El autor de esta epístola es, sin duda, Judas el hermano del Señor (v. Mt. 13:55; Mr. 6:3), puesto que él mismo se identifica (v. 1) como «hermano de Santiago», siendo así que, cuando Judas escribía su epístola, el único Santiago de relieve en la Iglesia primitiva era el hermano del Señor y líder de la iglesia de Jerusalén. El hermano de Juan, Santiago el Mayor, había muerto bastantes años antes (v. Hch. 12:2), y el Menor no vuelve a aparecer en escena después de Hechos 1:13.
Su objeto al escribir esta epístola fue «defender la fe apostólica contra las falsas enseñanzas que estaban surgiendo en las iglesias» (Ryrie). La semejanza de algunas porciones con otras de la 2 Pedro ya fue notada en la introducción a esta última. Lo más destacable es el uso que hace Judas de los apócrifos Libro de Henoc y Asunción de Moisés, lo cual no significa que los tenga por canónicos e inspirados, sino como útiles para basar en ellos algunas afirmaciones.
Seguimos, como en otros lugares, la división que se halla en la Ryrie Study Bible:
I. Saludo y objetivo (vv. 1–4).
II. Desenmascaramiento de los falsos maestros (vv. 5–16).
III. Exhortaciones a los creyentes (vv. 17–23).
IV. Bendición (vv. 24–25).
Versículos 1–4
En estos versículos tenemos: 1) La mención del escritor y de los destinatarios (v. 1); 2) La bendición inicial (v. 2); 3) El objetivo de la carta (v. 3); 4) El motivo por el que les escribe así (v. 4).
1. Dice el versículo 1: «Judas, siervo (gr. doúlos, esclavo) de Jesucristo y hermano de Santiago (lit. Jacobo), a los que han sido llamados, que son amados por Dios Padre y preservados por Jesucristo» (NVI).
(A) Judas es la transcripción del hebreo Yehudá (Judá); era nombre bastante frecuente entre los judíos. Se llama a sí mismo «esclavo de Jesucristo», a pesar de ser hermano suyo según la carne, con lo que muestra su gran humildad. Ya dijimos que el Santiago (lit. Jacobo) del que se dice hermano es, por eso mismo, el hermano del Señor y líder de la iglesia de Jerusalén. Jacobo es la transcripción del hebreo Yaaqob, que suele pronunciarse Jacob.
(B) El autor sagrado dirige su carta a los llamados, apelativo que Pablo da a todos los creyentes (Ro. 1:6, 7; 1 Co. 1:24), puesto que la salvación personal se lleva a cabo comenzando por un llamamiento de Dios (Ro. 8:30). Amados (mejor atestiguado que santificados) en Dios Padre significa aquí la esfera de donde brota el amor: han sido, y son, amados por Dios Padre. El original añade: «y guardados (también en perfecto de pasiva) para (o en) Jesucristo», es decir, incorporados a Cristo y preservados en Él y mediante Él por el poder de Dios (v. 1 P. 1:5).
2. Viene luego (v. 2) la bendición inicial: «Que la misericordia, la paz y el amor sean vuestros en abundancia» (NVI). Puesto que misericordia y gracia son términos equivalentes, hallamos aquí la misma tríada de 2 Corintios 13:14. Lo mismo que la doxología final (vv. 24, 25), también la bendición inicial resulta así más completa que la de 1 Pedro 1:1 y 2 Pedro 1:1.
3. A continuación, Judas expone el objeto de su carta (v. 3): «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me he visto en la necesidad (lit. tuve necesidad) de escribiros exhortándoos a que contendáis ardientemente (gr. epagonízesthai, única vez que tal verbo ocurre en todo el Nuevo Testamento) por la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez por todas (gr. hápax, el mismo vocablo de He. 9:27, 28; 10:2; 1 P. 3:18, entre otros lugares)».
(A) La gran solicitud de Judas muestra que la fe de los destinatarios corría grave peligro, hasta tal punto que se ha visto en la necesidad de escribirles cuanto antes acerca de la salvación común, esto es, la que él compartía con todos los demás creyentes.
(B) La exhortación es a la lucha cuerpo a cuerpo que el verbo griego indica, para defender la fe, es decir, las verdades básicas del Evangelio, que nos han sido transmitidas de mano en mano. El verbo paradotheíse es de la misma raíz que parádosis, que tiene el sentido constante de tradición en el Nuevo Testamento; es decir, algo que se transmite por entregas de mano en mano. Como hace notar D. F. Payne, «las únicas tradiciones inmutables que tienen los cristianos son las verdades del Evangelio».
(C) En efecto, el adverbio hápax (de una vez por todas) nos indica bien a las claras que dichas verdades son inmutables: no se pueden alterar, no se les puede quitar ni añadir (comp. con Gá. 1:6–9). En efecto, el Evangelio es eterno (Ap. 14:6), porque Jesucristo, el centro del Evangelio, es el mismo, ayer, y hoy, y por los siglos (He. 13:8).
4. En el versículo 4, Judas declara explícitamente de dónde partía el peligro grave contra la fe cristiana: «Porque se han introducido solapadamente entre vosotros algunos individuos cuya condenación estaba ya señalada de antiguo en las Escrituras. Son hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a Jesucristo, nuestro único Dueño (gr. despóten, el mismo vocablo de 2 P. 2:1) y Señor» (NVI). Nótense los siguientes detalles:
(A) El escritor sagrado se está refiriendo a ciertos individuos que son impíos (gr. asebeís, lo contrario de eusebeís, piadosos). Su impiedad queda descrita en dos rasgos: (a) Convierten en libertinaje la gracia, es decir, son antinomianos que usan la libertad del Evangelio como base de abastecimiento para satisfacer los deseos carnales (v. Gá. 5:13). (b) Niegan a Jesucristo el lugar que le pertenece como Dueño y Señor, con autoridad para mandar e imponer sus preceptos. Si el primer rasgo señala la práctica del antinomianismo, el segundo marca el principio teórico en que se inspiraban: negarle la autoridad para preceptuarles.
(B) De ellos dice que se habían introducido solapadamente en las iglesias. Esto nos recuerda lo que, sobre los «anticristos», nos dice Juan (por ej. en 1 Jn. 2:19). Como todos los falsificadores, estos impíos no habían entrado en la iglesia por la puerta grande, sino por la trasera o por la ventana (comp. con Jn. 10:1). Seguramente que ponían énfasis en la libertad del Evangelio para llegar a negar toda obligación moral. Es probable que estuviesen inficionados del naciente gnosticismo, con lo que se explicaría, no sólo su antinomianismo (v. la introducción al comentario a la 1 Jn.), sino también el puesto que asignaban al Señor Jesucristo, como si fuese un demiurgo, creador secundario o, más probablemente, un eón, uno de los espíritus intermediarios entre Dios y los hombres.
(C) La NVI ha vertido admirablemente el participio proguegramménoi (de donde procede el vocablo castellano programa) y que significa «escrito de antemano». La condenación (gr. kríma, la sentencia dictada) de estos individuos constaba ya en las Escrituras, como lo va a probar el propio Judas, al acudir a tres ejemplos del Antiguo Testamento, en los que Dios aplicó terribles castigos a grupos de personas cuya impiedad corría pareja con la de los individuos a los que se está refiriendo en esta carta.
Versículos 5–16
Judas ha comenzado a desenmascarar a los falsos maestros y procede ahora: 1) A poner tres ejemplos de castigos famosos en el Antiguo Testamento (vv. 5–7); 2) A describir, en rasgos generales, los vicios de estos impíos (v. 8); 3) A exponer su pecado de blasfemia (vv. 9, 10); 4) Su gran corrupción (vv. 11–13);
5) Y su juicio (vv. 14, 15). 6) Procede finalmente a compendiar los rasgos que caracterizan el orgullo de tales individuos (v. 16).
1. El autor sagrado quiere refrescar la memoria de sus lectores sobre cosas que ellos saben bien. Se trata de tres ejemplos, bien conocidos de los creyentes, en los que Dios infligió un severo castigo (vv. 5– 7).
(A) El primer ejemplo (v. 5) está tomado de Números 14:26–35: «Aunque ya conocéis (lit. sabéis) perfectamente todo esto, quiero haceros memoria de que el Señor sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, pero luego hizo perecer a los que no creyeron» (NVI). Tres detalles son dignos de observación:
(a) La frase «sabéis todas las cosas» (lit.) es parecida a la de 1 Juan 2:20 (según lectura probable), y así como allí se halla cualificada por el contexto (la doctrina ortodoxa sobre Cristo), aquí se refiere a los tres casos que siguen. (b) Quiere hacerles a la memoria todo esto, a fin de que recuerden las consecuencias que tuvo aquel pecado de incredulidad. (c) La tercera lección es que no sirve pertenecer al pueblo de Dios si no se observa una conducta digna de tal privilegio.
(B) El segundo ejemplo se refiere a los ángeles caídos (v. 6): «Y a los ángeles que no guardaron su posición de preeminencia, sino que abandonaron su propia morada, los retiene en oscuras mazmorras, condenados a cadena perpetua hasta el juicio del gran Día» (NVI). Este versículo necesita un examen más atento. Conviene también dar un repaso al comentario a 1 Pedro 3:19. Una cosa es segura: Judas está citando del apócrifo Libro 1 de Henoc y, con ello, garantiza la verdad de lo que dice, sin insinuar por eso que dicho libro sea inspirado.
(a) No cabe duda de que la referencia es a verdaderos «ángeles», no «mensajeros» humanos. J. Alonso hace notar que esto «se entiende perfectamente al tener en cuenta un pasaje del Deuteronomio en la traducción de los LXX y otro del Génesis». El primero es Deuteronomio 32:8, donde los LXX traducen «ángeles» donde el hebreo dice «hijos de Dios» (comp. con Dn. 10:13). El segundo es Génesis 6:4, donde también algunos MSS de los LXX dicen «ángeles».
(b) Según el propio Libro de Henoc, los ángeles que aquí se mencionan vinieron a la tierra y se unieron carnalmente a hijas de los hombres. A esto se refiere la frase de Judas de que «no guardaron su dignidad» (gr. arkhén), esto es, el principado especial propio de espíritus superiores, por naturaleza, a los hombres. «Su propia morada» era, pues, el cielo, el cual abandonaron para descender a la tierra y vivir entre los hombres, con las mismas pasiones de éstos.
(c) El castigo aplicado a tales ángeles, según Judas (tomado tambien del Libro de Henoc), consiste en ser retenidos por Dios en oscuras mazmorras hasta el día del juicio. Esto parece concordar con lo que vimos en 1 Pedro 3:19, y añade cierto peso a la opinión de que también allí se trata de tales ángeles («espíritus», sin más, dice Pedro).
(C) El tercer ejemplo (v. 7) está tomado de Génesis 19:4–25 (v. tambien 2 P. 2:6, 10): «De un modo semejante, Sodoma y Gomorra, así como las ciudades circunvecinas, se entregaron a la inmoralidad sexual y a vicios carnales contra naturaleza. Por eso quedan a la vista como un ejemplo de escarmiento, tras de sufrir el castigo de un fuego eterno» (NVI). El castigo de las ciudades de la Pentápolis es bien conocido por la historia del Génesis, pero este versículo 7 de Judas ofrece dos dificultades:
(a) ¿A quiénes se refiere Judas al decir textualmente: «… de modo semejante a éstos»? No puede referirse a las ciudades, puesto que autás es femenino, mientras que toútois es masculino o neutro. Al tratarse aquí de seres culpables, el neutro queda también eliminado. Tampoco es probable que se refiera a los impíos que son el tema de la epístola, pues: Primero, están muy lejos en la construcción gramatical; segundo, resulta muy difícil aplicarles a ellos lo de ir tras de una carne diferente (lit.). Sólo puede aplicarse a los ángeles del versículo anterior, cuyo pecado, «según esa tradición judía que utiliza Judas, consistió en ir detrás de otra carne diferente de la carne que supuso en los ángeles esa tradición primitiva» (Alonso). Véase también Génesis 19:1–11, en que los ángeles habían tomado un cuerpo semejante, aunque no igual, al de los hombres.
(b) Añade Judas que las ciudades nefandas fueron condenadas al fuego eterno. ¿Cómo puede entenderse esto? Sin duda, a que fueron consumidas para siempre. Pero, como observa Payne, «probablemente, estaban en la mente del autor los fuegos del infierno (cf. Mr. 9:43)».
2. Después de citar estos tres ejemplos, que habían de servir de escarmiento (v. 7) a quienes tuviesen vicios semejantes a los de dichos tres casos, el autor sagrado va a describir las características de los falsos maestros que son su tema, y comienza por compendiarlas en dos rasgos: arrogancia y corrupción (v. 8):
«Exactamente de la misma manera, estos soñadores polucionan su propio cuerpo, rechazan la autoridad y ultrajan a los seres celestiales» (NVI).
(A) Hay una semejanza grande entre el comportamiento de los incluidos en los tres casos citados en los versículos 5–7, y el de los falsos maestros a que Judas alude en su carta, pues en dichos tres casos se destaca la carnalidad sexual, que es también una de las principales características de los falsos maestros:
«polucionan su propio cuerpo», dice Judas.
(B) El autor sagrado los llama soñadores (en participio de presente), lo que insinúa, según opinan J. Alonso y D. Payne, que pretextaban que sus acciones inmorales estaban legitimadas por ciertas visiones que habían recibido.
(C) Lo de «rechazan la autoridad» (lit. el señorío) es muy poco probable (comp. con 1 P. 5:3) que se refiera a la Iglesia (contra J. Alonso). Salguero está en lo cierto: «Los falsos doctores rechazan la soberanía de Cristo, nuestro Señor, no al hacer caso de sus ordenaciones».
(D) ¿Qué significa la última frase: «blasfeman de las glorias» (lit.)? Es seguro que, por «glorias», han de entenderse los ángeles buenos. Dice Alonso: «Esta injuria a los ángeles puede entenderse de varias maneras. La inmoralidad de los herejes suponía una ofensa para los ángeles que velan por la observancia de la ley de Dios. O tal vez, en sus especulaciones, los falsos doctores dejaban malparada la dignidad de los ángeles».
3. En los versículos 9, 10, Judas pone atención especial en el pecado de blasfemia de estos falsos maestros, sin dejar de mencionar (v. 10b) su corrupción, de la que tratará con más detalle en los versículos 11–13. Dicen así los versículos 9 y 10: «Pero el propio arcángel Miguel, cuando estaba disputando con el diablo acerca del cuerpo de Moisés, no se atrevió a lanzar contra él ninguna acusación injuriosa, sino que se limitó a decirle: “Que el Señor te reprenda”. Éstos, en cambio, vituperan todo aquello que no entienden; y las cosas que en tienden por mero instinto, como los animales desprovistos de razón—esas cosas son justamente las que les echan a perder» (NVI).
(A) El versículo 9 parece depender del apócrifo Asunción de Moisés, basado a su vez, en Deuteronomio 34:6, donde se atribuye a Jehová el enterramiento de Moisés, de forma que nadie pudiese saber dónde se hallaba su sepulcro. Judas contrapone la arrogancia insolente de los falsos maestros a la prudente moderación con que el propio arcángel Miguel respondió, según el citado apócrifo, cuando Satanás reclamó el cuerpo de Moisés por su proceder en Éxodo 2:12. La frase «El Señor te reprenda» está tomada de Zacarías 3:2.
(B) En cambio (v. 10) estos soñadores, al ultrajar a los ángeles (v. 8c), están vituperando las cosas que ignoran, pues son incapaces de elevarse hasta las realidades del mundo espiritual. Sólo conocen el mundo material, pero aun en este mundo material se conducen como los brutos animales, con la diferencia de que los animales irracionales se guían por el instinto y, por tanto, obran conforme a las normas que Dios les señaló al crearlos, mientras que éstos abusan precisamente de su razón para ser esclavos del instinto al seguir la inclinación de su corrompida naturaleza.
4. Esta corrupción, no sólo sexual, de los falsos maestros es tipificada por Judas (v. 11) en tres personajes del Antiguo Testamento, pasando luego el autor sagrado a una descripción alegórica de la catadura moral de los falsos maestros. Dicen los versículos 11–13: «¡Ay de ellos! Han seguido el camino de Caín; se han lanzado por lucro al extravío de Balaam, y han perecido en la rebelión de Coré. Estos individuos son manchas deshonrosas en vuestros banquetes fraternales (lit. en vuestros ágapes), comiendo y bebiendo con vosotros sin el menor escrúpulo—pastores que sólo se alimentan a sí mismos—. Son nubes sin agua, que el viento arrastra; árboles de fin de otoño, sin fruto y desarraigados—dos veces muertos—. Son olas encrespadas del mar, que arrojan la espuma de su propia desvergüenza; estrellas errantes, a las cuales está reservada para siempre la más densa oscuridad» (NVI).
(A) Como hace notar Payne, estos falsos cristianos «están tipificados por una carencia general de espiritualidad (como Caín); por motivos impíos y por avaricia (como Balaam); y por rebelión contra la autoridad divina (como Coré). Además, el error de Balaam apunta a la inmoralidad y la falsa adoración (cf. Nm. 31:16; Ap. 2:14)».
(B) La descripción alegórica de la inmoralidad de estos falsos maestros (vv. 12, 13) está hecha por medio de una serie de brillantes metáforas, en lo que Judas muestra su cercano parentesco con Santiago, quien también hace gala, en su epístola, de una brillante imaginación. Seis son las metáforas en las que estos inmorales seudomaestros son comparados a cosas aparentemente inútiles, peor aún, perjudiciales.
(a) Los describe primero como manchas, aunque según el gr. spiládes son, con mayor probabilidad, ocultas rocas marinas que presentan para las naves un grave peligro de naufragio: «escollos que hacían naufragar la fe de los que se reunían con ellos» (Salguero). Por ágapes se han de entender (v. 1 Co. 11:17–34) los banquetes fraternales que los primeros cristianos celebraban con ocasión de celebrar la Cena del Señor, por lo que su actuación impúdica y escandalosa era tanto más lamentable cuanto que, como parece ser, no sólo se habían introducido solapadamente (v. 4) en la membresía de la iglesia, sino que en ella ocupaban puestos de responsabilidad especial.
(b) En efecto, Judas los describe a continuación como «apacentándose a sí mismos» (lit.), lo que insinúa que habían logrado solapadamente el oficio de pastores de las congregaciones, para desempeñar en ellas, no el papel del pastor mercenario (v. Jn. 10:12, 13), sino el de lobo, que es mucho peor. J. Alonso opina que la frase significa primordialmente que «tal vez no reconocían a los jefes de la Iglesia». Por su comparación con Coré, se palpa, en efecto, que se oponían a la autoridad de los apóstoles.
(c) Los compara después a nubes sin agua, arrastradas por los vientos (v. 12e), es decir, que prometen lluvia, pero no sueltan ni una gota de agua, con lo que resultan engañosas en extremo (comp. con Pr. 25:14, aplicado al hombre que promete, pero no cumple).
(d) La siguiente metáfora es sumamente brillante (v. 10d): «árboles de fin de otoño, sin fruto y desarraigados—dos veces muertos»—. Los árboles mueren dos veces: cuando se secan y cuando se arrancan de raíz. De la misma manera, estos farsantes nunca recibieron el agua de la gracia por medio de la Palabra de Dios (comp. con Mt. 15:13; He. 6:7, 8. Este último lugar, sólo probable), sino que, «al estar ya una vez muertos en sus delitos y pecados (Ef. 2:1), todavía, después de profesar conversión, estaban muertos para las buenas obras (cf. Stg. 2:17, 26)» (Payne).
(e) En una quinta metáfora (v. 13), son comparados a olas encrespadas del mar, que arrojan la espuma de su propia desvergüenza (NVI). Comenta Salguero: «La conducta impetuosa y obscena de estos malvados es comparada a las furiosas olas del mar, que arrojan a la costa impurezas y fango».
(f) La sexta y última metáfora (v. 13b) los compara a estrellas errantes, a las cuales está reservada para siempre la más densa oscuridad (NVI). De nuevo tenemos aquí una alusión al apócrifo Libro de Henoc, según el cual los planetas abandonaron un día el puesto que Dios les había señalado. La semejanza con los ángeles del versículo 6 es notoria. Dice Alonso: «Los falsos doctores, que se dan por luz, no son más que extravío. La condenación les aguarda».
5. El autor sagrado ha comenzado ya a insinuar el destino que les espera a estos farsantes, pero lo va a detallar en los versículos 14 y 15, que dicen así: «Enoc, el séptimo patriarca contando desde Adán, profetizó así acerca de éstos: “Mirad, el Señor viene acompañado de millares y millares de sus santos (lit. el Señor vino con sus santas miríadas), para juzgar a todos y dejar convictos a todos los impíos de todas las impiedades que han cometido de manera impía, y de todas las insolencias que los pecadores impíos han proferido contra Él”» (NVI). En este versículo 15 ocurre tres veces, no cuatro, la misma raíz en un sustantivo (asebeías), en un verbo (esébesan, en aoristo) y en un adjetivo (asebeís).
(A) Como hace notar Salguero, el autor sagrado intercala lo de «el séptimo desde Adán» (lit.) «para impedir que se confunda con el tercero, llamado Enós» (Gn. 5:6).
(B) Al decir que Enoc profetizó así acerca de éstos …, Judas se basa en el Libro 1 de Henoc 1:9. Comenta Ryrie: «Aunque esta profecía se halla en el libro no canónico de Enoch (1:9), la profecía original fue pronunciada por el Enoch de la Biblia (Gn. 5:19–24; cf. He. 11:5, 6) y más tarde fue desarrollada e incorporada al Libro de Enoch».
(C) El texto mismo de la citada profecía se halla en dicho libro apócrifo, pero sus afirmaciones quedan autenticadas y garantizadas al ser usadas en un libro inspirado como es esta Epístola de Judas.
«Aquí se describe el juicio divino como universal, y anuncia la suerte terrible reservada a los impíos en el gran día del Señor, cuando Cristo aparezca rodeado de sus santas miríadas, es decir, de sus ángeles (cf. Dn. 7:10; Mt. 25:21). Entonces todo será conocido y retribuido, no sólo las obras impías, sino tambien las palabras ultrajantes contra Dios (v. 15)» (Salguero).
6. En el versículo 16; el autor sagrado compendia las características de los falsos doctores: «Éstos son murmuradores (gr. gongustaí; más exacto, refunfuñadores; comp. con Nm. 16:11, 41; 1 Co. 10:10) y querellosos, es decir, descontentos de todos y de todo, que marchan conforme a sus concupiscencias (lit.), guiados únicamente por sus malos deseos, y su boca habla cosas arrogantes (el mismo vocablo de 2 P. 2:18) y admiran las personas (lit. rostros; gr. prósopa) por causa del provecho» (lit.). Esta última frase significa que son aduladores que sólo lo hacen por razón del provecho que obtienen con sus falsas alabanzas. Cuatro pinceladas le han bastado para un buen retrato de estos malvados.
Versículos 17–25
Los versículos 17–23 están dedicados a exhortar a los creyentes genuinos: 1) A ser cautelosos, pero sin alarmarse (vv. 17–19); 2) A vivir santa y piadosamente (vv. 20, 21); 3) A tener discernimiento en el modo de ejercitar su celo por el bien de sus hermanos (vv. 22, 23).
1. Dicen los versículos 17–19: «Mas vosotros, amados, tened memoria de las palabras (gr. remáton), es decir, de las cosas, que fueron predichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, pues os decían: En el último tiempo habrá burladores, que irán marchando (en participio de presente) conforme a sus propias concupiscencias, (las) de los impíos. Éstos son los que causan divisiones, animales (gr. psukhikoí, según el sentido que este vocablo tiene en 1 Co. 2:14, por ej.), que no tienen espíritu (o el Espíritu)». Esta traducción es lo más literal posible.
(A) El autor sagrado hace aquí un giro redondo: «Mas vosotros …», con el pronombre explícito y en posición enfática, al comienzo mismo de la porción. De los creyentes sinceros espera cosas mejores que de los falsos doctores, llenos de vicios. Para que no se alarmen, pero sean cautelosos, les dice que esto ya estaba predicho por los apóstoles. Dado que la Epístola de Judas es, con la mayor probabilidad, anterior a las 1 y 2 Timoteo y, especialmente, a la 2 Pedro, lo más probable es que el autor sagrado aluda aquí, no a un escrito determinado, sino a la predicación oral apostólica, que ya se refleja en Hechos 20:29 y ss.; 2 Tesalonicenses 2:3–12 y 2 Pedro 3:2. En concreto, 2 Pedro 3:2, 3 es una ampliación de este versículo 18 de Judas.
(B) Los falsos maestros (v. 19) eran (lo son siempre) causantes de divisiones mediante su maligna propaganda, que siempre encuentra en los miembros carnales de las congregaciones un clima de cultivo infeccioso. Pedro dice de ellos que «introducirán encubiertamente herejías destructoras» (gr. hairéseis apoleías; lit. facciones de destrucción. V. el comentario a este versículo).
(C) El vocablo psukhikoí es lo opuesto a pneumatikoí, espirituales; pero no significa meramente carnales (que se dan entre sinceros fieles), sino carentes de toda vida espiritual, no regenerados. En ese sentido, puede Judas añadir que no tienen espíritu, pues su espíritu humano está muerto a la vida sobrenatural y, por lo tanto, son incapaces de ser guiados por el Espíritu Santo (comp. Ro. 8:14).
2. Después de esta admonición, en forma negativa, el autor sagrado pasa a exhortarles, en forma positiva, a una vida santa, llena de piedad (vv. 20, 21) y de celo por el bien de las almas (vv. 22, 23). Esta parte de la exhortación, como contraste con los rasgos malignos de los burladores que acaba de describir en los versículos 18 y 19, comienza también, como el versículo 17, con un «Mas vosotros, amados …», y con la misma construcción gramatical. Dicen así los versículos 18 y 19: «Mas vosotros, amados, sobreedificándoos (el mismo verbo de 1 Co. 3:10, 12, 14; Ef. 2:20 y Col. 2:7) a vosotros mismos sobre vuestra santísima fe, orando (en participio de presente) en (el) Espíritu Santo, conservaos (aoristo de imperativo) a vosotros mismos en el amor de Dios, aguardando con anhelo la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para (eis, en sentido de dirección y de finalidad) vida eterna» (lit.). Los siguientes detalles son dignos de especial consideración:
(A) La santísima fe de que habla aquí Judas es, sin duda, la misma del v. 3, esto es, la fe objetiva, el depósito de la fe cristiana. La exhortación a sobreedificarse sobre ella significa una conducta santa y piadosa, digna de la santísima fe que se ha profesado. Dice Salguero: «La fe de la que aquí se habla es la fe objetiva, pero la invitación a apoyarse sobre ella mira a la fe subjetiva». En todo caso, si se compara esta «sobreedificación» con la «añadidura» a la fe de las demás virtudes, que Pedro ordena en 2 Pedro 1:5 y ss., la fe subjetiva no puede descartarse tampoco aquí, pues el justo siempre vive de fe (v. Hab. 2:4; Ro. 1:17).
(B) «Orando en el Espíritu Santo» indica orar bajo la moción y guía del Espíritu Santo (v. Ro. 8:26; Ef. 6:18).
(C) Lo de «conservaos a vosotros mismos en el amor de Dios», sin descartar la posibilidad de que Judas se refiera tambien al amor que Dios nos tiene (comp. con Jn. 15:9, 10), ha de referirse, sobre todo, o exclusivamente, al amor nuestro a Dios, ya que Judas está hablando ahora de los deberes de piedad de los creyentes.
(D) La expectación anhelante de la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, como describe Judas la Segunda Venida del Señor para consumar la salvación, la vida eterna (comp. con He. 9:28), era un tema que ocupaba lugar importante en la predicación apostólica y en la fe de la Iglesia primitiva.
3. Finalmente, dentro de esta exhortación, Judas ofrece ciertas normas para el modo de obrar correctamente con los hermanos que se dejan seducir, en mayor o menor grado, por los falsos maestros (vv. 22, 23): «Mostrad compasión con los que andan perplejos; a otros, salvadlos arrancándolos de las llamas; a otros, tratadles con misericordia, no exenta de temor—teniendo horror hasta de la ropa contaminada por una carne corrompida» (NVI). Que se trata aquí de hermanos, dentro de la iglesia, no de mundanos, de los de fuera, no cabe duda alguna. Tres grupos se señalan aquí de creyentes más o menos influidos por los errores y por la práctica licenciosa de los falsos maestros:
(A) El primer grupo (no se dice que sean muchos o pocos) lo forman (v. 22) los débiles, quizá neófitos, que andan perplejos (el verbo está en participio de presente; y su sentido aquí no puede ser el de discernir, sino el de vacilar). A éstos hay que instruirles con paciencia, a fin de que conozcan mejor las verdades fundamentales de la fe cristiana.
(B) El segundo grupo (v. 23a) lo forman hermanos que ya han caído en la seducción; pero no hay que perder, por eso, la esperanza, sino que hay que emplear todos los medios, sin regatear esfuerzo, para arrancarlos del fuego (comp. con Am. 4:11; Zac. 3:2; 1 Co. 3:15) que les está envolviendo.
(C) El tercer grupo (v. 23b) está formado por hermanos que no están dispuestos a escuchar consejos ni recriminaciones; por el contrario, han caído bajo la seducción de los herejes y no quieren abandonar tan malvada escuela. Todavía ha de tenerse misericordia (el mismo verbo del v. 22) de ellos, pero con temor de contaminación, pues sus ropas están manchadas, contaminadas por la corrupción. Así como las ropas limpias son símbolo de pureza, de conducta digna (v. Ap. 19:8), así tambien las ropas sucias son símbolo de impureza, de conducta indigna (v. Zac. 3:3 y ss.; Ap. 3:4).
Versículos 24–25
La epístola finaliza con una grandiosa doxología, «una de las grandes bendiciones del Nuevo Testamento». (Ryrie). Dicen los versículos 24 y 25: «Al que puede preservaros de caer y presentaros ante su gloriosa presencia sin tacha (gr. amómous, el mismo adjetivo de Ef. 1:4; 5:27; Fil. 2:15; Col. 1:22; He. 9:14; 1 P. 1:19 y Ap. 14:5) y llenos de júbilo—al único Dios, nuestro Salvador, sea la gloria, la majestad, el poder (lit. la soberanía; gr. krátos) y la autoridad, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, desde antes de todos los siglos, ahora y por todos los siglos. Amén» (NVI).
1. La doxología recoge ya la fórmula, completamente bíblica, que pasará a formar parte de la liturgia, en la que la alabanza, como toda otra clase de oración, se hace únicamente a Dios el Padre, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
2. La frase «único Dios» nos recuerda Deuteronomio 6:4, así como Juan 5:44; 17:3; Romanos 16:27; 1 Timoteo 1:17. Observa Ryrie que «Dios es el Salvador del Antiguo Testamento y ese título sobrevive en el Nuevo Testamento y ocurre siete veces» (aplicado a Dios).
3. El autor sagrado destaca, en su doxología, cuatro atributos divinos: gloria (gr. dóxa), majestad o grandeza (gr. megalosúne), imperio o soberanía (gr. krátos) y autoridad (gr. exousía). La gloria aparece también en la doxología de Romanos 11:36; la soberanía, en 1 Timoteo 6:16. La gloria y la soberanía se hallan en la doxología de Apocalipsis 5:13.
4. Los tres tiempos en que Judas expresa la eternidad son también dignos de observación: «antes de todo el siglo, ahora y por (gr. eis) todos los siglos» (lit.).
Entre los atributos (v. 25), el autor sagrado no ha mencionado el poder (gr. dúnamis), pero aparece al comienzo del versículo 24 dentro del verbo de la misma raíz dunaménoi (al que puede, en participio de presente). Es a Dios el Padre a quien, en último término, atribuye Judas el poder de guardar (el mismo verbo de 2 Ti. 1:12, entre otros lugares) libres de caída a los creyentes y de presentarlos sin mancha para el gran día (comp. con 2 Co. 4:14; Ef. 5:27).