Colosas era una ciudad importante de Frigia, en el Asia Menor, a unos 160 km al este de Éfeso y cerca de Laodicea y Hierápolis (4:13). Está actualmente enterrada bajo ruinas, y su recuerdo se debe principalmente a esta epístola del apóstol Pablo. El objetivo de la epístola es combatir una forma sutil de herejía, descrita por Ryrie en los siguientes términos: «Era una mezcla de legalismo judío, especulación filosófica griega y misticismo oriental».
Como Efesios, Filipenses y Filemón, Colosenses se escribió durante la prisión de Pablo en Roma. Y como Romanos, la dirigió a creyentes a los que nunca había visto. La iglesia no fue plantada en Colosas por el ministerio de Pablo, sino por el de Epafras, a quien el apóstol había delegado para que predicase el Evangelio entre los gentiles. Sin embargo, dicha iglesia había crecido y prosperado espiritualmente, haciéndose famosa entre las demás iglesias. Dios se complace a veces en hacer uso del ministerio de siervos que son menos conocidos y poseen inferiores dones, para llevar a cabo servicios importantes para Su Iglesia, pues no está atado a las manos de nadie, sino que usa las manos que le placen. Aunque Pablo no había plantado esta iglesia, no por eso la descuidó. Los colosenses le eran tan queridos como los filipenses y como cualesquiera otros que fueron convertidos por medio de su ministerio.
Para la división de la epístola haremos uso de los epígrafes que Ryrie tiene en su Biblia Anotada.
I. Introducción (1:1–14).
II. Lo excelso de Cristo (1:15–29).
III. Lo excelso del cristianismo (2:1–23).
IV. Lo excelso de nuestro llamamiento (3:1–4:6).
V. Personales observaciones finales (4:7–18).
I. Inscripción y saludos (vv. 1, 2). II. Acción de gracias a Dios por la fe, el amor y la esperanza de los colosenses (vv. 3–8). III. Oración por el conocimiento, la fructuosidad y el vigor de los colosenses (vv. 9– 11). IV. La operación del Espíritu, la persona del Redentor, la obra de la redención y la predicación del evangelio (vv. 12–29).
Versículos 1–2
1. Pablo se llama a sí mismo (v. 1) «apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios», del mismo modo que lo hace en 2 Corintios 1:1; Efesios 1:1 y 2 Timoteo 1:1; de forma similar, con una ligera variante, en 1 Corintios 1:1. Aunque, cuando se dirige a Timoteo (1 Ti. 1:2; 2 Ti. 1:2), lo llama hijo, cuando lo asocia en el saludo (o mención) a otros (2 Co. 1:1; 1 Ts. 3:2; Flm. 1; He. 13:23), los llama hermanos. A los fieles de Colosas los llama (v. 2) santos y fieles hermanos en Cristo. Todos los genuinos cristianos son hermanos entre sí y santos para con Dios, pues Él los ha separado de los mundanos y quiere que sean santos como Él es santo. Y en ambas dimensiones, han de ser fieles, dignos de crédito y confianza por parte de Dios y de los hombres. La fidelidad está embebida en todos los aspectos de la vida cristiana, pues es corona y gloria de todos ellos.
2. A la inscripción sigue el saludo-bendición ya conocido: «Cracia y paz sean a vosotros, de parte de Dios nuestro Padre [y del Señor Jesucristo]» (v. 2b). Esta última frase falta en los MSS más importantes.
Versículos 3–8
En estos versículos el apóstol da gracias al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (v. 3), y menciona ya la oración por los colosenses, detallada en los versículos 9 y ss. Son de notar los siguientes detalles:
1. En el encomio que Pablo hace de los fieles de Colosas, el apóstol da gracias a Dios por la conducta ejemplar de los colosenses (v. 3), con lo que atribuye toda la gloria a Dios, no a los hombres.
2. Es interesante la conjunción de las tres virtudes teologales (vv. 4, 5) en el fruto espiritual que la verdad del Evangelio ha hecho surgir en la iglesia de Colosas: «fe en Cristo Jesús, amor hacia todos los santos, a causa de la esperanza que os está reservada en los cielos». Como ha traducido la NVI, la fe y el amor de los colosenses brotan de la esperanza que los colosenses han puesto en la herencia que nos está reservada en los cielos. Esto no quiere decir que la esperanza (como actitud subjetiva) sea la raíz de la fe o del amor, sino que, al ponernos delante la meta de nuestro llamamiento (v. Ef. 4:4), la esperanza (en sentido objetivo, esto es, lo esperado) es la que da pábulo a la fe y al amor. Otros lugares en que las tres virtudes aparecen combinadas son Romanos 5:1–5; 1 Corintios 13:13; Gálatas 5:5, 6; Efesios 4:2–5; 1 Tesalonicenses 1:3; 5:8; Hebreos 6:10–12; 10:22–24; 1 Pedro 1:3–8, 21 y ss.
3. Como el vocablo «esperanza» tiene aquí (v. 5) un sentido objetivo, forma parte importante del mensaje, de la palabra verdadera del Evangelio (v. 5b), con lo que se da a entender que la dimensión escatológica de la fe cristiana tiene una importancia primordial. Por eso, dice el propio apóstol en 1 Corintios 15:19 que «si solamente en esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres». El Cristo que es el objeto de nuestra esperanza no es un Cristo muerto, acabado, sino el Cristo vivo, resucitado, al que esperamos de los cielos para que consume nuestra salvación (v. He. 9:28b). No es extraño, pues, que Pablo ponga aquí la esperanza, el Cristo esperado, como motivo de la fe y del amor. Véase también Romanos 8:19; 13:11; Efesios 1:12, 13. El vocablo griego para «reservada» (NVI, «depositada») es el mismo que vemos en Lucas 19:20, con referencia a la mina que el mal siervo guardó envuelta en un pañuelo. «Así, la esperanza de la gloria está guardada cuidadosamente por Dios como un tesoro que un día compartirán (los colosenses) plenamente» (H. Carson).
4. Del Evangelio continúa diciendo Pablo (v. 6), que «está fructificando por todo el mundo, tal como lo ha hecho entre vosotros desde el día que lo oísteis y entendisteis la gracia de Dios en toda su verdad» (NVI). Lo mismo que el Señor en la parábola del sembrador, Pablo (v. también 1 P. 1:23) compara la predicación del Evangelio con la siembra de la Palabra de Dios, palabra viva y que, por tanto, hace surgir la vida espiritual en los que la reciben. Los que así la oyen, apunta el apóstol, conocen plenamente (gr. epegnóte) la gracia de Dios en toda su verdad; esto es, se percatan, como se percataron los colosenses, de que «el Evangelio de Cristo es don gratuito de la bondad divina; el Evangelio es gracia de Dios en verdad, en su verdadera realidad y eficacia, sin mezcla de error alguno» (P. Gutiérrez). Lo de «en todo el mundo» parece un eco de Mateo 28:19; Marcos 16:15; Hechos 1:8; Romanos 10:18. El lema de Pablo, como dice F. F. Bruce, «bien podría haber sido “Todo el Evangelio para todo el mundo”».
5. El apóstol no se atribuye a sí mismo la gloria de haber ministrado a los colosenses la palabra del Evangelio, sino que, con toda humildad y sinceridad, reconoce que fue Epafras quien desempeñó este ministerio, aunque enviado por él mismo (v. 7). Con todo, Epafras no era ministro de Pablo sino consiervo amado y fiel ministro de Cristo. Este Epafras, del que leemos también en 4:12 y Filemón 23, lleva un nombre que es abreviatura de Epafrodito, aunque no hay motivo para pensar que son una misma persona. El mismo que había predicado el Evangelio en Colosas, le llevó a Pablo (v. 8) un buen informe del amor que los fieles de Colosas le profesaban a él y a sus colaboradores. «Amor en el Espíritu» (comp. con Ro. 15:30) es una frase que especifica admirablemente el carácter sobrenatural de este amor el cual es una gracia salida de la misma esencia de Dios (1 Jn. 4:8, 16) e implantada por el Espíritu Santo en nuestro corazón (Ro. 5:5).
Versículos 9–14
De la acción de gracias a Dios por el fruto de la gracia en los colosenses, el apóstol pasa a orar para que ese fruto crezca y se desarrolle sin Interrupción.
1. El buen informe que Epafras le ha traído a Pablo, lejos de dejarle en su gozosa satisfacción, le estimula a pedir a Dios (v. 9) «que seáis llenos, dice, del cabal conocimiento (gr. epígnosin) de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual (gr. sunései, recto juicio práctico)». «Tal conocimiento, dice H. Carson, no es el producto de la sabiduría carnal del mundo, que hincha pero no ilumina al hombre interior (cf. 1 Co. 1:20; 2:5, 6, 13; 3:19). Procede, más bien, de la iluminación del Espíritu Santo. Él es quien da esa sabiduría y ese entendimiento que nos capacitan para conocer la voluntad de Dios.»
2. Que tal conocimiento no es meramente intelectual se echa de ver por el objetivo que le asigna Pablo (v. 10): «Para que andéis como es digno del Señor (esto es, de la santidad de Cristo a quien confesamos por Señor nuestro), para agradar(le) en todo (lit.), llevando fruto en toda obra buena y creciendo por el pleno conocimiento de Dios» (lit.). Varios detalles son aquí dignos de análisis:
(A) Toda vida tiende a crecer y desarrollarse. La vida espiritual que nos fue implantada por el Espíritu Santo al nacer de nuevo, ha de crecer y desarrollarse con el ejercicio, la andadura de una buena conducta, digna del Señor, del Santo (1 Jn. 2:20) que nos redimió (v. 14), digna de nuestro llamamiento (Ef. 4:1), digna del Señor a quien servimos. Bruce hace notar que aun los paganos del Asia Menor adoptaban la fórmula «de manera digna del Señor» para referirse a sus dioses. ¡Cuánto más deberíamos los cristianos vivir como es digno de nuestro Dios, el único Dios vivo y verdadero, y de Jesucristo, nuestro amable Redentor!
(B) Al decir «para todo agrado», Pablo usa el vocablo griego aréskeian, única vez que sale en todo el Nuevo Testamento y que, tanto en la literatura profana como en los LXX (Pr. 31:30), tiene el sentido peyorativo de una obsequiosidad forzada, pero aquí da a entender un deseo genuino de complacer al Señor.
(C) Como la palabra ha sido sembrada en la mente y en el corazón de los fieles de Colosas, Pablo ora para que de fruto en toda buena obra, pues aunque como fruto es del Espíritu (Gá. 5:22), como buena obra es menester que el creyente se ejercite en ella (Ef. 2:10).
(D) Hemos traducido literalmente «por el conocimiento pleno de Dios» (comp. con Jn. 17:3), pues el griego usa el dativo instrumental, como en Efesios 2:8 («por gracia …») y de esta manera, además, se pone de relieve que el conocimiento cabal de Dios y de su voluntad es básico para todo auténtico crecimiento espiritual, sin repetir innecesariamente (ya lo ha hecho en el v. 9) lo del «cabal conocimiento de la voluntad de Dios».
3. «Una segunda característica de esta vida centrada en Dios es su manantial de poder» (Carson). Por ello, el apóstol no se contenta con pedir a Dios gracia para que los colosenses lleven fruto, sino también poder para hacer frente a los obstáculos que se oponen a una vida santa, espiritualmente fructífera. El apóstol acumula vocablos que significan poder y fuerza, para dar a entender la necesidad que tenemos de tal ayuda celestial todos los creyentes (v. 11): «con todo poder capacitados (gr. dinamoúmenoi, dotados de poder) conforme a la potencia (gr. krátos, fuerza soberana) de la gloria de Él (Dios)». Como en otros lugares, la potencia de la gloria es un hebraísmo para indicar la soberanía gloriosa con que Dios ejercita su poder omnímodo y lo pone a disposición de los suyos.
4. Ese poder divino nos capacita para el ejercicio de cuatro virtudes (vv. 11b, 12a) en la resistencia a los obstáculos que se presenten en la andadura cotidiana: «para toda paciencia, longanimidad, gozo y gratitud». Recordemos que paciencia (gr. hupomoné) es la persistencia bajo el peso de las dificultades (comp. con He. 12:1), mientras que longanimidad (gr. makrothumía) consiste en aguantar con firmeza la oposición y la provocación que proviene de parte de los hombres. Ambas virtudes son ejercitadas por el verdadero creyente con gozo. En esto último está la principal diferencia entre la paciencia del creyente y la del estoico. Finalmente, la gratitud hacia Dios es una virtud frecuentemente recomendada y ejercitada por el apóstol, quien la menciona tres veces en esta Epístola (1:3, 12; 3:17). Discuten los autores si el «con gozo» ha de unirse con lo que sigue, conforme a la puntuación del texto griego de Nestlé (seguida en nuestras versiones) o con lo que precede, según opinan Scott, Moule, Haupt, Lightfoot, Carson y Gutiérrez. En favor de esta segunda opinión está el hecho de que en los otros dos casos en que Pablo menciona en esta Epístola la acción de gracias, lo mismo que en la docena de veces en que lo hace en otras epístolas, siempre aparece sin tal añadidura.
5. El apóstol halla en este punto cuatro motivos para dar gracias a Dios: (A) «os hizo aptos (gr. hikanósanti, habilitó) para participar de la herencia de los santos en la luz», es decir, en el reino de la luz (NVI, comp. con Hch. 26:18; 2 Co. 4:6; 1 P. 2:9c; 1 Jn. 1:5–7). Leemos «os», en lugar de «nos», siguiendo a los MSS de mayor crédito. (B) Para entrar en posesión de esta herencia luminosa, «nos libertó (o rescató) de la potestad (gr. exousías, autoridad, jurisdicción) de las tinieblas» (v. 13), pues así se describe el dominio de Satanás (v. Lc. 22:52, 53; Ef. 6:10), en oposición al del Señor Jesucristo. (C) «Nos trasladó al reino del Hijo de su amor» (lit.), es decir, de su amado Hijo. El apóstol ve en la redención un anticipo de las realidades escatológicas (comp. con Ro. 8:30; Ef. 2:6) y con razón, pues la salvación es una obra divina sin solución de continuidad, en la que el solo comienzo es ya garantía de un fin glorioso (Fil. 1:6). Aun cuando la expresión «el Hijo de su amor» es un hebraísmo, H. Carson observa que
«encierra mayor riqueza que si usase aquí el epíteto agapetós, amado. El Hijo que es el Unigénito del Padre, no sólo es el objeto eterno del amor del Padre, sino que es también la encarnación y la expresión de ese amor en su modo de proceder con los hombres». (D) El Padre fue también quien planeó nuestra redención (v. Jn. 3:16; Hch. 2:23; 2 Co. 5:19, 21), aunque fue el Hijo quien derramó su sangre: «en quien (en el Hijo) tenemos la redención (gr. apolútrosin, la acción de libertar pagando el precio), el perdón de los pecados» (lit.). Aunque la frase «por medio de su sangre» es una interpolación, «glosa debida a la tendencia al concordismo textual con Efesios 1:7» (Gutiérrez) y sólo figura en la Vulgata Latina y algunos MSS minúsculos, su verdad está suficientemente atestiguada en otros lugares (v. Ro. 3:25; 5:9; Ef. 1:7; 1 P. 1:18, 19). Con el derramamiento de la sangre, viene el perdón de los pecados (He. 9:22; 10:18, etc.).
Versículos 15–23
Tras de la mención de la redención efectuada por medio de Cristo, el apóstol declara en sublimes afirmaciones la supremacía del Salvador.
1. Presenta primero al Señor Jesucristo como Señor del Universo (vv. 15–17). Dice de Él que es:
(A) «La imagen (gr. eikón, semejanza como se halla en una estatua de la persona) del Dios invisible» (v. 15a). Aunque esta expresión no alcanza la profundidad que tiene en Hebreos 1:3, ya que también se aplica al hombre en general (1 Co. 11:7), su sentido ha de verse en el trasfondo de toda la porción. Lo que aquí quiere Pablo poner de relieve es que en Cristo es donde únicamente se puede contemplar al Invisible (v. Jn. 1:18; 6:46; 14:9; 2 Co. 4:4–6; 1 Ti. 6:16; He. 11:27). Más sobre esto, en el comentario a 3:10.
(B) «El primogénito de toda la creación» (v. 15b). Esta afirmación fue interpretada por los arrianos, y lo es hoy día por los Testigos de Jehová, en el sentido de que Cristo fue el primer ser que Dios creó. Las interpretaciones ortodoxas son dos: (a) El Cristo preencarnado fue engendrado (gr. protótokos, el mismo término de Lc. 2:7) antes de la creación del Universo, esto es, en la eternidad. Esta es la opinión de Lightfoot y de muchos otros; (b) el Cristo encarnado es el heredero y el dueño absoluto de todo el Universo creado. Ésta es la opinión, a mi juicio, más probable, si tenemos en cuenta la importancia que en el Antiguo Testamento tenía el título de «Primogénito» (hebr. bekor): el que recibía la heredad, el honor, la autoridad sobre los demás hermanos, etc. Dice P. Gutiérrez: «Al aplicar estos títulos a Jesucristo, Hijo de Dios, deducimos que a Él, como Primogénito, le incumben la anterioridad, prioridad de existencia (Jn. 8:56–59), la trascendencia de naturaleza y, sobre todo, el imperio y la heredad absoluta de todas las criaturas».
(C) Al dejar a un lado el texto de Hebreos 1:3, cuyo comentario puede verse en su lugar, el parecido del versículo 16 con Juan 1:3, que habla del Verbo preencarnado, induce a muchos autores a entender también este versículo como aplicado a Cristo en su estado anterior a la encarnación, pero la frase final «hacia Él» (lit.) presenta una objeción tremenda contra dicha opinión, ya que, en el seno de la Trinidad, el Hijo no es la meta de la creación, sino el Padre. Opino, pues, con Gutiérrez (es una opinión, no una afirmación dogmática), que el apóstol sigue refiriéndose en toda la porción a Jesucristo Hombre. De Él, pues, dice Pablo lo siguiente, tras de hacer una división entre «las cosas de los cielos y de la tierra, las visibles y las invisibles, etc.» (toda la creación,—comp. con Gn. 1:1—): «Porque en Él fueron creadas todas las cosas … todo ha sido creado por medio de Él y hacia Él» (lit.). ¿Qué significan estas afirmaciones?
(a) Que todo ha sido creado en … no ha de entenderse en el sentido platónico (y de la teología medieval) de que el Verbo es la idea-modelo de todo lo que Dios creó, sino como interpretan Lightfoot, Masson, Gutiérrez, «Todas las cosas fueron creadas en Cristo como en su centro de unidad, de cohesión, que confiere a todo ser su verdadero valor y realidad. En Cristo fueron hechas todas las cosas como en su punto de cita, de encuentro» (v. también Ef. 1:10).
(b) «Por medio de Él», a la vista de 1 Corintios 8:6, podría dar a entender con la mayor probabilidad que «Cristo puede considerarse en cierto sentido instrumento de la conservación de los seres en su existencia en cuanto Él es Mediador» (Gutiérrez).
(c) «Hacia Él», con vistas a Él, por cuanto «Todas las cosas están orientadas, dirigidas a Cristo como al culmen de su perfeccionamiento. Todo el universo creado está dirigido a Él, le está sometido; Él es la corona de la creación, el centro de unidad y reconciliación universal; Él es el “primero y el último”, “alfa y omega” de todo».
(D) Pablo añade en el versículo 17: «Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en Él». La preposición griega pro se entiende mucho mejor en sentido posicional («por delante de») que en sentido cronológico («antes que»). Recalca, pues, la primacía de dignidad o supremacía absoluta de Cristo sobre todas las cosas, que, además, tienen en Él su consistencia. El verbo griego sunístemi («consistir», esto es, «subsistir conjuntamente») se aplicaba en el griego clásico al modo con que los miembros del cuerpo humano mantienen su cohesión en el conjunto del organismo; con lo que el apóstol enfatiza de nuevo el papel que Jesucristo desempeña como principio de cohesión y armonía en el Universo. No puede perderse de vista, como observa Gutiérrez, que Pablo no intenta darnos una explicación filosófica, sino religiosa. Dice Masson: «Para san Pablo y sus cristianos, en la persona de Cristo actúa el Creador, el Salvador, el Dios de la historia de la salvación».
2. Con la mayor naturalidad, después de presentar a Cristo como Dueño del Universo, el apóstol lo presenta como Cabeza de la Iglesia (v. 18): «Y Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, y Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia». La idea de Cristo como Cabeza de la Iglesia, tan familiar para el apóstol, lo es también para nosotros, pues ya la hemos visto en 1 Corintios 12:13; Efesios 1:22, 23; 4:15, y la volveremos a ver en esta misma Epístola (1:24; 2:19), por lo que no necesita de comentario. «Él es el principio» (gr. arkhé,—comp. con Ap. 3:14—) no significa solamente que Cristo es el primero, sino también que es el verdadero manantial de la vida espiritual de la Iglesia. «El primogénito de entre los muertos» es una imagen muy expresiva para indicar que fue el primero en salir del sepulcro, que lo retenía como con dolores de parto (v. el comentario a Hch. 2:24), viniendo así a ganar para todos los suyos la victoria sobre la muerte y el sepulcro, hecho
«espíritu vivificante» (1 Co. 15:45, 55–57).
3. Finalmente, Pablo presenta a Cristo como al Reconciliador de todas las cosas.
(A) Al tener en cuenta que los herejes contra los que esta Epístola embiste eran una mezcla de judaizantes, gnósticos y místicos de tipo oriental, el apóstol no admite el escalafón de eones o deidades emanadas del Supremo Ser y encargadas de servir como intermediarios entre Dios y los hombres. «No hay más que un Mediador», dirá después (1 Ti. 2:5). Ahora le basta con asegurar que no hay necesidad de tales deidades inferiores, puesto que (v. 19) «tuvo a bien (el Padre) que en Él (Cristo) habitase toda la plenitud» (lit.). Notemos: (a) Que, aun cuando «el Padre» no está explícito, todo el contexto lo da a entender. (b) El verbo griego para «habitar» es katoikéo, que indica una residencia permanente. (c) «Toda la plenitud» indica, contra los herejes aludidos, toda la plenitud de la esencia y del poder de la Deidad, como en 2:9.
(B) Al residir permanentemente en Cristo la plenitud de la Deidad, no se necesitan más intermediarios para establecer una comunicación favorable de Dios con los seres humanos ni con una creación material supuestamente impura, ya que plugo también a Dios (v. 20) «por medio de Él (Cristo! reconciliar consigo todas las cosas (comp. con 2 Co. 5:18, 19), así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz». Nótense los siguientes detalles:
(a) El apóstol habla aquí de una reconciliación «cósmica», que nos recuerda lo que ya expresó en Romanos 8:19 y ss. sobre el anhelo de redención latente en la creación entera.
(b) Dentro de la reconciliación universal, Pablo especifica «las cosas que están en la tierra como las que están en los cielos». Según Knabenbauer, «éste es quizás el pasaje más oscuro de los escritos de san Pablo». Están de acuerdo los autores en que «las cosas que están en los cielos» son los ángeles. ¿En qué sentido pueden ser reconciliados, ya que no lo necesitan, si son los buenos, o no pueden obtenerlo (v. He. 2:16), si se trata de los malos? Descartada así la opinión origenista de que llegará un día en que también los ángeles malos, incluido Satanás, y los condenados al infierno serán reconciliados con Dios y entrarán en el cielo, quedan dos soluciones: Primera, «al restablecerse por la muerte de Cristo el recto orden entre las criaturas y el Creador, los ángeles no permanecen ajenos a esta armonía restaurada: entran también ellos a formar parte en este concierto armónico y universal, en esta restauración cosmológica, según la cual todo se orienta a Cristo como a su centro de unidad» (Gutiérrez, siguiendo a Huby); segunda, la reconciliación obtenida por medio de la muerte de Cristo puede ser «libremente aceptada o impuesta por la fuerza» (F. F. Bruce). En este sentido, la derrota de los poderes maléficos (2:15) en la cruz del Salvador da paso a una «reconciliación al nivel más amplio, que incluye así lo que habríamos de distinguir como pacificación» (Bruce). En tal sentido, ángeles y demonios, santos y pecadores, han de servir a los propósitos de Dios, de grado o por la fuerza (comp. con Fil. 2:11).
(c) «Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» nos da a entender que la reconciliación fue hecha mediante el derramamiento de la sangre expiatoria (v. Lv. 17:11) y que el sacrificio fue consumado mediante la muerte en la cruz del Calvario, y es su muerte en el madero señal de que Cristo fue hecho maldición (Gá. 3; 13) por nosotros.
(C) En los versículos 21, 22, el apóstol aplica esta reconciliación, como ya hecha efectiva, a los fieles de Colosas. Sus expresiones nos recuerdan los lugares ya conocidos, de Romanos 5:10; 7:4; 2 Corintios 5:18–20; Efesios 1:4; 2:3, 12, 16; 5:27. Dice así: «Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente (gr. diánoia, pensamiento intencional, premeditado), en obras de las malas (lit.)—pecando de pensamiento y de obra—, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne (lit. en el cuerpo de su carne), por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha (comp. con Ef. 5:27) e irreprensibles delante de Él (Dios)». El hecho de que la reconciliación fuese llevada a cabo «mediante el cuerpo de carne» de Jesucristo, no sólo nos da a entender que su muerte fue real, en un cuerpo como el nuestro, sujeto a todas las miserias humanas, excepto el pecado, sino también, a mi juicio, para hacer patente el error gnóstico de la maldad esencial de la materia.
(D) La reconciliación de los fieles de Colosas, mediante la muerte de Cristo, desplegará en ellos toda su eficacia salvífica y santificadora si, como añade el apóstol (v. 23), «permanecéis en la fe, firmes y estables, sin apartaros de la esperanza contenida en el Evangelio. Éste es el Evangelio que habéis oído y que ha sido proclamado a toda criatura (comp. con Mr. 16:15) bajo los cielos, y del cual yo, Pablo, he sido hecho ministro» (v. por ej. Gá. 2:7) (NVI). Dice Bruce: «Si la Biblia enseña la perseverancia final de los santos, también enseña que son santos los que al final perseveran—en Cristo—. La perseverancia es la prueba de la realidad». Quizá convendría aclarar que, en ese «ei gue», con que comienza el versículo 23, se advierte, como en otros lugares ya vistos, la esperanza fundada del propio Pablo de que los fieles de Colosas han de continuar firmes por el camino que tomaron al oír y recibir el Evangelio. Al decir que este Evangelio ha sido proclamado a toda criatura, es posible que el apóstol tenga en cuenta a los gnósticos, que distinguían entre «iniciados conocedores» y «simples creyentes». Contra ellos, parece decir Pablo:
«El Evangelio no fue predicado sólo para iniciados, sino para todos los hombres».
Versículos 24–29
En esta porción, el apóstol informa a los lectores del modo como desempeña su ministerio a los gentiles.
1. La mención del ministerio que le fue encomendado (v. 23b), lleva a Pablo a introducir aquí ciertos elementos personales de gran relevancia. Comienza de este modo (vv. 24, 25): «Ahora me regocijo en lo sufrido por vosotros, y voy completando en mi carne lo que falta respecto a las aflicciones de Cristo en pro de su cuerpo, que es la iglesia, de la que fui hecho ministro por la comisión que Él (Cristo) me dio, de anunciaros la palabra de Dios en su plenitud» (NVI). La afirmación del versículo 24 es tan tremenda que necesita un cuidadoso análisis:
(A) El gozo en medio de las tribulaciones es algo que Pablo ha declarado en varios lugares (v. por ej. Fil. 2:17; 2 Co. 7:4; 12:10, así como, implícitamente, en Ro. 8:17), pero el concepto de que en esos sufrimientos, va completando en su carne lo que falta respecto a las aflicciones de Cristo en pro de la iglesia, debe analizarse con sumo cuidado, no vaya a pensarse que los padecimientos del apóstol añaden algo a los de Cristo. Tengamos en cuenta que la obra de la redención se llevó a cabo, una vez por todas, en la Cruz (He. 9:28; 10:12, 14); pero la aplicación de la redención sigue su curso mientras haya en este mundo un pecador que salvar, y un creyente que santificar.
(B) Sin embargo, se equivocaría quien pensase que Pablo, o cualquier otro cristiano sufriente por la causa del Evangelio, está poniendo de su propio trabajo o sufrimiento algo que completa lo que falta de los sufrimientos de Cristo mismo. Para entender lo que el apóstol quiere expresar aquí, es conveniente acudir a Gálatas 2:20, donde afirma que es, en realidad, Cristo quien vive en él. Ese Cristo, que vive en Pablo, es quien está completando (presente de indicativo) en la carne de Pablo lo que, en la Cruz del Calvario, llevó a cabo en su propia carne. Cristo mismo, pues, llena lo que falta, pero ahora lo llena en los miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Decía sor Isabel de la Trinidad que hemos de ofrecer a Cristo nuestro cuerpo como «una humanidad suplementaria en la que pueda Él continuar su obra, ir renovando su misterio». Pablo va más lejos, pues no habla de «suplemento», sino de «complemento», pero la religiosa francesa estaba en lo cierto al decir que es Cristo quien lleva a cabo su obra en todo creyente que vive su vida de crucificado con Cristo.
(C) En el versículo 25, Pablo repite, con ligeras variantes, lo que ya había dicho en los lugares paralelos de Efesios 3:2, 7, donde puede verse el comentario.
2. En realidad, todo lo que dice aquí (vv. 25–29) puede verse en Efesios 3:1–13, donde se halla con ligeras variantes, y a cuyo comentario remitimos al lector. Solamente analizaremos los siguientes detalles que no aparecen en Efesios:
(A) En el versículo 27, al final, dice de Cristo que es «la esperanza de la gloria» y eso lo es, dice a los fieles de Colosas, «en vosotros». El hecho mismo de que los fieles sean miembros del Cuerpo de Cristo, hace que la vida, ya gloriosa, de Cristo circule por nuestras venas con la firme, gloriosa esperanza, de que lo que ya es en la Cabeza una realidad consumada, lo será un día en cada uno de los miembros (comp. con Ef. 4:13; 1 Ti. 1:1). Dice Gutiérrez: «Antes de su conversión, los colosenses eran, como los demás gentiles, gentes sin esperanza …, sin Cristo …, sin Dios en este mundo (Ef. 2:12). Ahora, unidos a Cristo, caminan con corazón abierto a la esperanza de la gloria celestial, que no ha de faltarles».
(B) El apóstol dice (v. 28) que, al anunciar continuamente (tiempo presente) a Cristo, tanto él como los demás predicadores del Evangelio lo hacen «amonestando a todo hombre y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre». Nótese lo siguiente: (a) ese «a todo hombre», tres veces repetido en un solo versículo (comp. con el v. 23b); (b) el verbo griego para «amonestando» es de la misma raíz que el sustantivo que Pablo usa en Efesios 6:4 para «amonestación»; comporta, pues, la misma idea de «fijar convicciones en la mente». Como los dos verbos que le preceden, está también en presente continuativo; (c) «en toda sabiduría» es una indirecta contra los gnósticos, quienes se jactaban presuntuosamente de enseñar una sabiduría superior. Pablo afirma que el Evangelio ofrece toda sabiduría genuina, verdadera y perfecta, el saber de salvación al que se refiere en 2 Timoteo 3:15, al hablar de las «Sagradas Letras». (d) Lo de «presentar perfecto en Cristo a todo hombre» es muy probable que se refiera, como lo indica su semejanza con Efesios 5:27; 1 Tesalonicenses 2:19; 5:23, al momento en que el Señor vendrá a recoger a los suyos. Ni que decir tiene que esa preparación no se improvisa en un momento, sino que exige un progreso continuo, el cual se lleva a cabo en el creyente maduro, espiritualmente adulto (recuérdese la doble acepción de «perfecto» en Fil. 3:12 y 15).
(C) Pablo termina este capítulo (aunque el informe sobre su ministerio se prolonga hasta 2:3) y dice (v. 29): «Para este fin trabajo (gr. kopió, me fatigo en la tarea), luchando con toda la energía que Él (Dios Padre, a quien se atribuye la enérgueia, como puede verse por lugares como 1 Co. 12:6; Ef. 3:7, 20; Fil. 2:13) tan poderosamente produce en mí» (NVI). Es cierto que él sufre la agonía (gr. agonizómenos) de esa lucha en la que se fatiga, pero reconoce que las fuerzas requeridas para tal esfuerzo no son suyas, sino del que le da el poder (comp. con Fil. 4:13).
Este capítulo nos muestra el alto lugar que ocupa el cristianismo, comparado: 1. con la falsa filosofía (vv. 1–10); II. con la falsa observancia de la Ley (vv. 11–17); III. con la falsa mística (vv. 18, 19); IV. con la falsa ascética (vv. 20–23).
Versículos 1–10
1. Al continuar con el informe acerca de su ministerio, el apóstol hace ver a los colosenses la razón por la que interpone asuntos de carácter estrictamente personal (v. 1): «Porque quiero (gr. thélo, en sentido de deseo, como en 1 Ti. 2:4) que sepáis …». Desea que se den cuenta de la solicitud que siente, no sólo por ellos, sino por todos los fieles que habitaban el valle del Lico (comp. con 2 Co. 11:28). Su deseo es: «que sepáis qué lucha tan dura sostengo por vosotros, por los que están en Laodicea y por todos los que nunca me han visto personalmente». Por el contexto se adivina que la lucha (gr. agóna) a la que se refiere aquí es el conflicto de intercesión, como el de Moisés en el collado de Refidim (Éx. 17:8–16), a favor de los fieles de las iglesias de la región donde se hallaba Colosas.
2. Los temas de su oración por dichos fieles se hallan en el versículo 2, el cual, conforme a los mejores MSS, ha de leerse como en la NVI: «Mi propósito es que sean consolados en su corazón y unidos en amor, para que tengan toda la riqueza de pleno conocimiento, a fin de conocer el misterio de Dios, esto es, Cristo». Hay dos puntos en que la oración de Pablo se extiende a los medios, y otros dos en que se extiende a los fines.
(A) Los medios, con los cuales estarán en la debida disposición para hacer frente a la herejía que les amenaza son: (a) consuelo, es decir (aquí) aliento, ánimo con el que los corazones se mantengan firmes en la adhesión a la verdadera fe; (b) estrecha unión (comp. con 3:14). El verbo que usa Pablo aquí es sumbibázo, como en el versículo 19 y en el lugar paralelo de Efesios 4:16, donde quedó explicado; la idea es de un perfecto ensamblaje.
(B) Los fines son: (a) llegar a tener toda la riqueza de pleno conocimiento. El griego plerophoría tes sunéseos significa literalmente «seguridad plena de la penetración intelectual». Ésta se obtiene por fe, no por la falsa ciencia de los gnósticos, y es necesaria para un fin ulterior: (b) el conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo. Una vez más se advierte en Colosenses el aspecto cósmico de la encarnación del Verbo. En Efesios veíamos el misterio de Cristo, que es la Iglesia (Ef. 3:3, 4); aquí vemos el misterio de Dios, que es Cristo, aunque no por eso deja Pablo de mencionar también en Colosenses el misterio de Cristo (4:3).
3. A continuación, Pablo va a explicar en qué consiste este misterio de Dios en Cristo: «el poder de Dios para salvación» (Ro. 1:16) en el Cristo que nos ha sido hecho por Dios, ante todo, sabiduría (1 Co. 1:30). Lo perteneciente a la sabiduría (el elemento que ahora le interesa al apóstol) está expresado en el versículo 3; lo del poder, en el versículo 9. Dice así el versículo 3: «en quien (en Cristo) se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento». Ésta es la verdadera gnósis, no la
«falsamente llamada ciencia» (1 Ti. 6:20) de los gnósticos. Estos tesoros insondables (v. Ro. 11:33), pues llegan hasta las profundidades de Dios (1 Co. 2:10), las cuales no tienen fondo, se hallan escondidos (gr. apókruphoi), ocultos, como una joya en su estuche, en Cristo, «no en el sentido de estar completamente fuera de nuestro alcance, sino más bien como tesoros en una mina que ya ha sido abierta, y de la que se puede extraer, mediante búsqueda diligente, una constante provisión de piedras preciosas» (Carson).
4. En el versículo 4, el apóstol muestra su ansiedad ante el peligro de que los colosenses se dejen seducir con razonamientos capciosos (v. 5). Pablo usa aquí dos vocablos poco corrientes: para «seducir» (mejor, engañar) usa el término paraloguízetai, que significa «engañar con falsos cálculos, defraudar con cuentas falsas»; sólo vuelve a ocurrir en Santiago 1:22; para «razonamientos capciosos» (diversamente traducido en las versiones) usa el término pithanologuía, que no ocurre en ningún otro lugar del Nuevo Testamento y significa «argumento de mera probabilidad», en oposición al argumento apodíctico, cuya conclusión es evidente. Las razones, pues, que los herejes aquí aludidos esgrimen son engañosas y basadas en hipótesis que no se pueden demostrar. ¿No ocurre lo mismo con muchas de las conclusiones llamadas «científicas», con que hoy día se pretende demostrar que Dios no existe y que todo ha surgido por evolución?
5. En forma parecida a como lo hace en 1 Corintios 5:3, Pablo pasa a decir (v. 5): «aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros», pero aquí lo dice para gozarse con ellos, no para juzgar contra ellos, como era el caso del incestuoso de Corinto. Lo curioso es que Pablo conocía bien la comunidad de Corinto; en cambio, sólo de oídas conocía la de Colosas, pero el informe que había recibido de Epafras (1:7, 8) era tan bueno que bien podía gozarse, como él dice, «mirando vuestro buen orden (algo que también se echaba en falta en Corinto,—v. 1 Co. 14—) y la firmeza de vuestra fe en Cristo». Pablo ha orado precisamente por la consolidación de dicha firmeza (v. 2a). La fórmula eis Khristón da a entender con toda claridad que Cristo es el objeto de la fe, y que esta fe se contempla aquí en su aspecto principal de un «total echarse en brazos del Salvador».
6. El apóstol condensa lo dicho en los versículos anteriores en expresiones de rico contenido doctrinal y práctico (vv. 6 y 7): «Así pues, tal como habéis recibido (lit. recibisteis, aoristo ingresivo) a Cristo Jesús el Señor, andad en Él, arraigados y edificados en Él, fortalecidos en la fe como fuisteis enseñados, y rebosando gratitud» (NVI). Analicemos de cerca esta rica porción:
(A) La mención de la firmeza de la fe en Cristo (v. 5), lleva de la mano al apóstol para exhortar a los colosenses a comportarse («andar») de la misma manera que habían recibido a Cristo, es decir, creído en Él. Deja, pues, en claro que no hay dos maneras de ir por el camino de la salvación: por fe en la justificación, y por obras en la santificación. Tan por fe es la santificación como la justificación, sólo que es en la santificación donde se producen las buenas obras que son el fruto del Espíritu (Gá. 5:22; Ef. 2:10).
(B) Nótese la acumulación de epítetos: «Cristo Jesús, el Señor». Si «Cristo» pone de relieve la función profética, «Jesús» la sacerdotal, y «el Señor» la regia, se sigue que no basta con creer en Jesús como el Mesías, el Ungido por el Padre con el Espíritu (Is. 61:1), que nos trae de parte de Dios el plan de salvación; es menester también creer en Él como el Salvador que nos representó en la ofrenda de sí mismo (Ro. 12:1; He. 13:8–16) y nos sustituyó en la expiación del pecado (2 Co. 5:21); y en el Kúrios, cuyo dominio soberano hemos de confesar (1 Co. 12:3).
(C) Es curiosa la paradoja de que hayamos de andar arraigados (v. 7), edificados en Él (Cristo) y consolidados en la fe. Parece como si Pablo uniese aquí las metáforas de la planta (Jn. 15:1 y ss.; Ro. 6:5) y del edificio (Ef. 2:20, 21; 4:16), añadidas a la de la firmeza, base segura, con la que el cuerpo que se edifica obtenga su mayor solidez unido a Cristo y al crecer en Él. Hace notar H. Carson que arraigados está en participio de pretérito, y da a entender «algo que tuvo lugar en el pasado, pero cuyos efectos persisten en el presente», mientras que edificados (lit. sobreedificados) y fortalecidos (lit. consolidados) están en participio de presente, y da a entender «el continuo crecimiento de la estructura». El verbo «sobreedificar» sale cuatro veces en 1 Corintios 3:10–14, con lo que es probable que Pablo aluda a la obra de sobreedificación llevada a cabo por los ministros del Evangelio en la proclamación del que es único fundamento del edificio, Cristo mismo (1 Co. 3:11; Ef. 2:21; 1 P. 2:4–8).
(D) He dicho que hay una aparente paradoja en eso de andar en Cristo al estar arraigados, edificados y bien cimentados. Sin embargo, podemos explicarlo atendiendo a que andamos en un camino que anda. En Jn. 14:6, dijo Cristo: «Yo soy el camino …», pero cuatro versículos más arriba, dice: «voy a preparar lugar para vosotros». Sólo necesitamos, pues, arraigarnos bien en Él, porque así andaremos con Él al lugar donde Él está. Hay una ilustración fácil y asequible a todas las inteligencias. Las escalerillas del metro de las grandes ciudades suelen ser automáticas; no hace falta avanzar para subir por ellas; basta con mantenerse firme sobre ellas para que le «suban» a uno (comp. con Ef. 2:10; 1 P. 2:21, donde el verbo significa «seguir tan de cerca como si se anduviese encima»).
(E) Al decir «como fuisteis enseñados», da a entender que esta enseñanza fue de palabra, pues no estaba escrito todavía el Nuevo Testamento. Además, como hace notar F. F. Bruce, el verbo «recibisteis» (gr. parelábete) del versículo 6, es el que se usaba «para indicar el recibo de algo que había sido dado por tradición», con lo que Pablo opondría la verdadera «tradición» acerca de Cristo a la falsa «tradición de los hombres» a que alude en el versículo 8.
7. Los colosenses habían comenzado bien y caminaban bien, pero había necesidad de prevenirlos contra el afán que los herejes mostraban de seducirlos y atraerlos a su partido fuese como fuese, y eso es lo que el apóstol hace en los versículos 8–10.
(A) La amonestación va en el versículo 8, que dice así: «Mirad que no haya (como si dijese: ¡Fuera con él!) nadie que os esté llevando cautivos por medio de filosofías y de huecas sutilezas (lit. de la filosofía y del vacío engaño), según la tradición de los hombres, conforme a los principioselementales del mundo, y no según Cristo». El apóstol habla de una «filosofía» que es puro engaño, de una «tradición» que no procede de Dios, sino que es un invento de los hombres, y a esos dos elementos integrantes de la enseñanza herética que aquí se contempla, añade la ya conocida expresión griega ta stoikhéia tou kósmou (comp. con Gá. 4:3, 9) que, en mi opinión, se refiere, como en Gálatas, al ritualismo legalista de dichos herejes, como se confirma por todo el contexto en que dicha expresión se repite en el versículo 20. Permítaseme señalar, con todo respeto para todo sincero catolicorromano, que son precisamente esos tres elementos los que han corrompido el sistema de la Iglesia de Roma. En efecto:
(a) El papel de primerísima importancia que la filosofía aristotélica jugó en la formación de la llamada «teología escolástica» de la Edad Media, impidió la correcta interpretación de las Escrituras en esa «mezcla de agua con vino» que menciona Tomás de Aquino, aun cuando él protestaba de que no era mezclar agua con vino, sino «convertir el agua en vino» (¡como en las bodas de Caná!) Dice Bruce que
«no es la filosofía en general, sino una filosofía de esta clase—la que seduce a los creyentes apartándoles de la simplicidad de su fe en Cristo—la que Pablo condena». Es cierto que la filosofía en sí, mientras no ataque a la fe, no es de suyo condenable, pero ¿qué puede esperarse de bueno, cuando una persona trata de cimentar su fe, no en la analogía de la fe, que no es otra cosa que el contexto total de las Escrituras, sino en las analogías inventadas por la falible y pecaminosa razón humana?
(b) Tampoco es ningún secreto que la Tradición ocupa un lugar igual, y aun superior, a las Escrituras en la Iglesia de Roma. No atacamos la tradición interpretativa de las Escrituras, con tal de que a esa tradición no se le dé una autoridad y un valor de infalibilidad que sólo la Palabra de Dios posee, pero ¿qué decir de tantas tradiciones elevadas a la categoría de «dogmas» sin base alguna en la Palabra de Dios; más aún, totalmente contrarias a ella, de forma parecida a como el Señor lo dijo en la referencia que tan estupendamente nos ha conservado Marcos (7:5–13)?
(c) Finalmente, ¿qué otra cosa sino «ritualismo legalista» es la serie de fórmulas y ritos sacramentales, y de múltiples preceptos adobados con una minuciosa casuística, que se dan (especialmente, hasta bien entrada la segunda mitad de este siglo XX) en la Iglesia de Roma?
(B) Contra toda esa acumulación de elementos nocivos con que los herejes aludidos en esta Epístola se esforzaban por cautivar a los fieles de Colosas, al hacer presa (eso es lo que el verbo sulagogón indica) en ellos, el apóstol afirma solemnemente la completa suficiencia de Cristo, tanto en sí (v. 9), como para los suyos (v. 10). «Porque en Él (Cristo), dice, habita corporalmente la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad». Analicemos los detalles más importantes:
(a) Dice que «en Cristo, es decir, en Jesucristo Hombre, habita, reside permanentemente, según el sentido del ya conocido verbo griego katoikéin (comp. con 1:19, así como con Ef. 3:17), la plenitud de la Deidad, esto es, la Deidad en pleno. No hay nada de la esencia misma de Dios que no esté en Cristo llenándole enteramente de sí. El apóstol usa aquí el término griego theótes, el cual, a diferencia de theiótes, no indica meramente una cualidad de Dios como en Romanos 1:20, sino a Dios mismo, la esencia misma de la Deidad (comp. con Jn. 14:9–11; 2 Co. 4:6; He. 1:3).
(b) Dice que la plenitud de la Deidad habita en Cristo corporalmente (gr. somatikós), acerca de lo cual advierte certeramente F. F. Bruce que «el adverbio somatikós no se refiere a la encarnación como a tal (es decir, en sentido directo, aunque la supone), sino a la completa incorporación del pléroma en Cristo, en contraste con la supuesta distribución a través de otros intermediarios». Con todo, no cabe duda de que ese adverbio indica también que en Cristo se halla la plenitud de Dios de un modo visible y palpable (comp. con Jn. 1:1).
(c) Precisamente por habitar en Cristo la plenitud de la Deidad, el apóstol hace ver (v. 10) a los colosenses (y a todos nosotros) que en Él (Cristo) estamos habiendo sido completados (lit.). Esto significa, ni más ni menos, que, mediante nuestra unión vital con Cristo, participamos de la plenitud de la Deidad que llena de sí a Cristo. ¡Compartimos la naturaleza divina! (2 P. 1:4). Lo que aquí le interesa a Pablo subrayar es que, al tener así a Cristo, estamos espiritualmente completos, no en el sentido de que hayamos llegado ya a la perfección final (v. Fil. 3:10 y ss.), sino de que tenemos dentro, a nuestro alcance, la fuente de toda llenura de Dios, de la que extraer todo lo que necesitamos para nuestro progreso, tanto específicamente espiritual, como mental y moral; por lo que no necesitamos, en modo alguno, de esos seres angélicos, intermediarios entre Dios y los hombres, por los que abogaban los herejes contra los que el apóstol arremete en esta Epístola. Así pues, quien tiene a Cristo tiene a Dios, y, como decía Teresa de Ávila «Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta».
(c) Lo de que Cristo «es la cabeza de todo principado y potestad» (v. 10b) ha sido interpretado por algunos como si Cristo fuese cabeza, no sólo de la Iglesia, sino también de los ángeles. Tal interpretación es totalmente antibíblica. «Lo que aquí pone de relieve, como en 1:15–18, es la primacía de Cristo sobre todas las cosas, incluidas las principalidades y los poderes» (Bruce). Por eso, la NVI aclara bien el sentido al traducir dicha frase del modo siguiente: «que es la cabeza sobre todo poder y autoridad».
Versículos 11–17
El apóstol pasa ahora a poner de relieve la excelsitud del cristianismo por encima del legalismo de los judíos y judaizantes, puesto que Cristo acabó con todo eso (comp. con Ro. 10:4. V. el comentario a dicho lugar). Nótese el magnífico orden con que procede Pablo para atacar al legalismo.
1. Como el judío, así como el prosélito, se sometían a la Ley mediante el rito de la circuncisión (Gá. 5:3), el apóstol asegura que el cristiano no necesita de la circuncisión hecha en la carne, porque, al recibir a Cristo, ha sido circuncidado espiritualmente en el corazón (vv. 11–13): «En Él (Cristo) fuisteis también circuncidados al desechar vuestra naturaleza pecaminosa; no con una circuncisión hecha por manos de hombres, sino con la circuncisión de Cristo. Fuisteis sepultados con Él en el bautismo (comp. con Ro. 6:3 y ss.) y resucitasteis con Él, por vuestra fe en el poder de Dios (lit. la fuerza activa de Dios ¡no por el agua del bautismo!), quien le resucitó de entre los muertos (comp. con Ro. 10:9). Cuando estabais muertos en vuestros pecados (comp. con Ef. 2:1) y en la incircuncisión de vuestra naturaleza pecaminosa, Dios os dio vida con Cristo (comp. con Ef. 2:5). Él nos perdonó todos nuestros pecados» (NVI).
(A) Como puede verse por las referencias intercaladas en el texto, el apóstol condensa aquí enseñanzas que ya impartió en Romanos 6 y Efesios 2, pero aquí las dirige primordialmente hacia el fin que se propone contra el legalismo de los herejes gnóstico-judaizantes, al hacer ver a los fieles de Colosas que ellos no necesitan de la circuncisión hecha en la carne, puesto que ya tienen esa circuncisión de modo mucho más perfecto al haber sido concrucificados con Cristo (Ro. 6:6); ésta es la «circuncisión de Cristo», a la que Pablo se refiere; no a la que recibió cuando niño de ocho días, sino a la efectuada en la Cruz, donde «el cuerpo del pecado fue destituido de su señorío», según vierte la NVI, Romanos 6:6.
(B) Es esa circuncisión, la que, por la fe y el arrepentimiento, nos despoja legal y posicionalmente de nuestra vieja naturaleza pecaminosa, la que cuenta para la salvación, no la circuncisión de la carne, que es un rito meramente exterior; hasta tal punto que es únicamente a la del corazón (comp. con Dt. 10:16; 30:6; Jer. 4:4) a la que Pablo llama «la verdadera circuncisión» (Ro. 2:29, comp. con Fil. 3:3). Bruce da cuenta de una alegorización que Justino mártir, en su Diálogo con Trifón, hace de la segunda circuncisión que llevó a cabo Josué (v. Jos. 5:2 y ss.) con cuchillos de piedra, comparándola con la que reciben los cristianos de manos del verdadero Josué (Jesús) «de la idolatría, dice, y de toda clase de maldad, por medio de piedras agudas, esto es, por medio de las palabras de los apóstoles de Aquel que es la piedra angular cortada sin manos».
(C) «Él nos perdonó todos nuestros pecados», añade Pablo. El vocablo que el apóstol usa aquí es paráptoma. De las 19 veces que ocurre en el Nuevo Testamento, sólo en tres, muy significativas (Mt. 6:14, 15; Mr. 11:25), no sale de la pluma de Pablo. Importantes ejemplos son Romanos 4:25; 5:15; 2 Corintios 5:19; Gálatas 6:1 y Efesios 1:7. Su significado primordial es: «caída provocada por un paso en falso». Para perdonar, no usa Pablo el verbo corriente (aphíemi), sino kharízomai, otorgar un favor (de la misma raíz que kháris, gracia, favor), por lo que lo usa Lucas 7:41, 43 para significar la cancelación de una deuda. Así se explica el empleo que hace Lucas del verbo «deber», como sinónimo de pecar en su versión del Padrenuestro (comp. Lc. 11:4 con Mt. 6:14, 15, donde ocurre paráptoma). Los dos vocablos, juntos aquí (v. 13b), nos dan a entender claramente que, con el perdón de los pecados, quedó cancelada nuestra deuda; esto tiene gran importancia a la vista del contexto posterior.
2. En efecto, inmediatamente detrás de tal afirmación, Pablo habla de la cancelación de nuestra deuda (vv. 14, 15), y de la forma como se llevó a cabo, con el triunfo que eso supuso contra nuestros principales enemigos: «Cancelando el documento de deuda en contra nuestra, que consistía en ordenanzas, y que nos era adverso, quitándolo de en medio y clavándolo en la cruz; y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz». Analicemos esta porción:
(A) El griego kheirógraphon (lit. escrito a mano) era el término que se usaba como «pagaré» en el que alguien reconocía su deuda; de ahí, lo apropiado de su empleo para designar «el documento de deuda en contra nuestra». De este documento dice el apóstol (a) «que consistía en ordenanzas», es decir, en los mandamientos, preceptos y estatutos de la Ley mosaica, como reconocen hoy la mayoría de autores tanto evangélicos como catolicorromanos; (b) «que nos era adverso», esto es, estaba en contra de nosotros, ya que «por medio de la ley es el conocimiento del pecado» y «todos hemos pecado» (Ro. 3:20, 23).
(B) Este documento quedó invalidado, privado de su fuerza legal para exigirnos el pago de la deuda, cuando Cristo murió en la Cruz como nuestro sustituto; de esta forma, «lo quitó de en medio», lo suprimió y quitó de nuestra vista, pues pendía enfrente de nosotros como un cartelón acusador, «y lo clavó en la cruz». Los clavos que ocasionaron la muerte de Cristo, dieron también muerte a la Ley que era nuestro adversario. No olvidemos que el sujeto de todos estos verbos no es Cristo, sino Dios Padre. Dice
F. Prat: «Dios, a manera de venganza, clavó en la Cruz de su Hijo la Ley, la cual contribuyó a su crucifixión». En efecto, véase Gálatas 3:13, por ejemplo.
(C) Pero en la Cruz fue vencido el pecado, no sólo como culpa, sino también como poder. Es cierto que ese poder continúa en el fondo de nuestra vieja naturaleza, pero ha sido abolido legalmente (v. el comentario a Ro. 6:6). Y, detrás de ese poder del pecado, están las huestes espirituales de maldad (Ef. 6:12) donde el pecado, por decirlo así, tiene su «cuartel general», ya que allí está el supremo jerarca de la maldad, el «Maligno» (v. 1 Jn. 5:19). También de éstos triunfó Cristo en la cruz (v. 15b). Este triunfo se nos describe bajo tres metáforas muy expresivas:
(a) Dios despojó del dominio que ejercían sobre nosotros, o sea, les quitó las armas y el uniforme, a los principados y potestades (v. 15a) en quienes están representadas las aludidas huestes de maldad (v. el v. 10, y comp. con 1 Co. 15:24; Ef. 3:10; 4:8). Desarmados y desnudos, perdieron así las prerrogativas de que gozaban con la complicidad de la Ley, nuestra enemiga.
(b) Al dejarlos de esa «facha», Dios los exhibió públicamente, esto es, los expuso a la pública vergüenza o, como dice Gutiérrez, «los expuso a la irrisión».
(c) De esta forma, Dios triunfó sobre ellos (los principados y potestades) en la cruz. Dos puntos necesitan aquí alguna explicación: Primero, el verbo triunfar (gr. thriambéuo), significa «llevar en procesión», como en 2 Corintios 2:14, con la diferencia de que allí los cautivos, entre los que Pablo se cuenta a sí mismo, van voluntaria y gozosamente («con el olor de vida»), mientras que aquí los cautivos van muy a pesar suyo («con el olor de muerte»). Segundo, comoquiera que tanto Khristós (Cristo) como staurós (cruz) son del género masculino, no aparece explícito el sentido de la expresión «en autó» (en él) con que acaba el versículo 15. Hay quienes opinan que se refiere a Cristo; según esto, la Nueva Biblia Española traduce «… por medio del Mesías». Pero hay una razón muy poderosa para traducir «en la cruz», por cuanto éste es el vocablo que aparece en el contexto más próximo (v. 14, al final).
(D) Es probable que la expresión «los príncipes de este mundo», en 1 Corintios 2:8, incluya también a las potestades angélicas malignas que vemos en Colosenses 2:15. Apoyado en esta opinión, dice F. F. Bruce: «Si se hubiesen percatado de la realidad, estos “príncipes de este mundo”—si (como lo expresa Pablo en otra epístola) hubiesen conocido la oculta sabiduría de Dios que decretó la gloria de Cristo y de Su pueblo—, “no habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co. 2:8). Pero ahora están inutilizados y destronados, y el madero vergonzoso se ha convertido en carroza triunfal del vencedor, delante de la cual Sus cautivos son conducidos en humillante procesión, y confiesan contra su voluntad y en su impotencia la superioridad del que los rindió».
3. El apóstol saca las últimas consecuencias prácticas de este triunfo, por el que hemos sido libertados del dominio de la Ley y de los poderes malignos que actuaban detrás de ella, y dice que, anulada la Ley, ya no se nos puede juzgar de lo preceptuado en ella (vv. 16, 17, comp. con Mr. 7:19; Ro. 14:3, 17; He. 9:10): «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo». Notemos los siguientes puntos:
(A) Los falsos maestros que intentaban seducir a los fieles de Colosas enseñaban, como ya dijimos, una mezcla de legalismo judío, en el que la observancia de las festividades solemnes, de los novilunios y del sábado tenía tanta importancia, y de gnosis teosófica propia de los círculos pitagóricos y platónicos, abstemios en cuanto a la bebida. También los nazareos (o, mejor, nazireos) y los esenios eran abstemios y, en cuanto a la comida, todos los judíos habían de atenerse a las normas que señalaban lo que era limpio (hebr. kosher) o inmundo.
(B) El apóstol dice que nadie tiene derecho a sentarse como juez para ver si observamos o no, tanto las leyes acerca de la comida y bebida, como las que tienen que ver con las festividades. Nótese que, entre ellas, incluye también los sábados que el cristianismo, casi unánimemente, ha visto trasladado al «primer día de la semana» (v. Mt. 28:1; Mr. 16:2, 9; Lc. 24:1; Jn. 20:1, 19; Hch. 20:7; 1 Co. 16:2). Insisto en que toda la semana, no sólo el domingo, es del Señor (v. el comentario a Ap. 1:10), como indica, por ejemplo, Romanos 12:1. Una enseñanza similar expresa Pablo en Gálatas 4:9, 10, a cuyo comentario remitimos al lector. Las razones por las que se observa el domingo, aparte de conmemorar la resurrección de Cristo, son de pura conveniencia, conforme a las leyes civiles acerca del descanso semanal.
(C) De todas estas normas sobre alimentos y festividades, dice Pablo (v. 17) que son sombra de lo que ha de venir (mejor, de lo que estaba a punto de venir). El vocablo skiá (sombra) se halla también en Hebreos 8:5; 10:1, para dar a entender que los sacrificios levíticos eran mera figura o tipo que apuntaba al único real sacrificio, el del Calvario. La sombra se desvanece cuando aparece la luz. Cristo es la luz (Jn. 8:12), que podemos contemplar a cara descubierta (2 Co. 3:18) sin que se interponga ningún velo. Esta metáfora de la sombra es muy apropiada, porque, como dice H. Carson, «una sombra no tiene realidad permanente aparte del cuerpo que la proyecta».
(D) «Y el cuerpo, dice Pablo (v. 17b), es de Cristo». Hay quienes opinan que la frase tiene un sentido semejante al de 1 Corintios 6:13 «el cuerpo es para el Señor» (el cuerpo del creyente), o que se refiere a la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Pero estas interpretaciones están aquí fuera de contexto. La interpretación más natural, dentro de este contexto, es que Cristo es quien da el cuerpo, la realidad, a lo que sólo era sombra. De ahí la exhortación de Pablo a no dejarse juzgar por lo que es únicamente sombra, pues ahora la luz de Cristo cae de forma perpendicular sobre nosotros, con lo que desaparece la sombra. Como apunta Médebielle, «sería una necedad volver a la Ley, pues entonces los cristianos cambiarían la realidad (Cristo) por la sombra».
Versículos 18–19
En estos versículos, el apóstol rechaza el falso misticismo, centrado aquí en el culto a los ángeles como a seres sobrenaturales inferiores a Dios y, por ello, más asequibles (según una falsa humildad) a los hombres. El texto debe leerse conforme a la NVI, que dice así: «Que nadie que se deleite en falsa humildad y adoración de ángeles os descalifique para el premio. Tal persona alardea con gran detalle de lo que ha visto, y su mente carnal le hincha de vanidad, habiendo perdido contacto con la cabeza, por la que el cuerpo entero, alimentado y unido por medio de sus articulaciones y ligamentos, crece, según Dios le hace crecer».
1. El versículo 19 apenas necesita comentario alguno, pues su parecido con Efesios 4:15, 16 es impresionante, con dos pequeñas variantes: (A) La estructura es más concisa que la de Efesios 4:16; pero en Colosenses tenemos, además del haphé, coyuntura o juntura, que también aparece en Efesios 4:16, el término, muy expresivo, súndesmos, que significa «ligamento» o «atadura», con lo que la interdependencia de los diversos miembros del Cuerpo de Cristo se echa de ver más gráficamente. (B) En Efesios 4:15 hay una exhortación a crecer hacia (lit.) la cabeza; en cambio, aquí, como el apóstol se refiere a lo que hacen, o no hacen, los falsos maestros, lo pone en forma negativa: «no aferrándose a la cabeza» (lit.), con lo que ninguna parte del organismo puede funcionar como conviene. Dice F. F. Bruce:
«Lo que realmente se da a entender aquí es que los falsos maestros, al no mantener contacto con Aquel que es la cabeza de su cuerpo, la Iglesia, no tienen parte en tal cuerpo, pues es de Cristo como de su cabeza de donde todos los miembros del cuerpo adquieren su capacidad de funcionar correctamente en armonía mutua».
2. El versículo 18 necesita un análisis más detallado, debido especialmente a la confusión que una multitud de MSS tardíos (seguidos en muchas versiones, incluida nuestra RV) introdujeron al insertar un no donde no hacía falta. Dice Bruce: «La adición de me (“no”) se debió a que no lograron (los copistas) entender el lenguaje usado aquí por Pablo». Lo veremos con un análisis cuidadoso del texto:
(A) Dice Pablo de tal persona (al singularizar a los falsos maestros) que se deleita en la humildad como traduce la NVI el semitismo «deseando en humildad» (lit.). A veces tenemos la sensación de que alguien (o quizá nosotros mismos) se siente «orgulloso de su humildad», lo cual indica una soberbia refinada. La humildad, ha escrito alguien, es una flor tan delicada, tan frágil, que se marchita tan pronto como se inclina a contemplarse a sí misma.
(B) En cuanto al culto a los ángeles (lit. religión de ángeles), es necesario conocer el contexto histórico-geográfico en que Pablo escribe esto, y que fue expuesto en una magnífica disertación de Sir William Rampsay a primeros del año 1913. La interpretación depende del conocimiento de lo que el verbo embatéuo significaba para los habitantes de Frigia en tiempos del apóstol: «frecuentar el lugar de los dioses tutelares, para tener comunión con ellos». Aplicado, pues, al caso presente, estos falsos doctores alardeaban, en su falsa humildad, de haber tenido acceso frecuente a los seres angélicos, y ser favorecidos con visiones de ellos. P. Gutiérrez traduce concisamente: «presumiendo de visiones». Me duele decir que, con gran disgusto de mi parte, he oído a más de uno presumir de visiones, no angélicas, sino de la propia luz gloriosa de Dios, y de haber experimentado la «voz audible» de Dios, al estilo de Abraham, Moisés, etc. ¡Lo que puede la autosugestión!
(C) También merece atención la frase con que comienza el versículo 18 en el original: «Que nadie os prive del premio» (lit.). El verbo aquí usado por Pablo (katabrabéuo) ocurre únicamente aquí en todo el Nuevo Testamento y es compuesto de brabéuo, que significa actuar como árbitro en una competición. El prefijo katá presta al verbo un sentido peyorativo, y da a entender que el árbitro le quita el premio injustamente o le descalifica sin razón alguna. En este contexto, el significado es el siguiente: «No permitáis que nadie, al presumir de una experiencia espiritual extraordinaria, os fascine de forma que penséis que habéis perdido la pista de la verdadera espiritualidad al conduciros a un nivel muy inferior al de él». ¿No se corre hoy un peligro similar? Un sincero creyente que oye narrar experiencias extraordinarias, ¿no se sentirá inclinado a pensar que marcha a paso lento y que debería cambiar de mentalidad … y de denominación?
(D) El apóstol retrata de mano maestra, con una sola pincelada, el verdadero carácter espiritual de tales orgullosos: «vanamente hinchado por la mente de su carne» (lit.), por donde vemos que tanto alarde de «alta» espiritualidad es una prueba de la más sutil carnalidad. El verbo es el mismo de 1 Corintios 8:1 («el conocimiento—gnosis—hincha»). Dice P. Gutiérrez: «Hinchados en su soberbia, ofrecen una doctrina que no es sino una ilusión de una inteligencia carnal …, ajenos a todo influjo de Cristo y del Espíritu Santo. Se creen elevados a una sublime sabiduría, cuando su espíritu (entendimiento) no es más que carne».
Versículos 20–23
El apóstol concluye este capítulo con un ataque a la falsa ascética. Damos el texto de estos cuatro versículos según la NVI: «Si habéis muerto (lit. moristeis, aoristo que señala algo que se llevó a cabo de una vez por todas,—comp. con Ro. 6:3 y ss.—) a los principios básicos de este mundo (gr. ton stoikhéion tou kósmou, la tan conocida frase,—v. 2:8 y Gá. 4:3, 9—), ¿por qué, como si aún pertenecierais a él, os sometéis a sus preceptos: ¡no tomes!, ¡no gustes!, ¡no toques!? Estos están llamados a perecer con el uso, porque están basados en mandamientos y enseñanzas de hombres. Tales preceptos tienen, sin duda, apariencia de sabiduría, con su afectada piedad, su falsa humildad y severo trato del cuerpo, pero carecen de todo valor para restringir la sensualidad».
1. El apóstol supone que los fieles de Colosas han muerto con Cristo a todos los ritos y preceptos que tengan que ver con el exterior de la persona. Para quien vive en Cristo, no hay «tabú» que pueda hacerle bien ni mal. No olvidemos el desprecio que los gnósticos sentían hacia todo lo material. La muerte y resurrección con Cristo traslada a la persona a un mundo diferente, a una esfera superior en que la santidad no se mide por centímetros de manga o falda ni por centilitros de alcohol, etc., sino que todo lo no dañoso para la salud, tanto espiritual como corporal (y supuesta la ausencia de escándalo al hermano débil), le es permitido al cristiano con acción de gracias (v. el v. 16, así como Ro. 14:14–17; 1 Co. 10:23–31). Me temo que muchos creyentes, sanos en doctrina, fallan algún tanto en esto (especialmente en Inglaterra y Estados Unidos), al dar culto a lo que Thieme llama «los cinco grandes (tabúes)»: no fumar, no beber, no jugar a los naipes, no bailar y no ir al cine. Éstos no son medios, sino el resultado, de una genuina espiritualidad. Es cierto que hemos de separarnos de lo mundano, pero, como bien apunta Thieme: «La separación es PARA Dios. La genuina espiritualidad es el resultado de la espiritualidad … nunca el medio». Hasta dónde se puede llegar en ese falso puritanismo, se echa de ver en la celebración de la Cena del Señor, donde muchas congregaciones usan zumo de uva, y hasta líquidos que nada tienen que ver con la uva, por no usar el vino (gr. oinos) que el Señor usó sin duda, como se usaba, y se usa, entre los judíos. Basta leer Mateo 11:19; Lucas 7:34 para ver que el Señor bebía vino («oinopótes», bebedor de vino, dicen ambos evangelistas) y, ¡para colmo, su primer milagro consistió en convertir gran cantidad de agua en vino!
2. El apóstol hace ver (v. 22) que los «tabúes» del versículo 21 (en orden descendente, hasta llegar a lo de no toques—gr. thígues, ni siquiera levemente—) no sirven para nada, por dos razones: (A) Porque son mandamientos de hombres, que privan al creyente de la libertad que obtuvo en Cristo; (B) porque se destruyen con el uso, por donde se echa de ver su carácter perecedero.
3. Pablo profundiza más todavía (v. 23) en la inutilidad de tales ejercicios de falsa ascética, al hacer notar que (A) tienen una mal ganada reputación de sabiduría (gr. lógon sophías); (B) promueven una religión acuñada por el propio individuo, al margen de la voluntad de Dios; (C) representan una falsa humildad (comp. con el v. 18) y (D) imponen un severo trato al cuerpo conforme a la idea gnóstica de la maldad innata de la materia. Triste cosa es que estos errores se hayan perpetuado en la ascética de la Iglesia de Roma con los famosos flagelantes, dentro y fuera de monasterios y conventos, que azotan las propias carnes con disciplinas y cilicios.
El apóstol sentencia con un atinado juicio la inutilidad de tales ejercicios, al decir que «carecen de todo valor para restringir la sensualidad». No sólo carecen de valor, sino que son nocivos en dos importantes aspectos: (A) Promueven la soberbia espiritual, por la que tales personas miden el nivel de su santidad con el rasero de tan falsa ascética; (B) es bien sabido que los azotes en las posaderas, lejos de aplacar los estímulos de la carne, más bien les dan pábulo.
En este capítulo comienza la parte propiamente práctica de la epístola. Tenemos aquí: 1. una exhortación general a llevar una nueva vida en Cristo (vv. 1–4). II. Esta nueva vida exige la mortificación de la vieja naturaleza (vv. 5–11) y III. revestirse del hombre nuevo (vv. 12–17). IV. De ahí pasa el apóstol a describir la forma en que la nueva vida ha de manifestarse, 1. en las relaciones conyugales (vv. 18, 19); 2. en las familiares (vv. 20, 21); y 3. en las sociales (vv. 22–25, hasta entrar en 4:1).
Versículos 1–4
1. Con toda naturalidad, después de recordar a los colosenses que están muertos con Cristo a los preceptos y tabúes que les esclavizaban, les hace ver ahora (v. 1) que han resucitado con Cristo (v. también 2:12) y, de la misma forma que Cristo fue arrebatado al cielo (Hch. 1:9, 11), también ellos (y todo creyente sincero) tienen su posición legal arriba (Ef. 2:6). En lugar, pues, de entretenerse en las cosas efímeras, huidizas, que se consumen con el uso de esta vida, deben buscar las cosas de arriba y (v. 2) deben poner la mira, esto es, el interés, la afición (gr. phronéite, de nuevo el mismo verbo de Fil. 2:5), en las cosas de arriba, no en las de la tierra. No se trata, pues sólo, de una búsqueda afanosa, sino también de una actitud mental y sentimental constante, una contemplación deleitosa, de las cosas celestiales.
2. La razón, vuelve a insistir, es (v. 3) que «habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». El creyente no vive ya para su «yo», sino para Dios en Cristo; su vida ha pasado de ser egocéntrica a ser teocéntrica; en realidad, es Cristo quien vive la vida divina en él (Gá. 2:20), así como vive la suya propia en el seno del Padre (Jn. 1:18). Esta vida divina del creyente está escondida con Cristo en Dios; también él tiene su vida como Cristo, en el seno de Dios. Esta vida espiritual, eterna, divina, del creyente está escondida con el Cristo resucitado y ascendido y, por tanto oculta a los ojos del mundo. El mundo no puede ver la vida de un príncipe celeste y heredero de todas las riquezas de Dios en un mendigo harapiento ni en una pobre viuda, vieja, de piel arrugada por los años y los sufrimientos; pero si ese mendigo y esa anciana son creyentes, son también hijos del Soberano del Universo y herederos con Cristo de todo lo que la adopción de hijos comporta (Ro. 8:14–17).
3. Más aún, llegará un día en que Cristo volverá y se manifestará. Cuando ese día llegue, todos aquellos cuya vida está escondida en Cristo serán también manifestados con Él en gloria (v 4). Este cuerpo mortal y miserable será transfigurado y hecho conforme (recibiendo la misma forma) al cuerpo glorioso de Cristo (Fil. 3:20, 21). Todos podrán ver esa gloria brillando en nosotros, pues seremos semejantes a Él cuando le veamos tal cual es (1 Jn. 3:2). En aquel día, el Espíritu Santo habrá dado el último toque a la imagen de Cristo en nosotros, como el Padre lo decidió desde la eternidad (Ro. 8:29).
Versículos 5–11
Con esta esperanza por espolique, el apóstol exhorta ahora a los fieles de Colosas a que no se dejen gobernar por el pecado, el cual ya ha perdido sus derechos contra ellos (Ro. 6:12–14), sino que, por el contrario (comp. con Ro. 8:13) le vayan dando muerte. Dar muerte al pecado no es acabar de una vez con él, pues eso es imposible en esta vida; el pecado que anida en nuestro interior, como una hidra de múltiples cabezas, se yergue una y otra vez cuando ya lo creíamos vencido y domeñado; se le puede cortar el tallo, pero siempre queda la raíz. Tampoco consiste en afligir el cuerpo con azotes y privaciones; la labor es más profunda; se necesita una crucifixión (v. Gá. 5:24), no por las propias fuerzas, pero sí por el poder del Espíritu, el cual está siempre a nuestra disposición (comp. con 1 Co. 15:10b y Fil. 4:13). En la práctica de la vida cotidiana, consiste en decir continuamente «¡No!» a lo que nuestro viejo «yo» desearía por inclinación natural.
1. El uso del vocablo «miembros» (v. 5) como objeto de esta obra de continua mortificación, es muy expresivo, pues nos conduce a Romanos 6:19; 7:23, donde nuestros miembros son presentados como obedeciendo a una ley que es contraria a la ley de Dios. Conviene tener presente el mandato de Cristo en Mateo 18:8, 9. A veces, el huir de una tentación o el abandonar una ocasión próxima de pecado cuesta más que arrancarse un ojo o amputarse un brazo; tal es la fuerza que ciertos pecados ejercen sobre nuestro «yo pecador».
2. El apóstol especifica a continuación algunos de esos pecados (v. 5b): «inmoralidad sexual (gr. pornéian), impureza (gr. akatharsían), que suele añadir cierta perversidad (v. Ro. 1:24) a la inmoralidad sexual, lujuria (lit. pasión), malos deseos (lit. mala concupiscencia, pues ése es el sentido que epithumía tiene en Stg. 1:14, 15) y avaricia (gr. pleonexía, deseo pecaminoso de tener más y más), que es idolatría» (NVI). No es éste el único caso en que la avaricia va unida, por un lado, a la impureza sexual (v. Ef. 4:19; 5:3) y, por otro, a la idolatría (v. 1 Co. 5:11; Ef. 5:5). Los tres vicios suelen siempre ir unidos: El deseo de tener más y más dinero precede o acompaña al deseo de gozar más y más de los placeres de los sentidos y, bien pronto, el dinero y la carne se convierten en ídolos a los que el individuo, y aun la sociedad, sacrifican el honor, la salud y la conciencia.
3. El apóstol añade a continuación la advertencia de que «a causa de las cuales cosas viene la ira de Dios» (v. 6). Algunos MSS importantes omiten lo que sigue después («sobre los hijos de desobediencia»), lo cual es, con la mayor probabilidad, una glosa introducida de Efesios 5:6, donde puede verse el comentario a este versículo.
4. En los versículos 7–11, aparecen exhortaciones que hallamos esparcidas por otros lugares ya conocidos, como 1 Corintios 12:13; Gálatas 5:6; Efesios 2:12 y ss.; 4:22 y ss.; 5:8.
(A) Nótese el contraste entre «en otro tiempo» (v. 7) y «ahora» (v. 8). Estos dos tiempos, el antes y el ahora están separados por la línea divisoria que es la conversión a Dios (comp. con 1 Ts. 1:9). Sólo la gracia de Dios ha hecho la separación entre nosotros y nuestros antiguos compañeros de pecado y rebeldía contra Dios (v. 1 P. 4:4).
(B) En términos ya conocidos, por el estudio de Romanos 10:12; 1 Corintios 12:13; Gálatas 3:28; Efesios 4:23, el apóstol exhorta a despojarse del viejo hombre con sus prácticas (v. 9), lo que equivale a desechar las cosas que enumera en el versículo 8, y revestirse del nuevo hombre (v. 10).
(a) Las cosas que hay que echar de sí (el verbo es aquí, en el v. 8, más genérico que el de v. 9b) forman una lista de seis: ira, enojo, esto es, el enfado como actitud habitual, del que la ira o cólera es como una explosión pasional del momento, malicia (nombre con que se designa la maldad perversa), maledicencia (mejor que blasfemia, pues eso es lo que dicho vocablo griego significa), palabras deshonestas (que salen) de vuestra boca y (señalándolo en especial) «no mintáis (v. 9) los unos a los otros», donde quedan incluidas, es cierto, las mentiras propiamente dichas, pero se incluyen también todas las formas de expresión que denotan la falsedad del que las pronuncia: mentiras deliberadas, medias verdades, exageraciones, silencios calculados y aun gestos que producen distorsión de los hechos, juicios atrevidos sobre intenciones, falsas informaciones o falta absoluta de información, etc. Al saber lo que la Biblia entiende por verdad, se comprenderá la importancia que el apóstol da a la mentira, que es su contrario (comp. con Ap. 21:8—final de la lista—).
(b) Esta conducta, que se manifiesta en ese arrojar de sí, dejar a un lado y poner bien lejos todas esas prácticas en las que se echa de ver la amargura contra el prójimo y las malas intenciones de un corazón no regenerado, es consecuencia necesaria del cambio que se produjo en cada uno de nosotros cuando nos volvimos a Dios; y consistió en desvestirse (lit.) del viejo hombre con sus prácticas (v. 9b) y (v. 10) revestirse (o, simplemente, vestirse; el verbo es el mismo en los vv. 10 y 12) del nuevo (hombre).
(c) De este nuevo hombre dice Pablo que «conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno» (v. 10b). En cuanto a la renovación que aquí declara Pablo, notemos que el verbo está en presente continuativo y es de la misma raíz que la renovación de que habla Pablo en Romanos 12:2, donde también el verbo transformaos está en presente de imperativo. Lo del conocimiento pleno es un proceso continuo (2 Co. 4:16), que sólo en la segunda venida de Cristo tendrá su consumación (v. el comentario a Ef. 4:13).
(d) Especial atención requiere lo de que se va renovando conforme a la imagen del que lo creó. No cabe duda de que tenemos aquí una alusión a Génesis 1:27, donde vemos que el primer hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, Adán cayó y la imagen de Dios que lo creó quedó desfigurada en él. El viejo hombre es precisamente la estampa del ser humano caído a causa de la caída del Primer Adán en quien todos morimos (1 Co. 15:22, 45–49). El nuevo hombre hace referencia a la nueva naturaleza, que es una nueva creación (v. 2 Co. 5:17) en el ser humano, salvo de gracia mediante la fe (v. Ef. 2:8, 10). El creyente es así creado de nuevo a imagen de Dios en Cristo, de tal manera que revestirse del hombre nuevo (v. 10) equivale a revestirse de Cristo (Gá. 3:27), aun cuando en Colosenses 3:10, el énfasis cae en el creyente, no en Cristo, ya que éste no fue creado, sino engendrado.
(C) Ese «nuevo hombre» se constituye así en el «común denominador» de todos los creyentes en Cristo, ya que, para ilustrarlo de algún modo, todos los cristianos, sin que por ello desaparezcan las diferencias de raza, sexo, nacionalidad, temperamento, etc., son revestidos de la misma túnica; túnica del mismo color y de la misma largura en todos. Por eso, dice el apóstol (v. 11): «donde no hay ya distinción entre griego y judío (comp. 1 Co. 12:13), circuncisión e incircuncisión (comp. Gá. 5:6), bárbaro y escita, siervo y libre (comp. con 1 Co. 12:13; Gá. 3:28; Ef. 6:8), sino que Cristo es todo y en todos» (v. Ef. 1:23). En este versículo Pablo llega a describir no sólo las diferencias que existían en cuanto a raza y religión, sino también las que había entre las distintas culturas, pues distingue de los bárbaros, común apelativo de todos los pueblos que no poseían la civilización grecorromana, a los escitas, quienes eran tenidos por los más rudos e incultos de todos los bárbaros. Repetimos lo que ya hemos dicho en el comentario a 1 Corintios 12:13 y Gálatas 3:28: Colosenses 3:11 no quiere decir que hayan desaparecido las diferencias de raza, nación, sexo, etc., sino que no hay distinción en cuanto a la salvación eterna.
Versículos 12–17
En esta porción, el apóstol deduce las conclusiones que emergen de la nueva situación: los que están revestidos (v. 10) del nuevo hombre han de vestirse (v. 12; el verbo griego es el mismo) de las cualidades que el hombre nuevo ha de manifestar. Lo que en estos versículos leemos, se halla resumido en Efesios 4:2, 32; 5:1 y 2.
1. Eso, dice Pablo, es lo que os corresponde «como escogidos de Dios (v. 12), santos y amados». (A)
«Escogido» o «elegido» es el término que hallamos ya, en este sentido, en Lucas 18:7; Romanos 8:33; 16:13; mientras que el vocablo de la misma raíz, «elección», aparece en Romanos 9:11; 11:5, 7, 28 y en 1 Tesalonicenses 1:4. El verbo «elegir» sale en Efesios 1:4 y 1 Corintios 1:27, 28. Siempre es el resultado del amor gratuito de Dios, dentro de su libre y soberana iniciativa. (B) Como «escogidos de Dios» son, pues, santos, esto es, separados por y para Él como pueblo de su peculio (1 P. 2:9) y amados, hechos objeto especial del amor de Dios.
2. Es este amor que Dios les tiene el que les obliga a amarse, soportarse y perdonarse mutuamente, según se especifica en los versículos 12–14. Parece como si estuviésemos escuchando al apóstol Juan:
«Queridos amigos, puesto que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos mutuamente»
(1 Jn. 4:11, NVI).
(A) Las cualidades que Pablo señala en particular son (lit.) entrañas de compasión, benignidad, humildad, mansedumbre y longanimidad (v. 12b). Las dos primeras se hallan, en forma de adjetivos, en Efesios 4:32; las tres últimas, en su propia forma, en Efesios 4:2; «benignidad, mansedumbre y longanimidad» forman parte del fruto del Espíritu en Gálatas 5:22, 23. Sus respectivos significados han sido, pues, expuestos en sus lugares citados.
(B) Pablo menciona a continuación (v. 13) el soportarse mutuamente que ya vimos en Efesios 4:2b, y el perdonarse mutuamente, que también aparece en Efesios 4:32, donde puede verse el comentario, aplicable a este sencillo versículo.
(C) Pero hay una virtud, una cualidad, una gracia, que las corona a todas. Ya la mencionó en 2:2, pero ahora dice de ella, como de una rica vestidura que cubre y da valor y brillo a todas las demás (v. 14): «Y sobre todas estas cosas, sobre todas estas magníficas cualidades, vestíos (el verbo no aparece en el original, pero se suple del v. 12) del amor, que es ligamento de la perfección» (lit.). Esta última frase es un hebraísmo, equivalente a ligamento perfecto, y puede entenderse de dos maneras:
(a) «Ligamento (o vínculo, como suelen traducir las versiones) que perfecciona, corona y da valor a todas las demás virtudes». En este sentido lo entienden la mayoría de los autores. Dice E. F. Scott: «Sin el ceñidor del amor, todas las demás vestiduras son inútiles», es decir, penden del cuerpo, peligrosamente aflojadas. Moffatt, por su parte, traduce: «El amor es el vínculo de la vida perfecta». Comenta F. F. Bruce: «En Gálatas 5:6, el amor es el poder motivador de la fe; en 1 Corintios 13:13, es la suprema gracia cristiana; en Romanos 13:9 y ss., todos los mandamientos se compendian en este mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor es el cumplimiento de la ley de Dios, porque el amor no le hace al prójimo sino lo que es bueno».
(b) «Ligamento que une perfectamente a los creyentes.» Así lo entendieron Tomás de Aquino y Knabenbauer y, en nuestros días, J. M. González Ruiz. El paralelo de Efesios 4:2, 3, donde aparece el amor como virtud señera y conectada con el «vínculo (o ligamento) de la paz», teniendo además en cuenta que el versículo siguiente (Col. 3:15) habla de la paz de Dios y del llamamiento a un mismo y único cuerpo, presta bastante fuerza a esta opinión.
3. Del amor, pasa el apóstol a mencionar la paz (v. 15): «Y la paz de Dios arbitre (lit. gr. brabeuéto) en vuestros corazones, a la que también fuisteis llamados en un solo cuerpo y sed agradecidos». Hallamos aquí resonancias de Filipenses 4:7 (con la variante de que en Fil. el verbo es proteger o custodiar) y de 1 Corintios 12:13. H. Carson comenta bellamente este versículo del modo siguiente: «La paz ha de actuar como árbitro. El verbo que aquí se traduce por gobernar, brabéuo, sirve para describir la actividad del árbitro en los juegos, pues es él quien decide la contienda. Así, en el conflicto interior que inevitablemente habría de acompañar a muchas de sus actitudes, cuando el amor y la amargura contienden por la supremacía, la paz ha de ser el factor que gobierne. La membresía en el único cuerpo de Cristo implica un llamamiento a mantener la paz entre los miembros. Por consiguiente, cada miembro debe ser gobernado por este deseo interior de paz, y esta paz es un don de Cristo». En efecto, véase Juan 14:27.
4. La exhortación siguiente (v. 16) guarda una extraordinaria semejanza con la que el mismo apóstol hace en Efesios 5:19, aunque con la variante, muy significativa, de «la palabra» en vez del «Espíritu»:
«Que la palabra de Cristo habite ricamente en vosotros, mientras os enseñáis y aconsejáis unos a otros con toda sabiduría, y cantáis salmos, himnos y cánticos espirituales, dando gracias a Dios en vuestros corazones» (NVI; de manera similar traducen todas las versiones modernas).
(A) En cuanto al comienzo del versículo: («Que la palabra de Cristo habite ricamente, esto es, abundantemente, en vuestros corazones»), dos puntos necesitan aclaración: (a) «La palabra de Cristo» puede tomarse en sentido subjetivo: «lo que Cristo predicó»; o en sentido objetivo: «lo que se predica acerca de Cristo». En favor del sentido subjetivo se pronuncian F. F. Bruce y P. Gutiérrez. Herbert Carson da como probables ambos sentidos. Para el que esto escribe, el sentido objetivo es, con mucho, el más probable: lo que la Iglesia ha de proclamar con respecto a Cristo, es decir, el Evangelio. (b) «En vuestros corazones» puede tener un sentido distributivo: «en el corazón de cada uno de vosotros como individuos»; o colectivo, comunitario: «en el corazón de vosotros en cuanto que formáis la comunidad cristiana». Dice F. F. Bruce a este respecto: «Si uno de los dos (sentidos) ha de ser aceptado, el sentido colectivo podría ser preferido a la vista del contexto. Haya amplio campo para la proclamación del mensaje cristiano y para la enseñanza de las doctrinas cristianas en las reuniones de ellos».
(B) Como hemos visto, la NVI y las versiones modernas traducen el griego en kháriti, no «con gracia» (Reina-Valera), sino «con gratitud» o «con agradecimiento» (o similares), lo cual cuadra mejor con el contexto, ya que la gratitud forma parte primordial (detrás de la alabanza) del culto comunitario, como en Efesios 5:19, mientras que la sabiduría se necesita especialmente para enseñar, aconsejar y amonestar (el verbo para aconsejar—NVI—, o amonestar—RV—, es el mismo de 1:28, y de la misma raíz que la «amonestación» de Ef. 6:4), ya que la falta de tacto estropea la eficacia de cualquier amonestación, por muy fundada que se halle en la Palabra de Dios.
5. El apóstol cierra (v. 17) esta porción con una exhortación de tipo general, que nos recuerda la de 1 Corintios 10:31: «Y todo lo que hagáis, de palabra o de obra, (hacedlo) todo en (el) nombre de(l) Señor Jesús, dando gracias al Dios Padre por medio de Él» (lit.). «Todo lo que hagáis» se entiende, como es obvio, todo lo que no sea pecaminoso. Para el cristiano, no hay áreas «sagradas», distintas de las áreas
«profanas»; es su intención (al menos, virtual o implícita) la que debe dirigir toda su conducta para la gloria de Dios y honor del nombre de Cristo. Dice P. Gutiérrez: «Todo cuanto el hombre nuevo piense y obre ha de ser sobrenaturalizado y santificado por la unión con Cristo, en cuya dependencia o autoridad toda la vida del cristiano queda como divinizada». No nos hace falta una casuística perfectamente cuadriculada para cada situación que exija una decisión ética. Siempre que el creyente se ve confrontado con tal decisión, ha de acudir a la Palabra de Dios. Pero no siempre hallará en la Palabra de Dios una respuesta directa a su caso. Lo que debe entonces preguntarse es: ¿Qué es lo mejor que cuadra con mi carácter cristiano? ¿Cómo se portaría Cristo en esta circunstancia particular? Con esta disposición, no ha de caberle duda de que el Espíritu de Cristo le guiará a «lo bueno, lo que le agrada más (a Dios), lo perfecto» (Ro. 12:2b; NVI).
Versículos 18–25 y 4:1
En esta sección, el apóstol enseña cómo debe manifestarse el carácter del hombre nuevo en la vida de relación. El lugar paralelo, más detallado que aquí, es Efesios 5:22–6:9.
1. Pablo comienza por las relaciones conyugales (vv. 18, 19), como hace también en Efesios 5:22 y ss.: «Esposas, estad sometidas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos (agrios, amargos) con ellas». Como en Efesios 5:22 y ss., el apóstol exhorta a las mujeres a someterse a los maridos; a los maridos, a amar a sus esposas. La única variante es, con respecto a los esposos, lo de no portarse con aspereza hacia sus esposas (lit.), que no se halla en Efesios y que es una forma negativa de exhortar a los maridos a amar a sus mujeres, pues el que de veras la ama, no la trata con aspereza, sino con delicadeza.
2. Vienen después, como en Efesios 6:14, los deberes familiares; aquí también (vv. 20, 21), comienza por los hijos. En lugar de la frase: «Porque esto es justo», que aparece en Efesios 6:1b, dice aquí: «porque esto agrada al Señor». Lo del «Señor» puede entenderse del Señor Jesucristo, como lo hacen Bruce y Carson, o de Dios, como lo hace P. Gutiérrez. La primera opinión es, a mi juicio, la más probable. Dice Carson: «Esta obediencia es aceptable en la esfera donde el Señorío de Cristo es de suma importancia». En cuanto a los deberes de los padres (gr. patéres, como en Ef. 6:4), falta aquí la parte positiva de la exhortación que se halla en Efesios 6:4b, y la parte negativa se halla modificada de manera interesante:
(A) En lugar del me parorguízete de Efesios 6:4, hallamos aquí me erethízete. Los dos verbos son sinónimos, aunque el primero se traduce mejor por «no provoquéis a ira», y el segundo por «no exasperéis».
(B) La variante más interesante es la que aparece aquí al final del v. 21: «para que no se desanimen» (lit.). El verbo athumóo está compuesto del prefijo a, que indica carencia o privación de lo que sigue en el vocablo, y thúmos o thymos, ánimo. Esta raíz es bien conocida en psicología y psiquiatría, pues con ella se forman términos castellanos como ciclotímico y esquizotímico, que caracterizan las respectivas variedades psíquicas de inclinación a cambiar de estado de ánimo por ciclos o a permanecer siempre con ánimo dividido respectivamente. Aquí el verbo significa simplemente «no tener ánimo», esto es, el vigor y la iniciativa gozosa que son necesarios para abrirse paso en la vida. Lo que Pablo, pues, advierte a los padres es que, si exasperan a los hijos con persistentes prohibiciones y recriminaciones, los están exponiendo al complejo de inferioridad, con todas sus miserables consecuencias.
3. Las obligaciones en el plano social se hallan aquí en los versículos 22–25 y en 4:1, y corresponden a Efesios 6:5–9. Apenas aparecen variantes en cuanto a los deberes de los criados con respecto a los amos; el sentido es absolutamente el mismo, por lo que no añadimos nada a lo comentado en Efesios 6:5–
8. Únicamente hacemos notar la variante que, con respecto a los amos, aparece aquí en 4:1: «Amos, haced lo que es justo y equitativo con vuestros siervos …» En Efesios 6:9, Pablo contempla de modo especial el lado negativo («dejando las amenazas»), pero aquí sólo menciona el positivo («haced lo que es justo y equitativo»). Esto es muy interesante desde el punto de vista de la justicia social y aun conmutativa. Es cierto que Pablo no desciende a casos particulares, pero establece sencillos principios cristianos que, como dice Bruce, «pueden aplicarse en las cambiantes estructuras sociales de todo tiempo y lugar». Tres vocablos exigen ser analizados:
(A) El verbo parékho, como aparece aquí en presente de imperativo de la voz media, indica una continua provisión de los medios de vida de parte del amo, de los bienes de fortuna de éste, pues ése es el sentido que tiene el verbo en el griego clásico, especialmente en Herodoto.
(B) En lo que es justo, el apóstol apela a lo que la justicia demanda en las relaciones entre los seres humanos, que no son bestias de carga, sino seres racionales y, en este caso, más todavía, pues se trata de relaciones entre amos y criados creyentes.
(C) A «lo justo» añade Pablo «y la igualdad» (lit.), con lo que da a entender que ha de guardarse cierto equilibrio entre lo que se le exige al siervo (lit. esclavo), es decir, fidelidad, y lo que se le pide al amo, esto es consideración. Una aplicación práctica de estos principios se entrevé en la epístola que el propio Pablo escribió a Filemón. Dice Bruce: «No se da ningún mandato de manumitir a los esclavos. De seguro que el amo de Onésimo recibe aquí una buena indirecta de lo que de él se espera a este respecto (Flm. 12–14); pero, al mismo tiempo, queda bien claro que toda la virtud de tal acto consiste en no ser hecho “por obligación, sino por libre voluntad” (Flm. 14b)».
En este capítulo, tras del versículo 1, ya explicado, tenemos: I. una exhortación a la oración constante (vv. 2–4); II. una advertencia sobre la obligación de dar testimonio a los de fuera (vv. 5, 6). III. Comunica a los fieles de Colosas que Tíquico y Onésimo les harán saber cómo van los asuntos del apóstol (vv. 7–9).
IV. Termina la carta con los saludos de costumbre (vv. 10–18).
Versículos 2–4
Estos versículos presentan un notable parecido con Efesios 6:18–20. En ambos lugares, se echa de ver la misma insistencia en exhortar a la perseverancia en la oración, que se compendia lacónicamente en ese
«Orad sin cesar» de 1 Tesalonicenses 5:17. Nótese la frecuente conexión entre la oración, la vigilancia, y la acción de gracias (comp. el v. 2 con Mt. 24:42; 25:13; Mr. 13:33; Lc. 21:36; Hch. 1:14; Ef. 6:18).
Como hace ver H. Carson, la vigilancia, necesaria en todo tiempo, tiene especial relevancia en conexión con la oración: «El maligno torna descuidado al creyente, de forma que éste descuida la práctica misma de la oración o, por otra parte, le embota la mente o le distrae los pensamientos. De aquí que la vigilancia significa una atención disciplinada a este continuo ministerio e implica también una concentración de todo el ser en su desempeño». La exhortación a que oren por él personalmente (vv. 3, 4) se halla, casi en los mismos términos, en Efesios 6:19, 20. En Colosenses 4:3 hallamos esta variante, que no se halla en Efesios: «para que Dios nos abra puerta de la palabra» (lit.). En esta frase han visto algunos el deseo de verse fuera de la prisión (comp. Flm. 22), pero lo más probable es que se refiera, como en otros lugares (v. 1 Co. 16:9; 2 Co. 2:12, y aun Hch. 14:27; Ap. 3:8), a las oportunidades para predicar el Evangelio. Su deseo es, pues, «que le sea dada por el Espíritu aquella capacidad para predicar el Evangelio que se halla fuera de los límites de las fuerzas naturales desprovistas de ayuda» (Carson). Esto es también lo que da a entender el lugar paralelo de Efesios 6:19.
Versículos 5–6
Estos versículos son el lugar paralelo de Efesios 5:15, 16, aunque con algunas variantes. Dicen aquí:
«Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno».
1. El caminad con sabiduría equivale al caminad como sabios de Efesios 5:15, pero aquí se añade «en relación con los de afuera» (lit.), por donde se ve que el apóstol daba gran importancia al testimonio que los creyentes habían de dar en medio de un mundo inconverso. La gente no atiende a razones ni da importancia a palabras, aunque en ellas se expresen las verdades más valiosas de las Escrituras. Si no ven una conducta consecuente con la profesión de fe, no sólo no nos atenderán, sino que nos despreciarán, pues hasta los mundanos guardan cierto respeto hacia los que se comportan de acuerdo con sus convicciones. La frase redimiendo el tiempo se halla en Efesios 5:16 exactamente con las mismas palabras, aunque allí el verbo va al principio de la frase, y aquí va al final.
2. Dice Pablo que nuestra conversación (lit. palabra) debe ser:
(A) Con gracia, no en el sentido de que hayamos de hablar graciosamente, de forma que todo el mundo nos escuche con agrado. No es la amenidad la que aquí se pone de relieve (aunque no se la excluya) sino la santidad, de forma que nuestras palabras reflejen la gracia de Dios en nosotros mediante una manera de expresarnos que sirva para edificar a los oyentes.
(B) En este sentido ha de entenderse la frase siguiente: «sazonada con sal». Una conversación graciosa, y chispeante, en la que campea el ingenio del interlocutor, es descrita corrientemente como «sazonada con sal y pimienta». Pero no es esta sal la que Pablo tiene en mente, sino la que el Señor Jesucristo contempla en Mateo 5:13. Del mismo modo que la sal natural preserva de la corrupción los alimentos, así también la sal a la que Pablo se refiere aquí es la de una conversación en la que nunca entra
«lo insípido, lo corrompido, lo obsceno» (Ryrie), sino lo que sirve de provecho para las almas, animándolas a la virtud y refrenándolas del vicio.
(C) La última frase: «para saber cómo es menester que respondáis a cada uno» (lit.), guarda cierto parecido con 1 Pedro 3:15, aunque allí dice «… a todo el que pregunte …»; aquí particulariza con todo esmero «a cada uno» (gr. hení hekásto), y da a entender que la forma de expresarnos en cada ocasión ha de ser apropiada a la mentalidad y cultura del interlocutor y a la intención de la pregunta. Esto requiere, como dice Pedro en el lugar citado, una constante preparación por parte del creyente que da testimonio, si con él ha de santificar, esto es, dejar en buen lugar, a su Señor.
Versículos 7–9
Pablo ha dado fin a sus enseñanzas y se dispone a dar los saludos de costumbre. Antes hace referencia a los portadores de la carta, Tíquico y Onésimo. Ellos son (vv. 7a, 9b) los que les harán saber a los fieles de Colosas cómo van los asuntos de Pablo (comp. con Ef. 6:21, 22).
1. Llama a Tíquico «el amado hermano y fiel ministro y consiervo en el Señor», exactamente como le había llamado en Efesios 6:21, aunque en Colosenses 4:7b añade «y consiervo», lo cual no aparece en Efesios. También el versículo 8 se halla al pie de la letra en Efesios 5:22 y se debe leer como allí, según lo atestiguan los mejores MSS. Cómo pudo alguien cambiar el verbo y el pronombre personal, a fin de decir «para que conozca lo que a vosotros se refiere», en lugar de «para que conozcáis lo que a nosotros se refiere», es difícil de entender, pues no sólo se quiebra así el paralelismo con Efesios, sino que se pierde de vista la intención de Pablo, de acuerdo con el contexto, pues acaba de decir en el versículo 7a que Tíquico les hará saber lo que a Pablo se refiere, y añade ahora: «a quien he enviado a vosotros PARA ESTO MISMO». Es, pues, la lectura de Colosenses 4:8 la que debe adaptarse a la de Efesios 6:22, y no viceversa.
2. De Onésimo sabemos por la Epístola a Filemón más que por ninguna otra fuente. Su nombre no aparece en la Carta a los Efesios. Pablo lo llama aquí el hermano fiel y amado (v. 9), pero no le aplica el epíteto de consiervo, que ha dado a Epafras (1:7) y a Tíquico (v. 8), lo cual indica que Pablo no lo había tenido como colaborador en la obra. «Es de notar, dice H. Carson, que Pablo no aplica sin discriminación las frases de recomendación». También vemos que Onésimo era miembro de la iglesia de Colosas, pues el apóstol les dice a los colosenses: «el cual es de entre vosotros» (lit.).
Versículos 10–18
Vienen ahora los saludos de costumbre.
1. Entre los que están con Pablo y saludan a los fieles de Colosas, el apóstol menciona primero a Aristarco. Por Hechos 19:29, sabemos que estuvo implicado con Pablo en el motín de Éfeso, y por Hechos 20:4 que fue uno de los delegados enviados por la iglesia de Tesalónica. El apóstol le llama coprisionero de guerra (lit.). Discuten los autores si estaba o no preso con Pablo en Roma, o si le prestaba sus servicios mientras el apóstol estaba en la prisión, pero es muy probable que la palabra tenga el sentido de ser «preso del Señor», como es el caso de Epafras en Filemón 23.
2. Menciona después a Marcos, el primo (anepsiós), no el sobrino, de Bernabé, lo cual explica el interés que Bernabé tenía en su primo (v. Hch. 15:36 y ss.). Pablo dice que acerca de él los colosenses habían recibido instrucciones (lit. mandamientos, el mismo vocablo de Juan 10:18, al final). Seguramente se refiere a información que los colosenses habían recibido acerca de Marcos, quizá por medio de Pedro, quien lo asocia a sí en los saludos de 1 Pedro 5:13, o por medio de su propio primo Bernabé. En todo caso, Pablo exhorta a los colosenses a que lo acojan bien, si va a ellos. No nos consta si fue allá o no.
3. A continuación (v. 11) menciona a otro creyente de extracción judía. Se llamaba Jesús. Este nombre, como su equivalente Josué, era frecuente entre los judíos; que era llamado Justo (comp. con Hch. 1:23), no quiere decir que le pusiesen ese buen mote, sino que ése era su nombre romano. Aquí parece acabarse la lista de los de extracción judía, y de ellos dice Pablo (v. 11b): «que son los únicos de la circuncisión que colaboran conmigo en el reino de Dios, y han sido para mí un consuelo». No niega, pues, aquí que los de extracción gentil que se mencionan a continuación colaboren con él y le sirvan de consuelo, pero, especialmente la última frase «me fueron hechos consuelo» (lit. gr. paregoría, lo contrario de kategoría, acusación), parece dar a entender que Pablo tenía en cuenta lo mucho que los judíos inconversos le hacían y, en especial, le habían hecho sufrir.
4. Viene ahora (vv. 12 y ss.) la lista de los creyentes de extracción gentil, y comienza el apóstol por Epafras, a quien ya había mencionado con elogio en 1:7 y del que, por lo que ahora (vv. 12, 13) dice de él, vemos que era un líder importante en la iglesia de Colosas. Dice así en la NVI que da mejor el sentido del original: «Os saluda Epafras, que es de los vuestros (miembro de la misma iglesia) y siervo de Cristo Jesús. Él está luchando (comp. 1:29) siempre por vosotros en oración, a fin de que permanezcáis firmes, perfectos y completamente seguros en toda la voluntad de Dios. Yo respondo de que él se toma mucho trabajo por vosotros y por los de Laodicea y Hierápolis» Queda por explicar que, tanto «perfectos» (esto es, maduros espiritualmente, como en 1:29; 2:1) como el participio de pretérito perfecto de la voz media- pasiva (v. también en Lc. 1:1) van regidos del verbo stathéte (aoristo pasivo de subjuntivo: «estéis firmes» de una vez por todas). En cuanto al verbo plerophoréo, puede significar cumplir plenamente o convencer plenamente; el sentido alternativo ha de determinarse de acuerdo con el contexto. En Lucas 1:1, el contexto exige que se entienda como «seguramente cumplidas», esto es, ciertamente sucedidas.
¿Qué sentido ha de dársele aquí? La Reina-Valera, como la AV inglesa, le da el primer sentido («completos»). A este sentido se inclina H. Carson, quien cita al Crisóstomo en favor de esta opinión; no puede descartarse este sentido, si se tiene en cuenta que el griego era la lengua nativa del Crisóstomo, quien fue el príncipe de los expositores de la Biblia entre los escritores eclesiásticos de los primeros siglos de la Iglesia. En mi opinión, sin embargo, tiene mayor probabilidad el sentido de «plenamente convencidos» (como en la NVI), con vistas al contexto posterior (similar al «… comprobéis cuál es la voluntad de Dios», en Ro. 12:2). P. Gutiérrez opta por unir los dos sentidos y traduce: «cumplidores (¡pero el verbo no está en activa!) con pleno convencimiento de todo lo que Dios quiere».
5. En esta lista de creyentes de extracción gentil, siguen (v. 14) Lucas, el médico amado (es el único lugar, pero suficiente, que nos presta la información explícita de que Lucas era médico y de extracción gentil) y Demás (lit.). Están de acuerdo los autores en que este Demás, o Demas (como aparece en la mayoría de las versiones. La Nueva Biblia Española lee Dimas, conforme a la pronunciación griega de la eta por i) es el mismo que aparece tambien en 2 Timoteo 4:10 y Filemón 24. El hecho de que vaya siempre asociado con Lucas favorece a esta opinión, y la circunstancia de que es el único nombre al que Pablo no añade ningún elogio da a entender que el apóstol tenía motivos suficientes para ello (v. el comentario a 2 Ti. 4:10).
6. A continuación (v. 15) vienen los saludos con referencia a los destinatarios: «Saludad a los hermanos que están en Laodicea, y a Ninfas y a la iglesia que está en su casa». Sabemos por otros lugares que las casas espaciosas de creyentes de posición económica acomodada servían para reunión de pequeñas comunidades (v. Hch. 12:12; 16:15, 40; Ro. 16:5, 23; 1 Co. 16:19 y Flm. 2). De este Ninfas (que, según MSS importantes, aunque pocos, debería ser Ninfa, mujer, no hombre), nada más sabemos. Si ha de tomarse en masculino, como suele traducirse, conforme a la mayoría de los MSS, podría ser una abreviatura de Ninfodoro, nombre que se ha hallado en algunas inscripciones.
7. El versículo 16 ha causado siempre gran controversia, por la recomendada lectura en Colosas de una carta de Laodicea, de la misma forma que el apóstol recomienda que la Epístola a los Colosenses se lea también en la iglesia de los laodicenses. De dos puntos no cabe duda alguna: 1) Pablo escribió una epístola a la iglesia de Laodicea; 2) esta epístola no es la misma de carácter apócrifo que apareció muchos años más tarde, sin duda para suplir esta aparente laguna de información. Queda una versión latina de esta carta apócrifa, conocida por el famoso escritor Jerónimo a fines del siglo IV. Las opiniones en cuanto a la epístola auténtica, pero que no figura con este nombre en nuestro canon, se dividen en dos grupos:
(A) Dicha epístola se perdió, como ocurrió con la que, según 2 Corintios 2:4, escribió con lágrimas Pablo a los corintios; quizás les escribió también otra, antes de 1 Corintios, como insinúa 1 Corintios 5:9. No sabemos por qué permitió Dios que se perdiera la que aquí se menciona, pero no cabe duda de que tenía grandes semejanzas con la que tenemos dirigida a los colosenses.
(B) Dicha epístola es la que aparece con el nombre de Epístola a los efesios; su dirección verdadera era a los laodicenses, pero se borró posteriormente esta dirección a causa del mal nombre que la iglesia de Laodicea adquirió después de ser redactado el Apocalipsis. La solución definitiva no se ha hallado ni es probable que se halle (para más detalles, véase el comentario a Ef. 1:1).
8. Viene ahora (v. 17) un mensaje personal especial: «Decid a Arquipo: Considera el ministerio que recibiste en el Señor, para que lo cumplas». Por la referencia de Filemón 2, suelen entender los autores que este Arquipo era hijo de Filemón y de Apia. Lo que nos interesa es la seria advertencia que, en una carta que se había de leer públicamente en Colosas y en Laodicea, le hace Pablo para que cumpla fielmente el ministerio que le fue encomendado en el Señor. Ya sea que esta expresión haya de tomarse como que tal ministerio le fue encomendado por el Señor, o que había de desempeñarse con espíritu de fidelidad al Señor, lo cierto es que el aviso es solemne. Hay quienes piensan que Arquipo había quedado al frente de la iglesia de Colosas en ausencia de Epafras, y Pablo le advierte acerca de los peligros que se cernían sobre la iglesia, como hemos visto en el comentario a la carta. Con todo, no hay motivo para ver en esta advertencia ningún reproche. Sea cual sea la razón por la que el apóstol añade esta nota personal, «el hecho de que el encargo de Pablo para él se leyese en una carta a toda la iglesia le había de impresionar más con la solemnidad de su responsabilidad para cumplir su servicio» (Bruce). En mi opinión, es probable que ese Arquipo fuese muy joven, como Timoteo, y aun de temperamento parecido al de éste, con lo que tendríamos un aviso parecido al de 2 Timoteo 1:6.
9. Termina la epístola con tres frases escuetas, pero densas y expresivas: (A) Hace observar a los destinatarios de la epístola que ese saludo final es de su propia mano, de su puño y letra, pues la carta ha sido dictada a un amanuense. (B) Pide que le recuerden en oración: «Acordaos de mis cadenas» (lit. de mis ataduras). (C) La bendición es la más escueta de todas sus cartas: «La gracia (sea) con vosotros». El «Amén» que figura en nuestras versiones falta en muchos e importantes MSS.