto a la vergüenza pública y a los insultos y befas de los circunstantes. Ahora se cumplía la profecía de Simeón: «y una espada traspasará tu misma alma» (Lc. 2:35), dirigida a María cuando el niño Jesús tenía solamente cuarenta días de edad (v. Lv. 12:2–6). Los tormentos de Jesús herirían el corazón de la madre, y tenemos que admirar el poder de la gracia divina para sostener en pie, quizá durante largo rato, a estas mujeres, especialmente a la madre de Jesús. No se nos dice que ella estuviese gritando ni retorciéndose las manos presa de angustia y desesperación, sino en silencio y, sin duda, derramando lágrimas (comp. con 11:35), como la presenta el famoso himno de la liturgia romana Stabat Mater Dolorosa … Sin duda, ella y las mujeres que la acompañaban fueron sostenidas por el poder divino hasta este nivel de admirable paciencia. No sabemos cuánto podemos soportar en medio de una amarga prueba hasta que pasamos por ella; y en ella experimentamos lo que está escrito: «Bástate mi gracia» (2 Co. 12:9).
2. Jesús provee cariñosamente apoyo y ayuda para su madre. Es muy probable que José hubiese muerto hacía bastantes años y que Jesús, aun cuando tenía otros hermanos, se cuidaría de ella, al tener en cuenta que sus hermanos no eran creyentes (7:5) y es casi seguro que todos ellos estarían casados e interesados en sus respectivas familias. El hecho mismo de que Jesús encomendara a su madre el cuidado de Juan, el discípulo amado (y sobrino, no se olvide, de la Virgen María), da a entender (comp. con Mt. 12:50; Mr. 3:35) que Jesús prefería encomendar su madre a alguien de su «familia espiritual» más bien que a sus hermanos carnales. Por eso, a punto de morir y hacer «testamento» legó a Juan su más preciado tesoro sobre la tierra, así estableció entre su madre y el discípulo amado una nueva relación, la más íntima que cabe en este mundo, aparte de la conyugal: la de madre e hijo: «Cuando vio Jesús a su madre y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (vv. 26–27. La expresión «en su casa» es en el original exactamente la misma que en 1:11, por lo que habría de traducirse literalmente: «a sus propias cosas»). Varias consideraciones se nos ofrecen en estos dos versículos, aparte de las ya apuntadas:
(A) Los horribles tormentos que el Señor padecía en la cruz no le impidieron considerar el estado en que quedaba su madre cuando Él muriera. Por eso se preocupó en dejarle el mejor apoyo que podía hallar: el del discípulo amado. Llama a su madre «mujer», como en 2:4, aunque un contexto diferente requiere también un matiz diferente en la explicación de tal vocablo. En Caná era simplemente un título de respeto, más frecuente entre los judíos que el de «madre». Junto a la Cruz, tiene todavía mejor explicación, pues el título de «madre» habría herido todavía más profundamente el corazón dolorido de María. Como sustituto en la amarga soledad de su viudez, Jesús le deja a Juan. Notemos que no dice:
«Ahí tienes un hijo», sino: «Ahí tienes a tu hijo», como el único apto para, de algún modo, sustituir a Jesús. También tenemos aquí un ejemplo de la bondad de la providencia divina, la cual nos suministra consuelo suficiente cuando nos es arrebatado el que antes teníamos, para que nadie se desespere al ver que se está secando su cisterna, pues Dios está presto a llenar otra con el agua del mismo manantial. Otra lección que aquí nos ofrece Jesús es que los hijos deben proveer para el sustento y consuelo de sus padres ancianos. Es probable que María no pasase entonces de los cincuenta años de edad, ya que las doncellas judías solían casarse muy jóvenes, pero no cabe duda de que la constante oposición de los enemigos de Jesús y la dedicación absoluta de éste a su ministerio público (comp. con Mr. 3:21), le harían envejecer prematuramente.
(B) La confianza que depositó Jesús en el discípulo amado al decirle: «Ahí tienes a tu madre». Es de notar que allí mismo se encontraba la madre natural de Juan, Salomé. Sin embargo, Jesús le entrega como «madre» su propia madre, María. Esto, junto con la expresión posterior: «el discípulo la recibió en su propia casa» nos da a entender, contra la opinión de la mayoría de los exegetas de la Iglesia de Roma, que Juan tenía su propia casa; en otras palabras, que estaba casado, como era lo corriente en todo judío adulto. La opinión, también corriente en la Iglesia de Roma, de que Juan representaba a todos los creyentes y que, por tanto, María es nuestra madre espiritual, sólo es posible sobre la base de un prejuicio tradicional, tan extraviado como, por desgracia, antiguo y arraigado. Aquí viene muy a cuento la aguda observación de Hengstenberg cuando dice: «El designio de Jesús no era proveer para Juan, sino para su madre». Por otra parte (nota del traductor), Hendriksen se pasa de la raya, en mi opinión, cuando dice:
«El sufrimiento de Jesús al ver sufrir a María, y especialmente su admirable amor—la preocupación del Salvador por uno de los suyos, mucho más que la de un hijo por su madre—, éstas son las cosas en las que debería cargarse el énfasis». Creo que aquí la primera preocupación de Jesús es la de un hijo por su madre.
IV. El cumplimiento de la Escritura en lo de la sed de Jesús y el vinagre que le ofrecieron (vv. 28– 29), donde vemos:
1. El respeto que Jesús tenía a las Sagradas Escrituras: «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed» (v. 28). No obstante la frase
«para que la Escritura se cumpliese» no significa que Jesús expresara su sed a fin de que se cumpliera la Escritura, sino que, con esta expresión y con el vinagre que le dieron, se cumplió la Escritura; en concreto, el Salmo 69:21. Notemos acerca de esta sed:
(A) No es extraño que tuviese sed, y sed ardorosa, por la deshidratación consiguiente a la tremenda pérdida de sangre. Las agonías del tormento de la crucifixión y la fiebre consiguiente exacerbarían esta sed. Tampoco puede pasarse por alto la fatiga del proceso, en el que seguramente, desde el arresto en Getsemaní, no se le dio de comer ni de beber; y el líquido es para el organismo humano más necesario que la comida.
(B) Lo extraño es que, al contrario que los otros tres evangelistas, quienes sólo mencionan lo del vinagre, sólo Juan menciona esta palabra de Jesús (la quinta desde la cruz), que es la única en que Jesús pide algo para sí. Es cierto que, con ello, expresaba «la aflicción de su alma» (Is. 53:11), pero es muy posible que, con esta sed (nota del traductor), expresada después del grito de desamparo, Jesús diese a entender también que estaba sufriendo por nosotros el doble tormento en el que consiste básicamente el Infierno: el alejamiento de Dios (comp. con Mt. 25:41) y la sed insoportable (comp. con Lc. 16:24). Agustín de Hipona escribe que Jesús en la cruz, de acuerdo con 6:35, «tenía sed de que se tuviese sed de Él» o, como dice el propio M. Henry, estaba sediento de consumar la obra de nuestra redención. Todo esto son consideraciones piadosas, pero no deben oscurecer el sentido literal del texto.
2. Véase el poco respeto que los verdugos de Cristo le mostraron: «Y había allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y sujetándola a una rama de hisopo, se la acercaron a la boca» (v. 29). Por eso solo, no podemos decir que los verdugos se ensañaran con Jesús, pues en realidad le prestaron un buen servicio, ya que el vinagre le aliviaría grandemente la sed. Lo cierto es que lo tomó (v. 30a), y no hay por qué pensar que lo hizo para aumentar sus padecimientos, sino para calmar la sed. Sin embargo, por el relato de los otros evangelistas (Mt. 27:49; Mr. 15:36; Lc. 23:36), vemos que esta acción fue acompañada de burlas y escarnios por parte de los mismos soldados que habían intervenido en la ejecución. Lo que aquí se llama «vinagre» era, probablemente, el vino agrio, áspero, que los soldados romanos acostumbraban beber. En cuanto a la rama de hisopo, piensan algunos que es un error de los copistas, sin tener en cuenta dos detalles: (A) que el hisopo al que se refiere Juan era una de las especies (el llamado Origanum maru) de bastante consistencia y con ramas suficientemente largas para alcanzar hasta el rostro del Señor. (B) Que la cruz no era tan alta como la representa la imaginería religiosa; fácilmente podría un soldado de talla regular hacerlo llegar a la boca de Jesús. Sólo un manuscrito entre miles, el 476 del siglo XI, tiene hússos = jabalina, en lugar de hussópos; por lo cual, no hay razón alguna para rechazar la lectura, casi totalmente coincidente, de miles de MSS. No sería muy agradable al gusto tal pócima y en tan pequeña cantidad, pero le aliviaría, por poco que fuese, la sed. El cielo le había negado su luz, la tierra le negaba el agua. Este vinagre no debe confundirse con el que le ofrecieron antes de crucificarle (v. Mt. 27:34; Mr. 15:23), y que Él no quiso beber, pues era una bebida destinada a aminorar los sufrimientos del reo.
V. La palabra (sexta desde la cruz) que pronunció poco antes de expirar: «luego que Jesús tomó el vinagre, dijo: Consumado está. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (v. 30). Veamos:
1. Lo que dijo: «Consumado está». En griego es una sola palabra, tetélestai, tercera persona del singular del pretérito perfecto medio-pasivo, que significa literalmente: «ha sido terminado». El vocablo puede entenderse de muchas maneras:
(A) Se han acabado los tormentos que la maldad de mis enemigos me ha infligido como remate de su perverso complot para quitarme la vida.
(B) Se ha llevado a cabo el designio y mandato del Padre (comp. con 17:4) en cuanto a los sufrimientos que comportaba el llevar a feliz término la obra de la redención de la humanidad perdida. Al entrar en la agonía de su Pasión, había dicho: «Hágase tu voluntad, no la mía» (v. Lc. 22:42). Ahora venía a decir: «Hecha está».
(C) Se han cumplido enteramente todos los tipos y profecías del Antiguo Testamento que apuntaban a los futuros sufrimientos del Mesías, del Siervo Sufriente de Jehová.
(D) Se han acabado todas las normas de la ley ceremonial. Con la realidad del sacrificio del Calvario, la sombra de los sacrificios prescritos en el Levítico ha dejado de tener vigencia (v. los caps. 9 y 10 de Hebreos).
(E) Se ha terminado de pagar la deuda contraída contra Dios por el pecado de la humanidad. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1:29) ha llevado a cabo la completa expiación por el pecado, de la que era figura el Día de la Expiación o Yom Kippur, como dice el hebreo (Lv. 16), y está saldada la cuenta de la humanidad con Dios (v. 2 Co. 5:19). Sólo se requiere ahora de cada ser humano que, por fe, acepte el documento, testimonio del pacto de Dios con la humanidad, en el que se declara absuelto de la deuda a todo el que cree en el Hijo de Dios (v. 3:16, 36 y, especialmente, 1 Jn. 5:9–12). Éste es el sentido primordial de esta palabra de Jesús, al tener en cuenta que el vocablo griego tetélestai era el mismo que, en aquel tiempo, se estampaba al pie del último recibo del «pagaré» o documento en el que constaba que el deudor había satisfecho por completo la deuda contraída en un préstamo o en una compraventa. Por eso, Pablo puede decir que: «Ahora, pues, NINGUNA condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1), puesto que la deuda contraída por el pecado ha quedado enteramente saldada en la cruz para el que ha recibido en su vida al Señor. Si el creyente hubiese de llevar a cabo alguna otra expiación por su parte, ya sea por medio de penitencias en esta vida, ya sea en un supuesto
«Purgatorio» de ultratumba, Dios exigiría dos veces el pago de la misma cuenta, lo que es absolutamente imposible de parte de un Dios infinitamente justo. Esto no debe confundirse, y vale la pena recalcarlo (muchos creyentes parecen olvidarlo o ignorarlo), con la constante purificación que hemos de llevar a cabo (1 Jn. 3:3), con la mortificación de las obras de la carne (Ro. 8:13; Gá, 5:16) y con la disciplina que hemos de estar dispuestos a recibir de nuestro buen Padre (He. 12:6 y ss.).
2. Lo que hizo: «Habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu». Aquí son también de notar algunos detalles importantes:
(A) Todos los demás seres humanos inclinan la cabeza después de morir, luego que la guadaña de la muerte ha segado sus vidas, y sus cabezas quedan inclinadas como flores marchitas y muertas. Y es que la muerte no nos pide permiso a nadie. Pero Cristo entregó su vida con entera libertad (10:18) y, para demostrarlo, inclinó la cabeza con lo que dio permiso a la muerte para que se llegara a Él, y así es como expiró, según el término usado por el médico Lucas (23:46).
(B) En ese mismo versículo, Lucas hace notar que, antes de expirar, dijo Jesús (la séptima y última palabra desde la cruz): «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», con lo que, una vez más, daba a entender que ponía su vida voluntariamente, que nadie se la quitaba. De acuerdo con esto, Juan no dice:
«Expiró», sino: «Entregó (es decir, «transmitió») el espíritu». Sin duda ninguna, en este contexto, el término griego pneuma significa el espíritu humano no el Espíritu Santo como algún autor ha llegado a insinuar. Si quiere buscarse alguna lejana anticipación de Pentecostés en la emisión o efusión del Espíritu, podría hallarse en 20:22, como veremos después.
(C) La frase de Juan «entregó el espíritu», junto con la de Lucas «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» presentan cierta dificultad para la interpretación de 1 Pedro 3:19–20, único lugar de donde ya la primitiva Iglesia sacó lo de que Cristo «descendió a los infiernos»« (Ef. 4:9 no significa eso, a pesar de las referencias que suelen hallarse en nuestras versiones). La única interpretación que sirve para esquivar las numerosas interrogantes que el oscuro lugar de 1 Pedro presenta, y que es la más aceptada entre los exegetas modernos, puede hallarse (nota del traductor) en mi libro La Persona y la Obra de Jesucristo,
pp. 202–203.
Versículos 31–37
Esta porción que nos refiere lo del costado de Jesús traspasado por la lanza de un soldado y lo de la rotura de las piernas de los otros dos ajusticiados, se halla solamente en Juan.
I. Obsérvese la hipócrita superstición de los judíos, al pedir que los cuerpos no quedasen en la cruz una vez comenzado el sábado es decir, después de la puesta del sol del viernes: «Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el sábado (pues aquel sábado era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas y fuesen quitados de allí» (v. 31). Dándoles sepultura de inmediato, se quitaban de los ojos aquel espectáculo. Veamos:
1. La estima en que parecían tener el sábado, especialmente aquel sábado, porque era un sábado singularmente solemne. Estaban tan preocupados en aquella ceremonia, como si en ello les fuese la vida, cuando acababan de dar muerte al Autor de la vida (Hch. 3:15). Si ellos, hipócritamente, estaban tan solícitos en guardar las formas de algo que había de pasar, ¿seremos nosotros menos diligentes en santificar toda la semana y, en especial, el día en que nos reunimos para rendir colectivamente culto al Señor y mantener viva la comunión fraternal en la congregación? (v. He. 10:25).
2. El reproche en que pensaban incurrir por supuesta profanación grave del sábado, si consentían en que los cadáveres de los reos quedasen pendientes de sus respectivas cruces. Dichos cadáveres debían ser sepultados de inmediato. Habría sido una gran ofensa, no sólo para los habitantes de Jerusalén sino para la muchedumbre de forasteros que habían acudido para la celebración de la Pascua. Además, no podían soportar la vista de Jesús ni aun estando ya difunto.
3. La petición que hicieron a Pilato implicaba una tremenda crueldad, pues el quebrantamiento tan violento de las piernas de los crucificados, el cual provocaba el colapso inmediato al fallar el punto de apoyo, era un tormento que ocasionaba un dolor agudísimo e inimaginable. Así de abominable es la apariencia de piedad (2 Ti. 3:5) de los hipócritas.
II. La forma en que los soldados se deshicieron de los ladrones que habían sido crucificados con Jesús: «Vinieron, Pues los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él» (v. 32). De esta forma, Pilato les concedió lo que pedían. Uno de estos dos ladrones murió salvo, pues había recibido de Cristo la seguridad de que aquel mismo día, antes de ponerse el sol, estaría con Él en el Paraíso (Lc. 23:43); sin embargo, murió con los mismos tormentos físicos y la misma condición miserable exterior que el otro ladrón. Pero lo extremo de la agonía de un moribundo no puede compararse con el consuelo firme y duradero que espera, más allá de la muerte, a los que durmieron en Jesús (1 Ts. 4:14–18).
III. Las evidencias que se exigieron para saber a ciencia cierta si el Señor Jesucristo había muerto o no.
1. No dudaron de su muerte los soldados: «Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas» (v. 33). Jesús murió antes de lo acostumbrado entre los que eran crucificados. Con esto se mostraba, aparte de lo sugerido en otro lugar sobre la posible rotura del corazón, que Jesús entregaba su vida sin que nadie se la arrebatara por la fuerza. Se sometió voluntariamente a la muerte, no fue vencido por ella. Pero sus enemigos se quedaron satisfechos con verle muerto. Lo importante es que, al no tener que quebrarle las piernas, se cumplía la profecía que es citada en el versículo 36.
2. Para tener seguridad de que estaba realmente muerto, «uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (v. 34). Así que:
(A) Este soldado, al que la Tradición ha dado el nombre de Longinos, resolvió tomar una medida decisiva para que no quedase duda de la muerte de Jesús y, con esta profunda incisión en el costado, no había necesidad de aplicar a Jesús la misma dolorosa forma de despachar a los otros dos crucificados con Él. Como ya lo dijimos en otro lugar, un médico eminente, el doctor Bergsma, se inclina a interpretar literalmente el Salmo 69:20, evidentemente mesiánico como se ve por el contexto, y concluye que Cristo murió de rotura (siempre voluntariamente sufrida) del corazón con lo que se explica satisfactoriamente la acumulación de sangre y agua en el pericardio. Esto mismo demostraba con toda evidencia que Cristo estaba ya muerto cuando el soldado le abrió el costado con la lanza; de lo contrario, la sangre habría salido en su puro estado normal. Y, si murió de veras, la resurrección no admite truco.
(B) Pero esta efusión de sangre y agua tenía un simbolismo que salta a la vista, y que el propio Juan entendió sin duda como muy significativo (comp. con 1 Jn. 5:6):
(a) En primer lugar, cuando queremos sincerarnos con alguien, es ya proverbial la expresión de «abrirle nuestro corazón», como símbolo de nuestra disposición a que nuestros pensamientos y nuestras intenciones le sean conocidas sin ambages ni rebozos. A través de esta especie de ventana abierta en el pecho de Jesús, podemos contemplar el interior de su corazón, con un amor flameante hacia nosotros, un amor más fuerte que la muerte (Cnt. 8:6, comp. con Ro. 8:35 y ss.).
(b) Pero lo más significativo de esta efusión de sangre y agua es el carácter que las Escrituras atribuyen a estos dos líquidos en su simbolismo espiritual (comp. con Lv. 14), pues indican los dos grandes beneficios que se obtienen mediante la obra redentora de Jesús: la sangre es para expiación (Lv. 17:11); el agua, para purificación (Ez. 36:25). La culpabilidad contraída, sólo con sangre puede borrarse; la mancha del pecado, sólo con agua viva se puede limpiar. Ambas operaciones deben ir siempre de la
mano; Cristo las juntó, e hizo que de su costado salieran juntamente la sangre y el agua, y nadie debe separarlas (v. también Zac. 13:1).
(c) También es fácil hallar en estos dos líquidos un simbolismo de los dos sacramentos u ordenanzas de la religión cristiana: el agua nos simboliza el bautismo, pues no es el agua del baptisterio la que nos limpia de la mancha del pecado, sino el agua que salió del costado de Jesús; la sangre simboliza la Cena del Señor pues al instituirla, Jesús expresó su significado del «nuevo pacto en mi sangre» (Lc. 22:20); no es, pues, la «sangre» de la uva, el vino de la ordenanza, lo que refrigera el alma y expía la culpa del pecado, sino la sangre de Cristo, derramada por nosotros (v. 1 Jn. 1:7).
(d) Agustín de Hipona, al alegorizar demasiado la incisión hecha en el costado de Cristo, vio en este fenómeno el origen de la Iglesia, la cual—según él—brota del costado del Postrer Adán muerto, en forma semejante a como sacó Dios a Eva del costado del Primer Adán dormido.
3. Una última consideración, digna de tenerse en cuenta, acerca de la muerte de Jesús en la tarde del viernes es que, al contrario que los judíos, a quienes no era lícito «dejar que el cuerpo pasara la noche sobre el madero» (Dt. 21:23), los romanos no se preocupaban de los cadáveres de los ajusticiados, sino que permitían que los devorasen las fieras o las aves de rapiña. Si la crucifixión del Señor no se hubiese llevado a cabo el viernes, y precisamente en la víspera del sábado más solemne del año, el cuerpo del Señor, como el de los otros dos crucificados con Él, habría quedado pendiente de la cruz, quizá durante varios días, expuesto a la corrupción. Pero los judíos fueron instrumentos en las manos de Dios para el cumplimiento de las profecías de que había de resucitar al tercer día del sepulcro (Sal. 16:8–11; Hch. 2:24–31; 13:33–35; 1 Co. 15:4) y, especialmente, por la que Jesús mismo profirió al decir: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (2:19), pues el propio evangelista hace notar que «se refería al templo de su cuerpo» y que los discípulos se acordaron de ello «cuando resucitó de entre los muertos» (vv. 21– 22). Así que los judíos, con Caifás a la cabeza, y los gentiles, con Pilato a la cabeza, se combinaron inconscientemente para dar cumplimiento a la señal de Jonás, al apresurarse a que Jesús fuese sepultado el viernes y resucitase al tercer día, en la madrugada del domingo, con lo que las profecías se cumplían con exactitud, y la mesianidad de Cristo se demostraba contundentemente.
IV. La confirmación de la verdad del relato por parte del propio evangelista, que fue testigo de vista de lo que aquí refiere (v. 35). En este versículo vemos:
1. Cuán competente fue el testigo que nos dejó este informe ya que testificó de lo que había visto; era, pues, testigo de primera mano, y testigo de excepción. Refirió fielmente la verdad, y con todo detalle: toda la verdad. Además, su informe es infaliblemente cierto, por cuanto lo escribió bajo la inspiración del Espíritu Santo. Así, la certeza que tenía de los hechos no podía ser más segura: «Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero» (v. 35a).
2. Cuánto empeño puso este testigo para que los lectores quedasen perfectamente persuadidos de las verdades del Evangelio, ya que:
(A) Pone de relieve que es consciente de que dice la pura verdad: «Él sabe que dice verdad». Su certeza acerca de la realidad de los hechos que refería era plena, absoluta, de forma que no quedase ninguna duda en quienes leyesen esta porción.
(B) Declara el importante y piadoso designio que le movía a escribir esto (comp. con 20:31), con lo que da razón del énfasis que pone en su propia certeza de la realidad: «Para que también vosotros creáis», es decir, «todos cuantos leáis esto». Hendriksen da como probable que el pronombre personal,
«él», en la frase: «Él sabe que dice verdad», se refiera a Jesucristo. No hay en el texto (nota del traductor) fundamento para tan extraña suposición; más probable (dentro de la inseguridad de esta opinión personal) sería que, al comparar este versículo con 21:24, esta referencia se debiese, no a Juan, sino, en conformidad con el uso del pronombre griego ekeinos = aquél (un sujeto más bien remoto), a uno de los discípulos de Juan, también inspirado para dar informe infalible de esta especie de paréntesis textual.
(C) El testimonio al que se refiere por dos veces el versículo 35 se extiende, según algunos autores, únicamente al episodio de la lanzada, pero es más probable que se refiera a toda la porción, ya que el versículo 36 habla de «estas cosas», en plural. En todo caso, este solemne testimonio sirve para silenciar los temores de los creyentes débiles y para estimular sus esperanzas, al tener este firme fundamento (v. He. 11:1) de que, en medio de nuestras penas y aflicciones, hay una gloriosa esperanza en la seguridad que nos ofrece el amor fidelísimo de Dios, una esperanza que «no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Ro. 5:5) y en ninguna cosa se ha probado mejor este amor de
Dios a nosotros que en enviar a su Hijo Unigénito a morir por nosotros en la cruz del Calvario (3:16; Ro. 5:8; 8:32; 2 Co. 5:19–21, etc.).
V. El cumplimiento de las Escrituras en todo esto: «Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura …» (vv. 36–37).
1. La Escritura se cumplió al ser preservadas las piernas del Señor de quebrantamiento llevado a cabo por los soldados en las piernas de los otros dos ajusticiados, puesto que Cristo era el verdadero Cordero Pascual al que no se le podía quebrar ningún hueso (v. 36, comp. con Éx. 12:46; Nm. 9:12; 1 Co. 5:7 «… nuestra Pascua, que es Cristo …»). V. también 1:29, 36. Había una promesa acerca de esto, aplicable a todo justo (Sal. 34:19–20), pero apuntaba principalmente a Jesucristo, el Justo (1 Jn. 2:1) por excelencia. El cordero pascual era mero tipo, figura profética del «Cordero» de Dios (Is. 53:7); si en el tipo no se podía quebrar ningún hueso, mucho menos en el que cumplía con la realización plena del tipo, es decir, en el antitipo. Hay también un significado importante en esto, aunque sólo es detectable en el hebreo, pues el vocablo ʾetsem = hueso, comporta la idea de fuerza, firmeza o robustez, como si diese a entender que la fuerza del cuerpo humano está en los huesos, como así es en el sentido de que es esta armazón ósea de nuestro organismo la que nos sostiene y soporta. Así que, aun cuando Cristo «fue crucificado en debilidad» (2 Co. 13:4) por el estado de humillación que había tomado, su fuerza para salvarnos no se disminuyó, sino que, al contrario, «fuimos enriquecidos con su pobreza» (2 Co. 8:9). El pecado quebranta nuestros huesos (v. Sal. 51:8), pero no quebró los de Cristo, se mantuvo firme bajo el peso, siempre poderoso para salvar a quienes a Él se allegan.
2. También se cumplió la Escritura en lo de la lanza que traspasó el costado de Jesús: «Mirarán al que traspasaron» (v. 37 comp. con Zac. 12:10; Ap. 1:7). Dos detalles son dignos de considerar en esta cita de la profecía de Zacarías 12:10:
(A) No se alude en el texto de Juan 19:37 ni en la profecía de Zacarías 12:10 a los clavos que traspasaron las manos y los pies de Jesús, sino solamente a la lanzada que le traspasó el costado. Por el contexto de la profecía de Zacarías, con la confirmación clarísima de Apocalipsis, el sentido pleno de Juan 19:37 apunta hacia la futura conversión de Israel, pues fueron los israelitas—como hace notar Alford—los que traspasaron a Jesús «por manos de inicuos», es decir, de los soldados romanos, «inicuos» en el sentido de no pertenecientes al pueblo «santo» de Dios (v. Hch. 2:23, al final). En este sentido proléptico, los habitantes de Jerusalén pudieron poner sus ojos en el que habían traspasado aunque la realidad de la verdad profética se cumpliera ya, y se siga cumpliendo, en todos los que, al poner los ojos en la cruz de Cristo, como los israelitas mordidos por las serpientes venenosas los ponían en la serpiente de bronce, alcancen salvación (3:14–15, comp. con Nm. 21:9), al sentir sus corazones traspasados de compunción ante la presentación del mensaje del Crucificado (v. Hch. 2:37 «se compungieron de corazón». Lit. «fueron punzados en su corazón»). ¿Quién no sentirá su corazón traspasado de compunción sincera por sus pecados, cuando el corazón del inocentísimo Jesús fue traspasado por nosotros?
Versículos 38–42
Sepelio del sagrado cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Vayamos a contemplar un sepelio que conquistó el sepulcro y lo sepultó; un sepelio que ha embellecido las tumbas de los creyentes y ha suavizado la amargura que produce la partida de un ser querido, al izar sobre los cementerios, es decir (según el significado del vocablo) dormitorios de los cristianos, la bandera de la esperanza en la futura gloriosa resurrección (v. 1 Ts. 4:13–14). Notemos en esta porción:
I. La petición del cadáver (v. 38). La hizo José de Arimatea, de quien no se hace en todo el Nuevo Testamento otra mención que la que, dentro de este episodio, hacen los cuatro evangelistas. De este personaje, vemos:
1. Quién era. Juan dice que «era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo a los judíos». Era, pues, por un lado, mejor que lo que parecía ser, y era para él un honor el ser discípulo de Cristo. Hay muchos como él, buenas personas, aunque asociadas inevitablemente con muchas otras malas personas. Pero, por otro lado era más débil de lo que debía ser, pues mantenía en secreto, por miedo a los enemigos
de Jesús, el afecto que él le tenía. No juzguemos mal a este hombre, ni a quienes, como él, son aún débiles como caña rajada o pábilo que humea (comp. con Is. 42:3; Mt. 12:20). El amor nos obliga a «esperar» (v. 1 Co. 13:7). Cristo puede tener muchos discípulos que sean sinceros, aunque sean secretos; y mejor es ser discípulo secreto de Jesús que no serlo en absoluto; especialmente si, como en este caso de José de Arimatea, se hacen cada vez más fuertes y valientes. Algunos que, en pruebas relativamente pequeñas, se han mostrado cobardes, se muestran otras veces, gracias a Dios, valientes sobremanera en pruebas más duras y difíciles. Así vemos que este José, que tenía miedo a los judíos, «armándose de valor» (Mr. 15:43), fue a Pilato y le rogó que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús. Vemos, de paso, lo que puede la perversidad de los envidiosos y calumniadores contra la prudencia y la generosidad de corazón de los buenos. ¡Triste cosa es que los faltos de temor de Dios se hagan de temer por aquellos que no honran a Dios lo suficiente para desdeñar el temor de los hombres!
2. Qué parte tuvo en el sepelio de Jesús. Los discípulos habían huido, llevados del miedo, y estaban escondidos; los soldados mismos habrían sepultado a Jesús junto con los otros dos ajusticiados; si no hubiese aparecido nadie con la suficiente valentía para hacerse cargo del cadáver, no se habría cumplido la profecía de Isaías 53:9, que anunciaba el sesgo inesperado que tomaba el asunto, a fin de que le fuese concedido a Jesús este honor póstumo: «Y se dispuso con los impíos su sepultura, pero con los ricos fue en su muerte». Cuando Dios decide una tarea que ha de ser cumplida, nunca fracasa en encontrar la persona apropiada para llevarla a cabo, y la capacita y fortalece para ello. Obsérvese todavía como uno de los signos que denotaban el estado de humillación del Hijo de Dios, el que su cadáver yaciera a merced de un procurador pagano, a quien era menester pedir permiso para que fuese sepultado.
II. La preparación del embalsamamiento del cadáver de Jesús (v. 39). Ésta fue llevada a cabo por Nicodemo, otro personaje de rango como José de Arimatea. «Éste trajo un compuesto de mirra y de áloe, como cien libras». De este Nicodemo, se nos dice:
1. Su carácter, muy semejante al de José de Arimatea, pues era también discípulo secreto de Jesús. Juan hace notar que era «el que antes había visitado a Jesús de noche» (v. 39, comp. con 3:1 y ss.), pero después ya dio la cara por Él (v. 7:50–51), y ahora lo hacía con mayor denuedo. La gracia que, al principio, parece como una caña rajada, puede convertirse en algo tan robusto como un cedro del Líbano. Es extraño que José y Nicodemo, discípulos de Jesús y personas de rango, no apareciesen antes para solicitar de Pilato que no condenase a Cristo, pues, al pedir que se le salvase la vida habrían prestado mejor servicio que al pedir ahora que se les concediese el cadáver. Pero, ¿cómo se habrían cumplido las Escrituras y se habría llevado a cabo la obra de nuestra redención?
2. Su generosidad. José sirvió al Señor con su interés, pero Nicodemo le sirvió con su bolsillo, a no ser que, aun cuando no lo dice el texto sagrado, se hubiesen puesto de acuerdo de antemano. La mirra era extraída de un árbol odorífero, probablemente el «Balsamodendron» de Arabia; el áloe se extraía de un árbol más corpulento, del que se extrae resina y perfume que se sirve en polvo. La cantidad de cien libras, que aquí se menciona, de seguro que costaría una suma muy considerable de dinero (más de cien dólares). Pero, ¿para qué tanto preparativo y tanto trabajo por un cadáver que iba a permanecer en el sepulcro no más de dos noches como un viajero que hace un alto en el camino para pasar un par de días en un mesón?
¿No era una falta de fe en quien tan repetidamente había predicho que resucitaría al tercer día? Así lo interpretan muchos, como un gasto inútil y una falta de fe. Pero también podemos tener en cuenta el amor y la generosidad de estos hombres, pues mostraban de esta manera el aprecio que tenían hacia la persona y la doctrina de Cristo, aprecio que no había menguado con el oprobio de la cruz. No sólo mostraron el respeto caritativo de encomendar al sepulcro su cadáver, sino también el respeto honroso que se tributa a los grandes personajes. Pudieron hacerlo, incluso al creer en su resurrección y esperándola. Puesto que Dios había determinado rendir honra a este cuerpo, también ellos querían rendirle este honor.
III. Así quedó preparado el cadáver para su sepultura (v. 40): «Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos». Después de limpiar de sangre y polvo el cadáver, lo amortajaron al estilo judío (v. 20:5–7), cubriéndolo con la mezcla de mirra y áloe que Nicodemo había preparado. Al ser tal la cantidad de este compuesto, los lienzos quedarían firmemente adheridos al cuerpo de Jesús, formando una masa compacta, digna de tenerse en cuenta para la correcta inteligencia de 20:5–7, como veremos en su lugar. Cristo fue sepultado con esta vestimenta mortuoria para que a nosotros no nos resulte sombría y aterradora, sino agradable y festiva como una vestidura nupcial. Los cadáveres y los sepulcros resultan instintivamente atemorizadores y repelentes, y no hay perfume que suavice esta condición y sirva para alegrar el corazón como lo hace el sepulcro de Jesús donde la fe percibe la fragancia de sus aromas. De manera semejante deberíamos contemplar los cadáveres de los creyentes; no para conservarlos en relicarios de mucho precio y allí venerarlos supersticiosamente y contra la ley de Dios, sino al depositarlos con todo respeto en el sepulcro volviendo el polvo al polvo (v. Gn. 2:7; 3:19; Job 34:15; Ec. 3:20; 12:7), como quienes creen que estos cuerpos son todavía del Señor, sellados por el Espíritu Santo para la resurrección, por cuanto fueron su santuario (v. Ro. 8:1; 1 Co. 3:16; 6:15, 19–20; Ef. 1:13). La resurrección de los creyentes se llevará a cabo en virtud de la resurrección de Cristo (1 Co. 15:20–22); por eso, al dar sepultura a sus cuerpos, deberíamos tener ante los ojos de la fe el sepelio del cuerpo de nuestro Redentor.
IV. La tumba en la que fue sepultado, en un huerto que pertenecía a José de Arimatea, estaba muy cerca del Gólgota (o Golgotá), como se ve por el informe de Juan: «Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto y en el huerto un sepulcro nuevo en el cual aún no había sido puesto ninguno» (v. 41). Obsérvese:
1. Que Cristo fue sepultado fuera de la ciudad, ya que había sido crucificado fuera de la ciudad (He. 13:12, comp. con Mt. 21:39; 27:32; Jn. 19:17–18). Fuera de la ciudad eran sepultados también los demás difuntos, por el carácter legalmente contaminante de los sepulcros. Pero, después que la muerte de Cristo ha cambiado este carácter, no tenemos por qué mantenernos a distancia de las tumbas. De hecho, durante muchos siglos, los cementerios han estado adosados a las iglesias (todavía lo están en países como Inglaterra). Los que acuden a las tumbas de los creyentes, no por veneración ni para orar por los difuntos (pues no lo necesitan, ni para bien ni para mal), pueden hallar allí un lugar apto para la meditación (comp. con Ec. 7:1–4). Para quienes acuden con veneración a visitar el llamado «Santo Sepulcro» en Jerusalén, bueno será advertir que, según la opinión de los expertos, dicho lugar no puede ser el de la tumba del Señor, ya que se halla dentro del perímetro de la antigua ciudad.
2. Cristo fue sepultado en un huerto. José tenía este sepulcro en su huerto (v. Mt. 27:60, comp. con Is. 53:9), con lo que podía meditar con frecuencia sobre su propia muerte, así como lo podían hacer sus herederos después de él. Bueno es familiarizarnos con el lugar del sepulcro de nuestros padres, para que así se nos haga menos temible y más natural. El cuerpo de Cristo fue sepultado en un huerto. En el huerto del Edén es donde la muerte y el sepulcro recibieron su poder con el pecado de nuestros primeros padres, y en este otro huerto fueron derrotados la muerte y el sepulcro (v. 1 Co. 15:55).
3. Este sepulcro era nuevo. El vocablo griego es aquí el mismo de 13:34, que significa reciente; nuevo en el sentido de que no había sido usado, por lo que la descomposición cadavérica no había entrado en él, con lo que era un lugar muy apropiado para ser la tumba del Señor (v. Sal. 16:10). La Providencia ordenó esto:
(A) Para honor de Cristo. El que había nacido de un útero virgen, convenía que fuese sepultado en una tumba virgen.
(B) Para confirmar la verdad de su resurrección, de forma que nadie pudiese sospechar que no era Él, sino alguna otra persona, quien salió de allí al tercer día.
(C) Para simbolizar el cambio efectuado en el Universo por la obra de la redención, llevada a cabo por Jesús. Para el que «está en Cristo … las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17); también las tumbas de los creyentes.
4. Este sepulcro estaba «excavado en la peña» (Mt. 27:60). No era, pues, un sepulcro natural, sino hecho a propósito mediante excavación. Por los detalles que nos suministran los evangelios, podemos visualizarlo del modo como lo hace Hendriksen: (A) con una entrada baja en el sepulcro; (B) con una piedra muy grande y pesada frente a la entrada; (C) con un sello (de cera o barro) sobre una cinta o cuerda con que sujetarlo a la piedra, lo que se hizo a petición del Sanedrín (Mt. 27:66); (D) con una recámara provista de pequeños promontorios en los que se podían sentar las personas, y (E) con un declive, o lugar ligeramente más bajo, donde fue depositado el cuerpo del Señor. Aunque algunos sepulcros tenían la forma, hoy corriente en muchos países, de nicho, Hendriksen hace notar que el sepulcro del Señor no pudo ser de esta clase, ya que, en tal caso, los ángeles mencionados en 20:12 no habrían podido estar sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido colocado.
V. El funeral mismo, sobriamente referido por Juan, junto con dos detalles importantes: «Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús» (v. 42). Donde vemos:
1. El respeto que los judíos tenían al sábado, especialmente a este solemne sábado, y al día de la preparación de la Pascua. Este día de la preparación (el viernes) había sido muy mal observado por los principales sacerdotes, que eran los líderes religiosos del pueblo judío; pero fue bien observado por estos discípulos de Cristo, quienes se dieron prisa a sepultar el cuerpo de Jesús y guardar el sábado como día de reposo. Era también el reposo del cuerpo de Cristo, antes de la nueva actividad que había de adquirir después de la resurrección; por eso, este sábado o día de reposo, era también día de gozo y esperanza.
2. La conveniencia de que el sepulcro estuviese cerca del lugar en que Cristo había sido crucificado, con lo que se facilitó la tarea de darle sepultura antes de la puesta del sol. Hay otros aspectos de aplicación devocional que pueden sernos útiles:
(A) Estaba designado por la Providencia que el sepulcro estuviese cerca, porque había de residir allí por muy poco tiempo, como en una posada que está a mano; así Cristo fue depositado en un sepulcro que se ofrecía en primera opción.
(B) Los que habían excavado el sepulcro y su propio dueño José de Arimatea, no se imaginarían que fuese Jesús quien lo había de estrenar. Con esto se nos enseña que no hemos de preocuparnos en demasía ni sentir excesiva curiosidad por el lugar en que ha de ser sepultado nuestro cadáver, pues Jesucristo mismo fue sepultado en la primera tumba que se hallaba a mano.
(C) Sin pompa ni solemnidad, el cadáver de Jesús fue puesto en el sepulcro, pero allí quedaban también muertos y sepultados la muerte y el mismo sepulcro. Esto es lo importante, y por ello hemos de dar gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Co. 15:57). Ante esto, ¿qué importa el que nuestros restos mortales sean sepultados sin la gran pompa y acompañamiento con que son llevados a la tumba los reyes y magnates de este mundo? Léase Lucas 16:22 y el comentario que hicimos a dicho versículo.
En este capítulo, Juan nos refiere, no la resurrección misma del Señor, sino las pruebas evidentes de ella. Primero, las que se presentaron en el sepulcro y en sus inmediaciones: 1) La tumba apareció vacía, pero en orden (vv. 1–10). 2) Dos ángeles se aparecieron a María Magdalena en el sepulcro (vv. 11–13). 3) Cristo mismo se manifestó resucitado a María Magdalena (vv. 14–18). Segundo, las que ofreció Jesús a los discípulos reunidos: 1) Al atardecer del mismo día de la resurrección, estando ausente Tomás (vv. 19– 25). 2) Ocho días después, estando presente Tomás (vv. 26–31).
Versículos 1–10
Antes de entrar en el comentario a este capítulo, es de notar que los Apóstoles tenían sumo interés, mayor que en ningún otro aspecto del mensaje evangélico, en presentar pruebas evidentes, fehacientes, de la resurrección de su Maestro. Y ello, por las siguientes razones: 1) Porque ésta era la prueba a la que Él mismo había apelado como la más convincente y definitiva de que era el Mesías prometido. Por eso mismo, sus enemigos estaban empeñados, más que nunca, en que esta prueba quedase desprovista de su fuerza y, por eso, inventaron el fraude que leemos en Mateo 28:11–15. 2) Porque de la realidad de la resurrección dependía la consumación de la obra de nuestra redención (v. Ro. 4:25; 1 Co. 15:17–18). 3) Porque después de su resurrección, Cristo se hizo visible, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano (Hch. 10:40–42). Estos testigos eran los encargados de proclamar solemnemente a todo el mundo el núcleo del Evangelio que incluye la resurrección de Cristo de acuerdo con las Escrituras (v. 1 Co. 15:1–4), para que fuésemos bienaventurados los que no lo vimos, pero lo creemos (20:29). En los primeros versículos del presente capítulo, tenemos la primera prueba de la resurrección del Señor: la tumba vacía y en orden.
I. María Magdalena, primer testigo de la resurrección de Cristo, fue al sepulcro en la madrugada del domingo, y vio quitada la piedra del sepulcro: «El primer día de la semana, María Magdalena fue de madrugada, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro» (v. 1). Juan no menciona a las otras mujeres que fueron con ella (v. Mt. 28:1; Mr. 16:1; Lc. 24:1), pues ella era digna de especial mención por el afecto singular que sentía hacia el Maestro que había expulsado de ella siete demonios (Lc. 8:2), sirviéndole junto con otras mujeres, de las que Lucas (8:2–3) menciona varias. Su presencia al pie de la cruz (19:25), en el sepelio de Jesús (Lc. 23:55), y junto al sepulcro en la escena que consideraremos luego, es una prueba evidente del sincero y gran afecto que profesaba al Señor. El amor a Cristo, si es sincero, será también constante, fuerte como la muerte (Cnt. 8:6). Así fue el amor de María Magdalena, pues de pie se mantuvo junto a la muerte, y muerte de cruz, del Salvador. Observemos que:
1. Vino al sepulcro, a llorar allí (v. 11), como para limpiar con sus lágrimas el cuerpo del Señor, y para ungirlo con las especias aromáticas que ella y las otras mujeres habían traído (Lc. 24:1). Se necesita extraordinario afecto hacia una persona para que su sepulcro resulte atractivo, especialmente para el sexo femenino, más débil y temeroso. Pero el amor a Jesucristo disipa el terror que la muerte y el sepulcro ocasionan. Si el Señor nos pide que vayamos a Él a través del valle de sombra de muerte, no temeremos mal alguno si le amamos a Él, porque Él estará con nosotros (Sal. 23:4).
2. Vino tan pronto como pudo. En la madrugada del domingo, tan pronto como pasó el sábado. Éste fue el primer día de reposo para los cristianos, y ella lo comenzó yendo a investigar sobre el cuerpo del Señor, quien, con su resurrección, hizo nuevas todas las cosas (2 Co. 5:15–17) y, por tanto, también el día de reposo. «Era aún oscuro», no cuando María llegó al sepulcro (v. Mr. 16:2), sino cuando salió de su casa con las otras mujeres. Quienes desean tener comunión con el Señor han de ser diligentes en buscarle, solícitos en hallarle antes de que pase la oportunidad que puede presentarse de improviso. Está llamando a la puerta (Ap. 3:20). ¡Estemos atentos a su voz, para cenar con Él! Un día que comienza de una manera tan buena tiene todas las probabilidades de terminar bien. Quienes procuran buscar a Cristo cuando todavía es oscuro, de seguro que les será dada acerca de Él una luz que brillará más y más (v. 2 Co. 3:18).
3. Halló quitada la piedra del sepulcro, la cual había hecho rodar hacia atrás (lit.) el ángel mencionado en Mateo 28:2. Esta circunstancia fue, para María Magdalena:
(A) Una sorpresa. Cristo crucificado es la fuente de la vida. Su sepulcro es una de las fuentes de salvación (v. Is. 12:3). Si vamos a Él con fe, hallaremos rodada la piedra que cubría la entrada y tendremos libre acceso a los consuelos que el sepulcro de Jesús nos ofrece. Los consuelos sorprendentes son los estímulos frecuentes de los buscadores tempraneros.
(B) El comienzo de un glorioso descubrimiento. El Señor había resucitado, aunque ella no se percató del hecho en un principio. Quienes muestran gran constancia en su adhesión a Cristo son, de ordinario, los primeros en disfrutar de los consuelos que proporciona la gracia de Dios. María Magdalena, que fue la más constante en seguir al Señor hasta lo último de su humillación, fue también favorecida con hallarle en lo primero de su exaltación.
II. Al hallar removida la piedra, «corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto» (v. 2). Al ver quitada la piedra, y el sepulcro vacío, se alarmó. Ahora bien, cualquiera esperaría que el primer pensamiento que se le habría ocurrido a María es: El Señor ha resucitado; ya que, siempre que el Señor había predicho su muerte, había predicho también su resurrección al tercer día. ¿Cómo es que, al ver vacío el sepulcro, no se le ocurrió pensar que habría resucitado? Pero no la culpemos sin acusarnos a nosotros mismos; cuando reflexionamos sobre la forma en que nos hemos comportado en días nubosos y oscuros, hemos de confesar llenos de asombro que nuestra estupidez e inclinación al olvido nos privaron de percatarnos de hechos y oportunidades que más tarde nos han resultado obvios. María suponía que se habían llevado al Señor. Con esta necia suposición, se causó a sí misma una pena y una turbación innecesarias, ya que, de haber entendido la causa de que la tumba estuviera vacía, ninguna otra cosa le habría proporcionado mayor alegría y felicidad. Así les pasa con frecuencia a los creyentes demasiado débiles, pues se quejan de cosas que deberían serles precisamente motivo de gozo y fundamento de esperanza. Ella no se quedó a solas con su pena, sino que fue a compartirla con sus amigos. La mutua comunicación de penas y problemas entre los hermanos es ya un buen comienzo para mejorar la situación. Aunque Pedro había negado a su Maestro, no había abandonado a los amigos del Maestro con lo que se echa de ver la sinceridad de su arrepentimiento. Y la prontitud con que los demás discípulos renovaron con él la misma intimidad de antes; esto nos enseña a restaurar la comunión con los que han tenido la debilidad de caer en algo (v. Gá. 6:1). Si Dios les ha recibido al arrepentirse ellos, ¿por qué no les vamos a recibir nosotros?
III. Pedro y Juan, perplejos ante las noticias de María Magdalena, se pusieron inmediatamente en camino hacia el sepulcro vv. 3–4). Hay quienes opinan que María fue a comunicar esto solamente a Pedro y a Juan, según parece desprenderse del relato de Juan. Incluso hay quienes piensan que ambos vivían entonces en la misma casa, lo cual es muy improbable a la vista de 19:27. Por otro lado, el relato de Lucas (24:9–12) da a entender que los once apóstoles estaban juntos cuando les llegaron las noticias. La versión de Lucas parece confirmar lo que leemos en Mateo 28:8 y Marcos 16:10. No ha de extrañarnos, sin embargo, el que, aun cuando estuviesen juntos los once, sólo Pedro y Juan corriesen al sepulcro, ya que ambos eran los más íntimos de Jesús y los más favorecidos por el Maestro; de ahí que aparezcan juntos con mucha frecuencia especialmente después de la resurrección del Señor. Es muy natural que quienes son más favorecidos con las gracias y los dones del Señor, sean también los más activos y diligentes en cumplir con su deber como discípulos y más prestos a pasar fatigas y arrostrar dificultades. Véase aquí el uso que deberíamos hacer de las experiencias de otros hermanos. Cuando María corrió a decirles lo que había visto, ellos se apresuraron a ir al sepulcro y verlo por sí mismos. ¿Nos refieren otros el consuelo que sienten en el estudio y meditación de la Palabra de Dios y en la observancia de las ordenanzas? Tratemos también nosotros de participar en las mismas experiencias y de referirlo, por nuestra parte, a otros hermanos. Pedro y Juan corrieron (v. 4) hacia el sepulcro, para enseñarnos a ser diligentes en la práctica de las obras buenas. Ellos no pensaron en la dificultad de subir la pendiente ni en los posibles riesgos de la marcha; se animaron, sin duda, el uno al otro, con lo que vemos cuán bueno es tener una buena compañía en una buena causa y, también, lo digna que es de alabar la emulación santa entre los creyentes por superarse en las cosas espirituales y aventajar a otros en hacer el bien. No hubo malos modales en que Juan corriera más aprisa que Pedro. Tampoco nosotros hemos de despreciar a los que marchan detrás ni envidiar a los que van más deprisa que nosotros por el camino de la virtud, sino que hemos de poner todo nuestro empeño en hacer lo que podamos, sin excusas ni presunciones. Aparte de especulaciones que de poco sirven, ni en el terreno de la exégesis ni en la aplicación devocional, la razón más obvia de esta ventaja de Juan sobre Pedro en su carrera hacia el sepulcro es que Juan era más joven, no que su amor al Maestro fuese más fuerte que el de Pedro, para quien sus recientes negaciones habrían constituido un handicap psicológico (así opina M. Henry—nota del traductor—, quien añade: «Cuando la conciencia no está tranquila, perdemos terreno». No creo que fuese ésa la causa). Hendriksen se pregunta: «¿Cuál fue la causa por la que estos hombres pasasen del caminar al correr? ¿Fue, quizás, un mensaje de parte de las mujeres, quienes, en este momento, tenían algo muy sobrecogedor que comunicar a los Apóstoles? V. Mateo 28:1, 5–8 y lugares paralelos. No lo sabemos».
IV. Pedro y Juan, al llegar al sepulcro prosiguen la investigación que María Magdalena había comenzado (vv. 6–10).
1. Juan no fue más allá de lo que María había ido. Vio la tumba vacía: «Y bajándose a mirar, vio los lienzos colocados en el suelo, pero no entró». Quienes deseen adquirir mayor conocimiento de las cosas de Cristo, han de abajarse para mirar. Pero Juan no se atrevió a entrar el primero en el sepulcro. ¿Por qué? Unos autores opinan que por la viva emoción o el temor que sintió; otros piensan que fue por deferencia hacia Pedro, de más edad y portavoz siempre del grupo de los Apóstoles. La razón más probable, sin embargo, es el carácter contemplativo de Juan, frente al carácter vehemente, impulsivo, activo de Pedro. Léanse detenidamente los pasajes del Evangelio en que éstos dos discípulos entran en acción y se notará que siempre es Juan el primero que ve a distancia al Señor; pero es Pedro el que se tira al agua (v. 21:7, comp. con Mt. 14:28).
2. «Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos colocados en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte» (vv. 6–7). Lo que Juan, más temeroso, sólo pudo ver, Pedro, más atrevido y animoso, pudo observar con claridad. Juan corrió más aprisa que Pedro, pero Pedro se atrevió a entrar en el sepulcro antes que Juan. Hay creyentes que son rápidos y así sirven para espolear a otros que parecen más lentos; otros son más osados y sirven así para envalentonar a los que parecen tímidos y cobardes. De este modo con diferentes dones, los cristianos pueden ayudarse mutuamente a seguir al Señor. No temamos entrar en el sepulcro de Cristo, pues por allí pasó a la gloria; lo mismo ocurrirá con nuestro sepulcro; así que tampoco lo hemos de temer. Es muy interesante notar la forma en que hallaron Pedro y Juan los lienzos con que había sido amortajado el cuerpo del Señor: «yacían en el suelo», así como el sudario de la cabeza, el cual, no estaba junto con los lienzos, «sino enrollado en un lugar aparte». Esto significa, ni más ni menos, que los lienzos se hallaban en el mismo estado en que se hallaban cuando envolvían el cuerpo y la cabeza del Señor, teniendo en cuenta la compacta conglutinación que la abundante cantidad de especias con que había sido embalsamado prestaría a los lienzos. ¡Era, pues, evidente que nadie había podido llevarse el cuerpo sin los lienzos, pues no se habría preocupado de ordenarlos de aquella manera, ni habría podido hacerlo sin desenrollarlos! ¡El cuerpo, ya resucitado, no sujeto a la ley de la impenetrabilidad (vv. 19, 26 «estando las puertas cerradas»), había salido del sepulcro y dejado intactas, y en su lugar exacto, las envolturas! Notemos que Lázaro salió del sepulcro con la mortaja puesta y hubo necesidad de desatarle, porque resucitó para volver a morir, pero Cristo dejó la mortaja en el sepulcro, porque resucitaba a una nueva vida, completamente diferente de la anterior. Es como si Jesús hubiese dejado la mortaja en el sepulcro para nuestro uso; si el sepulcro es como un lecho donde los creyentes han de dormir es una ventaja que el Señor nos haya dejado la cama preparada con las sábanas puestas en orden. Hay también aquí otra aplicación enteramente espiritual: Cuando nos levantamos del lecho de muerte del pecado a una nueva vida de justicia, hemos de dejar tras de nosotros la mortaja propia de los cadáveres, como evidencia de que «hemos huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (2 P. 1:4b). Notemos los detalles que diferencian a Pedro y a Juan en sus respectivas reacciones ante la tumba vacía, y los lienzos en orden:
(A) Pedro aventajó a Juan en aventurarse. Juan no se atrevía quizás a entrar si Pedro no hubiera entrado primero. Es buena cosa ser estimulado por otro hermano más valiente, a fin de llevar a cabo una buena obra que nos parece difícil. El temor a la dificultad y al peligro suele desaparecer cuando observamos la resolución y el coraje de otros. Quizá la rapidez de Juan había hecho a Pedro correr más aprisa de lo que en él habría sido normal; ahora es la valentía de Pedro la que estimula a Juan a entrar en el sepulcro. A pesar de las recientes negaciones de Pedro, Juan siguió teniéndole por colaborador y condiscípulo y no pensó que fuese ningún desdoro el cederle la precedencia en entrar en el sepulcro del Señor.
(B) Pero Juan aventajó a Pedro en creer. Pedro vio y se asombró (Lc. 24:12), pero Juan vio y creyó (v. 8). Una mente dispuesta para la contemplación está más presta a recibir pronto la evidencia de las verdades divinas que una voluntad dispuesta para la acción. Pero, ¿cuál era la razón por la que eran tan tardos para creer? El propio evangelista nos dice (v. 9) que «aún no habían entendido la Escritura, que era menester que Él resucitase de los muertos». Aquí vemos: (a) Cuán ineptos eran al principio los discípulos para creer la resurrección de Cristo, lo cual nos confirma mejor la verdad del testimonio que posteriormente dieron de ella con tanta seguridad, puesto que, con su resistencia a creerla, se demuestra claramente que no eran tan crédulos como para ceder a una sugestión, ni tan simples como para dar crédito a cualquier informe. Era para ellos una idea sumamente extraña que no les cabía en la imaginación. Pedro y Juan (como los demás discípulos, especialmente Tomás) estaban tan poco inclinados a creerla, que sólo la evidencia más contundente pudo hacer que la testificasen y proclamasen después abiertamente con tanta seguridad. Con esto se prueba que, no sólo eran honestos y no querían engañar a otros, sino también sumamente cautelosos, que no querían ser ellos mismos engañados. (b) La razón de su resistencia a creer: porque aún no habían entendido la Escritura. Esto parece indicar que el evangelista mismo reconocía su falta, lo mismo que la de los otros.
3. Pedro y Juan ya no quisieron seguir más adelante en su investigación, sino que se volvieron con el ánimo suspenso entre el gozo y el asombro. El gozo de Juan parece manifiesto. El de Pedro sería similar, como vemos por 1 Pedro 1:3, 8. Así que «volvieron a los suyos»; es decir, cada uno a su casa respectiva. En casa de Juan había alguien, como hace notar Hendriksen, a quien el informe de la tumba vacía llenaría de gozo hasta rebosarle del corazón: la propia tía de Juan y madre del Salvador, María (v. 19:25, 27). Podemos hacer todavía algunas otras consideraciones provechosas:
(A) Uno de los motivos, quizá subconsciente, de Juan y Pedro en salir pronto del sepulcro pudo ser el evadirse a tiempo de la sospecha de que alguien creyese que ellos habían robado el cadáver o intentaban hacerlo. En horas de dificultad, resulta duro incluso a los mejores, proseguir en una tarea para la que están capacitados y llamados. Es probable que los demás discípulos estuviesen reunidos; y, por lo que se ve en los lugares paralelos, Juan y Pedro no tardarían en unirse a ellos para dar su propio informe.
(B) Es interesante observar que, antes de que Pedro y Juan fueran al sepulcro, se había aparecido allí un ángel que había removido la piedra, había asustado a la guardia colocada por los principales sacerdotes con el permiso de Pilato, y había consolado a las mujeres. Tan pronto como Pedro y Juan se habían ido del sepulcro, María Magdalena vio dos ángeles … el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido colocado (v. 12). No obstante, Pedro y Juan fueron al sepulcro, entraron en él y se volvieron sin haber visto a ningún ángel. Con esto vemos que los ángeles aparecen y desaparecen rápida y repentinamente a voluntad, de acuerdo con su naturaleza puramente espiritual, y conforme a las órdenes e instrucciones que reciben de Dios. Aunque pueden hacerse visibles, están de ordinario de manera invisible, pero real, donde no nos percatamos de ello; están especialmente dondequiera que se rinda culto a Dios en espíritu y en verdad: en nuestras propias asambleas como se deduce de la interpretación más probable de 1 Corintios 11:10 compárese con Eclesiastés 5:6. Esto nos ha de infundir respeto y sentido de humilde adoración en nuestros cultos, no sólo por la presencia de Dios, sino también por el celo de sus ángeles (comp. con Is. 6:1 y ss.).
Versículos 11–18
I. Vemos en esta porción la constancia y el fervor del afecto que María Magdalena profesaba al Señor (v. 11).
1. Se quedó en el sepulcro después que Pedro y Juan se habían marchado, porque allí habían puesto a su Maestro. Esta buena mujer, aunque pensaba que le había perdido, no quería retirarse del sepulcro y continuaba con el mismo amor, incluso cuando no disfrutaba del consuelo que ese amor le había proporcionado antes.
2. Se quedó allí «llorando junto al sepulcro» (v. 11). Sus lágrimas hablaban muy alto del amor que tenía a su Señor y Maestro. Quienes han perdido a Cristo tienen graves motivos para llorar pero los que buscan a Cristo y no le hallan deben llorar, no por Él sino por sí mismos.
3. «Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro» (v. 11b). Cuando buscamos algo que creemos haber perdido y es para nosotros de gran valor, buscamos y rebuscamos una y otra vez en el lugar donde últimamente lo teníamos y esperábamos encontrarlo. El llorar no nos ha de impedir el buscar. Aunque María lloraba, se inclinó para mirar.
II. La visión que tuvo de los ángeles en el sepulcro (v. 12).
1. Descripción de las personas que vio. Eran «dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido colocado». Aquí se nos declara:
(A) Su naturaleza: Eran ángeles, mensajeros del Cielo, enviados con un propósito: Honrar al Hijo. Ahora que el Hijo de Dios iba a ser manifestado en el mundo (no a todos sino a los testigos escogidos por Él, v. Hch. 10:40–41), los ángeles tenían el encargo de atenderle y servirle, como lo hicieron cuando nació. También eran enviados a consolar y confortar a los discípulos, y al darles la noticia de que el Señor había resucitado, los disponían y preparaban para verlo.
(B) Su número: Eran ahora dos, no una multitud del ejército celestial (v. Lc. 2:13). La multitud apareció para publicar las alabanzas de Dios, pero estos dos eran suficientes para dar testimonio (comp. con Nm. 35:30; Dt. 17:6; 19:15; Mt. 18:16; Jn. 8:17; 2 Co. 13:1; He. 10:28).
(C) Su vestimenta: Iban vestidos de blanco, color que simboliza pureza y santidad, también paz, verdadera o falsa, y victoria (comp. Ap. 6:2, con toda probabilidad el Anticristo, con Ap. 19:11, con toda seguridad el Señor Jesucristo). También los creyentes cuando estén glorificados, serán como ángeles (v. Mt. 22:30; Mr. 12:25; Lc. 20:36), e irán vestidos (lit. cubiertos) de ropas blancas (Ap. 7:14).
(D) Su postura y ubicación: Estaban sentados dentro del sepulcro, para enseñarnos a no temerle, ya que, para el creyente, el sepulcro no está fuera del camino que lleva al Cielo. Estos seres angélicos, al tomar posesión del sepulcro del Señor, habían asustado y ahuyentado a los soldados de la guardia, y representaban la victoria de Cristo sobre el poder de las tinieblas. El estar sentados el uno frente al otro, uno a la cabecera, otro a los pies del sepulcro, puede recordarnos también a los querubines, situados a ambos lados del propiciatorio, el uno frente al otro para cubrirlo con sus alas. Cristo crucificado fue el gran propiciatorio, más aún, la propiciación en persona (v. 1 Jn. 2:2), y a ambos lados de Él vemos estos dos ángeles, no con espadas flameantes para impedirnos el acceso al árbol de la vida (v. Gn. 3:24), sino como mensajeros acogedores que nos dirigen hacia el verdadero árbol de la vida.
2. La pregunta, llena de compasión, que dirigen a María Magdalena: «mujer, ¿por qué lloras?» (v. 13). Como si dijesen: ¿Por qué lloras, precisamente cuando tienes tantos motivos para regocijarte?
¿Cuántos raudales de lágrimas podríamos evitarnos o hacer que se secaran en seguida, si investigáramos con serenidad cuál es la causa de nuestros pesares. Con esta pregunta, mostraban también los ángeles el interés que tienen en los problemas y las penas de los creyentes (v. He. 1:14). Esto debería enseñarnos a compartir mutuamente las penas y las alegrías (Ro. 12:15). Le preguntan los ángeles a María, únicamente para tomar de ahí ocasión de informarle de lo que había de trocar en alegría su pesar.
3. La melancólica respuesta de ella: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto»
(v. 13b). Vemos:
(A) La debilidad de su fe. Muchas veces nos turbamos con dificultades imaginarias, cuando la fe nos debiera hacer verlas como verdaderas ventajas.
(B) La fortaleza de su amor. A María Magdalena no la distraen de su anhelante búsqueda ni la sorpresa de la visión de los ángeles ni el honor que esta visión supone para ella. Ella sigue con su tema favorito, como un arpa que da siempre la misma nota: «Se han llevado a mi Señor». Ni la visión ni la sonrisa de los ángeles le bastan a quien busca afanosamente la visión de Cristo y la sonrisa de Dios en Él. Al contrario, la visión de los ángeles no es para ella sino una oportunidad para proseguir su búsqueda del Señor. Los ángeles le habían preguntado: «¿Por qué lloras?» Ella viene a responder: «Tengo grande y grave motivo para llorar, porque se han llevado a mi Señor». Solamente la persona que ha disfrutado anteriormente de los consuelos del amor de Dios y los ha perdido después, ya sea por culpa propia, ya sea porque Dios la está purificando, y la hace pasar por la «noche oscura» de que habla Juan de la Cruz, sabe por experiencia lo que es la soledad y la amargura de un alma que se siente desolada sin el consuelo sensible de la presencia del Señor.
4. Conviene, antes de pasar adelante, hacerse aquí la pregunta: ¿Por qué se aparecieron estos ángeles a María Magdalena y a las otras mujeres, y no a Pedro y a Juan? Hay quienes opinan que la fe de las mujeres era más débil, y por eso necesitaba de esta especie de refuerzo. Pero, como hace notar Hendriksen, el texto sagrado apunta en dirección contraria, pues el mensaje que los ángeles llevaron a estas mujeres (comp. 20:13 con Mt. 28:5–7) parece más bien una recompensa al singular ministerio de amor y servicio al Señor al que estas mujeres se habían dedicado (v. Lc. 8:2–3). En último término, no podemos dar una respuesta categórica a dicha pregunta. También se ha especulado sobre la ausencia, en el texto sagrado, de toda referencia a una aparición de Cristo a su madre después de su resurrección. La razón podría ser, según unos exegetas, que María no la necesitaba, porque su fe no requería esta evidencia (comp. con Lc. 1:45, a la vista de Jn. 20:29). Otros opinan que los evangelistas no mencionan esta visita del Señor a su madre, porque se da por supuesta, incluso antes que a cualquier otra persona.
III. Cristo se aparece a María Magdalena mientras ésta habla con los ángeles (vv. 14–17). Antes de que los ángeles replicaran a la melancólica respuesta de María, el Señor mismo entra en escena. Pronto va a saber dónde está su Señor, pues no está lejos de ella. Quienes deseen contentarse con una mirada a Cristo no se verán defraudados en su deseo, porque cuando Cristo se manifiesta a los que le buscan, les remunera al superar la expectación de ellos. María suspira por ver el cadáver del Señor, y he aquí que lo tiene a su vera vivo. Así es como el Señor responde las oraciones de los suyos, pues es «poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos» (Ef. 3:20). Analicemos en detalle esta porción.
1. Al principio, Jesús se mantuvo oculto a los ojos de María.
(A) Estaba allí como una persona corriente, y así es como ella lo vio (v. 14): «Dicho esto, se volvió y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús». De nuevo se preguntan los exegetas: ¿Qué es lo que hizo a María volverse? Después de todo, sólo Dios conoce la respuesta. Pero Hendriksen menciona las siguientes opiniones: (a) Porque Jesús se apareció repentinamente y los ángeles, al verlo, se postraron en adoración, lo que hizo que María se volviera para ver cuál era la causa de este gesto. (b) Porque los ángeles, al ver a Jesús, apuntaron hacia Él, y dieron a entender a María que no debería seguir mirando al sepulcro, sino en dirección contraria. (c) Porque María sintió los pasos de alguien que se acercaba. (d)
Porque los ángeles desaparecieron súbitamente de la vista. Como dice Hendriksen: «No plugo al Señor indicarnos la respuesta». Después de todo, es un detalle sin importancia. La aplicación práctica es que, como dice David: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón» (Sal. 34:18); más cerca de lo que ellos se imaginan. Quienes buscan a Cristo, aunque no le vean, pueden estar seguros de que no está lejos de ellos. Pero, si le buscan diligentemente pondrán todos los medios posibles para hallarle. María
«se volvió», como si se espera nuevos descubrimientos; en último término, fue su ardiente deseo de encontrar a Jesús lo que la hizo volverse a todos los lados. «Mas no sabía que era Jesús». Cristo puede estar muchas veces cerca de los suyos sin que éstos se den cuenta. También está en los suyos (v. Mt. 25:40, 45; Hch. 9:5), y en ellos quiere también que se le vea y se le atienda y asista.
(B) Jesús le hizo una pregunta corriente, a la que ella contestó de una forma que mostraba su gran amor, a la vez que su falta de conocimiento (v. 15).
(a) La pregunta que Jesús le hizo fue la que cualquiera otra persona le habría hecho: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Por lo que se ve, éstas fueron las primeras palabras que habló Jesús después de su resurrección. Por aquí se echa de ver que el Señor toma nota: 1) Del dolor, la pena y la tristeza de los suyos: «¿Por qué lloras?» 2) De los problemas y preocupaciones de los suyos: «¿A quién buscas?» Aunque sepa de antemano que le buscan a Él, quiere saberlo de labios de ellos.
(b) La respuesta que María le dio «Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré». Aquí vemos: Primero, su incapacidad para reconocer al Señor. Supuso que era el hortelano, pues no le cabía en la cabeza que Jesús hubiese resucitado y, al hallar a un hombre en un huerto, creyó que era el hortelano. Quizá, como vemos en Marcos 16:12; Lucas 24:16, su figura era distinta (comp. con Mr. 9:3) de la que tenía antes de morir (v. también 1 Co. 15:35– 44). Además, los espíritus turbados por la oscuridad de la tristeza y de la preocupación son propensos a no reconocer la presencia del Señor. Segundo, la grandeza de su afecto al Señor. Su ánimo está tan embebido en la búsqueda de Cristo como su única preocupación, que supone que los demás saben a quién se refiere cuando dice: «Señor, si tú lo has llevado», como si un jardinero corriente estuviese pensando en la misma persona por la que ella preguntaba. Este mismo gran afecto que profesaba a Jesús hace que no se percate del esfuerzo y del peligro que para ella habría de suponer cargar con el cadáver de Jesús y llevárselo luego un largo trecho. Una mujer no habría tenido fuerza suficiente para ello. Pero el amor verdadero no cede ante las dificultades ni se percata de la falta de fuerzas físicas, pues está siempre presto a sacar fuerzas de flaqueza cuando se trata de conseguir el objeto de su afán. Cristo no necesita quedarse donde se le mira como a una carga (v. Lc. 8:37).
2. Al llegar a este punto, Jesús se manifiesta a María Magdalena, dándole pruebas infalibles de su resurrección (vv. 16–17). Veamos:
(A) En qué forma descubrió Jesús su identidad a María: «Jesús le dijo: ¡María!» Sólo una palabra, pero no en la forma ordinaria de un hortelano, como antes, sino con el tono especial con que Jesús solía llamarla por su nombre, en la forma familiar que sólo una persona, Cristo, podía llamarla. «Sus ovejas conocen su voz» (10:4). Como ya hemos notado en otro lugar, así como la masculinidad se muestra en el ver (comp. 5:19), al ser para un hombre un documento escrito más fehaciente que cien mil palabras, la femineidad, en cambio, se muestra mejor en el oír (comp. con 16:13, ya que el Espíritu Santo representa, en cierto modo, el lado femenino de la Deidad); por eso, una palabra de afecto al oído de una mujer es más apreciada que cien mil documentos. Con esta sola palabra, la oscuridad en el ánimo de María se convirtió en luz meridiana como cuando los terrores de los discípulos se serenaban inmediatamente que el Señor decía: «Yo soy» (Mt. 14:27; Mr. 6:50; Jn. 6:20).
(B) Al oír la voz del Maestro que, con aquel tono peculiar, la llamaba por su nombre, María se volvió rápidamente y le dijo: «¡Rabuní! (que quiere decir, Maestro)». Juan traduce, en el paréntesis del propio texto sagrado, para sus lectores no judíos, el sentido del arameo «Rabuní»; y lo hace escuetamente, pues, en realidad significa «Maestro mío». Además, el término no es Rabí, aplicable a cualquier maestro judío, sino al Rabón o Rabán: «Gran Maestro» o «Gran Rabí», título que sólo a muy pocos rabinos se daba (entre ellos, a Gamaliel I y Gamaliel II). Como hace notar Hendriksen, dicho título se usaba con frecuencia en referencia al mismo Dios. Este respeto que María muestra al Señor al llamarle de este modo nos enseña que, a pesar de la íntima comunión que tengamos con Cristo, y del libre acceso al trono de la gracia (He. 4:16), no hemos de olvidar que Él es nuestro Gran Maestro y Señor Soberano; nuestro amor a Él ha de ir de la mano con el máximo respeto. Notemos también con qué rapidez se volvió María al oír la voz de Jesús, sin preocuparse más de los ángeles. Del mismo modo hemos de retirar nosotros la vista de toda criatura, aun de la mejor y más brillante, para poner nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (He. 12:2). Cuando pensó que era el hortelano, María tenía la vista retirada de Él, como lo denota el texto; pero, en cuanto Jesús la llamó por su nombre, volvió los ojos, «volviéndose ella», hacia Jesús.
(C) Las ulteriores instrucciones que Cristo le dio: «Jesús le dijo: Suéltame (lit. no continúes asiéndome), porque aún no he subido a mi Padre» (v. 17). Estas frases de Jesús han causado muchos quebraderos de cabeza a los comentaristas (quien desee ver la mayoría de las interpretaciones, consulte el comentario de Ryle. Nota del traductor). Gran parte de la confusión es originada por una mala traducción del primer verbo en el sentido de: «No me toques», lo cual está en abierta contradicción con Mateo 28:9 y Juan 20:27. El verbo significa más bien «asir» que «tocar», y éste es su sentido también en lugares como Colosenses 2:21; 1 Juan 5:18 (también el del derivado aphé en Ef. 4:16; Col. 2:19). Además, y esto es lo más importante para huir de tal confusión, es que el verbo está en presente de imperativo, el cual indica una acción continuada, lo que supone que María estaba ya asida a los pies de Jesús. La frase siguiente:
«porque aún no he subido al Padre» sólo admite dos interpretaciones realmente congruentes: (a) «porque todavía quedan cuarenta días hasta mi ascensión a los cielos y, por tanto, tendrás tiempo de verme y tocarme; ahora, ve a mis hermanos …»; (b) «porque todavía no es el tiempo de conceder especiales favores, mientras no haya ascendido al cielo y os envíe el Espíritu Santo, o vuelva yo mismo a llevaros conmigo». De estas dos interpretaciones (nota del traductor), tengo por más probable la primera. En vez de seguir asida a los pies de Jesús, María debe ir a comunicar el mensaje de la resurrección: «mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (v. 17b). Nótese cómo, en Juan, el mensaje de la resurrección va ligado al de la ascensión, e incluso (v. 22) al del descenso del Espíritu en Pentecostés, ya que todo ello forma parte del llamado «misterio pascual». Esto es lo más importante; y, por eso, María debe ahora dar de lado a su devoción personal y comprometerse en la obra de testificar del Señor (Hch. 1:8). Nótense algunos detalles dignos de particular consideración:
(a) La forma en que Jesús alude a sus discípulos: «ve a mis hermanos». Cuando estaba a punto de entrar en la gloria del Padre llama «hermanos» a sus discípulos; antes les había llamado «siervos» (Lc. 17:10); después les llamó «amigos» (Jn. 15:15); ahora les llama «hermanos» por primera vez. Cristo es alto, pero no es altivo; a pesar de su altísima elevación, no desdeña en abajarse a la condición de sus pobres discípulos. No los había visto juntos desde que «todos le abandonaron y huyeron» (Mr. 14:50) cuando fue arrestado en el huerto de Getsemaní. Pero Él perdona, olvida y no les echa en cara esto.
(b) Quién era la persona que llevaba el mensaje, como primer testigo de la resurrección de Cristo:
«María Magdalena, de la que habían salido siete demonios» (Lc. 8:2). Ésta era su recompensa por la gran constancia y el sincero afecto con que se adhirió al Maestro, pues se convirtió así en apóstol de los Apóstoles. Podrá extrañar a muchos el que Pablo no la mencione (ni a las otras mujeres) en 1 Corintios 15:5–8, pero ha de tenerse en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres no eran consideradas como testigos válidos ante un tribunal; por ello, sin duda, Pablo se abstiene de nombrarlas.
(c) Cuál es el mensaje que llevó a los Apóstoles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Aquí es de notar:
Primero, el consuelo inefable que nos proporciona esta relación íntima con Dios, como resultado de nuestra unión con Jesús: Por ser Él «el primogénito entre muchos hermanos» (Ro. 8:29, comp. con He. 2:11–18), tenemos un Padre común: el Padre de Jesús es nuestro Padre, y el Dios de Jesús es nuestro Dios. Aunque Jesucristo es Dios como el Padre, es también hombre como nosotros; por eso, Pablo puede hablar del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (2 Co. 1:3; Ef. 1:3). Dios es Dios y Padre del Redentor, para sostenerle, a fin de ser también el Dios y Padre de los redimidos. Fue gran condescendencia de parte de Jesús el reconocer como Dios y Padre de los creyentes al que es su propio Padre.
Segundo, que, aunque es cierto que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es también nuestro Dios y Padre y, por eso, podemos acudir a Él diciéndole: «¡Abbá, Padre!», y éste es el sentido primordial de las expresiones de Jesús en el versículo que comentamos, no se puede olvidar que nuestra relación con el Padre no es la misma que la de Jesús, puesto que Él es el Hijo Unigénito por naturaleza, el Hijo propio (Ro. 8:32, comp. con Gá. 4:4), mientras que nosotros lo somos por adopción (Ro. 8:15), aun cuando esta adopción no es como la adopción legal de los hombres, la cual se establece meramente por medio de un documento, sino que de una manera real, misteriosa, somos nacidos de Dios (1:13, comp. con 3:3–8; 1 P. 1:23). Esta diferencia entre la filiación natural de Jesús y la adoptiva nuestra se echa de ver, no sólo en el presente versículo, sino también por el hecho de que Jesús, al aludir a Dios, siempre dice «vuestro Padre», sin incluirse Él en el adjetivo posesivo. Únicamente, al enseñar a sus discípulos a orar, les dice:
«Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro …» (Mt. 6:9). «Cuando oréis, decid: Padre nuestro …» (Lc. 11:2). Él no se incluye, pues dice: «Vosotros …».
Tercero, que también nos es de gran consuelo la ascensión de Jesús a los cielos, como lo fue para los discípulos cuando María les llevó el mensaje de Jesús: «Subo a mi Padre». En Lucas 24:52 leemos, en efecto que, inmediatamente después de la ascensión de Jesús a los cielos «ellos, después de haberle adorado, se volvieron a Jerusalén con gran gozo». Este mensaje de la ascensión comportaba: (i) Una advertencia para estos discípulos, de que no habían de esperar que la presencia corporal de Jesús continuase en la tierra. Así también, los que son resucitados a la vida espiritual, han de percatarse de que son resucitados para ascender, no deben pensar que este mundo ha de ser su residencia y su reposo, sino que, al haber nacido de arriba, tienen arriba su patria, por eso, hemos de poner nuestra mira en las cosas de arriba (Col. 3:1–3), por cuanto hemos sido resucitados y ascendidos legalmente, posicionalmente, juntamente con Cristo (Ef. 2:6). (ii) Un consuelo para estos mismos discípulos, y para todos los que hemos creído en Él por la palabra de ellos (17:20). Cuando dice que sube al Padre, que es su Padre y nuestro Padre, lo dice con aire de triunfo, para que se regocijen los que le aman, pues sube allá como nuestro Precursor (comp. con 14:2–3). Nos va a preparar un lugar y estará presto para darnos la bienvenida cuando lleguemos allá.
IV. María Magdalena comunicó fielmente a los discípulos el mensaje que le dio el Señor: «Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor y que Él le había dicho estas cosas» (v. 18). Pedro y Juan la habían dejado junto al sepulcro (o se habían ya marchado cuando ella llegó, como es más probable), mientras ella se quedaba allí llorando (v. 11); no se quedaron allí aguardando como lo hizo ella. Así que ella, al buscar un cadáver, se encontró con un cuerpo vivo y glorificado; halló, pues, mucho más de lo que buscaba, y tuvo el gozo de ver al Maestro y conversar con Él. Cuando Dios nos consuela es con objeto de que nosotros, por nuestra parte, consolemos a otros (comp. con 2 Co. 1:3–7). María comunicó a los discípulos lo que había visto y lo que había oído:
«que Él le había dicho estas cosas» para que las comunicase a ellos.
Versículos 19–25
La prueba infalible de la resurrección de Cristo es que «se presentó vivo» (Hch. 1:3). En la presente porción, tenemos un informe de la primera aparición de Jesús resucitado el mismo día en que resucitó, al grupo de los Apóstoles, estando ausente Tomás. A renglón seguido, Juan nos refiere la incredulidad de Tomás, cuando los otros diez le contaron la aparición de Jesús. Ya les había enviado Jesús, por medio de María Magdalena, las nuevas de su resurrección, pero quiso venir Él en persona, a fin de confirmar la fe de ellos y para que pudiesen ser testigos de vista, de primera mano, del fundamental hecho de su resurrección. Observemos:
I. Cuándo y dónde se llevó a cabo esta aparición de Jesús: «Al atardecer de aquel mismo día, el primero de la semana» (v. 19). Hay, a mi modo de ver, tres ordenanzas secundarias, por llamarlas así instituidas por el Señor Jesús para que se observen en su Iglesia. El domingo, comúnmente llamado «Día del Señor» (sin base bíblica. Nota del traductor), la reunión en asamblea, y el ministerio específico. La mentalidad de Cristo acerca de cada una de estas tres ordenanzas nos es indicada claramente en estos versículos; de las dos primeras, aquí, en las circunstancias de su aparición; de la tercera, en el versículo 21.
1. Tenemos primero el sábado cristiano, observado por los discípulos y reconocido por el Señor Jesús. La primera visita que Jesús hizo a sus discípulos fue en el primer día de la semana. Y este primer día de la semana es el único día, de la semana, del mes o del año, que es mencionado numéricamente en todo el Nuevo Testamento, según creo; y de él se habla varias veces como día que era observado religiosamente. En efecto, el mismo Señor bendijo y santificó este día con una «nueva creación» (v. 2 Co. 5:17), a semejanza de la primera creación, que también comenzó en domingo (v. Gn. 1:5), ya que al siguiente día se le llama «segundo» (Gn. 1:8), es decir, el lunes.
2. Tenemos igualmente una primera asamblea cristiana (aunque la Iglesia nació oficialmente el día de Pentecostés), solemnizada por los Apóstoles, y reconocida también por el Señor Jesús. Es probable que
los discípulos estuviesen reunidos allí en grupo para orar juntos y, quizás, para algunas otras prácticas religiosas; en especial, para intercambiar ideas, fortalecerse mutuamente las manos y acordar las medidas oportunas que debían tomarse en la presente crítica situación. Esta reunión era privada, porque no se atrevían a presentarse en público. Estaban reunidos en una casa, pero con las puertas cerradas, para que no les viesen juntos y para que sólo los bien conocidos pudiesen entrar con ellos, pues tenían miedo a los judíos. Estas ovejas habían sido dispersadas, al ser herido el Pastor (v. Mt. 26:31; Mr. 14:27). Pero la oveja es un animal sociable y, pasada la tormenta, la «manada pequeña» (Lc. 12:32) volverá a reunirse. No es cosa nueva el que las reuniones de los discípulos de Cristo sean llevadas a un rincón o tengan que celebrarse en el desierto. El pueblo de Dios se ha visto obligado con frecuencia a encerrarse en aposentos, como aquí, por miedo a las autoridades.
II. Lo que se llevó a cabo y se dijo en esta visita que Cristo hizo a sus discípulos. Cuando estaban reunidos, Cristo se presentó en medio de ellos, con lo que cumplió así físicamente lo que, en sentido espiritual, había anunciado en Mateo 18:20. Aparte de las inadmisibles explicaciones que ofrecen los teólogos liberales, no podemos aceptar tampoco la opinión de Lutero y sus más inmediatos secuaces (p. ej., Lenski) de que la naturaleza humana de Cristo está en todas partes, y que sólo necesitaba hacerse visible, pues, como hace notar W. Hendriksen, el texto sagrado dice claramente que «vino Jesús y se puso en medio», lo cual indica que entró, a pesar de que estaban las puertas cerradas. Eso no ha de extrañarnos si consideramos que el cuerpo resucitado y glorioso no está sujeto a las leyes de la gravedad y de la impenetrabilidad (v. 1 Co. 15:42–44). Al conocer la estructura atómica de la materia, nos resulta hoy más fácil todavía entender la posibilidad sobrenatural de penetración a través de espacios cerrados. Es un gran consuelo para los discípulos de Cristo, cuando sus reuniones tienen que celebrarse en privado, que no hay cerraduras que puedan impedir la presencia del Señor Jesús en medio de ellos. En esta aparición del Señor, podemos considerar cinco cosas:
1. Su amable y familiar saludo a los discípulos: «Les dijo: Paz a vosotros». La frase era común saludo entre los judíos, pero ahora adquiría un relieve peculiar; ahora significaba verdaderamente: «La paz, mi paz (14:27), sea con vosotros: Toda clase de bienes, siempre y en todo». Este es el legado que Cristo les había dejado en su gran despedida del Aposento Alto, y aquí comienza a pagarles el legado que había prometido: Paz con Dios, paz en vuestra conciencia, paz unos con otros; toda clase de paz verdadera; no la paz con el mundo o del mundo, sino la paz de Cristo y en Cristo. Su repentina presentación en medio de ellos, no pudo menos de causarles algún susto o, incluso, consternación; pero, como otrora a las olas del mar de Galilea, así también ahora calma pronto el miedo de ellos con esta sola frase: «Paz a vosotros».
2. La clara e innegable manifestación que de sí mismo les hizo: «Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado» (v. 20). Obsérvese:
(A) El método que empleó para convencerles de la realidad de su resurrección. Nadie podía desear una prueba más fuerte que las marcas o cicatrices abiertas de las heridas de su cuerpo. Estas marcas quedaron en su cuerpo después de su resurrección como pruebas irrefutables de ella y para ser garantía de su intercesión en el Cielo a nuestro favor (He. 7:25). Los conquistadores se glorían en las heridas recibidas en el campo de batalla. Estas heridas mostraban que era el mismo que había derrotado al demonio, al pecado y a la muerte en la Cruz del Calvario, y por eso resucitaba con ellas, para que dieran en la tierra testimonio de su resurrección así como en el Cielo habían de ser garantía de intercesión luego que hubiese subido allá. Con la vista de estas marcas, los discípulos podían quedar plenamente convencidos, al tener la satisfacción de verle, no sólo con el mismo rostro, y de oírle con su misma voz, sino también con esta singular identificación debida a las heridas producidas por los clavos y la lanza del soldado; por eso les mostró las manos y el costado. El Redentor exaltado por encima de todo (Ef. 4:10; Fil. 2:9–11) quedó así, para siempre, con las manos y el corazón abiertos a todos sus fieles amigos y seguidores.
(B) La impresión que produjo en ellos. Quedaron convencidos de haber visto al Señor; su fe quedó robustecida. Así les pasa a muchos creyentes que, mientras eran débiles, temían que sus consuelos fuesen imaginarios, pero después se percatan, con la gracia que fortalece, de que eran reales y sustanciales: «Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor». El evangelista, que estaba presente, parece escribirlo con cierto aire de triunfo y alegría. Como si dijese: «¡Entonces, entonces, se alegraron los discípulos, cuando vieron al Señor!» ¡Cómo revivirían los corazones al oír que Jesús estaba vivo de nuevo! Mucho más les alegraría el verle entre ellos. También para ellos era como «vida de entre los muertos» (comp. con Ro. 11:15). Ahora se cumplía lo que les había dicho Jesús hacía escasamente tres días: «Os volveré a ver y se gozará vuestro corazón» (16:22). Esto bastó para enjugar toda lágrima de los ojos de ellos.
3. La comisión que les encargó para ser sus agentes en la plantación de la Iglesia (v. 21), donde vemos:
(A) El prólogo a tal comisión, el cual consistió en la repetición del saludo anterior: «Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros». La primera vez, dicho saludo tenía por objeto acallar el tumulto de los temores de ellos, a fin de que con toda calma, pudieran comprobar la realidad de su resurrección; esta segunda vez, tenía por objeto reducir los transportes de júbilo de ellos a fin de que, también con toda calma, pudiesen escuchar la comisión que les iba a dar. Y, para animarles a aceptar el encargo que les encomendaba, les imparte de nuevo su paz. Cristo estaba ahora para enviar a sus discípulos a proclamar paz por todo el mundo y, por eso, no sólo la imparte a ellos, sino que los hace depositarios de ella, a fin de que la confieran también a otros.
(B) La comisión misma: «Como me envió el Padre, así también yo os envío». Es fácil de entender cómo los envió Cristo a ellos: les encargó que continuaran en el mundo la obra de Él, autorizándoles con una garantía divina, armados de un poder divino (comp. con Hch. 1:5, 8). Por eso fueron llamados Apóstoles, que quiere decir enviados. Pero cómo les envió Cristo de la misma manera que el Padre le había enviado a Él, ya no se entiende tan fácilmente, pues ciertamente la comisión y los poderes que ellos recibían eran infinitamente inferiores a los de Él. Sin embargo:
(a) La obra que ellos iban a llevar a cabo era del mismo género que la de Él, y ellos habían de tomar el relevo donde Él lo había dejado (comp. con Col. 1:24). Así como Él había sido enviado «para dar testimonio de la verdad» (18:37), también ellos; no para ser mediadores de la reconciliación, sino sólo proclamadores del mensaje de la reconciliación (v. 2 Co. 5:18–20). Así como el Padre le había enviado a Él «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt. 15:24), así Él los enviaba a todo el mundo.
(b) Él tenía poder para enviarles a ellos, un poder igual al del Padre al enviarle a Él. Con la misma autoridad con que el Padre le había enviado, los enviaba Él a ellos. Así como Él tenía autoridad incontrovertible y capacidad irresistible para su obra, así ellos la tenían, siempre en sumisión a la Palabra y bajo la guía del Espíritu Santo, para llevar adelante la misma obra. «Como me envió el Padre»; en virtud de la autoridad que le había sido conferida como a Mediador, les confería Él la misma autoridad para obrar en nombre de Él y por su causa, de forma que quienes recibiesen o rechazasen el mensaje de ellos, recibían o rechazaban el mensaje de Jesús (13:20, comp. con Mt. 10:40; Lc. 10:16), y al recibir o rechazar a Jesús, recibían o rechazaban también al Padre.
4. La forma en que los capacitó para cumplir con su comisión: «Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). Notemos:
(A) La señal que usó: «Sopló» sobre ellos; no sólo para mostrarles, mediante este soplo de vida, que Él mismo estaba vivo (comp. con Gn. 2:7), sino también para darles a entender la vida y el poder espirituales que habían de recibir de Él. Así como el aliento del Altísimo dio vida al primer hombre y comenzó el antiguo mundo, así también el aliento del poderoso Salvador dio vida a sus ministros y comenzó un nuevo mundo. El Espíritu es aliento de Cristo (v. Ro. 8:9 «el Espíritu de Cristo»), pues procede de Él, así como del Padre (v. 15:26). El aliento de Dios simboliza el poder de su ira (v. p. ej., Is. 11:4; 30:28, comp. con 2 Ts. 2:8), pero el aliento de Cristo simboliza el poder de su gracia; así que el respirar amenazas (comp. con Hch. 9:1) se cambia en respirar amor en virtud de la mediación de Cristo. El Espíritu es el don de Cristo (4:10). Los Apóstoles comunicaban el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos (v. p. ej., Hch. 8:17–18), porque sólo lo podían dar como mensajeros transmisores, pero Cristo confería el Espíritu Santo mediante el aliento de su boca, porque era el autor del don. (B) La solemne donación que les hizo: «Recibid el Espíritu Santo». Donde vemos que:
(a) Cristo les ofrece aquí seguridad de la ayuda que el Espíritu Santo les ha de prestar en su futura obra; como diciéndoles: «Yo os envío, y tendréis el Espíritu para que os acompañe en todo el camino». A quienes Cristo usa, también los reviste de su Espíritu y los equipa con todos los poderes necesarios.
(b) También les confiere una experiencia del influjo del Espíritu Santo en el presente caso. Les había mostrado las manos y el costado para convencerles de la verdad de la resurrección. Ahora es como si les dijera: «Recibid el Espíritu Santo, para que obre en vosotros la fe». Estarían expuestos ahora a la furia de los judíos; necesitaban, pues, el poder del Espíritu Santo para darles el «hablar con denuedo la palabra de Dios» (Hch. 4:31). Y lo que Cristo dijo a los Apóstoles, lo dice a todos los creyentes: «Recibid el Espíritu Santo» (v. p. ej., Hch. 19:2; Gá. 3:2).
5. Cristo les concede explícitamente autoridad para readmitir en la comunión eclesial y para excluir de tal comunión, en las palabras siguientes: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les quedan retenidos» (v. 23). Como es sabido, en este versículo apoya la Iglesia de Roma su doctrina sobre la absolución de los pecados en el llamado «sacramento de la Penitencia». Cuando se compara este lugar con Mateo 16:19 y 18:18, se advierte que ésta viene a ser, en Juan, la misma concesión que aparece en Mateo, y puede darse como seguro que aquí se trata del ejercicio de la disciplina en la iglesia local; mediante esa disciplina (comp. con 1 Co. 5:4–5) la congregación, por boca de sus líderes, excluye de la comunión eclesial (no de la comunión interior con Dios mismo) a quienes son notoriamente indignos de ella (v. 1 Co. 5:11–13; 2 Jn. 10); del mismo modo, tiene autoridad para readmitir en dicha comunión a quienes han dado suficientes pruebas de verdadero arrepentimiento. Gran número de comentaristas evangélicos, por no saber discernir este aspecto en las palabras de Jesús, sacan conclusiones absurdas y tuercen el texto para que no diga lo que ellos temen que diga, ya sea al referir esas palabras a la predicación del mensaje, la cual siempre produce una división en los oyentes, ya sea al traducir «les han sido ya remitidos … les han sido ya retenidos», para dar a entender que el ministro de Dios sólo puede refrendar lo que ha sido hecho en el Cielo. En cuanto a lo primero (nota del traductor), es de advertir que no es el predicador el que retiene los pecados con su mensaje, sino el oyente por no recibir el mensaje. En cuanto a lo segundo, tal traducción no tiene ningún sentido; primero, porque el ministro de Dios no es quién para declarar si los pecados de una persona han sido remitidos o no en el Cielo; segundo, porque una declaración de tal índole resultaría ridícula. El texto, lo mismo que en Mateo 16:19; 18:18, habla del ejercicio de una autoridad concedida a la Iglesia, y refrendada por el mismo Dios siempre que la exclusión y readmisión, respectivamente, se lleven a cabo de acuerdo con las normas de la Palabra de Dios y bajo la guía del Espíritu Santo. «Esta autoridad—hace notar Hendriksen—ha de ejercerse en el espíritu de amor pues tiene por objeto “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:12)». Antes de excluir a un creyente de la comunión eclesial, la iglesia con sus pastores debe agotar todos los recursos; en especial, orar por y con la persona y hasta llorar por y con ella, de forma que prevalezca el amor y no cobre ventaja el diablo. De ahí que se necesite un influjo especial del Espíritu Santo, porque si Él no les concede el don de discernimiento, no estarán equipados para poder ejercer con garantías tal autoridad disciplinaria. Pero, sin embargo, queda encomendada por Cristo con su propia garantía, a fin de que la iglesia y, en especial, los fieles administradores de los misterios de Dios (v. 1 Co. 4:1–2) se sientan animados, no sólo para proclamar el mensaje que deben predicar sin temor a los hombres y sin acepción de personas, sino también para ejercer debidamente la disciplina, a fin de que el cuerpo de Cristo brille por su pureza tanto como por su fe y su amor, y saber que, si obran como es debido, tendrán el refrendo del Señor, se sentirán alentados y honrados con tal elevado ministerio.
III. La incredulidad de Tomás, que dio ocasión a la segunda aparición del Señor resucitado al grupo de los Apóstoles. Veamos:
1. La ausencia de Tomás en la primera aparición: «Pero Tomás uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús» (v. 24). Aun cuando ahora eran once, se dice que era uno de los doce, como para dar a entender que el colegio apostólico formaba un número cerrado: doce Apóstoles, en representación de las doce tribus de Israel. Faltaba Tomás a la reunión y, con su ausencia, se había privado a sí mismo de la satisfacción y de la alegría de ver en esta ocasión vivo y resucitado al Maestro. Con esto se nos da a entender de alguna manera simbólica que los discípulos de Cristo nunca se hallarán todos juntos hasta que no llegue la asamblea general de que se nos habla en 1 Tesalonicenses 4:17.
2. El informe que los demás discípulos le dieron: «Le dijeron, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor» (v. 25a). Parece ser que, aun cuando Tomás no había estado con ellos en esa ocasión, no se había marchado lejos de ellos. Los que se ausentan por algún tiempo de nuestras reuniones, no deben ser considerados «apóstatas». Tomás no es Judas. Puede adivinarse en el texto mismo la exultación de los otros diez discípulos al decir a Tomás: «Hemos visto al Señor». Como si dijeran: «Hemos visto al Señor.
¡Qué lástima que no estuvieses con nosotros cuando Él vino!» Los discípulos de Cristo deben hacer todo lo posible para edificarse mutuamente en la fe cristiana y en el amor que Cristo les dejó como distintivo (13:34–35), ya sea al repetir a los ausentes lo que han oído ya sea al comunicaro las experiencias espirituales que han tenido. Quienes por fe han visto al Señor y han gustado su benignidad (Sal. 34:8; 1 P. 2:3), deberían comunicar a otros lo que Dios ha hecho por ellos, con tal que quede excluida toda jactancia: «El que se gloría, gloríese en el Señor» (1 Co. 1:31; 2 Co. 10:17, comp. con Jer. 9:23–24).
3. Las objeciones que Tomás puso contra la evidencia: «Él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré en absoluto» (v. 25b). Tomás expresa aquí una terquedad sin medida. Ya se había caracterizado por su talante pesimista (v. 11:16; 14:5), pero ahora lleva su desconfianza a tal grado, que no sólo no se atiene a lo que el propio Jesús había dicho más de una vez que había de resucitar al tercer día, sino que se negaba a dar crédito al testimonio imparcial, fehaciente, de todos los demás condiscípulos; todos diez daban el mismo testimonio con toda seguridad; sin embargo, él, uno solo, quería ser el único sensato y no se dejaba convencer de que el informe de los demás era verdadero. No es que impugnase la veracidad de sus compañeros, sino su prudencia; temía que fuesen demasiado crédulos. Además, en la forma de hablar, estaba tentando a Jesús, exigiéndole someterse a las pruebas que él estableciese, no las que el Señor se dignase ofrecer; a tal evidencia, la propuesta por él mismo, condicionaba Tomás su fe; no piensa creer en absoluto, a no ser que el Señor se someta a sus caprichos. Hablar de este modo en presencia de los otros diez discípulos era una ofensa desanimadora para ellos. Así como un soldado cobarde contagia a muchos otros con su cobardía, así también un incrédulo o un escéptico contagian a otros. La incredulidad de Tomás, expresada de una manera tan brutal, pudo haber hecho mucho daño a los demás. Sin embargo, como hacen notar ya los escritores eclesiásticos de los primeros siglos, la incredulidad de Tomás sirve para confirmar nuestra fe mucho más que la fe de los otros diez, pues demuestra, una vez más, que los discípulos no estaban inclinados a creer fácilmente en la resurrección del Señor, sino que fueron obligados a ello por la evidencia contundente de los hechos.
Versículos 26–31
Informe de otra aparición de Jesús a los once, al estar Tomás entre ellos. Analicemos:
I. Cuándo tuvo lugar: «Ocho días después», por tanto, «el primer día de la semana», como en la vez anterior.
1. Jesús demoró su aparición por algún tiempo, a fin de mostrar a sus discípulos que, en realidad, pertenecía ya a otro mundo y visitaba éste de vez en cuando, siempre que se presentaba una ocasión propicia. Al comienzo de su ministerio público, había estado oculto durante cuarenta días, al ser tentado por el diablo (v. Mt. 4:1 y ss.; Mr. 1:12–13; Lc. 4:1 y ss.). Al comienzo de su glorificación, estuvo oculto, en su mayor parte, durante cuarenta días también, pero atendido y servido por santos ángeles.
2. Jesús demoró esta aparición por siete días; lo hizo por varias razones:
(A) Para reprender a Tomás por su incredulidad, no dándole oportunidad de verle por una semana. Quien deja que se le escape una buena oportunidad debe esperar por algún tiempo a que se presente otra similar. De seguro que aquella semana fue de melancolía para Tomás mientras los demás discípulos rebosaban de gozo.
(B) Para poner a prueba la fe y la paciencia de los demás discípulos. Éstos habían obtenido un gran beneficio al satisfacer su anhelo de ver al Señor; Él quería que demostrasen si pisaban firme en el terreno que habían ganado. Así les acostumbraba también a depender cada vez menos de su presencia física, de la que tanto habían dependido hasta entonces.
(C) Para honrar de este modo el primer día de la semana y dar a entender de esta manera su voluntad de que se observase en su Iglesia como el día cristiano de reposo. La observancia religiosa del domingo nos ha sido transmitida desde entonces, a lo largo de los siglos, hasta la época actual de la Iglesia.
II. Dónde y cómo hizo el Señor Jesús esta segunda visita a sus Apóstoles. En Jerusalén, puesto que también ahora «estaban las puertas cerradas» por miedo a los judíos. Pero esta vez Tomás estaba con ellos. Cuando hemos perdido una buena oportunidad, hemos de estar tanto más afanosos de no perder una segunda. Si el haber desperdiciado la ocasión anterior nos causa disgusto y nos espolea el deseo, es una buena señal; pero si no nos preocupa su pérdida y nuestros deseos se van enfriando, es muy mala señal. Vemos que los discípulos le acogieron amablemente, sin reprocharle su anterior ausencia; al contrario, le comunicaron con alegría las buenas nuevas de las que habían sido testigos de primera mano. Cristo no se apareció a Tomás hasta que lo encontró en compañía de los demás discípulos. Junto con el amoroso
interés que sentía por Tomás, quería que todos los demás Apóstoles fueran testigos del reproche que pensaba hacerle. «Llegó Jesús … y se puso en medio». Véase, una vez más, la condescendencia de Jesús. Para beneficio de su Iglesia, no desdeñó visitar esta tierra, sino que asistió a las reuniones que aquella pequeña compañía de sus discípulos celebraban en privado; así que le tenemos de nuevo en medio de ellos. Les dirigió el mismo saludo que antes: «Paz a vosotros». No era ésta una vana repetición, sino una señal de la paz abundante que Cristo confiere, así como de la continua afluencia de sus bendiciones.
III. Lo que ocurrió entre Jesús y Tomás durante esta visita del Señor. Este es el único tema que de la visita se nos refiere, y Juan es el único evangelista que nos la refiere.
1. Vemos primero la condescendencia de Jesús con Tomás: «Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» (v. 27). Estas palabras significan:
(A) Una reprensión a Tomás por su incredulidad; por eso, el Señor responde, palabra por palabra, a las demandas que Tomás había formulado como condiciones indispensables para creer. Esto nos muestra que no hay una sola palabra en nuestra boca, ni un solo pensamiento en nuestra mente, que no sean conocidos del Señor Jesús.
(B) Una muestra de benignidad hacia Tomás, al condescender con sus necias y atrevidas demandas, y soportar el que un discípulo le prescriba lo que tiene que hacer Él para convencerle. Así que el Señor Jesús no tiene empacho en acomodarse así incluso al capricho de Tomás en un detalle innecesario, antes que abandonarle a su falta de fe. Consiente en que se hurgue en sus heridas, y hasta permite a Tomás que meta su mano en la honda herida del costado, si ello ha de ayudarle de alguna manera a creer. De modo similar, para robustecer nuestra fe, ha instituido una ordenanza que tiene por objeto mantener en nosotros el recuerdo de su muerte. Y en esta ordenanza en la que anunciamos la muerte del Señor (1 Co. 11:26), es como si apuntáramos con el dedo hacia las señales de los clavos con los que Jesús fue crucificado para nuestra justificación. También podemos alargar nuestra mano hasta el costado de Cristo, pues de su corazón emanó el amor con que Él nos tendió su mano para invitarnos a llegarnos a Él, para ayudarnos a andar con Él y para recibir sus bendiciones.
(C) Una exhortación para el futuro, con la que Jesús cierra su invitación a Tomás: «Y no seas incrédulo, sino creyente». Esta misma exhortación tiene vigencia para cada uno de nosotros, porque si nos falta fe, nos faltará gracia, nos faltará gozo, nos faltará estímulo. Para que no haya confusión, no estará de más observar que la frase de Jesús no significa que Tomás fuera inconverso y necesitara creer para ser salvo (comp. con 15:3, donde todos aparecen salvos, ya que Judas se había marchado ya). Tomás tenía la calidad de fe suficiente para ser salvo, pero le faltaba la cantidad de fe necesaria para estar mejor dispuesto a dar crédito al informe de los demás discípulos, e incluso a la predicción que el mismo Jesús había hecho repetidamente de su resurrección.
2. Tomás se rinde ante las palabras de Jesús y confiesa su fe incondicional en el Señor resucitado. Avergonzado de su anterior falta de fe, exclama: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). No se nos dice que introdujera los dedos en las señales de los clavos ni la mano en el costado de Jesús. No es probable que lo hiciera, por las razones que veremos después. Una de estas razones se insinúa en el contexto posterior, pues Jesús le dice: «Porque me has visto (no añade: «y tocado»), has creído» (v. 29a). La fe de Tomás, pues, sale vencedora del conflicto, ya que:
(A) Tomás está ahora satisfecho de la realidad de la resurrección del Señor. Como ya apuntamos anteriormente, su lentitud en creer y su terquedad en resistir sirven de confirmación a nuestra fe.
(B) Ahora reconoce que Jesús es su Señor y su Dios, como también nosotros debemos reconocer. (a) Hemos de creer su divinidad: que no es un hombre hecho Dios, sino Dios hecho hombre. (b) Hemos de creer su función mediatorial: que es el Señor, el único Señor que puede zanjar las diferencias entre Dios y los hombres y establecer, a favor nuestro, la comunión con Dios que es necesaria para nuestra eterna felicidad.
(C) Admite, sin objeciones, lo que Jesús le ha dicho, pues le reconoce como a su Dios y Señor. Es cierto que, en el original, los vocablos «Señor» y «Dios» están en nominativo, pero eso no significa, como algunos (p. ej., los llamados «Testigos de Jehová») pretenden, que se trate de una simple exclamación, ya que el Nuevo Testamento, al seguir las normas del griego vulgar o koiné, que ya se observan en la versión de los LXX, emplea frecuentemente el nominativo en lugar del vocativo (v. p. ej., He. 1:8, comp. con Sal. 45:6, donde la expresión «oh Dios» es claramente un vocativo). Por tanto, las palabras de Tomás van dirigidas, no a Dios, sino a Jesucristo (con lo que se evidencia, una vez más, que Jesucristo es Dios). Notemos el adjetivo posesivo «mi» en cada uno de los miembros de la frase. Es de importancia vital que, en la expresión de nuestra fe, aceptemos a Jesucristo personalmente, de forma que podamos decir: «Es mi Salvador». Y no sólo hemos de expresarlo de nuestros labios para dentro, sino también confesarlo públicamente y testificarlo ante otros (comp. con Ro. 10:9–10), como quienes profesan triunfalmente su relación con el Señor. Tomás se expresa ahora con un afecto y un fervor dignos de imitación, como alguien que, por fin, se ha asido fuertemente, con todo su ser, del Salvador.
(D) Algún comentarista (nota del traductor), no sin alguna razón, opina que Tomás expresó su fe en Jesús como su Señor y su Dios, impresionado especialmente por el hecho de que las heridas de Jesús continuaban abiertas, no habían cicatrizado pero no sangraban, lo que era una clara evidencia de algo absolutamente sobrenatural. Aun cuando es cierto que el principal objetivo de estas marcas de los clavos en las manos y los pies de Jesús, así como la profunda abertura en el costado, era evidenciar la identidad del Cristo resucitado con el Cristo crucificado; y, en segundo lugar, garantizar su intercesión en el Cielo presentando las marcas indelebles de la obra que llevó a cabo en la Cruz para nuestra salvación lo cierto es que, según declaración expresa de Pablo (1 Co. 15:50) «la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios». Para entender esta frase, hay que prescindir de las referencias que suelen hallarse al margen, al pie, o en columna central, de nuestras Biblias, pues dicha frase no tiene ninguna conexión con Mateo 16:17 ni con Juan 3:3 y ss., sino con Hebreos 2:14. Por tanto, lo que Pablo expresa en 1 Corintios 15:50 es que una de las diferencias entre nuestro cuerpo actual y el cuerpo de nuestra resurrección consiste en que el futuro cuerpo no constará de la misma sustancia material, muscular, ni de la sangre que es ahora indispensable para mantener la constante vitalidad de los tejidos. Dice E. Trenchard, al comentar dicho versículo: «En aquella esfera y condición es inoperante el modo de vivir que depende ahora de la sustancia del cuerpo y el riego sanguíneo, con todos los demás factores anatómicos y fisiológicos que rigen en el maravilloso cuerpo que poseemos».
3. El juicio general que Jesucristo expresa acerca de todo esto: «Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron» (v. 29). Cristo, con estas palabras, reconoce a Tomás como creyente. Los cristianos sanos, genuinos, sinceros, aunque sean lentos y débiles en su fe, son amablemente admitidos y recibidos por el Señor. Tan pronto como Tomás prestó su asentimiento a Jesús y le reconoció como a su Dios y Señor, Cristo le consuela y anima reconociéndole como a verdadero creyente. Pero también le echa veladamente en cara su anterior incredulidad, por la que había demandado ver para creer, al ser así terco y obstinado en sus demandas, y llegar tarde a sus consuelos. Quienes sinceramente aprecian la comunión con el Señor, por fuerza han de lamentarse de no haber entablado antes íntima relación con Él. No fue sin demasiadas exigencias como llegó Tomás a rendirse y creer en la resurrección del Señor, pues exigió que se le permitiese usar de los sentidos, no sólo de la vista y el oído, sino también del tacto. Pero, si todo el mundo presentase tales exigencias para creer en el Evangelio, ¿cómo podrían ser persuadidos los incrédulos a creer los mensajes y convertirse al Señor? Por eso, Jesús le recrimina por requerir tales pruebas. En cambio, alaba y recomienda la fe de los que creen sin haber visto (comp. con 1 P. 1:8). Tomás ha llegado a creer, por fin, y recibe su bendición (no se olvide que, como Apóstol, era necesario que viera al Señor ya resucitado. V. Hch. 1:21–22). Pero Cristo reserva una bendición especial para los que han creído sin haber visto ni su resurrección ni sus milagros. Como dice Hendriksen: «La fe que es producto del ver es buena; pero la fe que es producto del oír es mejor». En efecto, el Apóstol dice que el método ordinario es ese: «La fe viene del oír» (Ro. 10:17). Y Hebreos 11:1 describe la fe como «… la prueba convincente de lo que no se ve». El que cree por lo que ve evidencia una resistencia que sólo parece doblegarse ante una especie de violencia; en cambio, el que se rinde ante el testimonio fidedigno de la Palabra, con la gracia del Espíritu Santo, muestra un carácter más noble, pues es una prueba mayor de la eficacia de la gracia de Dios. En el ver, resalta más el aspecto meramente humano; en el creer por el oír, se presta honor y obediencia al aspecto netamente divino.
IV. La observación que el evangelista hace como un historiador que llega a la conclusión de su obra (vv. 30–31).
1. Nos asegura que ocurrieron muchas otras cosas que no están escritas en este libro. La frase ha sido interpretada por los comentaristas de dos maneras distintas: (A) Como refiriéndose únicamente a las señales que Jesús hizo después de su resurrección. Ésta es la opinión de Ryle, al seguir a Crisóstomo, Teofilacto, Beza, Bullinger, Toledo, Maldonado y el propio M. Henry, entre otros. Dan como principal
razón que, de lo contrario, es muy extraño que Juan diga esto sin haber concluido todavía la redacción de su Evangelio. (B) Como refiriéndose a todo el libro y dando a entender que Jesús hizo muchos otros milagros que no están escritos en este libro, ni tampoco en los otros evangelistas (comp. con 21:25). Ésta es la opinión de W. Hendriksen, entre otros, al seguir a exegetas de la categoría de Calvino, Ecolampadio, Lampe, Hengstenberg, Pearce y Alford. Esta opinión recibe mucha mayor fuerza, si se admite con muchos modernos comentaristas, que el capítulo 21 de Juan es un apéndice póstumo, añadido quizá por un discípulo de Juan bajo la inspiración divina, como es casi seguro especialmente con respecto a los versículos 23–25, que, sin duda, suponen la muerte del Apóstol Juan como suceso esclarecedor de las palabras de Jesús. La leyenda de la «inmortalidad» de Juan se había extendido tanto entre los creyentes del siglo I, que, aun después de muerto Juan, esperaban que, al no estar «muerto», sino «dormido»— según decían—despertaría antes de la Parusía o Segunda Venida del Señor que creían inminente (v. 2 Ts. 2:1 y ss.). Como en 8:1–11, hay en el capítulo 21 algunos elementos, especialmente en el versículo 2, como veremos después que son muy extraños en la pluma de Juan, así como en el versículo 25, que parece un duplicado de 20:30.
2. Sea de esto lo que sea, hay aquí materia para nuestra espiritual edificación. Los discípulos, en cuya presencia había obrado Jesús tantos milagros habían de ser los proclamadores del Evangelio en todo el mundo y por eso, era conveniente que tuvieran del Señor muerto y resucitado abundantes y evidentes pruebas. No tenemos por qué preguntarnos la razón por la cual no fueron consignadas por escrito muchas más. Si los relatos evangélicos hubiesen sido obra de meros autores humanos, podemos estar seguros de que abundarían en maravillas y toda clase de historias fantásticas, a fin de conquistar, no sólo el corazón y la mente de los lectores, sino también la imaginación y el sentimentalismo. Los hombres exponen todo lo que saben, y más de lo que saben, a fin de ganar de este modo crédito y prestigio entre los lectores; pero Dios no necesita tales adminículos, por cuanto sólo Él puede dar fe. Si estos relatos se hubieran escrito para entretenimiento de los curiosos, de seguro que serían más abultados pero fueron escritos para satisfacer, no la vana curiosidad, sino la urgente necesidad de la vida eterna. Es una historia escrita bajo la inspiración divina y, por tanto, redactada con noble seguridad y con majestuosa sobriedad, suficientes para convencer a cuantos estén dispuestos a ser enseñados, y para condenar a cuantos permanezcan obstinados.
3. El evangelista mismo nos declara expresamente el propósito que le guió al poner por escrito su evangelio: «Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y, para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (v. 31). He aquí la piedra fundamental del cristianismo, con palabras que nos recuerdan las de Pedro en Mateo 16:16; Juan 6:69. Vemos:
(A) El objetivo de los que escribieron los relatos evangélicos. Los cuatro evangelistas escribieron sin poner la mira en ningún prestigio personal ni en ningún provecho material que de ello pudiera derivarse para ellos mismos o para otros, sino movidos únicamente del deseo de llevar las almas a Jesucristo y al Cielo y, por consiguiente, para persuadir a los hombres a creer, para tener vida en el nombre, en la persona y la obra, de Jesús.
(B) El deber de los que leen y escuchan el Evangelio: Creer y poner por obra la doctrina de Jesucristo. Por eso, Juan nos declara:
(a) Cuál es la verdad fundamental del Evangelio, la que, ante todo, hemos de creer: «Que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios». Él es el Cristo, es decir, el Mesías, el Ungido de Dios por excelencia, para ser príncipe de paz (Is. 9:6, comp. con Ef. 2:14) y Jehová que salva, como da a entender el nombre de Jesús. Él es el Hijo de Dios, Dios como el Padre, porque sólo Dios puede salvar (Hch. 4:12, comp. con Jer. 17:5–7; Jon. 2:9: «La salvación es de Jehová»). En Jesús resplandece la gloria del Padre (2 Co. 4:6; He. 1:3 «el resplandor de su gloria»), y en Él se manifiesta el poder de Dios (2 Co. 12:9; Fil. 4:13).
(b) Cuál es la suprema bendición del Evangelio en la que esperamos cuantos hemos creído en Jesucristo: «Que creyendo (en Él), tengamos vida en su nombre». El Evangelio, pues, nos instruye sobre la fe y nos dirige a ella. Una vida plena, eterna, abundante (10:10), en virtud de la fe en la persona y obra del Redentor es lo que hemos de proponernos como medio de obtener la salvación y colmar nuestro gozo (v. 15:11; 16:24; 17:13; 1 Jn. 1:4). Con la mira puesta en un negocio altamente rentable, los hombres arriesgan salud y dinero; pero no hay negocio que pueda compararse al de una vida de fe, en la que se ofrece el mayor beneficio posible por medio del único que tiene «palabras de vida eterna» (6:68), es decir, realidades de vida eterna, aseguradas por la palabra del Hijo de Dios. Ésa es la herencia incorruptible, incontaminada, inmarcesible de que habla Pedro (1 P. 1:4); un tesoro en los cielos, que nadie puede robar ni echar a perder (Mt. 6:19–21).
En este capítulo, el evangelista parece haber concluido su relato (o lo concluyó de veras, según algunos opinan). Al ocurrir cosas nuevas (según algunos opinan), escribe esta especie de apéndice. Había dicho que Jesús llevó a cabo muchos milagros que no están escritos en este libro (20:30). En este capítulo, añade uno más: la pesca milagrosa (la segunda; v. Lc. 5:1 y ss.). Esto es lo primero que Juan narra en el presente capítulo (vv. 1–14). Viene después la conversación de Jesús con Pedro concerniente a Pedro mismo (vv. 15–19). Finalmente, la conversación de Jesús con Pedro concerniente a Juan, seguida de una solemne conclusión, con la que finaliza el relato de Juan (vv. 20–25).
Versículos 1–14
Tenemos aquí un informe de la aparición de Cristo resucitado a siete de sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Si comparamos esta aparición con las anteriores, notaremos que en las otras se mostró Jesús a sus discípulos en domingo y cuando estaban reunidos todos los Apóstoles; pero en ésta, se mostró en un día cualquiera de la semana y no a todos, sino a varios de ellos, precisamente cuando estaban pescando. Cristo tiene muchos medios de mostrarse a los suyos; a veces, les visita, por medio de su Espíritu, cuando se hallan ocupados en quehaceres cotidianos y comunes. Si la comparamos con la que Jesús llevó a cabo después en un monte de Galilea (v. Mt. 28:16), quizá la que Pablo menciona en 1 Corintios 15:6 y, finalmente, con la que Jesús llevó a cabo en el monte Olivete (v. Lc. 24:50; Hch. 1:12; 1 Co. 15:7b) veremos que a estas dos últimas apariciones los discípulos habían sido convocados, o conducidos, por el propio Jesús, mientras que en ésta de Juan 21:1 y ss., Jesús se presentó a ellos de improviso mientras esperaban que llegase el día de la despedida del Señor. Analicemos ya la porción presente. Veamos:
I. Quiénes eran los discípulos a los que se apareció Cristo en esta ocasión (v. 2): No a los once, sino a siete, con lo que puede notarse, una vez más, el simbolismo frecuente en el Evangelio de Juan. Se menciona, entre ellos, a Natanael, cuyo rastro habíamos perdido desde 1:51. Se supone, con todo fundamento que Natanael era su nombre, y Bartolomé (hijo de Tolomeo) su apellido. Lo más extraño de este versículo es la alusión a «los hijos de Zebedeo», uno de los cuales era el propio Juan, cosa difícil de explicar si fue Juan quien escribió esto. Dejando esto aparte, es muy de notar la mención de Tomás, junto a Simón Pedro, de donde se deduce que, a partir de la aparición que el Señor destinó especialmente para Tomás (20:26–29), éste se mantuvo en estrecha comunión con los demás Apóstoles de modo más constante que anteriormente. Bueno es que los discípulos de Cristo se hallen juntos (comp. con Sal. 133:1), incluso en quehaceres comunes, cuando es posible. Plugo a Cristo visitarles cuando estaban juntos, para que fuesen conjuntamente testigos del milagro que iba a realizar.
II. En qué estaban ocupados: En pescar (v. 3). Observemos:
1. El común acuerdo que tomaron de ir a pescar: «Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo». Como en otras ocasiones, notamos en Pedro la misma determinación e iniciativa de siempre. Es también de notar la unanimidad con que le siguen los demás. El núcleo de la Iglesia primitiva comienza bien: comp. con Hch. 4:32). Suele decirse que dos del mismo oficio no se ponen de acuerdo, pero aquí falla el proverbio. ¿Por qué se pusieron a pescar? (A) Para redimir el tiempo y no estar ociosos. No había llegado la hora de salir a predicar el Evangelio (v. Hch. 1:4), sino de aprender del Señor (v. Hch. 1:3: «… apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios»). Mientras tanto, tenían que ganarse la vida en el honroso oficio que conocían bien: pescar; no por diversión, sino como medio de subsistencia, con lo que mostraban así que eran diligentes y honestos padres de familia. Mientras esperaban el poder del Espíritu, no se iban a quedar inactivos, sino ocupados, como quienes han de dar cuenta del modo como han empleado el tiempo. (B)
Para no tener que ser ninguna carga para otros hermanos (comp. con Hch. 20:34–35), sino ganar lo suficiente para sí y aun para otros más necesitados. A la vista de esto, es inexplicable que haya comentaristas y predicadores que sostengan que Pedro y los demás Apóstoles hicieron mal en dedicarse a la pesca, en lugar de predicar el Evangelio después de la resurrección de Jesucristo y antes de Pentecostés. Veremos cómo esta falsa opinión se refleja en el modo de interpretar la frase de Jesús en el versículo 15 «¿me amas más que éstos?»
2. La decepción que sufrieron al no pescar nada en toda la noche. Con mucha frecuencia, las manos diligentes regresan vacías. Incluso los mejores creyentes pueden tener poco éxito en negocios honestos. Pero la Providencia lo ordenó así en este caso, a fin de que fuese más notorio el milagro de la copiosa pesca a la mañana siguiente. En muchas decepciones que para nosotros resultan duras de sufrir, Dios tiene designios llenos de bondad y gracia.
III. De qué manera se manifestó el Señor a ellos (vv. 1 y ss.). Cuatro cosas son de notar en esta aparición de Jesús a sus discípulos:
1. Se manifestó a ellos a su debido tiempo «Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa» (v. 4). El tiempo más propicio para que el Señor se manifieste a los suyos es cuando ellos se hallan más desanimados. Cuando se sienten perdidos, es el tiempo de que se den cuenta de que no le han perdido a Él. Cristo no se apareció en esta ocasión andando sobre las aguas (comp. con Mt. 14:26; Mr. 6:49; Jn. 6:19), lo cual nada tendría de extraordinario ahora que su cuerpo no estaba sujeto a la ley de la gravedad, sino en la playa, ya que los discípulos se dirigían allá. Cuando nuestra travesía es difícil y tormentosa, es un consuelo para nosotros saber que el Señor nos espera en la orilla y que nos estamos acercando a Él. Dado el carácter altamente simbólico de los detalles reseñados con frecuencia en el cuarto Evangelio, especialmente en este último capítulo, no debemos pasar por alto este primer matiz escatológico entre los muchos que podemos registrar en esta aparición, como iremos viendo a lo largo de esta porción. Mientras los discípulos se agitan en medio de las tormentas de esta vida, Jesús viene a ellos andando sobre las aguas, para animarles en el momento oportuno; ahora que se dirigen al final de la travesía, les espera en la orilla.
2. Se manifestó a ellos gradualmente. «Mas los discípulos no sabían que era Jesús» (v. 4b). Cristo está, muchas veces, más cerca de lo que nos imaginamos.
3. Se manifestó a ellos para darles una muestra de la compasión que sentía hacia ellos (v. 5). Les llama «hijitos», término que Juan no olvidará, pues es el mismo que él emplea en 1 Juan 2:13, 18. Y añade: «¿Tenéis algo de comer?» Se dirige a ellos como un padre a sus hijos, llamándoles «hijitos», no porque fuesen de edad infantil, sino en señal de afecto y ternura (comp. con He. 2:13). En la pregunta que les hace, se echa de ver el interés que tiene, no sólo por el bienestar espiritual de los suyos, sino también por sus necesidades corporales, pues también «para el cuerpo es el Señor» (1 Co. 6:13). Cristo ha prometido, no sólo gracia suficiente (2. Co. 12:9), sino también alimento conveniente (Mt. 6:25–34). Con esto, nos dejó un ejemplo para que le imitemos en el interés y la compasión hacia nuestros hermanos necesitados. Los que disponen de abundantes bienes de este mundo deberían estar, no sólo dispuestos a compartir (v. 1 Jn. 3:16–18), sino también diligentes en investigar quiénes se encuentran en apuros económicos y reducidos a estrecheces, en especial cuando se hallan incapacitados para trabajar, ya sea por enfermedad o invalidez, ya sea por desempleo. Deberían preguntar, como Jesús: «¿Tenéis algo de comer?», y saber que, con frecuencia, los más necesitados son los que menos piden o dan a conocer la situación por la que atraviesan. Los discípulos dieron una respuesta muy lacónica: «No». Cristo les había preguntado, no porque no pudiese saberlo con su ciencia divina, sino porque quería oírlo de labios de ellos. Quienes deseen ser colmados con las bendiciones del Señor, deben reconocerse ante Él necesitados y vacíos. Sólo el que se siente necesitado de veras y en grave apuro, sabe lo que es orar.
4. Se manifestó a ellos con una muestra de su poder divino (v. 6). Les ordenó echar la red a la derecha de la barca. Mediante la obediencia a esta orden, los que volvían a casa con las manos vacías, se vieron enriquecidos con una pesca copiosa. Analicemos:
(A) La orden que Cristo les dio y la promesa que les hizo: «Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis». La Providencia de Dios se extiende a los detalles más minuciosos, y son bienaventurados todos aquellos que se percatan de la mano de Dios en medio de los quehaceres cotidianos.
(B) La obediencia con que cumplieron la orden de Cristo y el buen resultado que obtuvieron así. Todavía no sabían que quien así les hablaba fuera Jesús; sin embargo, estaban prestos a obedecer la orden de un extraño, al suponer que, por alguna razón, conocía dónde había un buen banco de pesca, a pesar de que ellos mismos eran expertos en el oficio. Ésta es una gran lección para nosotros, ya que, con frecuencia, desoímos los buenos consejos de otra persona, pues nos consideramos expertos y duchos en la materia, y hasta nos parece una ofensa el que un desconocido se atreva a darnos lecciones. Esto muestra que, al atender al consejo de un hermano que nos habla con amor y movido por el Espíritu de Dios, atendemos al mismo Señor sin percatarnos de ello. ¡Qué bien les fue a los Apóstoles esta obediencia, pues ahora lograban una captura que les compensaba de todas las fatigas de aquella noche. Nunca se pierde por prestar obediencia a las órdenes de Cristo. Ahora bien, este milagro de la captura copiosa de peces puede considerarse:
(a) Como un milagro en sí mismo. Cristo se manifiesta a los suyos y hace por ellos lo que ninguna otra persona puede hacer.
(b) Como una muestra de compasión hacia ellos. Cuando la diligencia y la experiencia no les había dado ningún resultado, el poder de Cristo acude oportunamente a prestarles alivio y ayuda.
(c) Como recordatorio de un favor anterior, con el que Cristo recompensó abundantemente a Pedro por haberle prestado su barca (v. Lc. 5:4 y ss.). Tanto en esta ocasión como en la anterior, el resultado impresionó grandemente a Pedro, por llevarse a cabo el milagro en un campo acerca del cual Pedro tenía sobrada experiencia. Los favores recientes sirven para recordarnos otros favores recibidos con anterioridad, a fin de que el pan provisto por el favor de Dios no se nos olvide fácilmente.
(d) Como un misterio altamente simbólico de la obra a la que Cristo iba a enviar a sus Apóstoles, cuando se iban a convertir en pescadores de hombres (v. Mt. 4:19; Mr. 1:17; Lc. 5:10). Ahora se iba a cumplir lo que al principio les había predicho y prometido. Quería enseñarles que no serían sus propios esfuerzos los que podían servir para atraer a los hombres a creer el mensaje del Evangelio y entrar en la barca de la Iglesia (v. 2 Co. 2:16 «… y para estas cosas, ¡quién está capacitado?»), sino la gracia de Cristo en el poder del Espíritu Santo. Con esta consideración siempre ante los ojos, los ministros de Dios llevarán a cabo su gloriosa tarea con diligencia y con esperanza, al saber que la obra es del Señor (v. 1 Co. 3:5–9) y, por tanto, no puede fracasar. Una buena captura, al fin, puede ser suficiente para compensar de muchos años de remar y fatigarse junto a la red del Evangelio.
IV. Cómo reaccionaron los discípulos ante este milagro (vv. 7–8).
1. Juan, como de ordinario, fue quien antes reconoció al Señor. «Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!» El Señor reserva sus secretos a sus favoritos. Cuando Juan se percató de que aquel desconocido era el Señor, lo comunicó de inmediato a los que estaban con él. Quienes conocen experimentalmente a Jesucristo, deben esforzarse por llevar a otros el conocimiento que tienen de Él; no hay por qué ser avaros y tacaños en esto, ya que en Cristo hay suficiente y sobreabundante para todos. Juan lo comunica a Pedro en particular, al saber que éste se alegraría más que ningún otro de ver al Señor.
2. Pedro era el más celoso e impetuoso de los Apóstoles. Así que, como en otra ocasión anterior (v. Mt. 14:24 y ss., Mr. 6:48 y ss.), «cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella) y se echó al mar». Quería llegar el primero al Señor, y le mostró el respeto debido al ceñirse la ropa, para ir del modo más decente posible (con la túnica, no en paños menores) y, al mismo tiempo, más rápido (ceñido). Mostró el afecto que tenía al Señor, pues se echó al mar a fin de llegar pronto a Él nadando y vadeando hasta la orilla. Era mucho lo que se le había perdonado y quería mostrar su mucho amor de esta manera. Quienes han estado con Jesús, no tendrán miedo en echarse al mar para llegarse a Él. Otro detalle simbólico, también escatológico, que observamos aquí es que, al contrario que la otra vez arriba mencionada, ni hay en el mar tormenta, ni Pedro se hunde. Está ya a salvo, tanto de tentaciones como de debilidades.
3. El resto de los discípulos se comportaron con diligencia y honestidad, apresurándose a llegar con la barca a la orilla (v. 8). Notemos:
(A) Con cuánta variedad distribuye el Señor sus dones. Hay algunas personas que sobresalen en dones y gracias, como Pedro y Juan; otras son ordinarios, aunque fieles, discípulos de Cristo, cumplidores de su deber y diligentes en el uso de los dones, muchos o pocos, eminentes o corrientes, que posean; pero todos ellos, los brillantes y los oscuros, los eminentes y los corrientes, van a almorzar con el Señor juntamente; en este caso, junto a la playa; después, en la gloria; y, aun a veces, también en esto los últimos son primeros (comp. con 1 Co. 12:22–26). Algunos, como Juan, son altamente contemplativos, tienen el don de sabiduría o de conocimiento (v. 1 Co. 12:8) y sirven a la iglesia con él. Otros, como Pedro, son eminentemente activos y animosos, y son así muy útiles para la iglesia. Unos son como ojos; otros son como manos; pero todos forman parte indispensable del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
(B) Cuán grandes son las diferencias entre unos creyentes y otros en la forma de servir y honrar a Jesucristo; y, sin embargo, Él los acepta a todos. No hay por qué censurar a Pedro por haberse echado precipitadamente al mar, sino que debe ser alabado por su celo y por la fuerza de su amor al Señor. Tampoco hay por qué censurar a quienes, como María de Betania, se despreocupan de las cosas de este mundo para sentarse a los pies del Maestro, mientras que otros le sirven mejor en medio de los quehaceres cotidianos y en negocios seculares, no profanos, ya que nada hay profano para un verdadero creyente. Mientras Juan contempla a Cristo, y Pedro se arroja al mar, los otros discípulos continúan en la barca, arrastrando la red de peces (v. 8), y trayéndola a la orilla. Éstos no deben ser censurados como si fueran mundanos, puesto que se puede ser tan fiel a Cristo al servir a las mesas como al predicar el Evangelio (v. Hch. 6:1–7). Y si Cristo estaba complacido con todos ellos, también nosotros debemos estarlo.
V. El refrigerio que Jesús les tenía preparado (vv. 9–13).
1. Tenía preparado el desayuno para ellos. «Al descender a tierra, vieron unas brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan» (v. 9). Este episodio no debe confundirse con el de Lucas 24:30 ni con el de Lucas 24:43. No andan descaminados los exegetas que interpretan este versículo como un conjunto de milagros obrados por el Señor, además del de la pesca milagrosa del versículo 6. El fuego, creación de Dios, como el trigo y el pez, fueron aquí producidos, con la mayor probabilidad, por la misma virtud creativa del Señor Jesús. Más aún, a la vista del versículo 13, se puede afirmar que, como en otras dos ocasiones anteriores, Jesús multiplicó milagrosamente el pan y el pescado para dar de comer a los siete discípulos allí presentes, que estarían hambrientos tras una noche de vigilia, ayuno y fatiga. También el fuego o brasas (es el mismo vocablo griego que sale en 18:18), les vendría bien para reponerse del frío y de la humedad. Vemos aquí otro ejemplo del tierno afecto y cuidado que Jesús muestra hacia los suyos. Alguien ha hecho notar que Jesús, en esta mañana, no les echó una plática, sino que les preparó un desayuno. Esto sirve para animar a los ministros del Señor y hacer que estén dispuestos a depender en todo del que les da la comisión, porque Él proveerá para ellos. Además, pueden contentarse con lo que tengan aquí, pues Jesucristo tiene mejores cosas en reserva para ellos. No estará de más advertir en este versículo otro detalle simbólico, que no pasó desapercibido a los primeros cristianos, al tener también en cuenta la fecha tardía del cuarto evangelio y, en especial, de este capítulo, que, como ya notamos al principio, bien pudo ser redactado por un discípulo de Juan, cuando éste era demasiado viejo para escribir, e incluso pudo ser acabado (vv. 23–25), después de la muerte del Apóstol. El detalle de referencia es que, ya en las catacumbas, Jesús era representado bajo la figura de un pez que lleva cargada en sus lomos una canastilla de pan. El simbolismo del pan es claro a la vista de 6:32 y ss. El del pez se explica por el deseo de los primeros cristianos de ocultar a los ojos de los paganos, especialmente de los perseguidores, la identificación del Señor Jesucristo bajo la figura de un pez, ya que la palabra griega ikhthús = pez, sirve de anagrama apropiado para representar al Señor, puesto que contiene las iniciales de la frase: Iesoús Khristós Theoú Uiós Sotér = Jesús Cristo, de Dios Hijo, Salvador.
2. A continuación, ordenó a sus discípulos que trajesen los peces que acababan de capturar (vv. 10– 11). Donde vemos:
(A) La orden que Cristo les dio de que trajesen los peces a tierra: «Traed de los peces que acabáis de pescar» (v. 10). Esto no significa que necesitaba más pescado para darles de almorzar, sino que, como se deduce del contexto posterior, se deshiciesen de los pequeños y baratos (comp. con Mt. 13:47–48) y trajesen los de mayor tamaño y calidad, con lo que los ojos de los discípulos se regocijarían al ver cuán bueno era el negocio de pescar a las órdenes del Salvador, ya que podrían tener para sí y para vender a otros. Los beneficios que Cristo nos otorga no son para sepultarlos en el olvido o tenerlos sin usar, sino para emplearlos en provecho propio, servicio del prójimo y gloria de Dios. Los ministros de Dios que son pescadores de hombres, deben presentar al Maestro su captura de almas.
(B) La obediencia con que cumplieron también esta orden de Cristo. Se nos dice que «subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, no se rompía la red» (v. 11). Así es como los pescadores de hombres, una vez que han encerrado las almas en las redes del Evangelio, no pueden traerlas a buen puerto ni completar la obra que comenzaron, a no ser con el influjo continuo de la gracia divina. Varios son los detalles dignos de estudio en el presente versículo:
(a) Vemos, primero, quién fue el más activo de los discípulos en la operación de traer los peces a tierra. Fue Pedro, el mismo que poco antes se había echado al mar (v. 7), para mostrar su mayor afecto al Maestro, y ahora mostraba una obediencia más pronta a cumplir la orden. No todos los que son fieles, son igualmente atrevidos a tomar la iniciativa. Hay, sin embargo, una razón muy poderosa para que fuese precisamente Pedro el que subiese primero a la barca: Con toda probabilidad, la barca era suya (véase el v. 3) por tanto, era él el verdaderamente responsable de la faena y de la captura. Pensar que esto simboliza el primado de Pedro en la Iglesia, como si ésta fuese «la barca de Pedro», es ir demasiado lejos; además, todos los símbolos apuntan aquí a la escatología, cuando los ministerios de la Iglesia habrán dejado de funcionar, y quedarán únicamente (según opinión probable. Nota del traductor) el oficio de juzgar a las doce tribus de Israel, oficio que no será exclusivo de Pedro, sino común con los otros once Apóstoles (v. Mt. 19:28; Lc. 22:30).
(b) El número de peces grandes que fueron capturados: Fueron «ciento cincuenta y tres». ¿Por qué tuvo el evangelista la curiosidad de contarlos y el interés por poner de relieve el número exacto de estos peces grandes? Se han dado varias soluciones a esto. Hay quienes opinan que éste era el número de las especies de peces conocidas en aquel tiempo. Otros piensan que éste era el número de provincias del Imperio, o de tribus y naciones conocidas entonces. Todo esto no es otra cosa que meras especulaciones. Pero Ryle hace notar la muy notable coincidencia de este número con el de 2 Crónicas 2:17, donde la cifra de los millares de extranjeros que intervinieron en la construcción del templo de Salomón era exactamente ciento cincuenta y tres. Si hay alguna relación simbólica entre ambos lugares, podría deducirse que Juan tenía en mente, por una parte, la entrada de los gentiles en la Iglesia, lo cual era ya un hecho palpable en la época en que fue redactado el cuarto evangelio; por otra parte simbolizaría quizás un número aproximado de predicadores del Évangelio en aquel tiempo (finales del siglo I de nuestra era), que, en 1 Corintios 3:9 y ss., aparecen como edificadores del actual templo de Dios, que es la Iglesia (comp. con Ef. 2:20; Col. 2:7; 1 P. 2:5 y ss.).
(c) A pesar de ser tantos, y tan grandes, los peces, «no se rompió la red». Cuando se compara esto con Lucas 5:6a … y la red se les rompía», y se observan tanto las semejanzas como las diferencias entre ambos episodios, no se puede menos de notar que en Lucas 5:6 hay un claro simbolismo de la actual división de la Iglesia de Cristo en credos, códigos, formulaciones y denominaciones mientras que, al final de esta era, en la escatología de la Iglesia, ya no habrá divisiones de ninguna clase, puesto que habremos llegado a la estación de término (éste es el sentido del verbo griego) de la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la edad (o de la estatura) de la plenitud de Cristo (Ef. 4:13). En otras palabras, Cristo nuestra Cabeza, alcanzó ya la plenitud de su perfección, ahora falta que la Iglesia su Cuerpo, alcance también la suya; lo cual sólo se habrá realizado al final de la presente dispensación. Entonces ya no se romperá la red ni se echará a perder ninguno de los peces pescados.
3. A continuación, Cristo invitó a sus discípulos a almorzar. El Señor hubo de invitarles dándoles ánimo a que se acercasen a Él, ya que, como hace notar el propio evangelista, aunque estaban plenamente convencidos de la identidad del hombre que estaba de pie en la playa, un sentimiento profundo de respeto y reverencia les impedía acercarse a Él con atrevimiento: «Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres?, sabiendo que era el Señor» (v. 12). Tanto es así, que después de invitarles Él a que vinieran («Les dijo Jesús: Venid, comed»; v. 12a), fue Él quien tuvo que llegarse a ellos (v. 13). Observemos:
(A) Cuán libre y afectuoso se mostró Jesús con sus discípulos, pues los trató como a amigos íntimos:
«Venid y comed conmigo» (comp. con Ap. 3:20b). Esto es símbolo de la comunión íntima a la que Cristo nos invita que tengamos con Él por medio de la gracia; como a amigos y a hermanos nos invita (comp. con 20:17 «… ve a mis hermanos»), para que nos sentemos a su mesa después de esta vida. Nadie ha de tenerse por excluido de esta cena o almuerzo, pues en la mesa del Señor hay puesto para todos los que quieran venir (6:37).
(B) Cuán tímidos y asustados se muestran los discípulos para llegarse a Jesús; parecen avergonzados e indignos de hacer uso de la libertad que les otorga para que se acerquen a Él: «Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres?» Ya hemos notado que no dudaban de la identidad del Maestro, puesto que sabían que era el Señor. ¿Temían acaso que las palabras que le dirigiesen no fuesen prudentes? ¿Estaban, precisamente ahora avergonzados de la cobardía que mostraron al abandonarle en el huerto de Getsemaní? Quizás esté indirectamente insinuado esto último en la pregunta de Jesús a Pedro en el versículo 15. Pero Cristo quería enseñarnos, con su actitud benévola, que es el Gran Perdonador de los suyos (Col. 3:13) y, por muchos y graves que sean y hayan sido nuestros pecados, está dispuesto a perdonar, y a limpiarnos de todo pecado con su sangre (1 Jn. 1:7), con tal de que lo confesemos con sinceridad y arrepentimiento (1 Jn. 1:9). Por tanto, deberíamos avergonzarnos, no de llegarnos a Cristo, sino de desconfiar de Él. Si alguna vez nos amenaza una duda de esta clase, hemos de apartarla inmediatamente de nosotros.
4. Como anfitrión, Jesús mismo les reparte del pan y del pescado que tenía preparados para ellos:
«Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado» (v. 13). El menú era ordinario, pero el hambre es la mejor salsa. Insistamos en que Jesús no les dio de comer de los peces que ellos habían pescado, sino del pan y del pescado que Él tenía preparado de antemano, con lo que la distribución entre los siete discípulos adquiere, como ya hicimos notar, un carácter milagroso, semejante al de 6:11. Esta parece ser la intención del autor al consignar el hecho. El texto sagrado no nos dice si Jesús comió con ellos o no, pero tratándose de una aparición en la que quería mostrar, una vez más, la realidad de su resurrección, es muy probable que lo hiciera, como lo hizo en la ocasión que narra Lucas (24:41–43). Es cierto que la presente naturaleza de su cuerpo no necesitaba de alimento corporal, pero servía como prueba de que no era un espíritu (v. Gn. 18:8 para un caso distinto, pero con algunas semejanzas que corroboran la realidad del caso presente). Más tarde, los mismos Apóstoles presentarán como prueba irrefutable de la resurrección de Cristo estas comidas que tuvieron con el Señor: «a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de los muertos» (Hch. 10:41b). No sólo proveyó para ellos, sino que Él mismo lo distribuyó entre ellos y se lo puso en las manos. Así es como le debemos a Jesucristo, no sólo la adquisición a favor nuestro de los beneficios de la redención, sino también la aplicación de dichos beneficios.
V. El evangelista les deja ahora en el almuerzo, mientras hace la siguiente observación: «Ésta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos después de haber resucitado de los muertos» (v. 14). Aunque se había aparecido también a María Magdalena, a las mujeres, a los dos discípulos que iban a Emaús, y a Pedro, sin embargo ésta era la tercera vez que se aparecía a los discípulos juntos. La primera había sido el mismo día de la resurrección, por la tarde (20:19–23); la segunda, ocho días después (20:24– 29). El autor hace notar esta circunstancia:
1. Para confirmar la realidad de la resurrección. Cristo se mostró resucitado a sus discípulos, no una vez ni dos, sino tres, para mayor seguridad, ya que la triple repetición equivale al superlativo (comp. con Is. 6:3).
2. Como un ejemplo repetido de la continua amabilidad de Cristo hacia sus discípulos, ya que los visitó una vez y otra y otra. Es cosa muy buena llevar bien la cuenta de las visitas del Señor, ya que, con su repetición, aumenta también nuestra responsabilidad: «ésta era ya la tercera vez». ¿Hemos sacado fruto de la primera y de la segunda? Ésta es ya la tercera. ¡Seamos diligentes, pues pudiera ser la última!
Versículos 15–19
Diálogo de Jesús con Simón Pedro después de la comida.
I. Primero examina Jesús a Pedro acerca del amor y le encomienda el ministerio pastoral (vv. 15–17). Observemos:
1. Cuándo inició Jesús este diálogo con Pedro: «Después de haber comido». Cristo previó que lo que ahora tenía que decirle a Pedro, podía causar a éste alguna incomodidad (v. 17). Pedro era consciente de haber incurrido en el desagrado de Jesús por haber negado por tres veces a su Maestro, y no podía esperar otra cosa que ser reprendido de su ingratitud. Había ya visto por tres veces al Señor después de la resurrección de éste, sin haber recibido todavía una palabra de reproche. Podemos suponer que Pedro estaría perplejo acerca de su situación en relación con Jesús y de si el Maestro le restauraría en su condición de Apóstol; quizás esperaba lo mejor, pero no sin temores de lo peor. Por fin ahora, después de haber comido, su Maestro le iba a sacar de su perplejidad. En señal de plena reconciliación, después del
almuerzo, dialoga con Pedro como con un amigo. Pedro había llorado ya abundantemente su pecado; por eso, Cristo no le dice ni una sola palabra acerca de sus negaciones, pero quiere oír de sus labios la confesión de amor que Pedro le va a ofrecer, antes de encargarle el pastoreo de su grey (v. 1 P. 5:2 «… la grey de Dios», no la de Pedro). Satisfecho Cristo con la sinceridad de Pedro, la ofensa, ya perdonada, queda olvidada, y Cristo le hace saber que le es tan amado como anteriormente. Con ello, nos da el Señor una muestra estimulante de su ternura hacia los pecadores arrepentidos.
2. Cuál fue el diálogo mismo que pasó entre Cristo y Pedro. En él observamos la misma pregunta hecha tres veces, la misma respuesta dada tres veces, y el mismo encargo encomendado tres veces. Tres veces dirigió Jesús la pregunta a Pedro, a fin de impresionarle más. Tres veces nos la refiere el evangelista, para impresionarnos más también a nosotros. En efecto:
(A) Tres veces repite Cristo a Pedro la pregunta de si le ama o no. La primera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan (ésta es la lectura correcta), ¿me amas más que éstos?» Aunque el llamarle «Simón» no comporta ninguna dureza de trato por parte de Jesús (comp. con Mt. 16:17), es significativo que lo llame así, por su primer nombre (v. 1:42), en forma que no podría menos de impresionar a Pedro, recordándole que, precisamente en previsión de su caída, Jesús le había llamado por este mismo nombre (repetido, para mayor solemnidad) en Lucas 22:31. No le llama Cefas, ni Pedro que es su equivalente en griego, sino su nombre original, el único que tenía antes de ser hallado y convertido por Jesús. La pregunta que Jesús dirige a Pedro la podemos dividir, para mayor comodidad y mejor aplicación, en dos partes:
(a) «¿Me amas?» El verbo griego es agapán, que denota el amor de calidad superior, el que se ofrece incluso a indignos, y a pesar de no hallar correspondencia (comp. con 3:16, etc.). Este verbo ocurre 37 veces en el cuarto evangelio, y 31 veces en las epístolas de Juan. Por eso, se le llama «el Apóstol del amor». Si queremos saber si somos genuinos discípulos de Cristo, debemos preguntarnos si de veras le amamos o no, ya que, si no le amamos, deberíamos ser excluidos de la comunión eclesial (v. 1 Co. 16:22, donde el verbo es philein = amar afectuosamente, con amor propio de amigos). Cristo hace esta pregunta a Pedro:
Primero, porque su caída anterior daba motivos para dudar de su amor; por eso, Cristo parece decirle:
«Pedro, tengo motivos para sospechar de tu amor, porque, si me amases de veras, no te habrías avergonzado de confesar que eras discípulo mío cuando yo estaba en mis sufrimientos». No debemos pensar que se nos hace una afrenta si se examina nuestra sinceridad cuando nosotros mismos hemos hecho algo que ocasiona perplejidad a otros. La pregunta de Cristo es directa: «¿Me amas?» Como si dijese: «Dame una prueba de que me amas, y lo pasado quedará olvidado». Pedro había dado a entender por medio de sus muchas lágrimas, que estaba arrepentido de sus negaciones; pero notemos que la pregunta de Jesús no es: «Simón, ¿cuánto has llorado?», sino «Simón, ¿me amas?», ya que sólo el amor hace que resulten aceptables para Dios todas las demás señales de arrepentimiento (comp. con 1 Co 13:1– 3). Por eso dijo Jesús, en Lucas 7:47 (lit.) acerca de la pecadora que se llegó a Él en casa de Simón el fariseo: «Quedan perdonados sus pecados, que son muchos, puesto que amó mucho». No dice «puesto que lloró mucho», sino «puesto que amó mucho».
Segundo, porque el ministerio que Cristo iba a encomendar a Pedro le daría oportunidades para mostrar y ejercitar este amor. Antes de encomendarle el cuidado de sus corderos y de sus ovejas a Pedro, el Señor le pregunta si le ama. Cristo tiene tal afecto a su grey, tanto interés por sus ovejas, que no quiere encomendar el cuidado de ellas sino a quien le ame a Él sinceramente y de todo corazón. Quienes no aman de veras a Jesucristo, nunca amarán de veras las almas de los hombres, ni amarán tampoco el ministerio que Dios les encomienda. Solamente el amor de Cristo puede constreñir a los predicadores del Evangelio de Cristo (v. 2 Co. 5:14), a fin de que ejerzan su ministerio con todo denuedo, sin temor a los hombres, ni a las dificultades que les salgan al paso ni a los sinsabores que encuentren en el ejercicio de su ministerio. Pero este amor les hará ligera la carga, fácil el trabajo y espontáneo el afán de salvar las almas. Quien no tenga este amor, más vale que se retire del ministerio; de lo contrario, mostrará que no es buen pastor, sino mercenario y, a veces, lobo.
(b) La pregunta completa de Cristo esta primera vez es: «¿Me amas más que éstos?» La construcción griega admite tres sentidos: Primero: «¿Me amas más que a éstos?» Esta interpretación debe descartarse de inmediato, pues no tiene ninguna base en el texto ni en el contexto, aunque sirve para hacer una aplicación espiritual: El amor a Jesucristo debe ir por delante de cualquier otro amor, incluido el que debemos tener a padre, madre, esposa, hijos y aun a nuestra propia vida (v. Lc. 14:26; Jn. 12:25). El mismo Juan, en su la Epístola (4:20; 5:2), nos ofrece el mejor resumen acerca de este tema pues nos dice que el amor al prójimo es la necesaria manifestación del genuino amor a Dios, y que el amor a Dios es el fundamento del genuino amor al prójimo. Segundo: «¿Me amas a mí más que a estas cosas?» (apuntando hacia la barca, las redes, etc.). Ésta es la opinión de quienes piensan que Pedro y los demás discípulos hacían mal en salir a pescar, cuando debían ocuparse en cosas espirituales y en predicar el Evangelio. Ya hemos rechazado anteriormente este punto de vista, sugerido por el deseo, quizá subconsciente, de evadir mejor la opinión de la Iglesia de Roma que ve en estos versículos el fundamento bíblico para el primado universal de jurisdicción de Pedro sobre toda la Iglesia y, por tanto, de sus supuestos sucesores, los obispos de Roma. Esta opinión totalmente infundada, junto con el temor que podría motivarla, se echan definitivamente por tierra y dar la única correcta interpretación de esta pregunta de Jesús. Tercero: «¿Me amas más que éstos?» (apuntando a los demás discípulos). No es que Jesús exija que un discípulo le ame necesariamente más de lo que los demás le aman; en este sentido, el Señor no impone diferencias. La única razón por la que Jesús hace esta pregunta a Pedro, y la repite tres veces, es porque Pedro había asegurado en el Aposento Alto: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt. 26:33). «Aunque todos sufran tropiezo, yo no» (Mr. 14:29). De esta manera Pedro se había considerado a sí mismo mejor, más amante del Señor, que los demás discípulos. A pesar de lo cual, le había negado obstinadamente, mientras que los demás discípulos habían huido y escapar así de Jesús, pero también de la tentación de negarle. Tres veces había negado Pedro al Señor y, por eso, tres veces le hace Jesús la misma pregunta. Otros detalles minuciosos acerca de las semejanzas entre las negaciones de Pedro y las preguntas de Jesús pueden hallarse en el comentario de W. Hendriksen.
(c) Cristo repite la pregunta dos veces más, pero con algunas diferencias: Primera, tanto en la segunda como en la tercera, Jesús dice simplemente «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?», sin añadir: «Más que éstos»; en parte, porque quizá consideró innecesaria la repetición; en parte, con mayor probabilidad, porque el mismo Pedro había omitido la comparación con los demás. Segunda, en las dos primeras preguntas, Jesús usa un verbo (agapán en griego, equivalente, incluso en su fonética, al hebreo aheb) que indica una entrega total de la persona, que compromete la mentalidad y la voluntad. Comoquiera que Pedro no responde con el mismo verbo, sino con otro (philéin en griego, equivalente, al menos en parte, al hebreo rajam) que indica afecto a parientes, amigos etc., e implica sentimiento y emoción, Jesús se acomoda, en la tercera pregunta, a este nivel afectivo de Pedro, y le pregunta con el mismo verbo que Pedro había usado al responder a las dos primeras preguntas.
(B) Tres veces responde Pedro a Jesús de la misma forma: «Sí, Señor; tú sabes que te amo», aunque en la tercera respuesta hay añadiduras y variaciones que analizaremos a continuación. Notemos que:
(a) Pedro no tiene pretensiones de amar a Jesús más de lo que los demás discípulos le aman, sino que, con evidente modestia y cierta desconfianza de sí mismo, se limita a responder, y apela a la ciencia divina de Jesús (comp. con 2:24–25), que le ama con afecto tierno, ferviente. Aprendamos nosotros de él y, aunque hemos de emular a los más piadosos creyentes y esforzarnos en ser campeones del amor a Cristo, hemos de hacerlo todo «en humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo» (Fil. 2:3) ya que conocemos nuestra propia maldad mucho mejor que la de los demás, en cuya conciencia y motivación no podemos entrar.
(b) Una y otra vez, Pedro profesa su sincero afecto al Señor. Esto equivale a una profesión implícita, pero clara, de arrepentimiento por su pecado, ya que el recuerdo de la ofensa que hemos cometido contra un ser querido no puede menos de causarnos vergüenza por haber afrentado a la persona a quien profesamos un afecto sincero. También equivale a un propósito firme de adherirse a Jesús en lo futuro, como si dijese: «Señor, tú sabes que te amo» y que no te dejaré de nuevo jamás. Cristo había orado para que la fe de Pedro no se extinguiera (Lc. 22:32); al no extinguirse su fe, tampoco su amor se había extinguido, ya que la fe actúa mediante el amor (Gá. 5:6).
(c) Cada vez, Pedro apela a la ciencia divina de Cristo, como a testigo fehaciente de la profesión de amor que acaba de hacer: «Tú sabes que te amo». La tercera vez, pone mayor énfasis en dicha apelación, y dice: «Señor, tú sabes todas las cosas; tú conoces que te amo» (lit.) Vemos, pues, que junto al verbo «saber», que indica el conocimiento experimental, empírico, que se tiene de algo bien observado por los sentidos y la razón, Pedro añade el verbo «conocer», que indica una penetración afectiva, subjetiva, fruto del amor. Pedro invita a Jesús a que de testimonio de algo que sabe muy bien, no sólo por su conocimiento divino, universal, de todas las cosas, sino por especial penetración en las tinieblas del corazón de Pedro. Pedro se satisface con este hecho: que Cristo, sabedor de todo, conoce la sinceridad con que expresa su afecto al Señor. Para un hipócrita, por fuerza ha de causarle terror el mero pensamiento de que Jesús conoce todas las cosas. Pero para un creyente sincero, es un consuelo pensar que, digan lo que digan otros de él, Jesús conoce perfectamente el estado de su conciencia y la sinceridad de su corazón. Además, el Señor nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos y, si de veras procuramos seguirle, puede incluso ver atenuantes donde nosotros mismos vemos agravantes, pues tiene en cuenta el barro de que estamos hechos (v. Sal. 103:14). Éste es el sentido de lo que el mismo Juan dice en su Primera Epístola (3:20): «Si nuestro corazón nos reprocha algo, mayor que nuestro corazón es Dios, y Él conoce todas las cosas».
(d) Cuando Cristo, al usar el mismo verbo con el que Pedro había respondido las dos primeras veces le preguntó por tercera vez: «Simón hijo de Juan, ¿me amas?» Juan añade que «Pedro se entristeció de que le dijese por tercera vez: ¿Me amas?» (v. 17), pues esta tercera repetición le trajo, sin duda, a las mientes las tres veces en que había negado él a Jesús en el atrio del sumo sacerdote. Todo recuerdo de los pecados pasados, incluso de los pecados ya perdonados, renueva el pesar de un creyente sinceramente arrepentido. Parece ser que esta tercera pregunta de Jesús infundió a Pedro cierta sospecha de que el Señor preveía alguna otra caída grave de él, y le haría pensar: «Quizá mi Maestro ve en mí algún motivo para sospechar de mi fidelidad; de lo contrario, no me preguntaría con tanta insistencia. ¿Qué será de mí, si vuelvo a ser tentado?»
(C) Tres veces también, Jesús encomienda a Pedro el cuidado de su rebaño: «Apacienta mis corderitos» (v. 15, lit.). «Pastorea mis ovejas» (v. 16). «Apacienta mis ovejas» (v. 17). Nótese lo siguiente:
(a) En este rebaño de Jesús, no de Pedro, hay tiernos corderitos, débiles e inmaduros, y ovejas, propensas a extraviarse e incapaces de volver por sí solas al redil. Con todo, como muy bien observa Hendriksen, no hay razón para establecer una diferencia tajante entre ambos grupos, pues todos los creyentes somos, en ese sentido, corderos y ovejas, contra la suposición imaginaria de algunos intérpretes de la Iglesia de Roma, quienes ven en los «corderitos» a los simples fieles, y en las «ovejas» a los pastores subalternos (supuestos «progenitores», mediante los sacramentos, de los fieles), con lo que el obispo de Roma, «sucesor de Pedro», sería el supremo pastor, no sólo de los fieles, sino también de los pastores.
(b) El encargo que da el Señor a Pedro, respecto de este rebaño, es doble, como lo indican los dos verbos que el original emplea en dichos versículos. El verbo usado en los versículos 15 y 17 significa dar pasto al rebaño, es decir, proveer a corderos y ovejas del suficiente alimento espiritual de la Palabra de Dios, aplicándola a la condición y a los casos particulares de cada uno. En cambio, el verbo usado en el versículo 16 significa hacer el oficio de pastor en la conducción de las ovejas por los parajes más idóneos, no sólo para el pasto, sino también para el ejercicio de caminar por las veredas menos ásperas y menos expuestas a los peligros de toda índole. Estos dos aspectos del ministerio pastoral se ven en la conexión, sin artículo intermedio, de los vocablos «pastores y maestros» de Efesios 4:11.
(c) Pero, ¿por qué da Cristo este encargo a Pedro en particular? La aplicación singular a Pedro en esta porción se debe al designio del Salvador de restaurarle en el ministerio pastoral, ahora que estaba arrepentido de sus negaciones y había profesado expresamente su amor al «Príncipe de los pastores» (1 P. 5:4). Esta comisión, renovada ahora a Pedro, era una evidencia de que Jesucristo estaba reconciliado con él y le reconocía como a uno de los «Doce», que habían de ser testigos de primera mano de su resurrección (Hch. 10:41), de no ser así, Jesús no habría vuelto a poner su confianza en él. Al perdonar a Pedro, Cristo le encomendaba el cuidado del mayor tesoro que tenía en la tierra: «los que habían de creer en Jesús por la palabra de él» (v. 17:20). Le estimulaba así a cumplir con toda diligencia con su ministerio de Apóstol y con su oficio de anciano (v. 1 P. 5:1).
(d) Pedro era siempre muy activo, y hasta precipitado, en el hablar y en el moverse; para que no se le ocurra ceder a la tentación de dirigir o manejar a los demás pastores, Cristo le encarga dar de comer y dirigir a las ovejas de la grey. Que sea esta la actividad en que se ocupe, y no pretenda propasarse a lo que no se le ha encomendado. Lo que Cristo encargó a Pedro, lo hizo también a los demás discípulos: No sólo que fuesen pescadores de hombres mediante la conversión de pecadores (v. Mt. 4:19; Mr. 1:17; Lc. 5:10), sino también pastores de la grey mediante la edificación de los creyentes (comp. con Hch. 20:28).
II. Al haber restablecido a Pedro en su ministerio apostólico, ahora le predice Jesús un honor, mayor todavía, que tiene reservado para él: el honor del mártir (v. 19, comp. con Fil. 1:29). Veamos:
1. Cómo predice Jesús el martirio de Pedro: «Cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro y te llevará a donde no quieras» (v. 18). Analicemos este versículo:
(A) A la predicción aludida, Jesús antepone su solemne aseveración, como es costumbre en Juan, de:
«De cierto, de cierto te digo», que le traería a las mientes aquel otro: «De cierto, de cierto te digo» de 13:38, con que le predijo las tres negaciones. Se lo dice, pues, no como una conjetura, sino con toda seguridad. Y, del mismo modo que Cristo previó los futuros padecimientos de Pedro, también conoció de antemano los padecimientos de todos sus seguidores. Después de encargarle el cuidado de su grey, Cristo le advierte que no debe esperar comodidades ni honores, sino sufrimientos y persecuciones.
(B) En particular, le predice que había de morir a manos de un verdugo. Una antigua tradición nos informa de que Pedro fue crucificado en Roma bajo Nerón. La leyenda añade que al conocer cómo iba a ser ejecutado, pidió el favor de que le crucificaran cabeza abajo, porque no se tenía por digno de imitar en la muerte al Salvador. El horror y la espectacularidad de la muerte en cruz añade muchos elementos de terror a la muerte en sí misma. La muerte violenta precedida con frecuencia de horribles torturas, ha sido, y es, la suerte común de gran número de fieles discípulos de Cristo. Aunque el sufrir por Cristo es un gran honor y una gracia especial, no por eso son menores los sufrimientos, pues el que se viste de Cristo (Gá. 3:27), no por eso se desnuda de su naturaleza humana. El mismo Jesús pidió repetidamente al Padre que pasara de Él aquella copa (Mt. 26:39, 42; Mr. 14:36; Lc. 22:42). Una aversión natural al dolor y a la muerte, especialmente a la muerte violenta, es perfectamente compatible con una rendida sumisión a la santa voluntad de Dios.
(C) Jesús le hace comparar la condición de libertad, de la que Pedro disfrutaba en su juventud, con la que tendrá que sufrir posteriormente: «Cuando eras más joven, te ceñías tú mismo e ibas a donde querías». Esto insinúa, no sólo la libertad de la que Pedro había disfrutado en su juventud, sino también la conducta carente de discreción y disciplina que Pedro había llevado en su juventud. Como diríamos en lenguaje del vulgo: «Hacía lo que le daba la gana». No siempre hacía lo que era correcto. Como hace notar agudamente W. Hendriksen, Cristo muestra su benevolencia a Pedro, al decir: «Cuando eras más joven», con lo que implica con ello que ya no era el veleidoso y caprichoso joven de antaño, aunque la experiencia reciente le había enseñado todavía una lección que tardó en aprender. Los que han pasado la juventud sin disciplina ni restricciones de ninguna clase, son propensos después, cuando llegan tiempos de problemas: pobreza, enfermedad, sufrimiento, abstención de muchas cosas agradables, etc., a resentirse de las presentes privaciones y recordar con nostalgia los tiempos de libertad, salud y abundancia. Pero deberíamos hacernos la pregunta siguiente, al ver las cosas desde otro punto de vista:
«¿Cuántos años de prosperidad he disfrutado, más de lo que yo merecía y mejoraba en mi carácter? Y, al haber recibido tantos bienes, ¿por qué no he de estar dispuesto a recibir también males?» (comp. con Job 2:10). Este pensamiento haría que cambiásemos nuestra mentalidad en cuanto al valor de las cosas de este mundo, y nos dispondría mejor a dejar todas las cosas en aras del seguimiento incondicional de Jesucristo. Ya no necesitamos ir a donde nosotros queramos, sino a donde Cristo nos llame y nos lleve, seguros de que nos llevará a donde más nos convenga espiritualmente, y a donde podamos servirle mejor y glorificarle más.
(D) Jesús le dice a continuación lo que ha de padecer cuando sea viejo: «Pero cuando seas ya viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras». Los perseguidores habían de llevarle con toda violencia al lugar de la ejecución, cuando ya estaba para retirarse pacíficamente de este mundo. Dios le había de proteger de la furia de sus enemigos (v. Hch. 12:3 y ss.) hasta que fuese viejo (v. 2 P. 1:14), de forma que estuviese mejor dispuesto para los padecimientos, y la Iglesia pudiera disfrutar por más tiempo del ministerio de él. Por esta predicción se ve cuán errados andan los que, al referirse a Hechos 12:6, dicen que Pedro era un dormilón, mientras, según el versículo anterior, «la iglesia hacía ferviente oración a Dios por él», ya que Pedro tenía dos razones muy buenas para estar durmiendo tranquilamente: (a) Sabía que estaba en las manos de Dios sacarle de la prisión o dejarle en ella, y se sometía enteramente a la divina voluntad. (b) Sabía, especialmente, que no iba a morir entonces, sino cuando fuese viejo. Tendría Pedro, a la sazón, unos treinta y cinco años de edad, y le quedaban como otros treinta y cinco de vida. Podía, por consiguiente, dormir tranquilo.
2. La explicación de esta predicción. Juan hace notar que Jesús «dijo esto, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios» (v. 19). No sólo «está reservado a los hombres el morir una sola vez» (He. 9:27), sino que también está fijada en los designios de Dios la forma en que cada uno ha de morir. Sólo hay un modo de venir a este mundo, pero hay muchos modos de salir de él, y Dios ha determinado cuál es el que nos ha de tocar a cada uno. Pero el objetivo primordial de cada creyente ha de ser que el Señor sea magnificado o por vida o por muerte (Fil. 1:20). Cuando morimos con paciencia, con gozo y, especialmente, en servicio del Evangelio, glorificamos a Dios con nuestra muerte y magnificamos la gracia del Señor, que nos capacita para morir así por Él. La muerte de los mártires sirvió de manera especial para glorificar a Dios, ya que «la sangre de los mártires era semilla de cristianos». Quienes honran a Dios a tal precio, de seguro que serán honrados sumamente por Dios.
3. El mandato que, a continuación, dio Jesús a Pedro: «Y dicho esto, añadió: Sígueme». Esta palabra:
«Sígueme» era una ulterior confirmación de que el Maestro le restauraba en su amistad y en el Apostolado, así como los primeros «Sígueme» (Mt. 9:9; Mr. 2:14; Lc. 5:27; Jn. 1:43) fueron invitaciones a entrar en el Apostolado. Era también una confirmación de los sufrimientos que había de padecer según la predicción que Jesús acababa de hacerle como diciéndole: «Sígueme, y disponte a ser tratado como yo lo he sido, porque el discípulo no está por encima de su maestro (v. Mt. 10:24; Lc. 6:40). Si a mí me han perseguido, también a ti te perseguirán» (v. Jn. 15:20). Con esto le animaba a ser fiel y diligente en su ministerio apostólico. Le había encargado apacentar a las ovejas (v. 17), y le proponía como modelo el ejemplo del Maestro (10:11). En esto le siguió Pedro, y muchos otros mártires, y éste era el mayor honor que podía caberles, puesto que, ¿quién se avergonzaría de seguir a tal Capitán? Quienes siguen fielmente a Cristo en gracia, ciertamente le seguirán también en gloria (v. 12:26).
Versículos 20–23
En esta porción se nos refiere el diálogo que Jesús tuvo con Pedro, en relación con la suerte que le habría de caber a Juan.
I. El ojo que Pedro tenía puesto en Juan: Pedro seguía a Jesús por el camino, pero «volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús» (v. 20). En este versículo observamos:
1. Cómo es descrito Juan. No se menciona por su propio nombre, sino, como de ordinario, con detalles suficientes para identificarle con facilidad: «El discípulo a quien amaba Jesús». El texto sagrado añade: «el mismo que en la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?» Esta larga añadidura hace suponer a muchos exegetas, como ya indicamos, que el capítulo 21 fue redactado, no por Juan, sino por algún discípulo suyo. En todo caso, la referencia servía para explicar el interés que Pedro tenía por saber lo que había de sucederle a Juan (v. 13:24), ya que en el episodio de la Cena Pascual, Juan estaba sentado en el lugar de honor, a la derecha del Maestro, y sirvió para presentar a Jesús la pregunta de Pedro. En cambio, ahora Pedro seguía más de cerca a Cristo y parecía estar en el lugar de mayor honor entre los demás Apóstoles; así que, por gratitud a Juan o, más bien, por curiosidad, como lo dan a entender las posteriores palabras de Jesús, pregunta al Maestro por la suerte futura de Juan. No tiene nada de extraño el que Juan siguiera a Pedro, ya que con frecuencia se les halla juntos, tanto antes como después de la resurrección de Cristo. Pedro después de oír de labios del Maestro que había de sellar su fe con el martirio, desea saber si a Juan le espera la misma clase de muerte. Se explica así mejor la evasiva de Jesús, no sólo para reprender a Pedro por su curiosidad, sino también porque Juan no iba a morir mártir.
2. Qué hizo Juan en esta ocasión: Seguir al Maestro y a Pedro. Si donde estuviera el Maestro, allí también debía estar su servidor (12:26), pensó seguramente Juan que, si Pedro había de seguir a Cristo, ¿por qué no le había de seguir también él? Así que tomó como dicha a él mismo la palabra que Cristo había dicho a Pedro: «Sígueme».
3. Cómo se percató Pedro de que Juan les seguía: «Volviéndose, vio …» En lo que podemos notar:
(A) Una distracción innecesaria en el seguimiento del Maestro. Los mejores creyentes hallan gran dificultad de mantener comunión con el Señor por largo rato, sin distraerse.
(B) Una insana curiosidad por la condición de otras personas. Hay muchos que, al preocuparse por la condición espiritual de otros hermanos, pierden de vista la suya propia. También esto nos puede distraer de la comunión con el Señor.
(C) Hay quienes ven en esto una señal del interés que Pedro tenía por el bienestar espiritual de sus condiscípulos, pues no se sentía tan elevado por las palabras de Jesús como para despreocuparse de los otros discípulos. Esta opinión puede servirnos de aplicación espiritual pero cae fuera del sentido literal del texto, como se echa de ver por la reprensión de Cristo.
II. La pregunta que Pedro hizo al Señor acerca de Juan: «Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: Señor, y éste ¿qué?» (v. 21). La pregunta podría tomarse de varias maneras:
1. Como señal de interés por Juan, como diciéndole a Jesús: «Señor, aquí llega tu discípulo amado, ¿no tienes nada que decirle a él? ¿No le vas a decir a él en qué tiene que ocuparse y de qué manera ha de recibir honor?» Esta opinión, como ya hemos insinuado antes, carece de fundamento.
2. Como expresión de ansiedad ante la perspectiva de sufrimiento que Jesús acababa de presentarle (vv. 18–19). Como si le dijera a Jesús: «Señor, ¿sólo yo he de ser llevado a donde no quiera? ¿No ha de compartir Juan la cruz conmigo?» No parece que fuese éste el sentido de la pregunta de Pedro.
3. Por pura curiosidad o por un deseo afanoso de conocer el porvenir que le esperaba a Juan. Por la respuesta de Jesús se ve que éste era el sentido de la pregunta de Pedro, y en ella veía el Señor un defecto bastante común, pues somos inclinados a preocuparnos de los demás, de su estado, condición, negocio, etc., más que de nosotros mismos, con lo cual, mientras somos diligentes en investigar los defectos ajenos, dejamos de descubrir los nuestros; de vista penetrante hacia fuera, y cegatos hacia nuestro interior. Pedro parece más preocupado por la página de sucesos que por el código de deberes. En lugar de interesarse por los secretos designios de Dios acerca de Juan, debería prestar mayor atención al cumplimiento de la voluntad de Dios. Las predicciones que hallamos en la Palabra de Dios han de servirnos como norma de nuestra conciencia, no para satisfacer nuestra curiosidad.
III. La respuesta de Cristo a la curiosidad de Pedro: «Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué te va a ti? Tú, sígueme» (v. 22). En esta respuesta de Jesús, pueden adivinarse dos elementos. Se discute únicamente cuál de los dos es el primordial y más ajustado al sentido literal del texto:
1. Unos opinan que la intención principal de la respuesta de Jesús fue insinuar que Juan no había de morir de muerte violenta como Pedro, sino hasta que el Señor le acogiera plácidamente por medio de una muerte natural. Los historiadores primitivos de mayor prestigio nos refieren que Juan fue el único Apóstol que murió de muerte natural, y en edad muy avanzada. Aunque la corona del martirio es brillante y gloriosa, Dios la otorga a quien le place. No obstante, es tradición (no tan fehaciente) que, durante el reinado de Domiciano, Juan fue introducido en una caldera de aceite hirviendo, de la que, según el texto del Breviario Romano salió milagrosamente ileso; más aún, «más sano y rejuvenecido», según el mismo texto del Breviario.
2. Otros opinan que el énfasis de las palabras de Jesús cae sobre la frase: «Tú, sígueme», con lo que está claro el reproche que el Señor le hace por su insana curiosidad. Como diciéndole: «Suponte que a mí me plazca el que Juan no muera hasta que yo venga, ¿qué te va a ti en eso? Ya te he dicho cómo has de morir tú, y con eso te ha de bastar. Así que, sígueme». En efecto, como observa Ryle, «¿de qué le habría servido a Pedro saber que su amado condiscípulo Juan había de ser metido en una caldera de aceite hirviendo en Éfeso, ser desterrado durante varios años en la isla de Patmos, sobrevivir a todos los demás Apóstoles y permanecer en el mar turbulento de este perverso mundo? No sólo no le habría hecho ningún bien, sino que le habría causado pesar, y añadido aflicción a su propia aflicción». Mal está decir, como Caín: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?», pero también está mal querer suplantar a la Providencia en el planeamiento y ejecución de los designios divinos acerca de otros hermanos. Es voluntad del Señor que los suyos se ocupen en sus respectivos quehaceres, según cada uno haya sido llamado, sin tener curiosidad por lo que concierne a los quehaceres y obligaciones de los demás. De esta insana curiosidad a la intromisión (2 Ts. 3:11; 1 P. 4:15), no hay más que un paso. Aquí cuadra bien la advertencia de Pablo:
«¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno? Para su propio señor está en pie o cae» (Ro. 14:4). «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios» (Dt. 29:29). Lo importante para cada uno de nosotros es nuestro propio deber, no lo que pueda suceder, puesto que es el deber, no los eventos, lo que nos concierne y pertenece (comp. con Ec. 12:13–14); los eventos pertenecen a Dios. Y nuestro deber, como el de Pedro, está resumido en esa palabra de Cristo: «Sígueme». Y, si de veras nos dedicamos de todo corazón a seguir a Cristo no nos quedará tiempo ni ganas para entremeternos en lo que no nos concierne. Dice a este propósito Hendriksen: «Hay personas que siempre están haciendo preguntas. Hacen tantas preguntas que dejan de dedicar a su verdadera misión en la vida la cantidad de interés y energía que deberían. Hay tiempos en que las preguntas están fuera de orden y sentido. Bien se ha dicho que una persona que ha sido herida con una flecha envenenada y cubierta de plumas no va a comenzar preguntando: ¿De qué madera han hecho esta flecha? ¿Y de qué ave son estas plumas? ¿Es rubia o morena, alta o baja, la persona que me hirió? Lo primero que hará es buscar el medio de curar la herida».
IV. La equivocación que ocasionó una mala inteligencia de las palabras de Jesús, entendiéndolas en el sentido de que Juan no había de morir: «Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué te va a ti?» (v. 23). Analicemos este versículo:
1. Aquí tenemos una tradición, tradición apostólica, pues «este dicho se extendió entonces entre los hermanos». El término «hermanos» no tiene aquí el sentido de 2:12; 7:3, 5, 10, donde la referencia es claramente a los hermanos según la carne; incluso es un sentido ligeramente diferente del de 20:17, donde la referencia es a los discípulos que habían acompañado de cerca a Jesús en su ministerio público; tiene, más bien, el sentido característico eclesial que vemos en Hechos 1:16; 6:3; 9:30, etc. Tampoco tiene (nota del traductor) el sentido de Hechos 2:29, 37; 7:2, y otros lugares en que se establece diálogo con judíos no convertidos, pero llamados así por pertenecer al mismo pueblo elegido, en el que todos los israelitas eran considerados «hijos de Dios» (v. Os. 11:1, citado en Mt. 2:15) y, por tanto «hermanos». Así se entiende la diferencia entre Hechos 2:37 («varones hermanos») y Hechos 16:30 («señores», el que habla es un gentil). Resulta, pues, extraño que un exegeta de la talla de W. Hendriksen aplique el mismo sentido a todos los lugares en que el término «hermanos» ocurre en Hechos, ¡incluso en pasajes como 7:2!
2. A pesar de ser una tradición tan antigua, vemos que resultó falsa, por haber interpretado mal ciertas palabras de la Escritura; con esto hemos de aprender a ser cautelosos en cuanto a admitir como ciertas (mucho menos, como «infalibles») las tradiciones de la Iglesia. Esta tradición llegó a ser pública, común, universal y, con todo era falsa; tanto que el mismo Juan (o, probablemente, un discípulo de Juan) hubo de corregir el error. Hendriksen insiste con buenas razones, en que Juan vivía todavía, aun en el caso de que no fuese él quien escribiese este capítulo, o estos últimos versículos, a fin de que los creyentes rectificasen lo que la opinión común había interpretado falsamente y no viesen su fe sacudida al ocurrir la muerte del Apóstol. Una vez muerto Juan, la rectificación habría sido innecesaria. Con todo, el argumento de Hendriksen carece de la contundencia necesaria para convencer a los partidarios de la opinión de que Juan había muerto ya.
3. Los que dieron lugar a esta falsa tradición entendieron que, puesto que Juan no iba a morir de la misma muerte que Pedro (y, quizás, el resto de los Apóstoles), no iba a morir de ninguna forma. El deseo mismo de los primeros creyentes, especialmente en la iglesia de Éfeso, les inclinaba a interpretar así las palabras del Señor. Es un defecto común de muchos creyentes, y aun de muchas iglesias locales, depender demasiado de los instrumentos que Dios usa para la expansión y edificación de su obra; pero Dios continúa su obra, aunque cambie con frecuencia de obreros. No hay necesidad de ministros «inmortales», mientras la Iglesia se deje conducir por el «Espíritu eterno» (He. 9:14). Ante la longevidad de Juan, todos estos hermanos se verían confirmados en su equivocada expectación.
4. Vemos también cuán fácilmente se rectifica un error, aunque sea común y universal, con sólo acudir sin prejuicios a la Palabra de Dios. En el mismo versículo que nos descubre el error de los discípulos, se nos ofrece la corrección de dicho error: «Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué te va a ti?» (v. 23b). Esto es exactamente lo que Jesús había dicho, y nada más. ¡Dejemos que las palabras de la Biblia hablen por sí solas y atengámonos todos al claro sentido literal de las mismas, mientras no nos conste, por el mismo texto, de que se trata de una parábola, una alegoría, etc.! El mejor modo de acabar con una discusión sobre materias doctrinales o de conducta es aferrarse a la Palabra de Dios, porque el lenguaje de la Escritura es el más adecuado vehículo de las verdades de la Escritura. Así como las Escrituras son el mejor armamento para herir de muerte a los más peligrosos errores, así también son el mejor remedio para curar las heridas causadas por las diferentes formas de expresión acerca de las mismas verdades. Quienes no pueden estar de acuerdo en una misma filosofía, pueden (y deben) estar de acuerdo en las mismas verdades fundamentales de la Escritura, y ser así capaces de amarse recíprocamente en el Señor.
Versículos 24–25
Conclusión de todo el evangelio según Juan.
I. Este evangelio, al contrario de los otros tres, que terminan de un modo abrupto, concluye con un testimonio solemne acerca del redactor del mismo: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y escribió estas cosas» (v. 24). Es un testimonio que perdura ya por diecinueve siglos, y perdurará hasta que el Señor vuelva. Vemos:
1. Los que escribieron la historia de Cristo no se avergonzaron de poner en ella su nombre. Es probable que el propio Juan diera este testimonio aunque la segunda mitad del versículo insinúa otra cosa, como veremos luego. Los relatos acerca de la vida de Cristo, así como de su muerte, resurrección y ascensión a los cielos, fueron escritos por personas de la mayor integridad, dispuestas a sellarlos con su sangre. Los escribieron como testigos de primera mano (Mateo y Juan), o por informes fidedignos de testigos de primera mano (Marcos y Lucas). El autor del cuarto evangelio era uno de los Apóstoles del círculo más íntimo de tres (los otros eran su propio hermano, Jacobo o Santiago el Mayor, y Simón Pedro). Era «el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado en su pecho» (v. 20), que había oído sus mensajes, había visto sus milagros, así como las pruebas irrefutables de su resurrección. Todo esto, como los demás evangelios, había sido ya proclamado oralmente antes de ser puesto por escrito, lo cual añadía mayor seguridad a lo redactado, puesto que podía fácilmente comprobarse su identidad con lo predicado.
2. Los que escribieron la historia de Cristo, así como habían testificado de lo que habían visto, así pusieron por escrito lo que habían testificado. Lo que escribieron como un certificado, lo sostuvieron como una declaración jurada. Fue una gracia especial de la providencia de Dios el que la historia de Cristo fuese consignada por escrito, ya que, de esta manera, no sólo podía llegar hasta los más remotos lugares, sino también hasta los últimos tiempos, a través de los siglos. Los imperios surgen y desaparecen, las culturas cambian con el tiempo y son diversas según el espacio, la ciencia moderna arrincona los antiguos conceptos, las civilizaciones se suceden, pero «la palabra de Dios vive y permanece para siempre» (1 P. 1:23).
II. El relato concluye con una solemne testificación de la verdad en él contenida: «Y sabemos que su testimonio es verdadero» (comp. con 19:35). Es el testimonio de un testigo de vista, de reputación irreprochable, expuesto con absoluta certeza y basado en una evidencia excepcional. Pero, ¿a quién se refiere ese «sabemos» en plural? Dice Hendriksen: «Las personas que presentan este testimonio no se identifican a sí mismas por su nombre. Con toda probabilidad, se trata de los ancianos de la iglesia en Éfeso (o: los ancianos de la iglesia en Éfeso y en sus alrededores)». Pero, al atender a que el evangelio lleva en sí mismo las marcas de autenticidad y veracidad irrefutables, no necesitamos el testimonio de unas cuantas personas en particular. Todos nosotros los creyentes de todos los siglos, podemos suscribir ese «sabemos» pues estamos seguros de que dicho testimonio es válido y digno de todo crédito. La verdad del Evangelio está confirmada con toda clase de evidencias que puedan esperarse y desearse razonablemente, y el que quiera saber si la doctrina es o no de Dios, sólo necesita estar dispuesto a cumplir la voluntad de Dios (7:17). Ese «sabemos» expresa, en primer lugar, la satisfacción de las iglesias de aquel tiempo, concerniente a la verdad del relato presente. No es que un escrito inspirado necesite el testimonio de los hombres, pero, con este testimonio, es recomendado a la atención e información de las iglesias de todos los tiempos.
III. Finalmente, en el último versículo, tenemos una especie de «etcétera», con referencia a «otras muchas cosas» dichas o hechas por nuestro Señor Jesucristo (v. 25). De ellas dice el escritor sagrado que, «si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir». Aunque es evidente que, en cierto sentido, se trata de una hipérbole, en otro sentido no hay en ello ninguna exageración, pues, como dice W. Hendriksen: «ningún número finito podría referirnos las obras llevadas a cabo por el Amor Infinito». Pero, podría preguntarse: ¿Por qué no se extendieron más los evangelistas en su relato? La respuesta puede ser doble:
1. No fue porque hubiesen agotado el tema ni porque no tuviesen ninguna otra cosa digna de ser consignada por escrito. Todo cuanto Cristo dijo e hizo era digno de ser tenido en cuenta. Sus milagros fueron muchos, y muy variados y repetidos. Sus mensajes fueron también muchos; los evangelistas sólo nos han dejado algunos, y de los más, sólo un resumen. Los detalles de cada milagro y la densidad de cada una de sus frases, necesitarían de un espacio infinito para ofrecer por escrito una completa
explicación. Cuando hablamos de Jesucristo, tenemos ante nosotros un tema infinito; la realidad excede a todo informe, explicación o comentario. Pablo cita uno de los dichos de Jesús que no figura en ninguno de los cuatro relatos evangélicos (v. Hch. 20:35) sin duda, dijo muchísimos más. Si, después de la visita que hizo a Salomón, la reina de Sebá pudo decir: «mis ojos han visto que no se me dijo ni aun la mitad» (1 R. 10:7), ¿qué diremos de los tesoros de gracia y de sabiduría de Jesús (Col. 2:3), que superan infinitamente a los de Salomón? (v. Mt. 12:42; Lc. 11:31).
2. Fue por las siguientes tres razones:
(A) Porque no era necesario escribir más. Lo que nos han transmitido los evangelistas es una revelación suficiente de las enseñanzas de Cristo y de las pruebas convincentes de tales enseñanzas. Si no creemos lo que está escrito y nos beneficiamos de ello, tampoco creeríamos ni sacaríamos provecho aunque fuese mucho más lo escrito.
(B) No fue posible escribirlo todo. Habría sido una historia tan larga como nunca se escribió ni podría escribirse tal que no habría dejado lugar para los demás escritos sagrados pues los habría reducido a una mínima porción, comparada con el relato de las enseñanzas y los milagros de Jesucristo. En fin, habría sido cosa de nunca acabar.
(C) No era recomendable escribir demasiado, porque el mundo, incluso en su sentido moral, no habría podido contener, es decir, dar cabida a (el verbo griego es el mismo de 8:37) los libros que se habrían de escribir. Habrían sido tantos, que no habrían hallado sitio donde colocarlos. Todo el tiempo estaría empleado en leerlos y, por consiguiente, la gente tendría que dar de mano a las tareas y necesidades más perentorias. Si, con lo que ya tenemos de la vida, doctrina y milagros de Jesús, hay mucho que se descuida, se olvida y es objeto de discusión, ¿qué habría ocurrido, si se hubiesen escrito tantos libros? Especialmente, si se tiene en cuenta que lo escrito necesitaría ser meditado y explicado. Demos gracias a Dios por las Sagradas Escrituras que tenemos a la mano, y no las menospreciemos a causa de su brevedad y llaneza, sino las tengamos como el mayor tesoro en la tierra, a la vez que suspiramos por el Cielo, donde nuestra capacidad será elevada y ensanchada hasta tal punto que no habrá ningún peligro de que resulte sobrecargada.
3. Como ejemplo del uso que los judíos estaban acostumbrados a emplear la figura literaria que llamamos hipérbole, y que significa literalmente «exageración», Ryle cita, de la propia Biblia, los siguientes ejemplos: «Las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo» (Dt. 1:28); «tierra que fluye leche y miel» (Éx. 3:8; Jos. 5:6); «sus camellos eran innumerables como la arena que está a la ribera del mar» (Jue. 7:12); «Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo» (Mt. 11:23; Lc. 10:15); «si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer …» (Lc. 14:26). Decían los rabinos: «Si todo el mar fuese tinta, y todos los juncos plumas, y pergamino todo el cielo, no bastarían a describir la profundidad del corazón de los príncipes». Fue seguramente de este dicho rabínico, del que un anónimo poeta tomó su inspiración para el siguiente poema, escrito en la pared de una estrecha habitación de un asilo, según dice Hendriksen, y que, para los que entiendan el inglés (nota del traductor), ponemos a continuación:
«Could we with ink the ocean fill and were the skies of parchment made;
were every stalk on earth a quill, and every man a scribe by trade; to write the love of God above would drain the ocean dry;
nor could the scroll contain the whole, though stretched from sky to sky.»
IV. El «Amén», con que se cierra el Evangelio en nuestras versiones de la Biblia, tiene escaso fundamento en los MSS. Lo mismo digamos del que aparece al final del Evangelio según Marcos. En cambio, el que aparece al final de Mateo y de Lucas está apoyado por gran número de MSS., aunque no por los mejores. M. Henry (nota del traductor) comenta sobre este «amén», y dice que, con él, debemos sellar nuestra fe, como sella con él su testimonio el evangelista, y expresar así nuestro asentimiento a la verdad de lo escrito («Así es»), y nuestra satisfacción en lo provechoso de lo escrito, ya que puede hacernos sabios para salvación (2 Ti. 3:15). «Así sea». Ryle comenta que, mientras los evangelistas concluyen con este «Amén», el Señor Jesús es la única persona que comienza sus frases con un «Amén».
Y, precisamente en este Evangelio según Juan, Jesús repite siempre dicho «Amén», para dar mayor solemnidad a lo que va a decir a continuación.