Los escritos de los profetas que hablan de las cosas que han de ser después de éstas (Ap. 1:19b) parecen proferir la misma llamada que Juan recibió (Ap. 4:1b): «Sube acá». Pero, en la profecía de este libro, es como si la voz dijese: «Sube más alto». Conforme avanzamos en el tiempo (pues Ezequiel profetizó durante el cautiverio, así como Jeremías lo hizo justamente antes del cautiverio), nos elevamos cada vez más en descubrimientos más y mas sublimes de la gloria divina. Estas aguas del santuario calan todavía más hondo; tan lejos están de ser vadeables, que en algunos lugares a duras penas se pueden sondear; con todo, aun siendo tan profundas, de ellas fluyen raudales que alegran la ciudad de nuestro Dios.
I. El redactor humano fue Ezequiel. Su nombre significa «Fuerza de Dios» o «Dios me fortalece». Ciertamente Dios le fortaleció dentro de las dificultades que las circunstancias oponían a su ministerio. Dios le dice (3:9): «Como diamante, más fuerte que el pedernal he hecho tu frente». Si hemos de dar crédito a la tradición de los judíos, los propios judíos cautivos en Babilonia le dieron muerte en Babilonia por su osadía en reprenderles. La misma tradición dice que le hicieron saltar los sesos. Un historiador árabe dice que le dieron muerte y que fue sepultado en el sepulcro de Sem, el hijo de Noé.
II. En cuanto a la fecha, el lugar y la época de su ministerio. La escena se abre en Babilonia, cuando era casa de esclavitud para el Israel de Dios, allí fueron escritas las profecías de este libro, cuando el propio profeta y el pueblo al que profetizaba estaban exiliados allí. Ezequiel profetizó al comienzo del cautiverio. Fue una indicación de la buena voluntad de Dios y de Sus amorosos designios en aquella aflicción de Israel el que levantase profetas para convencerles cuando, al principio de sus aflicciones, estaban sin humillarse, lo cual fue tarea de Ezequiel, así como consolarles cuando estaban deprimidos y desanimados.
III. En cuanto a la materia y el objetivo del libro.
1. Hay mucho que es misterioso, oscuro y difícil de entender, en especial al comienzo y al final de él, por lo que los judíos prohibían a los jóvenes su lectura hasta que llegaban a los treinta años de edad, no fuese que, por las dificultades que encontrasen, cobrasen prejuicios contra las Escrituras; pero si leemos esas partes difíciles con humildad y reverencia, y las investigamos diligentemente, aun cuando no seamos capaces de desatar todos los nudos, como tampoco podemos comprender muchos fenómenos del libro de la naturaleza, podremos, no obstante, recoger de ellos, como de los que hay en el libro de la naturaleza, muchas cosas buenas con las que confirmar nuestra fe y avivar nuestra esperanza en Dios.
2. Aunque las visiones son aquí tan intrincadas que un elefante podría nadar en ellas, los mensajes son claros y, en su mayor parte, tan sencillos que un cordero podría vadearlos; y el designio principal es mostrar al pueblo de Dios sus transgresiones, a fin de que, en su cautiverio, puedan estar arrepentidos, pero no quejumbrosos. Así como para los cautivos mismos fue de gran provecho tener con ellos un profeta, también fue un testimonio a favor de la religión de ellos y en contra de sus enemigos que les ridiculizaban a ellos y a su religión.
3. Aunque los reproches y las amenazas son aquí fuertes y audaces, hacia el cierre del libro se dan, no obstante, seguridades consoladoras de la gran misericordia que Dios les tenía reservada; y allí halla uno alguna referencia a la dispensación del Evangelio y, en especial, a su cumplimiento pleno en la época del Reino milenario. Por medio de la apertura de los terrores de Jehová, prepara el camino de Cristo. Las visiones eran las credenciales del profeta.
IV. Para la división, echamos mano de los epígrafes en negrita que aparecen en la Ryrie Study Bible:
1. Llamamiento y comisión de Ezequiel (1:1–3:27).
2. Profecías contra Judá y Jerusalén (4:1–24:27).
3. Profecías contra las naciones extranjeras (25:1–32:32).
4. Profecías de la restauración de Israel (33:1–39:29).
5. Profecías concernientes a Israel en el Reino milenario (40:1–48:35).
I. Las circunstancias de la profecía que iba a ser comunicada, el tiempo en que fue comunicada a Ezequiel (v. 1), el lugar donde lo fue (v. 2) y la persona por medio de la cual había de ser comunicada a los demás (v. 3). II. Introducción a la profecía mediante una visión de la gloria de Dios: 1) En el mundo superior, donde el trono de Dios está rodeado de unos seres angélicos llamados aquí «seres vivientes» (vv. 4–14). 2) En sus providencias concernientes al mundo inferior, que está representado por las ruedas y los movimientos de éstas (vv. 15–25). 3) En el aspecto, sin figura definida, del que se sienta en el trono (vv. 26–28).
Versículos 1–3
Las circunstancias de la visión que tuvo Ezequiel, y en la que recibió su comisión, se hacen constar aquí en particular, a fin de que el relato lleve las marcas de la autenticidad.
1. El tiempo en que tuvo Ezequiel la visión fue en el año treinta (v. 1). Feinberg, Ryrie y Asensio, entre otros, dan como más probable la interpretación de que Ezequiel se refiere a su propia edad, esto es, que tenía treinta años de edad. M. Henry y el rabino S. Fisch dan como más probable el que Jeremías se refiera a la fecha en que fue hallado el libro de la Ley, treinta años antes, durante el reinado de Josías, por haberse celebrado entonces «el último Jubileo que ocurrió en la tierra de Israel antes del exilio babilónico» (Fisch). Las razones que aporta el rabino Fisch en favor de su opinión son muy fuertes. Aún hay quienes datan la profecía desde el comienzo del reinado de Nabopolasar, el fundador del imperio babilónico y padre de Nabucodonosor, pero esta opinión es muy improbable.
2. Las tristes circunstancias en que se hallaba Ezequiel cuando Dios tuvo a bien honrarle. Estaba (v. 1b) entre los deportados junto al río Quebar (hebr. Kebar), y esto sucedía (v. 2) en el quinto año de la deportación del rey Joaquín, a los cinco días del mes. Como Joaquín (llamado Jeconías—y Conías—en Jeremías) fue deportado el año 598–597 a. de C., la visión de Ezequiel tuvo lugar el año 593–592.
(A) Una parte del pueblo de Dios estaban ahora cautivos en la tierra de los caldeos (v. 3). La masa de la nación judía permanecía aún en su país, pero éstos eran los primeros frutos del cautiverio, y algunos de los mejores. La palabra de instrucción y la vara de corrección pueden sernos de gran provecho cuando se conjuntan y complementan mutuamente: la palabra para explicar la vara; la vara, para reforzar la palabra; y ambas juntas confieren sabiduría. En el cautiverio, los judíos estaban destituidos de ordinarias ayudas para el alma y, por eso, Dios hizo surgir estas otras extraordinarias; porque los hijos de Dios, si algo les estorba para ser educados de una manera, obtendrán su educación de otra manera. Los judíos que se habían quedado en el país tenían consigo a Jeremías; los que habían marchado al cautiverio tenían a Ezequiel; porque adondequiera que sean esparcidos los hijos de Dios, Dios les proveerá de instructores.
(B) El propio profeta estaba (v. 1) entre los deportados junto al río Quebar, «conocido entre los babilonios como el Gran Canal, que fluía al sureste desde el Éufrates en Babilonia» (Feinberg). Los mejores hombres, y más estimados por Dios, comparten con frecuencia las públicas calamidades nacionales que Dios inflige por el pecado; reciben castigo sin haber contribuido a la culpa. Los cautivos hallarán su mejor instructor en un cautivo como ellos, que conoce experimentalmente sus aflicciones. Dondequiera nos hallemos, podemos guardar nuestra comunión con Dios. Cuando Pablo estaba encarcelado, el Evangelio tenía curso libre; y cuando Juan fue exiliado a la isla de Patmos, recibió allí la visita de Jesucristo.
3. La manifestación que Dios tuvo a bien hacer de Sí mismo al profeta. Aquí nos cuenta él mismo lo que vio, lo que oyó y lo que sintió.
(A) Vio visiones de Dios (v. 1, al final), lo cual puede significar «visiones acerca de Dios o ideadas por Él» (Fisch). Nadie puede ver a Dios y continuar vivo (Éx. 33:20), pero algunos han visto visiones de Dios, es decir, manifestaciones de la gloria divina que les han servido de instrucción. Ezequiel fue usado para la tarea de volver los corazones del pueblo a Jehová su Dios y, por consiguiente, él mismo había de ver visiones de Dios. Todos aquellos cuyo ministerio consiste en traer a otros al conocimiento y al amor de Dios, deben tener íntima comunión con Dios, pues difícilmente pueden comunicar bien lo que no conocen bien. Para que pudiese tener visiones de Dios, se abrieron los cielos (v. 1b). Sólo así podían ser conquistadas la oscuridad y la distancia que impedían estas visiones.
(B) Oyó la voz de Dios, pues (v. 3) le vino expresamente palabra de Jehová, y lo que vio estaba destinado a prepararle para lo que iba a oír. La visión del capítulo 1 es la introducción del mensaje del capítulo 2. El adverbio expresamente sirve para verter la reduplicación del hebreo hayóh hayáh (lit. habiendo hubo, repetido por énfasis).
(C) Sintió el poder de Dios que le abría los ojos para ver las visiones, que le abría los oídos para oír la voz, y que le abría el corazón para recibir lo que las visiones y las palabras de Dios daban a entender.
Versículos 4–14
El objeto de estas visiones: (A) Infundir en la mente del profeta altos y honorables pensamientos de Dios por quien era comisionado. Lo que vio (v. 28) fue «la apariencia de la imagen de la gloria de Jehová». Un Dios tan grande como éste había de ser servido con reverencia y piadoso temor. (B) Aterrorizar a los pecadores que quedaban en Sion, lo mismo que a los que habían llegado ya a Babilonia, y que, tanto unos como otros, habían menospreciado las amenazas de la ruina de Jerusalén. Esta referencia a la destrucción de Jerusalén parece clara si comparamos esta porción con 43:3. (C) Consolar a los temerosos de Dios, que se habían humillado bajo la poderosa mano del Señor. Que sepan que, aunque están exiliados en Babilonia, tienen a Dios cerca de ellos; aunque no tengan el lugar del santuario, sin embargo tienen al Dios del santuario. Ahora que la congregación de Israel iba a ser plantada, para largo tiempo, en otro país, el Señor muestra Su gloria en medio de ellos, como lo hizo cuando los constituyó como nación en el desierto. La primera parte de la visión presenta a Dios asistido y servido por ángeles.
1. La introducción a esta visión de los ángeles es magnífica y despertadora (v. 4). El profeta miró y vio que venía del norte un viento tempestuoso. Del norte le habían venido a Israel las grandes calamidades (comp. con Jer. 1:14, 15; 4:6). La representada ahora era, por supuesto, la invasión total de la Tierra Santa a manos de los caldeos. Pero, como la visión de Isaías 6, el objetivo principal era expresar la absoluta soberanía de Dios. Dice Feinberg: «Entre los atributos de Dios puestos de relieve en esta visión están Su omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia. Compárese el llamamiento de Ezequiel con el de Moisés (Éx. 3), Amós (Am. 7:15), Isaías (Is. 6) y Jeremías (Jer. 1:4–10)».
2. La visión misma.
(A) El pabellón de Dios en el que descansa y el carro en que se pasea es una gran nube (v. 4b, comp. con Sal. 18:11; 104:3). La nube va acompañada de fuego fulgurante, como en el Sinaí, donde Jehová llamó a Moisés de en medio de la nube. Y la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador (Éx. 24:16, 17). La primera aparición de Dios a Moisés fue también en una llama de fuego en medio de una zarza (Ex. 3:2). Y continúa Ezequiel (v. 4b): «y alrededor de él (el fuego) un resplandor». Comenta Ryrie: «Ezequiel vio una nube que fulguraba desde un centro de metal reverberante». El hebreo lo llama jashmal e indica una mezcla brillante de oro y plata, que los LXX vertieron por élektron, y la Vulgata Latina por electrum, y de ahí pasó al castellano en forma de electro. Una consideración devocional se desprende de todo esto: Si queremos hallar a Dios, es cierto que no podremos ver el centro de la luz inaccesible en que habita (1 Ti. 6:16), pero podremos ver el resplandor que le rodea. Tampoco Moisés pudo ver el rostro de Dios, sino sólo la espalda (Éx. 33:23).
(B) Del centro (v. 5) emergía la figura de cuatro seres vivientes, «identificados como querubines (10:15, 20; v. nota en Ap. 4:6). Los querubines son un orden de ángeles, interesados en guardar la santidad de Dios. Guardaban el acceso al árbol de la vida (Gn. 3:24)» (Ryrie). Vemos que no eran Dios, sino criaturas de Dios, obra de Sus manos. Su aspecto general era como una semejanza (hebr. demut, el mismo vocablo de Gn. 1:26: «… conforme a nuestra semejanza»). Esto se dice especialmente para hacer notar que tienen inteligencia, no son animales. De ellos se nos dan los siguientes detalles:
(a) Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas (v. 6). De las alas, el detalle general es que (v. 9) con las alas se juntaban el uno al otro. Más adelante (v. 11b), vemos que tenían sus alas extendidas por encima, las cuales se juntaban, esto es, la derecha de uno con la izquierda de otro; y las otras dos cubrían sus cuerpos. Puede verse la diferencia, en esto, con las de los serafines de Isaías 6:2. Se notará en este último lugar que los serafines ocultaban con dos alas su rostro, no su cuerpo, con otras dos sus pies, y necesitaban otras dos para volar, mientras que los querubines de Ezequiel 1:5 y ss. no volaban, sino que caminaban (v. 12); no necesitaban, pues, cubrir los pies, sino el cuerpo, por reverencia a Jehová. El rostro quedaba cubierto, según la más probable explanación (ya ofrecida por el Rashí), de forma que «dos de las cuatro alas de cada criatura estaban extendidas por encima del rostro y unidas por ambos lados a las alas del respectivo vecino, de forma que cada rostro quedaba oculto por las alas» (citado por Fisch).
(b) En cuanto a las caras, la cara frontal (v. 10) era de hombre; la del lado derecho, de león; la del lado izquierdo, de buey; y por detrás, de águila. Dicen los rabinos, según cita Ryrie: «El hombre está exaltado entre las criaturas; el águila, entre las aves; el buey, entre los animales domésticos; el león, entre las fieras; y todos cuatro han recibido dominio y se les ha dado grandeza; sin embargo, están estacionados debajo de la carroza del Santo». Otras explicaciones pueden verse en el comentario a Apocalipsis 4:7.
(c) Los pies o piernas de los cuatro seres vivientes eran derechos (v. 7), es decir, sin junturas como la de la rodilla, a fin de estar listos para moverse rápidamente en cualquier dirección; la planta era (v. 7b) como planta de pie de becerro, es decir, «redonda, para volverse lisamente en cualquier dirección» (Lofthouse, citado por Fisch); añade que los pies (v. 7c) centelleaban a manera de bronce muy bruñido (comp. con Dn. 10:6; Ap. 1:15). Recordemos que el bronce es símbolo de la ira, o de la majestad severa, de Dios.
(d) Además de las caras, las alas y los pies, se añade (v. 8) que, debajo de sus alas, a sus cuatro lados, tenían manos, esto es, cuatro manos, de hombre. Feinberg compendia del siguiente modo el significado de todos estos miembros:
Las manos de hombre hablan del poder de manipulación y de cierta destreza de toque. La unión de las alas pone de relieve la perfecta unidad de acción por parte de las criaturas vivientes. Sus rostros son: el de hombre, que nos habla de inteligencia; el de león, que indica majestad y poder; el de buey, que despliega servicio paciente; el de águila, que sugiere rapidez de juicio y discernimiento a distancia.
(e) Finalmente, se nos dice (v. 9, y se repite en los vv. 12 y 17) que no se volvían cuando andaban, sino que cada uno caminaba derecho hacia adelante. Para que el lector pueda imaginarse fácilmente estos movimientos, ténganse en cuenta estos tres puntos: Primero, que los cuatro seres vivientes forman un cuadrado en el que las respectivas caras de hombre miran al frente, segundo, que, al tener cada uno una cara a cada lado, no necesitan volverse cuando se les ordena cambiar la dirección del movimiento; tercero, que caminan (v. 12b) hacia donde el espíritu les mueve a que anden; no siguen sus propios impulsos, sino los del espíritu divino que les anima. El caminar derecho, como dice Feinberg, «nos declara la verdad de que los principios de la soberanía de Dios siguen su curso sin desviación». Según la dirección a las que el espíritu les impulsaba, estos seres vivientes (v. 14) corrían y volvían a semejanza de relámpagos, ¡tal era su rapidez!
(C) El versículo 13 es vertido de dos maneras: (a) El texto masorético dice: «Y la semejanza de los seres vivientes (era): su apariencia como de carbones de fuego, ardiendo como la apariencia de antorchas; fulguraba de un lado a otro en medio de los seres vivientes; el fuego resplandecía; y del fuego salía el relámpago» (lit.). (b) Algunas versiones modernas (no la NVI) siguen a los LXX, la Vulgata y a ciertas versiones muy antiguas, y cambian del modo siguiente la primera frase del versículo: «Y en medio de los seres vivientes, una visión como de carbones de fuego encendidos, etc.». En cualquiera de los dos casos, y no hay por qué apartarse del texto hebreo, el sentido es claro: El profeta vio estos seres vivientes a la luz misma que de ellos emanaba, debida al resplandor como de brasas ardiendo que había en el centro del cuadro que ellos formaban. Los ángeles son criaturas de luz, y están en la luz, pero nosotros los vemos a ellos y sus obras como a través de antorchas que fulguran de un lado a otro por entre ellos; cuando se marchen las sombras y despunte el día, los veremos con toda claridad.
Versículos 15–25
1. La visión de las ruedas (vv. 15–21). La gloria de Dios no aparece solamente en el esplendor del mundo superior, sino también en la firmeza de Su gobierno en el mundo inferior. Mientras Ezequiel (v. 15) miraba los seres vivientes y contemplaba cosas tan gloriosas, se presenta ante sus ojos otra visión.
(A) Las dispensaciones de la Providencia son comparadas a las ruedas de una carroza. Las ruedas, aunque no se mueven por sí mismas como los ángeles, son sin embargo movibles. A los cuatro lados, junto a los seres vivientes, había una rueda sobre la tierra. Había tal conexión entre los vivientes y las ruedas, que juntos se movían y juntos descansaban (vv. 19 y ss.). La razón es (v. 20, al final) porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas. Advierte Feinberg que «esta descripción no tiene absolutamente nada que ver con ninguna invención ni con ningún descubrimiento modernos».
(B) En los versículos 15 y 16 vemos que había una rueda al lado de cada ser viviente; en realidad, era una rueda «doble» (v. 16, al final): «como una rueda en medio de otra rueda». Dice Asensio: «Ruedas misteriosas a tono con toda la visión …; “dobles” todas ellas y cruzadas perpendicularmente de modo que pudiesen seguir el movimiento de los animales (mejor sería que dijese: de los seres vivientes) sin cambiar».
(C) El versículo 16 comienza asi textualmente: «La apariencia de las ruedas (hebr. opharim, vocablo con el que también se designa un grado inferior de querubines) y de su hechura (era) como ojo de Tarsis
…». Esta expresión, que vuelve a salir en 28:13, indica una piedra preciosa, «una de las especies del crisólito, quizás el topacio» (Fisch). En el versículo 18 se nos dice que los aros, es decir, las llantas de estas ruedas, eran altos y atemorizadores, pues estaban llenos de ojos alrededor en las cuatro. Dice Feinberg: «Los ojos en los aros simbolizan la omnisciencia divina en las obras de la naturaleza y de la historia (v. Zac. 3:9; 4:10; Ap. 4:6; 2 Cr. 16:9; Pr. 15:3)». No hay nada que se escape de la mirada de Dios.
2. La visión de la bóveda (vv. 22–25). «Y por encima de las cabezas (v. 22) de los seres vivientes (había una) semejanza de expansión (hebr. raquía, el mismo vocablo de Génesis 1:6–8, para designar la bóveda del firmamento), como el ojo—es decir, el color—de un hielo terrible» (lit.), esto es, de un cristal aterrador. La extensión y el resplandor de esta bóveda produjeron en Ezequiel un sentimiento de reverencia pavorosa. Dios está en lo alto, por encima del firmamento; estos seres vivientes están presentados como debajo del firmamento, lo cual denota sumisión y sujeción al dominio de Dios. Ezequiel oyó el sonido de las alas de los ángeles (v. 24), a fin de despertarle la atención a lo que Dios iba a decirle desde encima de la bóveda (v. 25). Oyó una voz del que se sienta en el trono. Y, cuando resonaba esta voz, los ángeles plegaban sus alas (v. 25, al final) con lo que cesaba el ruido que producían sus alas, y toda la atención del espectador podía dirigirse hacia el que hablaba desde encima de la bóveda. La voz de Dios sólo puede percibirse bien cuando se cierran los oídos a las voces y a los ruidos del mundo.
Versículos 26–28
Las otras partes de esta visión no eran sino el prefacio. En ellas, Dios se daba a conocer como Señor de los ángeles y supremo director de todos los asuntos de este mundo inferior. Pero ahora que el profeta va a recibir una revelación de Dios mismo, hemos de mirar por encima de los seres vivientes y de las ruedas.
1. Nótense las semejanzas de esta porción con Apocalipsis 1:12–17. Ezequiel, al oír la voz que salía de encima de la bóveda, miró, como Juan en Apocalipsis 1:12, 13, y vio «como la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro» (v. 26, comp. con Éx. 24:10; Is. 6:1; Dn. 7:9; Ap. 4:2). Es un trono de gloria, de triunfo, de gracia, de gobierno y de juicio.
2. Sobre el trono vio (v. 26b) «una semejanza como la apariencia de un hombre sobre él, en lo alto» (lit.). Feinberg hace notar que «son nueve las veces que el vocablo “semejanza” se menciona en este capítulo». Pero hay un detalle que a este traductor se le antoja extraordinario: Había de esperarse que en un libro profético del Antiguo Testamento no se mencionase ni siquiera «la apariencia de un hombre» al hablar de Dios, al ser así que en el libro profético del Nuevo Testamento se evita cuidadosamente la mención de ninguna apariencia de hombre al hablar del que está sentado en el trono (Ap. 4:2, 3). La razón no puede ser otra que la siguiente: El que aparece «sobre la figura del trono» en Ezequiel 1:26–28 no es otro que el Cristo preencarnado, por medio del cual Jehová-Dios va a comunicar a Ezequiel su mensaje. Una vez encarnado todos los detalles con que se describe al que está en el trono coinciden con lo que Juan vio en Apocalipsis 1:12–17, atribuido a Jesucristo. Por tanto, ya puede quedar Dios el Padre, en Apocalipsis 4:2 y ss., en su absoluta trascendencia (comp. con Jn. 1:18; 14:9), ya que tenemos a uno semejante al Hijo del Hombre (Ap. 1:13).
3. Ezequiel vio a continuación (v. 27) «como el color—u ojo—del electro (lo mismo que en 1:4; 8:2), como la apariencia de fuego en derredor envolviéndolo». Refiriéndose a la división descrita en el versículo 27, «… de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo …», dice M. Henry: «Lo de arriba era interior y envuelto. Lo de abajo era exterior. Algunos piensan que lo primero significa la naturaleza divina de Cristo, escondida dentro del color del ámbar (es decir, del electro); esto es lo que ningún hombre ha visto ni puede ver. Lo segundo suponen que es su naturaleza humana, cuya gloria fue vista por algunos … (Jn. 1:14)». En una línea parecida, dice Maimónides cosas tan interesantes como éstas (Guía, III, 7, citado por Fisch):
Es también digno de notarse que la apariencia de hombre sobre el trono está dividida, y es la parte superior como el color de jashmal, y la parte inferior como la apariencia de fuego … Ahora considera cómo afirmaron claramente los sabios que la apariencia dividida de hombre no representa a Dios, quien está sobre toda la carroza, sino que representa una parte de la creación. Asimismo dice el profeta: Ésta era la apariencia de la semejanza de la gloria del SEÑOR (los judíos evitan nombrar a Jehová—nota del traductor—); pero la gloria del SEÑOR es diferente del SEÑOR mismo.
Basta leer Filipenses 2:6 y Hebreos 1:3 («siendo el resplandor de su—de Dios—gloria») para ver hasta qué punto tales «sabios» judíos llegaron a ser casi cristianos.
4. El trono estaba aureolado por algo «semejante al arco iris (v. 28) que aparece en las nubes el día que llueve» (v. el comentario a Gn. 9:13 y comp. con Ap. 4:3; 10:1). Así como es un alarde de majestad, es también prenda de misericordia, pues es confirmación de la benigna promesa que Dios tiene hecha. Ahora que el fuego de la ira de Dios fulguraba contra Jerusalén, se podía mirar al arco iris y recordar el pacto, como prometió en referencia al pacto con los patriarcas (Lv. 16:42).
5. Como en el caso de Juan (Ap. 1:17), Ezequiel (v. 28c) se postró sobre su rostro, abrumado por lo que había visto; lo cual, a su vez, sólo tenía por objeto prepararle para escuchar lo que iba a oír: «y oí la voz de uno que hablaba» (lit.). Lofthouse hace notar, citado por Fisch, que «la reticencia al final del versículo es digna de especial atención después de la abundancia de los detalles precedentes».
6. Nada mejor para terminar el comentario a este difícil capítulo 1 de Ezequiel que transcribir lo que dice Feinberg al final de su comentario al presente capítulo, bajo el epígrafe «¿Cómo se refiere todo esto a nosotros?» Dice así:
Cuando el lector corriente de la Escritura llega a un pasaje como Ezequiel 1, puede a veces pensar que las materias bajo consideración están muy alejadas de su vida y servicio. Pero lo contrario es lo cierto. Justamente como Ezequiel fue un mensajero fiel por Dios, que advirtió del juicio para los incrédulos, y aseguró bendición para los creyentes, así también nosotros hoy tenemos el privilegio sin par de convocar a todos los hombres a la verdad en Cristo el Señor. Si hemos tenido alguna vez una visión de la santidad y majestad de nuestro Dios, ¡cómo podemos dejar de proclamar Su mensaje de urgencia para los perdidos! Si somos fieles, El ha prometido llamar a un remanente de entre todos los pueblos. ¡Ojalá sea llevado a cabo este cumplimiento en nuestras vidas!
Tenemos en este capítulo el llamamiento de Ezequiel al ministerio profético. I. Es comisionado para ir como profeta a la casa de Israel, ahora cautiva en Babilonia (vv. 1–5). II. Se le ordena que no les tema (v. 6). III. Se le instruye sobre lo que ha de decirles mediante la entrega de un rollo (vv. 7–10).
Versículos 1–5
Dios le llama «hijo de hombre», expresión que se repite 93 veces en este libro «para recordarle a Ezequiel que, en contraste con el Dios majestuoso, él era meramente un hombre mortal» (Ryrie).
1. Se le ordena que se ponga en pie para recibir su comisión (vv. 1, 2).
(A) Mediante un mandato divino: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies. Su postración en tierra era una postura de mayor reverencia, pero su presencia de pie era postura de mayor preparación.
(B) Mediante un poder divino que acompañaba al mandato (v. 2). Dios le hizo estar de pie; pero, como no tenía fuerzas propias para mantenerse en pie ni el ánimo necesario para soportar la visión, entró el espíritu en él y le asentó sobre sus pies, y le dio así la vitalidad que necesitaba para ello (comp. con 37:10). El mismo espíritu que le asentó sobre sus pies, le alertó para escuchar al que le hablaba. Fisch hace notar que el verbo hablar (hebr. dabar), «no está puntuado medabber como en 1:28, sino middabber, esto es, en el modo reflexivo. Podría traducirse “Que se estaba dirigiendo a Sí mismo hacia mí”, con lo que comportaba la idea de relación íntima».
2. Ezequiel es enviado con un mensaje para los hijos de Israel (v. 3): «Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel». Estaban ahora en cautiverio por no haber prestado atención a los mensajeros de Dios, pero aun allí les envía Dios este profeta entre ellos.
(A) La rebeldía del pueblo al que es enviado este embajador. Son llamados hijos de Israel; retienen el nombre de sus piadosos antepasados, pero han degenerado, se han convertido en goím, en gentiles rebeldes, pues goím es el vocablo que se usa para designar a naciones y personas que no pertenecen al pueblo de Dios, a Israel según la carne. Por largo tiempo habían sido una generación rebelde (v. 3b): «… que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres han pecado contra mí hasta este mismo día». El que le habla a Ezequiel desde encima del firmamento (1:25 y ss.) describe a la presente generación de judíos como (v. 4) hijos que tienen la cara dura como el pedernal (no se avergüenzan ni temen) y el corazón empedernido (sin contrición, no se arrepienten).
(B) Pero, rebeldes como son, Dios les envía este profeta (v. 4b): «Yo te envío a ellos, y les dirás: Así dice el Señor Jehová». Todo lo que les diga ha de ser dicho en nombre de Dios, como emanado de los labios de Dios y garantizado por la autoridad de Jehová. Los escritos de los profetas son Palabra de Dios y como Palabra de Dios han de ser tenidos. Cuando al corazón del hombre se le hace arder bajo la Palabra de Dios, y a su voluntad se le hace doblegarse a ella, entonces conocen y llevan en sí mismos el testimonio de que no es palabra de hombres, sino de Dios. Si se hacen el sordo a dicha Palabra, se les hará saber que aquel a quien han menospreciado era realmente un profeta; si no se dan cuenta mediante los reproches de su propia conciencia, lo sabrán mediante los justos juicios de Dios sobre ellos por haberle rechazado.
Versículos 6–10
Después de recibir su comisión, el profeta recibe su encargo. Se le ordena aquí:
1. Que sea atrevido (v. 6): «Y tú, hijo de hombre, no les temas ni tengas miedo de sus palabras».
Ellos son «zarzas, espinos y escorpiones» (v. 6b), es decir, «desafiantes y despectivos» (Fisch) y «contradictores» (Asensio), vejadores de todo el que les salga al paso. Los impíos son como zarzas y espinos, que impiden la labranza de Dios (1 Co. 3:9). Son también escorpiones malignos y venenosos. La picadura de un escorpión es mil veces más dañosa que el arañazo de una zarza. Ezequiel había tenido una visión en la que había estado con ángeles, pero cuando baja del monte se halla morando con escorpiones, que se le van a enfrentar fieramente.
2. Que sea fiel (v. 7): (A) Fiel al que le envía: «Les hablarás mis palabras». (B) Fiel a las almas de aquellos a quienes es enviado: «Es cierto que son muy rebeldes, pero les hablarás mis palabras, escuchen o dejen de escuchar, ya sea que les agraden o les desagraden las palabras de Dios.
3. Que sea cumplidor:
(A) De las instrucciones que se daban en el rollo que estaba extendido delante de él (v. 10). El rollo estaba escrito por delante y por detrás, es decir, por dentro y por fuera (Ap. 5:1; v. el comentario a este lugar). Según M. Henry, «un lado contenía los pecados de ellos; el otro lado contenía los juicios de Dios que venían sobre ellos por esos pecados». Triste misión la suya; la materia contenida en el libro era lamentaciones, endechas y ayes. ¡Qué podía haber más lamentable, más de endechar y más lastimero que ver a un pueblo santo y dichoso, hundido en tal pecado y miseria!»
(B) Del cargo expreso que se le da al profeta, tanto en la recepción del mensaje como en su comunicación al pueblo. Ha de atender con toda diligencia a lo que se le dice (v. 8): «Hijo de hombre, oye lo que te hablo; no seas rebelde como esa casa rebelde». Si los ministros de Dios hacen la vista gorda al pecado y son indulgentes con los pecadores por miedo a desagradarles, se hacen con esto partícipes de sus culpas, rebeldes como los rebeldes, Pero Ezequiel no ha de limitarse a oír, sino que ha de asimilar bien el mensaje, como veremos en el capítulo siguiente.
Ulterior preparación del profeta para la obra a la que Dios le ha llamado. I. Ha de comerse el rollo que le ha sido presentado (vv. 1–3). II. Más instrucciones y alientos (vv. 4–11). III. El poderoso impulso que tomó el control de él y le transportó al lugar donde se hallaban los que habían de ser sus oyentes (vv. 12– 15). IV. Su oficio como profeta, bajo el símil de un vigía (vv. 16–21). V. Se le impone por algún tiempo un silencio absoluto, recluido en su casa (vv. 22–27).
Versículos 1–15
Estos versículos pueden considerarse como una continuación del capítulo anterior, pues tratan de la misma materia: la misión que Ezequiel recibe de comunicar al pueblo lo contenido en el rollo que le ha sido presentado en 2:9, 10. Vemos aquí:
1. Cómo debe recibir él mismo la revelación que se le hace (v. 1): «Hijo de hombre, come lo que hallas; come este rollo, asimila su contenido, imprimiéndolo en tu mente y en tu corazón, de forma que tu alma se nutra de él y sea fortalecida por él; llénate de él como se llena el que está hambriento del alimento material». Toda palabra de Dios es provechosa para el alma (2 Ti. 3:15–17), y hemos de recibirla sin repugnancia y sin discutir. El que, por medio de su Espíritu Santo, nos extiende el rollo y nos abre el entendimiento, nos incita también a comerlo, asimilarlo hasta hacerlo, por la práctica, parte de nuestra sustancia espiritual. Si Él no hiciese todas estas cosas, seríamos para siempre extraños a la Palabra de Dios. Aunque el rollo estaba lleno de lamentaciones, endechas y ayes (2:10), a Ezequiel le supo en la boca dulce como la miel (v. 3, al final). Dice Feinberg: «Por muy penosa que sea la labor, hay satisfacción en hallar y poner por obra la voluntad de Dios y en ejercer un servicio en comunión con el Dios viviente».
2. Cómo ha de entregar a otros la revelación divina que él mismo ha recibido (v. 1b): «Come este rollo, y ve y habla a la casa de Israel». No es enviado a los caldeos para reprenderles por sus pecados y la opresión que ejercen sobre el pueblo de Dios, sino a la casa de Israel para reprenderles por sus pecados; porque un padre corrige a su hijo que no se comporta como debe, pero no corrige al hijo de un extraño.
(A) Ha de recordar que son la casa de Israel a la que Dios le envía para que les hable, casa de Dios y también suya. Con ellos estaba estrechamente relacionado, no sólo por ser compatriotas, sino también compañeros de tribulación (vv. 4–6).
(B) Ha de recordar lo que ya le había dicho Dios del carácter de los destinatarios de su mensaje, a fin de que no se decepcione ni se desanime si no le prestan atención, pues son gente dura de frente y obstinada de corazón (v. 7, al final, comp. con 2:4). No hay en ellos convicción de pecado que les haga ruborizarse, ni denuncia del pecado que les haga temblar. Su obstinación va dirigida contra Dios mismo (v. 7): «Mas la casa de Israel no te querrá oír, porque no me quiere escuchar a mí». No están dispuestos a obedecer la ley de Dios y, por eso, se hacen los sordos a la voz de los profetas, cuyo oficio es hacer cumplir dicha ley.
(C) Pero Dios le capacitará a poner buena cara ante esta perspectiva (vv. 8, 9): «He aquí que yo he hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos, etc.». Dios le dará firmeza y osadía. Cuanto más desvergonzados y atrevidos son los impíos en su oposición a la religión, tanto más abierta y resueltamente debería portarse el pueblo de Dios en la práctica y la defensa de la religión. Cuando el vicio es atrevido, la virtud no debe escabullirse furtivamente.
(D) Por consiguiente, se le ordena que tenga coraje y se lance a la obra, sin miedo a las censuras ni a las amenazas de sus enemigos. Ni el rostro enojado ni la lengua maldiciente deben intimidar a unos labios que reprenden con la mejor de las intenciones. No sólo ha de decirles lo que Dios dice, sino también que es Dios quien lo dice (v. 11b): «Así dice el Señor Jehová; háblales y diles eso, escuchen o dejen de escuchar». No quiere decir que a Ezequiel (y, por extensión, a cualquier ministro de Dios) le haya de resultar indiferente el resultado del ministerio, sino que, cualquiera sea dicho resultado, hemos de seguir adelante con nuestra obra y dejar a Dios las consecuencias.
(E) Después oyó Ezequiel (v. 12) una voz de gran estruendo, como si los ángeles se reuniesen a presenciar la inauguración de un profeta. Según Malbim (citado por Fisch), «la voz de gran estruendo escuchada por el profeta fue la de la Merkabah (la carroza de los querubines—nota del traductor—), que estaba presente en la visión, pero se retiró al marcharse Ezequiel a cumplir su misión». Esta explicación es confirmada por el paralelismo del versículo 13. Pero todo este estruendo terminó con voces de alabanza (v. 12, al final): «Bendita sea la gloria de Jehová desde Su lugar». Aunque es cierto que el lugar de la gloria de Dios es el Universo entero (v. Is. 6:3), Su lugar puede designar específicamente, como explica Malbim, «Jerusalén, que continúa siendo la morada de la gloria divina».
(F) Con amargura e indignación de su propio espíritu (v. 14), fue transportado por el espíritu divino, infinitamente más fuerte que el suyo propio, para cumplir su difícil misión. Esto mismo es lo que expresa la frase final del versículo 14: «mientras la mano de Jehová era fuerte sobre mí». Dios le había ordenado ir, pero no le impulsó a ir hasta que el espíritu le levantó y lo transportó al campo de misión. De buena gana se habría guardado Ezequiel para sí todo lo que había oído y visto, pero fue transportado por el impulso de Dios, de forma que no pudiese menos de proclamar las cosas que había visto y oído, como los apóstoles (Hch. 4:20).
(G) Allá se fue con el espíritu amargado e indignado, «porque la obstinación de su pueblo había de hacer tan difícil su tarea (cf. Mt. 11:21–24; Lc. 4:24–27)» (Ryrie). Quizás había presenciado lo que le había sucedido a Jeremías en Jerusalén: las dificultades para ejercer su ministerio y lo mal que le habían tratado. Sin embargo, no desobedeció a la visión celestial, ni se escabulló, como Jonás, del llamamiento de Dios, sino que, amargado e indignado como estaba, sin embargo fue. La misma mano de Dios, que fue fuerte sobre él para llevarlo al campo de misión, había de ser también fuerte sobre él para equiparle y animarle frente a las dificultades que le esperaban.
(H) Así llegó (v. 15) a los cautivos en Tel-abib (que significa, según Feinberg, «colina de las espigas verdes»), que moraban junto al río Quebar (comp. con 1:1). Allí estuvo sentado durante siete días, a la espera de que le llegase el mensaje de Dios. Comenta Fisch: «Durante siete días, estuvo sentado el profeta entre su pueblo, sin hablar ni moverse, probablemente esperaba nuevas instrucciones, que recibió a continuación. El número siete juega un papel significativo a lo largo de las Escrituras. En opinión de Kimchi, éste y los demás incidentes narrados hasta el final del capítulo 11, no fueron llevados a cabo en realidad, sino sugeridos a Ezequiel durante su estado visionario. Sólo entonces como se menciona en 11:25, le fue permitido hablar al pueblo y contarles todas sus experiencias».
Versículos 16–21
Las instrucciones que siguen las dio Dios a Ezequiel al cabo de los siete días (v. 16), es decir, al séptimo día después de la visión que había tenido; y es probable que tanto ésta como aquélla tuviesen lugar en sábado. Vino, pues, a él palabra de Jehová (v. 16b). Después de meditar toda la semana sobre las cosas de Dios, estaba preparado para hablar al pueblo en nombre de Dios, y para oír a Dios hablándole.
Vemos:
1. El oficio al que es llamado el profeta (v. 17): Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel. Ezequiel va a ser un vigía, como es el guarda en una ciudad, el pastor en un rebaño, el centinela en el campo de batalla, especialmente en un país invadido por el enemigo o en una ciudad sitiada, a fin de que vigile los movimientos de las fuerzas enemigas y haga sonar el toque de alarma ante la inminencia del peligro. Esto supone que la casa de Israel se halla en estado de guerra y expuesta a los ataques de un enemigo poderoso y sutil. Los centinelas corren grave peligro, pues el enemigo obtiene una señalada victoria si logra dar muerte, o hacer desertar, a los centinelas, ya que así puede tomar por sorpresa a las tropas adversarias. Por otra parte, los centinelas no pueden abandonar su puesto, sea cual sea el peligro que les aceche, pues caerían ejecutados por sus propios jefes. Tal es el dilema de los pastores de la Iglesia, vigías del rebaño: los hombres los maldicen si son fieles, pero Dios los maldice si son falsos.
2. El oficio de un centinela es recibir informe y dar informe.
(A) El profeta, como atalaya, tiene que tomar nota de lo que Dios ha dicho con respecto a Su pueblo. No debe hacer como los demás atalayas, que vigilan y miran a todas partes para espiar un peligro o adquirir por sí mismos la necesaria información, sino que ha de mirar arriba, a Dios y a nadie más (v. 17b): «Oirás, pues, la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte».
(B) Debe informar de lo que ha oído, no por su propia investigación, ni en su propio nombre, sino en nombre de Dios y conforme a la información recibida de Dios.
(a) Dios ha dicho, y dice, a todo pecador que si continúa pecando, de cierto morirá. Su iniquidad será de seguro su ruina. Pero si se convierte de su pecado, vivirá ciertamente (33:14–16), y se evitará la ruina con que le había amenazado Dios. Para ello, se le avisa del peligro en que está. Deber de los ministros es advertir a los pecadores del peligro del pecado, y darles seguridad del beneficio del arrepentimiento. Los que sean fieles tendrán su recompensa, aunque no hayan tenido éxito visible.
(b) Entre aquellos a los que Ezequiel tenía que predicar, había otros que eran justos; a éstos tenía que advertirles que no se apartasen de su justicia (vv. 20, 21). Un buen medio para guardarnos de caer es guardar un santo temor de caer (He. 4:1). Cuando una persona se aparta de su justicia, pronto aprende a cometer iniquidad, pues al volverse descuidada en sus deberes, pronto se torna fácil presa del tentador. La justicia abandonada no servirá para nada, por no haber sido continuada. No se debe halagar al pecador como si no le amenazase una ruina eterna, pero tampoco se ha de halagar al justo como si nada tuviese que temer mientras está de este lado del cielo. Nada hay tan bello como un reprendedor sabio sobre un oído obediente; el amonestado vivirá porque fue amonestado; el que le amonestó habrá librado su alma (v. 21b). Justamente hace notar Fisch que «el descuido en salvar la vida equivale al asesinato».
Versículos 22–27
Después de esta manifestación de Dios al profeta y de las plenas instrucciones que le había dado, su trabajo, al principio, no parece estar en proporción con su llamamiento. Para animarle contra las dificultades que ya preveía, Dios le favorece con otra visión de Su gloria. Dios le hace salir al campo (v. 22b) para hablar con él. Véase la condescendencia de Dios al conversar tan familiarmente con un pobre cautivo que, además, estaba de muy mal humor (v. 14) para emprender la tarea. Gran consuelo da estar a solas con Dios, retirados del mundo para conversar con Él: oírle y hablarle; y una persona piadosa dirá que nunca se está menos solo que cuando se está solo con Dios. Ezequiel fue al campo de mejor gana que cuando fue a los cautivos en Tel-abib (v. 15).
1. En el campo vio la misma visión que había visto junto al río Quebar (v. 23). Le había llamado a que saliese al campo para hablar con él (v. 22); pero hizo mucho más, pues le mostró Su gloria (v. 23). No hemos de esperar en la actualidad gozar de tales visiones, pero es un favor de mayor categoría poder mirar, por fe, la gloria del Señor e ir siendo transformados de gloria en gloria a la misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor (2 Co. 3:18).
2. Podría esperarse ahora que Dios le enviase a un lugar de mucha concurrencia y hacer que él y su mensaje resultasen aceptables, a fin de que tuviese una más amplia puerta de oportunidades, abierta para él; pero lo que aquí se le dice es lo contrario de eso. En lugar de enviarle a una pública asamblea, le ordena confinarse en su alojamiento (v. 24, al final). Él no estaba bien dispuesto (v. 14) a aparecer en público y, cuando lo hizo, el pueblo no lo tomó en consideración y, como en justa reprensión a él y a ellos—a él por su timidez, y a ellos por su frialdad—, Dios le prohíbe aparecer en público. Tiene que encerrarse dentro de su casa, para recibir más tarde ulteriores revelaciones de la mente de Dios.
3. Los ancianos de Judá le visitaron y se sentaron delante de él en su casa (8:1), para ser testigos de sus éxtasis; pero sólo a partir de 11:25 (v. la explicación de Kimchi en el comentario al v. 15) es cuando habló a los deportados todas las cosas que Jehová le había mostrado.
4. En lugar de procurarle la estima y el afecto de aquellos a quienes era enviado, Dios le dice (v. 25) que le atarán con cuerdas y no podrá salir entre ellos. No hay por qué ver aquí, como lo hace M. Henry, una medida de fuerza por parte de los cautivos, persiguiéndole como a un perturbador de la paz, bajo pretexto de que está loco. Se trata, en todo caso, de un gesto simbólico: Tanto en este encierro, como en la mudez que se le impone en el versículo 26, se da a entender que Dios le impone «un corte provisional en su predicación profética» (Asensio).
5. El que mejor podía hablar a sus compañeros de cautiverio se ve impedido de hacerlo por prohibición expresa de Dios, hasta que Él le abra la boca (v. 27). Y la razón que se da, repetida una y otra vez, es que son casa rebelde (v. 27, al final, como en el versículo 9; 2:6; 12:2, 3) aquellos a quienes él es enviado y no merecen tenerle por reprendedor. Cuando Dios le hable y se proponga hablar por medio de él, le abrirá la boca. Feinberg dice: «La cohibición había de ser moral más bien que física. Igualmente, las ataduras no significaban que estuviese encarcelado, ni se sigue que en alguna parte del libro los exiliados quisieran atacarle de modo hostil. Mediante su dureza de corazón y su oposición le limitarían la libertad para predicar».
Los cautivos en Babilonia llevaban todavía Jerusalén en su corazón; los piadosos miraban hacia allá con ojos de fe; los presuntuosos miraban con ojos de orgullo, y se lisonjeaban con la vana ilusión de que en breve iban a regresar. Dios le da al profeta en este capítulo una previsión muy clara y conmovedora del asedio de Jerusalén a manos de los caldeos y de las calamidades que habían de acompañar a dicho asedio.
I. Las fortificaciones que iban a levantarse contra la ciudad (vv. 1–8). II. El hambre canina que había de intensificarse dentro de la ciudad (vv. 9–17).
Versículos 1–8
Se le ordena aquí al profeta que represente por medio de signos el asedio de Jerusalén; esto constituía una predicción.
1. Sobre un ladrillo (v. 1) de barro cocido había de grabar la ciudad de Jerusalén. Era un honor para Jerusalén el que Dios la tenía tatuada en las palmas de Sus manos (Is. 49:16); también los nombres de las doce tribus estaban grabados en las piedras preciosas que el sumo sacerdote llevaba sobre su pecho; pero, ahora que la ciudad fiel se ha convertido en una ramera, un vil ladrillo de barro es suficiente para diseñarla sobre él.
2. También se le ordena que construya contra el diseño de la ciudad fortalezas, baluarte o terraplén, trincheras de campamento y arietes (v. 2), todo ello en miniatura; y (v. 3) una sartén de hierro, que simule un muro de hierro. Este hierro simbolizaba lo fuerte de las defensas de la ciudad, junto con la dureza del asedio, y representaba así la inflexible resolución de ambos bandos: los caldeos, resueltos a no abandonar el asedio hasta haber conquistado la ciudad; los judíos, resueltos a no capitular jamás.
3. Se le ordena después que se acueste (v. 4) sobre su lado izquierdo, «no continuamente, sino durante las horas en que estaba profetizando; así ilustraba Ezequiel el pecado del reino del norte, Israel; y, cuando estuviese acostado del lado derecho, la iniquidad del reino del sur, Judá» (Ryrie). De este modo, «de asediante, se convierte el profeta en asediado» (Asensio).
(A) El número de días en que debe Ezequiel estar acostado junto al diseño sobre sus costados respectivos corresponde (vv. 4–6) a los años de maldad de cada uno de los dos reinos. Tanto el texto hebreo como los LXX coinciden en asignar cuarenta años (v. 6) a los de la maldad de la casa de Judá, pero, en cuanto a la de Israel, no coinciden, pues el texto hebreo tiene (v. 5) trescientos noventa años, mientras que los LXX tienen ciento noventa.
(B) Aunque no hay razón suficiente—a juicio del traductor y de algunos otros autores—para apartarse del texto hebreo, el Dr. Ryrie explica así las cifras de ambos cómputos: «Trescientos noventa años desde la división del reino (en 931) llegan al 541 (los exiliados quedaron libres para regresar el 538). Ciento noventa años desde la cautividad asiria en 722 llegan al 532. Los cuarenta años podrían contarse desde el 586 (la caída de Jerusalén) hasta el 546, cuando Ciro era un poder amenazante para Babilonia». Quizás sea más probable, en este punto, la opinión de Malbim, según el cual, «el tiempo se computa desde el año decimotercero del reinado de Josías (626 a. de C.), cuando Jeremías comenzó su ministerio (Jer. 1:2)». De esta forma, el término de los días-años para Judá sería exactamente el año 586.
4. Se le ordena que, con gesto simbólico, prosiga vigorosamente el asedio de la ciudad (v. 7):
«Después volverás tu rostro hacia el asedio de Jerusalén, con el brazo descubierto, y profetizarás contra ella».
(A) De esta forma representaba Ezequiel la determinación de los caldeos en el asedio de Jerusalén. La indignación de Nabucodonosor por la traición de Sedequías a causa de haber roto éste el pacto con el rey caldeo explotó en un acceso de furia para apretar más y más el cerco, a fin de castigar a este príncipe desleal y a su pueblo. Esta determinación de emplear todos los recursos militares posibles en el asedio estaba representada por el brazo remangado de Ezequiel, gesto que indica la preparación del guerrero para entrar en acción (Is. 52:10). En una palabra, los caldeos van a persistir con toda resolución en su ataque a Jerusalén.
(B) Todo esto tenía por objeto servir de señal para la casa de Israel (v. 3, al final), esto es, para los exiliados en Babilonia, lo mismo que para los que habían quedado en el país. El profeta estaba mudo (3:26), pero Dios no se dejó a Sí mismo sin testimonio, sino que le ordenó hacer gestos que sirviesen de señales con las que poder comunicar a sus compatriotas la mente de Dios, ya que los judíos tenían ahora tan embotado su entendimiento, que había que hablarles como a los niños, por medio de gráficos y dibujos. Por la misma razón, el Señor Jesús hablaba en parábolas al pueblo. Parábolas e imágenes producen en la mente una impresión más directa que las palabras, ya que hacen trabajar a la imaginación, la cual, como el fuego, es un mal amo, pero es un buen criado. Toda esta operación parece infantil y aburrida, pero nuestra comodidad debe ser sacrificada en aras de nuestra obligación, y nunca debemos llamar servicio duro al servicio de Dios.
(C) Este modo de profetizar contra Jerusalén no había de hacer popular a Ezequiel ni ganarle el afecto de sus compañeros de cautiverio, pero es un profeta del Dios verdadero y debe seguir las instrucciones de Dios, no los afectuosos impulsos de su propio corazón, y debe proclamar lisa y llanamente la ruina de la ciudad, por muy vehementes que sean sus deseos de verla indemne y próspera. Todo esto que el profeta pone ante los ojos de sus compatriotas concerniente a la destrucción de Jerusalén tiene por objeto llevarles al arrepentimiento. Pero obsérvese que es un día de castigo por cada año de pecado (v. 5): «Pues yo te he fijado los años de su maldad por el número de los días».
Versículos 9–17
La mejor exposición de esta parte de la predicción de Ezequiel acerca de la desolación de Jerusalén es la lamentación que Jeremías hace de ella en Lamentaciones 4:3 y ss.; 5:10.
1. Para impresionar al pueblo, el profeta tiene que limitar su dieta a una escasísima ración de alimentos de la más baja calidad, cocidos de forma repugnante y en una mezcla considerada inmunda por la Ley; y eso, durante 390 días; o, más probablemente, 430, esto es, 390 más 40.
(A) Su alimento ha de ser de lo más común (v. 9): panes hechos de una mezcla de trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y avena, como se hace para alimentar a los caballos o los cerdos, o como se hallan en las bolsas de los mendigos, un plato de una casa; otro, de otra casa; todo junto. De eso, tiene que comer el profeta cada día (v. 10) un peso de veinte siclos (unos 220 gramos). Su bebida diaria había de ser (v. 11) la sexta parte de un hin (poco más de un litro) de agua, «una cantidad muy pequeña en un clima cálido» (Fisch). El profeta tenía pan de sobra en Babilonia, pero, a fin de poder confirmar su predicción y servir de señal a los hijos de Israel, Dios le obliga a vivir de esta forma tan austera. La naturaleza se contenta con poca cosa; la gracia, con menos; la pasión no se contenta con nada. Bueno es que seamos parcos voluntariamente, para mejor soportarlo si se nos obliga a serlo por necesidad.
(B) La forma como ha de cocerlo es repugnante. De paso vemos que las ataduras que menciona el versículo 8, y ya vimos en 3:25, son simbólicas, como (probablemente) el estar acostado de un lado y de otro; de lo contrario, no podría cocer ni comer. Sin embargo, para ser señal para la casa de Israel, es más probable que haya de entenderse, tanto lo de estar atado como lo de estar acostado, literalmente, pero sólo durante las horas en que profetizaba. Ha de cocer el pan, no con excremento de animales (según era costumbre en Oriente), sino (v. 12) a la vista de ellos en el rescoldo de excrementos humanos. Con esto se daba a entender que, en lo más extremo del asedio, no sólo no tendrían los sitiados cosas delicadas con que alimentarse, sino ni aun cosas limpias. Había de cocer la mezcla, repugnante en sí y más repugnante aún por el combustible usado, a la vista de ellos, para impresionarles más eficazmente con la inminencia de la calamidad.
(C) Seguramente por la prohibición de Deuteronomio 23:13 y ss., el profeta suplica humildemente a Dios que le dispense de usar excremento humano, pues eso había de ofender todavía más a los cautivos (v. 14). Los piadosos temen, más que nada, la contaminación producida por el pecado y, sin embargo, muchas veces las personas de conciencia delicada temen sin causa, por escrúpulos acerca de cosas exteriores que no son pecado, como el profeta aquí, quien todavía no había aprendido que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre (Mt. 15:11). Ahora bien, comoquiera que Ezequiel puso esta objeción llevado de su conciencia delicada, el Señor le dispensó de usar excremento humano y le concedió (v. 15) usar estiércol de bueyes.
2. Esta señal significaba:
(A) Que los que se quedasen en Jerusalén habían de caer en la miseria más profunda por falta del alimento necesario. Al haber sido cortado el aprovisionamiento por los sitiadores, Dios iba a quebrantar el sustento del pan en Jerusalén (v. 16). Grandes muchedumbres morirán de hambre, de muerte lenta en la que se sentirán morir (v. 17) mirándose unos a otros con espanto y consumiéndose en su maldad. Lo que trae todo este mal sobre ellos es el pecado. Dios obra justamente al privarnos de aquellos goces con los que fabricamos el alimento y el combustible de nuestras pasiones.
(B) Que los que eran transportados como cautivos a Babilonia se habían de ver forzados a comer su pan inmundo entre las naciones (v. 13), esto es, a comer el pan cocido por manos de gentiles inmundos y de modo diferente del prescrito por la ley judía; o habrían de verse forzados a comer carne mortecina, si era lo único que sus opresores les concedían en su esclavitud, tal como antes en su patria les habría parecido repugnante aun el tocarla.
Una ulterior denuncia, y no menos terrible, de los juicios de Dios que venían sobre la nación judía. I. Esta destrucción de Judá y Jerusalén es aquí representada por una señal simbólica de cortar, quemar y esparcir cabellos (vv. 1–4). II. Dicha señal es explicada y aplicada a Jerusalén. 1. La causa de la calamidad es el pecado de la ciudad—desprecio de la ley de Dios (vv. 5–7—) y profanación de Su santuario (v. 11). 2. Se la amenaza con un desatamiento singular de la ira de Dios (vv. 8–10) y con una variedad de miserias (vv. 12, 16, 17), tales que habían de ser su oprobio y su ruina (vv. 13–15).
Versículos 1–4
Aquí tenemos la señal mediante la cual es representada la destrucción completa de Jerusalén; como anteriormente, el profeta mismo es la señal, a fin de que el pueblo pueda ver cuán impresionado está él mismo con el caso de Jerusalén y cuán profundamente lo tiene grabado en su alma.
1. Tiene que afeitarse la cabeza y la barba (v. 1), lo cual significa que Dios rechaza a ese pueblo como a una generación inútil que no vale la pena conservar. Jerusalén había sido la cabeza, pero había degenerado de tal manera que ya no era más que cabello, algo que cuando se hace largo y espeso, sólo sirve de carga. Ezequiel debe afeitar, no sólo el cabello superfluo, sino todo entero, para dar a entender que Dios acabará del todo (por ahora) con Jerusalén. El hebreo dice literalmente: «… toma una espada aguda, navaja de los barberos …». Dice Fisch: «La navaja es descrita como espada, y representa el ejército invasor que Nabucodonosor va a enviar contra ellos».
2. Tiene que pesar el cabello y dividirlo en tres partes (v. 1, al final). Esto ha de hacerse al final de los 430 días en que el profeta habrá estado acostado (v. 2b). «La balanza—dice Fisch—es símbolo de la divina justicia». (A) Una tercera parte (v. 2) de los cabellos cortados ha de quemarla a fuego en medio de la ciudad, para dar a entender las muchedumbres que allí morirán de hambre y de peste y, quizás, en el incendio final de la ciudad, al final del asedio. (B) Otra tercera parte la cortará con espada alrededor de la ciudad; éstos son, según Fisch, «los que tratarán de escapar antes y después de la caída de la ciudad, como, por ej., el rey Sedequías y su escolta (cf. 2 R. 25:4 y ss.)»; según Ryrie, «los muertos en la batalla».
(A) «La otra tercera parte—le dice Dios—esparcirás al viento»; éstos eran los que iban a ser deportados a Babilonia. Sin embargo, no quedarían tranquilos, pues Dios desenvainaría espada en pos de ellos. Dice Fisch: «No hallarán paz en los países de su dispersión. La misma suerte es predicha por Jeremías (9:15)».
3. Debe, no obstante, preservar una pequeña cantidad de entre los de la tercera clase y atarlos en el vuelo de su manto (v. 3). ¡Siempre queda un remanente del pueblo de Dios! A este remanente le quedarán aún pruebas y aflicciones, pero, «a pesar de las defecciones de algunos de ellos, se convertirán a Jehová en el destierro (6:8–10) y entre los gentiles celebrarán sus maravillas (12:16; Zac. 13:8, 9)» (Asensio).
Versículos 5–17
Ahora viene la explicación del símil que hemos visto en los versículos 1–4, pues dice así el Señor Jehová (v. 5): Ésta es Jerusalén. La cabeza del profeta, rapada del todo, juntamente con su barba, representaba la ciudad santa, despojada ahora, por justo juicio de Dios, de todos sus ornamentos y vaciada de sus habitantes. La cabeza de uno que era, al mismo tiempo, profeta y sacerdote, persona santa, era la más apropiada para representar a Jerusalén, la ciudad santa.
1. Los privilegios con que había sido honrada Jerusalén (v. 5): «La puse en medio de las naciones y de las tierras alrededor de ella». Jerusalén estaba situada en medio de reinos que eran populosos y civilizados, afamados por su cultura, sus artes y ciencias. Estaba puesta en medio de ellos como en posición de preeminencia sobre todos ellos—en medio de ellos como una lámpara sobre el candelero para irradiar la luz de la revelación divina hasta los más oscuros rincones de las naciones vecinas, e incluso
hasta los últimos confines de la tierra—. Jerusalén estaba destinada a ser como el corazón en el cuerpo, para dar vigor, con una vida divina, a este mundo muerto por el pecado. Si ellos hubiesen preservado esta reputación (1 R. 4:34), ¡qué bendición habría sido Jerusalén para todas las naciones vecinas! Pero, al malograr esta estupenda oportunidad, el cumplimiento de este designio había de quedar para los últimos tiempos, en que de Sion saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.
2. Jerusalén fue hallada culpable. Se le hace aquí un cargo evidente: Se había rebelado contra las ordenanzas y los estatutos de Dios más y peor que las naciones vecinas (vv. 6, 7); los desecharon y no anduvieron en ellos (v. 6, al final); no anduvieron en los estatutos de Dios ni observaron Sus ordenanzas (v. 7). El pueblo, no sólo había quebrantado los mandamientos de Dios, sino que de tal manera los había pervertido que había hecho de ellos la excusa y el pretexto de sus iniquidades. Habían introducido las abominables costumbres de los paganos, en lugar de las instituciones de Dios, pues habían multiplicado los altares de los ídolos, y los ídolos mismos, y servido a muchos dioses falsos, al ser así que el Dios de Israel es uno solo, uno solo Su nombre y uno solo Su altar. Habían corrompido la religión revelada más de lo que los gentiles habían adulterado la religión natural. Habían profanado (v. 11) también el santuario de Dios con toda clase de abominaciones. Feinberg cita a este propósito el adagio latino: Corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor es la peor, porque la nación favorecida por Dios con los mayores privilegios y los mejores beneficios se había portado como la peor de las naciones paganas.
3. Pero cual había sido el pecado, tal había de ser el castigo.
(A) Dios va a tomar en Sus propias manos esta tarea de castigar a Jerusalén: «¿Pensáis que es solamente el ejército caldeo el que lucha en contra vuestra? Ellos no son sino mi mano o, mejor, la vara que está en mi mano (v. 8): He aquí yo estoy contra ti; sí, yo, y haré justicia en medio de ti ante los ojos de las naciones». Dice Fisch: «La retribución será ejemplar para vindicar el honor de Dios, que Israel ha profanado públicamente». Los que no quieren observar los juicios de la boca de Dios, no escaparán de los juicios de la mano de Dios.
(B) Estos castigos procederán del desagrado de Dios. En cuanto a la masa del pueblo, no serán una corrección amorosa, sino en furiosos escarmientos (v. 15). Extrañas expresiones en un Dios que tantas veces se ha declarado clemente, misericordioso y lento para la ira (ya desde Éx. 34:6), pero están destinadas a poner de relieve la malignidad del pecado. Así como cuando Dios es deshonrado por los pecados de los hombres leemos (Sal. 95:10) que está disgustado, así también cuando es honorificado con la destrucción de los malvados se dice que es consolado.
(C) Al ejecutar estos castigos contra Israel ante los ojos de las naciones (v. 8, al final), aprenderán éstas a temer ante el Dios de Israel, al ver cuán severamente castiga el pecado aun en aquellos que le son los más cercanos. Será (v. 15) el escarmiento de las naciones; esta vez en cabeza ajena. Jerusalén debía haber instruido a las naciones vecinas en el temor de Dios por medio de la piedad y la virtud, pero, al no haber obrado así, Dios les instruirá por medio de la ruina de Israel.
(D) Estos castigos serán tales que no tendrán precedente (v. 9): «Y haré en ti—dice Jehová a Jerusalén (v. 5)—lo que nunca hice, ni jamás haré cosa semejante, aun cuando la has merecido con mucha frecuencia». Dice Fisch: «Así como las abominaciones son sin precedente, así lo será la manifestación de los juicios de Dios». Los más fuertes vínculos del afecto natural serán quebrantados, lo cual será un justo juicio por haber quebrantado deliberadamente los vínculos de su deber hacia Dios (v. 10). A causa del hambre, los padres se comerán a los hijos, y los hijos se comerán a los padres. De lo primero tenemos otras predicciones, como Lamentaciones 4:10, pero de lo segundo no hallamos paralelo en la Biblia.
(E) Según el símil de los cabellos cortados (vv. 1–4), vemos ahora (v. 12) que una tercera parte de los habitantes de Jerusalén morirá de peste, la cual pasará por en medio de la ciudad (v. 17); los que, de esta tercera parte, no mueran de peste, serán consumidos por el hambre, mientras que otra tercera parte caerá a espada alrededor de la ciudad (v. 12b); también la espada será enviada por Dios (v. 17). Otros (v. 17) serán destruidos por bestias feroces. Dice Feinberg: «Los cuatro azotes de Levítico 26—hambre, bestias feroces (como en Samaria, 2 R. 17:25), peste y la espada—alcanzarán a la nación bajo el juicio de Dios». Y, finalmente, los que escapen de todas esas cosas serán esparcidos a todos los vientos (v. 12c), es decir, a todos los lugares de los cuatro puntos cardinales (v. también v. 10, al final).
(F) Estos castigos producirán por grados la ruina de los habitantes de Jerusalén. En lugar del hebreo egdá, quebrantaré (lit. cortaré), el texto masorético actual tiene egrá, disminuiré, y así lo tiene la AV inglesa, en la que se basa M. Henry. Sin embargo, el resh de dicho vocablo lleva encima un circulito, el cual indica que tal lectura es dudosa, lo que no ha de extrañar si se tiene en cuenta que las letras hebreas dáleth y resh tienen un parecido extraordinario, como puede comprobarse en algunas versiones que traen las letras hebreas al comienzo de las secciones respectivas del Salmo 119. Sea cual sea la lectura, la destrucción gradual de Jerusalén salta a la vista. Podemos suponer que esta predicción tiene un alcance más remoto, y apunta a la destrucción que se llevó a cabo en el año 70 de nuestra era, a manos del ejército romano.
(G) Todo esto queda ratificado por la autoridad y la veracidad de Dios mismo (v. 17, al final): «Yo Jehová he hablado». También en el versículo 13b: «… y sabrán que yo Jehová he hablado en mi celo». Había quienes pensaban que todas estas cosas las había dicho Ezequiel en su delirio; pero la Palabra de Dios demostrará su autenticidad.
I. Amenaza de la destrucción de Israel a causa de su idolatría, y de la destrucción de sus ídolos con ellos (vv. 1–7). II. Benigna promesa del regreso de un remanente de ellos a su Dios mediante un sincero arrepentimiento y una genuina reforma de vida (vv. 8–10). III. Algunas instrucciones que se le dan al profeta, para que se lamente de las iniquidades y de las calamidades de Israel (vv. 11–14).
Versículos 1–7
1. La profecía va dirigida a los montes de Israel (vv. 1, 2); el profeta tiene que dirigir su rostro hacia ellos. Si podía alcanzar con su vista el país, lo primero que vería son los montes; hacia ellos, pues, ha de dirigirse con los ojos fijos en ellos, como mira un juez al reo cuando le lee la sentencia. Aun cuando los montes de Israel sean muy fuertes, debe dirigir su rostro contra ellos, como quien tiene que anunciar tales castigos que habrían de sacudir sus cimientos. Los montes de Israel habían sido montes santos, pero ahora que los habían manchado con sus altos lugares idolátricos, Dios pone Su rostro contra ellos y, por tanto, el profeta debe hacer otro tanto. Por otra parte, como hace notar Asensio, «los montes de Israel, … en su complejo montes-collados-cauces-valles, equivalen a la totalidad del país».
2. Se les amenaza con la destrucción completa de los ídolos y de los idólatras. Dios mismo dice (v. 3, al final): «He aquí que yo, si, yo, haré venir sobre vosotros espada», la espada de los caldeos bajo el mando de Dios. Los lugares altos, que estaban en la cima de los montes, habían de ser asolados (v. 6). Los altares, en los que ofrecían sacrificio a dioses extraños, serían también asolados, y las imágenes hechas pedazos (v. 4); todo eso debe quedar (v. 6) desierto, asolado, quebrado, destrozado, deshecho. Se añade una notable circunstancia al decir que (vv. 4, 5) los cadáveres de ellos mismos caerán delante de sus ídolos, ante los que se habían postrado en vida. Así, se echa en cara a los mismos ídolos el ser incapaces de ayudar a sus adoradores, y a los idólatras se les echa en cara la necedad de poner su confianza en ellos.
Versículos 8–10
El juicio había triunfado hasta ahora, pero en estos versículos triunfa la misericordia sobre el juicio. La ruina parece ser universal, pero Dios dice (v. 8): «Mas dejaré un resto …», un pequeño remanente; y es Dios quien lo deja.
1. Es un resto que Dios preserva de la ruina general (v. 8). Ninguno de los que habían de caer a espada alrededor de Jerusalén, había de escapar, pues éstos confiaban en los muros de la ciudad para su seguridad. Pero algunos de ellos escaparán de la espada entre las naciones, donde, privados de todo otro sostén, se sostendrán únicamente en Dios. Ellos serán la simiente de otra generación, de la cual Jerusalén volverá a florecer.
2. Es un resto arrepentido (v. 9): «Y los que de vosotros escapen se acordarán de Mí». Donde Dios otorga gracia para arrepentirse, concede también espacio para arrepentirse; con todo, muchos que disponen del espacio carecen de la gracia; muchos de los que escapan de la espada no abandonan el pecado.
(A) La ocasión de su arrepentimiento es una mezcla de castigo y de misericordia—fueron llevados cautivos, pero escaparon de la espada en el país de su cautiverio—. El arrepentimiento sincero siempre es aceptado por Dios, aunque seamos conducidos a Él por medio de nuestras aflicciones; más aún, las aflicciones santificadas resultan con frecuencia medios de conversión.
(B) La raíz y principio de su arrepentimiento: «… se acordarán de Mí entre las naciones». El hijo pródigo no pensó en la casa de su padre hasta que estuvo a punto de morir de hambre en un país lejano. El recuerdo de Dios fue el primer paso que dieron para volverse a Él. Se habían apartado de Él (v. 9b), de Su palabra, que debía haber sido su norma, y de Su obra, a la que debían haberse dedicado con diligencia. El corazón se les fue de Dios, y los ojos se les fueron tras sus ídolos. La malignidad de este pecado está especialmente en que es un adulterio espiritual («… su corazón adúltero»). Se acuerdan ahora del pesar que esto ocasionó a Dios y cómo se resintió de ello. En el día de su arrepentimiento, lo que les humillará más que ninguna otra cosa no será tanto el que ellos perdieron la paz, ni el que su país quedó destruido, como el que Dios fue quebrantado por el pecado de ellos.
(C) La evidencia de su arrepentimiento (v. 9, al final): «y tendrán hastío de sí mismos, a causa de los males que cometieron en todas sus abominaciones». Los verdaderos penitentes ven en el pecado algo muy digno de odio y de abominación, la abominación que Dios aborrece y que hace que sean odiosos a Dios no sólo los pecadores, sino también los servicios que le ofrecen (Is. 1:11; Jer. 44:4). El pecado contamina la conciencia del pecador y hace que se sienta abominable a sí mismo, a no ser que haya perdido por completo la sensibilidad.
(D) La gloria que redundará a Dios del arrepentimiento de ellos (v. 10): «Y sabrán que yo soy Jehová (comp. con v. 7), pues verán que se han cumplido todas mis palabras». Dice Feinberg: «La lección de su castigo no habrá sido en vano para ellos. ¡Bendita sea la reprensión del Señor cuando tiene un efecto tan saludable!»
Versículos 11–14
Se repiten las mismas amenazas, con una orden al profeta para que haga lamentación por ellas.
1. Por medio de ciertos gestos, tiene que proclamar el sentimiento que tenía de las iniquidades y de las calamidades de la casa de Israel (v. 11): «Palmotea con tus manos y golpea con tu pie», «gestos que expresan pesar y duelo» (Fisch). Pensar que pueden ser gestos de satisfacción equivale a equivocar completamente el carácter y la misión de Ezequiel. Por dos cosas tiene que hacer duelo de esta manera el profeta: (A) Los pecados nacionales: «¡Ay por todas las grandes abominaciones de la casa de Israel!» Los pecados de los malvados son la pesadumbre de los fieles siervos de Dios. (B) Los castigos nacionales (v. 11, al final): «porque caerán con espada, con hambre y con peste». Es nuestro deber ser afectados no sólo por nuestros pecados y nuestros sufrimientos, sino también por los pecados y los sufrimientos ajenos; y mirar con compasión las miserias que los malvados acarrean sobre sí mismos, así como Cristo miró a Jerusalén y lloró sobre ella (Lc. 19:41).
2. Debe inculcar lo que había dicho anteriormente sobre la destrucción que se les venía encima. (A) Caerán y serán destruidos por medio de una variedad de castigos que les alcanzarán y les seguirán dondequiera que estén (v. 12). (B) En la sentencia de su castigo leerán la gravedad de su pecado (vv. 5– 7). Donde se habían postrado en honor de sus ídolos (v. 13), allí dejará Dios tendidos sus cadáveres, para oprobio juntamente de ellos y de sus ídolos. (C) El país quedará completamente devastado (v. 14), como antes las ciudades (v. 6). Con respecto a la mención del desierto de Diblá (v. 14, hacia el fin), dice Fisch:
«Dibláh es la misma Ribláh situada en la frontera norteña del país (Nm. 34:11). Las letras d y r son intercambiables, como en Deuel y Reuel (Nm. 1:14; 2:14)».
El profeta tiene que decirles ahora: I. Que se acerca una destrucción completa, con lo que el final será de lo más miserable (vv. 1–6). II. Que ya está a las puertas (vv. 7–10). III. Que es inevitable (vv. 10–15).
IV. Que ni la fuerza ni la riqueza podrán defenderles en modo alguno contra eso (vv. 16–19). V. Que el templo mismo quedará desecrado y arruinado (vv. 20–22). VI. Que la ruina será universal, como universal ha sido el pecado que la ocasionó (vv. 23–27).
Versículos 1–15
El profeta proclama aquí (v. 2): «¡Fin, viene el fin sobre los cuatro extremos de la tierra!» (lit.).
Como si dijese: «El que tenga oídos, oiga».
1. El fin hacia el que todos los castigos anteriores apuntaban y para el cual obraban como medios para hacerlo venir, ha tardado en venir, pero ahora ha venido. Quizás esto apunta más lejos, a la ruina de la nación a manos de los romanos; y aun esa ruina era como tipo del fin del mundo (Mt. 24:2, 3).
2. «Así dice el Señor Jehová. Una desdicha, he aquí que viene una calamidad sin igual» (v. 5). El pecado es un mal sin mezcla de bien y, por tanto, el peor de los males; el único mal que lo es de verdad y por entero, pero el mal de que aquí se habla no es el mal de la culpa, sino el mal de la pena, del castigo; en este sentido es sin igual, pues es un caso único en la historia. Los malvados tendrán que apurar hasta las heces el cáliz de la ira de Dios (Sal. 75:8).
3. Ha llegado el tiempo (v. 7) fijado por Dios, pues para todos los divinos designios hay un tiempo apropiado, su tiempo. Aunque los castigos anunciados tarden en llegar, no dejarán de cumplirse. Aunque la paciencia de Dios los demore, sólo el sincero arrepentimiento del hombre puede detenerlos.
4. El cuerpo entero de la nación se ha convertido en vaso de ira preparado para destrucción (Ro. 9:22). Los que menosprecian la divina misericordia cuando les es ofrecida, tendrán juicio sin misericordia.
5. Todo esto es justo castigo por sus pecados, y es lo que han traído sobre sí mismos por su insensatez. Específicamente se mencionan dos pecados como particularmente provocativos para que Dios trajese sobre ellos estos juicios: el orgullo y la opresión de los débiles. (A) Dios los humillará mediante estos castigos, ya que se han engrandecido a sí mismos. Sin embargo, tanto Fisch como Feinberg entienden la segunda parte del versículo 10 («ha florecido la vara, ha reverdecido la soberbia») como aplicable a Babilonia, no a Israel (comp. con Is. 10:5; Jer. 51:20–24). (B) Sus enemigos los tratarán duramente, así como ellos han tratado duramente a sus propios compatriotas (v. 11). Dice Fisch: «La violencia que han perpetrado ha forjado el arma para su propio castigo».
6. No habrá escape de estos juicios.
(A) Los hombres no estarán seguros en ninguna parte, pues aun el que esté en el campo, morirá a espada (v. 15b, comp. con 6:12), ya que el campo de labranza se habrá convertido en campo de batalla, y al que esté en la ciudad, aun siendo la ciudad santa, lo consumirá el hambre y la peste. El pecado había abundado tanto en la ciudad como fuera de ella.
(B) Los que caigan no serán lamentados (v. 11, al final): «… ni habrá entre ellos quien se lamente». pues no quedará nadie para poder lamentarse. No puede terminar bien quien endurece su corazón contra Dios. Los que se fortalecen en su maldad, se verá que no sólo se han debilitado a sí mismos, sino también arruinado (Sal. 52:7).
(C) La multitud no podrá resistir el torrente de estos castigos (v. 14): «Tocarán trompeta y todo estará a punto, pero no habrá quien vaya a la batalla; porque mi ira está sobre toda la multitud». Dice Fisch:
«Aunque se hayan hecho los preparativos para resistir el ataque, nadie tendrá valentía para afrontar la batalla, porque la ira de Dios ha extenuado el poder de ellos para resistir».
(D) Las operaciones de compra-venta (vv. 12, 13) habrán perdido todo su sentido. Dice Ryrie acerca de estos dos versículos: «El significado es el siguiente: puesto que el exilio es inminente, el comprador de una propiedad no necesita alegrarse de que ha hecho un buen trato, ni el vendedor necesita entristecerse de haber tenido que venderla». Además (v. 13), «el que vende no recuperará lo vendido», porque nadie podrá en el destierro apelar a la ley del jubileo de Levítico 25, y nadie podrá disfrutar de ninguna heredad que posea en la tierra santa hasta que se hayan cumplido los 70 años de cautiverio.
Versículos 16–22
Algunos de ellos escaparán (v. 16), pero, ¿para qué? Mejor morir de una vez que, en una vida miserable, morir mil muertes y escapar sólo para ser, como Caín, fugitivos y vagabundos, y temer siempre que los mate el primero que los encuentre.
1. No tendrán consuelo ni satisfacción en su mente, porque, adondequiera que vayan, llevarán consigo su conciencia culpable, que les resultará una carga. Siempre estarán solitarios «sobre los montes como palomas de los valles» (v. 16b). Las palomas, dice Tristram (citado por Fisch), «eligen como lugares para anidar y descansar los altos riscos y las hondas quebradas, y siempre esquivan los árboles o la cercanía del hombre». Comenta Ryrie: «Así como las palomas cuyos nidos están en los valles pueden escapar al huir a los montes, así también algunos del pueblo escaparían haciendo duelo por sus pecados». Los que antes se consideraron a sí mismos como leones, se verán ahora como palomas de los valles, tímidos, sin ánimos, prestos a huir sin que nadie persiga y a temblar ante el simple movimiento de una hoja de árbol. Perderán (v. 17) las fuerzas físicas y (v. 18) lamentarán la pérdida de todas sus esperanzas.
2. No obtendrán ningún beneficio de sus riquezas (v. 19). Pensaban que sus tesoros de oro y plata podrían ser para ellos como un baluarte inexpugnable, pues con ellos podían comprar amigos y sobornar enemigos y, por tanto, tener con que rescatar sus vidas. Pero de nada les servían ahora, pues el oro y la plata no pueden proteger de los juicios de Dios. Tampoco les servían para alimentarse, pues el hombre no se alimenta de metales, por preciosos que éstos sean. En casos como éste, mejor se sobrevive con campos de trigo que con minas de oro. Mucho menos podían servir de consuelo y apoyo a sus almas. Sólo les servirán de estorbo para huir y, especialmente, verán en ellos cosa inmunda y abominable, pues les sirvieron para fabricar imágenes de ídolos que no pueden venir en auxilio de ellos cuando más lo necesitan.
3. Tampoco el templo de Dios les va a sacar del apuro (vv. 20–22), ya que lo habían profanado y puesto en él imágenes de las falsas deidades, y causado así el máximo deshonor al único Dios vivo y verdadero. Por consiguiente, quedarán privados del santuario, el cual no les ofrecerá ningún auxilio. Que hagan los soldados lo que quieran; pueden entrar en el Lugar Santísimo, pues la presencia de Jehová se ha marchado de allí.
Versículos 23–27
1. El prisionero es emplazado (v. 23): «Haz la cadena, con la que sea arrastrado el criminal al tribunal». Esta cadena es símbolo de la cautividad que les espera a los habitantes de Jerusalén.
2. El cargo presentado contra el preso: «porque la tierra está llena de delitos de sangre, y la ciudad está llena de violencia». El hebreo dice literalmente «juicios de sangre», «lo que podría significar crímenes castigados con la pena de muerte» (Fisch). Tales eran la idolatría, la blasfemia, la hechicería, la sodomía y cosas parecidas.
3. El veredicto que se pronuncia ante tales cargos. Dios les tomará cuentas, no sólo por la profanación de su santuario, sino también por pervertir el derecho y la justicia entre ellos mismos. Puesto que habían andado por los caminos de los paganos y se habían portado peor todavía que ellos, Dios iba a traer sobre ellos (v. 24) a los más perversos de las naciones para que los destruyesen y se apoderasen de las suntuosas mansiones que muchos de ellos poseían. Por haber puesto las imágenes de dioses falsos en el templo del Dios único, Jehová apartaría de allí todas las señales de Su presencia benévola.
4. Por haber cometido un crimen tras otro, Dios los iba a perseguir con un castigo tras otro (v. 26): calamidad sobre calamidad y rumor sobre rumor les asustarán como grandes olas de una tempestad. Carecerán asimismo de la dirección necesaria que esperaban para un trance como éste, ya que no tendrán visión de profeta, ni instrucción de sacerdote ni consejo de anciano, pues no habrá ya profeta que sea vidente, ni habrá líder religioso ni político que les pueda instruir ni aconsejar. Por tanto, no podrán oír lo que Dios les había de decir por vía de convicción, ya que no les había de decir nada por vía de consuelo.
5. Para que no quede ninguna de las clases dirigentes sin mencionar, se nombran también el rey y los príncipes, con el resto del pueblo; todos ellos recibirán el castigo que se merecen (v. 27b): «según su camino haré con ellos, y según su merecido los juzgaré». Respecto de la frase «el pueblo de la tierra», Fisch tiene una observación que puede resultar interesante: «El término am haárets, “el pueblo de la tierra”, ha sufrido varios cambios de significado. Originalmente, significaba la masa del pueblo. En los tiempos talmúdicos, designaba a un hombre ignorante que no estaba versado en la Torah, o a una persona poco escrupulosa acerca de las leyes de la pureza ritual. Todavía ha sido sugerido por Sulzberger otro uso de la frase, pues él lo define en muchos pasajes bíblicos, incluido este versículo, como “miembros del consejo nacional”».
Después de conceder al profeta una clara previsión de las miserias que se cernían sobre el pueblo, Dios le otorga aquí una clara percepción de las iniquidades de este mismo pueblo. En una visión, Dios le trae a Jerusalén para mostrarle los pecados que se cometían allí (vv. 1–4), y allí ve: I. El ídolo del celo, junto a la puerta del altar (vv. 5, 6). II. A los ancianos de Israel que adoran toda clase de imágenes en una cámara secreta (vv. 7–12). III. A las mujeres que lloran por Tamuz (vv. 13, 14). IV. A los hombres que adoran al sol (vv. 15, 16). Entonces, Dios le pregunta a Ezequiel si toda esta gente tan provocadora se merece alguna muestra de compasión (vv. 17, 18).
Versículos 1–6
Ezequiel estaba por ahora en Babilonia; pero los mensajes de ira que había comunicado en los capítulos precedentes hacían referencia a Jerusalén. Aquí tiene una visión de lo que ocurría en Jerusalén, y esta visión se continúa hasta el final del capítulo 11.
1. La fecha de esta visión. La primera visión que tuvo fue en el quinto año de la deportación, en el mes cuarto y en el quinto día del mes (1:1, 2). Esta otra fue catorce meses después. Quizá la tuvo después de haber estado acostado los 390 días sobre su lado izquierdo, para llevar la iniquidad de Israel, y antes de comenzar los cuarenta días sobre su lado derecho, para llevar la iniquidad de Judá, puesto que ahora estaba sentado en su casa, no acostado.
2. Quizá se hallaba Ezequiel sumido en profunda meditación. Los ancianos de Judá, que eran compañeros suyos de cautiverio, estaban sentados delante de él (v. 1). Es probable que se hallasen allí con ocasión de inquirir de Dios, por medio del profeta, sobre algún asunto importante. Ahora que estaban en el destierro, estos ancianos mostraban mayor respeto que antes a la persona y a las palabras de un profeta verdadero. La casa de un ministro de Dios debería ser como una iglesia para todos sus vecinos. Pablo predicaba en su piso alquilado de Roma, y allí lo hacía con toda libertad y sin obstáculo alguno (Hch. 28:31), ya que tenía, sobre todo, el reconocimiento y el apoyo de Dios.
3. El poder divino que hizo presa ahora en el profeta (v. 1, al final): «allí se posó sobre mí la mano del Señor Jehová».
4. La visión que el profeta tuvo (v. 2) y que es semejante a la del capítulo primero, versículo 27.
5. Visión que luego tuvo de Jerusalén. Ezequiel se sintió (v. 3) alzado entre el cielo y la tierra por la mano de la figura que había visto, y fue transportado en espíritu, en visiones de Dios (expresión que ya vimos en 1:1, al final). No cabe duda de que tuvo un éxtasis en el que fue llevado en espíritu a Jerusalén, a la entrada de la puerta del atrio interior, etc. (v. 3b). Los que mejor preparados están para la comunión con Dios y para las comunicaciones de la divina luz son aquellos que, por la gracia de Dios, tienen su espíritu elevado por encima de la tierra y de las cosas que hay en ella.
6. Las revelaciones que le fueron hechas en el santuario de Dios, al cual fue transportado en espíritu.
(A) Vio la gloria de Dios (v. 4), conforme la había visto en el capítulo 1. Varias veces tuvo Ezequiel esta visión, pero aquí parece tener una segunda intención. Cuanto más glorioso vemos que Dios es, tanto más odioso y abominable veremos que es el pecado, especialmente el de idolatría.
(B) Allí vio el oprobio de Israel—el ídolo del celo, puesto al norte, junto a la puerta del altar (vv. 3, 5—); este ídolo era, con la mayor probabilidad, la figura de Aserá (o Astarté), colocada allí por Manasés (2 R. 21:7), que posteriormente fue destruida por su nieto Josías (2 R. 23:6), pero parece ser que los sucesores de este rey la volvieron a colocar allí, como hicieron probablemente con los carros del sol que Josías halló a la entrada del templo de Jehová, y los quemó (2 R. 23:11). El profeta tiene interés en hacer constar que era la imagen del celo, o el ídolo del celo, dando así a entender que, cualquiera fuese dicha imagen, era ofensiva a Dios en el más alto grado, y le provocaba a celos. Y ahora Dios le pregunta al profeta (v. 6) si tales abominaciones no son suficientes para que se aleje Él de allí y hunda al pueblo en la ruina y el oprobio. Pero no para ahí la cosa; todavía verá mayores abominaciones (v. 6, al final). Los pecados no van solos.
Versículos 7–12
Ulterior revelación de las abominaciones cometidas en Jerusalén dentro del recinto del santuario.
1. Cómo le comunicó Dios estas cosas. Lo llevó, en visión, a la entrada del atrio (v. 7), del atrio exterior, a cuyos lados tenían los sacerdotes sus cámaras de alojamiento. Allí había (v. 7b) un agujero en la pared, como un agujero para espiar lo que ocurría dentro. Dios le dijo entonces que agrandase el agujero, a fin de poder pasar a través de él (v. 8). Allí había (v. 8, al final) una puerta; con la mayor probabilidad, distinta del gran orificio que él había hecho al horadar la pared. Esta puerta daba a un aposento oculto, y allí ve Ezequiel (v. 9) las malvadas abominaciones que se hacían.
2. Qué es lo que Dios le descubrió. Vio (v. 10) una cámara, en cuyas paredes, todo alrededor, estaban pintados todos los ídolos de la casa de Israel, además de toda forma abominable de reptiles y bestias. Era una especie de Panteón, esto es, según la etimología del vocablo, una colección de todos los ídolos. Aunque el segundo mandamiento del Decálogo prohíbe literalmente imágenes de talla, sin embargo, las pintadas son tan malas y tan peligrosas como las talladas o esculpidas. Ezequiel ve este aposento (v. 11) lleno de adoradores idólatras: Había setenta varones de los ancianos de la casa de Israel ofreciendo incienso a estos ídolos pintados. Cada uno estaba con su incensario en la mano. Todos querían hacer de sacerdotes, y se atrevían a decir con todo cinismo (v. 12, al final): «No nos ve Jehová; Jehová ha abandonado la tierra». Comenta Fisch: «Ocultan del público sus prácticas abominables, pero no tienen escrúpulos en violar la ley de Dios, al creer que Él no está interesado en los asuntos de los hombres (cf. Sal. 10:11; 73:11). Además, las calamidades que le habían sobrevenido al país demostraban que Él había abandonado a Su pueblo y la tierra».
Versículos 13–18
1. Todavía descubre el profeta mayores abominaciones (vv. 13, 14). Las mujeres estaban sentadas,
en una de las puertas de la casa de Jehová, endechando a Tamuz. De esta deidad babilónica, dice Ryrie:
«esposo de Ishtar, y que, después de su muerte, se suponía que se convirtió en el dios del averno. Algunos lo consideran una deidad de la vegetación, que muere con el ardor del estío y resucita en la primavera.
Inmoralidades de baja catadura estaban conectadas con su adoración». Por esta «muerte de Tamuz» es por lo que hacían duelo las mujeres de Jerusalén. Más tarde, este Tamuz fue el Adonis de los griegos. Dice Feinberg: «La idolatría y la inmoralidad son gemelos inseparables a lo largo de la historia del mundo».
2. Pero aún verá Ezequiel mayores abominaciones que éstas (vv. 15, 16). Como hace notar Feinberg, sólo ahora, no antes, el hebreo usa la forma comparativa, pues anteriormente el original dice grandes, no mayores, lo cual indica, como dice él, que «se nos alerta para el clímax de sus caminos idolátricos». ¿En qué consistía esta culminación de las idolatrías de Israel? Nos lo dice el versículo 16: «… entre el vestíbulo y el altar (¡luego eran sacerdotes!—v. Jl. 2:17), había unos 25 varones, con las espaldas vueltas al templo de Jehová—al santuario propiamente dicho, por el lugar preciso donde estaban—y los rostros hacia el oriente, y ellos adoraban al sol, postrándose hacia el oriente». Fisch hace notar que «la inusitada forma hebrea mishtajavithem se explica tradicionalmente como un compuesto de dos verbos: mashjithim (destruyen) y mishtajavim (adoran), con lo que da a entender la doble naturaleza de su ofensa: la degradación del Templo y la adoración del dios-sol». El pronombre ellos de la última frase del versículo 16 está enfático en el original, y así lo hemos hecho constar, aunque no suelen hacerlo las versiones. Todos estos detalles, poco importantes a primera vista, ayudarán al lector a entender por qué el texto hebreo usa en el versículo 15 la forma comparativa mayores que no ha usado antes.
3. La inferencia a que nos llevan estos descubrimientos (v. 17): «¿Has visto esto, hijo de hombre?
¿Suponías que tales cosas se llevasen a cabo alguna vez en mi Templo?» Dios condesciende a preguntar así al profeta. Verdaderamente, ¿qué excusa tenía la casa de Judá para hacer las abominaciones que hacen aquí? Esta gente que tiene los oráculos, las ordenanzas y las promesas del Dios verdadero, ¿es posible que se comporten así? ¿Y no merecen por ello sufrir tanto como están sufriendo y lo que les queda por sufrir? «Y me provocan más todavía—dice Jehová (v. 17b); y míralos aplicando la rama a sus narices» (lit.). Esta última frase requiere un análisis más detenido:
(A) En primer lugar, tenemos aquí una de las 18 enmiendas oficiales de los antiguos escribas, quienes, por un sentimiento de equivocada reverencia a Dios, escribieron appam (la nariz de ellos), en lugar de appí (mi nariz), que era lo que originalmente aparecía en el texto hebreo. Lo hicieron así por entender que aquí se trata (como es el hecho) de un rito obsceno.
(B) Sobre cuál sea el rito obsceno que aquí se indica, no se ponen de acuerdo los autores, ni siquiera los rabinos, quizás por el horror que les causa. Dos son las explicaciones más probables: (a) Según el famoso Rashí y otros, el hebreo zemoráh (rama) puede significar «rotura de viento», es decir, lo que en España se llama «ventosidad». (b) Otros autores opinan (y es más probable) que tenemos aquí un gesto de culto fálico, como lo era también el culto que hasta los judíos tributaban a la diosa Aserá. Dice la Biblia de Jerusalén en nota a Éxodo 34:13: «El cipo sagrado, aserá, era el emblema de la diosa del amor y de la fecundidad, Aserá (griego: Astarté) de donde toma su nombre».
4. Ante estos horrores, el furor de Jehová no puede menos de arder (v. 18): «Pues también yo procederé con furor; no perdonará mi ojo ni tendré compasión». Comenta Fisch: «La justicia demanda que el castigo divino corresponda a la medida del abominable carácter del pecado de ellos». Así que Dios no les va a responder, por mucho que le griten (v. 18b, comp. con Pr. 1:28): «Aunque griten a mis oídos con gran voz, no los oiré». Los pecados de ellos requieren venganza con una voz mucho más fuerte que la de sus oraciones que imploran misericordia.
5. Finalmente, permítasenos ofrecer aquí la excelente aplicación devocional que, sobre la frase «no perdonará mi ojo» del versículo 18, trae el rabino converso Dr. Feinberg: «En estos días de gracia, cuán extrañas son a nuestros oídos tales palabras de incisiva condenación. Estamos tan acostumbrados a oír los dulces acentos de armonía celestial que nos solicitan a confiar en Cristo como Salvador, que las palabras de Ezequiel tienen para nosotros un sonido extranjero. Pero son tanta verdad como las palabras de Juan 3:16. Si a los perdidos no se les dice la verdad de Juan 3:16, quedan abandonados al juicio de Dios. ¿No vamos a ayudarles a escapar del juicio de ese día inminente?»
I. Se preparan los instrumentos que habían de servir para la destrucción de la ciudad (vv. 1, 2). II. Desde encima de los querubines se retira la Shekinah al umbral del Templo (v. 3). III. Se dan órdenes para marcar al remanente que será preservado de la común destrucción (vv. 3, 4). IV. Se firma la cédula y comienza la ejecución (vv. 5–7). V. Ezequiel intercede para que se mitigue la sentencia (vv. 8–10). VI. El encargado de marcar al piadoso remanente da su informe de lo hecho (v. 11).
Versículos 1–4
1. Se convoca a los destruidores de Jerusalén. Varios ángeles, en forma humana, reciben el encargo de dejar devastada la ciudad que hasta hace pocos años tenían a su cargo proteger y vigilar (v. 1). Están ya preparados como ángeles destructores, ministros de la ira de Dios, pues «cada uno traía en su mano su instrumento para destruir» (vv. 1, 2), como el ángel que guardaba el acceso al árbol de la vida con una espada flamígera.
2. De inmediato se nos notifica su llegada (v. 2): «Y he aquí que seis varones venían, etc.», uno por cada una de las puertas principales de Jerusalén. Las naciones de las que se componía el ejército del rey de Babilonia, las cuales eran seis según la opinión de algunos, y los jefes principales de tal ejército (que algunos cuentan como seis en la enumeración de Jer. 39:3), pueden ser llamados los «cuchillos de matarife» en manos de estos ángeles. Venían del camino de la puerta de arriba que mira hacia el norte (probablemente, la misma que mandó construir el rey Jotam (v. 2 R. 15:35), ya fuese porque los caldeos vinieron por el norte (Jer. 1:14), o porque la imagen del celo estaba a la entrada de la puerta … que mira hacia el norte (8:3, 5).
3. El relieve que se da a uno de dichos ángeles; aunque se dice que estaba (v. 2b) entre ellos, es obvio que no era uno de ellos. Este varón iba vestido de lino, como los sacerdotes, y traía a la cintura un tintero (lit. un cuerno) de escribano, como lo llevaban antiguamente los secretarios, así como los abogados y los fiscales de un tribunal. De él iba a hacer uso este varón, así como los otros usarían sus instrumentos para destruir. Aquí, los honores de la pluma sobrepujaban a los de la espada, pues, según opinión unánime de los exegetas cristianos, este varón no era otro que el Mediador, el Cristo preencarnado, dispuesto a salvar a los Suyos de la flamígera espada de la justicia divina. Como sumo sacerdote, va vestido de lino y, como profeta, lleva el tintero de escribano, pues el Libro de la Vida es el Libro del Cordero y toda la Biblia es, en cierto modo, la revelación de Jesucristo. ¡En medio de los destruidores está el Mediador, nuestro gran sumo sacerdote!
4. La retirada de la apariencia de la gloria divina de sobre los querubines al umbral de la casa (v. 3); según Fisch, «al umbral del Lugar Santísimo». Por comparación con 8:4, es probable que se aluda aquí al mismo despliegue de gloria divina que el profeta había visto en otras ocasiones. Ezequiel observa inmediatamente que la gloria del Dios de Israel se elevó de encima del querubín, sobre el que estaba. Y, ¿qué es una visión de ángeles, si Dios se ha marchado? En cuanto al singular «querubín», en lugar del acostumbrado plural, dice el Talmud (citado por Fisch) que «la retirada de la Presencia Divina antes de la invasión de Jerusalén ocurrió en diez etapas, y fueron las dos primeras desde la cubierta del Arca a uno de los querubines, y desde él al otro querubín».
5. El encargo que se da al varón vestido de lino para que preserve de la general desolación al piadoso remanente. No leemos que este varón fuese llamado como lo fueron los seis que venían a destruir, porque Él siempre está en la presencia de Dios para interceder por nosotros. Los que habían de ser marcados eran (v. 4b) «los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella (de Jerusalén)». El vocablo hebreo para señal es precisamente taw, nombre que se le da a la última letra del alfabeto hebreo. Salta a la vista la semejanza con lugares como Apocalipsis 7:1–3. Ch. L. Feinberg dice sobre esto:
Los escritores judíos han explicado el uso de la última letra del alfabeto hebreo (que es literalmente «marca» o «señal») como una marca en tres aspectos: (1) por ser la última letra, indica algo completo; (2) es la primera letra del vocablo «torah» (ley); o (3) es la primera letra en el vocablo hebreo para «vivirás». De paso, también es la primera letra en el vocablo hebreo para «morirás». Los intérpretes cristianos han visto una alusión un tanto profética a la señal de la cruz. En la antigua escritura, la última letra del alfabeto hebreo (taw) tenía la forma de una cruz».
Versículos 5–11
1. Se da orden a los destructores para que lleven a cabo la comisión para la que fueron llamados.
(A) Se les ordena destruir todo. Esto se cumplió en la muerte de multitudes a causa del hambre, de la peste y, especialmente, de la espada del ejército caldeo. Pero, ¡qué cosa tan mala tiene que ser el pecado, pues provoca a una severidad tan extrema al Dios de infinita misericordia! «¡No perdone vuestro ojo (v. 5b), ni tengáis compasión!» Los que viven en pecado, si rehúsan arrepentirse, perecerán en el pecado (comp. con Jn. 8:24); podían haber evitado fácilmente la ruina, pero no quisieron.
(B) Se les ordena que no hagan ningún daño a los que están marcados para salvación (v. 6b): «pero a todo aquel sobre el que haya señal, no os acercaréis». Como si dijese: «No os atreváis ni siquiera a asustarles». Dios había prometido que les iría bien a los Suyos (v. por ej. Jer. 15:11), y tenemos buenas razones para suponer que ninguno de los que gemían y clamaban a causa de todas las abominaciones (v. 4), caería bajo la espada de los caldeos. En la destrucción de Jerusalén por los romanos, el año 70 de nuestra era, los cristianos se refugiaron en una ciudad llamada Pella, y ninguno de ellos pereció.
(C) Se les ordena que comiencen por el santuario (v. 6c), pues allí había comenzado la perversidad que provocó a Dios a enviar estos juicios tan severos. El templo de Dios es un santuario, un refugio y un lugar de protección para los pecadores arrepentidos, pero no para los que persisten en su iniquidad.
(D) Se les ordena (vv. 5–7) que vayan por la ciudad matando. Aunque el juicio comienza por la casa de Dios (comp. con 1 P. 4:17), no por eso se va a terminar allí.
2. Ellos obedecieron las órdenes que se les habían dado (v. 6, al final): «Comenzaron, pues, desde los varones ancianos que estaban delante del templo», es decir, los setenta de los que se habla en 8:11. Es probable que se incluyan entre ellos también los veinticinco varones de 8:16, 17, aunque no se les llame ancianos, al ser su abominación aún mayor que la de los setenta ancianos.
3. Ahora tenemos la intercesión del profeta para que se mitigue el castigo (v. 8): «Cuando ellos iban matando y quedé yo solo, me postré sobre mi rostro y clamé, etc.». Dice Feinberg: «La compasión del varón de Dios por sus compatriotas halló en esta hora una bella expresión. El pasaje revela cuán equivocada es la opinión que ve en Ezequiel solamente un fanático religioso inmisericorde. Los profetas de Dios tenían tierno corazón hacia las personas a quienes tenían que predicar condenación y juicio».
Comenta M. Henry: «Habla como quien ha escapado de la destrucción por las justas, atribuyéndolo a la bondad de Dios, no a sus merecimientos». Bien pudo Ezequiel tener estos pensamientos, pero no es eso lo que se desprende del texto directamente, sino la compasión hacia su pueblo.
4. Dios niega, en esta ocasión, a Ezequiel lo que le pide (vv. 9, 10). El Señor estaba deseoso de mostrar misericordia tanto como el profeta pudiese anhelar, y aún más, pues ése es Su carácter (v. Éx. 34:6, 7). Pero el caso actual es de tal naturaleza que no admite el ejercicio de la misericordia sin dañar gravemente la justicia. Los pecadores se excusan (v. 9, comp. con 8:12) con el mismo principio ateo con el que se halagaban a sí mismos en sus prácticas idolátricas: «Ha abandonado Jehová la tierra, y de ningún modo (hebr. éin) ve Jehová» (lit.). Como si dijesen: «A nosotros nos pertenece hacer lo que mejor nos parezca, pues Dios no se entremeterá en nuestros negocios; así que, hagamos lo que hagamos, Él no lo ve». ¿Y cómo podrán esperar beneficiarse de la misericordia de Dios los que de esta manera desafían Su justicia?
5. El documento de protección para preservar la vida de los que hacían duelo por Sion (v. 11): «El varón vestido de lino … dio su informe, dio cuenta de lo que había hecho: Había hallado a todos los que se lamentaban en secreto por los pecados del país y clamaban contra ellos, y los había marcado en la frente: He hecho conforme a todo lo que me mandaste» (v. 11b, comp. con Jn. 4:34; 5:30; 6:38; 8:29).
De nuevo contempla el profeta la visión de la gloria de Dios, como la contempló junto al río Quebar.
I. Se esparcen por la ciudad carbones encendidos, sacados de entre los querubines (vv. 1–7). II. Se retira del templo la gloria de Dios (vv. 8–22).
Versículos 1–7
1. De nuevo tenemos ante nosotros el relato de la gloriosa aparición de la majestad de Dios. Algo del mundo invisible se hace aquí visible, débiles representaciones de su resplandor y belleza, sombras oscuras de realidades celestes, que no pueden compararse con la verdad y sustancia del ser de Dios, como no puede compararse un mal dibujo con una persona viva. Dios aparece aquí (v. 1, comp. con 1:22), «en la bóveda que había sobre la cabeza de los querubines …». Allí estaba en Su trono (comp. con Is. 6:1) y desde allí ve a los hijos de los hombres. La gloria y el gobierno de Dios trascienden infinitamente todas las ideas más brillantes que nuestra mente sea capaz de formar o recibir. La aparición de la gloria de Dios es velada con una nube y, a pesar de ello, de en medio de esa nube salen rayos de una luz cegadora, hasta llenar de resplandor el atrio interior (vv. 3, 4, comp. con Hab. 3:4). Dios se cubre de luz y, sin embargo, hace de la oscuridad su pabellón. Es que no hay nada tan claro como que Dios es, y nada tan oscuro como lo que Dios es.
2. Se dan nuevas órdenes para la destrucción de Jerusalén. Tenemos aquí el mandato de reducir a cenizas la ciudad, esparciendo sobre ella carbones encendidos, los cuales, en la visión, son sacados de entre los querubines (comp. con Is. 6:6). Lo hace (v. 2) el varón vestido de lino, al obedecer la orden recibida del trono. Esto simbolizaba el incendio que de la ciudad iban a llevar a cabo los caldeos. Esto no debe hacer olvidar el efecto purificador que se atribuye a los carbones encendidos en el altar de Dios (Is. 6:7).
3. A continuación (v. 4), «la gloria de Jehová se elevó de encima del querubín al umbral de la casa, etc.», a imitación de los tribunales de juicio que los judíos tenían en las puertas de sus ciudades. El versículo 5 es casi idéntico a 1:24, y los versículos 6 y 7 nos refieren la ejecución de la orden dada al varón vestido de lino. Acerca del versículo 4, es oportuna la siguiente observación de Feinberg: «En 9:3, el Señor había descendido de Su trono encima de los querubines hasta el umbral del templo; en 10:4, volvió otra vez allá. En el intervalo de tiempo, debió de haber tomado de nuevo Su asiento sobre los querubines, como implica el versículo 1».
Versículos 8–22
Un informe ulterior de la visión de la gloria de Dios que Ezequiel contempló, y que tiene por objeto presentarnos la partida de dicha gloria de en medio de ellos.
1. Ezequiel ve la gloria de Dios que resplandece en el santuario, como la había visto junto al río Quebar, según él mismo hace notar (vv. 15, 22). Advierte Fisch (al citar a Kimchi) que las expresiones del versículo 8 «dan a entender que la forma de los querubines, según se describen aquí, existían sólo en la visión profética, pero no en la realidad». Por lo demás, la descripción que vemos aquí (vv. 9–17) coincide casi por completo con la que vimos en el capítulo 1. La única diferencia que atormenta a los exegetas es el cambio, en el versículo 14, en rostro de querubín, la cara que, en 1:10, era rostro de buey. Hay una explicación rabínica antigua, según la cual Ezequiel pidió a Dios que cambiase la cara de buey por la de querubín, pues se acordaba del Becerro de oro y «un acusador no puede ser abogado». Los modernos, incluido el rabino Fisch, tienen por fantástica esta explicación, y siguen otra que el Dr. Ryrie resume con su acostumbrada lucidez: «En 1:10, las cuatro caras de los seres vivientes son descritas como la de un hombre (de frente, según se movían hacia Ezequiel), de un león (a la derecha), de un toro (a la izquierda) y de un águila (a la espalda). Aquí (10:14) están al sur de Ezequiel, y se mueven hacia el este, con la cara de toro vuelta hacia Ezequiel, la cual él llama el rostro de querubín, quizás por ser la primera que vio».
2. Ezequiel ve luego la gloria de Dios retirándose del santuario, del lugar donde por tanto tiempo había habitado el honor de Dios; este espectáculo era muy triste. Al principio (v. 4), la gloria de Jehová se fue al umbral de la casa, pero ahora (v. 18) se puso sobre los querubines, no precisamente para quedarse en el santuario con ellos, sino que (v. 19) inmediatamente los querubines alzaron sus alas para salir del santuario, no sin antes detenerse a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová etc. Feinberg comenta: «Hubo una parada pequeña (inglés, lingering) de la gloria a la entrada de la puerta oriental, pero era para, en último término, salir de allí. La puerta era la principal entrada al atrio exterior. Dios estaba a punto de abandonar el templo y pronto habría de escribirse sobre la fábrica entera, lo mismo que sobre toda la vida religiosa de ellos, Icabod (la gloria se ha marchado)». Ryrie, por su parte, hace notar que «si Jesucristo hubiese sido aceptado como Mesías en Su primera venida, es de suponer que habría entrado en el Templo por esa misma puerta. Al ser rechazado, se marchó por ella (Mt. 21:12–17)». En los atrios del Templo, el pueblo de Israel había deshonrado a su Dios. Ahora Él se marcha, con todo lo que esa partida significaba. Se marcha con paradas y pausas, como a quien le repugna irse y como para ver si hay alguien que le constriña a quedarse suplicándoselo con una intercesión especial. Dios se aparta por grados de un pueblo provocador; y, cuando ya está resuelto a marcharse por el disgusto que le causan las abominaciones de Su pueblo, siempre está en anhelante inclinación a volver con Su misericordia, tan pronto como ellos estén bien dispuestos a tenerle mediante un sincero arrepentimiento y una oración ferviente.
En este capítulo concluye la visión que Ezequiel tuvo. I. Mensaje de ira contra los que todavía permanecían en Jerusalén (vv. 1–13). II. Mensaje de consuelo para los deportados a Babilonia, que estaban al borde de la desesperación (vv. 14–21). III. Fin de la visión (vv. 22–25).
Versículos 1–13
1. La seguridad de los príncipes de Jerusalén. El profeta es llevado, en visión, a la puerta del templo donde estos príncipes estaban sentados en consejo (v. 1): «El espíritu me elevó y me llevó a la puerta oriental de la casa de Jehová … y he aquí a la entrada de la puerta veinticinco hombres, etc.».
(A) A éstos no se les acusa de corrupciones en el culto, sino de mala administración en el gobierno. Dos de ellos son mencionados por su nombre: Jaazanías, hijo de Azur (distinto, pues, del Jaazanías de 8:11) y Pelatías, hijo de Benayá. Hay quienes dicen que Jerusalén estaba dividida en veinticuatro distritos, y que estos hombres eran lo que en España llamamos alcalde de barrio, subordinados al alcalde principal de la ciudad. Se le dice a Ezequiel (v. 2) que «éstos son los hombres que maquinan perversidad y dan en esta ciudad (Jerusalén) perversos consejos». Bajo pretexto de seguridad pública, endurecían al pueblo en sus pecados y les quitaban el temor a los juicios de Dios con los que les amenazaban los profetas.
(B) Los perversos consejos que daban a la gente eran, sin duda, los insinuados en el versículo 3: Decían a la gente: «No será tan pronto; es decir, la ruina de Jerusalén no está tan cercana como dicen esos profetas; edifiquemos casas aquí mismo; la ciudad es lo bastante fuerte para protegernos, porque ella es la olla y nosotros somos la carne», expresión, al parecer, proverbial, para dar a entender lo siguiente:
«Estamos tan seguros en esta ciudad como la carne en una olla, la cual es protegida del fuego por el fondo y las paredes de la olla misma, los muros de Jerusalén serán para nosotros como muros de bronce, y no recibirán de los sitiadores mayor daño del que la carne de una olla recibe del fuego que está debajo».
Cuando Satanás no puede persuadir a una persona a tener por dudoso e incierto el juicio venidero, obtiene su victoria persuadiéndole a que lo considere como cosa lejana.
2. El método usado para despertarles de esa falsa seguridad. A fin de ayudarles a comprender, les es enviada la palabra de Dios en forma de advertencia (v. 4): «Por tanto, profetiza contra ellos y haz por sacarles de su engaño; profetiza, hijo de hombre, sobre estos huesos muertos y secos». Deben percatarse de que (v. 5, al final) Dios sabe muy bien lo que están pensando. El hebreo dice enfáticamente en la última frase: «Y las cosas que suben a vuestro espíritu (comp. con 1 Co. 2:9b), yo lo sé». A Dios no se le escapa ninguno de nuestros pensamientos ni tampoco uno solo de los secretos motivos que influyen en nuestro modo de pensar y actuar.
3. A continuación, se especifica el crimen que han cometido y se les lee la sentencia (vv. 6–12). Han llenado de muertos las calles de la ciudad (v. 6). Y, al apelar al proverbio que ellos mismos han proferido (v. 3b), el Señor Jehová les dice (v. 7) que esos muertos son la carne que ha quedado en la olla de la ciudad. Y ellos, los perversos consejeros, saldrán, sí, de ella, pero para ser entregados en manos de los enemigos extranjeros (vv. 7b–9) y caerán a espada en la frontera de Israel (v. 10); exactamente, en Riblá (6:14), en el año 587 a. de C. Que sepan bien, dice Dios (vv. 10 y 12), que yo soy Jehová. Ellos le han provocado a abandonar la ciudad, y todavía pensaban que podrían arreglárselas bien, con su propia fuerza y astucia, después de marcharse de allí la visible presencia de la gloria de Dios; pero Él les hace saber que no puede haber paz ni seguridad para los que han apostatado de su Dios. Que sepan que todo esto es el castigo bien merecido por sus pecados, y la revelación del justo juicio de Dios contra ellos (v. 12).
4. Esta palabra de amonestación fue seguida de una providencia de confirmación (v. 13): «Y aconteció que, mientras yo profetizaba, aquel Pelatías, hijo de Benayá, murió». Parece ser que esto lo contempló él en visión, pero era completamente seguro que, cuando esta profecía se hiciese pública, la muerte de Pelatías sería ya un hecho real y, al mismo tiempo, la prenda del completo cumplimiento de la profecía de Ezequiel sobre la suerte funesta que habían de correr los consejeros perversos de este capítulo.
5. Aun cuando la muerte súbita de Pelatías era una confirmación de su profecía, Ezequiel se echó a temblar (v. 13) ante la perspectiva de las otras muertes que habían de seguirse, por lo que, postrado con el rostro en tierra, clamó con gran voz, llevado de la preocupación que su amor al pueblo de Israel le causaba, y le dijo a Dios: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Destruirás del todo al remanente de Israel? Comenta Fisch: «El profeta sacó de este incidente la conclusión de que la población entera de Israel iba a compartir el destino de Pelatías y perecer».
Versículos 14–21
Después de recibir instrucciones para despertar a los que se sentían cómodos en Sion, Ezequiel recibe en estos versículos palabras consoladoras para los que hacían duelo en Babilonia cuando se acordaban de Sion.
1. Los piadosos cautivos eran atropellados e insultados por los que continuaban en Jerusalén (v. 15). Son «tus hermanos, sí, tus hermanos—dice Dios al profeta—, los hombres de tu parentela, y toda la casa de Israel». Dios los menciona con tanto énfasis, porque son los únicos que han conservado su integridad. No sólo eran de la misma familia que Ezequiel, sino también del mismo espíritu que él. Los que se hallaban todavía libres, y aun con relativa comodidad, se burlaban de sus hermanos que habían sido humillados y llevados al exilio, como si no perteneciesen ya a la congregación de Israel. Precisamente porque, en obediencia a la voluntad de Dios, se habían rendido al rey de Babilonia, los excomulgaban y decían: ¡Alejaos de Jehová! A nosotros es dada la tierra en posesión (v. 15, al final). Como si dijesen:
«El Dios de Israel no tiene nada que ver con vosotros, y al rendiros al rey de Babilonia, habéis renunciado a vuestros derechos a poseer la Tierra Prometida».
2. Las bondadosas promesas que Dios les hace. Los que les odiaban y los querían echar de la congregación de Israel, decían: «¡Que Jehová sea glorificado, para que podamos ver vuestra alegría!» (Is. 66:5). Pero lo que esos burladores decían por escarnio, iba a ser cierto de parte de su Dios, pues les iba a consolar de veras. Dios reconoce que Su mano se ha descargado contra ellos enviándolos al exilio, pero no les ha privado de Su presencia amorosa (v. 16): «Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por los países extranjeros, con todo eso les he sido por un pequeño santuario en las tierras adonde han llegado». ¡Qué conmovedor! Dice Fisch: «A la humillante alegación de los habitantes de Jerusalén de que los exiliados, al estar tan alejados del Templo, habían perdido la paternidad y la protección de Dios, replica el propio Jehová que ésos conservan todavía su relación con Él por medio de sus casas de adoración y de sus casas de estudio, cada una de las cuales cumplía el designio de un Templo en miniatura, en el que estaba presente el Espíritu de Dios». Los que se habían quedado en Jerusalén tenían aún el Templo, pero sin Dios; los que estaban en Babilonia tenían a Dios, aunque no tuvieran el Templo.
3. A su debido tiempo, Dios había de poner punto final a las aflicciones que sufrían, sacándolos del país de su cautiverio y estableciéndolos de nuevo, a ellos o a sus hijos, en su país (v. 17). Y, lo que es todavía mejor, el cautiverio (v. 18) les habrá curado eficazmente de sus idolatrías. Dios implantará en ellos los buenos principios y hará bueno el árbol (v. 19). La promesa de la donación del nuevo espíritu y del nuevo corazón, ya insinuada en Jeremías 32:39, 40 y, más detalladamente, en Ezequiel 36:26, 27, va más allá de lo que había de ocurrir en los propios exiliados, al llegar a un segundo nivel a la dispensación del Evangelio y, en un tercer nivel, a la del Milenio. Cuando el Señor Jesús le dijo a Nicodemo (Jn. 3:10):
«Tú eres el maestro (lit.) de Israel, ¿y no conoces estas cosas?», aludía a esto, porque «aquí está afirmada la verdad del nuevo nacimiento» (Feinberg). Un nuevo nombre, una nueva fachada, una reestructuración de las instituciones judías, no servirían para nada sin un nuevo espíritu. Y esto ha de ser obra de Dios, un regalo suyo conforme a Su promesa. De esta forma, la conducta de ellos (v. 20) estará de acuerdo con los nuevos principios, de forma que guardarán la Ley de Dios y en ellos renovará Él Su pacto (v. 20, al final, comp. con Lv. 26:12): «y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios».
4. Pero aquellos que, dentro o fuera de las fronteras de Israel, tengan el corazón apegado a sus idolatrías (v. 21) y a sus abominaciones, y carezcan de gracia, ¿cómo van a disfrutar de paz? El Señor Jehová (v. 21b) asegura: «Yo les echaré su camino (lit.) sobre sus propias cabezas»; es decir, «sufrirán las consecuencias de sus acciones» (Fisch).
Versículos 22–25
Tenemos ya la partida de la presencia de Dios del Templo y de la ciudad. 1. Cuando el mensaje fue comunicado al profeta y él pudo evaluarlo en su justo significado, tuvo lugar la partida de la presencia visible de Dios (vv. 22, 23): Entonces «alzaron los querubines sus alas … y la gloria de Jehová se elevó de en medio de la ciudad, y se posó sobre el monte que está al oriente de la ciudad», es decir, el monte de los Olivos. Recuérdese (v. 10:18, 19) que la Merkabah, como se llama en hebreo la carroza que formaban los querubines con las ruedas, etc., se había parado a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová; ahora, al salir de allí, se posó sobre el Olivete. Fue precisamente desde allí (Hch. 1:11) de donde partió para el cielo el Señor Jesucristo, y allí volverá a posar sus pies (Zac. 14:4) cuando vuelva. Dice Feinberg: «Hay un interesante Midrás (comentario) que dice así: “Dijo el rabino Jonatán: Por tres años y medio estuvo posada la Shekinah sobre el monte de los Olivos, en la esperanza de que Israel haría penitencia; pero no hizo ninguna”».
2. Había otro motivo para que la gloria de Dios se detuviese en el Olivete. En ese monte habían puesto los judíos apóstatas sus ídolos, a fin de enfrentarlos contra Dios en Su Templo (1 R. 11:7). Desde ese monte se tenía una completa panorámica de la ciudad; allá se fue, pues, Dios, para hacer bueno lo que había dicho (Dt. 32:20): «Esconderé de ellos mi rostro, veré cuál será su fin». Y fue también desde este monte desde donde vio Cristo la ciudad y lloró sobre ella, al prever la terrible destrucción que había de padecer a manos de los romanos el año 70 de nuestra era. La gloria de Dios se quedó, por algún tiempo, allí, como si todavía quisiese estar al alcance de la voz de quienes deseasen invocarle, si hubiesen entendido las cosas que eran para su paz.
3. Terminada toda esta larga y compleja visión, que abarca muchos capítulos, Ezequiel, ya sea «recobrado “misteriosamente” de su estado de éxtasis-visión», como opina Asensio, ya sea en plena lucidez, «al observar cómo se iba de él (v. 24) la visión que había visto, monte arriba, hasta perderse de vista» (M. Henry), «les contó a los deportados (v. 25) todas las cosas que Jehová le había mostrado». Dice Fisch: «La transportación del profeta desde Babilonia hasta Jerusalén y vuelta no había sido real, sino que se llevó a cabo en visión (cf. 8:3)». Esto se desprende claramente de la frase (v. 24b) «me volvió a llevar en visión», que, como dice Feinberg, «contienen la clave de las operaciones (inglés, transactions)».
Aunque la visión de la gloria de Dios se había marchado del profeta, la palabra de Dios viene una vez más a él. I. El profeta, con gesto simbólico, ha de recoger sus enseres y salir de su alojamiento, como quien va al destierro, con lo que da a entender la huida de Sedequías de Jerusalén, en la confusión más completa, cuando los caldeos tomaron la ciudad (vv. 1–16). II. Después, al comer y beber con temblor, Ezequiel ha de simbolizar el hambre que ha de padecer la ciudad durante el asedio (vv. 17–20). III. Dios envía al pueblo un mensaje para asegurarles que todas estas predicciones habían de cumplirse en un plazo muy breve (vv. 21–28).
Versículos 1–16
Quizás reflexionó Ezequiel más de una vez sobre las visiones que de la gloria de Dios había tenido, y quizá deseó también que volviesen a él de nuevo, pero no hallamos en el texto sagrado que disfrutase otra vez de ellas. Pero sí que vino a él de nuevo la palabra de Jehová (v. 1). Bien podemos tener y conservar nuestra comunión con Dios, aunque carezcamos de éxtasis y arrobamientos. En estos versículos se le dice al profeta:
1. Con qué señales y acciones simbólicas había de expresar el inminente cautiverio de Ezequías, rey de Judá.
(A) Esto es lo que Ezequiel había de predecir, y predecirlo precisamente a los ya deportados, porque, mientras Sedequías estuviese en el trono de Jerusalén, se lisonjeaban con la esperanza de que él había de acertar a rescatarles en breve. Era, pues, necesario convencerles de que el rey Sedequías, lejos de ser su futuro libertador, iba a ser en breve su compañero de sufrimientos.
(B) Para prepararles, debe darles primero una señal, hablándoles a los ojos antes que a los oídos. Les hablará por señas, como se hace con los sordomudos. Tiene que proveerse de todo lo necesario para un traslado y no precisamente para ir a otro lugar más cómodo, sino (v. 3) para el destierro; ha de hacerlo de día, a vista de ellos; delante (v. 4) de los ojos de ellos, ha de sacar sus enseres ya empaquetados como bagaje de deportación, pero él ha de salir a la tarde, a vista de ellos.
(C) Todavía le quedan otras operaciones simbólicas por llevar a cabo: Como las puertas de la ciudad se suponen cerradas y bien vigiladas, ha de abrirse paso por entre la pared, y salir por ella (v. 5). Así, a la luz del crepúsculo, ha de sacar a hombros (v. 6) su bagaje, para no ser descubierto; pero él mismo (v. 6b) ha de salir en la oscuridad (lit.), con el rostro cubierto para no ser reconocido, «y no verás (o no mirarás) la tierra» (lit.). Esta última frase es interpretada de diversos modos por los autores: (a) Asensio dice: «cubierto el rostro en ademán de tristeza y sin mirar hacia atrás, hacia la tierra-patria perdida para siempre». (b) Fisch, al citar a Lofthouse, dice: «el significado más probable es que Sedequías, en su último viaje, ni siquiera había de ver la tierra que abandonaba». (c) Feinberg comenta: «En la oscuridad, Ezequiel había de transportar sus enseres con el rostro cubierto para no ver la tierra»; aunque, con referencia a Sedequías, la persona simbolizada, añade que «el relato histórico del asedio y de la destrucción de Jerusalén en el tiempo de Sedequías revela que no vio la tierra; fue llevado a Riblá y cegado».
(D) De este modo, Ezequiel había de ser una señal para los deportados que se hallaban ya en Babilonia. Dios dice de ellos (v. 3, al final): «… por si tal vez se dan cuenta, ya que son casa rebelde». Como si dijese: «Es posible que, de este modo, reflexionen y se les quiten las vanas ilusiones que abrigan, aunque no es muy probable, al ser como son gente rebelde». Vemos a continuación (v. 7) la pronta y fiel obediencia del profeta: «Y yo hice como me fue mandado, etc.».
2. Se le dice también a Ezequiel con qué palabras ha de explicar estas señales y acciones.
(A) El profeta tiene que hacer una cosa ruda y extraña, a fin de que ellos pregunten qué significa tal cosa. Tiene que decirles (v. 10): «Esta profecía (lit. carga vocablo que ya conocemos bien) se refiere al príncipe en Jerusalén, etc.». «Pero diles, añade Dios (v. 11), que en todo lo que has hecho pueden leer ellos la suerte que les espera a sus amigos de Jerusalén. Diles: Yo soy vuestra señal. El pueblo será llevado en cautiverio; como yo hice, así se hará con ellos; serán forzados a salir de sus casas y marchar lejos, para no volver jamás a ellas».
(B) ¿Qué será del rey? En vano intentará escapar, pues también él ha de ir al cautiverio. Ezequiel lo predice aquí a los que se prometían a sí mismos que habían de recibir de él alivio a su situación. Él mismo tendrá que sacar a hombros sus enseres. Dios puede convertir en mozo de cuerda a un rey. El que estaba acostumbrado a que se llevasen sus reales insignias delante de sus ojos, tendrá que sacar ahora a hombros su bagaje más indispensable y escabullirse de la ciudad al llegar la media luz del crepúsculo. Al estar bien vigiladas por el enemigo todas las avenidas que conducían al palacio real, habrá que horadar la pared para salir por el orificio. El versículo 12 dice textualmente según el hebreo: «Y el príncipe que está entre ellos cargará la espalda (se entiende, con su equipaje) en la oscuridad (el vocablo hebreo ocurre únicamente aquí y en el v. 6 en toda la Biblia) y saldrá a través del muro. Perforarán para hacer salir por él. Cubrirá su rostro, para no ver con el ojo él la tierra».
(C) Será hecho prisionero y llevado cautivo a Babilonia (v. 13). Ya Jeremías había profetizado que el rey Sedequías había de ver al rey de Babilonia y que había de ir a Babilonia (Jer. 32:4, 5; 34:3, 4; 39:7). Ezequiel dice de parte de Dios (v. 13b): «Y lo llevaré a Babilonia, tierra de los caldeos, pero no la verá, aunque allí morirá» (lit.). En efecto, Sedequías vio al rey de Babilonia en Riblá, pero allí mandó Nabucodonosor que le sacaran los ojos, por lo cual no pudo ver la ciudad de Babilonia cuando fue llevado allá.
(D) Pobre gozo pudieron tener los deportados al ver a Sedequías, cuando él ni siquiera podía verlos a ellos. Además, toda su escolta (v. 14), lo mismo que el resto de sus tropas, Dios los iba a esparcir a todos los vientos, es decir, a los cuatro puntos cardinales. Entonces (vv. 15, 16), el remanente que haya quedado, al ver realizadas las profecías, «se darán cuenta de que Dios, no sólo es el Creador, sino también el Gobernador, del Universo, y de que el castigo de los impíos es un aspecto esencial de Su Soberanía sobre la humanidad» (Kimchi, citado por Fisch). Ése es, sin duda, el sentido del «sabrán que yo soy Jehová», que aparece al principio del versículo 15 y al final del versículo 16, ya que, en las naciones adonde lleguen, contarán todas las abominaciones suyas (v. 16b), es decir, las que hicieron y con las que provocaron la cólera divina. Reconocerán así la justicia de Dios y harán confesión de sus pecados; y de este modo se mostrará que habían sido preservados por la misericordia de Dios.
Versículos 17–20
De nuevo tenemos aquí al profeta hecho señal simbólica de las desolaciones que se cernían sobre Judá y Jerusalén. Tiene que comer y beber con agitación y con ansiedad, especialmente cuando esté a la vista, o en compañía, de otros (vv. 17, 18), a fin de expresar así la calamitosa condición de los que habían de vivir en Jerusalén durante el asedio de la ciudad. Debe decirles a sus compañeros de cautiverio (v. 19) que los moradores de Jerusalén … comerán su pan con temor, y beberán con espanto su agua, del mismo modo que él lo hace con gesto simbólico, puesto que estarán en constante temor de que los sitiadores ocupen la ciudad, y ellos sean llevados cautivos a Babilonia. La decadencia de la virtud en una nación lleva consigo la decadencia de todo lo demás; y cuando los de un mismo país se devoran unos a otros, es justo que Dios traiga sobre ellos enemigos de fuera que los devoren a todos ellos.
Versículos 21–28
Varios métodos se habían usado para despertar a este pueblo confiado y negligente, a fin de levantarlos por medio del arrepentimiento y la reforma de vida. Las profecías de su ruina eran confirmadas por medio de visiones e ilustradas por medio de acciones simbólicas, pero aquí se nos dice que no hubo nada que pudiese convencerles, pues se decían a sí mismos, y unos a otros, que, aun en el caso de que estos castigos con que se les amenazaba llegasen un día a realizarse, tardarían mucho tiempo en llegar.
1. Tenían un dicho que se había hecho proverbial en la tierra de Israel (v. 22). Decían: «Se van prolongando los días, y perece (esto es, no se cumple) toda visión profética». Como si dijesen: «La destrucción no llega, contra la predicción de los profetas. No hacen otra cosa que asustarnos; así que no debemos hacerles caso». A lo más (v. 27), llegaban a conceder que la profecía podía ser cierta en cuanto al contenido, pero no en cuanto al tiempo: «… éste profetiza para tiempos lejanos». La paciencia misma de Dios, que habría de llevarles al arrepentimiento (2 P. 3:9), estaba endureciéndolos en el pecado.
2. Se les asegura que no hacen otra cosa que engañarse a sí mismos (v. 23): «Diles, por tanto … Diles, pues: Se han acercado los días». Y de nuevo (v. 28): «No se diferirá más ninguna de mis palabras». Dios va a silenciar esos mentirosos proverbios y las falsas profecías con que mantenían a flote sus vanas esperanzas (v. 24): «No habrá más visión vana». Dios cumplirá con toda certeza y muy en breve cada palabra que ha hablado. ¡Con qué majestad lo dice (v. 25): «Porque yo soy Jehová»! Los que ven visiones de Dios no ven vanas visiones; Dios confirma la palabra de Sus siervos realizándola. «Se han acercado los días (v. 23) en que os daréis cuenta de que se lleva a cabo el cumplimiento de toda visión.»
Los verdaderos profetas de Dios se expresan de manera más incisiva contra los falsos profetas que contra cualquier otro género de pecadores, no porque fuesen los enemigos que se portaban más despectivamente con ellos mismos, sino porque eran los que más afrentaban a Dios y los que mayor daño causaban al pueblo. Ezequiel muestra aquí el pecado y el castigo: I. De los falsos profetas (vv. 1–16). II. De las falsas profetisas (vv. 17–23). Tanto los unos como las otras se expresaban suavemente con los que persistían en sus pecados y los halagaban con esperanzas de que todavía habían de tener paz; pero se demostrará que estos profetas son unos mentirosos, que sus profecías son imposturas y que las esperanzas que han tratado de infundir en el pueblo son vanas ilusiones.
Versículos 1–9
De los falsos profetas había algunos en Jerusalén (Jer. 23:14): «En los profetas de Jerusalén he visto torpezas (lit. cosa horrible)». Los había también entre los cautivos de Babilonia, pues les dice así Jeremías en su carta (Jer. 29:8): «No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros». Ezequiel debe profetizar contra ellos, con la esperanza de que el pueblo pueda ser advertido para que no les haga caso. Para ello, recibe órdenes expresas de profetizar contra los profetas de Israel que profetizan (v. 2), esto es, que no se callan, sino que se llenan la boca con una comisión que no les ha sido dada (v. 6): «Ha dicho Jehová». Lo que Ezequiel tiene que hacer con respecto a ellos es:
1. Descubrirles a ellos el pecado que cometen.
(A) Se les llama aquí (v. 3) profetas insensatos (el mismo vocablo del Sal. 14:1, entre otros lugares). Se han lanzado al oficio profético sin haber recibido de Dios comisión ni autoridad para ello, lo cual era algo insensato y malvado, ya que, ¿cómo podían esperar que Dios les reconociese como Suyos en una obra para la que no les había llamado? Eran profetas (v. 2b) que profetizaban de su propio corazón, es decir, cosas que Dios no les había dicho, sino que ellos mismos se las habían inventado. «Jehová no los envió» (v. 6b).
(B) Estos falsos profetas afrentan la revelación divina y debilitan el crédito que Dios se merece. Al demostrarse que estos presuntuosos son unos impostores, los incrédulos y los ateos se sienten inclinados a inferir: «Todos son iguales». A pesar de que Dios no los había enviado, proferían su mensaje como si Dios les hubiese hablado, cuando era mero producto de su ardiente fantasía, o fruto deliberado de su propia invención (v. 3b): «andan en pos de su propio espíritu, y de cosas que no han visto». Y de nuevo (v. 6): «Vieron vanidad y adivinación mentirosa». Otra vez (v. 9) «ven vanidad y adivinan mentiras».
(C) Se les describe (v. 4) «como zorras entre las ruinas». Dice Asensio: «Los compara a zorras entre ruinas, ya porque reflejen su incansable actividad en la destrucción del clásico muro, en sí poco consistente, de la viña; ya porque imiten su vivir cobarde, como en el propio elemento, en las intrincadas madrigueras inexplorables para el hombre; ya simplemente porque atenten con su taimada predicación contra la felicidad de Israel». Si fuesen verdaderos profetas, intercederían para que se apartase la ira de Dios, pero no eran profetas orantes. Igualmente, si fuesen verdaderos profetas, habrían procurado, al predicar y aconsejar, traer al pueblo al arrepentimiento y a la reforma de la vida, con lo que (v. 5) habrían subido a las brechas y habrían edificado un muro alrededor de la casa de Israel (comp. con 22:30). Pero todo su afán estaba en complacer al pueblo, no en hacerle beneficio.
2. Declarar los juicios de Dios contra ellos por estos pecados, y no les van a eximir del castigo sus pretensiones de ser profetas. Son sentenciados a ser excluidos de todos los privilegios de la comunidad de Israel, pues han perdido el derecho a todos ellos (v. 9): «No estarán en la congregación de mi pueblo— dice Dios—, ni serán inscritos en el libro de la casa de Israel». Su insensatez se manifestará tan claramente que nunca volverán ser consultados ni asistirán a los servicios religiosos de la congregación de Israel. No volverán a la tierra de Israel después del destierro, sino que morirán en el cautiverio. Con respecto a la frase (v. 9b) «ni serán inscritos en el libro de la casa de Israel», dice Feinberg: «Algunos lo han tomado en el sentido de que no serían hallados en la lista de los piadosos en el venidero reino de bendición. Otros creen que significa la excomunión de la congregación de Israel, mientras todavía otros consideran que sus nombres habrían de ser borrados de los registros familiares y tribales (Jer. 17:13). La idea se originó del registro que se llevaba de los ciudadanos de una localidad (v. Éx. 32:32; Esd. 2:62; Is. 4:3; Dn. 12:1). El pasaje de Esdras muestra para qué se usaban estos registros, cumplimiento literal de esta amenaza».
Versículos 10–16
1. Vemos aquí la manera como el pueblo era engañado por los falsos profetas. Estos aduladores los seducían diciendo (v. 10): Paz, no habiendo paz (comp. con Jer. 6:14; 8:11; 14:13). Les decían a los idólatras y a otros pecadores que no había daño ni peligro en el camino que seguían. De esta forma extraviaban al pueblo de Dios (v. 10). Nótese lo de «mi pueblo», repetido seis veces en este capítulo. Dios, a pesar de todos los castigos que trae sobre Israel, sigue considerándolo Su pueblo. Proclamar paz al no haber paz es como edificar sobre arena (comp. los vv. 10–15 con Mt. 7:26). Por mucho que revoquen y estuquen la pared, al no tener fundamento sólido, no podrá resistir el embate de los elementos que Dios va a enviar contra ella. El versículo 11 dice literalmente: «Di a los que revocan con estuco blanco, que se caerá; habrá un aguacero torrencial; y vosotras, piedras de granizo, caeréis; y un viento violento estallará».
2. Vemos también cuán pronto serán desengañados por el juicio de Dios, del que podemos estar seguros que es conforme a verdad. El ataque que el ejército caldeo llevará a cabo contra Judá, y el asedio que pondrá a Jerusalén, serán como un aguacero torrencial. La furia de Nabucodonosor y de sus príncipes (o generales), que tan ofendidos se sentían por la traición de Sedequías, hizo que la invasión fuese de veras terrible, pero eso no era nada en comparación con el desagrado de Dios. Es la cólera divina la que, en realidad, va a desbaratar todo lo que los falsos profetas han edificado y estucado (v. 15). La furia de los hombres no puede sacudir lo que Dios edifica, pero la ira de Dios puede desbaratar todo cuanto los hombres edifiquen en oposición a Él. Edificio y edificadores juntamente (v. 14) van a ser consumidos por obra de Jehová, y justamente expuestos al ridículo de todo espectador (v. 12: «¿Dónde está el revoque con que la habíais estucado? ¿Qué se ha hecho de todas las halagadoras promesas que hicisteis y de las seguridades que dabais de que las aflicciones de la nación se iban a acabar muy pronto?»
«¡No existe la pared, ni los que la recubrieron, los profetas de Israel, etc.!» (vv. 15b, 16a).
Versículos 17–23
Así como Dios ha prometido que, cuando derrame Su Espíritu sobre Su pueblo, tanto sus hijos como
sus hijas profetizarán, así también el diablo, cuando actúa como espíritu de mentira y falsedad, está en la boca, no sólo de los falsos profetas, sino también en la de las falsas profetisas. «Hijo de hombre—le dice Dios a Ezequiel—, pon tu rostro contra las hijas de tu pueblo (v. 17) que profetizan de su propio corazón» (comp. con v. 2). Estas mujeres pretendían tener el don de profecía, y están en la misma línea de los hombres contra los que ha tenido que profetizar Ezequiel.
1. Se describe aquí el pecado de estas falsas profetisas:
(A) Decían deliberadamente mentiras a los que las consultaban y venían a ellas para recibir consejos y que les leyesen la fortuna. Para embaucar con ritos mágicos a quienes venían a consultarles (v. 18), les ataban unas vendas en el antebrazo, y les ponían en la cabeza unos velos para todas las tallas. Dice Fisch:
«correspondían a la altura de la persona y cubrían todo el cuerpo».
(B) Las dos últimas frases del versículo 18 se detallan en el versículo 19. Estas profetisas pecaban directamente contra Dios y contra el prójimo:
(a) Contra Dios (v. 19a): «Vosotras (el verbo está en forma femenina, aunque el pronombre no está explícito) me habéis deshonrado ante mi pueblo». «Al incitar al pueblo a abandonar su confianza en Dios y a poner su fe en adivinaciones mentirosas, las mujeres hacían que Su nombre fuese profanado» (Fisch).
(b) Contra el prójimo (vv. 18c, 19b): Los que iban a consultar a estas mujeres les pagaban en especie («por puñados de cebada y por pedazos de pan»). De esta manera, para mantenerse a sí mismas, cazaban las vidas ajenas. Dice Mac Fadyen, citado por Fisch: «El objeto de estas prácticas supersticiosas es la captura y el control de las almas «más sencillamente, matar y perdonar la vida, esto es, determinar su destino mediante una solemne predicción de muerte o de buena suerte, según sea el caso». Ésta es una sencilla explicación de las frases del versículo 19b: «matando a las personas que no deben morir, y dando vida a las personas que no deben vivir»: ya que predecían muerte a los justos, y prometían vida a los impíos.
(c) Con las mismas vendas con que pretendían asegurar la suerte de las personas, al fortalecer sus manos, les endurecían el corazón, y con el velo con que las cubrían como para obtenerles protección, las hacían objeto de perdición segura.
2. Dios se manifiesta contra los métodos que estas falsas profetisas usan para engañar y cazar a las personas (v. 20). Dios abolirá la profesión que ellas han ejercido (v. 23): «No veréis más visión vana, ni practicaréis más adivinación». A las personas que ellas ataban con vendas y cubrían con velos para asegurarles protección y buena suerte, Dios las va a desatar y les va a dar verdadera libertad (v. 20b): «yo las libraré de vuestras manos, y soltaré para que vuelen como aves las almas que vosotras (lit. vosotros) cazáis al vuelo». Con respecto al sufijo masculino en lo de «vuestras manos», y al pronombre masculino
«vosotros», en una clara referencia a mujeres, dice Fisch: «El uso de la forma masculina al hablar de mujeres no es raro en la Biblia, y la forma femenina vuelve en lo de “vuestra mano” en el versículo 21».
I. Los ancianos de Israel vienen a escuchar la palabra y a preguntar al profeta, pero, como no están en las debidas disposiciones, se encuentran con una reprensión en lugar de una aceptación (vv. 1–5) y se les exhorta a arrepentirse de sus pecados y a reformar la vida (vv. 6–11). II. Su condición es tan desesperada que, aunque se hallasen en el país en intercesión patriarcas de oración tan poderosa como Noé, Daniel y Job, no serían escuchadas sus oraciones (vv. 12–21). III. Sin embargo, hay al final la promesa de que un remanente escapará (vv. 22, 23).
Versículos 1–11
1. Algunos ancianos de Israel se dirigen a Ezequiel, como si fuese un oráculo, para inquirir de Jehová por medio de él (v. 1): «Vinieron a mí—dice el profeta—, … y se sentaron delante de mí». A juzgar por la severa respuesta que les dio el profeta, podría sospecharse que vinieron para tenderle un lazo.
2. Dios les descubre lo que son en realidad (v. 3): Eran idólatras, y habían venido a consultar a Ezequiel como lo habrían hecho con un oráculo cualquiera de una falsa deidad, únicamente para satisfacer su curiosidad. Por eso dice Dios (v. 3, al final): «¿Acaso he de ser consultado yo en modo alguno por ellos?» Como si dijese: «Ya que han puesto sus ídolos en su corazón (v. 3a), que los pongan también en sus oídos». Dice Fisch: «La frase no indica que diesen culto de adoración a ídolos, sino que sus pensamientos estaban influidos por ideas paganas, tales como la creencia en conjuros mágicos y en adivinaciones». La frase «han puesto sus ídolos en su corazón» es un hebraísmo que, como dice Fisch, significa: «han puesto su mente en sus ídolos», lo cual, como hace ver M. Henry, «da a entender que estaban resueltos a persistir en el pecado, cualquiera fuese el resultado de ello».
3. La respuesta que Ezequiel ha de darles por orden de Dios (v. 4). Que sepan que hay una norma para todo hombre de la casa de Israel, que si pone su afecto y su interés en los ídolos, y viene luego a preguntar a Dios, Dios le contestará conforme a su verdadera iniquidad, no conforme a su pretendida piedad (v. 4, al final): «Yo Jehová responderé al que venga conforme a la multitud de sus ídolos». Los entregará a los deseos de su corazón, y permitirá que sigan siendo tan malos como hayan decidido en su corazón que lo han de ser, hasta que hayan llenado la medida de su iniquidad. La versión más probable de la primera parte del versículo 5 es la que propone Ehrlich: «a fin de responsabilizar a la casa de Israel por lo que tienen en la mente (lit. en el corazón) de ellos». Dice él que el verbo hebreo taphás significa, como en Proverbios 30:9 y en el hebreo rabínico, «tener por responsable».
4. Esta respuesta era para toda la casa de Israel (vv. 7, 8). Y no sólo concierne a cada israelita (como anteriormente—v. 4—), sino a los extranjeros que residen en Israel. Tampoco los prosélitos hallarán aceptación si no son sinceros. Los hipócritas se apartan de andar en pos de Dios cuando ponen el corazón en los ídolos (v. 7, v. el comentario al v. 3), uniéndose a éstos, cortan su relación con el Dios verdadero (comp. con 2 Co. 6:14–16). No será el profeta quien le de la respuesta de parte de Dios, sino que Dios mismo le dará la respuesta por medio de Sus juicios (vv. 7, al final, 8): «Yo Jehová le responderé por mí mismo; y pondré mi rostro contra aquel hombre, etc.». Ese tal pensaba que podría hacerse pasar por uno de los del pueblo de Dios, pero dice Él (v. 8b): «y lo cortaré de en medio de mi pueblo».
5. La sentencia contra los que falsamente pretenden ser profetas, que dan el visto bueno a los que falsamente pretenden ser piadosos (vv. 9, 10). Estos hipócritas preguntones, aunque no reciben de Ezequiel una respuesta que les satisfaga, esperan todavía hallar otros profetas que les complacerán; y si los hallan (que quizá los hallen), que sepan que Dios permite que esos falsos profetas los engañen para su castigo, tanto del que pregunta como del que responde (v. 10); especialmente, del que responde, como se ve por el versículo 9b: «y extenderé mi mano contra él (el profeta), y lo exterminaré de en medio de mi pueblo Israel».
6. El consejo que se les da, a fin de que eviten un destino tan terrible (v. 6): «Por tanto, di a la casa de Israel: Así dice el Señor Jehová: Convertíos y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones». Entonces será cuando podrán venir a consultar a Dios con esperanza segura de hallar buena respuesta.
7. El castigo de los falsos profetas, lo mismo que de los hipócritas preguntones, tenía por objeto hacer escarmiento (v. 8), de forma que, con lo ocurrido en cabezas ajenas, el resto del pueblo se apartase de los ídolos, siguiese a su Dios y no se contaminase más con sus transgresiones (v. 11).
Versículos 12–23
1. Los pecados nacionales acarrean castigos nacionales (v. 13): «Si un país peca contra mí, cuando el vicio y la impiedad se hacen endémicos y prevalecen universalmente las impiedades más osadas y las más groseras inmoralidades, y extiendo yo mi mano sobre él, el castigo que yo les imponga será irreversible».
2. Dios dispone de gran variedad de juicios con que castigar a las naciones sumidas en el pecado. Se especifican aquí cuatro castigos muy duros: (A) Hambre (v. 13). Al retener los beneficios comunes, Dios puede castigar severamente al hombre; negándole, por ejemplo, la lluvia, le quebranta el sustento del pan.
(B) Bestias feroces que pasen por el país (v. 15), de forma que los hombres no puedan pasar por él, y tengan que permanecer en casa o ser devorados por las fieras. Cuando los hombres se rebelan contra Dios, es justo que las criaturas inferiores se rebelen contra el hombre (Lv. 26:22). (C) Guerra (v. 17). Dios castiga con frecuencia a las naciones pecadoras y trae sobre ellas la espada del invasor: «Espada—dice Dios—, ¡pasa por la tierra!» (v. 17b). (D) Peste (v. 19), una enfermedad terrible que, a veces, ha dejado casi despobladas las ciudades.
3. Cuando los que profesan ser pueblo de Dios se rebelan contra Él, justamente pueden esperar que contra ellos caigan varios de esos castigos juntos, incluso todos los cuatro mencionados en los versículos 13–19. Así aparecen juntos en el versículo 21.
4. Suele haber algunas personas buenas aun en aquellos lugares que, por la abundancia y gravedad de los pecados, están maduros para la ruina. Incluso en un país que haya transgredido gravemente (v. 13) contra Dios, podría haber tres hombres como Noé, Daniel y Job (vv. 14, 20). Daniel fue llevado en cautiverio (Dn. 1:6). Quizás hubo en Jerusalén quienes pensasen que, si Daniel hubiese continuado en la ciudad, Dios la habría perdonado en atención a él. «No—dice Dios—, aunque le tuvieseis a él, tan eminente en santidad en tiempos y lugares tan malos como lo fueron los de Noé en el viejo mundo y los de Job en la tierra de Uz, ni aun los tres juntos podrían librar de la catástrofe a Judá ni a Jerusalén (vv. 14, 16, 18, 20). Ni siquiera a sus hijos e hijas podrían librar (vv. 16, 18, 20); ellos por su justicia únicamente librarían sus propias vidas (vv. 14, 16, 18, 20)».
5. Dios, con frecuencia, perdona lugares extremadamente perversos en atención a unos pocos hombres piadosos que viven allí. Recuérdese el caso de Abraham, quien habría podido salvar con su oración a ciudades tan nefandas como Sodoma y Gomorra, que Dios le prometió perdonar si se hallaban allí diez justos. Los tres varones mencionados en los versículos 14 y 20, y aludidos también en los versículos 16 y 18, fueron muy poderosos con sus oraciones: Noé guardó su integridad y, en atención a él, su familia (a pesar de que uno de sus hijos, Cam, era perverso) se salvó en el Arca. Job fue poderoso en sus oraciones por sus hijos y por sus amigos. Daniel, compañero de tribulación de ellos, era varón de eminente humildad, de constante integridad, de perseverante oración. Pero, cuando el pecado de un pueblo ha llegado a su cota más alta, y del consejo de Dios ha salido el decreto de su ruina, ni la piedad ni las oraciones de los varones más eminentes de la historia pueden hacer que Dios revoque su sentencia. sólo ellos escaparían de la ruina.
6. Los versículos 22 y 23 muestran que, después del exterminio que los cuatro grandes castigos del versículo 21 han causado, queda un remanente de hombres y mujeres que serán deportados a Babilonia. La mención de un remanente ha desconcertado completamente a M. Henry, haciéndole creer que se trata también aquí de un remanente justo. Comenta así la frase «Y os consolarán cuando veáis su camino y sus hechos» (v. 23, repetida, casi a la letra, del v. 22): «Y, cuando vengan, veréis su camino y sus hechos; les oiréis hacer una confesión voluntaria de sus pecados y una humilde profesión de arrepentimiento con promesas de reforma; y veréis ejemplos de su reforma, veréis cuánto bien les ha hecho su aflicción. Os consolarán cuando veáis sus caminos». Los tres grandes comentarios que poseo—nota del traductor—de autores tan diversos como Fisch (rabino inconverso), Feinberg (rabino convertido) y Asensio (jesuita católico), así como la Ryrie Study Bible, dan la correcta interpretación de dichos versículos. La clave de la interpretación está en el vocablo hebreo alilotham («las acciones perversas de ellos»). No son, pues, hechos de justicia: «confesión de pecados» y «profesión de arrepentimiento», lo que estos deportados muestran, sino acciones perversas, las cuales ofrecerán una «prueba positiva de la justicia del juicio de Dios sobre Jerusalén» (Ryrie). Sobre la frase «os consolarán» del versículo 23, es de advertir, como hace notar Fisch, que no se trata aquí de un «consuelo directo». Lo que quiere decir aquí Dios por medio de Ezequiel es que, con la evidencia de la mala conducta de los recién inmigrados de Jerusalén, verán los anteriormente deportados que lo que ha sucedido era un justo castigo de Dios y «recibirán consuelo de ese hecho, pues les enseñará que, si son leales a Él (a Jehová), escaparán de una suerte similar» (Fisch). Es curioso que el verbo hebreo nijam significa tanto consolarse como arrepentirse.
Ezequiel ha predicho, una y otra vez, en nombre de Dios, la completa ruina de Jerusalén; pero parece ser que le cuesta resignarse a ello. Aquí, en este breve capítulo, Dios le muestra que era indispensable que Jerusalén fuese destruida, de la misma manera que los sarmientos muertos y secos de una vid deberían ser cortados y echados al fuego. I. El símil es muy elegante (vv. 1–5), pero: II. La explicación del símil es muy aterradora (vv. 6–8).
Podemos suponer que el profeta estaba pensando lo gloriosa que era la ciudad de Jerusalén y, por tanto, qué pena era que hubiese de ser destruida. Dios da aquí la respuesta al comparar Jerusalén a una vid. Es cierto que si una vid es fructífera, es un arbusto de mucho valor. Así Jerusalén fue plantada de vid escogida, simiente verdadera toda ella (Jer. 2:21); y, si hubiese producido fruto adecuado a su carácter de ciudad santa, habría sido la gloria tanto de Dios como de Israel. Pero, al no ser fructífera, es tan inútil como las zarzas y los espinos. ¿Qué es el sarmiento entre los árboles del bosque (v. 2b); es decir, si no lleva fruto, como ocurre con la mayoría de los árboles del bosque, ya que están destinados a dar maderamen, no frutas? Ahora bien, hay algunos árboles frutales que, aun cuando no llevan fruto, son, no obstante, de cierta utilidad, ya que su madera puede ser muy valiosa para otros usos; pero la vid no es de esta clase: si no responde a su objeto de árbol frutal, su madera no sirve para nada.
1. Cómo se expresa aquí este símil. La vid silvestre (a la que Israel es comparado—Os. 10:1—) no sirve para nada. Su madera no sirve para ninguna obra; ni siquiera se puede sacar de ella una estaca para colgar en ella alguna cosa (v. 3). Entre las plantas, hay algunas cuyas raíces no son muy útiles; hay otras cuya semilla o cuyo fruto es comestible; de otras, las hojas y los tallos son de mucho provecho; así que, entre los árboles, unos son fuertes, como los robles y los cedros, aunque no den fruta; otros son débiles, como la vid, pero dan mucha fruta. Pero el árbol o arbusto que no da fruto ni sirve para madera, es echado al fuego para ser consumido (v. 4). Cuando no vale para otra cosa, sólo sirve para combustible (comp. Jn. 15:6).
2. Aplicación del símil a Jerusalén.
(A) Esta otrora santa ciudad se ha vuelto inútil hasta el punto de que no sirve para nada. Sólo sirvió, y mucho, cuando abundó en frutos de justicia para gloria de Dios. Cuando el culto a Dios fue observado como convenía, se recogieron de allí gozosas vendimias; y, para que continuase así, protegida de ataques del exterior, Dios mismo le construyó una cerca; era una planta deliciosa (Is. 5:7); pero ahora había degenerado de tal manera que sólo producía agrazones, uvas silvestres y amargas (Is. 5:4), y aun ponzoñosas (Dt. 32:32), «por cuanto cometieron gran prevaricación» (v. 8b).
(B) La nación judía, que había sido famosa como el pueblo santo de Jehová, al pervertirse no servía ya para nada, sino para entregarla al fuego, y así lo iba a hacer Dios (vv. 6, 7). Como los moradores de Jerusalén habían puesto su rostro contra Dios con sus iniquidades, Dios estaba poniendo Su rostro contra ellos (v. 7, al final) y los iba a consumir del todo. Ya había consumido los dos extremos (v. 4), es decir, los reinos del norte, Efraín, y del sur, Judá. La parte de en medio, es decir, lo que aún quedaba en Jerusalén, estaba ya quemada (mejor, socarrada o chamuscada) con lo mucho que habían sufrido ya los que aún quedaban en la ciudad. De esta parte de en medio, ya chamuscada, pregunta Dios (v. 4, al final):
«¿servirá para obra alguna?» Y Él mismo responde (v. 5): «He aquí que cuando estaba entero, no servía para ninguna obra; ¿cuánto menos después que el fuego lo ha consumido (mejor, devorado) y está chamuscado?»; esto es, si cuando podía dar fruto no lo daba, ¿cómo lo dará cuando sus pámpanos están ya chamuscados?
Dios muestra al profeta, y ordena a éste que lo muestre al pueblo, que no les inflige otro castigo, sino el que sus pecados se merecen. En el capítulo anterior había comparado a Jerusalén con una vid inútil; en este capítulo la compara a una mujer adúltera, la cual, en justicia, debería ser abandonada. I. Los comienzos tan poco gloriosos de la nación israelita (vv. 3–5). II. Los muchos honores y favores que Dios le otorgó (vv; 6–14). III. La ingratitud que ellos le mostraron a su Dios, al apartarse de Él para irse en pos de los ídolos (vv. 15–34). IV. Amenaza de castigos que Dios les va a imponer por este pecado (vv. 35– 43). V. Una comparación con Sodoma y Samaria (vv. 44–59). VI. Promesa de la misericordia que Dios había de mostrar a un remanente arrepentido (vv. 60–63).
Versículos 1–5
Ezequiel está ahora entre los cautivos en Babilonia; pero, así como Jeremías en Jerusalén escribió para uso de los deportados a Babilonia (Jer. 29), así Ezequiel en Babilonia escribió para uso de Jerusalén. Además, Jeremías escribió a los deportados para consolarles, pero a Ezequiel se le ordena que escriba a los habitantes de Jerusalén para convencerles de pecado y humillarles.
1. La comisión de Ezequiel es aquí la siguiente (v. 2): «Haz saber a Jerusalén sus abominaciones, esto es, sus pecados; pónselos delante de los ojos, a fin de que se den cuenta de ellos». Es menester que conozcamos nuestros pecados, a fin de que podamos confesarlos.
2. Para que Jerusalén pudiese darse cuenta de sus pecados, era preciso que se le hiciese a la memoria lo mucho que Dios había hecho por ella. En estos versículos se le recuerda los pobres comienzos desde los que Dios la había levantado y cuán indigna era ella del favor de Dios. Jerusalén representa aquí a toda la nación judía, como aclara bien todo el contexto posterior, la cual es comparada aquí a una niña desechada, de baja condición y abandonada.
(A) La extracción de la nación judía era vil (v. 3): «Tu origen y tu nacimiento es de la tierra de Canaán; por naturaleza te viene el espíritu y la disposición de una cananea». Jerusalén había sido una ciudad de Canaán y la nación judía había venido a ser una familia, con residencia propia, en el país de Canaán. La frase final del versículo 3 («tu padre fue un amorreo; y tu madre, una hetea») no indica la ascendencia física de los israelitas, sino, como dice Ryrie, «la “genealogía moral” de Israel». Como los amorreos y los heteos o hititas eran dos de las principales naciones que habitaban en Canaán (v. por ej. Jos. 1:4; Am. 2:10), la mención de estos dos progenitores de Israel da a entender que al «haber tenido su origen allí, su carácter oral correspondía a su origen cananeo y a él se había adherido a lo largo de toda su historia» (Davidson, citado por Fisch).
(B) Los versículos 4 y 5 nos presentan, por medio de crudas metáforas, el estado en que la nación de Israel se hallaba al nacer como pueblo. Dice Asensio: «en el día de su nacimiento, no sólo nadie entre los conocidos y de casa le prestó los servicios normales que se prestan a todo neonato para salvar su vida y asegurar su salud, sino que se la arrojó, por el asco que inspiraba su vista, fuera de casa y se la dejó abandonada en campo abierto, forastera en la tierra de Egipto». Nótense los siguientes detalles:
(a) En el descuido con que se la trató, no le fue cortado el ombligo (v. 4), es decir, no tuvo una existencia independiente, sino que nació como esclava en Egipto, adonde los patriarcas de Israel no tuvieron más remedio que emigrar, forzados por el hambre.
(b) No fue lavada con agua para limpiarla, ni fue salada con sal (v. 4b). Ni la lavaron para quitarle la sangre que se le había adherido (v. 6) ni la frotaron con sal, lo cual se suponía que ayudaba a tener una piel limpia y fuerte. Dice Fisch: «En conexión con el nacimiento, el Dr. Masterman describe costumbres que perduran hoy en Palestina: Tan pronto como es cortado el ombligo, la comadrona frota enteramente al recién nacido con sal, agua y aceite, y lo faja apretadamente en pañales durante siete días; al final de este tiempo, retira los pañales sucios, lava y unge a la criatura, y la envuelve de nuevo en pañales por otros siete días—y así sucesivamente hasta el cuadragésimo día».
(c) También es notable el que la criatura sea presentada como niña, no sólo porque el contexto posterior lo exige (su casamiento con el Señor), sino también para explicar el descuido con que se la trató al nacer. Dice Fisch: «En el mundo antiguo, y aun mucho más tarde, cuando el recién nacido resultaba ser una niña, era corriente que quedase expuesta a morir por negligencia. Ésta fue la condición de Israel en Egipto». En efecto, Egipto está representado, en el versículo 5, por el campo al que fue arrojada la niña- Israel el día en que nació.
(d) La frase que, hacia el final del versículo 5, hallamos en nuestra Reina-Valera («con menosprecio de tu vida»), dice textualmente en el original: «en el asco de tu alma»; es decir, por el asco que su vista producía en los que la veían. En efecto, los israelitas eran abominación para los egipcios, como hallamos en Génesis 43:32; 46:34. Lo peor es que, por sus rebeldías posteriores, se hicieron también abominables a Dios.
(e) En resumen, como hace notar M. Henry, «Dios los tomó para que fuesen Su pueblo, no porque en ellos viese algo atractivo o prometedor, sino porque así le pareció bien a Sus ojos».
Versículos 6–14
Relato de las grandes cosas que Dios hizo por la nación judía cuando la fue elevando gradualmente a un considerable nivel.
1. Dios los salvó de la ruina, cuando estuvieron a punto de perecer en Egipto (v. 6). A pesar de su aspecto repugnante, Dios decretó que continuasen con vida (nótese el repetido ¡Vive! en el v. 6). Cuando Dios decreta que alguien tenga vida, la tendrá, y la tendrá en abundancia (Jn. 10:10b), lo mismo en el plano físico que en el espiritual (comp. con Ef. 2:5).
2. Dios los miró con afecto y ternura, se enamoró de Israel, aunque no había en ellos nada que atrajese ni mereciese tal amor (comp. con Jn. 3:16; Ro. 5:8). El cuidado de Dios hizo (v. 7) que Israel creciese en Egipto de forma extraordinaria, hasta llegar a ser como una hermosa joven llegada a la pubertad, con las señales anatómicas que la manifiestan; pero estaba desnuda y descubierta (v. 7, al final), esto es, «desprovista de ricos vestidos y de adornos apropiados: era la existencia de Jerusalén- Israel, en Egipto, esclava y sin patria» (Asensio).
3. Dios volvió a mirar a Israel (v. 8, comp. con Éx. 3:7) y vio que su tiempo era tiempo de amores, es decir, que se había convertido en una doncella casadera. Y, de la misma manera que Cristo amó a su Iglesia y la santificó para desposarse con ella (Ef. 5:23–27; Ap. 19:7–9), también Dios extendió Su manto sobre Israel, como símbolo de que, no sólo estaba dispuesto a protegerla y cubrir su desnudez, sino también a recibirla en matrimonio (comp. con Rut 3:9). Con respecto a las últimas frases del versículo 8, comenta Asensio: «después el juramento solemne de cara al matrimonio inmediato; finalmente, el berit o pacto mutuo con que Jehová, al elegir a Israel por su pueblo-esposa para ser su Dios-Esposo en la tierra prometida, e Israel obligándose a cumplir la ley divina, ratificaban definitivamente el misterioso matrimonio. El fuiste mía en labios divinos respondía desde entonces a una realidad que abría paso a una serie ininterrumpida de delicadezas por parte de Jehová-Esposo». Así tenemos, desde el Sinaí (v. Éx. 24:8—«la sangre del pacto»—) hasta el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, que Israel es el pueblo consagrado entera y exclusivamente a Jehová, y que Jehová-Dios está comprometido a proteger, defender, libertar y bendecir de modo exclusivo y continuo a Israel, cumpliendo hacia los demás pueblos con los indispensables beneficios comunes (Hch. 14:16, 17), del mismo modo que un marido fiel reserva todo su amor a su esposa, y da a las demás mujeres solamente las muestras de cortesía que son exigidas por los elementales principios de urbanidad.
4. Después del baño preparatorio para el matrimonio (v. 9, comp. con Rut 3:3), lo cual «puede ser una referencia simbólica a la purificación de los israelitas antes de la revelación de la Torah en el monte Sinaí (Éx. 19:10)» (Fisch), viene todo el atavío minuciosamente descrito en los versículos 10–13. Como el mismo M. Henry hace notar, «no necesitamos ser precisos en la aplicación de estas cosas». Sólo son dignas de consideración dos observaciones de Feinberg. Con respecto a los vestidos, dice: «Es interesante el que tres de los cuatro artículos de vestimenta son prominentes en los materiales del tabernáculo». Y, con respecto a los regalos citados en los versículo 11–13, dice: «Los regalos mencionados a continuación eran los regalos de boda usualmente presentados a una reina». De ahí, la última frase del versículo 13: «y prosperaste hasta llegar a reinar».
5. Lo de reinar y, especialmente, la fama adquirida entre las demás naciones (vv. 13b, 14), llegaron a su mejor cumplimiento durante los reinados de David y de Salomón (comp. con 1 Cr. 14:17). Pero toda esta grandeza y toda esta hermosura no las ganó Israel por sus propias fuerzas ni por la sabiduría de Salomón, sino que todo eso se debía (v. 14b) «al esplendor que yo había puesto en ti, dice el Señor Jehová». Sin embargo, la belleza de una sola alma, santificada por la gracia y el Espíritu de Dios, supera infinitamente a todas las bellezas y grandezas temporales de Israel. Eso nos ha de servir de consuelo y ha de espolear nuestra gratitud a nuestro Padre Celestial.
Versículos 15–34
Relato de la gran perversidad del pueblo de Israel, a pesar de los grandes favores que Dios les había otorgado. Esta perversidad es aquí representada, como en otros lugares de la Escritura, bajo el símbolo del adulterio. Es una traición por parte de Israel-esposa contra su Esposo sin igual, Jehová-Dios. A partir de Salomón, comienza su carrera de prostituciones idolátricas y alianzas con naciones paganas. La imaginería de este capítulo, como la del capítulo 23, puede parecer cruda a primera vista, pero el sentido de la porción y las aplicaciones, no sólo para un israelita, sino también para un cristiano, son de la más profunda (o alta, si se prefiere) espiritualidad. Con ojos espirituales (v. Ef. 1:18) hay que estudiar, pues, toda esta porción.
1. La idolatría es aquí presentada como prostitución y adulterio: (A) Porque es la violación del pacto matrimonial con Dios. (B) Porque corrompe y contamina la mente y el corazón y esclaviza la parte espiritual del hombre. (C) Porque pervierte y cauteriza la conciencia.
2. Las causas de este pecado: (A) Se habían vuelto orgullosos (v. 15): «Pero te envaneciste de tu hermosura, y esperabas que, al ser tan atractiva, se interesaran por ti, y te prostituiste a causa de tu renombre». Salomón se entregó a la idolatría por complacer a sus mujeres. (B) Se habían olvidado de sus comienzos (v. 22). (C) Se habían vuelto débiles de entendimiento e inconstantes de voluntad (v. 30). La fuerza de la concupiscencia es una evidencia de la debilidad de la voluntad.
3. Los detalles de su pecado.
(A) Adoraban a todos los ídolos que se ponían en su camino (v. 15b), así estaban a merced de sus vecinos en la creencia de que tales ídolos les podían servir de algún provecho. No sólo estaba a merced del que pasaba por su camino, sino que ella misma los solicitaba (v. 25).
(B) Adornaban los templos de sus ídolos y sus lugares altos con los finos vestidos que Dios les había regalado (vv. 16, 18).
(C) De las joyas que Dios les había dado, se hacían imágenes para adorarlas (v. 17). En cuanto a la frase «te hiciste imágenes de hombres y fornicaste con ellas», dice Fisch: «Al seguir la metáfora de la esposa adúltera, el profeta habla de las imágenes que ella adora como de hombres. Es posible que tuviesen forma humana».
(D) Servían a sus ídolos con las buenas cosas que Dios les había dado (vv. 18b, 19): «Pusiste delante de ellas mi aceite y mi incienso, esto es, en los altares de las imágenes que adoraban. Mi pan también, que yo te había dado, la flor de la harina, el aceite y la miel, con que yo te mantuve, los pusiste delante de ellas para olor agradable». Todo lo que deberían haber ofrecido a Dios en la oblación prescrita en Levítico 2:1 y ss., lo ofrecían a los ídolos, incluida la miel (tan abundante en Canaán), a pesar de que no estaba permitida en las oblaciones a Dios (Lv. 2:11).
(E) Habían sacrificado sus propios hijos e hijas a los ídolos (v. 20), degollándolos (v. 21) para ofrecerlos a aquellas imágenes, haciéndolos pasar por fuego. Dios los llama (v. 20) «tus hijos y tus hijas que habías dado a luz para mí»; y en el versículo 21 los llama «mis hijos», porque «al entrar en pacto con Dios, Israel había sido elevado al rango de “los hijos de Dios” (cf. “Hijos sois de Jehová vuestro Dios”, Dt. 14:1)» (Fisch). ¡Qué absurdo tan grande era el que los hijos que habían sido dados a luz para Dios, fuesen ofrecidos en sacrificio a los demonios!
(F) Edificaban templos y altares de toda clase a sus ídolos (vv. 23–25). Como si fuese poca toda tu maldad (v. 23) a nivel individual, como en privado, llegaste finalmente a tal grado de desvergüenza que te lanzaste a proclamarla en público (v. 24): «te edificaste lugares altos (lit. un lugar elevado) y te hiciste un altar idolátrico en todas las plazas». Según M. Henry, el hebreo gab («lugar elevado»), conforme a la lectura marginal de la AV inglesa, podría traducirse por burdel; «en realidad, dice Henry, eso es lo que venían a ser los templos de los ídolos». Así (v. 25) la hermosura de Israel resultó, por su propia conducta, abominable, por haberla prostituido a los ídolos, en lugar de reservarla exclusivamente para su Esposo- Jehová.
Nota del traductor: Nuestra Reina Valera ha recatado, bajo expresiones eufemísticas, frases que, en el hebreo y en otras versiones más literales, son más crudas. Por ejemplo, en el versículo 25, la frase de la RV «ofreciéndote a cuantos pasaban», dice en el original «abriendo las piernas a todo el que pasaba». Igualmente, en el versículo 26, la frase de la RV 1977 «de cuerpos fornidos» dice en el original «grandes de carne» (RV 1960 «gruesos de carnes»), acerca de lo cual dice Fisch: «Una expresión que denota excesiva sensualidad, lo cual era una característica de los egipcios (cf. 23:20)». Efectivamente, Ezequiel 23:20 ofrece la mejor paráfrasis de Ezequiel 16:26.
4. Las agravantes de su pecado.
(A) Eran muy aficionados a los ídolos de aquellas naciones que les habían oprimido y perseguido, como los egipcios (v. 26) y los asirios (v. 28).
(B) Habían sido disciplinados por la providencia de Dios, pero aún persistían en su pecado (v. 27):
«Por tanto, he aquí que yo extendí contra ti mi mano, para amenazarte y asustarte, y disminuí tu provisión ordinaria», lo cual parece aludir al saqueo efectuado por las tropas asirias en 701 a. de C., que costó a Ezequías la pérdida de las ciudades filisteas de Asdod, Ecrón y Gaza. De las hijas, es decir, de las ciudades, de los filisteos, que aborrecían a Israel (v. 27b), se dice que, aun siendo tan malvadas, se avergonzaban del camino deshonesto de Israel, lo cual, como advierte Fisch, es «lenguaje irónico».
(C) Eran insaciables en su prostitución espiritual (vv. 28b y 29, al final): «… por no haberte saciado;
… y tampoco te saciaste … y tampoco con esto te saciaste».
(D) Todo esto, a pesar de lo cara que les resultaba materialmente su idolatría, pues gastaban grandes sumas en imágenes y altares, y en alquilar sacerdotes de otros países para que les oficiasen en sus cultos idolátricos. En todo eso se insiste mucho en los versículos 31–34, donde se hace notar que Israel no se comportaba como las prostitutas comunes ni como las mujeres adúlteras, que van buscando la paga (v. 31, al final), sino que era ella la que pagaba por pecar (v. 34).
5. Y, con todo esto, ¿no se percatará Jerusalén de la enormidad de sus abominaciones? Vemos, con sorpresa y horror, lo que es la corrompida naturaleza de los hombres cuando Dios los deja de Su mano, aun cuando disfruten, como Israel, de las mayores ventajas para ser mejores y portarse mejor.
Versículos 35–43
Después de la enumeración de todas las abominaciones de que ha sido culpable esta notoria adúltera, le leen la sentencia, la cual es pronunciada con toda solemnidad (v. 35): «Por tanto, ramera, oye palabra de Jehová». Dice Lofthouse, citado por Fisch: «Todo el ludibrio de la sección anterior se resume en este insultante apelativo». ¡La ciudad fiel, convertida en ramera! (Is. 1:21).
1. Se declara el crimen y se hace el sumario con el pliego de cargos (vv. 36, 43). (A) La violación de los dos primeros mandamientos de la primera tabla del Decálogo, por medio de la idolatría: sus prostituciones con sus amantes, es decir, con todos los ídolos de sus abominaciones. (B) La violación de los dos primeros mandamientos de la segunda tabla, mediante el asesinato de sus niños inocentes (v. 36, al final): «y por la sangre de tus hijos, los cuales les diste». (C) Su vil ingratitud es otra circunstancia agravante de sus pecados (v. 43): «Por cuanto no te acordaste de los días de tu juventud, y me provocaste a ira en todo esto … y nunca se te ha ocurrido arrepentirte de tus abominaciones».
2. Se lee la sentencia en general (v. 38): «Yo te aplicaré la sentencia de las adúlteras y de las que derraman sangre», y estos dos crímenes eran castigados con pena de muerte. Esta mujer criminal tiene que ser expuesta a la pública vergüenza (v. 37): Dios va a descubrir a todos los anteriores amantes de Israel la desnudez de esta ramera, esto es, según Feinberg, «todo este juicio (o castigo) había de llevarse a cabo en presencia de las naciones vecinas; ella (Israel) iba a ser espectáculo y escarmiento para todas las naciones». Fisch lo explica de esta otra manera: «Ellos (los amantes) serán usados por Dios para infligir una humillación nacional a Su pueblo pecador». Las calamidades de Jerusalén servirán de pesar a sus amigos, y de gozo a sus enemigos. Aquellos a quienes la nación israelita permitió que la despojasen de su virtud, la verán ahora despojada de su honra (v. 39).
3. Se detallan otros pormenores del castigo que va a ser aplicado a esta ramera:
(A) «Te apedrearán (como se debe hacer con las adúlteras—Lv. 20:10—) y te destrozarán con sus espadas (según el significado más probable del verbo hebreo bittek, que no sale en ningún otro lugar de la Biblia)» (v. 40). Cuando los muros de Jerusalén fueron derribados con grandes piedras catapultadas contra ellos, y los habitantes de la ciudad fueron pasados a cuchillo, se ejecutó literalmente esta sentencia.
(B) «Destruirán tus lugares altos (v. 39) y derribarán tus altares y … se llevarán tus hermosas alhajas. Quemarán (v. 41) tus casas a fuego, como se destruyen las habitaciones de las malas mujeres.» Había la queja, en los mejores reinados de los reyes de Judá, de que no habían sido quitados los lugares altos; pero ahora el ejército caldeo los destruirá todos. La cautividad en Babilonia hizo que el pueblo de Israel dejase de ser ramera, y que cesara de prodigar sus regalos de ramera (v. 41b), pues allí quedó curada de raíz su idolatría. Esta observación de M. Henry es cierta históricamente, pero no es eso lo que se desprende del texto del versículo 41, al tener además en cuanta que dicha explicación rompería el hilo de la porción, como lo muestra el contexto posterior. Lo que dicho versículo 41b quiere decir es que «con la destrucción del Estado, las maniobras políticas con otras naciones, en las que se había enredado (Israel), llegarían a su fin»; y «ya no volvería Judea a estar en disposición de sobornar a sus vecinos para obtener su amistad» (Fisch). O, como dice el refrán español, «muerto el perro, se acabó la rabia».
4. Con la destrucción de Judá y Jerusalén a manos de los caldeos, en justo castigo de los pecados y de las graves abominaciones de Israel, la ira de Dios (v. 42) se habrá desahogado, cesará el celo de Dios, pues no habrá motivo para darle celos, como no puede dar celos una esposa ya difunta, y el enojo de Dios será sustituido por la calma del descanso.
Versículos 44–59
Ahora Dios, por medio del profeta, le muestra a Jerusalén:
1. Que era tan mala como su madre (vv. 44, 45), esto es (v. 3), los malditos heteos que poseyeron el país antes que ella: «Cual la madre, tal la hija». El carácter de la madre fue tal que (v. 45) aborreció a su marido y a sus hijos. Dice Asensio: «Hija carnal-espiritual de tal padre y de tal madre, fáciles en pasar de su marido a otro, en cambiar una divinidad por otra, Jerusalén-Israel ha seguido sus huellas, lo mismo que lo han hecho sus dos hermanas». Cuando Dios introdujo a Israel en Canaán, les advirtió en especial que no obrasen de acuerdo con las abominaciones de los hombres de aquella tierra (Lv. 18:27), pero ellos aprendieron el camino de los cananeos y siguieron en sus pasos.
2. Que era peor que sus hermanas Sodoma y Samaria, las cuales habían destacado por sus idolatrías y sus prácticas abominables de toda clase.
(A) Las hermanas de Jerusalén (es decir, de Judea, de donde Jerusalén era la capital). Samaria es llamada (v. 46) su hermana mayor porque el reino del norte (del que Samaria era la capital) era más extenso y estaba más poblado que el del sur. Esta ciudad de Samaria, con sus hijas (las ciudades subordinadas a la capital), habían sido destruidas hacía más de un siglo, debido a su prostitución espiritual. Sodoma (v. 46b) es llamada su hermana menor porque su territorio era menos extenso y su influencia política era más débil. Sodoma, con las demás ciudades de la Pentápolis, fueron destruidas, en especial, por su abominable y universal homosexualidad (Jud. 7).
(B) Los pecados de Jerusalén se parecían a los de sus hermanas, en particular a los de Sodoma (v. 49): «Ésta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad». No se menciona lo de ir en pos de una carne diferente (Jud. 7. Lit. V. el comentario a este lugar), que era la abominación más flagrante de las ciudades nefandas, sino aquellos otros pecados que abren la puerta a esos otros más sucios. El orgullo fue lo que convirtió en demonios a los ángeles caídos, y el jardín de Jehová en un infierno sobre la tierra. La glotonería es llamada aquí saciedad de pan. La abundancia de ociosidad era el odio al trabajo y el amor a la comodidad, lo cual abre la puerta a todos los vicios. Las aguas estancadas acumulan suciedad, y el pájaro que se sienta despreocupado es pronto presa del cazador. Con el orgullo, la abundancia y la ociosidad, iba de la mano la falta de interés por el pobre y el desvalido (v. 49, al final).
(C) Los pecados de Jerusalén superaban a los de sus hermanas Sodoma y Samaria. La perversidad de la ciudad santa, la favorita de Dios, le era más provocativa que la de Sodoma y Samaria, que no disponían de los privilegios ni de los medios de gracia de Jerusalén (vv. 47, 48). «Samaria (v. 51) no cometió ni la mitad de tus pecados, no adoró ni la mitad de tus ídolos ni asesinó la mitad de los profetas que tú mataste…; has justificado a tus hermanas (se repite en el v. 52, al final), es decir, las has hecho aparecer como menos culpables.» Jerusalén debería estar avergonzada de esto (v. 52b). No hay en el pecado nada tan digno de vergüenza como el que sirva para animar a otros a pecar. En su soberbia (v. 56), Jerusalén no quería ni mencionar el nombre de Sodoma por la mala reputación que dicho nombre había adquirido; «pero esto era un acto de hipocresía en quien era de condición todavía peor» (Fisch).
(D) Las desolaciones que Dios había traído, y todavía iba a traer, sobre Jerusalén por estas abominaciones, en las que había superado a Sodoma y a Samaria: (a) Había caído en desgracia ante sus vecinos (v. 57) de Edom (más probable que de Aram, esto es, Siria) y de Filistea. (b) Está ahora en cautiverio (v. 58), o a punto de ir al cautiverio, no sólo por su lujuria (v. 58), sino también por su perfidia al quebrantar el pacto (v. 59). Quienes no se adhieren a Dios como a su Dios, no tienen motivo para esperar que Dios continúe reconociéndolos por pueblo Suyo. (c) El cautiverio y la ruina de los judíos impíos serán tan irrevocables como la destrucción de Sodoma y Samaria. Irrevocables de momento, en cuanto a las respectivas generaciones y hasta un tiempo que Dios tiene prefijado, pues el contexto posterior (vv. 60–63, comp. con Dt. 30:3) muestra bien a las claras que habrá, finalmente, una restauración de Israel. Pero, por ahora, sucederá lo profetizado en Jeremías 24:9, 10.
(E) Que habrá finalmente una restauración, no sólo para Israel (vv. 60–63), sino también para Sodoma y Samaria, se advierte por la frase hebrea shabtí et-shebíthen («haré volver—esto es, cambiaré— la suerte de ellas»). A esto (vv. 53–58) llama Asensio «primer paso en el camino de la salvación, de la vuelta al estado primero de pureza y bienestar», paso que alcanza primero, pues fueron menos pecadoras, a Sodoma y a Samaria y, más tarde, a Jerusalén, pero sólo (v. 54) cuando se avergüence de todo lo malo que ha hecho. En cuanto al consuelo del que habla el versículo 54, al final, dice Fisch: «Judá era consuelo para ellas por su (de Judá) mayor culpabilidad. Si Dios la restaura a ella, ¡de seguro que habrá de restaurar a las que habían pecado menos!»
Versículos 60–63
Al cierre del capítulo, después de la convicción de sus ignominiosos pecados y de las más aterradoras amenazas, es recordada la misericordia para los que vendrán después. Estos últimos versículos son, sin duda, una preciosa promesa, que se cumplió en parte cuando volvió, arrepentido y reformado, el remanente judío que sobrevivió al cautiverio en Babilonia; pero ha de tener pleno cumplimiento cuando Dios introduzca a Israel «en las bendiciones del nuevo pacto en el reino milenario (cf. 11:19, 20; Jer.
31:31)» (Ryrie).
1. Esta misericordia surgirá de la mente misma de Dios (v. 60), quien recordará el pacto que hizo con ellos: «Yo tendré memoria de mi pacto que concerté contigo en los días de tu juventud», es decir, poco después de la salida de Egipto, cuando Israel, como pueblo, estaba aún, por así decirlo, «en pañales».
2. También Israel habrá de prepararse y disponerse para esta misericordia (v. 61): «Entonces te acordarás de tus caminos, de tus malos caminos (Dios hará que los recuerde), y te avergonzarás, etc.». Comenta Fisch: «La magnanimidad de Dios al pasar por alto los pecados pasados, hacer un nuevo pacto con la nación y presentarles incluso como un regalo Sodoma y Samaria, suscitará en ellos un profundo sentimiento de remordimiento».
3. La misericordia que Dios les tiene reservada.
(A) Establecerá con ellos un nuevo pacto (v. 60, 62), más firme que el primero, pues será un pacto sempiterno (v. 60, al final).
(B) Hará que los gentiles entren también a participar en las bendiciones espirituales de dicho pacto (v. 61b): «… cuando recibas a tus hermanas, las mayores que tú (más grandes o más antiguas) y las menores (más pequeñas o más modernas)», en fin, todas las naciones paganas, que se acogerán a la protección y a la dirección de Israel.
(C) Todo esto le será otorgado a Israel, «pero (v. 61, al final) no por tu pacto»—dice Jehová (v. el v. 62). ¿De qué pacto se trata aquí? Sin duda alguna, del pacto sinaítico, que era privilegio exclusivo de Israel. Así que la anexión de las naciones paganas a Israel se llevará a cabo en virtud del pacto sempiterno, del nuevo pacto que Dios hará con Israel. Los antidispensacionalistas lo entienden del pacto de gracia en el que los gentiles entran, a la par con los judíos, y forman parte de una misma corporación: la Iglesia de Cristo. Feinberg lo conecta con el pacto abrahámico:
Las ramificaciones del pacto abrahámico corren a lo largo de la Palabra de Dios y desafían a la imaginación humana en la extensión que abarcan. Los rasgos del nuevo pacto son en la actualidad el resultado visible de los básicos elementos de las promesas hechas a Abraham. En su simiente, todas las familias de la tierra serán bendecidas. Pero Dios quería decir, antes que nada que la Simiente de Abraham había de ser una bendición para Su pueblo Israel. Ellos no disfrutan ahora de estas bendiciones y provisiones. Cristo no ve todavía el fruto de la aflicción de Su alma a favor de ellos de forma que quede satisfecho. Podemos ser usados por Dios para que eso sea posible mediante la entrega del Evangelio a los judíos en todo el mundo. La hora es tardía y la oportunidad pasa rápidamente con el día y apela a una obediencia inmediata. ¡Ojalá (tal obediencia) sea prestada gozosa y plenamente!
4. Cuál será el fruto y el efecto de esto. (A) Dios será glorificado con ello (v. 62): «… y sabrás que yo soy Jehová». Así se sabrá que el Dios de Israel es un Dios de poder y de fidelidad a Su Palabra. Se sabrá para consuelo y gozo de Su pueblo. (B) Con eso, quedarán más humillados en su convicción de pecado (v. 63): … para que te acuerdes y te avergüences y nunca más abras la boca, etc.». Dice Fisch: «La manifestación de la gracia de Dios después de la apostasía nacional los abrumará de vergüenza por su deslealtad en el pasado. No tendrán “apertura de la boca” (lit.), sin excusas para justificarse a sí mismos ni quejas por el duro trato que Dios había infligido a Su pueblo».
Dios pide cuentas a Sedequías por su traición, al romper el pacto con el rey de Babilonia mediante el complot con el rey de Egipto para sacudirse el yugo del caldeo y violar así la lealtad que le había jurado. Por esto, Dios, mediante el profeta: I. Le amenaza con su ruina personal y la de su reino por medio de una parábola de dos águilas y una vid (vv. 1–10) y la explicación de dicha parábola (vv. 11–21). II. Promete que después levantará de nuevo la familia real de Judá, la casa de David, en el Mesías y su reino (vv. 22– 24).
Versículos 1–21
Se le ordena aquí al profeta (v. 2) proponer un enigma a la casa de Israel, pero no para desconcertarlos, puesto que inmediatamente les va a decir lo que significa. Pero tiene que dar el mensaje envuelto en una parábola (hebr. mashal)—aunque, en realidad, es más bien una alegoría—, a fin de que puedan recordarlo mejor y comunicarlo a otros. Los ministros de Dios deben probar y ensayar diversos métodos para hacer el bien; y habrían de llevar a su predicación lo que es familiar, y llevar a su conversación familiar también lo que es parte de su predicación. Ezequiel tiene que comunicar y explicar este enigma o parábola a la casa rebelde (v. 12).
1. Nabucodonosor se había llevado, hacía algún tiempo, a Joaquín, el mismo que es llamado Jeconías, cuando sólo tenía 18 años y había reinado en Jerusalén solamente tres meses. Se llevó deportados a Babilonia a él y a sus príncipes (2 R. 24:12). El rey caldeo es representado aquí por un águila (v. 3) grande, de grandes alas, que simboliza el poder de Nabucodonosor, que se extendía a una región muy extensa del Asia; llena de plumaje de diversos colores, que sugieren las diversas naciones que habían caído bajo su dominio. El águila es ave de presa, que vive de despojos, como los grandes invasores y conquistadores; el Líbano representa a Jerusalén, y la familia real es el cedro. La punta más alta (lit. cabeza) (v. 4) de sus renuevos es el rey Joaquín. Lo llevó a un país de tráfico (hebr. érets kenáan), es decir, Caldea, y lo puso en una ciudad de comerciantes (hebr. ir rokhlim), es decir, Babilonia.
2. Al llevarse al rey Joaquín a Babilonia, dejó por rey en su lugar a su joven tío Sedequías (vv. 5, 6), que está aquí (v. 5) representado por la simiente de la tierra, es decir, del linaje real, nativo de Judá, en lugar de poner allí a uno de sus príncipes; fue sembrado en suelo fértil, pues todavía lo era, y lo puso junto a aguas abundantes, a fin de que creciese y se desarrollase con vigor. Así sucedió (v. 6): Era de baja altura, pues era ahora un Estado-vasallo, cuyas ramas miraban hacia el águila, pues Sedequías tenía que servir al rey caldeo, y sus raíces estaban debajo de ella, del águila, a fin de que no se extendiera más de lo que se lo permitiese el rey de Babilonia (comp. con el v. 14). Los versículos 13 y 14 especifican que Nabucodonosor hizo pacto con Sedequías y le hizo prestar juramento, asegurándole su trono de vasallo, la vid de poca altura del versículo 6, con tal que Sedequías le fuese leal (comp. con 2 Cr. 36:13).
3. A Sedequías le fue bien mientras continuó leal al rey de Babilonia y, si se hubiese dedicado a la reforma de su reino y se hubiese vuelto a Dios y a su deber, quizás habría recuperado pronto su primera dignidad (como sugiere el v. 6), al ser útil a su país como una vid que, aunque de poca altura, extiende sus ramas; y es mejor ser una vid extendida, aun cuando sea de poca altura, que un encumbrado cedro de poca, o nula, utilidad. Nabucodonosor estaba contento, porque las ramas miraban hacia él y se apoyaban en él como la vid en una pared, y participaba además él abundantemente de los frutos de dicha vid. Las raíces estaban también debajo de él, bajo su dominio y control. Los judíos tenían motivo para estar complacidos, si no satisfechos, al tener su propia vid, que extendía sus ramas y echaba renuevos. Véase cómo los juicios de Dios vinieron gradualmente sobre este pueblo provocador, dándoles así plazo para arrepentirse. Es cierto (v. 14) que el reino quedaba en baja condición, pero era para ver si llegaban a humillarse.
4. Sedequías no se percató de lo que más le convenía, sino que se llegó a impacientar de ser tributario del rey de Babilonia y entró en una conjura privada con el rey de Egipto. Si se hubiese portado fielmente, habría podido ser una vida muy buena. Pero había otra gran águila (v. 7) a la que le había cobrado afecto y en la que había puesto su confianza, y ésa era el rey de Egipto. Los dos potentados, el rey de Babilonia y el de Egipto, eran dos grandes águilas, aves de presa. De esta gran águila que era el rey de Egipto, se dice que tenía grandes alas y muchas plumas, pero no se dice que fuese de largas plumas remeras (comp. con v. 3b), ya que su dominio no alcanzaba tanto como el del rey de Babilonia. El rey Sedequías, al prometerse libertad, se hizo vasallo del rey de Egipto, por lo que se dice (v. 7b) que esta vid dobló hacia ella (hacia la segunda águila—el rey de Egipto—) sus raíces y extendió hacia ella sus ramas, dando a entender que codiciaba en gran manera una alianza con ella, para ser regada por ella, al ser así que para nada necesitaba de esta ayuda, puesto que estaba plantada (v. 5b) junto a aguas abundantes. Esto se explica en el versículo 15, donde se nos dice que Sedequías se rebeló contra él (el rey de Babilonia) al enviar embajadores a Egipto para que le diese caballos y mucha gente, a fin de equiparse con los medios suficientes para contender con el rey de Babilonia.
5. Dios amenaza aquí a Sedequías con la completa destrucción suya y de su reino, por su rebelión traicionera contra el rey de Babilonia. Esto está representado en la parábola (o alegoría) mediante la figura de ser arrancadas sus raíces por el águila primera (v. 9), ser destruido su fruto y quedar secas todas sus hojas lozanas. La conjura con Egipto no va a prosperar; se va a marchitar por completo. Ha menospreciado el juramento y ha quebrantado el pacto (v. 19), y el Señor Jehová lo hará recaer sobre su cabeza—el castigo vendrá a caer allí donde surgió el pecado—. al comparar el versículo 19 con el versículo 13, Fisch comenta: «La violación de una alianza hecha en el nombre de Dios, incluso con un pagano como el rey de Babilonia, equivale a quebrantar un pacto con Dios mismo».
(A) Su sentencia es ratificada por un juramento de Dios (v. 16): «Vivo yo, dice el Señor Jehová, que… en medio de Babilonia morirá».
(B) Esta sentencia está justificada por la enormidad del crimen del que es culpable. Ha sido muy ingrato con su bienhechor, quien le hizo rey cuando bien podía haberle hecho prisionero y esclavo. Su falsedad fue tremenda. Menospreció el juramento y quebrantó el pacto (vv. 15, 16, 18, 19). El juramento con que se había ligado al rey de Babilonia era un juramento solemne, como se ve no sólo por la frase (v. 18b) «cuando he aquí que había dado su mano», sino también por las expresiones de Dios (v. 19) «mi juramento … mi pacto». Este pecado de Sedequías es el que Dios va a hacer que recaiga sobre su cabeza (v. 19, al final), pues ha sido una infidelidad cometida contra Dios mismo (v. 20, al final). Aunque Nabucodonosor era un adorador de falsos dioses, el verdadero Dios, sin embargo, será el vengador de este crimen cuando uno de Sus adoradores quebranta el pacto con el caldeo, porque la verdad es una deuda que tenemos para con todos los hombres.
(C) El castigo corresponderá al pecado. Sedequías se había rebelado contra el rey de Babilonia, y el rey de Babilonia será el que lo prenderá y se lo llevará a la capital de su reino (v. 16). Dios mismo será el que dirigirá la operación contra él (v. 20): «Extenderé sobre él mi red, y será preso en mi lazo y le haré venir a Babilonia». Había confiado en el rey de Egipto, pero el rey de Egipto no iba a poder ayudarle (v. 17): «Y ni con su poderoso ejército ni con mucha compañía le socorrerá Faraón en la batalla». Al aproximarse el ejército egipcio, los caldeos se retiraron del asedio de Jerusalén, pero, al marcharse los egipcios, el ejército caldeo regresó y tomó la ciudad. Sedequías tenía en su ejército hombres escogidos, pero, a pesar de que se puede suponer que fuesen los mejores soldados que el reino podía aportar, se convertirían en fugitivos y caerían a espada (v. 21). Los detalles del cumplimiento de esta profecía pueden verse en Jeremías 52:7. Por cierto, el texto masorético dice: «Y todos sus fugitivos» (hebr. mibrajav), al comienzo del versículo 21. Pero hay bastantes MSS hebreos que leen mibjarav (hombres escogidos, como en Dn. 11:15), y ésa es la lectura que siguen la mayoría de las versiones.
Versículos 22–24
La incredulidad del hombre no puede invalidar la promesa de Dios, pues Él hallará otra simiente de David en la cual se cumplirá.
1. La casa de David volverá a ser engrandecida, y de sus cenizas surgirá otra ave fénix. La metáfora del árbol, de la que se hizo uso en la amenaza, es aquí presentada en la promesa (vv. 22, 23). Hay quienes la ven cumplida, en parte, en Zorobabel, no sólo de linaje real, sino descendiente de Joaquín, aunque todos admiten que su cumplimiento pleno se llevará a cabo en el Mesías (Lc. 1:32). Dos objeciones hay contra su cumplimiento, aun parcial, en Zorobabel: 1) La fraseología de los versículos 22 y 23 sólo puede tener algún sentido si se refieren al Mesías (comp. lo de «tallo tierno» con Is. 11:1; 53:2; Jer. 23:5; 33:15; Zac. 3:8; 6:12). 2) Al ser Zorobabel descendiente directo de Jeconías o Joaquín, caía sobre él la exclusión del trono, a la vista de Jeremías 22:30.
(A) Vemos que Dios mismo se hace cargo de la restauración de la casa de David. Nabucodonosor había intentado restablecer la casa de David, al hacerla dependiente de él mismo (v. 5). Pero esta plantación se había secado y tuvo que ser arrancada. «¡Bien!», dice Dios, «la próxima plantación será de mi mano: Tomaré yo (v. 22), sí, yo, del cogollo de aquel alto cedro, y lo plantaré».
(B) La casa de David había de revivir de un tallo tierno, el cual, como ya hemos aludido anteriormente, es el Mesías, no Zorobabel. Ezequiel mismo tiene que decir aún muchas cosas sobre ese Rey de la casa de David (v. 34:23, 24; 37:24, 25).
(C) El «monte alto y excelso» del versículo 22, al final, es el monte Sion. Dice Feinberg: «El monte alto es el monte Sion. En el monte de Israel, Dios establecerá a su Elegido (Sal. 2:6). Prosperará, y todas las naciones serán bendecidas bajo su gobierno mundialmente universal».
(D) La prosperidad y la seguridad a que alude el versículo 23 serán también una magnífica realidad en el reino mesiánico. Dice el mismo Feinberg: «Para la misma figura de vivir en seguridad bajo los grandes de la tierra, véase Daniel 4:12, 21; Mateo 13:32; Marcos 4:32. ¡Qué contraste entre la vid de poca altura y el cedro robusto! Dios es quien abatirá el gobierno pagano mundial y restaurará el reino de Israel. Entonces, todas las naciones de la tierra (v. 24) conocerán que el que hace la promesa tiene poder para llevarla a efecto».
2. Dios será con ello glorificado (v. 24). Nunca se habrá obtenido una mayor convicción de esta verdad: que todas las cosas son gobernadas por una Providencia infinitamente sabia y poderosa, que cuando se haya establecido en la tierra el reino mesiánico: Todos los árboles del campo, todas las naciones de los gentiles, al mirar hacia arriba, hacia el robusto cedro de la casa de David, lo sabrán. Sabrán que, «si un día abajo (Jehová) el árbol elevado y seco el árbol verde en la persona del presunto Sedecías (vv. 5, 10, 14), hoy, fiel a la promesa davidico-mesiánica, eleva el árbol humilde y hace florecer el árbol seco en el nuevo retoño de la dinastía de la promesa» (Asensio). La casa de Nabucodonosor, que ahora parece tan elevada, será extirpada; y la casa de David, que ahora aparece tan despreciable, volverá a ser famosa.
3. Al final de este capítulo, resultará provechosa la siguiente consideración devocional de Ch. Feinberg:
«La Biblia tiene un mensaje unificado, ya sea antes de la Cruz, ya sea ahora después de la Cruz, o en las edades por venir: solamente en el Señor Jesucristo hay bendición. Su reino llenará toda la tierra con justicia y equidad para todo el mundo. Pero la participación personal en esas aseguradas glorias se obtiene únicamente mediante fe personal en el Redentor. ¿Cómo pueden los hombres entrar en estos gozos si no creen? Hemos de encararnos con nuestra responsabilidad de transmitirles el mensaje.»
Este capítulo nos concierne a todos, pues, sin especial referencia a Judá y Jerusalén, establece la regla de juicio conforme a la que Dios ha de tratar a los hijos de los hombres. I. El corrompido proverbio usado por los profanos judíos, el cual dio ocasión al mensaje que aquí se les envía (vv. 1–3). II. La respuesta a este proverbio, en la que Dios afirma Su soberanía y Su justicia; y que no se inquiete el justo, pues le irá bien (vv. 4–9). III. En particular, se nos asegura a todos: 1. Que le irá mal a un impío, aunque haya tenido un padre piadoso (vv. 10–13). 2. Que le irá bien a un hombre piadoso, aunque haya tenido un padre impío (vv. 14–18). 3. Por consiguiente, que Dios es justo en esto (vv. 19, 20). 4. Que les irá bien a los que cambien de mentalidad y de conducta, por muy mal que se hayan portado en el pasado (vv. 21–23, 27, 28). 5. Que les irá mal a los apóstatas, por muy bien que se hayan portado en el pasado (vv. 24, 26).
Versículos 1–9
A veces, los malos proverbios engendran buenas profecías.
1. Un malvado proverbio, comúnmente usado por los judíos en su cautiverio, con el que se acusa de injusticia a Dios (v. 2): «Usáis este proverbio sobre la tierra de Israel, ahora que está desolada por los juicios de Dios, y decís: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera; somos castigados por los pecados de nuestros antepasados, lo cual es tan absurdo como si los hijos sufriesen dentera por haber comido sus padres uvas agrias, mientras que, si los hombres comen o beben algo que haga daño, ellos solos sufren las consecuencias». Es cierto que Dios había dicho con frecuencia que había de visitar la iniquidad de los padres en los hijos, especialmente el pecado de idolatría, con lo que expresaba la maldad del pecado. Había también declarado a menudo, por medio de los profetas, que, al traer sobre Judá y Jerusalén la presente ruina, tenía en cuenta los pecados de Manasés y de otros reyes que le precedieron. Todo esto lo veían como una injusticia por parte de Dios.
2. Dios da una justa respuesta a este injusto proverbio: «Vuestra propia conciencia os es testigo de que vosotros mismos habéis comido de esas uvas agrias que vuestros padres comieron antes de vosotros; si no fuese así, no sufriríais ninguna dentera». Dios no castiga a los hijos por los pecados de los padres, a no ser que sigan las pisadas de sus padres y llenen así la medida de su iniquidad (Mt. 23:32). Sólo en las calamidades temporales es donde los hijos suelen pasarlo peor a causa de la maldad de sus padres, pero Dios puede hacer que esas calamidades les sirvan de provecho espiritual. En cambio, en cuanto a las miserias espirituales y la condenación eterna, de ninguna forma pagan los hijos por los pecados de los padres.
3. Al dar esta respuesta, Dios declara también Su absoluta soberanía sobre cada ser viviente (v. 4):
«He aquí que todas las almas son mías». Como dice Fisch: «Incluso el padre y el hijo, que tan relacionados están físicamente el uno con el otro, son entidades separadas a los ojos de Dios». Por eso, no carga la culpa del padre sobre el hijo, ni la del hijo sobre el padre. Tiene tal amor por cada alma, que ninguna morirá (v. 4, al final) si no es por su propia culpa. El pecado es un acto del alma (el cuerpo es sólo un siervo obediente; de suyo, neutral); por consiguiente, el castigo del pecado es tribulación y angustia sobre toda alma (Ro. 2:9, lit.). Si un hombre es justo y obra según el derecho y la justicia (v. 5), de seguro (v. 9) vivirá, dice el Señor Jehová.
4. Ahora bien, un hombre justo es diligente en guardarse: (A) De pecados contra el segundo mandamiento del Decálogo. En esta materia, «no come sobre los montes» (v. 6), es decir, no participa de los sacrificios rituales ofrecidos a los ídolos sobre los lugares altos (comp. con 1 Co. 10:20). (B) De pecados que violan el séptimo mandamiento (v. 6b), pues conserva bajo control, en sujeción a la razón y a la virtud, los apetitos de la pasión sensual. (C) De pecados contra el octavo mandamiento (vv. 7, 8); no sólo no peca por comisión, sino que tampoco peca por omisión; no oprime a nadie ni se aprovecha de la necesidad de nadie, sino que trata a todos con justicia y caridad. En una palabra (v. 9), obra rectamente en todo; «es un auténtico tsaddiq justo ante los hombres y sobre todo ante Jehová; de aquí la promesa seguro que vivirá con una vida que se opone a la muerte del pecador (v. 4)» (Asensio).
Versículos 10–20
Después de haber establecido la norma general de juicio, Dios, por medio del profeta, muestra en estos versículos que el parentesco no influye en la responsabilidad moral de forma que altere los casos expuestos; en otras palabras, es falso el principio de la responsabilidad heredada.
1. Ocurre con frecuencia que unos padres piadosos tienen hijos impíos, y que padres impíos tienen hijos piadosos.
(A) Un impío morirá en su iniquidad, aunque sea hijo de un padre piadoso (vv. 10–13). Se supone aquí que este hijo comete toda clase de enormidades que su padre evitó con esmero. Este malvado morirá, a pesar de ser hijo de un padre tan bueno.
(B) Un hombre justo será dichoso, aunque sea hijo de un padre impío (vv. 14–18). Aunque el padre comió las uvas agraces, si los hijos no tuvieron parte en ello, no lo pasarán peor por lo que hizo su padre. Sólo el malvado padre morirá en su iniquidad, pero su hijo piadoso no sufrirá ningún daño personal por ello.
2. Dios apela inmediatamente (v. 19) a los judíos murmuradores para que digan si no han sido injustos con Él al expresar su proverbio: «Así de sencillo es el caso y, con todo, decís (lit.): ¿No carga el hijo con la iniquidad del padre? ¿Es que no existe el principio de culpabilidad solidaria?». «¡Pues no!— contesta Dios (v. 19b). No carga con ella. Puesto que el hijo ha obrado según el derecho y la justicia, y ha guardado todos mis estatutos y los ha cumplido, de cierto vivirá.» Los que acusaban de injusticia a Dios eran hijos que llevaban la iniquidad de sus padres, sencillamente porque no habían obrado según el derecho y la justicia y, por tanto, habían seguido las pisadas de sus impíos padres y sufrían así justamente por sus propios pecados. No tenían, pues, motivo para quejarse contra el modo de proceder de Dios con ellos, como si fuese injusto en modo alguno, aunque tuviesen razón para quejarse del mal ejemplo que les habían dado sus padres (comp. con Lm. 5:7). Es cierto que hay una especie de maldición ligada a ciertas familias malvadas, pero también es cierto que tal vinculación puede cortarse por medio del arrepentimiento y de la reforma de vida. Sepan, pues, los impenitentes que a nadie tienen que echar la culpa del castigo que sufran, sino sólo a sí mismos.
3. Por consiguiente, Dios repite (v. 20) la norma de juicio antes establecida: «El alma que peque, ésa morirá, y no ninguna otra por causa de ella». Dios cumple así con la instrucción que Él mismo dio a los jueces humanos (Dt. 24:16): «el hijo no llevará el pecado del padre, si no sigue las pisadas del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo, a no ser que le haya dado mal ejemplo o no haya hecho nada para disuadirle de sus malos caminos». En el día de la revelación del justo juicio de Dios, que está ahora como en nublado o eclipse, la justicia del justo aparecerá ante todo el mundo que está sobre él, para su eterno consuelo y honor; sobre él, como un manto o como una corona; y la impiedad del impío será sobre él, para su eterna confusión; sobre él, como una cadena o como un peso enorme que lo hunda en el abismo.
Versículos 21–29
Otra norma de juicio por la que se demuestra la equidad del gobierno de Dios. Aquí muestra Dios que premiará o castigará conforme al cambio que se haya llevado a cabo en el individuo mismo. Mientras estamos en este mundo, nos hallamos en estado de prueba. El tiempo de la prueba dura tanto como el tiempo de la vida misma.
1. Como el caso es un asunto de vida o muerte, se le da aquí todo el relieve que se merece, como ya se ha hecho en otro lugar (3:18 y ss.) y se hace aquí repetidamente (vv. 21–24, 26–28).
(A) Primero hay una sincera invitación a los impíos para que se conviertan de su impiedad; se les asegura que, si se vuelven, de cierto vivirán (vv. 21, 27). El primer paso para la conversión es la reflexión (v. 28): «Porque ha abierto los ojos y se ha vuelto, etc.» (comp. con Lc. 15:17). Esta consideración ha de producir aversión al pecado y ha de ir acompañada de una sincera conversión a Dios y al deber. El que así se vuelve del pecado a Dios, hace vivir su alma, según dice literalmente el versículo 27, al final. Un pecador que vuelve arrepentido es consciente de que su futura obediencia nunca puede compensar por su anterior desobediencia, pero la naturaleza de Dios (y el deleite de Dios) es tener misericordia y perdonar (v. 23).
(B) Una benévola advertencia a los piadosos para que no se aparten de su camino de justicia (vv. 24–26).
2. Se apela a las conciencias, incluso de la casa de Israel, a pesar de lo corrompidas que estaban, con
respecto a la equidad de Dios en todos estos modos de proceder. La acusación que formulaban contra Dios era blasfema (vv. 25, 29). Dios razona con ellos (comp. con Is. 1:18) del modo más benévolo, pues Él desearía que incluso estos blasfemos quedasen convencidos y se salvasen (comp. con 1 Ti. 2:4), más bien que el que se condenen.
Versículos 30–32
Tenemos aquí un milagro de la divina misericordia; el día de gracia y de la paciencia de Dios se prolonga todavía; y, por consiguiente, aun cuando, por fin, ha de juzgar Dios (v. 23) a cada uno según sus caminos, todavía espera con benevolencia, y termina con una invitación al arrepentimiento y con una promesa de perdón a los que se arrepientan.
El objeto de este capítulo es parecido al del capítulo 17: predecir y lamentar la ruina de la casa de David (v. 1) por medio de símiles. I. El reino de Judá y la casa de David son comparados a una leona; sus reyes, a leones jóvenes, feroces y voraces, pero cazados luego y llevados con redes (vv. 2–9). II. Después, el reino y la casa son comparados a una vid; sus reyes, a pámpanos que habían sido fuertes y fructíferos, pero que ahora estaban rotos y quemados (vv. 10–14).
Versículos 1–9
1. Ezequiel recibe orden (v. 1) de hacer duelo por la caída de la familia real. Los reyes de Judá son llamados aquí príncipes de Israel, pues su gloria había venido a menos considerablemente.
2. El profeta tiene que comparar el reino de Judá a una leona (v. 2). La familia real es como una madre para el reino, una leona feroz, cruel y voraz. Entre los leones, «en medio de las otras naciones poderosas» (Asensio), crió sus cachorros, esto es, enseñó a los príncipes a ser tiranos. Si se hubiesen atenido a la ley y a las promesas de Dios, les habría preservado Él el poder y la majestad del león, como lo ha hecho en Cristo, el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5), pero estos cachorros de león fueron crueles y opresores. El león era símbolo, dice Fisch, «de Judá y, en especial, del reino de David».
(A) Joacaz, uno de los cachorros, se hizo león joven (v. 3); una vez hecho rey, pensó que podía hacer cuanto le viniese en gana, pero no prosperó por largo tiempo en su tiranía (v. 4): «Las naciones se juntaron contra él (lit. le oyeron, esto es, oyeron de él); fue tomado en la trampa (lit. fosa) de ellos, como fiera rapaz, y lo llevaron con garfios a la tierra de Egipto».
(B) Aunque los exegetas judíos (también M. Henry) identifican al segundo leoncillo con Joacim, el hermano y sucesor de Joacaz, la mayoría casi unánime de los exegetas modernos lo identifican con Joaquín, el hijo y sucesor de Joacim. Dice Feinberg: «Joacim fue omitido probablemente porque su castigo no fue tan conspicuo como el de los otros (2 R. 24:6)». En vez de escarmentar en cabeza ajena, siguió las pisadas de su tío y de su padre (v. 6): «subía y bajaba entre los leones correrías bélicas con pretensiones de león (Asensio), … aprendió a arrebatar la presa, devoró hombres, se hizo con las haciendas de sus súbditos y devoraba todo cuanto encontraba a su paso». Varios detalles (vv. 7–9), algunos de ellos difíciles de descifrar, podrán ayudar a identificarle:
(a) La frase inicial del versículo 7 es difícil de descifrar. El hebreo del texto masorético actual es wayyéda almenothaiw («y conoció sus viudas»). Los autores suelen tomar la segunda palabra como una forma anormal de armenothaiw («sus castillos» o ciudadelas), como en Isaías 13:22. «No obstante, se usa comúnmente para el conocimiento carnal; por lo que Rashí y Kimchi lo interpretan como “conoció sus viudas”, esto es, su política produjo la muerte de gran número de hombres y la violación de sus mujeres» (Fisch).
(b) Con su opresión (v. 7b), «asoló ciudades; y la tierra quedó desolada (u horrorizada)». Se dice (v. 7, al final) que eso ocurrió «al estruendo de sus rugidos», para seguir con la alegoría de la leona y los leoncillos.
(c) Pero con eso no hizo otra cosa que acelerar su propia ruina (v. 8). Por cierto, aquí y en el versículo 9, hallamos detalles que cuadrarían mejor con la historia de Joacim que con la de Joaquín. Dice Feinberg:
«De nuevo las naciones en tomo de Israel se sintieron incitadas a actuar contra el perpetrador de tales hechos, no porque ellas fuesen mejores, sino a causa del juicio de Dios contra el rey. Una declaración de cómo esas naciones se confederaron contra Joacim, el padre de Joaquín, se halla en 2 Reyes 24:2». Véase también 2 Crónicas 36:6. ¿Acumula el autor sagrado en el reinado de Joaquín hechos sucedidos en el reinado de su padre? Ésa puede ser una solución posible, en opinión de este traductor.
Versículos 10–14
Jerusalén, la metrópoli del reino del sur, es presentada aquí bajo otra figura: la de una vid, y los príncipes son sus pámpanos. Ya vimos esta comparación en el capítulo 15.
1. Jerusalén es una vid. El versículo 10 comienza literalmente del siguiente modo: «Tu madre (el reino del sur), como una vid en tu sangre», esto es, «en tu vigor natural» (Fisch). Sin embargo, la mayoría de los autores lee «en tu semejanza», al cambiar ligeramente el vocablo hebreo. Y una vid en todo su vigor puede tener muchos pámpanos. Jerusalén estaba llena de hábiles magistrados, que eran robustos sarmientos (v. 11), ramas de vigor poco común, tan fuertes que podían servir para cetros de reyes. Cuando la familia real de Judá era numerosa, y los tribunales de justicia estaban llenos de hombres con seso y probidad, la estatura de Jerusalén se elevó por encima de entre los ramajes espesos (lit.). Muchos autores modernos opinan que la o breve de abothim sustituye a una o larga, por lo que habría de traducirse: «… se elevó hasta en medio de las nubes». Cuando Sedequías se mantuvo sumiso bajo el yugo del rey de Babilonia, su reino floreció considerablemente.
2. Esta vid aparece ahora destruida. Provocado por la traición de Sedequías, Nabucodonosor la arrancó con ira (v. 12), asoló la ciudad y cercenó todas las ramas de la familia real: «sus fuertes sarmientos fueron quebrados y se secaron; los consumió el fuego» (v. 12b). «Ahora (v. 13) está plantada en el desierto.» Así describe el texto sagrado la condición de la capital caldea donde se hallaban ahora los deportados de Judá, porque Babilonia era realmente como un desierto para los israelitas que habían sido llevados allá cautivos. Aquellos sarmientos fuertes del versículo 12 habían sido instrumentos de opresión, y son ahora destruidos con la vid. La tiranía es la puerta que da paso a la anarquía y, cuando la vara del gobierno se convierte en serpiente de opresión, es justo que Dios diga: «No habrá sarmiento robusto que sirva para cetro de gobernante (v. 14); ¡sean los hombres como los peces del mar, donde el gordo se traga al chico!» El cetro quedará en las manos de Dios, hasta que venga Aquel Siloh, para quien está reservado (v. Gn. 49:10; Lc. 1:32, 33. V. también Ez. 21:27).
I. Vienen otra vez algunos ancianos a consultar a Jehová por medio de Ezequiel (v. 1). II. Dios le comunica la respuesta que tiene que darles. Debe declararles: 1. El desagrado de Dios contra ellos (vv. 2, 3), y 2. Los justos motivos que tiene Dios para ese desagrado, con un resumen histórico de la benévola forma como se comportó Él con los padres de ellos: (A) En Egipto (vv. 5–9). (B) En el desierto (vv. 10– 26). (C) En Canaán (vv. 27–32). 3. Los juicios de Dios contra ellos (vv. 33–36). 4. La misericordia que Dios tiene reservada todavía para ellos (vv. 37–44). 5. Otro mensaje alegórico contra Judá y Jerusalén, el cual es explicado en el capítulo siguiente (vv. 45–49). Esta última porción figura, en la Biblia Hebrea, al comienzo del capítulo 21.
Versículos 1–4
«Vinieron algunos (v. 1) de los ancianos de Israel a consultar a Jehová». Su consulta era sobre si, ahora que estaban exiliados en Babilonia, donde no tenían templo, ni sinagoga, para rendir culto a Dios, no les era permitido ser como las demás familias de la tierra, que sirven al leño y a la piedra (v. 32). Pero tienen que saber que Jehová está justamente indignado contra ellos (v. 4): «¿Los quieres juzgar tú, hijo de hombre?», le dice Dios al profeta. El sentido de dicha frase es, según Fisch, el siguiente: «El objeto de la pregunta es: ¿Vas a actuar tú como abogado a favor de ellos? La respuesta es: No es éste el tiempo propicio para que desempeñes ese oficio. Tu trabajo ahora es hacerles conocer el motivo de su peligrosa situación, el cual les resultará evidente cuando repasen el pasado nacional».
Versículos 5–9
1. Los benévolos designios de Dios con respecto a Israel durante su estancia en Egipto, donde eran esclavos del Faraón.
(A) Escogió a Israel (v. 5) para que le fuese un pueblo escogido, de Su exclusiva propiedad, aunque su condición era mala y su carácter todavía peor, a fin de tener Él el honor de corregir ambos defectos.
(B) Se dio a conocer a ellos (v. 5b) por su nombre propio, Jehová: Yo soy Jehová (un nuevo nombre—Éx. 6:3—), vuestro Dios (comp. con Éx. 20:2). Lo hizo así cuando, por razón de su esclavitud, casi habían olvidado el nombre por el cual le habían conocido sus padres: El-Shadday, El Dios Todosuficiente (mejor que Todopoderoso).
(C) Se comprometió a entrar en pacto con ellos, para ser el Dios de ellos (v. 5, hacia el final): «… cuando alcé mi mano y les juré diciendo (declaración ratificada con juramento): Yo soy Jehová, vuestro Dios».
(D) Prometió con juramento (v. 6) sacarlos de Egipto; e hizo buena Su palabra al cumplir la promesa.
(E) Les aseguró que los introduciría (v. 6b) en la tierra de Canaán y les daría posesión de ella … la más hermosa de todas las tierras (v. 6, al final), y no sólo por su situación (Sal. 48:3). Dice Fisch: «Sus aspectos geográficos y su clima hacen de ella la más hermosa de todas las tierras».
2. Los razonables mandamientos que les impuso (v. 7): «Cada uno arroje lejos de sí las abominaciones de delante de sus ojos, y no os contaminéis con los ídolos de Egipto». Dice Fisch: «Esto insinúa que los israelitas habían seguido algunas de las prácticas religiosas de sus vecinos egipcios, un hecho atestiguado en Josué 24:14.
3. La sinrazón de su desobediencia a tales mandamientos, por la que Dios justamente pudo haberlos exterminado tan pronto como comenzaron a constituir un pueblo (v. 8). Es extraño que ni aun todas las plagas de Egipto fuesen suficientes para curarles de su afecto a los ídolos de Egipto. Sin violar Su justicia, Dios podía haber dicho «¡Que se mueran con los egipcios!»
4. La maravillosa liberación que Dios obró a favor de ellos, no obstante. Aunque habían perdido el derecho al favor de Dios, cuando Él mismo se les estaba otorgando, la misericordia, a pesar de eso, se regocijó contra el juicio; y Dios llevó a cabo lo que se había propuesto puramente (v. 9) por consideración a Su nombre. Cuando no hay en nosotros nada que le preste un motivo para concedernos sus favores, Él mismo Se provee de la razón de Su amor.
Versículos 10–26
La historia de la lucha entre los pecados de Israel, con los que ellos hacían todo lo posible para arruinarse a sí mismos, y las misericordias de Dios, con las que estaba decidido a procurarles salvación y dicha, continúa en esta porción. En 1 Corintios 10 y Hebreos 3, hallamos abundantes referencias a la historia de Israel en el desierto, además del detallado informe que nos presta el Pentateuco desde el Éxodo en adelante. Esta abundancia de documentación debe servirnos a los creyentes cristianos de seria advertencia.
1. Las grandes cosas que Dios hizo por ellos, las cuales les hace recordar, no como escatimándoles Sus favores, sino para mostrarles cuán ingratos habían sido. Dios les hizo salir de la tierra de Egipto (v. 10), aunque no los introdujo de inmediato en la tierra de Canaán por la razón que ya sabemos y que se declara en el versículo 13. Pero, al fin y al cabo, era preferible disfrutar de libertad en el desierto a ser esclavos en un país de abundancia. Les dio (v. 11) estatutos y ordenanzas para su bien y les impuso la ya olvidada observancia del sábado (v. 12). Comenta así Asensio este versículo 12: «con su observancia, el pueblo escogido había de profesarse pública y solemnemente consagrado a Jehová; Jehová por su parte, viéndose honrado de este modo, le santificaría, le proclamaría como su pueblo santo—dedicado exclusivamente a su culto-servicio—y como tal le protegería».
2. La conducta desobediente de ellos hacia su Dios, por la que habría podido justamente Él haberles revocado el pacto que había hecho con ellos (v. 13): «Mas se rebeló contra mí la casa de Israel en el desierto». Allí donde habían recibido de Dios tantos favores y donde se hallaban de camino hacia Canaán, se sublevaron en abierta rebelión contra el Dios que les guiaba y los mantenía.
3. Determinación de Dios de exterminar en el desierto a esta rebelde generación. Lo que estaba en el fondo de su desobediencia a Dios y de su negligencia de las instituciones que les había establecido, era el secreto afecto que abrigaban hacia los ídolos de Egipto (v. 16, al final).
4. Pero cada vez que determinaba exterminarlos, se sentía movido de tierna compasión hacia ellos y no acababa del todo con ellos, sino que les ofrecía un respiro hasta que surgiese una nueva generación.
5. Pero también la siguiente generación se rebeló contra Dios (v. 21), por lo que también ellos se hicieron merecedores de la ira de Dios, pues (v. 24) «… profanaron mis sábados, como sus padres, y se les fueron los ojos tras los ídolos de sus padres». A todo trance querían tener ídolos que se pueden ver.
6. Los juicios de Dios sobre ellos a causa de su rebelión (v. 25): «Por eso yo les di también estatutos que no eran buenos, y ordenanzas por las cuales no podrían vivir». Este versículo sorprende a primera vista y ha causado muchos quebraderos de cabeza a los exegetas de todos los tiempos. La opinión de M. Henry de que se trata de castigos impuestos por Dios en el desierto (plagas, serpientes venenosas, etc.) es del todo insostenible, pues difícilmente se puede llamar a eso estatutos y ordenanzas. Tampoco puede referirse a los estatutos y ordenanzas del versículo 11 (pues eran para vida) y va además directamente contra Romanos 7:12. Feinberg, que hace un estudio exhaustivo de todas las opiniones, concluye así su estudio:
«Finalmente, se da un paso adelante hacia la solución cuando uno se percata de que los estatutos que no eran buenos eran el culto a Mólec del versículo 26 … Ezequiel declaraba que, como castigo, el Señor les permitió ir en pos de sus propios caminos a fin de castigarles conforme a sus hechos. El pasaje habla en el sentido de sentencia judicial … . El Señor les dio estos estatutos inútiles y sin provecho en el mismo sentido que en Isaías 63:17. La desobediencia conduce a un pecado mayor. El pecado se convierte en su propio castigo (Sal. 81:12; Ez. 14:9; Hch. 7:42; Ro. 1:24, 25; 2 Ts. 2:11). Los estatutos no eran buenos en el sentido de que no conducían a la vida ni al bienestar (v. 25b) … El versículo 26 es el comentario divino del versículo 25. En el culto contaminador de Mólec los niños eran arrojados al fuego como sacrificio al ídolo. La ceguera judicial de Dios (esto es, infligida por Dios) resultó en esta degradación.»
Ya en el buen camino, comenta M. Henry: «Hizo (Dios) que en su pecado hallasen el castigo, entregándoles a una mente reprobada, como hizo con los gentiles idólatras (Ro. 1:24, 26). A veces, Dios hace que el pecado sea su propio castigo, y no necesita más para hacer miserables a los hombres que entregarles a sus viles apetitos y pasiones».
Versículos 27–32
Prosigue el profeta con la historia de las rebeliones del pueblo de Israel.
1. Después de establecerse en el país de Canaán (v. 27), los hijos de Israel persistieron en sus rebeliones. Habían estado muchas veces próximos a ser exterminados en el desierto, pero, a pesar de todo, llegaron por fin a Canaán. También el Israel de Dios llega al cielo por las puertas del infierno; tan grandes son sus transgresiones, y tan fuertes son sus corrupciones, que sólo a un milagro de la misericordia divina se debe el que alcancen al fin la dicha; en cambio, los hipócritas van al infierno por las puertas del cielo. Los israelitas persistían en el pecado a pesar de todas las advertencias que se les hacían (v. 29).
2. Y en el momento mismo en que los vemos ahora en este capítulo, todavía persisten en el pecado, pues el profeta tiene que decirle a la presente casa de Israel, de la que algunos ancianos estaban ahora sentados delante de él (vv. 30 y ss.): «Cuando os contamináis a la manera de vuestros padres …». Parece ser que estos ancianos habían estado tramando una coalición con los paganos (v. 32b). Se le ordena aquí al profeta comunicarles a los que querían hacer concordia entre Dios y Baal que no habían de tener el consuelo ni el beneficio de ninguno de los dos (v. 32): «Y no ha de ser lo que habéis pensado …». No se gana nada con pecaminosas complacencias; y los carnales proyectos de los hipócritas no les servirán absolutamente de nada bueno.
Versículos 33–44
El plan que los ancianos se habían propuesto era que el pueblo de Israel se atuviese a los usos y costumbres de aquellos entre quienes vivían; pero Dios les ha dicho que ese plan no se llevará a efecto (v. 32). En estos versículos les va a mostrar la forma en que se va a frustrar.
1. Ni Babilonia ni ningún otro país de los gentiles les ha de proteger, porque Dios mismo les va a sacar un día de entre esas naciones a cuyas costumbres desean ahora acomodarse (vv. 33–36). Como dice Ch. Feinberg: «Buscar la aplicación de los versículos 33–44 a los días del profeta o a cualquier otra época del pasado requiere una extraña manipulación de las declaraciones lisas y llanas del pasaje. Como ocurre con todos los demás profetas, Ezequiel vio en los acontecimientos históricos del pasado de Israel la matriz misma y el molde para los acontecimientos que todavía duermen en un futuro distante». Y Ch. Ryrie resume así el contenido de esta porción: «Esta sección describe el juicio venidero de los judíos que vivirán al final del período de la Tribulación, cuando Cristo vuelva a la tierra. El Pastor en Jefe (Cristo) examinará entonces Su rebaño (“os haré pasar bajo la vara”—v. 37; cf. Lv. 27:32)».
2. Sí, vendrá un día en que Dios separará lo precioso de lo vil (v. 38): «y apartaré de entre vosotros (los que hayan entrado en el nuevo pacto—v. 37—) a los rebeldes, etc.». Los rebeldes habrán salido, como otrora de Egipto, de la tierra de sus peregrinaciones (v. 38), pero no entrarán en la nueva Tierra Prometida.
3. La transición de los versículos 33–38 al versículo 39 es difícil, como hace notar Feinberg. No cabe duda de que la primera parte del versículo 39 se dirige a la generación en que vivía Ezequiel, mientras que la segunda parte, separada por ese «después» en medio del versículo, se refiere a los últimos tiempos. La única duda está en la intención de la frase de la primera parte: «Cada uno a sus ídolos id (y) servid» (lit.). ¿Es ironía o desahucio? Fisch da como preferible la ironía, mientras que Feinberg da como posibles ambas soluciones.
4. Los versículos 40–44 vuelven claramente a predecir la feliz condición de Israel en los últimos días. Dice Feinberg:
«Una vez que Israel haya pasado por la obra del Señor de purificarle y refinarle (Zac. 13:7–9), se cumplirán todas las esperanzas y promesas de su plena restauración espiritual. Tanta dicha será entonces vivir en la tierra, que Ezequiel se refiere a la tierra seis veces en el versículo 40. El objetivo de la obra de restauración es que servirán de todo corazón al Señor en la tierra, después que la idolatría se haya acabado para siempre. Todos estarán también presentes, porque la brecha abierta en la nación será curada finalmente. Una nación unida participará en un culto de adoración unido y purificado (v. Is. 11:13; Ez. 37:22, 23).»
El verbo hebreo para «servir» en el versículo 40 se usa para el servicio del templo, lo cual pone de relieve el carácter litúrgico-sacrificial de estos versículos 40 y 41, el cual está ya de por sí suficientemente explícito en ellos. Un pueblo purificado ofrecerá a Jehová un incienso agradable (v. 41, comp. con Mal. 3:3, 4), y a los ojos de todas las naciones (v. 41, al final), Jehová será santificado, pues aparecerá como el único Dios verdadero, justo, poderoso y misericordioso por la forma con que, a través de tantas vicisitudes, habrá conducido a Su pueblo a un final tan esplendoroso (v. 42). Los israelitas, por su parte, se acordarán, arrepentidos y asqueados de sí mismos, de sus antiguas maldades (v. 43), y reconocerán humildemente (v. 44) que un cambio tan maravilloso de suerte se debe, pura y únicamente, no a sus propios merecimientos, sino al «Dios único y omnipotente, salvador de su pueblo y defensor celoso del honor de Su nombre» (Asensio).
Versículos 45–49
En la Biblia Hebrea, estos versículos figuran al comienzo del capítulo siguiente, que es adonde claramente pertenecen. Nuestras versiones siguen el orden de los LXX, de la Vulgata Latina y de la versión siríaca. Tenemos aquí una profecía de ira contra Judá y Jerusalén, que malamente cuadra con el presente capítulo, mientras que tiene su explicación en el capítulo siguiente, donde el pueblo se queja de que no entienden la parábola. En esta parábola:
1. La profecía va dirigida a un bosque, el bosque del sur (hebr. négueb), que aquí es Judá y Jerusalén. Como la profecía es pronunciada en Babilonia y Babilonia, estaba al nordeste de Jerusalén, se le ordena al profeta (v. 46) que ponga su rostro hacia el sur, para dar a entender que Dios había puesto Su rostro contra ellos. Pero, aunque es un mensaje de ira, ha de predicarlo con cierta ternura, derramando (lit. destilando o goteando) su palabra, etc. (comp. con Dt. 32:2), para que el corazón de los oyentes se esponje y ablande poco a poco, en lugar de ser abrumado y aturdido por un torrente rápido que lo deje tan mal como estaba o peor. Fisch hace notar que de dicho verbo se formó el vocablo para «predicador» en el hebreo tardío.
2. Judá y Jerusalén son llamados bosque porque habían quedado vacías de fruto, ya que en los bosques no se dan los árboles frutales. Los que debían haber sido como el huerto y el jardín de Jehová, se habían convertido en un bosque, desierto y descuidado, lleno de espinos y cardos, donde sólo las alimañas podían habitar. Es en este bosque (v. 47) donde el Señor Jehová va a encender un fuego que lo consumirá todo y no se apagará (v. 48) mientras no haya llevado a cabo su obra. Todos los rostros (v. 47, al final), es decir, todo lo que cubre la faz de la tierra, desde el sur hasta el norte serán quemados. Dice Fisch:
«Todos los habitantes de la tierra sufrirán por la crueldad del invasor, hasta los justos». El Dios que había sido para ellos un fuego protector es ahora un fuego consumidor.
3. Ellos (v. 49) no entienden o fingen no entender la parábola. Dice Asensio: «Con desprecio, traducido externamente en una fórmula de ignorancia, los oyentes se mofan del estilo “parabólico” y fingen no darle importancia (12:21–28), como si se tratase de un pasatiempo del profeta».
I. Explicación de la profecía, al cierre del capítulo anterior, concerniente al fuego en el bosque (vv. 1– 5), con instrucciones al profeta para que se muestre hondamente afectado por la noticia que ha de comunicar (vv. 6, 7). II. Otra predicción acerca de la espada que se cernía sobre la tierra (vv. 8–17). III. Un informe del acercamiento del rey de Babilonia a Jerusalén (vv. 18–24). IV. Sentencia contra Sedequías rey de Judá (vv. 25–27). V. Se predice la destrucción de los amonitas por la espada (vv. 28– 32).
Versículos 1–7
El profeta entregó fielmente el mensaje en los mismos términos con que lo recibió, pero la palabra de Jehová vino de nuevo a él y le dio la clave para interpretar el mensaje parabólico.
1. Se le dice al profeta contra quién ha de disparar el dardo de esta profecía (v. 2): Tiene que derramar (el mismo verbo de 20:46) su palabra hacia los santuarios (lit.), es decir, sobre los diversos edificios que componían el Templo.
2. El significado del fuego que había de consumir el bosque del sur: la espada (v. 3) de la guerra que había de dejar desolado el país. ¿No devoró el fuego todo árbol verde y todo árbol seco? (v. 17b). Pues así había de cortar la espada al justo y al impío (v. 3b, comp. con Lc. 23:31). Nótese que Dios dice tres veces en tres versículos mi espada (vv. 3–5), pues Nabucodonosor era mero instrumento, aunque culpable, en las manos de Dios. Los justos fueron cortados del país cuando los deportaron a Babilonia. Varones tan excelentes como Daniel y sus compañeros, y, después, Ezequiel, fueron cortados de la tierra y trasladados a Babilonia. Pero de ningún modo se puede pensar que los justos son como los impíos; las gracias y los consuelos de Dios hacen muy grande la diferencia. Los higos buenos son enviados a Babilonia para su bien (Jer. 24:5, 6).
3. Se le ordena al profeta que haga todo lo posible, mediante expresiones de su pesar y preocupación por estas inminentes calamidades, impresionar también de igual manera al pueblo. Tiene que gemir (vv. 6, 7) con quebrantamiento de lomos, esto es, «con emociones que quebrantan» (Fisch) y con amargura, de forma que también ellos (v. 7) se sientan desfallecidos y quebrantados física y emocionalmente.
Versículos 8–17
Otra profecía concerniente a la espada. Ya estaba desenvainada en los versículos anteriores; aquí está lista para la ejecución, y esto es lo que se le ordena al profeta que lamente.
1. La espada (v. 9) está afilada, pulida está para que relumbre (comp. con Dt. 32:41), a fin de que su mismo centelleo infunda terror a las futuras víctimas (vv. 9b, 10a). La segunda parte del versículo 10 es sumamente difícil de traducir e interpretar, debido a su tremenda concisión. Dice así a la letra: «La vara de mi hijo despreciando (o rechazando) todo árbol». Al cubrir los evidentes huecos, la versión más probable es la que ofrece Fisch: «(La espada es) la vara de mi hijo, rechaza todo (otro) árbol». Contra la opinión de Feinberg, que ve aquí una alusión a Génesis 49:9, 10 (aunque él mismo confiesa que «deja algo que desear, pues la promesa del Génesis se introduce aquí demasiado abruptamente»), la interpretación más probable es también la de Fisch, con la que está de acuerdo la de M. Henry. Dice Fisch: «La palabra vara se usa comúnmente para indicar el castigo de Dios (cf. Is. 10:24; 30:31; Lm. 3:1) y el instrumento también del castigo humano (cf. Pr. 13:24). Puesto que Jerusalén es comparada a un bosque (v. 2—en la Biblia Hebrea; 20:46 en nuestras versiones—; el paréntesis es del traductor) las naciones son mencionadas como “árboles”». M. Henry, por su parte comenta: «O (es una interpretación alternativa) esta espada es la vara de mi hijo, vara de corrección, para castigo de la transgresión del pueblo de Dios (2 S. 7:14), no para cortarlos de ser pueblo. Es una espada para otros, una vara para mi hijo».
2. Cómo es puesta aquí la espada en manos de los ejecutores (v. 11, al final); «… en mano del matador»; no del esgrimidor deportivo, sino del que va a ejecutar la sentencia de Dios.
3. Contra quién es enviada (v. 12): «… ésta pende sobre mi pueblo» Todos, príncipes y pueblo, van a caer a espada. La espada de los paganos va a caer sobre el pueblo de Dios. Pero, si la espada cae alguna vez sobre el pueblo de Dios, ¿no tienen ellos interiormente el consuelo suficiente para armarlos contra todo lo que es atemorizador? Sí que lo tienen, mientras se comporten como conviene al pueblo de Dios; pero éstos no se habían conducido así; por consiguiente, la espada está contra todos ellos (v. 15b); «en todas las puertas de ellos he puesto la punta de la espada», dirigiéndose a todos los que se creían seguros de que no entraría en su casa. Caerá especialmente contra los grandes de Israel (v. 12b: «sobre todos los príncipes de Israel»), porque eran los mayores pecadores de todos. Pero, como no había nadie libre de culpa, se le da a la espada carta blanca para que corte a diestro y siniestro (v. 16).
4. La naturaleza de esta espada y sus limitaciones en cuanto al pueblo de Dios. Veamos, con todo, la versión literal y la interpretación más probable del difícil versículo 13. Dice así a la letra: «Porque una prueba (ha sido hecha), ¿y qué, si aun a la vara desprecia (la espada)? ¡No existirá! Oráculo del Señor Jehová». En cuanto a la interpretación, la de Rashí (citado por Fisch) es la preferible: «(Mi hijo) ha sido probado por otros castigos, pero menos drásticos, de Dios. ¿Qué será, pues, de él si también la espada que rechazó las otras naciones le golpea a él? Cesará de existir».
5. Vemos aquí que tanto el profeta como el pueblo tienen que mostrarse afectados por la amenaza de estos castigos. El profeta no tiene que pensar en palabras elegantes: «¡Una espada, una espada …!» (v. 9b. Lit.) y (v. 14), donde a Ezequiel se le ordena batir palmas de indignación (más probable esto último, a la vista de la frase posterior y del v. 22), así como lo de «golpéate la cadera» del versículo 12 (al final) es muestra de desesperación (comp. con Jer. 31:19). La fuerza destructiva de la espada se había de duplicar tres veces, o se había de triplicar (no está claro el sentido), lo que indica la fuerza con que había de caer, en especial, sobre Sedequías (v. el v. 25). Los muertos serían tantos que los supervivientes huirían dando trompicones (v. 15) contra los cadáveres de los caídos. Dios mismo podrá, «unido antropomórficamente al profeta (v. 17), batir sus manos en señal de venganza satisfecha y sentir saciado su furor tan loca y obstinadamente provocado (cf. 5:13)» (Asensio).
Versículos 18–27
El profeta, en los versículos anteriores, les ha mostrado que la espada se acercaba.
1. Tiene que mostrar ahora que se acerca el ejército caldeo contra Jerusalén. El profeta tiene que trazar dos caminos (v. 19) y ha de conducir al ejército del rey de Babilonia al lugar en que ambos caminos se cruzan, porque en la encrucijada tienen que hacer una parada. Uno de los caminos conduce a Rabá, la capital del país de los amonitas, y el otro lleva a Jerusalén. El caldeo está resuelto a llevar la ruina a los dos lugares, pero no ha decidido aún a cuál de ellos ha de atacar primero. Muchos habitantes de Judá se han refugiado en Jerusalén; por eso dice el texto sagrado (v. 20b) «a Judá en Jerusalén, la fortificada».
2. El profeta ve (v. 21) al rey caldeo detenido en la encrucijada, al principio de los dos caminos, que trata de saber, al recurrir a la adivinación, a cuál de los dos lugares debe dirigirse primero, ya que tiene en cuenta, como dice Fisch, que Rabá es «una ciudad que podría tomarse sin dificultad», mientras que «Jerusalén, con sus fuertes muros, habría de requerir un prolongado asedio para ser capturada. Esta consideración podría inducir a Nabucodonosor a hacer de la primera su primer objetivo, pero quiere decidirlo con el uso del arte de la adivinación». Usa para ello ritos muy empleados por los asirios y los babilonios. Ha sacudido las flechas, mezclándolas en un recipiente, después de escribir en cada una de ellas los respectivos nombres (o señales) de Rabá y de Jerusalén; ha consultado a sus ídolos (hebr. teraphim, comp. con Gn. 31:19, 30; Jue. 17:5; 18:17, 20), examinó el hígado de la víctima sacrificada, rito que también se usaba en Grecia y Roma. De él dice Cooke (citado por Fisch): «Conforme a ciertas ideas primitivas, el hígado era la sede de la vida porque está lleno de sangre; de aquí que, para obtener el omen, como de un órgano vivo, se sacrificaba primero una oveja y luego se examinaba su hígado para hallar el color y las marcas que aparecían en él». La adivinación señaló (v. 22) a su mano derecha, es decir, a Jerusalén.
3. Ezequiel tiene que mostrar al pueblo y al rey Sedequías que ellos mismos han atraído sobre sí esta destrucción a causa de sus pecados.
(A) En cuanto al pueblo, se creía seguro por el pacto que el caldeo había hecho con Sedequías (17:13, 16, 18), pacto que el propio Sedequías quebrantó después. Esto no les va a valer, pues Dios recuerda bien todas sus maldades pasadas (vv. 23b, 24), además de que ellos tienen por mentirosa esta adivinación incluida en la profecía que Ezequiel les hace de parte de Dios (v. 23a). Es cierto que, de parte de Nabucodonosor, aquello era una superstición, pero también eso entraba en los designios de la divina providencia para conducir derechamente a Jerusalén al ejército caldeo.
(B) También el rey Sedequías había traído sobre sí esta ruina, pues era un malvado; se le llama aquí (v. 25) profano e impío, pues no sólo pecó directamente contra Dios, sino que violó también el pacto que habla hecho con juramento con el rey de Babilonia. Con ello, ha perdido el derecho a la corona y será humillado hasta lo más bajo (v. 26). «Ezequiel le ordena “se despoje” de las insignias reales del mitsnépheth o turbante y de la ataráh o corona» (Asensio). Coronas y diademas son cosas que se pueden perder fácilmente; solamente en el otro mundo hay una corona de gloria que nunca se desvanece. Los intentos de restablecer el gobierno quedarán en nada, hasta que (v. 27b) venga aquel cuyo es el derecho, y yo (habla el Señor Jehová—v. 26—) se lo entregaré. Clara referencia a Génesis 49:10.
Versículos 28–32
La predicción de la destrucción de los amonitas a manos de Nabucodonosor tuvo su cumplimiento unos cinco años después de la destrucción de Jerusalén.
1. Se insinúa aquí el pecado de los amonitas (v. 28). Su oprobio consistió (25:6) en alegrarse del exterminio de Israel, lo cual fue vil e inhumano. En su orgullo, creyeron que eran mejores que los israelitas, al quedar, de momento, exentos de la destrucción que caía sobre el pueblo de Dios. Pero también, sin tardar mucho, les llegará su día, cuando (v. 29) caerán sobre los cuellos de los malvados sentenciados a muerte, es decir, «sobre los cadáveres de los judíos, y formarán un solo montón» (Fisch).
2. Se predice la ruina completa de los amonitas. Dios se resiente de las indignidades e injurias que los amonitas han cometido contra Su pueblo como si las hubiesen cometido contra Él mismo (v. 31). Feinberg explica así el sentido de los versículos 30 y 31: «El versículo 30 no se ha de interpretar como una indicación de que Amón aprovechó la oportunidad para obtener solapadamente el favor de Nabucodonosor, cuando éste marchaba contra Jerusalén, al recurrir al ataque contra Judá, en lo que el Señor les mandó que desistieran. Dicho simplemente, Ezequiel advertía a Amón que la resistencia contra Babilonia de parte de ellos sería inútil. El castigo les había de alcanzar en su propio país. La figura del fuego reemplazaba a la de la espada».
Tres diferentes oráculos que Dios encomienda al profeta para que los entregue al pueblo; conciernen a Judá y Jerusalén, a fin de mostrarles sus pecados y los inminentes castigos. I. Un catálogo de sus pecados (vv. 1–16). II. Son condenados al fuego como escoria (vv. 17–22). III. Todos son hallados culpables (vv. 23–31).
Versículos 1–16
El profeta es autorizado para juzgar (v. 2) a la ciudad de sangres (lit.), es decir, derramadora de sangre (comp. con 7:23).
1. En este oficio de juzgar a la ciudad, Ezequiel abre el pliego de cargos, que contiene un catálogo de crímenes abominables y repugnantes. En los versículos 3–6 es probable que se aluda al sacrificio de hijos e hijas para propiciar a Moloc, así como a los crímenes de sangre como resultado de decisiones judiciales injustas; en particular, por calumnia de los demandantes (v. los vv. 6 y 9, y comp. con 23:27; 24:6, 9). Siguen (vv. 7–12) groseras inmoralidades de toda clase: faltas de respeto a los padres, opresión de extranjeros, huérfanos y viudas (v. 7), profanación del santuario y del sábado (v. 8), banquetes idolátricos en los montes (v. 9), violación de la madrastra y de la menstruante (v. 10), de la mujer del prójimo, de la nuera y de la hermana de padre (v. 11); soborno, usura y explotación con violencia (v. 12). En el fondo de toda esta serie de abominaciones estaba el olvido de Dios: «te olvidaste de mí, dice el Señor Jehová» (v. 12, al final).
2. Por esos crímenes, Ezequiel tiene que dictar sentencia contra Jerusalén. Que sepa que ha colmado la medida de su iniquidad, y que sus pecados claman pronta venganza. Ha hecho todo lo posible para que venga su hora (v. 3, hacia el final), ha hecho acercarse sus días (lit.), es decir, la hora de su castigo, y ha llegado al término de sus años, esto es, a su desaparición completa por destrucción. Malbim (citado por Fisch) entiende la segunda frase del siguiente modo: «Han traído también sobre sí mismos los años de dispersión y de exilio que han de seguir al derribo del Estado». Es más probable que ambas frases ofrezcan un caso de paralelismo de sinonimia. Dios la ha expuesto al escarnio de las naciones vecinas (v. 4b). Puesto que ha ido en pos del camino de los gentiles, y aprendido las costumbres de ellos, va a tener bastante de ellos (v. 15): «No sólo te enviaré a las naciones, fuera de tu país, sino que te dispersaré por las naciones y te esparciré por las tierras, aunque con el objetivo amoroso de hacer fenecer de ti tu inmundicia».
Versículos 17–22
1. Se describe aquí la miserable degeneración de la casa de Israel. En tiempo de David y de Salomón había sido cabeza de oro; cuando se dividió en dos el reino, era como los brazos de plata. Pero ahora había degenerado en metales más bajos (v. 18b): «todos ellos son bronce, estaño, hierro y plomo», lo que, según algunos, significa las diversas clases de pecadores entre ellos. «La casa de Israel se me ha convertido en escoria» (v. 18). Eso es lo que ahora vale a los ojos de Dios: «en escorias de plata se convirtieron» (v. 18, al final); el vocablo significa toda la suciedad, la basura y desperdicios inútiles que se separan de la plata en el proceso de limpiarla, derretirla y refinarla.
2. A continuación se predice (vv. 19–22) la terrible destrucción de esta degenerada casa de Israel. Están todos reunidos en Jerusalén; allá se ha refugiado la gente desde todas las partes del país, como si la capital fuese realmente una ciudad de refugio. Dios les dice ahora que esta aglomeración de israelitas en Jerusalén había de ser como la reunión de diversos metales en el horno o crisol, a fin de ser derretidos para separar de ellos la escoria.
Versículos 23–31
1. Se nos da aquí una idea general del país de Israel, de lo mucho que se merecían los castigos que iban a culminar en su destrucción, y de lo mucho que necesitaban estos castigos para ser refinados por ellos. El profeta tiene que decirles con toda claridad: «Tú eres una tierra que no ha sido limpiada, no ha sido regada, ni refinada como lo es el metal precioso y, por consiguiente, necesitas entrar de nuevo en el horno» (v. 24).
2. Todos ellos habían contribuido a llenar la medida de los pecados de la nación, y nadie había hecho nada en orden a vaciarla de culpa.
(A) Los profetas, que pasaban por ser los encargados de hacer conocer al pueblo la mente de Dios, no sólo eran engañadores, sino devoradores (v. 25). Devoraban las almas de los pecadores, lisonjeándolos con falsas promesas de paz.
(B) Los sacerdotes, que eran por oficio maestros de la Ley, violaban esa misma ley (v. 26), que ellos debían haber observado y enseñado a otros a observarla; entre lo santo y lo profano no hicieron diferencia, ni enseñaron a distinguir entre inmundo y limpio, e ignoraban las normas de la Ley (v. Lv. 10:10 y ss., por ej.) a este respecto. También (v. 26b) apartaron sus ojos de mis sábados, es decir, «veían con indiferencia la desecración que el pueblo hacía de los días sagrados (cf. Jer. 17:21 y ss.)» (Fisch).
(C) Los príncipes (v. 27) se atrevían a transgredir la Ley tanto como cualquier otra persona: «Son como lobos que arrebatan la presa», pues eso es lo que hace el poder cuando carece de justicia y de bondad para dirigirlo.
(D) De nuevo vuelve Ezequiel a mencionar los profetas (v. 28), como «responsables de la vil conducta de los otros. No sólo no les reprendieron, sino que les apoyaron en sus malvadas obras, al poner “un revoque inútil” sobre una estructura tambaleante (v. en 13:10)» (Fisch). Les decían en nombre de Dios que no había nada malo en lo que hacían. Los profetas estucadores son los grandes sostenes de los príncipes devoradores.
(E) Finalmente, el pueblo llano (v. 29), si tenía en sus manos algún poder, había aprendido de sus príncipes a abusar de él. Y no había entre ellos ninguna persona lo suficientemente buena para interceder a favor del país (v. 30), «poniéndose en la brecha delante de mí—dice Dios—a favor de la tierra». El pecado abre una brecha (comp. con Is. 59:2) en la cerca de protección que hay en torno a un pueblo en el que las cosas buenas salen, y las malas entran sin cesar. Hay sólo un medio para ponerse en la brecha: el arrepentimiento, la oración y la reforma de la conducta. Así es como pudo Moisés ponerse en la brecha cuando hizo intercesión a favor de Israel, a fn de apartar la indignación de Dios (Sal. 106:23).
Otra historia de las apostasías del pueblo de Dios bajo la alegoría de la prostitución corporal y del adulterio carnal. Aquí se consideran por separado los reinos de Israel y de Judá, con sus respectivas capitales, Samaria y Jerusalén. I. Israel y Samaria apostatan de Dios (vv. 1–8) y atraen sobre sí su propia ruina (vv. 9, 10). II. También Judá y Jerusalén apostatan de Dios (vv. 11–21) y serán destruidas de manera similar (vv. 22–35). III. La maldad conjunta de ambas hermanas (vv. 36–44) y la ruina conjunta de ambas (vv. 45–49).
Versículos 1–10
Las personas cuyos pecados se exponen aquí son dos hermanas, dos reinos, Israel y Judá; son (v. 2)
hijas de una misma madre, y han sido por largo tiempo un solo pueblo.
1. Cuando todavía estaban unidas (v. 3), ya fornicaron en Egipto. El texto sagrado usa frases que podrían sonar mal a muchos oídos, pero sirven para expresar de la manera más vívida la gravedad del pecado de idolatría, que Israel cometió ya en Egipto (v. 20:8). Dice sobre el v. 3b Fisch: «Los profetas suelen referirse a la idolatría bajo la imagen del libertinaje sexual. Las “hermanas” perdieron su castidad durante su juventud en Egipto, esto es, se corrompieron con los cultos de los egipcios».
2. Sus nombres cuando se separaron una de otra (v. 4). El reino del norte, Israel, es llamado la hermana mayor, por constar de diez tribus y su consiguiente superioridad geograficodemográfica, mientras que el reino del sur sólo constaba de dos tribus. En esta alegoría, Samaria y el reino de Israel reciben el nombre propio de Oholáh, que significa «su tienda» (o «su tabernáculo»), porque los lugares de culto que dicho reino tenía, así como el culto mismo que allí practicaba, eran de su propia invención. Jerusalén y el reino de Judá llevan el nombre de Oholibáh, que significa «mi tienda (o tabernáculo) en ella», porque el templo de Jerusalén era el lugar que Dios mismo había escogido para poner allí su nombre.
3. La traicionera apostasía del reino de Israel, al separarse de Dios juntamente con su separación de Judá (v. 5). Aun cuando las diez tribus habían desertado de la casa de David, todavía Dios las reconoce como Suyas: «aun cuando me pertenecía a mí». De no haber sido así, no se la podría haber tenido ya por adúltera. Mientras adoraron sólo al Dios de Israel, aunque fuese por medio de la imagen del becerro de oro, Dios no los rechazó de sí. Pero Oholáh se prostituyó en el culto a Baal (1 R. 16:31) en competición con Jehová (1 R. 18:21); del mismo modo que una vil adúltera se enamora de sus amantes, así se enamoró ella de sus vecinos, especialmente los asirios (vv. 5–9). Admiraba sus ídolos y les rendía culto.
4. La destrucción del reino del norte por haber apostatado de Dios (vv. 9, 10): «Por lo cual la entregué en manos de sus amantes, etc.». Por su apostasía, Dios la entregó primero a su concupiscencia y, en castigo de ello, la entregó a sus amantes. En 2 Reyes 17:6 y ss. tenemos en detalle el informe de dicho castigo.
Versículos 11–21
El profeta Oseas, en su tiempo, hizo notar que las dos tribus del sur retuvieron su integridad, en gran medida, después que apostataron las diez tribus del norte. Pero el desdichado cruzamiento entre la casa de David y la casa de Acab fue la ocasión para que el culto a Baal se introdujese en el reino de Judá. Es cierto que hubo en Judá reyes buenos, reformadores, que acabaron con tal culto. Pero en el reinado de Manasés, precisamente poco después de que el reino de Judá presenciase la ruina del reino de Israel, los de Judá se corrompieron más de lo que Israel se había corrompido en su desordenado amor a los ídolos (v. 11).
1. Jerusalén, que había sido una ciudad fiel, se convirtió en ramera (Is. 1:21). También ella se enamoró de los asirios (v. 12), y se unió en coalición con ellos, ya que se unió en el culto con ellos. De esta forma, se aficionó más y más a todo lo extranjero, y menospreció más y más todo lo que era de su propia nación; incluso su religión vino a ser mero formalismo. Se enamoró de los capitanes babilonios (vv. 15, 16), se unió en alianza con ese reino y envió por modelos de sus imágenes, altares y templetes, e hizo uso de ellos en su adoración.
2. Cuando se cansó de los asirios y caldeos, se puso a cortejar a los egipcios (v. 19–21), y entró en alianza con ellos y se unió a ellos en sus idolatrías; con eso multiplicó sus fornicaciones (v. 19), con lo que repitió con gusto las cometidas en su juventud allí, pues trajo a su memoria aquellos días. Los que, en lugar de reflexionar con pesadumbre y vergüenza sobre sus pecados anteriores, los recuerdan con placer y orgullo, desafían la gracia del arrepentimiento.
3. Especialmente crudo, a primera vista, parece el versículo 20, en el que las versiones o extreman la crudeza o la cubren de tal modo que el lector no se entera del sentido literal del texto hebreo, que es como sigue: «Y se enamoró de entrar en concubinato con ellos, cuya carne es como la carne de asnos, y cuyo semen es como el semen de caballos». La Nueva Biblia Española tiene una versión muy elegante, que cubre castamente algo de la crudeza del original: «Y volvió a enamorarse de sus rufianes, que tienen sexo de garañones y esperma de sementales». Son frases, como dice Lofthouse, proverbiales, con las que Ezequiel expresa su asco y su menosprecio. Fisch comenta así el versículo: «Así como una ramera es atraída por la potencia sexual, así Judea fue seducida por el poder militar de Egipto». En línea parecida, dice Feinberg: «Aquí hay una probable referencia a las llamadas hechas por Judá a Egipto para que le ayudase contra Babilonia (v. 27; Jer. 2:18; 37:7)».
4. Dios entrega con toda justicia, a esta ciudad infiel, el libelo de repudio. El pecado enajena la mente de Dios con respecto al pecador, y eso es muy justo, pues también es la alienación de la mente del pecador con respecto a Dios.
Versículos 22–35
Jerusalén, mencionada aquí bajo el nombre de Oholibáh, es encausada como un traidor a su Señor soberano, el Dios de los cielos. Al no tener ante sus ojos el temor de Dios, e instigada por el diablo, se ha rebelado de la lealtad que le había prometido.
1. Sus antiguos aliados han de ser sus destruidores (v. 22): «… yo suscitaré contra ti a tus amantes,
los caldeos, a los que tanto admirabas antes, y cuyo pacto has quebrantado deslealmente».
2. La destrucción a la que va a ser sometida.
(A) Sus enemigos vendrán contra ella de todas partes (v. 22, al final) o desde todos los lados (lit. desde los alrededores). Vendrán con gran alarde de fuerzas militares (v. 24); un ejército muy grande y muy bien armado. La juzgarán por las leyes de ellos (v. 24, al final), de cuya rudeza no se puede dudar a la vista de los versículos 25, 26 y 29, y al tener en cuenta que es una guerra de revancha.
(B) Será despojada de sus lujosos vestidos y de sus valiosas joyas (v. 26), con las que trataba de captarse la simpatía de sus amantes. Tanto la ciudad como el país quedarán empobrecidos, y sus hijos tendrán que marchar al exilio en cautiverio. Sobre la frase del versículo 25b «te quitarán la nariz y las orejas», dice Fisch: «En la antigüedad, estas deformaciones eran llevadas a cabo en las adúlteras. Aquí, los vocablos tienen sentido figurado, e indica que la nación se verá privada de sus jefes, los cuales serán llevados cautivos».
(C) Por haber seguido las pisadas de los pecados de Samaria, no puede esperar otra suerte («cáliz») distinta de la de Samaria (v. 31). Se habían portado mal, muy mal, y eso justificaba a Dios en todo lo que había traído sobre ellos (v. 30): «Estas cosas se harán contigo porque fornicaste en pos de las naciones y te contaminaste con sus ídolos». Y, de nuevo (v. 35), el pecado fundamental: «Por cuanto te has olvidado de mí y me has echado tras tus espaldas». El olvido de Dios está en el fondo de todas nuestras traicioneras separaciones de Él.
(D) Este fuego, aunque consuma a muchos, será refinador para un remanente (v. 27). Antes del cautiverio en Babilonia, ninguna nación (si tenemos en cuenta todas las circunstancias) estuvo tan inclinada hacia los ídolos y hacia la idolatría como ellos; pero después del cautiverio, ninguna nación fue tan vehementemente contraria a los ídolos y a la idolatría como ellos.
Versículos 36–49
Después que las diez tribus fueron llevadas en cautiverio, lo que quedó de ellas fue incorporándose gradualmente al reino de Judá, y se estableció en Jerusalén; de forma que las dos hermanas llegaron realmente, hasta cierto punto, a ser otra vez una sola; por consiguiente (v. 36), al profeta se le ordena juzgarlas a las dos a la vez. La cosa está peor todavía después de la reunión.
1. Ezequiel (v. 36b) tiene que echarles en cara sus abominaciones. Han sido culpables de abominable idolatría, llamada aquí (v. 37) adulterio, pues han quebrantado el pacto matrimonial con Dios. También han cometido los más bárbaros asesinatos, al sacrificar a sus hijos a Moloc. Y han profanado (v. 28) lo más sagrado con que Dios los había dignificado y distinguido. Para mayor indignidad, el mismo día (v. 29) en que habían sacrificado a sus hijos a los ídolos, entraban en el santuario para contaminarlo. Otra forma de adulterio espiritual eran las alianzas (v. 40) que pactaban con países extranjeros, pues mostraban que no ponían toda su confianza en Dios. Grandes eran las preparaciones que hacían para recibir las legaciones extranjeras, pues las compara el profeta (vv. 40–42) al penoso acicalamiento con que se prepara una mujer adúltera para hacerse atractiva a sus amantes. Sea cual sea la lectura del versículo 42 («sabeos» o «borrachos»), el cuadro que presentan estos versículos es el de un país que «se ha sumido en tales profundidades que entra en alianzas con los tipos más degenerados» (Fisch).
2 El profeta tiene también que hacerles prever los castigos que se les vienen encima a causa de tales pecados (v. 45). Los profetas tenían por oficio juzgar al pueblo en nombre de Dios y leerles la sentencia. Como este juicio era llevado a cabo por hombres justos (v. 45), el Dios justo garantizará la justa ejecución de la sentencia que por sus crímenes se merecen estas adúlteras (vv. 45–47). Comparar con los versículos 23 y ss. y con 16:38. La opinión más probable es que dichos hombres justos no son varones piadosos de la propia nación (pues éstos no van a ejecutar el castigo), sino los propios asirios y babilonios que ejecutaban esos juicios como instrumentos de Dios. Se les llama justos, ya sea porque, «en comparación con Oholáh y Oholibáh, eran justos», según lo interpretan el Targum y los comentaristas judíos, o porque, conforme a los versículos 46 y 47, iban a ser los ejecutores de la justicia de Dios (comp. con 7:21, 24).
3. La destrucción de la ciudad de Dios, como la muerte de los santos de Dios, conseguirá en ellos lo que no pudieron llevar a efecto antes las ordenanzas y las providencias; de forma que Jerusalén se levantará después de sus propias cenizas para ser una nueva masa, a la manera como el oro sale del crisol purificado de su escoria.
Tenemos en este capítulo dos mensajes, predicados en una especial ocasión, y ambos proceden del monte Sinaí, el monte del terror, y ambos también proceden del monte Ebal, el monte de las maldiciones; ambos hablan del fatal destino final de Jerusalén. Los profirió el profeta con ocasión del asedio de Jerusalén a manos del rey de Babilonia. I. El primero fue predicado por medio de la señal de una olla hirviente, en la que se simbolizan todas las miserias que Jerusalén había de soportar durante el asedio (vv. 1–14). II. El segundo mensaje fue predicado por medio de otra señal: la de ausencia de duelo, por parte del profeta, tras la muerte de su propia esposa, en lo que se simbolizaban las calamidades que se cernían sobre Jerusalén, demasiado grandes para ser lamentadas; tan grandes que se habían de hundir bajo ellas en callada desesperación (vv. 15–27).
Versículos 1–14
1. Dios notifica a Ezequiel en Babilonia el asedio que Nabucodonosor ha puesto a Jerusalén (v. 2):
«Hijo de hombre, escribe la fecha de este día, de este día mismo, toma buena nota de ello en tu diario, pues se trata de una fecha muy importante: en este mismo día, muy lejos de aquí, sin que tú puedas verlo, ha embestido a Jerusalén el rey de Babilonia». Se lo dice Dios al profeta, a fin de que éste pueda comunicarlo al pueblo y, de este modo, cuando se demuestre puntualmente su verdad, sea una confirmación de la misión del profeta.
2. La fecha exacta que ha de escribir como memorándum en su diario el profeta (v. 1): El asedio de Jerusalén por Nabucodonosor ha comenzado «en el año noveno, en el mes décimo, a los diez días del mes», es decir, a comienzos de enero del año 588 a. de C. La fecha coincide con la que leemos en 2 Reyes 25:1 y Jeremías 52:4; en estos dos últimos lugares se especifica que era el año noveno del reinado de Nabucodonosor.
3. La comunicación que debe hacer Ezequiel al pueblo: La casa rebelde será muy pronto la casa ruinosa.
(A) Lo tiene que comunicar por medio de una señal: la de una olla hirviente (vv. 3 y ss.). La imagen era bien conocida de los destinatarios (11:3) y tendía precisamente a despojarles completamente de las vanas esperanzas que habían abrigado en cuanto a la protección que el metal mismo del fondo de la olla podía prestar a la carne en ella metida, como si los muros de Jerusalén fuesen como muros de bronce.
«¡Bien!», viene a decirles Dios, «así será; seréis cocidos en Jerusalén, como la carne en la olla». Para los que vengan de otras partes de Judea a buscar refugio en Jerusalén, esto va a ser una gran decepción, pues una vez metidos en la olla, no podrán salir de ella, sino que se cocerán con los demás habitantes de la ciudad.
(B) Tiene que explicarles el significado de esta señal (v. 6), y es algo terrible, ya de entrada, pues comienza por un fuerte «¡ay!». La ciudad de sangres es el apelativo que se le da a Jerusalén, conforme a lo que ya vimos en 22:2. Para que la olla hierva bien (v. 5), hará falta poner buen fuego, y bien arrimado, debajo de ella, lo que significa la estrechez del cerco de la ciudad. «La puesta de la olla en el fuego y el echar en ella el agua, la primera etapa en el proceso de la cocción, representa el asedio de Jerusalén, que es el paso preliminar para su conquista» (Fisch). Más y más combustible se va apilando bajo la olla (v. 10), pues los caldeos no van a perdonar a nadie. Todo lo mejor de la carne, es decir, los jefes (v. 4), ha de entrar en la olla, de lo mejor del rebaño, de la aristocracia de la nación (v. 5), incluidos los huesos,
«gráfica alusión a la extrema ferocidad del ataque babilonio» (Fisch). Feinberg entiende lo de «debajo de ella» (v. 5b) como si hubiese de poner huesos también debajo de la olla, pero Fisch lo entiende como debajo de la carne (quizá sea esto lo más probable). A la vista del versículo 10, donde claramente aparece haetsim («los leños»), hay versiones modernas que modifican el texto masorético del versículo 5, y leen también haetsim donde el hebreo dice haatsamim («los huesos»).
(C) Dios no usaría estos métodos tan severos con Jerusalén si no hubiese sido provocado a ello (vv. 7, 8). Jerusalén tenía que servir de ejemplo y escarmiento y, por consiguiente, es hecha espectáculo para el mundo. Como su enfermedad es incurable (ni la cocción en la olla ha servido), y su perversidad ha llegado a su colmo, es abandonada a su ruina, sin remedio. Todos los remedios ensayados han sido en vano (v. 13). Se ha decidido, pues, que no vuelvan a usarse tales métodos (v. 13, al final): «… nunca más te limpiarás, hasta que yo haya saciado mi ira sobre ti». El fuego ya no va a ser un fuego refinador, sino un fuego consumidor.
Versículos 15–27
Con estos versículos concluyen las profecías de Ezequiel acerca de la destrucción de Jerusalén; porque después de esto, aunque va a profetizar mucho acerca de otras naciones, ya no dirá nada más acerca de Jerusalén hasta que se entere de su destrucción, casi tres años después (cap. 33).
1. La señal con la que ahora había de ser presentada al pueblo la destrucción de Jerusalén.
(A) Tiene que perder a su buena esposa, la que le iba a ser quitada súbitamente por la muerte. Dios se lo comunicó de antemano (v. 16). Una esposa querida es, según la poética expresión del texto sagrado, «el encanto de los ojos» de un buen marido. Cuando el encanto de nuestros ojos nos es arrebatado de un golpe, debemos ver y reconocer en ello la mano de Dios: «He aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos».
(B) Tiene que negarse a sí mismo la satisfacción de hacer duelo por su esposa (vv. 16, 17), lo cual habría sido un honor hacia ella y, al mismo tiempo, un alivio a la opresión de su propio corazón. Pero a Ezequiel no se le permite hacer esto, aunque quizá pensará el pueblo mal de él por no hacerlo. Tiene que suspirar en silencio y evitar toda otra señal de luto (comp. con 2 S. 15:30; Mi. 3:7), como la de comer pan de enlutados (v. 17, al final), es decir, las provisiones que sus vecinos y amigos habrían de traerle, como era costumbre en tales casos, pues se suponía que el enlutado no tendría ánimos para proveerse por sí mismo de comida. Dice el rabino Fisch: «Es todavía una ley judía que la primera comida después del entierro les sea suministrada por otros».
(C) No podía haber cosa que tan profundamente fuese en contra de la disposición de la carne y de la sangre como el no hacer duelo por la muerte de una persona a quien tan entrañablemente amaba, pero Dios lo ordena así y Ezequiel obedece (v. 18, al final): «… hice como me fue mandado». Apareció en público sin ninguna de las señales de duelo. Para convertirse en señal para el pueblo, Ezequiel tiene que poner por obra aquí un extraordinario ejercicio de abnegación.
2. La aplicación de la señal. El pueblo inquirió su significado (v. 19): «¿No nos explicarás qué significan para nosotros estas cosas que haces?» Sabían que la muerte de su esposa le había causado gran aflicción y que no se portaría de una manera tan extraña si no tuviese algún motivo serio.
(A) Ezequiel tiene que explicarles que, si un fiel siervo de Dios pasaba por una tribulación como ésta sólo para probarlo, ¿podrá quedar impune una tal generación de rebeldes contra Dios? ¡No! ¡No quedarán sin castigo! Caerá el templo, que era el mayor orgullo de ellos (v. 21a): «He aquí yo profanaré mi santuario, la gloria de vuestro poderío, el encanto de vuestros ojos (¡la misma frase del v. 16!) y la pasión de vuestra alma». Dios lo profanará entregándolo en manos del enemigo caldeo, para ser saqueado y consumido por el fuego. Caerán también a espada (v. 21b) los hijos y las hijas de ellos; «los que dejasteis»—dice Dios—, como se insinua que les habían de ser tanto más queridos cuanto que les habían quedado pocos, ya que habían perecido los demás bajo el hambre y la peste.
(B) Tiene que hacerles saber que, así como él no ha sollozado por su aflicción, tampoco ellos deberían sollozar por la suya (v. 22): «Haréis de la manera que yo hice» (v. 23b): «… no endecharéis ni lloraréis». Lo que se avecina sobre ellos va a ser de tal calibre que van a quedar completamente abrumados bajo su peso, y las calamidades van a llegar con tal rapidez que los dejarán como aturdidos y entontecidos. Pero no habrá en ellos ni pizca de ese sentimiento de tristeza santa que conduce al arrepentimiento, sino sólo de esa amargura que lleva a la desesperación (v. 23b): «… os consumiréis a causa de vuestras maldades, y gemiréis unos con otros». Se consumirán en sus cauterizadas conciencias y mentes reprobadas, y gemirán, no a Dios en oración y confesión de sus pecados, sino unos con otros, quejándose de Dios (quizás estas expresiones de M. Henry sean demasiado duras—nota del traductor—, pues lo del «unos con otros» significa más bien que han de evitar toda manifestación externa de duelo).
3. «Cuando esto ocurra (v. 24b), como se predice aquí, cuando Jerusalén, que está hoy bajo asedio, esté completamente destruida, lo cual vosotros no podéis creer ahora que llegue jamás a suceder, entonces sabréis que yo soy el Señor Jehová, que os he avisado de ello de la manera más franca y benévola. Entonces recordaréis que Ezequiel os fue por señal».
4. Por especial dirección de la Providencia, el día en que Jerusalén (y con ella, el templo) caiga (v. 25), vendrá a darle a Ezequiel la noticia (v. 26) «uno que haya escapado para hacértelo oír con tus propios oídos», lo cual sucedió puntualmente (33:21). Pero, desde este momento hasta entonces, Ezequiel se mantuvo en silencio en cuanto a la suerte funesta que le esperaba al país de Israel, pues se le ordenó profetizar contra las naciones vecinas, como veremos en los capítulos siguientes. Después, desaparecerá esta «mudez» (v. 33:22 al final) cuando Dios le ordene de nuevo «hablar a los hijos de tu pueblo» (33:2). Mientras Dios hablaba tan alto mediante la vara, no había tanta necesidad de que hablara mediante la palabra.
Ezequiel ha terminado su testimonio concerniente a la destrucción de Jerusalén. Pero no por eso va a quedar en silencio; hay varias naciones limítrofes con el país de Israel contra las que tiene que profetizar, como lo habían hecho antes de él Isaías y Jeremías. En este capítulo tenemos su profecía: I. Contra los amonitas (vv. 1–7). II. Contra los moabitas (vv. 8–11). III. Contra los edomitas (vv. 11–14). IV. Contra los filisteos (vv. 15–17). Lo que se les echa en cara a cada uno de ellos es su conducta bárbara e insolente hacia el Israel de Dios.
Versículos 1–7
1. Se le ordena al profeta que se dirija contra los amonitas en el nombre del Señor Jehová, del Señor Soberano de toda la tierra, que es Jehová, el Dios de Israel. Se le pide (v. 2) que ponga su rostro hacia los hijos de Amón, porque es el embajador de Dios y debe dar así a entender que (Sal. 34:16) «el rostro de Jehová (está) contra los que hacen (el) mal» (lit.). Tiene que mostrar que, aunque había profetizado por largo tiempo contra Israel, estaba, no obstante, a favor de Israel y que, mientras testificaba contra sus corrupciones, se gloriaba del pacto de Dios con ellos.
2. Se le instruye acerca de lo que debe decirles. Ezequiel es ahora un cautivo en Babilonia y sabe muy poco de las naciones circunvecinas; pero Dios le dice lo que estaban haciendo y lo que Él se disponía a hacer con ellas.
(A) Tiene que echarles en cara a los amonitas su alegría insolente e inhumana por las calamidades de Israel (v. 3). De entre todos los pueblos, los amonitas no deberían haberse regocijado de la ruina de Jerusalén, sino más bien haberse echado a temblar, pues ellos mismos habían escapado por las justas (21:20), y tenían motivos para pensar que el rey de Babilonia había de ponerles a ellos por el próximo blanco de sus ataques. Gozarse de las calamidades de otros es algo muy perverso.
(B) Tiene que amenazar a los amonitas con ruina completa por su insolencia. Ya había predicho anteriormente la destrucción de los amonitas (21:28). Si ellos se hubiesen arrepentido, esa destrucción habría sido revocada; pero ahora es ratificada. Vinieron los caldeos del nordeste, y su ejército, bajo el mando de Nabucodonosor, destruyó el país de los amonitas unos cinco años después de la destrucción de Jerusalén; más tarde, tribus nómadas árabes («los orientales»—v. 4—) se posesionaron del país por sí mismos. Incluso a la capital, Rabá, la puso Dios por pastizal de camellos (v. 5). Así va a mantener Dios Su honor y hará que se manifieste que Él es el Dios de Israel, aunque soporte el que, por algún tiempo, vivan como cautivos en Babilonia.
Versículos 8–17
Tres más, entre los malvados vecinos de Israel, son condenados aquí a la destrucción por contribuir a la caída de Jerusalén y alegrarse de esta calamidad.
1. Los moabitas. Seír, que era la sede de los edomitas, es unida a ellos (v. 8).
(A) Decían los moabitas (v. 8b): «He aquí que la casa de Judá es como todas las naciones, esto es, en nada se diferencia de otros pueblos; de seguro que no son el pueblo escogido de Dios, pues lo están pasando peor que ningún otro pueblo». Pensaban así que el Dios de Israel no era más poderoso que cualquier otro dios de las demás naciones. Dice Asensio: «Negación blasfema del poder de Jehová a través del desprecio de Su pueblo, que Jehová mismo se encarga de vengar».
(B) En efecto, Dios va a castigar a Moab por este pecado; su país será destruido como el de los amonitas, pues eran culpables del mismo pecado que ellos (vv. 9, 10). Sus ciudades fronterizas, en las que radicaba la fuerza del país, serán demolidas por las tropas caldeas y quedarán al descubierto. Los hijos del oriente (v. 10, comp. con el v. 4), cuando vengan a tomar posesión del país de los amonitas, también se harán con el de los moabitas. Los árabes, pastores nómadas, que vivían tranquilamente en sus tiendas de campaña, habían de ser, por la Providencia omnipotente de Dios, puestos en posesión del país de los moabitas, los cuales eran guerreros y vivian turbulentamente. Los caldeos destruirán por medio de la guerra a Moab, y los árabes disfrutarán en paz del país.
2. Los edomitas eran descendientes de Esaú (también llamado Edom), entre el cual y su hermano Jacob se había perpetuado una vieja enemistad. Éstos no sólo se habían regocijado de la ruina de Judá y de Jerusalén, como también los moabitas y amonitas habían hecho, sino que se habían aprovechado del miserable estado al que los judíos se veían ahora reducidos, para hacerles todavía más daño (v. 12), pues habían ayudado positivamente a todos los enemigos de Israel («vengándose con venganza», como dice literalmente el v. 12b); probablemente se refiere Ezequiel a 2 Reyes 14:7, cuando el rey Amasías mató a diez mil edomitas. Pero ahora es Dios quien va a vindicar a Israel contra esa venganza de Edom (v. 13):
«Yo también extenderé mi mano sobre Edom», dice Dios, y su país quedará «asolado desde Temán en el sur; hasta Dedán, que está al norte, caerán a espada». Sufrieron mucho a manos de los caldeos, pues a eso parece referirse Jeremías 49:8. En el apócrifo (pero histórico) 1 Macabeos (5:3) leemos: «Judas (el macabeo) movió la guerra a los hijos de Esaú en Idumea (el país de Edom) … Les infligió fuerte derrota, les humilló y se alzó con sus despojos» (Biblia de Jerusalén. Los paréntesis son de este traductor). Y Flavio Josefo dice (Antig. lib. 13, cap. 17) que Hircano hizo a los edomitas (o idumeos) tributarios de Israel.
3. Los filisteos. El pecado de éstos era muy parecido al de los hijos de Edom, como puede verse por la fraseología del versículo 15, donde se palpa que «habían sido motivados repetidamente por la venganza y habían continuado en perpetua enemistad contra Israel» (Feinberg). El castigo de los filisteos será (v. 16) semejante al de los edomitas, como semejante ha sido su pecado. Su país fue asolado por el ejército caldeo, no mucho después de la destrucción de Jerusalén, lo cual es predicho en Jeremías 47. La mención de los cereteos en el versículo 16b nos recuerda la guardia personal que David tenía (2 S. 8:18), formada por cereteos y peleteos, filisteos a los que se alude también en otros lugares de 1 y 2 Samuel.
La próxima en acudir al tribunal de Dios es la ciudad de Tiro, la cual, al ser una localidad de enorme comercio, era conocida en todo el mundo; y, por consiguiente, hay tres capítulos (éste y los dos siguientes) empleados en la predicción de la destrucción de Tiro. Ya tenemos en Isaías 23 «la carga de Tiro». En Jeremías sólo se hallan esporádicas menciones (Jer. 25:22; 27:3; 47:4). Pero a Ezequiel se le ordena que abunde en esta materia. En este capítulo tenemos: I. El pecado de que se acusa a Tiro, que es regocijarse en la destrucción de Jerusalén (v. 2). II. Se predice la destrucción de Tiro: 1. Va a ser una destrucción extremada (vv. 4–6, 12–14). 2. Los instrumentos de esta destrucción (v. 3) y el rey de Babilonia con su poderoso y victorioso ejército (vv. 7–11). 3. La sorpresa de las naciones vecinas (vv.
15–21).
Versículos 1–14
Esta profecía está fechada en el año undécimo (v. 1) del reinado de Sedequías, es decir, a fines del 587 o comienzos del 586, pues no se menciona el mes; en todo caso, es el mismo año en que Jerusalén fue capturada.
1. El placer con que vieron los tirios las ruinas de Jerusalén (v. 2): «¡Ea! Quebrantada está la que era puerta de las naciones». Llaman así a Jerusalén porque «atraía mercaderes de muchos países» (Fisch). Una de las razones por las que se regocijan tanto es que (v. 2b) con la caída de Jerusalén, Tiro ganará muchos clientes. No es que los tirios fuesen gente de espíritu perseguidor, sino simplemente gente de negocios. Todo su interés se centraba en aumentar sus haciendas y ensanchar su comercio y, por eso, veían en Jerusalén, no precisamente un enemigo, sino un rival. Tiro se prometía que la caída de Jerusalén sería para ella una ventaja en cuanto a negocios y comercio, pues tendría ahora los clientes de Jerusalén, con lo que la prosperidad de Tiro surgiría de las ruinas mismas de su rival. Pero es muy justo que Dios eche por tierra los planes y proyectos de quienes de tal forma traman levantarse sobre las ruinas de otros.
2. Tiro era una ciudad agradable y opulenta, y podría haber continuado siéndolo si hubiese simpatizado con Jerusalén en las calamidades de ésta: «Haré subir—dice Dios (v. 3b)—contra ti muchas naciones, como el mar hace subir sus olas». Lo de muchas naciones es interpretado de diversos modos. Fisch lo entiende «Nabucodonosor y sus satélites». Ryrie hace notar que Nabucodonosor la destruyó después de un asedio de 13 años (585–572 a. de C.). Alejandro Magno se apoderó de la parte isleña de la ciudad en 332 a. de C. después de un asedio de seis meses. «La ciudad fue reedificada—dice Ryrie—y es mencionada en Mateo 15:21–28; Marcos 3:8; Mateo 11:21, 22; Hechos 21:3–6. La ciudad fue casi completamente destruida por los musulmanes en 1291 de nuestra era». M. Henry piensa que lo dice por ser «un ejército de soldados de muchas naciones, o una nación que será tan fuerte como si fuesen muchas».
3. Se menciona por su nombre la persona que ha de traer sobre ellos este enorme ejército (v. 7): «… Nabucodonosor, rey de Babilonia, rey de reyes», pues tenía muchos reyes que le eran tributarios, además de los que eran sus prisioneros (Dn. 2:37, 38). Vendrá con un poderoso ejército: «con caballos, carros, jinetes, tropas y mucho pueblo» (v. 7b). «… levantará contra ti un terraplén, y alzará baluartes, etc». (v. 8). «Y pondrá contra ti arietes, etc». (v. 9). Sus caballos (v. 10) levantarán tal cantidad de polvo que cubrirán la ciudad con él. La ciudad aguantó un largo asedio, pero, al fin, fue tomada. No sólo los soldados que sean hallados con armas en la mano, sino también el pueblo llano (v. 11b), serán pasados a cuchillo («a filo de espada»), pues el rey de Babilonia estará tremendamente exasperado contra ellos por aguantar tanto tiempo el asedio a que ha sometido la ciudad.
4. Las riquezas de la ciudad pasarán todas a ser botín del vencedor (v. 12). Las casas suntuosas serán destruidas (v. 12b). Cuando Jerusalén fue destruida, fue arada como un campo (Mi. 3:12). Pero la destrucción de Tiro irá todavía más lejos, pues hasta el suelo será raído de tal manera que quedará como una roca pelada (vv. 4, 14), sin tierra que la cubra; será solamente un lugar para tendedero de redes (vv. 5, 14), es decir, servirá únicamente para que los pescadores puedan secar sus redes sobre la roca pelada.
Versículos 15–21
1. ¡Qué alto había estado y qué grande había sido Tiro! ¡Quién habría dicho que iba a caer tan bajo! Estaba (v. 17b) poblada de los mares (lit.), es decir, de gente que vivía del comercio marítimo, y que venían a ella de todas partes por mar. Todos sentían terror ante su poderío y temían desairar a los tirios.
2. ¡Qué pequeña es ahora y qué bajo ha caído Tiro! (vv. 19, 20) Esta renombrada ciudad ha sido convertida por Dios en ciudad asolada y cubierta por una gran inundación, no literal, sino figurada. Es el gran abismo (hebr. tejom, el mismo vocablo de Gn. 1:2) el que la va a engullir, con lo que será puesta (v. 20) en la tierra de las profundidades (lit.), con los que descienden al sepulcro (hebr bor). La última frase del versículo 20 («y daré gloria en la tierra de los vivientes») es difícil de entender en este contexto. Muchos autores siguen la versión de los LXX que dice: «ni seas levantada sobre tierra de vida» (lit.). Fisch dice que «según los comentadores judíos, Ezequiel traza un contraste entre el destino final de Tiro y de Judea … Dios decreta la desaparición de Tiro y la restauración de Israel». Finalmente, Feinberg afirma que el contexto no admite ese contraste aquí y que no por eso hay que dejar el texto hebreo conforme se halla vertido en la AV inglesa (y en la RV española), «pero entendiendo la referencia, no a la teocracia, sino a toda la tierra en contraste con el reino de los difuntos considerado poco antes». Esta opinión es la más probable.
3. La congoja que va a afligir a los habitantes de Tiro puede colegirse por la matanza que se va a hacer en medio de ella (v. 15, al final). Pero no serán sólo los habitantes de Tiro los que sufran esta congoja. Hasta las regiones costeras limítrofes de Tiro (vv. 15, 18) se estremecerán ante su caída. Para expresar su simpatía hacia Tiro, los príncipes del mar, esto es, de esas regiones costeras limítrofes, descenderán de sus tronos (v. 16) y mostrarán todas las demás señales de duelo, según la costumbre oriental (comp. con Jon. 3:6). Quizás haya aquí una referencia a los opulentos mercaderes que vivían como príncipes (v. Is. 23:8). Cuando cayó Jerusalén, la ciudad santa, no hubo tales muestras de duelo de parte de los países vecinos (v. Lm. 1:12); en cambio, la caída de Tiro, la ciudad comercial, provocó una lamentación universal.
Tenemos en este capítulo: I. Un largo informe de la dignidad, de la opulencia y del esplendor de Tiro cuando contaba con toda su fuerza (vv. 1–25). II. Una predicción de su caída y de su ruina (vv. 26–36). Una vez más vemos aquí la vanidad e inseguridad de las riquezas, los honores y los placeres de este mundo.
Versículos 1–25
1. Se le ordena al profeta que haga lamentación por Tiro (v. 2). La ciudad estaba todavía en la cima de su prosperidad y no aparecía el menor síntoma de su decadencia; no obstante, el profeta debe hacer duelo por ella, porque su misma prosperidad será el lazo en que caiga, lo que hará más lastimosa su caída.
2. Se le instruye sobre lo que ha de decir, y decirlo en el nombre del Señor Jehová.
(A) Tiene que echar en cara a Tiro su orgullo (v. 3, al final): «Tiro, tú has dicho: Yo soy de perfecta hermosura». Dice Fisch: «Tiro codiciaba la alabanza que otrora se tributó a Jerusalén (cf. Lm. 2:15, donde sale la misma frase)». Si a la opulencia se le llama hermosura, ciertamente Tiro tenía hermosos edificios y abundaban en ella el dinero y el comercio.
(B) También tiene que echarle en cara el que su prosperidad ha sido el pábulo de su orgullo.
(a) La ciudad de Tiro estaba situada en el extremo oriental del mar Mediterráneo, lo que le venía muy bien para su comercio con los países de tierra adentro de Levante, así como con los demás países costeros de la región (v. 3). Como caía entre Grecia y el Asia, llegó a ser lugar de cita de mercaderes de todas partes. «En el corazón de los mares (v. 4) están tus confines.» Dice Fisch: «Edificada en una isla roqueña, Tiro era la Venecia de la antigüedad». Y, al aludir a las expresiones que hallamos en los versículos 5–9, prosigue: «Por consiguiente, el símil de un navío le cuadraba del modo más apropiado. Al contrario que una barquilla, la cual tiene que arrimarse a la costa, el navío al que Tiro es comparada va bogando en alta mar».
(b) A continuación se enumeran los materiales de tal «navío»: Cipreses del monte Senir (v. 5), esto es, del Hermón; para el maderaje de los flancos; cedros del Líbano (el mismo material que para el Templo) para hacerle mástiles; los remos (v. 6), de las fuertes encinas de Basán; de Chipre («kittiyím»; lit. de los kittitas, esto es, chipriotas), marfil incrustado en boj para todo el tablado de cubierta; de lino fino (v. 7) bordado de Egipto, la vela señera: «Enseña para la identificación. Como en la antigüedad no se usaban banderas distintivas en los navíos, el color de las velas servía para ese objeto» (Fisch). Finalmente, el toldo (el vocablo hebreo está en singular) que cubría el navío era de azul y púrpura (que se halla entre las ofrendas para el tabernáculo—v. Éx. 25:4), material procedente de las islas de Elisháh. Sobre la identificación de este punto, dice Fisch: «Elisháh fue un hijo de Javán, que llegó a ser fundador de un pueblo (Gn. 10:4). Italia, Sicilia y Grecia se han sugerido para identificar su territorio». Y, al citar a Lofthouse, continúa: «Uno de los nombres de Dido, Elissa, podría sugerir Cartago o, quizá más en general, el territorio costero del norte de África. Eran muy estrechos los vínculos raciales y comerciales entre Cartago y Tiro».
(c) En cuanto al personal, los remeros eran de Sidón y Arvad (v. 8), a fin de que, entre los que hacían bogar a la nave, figuren gentes del resto de los fenicios; pero los timoneles eran de la misma Tiro. De Guebal (v. 9), la antigua Biblos (hoy Yebel o Yubayl), venían los más expertos reparadores y calafateadores de navíos de aquella época. No es extraño (v. 9b), pues, que Tiro fuese «el centro comercial de “todas las naciones”» (Asensio).
(d) Junto al personal de la industria naviera, se menciona (vv. 10, 11) el de tipo militar: Tiro reclutaba sus soldados de Persia («mencionada aquí por primera vez en la Biblia»—Fisch—), de Lud y Fut, etc., pues los fenicios eran comerciantes, no guerreros. Fisch hace notar que «aunque Lud y Put salen juntos aquí y en 30:5, son de diverso linaje. Lud es semita, y Put camita (cf. Gn. 10:6, 22). El país de Israel les proveía de maderas, pero no hallamos que les proveyese de hombres, pues eso habría violado la libertad y la dignidad de la nación judía (2 Cr. 2:17, 18). Es de notar que Ezequiel sabría muy poco, de su propio saber, acerca del comercio de Tiro, pues él era sacerdote de oficio y profeta por llamamiento de Dios, y llevaba ya once años en Babilonia, lejos de Tiro; no obstante, habla en detalle del comercio de Tiro tan bien como si hubiese estado allí de oficial de aduanas.
3. Aun cuando la prosperidad de Tiro había servido de pábulo a su orgullo, podemos hallar en esta porción buen fundamento para aplicaciones de tipo devocional.
(A) La sabiduría y la bondad de Dios, como el Dador de todos los bienes, se ven en que hace abundar una nación en una conveniencia, y otra en otra, pues no hay país que se baste a sí mismo en todos los productos y materiales; lo hace a fin de que haya mutuo comercio entre aquellos a quienes Él ha hecho de una misma sangre, aunque hayan de habitar sobre toda la faz de la tierra (Hch. 17:26).
(B) Por consiguiente, cada nación debería dar gracias a Dios por las producciones de su país; aunque no sean sus productos tan valiosos como los de otras naciones, todavía pueden ser de provecho para el uso común de la humanidad. Este tráfico internacional con Tiro es el que aquí se nos refiere; comienza por Tarsis de España (vv. 12 y ss.) hasta acabar también por Tarsis en el versículo 25. Vemos (v. 17) que Judá y la tierra de Israel comerciaban con Tiro, con trigos de Minit y Panag, etc. De Minit (hebr. Minnith) dice Fisch: «Ciudad amonita mencionada en Jueces 11:33; 2 Crónicas 27:5 registra las grandes cantidades de trigo y cebada que los amonitas pagaban al rey Jotam como tributo». Panag es desconocida.
(C) Aunque Tiro tenía copiosas riquezas como resultado de su enorme comercio con todas las naciones, se habla también (v. 16) de la multitud de sus productos mercantiles. Aunque algunos MSS hebreos y los LXX leen, en ese versículo 16, Edom, la lectura mejor atestiguada en los MSS hebreos es Aram, es decir, Siria. En el versículo 18 se vuelven a mencionar los muchos productos de Tiro, es decir, manufacturas de tipo industrial, quizá con materias primas importadas de otros países, que luego los tirios exportaban a otros países. Es extraño que Fisch interprete lo de tus productos (lit. de tu hechura) como «los artículos manufacturados exportados a Tiro por otros pueblos», cuando el hebreo dice precisamente lo contrario, pues el hebreo merob maasáyij significa de seguro: «de tus abundantes hechuras», esto es, de muchas cosas hechas por ti. Es una prueba de sabiduría, por parte de individuos y de naciones, animarse a producir, tanto en la agricultura como en el arte, la industria, etc., pues contribuye mucho a la riqueza de un país, y a su condición social, económica, política (y hasta moral), el poder exportar productos de su propia hechura.
Versículos 26–36
Como dicen los autores de la excelente obra Search the Scriptures, «los versículos 5–11 nos dan una descripción del navío; los versículos 12–25, de su cargo; y los versículos 26–36, de su naufragio y pérdida total, con el duelo ampliamente difundido que le siguió».
1. La destrucción de Tiro fue súbita. Su sol se puso al mediodía. Y toda su pompa y opulencia, su dignidad y su poder, no hicieron sino agravar su ruina. Ahí la tenemos, como un gran navío ricamente cargado que se hunde por la indiscreción de sus remeros (v. 26): «A alta mar te condujeron tus remeros, sin percatarse de la tempestad que se cernía a sotavento; así que el viento solano te quebrantó en medio de los mares» (comp. con Éx. 14:21; Sal. 48:8). Los gobernadores de la ciudad se enredaron en una guerra con los caldeos, que fue la ruina del país. Con su insolencia, provocaron a Nabucodonosor a invadirles y, con su obstinación, le enfurecieron hasta tal punto que decidió acabar con ellos y, como un viento solano, los quebrantó en medio de los mares.
2. Todas sus riquezas quedaron sepultadas con ella (v. 27): «Tus riquezas, tus mercancías, tu tráfico, tus remeros, etc … caerán en medio de los mares el día de tu ruina». Todos los que tienen a su cargo la nave, «los marineros» (v. 28), es decir, los gobernadores y los potentados del país, gritarán tan alto que se estremecerán los suburbios de la ciudad. No es seguro el significado del vocablo hebreo migroshoth, que podría significar las olas (comp. con Is. 57:20), esto es, las flotas que por entonces surquen los mares junto a Tiro, aunque «en todos los demás lugares de la Biblia, migrash denota las dehesas que rodean una ciudad» (Fisch). También podría significar los vecinos distritos costeros.
3. A Tiro se le echará entonces en cara su anterior prosperidad (vv. 32–34): la que antes era Tiro la renombrada, será llamada ahora Tiro la quebrantada por los mares en lo profundo de las aguas. La reacción de los espectadores será muy diversa: (A) Unos (v. 35) quedarán atónitos de espanto, temblando, demudado el rostro; la ansiedad estará retratada en sus caras. (B) Otros (v. 36) silbarán «con silbidos de mofa y alegría» (Asensio), escarnecen el orgullo que la dominaba, critican la mala administración de sus gobernantes o, simplemente, llevados de una rivalidad vengativa, ya que tienen por muy justa la ruina de la ciudad: «para siempre dejarás de ser»; como si dijesen: «de este golpe no se va a recobrar» (Feinberg).
4. No estará de más terminar el comentario a este capítulo con la siguiente aplicación devocional del propio Feinberg:
RICO SIN DIOS. El informe sobre Tiro tiene una relevancia especial para nuestros días, pues las áreas en las que sobresalía y por las que constituía la envidia de todo el antiguo mundo son precisamente los campos en los que toda nación moderna intenta afirmar su superioridad. Pero Tiro tiene un mensaje para nuestra época, y es que las riquezas sin Dios son incapaces de satisfacer el corazón del hombre y, con frecuencia, impiden a muchos depender de Dios. ¿Acaso no se ha introducido este espíritu en la Iglesia, y se ha metido muy hondo en la vida de demasiados creyentes?
I. Predicción de la caída y de la ruina del rey de Tiro, quien, en la destrucción de dicha ciudad, es señalado en especial como blanco de los dardos de Dios (vv. 1–10). II. Lamentación por el rey de Tiro, aun cuando ha caído por su propia iniquidad (vv. 11–19). III. Profecía de la destrucción de Sidón, que estaba ubicada en la vecindad de Tiro (vv. 20–23). IV. Promesa de restauración del Israel de Dios, aunque en el día de su desgracia habían sido objeto de insultos y escarnio por parte de sus vecinos (vv. 24–26).
Versículos 1–10
El rey de Tiro es aquí singularizado de entre el resto, pues hay un mensaje de parte del Señor Jehová (v. 2) para él, y el profeta se lo va a enviar.
1. Debe echarle en cara su orgullo (v. 2): «Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy un dios … (siendo tú hombre y no Dios …)». Sólo un orgullo, justamente llamado «satánico», puede hacer que un mero hombre se crea un dios. Quizá pensaba que la ciudad de Tiro dependía de él tan necesariamente como depende el mundo de Dios que lo creó. Pero se le dice claramente que no es un dios, sino un mero hombre, una frágil y mortal criatura de Dios (comp. con Is. 31:3). No importa que le adulen hasta hacerle creer que es superior a todos los demás mortales. Con fino sarcasmo (v. 3), se le dice a Itobal II (pues así se llamaba el a la sazón rey de Tiro): «¡He aquí que tú eres más sabio que Daniel!
¡No hay secreto que te sea oculto!» (comp. con Dn. 4:6). Dice Fisch: «En 14:14, Daniel fue mencionado como un prominente ejemplo de piedad; aquí, de sabiduría».
2. Así como algunos reyes de Judá eran aficionados a la agricultura (v. por ej. 2 Cr. 26:10, al final), así el rey de Tiro era aficionado al comercio (vv. 4, 5) y, de este modo, había acumulado riquezas y adquirido oro y plata en sus tesoros. Atribuía a sí mismo, a su sabiduría y a su sagacidad el incremento de sus riquezas, no a la providencia de Dios; se olvidaba así del que da el poder para hacer las riquezas (Dt. 8:17, 18). Se creyó sabio porque era rico, siendo así que un necio puede llegar a enseñorearse de una gran fortuna (Ec. 2:19).
3. Comoquiera que el orgullo va delante de la destrucción, y un espíritu altivo antes de una caída, el profeta tiene que referirle al rey de Tiro esa destrucción y esa caída. «Por haber pretendido ser un dios (v. 6), vas a dejar de ser ni siquiera hombre» (v. 7): «He aquí que yo traigo sobre ti extranjeros, los más feroces de las naciones—los caldeos, un ejército formado de soldados de muchas naciones y temibles por su fuerza y su ferocidad—. Destruirán todas las riquezas que el rey acumuló con su sabiduría (vv. 4, 7) y mancharán tu esplendor», es decir, profanarán esa gloria que él ha considerado «divina». Y hasta en su muerte va a quedar tan envilecido que bien puede desesperar de ser deificado después de morir (vv. 8– 10). ¿Acaso le dirá al que le mate: «Yo soy Dios»? La «muerte de incircuncisos» (v. 10) significa aquí una muerte vergonzosa, «la de los pasados a cuchillo y cuyos cadáveres, o yacen insepultos y sin honor, o son enterrados donde mejor parece, sin discriminación y sin honores fúnebres» (Davidson, citado por Fisch).
Versículos 11–19
Después de la caída del rey de Tiro, vemos ahora predicho el duelo que se va a hacer por él.
1. Gran parte de los exegetas modernos, especialmente judíos y catolicorromanos, aplican esta porción al rey de Tiro Etbaal, Itobal o Itobaal. Asensio viene a terminar su comentario sobre esta porción del modo siguiente: «En este ambiente de gloria y perfección, recogido en un cuadro bíblico con reflejos de la mitología cananea-fenicia, vivió feliz y seguro el rey-personificación de Tiro, hasta que la iniquidad, orgullo e injusticia en su vida de comercio, hizo presa en él». El rabino Fisch interpreta el pasaje de manera similar, aunque sin acudir a «reflejos de mitología». Sobre el versículo 15 dice: «Perfecto eras. Antes de que sus vastas riquezas le llenasen de orgullo y ambición, no se podía hallar ninguna falta en su conducta».
2. Sin embargo, la voz unánime de los exegetas antiguos y la de los más expertos evangélicos modernos, ha visto, tras la figura del rey de Tiro, otra figura todavía más siniestra: la del propio diablo. Dice Ryrie: «Esta sección (vv. 11–19), con sus referencias sobrehumanas, claramente describe a uno diferente del gobernante humano de Tiro; a saber, Satanás». Feinberg, por su parte, comenta: «Según tenía a la vista (Ezequiel) los pensamientos y los caminos de aquel monarca (el de Tiro), claramente discirnió detrás de él la fuerza motivadora y la personalidad que le impelía en su oposición contra Dios. En una palabra, vio la obra y la actividad de Satanás, a quien el rey de Tiro emulaba en tantos aspectos». Y la tan mencionada y prestigiosa obra Search the Scriptures, al comienzo del estudio de los capítulos 27 y 28, dice: «Los términos usados con referencia a él (el rey de Tiro), especialmente en los versículos 11– 19, son tales que la figura del gobernante humano parece fusionarse con la del propio Satanás, el originador de los pecados de los que Tiro era culpable».
3. Extrañamente, nuestro M. Henry no ha acertado a ver aquí, en forma alguna, a Satanás, y llega a explicar el «perfecto eras» del versículo 15 del modo siguiente: «Perfecto eras en todos tus caminos; prosperabas en todos tus negocios y todo marchaba bien contigo» (¡!). Téngase en cuenta que el vocablo hebreo tamim, que aquí usa el texto sagrado, es el mismo de Job 1:1, entre otros lugares, y su significación literal es «íntegro», «cabal», «irreprochable», algo que Dios mismo (Job 1:8) atribuye a Job en presencia de Satanás. ¿Podrá decirse que el rey de Tiro era alguien tan cabal como Job, por ejemplo, antes de que el orgullo le ganase el corazón?
4. Todas las expresiones de estos versículos 11–19 tienen sentido si detrás de la figura del rey de Tiro vemos la figura siniestra del propio Satanás, y ninguna tiene sentido si no acertamos a ver al diablo. Por otra parte, los autores sagrados evitan cuidadosamente los elementos mitológicos, especialmente en sus profecías. Veamos algunos detalles:
(A) En el versículo 12b: «Tú el que sella perfección» (lit.), expresión que designa su belleza perfecta, física y mental, según lo explica el contexto posterior en el mismo versículo 12: «lleno de sabiduría y acabado en hermosura». ¡Demasiada adulación a un rey como el de Tiro!
(B) En el versículo 13: «En Edén, en el huerto de Dios estuviste». Sí, allí estuvo Satanás, para desgracia de toda la familia humana. Contra la opinión de que en el Próximo Oriente el rey era como la personificación del primer hombre, dice Feinberg: «Ninguna prueba se nos da, con base en la Escritura, de esta posición, y no está justificada aquí. La descripción supera con mucho lo que se nos induce a creer con respecto a Adán en el Edén».
(C) En el versículo 14: «Tú eras el ungido querubín (comp. con v. 16, donde se repite) que cubre» (lit.). Dice el propio Fisch: «El rey de Tiro es comparado a un querube, porque los querubines en el Tabernáculo y en el Templo de Salomón extendían sus alas por encima del Arca, y simbolizaban protección». Y en la Ryrie Study Bible leemos: «Satanás había ocupado un lugar especial de prominencia en guardar el trono de Dios (cf. Éx. 25:20)». ¿Estaba Satanás, antes de su caída, encargado de velar por la gloria de Dios en todo nuestro actual sistema solar? Esto arrojaría mucha luz sobre algunas referencias novotestamentarias a él. La etimología de kerub es asiria, no hebrea, y comporta la idea de «fuerza protectora» (comp. con Gn. 3:24), con lo que el papel de querubín es muy distinto del papel del serafín (de saraph, arder). Esto explica la posición de prominencia de Satanás antes de su caída (un «superprotector», de lo más alto de la nobleza angélica), y que llegase a ambicionar el trono de Dios (si se admiten, en este sentido, las referencias de Is. 14:12–14), faltándole el «ardor» del serafín, que le habría mantenido en la humildad y el amor de Dios.
(D) En los versículos 14b y 16b se hace mención del monte de Dios», no la mitológica «montaña de los dioses» (Asensio), sino, en conformidad con 20:40, el monte donde resplandece de modo especial la presencia de Dios. En Ezequiel 20:40, el monte de Dios es el monte Sion, como es claro por el contexto, pero en 28:14, 16 no puede referirse al monte Sion. Sólo queda interpretarlo como el lugar donde se asienta el trono de Dios en el cielo. Y, como allí no puede habitar ninguna cosa inmunda e impura, tan pronto como el pecado entró en Satanás, éste tuvo que ser arrojado del monte de Dios (v. 16. El v. 17 nos dice cuál fue ese pecado: el orgullo; comp. con 1 Ti. 3:6; Is. 14:13, 14).
(E) Ya en el versículo 17 y, sobre todo, en los versículos 18 y 19, vuelve poco a poco la figura terrena, humana, del rey de Tiro, sin perder del todo los rasgos de Satanás. Dice Ryrie: «El juicio de Satanás, anunciado en estos versículos, no se consumará hasta que sea arrojado para siempre al lago de fuego (Ap. 20:10)». Personalmente opino—nota del traductor—que estos versículos, especialmente el 18 y el 19, se aplican, en primera línea, al rey de Tiro, incluso la última frase, que dice literalmente «y nada de ti para siempre».
Versículos 20–26
La destrucción de Sidón, ciudad que estaba cerca de Tiro. Era más antigua, pero no tan importante; dependía de Tiro, con ella se sostuvo y con ella cayó.
1. Los sidonios eran más adictos a la idolatría que los tirios, los cuales, al ser hombres de negocios, no se interesaban tanto ni por la religión ni por la superstición. Los sidonios eran notables por su culto a la diosa Aserá o Astarté. Jezabel, hija del rey de Sidón, fue la que introdujo en Israel el culto a Baal (1 R. 16:31); así que Dios había sido muy deshonrado por los sidonios.
2. Los castigos que serán infligidos a Sidón son la guerra y la peste (v. 23). Y no sólo sobre Tiro y Sidón ejecutará Dios sus juicios, sino también sobre todos los que hayan despreciado a Su pueblo Israel y se hayan regocijado de sus desgracias; pues éste era ahora el motivo de controversia de Dios con las naciones que estaban en los alrededores (v. 26) de Israel.
3. Dios será glorificado en la restauración final de Su pueblo. También por Su pueblo había sido deshonrado Dios a causa de los pecados de ellos; y los sufrimientos de ellos habían dado también al enemigo ocasión para blasfemar (Is. 52:5); pero Dios los sanará un día de sus pecados y los rescatará de sus aflicciones (vv. 24–26) y, de este modo, será santificado (v. 25b) en ellos ante los ojos de las naciones, y habitarán en su tierra. Habitarán (v. 26) en ella seguros, etc., porque no habrá nadie ni nada que les inquiete. El versículo 24 (y, por consiguiente, los dos siguientes) sólo podrá tener cumplimiento al final de los tiempos, esto es, durante el Milenio, cuando hayan salido ya de la Tribulación y haya ocurrido la Segunda Venida de Cristo. En efecto, antes de eso, ni ha sucedido ni es de esperar que suceda lo que en estos versículos 24–26 se dice de Israel. Feinberg hace notar que «Cincuenta y cuatro veces usa Ezequiel la expresión (o su equivalente) «y sabrán que yo soy Jehová su Dios». La idea es que todos han de conocer finalmente que Jehová es la fuente de todas las bendiciones, calamidades y cambios de fortuna de las naciones, de forma que Su voluntad sea reconocida por todos los hombres».
Vienen ahora cuatro capítulos concernientes a Egipto y a su Faraón. Egipto había sido en la antigüedad casa de esclavitud para el pueblo de Dios; recientemente, los israelitas habían dependido demasiado de ese país; por consiguiente, ya llegase hasta Egipto esta predicción o no, habría de ser útil para Israel, a fin de quitarles la confianza que habían puesto en Egipto. En este capítulo tenemos: I. Predicha la destrucción del Faraón, por haberse portado engañosamente con Israel (vv. 1–7). II. Predicha la desolación del país de Egipto (vv. 8–12). III. Prometida su posterior restauración parcial después de cuarenta años (vv. 13–16). IV. La posesión que se había de dar de la tierra de Egipto a Nabucodonosor (vv. 17–20). V. Una promesa de misericordia a Israel (v. 21).
Versículos 1–7
1. Fecha de esta profecía contra Egipto. El 12 del mes décimo del año décimo (v. 1) del reinado de Sedequías, es decir, en enero del 586 a. de C., unos siete meses antes de la caída de Jerusalén. La primera profecía contra Egipto se da justamente cuando el rey de Egipto viene en socorro de Jerusalén para levantar el asedio (Jer. 37:5), pero el objetivo no se llegó a lograr.
2. La profecía va dirigida (v. 2) contra Faraón rey de Egipto … y contra todo Egipto. Comienza por el rey, pues la profecía empezó a cumplirse en las rebeliones del pueblo contra el príncipe, no mucho después de esto.
3. La profecía misma. El Faraón Jofrá, nieto de Necó (el que mató a Josías—2 R. 23:29—), pues él era a la sazón el Faraón de Egipto, es representado aquí (v. 3) como el gran dragón que yace en medio de sus ríos, es decir, los afluentes y los canales del Nilo. Ese «gran dragón» es, por supuesto, el cocodrilo. El Nilo era famoso por sus cocodrilos.
(A) El orgullo y la falsa seguridad del Faraón. Se jacta de ser un príncipe absoluto, príncipe único, sin socio ni competidor en el mando. El motivo del Faraón para sus pretensiones es vano y ridículo (v. 3, al final): «Mío es el Nilo (lit. Para mí es mi río), pues yo lo hice para mí». Aquí usurpa dos prerrogativas divinas: las de ser el autor y el fin de su ser y de su felicidad. El «Yo» es el gran ídolo al que todo el mundo presta adoración, con desprecio de Dios y de Su soberanía.
(B) El procedimiento que Dios usó con este orgulloso, a fin de humillarle. Si él es el gran dragón de las aguas, Dios lo va a tratar de acuerdo con eso (vv. 4, 5).
(a) Cuenta Herodoto que este Faraón que era ahora rey de Egipto, reinó 25 años en gran prosperidad y se engrió tanto con sus éxitos que llegó a decir que ni el mismo Dios podía echarle de su reino. En nombre de Dios, Ezequiel le corta el vuelo con una amenaza divina que se ajusta estupendamente a las bravatas del Faraón: Si el Nilo es el país, los peces son los habitantes, y él es el cocodrilo que reina y todo lo controla en el río, Dios va a lanzarle (v. 4) grandes anzuelos a las quijadas, y pegados a sus escamas saldrán con él todos los peces de sus ríos. Una vez que lo haya sacado del Nilo, con toda su gente, Dios (v. 5) los arrojará a él y a todos los peces de sus ríos al desierto. Puesto que los peces han decidido vivir o morir con su rey, todos saldrán en la misma red, caerán en campo abierto, y allí morirán como peces sacados del agua. ¡Buen banquete para las fieras de la tierra y las aves del cielo! (v. 5b).
(b) Ahora bien, esto es lo que suponen los historiadores que ocurrió poco después, cuando este Faraón, en defensa de Aricio rey de Libia, que había sido arrojado de su trono por los habitantes de Cirene, reclutó un gran ejército y marchó contra los de Cirene para restablecer en el trono a su amigo, pero fue derrotado en el campo de batalla, lo cual ocasionó a su reino tal disgusto que se sublevaron sus súbditos contra él. Así fue arrojado al desierto él y todos los peces (los soldados, magistrados, etc.) de los ríos.
(C) El motivo de la querella que tenía Dios con los egipcios era que habían engañado al pueblo de Dios, pues no le ayudaron cuando tanta confianza había puesto Israel en Egipto. Egipto resultó (vv. 6 y 7)
«báculo de caña para la casa de Israel», al fin y al cabo, frágil caña que, al quebrarse (v. 7), disloca los hombros del que se apoya en él y le hace perder el equilibrio. Siempre que Israel se apoyaba en Egipto, los egipcios no podían, o no querían, ayudarle. Es probable que el rey de Egipto hubiese incitado a Sedequías a romper su pacto con Nabucodonosor, con la promesa de que él le apoyaría en la rebelión contra el caldeo, lo cual no hizo. Dios les había dicho (comp. v. 6 con 2 R. 18:21; Is. 36:6) que los egipcios eran como caña rajada, inservible (Is. 30:6, 7). Y ahora pudieron convencerse de ello.
Versículos 8–16
1. Profecía de la ruina de Egipto. La amenaza es bien específica; y el pecado es el orgullo (v. 9). Dios está contra el rey y contra el pueblo de Egipto (v. 10): «He aquí que yo estoy contra ti y contra tus ríos». Las aguas significan pueblos y muchedumbres (Ap. 17:15). Así que muchedumbres paganas serán exterminadas por la espada de la guerra, de una guerra civil. El país quedará despoblado (vv. 8–12) durante 40 años (v. 11, al final). Esto fue como resultado de la guerra que el rey de Babilonia emprendió contra ellos. La frase del versículo 12 «Y pondré a la tierra de Egipto en soledad entre las tierras asoladas» significa que «el estado de desolación en Egipto será tan extremado que resultará notorio, incluso en comparación con otras tierras que hayan sido asoladas por un ejército invasor» (Fisch). Serán esparcidos (v. 12, al final) entre las naciones, de forma que aquellos que pensaban tener en sus manos el control del poder, iban a convertirse ahora en la gente más despreciable.
2. Profecía de la restauración de Egipto (v. 13). Cuando hayan pasado cuarenta años (v. 13), serán recogidos y devueltos a su país los egipcios que fueron esparcidos por las naciones. La cautividad de los egipcios terminó, poco más o menos, al mismo tiempo que la de los judíos, aunque la de éstos había comenzado unos treinta años antes. Sin embargo, los egipcios no volverán a levantar cabeza (vv. 14–16), pues serán un reino de baja condición (v. 14, al final); «pequeño en dimensión y de condición humilde» (Fisch). No sólo será de baja condición, sino que será (v. 15) el más humilde en comparación con los otros reinos. Será humillado de esta manera por dos razones: (A) Para que no se enseñoree de sus vecinos (v. 15b), sino que sepa lo que es estar bajo y menospreciado. (B) Para que no vuelva a engañar al pueblo de Dios (v. 16): «Y no será ya más para la casa de Israel apoyo de confianza»; no volverán a confiar en él como lo habían hecho en el pasado.
Versículos 17–21
La fecha de esta profecía es el día primero del mes primero del año veintisiete «del reinado del destronado Joaquín (marzo-abril del 571)» (Asensio). Como veremos al examinar el contexto posterior, esto coincidió con el año decimotercero del asedio de Nabucodonosor contra Tiro, el cual era precisamente el año 571 a. de C. Veamos aquí:
1. Las circunstancias históricas que concurrieron en los hechos a que aluden los versículos 18–20. Después de la destrucción de Jerusalén, Nabucodonosor empleó dos o tres campañas en la conquista de los amonitas y moabitas. Luego pasó trece años en el asedio de Tiro. En todo ese tiempo, los egipcios estuvieron enredados en guerra contra los de Cirene, lo que les debilitó y empobreció enormemente; y, al final del asedio de Tiro, Dios comunica esta profecía a Ezequiel, para darle a entender que la completa destrucción de Egipto, que le había comunicado quince o dieciséis años antes, sería llevada a cabo ahora por manos de Nabucodonosor. Parece ser que la profecía que comienza aquí se continúa hasta el versículo 20 del capítulo siguiente. Es la última profecía (cronológicamente) de este profeta, pero se pone aquí a fin de que figuren juntas todas las profecías contra Egipto.
2. El éxito que Dios iba a otorgar a Nabucodonosor contra Egipto (vv. 19, 20). Fue una presa fácil y barata. Jeremías había profetizado (Jer. 43:12) que Nabucodonosor «se envolvería en la tierra de Egipto como se envuelve un pastor con su capa» (versión más probable), lo que insinúa cuán rica y barata presa le iba a resultar.
3. Este éxito era una recompensa por el arduo servicio que había hecho prestar a la causa de Dios, al hacer que su ejército atacase a Tiro (vv. 18, 20). En efecto:
(A) La toma de Tiro le costó a Nabucodonosor abundancia de dinero y de sangre. En el asedio, «toda cabeza había quedado calva, y todo hombro pelado», de tanto llevar pesadas cargas sobre los hombros y con el yelmo puesto en la cabeza.
(B) En este servicio, Dios reconoce que trabajaron para Él (v. 20). Dios mismo los puso a trabajar allí, a fin de humillar a una ciudad llena de soberbia, donde reinaba un rey extremadamente orgulloso, aun cuando ellos no tenían la intención de servir a Jehová ni pensaban tal cosa en su corazón.
(C) Por este servicio no habían recibido paga humana. La toma de Tiro fue para los babilonios una empresa muy cara. Nabucodonosor se había prometido un rico botín, pero los tirios enviaron por barco lo mejor que tenían y arrojaron al mar el resto, por lo que los babilonios no hallaron otra cosa que unos muros desnudos.
(D) Nabucodonosor tendrá el despojo de Egipto para recompensarle por el servicio que prestó contra Tiro.
La misericordia que tenía reservada Dios para la casa de Israel (v. 21). Cuando las aguas del mar están en pleamar, se disponen a bajar; y cuando están en bajamar, se disponen a subir. Nabucodonosor estaba en el cenit de su gloria cuando había conquistado el Egipto, pero en el plazo de un año se volvió loco (Dn. 4). Cuando él estaba en lo más alto, Israel estaba en lo más bajo; pero en aquel día (v. 21), es decir, «con la caída de Egipto» (Feinberg), retoñará el poder (lit. el cuerno, símbolo de poder y fuerza, como también de abundancia) de la casa de Israel. Dios lo hará retoñar. En cuanto a la frase del versículo 21b «Y te daré el abrir de la boca en medio de ellos» (lit.), dice Asensio: «no se trata de sacarle del mutismo relativo a que había estado sujeto durante un período más o menos largo (cf. 3:26 con 24:27), sino de abrirle el camino para el anuncio seguro y alegre (cf. 16:63) de la restauración de Israel». Fisch, por su parte, comenta: «El cumplimiento de la predicción de Ezequiel establecerá la autenticidad de su mensaje. Ya no sentirá por más tiempo su palabra restringida por el escepticismo de su pueblo».
I. Continuación de la profecía contra Egipto, justamente antes de que la desolación de aquel otrora floreciente reino fuese completada por Nabucodonosor; en esa profecía se predice la destrucción de todos sus aliados (vv. 1–19). II. Repetición de una anterior profecía contra Egipto, justamente antes de la desolación del país, comenzada por la mala conducta de sus habitantes, lo que los fue debilitando poco a poco y preparó el camino para el rey de Babilonia (vv. 20–26).
Versículos 1–19
La profecía de la destrucción de Egipto se detalla aquí de lleno.
1. Será una destrucción muy de lamentar, tal que ocasionará gran pesadumbre (vv. 2, 3): «Ahora es vuestro día, cuando lleváis a todos por delante y los holláis a diestro y siniestro, pero Dios tendrá en breve Su día; será un día de nublado»; añade «el día de las naciones» porque «Egipto es considerado aquí como una representación del juicio de Dios sobre todas las naciones impías» (Ryrie). Para Feinberg, «el juicio de Egipto fue el comienzo del castigo a escala mundial de todas las naciones, especialmente las de alrededor de la tierra de Palestina que habían hecho sufrir a Israel las que más».
2. Será la destrucción de Egipto y de todas las naciones aliadas de Egipto. Caerá Egipto (v. 4) y caerán las naciones vecinas con él. Cuando caigan espesamente las víctimas en Egipto (v. 4), habrá alarma angustiosa en Etiopía. Había muchos extranjeros que, por un motivo u otro, residían en Egipto, «probablemente mercenarios que Egipto había alquilado de diversas razas» (Fisch). «Los hijos de la tierra del pacto» (v. 5b. Lit.) es una frase que designa, con la mayor probabilidad, «los judíos que, sobre todo a partir de la deportación del 597, se habían instalado en Egipto y engrosado, en mayor o menor número, su ejército» (Asensio). Fisch niega esto al interpretar la frase como «la tierra en alianza con Egipto». Feinberg deja la puerta abierta a la discusión. Esta desgracia va a caer también sobre esos «hijos del pacto» (comp. con Hch. 3:25), que se fueron a Egipto contra la voluntad de Dios.
3. Todos los que intenten dar su apoyo a un Egipto que se hunde, se hundirán también con él (v. 6). Desde Migdol hasta Sevené (comp. con 29:10b), de norte a sur, todo el poderío de Egipto se derrumbará, hasta el punto de que la multitud nativa de Egipto llegará a desaparecer (v. 10), por mano de Nabucodonosor, rey de Babilonia (comp. con 29:19). Un país tan poblado quedará casi despoblado.
¿Piensa Egipto que el Nilo le sostendrá, y que varios canales del río le van a servir de defensa? Dios los secará (v. 12). ¿Le sostendrán sus ídolos? Dios los destruirá (v. 13). ¿Acaso hallarán su apoyo en la familia real? «No habrá más príncipe en la tierra de Egipto» (v. 13b). ¿Piensan que tendrán la bravura suficiente para resistir al enemigo en el campo de batalla? Dios sembrará el terror en la tierra de Egipto (v. 13, al final). Pero, ¿quizá la generación siguiente restablecerá el poderío de la nación? ¡Ay! «Los jóvenes de Aven y de Pi-béset (de Heliópolis y de Bubastis, ciudades importantes del Bajo Egipto) caerán a filo de espada, y éstas (lit.), ya sean las ciudades o las mujeres, irán al cautiverio». Las esperanzas de Egipto habrán quedado privadas de todos sus posibles puntos de apoyo.
4. Dios será el que infligirá a Egipto todos estos castigos (v. 8), pues el rey de Babilonia y su ejército serán únicamente instrumentos, en manos de Dios, de esta destrucción (v. 10). Los que intentaron proteger a Israel contra el rey de Babilonia no podrán protegerse a sí mismos.
5. No habrá lugar en la tierra de Egipto que quede exento de la furia del ejército caldeo, por muy fuerte que sea o por muy apartado que esté: La espada recorrerá todo el país, llenando de muertos la tierra (v. 11). Se mencionan por su nombre varias ciudades: Patrós, Soan (hebr. Tsoan) y No, es decir, Tebas (v. 14); Sin y la multitud de No (v. 15). Por segunda vez se menciona a Sin, y por tercera vez a Tebas (No), en el v. 16. El énfasis sobre No (Tebas) quizá se deba a que estaba muy bien fortificada y Dios quiere dar a entender que, «aun siendo una fortaleza, el ejército invasor le abrirá una brecha y la invadirá» (Fisch). Sigue la lista de las ciudades: Aven y Pi-béset (v. 17), y Tafnes (hebr. Tejafnejés). Todas ellas quedarán desoladas y a todas puede aplicarse lo que el autor sagrado aplica a esta última, por representar «el último paso del hundimiento definitivo de Egipto como gran nación bajo el peso del justo juicio (cf. 29:6, 9, 21) de Jehová» (Asensio). Las frases del v. 18 tienen, efectivamente, sabor escatológico.
6. El final de esta predicción (v. 19) deja: (A) El orgullo de Egipto mortificado: «Así, pues, ejecutaré juicios en Egipto». (B) El Dios de Israel glorificado: «Y sabrán que yo soy Jehová».
Versículos 20–26
Esta breve profecía acerca de la debilitación del poder de Egipto fue pronunciada en tiempos en que el ejército egipcio, al intentar el levantamiento del asedio de Jerusalén, vio frustrado su plan y tuvo que volverse de vacío a su país.
1. Se predice aquí que el rey de Egipto se volverá cada vez más débil, lo cual ya se había realizado en parte (v. 21): «he quebrado el brazo de Faraón». Puede decirse que se le rompió un brazo a Egipto cuando el rey de Babilonia derrotó las fuerzas del Faraón Necó II en Carquemís (Jer. 46:2) y se hizo el amo «de todo lo que era suyo desde el río de Egipto hasta el río Éufrates» (2 R. 24:7b). Le rompieron el brazo antes que le rompieran el corazón y el cuello. Esta fractura se iba a repetir ahora, pero más grave (v. 22): «… y quebraré sus brazos, el fuerte y el fracturado». El rey de Egipto se quedará sin ánimos ni fuerzas cuando se halle en peligro de caer en manos de las tropas del rey de Babilonia (v. 24, al final):
«… y delante de aquél (del rey de Babilonia) gemirá (el rey de Egipto) con gemidos de herido de muerte».
2. Se predice también que el pueblo de Egipto será esparcido por Dios entre las naciones y dispersado por las tierras (v. 23), profecía que se repite en el versículo 26, con la añadidura del estribillo:
«y sabrán que yo soy Jehová».
3. Al revés que el rey de Egipto, del rey de Babilonia se predice aquí (vv. 24, 25) que se hará cada vez más fuerte.
La profecía de este capítulo es igualmente contra el país de Egipto, y tiene por objeto humillar al Faraón, a quien se acusa aquí de orgullo y altivez, así como de los daños causados al pueblo de Dios. Pero el Faraón se considera a sí mismo tan alto como para no tener que rendir cuentas a ninguna otra autoridad, y tan fuerte como para no poder ser conquistado por nadie. Por consiguiente, Dios ordena a Ezequiel que vaya a informarle del caso del rey de Asiria, cuya capital era Nínive. I. Ha de mostrarle cuán grande había sido el monarca de Asiria y cuán vasto el imperio que estaba bajo su dominio (vv 3–9). II. Tiene que mostrarle luego cuánto se parecía él al rey de Asiria en su orgullo (v. 10). III. A continuación, ha de leerle el relato de la caída y de la ruina del rey de Asiria (vv. 11–17). IV. Debe, al fin, dejar a la consideración del Faraón el aplicarse a sí mismo todo esto, al ver su propio rostro en el espejo del pecado del rey de Asiria, y prever así su propia caída (v. 18)
Versículos 1–9
Esta profecía lleva la fecha del mes anterior al de la caída de Jerusalén, así como la que se halla al cierre del capítulo anterior era de unos cuatro meses antes. Cuando el pueblo de Dios se hallaba en lo más profundo de su aflicción, podría servirles de algún consuelo el que se les dijese desde el cielo que la copa de aturdimiento que ellos apuraban sería quitada en breve de las manos de ellos y puesta en las manos de quienes les odiaban (Is. 51:22, 23).
1. Se le ordena al profeta que vaya al Faraón y le urja a buscar un caso paralelo al suyo (v. 2). Las caídas ajenas, tanto en el pecado como en la ruina, nos sirven de admoniciones para que no tengamos de nosotros mismos un concepto más alto del que debemos tener (Ro. 12:3), ni pensemos que ya estamos fuera de todo peligro (v. 1 Co. 10:12).
2. También se le ordena que le muestre al Faraón el ejemplo de uno a quien él se parece en grandeza (v. 3). Senaquerib era uno de los más poderosos príncipes de la monarquía asiria, pero ésta se hundió poco después de la caída de él, y la monarquía caldea fue edificada sobre las ruinas de la asiria. El monarca asirio es comparado aquí (v. 3) a un esbelto cedro del Líbano.
(A) En efecto, Senaquerib era como un cedro en el Líbano … cuya copa estaba entre densas ramas (v. 3). «La rama cimera no estaba aislada, sino rodeada de frondoso y espeso ramaje, algo que presta belleza y grandeza majestuosa a un árbol» (Fisch). Además, sobrepasaba en altura (v. 5) a todos los árboles del campo; podría pensarse (v. 8) que eran como arbustos al lado de él.
(B) Era además un cedro que alargó mucho sus ramas (vv. 5, 7), lo cual es una alusión a las numerosas conquistas que llevó a cabo, con una influencia todavía más amplia que el territorio de sus conquistas. Sus largos dominios eran hábilmente administrados. Su gobierno era admirable a los ojos de todos los hombres. En todas las naciones circundantes no había un solo príncipe tan admirado ni tan cortejado como el rey de Asiria.
(C) «A su sombra habitaban todas las grandes naciones» (v. 6, al final), es decir, las naciones circundantes buscaban refugio y protección en este poderoso príncipe y, con tal de gozar de esta refrescante sombra, los reyes de otras naciones le rendían homenaje y pleitesía. Pero la mayor seguridad y protección que un ser creado pueda ofrecer, aunque sea el más poderoso rey de Asiria, no es más que como la sombra de un árbol, lo cual es una protección muy escasa; mientras que Dios nos toma bajo la sombra de sus alas, donde estaremos más calientes y seguros que si estuviésemos bajo la sombra del más fuerte, esbelto y copudo cedro (Sal. 17:8; 91:4).
(D) Este cedro parecía estar bien establecido y arraigado en su grandeza y su poder. No era como la retama en el desierto, hecha para morar en los sequedales (Jer. 17:6), ni como raíz de tierra seca (Is. 53:2). Tenía abundancia de riquezas con que sostener su grandeza y su poder (v. 4): «Las aguas lo hicieron crecer, pues tenía enormes ingresos no sólo de su país, sino también de los tributarios, los ríos que corrían alrededor del lugar en que estaba plantado». La frase segunda de dicho versículo («lo encumbró el abismo») significa que lo que más contribuyó al crecimiento del árbol fueron las corrientes de agua subterráneas, y denotaba así una provisión de humedad que no suele cesar. Todas estas riquezas y reservas de recursos económicos de toda clase le capacitaban para asegurar y fortalecer sus intereses en todas partes; de forma que, como en el caso de Agripa I (Hch. 12:20), los territorios limítrofes eran abastecidos por el del rey, ya que él «enviaba sus corrientes a todos los árboles del campo» (v. 4, al final). Como suele decirse, el rey asirio tenía más que suficiente «para dar y vender» a los demás príncipes que le rendían tributo y vasallaje.
Versículos 10–18
El rey de Egipto se parecía al rey de Asiria en pompa, poder y prosperidad.
1. Igualmente se parece a él en orgullo (v. 10); pues la misma tentación de una condición próspera, por la que muchos son vencidos, resulta también fatal para otros. Dos detalles son de notar en el versículo 10: (A) Hay un cambio rápido (cosa común en el estilo bíblico) de la segunda persona del singular a la tercera, pues el versículo comienza así literalmente: «Por consiguiente, así dice el Señor Jehová: Por cuanto TE has encumbrado en estatura, y HA puesto su cima entre las densas ramas …» (B) El profeta no se dirige en este versículo a Egipto (contra la opinión de M. Henry), sino al rey de Asiria, tanto en la primera frase como en la segunda, a pesar del cambio súbito de persona (que es lo que desconcertó a Henry). Nótese, en Isaías 36:4 y ss., la forma altiva con que el asirio habla de sus éxitos. El parecido con el Faraón está implícito.
2. Cómo se parecerá también a él en su caída.
(A) Veamos primero la caída del rey de Asiria.
(a) Ciájares, rey de los medos, en conjunción con Nabucodonosor, rey de Babilonia, destruyó Nínive y, con ella, el imperio asirio. Con respecto al asirio, tres cosas se afirman aquí: Primera, que es Dios mismo el que ordena su ruina (v. 11): «Yo lo entregaré …, yo lo he desechado». Segunda, que es su propio pecado («según su maldad») el que le acarrea esa ruina. Tercera, que es un poderoso de las naciones paganas el que servirá de instrumento para arruinarle.
(b) En esta historia de la caída del rey de Asiria todavía subsiste el símil del cedro. Se hizo muy alto y extendió sus ramas mucho; pero en este día va a caer, a pesar de ser un cedro tan majestuoso y tan fuerte (v. 12): «Y lo cortan extranjeros, los más feroces de las naciones» (expresión que, una y otra vez, vemos aplicada al ejército caldeo). Primeramente le van cortando ramas, ciudades o regiones arrancadas a la monarquía asiria. Después lo abandonan (v. 12, al final) quienes se habían acogido a su sombra, pues ven que ya no puede servir de protección. Finalmente, lo que queda del árbol sirve únicamente de habitación (v. 13) a fieras y aves de presa; «esta vez, dice Fisch, en sentido literal, no como en el versículo 6: los muertos de Asiria serán pasto de aves y bestias de presa».
(c) Con su caída, todos los árboles que aún se sostenían enhiestos (v. 15, al final) se desmayaron, es decir, desfallecieron las naciones que todavía se tenían en pie al ver cómo caía una nación más fuerte que ellas; y los demás árboles que ya habían sido cortados con anterioridad (vv. 16, 17) se consolaron con la caída del asirio al mismo lugar en que ellos se encontraban («en lo profundo de la tierra», comp. con Is. 14:10 acerca de Babilonia). Con el corte de este cedro se da a entender la muerte de este poderoso monarca y de todos los que le apoyaban. El estruendo de su caída sembró la alarma en las naciones (v. 16). Le habría ido bien a Nabucodonosor, cuando estaba ocupado en la demolición del imperio asirio, si hubiese recibido el aviso que con esto se le daba también a él.
(B) El versículo 18 hace la aplicación de la caída del asirio a la que le espera al rey de Egipto. De igual manera caerá el Faraón.
Concluye aquí el relato de la destrucción del Faraón y de Egipto. Este capítulo es descrito por Davidson (citado por Fisch) como «uno de los más extraños pasajes en la literatura». Consta de dos endechas: I. La primera, sobre Faraón rey de Egipto, bajo el símil de un leoncillo cazado y muerto (vv. 1– 16). II. La segunda, sobre la multitud de Egipto, bajo el símil de un gran jefe, cuyo funeral se describe (vv. 17–32).
Versículos 1–16
1. Se le ordena al profeta que levante endecha (v. 2) sobre Faraón rey de Egipto.
2. Se le ordena también que muestre el motivo de esta endecha.
(A) El Faraón ha sido un perturbador de las naciones, incluso de su propia nación (v. 2b): Se hacía pasar a sí mismo como un leoncillo que espanta con sus rugidos, mientras que, en realidad, era como el dragón en los mares, esto es, «como un cocodrilo (v. en 29:3) cuyo dominio está confinado a las aguas» (Fisch). Si Egipto hubiese tenido sentido común, se habría limitado a su propio país.
(B) El que se empeñaba en perturbar las demás naciones, había de esperar que le perturbasen a él, pues Dios es justo (Jos. 7:25). Esto es descrito mediante una comparación. ¿Es Faraón como un gran dragón? Dios tiene una red (v. 3) lo suficientemente fuerte para sujetarle. El ejército caldeo, compuesto de soldados de muchas naciones («reunión de muchos pueblos»), se encargará de pescarlo en la red de Dios.
(a) La carne de este gran dragón quedará tendida sobre los montes (v. 5). Jehová la pondrá y llenará los valles con su enorme carroña asquerosa. Con el Faraón caerán en la batalla tantos cadáveres de sus soldados, y hasta del pueblo llano, que quedarán esparcidos por los montes y apilados por los valles. La destrucción de Egipto producirá en los países vecinos una tremenda impresión. Cuando el Faraón, que ha sido como una gran antorcha ardiente y llameante, se extinga (v. 7), la humareda que levantará será tan gigantesca que cubrirá el sol con nublado. Esta frase y las demás de este versículo 7 tienen claro sabor apocalíptico (comp. con Jl. 2:10, donde la figura apunta al «Día de Jehová»).
(b) El corazón de muchos pueblos (v. 9) se llenará de terror al ver que la palabra del Dios de Israel se ha cumplido en la destrucción de Egipto, y que todos los dioses de Egipto han sido incapaces de impedirla o aliviarla. Los dejará atónitos (v. 10), al ver que tal opulencia y tanto poder han venido a parar en nada (comp. con Ap. 18:17). No será un asombro de admiración, sino de terror. Cuando otros son llevados a la ruina por el pecado, tenemos motivo para estremecernos de miedo, como sabiéndonos culpables y reos de muerte. Es (v. 11) la espada del rey de Babilonia la que cae sobre Egipto; y, con la del rey, la de su poderoso ejército, los más feroces de las naciones (v. 12, comp. con 28:7; 30:11).
(c) La muchedumbre de Egipto será destruida. La pompa de Egipto será un buen botín para el enemigo. El ganado del país, que solía pastar junto a los ríos, será destruido también (v. 13), ya sea por la espada o por transporte a Caldea. Las aguas de Egipto, que solían correr saltarinas, correrán ahora mansamente, como ríos de aceite (vv. 13b, 14), cual si se unieran en su correr pacífico al duelo de la nación, al no quedar ya planta de hombre ni pezuña de animal que pueda enturbiarlas. El país entero de Egipto quedará despojado de su riqueza (v. 15); así «sabrán que yo soy Jehová»—dice el Señor.
Versículos 17–32
Esta profecía completa el oráculo-carga de Egipto.
1. El funeral de este reino, antaño floreciente.
(A) Este cadáver de reino es llevado aquí al sepulcro. Se le ordena al profeta (v. 18) predecir su destrucción. No obstante, tiene que hacerlo como alguien que se ha interesado afectuosamente por ellos; ha de endechar sobre la multitud de Egipto, incluso cuando los está despeñando. Una vez que Egipto ha muerto, que tenga un funeral honroso; que sea enterrado juntamente con las hijas de las naciones poderosas, es decir, «con otros Estados y pueblos que experimentan una suerte similar» (Fisch).
(B) A este cadáver de reino se le da la bienvenida en el sepulcro (hebr. bor), en las profundidades de la tierra (hebr. tajtiyyoth érets), y, por supuesto, aunque la sinonimia no es completa, en el Seol (v. 21), donde es investido con la ciudadanía de la congregación de los muertos, no sin alguna pompa y ceremonia. Allí yacen, con el imperio asirio, todos los príncipes y potentados de aquella monarquía (v. 22). Allí yace también Elam, que había sido un gran reino en la remota antigüedad, pero quedó más tarde subordinado a Asiria (vv. 24, 25). También Mésec, Tubal (v. 26, comp. con 27:13) y toda su multitud, esto es, sus respectivos pueblos. Fisch resume así el contenido del versículo 27, referente a Mésec y Tubal:
Mésec y Tubal tienen un final más humillante que las otras naciones. Estas últimas, que antaño fueron potencias guerreras, descienden al Seol con su equipaje militar; pero Mésec y Tubal reposan entre los que han sido despojados de sus armas. No se declara cuáles fueron sus excepcionales iniquidades que les ganaron este destino especial.
También yace allí el reino de Edom (v. 29), que había florecido por largo tiempo, pero había sido asolado antes de la destrucción de Egipto (v. 25:13), a la que se alude de nuevo aquí en el versículo 28. Los príncipes del norte (v. 30) es indudablemente una alusión a los sirios, que aparecen aquí cerca de los sidonios (en representación de todos los fenicios).
(C) Todo esto es aplicado al Faraón y a los egipcios en general, quienes no tienen ningún motivo para lisonjearse a sí mismos con esperanzas de tranquilidad, cuando ahora ven, quebrantados como ellos (v. 28), a sus vecinos más sabios, más ricos y más fuertes.
El panorama que esta profecía nos ofrece de tantos Estados que yacen para siempre arruinados, puede mostrarnos algo del mundo presente y del imperio de la muerte en él. Los hombres se ingenian para hallar nuevos medios de destruirse unos a otros. No sólo es el mundo un gran hoyo, sino también un gran reñidero de gallos.
El profeta se vuelve ahora a los hijos de su pueblo. I. Tiene que hacerles saber que es un vigía y que había recibido un encargo concerniente a ellos (vv. 1–9). La sustancia de esto ya la vimos en 3:17 y ss. II. Tiene que hacerles saber también en qué situación se hallan ellos delante de Dios: se hallaban bajo prueba (vv. 10–20). III. Un mensaje especial para los que habían quedado todavía en el país de Israel (vv. 21– 29). IV. Una reprensión a los que asistían personalmente a los mensajes que proclamaba Ezequiel, pero no eran sinceros en sus profesiones de devoción (vv. 30–33).
Versículos 1–9
Ahora que Jerusalén ha sido capturada por los caldeos, se le ordena al profeta dirigirles de nuevo la palabra. Aquí le es renovada su comisión.
1. Se declara cuál es el oficio de un vigía, centinela o atalaya, la confianza que en él se pone y el encargo que se le da (vv. 2, 6).
(A) Se supone que lo que da ocasión al nombramiento de un vigía es un peligro público (v. 2). Cuando un país teme una invasión extranjera, ha de estar siempre sobre aviso. A fin de no ser tomados por sorpresa, y para apercibirse con tiempo de lo que se le viene encima y dar al invasor la calurosa bienvenida que se merece, se nombra un atalaya, un hombre del fin de ellos (lit.), es decir, de los más dignos de ellos (comp. con Gn. 47:2). Otros (entre ellos, M. Henry) lo entienden como de los que viven en la frontera del país. Este hombre puede prestar un gran servicio a todo el país.
(B) Se supone que el pueblo otorga su confianza al vigía y que es al pueblo a quien tiene que rendir cuentas él por el desempeño de su cargo. Si él hace lo que está de su parte y da la alarma a tiempo, ha cumplido con su deber y no sólo habrá librado su propia vida, sino que se habrá hecho acreedor al salario que su oficio se merece. Si el pueblo no hace caso de la alarma, es culpa de ellos; el vigía no es digno de censura por ello. Pero si el vigía no cumple con su deber y no hace sonar la trompeta para avisar al pueblo, de forma que alguien del pueblo es sorprendido por el enemigo y muerto, el tal (v. 6) morirá por su propio pecado, pero el vigía tendrá que sufrir la pena que merece su negligencia. Si todos, tanto el vigía como el pueblo, cumplen con lo que a cada uno corresponde en estos casos, todo irá bien.
2. La aplicación de todo esto al profeta (vv. 7, 9).
(A) Él es puesto por atalaya a la casa de Israel (v. 7). A las naciones vecinas había dado sus avisos cuando Dios se lo había ordenado según lo demandaba la ocasión, pero para la casa de Israel era un vigía constante por oficio. No eran ellos los que le habían nombrado para ese cargo, sino Dios.
(B) Su deber como vigía de Israel es avisar a los pecadores del peligro en que se hallan por razón de sus pecados. Ésta es la palabra que ha de oír de la boca de Dios para amonestarles de parte de Dios (v. 7). Dios ha dicho (v. 8): «Oh malvado, de cierto morirás». A no ser que se arrepienta de su pecado, será cortado de la presencia de Dios. La ira de Dios se revela desde el cielo, no sólo contra las naciones malvadas, sino también contra los individuos malvados. Pero es voluntad de Dios que al malvado se le amoneste de Su parte. Esto da a entender que existe la posibilidad de que el malvado se arrepienta y se salve; de lo contrario, tal amonestación sería una burla. También es una señal de que Dios desea efectivamente que se corrija y se salve (comp. con v. 11). Por eso, es una grave obligación de los ministros de Dios decir a los pecadores: «Te irá mal» (Is. 3:11), pues eso es lo que Dios dice. Y no ha de hablar así llevado de la pasión, con lo que podría provocar al pecador a endurecerse, sino llevado de la compasión, y avisarle de sus caminos tortuosos, a fin de que se vuelva de ellos (v. 9) y viva.
(C) Si perecen almas por culpa de él, por haber descuidado su deber, atraerá sobre sí mismo el castigo que se merece. Pero si cumple con su deber, podrá con eso obtener algún consuelo, aun cuando no vea éxito en el desempeño de su oficio.
Versículos 10–20
1. Las cavilaciones del pueblo contra la manera de proceder de Dios con ellos. El Señor había puesto delante de ellos la vida, pero ellos se excusan y dicen que la ha puesto fuera del alcance de ellos. Ezequiel había dicho de parte de Dios (24:23): «… os consumiréis a causa de vuestras maldades»; y esto es lo que ahora le echan en cara, como si hubiese sido Su intención conducirlos a la desesperación, cuando Él lo había dicho condicionalmente, a fin de conducirles al arrepentimiento. Ellos habían dicho (18:25): «El camino del Señor no es recto», con lo que danban a entender que Dios era parcial en sus procedimientos, y que era más severo de lo debido contra el pecado y contra los pecadores.
2. Dios da una respuesta satisfactoria a estas cavilaciones.
(A) Cuando hablaron de consumirse en su iniquidad, Dios les envió con toda presteza al profeta, para decirles que todavía había esperanza en Israel (v. 11). Dios no se complace en la ruina de los pecadores, ni la desea. Ponen en duda si han de vivir, aun en el caso de que se arrepientan y cambien de conducta.
«Sí, dice Dios, tan cierto como que yo vivo, vivirán también los que se arrepientan de veras.» Es cierto que, si los pecadores mueren en su impenitencia, de ellos es la culpa; mueren porque se empeñan en morir.
(B) Los más loables profesantes, si apostatan, ciertamente perecerán para siempre en su apostasía; y los más notorios pecadores, si se arrepienten, ciertamente serán dichosos para siempre en su vuelta a Dios. Estas normas de juicio son tan claramente justas que no necesitan para ser confirmadas otra cosa que su repetición.
(a) Si los que han hecho una gran profesión de religión arrojan de sí esta profesión, la profesión que hicieron no les servirá de nada, pues no era más que eso: profesión externa (vv. 12, 13, 18). El que vive normalmente, seguirá viviendo. Seguramente que una tal persona no puede menos de ser dichosa. Hay hombres justos que pueden tener en sí mismos buenas esperanzas, pero están en peligro de desviarse hacia el pecado por confiar en su propia justicia.
(b) En cambio, si los que han llevado una vida de pecado y disolución se arrepienten y cambian de conducta, les serán perdonados sus pecados y, al ser justificados, serán salvos. Así es como incluso las amenazas de la Palabra de Dios son para algunos, por la gracia de Dios, olor de vida para vida, mientras que incluso las promesas de la Palabra de Dios vienen a ser para otros, por sus propias corrupciones, olor de muerte para muerte. Hay muchos perversos que se apresuran a la perdición y que, no obstante, están bajo la operación de la gracia de Dios para que se vuelvan a Él por medio del arrepentimiento: Se convierte de su pecado (v. 14b) y (v. 15) restituye la prenda, que había tomado (o conservaba) injustamente o contra el amor debido al prójimo.
(c) Este hombre no sólo ha dejado el pecado, sino que ha aprendido a hacer el bien. Y en este bien continúa sin cometer iniquidad (v. 15b); aunque no está libre de debilidad, no está tampoco bajo el dominio de la iniquidad: «Vivirá ciertamente, y no morirá» (v. 15, al final). Y de nuevo (v. 16, al final):
«vivirá ciertamente». Y aún otra vez (v. 19, al final): «vivirá por ello». Ahora que hay una clara separación entre él y el pecado, no habrá ninguna separación entre él y Dios (v. 16): «No se le recordará ninguno de los pecados que había cometido»; esto es, ningún pecado pasado será el menor obstáculo al perdón completo, ni disminuirá en nada la gloria que le está preparada.
(C) La conclusión de todo este asunto es (v. 20): «… Yo os juzgaré, oh casa de Israel, a cada uno conforme a sus caminos; aun cuando todos os halláis ahora implicados en la misma común calamidad, habrá, no obstante, distinción de personas en cuanto al estado espiritual y al destino eterno; yo os juzgaré a cada uno conforme a sus caminos por los que ahora está andando».
Versículos 21–29
1. Llegan a Ezequiel noticias de que Jerusalén ha sido incendiada por los caldeos. Esto se llevó a cabo el mes quinto del año undécimo del cautiverio (Jer. 52:12, 13). Llevó la noticia un testigo de vista de la destrucción (v. 21), un año y casi cinco meses después de que ocurriese el incendio. Esta es la primera vez que Ezequiel se enteraba de ello con base en el relato de uno que había escapado de Jerusalén.
2. La forma en que Dios le preparó para recibir esta tristísima noticia (v. 22): «Y la mano de Jehová había sido sobre mí (v. el comentario a 1:3) la tarde antes de llegar el fugitivo, y había abierto mi boca, etc., para profetizar con libertad y osadía». Dice Fisch: «El silencio impuesto a Ezequiel (cf. 3:26 y ss.) fue retirado con la llegada del fugitivo, como fue predicho en 24:26 y ss.». Ahora que la mano de Dios había estado sobre él, veía renovada su comisión con nuevas instrucciones, a la vez que sentía abierta su boca, para hablar con poder al pueblo y decir justamente lo que tenía que decir.
3. El mensaje especial que ahora se le comunica con referencia a los judíos que todavía quedaban (v. 24) en aquellos lugares asolados en la tierra de Israel.
(A) Unos pocos que habían escapado de la espada y de la deportación, continuaban aún allí y comenzaban a pensar en establecerse de fijo. Aun cuando la Providencia los había humillado, y todavía los amenazaba, ellos continuaban, no obstante, intolerablemente altivos (v. 24, al final): «A nosotros nos es dada la tierra en posesión», dicen. Como si dijeran: «Se han marchado nuestros compatriotas; así que ahora es toda para nosotros». Piensan que tienen el mismo derecho a que Dios se la de que el que Dios otorgó a Abraham cuando se la prometió, pues razonan del modo siguiente (v. 24b): «Si Dios le dio la tierra a él, que era un solo adorador Suyo, en recompensa por su servicio a Él, con mucho mayor motivo nos la dará a nosotros, que somos muchos adoradores de Él, en recompensa por nuestros servicios».
(B) Como las providencias de Dios no les han humillado ni les han intimidado, les envía un mensaje suficiente para producir ambos efectos. Les dice que la maldad en la que todavía persisten les hace totalmente indignos de poseer la tierra. Véase de cuántas cosas les acusa (v. 25): «Coméis con sangre» (comp. con Gn. 9:4; Lv. 3:17; 19:26); «Alzáis los ojos a vuestros ídolos», cosa especialmente abominable a los ojos de Dios; derramáis sangre, sangre inocente; «estáis (v. 26) sobre vuestras espadas», obráis en todo con violencia, a punta de cuchillo; «hacéis abominación» (comp. con 18:6); «y contamináis cada cual a la mujer de su prójimo. ¿Y poseeréis la tierra?» (Esta última frase es la misma en los vv. 15 y 16—al final—, y el pronombre «vosotros» no está enfático en ninguno de los dos versículos.)
(C) Para infundirles terror, les habla de los castigos que todavía les tiene reservados Dios. Los que están ahora en las ciudades, llamadas aquí ruinas (v. 27), caerán a espada, ya sea la espada de los caldeos, ya sea la de ellos mismos, que se matarán unos a otros, como sabemos por 2 Reyes 25 y, con más detalle, Jeremías 41. Los que están en el campo serán devorados por las fieras. Y los que se crean seguros en las fortalezas y en las cuevas, morirán de peste. Con esta desolación tan completa, «sabrán (v. 29) entonces que yo soy Jehová», dice Dios.
Versículos 30–33
La palabra de Dios se dirige ahora a los que estaban en cautiverio en Babilonia, bajo la reprensión de Dios, pero sin reformarse por ello. Hacían cierto alarde de religión y devoción, pero su corazón no era recto a los ojos de Dios. Se les acusa aquí de tomar a la ligera los mensajes de Ezequiel.
1. El texto sagrado no deja lugar a dudas de que estos cautivos sentían interés por las cosas que Ezequiel decía y hacía, especialmente por la noticia que les había comunicado de la destrucción de Jerusalén, que él había predicho, de parte de Dios, con tanta frecuencia. La AV inglesa tradujo equivocadamente hablan contra ti (v. 30) donde el hebreo dicen hablan de ti, por lo que M. Henry ha orientado su comentario a esta frase de forma también equivocada. El versículo 30 da a entender que la noticia de que se había cumplido dicha profecía de Ezequiel excitó la curiosidad de los judíos cautivos en Babilonia y que, por ello, «en público y en privado, unos con otros comentan la triste noticia y se animan mutuamente a llegar hasta el profeta para escuchar de su boca la palabra de Jehová» (Asensio). Era mera curiosidad, sin arrepentimiento.
2. En efecto (v. 31), eran asiduos en la asistencia a los mensajes que les comunicaba Ezequiel. Profesaban piedad e interés por las cosas de Dios, pero eran como aquellos de los que el Señor Jesús dijo (Mt. 15:8): «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí». Venían a Ezequiel como pueblo de Dios, es decir, como si de veras fuesen el pueblo de Dios, interesado en escuchar Su palabra y ponerla por obra. No sólo mostraban exteriormente gran interés por oír lo que Ezequiel les decía, sino que hacían halagos con sus bocas o, como ha vertido literalmente la Biblia de Jerusalén:
«Porque hay amores en su boca».
3. Pero todo este interés no era sino un lujoso manto con que cubrían su hipocresía (v. 31, al final):
«pero su corazón anda en pos de su codicia». Ezequiel era para ellos (v. 32) como canción de amores (lit) de alguien que tiene voz agradable y toca bien un instrumento. Todo aquello les sonaba bien a los oídos (comp. con 2 Ti. 4:3 «comezón de oír»), sin llegarles a la conciencia ni al corazón; el oído quedaba satisfecho, y el corazón seguía tan corrompido como antes. Dice Feinberg muy a propósito: «La melodía lo era todo para ellos; las palabras no significaban nada». Es de temer que, en muchísimos casos, eso sea también lo que muchos oyentes sacan de nuestros servicios pomposos, con coros espléndidos, solos de profesionales y hasta renombradas orquestas: mera música; peor todavía cuando el predicador de turno ha venido a ostentar sus magníficas dotes de «orador sagrado». Véanse también Mateo 7:21 y ss.; Juan 12:47, 48.
4. ¿Quedará sin efecto la palabra de Dios a causa de la incredulidad de ellos? ¡No! Dios confirmará las palabras del profeta, aunque ellos las hayan tomado a la ligera (v. 33). Cuando se cumpla lo profetizado, «sabrán que ha habido un profeta entre ellos», alguien que, de parte de Jehová, ha dicho verdades de la mayor importancia y urgencia, aunque para ellos pueda ser demasiado tarde por su obstinación e impenitencia. Dice Fisch: «Cuando todas las predicciones se hayan cumplido, se percatarán de que sus palabras no eran precisamente oratoria elegante, sino verdadera profecía».
En este capítulo son llamados a rendir cuentas los pastores de Israel. I. Se les recrimina severamente por su negligencia y falta de fidelidad en el desempeño de los asuntos públicos (vv. 1–6 y 8). II. Dios los destituye fulminantemente de su oficio (vv. 7–10). III. Una amorosa promesa de Dios de que Él mismo tomará a Su cargo este oficio, ya que ellos no lo han desempeñado como debían (vv. 11–16). IV. Otra recriminación a los que de entre el rebaño, eran fuertes, por el daño que habían hecho a los débiles (vv. 17–22). V. Nueva promesa de que, en la plenitud de los tiempos (comp. con Gá. 4:4), Dios había de enviar el Mesías para que fuese el gran Buen Pastor (v. Jn. 10) de las ovejas, quien pondrá en orden todas las cosas durante Su reino mesiánico milenario (vv. 22–31).
Versículos 1–6
La profecía de este capítulo no lleva fecha, como tampoco las de los capítulos siguientes, hasta llegar al capítulo 40.
1. Se le ordena al profeta (v. 2) profetizar contra los pastores de Israel—príncipes y magistrados, sacerdotes y levitas; especialmente, los reyes, pues eran dos ahora los cautivos en Babilonia: Sedequías y Joaquín, a quienes, lo mismo que al pueblo llano, había que mostrarles sus transgresiones, a fin de que se arrepintieran. «¡Ay de los pastores de Israel!» son palabras del mismo Dios. Como muestra el contexto posterior, eran peor que mercenarios (comp. con Jn. 10:12, 13), pues eran lobos que se comen a las ovejas.
2. De dos cosas se les acusa:
(A) De que todo su interés era enriquecerse a sí mismos y figurar como personas muy importantes:
«¿No deben los pastores apacentar el rebaño?» (v. 2, al final). Traicionan la confianza que en ellos se ha puesto si no lo hacen así. Pero estos pastores se apacentaban a sí mismos, y eso a costa del propio rebaño (v. 3). ¡Devoraban a las ovejas! Dice Fisch: «El único interés de los gobernantes era incrementar sus posesiones mediante extorsiones y actos de injusticia. Así satisfacían su apetito y se vestían de lo ajeno.
(B) De que no les importaba un bledo el bienestar de los que estaban encomendados a su cargo: «mas no apacentáis a las ovejas» (v. 3, al final). Los príncipes y los jueces no enderezaban los entuertos cometidos por los que tenían dinero o autoridad; no se interesaban por los pobres. Los sacerdotes no instruían a los ignorantes. Los magistrados no hacían lo posible por poner coto a los crecientes males del reino. No cumplían con su deber con respecto a los que habían sido conducidos lejos por los enemigos y forzados a buscar refugio donde pudiesen hallar lugar para ello; muchos andaban vagando de un lado a otro, por falta de tal guía, como ovejas perdidas por los montes y expuestas a la voracidad de las fieras (vv. 5, 6). En cuanto al versículo 4, Fisch hace notar que «todos esos términos tienen la forma femenina, por aplicarse a clases de ovejas que requieren de un pastor un cuidado extraordinario. Corresponden a los pobres, los oprimidos, las viudas, los huérfanos, etc., entre la población». Cristo se quejó de que las multitudes del pueblo de Dios, en Su tiempo (v. Mt. 9:36), estaban extenuadas y abatidas como ovejas que no tenían pastor, a pesar de que «en la cátedra de Moisés estaban sentados los escribas y los fariseos» (Mt. 23:2).
Versículos 7–16
1. ¡Cuán disgustado estaba Dios con los pastores de Israel! Este desagrado se pone de relieve en la repetición de los crímenes de los pastores (v. 8). El rebaño de Dios se había convertido en presa de los engañadores que lo habían arrastrado a la idolatría, y de los destructores que lo habían deportado al cautiverio; y estos pastores no se habían preocupado en impedir ni lo uno ni lo otro. Dios está contra ellos (v. 10), y ellos lo saben. Tendrán que rendir cuentas por la manera como han desempeñado su oficio: «y demandaré mis ovejas de su mano, culpándoles de que faltan muchas, y les haré dejar de apacentar las ovejas, es decir, de hacer como si desempeñaran debidamente su oficio, y los pastores ya no se apacentarán más a sí mismos, pues yo los habré destituido del cargo».
2. Cuánto más preocupado está Dios por el rebaño, pues con él halla misericordia el huérfano. Las preciosas promesas que Dios hace aquí habían de tener su pleno cumplimiento cuando los judíos fuesen restablecidos finalmente en su país. ¡Oigan los pastores esta palabra de Jehová (v. 9) y sepan que ya no tienen arte ni parte en este asunto!
(A) Dios reunirá a todas sus ovejas que están dispersas y las traerá de nuevo al redil del que se marcharon (v. 11): «Aquí estoy yo; yo mismo iré a recoger mis ovejas y las recogeré como hace (v. 12) el pastor, es decir, todo buen pastor, y las traeré a hombros de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado (comp. 30:3; Jl. 2:2) y de la densa oscuridad». Dios inclinará, por medio de Su gracia, el corazón de ellos para que quieran venir, y abrirá, por medio de Su providencia, la puerta para que puedan salir, y retirará del mismo modo todos los obstáculos que se presenten en el camino (v. 16): «Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada». Dice Feinberg: «Será una recogida del exilio y la dispersión a escala mundial. Es innecesario, tanto como imposible, espiritualizar estas promesas. Si la dispersión fue literal, y nadie será tan temerario como para negar esto, entonces la recogida debe serlo también».
(B) Dios volverá a traer a sus cautivos, sanos y salvos, a su propio país (v. 13): «las traeré a su propia tierra y las apacentaré en los montes de Israel … Las apacentaré (v. 14) en buenos pastos … y serán apacentadas con pastos suculentos sobre los montes de Israel … y (v. 15) yo las haré reposar», lo cual denota descanso de sus fatigosas y continuas andanzas, y una residencia permanente para el futuro.
(C) Socorrerá a todas las que han sufrido algún daño (v. 16b): «Yo … vendaré la perniquebrada y fortaleceré la débil; así tendrán pleno consuelo los que hacen duelo por Sion y con Sion».
Versículos 17–31
El profeta tiene ahora otro mensaje para el rebaño. Dios le había ordenado hablarles tiernamente y asegurarles de la misericordia que les tenía reservada. Pero ahora se le ordena hacer diferencia entre lo precioso y lo vil y, entonces, darles una promesa del Mesías.
1. Hay que convencer de pecado a los que, en el rebaño, estaban gordos y robustos, los carneros y los machos cabríos (v. 17), «la clase dirigente (31:11) sin conciencia (cf. 22:27, 29)» (Asensio). Los que, como los más fuertes del rebaño, «echan a los demás a empujones a la hora de pastar» (Fisch). Todos éstos no se contentaban con comer bien ellos (v. 18), sino que, además, echaban a perder lo que quedaba, a fin de que no quedasen para los pobres ni las migajas que caían de su mesa (comp. con Lc. 16:21). La violencia que estos malvados empleaban contra los débiles queda gráficamente descrita en el versículo 21.
2. Se da consuelo a los que, en el rebaño, eran pobres y débiles, y que esperaban la redención en Jerusalén (Lc. 2:38, al final). Dios mismo dice (v. 22): «Por tanto, yo salvaré a mis ovejas, y nunca más servirán para el pillaje; no volverán a ser presa de los pastores malvados, que se han convertido en lobos para el rebaño». Y, con ocasión de esta promesa, viene aquí una predicción de la Segunda Venida del Mesías y del establecimiento de Su reino milenario.
(A) En cuanto al Mesías mismo. Será comisionado por Dios: «Suscitaré (v. 23) para ponerlo al frente de ellas a un solo pastor» (Jn. 10:16, al final). Él es el gran Pastor de las ovejas de Dios, el único que puede hacer, y ha hecho, por sus ovejas lo que nadie jamás hizo ni pudo hacer: Morir por sus ovejas, y alimentar de su misma vida a sus ovejas, las de lejos y las de cerca, hasta hacer de todas ellas un solo rebaño. En cuanto a las frases: «a mi siervo David» (v. 23b), «mi siervo David será príncipe en medio de ellos» (v. 24b), dice Ryrie: «No el rey David resucitado, sino el más grande descendiente de David, el Mesías». Y el gran rabino Kimchi (citado por Feinberg), poco sospechoso de simpatías pro cristianas, escribió: «David es el Mesías, que surgirá de su descendencia en el tiempo de la salvación». Allí, en el monte Sion, establecerá Su trono, «el trono de su padre David» (Lc. 1:32). Hará allí (v. 29) «un plantío de renombre», porque (Jer. 23:5) Jehová «levantará a David un renuevo justo, y reinará como Rey» (comp. con Is. 4:2).
(B) En cuanto a la gran Constitución sobre la que el reino del Mesías será establecido, dice Dios (v. 25): «Y estableceré con ellos pacto de paz». El pacto de paz es un pacto de gracia, y el tenor de este pacto es como sigue (v. 24): «Y yo Jehová les seré por Dios, un Dios que es, para ellos, Todosuficiente». Sólo los que tienen al Señor Jesús por su Salvador, tienen a Jehová por su Dios.
(C) En cuanto a los privilegios de los fieles súbditos de este reino del Mesías. Están aquí expuestos en sentido figurado, como bendiciones del rebaño. Pero tenemos la clave de la interpretación en el v. 31, donde leemos: «Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, sois hombres» (mejor, «seres humanos»— hebr. Adam—). Comenta Barnes (citado por Fisch): «Vosotras sois mi rebaño; más aún, vosotras sois Adán, Mi especial creación de antiguo». ¿Cuáles son esos privilegios?
(a) Disfrutarán de santa seguridad bajo la protección divina. Cristo, el grande y Buen Pastor, habrá quitado de la tierra las fieras (v. 25), después de haber destruido el poder del diablo (He. 2:14b). Entonces podrán vivir seguros (v. 25b), no sólo en los rediles, sino también en los campos: en el desierto … en los bosques. Por medio de Cristo, Dios libra a los Suyos, no sólo del temor a los peligros, sino del temor a ser atemorizados por nada.
(b) Disfrutarán de abundancia de todas las cosas buenas, tanto materiales como espirituales: «Nunca más serán consumidos (v. 29) de hambre en la tierra». Caerán sobre ellos (v. 26, al final) «lluvias de bendición», pues, al haber sido levantada la maldición de la tierra, las cosechas abundantes serán una muestra de la bendición que el cielo otorgará a la tierra. No cabe duda de que «el sentido literal es el concepto primario, y los elementos espirituales son un corolario de él» (Feinberg). Ambos sentidos están integrados en la referencia que a esto hace Pedro en Hechos 3:19, 20, pues los «tiempos de refrigerio» han de abarcar necesariamente ambos aspectos. Feinberg hace notar también que «los refrigerios que da el Espíritu son, a menudo, comparados a un aguacero (Is. 44:3)». De este modo (v. 27), «el árbol (todo árbol) del campo dará su fruto, y la tierra dará sus productos».
(c) Y, mejor aún que todo eso, «Dios (v. 26) hará de ellas (de las ovejas) y de los alrededores de Su collado (es decir, del monte Sion) una bendición» (comp. con Gn. 12:2, al final). Los israelitas serán una gran bendición para todos los demás pueblos. Los que son benditos de Jehová han de procurar ser ellos mismos bendición para el mundo. El que es bueno, ha de hacer el bien (Stg. 4:17); el que ha recibido un don, una gracia, ha de administrar de eso mismo a los demás.
Extraña, a primera vista, ver este capítulo aquí, como una cuña de maldición entre las bendiciones prometidas a Israel. En realidad, todo el capítulo es una ampliación de la profecía ya pronunciada contra Edom en 25:12–14. ¿Por qué se inserta aquí? Dice Feinberg: «Es aquí, probablemente, un punto de contraste con el capítulo 36, es decir, ira para el monte Seír, en contraste con la bendición para los montes de Israel». La Ryrie Study Bible reúne los capítulos 35 y 36 bajo un mismo epígrafe: «EL RENACIMIENTO DE LA NACIÓN», con un aspecto negativo: «La destrucción de Edom» (cap. 35), y otro positivo: «El nuevo pacto con Israel» (cap. 36). En cuanto al capítulo presente, vemos: I. Que el pecado de que se acusa a Edom es su desprecio y odio a Israel (vv. 5 y 10–13). II. Que Dios estará contra ellos (v. 2), y entonces su país quedará asolado (v. 4), despoblado (vv. 6–9) y dejado así mientras se recuperen otras naciones que también habían quedado en desolación (vv. 14, 15).
Versículos 1–9
El monte Seír fue mencionado como compañero de Moab en una de las amenazas que ya vimos antes (25:8), pero aquí tiene ayes que le son propios.
1. Dios defiende la causa de Su pueblo y toma como hecho contra Sí mismo lo que se hace contra ellos; es por este motivo por lo que Dios contiende ahora con los edomitas, pues éstos: (A) Siempre habían sido enemigos del pueblo de Dios (v. 5): «Por cuanto tuviste un odio perpetuo, etc.». Los edomitas abrigaban un resentimiento hereditario contra los israelitas, el mismo que Esaú abrigó siempre contra su hermano Jacob. La posteridad de Esaú nunca se avino a reconciliarse con la posteridad de Jacob. Es cosa extraña lo arraigadas que a veces están las antipatías nacionales y la forma en que persisten a lo largo de los siglos. (B) Habían hecho mucho daño al pueblo de Israel. No les atacaron de frente, dando la cara, sino que les acechaban en las encrucijadas para matar a los que de ellos escapasen (Abd. v. 14).
2. Cuál había de ser el efecto y el resultado de esta contienda. Si Dios extiende su mano contra el país de Edom (v. 3), lo convertirá en la mayor soledad. La segunda parte del versículo 6 debe leerse como en la RV 1977, pues la mayoría de las versiones parecen no haber comprendido el sentido de la conjunción hebrea im. El sentido, como lo expone Fisch, es el siguiente: «Edom aborrecía a Israel, con quien estaba emparentado por vínculos de sangre». Feinberg parece defender la interpretación que dan la mayoría de las versiones: «Edom no había odiado la sangre, pues odiar la sangre es tener miedo a cometer asesinato. Dos veces se declara que les perseguirá la sangre». La objeción que este traductor ve en esa versión es que no guarda el paralelismo, pues ha de esperarse que la sangre persiga al que aborrece la sangre, no al que no la aborrece; por eso, tengo como más probable la versión e interpretación del rabino Fisch, que es la que se refleja en la RV 1977. Los que prestan su apoyo a los desoladores de Israel, han de esperar ser ellos mismos desolados. Y lo que completa el castigo de Edom es que será puesto por Dios en asolamiento perpetuo (v. 9).
Versículos 10–15
1. Un nuevo informe del pecado de los edomitas y de su malvada manera de conducirse con el pueblo de Dios. La oración de los cautivos de Babilonia era la siguiente: «Oh Jehová, recuerda contra los hijos de Edom el día de Jerusalén, cuando decían: Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos» (Sal. 137:7). Estaban inflamando una rabia que no necesitaba acicate. Se regocijaban cuando los caldeos destruían el pueblo de Israel, y se lisonjeaban con la esperanza de que, cuando fuese destruido el pueblo de Israel, se les permitiría a ellos entrar en posesión del país. Quienes desean la muerte ajena tienen espíritu de edomitas, ya que actúan de ese modo porque piensan conseguir algo con eso. En este caso, había algo más grave, ya que, al codiciar el país de Israel al precio de la destrucción de los israelitas, hacían una tremenda afrenta al mismo Dios. Esperaban posesionarse de una vacante, al haber sido expulsado Israel, mientras Jehová estaba aún allí (v. 10). Esa era la tierra de Emanuel (Is. 8:8); en esa tierra había de nacer, pero había de nacer de Israel, no de Edom.
2. Dios advirtió esta bárbara insolencia de los edomitas y pronunció sentencia contra ellos: «Y sabrás (v. 12) que yo Jehová he oído todas tus injurias, etc.». Y de nuevo (v. 13b): «y multiplicasteis contra mí vuestras palabras. Yo lo oí». Dios ha escuchado los insultos y las blasfemias de los edomitas. ¡Que escuchen ellos ahora su sentencia! (vv. 14, 15). Era un pecado nacional y, por eso, la desolación iba a ser nacional también, para que el castigo corresponda, de algún modo, al pecado: «Así dice el Señor Jehová: Cuando (equivalente a para que) toda la tierra se regocije, desolación te haré. Como te alegraste sobre la heredad de la casa de Israel, al ser desolación, así te haré a ti: Llegarás a ser desolación, monte de Seír y todo Edom por entero; y conocerán que yo (soy) Jehová» (versión literal).
Para el estudio de un capítulo como éste, nada mejor que el brillante comentario de Ch. Feinberg, quien asegura: «Este capítulo constituye la prueba contundente contra los que se empeñan en explicar la profecía de cualquier otro modo que no sea el literal. Hay que admitir, aunque lo hagan de mala gana, que en el capítulo se habla de un Israel literal, de una tierra literal y de una literal experiencia de regeneración». Seguimos la división que del capítulo hace el propio Feinberg: I. El país de Israel ha sido tomado por el enemigo (vv. 1–7). II. La futura fertilidad de la tierra (vv. 8–15). III. La paciencia de Dios en atención a Su Nombre (v. 16–21). IV. La conversión de Israel (vv. 22–31). V. El único objetivo de todo esto es la gloria de Dios (vv. 32–38).
Versículos 1–7
Ahora que Dios se vuelve hacia Israel en Su misericordia, el profeta debe hablar palabras buenas y consoladoras (v. 1 y, de nuevo, en v. 4): Montes de Israel, oíd palabra de Jehová». Y lo que dice a los montes lo dice también (v. 4b) «a los collados, a los arroyos, a los valles, a las ruinas asoladas y a las ciudades desamparadas». Comenta Fisch: «Ezequiel proclama la reversión de la sentencia que había pronunciado en 6:3». Dicha enumeración se repite, en parte, en el versículo 6, el cual viene a ser un resumen de los versículos 4 y 5. Los caldeos se habían llevado deportados a los habitantes del país, pero no se pudieron llevar los montes, ni los collados, arroyos y valles; sin embargo, se mencionan por la sencilla razón de que, aun sin llevárselos, el enemigo se había hecho el amo de todo eso, lo había codiciado y devastado (v. 5).
1. La mirada compasiva que Dios echa sobre la presente condición deplorable del país de Israel. Ha llegado a ser entregado al pillaje y al escarnio de las otras naciones alrededor (v. 4, al final). (A) Sus enemigos se han enriquecido con el botín que han sacado de allí. Nadie pensó que fuese un crimen despojar a un israelita. Cuando una persona ha quedado malparada, es frecuente el grito: «¡Duro con él!»
(B) Los israelitas han venido a ser la burla de sus enemigos, que decían (v. 2): «¡Ea!, también las antiguas (mejor que eternas) alturas nos han sido dadas por heredad». Pero Dios se ha ofendido de esas bravatas y las ha tomado como una circunstancia agravante de la presente calamidad de Israel (v. 3, al final): «y andáis en boca de habladores y en la difamación de la gente».
2. Las expresiones del justo desagrado de Dios contra los que se alegraban (en especial, Idumea) de las desolaciones de la tierra de Israel.
(A) Habían trinchado para sí grandes porciones de la tierra de Dios, pues Suya era ciertamente (v. 5b): «… se apropiaron entre ellos mi tierra por heredad», por lo que no sólo habían invadido la propiedad del prójimo, sino que habían usurpado también la prerrogativa de Dios. Y los que no habían tenido oportunidad de hacer presa en el pueblo de Dios, se habían burlado de él (v. 6, al final): «habéis llevado el oprobio de las naciones».
(B) Dios ha determinado pedirles cuentas por ello, y ello «en el fuego—dice—de mi celo» (v. 5). Es el celo de Su santidad y de Su veracidad, pero es también el celo de Su honor como único Salvador de Su pueblo. Ellos hablaban de forma denigrante contra el pueblo de Dios; por tanto, Dios habla en su celo y en su furor (v. 6). Y con juramento afirma (v. 7): «las naciones que están a vuestro alrededor han de llevar su afrenta».
Versículos 8–15
Aquí aparecen las promesas del favor de Dios hacia Israel, y la seguridad que les da de la gran misericordia que les tiene reservada.
1. El profeta tiene que decir a los montes de Israel (v. 8), ahora desolados y despreciados, que Dios está por ellos (comp. con Ro. 8:31) y a ellos se volverá (v. 9). Sus legítimos dueños volverán a tomar posesión de ellos, porque (v. 8, al final) están a punto de volver. Aunque están dispersos por muchos países, todavía hay esperanza para Israel (Jer. 31:17) y los hijos volverán a su propia tierra. Y es ahora cuando ha llegado el tiempo de que vuelvan. Los montes de Israel están desolados; pero Dios hará que sean muchos los hombres que pasen por ellos (v. 10), toda la casa de Israel, no como viajantes, sino como residentes. Al haber disfrutado de sus sábados por tantos años, la tierra será tanto más fértil: «seréis labrados y sembrados» (v. 9, al final); «llevaréis vuestro fruto (v. 8b) para mi pueblo Israel».
2. El pueblo de Israel se restablecerá de forma cómoda en su propio país (v. 10b): «las ciudades serán habitadas, y edificadas las ruinas». Y (v. 11b) «os haré morar—añade—como solíais antiguamente; más aún, os haré mayor bien que en vuestros principios». Nótese que dice (v. 10b): «… a toda la casa de Israel, TODA ELLA» (nótese el énfasis que Dios pone en ello), es decir, no sólo de todos aquellos (Esd. 1:5) cuyo espíritu despertó Dios para subir, etc. (como quiere M. Henry), sino de todos los que hayan sobrevivido a la Gran Tribulación, pues «las condiciones aquí descritas son claramente mileniales» (Feinberg).
3. El baldón antaño lanzado contra la tierra de Israel por los espías malvados de que era «tierra que traga a sus moradores» (v. 13; comp. Nm. 13:32b) por las luchas continuas a fin de ocuparla en exclusiva, y quizá también por las frecuentes sequías (v. 30), no volverá a repetirse (v. 14): «por tanto, no devorarás más hombres, y nunca más matarás a los hijos de tu nación, dice el Señor Jehová». Y cuando una nación disfruta de paz completa (v. 15), especialmente cuando reina la justicia, al quitarse de en medio el desorden y el crimen, ya no se oye más el ultraje de las naciones ni el denuesto de los pueblos.
Versículos 16–21
En estos versículos vemos cómo la gloria del nombre de Dios había sido empañada tanto por los pecados como por las miserias de Israel.
1. La gloria de Dios había sido empañada por el pecado de Israel cuando el pueblo estaba en su país (v. 17). Era una tierra muy buena, pues gozaba de la protección especial de Dios, pero la profanaron con sus caminos y con sus obras. Y lo que se ha hecho inmundo es mejor no usarlo. Si abusamos de los dones que nos ha otorgado la munificencia de Dios, perdemos el derecho a usarlos; y si nuestra conciencia está contaminada por el pecado, no nos queda ningún consuelo, pues nada hay limpio para nosotros. Otros pecados graves del pueblo, cuando aún estaban en su país, fueron el derramamiento de sangre y la adoración de ídolos (v. 18); también con esto contaminaron la tierra. Dios fue justo, pues, al juzgarlos (lit.) conforme a sus caminos y conforme a sus obras (v. 19).
2. «Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron» (v. 20), es decir, adonde fueron echados (pues no fueron por su propia voluntad), tampoco allí dieron a Dios ninguna gloria; al contrario, … profanaron el santo nombre de Dios», de forma que los enemigos de Dios y de Israel tomaron de ahí pie para vituperar a Dios, como si fuese impotente para proteger a Sus adoradores y hacer buenas las promesas que les había hecho.
Versículos 22–31
Pero Dios no va a permitir que Su santo nombre continúe siendo profanado. Aunque los israelitas no han hecho ningún merecimiento para que Dios los levante y los salve, Él lo va a hacer en atención a Su nombre (vv. 22, 23), que es grande al par que santo. Las profecías que siguen, tanto en este capítulo como en los siguientes, son de carácter escatológico.
1. La salvación final de Israel (Ro. 11:26) comenzará por la reunión de los israelitas de todos los países a los que hayan sido echados (v. 24: «Yo os tomaré de entre las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país». Dice Ryrie: «profecía que hallará su cumplimiento al final del período de la Tribulación (Mt. 24:31; cf. Jer. 16:15)».
2. Entonces, como inauguración del nuevo pacto de Dios con Israel al tiempo de la Segunda Venida de Cristo, Jehová derramará el Espíritu sobre Su pueblo y, con esto, se retirará el velo que les impedía ver las realidades del reino de Dios en Cristo (v. 2 Co. 3:14–18). El versículo 25 habla de un rociamiento de agua limpia sobre ellos. «Hay una referencia al lavamiento con agua por la Palabra» (Feinberg). En efecto, ése es el sentido de lugares como Juan 3:5; 15:3; Efesios 5:26; Tito 3:5; 1 Pedro 1:22, 23. Dice Feinberg: «Aquí hay una alusión a los ritos mosaicos de purificación … El rociamiento simbolizaba las purificaciones por medio del agua general y colectivamente (Lv. 14:5–7), pues todas ellas eran figura de la eliminación de la inmundicia».
3. Tras esta limpieza, que tiene que ver con la justificación, no (todavía) con la santificación interior, viene la obra de la regeneración espiritual (vv. 26, 27, comp. con 11:18–20), en la que son de notar estos tres aspectos:
(A) Dios les dará un corazón nuevo (v. 26), esto es, una nueva fuente de conducta (v. Mt. 12:33–35), y un espíritu nuevo; «el espíritu es el aliento que anima las acciones» (Lofthouse, citado por Fisch). Tendrán, pues, una nueva mentalidad. En lugar de un «corazón de piedra», esto es, endurecido y obstinado en seguir sus propios malvados caminos, Dios les pondrá en el pecho, con el espíritu nuevo, un corazón de carne, esto es, no un corazón carnal (aficionado a las cosas de la carne), sino uno que es tierno, sumiso, obediente, que responde como es debido a todas las demandas de la Ley y de la gracia de Dios.
(B) Para que esto pueda ser una constante realidad, Dios pondrá en ellos su propio Espíritu Santo (v. 27, comp. con 37:14; Jl. 2:28).
(C) Animados por el propio Espíritu de Dios, serán entonces capaces (v. 27b) de poner por obra todos los mandamientos de Dios, cosa que antes les era imposible, por cuanto la Ley daba el conocimiento (el diagnóstico) del pecado (Ro. 3:20), pero no aportaba el remedio para evitarlo ni para curarlo.
Todos estos elementos entran en la regeneración espiritual, que el Señor Jesús llamó «nacer de nuevo» o, mejor, «nacer de arriba» (Jn. 3:3 y ss.). Por eso, cuando le dijo a Nicodemo (Jn. 3:10): «Tú eres el maestro de Israel, ¿y no conoces estas cosas?», se refería a esta profecía, que Nicodemo debería haber recordado.
4. Una vez dispuestos interiormente, los israelitas estarán ya convenientemente preparados para habitar (v. 28) permanentemente en la tierra que Dios dio a los antepasados de ellos. Éste es siempre el método de Dios: Hacer primero que los hombres se aparten de sus pecados y contaminaciones, y derramar después sobre ellos sus consuelos y bendiciones (v. 29): «Y os libraré de todas vuestras inmundicias; y llamaré al trigo y lo multiplicaré, y no os haré pasar hambre». Como en Levítico 26:3–12, todas estas bendiciones están enmarcadas en el pacto de Dios con Su pueblo; ahora un nuevo pacto (v. 28b, comp. con Jer. 31:31–34), de cuyas bendiciones espirituales ya somos partícipes los creyentes (He. 8:6–10:18).
5. Finalmente muestra (v. 31) cuáles son los dichosos efectos de este bendito cambio. Ahora sienten profundo arrepentimiento de sus pecados anteriores, hasta sentir asco de sí mismos. Esto nos enseña una verdad bíblica mal conocida, cuando no es ignorada del todo: Antes de que el corazón y el espíritu de una persona sean regenerados, a esa persona le es imposible, no sólo obedecer los mandamientos de Dios, sino también sentir dolor y repugnancia de sus pecados. La razón es que, antes de recibir esa vida nueva de parte de Dios, estamos muertos espiritualmente (Ef. 2:1 y ss.), y un cadáver espiritual no puede nada en todo lo que se refiere a esa esfera. En realidad, la mirada de fe al Calvario, por la que el hombre queda justificado (Jn. 3:14, 15), ya supone un despertamiento espiritual, obra del Espíritu Santo en el corazón del pecador.
Versículos 32–38
En estos versículos domina un pensamiento: El fin último de todas estas bendiciones divinas es la gloria misma de Dios.
1. En efecto, al condensar lo que ya ha dicho en los versículos 21–23, hace saber Dios a los israelitas que sólo el celo por Su gloria de único Salvador de Su pueblo es lo que le ha llevado a hacer todas esas cosas. Ellos no tienen de qué gloriarse, sino, al contrario, tienen mucho de qué avergonzarse (v. 32). Y cuanto más altos son los privilegios que se les confieren, tanto mayor debe ser la confusión que sientan por un pasado que se ha caracterizado por una secuencia ininterrumpida de apostasías.
2. Todas las bendiciones, pues, que los versículos 33b–38 repiten (después de lo ya dicho en los vv. 28–30), tienen como punto de partida una limpieza general (v. 32a). Y Dios mismo es quien va a efectuar esa limpieza, como Él mismo es quien va a convertir en un nuevo Paraíso (v. 35) la tierra que estaba asolada. Éste es el pensamiento que recorre los versículos 33b–38.
3. El ministerio de la oración va a jugar un papel importante (v. 37): «Así dice el Señor Jehová: Aún seré solicitado por la casa de Israel, para hacerles esto». Dice Feinberg:
Hubo un tiempo en que el Señor rehusó ser preguntado (o rogado) por Su desobediente pueblo (14:3; 20:3), pero ahora el Señor les prestará acceso por haberse vuelto ellos a Él con arrepentimiento genuino, y les concederá sus peticiones. El objeto de toda profecía es incitar a una actuación piadosa. Lo que de aquí se deduce es que habían de ser oídos por el Señor.
4. Un detalle importante en las promesas que hace aquí Dios a Su pueblo es (vv. 37b, 38) el de
«multiplicarles los hombres como se multiplican los rebaños». Dice Fisch: «Las desoladas ciudades de la Tierra Santa rebosarán de habitantes, igual que Jerusalén rebosaba antaño de ganado para los sacrificios en los tres festivales de peregrinos».
En este capítulo, «Ezequiel: 1. Predice el reavivamiento político y espiritual de su nación (vv. 1–14), y: II. La reunión de sus dos divisiones (vv. 15–28). Los huesos secos indican un ejército muerto en batalla, descripción muy apropiada de la a la sazón desesperada condición de Israel» (Ryrie Study Bible).
Versículos 1–14
I. Visión de una resurrección de muerte a vida.
1. En su sentido literal, el presente capítulo solamente se refiere a la resurrección política y espiritual de Israel. Toda otra interpretación podrá ser útil para aplicaciones devocionales, pero ha de entenderse que es una acomodación, por muy provechosa que sea. El texto sagrado no deja lugar a dudas (v. 11):
«Me dijo luego: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel».
2. En su sentido acomodaticio, puede aplicarse a la resurrección espiritual del pecador, de la muerte del pecado a la vida de la justicia, a una vida santa, espiritual, celestial y divina, mediante el poder del Espíritu Santo que, con su gracia y la eficacia de la Palabra de Dios, nos hace nacer de nuevo (Jn. 3:5).
3. En cuanto a los detalles particulares de esta visión, tenemos:
(A) La deplorable condición de estos huesos. Como otras veces (por ej., en 3:12; 8:3; 11:24), Ezequiel fue transportado en espíritu, esto es, en trance profético, y puesto en medio de un valle (v. 1), «al vecino y ya conocido valle de Tel Abib (cf. 3:22), que esta vez se le presenta lleno de huesos» (Asensio). Por lo que vemos en el versículo 2, estos huesos estaban: (a) por supuesto, muertos; (b) secos; (c) separados y (d) esparcidos por todo el campo. Es como si una gran batalla hubiese tenido lugar allí, y los soldados hubiesen muerto en lucha feroz cuerpo a cuerpo y, después, los cadáveres que yacían en tierra hubiesen quedado insepultos y a merced de buitres y fieras del campo que, al cebarse en ellos, hubiesen dejado todos los huesos descoyuntados y dispersos. Después de hacer notar que eran muchísimos, el texto sagrado dice enfáticamente (v. 2, al final): «Y ¡mira!, ¡secos en gran manera!» (lit.), como si hubiesen estado expuestos por largo tiempo al sol y al aire.
(B) Así estaban los judíos en Babilonia y en otros países: como muertos y secos, sin formar pueblo, sino esclavos de sus opresores y separados unos de otros, sin esperanza humana de que volviesen jamás a unirse, y menos aún a formar un solo cuerpo; y lo menos probable aún, a formar un cuerpo político y espiritualmente vivo. Dios le da a entender claramente a Ezequiel lo deplorable del caso, para que se percate de que no había otro poder en el Universo, fuera del poder de Dios, capaz de hacer algo que remediase, en el menor grado, la situación (v. 3): «Y me dijo: Hijo de hombre, ¿pueden revivir estos huesos?» La respuesta de Ezequiel es notable (v. 3b): «Señor Jehová, tú lo sabes». Dice Feinberg: «La respuesta de Ezequiel revelaba que se requería un poder sobrehumano para realizar aquello. Fue una respuesta de reverencia, sin contestar positiva ni negativamente». Detrás de esta reticencia puede leerse lo que Ezequiel pensaba: «Señor, tú sabes si pueden revivir y si de hecho revivirán; si tú no pones vida en ellos, es cosa cierta que no pueden revivir».
(C) Los medios usados para reunir todos estos huesos muertos, secos, separados y dispersos; y, después de unidos, hacerles volver a la vida. Dios ordena a Ezequiel profetizar sobre los huesos (v. 4), esto es, proclamar sobre ellos la palabra del Señor, y, después, le ordena (v. 9) profetizar al espíritu, esto es, apelar al aliento vital que hace que una persona sea un ser viviente (Gn. 2:7). Así lo hizo Ezequiel (vv. 7 y 10): «Profeticé como me fue mandado … Me profeticé (es curiosísima, en este segundo caso, la forma reflexiva del verbo) como me mandó». Es como si hubiese predicado a los huesos y, después, se hubiese predicado a sí mismo mientras se dirigía al espíritu de vida. Así es como, por la palabra de Dios, aquel gran milagro tuvo efecto y aquellos muertos volvieron a la vida. La profecía al espíritu fue como una oración, de forma que la vida real, espiritual, de aquellos muertos fue resultado, conjuntamente, de la predicación y de la oración del profeta. Nótese que solamente cuando entró en ellos el espíritu de vida se pusieron de pie (v. 10b). La palabra del profeta les ha dado esqueleto, tendones, carne y piel; pero sólo la oración del profeta tuvo como respuesta que los muertos tuviesen vida: «Espíritu, ven … y entró el espíritu en ellos, y vivieron» (vv. 9, 10). La gracia de Dios puede salvar almas sin nuestra predicación, pero nuestra predicación no puede hacerlo sin la gracia de Dios. Y esa gracia hay que buscarla en oración.
(D) Véase en detalle el resultado maravilloso del empleo de dichos medios. Quienes obran como les es mandado, aun frente a situaciones que parecen desesperadas, no tienen por qué dudar del éxito. Ezequiel miró por encima de aquella gran multitud de huesos secos y dispersos, profetizó sobre ellos y vinieron a ser cuerpos humanos.
(a) Primero, lo que tuvo que hacerles saber es que Dios quería decididamente devolverles la vida (vv. 5 y 6). Enfáticamente se repite ese «y viviréis».
(b) Lo que de inmediato se consiguió con ellos es que se pusiesen en movimiento (v. 7). Una tal cantidad de huesos secos había de producir por fuerza gran ruido, «y el ruido llegó a ser conmoción cuando los huesos se juntaron para formar esqueletos humanos» (Fisch). Incluso los muertos y secos, como estos huesos, comienzan a moverse cuando son llamados a oír la palabra del Señor.
(c) A pesar de haber una multitud de huesos tan separados y dispersos, a la voz de Dios todos ellos se movieron y, sin errar uno solo, cada uno se unió a su compañero en el lugar que le correspondía y en el esqueleto respectivo (v. 7, al final): «y los huesos se juntaron, cada uno en su sitio (lit. hueso a su hueso)».
(d) Un paso más, y sobre los esqueletos respectivos, ya formados (v. 8), aparecen tendones, «sube», es decir, crece, la carne, y los cubre la piel por encima; pero (éste es un grandísimo «pero») «no había nada de espíritu en ellos» (lit.). ¿De qué sirve un gran ejército de soldados, fuertes y robustos de cuerpo, si les falta el aliento de vida? Comenta atinadamente Feinberg: «Es evidente que la referencia a la ausencia de aliento en los cuerpos indicaba que, cuando Israel haya regresado al país en los últimos días, estarán sin convertir. Seguramente que el tenor general de las Escrituras proféticas apunta en esa dirección (V. Zac. 13:8, 9). De no ser así, es difícil ver cómo podrá hacerse un pacto a escala nacional con un impío tal como el príncipe romano de los tiempos del fin (cf. Dn. 9:27)».
(e) Una vez que el aliento de vida entró en ellos (v. 10), vivieron, y se pusieron en pie; un ejército grande en extremo. El espíritu de vida hizo de ellos, no sólo hombres vivos, sino también hombres activos, prestos para el servicio y el ejercicio. Hace notar Feinberg que «es importante repetir que Ezequiel no hablaba de una resurrección física de los muertos, sino del reavivamiento de Israel y de su restauración a la vida espiritual».
II. Aplicación de la visión a la condición calamitosa en que se hallaban los judíos en aquellos momentos, cautivos y exiliados en Babilonia (v. 11): «Estos huesos son toda la casa de Israel, esto es, tanto las diez tribus que moraban arriba, en el reino del norte, como las dos que moraban abajo, en el reino del sur».
1. Lo profundo de la desesperación a la que se hallan ahora reducidos (v. 11). Israel no es ahora otra cosa que eso: Una multitud de huesos muertos, secos, separados y dispersos. La aflicción había durado demasiado tiempo, y las esperanzas se habían marchitado con la continua y persistente frustración. Así lo veían ellos mismos (v. 11b): «Nuestros huesos están secos, se ha perdido nuestra esperanza, y estamos cortados del todo». «Se comparan a sí mismos a miembros separados del cuerpo, para no volver jamás a ser unidos en un organismo viviente» (Fisch).
2. Pero una fe activa en el poder, la promesa y la providencia de Dios pueden reanimarles las perdidas esperanzas (vv. 12–14): «Por tanto, porque las cosas han llegado así a tal extremo, profetiza y diles que ésta es la hora en que Dios se va a manifestar a ellos (la hora final): os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel» (v. 12b).
Versículos 15–28
Después de la promesa del reavivamiento de Israel en los últimos tiempos, viene una promesa complementaria, ya insinuada en el versículo 11: «Estos huesos son TODA la casa de Israel». Israel volverá a la vida como un solo cuerpo.
1. Se promete aquí que Efraín (el reino del norte) y Judá (el del sur) se unirán felizmente de nuevo. Desde la deserción de las diez tribus de la casa de David bajo Jeroboam, las disputas, animosidades y querellas entre las dos facciones habían sido continuas, incluso en el país de su cautiverio. Ahora se iban a volver a unir, y esto se promete bajo el símbolo de una señal. El profeta tiene que tomar dos palos (v. 16) y escribir en uno de ellos Judá y los hijos de Israel que le están asociados, es decir, de las tribus de Benjamín, Simeón y Leví, y restos de otras tribus; en el otro ha de escribir José, palo de Efraín, y de toda la casa de Israel que le está asociada. Nótense los siguientes detalles:
(A) En el segundo palo figura a la cabeza el nombre de José, por descender de él las dos tribus más importantes del reino del norte: Efraín y Manasés. Se nombra con preferencia a José por dos razones: (a) Su carácter piadoso, recto con Dios, contrasta con el de Efraín, el novillo indómito (Jer. 31:18); quizá sea ésta la razón por la que su padre José le sustituye en Apocalipsis 7:8b. (b) José era el heredero de la primogenitura en cuanto a las bendiciones temporales (Gn. 49:25, 26), mientras que Judá lo había de ser de las bendiciones espirituales y del cetro (Gn. 49:10).
(B) José es llamado palo de Efraín por dos razones igualmente: (a) Por ser el primogénito de José (v. Gn. 48:17–20); (b) pero, sobre todo, porque de la tribu de Efraín era Jeroboam, el primer rey de la tribu del norte.
(C) Ezequiel tiene que juntar los dos palos en su mano (v. 17), de forma que se hagan uno solo en su mano. El verdadero significado era que se habían de hacer uno solo en la mano de Dios (v. 19), de quien el profeta era aquí como el embajador de Dios.
2. Así que, cuando se cumpla esta profecía, las dos casas, la de José y la de Judá, serán una sola nación (v. 22): no tendrán intereses diversos y, por consiguiente, no estarán divididos sus afectos. Hasta entonces habrán sido dos palos distintos apaleándose e hiriéndose el uno al otro recíprocamente; ahora serán uno solo, y se ayudarán y reforzarán mutuamente. El haber sufrido juntamente en sus cautiverios y persecuciones a lo largo de la historia (v. 21), contribuirá a esta mutua comprensión y al mutuo afecto. El haberlos amado Dios a los dos sin ellos merecerlo será un buen motivo para amarse ellos el uno al otro. Cuando dos trozos del mismo metal se meten en el horno, fácilmente se hacen uno solo al derretirse con el calor.
3. Las dos casas serán una sola en las manos de Dios, porque: (A) Su poder y su amor los habrán unido. (B) Su gloria será el centro de su unidad, y Su gracia el cemento que los mantenga unidos. (C) Su Hijo el Mesías será el Rey davídico (v. 24, comp. con 34:23), del que todos ellos serán súbditos sumisos y obedientes. Una sola nación, un solo Rey, unas mismas normas de gobierno para todos.
4. También se promete que los judíos se habrán curado para siempre de su idolatría (v. 23). Esto ya ocurrió a la vuelta de la cautividad de Babilonia, pero entonces (comp. con 36:25 y 26) será una curación segura y completa, como fruto de la regeneración espiritual de la nación, que les habrá cambiado la mentalidad y les preservará de las tentaciones exteriores, ya que: (A) Satanás estará atado (Ap. 20:2), y:
(B) El Mesías gobernará con cetro de hierro, para quebrantar a los enemigos (Sal. 2:9).
5. Se promete también aquí que vivirán de forma cómoda y próspera (vv. 25, 26). Vivirán en la buena tierra de Israel, con el pacto ahora renovado; por lo que vendrán a ella con el título de su ascendiente Jacob, al que Dios llama (v. 25) mi siervo. La tierra fue una heredad otorgada por Dios a los antepasados de ellos y, por consiguiente, de ellos será por prescripción legal: «son amados por causa de los padres» (Ro. 11:28b). Así que habitarán allí para siempre ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos (v. 25b). Para siempre no significa aquí por toda la eternidad, sino «sin que se interrumpa ni cese en el tiempo», mientras dure la presente creación, antes que desaparezcan el primer cielo y la primera tierra (Ap. 20:11; 21:1).
6. Igualmente se promete aquí (vv. 26, 27) que Dios habitará en medio de ellos: «Pondré mi santuario entre ellos para siempre. Estará sobre ellos (lit.) mi tabernáculo, etc.». Esto mismo será privilegio de todos los salvos, no sólo de Israel, en la eternidad (v. Ap. 21:3). Tendrán siempre la oportunidad de tener comunión íntima con Dios, lo cual será el mayor consuelo de sus almas. Dispondrán de todos los medios de gracia. Mediante los oráculos de Dios en Su tabernáculo, se harán más sabios y mejores cada día, y todos sus hijos serán enseñados por Dios (Is. 54:13; Jer. 31:34), con aplicación general a todos los creyentes (v. Jn. 6:45; 14:26; 1 Jn. 2:20, 27). La relación pactada con Dios será, de este modo, mejorada; el vínculo de dicha relación, reforzado.
7. Tanto Dios como el propio Israel obtendrán gloria y honor entre las naciones (v. 28) a causa de esto: «Y sabrán las naciones (los gentiles) que yo Jehová santifico a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre». Comenta Feinberg: «Conforme a la visión viejotestamentaria del futuro, el hombre no es asumido a habitar con Dios en el cielo, sino que Dios condesciende a habitar con el hombre, por lo que la tierra es transformada gloriosamente (47:1–12)». El sentido escatológico de porciones como ésta es tan obvio que, aunque a tantos evangélicos (incluido el propio M. Henry) les pase totalmente desapercibido, comienza a entrar en los mejores y más expertos exegetas catolicorromanos (el renombrado exegeta alemán Max Meinertz acepta incluso el Milenio, aun contra las condenaciones de Roma). Dice Asensio: «La omnipotencia y la fidelidad de Jehová, Señor y Árbitro de la historia, al servicio del nuevo Israel, que, santificado otra vez y bajo un segundo David, el Rey ideal de la promesa davídica, abre paso a una especie de cruzada jehovista en una perspectiva escatologico-mesiánica». La tradición de la primitiva Iglesia, como se puede ver en los escritores de los primeros siglos, es todavía más explícita a favor del Milenio.
Para este capitulo y el siguiente, resulta iluminadora la introducción de Feinberg al presente capítulo, quien dice así: «En la última gran división de la profecía de Ezequiel, los temas son distintos y significativos. El capítulo 34 pone de relieve los gobernantes; el capítulo 35, los enemigos; el capítulo 36, la nación convertida; el capítulo 37, la nación resucitada; los capítulos 38 y 39, la tierra; y los capítulos 40–48, el santuario. Se reconoce generalmente que los capítulos 38 y 39 constituyen una sola profecía.
Nos hablan, si se interpretan literalmente (conforme debe hacerse—el paréntesis es del traductor—), de una venidera confederación norteña de naciones alrededor de los mares Negro y Caspio con Persia y el norte de África, que invadirán la Tierra Prometida después de la instalación de Israel en ella». Con respecto a la fecha en que tal invasión ha de ocurrir, el mismo autor, tras discutir las soluciones propuestas, se inclina por la siguiente: «El autor está a favor del final del período de la tribulación, antes que Cristo se manifieste visiblemente al mundo (v. Zac. 14:1–4)». Conforme a la división propuesta por Asensio, el presente capítulo puede estudiarse bajo estos cuatro epígrafes: I. Dios pone coto a la invasión de Gog contra Israel (vv. 1–9). II. Dios descubre y frustra los planes malvados de Gog (vv. 10–13). III. Gog va a ponerse al alcance del gran castigo de Dios (vv. 14–16). IV. Jehová destruye completamente a Gog y a todo su ejército (vv. 17–23).
Versículos 1–9
I. Los expositores tienen aquí abundante materia para disquisiciones sobre nombres de personas y lugares; pero, como advierte Feinberg, «no es digno de la profecía hacer identificaciones meramente basados en la semejanza de sonidos».
1. El primer nombre que aparece a la cabeza de esta gran coalición apocalíptica contra el pueblo de Dios es Gog, de la tierra de Magog (v. 2), al ser Magog mera designación del «país de Gog». De él se dice que es príncipe soberano (o príncipe de Ros—el hebreo rosh significa, de ordinario, «cabeza»—) de Mésec y Tubal; estos dos ya salieron en 27:13 y, junto con Magog, aparecen en Génesis 10:2 como hijos de Jafet. Aunque no han faltado quienes han identificado Rosh con Rusia, Feinberg niega tal identificación. Flavio Josefo identificaba Magog con el país de los escitas, «la región N y NE de los mares Negro y Caspio (ocupada ahora por Rusia)» (Ryrie).
2. Otros nombres de aliados de Gog son mencionados en los versículos 5 y 6: Persia, Cus (esto es, Etiopía), Fut (o Put), que es la actual Libia, Gomer, «probablemente, la parte oriental de Turquía y Ucrania» (Ryrie), y la casa de Togarmá, «la parte de Turquía, próxima a la frontera con Siria» (Ryrie).
II. Uno de los detalles más notables de esta profecía es que lo primero que aparece en ella es la decisión de Dios de enfrentarse contra esta malvada coalición («vuelve tu rostro hacia Gog …»—v. 2—), y la confusión que va a sembrar en el ejército de Gog, pues les va a dirigir por otro camino distinto del que llevaban; y, aunque será prisionero de Dios («pondré garfios en tus quijadas»—v. 4—), llegará un día («al cabo de muchos años»—v. 8—) en que vendrá, también dirigido por Dios, contra los montes de Israel, para lo cual habrá recibido—del mismo Dios—la orden. Dice Fisch: «El ataque de Gog se llevará a cabo en el futuro distante, cuando Israel haya sido restaurado y haya disfrutado, por algún tiempo, de paz y seguridad».
III. Dios exhorta irónicamente a Gog y a sus tropas a que se preparen lo mejor posible para tal empresa (v. 7); estarán todos perfectamente equipados (v. 4b). Gog ha de ser el comandante en jefe de tal ejército (v. 7b). El equipo militar se describe con la terminología de aquel tiempo; iría contra el genio y el sentido mismo de la profecía hablar en términos del moderno armamento. Basta con que se mencionen (v. 4b), además de los caballos (lo más apto para el movimiento rápido en aquellos tiempos), las dos clases de armas defensivas, el escudo corto, el pavés o escudo largo y oblongo (v. 4), y el yelmo (v. 5), y el arma ofensiva más terrible y mortífera que entonces se conocía: la espada en mano de cada uno de los guerreros (v. 4, al final).
IV. El versículo 8 nos suministra varios detalles importantes para fijar la fecha de la invasión:
1. El hebreo dice en el versículo 8 beajarith hashanim, «en los postreros años», lo que equivale a los
«postreros días» (hebr. beajarith hayamim), con respecto a lo cual dice Feinberg: «Ningún estudioso de la profecía puede permitirse el lujo de pasar por alto esta frase en el Antiguo Testamento o su paralela en el Nuevo Testamento … Cuando la usan los escritores del Antiguo Testamento, dice referencia a los tiempos mesiánicos, esto es, al tiempo en que la historia nacional de Israel hallará su cumplimiento y clímax».
2. El verbo para «recibirás la orden» (RV 1977) significa literalmente «serás visitado» (RV 1960), verbo que admite diversos matices, pues puede significar una gran bendición, un tremendo castigo o, como aquí, una misión importante—siempre, de parte de Dios—. La importancia de esta misión corre pareja con la importancia de la fecha.
3. A la tierra de Israel, a la que vendrá la gran coalición que aquí estudiamos, se la llama «salvada de la espada, recogida de muchos pueblos», frase que, comparada con 34:13, indica inequívocamente los últimos días; esto se confirma por las últimas palabras del mismo versículo 8: «mas fue sacada de las naciones, y todos ellos moran confiadamente» (comp. con vv. 11, 14; 39:26). Dice Fisch: «La gravedad del crimen de Gog residirá en el hecho de que su ataque ha sido dirigido contra una tierra que había estado desolada y cuyo pueblo había sido redimido de los países de su dispersión». Lo de «recogida de muchos pueblos» no cuadra bien con la vuelta de la deportación a Babilonia, sino que apunta más bien a los últimos días.
V. Conforme al plan que se había trazado, Gog, con todo su ejército, invade la tierra de Israel (v. 9), como una tempestad (comp. con Is. 5:28; 21:1; 25:4, 28:2, Jer. 4:13), como un nublado para cubrir la tierra, etc. (comp. con v. 16, 30:18; Jl. 2:2). Esta tempestad, como un nublado que todo lo oscurece y lo entristece hasta el terror, es «una figura de la fuerza y del aspecto aterrador de los ejércitos de Gog al ir acercándose» (Fisch).
Versículos 10–13
En estos versículos, que han desconcertado a bastantes autores, por parecer que Gog obra ahora por su cuenta, fuera del alcance de la orden que le dio Jehová (v. 8), lo que se pone de relieve es la motivación principal del ataque contra Israel. El tiempo es el mismo, no es una secuencia (v. 10 «en aquel día»), pero ahora se nos dice:
1. Que Gog planea la invasión de Israel (v. 10, esos son sus «malvados designios») al hallar la tierra indefensa y confiada (v. 11, comp. con v. 8, al final), pues todos sus habitantes se hallan ahora en paz y seguridad. Pensaba Gog que esta guerra le iba a resultar muy barata, pues no iba a perder hombres ni equipaje.
2. Pero no sólo pensaba que le iba a salir barata la guerra, sino que pensaba enriquecerse sobremanera (v. 12), ya que el pueblo había repuesto su ganado y su hacienda (comp. con Is. 60:5–9), lo cual no es extraño cuando hemos visto las promesas de Dios de bendecir a Su pueblo en aquellos días con toda clase de bendiciones. Esto se deduce también del gran botín mencionado al final del versículo 13.
3. Las preguntas de Sebá, Dedán y los mercaderes de Tarsis, etc. (v. 13a) no significan que estos países se pongan del lado de Israel como amigos, sino que las preguntas «pueden ser irónicas para hacer ver la enormidad de la aventura en la que se han embarcado las naciones invasoras» (Feinberg). Fisch opina que pensaban beneficiarse del botín tomado por Gog.
4. Un detalle digno de notarse es la expresión «el ombligo de la tierra» (lit.), que aparece al final del versículo 12, y que sólo ocurre aquí y en Jueces 9:37. De ella dice Fisch: «La Tierra de Israel era considerada geográficamente como el centro del mundo, del mismo modo que el ombligo es el centro del cuerpo (cf. 5:5). Esto se menciona para poner de relieve lo vicioso del plan de Gog. Él vivía en el remoto norte, a gran distancia de la Tierra de Israel; de forma que el pueblo de esta última no podía abrigar ningún plan agresivo contra él».
Versículos 14–16
En los versículos 10–13 hemos visto las intenciones de Gog y de sus aliados. Ahora vemos las intenciones de Dios, al traer a Gog y a su numeroso ejército a invadir la tierra de Israel. Cuando Gog, por conocer el estado de confianza y seguridad del pueblo de Dios en su nuevo, y definitivo, restablecimiento en su país (v. 14, al final), se lance con la mayor osadía (pues no piensa hallar ningún obstáculo en su empresa) a invadir la tierra de Israel (vv. 15 y 16, que repiten ideas de los vv. 8 y 9), entonces se manifestarán las intenciones de Dios al traerle allá (v. 16b): «Y te traeré contra mi tierra, para que las naciones me conozcan, cuando sea santificado a costa tuya, oh Gog, delante de sus ojos». Consideremos algunos detalles:
1. Dios dice: «Te traeré contra mi tierra». Noticia extraña es que Dios no sólo permita a los enemigos Suyos y de Su pueblo que vengan contra Sus hijos, sino que Él mismo los atraiga. Dice Fisch: «Aunque se nos dice que el designio de la campaña de Gog es el deseo de destrucción y despojo, es un acto destinado en la sabiduría de Dios a obligar a la humanidad a percatarse de que Él es el Rey del universo».
2. En efecto, Dios va a traer a Gog contra la tierra de Israel «para que las naciones—dice Dios—me conozcan». «Las naciones sin Dios no habían podido figurarse que Dios estuviese tan interesado en todo lo que concierne a Su pueblo y a Su tierra» (Feinberg). Con el súbito aniquilamiento de Gog y de todo su enorme ejército, que son enemigos mortales de un Israel definitivamente restaurado, con nuevo pacto, como el pueblo de Jehová, las naciones impías no tendrán más remedio que reconocer una manifestación sobrenatural de la grandeza y de la santidad del Dios de Israel.
3. Por eso añade (v. 16, al final) que entonces Él será santificado a costa de Gog delante de los ojos de todas las naciones. El nombre de Jehová como único Salvador de Su pueblo quedará vindicado delante de todo el mundo (comp. con el v. 23), pues todos serán «testigos de su omnipotencia al servicio de su bondad-fidelidad con el pueblo de la elección» (Asensio).
Versículos 17–23
Estos versículos son una explanación detallada del castigo tremendo que Dios va a infligir a Gog y a sus huestes.
1. Hay primero (v. 17) una referencia a los antiguos profetas. Moisés, en su profecía (Dt. 32:43), habló de los últimos días, así como David (Sal. 2:1–9; 9:15, 16 y en otros muchos lugares de los Salmos), y también Isaías 27:1; 61:2b; 63:1–6; Joel 3:1, 2; Sofonías 3:8; Zacarías 14:2–4, entre otros.
2. Se predice que este formidable enemigo será completamente exterminado cuando intente la destrucción de Israel. Gog va a ser un «instrumento inconsciente de este complejo de profecías en su última fase» (Asensio).
3. El celo con que Jehová ejecutará este castigo en Gog se describe gráficamente en la última frase del versículo 18: «subirá mi ira en mis narices (lit.)». Es, como dice Feinberg, «un vívido antropomorfismo (v. Sal. 18:8). Representa el aliento que un hombre enfurecido inhala y exhala por su nariz».
4. El gran terremoto de que habla el versículo 19b, así como todos los fenómenos que se describen en los versículos 20:22, forman parte del conocido cuadro de detalles apocalípticos que acompañan a toda manifestación extraordinaria del poder de Dios. En el mismo sentido que aquí, pueden verse muchos otros lugares que describen alguno (o varios) de estos fenómenos (v., por ej., Sal. 11:6; 18:12–14; Is. 2:19; 28:17; 66:16; Jer. 4:23–26; 25:31; Os. 4:3; Jl. 3:16; Nah. 1:4–6; Sof. 1—todo el cap.—; Hag. 2:6; 7:21; Zac. 14:4).
5. El versículo 23 es como una paráfrasis de la última frase del versículo 16, y termina con el repetido estribillo: «y sabrán que yo soy Jehová».
Este capítulo concluye la profecía contra Gog y Magog, con cuya destrucción Dios corona Sus favores a Su pueblo Israel. Tenemos aquí: I. Una predicción explícita de la completa destrucción de Gog y sus aliados (vv. 1–7). II. La amplitud de tal destrucción: 1. La quema de las armas enemigas (vv. 8–10).
2. El sepelio de los muertos en el campo de batalla (vv. 11–16), y: 3. El festín de las aves de presa con la carroña de los cadáveres que han quedado insepultos (vv. 17–22). III. Una declaración de los benignos designios que Dios abriga con respecto a Su pueblo Israel (vv. 23–29).
Versículos 1–7
Esta profecía comienza como la anterior (vv. 1, 2, comp. con 38:3, 4): «… He aquí que yo estoy contra ti, Gog, príncipe soberano (o príncipe de Ros) de Mésec y Tubal. Y te haré dar media vuelta, etc.».
1. Los soldados de este gran ejército quedarán desarmados por Dios, de forma sobrenatural (v. 3), y quedarán así incapacitados para seguir adelante con esta aventura.
2. Tanto Gog, comandante en jefe (38:7, al final) de la coalición armada, como todas sus tropas (vv. 4, 5), caerán muertos en el campo de batalla. Incluso en los montes no hallarán un paso que puedan defender, ni en campo abierto hallarán camino por el que puedan escapar. Nunca jamás anteriormente había sido tan totalmente derrotado un ejército como lo ha sido éste. Y, para mayor oprobio y deshonra, sus cadáveres serán pasto de las aves de presa (v. 4).
3. No solamente el ejército será destruido en el campo de batalla, sino que hasta en los lugares mismos de donde salieron los coligados contra Israel hará Dios sentir el fuego de su indignación (v. 6): «Y enviaré fuego (fuego literal) sobre Magog y sobre los que moran con seguridad en las islas (o, mejor, zonas costeras)». Israel conocerá así, más y mejor, la grandeza del nombre de Jehová, su santidad, bondad y fidelidad a Sus promesas.
4. Ése es el método de Dios en Su trato con los hombres en general: Les ilumina primero el entendimiento y, por este medio, influye en el hombre entero; nos hace conocer primero Su santo nombre, y así nos preserva de mancharlo y nos anima a honrarlo (v. 7). Una vez más, «sabrán las naciones—dice Dios—que yo soy Jehová, el Santo de Israel».
Versículos 8–22
Aunque esta profecía había de tener su cumplimiento en los últimos días, se habla aquí de ella como si ya se hubiese cumplido, a fin de poner de relieve la seguridad de su cumplimiento, ya que la palabra y los designios de Dios no pueden fracasar (v. 8). A fin de presentar como extraordinariamente grande la derrota del ejército de Gog, se especifican aquí tres cosas como consecuencia de tal derrota. Dios mismo es el que derrota a los enemigos de Israel, pues no hallamos que ninguna persona del pueblo de Israel desenvaine una espada ni aseste un solo golpe.
1. Quemarán sus armas, los arcos y las saetas que se les cayeron de las manos (v. 3), es decir, todo el armamento combustible (vv. 9, 10). Tan grande será la cantidad de armas del enemigo ya derrotado, que, con la parte combustible de las armas, habrá bastante para estar quemando durante siete años (v. 9, al final).
2. Darán sepultura en Israel a los muertos (vv. 11–16). Los cadáveres de los derrotados yacerán dispersos por los montes de Israel, y a la casa de Israel incumbirá el darles sepultura para limpiar la tierra, tarea tan ardua por la inmensa multitud de cadáveres, que les llevará siete meses acabarla (vv. 12, 14). Además de todo el pueblo de la tierra, que adquirirá renombre (v. 13) por el hecho mismo del tiempo que se les llevará la tarea (pues será prueba de la magnitud de la derrota enemiga), tendrán que tomar hombres a jornal (v. 14) que hagan lo mismo en el resto del país. Habrá una inmensa tumba común en el Valle de Hamón-gog (v. 11, al final, comp. con v. 15, al final), que significa «multitud de Gog».
Para conmemorar este hecho, será edificada junto al valle una ciudad que llevará el nombre de Hamoná (v. 16), que significa «la multitud».
3. A pesar de toda esta extensa y prolija tarea de dar sepultura a los cadáveres, todavía quedará suficiente carroña para dar un gran banquete a las aves de toda especie y a toda fiera del campo (v. 17). La fraseología de los versículos 17–22, especialmente la del versículo 17 (que da la pauta a la porción), indica que la derrota enemiga ha sido un sacrificio aceptable a Dios, pues dice literalmente el versículo 17b: «Juntaos y venid; reuníos de todos los lados a mi sacrificio, que yo sacrifico para vosotros, un sacrificio grande sobre los montes de Israel». Queda solamente una necesaria observación: Todo el que compare estos versículos 17–22 con Apocalipsis 19:17 y ss., no podrá menos de percatarse de la semejanza. En efecto, Ezequiel habla de la misma batalla. Lo mismo puede decirse al comparar con Apocalipsis 16:14–18. Estamos, pues, ante la batalla de Armagedón. Es cierto que Apocalipsis 20:8 menciona a Gog y Magog, pero que no se trata de la misma batalla es claro por el simple dato de que esta batalla después del Milenio no tiene por líder de las fuerzas enemigas a Gog, sino a Satanás (v. Ap. 20:7, 8). Se menciona a Gog y Magog porque la magnitud del número de los enemigos (v. 8, al final) y la súbita derrota que Dios les inflige (v. 9, al final) aparecen con caracteres como calcados de la batalla que Ezequiel contempla en los capítulos 38 y 39 de su profecía.
Versículos 23–29
Estos versículos hacen referencia no sólo a las profecías concernientes a Gog y sus aliados, sino también a todas las que conciernen a la casa de Israel, a su restauración final y al regreso de todos sus cautiverios, así como al final de todas sus persecuciones. Dice Ryrie: «El doble objeto de estos juicios es que las naciones reconozcan la gloria de Dios, y que Israel conozca la gracia de Dios».
1. Dios hará que los gentiles conozcan el significado de las penas y aflicciones de Su pueblo. Una vez reformados y vueltos a Él, cambia Él la suerte de ellos y les hace volver del cautiverio a su propio país y, cuando ya están establecidos allí, les protege y colma de bendiciones. Así no hay lugar para que nadie piense que Israel fue al cautiverio porque Dios no podía protegerles, sino porque, por los pecados de ellos (vv. 23, 24), habían perdido el derecho al favor de Dios y se habían apartado ellos mismos de Su protección. Ése era el verdadero motivo por el que Dios había escondido de ellos Su rostro y los había entregado en manos de sus enemigos (v. 23b). Vemos, pues, que:
(A) Dios castiga el pecado de cualquier persona, incluidos a los de Su pueblo Israel, porque aborrece el pecado tanto más cuanto más le es cercana y querida la persona del que lo comete (Am. 3:2).
(B) Cuando Dios entrega por presa y botín a Su pueblo, lo hace con el fin de corregirles y reformarles, no con el de dar satisfacción a sus enemigos (Is. 10:7; 42:24).
(C) Tan pronto como los hijos del pueblo de Dios se humillan bajo la vara de corrección, Dios se vuelve a ellos lleno de misericordia.
2. Dios hará que los israelitas conozcan el favor que les tiene reservado (vv. 25, 26).
(A) Dios tendrá ahora compasión de toda la casa de Israel (v. 25b), porque están arrepentidos de sus pecados. Justamente los ha llevado a menudo a situaciones de extremo aprieto, en las que vivían en constante temor (basta con recordar el «holocausto» a manos de Hitler), por haber transgredido Sus mandamientos en tierra de paz, donde nadie les inspiraba temor. Pero, cuando ellos se humillan bajo las providencias humilladoras, Dios los saca de sus apuros y de sus cautiverios y persecuciones.
(B) Así como Dios mismo sufrió el oprobio que ellos sufrían durante las aflicciones pasadas (Is. 63:9), así también es santificado (Su gloria es vindicada) cuando Su pueblo se deja reformar y vuelve a ser una nación santa. Entonces Dios les hace ser un pueblo dichoso (vv. 26–29). El secreto de todo esto estará en que (v. 29b) Jehová habrá derramado Su Espíritu sobre la casa de Israel (comp. con 36:27; 37:14; Is. 32:15; Jl. 2:28).
Los capítulos 40–48 de Ezequiel figuran entre las porciones más difíciles de la Escritura, pero (contra la opinión del famoso Lightfoot) no hay razón para que dejen de interpretarse literalmente.
Permítaseme—nota del traductor—traducir aquí la excelente introducción que la Ryrie Study Bible trae, al pie de página, al comienzo de estos caps. 40–48. Dice así:
«Estos capítulos son complemento de las muchas predicciones de juicio anunciadas por Ezequiel. Ahora prevé la reedificación del Templo, el establecimiento de una correcta relación entre el SEÑOR (Jehová) e Israel, y la reorganización de su vida nacional. Son registradas detalladas instrucciones para la edificación de este futuro Templo y para el servicio a él asignado. La descripción no es la del Templo de Salomón, al ser diferentes y más amplias las particularidades (ingl. specifications). Si la descripción se ofrecía para ayudar a los exiliados a reedificar el Templo a su vuelta de Babilonia, no se puede explicar por qué Esdras, Nehemías o Hageo no se refieren a él. Si es una descripción de la relación de Dios con la Iglesia, resulta entonces tan simbólica que pierde todo sentido. Si se entiende lisa y llanamente, el Templo y el culto aquí indicados deben referirse a Israel cuando haya sido restablecido en su tierra (cf. caps. 47, 48) durante el reino milenario de Cristo.»
En el presente capítulo tenemos: I. Un informe general de esta visión del templo y de la ciudad (vv. 1–4). II. Una relación particular, en la que se nos da una descripción: 1. Del muro exterior (v. 5). 2. De la puerta oriental (vv. 6–19). 3. De la puerta que daba al norte (vv. 20–23). 4. De la puerta que daba al sur (vv. 24–31) y de las cámaras y otras cosas pertenecientes a estas puertas. 5. Del atrio interior, tanto hacia el este como hacia el sur (vv. 32–38). 6. De las mesas (vv. 39–43). 7. De las habitaciones de los cantores y de los sacerdotes (vv. 44–47). 8. Del pórtico de la casa (vv. 48, 49).
Versículos 1–4
1. La fecha de esta visión. Fue el año 25 de la cautividad de Ezequiel (v. 1), a los catorce años después que la ciudad fue tomada. Puesto que Ezequiel, como el rey Joaquín, fue al cautiverio el año 597
a. de C., la fecha de la presente profecía es 572 a. de C. Y como la visión de la Merkabah o carroza de los querubines (1:1) tuvo lugar el año 30 del último Jubileo (es lo más probable), también esta otra visión del nuevo templo ocurrió al comienzo de un año jubilar. Dice Kimchi, citado por Fisch: «El comienzo del año jubilar, que es también el Día de la Expiación, cuando los esclavos recobraban su libertad, y los pecadores obtenían el perdón de sus transgresiones, era así el día más apropiado para la visión que presentaba la redención de Israel y la reedificación del Templo».
2. El profeta fue transportado en visión (v. 2), como otras veces, a la tierra de Israel. Aunque ahora estaba desolada, Ezequiel va a tener ahora una agradable perspectiva de la gloria que el futuro reserva a Israel. La mano de Jehová (v. 1) fue la que le llevó allá y le puso (v. 2) sobre un monte muy alto, como a Moisés en la cima del Pisgá (Dt. 34:1), para ver aquella tierra que, por segunda vez, era ahora una Tierra Prometida. Desde la cumbre del monte (sin duda, Sion) vio Ezequiel «alzarse, como la construcción de una ciudad, el grandioso complejo del futuro templo jerosolimitano» (Asensio). Tan grande era el templo que Ezequiel lo ve en proporciones semejantes a las de una ciudad. Y será como una ciudad en la que los israelitas se sentirán a sus anchas, pues la gloria de Dios habitará de nuevo allí.
3. El mensajero que le va a explicar a Ezequiel las características del nuevo templo era un varón cuyo aspecto era como aspecto de bronce (v. 3, comp. con 1:7), «evidentemente el Ángel de Jehová, esto es, el Señor mismo (44:2, 5)» (Ryrie). Feinberg hace notar que «el bronce era, en realidad, cobre, con el significado simbólico de fuerza (1 R. 4:13; Job 40:18), firmeza inconmovible (ya sea para el bien o para el mal, Jer. 1:18; 15:20; Is. 48:4) y juicio (Dt. 28:23; Lv. 26:19; Mi. 4:13)». Incluso en ese templo, es Cristo el que da acceso a los beneficios y privilegios de la casa de Dios.
4. Las dimensiones de este templo, grande como una ciudad, se toman con un cordel de lino (v. 3b) y una caña de medir. «El primero se usaba para medidas grandes, y la segunda para pequeñas» (Fisch).
5. Al profeta (v. 4) se le ordena que ponga mucha atención (lit. pon tu corazón; comp. con Pr. 23:26) en todo lo que se le va a decir, ya que él, a su vez, ha de informar a la casa de Israel de todo lo que vaya viendo.
Versículos 5–26
La caña de medir que estaba en la mano del varón que Ezequiel vio fue mencionada en el versículo 3, pero ahora (v. 5) se nos dice cuál era su largura exacta: seis codos de largura, de a codo y palmo cada codo, es decir, unos 3 metros y 15 centímetros en total, pues cada codo de los grandes medía 525 milímetros.
1. Hay primero (v. 5) un informe de muro exterior de la casa, el cual, al rodearla, indica la separación entre el mundo común y el santuario.
2. Viene después un informe de las distintas puertas, con las cámaras anejas a ellas.
(A) Comienza por la puerta oriental (v. 6), porque ésa era la que se usaba para entrar en el extremo inferior del templo, en el que estaba el Lugar Santísimo en el extremo occidental. La descripción de compartimentos y medidas puede resumirse del modo siguiente:
(a) Después de subir por sus gradas (v. 6b), el varón midió los postes o umbrales de la puerta; cada uno, de una caña de ancho (3’15 m). Seguía un vestíbulo o corredor con tres cámaras a cada lado, unas en frente de otras y de la misma medida (cerca de 10 metros cuadrados, es decir, 3’ 15 m en cuadro). Estaban destinadas al alojamiento de los que tenían a su cargo los servicios del templo. Estaban separadas unas de otras por un muro (v. 7b) de cinco codos de espesor (unos 2’60 m).
(b) Al final de dicho corredor, después de pasar las cámaras (tres a cada lado), había otro umbral de una caña en cuadro (v. 7, al final) y, al salir al vestíbulo, comunicaba, por medio de una puerta, con el atrio exterior de la casa; esa puerta o portal (v. 9) medía ocho codos de largo (unos 4’20 m). Lo separaban del atrio unos postes o pilares de dos codos (como 1’05 m).
(c) De la misma manera que las cámaras que hemos visto, también el vestíbulo tenía ventanas estrechas (v. 16), esto es (según el significado del hebreo), enrejadas. Los postes o pilares del vestíbulo tenían sesenta codos de alto (unos 31 m), rematados con unos adornos de palmeras.
(B) Luego (vv. 17 y ss.), el varón y el profeta pasan al atrio exterior, en el cual había treinta cámaras en derredor, y estaba enlosado. La longitud de este atrio exterior, al medirlo desde el frontis interior de la puerta oriental hasta el frontis exterior de la puerta del atrio interior, era de cien codos (unos 52 m), tanto en dirección al oriente (a la puerta oriental) como al sur. Se dice de este enlosado que era inferior (v. 18, al final), porque el del atrio interior estaba más elevado.
Versículos 27–38
Un informe sobre el atrio interior. Comienza por el lado sur (v. 27), sigue hacia el este (v. 32) y lugo hacia el norte (v. 35).
1. Las puertas que dan entrada al atrio interior guardan uniformidad exacta con las del atrio exterior. Así también la obra de la gracia es la misma, sustancialmente, en los cristianos ya maduros y en los principiantes.
2. La subida al atrio exterior por cada puerta era por siete gradas o peldaños (v. 26); en cambio, la subida al atrio interior por cada puerta era por ocho peldaños, en cuya declaración se advierte cierto énfasis, como puede advertirse por la repetición (vv. 31, 34, 37). La razón de esta diferencia es la distinta altura de los atrios, pues el interior estaba más elevado (v. 18, al final). M. Henry hace aquí una hermosa aplicación devocional: «Cuanto más nos acercamos a Dios, más deberíamos elevarnos sobre este mundo y sus cosas». Así el pueblo llano, que había de adorar en el atrio exterior, había de subir siete peldaños para elevarse sobre los del mundo; pero los sacerdotes, que habían de servir en el atrio interior, habían de elevarse sobre el común de la gente, y subir un peldaño más.
Versículos 39–49
Tenemos aquí un informe:
1. De las mesas que estaban en el pórtico de las puertas del atrio interior. Había aquí ocho mesas (v. 41), cuatro a un lado, y cuatro al otro lado, sobre las cuales se habían de inmolar las víctimas. Al que vea difícil de comprender el que, una vez ofrecido el sacrificio del Calvario, se ofrezcan todavía sacrificios de víctimas de animales en el templo del futuro, Feinberg le hace la siguiente observación:
Hay que reconocer que los sacrificios del Antiguo Testamento nunca tuvieron ninguna eficacia redentora (v. He. 10:4 para un principio significativo, determinante y permanente del modo de obrar de Dios). Pero así como los sacrificios del Antiguo Testamento pudieron tener valor al apuntar hacia delante a la muerte de Cristo, ¿por qué no pueden tener el mismo valor para apuntar hacia atrás a la muerte de Cristo como hecho ya cumplido? La celebración de la Cena del Señor a lo largo de los siglos de cristianismo no ha añadido ni una partícula infinitesimal a la eficacia de la obra de Cristo en la Cruz, pero, ¿quién se atreverá a negar que tiene valor para el creyente, puesto que nos está ordenada como un memorial?
2. Del uso de las cámaras. Unas eran para los cantores (v. 44). El canto de los salmos se ha perpetuado en la era de la Iglesia, pero su uso en los servicios del templo será lo ordinario, como lo es en la denominación presbiteriana. Otras cámaras eran para los sacerdotes, tanto los que tenían a su cargo el servicio del templo en general (v. 45), como los que tenían a su cargo el servicio del altar (v. 46).
3. Del atrio interior, que era el atrio de los sacerdotes, y era un cuadrado de cien codos de lado (v. 47), es decir, unos 52 metros, lo que nos da una superficie de más de 2.700 m cuadrados. En medio del atrio interior y frente al santuario propiamente dicho («delante de la casa»—v. 47, al final—), estaba el altar de los holocaustos.
4. Del pórtico de la casa (vv. 48, 49). La longitud de este pórtico era de veinte codos de largo, y once de ancho (v. 49). Por los detalles que nos da el versículo 48, vemos que los veinte codos de largura habían de contarse del modo siguiente: «catorce del umbral, y seis (tres más tres) de las partes laterales o salientes de la puerta» (Asensio). De este pórtico dice M. Henry: «Había un pórtico, a fin de enseñarnos a no lanzarnos deprisa e inconsideradamente a la presencia de Dios, sino con toda seriedad y con solemnidad, y pasar primero por el atrio exterior, después por el interior, luego al pórtico, antes de entrar en el santuario».
La descripción del templo propiamente dicho comenzó ya en el capítulo 40, donde vimos la descripción del pórtico (40:48, 49). Ahora vemos: I. La nave o santuario (vv. 1, 2). II. El Lugar Santísimo (vv. 3, 4). III. Las cámaras laterales (vv. 5–11). IV. Un gran edificio detrás del templo (v. 12). V. Las medidas totales del templo con todas sus dependencias y estructuras complementarias (vv. 13–17). VI. Una descripción del interior del templo (vv. 18–26). Seguimos la división de la Ryrie Study Bible.
Versículos 1–11
1. Después de haber observado los atrios, el profeta es conducido al interior del templo (v. 1). Así también, si ponemos diligencia en aprender las instrucciones que se nos dan acerca de los más elementales principios de la fe cristiana, seremos instruidos también en los más intrincados misterios del reino de Dios. Los que están dispuestos a morar en los atrios de Dios, serán finalmente introducidos en Su íntimo santuario.
2. Cuando el Señor Jesús habló de destruir «este templo», que sus oyentes interpretaron como si hablase del templo de Herodes en Jerusalén, Él hablaba del templo de Su cuerpo (Jn. 2:19, 21). También la Iglesia (1 Ti. 3:15), y cada creyente, es casa de Dios y templos vivos respectivamente, donde Dios habita por Su Espíritu, pero Ezequiel no hablaba ni del segundo templo (el herodiano) ni de la Iglesia (contra la opinión de M. Henry) cuando hablaba del templo futuro en Ezequiel 40 y capítulos siguientes.
3. Las medidas que siguen nos son ya familiares (vv. 1–3). M. Henry (útil aquí sólo en un plano devocional, basado en acomodaciones pías) hace notar que los postes de la puerta estaban a gran distancia el uno del otro, con lo que la entrada era muy amplia; «en comparación con lo que había sido bajo la ley, podemos decir: Ancha es la puerta que conduce a la Iglesia, al haber sido derribado el muro de división, la ley ceremonial, que tanto había estrechado la puerta de entrada».
4. El Lugar Santísimo era un cuadrado exacto (v. 4) de unos diez metros y medio de lado. También la nueva Jerusalén estará establecida en cuadro (Ap. 21:16), lo cual denota firmeza de base.
5. Las cámaras laterales eran tanto más anchas cuanto más altas estaban en el edificio (v. 7), pues el edificio se iba ensanchando al subir. Dice Asensio: «En torno a la casa-templo (santo y santo de los santos), por sus lados sur, norte y oeste surgía un muro de seis codos de espesor y, entre él y otro paralelo exterior de cinco codos, había un edificio lateral de cuatro codos de ancho, con «tres pisos» y treinta pequeñas estancias (para los utensilios del templo) en cada uno de ellos. Apoyadas en unos salientes del muro y no directamente en el muro (para evitar toda apariencia de profanación de la casa-templo): las treinta estancias se iban ensanchando según su altura (el segundo piso respecto al primero, y el tercero respecto al segundo) y descansaban sobre una plataforma maciza alta seis codos sobre el nivel del atrio interior». Comenta M. Henry: «Cuanto más alto nos edificamos en nuestra santísima fe, tanto más deberían ensancharse nuestros corazones, esos templos vivos».
Versículos 12–26
1. Informe de un edificio (v. 12) que estaba delante del espacio abierto, etc., es decir, separado del templo propiamente dicho, en dirección del oeste, o sea, en la fachada posterior del templo.
2. Tenemos también una descripción de la ornamentación del templo y del otro edificio. Los muros interiores, de arriba abajo, estaban adornados con querubines y palmeras (v. 18), en alternancia. Cada querubín tenía dos rostros; un rostro de hombre … y un rostro de león (vv. 18b, 19), y representaban la sabiduría superior a la del hombre, y la bravura superior a la del león.
3. Descripción de los postes de las puertas, tanto del templo como del santuario propiamente dicho: eran cuadrados (v. 21). En el tabernáculo, lo mismo que en el templo de Salomón, la puerta del santuario era más estrecha que la del templo, pero aquí tiene la misma anchura. Sus puertas se describen en los versículos 23 y 24.
4. El altar mencionado en el versículo 22 es el altar del incienso, no el de los holocaustos (ya lo veremos en 43:13–17). Dos dificultades se nos ofrecen aquí: (A) Si es el altar del incienso, ¿cómo puede ser de madera? (¡combustible!). (B) Si es un altar, ¿cómo es que el varón le dice a Ezequiel: «Ésta es la mesa que está delante de Jehová» (v. 22, al final)? La diversidad de opiniones entre los mayores expertos muestra la dificultad de la solución. Dice Feinberg: «Se ha sugerido que era una mesa parecida a un altar (cf. 44:16)». Asensio, por su parte, opina que, contra la actual puntuación del texto masorético, habría de unirse el final del versículo 21 con el comienzo del versículo 22, que dice literalmente: «Y el aspecto como el aspecto del altar de madera (que era) de tres codos, etc.»; y que, por tanto, es el altar-mesa «que el “hombre” presentará después como la mesa (para colocar los panes de la proposición)». En efecto, es de notar que el texto sagrado no menciona otra mesa para los panes de la proposición, aunque tampoco menciona el candelabro, tan importante en todos los demás santuarios anteriores. El Targum, según Fisch, «lo interpreta como referido a la mesa de los panes de la proposición» (lo mismo que Asensio). Concluye M. Henry: «Al haber sido ofrecido ya el gran sacrificio, lo que tenemos que hacer es deleitarnos en el sacrificio junto a la Mesa del Señor». (¿Y qué decir del altar de los holocaustos en ese templo?—nota del traductor—).
En este capítulo se concluyen la descripción y la medición del templo futuro. I. Descripción de las cámaras en torno a los atrios (vv. 1–14). II. Un resumen de las medidas generales del templo y de sus atrios (vv. 15–20).
Versículos 1–14
El profeta ha tomado buena nota del interior del templo y es llevado de nuevo al atrio exterior.
1. Descripción de las cámaras. Podemos observar en general:
(A) Que, en torno al templo, que era el lugar de adoración pública, había cámaras privadas. No sólo hemos de rendir culto a Dios en los atrios de Su casa, sino también, antes y después de eso, entrar en nuestras cámaras personales, a fin de leer, meditar y orar a nuestro Padre en secreto (Mt. 6:6).
(B) Que estas cámaras eran muchas y divididas en tres pisos (vv. 5, 6) y, aunque eran privadas, estaban cerca del templo, para mejor prepararse a los ejercicios públicos de devoción.
(C) Que delante de estas cámaras había un corredor (lit. paseo o avenida) de diez codos de ancho (v. 4) y cien codos de largo (v. 8, al final), donde los que se alojaban en las cámaras podían encontrarse, conversar y compartir sus experiencias espirituales. El hombre está hecho para vivir en sociedad; el cristiano, para la comunión de los santos.
2. El uso para el que estaban destinadas estas cámaras (vv. 13, 14).
(A) Eran para los sacerdotes que se acercan a Jehová (v. 13b). Por eso se llaman cámaras santas, pues pertenecían a los que ministraban en las cosas santas.
(B) Y allí, en efecto, habían de depositar los sacerdotes (v. 14) sus vestiduras con que ministran, porque son santas. La última parte del v. 14 ha de leerse así: «y se pondrán otras vestiduras y se acercarán a lo del pueblo» (lit. La lectura de la RV 1977, en esa línea, es una errata de imprenta). La última frase («se acercarán a lo del pueblo») significa que, una vez vestidos como el común de la gente, saldrán adonde se encuentra el pueblo llano.
Versículos 15–20
Tenemos ahora las medidas generales del templo y de los atrios, que son unas medidas colosales. No es extraño que Ezequiel viese el templo (40:2) parecido a una ciudad.
1. Por todos los lados se extendía en un espacio de quinientas cañas que a seis codos (40:5) la caña, nos dan tres mil codos de lado en cuadro. Entiéndase que éstas no son las medidas del templo propiamente dicho, sino de una especie de muralla exterior, real o ideal, que estableciese la separación, por decirlo así, entre lo sagrado y lo secular (no precisamente profano). En total, una superficie de unos 2.560.000 metros cuadrados.
2. Esto significa, como hace notar Feinberg, que todo ello «requiere un gran cambio en la topografía del país, cambio que ocurrirá según se indica en Zacarías 14:9–11, justamente el tiempo que Ezequiel contemplaba», pues el área del nuevo templo «es demasiado amplia para el monte Moria donde estuvieron los templos de Salomón y de Zorobabel» (Feinberg).
Después de haber inspeccionado bien el templo futuro, Ezequiel tiene ahora una visión maravillosa. I. La gloria de Jehová toma posesión del nuevo templo (vv. 1–6). II. Se promete la continuación de esta presencia de Dios allí, a condición de que el pueblo vuelva al modo correcto de adorar a Dios y abandone para siempre toda clase de idolatría (vv. 7–12). III. Descripción del altar de los holocaustos (vv. 13–17).
IV. Se dan instrucciones para la consagración de dicho altar (vv. 18–27).
Versículos 1–6
Después que Ezequiel inspeccionó pacientemente el templo de Dios, la mayor gloria de este mundo, fue honrado con la visión de las glorias del mundo superior: Sube acá. Ha visto el templo, espacioso, espléndido; pero, mientras no entre en él la gloria de Dios, será como los cuerpos que había contemplado en 37:8, al final: enteros, «pero no había en ellos aliento de vida». Aquí ve la casa-templo de Dios, lleno de la gloria de Dios.
1. Visión de la gloria de Dios (v. 2), la gloria del Dios de Israel, el Dios que había pactado de nuevo con Israel. Los ídolos de los paganos no tienen más gloria que la que le deben al orfebre o al pintor. Esta gloria venía del oriente. También la estrella de Cristo que fue vista en el oriente, porque Él es el astro de la mañana, el sol de justicia. Dos cosas pueden observarse en esta aparición de la gloria de Dios: (A) Se hizo notar el poder de Dios: «su sonido era como el sonido de muchas aguas» (v. 2b, comp. con 1:24; Ap. 1:15; 14:2). (B) Se hizo notar un gran resplandor: «y la tierra resplandecía a causa de su gloria», porque Dios es luz, y nadie puede soportar el resplandor de Su luz; nadie ha visto a Dios ni lo puede ver (1 Ti. 6:16), pero la gloria de Dios se verá en el cielo, proyectada por el Cordero, que es Su lumbrera (Ap. 21:23, comp. con He. 1:3; Ap. 21:11; 22:5, así como con Is. 60:19).
2. Visión de la entrada de esta gloria en el templo. Cuando Ezequiel vio esta gloria, se postró sobre su rostro (v. 3, al final), en humilde y reverente adoración. Pero un espíritu (v. 5; no «el Espíritu») lo levantó, después que la gloria de Dios llenó la casa, pues, aunque era sacerdote, no podía estar allí mientras la gloria de Dios lo llenaba (comp. con Éx. 40:35). Desde el atrio interior pudo ver (v. 5b) que la gloria de Dios llenaba la casa. Dice Fisch: «Hasta ahora, el profeta había sido conducido de un lugar a otro por un ángel; pero ahora que vio la Merkabah, fue transportado por el espíritu como en la primera visión de ella». Recordará el lector que, para nosotros, el ángel de que habla Fisch no era otro que Jesucristo preencarnado.
3. El profeta recibe instrucciones más inmediatas desde la gloria de Dios como Moisés las recibió luego que Dios tomó posesión del Tabernáculo (Lv. 1:1): «Y oí a alguien que me hablaba desde la casa» (v. 6). Dice Feinberg: «El que se dirigió a Ezequiel desde la casa fue el Señor, como en 2:2 y 40:3, en la forma de un ángel, esto es, el Ángel de Jehová».
Versículos 7–12
Dios, en efecto, renueva aquí Su pacto con Su pueblo Israel, al volver a tomar posesión del templo, y se dirige a ellos por medio del profeta.
1. Por medio de Ezequiel, Dios les trae a la memoria sus antiguas provocaciones. Habla así para mejor dar paso a los consuelos que les reserva. Antiguamente ellos habían profanado el santo nombre de Dios (v. 7). Ellos y sus reyes habían llevado el menosprecio a la religión que profesaban, por cuanto habían erigido altares a sus ídolos incluso en los atrios del templo, la afrenta más desvergonzada que podía hacerse a la infinita majestad de Dios. Así es como levantaron una pared de separación entre Él y ellos, la cual obstruyó la corriente de los favores de Dios a Su pueblo. A menudo resulta verdadero el proverbio de que «cuanto más cerca de la Iglesia, tanto más lejos de Dios».
2. Les invita al arrepentimiento (v. 9): «Ahora arrojarán lejos de mí sus fornicaciones, etc.». El tiempo futuro (imperfecto) puede también entenderse, como en muchos otros lugares, por imperativo. Lo que no puede hacerse es traducirlo por pretérito (perfecto), como hace Asensio. El contexto posterior favorece el sentido de imperativo. Ahora que Dios, en Su misericordia, vuelve a ellos y establece de nuevo Su santuario en medio de ellos, han de arrojar de sí sus abominaciones, entre las que se menciona aquí la presencia de los cadáveres de sus reyes (vv. 7, 9, al final, en ambos versículos) en sus lugares altos, ya fuese en la proximidad del templo o en sus palacios, cercanos al templo, donde guardarían, según algunos, «unos “monumentos-estelas” de sentido idolátrico» (Asensio).
(A) Si ellos ven una especie de maqueta de la casa que Ezequiel ha visto (v. 10), seguramente que se avergonzarán de sus pecados pasados. La bondad de Dios hacia nosotros debería conducirnos al arrepentimiento (v. Ro. 2:4). Que midan ellos con esmero el modelo que Ezequiel les presenta y verán que este templo es mucho mayor que el antiguo, de donde podrán colegir las grandes cosas que Dios les tiene reservadas ahora.
(B) Si se avergüenzan de sus pecados (v. 11), entenderán mejor el diseño del nuevo templo. Dice Feinberg: «Aquí está la clave de la visión entera desde el capítulo 40 en adelante. Una mirada sostenida y meditada al ideal futuro plan de Dios sería suficiente para mostrarles lo mucho que ellos se habían perdido con sus transgresiones. El camino del transgresor es siempre duro, pues sólo el obediente hijo de Dios halla ligero Su yugo y fácil Su carga».
3. Les promete que han de cumplir con lo que Él quiere de ellos (vv. 7–9) y, con eso, siempre disfrutarán del favor Suyo (v. 9, al final): «Y habitaré en medio de ellos para siempre».
4. Establece también la norma general de la casa de Dios (v. 12). Mientras que, antes, sólo el santuario propiamente dicho era muy santo, ahora todo el recinto, «el área del Templo dentro del muro circundante es muy santa» (Fisch). Sin duda, el hebreo usa el superlativo relativo para dar a entender que, aunque toda la ciudad de Jerusalén era santa, todo el recinto del santuario lo era de un modo especial (comp. con 42:20, al final). En sentido espiritual de nuestro sacerdocio, todos los creyentes tenemos ahora acceso al Lugar Santísimo (He. 4:16; 10:19); mientras que el sumo sacerdote entraba allá en virtud de la sangre de los toros y de los machos cabríos, nosotros entramos en virtud de la sangre de Jesús y, dondequiera nos hallemos, tenemos, por medio de Él, acceso al Padre.
Versículos 13–27
Lo que viene ahora se refiere al altar de los holocaustos, del que tenemos primero las medidas (vv.
13–17) y, después, la consagración (vv. 18–27).
1. Las medidas del altar. Al tener en cuenta que se trata de codos grandes (v. 40:5), Fisch advierte, con todo, que la terminología del versículo 13 es oscura y, por ello, «ha dado ocasión a una variedad de interpretaciones en cuanto a las dimensiones y figura del altar». Él propone como la más convincente la que da Malbim, fundada en el Talmud: «El altar, construido en forma cuadrada, probablemente de piedra, tenía diez codos de alto y constaba de tres bloques formados por dos mellas o entrantes. La base tenía treinta y dos codos de ancho y dos de alto. Mellado un codo por cada lado, subía el segundo bloque del altar hasta una altura de cuatro codos, y reducía su anchura a treinta codos … Sobre éste el tercer bloque, también de cuatro codos de altura, pero reducido ahora a veintiocho codos de altura … Finalmente, la plataforma sobre la que se ofrecían los sacrificios, es llamada el fogón». Feinberg hace notar que un detalle interesante de este altar es que tenía gradas para subir a él, lo cual estaba expresamente prohibido en la Ley (Éx. 20:26), «pero la altura de este altar las hace necesarias».
2. La consagración del altar. Las normas para ello se llaman aquí (v. 18b) ordenanzas (hebr. juqqoth), y son como sigue:
(A) Han de dedicarse siete días (vv. 25, 26) a la consagración del templo, y cada día han de ofrecerse sacrificios (v. 25). Ni nuestra persona ni nuestras acciones pueden ser aceptables a Dios si no se nos quitan los pecados, lo cual sólo puede conseguirse mediante la sangre de Jesucristo, que santifica el altar y la ofrenda sobre el altar. No se olvide que estos sacrificios, lo mismo que los del Antiguo Testamento, no tienen ningún valor redentivo; sólo sirven de memorial (como la Cena del Señor) del sacrificio llevado a cabo, una vez por todas, por el Señor en la cruz del Calvario.
(B) La consagración del altar es llamada aquí (vv. 20, 26) purificación y expiación. Todos los sacrificios habrán de ser sazonados con sal (v. 24). La gracia es la sal con que son sazonadas todas nuestras obras de piedad (Col. 4:6).
(C) En cuanto al uso constante que había de hacerse del altar después de su consagración (v. 27), había de santificarse para poder santificar así lo que se ofrezca sobre él. Dos detalles importantes:
(a) ¿Quiénes han de servir al altar? «Los sacerdotes levitas (v. 19) que son del linaje de Sadoc». Hace notar Fisch que «Sadoc, el primer sumo sacerdote en el templo del rey Salomón, era descendiente de Pinjás (Fineés, en nuestras versiones), quien fue recompensado con el pacto del sacerdocio perpetuo (Nm. 25:13). Solamente sus descendientes serían hallados dignos de ministrar en el templo del futuro (v. sobre 40:46)».
(b) ¿Cómo han de preparar para este ministerio? (vv. 20–26). Por medio de sacrificios de expiación y purificación del altar durante siete días. Como hace notar Asensio: «A partir del segundo día hasta el séptimo inclusive, se repetirá el sacrificio expiatorio por el pecado, pero con una doble diferencia: el “novillo” es sustituido en él por un macho cabrío sin defecto, y al sacrificio expiatorio sigue el holocausto de un novillo joven y de un carnero, los dos sin defecto, ofrecidos a Jehová por los sacerdotes después de haber arrojado sal sobre ellos».
I. La puerta oriental del templo es reservada al príncipe (vv. 1–3). II. Se reprende a la casa de Israel por las anteriores profanaciones del santuario de Dios (vv. 4–9). III. Degradación de los levitas que anteriormente habían sido culpables de idolatría, y establecimiento del sacerdocio en la familia de Sadoc, que había guardado su integridad (vv. 10–16). IV. Diversas leyes y ordenanzas concernientes a los sacerdotes (vv. 17–31).
Versículos 1–3
El profeta es llevado por tercera vez a la puerta oriental y la halla cerrada, lo que insinúa que las demás puertas estaban abiertas en todo tiempo a los adoradores. Pero el que esta puerta esté cerrada confiere gran honor: 1. Al Dios de Israel, pues es un honor para Él el que la puerta del atrio interior, por el que entró Su gloria para tomar posesión de la casa, quedase siempre cerrada después de ese acontecimiento (v. 2). 2. Al príncipe de Israel (v. 3), pues él se sentará allí para comer pan, esto es, alimento delante de Jehová, pero no entrará allá por la puerta misma, sino por el vestíbulo de la puerta, y no pasará adelante, sino que saldrá por ese mismo camino. Este detalle basta para negar que dicho príncipe sea el Mesías. Pero hay además otros tres detalles que no son compatibles con el carácter del Señor Jesucristo: (A) Este príncipe no es sacerdote, mientras que Cristo «tendrá prerrogativas sacerdotales durante el Milenio (Sal. 110:4; Zac. 6:12, 13). (B) Este príncipe tiene que ofrecer sacrificio por el pecado (45:22). No hay ocasión concebible en que el Mesías sin mancha, Hijo de Dios, necesite ofrecer sacrificio por el pecado Suyo. (C) El príncipe tiene hijos (46:16), lo que es impensable a la luz de la persona del Señor Jesucristo» (Feinberg). El mismo autor descarta que se trate de David en persona, y opina que será «un futuro vástago de la dinastía de David, que representará al Mesías en el gobierno de los asuntos de la tierra».
Versículos 4–9
El profeta tiene que mirar de nuevo lo que antes vio y también oirá lo que antes oyó. Aquí, como antes, ve la casa llena de la gloria de Jehová (v. 4), lo que de nuevo le obliga a postrarse sobre su rostro.
1. Dios le ordena al profeta tomar nota de todo lo que vea y de todo lo que se le diga (v. 5). (A) «Mira con tus ojos, esto es, mira con la mayor atención, especialmente (v. 5b) las entradas de la casa y las salidas del santuario», «para que su pureza no sea manchada, ni su santidad sea comprometida por la intrusión de alguna persona o acto contaminante» (Feinberg). (B) «Oye con tus oídos todo lo que yo voy a hablar contigo sobre todas las ordenanzas de la casa de Jehová y todas sus leyes, para poder después instruir al pueblo».
2. Le envía después al pueblo (v. 6): «a los rebeldes, a la casa de Israel».
(A) Tiene que mostrar a la casa de Israel sus pecados (vv. 6–8), pues habían admitido para el desempeño de las funciones sagradas a personas que no estaban cualificadas para ello (vv. 7 y 8). Y, si estos extraños hubiesen sido piadosos, circuncisos de corazón, aunque no en la carne, el pecado no habría sido tan grave, pero el caso era más grave, pues no sólo eran incircuncisos de carne, sino también de corazón, extraños a Dios y a toda bondad.
(B) Tiene que mostrarles también sus deberes (v. 9): «Ningún hijo de extranjero, etc.». La orden es tajante, y la excepción que M. Henry contempla («hasta que se haya sometido a las leyes del santuario») es insostenible.
Versículos 10–16
El Dueño de la casa, al establecerla de nuevo, va a decir quiénes poseen las cualidades necesarias para servir en el santuario.
1. Los que se han portado indignamente son degradados a una posición inferior. Aquellos levitas—o sacerdotes—que se habían dejado llevar de la corriente, en la anterior apostasía de Israel (v. 10), y habían dado su anuencia a los idólatras reyes de Israel o de Judá, sirviendo delante de sus ídolos (v. 12), justamente son señalados como quienes han desagradado a Dios. Son sentenciados a ser privados, en parte, de su oficio, y de la dignidad de sacerdotes son degradados a la condición de levitas ordinarios. Con todo, Dios mitiga misericordiosamente la sentencia (vv. 11, 14), pues podrán ayudar a matar las víctimas para el holocausto y el sacrificio (v. 11), no en el altar, sino en las mesas (40:39). También podrán ser porteros de la casa.
2. Los que se han portado dignamente son objeto de honor y establecidos en su oficio (vv. 15, 16):
«Mas los sacerdotes levitas, hijos de Sadoc, que guardaron su integridad en tiempos de general apostasía, que no se apartaron de Dios como los demás, ellos … se acercarán a mi mesa (comp. con 41:22) para servirme, y se encargarán de mi ministerio». Es digna de citarse una observación de Feinberg a este respecto: «La mesa aludida en el versículo 16 es el altar de los holocaustos (v. 40:46; 41:22). Aunque el altar en el Antiguo Testamento es mencionado como la mesa del Señor, en el Nuevo Testamento la mesa del Señor nunca es llamada Su altar» (v. el comentario a 1 Co. 10:18–21).
Versículos 17–31
Se dan aquí algunas normas acerca de los sacerdotes.
1. Acerca de sus vestiduras (vv. 17–19). Cuando vayan a ministrar, han de llevar vestiduras de lino, no de lana, pues la lana provoca el sudor. Y cuando hayan acabado de ministrar, han de cambiarse otra vez de ropa y dejar las vestiduras de lino en las cámaras designadas para ello.
2. Acerca del cabello (v. 20), han de evitar los extremos: No se han de rapar la cabeza como los sacerdotes paganos, ni se dejarán crecer el cabello como si fuesen nazireos (o nazareos), no siéndolo, sino que lo recortarán solamente.
3. Acerca de la dieta (v. 21), ninguno de los sacerdotes beberá vino cuando haya de entrar en el atrio interior, es decir, a ministrar, pues así se evita que se embriaguen y traten indignamente las cosas de Dios.
4. Acerca del matrimonio (v. 22). Como puede verse, «las normas que se referían sólo al sumo sacerdote en la economía mosaica, se extenderán a todos los sacerdotes (cf. Lv. 21:14). Ezequiel nunca menciona un sumo sacerdote, omisión significativa, y subraya la profecía de Zacarías 6:12, 13» (Feinberg).
5. Acerca de su ministerio de enseñar y juzgar (vv. 23, 24). Parte del oficio sacerdotal consistía en enseñar la Ley al pueblo; y en eso han de mostrarse competentes y fieles (v. 23). También era parte de su oficio juzgar en casos de apelación a ellos (v. Dt. 17:8, 9); y, en los casos de pleito, ellos estarán para juzgar (v. 24). Habrán de tener la honradez necesaria para estar de parte de lo que es recto y, cuando hayan dado un veredicto justo, habrán de tener el coraje necesario para mantenerse firmes en él. Otra parte de su trabajo será (v. 24, al final) santificar los sábados de Dios y ver de que el pueblo también los observe y no haga nada que los profane.
6. Acerca del duelo por los parientes difuntos, la norma es la misma que en la Ley de Moisés (Lv. 21:1, 11). Un sacerdote no puede acercarse a ningún cadáver, a no ser de los parientes más próximos (v. 25); y aun en estos casos, se atendrá a las normas para la purificación de esa contaminación (vv. 26, 27).
7. Acerca de su mantenimiento, deben vivir del altar al cual sirven (v. 28). Se les asignará territorio (v. 48:10), pero el principal medio de subsistencia material será su mismo oficio. Vemos:
(A) Lo que los sacerdotes habían de recibir del pueblo para su sostén material: Han de recibir la carne de muchas de las ofrendas, así como toda cosa consagrada en Israel (v. Lv. 27:21, 28), la cual, en muchos casos, era convertida en dinero y entregada al sacerdote; otros detalles quedan explicados en el versículo 30. Se especifican las primicias de todas las moliendas, lo mismo la primera masa que va al horno que las primeras espigas que van al granero. Si el pueblo cumple con esta obligación, la bendición de Jehová reposará en sus casas (v. 30, al final).
(B) Lo que los sacerdotes habían de evitar en su comida (v. 31) es lo mismo que había de evitarse bajo la ley mosaica: «No comerán ninguna cosa mortecina ni desgarrada, así de aves como de animales». Al estar bien provistos de todo, por lo que el pueblo ha de ofrecerles, no tienen excusa ninguna para faltar a esta ley. Aunque, como hace notar Feinberg, esa obligación incumbe especialmente al pueblo, pues «el oferente debe tener cuidado en lo que ofrece, pues solamente lo mejor ha de ser presentado a un Dios santo».
En este capítulo es presentada al profeta, en visión, la futura repartición de la tierra, al tener «presente en primer término el aspecto más directamente religioso, y conservar de este modo el enfoque espiritual de toda la sección» (Asensio). I. La división de la tierra en cuanto a lo que ha de reservarse al templo y a los sacerdotes dedicados a su servicio (vv. 1–4), así como en lo que ha de darse a los levitas (v. 5), como para propiedad de la ciudad (v. 6), para el príncipe y para el resto del pueblo (vv. 7, 8). II. Las ordenanzas justas que se imponen tanto al príncipe como al pueblo (vv. 9–12). III. Las ofrendas que habían de presentar (vv. 13–17); especialmente, al comienzo del año (vv. 18–20), en la Pascua y en la Fiesta de los Tabernáculos (vv. 21–25).
Versículos 1–8
Se dan aquí instrucciones para la repartición de la tierra en el reino mesiánico milenario.
1. Tenemos aquí la porción asignada al santuario, es decir, a todo el recinto sagrado, en medio del cual había de edificarse el santuario propiamente dicho (v. 1); esto figura como porción para Jehová, pues lo que se da para el sostenimiento del culto de Dios y la extensión de la religión, Dios lo acepta como dado a Él. Esta porción santa de ]a tierra había de ser medida (vv. 1–5), y sus límites habían de ser fijados. Los sacerdotes y los levitas que habrán de servir en el nuevo santuario tendrán sus mansiones en esta porción de la tierra que estará en torno al santuario.
2. Al lado y paralelamente (v. 6) a lo que se apartó para el santuario estará la porción asignada a la ciudad. «Será para toda la casa de Israel», añade el texto sagrado (v. 6, al final). Comenta Fisch: «Esta sección de Jerusalén ha de estar libre para que more en ella cualquier israelita, y no ha de asignarse exclusivamente a una sola tribu».
3. Después de la porción del santuario y de la porción de la ciudad viene la porción de la corona (vv. 7, 8). Se extenderá desde ambos lados de las otras dos porciones, para dar a entender que el príncipe, con su riqueza y con su poder, ha de proteger a los moradores de ambas, y nunca más—dice Dios—mis príncipes oprimirán a mi pueblo (v. 8). Al tener más que suficiente para proveer a sus propias necesidades, los príncipes no deberán atreverse a privar de los derechos de propiedad a ningún ciudadano de Israel, sino que darán la tierra a la casa de Israel conforme a sus tribus (v. 8b).
Versículos 9–12
Algunas normas generales de justicia, para ser cumplidas tanto por el príncipe como por el pueblo.
1. Que los príncipes no hagan ninguna violencia a sus súbditos, sino que administren fielmente la justicia entre ellos, como es debido (v. 9). No sólo han de administrar justicia en los casos que se presenten, sino que han de quitar las exacciones de tributos e impuestos que resulten una carga demasiado pesada para la población.
2. Que los súbditos no hagan trampa, engañándose mutuamente, en el comercio general (vv. 10–12). Todas las pesas y medidas han de ser justas. Es decoroso para el Israel de Dios ser honestos y justos en todo trato, puntuales y exactos en dar a cada uno lo suyo, porque, de lo contrario, echan a perder su reputación tanto ante Dios como ante los hombres.
Versículos 13–25
Después de presentar las normas de justicia para con los hombres, viene ahora a dar instrucciones concernientes a su relación religiosa con Dios.
1. Se les ordena ofrecer oblación al Señor (v. 13), ya que el hebreo trumáh indica una ofrenda sagrada, que se eleva (raíz rum). Pero es, en realidad, el príncipe (v. 16) el que recibe todas estas ofrendas del pueblo y, luego (v. 17), a él le corresponde dar todo lo que haga falta para los sacrificios que han de ofrecerse a Dios. Los versículos 13–15 especifican la cantidad que ha de ofrecerse de cada cosa:
(A) Un sexto (v. 13) de efá por cada jómer de trigo o de cebada, es decir, unos 6 litros por cada 360 (la sexta parte de una décima parte).
(B) En cuanto al aceite (v. 14), la décima parte de un bato por cada coro, el cual equivale a diez batos. Aquí, es la décima parte de una décima parte (esto es, una centésima parte). Las tasas que Dios impone no son jamás tan altas como las que imponen los gobernantes humanos.
(C) En cuanto al ganado (v. 15), la tasa es todavía más baja: una cordera por cada doscientas de los bien regados pastos de Israel (lit.), es decir, de las bien cebadas y desarrolladas, pues para Dios hay que dar lo mejor, ya que es muy poco lo que nos exige, comparado con lo muchísimo que nos da.
2. En cuanto a las solemnidades religiosas que se les ordenan:
(A) Al comienzo del año será la solemnidad anual de purificar el santuario (v. 18): El mes primero, el día primero del mes. En ese día habían de ofrecer un sacrificio para la purificación del santuario e implorar gracia para el mejor cumplimiento del servicio en el santuario durante todo el año que comenzaba.
(B) Este sacrificio había de repetirse el séptimo día (v. 20), para hacer expiación, no sólo por la casa, sino también por todos los que pecaron por error o por ignorancia (comp. con Nm. 15:22–31).
(C) Limpios así todos, ellos y el santuario, siete días después, «a los catorce del mes» (v. 21), había de celebrarse la Pascua (vv. 21–24).
(D) Finalmente, en el mes séptimo, a los quince días del mes, en la fiesta (v. 25), es decir, la de los Tabernáculos (comp. con Lv. 23:34), hará como en estos siete días, etc.
(E) Son notables dos omisiones: (a) No se menciona el Día de la Expiación, algo muy digno de señalarse por la importancia que tenía en la ley mosaica. ¿Qué otra explicación puede darse, sino que el último Yom Kippur fue en el Calvario, cuando Cristo hizo la verdadera y única expiación efectiva, hacia la que apuntaban, como figuras y sombras, todas las expiaciones ceremoniales del Antiguo Testamento?
(b) Otra omisión igualmente significativa es la de la Fiesta de Pentecostés. Feinberg dice que hay más de una explicación posible. Una de ellas es que «la fiesta de Pentecostés está conectada con la Iglesia (Hch. 2)». ¿No habrá otra—nota del traductor—en el hecho de que la profecía de Joel 2:28–32, que Pedro precisamente cita (Hch. 2:17–21), habrá tenido su cumplimiento pleno en la inauguración del Milenio (v. 39:29; Is. 44:3; Zac. 12:10), con lo que la Fiesta de Pentecostés será ya completamente superflua?
I. Algunas normas adicionales, tanto para los sacerdotes como para el pueblo, con referencia al culto (vv. 1–15). Il. Una ley concerniente a la forma en que el príncipe ha de disponer de su heredad (vv. 16– 18). III. Una descripción de los lugares apropiados para la cocción de los sacrificios y de las ofrendas (vv. 19–24).
Versículos 1–15
1. Se fija aquí el lugar del culto, y se dan normas para el príncipe y para el pueblo.
(A) La puerta oriental, cerrada de ordinario, se abrirá el sábado y el día de la luna nueva (v. 1), así como (v. 12) cuando el príncipe ofrezca holocausto voluntario u ofrendas de paz. El modo de acercarse allá (vv. 2, 8, 12, comp. con 44:3) será como en las demás ocasiones: «entrará (v. 8) por el camino del portal de la puerta y no pasará más adelante; desde allí podrá presenciar el servicio de los sacerdotes, y por el mismo camino saldrá».
(B) En cuanto a las puertas del norte y del sur (v. 9), por las que se ha de entrar al atrio del pueblo, todo el que entre por la puerta del norte para postrarse, saldrá por la puerta del sur, y viceversa; no volverá por la puerta por donde entró, para evitar así obstrucciones y confusiones; por otra parte, todos ellos pueden seguir adelante, ¡ya que no tienen que atravesar por el santuario!
(C) El pueblo (v. 3) adorará, lo mismo que el príncipe, a la entrada de la puerta, en los sábados y en las lunas nuevas; es un caso distinto del de las solemnidades del versículo 9.
2. Se fijan luego las normas para la celebración del culto.
(A) Cada mañana (v. 13) se ofrecerá en holocausto un cordero de un año sin defecto.
(B) No habrá sacrificio vespertino, pero las ofrendas (vv. 14, 15) que han de acompañar al sacrificio matutino serán de mayores proporciones que las requeridas en la ley mosaica.
(C) Los sábados, en lugar de los dos corderos que exigía la ley de Moisés (Nm. 28:9), serán ofrecidos seis (v. 4).
(D) En los novilunios (primer día del mes lunar) se habían de añadir un becerro y un carnero, ambos sin defecto, a los seis corderos (v. 6).
(E) Todos los sacrificios habían de tener anejas las correspondientes ofrendas de comida, para mostrar el agradecimiento que se debe a Dios por los frutos del campo, lo mismo que por los del ganado (Dt. 28:4).
Versículos 16–18
Tenemos luego una ley que limita el poder del príncipe al disponer de los terrenos que pertenecen a la corona: 1. Si tiene un hijo que lo merezca, puede recompensarle por sus servicios, haciéndole un regalo (v. 16) de su propio patrimonio. 2. Pero si regala (v. 17) alguna parte a uno de sus siervos favoritos, éste podrá disponer de ella hasta el año del jubileo, en que volverá de nuevo a pertenecer a la corona. 3. Todo lo que regale a sus hijos ha de ser de su propio patrimonio (vv. 16, 18), no tomará nada de la herencia del pueblo, despojándolos de su posesión (v. 18). Es del interés de los príncipes ganarse el corazón de sus súbditos. Es preferible ganarles el afecto al proteger sus derechos, más bien que ganarles la hacienda despojándoles de ellos.
Versículos 19–24
Lugares en los que hay que cocer la carne de las ofrendas (v. 20). Había algunos lugares en la entrada al atrio interior (v. 19), y otros (vv. 21–23) en los cuatro rincones del atrio exterior. En estos lugares es donde se han de cocer la ofrenda por el pecado y la expiación, esto es, las porciones correspondientes a los sacerdotes; allí habían de cocer también la ofrenda, es decir, la de Levítico 2:4 (v. 20b).
Tenemos: I. La visión de las aguas sagradas: su manantial, su extensión, profundidad y virtudes curativas; los peces que habrá en ellas, y los árboles frutales que crecerán a la orilla del río (vv. 1–12). II. Señalamiento de los límites de la futura Tierra Prometida, la cual habrá de ser repartida, a suertes, a las tribus de Israel y a los extranjeros que moren entre ellos (vv. 13–23).
Versículos 1–12
Todos los amilenialistas (como el propio M. Henry) sostienen que «esta parte de la visión de Ezequiel ha de tener necesariamente un significado místico y espiritual» (Henry). El mismo autor hace referencia a Zacarías 14:8 (que, por cierto, ha de tomarse literalmente, según veremos) y a Apocalipsis 22:1 (que no es el mismo caso que el presente, como luego veremos, aunque las apariencias engañen). Con Feinberg, Fisch y Ryrie—nota del traductor—, adoptaremos, pues, la interpretación literal de este pasaje, como la de todos los demás de esta profecía.
1. El nacimiento de estas aguas (v. 1): «He aquí que salían aguas de debajo del umbral de la casa hacia el oriente … y las aguas descendían de debajo, del lado derecho de la casa, al sur del altar». Y de nuevo (v. 2): «… las aguas fluían del lado derecho», es decir, al sur de la puerta oriental. Feinberg hace notar que «el sacar agua en la Fiesta de los Tabernáculos (la base de las palabras en Jn. 7:37–39) debía mucho de su simbolismo ceremonial a esta porción». De esta fuente de aguas dice Asensio: «Fuente milagrosa y símbolo de las bendiciones de Jehová sobre una tierra tan frecuentemente amenazada de sequías, con posible inspiración en textos bíblicos, como Génesis 2:10–14; Salmos 46:5; Isaías 8:6, reflejada también en otros, como Joel 3:18–4:18 en la Biblia Hebrea—; Zacarías 13:1; 14:8».
2. El curso y aumento de estas aguas (vv. 3–5). El profeta ya estaba fuera, pues el varón le había sacado (v. 2) por el camino de la puerta del norte, ya que las dos del oriente estaban cerradas (44:2; 46:1, 8, 12), y, ya fuera del santuario, el varón midió con un cordel (v. 3) el curso del río: mil codos de largo en el primer tramo, es decir, unos 525 metros, «y me hizo pasar—dice Ezequiel—por las aguas». Para hacer notar el rápido crecimiento del caudal de las aguas, el profeta dice que, en ese medio kilómetro, el agua le llegaba sólo a los tobillos (v. 3, al final). En el medio kilómetro siguiente (v. 4a), el agua le llegaba a las rodillas; en el siguiente medio kilómetro le llegaba hasta los lomos (v. 4b), esto es, hasta la cintura; pero (v. 5) al llegar al siguiente medio kilómetro, era ya un río que no se podía pasar sino a nado. Todo esto en poco más de dos kilómetros de curso.
3. La extensión de este río (v. 8). Desde este punto, poco más de dos kilómetros al sudeste de Jerusalén, la corriente del río se dirige hacia el oriente, al valle del Jordán y, al atravesar el Arabá, es decir, la zona sur de dicho valle, desciende hasta desembocar en el mar Muerto, también llamado «mar de la sal».
4. La virtud curativa de estas aguas. Al llegar el río al mar Muerto, ese lago sulfuroso en las cercanías de las ciudades nefandas de Sodoma y Gomorra, las aguas saladas («seis veces más saladas que las del océano»—Feinberg—) del mar Muerto, quedan saneadas (v. 8, al final), hasta tal punto (vv. 9, 10) que «las aguas hasta entonces incapaces, por su composición, de toda vida animal, se poblarán de peces en grandísima abundancia, y en sus orillas podrán habitar los pescadores» (Asensio). Pero la región pantanosa (v. 11) en torno al mar Muerto quedará como está al presente, no como zona «maldita», sino «para proveer de la sal necesaria al pueblo» (Fisch).
5. Los árboles que había en la ribera del río (vv. 7, 12). Ya desde el punto en que Ezequiel había notado que el río no podía pasarse, sino a nado, el varón le hace volver por la ribera del río (v. 6, al final), para que obtenga una vista panorámica (v. 7) de los muchísimos árboles que flanquean el río en ambas riberas. El versículo 12 especifica que son árboles frutales, y toda la fraseología de ese versículo se parece grandemente a la de Apocalipsis 22:1–3. Aunque la visión de Ezequiel 47 se refiere a la condición de la Jerusalén terrenal y de las zonas geográficas que aquí se señalan, mientras que Apocalipsis 22 tiene que ver con la Jerusalén celestial, no hay por qué negar que Juan tuviese en su éxtasis una visión de lo que aquí vio Ezequiel, aunque aplicado al cielo.
6. Queda un punto por analizar con respecto al versículo 8b, donde las versiones adoptan distintos términos para traducir el hebreo mutsaím. Dicho vocablo es, evidentemente, el plural de mutsaáh y no puede significar otra cosa que «desembocaduras». Si se une esto a la frase del versículo 9 «dondequiera que entren estos DOS RÍOS», tenemos que no hay un solo río, ni una sola desembocadura, sino dos, lo cual coincide con la profecía de Zacarías (Zac. 14:8): «… saldrán de Jerusalén aguas vivas la mitad de ellas hacia el mar oriental (el mar Muerto), y la otra mitad hacia el mar occidental (el mar Mediterráneo)». En el comentario a Zacarías 14 veremos los cambios topográficos producidos en aquel tiempo con la Segunda Venida del Señor.
Versículos 13–23
Vienen ahora las nuevas fronteras de la Tierra Prometida, no las de ahora, sino las que regirán durante el Milenio.
1. La heredad de cada tribu será la misma durante todo el tiempo (vv. 13, 14), pues así lo ha jurado Dios (v. 14b): «… ya que por ella alcé mi mano jurando que la había de dar a vuestros padres». Dios no ha olvidado lo que prometió con juramento.
2. Dios mismo es también el que fija las nuevas fronteras (vv. 15–20). Hace notar Asensio que «Números 34:1, 2 sigue el orden sur, oeste, norte, este, mientras en Ezequiel 47:15–20 el orden es norte, este, sur, oeste». Aparte del orden, «estas fronteras han de estudiarse a la luz de Números 34:1–5, pues prácticamente son las indicadas allí» (Feinberg). El lector necesita solamente tener a la vista dos mapas: uno, de la antigua Palestina, como suele figurar en las últimas páginas de muchas ediciones de la Biblia; otro, de un Atlas moderno, suficientemente detallado.
3. El territorio encerrado en dichas fronteras ha de repartirse, por suerte, entre las doce tribus de Israel. José tendrá dos tribus (v. 1b), lo cual significa que Leví no tendrá (tampoco en el Milenio) territorio propio, pues ya le ha sido asignado acerca del santuario (45:4, 5). Esta orden se repite en el versículo 21. Los extranjeros (vv. 22, 23) que vivan entre ellos, que hayan engendrado hijos, y forman así familias residentes en el país, tendrán heredad entre las tribus de Israel como si fuesen nativos, esto es,
«israelitas por adopción» (Asensio). Desafortunadamente, este autor, ya desde Jerónimo, a quien cita, y casi todos (¿o todos?) los antidispensacionalistas, y aun amilenialistas, ven en todo esto el derribo del muro de partición entre judíos y gentiles. Dice M. Henry: «Esto apunta ciertamente a la era del Evangelio, cuando ha sido derribado el muro de separación entre el judío y el gentil, y ambos son puestos al mismo nivel delante de Dios, hechos ambos uno en Cristo, en el cual no hay diferencia, Romanos 10:12» (v. el comentario a Gá. 3:28).
Instrucciones específicas para la repartición de la tierra. I. Las porciones de las doce tribus, siete al norte del santuario (vv. 1–7) y cinco al sur (vv. 23–29). II. Se señala el lugar para el santuario y para los sacerdotes (vv. 8–11), así como para los levitas (vv. 12–14), la ciudad (vv. 15–20) y el príncipe (vv. 21, 22). III. Un como plano de la ciudad; sus puertas, y el nombre que aquel día se impondrá a la ciudad (vv. 30–35), con lo que concluye la visión y la profecía de este libro.
Versículos 1–30
En la distribución del país entre las doce tribus, podemos observar:
1. Que es muy diferente de la que se hizo en tiempo de Josué, como iremos viendo.
2. Que la tribu de Dan, que, en la primera división del país, fue la última en ser provista de territorio (Jos. 19:40), es aquí (v. 1) la primera, a pesar de no tener ningún señalado en Apocalipsis 7:4–8.
3. Que todas las tribus que fueron un día deportadas, tanto por el rey de Asiria como por el de Babilonia, tienen aquí su lote, pues las antiguas diferencias, lo mismo que las antiguas aflicciones, pasaron.
4. Que cada tribu tiene asignada su heredad por designación divina (comp. con Sal. 47:4: «Él— Jehová—nos elegirá nuestras heredades»).
5. Que los límites de las tribus son contiguos, sin intersticios de separación, lo que indica la fraternidad que ha de brillar entre todas las tribus.
6. Que la heredad de Rubén, que antiguamente caía a gran distancia (al otro lado del Jordán), ahora cae cerca de la de Judá (comp. con Ap. 7:5), y separada de la porción del santuario únicamente por otra tribu, lo que da a entender que el escándalo que le valió ser privado de la primogenitura ha comenzado, por este tiempo, a desvanecerse algún tanto.
7. Que el santuario estaba en medio de ella (de la porción santificada), en el corazón del reino mesiánico, con siete tribus al norte de él y cinco al sur. Y donde estaba el santuario habían de estar los sacerdotes (vv. 9, 10). Como ya vimos, y se pone de relieve nuevamente (v. 11), estos sacerdotes serán exclusivamente de los hijos de Sadoc que guardaron fielmente el ministerio divino, mientras se descarriaban los hijos de Israel y los levitas (comp. con 44:10, 15).
8. Que la heredad que corresponda a los ministros del santuario no podrá ser enajenada (v. 14), porque es cosa consagrada a Jehová. Es un sacrilegio dedicar a otros usos lo que se ha consagrado a Dios.
9. La porción asignada a la ciudad y a sus suburbios (v. 15) es llamada de uso común. En la mayor parte de los lugares el adjetivo común equivale a inmundo; aquí sirve sólo para distinguirlo de lo que pertenece a la porción del santuario; en comparación con el santuario resulta profano, pero no inmundo.
10. La ciudad resulta un cuadrado perfecto, y los suburbios se extienden por igual en las cuatro direcciones, como ocurría con las ciudades de los levitas en la primera división de la tierra (vv. 16, 17).
11. Antiguamente, como sólo las tribus de Judá y de Benjamín formaban el grueso de la población de la ciudad, los de esas tribus eran, más que ninguno de las demás tribus, los que servían a la ciudad, pero ahora (v. 19) servirán a la ciudad de todas las tribus de Israel. Dice Fisch: «La ciudad es la posesión de toda la nación. Por consiguiente, todos sus habitantes, sin tener en cuenta el linaje tribal, tendrán que trabajar en ella para el bien común».
12. Todos los que hayan de trabajar en la ciudad, lo mismo que en el santuario, deberán disfrutar de una manutención honorable y acomodada (v. 18), pues sabemos que Dios va a bendecir ricamente sus productos.
13. El príncipe (v. 21) tendrá su porción especial, como conviene a la dignidad de su alto oficio.
14. Así como Judá tendrá su heredad contigua a la del santuario por un lado, así también Benjamín tendrá la suya contigua a la del santuario por el otro lado. Este honor será reservado a las dos tribus que permanecieron adheridas a la casa de David y al templo de Jerusalén cuando las otras diez tribus apostataron del trono y del altar.
Versículos 31–35
Un informe adicional, como un apéndice, de la ciudad que había de ser edificada para los que habían de venir a rendir adoración a Dios en el santuario que se hallará en medio de ella. Ya no se la llama Jerusalén, ni a la tierra se la llama Canaán. Con respecto a esta ciudad, vemos:
1. Las medidas de las salidas (v. 31) y del terreno (v. 35) en derredor. (A) Las salidas hacen referencia «a los extremos de un trecho de terreno» (Feinberg). 4.500 cañas equivalen a 14.175 metros. Así que: (B) En derredor tendrá cuatro veces más, esto es, 18.000 cañas, que equivalen a 56.700 metros.
2. El número de las puertas. Tendrá doce puertas (v. 31), según los nombres de las tribus de Israel (comp. con Ap. 21:12, 13).
(A) Al norte (v. 31), la puerta de Rubén, el primogénito en edad; la puerta de Judá, el primogénito del cetro, y la puerta de Leví, «el servidor de Dios en lugar de cada primogénito de Israel» (Feinberg). Nótese que los tres son hijos de Lea, la «aborrecida», y que aparecen también los primeros en la bendición de Moisés (Dt. 33:6–8).
(B) Al lado oriental (v. 32), la puerta de José, el hijo mayor de Raquel, que representa las dos tribus de Efraín y Manasés, a fin de que Leví pueda entrar en la enumeración de las puertas (aunque su territorio no entre en suerte con los de las demás tribus, por pertenecer a la porción sagrada del templo); la puerta de Benjamín, el hijo menor de Raquel, y la puerta de Dan, hijo primero de la sierva de Raquel Bilháh. Los tres, pues, hijos de Raquel.
(C) Al lado del sur (v. 33), la puerta de Simeón, segundo hijo de Lea; la puerta de Isacar, el quinto hijo de Lea, y la puerta de Zabulón, el sexto hijo de Lea. Los tres, pues, hijos de Lea.
(D) Y al lado occidental (v. 34), la puerta de Gad, primer hijo de Zilpáh, sierva de Lea; la puerta de Aser, segundo hijo de Zilpáh, y la puerta de Neftalí, hijo segundo de Bilháh, la sierva de Raquel. Aquí, pues, los tres son hijos de las siervas, en proporción de dos a uno a favor de Zilpáh, la sierva de Lea. Feinberg comenta: «El hecho de que los nombres de todas las tribus hayan de aparecer en las puertas de la gloriosa ciudad está en armonía con la aserción de nuestro Señor Jesucristo con respecto al gobierno en el reino (Mt. 19:28) y simboliza bellamente, al mismo tiempo, en forma visible, la unidad y armonía en la nación, por tanto tiempo dividida».
3. El nombre dado a esta ciudad (v. 35b). No tendrá por nombre Jerusalén (¿visión de paz?), sino lo que realmente hace que sea una bella visión de verdadera paz para siempre: «Jehová está allí» (hebr. Jehová). Fisch comenta: «La Jerusalén del futuro recibirá un nuevo nombre, y simbolizará la permanencia de la Presencia Divina en la nueva ciudad. Ezequiel tuvo una visión de la salida de la gloria de Dios del primer Templo y de la ciudad primera (caps. 10 y ss.); también la vio volver al nuevo Templo (cap. 43). Ahora concluye con la seguridad de que la gloria de Dios nunca más se marchará del Templo y de la nueva Jerusalén (v. en 44:2)».