En 1 Corintios 16:5, Pablo había declarado su intención de girar una visita a Corinto de paso por Macedonia. Por lo que veremos en la presente Epístola, el apóstol giró efectivamente esta visita, la cual le ocasionó grandes amarguras. A continuación, les escribió con muchas lágrimas (2:4) una carta, enviada por medio de Tito. Esta carta fue escrita con tristeza (2:1, comp. con 7:8). Tito, a su vuelta, le dio al apóstol noticias de que los corintios se habían arrepentido de su rebeldía contra Pablo. Dicha carta se ha perdido, pero a ella se refieren la mayor parte de las alusiones que hallamos aquí, como veremos en el comentario.
La Epístola puede dividirse del modo siguiente:
I. Introducción (1:1–11).
II. Defensa que hace Pablo de su integridad personal (1:12–2:11).
III. Ministerio apostólico de Pablo (2:12–6:10).
IV. Apelación a la anchura de corazón y a la firmeza (6:11–7:3).
V. Consuelo que recibe Pablo con las noticias de Tito (7:4–16).
VI. Sobre la colecta para los creyentes pobres de Judea (8:1–9:15).
VII. Pablo enfatiza su autoridad apostólica (10:1–13:10).
VIII. Conclusión (13:11–14).
Tras el saludo inicial (vv. 1, 2), el apóstol entona un himno de gracias a Dios por la bondad con que consuela a sus hijos (vv. 3–7) y declara a los fieles de Corinto los sufrimientos que había padecido en Asia (vv. 8–11). Pasa luego a testificar de su propia integridad así como de la de sus colaboradores (vv. 12–14), y termina el capítulo con una vindicación personal (vv. 15–24).
Versículos 1–2
1. La inscripción (v. l). Comienza la Carta con la misma expresión que usó en Romanos 1:1; 1 Corintios 1:1, pero sin el vocablo kletós, llamado; P. Gutiérrez hace notar que en Romanos y 1 Corintios «Pablo hablaba de la vocación (o llamamiento) de los destinatarios y les presentaba su propia vocación paralela a la de ellos, pero en un grado más elevado …, mientras que en 2 Corintios se limita a un sencillo saludo sin aditamento doctrinal». En esa inscripción asocia a su nombre el de Timoteo, a quien llama hermano. Al dignificar así a su hijo en la fe, muestra el apóstol su gran humildad, así como el deseo de que los corintios estimen a Timoteo como se merece. Timoteo estaba entonces con Pablo en Macedonia reemplazando a Sóstenes en su labor de secretario del apóstol, y ambos dirigen la Carta a los fieles de Acaya, la provincia sureña de Grecia, no sólo a la iglesia de Dios que está en Corinto.
2. El saludo (v. 2). Es exactamente el mismo de Romanos 1:7b y 1 Corintios 1:3, donde puede verse el comentario correspondiente.
Versículos 3–6
El apóstol comienza con una narración de la bondad de Dios hacia él y sus colaboradores en medio de sus múltiples tribulaciones. Se expresa en forma de acción de gracias a Dios.
1. La frase con que comienza el versículo 3, «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo», se halla al pie de la letra en 1 Pedro 1:3. Quizá nadie mejor que E. G. Selwyn (citado por R. Tasker) ha compendiado la riqueza doctrinal de dicha frase: «Dios se revela ahora y se da a conocer … no sólo como Dios, sino como Dios revelado con relación a su Hijo Unigénito, y no sólo como su Padre, sino también como su Dios, pues la encarnación no agota la manifestación que hace Dios de Sí mismo. Y el Hijo es descrito en tres aspectos; con relación a nosotros (nuestro Señor); en su Persona (Jesús); y en su oficio prometido por Dios y universal (Cristo)».
2. Continúa Pablo llamando a Dios el Padre de las compasiones (lit.), hebraísmo para significar que Dios es infinitamente misericordioso (comp. Ef. 2:4). También le llama (v. 3b) «y Dios de toda consolación», es decir, un Dios que tiene amor y poder suficientes para prestar el consuelo y la fortaleza necesarios a todos sus hijos en toda clase de circunstancias. Es interesante notar que, en cinco versículos (3–7), el verbo consolar o el sustantivo consolación aparecen nada menos que diez veces.
3. Aunque el apóstol dice en plural (v. 4) «el que nos consuela», se refiere especialmente a su experiencia personal. Tanto él como sus colaboradores tenían tribulación en el mundo, pero tenían también la paz de Cristo (v. Jn. 14:27; 16:33). En el resto del versículo 4, el apóstol da a entender que el consuelo que recibimos de Dios en medio de las tribulaciones no es para que nos lo guardemos de forma egoísta para nosotros mismos, sino para que nosotros sirvamos como de canales por los que el consuelo que tiene su fuente en Dios llegue también a otros hermanos que se hallen bajo las mismas tribulaciones que nosotros. Sólo el que ha pasado por penosas experiencias está equipado para consolar a quienes pasan por situaciones similares. El que no sufre no puede «simpatizar» (sufrir con) con los que sufren.
4. El consuelo que los creyentes reciben en medio de las tribulaciones es abundante por medio de Cristo, en la medida en que abundan en ellos los padecimientos de Cristo. Vemos en este versículo 5 que los padecimientos de Pablo se identifican de algún modo con los de Cristo (comp. con 4:10; Fil. 3:10; Col. 1:24). La razón es que, al ser el cristiano miembro de Cristo, los sufrimientos de la Cabeza es natural que se extiendan a todo el organismo. En otras palabras, cuando el creyente sufre por Cristo, es Cristo mismo quien sufre en él, completando en sus miembros lo que falta de las aflicciones de Cristo, no para la redención del mundo, sino para la edificación de la Iglesia. Ese es especialmente el sentido de Colosenses 1:24, versículo que podría desorientar a algunos.
5. La conclusión que saca Pablo de esto (v. 6) es que, tanto las tribulaciones que padecía como las consolaciones que recibía, todo servía para que los lectores cristianos se animasen a soportar los mismos padecimientos, al ver que también ellos seguían las pisadas de Cristo.
Versículos 7–11
1. El apóstol escribe el versículo 7 para animar a los corintios y les expresa la esperanza que abriga del beneficio que sus propias penas y tribulaciones, así como las de sus colaboradores, han de reportarles a ellos. No sabemos a qué tribulación particular se refiere en el versículo 8, pero sí vemos que fue muy dura, ya que el griego dice literalmente: «fuimos abrumados bajo peso excesivamente más allá del poder». Tan dura fue la aflicción que Pablo añade (v. 8b) «hasta el punto de perder la esperanza aun de conservar la vida». Y, como si desease poner de relieve el grave peligro en que se halló, añade, en forma de paralelismo negativo, que (v. 9) había llegado a abrigar el presentimiento de que iba a perder la vida (lit. «sentencia (judicial) de muerte»), pero él lo echa todavía a buena parte, entendiéndolo como una prueba a la que Dios le sometía a fin de que no confiase en sus propias fuerzas, sino en Dios que resucita a los muertos (comp. con He. 11:19). Y, si es poderoso para devolver la vida a un cadáver, ¿cómo no podrá recuperar a un moribundo?
2. Apoyado en esa confianza, Pablo expresa en los tres tiempos del verbo librar (lit. rescatar), esa misericordia de Dios hacia él (v. 10): «el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte». Esta experiencia pasada le daba ánimos (y debe dárnoslos también a nosotros) para creer y esperar en un Padre tan bueno y poderoso. Olvida y menosprecia las liberaciones pasadas el que desconfía de las liberaciones futuras.
3. Sin embargo, el apóstol no se olvida del poder de la intercesión eficaz de los creyentes, unos por otros, ante el trono de la gracia. Por eso, añade a continuación (v. 11): «contando también con vuestra cooperación por medio de vuestras oraciones a favor nuestro; y así serán muchos los que den gracias a Dios por causa nuestra por el beneficio otorgado a nosotros en respuesta a las oraciones de muchos» (NVI). Dice Tasker: «No existen límites para el poder de la oración intercesora; y aunque el despliegue de la misericordia de Dios no depende de ella, podemos estar seguros de que nada desea tanto como el que los Suyos estén unidos en mutua intercesión, ofrecida en el nombre de Su Hijo».
Versículos 12–14
Bien podía Pablo solicitar la cooperación de los corintios por medio de la oración, pues estaba seguro de su propia integridad y de la sinceridad de su conducta.
1. Apela gozoso al testimonio de su conciencia, la cual es como un eco de la voz de Dios en nuestro interior. Pablo sigue expresándose en plural, e incluye a Timoteo (1:1), de cuya integridad y sinceridad podía testificar también con toda seguridad. La conciencia les daba buen testimonio de su comportamiento general «en el mundo, y mucho más entre vosotros» (v. 12). No quiere decir que se comportase en el mundo de diferente manera, sino que su comportamiento sencillo y sincero era más de notar entre los creyentes. El vocablo eilikrineia, que traducimos por sinceridad sale únicamente aquí, en 2:17 y en 1 Corintios 5:8. Su sentido más probable, a la vista de los otros dos lugares, es el de una pureza de intención sin mezcla de otros motivos, de forma que examinada a la luz del sol podría resplandecer sin que escorias ni manchas empañasen su brillo. La expresión «sinceridad de Dios» puede considerarse como equivalente a «sinceridad delante de Dios» o, a la vista de 2:17, como «sinceridad procedente de Dios, que es un don de Dios». Pablo no era un hombre de dos caras, sino de roble y de una pieza. Siempre podía saberse lo que pensaba, pues nunca era contrario a lo que decía y hacía. Como ministro de Dios, nunca actuaba movido por la sabiduría carnal, es decir, la del mundo con sus astucias, sus artimañas, bajos motivos y afición al propio engrandecimiento, sino en la gracia de Dios (lit.), es decir, «guiado y controlado por la gracia de Dios» (Tasker).
2. Apela también al testimonio de los propios corintios (vv. 13, 14), quienes, contra lo que sus oponentes murmuraban, podían testificar que las Cartas del apóstol llevaban las mismas marcas de sinceridad que las que resplandecían en toda su conducta. Ninguna doblez, ningún segundo sentido, podían leerse entre líneas en sus Epístolas ni percibirse en sus acciones. Los versículos 13b y 14 hacen mejor sentido en la NVI: «y espero que, así como ya nos habéis comprendido en parte, también llegaréis a comprender perfectamente que podéis gloriaros de nosotros, lo mismo que nosotros nos gloriaremos de vosotros en el día del Señor Jesús» (comp. con Fil. 1:6). Los corintios comprendían todavía imperfectamente los escritos, y aun el proceder, de Pablo, pero llegaría el día en que la comprensión mutua sería perfecta, y perfecta también la gloria de ellos en Pablo y la de Pablo en ellos, cuando los secretos de los corazones quedasen manifiestos ante el tribunal del Señor.
Versículos 15–24
El apóstol vindica ahora su sencillez y sinceridad contra las imputaciones de ligereza e inconstancia que algunos le hacían.
1. En los versículos 15–17, vemos que Pablo había girado la visita que les anunció en 1 Corintios 16:5–7, pero no les había vuelto a visitar al regreso de Macedonia (v. 16), como él se había propuesto (v. 15) y ellos esperaban (v. 17), para recibir así una segunda gracia (v. 15b), es decir, un nuevo beneficio con la presencia y la predicación del apóstol. Les asegura que, efectivamente, ése era su propósito. No sabemos qué es lo que motivó el cambio de sus planes, pero sí les asegura que no fue por ligereza o por otros motivos carnales (v. 17). No cabe duda de que fue por circunstancias enteramente independientes de su voluntad, ya que él cumplía lo que prometía: cuando decía que sí, era que sí; y cuando decía que no, era que no. De eso (v. 18), Dios le era testigo fiel.
2. La palabra de Pablo no podía ser a la vez sí y no, porque el Hijo de Dios, Jesucristo (nótese la singular acumulación de epítetos), era la Verdad Absoluta (Jn. 16:4) y era el mismo de siempre (He. 13:8), y ¡ése era el Cristo que Pablo, Silvano (es decir, Silas) y Timoteo les habían predicado! (v. 19). De la misma manera que el Señor Jesucristo no era una persona de incertidumbre, de cambio, de componenda, tampoco la predicación acerca de Él había sido en labios de Pablo y de sus colaboradores, una palabra ambigua, cambiante, oportunista. El apóstol pone de relieve (v. 20) que todas las promesas de Dios, hechas mediante los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento, acerca del Mesías, su persona y su obra, se habían cumplido en Él. El versículo debe leerse, conforme a los mejores MSS, según la NVI: «Pues todas cuantas promesas ha hecho Dios, son “sí” en Cristo, por lo cual, también por medio de Cristo respondemos “Amén” a Dios, para darle gloria». Cuando, dentro o fuera del culto, decimos «Amén» (¡Así es!) a la inmutable palabra de Dios, le damos gloria, puesto que damos testimonio de que Dios es fiel (v. 18).
3. Ya hemos advertido en otros lugares que, aunque Pablo escribía en griego, pensaba en hebreo, por lo que, como hace notar Tasker, «de la misma manera que había jugado (v. 20) con la semejanza de las palabras “sí” y “amén”, ahora (vv. 21, 22) juega con la afinidad del vocablo “amén” con el verbo hebreo que significa establecer o consolidar» (heb. amán). El mismo Jehová Dios que ha cumplido en Cristo todas sus promesas (v. 20), nos ha consolidado (v. 21) con vosotros, con todos los creyentes, en concreto (aquí), con vosotros los corintios, en Cristo. Y ese mismo Jehová Dios, nuestro Padre, que nos ha cumplido exteriormente su revelación en Cristo (v. He. 1:1, 2), nos la ha confirmado interiormente mediante la iluminación de los ojos de nuestro corazón (Ef. 1:18), al ungirnos (v. 21b) con su Espíritu (v. 1 Jn. 2:20, 27), al sellarnos con su Espíritu (v. Ef. 1:13) y al darnos (v. 22) las arras del Espíritu en nuestros corazones (comp. con 5:5; Ro. 8:16; Ef. 1:14). Las arras son un anticipo que asegura la promesa y forma parte del pago total.
4. El apóstol expone una buena razón por la que no pudo ir a Corinto como lo había propuesto (v. 23): Fue para beneficio de ellos mismos: «Pongo a Dios por testigo, a fe mía, de que fue sólo por consideración a vosotros por lo que yo no regresé a Corinto» (NVI). Sabía que allí había bastantes cosas que merecían censura, y él quería comportarse tiernamente con ellos. Les asegura solemnemente que ésa fue la única razón. Y para que no piensen que la frase «por consideración a vosotros» entrañaba cierta afirmación de «dominio» suyo sobre ellos, se apresura a añadir (v. 24): «No es que pretendamos dominar (comp. con 1 P. 5:3) sobre vuestra fe, sino que estamos contribuyendo a vuestro gozo; porque por la fe, no por mi control sobre vosotros, estáis firmes». Únicamente Cristo es el Señor de nuestra fe, pues Él nos revela lo que hemos de creer, y por su gracia hemos recibido el don de la fe. En cambio, Pablo, Apolos y los demás predicadores del Evangelio, no son «sino servidores por medio de los cuales habéis creído» (1 Co. 3:5) y, por tanto (v. 24b), los que estamos contribuyendo a vuestro gozo; «el gozo que deriva de la plenitud de la fe (Fil. 1:25), y que es garantía de la felicidad futura (Ro. 15:13; Gá. 5:22)» (P. Gutiérrez).
Nuestra fuerza y nuestra capacidad se deben a la fe, y nuestro consuelo, lo mismo que nuestro gozo, han de fluir de la fe.
El apóstol continúa exponiendo las razones por las que no fue de nuevo a Corinto (vv. 1–4). Luego escribe acerca de la persona que le había ofendido (vv. 5–11), y pasa después a informarles de sus labores y frutos en la predicación del Evangelio (vv. 12–17).
Versículos 1–4
Pablo expone aquí la razón por la que no fue a Corinto: No quería entristecerles ni ser él mismo entristecido (vv. 1, 2). Con respecto al versículo 2, dice Ryrie: «El sentido es el siguiente: Si yo os hago daño, ¿quién quedará para alegrarme, sino gente triste? ¡Eso no serviría de ningún consuelo!» De nuevo advertimos que la Carta a la que Pablo se refiere en los versículos 3 y 4, no es la 1 Corintios como opinaban los comentadores antiguos, sino otra Carta que les escribió después de la visita anunciada en 1 Corintios 16:5–7, la cual no nos ha llegado. Nótese (v. 4) que las muchas lágrimas con que había escrito dicha Epístola no se debían a femenil sentimentalidad o cobardía ni al deseo de hacer el papel de víctima para que los corintios se entristecieran y tuviesen compasión de él, «sino para que conocieseis el amor tan grande que os tengo». Una vez más, y no será la última, se echa de ver la gran anchura del corazón del apóstol.
Versículos 5–11
Los autores antiguos, al no tener en cuenta la Carta desaparecida, a la que Pablo acaba de hacer referencia en los versículos 3 y 4, identifican al ofensor de los versículos 5 y ss. con el incestuoso de 1 Corintios 5:1 y ss. Hay en especial dos detalles que no cuadran con el caso del incestuoso: 1. La persona de la que se trata aquí le había ofendido a Pablo personalmente (v. 5) y, de rebote, había ofendido a los miembros de la misma iglesia, en parte, por no exagerar (lit.). Esta última frase nos da idea de la ecuanimidad del apóstol; esta misma ecuanimidad brilla en los versículos 6 y ss., por los cuales se entrevé que algunos miembros de la congregación demandaban para el ofensor un castigo más severo del que había recibido de parte de la mayoría de la comunidad. La mención de la mayoría hace pensar que también había quienes se ponían, de algún modo, de parte del ofensor. Aun así, puesto que el ofensor había dado suficientes muestras de arrepentimiento, les exhorta ahora a que le perdonen y le consuelen, no sea que, en lugar de ser un castigo medicinal, la medida sirva para conducir al ofensor al aislamiento y aun a la desesperación (vv. 7, 8).
El «Porque» con que encabeza el versículo 9 significa que, así como al ordenarles, en la Carta desaparecida, el castigo del culpable, le habían sido obedientes, y reconoce su autoridad en todo (v. 9b) y no sólo cuando bien les parecía, también ahora esperaba que le obedecieran al perdonar al culpable (v. 10), como él le había perdonado en la presencia de Cristo o en la persona de Cristo; esto es, como delegado de Cristo o con la autoridad de Cristo; es más probable la primera traducción. La frase hacia el final del versículo 10 «por vosotros lo he hecho» viene a significar «para que ellos le imiten y se muestren benignos con el ofensor».
En el versículo 11 Pablo explica la razón por la que era necesario que ellos perdonasen y tratasen con amor al ofensor, como él le había perdonado en la presencia de Cristo. Si el rebelde, ya arrepentido de veras de la ofensa que había cometido, era dejado a merced de la tristeza, Satanás habría ganado ventaja, no sólo sobre él, sino también sobre nosotros, es decir sobre la congregación entera y sobre el propio apóstol. Dice P. Gutiérrez «Un exceso de severidad podría dar ocasión a que Satanás indujera al culpable a sentimientos de desesperación y tal vez a la apostasía o, mejor aún, alude aquí a las calumnias de sus adversarios judaizantes, quienes interpretarían mal un gesto de mano fuerte del apóstol en el caso presente del culpable y le imputarían el cargo de hombre vengativo, de ser un “tirano de la fe” de los corintios».
Comenta atinadamente el Crisóstomo: «Satanás destruye a algunos mediante el pecado; a otros, mediante una desmesurada tristeza que puede perdurar después del arrepentimiento por el pecado … ¡Nos vence así con nuestras propias armas!» No cabe, ciertamente, una maquinación más astuta. El apóstol no ignoraba esas maquinaciones (mejor, intenciones; gr. noémata, frutos de un pensamiento bien calculado) de Satanás.
Versículos 12–17
El apóstol hace ahora una larga digresión, a fin de informar a los corintios de sus viajes y labores, y declara al mismo tiempo que no halló sosiego en su espíritu (v. 13) al no encontrar en Tróade a Tito, así como después (7:5–7) habla del consuelo que le causó la visita de Tito al llegar el apóstol a Macedonia.
1. Vemos primero la labor infatigable del apóstol y la diligencia que ponía en tal labor (vv. 12, 13). Viajó por mar desde Filipos hasta Tróade (Hch. 20:6), y de allí fue a Macedonia. Le fue impedido cumplir su designio en cuanto al lugar de su labor, pero continuó trabajando con afán donde las circunstancias se lo permitían.
2. El motivo por el cual no halló sosiego en Tróade (v. 13) es, como explica Ryrie, «por no saber cómo había sido recibida su severa carta», ya que era precisamente Tito el encargado de llevarla a la iglesia de Corinto.
3. Los frutos de su ministerio cosechados dondequiera predicaba el Evangelio (v. 14), de lo que toma ocasión para dar gracias a Dios. La NVI ofrece una magnífica traducción de los versículos 14–17. Dice en el versículo 14: «Pero gracias sean dadas a Dios, quien siempre nos conduce en cortejo triunfal en Cristo y por medio de nosotros exhibe por todas partes el perfume del conocimiento de Cristo». Este estallido de acción de gracias supone ya el deseado encuentro con Tito. El verbo griego thriambeuo, que traducimos por «conducir en triunfo», sólo sale aquí y en Colosenses 2:15, cuyo comentario puede hallar el lector en su lugar. Tenía el significado de la triunfal procesión con que los generales romanos volvían a la urbe llevando tras de sí los prisioneros hechos en el campo de batalla. Dice Ryrie: «Pablo se considera a sí mismo gozosamente como uno de los prisioneros de Cristo, llevados en triunfo para gloria de Cristo». El Evangelio que Pablo predicaba era como el perfume del incienso, llevado por el viento a todas partes.
4. Este mismo incienso perfumado del Evangelio de Cristo tenía, y tiene (vv. 15, 16), dos efectos diametralmente opuestos: Para los que reciben la palabra y van por el camino de la salvación (el griego está en participio de presente), el Evangelio es un perfume grato: olor de vida que conduce a la vida. En cambio, para los que no se dejan persuadir por el Evangelio y van por el camino de la perdición (el gr. está igualmente en participio de presente), es hedor de muerte que conduce a la muerte. El apóstol continúa con la ilustración del cortejo triunfal. Al final de la procesión que terminaba en Roma, se quemaba incienso, no sólo como obsequio a los dioses protectores, sino también en honor de los generales vencedores. Este incienso olía bien para los cautivos a quienes se les perdonaba la vida, pero muy mal para los condenados a muerte. De manera similar, la predicación del Cristo que murió para salvarnos es perfume gratísimo para los que creen, pero es hedor de muerte para los incrédulos, porque mejor les sería no haber escuchado el mensaje, que rechazarlo después de oírlo, con lo que no tienen excusa ninguna.
5. Es en virtud de esta tremenda alternativa: salvación o condenación eternas mediante la predicación del Evangelio, por lo que el apóstol añade (v. 16b) en pregunta retórica: «Y para tamaña empresa ¿quién se sentirá con suficiente competencia?» (NVI). La respuesta a esta pregunta puede hallarse en 3:5, 6. Dice Gutiérrez: «El apóstol se siente presa de un sublime sentimiento de terror por sentirse (como agente del mensaje evangélico) responsable de tal discriminación de almas para la eternidad». ¿Y habrá quien asuma el ministerio de la Palabra a la ligera y suba al púlpito o a la plataforma confiado en sus propios recursos oratorios, cuando tan tremenda es la responsabilidad del predicador del Evangelio? ¡Todo candidato al ministerio debe reflexionar seriamente sobre este punto!
6. Con toda humildad, Pablo renuncia a proclamar que él se sienta competente, sino que piensa en esa mayoría («los muchos», como dice el original del v. 17) que trafican con la palabra de Dios. El verbo griego kapeleuo sale aquí por única vez en todo el Nuevo Testamento. Significa en su origen «vender al detalle», para hacer negocio, lo que se ha comprado al por mayor. Aquí no significa un aumento en el precio, sino una rebaja en la calidad del producto. Indica, pues, una predicación en la que el ministro de la Palabra rebaja la calidad del Evangelio para deleitar a los oyentes, en lugar de instruirles, corregirles y amonestarles según lo requiere la salvación y la santificación de los oyentes. El apóstol no obra de este modo, propio de comerciantes. Como dice P. Gutiérrez, «San Pablo ni falsifica ni trafica con el Evangelio, mezclando elementos doctrinales heterogéneos …, sino que lo expone en toda lealtad y sinceridad, como de Dios, por una orden expresa de Dios, con su garantía de verdad, como miembro y ministro de Cristo, participando de su eficacia por razón de su unión con Él, con Cristo». El apóstol repite en este versículo el vocablo griego eilikríneia, sinceridad, que ya expusimos en 1:12.
El apóstol se excusa de parecer recomendarse a sí mismo (vv. 1–5). Después establece una comparación entre el Antiguo Testamento y el Nuevo (vv. 6–11), de donde infiere cuál es el deber de los ministros del Evangelio, y los beneficios de quienes viven en la dispensación presente (vv. 12–18).
Versículos 1–5
1. Pablo comienza excusándose por parecer que se recomienda a sí mismo. En realidad, él no necesitaba ninguna recomendación verbal para ellos, ni cartas comendaticias de parte de ellos, como las necesitaban otros (v. 1), y da a entender en ese «algunos» que se refiere a los falsos apóstoles y maestros. Los corintios mismos eran su verdadera recomendación (v. 2) por la obra que en el corazón de ellos se había llevado a cabo mediante la predicación de Pablo, y esa obra, como una carta abierta para todo el mundo (v. 3), daba testimonio de que el Espíritu del Dios viviente era el agente principal del cambio que en ellos se había efectuado. El apóstol no se arroga ninguna gloria en ello; él se había limitado a expedir, como a echar al correo, la carta de Cristo.
2. Por eso, su confianza (gr. pepoíthesin, persuasión) estribaba en la actividad del Cristo resucitado, con lo que podía presentarse a rendir cuentas delante de Dios (NVI). Y de Dios, del «Todosuficiente», provenía, en efecto, la competencia que Pablo poseía para el ejercicio fiel de su ministerio (v. 5, comp. con 2:16b), pues si vamos a basarnos en nuestros propios recursos personales, no somos competentes ni siquiera para razonar convenientemente, aunque la versión más probable del verbo griego loguísasthai no es «pensar», sino «poner en cuenta». Lo que Pablo quiere dar aquí a entender es que no puede atribuirse a sí mismo, como a su propio crédito, «la transformación de las almas operada por el ministerio apostólico» (P. Gutiérrez).
Versículos 6–11
El apóstol pasa ahora a establecer una comparación entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. Dios le había capacitado a él y a sus cercanos colaboradores para ser ministros de este Nuevo Pacto.
1. Distingue (v. 6) entre la letra de la Ley y la vida comunicada por el Espíritu en el Nuevo Pacto, el cual fue firmado con sangre en el Calvario, a fin de eximirnos de la obligación de guardar la extensa lista de normas y reglas dadas a Israel desde el Sinaí, de forma que los creyentes, «al aceptar el sacrificio de Jesús en la Cruz como el único medio de poder ser, como pecadores, reconciliados con Dios y someterse a la conducción del Espíritu vivificante de Cristo» (Tasker), puedan ser aceptados como cumplidores de toda la Ley. Llama a la Ley «letra que mata» porque los preceptos mosaicos demandaban una obediencia perfecta por parte de todos los que vivían bajo el régimen viejo de la letra (Ro. 7:6b), pero como la Ley no daba la fuerza necesaria para cumplirla al nivel de la santidad exigida por Dios, todos se hacían reos de desobediencia conducente a la muerte (v. Ro. 7:9; Gá. 3:10).
2. En los versículos 7–11, y sobre la base anterior, muestra la excelencia del Evangelio sobre la Ley.
(A) La Ley y, especialmente, los Diez Mandamientos que estaban grabados en tablas de piedra (v. 7) daba lugar a un ministerio que causaba la muerte, la condenación (v. 9), mientras que la predicación del Evangelio es ministerio del espíritu (v. 8), ministerio de vida, de justificación (v. 9b).
(B) La promulgación de la Ley en el Sinaí estuvo rodeada de tal gloria que ni Aarón ni los demás hijos de Israel pudieron acercarse al monte, y el propio Moisés tuvo que ponerse un velo sobre el rostro para cubrir el brillo que su piel había adquirido después de estar, durante cuarenta días, cara a cara con Jehová. Y si tal fue la gloria con que fue dada la Ley, ¡cuánto más gloriosa no será la promulgación del Evangelio!
(C) La excelencia del Nuevo Pacto sobre el Antiguo es tal que este último no merece el epíteto de glorioso (v. 10) si se le compara con el Nuevo, ya que el Antiguo era pasajero (v. 11), por cuanto Cristo vino a poner punto final a la Ley (Ro. 10:4), mientras que el Nuevo permanece, pues el Evangelio es eterno (He. 13:20; Ap. 14:6). Como dice R. Knox, «su gloria (la del Viejo Pacto) palidece como el brillo de las lámparas cuando llega el alba». No sólo se eclipsa, sino que desaparece.
Versículos 12–18
1. «Teniendo, pues, tal clase de esperanza, dice ahora Pablo, usamos de mucha franqueza» (v. 12). El vocablo griego parrhesía, que suele verterse aquí por «franqueza», tiene el sentido de «valentía o denuedo para dirigir la palabra». Esta santa osadía tiene como principal motivo la gloria imperecedera del Evangelio que el apóstol había sido llamado a proclamar, conforme a lo que ha dicho en los versículos 7– 11.
2. En cambio, Moisés no podía tener tal osadía, no se atrevía a caminar a cara descubierta (comp. con el v. 18), sino que (v. 13) ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que era pasajero. Nótese bien que Pablo no dice que Moisés se pusiera el velo para que no se viese su rostro resplandeciente, sino precisamente para que no se viese la desaparición de tal resplandor, por cuanto era pasajero, como la gloria de la Ley que de Dios había recibido.
3. Pero los pensamientos de los israelitas se embotaron (gr. eporóthe, se endurecieron) por no comprender que la dispensación de la Ley era pasajera, transitoria, como el resplandor del rostro de Moisés. Pensaban que el Pacto Viejo (comp. He. 8:6–13) tenía carácter permanente, por lo que se negaban a reconocer en Cristo al Mediador del Nuevo Pacto que daba al traste con una dispensación fenecida. Por consiguiente, mientras un judío no se percata del carácter transitorio de la Ley y se vuelve a Cristo, y acepta así el Evangelio, el velo que cubría el rostro de Moisés se convierte para él como en una especie de tupido velo sobre el corazón, que le impide reconocer en Jesús al Mesías (vv. 14, 15).
4. Ese velo se quita del corazón de un judío (v. 16) cuando se convierte al Señor, es decir, cuando se vuelve hacia Jesucristo. Como muy bien hace notar Tasker, «el lenguaje del apóstol está coloreado por el relato del Éxodo, especialmente por Éxodo 34:35. Siempre que Moisés entraba a la presencia de Jehová, se quitaba el velo … Y así, siempre que Moisés se ponía de cara a Jehová, podía también sacarse la conclusión de que había vuelto la espalda a la Ley que había estado promulgando». De la misma manera, el israelita que se convierte a Cristo es como si se despojara del velo que le cubría el corazón, para tener un encuentro personal con el Señor.
5. El apóstol explica a continuación la razón por la que, al volverse una persona a Cristo, se le quita el velo de sobre el corazón (vv. 17, 18): «Mas el Señor (Cristo) es el espíritu; y donde está el espíritu del Señor, (hay) libertad. Y todos nosotros, contemplando a cara descubierta la gloria del Señor, vamos siendo transformados de gloria en gloria a la misma imagen, tal como por medio del Señor (que es) espíritu» (lit.). Estos dos versículos necesitan un análisis detallado:
(A) Para entender el sentido del difícil versículo 17, es menester tener en cuenta que, en todo el capítulo, el apóstol no pierde de vista el contraste entre la Ley y el Evangelio, con sus respectivas funciones: la letra que mata y el espíritu que vivifica (v. 6). Un nuevo elemento ha venido a añadirse a ese doble contraste: el velo cubierto y el velo descubierto; la remoción del velo es lo que da capacidad, franqueza y libertad para ver la gloria del Señor.
(B) El espíritu vivificante (comp. con 1 Co. 15:45b) es el que efectúa esta doble transformación: (a) La instantánea de la remoción del velo en el momento de la conversión (v. 16) y (b) la progresiva de la santificación (v. 18. Nótese el presente de la voz pasiva del verbo «vamos siendo transformados»). Cristo estaba lleno del Espíritu ya en su vida mortal (Jn. 3:34), pero sólo después de consumar la obra de la redención, pudo hacernos partícipes de su espíritu. Es entonces cuando la plenitud del Espíritu Santo en Él, que equivale a la plenitud de la Deidad (Col. 2:9) habitante en Él, puede desbordarse hasta todos los que son miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Sólo a partir de su resurrección es Cristo «espíritu vivificante».
(C) Por el versículo 18 vemos que el proceso de la santificación es, en realidad, un proceso de contemplación del Señor (comp. con Col. 3:1–3 y, sobre todo con He. 12:2). Aunque el verbo griego katoptrizómenoi puede significar «reflejando como un espejo» y es cierto que el creyente espiritual no puede menos de reflejar de algún modo, aunque siempre imperfecto en esta vida, la imagen del Señor, el sentido del texto es aquí, con la mayor probabilidad, «contemplando como en un espejo», ya que el resultado directo, según el contexto, no es el testimonio, sino la transformación personal. Llegará un día en que nuestra semejanza con Cristo será perfecta (v. 1 Jn. 3:3).
(D) Adrede dejamos para el final el análisis del versículo 17, pues es una consecuencia de lo que venimos diciendo. Todos los autores evangélicos que conozco coinciden en dar (al menos, como más probable) a dicho versículo la interpretación siguiente: Cristo y el Espíritu Santo tienen una misma naturaleza divina, aunque son dos personas distintas. Y lo comparan con Juan 10:30. Cómo se puede cometer tal disparate, es cosa que no llego a entender, puesto que Jesús no dijo: «Yo soy el Padre», lo cual sería falso al confundir las personas, sino: «Yo y el Padre somos un (mismo ser)» donde no hay tal confusión de personas. «El Señor es el espíritu» (lit.) no admite otra interpretación que la que hemos dado, y que en el fondo coincide con la de P. Gutiérrez. La segunda parte del versículo se confirma con textos como Juan 3:8; 8:32 y ss.; Gálatas 5:1, 13.
En este capítulo, el apóstol muestra, I. el carácter sobrenatural del ministerio (vv. 1–7), y, II. las circunstancias en que se lleva a cabo (vv. 8–18).
Versículos 1–7
Al ampliar la idea de 3:12, el apóstol declara ahora su fidelidad en el desempeño de un ministerio tan glorioso como el que le ha sido encomendado.
1. En 2:17, Pablo había afirmado que él no era de los que traficaban con la Palabra de Dios. Aquí (vv. 1, 2) amplía dicha declaración y dice que, al deber a la misericordia de Dios tanto su llamamiento al ministerio como el fiel desempeño del mismo (comp. con 1 Co. 15:10), no necesita, ni puede, andar con subterfugios deshonestos ni proceder con astucia mundana. De una vez por todas («renunciamos» es aoristo en el original), tomó la decisión de no usar de tales medios (comp. con 11:3 y Ef. 4:14, donde sale el mismo vocablo que traducimos por «astucia») y de no falsificar la Palabra de Dios, sino de exponer clara, lisa y llanamente la Palabra de Dios, sin darla a medias ni rebajarla en un ápice. En eso, no desmayaba nunca (v. 1b. El verbo está en presente). La conciencia le daba testimonio («le recomendaba», v. 2b), no sólo delante de Dios, sino también ante toda conciencia humana dispuesta a juzgar con imparcialidad, del fiel desempeño de tal cometido.
2. A continuación, el apóstol sale al paso de una objeción que podría oponérsele: «¿Cómo, pues, sucede que muchos de los que oyen el Evangelio, no son impresionados por su luz gloriosa, como si estuviera cubierto con un velo?» La respuesta es clara y tajante: El Evangelio que Pablo predica está encubierto (participio de pretérito perfecto) para los que van por el camino de la perdición (v. 3. Este otro verbo está en presente, como en 2:15), debido a la obcecación (siempre voluntaria) producida en ellos por la acción de Satanás, el dios de este mundo (el amo y señor de los mundanos. Comp. con Lc. 4:6; Jn. 12:31; 14:30; 16:11; Ef. 2:2). «Las mentes de los incrédulos obcecados están imposibilitadas para captar el contenido del Evangelio» (P. Gutiérrez). Y, al no recibir la iluminación del Evangelio que pone de manifiesto la gloria de Cristo, tampoco pueden llegar a un recto conocimiento de Dios, del que Cristo es imagen perfecta (v. 4b, comp. con Fil. 2:6; Col. 1:15; He. 1:3).
3. En el versículo 5, Pablo se sacude toda responsabilidad en la perdición de los incrédulos, puesto que él no se predica a sí mismo, sino que expone fielmente el Evangelio de Cristo, quien es el único Señor y Salvador de los hombres, mientras que los predicadores son únicamente administradores (1 Co. 4:1 y ss.) y aun siervos de aquellos a quienes predican (v. 5b, comp. con 1 Co. 3:5; 9:19). Verdaderamente, todo el Evangelio se centra en Cristo; de modo que, al predicar a Cristo, se predica todo lo que se debe predicar. Y, ¿cómo podrán sucumbir a la tentación de orgullo los que deben ser siervos de los hombres, no siervos de las pasiones de los hombres, sino de la salvación de sus almas?
4. Con un «Pues» (gr. hoti), que da introducción a una cita de Génesis 1:3 el apóstol compara con la creación de la luz material la iluminación sobrenatural que la predicación del Evangelio de Cristo produce en los corazones (v. 6, comp. con Ef. 1:18). La conexión con el versículo 5 está indicada por la partícula mencionada, a fin de explicar «en primer lugar, por qué Pablo predica a Jesús, y en segundo lugar, por qué es siervo de los corintios» (Tasker). En efecto, él había sido iluminado por el resplandor de Cristo (¿alude quizás a la luz que le cegó en el camino de Damasco?), y la luz que había recibido no era para que se la guardase para sí solo, sino para transmitirla a otros. «La gloria de Dios reflejada en Cristo, su imagen perfectísima, se percibe y se posee interiormente en nuestros corazones por medio de los apóstoles, cuya misión es darla a conocer a las almas» (Gutiérrez).
5. El versículo 7 sirve de enlace entre lo que precede y lo que sigue: «Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para mostrar que este sublime poder del evangelio es de Dios y no procede de nosotros» (NVI). Pablo llama «tesoro» al Evangelio porque no hay en todo el Universo joya tan valiosa ni provechosa como el anuncio de que Dios está presto a otorgar el perdón de todos los pecados y a conceder la vida eterna en comunión íntima con Él a todos cuantos, sin poner nada de su parte, se limiten a extender la mano para recibir un don tan sublime. Y ese «tesoro», como joya en estuche de barro, es llevado y ofrecido por hombres débiles, frágiles, mortales. ¿Cómo habrían de predicarse a sí mismos? El hecho paradójico de que una vasija tan frágil sea portadora de tan rico tesoro tiene por objeto poner de relieve que el Evangelio no es una invención del predicador y que las conversiones llevadas a cabo mediante la predicación no se deben a su competencia humana ni a su elocuente oratoria, sino al sublime poder de un Dios soberano, que es quien produce el efecto interior (comp. con 1 Co. 3:5–7).
Versículos 8–18
1. En una serie de cuatro frases paradójicas (cuatro pares de participios), el apóstol (vv. 8, 9) contrasta lo que le ocurre a una frágil vasija de barro con la manifestación del sublime poder de Dios en las más difíciles circunstancias: «Se nos aprieta de firme por todas partes, pero no somos aplastados; nos vemos apurados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos» (NVI). En cualquier situación, por penosa que sea, los hijos de Dios tienen en Él y de Él consuelo, ayuda y fuerzas; siempre hay un «pero no» que hace llevadera, y aun consoladora, la situación más difícil y peligrosa.
(A) En el primer par de participios, parece ser que Pablo tiene en mente la imagen de un soldado que se ve cercado de enemigos por todos los lados, pero no le ponen en tal estrechura que le quiten toda libertad de acción. Es corriente en los Salmos la metáfora de ser sacado a espacio amplio para indicar la liberación de un piadoso israelita, o del propio salmista, de la estrechura en que le habían puesto sus enemigos.
(B) En el segundo par se comparan dos verbos de la misma raíz, siendo el segundo compuesto del primero (gr. aporúmenoi all’ ouk exaporúmenoi). El primero indica perplejidad; el segundo lleva esta perplejidad hasta la desesperación. «El énfasis recae en los limitados medios que, humanamente hablando, estaban al alcance de Pablo. Se halla sin las adecuadas provisiones, pero no del todo» (Tasker).
(C) El tercer par nos presenta al apóstol como a un perseguido al que se está a punto de dar caza, pero no hasta el punto de sentirse desamparado (el mismo verbo de Mt. 27:46; Mr. 15:34).
(D) En el último par vemos el contraste entre ser echado abajo (lit.) esto es, derribado en tierra, y el no ser destruido (el tan conocido verbo griego apóllumi, que se repite unas 90 veces en el Nuevo Testamento).
2. La razón suprema de este triunfo de Pablo en medio de las más difíciles situaciones la da en el versículo 10, al decir: «Siempre llevando de una parte a otra en nuestro cuerpo la condición mortal de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (NVI). El apóstol no dice que lleve en su cuerpo la muerte, sino el continuo morir (gr. nékrosin), de Jesús. El versículo ha de leerse a la luz de Gálatas 2:20 y Colosenses 1:24. Dice P. Gutiérrez: «Esta reproducción de los sufrimientos de Cristo en la vida del apóstol trae consigo la manifestación simultánea y continua de su poder salvador». Pablo lo explica en los versículos 11 y 12: El continuo morir de Pablo por Cristo (v. 11, comp. con 1 Co. 15:31) en una prolongación del morir de Cristo en Pablo, de forma que la vida que el morir de Cristo, ya ahora resucitado, era capaz de conferir, actuaba primeramente en el apóstol sufriente para desbordarse después hasta aquellos por cuyo servicio estaba continuamente en peligro de muerte (v. 12): «Hasta el punto de que la muerte actúa continuamente en nosotros; mas la vida (actúa continuamente) en vosotros» (lit.).
3. A continuación da otras razones por las que se mantuvo firme entre tales y tan numerosas aflicciones:
(A) La fe le guardó de desmayar (v. 13). La gracia de la fe es un estupendo tónico contra el desmayo en momentos difíciles. Así como él seguía el ejemplo del salmista (v. Sal. 116:10 en la versión de los LXX), quien, ante la proximidad del Seol (v. 3), había invocado a Jehová y pudo entonar un cántico de acción de gracias por la liberación obtenida, también Pablo nos deja su admirable ejemplo: «Con ese mismo espíritu de la fe, también nosotros creemos y, por eso, hablamos» (NVI). Como dice Denney: «No todos los creyentes han de ser maestros y predicadores, pero todos han de ser confesantes. Todo el que tiene fe tiene un testimonio que dar ante Dios».
(B) La esperanza de la resurrección le guardó de hundirse (v. 14, comp. con 1 Ts. 4:14). Su esperanza no podía estar mejor fundada, ya que el Dios que resucitó a Cristo, la cabeza, también había de resucitar a los miembros. Nótese que Pablo no dice que nos resucitará por medio de Jesús, sino en unión con Jesús (gr. sun lesoú. Recuérdese lo dicho acerca de esta preposición en el comentario a 1 Co. 15:10b).
(C) La consideración del beneficio que de sus padecimientos se le había de seguir a toda la Iglesia (v. 15, comp. con Col. 1:24, 25) le guardó también de desmayar. El apóstol, como Jesús en Juan 4:35, ve ante sí una espléndida cosecha de almas que, mediante su predicación y sus padecimientos, llegan al conocimiento de la verdad y se salvan por la gracia de Dios (1 Ti. 2:4). Esto provoca un desbordamiento de acción de gracias para gloria de Dios (v. 15b).
(D) El proceso de continua renovación espiritual (comp. con Ro. 12:2, donde se halla el sustantivo de la misma raíz) es un incentivo más contra el desmayo que podría causar el deterioro constante que las penalidades causan en el hombre exterior (v. 16), es decir, en el cuerpo con todo lo que va implicado en el psiquismo natural (comp. con 1 Co. 15:44a). Mientras ese hombre exterior se va corrompiendo (el verbo está en presente), el interior, «la personalidad invisible, vivificada por la gracia del Espíritu Santo» (Gutiérrez), se va renovando progresivamente en un proceso inverso. Comenta Denney: «El deterioro del hombre exterior en el impío es un espectáculo que provoca la melancolía, porque es el deterioro de todo; en el cristiano, no llega a tocar la vida que está escondida con Cristo en Dios (v. Col. 3:3), y que es en el alma misma un manantial de agua que brota para vida eterna» (V. Jn. 4:14b).
(E) Finalmente, el apóstol (vv. 17, 18, comp. con Ro. 8:18) siente su optimismo estimulado constantemente por tener la mirada fija (v. 18) en la gloria celestial, cuyo peso (de oro, no de plomo como el de Hebreo 12:1, donde el griego ónkos significa «impedimento», mejor que «peso») hace bajar el platillo de la balanza de tal manera que no hay tribulación capaz de hacer bajar el platillo opuesto, ya que, en comparación con la gloria eterna, toda tribulación en esta vida es leve, esto es, ligera, sin peso, y momentánea, temporal, transitoria (comp. con He. 11:26). Quien tiene la mirada fija en lo eterno, aunque no se ve, no apegará su corazón a lo temporal, por mucho que se vea (v. 18). ¿Quién será tan loco como para aventurarse a una eternidad de tormento por el fugaz placer de un momento, o para desmayar ante una leve tribulación, si tiene la mirada fija en una eternidad de consolación? Los ojos de la fe tienen mayor poder que los ojos de la carne, pues éstos sólo alcanzan a las proximidades de lo presente, de lo temporal, mientras que los de la fe penetran hasta detrás del velo, a lo eterno; «evidencia de lo que no se ve» (He. 11:1).
El apóstol, I. continúa exponiendo los motivos por los que no desmayó bajo las tribulaciones; ahora, su seguridad de felicidad eterna después de la muerte (vv. 1–5). II. Una consecuencia para consuelo de todos los creyentes (vv. 6–8), y otra para incitarles a cumplir con sus deberes (vv. 9–11). III. Se excusa por parecer que se está recomendando a sí mismo (vv. 12–15). IV. Describe dos cosas que son necesarias para estar en Cristo (vv. 16–21).
Versículos 1–11
1. Pablo menciona su expectación, y su deseo, de la eterna felicidad (vv. 1–5).
(A) La expectación gloriosa de todo creyente después de la muerte (v. 1). «Porque sabemos (no es conjetura, sino certeza absoluta) que si se destruye nuestra casa terrenal, esta tienda de campaña (comp. con 2 P. 1:13, 14) en que peregrinamos, tenemos una sólida mansión construida por Dios (comp. con Jn. 14:2; He. 11:13–16; 13:14), un apartamento no levantado por manos humanas y que durará eternamente en los cielos» (NVI). Pablo dice «tenemos», en presente, porque aquella mansión ya es nuestra por derecho de herencia (Ro. 8:17) y posición legal (Ef. 2:6).
(B) Cambiando de metáfora, el apóstol considera ahora el cuerpo mortal como una vestidura del alma (vv. 2, 5). Lo que al creyente le espera tras de la muerte es el revestimiento de inmortalidad (comp. los vv. 2–4 con 1 Co. 15:53, 54). El apóstol no anhela la muerte para quedar desnudo, sin cuerpo; esta idea gnóstica no entraba en la mentalidad de Pablo. El apóstol aspira siempre a la resurrección (comp. con Fil. 3:10–14, 20, 21); por eso, late en ese «gemimos» de los versículos 2 y 4 el natural horror a la muerte, y desea ser transformado en lugar de ser resucitado (v. 1 Co. 15:51), revestido de inmortalidad (v. 2, comp. con 1 Co. 15:53), en lugar de ser hallado desnudo (v. 3), esto es, sin cuerpo. La opinión de Calvino y de algunos expositores catolicorromanos (no de P. Gutiérrez) de que «vestidos y no desnudos» (v. 3) significa «vestidos con la justicia de Cristo» o «en estado de gracia», carece de toda probabilidad dentro de este contexto.
(C) El creyente tiene para todo esto una doble garantía: El designio de Dios al hacer de él «una nueva creación», y el sello del Espíritu, que es la garantía de la inmortalidad (v. 5): «Y el que nos produjo (comp. con el v. 17 y con Ef. 2:10) para esto mismo (es) Dios, el que nos dio las arras del Espíritu» (lit.). Cuando Dios nos escogió en Cristo (Ef. 1:4) antes de la creación del mundo, ya nos preparó para esto y, al hacer que naciéramos de nuevo, de arriba, nos creó de nuevo, hizo de nosotros una «nueva obra suya», como dice el griego de Efesios 2:10 (poíema, ¡un poema, una composición!) Éste es el sentido del aoristo katergasámenos (de katergázomai, que no hay que confundir con katarguéo, abolir o hacer ineficaz). Esta obra de Dios en nosotros queda confirmada por la donación del Espíritu (comp. con Ro. 5:5) como arras, garantía segura de nuestra futura inmortalidad. El vocablo arrabón, que sólo sale aquí, en 1:22 y en Efesios 1:14, se distingue de aparkhé, primicias, en que este último indica «los primeros frutos» (v. por ej., 1 Co. 15:23) de una futura cosecha, mientras que arrabón denota directamente la garantía o prenda que se da en señal segura del pago total.
2. De aquí infiere el apóstol que el cristiano puede vivir siempre con buen ánimo (v. 6), sabedor de que es como un «emigrante» (nueva metáfora) que va de paso por este mundo, pero tiene su ciudadanía real en el cielo (Fil. 3:20), donde está su hogar, «en la presencia del Señor» (v. 8b). En efecto, los verbos griegos que traducimos (vv. 6, 8 y 9) por «habitar» (endemésai) y por «estar ausentes» (ekdemésai) significan respectivamente «estar en el domicilio, en el hogar propio» y «estar en el destierro, lejos del hogar». El apóstol siente vivamente la nostalgia de quien se ve lejos del hogar donde están los seres queridos, que le aman y le esperan, aunque la fe le da ánimos para vivir gozoso y confiado. Por eso, intercala, como un paréntesis, el versículo 7: «porque por fe andamos, no por vista». La fe le da al creyente la garantía de que existe el hogar celestial al que aspira y espera ir, y que allí está el Señor, aunque no vea de momento el hogar ni al Señor mientras vive en este destierro. Ésta es la interpretación más probable y natural de este versículo 7, con lo que debería desecharse la referencia a 4:18, ya que el sentido y el contexto son completamente distintos.
3. Lejos de permanecer extático mirando al Cielo (comp. con Hch. 1:11), el apóstol saca de aquí otra inferencia sumamente práctica (Pablo era enormemente pragmático), que nos sirve de estupenda lección (vv. 9–11): Lo que realmente importa, ya estemos en casa o en el destierro (v. 9), es que hagamos lo que es agradable al Señor (comp. con Ro. 12:2b), es decir, que en todo cumplamos lo que pide de nosotros; momento a momento, que hagamos su voluntad. Como en 1 Corintios 3:12–15, su pensamiento vuela hasta el Día de Jesucristo (Fil. 1:6), el día de las recompensas. El versículo 10 queda muy claro en la NVI:
«Porque es menester que todos comparezcamos ante el tribunal (gr. bëma) de Cristo, para que cada uno reciba su retribución conforme a lo que haya hecho durante su vida mortal (lit. mediante el cuerpo), ya hayan sido obras excelentes (gr. agathón, aplicado aquí a cosas de las que se saca provecho) o de baja calidad (gr. phaúlon, lo vil, ruin, despreciable)». Toda la fraseología del versículo apunta al juicio de recompensas para los creyentes. NO SE TRATA, PUES, DEL JUICIO PARTICULAR INMEDIATAMENTE DESPUES DE LA MUERTE (como piensan los católicos—Gutiérrez—), NI DEL JUICIO FINAL, UNIVERSAL (como opinan los protestantes amilenaristas—Tasker, Denney, etc.—, quienes hallan problemas en conciliar la enseñanza de este versículo con la clara doctrina bíblica de la justificación por la fe).
Versículos 12–15
1. El apóstol se excusa (vv. 12, 13) de parecer que se recomienda a sí mismo y a sus colaboradores ante los corintios, pero no lo hace por eso, sino para que ellos mismos tengan ocasión de defenderle a él y responder debidamente a quienes atacaban a Pablo, como si en su santo celo y en la manifestación de los carismas de que estaba lleno (v. 1 Co. 14:18, 23; 2 Co. 12:2), se excediera hasta la locura (v. 13). El mismo reproche recibió después de labios del procurador Festo (Hch. 26:24). También el Señor Jesús fue tenido por loco (v. Mr. 3:21) por sus propios familiares. Es cosa corriente tener por locos a quienes se dedican con todo fervor al servicio de Dios y a la salvación de las almas (comp. con 1 Co. 2:14). Pablo replica que, si alguien cree que se está excediendo en sus arrebatos espirituales, lo hace por Dios, quien le comprende bien, aun cuando algunos hombres no le entiendan. Y en todo lo que les parezca hecho y dicho con cordura, el beneficio es por el bien de ellos (v. 13b).
2. A continuación, expone el principio motivador de su conducta en todo lo que dice y hace, ya sea tenido por loco o por cuerdo (v. 14). Le apremia, le urge, le constriñe (el mismo verbo de Lc. 12:50), el amor de Cristo. Este genitivo puede tomarse como subjetivo (el amor de Cristo a los hombres; aquí, en concreto, a Pablo) o como objetivo (el amor de Pablo a Cristo, en justa correspondencia al amor que Cristo le tenía a él—comp. con Gá. 2:20b—). En vista del contexto posterior (v. 14b y ss.), es más probable que Pablo se refiera aquí al amor que llevó a Cristo a la Cruz para redención de la humanidad perdida.
3. En efecto, Pablo había llegado, de una vez por todas, a la persuasión (lit. juicio, esto es, decisión) de que «uno (Cristo) murió por todos; por tanto, los todos murieron» (lit.). De este versículo 14b, se han dado tres interpretaciones: (A) Cristo murió por todos en general, porque todos eran reos de muerte por el pecado en que todos habíamos incurrido (así, entre otros, Juan Crisóstomo). La preposición que Pablo usa es hypér, a favor de. (B) «Todos» significa los que, al estar unidos a Cristo por fe (unión simbolizada en el bautismo—Ro. 6:3–11—), con Él murieron legal y místicamente y con Él están crucificados (Gá. 2:20, tomado en este sentido. Así opinan Ryrie, Gutiérrez, etc. con la mayor parte de los exegetas modernos).
(C) «Todos murieron» se refiere a los creyentes, en el sentido de que, al morir Cristo en la Cruz, llevó sobre sí los pecados de ellos, pagó la pena que ellos merecían, murió como sustituto de ellos (Denney, Tasker y algunos otros). En un contexto evangelístico y universalista, como es el que sigue en los versículos 15–21 y hasta llegar a 6:2, opino personalmente a favor de la primera interpretación.
Permítaseme hacer notar que, SEGÚN LA BIBLIA, la obra del Calvario en su ejecución, abarca cuatro aspectos, todos ellos de carácter universal (para toda la humanidad): Rescate o redención (v. 2. P. 2:1), expiación o purificación (He. 1:3), propiciación (1 Jn. 2:2b) y, como veremos de inmediato (v. 19), reconciliación. Otra cosa, muy distinta, es su aplicación particular, personal, de gracia, mediante la fe (Ef. 2:8), por obra del Espíritu Santo, con otros cuatro aspectos: nacimiento nuevo (mejor, de arriba) o regeneración, justificación, santificación y glorificación. En qué forma obra Dios, por medio de su Espíritu, en el hombre para la salvación personal de éste, lo veremos en el comentario a Efesios 2:8–10. En cuanto a los aspectos universales, recomiendo el estudio de las páginas 321–347 de mi libro La Persona y la Obra de Jesucristo, y agradeceré toda observación caritativa o crítica constructiva que se me haga.
4. El apóstol continúa (v. 15): «Y por (hupér) todos murió (Cristo), para que los que viven, ya no vivan más para sí mismos, sino para el que por (gr. hupér) ellos murió y fue resucitado» (lit.). Los que opinan que Pablo se refiere en el versículo 14b a la experiencia mística simbolizada en el bautismo (Ro. 6:3–11), ven aquí, tras de la muerte con Cristo, el comienzo de la vida nueva con Cristo. Nótense, sin embargo, dos detalles: (A) Pablo no dice: «Y por todos murió, para que todos vivan», sino: «Y por todos murió, para que LOS QUE VIVEN …», lo que me confirma en mi opinión de que ese «todos» sigue siendo universal, mientras que ese «los que viven» particulariza a los salvos. (B) Pablo no dice: «Y por todos murió, para que vivan con Él», sino: «Y por todos murió, para que los que viven … vivan para Él». Lo que Pablo pone aquí de relieve es que, puesto que la muerte y resurrección de Cristo nos han procurado una nueva vida, esa vida la hemos de vivir sin egoísmo, para su gloria y al servicio de nuestros semejantes.
Versículos 16–21
Dos son las cosas necesarias para que nuestra vida sea vivida para Cristo: la regeneración y la reconciliación.
1. La regeneración (vv. 16, 17). La obra de la redención cambió de tal modo la faz de las cosas, que Pablo, una vez convertido a Cristo, ya no juzga por las apariencias exteriores, ya no conoce según la carne, a nadie. «De aquí en adelante» no significa «desde el momento en que escribo esto», sino «desde que fui hecho nueva criatura (v. 17) en Cristo». Antes de su conversión, la idea que tenía de Cristo era «la de la mentalidad rabínica» (Gutiérrez). Ahora ve a Cristo como a la Cabeza de la nueva humanidad, y a los creyentes como a miembros de dicha Cabeza. En esta nueva visión, Pablo no excluye a nadie de la novedad que la Obra de Cristo ha inaugurado: Todo ser humano entra potencialmente en la órbita de la redención (por eso, ha de predicarse el Evangelio a toda criatura,—Mr. 16:15, 16—), y aun el Universo entero tiene su centro en Cristo (Ef. 1:10). La redención adquiere carácter «cósmico» (comp. con Ro. 8:19–22). «De forma que si alguno está en Cristo, está creado de nuevo. ¡Lo viejo pasó! ¡Ha venido lo nuevo!» (v. 17b, NVI). El adjetivo griego kainé indica novedad en algo que ya existía. Así ha de entenderse la «creación» aquí, como en Efesios 2:10. El «nuevo hombre» no es otro hombre, sino el mismo que ya existía, aunque cambiado, renovado. Dice Tasker: «Todo hombre regenerado por el Espíritu de Dios es una nueva creación, y un mundo en el que existen tales creaciones es, al menos potencialmente, un nuevo mundo».
2. La reconciliación (vv. 18–21). El vocablo griego katallagué indica, en su origen, una transacción, un cambio, especialmente de moneda. Esta «transacción» de que habla aquí Pablo se describe de modo maravilloso en el versículo 21.
(A) Todo esto, dice el apóstol (v. 18), toda esta transformación, proviene de Dios, tiene su origen en Dios el Padre (comp. con Jn. 3:16; 1 Jn. 3:1). Él fue quien propuso la transacción y ofreció el precio mediante el sacrificio del Calvario (Jn. 10:18; Hch. 2:23b; 20:28b; 1 P. 1:18, 19). La idea de un Dios Padre airado con el mundo, que necesita ser aplacado por el Hijo de Dios, es totalmente antibíblica. Pablo continúa y dice de Dios el Padre: «el cual nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo». El pecador es enemigo de Dios; no quiere hacer la voluntad de Dios, ni tampoco puede (Ro. 8:7). No puede, pues, esperarse que sea él quien inicie la transacción; y, aun en la hipótesis de que tuviese voluntad de hacerlo, carecería de poder para ello. Es Dios, y sólo Él, quien propone la transacción y la proclama: primero, mediante el Señor Jesucristo (v. por ej., Mr. 1:15); después, mediante los apóstoles, a quienes dio Dios el ministerio, la proclamación, de la reconciliación (v. 18b).
(B) El apóstol pasa de inmediato a describir la forma en que se llevó a cabo la transacción (v. 19):
«Como que (lit. En el sentido de: Lo que quiero decir es que) Dios estaba reconciliando al mundo consigo en (por medio de) Cristo. Y Él ha puesto en nuestras manos el mensaje de la reconciliación» (NVI). Insistamos: (a) Es Dios quien reconcilia al mundo, no es el mundo el que se reconcilia con Dios; (b) esta reconciliación tiene carácter universal, ya que mundo designa aquí, lo mismo que en Juan 3:16, la humanidad entera, caída, pecadora, enemistada con Dios. Dios muestra al mundo entero que, en virtud de la Obra de la redención, llevada a cabo en el Calvario, la justicia y la santidad han quedado satisfechas, ya no hay nada que se oponga al desbordamiento del amor de Dios hacia los hombres. Por lo que hace de su parte, Él está ya de cara a todos «no les tiene en cuenta sus transgresiones», no le vuelve la espalda a nadie (comp. Is. 59:1, 2). Lo proclama por medio de sus mensajeros, los apóstoles.
(C) Esta proclamación apostólica de la reconciliación (v. 20) constituye a los mensajeros de Cristo en embajadores suyos, por Él, es decir, a nombre de Él y con la autoridad que Él les comunica. Dice Ch. Hodge: «Un embajador es, a un mismo tiempo, mensajero y representante … No actúa por su propia autoridad. Lo que comunica no son sus propias opiniones o demandas, sino simplemente lo que se le ha ordenado que diga. Pero, al mismo tiempo, habla con autoridad; en este caso, la autoridad de Cristo mismo». Y, al ser Cristo el Gran Enviado del Padre, es «como si Dios estuviese haciendo su invitación por medio de nosotros», añade Pablo. «De parte de Cristo, rogamos encarecidamente: Reconciliaos con Dios». Notemos dos detalles aquí: (a) Pablo no se dirige aquí a los fieles de Corinto, pues ya estaban convertidos; el pronombre os no existe en el original y debe borrarse de nuestras versiones. El ruego del apóstol (y de los demás embajadores) se dirige a la humanidad perdida, a los inconversos, no a los creyentes. (b) Al decir: «Reconciliaos con Dios», da claramente a entender que, una vez que Dios ha puesto su parte en la transacción (v. 19), el pecador tiene que poner la suya, darse la vuelta hacia Dios y aceptar la reconciliación que Dios le ofrece en Cristo.
(D) Finalmente, Pablo expone en qué consiste la transacción divina (v. 21) en unas frases que han llegado a ser uno de los pasajes más densos de doctrina, más conocidos y más usados en la predicación del Evangelio: «Al que no conoció (no cometió) pecado, por (gr. hupér) nosotros lo hizo (Dios a Cristo) pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (Cristo)» (lit.). Analicemos este versículo en todo su detalle:
(a) Cristo fue absolutamente «sin pecado» (He. 4:15; 7:26). La pregunta que dirigió a sus más encarnizados enemigos (Jn. 8:46: «¿Quién de vosotros me redargüirá de pecado?») quedó sin respuesta.
¿Cómo habría podido expiar los pecados con una sangre manchada por el pecado?
(b) Dios lo hizo pecado. Nótese que Pablo no dice que Dios lo hizo pecador. Pero tampoco dice que lo hizo «víctima por el pecado». Lo hizo algo más: Lo puso en la condición de pecador «en cuanto que sobre Él puso todo el peso y responsabilidad de los pecados del mundo» (P. Gutiérrez), lo condenó a la muerte propia de un criminal maldito (Gá. 3:13) y descargó sobre Él el castigo que merecían nuestros pecados (v. Is. 53:5, 6, 12).
(c) Esta sustitución es potencial y universal (comp. con Jn. 1:29: «… que quita EL PECADO DEL MUNDO»,—Nótese el singular «pecado» y la expresión «del mundo», como en 2 Co. 5:19 y Jn. 3:16; 1 Jn. 2:2b—). De lo contrario, nuestra justificación, la de todo el mundo (como quiere Barth), sería automática. Pero Pablo no dice: «… y nosotros fuimos hechos justicia de Dios en Él», sino «para que nosotros fuésemos hechos (esto es, pudiésemos llegar a ser) justicia de Dios en Él».
(d) La frase «justicia de Dios» no significa que Dios nos comunique la justicia con la que Él es justo, sino que somos constituidos justos (v. Ro. 5:19), es decir, situados (no «hechos» interiormente) ante Dios como teniendo ya una correcta relación con Él.
(e) Si nos atenemos al claro paralelismo que el apóstol establece en este versículo, tenemos lo siguiente: Del mismo modo que Cristo, no siendo pecador, fue hecho pecado, le fue imputado el pecado del mundo, así también nosotros, en virtud de la admirable transacción divina, al ser pecadores, fuimos constituidos justos, se nos imputó la justicia de Cristo. ¿Cuándo? ¿En el Calvario? ¡No! ¡En el momento en que nos dimos la vuelta y aceptamos la transacción! De ahí, el ruego del versículo 20b: «Reconciliaos con Dios». La Palabra de Dios está clara como el agua cristalina. Son los teólogos los que la han enturbiado con sus prejuicios.
Este capítulo empalma perfectamente con el anterior, y en él Pablo, I. Refiere la forma en que desempeña su ministerio (vv. 1–10). II. Hace una afectuosa llamada a los corintios exhortándoles a tener la misma anchura de corazón que él tiene (vv. 11–13). III. Les expone el deber de todo creyente de no unirse en yugo desigual con los incrédulos (vv. 14–18).
Versículos 1–10
1. El versículo 1 se enlaza con el versículo 20 del capítulo 5, formando el versículo 21 un paréntesis explicativo, aun cuando es de suma importancia, según vimos. El griego dice a la letra: «Y cooperando, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios». El griego no dice con quién se efectúa esa cooperación, pero el contexto anterior exige aquí que se refiera a Dios (v. 20b), más bien que a los propios corintios, pues se trata de la proclamación del mensaje de salvación. Esta colaboración del ministro de Dios con Dios mismo añade mayor solemnidad a la importancia de escuchar con atención la Palabra y no recibir en vano la gracia de Dios (comp. con 1 Co. 15:10), la cual se había manifestado especialmente en la obra del Calvario (5:19, 21). Aunque el verbo recibir está en aoristo de infinitivo, su sentido es, con la mayor probabilidad, continuativo, y depende del presente «exhortamos». El apóstol se dirige a los propios creyentes de Corinto («os exhortamos»), lo que indica claramente que también los creyentes deben prestar atención a la predicación del Evangelio. Toda predicación del Evangelio debe ser «evangelística», no sólo un culto especial por la tarde, pues la salvación no consiste solamente en un momento, el de la conversión, sino que se prolonga en la santificación, que es una consecuencia de la nueva vida en Cristo; la justificación y la regeneración no son el fin de todo, sino el comienzo de todo (v. el comentario a 2 P. 1:8–11; 1 Jn. 2:28).
2. El apóstol corrobora, con una cita de Isaías 49:8 (v. 2) la urgencia de la exhortación que les hace. Pablo toma la cita de la versión de los LXX. El profeta se hallaba en una situación semejante a la del apóstol, pero lo que a éste le interesa aquí es el «tiempo favorable», «el día de la salvación», que «ahora», concluye Pablo, como entonces, es la gran oportunidad (gr. kairós, en la cita y en la conclusión) para acogerse al socorro que Dios ofrece a todo el que se apreste a recibirlo. El apóstol refuerza («euprósdektos», muy aceptable) el «kairó dektó» de Isaías 49:8 en los LXX. El énfasis de Pablo está, pues, en el «ahora», el cual, como dice Gutiérrez, «es todo el período mesiánico que termina con el advenimiento o parusía de Cristo». Es, pues, semejante al «Hoy» de Hebreos 3:13.
3. Continúa, en el versículo 3, la idea del versículo 1, y expone la forma en que desempeñan su ministerio tanto él como sus compañeros de ministerio: «En nada dando (plural) ningún escándalo, a fin de que no sea desacreditado el ministerio» (lit.). El apóstol sabía muy bien que, como bien advierte Denney, «hay gente que se alegra de hallar una excusa para no dar oídos al Evangelio o para no tomarlo en serio, y que trata de hallar dicha excusa en la conducta de sus ministros».
4. Lejos de dar ocasión para tal excusa, el apóstol «se recomienda» (v. 4), esto es, se acredita como ministro de Dios, en la fidelidad con que cumple su ministerio aun en medio de las mayores pruebas y tribulaciones; él no es como el pastor asalariado que huye cuando ve venir al lobo (comp. Jn. 10:12), sino que defiende con su propia vida tanto la vida de las ovejas como la sana pureza de los pastos que les ofrece. Para mostrar dicha fidelidad, Pablo apela a la mucha paciencia (gr. hupomoné, aguante bajo el peso de las circunstancias adversas) con que sobrelleva las nueve aflicciones que enumera a continuación (vv. 4b, 5). Después enumera nueve gracias, ejercitadas en tales circunstancias (vv. 6, 7) y, finalmente, enumera en nueve frases paradójicas, que nos recuerdan las cuatro de 4:8, 9, los triunfos que sobre las adversidades le fueron proporcionados mediante el uso de las gracias referidas.
(A) Las aflicciones, como muestra Tasker, están expuestas en tres grupos de tres: (a) Las tribulaciones (presiones), necesidades (dificultades), estrecheces (apreturas), que pueden ser, todas tres, de tipo físico o mental, son aflicciones comunes a las que todos están expuestos por situaciones adversas o por la maldad de los hombres; (b) Los azotes, cárceles (prisiones) y tumultos, eran aflicciones de las que el apóstol tenía sobrada experiencia personal; (c) Los trabajos (kópois, labores arduas), desvelos y ayunos eran aflicciones que el propio apóstol se imponía a sí mismo.
(B) Las gracias son: pureza (integridad de vida y sinceridad de intención), conocimiento («del espíritu y de los principios evangélicos y el arte de aplicarlos», Gutiérrez), longanimidad (paciencia para soportar los desdenes e injurias que se reciben de los hombres), benignidad (actitud de dulzura, benevolencia y simpatía hacia los demás); el Espíritu Santo se menciona a continuación como la divina asistencia y el influjo espiritual, sobrenatural, con que Pablo era capacitado para desempeñar convenientemente su ministerio y los oyentes eran persuadidos y convictos (1 Co. 2:4); el amor sincero, de corazón, generoso, sin fingimiento ni segundas intenciones; palabra de verdad (v. 7) es la proclamación leal del mensaje del Evangelio; el poder de Dios es la potencia divina del propio Evangelio (Ro. 1:16), «poder y sabiduría de Dios», de forma que toda la obra de la salvación se debe a la soberana iniciativa de Dios, no al esfuerzo ni a la oratoria de los hombres. Finalmente, las armas de justicia, llamadas así (con la mayor probabilidad) porque han de usarse con espíritu de justicia y santidad (v. Ro. 13:12; 2 Co. 10:4; Ef. 6:13 y ss.) se dividen, según la metáfora de la armadura, en «armas para la mano derecha», como la espada del Espíritu, «y para la izquierda», como el escudo de la fe.
(C) Mediante estas gracias, el apóstol puede salir victorioso en medio de todas las adversidades (vv. 8–10), que Pablo expresa por medio de nueve paradojas, distribuidas en grupos de tres:
(a) Pablo y los demás apóstoles necesitaban de todas las gracias mencionadas para arrostrar las situaciones más diversas (v. 8): Para unos eran dignos de alabanza, para otros eran dignos de menosprecio; de labios de unos obtenían buenos informes; otros se dedicaban a calumniarles; unos les tenían por engañadores, impostores, seductores, como habían tenido al mismo Señor (Mt. 27:63; Jn. 7:12, 18). Necesitamos la gracia de Dios para armarnos contra las tentaciones de orgullo que las alabanzas y los buenos informes pueden provocar, así como contra las tentaciones de desánimo y resentimiento que los desprecios y calumnias pueden ocasionar.
(b) Para algunos (v. 9) eran hombres «desconocidos», oscuros, sin mérito ni relevancia (como los que no salen en las páginas de los periódicos), pero los buenos cristianos los conocían bien. Para unos eran tenidos por moribundos, confrontados constantemente con peligros de muerte (1:9; 4:10; Hch. 14:19; 1 Co. 15:30) y como abocados a la ruina; pero «¡mira! ¡Seguimos con vida!» (lit.). Hasta habría quienes pensasen que todas las calamidades que sufrían eran castigo de Dios, pero de todo salían ilesos, como quienes viven en Cristo (comp. con Hch. 28:3–6).
(c) Como entristecidos (v. 10), afligidos, apenados, los veían los mundanos, que tomaban por depresión y melancolía la austeridad de vida, pero en su interior estaban siempre gozosos con el verdadero gozo, que supera inmensamente a todos los gozos y placeres del mundo. Como menesterosos. Dice Tasker: «Con tanta verdad como Pedro, pudo haber dicho Pablo: “No poseo plata ni oro” (Hch. 3:6), pues el dinero que ganaba con el sudor de su frente escasamente le bastaba para su mantenimiento». Sin embargo, podían enriquecer a muchos con las riquezas espirituales en las que ellos mismos abundaban. Y, al renunciar por Cristo a todo lo que el mundo estima (v. Fil. 3:7), eran dueños de todo (v. Ro. 8:17; 1 Co. 3:21, 22).
Versículos 11–13
1. El extraño y singular apóstrofe (comp. con Gá. 3:1; Fil. 4:15) con que se dirige Pablo a sus lectores (v. 11: «oh corintios») muestra la emoción y la ternura del apóstol al escribir estas líneas. «La boca abierta» y «el corazón ensanchado» son hebraísmos que indican respectivamente la solemnidad, o la franqueza, con que se dice algo (v. por ej. Pr. 31:8) y (Sal. 119:32) el amor y la generosidad con que alguien está dispuesto a servir a los demás.
2. El apóstol añade a esta profesión de su tierno amor hacia los fieles de Corinto una exhortación a la reciprocidad (vv. 12, 13), como conviene a hijos espirituales de tan buen padre. Nótese la belleza de las expresiones de Pablo en el versículo 12: «No estáis estrechos en nosotros, pero sí sois estrechos en vuestras propias entrañas». Como si dijese: «En mi corazón tenéis amplia cabida, pues mi afecto se desborda hacia vosotros, pero vosotros sois cicateros conmigo, pues me escatimáis el afecto que deberíais tenerme».
Versículos 14–18
El apóstol cierra el capítulo con una exhortación (que incluye el v. 1 del cap. 7) a evitar el contagio que ocasiona la unión íntima con los incrédulos.
1. La exhortación a no unirse en yugo desigual con incrédulos (v. 14). La metáfora está tomada de Deuteronomio 22:10 (v. también Lv. 19:19), donde la Ley prohibía arar con buey y asno uncidos bajo el mismo yugo. El vocablo castellano «cónyuge» significa precisamente «compartir el mismo yugo con otra persona», como es el caso del marido y la mujer en el matrimonio. De ahí que a la exhortación de Pablo aquí suele dársele el sentido de no casarse con una persona no creyente. Pero la exhortación se extiende a toda otra relación que suponga una intimidad en la amistad, el negocio, etc.
2. El apóstol refuerza su exhortación con cinco preguntas retóricas, una afirmación que ofrece el motivo principal, y una serie de citas del Antiguo Testamento que corroboran lo que acaba de afirmar.
(A) Las preguntas (vv. 14b–16a) forman «una estrofa de seis miembros, de los que cinco son exactamente paralelos» (P. Gutiérrez). Nótense los sinónimos correspondientes: «¿Qué compañerismo (gr. metokhé) la justicia y la iniquidad? ¿Y qué comunión (gr. koinonía) la luz con relación a la oscuridad? ¿Y qué armonía (gr. symphónesis, ¡sinfonía! Es decir, acorde de voces. Comp. con Mt. 18:19) de Cristo con Belial? (es decir, con Satanás, aunque el hebreo «belial», inútil, vil, perverso, no se aplica en el Antiguo Testamento al diablo, sino a las personas perversas, por ej., «hijos de Belial») ¿O qué parte (gr. merís, porción, herencia, botín) tiene el creyente con (gr. metá, en sentido de compañía) el incrédulo?
¿Y qué acuerdo (gr. synkatáthesis, conjunta posición fija) el santuario de Dios con el de los ídolos?» (lit.).
(B) De esta última metáfora arranca Pablo para establecer la siguiente afirmación (v. 16b): «Porque vosotros sois el santuario del Dios viviente», es decir, el lugar consagrado para morada especial del verdadero Dios (comp. 1 Co. 3:16, 17; 6:19), por lo que el acuerdo con los incrédulos es una especie de sacrilegio, al dar entrada íntima a los mundanos cuyo «dios» es el diablo (v. 4:4).
(C) El apóstol corrobora esta afirmación con varias citas del Antiguo Testamento. La primera (v. 16b) está tomada de Levítico 16:12, en combinación con Ezequiel 37:27 entre otros lugares (v. también Éx. 25:8; 29:45). La segunda (v. 17) está tomada de Isaías 52:11 (comp. con Ap. 18:4), donde se hace una llamada urgente a los exiliados para que salgan de Babilonia, por lo que comporta aquí una solemne invitación a separarse de lo profano, de lo inmundo. En la tercera (v. 18), tomada de Éxodo 4:22 e Isaías 43:6, se implica la idea de que los creyentes son, no sólo el templo de Dios, sino también la familia de Dios, los hijos de Dios. El apóstol añade al final (v. 18b): «dice el Señor (aquí, Jehová) Todopoderoso», con lo que da a entender que no perderán nada con desligarse de lo mundano y permanecer consagrados a Dios, pues es un Dios que todo lo puede y hará que su galardón, como el de Abraham (Gn. 15:1) sea sobremanera grande. ¿Cómo podrá faltarles nada, si ellos son fieles a su Dios?
I. El capítulo comienza, como consecuencia de la exhortación que antecede (6:14–18), con una urgente invitación a la santidad (v. 1). II. También les invita a que reciban sin resentimiento lo que les dice, pues lo hace motivado por el gran amor que les tiene (vv. 2–4). III. Toma luego al pensamiento de 2:13, para mostrar cómo han desaparecido los malentendidos y las mutuas desconfianzas, y la alegría que recibió con las noticias recibidas por medio de Tito al enterarse del sincero arrepentimiento de ellos (vv. 5–11). Concluye con palabras de ánimo y afecto a los corintios (vv. 12–16).
Versículo 1
Este versículo, como ya dijimos anteriormente, empalma con los versículos 14–18 del capítulo anterior, y forma todo ello una especie de paréntesis, ya que 7:2 se une con 6:13 de un modo tan perfecto que no faltan autores que opinan que se trata de una interpolación. Sin embargo, se puede afirmar, sin lugar a dudas, que no se trata de tal interpolación, sino de uno de los frecuentes incisos del apóstol, aunque resulte muy difícil adivinar el motivo que le llevó a interrumpir súbitamente el hilo de su discurso.
La conexión con 6:14–18 se corrobora con ese «Así que» con que empieza el versículo. Las «promesas» a las que alude son las de ser acogidos por el Dios Todopoderoso como hijos e hijas (6:17b, 18). En virtud de estas promesas, les exhorta a sacudirse toda contaminación (comp. Ap. 21:17) de carne y de espíritu, ya que ambos son santuario de Dios. Eso se lleva a cabo «perfeccionando la santidad en el temor de Dios», es decir, progresando constantemente en la propia santificación, no por agradarse a uno mismo ni por el qué dirán de los hombres, sino con el temor reverencial de Dios, al andar siempre en su presencia (v. He. 12:14; 1 P. 1:17; 2 P. 1:3–11).
Versículos 2–4
1. Conforme a las expresiones de 6:11–13, el apóstol dice ahora (v. 2): «Haced sitio para nosotros» (lit.); se sobrentiende: en vuestros corazones. Bien podían abrirle de par en par las puertas del corazón y darle franca y benévola acogida, puesto que de parte del apóstol no habían recibido ningún efecto deletéreo, dijesen lo que dijesen sus adversarios: «A nadie hemos agraviado, a nadie hemos perjudicado, a nadie hemos explotado» (NVI).
2. Para que nadie piense que Pablo lanza un solapado reproche a todos los fieles de Corinto, cuando sólo algunos le habían ofendido, el apóstol les recuerda lo que ya les había dicho antes (6:11–13). No les pronuncia sentencia de condenación. Dice Tasker: «Hacer eso sería contrario al tenor de sus palabras en 6:11–13, cuyo propósito, dice ahora (v. 3b), era que nunca había de excluirles de sus afectos aun cuando se estuviese muriendo; mucho menos, cuando estaba vivo y bien, y los intereses de ellos eran la continua preocupación de él».
3. Conforme a la primera frase de 6:11 («Nuestra boca, etc».), dice ahora (v. 4): «Mucha franqueza (gr. parrhesía) tengo con vosotros», no sólo por el amor que les profesa, sino también por el gran consuelo que había recibido con las noticias de Tito; por lo que, a pesar de las muchas imperfecciones que tenían, podía gloriarse mucho con respecto de ellos, y añadía un nuevo motivo para sobreabundar de gozo en medio de todas las tribulaciones (comp. con 4:17; 6:10; 12:10; Ro. 8:17).
Versículos 5–11
En esta porción, el apóstol especifica el motivo del consuelo y del gozo que ahora le embargaban el corazón.
1. La desazón que sufría (v. 5). En 2:13, se había referido a la falta de reposo en su espíritu. Ahora añade: «ningún reposo tuvo nuestra carne (lit.)», vocablo con el que aquí expresa la debilidad física, corporal. Dice Tasker: «Parte de la fragilidad de la naturaleza humana es estar sujeta a tensiones y molestias que tienen repercusiones de tipo mental y físico». Le quitaban el reposo los conflictos provenientes del exterior, y los temores que sentía en su interior. En los primeros suelen ver los autores las persecuciones, las malas lenguas, etc., de que le hacían objeto sus enemigos, mientras que los temores parecen referirse a la inquietud que le causaba el estado espiritual de la iglesia en Corinto.
2. El consuelo que encontró (vv. 6, 7). La llegada de Tito, con las buenas noticias que traía, le llenó de consuelo. El ver a Tito contento y consolado (comp. con 1:4–7) le llenaba todavía más de gozo y consuelo; tanto más, al hacerle saber Tito la añoranza (gr. epipóthesin), esto es, el anhelo de verle y de verle consolado, el profundo pesar (gr. odyrmón) que sentían por haberle causado pesadumbre, y el celo, esto es, la preocupación, por él, consistente en su deseo de defenderle contra los que hablaban mal de él y en su docilidad para seguir las instrucciones de él.
3. El regocijo que tuvo al enterarse del sincero arrepentimiento de ellos (vv. 8–11).
(A) El gozo de Pablo, en esta ocasión, es por el buen resultado de la pesadumbre que les ocasionó la Epístola (que no nos ha llegado) que les dirigió (v. 8). No se alegra precisamente de la pesadumbre que les causó (v. 9), sino de que aquella pesadumbre tuvo tan buen resultado: «Ahora me siento feliz, no porque os apenasteis, sino porque vuestro pesar os condujo al arrepentimiento; pues os apesadumbrasteis conforme agrada a Dios, y así no recibisteis ningún daño de nuestra parte» (NVI).
(B) Vemos, pues, como aclara Pablo (v. 10), que hay un pesar, una pena o tristeza que es según Dios, esto es, como Dios la quiere y como a Dios le agrada. Es una tristeza que conduce a un sincero arrepentimiento (gr. metánoia, cambio de mentalidad que comporta un cambio de conducta) y, por tanto, está en la línea de la salvación, porque es pesadumbre por el pecado, no por el castigo. De este arrepentimiento no hay que remorderse (gr. ametaméleton, no es de la misma raíz que el verbo metanoéo), pues no deja huellas (no las debe dejar, al menos) de pesadumbre, sino que produce inmenso gozo por el perdón de Dios.
(C) Pero hay (v. 10b) otro pesar, otra tristeza que es la del mundo, es decir, la que sufren los mundanos por la frustración de sus ilusiones, o por la pérdida de las cosas temporales o, incluso, por el pecado mismo en cuanto que trae desánimo, depresión, persistente complejo de culpabilidad, etc., pero no está santificado por el amor, pues no se debe a la operación del Espíritu Santo en el corazón del pecador, sino a la astuta maniobra del diablo, quien, después de conducir al pecado, desea hundir en la desesperación al pecador; por eso, dice el apóstol de esa tristeza: «produce muerte». Dos casos respectivos, bien característicos, de ambas tristezas los tenemos en Pedro y en Judas. El uno pecó al negar al Maestro; el otro pecó al venderlo por treinta monedas. En cuanto a las señales exteriores, el remordimiento de Judas, la confesión de su pecado y la pena capital que se impuso a sí mismo sobrepasaron con mucho a las lágrimas de Pedro; pero en Pedro había un elemento esencial (para vida) que no había en Judas: el amor al Maestro (v. Jn. 21:15–17), a pesar de la cobardía anterior al negarle. Por eso, el arrepentimiento de Pedro fue sincero y fructífero (v. Lc. 22:32), mientras que el remordimiento de Judas le llevó al suicidio.
4. El apóstol muestra la sinceridad del arrepentimiento de los corintios (v. 11) basado en los buenos resultados que la tristeza según Dios había producido. Cuando se produce un verdadero cambio en la mente y en el corazón, cambian también la vida y las actitudes: «Ved, si no, lo que este santo pesar ha producido en vosotros: qué gran interés ha suscitado en vosotros, qué afán por disculparos, qué indignación, qué alarma, qué afecto, qué preocupación, qué presteza en hacer que se aplicara al culpable la disciplina. De todos modos habéis demostrado que erais inocentes en este asunto» (NVI). Estaban, pues, avergonzados de su pecado, alarmados ante la justa ira de Dios, llenos de afecto y deseo vehemente de ver a Pablo, de promover su honor y de aplicar al culpable la disciplina a que se había hecho acreedor. Todo eso mostraba que habían pecado por negligencia, pero no por haberse confabulado con el ofensor. Lo habían mostrado en todo detalle (gr. en pantí,—singular, pero que abarca distributivamente todos los modos y puntos—, comp. con 2 Ti. 3:16 «Toda Escritura»).
Versículos 12–16
1. El versículo 12 tiene al revés, en nuestras versiones, los pronombres personales, ya que el original dice literalmente: «Así que, aun cuando os escribí, no (fue) por causa del que ofendió, ni por causa del ofendido, sino para que vuestra solicitud por nosotros se hiciera manifiesta a vosotros (mismos) delante de Dios». La NVI ofrece esta espléndida paráfrasis, que hace innecesario todo comentario: «Así que, aun cuando me sentí incitado a escribiros, no fue con miras al que causó la ofensa, o a la parte que resultó ofendida, sino más bien para que en la presencia de Dios pudieseis ver por vosotros mismos el interés que tenéis por nosotros». Deja, pues, bien claro que, para escribir esta carta, no le movieron sentimientos de rencor hacia el que le había causado la ofensa, siendo él mismo «la parte que resultó ofendida», sin descartar la posibilidad que apunta Gutiérrez de que la persona directamente ofendida fuese «otra persona que representaba su persona (la de Pablo) y su autoridad». Fue sólo, dice Gutiérrez, «para que ellos por su obediencia manifestaran su afección a él en la presencia de Dios y su solicitud verdadera y sincera, con la que deseaban serle gratos».
2. Esta fue, dice, la verdadera razón (v. 13) por la que recibió un consuelo tan grande. Y, «encima de (gr. epi) este consuelo nuestro (no vuestro), nos alegramos mucho más abundantemente por el gozo de Tito, pues ha sido tranquilizado su espíritu por todos vosotros» (lit.) Al ver la buena disposición en que se hallaban los fieles de Corinto, pues obedecieron de buena gana las instrucciones que Pablo les dio por medio de Tito, éste se llenó de alegría, y la alegría de Tito repercutió grandemente en el ánimo de Pablo, que le había comisionado para una misión tan delicada. En todo ello se echa de ver la gran generosidad altruista del gran apóstol. Bien puede haber tal gozo en la tierra, cuando tanto gozo hay en el cielo por un solo pecador que se arrepiente (Lc. 15:7, 10).
3. El pensamiento de todas estas cosas acrecentó el afecto que Pablo les tenía (v. 15) y la confianza que había puesto en ellos (v. 16). Así que no había quedado avergonzado delante de Tito al hacer ante él una buena recomendación de ellos, pues su expectación con respecto a ellos no había quedado decepcionada (v. 14). Esto indica que Tito no conocía a los fieles de Corinto sino por lo que Pablo le había dicho acerca de ellos, y que el elogio que de ellos le hizo Pablo contribuyó no poco a que Tito desempeñase su cometido con muy buen ánimo.
Pablo exhorta aquí a los corintios acerca de cierta obra de amor generoso: remediar las necesidades de los creyentes pobres de Judea. I. El apóstol les incita, con el buen ejemplo de los macedonios, a contribuir con generosidad al alivio de tal necesidad (vv. 1–6). II. Sigue urgiéndoles con otras razones al fiel cumplimiento de ese deber (vv. 7–15), y III. recomienda a las personas encargadas de llevar a Jerusalén la ofrenda (vv. 16–24).
Versículos 1–6
1. El apóstol aprovecha la ocasión del buen ejemplo de las iglesias de Macedonia para exhortar a los corintios a esta buena obra de amor.
1. «Y ahora, hermanos, quiero que conozcáis la gracia que Dios ha otorgado a las iglesias de Macedonia» (v. 1. NVI). Comenta R. Tasker: «La liberalidad de los macedonios es una expresión visible de la divina gracia que habían recibido, pues es el Espíritu Santo quien inspira a los cristianos, no sólo a dar espontáneamente, y aun más generosamente de lo que sus medios parecerían garantizar, sino a dar a personas a quienes nunca habían visto, solamente por reconocer que todos los creyentes son uno en Cristo».
2. Nótense las gloriosas paradojas del versículo 2 y compárese con el versículo 9. Los macedonios no sólo abundaban de gozo en medio de la tribulación, sino que ese gozo hizo que su extrema pobreza abundara en riquezas de generosidad hacia sus hermanos de Judea (v. 2). El apóstol les da testimonio (v. 3) de que llegaron a dar «más aún de lo que podían» y sin que nadie se lo pidiese, por propia libre decisión (gr. autháiretoi). No sólo eso, sino que, como seguramente se opondría Pablo, al ver la necesidad en que ellos mismos se encontraban, le rogaron insistentemente que les concediese (v. 4) el favor de compartir este servicio que (era) para los santos (lit.). Era un «favor» (gr. kháris) que ellos estimaban como una «gracia» (el mismo vocablo de los vv. 1, 9).
3. La generosidad de los macedonios estaba basada en buen fundamento (v. 5). No es extraño que superara la esperanza del apóstol. «Se dieron a sí mismos (se entregaron en cuerpo y alma) primeramente al Señor (a Cristo), y luego a nosotros por voluntad de Dios (porque eso era lo que Dios quería)». Una persona que se ha entregado sin reservas a Cristo, no conoce límites para su generosidad a favor de los hermanos. Comenta Tasker: «Pablo suponía que los macedonios habían ofrecido ya al Señor aquella sumisión sin la cual no puede haber en absoluto fe cristiana ni amor cristiano. Pero habían hecho algo más. Además de sus ofrendas, se habían puesto sin reservas en manos del apóstol para el servicio de Cristo, y consideraban esta sumisión como asunto de suprema importancia». En efecto, sin verdadero amor a Dios y al prójimo, el reparto de todos los bienes entre los pobres no le aprovecha en nada al generoso dador (v. 1 Co. 13:3).
4. El apóstol les dice que, animado por la generosidad de los macedonios y seguro de las buenas disposiciones de los corintios (v. 6), había exhortado a Tito a que llevase a feliz término entre ellos la colecta (lit. la gracia), tal como había comenzado antes. Aunque Pablo no especifica dónde había Tito comenzado a hacer la colecta, se supone que se refiere a la propia iglesia de Corinto, al ser menos probable la opinión de algunos de que podría tratarse de la forma como había comenzado a realizarla en otros lugares; por ejemplo, en la misma Macedonia. En todo caso, era una medida de prudencia encargar de llevar a feliz término una colecta a la misma persona que con tan buen resultado la había comenzado allí mismo o en otros lugares.
Versículos 7–15
1. Les urge ahora a que consideren la abundancia que han mostrado en toda clase de virtudes (y, especialmente, en dones), a fin de que abunden también en la generosidad para con los hermanos necesitados (v. 7). Cuando se desea alguna buena obra de parte de una persona, es buena táctica elogiarla por las cosas buenas que ya lleva hechas. ¿A quién no le agrada y le estimula un cumplido sincero, sin mezcla de insincera adulación, especialmente cuando se le va a pedir un favor? Entre las cosas en que abundaban los corintios, Pablo menciona en primer lugar la fe, porque es la raíz de todas las demás gracias. Los que abundan en fe, abundarán también en buenas obras. A la fe añade palabra, es decir, capacidad para dar expresión a la verdad cristiana; muchos que tienen verdadera fe carecen de habilidad para expresarla. Abundaban igualmente en conocimiento, en facilidad para entender, y también en toda diligencia, esto es, en vigor y celo para desarrollar las actividades que son necesarias en una comunidad cristiana; esto no es muy corriente, pues los mejores habladores no suelen ser los mejores hacedores. Finalmente, sentían afecto hacia los ministros de Dios.
2. Para prevenirles contra cualquier sospecha de imposición autoritaria, Pablo les dice que no impone eso como un precepto (v. 8), sino que se limita a dar su opinión (v. 10), que es, a la vez, como un consejo fundado sobre dos bases: la utilidad que de su generosidad se deriva para ellos mismos, y la conveniencia de llevar a feliz término algo que ellos mismos habían comenzado antes (desde el año pasado, dice), no sólo a querer (gr. thélein, desear; el mismo verbo de 1 Ti. 2:4), sino también a poner por obra, la colecta. En efecto, las buenas intenciones no son de despreciar, pues son como brotes y capullos que dan esperanzas de flores y frutos, pero de nada sirven sin llevarlas a feliz término del modo que más agrada a Dios (v. 12), quien, con tal de que quien da lo de de buena gana, lo acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene. Recuérdese cómo alabó el Señor a la viuda que había echado en el tesoro del templo todo cuanto tenía, todo su sustento (Mr. 12:43, 44).
3. El motivo principal era el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo (v. 9. Nótese, una vez más, la acumulación de epítetos). Si el dar de buena gana, por amor a Dios y al prójimo, es una gracia, conforme a todo el contexto anterior, ¿qué gracia podrá compararse con la de nuestro Señor Jesucristo, «que por amor a vosotros se hizo pobre (comp. Fil. 2:6–9), siendo rico antes de la fundación del mundo, al compartir las infinitas riquezas de Dios en el seno del Padre (Jn. 1:18; 17:5), para que vosotros fueseis enriquecidos (comp. con Ro. 8:17; Ef. 1:3–8) con su pobreza», esto es, precisamente por medio de su humillación que le llevó hasta la muerte en Cruz para obtener nuestra redención. Si Cristo dio su vida por nosotros, pecadores, enemigos suyos, ¿qué podrá negar un creyente a sus hermanos en la fe? (v. 1 Jn. 3:16–18). «Al leer este versículo, dice Tasker, el cristiano no puede olvidar el objetivo de la encarnación. El Señor fue manifestado en carne para quitar el pecado (1 Jn. 3:5), y el quitar el pecado implicaba tomar sobre Sí el papel del Siervo sufriente y llegar a ser el Hijo del Hombre que no tenía dónde reclinar Su cabeza (Lc. 9:58) y que había de morir sin poseer ni una sola cosa».
4. El apóstol apoya su argumento final en la necesidad de una distribución equitativa de bienes y en la versatilidad de los asuntos de los hombres (vv. 13–15). La comunión característica de los creyentes (v. Hch. 2:42; 4:32, etc.) requiere cierto equilibrio en el disfrute de toda clase de bienes, sin descartar los bienes materiales (v. 14), de forma que la abundancia de unos supla la indigencia de otros y, si cambian las circunstancias, «la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra». Pablo lo ilustra (v. 15) con una cita de Éxodo 16:18, donde se dice del maná «y no sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco; cada uno recogió conforme a lo que había de comer». El hecho de que el apóstol eche mano precisamente de esta cita da a entender que, puesto que toda buena dádiva desciende del Padre de las luminarias (Stg. 1:17), es deseo de Dios que sus hijos aprendan a compartir generosamente lo que Él mismo les envía.
Versículos 16–24
1. Con una expresión de gratitud a Dios (v. 16), Pablo elogia a Tito por haberle puesto Dios en el corazón la misma diligencia, el mismo celo a favor de los corintios, que el propio apóstol albergaba en su corazón. Estaba presto a partir para Corinto, no sólo por la exhortación de Pablo (v. 17), sino también por el deseo que él mismo sentía espontáneamente de ir a ellos, por lo cual puso en ello todavía mayor diligencia. Los aoristos griegos éxelthen («partió») y sunepémpsamen («enviamos juntamente», v. 18) parecen indicar que Tito y sus acompañantes ya se habían puesto en camino, pero la mayoría de los autores los toman como «aoristos epistolares», e indica que estaban a punto de partir.
2. Para acompañar a Tito en el viaje, Pablo menciona a otro hermano en la fe (v. 18) y, después (vv. 22, 23), a un tercero, a quien también llama «nuestro hermano». Del primero dice (v. 18b) «cuya alabanza en el evangelio se oye por todas las iglesias». Esto indica que dicho hermano era conocido en todas las iglesias como predicador del Evangelio, lo cual, según Tasker, no cuadra bien con lo que sabemos de Lucas. Sin embargo, la mayoría de los autores lo identifican con él, puesto que sólo Lucas, entre los que se nombran en Hechos 20:4, había partido de Filipos, mientras que los demás procedían de Berea y de Tesalónica. A esto se añade el testimonio del propio Lucas, quien se cuenta a sí mismo en primera persona de plural en dicha porción de Hechos 20:4–6. Se ha de descartar a Timoteo, por estar con Pablo (1:1) en el momento de redactar la Epístola. Más difícil es la identificación del otro hermano. Se le suele identificar con Apolos, pero no tenemos ninguna clave que nos permita hacerlo con seguridad ni en el caso de Lucas ni en el de este otro acompañante de Tito. No sabemos por qué no los mencionó Pablo por su nombre, pero lo cierto es que los destinatarios de la Carta debían de saber bien a quiénes se refería.
3. Para prevenirles contra cualquier rumor o sospecha (v. 20) de que Pablo y sus colaboradores no actuaban con integridad o con imparcialidad, el apóstol deja bien claro que el hermano al que alude en el versículo 18 había sido designado por las iglesias para acompañarle a él mismo en el viaje para entregar en Jerusalén la colecta (v. 19), a la que llama literalmente «gracia», como ha hecho en el contexto anterior. Testifica asimismo de su rectitud de intención en la administración de la ofrenda, pues sólo piensa en que sea «para gloria del Señor mismo y para demostrar nuestra (no, vuestra) buena voluntad» (gr. prothymían; más bien, «prontitud de ánimo»), y añade (v. 21): «porque nos esmeramos en hacer lo que está bien (gr. takalá, lo digno, excelente, etc.), no sólo a los ojos del Señor, sino también a los ojos de los hombres» (NVI).
4. Concluye con una descripción elogiosa de los hermanos que ha mencionado (v. 23), por lo que les exhorta a mostrar su generosidad hacia estos mensajeros de las iglesias, a fin de que ellos mismos y las iglesias que los envían, puedan ver una prueba del amor de los creyentes de Corinto y de las buenas razones que el apóstol tenía para gloriarse respecto de ellos (v. 24).
El apóstol aquí, I. parece excusarse de su insistencia en urgir a los fieles de Corinto a que cumplan su deber de generosidad (vv. 1–5) y, II. pasa a dar instrucciones acerca del modo más conveniente de llevar a cabo la colecta (vv. 6–15).
Versículos 1–5
I. Al continuar con el pensamiento de los últimos versículos del capítulo 8, el apóstol parece excusarse de la insistencia que ha mostrado en inculcarles con toda clase de argumentos las excelencias de la gracia de compartir con los hermanos en la fe, y les dice que, en realidad, no era necesario escribirles más sobre esto (v. 1), pues conocía bien la «prontitud de ánimo» (v. 2) de ellos para emprender cualquier obra buena, como lo habían demostrado desde el año anterior al emprender esta obra. Tanto, que había podido gloriarse ante los fieles de Macedonia, la provincia norteña de Grecia, acerca del celo que habían mostrado sus hermanos de Acaya, la provincia sureña (Corinto, Atenas, etc.), lo que había servido para estimular y enardecer el entusiasmo de los macedonios. Habían comenzado, pues, muy bien.
¡De seguro que continuarían también ejercitando el mismo celo y sirviendo de estímulo a los demás!
1. Con tacto y prudencia dignos de imitación, el apóstol les dice ahora que les envía a Tito y a los otros dos hermanos, y espera que la jactancia que, ante dichos hermanos, ha mostrado acerca de ellos no quede fallida (v. 3) y estén preparados, es decir, tengan ya llevada a cabo generosamente la colecta cuando Pablo llegue, «no sea (v. 4) que, si vienen conmigo algunos macedonios, y os hallan desprevenidos, nos avergoncemos nosotros, por no decir vosotros, de esta nuestra seguridad (gr. hypostásei, el mismo vocablo de He. 11:1)». ¡Qué buen psicólogo era el apóstol! Con esa santa astucia que poseen los que conocen bien el corazón humano, parece que está dando cuando está pidiendo. Él ha dado todos los pasos necesarios (v. 5), a fin de que la ofrenda sea generosa (lit. como bendición; gr. hos euloguían) y no mezquina (gr. pleonexían, con avaricia).
Versículos 6–16
1. Pablo pasa luego a dar las convenientes instrucciones que deben observarse en el modo correcto de ejercer el ministerio de beneficencia. Quienes desean y esperan una espléndida cosecha (v. 6) no pueden ser cicateros al hacer la siembra. Además, lo que un creyente haya de dar para el servicio del Señor, la obra del Evangelio y el socorro de las necesidades de los hermanos en la fe, lo ha de tener decidido de antemano (gr. proéretai), lo que supone seria consideración acerca de sus propias posibilidades, «sin estirar el brazo más que la manga», según el refrán castellano (no sea que vaya a perjudicar a sus familiares más allegados. Comp. con Mt. 15:5; Mr. 7:11). Así no tendrá que arrepentirse de haber prometido más de lo que podía dar, pues en este caso, lo daría con tristeza (comp. con Mt. 19:22; Mr. 10:22) o por necesidad, es decir, considerándose obligado a dar lo prometido para evitar que otros piensen de él que es un tacaño. «Porque Dios ama al dador alegre», añade Pablo, al citar de Proverbios 22:8 según la versión de los LXX. El hebreo de Proverbios 22:9 dice literalmente: «El que es bueno de ojo, ése es bendecido, porque da de su pan al necesitado». Dice Tasker: «El ojo era considerado en el pensamiento hebreo como la ventana del alma, por la cual se revelaban los verdaderos motivos del hombre» (comp. con Mt. 6:22; 20:15).
2. Les anima con buenas razones a que lleven a cabo generosamente esta obra de amor. Ya que:
(A) No saldrán perdiendo por lo que den. Lo que se da a los pobres está muy lejos de ser cosa perdida; así como la preciosa semilla que se arroja al surco no se pierde (v. 6), pues ha de brotar y llevar fruto abundante, así también el que da a los pobres presta a Dios (Pr. 19:17), y Dios hará (v. 8) que abunde en nosotros toda gracia (comp. con Ef. 3:20), a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente (nótese eso de «en todas las cosas todo». Dios promete lo que es «suficiente», no lo «superfluo», ya que ni lo necesitamos ni nos conviene), abundemos para toda obra buena. El sustantivo griego autárkeian (v. el adjetivo de la misma raíz en Fil. 4:11) significa la capacidad para valerse por sí mismo, sin depender de los vaivenes de la fortuna. Aquí indica una suficiencia capaz de cubrir, no sólo las propias necesidades, sino también las ajenas, conforme al pensamiento que expresa en Efesios 4:28. Pablo lo corrobora aquí con citas de Salmos 112:9 en el versículo 9, y de Isaías 55:10 y Oseas 10:12 en el versículo 10. Para el significado del vocablo «justicia» por «generosidad» (v. 9), véase Mateo 6:1.
(B) No sólo serán ellos mismos enriquecidos (v. 11), sino también los que de ellos reciban esos bienes (v. 12), pues además de recibir bendición en cuanto a lo material, les servirá de oportunidad para enriquecerse espiritualmente mediante las acciones de gracias que darán a Dios (vv. 12, 13), glorificando a Dios, al ver que la religión, la fe, de estos hermanos es realmente sincera, puesto que cumplen con generosidad y alegría los postulados del Evangelio, incluidos los que exigen el sacrifico del propio bolsillo como prueba de verdadera comunión (gr. koinonías) con ellos, lo mismo que con todos los demás hermanos en la fe, miembros del mismo Cuerpo de Cristo.
(C) Además (v. 14), aquellos cuyas necesidades se vean cubiertas mediante la generosidad de los fieles de Corinto corresponderán con sus oraciones, a fin de que Dios siga bendiciendo con las más ricas bendiciones a estos hermanos en quienes se ha manifestado la sobreabundante gracia de Dios, como se había manifestado en los hermanos de Macedonia (8:1). El apóstol usa en este versículo el ya conocido verbo griego epipotheín (5:2), de la misma raíz que el sustantivo epipóthesis que también vimos en 7:7,
11. Ambos términos expresan añoranza, nostalgia y ardiente deseo de ver y tener comunión con hermanos a quienes se ama de corazón.
3. El apóstol concluye el capítulo con una exclamación de gratitud (v. 15): «¡Gracias (sean dadas) a Dios por este don indescriptible!» (NVI). El adjetivo que traducimos por «indescriptible» es la única vez que ocurre en todo el Nuevo Testamento y es de tener en cuenta en la argumentación siguiente, pues expresa algo que no puede describirse adecuadamente en palabras humanas. Esto va en contra de la opinión de algunos autores (ya defendida por Calvino) de que Pablo se refiere aquí a la gracia de Dios que acaba de mencionar en el versículo 14. Piensan estos autores que la referencia a Jesucristo está aquí fuera de contexto. Sin embargo, en su larga argumentación, R. Tasker demuestra, apoyándose en muy buenos exegetas (Hodge, Menzies, Strachan), que es costumbre de Pablo, al hablar del amor entre los cristianos, remontarse a la primera fuente de tal amor (v. Ro. 5:5, comp. con Jn. 3:16; 1 Jn. 3:1, 16–18; 4:8–12). El don indescriptible es, pues, con la mayor probabilidad, el propio Señor Jesucristo. Dice P. Gutiérrez: «La generosidad de los corintios y la magnánima correspondencia a ella de parte de los hermanos de Judea no son sino una manifestación del don inenarrable del amor de Cristo a nosotros».
En este capítulo, Pablo rompe el hilo de su discurso y vuelve a enfrentarse con quienes atacaban su ministerio. I. Afirma el poder de su predicación y la autoridad para castigar a los ofensores (vv. 1–6). II. Declara su íntima relación con Cristo, de quien ha recibido su comisión y su autoridad apostólicas (vv. 7– 11). III. Rehúsa justificarse a sí mismo, así como actuar según las normas empleadas por los falsos maestros (vv. 12–18).
Versículos 1–6
1. A fin de que no parezca que lo que va a decir a continuación es efecto de un arrebato de indignación, Pablo comienza (v. 1) esta porción y ruega humilde y mansamente «por la mansedumbre y moderación del Cristo» (lit.). Usa aquí un vocablo griego (epieikéia, de donde el término legal epiqueya: moderación clemente en la aplicación de la ley, a la vista de ciertas circunstancias), el cual ocurre solamente aquí y en Hechos 24:4. «Como es la autoridad de Pablo, dice Tasker, la que ponen en duda (sus adversarios), abandona el plural de autoridad en este versículo, disociándose de Timoteo (v. 1:1) y dirige a ese grupo de disidentes una apelación puramente personal»: «Y yo mismo, Pablo». Si no conociésemos la rapidez con que el apóstol cambia de tema, daríamos la razón a quienes ven en los capítulos 10–13 un fragmento de la Epístola que se perdió. La segunda parte del versículo 1 es una alusión irónica a lo que sus adversarios decían de él (v. el v. 10). Lo que les ruega (v. 2) es que, cuando vaya a verles, no le obliguen a proceder severamente «contra algunos que se figuran que procedemos con criterios mundanos» (NVI), opuestos al modo sobrenatural, según Dios, con que Pablo procedía en todo.
2. Declara a continuación la forma en que desempeñaba su ministerio (vv. 3–5). Reconoce Pablo (v. 3) que la condición de todo ser humano en la vida presente es en la carne, es decir, conforme a la fragilidad común a todo mortal, expuesto a las necesidades, limitaciones, penas y aflicciones de la peregrinación temporal, y él no está exento de esas limitaciones, pero su modo de proceder no es según la carne. Como en otros lugares (v. Ef. 6:10 y ss.; 2 Ti. 2:3, 4; 4:7), Pablo concibe la vida cristiana como una milicia. Y siguiendo la misma metáfora, asegura (v. 4) que «las armas con que combatimos no son mundanas, sino que poseen el poder divino de derribar fortalezas» (NVI). Son armas espirituales, porque son, en fin de cuentas contra enemigos espirituales (Ef. 6:12). Detrás de todos los que se oponen a Dios, a Jesucristo, al Evangelio, están los poderes malignos, invisibles, del diablo. El griego ojúroma indica los fuertes torreones colocados en las cuatro esquinas de la muralla interior, donde el enemigo asediado se atrincheraba para mejor defenderse de los sitiadores y asestarles más fácilmente su certeros dardos.
3. En el versículo 5, el apóstol describe lo que quiere dar a entender mediante la metáfora de la «destrucción de fortalezas». Los enemigos tras de los que se esconde el diablo no son tres, como podría deducirse de una ligera lectura del versículo, sino uno solo: el orgullo, la autosuficiencia carnal, del hombre pecador y rebelde contra Dios y su Palabra («contra el conocimiento de Dios», es decir, contra el Evangelio del que Pablo ha sido constituido proclamador, heraldo, embajador, v. 5:18–20). Este orgullo es el que presta argumentos (gr. loguismoús), es decir, raciocinios prejuzgados contra todo lo que el predicador pueda decir. De ahí la inutilidad de discutir con los incrédulos mediante razones teológicas o filosóficas. El Evangelio no puede presentarse en una mesa de discusiones, sino en un púlpito de proclamaciones. Sólo la Palabra de Dios, pura, sencilla, directa, de labios del embajador de Cristo, tiene poder, mediante la acción del Espíritu Santo, para echar abajo esos torreones que se yerguen altivos «y hacer prisionero a todo pensamiento para que obedezca a Cristo» (NVI). ¡Bendita cautividad la que conduce a la verdadera libertad! (V. Jn. 8:32 y ss.) Dice Tasker: «Uno de los más asombrosos e innegables argumentos a favor de la verdad de la religión cristiana, y a favor de la omnipotencia de Dios, es el hecho de que, cuando se les confronta con el Evangelio, que es un escándalo para el intelecto humano y una locura para los orgullosos hombres no regenerados, algunos de los más sutiles intelectos humanos han sido conducidos a rendir sumisión al Salvador».
4. Pablo afirma también (v. 6) su autoridad como ministro de Cristo para castigar toda desobediencia. Pero sólo usará de este poder cuando la obediencia de los corintios sea perfecta. Dice Gutiérrez: «Cuando los fieles en su mayoría hayan empezado a lograr cierta madurez espiritual que impida el que les haga daño el rigor empleado contra los malos, Pablo hará uso del rigor». El apóstol no quiere derribar algunos baluartes mientras el resto del edificio no esté perfectamente consolidado.
Versículos 7–11
1. El apóstol pasa ahora a reprender a los creyentes de Corinto por su inmadurez espiritual: «Os dejáis llevar de las apariencias» (NVI), les dice (v. 7). Puesto que el griego dice literalmente: «según el rostro», claramente alude ya Pablo a su pobre figura física (comp. con los vv. 1, 10), tanto como a su oratoria poco florida, detalles exteriores que servían a sus adversarios para intentar quitarle adeptos. Era una lástima, y lo sigue siendo, que muchas personas se fijen en el porte exterior, la voz o el gesto del predicador, más bien que en la Palabra de Dios que está exponiendo con toda fidelidad. Así les ocurría a los fieles de Corinto; no sabemos a cuántos de ellos.
2. Contra este defecto, el apóstol se defiende de dos maneras:
(A) Apela a la autoridad que el Señor le había dado (vv. 7b–9, comp. con 13:10). Resume admirablemente Ryrie: «Os fijáis, dice Pablo, únicamente en lo que tenéis delante de vuestros ojos. Yo pertenezco a Cristo tanto como ellos (v. 7). A decir verdad, podría reclamar mayor autoridad (v. 8), pero eso podría asustaros (v. 9)». ¿Quién podía acusar a Pablo de falta de amor al Señor o de infidelidad en el desempeño de su ministerio apostólico? En Cristo hay lugar para todos los creyentes sinceros; y, por muchas diferencias que haya entre unos y otros, todos somos uno en Cristo. Mucho ayudaría a disminuir esas diferencias y a curar las rencillas que, por ello, puedan surgir, el recordar que los que son diferentes de nosotros, pueden pertenecer de igual modo al Señor e incluso sobrepasarnos en su fidelidad y servicio al Maestro. No pensemos que sólo nosotros somos los verdaderos cristianos y que no hay más creyentes «ortodoxos» o «fundamentalistas» que nosotros y los de nuestro grupo. Nótese (v. 8) la humildad, la mansedumbre, el amor, del gran apóstol al conceder la posibilidad de que se haya excedido en su autoridad (en realidad, no se había excedido) recibida del Señor «para edificación, y no para destrucción, vuestra» (lit.). Le hería en lo más vivo la mera sospecha de que, aun sin darse cuenta de ello, pudiese hacer daño a alguien. ¡Qué ejemplo para nosotros!
(B) Apela al poder del Espíritu Santo, el cual se manifestaba en las conversiones que se efectuaban mediante su ministerio, en las señales que acompañaban con frecuencia a su predicación y en la firmeza, sin dominación tiránica, con que ejercía la autoridad que había recibido del Señor (vv. 10–11): «Porque hay algunos que dicen: “Sus cartas son duras y fuertes, pero él en persona causa una pobre impresión y como orador es una nulidad”. Tales personas deberían percatarse de que lo que somos en nuestras cartas cuando estamos ausentes, eso seremos en nuestras acciones cuando estemos presentes» (NVI). No cabe duda de que sus adversarios exageraban la nota. Como hace notar Tasker, sus adversarios no se referían a la figura física de Pablo, sino que le tildaban de ser débil cuando había que pasar a la acción. A pesar del «dicen» que aparece en casi todas las versiones con el fin de dar el sentido, el griego está en singular, así como el pronombre indefinido toioútos, el tal; no obstante, es más que probable que había más de uno que pensaba así. El apóstol replica que su actitud no cambia, ya sea que escriba en ausencia o que hable al estar presente. Dice Gutiérrez: «El rigor que usa en las cartas va dirigido por el deseo de hacer bien, y, si en su próxima visita fuere necesario usar de rigor para edificar, empleará el mismo rigor que en las cartas».
Versículos 12–18
En Romanos 12:3, en una serie de tres verbos de la misma raíz (v. el comentario a dicho lugar), el apóstol había instado a cada uno de sus lectores a no tener de sí mismo un concepto más alto del que se debe tener, sino que cada uno pensase de sí de tal forma que pensase con cordura. En los versículos que ahora comentamos, da una norma para pensar de sí con cordura.
1. La sección va unida a los versículos anteriores con la conjunción causal griega gar, porque. Esto muestra que sigue en la línea de defenderse de las acusaciones que sus enemigos le hacían en cuanto a ser «fuerte» en ausencia y «débil», casi «cobarde» en presencia. El apóstol añade ahora que, al contrario de sus oponentes (v. 3:1; 5:12; 10:18), él no se recomienda a sí mismo de la misma manera que ellos lo hacen: Ellos se miden a sí mismos con su propia medida y se comparan a sí mismos con esa medida falsa que ellos mismos han inventado en su presunción orgullosa (v. 12). En cambio, la medida con que él se mide no es «desmedida» (gr. eis ta ámetra, hasta lo sin medida), sino que se ajusta a la regla o pauta (v. 13) «que nos asignó, dice, el Dios de la medida» (lit.). ¿De qué medida habla aquí? Veamos el contexto:
(A) Por todo el tenor de la Epístola, se echa de ver que quienes, en la congregación de Corinto, tenían en menos la persona y la autoridad de Pablo lo hacían instigados por falsos apóstoles que acusaban a Pablo de extralimitarse en su rigor, como si quisiera imponerse donde no le llamaban (v. los vv. 14 y 15).
(B) A esto contesta Pablo que quienes así hablan son los que realmente se están extralimitando, por tener ambiciones que van más allá de la medida que Dios les ha asignado. Es curioso que Pablo use el vocablo griego kánon, regla. Este vocablo significaba primordialmente la caña con que se medía algo, por ser la caña lo bastante recta como para no dar falsas medidas. De ahí, vino a significar las «reglas» normativas para «enderezar las vidas de la gente» (Tasker). El canon de las Escrituras significa los libros que han de tenerse por genuinamente inspirados por Dios al ajustarse a las normas por las que se diferencian de los apócrifos. «Canónigo» es el clérigo que se rige por las normas y estatutos de una catedral.
(C) ¿Qué «canon», qué regla, le asignó a Pablo el Dios que a cada uno asigna como porción personal (gr. emérisen) una medida que sólo a él le corresponde abarcar? Una medida que alcanzaba (v. 14) hasta Corinto, por lo que el apóstol no se extralimitaba, «pues fuimos, dice, los primeros en llegar hasta vosotros con el Evangelio de Cristo», esto es, que tiene a Cristo por tema central, y que es predicado por mandato, y con la autoridad, de Cristo
2. En consecuencia con este principio, el apóstol declara su correcto proceder en el campo de la evangelización. Lo que dice nos sirve a todos como norma que debe ser imitada.
(A) Al contrario que sus oponentes, él no se comporta ni se alaba desmedidamente, puesto que no se sale de su propia medida al entrar en campo ya trabajado por manos ajenas (v. 15). Pablo roturaba en campo «virgen» y ¡bien que sudaba en los surcos que abría! La iglesia de Corinto había sido engendrada espiritualmente por Pablo ¡sólo él era el «padre» de ellos! (1 Co. 4:15).
(B) Dentro de esa «medida» esperaba poder gloriarse (v. 15b) y verse engrandecido, siempre de acuerdo con la regla que le había asignado el Dios de la medida, conforme fuese creciendo la fe de ellos. No se trata, pues, de un crecimiento en extensión (como da a entender la NVI, entre otras versiones), sino en intensidad: al progresar espiritualmente, hasta alcanzar la madurez.
(C) Una vez que los fieles de Corinto hayan alcanzado la madurez necesaria, el apóstol se verá libre (v. 16) para trasladarse a otros lugares donde poder predicar el Evangelio, pero siempre en terreno «virgen», «sin entrar en la esfera de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado». Si comparamos este versículo con Romanos 1:11–15, tendremos bastante fundamento para negar que Pedro estuviese en Roma como Pastor Supremo y Fundador de la Sede Romana, aun cuando existiesen ya allí algunas comunidades cristianas.
3. Como si se hubiese desmedido en su propia alabanza, Pablo, con palabras de Jeremías 9:23, 24, que ya repitió en 1 Corintios 1:31, encamina todas esas alabanzas hacia donde todo apostolado, todo ministerio de las realidades celestiales, ha de tener su meta como tiene su fuente: «Mas el que se gloría, gloríese en el Señor» (en Jehová, conforme a la cita de Jeremías). Y la razón (v. 18) no puede ser más sencilla ni más sensata: «Porque no es el hombre que se recomienda a sí mismo el que queda acreditado, sino aquel a quien el Señor recomienda» (NVI). «Entre todas las adulaciones, la autoadulación es la peor. En lugar de alabarnos o recomendarnos a nosotros mismos, deberíamos procurar ser aprobados por Dios, y su aprobación será nuestra mejor recomendación» (M. Henry).
El apóstol continúa haciendo su defensa contra los falsos apóstoles. I. Se excusa por seguir recomendándose a sí mismo (vv. 1–4). II. Afirma su igualdad con los demás apóstoles, y por encima de los falsos apóstoles, en este punto particular de predicar el evangelio a los corintios libremente, de balde (vv. 5–15). III. Intercala otra especie de prefacio a lo que va a decir a continuación para su propia defensa (vv. 16–21). IV. Presenta un largo informe de sus trabajos y de sus padecimientos, en los que sobrepasaba con mucho a los falsos apóstoles (vv. 22–33).
Versículos 1–4
1. Pablo se disculpa por continuar recomendándose a sí mismo (v. 1), y desea que le aguanten ese poco de insensatez. Así como al orgulloso le resulta difícil reconocer sus puntos flacos, así también al humilde le resulta difícil alabar sus puntos fuertes. En la segunda parte del versículo, el verbo puede estar en imperativo, como aparece en nuestra Reina-Valera o, con mayor probabilidad, en indicativo, como en la NVI y en la mayoría de las modernas: «pero, ciertamente, (ya) me estáis aguantando» (lit.).
2. A continuación, Pablo expone las razones por las que había incurrido en ese «poco de insensatez» (vv. 2, 3). Lo había hecho con el fin de preservar a los fieles de Corinto de la corrupción a que estaban expuestos a causa de las insidiosas insinuaciones de los falsos apóstoles: «Estoy celoso de vosotros con celos a lo divino; porque os tengo prometidos a un solo esposo, a Cristo, para poder presentaros a Él como una virgen pura» (NVI). Se nota aquí un tono parecido al del Bautista en Juan 3:27–30. El verbo griego se usa para describir los celos conyugales, pero el esposo no es Pablo, sino Cristo; por eso dice que los cela con celo de Dios (lit.), es decir, con el celo que Dios siente por su pueblo y que inspira a sus fieles ministros para que edifiquen a las congregaciones y las conserven puras para Cristo, su único marido (comp. con Ef. 5:25–27). Comenta Tasker: «Él (Pablo) los había engendrado en Cristo Jesús (v. 1 Co. 4:15). Pero así como un padre no es responsable únicamente de haber traído al mundo una hija suya, sino también de darla en casamiento a su marido, así Pablo había desposado a los corintios con un solo esposo. Al añadir lo de “uno solo”, Pablo pone de relieve el hecho de que, así como la relación marital es exclusiva, también los creyentes en Cristo le deben una lealtad exclusiva». Nótese que cada iglesia local es «la Esposa de Cristo».
3. De ahí la indignación del apóstol (vv. 3, 4) ante el temor de que los fieles de Corinto traicionen la lealtad que deben a Cristo, como traicionó Eva la lealtad que debía a Dios al dar oídos a la astuta serpiente (Gn. 3:1–6), que la incitaba a desconfiar del amor de Dios y a desobedecerle. De ahí, su insistencia en advertirles que hacen mal al aguantar bonitamente (lit.) a quienes, al seguir el ejemplo de Satanás (comp. tamb. con Jn. 10:5), vienen predicándoles otro Jesús … otro espíritu … otro evangelio (comp. con Gá. 1:6–9), diferentes de los que habían recibido cuando se convirtieron por la predicación de Pablo. ¡De modo que aguantan a quienes intentan extraviarles! ¿Y no aguantarán al que fielmente trata de conservarlos puros para el Esposo Celestial?
Versículos 5–15
1. «Porque pienso que en nada voy a la zaga de esos superapóstoles» (v. 5, literalmente), dice Pablo ahora y emplea un adverbio griego (hyperlían) compuesto de dos que indican superioridad. Dicho adverbio, que sólo ocurre aquí y en 12:1 en todo el Nuevo Testamento parece inventado por el apóstol, pues no aparece en los clásicos griegos. La mayoría de los antiguos comentaristas veían en estos «superapóstoles» una referencia a las «columnas» que Pablo menciona en Gálatas 2:9; pero los modernos exegetas se inclinan, con toda razón, a ver aquí una alusión irónica (siguiendo la ironía del final del v. 4) a los falsos predicadores que acaba de mencionar.
2. Confiesa (v. 6) que, aun cuando sea inexperto (idiótes, el mismo vocablo de Hch. 4:13; 1 Co. 14:16, 23, 24; es decir, rudo, lego, imperito) de palabra (en oratoria, comp. con 10:10), no lo es en el conocimiento de Cristo y del Evangelio. «En todo y por todo os lo hemos demostrado», añade. El griego dice literalmente: «… os lo manifestamos» (aoristo), por lo que comenta acertadamente P. Gutiérrez:
«Dios le ha comunicado el tesoro del misterio de Cristo, para que él a su vez lo comunique a todos».
3. La amargura de Pablo ante la indigna conducta de quienes le menospreciaban en su ministerio (más que en su persona, ya que esto no le importaba), se echa de ver en los versículos 7–9, no exentos de ironía como los anteriores.
(A) «¿O es que cometí un pecado al rebajarme a mí mismo para que quedaseis en alto vosotros, predicándoos de balde el evangelio de Dios?» (v. 7, NVI). Permítaseme copiar el espléndido comentario de P. Gutiérrez a este versículo: «Es muy propio de Pablo, por la antítesis que establece entre rebajándome yo, por medio del trabajo manual o la petición de limosnas para su sustento, y el para ensalzaros a vosotros, respetándolos como a señores, sin exigirles ninguna ayuda económica y dándoles el tesoro de la revelación, a fin de levantarlos espiritualmente».
(B) En los versículos 8 y 9 explica en qué consistió ese «rebajamiento» que se impuso a sí mismo (comp. con 1 Co. 9:3–18). Cuando, a causa de la continua predicación en Corinto, no podía dedicarse de lleno a su trabajo manual con el que se mantenía a sí mismo, colmaron con creces sus necesidades económicas los fieles de la provincia de Macedonia; en especial, los de Filipos (comp. vv. 8, 9 con Fil. 4:15, 16). A la extraordinaria generosidad de estos hermanos para con él, la llama irónicamente «despojar a otras iglesias» (v. 8). Por eso puede gloriarse de no haber sido gravoso (v. 9) a ninguno de ellos y de que su propósito era edificarles a ellos. «Y en todo me guardé y me guardaré a mí mismo de seros gravoso» (lit.), añade. La frase «suplieron (gr. prosaneplérosan, proveyeron una cantidad adicional) lo que me faltaba» indica que llegó un momento, durante su estancia en Corinto, en que se le acabaron los fondos, por lo que la ayuda recibida de los macedonios sirvió para cubrir el resto de las expensas que le quedaban por pagar.
4. Para entender bien los versículos 10–12, es conveniente repasar 1 Corintios 9:15–18. «Por la verdad de Cristo (esto es, por el Evangelio que en todas partes viene predicando) que está en mí (como un tesoro en vaso de barro, comp. con 4:7), no se me quitará esta mi gloria (de predicar sin ser gravoso, de predicar el Evangelio de balde) en las regiones de Acaya, donde Corinto estaba ubicada», dice en el versículo 10. En el versículo 11, quiere decir que esa determinación que ha tomado no se debe a falta de amor hacia ellos. «Dios lo sabe» bien que les ama de veras. Les ha dado abundantes pruebas de ello (comp. con 6:11; 7:3). El único motivo (v. 12) ha sido «quitar todo pretexto a quienes buscan la oportunidad de equipararse a nosotros en las cosas de que se jactan» (NVI). Comenta Tasker: «En otras palabras, esos “superlativos” apóstoles recibían paga por su trabajo y les agradaría que esta diferencia entre ellos y Pablo quedase eliminada comportándose Pablo como ellos se comportaban, a fin de que pudiesen equipararse a él en pie de igualdad».
5. En los versículos 13–15, describe en duros términos a los falsos predicadores del Evangelio, que estaban extraviando a los corintios de la sincera fidelidad a Cristo (comp. con vv. 3 y 4, para ver que Pablo no se pasa de la raya en la forma como los describe aquí). «Son, dice (v. 13), falsos apóstoles, ya que están desempeñando una comisión que no han recibido del Señor, obreros fraudulentos, atareados en ganarse simpatías y dinero, en lugar de servir al Señor y edificar a los hombres por quienes Cristo murió, que se disfrazan de apóstoles de Cristo, y cambia solamente de piel, pues en su interior son lobos feroces, sin compasión hacia el rebaño (Hch. 20:29, 30). Así que, en realidad, son ministros de Satanás (v. 15), disfrazados de ministros de justicia, epíteto que cuadra estupendamente a los judaizantes, puesto que inculcaban el cumplimiento de la Ley, dejando así inoperante el escándalo de la cruz (Gá. 5:11).
6. No es de extrañar, dice Pablo (v. 14) que esto suceda, porque el propio Satanás se disfraza de ángel de luz. Verdaderamente, como dice Hodge, «Satanás no viene a nosotros como Satanás ni nos presenta el pecado como pecado, sino con el disfraz de virtud; y los maestros del error se presentan a sí mismos como los especiales abogados de la verdad». En realidad, tanto Satanás como sus ministros son maestros en el arte de presentar lo que alguien ha llamado las «medias verdades, que son las peores mentiras» (v. el comentario a Mt. 4:7). De la misma manera que los peces no pican el anzuelo sin cebo, así tampoco el intelecto humano admite el error sin mezcla de verdad. Por eso, nunca es más temible el diablo que cuando parece incitar a la virtud. Pablo termina (v. 15b) esta sección y dice que el fin de los ministros de Satanás será conforme a sus obras. De momento, tales personas parecen navegar viento en popa, pero al final se descubrirá lo que en realidad son y recibirán el castigo que les corresponde (comp. con Pr. 24:12; Mt. 16:27; Ro. 2:6; Gá. 5:10; 2 Ti. 4:14; 1 P. 1:17).
Versículos 16–21
Estos versículos (16–21a) quedan bien claros, y aun más ajustados al griego original, en la NVI que en ninguna otra versión; por ello, los damos a continuación juntos, antes de comentarlos: «Lo repito: Que nadie me tome por insensato. Pero si lo hacéis, aceptadme incluso como insensato, a fin de que también yo pueda jactarme un poco. Al hacer ostentación de esta jactancia, no estoy hablando como el Señor querría, sino como un insensato. Pues ya que muchos se jactan de cualidades humanas, yo también me jactaré; porque de buena gana aguantáis a los insensatos, siendo sensatos como sois. De hecho, aguantáis incluso a cualquiera que os esclaviza, o bien os explota, o se aprovecha de vosotros, o se comporta con altanería u os propina una bofetada. Para vergüenza mía confieso que nosotros hemos sido demasiado débiles como para hacer tales cosas».
1. El apóstol deja bien claro que el jactarse de uno mismo es prueba, no sólo de orgullo, sino también de insensatez; no es eso lo que Dios quiere (vv. 16, 17). Pero su caso es un caso especial, pues lo hace en beneficio de sus lectores y dadas las circunstancias en que ello tiene su lugar y tiempo. Es cierto que el deber de todo cristiano es humillarse a sí mismo en lugar de jactarse; pero también es cierto que la prudencia cristiana, bajo la conducción del Espíritu Santo, nos indica la necesidad de declarar, en determinadas circunstancias, lo que Dios ha hecho por nosotros, en nosotros y hasta por medio de nosotros (v. 18).
2. Gloriarse según la carne es jactarse de cosas y hechos con base en el valor que se les asigna conforme a los criterios que el mundo usa para ello. Pero si los enemigos tienen empeño en jactarse de cualidades humanas, él también puede jactarse de ello (v. 22), aun concediendo que eso es una insensatez, pues su verdadera gloria está en su propia debilidad (v. 30), ya que en ella resplandece mejor el poder de la gracia (12:5, 9, 10).
3. Los corintios, aun siendo sensatos (v. 19), no lo han demostrado muy bien al soportar a quienes, como los «superapóstoles», han sido sobradamente insensatos al gloriarse delante de ellos de cosas que no tienen valor y al aprovecharse de ellos en lugar de servirles de provecho (v. 20). El lenguaje de Pablo quizá sea intencionadamente hiperbólico, a fin de «acentuar la conducta necia de los superapóstoles» (Gutiérrez).
4. La primera parte del versículo 21 es sumamente difícil, tanto por su forma como por su extremada concisión, pues dice literalmente (versión más probable): «En forma de reproche (lo) digo, como si hubiésemos sido débiles». Los autores interpretan de diversas maneras esta primera parte del versículo 21:
(A) Es un reproche a los corintios, quienes deberían avergonzarse de haber tenido por débil a Pablo (Juan Crisóstomo). Esta opinión encaja mal con el contexto posterior.
(B) Pablo se reprocha a sí mismo de haber sido débil al ponerse a la misma altura que sus adversarios, jactándose como ellos de sus cualidades naturales (Héring, Gutiérrez). Estos autores opinan que ese «como si» sugiere que lo que dice es idea de otros.
(C) Pablo se reprocha a sí mismo, pero irónicamente, por haber sido débil en comparación con esos rufianes que han mostrado tanta fuerza en el modo de tratar a los corintios. Ésta es la opinión más probable, y es la que refleja la NVI, que es la que hemos dado. La Nueva Biblia Española la condensa de este modo: «¡Qué vergüenza, verdad, ser yo tan débil!»
(D) Tasker concede también igual probabilidad a una similar interpretación, aunque sin ironías, propuesta por Menzies, quien afirma, además, que Pablo se reprocha a sí mismo y a los mismos corintios:
«No es cosa muy honrosa, dice, la que va a mencionar, pero no puede menos de mencionarla: le han faltado firmeza y demostración de autoridad … pero el descrédito alcanza también a los corintios por haber preferido a quienes se aprovechaban de ellos, más bien que al que los trataba con bondad sin hacer hincapié en sus propios derechos y en su dignidad».
Versículos 22–33
La segunda parte del versículo 21 sirve de enlace entre esa especie de «prefacio» que el apóstol intercala y el osado alarde de cualidades y sufrimientos en los que Pablo supera sobradamente a los falsos apóstoles. Se jacta:
1. En primer lugar (vv. 22, 23a) en sus cualidades y condiciones de orden humano, natural: como son (A) su raza e idioma («hebreo», de padre y madre. V. Fil. 3:5), su religión («israelita») y su linaje («descendiente de Abraham», de la posteridad de las promesas). Todo esto lo es tanto como lo pueda ser otro cualquiera. (B) Su servicio al Señor (v. 23a): «¿Son ministros de Cristo? (Hablo como si hubiera perdido el juicio). Yo más». Dos detalles son dignos de análisis especial en este paréntesis que el apóstol intercala aquí:
(a) El verbo que usa para lo de «perder el juicio» (paraphronéo) sale únicamente en este lugar, y el sustantivo de la misma raíz ocurre solamente en 2 Pedro 2:16 con referencia a la «locura» de Balaam. Son vocablos más fuertes que los que se usan para describir la «insensatez», pues dan a entender que la persona ha perdido completamente, de momento, el juicio.
(b) La razón por la que Pablo usa un verbo tan fuerte es porque, como dice Plummer, «gloriarse acerca de algo tan sagrado como es el servir a Cristo es locura consumada». Pero es de notar que Pablo no se compara con los «superapóstoles» en cuanto al llamamiento recibido de Dios, sino en cuanto al fiel desempeño de dicho ministerio, en lo que dichos «superapóstoles» no se estaban comportando como genuinos embajadores de Cristo. Además, habla así porque los propios corintios le obligan a ello. ¡Si ellos le defendiesen como era su deber, no se vería él obligado a expresarse de esta manera! (v. 12:11).
2. En segundo lugar, Pablo se jacta de las aflicciones que ha sobrellevado, más que ninguno de su adversarios, en el desempeño de su ministerio (vv. 23b–33). La lista es larga, y presenta al apóstol, no sólo como a un extraordinario ministro, sino también como a un sufriente extraordinario.
(A) Más que todos ellos (comp. con 1 Co. 15:10), había trabajado arduamente, como indica el verbo griego, en sus labores apostólicas (v. 23b).
(B) Le eran familiares las cárceles, las cadenas, los azotes. De manos de los gentiles, había recibido azotes sin número (v. 23); tres veces, con varas (v. 25), de las que conocemos una vez, por orden de las autoridades romanas, en Filipos (Hc. 16:22, 23). «De los judíos, dice (v. 24), cinco veces he recibido (ya en el año 57) cuarenta azotes menos uno», precaución que se tomaba a fin de no exceder, por equivocación, la cifra de los 40 que marcaba la Ley (Dt. 25:3). También había estado en cárceles (v. 23) mucho más (se sobrentiende, mucho más que los falsos apóstoles). Y «una vez, apedreado» (v. 25. En Listra, v. Hch. 14:11–19).
(C) Menciona a continuación muchos y diversos peligros de muerte. Primero lo hace en general (al final del v. 23). Después especifica (vv. 25, 26):
(a) Tres naufragios (¡y aún le quedaba por padecer la azarosa travesía del Mediterráneo en su viaje a Roma!—Hch. 27—), en uno de los cuales estuvo una noche y un día como náufrago en alta mar (el gr. buthó, de donde procede el castellano «buzo», no puede significar aquí «en lo profundo del mar»). Podría significar, por hipérbole, los altibajos de un tremendo oleaje.
(b) Enumera después los peligros en viajes, muchas veces (v. 26). En fin en aquellos tiempos, los viajes por tierra eran fatigosos y peligrosos. Los viajes a través de ríos también eran peligrosos, pues escaseaban los puentes y las inundaciones provocaban desbordamientos de las aguas (lit.) Vuelve a mencionar, hacia el final del versículo, los peligros en el mar. Los peligros en despoblado parecen referirse al riesgo de tener que atravesar por parajes desérticos donde pueden sorprenderle a uno de improviso, no sólo las tormentas, sino también las fieras salvajes.
(c) Pero los peores peligros eran los que le exponían a la malignidad de los hombres: Peligros de ladrones, que acechaban en los caminos y parajes poco transitados, como en la parábola del Buen Samaritano, peligros de los de mi nación (v. por ej. Hch. 13:50; 14:5; 17:5, 13; 18:12, entre otros lugares), peligros de los gentiles (v. por ej. Hch. 14:5; 19:23), peligros en la ciudad (en los tumultos de Efeso—Hch. 19:23 y ss.—y Jerusalén—Hch. 21:31—, como ejemplos de casos que conocemos). Y los peores de todos, peligros entre falsos hermanos (v. por ej. Gá. 2:4). Comenta Tasker: «Nunca ha habido en la historia de la Iglesia cristiana un tiempo en que haya estado libre de traición en su interior. Hubo un Judas entre los primeros apóstoles, y ha habido traidores en el campamento desde entonces».
(D) En el versículo 27 menciona (comp. con el «en trabajos»,—gr. kópois—, labor fatigosa, del v. 23) las distintas clases de situaciones que fatigan y rinden a una persona: «He pasado muchos trabajos y fatigas, y muchas noches sin dormir; con hambre y con sed y con escasez de alimento, con frío y con falta de ropa» (NVI). Todo esto se debería a muy diversas circunstancias: viajes, cárceles, preocupaciones, etc.
(E) Como si fuera el peso que más le agobia, hasta abrumarle, menciona al final de la lista anterior (vv. 28, 29) su ansiosa solicitud por cada una de las iglesias que había fundado y edificado, y aun por cada miembro de tales comunidades: «Y dejando aparte otras cosas, lo que me abruma, lo que tengo que afrontar cada día: la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién está débil, sin que yo también me sienta débil? ¿Quién es incitado a pecar, sin que yo esté interiormente en ascuas?» (NVI). A ejemplo del Maestro, Pablo estaba siempre dispuesto a comprender y compadecer a los débiles («compadecer», gr. sumpathéin, significa «padecer con el que padece»), así como a sentirse afectado y herido cuando alguien caía en pecado por incitación de otra persona.
3. En tercer lugar, se gloría (v. 30) en su debilidad (comp. con 12:5, 9), con lo que matiza bien el sentido de la jactancia que ha introducido en el versículo 18, y pone a Dios por testigo (v. 31) de que ha dicho la verdad en las aflicciones que ha enumerado (según Tasker), más probablemente que en su gloriarse en lo que es su debilidad (según Gutiérrez).
4. Finalmente, como si de repente le viniese a la memoria un peligro especial que le había acechado, menciona (vv. 32, 33) lo que le ocurrió, poco después de su conversión, en la ciudad de Damasco (v. Hch. 9:24), donde el etnarca o gobernador, incitado por los judíos, puso guardas en las puertas de la ciudad para que no escapase, pero los creyentes lo descolgaron en una espuerta, por una abertura hecha en la muralla, y así escapó de las manos del gobernador.
Continúa el apóstol defendiendo la dignidad de su ministerio. I. Hace mención de especiales favores recibidos de Dios (vv. 1–6). II. También menciona el método que Dios usó para que dichos favores no le exaltasen demasiado (vv. 7–10). III. Se dirige a los corintios, e insiste en las señales divinas que garantizaban la autenticidad de su apostolado, y en la disposición interior que le urgía a buscar el interés de ellos, no el suyo propio (vv. 11–18). IV. Termina el capítulo con una apelación a que se arrepientan de las cosas que dejan mucho que desear en la comunidad cristiana de Corinto (vv. 19–21).
Versículos 1–6
El apóstol nos declara aquí un favor extraordinario, especial, que Dios se había dignado concederle.
Aunque no se nombra a sí mismo por su propio nombre, el versículo 5 nos confirma que se trata realmente de él. Lo hace por humildad, pues reconoce que, en el contexto de la Carta, es necesario (v. 1) jactarse de ello, aunque de ordinario no conviene. El versículo 1 ha de leerse en la NVI: «Debo seguir jactándome. Aunque nada se gane con ello, paso a referirme a las visiones y revelaciones del Señor». De entre esas visiones y revelaciones refiere una que le aconteció hacia catorce años (el año 43 o el 44, pues escribe en el 57), cuando fue arrebatado al tercer cielo; es decir, al cielo superior o empíreo, al que llama paraíso (v. 4; comp. con Ap. 2:7). No sabe si fue arrebatado corporalmente o sólo en espíritu, pero sí sabe que oyó cosas inefables (misteriosas), que no le era permitido decir. De tal hombre (v. 5) en Cristo, unido a Cristo y así favorecido por el Señor, puede gloriarse, sin ser insensato por ello, por cuanto dice la verdad (v. 6); pero de sí mismo, aparte de eso, no desea gloriarse a no ser en sus debilidades (comp. con v. 9 y 11:30). Dios exalta a los humildes, y Pablo sabía mantenerse humilde en medio de las más extraordinarias revelaciones que Dios le hacía.
Versículos 7–10
Aquí nos declara Pablo el método que Dios usó para impedir que se exaltase desmedidamente.
1. «Me fue dada, dice (v. 7b), una espina hincada en mi cuerpo, un emisario de Satanás, para que me atormente» (NVI). Se han dado muchas interpretaciones de esta «espina», de las que mencionaremos las tres principales:
(A) Entre los autores medievales, prevaleció la opinión de que el apóstol se refería a tentaciones de la concupiscencia, las cuales le molestaban incluso físicamente. Los Reformadores se opusieron enérgicamente a esta opinión, ya que, aparte de ser algo común, decía poco a favor del elevado estado espiritual del apóstol.
(B) Hay quienes (ya desde el Crisóstomo y, especialmente entre los modernos exegetas católicos, como R. A. Knox) piensan que se refiere a las constantes persecuciones que Pablo sufría; sobre todo, de parte de los judíos. Comparan la fraseología de Pablo aquí y, sobre todo, lo de la «espina en la carne» con los aguijones y espinas de que se habla en Números 33:55. Piensan que el versículo 9 corrobora esta interpretación.
(C) La opinión más corriente, que parece confirmada por Gálatas 4:15 y 6:11 (v. el comentario a esos lugares) es que se trata de una enfermedad corporal, probablemente de los ojos (¿oftalmía?), ya fuese a consecuencia del deslumbramiento sufrido en el camino de Damasco, ya la tuviese antes o la adquiriese después. Ésta es la opinión que mejor encaja con la petición que hace Pablo al Señor. En cuanto a lo de «emisario de Satanás», comp. con Job 2:5, Lucas 13:16.
2. El apóstol oró insistentemente al Señor (v. 8) para que quitase de él tal espina. Esto insinúa que Pablo la consideraba como obstáculo a la eficacia de sus labores apostólicas.
3. Pero el Señor, a pesar de la insistencia con que se lo pidió (comp. con la oración del propio Señor en Getsemaní) no le quitó la espina, sino que le dijo (v. 9): «Con mi gracia te basta, pues mi poder se muestra perfecto en la debilidad» (NVI. Comp. con 4:7). Esta fue una magnífica lección del Señor, provechosa, no sólo para el propio Pablo, sino también para todos los ministros de Dios, ya que, (A) es un gran consuelo saber que la gracia poderosa del Señor puede contrarrestar todas nuestras debilidades físicas; (B) es también muy conveniente para que los oyentes no se dejen llevar por la oratoria y la apariencia exterior del predicador, sino por la eficacia de la Palabra de Dios mediante el poder del Espíritu.
4. Pablo ha aprendido muy bien, de labios del Señor, la lección que no va a olvidar (vv. 9b, 10): «Así pues, muy a gusto me gloriaré todavía en mis debilidades, a fin de que resida en mí el poder de Cristo. Por lo cual me complazco en las enfermedades, en los insultos, en las necesidades, en las persecuciones y en las dificultades sufridas por causa de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (NVI). Comenta Gutiérrez: «Esta paradoja entra plenamente en la teología paulina y se explica perfectamente después de lo que precede. En el desfallecimiento humano de Pablo se revela el poder de Cristo y del espíritu. Por eso, cuando él está más incapacitado, entonces es cuando es más fuerte, porque interviene la presencia del espíritu de Cristo, que es poder y fuerza».
Versículos 11–18
1. Como en 11:1, el apóstol es consciente de que ha cometido una necedad al gloriarse, pero tiene una excusa: ellos le han obligado a expresarse de esa manera (v. 11): «He hecho de mí un insensato, pero vosotros me habéis compelido a ello. Pues vosotros mismos sois los que debíais haberme acreditado, porque en nada soy yo inferior a los superapóstoles, aun cuando soy tan insignificante» (NVI). Los corintios tenían muy buenas razones para hablar bien de él, pero no lo habían hecho. Es un deber que tenemos para con las personas buenas el salir en defensa de su reputación. Por muy alto que pensemos de nosotros mismos, deberíamos ser lo suficientemente humildes para mostrar nuestra estima a quienes la merecen, aun a costa de ponernos a nosotros mismos en nivel inferior. «Aunque no soy nada» (lit.), dice, y reconoce que todo lo debe a la gracia de Dios (comp. con 1 Co. 15:10); afirma, no obstante la verdad que ya ha expresado en varias ocasiones: «En nada soy inferior a los superapóstoles». La humildad no está reñida con la verdad. Más aún, una falsa modestia que no reconoce los dones recibidos de Dios ni las posibilidades que esos dones ofrecen, es un orgullo disfrazado (busca que sean otros quien le alaben) y una ingratitud hacia el Señor.
2. En los versículos 12, 13, demuestra que en nada ha sido inferior a los superapóstoles, ya que:
(A) Con mucha paciencia (gr. hupomoné, aguante bajo circunstancias adversas) ha sobrellevado todas las dificultades, contradicciones y aflicciones que le han sobrevenido.
(B) El poder de su ministerio entre ellos ha sido manifestado por medio de las señales, los prodigios y milagros que fueron llevados a cabo a la vista de ellos.
(C) La acción del Espíritu de Dios se ha manifestado en la fundación y edificación de la iglesia de Corinto con tanta o más eficacia que en cualquiera de las otras iglesias.
(D) En una sola cosa, dice irónicamente, habéis sido inferiores, «en que yo mismo nunca os he sido gravoso» (léase, por ej., lo que dice a este respecto, en 10:7–9). Como esta frase era una especie de insulto, aunque ellos le obligaban a expresarse de esa manera, se apresura a añadir: «¡Perdonadme esta injuria!» (NVI. Lit. iniquidad).
3. Los versículos 14 y 15 son de lo más emocionante que pueda leerse, pues nos dan cierta medida de la anchura de corazón del gran apóstol. Han de leerse en la NVI, que se ajusta mejor al original conforme a los MSS más acreditados: «Ahora estoy dispuesto a visitaros por tercera vez y no os seré gravoso, porque no busco vuestros bienes, sino a vosotros mismos (al contrario que los falsos apóstoles,—comp. con 11:20—). Después de todo, no son los hijos los que deben atesorar para los padres, sino los padres para los hijos». Y ahora viene el sublime versículo 15: «Así que yo muy a gusto gastaré por vosotros cuanto tengo y me derrocharé a mí mismo por el bien de vuestras almas. Si os amo más, ¿me amaréis menos?» Como un buen padre, Pablo estaba dispuesto a gastar lo necesario y a desgastarse a sí mismo, su salud, sus fuerzas, etc., con tal de procurar a los fieles de Corinto todo lo necesario para el provecho espiritual de ellos.
4. En los versículos 16–18, el apóstol parece salir al paso de una objeción puesta por los adversarios de Pablo, más bien que por los corintios mismos; por lo que se hace necesario suplir una elipsis en medio del versículo 16, detrás del «no obstante», como advierten Bullinger y Ryrie, con lo que dicho versículo dice asi: «Pero admitiendo esto, que yo no os he sido carga; no obstante (dicen ellos,—así Ryrie—; mejor que, decís vosotros,—así Bullinger—), como soy astuto, os prendí por engaño». No hay, pues, ironía en la frase de Pablo, según parece a primera vista. Comenta Ryrie: «A decir verdad, decían ellos, él no se llevó ningún dinero mientras estuvo aquí, pero ¿qué pasó con aquella colecta para los santos?
¿Quién sabe a qué bolsillo irá a parar?» De esto se defiende Pablo (vv. 17, 18), y dice que él no les ha explotado ni en persona ni por medio de los emisarios enviados por él a fin de que preparasen la colecta (comp. con 8:6, 16–21). Todos ellos habían procedido con el mismo espíritu de sincera buena voluntad y habían dado los mismos pasos en el modo de llevar a cabo lo que, con aquel buen espíritu, se habían propuesto hacer.
Versículos 19–21
El apóstol declara en estos versiculos que la finalidad de todo lo que viene diciendo no es una vana disculpa de su parte por todo lo que les dice, sino expresión del temor que le acecha de que por ambas partes, la de él y la de ellos, haya desazones y lamentación cuando vuelvan a verse.
El versículo 19 dice, a la letra, según el original: «¿Os estáis figurando durante todo este tiempo (gr.
pálai,—no pálin—: de nuevo) que nos estamos disculpando ante vosotros? En la presencia de Dios (que todo lo ve), estamos hablando en (unión con) Cristo; y todas las cosas, amados, en pro de vuestra edificación». No le impulsan a hablar así otros motivos que no sea el afán de que sus hijos espirituales sean, en todo y por todo, convenientemente edificados.
Pero le asedian dos temores: (A) Que ni él halle a los corintios como desearía hallarlos: libres de todos esos grandes defectos que enumera en la lista del versículo 20b, mientras ellos no lo hallan a él como desearían: amable, benigno, sin el rigor que va a necesitar. (B) «Que mi Dios me humille ante vosotros (v. 21) y tenga que hacer duelo por muchos de los que antes han pecado y no se arrepintieron de la impureza, de la fornicación y de la lascivia que practicaron» (lit.). Le apenaba la fundada sospecha de que muchos de ellos continuasen practicando los mismos vicios que habían acostumbrado a practicar cuando vivían en el paganismo y no se hubiesen arrepentido como es necesario. Esto sería para él un motivo de gran humillación y lamentación delante de Dios, al ver que aquellos hijos espirituales suyos no eran lo que debían ser y tener que aplicar con ellos las medidas rigurosas que tanto le dolían a él mismo.
En este último capítulo de su Carta, I. Pablo amenaza con tomar severas medidas contra los obstinados en el pecado (vv. 1–6). II. Eleva después a Dios una ferviente oración a favor de ellos (vv. 7– 10). III. Concluye con saludos generales y una solemne y amplia bendición (vv. 11–14).
Versículos 1–6
1. El apóstol amenaza con portarse severamente contra los pecadores obstinados cuando vaya a Corinto por tercera vez (v. 1). La primera vez fue cuando llegó a Corinto para evangelizar allí (Hch. 18:1). La segunda no es mencionada en Hechos, pero debe de ser la que les giró con tristeza (2:1). En esta tercera que ahora les anuncia, va a proceder de forma jurídica, conforme a la norma que prescribe la Ley (Dt. 19:15) y que él cita (v. 1b).
2. Declara por qué piensa comportarse con severidad (vv. 2, 3). «No andaré, dice, con miramientos … ya que estáis demandando una prueba de que es Cristo el que habla por medio de mí» (NVI). Cristo, en efecto, no es débil, sino fuerte, en el modo de actuar entre los fieles de Corinto. El contexto exige que ese poder de Cristo se interprete aquí en doble sentido: tanto para salvar como para castigar; por lo que «Todo este verso, dice Gutiérrez, tiene su ironía». La NVI aclara en gran manera el sentido del versículo 4, en dicha conexión, al traducir así: «Porque si es cierto que fue crucificado (Cristo) por la condición débil de su naturaleza humana, sin embargo está vivo por el poder de Dios. De manera semejante, nosotros, aunque compartimos ahora la condición débil que Él tuvo, viviremos con Él, sin embargo, mediante el poder de Dios, para estar a vuestro servicio». Este versículo está completamente en la línea de la teología paulina: Él vive la vida del crucificado, pero también resucitado, Jesús. Por eso, aunque lleva las marcas de la misma debilidad en que se muestra su crucifixión con Cristo, también podrá mostrar hacia (gr. eis) los corintios (no a favor, sino contra, ellos) el poder de que disfruta en unión con el Cristo resucitado.
3. Los difamadores de Pablo, como hace notar Tasker, le habían sometido a una especie de «examen, y demandado que diese una prueba de su autoridad espiritual; y algunos corintios les habían regalado el oído con demasiada facilidad. La posición enfática (en el original) del versículo 5: “A vosotros mismos examinaos”, muestra que Pablo les devuelve ahora la pelota». Si ellos estaban firmes en su estado de cristianos, en su unión con Cristo por medio de la fe, ese examen de conciencia al que Pablo les invita, mostrará si han aprobado el examen o no; y también les mostrará que Pablo no ha sido suspendido (v. 5) en dicho examen.
Versículos 7–10
1. La oración de Pablo a favor de los fieles de Corinto (v. 7): «Ahora rogamos a Dios que no hagáis nada malo; no para que la gente vea que hemos salido airosos de la prueba, sino para que hagáis lo que está bien, aunque ello diese a entender que nosotros no hemos conseguido salir aprobados» (NVI). Pablo prefiere siempre el bien espiritual de sus hijos espirituales antes que su propia reputación. No le importa lo que los demás piensen de él, con tal de que los corintios maduren espiritualmente y sean fieles al Señor.
2. Las razones por las que ora así a Dios:
(A) Porque Pablo (v. 8), en el ejercicio de su ministerio, siempre se apoya en la verdad (Cristo y su evangelio) y todo su afán es que los hombres la acepten y vivan de forma que agraden a Dios y le sean fieles; con tal de que este fin se consiga, poco le importa al apóstol el que a los hombres les parezca que no ha sido vindicado delante de los demás con la claridad que él deseaba. Esta explicación es la que mejor encaja con el contexto, tanto anterior como posterior.
(B) El deseo del apóstol es que los corintios vayan progresando en madurez espiritual hacia la perfección (v. 9): «En realidad, nos alegramos cuando nos sentimos débiles, pero vemos que vosotros estáis fuertes, pues esto es lo que oramos a Dios, que os haga perfectos» (NVI). Una vez más, se echa de ver aquí la nobleza del alma de Pablo y se percibe mejor el enlace de este versículo con lo que acaba de decir en los versículos 7 y 8. El apóstol deseaba eso y oraba a Dios por ello, no sólo para que los fieles de Corinto fuesen preservados de pecar, sino también para que creciesen continuamente en la gracia.
(C) A esto se encaminaba todo lo que lleva dicho en esta Epístola, pues lo que, en fin de cuentas, deseaba era poder usar la autoridad que el Señor le había dado (v. 10), sin tener que echar mano de la severidad, pues esa autoridad le había sido concedida para construir, no para destruir.
Versículos 11–14
El apóstol termina esta Epístola con un resumen exhortativo, un saludo general y una amplia bendición.
1. La exhortación es cuádruple, después del griego kháirete que, más bien que «alegraos» (exhortativo), es un saludo de despedida. Los cuatro verbos que siguen están en tiempo presente (continuativo). Los dos primeros están en voz media-pasiva; los dos segundos, en activa. La NVI presenta una espléndida versión de todo el versículo 11: «Finalmente, hermanos, adiós. Aspirad a la perfección; prestad oídos a mi exhortación; tened un mismo sentir (la misma frase de Ro. 12:16 y Fil. 2:2. Es también el mismo verbo de Fil. 2:5, entre otros lugares) y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros». La comparación con Filipenses 4:2, donde ocurre también el mismo verbo, nos da a entender el énfasis que pone Pablo en esa unidad de sentimientos que los creyentes deben procurar. «Les hace parar mientes, dice Tasker, en que la paz de la comunión cristiana sufre daño con el entusiasmo sectario y el exagerado apego a determinadas personas». Necesitan paz y amor, y sólo Dios puede inculcar eficazmente en la mente de sus hijos los más adecuados pensamientos de paz y de amor.
2. El saludo general (vv. 12–13, que en muchas versiones forman un solo versículo, como debería ser) tiene una parte («Saludaos unos a otros con beso santo») que repite a la letra la misma frase de Romanos 16:16 (v. el comentario a dicho v.) y 1 Corintios 16:20b. El «Todos los santos os saludan» es una variante de la frase que aparece en Romanos 16:16 y 1 Corintios 16:20.
3. Finalmente, viene la amplia bendición, de corte trinitario (v. 14 o 13, según las versiones): «Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión que establece el Espíritu Santo sean con todos vosotros» (NVI). El «Amén» que aparece en nuestras versiones debe descartarse. Sólo aparece en dos códices unciales y es, sin duda, añadidura de un copista. El versículo es bien conocido y usado en nuestras congregaciones. A primera vista choca el que aparezca en primer lugar el Señor Jesucristo (comp. con 8:9). La razón de esta aparente anomalía es dada por el Profesor R. Tasker con su habitual maestría: «El inusitado orden en que se mencionan las tres Personas nos recuerda que, en el pensamiento de la primitiva Iglesia acerca de la naturaleza de Dios, la redención llevada a cabo por Cristo ocupaba un lugar primordial. No puede haber adecuado entendimiento del amor de Dios aparte de la Cruz; y la única comunión durable entre los hombres es la comunión de los pecadores redimidos por la sangre de Jesús». Por supuesto, los tres genitivos son subjetivos; es decir, se trata de la gracia de Cristo hacia nosotros, del amor que Dios nos tiene (no de nuestro amor a Él) y de la comunión que el Espíritu establece en la Iglesia.