Tenemos delante de nosotros la historia de la nación judía a partir de la muerte de Moisés en adelante. Esta historia continúa hasta el libro de Ester inclusive, es parte de los oráculos divinos, los cuales fueron encomendados a los judíos, y como tales fueron recibidos por nuestro Salvador y sus Apóstoles; a ellos, en efecto, hicieron copiosas referencias.
En los cinco libros de Moisés vimos un detallado relato del surgimiento, progreso y establecimiento de la nación judía como tal. Allí veíamos la familia de la que surgió, la promesa que la acompañó, los milagros con que fue establecida y las leyes y ordenanzas con que había de gobernarse. Habríamos de pensar que una nación que estaba gobernada con base en tales mandamientos y estatutos fuese una nación santa y dichosa. Pero, ¡ay!, gran parte de esta historia consiste en la exposición melancólica de sus pecados y miserias. Si comparamos con ella la historia de la Iglesia cristiana, encontraremos la misma causa y razón para asombrarnos, ya que, a pesar de una fundación tan santa, han sido muchos los errores y graves las corrupciones que en ella han entrado en el decurso de los siglos. En efecto, tampoco el Evangelio perfecciona las cosas en este mundo, sino que nos deja en expectación de una mejor esperanza en el estado futuro.
El primero de los libros históricos después del Pentateuco es el libro de Josué, llamado así, no precisamente porque lo escribiese Josué, sino porque él es el protagonista y fue compuesto en base a sus «memorias» o «diario». El Dr. Lightfoot piensa que lo escribió Fineés (hebreo, Pinjás), mientras que el obispo Patrick opina que lo escribió el propio Josué. Sea como sea, el libro contiene la historia de Israel bajo el mando y gobierno de Josué, quien actuaba como general en jefe de los ejércitos de Israel. Así lo vemos: 1. Durante la entrada del pueblo en Canaán (caps. 1–5). 2. En la conquista de Canaán (caps. 6–12). 3. En la distribución de la tierra de Canaán entre las tribus de Israel (caps. 13–21). 4. En el establecimiento de la religión entre ellos (caps. 22–24).
En este libro podemos ver igualmente: 1. Mucho acerca de Dios y de su providencia: su poder, su justicia su fidelidad y su misericordia con su pueblo Israel, a pesar de las provocaciones de ellos. 2. Mucho acerca de Cristo y de su gracia. Aunque Josué no es mencionado expresamente en el Nuevo Testamento como tipo de Cristo, todos están de acuerdo, sin embargo, en que fue tipo eminente de Cristo. Llevó el mismo nombre que nuestro Salvador, como lo llevó también otro tipo de él, el sumo sacerdote Josué (v. Zac. 6:11, 12). Los LXX le dieron a Josué la terminación griega en ous llamándole Iesous = Jesús, y así aparece en Hechos 7:45 y Hebreos 4:8. Significa, pues, Yahweh salvará. Josué salvó de los cananeos al pueblo de Israel; nuestro Señor Jesús nos salva de nuestros pecados. Cristo, como Josué, es el capitán de nuestra salvación, el jefe y comandante de la Iglesia, para que podamos tener a Satanás bajo nuestros pies y entremos en posesión de la Canaán celestial, en la cual nos dará Cristo el reposo que Josué no pudo dar (v. He. 4:8).
En este capítulo: I. Dios designa a Josué para gobernar al pueblo en lugar de Moisés, le da amplia comisión, detalladas instrucciones y le anima grandemente (vv. 1–9). II. Josué acepta el gobierno que se le encomienda y comienza inmediatamente el desempeño de su cargo, da órdenes a los oficiales del pueblo en general (vv. 10, 11) y, en particular, a las dos tribus y media (vv. 12–15). III. El pueblo presta su consentimiento y se juramenta a ser fiel a Josué (vv. 16–18).
Versículos 1–9
Vemos aquí el honor que se le confiere a Josué y el gran poder depositado en su mano por orden del que es la fuente de todo honor y poder y por quien los reyes reinan. Dios le habla (v. 1), probablemente como le habló a Moisés (Lv. 1:1), desde el tabernáculo de reunión. Para darle mayores ánimos, Dios le habla sin intermediarios—según opinión de algunos, en sueño o en visión (como en Job 33:15). Con respecto al llamamiento de Josué:
I. El tiempo en que se le dio: Después de la muerte de Moisés. Tan pronto como Moisés murió, tomó Josué sobre sí la administración, en virtud de su solemne ordenación en vida de Moisés. Dios no le habló, sino para que marchase hacia Canaán después que se acabaron los treinta días de duelo por Moisés. Dios quería darle al pueblo tiempo, no sólo para lamentarse de la gran pérdida con la muerte del caudillo, sino también para arrepentirse de lo mucho que le habían ofendido.
II. El lugar que Josué había ocupado antes de ser promovido. Era el asistente de Moisés. Los LXX traducen el vocablo hebreo por hypourgos = un obrero bajo dirección de otro. 1. Que había estado por largo tiempo en el oficio. 2. Que había sido entrenado bajo sujeción y mando. Los que mejor han aprendido a obedecer son los mejor equipados para mandar. 3. Que quien había de suceder a Moisés estaba íntimamente relacionado con él a fin de que tomase las mismas medidas y caminase en el mismo espíritu, al haber de seguir adelante en la misma tarea. 4. Que era en esto tipo de Cristo, a quien podemos llamar ministro de Moisés, ya que fue hecho bajo la Ley y la cumplió a la perfección.
III. El llamamiento mismo que Dios le hizo:
1. La razón por la que fue llamado al gobierno: Mi siervo Moisés ha muerto (v. 2). Moisés, una vez acabado su trabajo como siervo, va a descansar de sus trabajos y entra en el gozo de su Señor.
2. El contenido del llamamiento: ahora, pues levántate. (A) «Aunque Moisés está muerto, la obra ha de seguir adelante; por consiguiente, levántate y pon manos a la obra.» Cuando Dios tiene una obra que hacer, hallará, o creará, los instrumentos apropiados para llevarla a cabo. Moisés, el siervo, está muerto; pero Dios, el Dueño, no lo está: vive por siempre. (B) «Como Moisés está muerto tú quedas encargado de la obra como sucesor suyo.» Josué ha de levantarse para dar cima a lo que Moisés comenzó. Así es como una generación posterior entra en las labores de la generación anterior. Así es como Cristo, como nuestro Josué, lleva a cabo por nosotros lo que nunca podría hacerse mediante la Ley de Moisés: justifica (Hch. 13:39) y santifica (Ro. 8:3). La vida de Moisés abrió el camino a Josué y preparó al pueblo para lo que Josué había de llevar a cabo. También la Ley es nuestro ayo hasta llevarnos a Cristo.
3. El servicio especial al que es llamado ahora: «Levántate y pasa este Jordán, este río que tienes a la vista y a cuya orilla habéis acampado». Esto fue una prueba para la fe de Josué, ya que carecía de pontones y de barco con los que formar un puente para que el pueblo pasara; no obstante, debe creer que Dios, que le ha ordenado pasar, ha de abrirles un camino, pues para entrar en Canaán era preciso cruzar el Jordán.
4. Se repite aquí la donación de la tierra de Canaán a los hijos de Israel (vv. 2–4): A la tierra que yo les doy. A los patriarcas les había sido prometida: Te daré. Pero ahora que había expirado la cuarta generación, había llegado el tiempo del cumplimiento de la promesa (v. 3): «Yo os he entregado. Aunque todavía está sin conquistar, la tenéis tan segura como si estuviese ya en vuestras manos». (A) Las personas a quienes es entregada: a los hijos de Israel (v. 2)., puesto que son la descendencia de Jacob, quien fue llamado Israel en el tiempo en que le fue hecha esta promesa (Gn. 35:10, 12). (B) La tierra que fue concedida: Desde el Éufrates por el oriente, hasta el Mediterráneo por el occidente (v. 4). Si hubiesen
sido obedientes, Dios les habría dado esto y mucho más. De todos los países comprendidos en esos términos, y de otros más, saldrían en el decurso del tiempo prosélitos de la religión judía, como vemos en Hechos 2:5, etc. (C) La condición bajo la que se hace dicha donación está implicada en las palabras «como lo había dicho a Moisés» (v. 3); esto es, «en los términos que Moisés os expuso con mucha frecuencia, si guardáis mis estatutos, entraréis a poseer esa buena tierra. Tomadla en esas condiciones, no de otra manera». (D) «Todo lugar que pise la planta de vuestro pie será vuestro (dentro de dichos límites). Con sólo poner el pie allí, ya lo tenéis».
5. Las promesas que Dios hace aquí a Josué para animarle: (A) Que podía estar seguro de la presencia de Dios con él (v. 5): «Como estuve con Moisés, estaré contigo. Como estuve con él para sacar al pueblo de Egipto y conducirlo a través del desierto, así estaré contigo para que lo establezcas en el país de Canaán». Lo que Moisés llevó a cabo fue en virtud de la presencia de Dios con él, y aunque Josué no siempre tuvo la misma presencia de ánimo que Moisés poseía, sí que había de tener la misma presencia de Dios para llevar a cabo su obra como era menester. Nótese que es un gran consuelo para una nueva generación de siervos de Dios, ministros o, simplemente, creyentes, saber que la misma gracia que fue suficiente para quienes les precedieron, estará también a disposición de ellos si son igualmente fieles al Señor. Dios lo repite de nuevo en el v. 9. Los que van al lugar al que Dios les envía, tendrán consigo a Dios dondequiera se hallen. (B) Que la presencia de Dios no le sería jamás retirada: No te dejaré ni te desampararé (v. 5). Ya le había asegurado Moisés esto mismo (Dt. 31:8), que, aunque él le iba a dejar, Dios no le dejaría. De esto podemos estar seguros: Que el Señor estará con nosotros mientras nosotros estemos con Él. Esta promesa hecha aquí a Josué tiene aplicación con respecto a todos los creyentes. (C) Que había de vencer a todos los enemigos de Israel (v. 5): Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida. No hay quien pueda hacer frente a quienes tienen a Dios de su parte. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Ro. 8:31). (D) Que él mismo habría de llevar a cabo el reparto de la tierra entre los hijos de Israel (v. 6). Había de estar de buen ánimo, a causa del mal carácter del pueblo a quien había de poner en posesión de la tierra. Sabía bien cuán díscolo y descontentadizo era el pueblo y cuán ingobernable había sido en tiempo de su predecesor.
6. El encargo que da a Josué es:
(A) Que cuide de hacer siempre todo conforme a la Ley de Dios y hacer de ella su norma (vv. 7, 8). Es como si Dios pusiera en manos de Josué el libro de la Ley; y le encarga: (a) que de día y de noche medite en él. Si hubo alguna vez hombre de negocios que pudiera excusarse de meditar y de otros actos de devoción a causa del mucho quehacer, bien podríamos pensar que ese era el caso de Josué. La tarea que se le encomendaba era enorme, tanto como para tenerle ocupado aunque tuviese diez almas; con todo, había de hallar tiempo para meditar en la Ley de día y de noche. (b) No había de permitir que se apartase de su boca; es decir, de dar órdenes al pueblo en consonancia con la Ley de Dios; en todas las ocasiones había de decir conforme a esto (Is. 8:20). No era de su incumbencia hacer nuevas leyes, sino que había de guardar el buen depósito (2 Ti. 1:14). (c) Siempre había de hacer conforme a toda la Ley. Aunque Josué era hombre de gran poder y autoridad, debía someterse a lo mandado. No hay ser humano con dignidad o dominio suficientes para colocarle por encima de la Ley de Dios. Primero ha de hacer lo que está escrito. Segundo, ha de hacerlo conforme a lo que está escrito. Tercero, ha de hacerlo conforme a todo lo que está escrito sin excepción ni reserva. Cuarto, ha de observar el juicio de su conciencia, los signos de la Providencia y las oportunidades de la circunstancia. Quinto, no se ha de apartar de él, el libro de la Ley, ni en su conducta personal ni en sus actos de gobierno, y ha de tener en cuenta que la virtud está en el medio, es decir, lejos de los extremos. Sexto, ha de ser fuerte, valiente y esforzado. Y, séptimo, que al obrar así será prosperado en todo (vv. 7, 8).
(B) Que se anime con la promesa y la presencia de Dios, y que se ampare en ellas (vv. 6, 7, 9). Josué se había hecho notar por su valor hacía mucho, tanto en la guerra contra Amalec como en su disconformidad con el informe de los espías malvados. Josué era humilde no desconfiaba de Dios, pero sí de sí mismo y de su competencia para la obra; por eso, le repite Dios tantas veces: «Esfuérzate y sé valiente»; «mira que te mando que te esfuerces y seas valiente» (vv. 6, 7, 9). Como diciendo: «Te he mandado lo que has de hacer; por consiguiente, será hecho». Nos ayudaría mucho a animarnos y alentarnos si tuviésemos la vista fija en la garantía divina, y oyésemos a Dios que nos dice: «¿No te lo he mandado? Por tanto, yo te ayudaré, te aceptaré, te prosperaré y te galardonaré.»
Versículos 10–13
Una vez que ha sido instalado en el gobierno Josué se pone de inmediato a proseguir la obra de Dios entre el pueblo que le había sido confiado por Dios.
I. Da órdenes al pueblo para que proceda a ponerse en marcha. Los oficiales del pueblo que, bajo el mando de Josué, estaban al frente de las distintas tribus y familias, habían de atender a las órdenes del superior para transmitirlas al pueblo. ¿Qué habría podido hacer Josué sin subalternos? Se nos requiere someternos, no sólo al rey, como a superior, sino también a los gobernadores, como enviados por Él (1 P. 1:13, 14). Por medio de estos subalternos: 1. Josué hace saber en público que han de pasar el Jordán dentro de tres días. Obsérvese con qué seguridad lo comunica Josué al pueblo, puesto que Dios le había dicho que pasase a poseer la tierra. La mejor manera de honrar la verdad de Dios es no titubear ante la promesa de Dios. 2. Les ordena que preparen víveres, pero no vehículos para transportarlos. El que los llevó al salir de Egipto, les llevaría igualmente al entrar en Canaán (Éx. 19:4). Pero los que deseaban tener otros víveres además del maná, que no había cesado de caer, habían de prepararlos y tenerlos a mano en el tiempo señalado. Quizás, aunque el maná no cesó hasta que entraron en Canaán (5:12), al encontrarse ya en tierra habitada (Éx. 16:35), donde podían proveerse, en parte, de otros víveres, el maná no caía en la misma abundancia de antes (v. Éx. 19:10, 11).
II. Les recuerda a las dos tribus y media la obligación que tenían de pasar el Jordán con sus hermanos, aunque dejaban sus posesiones y sus familias en este lado. Era un acto de negación de sí mismos; por eso era conveniente recordarles el acuerdo al que había llegado Moisés con ellos (v. 13): Acordaos de la palabra que Moisés … os mandó. Aunque Moisés estaba muerto, sus mandatos y sus promesas estaban aún vigentes. Les hace memoria: 1. De los beneficios que habían recibido al terminar su peregrinaje para adquirir residencia fija: «Jehová vuestro Dios os ha dado reposo. Ha dado reposo a vuestra mente; no es como con las demás tribus, que han de esperar primero al resultado de la guerra antes de obtener su porción. También ha dado reposo a vuestras familias, dándoos esta tierra, esta buena tierra». Cuando Dios, en su providencia nos da reposo, deberíamos considerar qué servicio podemos ofrecer a aquellos hermanos nuestros que no tienen hogar fijo. Cuando Dios había dado reposo a David (2 S. 7:1), véase cuán intranquilo estuvo hasta encontrar casa para el Arca (Sal. 132:4, 5). 2. También les hace memoria del acuerdo pactado de ayudar a sus hermanos en las guerras de Canaán, hasta que Dios les diera reposo también a las demás tribus (vv. 14, 15). Esto era: (A) Muy puesto en razón. (B) Mandado por Moisés, el siervo de Dios. (C) Era también el único expediente que tenían para salvarse de la culpabilidad de un gran pecado al asentarse en aquel lado del Jordán, pecado que, más tarde o más temprano, les había de alcanzar (Nm. 32:23). (D) Era la condición bajo la cual Moisés les había concedido la tierra de su herencia, como es llamada en el v. 15. (E) Ellos mismos se habían comprometido a hacerlo así (Nm. 32:25): Tus siervos harán como mi señor ha mandado.
Versículos 16–18
La respuesta es dada por los oficiales del pueblo (v. 10), como representantes de todos los israelitas.
I. Le prometen obediencia (v. 16) como los súbditos al príncipe y los soldados al general. De este modo, el pueblo se compromete aquí a seguir a Josué: «Nosotros haremos todas las cosas que nos has mandado, sin murmurar ni disputar». También nosotros debemos jurar lealtad al Señor Jesús como a capitán de nuestra salvación, y ponernos a nosotros mismos bajo obligación de observar cuanto nos manda en su Palabra, y de ir adondequiera que nos envíe por medio de su Providencia. El pueblo no tenía ningún motivo para jactarse de haber obedecido a Moisés, ya que éste sabía muy bien que era un pueblo duro de cerviz (Dt. 9:13). Más bien, daban a entender que prestarían a Josué la obediencia que deberían haber prestado a Moisés. No debemos engrandecer a los que ya se fueron, hasta el punto de empequeñecer a los que les han sucedido, no dándoles el respeto y la obediencia que les debemos. La obediencia por razones de conciencia debe continuar, aunque la Providencia cambie las manos por medio de las que gobierna y actúa.
II. Oran para que la presencia de Dios acompañe a Josué (v. 17): «Solamente que Jehová tu Dios esté contigo, que te bendiga, prospere y te de éxito, como estuvo con Moisés». Lo mejor que podemos pedir a Dios para nuestros magistrados es que puedan tener consigo la presencia de Dios. Aquellos de quienes
tenemos razón para suponer que gozan del favor de Dios, son también dignos de nuestro honor y respeto. Algunos, sin razón ninguna, lo entienden como una limitación de la obediencia: «Obedeceremos únicamente si percibimos que Dios está contigo, no más allá. Mientras tú estés en comunión con Dios, nosotros estaremos en comunión contigo; hasta ahí llegará nuestra obediencia, no más allá».
III. Se comprometen incluso a que se aplique la pena de muerte a todo israelita que contravenga las órdenes de Josué o se rebele contra su mandamiento (v. 18). Había una razón especial para esta especie de ley ahora que estaban a punto de emprender las guerras de Canaán, porque la severidad de la disciplina militar es más necesaria en tiempo de guerra que en otros tiempos.
IV. Sirve de gran ánimo a los líderes de una buena obra el ver buena voluntad en sus seguidores. Aunque Josué era de valor probado no tomó como ofensa—sino como gran amabilidad—de parte del pueblo el que le animaran a esforzarse y ser valiente (v. 18).
En este capítulo tenemos el relato acerca de los espías empleados para informar a Josué del estado de ánimo en que se hallaban los habitantes de Jericó. I. Su envío por orden de Josué (v. 1). II. El recibimiento y la protección que les dispensó Rahab (vv. 1–7). III. El informe que ésta les dio acerca del estado de ánimo de sus conciudadanos así como del pánico que les había producido la cercanía de los hijos de Israel (vv. 8–11). IV. El pacto que Rahab hizo con ellos a fin de que se respetase la vida a ella y a sus familiares (vv. 12–21). V. La vuelta a salvo de los espías, y el informe que dieron de su expedición (vv. 22–24). Rahab es mencionada dos veces en el Nuevo Testamento: como gran creyente (He. 11:31) y como alguien cuya fe demostró ser genuina por producir buenas obras (Stg. 2:25).
Versículos 1–7
I. La prudencia de Josué al enviar espías para observar este importante lugar de paso, que había de ser conquistado a la entrada misma de la tierra de Canaán: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Moisés había enviado antes espías (Nm. 13) Josué mismo era uno de ellos. Los espías que ahora envía Josué no han de observar, como los de antaño, toda la tierra, sino sólo Jericó. Josué quería extremar sus medidas para dar bien el primer paso y no tropezar en el umbral. Hemos de observar: 1. Que los hombres puestos en alto lugar han de ver también con los ojos de otros, lo cual implica que han de ser muy cautos al escoger a los subordinados. 2. Que la fe en las promesas de Dios no debe suplantar nuestra diligencia, sino animarnos a usar los medios más apropiados. Si nuestras expectaciones sirven de freno a nuestro esfuerzo, no estamos confiando en Dios, sino tentándole. 3. Véase cuán prestos estaban estos hombres a empeñarse en tan ardua empresa, en obediencia a Josué su general, con celo por servir al campamento y dependiendo del poder de Dios.
II. La providencia de Dios al dirigir a los espías a casa de Rahab. No se nos dice cómo pasaron el Jordán, pero llegaron a Jericó, que distaba unos once o doce kilómetros del río, y allí buscaron un mesón que fuese conveniente, lo hallaron en casa de Rahab llamada aquí ramera. Hay expositores que traducen este término por tabernera o posadera, pero, aparte del uso bíblico constante de este término, está el argumento contundente (v. el comentario de Jamieson-Fausset-Brown) de que los mesones orientales nunca son dirigidos por mujeres. Fue seguramente la excelente ubicación de la casa de Rahab la que dirigió a los espías a ella, sin conocer la catadura moral de la dueña. Por otra parte, tenemos aquí importantes lecciones: 1. Que la gravedad de un pecado no es una barrera contra el perdón misericordioso de Dios cuando la fe y el arrepentimiento de una persona llegan a tiempo. Leemos en el Evangelio acerca de cobradores de impuestos y de rameras en camino del Reino de los Cielos, los cuales son bienvenidos a todos los privilegios de dicho Reino (Mt. 21:31). 2. Que son muchos los que antes de su conversión son muy viciosos y de baja catadura moral, pero después llegan a sobresalir por su fe y santidad. 3. Que incluso los que, por la gracia de Dios, se han arrepentido de los vicios de su juventud han de esperar llevar encima el estigma que los marcó. Por lo qué parece, el Dios de Israel tenía en toda la ciudad de
Jericó un solo partidario, y ese era Rahab la ramera. Con mucha frecuencia, Dios se sirve, para llevar adelante sus propósitos y los intereses de su Iglesia, de personas de moral dudosa o perversa. Si estos espías se hubiesen dirigido a otra casa, es casi seguro que habrían sido traicionados. Pero Dios sabía dónde podían encontrar una persona amiga, aunque ellos no lo sabían, y dirigirles a ella. Quienes reconocen fielmente a Dios en sus caminos, serán guiados por su ojo providente (v. Jer. 36:19, 26).
III. La piedad de Rahab al recibir y proteger a estos israelitas. Rahab mostró a sus huéspedes algo más que buenas maneras. Por fe recibió en paz (He. 11:31) a personas contra quienes el rey y el país de ella habían declarado la guerra. 1. Les acogió y les acomodó en su casa, a pesar de conocer de dónde venían y cuál era la empresa que les traía allá. 2. Los escondió por separado, como da a entender el original, en su terrado, que era plano, y los cubrió bajo manojos de lino (v. 6). Es curioso que entre las buenas cualidades de la mujer hacendosa, Proverbios 31:13 cite el trabajo en lana y lino. 3. Cuando los enviados del rey le preguntaron a Rahab sobre los espías, ella negó que estuviesen en su casa. No es extraño que el rey de Jericó ordenase una investigación a fondo (vv. 2, 3). No sólo negó Rahab conocer a los espías, sino que, a fin de impedir que siguiesen buscándoles por la ciudad, dijo que habían salido de la ciudad, pero que, con toda probabilidad, podrían darles alcance (vv. 4, 5). Ahora bien:
(A) Estamos seguros de que esta fue una buena obra, pues la refrenda Santiago en su epístola (2:25) donde dice que Rahab fue justificada por obras, y las especifica diciendo que esto ocurrió cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino, lo cual hizo por fe, con la que superó el miedo a los hombres e incluso la ira del rey. Creyó, por los informes llegados acerca de las maravillas obradas a favor de Israel, que el Dios de Israel era el único Dios verdadero y que, por consiguiente, el designio de ocupar la tierra de Canaán había de ser llevado a efecto. Nótese que quienes toman al Dios de Israel por su Dios, toman también al pueblo de Dios por su pueblo y echan su suerte entre la de los de este pueblo. Y quienes tienen a Dios por refugio, han de ofrecer refugio al pueblo de Dios cuando se presente la ocasión. Esconde a los desterrados … Moren contigo los fugitivos (Is. 16:3, 4). Incluso a los enemigos se ha de hacer el bien. Hemos de acoger con alegría las oportunidades de dar testimonio de la sinceridad y del celo de nuestro amor a Dios y rendir arduos servicios a su Iglesia y a su reino entre los hombres.
(B) También hallamos en Rahab algunas cosas que no son fáciles de justificar, pero son fáciles de explicar: (a) Está claro que traicionó a su país al dar cobijo a los enemigos de ese país. Lo que la justifica en esto es que sabía que Jehová le había dado a Israel aquella tierra (v. 9); lo sabía por haber oído (y la fe entra por el oír—Ro. 10:17) que Dios había hecho por ellos irrefutables milagros, los cuales eran garantía de aquella empresa; y sus obligaciones para con Dios eran más altas que sus obligaciones hacia cualquier otra cosa, persona o país. Si sabía que Dios les había dado aquella tierra, habría sido un grave pecado unirse a quienes trataban de impedirles el poseerla. (b) Está claro que engañó a los enviados del rey, al decirles repetidas mentiras. ¿Qué diremos a esto? Si hubiese dicho la verdad o hubiese permanecido en silencio, habría traicionado a los espías, y no parece ser que se le pudiese ocurrir otra cosa para evitarlo que el desorientar a los oficiales del rey indicándoles direcciones falsas. Es un caso realmente extraordinario, que no puede servir de precedente. Con todo, hay dos circunstancias atenuantes de dichas mentiras: Primera, que en una persona gentil y de baja catadura moral, desconocedora de la Ley de Dios, dicho pecado perdía mucha fuerza, aunque no toda, ya que el fin no justifica los medios (Ro. 8:3). Por Santiago 2:25 vemos que Dios aceptó, sin embargo, lo que ella intentaba con toda sinceridad y honestidad. Segunda, que la hospitalidad entre los orientales era cosa tan sagrada, que toda otra consideración había de ceder a esta. Como comentan Jamieson-Fausset-Brown, «las leyes de hospitalidad orientales obligan a proteger al peor enemigo, en caso de que éste haya comido la sal de uno. Juzgada por la ley divina, su respuesta fue un expediente pecaminoso; pero al estar su flaqueza unida a la fe, ella fue perdonada por gracia, y fue aceptado su servicio».
Versículos 8–21
Ahora llegamos al pacto entre Rahab y los espías con respecto al servicio que ella les iba a prestar y el favor que ellos, a su vez, le habían de hacer.
I. Después de despedir mal informados a los oficiales del rey subió Rahab al terrado de su casa, en el que había escondido a los espías, y allí: 1. Les dio a conocer que el informe de las grandes cosas que Dios
estaba haciendo por ellos había llegado a Jericó (v. 10), y que había asombrado a toda la gente. 2. Les declara la impresión que las noticias de todas estas cosas habían hecho en los cananeos: El temor de vosotros ha caído sobre nosotros (v. 9); ha desmayado (lit. se ha derretido) nuestro corazón v. 11). El oficio pecaminoso que ella desempeñaba le daba muchas oportunidades para percibir el estado de ánimo de los que acudían a ella y para enterarse de lo que pasaba en otras partes del país. El israelita más cobarde habría de cobrar ánimos oyendo cuán desmayado se hallaba el espíritu de sus enemigos, pues era fácil concluir que quienes así desmayaban antes de que ellos llegasen, infaliblemente habían de caer delante de ellos, y esto sería un anticipo del cumplimiento de todas las demás promesas que Dios les había hecho. Ni el Israel de Dios ni la Iglesia de Cristo tienen por qué temer ante sus más poderosos y formidables enemigos. 3. Sobre esta base, Rahab hace profesión de fe en Dios y en sus promesas. (A) Cree en el poder de Dios y en su dominio sobre todo el mundo (v. 11): «Jehová vuestro Dios, a quien adoráis e invocáis, está por encima de todos los otros dioses, pues es el único Dios verdadero; porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra, y es servido por los ejércitos de ambos lugares». (B) Cree la promesa hecha a Israel (v. 9): Sé que Jehová os ha dado esta tierra. Los más poderosos medios de convicción carecerán de fuerza sin la divina gracia, pero con esta gracia, Rahab la ramera, que sólo de oídas conocía las maravillas de Dios, habla de la verdad de esas promesas con mayor seguridad que todos los ancianos de Israel juntos, a pesar de que estos eran testigos de vista de las maravillas de Dios, pues la inmensa mayoría de ellos había caído en el desierto a causa de su incredulidad en la promesa de Dios.
II. A continuación, Rahab pacta con los espías ciertas estipulaciones a fin de que los israelitas tomen bajo su protección a ella y a sus familiares (vv. 12, 13). 1. Esto era una evidencia de la sinceridad y de la fuerza de su fe. Quienes de veras creen lo que Dios nos ha revelado sobre la inminente ruina de los pecadores y sobre la garantía del cielo otorgada a los creyentes arrepentidos, por fuerza han de ser diligentes en huir de la ira venidera y echar mano de la vida eterna, uniéndose al Dios verdadero y al pueblo de Dios. 2. La provisión que ella hizo para la preservación de sus parientes, así como de sí misma, es un ejemplo laudable de afecto natural y una invitación que se nos hace a los creyentes a que hagamos cuanto esté de nuestra parte para la salvación de las personas que nos son más queridas. 3. Su requisitoria de que se lo jurasen por Jehová (v. 12) es una señal de su reconocimiento del único Dios verdadero y de su fe en Él. 4. Su petición era muy justa y puesta en razón, ya que, si ella les había protegido a ellos, era obligado que ellos la protegieran a ella. Nótese que los que hacen misericordia pueden esperar misericordia. Rahab llegó a ser después una mujer notable en Israel, la mujer de Salmón, contándose así entre los antepasados de Cristo (Mt. 1:5).
III. La solemnidad de la promesa que le hacen de preservarla de la común destrucción: «Nuestra vida responderá por la vuestra» (v. 14). Ella había arriesgado por ellos su vida, y ahora ellos, a la recíproca, arriesgan su vida por la de ella. Más aún, al ser representantes oficiales del pueblo de Israel ponen en ese riesgo todo el peso de la fe y del crédito de la nación israelita. La ley de la gratitud es una de las leyes naturales. 1. Las promesas que le hicieron los espías a Rahab. En general: «Nosotros haremos contigo misericordia y verdad (v. 14). Te haremos misericordia, no sólo en prometerte, sino también en cumplirte todas tus demandas y expectaciones». 2. Las cláusulas y limitaciones de tales promesas. Aun cuando tenían mucha prisa tomaron toda clase de precauciones antes de llegar a un acuerdo, a fin de no obligarse a más de lo que podían cumplir. Nótese que los pactos han de hacerse con mucha precaución. Quienes hayan de ser hombres de conciencia en el cumplimiento de las promesas, han de ser también cautos a la hora de hacerlas. La promesa de los espías va acompañada aquí de tres estipulaciones. Protegerán a Rahab y a sus familiares, a condición de que: (A) Ella ate un cordón de grana a la ventana por la que iba a descolgarlos (v. 18. De ahí que el v. 16 haya de traducirse: «Y ella les había dicho …», como lo hace la Nueva Versión Internacional. Nota del traductor). Así, ningún soldado israelita cometería ninguna violencia en la casa que de este modo estaba señalada. Era algo parecido a la sangre rociada sobre la puerta, la cual preservaba la vida de los primogénitos de Israel de la ira del ángel exterminador. La misma cuerda o cordón de grana, puesta inmediatamente sería una pública proclamación de la fe de Rahab, así como lo había de ser de su seguridad personal y de la de sus familiares. (B) Que había de guardar consigo dentro de su casa a todos aquellos cuya preservación había requerido ella, de forma que, al tiempo de ocupar la ciudad los israelitas, ninguno de ellos se atreviese a salir por sus puertas (vv. 18, 19). (a) Era una cláusula muy razonable, puesto que, al ser ellos salvos en atención a Rahab, su casa había de tener el
honor de ser también su castillo de refugio. (b) Era también una cláusula muy significativa, dándonos a entender que los que son añadidos a la iglesia siendo salvos, han de mantenerse unidos en la congregación de los creyentes. (C) Que había de guardar secreto acerca de todo esto (vv. 14, 20): «Si tú denuncias este nuestro asunto, esto es, si tú nos traicionas cuando nos hayamos ido, quedaremos libres de este tu juramento». Son indignos de recibir los secretos del Señor quienes no saben cómo guardárselos cuando hay ocasión.
IV. Ella se esmeró en prestar seguridad a sus nuevos amigos, y los envió por otro camino (Stg. 2:25), como vemos en el v. 15. La ubicación de la casa en los muros mismos de la ciudad facilitó la operación. De un modo semejante pudo escapar Pablo de Damasco (2 Co. 11:33). También les indicó por dónde habían de marchar para su seguridad (v. 16). Habían de dejar el camino real y marchar directamente al monte hasta que regresaran los perseguidores. Los que van por el camino que Dios les señala, pueden esperar que la Providencia les proteja, pero ello no les excusa de tomar todas las medidas que sean necesarias para su seguridad. Hay que confiar en la Providencia, pero no hay que tentarla.
Versículos 22–24
Regreso de los espías, sanos y salvos, que Josué había enviado, y los grandes ánimos que infundieron a todo el pueblo de Israel para que procediesen a entrar en Canaán. Podían haberles dicho lo que habían observado en cuanto a la altura y solidez de las murallas de Jericó, pero eran de muy diferente espíritu y, al depender ellos mismos de la promesa divina, animaron igualmente al propio Josué. 1. Su regreso mismo a salvo era en sí un gran aliento para Josué y un buen anticipo, para bien, del éxito posterior que se avecinaba. El haber vuelto ellos en paz era un ejemplo tal del gran cuidado que Dios había mostrado al protegerles en atención a Israel, que bien podía estar seguro el pueblo de que había de gozar de la protección y guía de Dios. El que tan estupendamente había protegido a sus espías, había de proteger igualmente a sus soldados. 2. El informe que trajeron era todavía más alentador (v. 24): «Todos los moradores del país, aunque piensen oponernos resistencia, desmayan delante de nosotros; carecen tanto de la estrategia para acometer, como del coraje para luchar o de la prudencia para rendirse de una vez». Por lo que sacan en conclusión: «Ciertamente Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos». El miedo de los pecadores suele ser presagio seguro de su caída. En cambio, si resistimos de corazón a nuestros enemigos espirituales, huirán de nosotros.
Este capítulo y el siguiente nos refieren la historia de Israel a su paso por el Jordán para entrar en el país de Canaán. Por orden de Josué, marchan hasta la orilla del río (v. 1) y después el poder omnipotente les abre paso por el río a pie enjuto. Habían pasado el mar Rojo sin esperarlo y en su huida nocturna, pero ahora quedan enterados de antemano del paso del Jordán con lo que sus expectaciones son levantadas. I. Se ordena al pueblo que sigan, aunque a distancia, el Arca (vv. 2–4). II. Se les manda que se santifiquen (v. 5). III. Los sacerdotes, portando el Arca, han de ir a la cabeza de la expedición (v. 6). IV. Josué es engrandecido por Dios y designado comandante en jefe (vv. 7, 8). V. Se anuncia públicamente lo que Dios está a punto de hacer por ellos (vv. 9–13). VI. El paso se lleva a cabo, el Jordán es dividido, e Israel es llevado a salvo por en medio de él (vv. 14–17). Esta es la actuación de Dios, y es maravillosa a nuestros ojos.
Versículos 1–6
Al mencionar Rahab a los espías el paso del mar Rojo en seco (2:10), daba a entender que los que estaban en aquel lado tenían serias razones para temer que el Jordán, aquella gran defensa de su país, tampoco les iba a cerrar el paso a los israelitas. Dios había hecho con frecuencia cosas terribles cuales nunca esperaban (Is. 64:3). Aquí se nos dice:
I. Que vinieron hasta el Jordán y reposaron allí antes de pasarlo (v. 1). Aun cuando todavía no se les había dicho cómo habían de pasar el río, marcharon por fe ya que se les había dicho que lo pasarían (1:11). Caminemos tanto como podamos y dependamos en todo de la suficiencia divina. En esta marcha los condujo Josué y se menciona en particular el detalle de que se levantó de mañana (v. también 6:12; 7:16; 8:10), lo cual indica cuán poco buscaba su propia comodidad. Quienes han de llevar a cabo grandes empresas, han de levantarse temprano.
II. Que se le ordenó al pueblo seguir al Arca.
1. Así, había de depender, en su caminar, de la conducción del Arca, esto es, de Dios mismo, de cuya presencia era el Arca una señal clara y establecida por Dios. Se la llama aquí el Arca del pacto de Jehová su Dios (v. 3). ¿Con qué podían cobrar mayores ánimos que con esto, que Jehová era el Dios de ellos, un Dios del pacto con ellos? Aquí estaba el Arca del pacto. Anteriormente, el Arca era transportada en el centro de los acampados, pero ahora iba delante de ellos buscándoles lugar de descanso (Nm. 10:33) y, por decirlo así, para darles oficialmente la toma de posesión de la tierra prometida. Dentro del Arca estaban las tablas de la ley, y sobre ella estaba el propiciatorio, pues cuando la ley y la gracia de Dios reinan en el corazón, hay prenda segura del favor y de la presencia de Dios.
2. Habían de depender también de los sacerdotes y levitas, designados para transportar el Arca delante de ellos. La obra de los ministros de Dios consiste en proclamar la palabra de la vida y administrar fielmente las ordenanzas que son señales de la presencia del Señor e instrumentos de su poder y de su gracia.
3. El pueblo había de seguir al Arca: Saldréis de vuestro lugar y marcharéis en pos de ella (v. 3). (A) Dondequiera estén las ordenanzas de Dios, allí debemos estar nosotros; si ellas se mueven, nosotros hemos de movernos e ir en pos de ellas. (B) Así, hemos de caminar siempre según la norma de la Palabra y la dirección del Espíritu, así habrá paz sobre nosotros como la había entonces sobre el pueblo de Israel. Habían de seguir a los sacerdotes a la distancia en que éstos transportaban el Arca, no más adelante; así, debemos nosotros seguir a los ministros del Señor únicamente en lo que ellos sigan al Señor.
4. En el seguimiento del Arca habían de guardar cierta distancia (v. 4). Ninguno de ellos debía aproximarse al Arca más de un kilómetro, poco más o menos. (A) De este modo habían de expresar su reverencia, a fin de que la familiaridad no les hiciese degenerar en menosprecio. Este mandato era apropiado a la antigua dispensación de oscuridad, esclavitud y terror; pero ahora tenemos libre y confiado acceso, por medio de Cristo, al Lugar Santísimo. (B) El Arca era capaz de defenderse a sí misma y no necesitaba ser protegida por hombres de guerra, sino que era ella la que les protegía a ellos. (C) Así se la podía ver mejor, al ir delante de todo el pueblo: a fin de que sepáis el camino por donde habéis de ir. Todos tendrían la satisfacción de verla, y cobrarían ánimos al verla. Por cuanto vosotros no habéis pasado antes de ahora por este camino. No era un camino trillado, especialmente el Jordán. Nuestro camino a través del valle de sombras de muerte es un camino por el que nunca hemos pasado. Pero si estamos seguros de la presencia de Dios con nosotros, no tenemos por qué temer.
III. Se les ordenó que se santificaran, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros (v. 5). Josué podía decirles de antemano lo que Dios iba a hacer y cuándo lo iba a hacer. Veamos cómo hemos de prepararnos para recibir los descubrimientos de la gloria de Dios y las comunicaciones de su gracia: Debemos santificarnos, separarnos de toda otra preocupación, dedicarnos enteramente al honor de Dios y limpiarnos de toda suciedad de cuerpo y de espíritu.
IV. A los sacerdotes se les ordenó que tomasen el Arca y pasaran con ella delante del pueblo (v. 6). Transportar el Arca era ocupación propia de los levitas (Nm. 4:15), pero en esta ocasión fueron encargados de llevarla los sacerdotes, quizá por el cambio que había sido introducido en el orden de marcha, así como por lo solemne de la ocasión, ya que eran ahora los representantes de todo el pueblo. Podemos ahora suponer que usaron la oración de Moisés al poner en marcha el Arca (Nm. 10:35): Levántate, oh Jehová y sean dispersados tus enemigos. Aquí se enseña a los magistrados a que espoleen a los ministros en el cumplimiento de su obra. Los ministros, por su parte, han de aprender a ir delante en el camino de Dios. Al estar delante, han de esperar recibir los más duros golpes, pero también saben en quién han confiado.
Versículos 7–13
Dios honra a Josué, y Josué honra a Dios. Así son honrados por Dios los que le honran a Él.
I. (Vv. 7, 8.) 1. Fue un gran honor el que otorgó Dios a Josué al hablarle, como le había hablado a Moisés desde el trono de gracia sobre el propiciatorio. 2. También al tener a bien engrandecerle delante de los ojos de todo Israel. Ya le había dicho anteriormente que estaría con él (1:15); pero ahora todo Israel había de verlo. Grandes verdaderamente son aquellos con quienes Dios está y a quienes Él reconoce y usa en su servicio. Los magistrados piadosos han de ser honrados y estimados altamente como bendiciones públicas, y cuanto más veamos de Dios en ellos, tanto más debemos honrarlos. Mediante la división del Jordán, quedarán convencidos de que Dios está con Josué al introducirlos en Canaán, como estaba con Moisés al sacarlos de Egipto. Fue en la ribera del Jordán donde comenzó Dios a engrandecer a Josué, y en el mismo lugar comenzó a engrandecer a nuestro Señor Jesús como Mediador, Señor y Cristo, pues Juan bautizaba en Betábara, la casa del paso, y allí fue donde, al ser bautizado Jesús, proclamó Dios: «Éste es mi Hijo amado». 3. También honró Dios a Josué al dar órdenes a los sacerdotes por medio de él, a fin de que se detuviesen a la orilla del Jordán mientras se dividían las aguas, a la presencia de Jehová (Sal. 114:5, 7). Dios pudo haber dividido el río sin los sacerdotes, pero ellos no podían hacerlo sin Él.
II. Josué habla al pueblo, y con ello honra a Dios.
1. Les había mandado que se santificasen y, por tanto, les convoca a oír la palabra de Dios, pues ella es el medio ordinario de santificación (Jn. 17:17).
2. Les declara ahora detalladamente en qué forma van a pasar el Jordán (v. 13): Las aguas del Jordán se dividirán. Se repite aquí la división ya hecha en el mar Rojo, para mostrar que Dios tiene el mismo poder para dar cima a la salvación de su pueblo que el que tuvo al iniciarla, y que la palabra de Jehová estaba con Josué tan realmente como había estado con Moisés. El Dios a quien adoraban era el mismo Dios que había hecho el mundo con el mismo poder que ahora empleaba para protegerlos a ellos.
3. Se le había dicho al pueblo que había de seguir al Arca. Ahora se le dice que el Arca había de pasar delante de ellos en medio del Jordán. (v. 11). (A) Que el Arca del pacto había de ser su guía. La gracia divina, durante la dispensación mosaica, estaba como envuelta en una nube y cubierta con un velo, mientras que ahora, por medio de Cristo, está revelada en el Arca del pacto sin velo. (B) Se la llama el Arca del pacto del Señor de toda la tierra. Como si dijese: «Es para vosotros un honor y una gran dicha estar unidos a ese Señor mediante un pacto: si Él está de vuestra parte todas las criaturas estarán a vuestro servicio, y serán empleadas para vuestro beneficio según su beneplácito». (C) Se les dice que el Arca ha de pasar delante de ellos en medio del Jordán. Si les guía el Arca del pacto, bien pueden ellos aventurarse, incluso a meterse en el Jordán. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán (Is. 43:2).
4. De lo que Dios estaba a punto de hacer ahora por ellos infiere Josué una firme seguridad de lo que hará Dios por ellos después. La división del Jordán tenía por objeto ser para ellos: (A) Una señal segura de la presencia de Dios en medio de ellos. (B) Prenda y arras de la futura conquista de Canaán. Si el Dios viviente está en medio de vosotros, echando echará Él (como dice el hebreo) de delante de vosotros al cananeo … El forzar la barrera de contención era presagio infalible de la ruina de todas las huestes enemigas. Esta seguridad que Josué les da aquí estaba tan bien fundada, que podía capacitar a un solo israelita para dar caza a mil cananeos. Nótese que las manifestaciones gloriosas de Dios a favor de su pueblo y de su Iglesia hemos de aprovecharlas como medio de fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza en el futuro. En cuanto a Dios, su obra es perfecta. Si las aguas del Jordán no los pueden detener, tampoco podrán detenerles las fuerzas armadas de Canaán.
5. Les ordena que tengan prestos doce hombres, uno por cada tribu, para que reciban las instrucciones que les serán dadas en tiempo oportuno.
Versículos 14–17
Breve relato de la división del río Jordán.
I. Este río estaba ahora más ancho y profundo que en otras épocas del año (v. 15). Al derretirse la nieve de las montañas del Líbano, cerca de las cuales el Jordán tiene sus fuentes, se desborda el río por todas sus orillas todo el tiempo de la siega, esto es, de la siega de la cebada que se llevaba a cabo en la primavera. Esta gran avenida de aguas engrandecía el poder y la misericordia de Dios para con su pueblo Israel. Por mucho que el Jordán se desborde por todas sus orillas, le resulta al Todopoderoso tan fácil el dividir el río y secarlo como si fuera estrecho y somero en gran manera.
II. Tan pronto como tocaron los pies de los sacerdotes la superficie de las aguas, la corriente se detuvo de inmediato (vv. 15, 16). Las aguas que venían de arriba surgieron, se acumularon en un montón y se echaron para atrás, sin que por ello se inundara el país; y las aguas que descendían desaparecieron, con lo que dejaron seco el álveo del río. Cuando el pueblo de Israel pasó a través del mar Rojo, las aguas formaron un muro a ambos lados; ahora, sólo por el lado derecho. ¿Hay algo que Dios no pueda hacer? ¿Qué no hará Dios para dar cima a la salvación de su pueblo? Cuando hayamos terminado nuestra peregrinación por el desierto de esta vida, la muerte será como este Jordán entre nosotros y la Canaán celeste, pero el Arca del pacto nos ha preparado una fácil vía a través de la muerte; ésta será el último enemigo que será destruido.
III. El pueblo pasó en dirección de Jericó (v. 16), lo cual era: 1. Un ejemplo de su valentía y un noble desafío a sus enemigos. 2. Aventurarse a pasar el Jordán les alentó sobremanera, ya que Jericó era una ciudad muy importante y todos sus contornos eran agradables en extremo. 3. Al mismo tiempo, contribuía a incrementar el terror y la confusión de los enemigos.
IV. Mas los sacerdotes que llevaban el Arca del pacto de Jehová estuvieron en seco, firmes en medio del Jordán, hasta que todo el pueblo acabó de pasar el Jordán (v. 17). Aquí había dispuesto Dios que se detuviera el Arca, para mostrar que el mismo poder que había dividido las aguas, las mantenía separadas hasta que pasara el último israelita de la expedición. A los sacerdotes se les había ordenado que permanecieran firmes en medio del río: 1. Para poner a prueba su fe. Así como habían dado un gran paso de fe al poner el pie en las aguas del río, así ahora habían de mostrar una gran permanencia de fe al quedar firmes por largo tiempo en medio del río; pero ellos sabían que llevaban consigo lo que les servía de segura protección. 2. Para dar ánimos a la fe del pueblo y hacer que entrasen triunfalmente en Canaán, no temiendo mal alguno al pasar por este valle de sombras de muerte, estaban seguros de la presencia de Dios, que se interpuso entre ellos y las altivas corrientes del río, las cuales les habrían cubierto por completo si no hubiese sido por la milagrosa intervención de Dios.
Este capítulo nos ofrece ulteriores detalles del milagroso paso del Jordán. I. Son levantadas doce piedras en medio del Jordán (v. 9), y son sacadas del Jordán otras doce piedras (vv. 1–8). II. El pueblo pasa a través del río (vv. 10–14). III. Las aguas vuelven a su sitio (vv. 15–19). Es erigido en Guilgal un monumento (vv. 20–24).
Versículos 1–9
Cuán ocupados estaban Josué y todos sus hombres de guerra al pasar el Jordán en dirección al país enemigo. Tenían que pasar con ellos a sus mujeres, niños, ganados, tiendas y enseres a través de este extraño camino que ningún pie había antes pisado; no obstante, han de tomarse la molestia de erigir un monumento que perpetúe el recuerdo de esta maravillosa obra de Dios. Nótese que, por muchos que sean los quehaceres que nos ocupen, no hemos de omitir lo que hemos de hacer para la gloria de Dios, pues ése es nuestro negocio principal.
I. Dios mismo dio la orden de que se preparase este monumento. Si Josué lo hubiese levantado sin mandato de Dios, habría podido pensarse que intentaba perpetuar el recuerdo de su propio nombre. Las obras maravillosas de Dios deben ser recordadas perpetuamente. Es probable que algunos israelitas no
tuviesen ningún interés en que tal obra quedase así expuesta para perpetuo recuerdo. Otros, quizá, habían recibido una impresión tan profunda que pensaban no haber necesidad de tal memorial. Pero Dios, buen conocedor de lo propenso que era su pueblo a olvidar las maravillas pasadas, ordenó que se levantase este monumento como memorial para las generaciones venideras. Vemos, pues, que:
1. Josué, como comandante en jefe, había de dar las oportunas órdenes (v. 1): Cuando toda la gente acabó de pasar el Jordán, Jehová habló a Josué en orden a preparar los materiales necesarios para este monumento.
2. Para preparar los materiales, se había de echar mano de un hombre por cada tribu, a fin de que los israelitas de la tribu respectiva obtuviesen el relato de la historia de tal acontecimiento de labios de uno de ellos, y para que así cada tribu pudiese contribuir con algo a la gloria de Dios (vv. 2, 4): uno de cada tribu.
3. Las piedras que habían de ser levantadas para la construcción de este memorial, habían de ser sacadas de en medio del álveo de río, lo más cerca posible del lugar en que los sacerdotes habían permanecido firmes con el Arca (vv. 3, 5). Que sepa, por este medio, la posteridad que el Jordán fue echado para atrás, ya que estas piedras fueron sacadas de su fondo.
4. Estas piedras son usadas como señal (v. 6) y como monumento (v. 7). Ellas darían ocasión a los hijos para preguntar a sus padres: ¿Cómo llegaron acá estas piedras?
II. La cosa se llevó a efecto de acuerdo con las órdenes recibidas. 1. Se tomaron del fondo del Jordán doce piedras. Por medio de estas piedras, es como si Dios quisiera darles toma de posesión de la tierra prometida; es toda de ellos; que entren a posesionarse de ella; por eso se nos dice que los hijos de Israel hicieron lo que estos doce hicieron (v. 8), ya que ellos eran los representantes de sus tribus respectivas. Cuando el Señor Jesús nuestro Josué, una vez vencida la amargura de la muerte y secado ese Jordán asfixiante abrió el Reino de los Cielos a todos los creyentes, designó doce Apóstoles que, mediante el memorial del Evangelio, transmitiesen el conocimiento de la salvación a los lugares más remotos y las más lejanas épocas de la historia. 2. Otras doce piedras fueron colocadas en medio del Jordán (v. 9), para dar a conocer el lugar exacto sobre el que había estado el Arca.
Versículos 10–19
Josué puso por obra las órdenes que Dios le había dado, y nada llevó a cabo sin la dirección divina, terminando todo lo que Jehová había mandado (v. 10).
I. El pueblo se dio prisa y pasó (v. 10). 1. Es posible que algunos se diesen prisa por falta de confianza en Dios. 2. Otros, por no querer tentar a Dios, y hacer que el milagro continuase por más tiempo que el necesario. 3. Otros, por el deseo que tenían de entrar en Canaán. 4. Otros, en fin, sin pensarlo más, por seguir a los que se apresuraban. El hombre de fe no se anticipa a los designios de Dios, pero se apresura a obedecer sus mandatos (Sal. 119:32).
II. Las dos tribus y media iban en vanguardia de toda la tropa (vv. 12, 13). Todos ellos eran guerreros escogidos y bien armados. No tenían razón para quejarse, pues el puesto del peligro es también el puesto de honor.
III. Cuando todo el pueblo había pasado, salieron también del Jordán los sacerdotes con el Arca. Josué no les dio permiso para salir del río mientras Dios no se lo ordenara (vv. 15, 17). Por penosa que sea la situación en que la providencia de Dios ponga a sus sacerdotes o a su pueblo, han de esperar pacientemente hasta que la misma providencia los saque de allí, y que no se cansen de esperar en lo más duro de su adversidad, sabiendo que tienen consigo la señal segura de la presencia de Dios.
IV. Tan pronto como los sacerdotes, con el Arca, salieron de en medio del Jordán, las aguas del río, que habían estado acumuladas en un montón, fluyeron gradualmente en descenso, de acuerdo con su naturaleza y su curso habitual (v. 18). Una vez que cumplieron su servicio al pueblo de Israel y fue removida de allí la señal de la presencia de Dios, las aguas siguieron de nuevo su curso.
V. Se hace especial mención del honor que, con todo esto, otorgó Dios a Josué (v. 14): En aquel día Jehová engrandeció a Josué a los ojos de todo Israel, tanto por la comunión consigo, como por la autoridad que le confirió sobre los sacerdotes mismos, no sólo sobre el pueblo llano. El mejor y más seguro modo de imponer respeto a los subordinados no es con altanería y amenazas, sino con santidad y amor, así como con un interés constante por el bienestar espiritual y material de ellos, y por honor y obediencia a la voluntad de Dios. Los santificados son realmente engrandecidos y hechos dignos de doble honor.
VI. Se nos detalla el tiempo exacto de este gran acontecimiento (v. 19): el día diez del mes primero, justamente cuarenta años, menos cinco días, desde que salieron de Egipto. Había dicho Dios en su ira que estarían vagando por el desierto durante cuarenta años y, por fin, los introdujo en Canaán cinco días antes que se cumpliesen los cuarenta años, para mostrar cuán poco se agrada Dios de castigar y cuán presto está a mostrar misericordia. Dios lo ordenó así a fin de que entrasen en Canaán cuatro días antes de la solemnidad anual de la Pascua, y en el día preciso en que había de comenzar la preparación de la misma (Éx. 12:3), porque deseaba que recordasen bien su liberación de Egipto.
Versículos 20–24
Las doce piedras que habían levantado en Guilgal (v. 8) son ahora erigidas (v. 20) ya sea unas sobre otras o una por una en fila, puesto que, una vez puestas, no se las llama montón de piedras, sino simplemente las doce piedras (v. 20), estas piedras (v. 21).
I. Las sucesivas generaciones habían de preguntar cuál era su significado (v. 21): Cuando mañana pregunten vuestros hijos a sus padres, y digan: ¿Qué significan estas piedras?… Los que quieran ser sabios cuando viejos, han de ser preguntones e investigadores cuando jóvenes. Nuestro Señor Jesús, aunque en Él se hallaba la plenitud del conocimiento (en cuanto Dios), quiso enseñar con su ejemplo a niños y jóvenes a escuchar bien y a hacer preguntas (Lc. 2:46).
II. A continuación se instruye a los padres sobre la respuesta que han de dar a tal pregunta (v. 22): «Se lo explicaréis a vuestros hijos, les haréis saber lo que habéis aprendido de la palabra escrita y de la enseñanza de vuestros padres». Los padres tienen el deber de instruir a sus hijos en la Palabra y en las obras de Dios.
1. Han de hacer saber a sus hijos que Dios secó las aguas del Jordán delante de Israel, y que éste era el lugar por el que pasaron al otro lado. Nótese que las mercedes hechas por Dios a nuestros antepasados fueron mercedes hechas a nosotros, y que debemos reavivar el recuerdo de las grandes cosas que hizo Dios por nuestros padres en los tiempos antiguos.
2. De este prodigio obrado por Dios en el paso del Jordán, han de tomar los padres ocasión para decirles a los hijos lo que hizo Dios al secar el mar Rojo cuarenta años antes: lo mismo que había hecho Jehová vuestro Dios en el mar Rojo. (A) Por medio de esta comparación se pone en evidencia que Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos. (B) Las mercedes recientes deben traernos a la memoria gracias anteriores, y reavivar así nuestro agradecimiento al Señor por ellas.
3. El poder de Dios fue así grandemente reconocido. Las liberaciones del pueblo de Dios son instrucciones para todos los pueblos, y suaves amonestaciones a no contender con el Todopoderoso. El recuerdo de esta obra prodigiosa de Dios debería haber refrenado eficazmente a los israelitas de adorar a dioses falsos, constriñéndolos a permanecer en la adoración y el servicio a su Dios, el único Dios verdadero.
Israel ha cruzado ya el Jordán. Ha puesto el pie en Canaán. El pueblo ha de aprestarse ahora a conquistar el país. En cuanto a esto, el presente capítulo nos refiere: I. Cuán desanimados estaban los enemigos de Israel (v. 1). II. Lo que se llevó a cabo, tan pronto como pusieron pie en tierra cananea, para
darles seguridad y ánimos. 1. Fue renovado el pacto de la circuncisión (vv. 2–9). 2. Se celebró la fiesta de la Pascua (v. 10). 3. El campamento se proveyó de víveres con el grano del país; entonces cesó la caída del maná (vv. 11, 12). 4. El capitán mismo de las huestes de Dios se apareció a Josué para animarle e instruirle (vv. 13–15).
Versículos 1–9
No hay duda de que el numeroso ejército de Israel ofreció un amplio alarde de fuerza en los llanos de Jericó, donde habían desplegado ahora sus tiendas. La asamblea en el desierto ha subido ahora del desierto. Se nos dice aquí cuán formidable resultaba a los ojos de sus enemigos (v. 1). Y en los versículos siguientes se nos declara cuán hermosa y majestuosa resultaba a los ojos de sus amigos, al echar lejos de sí el vituperio de Egipto.
I. La impresión que las noticias de la llegada de Israel produjo en los reyes de este país: Desfalleció su corazón (lit. se derritió, como la cera al calor del sol), y no hubo más aliento en ellos delante de los hijos de Israel. Hasta ahora, los reyes habían conservado el ánimo suficientemente elevado, pues estaban en posesión de la tierra, su país estaba bien poblado, sus ciudades bien fortificadas, y confiados en que podrían hacer frente a los invasores, pero cuando oyeron, no sólo que habían pasado el Jordán, sino que lo habían cruzado mediante un portento sobrenatural, manifestándose así que el Creador de la naturaleza luchaba a favor de Israel, su corazón desmayó y se dieron cuenta de que había llegado su fin. Ciertamente: 1. Tenían suficiente razón para temer; Israel formaba un formidable cuerpo de ejército; mucho más al tener a la cabeza al verdadero Dios, a un Dios Todopoderoso. 2. Dios mismo metió este miedo en el corazón de ellos y los desanimó como lo había prometido (Éx. 23:27).
II. En aquel tiempo (v. 2), cuando el país a la vista estaba lleno de consternación, ordenó Dios a Josué que se circuncidaran los hijos de Israel.
1. ¿Cuál fue el motivo de esta circuncisión general? Todos los que salieron de Egipto habían sido circuncidados (v. 5). Es probable que, bajo el edicto del rey de Egipto de acabar con todos los niños varones, no resultase viable el rito de la circuncisión; por lo que se alude aquí (v. 2) a una anterior circuncisión que, aunque no mencionada explícitamente, debió de llevarse a cabo antes de la promulgación de la ley en el Sinaí. Es inconcebible que Moisés hubiese tenido sin circuncidar a todos los niños nacidos con anterioridad a la salida de Egipto. Los que habían nacido en el desierto, por el camino, no estaban circuncidados (v. 5). Hay diversas opiniones acerca de la causa de esta omisión: (A) Algunos piensan que se omitió la circuncisión por creerla innecesaria, ya que estaba señalada como marca de distinción entre los israelitas y otras naciones y, por consiguiente, no había razón para tal distinción mientras caminaban por el desierto. (B) Otros opinan que no consideraron el precepto como obligatorio mientras no llegasen a Canaán. (C) Otros piensan que Dios les dispensó de la observancia del rito por consideración al estado especial en que se hallaban, sin residencia fija en ninguna parte. (D) Lo más probable es que fuese una señal del desagrado de Dios por la incredulidad y las frecuentes murmuraciones de ellos. Así, resultaba una indicación muy significativa de la ira de Dios, semejante a la que había mostrado por medio de Moisés en la rotura de las tablas de la ley, por haber quebrantado Israel el pacto al fabricarse el becerro de oro. Sea cual fuese la razón, vemos que esta ordenanza fue omitida en Israel por casi cuarenta años enteros, lo cual indica claramente que no era de absoluta necesidad y que no había de ser objeto de perpetua obligación.
2. Las órdenes que dio Josué para llevar a cabo esta circuncisión general (v. 2). ¿Por qué había de hacerse precisamente ahora? (A) Porque ahora se cumplía la promesa de que la circuncisión había sido instituida para ser el sello, pues la descendencia de Israel había sido traída a salvo al país de Canaán. (B) Porque ahora la amenaza de Dios había sido plenamente ejecutada con el paso de los cuarenta años, así que el sello y señal del pacto habían de reavivarse. (a) Con esto quería Dios mostrar que el campamento de Israel no se gobernaba por ordinarias normas y medidas de guerra, sino bajo la dirección inmediata de Dios. (b) Dios quería asimismo animar de este modo a su pueblo contra las dificultades que le iban a salir ahora al encuentro; por eso confirmaba así su pacto con ellos, lo que les daba una incuestionable seguridad de victoria y de éxito en la empresa de tomar plena posesión de la tierra prometida. (c) También quería Dios enseñarles con esto (y a nosotros también) a empezar con Dios todas las grandes empresas,
para obtener su favor ofreciéndonos a Él en sacrificio vivo, pues tal clase de ofrecimiento y dedicación estaba significada por la sangre de la circuncisión. (d) La restauración del rito de la circuncisión, después de haber caído en desuso por tan largo tiempo, estaba destinada a reavivar la observancia de otras instituciones. (e) Esta segunda circuncisión, como aquí se la llama, era tipo de la circuncisión espiritual con que los creyentes son marcados cuando entran en el reposo del Evangelio; apunta a Jesús como al autor de una nueva circuncisión, diferente de la de la carne, la cual era mandada por la ley, la del corazón (Ro. 2:29) llamada la circuncisión de Cristo (Col. 2:11).
3. La obediencia del pueblo a estas órdenes. Josué circuncidó a los hijos de Israel (v. 3), y aquí tenemos un ejemplo de su sentido del deber al someterse a esta operación tan dolorosa.
4. Vemos que esta circuncisión quitó de ellos el reproche de Egipto. Habían estado impregnados de la idolatría de Egipto, y éste era el vituperio de ellos; pero ahora que estaban circuncidados era de esperar que se habían de dedicar tan por entero a Dios, que su reproche quedaría completamente quitado. También fue quitado su reproche mediante la llegada a salvo a la tierra de Canaán, porque con ella se silenciaba la maliciosa y despectiva sugerencia de los egipcios de que, por estar aparentemente dejados de la mano de Dios, «encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado» (Éx. 14:3).
Versículos 10–12
Bien podemos imaginarnos el asombro de la gente de Canaán. Josué abre la campaña con un acto de devoción tras otro. Lo que empieza con Dios tiene, por fuerza, trazas de que ha de terminar bien.
I. Viene ahora la observancia de una Pascua solemne en el tiempo señalado por la Ley, a los catorce días del mes, por la tarde, y en el mismo lugar en que habían sido circuncidados (v. 10). Mientras vagaban por el desierto, estaban privados del beneficio y consuelo de esta ordenanza, pero ahora les proveía Dios de nuevo consuelo y, por eso, se restablece la gozosa ordenanza. A una solemne circuncisión le siguió inmediatamente una solemne Pascua; del mismo modo, a los que fueron bautizados después de recibir el mensaje de salvación, los hallamos inmediatamente partiendo el pan (Hch. 2:41, 42). Observaron esta Pascua en los llanos de Jericó como en desafío a los cananeos, pues ahora Dios les había preparado mesa en presencia de sus enemigos (Sal. 23:5).
II. El campamento fue aprovisionado con el fruto de la tierra (v. 11) y, por ello, el maná cesó al día siguiente (v. 12). El maná fue un favor maravilloso mientras lo necesitaron; pero era una marca de su condición de peregrinos por el desierto; ahora ya podían comer del fruto de la tierra, más apropiado para gente establecida en un país.
1. La gente del país, al retirarse al interior de la ciudad por razones de seguridad, había abandonado sus almacenes y campos, con todo lo que había en ellos. Así que la provisión les vino muy a tiempo a los israelitas, porque: (A) Después de la Pascua tenían que observar la fiesta de los panes sin levadura (v. 11), lo cual no habían podido hacer cuando sólo tenían el maná como alimento; ahora habían hallado en los almacenes de los cananeos suficiente grano de la cosecha anterior para aprovisionarse del que necesitaban para esta ocasión. (B) Al día siguiente del sábado de la Pascua, tenían que llevar al sacerdote un omer de los primeros frutos de la siega, para que el sacerdote lo meciera delante de Jehová (Lv. 23:10, 11). Esto era precisamente lo que se les había ordenado para cuando entrasen en la tierra prometida, y lo pudieron llevar a cabo con el fruto de la tierra de aquel año (v. 12), el cual estaba entonces comenzando a madurar.
2. Se nos hace referencia de la cesación del maná tan pronto como pudieron comer del fruto de la tierra (del año anterior): (A) Para darnos a entender que había comenzado a caer cuando lo necesitaron, y que había continuado cayendo mientras dicha necesidad persistía, no por más tiempo. (B) Para enseñarnos que no hemos de esperar provisiones por medios extraordinarios cuando las podemos obtener por medios corrientes. Ahora que ya no necesitaban el maná, Dios lo retiraba. Él es un Padre infinitamente sabio por lo que conoce bien las necesidades de sus hijos y les proporciona sus dones según sus necesidades, no según sus caprichos. La Palabra y las ordenanzas de Dios son como un maná espiritual, con el que Dios alimenta a su pueblo en el desierto de esta vida, pero cuando lleguemos a la Canaán celestial, cesará este maná, porque ya no necesitaremos más de él.
Versículos 13–15
Hasta ahora hemos visto que Dios le hablaba con frecuencia a Josué, pero no hemos leído que le ofreciese ninguna manifestación visible de su gloria. Ahora que las dificultades iban a aumentar, también iban a aumentar proporcionalmente los medios con que Dios quería animarle.
I. Vemos primero el tiempo en que Josué fue favorecido con esta visión. Fue inmediatamente después de terminar las solemnidades de la circuncisión y de la Pascua. Las manifestaciones especiales de la divina gracia son de esperar cuando vamos por el camino recto del cumplimiento de nuestro deber.
II. El lugar donde tuvo la visión. Fue cerca de Jericó (v. 13). Allí estaba Josué, al parecer solo, sin miedo al peligro, porque estaba seguro de la protección divina. Piensan algunos que estaba meditando y orando. Quizás echaba un vistazo a la ciudad y calculaba la estrategia para tomarla. Fue entonces cuando Dios vino a instruirle. Nótese que Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos. Dice el adagio latino: Vigilantibus, non dormientibus succurrit lex: «La ley socorre a los que velan, no a los que duermen». Josué se hallaba en su puesto como general, cuando Dios mismo vino a él y se presentó como Generalísimo.
III. La aparición misma. 1. Josué, como suele ocurrir con los que se hallan concentrados en su ocupación, estaba mirando al suelo, cuando de repente quedó sorprendido por la presencia de alguien que se paró a poca distancia de él, lo que le obligó a alzar la vista. Ahora bien, hay suficientes razones para afirmar que este varón era el propio Hijo de Dios en persona, Verbo eterno del Padre, el Cristo preencarnado, quien se aparecía frecuentemente en forma humana, antes de tomar una verdadera naturaleza humana, en la que murió, resucitó y está ascendido a la diestra del Padre. 2. Aquí se apareció en forma de soldado, con una espada desenvainada en la mano (v. 13). A Abraham, en su tienda se le apareció como un viajero; pero a Josué, en el campo de batalla, como un hombre de guerra. Cristo es para los suyos aquello precisamente que ellos esperan y desean con fe. Vino a Josué para animarle a proseguir con valor y vigor, porque la espada desenvainada en la mano de Cristo denota cuán presto está para defender y salvar a los suyos, quienes por medio de Él podrán ser más que vencedores.
IV. La pregunta, sincera y franca, que Josué le hizo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? (v. 13). Esto nos muestra: 1. Su gran valor y resolución, pues no se espantó con lo súbito de la aparición. 2. Su gran interés por el pueblo de Dios y por su causa. Parece ser que llegó a sospechar que fuese alguien de los enemigos. Solemos estar inclinados a mirar como contrarios a quienes, con frecuencia, son de los más amigos. Notemos también que la causa y la lucha entre israelitas y cananeos, entre Cristo y Belial, no admite neutrales. El que no está con nosotros, está contra nosotros.
V. Las señas que el aparecido dio de sí mismo (v. 14): «No, no de vuestros enemigos, puedes estar seguro, mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora; no sólo como amigo vuestro, sino como el comandante en jefe vuestro». Es doblemente capitán, pues está al mando de las huestes de Israel y de las huestes celestiales que ayudan a las de Israel. Quizás es en alusión a esto por lo que se llama a Cristo el capitán (o autor) de nuestra salvación (He. 2:10) y jefe y caudillo de las gentes (Is. 55:4).
VI. Josué se dio cuenta de inmediato de que el aparecido era persona divina, no humana, pues: 1. Le rindió homenaje de adoración: Se postró rostro en tierra y le adoró. Josué era el general de las fuerzas armadas de Israel, pero se rindió inmediatamente a Él como a su comandante supremo. 2. Le expresó su disposición a recibir de Él mandatos e instrucciones: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? La primera pregunta de Josué estaba llena de valor y franqueza, esta segunda estaba llena de piedad y obediencia. Su humildad, lejos de redundar en desprestigio de Josué, era una muestra de la grandeza de su carácter. Incluso las cabezas coronadas han de rendirse ante el trono del Señor Jesús, quien es el Rey de reyes (Sal. 2:10–11; 72:10–11; Ap. 19:16). (A) La relación que Josué reconoce entre él mismo y Cristo: Que Cristo es el Señor, y él es un siervo bajo su mando; que Cristo es su capitán, y él es un soldado a su servicio, para hacer cuanto Cristo le mande (V. Mt. 8:9). (B) La pregunta que le hace conforme a la relación que le liga a su Señor: ¿Qué dice mi Señor …?; esta pregunta implica un ferviente deseo de conocer la voluntad de Cristo, y una gozosa prontitud y resolución de ponerla por obra. Este temple de ánimo le muestra como
perfectamente equipado para el puesto que ocupa, ya que los que mejor saben cómo obedecer son los mejor dispuestos para saber cómo mandar.
VII. Las posteriores expresiones de reverencia que este capitán divino requiere de Josué: (v. 15): Quita el calzado de tus pies. Ésta era una señal de reverencia y respeto, como lo es entre nosotros el descubrirse la cabeza. Solemos decir de una persona por la que sentimos un afecto muy grande, que amamos hasta el suelo que pisa.
Siempre son apropiadas las expresiones externas de la reverencia interior; por eso nos las exige el Señor. Como muy bien observa en este punto el obispo Patrick, las mismas órdenes que Dios dio a Moisés desde la zarza ardiente (Éx. 3:5) las da aquí a Josué; como había estado con Moisés, iba a estar también con él (1:5).
Josué abre la campaña con el sitio de Jericó, ciudad que de tal modo confiaba en la fortaleza de sus murallas, que se sentía sobradamente defendida dentro de ellas. Aquí tenemos el relato de su captura. I. Las instrucciones y seguridades que, en cuanto a esta empresa, le dio a Josué el capitán de los ejércitos de Dios (vv. 1–5). II. La puesta a prueba de la paciencia y de la obediencia del pueblo al tener que dar vueltas en torno a la ciudad en seis días consecutivos (vv. 13–14). III. La forma estupenda en que el Señor entregó la ciudad en manos de los israelitas al séptimo día, con el encargo solemne de darla al anatema, es decir, de destruirla completamente (vv. 15–21, 24). IV. La preservación de Rahab y de sus parientes (vv. 22, 23, 25). V. La maldición pronunciada sobre quienquiera que se atreviese a reedificar esta ciudad (vv. 26, 27). Encontramos un breve compendio de esta historia entre los trofeos de la fe (He. 11:30).
Versículos 1–5
Disposiciones divinas para el ataque a Jericó.
I. Jericó confiaba en que Israel no había de dominarla (v. 1). Nadie salió de allí para desertar ni para entablar negociaciones de paz, y nadie fue admitido para ofrecer esas negociaciones.
II. Pero Dios ha decidido que Israel va a dominar a Jericó, y eso por la vía rápida.
1. El capitán de las huestes de Dios da instrucciones sobre el modo como ha de efectuarse el asedio de la ciudad: No han de levantarse trincheras ni han de hacerse otras preparaciones de carácter propiamente militar, sino que ha de ser llevada el Arca de Dios a hombros de los sacerdotes en torno a la ciudad, una vez cada día durante seis días consecutivos, y siete veces el séptimo día, estarán en silencio los hombres de guerra mientras los sacerdotes tocan las trompetas hechas de cuernos de carnero (vv. 3–4). Esto era todo lo que tenían que hacer.
2. Les asegura que, al séptimo día, antes de que caiga la noche, serán sin falta dueños de la ciudad. Cuando se de la señal, todos a una han de gritar, e inmediatamente caerá el muro de la ciudad (v. 5). Dios había designado este método: (A) Para engrandecer su poder, a fin de que Jehová sea engrandecido en su poder (Sal. 21:13), no en el de los instrumentos humanos. (B) Para honrar a su Arca, la señal que había establecido como indicadora de su presencia, y para dar razón de las leyes con que había obligado al pueblo a mirarla con el mayor respeto y la más profunda veneración. (C) Para honrar a los sacerdotes, designados en esta ocasión para llevar el Arca y tocar las trompetas. (D) Para poner a prueba la fe, la obediencia y la paciencia del pueblo, y ver si estaban dispuestos a observar un precepto que a la humana razón parecía insensato, y a creer una promesa que, según el cálculo humano de probabilidades, parecía imposible que pudiese llevarse a cabo. Así es como cayeron los muros de Jericó, no por la fuerza, sino por la fe. (E) Para dar ánimo y fundadas esperanzas al pueblo de Israel con respecto a las restantes dificultades que les iban a salir al paso. Las murallas más altas y fuertes son incapaces de hacer frente al Omnipotente.
Versículos 6–16
Se nos refiere ahora la puesta en práctica de las instrucciones dadas a Josué con respecto al sitio de Jericó, con el próspero resultado infaliblemente predicho por la palabra de Dios.
I. Por dondequiera que iban los sacerdotes con el Arca, iban también los israelitas (v. 9). Los hombres armados iban delante despejando el camino, como pioneros delante del Arca de Dios. Es un honor para los que ocupan puestos elevados en un país prestar sus buenos oficios al Arca de Dios y favorecer los intereses religiosos de la nación. La retaguardia, iba detrás del Arca, ya fuese el escuadrón de Dan u otro cuerpo de ejército cualquiera de entre los que cerraban la marcha cuando el pueblo se movía por el desierto, o, según opinan otros, el grueso de la multitud que caminaba sin armas.
II. Justamente delante del Arca iban siete sacerdotes con trompetas hechas de cuernos de carnero, que tocaban continuamente durante la marcha (vv. 4, 5, 9, 13). De este modo: 1. Proclamaban guerra contra los cananeos y les infundían terror. Así también los ministros de Dios, mediante la solemne proclamación de su ira contra toda impiedad e injusticia de los hombres, deben tocar trompeta en Sion, a fin de que los pecadores de Sion se atemoricen. 2. También proclamaban la favorable presencia de Dios en medio de Israel, infundiéndoles así vida y valentía.
III. Las trompetas que usaban no eran de plata, sino, como hemos dicho, de cuernos de carnero, vaciados para este fin. Estas trompetas eran, pues, en sí, de ínfima calidad, de pobre sonido y modestísima apariencia, para que la excelencia del poder fuese de Dios. Así también, mediante la locura de la predicación, aptamente comparada al sonido de estos cuernos de carnero, es derribado el reino de Satanás; y las armas de nuestra milicia, aunque no son fuertes según la carne, son poderosas en Dios para destrucción de fortalezas (2 Co. 10:4–5).
IV. A todo el pueblo se le ordenó que permaneciese callado, sin pronunciar una palabra ni emitir un solo ruido (v. 10), para que así estuviesen más atentos al sonido de las trompetas sagradas a las que habían de considerar como la voz de Dios entre ellos, pues no nos está bien el hablar cuando Dios mismo nos está hablando.
V. Tenían que hacer esto una vez cada día durante seis días consecutivos, y siete veces al séptimo día. Así lo hicieron (vv. 14, 15). Las liberaciones que Dios promete, así como hay que esperarlas a la manera que Dios quiere, también hay que esperarlas en el tiempo que Él designa.
VI. Uno de estos días fue necesariamente sábado. Los judíos dicen que fue el último día, pero no se sabe con certeza qué día fue. Sea el que fuese, si quien les mandó descansar en otros sábados, les mandó caminar en éste, eso era suficiente para justificar esa excepción, ya que Dios nunca intentó quedar obligado por sus propias leyes, sino que es siempre libre para dispensar de ellas cuando le place. Además, la ley del sábado prohibía el trabajo servil y secular, pero éste era un acto religioso. Llevar a cabo la tarea propia del día de reposo no es quebrantamiento del día de reposo.
VII. Continuaron haciendo esto durante el tiempo señalado, y siete veces en el séptimo día, aunque no veían ningún resultado. Podemos suponer que una ceremonia tan extraña debió de divertir al principio a los sitiados. Es probable que se mofasen de los sitiadores, como hicieron los mencionados en Nehemías 4:2: «¿Qué hacen estos débiles judíos?»
VIII. Al final de la última vuelta del séptimo día tenían que gritar como un solo hombre; así lo hicieron, e inmediatamente se cayeron los muros (v. 16). Fue éste un grito triunfal; un grito también de oración, como un eco del sonido de las trompetas que proclamaban la promesa de que Dios se acordaría de ellos. Así también, al final de los tiempos, cuando el Señor descienda de los cielos con gran aclamación y el sonar de la final trompeta, el reino de Satanás quedará en completa ruina, no antes, ya que entonces todos los principados, potestades y dominadores de maldad serán derrotados eficaz y eternamente.
Versículos 17–27
El pueblo había observado religiosamente las órdenes que se le habían dado en lo concerniente al sitio de Jericó, y ahora, por fin les había dicho Josué (v. 16): «Jehová os ha entregado la ciudad, entrad a tomar posesión de ella».
I. Normas que habían de observar al tomar posesión de la ciudad:
1 La ciudad había de ser «una cosa dedicada» (hebreo jérem), esto es, sustraída al uso de los hombres para ser dedicada completamente a Dios mediante la destrucción total de la misma con todo lo que se hallase vivo en ella. Ninguna cosa viva había de preservarse de la muerte bajo ningún pretexto. Solamente quedaba exceptuada de esta severidad la casa de Rahab con sus ocupantes: Solamente Rahab la ramera vivirá, con todos los que estén en casa con ella (v. 17). Ella se había distinguido de todos sus conciudadanos por el favor que había dispensado a los hijos de Israel.
2. Todos los tesoros de la ciudad, el dinero, los utensilios y demás cosas de valor, habían de ser consagrados al servicio del tabernáculo. Dios les había prometido una tierra que fluía leche y miel, y no un país que abundase en oro y plata. Habían de considerarse suficientemente ricos con el enriquecimiento del tabernáculo.
3. Se les da un aviso muy especial y serio de que no se apropien de ninguna cosa prohibida: «Guardaos del anatema; vigilaos y atemorizaos a vosotros mismos, de forma que no os apropiéis de nada». Habla como si previese el pecado de Acán, del que se nos informa en el capítulo siguiente.
II. Con la súbita caída de los muros les quedó franco el acceso a la ciudad. Lo que los sitiados consideraban su defensa demostró ser su destrucción. No cabe duda de que el súbito e inesperado derrumbamiento de los muros dejó tan consternados a los habitantes de la ciudad, que no tuvieron fuerzas ni ánimo para ofrecer ninguna resistencia, por lo que resultaron fácil presa para la espada de Israel. Así caerá también el reino de Satanás, y no prosperará nadie que se endurezca contra Dios.
III. Ejecución de las órdenes dadas en cuanto al anatema de la ciudad. 1. Todo viviente fue pasado por las armas. Si no hubiesen tenido para ello la garantía divina, sellada con prodigios esta ejecución masiva no habría tenido justificación, ni puede justificarse hoy cosa semejante, al estar seguros de que nadie puede presentar pruebas de que Dios la autoriza. El espíritu del Evangelio es muy diferente, ya que Cristo no vino a destruir vidas, sino a salvarlas (Lc. 9:56). Las victorias de Cristo habían de ser de naturaleza muy diferente. 2. La ciudad, y todo lo que en ella había, fue consumida con fuego (v. 24). 3. Toda la plata y el oro, así como todos los utensilios purificables a fuego, fueron llevados al tesoro de la casa de Dios.
IV. Preservación de Rahab la ramera, la cual no pereció juntamente con los desobedientes (He. 11:31). Su seguridad había sido garantizada por los espías mediante un pacto de lealtad recíproca. Las mismas personas que habían sido acogidas por ella, fueron escogidas para salvarle la vida a ella, a sus parientes y a todo lo que ella tenía (vv. 22, 23, 25). Toda su parentela se salvó con ella. Una vez que se le preservó la vida: 1. Tuvo que quedar por algún tiempo fuera del campamento para ser purificada de las supersticiones paganas, a las que hubo de renunciar, y ser preparada, como todo prosélito, para su admisión dentro del pueblo. 2. Luego fue incorporada al pueblo de Israel, donde habitó ella y también su posteridad, la cual no pudo ser más noble. Hecha esposa de Salmón, príncipe de la tribu de Judá, fue madre de Booz y tatarabuela del rey David, con lo cual contada entre los antepasados de nuestro Salvador (Mt. 1:5).
V. Jericó quedó condenada a perpetua desolación o, más bien, a no ser edificada como ciudad fortificada, siendo pronunciada maldición, en este sentido, sobre quien se atreviese a reedificarla (v. 26). La situación de la ciudad era muy agradable, y es probable que su cercanía del Jordán le resultase ventajosa, lo que podía tentar a cualquiera a edificar en el mismo lugar, aunque ya se ve por esta porción que lo había de hacer a costa de grandes expensas. Los hombres edifican para su posteridad, pero el que edificase a Jericó quedaría sin posteridad que disfrutase de lo edificado. Esta maldición se cumplió en Jiel, el hombre que, andando el tiempo, había de reedificar Jericó (1 R. 16:34). A ello se añadía la superstición pagana de que, para dar solidez a los cimientos y al resto de la edificación, era necesario ofrecer sacrificios humanos, con lo que Jiel perdió así sus dos hijos. Sin embargo, no hemos de pensar que por ello resultase inhóspita la ciudad, ni que a sus nuevos habitantes se les siguiese ningún perjuicio especial por tal maldición. Hallamos después a Jericó favorecida con la presencia, no sólo de los dos grandes profetas Elías y Eliseo, sino también con la de nuestro bendito Salvador (Mt. 20:19; Lc. 18:35; 19:1).
Más de una vez hemos visto a Israel perplejo y turbado por el pecado, incluso en los días de mayor bendición y prosperidad, y en este capítulo tenemos un ejemplo más de la interrupción de las bendiciones divinas a causa del pecado. Vemos también el efecto, benigno o maligno, que sobre una comunidad produce la actuación de un miembro de esa comunidad. I. El pecado de Acán, al contravenir la orden del anatema (v. 1). II. La derrota de Israel frente a Hay a consecuencia de ello (vv. 2–5). III. El duelo y la oración de Josué con ocasión de tan lamentable desastre (vv. 6–9). IV. Las instrucciones que Dios le dio para expiar la culpa (vv. 10–15). V. El descubrimiento, la interrogación, la convicción, la condenación y la ejecución del delincuente (vv. 16–26). Por esta historia se echa de ver que, del mismo modo que la Ley, tampoco Canaán perfeccionó cosa alguna en cuanto a la santidad y la paz con el Dios de Israel, al estar esta perfección reservada únicamente a la Canaán celestial.
Versículos 1–5
El relato de este capítulo comienza con un pero. Estaba pues Jehová con Josué, y su nombre se divulgó por toda la tierra. PERO los hijos de Israel cometieron una prevaricación, y con ello atrajeron sobre sí la enemistad de Dios. Si perdemos la amistad de Dios, hemos perdido a nuestros amigos, pues éstos no nos pueden ayudar a menos que Dios esté por nosotros.
I. Pecado de Acán (v. 1). Se nos dice aquí que el pecado de Acán consistió en tomar del anatema, en desobediencia al mandato pactado y en desafío a la sanción con que estaba protegido (6:18). En el saqueo de Jericó se observó el olvido de la compasión en obediencia a la ley, pero prevaleció sobre la ley la codicia. La codicia de los bienes del mundo es aquella raíz de amargura que, entre todas las demás, es la más fuertemente arraigada. Con todo, la historia de Acán es clara indicación de que, entre todos los muchos millares de israelitas, él fue el único delincuente en esta ocasión. Y, sin embargo, a pesar de ser una sola la persona que pecó, se nos dice que los hijos de Israel cometieron esta prevaricación, porque la cometió uno de la comunidad, unido a ellos y reconocido por todos como miembro de tal comunidad. Ellos la cometieron en el sentido de que, por lo que Acán hizo, la culpabilidad se extendió a toda la comunidad de la que él era miembro. Esto debe servirnos de seria advertencia, a fin de que nos guardemos de pecar, con lo que muchos sean contaminados (He. 12:15). Más de un buen negociante ha hecho quiebra por el descuido de un socio. Ha de ser, pues, objeto de nuestro interés lo que otros hagan, a fin de impedir que el pecado se extienda.
II. Como consecuencia del pecado de Acán, todo el campamento de Israel hubo de soportar la ira de Dios: Y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel. Aunque ellos no se percataron de la ofensa, Dios la vio y tomó las medidas necesarias para que también ellos la vieran.
1. Josué envió un destacamento para ocupar la ciudad más próxima, que era Hay. Sólo 3.000 hombres fueron enviados, tras el informe de los espías de que la ciudad no era importante y, por ello, no era menester enviar un contingente mayor (vv. 2, 3). Eran pocos, según los espías, los habitantes de Hay, pero, aun siendo pocos fueron demasiados para ellos. En nuestra milicia cristiana, hemos de considerar que tenemos lucha contra huestes espirituales de maldad (Ef. 6:12), para espolear así nuestra preparación y vigilancia.
2. El destacamento enviado a Hay fue repelido con algunas pérdidas (vv. 4, 5). Ello sirvió: (A) Para humillar al Israel de Dios. (B) Para endurecer a los cananeos y darles mayor seguridad. (C) Para mostrar el desagrado de Dios contra Israel y convocarles a purificarse de la vieja levadura (V. 1 Co. 5:7). Éste fue el principal objetivo de esta derrota.
3. La retirada desordenada de este destacamento sembró el pánico en todo el campamento de Israel: El corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua (v. 5). No fue tanto por los hombres que se habían perdido, cuanto por la decepción que habían sufrido. Para todo hombre sensato entre ellos, fue una indicación de que Dios estaba disgustado con ellos.
Versículos 6–9
Se nos refiere la gran preocupación que a Josué le causó este triste acontecimiento.
I. Cómo se lamentó: Rompió sus vestiduras (v. 6) en señal de gran pesadumbre por este desastre público, y especialmente por temor al desagrado de Dios, que era ciertamente la causa. El autor del Salmo 119 muestra ser un valiente israelita; sin embargo, dice: Mi carne se estremece por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo (Sal. 119:120). Así es como se humilló Josué bajo la poderosa mano de Dios, y se postró en tierra sobre su rostro delante del Arca de Jehová hasta caer la tarde. Los ancianos de Israel por su común interés en la causa y bajo la influencia del ejemplo de Josué, se postraron también con él y, en señal de humillación profunda, echaron polvo sobre sus cabezas, no sólo en señal de duelo, sino también de arrepentimiento. Les tortura el pensamiento del desagrado de Dios.
II. Cómo oró, inquiriendo humildemente la causa del desastre en ferviente súplica a Dios, no al estilo hosco de David en el caso de Uzá (v. 2 S. 6:8–10), aunque sí profundamente afectado por lo sucedido. Su ánimo desfalleció algún tanto, aunque no hasta el punto de quitarle las ganas de orar; desahogó, más bien, su corazón delante de Dios y acabó su oración con perfecta compostura. En su oración:
1. Parece desear que todos los israelitas se hubiesen quedado al otro lado del Jordán como las dos tribus y media (v. 7). Las palabras ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán … para que nos destruyan? suenan de forma parecida a las de los murmuradores de Éxodo 14:11, 12; 16:3; 17:3; Números 14:2, 3; pero el que escudriña los corazones sabía que procedían de un espíritu diferente y, por eso, no tomó en cuenta lo que en tales expresiones había de amargo.
2. Habla como quien no encuentra ninguna explicación a lo que había sucedido (v. 8). ¿Es que se había acortado el brazo de Dios? Nótese que los métodos de la providencia de Dios son muchas veces intrincados e incomprensibles, tales que los mejores y más sabios hombres no saben cómo explicarlos; pero lo sabrán después (Jn. 13:7).
3. Alega que Israel se halla ahora en peligro de completa destrucción. Así es como incluso los mejores, cuando las cosas se tuercen un poco se sienten inclinados a temer lo peor. Pero aquí la súplica de Josué tiene el tono de una apelación: «Señor, no permitas que sea cortado el nombre de Israel, que ha sido tan querido para ti y tan temible para el mundo».
4. Alega también, como Moisés (v. Éx. 32:11–13), el reproche que sufrirá el propio nombre de Dios, pues la ruina de Israel repercutiría desfavorablemente en la gloria del Dios de Israel. Temía que sufriesen detrimento la sabiduría, el poder, la bondad y la fidelidad de Dios; ¿qué dirían los enemigos? Nótese que no hay nada que entristezca tanto a una persona espiritual como ver deshonrado el nombre de Dios. No podemos presentar al Señor una apelación tan efectiva como ésta: «Señor, ¿qué harás tú a tu gran nombre?» (v. 9). ¡Sea Dios glorificado en todo y ante todo, y sea entonces aceptado cuanto su voluntad disponga!
Versículos 10–15
Dios responde a la súplica de Josué. Quienes se encuentren con señales del desagrado de Dios, aprendan aquí a no querellarse de Dios, sino a querellarse a Dios, y recibirán entonces una respuesta de paz. La respuesta de Dios no se hizo esperar.
I. Dios anima a Josué contra su actual desánimo: Levántate, no dejes que tu ánimo sucumba de esa manera; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? (v. 10). Dios le dice que ya basta, que no tiene que continuar por más tiempo en esa postura melancólica, porque Dios no se deleita en el pesar de los arrepentidos cuando éstos afligen su alma más de lo necesario para obtener perdón y paz. Josué había estado en aquella postura de lamentación hasta caer la tarde (v. 6). Era ya tiempo de dejar a un lado el
vestido de luto y ponerse las ropas de juez celoso del cumplimiento de la ley. El llanto no debe impedir la siembra, ni debe un deber religioso cerrar el paso a otro.
II. A continuación le informa de la verdadera y única causa del desastre (v. 11): Israel ha pecado. No se nombra aún al pecador, aunque se describe el pecado, pero se habla de él como de un acto de Israel en general. El pecado se manifiesta aquí extremadamente pecaminoso:
1. Han quebrantado mi pacto que yo les mandé, un precepto explícito, con su sanción aneja. Se había acordado que Dios había de tener todo el despojo de Jericó, y que ellos tendrían el despojo de las demás ciudades de Canaán; pero, al robarle a Dios su parte, habían quebrantado este pacto.
2. También han tomado del anatema, y hasta han hurtado; lo habían hecho clandestinamente, como si pudiesen ocultarlo a la omnisciencia divina.
3. Han mentido también. Acán se había unido a los demás en la general profesión de inocencia, sin inmutarse, como la adúltera que come, se limpia la boca y dice: No he hecho nada malo.
4. Y aun lo han guardado entre sus enseres, como si fuera una más de sus legítimas pertenencias. Dios pudo haberle dicho en este momento quién era el delincuente, pero no lo hizo: (A) Para ejercitar el celo de Josué y de todo Israel en investigar quién era el autor del hecho. (B) Para darle al pecador tiempo suficiente para arrepentirse y confesar el hecho. Pero, al no descubrirse a sí mismo hasta que se echaron suertes, mostró claramente la dureza de su corazón y, por consiguiente, no hubo para él misericordia.
III. A continuación, Dios espolea a Josué a que haga investigación, y le dice: 1. Que ésta era la única causa del desastre sufrido, de forma que, tan pronto como se enderece este entuerto, no tendrá ya más motivo para temer. 2. Que si no es destruido el anatema, no han de esperar que retorne a ellos la presencia favorable de Dios. Mediante el arrepentimiento y el firme propósito de enmendarnos, destruimos el anatema que anida en nuestro corazón y, a menos que hagamos esto, es inútil que esperemos el favor y las bendiciones del Dios bendito.
IV. Le instruye sobre el método que ha de usar en la investigación del criminal. 1. Ha de santificar al pueblo, antes de la mañana próxima, esto es, ha de mandarles que se santifiquen, como se ve por el contexto (v. 13). ¿Qué otra cosa pueden hacer, con respecto a la santificación, tanto los magistrados como los miembros de Dios? Han de ponerse en forma conveniente para comparecer en presencia de Dios y someterse a su minucioso escrutinio. 2. Ha de traerlos a todos, al día siguiente, a que se sometan al escrutinio de las suertes (v. 14); éstas son las que descubrirán, primeramente, la tribu; después, la familia; luego, la casa; finalmente, la persona. De este modo, la convicción caía sobre el delincuente de una forma gradual, a fin de que tuviese tiempo para presentarse y entregarse a sí mismo, porque el Señor es paciente … no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 P. 3:9). 3. Cuando sea hallado el criminal, ha de morir sin compasión (He. 10:28). El pecado en cuestión era un sacrilegio; este crimen había de ser castigado con la mayor severidad, para amonestar a toda la gente de todas las épocas a que se guarden mucho de robar a Dios.
Versículos 16–26
I. Las suertes echadas descubren a Acán. Respecto de este escrutinio.
1. Que el delincuente pertenecía a la tribu de Judá, la cual era y debía ser la más honorable e ilustre de todas las tribus. Dice la tradición judía que, cuando la suerte cayó sobre la tribu de Judá, los valientes de esta tribu desenvainaron su espada y protestaron que no la envainarían de nuevo mientras no viesen castigado al criminal, y a sí mismos exculpados del crimen como inocentes. 2. Que, finalmente Acán quedó al descubierto, como si la suerte echada le dijese: Tú eres ese hombre (v. 18, comp. con 2 S. 12:7). Es extraño que, teniendo conciencia de su culpabilidad, no tuviese Acán la astucia de intentar un escape ni la gracia de hacer confesión cuando vio que las suertes iban cayendo cada vez más cerca de él. Por aquí ha de verse: (A) La insensatez de quienes se prometen seguridad en el ocultamiento de sus pecados; el Dios justo tiene muchos medios para sacar a luz las ocultas obras de las tinieblas. (B) Cuánto hemos de preocuparnos, cuando Dios nos vuelve el rostro al otro lado, de investigar diligentemente cuál es el
pecado que nos priva de su comunión, y suplicar urgentemente como Job: Hazme entender por qué contiendes conmigo (Job 10:2).
II. Josué conjura y examina a Acán (v. 19). Al hacer de juez, urge Josué a Acán a que confiese su pecado, a fin de que, por la confesión y el arrepentimiento, su alma pueda ser salva para el otro mundo.
1. Con qué ternura se dirige a él. Podía justamente haberle llamado «ladrón», «rebelde», «insensato», etc., pero le llama «hijo mío». Aun cuando la frase «da gloria a Jehová el Dios de Israel» es, con gran probabilidad, una forma suave de conjuro (comp. con Jn. 9:24), no tiene la forma explícita de un conjuro amenazante como el del sumo sacerdote Caifás a nuestro bendito Salvador, sino de una súplica amable: declárame ahora (o: declárame, te ruego) lo que has hecho. Esto nos enseña a no añadir aflicción al afligido, aunque la aflicción se deba a su propia maldad. También enseña a los magistrados a no dejarse llevar jamás a indecencias de conducta o de lenguaje contra los que les hayan provocado. La ira del hombre no obra la justicia de Dios (Stg. 1:20).
2. Lo que desea de él que haga: confesar el hecho: Declárame ahora lo que has hecho. Josué ha sido delegado por Dios mismo para recibir la confesión de Acán, como si éste lo declarase a Dios mismo. Al confesar nuestro pecado, así como nos avergonzamos de él, así también glorificamos a Dios, reconociéndole como Dios justo y justamente indignado contra nosotros y, al mismo tiempo, como Dios bondadoso y perdonador, quien no va a recordarnos constantemente las transgresiones que contra Él hemos cometido, sino que es fiel y justo para perdonarnos siempre que reconozcamos que habría sido igualmente fiel y justo si nos hubiese castigado. Por el pecado, hemos ofendido al honor y a la santidad de Dios. Cristo, mediante su muerte, ha satisfecho por nuestra injuria; pero a nosotros se nos requiere que, mediante la fe y el arrepentimiento, mostremos nuestra buena voluntad para honrarle y, en cuanto está de nuestra parte, glorificarle.
III. Confesión de Acán, quien, al fin, dándose cuenta de que de nada le servía continuar ocultando su pecado, lo confiesa libre y francamente (vv. 20–21). Lo confiesa arrepentido y con todo detalle: Así y así he hecho (v. 20). Al confesar nuestros pecados a Dios, no hemos de contentarnos con decirle: Padre he pecado contra ti, sino que hemos de especificarle: He cometido contra ti esto y lo otro, etc. No porque Él no lo sepa, sino para que nosotros mismos tomemos conciencia de las muchas cosas en que le hemos ofendido. Vemos que Acán confiesa:
1. Lo que ha tomado. Al saquear una casa en Jericó, halló un manto babilónico muy bueno. El hebreo da a entender una ropa rozagante, tal como la llevaban los magnates de Babilonia cuando aparecían en traje de gala; sin duda, tejida de oro y seda. «¡Qué lástima!—pensaría Acán—que esto tenga que ser consumido a fuego, cuando podría servirme por muchos años de traje de gala.» Una vez puesta la mano en el despojo, Acán se había apropiado también de doscientos siclos de plata (unos dos kilos y trescientos gramos), y de un lingote de oro de peso de cincuenta siclos (unos 600 gramos). No podía apelar a que, al tomar todos estos objetos, los salvaba del fuego, pues quienes ponen una ligera excusa para cometer un pecado, pronto se aventuran a cometer otro pecado sin excusa alguna; porque el camino del pecado es un camino de descenso, como un plano inclinado. Puede notarse bien la secuencia del pecado en el versículo 21: «vi … codicié … tomé … escondí» (comp. con Stg. 1:14, 15). Qué menguado precio pagó Acán por haber cobrado un riesgo tan temible (v. Mt. 16:26).
2. La forma en que lo ha tomado, ya compendiada en el punto anterior. (A) Comenzó por la vista. Vio estos objetos de valor a través de los mismos cristales por los que Eva vio el fruto prohibido y quedó encantado y fascinado con su vista. Qué sufrimientos sobrevienen al corazón por seguir los pasos de la vista, y cuánta necesidad tenemos de hacer un pacto con nuestros ojos, porque si los dejamos vagar, de seguro ha de ser para después llorar. No mires al vino cuando rojea, ni al rostro de la mujer hermosa. (B) Con la vista del objeto prohibido, el corazón concibió el pecado. Él mismo admite: lo cual codicié. Así es como la concupiscencia, tras concebir, dio a luz este pecado. Los que deseen verse libres de acciones pecaminosas deben mortificar en sí mismos los deseos pecaminosos. No fue el ver, sino el desear, lo que le causó la ruina. (C) Luego que cometió el pecado, se dio prisa y maña para ocultarlo. Con eso se ve lo engañoso del pecado; placentero al cometerlo, pero hay heces de amargura en el fondo de la copa; al final, muerde incluso como una serpiente.
IV. Acán queda así convicto de pecado. Dios le ha traído esa convicción mediante la suerte echada, y le ha convencido también ahora su propia confesión. Pero Josué quiere también que sea convencido por el escrutinio de su tienda, en la que se hallaron todos los bienes que él había confesado.
V. Josué pronuncia después la sentencia (v. 25): ¿Por qué nos has traído desgracia? Nótese que el pecado causa desgracia no sólo al propio pecador sino también a sus prójimos más cercanos. Ahora (dice Josué) caiga la desgracia de Jehová sobre ti en este día. Por qué fue castigado Acán tan severamente: no sólo porque había robado a Dios, sino también porque había traído la desgracia sobre Israel; es como si quedase inscrita sobre su cabeza esta acusación: «Acán, el perturbador de Israel», como dice de Acab el profeta Elías (1 R. 18:18). No faltan doctores judíos que de la expresión «en este día» infieren que no le alcanzará la desgracia en la otra vida; la carne fue destruida para que el espíritu continuase vivo (comp. con 1 P. 4:6, conforme a la opinión más probable).
VI. Su ejecución.
1. El lugar de la ejecución. Acán fue ejecutado a cierta distancia de donde se encontraban, a fin de que el campamento que se había visto perturbado por su pecado, no quedase contaminado con su muerte.
2. Las personas empleadas para ejecutar la sentencia. Todos los israelitas tomaron parte en la ejecución de la sentencia, así como todos habían sufrido la desgracia de la ofensa (vv. 24, 25).
3. Los que con él participaron del castigo porque no pereció solo en su iniquidad (22:20). (A) Con él fueron destruidos sus bienes que había robado. (B) También fueron destruidos igualmente todos sus demás bienes, no sólo la tienda con todos sus enseres, sino también sus bueyes, sus asnos y sus ovejas. Quienes se apoderan de lo que no es suyo, se hacen acreedores a perder lo que es suyo. (C) También sus hijos e hijas fueron apedreados y quemados con él. Hay quienes opinan que los sacaron (como dice el hebreo del v. 24) solamente para que fuesen espectadores de la ejecución de su padre, pero es mucho más probable que fuesen ejecutados con él por haber sido cómplices si no del robo, al menos del ocultamiento de lo robado (V. Dt. 24:16).
4. La clase de castigo que le fue impuesto. Fue apedreado (hasta hay quienes opinan que el robo fue cometido en sábado, con lo que el pecado tendría otra circunstancia peculiarmente agravante). Después, su cadáver fue quemado.
5. Con esto se aplacó la ira de Dios (v. 26): Jehová se volvió del ardor de su ira. Retirada la causa, cesó el efecto.
VII. El informe escrito de su convicción y ejecución. Hubo interés en conservar un memorial del hecho, para advertencia e instrucción de futuras generaciones. 1. Levantaron sobre él un montón de piedras, en el mismo lugar en que había sido ejecutado; quizá contribuyó cada miembro de la comunidad con una piedra, en señal de pública detestación del crimen. 2. Se le impuso al lugar un nuevo nombre, pues se le llamó Valle de Acor, o de la desgracia, pues el término hebreo acor significa aflicción o desgracia. Valle de Acor viene a ser también sinónimo de puerta de esperanza, porque cuando se destruye el objeto del anatema, es entonces cuando comienza a haber esperanza en Israel (V. Esd. 10:2; Os. 2:15).
I. El avance glorioso de las fuerzas israelitas en la toma de Hay, donde antes habían sufrido una vergonzosa derrota. 1. Dios anima a Josué a atacar la ciudad, asegurándole el éxito (vv. 1, 2). 2. Conforme a esto, Josué da las oportunas órdenes a sus hombres de guerra (vv. 3–8). 3. La estratagema da su resultado (vv. 9–22). 4. Josué se adueña de la ciudad, pasa a filo de espada a todos sus habitantes, la incendia cuelga de un árbol a su rey y reparte entre los soldados los despojos (vv. 23–29).
II. Vemos a continuación la gran solemnidad de la escritura y lectura de la ley ante la asamblea general de todo Israel, congregado con este objetivo en los montes Gerizim y Ebal (vv. 30–35).
Versículos 1–2
Al comenzar este capítulo, se tiene la impresión de que Josué no se atrevía ahora a avanzar por temor de que quedase en el campamento algún otro Acán. Por eso Dios volvió a hablarle, ya fuese por medio de una visión, como anteriormente (cap. 5), en figura de un varón con la espada desenvainada o, simplemente, mediante el efod del juicio. Nótese que cuando, con toda sinceridad y fidelidad, hemos alejado de nosotros el pecado, podemos esperar que Dios nos hable para consuelo nuestro. Y cuando Dios nos instruye sobre el modo de conducirnos en la obra y en la milicia cristiana, es una buena señal de que ha apartado de nosotros su ira.
I. El ánimo que da Dios a Josué para que siga adelante (v. 1): No temas ni desmayes. Cuando hay alguna corrupción dentro de la iglesia, se debilitan las manos y se entumecen los ánimos de los guías y obreros, mucho más que cuando hay oposición desde fuera de la iglesia; los israelitas traidores son más de temer que los malvados cananeos. Pero Dios le pide a Josué que no desmaye; el mismo poder que preserva a Israel de su destrucción interna, le preservará también de la oposición externa. Para darle ánimo: l. Le asegura del éxito contra Hay, le dice que está en su mano, pero ha de recibirlo como regalo de Dios. 2. Da permiso para que el pueblo tome para sí los despojos, ya que no han de ser consagrados a Jehová como lo fueron los de Jericó.
II. Las instrucciones que le da para el ataque a Hay. No ha de llevarse tanto tiempo como duró el asedio de Jericó. Ni ha de tomarse por medio de un milagro tan portentoso como el ocurrido con los muros de Jericó, sino que han de poner en juego su estrategia y su valor. Después de ver lo que Dios ha hecho por ellos, han de atacar como lo exige el arte militar. Dios ordena: 1. Que todo el pueblo tome parte en el ataque. 2. Que pongan emboscada a la ciudad.
Versículos 3–22
Relato de la toma de Hay por medio de una estratagema militar. Una parte del ejército había de quedar emboscada, mientras los demás simulasen una retirada. Si el enemigo hubiese sido prudente, se habría puesto en guardia, dispuesto a defenderse dentro de los muros de la ciudad, en lugar de aventurarse a perseguir a un ejército mucho más numeroso, y dejar así desguarnecida la ciudad. Pero, como decía un antiguo proverbio latino «cuando los dioses quieren perder a alguien, lo ciegan primero».
I. Hay cierta dificultad en ajustar los números que se barajan en la operación militar. Se nos dice que escogió Josué treinta mil hombres fuertes, los cuales envió de noche (v. 3) con el encargo de poner emboscada a la ciudad y tomarla por sorpresa tan pronto como viesen que había sido evacuada (vv. 4, 7, 8). Pero después leemos (v. 12) que Josué tomó cinco mil hombres y los puso en emboscada entre Betel y Hay. Estos hombres son los que entraron en la ciudad y le prendieron fuego (v. 19). Ahora bien: 1. Hay quienes opinan que ambos cuerpos de ejército pusieron la emboscada, y que Josué llevó a cabo el ataque abierto a la ciudad con todo el resto del ejército de Israel. 2. Otros piensan que todo el grueso del ejército quedó acampado delante de la ciudad, y que de ellos escogió Josué 30.000 hombres para emplearlos en la acción de guerra, 5.000 de los cuales fueron enviados de incógnito a poner la emboscada. 3. Lo más probable es, como sugiere el Dr. Ryrie, que la emboscada fuese puesta solamente por treinta oficiales escogidos, ya que: (A) 30.000 hombres son demasiados para una emboscada; (B) las letras hebreas para el vocablo «millares» son las mismas que las del vocablo «jefes». Un comando selecto de 30 capitanes era suficiente para la operación. (C) Los 5.000 hombres del versículo 12 son un cuerpo distinto, destinado a evitar un ataque por parte de los habitantes de Betel. De ahí su posición entre Betel y Hay.
II. Los demás detalles del relato son suficientemente claros: un destacamento, más o menos numeroso, se situó detrás de la ciudad, al lado opuesto del que ocupaba el grueso del ejército. Josué y las fuerzas que estaban con él daban cara a la ciudad; la guarnición hizo una salida vigorosa contra ellos; se retiraron en aparente desorden hacia el desierto, con lo que los hombres de Hay salieron en persecución de ellos con todos los soldados de que disponían. Esto dio a los emboscados la magnífica oportunidad de entrar en la ciudad y adueñarse de ella, mientras daban a Josué la consigna acordada del humo, con lo que él, con todo el contingente militar que conducía, se volvió para atacar de frente a los perseguidores, y éstos se dieron cuenta demasiado tarde de la trampa en que habían caído, pues al tener interceptada la retirada, todos ellos murieron sin que ninguno pudiera escapar.
1. Qué valiente jefe era Josué. Aunque un contingente militar de Israel había sido repelido anteriormente por los hombres de Hay, toma ahora la resolución de conducirlos en persona esta segunda vez (v. 5); después, Josué avanzó aquella noche hasta la mitad del valle (v. 12), para hacer los preparativos necesarios para el ataque. Es una piadosa conjetura del erudito obispo Patrick que se fue al valle solo, para orar al Señor. Cuando extendió contra la ciudad la lanza que llevaba en la mano (v. 18), una lanza tan formidable y fatal para los enemigos de Israel como lo había sido la vara de Moisés, no retiró la mano hasta que se llevó a cabo la operación entera. Los que extienden sus manos contra sus enemigos espirituales, no las deben retirar jamás, bajo pena de ser derrotados. Josué venció al ceder terreno como si él mismo fuese derrotado, así también nuestro Señor Jesús, cuando inclinó la cabeza y entregó el espíritu, parecía como si la muerte hubiese triunfado sobre Él y como si Él y toda su causa hubiesen hecho quiebra y fuesen a la ruina pero, en su resurrección, reunió de nuevo sus fuerzas e infligió a los poderes de las tinieblas una completa derrota, aplastó la cabeza de la serpiente, al ser herido por ella en el talón (Gn. 3:15). ¡Cuán gloriosa estratagema!
2. Cuán obediente resultó en esta ocasión el pueblo de Israel. Lo que Josué les había mandado, conforme a la palabra de Jehová (v. 18) lo llevaron a cabo sin murmurar ni disputar.
3. Qué insensatez la del rey de Hay. No se apercibió de la emboscada que se le tendía, cuando la prudencia más elemental exigía escudriñar bien todos los accesos a la ciudad (v. 14). De la victoria anterior, cuando mataron 36 hombres de la primera expedición de 3.000, dedujo que podía derrotar igualmente al numeroso ejército que tenía delante: Huyen de nosotros como la primera vez (v. 6); de seguro que lo pensaron así. De este modo es como la prosperidad misma de los necios los endurece y los arruina hasta su completa destrucción.
4. Cuán completa fue la victoria de Israel sobre Hay, mediante el favor y la bendición de Dios. Cada uno hizo lo que estaba de su parte.
Versículos 23–29
Partido que los israelitas sacaron de su victoria sobre Hay.
I. Mataron a todos a filo de espada. Se nos dice (v. 26) que Josué no retiró su mano que había extendido con la lanza. 1. Algunos opinan que la lanza que extendió no era para matar a los enemigos, sino para dar ánimos a sus propios soldados. Mediante este gesto, instruía al pueblo a esperar de Dios la ayuda y darles a Dios la alabanza por la victoria. El Dr. Ryrie comenta que la lanza o jabalina de Josué, puesta en alto, servía de señal al comando de la emboscada mediante el reflejo de los rayos del sol en la hoja del arma. El versículo (nota del traductor) no dice que Josué continuase en esa postura durante toda la operación, cosa naturalmente imposible (comp. con Éx. 17:12), sino que no retrajo su mano de perseguir y destruir al enemigo.
II. A continuación, saquearon la ciudad y tomaron para sí todos los despojos (v. 27). Quemaron luego la ciudad, la redujeron a cenizas, estado en que continuaba cuando se escribió el libro de Josué. Israel había de vivir todavía en tiendas y, por tanto, esta ciudad, lo mismo que Jericó, había de ser quemada y reducida a escombros.
III. El rey de Hay fue hecho prisionero y, como principal criminal, fue ahorcado en un árbol. Su cuerpo fue echado después a la puerta de la ciudad, donde quedó bajo un gran montón de piedras (vv. 23, 29). Es muy probable que fuese especialmente perverso y vil, y un notorio blasfemador del Dios de Israel, especialmente a partir de la derrota que había infligido a las fuerzas de Israel en el primer ataque.
Versículos 30–35
La solemnidad religiosa que a continuación se nos refiere sorprende al lector como algo inesperado en medio de la historia de las guerras de Canaán. Se abre aquí una escena de naturaleza completamente diferente. El campamento de Israel es reunido ahora, no para combatir al enemigo, sino para ofrecer sacrificios, escuchar la lectura de la Ley y decir Amén a las bendiciones y a las maldiciones. Es un ejemplo notable, por una parte, del celo de Israel por el servicio y el honor de Dios. Las armas han de descansar mientras hacen esta larga marcha al lugar señalado para asistir a esta solemnidad. El camino de
la prosperidad comienza por Dios (Mt. 6:33). Por otra parte, es un ejemplo del cuidado que Dios tiene de sus fieles servidores y adoradores. Aunque estaban en territorio enemigo, pues no lo habían conquistado aún, están a salvo en el servicio de Dios. Iban a firmar una transición pactada; el pacto era ahora renovado con ocasión de tomar posesión de la tierra prometida, a fin de que se animasen a conquistarla y conociesen bajo qué cláusulas era estipulado, y venir así a obligarse de nuevo a prestar obediencia a los mandamientos de Dios. En señal de este pacto con Dios:
I. Erigieron un altar y ofrecieron sacrificios a Dios (vv. 30–31), mostraron así que se consagraban a Jehová como sacrificios vivos en su honor, mediante la mediación del altar, que es el que santifica al sacrificio. Este altar fue erigido en el monte Ebal. Las maldiciones pronunciadas en este monte habrían tenido inmediato cumplimiento si no se hubiese hecho expiación mediante el sacrificio. Con los sacrificios ofrecidos en este altar, glorificaron igualmente a Dios por las victorias que hasta este punto habían alcanzado, como en Éxodo 17:15. El altar que erigieron era, conforme a la Ley (Éx. 20:25), de piedras enteras y sin labrar, pues lo que más agrada a Dios en el culto que se le tributa es lo llano y natural, y lo que más carece de artificio y afectación.
II. Allí escucharon la lectura de la ley que habían recibido de Dios. Esto es lo que deben hacer cuantos deseen hallar favor a los ojos de Dios y esperar que sean aceptos a Dios sus sacrificios.
1. Que la ley de los diez mandamientos fue escrita en piedras en presencia de todo Israel. Mediante la lectura atenta del capítulo 27 del Deuteronomio, nos percatamos: (A) De que no escribieron sobre las piedras toda la ley, sino un resumen importante de la misma. (B) Las piedras estaban revocadas con cal, a fin de que la escritura resaltase suficientemente y todos pudiesen enterarse de lo que estaba escrito.
2. Las bendiciones y las maldiciones, a saber, las sanciones de la ley, fueron leídas públicamente, y es de suponer que, conforme a las instrucciones de Moisés, todo el pueblo las confirmaría con su Amén (vv. 33, 34).
(A) Lo numeroso del auditorio. (a) El príncipe más exaltado no pudo excusarse de asistir. (b) El más pobre extranjero no fue excluido de la reunión. Esto sirvió para animar a los prosélitos, y fue un feliz presagio del favor que Dios iba a dispensar a los gentiles en la era mesiánica.
(B) Las tribus fueron colocadas, como Moisés había señalado: seis hacia el monte Gerizim, y otras seis hacia el Ebal. Y allí en el fondo del valle, en medio de los dos grupos, estaba el Arca, pues era el Arca del pacto, y en ella estaban encerrados los rollos de la ley, de los que se había sacado copia sobre las piedras encaladas, así quedaban a la vista de todos los circunstantes. El pacto fue mandado y el mandato fue pactado. Los sacerdotes que servían al Arca, o algunos de los levitas que les asistían, luego que todo el pueblo ocupó sus respectivos lugares y se impuso silencio, pronunciaron con toda claridad las bendiciones y las maldiciones, conforme había ordenado Moisés, a las que el pueblo puso su Amén.
C) Es muy de notar que, al final del versículo 33, se nos dice que Moisés había mandado esto para que bendijesen primeramente al pueblo de Israel; con esto se nos llama la atención al hecho de que el designio primordial de Dios, al dar la ley, era de bendición para su pueblo. Si incurría en la maldición, sólo podía achacarlo a su propia culpa.
3. Se recalca de nuevo, en el versículo 35, la lectura de la ley, sin omitir nada de lo que Moisés había mandado. El verbo hebreo parece indicar que fue el propio Josué quien dio lectura, delante de todos los asistentes, a los mandamientos respecto a los que se habían pronunciado las bendiciones y las maldiciones.
I. La confederación de los reyes de Canaán contra Israel (vv. 1–2). II. La astucia de los habitantes de Gabaón, quienes: 1. Simularon venir de un lejano país (vv. 3–13). 2. Engañaron así miserablemente a Josué y al pueblo, con gran disgusto de la congregación al percatarse del fraude (vv. 14–18). 3. Consiguieron, por medio de un pacto, salvar la vida, aunque fueron privados de su libertad por haber cometido tal fraude (vv. 19–27).
Versículos 1–2
Hasta ahora los cananeos se habían mantenido a la defensiva; los israelitas habían sido los atacantes, tanto en Jericó como en Hay. Pero ahora los reyes cananeos se reúnen en consulta para coligarse contra Israel y hacer un esfuerzo vigoroso, y unir sus fuerzas, para impedir el avance de las victoriosas fuerzas enemigas. Cuando oyeron, pues, estas cosas (v. 1), no sólo la conquista de Jericó y Hay, sino también la solemne ceremonia en las laderas de los montes Ebal y Gerizim, percibieron que Josué, al tenerse ya por amo y dueño de la tierra había convocado al pueblo para indicarles las leyes con las que habían de gobernarse y había obtenido del pueblo la promesa de obedecer a dichas leyes. Había que actuar, pues, sin pérdida de tiempo y unir sus fuerzas contra un enemigo común. Aun cuando eran varios reyes de muy diferentes naciones y, sin duda, de muy diversos objetivos e intereses—y es probable que hubiesen mantenido entre ellos disputas y aun guerras—, no obstante, por unanimidad, se concertaron para pelear contra Josué e Israel.
Versículos 3–14
I. Los gabaonitas, alarmados por las noticias recibidas acerca de la destrucción de Jericó y Hay (v. 3), desearon hacer la paz con Israel. Otros pueblos habían oído las mismas noticias y se sentían incitados a coligarse en guerra contra Israel, pero los gabaonitas consideraron más prudente intentar el método de la paz. El mismo sol que ablanda la cera endurece el barro. Las cuatro ciudades de los gabaonitas, mencionadas en el v. 17, parece ser que estaban gobernadas por senadores o ancianos (v. 11), quienes miraron por la seguridad pública, más bien que por su dignidad personal, con lo que los habitantes de Gabaón sacaron buen provecho.
II. El método que emplearon para llevar a cabo su plan. Sabían que todos los habitantes del país de Canaán estaban abocados a la destrucción y, por consiguiente, que no había modo de salvar la vida de la espada de Israel, a menos que, por medio de algún disfraz, hiciesen creer a Josué que venían de algún país remoto, respecto del cual no se había mandado a los israelitas hacerle la guerra ni se les había prohibido concertar la paz sino que incluso se les había ordenado ofrecer la paz (Dt. 20:10, 15). No les quedaba, pues, a los gabaonitas otra carta que jugar, y obsérvese:
1. Que la jugaron con gran tino y acierto. Difícilmente podía imaginarse un método más astuto.
(A) Vinieron en carácter de embajadores de un país extranjero lo que pensaron había de agradar a los príncipes de Israel y sentirse orgullosos por el honor de ser cortejados hasta de países distantes.
(B) Simularon haber pasado por las fatigas de un larguísimo viaje, y ofrecieron aparentes evidencias oculares de ello. Dijeron que las provisiones que llevaban, ahora secas y mohosas, estaban frescas y recientes cuando salieron de su país. El vestido y el calzado que llevaban estaba viejo, roto y remendado, mucho peor que el de los israelitas después de cuarenta años de marchar por el desierto (vv. 4, 5, 12, 13).
(C) Cuando se sospechó de ellos y se les interrogó sobre el país del que venían, se cuidaron muy bien de dar el nombre de su país mientras no se acordase el pacto. En efecto: (a) Los hombres de Israel sospecharon fraude (v. 7): «Quizás habitáis en medio de nosotros y, en tal caso, no podemos ni debemos hacer pacto con vosotros». (b) Josué les preguntó (v. 8): ¿Quiénes sois vosotros, y de dónde venís? (c) Ellos no quisieron decir de qué país venían, sino que repitieron (v. 9) lo que habían dicho antes (v. 6): Hemos venido de tierra muy lejana.
(D) Profesan tener respeto al Dios de Israel para congraciarse así con Josué, y quizá no debamos poner en duda la sinceridad de su profesión: Tus siervos han venido … por causa del nombre de Jehová tu Dios (v. 9).
(E) Plantean sus conclusiones con base en lo que Dios había hecho a favor de su pueblo muchos años antes, en vida de Moisés: las plagas de Egipto y la destrucción de Sehón y Og (vv. 9, 10), pero se callan con toda astucia lo de Jericó y Hay, con lo que dan a entender que habían salido de su país con anterioridad a la destrucción de estas últimas ciudades.
(F) Hablan en términos de sumisión general y buscan una alianza sin condiciones previas (v. 11): Nosotros somos vuestros siervos; haced ahora alianza con nosotros.
2. Pero en la conducta de estos gabaonitas hay una mezcla de bien y de mal. (A) Su falsedad no puede justificarse ni puede usarse como un buen precedente. Es de notar que, después de decir que venían de
una tierra muy lejana (v. 6), se vieron en la necesidad de repetirlo (v. 9) y añadir todas las otras falsedades acerca de las provisiones y del vestido (vv. 12, 13), pues una mentira necesita de otra para poder sostenerse por algún tiempo, y la segunda mentira necesita de otra tercera, y así sucesivamente. Sin embargo: (B) Su fe y su prudencia son dignas de recomendación, más aún que la astucia del mayordomo infiel, del que el Señor dijo que se había comportado con sagacidad (Lc. 16:8. Aunque fue su jefe el que alabó la sagacidad del mayordomo, Cristo la reconoció implícitamente, como puede verse por el contexto posterior. Nota del traductor). Al someterse a Israel, los gabaonitas se sometían implícitamente al Dios de Israel, lo cual comportaba la renuncia a los dioses que ellos adoraban. No esperaron a que Israel pusiese sitio a sus ciudades, porque entonces habría sido demasiado tarde para firmar una capitulación, sino que propusieron condiciones de paz cuando aún se hallaban a cierta distancia de tiempo y lugar.
3. Por aquí vemos, en aplicación espiritual, que el modo de evitar el juicio y la condenación es salir al encuentro del juez con humildad y arrepentimiento. Imitemos en esto a estos gabaonitas y busquemos la paz con Dios vestidos de los harapos de nuestra miseria con humillación, mortificación y santo pesar, de forma que nuestra iniquidad no nos llegue a arruinar. Hagámonos siervos de nuestro Josué, el Señor Jesús, y hagamos pacto con Él y con los suyos, para que tengamos vida.
Versículos 15–21
I. La conclusión rápida del tratado con los gabaonitas (v. 15). No se guardaron muchas formalidades, sino que en breve: 1. Israel acordó dejarles con vida, pues los gabaonitas no pedían más. 2. El acuerdo se llevó a cabo no sólo por Josué, sino también por los príncipes de la congregación en unión con él. 3. Fue ratificado mediante juramento; les juraron, no por los dioses de Canaán, sino únicamente por el Dios de Israel (v. 19). 4. El pecado de Josué y de los príncipes de Israel no estuvo precisamente en la forma rápida de concertar el pacto, sino en que lo hicieron sin consultar el oráculo de Jehová (v. 14). Hicieron uso de sus sentidos, pero no de su razón al aceptar las provisiones de los gabaonitas. Nótese que cualquier cosa que emprendamos sin buscar antes el rostro y la voluntad del Señor por medio de la oración, no podemos esperar que tenga buenos resultados.
II. Pronto se descubrió el fraude mediante el que se había firmado el pacto. La lengua mentirosa sirve sólo para un momento, y la verdad es hija del tiempo. Pasados tres días, hallaron, con gran sorpresa por su parte, que las ciudades de las que estos hombres habían venido como embajadores estaban muy cerca, sólo el camino de una noche desde el campamento de Guilgal (10:9).
III. El disgusto de la congregación ante este descubrimiento. Se sometieron, es cierto, a las obligaciones que el contrato les había impuesto, y no atacaron a las ciudades de los gabaonitas, ni mataron a las personas ni saquearon sus bienes, pero les molestó grandemente verse con las manos atadas de esta manera. Y toda la congregación murmuraba contra los príncipes (v. 18).
IV. El prudente esfuerzo de los príncipes por apaciguar a la descontenta congregación dispuso, sin duda, al pueblo a dar su aprobación.
1. Resolvieron, pues, perdonar la vida a los gabaonitas, pues así les habían jurado que les dejarían con vida (v. 15). En efecto: (A) El juramento era legítimo. (B) Siendo legítimo el juramento, tanto los príncipes como el pueblo del que habían actuado como delegados quedaron obligados a guardarlo, obligados a conciencia, obligados por el honor del Dios de Israel por quien lo habían jurado, nombre que habría sido blasfemado por los cananeos si los israelitas hubiesen quebrantado el juramento. Los príncipes tenían que guardar su palabra: (a) aunque fuera con perjuicio suyo, porque un ciudadano de Sion, aun jurando en daño suyo, no por eso cambia (Sal. 15:4). (b) Aun cuando el pueblo no se sentía satisfecho y su descontento podía haber acabado en un motín, los príncipes no podían violar el pacto hecho con los de Gabaón. No debemos ser llevados, por miedo a las autoridades o a las masas, a cometer algo pecaminoso y obrar contra nuestra conciencia. (c) Aunque habían sido inducidos a este pacto mediante fraude, y habría parecido esto una buena excusa para tenerlo por nulo, se mantuvieron firmes en él. Esto debe convencernos a todos de cuán religiosamente debemos cumplir nuestras promesas y tener por buenos nuestros acuerdos, así como la obligación que tenemos en conciencia de guardar nuestra palabra una vez
que la hemos dado. Si un pacto obtenido mediante tantos engaños y mentiras no pudo ser quebrantado, ¿cómo podremos excusarnos de cumplir los que hemos hecho con toda honestidad posible?
2. Aunque les perdonaron la vida, les quitaron la libertad y los sentenciaron a ser leñadores y aguadores para toda la congregación (v. 21). Con este arreglo quedó apaciguada la descontenta congregación.
Versículos 22–27
Queda zanjado el asunto entre Josué y los gabaonitas.
I. Josué les reprende por el fraude (v. 22). Y ellos se excusan lo mejor que pueden (v. 24) y, por lo que parece, ambos bandos quedan satisfechos. 1. Josué les reprocha suavemente: ¿Por qué nos habéis engañado? 2. Ellos ponen como excusa la consideración de que la soberanía de Dios es irrefutable, su justicia es inflexible y su poder es irresistible; por lo que habían resuelto intentar saber cuál era su misericordia, y habían hallado que no habían confiado en vano en ella. No tratan de justificar su mentira, sino que, en realidad, piden perdón por ella, y apelan a que lo habían hecho únicamente para salvar la vida.
II. Josué los condena a servidumbre, como castigo por el fraude (v. 23), y ellos se someten de buen grado a la sentencia (v. 25).
1. Josué los declara esclavos a perpetuidad. Obsérvese la forma en que se les pronuncia la sentencia: (A) Su servidumbre es definida como maldición. (B) Con todo esta maldición se torna bendición; aunque van a ser siervos lo serán para la casa de Dios (v. 23). Los príncipes querían tenerlos como esclavos para toda la congregación (v. 21), pero Josué mitigó la sentencia, tanto por honor a Dios como por favor a los gabaonitas. Incluso el trabajo servil se torna honroso cuando se lleva a cabo por la casa de nuestro Dios. (a) Quedarían así excluidos de los privilegios y de las libertades propias de los israelitas de nacimiento. (b) Quedaban encargados de servicios que exigirían su asistencia personal cerca del altar de Jehová en el lugar que Jehová eligiese (v. 27), lo cual les conduciría al conocimiento de la ley de Dios. (c) Esto sería una gran ventaja para los sacerdotes y los levitas, pues tendrían a su servicio a estos hombres forzudos que les asistirían constantemente en los oficios de aportar leña y agua para las funciones del santuario. Era grande la cantidad de leña cortada que se necesitaba como combustible para la casa de Dios, así como la de agua que había de usarse para los muchos lavamientos que la ley prescribía. (d) De esta forma servían igualmente a la congregación, porque todo lo que promueve y exalta el culto a Dios es un gran servicio a la comunidad. Los gabaonitas son llamados más tarde nethinim, hombres dados como asistentes a los levitas del mismo modo que los levitas habían sido dados a los sacerdotes (Nm. 3:9) para asistirles en el servicio de Dios. (e) Esto puede considerarse como tipo de la futura admisión de los gentiles en la Iglesia.
2. Ellos se sometieron a esta condición (v. 25): Lo que te pareciere bueno y recto hacer de nosotros, hazlo. Con esto el asunto se dio por acabado. Y de este modo los esclavos de Israel fueron libertos de Dios, puesto que el ínfimo servicio a Dios es honorable libertad, y es una obra que comporta su propia recompensa. De modo semejante, sometámonos al Señor Jesús y dediquémosle nuestra vida. Si Él decide que llevemos su cruz y pongamos el cuello bajo su yugo para servirle en su altar, esto no será después para nosotros motivo de vergüenza ni de pesar.
En este capítulo tenemos un relato de la conquista de los reinos de la parte sur del país de Canaán, así como en el próximo capítulo tendremos el relato de la conquista de la parte norte. Ahora se nos refiere: I. La derrota de los enemigos en el campo de batalla en la cual es de observar: 1. La confederación contra los gabaonitas (vv. 1–5). 2. La petición de socorro de los gabaonitas a Josué (v. 6). 3. La rápida marcha de Josué, bajo la protección de Dios, para prestarles auxilio (vv. 7–9). 4. La derrota de los reyes confederados (vv. 10, 11). 5. La milagrosa prolongación del día en favor de los conquistadores (vv. 12–
14). II. La ejecución de los reyes que habían escapado de la batalla (vv. 15–27). III. La toma de las ciudades y la total destrucción de cuanto fue hallado en ellas: Maqueda (v. 28) Libná (vv. 29–30), Laquís (vv. 31–32) y el rey de Guézer que intentó librarla (v. 33), Eglón (vv. 34–35), Hebrón (vv. 36–37) y Debir (vv. 38–39), y la caída de toda esta parte del país en manos de Israel (vv. 40–42). Finalmente, el regreso del ejército a su cuartel general (v. 43).
Versículos 1–6
Josué y sus huestes se habían apoderado de Jericó mediante un milagro, de Hay mediante una estratagema y de Gabaón por rendición previa, y eso era todo. Es probable que hubiese entre los israelitas algunos más o menos impacientes que se quejasen de la lentitud de Josué y preguntasen por qué no se penetraba inmediatamente en el corazón del país, antes de que el enemigo pudiese reunir sus fuerzas. Quizá censuraban la prudencia de Josué, teniéndola por apatía, cobardía o falta de ánimo. Pero Canaán no había de ser conquistado en un día, sino que los cananeos habían de ser expulsados poco a poco (Éx. 23:30). Además, Josué esperaba a que los cananeos tomasen la ofensiva. Después que Israel aguardó por algún tiempo la ocasión de presentar batalla a los cananeos, éstos le ofrecieron en bandeja la oportunidad.
I. Cinco reyes se confederaron contra los gabaonitas. Adonisedec, rey de Jerusalén, fue el primer promotor de esta confederación. Por lo que se ve, era un malvado, un implacable enemigo de la posteridad de aquel Abraham de quien su predecesor Melquisedec había sido tan fiel amigo. Subid a mí—dice—y ayudadme, y combatamos a Gabaón. El motivo para ello pudo ser: 1. Político, esto es, hacerse con la ciudad, ya que era un fuerte bastión y de gran importancia para el país en cuyas manos cayese; o 2. Pasional, es decir, para castigar implacablemente a los gabaonitas por haber hecho las paces con Josué, pues podía acusarles de haber traicionado los intereses de toda la comarca.
II. Los gabaonitas enviaron a Josué recado del peligro en que se hallaban (v. 6), pues consideraban que Josué estaba obligado a prestarles auxilio: 1. En conciencia, por ser sus servidores. 2. Por honor, ya que el motivo por el que les atacaban los enemigos era el respeto que habían mostrado a Israel. Cuando se coliguen contra nosotros nuestros enemigos espirituales y amenacen con tragarnos, acudamos en fe y oración a Cristo, nuestro Josué, para obtener fuerza y socorro, como lo hizo Pablo, y recibiremos la misma respuesta de paz: Bástate mi gracia (2 Co. 12:8, 9).
Versículos 7–14
I. Josué decide socorrer a los gabaonitas y Dios le anima en esta decisión. 1. Subió desde Guilgal (v. 7), determinado a socorrer a Gabaón. Sabía que al haber ellos abrazado la fe y el culto al Dios de Israel, habían venido a cobijarse bajo la sombra de sus alas (Rut 2:12) y, por tanto, como a siervos suyos, él se había obligado a protegerles. 2. Dios animó a Josué en esta empresa (v. 8): No tengas temor de ellos; es decir: (A) «No dudes de la bondad de tu causa ni de la claridad de tu llamamiento». (B) «No temas el poder del enemigo; porque yo los he entregado en tu mano …»
II. Josué se dispone a ejecutar su decisión, y Dios le ayuda en la ejecución de su propósito.
1. La gran habilidad de Josué y el poder de Dios que obra eficazmente para derrotar al enemigo. En esta acción Josué mostró su buena voluntad en la prisa que se dio para socorrer a Gabaón (v. 9).
Ahora que la cosa estaba madura para llevarla a cabo, nadie estaba tan presto como Josué, aunque antes pareciese lento. Marchó durante toda la noche, decidido a no dar descanso a sus ojos ni sopor a sus párpados hasta haber llevado a cabo su empresa. Aprendan aquí los soldados de Cristo a sufrir dificultades en el seguimiento de su Señor, y a no tenerse por maltrechos si su fidelidad al Maestro les exige de cuando en cuando perder el sueño de una noche; ya tendrán tiempo suficiente para descansar cuando lleguen al Cielo. Pero ¿por qué tenía que ponerse Josué a sí mismo y a sus hombres en tal aprieto? ¿No le había prometido Dios que, sin falta, había de entregar a los enemigos en su mano? Cierto que lo había prometido, pero las promesas de Dios no están para hacernos holgazanes, sino esforzados. Y Jehová los llenó de consternación delante de Israel. Israel hizo lo que pudo, pero Dios llevó a cabo la victoria.
2. La gran fe de Josué, y el poder de Dios hace al coronar la fe de Josué con el estupendo milagro de detener la marcha del sol, hace así que se prolongase el día de la victoria de Israel hasta la total derrota del enemigo. Las piedras de granizo no caían de un lugar más alto que las nubes, pero, para mostrar que el auxilio le venía a Josué de un lugar más alto, el sol mismo, que con su constante moción presta sus servicios a la tierra entera, se detuvo en esta ocasión para hacer un favor especial a los israelitas. El sol y la luna se pararon en su lugar, a la luz de tus saetas que volaban (Hab. 3:11).
(A) Vemos que: (a) Fue grandiosa en los labios de Josué la frase: Sol, detente. Su antepasado José había soñado que el sol y la luna le prestaban homenaje; pero ¿quién habría de pensar que, tras haberse cumplido en sentido figurado, se había de cumplir a la letra después en uno de su posteridad? Manda al sol que se detenga en Gabaón, el lugar de la acción bélica, y da a entender que lo que intentaba con esta petición era que Israel cobrase ventaja sobre sus enemigos.
(B) La maravillosa respuesta a la petición de Josué. Tan pronto como Josué pronunció la frase, el sol se detuvo, etc. (v. 13). ¿Cómo se realizó el fenómeno? El Dr. Ryrie (nota del traductor) resume así las distintas opiniones: «Las opiniones acerca de este fenómeno se dividen en dos clases. La primera sostiene que hubo una suspensión o un retraso de la rotación normal de la Tierra, de forma que hubiese ciertas horas (12 o 24) extra en la duración de aquel día. Dios obró así a fin de que las fuerzas de Josué pudiesen completar su victoria antes de que el enemigo tuviese una noche para descansar y reagrupar sus fuerzas. El hebreo para “se detuvo” (v. 13) es un verbo en movimiento, e indica un retraso o paro de la rotación de la Tierra en torno a su eje (lo cual no impediría el movimiento de traslación de la Tierra en torno al Sol). El versículo 14 indica que éste fue un día único en la historia del mundo. La segunda clase incluye opiniones que niegan toda forma de irregularidad en la rotación de la Tierra. Una de estas opiniones fundamenta la prolongación de la luz del día por medio de una singular refracción de los rayos solares, con lo que habría más horas de luz solar, pero no más horas del día. Otra opinión supone que consistió en prolongar la luz crepuscular para aliviar a los hombres de Josué de los ardientes rayos de un sol estival, mediante el envío de una tormenta de granizo, cosa desacostumbrada en verano. Esta opinión entiende el “se detuvo” del versículo 13 en sentido de “se estuvo quieto”, o “cesó” lo que indicaría así que el Sol quedó arropado por las nubes de la tormenta sin que se añadiesen horas extra al día». A veces Dios completa en un solo día la salvación de su pueblo, como si fuese labor de un día. Se nos dice que esto quedó escrito en el libro de Jaser, una especie de colección de poemas oficiales, de los que nos fue preservado precisamente el que se compuso con este motivo. El sol, que es como el ojo del mundo, tuvo que detenerse por algunas horas (según antigua opinión. Nota del traductor) sobre Gabaón, y la luna sobre el valle de Ajalón, como para contemplar las maravillas de Dios en favor de Israel y, de este modo, hacer que los hijos de Israel mirasen en aquella dirección para saber el prodigio que había acontecido en el país (2 Cr. 32:31). También quería convencer y confundir a esos idólatras que adoraban al sol y a la luna y les rendían honores divinos, demostrándoles que estaban sujetos al mandato del Dios de Israel. También significaba este milagro que, en los días postreros, cuando la luz del mundo tendía a ser una noche de oscuridad, el Sol de justicia, nuestro Josué, había de levantarse (Mal. 4:2) para vencer a los poderes de las tinieblas y ser la luz verdadera que alumbra a todo hombre (Jn. 1:9).
Versículos 15–27
Los cinco reyes fueron completamente derrotados. Y Josué pensaría, tras la misión cumplida, que podía volver con sus fuerzas al campamento, pero pronto se da cuenta de que tiene otra tarea delante de él. Hay que perseguir a los fugitivos, para repartir los despojos.
I. Había que perseguir a las fuerzas que se habían dispersado. Josué da instrucciones a sus hombres para que persigan a los soldados enemigos e impedir así que escapen hasta sus guarniciones. El resultado de esta vigorosa persecución fue: 1. Que se llevó a cabo una gran matanza de los enemigos de Dios y de Israel. 2. El campo fue despejado de enemigos, quedando sólo los que estaban dentro de las ciudades fortificadas (v. 20). 3. Y nadie osó hablar contra los hijos de Israel (v. 21). Esta frase da a entender: (A) La perfecta seguridad y paz en que quedaron los hijos de Israel, pues después de aquella victoria se vieron libres de amenaza exterior; no había peligro ni de que les ladrase un perro. (B) La perfecta reputación y el honor de que gozaron, pues nadie se atrevió a lanzarles ningún reproche ni a dirigirles ninguna mala palabra.
II. Los reyes que se habían escondido tienen que salir a rendir cuentas como rebeldes contra el Dios de Israel.
1. Cómo quedaron aprisionados. La cueva en la que se habían refugiado, y confía en que sería su refugio, se convirtió en su prisión, en la que quedaron encerrados hasta que Josué se sentó para pronunciar sentencia contra ellos (v. 18).
2. Cómo fueron destruidos. Josué ordenó que los sacasen de la cueva, y los pusiesen delante de él uno por uno (vv. 22, 23). Y ya fuese que los atasen y echasen al suelo, o que ellos mismos se postrasen para pedir clemencia, lo cierto es que Josué llamó a los principales de la gente de guerra y les mandó que pusiesen el pie sobre el cuello de los así postrados. La escena se antoja bárbara a primera vista, al insultar así a hombres caídos del pináculo de la gloria a la más miserable ignominia. Ciertamente no debería servir de precedente, pero ha de tenerse en cuenta que lo extraordinario del caso requería extraordinarias medidas:
(A) Por medio de este acto público de justicia, ejecutada sobre los jefes de una confederación inicua, quería Dios que su pueblo se penetrase de un profundo sentimiento de horror y detestación de los pecados de las naciones que Dios echaba delante de ellos, pecados que ellos se sentirían tentados a imitar.
(B) también quería dar por buena la promesa hecha por Moisés (Dt. 33:29): «Así que tus enemigos serán humillados, y tú hollarás sus alturas».
(C) Quería asimismo fortalecer y animar la fe y la esperanza de su pueblo Israel con relación a las guerras que todavía les esperaban. Por eso les dijo Josué: No temáis ni os atemoricéis (v. 25). Como si dijese: (a) «No temáis estas cosas, ni ninguna otra cosa de ellos». (b) «No temáis a otros reyes cualesquiera, que puedan en algún momento confederarse contra vosotros, pues veis aquí tan humillados a los que teníais por tan temibles».
(D) Finalmente, quería ofrecernos así un tipo y una figura de las victorias de Cristo sobre los poderes de las tinieblas, y de las victorias de los creyentes por medio de Él. Todos los enemigos del Redentor serán puestos un día por escabel de sus pies (Sal. 110:1). Tarde o temprano veremos todas las cosas puestas bajo sus pies (He. 2:8), y la exhibición pública de triunfo sobre los principados y las potestades (Col. 2:15).
3. Cómo fue cumplida en ellos la sentencia de muerte. Josué los hirió a espada y colgó sus cadáveres en sendos árboles hasta caer la tarde. Y antes de que se pusiese el sol fueron descolgados y arrojados en la cueva donde se habían escondido (vv. 26, 27). Si estos cinco reyes se hubiesen humillado a tiempo y hubieran pedido paz en lugar de guerra, habrían podido salvar la vida.
Versículos 28–43
I. Relato del modo como Josué se adueñó rápidamente de varias ciudades: 1. Las ciudades de tres de los reyes a quienes había derrotado en el campo de batalla fueron ocupadas por él: Laquís (vv. 31, 32), Eglón (vv. 34, 35) y Hebrón (vv. 36, 37). Las otras dos, Jerusalén y Jarmut, no fueron tomadas en este tiempo. 2. También se apoderó de otras tres ciudades de rango regio: Maqueda (v. 28), Libná (vv. 29, 30) y Debir (vv. 38, 39). 3. Horam, rey de Guézer, que había venido con sus fuerzas para librar a Laquís, fue destruido con todo su pueblo hasta no quedar ningún superviviente (v. 33).
II. La región que cayó ahora en manos de Israel (vv. 40–42) estaba ubicada al sur de Jerusalén y cayó más tarde en suerte, en su mayor parte, a la tribu de Judá.
1. La gran rapidez con que se adueñó Josué de estas ciudades.
2. La gran severidad con que trató a los pueblos conquistados. No dio cuartel a hombre, mujer o niño, sino que pasó a filo de espada todo lo que tenía vida, y sin dejar nada (vv. 28, 30, 32, 35, 40, etc.). Con esto quería Dios: (A) Manifestar su rechazo a las idolatrías y las otras abominaciones de las que habían sido culpables los cananeos. (B) Mostrar su gran amor hacia su pueblo Israel.
3. El gran éxito de esta expedición. El Señor, Jehová el Dios de Israel peleaba por Israel (v. 42). Ellos no habrían podido obtener la victoria si Dios no hubiese tomado por su cuenta la batalla.
En este capítulo se continúa y se concluye el relato de la conquista de Canaán. I. La confederación de los reinos del norte contra Israel (vv. 1–5). II. El ánimo que Dios dio a Josué para que los venciese (v. 6). III. La consecución de dicha victoria (vv. 7–9). IV. La toma de las ciudades de dichos reinos (vv. 10–15). V. La destrucción de los anaceos (vv. 21–22). VI. La conclusión general de la historia de estas guerras de Canaán (vv. 16–20, 23).
Versículos 1–9
Entramos ahora en el relato de otra campaña que Josué llevó a cabo. En lo tocante a milagros, fue inferior a la otra en gloria. Las maravillas y portentos que Dios había llevado a cabo anteriormente, tenían por objetivo animar a los israelitas a que actuasen con valor. De modo semejante, la guerra contra el reino de Satanás mediante la predicación del Evangelio, fue comenzada con acompañamiento de muchos milagros; pero, una vez que se demostró suficientemente que era una guerra de Dios, los ministros o agentes de ella son dejados en manos de la gracia divina ordinaria, en el uso de la espada del Espíritu y no han de esperar súbitas tormentas de granizo ni retraso del sol en su carrera. En este relato tenemos:
I. Los cananeos toman la iniciativa en la agresión contra Israel. Los pecadores atraen la ruina sobre su propia cabeza, de forma que Dios es justificado cuando habla, y ellos no pueden echar la culpa a otro que a sí mismos. Aquí vemos que: 1. Varias naciones se unen en esta confederación; unas, en las montañas; otras, en el llano (v. 2). Se unen contra Israel como contra un enemigo común. Así es como los hijos de este siglo son más unidos y, por tanto, más sabios, que los hijos de la luz. La unanimidad de los enemigos de la Iglesia debería avergonzar a los amigos de la Iglesia para que se dejasen de discordias y divisiones y se esforzaran por ser unánimes. 2. El jefe de esta confederación era Jabín rey de Hazor (v. 1). Cuando hubieron reunido todas sus fuerzas formaban un gran ejército; también tenían muchos caballos y carros de combate, lo cual no hallamos que tuvieran los reyes del sur.
II. El ánimo que Dios dio a Josué para que se dispusiese a la batalla (v. 6): No tengas temor de ellos. Josué era notable por su valentía—era una de sus principales cualidades—; con todo, parece ser que necesitaba ser animado una y otra vez a no tener miedo. Para animarle: 1. Dios le asegura el éxito y fija la hora: Mañana a esta hora. 2. Le indica lo que podrá y deberá hacer: Desjarretarás sus caballos, y sus carros quemarás a fuego, no sólo para que Israel no los use después, sino también para que no los teman ahora. Israel debe considerar los carros enemigos como si fuesen madera podrida que sólo sirve para el fuego, y sus caballos de guerra como animales inválidos, inútiles para tirar de una carreta.
III. La marcha de Josué contra estas fuerzas confederadas (v. 7). Vino de improviso contra ellos, y los sorprendió en sus propios cuarteles.
IV. Su éxito (v. 8). Obtuvo el honor y el beneficio de una completa victoria; los persiguió y los hirió hasta acabar con ellos, hasta que no les quedó ninguno.
V. Su obediencia a las órdenes que se le habían dado de destruir caballos y carros (v. 9), lo cual era ejemplo del afán que tenía por inducir al pueblo a confiar únicamente en Dios quitándoles lo que podría haberles tentado a confiar más de la cuenta en medios materiales. Esto era como cortarse la mano derecha cuando ésta nos sirve de tropiezo.
Versículos 10–14
Tenemos el mismo aprovechamiento de la victoria que vimos en el capítulo anterior. 1. Se nos ofrece con particular detalle la destrucción de Hazor, porque fue allí, por iniciativa de su rey, donde se fraguó esa atrevida campaña contra Israel (vv. 10–11). 2. Del resto de las ciudades de aquella parte del país se dice solamente, en general, que Josué las tomó todas, pero no las quemó como hizo con Hazor, pues Israel había de habitar en ciudades grandes y buenas que no había edificado (Dt. 6:10), como eran éstas que fueron dejadas intactas.
Versículos 15–23
Ahora tenemos la conclusión de todo este asunto.
I. Se nos refiere brevemente en cuatro cosas lo que se llevó a cabo:
1. La obstinación de los cananeos en su oposición contra los israelitas. Se da a entender que otras ciudades habrían podido llegar a términos ventajosos, incluso sin venir con vestidos y calzados andrajosos, si se hubiesen humillado a pedir paz, pero nunca desearon condiciones de paz. Para castigarles por sus muchas iniquidades, Dios les abandonó a su insensatez, para que fuesen enemigos de Israel, en lugar de que Israel los tuviese por amigos.
2. La constancia de los israelitas en proseguir esta guerra (v. 18): Por mucho tiempo tuvo guerra Josué con estos reyes. Algunos piensan que fue por un tiempo de cinco años; otros opinan que se necesitaron siete años para subyugar a todo el país.
3. La destrucción final de los anaceos (vv. 21, 22). Esto se llevó a cabo ya fuese porque les saliesen al encuentro en los lugares donde estaban dispersos, como piensan algunos, o más bien, como opinan otros, porque fueron cazados en las fortalezas en que se habían refugiado, y fueron destruidos después del resto de los enemigos de Israel. Las montañas de Judá y de Israel eran la morada de estos hombres gigantescos; pero ni su estatura, ni la solidez de sus refugios, ni la dificultad de los lugares de paso hasta donde ellos se encontraban, pudo preservar de la espada de Josué a estos gigantes. Se menciona de un modo especial esta destrucción de los hijos de Anac porque habían aterrorizado a los espías cuarenta años antes, y además sus ventajas físicas, su estatura y su fuerza extraordinarias parecían un obstáculo insuperable para la conquista del país de Canaán (Nm. 13:28, 33). Los gigantes no son otra cosa que pigmeos para el Todopoderoso; con todo, la lucha con estos anaceos fue reservada para la última etapa de la guerra, cuando los israelitas se habían hecho más expertos en las artes de guerrear y habían tenido más y mejor experiencia del poder y de la bondad de Dios. Nótese que, muchas veces, Dios reserva a sus hijos las pruebas más duras, de aflicciones y tentaciones, para los últimos días de su vida. La muerte, ese tremendo engendro de Anac, es el último enemigo al que hay que hacer frente, pero también será destruida (1 Co. 15:26).
4. El fin y el resultado de esta larga guerra: Josué tomó toda aquella tierra, etc. (vv. 16, 17). Y hemos de suponer que los israelitas se distribuyeron, con sus familias, por las regiones conquistadas, al menos por las más cercanas al cuartel general en Guilgal.
II. Lo que ahora se había llevado a cabo es comparado con lo que había sido dicho a Moisés. Se hace referencia, al final del relato, de que: 1. Todos los preceptos que Dios había dado a Moisés con respecto a la conquista de Canaán fueron obedecidos por los hijos de Israel, al menos mientras vivió Josué. Josué mismo era un gran jefe; pero, con todo, lo más digno de alabanza en él fue su obediencia. En su celo por Jehová, Josué no perdonó ni a los ídolos ni a los idólatras. La desobediencia de Saúl, o, más bien, su obediencia parcial al mandato de Dios de destruir totalmente a los amalecitas, le costó el reino. 2. Todas las promesas que hizo Dios a Moisés con respecto a esta conquista fueron cumplidas de su parte (v. 23). Dios había prometido echar de delante de ellos a todas las naciones del país (Éx. 33:2; 34:11) y destruirlas y humillarlas delante de ellos (Dt. 9:3), y lo había cumplido ahora.
Este capítulo es un compendio de las conquistas de Israel. I. Sus conquistas bajo el mando de Moisés, al otro lado del Jordán (vv. 1–6). II. Sus conquistas bajo el mando de Josué, en este lado del Jordán. 1. Las regiones que subyugaron (vv. 7, 8). 2. Los reyes a los que derrotaron, treinta y uno en total (vv. 9–24). Y esto se refiere aquí como prefacio al relato del reparto de la tierra de Canaán, para poner juntamente todo aquello que iba a ser distribuido.
Versículos 1–6
Josué, o quienquiera fuese el historiador, antes de compendiar las conquistas recientes que Israel había realizado, recita en estos versículos las anteriores conquistas en tiempo de Moisés, bajo cuyo mando los israelitas se hicieron dueños de los grandes y poderosos reinos de Sehón y Og. Hay que confesar que los servicios y éxitos de Josué fueron grandes, pero los de Moisés no pueden pasarse por alto ni ser relegados al olvido.
1. Descripción de la región anteriormente conquistada (v. 1): Desde el arroyo de Arnón en el sur hasta el monte Hermón en el norte. En particular, hallamos aquí una descripción del reino de Sehón (vv. 2, 3) y del de Og (vv. 4, 5). Moisés había descrito esta región con mucho detalle (Dt. 2:36, 3:4, etc.), y la descripción que aquí se nos ofrece concuerda con la suya. Se nos dice que el rey Og vivía en Astarot y en Edreí (v. 4), probablemente porque ambas ciudades eran regias; es decir, tenía palacio en las dos. Pero Israel le arrebató las dos ciudades y deparó un solo sepulcro a quien no se contentaba con un solo palacio.
2. Distribución de esta región. Moisés la había asignado a las dos tribus y media, a petición de ellas, dividiéndola entre ellas (v. 6), de lo que hallamos un detallado relato en Números 32. Se menciona aquí la división de la región cuando fue conquistada por Moisés, como ejemplo para Josué de lo que él debe hacer ahora que ha conquistado la región de este otro lado del Jordán. Moisés, en su tiempo, dio a una parte de Israel una comarca muy rica y fructífera, mas fue al otro lado del Jordán; pero Josué dio a todo Israel la tierra santa, la montaña del santuario de Dios, de este lado del Jordán.
Versículos 7–24
Compendio de las conquistas de Josué.
I. Los límites de la región que conquistó. La comarca limita con el Jordán por el este, y con el mar Mediterráneo por el oeste, extendiéndose desde Baal-gad, cerca del Líbano, al norte, hasta Halac, asentado sobre el país de Edom en el sur (v. 7). Estas fronteras se describen con más detalle en Números 34:2 y siguientes. Dios había quedado tan bueno como su palabra, y les había dado posesión de todo cuanto les había prometido por medio de Moisés.
II. Las diversas clases de suelo que se hallaron en esta región, lo cual contribuía grandemente tanto a su belleza como a su fertilidad (v. 8). Había montañas, pero no eran montes escarpados, rocosos, estériles, sino collados fértiles, de los que dan el fruto más fino (Dt. 33:15). Tampoco los valles eran musgosos ni pantanosos, sino cubiertos de mieses (Sal. 65:13). Había llanuras campestres y fuentes para regarlas; pero incluso en tierras tan ricas había desiertos o, más bien, bosques densos sin población.
III. Los diversos grupos étnicos que habían habitado en este país—heteos, amorreos, cananeos, etc.—, todos los cuales descendían de Canaán, el maldecido hijo de Cam (Gn. 10:15–18). Se habla de ellos como de siete naciones (Dt. 7:1), pero aquí se mencionan sólo seis, al ser eliminados (o quizá perdido) los gergeseos, aunque los hallamos en Gn. 10:16 y 15:21. Ya sea que fuesen incorporados a alguna de las otras naciones aquí enumeradas o que, según una tradición judía, ante el avance de Josué y de los israelitas bajo su mando, se retirasen al África, lo cierto es que no se nos habla de ellos en este lugar.
IV. Lista de los reyes que fueron derrotados y subyugados por la espada de Israel; los reyes de Jericó y Hay, el rey de Jerusalén y los príncipes del sur que entraron en coalición con él, y después los de la confederación del norte. Esto muestra cuán fértil era esta región de Canaán para poder mantener a tantos reinos.
En este capítulo comienza el relato de la distribución de la tierra de Canaán, por suertes, entre las tribus de Israel. La preservación del reparto llevado entonces a cabo había de ser muy útil para la nación judía, pues quedaban obligados por la ley a guardar esta distribución para evitar transferencias de propiedad de una tribu a otra (Nm. 36:9). También nos es útil a nosotros para la explicación de otros pasajes de la Escritura, pues los expertos saben cuánta luz arroja sobre la historia de un país la descripción
geográfica de dicho país. En este capítulo: I. Dios le informa a Josué de la tierra que queda todavía por conquistar (de la que le había sido prometida a Israel) en el país de Canaán (vv. 1–6). II. No obstante, le ordena proceder al reparto de la ya conquistada (v. 7). III. Para completar la narración, se nos repite la distribución que Moisés había llevado a cabo en el otro lado del Jordán; primero, en general (vv. 8–14); después, en particular: lo que le cayó en suerte a Rubén (vv. 15–23), a Gad (vv. 24–28) y a la media tribu de Manasés (vv. 29–33).
Versículos 1–6
I. Dios le recuerda a Josué que se está volviendo viejo (v. 1).
1. Se nos dice que era viejo, entrado en años. Él y Caleb eran los únicos viejos entre los muchos millares de Israel pues sólo ellos habían sobrevivido de entre los que fueron contados al pie del Sinaí. (Nota del traductor: M. Henry, como la mayoría de los comentaristas, no se percata de que aquel recuento al pie del Sinaí no incluye a los de la tribu de Leví. En efecto, Eleazar, hijo de Aarón, tenía más de treinta años cuando salieron de Egipto y lo encontramos con vida varios años después de la entrada en Canaán.) Josué no tenía en su ancianidad el mismo vigor que Moisés tenía a los 120 años de edad. No todos los que llegan a viejos conservan las mismas fuerzas y salud. 2. Dios le hace percatarse de esto: Tú eres ya viejo (v. 1). Se lo dice: (A) Como razón por la que no debía proseguir personalmente la conquista de Canaán. Así como él había entrado en las labores de Moisés, otros tenían que entrar ahora en las de él y seguir adelante con una empresa que sólo en el tiempo de David tendría perfecto acabamiento. (B) Como una razón por la que debía darse prisa a llevar a cabo la distribución del territorio conquistado. Esta tarea había de ser llevada a cabo, y pronto; puesto que él ya era viejo y entrado en años (entre los 90 y los 100) y, al parecer, no iba a vivir por mucho más tiempo, debía dedicar sus últimos días a este servicio para la gloria de Dios y el provecho de Israel.
II. Le hace un breve recuento de la tierra que queda por conquistar, tierra que había sido prometida a Israel y de la que habían de adueñarse a su debido tiempo, a no ser que quisieran levantar una barrera en sus propias puertas. Se mencionan aquí diversos lugares; algunos al sur, como la región de los filisteos, gobernada por cinco príncipes, y el territorio que da al nordeste de Egipto (vv. 2, 3); otros, en el lado occidental, de cara a los sidonios (v. 4); otros, de cara al oriente, como todo el Líbano (v. 5); otros, en fin, hacia el norte, como el que estaba en la entrada de Hamat (v. 5). El Dr. Ryrie hace notar que la mención de los filisteos aquí, en territorio cananeo, parece ser una especie de nota editorial para llamar la atención de que era allí donde habían de establecerse, andando el tiempo, los filisteos.
III. Dios le promete hacer a los israelitas dueños de todas esas regiones que están todavía sin conquistar (v. 6): Yo los arrojaré de delante de los hijos de Israel. Esta promesa de arrojarlos de delante de Israel supone como condición necesaria que los hijos de Israel han de dedicarse a extirpar de sus límites a dichas naciones, y no permitir que queden dentro de su territorio; de lo contrario, no podía decirse que los arrojaba de delante de ellos. Si, más tarde, ya fuese por pereza o por cobardía, Israel no proseguía la tarea de extirparlos, sino que los dejaba en paz, no podían culpar de ello a Dios, sino a sí mismos, de que no fueran arrojados de delante de ellos. Nótese cómo une el Apóstol Pablo los dos conceptos básicos de la soberanía de Dios y de la responsabilidad humana cuando escribe a los fieles de Filipos (Fil. 2:12–13): «… procurad vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros opera tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad». Dios obra por medio de nosotros lo que obra en nosotros.
Versículos 7–33
I. Dios da orden a Josué de que asigne a cada tribu la porción que le corresponde en el país, incluido lo que queda por conquistar.
1. La tierra ha de ser distribuida entre las distintas tribus; no siempre han de vivir en común, como lo han hecho hasta ahora.
2. La tierra debe ser distribuida como heredad, aunque ha sido adquirida por medio de conquista. (A) La promesa de darles la tierra les ha llegado como una herencia de sus mayores, Ia tierra de la promesa pertenecía a los hijos de la promesa. (B) La posesión de la tierra había de ser transmitida a sus hijos igualmente por herencia.
3. No había de ser distribuida a capricho de Josué, aun cuando era un hombre prudente, justo y bueno, sino que había de hacerse echando suertes, a fin de que todo el asunto fuese dejado en las manos de Dios. Pero Josué había de tener el honor de ejecutar la distribución de lo que Dios determinase: (A) Porque él había pasado por la fatiga de la conquista. (B) Para que fuese en esto tipo de Cristo, quien no sólo ha derrotado en nuestro favor las puertas del Infierno, sino que también nos ha abierto las puertas del Cielo y, al haber comprado la herencia eterna para todos los creyentes, nos pondrá a todos nosotros, a su debido tiempo, en posesión de ella.
II. Se nos refiere luego la distribución de la tierra del otro lado del Jordán entre los hijos de Rubén, los de Gad y de media tribu de Manasés.
1. Por qué se intercala aquí esta distribución. (A) Como una razón por la que el territorio de esta parte del Jordán ha de ser repartido entre nueve tribus y media, porque las otras dos tribus y media habían obtenido ya su lote. (B) Como un modelo de la forma en que Josué había de distribuir el resto de la tierra. (C) Como una exhortación a Josué, a fin de que se diese prisa en distribuir esta parte del territorio, para que, de este modo, a las otras nueve tribus y media no se les impidiese tomar posesión de la tierra por más tiempo del necesario, ya que sus hermanos de las otras dos tribus y media estaban ya establecidos cómodamente en las fértiles tierras del otro lado del Jordán.
2. Los detalles relevantes de esta narración:
(A) Se nos da aquí una descripción general de la región que había sido otorgada a las dos tribus y media: «la cual les dio Moisés … según se la dio Moisés …» (v. 8). La repetición implica la ratificación de la concesión, hecha por medio de Josué. (a) La fijación de las fronteras de esta parte del país, por las cuales quedaban separados de las demás naciones (vv. 9 y ss.). Israel debe saber cuáles son sus fronteras y guardarlas celosamente. (b) Una excepción, en cuanto a la posesión plena de la tierra por parte de Israel, a pesar de que les había sido concedida: los gesureos y los maacateos no fueron echados de allí (v. 13).
(B) Un relato muy detallado de las heredades correspondientes a las dos tribus y media. Se refiere con tanta minuciosidad a fin de que la posteridad, al leer esta narración, se sienta más impresionada por la bondad que Dios tuvo para con sus antepasados, y también para que, al estar tan puntualmente detallados en este registro los límites de cada tribu, se eviten más eficazmente las posibles disputas acerca de la propiedad.
(a) Nos refiere primero el lote que le cayó en suerte a la tribu de Rubén, el primogénito de Jacob, quien, a pesar de haber sido desposeído de la dignidad y del poder anejos a la primogenitura, parece ser que tuvo la ventaja de ser servido el primero. La separación de esta tribu de las demás, por el río Jordán, fue algo que Débora lamentó posteriormente, así como la preferencia que los rubenitas dieron a sus propios intereses sobre los comunes de la nación (Jue. 5:15, 16). Dentro de los límites de esta tribu caían Hesbón y Sibmá, famosas por sus fértiles campos y sus viñedos. Tanto esta tribu como la de Gad fueron terriblemente sacudidas por Hazael, rey de Siria (2 R. 10:33), y después fueron desalojadas y llevadas cautivas por el rey de Asiria, veinte años antes de la general cautividad de las diez tribus del reino del norte (1 Cr. 5:26).
(b) El lote o heredad asignada a la tribu de Gad (vv. 24–28). Cae al norte de la heredad correspondiente a la tribu de Rubén; en esta tribu estaba la comarca de Galaad, tan famosa por su bálsamo, y las ciudades de Jabés-Galaad y Ramot-Galaad, de las que tantas veces hallamos mención en la Escritura. Sucot y Penuel, mencionadas en la historia de Gedeón, estaban también en esta tribu así como Sarón, famosa por sus rosas. Dentro de los límites de está tribu vivían aquellos ganaderos que amaban a sus cerdos más que al Salvador, dignos de ser llamados gergeseos más bien que israelitas.
(c) La heredad de la media tribu de Manasés (vv. 29–31). Basán, el reino de Og, estaba dentro de esta tribu. Basán era famosa por sus encinas que proveían excelente madera, y por su ganado: los toros y los carneros de Basán. Esta tribu caía al norte de la de Gad, llegaba hasta el monte Hermón y abarcaba parte de la comarca de Galaad. Mizpá estaba en esta tribu, y entre los que fueron honra y ornamento de dicha tribu se cuentan Jefté, Elías y Jaír. En un extremo de la tribu estaba Corazín, que tuvo el honor de que en ella obrase el Señor Jesús grandes maravillas, pero fue arruinada por la justa maldición que el mismo
Señor pronunció sobre ella por no haber sacado provecho de los milagros y de las enseñanzas del Maestro.
(d) A la tribu de Leví no le dio Moisés heredad (vv. 14, 33), pues así lo había dispuesto Dios (Nm. 18:20). Sus lugares de residencia habían de ser esparcidos por todas las tribus, y su mantenimiento había de estar también a cargo de todas las tribus (Dt. 10:9; 18:2).
I. El método general que fue empleado en la división de la tierra (vv. 1–5). II. La demanda de Caleb de que se le diese Hebrón, según le había sido prometido; por ello, no había de entrar en suerte con el resto de la tierra (vv. 6–12). Josué se lo otorgó (vv. 13–15). Esto se llevó a cabo en Guilgal, que era todavía el cuartel general.
Versículos 1–5
El historiador nos cuenta ahora lo que se hizo de los territorios del país de Canaán. No se habían conquistado para dejarlos desiertos. En vano se habría conquistado la tierra si no hubiese de ser habitada. Pero nadie debía ocuparla a su capricho, sino que habían de seguirse las instrucciones que Dios había dado a Moisés para su distribución (Nm. 26:53, etc.).
I. Los agentes o albaceas de este gran asunto fueron Josué, en su calidad de primer magistrado; Eleazar, que era el sumo sacerdote, y diez príncipes, uno por cada tribu de las que iban a recibir ahora su heredad, y que habían sido nombrados con anterioridad por Dios mismo (Nm. 34:17 y ss.).
II. Las tribus entre las que había de ser distribuida esta parte del territorio eran nueve y media. No entraba en el reparto la tribu de Leví, cuya provisión no había de ser determinada de este modo pero José formaba dos tribus, Manasés y Efraín, conforme a la adopción de ellos por Jacob como si fuesen hijos suyos, con lo que el número de las tribus continuó siendo de doce, a pesar de no dar tierra a los hijos de la tribu de Leví (v. 4).
III. La forma de hacer el reparto fue a suertes (v. 2). Como leemos en Proverbios 16:33, las suertes se echan en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ellas. Se usó aquí este método en un asunto de mucho peso e importancia suma; de otro modo, no habría sido posible dar satisfacción a todos; además, se usó de una manera solemnemente religiosa como una apelación a Dios, con el consentimiento de todo el pueblo, a fin de que él tomase la decisión.
Versículos 6–15
Antes de echar las suertes en el regazo para determinar la porción correspondiente a cada tribu, le fue asignada a Caleb la que le pertenecía. Caleb era ahora, exceptuando a Josué, el hombre más viejo de todo Israel (recuérdese lo dicho arriba con respecto a Eleazar, etc. Nota del traductor), pues todos los que tenían de veinte años para arriba cuando él tenía cuarenta años habían muerto en el desierto. Era muy apropiado, pues, que este fénix de su tiempo tuviese algún honor especial en la distribución de la tierra.
I. Caleb presenta su petición o, más bien, hace su demanda de que se le entregue Hebrón como posesión suya (este monte, la llama en el v. 12), y que no se eche a suertes como el resto del país. Para justificar su demanda, muestra que hacía mucho que Dios, por medio de Moisés, se lo había prometido.
1. Para dar mayor fuerza a su petición: (A) Trae consigo a los hijos de Judá, es decir, a los cabezas y principales jefes de dicha tribu. (B) Apela a Josué mismo tocante a la verdad de las alegaciones sobre las que fundamenta su petición: Tú sabes … (v. 6).
2. En su petición, presenta:
(A) El testimonio de su conciencia en lo referente al asunto de los espías. (a) Que dio el informe de acuerdo con lo que había en su corazón, como lo hallamos en Números 13:30; 14:7–9. No lo hizo por agradar a Moisés ni por apaciguar al pueblo; mucho menos por afán de contradecir a los otros espías, sino por plena convicción de la verdad de su informe y por una fe inconmovible en la promesa de Dios. (b) Que, con esto, cumplió siguiendo a Jehová su Dios, por tanto, no era vanagloria de parte de él hablar de este modo, como no lo es para los hijos de Dios declarar humildemente que lo son ya que el Espíritu de Dios lo testifica junto con su propio espíritu (Ro. 8:16) y, por tanto, pueden declarar muy agradecidos al Señor, y para dar ánimo a otros, lo que Dios ha hecho por ellos. (c) Que obró así cuando todos sus demás hermanos y compañeros en aquel servicio, exceptuando a Josué, habían dado un mal informe.
(B) La experiencia que había tenido desde aquel día de la bondad de Dios para con él. (a) Que le fue preservada la vida en el desierto, no sólo entre los comunes peligros y fatigas de aquella tediosa marcha, sino cuando toda una entera generación de israelitas exceptuando a él y a Josué, había caído en el desierto de una forma u otra ¡con qué acentos de gratitud a la bondad de Dios para con él lo dice! (v. 10): Ahora bien (lit. Mira), Jehová me ha hecho vivir como Él dijo, estos cuarenta y cinco años, ¡treinta y ocho años en el yermo, a través de las plagas y peligros del desierto, y cinco años en Canaán, a través de los peligros de la guerra! Nótese que cuanto más tiempo vivamos, más agradecidos debemos estar a la bondad de Dios en conservarnos la vida, a sus cuidados en prolongarnos esta vida tan frágil, y a su paciencia en soportar lo mucho que le ofendemos a lo largo de nuestra vida. (b) Que todavía estaba en condiciones de luchar ahora en Canaán. Aunque tenía ochenta y cinco años, se sentía tan animoso y vigoroso como cuando tenía cuarenta (v. 11): Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió. Esto era fruto de la promesa de Dios, el cual siempre da más de lo que promete; cuando promete vida no sólo da vida, sino salud, fuerza y todo lo demás que hace que la vida prometida sea una bendición y un consuelo.
(C) La promesa que Dios le había hecho, por medio de Moisés, de que poseería este monte (v. 9). Éste era precisamente el lugar del que, más que de ningún otro sitio de Canaán, habían tomado los espías materia para su informe, pues fue aquí donde se encontraron con los hijos de Anac (Nm. 13:22), cuya vista tanto espantó a los otros espías (Nm. 13:33). Podemos suponer que Caleb, al observar el énfasis que ellos ponían en la dificultad de conquistar Hebrón, cuya guarnición era de gigantes, deseó valientemente que esa ciudad, considerada por ellos invencible, le fuese asignada a él por heredad, como si dijese: «Yo me encargaré de ella y si no puedo conquistarla para que sea mi heredad, me quedaré sin herencia». Escogió este lugar solamente porque era el más difícil de conquistar. Y, para mostrar que su ánimo no había decaído más que su cuerpo cuarenta años después se adhiere a la elección que había hecho entonces y conserva todavía el mismo estado de ánimo.
(D) La esperanza que tenía de hacerse con Hebrón, a pesar de que este monte estaba en poder de los hijos de Anac (v. 12): Si Jehová está conmigo, los echaré, como me prometió Jehová. Josué había conquistado ya la ciudad de Hebrón (10:37), pero el monte cercano, donde habitaban los hijos de Anac, estaba todavía sin conquistar. (a) Parece como si dudase de que Dios estaría con él (el hebreo dice: Quizás Jehová estará conmigo), pero no es que ponga en duda la palabra de Dios, sino que expresa el sentido de su propia indignidad, sin presunción por su parte. (b) En realidad, está completamente seguro de que así será, pues depende por completo de la soberanía y todosuficiencia de Dios quien puede fácilmente echar a los hijos de Anac de delante de él.
II. Josué le otorga lo que pide (v. 13): Josué entonces le bendijo, ensalzó su bravura, aplaudió su demanda y le concedió lo que pedía. Hebrón fue adjudicada a Caleb y a sus herederos (v. 14), por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel. Hebrón había sido la ciudad de Arbá, el mayor gigante entre los hijos de Anac (v. 15). En Génesis 23:2 es llamada Quiryat-Arbá, como sitio en que murió Sara. Por aquellos alrededores vivieron Abraham, Isaac y Jacob la mayor parte de su vida, y cerca de allí estaba la cueva de Macpelá, donde fueron sepultados. Quizá fue esto lo que llevó a Caleb a esta parte del país, cuando fueron a espiar, y le hizo desearla como heredad con preferencia a cualquier otra de aquel territorio. Fue después una de las ciudades asignadas a los sacerdotes (Jos. 21:23), y una de las ciudades de refugio (Jos. 20:7). Cuando estuvo en poder de Caleb se contentó con la comarca en torno de la ciudad y cedió gozoso la ciudad a los sacerdotes, ministros de Dios. Era ciudad regia y, en los comienzos del reinado de David, fue la metrópoli del reino de Judá; aquí es donde el pueblo acudía a él, y aquí es donde reinó por espacio de siete años.
En este capítulo se nos dan detalles de la heredad que correspondió a la tribu de Judá, la cual tuvo en esto, como en otras cosas la precedencia. I. Las fronteras de la heredad de Judá (vv. 1–12). II. La asignación particular de Hebrón y su comarca a Caleb y a su familia (vv. 13–19). III. Los nombres de varias ciudades que cayeron dentro de la heredad de Judá (vv. 20–63).
Versículos 1–12
Judá y José fueron los dos hijos de Jacob sobre los que recayó la primogenitura, al ser desposeído Rubén de ella. A Judá le correspondió el cetro, pero a José le tocó la doble porción del primogénito. Por eso, estas dos tribus fueron las primeras en ser asentadas; la de Judá, en la parte sur del país; y la de José, en la parte norteña.
En estos versículos vemos las fronteras de la heredad de Judá, que, como las demás, fue establecida conforme a sus familias (v. 1), esto es, de forma proporcional al número de sus familias. Esto da a entender que Josué y Eleazar, con los demás delegados, luego que dieron a cada tribu, por suertes, su heredad, subdividieron estas heredades para dar a cada familia su lote y, finalmente, a cada casa.
1. El límite oriental era siempre el mar Salado (v. 5), es decir, el mar Muerto.
2. El límite del lado sur era siempre el del país de Canaán en general, como puede verse comparando los vv. 1–4 con Números 34:3–5. Así pues, esta fuerte, numerosa y guerrera tribu de Judá quedaba constituida la guardiana de la frontera de todo el país por el lado que caía hacia sus más jurados enemigos, los edomitas.
3. La frontera del norte la separaba de la tribu de Benjamín. En este punto se hace mención de la piedra de Bohán, un rubenita (v. 6) que murió en el campamento de Guilgal y fue enterrado no lejos de esta piedra. También está cerca de esta frontera el valle de Acor (v. 7), para refrescar la memoria de los hombres de Judá acerca del desastre que Acán, un miembro de su tribu, causó a toda la congregación de Israel. Este límite septentrional llegaba tan cerca de Jerusalén, que incluía en la heredad de la tribu de Judá el monte Sion, pero no el monte Moria (donde se erigió el altar para el sacrificio de Isaac—Gn. 22—y donde se edificó el Templo), que con la mayor parte de la ciudad, correspondieron a la tribu de Benjamín.
4. El límite occidental llegó al principio (v. 12) hasta el Mediterráneo, pero la tribu de Dan tomó más tarde una buena parte de la heredad de Judá en ese lado.
Versículos 13–19
Parece ser que al historiador le agrada mencionar a Caleb siempre que tiene ocasión, porque Caleb había honrado a Dios.
I. Josué le cedió a Caleb, como ya vimos, el Hebrón como heredad para él y sus descendientes. Aquí se repite el relato de dicha cesión (v. 13).
II. Una vez que Caleb obtuvo esta cesión, se nos refiere:
1. Cómo dio a conocer su valentía en la conquista de Hebrón (v. 14): Echó de allí a los tres hijos de Anac. Es decir, los echó él y los que le asistían en esta lucha.
2. Cómo dio ánimos a los que estaban empeñados en la conquista de Debir (vv. 15 y ss.). Aunque Josué se había adueñado antes (10:39) de Debir ello había sido una operación parcial y como de paso, pues los cananeos habían vuelto a tomarla al no haber allí una guarnición permanente, por lo que se necesitó otra operación para conquistarla definitivamente. Por eso Caleb, una vez que se adueñó de Hebrón para sí y su familia, se interesó en la conquista de Debir, y mostró así que no miraba solamente por el interés suyo personal y de su familia, sino también por el bien de la comunidad.
3. La oferta que Caleb hizo de su hija como esposa, y con buena dote para cualquiera que se atreviese a tomar la ciudad. La familia de Caleb, no sólo era piadosa, sino también rica y honorable. Tomó la ciudad valientemente Otoniel (después juez en Israel), sobrino de Caleb y a quien éste tenía
probablemente en su pensamiento cuando hizo la oferta de su hija (v. 17). Así fue como Otoniel se casó con su prima hermana Acsá hija de Caleb. El historiador nos informa de la dote de Acsá. Su padre le cedió espontáneamente parte de la tierra, en el Néguev (v. 19). Pero era tierra de secano por lo que ella le pidió las fuentes de aguas, de arriba y de abajo, divididas por el río o torrente, hoy llamado Wad-el-Dilbeh, a unos 10 kilómetros al suroeste de Hebrón.
4. Esta petición la hizo Acsá cuando su padre la llevaba a la casa de su futuro marido. Ella se bajó del asno en señal de respeto a su padre. Estaba segura de que su padre no le negaría esta petición, ya que ella se casaba, no sólo con el consentimiento de su padre, sino también en obediencia a su mandato. Sólo le pide agua, ya que, sin ella, el terreno de poco le serviría. Por supuesto al pedirle fuentes de agua, quería decir terreno donde hubiese tales fuentes. Acsá obtuvo lo que pedía, y más de lo que pedía, pues su padre le concedió las de ambos lados del río.
5. De esta historia aprendemos que no se quebranta el décimo mandamiento por desear ordenadamente aquellas conveniencias materiales que pueden obtenerse de forma honesta y normal. Maridos y esposas deben aconsejarse mutuamente, y llegar a un acuerdo conjunto, sobre las materias que interesan al bien de la familia. Y los padres no han de pensar jamás que pierden aquello que conceden a sus hijos para lo que a éstos les conviene realmente.
Versículos 20–63
Lista de ciudades que tocaron en suerte a la tribu de Judá.
I. Dichas ciudades se nombran y se enumeran de distintas formas.
1. Algunas de ellas se hallaban en el extremo sur, hacia la frontera de Edom (vv. 21–32). Aparecen los nombres de 38 y, sin embargo, se nos dice que eran 29 (v. 32), por la sencilla razón de que nueve de ellas fueron transferidas posteriormente a la heredad de Simeón. 2. De otras se dice que estaban en las llanuras (v. 33), de éstas se dice que eran catorce (v. 36), aunque contamos quince. Lo más probable es que la última, Gederotaim, fuese simplemente una extensión, o dependencia, de Gederá. 3. Dieciséis más son enumeradas sin epígrafe alguno (vv. 37–41); y a continuación, nueve más (vv. 42–44). 4. Después, las tres ciudades de los filisteos: Ecrón Asdod y Gaza (vv. 45–47). 5. Finalmente, las ciudades en las montañas (vv. 48 y ss.).
II. Ciertos detalles son de notar aquí. 1. No hallamos Belén que fue después la ciudad de David, y ennoblecida más aún posteriormente con el nacimiento de nuestro Salvador. Pero esta ciudad era pequeña para ser contada entre las familias de Judá (Mi. 5:2), a pesar del gran honor que había de recibir. Cristo vino a dar honor a lugares que no tenían ningún honor que darle a Él. 2. De Jerusalén se nos dice que continuó en manos de los jebuseos (v. 63), porque los hijos de Judá no pudieron arrojarlos, debido a su pereza, estupidez e incredulidad. 3. Entre las ciudades de Judá (114 en total) encontramos Libná, que se sublevó en tiempo de Joram y, probablemente, se constituyó en ciudad independiente (2 R. 8:22). También hallamos Laquís, donde mataron al rey Amasías (2 R. 14:19). Ella fue la pionera de la idolatría en Judá: principio de pecado a la hija de Sion (Mi. 1:13). Muchas de estas ciudades son mencionadas en la narración de las aflicciones por las que hubo de pasar David: Zif, Siclag, Adulam, Keilá (o Queilá), Maón, Engadí.
En este capítulo y en el siguiente hallamos las heredades que correspondieron a las tribus de Efraín y Manasés, los hijos de José, quienes, junto a Judá, habían de tener los puestos de honor y, por ello, la primera y mejor porción al norte del país, así como Judá tenía la mejor porción en el sur. I. Un informe general de la heredad de ambas tribus en conjunto (vv. 1–4). II. Las fronteras de Efraín en particular (vv. 5–10), mientras que las de Manasés se nos detallan en el capítulo siguiente.
Versículos 1–4
Aunque José era uno de los más jóvenes entre los hijos de Jacob era el hijo querido de Jacob, por ser el mayor de los dos que le dio a luz su mujer preferida, Raquel. Por eso, la posteridad de José quedó muy favorecida en el reparto, pues les correspondió la heredad en el corazón mismo del país de Canaán. Por el este se extendía hasta el Jordán (v. 1); por el oeste, hasta el Mediterráneo. La fertilidad del suelo correspondía a las bendiciones pronunciadas por Jacob (Gn. 49:25, 26) y Moisés (Dt. 33:13 y ss.). Pero las porciones de Efraín y Manasés no se nos describen con tanto detalle como las de las otras tribus; sólo se mencionan las fronteras, pero no las ciudades.
Versículos 5–10
I. La descripción de la frontera de Efraín por la que quedaba separada de las tribus de Benjamín y Dan por el sur, y de la de Manasés por el norte. De este a oeste llegaba desde el Jordán hasta el mar Mediterráneo.
II. Se habla también de algunas ciudades que se apartaron, es decir, fueron reservadas, para los hijos de Efraín, aunque no caían dentro de sus fronteras, al menos si se tiraba una línea recta, sino que caían en territorio de Manasés (v. 9).
III. Se marca a los efrainitas con el reproche de que no expulsaron a los cananeos que habitaban en Guézer (v. 10), sino que los hicieron tributarios. Esto demuestra que obraron así llevados de la codicia, para aprovecharse del trabajo de estos cananeos; pero al tener que tratar con ellos por razón de los tributos se ponían en peligro de quedar infectados de su idolatría. Hay, sin embargo quienes opinan que, al ponerles bajo tributo, les obligaron a renunciar a sus ídolos. Samaria, edificada por Omrí después del incendio de su palacio en Tirsá (1 R. 16:24), estaba en esta tribu y fue por largo tiempo la capital del reino de las diez tribus del norte. No lejos de allí estaba Siquem, así como los montes Ebal y Guerizim, y Sicar cerca del pozo de Jacob, donde estuvo el Señor hablando con la samaritana. Se nos habla repetidas veces del monte Efraín en el libro de los Jueces, y de una ciudad llamada Efraín, es de suponer dentro de esta tribu, a la que se retiró en cierta ocasión Jesús con sus discípulos (Jn. 11:54). Todo el reino del norte es decir, de las diez tribus, es llamado con frecuencia en los profetas, especialmente en Oseas, Efraín.
Aquí se hace provisión para la media tribu de Manasés. I. Las familias de esta tribu a las que se asignó heredad en este lado (vv. 1–6). II. El territorio que les correspondió (vv. 7–13). III. La demanda conjunta de ambas tribus descendientes de José de que se les ampliara la heredad, y la respuesta de Josué a tal demanda (vv. 14–18).
Versículos 1–6
Aunque Manasés era ya una mitad de la tribu de José, fue dividida y subdividida, a pesar de ello.
I. Fue dividida en dos partes una de ellas ya establecida al otro lado del Jordán, la cual constaba de los descendientes de Maquir (v. 1). Este Maquir le había nacido a Manasés en Egipto y es señalado aquí como hombre de guerra; quizá tomó parte en la lucha entre los efrainitas y los hombres de Gat (1 Cr. 7:21).
II. Esa parte de este lado del Jordán fue subdividida en diez partes (v. 5).
1. La reclamación que hicieron las hijas de Zelofehad, fundada en la orden que Dios dio a Moisés con respecto a ellas (v. 4). En fecha anterior, ellas habían abogado por su causa ante Moisés y obtenido la
garantía de que se les daría heredad entre sus hermanos y, no queriendo perder el privilegio que se les había concedido, se presentaron al sumo sacerdote, a Josué y a los príncipes del pueblo.
2. Su demanda fue atendida y se les asignaron las heredades que les correspondían según la garantía previamente dada. Josué sabía muy bien lo que Dios había ordenado en este caso y no puso ninguna objeción; no había razón para que se les negase su parte en la posesión de la tierra prometida, por el mero hecho de que no habían servido militarmente para conquistar la tierra. Así que les dio heredad entre los hermanos del padre de ellas, conforme al dicho de Jehová (v. 4).
Versículos 7–13
Breve narración de las heredades que le tocaron a esta media tribu. Llegaban desde el Jordán en el este hasta el Gran mar por el oeste; por el sur, seguían una línea continua adyacente a la tribu de Efraín, pero al norte lindaban con Aser e Isacar. Respecto a este territorio hay algunos detalles dignos de observación:
I. Había intercomunicación entre esta tribu y la de Efraín. La ciudad de Tapuá pertenecía a Efraín, pero la tierra circundante era de Manasés (v. 8); había igualmente otras ciudades de Efraín que caían dentro del territorio de Manasés (v. 9), de lo cual ya hemos leído en 16:9.
II. Manasés tenía igualmente ciudades que caían dentro de las heredades asignadas a Isacar y Aser (v. 11). Dios lo había ordenado así para que, aun poseyendo cada tribu su heredad respectiva, no se enajenasen unas de otras, sino que se mezclasen en matrimonio, etc., y mostrasen así que pertenecían a un solo Israel.
III. Soportaron que los cananeos viviesen entre ellos, en contra del mandamiento de Dios y en servicio de sus propios intereses, pues los hicieron tributarios (vv. 12, 13). La persona más importante de esta media tribu fue, posteriormente, Gedeón, cuyas grandes hazañas fueron llevadas a cabo dentro de los límites de su tribu.
Versículos 14–18
I. Los hijos de José se querellan acerca de su porción y Josué les hace ver que, en el desempeño de su oficio, y al actuar de forma oficial, no podía beneficiar a su propia tribu más que a cualquiera otra. Dos cosas le proponen: 1. Que, gracias a la bendición de Dios sobre ellos, se habían hecho muy numerosos (v. 14): Siendo nosotros un pueblo tan grande, y que Jehová nos ha bendecido hasta ahora. Como si dijese: «Si Dios nos ha dado tantas bocas, hemos de esperar que se nos de alimento para llenarlas». 2. Que una buena parte de la heredad que les había tocado en suerte estaba aún en manos de los cananeos, y que éstos eran allí formidables enemigos, pues podían poner en el campo de batalla carros herrados (v. 16); es decir, con chapas de hierro cortantes clavadas a los lados, o arboladas en el eje, de forma que causaban una carnicería a los que se les acercaban, trillándolos como si fuesen trigo.
II. Josué, con gran penetración psicológica, les anima a que luchen por su causa, precisamente por el hecho de que son un gran pueblo, y de gran poder (v. 17). Les reconoce que son un gran pueblo y que, siendo dos tribus, les corresponde más de una parte, pero a la vez les hace ver que lo que les ha caído en suerte les bastaría para todos, con tal que luchasen por conquistar todo el territorio. Es como si les dijera: «Si tienes muchas bocas que llenar, también tienes el doble de manos que emplear; ganaos primero lo que habéis de comer». Así pues:
1. Les pide que pongan manos a la obra: «Subid al bosque (v. 15), que está dentro de vuestro territorio, y cortad allí los árboles; haceos desmontes para allanar el terreno y, con arte y laboriosidad, tendréis buena tierra y fácil de arar». Hay muchos que tienen grandes posesiones y ambicionan tener más, cuando les bastaría con cultivar y sacar el mejor partido de lo que ya tienen.
2. Les pide igualmente que luchen para obtener más terreno. Ellos se quejaban de que no podían arrimarse a los bosques de los que Josué les hablaba, ya que, en el valle que mediaba entre ellos y el bosque, se hallaban los temibles cananeos con sus carros herrados, con los que no se atrevían a entrar en combate.
En este capítulo se nos refiere: I. El asentamiento del tabernáculo en Silo—mejor, Siló—(v. 1). II. Josué incita a las siete tribus que todavía estaban sin establecerse a que miren por sí mismas y les indica la forma en que deben preparar la descripción de la tierra que faltaba por repartir, a fin de echar suertes sobre ella (vv. 2–7). III. Distribución de la tierra en siete lotes por mano de los hombres que habían sido encargados de esta tarea (vv. 8, 9). IV. La adjudicación, por suertes, de dichos lotes a las siete tribus que todavía carecían de heredad (v. 10). V. Las fronteras de la heredad de Benjamín (vv. 11–20). VI. Las ciudades de la heredad de Benjamín (vv. 21–28). En el capítulo próximo hallaremos la provisión hecha para las seis tribus restantes.
Versículo 1
En medio de la narración del reparto de la tierra, se introduce aquí este informe de la erección del tabernáculo de reunión en Siló, el cual había permanecido hasta ahora en su antiguo lugar, el centro del campamento; pero ahora que tres de los cuatro escuadrones que lo rodeaban en el desierto habían quedado rotos y disminuidos, era ya hora de pensar en trasladar el tabernáculo a una ciudad. Muchas veces lo habían llevado y asentado los sacerdotes y levitas en el desierto, de acuerdo con las instrucciones que se les daban (Nm. 4:5 y ss.), pero ahora era necesario asignarle residencia fija.
I. El lugar al que fue trasladado el tabernáculo y en el que fue asentado era Siló, ciudad de la heredad de Efraín, pero muy cerca de la frontera con Benjamín. Fue elegido este lugar: 1. Porque estaba en el corazón del país. Así como había estado en el centro del campamento cuando peregrinaban por el desierto, así también debía estar ahora en el centro del país. 2. La erección del tabernáculo en Siló (hebreo Shiloh) podía servirles de indicación de que en aquel otro Shiloh del que les había hablado a sus hijos Jacob, todas las ordenanzas de este santuario terrenal tendrían su cumplimiento en un tabernáculo mayor y más perfecto (He. 9:1, 11).
II. La manera solemne de llevar a cabo esta operación: Toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Siló para asistir a la solemnidad y rendir honor al Arca de Dios, que era la señal de su presencia entre ellos. Era un buen presagio de próspero establecimiento de ellos mismos en Canaán el que su primera preocupación fuese ver el Arca bien asentada, tan pronto como tuvieron un lugar conveniente y seguro donde colocarla. Aquí continuó el Arca durante unos 300 años, hasta que los pecados de los hijos de Elí dieron motivo para que se perdiese el Arca y sobreviniese la destrucción de Siló, de tal forma que sus ruinas sirvieron mucho tiempo después como amonestación severa a Jerusalén: Andad ahora a mi lugar en Siló … y ved lo que le hice por la maldad de mi pueblo Israel (Jer. 7:12, comp. con Sal. 78:60).
Versículos 2–10
I. Josué reprocha a las tribus que todavía no estaban establecidas el que no hacen nada por obtener residencia en la tierra que Dios les ha dado. Josué les arguye (v. 3): ¿Hasta cuándo seréis negligentes? 1. Parecían demasiado satisfechos con su actual condición. El botín que habían tomado de las ciudades conquistadas les servía para vivir en comodidad y abundancia al presente hasta el punto de no pensar en el porvenir. 2. Se mostraban negligentes y demoradores. Nótese que hay muchos que, por aparentes dificultades, no cumplen con sus obligaciones perentorias y se privan a sí mismos de las verdaderas conveniencias. Dios, por su gracia, nos ha otorgado el título de posesión de una buena tierra, la Canaán celestial, pero somos negligentes en tomar posesión; no entramos en el reposo, como podríamos hacerlo por fe, en esperanza y con santo gozo; no vivimos en el Cielo, como podríamos hacerlo, si pusiésemos la mira en las cosas de arriba (Col. 3:1–3), pues allí tenemos la ciudadanía.
II. Les indica un método para que puedan llevar a cabo debidamente su necesario establecimiento.
1. La tierra que quedaba por ocupar debía ser recorrida y descrita después de tomar nota de sus ciudades y de los territorios respectivos (v. 4). Las heredades habían de dividirse en siete partes iguales, teniendo en cuenta que los levitas no habían de poseer heredad temporal. Gad, Rubén y media tribu de Manasés estaban ya establecidos. Ahora bien: (A) Los supervisores de la tierra habían de ser tres varones de cada tribu de las que estaban por establecer (v. 4). (B) La tarea se llevó a cabo, y el informe fue presentado a Josué (vv. 8, 9). Vemos aquí: (a) La fe y la bravura de las personas empleadas para esta operación: quedaban numerosos cananeos en la tierra, y todos ellos estaban furiosos contra Israel, como una osa a la que han robado sus cachorros. (b) La buena providencia de Dios al protegerles de tantos peligros a que habían estado expuestos, y al traerlos a Siló sanos y salvos.
2. Recibido el informe y dividida la tierra en siete lotes, Josué invocaría el auxilio y la dirección de Dios para que determinase qué lote había de tocar a cada tribu (v. 6): Y yo os echaré suertes aquí delante de Yahveh nuestro Dios. Era una transacción sagrada.
Versículos 11–28
La heredad de Benjamín, que la providencia hizo caer cerca de la de José por uno de los lados, ya que Benjamín era el único hermano de padre y madre de José, pues el pequeño Benjamín (Sal. 68:27) necesitaba la protección del gran José. Por el otro lado, estaba cerca de la tribu de Judá, a fin de que, más tarde, se uniese a Judá en su adhesión al trono de David y al templo de Jerusalén.
1. Las fronteras exactas de esta tribu. El límite occidental, por la descripción que se nos hace, parece ser que corría en línea paralela al Mediterráneo, aunque a distancia.
2. Las ciudades incluidas en el territorio de esta tribu son mencionadas aquí, no todas, sino las 26 más importantes. Aparece en cabeza Jericó, aun cuando ya estaba desmantelada, y estaba prohibida su edificación con portones y murallas. También estaba dentro de esta tribu Guilgal, donde acampó primero Israel cuando fue hecho rey Saúl (1 S. 11:15). Fue después un lugar muy profano: Toda la maldad de ellos apareció en Guilgal (Os. 9:15). También Betel, lugar famoso, estaba en esta tribu.
En la descripción de las heredades de Judá y Benjamín se nos informaba tanto de las fronteras que las rodeaban como de las ciudades que contenían. En cuanto a Efraín y Manasés, se nos mencionan las fronteras, pero no las ciudades; en este capítulo se nos describen las ciudades pertenecientes a las tribus de Simeón y de Dan, pero no se mencionan sus fronteras, porque estaban dispersas, especialmente la de Simeón, por el territorio de Judá; en cuanto al resto de las tribus, se nos mencionan los límites y las ciudades, especialmente las que eran fronterizas. I. La heredad de Simeón (vv. 1–9). II. La de Zabulón (vv. 10–16). III. La de Isacar (vv. 17–23). IV. La de Aser (vv. 24–31). V. La de Neftalí (vv. 32–39). VI. La de Dan (vv. 40–48). VII. Finalmente, la herencia asignada al propio Josué y a su familia (vv. 49–51).
Versículos 1–9
La heredad de Simeón fue sacada a suertes después de las de Judá, José y Benjamín, porque Jacob había profetizado desgracia para esta tribu. Ni un solo personaje de nota, ni un juez, ni un profeta, fue de esta tribu, que nosotros sepamos.
I. Que la situación de la heredad de Simeón caía dentro de los límites de la tribu de Judá (v. 1), y de dicha tribu la obtuvieron (v. 9). 1. Los hombres de Judá no se opusieron a que se les quitaran ciudades que en la primera distribución habían caído dentro de sus fronteras, al ser convencidos de que poseían mayor territorio del que necesitaban (v. 9). 2. Las ciudades que se restaron a Judá le tocaron, por disposición de la Providencia, a la tribu de Simeón, lo cual les llevó a entrar en confederación con la tribu
de Judá (Jue. 1:3) y, más tarde, les fue ocasión feliz para que muchos hombres de esta tribu se adhiriesen a la casa de David, cuando las diez tribus rebeldes se adhirieron a Jeroboam.
II. Se mencionan los nombres de las ciudades que correspondieron al lote de Simeón. En primer lugar figura Beerseba, probablemente una extensión de Sebá, que figura en segundo lugar, ya que leemos en el v. 6 que eran trece ciudades, siendo así que en la enumeración aparecen catorce. Una de las ciudades de esta tribu es Siclag, mencionada en la historia de David.
Versículos 10–16
Ahora llegamos a la heredad de Zabulón, quien, aun cuando nació de Lea después de Isacar, fue bendecido antes que él por Jacob y por Moisés.
I. La heredad de esta tribu lindaba con el Mediterráneo por el oeste, y con el lago de Genesaret por el este, conforme a la profecía de Jacob (Gn. 49:13): Zabulón … será para puerto de naves, naves mercantes en el Mediterráneo, y naves de pesca en el mar de Tiberíades.
II. Aunque ya en el Antiguo Testamento hubo lugares ilustres dentro de los términos de esta tribu, especialmente el monte Carmel, fue mucho más ilustre en el Nuevo Testamento, ya que en esta tribu caía Nazaret, donde nuestro bendito Salvador pasó la mayor parte de su vida terrenal, así como la región costera del lago de Genesaret, donde Cristo predicó tantos mensajes y llevó a cabo tantos milagros.
Versículos 17–23
La heredad de Isacar se extendía desde el Jordán por el oriente hasta el Mediterráneo por el poniente, y tenía a Manasés en el sur, y a Zabulón en el norte. Lugares importantes dentro de esta tribu fueron: 1. Jizreel, donde estaba el palacio de Acab, y cerca de allí, la viña de Nabot. 2. Sunem, donde vivía la buena sunamita que hospedó a Eliseo. 3. El arroyo de Cisón, en cuyas riberas Débora y Barac derrotaron a Sísara (Jue. 4). 4. Las montañas de Guilboa, donde cayeron Saúl y Jonatán, no lejos de Endor, donde Saúl fue a consultar a la bruja. 5. El valle de Meguidó, donde fue muerto Josías cerca de Hadad-Rimón (2 R. 23:29; Zac. 12:11).
Versículos 24–31
La heredad de Aser caía sobre la costa del Mediterráneo. La única persona notable de esta tribu, que sepamos, fue Ana la profetisa, tan constante en su asistencia al templo en los días en que nació nuestro Salvador (Lc. 2:36). Muy cerca de la frontera de esta tribu estaban los celebrados puertos marítimos de Tiro y Sidón.
Versículos 32–39
Neftalí era la tribu que caía más al norte que todas las demás, ya que estaba muy cerca del monte Líbano. La ciudad de Lésem estaba en el rincón más septentrional de la tribu, por lo que, cuando los danitas se hicieron dueños de ella, le cambiaron el nombre por el de Dan (v. 47), por lo que la largura del país de Canaán, de norte a sur, es descrita como desde Dan hasta Beerseba. Fue dentro de los límites de esta tribu, cerca de las aguas de Merom, donde Josué derrotó a Jabín (11:1 y ss.). En esta tribu caían también Capernaúm y Betsaida, al norte del lago de Genesaret, ciudades en las que Cristo obró tantos milagros.
Versículos 40–48
Aunque la tribu de Dan había estado al frente de uno de los cuatro escuadrones del campamento de Israel durante la marcha por el desierto, el escuadrón que iba a la retaguardia, fue la última en obtener su heredad en Canaán, la cual le correspondió en la parte sur del país, entre Judá por el este y el país de los
filisteos por el oeste, con Efraín al norte y Simeón al sur. La Providencia colocó a esta tribu en lugares de peligro por ser tan numerosa y fuerte para habérselas con aquellos vecinos tan vejatorios como eran los filisteos. Por eso hallamos allí a Sansón. La ciudad de Jope caía en esta heredad.
Versículos 49–51
Finalmente la heredad que le fue asignada especialmente a Josué. 1. Él fue el último en ser servido, a pesar de ser el hombre más anciano y más grande de todo Israel. En todo lo que hizo, sólo miró por el bien del país, sin buscar su propio interés, y se contentó con carecer de heredad mientras todos los demás no tuviesen fijada la de ellos. 2. Le dieron la heredad que pidió, según la palabra de Jehová (v. 50). Es probable que, cuando Dios le asignó a Caleb, por medio de Moisés, la heredad que había de recibir (14:9), hiciera lo propio con respecto a Josué. 3. Escogió el monte de Efraín, que pertenecía a su tribu. 4. Se nos dice que se la dieron los hijos de Israel (v. 49), lo cual dice mucho en favor de su humildad, ya que no la tomó para sí sin el consentimiento y la aprobación del pueblo. 5. Era una ciudad que necesitaba ser edificada antes de que estuviese en condiciones de poder habitar en ella.
Este breve capítulo trata de las ciudades de refugio, de las que leemos con frecuencia en los escritos de Moisés, pero esta es la última vez que se nos mencionan, ya que ahora todo el asunto estaba enteramente concluido. I. La ley que Dios dio acerca de dichas ciudades (vv. 1–6). II. Las ciudades que fueron señaladas por el pueblo para ese fin (vv. 7–9). El remedio provisto mediante esta ley era figura de mejores cosas para más adelante.
Versículos 1–6
La ley de Moisés ordenaba varias cosas que habían de llevarse a cabo cuando el pueblo entrase en posesión de la tierra prometida; entre ellas estaba señalar santuarios para proteger a los culpables de homicidio involuntario. El interés de la nación exigía que el vengador de la sangre no derramase la sangre de un inocente, cuya mano era culpable pero no su corazón. Acerca de esta ley tan favorable y misericordiosa, Dios les recuerda:
I. El mandato de señalar las ciudades pertinentes (v. 2, comp. con Dt. 19:3). Es probable que esto no se llevase a cabo mientras los levitas no estuviesen establecidos en las ciudades que les fueron asignadas, ya que las ciudades de refugio habían de ser todas ellas ciudades de levitas. Tan pronto como Dios les dio ciudades de reposo, les ordenó señalar ciudades de refugio, a las cuales ninguno de ellos sabía si tendrían que escapar algún día. Esto es figura de lo que los creyentes en Cristo tienen y tendrán especialmente en el Cielo, no sólo para reposar de los trabajos, sino también para refugiarse de los peligros de esta vida.
II. Las direcciones que se dan para el uso de estas ciudades. Las tenemos ya en Números 35:10 y ss., donde se describen con todo detalle. Si se probaba, después de cuidadosa investigación, que el homicidio había sido meramente un accidente, no adrede, por causa de algún resentimiento antiguo o de alguna pasión súbita, entonces el homicida había de buscar refugio en una de estas ciudades (vv. 4–6). En virtud de esta ley, se le permitía habitar en tal ciudad, pero quedaba confinado en ella, como un preso.
Versículos 7–9
Tenemos aquí el nombramiento de las ciudades de refugio en el país de Canaán.
I. Para «señalaron», el verbo hebreo significa santificaron, esto es, consagraron estas ciudades (v. 7). Ello no quiere decir que celebrasen ninguna ceremonia especial para señalarlas, sino que, mediante el
solemne y público acto, las declaraban ciudades de refugio y, por consiguiente, consagradas al honor de Dios como protector de la supuesta inocencia del malhechor.
II. Estas ciudades, como las del otro lado del Jordán, estaban situadas en tres lugares del país, tan convenientemente distantes el uno del otro, que en muy pocas horas cualquier hombre podía refugiarse desde el más apartado rincón de la nación.
III. Todas ellas eran ciudades de los levitas, con lo que la tribu de Dios quedaba grandemente honrada, pues eran constituidos jueces en aquellos casos que afectaban tan de cerca a la providencia de Dios, así como protectores de un inocente injustamente perseguido. Si éste debía quedar confinado provisionalmente (hasta que muriese el sumo sacerdote), había de serlo en una ciudad levítica donde tendría buena oportunidad de aprovechar bien ese tiempo.
IV. Dichas ciudades estaban ubicadas en colinas, fáciles de ser vistas desde lejos, ya que, aunque el último trecho de la fuga sería cuesta arriba, el poder hallar rápidamente el lugar de refugio sería suficiente alivio para el fugitivo.
V. Algunos comentaristas hallan un significado muy expresivo en los nombres de estas ciudades, con aplicación a Cristo como refugio nuestro: Cedes (hebreo Quédesh) significa santo, y nuestro refugio es Jesús, el Santo. Siquem (hebreo Shekhem) significa hombro y el principado es sobre el hombro de Jesús (Is. 9:6). Hebrón (hebreo Jebrón) significa asociación, y los creyentes son llamados a ser asociados con Jesucristo nuestro Señor. Béser (hebreo Bétser) significa fortificación, y Cristo es un gran baluarte y fortaleza para los que confían en Él. Ramoth significa exaltado, elevado, y Dios ha exaltado a Cristo hasta ponerle a su diestra. Golán significa gozo o exultación, y en Cristo hallan todos los santos el motivo y la esperanza de su gozo.
VI. Además de todas estas ciudades de refugio, una persona podía refugiarse en los cuernos del altar, donde éste estuviese, si el crimen era de tal condición que el santuario le permitía el refugio. Esto es lo que da a entender la ley (Éx. 21:14) al ordenar que alguien sea quitado del altar para que muera.
Se lee muchas veces en la Biblia que la tribu de Leví no había de tener heredad con sus hermanos, es decir, una porción asignada a esta tribu de entre los lotes en que fue distribuida la tierra, en la forma que fue asignada a las demás tribus; pero vemos, por la provisión que se les señala en este capítulo, que no por estar dispersos entre las demás tribus, eran por eso perdedores. Tenemos aquí: I. La demanda que hicieron para que se les asignasen ciudades, como había ordenado el Señor (vv. 1–2). II. El consiguiente nombramiento de las ciudades de entre varias tribus y su distribución a las respectivas familias de esta tribu (vv. 3–8). ÍII. Un catálogo de las ciudades, que eran 48 en total (vv. 9–42). IV. Una especie de recibo o certificado de que Dios había cumplido plenamente lo que había prometido a su pueblo Israel (vv. 43–45).
Versículos 1–8
I. La petición que los levitas presentaron a esta convención general del Estado de Israel, asentado ahora en Siló (vv. 1, 2).
1. No se les asignó ninguna heredad hasta que ellos la reclamaron. Hicieron esta reclamación con muy buen fundamento, no sobre sus méritos ni sobre sus servicios, sino sobre el precepto de Dios: «Jehová mandó por medio de Moisés que nos fuesen dadas ciudades; mandó que nos las dieseis, con lo que se nos garantizaba el derecho de pedirlas». Nótese que el mantenimiento de los ministros de Dios no es algo dejado al albur de la buena voluntad de los miembros de la iglesia, quienes igualmente podrían permitir que sus pastores se muriesen de hambre, sino que, del mismo modo que el Dios de Israel mandó
que a los levitas se les proveyera de lo necesario, así también está mandado en la Iglesia de Cristo que los que anuncian el Evangelio, vivan del Evangelio (1 Co. 9:14).
2. No hicieron su reclamación mientras el resto de las tribus estaba sin provisión, pero lo hicieron inmediatamente después. Estaban prestos a ser servidos los últimos, y no por eso les tocó la peor parte. Los ministros de Dios no se han de quejar si alguna vez se hallan pospuestos en los pensamientos y cuidados de los demás, sino que han de procurar el favor de Dios y el honor que procede solamente de Dios, con ello tendrán suficiente para soportar la despreocupación de los hombres en cuanto a ellos.
II. La petición de los levitas fue escuchada sin objeción alguna y se les concedió inmediatamente lo que pedían.
1. Se nos dice que los hijos de Israel dieron de su propia herencia a los levitas, pero Dios lo había mandado (v. 3), e incluso había señalado cuál había de ser el número, cuarenta y ocho en total (Nm. 35:8): Cada uno dará de sus ciudades a los levitas. Por el catálogo que sigue a continuación, parece ser que las ciudades que dieron a los levitas eran de las mejores y más notables de cada tribu.
2. Se las dieron conforme al mandato de Jehová (v. 3), pues así lo había ordenado Dios de antemano.
3. Después de ser señaladas las cuarenta y ocho ciudades, fueron distribuidas en cuatro lotes; luego, por suertes, fueron asignadas a las cuatro distintas familias de la tribu de Leví.
(A) La familia de Aarón formaba grupo aparte, pues constaba sólo de sacerdotes, y obtuvo trece ciudades que le fueron dadas por las tribus de Judá, Simeón y Benjamín (v. 4).
(B) Los restantes coatitas (entre los que se hallaban los descendientes de Moisés, aunque no se les distinguió de sus parientes de la familia de Coat) obtuvieron diez ciudades, que les fueron dadas por la tribu de Dan, fronteriza con la de Judá, por la de Efraín y por la media tribu de Manasés, fronteriza con la de Benjamín. De este modo, los descendientes del abuelo de Aarón, Coat (o Quehat), quedaron cerca de los hijos de Aarón (v. 5).
(C) Guersón era el hijo mayor de Leví, pero fueron pospuestos a los de Coat, sin duda por ser éstos de la misma rama que Aarón, el sumo sacerdote y, especialmente, de la misma rama que Moisés el gran caudillo del pueblo de Israel. A los guersonitas les fueron dadas trece ciudades de las tribus de Isacar, Aser, Neftalí y de la otra media tribu de Manasés (v. 6).
(D) Los hijos de Merarí, el hijo menor de Leví, obtuvieron doce ciudades, que les fueron dadas por las tribus de Rubén, Gad y Zabulón (v. 7).
Versículos 9–42
En el recuento que sigue hay varias cosas dignas de observación, además de lo ya prescrito en la ley acerca de ello (Nm. 35).
I. Los levitas estaban dispersos por todo el país, entre todas las demás tribus, no permitiéndoseles vivir juntos en ninguna parte de la nación. De forma semejante, Cristo dejó a sus doce Apóstoles unidos en un solo cuerpo, pero les dio órdenes para que, a su debido tiempo, se dispersasen por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura (Mr. 16:15–16).
II. Cada una de las tribus de Israel estaba honrada y enriquecida por el número de ciudades entregadas a los levitas dentro de su territorio y en proporción a su espacio. De esta manera, tenían oportunidad:
1. De mostrar su acogida a los ministros del santuario, como Dios les había ordenado (Dt. 12:19; 14:29).
2. De recibir consejo e instrucción de los levitas; cuando no podían subir al tabernáculo para consultar a los que asistían al santuario, podían ir a una de las ciudades de los levitas y aprender allí el verdadero conocimiento del Señor. De esta forma, Dios encendía una lámpara en cada habitación de su casa, para dar así luz a toda la familia.
III. A los sacerdotes, los hijos de Aarón les fueron asignadas trece ciudades, entre las mejores de ellas (v. 19). A Aarón le habían quedado sólo dos hijos, Eleazar e Itamar, pero su familia era ya muy numerosa y se preveía que, andando el tiempo, sería suficientemente multiplicada como para llenar dichas ciudades. En ambos Testamentos hallamos tal número de sacerdotes, que podemos suponer que ninguna de las
familias de Israel que salieron de Egipto aumentó más tarde tanto como la de Aarón. A ellos va dirigida especialmente la promesa que leemos en el Salmo 115:12, 14: Bendecirá a la casa de Aarón … Aumentará Jehová bendición sobre vosotros; sobre vosotros y sobre vuestros hijos.
IV. Algunas de las ciudades de los levitas fueron después famosas por otros motivos. Hebrón fue la ciudad en la que David comenzó a reinar, y en Mahanáyim, otra ciudad de los levitas (v. 38), puso David su cuartel general cuando iba huyendo de su hijo Absalón. El primer israelita que ostentó el título de rey (a saber, Abimélec, el hijo de Gedeón) reinó en Siquem, otra ciudad de los levitas (v. 21).
Versículos 43–45
Compendio de toda la historia precedente:
I. Dios había prometido dar en posesión a la descendencia de Abraham la tierra de Canaán, y ahora acababa de cumplir su promesa (v. 43): Y la poseyeron y habitaron en ella.
II. Dios había prometido también darles reposo en esta tierra y ahora lo tenían: reposo de su vagar por el desierto y reposo de su guerrear en Canaán. Ahora residían, no sólo en moradas propias, sino también tranquilas y pacíficas. Este reposo continuó hasta que ellos, por su pecado y locura, pusieron espinas en sus propios lechos y en sus mismos OJOS.
III. Dios les había prometido, en fin victoria y éxito en las guerras, y esta promesa quedó cumplida igualmente (v. 44): Ninguno de todos sus enemigos pudo hacerles frente. Queda registrada aquí la experiencia que Israel tuvo de la fidelidad de Dios, al mismo tiempo que un descargo que Dios hace a favor de su propio honor bajo las manos de ellos, vindicando así la promesa que tantas veces habían puesto ellos en duda (y hasta desconfiado por completo), y dándonos ánimo a todos los creyentes de todas las épocas hasta el fin del mundo, puesto que esa es la forma como obra con cada uno de nosotros (v. 45): No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; TODO SE CUMPLIÓ.
Muchos detalles hemos visto concernientes a las dos tribus y media, a pesar de que nada las distinguía de las otras, excepto la separación hecha por el río Jordán, pero este capítulo está totalmente dedicado a dichas tribus. I. Josué despide a los militares de dichas tribus del campamento de Israel, desde el que habían ayudado a sus hermanos durante las guerras de Canaán, con lo que ellos se vuelven a sus puntos de residencia (vv. 1–9). II. Erigen un altar a las orillas del Jordán, en señal de comunión con el resto de Israel (v. 10). III. Las demás tribus se ofendieron por la erección de dicho altar y así lo comunicaron (vv. 11–20). IV. La excusa que las dos tribus y media presentaron por la erección del altar (vv. 21–29). V. Con esa excusa, las demás tribus quedaron satisfechas (vv. 30–34).
Versículos 1–9
Terminada la guerra, y terminada gloriosamente, Josué, como prudente general, licencia a su ejército, pues Israel no estaba destinado a hacer de las armas su oficio, y envía a casa a los soldados, a fin de que disfruten de lo que han conquistado y vuelvan (lit. forjen) sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces (Is. 2:4). Esta orden de desmovilización de fuerzas era especialmente aplicable a estas tribus que ya habían recibido sus respectivas heredades al otro lado del Jordán. Pública y solemnemente, allí en Siló, Josué las descarga de su servicio anterior. Esto no se llevó a cabo, sino después que Siló fue convertido en cuartel general, adonde se había trasladado desde Guilgal (14:6).
Es probable que este regimiento de rubenitas, gaditas y de la media tribu de Manasés, que iban en vanguardia en todas las batallas libradas en Canaán, se asomasen de vez en cuando al otro lado del Jordán, pues no estaban lejos del río, para visitar a sus familias. Con todo, esta tropa, de unos 40.000
hombres, siempre estaba presta, cuando llegaba la ocasión, a presentarse en sus respectivos puestos de servicio, y ahora acudía, como un solo cuerpo, a recibir su orden de licenciamiento. De manera semejante, también nosotros hemos de estar en nuestros lugares de milicia hasta que se acabe nuestra lucha en este mundo, aguardemos el día de nuestro relevo y no tratemos de adelantar la fecha de nuestro traslado.
I. Josué los despide a la tierra de sus posesiones (v. 4). Los que habían sido los primeros en la asignación de las heredades, eran los últimos en comenzar el disfrute de ellas.
II. Los despide con el pago correspondiente, pues, ¿quién hace la milicia a su propia costa? Volvéis a vuestras tiendas con grandes riquezas (v. 8). «Volvéis—les dice—no sólo con mucho ganado, que es despojo de este país, sino también con plata, con oro, con bronce, del saqueo de las ciudades; de todo ello habéis de hacer partícipes a los que se quedaron custodiando vuestras posesiones; compartid, pues, con vuestros hermanos el botín de vuestros enemigos.»
III. Los despide con muy buena recomendación: 1. Por su buena disposición a obedecer sus órdenes (v. 2). 2. Por la constancia de su afecto y adhesión a sus hermanos (v. 3): No habéis dejado a vuestros hermanos en este largo tiempo. 3. Por su fidelidad en obedecer a la ley de Dios. No sólo habían cumplido con su obligación hacia Josué e Israel, sino, lo mejor de todo, habían cumplido a conciencia con su deber para con Dios: Habéis guardado celosamente (lit. habéis guardado el guardar) los mandamientos de Jehová vuestro Dios (traducción personal. Nota del traductor). Como si dijese: «Habéis guardado con todo esmero y con toda circunspección el mandamiento de Jehová vuestro Dios, no sólo en este caso particular de continuar sirviendo a Israel hasta el final de la guerra, sino que, en general, habéis obrado religiosamente en vuestra parte del campamento, cosa excelente y poco frecuente entre soldados y, por ello, digno de alabanza».
IV. Los despide con un buen consejo: No les exhorta a que cultiven sus tierras y fortifiquen sus ciudades, ni a que, ahora que sus manos estaban acostumbradas a la guerra, invadiesen el territorio de sus vecinos para ensanchar el suyo propio, sino a que vivan entre ellos una vida piadosa y santa (v. 5).
V. Los despide, finalmente, con una bendición (v. 6), particularmente a la media tribu de Manasés, a la que Josué, como buen efrainita, estaba ligado más estrechamente que a las otras dos, y que era, quizá, la menos inclinada a marchar, ya que dejaba atrás una mitad de su tribu y, por eso, al alargar demasiado su despedida tuvo un segundo despido y una segunda bendición (v. 7). Josué oró por ellos, no sólo como amigo, sino también como un padre, en el nombre de Jehová, encomendándoles a ellos, a sus familias e intereses, a la gracia de Dios.
Versículos 10–20
I. El piadoso esmero con que las tribus separadas por el Jordán se esforzaron por mantener sus vínculos religiosos con el resto del pueblo de Israel. Para ello, erigieron un gran altar junto a las orillas del Jordán, como testimonio de que también ellos eran israelitas y por tanto, en comunión con el altar (1 Co. 10:18). Cuando llegaron al Jordán (v. 10), muestran solicitud por preservar su relación con la asamblea del pueblo de Dios, así como su interés en la comunión de los santos; por ello, sin demora alguna erigen este altar, que les ha de servir como de puente para mantener con las demás tribus su mutua comunión en las cosas de Dios.
II. La intención de erigir este altar fue inocente, honesta y piadosa, pero habría sido mejor si, precisamente por sus apariencias pecaminosas, hubiesen consultado el oráculo de Dios sobre él antes de erigirlo o, al menos, hubiesen declarado a sus hermanos lo que planeaban, para impedir así toda ocasión de ofenderles y concitar sus celos. Con una explicación previa, como la dieron después, se habrían evitado la molestia del incidente que a continuación se nos refiere.
III. El santo celo de las otras tribus por el honor de Dios y de su altar en Siló. Inmediatamente fue dado aviso a los príncipes de Israel de la erección del altar (v. 11). Y pronto surgió entre ellos la sospecha de que la erección de otro altar fuese una afrenta a la elección que Dios mismo había hecho recientemente
de un lugar en que poner su nombre, y de que ello indicase una inclinación a dar culto a cualquier otra divinidad. Ahora bien:
1. Esa sospecha estaba fundada, pues es menester confesar que, a primera vista, no estaba bien y parecía indicar el propósito de erigir y mantener un competidor con el altar de Siló.
2. Ese celo, basado en tal sospecha, era de recomendar (v. 12). Se reunió en Siló toda la congregación, puesto que aquel lugar era el que Dios mismo había señalado como centro actual del culto y ellos estaban decididos a defender la constitución que Jehová les había otorgado a favor de aquel lugar. La resolución que tomaron era la adecuada para un reino de sacerdotes que habían de poner los intereses de Dios y del culto a Dios por encima de los intereses familiares (Dt. 33:9). Estaban dispuestos a subir a pelear contra ellos, si se demostraba que se habían rebelado contra el Dios de Israel.
3. No es menos de recomendar la prudencia con que obraron en la prosecución de este delicado asunto. No enviaron tropas para presentar batalla, sino embajadores para entablar conversaciones e inquirir los motivos de la cosa. La embajada constaba de once personas prominentes: Fineés (hebreo Pinjás), hijo y sucesor del sumo sacerdote Eleazar, y un príncipe por cada una de las diez tribus de este lado del Jordán (vv. 13, 14).
4. La forma en que los enviados desempeñaron su cometido habla muy alto a favor de su celo y prudencia:
(A) El cargo que presentaron contra sus hermanos fue muy grave y no admitía otra excusa que el haber emprendido esta querella movidos del celo por el honor de Dios, lo que explicaba el resentimiento de la congregación reunida en Siló, y su embajada estaba destinada a despertar a los supuestos delincuentes para que justificasen su modo de actuar.
(B) La circunstancia agravante del delito que imputan a sus hermanos (v. 17): ¿No ha sido bastante la maldad de Peor …? (V. Nm. 25). La erección de este altar podía parecer cosa insignificante, pero quizá conduciría a una iniquidad tan grave como la de Baal-peor y, por eso, debía ser atacada en sus comienzos.
(C) La razón que dan por el acaloramiento con que se preocupan de este asunto. Estaban obligados a ello, no sólo por lo que significaba de desafío al Dios de Israel, sino también de amenaza contra el bienestar de todo el Israel de Dios (v. 18): Vosotros os rebeláis hoy contra Jehová, y mañana se airará Él contra toda la congregación de Israel. Y, más adelante (v. 20), les recuerdan el triste caso de Acán: Aquel hombre no pereció solo en su iniquidad.
(D) La oferta que les hacen (v. 19): Que, si pensaban que la tierra era inmunda por falta de un altar que la santificase, era preferible que se pasasen al lado occidental del Jordán, donde estaba el tabernáculo de Jehová, y establecerse entre sus hermanos por quienes serían bien recibidos aunque tuviesen que vivir más apretados antes que levantar otro altar en competición con el de Siló.
Versículos 21–29
La respuesta que las dos tribus y media dieron a sus hermanos del otro lado del río fue sincera y puesta en razón. No les reprochan el cargo de que les acusan ni les censuran por la precipitación con que les recriminan, sino que les dan una respuesta suave de las que calman la ira (Pr. 15:1). No les objetan que no estaban sujetos a la jurisdicción de las otras tribus, ni que no tenían por qué rendir cuentas a otros, ni les piden que se metan en sus propios asuntos, sino que con una sencilla aclaración del propósito sincero que les había movido a erigir el altar, se justifican de la inculpación que se les hace y aparecen libres de toda sospecha ante la opinión de sus hermanos. En efecto:
I. Testifican solemnemente que no tienen intención alguna de usar este altar para sacrificios u ofrendas y, por tanto, estaban lejos de erigirlo en competencia con el altar de Siló, o de abrigar ni aun el pensamiento de despreocuparse de él. En realidad, lo habían erigido en forma de altar, pero no estaba destinado a usos religiosos. Para que se convenciesen mejor de la razón que alegaban,
1. Apelan solemnemente a Dios, y comienzan así la defensa de su posición en este asunto, intentan con ello primeramente la gloria de Dios, y después dar satisfacción a sus hermanos (v. 22). (A) Expresan profundo respeto y reverencia al nombre de Dios en la forma en que hacen su apelación: Jehová Dios de los dioses, Jehová el Todopoderoso lo sabe bien. Esta breve confesión de su fe habría de contribuir a que sus hermanos abandonasen la sospecha de deserción del Dios de Israel para ir en pos de otros dioses. (B)
Expresan gran confianza en su propia integridad al interponer de un modo tan solemne el nombre de Dios. Sólo con una conciencia clara y limpia se habrían atrevido a imprecar sobre sí la justicia divina para vengar la rebelión, si ésta se hubiese intentado.
2. Presentan sobriamente su excusa a sus hermanos: Y que to sepa también Israel.
3. Niegan seria y solemnemente que tuviesen la intención de cometer el delito del que se les sospechaba culpables, con lo que cierran la argumentación de su propia defensa (v. 29): «Nunca tal acontezca que nos rebelemos contra Jehová». Como si dijesen: «Estimamos y veneramos el altar de Jehová en Siló tanto como lo pueda hacer cualquier otra de las tribus de Israel, y estamos tan resueltos como ellas a adherirnos a él y acudir a las solemnidades. Tenemos el mismo interés que vosotros en la pureza del culto a Dios y en la unidad de su pueblo; lejos, muy lejos de nosotros está pensar en volvernos de seguir a Jehová nuestro Dios».
II. Explican con todo detalle su intención sincera y lo que querían dar a entender en la edificación de este altar. Para defenderse de toda sospecha, dejan bien claro que la erección del altar, lejos de ser un paso más para separarse de sus hermanos y del altar de Jehová en Siló, tenía, por el contrario, la finalidad de ser una garantía de que deseaban continuar en comunión con sus hermanos y con el altar de Dios, y una señal de su resolución de hacer el servicio de Jehová delante de él (v. 27) y de continuar prestando dicho servicio. Por eso:
1. Les declaran los temores que abrigaban de que, andando el tiempo, sus descendientes, establecidos de antiguo a tal distancia del santuario, fuesen considerados y tratados como ajenos a la comunidad de Israel (v. 24). Así también, los que son alejados de las ordenanzas eclesiales están en peligro de olvidar sus deberes religiosos y perder poco a poco el temor de Dios. Aunque es cierto que muchos tienen la forma y la profesión de la piedad sin la vida y la eficacia de ella, también es cierto que la vida y la eficacia de la piedad no se pueden conservar por mucho tiempo sin la forma y la profesión de la misma. Prescindir de los medios de gracia perjudica grandemente a la gracia misma.
2. Les explican las medidas que pensaban tomar para evitar que lo que ellos temían, sucediera (vv. 26–28). «Por consiguiente—vienen a decir—, para asegurar que los que han de venir después de nosotros conservarán el mismo interés por el altar de Dios y mostrarán el título que les acredita al respecto, dijimos: Edifiquemos ahora un altar, no para holocausto ni para sacrificio, sino para que sea testimonio entre nosotros y vosotros.» Así, al tener una como copia del altar cerca de ellos, podían mostrarla como evidencia de su derecho a los privilegios del original.
Versículos 30–34
Feliz resultado de esta controversia que, de no haber habido por ambas partes una disposición pacífica, así como por ambas partes hubo sincero celo de Dios, podía haber tenido consecuencias funestas, ya que las disputas sobre religión suelen ser, por falta de prudencia y amor, las más fieras y más difíciles de arreglar.
I. Los embajadores quedaron completamente satisfechos cuando las dos tribus y media dieron pruebas de su inocencia en los motivos que las impulsaron a edificar este altar, pues vemos: 1. Que los comisionados no pusieron en duda la sinceridad de los requeridos. 2. Tampoco les afrentaron por la forma precipitada con que llevaron este asunto. 3. Ni siguieron adelante en sus pesquisas para obtener pruebas de primera mano acerca de su sinceridad, sino que se contentaron con la explicación que ellos les dieron y se alegraron de que se aclarase el equívoco, así como los otros no se avergonzaron de confesar de que habían dado motivo para sospechar. Las personas orgullosas y altivas, una vez que han llegado a censurar a algún hermano injustamente, por muchas pruebas que se les presenten de la injusticia de tal censura, se aferran a ella y no hay quien les persuada a retractarse de ella.
II. La congregación quedó también abundantemente satisfecha con el informe que los embajadores les dieron acerca de la excusa que sus hermanos habían alegado para la erección del altar.
III. Las dos tribus y media quedaron igualmente satisfechas, y puesto que estaba decididas a conservar entre ellas esta como copia del altar de Dios, aun cuando no era probable que sirviese para los
objetivos que ellos se habían imaginado, Josué y los príncipes, sin embargo, les consintieron que siguieran con sus ilusiones y no dieron órdenes para que lo demoliesen de inmediato. Sólo tomaron la precaución, una vez que se les explicó el significado del altar y que no tenía otro objetivo que servir de testimonio de su comunión con el altar de Siló, de que dicha explicación quedase consignada por escrito, dándole un nombre que lo expresaba todo concisa pero magníficamente (v. 34): llamaron al altar Ed, es decir, testigo; no más que un testigo de la relación que continuó ligándolos al Dios de Israel y al Israel de Dios.
En este capítulo y en el que le sigue, tenemos dos mensajes de despedida que predicó Josué al pueblo de Israel poco antes de morir. Si hubiese intentado satisfacer la curiosidad de las generaciones venideras, habría consignado por escrito el método que empleó el pueblo de Israel para instalarse en los lugares recién conquistados, pero prefirió que quedasen registradas en este libro sus exhortaciones a que el pueblo conservase el sentido de su religiosidad y de sus deberes para con Dios; por eso, lo que quiso transmitir a los lectores fue el método que empleó en persuadir a Israel a que fuese fiel al pacto con su Dios. En este capítulo tenemos: I. Una convocación general de Israel (vv. 1, 2). II. El discurso que Josué pronunció ante la congregación, ya fuese en la apertura o, más bien, en la clausura de las sesiones, para explicarles cuál era el principal objetivo de esta reunión. En este discurso: 1. Josué les trae a la memoria lo que Dios había hecho por ellos (vv. 3, 4, 9, 14), y lo que estaba dispuesto a hacer todavía (vv. 5, 10). 2. Les exhorta con toda prudencia y firmeza a que perseveren y cumplan sus obligaciones con Dios (vv. 6, 8, 11). III. Les previene contra toda familiaridad con sus idólatras vecinos (v. 7). IV. Les advierte de las fatales consecuencias que se seguirían si se rebelasen contra Dios y se volviesen a los ídolos (vv. 12, 13, 15, 16).
Versículos 1–10
En cuanto a la fecha y demás circunstancias de este discurso de Josué:
I. No se hace ninguna mención del lugar en que se pronunció. Hay quienes opinan que fue en Timnat-sera, la ciudad donde vivía. Siendo ya viejo, no es probable que estuviese en condiciones de trasladarse a otro lugar. Sin embargo, es más probable que esta reunión se celebrase en Siló, donde estaba el tabernáculo de la reunión.
II. Sólo se hace una vaga mención del tiempo en que se celebró: Muchos días después que Jehová diera reposo a Israel, aunque no se dice cuánto tiempo después (v. 1). Ciertamente: 1. Lo bastante para que Israel dispusiese del tiempo necesario para disfrutar de las conveniencias del reposo y de las posesiones en Canaán, una tierra tan fértil. 2. Lo bastante también para que Josué pudiese observar cuál era el flanco por el que amenazaba el peligro a Israel, a saber, la intimidad con los cananeos que se habían quedado en el país; contra este peligro quiere, pues, Josué advertirles.
III. Las personas a quienes dirigió Josué este discurso: Llamó a todo Israel. Así comienza el versículo 2, pero el contexto posterior da a entender claramente que convocó únicamente a los principales del pueblo: A sus ancianos, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales, los cuales representaban efectivamente a todo Israel.
IV. Las circunstancias en que pronunció Josué este discurso: Siendo ya viejo y avanzado en años (v. 1). Probablemente, era el último año de su vida, y vivió 110 años (24:29). Él mismo dice (v. 2): Yo ya soy viejo y avanzado en años. Lo dice: 1. Como un motivo para darse prisa en transmitirles estas advertencias e instrucciones, ya que, siendo tan viejo, no podía esperar estar con ellos por mucho más tiempo. 2. Como una razón para que le prestasen más atención, pues la edad le había dado gran experiencia; se había hecho viejo en el servicio que había prestado a la nación, sin preocuparse de su propio interés ni de su comodidad, por lo que debían guardarle tanto mayor consideración.
V. El discurso mismo, en el cual podemos observar lo siguiente:
1. Les hace memoria de las grandes cosas que Dios ha hecho por ellos recientemente. Para probar esto, apela a los ojos mismos de ellos (v. 3): «Y vosotros habéis visto todo lo que Jehová vuestro Dios ha hecho; no lo que yo he hecho ni lo que vosotros habéis hecho, sino lo que Dios ha hecho a favor de vosotros por medio de mí». (A) Muchas, grandes y poderosas naciones (conforme se las consideraba entonces) fueron expulsadas de un país tan fértil y excelente como pudiera haber otro en todo el mundo, a fin de hallar acomodación para Israel. (B) No sólo habían sido echadas de delante de Israel, sino que habían sido vencidas y subyugadas, lo cual hizo tanto más gloriosa la posesión de la tierra. (C) No sólo habían echado y derrotado a los cananeos, sino que habían tomado plena posesión de su país (v. 4).
2. Les da seguridades de que Dios estaba dispuesto a llevar adelante y completar a su debido tiempo esta gloriosa obra. Les dice cuán poco tendrán que preocuparse del número de las fuerzas armadas (v. 10): Un varón de vosotros perseguirá a mil, como hizo Jonatán (1 S. 14:13). Y añade: «Porque Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros, y ¿qué ejército podrá resistirle, por numeroso que sea?»
3. Bajo estas premisas, les encarga con todo encarecimiento que cumplan con su deber de amar a Dios y perseverar en los caminos de Dios, en los que tan estupendamente habían sido colocados. Les exhorta:
(A) A que sean esforzados (v. 6): «Ya que Jehová pelea por vosotros contra vuestros enemigos, esforzaos, pues, mucho …»
(B) A que sean muy precavidos: (a) No deben relacionarse con los idólatras, ni visitarles ni estar presentes en ninguna de las fiestas que ellos celebren, porque ello comportaría el peligro de infección. (b) No deben mostrar ningún respeto por ningún ídolo, ni siquiera mencionar el nombre de sus dioses (v. 7), sino esforzarse en sepultar en olvido perpetuo la memoria de ellos, a fin de que nunca más reviva el culto a ellos. (c) No deben permitir que otros pongan en práctica tales cosas. No sólo no deben jurar por el nombre de esos dioses falsos, sino que no han de dar ocasión de que otros juren por ellos, lo cual supone que no han de hacer ningún pacto con los idólatras, ya que éstos, al confirmar tales pactos, jurarán por sus propios dioses, y los israelitas no deben jamás admitir tales juramentos.
(C) A que sean muy constantes en la adhesión al verdadero Dios (v. 8): Mas a Jehová vuestro Dios seguiréis. Como si dijese: «Deleitaos en Él, depended de Él, dedicaos a su gloria, y continuad haciéndolo así hasta el final».
Versículos 11–16
I. Josué les instruye sobre lo que han de hacer para perseverar en la verdadera religión (v. 11). Si hemos de adherirnos a Dios y no dejarle: 1. Debemos estar siempre en vela, porque muchas almas de precio infinito se arruinan a causa del descuido: Guardad, pues, con diligencia vuestras almas. 2. Lo que hacemos en materia de religión, hemos de hacerlo por motivo de amor, no por imposición ni por un temor servil de Dios, sino espontáneamente y con alegría: «… para que améis a Jehová vuestro Dios, y no os apartéis de Él».
II. Les insiste en la fidelidad de Dios hacia ellos, como una razón poderosa para que ellos le sean fieles a Él (v. 14): «Yo estoy para entrar por el camino de todo el mundo, es decir, voy a morir pronto. Ahora que me acerco al término de mis días, es el tiempo adecuado para volver la vista atrás, a los años pasados; reconoced, pues … que no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros» (v. 21:45) ¡Y había dicho muchas!
III. Les amonesta con todo afecto sobre las fatales consecuencias que se seguirían de su apostasía (vv. 12, 13, 15, 16): «Si Os apartáis—viene a decirles—, será vuestra ruina». Obsérvese:
1. Cómo describe la apostasía contra la que les amonesta. El primer paso sería (v. 12) relacionarse amistosamente con los idólatras. El próximo sería concertar matrimonios con ellos. Y la consecuencia sería (v. 16) honrar a dioses ajenos e inclinarse ante ellos.
2. Cómo describe la ruina sobre la que les amonesta. Les dice: (A) Que estos resabios de los cananeos les serían por lazos y trampas, tanto para inducirles a pecar como para comprometerse en negociaciones insensatas, proyectos necios y toda clase de desventajas e inconvenientes. (B) Que se había de encender contra ellos la ira de Dios. El asociarse con los cananeos no sólo les daría a estos idólatras la oportunidad de hacerles muchos y grandes perjuicios, como quien cría culebras en su seno, sino que provocarían a Dios, y harían que se volviese enemigo de ellos y se encendiese contra ellos el fuego del desagrado divino. (C) Que se habrían de cumplir todas las amenazas de la palabra de Dios, como Él lo había prometido, pues el Dios de la verdad eterna es fiel, tanto en cumplir las promesas como las amenazas (v. 15): «Así como se os han cumplido las excelentes promesas, mientras os habéis conservado fieles a Dios, también traerá Jehová sobre vosotros todas sus amenazas si os apartáis de Él».
Con este capítulo se concluye la narración de la vida y gobierno de Josué. Aquí tenemos: I. La diligencia que puso en asegurar la fe y el verdadero culto a Dios en los corazones israelitas, a fin de que cuando él muriese, perseverasen fieles a Jehová. Para ello, convocó de nuevo al pueblo en la persona de los representantes (v. 1) y: 1. En forma narrativa, declara las grandes cosas que había hecho Dios por ellos y por sus padres (vv. 2–13). 2. En vista de esto les encarece que sirvan a Dios (v. 14). 3. Les encarga: (A) Que escojan espontáneamente el Dios a quién servir, y añade las razones para hacer esta elección (vv. 15–18). (B) Los resultados respectivos de tal elección en uno u otro sentido, y la respuesta del pueblo, que resuelve adherirse a Jehová (vv. 19–24). 4. Les obliga bajo pacto (vv. 25–28). II. La conclusión de esta historia con: 1. La muerte y sepultura de Josué (vv. 29–30) y la de Eleazar (v. 33), así como la mención del sepelio de los huesos de José (v. 32). 2. Una breve relación del estado del pueblo de Israel durante el tiempo de aquella generación (v. 31).
Versículos 1–14
Josué pensaba, cuando dijo «Yo estoy para entrar hoy por el camino de todo el mundo» (23:14), que aquella era la última vez que se iba a despedir del pueblo reunido en convocación, pero Dios le otorgó la gracia de conservarle la vida por algún tiempo más de lo que él esperaba, por lo que deseó aprovechar ese tiempo para bien de Israel. Convocó, pues, de nuevo a los representantes del pueblo a fin de insistir en el encargo que les había hecho de que se adhiriesen a Jehová su Dios.
I. El lugar designado para esta convocación fue Siquem, no sólo por caerle a Josué más cerca que Siló, ahora que seguramente estaba débil y en malas condiciones para viajar, sino también porque aquél era el lugar en que Abraham, el primer depositario del pacto de Dios con su pueblo, se había establecido allí a su llegada a Canaán, y allí se le había aparecido Dios (Gn. 12:6, 7). Además, cerca de allí estaban los montes Ebal y Guerizim, donde el pueblo había renovado su pacto con Dios a su llegada al país de Canaán (Jos. 8:30).
II. Los delegados del pueblo se presentaron allí, no sólo delante de Josué, sino también delante de Dios (v. 1), en esta convocación. Es posible que Josué ordenara a los sacerdotes trasladar el Arca desde Siló a Siquem (unos 16 km), pero no puede deducirse del v. 26 que fuese así de cierto, como veremos después. En la presente dispensación no tenemos tales señales visibles de la presencia de Dios, pero sabemos que donde están dos o tres congregados en nombre de Cristo, allí está Él en medio de ellos, del mismo modo que Dios estaba presente donde estaba el Arca; por eso, es posible, se nos dice que se presentaron delante de Dios.
III. Josué les habló en nombre de Dios y como por boca de Dios, como lo hacían los profetas (v. 2): «Así dice Jehová». Nótese que la Palabra de Dios ha de ser recibida realmente como tal, sea cual sea el mensajero que la proclame, pues ni la grandeza del predicador puede añadirle nada, ni su pequeñez puede restarle nada.
1. La parte doctrinal del discurso de Josué es un relato de los hechos gloriosos que Dios había llevado a cabo a favor de su pueblo y de los antepasados de los que estaban convocados allí.
(A) Dios sacó a Abraham de Ur de los caldeos (vv. 2, 3). Abraham, que fue después el amigo de Dios y favorito de los Cielos, fue criado en la idolatría y vivió por largo tiempo en ella, hasta que Dios, por su gracia, lo arrancó de allí como a una rama destinada a ser devorada en un incendio. De ahí que el Apóstol haga de la justificación de Abraham un ejemplo del Dios que justifica al impío
(B) Le condujo después a Canaán, allí le levantó descendencia, le llevó a través de la región de Siquem, donde estaban ellos en este momento, multiplicó su posteridad por medio de Ismael, de quien salieron doce príncipes y, por fin, le dio a Isaac como hijo de la promesa y en él prometió multiplicar extraordinariamente su descendencia. Cuando Isaac tuvo dos hijos, Jacob y Esaú, Dios proveyó heredad para Esaú en la comarca del monte Seír, a fin de que la tierra de Canaán quedase toda ella reservada para la descendencia de Jacob y, así, la posteridad de Esaú no pretendiese tener parte en ella.
(C) Libró después, con mano fuerte (vv. 5–6), a la posteridad de Jacob de la opresión de Egipto, y los rescató de las manos del Faraón y de su ejército junto al mar Rojo (vv. 6, 7). Las mismas aguas que sirvieron a Israel de defensa, sirvieron de sepulcro a los egipcios; y ello, en respuesta a la oración, pues, aunque en la historia de tal acontecimiento leemos que, en su apuro, murmuraron de la providencia de Dios (Éx. 14:11, 12), aquí sólo se hace mención de que clamaron a Jehová. Dios aceptó de este modo las oraciones de quienes clamaban, y pasó por alto la insensatez de los que murmuraban.
(D) Les protegió constantemente en el desierto, donde no se dice aquí que estuvieron vagando, sino que allí estuvieron muchos días (v. 7).
(E) Les dio la tierra de los amorreos, al otro lado del Jordán (v. 8), y deshizo allí el complot de Balac y Balaam contra ellos, de forma que Balaam no pudo maldecirles como era su deseo y, por ello, Balac no se atrevió a combatir contra ellos como tenía planeado; por tenerlo así planeado, se dice aquí que peleó contra Israel (v. 9), esto es, se puso en pie de guerra contra Israel.
(F) Les introdujo a salvo y en triunfo en Canaán, y entregó a los cananeos en manos de ellos (v. 11), y envió delante de ellos una plaga de abejones o avispones (v. 12) cuando estaban empeñados en la pelea, los cuales les atormentaron con sus picaduras y los aterrorizaron con el ruido que hacían, de forma que el enemigo vino a ser fácil presa de Israel.
(G) Finalmente, estaban ahora en posesión pacífica de la tierra y vivían confortablemente del fruto de las labores de otros (v. 13).
2. El recuerdo de todas estas mercedes que Dios les había otorgado en el pasado tenía por objeto exhortarles a temer y servir a Dios en agradecimiento a tales favores, y para que continuasen fieles al Señor (v. 14). Por el requerimiento del versículo 14, repetido en el versículo 23, parece ser que algunos de ellos guardaban secretamente en sus moradas las imágenes o idolillos a los que sus padres habían dado culto en Mesopotamia y en Egipto, como amuletos protectores de las familias, aun cuando es probable que no les rindieran ahora culto. Con todo, ante el peligro de idolatría, Josué les urge severamente a que los quiten de en medio de ellos.
Versículos 15–28
Nunca hubo un contrato mejor concertado y con mejores resultados que éste de Josué con el pueblo, a fin de persuadir a Israel a que perseverasen en el servicio de Dios.
I. ¿Contraerían alguna obligación, si escogían servir a Jehová?—este es el punto que Josué pone a consideración del pueblo ya que, si actuaban ahora con plena deliberación y con firme resolución, esta elección habría de influir grandemente en la constancia con que habían de continuar en ese servicio. Expone, pues, a la consideración de ellos los dos puntos siguientes:
1. Les exhorta a que se adhieran al servicio de Dios de una manera razonable e inteligente, pues es un servicio razonable (comp. con Ro. 12:1). Por consiguiente:
(A) Deja el asunto a la elección de ellos (v. 15). Vemos aquí que: (a) Propone los candidatos que se presentan a la elección: Por un lado, el Señor Jehová y, por el otro, los dioses a los que sirvieron sus antepasados o los dioses de sus vecinos los amorreos, en cuya tierra habitaban ahora ellos; esto último les atraería la simpatía y la amistad de los antiguos moradores, especialmente si ellos estaban bien dispuestos a corresponder a tales muestras de amistad y simpatía. (b) Parece suponer que, entre el pueblo, habría algunos a quienes les parecía mal servir a Jehová (v. 15). Hay algunos que siempre están dispuestos a poner objeciones y dejarse llevar de prejuicios. A éstos les parece poco razonable obligarse a negarse a sí
mismos, mortificar la carne y tomar su cruz, etc. (c) Les urge a que se decidan: «Escogeos hoy a quién sirváis; escoged ahora mismo, cuando el asunto es expuesto claramente delante de vosotros; no estéis perplejos y titubeando, sino llegad cuanto antes a una conclusión». Algo parecido hizo Elías en una ocasión semejante (1 R. 18:21). Con esta urgencia Josué da a entender dos cosas: Primera que es voluntad de Dios el que cada uno de nosotros hagamos de nuestra profesión cristiana un asunto de la más seria y deliberada elección. Segunda, que la religión cristiana tiene de su parte tales pruebas, razones y normas de perfecta ética, que se recomienda por sí misma a quienquiera se pare a pensar libremente sobre la opción de aceptarla o rechazarla. (No se olvide, sin embargo, la necesidad de la operación del Espíritu Santo en el corazón del ser humano, el cual, por naturaleza, está oscurecido y entenebrecido por el pecado.) (d) En cuanto a sí mismo, Josué declara abiertamente a qué candidato va a dar su voto: «Pero yo y mi casa, no importa lo que vosotros hagáis, senviremos a Jehová, y espero que todos vosotros hagáis lo mismo.»
(B) Puesto así el asunto a elección del pueblo, ellos se deciden, mediante una declaración libre, racional e inteligente, por el Dios de Israel, y en contra de cualquier competidor (vv. 16–18): Nosotros también serviremos a Jehová. Dan poderosas razones de los motivos que les han decidido a escoger al Dios de Israel (vv. 16–18), para mostrar que no lo hacían meramente por complacer a Josué, sino plenamente convencidos de lo razonable y equitativo de tal elección.
2. Para animarles a que robustezcan más aún su resolución de adherirse a Jehová su Dios, ahora que los ve bien dispuestos, remacha bien el clavo a fin de que no se suelte fácilmente lo que con tanto esfuerzo se ha conseguido. Como dice nuestro refrán: «A hierro candente, batir de repente». En efecto:
(A) A fin de que consideren bien la obligación que han contraído y las dificultades de observarla, les advierte sin rodeos: No podréis servir a Jehová, porque Él es Dios santo y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados. Si dejáis a Jehová … Él se volverá y os hará mal (vv. 19–20). De seguro que Josué no intenta aquí desanimar al pueblo presentando el servicio a Jehová como impracticable y peligroso. Pero: (a) Quizás intenta aquí hacerse eco de las malvadas insinuaciones de los seductores que trataban de apartar a los israelitas de su Dios presentándolo como un Dios duro, que mandaba cosas imposibles y a quien no se le podía complacer. O: (b) Expresa un santo celo por ellos y abriga ciertos temores de que, a pesar de la profesión decidida que acaban de hacer de su adhesión a Jehová, después se han de volver atrás. O: (c) Como lo dirá explícitamente después (v. 23), les expone claramente la alternativa inevitable: «No podréis servir a Jehová, a menos que quitéis de en medio de vosotros todos los otros dioses». De un modo parecido, nuestro Maestro nos asegura que su yugo es fácil pero a fin que no nos descuidemos, también nos dice que son estrechos la puerta y el camino que conducen a la vida, para que nos esforcemos en entrar, no sólo en buscar. Y: (d) Previendo los obstáculos que pueden desanimarles en la observancia de los mandamientos de Dios, quiere robustecer la resolución que han tomado.
(B) A pesar de la exposición que Josué hace de las dificultades que le pueden salirles al paso, ellos expresan su firme y decidida resolución de perseverar en la elección hecha (v. 21): No, sino que a Jehová serviremos.
II. Una vez que ellos han escogido deliberadamente servir a Dios, Josué les obliga mediante un pacto solemne (v. 25). Moisés había ratificado públicamente, por dos veces, el pacto entre Dios e Israel: en el monte Sinaí (Éx. 24), y en los llanos de Moab (Dt. 29:1). Del mismo modo, Josué lo había hecho antes (8:31 y ss.) y lo hace ahora por segunda vez. Y para observar las formalidades de un pacto: 1. Convoca testigos, no ajenos, sino ellos mismos (v. 22): Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido a Yahveh para servirle. 2. Lo pone por escrito y se inserta, como podemos ver, en el canon sagrado de las Escrituras: Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios. Y levantó una gran piedra bajo la encina, como monumento de este pacto; quizá puso también en la piedra una inscripción (pues de esta manera se dice que «hablan» las piedras) con la que fuese patente a todo viandante la significación del acto.
Versículos 29–33
I. El sepelio de José (v. 32). Había muerto unos 600 años antes en Egipto, pero había juramentado a los hijos de Israel que habían de llevar de allí sus huesos (Gn. 50:25), de forma que éstos no hallasen definitivo descanso mientras el pueblo de Israel no tuviese su reposo en la tierra prometida; ahora, pues, los hijos de Israel, que habían sacado de Egipto este ataúd lleno de huesos y lo habían llevado consigo en todas sus marchas por el desierto, lo habían guardado en el campamento hasta la conquista total del país de Canaán. Por fin, depositaban ahora los huesos de José en la pieza del terreno que su padre le había dado cerca de Siquem (Gn. 48:22). Es probable que el discurso de Josué en esta ocasión sirviese, a un mismo tiempo, de oración fúnebre en el funeral de José y de sermón de despedida del propio Josué.
II. Muerte y sepelio de Josué (vv. 29, 30). Es llamado aquí siervo de Jehová, el mismo título dado a Moisés (1:1), en la mención que se hace de su muerte. Leemos aquí que la sepultura de Josué se llevó a cabo al norte del monte de Gaás, o «colina temblorosa»; dicen los judíos que se la llamó así porque tembló en el sepelio de Josué, para reprochar a los hijos de Israel por su estupidez al no guardarle el duelo que debían haber observado en honor de un hombre tan grande y tan bueno.
III. Muerte y sepelio del sumo sacerdote Eleazar, el cual es probable que muriese el mismo año que Josué, así como murió Aarón el mismo año que Moisés (v. 33). Fue sepultado en un collado perteneciente a su hijo Fineés (hebreo Pinjás).
IV. Finalmente, se nos da una idea general de la situación espiritual del pueblo de Israel en este tiempo (v. 31). Mientras vivió Josué, los hijos de Israel sirvieron al verdadero Dios; pero cuando desapareció aquella generación, también decayó la devoción del pueblo. ¡Cuán grande es nuestro privilegio, al ver que Cristo, nuestro Josué, está siempre con su Iglesia, por medio de su Espíritu, y que lo estará siempre, hasta el fin del mundo! (Mt. 28:20).