El libro de Malaquías figura en último lugar en los llamados Profetas Menores, aunque no es el último libro de la Biblia Hebrea, la cual termina con los dos libros de Crónicas. En este libro hay tres aspectos dignos de especial mención, por los que aptamente constituye algo así como el puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento: 1) El anuncio del ministerio de Juan el Bautista (3:1, comp. con Mt. 11:10; Mr. 1:2). 2) La referencia escatológica a Elías (4:5, comp. con Mr. 9:11–13). 3) La última palabra con que se cierra la profecía y, por tanto, el Antiguo Testamento en nuestras versiones, es «maldición» (lit. destrucción votiva; hebr. jérem—vocablo bien conocido, que también se traduce por anatema—). Esto contrasta con el final del Nuevo Testamento, el cual termina con una bendición.
El autor es totalmente desconocido, pues incluso su nombre resulta dudoso por dos razones: primera, porque jamás sale en la Biblia ningún otro personaje con ese nombre; segunda, porque significa «mi mensajero», con la relevancia que esta expresión tiene en 3:1. Sin embargo, es posible que ese fuese el nombre propio del profeta.
La fecha de redacción del libro puede señalarse, aproximadamente, hacia la mitad del siglo v a. de C. Se habla en 1:8 de «gobernador» (hebr. pejáh), la misma palabra usada en Hageo 1:1 para designar a Zorobabel, y en Nehemías 5:14 para expresar su propia posición social. Por las alusiones a las irregularidades en el culto (1:7, 8, 12–14; 3:8, 9), puede deducirse que los servicios en el templo habían sido reasumidos mucho antes, tanto como para que los sacerdotes estuviesen ya cansados de su ministerio continuo y reglamentado.
La estructura literaria característica de este libro consiste en el uso del método de discusión, casi al estilo socrático. Las secciones suelen abrirse con una aserción por parte de Dios, a la que sigue una pregunta en forma de objeción o una respuesta por parte de los oyentes, lo cual da pie para un amplio desarrollo del tema. No es preciso tomar como afirmaciones literales las palabras de los oyentes, sino que representan más bien actitudes y acciones que hablan por sí mismas un lenguaje peculiar, según lo interpreta el propio profeta. Se parece mucho al estilo de la epístola de Santiago.
El mensaje de Malaquías podría resumirse del modo siguiente: Jehová se ha comprometido con Israel en una relación de padre a hijo, y desea para su hijo lo mejor. Pero Israel ha despreciado de continuo esta relación y no se ha comportado al nivel del pacto de Dios. Tanto los sacerdotes como el pueblo han violado el pacto, no sólo con Dios (pues le han despreciado—v. 1:16—y, por eso, le han ofrecido lo peor), sino también con el prójimo, como lo muestra la creciente práctica del divorcio (2:14, 15). El profeta exhorta al pueblo al arrepentimiento y a volverse a Dios, quien no sólo es Padre, sino también Señor y Juez. El día de Su juicio se aproxima, y se vislumbra en el horizonte profético un nuevo orden de cosas, como muestra de que Dios es fiel y controla la historia en beneficio de los Suyos.
Para la división del libro, seguimos a Buck:
I. El título (1:1).
II. Introducción: Jehová ama a Israel (1:2–5).
III. Recriminación a los sacerdotes (1:6–2:9).
IV. La profanación del matrimonio (2:10–16).
V. La Venida de Jehová: Purificación y castigo (2:17–3:5).
VI. Los diezmos, como expresión de fidelidad y prenda de bendiciones divinas (3:6–12).
VII. Triunfo de los justos en el día de Jehová (3:13–4:3).
VIII. Suplementos: Exhortación a obedecer la ley. La venida de Elías (4:4–6).
En este capítulo tenemos: I. El título del libro (v. 1). II. Una introducción, en la que se declara el gran amor de Dios a Israel (vv. 2–5). III. Una recriminación a los sacerdotes, en la que se les acusa de tramposos para con Dios (vv. 6–14).
Versículos 1–5
1. Como en otros lugares, el libro se abre con el vocablo «carga» (lit.), el hebreo massá, que ya conocemos, y que se usa unas 60 veces en el Antiguo Testamento. Recordemos que el vocablo indica, de ordinario, un oráculo de carácter punitivo, como una «carga» impuesta por un gobernante, un dueño o una deidad a sus súbditos o devotos. En el caso que nos ocupa, hace resaltar más bien el sentimiento de urgencia y de responsabilidad del profeta en la proclamación del mensaje que se le ha encomendado. Quizás él no habría escogido decir lo que va a decir, pero la elección del mensaje no es suya, sino de Dios: es una carga que Dios le ha puesto a él en los hombros, y a él le toca, por tanto, aceptarla y desempeñarla, y hacer que pese también en la conciencia de los destinatarios, pues es (v. 1b) «la palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías».
2. El profeta introduce el mensaje haciéndole memoria al pueblo del gran amor de Jehová a Israel (v. 2), tema central de los profetas del Antiguo Testamento (v., por ej., Is. 43:1–4; Jer. 31:1–3; Os. 11:1–4; Sof. 3:17); en especial, el tema se halla en Deuteronomio 7:8, 13; 10:15, etc. Este amor se echa de ver en la elección inmerecida de Jacob (vv. 2, 3). Se trata aquí de un amor «libre» (en el buen sentido del vocablo), pero no «arbitrario». Tres aclaraciones son aquí necesarias, no sólo para entender bien este lugar, sino también para entender bien otros lugares similares:
(A) El hebreo tiende a presentar hiperbólicamente los contrastes, así «aborrecer» significa aquí «dejar a un lado», para contrastar el amor que Dios mostró a Jacob al escogerlo para seguir la línea mesiánica de los patriarcas, mientras daba de lado a Esaú a este respecto (comp. con Génesis 29:30, 31; Proverbios 13:24, así como la aserción de Cristo en cuanto a «odiar» al padre y a la madre, etc., en el sentido de ponerlos en segundo lugar con respecto a la obediencia total y primordial que al Señor se debe—v. Mt. 10:37; Lc. 14:26).
(B) También ha de tenerse en cuenta lo que los eruditos llaman «personalidad corporativa», esto es, una manera de pensar y de expresarse en la que los individuos representan grupos de pueblos o naciones; en este sentido, las referencias a Jacob y Esaú no van sólo a los dos hijos de Isaac, sino también a sus respectivos descendientes, los israelitas y los edomitas o idumeos.
(C) El mensaje de Dios por medio de Malaquías llega en un momento en que los edomitas estaban contra Dios y contra Israel, puesto que habían apoyado a las tropas de Babilonia en la destrucción de Jerusalén y en el saqueo de Judá (v. Abd., vv. 10–14).
3. «¿En qué nos amaste?»—dice Israel—. Comenta Buck: «El profeta pronuncia esta pregunta retórica, pero la objeción misma viene de sus oyentes, escépticos y malhumorados». Como dice M. Henry: «¿En qué nos amaste? ¿No hemos sido asolados, arruinados y llevados en cautiverio?» Es la misma objeción que asedia, como una tentación fuerte, a todos los que sufren sin entender el porqué. «La objeción—continúa Buck—expresa compendiosamente todo el triste y desesperante estado en que se halla el pueblo corporal y espiritualmente.» Ese «¿en qué?»—como observa Ryrie—«ocurre en 1:6, 7; 2:17; 3:7, 8, 13, como una expresión de inocencia dañada de labios del pueblo».
4. La expresión «Jehová de las huestes» (mejor que «Jehová de los ejércitos»), que ya vemos en el versículo 4, ocurre en Malaquías nada menos que 24 veces, y da a entender el papel de Dios como Salvador, Protector y Juez de Su pueblo (comp. con Sal. 46:7, 11). Es inútil que Edom (vv. 4, 5) intente de nuevo ser una gran nación. ¡No prosperará su intento! Pero el juicio de Dios alcanzará también a Israel, como veremos después.
Versículos 6–14
1. A la gente le gusta oír de los juicios de Dios cuando van dirigidos a otros; pero el mensaje de los profetas incluye a Israel lo mismo que a las naciones paganas, a los goim o gentiles; a los ministros de Dios lo mismo que al pueblo. El juicio empieza siempre por la casa de Dios (v. Jer. 25:29, 30; Ez. 9:6; Am. 3:2; 1 P. 4:17). En esta porción, Malaquías comienza ahora el juicio contra los sacerdotes (hasta 2:9), para continuar después contra el pueblo (2:10–17).
2. El profeta habla (v. 6) en términos de la relación «padre-hijo» y «amo-criado», que demandan del inferior lo mismo amor que honor y respeto (v. Éx. 20:12; Pr. 30:11). Y si eso demandan las relaciones humanas ¡cuánto más la relación con el Dios Creador y Soberano del Universo! Con sus acciones, los sacerdotes han menospreciado (v. 6b) el nombre de Jehová, es decir, la persona misma de Dios. Han ofrecido (vv. 7, 8) sobre el altar de Dios cosas ceremonialmente inmundas. La expresión «la mesa de Jehová» (vv. 7 y 12) se halla solamente en Malaquías y hace referencia, probablemente, a las mesas del atrio interior del templo en las que se degollaban las víctimas. No obstante, el vocablo hebreo shulján designa, a veces, la mesa de los panes de la proposición (v. Éx. 25:30; Nm. 4:7; 1 R. 7:48) o el altar mismo (v. Ez. 44:16), por lo que también es probable que aquí designe igualmente el altar. Dice Feinberg:
«Si el pan indica los sacrificios, entonces la mesa es el altar de los sacrificios más bien que la mesa de los panes de la proposición (comp. Ez. 41:22)».
3. Este menosprecio de Dios que los sacerdotes mostraban al obrar de esa manera, no era algo que afectaba únicamente al ritual del sacrificio, sino que procedía de una mala disposición del corazón. Ese menosprecio de Dios se pone de relieve al presentar en la mesa de Jehová lo que no se atreverían a presentar (v. 8) a un mero hombre. El versículo 9 expresa una fina ironía, pues esos sacerdotes buscaban el favor de Dios ofreciéndole lo peor que tenían. El versículo 10 debe leerse como en la RV 1977. Viene a decir: «Cesad de ser hipócritas; sería mejor cerrar las puertas del templo que continuar profanando de esa manera el altar de Dios» (v. Is. 1:13; Am. 5:21–24).
4. En el versículo 11 vemos que, en virtud del sacrificio perfecto, llevado a cabo por el Señor Jesucristo en la cruz del Calvario, los gentiles («entre las naciones») llegarán a conocer a Jehová y ofrecerle también sacrificios de alabanza (v. He. 13:15), fuera de los confines de Israel y aparte de las ceremonias del ritual judío. Es precisamente de este versículo 11 de donde la Iglesia de Roma saca su principal argumento para defender su doctrina sobre el sacrificio de la misa.
5. El «vosotros» del versículo 12 se halla explícito, por énfasis, en el hebreo. Tras el ritual, el profeta ve las intenciones del corazón, que proyectan desprecio e inmundicia sobre el altar de Dios. De nuevo (v. 13) insiste Malaquías en que Dios no acepta sino lo mejor. El versículo 14 se refiere a quienes en momentos de apuro prometen un buen sacrificio de gratitud al Señor, pero después, cuando el apuro ha pasado, lo sustituyen por algo defectuoso. El profeta, de parte de Dios, asegura que los que así intentan engañar a Dios no quedarán sin castigo; y aprenderán que no sólo es Padre y Amo, sino también el Gran Rey, que se hace de temer cuando es despreciada Su autoridad suprema.
En este capítulo, el profeta: I. Sigue reprendiendo a los sacerdotes y les anuncia el castigo que han de sufrir (vv. 1–9). II. Pasa luego a censurar los matrimonios mixtos y el divorcio (vv. 10–16). III. Termina con una recriminación a la impertinencia del pueblo (v. 17).
Versículos 1–9
1. Todavía insiste Malaquías en el pecado de los sacerdotes, y les anuncia el subsiguiente castigo. El
«mandamiento» (v. 1, al final) viene a significar aquí algo más que un «precepto». «Es—dice Feinberg— el decreto, sentencia o amenaza del castigo declarado en los versículos 2 y 3». Resulta curioso que el hebreo use para «mandamiento» el vocablo mitsváh, que, como observa Buck, «frecuentemente se refiere a los preceptos de Dios (e. gr., Dt. 6:25; 8:1; 11:22, etc.)». Por eso, cuando un niño judío llega a la edad de 12 o 13 años, para expresar que viene a estar sujeto a las demandas de la Ley, se le llama bar-mitsváh, hijo del mandamiento.
2. El versículo 2 se puede entender de dos maneras: (A) «Haré que las bendiciones que habéis recibido se os conviertan en maldiciones». (B) «Convertiré en maldiciones las bendiciones que proferís.» En línea con la primera interpretación, dice Ryrie: «Maldeciré vuestras bendiciones. Esto es, secará la fuente de la que recibían los sacerdotes el suministro de sus porciones de carne, grano, etc.». Buck, al citar a Jerónimo, une las dos interpretaciones del modo siguiente: «Jehová les privará de los bienes que hasta entonces habían gozado, es decir, de los diezmos y partes del sacrificio. También se les quitará el derecho y la posibilidad de bendecir (cf. Nm. 6:24–27; Sal. 118:26)».
3. La «sementera» a la que se alude en el v. 3 puede entenderse de la cosecha o de la descendencia. Feinberg ve aquí como un resumen de las maldiciones de Deuteronomio 27:15–26; 28:15–68. Sobre lo del «estiércol» (v. 3b) es preciso recordar que los menudillos de los animales, junto con sus excrementos, habían de ser retirados del santuario y quemados fuera (v. Éx. 29:14; Lv. 4:11, etc.). Ahora, Dios lo va a arrojar al rostro de ellos, como respuesta a la forma en que se comportan en los sacrificios.
4. En los versículos 4 y 5 se les recuerda a los sacerdotes el pacto con Leví (otro ejemplo de personalidad corporativa). A este pacto se le llama (v. 5) «pacto de vida y de paz», única vez que ocurre tal expresión en toda la Biblia (comp. con Nm. 25:12 «mi pacto de paz»). Los términos vida (hebr. jáyim) y paz (hebr. shalom)—ambos con artículo en el hebreo—tienen aquí su sentido más completo, a fin de expresar el fruto que se obtiene al guardar dicho pacto. Leví, en los versículos 5–7, es presentado como el sacerdote-modelo, aunque las características que aquí se enumeran se han cumplido solamente, de modo perfecto, en nuestro Gran Sumo Sacerdote, el Señor Jesucristo. Esta ejemplaridad del sacerdote, aquí presentada, es de gran importancia, pues, como dice M. Henry, «cuando el sacerdote es recto, muchos serán rectos».
5. En violento contraste con el sacerdote ideal, los sacerdotes de Israel (v. 8) se habían apartado del camino, habían hecho tropezar a muchos y habían así violado el pacto de Dios con Leví. Dice Feinberg:
«Por una falsa interpretación de la Ley, y con su mal ejemplo, inducían a otros a violar la Ley lo mismo que ellos». El castigo (v. 9) consistirá en que, por haber despreciado a Dios y su Ley, ellos mismos serán hechos despreciables y viles ante todo el pueblo (comp. con Mi. 3:9–12; Mt. 23:1–36).
Versículos 10–16
1. El profeta enfoca ahora su mensaje hacia la nación considerada como una sola familia, puesto que todos tienen (v. 10) un mismo Padre y Creador (comp. con Dt. 32:6; Is. 63:16). Pero ellos han profanado también esta relación de hermandad; han sido desleales con Dios y unos con otros. No podía ser de otra manera, pues, como dice M. Henry, «las conductas perversas son el producto natural de principios perversos».
2. El vocablo «abominación» (v. 11) es un término muy fuerte (hebr. toebáh), conectado con la peor suerte de prácticas paganas, como se ve por su uso en Deuteronomio 18:9–14; 2 Reyes 16:3, pero también es aplicado a la presentación de sacrificios con mal espíritu (Pr. 15:8; Is. 1:13) y, en general, a una conducta inmoral (v. Pr. 12:22; 20:23). Por su parte, Buck lo define como «término que designa las incompatibilidades rituales entre paganos y judíos (Gn. 43:32; 46:34), las usanzas abominables de los paganos …, prácticas idolátricas paganas (Dt. 23:19; 27:15), y también los ídolos mismos (Dt. 32:16; Is. 44:19)».
3. En forma corporativa, se dice (v. 11, al final) que Israel «se ha casado con la hija de un dios extraño». Con ello se indica, no sólo la condición reprobable de ser un matrimonio mixto, sino también la relajación del vínculo con el Dios del pacto, pues la frase significa que «las mujeres paganas seguían en su religión e inclinaban los corazones de sus esposos a dioses y prácticas ajenas» (Buck). Por eso, comenta Henry, «casarse con hija de dios extraño es peor que casarse con hija de nación extraña». Nótese la forma en que enfatiza la relación de cada uno con el dios de su país.
4. Malaquías (v. 12) ora, o profetiza, o ambas cosas a la vez, que los que así se comportan no tengan descendencia que les recuerde y perpetúe su pecado. Los versículos 13–15 son difíciles de interpretar, pero hay una clave que facilita su interpretación: Las lágrimas, el llanto, el clamor, que cubren el altar de Jehová (v. 13) son de las esposas traicionadas por el repudio que les han dado sus maridos. Dice Buck:
«Ellas vienen al templo y cubren el altar con sus lágrimas para implorar la justicia divina, de manera que ya no atienda al sacrificio» (v. 13b). M. Henry, por su parte, comenta: «Sus esposas, al no querer declararlo a ningún otro, se querellaban a Dios, cubriendo el altar, etc. Por eso, se da una razón en 1 Pedro 3:7 por la que los cónyuges deben vivir en santo amor y gozo». No cabe duda de que eso de «cubrir de lágrimas el altar» ha de entenderse en sentido metafórico, puesto que las mujeres no tenían acceso físico al altar.
5. Así se entiende perfectamente el versículo 14: Jehová, en efecto, no atiende al sacrificio que los esposos divorciados ofrecen, porque, al ser desleales con la mujer de su pacto (v. 14, al final), es decir, con el pacto que el contrato matrimonial significa entre las dos partes, han sido también desleales.con Dios. «Así se dice claramente en Proverbios 2:17, donde el matrimonio se llama berit elohim, pacto de Dios» (Buck). La segunda parte del versículo 15 insiste en esto mismo, y termina con «no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud» (comp. con Pr. 5:18; Ec. 9:9). En efecto, el matrimonio no es un asunto privado ni social; ha sido instituido por Dios, y el Señor mismo es testigo principal de la ceremonia nupcial (v. Gn. 2:24; Ez. 16:8; Os. 2:19; Mr. 10:2–9; Ef. 5:21–33).
6. Algo más difícil resulta la primera parte del versículo 15, ya sea por la extrema concisión del texto hebreo, ya sea, según opinan otros (la mayoría de los autores), porque «este verso y el siguiente sufrieron tales corrupciones textuales que solamente mediante el contexto se puede llegar a un sentido inteligible» (Buck). Sea cual sea el modo como se traduzca el conciso texto hebreo, la idea parece ser la siguiente:
«Dios hizo una sola esposa para Adán» (Ryrie) o, quizás, hizo un solo varón y una sola mujer para que fuesen una sola carne, donde el hebreo usa el mismo numeral (ejad) que aparece aquí. La frase (lit.) «buscando descendencia de Dios» significa, en este contexto, que Dios procuraba de esta manera que la primera pareja tuviese una descendencia piadosa (comp. con Lc. 3:38, donde Adán es llamado «de Dios», esto es—como en todo el contexto—, hijo de Dios). La aplicación al caso concreto que nos ocupa podría ser la siguiente: Sólo cuando los padres permanecen fieles a los votos de su matrimonio, se cumple el deseo de Dios de que los hijos sean piadosos.
7. En el versículo 16 parece ser que el divorcio es comparado al asesinato, en el que deja visible las señales del crimen cometido, a fin de que todos las vean. En efecto, el texto dice literalmente que «la violencia cubre su vestido» (el del que repudia a su mujer), en lugar de ser la «protección» lo que lo cubre, ya que el vestido es, en este contexto, símbolo de protección (comp. con Rt. 3:9). El pensamiento, pues, concisamente expuesto por Ryrie, es el siguiente: «El divorcio retiró la protección de la esposa y la trató cruelmente».
Versículo 17
Este versículo forma parte de otra sección, que abarca hasta 3:5. Los judíos del tiempo de Malaquías se veían confrontados con el mismo problema que tan a menudo se presenta en las páginas del Antiguo Testamento: La aparente prosperidad de los malvados (v. Job 21:7–16; Sal. 73; Hab. 1:2–4, 13). Ante este problema, los judíos habían llegado a adoptar una actitud cínica, hasta dudar—al menos, prácticamente— de la justicia de Dios y, consiguientemente, a no tomar en serio el bien y el mal. Dice Buck: «El fondo histórico de estas quejas era la triste y penosa situación que se insinúa en Malaquías 3:10, 11 y Nehemías 5:1–5: hubo sequía, invasiones de langosta, hambre, carestía; y, para sobrevivir, no pocos tuvieron que vender a sus hijos e hijas como esclavos».
A la cínica pregunta de 2:17, Dios responde: I. Anuncia el envío de Su mensajero, con una labor de drástica purificación y justo castigo (vv. 1–5). II. Reprende luego al pueblo por el incumplimiento de los diezmos (vv. 6–12). III. Promete establecer una diferencia visible entre el justo y el impío (vv. 13–18).
Versículos 1–5
1. El capítulo comienza con «¡Heme aquí enviando a mi mensajero …!» (lit.). Como si dijera, en respuesta a la objeción de 2:17 (al final): «¡Mirad lo que voy a hacer!». «Mi mensajero» es, en hebreo, precisamente malakhí, pero no se refiere a Malaquías, sino más bien a un futuro profeta que ha de preparar el camino para el día de Jehová. Por Mateo 11:10, 14; Marcos 1:2; Lucas 1:76; 7:27 sabemos que ese profeta fue Juan el Bautista, «con el espíritu de Elías», pero por 4:5 vemos que en un segundo nivel—escatológico—será el propio Elías (comp. con Ap. 11:6), ya sea en persona o algún otro personaje, también «con el espíritu de Elías».
2. «El ángel del pacto» (v. 1b) es, sin duda alguna, el Mesías, esto es, el Señor Jesucristo (Mt. 26:28; Jn. 1:17, He. 7:22, 8:6, 9:15; 12:24), llamado también «el Ángel de la presencia de Jehová» (Éx. 33:14; Is. 63:9 y Hch. 7:38), e innumerables veces—desde Gn. 16:7—«el Ángel de Jehová». Incluso eminentes comentaristas judíos ven en el Señor que viene a su templo y en el ángel del pacto al Mesías. Dice Feinberg: «No podemos pasar por alto las tres innegables pruebas de la divinidad de Cristo que aquí se presentan: (A) Es identificado con Jehová: … preparará el camino delante de mí …, dice Jehová de las huestes; (B) es indicado como el dueño del templo: a su templo; y (C) es llamado el Señor a quien buscaban».
3. En los versículos 2 y 3 vemos que el propósito de Dios, en su juicio, es purificar y refinar los caracteres. Una vez que los sacerdotes hayan sido purificados, las ofrendas que serán de presentadas nuevo en el templo del futuro serán aceptadas por Dios (v. 4). El día de su venida (v. 2), como se ve por el contexto posterior, es el de su segunda venida (comp. con Is. 61:2b), no de la primera, y la equivocación de Juan el Bautista (v. Mt. 3:10–12; 11:2) estribó en la confusión de los dos niveles.
4. Pero lo que es purificación para unos, será castigo (v. 5) para otros. Los responsables de injusticias sociales, no sólo pecan contra el prójimo, sino también contra Dios; con su conducta demuestran que no le temen. Dios mismo será testigo contra ellos en el día del juicio (v. Sof. 1:14–18; 3:18; Mr. 13:14–37; 2 Ts. 2:1–12).
Versículos 6–12
1. El profeta exhorta ahora al pueblo a un genuino arrepentimiento, es decir, a un arrepentimiento que se traduzca en acciones concretas, en «frutos dignos de arrepentimiento», como dirá después el Bautista (Mr. 3:8). La respuesta de Jehová a tal arrepentimiento será perfectamente observable. A pesar de su incredulidad y de su rebeldía, Israel no ha sido consumido del todo porque Dios es fiel a Sus promesas y no cambia (v. 6, comp. con Lm. 3:22; Am. 9:9; Stg. 1:17).
2. Pero el pueblo ha cauterizado su conciencia (v. 7) y se niega a volverse arrepentido a Jehová, porque ha perdido el sentido del pecado. No han dado (vv. 8, 9) a Dios los diezmos y las ofrendas que la Ley exige (v. Lv. 27:30; Nm. 18:21–24) y, por eso, no prosperan (v. 11). Dios les dice con tierna condescendencia (v. 10): «… probadme ahora en esto …» (v. Dt. 28:2–12; Ez. 34:25–31). Como si dijese:
«Si dudáis de mi bondad y de mi justicia, ¡haced la prueba!» La Palabra de Dios nos recuerda una y otra vez que Dios no se deja ganar en generosidad, y todos los que han hecho esa «prueba» con Dios, han salido sobradamente satisfechos. El «alfolí» (término castizo, aunque derivado del árabe, con que nuestra Reina-Valera llama al hórreo o granero) era el reservorio para los diezmos, anejo al templo, y a cargo de los levitas (v. 1 Cr. 9:26, 29).
3. De cierto, una genuina conversión a Dios tendría notables efectos ecológicos (vv. 10b–12). El Antiguo Testamento siempre contempla una estrecha conexión entre las bendiciones espirituales y las materiales (v. Gn. 12:2, 3; 18:18; Sal. 72:16, 17; Is. 61:6–9; Jer. 4:1, 2; 33:7–9; Ez. 34:29–31).
Versículos 13–18
1. Recordemos una vez más que las acciones hablan más alto que las palabras. El pueblo se cree (v. 13) justo, cuando en realidad está blasfemando (v. 14) contra Dios en su corazón, en su conducta y hasta de palabra. Se escucha de nuevo la voz de Asaf en el Salmo 73. La tentación les rondaría especialmente a los levitas, al ver cómo el pueblo dejaba de cumplir sus deberes religiosos en cuanto a los diezmos y, sin embargo, prosperaban (v. 15) en su arrogancia e impiedad.
2. En contraste con estos arrogantes está (v. 16) el «remanente»: «cada uno animaba a su compañero», exhortándose mutuamente a una comunión normal y correcta, y a meditar en el carácter santo de Jehová. Y puesto que ellos se han acordado de Dios, Dios los inscribe en su «libro de recuerdo» (v. 16b, comp. con Is. 4:3; Dn. 12:1). Hallamos una analogía en el «libro de las memorias» de Ester 6:1 (hebr. séfer hazikaronoth), pues este de Malaquías 3:16 es llamado séfer zikarón (el mismo término que en aquel, aunque en Malaquías está sin artículo y en singular). Cierta analogía guarda también con el «libro de la vida» (v. Éx. 32:32–34; Sal. 69:28; 87:6; Is. 65:6; Dn. 7:10; Ap. 3:5; 13:8; 17:8; 20:12).
Henry: «Dios tiene un libro para los suspiros y las lágrimas de sus afligidos (Sal. 56:8)».
3. Estos del «remanente» serán para Dios (v. 17) «especial tesoro» (lit. joyas. Hebr. segulláh). Es este un concepto que recorre ambos Testamentos (v. Éx. 19:5, 6; Dt. 7:6; 14:2, 21; 26:18; Sal. 135:4; Tit. 2:14; 1 P. 2:9). El día del juicio (v. 18) mostrará quién es el justo («el que sirve a Dios») y el malo («el que no le sirve»). Esto debe estimularnos a servir a Dios, aun cuando parezca que la mayoría le han vuelto las espaldas.
Este breve capítulo nos declara: I. El advenimiento del día de Jehová (vv. 1–3). II. Una llamada a la observancia de la Ley (v. 4). III. Un anuncio de la futura venida de Elías (vv. 5, 6).
Versículos 1–3
1. En la Biblia Hebrea, los seis versículos de este capítulo forman los versículos 19–24 del capítulo 3. El día de Jehová no sólo será un día de purificación (3:2) y de bendición (3:17), sino también (v. 1, al final) de destrucción total: «no les dejará ni raíz ni rama»; es decir, caerá la familia entera: el cabeza de familia (la «raíz») y el resto de la familia (la «rama»).
2. Los primitivos escritores eclesiásticos entendieron ya el título (v. 2) «Sol de justicia» como título mesiánico (v. Lc. 1:78, 79, a la luz de Is. 9:2). Dice Feinberg: «Creemos que el sol se usa aquí, en sentido figurado, de Dios mismo y, específicamente, del Señor Jesucristo, el Mesías de Israel (Sal. 84:11. v. también 2 S. 23:4; Is. 9:2; 49:6) … Es llamado el sol de justicia porque Él es Jehová nuestra justicia (Jer. 23:5, 6 y 1 Co. 1:30)». «En sus alas traerá curación» (hebr. marpéh, del verbo rafá, curar). En efecto, para los que temen a Dios, aquel día será día de salud y sanación (v. Is. 60:1–3, además de los lugares citados arriba por Feinberg). Dice el mismo autor: «Hay curación espiritual en este Sol, porque así como los rayos del sol físico dan luz y calor para el crecimiento de las plantas y para la vida animal, así también el Sol de justicia curará las heridas infligidas a los justos. De los rayos del sol se dice aquí que son alas por la rapidez con que se extienden sobre la tierra».
3. La frase final del versículo 2 («y saltaréis como becerros del establo») se entiende mejor si se tiene en cuenta el contexto historicogeográfico: En una comunidad agrícola, el nacimiento de terneros y otras crías de ganado es celebrado con gran regocijo. En aquel día (v. 3), como se suele decir, «se dará la vuelta a la tortilla»: los que hollaban serán hollados. La reducción a ceniza (hebr. éfer, sinónimo de afar, polvo) no significa aniquilación total de la persona, pues también los malos resucitarán para comparecer ante el Gran Trono Blanco.
Versículos 4–6
1. Estos versículos son un apéndice—como una conclusión general—, no sólo de Malaquías, sino de todo el «Libro de los Doce». En nuestras Biblias lo son también de todo el Antiguo Testamento. La Ley (v. 4)—en hebreo, Torah—se divide aquí en estatutos (hebr. juqqim, instrucciones normativas y categóricas) y ordenanzas (mishpatim, juicios en sentido de sentencias o normas casuísticas), que Dios encargó para todo Israel en Horeb, es decir, en el monte Sinaí (v. Éx. 3:1).
2. Después de recordar el pasado, el profeta se vuelve ahora (v. 5) hacia el futuro, hacia un profeta que desempeñará el papel de Elías, el cual llamará a la nación al arrepentimiento, «antes que venga el día de Jehová, grande y terrible» (v. 5b, comp. con Jl. 2:31). La tarea del Precursor es vista (v. 6) como la de quien tiende un puente entre dos generaciones. El Nuevo Testamento ve en Juan el Bautista la persona que desempeña este papel (Lc. 1:17). Nótese, sin embargo, que ese «día de Jehová» abarca dos niveles, como por ejemplo, en Isaías 61:2.
3. La «maldición» (hebr. jérem, anatema) con que concluye el libro será removida del mundo con la segunda venida de Cristo, así como la primera venida sirvió para quitar la causa de la maldición. Resta por decir que, como en otros lugares con que finaliza algún libro del Antiguo Testamento, también aquí los masoretas repitieron, en caracteres más pequeños, el versículo 5, para la lectura pública, a fin de que el libro (y toda la colección de los doce profetas menores) no terminase con «una palabra de tan siniestro significado» (Buck).