Esta segunda Epístola a Timoteo la escribió Pablo en Roma, donde estaba encarcelado y en peligro de muerte: «Porque yo ya estoy siendo derramado, y el tiempo de mi partida es inminente», escribe en 4:6. Y los intérpretes están de acuerdo en que ésta fue la última epístola que escribió. Poco después, según la tradición, fue decapitado en la Vía Ostia, al oeste de Roma. Es una carta intensamente personal.
Para su división, seguimos los epígrafes del esquema inicial de Ryrie:
I. Saludo (1:1, 2).
II. Acción de gracias por Timoteo (1:3–7).
III. El llamamiento del soldado de Cristo (1:8–18).
IV. El carácter del soldado de Cristo (2:1–26).
V. Las precauciones del soldado de Cristo (3:1–17).
VI. El encargo al soldado de Cristo (4:1–5).
VII. El consuelo del soldado de Cristo (4:6–18).
VIII. Saludos finales (4:19–22).
Después de la introducción (vv. 1, 2), tenemos: I. el sincero amor de Pablo a Timoteo (vv. 3–5); II. diversas exhortaciones que le hace (vv. 6–14). III. Habla de Figelo y Hermógenes, y cierra el capítulo con una mención a Onesíforo (vv. 15–18).
Versículos 1–5
1. La inscripción de la epístola. «Pablo, apóstol de Cristo Jesús» es la misma expresión que hemos visto en 1 Timoteo 1:1, pero ahora añade: «por voluntad de Dios (como en 1 Co. 1:1; 2 Co. 1:1; Ef. 1:1; Col. 1:1), según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús» (v. 1). La frase «que es (hay o está) en Cristo Jesús» nos recuerda que la vida cristiana está centrada en Cristo (v. Gá. 2:20), porque en el Hijo está la vida (Jn. 1:4; 3:36; 5:26; 1 Jn. 5:11, 12); y de Cristo, que es la Cabeza, es suministrada a los miembros de su Cuerpo (Ef. 4:15, 16). Lo de «según la promesa de la vida» va conectado con apóstol de Cristo Jesús, no con lo de la voluntad de Dios, aunque esto último entra también en la designación de Pablo como apóstol. Hendriksen explica atinadamente: «Ese apostolado por la voluntad de Dios estaba “en armonía con (o ‘de acuerdo con’) la promesa de la vida”, es decir, fue el resultado de tal promesa, en el sentido de que, si no hubiese existido tal promesa, no habría podido existir un apóstol designado por Dios para proclamar la promesa».
2. El destinatario (v. 2): «A Timoteo, amado hijo». En 1 Timoteo 1:2, le había llamado «genuino hijo en la fe». Se palpan ya, desde el comienzo de la epístola, una solemnidad especial y una evidente ternura, propias de un padre cuya vida está a punto de derramarse en sacrificio de libación por la causa del Evangelio. La bendición que sigue (v. 2b) está al pie de la letra en 1 Timoteo 1:2, donde puede verse el comentario.
3. Como en muchas otras ocasiones (la estadística nos da mayoría; V. Ro. 1:8; 1 Co. 1:4; Fil. 1:3; Col. 1:3; 1 Ts. 1:2; 2 Ts. 1:3; Flm. 4), Pablo expresa su gratitud a Dios al comienzo de la epístola. En esta ocasión, con una ternura que conmueve. Dicen así los versículos 3–5 en la NVI: «Doy gracias a Dios, a quien sirvo, a imitación de mis antepasados, con conciencia limpia, siempre que en mis oraciones hago memoria de ti incesantemente, noche y día. Al recordar tus lágrimas, deseo vivamente verte, para quedar lleno de gozo. A menudo evoco el recuerdo de tu fe sincera, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y ahora también en ti, como estoy persuadido de que así es». Analicemos estos versículos:
(A) El griego, en el «doy gracias», lleva una fórmula especial (Khárin ékho), que podría traducirse mejor por: «estoy en una continua acción de gracias».
(B) Es curiosa la mención de sus antepasados, al decir: «a Dios, a quien sirvo, a imitación de mis antepasados, con conciencia limpia». En 1 Timoteo 1:5, el mismo adjetivo de aquí (kathará) se aplica a «corazón», mientras que «conciencia» va acompañado de «buena» (gr. agathés, buena moralmente). La mención de sus antepasados (ya difuntos) está designada a establecer un paralelo con los antepasados de Timoteo, su madre y su abuela (todavía vivas). Los antepasados de Pablo (y él antes de convertirse) sirvieron a Dios con una conciencia limpia, irreprochable (comp. con lo que dice en Hch. 24:14, 15), de la misma manera que la abuela y la madre de Timoteo (y el mismo Timoteo) sirven a Dios en la fe de Jesucristo. Como certeramente observa Hendriksen: «Pablo pone de relieve que él no ha introducido una nueva religión. Lo que ahora cree es esencialmente lo que creyeron también Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Isaías y todos los piadosos antepasados». Comenta J. Collantes: «Al convertirse, no ha cambiado de Dios ni de aquella fundamental actitud generosa que caracterizaba su espíritu».
(C) Este paralelo de sí mismo con sus antepasados, por una parte, y de Timoteo, con los suyos, por otra, brota espontáneamente en la mente del apóstol «siempre que en sus oraciones hace memoria de él incesantemente, noche y día» (comp. con 1 Ti. 5:5). «Pablo viene a decir que siempre que piensa en Timoteo, lo contempla como a quien igualmente sirve al verdadero Dios con pura conciencia» (Hendriksen).
(D) En la medida en que el recuerdo de Timoteo se le hace más vivo en la mente del apóstol orante, se le aumenta la constante nostalgia (gr. epipothón, en participio de presente), esto es, el vivo deseo de verle (v. 4). Hay un motivo interior, profundo, en el avivamiento de esa nostalgia del apóstol: «al recordar tus lágrimas», dice. Si lo de «las incesantes oraciones, noche y día» nos recuerda lo que el propio Pablo dice en Hechos 20:31, lo de las lágrimas de Timoteo nos conduce de la mano a la escena que describe Lucas en Hechos 20:37. Aquella última despedida debió de resultar tremendamente amarga para el fiel discípulo e hijo en la fe.
(E) Pero por eso precisamente Pablo desea vivamente volver a ver a su amado Timoteo ¡para llenarse de gozo! ¿Tan cerca de las lágrimas el gozo? Sí, porque el reencuentro es siempre tanto más gozoso cuanto más amarga ha sido la despedida. Dice J. Collantes: «Cargado de cadenas, próximo a la muerte, abandonado de todos (4:10–12), desea ver a Timoteo para secar sus lágrimas, y con esto solo se llenará de alegría. No es su propia pena la que le entristece; es el desconsuelo de su discípulo el que le impide que su gozo sea completo».
(F) Si no conociésemos a Pablo, el que con tanto anhelo tenía puestos los ojos en la meta futura (v. por ej., Fil. 3:10 y ss.), diríamos que, próximo ya a la muerte, sólo vive de recuerdos (v. 5): «A menudo evoco el recuerdo de tu fe sincera (lit. no hipócrita) …». Pablo es testigo de la sinceridad con que el joven Timoteo había recibido el Evangelio y había profesado su fe en el Señor. El griego dice literalmente: «Al recibir el recordatorio», por lo que algunos autores opinan que Pablo había recibido recientemente noticias de Timoteo. Guthrie hace notar que, en cuatro versículos (3–6), hallamos cuatro diferentes expresiones que denotan recuerdo.
(G) El apóstol dice que esta fe, actitud propia del sincero creyente cristiano, habitó primero en Loida, la abuela de Timoteo, y en su madre Eunice, y Pablo estaba seguro de que también habitaba en el propio Timoteo. Estas frases requieren un análisis especial:
(a) La metáfora de habitar, residir como en propia casa, es favorita de Pablo. Así habla del habitar de Dios (2 Co. 6:16), del Espíritu (Ro. 8:11 y en el v. 14 del capítulo que venimos estudiando), de la Palabra (Col. 3:16) y aun del pecado mismo (Ro. 7:17), en el creyente. En todos estos casos, se trata de una residencia dinámica, activa; más propia de un obrero que de un simple huésped.
(b) El apóstol menciona la buena conciencia (v. 3), así como el temor reverente a Dios (v. Hch. 10:2; 16:14, por ej.), en judíos observantes, no convertidos todavía al cristianismo, pero sólo atribuye la fe o el epíteto de creyente al que se ha convertido a Cristo (v. Hch. 16:31, 34). La fe, pues, que había habitado en la abuela y en la madre de Timoteo era la fe cristiana. Seguramente que también ellas habían sido convertidas mediante el ministerio del apóstol.
(c) La fe que había habitado en la abuela de Timoteo y en su madre eran propias respectivamente de ellas. Timoteo hubo de creer también personalmente para ser salvo. En otras palabras: la fe no se hereda ni se comunica. Nadie puede creer por otro, ni dar la fe a otro, como no puede alimentarse por otro ni dar la salvación a otro. Así que Erdman, citado por Collantes, se equivoca de medio a medio cuando dice:
«Pablo nos enseña que la fe puede ser comunicada». Es cierto que los padres, maestros, predicadores, etc., pueden instruir en las verdades de la fe cristiana; es cierto que una familia cristiana es una atmósfera propicia para que brote la planta de la fe, pero la fe personal de entrega al Salvador es algo exclusivamente personal, algo que sucede íntimamente en un acontecimiento vital entre la propia persona y Dios.
Versículos 6–14
A continuación, el apóstol hace diversas exhortaciones a Timoteo.
1. La primera exhortación, en forma de hacer a la memoria (gr. anamimnésko), es (v. 6): «que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos». Recuérdese que a este don se había referido Pablo en 1 Timoteo 4:14, en cuyo comentario explicamos ya algunos de los conceptos. Allí le pedía que no descuidara tal don; ahora le pide algo más y, precisamente, ante el recuerdo de la fe que habita seguramente en él («Por la cual causa», dice, con una expresión poco frecuente en Pablo); le pide que reavive el fuego del don de Dios. El verbo anazopureín (aná, de nuevo, zo, vida, pur, fuego) significa aquí atizar el fuego, especialmente soplando, a fin de que lo que son como carbones encendidos, pero más o menos ocultos bajo la ceniza del miedo o de la indolencia, se manifiesten en llamarada que calienta e ilumina. El apóstol dice de este don «que está en ti mediante la imposición de mis manos» (v. 6b), expresión más fuerte que la de 1 Timoteo 4:14 («con la imposición, etc.»). El apóstol da la razón por la cual exhorta a Timoteo a reavivar dicho don (v. 7): «Porque no nos ha dado (lit. dio, en aoristo) Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de cordura (gr. sophronismoú, único lugar en que aparece este vocablo, aunque términos de la misma raíz aparecen en otros quince lugares). Los dos versículos (6 y 7) se aclaran mutuamente:
(A) Dios, dice Pablo, no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder (v. 8b) para actuar en medio de circunstancias difíciles, de amor para sacrificarse por el bien de los demás (comp. con Jn. 10:11) y de cordura, para obrar con la ecuanimidad que exijan las circunstancias. Dice Collantes: «La fuerza puede llevar al ministro de Dios a ser duro a veces; la caridad (esto es, el amor), a un celo indiscreto. La prudencia sabrá endulzar los rigores de la fuerza y encauzar ordenadamente la torrentera del celo. Fuerza, caridad y prudencia, unidas, harán al ministro de Cristo animoso sin debilidad, enérgico sin aristas, bondadoso sin claudicaciones, celoso sin exageración».
(B) Aunque espíritu aparece correctamente escrito con minúscula, no cabe duda de que, como en otros muchos lugares (comp. con Ro. 8:15, por ej.), en el origen sobrenatural de todo lo que acontece en nuestro espíritu regenerado está el Espíritu (con mayúscula) de Dios. Este Espíritu Santo de Dios es el que otorga el don (v. 1 Co. 12:4, 7 y ss.). La imposición de las manos de Pablo no tenía en sí ninguna eficacia «sacramental» (ni principal, ni instrumental). El apóstol usa en el versículo 6b la preposición diá con genitivo instrumental (como, por ej., en Ef. 2:8, «mediante la fe»), porque la imposición de las manos simbolizaba la prolongación del ministerio de Pablo en la persona de Timoteo. Esto acontece dentro de la comunidad eclesial animada y estimulada por el Espíritu Santo. Por tanto, Timoteo no podía sacar de su propio espíritu la fuerza necesaria para avivar el don de otro modo que al echar mano del poder que imparte el propio Espíritu de Dios.
(C) Esta exhortación era muy oportuna, habida cuenta de las múltiples dificultades que asediaban a Timoteo desde dentro y desde fuera, ya que, además de ser un joven (1 Ti. 4:12, comp. con 2 Ti. 2:22) débil físicamente (1 Ti. 5:23) y tímido, según insinúa el apóstol en 1 Corintios 16:10, estaba expuesto a los ataques de los falsos maestros de Éfeso (1 Ti. 1:3–7, 19, 20; 4:6, 7; 6:3–10; 2 Ti. 2:14–19, 23) y a las persecuciones que el Estado y los judíos inconversos desencadenaban contra los cristianos.
2. La segunda exhortación (v. 8) es consecuencia de la primera. Es como si ahora le dijera Pablo a su discípulo e hijo en la fe: «Mira, Timoteo, tienes en ti el don de Dios; no tienes excusa; por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni (te avergüences) de mí, preso suyo (comp. con Ef. 3:1), sino comparte conmigo el sufrir por el Evangelio (NVI), conforme al poder de Dios; con el poder que da Dios, no por tus propias fuerzas». La mención del poder de Dios lleva al apóstol a una declaración grandiosa del plan amoroso de salvación (vv. 9 y 10), cuyo heraldo ha sido designado el propio Pablo (v. 11) y por el que padece con la cabeza muy alta (v. 12). Todo lo que Pablo dice en los versículos 9–12 está orientado a estimular a Timoteo para que ponga por obra la exhortación que le hace en el versículo 8.
(A) Veamos primero el texto de los versículos 9–12, según la NVI, donde se clarifica el sentido:
«Quien (Dios) nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por algo que nosotros hubiésemos hecho, sino por su propio designio y su gratuito favor. Esta gracia nos fue otorgada en Cristo Jesús desde la eternidad (comp. con Ro. 16:25; Ef. 1:4; Tit. 1:2), pero se ha manifestado ahora mediante la aparición (gr. epiphaneías) de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que ha reducido a la impotencia (en aoristo: de una vez por todas; el verbo es el mismo de Ro. 6:6, entre otros lugares) a la muerte y ha sacado a la luz la vida incorruptible por medio de la predicación de la Buena Noticia, para lo cual he sido yo designado heraldo, apóstol y maestro (lo de «de los gentiles» falta en los MSS más importantes, y es añadidura tomada, probablemente, de 1 Ti. 2:7). Por este motivo estoy padeciendo estas cosas, pero no me avergüenzo, pues sé a quién he creído, y estoy convencido (o persuadido; gr. pépeismai, pretérito perfecto de la voz media-pasiva) de que es poderoso para guardar (gr. phuláxai; el mismo verbo del v. 14 y de 4:15, así como de 1 Ti. 5:21; 6:20) lo que le he confiado (lit. mi depósito; el mismo vocablo del v. 14 y de 1 Ti. 6:20) para el día aquel».
(B) Analicemos primero los versículos 9 y 10, en los que el apóstol hace su gran declaración doctrinal acerca del plan de la salvación. Son muchos los autores que ven en estos versículos un himno (o fragmentos de él), similar a los de Filipenses 2:5–11; 1 Timoteo 3:16; Tito 3:4–7.
(a) Nótese el orden de los dos primeros verbos («nos salvó y nos llamó») del versículo 9. El sentido exacto del primero ha de verse a la luz de 1 Timoteo 1:15: vino a salvarnos. Aplicado a Dios, como es aquí el caso, significa «procedió a salvarnos». No se habla todavía de una aplicación personal ya hecha, sino de la declaración de un propósito amoroso de Dios hacia nosotros. «Nos llamó» (comp. con Ro. 8:30, donde el llamar aparece como el primer paso en el orden de la ejecución); al llamado corresponde acudir
«tal como uno está»: «no conforme a nuestras obras», añade Pablo (v. 9b, comp. con Ef. 2:9; Tit. 3:5).
Pero este llamamiento se halla aquí cualificado con el complemento circunstancial «con un llamamiento santo» (lit.), es decir, con llamamiento a la santidad (comp. con Ef. 1:4).
(b) Nuestra salvación y el llamamiento a una vida santa no se deben, añade Pablo (v. 9b) a nada que nosotros hayamos podido hacer o merecer, sino únicamente al designio amoroso y gratuito (¡gracia!) de Dios hacia nosotros. El amor y el poder, conjuntamente, de Dios han hecho posible la obra de nuestra salvación. Dice Collantes: «El poder de Dios está trascendido de amor. Y por eso nos obliga más a serle fieles, porque el mismo que opera en nosotros la fortaleza para sufrir es el que nos ha salvado y nos ha dado la vocación al cristianismo».
(c) «Esta gracia, continúa Pablo, nos fue otorgada en Cristo Jesús desde la eternidad (lit. antes de los tiempos eternos)». Es un favor que se nos otorgó cuando fuimos escogidos en Cristo (Ef. 1:4), pero esa concesión estaba escondida, desde la misma eternidad, en el seno del Padre (comp. con Jn. 1:18). Sólo se publicó a los cuatro vientos, se manifestó (gr. phanerotheísan), cuando el propio Salvador (v. 10) fue manifestado (ephaneróthe, el mismo verbo y en el mismo tiempo, aunque en diferente modo) en carne (1 Ti. 3:16). Pablo describe al Salvador como al Yeshúa (Jesús, el «Yahweh salva») Mesías (Cristo) ungido por Dios para el oficio específico de salvar (v. Mt. 1:21).
(d) El apóstol describe la obra de la salvación, llevada a cabo por nuestro Salvador Cristo Jesús (v. 10, lit.), en lo que más tiene de Buena Noticia: la oferta de la vida eterna (v. Jn. 3:16). Para todo el que creyere, con el perdón de los pecados viene la derrota de la muerte y la donación de la vida incorruptible. Es Cristo Jesús, nuestro Salvador, el que, mediante la obra de la Redención, ha reducido a la impotencia a la muerte, y ha abolido el dominio que ejercía sobre nosotros a causa del pecado (comp. con Ro. 6:6), que es el aguijón de la muerte. Morir, para el cristiano, se ha convertido en dormir. Y al resucitar de entre los muertos, Cristo Jesús (con quien hemos resucitado a la nueva vida; v. Ef. 2:4–7), sacó a la luz la vida incorruptible. Todo el que lea con atención el Antiguo Testamento se percatará de lo escondida que estaba la idea misma de una vida incorruptible. Era como un misterio escondido desde los siglos en Dios (Ef. 3:9). La proclamación del Evangelio es la declaración solemne de que esa explosión de luz y vida eternas ha tenido lugar en este pequeño planeta nuestro y, desde aquí, por medio de la Iglesia, ha sido comunicada a los lugares celestiales (Ef. 3:10).
(C) En el versículo 11, el apóstol declara, con frases similares a las de 1 Timoteo 2:7, que, para el anuncio de la Buena Noticia, fue puesto (el mismo verbo de Jn. 15:16b) por Dios como heraldo, apóstol y maestro. Las tres funciones tienen por objeto el anuncio de lo mismo, pero cada una tiene su característica respectiva: «Como heraldo, debe anunciar y proclamar en voz alta ese Evangelio. Como apóstol no puede decir ni hacer sino lo que se le ha encomendado que diga y haga. Y como maestro, ha de poner todo esmero en impartir instrucción en las cosas que pertenecen a la salvación y a la gloria de Dios, y debe exhortar a la fe y a la obediencia» (Hendriksen). Nótese que el que humildemente está hablando de las más altas funciones que, como a ministro suyo, le ha encomendado Dios, ¡es un preso, condenado a muerte!
(D) Pero, precisamente por eso (v. 12), porque está padeciendo por la causa del Evangelio («Por la cual causa padezco estas cosas», lit.), se siente más movido a hacer una de sus grandiosas declaraciones, que se canta como estribillo de un himno bien conocido en nuestras congregaciones: «Mas yo sé a quién he creído, / y estoy bien cierto que es poderoso / para guardar mi buen tesoro / consigo, junto a Dios». Antes de estas frases, dice: «pero no me avergüenzo». Ya había escrito esta misma frase a los fieles de Roma (Ro. 1:16); ahora lo escribe desde Roma a su discípulo Timoteo. Entonces no se avergonzaba del Evangelio «porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree». Ahora no se avergüenza «porque sabe a quién ha creído», es decir, en quién ha puesto su confianza. Y añade: «Y estoy convencido (o persuadido) de que es poderoso para guardar (gr. phuláxai, custodiar) mi depósito con vistas a (gr. eis) aquel día». Dos detalles necesitan especial aclaración:
(A) ¿A qué se refiere Pablo aquí con eso de «mi depósito» (gr. parathéken; el mismo vocablo del v. 14 y de 1 Ti. 6:20)? ¿Se refiere al Evangelio que se le ha encomendado proclamar, o a sí mismo y su completa salvación? Tanto en el versículo 14 como en 1 Timoteo 6:20, está claro que Pablo se refiere al depósito que Dios ha puesto en las manos de Timoteo para que lo guarde, pero en el versículo 12 no dice
«el depósito», sino «mi depósito»; además, en el versículo 14, como en 1 Timoteo 6:20, es Timoteo quien tiene que guardar el depósito, pero en el versículo 12 no es Pablo el que ha de guardarlo, sino Dios en Cristo. Como demuestra Hendriksen, todo el contexto anterior, además del texto en sí mismo, favorecen la opinión de que Pablo se está refiriendo a sí mismo y a su completa salvación, la cual está bien segura en las manos de Dios (v. Jn. 10:28–30). Así opinan también la mayoría de los autores y así lo ha entendido siempre el pueblo cristiano.
(B) ¿Cuál es el día aquel al que se refiere Pablo al final del versículo 12? Es claro que debe entenderse del día de las recompensas (comp. con el v. 18 y con 4:8, así como con 1 Co. 3:13 y 2 Ts. 1:10). En todos estos lugares hallamos la misma expresión indefinida («el día aquel» o, simplemente, «el día»). No era necesario precisar más, pues los lectores sabían perfectamente a qué día se estaba refiriendo el apóstol.
3. La tercera exhortación (v. 13) dice así en la NVI: «Lo que escuchaste de mis labios, guárdalo como pauta directriz de sanas doctrinas, con fe y amor de índole cristiana». Para «pauta directriz», el apóstol usa el vocablo griego hupotíposin, que ya conocemos por 1 Timoteo 1:16; son los dos únicos lugares en que tal vocablo aparece en todo el Nuevo Testamento. Aquí está todavía más clara la figura de «poner debajo para calcar» con la mayor exactitud los contornos del modelo, pues se trata de las sanas palabras (comp. con 1 Ti. 1:10), esto es, la doctrina revelada, infalible e inmutable; y, por ello, más de fiar todavía que cualquier ser humano, aunque su santidad sea del calibre de la del gran apóstol. A estas enseñanzas del Evangelio, que Timoteo escuchó de labios de Pablo, ha de atenerse en todo cuanto enseñe y haga. Dice W. Hendriksen: «El lema, tan popular hoy, de “No importa lo que usted crea, con tal que sea sincero en lo que cree”, es diametralmente opuesto a la enseñanza de las Epístolas Pastorales. No obstante, el espíritu con que uno se aferra a la verdad y la comunica a otros sí que importa. Por eso añade el apóstol: “Haz esto con fe y amor centrados en Cristo Jesús”».
Versículos 15–18
En estos versículos, Pablo pasa ahora a referirse a la situación en que se halla personalmente, debido a una triste circunstancia, ya conocida («Ya sabes esto») de Timoteo. Aunque el abandono por parte de «todos los que están en Asia» no puede menos de deprimir el ánimo del apóstol, dedica, sin embargo, solamente un versículo a mencionar lo que le causa dolor, para referirse, en tres versículos, a lo que le causa gozo.
1. Entre los que le abandonaron («todos los que en el Asia», lit.), el apóstol singulariza a Figelo y Hermógenes, quizás, como apunta D. Guthrie, «porque éstos eran la causa principal del disturbio». La forma en que Pablo se refiere a los que le abandonaron («los que [están] en Asia»), no en Roma, da a entender que «algunos líderes cristianos en la provincia cuya capital era Éfeso habían sido invitados por Pablo a venir a Roma con el fin de aparecer como testigos a su favor … Con la mayor probabilidad, el miedo les retuvo». Comenta Collantes: «Aunque dolido, más por estas defecciones que por sus cadenas, Pablo no tiene ni una palabra de reprensión para esos hombres cobardes. Porque no se trataba de una apostasía de la fe, sino de una falta de fidelidad a su propia persona. Y para Pablo es únicamente el Evangelio lo que cuenta en la vida».
2. Pero hay una noble excepción (además, Pablo no está solo; v. 4:11): Onesíforo se había portado muy bien con él. No dice Pablo que fuese uno de los que él había invitado a que viniesen a Roma a dar testimonio a su favor. Que no es ése el caso se colige por lo que de él dice aquí el apóstol (vv. 16–18):
«Que el Señor muestre misericordia con la familia (comp. con 4:19) de Onesíforo, porque me dio refrigerio muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas, sino que, por el contrario, cuando estuvo en Roma, me buscó con solicitud hasta encontrarme. Que el Señor le conceda hallar misericordia de parte del Señor en aquel día. Y la cantidad de servicios que prestó en Éfeso, tú la conoces de sobra». (NVI, excepto en un «me»—«me prestó»—, que equivocadamente añade dicha versión. Analicemos brevemente esta porción:
(A) Tengamos en cuenta que, cuando escribe esta epístola, Pablo no se halla, como anteriormente, en el piso alquilado al que hace referencia Lucas en Hechos 28:30, donde, aparte de poder recibir las visitas de los amigos, tenía libertad suficiente incluso para moverse por las calles de Roma, aunque siempre encadenado a un soldado que le vigilaba. Ahora está ya condenado a muerte y encerrado en lo más lóbrego de la prisión interior, como había estado en Filipos (Hch. 16:24). Por eso, era mucho más difícil dar con él y aun visitarle.
(B) Pero, aun así, Onesíforo, cuando estuvo en Roma, lo buscó con solicitud (gr. spoudaíos) hasta dar con él. Y no sólo lo visitó muchas veces, sino que le reavivó el ánimo (gr. anépsuxen, de ana y psúkho); le alivió también materialmente. El apóstol menciona con profunda gratitud hacia Onesíforo, que no se avergonzó de las cadenas de Pablo. W. Hendriksen hace notar la frecuencia con que menciona el apóstol en este capítulo lo de no avergonzarse: «Timoteo no debe avergonzarse (v. 8). Pablo no se avergüenza (v. 12). Onesíforo no se avergonzó (v. 16)».
(C) La mención de la familia (lit. casa) de Onesíforo, tanto aquí (v. 16) como en 4:19, y la expresión «en aquel día» (v. 18), clara referencia al día escatológico de las recompensas (comp. con la del v. 12, al final), ha llevado a muchos autores a conjeturar, y aun asegurar, que Onesíforo había muerto ya cuando Pablo escribió esta epístola. Esta probabilidad no puede negarse, y hasta es posible que hubiese sido ejecutado. El apóstol dice (v. 18, al comienzo): «Que el Señor le conceda hallar misericordia de parte del Señor en aquel día». Esta frase plantea dos problemas:
(a) Si, efectivamente, Onesíforo había muerto, ¿tenemos aquí una oración del apóstol por un difunto? Así piensan muchos, especialmente entre los católicos. Spicq, por ejemplo (citado por Guthrie), ve aquí un ejemplo, único en el Nuevo Testamento, de oración por los difuntos. Esto estaría de acuerdo con el precedente judío, también invocado por la Iglesia de Roma, del caso mencionado en el apócrifo 2 Macabeos, 12:43–45, tenido por canónico por los catolicorromanos. Permítaseme dar mi juicio sobre algo que evangélicos como Scott (y el mismo Guthrie) hallan alguna dificultad en resolver: Primero, apoyar lo de la oración por los difuntos en una conjetura (de la muerte de Onesíforo) es demasiado arriesgado. Segundo, la petición de una bendición escatológica no exige, de suyo, que el sujeto aludido haya fallecido ya (comp. con 1 Ts. 5:23). Tercero, y más importante (puesto que esto afecta también al caso de 2 Macabeos, 12:43–45, no como libro canónico, sino como libro histórico que refleja la mentalidad judía de la época próximamente anterior a nuestra era): Un deseo, más bien que una petición, de que el Señor conceda misericordia, en el día de las recompensas, a quien había usado de tanta misericordia con el propio apóstol (comp. con Mt. 5:7), NO ES, EN MODO ALGUNO, UNA PRUEBA A FAVOR DEL PURGATORIO, PUESTO QUE LO QUE EL APÓSTOL CONSIDERA AQUÍ NO ES EL ESTADO INTERMEDIO, SINO EL DÍA DE LAS RECOMPENSAS. Cuarto, y último, si Onesíforo había muerto como mártir de la fe cristiana, es de tener en cuenta que la costumbre de orar por los mártires difuntos es algo que nunca se ha observado en la historia de la Iglesia. ¿Será por esto por lo que el jesuita Collantes no menciona esta cuestión? Por otra parte, el evangélico Hendriksen ni la plantea ¡cosa extraña!
(b) La repetición anómala del vocablo «Señor» en el versículo 18 (gr. ho Kúrios … pará Kuriou) presenta la cuestión siguiente: ¿A quién se refiere Pablo, a Dios Padre o al Señor Jesucristo? La respuesta no puede darse a priori, y decir, por ejemplo, que «Señor» es, para Pablo, el Señor Jesucristo, puesto que hemos visto recientemente (por ej. en 2 Ts. 3:3, 16; 1 Ti. 6:15) que eso no es invariablemente así. Las opiniones varían: Algunos, como Scott (citado por Guthrie), lo aplican, en ambos casos, a Dios Padre. Otros, al seguir a Bernardo de Claraval, aplican el primero (con artículo) a Jesucristo y el segundo a Dios Padre. D. Guthrie añade que «esto se ajusta a la costumbre de los LXX de aplicar el término sin artículo a Dios». También W. Hendriksen es de esta opinión. A mi juicio, la solución es, precisamente, al revés: en el primer caso, «el Señor» es Dios Padre, como término de referencia en nuestras peticiones; en el segundo, es el Señor Jesucristo, puesto que es en su tribunal (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10) donde se celebra el juicio de recompensas.
(D) El apóstol menciona finalmente (v. 18b) los servicios que Onesíforo había prestado en la iglesia de Éfeso. Eso lo sabía Timoteo suficientemente bien (éste es el sentido de un comparativo sin segundo término de comparación, tanto en griego como en latín). Qué servicios fuesen ésos no lo sabemos, pero debieron de ser importantes y notorios para que Pablo los considerase dignos de especial mención. Ya dijimos que la añadidura «me («me prestó») es un error de la NVI (y otras versiones, incluida la Biblia de Jerusalén), pues está muy mal apoyada en el cuerpo de los MSS, faltan en la mayoría de ellos y no se hallan en ninguno de los más importantes. Todavía peor es la añadidura de «nos» («nos ayudó»), como aparece en la RV 1960, donde los traductores se limitaron a poner en letra corriente lo que la antigua RV había suplido (malamente) en cursiva, ya que el «nos» no tiene apoyo en ninguno de los MSS.
El epígrafe que el Dr. Ryrie pone a este capítulo, como ya lo copiamos en la introducción, es «El carácter del soldado de Cristo». En consonancia con esto, vamos a adoptar también las subdivisiones que aparecen en la Ryrie Study Bible: 1. Es fuerte (vv. 1, 2). II. Es de recta intención (vv. 3, 4). III. Es estricto consigo mismo (vv. 5–10). IV. Tiene seguridad (vv. 11–13). V. Es sano en la fe (vv. 14–19). VI. Practica la santidad (vv. 20–23). VII. Es un buen siervo (vv. 24–26).
Versículos 1–2
1. Las primeras palabras de esta exhortación a Timoteo traen a la memoria las que, con tanta frecuencia, dirige Yahweh a Josué (v. Jos. cap. 1) después de la muerte de Moisés: «Esfuérzate y sé valiente». En contraste con la cobardía que «los que están en Asia» (1:15) mostraron, Timoteo es exhortado a «revestirse de poder» (gr. endunamoú). El verbo está en presente de imperativo de la voz media-pasiva. Esto mismo indica que Timoteo no puede darse a sí mismo este poder, sino que ha de echar mano del poder que le otorga el Señor mediante el Espíritu que habita en él. Ese poder ha de hallarlo Timoteo en la gracia que fluye de Cristo Jesús como de la Cabeza (comp. con Ef. 4:15, 16). Gracia es siempre un favor justificante, como en Efesios 2:8, o fortificante, como en 1 Corintios 15:10. En este último aspecto ha de verse aquí (comp. con 2 Co. 12:9).
2. Timoteo necesita revestirse de dicho poder a fin de que, en primer lugar, sea capaz de cumplir debidamente con el serio cometido que el apóstol le da en el versículo 2: «Y las cosas que me has oído decir delante de muchos testigos, encomiéndalas a tu vez a hombres de confianza (gr. pistoís; lit. fieles, esto es, de fiar), que estarán capacitados (gr. hikanoís, competentes) para enseñar también a otros» (NVI). Las dos últimas palabras de este versículo, en el original (hetérous didáxai), constituyen el lema del Seminario Teológico Centroamericano (SETECA) de Guatemala. Analicemos este importante versículo:
(A) Las cosas que Timoteo le había oído decir a Pablo coincidían, sin ningún género de duda, con el
depósito (1:14) de la sana doctrina cristiana.
(B) Probablemente, el apóstol había ofrecido un compendio de las verdades de la fe en el mensaje pronunciado con ocasión de la inducción de Timoteo al ministerio. Esto explicaría mejor la mención de los «muchos testigos»
(C) La frase que las versiones traducen por «delante de muchos testigos» es, en el original, diá pollón martúron (lit. mediante muchos testigos) La construcción es rara y ha dado que hablar a los autores, pero
W. Hendriksen ha demostrado que tal construcción no tiene nada de anormal, no sólo en el griego común del Nuevo Testamento, pues se halla también de modo similar en el versículo 4 de 2 Corintios 2 (diá pollón dakrúon, con muchas lágrimas, no mediante muchas lágrimas), sino también en la Odisea y en la Ilíada de Homero.
(D) Estas cosas, el depósito de la sana doctrina cristiana, es lo que Timoteo ha de transmitir, encomendar (gr. paráthou; lit. pon al lado, sin distancias intermedias de tiempo ni de lugar) a personas (gr. anthrópois, seres humanos, no sólo varones; por eso se admiten también mujeres en nuestros centros de formación bíblica y teológica) que sean de confianza, que sean de fiar, no sólo por la capacidad intelectual necesaria para asimilar debidamente las enseñanzas que se les impartan, sino, sobre todo, por su probada piedad y dedicación al Señor. El aoristo paráthou da a entender que el encargo se ha de dar de una vez por todas.
(E) El apóstol añade una nueva cualidad, además de la fidelidad: «que estarán capacitados para enseñar también a otros» (hetérous, de diferentes temperamentos, mentalidades, etc.). El que no sea competente para comunicar lo que sabe, debe ser empleado, por muy sabio que sea, en otros menesteres. Los dones que el Espíritu Santo distribuye para bien de la comunidad eclesial son muchos y de diversa índole, y están muy diversamente repartidos (v. 1 Co. 12:7–11, 28–30).
(F) Todas estas precauciones son necesarias, según el apóstol, para que el depósito de la sana doctrina pase incorrupto de mano en mano; y es seguramente por la tremenda importancia del encargo por lo que Pablo le recuerda a Timoteo que fue dado en presencia de muchos testigos, con la mayor probabilidad, los ancianos que tomaron parte en la inducción de Timoteo (comp. con 1 Ti. 4:14b).
Versículos 3–4
De la fortaleza que un buen soldado de Cristo necesita, pasa el apóstol a mencionar la rectitud de intención y la total dedicación al ministerio, expuesto aquí bajo la metáfora, tan frecuente en Pablo, de la milicia.
1 «Comparte conmigo, dice Pablo (v. 3), las dificultades como un buen soldado de Cristo Jesús» (NVI). El «pues» de nuestra RV debe eliminarse, ya que no tiene fundamento en los MSS, y puede causar confusión por la aparente conexión con el versículo 2, conexión que Pablo no establece aquí. El verbo que traduce la NVI por «compartir dificultades» ha salido recientemente (1:8; v. el comentario). Pablo da por supuesto que Timoteo es un buen (gr. kalós, excelente) soldado de Cristo Jesús (lit.) y, por eso, le exhorta a sufrir con él las penalidades que toda milicia comporta (comp. con 3:12). Comoquiera que el original usa el prefijo sun, con, pero no especifica quién es el compañero de penalidades, opina Hendriksen que, en 1:8, es evidente que significa «conmigo», pero aquí (2:3) debería interpretarse en plural «con nosotros», a la vista de los muchos testigos citados en el versículo anterior. Es posible, pero no me resulta convincente.
2. A continuación, el apóstol establece una condición que podría ser mal interpretada (v. 4): «Ninguno de los que hacen el servicio militar se enreda en las ocupaciones de la vida ordinaria, sino que procura agradar al oficial bajo cuyo mando está» (NVI). A la vista de este versículo son muchos los autores que opinan de modo demasiado estricto, como si el apóstol prohibiese a los ministros de Dios cualquier otra ocupación que no sea la dedicación a la Obra a tiempo completo. Que esto es un ideal digno de contemplarse, nadie lo negará, pero también es cierto que resulta, con frecuencia, utópico.
(A) Está, en primer lugar, el ejemplo del propio apóstol, quien se había dedicado al oficio de fabricar lonas para tiendas de campaña (v. Hch. 18:3; 20:34; 1 Co. 4:12), sin que esto le estorbase en su ministerio de predicación del Evangelio. Es extraño, pues, que un autor católico tan experto como M. Meinertz (entre otros) vea aquí «el origen de la tradicional prescripción eclesiástica que prohíbe a los clérigos dedicarse al comercio y aun buscar su subsistencia por medio de ocupaciones civiles» (citado por J. Collantes). El único motivo de dicha «prescripción eclesiástica» ha de buscarse en el falso nivel de superioridad espiritual que la Iglesia de Roma llegó a atribuir a los clérigos y monjes.
(B) Pero la clave para la recta interpretación de este versículo se halla en el vocablo griego empléketai (se enreda), de donde procede el castellano implicar, a través del latín implicare Con este verbo el apostol quiere dar a entender que lo malo no es ocuparse en un oficio de artesanía o de enseñanza secular, sino en negocios que acaparan la atención de tal forma que constituyen un verdadero obstáculo a la dedicación que el ministro de Dios ha de consagrar a la oración y al estudio de la Palabra, así como a la visitación o, al menos, a la consejería. El vocablo griego expresa gráficamente, como observa Guthrie, «el enredo de las armas del soldado en los pliegues de su manto». Y añade: «El punto principal es, por consiguiente, la renuncia a todo aquello que estorba el verdadero propósito del soldado de Cristo».
Versículos 5–10
De la metáfora de la milicia pasa el apóstol a la de la lucha atlética y a la de la labranza, antes de estimular a Timoteo con el ejemplo del Señor Jesucristo.
1. «Y asimismo el que compite como atleta no recibe la corona de vencedor si no se atiene a las reglas de la competición» (NVI). A eso se refirió ya en 1 Corintios 9:25. Aquí viene a añadir un nuevo requisito: No basta con dedicarse de corazón al servicio del Evangelio; es preciso también atenerse a las normas. Sin duda, la norma principal que el apóstol tiene en mente es la del dominio propio, como puede adivinarse al comparar este texto con el citado 1 Corintios 9:25. Por supuesto que se incluye la sana doctrina y el sincero deseo de cumplir la voluntad de Dios, pero el espíritu de mansedumbre, de amor, de sumisión a los demás (comp. con Ef. 5:21), a favor del orden y de la edificación de la iglesia, son normas que han de observarse si el ministro de Dios (y aun todo creyente) ha de dar fruto en el desempeño de su ministerio. También aquí cabe dar «golpes bajos» que deben ser motivo de descalificación, como lo serían en un combate de boxeo.
2. Pablo pasa después a exponer lo mismo bajo la metáfora del labrador (v. 6): «El labrador que trabaja de recio debe ser el primero en participar de los frutos» (NVI). A la dedicación del soldado y al orden con que un atleta guarda las normas, añade ahora el apóstol el esfuerzo fatigoso (gr. kopiónta, verbo bien conocido) y constante (el verbo está en participio de presente) del labrador (ver la misma comparación en Jn. 15:1 y ss.; y especialmente 1 Co. 3:9). La segunda parte del versículo parece indicar, a primera vista, que el ministro de Dios ha de tener un ojo puesto en los frutos personales de su labor. Es cierto que mirar a la recompensa (sobre todo, cuando la recompensa es espiritual) no tiene nada de malo. Pero aquí la recompensa es la elevación de su propio nivel espiritual y el de otros. Dice Hendriksen: «No sólo será fortalecida su propia fe, alentada su esperanza, ahondado su amor y reavivada la llama de su don, de forma que será “dichoso en lo que haga” (Stg. 1:25), sino que, por añadidura, verá en las vidas de otros (Ro. 1:13; Fil. 1:22, 24) los comienzos de los gloriosos frutos que se mencionan en Gálatas 5:22, 23. Véase también Daniel 12:3; Lucas 15:10; Santiago 5:19, 20».
3. Como haciendo un alto, a fin de que Timoteo reflexione y saque las consecuencias de lo que le viene diciendo, dice ahora el apóstol (v. 7): «Reflexiona en lo que te estoy diciendo, pues ya te dará (el verbo, efectivamente, está en futuro) el Señor una comprensión más profunda de todo esto» (NVI). En otras palabras, todo creyente en general, y especialmente el ministro de Dios, ha de estudiar, reflexionar y orar, sin esperar a que el Espíritu Santo le conduzca a toda la verdad cuando él no se aplica con denuedo, dedicación y esfuerzo a la lectura y ponderación de la Palabra. Después de la regeneración, como después de la creación (Gn. 1:2), el Espíritu de Dios ya no obra en el vacío; el siervo de Dios ha de aportar su esfuerzo.
4. Y para animar a Timoteo a correr con ánimo esforzado la carrera que tiene por delante, Pablo le exhorta a poner los ojos en Jesús (comp. con He. 12:2) «Recuerda a Jesucristo, le dice (v. 8), resucitado de entre los muertos, del linaje de David» (NVI). Como de costumbre, Pablo pone delante de los ojos el ejemplo de Jesucristo, nuestro Gran Capitán. La alusión al resucitado es un gran estímulo para todo cristiano que combate y, especialmente, para el que padece persecución por la fe (comp. con Ap. 1:18; 5:6). A. D. Guthrie le resulta extraña la añadidura de la última frase («del linaje de David»). J. Collantes ve erróneamente en dicha expresión «la alusión a la comunidad de la raza humana». No hay tal cosa. Hendriksen ha visto bien, ya que el contexto (vv. 11 y 12) lo aclara, que aquí Pablo une lo del vivir con Cristo con lo de reinar con Cristo. Lo que me resulta extraño es que Hendriksen, entre los numerosos lugares que cita, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, no mencione Hechos 13:33, 34 que, a mi juicio, sigue la misma línea que aquí; y donde se ve la importancia de la alusión a David, puesto que a él le fueron hechas las promesas del trono Por cierto, lo del reinar con Cristo se refiere al futuro escatológico (comp. con Lc. 22:29, 30; Ap. 20:4, al final). «Al presente, dice el autor de Hebreos (He. 2:8b), no vemos que todo le esté sometido». En efecto, el dios de este mundo (2 Co. 4:4), gobernador del reino del aire (Ef. 2:2) es todavía el Maligno (1 Jn. 5:19b). Lo de «conforme a mi Evangelio» (lit.), con que termina el versículo 8, ha de conectarse con «resucitado de entre los muertos», puesto que este hecho constituye el núcleo del Evangelio (v. 1 Co. 15:3, 4).
5. La mención del Evangelio, por cuya causa (por haber proclamado salvación también para los gentiles) Pablo se halla encadenado y condenado a muerte, lleva al apóstol a presentar su propio caso después del de Jesucristo mismo, a fin de animar a Timoteo más y más a sufrir penalidades (o dificultades) como las sufre él mismo, pues el verbo del versículo 3 es un compuesto del que Pablo se aplica a sí mismo en el versículo 9. En los versículos 9 y 10, va a presentar cuál es la gloria que comporta el sufrir por la causa del Evangelio, así como el fruto que con ello se obtiene. Dicen así dichos versículos en la NVI: «por el que (el Evangelio) estoy sufriendo hasta el punto de estar encadenado como un criminal (gr. kakoúrgos; lit. malhechor) Pero la palabra de Dios no está encadenada Por esto, lo aguanto (gr. hupoméno, soporto) todo por causa de los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con gloria eterna».
(A) Notemos primero que, por causa del Evangelio, Pablo está preso y encadenado como un malhechor público, es decir, como un criminal. El vocablo griego kakoúrgos «es palabra técnica en el vocabulario judicial y engloba a los ladrones, asesinos, sacrílegos» (Collantes). Dicho vocablo ocurre únicamente aquí y en Lucas 23:32, 39, en todo el Nuevo Testamento. ¿De qué crimen era acusado Pablo ante Nerón? Sin duda, de sedición Basta con recordar tres versículos, en su contexto: Hechos 16:20; 17:6 y 24:5. Pero esta acusación era falsa, ya que Pablo, lejos de promover ninguna revuelta, urgía el acatamiento a las autoridades (v. Ro. 13:1 y ss.; comp. también con 1 P. 2:17–20; 4:15, 16). El verdadero motivo de su arresto y posterior encarcelamiento fue la predicación del Evangelio de salvación a los gentiles (v. Hch. 22:21, 22). ¿Y qué le importaba a Nerón de esto? ¡Y tantos millones de mártires cristianos habían de morir como enemigos del Estado y hasta de la Iglesia!
(B) Nótese, a continuación, la exclamación triunfal del apóstol: «Pero la Palabra de Dios no está encadenada». Pablo está preso, ¡pero la Palabra de Dios está suelta; ningún ser humano ni diabólico la puede atar ni encadenar! El Evangelio ha de cumplir el objetivo para el que bajó del cielo a la tierra (v. 4:17, así como Is. 40:8; 55:11; Fil. 1:12–14). W. Hendriksen cita, al llegar a este punto, el famoso himno de Lutero, Ein feste Burg ist unser Gott, bien conocido en la traducción que del mismo hizo nuestro compatriota J. B. Cabrera.
(C) «Por esto, dice Pablo (v. 11), es decir, porque la Palabra de Dios no está encadenada, todo lo aguanto por causa de los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación, etc.» Esta fraseología (especialmente eso de «también ellos») sugiere que Pablo se está refiriendo a los que estaban ya escogidos en Cristo (Ef. 1:4) en los designios divinos, pero todavía no habían creído cuando el apóstol escribía esto. La perspectiva de los campos blancos para la siega le consolaba de todos los sufrimientos que padecía. No habían de faltar predicadores del Evangelio que llevasen la Palabra a multitud de seres humanos, todavía inconversos, pero escogidos ya en los designios de Dios para alcanzar la salvación que Cristo nos obtuvo y que poseen todos los que están en Cristo. De esta forma, bien podía sufrir Pablo con gozo las penalidades de esta vida, a la vista de la gloria eterna que muchos habían de compartir con él un día (comp. con 2 Co. 4:17).
Versículos 11–13
En estos versículos, y tras de la ya conocida frase: «Palabra fiel es ésta», Pablo cobra nuevos ánimos, al considerar, como lo ha hecho otras veces, que si Cristo vive en nosotros, con Él sufrimos, con Él morimos, con Él y en Él vivimos, con Él hemos de reinar. La construcción misma de estos versículos nos convence de que forman parte de un himno, en el que se exaltan estas bendiciones del creyente. Dice Collantes: «La estrofa se compone de cuatro estiquios ligados entre sí por la anáfora (gr. ei), y el paralelismo sinónimo o antitético. El último verso tiene una conclusión que rompe la simetría, y que muy bien pudiera haberla añadido san Pablo». Veamos cómo aparece la estrofa, al traducir literalmente del original:
«Fiel (es) la palabra porque,
Si morimos (aoristo) con (Él), también viviremos con (Él);
Si soportamos (presente), también reinaremos con (Él);
Si (le) negáremos (futuro), también Él nos negará;
Si somos infieles (presente), Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.»
1. La interpretación de estos versículos depende del sentido que se le dé al aoristo morimos con (gr. sunapethánomen) del versículo 11b. Hay quienes ven ahí una alusión al martirio (Bernardo de Claraval y, entre los modernos, Bouma), interpretación que Hendriksen tiene como posible, aunque no le satisface del todo. En efecto, no puede satisfacer puesto que el verbo está en aoristo, y apunta a un hecho pasado y de una vez por todas. Así que la alternativa queda entre las dos siguientes interpretaciones:
(A) La mayoría de los autores, tanto evangélicos como, en especial, catolicorromanos, opinan que Pablo se refiere aquí a la muerte simbólica que el creyente muestra en la ceremonia del bautismo. Esta opinión explica bien el aoristo morimos, pero no cuadra con el contexto anterior ni con el posterior, donde es evidente el concepto de padecimiento literal, real, no simbólico.
(B) W. Hendriksen, al seguir a Calvino, Ellicott y Van Andel, sostiene que Pablo se refiere, no a un martirio real ya sufrido, sino «a una plena resignación a soportarlo, con todas las aflicciones que puedan precederlo». Cita a favor de esto lugares como 1 Corintios 15:30, 31 y 2 Corintios 4:10, y muestra además que el contexto presente es muy distinto del de Romanos 6:3 y ss. Estoy completamente de acuerdo con Hendriksen, y me permito añadir una prueba más: La fraseología del versículo 12b («Si (le) negáremos, también Él nos negará») no puede menos de recordarnos Mateo 10:32, 33; Lucas 12:9, donde el contexto implica la persecución y la conducción de un creyente ante los tribunales, no la profesión de fe hecha en el bautismo, ¡donde no se niega a Cristo!
2. Pasamos, pues, a la interpretación de estos versículos, basados en lo que acabamos de sostener. Vayamos por partes:
(A) «Si morimos con Él (Cristo), también viviremos con Él» (v 11b). Como hemos visto, el verbo morimos con está en aoristo. La decisión de sufrirlo todo por Cristo y con Cristo se tomó en el pasado. Sin duda que Pablo tenía presente aquí lo que dice en Gálatas 2:20 («Con Cristo estoy juntamente crucificado»), por lo que también era consciente, no sólo de vivir con Cristo, sino de que Cristo era el que vivía en él. Lo de aplicar esto únicamente a la vida de ultratumba no tiene sentido, pues el futuro escatológico se limitará a manifestar, a sacar a la luz pública, la vida que ya estaba escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3, 4). Nótese, de paso, que Pablo no dice «resucitaremos», sino «viviremos», lo cual es una confirmación de que no se trata del bautismo.
(B) «Si soportamos (v. 12a), también reinaremos con Él». Que esto se refiere al final de los tiempos, no cabe duda (v. Ap. 20:4, 6), aun cuando es cierto que los creyentes son ya, por derecho, un regio sacerdocio (1 P. 2:9; Ap. 5:10). Dice W. Hendriksen: «Reinar con Cristo significa experimentar en la propia vida la restauración del oficio de profeta, sacerdote y rey. Como profeta, su mente estaba iluminada para conocer a Dios. Como sacerdote, su corazón se deleitaba en Dios. Como rey, su voluntad estaba en armonía con la voluntad de Dios. Este triple oficio, perdido por la caída, es restaurado por la gracia de Dios. La respuesta gozosa de la voluntad del creyente a la voluntad de Cristo, esa respuesta que es verdadera libertad, es el elemento básico en este reinar con Cristo».
(C) «Si le negamos, también Él nos negará». El verbo negar está en futuro de indicativo en el original, lo cual significa que se trata de una condicional que tiene fundamento en la realidad. No es una mera posibilidad; es algo que se da todos los días. Como Simón Pedro en el atrio del sumo sacerdote, también nosotros negamos al Señor más de una vez. Por fortuna, lo mismo que a Pedro, nos queda aún abierta la puerta del arrepentimiento y de la confesión, con la gracia de Dios que no se niega, a priori, a nadie. En todo caso, no se trata de una apostasía total de la fe cristiana, sino de un pecado de cobardía del que un día habremos de avergonzarnos (v. 1 Jn. 2:28b).
(D) «Si somos infieles (presente continuativo), Él permanece fiel» (v. 13a). ¡Qué contraste! Los dos verbos están en presente: Frente a la continua infidelidad del creyente está la continua fidelidad del Señor. Aquí está la gran seguridad del cristiano: Hay una real posibilidad de que el cristiano continúe siendo infiel, lo que equivale a estar negando constantemente a Cristo, pero no hay posibilidad de que el Señor pueda quebrantar su fidelidad. ¿Por qué? Muy sencillo (v. 13b): «Porque el Señor no puede negarse a Sí mismo». El verbo negar significa decir que no. En el hombre, el decir y el hacer son dos cosas distintas (v. Mt. 21:28–30); por eso, el hombre puede negarse a sí mismo ¡y ser fiel al Señor, en lugar de seguir siendo infiel! Pero en Dios (y, por tanto, en Cristo), el hacer no puede ser distinto del decir porque es la propia Verdad personificada (Jn. 14:6). Así que negarse a Sí mismo equivaldría a destruirse a Sí mismo.
¡Pero el YO SOY no puede dejar de ser! La conclusión gloriosa para el cristiano es: Si Dios me salvó, no se puede volver atrás (comp. con 2 Co. 1:20–22).
Versículos 14–19
En estos versículos, vemos que el buen soldado de Cristo es sano en la fe.
1. En el versículo 14, el apóstol manda a Timoteo que conjure solemnemente a otros (comp. con 1 Ti. 1:4; 6:4) a no contender sobre palabras (donde Pablo usa precisamente el verbo de la misma raíz que el sustantivo griego logomakhías de 1 Ti. 6:4). Esto, dice, lejos de aprovechar, sólo sirve para catástrofe (lit) de los oyentes sólo lo que edifica a los demás sirve de provecho a la comunidad, mientras que lo que los falsos maestros predican y discuten no edifica, sino que destruye, pues la etimología de la palabra catástrofe («volver de arriba abajo») «es la antítesis de la edificación» (Guthrie).
2. De un mandato negativo acerca de otros, pasa el apóstol a mandar a Timoteo algo muy positivo para sí mismo, en un versículo muy conocido de todos (v. 15): «Haz de tu parte todo lo posible para presentarte a Dios de modo que obtengas su aprobación, como un obrero que no tiene por qué avergonzarse y que maneja correctamente la palabra de la verdad» (NVI) Analicemos este importante versículo:
(A) Lo que aquí manda el apóstol a Timoteo tiene validez para todo creyente, pero está dirigido especialmente a los ministros de Dios. En primer lugar, le urge a que ponga de su parte todo lo posible (lit. esfuérzate por …) para presentarse a Dios como aprobado (gr. dókimon, aceptado después de ser puesto a prueba). El vocablo griego es el contrario del que usa Pablo en 1 Corintios 9:27 («adókimos», descalificado; «suspenso», diríamos hoy, frente al «aprobado» de 2 Ti. 2:15). «Aprobado» no significa que haya pasado el examen «por las justas», sino que, más bien, equivale a «sobresaliente». Como se ve por la comparación con 1 Corintios 9:24–27, esto incluye también una conducta piadosa, pero el contexto actual pone énfasis en la doctrina.
(B) «Como un obrero que no tiene por qué avergonzarse.» Nótese que Pablo dice «obrero» (gr. ergáten), es decir, un trabajador, no un solista o discutidor, como los aludidos en el versículo 14. Un obrero, además, que es buen artesano, que no se contenta con salir del paso, sino que hace las cosas del mejor modo posible ¡Cuánta mediocridad se observa en muchos púlpitos y tribunas! ¡Qué superficialidad en la exposición de las Escrituras! El ministro de Dios tiene que trabajar de tal modo que no tenga por qué avergonzarse (comp. con 1 Jn. 2:28b) cuando el Señor pronuncie su nombre para que acuda a su tribunal a recibir la recompensa.
(C) «Que maneja correctamente la palabra de la verdad», y muestra así que no tiene por qué avergonzarse. El verbo griego orthotoméo, que aparece aquí en participio de presente continuativo, significa, en su etimología, «cortar rectamente», metáfora que se halla, por ejemplo, en Proverbios 11:5, donde el griego de los LXX usa este verbo para significar «hacer derecho el camino». En nuestro lenguaje corriente, decimos «cortar por lo sano» para referirnos a una decisión difícil, pero necesaria. El propio verbo decidir significa «cortar de», pues toda decisión realiza una «separación» de otras varias posibilidades. Trazar rectamente es, a mi juicio, la mejor traducción de dicho verbo, como vierten la RV 1977 y la traducción de J. Collantes. Es una labor que exige competencia, estudio y oración para ser claro y preciso en la exposición de la Palabra, de forma que se explique llanamente el sentido del texto dentro de su contexto inmediato y del contexto general de las Escrituras. Dice Hendriksen: «El hombre que maneja la palabra de la verdad rectamente, no la cambia, ni la pervierte, mutila ni distorsiona, ni la usa con mal propósito en su mente. Por el contrario, en actitud de oración, interpreta la Escritura a la luz de la Escritura».
3. De nuevo vuelve el apóstol a urgir, en forma negativa, a Timoteo (v. 16, comp. con el v. 23) lo que ya le dijo con respecto a otros en el versículo 14, así como en 1 Timoteo 1:4; 6:20. Son cosas vanas, que conducen más y más a la impiedad (gr. asebeías, lo contrario de eusébeia, que es la verdadera devoción). Es, pues, uno más de los malos frutos que en otros lugares, como los citados, aparecen como resultado de la palabrería y de la falsa enseñanza. El verbo griego prokópto, que aquí usa Pablo, significa «avanzar, progresar», pero ¡vaya un progreso!, ¡hacia la impiedad! En este mal «avance», la palabra de tales «progresistas» se extenderá, dice Pablo (v. 17), como gangrena. Dice Hendriksen: «No sólo se come el cáncer los tejidos sanos, sino que, al obrar así, agrava la condición del paciente. De manera semejante, la herejía, anunciada con tanta propaganda, se desarrolla tanto en extensión como en intensidad».
4. El apóstol singulariza (vv. 17b, 18), de entre otros, a Himeneo y a Fileto. Ya vimos el nombre del primero en 1 Timoteo 1:20. Por lo que se ve, no le hizo efecto alguno la «excomunión», sino que fue de mal en peor. Su mención en primer lugar en ambos textos hace pensar a Hendriksen que «era posiblemente el cabecilla». Del Alejandro de 1 Timoteo 1:20, no sabemos ya nada más. En el versículo 18, el apóstol menciona explícitamente el error capital de estos falsos maestros: decían que la resurrección ya se efectuó. ¿Qué significa esto? Si tenemos en cuenta que estos falsos maestros estaban tocados de gnosticismo, y que para el gnosticismo es mala la materia, la resurrección corporal era insostenible (comp. con 1 Co. 15:12). La resurrección, pues, ya efectuada, era, para ellos, alegórica o espiritual: la iluminación recibida en el bautismo, donde el espíritu tenia su encuentro con la verdad. Así trastornaban la fe de algunos, como lo hacen hoy los teólogos liberales que niegan la resurrección corporal de Jesús, mientras afirman profesar todavía la fe cristiana.
5. Por grande que sea este trastorno subjetivo de la fe, viene a decir Pablo (v. 19): «Sin embargo, el fundamento sólido puesto por Dios se mantiene firme, sellado con esta inscripción: “El Señor conoce a los que son suyos”, y “todo aquel que invoca el nombre del Señor debe apartarse de la iniquidad”» (NVI). Este versículo requiere un análisis especial.
(A) ¿Cuál es ese fundamento sólido que se mantiene firme? Nótense los cuatro vocablos que denotan estabilidad: fundamento … sólido que permanece firme. Hay quienes piensan que Pablo se refiere a la verdad objetiva del Evangelio, pero esta opinión no guarda armonía con el contexto, que no trata de verdades reveladas, sino de edificios sellados. La metáfora está tomada aquí de la costumbre de poner inscripciones-sellos en los edificios públicos. Aquí, pues, ese edificio es, según están de acuerdo los autores, la Iglesia (v. Mt. 16:18; 1 Co. 3:10–12; Ef. 2:20, 21; 1 P. 2:5 y ss.). Para el significado del sello véase Efesios 1:13.
(B) El apóstol ve una doble inscripción-sello sobre este edificio de la Iglesia: (a) «El Señor conoce a los que son suyos». Esta frase está tomada de Números 16:5, dentro del informe sobre la revuelta de Coré y sus secuaces, donde se le recuerda a Israel gue Yahweh sabe diferenciar entre lo verdadero y lo falso y ha de mostrar lo que es suyo. Los hombres pueden ser engañados por las apariencias, pero Dios no se engaña, porque su conocimiento infalible penetra hasta el fondo del corazón. Dice Guthrie: «Este conocimiento del infalible discernimiento de Dios tiene por objeto suministrar grandes ánimos a Timoteo y a todos los demás que estaban perplejos ante los elementos indignos en la Iglesia. (b) «Todo aquel que invoca el nombre del Señor (Yahweh, no Cristo) debe apartarse de la iniquidad». El sentido de esta cita está tomado de Isaías 52:11, pero puede verse también en Números 16:26. Esto significa, como pone de relieve Hendriksen, que «la primera inscripción no tiene ningún sentido si se la separa de la segunda, ni la segunda si se la separa de la primera. El Señor les dirá a los malvados que nunca los conoció (Mt. 7:23; Lc. 13:27)». Como siempre, la demostración notoria de la verdadera fe y, por tanto, de la elección de Dios, son las buenas obras (comp. por ej., con 2 Ts. 2:13; Stg. 2:14; 1 P. 1:1, 2).
Versículos 20–23
En efecto, el soldado de Cristo y buen obrero, aprobado por Dios, ha de ser un «vaso santificado, útil para el Dueño» (v. 21), si ha de ser «vaso de elección» (Hch. 9:15, lit.). Con toda naturalidad, pues, y teniendo en mente, aunque implícito en el texto, el concepto de edificio, analizado más arriba, el apóstol compara la Iglesia a «una casa grande» (v. 20), donde los miembros son como «vasos» (lit.) de diferentes materiales y para diversos usos. En los versículos 22 y 23, el apóstol deja la metáfora anterior, pero sigue en la misma línea de la necesidad de conservar la pureza y la santidad. Vamos por partes.
1. Dicen los versículos 20, 21 en la NVI: «En una casa grande hay objetos (gr. skeúe, vasos o utensilios) no sólo de oro y plata, sino también de madera y de barro; algunos están destinados a usos honoríficos, y otros a usos viles. Así, pues, quien no se contamina con lo vil, será un instrumento (de nuevo, skeúos, vaso o utensilio) destinado a usos honoríficos, santificado, útil para su Amo y apercibido para llevar a cabo toda clase de obras buenas». Esta última frase está en plena conformidad con el v. 19b. Estos dos versículos requieren un cuidadoso análisis, pues se prestan a confusión. Basta con leer las referencias que suelen hallarse en nuestras versiones, las cuales favorecen también la confusión.
(A) Lo primero que hay que tener en cuenta es que Pablo describe aquí, bajo la metáfora de los vasos de distintos materiales, los miembros en la iglesia, tanto genuinos como falsos, pues se trata de la iglesia visible. Por tanto, como advierte Hendriksen, las referencias a 1 Corintios 3:1–15 (que se refiere a materiales, no a miembros, de la Iglesia) o a 1 Corintios 12:12–31 (que se refiere a distribución de carismas) no tienen ningún sentido; «sólo sirven para confundir materias», dice. Lo mismo digo de la referencia a 2 Corintios 4:7 (donde el barro no indica ninguna vileza, sino sólo debilidad).
(B) La mayor dificultad del versículo 20 está en la aplicación de la metáfora de los vasos a los miembros de la iglesia visible, puesto que en una casa grande tanto los utensilios de oro y de plata como los de madera y de barro son útiles para diferentes servicios; más aún, los más necesarios son los de madera y de barro, mientras que los de oro y plata sirven más de adorno y ostentación que de utilidad. Es menester, pues, tener mucho cuidado al pasar del uso físico de los vasos materiales a la calidad moral de los vasos personales o miembros de la iglesia.
(C) Hecha esta advertencia, me aventuro por un terreno donde no encuentro camino abierto; me temo, que por una falsa modestia de parte de los autores. En una casa grande, los utensilios de oro y plata (que no se hallan en una casa pequeña) consisten especialmente en vajilla: copas, platos, fuentes, etc. No se incluyen, con la mayor probabilidad, las joyas de adorno, pues no se consideran en la Biblia como cosas útiles, sino de pura ostentación. Dichos utensilios de oro y plata son para usos honrosos y honran al dueño, pues muestran que es un gran señor. En cambio, los de madera y barro se emplean para usos domésticos comunes: muebles ordinarios (los de madera) y vasijas para preparación, cocción y conserva de alimentos (los de barro). Entre los vasos de barro, no pueden pasarse sin especial mención los empleados para hacer aguas (v. el comentario a Neh. 4:23). Es mi opinión que a estos últimos se refiere especialmente el apóstol como a vasos para usos viles, esto es, sin honor (comp. con 1 Co. 12:23, 24).
(D) Luego viene (v. 20b) la aplicación a los miembros de la iglesia. Aquí, los vasos de oro y plata representan a los miembros fieles (los de oro, a los de mayor fidelidad; después, los de plata). Así lo entiende (a mi juicio, correctamente) W. Hendriksen. Los vasos de madera y de barro (especialmente, algunos de estos últimos) representan a los miembros profesantes que no tienen fe verdadera. El que no sean utensilios para honor «no significa necesariamente que no cumplan ningún objetivo en la iglesia. ¡Lo cumplen, y eso a pesar de sí mismos! Estudien Romanos 9:17, 22, 23. Incluso Faraón fue de algún uso (Éx. 7:4, 5; 9:16; 10:1, 2). ¡Los platos baratos sirven para un propósito útil, aun cuando una persona se deshaga pronto de ellos!» (Hendriksen).
(E) Y tras de la aplicación, viene la exhortación (v. 21): Para ser un utensilio (a) destinado a usos honoríficos, (b) santificado, esto es, «consagrado al servicio de Dios» (Collantes), (c) útil para su Amo y
(d) apercibido, esto es, a punto para ser usado, para toda obra buena (el participio de pretérito denota aquí un continuo estar a punto con una preparación que se llevó a cabo en el pasado; no se puede improvisar en unos pocos momentos), es menester estar purificado (no contaminado) de esas cosas (lit.).
¿Qué cosas son ésas? La NVI da por supuesto que Pablo se refiere a lo que tienen de vil los vasos de deshonor: suciedad interior, por muy lavados que parezcan por fuera (comp. con Mt. 23:25–28). Esto incluye la obligación de separarse, no sólo de los errores de los falsos maestros, sino también de la compañía de sus personas (vv. 16–18; comp. con 2 Jn. 10, 11).
2. Continúa luego el apóstol (vv. 22, 23) y exhorta personalmente a Timoteo del modo siguiente:
«Huye de las malas pasiones propias de la juventud, y marcha por el camino de la rectitud, de la fe, del amor y de la paz, junto con los que invocan al Señor de lo íntimo de un corazón puro. Rehúye el meterte en discusiones necias y estúpidas, pues ya sabes que no producen sino altercados» (NVI). El versículo 23 repite los conceptos que ya hemos considerado en el versículo 16, así como en 1 Timoteo 1:4; 6:20. Por tanto, nos limitaremos al análisis del versículo 22.
(A) Collantes hace notar que el «huye» de este versículo corresponde al «evita» del versículo 16, mientras que el «ve en seguimiento de» (lit.) corresponde al «esfuérzate» (lit) del versículo 15. Es uno más de los textos en que el apóstol, muy al estilo semita, expresa sus exhortaciones en forma negativa, tanto como en forma positiva.
(B) Al mencionar las malas pasiones propias de la juventud, la primera impresión del lector es que Pablo se está refiriendo (al menos, en parte) a los placeres sexuales, a los que el instinto incita con mayor vehemencia en la edad juvenil. Hendriksen opina que, en efecto, Pablo se refiere también (aunque no exclusivamente) a ellos. Sin embargo, tanto el contexto anterior, como el contraste con las virtudes que a continuación menciona el apóstol (y entre las que no figura la pureza sexual), excluyen tal probabilidad (sin que neguemos de plano la posibilidad). Dice Collantes: «Las pasiones de la juventud, en este contexto, son más bien las que dimanan de la naturaleza impulsiva e irreflexiva de la juventud, como son la impaciencia, la violencia, la tendencia a discutir, la efervescencia un poco alocada en el afán de novedades». Tanto en esta primera parte del versículo como en la que sigue, se observa cierto paralelo con 1 Timoteo 6:11.
(C) Las virtudes que el apóstol exhorta a Timoteo a perseguir (lit), es decir, a ir en pos de ellas, como de algo que nunca se consigue de forma perfecta, son: (a) la justicia practicada, por la que nuestra voluntad está en armonía con la voluntad de Dios; (b) la fe, en sentido de confianza constante en Dios; (c) el amor, con todos los matices que caracterizan al amor cristiano (v. 1 Co. 13:4–7; 1 Ti. 1:5); y (d) la paz con todos los que invocan (participio de presente) al Señor. Así, sin la coma que aparece en nuestras versiones, leen el versículo autores como Hendriksen, Guthrie y Collantes. Dice Guffirie: «Vivir en paz con todos los que invocan al Señor es un requisito indispensable de todo ministro cristiano, como lo es, en realidad, de todo cristiano, aunque se ignora con demasiada frecuencia».
(D) El fondo secreto del que brotan estas virtudes (al menos, esa paz, que corresponde a la paciencia y la mansedumbre de 1 Ti. 6:11) es un corazón limpio (comp. con 1 Ti. 1:5), limpio de las cosas viles a las que se ha referido en el versículo 21. «Paz y pureza nunca se hallan por largo trecho separadas» (Guthrie).
Versículos 24–26
En estos versículos, el apóstol declara cómo debe ser el siervo del Señor, y empieza por decir cómo no debe ser. Dicen así en la NVI: «Y el servidor (gr. doúlon, esclavo) del Señor no debe altercar, sino, más bien, ser amable con todos, apto para enseñar (comp. con 1 Ti. 3:2; Tit. 1:9) y sin propensión al resentimiento. A quienes le contradigan, debe instruirles con dulzura, a la espera de que Dios les conceda un cambio de mentalidad que les conduzca al reconocimiento de la verdad, y a que vuelvan sobre sí mismos y escapen de los lazos del diablo, que los ha tenido cautivos y sometidos a su voluntad».
1. Al conectar con el final del versículo anterior, donde ha mencionado «las discusiones necias e insensatas … que engendran altercados», el apóstol dice ahora que … un siervo de(l) Señor no debe altercar» (lit.). J. Collantes ve aquí una alusión a Isaías 42:1–3; 53:7, donde se pone de relieve la mansedumbre del Siervo de Jehová. Por esta razón, y habida cuenta de que «Señor» no lleva artículo (exactamente como el hebreo ébed Yahweh), me inclino a pensar que Pablo se refiere a Dios Padre, más bien que a Cristo. Está igualmente la proximidad de «Señor» en el versículo 22. Contrasta además con la explicitación de «Cristo Jesús» en el versículo 3. Hendriksen opina que se refiere a Jesucristo, y cita a su favor Romanos 1:1; Filipenses 1:1 y Santiago 1:1. ¡Pero precisamente en todos esos lugares, Pablo y Santiago nombran expresamente a Jesucristo! En todo caso, lo que Pablo exhorta a Timoteo es, primeramente, a no altercar. Debe seguir el ejemplo del Maestro, según los lugares citados de Isaías 42 y 53.
2. En lugar de ser altercador, es decir, pendenciero (como traduce la RV 1977), un siervo de Dios debe ser (v. 24b):
(A) Amable (gr. épion, suave, cortés, fino; lo contrario de áspero, grosero, sin educación) para con todos. Dice Collantes: «En oposición a los hombres quisquillosos y discutidores, guarda una actitud apaciguadora, una dulzura que los desarma a todos». Es el único modo de que un ministro de Dios sea, no sólo accesible, sino también «capacitado para impartir consejo e instrucción» (Hendriksen).
(B) Apto para enseñar es una cualidad que hemos visto y estudiado en el comentario a 1 Timoteo 3:2.
(C) Sin propensión al resentimiento es la traducción que la NVI hace del griego anexíkakon, única vez que tal vocablo aparece en todo el Nuevo Testamento. La mayoría de las versiones, incluida nuestra RV, lo traducen por sufrido, en el sentido de aguantar con paciencia las contrariedades y las injurias (comp. con 1 P. 2:21–24).
(D) A quienes (v. 25) le contradigan, debe instruirles con dulzura (lit. mansedumbre). Ésta es la actitud recomendada en lugares como 1 Corintios 4:21; 2 Corintios 10:1; Gálatas 5:23; 6:1; Efesios 4:2;
Colosenses 3:12; Tito 3:2; Santiago 1:21; 3:13; 1 Pedro 3:15. Esta actitud de suavidad, paciencia y mansedumbre no está en contradicción con la energía que el ministro de Dios ha de desplegar en sus exhortaciones, amonestaciones y aun reproches merecidos. Collantes aduce a este respecto un pasaje, muy iluminador, del Crisóstomo, quien dice lo siguiente: «¿Cómo se compagina esto con lo que ha escrito en otro lugar: Corrige con imperio (Tit. 2:15) y nadie tenga en menos tu juventud (1 Ti. 4:12), y corrígeles duramente (Tit. 1:13)? Esto se compagina también con la mansedumbre. Una inpugnación enérgica, cuando va unida a la mansedumbre, puede hacer más impresión. Conviene, pues, corregir con mansedumbre, más bien que rebatir con ferocidad».
3. El apóstol tiene, en todo esto, la mirada puesta, como buen pastor de almas, en el provecho de los que hayan de ser corregidos por el siervo de Dios: el arrepentimiento para volver al buen sentido (vv. 25b, 26a) y escapar así del cautiverio del diablo (v. 26b).
(A) El objetivo de la corrección es el arrepentimiento: «Por si quizá les conceda Dios arrepentimiento (gr. metánoian, cambio de mentalidad) en orden al reconocimiento de la verdad» (v. 25b, lit.). Dice Hendriksen: «Esta esperanza ha sido expresada posiblemente de una forma tan vacilante (quizá … conceda) por cuanto el contradecir de los falsarios se había convertido en hábito. Se les había vuelto trabajoso incluso el prestar oídos a la verdad. Si había de producirse algún cambio, nadie sino Dios había de hacerlo surgir. El deseo ardiente de Pablo era que esta gran transformación pudiese todavía efectuarse».
(B) De esta manera, y sólo así, espera el apóstol que recobren la cordura (gr. ananépsosin). Es como si el diablo que los cautivó con sus lazos, les hubiese sorbido el seso, «y quedado entumecida la conciencia, confusos los sentidos y paralizada la voluntad» (Horton). Si se arrepintieran, volverían en sí (Lc. 15:17) y se darían cuenta de lo engañados que los tenía el diablo.
(C) Para que se vea mejor el proceso de esta posible (y deseada por el apóstol) recuperación, conviene traducir al pie de la letra todo el versículo 26, antes de entrar en la discusión del problema que presentan los dos pronombres de la frase final: «y recobren la cordura (o el sentido) de entre el lazo del diablo, capturados vivos por él, en orden a (hacer) la voluntad de aquél». Veamos algunos detalles importantes, y hasta controvertidos:
(a) Como puede verse en la traducción literal, el verbo escapando que aparece en las versiones no aparece en el original; se suple únicamente para que no resulte forzada la construcción gramatical castellana. Ahora bien, la preposición griega ek indica de suyo una salida de en medio de algo. Ésta es la razón por la que, en el versículo 8, como en otros lugares, la expresión ek nekrón se traduce apropiadamente por de entre los muertos. Al suprimir el verbo que se añade para aclarar el texto, tenemos que ni el recobrar el sentido precede al escapar del lazo del diablo, ni el escapar del lazo precede al recobrar del sentido, sino que en el mismo momento en que sucede lo uno, sucede también lo otro. Sólo hay una prioridad lógica: al recobrar el sentido se sale del lazo del diablo (un caso similar al de 1 Tesalonicenses 1:9: «os convertisteis a—gr. pros—Dios desde—gr. apó—los ídolos»).
(b) El verbo ezogreménoi, cazados vivos, está en participio de pretérito perfecto, lo cual indica, no sólo que hubo un momento en el pasado de estos falsarios en que el diablo se apoderó de ellos, sino que continúa teniéndolos sujetos y bien sujetos.
(c) La última frase ha provocado una gran variedad de interpretaciones; la discusión se centra en los dos pronombres: él y aquél, según aparecen en la traducción literal que hemos presentado.
Primera opinión: El pronombre personal él se refiere al siervo del Señor (v. 24), mientras que el demostrativo aquél se refiere al Señor, esto es, a Dios. Apoyan su opinión en el supuesto de que el demonio no captura vivos, sino espiritualmente muertos. Este supuesto es falso, pues el diablo captura también vivos. Por otra parle, el pronombre aquél se refiere siempre al más lejano de dos sujetos, y aquí es precisamente el siervo el más lejano. En realidad, ambos se hallan demasiado alejados en la construcción gramatical, mientras que el único sujeto que se halla lo bastante cercano para aplicarle el pronombre personal él es el diablo.
Segunda opinión: En efecto, el pronombre personal él solamente puede referirse al diablo, pero el pronombre aquél se refiere a Dios, pues, haga lo que haga, el diablo no tiene más remedio que servir a los designios de Dios. Esta opinión tiene alguna probabilidad, pero hay dos puntos que quedan muy oscuros si se la acepta: 1) La referencia de aquél a Dios queda muy incierta, ya que el sujeto de la oración en la frase aludida del versículo 24 no es el Señor, sino el siervo, con lo que la referencia a Dios violaría las leyes de la gramática; 2) la preposición eis es una preposición de dirección y, por tanto, de intención.
Ahora bien, no hay cosa que esté más lejos de la intención del diablo que hacer lo que Dios quiere.
Tercera opinión: Tanto el pronombre personal él como el pronombre demostrativo aquél se refieren al diablo. Dice Hendriksen: «El antecedente de autoú (él) es naturalmente el nombre más próximo (el diablo); y el antecedente de ekeínou (aquél) es el pronombre más próximo (él, esto es, el diablo). Esto hace un sentido excelente». No puede negarse que es una construcción algún tanto rara, pero es correcta, ya que el apóstol suponía que la cosa estaba suficientemente clara y, por la razón que fuese, no pensó que fuese necesario nombrar de nuevo el diablo, ni repetir el pronombre personal griego autoú (él).
En este capítulo, el apóstol, 1. hace una predicción de la apostasía final y de los rasgos siniestros que caracterizarán a los malvados de aquellos días (vv. 1–9). II. En contraste con la conducta de éstos, Pablo menciona con satisfacción la forma en que, hasta el presente, se ha conducido su discípulo e hijo en la fe, Timoteo (vv. 10–13), y III. le exhorta a continuar en el estudio y la práctica de lo que lleva aprendido en las Sagradas Escrituras (vv. 14–17).
Versículos 1–9
1. El apóstol comienza como con «un toque de atención a lo que se va a decir» (Collantes): «Ten en cuenta esto» (NVI). Lo que Pablo quiere aquí que Timoteo tenga en cuenta es que «en los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles» (lit.). «Los últimos días» es una frase que, de suyo, significa el tiempo inmediatamente anterior a la Segunda Venida del Señor. Sin embargo, el tiempo presente en que se hallan los verbos de los versículos 6 y ss. indica que ya se estaban cumpliendo los tiempos (kairoí, sazones, circunstancias) difíciles a los que alude en el versículo 1 (comp. con 1 Jn. 2:18). Timoteo ha de tener en cuenta esto precisamente para apartarse de los sujetos que menciona (v. 5b); una indicación más de que los «tiempos difíciles» ya habían comenzado.
2. A continuación, el apóstol describe los rasgos que caracterizan a los malvados de dichos tiempos difíciles; ellos mismos son los que están haciendo difíciles esos mismos tiempos, esa sazón. El catálogo de vicios no es exhaustivo; puede completarse con lo que el mismo Pablo menciona en Romanos 1:29– 31; Gálatas 5:19–21; 1 Timoteo 1:9. Aunque el apóstol no pretende establecer una secuencia rigurosamente organizada, podemos distinguir tres grupos con sus correspondientes cabezas de serie: egoísmo, desdén, traición.
(A) Comienza el apóstol (v. 2) por (a) el amor de sí mismo (gr. phílautoi), del que pronto se llega, como dice Agustín de Hipona, al desprecio de Dios. Por supuesto, se trata de un falso amor a sí mismo, pues el amor de sí mismo que es según Dios es propuesto en la palabra de Dios como modelo para el buen amor al prójimo (v. Lv. 19:18; Mt. 7:12); (b) el egoísta es, por eso mismo, «amante de la plata» (lit.; gr. philárguroi). (c) Una vez que el egoísta tiene amasada una gran fortuna, el próximo paso suele ser la ostentación vanidosa (gr. alazónes, comp. con 1 Jn. 2:16, al final) alazoneía tou bíou, la ostentación del tren de vida); (d) cerrando esta serie se halla la arrogancia (gr. huperéphanoi, altaneros, amigos de aparecer por encima de los demás, como indica su etimología).
(B) Encabezando la segunda serie (vv. 2b, 3), y como consecuencia de la altanería que tiende a rebajar a los demás, tenemos (a) lo que el griego llama blásphemoi, que suele verterse impropiamente por blasfemos, pues su verdadero sentido es maldicientes, no porque echen maldiciones sino porque dicen mal de otros, divulgan sus defectos, etc., o calumnian, lo cual es todavía peor. (b) En su desdén, no perdonan a sus propios padres: son rebeldes a sus progenitores (gr. goneúsin apeitheís); (c) con ello, ya muestran bien a las claras que son ingratos, sin apreciar las muchas cosas buenas que sus padres han hecho y sufrido por ellos. (d) Su desdén no se detiene ni siquiera ante Dios; son impíos (o, mejor, irreligiosos). Dice Collantes: «Así, la suprema ingratitud va unida con la suprema impiedad». (e) El griego ástorgoi, con que comienza el versículo 3, significa «sin entrañas» (como muy bien traduce la NVI). No tienen corazón, ni para sus padres, ni para sus hijos, ni para sus amigos. Dice Collantes: «Tanto valen sus amigos cuanto les sirven para sus intereses». (f) De ahí que sean también implacables; no se avienen a ninguna conciliación (comp. con Mt. 18:28–30). (g) Son también calumniadores (gr. diáboloi, ¡diablos!), «puesto que la honra de los demás no la estiman en nada» (Collantes). (h) Intemperantes (gr. akrateís, sin dominio de sí mismos; lo opuesto a la enkráteia, que cierra la serie en el fruto del Espíritu— Gá. 5:23—), por lo que están a merced de sus bajos instintos. (i) Entre los bajos instintos, campea la violencia: son crueles, que es precisamente una característica de los cobardes. (j) En una palabra, aborrecen todo lo bueno. «Amigos únicamente de sí mismos, son enemigos del bien en cualquiera de sus manifestaciones» (Collantes).
(C) Con todo ese desdén, acumulado bajo tantos epítetos, ya podemos imaginar que tales individuos, llegada la ocasión, han de mostrar (v. 4) con (a) la traición su deslealtad, efecto de su desdén. (b) Pagados de sí mismos y desdeñosos de los demás, «son capaces de exponerse temerariamente al peligro con tal de conseguir sus depravados intentos» (Collantes). (c) El orgullo les ciega de tal forma que se vuelven infatuados y no prestan atención a nadie; son «los sabelotodo». (d) Amigos del placer más bien que amigos de Dios (lit.). Antes que a Dios, prefieren a Epicuro. (e) Cerrando la serie, y la lista (v. 5), están los hipócritas, «que tienen (presente continuativo) apariencia (gr. mórphosin—no morphén, forma—, sino una como caricatura de forma) de piedad religiosa (gr. eusebeías), pero han negado el poder de ella» (lit.). La verdadera piedad contiene un dinamismo sobrenatural que se proyecta en manifestaciones genuinas de amor a Dios, de respeto y lealtad al prójimo, y de dominio propio. Todo esto les falta a estos malvados: lo han negado y lo siguen negando (de ahí, el participio de pretérito perfecto), es decir, rechazan el poder efectivo de la piedad genuina y, con su conducta no piadosa, están diciendo tácitamente que la piedad de que alardean no es genuina, sino solamente un pretexto, una capa con la que pretenden cubrirse para que los demás los acepten por buenas personas y hasta por fieles cumplidores de sus deberes religiosos.
3. Que tales personas pueden llegar a ser admitidas (y de hecho lo son en muchas ocasiones) en nuestras congregaciones, lo muestra Pablo en la frase que dirige a Timoteo al final del versículo 5:
«también de éstos apártate» (lit. vuélveles la espalda, NVI). Dice Collantes: «El verbo empleado, que no se encuentra en ningún otro lugar de la Biblia, es bastante fuerte, pues significa apartarse con horror. Es más duro que el que se emplea en 1 Timoteo 6:20».
4. Después de describir las características de estos hipócritas, el apóstol describe algunas de sus malvadas actividades (vv. 6–9).
(A) «Porque de entre éstos son …» (lit.), es decir, al círculo de esta gente pertenecen los que va a mencionar en sus malas actividades: «se introducen de matute por las casas para seducir a las mujeres (lit. mujercillas) necias y débiles de voluntad, cargadas de pecados y que se dejan arrastrar por toda clase de pasiones» (NVI). Ya en 1 Timoteo 5:13, aludió Pablo a mujeres que corren este peligro por holgazanas, frívolas, chismosas y entrometidas. Por lo que dice Pablo, estos falsos maestros, salidos del círculo de malvados que acaba de mencionar, eran especialistas en meterse de rondón por las casas donde sabían que las mujeres eran presa fácil, por su buena «hoja de servicios» (cargadas de pecados, participio de pretérito), además de la falta de seso y de la debilidad de voluntad de tales mujeres. Mientras los maridos se hallaban ausentes de casa, ocupados en sus trabajos, estos falsarios se captaban (lit. llevándose cautivas de guerra) a estas mujeres, ya de suyo rebosantes de pecados pasados y que se dejaban conducir (participio de presente medio-pasivo) de concupiscencias de diversos colores (lit. gr. poikílais; el mismo vocablo que usaron los LXX para describir—equivocadamente—la túnica que Jacob hizo para su hijo favorito). Vamos a entresacar un par de detalles que no deben quedar en el aire:
(a) Se preguntan los autores: «¿Por qué buscan precisamente a las mujeres?» (Hendriksen, por ejemplo). A mi juicio, la razón es doble: 1) La mujer es más impresionable y, por eso, más fácil de seducir, siente, no calcula. El primer ejemplo nos lo ofrece la tentación en el Edén (Gn. 3:1–6). 2) La mujer puede ejercer una tremenda influencia sobre el marido; si éste se resiste, unas pocas lágrimas lo enternecerán. No nos dice la Biblia si nuestra primera madre usó también este recurso, pero es muy posible.
(b) Me pregunto yo: ¿Puede deducirse de este versículo que la seducción no era sólo ideológica, sino también sexual? Es más que probable, no sólo por la corrompida condición de tales maestros y de tales discípulas, sino por un elemento de fondo que debe tenerse en cuenta: Según la gnosis, de la que probablemente eran adeptos estos falsarios (como todos los que suele mencionar Pablo en estas epístolas), la materia es mala ontológicamente, pero neutral éticamente, con lo que los mismos que prohibían casarse (v. 1 Ti. 4:3), a fin de que no se multiplicaran los cuerpos, podían permitirse los pecados sexuales, puesto que son del cuerpo, es decir, según ellos, éticamente inocentes (v. el comentario a 1 Juan 3:7, donde Juan tiene en cuenta este funesto error).
(B) El apóstol sigue diciendo de estas mujercillas (v. 7) que «siempre están aprendiendo» (participio de presente; por el género neutro, sabemos que Pablo se refiere a las mujercillas, no a los maestros, pues entonces estaría en masculino) y nunca pueden llegar al conocimiento pleno de la verdad. Nótese que el apóstol no dice que nunca llegan, sino que nunca pueden llegar, al conocimiento pleno de la verdad. ¿Por qué? Sencillamente, porque lo que les seduce no es el deseo de aprender, sino la curiosidad por los sensacionales conocimientos que, con su labia refinada, les propinan estos seductores.
(C) Volviendo a los maestros (vv. 8, 9), el apóstol viene a decir que no es extraño que las discípulas no puedan llegar nunca al conocimiento de la verdad, cuando sus maestros resisten a la verdad (v. 8b). El apóstol los compara a dos prominentes magos de Faraón, no mencionados en ningún otro lugar de la Biblia. Dicen así los versículos 8 y 9 en la NVI: «Igual que Yanes y Yambrés se opusieron a Moisés, así también estos individuos se oponen a la verdad, hombres de mente corrompida, quienes, en lo que concierne a la fe, están descalificados. Pero no han de llegar demasiado lejos, porque, como pasó en el caso de los antes citados, también la insensatez de éstos quedará patente a todos». Analicemos la comparación que establece aquí Pablo:
(a) Yannes y Yambrés, como los escribe Pablo, eran, según la tradición judía, dos cabecillas de los magos de Faraón, que se opusieron a Moisés cuando éste, de parte de Dios, urgió a Faraón para que dejase marchar al pueblo de Israel (Éx. 5:1). Estos magos imitaron ciertos milagros de Moisés (Éx. 7:11, 22; 8:7), con los que cooperaron al endurecimiento del corazón de Faraón.
(b) Así también estos individuos (los mencionados en los vv. 6 y ss.) se oponen a la verdad, es decir, a la revelación de Dios proclamada por Pablo y sus colaboradores. Siempre según la tradición judía, que Pablo tiene aquí en cuenta, Yanes y Yambrés fingieron hacerse prosélitos de la religión judía y salieron de Egipto con el pueblo de Israel entre la gran multitud no israelita que se menciona en Éxodo 12:38, y fueron precisamente ellos los que indujeron al pueblo a fabricar el becerro de oro. Del mismo modo, según insinúa el apóstol, estos falsos maestros hicieron una falsa profesión de la fe cristiana y ahora resistían a la verdad como los magos resistieron a Moisés (en ambos lugares usa Pablo el mismo verbo de Ef. 6:13b).
(c) El apóstol califica a estos sujetos con dos frases muy fuertes: 1) «son hombres corrompidos (participio de pretérito) de mente» o, en mejor castellano, «de mente corrompida». Dice Hendriksen: «En el caso de éstos, precisamente el órgano que se les dio a los hombres para que pudiesen recibir las realidades espirituales y reflexionar sobre ellas, ha quedado contaminado completa y permanentemente».
2) Están descalificados en lo que concierne a la fe, puesto que cuando su fe ha sido puesta a prueba, han demostrado que no tenía la consistencia necesaria para ser la fe que Dios otorga y demanda.
(d) «Pero no han de llegar demasiado lejos, añade Pablo (v. 9), porque, como pasó en el caso de los antes citados, también la insensatez de éstos quedará patente a todos». Parece que están consiguiendo éxitos, pero no van a progresar (gr. prokópsousin, el mismo verbo de 2:16) o avanzar mucho en el mal camino que han emprendido, pues no tardará en manifestarse su impostura, como se manifestó la de los magos (Éx. 7:12; 8:18, 19), no sólo cuando la vara de Aarón devoró las varas de ellos, sino especialmente cuando se vieron obligados a confesar que en los milagros que Moisés y Aarón llevaban a cabo, estaba el dedo de Dios (comp. con Lc. 11:20).
Versículos 10–13
1. De este sombrío cuadro de maldad e hipocresía, el apóstol vuelve los ojos hacia su querido hijo en la fe. Timoteo no se había opuesto a la verdad predicada por Pablo, sino que la había recibido en su corazón; y su fe había sido probada en adversidades semejantes a las de Pablo, y salido aprobado, no descalificado, de la prueba (vv. 10, 11): «Tú, en cambio, has seguido de cerca mis enseñanzas, mi modo de vida, mis planes, mi fe, mi anchura de corazón, mi caridad, mi paciencia, mis persecuciones y sufrimientos, como los que tuve que soportar en Antioquía, Iconio y Listra» (versión de J. Collantes).
(A) La partícula griega de conexión de establece aquí un contraste con lo que precede; contraste que queda muy bien expresado con ese en cambio de la versión de Collantes. Timoteo no es como esos farsantes, sino que ha seguido de cerca (gr. parekoloúthesas, en aoristo; había tomado esa decisión de una vez por todas; el mismo verbo se halla en pretérito perfecto en 1 Ti. 4:6, al final) la enseñanza (lit. como en 1 Ti. 4:6) del apóstol.
(B) Pero Timoteo no se ha limitado a seguir de cerca las enseñanzas de Pablo, sino que ha seguido también su modo de conducirse (gr. agogué; única vez que tal vocablo sale en todo el Nuevo Testamento), su propósito (esto es, los planes decididos por el apóstol), su fe, entendida como una inquebrantable confianza en el Señor, su longanimidad (gr. makrothumía, anchura de ánimo) con respecto a los demás, su amor, su paciencia (gr. hupomoné, el aguante bajo el peso de las circunstancias). Como hace notar Hendriksen, cada una de las virtudes está particularizada mediante su respectivo artículo definido.
(C) Estas virtudes las ha puesto Timoteo a prueba al seguir a Pablo en sus persecuciones (v. 11) y en sus sufrimientos. De éstos singulariza el apóstol los que le sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra. Timoteo, recién convertido entonces, precisamente durante ese primer viaje misionero del apóstol, recordaría cómo Pablo fue expulsado de Antioquía, la amenaza de muerte que confrontó en Iconio y, sobre todo, el apedreamiento en Listra (con la mayor probabilidad, la ciudad nativa de Timoteo), donde Pablo fue dejado por muerto (Hch. 14:19).
(D) El apóstol termina este párrafo con una exclamación: «¡Qué persecuciones sufrí, y de todas me libró el Señor!» (v. 11b). Como hace notar el Crisóstomo, «no habla Pablo por ostentación, sino para consolar a su discípulo». Dice Collantes: «¡Quién sabe si, precisamente al ver la constancia y caridad de Pablo en la persecución, fue cuando Timoteo comprendió la grandeza de la nueva religión!»
2. Frente a estas persecuciones que Pablo menciona como sufridas por él mismo, se deslinda claramente el grupo de los creyentes genuinamente piadosos del de los falsos profesantes. En el primer grupo vemos aquí ejemplarizados a Pablo y a Timoteo; en el segundo, a los falsos maestros a quienes se ha referido en la primera parte del capítulo (vv. 1–9).
(A) En el versículo 12, Pablo establece un principio general: «Y la verdad es que todos los que aspiren a llevar una vida piadosa en Cristo Jesús, sufrirán persecución» (NVI). Nótese el adjetivo universal distributivo pántes (todos y cada uno) que Pablo emplea aquí. Si a alguien le parece demasiado fuerte esta declaración del apóstol, le basta con dar un repaso a la historia de la Iglesia. Dice Hendriksen:
«La razón por la que les aguarda la persecución a todos los que están firmemente resueltos a adornar su confesión con una vida verdaderamente cristiana es que, en medio de las contradicciones que les vienen desde todos los lados, ellos rehúsan cerrar los oídos o acobardarse y transigir… Siguen adelante, defienden con denuedo la fe contra cada ataque y asaltan con valentía la fortaleza de la incredulidad». Ciertamente, toda iglesia (y aun todo creyente) que se mueve en este mundo con tranquilidad, sin que nadie la moleste, debe meditar seriamente acerca del contenido del Evangelio que proclama y de la forma en que lo dirige a todos cuantos necesitan de él. Como alguien ha dicho; «Los fariseos no tramaron la muerte de Jesús por haber dicho: ¡Mirad qué hermosos son los lirios del campo!, sino por haberles dicho:
¡Mirad cuán explotadores e hipócritas sois!» Me temo que los compromisos sociales y políticos no llevan la marca exclusiva de la Iglesia de Roma.
(B) En el versículo 13 tenemos la otra cara de la moneda: «Mientras que los perversos y los embaucadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados» (NVI). Alguien podría pensar que estos embaucadores van a prosperar mientras los piadosos sufren persecución, pero no es así. Sí que hay un avance, pues el apóstol usa el mismo verbo que usó en Gálatas 1:14, así como en 2:16 y 3:9 de esta misma epístola, pero es un avance sobre lo peor (lit.), esto es, de mal en peor. «Engañando y siendo engañados», es, como dice Collantes, «una locución proverbial». Recuérdese lo que dice el mismo Señor en Mateo 15:14: «Son ciegos guías de ciegos …». El error y el vicio se aprenden fácilmente, porque halagan los bajos instintos de nuestra naturaleza caída, y tienden a extenderse porque quienes practican el pecado se afanan en buscar cómplices, a fin de establecer en el número una especie de plataforma de consenso común. Dice Collantes: «Esos hombres no son tan sólo moralmente malos, sino activos en su maldad; por el contraste con el verso precedente, se sigue que son perseguidores del que quiere vivir la pureza del Evangelio». En efecto, el apóstol ya los ha clasificado entre «los que resisten a la verdad». Es una resistencia activa y beligerante, como la que debe ejercitar el creyente contra las huestes espirituales de maldad (Ef. 6:13). Pero estos embaucadores (seguramente, una alusión a los magos de Egipto) no se oponen a la maldad, sino a la verdad que es el máximo y supremo bien para el hombre.
Versículos 14–17
Estos versículos constituyen una de las porciones más conocidas de la Biblia; y con razón, pues nos suministran la declaración más explícita de la inspiración divina de las Escrituras, así como de la suprema utilidad de las mismas.
1. El apóstol ha descrito con sombrías pinceladas lo que les aguarda a todos los que sinceramente desean llevar una vida piadosa en Cristo Jesús (v. 12), ante el progreso que en el mal realizan los malvados y embaucadores (v. 13). Es cierto que el informe de sus propios sufrimientos se termina con un grito de triunfo («… y de todas me libró el Señor!», v. 11, al final). Sin embargo, para animar a Timoteo a seguir adelante en la persuasión que un día adquirió de la verdad del Evangelio, pone delante de él el carácter divino y sumamente pragmático de las Escrituras en que recibió su formación cristiana. En los versículos 14 y 15, explica lo que las Escrituras han sido para el joven Timoteo.
(A) «Tú, en cambio (dice Pablo, y colocar enfáticamente el pronombre tú al comienzo del versículo, lo mismo que en el v. 10), al contrario de esos falsarios que cada vez avanzan más hacia lo peor, tú, Timoteo, permanece en las cosas que aprendiste y te fueron acreditadas (lit.). Este segundo aoristo (gr. epistóthes, única vez que tal verbo ocurre en el Nuevo Testamento) puede tener dos significados: (a) «fuiste acreditado», esto es, fueron encomendadas a tu fidelidad. Éste es su sentido en el griego clásico y así aparece en la Vulgata Latina; (b) «fuiste convencido, o persuadido», esto es, se te hizo creerlas. Este es el sentido que, por unanimidad, adoptan las versiones modernas. Personalmente, me inclino hacia el primer sentido, a la vista de los lugares en que, en ese sentido, aparece el verbo sinónimo de pistóo (pisteúo; v. Ro. 3:2; 1 Co. 9:17; Gá. 2:7; 1 Ts. 2:4; 1 Ti. 1:11; Tit. 1:3). La única objeción sería la aparente conexión temporal de ambos aoristos, pero, aparte de que no es necesaria la sincronización, bien podría significar, no que le fuese encomendada entonces a Timoteo la predicación fiel del Evangelio, sino la fiel custodia del mismo en el interior de su corazón. Esto encaja perfectamente en el contexto anterior (comienzo del versículo), donde el verbo «permanece» adquiere un énfasis especial.
(B) «Porque ya sabes de qué maestros (lit. de quiénes; la lectura de quién no tiene fundamento en los MSS) lo aprendiste» (NVI). Como se confirma por el versículo siguiente, el apóstol se refiere a las Escrituras del Antiguo Testamento, que el niño Timoteo aprendió de labios de su abuela Loida y de su madre Eunice. La predicación del apóstol, que en todo se ajustaba a lo que ya estaba escrito en el Antiguo Testamento (v. por ej., Hch. 17:11), vino a confirmar después la verdad de lo que su abuela y su madre le habían enseñado, y le había añadido una nueva dimensión: la aplicación certera de las profecías mesiánicas a Jesús de Nazaret, cuya vida mortal había transcurrido sólo una generación anterior a la de Timoteo. ¡Quedaban aún bastantes testigos de vista del Resucitado!
(C) «Y cómo desde tu infancia conoces las Sagradas Letras», continúa Pablo (según la versión castellana de la NVI y siguiendo al pie de la letra el original). Ésta es la única vez que, en la propia Biblia, se llama Sagradas Letras a las Escrituras, pero véase Hechos 26:24, con su comentario. Se han intentado muchas explicaciones de la razón que tuvo Pablo para usar aquí lo de Letras (gr. grámmata, que, en su etimología, significa los rasgos que se trazan al escribir). A mi juicio, hay dos razones: (a) El apóstol menciona esto en conexión con la infancia de Timoteo, época en que se aprenden las primeras letras, se deletrea; (b) en la Biblia Hebrea, cada letra tiene carácter sagrado a causa de su origen divino, por lo que el Señor declaró enfáticamente que ni la más pequeñita de las letras hebreas (la yod; gr. iota) ni aun la más diminuta tilde o espinita que distinguía algunas letras de otras, o servía para marear el acento, estaban de más en la Escritura (v. Mt. 5:18 y comp. con Jn. 10:35b).
(D) Algo que no debe pasarse por alto es la consideración atenta de la frase griega apó bréfous que, literalmente, significa: «desde que eras un niño de pecho». No hay por qué ver una hipérbole en esta frase del apóstol, ya que los niños hebreos eran destetados muy tardíamente (a los tres años, aproximadamente; v. el comentario a 1 S. 1:22–24). Si se tiene en cuenta la prohibición que la Iglesia de Roma esgrimía sobre los que se atreviesen a leer las Escrituras en su lengua nativa, a no ser con abundantes notas y con el Nihil Obstat («Nada lo impide») de la «jerarquía eclesiástica», se verá la corrupción introducida en la Iglesia con la intención de indoctrinar primeramente a niños y jóvenes en las enseñanzas del Magisterio Eclesiástico (¡la Tradición!), muchísimo antes de que pudiesen tener acceso a las propias Escrituras, con lo que resultaba que, cuando comenzaban a estudiar la Biblia, lo hacían (¡lo hacíamos!) apoyados en los prejuicios doctrinales que les habían sido inculcados.
(E) De estas Sagradas Letras sigue diciendo Pablo a Timoteo (v. 15b) «que tienen poder de darte la sabiduría para la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús» (versión de J. Collantes). El apóstol usa el verbo dúnamai, de la misma raíz que dúnamis, poder, para dar a entender el poder salvífico de la Santa Biblia, no por su sola letra, sino mediante la operación del Espíritu Santo que la inspiró. La Biblia no enseña un «saber» cualquiera: científico, literario, artístico, sino el «saber de salvación», el único que tiene que ver con nuestra salvación eterna, para la que todos los demás saberes humanos no tienen relevancia alguna. La salvación, hace notar Pablo, es por medio de la fe (v. Ef. 2:8), pero «la fe viene del oír; y el oír, por medio de la palabra de Cristo» (Ro. 10:17; v. el comentario a este lugar). La preposición griega en, que Pablo usa en la frase «por medio de la fe, la que (lit.) en Cristo Jesús», da a entender que Cristo Jesús es el punto donde se apoya nuestra fe, no sólo el objeto al que (griego eis) se dirige.
2. De ahí Pablo pasa a establecer dos principios generales: (A) Toda la Escritura es inspirada por Dios (v. 16a); (B) equipa a todo creyente de todo lo necesario (vv. 16b, 17). Vamos por partes:
(A) «Toda (gr. pása; adjetivo universal distributivo; es decir: toda y cada una de sus partes) Escritura es (por) Dios soplada (lit. gr. theópneustos). Esto significa, ni más ni menos, que el Pneuma o Espíritu de Dios alienta en cada palabra, sílaba y letra de cada uno de los versículos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Nótese que no dice que los escritores sagrados sean inspirados (éstos son llevados; v. el comentario a 2 P. 1:21b), sino que la Escritura es inspirada (o, para ser exactos, expirada) por Dios. Éste es el momento apropiado para explicar brevemente cuál es el concepto correcto, ortodoxo, de inspiración de las Escrituras: No significa que Dios dictase al oído de los escritores las palabras de la Biblia, ni que siempre les revelase nuevas verdades, ni que les iluminase el entendimiento para que ellos hallasen los mejores conceptos y las expresiones más apropiadas, sino que Dios intervenía de forma sobrenatural en el funcionamiento psicológico-espiritual de los sagrados escritores, moviendo sus facultades superiores: mente, corazón, memoria y voluntad, de tal forma que ellos pensasen y escribiesen sólo y todo lo que Dios quería que dijesen, haciendo que cada uno, al mismo tiempo, echase mano de la formación e información que ya poseía, con lo que el estilo personal queda respetado.
(B) Para evitar una confusión, frecuente entre los hermanos que desconocen los principios fundamentales de hermenéutica, añadiremos que de este carácter inspirado, propio de la Sagrada Escritura, participan únicamente los originales sagrados (hebreo, arameo, griego), no las versiones, por muy ajustadas que estén (o parezcan estar) al original. Y aun dentro de los originales, gozan de tal categoría, de forma segura, infalible, irrecusable, solamente los textos en que los MSS más importantes y numerosos atestiguan bien la lectura. No hay por qué asustarse de esto, pues la unanimidad de los MSS se extiende a una mayoría absoluta de lugares; entre ellos, todos los de mayor importancia doctrinal. Las variantes ofrecen sólo un porcentaje despreciable. Por tanto, el creyente, todo creyente, encuentra en la Santa Biblia, todo lo que necesita para estar bien pertrechado para toda obra buena (v. 17b). En efecto, en los versículos 16b y 17, explica el apóstol las utilidades de la Biblia, así como el objeto que persiguen esas utilidades:
(a) Toda Escritura, continúa Pablo, es «útil para enseñar», esto es, «impartir conocimiento concerniente a la revelación de Dios en Cristo» (Hendriksen). Esto constituye la base de las demás utilidades de la Biblia (comp. con 1 Ti. 5:17), pues la predicación y la enseñanza (la evangelización y la edificación) son las funciones primordiales en la iglesia local; es también útil para reproche (lit.), esto es, para convencer a alguien de que ha obrado mal (comp. con Jn. 8:46, donde se usa el verbo de la misma raíz); y, por tanto, para corregir, es decir, enderezar lo torcido (gr. epanórthosin), y para instruir, esto es (comp. con 1 Co. 11:32; Ef. 6:4), educar echando mano de la disciplina necesaria; entrenar (como traduce Hendriksen) en la justicia; como es obvio, en la justicia cumplida o practicada (comp. con Tit. 2:11–14).
(b) El objeto que persiguen estas utilidades de la Santa Biblia es: «que el hombre de Dios (comp. con 1 Ti. 6:11) sea apto, equipado para toda obra buena» (v. 17). Dos vocablos requieren un breve análisis: El vocablo griego para «apto» es ártios. Es la única vez que este vocablo aparece en el Nuevo Testamento. Comporta las ideas de equilibrio, de proporción; por lo que resulta muy apropiado para describir la aptitud, es decir, el buen ajuste de un determinado individuo para un determinado quehacer. El otro vocablo es el que hemos vertido por «equipado» (exertisménos) que, por cierto, es el participio de pretérito de un verbo compuesto del prefijo (aquí intensivo) ex y el verbo artízo, de la misma raíz que ártios. A la idea de buen ajuste, añade la de «perfectamente amueblado» (ése es su sentido original: el de equipar completamente un navío). En el pasaje que estudiamos, tiene el obvio sentido de «bien pertrechado». Dice Collantes: «Con el conocimiento de la Sagrada Escritura tendrá el maestro, el pastor de la iglesia, todos los recursos necesarios para poder en todas las circunstancias educar a sus fieles y conducirlos al cumplimiento de toda obra buena». Queremos poner unos pocos reparos a estas afirmaciones: Primero, los miembros de la iglesia no son los fieles del pastor, sino de Jesucristo; segundo, no son sólo el pastor de la iglesia y el maestro los que aquí contempla el apóstol como bien pertrechados con la Palabra de Dios, sino todo hombre de Dios, es decir, todo creyente consciente de su condición de siervo de Dios, necesitado de íntima comunión con Dios y del conveniente manejo de Su Palabra (comp. con 2:15 y 1 P. 3:15). Nótese, en fin, que el buen conocimiento de las Escrituras no debe parar en un buen saber, aun siendo el saber más importante, sino en un bien obrar. «equipado para toda obra buena».
En este capítulo, el apóstol, I. hace el último encargo solemne a Timoteo (vv. 1–5); II. declara su consuelo por estar ya próximo al final del buen combate que ha sostenido y por la corona que le espera (vv. 6–8); III. le hace a Timoteo algunas peticiones personales (vv. 9–13); IV. explaya su corazón ante su amado hijo en la fe, refiriéndole tanto los aspectos tristes como los consoladores de su primera defensa ante el César (vv. 14–18). V. Termina con los saludos de costumbre y la bendición final (vv. 19–22).
Versículos 1–5
Esta primera sección del capítulo se subdivide en tres partes: en la primera (vv. 1, 2), Pablo conjura solemnemente a Timoteo para que se entregue de lleno al ministerio de la Palabra; en la segunda (vv. 3, 4), da la razón por la que insiste en ello: la mala catadura de los futuros oyentes del Evangelio; en la tercera (v. 5), insiste de nuevo en el solemne encargo que le acaba de hacer.
1. Nótese la solemnidad con que comienza el capítulo (vv. 1, 2): «En la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, y puestos los ojos en la futura manifestación de su persona y de su reino, te conjuro a que proclames la palabra; a que estés preparado para hacerlo a tiempo y a destiempo; a que corrijas, reprendas, exhortes y animes, armado de mucha paciencia y de gran diligencia en el enseñar» (NVI).
(A) Antes de comenzar el análisis de estos versículos, resulta muy interesante una observación de Bullinger: El carácter íntimamente personal de esta segunda epístola, como se manifiesta no sólo en la ternura con que desahoga su corazón ante su amado hijo en la fe, sino en la insistencia en usar el número singular, con lo que todo resulta más personalizado. Son de notar también las sombrías tintas con que se describe a los malvados. Todo ello sale de un corazón que se siente próximo a dejar de latir y que comienza a verlo todo sub specie aeternitatis, en la perspectiva de la eternidad.
(B) Impresiona grandemente la forma en que comienza el capítulo con ese conjuro solemne en la presencia de Dios y de Cristo Jesús (comp. con 1 Ti. 5:21). Esta vez, el encargo se hace todavía más solemne por medio de dos frases que aquí se añaden: «que ha de juzgar a vivos y a muertos», lo cual, aparte de ser una frase hecha, donde se incluyen todos los seres humanos, permite ver, como hace notar W. Hendriksen, una distinción entre «los que vivan todavía en la tierra en el momento de la Segunda Venida y … los que hayan muerto ya en aquel tiempo». La otra frase: «puestos los ojos en la futura manifestación de su persona y de su reino» clarifica la fecha de la primera, pues muestra el momento en que el Señor vendrá a recoger a los suyos y a inaugurar su reino.
(C) La exhortación que sirve de base al presente solemne conjuro es a «proclamar (gr. kéruxon, imperativo de aoristo, de donde viene el vocablo, tan usado hoy, kerigma) la palabra», de la misma forma que un heraldo (gr. kérux) pregonaba los edictos del rey o del primer magistrado de la nación. El carácter especial de la Palabra de Dios hace que su proclamador no sea un pregonero común, sino un embajador de Cristo (2 Co. 5:20). La insistencia en hacerlo a tiempo y a destiempo no significa que el ministro de Dios haya de ser inoportuno en su forma de hablar, sino buen aprovechador de las oportunidades (v. Ef. 5:16; Col. 4:5b). Por supuesto, para quienes siempre resisten a la verdad, el ministro de Dios es un importuno, un «aguafiestas», pero no por eso ha de cejar en su empeño. Y puesto que su espada es la palabra de Dios (Ef. 6:17b), en ella encontrará todo lo necesario para redargüir, reprender y exhortar (comp. con 3:16b), armado de longanimidad y doctrina (lit.), como ya ha insinuado en 2:24: «amable para con todos, apto para enseñar».
2. La razón por la que es urgente insistir en la predicación de la Palabra es (vv. 3, 4): «porque vendrá un tiempo en que la gente no soportará las sanas enseñanzas, sino que, de acuerdo con sus propios gustos, se rodearán de una caterva de maestros que les halaguen los oídos Y, por una parte, no prestarán ya atención a la verdad, mientras que, por otra parte, aplicarán su atención a fábulas y leyendas» (NVI). El versículo 3 expone la causa, después de una concisa declaración del hecho. El versículo 4 describe los efectos.
(A) El hecho es que la gente no soportará la sana enseñanza (lit.) Al llamar sana (huguiainoúses— participio de presente—, «que tiene salud», de donde procede nuestro vocablo «higiene») a la enseñanza, quiere decir que es la apropiada para conservar y fomentar la salud espiritual, en contraposición a todo lo insano y pernicioso para el espíritu del hombre (v. 1 Ti. 1:9, 10).
(B) La gente no soportará esa sana enseñanza porque va en contra de sus caprichos personales: «sus propios gustos», dice el apóstol. Los propios gustos rigen más y más la conducta de los hombres; tanto más cuanto más nos acercamos al final de estos últimos tiempos. Al no gustarles lo que predican los fieles siervos de Dios, estas gentes acumulan para sí mismos maestros acomodados a sus caprichos personales, pues sienten cosquillas en el oído (lit.). Es una metáfora estupenda la que usa aquí el apóstol para describir a los que, por el prurito de oír novedades, se buscan predicadores que les halaguen los oídos, ¡sólo el oído! La fe surge del oír la Palabra de Dios (Ro. 10:17), pero éstos no quieren que les prediquen la sana doctrina de la fe, sino lo que sirve de entretenimiento a sus caprichos personales. Y no se contentan con uno o dos predicadores de esta ralea, sino que amontonan uno sobre otro; no se sacian de oír novedades que les calmen el prurito de las orejas.
(C) El fatal resultado es que (v. 4) apartan de la verdad el oído y se vuelven a las fábulas (gr. múthous, mitos). Si toda esta gente a la que Pablo se refiere, y toda esa caterva de maestros que halagan los oídos, fuesen declaradamente mundanos, el panorama no sería tan triste. Lo verdaderamente triste es que eso se lleva a cabo en el propio interior de nuestras iglesias. Permítaseme un dato personal sobre algo de lo que nunca me arrepentiré demasiado: sólo en una ocasión recuerdo haber predicado casi exclusivamente curiosidades de las que halagan el oído (escatológicas, por supuesto). Nunca se me ha felicitado tan efusivamente («¡Así se predica!») En ese mismo momento me percaté de que algo había marchado mal … Si el aviso puede resultar provechoso para mis colegas en el ministerio, me daré por satisfecho.
3. Ante este sombrío cuadro de predicadores y oyentes a la búsqueda de cosas insanas y perjudiciales, el apóstol vuelve a la carga en su exhortación a Timoteo (v. 5). Este versículo es como un gozne en torno al cual giran tanto el contexto anterior como el posterior: Al comienzo del versículo se establece el contraste entre lo que hace la gente descrita en los versículos 3 y 4 y lo que ha de hacer Timoteo; la segunda parte del versículo es como una introducción a lo que Pablo va a decir de sí mismo en los versículos siguientes.
(A) «Tú, en cambio (lit.; nótese el mismo énfasis de 3:10, 14), sé sobrio en todo» (Reina-Valera). El verbo népho que Pablo usa en varias ocasiones (aquí y en 1 Ts. 5:6, 8, así como el adjetivo de la misma raíz nephálios en 1 Ti. 3:2, 11; Tit. 2:2) expresa la idea de dominio de sí mismo, sangre fría y espíritu alertado. La NVI ha dado bien con el sentido al traducir: «Pero tú no pierdas la cabeza en ninguna circunstancia», pues sólo el alienado, el que está fuera de sí (comp. con Lc. 15:17), puede ir en busca de enseñanzas no sanas para satisfacer sus caprichos.
(B) Pero el apóstol no se limita a decirle a Timoteo lo que no debe hacer, sino que le exhorta a imitarle a él (comp. con 2:3; 3:10), a él que ha pasado por todo esto que ordena a su amado hijo en la fe:
«aguanta las dificultades, dedícate a la obra de proclamar la Buena Noticia, cumple bien con tu ministerio» (NVI). Como si dijese: «Ya sabes que, si predicas la sana doctrina, en lugar de halagar los oídos de los que te escuchen, no te faltarán dificultades; pero es preferible que agrades a Dios al proclamar correctamente el Evangelio y cumplir bien, de ese modo, con tu ministerio, antes que agradar a los hombres e incurrir en el juicio del que está a punto de venir (lit.) a juzgar a vivos y muertos (v. 1b)». En ese «cumple bien con tu ministerio» está compendiado todo lo que le ha dicho en el versículo 2.
Versículos 6–8
En estos tres versículos, el apóstol compendia su vida de fe, como hace notar Hendriksen: en el versículo 6, describe el modo como su fe cristiana se expresa en el presente; en el versículo 7, cómo se ha manifestado en el pasado; y en el versículo 8, cómo le hace saltar de gozo ante la perspectiva del futuro.
1 «En cuanto a mí, ya estoy a punto de ser derramado como un sacrificio de libación, pues el tiempo de mi partida es inminente» (v. 6, NVI). Pablo echa mano aquí de dos metáforas para describir el curso actual de su vida de fe:
(A) La primera es la del sacrificio de libación: «estoy ya siendo derramado» (lit) Dice J. Collantes:
«El vino se vertía en los sacrificios inmediatamente antes de ser inmolada la víctima. Toda la vida de Pablo ha sido un sacrificio de culto a Dios, y ya no queda sino ofrecer sobre ella la libación de su sangre. Esta libación, que terminará con el martirio cruento, ya (gr. éde) ha comenzado con la prisión». En efecto, la vida de todo creyente debe ser un continuo sacrificio de holocausto a Dios (v. Ro. 12:1); todo creyente ha de desvivirse en el cumplimiento de todas las obligaciones que la vida cristiana comporta. Es cierto que no a todos llama Dios a la palma del martirio cruento, a esa libación de la que habla aquí el apóstol, pero todo el que soporta las dificultades (o aflicciones) a las que se ha referido en el versículo 5 (y nótese el «Porque» con que comienza literalmente este v. 6), es como si derramara su sangre gota a gota en sacrificio de libación, ya que cuesta mucho más cumplir bien con el ministerio en medio de dificultades y aflicciones, que entregar la vida de un tiro o de un golpe de espada.
(B) La segunda metáfora es la de soltar amarras «el tiempo (gr. kairós, la sazón u oportunidad) de mi suelta (gr. analúseos) es inminente». Pablo se ve ya saliendo de puerto, sueltas las amarras y navegando ya «a velas desplegadas hacia las playas de la eternidad» (J. Collantes). El verbo que la NVI traduce por es inminente es el mismo del versículo 2 (gr. epístethi, en imperativo de presente, con el sentido de estar siempre a punto sobre algo), pero aquí, en el versículo 6, está en pretérito perfecto (gr. ephésteken), por lo que mejor podría traducirse por «ha llegado». «Ya ha comenzado, dice Hendriksen, el levar anclas y soltar amarras.»
2. «He combatido el noble combate, he llevado a feliz término mi carrera, he preservado intacta la fe» (v. 7, NVI). ¡Noble, gozosa, majestuosa confesión de una vida bien empleada en el servicio de Dios!
¡Ojalá cada uno de los creyentes, y especialmente cada uno de los ministros de Dios, pudiésemos hacerla tan gozosa y confiadamente al término de nuestros días en este mundo! ¡Quién no se animará con este admirable ejemplo de fidelidad!
(A) Comienza el apóstol por una de sus metáforas favoritas: la de la milicia o, más probablemente aquí (como en 1 Ti. 6:12), la de la lucha (gr. kalón agóna egónismai, he luchado la lucha excelente; en todo, conforme a las normas del juego). D. Guthrie hace notar que los tres verbos de este versículo 7 están en pretérito perfecto; lo cual «comporta, dice, un sentido de finalidad». Los combates de Pablo habían sido constantes (v. por ej., 2 Co. 11:23b–29), pero los había luchado noble y limpiamente. A punto de ser ejecutado, poco le quedaba ya por luchar. Por eso, habla del combate como ya acabado (comp. con Jn. 17:4).
(B) De la metáfora de la lucha, pasa después a la de la carrera «he llevado a feliz término mi carrera» (comp. con He. 12:1b). En 1 Corintios 9:24 ésta fue la primera metáfora que usó. Como hace notar Guthrie, Pablo no dice que ha ganado la carrera, sino que la ha llevado a feliz término. «Esta metáfora, añade Guthrie, es favorita de Pablo y es particularmente apropiada para expresar la idea de aguante en la vida y el servicio cristianos.»
(C) «He preservado intacta la fe.» La NVI ha vertido muy bien el sentido del original, pues Pablo usa aquí, no el verbo phulásso, que significa custodiar, como un guardián, para que nadie se lleve el objeto que se guarda ni lo perjudique, sino el verbo teréo, que significa preservar de forma que el objeto guardado no sufra ninguna corrupción en su interior. Discuten los autores si fe se ha de tomar aquí en sentido subjetivo (la fe personal de Pablo) u objetivo (el depósito de la fe). Hendriksen, al seguir a Calvino, lo interpreta de la fe subjetiva: «He retenido mi confianza personal en Dios, mi confianza en todas sus promesas centradas en Cristo». Guthrie prefiere el sentido objetivo: «He guardado intacto el depósito de la fe» (comp. con 1 Ti. 6:20, 21; Jud. 3). Ryrie da como probables ambos sentidos: «Pablo guardó la fe en dos sentidos: fue obediente a ella, y la transmitió conforme la recibió». También J. Collantes tiene como probables ambos sentidos. Personalmente, me inclino por el sentido objetivo, sin negar la probabilidad del sentido subjetivo, a la vista de 1 Timoteo 6:12.
3. «Por lo demás (v. 8), ya está aderezada y puesta aparte para mí la corona de la justicia, que me otorgará en aquel día el Señor, el Juez justo; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan suspirado por su futura manifestación» (NVI).
(A) «Por lo demás» no significa aquí el paso a otro asunto, sino (en sentido temporal) lo que resta por ser llevado a cabo después de lo que Pablo ha llevado a su feliz término.
(B) El verbo apókeimai, que Pablo usa aquí, ocurre otras tres veces en el Nuevo Testamento (Lc. 19:20; Col. 1:5; He. 9:27) y siempre significa algo que está completamente preparado y guardado a buen seguro en reserva. El sentido está magníficamente captado en la NVI: «ya está aderezada y puesta aparte para mí». Aquí es algo que Dios mismo ha aderezado y le guarda aparte, en reserva, al apóstol.
(C) Lo que le está reservado a Pablo es «la corona de la justicia» (lit.). ¿Qué significa esta frase? Hay quienes la entienden en sentido aposicional: «la corona que es la justicia» (como en Stg. 1:12; Ap. 2:10,
«la corona de la vida»). Sin embargo, la mayoría de los autores la entienden en el otro único sentido posible: «la corona que se debe en justicia» al vencedor. La metáfora está, pues, tomada de los juegos olímpicos, como están también tomadas de dichos juegos las que Pablo usa en el versículo 7.
(D) Esta opinión se confirma por el contexto posterior: «que me otorgará en aquel día el Señor, el Juez justo». El apóstol contrasta aquí al Señor como árbitro de la lucha y de la carrera que Pablo ha llevado a feliz término (y, como Pablo, todos los que hayan amado, es decir, suspirado con amor por, la futura manifestación del Señor), y los árbitros humanos de los juegos olímpicos, jueces expuestos al peligro de la equivocación o del soborno. Dios es un Juez justo, que no puede equivocarse en la concesión de los premios ni tiene, ni admite, sobornos de ninguna clase, pues con Él no hay favoritismos (v. por ej., Dt. 10:17; Job 34:19; Hch. 10:34; Ro. 2:11; Gá. 2:6; Ef. 6:9; Col. 3:25; 1 P. 1:17).
(E) La solución presentada parece provocar, a primera vista, una seria objeción: Todo es de gracia en la obra de nuestra salvación. ¿Cómo, pues, puede hablarse de una corona que se debe en justicia? La respuesta varía según el trasfondo teológico. Asi J. Collantes (catolicorromano) contesta: «El hombre solo no puede nada delante de Dios, pero las obras buenas hechas con la gracia merecen una justa retribución». Cita a su favor 1 Corintios 15:10 (v. el comentario a dicho versículo). Este sinergismo (Dios que pone una parte, y el hombre que pone otra) no se halla de acuerdo con la Palabra de Dios. La correcta respuesta es como sigue: La justicia de esa corona se basa únicamente en la fidelidad de Dios que la ha prometido al vencedor (v. 1 Ti. 6:12; Stg. 1:12; 1 P. 5:4; Ap. 2:10). Además, esa corona ha sido ganada por Cristo para ellos (v. el comentario a Tit. 3:5, 6; Ap. 4:10b). No se puede hablar, pues, de virtud que merece, sino de recompensa que se ha prometido. Dice Agustín de Hipona sobre este versículo: «¿A quién podría otorgar la corona el Justo Juez, si no diese la gracia el Padre Misericordioso? ¿Y cómo sería de justicia esa corona, si no hubiera precedido la gracia que justifica al impio?»
(F) Nótese también que la corona no será otorgada en el momento posterior a la muerte, sino «en aquel día», el día de las recompensas ante el tribunal de Cristo (v. Ro. 14:10; 1 Co. 3:13; 2 Co. 5:10). Con base en este último texto («… mediante el cuerpo»), podemos decir que el atleta que acude a recibir el premio no puede ser un espíritu desencarnado, sino el mismo que luchó y corrió.
(G) Finalmente, puede verse que el apóstol no se considera a sí mismo como un campeón «en solitario», a quien nadie puede alcanzar. ¡No, y esto es lo grande en este atletismo del creyente: Todo el que corre legítimamente, obtiene el premio! (v. 1 Co. 9:24, al final). Por eso, el apóstol dice aquí: «y no sólo a mí, sino también a todos (gr. pási, universal distributivo; v. el comentario a 3:16) los que hayan amado su manifestación» (lit.). Así lo sabe Pablo, y no tiene celos de nadie. La razón es muy sencilla: La herencia eterna, la comunión íntima con Dios, no se disminuye con el número de participantes, precisamente porque es una «comunión»: un regalo para disfrutarlo en común. Hace notar Hendriksen que Pablo no dice «los que hayan temido», sino «los que hayan amado», la manifestación futura del Señor; los fieles siervos de Cristo no tienen nada que temer por la Venida del Juez, sino suspirar con amor y gratitud por lo que les espera.
Versículos 9–13
En estos versículos, Pablo expresa la soledad en que se halla y hace a Timoteo cuatro peticiones: que venga, que traiga a Marcos, que le traiga el capote y que le traiga también los rollos.
1. Primera petición: «Procura venir pronto a verme» (v. 9) La urgencia se echa de ver en la acumulación de vocablos que indican prisa: «Procura» (gr. spoúdason, en aoristo, es decir: «pon de una vez toda diligencia»); «venir» (gr. eltheín, también en aoristo, «ponte en camino sin demora»); «a junto a mí» (gr. pros me, más fuerte que eis me, en dirección a mí); «rápidamente» (gr. takhéos, el mismo vocablo de Gá. 1:6, ¡tan pronto! Por cierto, de ese vocablo se deriva el castellano taxi, abreviatura de taxímetro: que mide la velocidad). Hoy le habría dicho: «Toma el primer avión».
2. El contexto nos muestra la razón de esta urgencia: Pablo se halla muy solo, a solas con su Dios … y con Lucas, «el médico amado» (Col. 4:14). Todos los demás se han ido: Crescente se fue a Galacia (v 10b; algunos MSS leen Calia, Francia, lo que explicaría la tradición que le atribuye la fundación de una iglesia cerca de Lyon). Tito había partido para Dalmacia (v. 10c). Tíquico había sido enviado por él mismo a Éfeso (v. 12). Pero lo que más amarga al apóstol en esta su relativa soledad es el caso de Demas:
«Demas (v. 10a) me ha desamparado (el mismo verbo, y en el mismo tiempo, de Mt. 27:46; Mr. 15:34) por amor de este mundo, y se ha marchado a Tesalónica» (versión, en parte, personal; en parte, de J. Collantes). Lo que más le duele a Pablo, y por eso se detiene más en este caso, es que Demas se haya marchado, no a cumplir un servicio por la causa del Evangelio (como era el caso de los demás mencionados), sino por afición al mundo, y dejado al apóstol en su encierro (v. el comentario a Mt. 27:46). Hendriksen hace notar el contraste entre el amador de este mundo (v. 10) y los amadores de la manifestación del Señor (v. 8).
3. Segunda petición: «Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio» (v. 11b). Recuérdese la tan agria discusión entre el apóstol y Bernabé a causa de este Marcos (v. Hch. 15:37 y ss.) y se advertirá, no sólo que el apóstol era incapaz de guardar ningún resentimiento, sino que su mentalidad era lo bastante flexible para reconocer la utilidad de un siervo de Dios que en otro tiempo le pareció, con buenas razones, poco fiable para el ministerio. Hay quienes entienden por «ministerio» (gr. diakonían) el servicio personal que podía prestar, como amanuense, al propio Pablo. Sin embargo, es más probable que dicho vocablo abarque una gama más amplia de servicios. Dice el Crisóstomo (citado por Collantes): «Me es útil para el ministerio; no para su descanso, sino para el ministerio del Evangelio; aun encadenado no cesaba de predicar».
4. Tercera petición: «Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Tróade, en casa de Carpo» (v. 13a). Dice D. Guthrie: «Las referencias al capote, a los libros y a los pergaminos son tan incidentales que llevan fuertes marcas de autenticidad, y este hecho es reconocido en las diversas teorías sobre la fragmentación, todas las cuales cuentan este versículo entre los pasajes genuinos». El vocablo griego indica «un largo manto, redondo y sin mangas, que cubría todo el cuerpo, y servía para defenderse del frío y de la lluvia» (Collantes). El apóstol era un ser humano de carne y hueso y sentía, como los demás, las inclemencias del tiempo. También el propio Señor las sintió, como se colige por Juan 10:23. En la debilidad de su carne humana nos redimió el Salvador (Ro. 8:3), y en la debilidad del ministro de Dios se manifiesta el poder de Dios (2 Co. 4:7).
5. Cuarta petición: «… y los libros (gr. biblía, libritos, esto es, los rollos; como puede verse, de este vocablo procede el castellano “Biblia”), especialmente los pergaminos» (v. 13b). Los artículos bien determinados dan a entender que Pablo no pedía simplemente «papel para escribir», como algunos han llegado a suponer. En cuanto a lo que realmente contenían, se han dado opiniones para todos los gustos.
W. Hendriksen tiene como probables las conjeturas siguientes: «Hay quienes piensan que los rollos contenían porciones del Antiguo Testamento, o comentarios judíos, o copias de sus propias cartas o de varios escritos de filósofos y poetas paganos. Las siguientes son unas pocas entre las muchas conjeturas con respecto a los pergaminos: la Septuaginta (los LXX), las palabras de Jesús que precedieron a los Evangelios, notas del mismo Pablo, documentos o certificados legales (por ejemplo, un certificado de ciudadanía romana) que el apóstol necesitaba para su inminente (?) juicio, etc.».
Versículos 14–18
En estos versículos, el apóstol mezcla pesares y consuelos en las últimas noticias que comunica a su fiel discípulo.
1. Vienen primero los pesares (vv. 14–16), con los sentimientos que han provocado en el apóstol.
(A) «Alejandro, el forjador, me ha hecho mucho daño» (v. 14a, NVI). Esta es la tercera vez que se nombra a un tal Alejandro (v. Hch. 19:33; 1 Ti. 1:20). Al ser un nombre bastante común (sin duda, en recuerdo del gran Alejandro de Macedonia), no se sabe si se trata de un solo individuo, de dos o de tres diferentes. Aquí se le especifica bien al llamarle el forjador (gr. khalkeús, con que se designaba no sólo al que trabajaba en cobre, sino en otros metales). El daño que había hecho a Pablo parece haber sido el que el propio apóstol especifica en el versículo 15b: «porque se ha opuesto a nuestros mensajes con extremada obstinación» (NVI). Es muy probable que este sujeto, para congraciarse con los oficiales del emperador y por cobardía para confesar la fe junto al encadenado apóstol, no sólo se opusiera a la predicación del Evangelio, sino que hubiese tomado parte, como acusador o como testigo, en contra de Pablo, cuando éste fue llamado a comparecer ante el tribunal de César. El apóstol no le desea ningún mal, sino que deja a Dios la venganza: «El Señor le retribuirá conforme a sus obras» (v. 14b, lit. El verbo está en futuro de indicativo. Es, pues, incorrecto el «le pague» de la RV anterior a la de 1977). En cuanto a Timoteo, el apóstol le advierte que se guarde también de él (v. 15a), ya que, al no ser de fiar, puede hacerle daño también a él, «quien hará todo lo posible por hacer daño al discípulo, incluso antes de que éste llegue hasta su maestro» (Hendriksen).
(B) A esto se añade otro detalle triste, que ya ha apuntado en el v. 11, pero ahora lo declara explícitamente: «En mi primera comparecencia ante el tribunal, nadie vino a ponerse de mi parte, sino que todos me desampararon (el mismo verbo, y en el mismo tiempo, del v. 10). Que no les sea tomado en cuenta» (v. 16, NVI). Pablo llama a esta primera comparecencia suya ante el tribunal de César «defensa» (gr. apologuía, el mismo vocablo de 1 P. 3:15), pues en ella tuvo ocasión de proclamar el Evangelio, ya que por esa causa precisamente era llevado ante el emperador. Es fácil adivinar que el motivo por el que todos desampararon a Pablo, sin querer ponerse de su parte fue la cobardía. Hendriksen no descarta la posibilidad de que, en aquella primera defensa, hubiese entre los amigos del apóstol quienes dijesen para sí: «El apóstol no nos necesita, pues los romanos están favorablemente inclinados hacia él y no se ha presentado ningún acusador en orden a urgir los cargos». Por su parte, el apóstol se limita a comentar, con un espíritu similar al de su Maestro (v. Lc. 23:34): «Que no les sea tomado en cuenta» (v. 16b; el mismo verbo de Ro. 4:3; Gá. 3:6, entre otros lugares). Esto es lo que el propio Pablo había escuchado de labios de Esteban (Hch. 7:60), y lo que él mismo había encomiado entre los rasgos del verdadero amor (1 Co. 13:5, al final).
2. Pero Pablo encontró remedio a su soledad y a sus pesares en la presencia sensible del Señor a su lado (v. 17): «Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas (lit. me dio poder; el mismo vocablo que en Fil. 4:13), a fin de que por mi medio pudiese ser plenamente proclamado el mensaje y hacer que llegasen a escucharlo todos los paganos. Y yo fui rescatado de la boca del león» (NVI). El verbo endunamóo, revestir de poder, es uno de los favoritos de Pablo, pues de las siete veces que sale en el Nuevo Testamento, seis son de su pluma (Ro. 4:20; Ef. 6:10; Fil. 4:13; 1 Ti. 1:12; 2 Ti. 2:1 y ésta), y la restante es de la pluma de Lucas (He. 9:22), concerniente precisamente al apóstol. Pablo se había sentido revestido de poder por el Señor Jesucristo, no sólo para que pudiese proclamar con ese mismo poder el Evangelio de la gracia de Dios delante de todos en la defensa que tuvo que hacer delante del tribunal de Nerón, sino también para que soportase con buen ánimo las molestias del arresto (Hch. 23:11) y los peligros del viaje marítimo a Roma (Hch. 27:23). La frase «y yo fui rescatado de la boca del león» viene a ser una expresión proverbial para designar la liberación providencial de un peligro extremo (comp. con Sal. 22:21; 35:17; Dn. 6:20, etc.).
3. Esta experiencia consoladora le confirma al apóstol la confianza en que, del mismo modo que el Señor le ha rescatado de los peligros pasados, también le rescatará (v. 18) de los venideros. Ciertamente no está pensando el apóstol que el Señor vaya a librarle de una muerte violenta, pues es eso precisamente lo que espera (v. los vv. 6–8) y aun desea, sabedor de que la muerte es incapaz de separarle del amor de Cristo (Ro. 8:35–39). Los peligros reales, los que teme de veras el apóstol, son de carácter espiritual. Dice J. Collantes: «Se trata de distintos peligros: no del peligro de la vida, sino de aquellos que le impidan llegar al reino celestial, es decir, de la falta de valor o de fidelidad a su Maestro». Nótese la forma en que se expresa: «Me rescatará el Señor de toda obra maligna (v. la semejanza con la última petición del Padrenuestro “mas líbranos del Maligno”, Mt. 6:13) y me preservará para su reino celestial». Y aun el verbo rhúesthai, ser rescatado, que Pablo usa aquí, significa en otros lugares el rescate del pecado (v. Ro. 7:24; Col. 1:13). El apóstol tiene la mirada puesta en el reino celestial, donde está sentado Cristo a la diestra del Padre; por eso, no le causa ninguna preocupación el reino terrenal, en cuyo trono se sienta el tirano Nerón. El morir bajo Nerón será para Pablo el mejor pasaporte para vivir y reinar con Cristo (v. 2:11, 12). No es de extrañar que, al final del versículo, prorrumpa Pablo en una doxología: «A Él (el Señor) sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén».
Versículos 19–22
En estos versículos hallamos los saludos finales, entreverados con noticias y encargos.
1. Al contrario que en la primera carta, donde no hallamos ningún saludo final, aquí (v. 19) envía saludos a sus amados colaboradores (en el Evangelio y en el oficio secular; véase Hch. 18:2, 3) Prisca y Aquila. Como en Romanos 16:3; Hechos 18:18, 26 (cuatro veces con ésta), nombra primero a la mujer; en otras dos ocasiones (Hch. 18:2; 1 Co. 16:19), hallamos primero el nombre del marido. Lucas la llama Priscila que es el nombre familiar, diminutivo de Prisca. Ambos son nombres latinos. Prisca significa antigua, y Aquila significa águila. Envía también saludos para la casa de Onesíforo (v. 1:16–18, donde Pablo expresa una gratitud especial hacia ese hermano).
2. Los versículos 20, 21b dan la impresión de que a Pablo se le olvidó decir esto después del versículo 10 o del 12, y lo recuerda ahora antes de terminar la carta: «Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo le dejé en Mileto enfermo. Procura venir antes del invierno». Hallamos mencionado en Romanos 16:23 a un Erasto a quien se describe como tesorero de la ciudad. No es probable que Pablo se refiera a éste, sino a otro del mismo nombre, aludido en Hechos 19:22, aunque no faltan autores que opinen que se trata de la misma persona. La mención de Trófimo, como dice D. Guthrie, «ha ocasionado dificultades, pues es evidente por Hechos 20:4 que estaba con Pablo cuando éste fue a Mileto durante las últimas etapas de su tercer viaje misionero, y por Hechos 21:29 que fue con Pablo a Jerusalén, pues fue visto con él en la ciudad». La mejor solución, que es la que el mismo Guthrie patrocina, es que «en el último viaje de Pablo desde Asia a Roma, Trófimo iba a acompañarle, pero tuvo que ser dejado en Mileto, debido a una enfermedad, un hecho del que es fácil que Timoteo no estuviese enterado». La primera frase del versículo 21, «Procura venir antes del invierno», pues en la época invernal el mar Adriático estaba cerrado a la navegación, muestra no sólo la prisa del apóstol por tener consigo a Timoteo, sino también la ternura de su corazón, al desear evitarle las dificultades de un viaje arriesgado.
3. Siguen los saludos que al propio Timoteo envían desde Roma Eubulo, Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos (v. 21b). Eubulo significa buen consejero (es nombre griego) y no se conoce más de él. De Pudente (nombre latino, que significa modesto, que tiene vergüenza) sostiene la tradición que fue el primer senador convertido por Pedro. «Claudia, dice Collantes, sería, según las Constituciones Apostólicas (7:46, 17, 19), la madre de Lino». Este Lino (que significa rubio—pelo de lino—) sería el mismo que, según la tradición, fue designado como primer obispo de Roma por los apóstoles Pedro y Pablo. En un largo etcétera, el apóstol añade saludos de todos los hermanos. Advierte Guthrie: «La inclusión de todos los hermanos en el saludo no debe pensarse que está en conflicto con el versículo 16, “todos me desampararon”, pues estas últimas palabras se refieren a la falta de asistencia durante el juicio. Esto no había de impedir a estos tímidos romanos el enviar saludos al lugarteniente del apóstol».
4. La bendición final (v. 22) está dividida en dos partes. En la primera, el apóstol dice: «El Señor (esté) con tu espíritu» (lit.). Se parece a la de Gálatas 6:18 y Filemón 25, pero en estos últimos lugares dice: «… con vuestro espíritu», mientras que aquí, al ser una carta personal, dice: «TU espíritu». Bernardo de Claraval aporta una hermosa sugerencia: «Allí (es decir, en Gá. 6:10; Flm. 25) se invoca la presencia de la gracia del Señor; aquí, la presencia del Señor de la gracia». En la segunda parte, el apóstol dice: «La gracia (sea, o esté) con vosotros». El «Amén» que aparece en nuestras versiones, carece de la garantía necesaria, pues no está atestiguado en los MSS más importantes. Vemos que la bendición final va dirigida a los creyentes en general, como en las de 1 Timoteo 6:21b (conforme a los MSS más importantes) y Tito 3:15c.