En el canon de las Escrituras tenemos dos epístolas escritas por el apóstol Pedro. Cuando el Salvador llamó a los apóstoles y les dio la gran comisión, le puso en cabeza de la lista; y, por su conducta para con él, parece que le distinguió como favorito entre los doce. Quedan registrados por escrito muchos ejemplos del afecto que nuestro Señor le tuvo, tanto durante Su vida mortal como después de Su resurrección.
Pedro mismo modestamente se apellida a sí mismo apóstol de Jesucristo; y, al escribir a los ancianos de la iglesia, se coloca humildemente a sí mismo al mismo nivel y en el mismo rango que ellos: A los ancianos que hay entre vosotros, les exhorto como colega en el oficio (5:1, NVI).
Esta epístola tiene por objeto: I. Explicar en detalle algunas de las enseñanzas del cristianismo a estos creyentes recién convertidos. II. Persuadirles a comportarse santamente. III. Prepararles para sufrir. Éstos parecen ser sus principales objetivos, ya que en cada capítulo tiene algo que decir a este respecto.
Haremos la división de la epístola siguiendo los epígrafes de la Ryrie Study Bible:
I. Saludo (1:1, 2).
II. Gracia significa Seguridad (1:3–12).
III. Gracia significa Sobriedad (1:13–2:10).
IV. Gracia significa Sumisión (2:11–3:12).
V. Gracia significa Sufrimiento (3:13–4:19).
VI. Gracia significa Servicio (5:1–11).
VII. Observaciones finales (5:12–14).
I. El apóstol describe las personas a quienes escribe y les saluda (vv. 1, 2). II. Bendice a Dios por haberles engendrado a una esperanza viva de la salvación eterna (vv. 3–5). III. Les muestra que tienen gran motivo de regocijo en la esperanza de esta salvación (vv. 6–9). IV. Ésta es la salvación que los antiguos profetas predijeron y que los ángeles mismos ansían ver (vv. 10–12). V. Les exhorta: 1. A la sobriedad y santidad (vv. 13–21), y 2. Al amor fraternal (vv. 22–25).
Versículos 1–2
1. El autor humano de la epístola se llama a sí mismo Pedro (que significa «piedra»; en arameo, Kephas) y le fue impuesto por el Señor Jesucristo, como sobrenombre, a Simón, hijo de Juan (v. Jn. 1:42, comp. con Mt. 16:18). Pedro tenía, sin duda, en mente el significado de su nombre al hablar, en 2:5, de las piedras espirituales.
2. Tras de su nombre menciona el título con que les escribe: lo que le da la necesaria autoridad para dirigirse a ellos es su categoría de apóstol de Jesucristo, frase que tiene doble sentido: (A) enviado por Jesucristo; (B) enviado a predicar sobre la persona y la obra de Cristo.
3. Se dirige a los elegidos; con este término, es seguro (por 2:10) que se refiere a los creyentes de extracción gentil, lo cual determina igualmente el sentido que ha de darse a lo de extranjeros de la dispersión (lit.) de este mismo versículo.
4. Extranjeros (gr. parepidémous) es el mismo vocablo que el mismo Pedro usa, en segundo lugar, en 2:11, y tiene el sentido de personas que viven temporalmente en otro país, sin convertirlo en su residencia perpetua. Este matiz es el que el vocablo griego connota (v. el comentario a 2:11). Los LXX lo usan, en Génesis 23:4, de Abraham, cuando vivía en Canaán, y en Salmos 39:12, del hombre mientras peregrina por este mundo. Eso implica que los destinatarios de la epístola tienen otra residencia permanente, donde consta su verdadera ciudadanía (Fil. 3:20, comp. con He. 11:13–16).
5. Pedro dice de ellos que están dispersados por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, es decir, por cinco de las seis provincias de que constaba el Asia Menor o proconsular, la sexta, no mencionada aquí, era la Cilicia.
6. El saludo adquiere, en el versículo 2, un carácter trinitario, pues el autor sagrado menciona, al hablar de la elección: (A) la presciencia de Dios PADRE; (B) la santificación del ESPIRITU; (C) la sangre de JESUCRISTO. Dice Ryrie: «La idea expresada en este versículo es que Dios, en Su sabiduría, nos ha escogido para salvación mediante la obra del Espíritu Santo, aplicándonos el valor de la muerte de Cristo, a fin de que le seamos obedientes». Vayamos por partes:
(A) La presciencia (gr. prógnosin) de Dios Padre no se limita a un preconocimiento intelectual de lo que ha de ocurrir en lo futuro y que Dios ve ya como presente en Su eternidad, que abarca y sobrepasa a todo tiempo, sino que incluye un movimiento afectivo del sentimiento y una determinación de la voluntad divina (comp. con Hch. 2:23), que constituye la base de la elección (comp. con 1:20; Ro. 8:29; 11:2; Ef. 1:5).
(B) La santificación del Espíritu significa que el agente de nuestra santificación, desde que el ser humano es regenerado, justificado y puesto aparte para ser dedicado a Dios, hasta el último toque tras del que llega a ser glorificado y hecho totalmente semejante al Hijo de Dios (v. 1 Jn. 3:2, 3), es el Espíritu Santo, «agente ejecutivo» de la Trina Deidad.
(C) «Para creer en Jesucristo y ser purificados por su sangre» (NVI). De este modo, la NVI, en su edición castellana Las Grandes Nuevas, da el sentido del original, que dice literalmente: «para obediencia y rociamiento de la sangre de Jesucristo». En efecto, la fe es presentada por Pablo (Ro. 1:5; 16:26) como una obediencia (gr. hupakoén, el mismo vocablo que aquí), ya se entienda como obediencia a la fe objetiva, o como obediencia de la fe subjetiva (v. el comentario a Ro. 1:5). Lo del rociamiento de la sangre de Jesucristo significa la aplicación personal del sacrificio de Cristo en la Cruz y nos recuerda la aspersión de la sangre, efectuada por Moisés, para confirmar el pacto del Sinaí (v. Éx. 24:1–8, comp. con Mt. 26:28; He. 10:19–22; 12:24).
7. Termina el saludo con una sencilla bendición: «Gracia y paz en abundancia a vosotros» (NVI). El binomio «gracia y paz» aparece también en los saludos de Pablo (v. Ro. 1:7; 1 Co. 1:3; 2 Co. 1:2; Gá. 1:3; Ef. 1:2; Fil. 1:2; Col. 1:2; 1 Ts. 1:1; 2 Ts. 1:2; Flm. 3; y, junto con «misericordia», en 1 Ti. 1:2; 2 Ti. 1:2). Pedro añade aquí (y también en 2 P. 1:2) «sea multiplicada» (lit.), es decir, «os sea dada en gran abundancia» (comp. con Jud. 2).
Versículos 3–5
Estos versículos constituyen una de las más bellas porciones de la Palabra de Dios, pues nos describen admirablemente las riquezas de la herencia que Dios nuestro Padre tiene preparada para los que le aman.
1. Pedro comienza con una vibrante doxología (v. 3): «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo». Es la misma fórmula que usa Pablo en 2 Corintios 1:3; Efesios 1:3.
2. Prosigue Pedro diciendo (v. 3b): «Por su gran misericordia (gr. éleos, vocablo bien conocido), Él nos ha otorgado el nacer de nuevo (lit. nos reengendró) a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos». Donde vemos que:
(A) La salvación no se debe a ningún mérito ni esfuerzo por parte nuestra, sino únicamente a la gran misericordia de Dios (comp. con Gá. 6:16; Tit. 3:5), quien se apiadó de nosotros en su pura buena voluntad.
(B) «El cual … nos reengendró» (gr. anaguennésas, en participio de aoristo). La expresión es equivalente a la palinguenesía («nacimiento de nuevo») de Tito 3:5 (comp. con Jn. 1:13; 3:3, 5—nacer de arriba—, Ro. 6:4–5; Ef. 2:1, 5; 4:22–24; 1 Jn. 3:9). Dice R. Franco: «Significa el proceso por el cual el hombre es elevado a una vida nueva más alta que la que le pertenece por su naturaleza». El mismo Pedro la describe (2 P. 1:4) como un «compartir la naturaleza divina», aunque en esta última expresión va implicada ya la conducta del creyente.
(C) Tras de la causa eficiente principal, Pedro expresa la causa final, esto es, el objetivo de este nuevo nacimiento: «para una esperanza viva». Esto quiere decir que no entramos de inmediato a disfrutar de la herencia prometida, «porque en esperanza fuimos salvos» (Ro. 8:24, comp. con 2 Ts. 2:16). Llama «viva» a esta esperanza, porque no es una ilusión muerta mustia por el desengaño, sino segura, que no engaña ni avergüenza, sino que sostiene y dirige a la vida eterna (v. Ro. 5:5; Tit. 1:2; 3:7).
(D) Menciona a continuación la causa eficiente instrumental, al decir (v. 3, al final): «mediante la resurrección de Jesucristo de entre (gr. ek) los muertos». En efecto, a esta resurrección del Señor atribuye el apóstol Pablo nuestra justificación (Ro. 4:25), nuestra vida nueva con Cristo (Ro. 6:3–10) y nuestra resurrección gloriosa (1 Co. 15:20 y ss.).
3. Describe a continuación las características de la herencia que esperamos (v. 4). Cuatro son dichas características: (A) «No puede acabarse» (gr. áphtharton, incorruptible). (B) «No puede mancharse o echarse a perder» (gr. amíanton, el mismo vocablo de He. 7:26; 13:4; Stg. 1:27). (C) «No puede menguarse ni debilitarse» (gr. amáranton, inmarcesible; no se marchita). (D) «Reservada» (gr. tetereménen). El verbo griego está en participio de pretérito, para dar a entender que Dios la ha provisto para nosotros (comp. con Jn. 14:2) y la guarda celosamente (ése es el sentido del verbo teréo, que indica una conservación positiva, no una mera custodia que impide la sustracción o el daño) para nosotros, no en la tierra, sino en el cielo (comp. con Mt. 6:19–21). Todos sabemos lo que significa, por ejemplo, un billete de tren o de avión «con reserva»: Aquel asiento no puede ser ocupado por ninguna otra persona, sino por nosotros. Aun así, el billete puede perderse o ser robado (v. de nuevo, Mt. 6:19–21), pero nuestra «reserva» en los cielos no se puede perder ni echar a perder: está segura en las manos de Dios.
4. En el versículo 5, Pedro añade nuevas seguridades. En afecto, alguien podría decir: «La herencia es riquísima y no se puede echar a perder, pero, ¿podré perderme yo mismo?» A esto responde Pedro: «¡No! Vosotros mismos estáis siendo guardados por el poder de Dios», a cuyo poder nada ni nadie puede resistir ni oponerse para frustrar Sus designios. El verbo que ahora usa Pedro no es téreo, sino phrouréo, y está en participio de presente (acción continua) medio-pasivo. Dicho verbo es de talante militar y se usa para describir la seguridad de una persona que está encerrada en una fortaleza. En nuestro caso, no indica la condición de un prisionero, sino de alguien a quien se tiene a buen recaudo para que nadie le inquiete o lo secuestre. «Mediante la fe» es una expresión que guarda estrecha conexión con el verbo que acabamos de estudiar, pues es la fe, según el mismo autor sagrado (5:9), la que nos permite vencer las asechanzas del diablo.
5. De este modo, podemos estar seguros, viene a decir Pedro, de que hemos de alcanzar «la salvación
(v. 5b) que está a punto de ser revelada en la última sazón» (lit.). Como cuando la mesa está ya puesta (es el mismo vocablo que sale en Mt. 22:4; Mr. 14:15; Lc. 14:17), así también nuestra herencia está preparada, lista y a punto (gr. etoímen) para disfrutar de ella. Sólo falta que se levante el mantel que la cubre, que se retire el velo (gr. apokaluphthénai, de la misma raíz que «apocalipsis»), y así la fe se convertirá en visión. Será el cumplimiento escatológico (gr. en kairó escháto) de algo que Dios tenía cuidadosamente preparado y a punto (comp. con Lc. 2:30, 31). Dice A. Stibbs: «Este énfasis escatológico significa que, por muy genuina que sea la salvación ya comenzada en la experiencia del que cree en Cristo (v. Lc. 19:9), y por grande que sea la experiencia diaria de su discipulado terrenal (v. 2 Co. 6:2), su pleno carácter asombroso será únicamente descubierto en el venidero día que será su corona».
Versículos 6–9
En estos versículos, Pedro muestra a sus lectores el buen motivo que tienen para alegrarse con la esperanza de la salvación que acaba de describir en términos tan estimulantes. La salvación del creyente (v. 9) es un bien tan extraordinario, que bien merece soportar las pruebas de esta vida (v. 6), las cuales no hacen sino refinar los quilates de nuestra fe, cuyo gran valor se muestra aguantándolo todo en aras de la dicha que nos espera, la cual se manifestará cuando se manifieste Cristo (v. 7), a quien hemos amado sin haberle visto y en quien hemos creído sin haberle contemplado (v. 8). Dicen así dichos versículos en la Biblia de Jerusalén, que, a mi juicio, es la que mejor da aquí el sentido del original: «Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas».
1. Al contemplar lo grandioso de la salvación que acaba de describir, Pedro sabe que sus lectores (todos los creyentes genuinos) exultan de alegría (el verbo está en presente); es, pues, una alegría incesante (v. 6), aun en medio de las pruebas. Unas de las paradojas de la vida cristiana es la coexistencia del gozo y la aflicción (v. Hch. 5:41; 13:52; Ro. 5:3 y ss.; 15:13; 2 Co. 6:10; 7:4; Fil. 2:29; He. 12:11; Stg. 1:2—lugar paralelo del presente—y, en esta misma epístola, 4:13). La expresión, a primera vista parentética, «si (es) necesario», no significa que las pruebas sean un recurso al que apele el Señor en ciertos casos, puesto que la condicional no es potencial, sino real (ei con indicativo) y, por otra parte, sabemos (v. He. 12:6–11) que la disciplina de nuestro Padre no es para algunos sólo, o en determinadas circunstancias, sino para todos sus hijos.
2. De forma parecida a como lo hace el autor de Hebreos (12:11), Pedro hace ver (v. 7) que las pruebas a que nos vemos sometidos en esta vida son de gran provecho, puesto que aquilatan, purifican (y aun muestran si es o no genuina) y abrillantan nuestra fe, como el oro se prueba y aquilata en el crisol. Pero el oro, dice Pedro, es perecedero (lit. está pereciendo, en participio de presente, pues se acaba de muchas maneras); además, la fe tiene mucho más valor que el oro, porque dice relación a una herencia celestial, con todas las características gloriosas que el autor sagrado ha descrito anteriormente.
3. Esa probación (gr. to dokímion, mejor atestiguado en los MSS que to dókimon, lo probado) de nuestra fe tiene por objeto ser hallada (lit. v. 7b), es decir, llegar a manifestarse, como ordenada y dirigida por Dios «para alabanza, gloria y honor» de nosotros mismos, pues esa clase de bendiciones dispensa el Señor a quienes las buscan (v. Ro. 2:7, 10). Todas esas bendiciones se pondrán de manifiesto
«en la revelación de Jesucristo». Dice Stibbs: «El uso del término apokálupsis no indica la “venida” de alguien ausente hasta el momento, sino el visible descubrimiento de alguien que ha estado espiritual e invisiblemente presente todo el tiempo (véase tambien 1 Co. 1:7; 2 Ts. 1:7)».
4. El versículo 8 expresa, con acentos de ternura, la calidad de la fe cristiana: «A quien (Jesucristo) amáis sin haberle visto (participio de aoristo); en quien creéis, aunque de momento no le veáis (el verbo está ahora en participio de presente), rebosando (presente de indicativo) de alegría inefable y gloriosa (lit. inexpresable—adjetivo—y glorificada—participio de pretérito perfecto—)». A E.G. Selwyn, el paso del adverbio de negación ou al otro adverbio de negación me, le sugiere que, «mientras para los lectores la experiencia del presente y del pasado es la misma (ni vieron ni ven a Cristo) para san Pedro es diversa». Lo mismo insinúa A. Stibbs cuando dice: «Hay un contraste aquí entre el ver a Jesús, posiblemente tanto en su primera venida como en su segunda, y el conocimiento que se tiene de Él por fe, cual es la experiencia presente de Su pueblo. Los lectores de Pedro no habían visto a Jesús durante Su vida terrenal, como le había visto Pedro mismo; con todo, le estaban correspondiendo con amor cordial en viva comunión». Ya el propio Maestro había dictaminado que serían dichosos los que creyeran en Él sin verle (Jn. 20:29).
5. Pedro da a entender (v. 9) que la meta a la que tiende la fe del cristiano: «salvación de almas» (lit.), es decir, de personas (ya que éste es el sentido ordinario del griego psukhé, lo mismo que del hebreo nephesh), es algo que ya estamos consiguiendo (gr. komizómenoi, en participio de presente), aunque quizá sea «preferible dejarle la ligera indeterminación de la frase, que expresa tanto la concomitancia de los dos hechos (la alegría y la obtención de la salvación) como la fundamentación de uno en otro» (R. Franco). Hace notar A. Stibbs que, en esta porción, «se dice de Cristo que da expresión a tres actividades fundamentales con que el hombre responde: esperanza (v. 3), fe (vv. 7, 9) y amor (v. 8) (cf. 1 Ts. 1:3; 5:8), con la añadidura de gozo (v. 8) como su inevitable consecuencia, y todo ello centrado de forma suprema en Su persona, resucitado como se halla de entre los muertos … Esas actividades son características y distintivas de un cristianismo vital».
Versículos 10–12
En estos versículos, Pedro hace notar que este tema de nuestra salvación ha sido de gran interés para los profetas de antaño, y lo es todavía hogaño para los ángeles mismos. Dicen así dichos versículos en la NVI: «Acerca de esta salvación, los profetas que hablaron de la gracia destinada a vosotros, investigaron y escudriñaron con la mayor diligencia, tratando de avizorar el tiempo y las circunstancias a que el Espíritu de Cristo que estaba en ellos se refería, cuando predijo los padecimientos de Cristo y la gloria que de ello se seguiría. Y les fue revelado que no estaban transmitiendo este mensaje en beneficio propio, sino vuestro. Mensaje que os ha sido ahora anunciado por medio de los que os han predicado la Buena Noticia (lit. os han evangelizado), capacitados por el Espíritu Santo enviado del cielo. Los mismos ángeles se afanan por contemplar de cerca estos misterios». Aunque la porción queda muy clara en esta versión, conviene hacer unas breves anotaciones.
1. La gracia de la que habla Pedro en el versículo 10, implicaba la extensión de la salvación a los gentiles, es decir, a los no pertenecientes al pueblo judío, pues gentiles eran los destinatarios de la epístola (véase 2:10). Dice Salguero: «La teología judía enseñaba que la venida del Mesías era el secreto de Dios y que sería cosa vana el querer computar rigurosamente el tiempo». Si la venida del Mesías era un secreto, cuyas circunstancias no podían avizorar los profetas, mucho menos podían darse cuenta, ni aun en los textos que declaraban la intención del Espíritu Santo, de que los gentiles llegarían un dia a participar de la salvación en pie de igualdad. Al mismo Pedro le había resultado esto algo incomprensible en un principio (v. Hch. 10:1–11:18).
2. Hay autores que incluyen a los profetas del Nuevo Testamento entre los que «escudriñaban (v. 11) hacia qué persona o cuál sazón señalaba el Espíritu» (lit.). Sin embargo, esto es incompatible con la declaración del versículo 12 acerca de «los que os evangelizaron» (lit.). Si los predicadores del Evangelio conocían bien la persona del Mesías, sobre la que versaba su mensaje, y la sazón en que se habían cumplido las profecías sobre la primera venida del Mesías, ¿cómo iban a ignorar estas cosas los profetas del Nuevo Testamento? Además, el Espíritu Santo enviado del cielo (v. 11b) había de conducirles a toda verdad y enseñarles todo lo que Cristo les había declarado, según promesa del propio Señor (v. Jn. 14:16– 18; 16:13). Es cierto que esas promesas iban dirigidas, en primer lugar, a los Doce; pero, ¿cómo no habían de estar también dirigidas, de algún modo, a los profetas del Nuevo Testamento, cuando ellos habían de ayudar a los apóstoles en su tarea, y constituir, juntamente con ellos, los cimientos de la Iglesia? (v. Ef. 2:20).
3. Al hablar (v. 11) del anuncio que el Espíritu de Cristo hacía a los profetas acerca de «los padecimientos de Cristo y la gloria que de ello se seguiría», no cabe duda de que Pedro singulariza aquí el pasaje de Isaías 52:13; 53:12, sin olvidar las propias palabras del Maestro en Lucas 24:26, 46. Hace notar A. Stibbs el agudo contraste entre «la gracia destinada a vosotros» (v. 10, al final) y «los padecimientos de Cristo».
4. Muy interesante es el verbo que Pedro usa al hablar (v. 12, al final) del anhelo (gr. epithumoúsin, de la misma raíz que epithumía) con que los ángeles tratan de ver las cosas a las que se refiere la proclamación del Evangelio. Dice que están «agachándose para mirar» (gr. parakúpsai), como si abriesen una pequeña ventana en el cielo y se inclinasen para ver lo que ocurre en la Tierra con respecto a la salvación de los hombres. A los ángeles no les interesan las vicisitudes temporales, políticas, económicas, etc., sino la conversión del pecador (v. Lc. 15:7, 10). Esto está en conformidad con lo que dice Pablo en Efesios 3:10. El verbo griego parakuptein ocurre también en Lucas 24:12; Juan 20:5, 11 y Santiago 1:25.
Versículos 13–21
En estos versículos Pedro inicia su llamamiento a una vida santa, pues somos salvos para ser santos. Viene primero el llamamiento mismo (vv. 13, 14). Después, un primer motivo: porque el Dios que nos llamó es santo (vv. 15, 16). Un segundo motivo: porque hemos de rendirle cuentas como a Juez (v. 17). Un tercero y muy fuerte motivo: porque hemos sido rescatados a un precio altísimo, la sangre preciosa de Cristo (vv. 18, 19). Éste era el plan de la redención desde la eternidad, que ha tenido cumplimiento en estos últimos tiempos (vv. 20, 21). Analizaremos, pues, en cinco puntos esta porción.
1. El llamamiento a una vida santa es consecuencia lógica de la gloriosa salvación adquirida. Dicen así los versículos 13 y 14 en la NVI: «Por tanto, preparad vuestras mentes para actuar; mantened el equilibrio de vuestro espíritu y poned plenamente vuestra esperanza en la gracia que os será otorgada cuando Jesucristo se manifieste. Como hijos obedientes, no os amoldéis a los malos deseos que albergabais cuando vivíais en la ignorancia».
(A) La primera frase: «Ceñíos los lomos de vuestro entendimiento» (lit.) es una metáfora que expresa la necesidad de prepararse a actuar; está tomada de la costumbre de recogerse y ceñirse las largas túnicas antes de emprender un trabajo o un viaje.
(B) Viene después una actitud juiciosa, sensata, equilibrada, lo cual requiere dominio de sí mismo, concentración y vigilancia. Todo ello se condensa en ese verbo, ya conocido, «Sed sobrios» (gr. néphontes, en participio de presente continuativo). El adverbio … perfectamente» (gr. teleíos) que, en el original, va inmediatamente después de dicho verbo, puede conectarse con él o con el verbo siguiente, según la puntuación que se escoja. La puntuación más aceptada es la que adopta la NVI (con el verbo siguiente).
(C) La frase siguiente (aceptada la puntuación referida) dice así siguiendo la letra del original:
«Esperad por completo en la gracia que os es llevada (participio de presente) en la revelación de Jesucristo». La gracia a la que Pedro se refiere aquí es la salvación final, esto es, la entrada a disfrutar de la herencia eterna. Esto ha de suceder cuando se descorra el velo de la fe y la presencia, ahora invisible, del Señor se haga manifiesta. Este acontecimiento se hallaba, en la mente de Pedro, en el horizonte de un futuro próximo; lo que, unido a que nuestra salvación, en su estadio inicial, es ya una realidad presente, hace que el autor sagrado use el participio de presente «por la dialéctica entre la realidad actual de la salvación ya presente y su manifestación definitiva en su futuro próximo, que caracteriza el pensamiento de la epístola» (R. Franco).
(D) En un hebraísmo corriente, Pedro se dirige a sus lectores como a «hijos de obediencia» (v. 14). Su conversión ya fue una «obediencia» (v. el comentario al v. 2), pero la frase actual indica una actitud habitual que constituye, por decirlo así, la naturaleza misma del sujeto, en la misma forma en que la naturaleza humana se transmite de padres a hijos. Pablo llama a los inconversos «hijos de la desobediencia» (Ef. 2:2; 5:6) o, más exactamente, de la resistencia a ser persuadidos (para creer).
(E) Como a creyentes genuinos, el autor sagrado exhorta a sus lectores, y usa el mismo verbo que emplea Pablo en Romanos 12:2, a no amoldarse al esquema, es decir, a los criterios normativos de pensamiento y de acción, propios de los mundanos, que les gobernaban antes de su conversión, ya que, a causa de su ignorancia (comp. con Hch. 17:30; Ef. 4:18), servían a los deseos carnales y desordenados (gr. epithumíais, concupiscencias), al impulso de los cuales se movían (v. Ef. 2:3). Para mostrar la culpabilidad de dicha ignorancia, basta leer Romanos 1:19–21. La forma en que Pedro se expresa en este versículo es una prueba más de que los destinatarios de la epístola eran (todos o en su mayor parte) de extracción pagana.
2. En lugar de amoldarse a los antiguos esquemas de pensamiento y de conducta, los creyentes deben llevar en todo una vida santa, como lo describe Pedro en los versículos 15 y 16, y atender al motivo principal, que es la santidad de Dios, quien nos llamó. Dicen así dichos versículos en la NVI: «Sino que, así como es santo el que os llamó, imitadle vosotros en la santidad en todo lo que hagáis; pues está escrito: “Sed santos, porque yo soy santo”».
(A) Nada se pone tanto de relieve en la Biblia como la santidad de Dios, hasta el punto de ser Santo uno de los nombres con que se describe a Jehová. Pedro dice aquí textualmente: «… conforme al Santo que os llamó». El autor sagrado (v. 16) cita de una frase que se halla ya en Levítico 11:44 y ss.; 19:2; 20:7.
(B) El versículo 15b dice literalmente: «… sed hechos también vosotros santos en toda conducta (gr. anastrophé). Este es un vocablo que aparece en 1 Pedro nada menos que seis veces y, en su etimología, indica el «volverse a una parte y a otra» (comp. con Sal. 139:2, 3 «sentarse y levantarse, andar y reposar»). Al añadir toda, da a entender que «la exigencia de santidad se extiende a todos los aspectos de la vida» (R. Franco).
3. Al motivo de la santidad de quien nos llamó, se añade luego el de tener que rendir cuentas al que, aun siendo Padre, es también Juez (v. 17): «Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor durante todo el tiempo de vuestra peregrinación». Este versículo pide más meditación que interpretación, pues los términos son claros, pero quizás no hacen sobre nosotros el impacto que deberían porque no los ponderamos como se merecen.
(A) La mención de Padre, junto a la de Juez, nos lleva a una doble reflexión: (a) Es consolador presentarse al Juez, sabiendo que es nuestro Padre; (b) pero también infunde temor, esto es, respeto reverencial (y éste es el énfasis que la exhortación de Pedro comporta aquí), el pensamiento de que el Padre, cuya santidad hemos de imitar como hijos (v. 16), es el Juez ante quien hemos de rendir cuentas de todo cuanto hayamos hecho (v. 2 Co. 5:10).
(B) El apóstol Pedro nos hace a la memoria que no por ser hijos de Dios va a ser nuestro Padre parcial a favor nuestro, pues con Él no hay favoritismos, «sin acepción de personas (sin dejarse llevar de relumbrantes apariencias exteriores), juzga según la obra de cada uno». El verbo está en participio de presente, y denota, como hace ver A. Stibbs, que «indefectible e imparcialmente trata con los hombres en juicio conforme a la obra actual de cada individuo particular».
(C) A nuestra vida en este mundo la llama Pedro … el tiempo de vuestra peregrinación» (gr. paroikías). El vocablo griego, lo mismo que el término pároikos (de la misma raíz), indican el estado legal de una persona que reside temporalmente en un país que no es el suyo propio (v. 2:11 «… paroíkous kai parepidémous»—extranjeros y peregrinos—). Dice Salguero: «La verdadera patria del cristiano está en el cielo. Por eso, ha de trabajar por librarse de todo lo que le pudiera apartar de la meta durante su peregrinación por este mundo». Stibbs, por su parte, hace notar: «Paroikía se usa en Hechos 13:17 de los israelitas “peregrinando” en Egipto. Los cristianos, pues, han de vivir en este mundo como en un lugar al que no pertenecen y donde no deben esperar vivir para siempre».
4. Pero de la misma manera que los israelitas fueron rescatados de la esclavitud de Egipto, también los cristianos han sido rescatados de la esclavitud de una vida anterior en el mundo vana (gr. mataías, vacía, inútil). El autor sagrado exhorta ahora a sus lectores a considerar el altísimo precio que fue pagado por su liberación, como motivo especial para conducirse santamente. Dicen así los versículos 18 y 19 en la NVI: «Porque bien sabéis que no es con cosas perecederas, tales como plata u oro, con lo que habéis sido rescatados del infructuoso modo de vivir que os transmitieron vuestros antepasados, sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancilla y sin defecto».
(A) Pedro les hace a la memoria a estos creyentes de extracción pagana que el Señor les había rescatado de la manera vacía e inútil que les habían transmitido sus padres. «El autor sagrado se refiere evidentemente al culto de los ídolos, supremas vanidades de los paganos» (Salguero). En efecto, una expresión igual o similar («vano vivir») se aplica frecuentemente en la Biblia al culto de los ídolos (v. Lv. 17:7; Jer. 8:19; 10:14; Hch. 14:15; Ef. 4:17; 1 Ts. 1:9).
(B) Ya el mismo Señor Jesús había aludido al objetivo de Su misión en este mundo como «la entrega de Su vida en rescate por muchos» (v. por ej., Mt. 20:28; Mr. 10:45 y comp. con 1 Ti. 2:6; Tit. 2:14). La entrega de su vida había de ser mediante el derramamiento de Su sangre, puesto que había de constituir un sacrificio (v. He. 9:14, 23, 26, 28; 10:10, 12, 14, 29; 12:24; 13:10–15).
(C) Pedro hace notar, en consecuencia, que el precio de nuestro rescate no fue pagado con cosas perecederas, de este mundo, por muy estimadas que sean de los hombres, como el oro y la plata, sino (v. 19) con algo de valor divino, infinito: «la preciosa (mejor, valiosa; gr. timío, digno de estima) sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha ni contaminación (o, sin tacha ni defecto; gr. amómou kai aspílou). El primero de estos dos vocablos se aplica a Cristo en Hebreos 9:14. El segundo no se aplica a Cristo en ningún otro lugar del NuevoTestamento. Tampoco se halla en el Antiguo Testamento según la versión de los LXX. La frase, dice Stibbs, «corresponde al ritual requerido para la Pascua y otras ofrendas (v. Éx. 12:5; Lv. 22:19, 20; Dt. 15:21) … Aplicadas a una persona, estas frases significan integridad y perfección de carácter moral».
5. Tras de esta triple motivación, el autor sagrado hace un resumen del plan de nuestra salvación, determinado en la eternidad y llevado a cabo en el tiempo (vv. 20, 21): «El cual (cordero) fue escogido antes de la creación del mundo, pero ha sido manifestado en estos últimos tiempos en beneficio vuestro. Por medio de Él creéis en el Dios que le ha resucitado de entre los muertos y le ha glorificado, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza se centren en Dios» (NVI).
(A) El verbo griego que Pedro usa para «escogido» (NVI) o «provisto» (RV 1977), «ordenado» (RV antigua), «destinado» (RV 1960) significa literalmente «conocer de antemano» y es el mismo que Pablo usa, en Romanos 8:29; 11:2, para describir la elección divina, hecha antes de todo tiempo. Tenemos, pues, aquí la predestinación de Cristo como el Cordero que había de ser inmolado cuando se cumpliera plenamente el tiempo prefijado (Gá. 4:4), no la inmolación misma, que, como es obvio, no tuvo lugar antes de la creación del mundo (v. el comentario a Ap. 13:8).
(B) La frase «antes de la fundación del mundo» (lit. gr. pro katabolés kósmou) es la misma que usa Pablo en Efesios 1:4, para referirse a nuestra elección en Cristo; con lo que vemos que Dios predestinó, a un mismo tiempo, a los que habíamos de ser rescatados y el precio de nuestro rescate: a los escogidos en Cristo y al Cristo por medio del cual fuimos escogidos. «Así, dice A. Stibbs, se nos hace percatarnos de que la caída del hombre en pecado y su esclavitud subsiguiente no tomaron a Dios por sorpresa. Las había conocido de antemano, y tenía ya listo el remedio para ellas».
(C) Pedro hace notar que, lo que desde la eternidad estaba oculto en los misteriosos designios de Dios, «al final de los tiempos fue manifestado a causa de vosotros» (lit.), esto es, se hizo notoria y visible, en beneficio nuestro, la ejecución del plan de salvación al hacerse hombre el Hijo de Dios para padecer y después resucitar de entre los muertos.
(D) El versículo 21 se entiende mejor si se le compara con Romanos 10:9, 10. Dice Salguero: «La fe que poseen los fieles es obra también del Cordero inmaculado». Supongo que esto no significa que el acto de fe se ponga por medio de Jesucristo, sino que el ser creyentes (gr. pistoús) en Dios, en el Dios verdadero, se lo debemos a la obra de Cristo, gracias a la cual fuimos rescatados de nuestra miserable condición anterior (v. 18). Creyendo en el Dios que le ha resucitado y le ha glorificado es como nos apropiamos personalmente el fruto de los hechos salvíficos que constituyen el núcleo del Evangelio (v. 1 Co. 15:1–4).
(E) «De manera que vuestra fe y vuestra esperanza sean en (gr. eis; esto es, estén orientadas hacia) Dios» (lit.), termina diciendo el autor sagrado (v. 21b). R. Franco tiene como más probable la siguiente versión: «De modo que vuestra fe sea también esperanza en Dios», y menciona los nombres de varios exegetas a favor de dicha traducción. Aunque esto sea posible desde el punto de vista gramatical, es muy improbable desde el punto de vista de una exégesis bíblica consistente. En cambio, puede aceptarse el comentario que, a continuación de eso, añade el referido autor: «Tal vez se podría decir que lo radicalmente nuevo en el cristianismo no es la fe en Dios, que era ya propia del judaísmo, sino la esperanza (1 Ts. 4:13), y que esto es lo que añade esta frase a la anterior».
Versículos 22–25
Tras de la mención de la fe y de la esperanza, viene ahora la exhortación al amor fraternal, dentro de un contexto rico en detalles de suma importancia doctrinal y práctica. Viene primero la exhortación misma (vv. 22, 23) con su doble fundamento doctrinal. La confirma luego con una cita de Isaías (vv. 24, 25a). Termina diciendo que lo dicho por Isaías se cumple en la palabra del Evangelio que les fue anunciada a los lectores (v. 25b).
1. Dicen los versículos 22, 23 en la NVI: «Ahora que os habéis purificado mediante la obediencia a la verdad, siendo así capaces de profesar un sincero amor (mejor, afecto) a vuestros hermanos, amaos los unos a los otros profundamente (lit. intensamente), de todo corazón. Pues habéis nacido de nuevo, no de una semilla perecedera, sino imperecedera, mediante la palabra viva y permanente de Dios».
(A) Como puede verse, el motivo para el mutuo amor fraterno es doble: (a) Purificados de los malos hábitos, entre los que descuella el egoísmo, ya estamos en condiciones de amarnos mutuamente con plena generosidad (v. 22). (b) Nacidos de nuevo, no de un padre humano (de simiente perecedera), sino de Dios (comp. con Jn. 1:13), somos todos hermanos en Cristo; debemos amarnos, pues, fraternalmente (v. 23).
(B) Estar purificados (el verbo está en participio de pretérito perfecto) mediante la obediencia a la verdad, equivale a estar limpios de nuestros pecados mediante la aceptación del Evangelio (comp. con 1:2; 2 Ts. 2:13, 14, así como Ro. 1:5; 6:17; 16:26; 2 Co. 10:5).
(C) También el verbo gr. anagueguenneménoi (el mismo de 1:3) está en participio de pretérito perfecto (medio-pasivo), como efecto continuo del nuevo nacimiento mediante el Espíritu, que usa para ello la agencia de la palabra (Jn. 3:5). Esta palabra del versículo 23 es un sinónimo de la verdad del versículo 22, pues es el instrumento que Dios usa, tanto para limpiarnos como para hacernos nacer de nuevo (Jn. 3:5; 6:63b; 15:3; 17:17).
(D) Para designar el amor a los hermanos, Pedro usa dos vocablos griegos diferentes (v. 22b): (a) philadelphían, que significa «afecto fraternal entrañable» (el mismo que usa en 2 P. 1:7 dos veces); de éste dice que debe ser sincero (gr. anupókriton, sin hipocresía), es decir, sin motivos ni intereses bastardos; (b) agapésate (aoristo de imperativo); el conocido sustantivo de la misma raíz—ágape—es el mismo que Pedro usa en 2 Pedro 1:7, al final, como cúpula que corona todo el edificio espiritual de la fe cristiana; para éste usa el adverbio griego ektenós, intensamente, esto es, profunda y fervientemente.
(E) La simiente incorruptible, que es la Palabra de Dios (v. Mr. 4:14), es llamada por Pedro viva (comp. con He. 4:12), pues es el germen de la vida sobrenatural, espiritual, y permanente, por su valor eterno y su eficacia nunca agotada, como va a demostrar («Por cuanto …», v. 24a) con una cita de Isaías 40:6b, 8.
2. La cita de Isaías 40:6b, 8 está tomada, con ligeras variantes, de los LXX (el texto hebreo es más expresivo. V. el comentario a Is. 40:8), y dice así en la NVI: «Todos los hombres son como hierba, y toda su gloria como las flores del campo; la hierba se marchita y las flores se caen, pero la palabra del Señor perdura para siempre» (vv. 24, 25a). También Santiago echa mano de esta cita (v. Stg. 1:10, 11), pero lo hace de modo implícito. Acerca de la cita, según se halla en Pedro, conviene hacer dos observaciones:
(A) El autor sagrado supone que los lectores, aun siendo de extracción pagana, están familiarizados con el texto de Isaías (comp. con Hch. 8:32, 33, que da a entender el uso frecuente de este profeta), pues no usa las usuales expresiones: «Dice (Dios)» o «Dice la Escritura», etc. Por otra parte, se ve que cita de memoria, como se nota por las variantes que se señalan, tanto con respecto al texto hebreo como al de los LXX.
(B) Tanto en Isaías como en Pedro, la palabra de Dios, viva y perdurable, como simiente incorruptible, se contrasta con «toda carne» (lit.), es decir, con el ser humano en su caducidad y debilidad (comp. con Jn. 3:5, 6, donde puede advertirse el mismo contraste: «Lo que es nacido de la carne … Lo que es nacido del Espíritu …»).
3. Para que no quede ningún resquicio de duda sobre la identidad de la Palabra de Dios en la cita misma de Isaías, Pedro termina diciendo (v. 25b): «Y ésta es la palabra que os ha sido anunciada como Buena Noticia» (NVI). El texto dice literalmente: «… que ha sido evangelizada a (gr. eis, en dirección a) vosotros». Esta frase resulta tanto más interesante cuanto que en el contexto de Isaías 40:6–8 (v. el v. 9 de dicha porción) se habla de anunciar las buenas nuevas a Sion, esto es, de evangelizar.
Tras de mencionar, en el cap. 1, el nuevo nacimiento mediante la Palabra de Dios, el autor sagrado: I. Exhorta a sus lectores a crecer manteniéndose, con buen apetito, de la misma palabra (vv. 1–3). II. Les exhorta a continuación a considerar que son: 1. Miembros del nuevo santuario que crece (vv. 4–8), y 2.
Nuevo pueblo de Dios (vv. 9, 10). III. Les exhorta luego a dar buen ejemplo, tanto: 1. En general, como cristianos en medio de un mundo hostil (vv. 11, 12), como: 2. En su condición de súbditos, con respecto a las autoridades (vv. 13–17), y 3. A los que son, no esclavos, sino criados, con respecto a sus amos (vv.
18–25).
Versículos 1–3
Comoquiera que los cristianos hemos nacido a una nueva vida, Pedro nos exhorta a vivir en conformidad con nuestra nueva condición. En primer lugar, exhorta a todos los recién convertidos a que crezcan espiritualmente manteniéndose con apetito de la Palabra de Dios, la que compara a la leche materna. Dicen así los versículos 1–3 en la NVI: «Por consiguiente, despojaos de toda maldad y de todo engaño, de hipocresía, de envidias y de toda clase de murmuración. Como niños recién nacidos, sentid apetito por la leche espiritual pura, para que, así nutridos, podáis progresar en el camino de la salvación, ahora que habéis gustado lo bueno que es el Señor».
1. La santificación es siempre como una moneda de dos caras: implica despojarse del mal y revestirse del bien. El verbo griego apothémenoi, en participio de aoristo, indica la decisión, de una vez, a resistir al pecado que constantemente nos asedia (v. He. 12:1). El verdadero sentido de dicho verbo es poner lejos de sí («desechando», Reina-Valera). Lo que hay que arrojar lejos de uno es precisamente lo que más daña al amor fraternal que debe reinar entre los miembros de la comunidad cristiana: «toda maldad» (gr. kakían), es decir, la malicia o malignidad que trama daño o perjuicio contra el prójimo, junto con «todo engaño, hipocresía, envidias y toda clase de murmuración», donde se especifican los pecados que dañan directamente al amor fraterno.
2. El aspecto positivo de la santificación consiste en crecer en el bien, lo cual exige, como todo crecimiento, una alimentación conveniente. Para que no se vea aquí ninguna contradicción con 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:12, nótese que Pedro no dice que hayan de apetecer la leche espiritual cuando hayan crecido, sino para que crezcan. El bebé que siente avidez por la leche materna ofrece garantías de que se convertirá en un niño robusto y, después, en un adulto fuerte y vigoroso.
3. El calificativo que Pedro da a la leche espiritual es loguikón, el mismo que Pablo da, en Romanos 12:1 (al final), a nuestro culto de adoración a Dios. Pedro califica también a dicha leche y dice que es ádolon (lit. sin engaño, como Natanael—v. Jn. 1:47—), esto es, pura, sin mezcla. El crecimiento espiritual tiene un objetivo: llegar al término normal de la vida cristiana: la salvación. Para ello se requiere que el creyente siga alimentándose de la Palabra de Dios, mediante la cual nació de nuevo (1:23). Si fuera poco dicho contexto anterior para determinar el significado de «leche» en el sentido de la «palabra», bastaría la comparación con 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:12, 13 para confirmarnos en ello.
4. Esto nos invita a considerar la necesidad de no adulterar (v. 2 Co. 4:2. Gr. méde doloúntes, el verbo de la misma raíz que el ádolon de aquí) la Palabra de Dios, lo cual puede hacerse de dos maneras:
(A) traduciendo mal las Escrituras; (B) no exponiendo con fidelidad las Escrituras, ya sea al dejar de proponer todo el consejo de Dios, o dándoles un sentido que no tienen, o mezclándolas (o sustituyéndolas) con invenciones de la propia fantasía del predicador o al buscar el lucro, etcétera.
5. La última frase dice textualmente: «Si gustasteis que el Señor es bueno», en el sentido de amable o dulce por su trato. Tenemos la misma metáfora de gustar en Hebreos 6:5, pero es muy probable que Pedro tuviese en mente el Salmo 34:8: «Gustad y ved cuán bueno es Jehová». Como en muchos otros lugares (v. por ej. el clarísimo Col. 3:1), la conjunción condicional si no expresa duda, sino que equivale a «puesto que» («ahora que», NVI). Dice A. Stibbs: «Esto indica de dónde saca el cristiano su vida y su alimento, es decir, del Señor mismo mediante Su Palabra, y también qué es lo que debería haberle dado este intenso y afanoso apetito por tener más; a saber, una experiencia vital y personal de la bondad del Señor. Así que la Palabra que Dios nos ha dado ha de ser deseada, no precisamente por ella misma, sino porque nos capacita para alimentarnos de su autor y apropiarnos Su gracia».
Versículos 4–8
La idea del crecimiento espiritual al que el creyente recién nacido debe aspirar, lleva al autor sagrado a considerar la metáfora de la Iglesia como un santuario que se levanta, que «crece» (comp. con Ef. 4:12, 13, 15, 16), donde los creyentes son, a un mismo tiempo, piedras vivas del edificio y sacerdotes santos. Las ideas son similares a las que Pablo expone en Efesios 2:20–22. Dicen así los versículos 4–8 en la NVI: «Al allegaros a Él (Cristo, “el Señor” del versículo anterior), la Piedra viva—rechazada por los hombres, pero escogida por Dios y de mucho valor a sus ojos—, vosotros también, como piedras vivas, vais siendo edificados como un edificio espiritual destinado a un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por medio de Jesucristo; pues se encuentra en la Escritura lo siguiente: “Mirad que coloco en Sion una piedra angular escogida y de mucho precio, y quien ponga su fe en ella, nunca quedará defraudado”. Ahora bien, para vosotros los creyentes, esta piedra es de mucho valor; pero para los que no creen, “La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en clave de arco” y “En piedra que hace tropezar a los hombres, y en roca que les hace caer”. Tropiezan porque desobedecen al mensaje—que es también a lo que estaban destinados».
1. Lo primero que nos llama la atención aquí es la expresión «al allegaros a Él» con referencia a Cristo, pues dicho verbo, en este sentido sólo se halla en la Escritura con respecto a Dios (v. por ej. He. 4:16; 7:25; 10:1, 22; 11:6). Sin embargo, el verbo prosérkhomai, que Pedro usa aquí, lo pone Juan en labios de Cristo, aunque en forma diferente (érkhomai pros) en Juan 6:35, 37, 44, 45, 65, en sentido de creer en Él (V. dicho paralelismo en Jn. 6:35). Esto significa que nuestro acercamiento a Cristo es siempre por fe, pero el verbo en cuestión connota dos conceptos adicionales, igualmente dignos de consideración: (A) «Expresa la idea de acercarse con intención de quedar allí y de disfrutar de comunión personal» (Stibbs). (B) Como en los demás lugares del Nuevo Testamento (en este sentido) o del Antiguo Testamento (en la versión de los LXX), connota la idea de acercarse a Dios en adoración, para ofrecer oración y sacrificio. Comporta, pues, una actitud cultual, como puede observarse en los textos de Hebreos citados arriba.
2. Pedro llama a Cristo piedra viva, puesto que es el Resucitado (Ro. 6:9) y el que comunica la vida (Jn. 4:10; 6:51; 14:19, etc.); ahora, como espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Es interesante notar (muy útil para un mensaje expositivo) los epítetos que, en esta porción, se dan a esta piedra: «Cristo es la piedra viva (v. 4), la piedra angular (v. 6), la piedra rechazada (v. 7), y la piedra de tropiezo (v. 8)» (Ryrie. Los subrayados son míos). Pueden añadirse escogida y valiosa (v. 4).
3. De esta piedra viva que es Cristo, dice Pedro que fue desechada por los hombres. El verbo apodokimázo significa desechar algo (como inservible) después de haberlo examinado. Los hombres que desecharon a Cristo fueron los judíos, especialmente los fariseos, porque no les servía para la idea que se habían forjado del Mesías como un libertador politicomilitar. A este rechazo se refirió el propio Jesús en Marcos 8:31; Lucas 9:22. Pero, como hace notar Stibbs, «Dios contradijo el veredicto de los hombres y declaró su aceptación de Jesús como el Cristo, al exaltarle. Éste fue el énfasis central del Evangelio que predicó Pedro (v. Hch. 2:23, 24, 32, 33; 4:11, 12; 5:30, 31; 10:39, 40)». Es de notar que el verbo está en participio de pretérito perfecto, con lo que se da a entender que la masa de la nación judía continuaba rechazando a Cristo.
4. La descripción de Cristo como «el escogido de Dios» («piedra … escogida», dice Pedro—v. 4—) se halla en Lucas 23:35, aunque en labios de quienes lo expresan suena a sarcasmo. A «escogida» añade Pedro aquí preciosa (RV) o «de mucho valor» (NVI). El griego dice éntimon, que propiamente significa
«digno de honor, estima y distinción» (comp. con Lc. 7:2; 14:8 y Fil. 2:29, únicos lugares en que, además de esta porción, sale en el Nuevo Testamento dicho vocablo); viene a ser aquí sinónimo del tímios que vimos en 1:19, aplicado a la sangre de Cristo.
5. Prosigue el autor sagrado (v. 5) y dice que, al allegarnos a esta piedra viva que es Cristo, nosotros también nos convertimos en piedras vivas, aptas para ser edificadas sobre Él (v. Ef. 2:20–22) como casa espiritual, según describe aquí a la Iglesia (comp. con Gá. 6:10; 1 Ti. 4:15), y sacerdocio santo (es decir, donde actuamos como sacerdotes completamente dedicados al Señor—v. Ro. 12:1, 2—), para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por medio de Jesucristo. Este versículo requiere un análisis más detallado:
(A) Lo mismo que en la edificación del templo (v. 1 R. 6:7), las piedras vivas que forman el edificio de la Iglesia han de ser talladas antes de incorporarlas al edificio. Ningún ruido de controversia sobre doctrina o práctica debe oírse en el templo. Todo eso debe preceder a la admisión del candidato. Con esto se comprende también que las personas no son salvas por pertenecer a la iglesia, sino que pertenecen a la iglesia por ser salvas. Así cae por su base la pretensión de la Iglesia de Roma de ser el «sacramento» (instrumento universal) de salvación de la humanidad (v. Hch. 2:47b con su comentario).
(B) Otro detalle de gran importancia es que Pedro no se considera a sí mismo la Roca sobre la que está fundada la Iglesia, sino que, en toda la porción (vv. 4–8), lo mismo que Pablo en Efesios 2:20–22, asegura que la única piedra angular de la Iglesia es Jesucristo, contándose él a sí mismo (implícitamente) entre las piedras vivas que se allegan a Cristo. Puede decirse que Pedro (gr. Petros, piedras) fue la primera que lo hizo con su confesión de Mateo 16:16 (v. el comentario a Mt. 16:18).
(C) La casa espiritual, que es la Iglesia, es una expresión que alude a su condición de santuario (comp. con 1 Co. 6:19; 2 Co. 6:16), pues también el templo antiguo era llamado casa (v. Sal. 69:9; Is. 66:7; Mr. 11:17; Jn. 2:17). En él ejercen los creyentes su sacerdocio (v. 9), no sólo por medio de la oración de intercesión, sino también mediante los sacrificios espirituales (v. Ro. 12:1; Fil. 4:18; He. 13:15, 16).
(D) Lo de «gratos a Dios por medio de Jesucristo» (NVI) es probable que requiera (también en la RV) una puntuación diferente: «… para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios, por medio de Jesucristo». De esta forma se entiende que los sacrificios gratos a Dios (v. He. 13:16, al final) son ofrecidos por medio de Jesucristo (v. He. 13:15a).
6. Pedro pone (vv. 6–8), en apoyo de lo que ha dicho en el versículo 4, tres citas del Antiguo Testamento, respectivamente de Isaías 28:16 (citada también por Pablo en Ro. 9:33), Salmos 118:22 e Isaías 8:14. Intercala su propia aplicación tanto a los que creen como a los incrédulos. En toda la porción campea la metáfora de «piedra».
(A) La cita de Isaías 28:16 (v. el comentario en su lugar) presenta la situación de los incrédulos en tiempo de Isaías semejante a la de los contemporáneos del propio Pedro: que rechazaban el plan de salvación de Dios mediante el Mesías-Emmanuel. Sin embargo, habrá un remanente: los humildes y los pobres se gozarán en Jehová, en el Santo de Israel (Is. 29:19, comp. con Sof. 3:12; Mt. 5:3 y ss.). Éstos serán los que, en el tiempo en que escribe Pedro, reconocerán el gran valor que tiene la piedra que Dios ha colocado en Sion y se allegarán a ella (vv. 4, 7).
(B) Siguiendo a los LXX, Pedro aplica a Cristo-Piedra los mismos epítetos griegos que figuran en Isaías 28:16: akrogoniaion eklektón éntimon. Estos dos últimos los hemos visto ya en el versículo 4. El primero sale en el Nuevo Testamento únicamente aquí y en Efesios 2:20, donde puede verse su significado. Pedro añade que quien ponga su fe en esta piedra, no quedará defraudado: estará firmemente sostenido (comp. con Ef. 4:15, 16) y será altamente honrado con Cristo mismo (v. Ef. 2:4–7; Col. 3:4, entre otros lugares).
(C) Así se explica que (vv. 7, 8) para los creyentes, dicha piedra sea de gran valor (v. 7a); o, mejor aún, siguiendo literalmente el texto griego: «Para vosotros, pues, los que creéis (participio de presente), (es) el honor», es decir, el que comparten con el Cristo exaltado por Dios (éste es el sentido más probable), lo cual contrasta con la vergüenza que les espera a los incrédulos, quienes se niegan a poner su confianza en Cristo. Un día se darán cuenta de que la piedra que desecharon (v. 7b) ha venido a ser clave de arco (lit. cabeza de ángulo), en el sentido de que remata admirablemente y une estrechamente las piedras que forman el arco de entrada al edificio de la iglesia, aunque también podría entenderse como la piedra que está en un ángulo que sirve de unión a dos paredes del edificio y está situada en la base misma, con lo que su sentido vendría a ser (en todo caso) sinónimo al de «principal piedra del ángulo» (v. 6). Dice R. Franco: «El sentido es discutible, y la bibliografía extensa; pero J. Jeremías (un exegeta contemporáneo. El paréntesis es mío) parece haber dejado suficientemente establecido el sentido que damos en el texto», es decir, el que hemos expuesto en primer lugar.
(D) La cita de Salmos 118:22, en el versículo 7b, fue citada por el Señor Jesús en Mateo 21:42; Marcos 12:10, y por el propio Pedro en Hechos 4:11. La tercera cita es de Isaías 8:14, y se halla también en Romanos 9:33a. Se ve que Pedro está citando de memoria, pues se aparta del texto de los LXX, que sigue fielmente al texto hebreo, y dice: «… piedra de tropiezo y roca de caída», mientras que Pedro dice:
«… piedra de tropiezo y roca de escándalo» (lit.). Al rehusar creer en Jesucristo, los incrédulos han desechado la única Roca firme donde poder establecer la verdadera esperanza, pues han pensado que era inservible para su mentalidad y para sus planes equivocados. Pero serán confundidos, pues «Dios, en castigo por su incredulidad, permite que vayan a tropezar y a destrozarse contra la piedra, que había sido puesta para su salvación» (Salguero, quien cita Mt. 11:6; Lc. 2:34). Por tanto, la frase final del versículo 8, que dicte textualmente: «… para lo cual también fueron puestos», no significa que los incrédulos fueron destinados a ser «desobedientes a la Palabra» (lit. Aun cuando el gr. apeithoúntes, como hemos visto con frecuencia, significa propiamente «que no se dejan persuadir»), sino castigados a estrellarse contra la piedra por haber rehusado creer el mensaje de salvación.
Versículos 9–10
En estos versículos, el autor sagrado enumera los privilegios que los creyentes tienen como pertenecientes al nuevo pueblo de Dios. Para ello echa mano de una multitud de referencias del Antiguo Testamento. Conviene traducir a la letra estos versículos, para sacarles mejor el jugo que encierran, ya que se usan frecuentemente en la predicación y en la enseñanza: «Mas vosotros (sois) raza escogida, sacerdocio regio, gente santa, pueblo para propiedad privada, para que así anunciéis las proezas del que os llamó de entre las tinieblas a (gr. eis, partícula de dirección) su luz admirable, los que en un tiempo no (erais) pueblo, mas ahora (sois) pueblo de Dios; los que no obteníais misericordia, mas ahora obtuvisteis misericordia».
1. Lo de «raza escogida» está tomado de Isaías 43:20 y, con esto, Pedro aplica a la Iglesia lo que pertenecía a Israel como pueblo escogido de Dios (en cuanto a las promesas espirituales. ¡No nos confundamos!) Lo de eklektón (escogido) lo ha aplicado Pedro a cada uno de los creyentes en 1:2, y a Cristo-Piedra en 2:4, 6. Lo de «sacerdocio regio» (comp. con Ap. 1:6; 5:10 y hasta 20:4) está tomado de Éxodo 19:6, y da a entender que todos los creyentes comparten con Cristo su oficio regio así como su oficio sacerdotal. Añade que somos gente (o nación. Gr. éthnos) santa, lo cual se halla también en Éxodo 19:6; Deuteronomio 7:6.
2. Con la expresión «pueblo para propiedad privada» hemos vertido el griego laós eis peripoíesin, frase que requiere un estudio más detenido:
(A) Con el vocablo «pueblo» se da a entender que todos los creyentes, sin diferencias de ninguna clase, forman la «Iglesia»; el pueblo (gr. laós) no lo forman solamente los llamados «seglares» o «laicos», término que, curiosamente, significa «del pueblo», «del pueblo de Dios», sino también los llamados clérigos, que, también curiosamente, significa los que son de las heredades (gr. klerón) del mismo Señor (v. en 5:3).
(B) El otro vocablo griego, peripoíesin, que ya salió en Efesios 1:14; 1 Tesalonicenses 5:9; 2 Tesalonicenses 2:14 y Hebreos 10:39 (el verbo de la misma raíz salió en Lc. 17:33; Hch. 20:28 y 1 Ti. 3:13), indica algo que se adquiere para poseerlo en exclusiva y que, para dar a entender que es de propiedad privada, se rodea (de ahí el prefijo perí) como de un vallado o, al menos, de unos linderos que delimitan el contorno de la posesión. Con la frase se nos da a entender que hemos sido adquiridos, comprados, por precio (1 Co. 6:20; 7:23) y que este precio ha sido la preciosa sangre de Cristo (1:19; Hch. 20:28).
3. En la segunda mitad del versículo 9, el autor sagrado añade a los oficios regio y sacerdotal de los creyentes el oficio profético. Los cristianos ejercen esta función profética cuando anuncian, como algo que les sale necesariamente de dentro (gr. exangueílete), lo que Dios ha hecho por ellos. En el verbo son de notar: (A) El prefijo ex, que denota eso que acabamos de decir. (B) El aoristo ingresivo, que indica algo que, desde el principio mismo de la conversión, debe ser un propósito firme del creyente. El griego aretás, que nuestras versiones traducen por «virtudes», tiene el sentido que el griego clásico da al término, lo mismo que el latín al vocablo virtus: algo que implica excelencia, valor y hasta heroísmo. A mi juicio, el término castellano que mejor lo expresa aquí es «proezas». El vocablo virtud procede del latín vir, varón, por lo que puede afirmarse que la verdadera virtud es un signo de virilidad en su connotación de algo prodigioso, digno de varones fuertes. Como se ha dicho muy bien, «la virtud sólo tiene de femenino el nombre». El plural aretás de nuestro texto nos recuerda los hechos admirables de Dios por medio de los cuales nos arrebató del dominio del poder de las tinieblas y nos transportó a su luz admirable, o, como dice Pablo (Col. 1:13), al reino del Hijo de su amor (lit.). Dice A. Stibbs: «Es una típica descripción que el Nuevo Testamento hace del cambio que el Evangelio de Cristo produce en las vidas de los convertidos del paganismo (cf. Hch. 26:18; Ef. 5:8; Col. 1:13)».
4. La terminología del versículo 10 hace alusión a Oseas 1:10; 2:23, de donde también Pablo la toma en Romanos 9:25, 26. «No-compadecida» y «No-mi pueblo» fueron los nombres que, por mandato de Dios, hubo de ponerles Oseas a una hija y a un hijo que tuvo de su infiel esposa Gómer. De ahí toma Pedro pie para decirles a sus lectores de extracción gentil que, por no pertenecer al pueblo judío, no habían pertenecido anteriormente al pueblo de Dios ni podían esperar de Dios las especiales misericordias de que disfrutaba el pueblo elegido. Pero, por la pura, libre y soberana gracia de Dios, y mediante la Obra de Cristo, eran ahora pueblo de Dios y habían alcanzado misericordia.
Versículos 11–12
De ahí pasa Pedro a exponer la condición de los cristianos en un mundo que no es su verdadera patria, pero en el que su fiel testimonio tiene un valor tremendo. Para animarles, comienza con un «Queridos».
Dicen así dichos versículos en la NVI: «Queridos amigos, yo os exhorto como a forasteros y gentes de paso por este mundo, a que os abstengáis de las pasiones pecaminosas (lit. concupiscencias carnales) que hacen guerra contra el alma. Observad entre los paganos una conducta tan ejemplar, que aun cuando os acusen de malhechores, puedan percatarse de vuestras buenas obras y, por ellas, dar gloria a Dios el día en que venga a visitarlos con su gracia».
1. Conocemos ya por otros lugares los dos términos griegos que Pedro usa para expresar la condición de los cristianos en el mundo: El primero (paroíkous) denota el estado legal del forastero que carece de los privilegios que comporta la ciudadanía de un país; el segundo (parepidémous), la situación «de paso» por un país en el que se reside temporalmente, como en peregrinaje. De esta manera es como hemos de considerarnos los cristianos en este mundo (comp. con Fil. 3:20; He. 13:14 y, en esta misma epístola, 1:1, 17).
2. De ahí que no debamos dejarnos subyugar por las pasiones o concupiscencias pecaminosas (comp. con Ro. 7:23; Stg. 4:1), propias de este mundo (comp. con 1 Jn. 2:15–17), el cual es enemigo de Dios y, por eso mismo, del pueblo de Dios. Este mundo pagano, enemigo de Cristo y de los cristianos, busca toda clase de pretextos para calumniar a los creyentes, tachándoles (v. 12) de malhechores (gr. kakopoión), término que Pedro repite en el versículo 14 y en 4:15, además del participio de presente kakopoioúntes de 3:17. Sabido es que los paganos, especialmente en Roma, atribuían a los cristianos toda clase de maldades.
3. El versículo 12 nos hace ver, no sólo la gloria que a Dios da la buena conducta de los cristianos, sino también el efecto que, con frecuencia, produce en los mismos enemigos esta buena conducta de los creyentes. Tras observar, una y otra vez (a veces, una sola vez), las buenas obras, llegan a concluir (eso indica la estructura misma de la frase griega) que eso es cosa de Dios y le glorifican a Él el día en que viene a visitarles con Su gracia. Lo de «con Su gracia» no está en el texto, pero la NVI lo ha añadido para dar el sentido, puesto que la visitación de Dios, expresión frecuente en la Escritura del Antiguo Testamento, puede tener dos sentidos: el de favor, consuelo o recompensa, y el de amenaza, reprensión o castigo. Aquí tiene el primer sentido, lo mismo que, por ejemplo, en Génesis 50:24; Éxodo 3:16; Lucas 19:44. Permítaseme referir una anécdota que leí en mi niñez: Un señor muy piadoso fue a visitar a un individuo que yacía, ya moribundo, en la cama de un hospital. El moribundo dijo al visitante: «Si usted supiera quién soy yo, no vendría a visitarme, pues yo soy el asesino de su padre». «Eso ya lo sabía yo antes de venir aquí», repuso el otro. Ante tal ejemplo de amor cristiano, el moribundo prorrumpió en sollozos y, en aquella hora suprema, a las puertas de la muerte, se convirtió de su criminal pasado y aceptó la fe que de tal manera cambia el corazón egoísta del ser humano.
Versículos 13–17
En estos versículos, el apóstol Pedro particulariza uno de los aspectos de una conducta auténticamente cristiana: La sumisión a las autoridades legítimas, aunque no entra en tantos detalles como Pablo en Romanos 13. Viene primero (vv. 13, 14) la exhortación. Después (vv. 15, 16) la apoya con fuertes razones. Termina (v. 17) con una exhortación general a comportarse con respeto y amor hacia todos.
1. La exhortación, según la traduce la NVI, dice así (vv. 13, 14): «Someteos por amor al Señor a toda autoridad instituida entre los hombres: ya sea al rey como suprema autoridad, ya sea a los gobernadores, que están como delegados suyos para castigar a los malhechores y elogiar a los hombres de bien».
(A) El original dice a la letra: «Someteos (un verbo frecuente en Ef. 5:22 y ss.) a causa del Señor a toda criatura humana», pero la comparación con Romanos 13:1 y Tito 3:1 nos da a entender claramente que el término griego ktísei ha de traducirse por institución, esto es, por «autoridad instituida». El propio contexto posterior singulariza sólo al rey, como autoridad soberana en el plano terrenal humano, y a los gobernadores, delegados del rey en las diversas provincias del Imperio en relación con la administración de la justicia y el mantenimiento del orden público. «A causa del Señor» indica siempre un motivo sobrenatural de conducta, pero, en el contexto presente, son posibles también otras tonalidades. Dice Salguero: «Porque toda autoridad procede de Dios (v. Ro. 13:1–7) y porque el Señor así lo quiere, como dirá después (v. 15); o también porque Jesús ha dado ejemplo, sometiéndose a la autoridad del gobernador Poncio Pilatos (Mt. 27:2; Lc. 23:1 y ss.), y lo ha ordenado así a sus discípulos (Mt. 22:21 y ss.)».
(B) La mención de las funciones que ejercen el rey y los gobernadores del Estado no significa que los cristianos hayan de someterse a las autoridades únicamente cuando éstas cumplan perfectamente con sus funciones respectivas, pues entonces se abriría la puerta a toda interpretación subjetiva acerca del uso o abuso de la autoridad (la historia nos ofrece muchos y tristes ejemplos de las consecuencias que acarrea tal mentalidad: sublevaciones, guerras civiles, asesinato de personas constituidas en autoridad, etc.). El creyente cristiano está obligado a someterse a las autoridades y acatar el régimen constituido mientras no se le quiera forzar a hacer algo que es claramente contrario a la voluntad de Dios (v. Hch. 4:19, 20; 5:29). Siempre conviene recordar que el emperador romano, cuando Pedro escribía esto, era Nerón, el perverso tirano.
2. Las razones con que Pedro apoya su exhortación son dos, y ambas expresan la voluntad de Dios al respecto: La eficacia del buen testimonio y el correcto ejercicio de la verdadera libertad. Dicen así los versículos 15 y 16 en la NVI: «Porque la voluntad de Dios es que, obrando el bien, reduzcáis al silencio las palabras, llenas de ignorancia, de los insensatos. Vivid como personas libres, pero no uséis de vuestra libertad para encubrir la maldad, sino portaos como siervos de Dios».
(A) Aunque la práctica del bien no siempre hace callar a los maliciosos, al menos les pone en evidencia de tal forma que resulta como una mordaza, puesta a su ignorancia e insensatez. El verbo griego phimoún, que Pedro usa aquí, es el mismo que Mateo usa para describir la forma en que Jesús hizo callar a los fariseos (Mt. 22:34). También sale en Marcos 1:25; Lucas 4:35 para describir lo mismo con respecto a los espíritus inmundos, y en Marcos 4:39 con respecto a la mar encrespada. Literalmente significa «poner un bozal o mordaza».
(B) En cuanto a la ignorancia a que se refiere aquí Pedro, hace notar A. Stibbs que el vocablo griego no es el corriente ágnoia (v. en 1:14, entre otros lugares), sino agnosía, que sólo ocurre aquí y en 1 Corintios 15:34 y que «insinúa, dice Stibbs, una posible obstinada falta de voluntad para aprender o aceptar la verdad». A estos ignorantes llama Pedro insensatos (gr. áphrones, lo contrario de sóphrones). Es el mismo vocablo de Efesios 5:17, entre otros lugares, y denota la falta de reflexión y de discernimiento que puede esperarse de quienes carecen de prudencia y de modestia. Son los que, como suele decirse, «no ven más allá de sus narices». Dice Stibbs: «Toda la frase se refiere a la clase de habladores que denigran la religión sin razón y sin conocimiento».
(C) La segunda razón por la que los cristianos deben comportarse bien, ya que la voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Ts. 4:3), es porque ésta es la manera correcta de usar la libertad con que Cristo nos hizo libres (v. 16, comp. con Gá. 5:1, 13). Pedro hace la salvedad, como Pablo en Gálatas 5:13, de que nuestra libertad no puede ser licencia, no es como una cobertura (gr. epikálumma) con que se tapan ocultas maldades, sino la libertad propia de los siervos (doúloi, esclavos) de Dios (comp. con Ro. 6:12– 23). La suprema libertad es la total dependencia de la infinitamente santa, sabia y poderosa voluntad de Dios.
3. El autor sagrado cierra esta porción con una exhortación que cubre un ancho campo de responsabilidades del creyente con relación a Dios y al prójimo: «Mostrad a todos el debido respeto, amad la hermandad de los creyentes, tened temor de Dios y honrad al rey» (NVI). La paráfrasis que la NVI hace aquí deja tan claro el sentido del versículo 17 que apenas se necesita ningún comentario. Sin embargo, me permito extraer algunas ideas iluminadoras y provechosas que aporta el magnífico comentario de R. Franco. Este autor hace ver que el primer imperativo está en aoristo, con lo que los otros tres, en presente, podrían considerarse como una «explicación de la norma general del primero», pero el orden (hermanos, Dios rey) parece ir contra esta explicación. Quizás, dice él, se deba a «meras razones eufónicas». La «hermandad de los creyentes» (NVI) o «fraternidad» (gr. adelphótes, vocablo que sale únicamente aquí y en 5:9, es el nombre que Pedro da aquí a la comunidad cristiana. Dice Franco: «La insistencia en la necesidad del amor fraterno (1:22; 3:8) le ha llevado a escoger este término para designar la Iglesia». La última parte del versículo 17: «Tened temor de Dios y honrad al rey» se halla en Proverbios 24:21, pero con una notable diferencia que R. Franco explica así: «Mientras aquí (en Pr. 24:21) se dice: “teme, hijo, a Dios y al rey”, San Pedro, partiendo del sentido religioso del temor como actitud fundamental cristiana (1:17; cf. Mt. 10:28), reserva el temor exclusivamente para Dios».
Versículos 18–25
Esta porción comienza (vv. 18–21a) con una exhortación a los criados (gr. oikétai, domésticos) para que sean sumisos a sus amos y pacientes para soportar las molestias que la servidumbre pueda acarrearles. Esto lleva a Pedro a proponer como ejemplo al Señor Jesucristo (vv. 21b–25). Dividimos, pues, en dos puntos esta sección.
1. Dicen los versículos 18–21a en la NVI: «Vosotros, criados, someteos a vuestros amos con todo respeto, no sólo a los buenos y comprensivos, sino también a los difíciles de soportar. Porque es digno de elogio el soportar por consideración a Dios, las vejaciones injustamente inferidas. Porque, ¿qué gloria es la vuestra, si aguantáis los golpes que recibáis por obrar mal? En cambio, si sufrís por hacer el bien y lo aguantáis, eso es grato a los ojos de Dios. A esto fuisteis llamados».
(A) Lo primero que llama la atención en estos versículos es que Pedro no se dirige a los siervos con el acostumbrado epíteto de doúloi, esclavos, sino que los llama oikétai, domésticos. Pero esto no nos debe llamar a engaño, pues el término griego designaba a los esclavos que estaban dedicados a las labores domésticas, en contraposición a los que hacían sus trabajos fuera de casa. Estos esclavos eran, pues, los que estaban encargados de los oficios que caían de lleno bajo la supervisión de los amos y de sus esposas.
(B) El apóstol les exhorta, como a creyentes que deben, en todo momento y lugar, dar buen testimonio de su profesión cristiana, a comportarse con obediencia y sumisión, no sólo con los amos que son cariñosos y comprensivos, sino también con los que son duros y difíciles en su trato con los buenos criados. Dice que deben hacerlo «a causa de la conciencia de Dios» (lit.), esto es, «por consideración a Dios» (NVI) o «por sentido de responsabilidad para con Dios» (versión de R. Franco). Los puntos de vista de Pedro a este respecto son los mismos de Pablo en Efesios 6:5–8
(C) En efecto, continúa diciendo el autor sagrado, eso es lo que tiene mérito (v. 19), lo que merece aprobación (lit. eso es gracia), donde el griego kháris tiene el mismo sentido que en Lucas 6:32–34: sufrir por obrar bien, ya que, ¿cuál es la gloria (gr. kléos, honor o mérito) del que sufre por obrar mal, soportando así un castigo merecido? (v. 20). En cambio, soportar las bofetadas o los azotes (éstos eran los más leves castigos que sufrían los esclavos a manos de amos—gr. despótais—duros), por algo inmerecido, esto sí era algo que merece aprobación (de nuevo, kháris, en el mismo sentido del v. 19) a los ojos de Dios.
(D) La frase inicial del versículo 21 dice textualmente: «Porque a (gr. eis) esto fuisteis llamados».
¿Qué quiere decir? ¿Que fuimos llamados a recibir bofetadas? No directamente, puesto que nuestro llamamiento fue para la «luz admirable» de Dios (v. 9, al final) y «para su gloria eterna en Jesucristo» (5:10), pero este llamamiento comporta con mucha frecuencia el sufrimiento por hacer el bien, por lo que Pedro puede muy bien decir que también eso entraba en nuestro llamamiento.
2. A continuación, Pedro propone el admirable ejemplo de Jesucristo (vv. 21b–25): «Porque Cristo padeció por vosotros, dejándoos la ruta señalada para que siguieseis sus huellas paso a paso. “Él no cometió pecado, ni se encontró falsía en su boca.” Cuando le insultaban, no respondía con insultos; cuando estaba padeciendo, no profería amenazas, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia. Él mismo cargó con nuestros pecados sobre su cuerpo, poniéndolos sobre el madero de la cruz, para que nosotros muramos a los pecados y vivamos para la rectitud. Por sus heridas fuisteis curados. Porque erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis retornado al Pastor y Guardián de vuestras almas» (NVI). Muchas y profundas son las enseñanzas contenidas en estos versículos.
(A) La lectura (v. 21) «… por vosotros, dejándoos»… es la mejor atestiguada en los MSS más importantes. Como era de prever, los copistas (y así aparece en algunos MSS) optaron por leer: «… por nosotros, dejándoos»… o «por nosotros, dejándonos»… (así aparece en las ediciones de la RV anteriores a la de 1977). A primera vista, choca ciertamente que Pedro no se incluya a sí mismo en esa afirmación, y esto es lo que, sin duda, desorientó a los copistas, pero el motivo está en que la exhortación está dentro de un contexto que no le afecta a Pedro, pues trata de la sumisión paciente que los esclavos han de prestar a sus amos y, por eso, a ellos es presentado directamente el ejemplo de Cristo paciente. Que Pedro no se excluye del beneficio que comportó la obra del Calvario, se ve por el versículo 24, donde se incluye él en primera persona del plural.
(B) Dice Pedro que Jesucristo, al padecer por nosotros, nos dejó un modelo (gr. hupogrammón, escrito por debajo, es decir, calcado). El verbo mismo que el autor sagrado usa para lo de «dejándoos» es un sinónimo de hupoleipo (hupolimpánon, en participio de presente) y significa «dejar en pos de sí» algo que queda señalado, marcado; de forma que no hay peligro de equivocar las pisadas, pues no son huellas en la arena. También es digno de observación especial el verbo que usa para lo de «sigáis»; no es el ordinario akolouthéo, que sale unas 90 veces en el Nuevo Testamento, sino un compuesto muy interesante, epakolouthéo, que sólo ocurre cuatro veces: en Marcos 16:20; 1 Timoteo 5:10, 24 y aquí, y significa «seguir muy de cerca», como poniendo los pies directamente en las huellas del otro. El verbo está en aoristo de subjuntivo y en segunda persona de plural (epakolouthésete), una prueba más de que la lectura «por vosotros, dejándoos» del mismo versículo 21 es la correcta. Pedro tendría en cuenta, al escribir esto, textos como Juan 13:7, 15, 36; 21:18 19, 22.
(C) En los versículos 22–25, el autor sagrado usa no menos de cinco citas (explícitas o implícitas) de Isaías 53. Así vemos que:
(a) El versículo 22 nos trae a la memoria Isaías 63:9. Como Pedro mismo ha dicho (1:19), Jesús era un cordero sin mancilla y sin defecto (NVI); no faltó, dice Pedro, ni de obra ni de palabra; al contrario, pasó haciendo el bien (Hch. 10:38) y tenía palabras de vida eterna (Jn. 6:68b). Por no tener pecados propios, no mereció sufrir por sí mismo, pero precisamente por eso mismo, pudo llevar sobre sí los pecados ajenos (v. 24).
(b) El versículo 23 corresponde a Isaías 53:7, aunque va mucho más allá, pues no sólo tiene en cuenta lo de que no abrió su boca al ser llevado al suplicio, sino que Pedro alude implícitamente a todo lo que Cristo sufrió en su Pasión, al guardar completo silencio ante los insultos que eran proferidos contra Él (v. Mt. 26:63; 27:12–14; Mr. 14:61, 65; 15:5; Lc. 23:9, 34). Lo de que «se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia» (v. 23b. NVI) expresa muy bien el sentido del original, que calla el término directo del verbo paredidou, entregaba, con lo que se expresa mejor la cita de Isaías 53:6, 12 (según los LXX) y hasta se llega a entrever la paradoja de 2 Corintios 5:21, al entender el oculto término directo del verbo «entregaba» como referido a sí mismo: «(se) entregaba al que juzga (participio de presente) justamente» (lit.). V. Lucas 23:46; Juan 19:30.
(c) El versículo 24 hace referencia a Isaías 53:4, 5. Cada palabra contiene un abismo de doctrina: El verbo llevó (gr. anénenken) se usa generalmente como término de carácter sacrificial (es el mismo de 2:5 y He. 7:27). Pedro recalca que fue Él mismo (Cristo) quien ofreció el sacrificio, pues llevó su cuerpo al altar de la Cruz cargado con nuestros pecados. Pedro dice literalmente que «llevó nuestros pecados en su cuerpo a sobre (epi con acusativo, idea de movimiento) el madero». En otras palabras, y esto es importante: Dios no le puso encima nuestros pecados cuando ya estaba en la Cruz, sino que subió a ella cargado ya con los pecados de la humanidad; sin esa carga previa, no habría podido recibir la maldición del colgado (v. Gá. 3:13).
(d) Pedro continúa diciendo (v. 24b) que la muerte de Cristo tuvo por objeto, no sólo librarnos de la condenación que sobre nosotros pesaba a causa de nuestros pecados, sino tambien para que alejándonos de los pecados viviésemos para la justicia (lit.). El verbo apoguenómenoi (participio de aoristo, de una vez por todas; comp. con Ro. 6:10–12) no ocurre en ningún otro lugar de la Biblia Griega, y expresa la idea de «partir» en el sentido de «marcharse de este mundo», por lo que las versiones lo traducen por
«muriendo» o «muertos». Es lo mismo que pone de relieve Pablo en todo el capítulo 6 de Romanos,
especialmente en los versículos 2, 12–18.
(e) Termina el versículo 24 con una frase que nos recuerda lo que dice Isaías 53:5 «Por su azotaina, hubo curación para nosotros» (lit.). El léxico de Pedro en esa frase es el mismo de los LXX en Isaías 53:5. El griego mólops significa las moraduras que produce una azotaina. El autor sagrado recordaba, sin duda, los numerosos azotes que Jesús recibió antes de ser llevado al Calvario y, movido por el Espíritu Santo, vio en eso el cumplimiento de la profecía de Isaías. A. Stibbs cita una bella frase de Teodoro:
«Nuevo y extraño método de curar; el médico sufrió el costo, y el enfermo recibió la curación».
(f) El versículo 25 se abre con una referencia a Isaías 53:6, donde vemos la condición general de la humanidad: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas», dice el profeta. Pedro dirige estas palabras a sus lectores, no para decir lo que son, sino lo que eran: «erais como ovejas descarriadas» o, más exactamente, «estabais descarriados como ovejas» (lit.), es decir, como ovejas «sin guía, sin defensa, sin pastor» (Salguero). El verbo que expresa el «retorno» al Pastor es el ya conocido epistrépho, con el que el Nuevo Testamento describe la conversión a Dios (v. Hch. 3:19; 9:35; 11:21; 14:15; 15:19; 26:18, 20; 28:27; 2 Co. 3:16; 1 Ts. 1:9; Stg. 5:19, 20 y aquí). Está en aoristo de indicativo de la voz pasiva, lo cual da a entender claramente que la conversión es obra de la gracia de Dios. Pedro llama a Cristo «el Pastor y Guardián» (gr. epískopon) de vuestras almas (v. 25, al final). Véase el comentario a 5:1–4 y compárese también con Hechos 20:17, 28, por donde vemos que los términos griegos Poimén (Pastor) y Epískopos (Guardián o Supervisor) no son, en realidad, dos títulos diferentes, sino que el segundo como hace ver A. Stibbs, «es una descripción de la función del Pastor». Podemos suponer que Pedro recordaba, al escribir esto, lo que el propio Señor había dicho en Juan 10, especialmente en el versículo 16, donde se hace evidente que el Pastor que da unidad al rebaño no es el Papa (v. también los vv. 4–8), sino Jesucristo mismo.
En este capítulo, siguiendo con las normas de conducta para los creyentes, Pedro: I. Trata de los deberes conyugales (vv. 1–7). II. Basado en Salmos 34:12–16, hace un resumen de lo que debe ser la conducta del cristiano (vv. 8–12). III. Expone la forma en que los creyentes deben comportarse bajo el sufrimiento (vv. 13–17), y IV. Vuelve a poner por ejemplo a Jesucristo en un pasaje tan lleno de doctrina como de grandes dificultades exegéticas (vv. 18–22).
Versículos 1–7
En estos versículos, Pedro trata de los deberes conyugales, dirigiéndose primero (vv. 1–6) a las mujeres, y después (v. 7) a los maridos. No puede menos de notarse la gran diferencia entre esta porción y la de Pablo en Efesios 5:22 y ss. Mientras Pablo dedica mucho más espacio a los maridos que a las mujeres, Pedro dedica muchisímo más a las mujeres que a los maridos. Es cierto que el enfoque es distinto, como distinto es el contexto en uno y otro de los pasajes: en Efesios 5, todo el pasaje está dominado por la llenura del Espíritu (Ef. 5:18 y ss.), mientras que aquí lo que impera es la razón de «buen testimonio», cómo ganar al otro y dar gloria a Dios (v. el resto del cap. 3 y todo el cap. 4). El autor sagrado hace ver a las mujeres cristianas: 1) Que la sujeción amorosa a los maridos es el mejor método para ganarlos (vv. 1, 2). 2) Que la modestia en el vestir, junto con la mansedumbre interior, es el atavío en que Dios se complace (vv. 3–6).
1. Dicen así los versículos 1 y 2 en la NVI: «Vosotras, mujeres, de la misma manera sed sumisas a vuestros maridos, a fin de que, si algunos se muestran reacios a creer en la Palabra, sean ganados sin palabras por la conducta de sus esposas, al observar de cerca la pureza y el respeto con que os comportáis».
(A) De la misma manera no significa que las esposas hayan de someterse a sus maridos del mismo modo que los esclavos a sus amos, sino que, como en otros lugares, equivale a «también» (comp. con el «igualmente» de Lc. 13:3, 5).
(B) El verbo para expresar la sumisión de las esposas es el mismo de Efesios 5:22, donde puede verse el comentario.
(C) Por lo que vemos, Pedro da a entender que algunas de las mujeres creyentes tenían maridos inconversos y quiere que los ganen para el Señor por medio de la sumisión amorosa y del respeto obsequioso, más bien que con «sermones» que no van refrendados por un afecto sincero. El verbo con que Pedro expresa la forma en que los maridos se percatan del comportamiento de sus esposas es el mismo (y son las dos únicas veces que tal verbo sale en el Nuevo Testamento) de 2:12, y denota una observación atenta que produce un efecto rápido (pues el verbo está en participio de aoristo). Dicho comportamiento (el conocido vocablo anastrophe’) es descrito como «puro» (hagnén, el mismo término de 1 Jn. 3:3) y «en temor» (lit.), esto es, respetuoso.
2. De ahí pasa el autor sagrado a exponer más detalladamente en qué consiste, en su manifestación al exterior, la pureza y la sumisión de las esposas a sus maridos: en el atavío modesto y el respeto cotidiano. Dicen así los versículos 3–6 en la NVI: «Vuestra belleza no debe surgir de adornos exteriores, tales como un trenzado de cabello y un enjoyarse de oro o ponerse suntuosos vestidos, sino que debería brotar del interior de vuestra propia personalidad: la inmarcesible belleza de un carácter suave y apacible, que es lo que tiene verdadero valor a los ojos de Dios. Porque de esta manera es como hacían resaltar su belleza las santas mujeres del pasado, que tenían puesta su esperanza en Dios. Vivían sumisas a sus maridos, como Sara, que obedecía a Abraham y le llamaba su señor. Vosotras sois sus hijas en la medida en que obréis el bien y no cedáis a ninguna intimidación».
(A) Como Isaías en su tiempo (v. Is. 3:18–24; comp. con 1 Ti. 2:9, 10), también Pedro hace ver (vv. 3, 4) a las mujeres que la modestia en el vestir y adornarse es del agrado de Dios, mientras que los excesos en esta materia denotan superficialidad de carácter y hasta muestran una lasciva coquetería. La verdadera belleza de la mujer, dice Pedro, brota del interior, del «ser humano oculto del corazón» (lit.), del manantial mismo de toda la conducta (comp. con Ef. 3:16). Allí es donde anida «lo incorruptible de un espíritu manso y tranquilo» (lit.). Al citar a M. Sales, dice Salguero: «La dulzura y la modestia son el más bello adorno de la mujer cristiana y contribuyen a la paz y al buen orden de la familia».
(B) Pedro prosigue diciendo que así es como se adornaban las santas mujeres del pasado (v. 5),
«santas» especialmente porque pertenecían al pueblo escogido y así habían hecho del Dios de Israel el objeto de su confianza. El autor sagrado singulariza a Sara (v. 6) como ejemplo de sumisión al marido, fijándose especialmente en el respeto que mostraba a su marido, llamándole «mi señor» (v. Gn. 18:12). Por cierto, lugares como Génesis 16 nos muestran que el carácter de Sara dejaba mucho que desear, pero, lo mismo que en Hebreos 11, Pedro hace resaltar el «lado bueno» de las personas, dándonos un buen ejemplo a todos los que estamos más o menos inclinados a poner de relieve el «lado malo» de otros, quizás por una secreta envidia mal enmascarada.
(C) De la misma manera que los verdaderos descendientes de Abraham no son los que de él proceden según la carne, sino los que imitan su fe (comp. con Ro. 4:16; 9:8), así tampoco son hijas de Sara las mujeres que de ella descienden según la carne, sino las que la imitan en su obediencia y respeto al marido. La última frase del versículo 6: «no temiendo (participio de presente) ninguna intimidación» (lit.) muestra que el carácter de la esposa cristiana incluye la fortaleza juntamente con la mansedumbre y la dulzura. La frase parece calcada de Proverbios 3:25 en la versión de los LXX, que dice: «No temerás la intimidación (los mismos vocablos que aquí) que sobrevenga». Dice Salguero: «El autor sagrado debe de pensar, sin duda, en las amenazas con las que un marido pagano podía intimidar a su mujer. En la prueba, la mujer cristiana no ha de inquietarse por nada, antes bien ha de conservar la serenidad, preocupándose únicamente por hacer el bien y agradar a Dios».
3. Tras de la exhortación a las esposas cristianas, viene la que Pedro hace a los esposos cristianos (v. 7). Es un solo versículo, pero lleno de detalles interesantes y muy prácticos: «Maridos, sed igualmente comprensivos al convivir con vuestras esposas y tratadlas con respeto como a seres humanos más frágiles y como a coherederas vuestras del gratuito don de la vida, a fin de que así no haya nada que obstaculice la eficacia de vuestras oraciones» (NVI).
(A) El igualmente del versículo 7, como el que encabeza el versículo 1, da a entender que también los maridos tienen obligaciones hacia las esposas, no que las obligaciones sean iguales (v. el comentario al v. 1). Pedro exhorta a los maridos cristianos a cohabitar (participio de presente), vocablo que incluye todos los aspectos físicos, psíquicos y espirituales de la vida cotidiana, comprensivamente (gr. katá gnósin. Lit. según conocimiento), es decir, con la prudencia y comprensión basadas en un buen conocimiento del carácter peculiar de la mujer. Por supuesto, este conocimiento supone tambien, según el uso constante del Nuevo Testamento, el conocimiento experimental de Dios.
(B) Este conocimiento de la propia mujer está basado, según Pedro, en dos consideraciones fundamentales: (a) En lo natural, la fragilidad característica del llamado «sexo débil»; el vocablo griego, en efecto, significa «más débil», lo cual tiene una marcada connotación física, aunque no debe marginarse la idea de debilidad psíquica por la que la mujer es, por su receptividad, más sugestionable: expuesta a la seducción (v. 2 Co. 11:3; 1 Ti. 2:14, muy interesante para clarificar el contexto anterior), por lo que necesita la protección de su marido (v. Ef. 5:28, 29). (b) En lo sobrenatural, en cambio, la igualdad es completa (aquí es donde tiene aplicación lo de «no hay varón ni mujer» de Gá. 3:28): Las mujeres son coherederas, sin distinción alguna, de la gracia de la vida (lit.), esto es, del don gratuito de la vida eterna que Dios imparte por igual a hombres y mujeres que, por fe, se allegan a Cristo (2:4).
(C) La frase final es de una importancia práctica enorme: «a fin de que vuestras oraciones (gr. proseukhás, súplicas, oraciones de petición especialmente) no sean obstaculizadas» (lit.). La metáfora es sumamente expresiva: Pedro contempla a los esposos cristianos orando juntos, como debe ser (los unidos en oración, difícilmente se separan en acción). Si las mujeres prestan a los maridos el debido respeto, y los maridos a las mujeres la debida consideración (comp. con Ef. 5:22 y ss.), esas oraciones suben al trono de la gracia sin estorbos en el tráfico que va en dirección al cielo (¡hacia arriba!). Pero si hay disensión, resentimiento, rencillas sin solucionar ni perdonar (como heridas no vendadas), esas oraciones hallan un estorbo, una como barrera, en su ascenso; las señales de «tráfico» pregonan un «desvío». Donde no hay «sinfonía» de voces (v. el comentario a Mt. 18:19), no puede esperarse el aplauso del cielo. En realidad, tal oración es un acto de la peor hipocresía (comp. con Mt. 5:22–24). ¡Juzguen los hermanos lectores por su propia experiencia!
Versículos 8–12
En la presente porción, el autor sagrado, basándose en Salmos 34:12–16 resume sus exhortaciones a observar una conducta genuinamente cristiana. Viene primero la exhortación (vv. 8, 9) y, después, la cita de la Escritura del Antiguo Testamento (vv. 10–12).
1. Dicen los versículos 8 y 9: «Finalmente, vivid todos vosotros en armonía unos con otros; sed simpáticos, afectuosos con los hermanos, tened entrañas de compasión y sed humildes. No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; al contrario, responded siempre con bendiciones, porque en orden a esto fuisteis llamados, para poseer en herencia una bendición» (NVI, exactamente fiel al original).
(A) «Finalmente (gr. to de telos) es una expresión de resumen de lo dicho, a la vez que, en el caso presente, ofrece una gama de facetas ampliamente inclusiva de todos los aspectos en que se manifiesta la verdadera generosidad cristiana.
(B) Todos los vocablos griegos son sumamente expresivos (v. 8): (a) homóphrones indica un mismo sentir. Es la única vez que tal vocablo ocurre en el Nuevo Testamento, pero la raíz «phron» nos conduce al verbo phroneíte de Filipenses 2:5. (b) Sumpatheís, que la NVI ha vertido por «simpáticos», no tiene el sentido que hoy tiene tal vocablo castellano, sino que cala más hondo; su etimología es «padecer con» y su verdadero sentido bíblico puede verse en el verbo sumpathésai de Hebreos 4:15 (v. el comentario a dicho lugar). Es ésta la única vez que el adjetivo sumpathés sale en el Nuevo Testamento (c) Philádeiphoi son los que sienten afecto fraternal y, aunque como los vocablos anteriores, es la única vez que sale en el Nuevo Testamento; el sustantivo de la misma raíz, philadelphía, es uno de los favoritos de Pedro, pues de las seis veces que sale en el Nuevo Testamento, tres son de su pluma (1:22 y, dos veces, en 2 P. 1:7). (d) Eúsplankhnoi, de buenas entrañas, sale únicamente aquí y en Efesios 4:32, pero el verbo y el nombre sustantivo de la misma raíz (splankh) ocurren 23 veces; el verbo se refiere siempre al Señor Jesucristo. (e) Tapeinóphrones, humildes, es un adjetivo que ocurre únicamente aquí, pero el sustantivo de la misma raíz y formación sale siete veces en el Nuevo Testamento. El «amigables» de la Reina-Valera es incorrecto.
(C) Tras esta lista de cristianas cualidades, Pedro añade (v. 9), en breves frases, otras que son lógica consecuencia de las anteriores: (a) No devolviendo mal por mal (lit. Comp. con Mt. 5:39; Ro. 12:17; 1 Ts. 5:15). (b) O insulto por insulto (gr. loidoría). Anteriormente (2:23) había puesto el ejemplo de Cristo con relación a esto (v. también Mt. 5:44; Lc. 6:28; Ro. 12:14; 1 Co. 4:12 y ss.). (c) En lugar de devolver mal por mal y ultraje por ultraje, los cristianos han de devolver bendición, lo cual, dice A. Stibbs, «incluye las ideas de hablar bien de los que hablan mal de nosotros, de mostrarles una bondad activa, esto es, impartiéndoles cosas de bendición, y rogando la bendición de Dios sobre ellos». La frase final del versículo 9, «pues para esto fuisteis llamados» es la misma que la de 2:21 (con la ligera diferencia de la conjunción: hoti, aquí, en lugar del gar de 2:21). También es diferente el objetivo del llamamiento en uno y otro caso: en 2:21, era portarse cristianamente sean cuales sean las consecuencias, en 3:9b, heredar la bendición (lit.). Dice R. Franco: «La “bendición” que heredan los cristianos es el compendio de todas las promesas mesiánicas (Gá. 3:9; Ef. 1:3) y su carácter escatológico colorea de sentido trascendente la cita del Salmo 33 (en los LXX; 34, en el hebreo. El paréntesis es mío) en los versículos siguientes».
2. Viene a continuación (vv. 10–12) la cita de Salmos 34:12–16 con que apoya Pedro lo que acaba de recomendar. Dicen así dichos versículos en la NVI: «Quienquiera que tenga apego a la vida y desee disfrutar de días felices, ha de refrenar su lengua del mal y sus labios de hablar engaño. Debe apartarse del mal y practicar el bien; ha de buscar la paz y procurarla con empeño. Porque los ojos del Señor velan por los justos y sus oídos están alerta a sus oraciones, pero el rostro airado del Señor persigue a los que obran el mal».
(A) La variante más notable que observamos en el texto original es el cambio que Pedro hace de la segunda persona a la tercera. La razón es porque Pedro comienza la cita de forma indefinida («el que quiera». Lit.), mientras que el salmista (según los LXX, que en esto siguen al hebreo) comienza con la pregunta: «¿Quién es el varón que desea …?», para pasar enseguida al uso de la segunda persona:
«refrena tu lengua de hablar el mal …».
(B) Pero el cambio fundamental de perspectiva que la cita adquiere en la pluma de Pedro se debe al distinto sentido que el vocablo «vida» (v. 10, comp. con Sal. 34:13) tenía para los judíos que leían el salmo y el que tenía para los lectores de la Epístola de Pedro. En el salmo, la vida que allí se contempla es la vida temporal, larga y próspera, mientras que, en la pluma de Pedro, recibe una tonalidad mucho más profunda: es la vida digna de vivirse, vida en la que no cabe el aburrimiento ni la frustración (comp. con Ec. 2:17).
(C) También la retribución que Pedro contempla es diferente de la que el salmista proclama. En Pedro, el final del versículo 9 tiñe de sentido escatológico la vida que cita del salmo, con lo que la protección que Dios tiene de los suyos (v. 12, comp. con Sal. 34:15) incluye la continua preservación para la gloria futura (v. Jn. 10:28, 29), mientras que el castigo de los malos sobrepasa los límites de esta vida, por lo que Pedro se calla la segunda parte del versículo 17 del salmo (v. 16 en nuestras versiones), pues en ella se alude a un castigo meramente terreno, temporal: «para exterminar de la tierra la memoria de ellos». Lo esencial en ambos casos es el agrado con que Dios se complace en los justos y el desagrado que siente hacia los malvados.
Versículos 13–17
En estos versículos, el autor sagrado expone la forma en que deben conducirse los cristianos bajo el sufrimiento. Su pensamiento puede reducirse a lo siguiente: I) Los que obran el bien cuentan con la protección de Dios (vv. 13, 14a). 2) Por lo cual no tienen por qué temer nada ni a nadie, sino aprovechar las ocasiones para dar un buen testimonio (vv. 14b–16). 3) Padecer al hacer el bien es mejor que gozar al hacer el mal (v. 17).
I. Dicen los versículos 13, 14a en la NVI: «Así que ¿quién os va a hacer daño, si vosotros sois entusiastas partidarios de promover el bien? Con todo, si padecéis a causa de vuestra rectitud, felices de vosotros».
(A) Pedro sigue aquí la misma línea de pensamiento de 2:19 y ss.; 4:15 y ss. El cristiano no tiene por qué entristecerse si sufre por hacer el bien, sino más bien tiene motivo para alegrarse. Quizás el versículo 13 sea un eco lejano de Proverbios 16:7, por lo que algunos autores piensan que el autor sagrado (como en 2:14) da a entender que no es probable que alguien haga daño a quien hace el bien. Así debería ser, por lo que Pedro, según esta opinión, revelaría su hondo optimismo «que se resiste a creer que alguien pueda hacer el mal al que busca el bien» (R. Franco).
(B) Pero, ¿es eso lo que la experiencia nos enseña? La reserva con que comienza el versículo 14 da a entender que el autor sagrado no se hacía ilusiones: Los cristianos, a pesar de hacer el bien, pueden ser realmente maltratados. Pero, aun en ese caso (nótese el modo optativo en el verbo páskhoite), «dichosos» (gr. makárioi) dice lacónicamente el original.
(C) Esto significa, ni más ni menos, que el daño que un creyente pueda sufrir por hacer el bien no es daño real, sino una bendición, ya que está siguiendo muy de cerca las pisadas del Maestro (2:21); más aún, es Cristo, el que vive en él, quien está sufriendo en él (v. Gá. 2:20; Col. 1:24). Si «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Ro. 8:28), ¡cuál no será la bendición de los hijos de Dios que así glorifican a su Padre Celestial por medio del sufrimiento injustamente infligido! «Dichoso», como hace ver Stibbs, «no significa “sentirse deleitado”, sino “gozar de un alto privilegio”».
2. De ahí pasa Pedro a decir (vv. 14b–16) que los cristianos que así están expuestos a los malos tratos no tienen por qué temer, sino más bien deben glorificar a Cristo y aprovechar las ocasiones de dar buen testimonio de palabra y de obra. Dicen esos versículos en la NVI: «No tengáis miedo de sus amenazas ni os pongáis a temblar; por el contrario, reconoced en vuestro interior a Cristo como al Señor santo, y estad siempre preparados para dar una respuesta adecuada a cualquiera que os pida una explicación de la esperanza que abrigáis; pero habladle con amabilidad y respeto y con la conciencia limpia, a fin de que los que critican vuestro buen comportamiento en Cristo, queden avergonzados de sus calumnias».
(A) En consonancia con el contexto anterior, Pedro usa (v. 14b) frases semejantes a las que Isaías (Is. 8:12b, 13) registró de parte de Jehová, quien le animaba a no temer las amenazas del rey Ajaz y del pueblo mismo. Es probable que Pedro recordara también las palabras de Jesús en el Aposento Alto (Jn. 14:27, comp. con Mt. 10:28; Ro. 8:18).
(B) En Isaías 8:13 se habla de santificar a Jehová de las huestes. Pedro dice (v. 15), según los MSS de mayor crédito, «santificad en vuestros corazones como Señor al Cristo» (lit.), con lo que pone al Señor Jesucristo al mismo nivel de Jehová, reconociéndole así implícitamente como a Dios. Santificar, lo mismo aquí que en Isaías 8:13, significa reconocer y mostrar que Dios (aquí, Cristo) es el único a quien hay que temer y del que hay que esperar salvación.
(C) Sin temor a nada ni a nadie más que a Dios, el cristiano puede y debe tener la serenidad suficiente, estar bien preparado (se incluye, por supuesto, la necesaria preparación doctrinal) para dar respuesta adecuada (gr. apologuían, defensa—aquí, mejor que disculpa—). Nótese que Pedro no dice que hayan de dar una explicación (gr. lógon, razón) de su fe, sino de su esperanza. Dos motivos pudo tener el autor sagrado para decir «esperanza» en lugar de «fe»: (a) La costumbre de Pedro de caracterizar la religión cristiana como una esperanza gloriosa (v. 1:3, 13:21; 3:5, 15). (b) El aliciente especial que la esperanza ofrece, pues añade al objeto de la fe el matiz de deseable. En realidad, sobre todo hoy, a la gente del mundo los artículos de fe le interesan muy poco o le parecen todos igualmente buenos o igualmente malos; en cambio, todo el que observa atentamente la conducta de un cristiano consecuente, se pregunta: «¿Qué es lo que espera de la religión esta persona? ¿Por qué no “corre con nosotros”?» (4:4).
(D) Para que tal explicación de nuestra esperanza sea efectiva, el autor sagrado dice (v. 16, en el texto griego) que ha de hacerse: (a) con amabilidad (lit. con mansedumbre). El talante agresivo y las palabras airadas no son propias del creyente sincero, sino del fanático, quien, como decía Santayana, suple con el grito lo que le falta de razón; (b) con respeto (lit. temor), es decir, sin la arrogancia ni la autosuficiencia de quien se cree saberlo todo y no está dispuesto a escuchar las razones de nadie. El cristiano, en esto como en todo, ha de saber escuchar, lo cual se hace cada vez más difícil en estas postrimerías del siglo xx, cuando casi todos se escuchan exclusivamente a sí mismos sin atender a lo que dicen los demás; (c) con buena conciencia, sin lo cual, no sólo resulta imposible dar una buena explicación de nuestra esperanza, sino que se halla en peligro la misma fe (v. Hch. 24:16; 1 Ti. 1:19).
(E) Si os comportáis de esta forma, viene a decir Pedro, los que calumnian (lit., y en participio de presente continuativo, difaman, denigran, con desprecio abusivo e infundado) vuestra buena conducta en Cristo (por su gracia y en comunión vital con Él), tendrán motivo para avergonzarse (el gr. kataiskhunthósin nos describe el gesto del que, al no poder sostener una falsa alegación, se ve obligado a bajar la cabeza y cerrar la boca) precisamente en aquello en lo que se habla mal de vosotros, rebajándoos (gr. katalaleísthe, en presente de indicativo de la voz pasiva).
3. En el versículo 17, Pedro saca la conclusión de que padecer haciendo el bien es mucho mejor que ser castigado por hacer el mal: «Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal». El pensamiento es el mismo de 2:20; 4:15 y ss. Cuando los malhechores sufren por hacer el mal están recogiendo el fruto de su mala conducta. En cambio, cuando los cristianos padecen por hacer el bien, el sufrimiento no es una consecuencia lógica de su conducta, sino más bien una participación en los padecimientos de Cristo, quien, en realidad, es quien padece en ellos, como ya hemos dicho en otros lugares. De ahí pasa Pedro a poner el ejemplo de Cristo: Nadie como Él sufrió tanto por hacer tanto bien, ni con tanta sinrazón.
Versículos 18–22
En estos versículos el autor sagrado describe: 1) el objetivo de los sufrimientos de Cristo con respecto a nosotros (v. 18); 2) la proclamación de su triunfo sobre el mal, triunfo conseguido en la Cruz (vv. 19, 20); 3) nuestra resurrección con Cristo, simbolizada en el bautismo (v. 21); y 4) su exaltación a la diestra del Padre (v. 22).
1. Para no prejuzgar, a favor de una interpretación determinada, el sentido del original, voy a dar, en toda esta porción, la versión literal del texto. Dice así en el versículo 18: «Pues también Cristo padeció (mejor atestiguado que murió) una sola vez por (perí, con respecto a) (los) pecados, (el) justo por (gr. huper, a favor de) (los) injustos, para conducirnos ante Dios; se le dio muerte, es cierto, en (la) carne, mas fue devuelto a la vida en (el) espíritu».
(A) Ya hemos dicho que padeció está mejor atestiguado en los MSS que murió, aun cuando la mayoría de los modernos prefiere traducir «murió». El mayor inconveniente contra esta versión es que rompe el hilo del contexto, donde se habla de padecer, no de morir.
(B) Lo de una sola vez está en consonancia, no sólo con el hecho histórico en sí, sino también con la enseñanza de Hebreos 9:12, 26, 28; 10:10, 12. Se destaca aquí, lo mismo que en Hebreos, «la suficiencia absoluta del sacrificio de Cristo en oposición a la insuficiencia de los sacrificios del Antiguo Testamento, que necesitaban repetirse continuamente» (R. Franco).
(C) Pone de relieve Pedro el caso único que ofrece Cristo en esto de padecer: Padeció siendo completamente justo, inocente (comp. con He. 7:26), padeció a causa de los pecados ajenos, y padeció a favor de quienes eran pecadores, injustos, enemigos de Dios (comp. con Ro. 5:6–10). La fraseología describe a las claras el aspecto sustitutorio de la obra de la Cruz, aun cuando Pedro no utilice la preposición antí.
(D) Dice el autor sagrado que Cristo padeció todo esto para conducirnos ante (gr. prosagágue, en aoristo de subjuntivo) Dios. La idea latente en dicha frase es la de nuestra reconciliación con Dios mediante la obra de la Cruz (comp. con Ro. 5:1, 2; 2 Co. 5:19–21), pues así es como se nos abrió el acceso al trono de la gracia (He. 4:14–16, comp. con Mr. 15:38).
(E) El participio de aoristo pasivo thanatotheís expresa el padecimiento de una muerte violenta. Carne y espíritu están sin artículo en el original y no hay por qué entenderlos de otra manera que como los dos constitutivos de la persona (v. Gn. 2:7; Ec. 12:7). El contraste está puesto para dar a entender el resultado triunfal de la muerte de Cristo: Aun cuando corporalmente, en la carne, en su calidad de hombre mortal, se le dio una muerte violenta, en el espíritu, en su condición posterior de resucitado, entró en una nueva fase de vida más plena; fue hecho, como dice Pablo (1 Co. 15:45), espíritu vivificante.
2. Los versículos 19 y 20 están erizados de dificultades, que trataremos de solventar, tras de ofrecer lo que dice a la letra el original: «En el cual (espíritu, del v. 18, al final) también marchó a proclamar a los espíritus en prisión, que en otro tiempo desobedecieron (gr. apeithésasin, no se dejaron persuadir, en participio de aoristo) cuando aguardaba la longanimidad de Dios en (los) días de Noé mientras era preparada (participio de presente) el Arca, (entrando) en la cual unos pocos, esto es, ocho personas (éste es aquí el sentido de psukhás, como en Hch. 2:41, por ejemplo) se salvaron por medio del agua».
(A) El versículo 19 dio ocasión a la frase del Credo que dice «descendit ad inferos», mal traducida por «descendió a los infiernos», tal como se recita y se canta en el Credo de la Iglesia de Roma. En dicha Iglesia, esto dio origen al llamado «limbo de los justos», y esta enseñanza subyace todavía a la disparatada interpretación que el dominico Salguero hace de todo el pasaje en contraste con la erudita y estupenda del jesuita R. Franco. Las dificultades de este versículo son tres:
(a) ¿En qué sentido puede decirse que Cristo fue en espíritu al lugar donde estaban los espíritus en prisión? Las distintas opiniones son expuestas clara y concisamente en la Ryrie Study Bible: «Algunos piensan que esto significa que Cristo, entre Su muerte y Su resurrección, descendió al Hades y ofreció a los que vivieron antes de Noé (v. 20) una segunda oportunidad de salvación, doctrina que carece de base bíblica. Otros dicen que fue simplemente un anuncio de Su victoria sobre el pecado a los que estaban en el Hades, sin ofrecer una segunda oportunidad. Lo más probable es que esto sea una referencia al Cristo preencarnado predicando mediante Noé a los que, por haber rechazado ese mensaje, son ahora espíritus en prisión». Personalmente, esta última interpretación me parece la más probable.
(b) Sin embargo, las dificultades no acaban ahí. En efecto, ¿quiénes son esos espíritus en prisión de que nos habla Pedro en el mismo versículo 19? Las interpretaciones son dos, y voy a resumirlas del comentario de E. G. Selwyn citado tanto por el evangélico A. Stibbs como por el jesuita R. Franco:
La primera y tradicional interpretación, aplica la palabra espíritus a las almas de los difuntos, con referencia especial a los que murieron en tiempos de Noé, mientras se preparaba el Arca. Esta interpretación tiene a su favor que estas personas desobedecieron realmente al mensaje que proclamaba Noé (v. He. 11:7) durante la fabricación del Arca, pero tiene en contra suya que el término espíritus (sin más calificación ni determinación) nunca se usa en la Biblia para designar las almas de los difuntos.
La segunda, moderna, interpretación se apoya en los siguientes datos: El término espíritus se usa siempre para designar seres sobrenaturales, buenos o malos; la tradición judía era constante en considerarlos como transgresores del orden establecido por Dios, y, en consecuencia, castigados, en un tiempo inmediatamente anterior al Diluvio, a permanecer en prisión hasta el día del Juicio; y, lo que es más fuerte, parece ser que a tales espíritus hacen referencia 2 Pedro 2:4 y Judas 6, 7. Estos argumentos son verdaderamente fuertes con la sola dificultad de ver cómo puede determinarse la actual desobediencia de estos espíritus a un mensaje predicado mientras se preparaba el Arca. Además, si se adopta esta interpretación, es preciso entender que dichos espíritus, ángeles caídos, son los hijos de Dios de que habla Génesis 6:2, lo que todavía, al que esto escribe, le resulta difícil de «tragar».
(c) La tercera dificultad, aunque no tan fuerte como las anteriores, se refiere al sentido del verbo ekéruxen, proclamó. El verbo era usado en el griego clásico para designar el oficio del kérux, heraldo o pregonero, encargado de hacer públicos los edictos o bandos de las autoridades, como los hemos conocido todavía en nuestros siglo. De esta raíz se deriva el término kerygma, tan de moda en nuestros días para aludir a la proclamación del Evangelio. Sin embargo, dicho verbo no indica necesariamente el anuncio de una Buena Noticia (para eso están el verbo euanguelízo y el sustantivo euanguélion). Por tanto, puede entenderse de la proclamación del definitivo triunfo de Cristo sobre el mal, hecha a los espíritus malos en prisión, si se acepta la interpretación que ve en ellos a los ángeles caídos. Si por espíritus se entienden las almas de los difuntos, que en tiempo de Noé desecharon el mensaje, habría que entender el verbo kerússein como sinónimo de euanguelízein.
(B) Después de esta disertación, sólo requiere explicación la última frase del versículo 20: «se salvaron por medio del agua». Al tener en cuenta que el original usa la preposición de movimiento eis para designar la entrada en el Arca, que el verbo se salvaron (más exactamente, fueron salvados) lleva el prefijo dia (a través de) y que dicho prefijo se usa también en forma de preposición de genitivo para decir que se salvaron por medio del agua, la frase parecería indicar que pasaron por el agua para entrar en el Arca, pero también es posible la interpretación de que «el diluvio fue el medio de su salvación, porque el juicio que produjo a otros la muerte, produjo paradójicamente para éstos la liberación hacia un nuevo mundo» (Stibbs). En favor de esta segunda opinión está el contexto posterior, que habla del bautismo.
3. Dentro del contexto en que se considera el triunfo de Jesús mediante la obra de la Cruz, y al aprovechar la mención del Arca en que Noé y su familia se salvaron de perecer en el Diluvio, Pedro habla a continuación del bautismo cristiano y de su conexión con la resurrección de Jesucristo. Dice a este respecto el versículo 21, según la letra del texto original: «La cual (agua, del versículo anterior) también a vosotros os salva ahora (como) bautismo correspondiente (gr. antítupon, antitipo), no (como) eliminación de suciedad de la carne, sino (como) apelación de una buena conciencia a Dios, mediante la resurrección de Jesucristo». Al ser una versión literal probable, es menester, antes de entrar en el análisis del texto, hacer algunas observaciones:
(A) El pronombre relativo neutro ho, con que comienza el versículo en el original, aparece en nominativo en la mayoría de los más fiables MSS, y así lo hemos traducido (también la NVI); en algunos MSS está en dativo, y así lo ha vertido la Reina-Valera. No falta algún MS que lo tiene como adverbio (os, como), y hasta hay algunos MSS que lo suprimen. Por aquí verá el lector una de las dificultades de este difícil versículo, cuyo sentido, no obstante, es bastante claro.
(B) El vocablo que hemos traducido por «apelación» es, en el griego original, eperótema, que puede significar «pregunta», «petición», «demanda» y hasta «respuesta» Creo que el término «apelación», que sugiere el Diccionario Conciso del Nuevo Testamento Griego de las Sociedades Bíblicas Unidas es excelente para dar el verdadero sentido de la frase.
(C) La frase final «mediante la resurrección de Jesucristo», uno más de los frecuentes ejemplos de hipérbaton, debe conectarse con «también a vosotros os salva ahora»; por eso, nuestra RV, con muy buen acuerdo, ha puesto en paréntesis las frases intermedias.
(D) Como observación final, verá el lector que hemos traducido «a vosotros …», pues la lectura
«nos» carece de toda base textual.
(E) Lo que Pedro quiere decir, pues, en dicho versículo 21 es que el agua por medio de la cual se salvó de la catástrofe Noé con su familia era tipo del bautismo; por eso, dice que el bautismo es antitipo del agua aquella. Para quitar la impresión de que el agua del bautismo pueda tener alguna eficacia para limpiar por sí misma, añade que tiene una significación (¡es un símbolo!) más profunda: expresa la apelación de una buena conciencia a Dios, y corresponde al propósito divino de conducirnos a Dios (v. el v. 18). A. Stibbs hace notar que «los papiros dan evidencia de que el vocablo (eperótema) se usaba para la formalización del cuestionario con que se sellaba un contrato». Esto nos da la pista para entender la frase «apelación de una buena conciencia a Dios», pues, por una parte, nos explica la implicación principal que se contiene en lo de «confesar para salvación» (Ro. 10:9, 10) y, por otra, se corrobora el testimonio de la antiquísima tradición eclesiástica sobre la costumbre del interrogatorio que se hacía a los candidatos antes de recibir el bautismo; el cual, aunque muy resumido, todavía se hace en nuestras iglesias (en la Iglesia de Roma es más largo, pero no pueden contestarlo los candidatos, por ser ordinariamente bebes recién nacidos; lo tiene que contestar por ellos el padrino o la madrina).
(F) La afirmación de que la salvación se nos imparte por medio de la resurrección de Jesucristo nos es familiar, ya desde Romanos 4:25b. Su expresión simbólica en el bautismo se halla, especialmente, en Romanos 6:3–5; Gálatas 3:27.
Después de haber mencionado la resurrección de Jesucristo, acaba Pedro por mencionar también su exaltación triunfal a los cielos (v. 22): «Quien está a la diestra de Dios, tras de su marcha al cielo, sometidos a Él (los) ángeles, autoridades y poderes» (lit.). De esa manera tan sencilla (gr. poreutheís, participio de aoristo) describe Pedro la ascensión de Cristo a los cielos y la concomitante sumisión a Él (gr. hupotaguénton, participio de aoristo de la voz pasiva) de los seres sobrenaturales, ángeles buenos y malos (v. Ro. 8:38, 39; Ef. 1:21; Col. 2:10, 15; He. 1:6), quienes, en la escala de los seres creados, ocupan el más alto escalón (v. Sal. 8:5; He. 2:7). Así da fin el autor sagrado a una «lista de consecuencias que se han seguido de Su muerte y que demuestran el valor de ella y el poder de Él para salvar plenamente a aquellos por quienes Él murió» (Stibbs).
En este capítulo, el autor sagrado: I. Hace un nuevo llamamiento a vivir una vida santa (vv. 1–11), y
I. Vuelve por tercera vez a encomiar el sufrimiento padecido por hacer el bien (vv. 12–19).
Versículos 1–11
Con la conjunción consecutiva oun, Pedro da a entender que lo que va a decir ahora es una lógica consecuencia de lo que acaba de decir al final del capítulo 3: Si soportamos los sufrimientos con el mismo espíritu con que los soportó Cristo, obtendremos beneficios similares a los que Él obtuvo:
1. Viene primero la exhortación a la que acabamos de aludir (v. 1): «Por consiguiente, puesto que Cristo sufrió en su cuerpo, armaos también vosotros de la misma actitud (gr. énnoian, idea dominante; el mismo vocablo de He. 4:12), pues quien sufrió (esto es, murió) en el cuerpo, ha cesado de pecar» (lit., excepto la sustitución de «carne» por «cuerpo»). Pedro concuerda aquí con lo que ha dicho en 2:24, y lo que expresa en los dos primeros versículos de este capítulo se parece mucho a lo que Pablo dice en Romanos 6:2–13. El sentido, pues, más probable del versículo 1 es el siguiente: Puesto que Cristo, al morir, acabó con el pecado, también nosotros, incorporados por el bautismo a Su muerte, hemos de romper con el pecado. En otras palabras, el pecado—como actitud—es incompatible con la nueva vida del creyente (comp. con 1 Jn. 3:9). La metáfora de la armadura («armaos», en imperativo de aoristo ingresivo) es la misma de Romanos 6:13, donde el original dice «armas» donde nuestras versiones dicen «instrumentos».
2. De esta consideración, parecida a la de Romanos 6:11, brota la secuencia del versículo 2, parecida a la de Romanos 6:12 y ss.: «Como resultado de ello, no vive el resto de su vida terrena para satisfacer sus malas pasiones, sino para cumplir la voluntad de Dios» (NVI). Una vez regenerado, el creyente tiene a su alcance la gracia de Dios (comp. con 1 Co. 15:10), con la que puede resistir las «concupiscencias de hombres» (lit.), es decir, propias de seres humanos que no han salido de su condición caída, naturalmente inclinada al pecado. El cumplimiento de la voluntad de Dios no puede, en efecto, llevarse a cabo sin dejar a un lado los esquemas del mundo (Ro. 12:2), el cual yace en poder del Maligno (1 Jn. 5:19) y, por tanto, el pecado es su condición normal, mientras que nosotros hemos sido libertados del pecado precisamente para ser esclavos de Dios (Ro. 6:22).
3. Prosigue diciendo el apóstol a sus lectores (v. 3): «Porque ya habéis gastado suficiente tiempo en el pasado, haciendo lo que es del agrado de los paganos—entregados al desenfreno, a la liviandad, a borracheras, orgías, crápulas y abominables idolatrías» (NVI). Dice R. Franco: «Irónicamente recalca el autor que ya es más que suficiente el tiempo anterior a la conversión para llevar a cabo la voluntad de los gentiles. El uso del pretérito perfecto en toda la frase acentúa la idea de que ese tiempo ha pasado para siempre. La conversión es aquí, como en el Evangelio, decisiva (Lc. 9:62)». La lista de vicios que el autor sagrado presenta en la segunda parte del versículo 3 se diferencia de las que vemos en Romanos 1:24–32; 13:13; Gálatas 5:19–21; Colosenses 3:5–8. A mi juicio, es probable que especifique los vicios más salientes en el contexto local en que se movían los lectores de la Epístola. Los términos con que describe Pedro dichos vicios son: aselgueíais, lascivias indecentes; epithumíais, malos deseos sin freno; oinophluguíais, embriagueces; kómois, comilonas en que predomina la juerga; pótois, excesos en la bebida; idolatrías abominables (lit. ilegales. Gr. athemítois, el mismo vocablo de Hch. 2:28, y de la misma raíz que los libertinos—NVI—, de que habla el mismo Pedro en 2 P. 2:7 y 3:17).
4. Esto es lo que los lectores eran antes de su conversión (comp. 1 Co. 6:11), pero, gracias a Dios, el cambio había sido tan grande que sus antiguos amigotes estaban sorprendidos; pero tras de la reacción de sorpresa, venía el insulto (v. 4): «A ellos les parece extraño que no os sumerjáis con ellos en el mismo torrente (gr. anákhusin. Lit. desenfreno. Es la única vez que tal vocablo sale en el Nuevo Testamento) de disipación (gr. asotías, el mismo vocablo de Ef. 5:18; Tit. 1:6, y de la misma raíz que el adverbio asótos de Lc. 15:13), y os llenan de insultos» (NVI). En la mayoría de los casos, esta actitud insultante se debe a que la buena conducta de los creyentes es una acusación silenciosa del libertinaje de los incrédulos. Pero el autor sagrado dice a sus lectores que no tienen por qué inquietarse ante esa reacción desfavorable de quienes se sienten ofendidos por la buena conducta y aun aprovechan cualquier desliz anterior o presente para criticarles y aun calumniarles, puesto que (v. 5) «tendrán que rendir cuentas al que está preparado para juzgar a vivos y muertos» (NVI), es decir, ninguno de ellos podrá escapar de ser responsable ante el trono de Dios de las palabras y de las obras que haya cometido (v. Mt. 12:36; 18:23; Ro. 14:12; Hc. 4:13). El Divino Juez, con el perfecto conocimiento que tiene de todo (Gn. 18:25; Dt. 32:4), dispone de todo el equipo necesario para llevar a cabo, por medio de Jesucristo (v. Jn. 5:22, 27; Hch. 10:42; 2 Ti. 4:1), el recto juicio de vivos y muertos, frase comprensiva que ya fue estudiada en el comentario a Hechos 10:42.
5. Es menester no perder de vista el contexto que acabamos de analizar, a fin de obtener un entendimiento, lo más aproximado posible a una correcta interpretación, del difícil versículo 6, cuya versión literal es la siguiente: «Porque para esto fue anunciada la Buena Noticia incluso a los muertos, para que sean juzgados según (los) hombres en (la) carne, mas vivan según Dios en (el) espíritu». Las opiniones sobre el sentido de este versículo pueden reducirse a cuatro. Tres de ellas son estudiadas por R. Franco y A. Slibbs. Me permito añadir una cuarta, como opinión personal mía.
(A) Hay quienes entienden lo de «muertos» en sentido espiritual: muertos por el pecado. Pero esto es difícilmente conciliable con el contraste de la segunda parte; y, sobre todo, pugna con el sentido de «muertos» del versículo anterior, los cuales son, incuestionablemente, muertos físicamente.
(B) Otros conectan este versículo con 3:19 (cuya referencia marginal en nuestras biblias debería borrarse por ser, al menos, problemática) y piensan que se trata de la misma predicación que allí, aunque el verbo es diferente. Entre los que sostienen esta opinión, hay autores que están a favor de una segunda oportunidad de salvación, idea que ya rechazamos en el comentario a 3:19. En todo caso, es muy poco probable: (a) que los espíritus de 3:19 sean almas de hombres difuntos, y (b) que la proclamación de la que allí se habla tenga algo que ver con el contexto que tenemos delante (nótese el «Porque para esto …» con que comienza el v. 6 que estamos estudiando).
(C) La opinión que más adeptos tiene en la actualidad (Selwyn, Stibbs, R. Franco, Ryrie) sostiene que Pedro se refiere aquí a los cristianos muertos (de muerte natural o violenta) antes de la Parusía o Segunda Venida del Señor. Dice R. Franco: «Para la primera generación cristiana, que contaba con la venida inmediata de Cristo, la muerte de algunos cristianos, fuera violenta o natural, creaba un verdadero problema (1 Ts. 4:13 y ss.). Aquí la mención de la hostilidad de los gentiles, que condenaba a los cristianos a una vida crucificada delante de los hombres, y aun quizá a la misma muerte corporal (3:18; 4:1), lleva a san Pedro a aludir al sentido de la predicación del Evangelio. Aun a aquellos cristianos que no han llegado a ver la venida triunfal de Cristo, que restablecerá la justicia ahora conculcada (vv. 4, 5), no se les ha predicado inútilmente el Evangelio, sino que ha sido con la finalidad de que, condenados en opinión de los hombres durante su vida mortal (en carne), vivan a los ojos de Dios en vida inmortal (en espíritu). Este nos parece ser el sentido más probable».
(D) Las últimas frases del erudito jesuita se acercan bastante a la opinión que personalmente sostengo, aunque, a mi juicio, el sesgo que toma el sentido de las frases «en opinión de los hombres … en opinión de (o a los ojos de—la preposición es katá en ambos casos—) Dios» es diferente. Lo entiendo así y lo expongo modestamente al juicio sereno e imparcial de lectores capacitados para opinar con conocimiento de causa: Teniendo en cuenta la crítica que de los creyentes hacen los mundanos del versículo 4, parece ser que Pedro considera el caso de creyentes fallecidos, ya sea de muerte natural o violenta, a quienes fue predicado el Evangelio (es decir, salvos) y cuya muerte corporal (en carne) prematura era, en opinión de los hombres, bien merecida (¡castigo de Dios! Comp. con Hch. 28:4); sin embargo, en opinión de Dios, eran, bajo Su drástica disciplina (comp. con 1 Co. 11:30–32), vivos en el espíritu (comp. con 1 Co. 5:5, donde se percibe una fraseología similar). Su muerte corporal, en lugar de disminuir su vitalidad espiritual, la acrisolaba y acrecentaba.
6. En el versículo 7, el autor sagrado da un nuevo giro a su exhortación y viene a decir: «en fin de cuentas, esto se va a terminar pronto; así que hay que mantener sana la cabeza, caliente el corazón, y fiel el cumplimiento del ministerio que a cada uno le haya sido asignado». Por eso comienza con la frase:
«Mas el fin de todo se ha acercado» (el mismo verbo y en el mismo tiempo de Mr. 1:15 y Stg. 5:8, entre otros lugares). Ya dijo antes (v. 5) que el Juez está preparado y (1:5, 7) que la salvación—en su estadio de final consumación—(He. 9:28) está también preparada. Por consiguiente, ellos han de estar asimismo preparados (1:13).
(A) La primera exhortación, según eso, es a mantener sana la cabeza (v. 7b): «Por tanto, sed sensatos y morigerados para estar en disposición de orar» (NVI). Nótese la importancia que Pedro da a la oración, y los requisitos de sensatez vigilante y sobria moderación o dominio propio, necesarios para dedicarse con fruto a tan relevante ocupación (comp. con 3:7, al final). Dice A. Stibbs: «Es posible que Pedro tuviese en mente aquí la forma en que Él mismo, en el huerto de Getsemaní, dejó de orar por ponerse a dormir sin lograr mantenerse en vela. Como resultado, se halló sin preparación para resistir la tentación (v. Mr. 14:37–40, 66–72)».
(B) Sin embargo, el mandamiento principal («Ante todo») concierne al corazón (v. 8): «Sobre todo, amaos con fervor (lit. teniendo—participio de presente—amor ferviente; gr. ektené; el adverbio correspondiente ha salido en 1:22) unos a otros, porque el amor cubre multitud de pecados» (NVI). El amor cristiano (Pedro usa dos veces, en este versículo, el vocablo agápe) es la cima y corona de todas las demás virtudes (1 Co. 13:1–7, 13; Col. 3:14) y el verdadero distintivo del cristiano (v. Jn. 13:34, 35; 1 Jn. 3:14–18; 4:7, 8). El verbo ekteíno, de la misma raíz que el adjetivo ektené que Pedro usa aquí, y del adverbio ektenós, que usó en 1:22, 10 usa Jenofonte para describir la forma en que un caballo se lanza al galope; por lo que expresa bien el intenso fervor con que debemos amar a nuestros hermanos en la fe. La última frase «pues (el) amor cubre multitud de pecados» (lit.) la hemos visto ya en Proverbios 10:12; Santiago 5:20, pero me permito poner aquí el iluminador comentario de A. Stibbs: «Está dispuesto a perdonar una y otra vez, halla el modo de guarecer de la vergüenza y crítica públicas al malhechor. Así es como nos ha tratado Dios. Así es, pues, como deberíamos tratarnos unos a otros».
(C) Viene luego la exhortación a cultivar la hospitalidad (v. 9), lo cual es consecuencia lógica del amor genuino; por ello, se explica la insistencia que los escritores del Nuevo Testamento (v. Ro. 12:13; 1 Ti. 3:2; He. 13:2; 3 Jn. 5–8) ponen en exhortar a practicar la hospitalidad. Esto adquiría una especial relevancia en el caso de los misioneros itinerantes, quienes lo habían dejado todo para dedicarse a la Obra. En cuanto al cumplimiento de dicha recomendación y los abusos que pronto aparecieron, voy a transcribir dos testimonios respectivamente de últimos del siglo primero y de comienzos del segundo siglo de nuestra era. Clemente de Roma escribe a los fieles de Corinto (la Carta suya a los corintios, 1:2):
«¿Quién no admiró vuestra piedad en Cristo, tan sensata y templada? ¿Quién no pregonó la magnífica costumbre de vuestra hospitalidad?» En cuanto a los abusos a que pudo dar lugar esta gran virtud, leemos en la Didakhé o Doctrina de los Doce Apóstoles, capítulo XII: «Todo el que llegare a vosotros en el nombre del Señor, sea recibido; luego, examinándole, le conoceréis, pues tenéis inteligencia, por su derecha y por su izquierda. Si el que llega es un caminante, ayudadle en cuanto podáis; sin embargo, no permanecerá entre vosotros más que dos días o, si hubiere necesidad, tres. Mas si quiere establecerse entre vosotros, y tiene un oficio, que trabaje y así se alimente. Mas si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso. Caso que no quisiere hacerlo así, es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales». ¡Se ve que habían aprendido bien la lección de Pablo en 2 Tesalonicenses 3:10b! ¿No necesitará ser recordada también en nuestros días?
(D) El autor sagrado termina esta porción exhortando a sus lectores a ejercitar cada uno responsablemente el don que ha recibido de Dios (vv. 10, 11) «Cada uno debe ejercitar el don espiritual que haya recibido, cualquiera que éste sea, en servicio de los demás, administrando fielmente la gracia de Dios en sus variadas formas. Quien tenga el don de hablar, debe hacerlo como quien profiere las palabras mismas de Dios. Quien tenga el don de prestar un servicio cualquiera, debe hacerlo con la fuerza que Dios suministra, a fin de que en todo sea Dios quien reciba la alabanza por medio de Jesucristo. A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (NVI).
(a) El autor sagrado usa el vocablo griego khárisma para expresar el don espiritual que cada uno ha recibido. Como hace notar Ryrie, «éste es el único caso en que tal vocablo aparece en el Nuevo Testamento fuera de los escritos de Pablo». Su sentido es más genérico que el de los carismas que Pablo menciona en 1 Corintios 12, y se acerca más al que tienen los que menciona en Romanos 12:6 y ss.
(b) Los que prestan tales servicios (gr. diakonoúntes, en participio de presente) lo hacen como buenos administradores (gr. oikonómoi, el mismo vocablo de 1 Co. 4:1, 2; Tit. 1:7, entre otros lugares), pues no son propietarios, sino mayordomos; por eso, han de usar los dones al servicio de la comunidad, conforme a la voluntad de Dios y conscientes de la responsabilidad que sobre ellos pesa, de lo que han de dar cuenta al Señor (comp. con 1 Co. 4:4b).
(c) Como en otros lugares del Nuevo Testamento, Pedro usa el epíteto poikíles (lit. variopinta, de diversos colores) para designar a la gracia de Dios, porque siendo una, adquiere distinto tono y alcance, de acuerdo con el servicio que el Señor requiere, las características temperamentales del sujeto y la medida con que es repartida a cada uno (v. Ef. 4:7).
(d) El autor sagrado singulariza en el versículo 11 dos servicios generales: el de la palabra y el de la acción. Del primero dice que «Quien tenga el don de hablar, debe hacerlo como quien profiere las palabras mismas de Dios» (NVI). Esto no se refiere a cualesquiera conversaciones, sino a la enseñanza y a la predicación, donde no se deben imponer las opiniones personales del que habla, sino los oráculos (gr. lóguia) que Dios pone, como de Su boca (comp. con Hch. 7:38; Ro. 3:2), en la boca de Sus ministros. En cuanto a la acción, Pedro dice que ha de actuarse con la fuerza que Dios suministra (comp. con 2 Co. 2:16; 3:5, 6), pues nuestra competencia natural no sirve para nada del orden sobrenatural (v. Jn. 15:5). El verbo griego khoregueí (suministra) ocurre únicamente aquí y en 2 Corintios 9:10, pero el sustantivo de la misma raíz epikhoreguía ocurre en Efesios 4:16; Filipenses 1:19, y el correspondiente verbo epikhoreguéo en 2 Corintios 9:10; Gálatas 3:5; Colosenses 2:19; 2 Pedro 1:5, 11. Su significado original es muy interesante, pues describe las funciones de un director de coro, quien, además de eso, tenía a su cargo «mantenerlo a su costa en los festivales y, finalmente, proveer los medios necesarios para cualquier cosa, con frecuencia aludiendo a la abundancia de estos medios» (R. Franco).
(e) Como digno final, añade Pedro (v. 11b) una vibrante doxología: «A fin de que en todo sea Dios quien reciba la alabanza por medio de Jesucristo. A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (NVI). La gloria de Dios ha de ser, en todo y por todo, el último fin de todo lo que hacemos (v. 1 Co. 10:31). Es, en concreto, el supremo objetivo de todo servicio cristiano, pues Dios es glorificado cuando sus gracias y sus dones son usados para el fin que Él les otorgó. Es de lamentar que la NVI haya traducido incorrectamente la frase final, que dice textualmente: «Quien (probablemente, Jesucristo, que es el nombre más próximo, sin negar que pueda referirse a Dios) tiene la gloria y el señorío (o dominio; mejor que imperio—actualmente, este último vocablo resulta ambiguo—) por los siglos de los siglos. Amén». Como muy bien advierte A. Stibbs, este Amén «es una forma de refrendo: “Así es”, más bien que “Así sea”».
Versículos 12–19
En estos versículos, el apóstol Pedro vuelve a encomiar los padecimientos que se sufren por hacer el bien y exhorta a sus lectores a que no se turben por ello, sino que, más bien, se tengan por dichosos. Esta sección se divide en dos partes, pues dos son, en realidad, los motivos por los que los cristianos sufren en este mundo: I) De parte de los hombres, por ser creyentes (vv. 12–16). 2) De parte de Dios, por ser sus hijos que necesitan disciplina (vv. 17–19).
1. La primera exhortación es a gozarse por padecer como cristianos. Dicen así los versículos 12–16:
«Queridos amigos, cesad de extrañaros de la penosa prueba que estáis sufriendo, como si os ocurriera algo insólito. Al contrario, regocijaos de tener parte (gr. koinoneíte, compartís) en los sufrimientos de Cristo, para que también exultéis de gozo cuando se manifieste su gloria. Si se os ultraja por causa del nombre de Cristo, felices de vosotros, porque el Espíritu de la gloria y de Dios reposa en vosotros. Así que, si alguno de vosotros sufre, que no sea por ser un asesino o ladrón o malhechor, ni siquiera por ser un entremetido. Pero si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, sino que alabe a Dios por llevar este nombre» (NVI).
(A) Como en 2:11, Pedro comienza esta sección con un «amados» (gr. agapetoí), con lo que, como hace notar Stibbs, queda señalada la tercera y última sección de la epístola. Como detalle curioso, el mismo Stibbs comenta que «el mensaje de Pedro el día de Pentecostés se divide de modo similar en tres secciones, cada una de las cuales es introducida por un nuevo uso del vocativo (v. Hch. 2:14, 22, 29)».
(B) El autor sagrado advierte a sus lectores que no deben extrañarse (gr. xenízesthe, en presente de imperativo). El tiempo presente (comp. con Jn. 20:17) indica que ya estaban extrañados; por eso, el verbo indica que deben cesar de extrañarse, como muy bien ha vertido la NVI. Extrañarse significa, como indica la etimología del griego, tanto como del español, tener por extranjero o forastero. Lo que están sufriendo, pues, los lectores de la epístola, no es cosa intrusa, «del otro mundo» (como se suele decir), sino que pertenece al territorio de la iglesia.
(C) Efectivamente, el vocablo purósei es muy apto para significar una prueba purificadora, el método que se usa para refinar los metales (comp. con 1:7). La idea se halla en Proverbios 27:21, pero la aplicación de la metáfora a la situación que contemplamos está ya en Salmos 66:10 y, además de la alusión de 1 Pedro 1:7, tenemos también su aplicación en Apocalipsis 3:18. Tanto A. Stibbs como R. Franco recogen la observación de H. Windisch de que «los paganos convertidos carecían de la experiencia de persecución por la fe que, por su historia, tenía el pueblo israelita. Por eso, la primera persecución de algún modo organizada debió de ser una verdadera sorpresa; algo totalmente fuera de lugar, que contradecía las prometidas bendiciones del Evangelio».
(D) Pero el autor sagrado no les exhorta a tener resignación (v. 13), sino a regocijarse (gr. khaírete, en presente de imperativo) en una actitud continua de gozo «en la medida en que compartís los padecimientos del Cristo» (lit.), es decir, siempre que sufren en calidad de discípulos de Cristo (comp. con Ro. 8:17; 2 Co. 1:5; 4:10; Fil. 3:10; Col. 1:24), pues esto formaba parte de la gracia destinada a los creyentes (1:10, 11) del mismo modo que constituía el destino del Hijo del Hombre (1:11, comp. con Lc. 24:26). ¿Qué mejor manera de seguirle llevando Su vituperio? (He. 13:13). ¿No era ésa la mejor señal (v. 14) de que el Espíritu glorioso de Dios que descendió sobre Cristo para ungirle (Jn. 1:29–34, comp. con Is. 11:2; 61:1), había descendido también sobre ellos para reposar allí como la shekinah de antaño? (v. Éx. 33:9, 10; 40:34, 35, comp. con Jn. 14:23). Al ser uno mismo el Espíritu de Dios, de Cristo y del cristiano, tanto los sufrimientos como las glorias de Cristo (1:11) han de reflejarse en el cristiano. La segunda parte del versículo 14, conforme se halla en nuestras versiones («Ciertamente, etc.»), no figura en los MSS más importantes, por lo que todas las versiones modernas la suprimen.
(E) Como ya lo hizo en 2:19 y ss.; 3:13–17, tambien en los versículos 15 y 16 vuelve Pedro a insistir en que ningún cristiano debe padecer por ser un malhechor, sino por ser cristiano, en lo cual no debe resentirse ni avergonzarse; más bien, «glorifique (presente de imperativo) a Dios en ese nombre» (lit.), esto es, por llamarse cristiano. Ésta es la tercera de las tres únicas veces en que el vocablo khristianós sale en la Biblia (las otras dos son Hch. 11:26; 26:28) y la única de las tres en que su sentido glorioso es manifiesto.
(F) Queda sólo un detalle (v. 15) por considerar: Mientras los vocablos «homicida», «ladrón» y «malhechor» van los tres encabezados juntamente por un solo adverbio «como», el vocablo «entremetido» (gr. allotriepískopos; lit. supervisor de lo ajeno) no va unido a ellos, sino singularizado mediante la repetición del adverbio «como». Ello denota, como hace ver Stibbs, que las tres primeras formas de maldad podían ser cometidas por cristianos lo mismo que por no cristianos, pero la cuarta parece que era propia de los cristianos. Como el vocablo griego no sale en ningún otro lugar del Nuevo Testamento, no es fácil dogmatizar sobre su sentido preciso, pero la solución más probable es la que adopta Stibbs al decir: «Parece … ser referencia a un maltratamiento en el que los cristianos podrían verse envueltos a manos de sus vecinos como consecuencia de una imprudente e impropia interferencia en las vidas ajenas».
2. Pero el sufrimiento puede ser también una disciplina que nuestro buen Padre aplica a sus hijos. A esto se refiere Pedro en los versículos 17 y 18, al englobar en las frases del versículo 19 las enseñanzas de la sección entera. No puede olvidarse que aun las persecuciones que sufren los creyentes por causa del Evangelio entran dentro de la disciplina del Padre (de ahí el «Pues» explicativo con que comienza el v. 17); todo ello forma parte de la «hoguera» (v. 12) o crisol en que se pone a prueba el carácter del creyente. Dicen así los versículos 17–19 en la NVI: «Pues es el momento oportuno (gr. kairós, oportunidad) para que el juicio (gr. kríma, la sentencia, no el acto de juzgar) comience por la familia de Dios (lit. la casa de Dios; comp. con 1 Ti. 3:15); y si comienza por nosotros, ¿cuál será el final de los que rechazan el mensaje de Buenas Noticias de Dios? Y, “si al justo le cuesta trabajo ser salvo, ¿qué será del impío y del pecador?” Así, pues, aquellos que sufren en conformidad con la voluntad de Dios, encomiéndense a su fiel Creador y continúen practicando el bien».
(A) Para entender cuál es ese kairós o «momento oportuno» (NVI) al que se refiere ahora Pedro, conviene recordar que la muerte de Cristo ha inaugurado la era escatológica («el último tiempo», 1 Jn. 2:18). De ahí que Él contemple los padecimientos del creyente como una especie de «purgatorio» en esta vida. Éste es el juicio de Dios sobre su casa, pues después de la muerte, sólo existe para el creyente genuino el juicio de recompensas (v. Ro. 14:10; 1 Co. 3:13–15; 2 Co. 5:10). Que el juicio de Dios ha de empezar por Su casa, lo vemos ya en Jeremías 25:29; Ezequiel 9:6 y ss.; Amós 3:2; Zacarías 13:7–9. La estrategia divina siempre ha sido disciplinar a los suyos por medio de los malvados, antes de habérsela con los malvados mismos. Este método se halla explícito en los profetas del Antiguo Testamento, como puede verse en los oráculos contra Asiria y Babilonia, después de los que afectan a Israel y a Judá.
(B) El autor sagrado hace notar que, si el juicio de Dios en la presente economía, representado por la drástica disciplina que impone a los suyos, a la familia de la fe, es tan severo, ¿cuál será el final de los que rehúsan aceptar el mensaje del Evangelio? Si tan severo es Dios con los suyos perseguidos, ¿qué será con los rebeldes perseguidores? Nótese que, al hablar de lo que sufren los creyentes, Pedro menciona el juicio que ha comenzado; pero, al hablar de los incrédulos, se refiere al final, a un final eterno. La diferencia es colosal y debe hacer meditar seriamente a todo lector inconverso: Los cristianos sufren ahora en la carne, para aparecer espiritualmente vivos en el día de Jesucristo (v. 6, comp. con 1 Co. 5:5); en cambio, los incrédulos no sacan ningún provecho de lo que aquí puedan sufrir, sino que su juicio final desembocará en la muerte eterna.
(C) Viene luego (v. 18) una cita de Proverbios 11:31, conforme a los LXX (comp. con Lc. 23:31). Hay quienes entienden mal la primera parte de la cita, como si el sagrado texto dijera: «Es difícil que aun el justo se salve». Lo que dice es (lit.): «Si el justo se salva con dificultad …», esto es, al pasar dificultades en el proceso de la salvación, no en la obtención de la salvación primera o justificación. El énfasis está en los dolorosos sacrificios y en las múltiples purificaciones que el genuino creyente ha de afrontar para que se desprenda de él la escoria que, en el conflicto con el mundo, con el diablo y con sus propias concupiscencias, se le ha pegado.
(D) El versículo 19 establece como un resumen de lo que debe ser la actitud del cristiano ante el sufrimiento. El texto dice literalmente lo siguiente: «De forma que, incluso los que están padeciendo conforme a la voluntad de Dios, encomienden al fiel Creador sus almas en la práctica del bien». Cuatro son las ideas que se encierran en este versículo 19: (a) También los buenos padecen; no se libran de padecer por ser buenos. (b) La exhortación va dirigida a los que sufren conforme a la voluntad de Dios; no sólo porque Dios lo quiere, sino por la causa que Dios quiere, no por crímenes que merecen su castigo.
(c) Deben confiar sus almas al fiel Creador (única ocasión en que ocurre en el Nuevo Testamento el vocablo griego ktístes), el cual puede proteger precisamente «aquello que no puede ser destruido por los perseguidores (Mt. 10:28)» (R. Franco). (d) «Esta entrega no ha de ser, sin embargo, pura pasividad, sino que ha de realizarse practicando el bien (gr. en agathopoiïa). Con esta palabra, colocada enfáticamente al final, resume san Pedro toda su exhortación a sufrir según la voluntad de Dios y el ejemplo de Cristo, es decir, a sufrir practicando el bien (cf. 2:14, 20; 3:6)» (R. Franco).
En la división de este capítulo, nos ha parecido conveniente seguir la pauta de A. Stibbs, quien lo hace del modo siguiente: I. Responsabilidades de los ancianos (vv. 1–4). II. Exhortación a la humildad y a la paciencia (vv. 5–9). III. Seguridad final y saludo personal (vv. 10–14).
Versículos 1–4
En estos versículos el autor sagrado se dirige, en pie de igualdad, a los ancianos de las comunidades cristianas, aunque refrenda su exhortación con la autoridad que le confiere su condición de testigo especial de Cristo.
1. Expone primero los títulos que le califican para dirigirse a ellos. Dice así el versículo 1 en la NVI:
«A los ancianos que hay entre vosotros, les exhorto como colega en el oficio, como testigo de los padecimientos de Cristo y como quien ha de compartir también la gloria que está para ser revelada».
(A) El texto griego dice literalmente: «A los ancianos, pues …» La NVI, como nuestra RV, silencia ese «pues» consecutivo, el cual no carece de importancia. Dice A. Stibbs: «Esto insinúa que la exhortación surge de la anterior sección concerniente a las pruebas y al juicio inevitables». ¿En qué sentido? Probablemente, para exponer la responsabilidad especial de los líderes de las iglesias, por la que se espera de ellos una mayor fidelidad, pues estarán expuestos a un juicio más severo (comp. con Stg. 3:1).
(B) Nótese que Pedro les exhorta, en primer lugar, «como colega en el oficio» (NVI). ¡Ninguna mención de la autoridad papal, pontificia, que la Iglesia de Roma le atribuye, lo mismo que a sus pretendidos sucesores! Ni siquiera hace valer, en realidad, su autoridad apostólica. Únicamente destaca la mención que hace de sí mismo como testigo de excepción de los padecimientos de Cristo; es decir, que da fe de unos hechos que él mismo vivió (comp. con Hch. 2:32; 3:15; 4:20), pero eso no había sido una experiencia exclusiva de los Doce (v. Hch. 1:21, 22), sino que era común a todos los demás discípulos, cuya mención ya existe en el lugar donde se narra la elección de los Doce (v. Lc. 6:13) y de los cuales ya se cuentan setenta (o setenta y dos) en Lucas 10:1, sin que se de a entender que en dicho número estaban incluidos todos. Finalmente, habla de sí mismo como «copartícipe de la gloria que está a punto de ser revelada» (lit.). Aunque el vocablo mismo koinonós da a entender que los ancianos a quienes se dirige comparten con él este privilegio, los autores tienen, al menos como probable, que Pedro se refiera a la gloria de la Transfiguración (v. por ej., Mr. 9:1–7), que él mismo menciona explícitamente en 2 Pedro 1:17, 18.
2. Viene luego la exhortación misma (vv. 2, 3): «Pastoread el rebaño de Dios que está a vuestro cargo, cumpliendo vuestro oficio de supervisores no como una obligación que se os impone, sino de buen grado, como Dios quiere que se haga; no por afición al dinero, sino con afán de servir; y no dominando como señorones sobre la porción de fieles confiada a vosotros, sino procurando ser modelos para el rebaño» (NVI). ¡Qué programa para pastores! ¡Nótense bien todos los detalles!
(A) Han de pastorear (poimánate, imperativo de aoristo ingresivo) al rebaño, esto es, han de apacentar a las ovejas, no a sí mismos; teniendo en cuenta que no son su rebaño, sino el rebaño de Dios.
¡Cómo y cuánto se olvida esto! ¡Cuánta es la inclinación natural de los pastores de las iglesias (especialmente, donde el pastor es uno solo) a pensar que los fieles son su rebaño, no sólo en responsabilidad, sino hasta como cierta propiedad personal; especialmente, a las ovejas a quienes ellos mismos han sumergido en el agua bautismal! (comp. con 1 Co. 1:14, 15). Pedro no usa para rebaño, en los versículos 2 y 3, el poímne de Juan 10:16, sino poímnion, el cual, mejor que diminutivo, es una expresión de afecto (v. Lc. 12:32, y comp. con el tekníon tan frecuente en 1 Juan).
(B) El apóstol añade que este ministerio ha de desempeñarse: (a) no como una obligación impuesta (comp. con 2 Co. 9:7), por ejemplo, por la insistencia de la iglesia para que acepten el oficio «que, en las circunstancias a que alude la epístola, no era precisamente una sinecura, y no limitándose, por tanto, a cumplir con lo indispensable» (R. Franco), sino de buen grado, «según Dios» (lit.), esto es, al aceptar gozosamente el llamamiento de Dios y hacer lo que saben que es voluntad de Dios e imitando la forma de obrar de Dios (v. Lc. 6:36), pues todo eso puede quedar incluido en la concisa expresión «según Dios».
(b) Tambien dice que no debe desempeñarse por afán de lucro, sino por afán de servir, no para sacar ventajas económicas de la función que ejercen (por ej. en la distribución de fondos o limosnas), sino para servir del mejor modo posible al rebaño que tienen a su cargo (comp. con 2 Co. 12:14, 15). (c) Finalmente, no dominando como señorones, no como quien con un «ordeno y mando» tiene a todos en un puño o, mejor, bajo las botas (el verbo sale aquí y en otros tres lugares: Mt. 20:25; Mr. 10:42; Hch. 19:16), sino guiando con el ejemplo: «haciéndoos modelos (gr. túpoi) del rebaño» (lit.).
(C) Lo que (v. 3) nuestras versiones traducen con seis o siete palabras («los que están a vuestro cuidado», RV; «la porción de fieles confiada a vosotros», NVI), el griego original lo expresa en dos: ton kléron. Por donde, como ya dijimos en el comentario a 2:9, 10, el clero no es precisamente la casta que está por encima de los laicos, sino que indica las heredades (lit.), es decir, las porciones de fieles encomendadas a los respectivos pastores.
3. El premio que los pastores han de recibir un día por el fiel desempeño de su ministerio lo hallamos en el versículo 4: «Y cuando aparezca el Pastor en Jefe, recibiréis la corona de gloria, que nunca se ha de marchitar» (NVI). Dice Ryrie: «Los fieles líderes de iglesia, que con frecuencia reciben deshonor en la tierra, recibirán gloria en el cielo, de manos de Cristo, el Pastor en Jefe». Notemos de nuevo que Pedro no se apellida a sí mismo «jefe de los pastores», sino que reserva ese título exclusivamente para Cristo. La corona que les está reservada es la misma que Pablo esperaba para sí (2 Ti. 4:8), la misma que Santiago menciona en 1:12 y la que hallamos con frecuencia en Apocalipsis (2:10; 3:11). Pero la que Pedro menciona aquí no es corona de oro (comp. con Ap. 4:4, 10), sino de amaranto (gr. amarántinon), «la flor que no se marchita (cf. 1:4), y es, por tanto, una corona de gloria inmortal (1 Co. 9:25)» (R. Franco).
Versículos 5–9
En estos versículos tenemos una exhortación a la humildad, a la confianza en Dios y a la vigilancia para resistir las tentaciones del diablo.
1. La exhortación a la humildad se halla en los versículos 5 y 6: «Vosotros, jóvenes, sed igualmente sumisos a los que son de mayor edad. Revestíos de humildad en vuestro trato mutuo, porque “Dios se enfrenta a los orgullosos, pero da gracia a los humildes”. Humillaos, por tanto, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os ensalce a su debido tiempo» (NVI).
(A) El adverbio igualmente, que encabeza esta sección, tiene una connotación todavía más genérica que en anteriores ocasiones, pues sólo indica una exhortación más a conducirse como conviene a un cristiano. El autor sagrado insiste en este aspecto de la vida cristiana que es la mutua sumisión (comp. con 2:13, 18; 3:1). Esta exhortación va dirigida aquí a los más jóvenes, a fin de que guarden el debido respeto a los de mayor edad, cosa siempre necesaria, ya que la gente joven siente afanes de independencia (v. Tit. 2:6), pero de mayor relevancia todavía en nuestros días, cuando hay muy pocos jóvenes que guarden a los ancianos la consideración debida. Pero la exhortación no va dirigida solamente a los jóvenes, sino que Pedro exhorta a todos a ceñirse de humildad unos con otros (lit.). «El verbo enkomboústhai significa “envolverse” en el enkómboma, que era un vestido corto, propio de los esclavos, el cual se ceñía a los costados mediante un nudo (kómbos). Es posible que san Pedro aluda aquí al gesto de Jesús en la última cena, que, ciñéndose una toalla, se puso a lavar los pies de los discípulos (v. Jn. 13:4 y ss.)» (Salguero).
(B) El autor sagrado apoya su exhortación (v. 5b) en una cita tomada de Proverbios 3:34 (comp. con Sal. 18:27; 138:6; Lc. 1:51–53; Stg. 4:6). Contra Dios no cabe arrogancia ni altanería, pues todo lo sabe y todo lo puede. Es incluso una medida de prudencia someterse a Él de buena gana y esperar así su favor y su aceptación (v. 6): «Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os ensalce a su debido tiempo» (NVI). La expresión «poderosa mano» (gr. krataián kheíra) es la misma que usan los LXX en Deuteronomio 5:15; 9:26; 26:8, por ejemplo, para designar la omnipotencia de Dios en la protección de los suyos, especialmente en los portentos obrados para sacarles de la esclavitud de Egipto. «A su tiempo, dice Leighton, designa, no el que tú te imaginas, sino el que Dios ha determinado sabiamente».
2. De ahí que la mención de la poderosa mano de Dios le sirva a Pedro para exhortar a sus lectores a poner toda su confianza en ese Dios (v. 7): «Echad sobre Él (Dios) toda clase de preocupación que os asedie, porque Él cuida de vosotros» (NVI). También este versículo está apoyado en una cita del Salmo 55:22. El mismo pensamiento se halla en Salmo 37:5 y, especialmente, en Mateo 6:25; Lucas 12:22. El participio de aoristo ingresivo epirípsantes («echando»), de un verbo que indica cierto esfuerzo (comp. con Lc. 19:35), da a entender, como observa A. Stibbs, «que tales cargas deben ser arrojadas de uno mediante un acto decisivo de entrega y rendición, con el que son echadas sobre Dios y cesan de ser llevadas por nosotros». Esta fe absoluta es la que honra a Dios. Lo que ocurre con mucha frecuencia es que sólo a medias le confiamos a Dios nuestras cargas y nuestros problemas, quitándoselos de las manos después de haberlos depositado en ellas. Véase, además de Mateo 6:25–35, Romanos 5:8; 8:32.
3. Como si previera Pedro que tal exhortación pudiese llevarnos a la indolencia y al descuido, añade luego (vv. 8, 9) otra exhortación a la vigilancia, al dominio propio y a resistir decididamente los asaltos del demonio: «Sed morigerados y estad alerta. Vuestro enemigo el diablo anda rondando, como león rugiente, siempre en acecho de alguien a quien devorar. Ofrecedle resistencia, manteniéndoos firmes en la fe, pues ya sabéis que vuestros hermanos de todo el orbe están soportando la misma clase de padecimientos» (NVI).
(A) El apóstol, como lo sabía por propia experiencia, nos dice aquí que es menester estar siempre alerta, porque nuestro enemigo, Satanás, no duerme, siempre está de ronda. Anda rondando en torno a cada una de las comunidades cristianas y en torno a cada uno de los miembros de las congregaciones para ver cuál es el lado flaco de cada uno y atacar por la parte más desguarnecida de la defensa. Y, con la astucia que le caracteriza («más sabe el diablo por viejo que por diablo», dice el refrán), se aprovecha, no sólo de nuestros defectos, sino hasta de nuestras «virtudes», pues cuando no puede sembrar la confusión por medio del error y de la inmoralidad, la logra por medio de divisiones sobre puntos periféricos de «ortodoxia» y por imposición de un mal entendido puritanismo, y enciende así la discordia y quebranta la comunión fraternal. De todo sabe «sacar tajada», como suele decirse. El vocablo que Pedro usa para decir «enemigo» (más exacto, «adversario», como en la Reina-Valera) es antídikos, el acusador en un proceso legal (v. Lc. 12:58; 18:3). Diábolos, como ya sabemos, significa «calumniador o detractor», y Satanás (el correspondiente nombre hebreo) es llamado así porque acusa falsamente o, al menos, injustamente (v. Job 1:6–12; Zac. 3:1; Ap. 12:9, 10).
(B) El remedio, dice Pedro, es ofrecer resistencia al diablo (comp. con Stg. 4:7b), manteniéndonos firmes en la fe (v. 9). En cuanto al vocablo griego stereoí, que Pedro usa para decir firmes, comenta R. Franco: «Se dice sobre todo de las cosas: cimientos, piedras, etc. (2 Ti. 2:19). Metafóricamente, del carácter de las personas, tiene con frecuencia un matiz peyorativo de terquedad, obstinación; pero también se dice de la firmeza del atleta y, tratándose aquí de resistir al enemigo, éste es el sentido más probable». La razón por la que Pedro exhorta particularmente a mantenerse firme en la fe es, con la mayor probabilidad, porque el contexto del mismo versículo sugiere el peligro de renegar de la fe bajo la presión de la persecución o de verse intimidados en su confesión del señorío de Jesucristo. La segunda parte del versículo 9 dice literalmente: «sabedores de que las mismas cosas de los padecimientos se le están imponiendo a vuestra fraternidad, la (que está) en el mundo». (Como puede verse, la NVI ha recogido muy bien el sentido del original.) La mención de los hermanos en la fe que, por todo el mundo, están soportando una prueba semejante a la de los lectores de la epístola, tiene por objeto, no sólo quitarles el sentimiento de «extrañeza» (como si sólo a ellos les ocurriese tal cosa; comp. con 4:12), sino también estimularles con el ejemplo de los demás hermanos en la fe, lo cual era una muestra más de la
«comunión de los santos».
Versículos 10–14
En estos versículos finales, Pedro pronuncia frases de aliento para sus lectores (vv. 10, 11) y concluye la epístola con una mezcla de avisos y saludos personales (vv. 12–14).
1. Las frases de aliento, rematadas con una breve doxología, son como sigue (vv. 10, 11): «Y el Dios de toda gracia, que os llamó a su eterna gloria en Cristo, después que hayáis sufrido un poco, Él mismo os restaurará y os hará fuertes, robustos y estables. A Él sea el poder soberano (gr. krátos) por los siglos de los siglos. Amén» (NVI).
(A) Pedro no ruega ni expresa un simple deseo, sino que asegura. Ese Dios de toda gracia, porque toda dádiva, bendición y cosa que signifique favor o aceptación vienen de Él (Stg. 1:17) y porque Él tiene reservas de gracia para todo hijo suyo y para cada necesidad y oportunidad de servicio (comp. con 4:10), ese mismo que en Cristo los escogió y los llamó a su gloria eterna (comp. con Ro. 8:29, 30; Ef. 1:4), les sostendrá en medio de los padecimientos que, al fin y al cabo, son breves («un poco») y pequeños en comparación con la gloria venidera (v. Ro. 8:18).
(B) Los cuatro verbos que siguen en futuro son sumamente expresivos: (a) «Restaurará» (gr. katartísei, el mismo vocablo de Mt. 4:21; Gá. 6:1, entre otros lugares) se usa para dar a entender la reparación de un objeto deteriorado por el uso; aplicable, por tanto, a quienes, en la batalla de la persecución, de la tentación, han salido algún tanto maltrechos. (b) «Consolidará» (gr. steríxei, el mismo verbo de Lc. 22:32; Hch. 18:23, entre otros lugares) lleva la idea de asegurar bien la colocación de un objeto en su lugar. (c) «Robustecerá» (gr. sthenósei, única vez que tal verbo ocurre en todo el Nuevo Testamento) indica, según la sugerencia de Masterman (citado por A. Stibbs), «el significado distintivo de “equipar para el servicio activo”». (d) El cuarto verbo falta en algunos MSS importantes, pero está lo suficientemente atestiguado para figurar en el texto crítico que tengo a la vista: «cimentará» (gr. themeliósei, verbo que ocurre en otros cuatro lugares: Mt. 7:25; Ef. 3:17 Col. 1:23 y He. 1:10). Su sentido parece ser, con base en Hechos 1:10, que Dios los colocará en un lugar inconmovible o les otorgará una cimentación especial con la que puedan resistir todos los ataques del enemigo de las almas.
(C) La doxología se parece muchísimo a la que ya expresó el autor sagrado en 4:11, al final; por lo que remitimos al lector al comentario sobre dicho lugar. La única, más que probable, diferencia con 4:11 es que el vocablo «gloria» (gr. dóxa) es omitido, en 5:11, por los MSS más importantes. Parece ser que algún copista lo añadió, precisamente con base en 4:11.
2. Opina Stibbs que, al llegar al versículo 12, «es probable que Pedro tomara la pluma para añadir él mismo, de su puño y letra, la posdata final». Dice dicho versículo en la NVI: «Con la ayuda de Silas (lit. Silvano), a quien considero un hermano fiel, os he escrito brevemente, animándoos y atestiguando que ésta es la gracia de Dios. Manteneos firmes en ella». Silas es el nombre que Lucas da a este Silvano, pero Pablo le llama Silvano (v. 2 Co. 1:19; 1 Ts. 1:1; 2 Ts. 1:1), lo mismo que aquí Pedro. Hace ver R. Franco que Silas corresponde al arameo Seila, «equivalente al hebreo Saúl», con lo que Silvano sería la forma latinizada de Silas. Stibbs, en cambio, opina que se deriva de Schliaj, enviado. Este autor hace notar también que, al ser Silvano el amanuense de Pedro en esta ocasión, «esto explicaría que las ideas justamente consideradas como de Pedro en su origen, estén expresadas en un griego tan bueno». La única frase que necesita una aclaración especial es: «que ésta es verdadera gracia de Dios» (lit.). Con ligeras variantes, tanto Stibbs como Franco y Salguero tienen como más probable el sentido de «el mensaje del Evangelio de Cristo, en el que la gracia salvífica se extiende a los indignos y a los humildes (1:10; 5:5), haciéndoles herederos de la vida (3:7) y cualificándolos para soportar aquí el sufrimiento y para gozar, después, de la gloria eterna (5:10)» (Stibbs).
3. El versículo 13 comienza literalmente «Os saluda la coelegida en Babilonia». Lo de «iglesia» es, sin duda, una glosa explicativa, tan mal atestiguada en los MSS que ni siquiera aparece en el texto crítico del Nuevo Testamento Griego. Aunque Stibbs da como posible que Pedro se refiera aquí a su propia mujer, carece, a mi juicio, de toda probabilidad que tal sea el caso. Lo de «coelegida» nos trae a la memoria expresiones parecidas en 2 Juan 1, 13 (v. el comentario en su lugar). Es casi seguro que Pedro se refiere a la iglesia. La tenaz oposición protestante a admitir que Pedro se hallase en Roma en algún momento de su vida ha llevado a muchos comentaristas evangélicos a opinar que Pedro se refiere a la Babilonia del Éufrates o a la de Egipto, pero es mucho más probable que se refiera a la Roma de los césares. Dice el evangélico A. Stibbs: «Solamente desde la Reforma han preferido algunos tomar el vocablo al pie de la letra como referencia a la Babilonia de Mesopotamia o a una guarnición militar de Egipto, llamada Babilonia. Puesto que, en el saludo inicial, describe Pedro a sus destinatarios en Asia Menor como “elegidos …, extranjeros de la Dispersión” (1:1), parece apropiado aquí que haya de describir a la congregación cristiana de Roma como copartícipe de la misma elección y peregrinando en la propia Babilonia, el centro mundial de la impiedad organizada». Recuérdese que Juan da a Roma el epíteto de la Gran Babilonia en los capítulos 17 y 18 del Apocalipsis.
4. La mención singular del saludo que a los destinatarios envía también «Marcos, mi hijo», no deja lugar a dudas de que se trata del Juan Marcos, primo de Bernabé (Col. 4:10), que se supone haber escrito el Evangelio que lleva su nombre con los datos suministrados por el propio Pedro. La opinión de Salguero de que le llama «su hijo» «por haber sido regenerado por el apóstol a la vida sobrenatural mediante el bautismo» no tiene ningún fundamento bíblico ni histórico. Más cauto es R. Franco, quien dice: «El título de hijo es un título de afecto, tal vez por haber influido san Pedro en su conversión (1 Co. 4:15, 17; Gá. 4:19; 1 Ti. 1:2; 2 Ti. 1:2; 2:1)». Esta idea del «afecto especial» es suficiente para explicar la frase (v. Hch. 12:12, 13).
El versículo 14 guarda grandes semejanzas con frases similares de Pablo al final de algunas de sus epístolas. El «beso mutuo de amor» es el «beso santo» que Pablo menciona en Romanos 16:19—véase allí el comentario—; 1 Corintios 16:20; 2 Corintios 13:12 y 1 Tesalonicenses 5:26. La bendición final (v. 14b): «Paz a vosotros todos los (que estáis) en Cristo» (lit.) guarda cierta semejanza con la de Pablo en Efesios 6:23, pero la formulación es diferente: En Efesios 6:23, se considera al Señor Jesucristo (junto con Dios Padre) como el punto de origen (gr. apó) de donde proceden la paz y el amor acompañado de la fe, mientras que aquí, el autor sagrado «indica que la participación en la bendición y comunión del Evangelio depende enteramente de una relación directa y personal con el Mesías» (Stibbs). El «Amén» que aparece, al final de todo, en nuestra Reina Valera, falta en los MSS más importantes, aun cuando figura en gran número de ellos.