EL PRIMER LIBRO DE MOISÉS, LLAMADO GÉNESIS
Tenemos ante nosotros la Santa Biblia. La llamamos el libro, por ser sin comparación, el mejor libro que se ha escrito, el libro de los libros. La llamamos el libro santo, porque fue escrito por hombres santos, e inspirado por el Espíritu Santo. Las grandezas de la ley de Dios y del Evangelio están aquí escritas para nosotros, a fin de que puedan ser transmitidas a distantes lugares y épocas con mayor pureza e integridad que las que sería posible obtener por un mero informe o por tradición. Esta es la «lámpara que alumbra en un lugar oscuro» (2 P. 1:19), y ciertamente sería este mundo un lugar oscuro sin la Biblia.
Comenzaremos por aquella parte de la Biblia que llamamos el Antiguo Testamento. Se llama testamento, o pacto (gr. diatheke), porque es una declaración inalterable de la voluntad de Dios con relación al hombre de un modo federal, y tiene toda su fuerza por virtud de la sangre del gran Mediador, el cordero sin mancha ni contaminación, ya provisto desde antes de la fundación del mundo (1 P. 1:19–20). Decimos Antiguo Testamento, en contraste con el Nuevo, que lo corona y perfecciona al suministrarnos aquella mejor esperanza, que ya estaba tipificada y profetizada en el Antiguo. El Antiguo Testamento distribuido en tres partes: la Ley, los profetas y los salmos, el Pentateuco contiene la Ley.
En fin, tenemos ahora ante nuestros ojos el primero y más largo de esos cinco libros, que llamamos Génesis, escrito, según se cree cuando Moisés estaba en Madián, para instrucción y consuelo de sus hermanos hebreos, pero yo opino más bien que lo escribió en el desierto, después de estar en el monte con Dios, pues allí recibió probablemente las necesarias instrucciones para escribirlo. Génesis es un término griego, que significa origen o preparación: es una historia de los orígenes—la creación del mundo, la entrada del pecado y de la muerte en él, la invención de las artes, el surgir de las naciones, y especialmente la implantación de la sociedad religiosa y el estado en que ésta se encontraba en sus primeros tiempos—. Es también una historia de las generaciones de Adán, Noé, Abraham, etc. El comienzo del Nuevo Testamento es también Génesis (Mt. 1:1): «Bíblos genéseos», el libro de la génesis, o generación, de Jesucristo. Bendito sea Dios por tal libro, que nos muestra el remedio, al par que este otro nos abre la herida. ¡Señor, abre nuestros ojos, para que podamos ver las maravillas, tanto de tu Ley como de tu Evangelio!
Tenemos aquí un sencillo, pero completo, informe de la creación del mundo—en respuesta a aquella antigua pregunta «¿Dónde está Dios, mi Hacedor?»—. Respecto a esto, los filósofos paganos disparataron miserablemente, algunos afirmaron la eternidad de un mundo existente por sí mismo, y otros atribuyeron su existencia al concurso fortuito de los átomos; así, «el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría» (1 Co. 1:21), pero se echó a cuestas un gran cúmulo de desgracias al perderlo de vista. La Sagrada Escritura, la Divina Revelación escrita, establece, desde el comienzo, este principio: Que este mundo fue creado, al par que el tiempo, por un Ser de sabiduría y poder infinitos, el cual existía ya antes de todo tiempo y antes que todos los mundos. El primer versículo de la Biblia nos da del origen del Universo un conocimiento más seguro y mejor, más satisfactorio y útil, que todos los volúmenes de los filósofos.
En este capítulo podemos apreciar: I. Una idea general sobre la obra de la creación (vers. 1 y 2). II. Una referencia detallada de la obra de los distintos días registrada, como en un Diario, de una manera clara y ordenada (vers. 3–30). III. El resumen y la aprobación de toda la obra (v. 31).
Versículos 1–2
(La obra de la creación en epítome y embrión)
I. En su epítome (v. 1), donde encontramos el primer artículo de nuestro credo, que Dios el Padre Todopoderoso es el Creador de Cielos y Tierra.
1. Observa, en este versículo, cuatro cosas:
A) El efecto producido—a saber toda la estructuración y decoración del Universo. El mundo es como un gran edificio, con sus plantas altas y bajas, con una estructura estable y magnífica, uniforme y conveniente, y con cada habitación sabia y admirablemente amueblada. Los cielos no sólo aparecen a nuestros ojos hermoseados con gloriosas lámparas para atavío de su exterior, conforme leemos aquí de su creación, sino también llenos por dentro de gloriosos seres, ocultos a nuestra vista. En el mundo visible, es fácil observar (a) gran variedad, diversas especies de seres muy diferentes los unos de los otros en su naturaleza y constitución; (b) gran belleza. El cielo azul y la verde tierra son un encanto para los ojos del curioso espectador. ¡Cuán superior debe ser, pues, la belleza del Creador! (c) Gran exactitud y minuciosidad. Las obras de la naturaleza, vistas al microscopio, aparecen mucho más bellas que las obras de arte; (d) gran poder. No se trata de una masa de materia muerta e inerte, pues la tierra misma posee un poder magnético; (e) gran orden, por la interdependencia de los seres, la exacta armonía de movimientos y la admirable concatenación de causas; (f) gran misterio. En la naturaleza hay fenómenos que nuestra razón nunca acertará a comprender. Pero, por lo que del cielo y de la tierra conocemos, podemos inferir el eterno poder y la divinidad del gran Creador. Nuestro deber como cristianos es tener siempre puestos los ojos en el Cielo y los pies sobre la tierra.
B) El autor y causa agente de esta magna obra (DIOS). El término hebreo es Elohim, que indica: (a) El poder del Dios Creador. Él significa «el Dios fuerte», ¿y qué menos que una fuerza omnipotente pudo sacar de la nada todas las cosas? (b) insinúa la pluralidad de personas en la Deidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este nombre plural de Dios en hebreo, que habla de Él como de muchos en uno,1 confirma nuestra fe en la doctrina de la Trinidad, que, aunque se insinúa oscuramente en el Antiguo Testamento, está claramente revelada en el Nuevo. A menudo se nos dice que el mundo fue hecho por Él y que nada fue hecho sin Él (Jn. 1:3, 10; Ef. 3:9; Col. 1:16; He. 1:2).
1 El plural «Elohim» significa, en realidad, plenitud de fuerza.
C) El modo como esta obra fue efectuada: Dios la creó, esto es, la hizo de la nada. No había ninguna materia preexistente, de la cual fuese producido el mundo. Ningún artífice trabaja sin materia sobre la cual pueda trabajar, pero para el poder omnímodo de Dios no sólo es posible el que algo sea hecho de la nada (el Dios de la naturaleza no está sujeto a las leyes de la naturaleza), sino que, en la creación, no pudo ser de otra manera, pues nada habría más injurioso contra el honor de la Mente Eterna que suponer la existencia de una materia eterna.
D) Cuándo fue producida esta obra: En el principio, es decir, en el principio del tiempo, cuando al reloj del mundo se le dio cuerda por primera vez; el tiempo comenzó precisamente al ser creadas las cosas cuya medida es el tiempo. Antes del principio del tiempo, no existía más que el Ser Infinito que vive en la eternidad. Así que, según Juan 1:1, nos basta con decir: «En el principio existía el Verbo».
2. Aprendamos de aquí (A) que el ateísmo es una locura, y los ateos son los mayores locos del mundo, puesto que ven que hay un mundo que no se pudo hacer a sí mismo y, con todo, rehúsan admitir que exista un Dios que lo hizo; (B) que Dios es Dueño soberano de todas las cosas por derecho incontestable, (C) que para Dios todo es posible y, por tanto, cuán felices son los que le tienen por su Dios y han puesto en Él su sostén y su esperanza (Sal. 121:2; 124:8); (D) que el Dios a quien servimos es digno de toda adoración y alabanza (Neh. 9:5–6). Si todo es de Él, todo debe ser para Él.
II. La obra de la creación en su embrión (v. 2), donde tenemos el relato de la primera materia y del primer motor.
1. Un caos fue la primera materia. Aquí se le llama la tierra; también se le llama el abismo, tanto por su extensión como por el hecho de que las aguas que fueron separadas de la tierra, estaban ahora mezcladas con ella. El Creador pudo haber hecho su obra ya perfecta al principio, pero con este proceso gradual, quiso mostrar el método ordinario de su providencia y de su gracia. Observa la descripción de este caos. (A) No había en él nada digno de ser visto, porque estaba informe y vacío. Tohu y Bohu equivalen a confusión y vaciedad, pues así se traducen en Isaías 34:11. Para quienes tienen el corazón en el Cielo, este mundo de abajo, en comparación con el de arriba, no es otra cosa que confusión y vaciedad. (B) Aun cuando hubiese habido algo digno de verse, no había luz para poder verlo, pues las tinieblas, tinieblas densas, estaban sobre la superficie del abismo. Este caos representa el estado de un alma no regenerada y desprovista de gracia, pues en ella hay desorden, confusión y toda obra perversa; está vacía de todo bien, porque está sin Dios; está a oscuras hasta que la gracia omnipotente efectúe un bendito cambio.
2. El Espíritu de Dios era el primer motor: Se movía sobre la superficie de las aguas. El Espíritu de Dios comienza su obra; y cuando Él se pone a obrar, ¿quién o qué se lo impedirá? Se nos dice que Dios hizo el mundo por su Espíritu (Job 26:13; Sal. 33:6) y la nueva creación también es efectuada por este poderoso agente. Se movía sobre la superficie del abismo. Dios es no sólo el autor de todo ser, sino también el manantial de la vida y la fuente de toda moción. La materia muerta habría quedado por siempre muerta si Él no la hubiese vivificado. Y esto nos acredita que Dios puede resucitar a los muertos.
Versículos 3–5
Un ulterior relato de la obra del primer día, en la cual es de observar: 1. Que el primero de todos los seres visibles que Dios creó fue la luz, para que por ella pudiésemos ver sus obras y su gloria en ellas, y pudiésemos obrar nuestras obras mientras es de día. La luz es la gran belleza y bendición del Universo. En la nueva creación, lo primero que se produce en el alma es luz: el Espíritu Santo cautiva la voluntad y los afectos por medio de la iluminación de nuestro entendimiento. Los que, por el pecado, eran tinieblas, vienen a ser, por la gracia, luz del mundo. 2. Que la luz fue hecha por la palabra del poder de Dios. Dijo: Sea la luz; lo quiso, lo decidió, y fue hecha inmediatamente. La palabra de Dios es viva y eficaz. Cristo es la Palabra o Verbo, el Verbo esencial y eterno, y por medio de Él fue producida la luz, porque en él estaba la luz, y él es la luz verdadera, la luz del mundo (Jn. 1:9; 8:12; 9:5). La luz divina que brilla en las almas santificadas es producida por el poder de Dios y es la que nos da el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo, como, al principio, Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz (2 Co. 4:6). 3. Que después de haber producido la luz que quiso hacer, Dios la aprobó: Y vio Dios que la luz era buena. Si la luz es buena, cuán bueno ha de ser el que es el manantial de la luz, y de quien la recibimos nosotros. 4. Que Dios separó la luz de las tinieblas. Y distribuyó, con todo, el tiempo entre ellas, el día para la luz y la noche para las tinieblas, en constante y regular sucesión. Aunque la oscuridad estaba ahora disipada por la luz, sin embargo se turna con la luz, y tiene su lugar, porque tiene su uso; pues, así como la luz de la mañana patrocina los quehaceres del día, así también las sombras del anochecer favorecen el reposo de la noche y corren las cortinas en torno nuestro para que podamos dormir mejor. 5. Que Dios separó la una de la otra poniéndoles distintos nombres: Llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Les dio nombres, como Señor de ambas. Reconozcamos a Dios en la constante sucesión de día y noche, y consagremos ambas a su honor; trabajemos para Él cada día, y descansemos en Él cada noche. 6. Que ésta fue la obra del primer día, y de un buen día, por cierto. Y fue la tarde y la mañana un día. Este fue el Primer día, no sólo del mundo, sino también de la semana. Lo observamos en honor de aquel día, porque el nuevo mundo comenzó igualmente el primer día de la semana, en la resurrección de Cristo como la luz del mundo, por la mañana temprano. En Él, un amanecer del sol desde lo alto (Lc. 1:78) ha visitado al mundo.
Versículos 6–8
Relato de la obra del segundo día, la creación del firmamento, en lo cual observa: 1. El mandato de Dios acerca de él: Haya expansión, ya que ésta es la palabra hebrea para firmamento, y significa una sábana extendida o una cortina corrida. Este firmamento no es un muro de separación, sino un medio de comunión. (V. Job 26:7; 36:18; Sal. 104:3; Am. 9:6.) 2. Su creación. Para que no parezca que Dios mandó hacerlo, pero que algún otro lo hizo, añade: E hizo Dios la expansión. Lo que Dios demanda de nosotros, Él mismo lo produce en nosotros, de lo contrario, no llega a hacerse. El que ordena tener fe, amor y santidad, crea todo eso con el poder de su gracia al unísono de su palabra. 3. Su uso y finalidad—y separe las aguas de las aguas, esto es, para distinguir entre las aguas que están arropadas en las nubes y las que cubren el mar—. Dios posee, en el firmamento de su poder cámaras y despensas desde las que riega la tierra. ¡Oh, qué gran Dios es Él, que así provee para el bienestar de todos los que le sirven! 4. Le puso nombre: Y llamó Dios a la expansión Cielos. Es el Cielo que vemos, pavimento de la santa ciudad; se nos dice que Dios tiene su trono encima del firmamento (Ez. 1:26). Por la contemplación de los cielos que están a nuestra vista, deberíamos ser guiados a considerar a nuestro Padre que está en los cielos. La altura de los cielos debería recordarnos la supremacía de Dios y la infinita distancia que hay entre nosotros y Él; el resplandor y la pureza de los cielos debería recordarnos Su gloria, majestad y perfecta santidad; la extensión de los cielos que envuelven a la tierra y la influencia que tienen sobre ella debería recordarnos Su inmensidad y Su providencia universal.
Versículos 9–13
Hasta ahora el poder del Creador se había desplegado sobre la parte más alta del mundo visible; se había encendido la luz del Cielo, y quedaba fijado el firmamento de los cielos; ahora desciende a este mundo inferior, a la tierra, que fue designada para los hijos de los hombres, designada tanto para su habitación como para su sostenimiento; y aquí tenemos un relato de su adaptación para ambos objetivos, la edificación de su casa y el ponerles la mesa.
I. Vemos primero cómo fue preparada la tierra para que fuese mansión del hombre, mediante la reunión de las aguas en un lugar y hacer que apareciese la tierra seca. 1. Se ordenó a las aguas que habían cubierto la tierra que se retirasen y se reuniesen en un lugar. A las aguas así reunidas las llamó mares. Las aguas y los mares significan, a menudo en las Escrituras apuros y aflicciones (Sal. 42:7; 69:2, 14, 15). El pueblo mismo de Dios no está exento de ello en este mundo; pero es un consuelo para ellos el que son sólo aguas bajo el cielo (ninguna en el cielo), y que están todas en el lugar que Dios les ha fijado y dentro de los límites que les ha puesto. 2. Se ordenó a la tierra seca aparecer y emerger de las aguas, y fue llamada tierra, y dada a los hijos de los hombres. Parece ser que la tierra existía ya antes, pero no servía para nada porque estaba debajo del agua. Así pasa con muchos dones de Dios, que son recibidos en vano, porque están enterrados; haced que emerjan y se volverán útiles para algún servicio.
II. Vemos después cómo fue amueblada la tierra para mantenimiento y sostén del hombre (vv. 11–12). Hubo así provisiones a mano mediante la inmediata producción de la recientemente emergida tierra. Se hizo fructífera, y produjo hierba para el ganado y hortalizas para servicio del hombre. Igualmente se aseguró la provisión para el futuro, al tener cada vegetal su semilla según su género, para que, mientras perdurase en el mundo la especie humana, pudiese sacarse de la tierra el alimento necesario para su uso y beneficio. Observa aquí: 1. Que no sólo la tierra es del Señor, sino también lo que la llena, y que Él es el dueño legal y el soberano que puede disponer de ella y de todo su mobiliario. La tierra estaba vacía (v. 2), pero ahora, con una sola palabra, se ha vuelto llena de las riquezas de Dios. 2. Que la providencia ordinaria es una continua creación, y en ella nuestro Padre trabaja ahora. La tierra está todavía bajo la eficacia de su mandato para que produzca hierba, hortalizas y sus productos anuales. Ellos son ejemplo evidente del incansable poder y de la inexhausta bondad del gran Hacedor y Dueño del mundo. 3. Que aunque Dios, ordinariamente, emplea la agencia de las causas segundas de acuerdo con su naturaleza, no las necesita sin embargo, y no está atado a ellas. 4. Que es bueno proveernos de las cosas necesarias antes que tengamos ocasión de usarlas: antes que fuesen hechos los animales y el hombre, ya había hierba y hortalizas preparadas para ellos. 5. Que Dios debe tener la gloria por todo el beneficio que recibimos de los productos de la tierra.
Versículos 14–19
Ésta es la historia de la obra del cuarto día, la creación del sol, de la luna y de las estrellas, de todo ese esplendor que no sólo presta gran belleza al mundo de arriba, sino también gran bendición a este mundo de abajo. Tenemos un relato de la creación de las luces del cielo.
I. En general, tenemos (vv. 14–15), 1. El mandato dado acerca de ellos: Haya lumbreras en la expansión de los cielos. Dios había dicho: Sea la luz (v. 3), y hubo luz; pero ésta era como una luz difusa y confusa; ahora quedaba recogida y modelada y, de este modo, resultaba más gloriosa y, a la vez, más provechosa. Dios es un Dios de orden no de confusión; y, como Él es luz, es también el Padre y Hacedor de luces. 2. En cuanto al uso para el que estaban destinadas a esta tierra: (1) Había de ser para distinguir los tiempos y las estaciones, el día y la noche, el verano y el invierno y así, bajo el sol todo tiene su tiempo (Ec. 3:1). 2. Había de ser para dirigir las acciones. Están para señalar los cambios de tiempo, a fin de que el labrador pueda programar sus quehaceres con discreción, previendo, por el aspecto del cielo cuando las causas segundas han comenzado a obrar, si hará buen tiempo o malo (Mt. 16:2–3). También alumbran sobre la tierra para que podamos andar (Jn. 11:9) y trabajar (Jn. 9:4), conforme lo requiere el deber de cada día. Las luces del cielo brillan para nosotros para nuestra comodidad y ventaja. Las luces del cielo están hechas para servirnos, y lo hacen fielmente, y brillan a su tiempo sin fallar; pero nosotros estamos puestos como luces en este mundo para servir a Dios ¿respondemos de igual manera al objetivo de nuestra creación Estamos encendiendo las lámparas de nuestro Dueño, pero hacemos caso omiso de la obra de nuestro Amo.
II. En particular, versículos 16–18.
1. Observa que las luces del cielo son el sol, la luna y las estrellas y todo ello es obra de las manos de Dios. A) El sol es la mayor de esas luces. Aprendamos del Salmo 19:1–6 la manera de dar a Dios la gloria debida a Su nombre como Hacedor del sol. B) La luna es una luz menor, y aquí es considerada, sin embargo, como una de las mayores luminarias. Son más valiosos los que prestan mayor servicio; y son luces más brillantes, no los que tienen los mejores dones sino los que humilde y fielmente obran con ellos el mayor bien. C) Hizo también las estrellas, pues la Biblia fue escrita, no para satisfacer nuestra curiosidad y convertirnos en astrónomos, sino para guiarnos a Dios y hacernos santos. Ahora bien, estas luminarias son como gobernadores que gobiernan bajo Su mando. Aquí se dice que la luna, la luz menor, señorea en la noche, pero en el Salmo 136:9 se mencionan las estrellas como partícipes de este señorío: La luna y las estrellas para que señoreasen en la noche. El mejor y más honroso modo de gobernar es dar luz y hacer el bien; imponen respeto aquellos que llevan una vida útil, y así brillan como luces.
2. Aprendamos de esto: A) El pecado y la locura de aquella antigua idolatría, el culto al sol, a la luna y a las estrellas, pues el relato que se nos da aquí muestra claramente que son criaturas de Dios y, al mismo tiempo, servidores del hombre; y, por consiguiente, es grave afrenta a Dios y gran reproche para nosotros mismos el hacer de ellas unas deidades y rendirles honores divinos. B) El deber y la sabiduría de adorar diariamente a ese Dios que hizo todas esas cosas, y de ofrecerle el solemne sacrificio de oración y alabanza cada mañana.
Versículos 20–23
No leemos que fuese creado ningún ser viviente hasta el quinto día, de lo cual nos ofrecen un relato estos versículos. Fue en el quinto día cuando el pez y el ave fueron creados; y ambos, de las aguas.
Observa: 1. La creación de peces y aves (vv. 20–21). Dios mandó que fuesen producidos. Dijo: Produzcan las aguas seres vivientes. Y Él mismo ejecutó dicho mandato: Y creó Dios los grandes monstruos marinos, etc. Los insectos, que son quizá tan variados y numerosos como cualquier otra especie de este día. Mr. Boyle (lo recuerdo) dice que él admira la sabiduría y el poder del Creador lo mismo en una hormiga que en un elefante. La curiosa formación de los cuerpos de los animales, sus diferentes tamaños, formas y naturalezas, con los admirables poderes de la vida sensitiva de que están dotados, si se consideran debidamente, sirven no sólo para silenciar y confundir las objeciones de ateos e incrédulos, sino también para suscitar elevados pensamientos y grandes alabanzas a Dios en las almas piadosas y devotas (Sal. 104:25, etc.). 2. Cómo los bendijo Dios para que se reprodujesen. La vida es algo que se gasta. Su fuerza no es la de las piedras. Es como una candela que se va quemando, si no es que es apagada de un soplo; y, por ello, el sabio Creador no sólo hizo individuos, sino que proveyó también para la propagación de las diferentes especies: Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos (v. 22).
Versículos 24–25
Primera parte de la obra del sexto día, y en este día fueron hechas las bestias de la tierra, y los reptiles que pertenecen a la tierra. Aquí, como antes: 1. Dios emitió la palabra; dijo: Produzca la tierra. 2. Él hizo también la obra, los hizo a todos según su respectiva especie, no sólo de diversas formas, sino también de diversas naturalezas, costumbres, alimentos y estilos de vida—algunos manteniéndose de hierbas; otros, de carnes; unos, atrevidos; otros, temerosos; unos, para servicio del hombre, pero no para su alimento, como el caballo; otros, para su mantenimiento, pero no para su servicio, como la oveja; otros, para ambas cosas, como el buey, y otros, para ninguna de las dos cosas, como las fieras salvajes.
Versículos 26–28
La segunda parte de la obra del sexto día se refiere a la creación del hombre.
I. El hombre fue hecho el último de todas las criaturas, para que no pudiese sospecharse que pudo ser, de algún modo, un ayudante de Dios en la creación del mundo. Con todo, fue un honor y un favor para él haber sido hecho el último: un honor, por cuanto el método de la creación fue un avance desde lo menos perfecto hasta lo más perfecto; y un favor, porque no estaba bien que fuese hospedado en un palacio designado para él hasta que dicha mansión estuviese completamente acondicionada y amueblada para recibirle. El hombre, tan pronto como fue creado, tuvo delante de sí toda la creación visible, tanto para contemplarla como para sacar provecho de ella.
II. La creación del hombre fue una señal más importante y un acto más inmediato del poder y de la sabiduría de Dios que la de las otras criaturas. Hasta ahora, Dios había dicho: «Sea la luz», y «Haya expansión», y «Produzca la tierra o las aguas» tal cosa; pero ahora la voz de mando se vuelve en voz de consulta y deliberación, «Hagamos al hombre, por cuya causa fueron hechas el resto de las criaturas: ésta es una obra que tenemos que tomar a pecho». En los otros casos, Dios habla como quien tiene autoridad; en éste, como quien siente un profundo afecto, como si dijera: «Habiendo tomado ya las medidas preliminares, pongamos ahora manos a la obra: hagamos al hombre». El hombre tenía que ser una criatura diferente de todas las que habían sido hechas hasta ahora. Carne y espíritu, cielo y tierra, deben ser juntados en él y debe ser hecho aliado de ambos mundos. Y, por eso, no sólo es Dios mismo el que se encarga de hacerlo, sino que le place expresarse como si llamase a consejo para considerar el asunto de hacer al hombre: Hagamos al hombre. Las tres personas de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, consultan sobre esto y convienen en ello. Dejemos que gobierne al hombre el que dijo: Hagamos al hombre.
III. Que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios contiene dos palabras que expresan la misma cosa y ponen mayor expresión la una en la otra; imagen y semejanza denotan la imagen más semejante. Aun así, hay entre Dios y el hombre una distancia infinita. Sólo Cristo es la imagen verdaderamente expresiva de la persona de Dios, como Hijo del Padre, que tiene la misma naturaleza. Sólo algo del honor de Dios ha sido puesto en el hombre, quien es imagen de Dios como la sombra en el espejo, o la imagen del rey impresa en la moneda. La imagen de Dios en el hombre consiste en estas tres cosas: 1. En su naturaleza y constitución, no del cuerpo (pues Dios no tiene cuerpo), sino de su alma. Es cierto que Dios ha puesto en el cuerpo del hombre el honor que significa el que el Verbo se haya hecho carne, que el Hijo de Dios se haya vestido de un cuerpo como el nuestro y vestirá en breve al nuestro con una gloria como la del suyo. Pero es el alma, la excelsa alma del hombre, la que especialmente lleva la imagen de Dios. El alma del hombre, considerada en sus tres facultades específicas: entendimiento, voluntad y facultad activa, es quizás el más brillante y claro espejo de la naturaleza, donde se puede ver a Dios. 2. En su lugar y autoridad: Hagamos al hombre a nuestra imagen … y señoree. Al ostentar el dominio sobre las criaturas inferiores, es como si fuera el representante de Dios, o virrey en la tierra. Con todo, el gobierno de sí mismo mediante el albedrío de su voluntad comporta una mayor participación de la imagen de Dios que la que supone el gobierno de las demás criaturas. 3. En su pureza y rectitud. La imagen de Dios en el hombre va también revestida de rectitud y santidad (Ef. 4:24; Col. 3:10). Así de santos, así de felices eran nuestros primeros padres al llevar la imagen de Dios sobre sí.
IV. El hombre fue hecho varón y hembra, y bendecido con la bendición del fruto y de la multiplicación. Dijo Dios: Hagamos al hombre, e inmediatamente añade: Y creó Dios al hombre, llevó a cabo lo que había resuelto. En nosotros, el decir y el hacer son dos cosas distintas, pero no lo son en Dios. Parece que del resto de las criaturas, Dios hizo muchas parejas, pero del hombre, ¿no hizo sólo una? Y de aquí saca Cristo un argumento contra el divorcio (Mt. 19:4–5). Nuestro primer padre, Adán, quedó confinado a una sola esposa; y, si la hubiese repudiado, no había otra con quien casarse, lo cual insinuaba claramente que el vínculo del matrimonio no se había de disolver a placer. Dios hizo solamente un varón y una hembra, para que todas las naciones del mundo pudiesen reconocerse como hechas de una misma sangre, descendientes de una misma estirpe, y ser incitados por ello a amarse los unos a los otros. Les dio: 1. Una cuantiosa herencia: Llenad la tierra, esto es lo que se otorga a los hijos de los hombres. Fueron hechos para habitar sobre toda la faz de la tierra (Hch. 17:26). Éste es el lugar en que Dios ha puesto al hombre para ser un novicio que promocione a un estado superior. 2. Una familia numerosa y perpetua, destinada a disfrutar de dicha herencia.
V. Dios concedió al hombre después de crearle, dominio sobre las criaturas inferiores, sobre los peces del mar y sobre las aves del aire. Aunque el hombre no tiene que proveer para ninguno de ellos, tiene poder sobre todos ellos. Con ello, Dios decidió dar honor al hombre. La providencia de Dios continúa proveyendo a los hijos de los hombres de cuanto es necesario para la seguridad y el mantenimiento de sus vidas.
Versículos 29–30
La tercera parte de la obra del sexto día es una graciosa provisión de alimento para toda carne (Sal. 136:25).
I. Alimento para el hombre (v. 29). Hortalizas y frutas han de ser su comida. Ya ves aquí: 1. Algo que debería hacernos humildes. Como fuimos hechos de la tierra, así somos mantenidos de ella. Hay también una comida que permanece para vida eterna; el Señor nos la da siempre. 2. Algo que debería hacernos agradecidos. El Señor es para el cuerpo; de Él recibimos todos los bienes y las comodidades de esta vida. Él nos da todo para que lo disfrutemos largamente, no sólo lo necesario, sino en abundancia en cosas exquisitas y variadas, para ornamento y deleite. 3. Algo que debería hacernos sobrios y satisfechos con nuestra suerte. Si Dios nos da alimento suficiente para la vida, no pidamos, como el murmurador Israel, alimento para satisfacer nuestras concupiscencias (Sal. 78:18, comp. con Dn. 1:15).
II. Alimento para las bestias (v. 30). ¿Acaso tiene Dios cuidado de los bueyes? Sí, ciertamente Él provee alimento conveniente para ellos, y no sólo para los bueyes, sino que también los leoncillos y los jóvenes cuervos están al cuidado de Su providencia. Es como un gran amo de casa, extremadamente rico y generoso, que satisface el deseo de todo ser viviente. El que alimenta a sus pájaros no dejará morir de hambre a sus pequeñuelos.
Versículo 31
Contiene la aprobación y la conclusión de toda la obra de la creación.
I. La revista que pasó Dios a su obra: Y vio Dios todo lo que había hecho. Y así lo continúa haciendo. Todas las obras de sus manos están ante su vista. Su omnisciencia no puede ser separada de su omnipotencia. Pero esto fue la solemne reflexión de la Mente Eterna sobre las riquezas de su sabiduría y los productos de su poder. Con esto, Dios nos ha dado ejemplo para que revisemos nuestras obras. Cuando hemos terminado el quehacer del día, y vamos a entrar en el descanso de la noche, deberíamos consultar con nuestro corazón acerca de lo que hemos estado haciendo ese día.
II. La complacencia que Dios tuvo sobre su obra. No expresó su bondad hasta que lo tuvo visto como a tal, para enseñarnos a no pronunciarnos sobre un asunto hasta que no lo hayamos examinado. 1. Era bueno. Bueno, porque todo estaba en conformidad con la mente del Creador, justamente como Él quería que estuviese. Bueno, porque responde al objetivo de su creación, y es adecuado para el propósito al que fue destinado. Bueno, porque es útil para el servicio del hombre, a quien Dios ha constituido señor de la creación visible. Bueno, porque todo ello es para gloria de Dios. 2. Era muy bueno. De la obra de cada día (excepto del segundo) se dice que era bueno, pero ahora era muy bueno. Porque (A) ahora estaba hecho el hombre, que es la obra maestra de los caminos de Dios, y fue destinado a ser la imagen visible de la gloria del Creador y la boca de la creación en la expresión de sus alabanzas. (B) Ahora todo estaba hecho; cada parte era buena, pero el conjunto era muy bueno. La gloria y la bondad, la belleza y armonía, de las obras de Dios, tanto de su providencia como de su gracia, como éstas de la creación, se verán mejor cuando sean del todo perfectas. Por tanto, no juzguemos nada antes de tiempo.
III. El tiempo en que esta obra quedó concluida: Y fue la tarde y la mañana el día sexto. Así que Dios hizo el mundo en seis días. Debemos pensar que Dios pudo haber hecho el mundo en un instante. El que dijo: Sea la luz, y fue la luz, pudo haber dicho: «Sea el mundo» y hubiese sido un mundo, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, como en la resurrección (1 Co. 15:52). Pero lo hizo a Su manera y en Su tiempo.2 En gran manera contribuiría el reposo sabático a mantener la religión en el mundo, si se tuviese en cuenta que Dios puso sus ojos en Él al medir el tiempo de su obra creadora.
2 El gran rabino Dr. Hertz opina que bien pudieron ser los días de la creación días de Dios, pues para Dios, «mil años son como el día que pasó» 2 P. 2:8.
Este capítulo es un apéndice a la historia de la creación, y explica, en particular y con más detalle, la parte de la historia que se refiere de inmediato al hombre. Tenemos en él, I. La institución y santificación del día de reposo (vv. 1–3). II. Un relato más detallado de la creación del hombre (vv. 4–7). III. Una descripción del jardín del Edén, y la colocación del hombre en él bajo las obligaciones de una ley y de un pacto implícito (vv. 8–17). IV. La creación de la mujer, su unión con el hombre, y la institución del matrimonio (vv. 18 y ss.).
Versículos 1–3
I. El asentamiento del reino de la naturaleza, al descansar Dios de la obra de la creación (vv. 1–2). Observa aquí: 1. Que las criaturas hechas tanto en el cielo como en la tierra son puestas bajo disciplina y mandamiento. Cada una conoce y guarda su sitio. 2. Que los cielos y la tierra son piezas acabadas, completas, y así lo son todas las criaturas que hay en ellos. 3. Que, después del final de los primeros seis días, Dios cesó de todas las obras de la creación. Así terminó su trabajo. En sus milagros, controla la naturaleza, pero nunca ha cambiado el curso fijo de su obrar. 4. El Dios eterno no reposó como quien está cansado, sino como quien está satisfecho.
II. El comienzo del reino de la gracia, en la santificación del día de reposo (v. 3). Observa: 1. La solemne observancia de un día entre siete, como día de santo reposo y de santa obra, en honor de Dios, es el deber indispensable de todos aquellos a quienes Dios ha revelado sus santos días de reposo. 2. Los días de reposo son tan antiguos como el mundo; y no veo ninguna razón para dudar de que el día de reposo, al haber sido instituido cuando el hombre se encontraba en estado de inocencia, fue religiosamente observado por el pueblo de Dios a lo largo de la era patriarcal. 3. El día del Señor es realmente digno de honor, y tenemos buenas razones para honrarlo en obediencia a Él. 4. El día de reposo es un día bendito, porque Dios lo bendijo, y lo que Dios bendice, de cierto queda bendito. Dios ha prometido salir a nuestro encuentro en tal día y bendecirnos. 5. El día de reposo es un día santo, porque Dios lo ha santificado.
Versículos 4–7
I. Hay aquí un nombre dado al Creador, con el que aún no habíamos topado, y es Jehová3 el Señor—. A lo largo del primer capítulo, fue llamado Elohim—un Dios de poder—; pero ahora Jehová-Elohim—un Dios de poder y perfección, un Dios que perfecciona—. Jehová es ese grande e incomunicable nombre de Dios que denota el tener el ser en Sí mismo, y el dar el ser a todas las cosas.
3 Comúnmente, sin embargo, se admite que el nombre original es Yahvé, aunque el texto masorético (con vocales) dice Yehovah. Por temor a quebrantar el tercer mandamiento pronunciando el nombre sagrado de Dios (algo que sólo el sumo sacerdote hacía una vez al año, en el Día de la Expiación), aplicaron a las consonantes YHWH las vocales oa de Adonay; así resultó Yehovah (que nuestras Biblias transcriben Jehová).
II. Además, se toma nota de la producción de plantas y hierbas, porque fueron hechas y destinadas para ser alimento del hombre (vv. 5–6). Observa aquí: 1. La tierra no produjo sus frutos por sí misma, sino puramente por el poder omnímodo de Dios. Así también la gracia en el alma, esa planta de renombre, no crece por sí misma en la tierra de la naturaleza, sino que es obra de las manos mismas de Dios. 2. La lluvia es también un don de Dios; no descendió hasta que Dios hizo llover sobre la tierra. 3. De una manera u otra, Dios se va a ocupar de regar las plantas que É1 mismo ha plantado. Aunque todavía no había lluvia, Dios hizo que subiera de la tierra un vapor equivalente a una llovizna, para regar con ella toda la faz de la tierra. La gracia divina desciende como una llovizna o como un rocío silencioso, y riega la Iglesia sin ruido (v. Dt. 32:2).
III. Viene luego un relato más detallado de la creación del hombre (v. 7). El hombre es un mundo pequeño, pues consta de alma y cuerpo, de cielo y tierra. Aquí se nos refiere el origen de ambos elementos.
1. El origen inferior, pero de curiosa estructura, del cuerpo humano. (A) La materia era despreciable. Fue hecho de arcilla del suelo, algo no muy apropiado para formar de ello un hombre; pero el mismo infinito poder que hizo de la nada el mundo, hizo al hombre, su obra maestra, de lo más próximo a la nada. No fue hecho de oro en polvo, ni de diamante triturado, sino de barro común, del polvo de la tierra. La fábrica de nuestro cuerpo es terrenal, y su modelación parecida a la de una vasija de arcilla (Job 10:9). ¿Qué hay, pues, en nosotros de que podamos enorgullecernos? (B) Con todo, el Hacedor era grande, y exquisita la obra que realizó. De las criaturas se dice que fueron creadas y hechas pero el hombre fue modelado, lo que denota un proceso gradual de la obra con gran exactitud y precisión. La manufactura superó con mucho a los materiales. Presentemos a Dios nuestros cuerpos como sacrificio vivo (Ro. 12:1).
2. El elevado origen y la admirable utilidad del alma humana. (A) Surgió de un aliento celestial. No fue hecha de la tierra, como lo fue el cuerpo; procedió directamente de Dios. Que el alma que Dios alentó en nuestro interior, aliente hacia Él y para É1. Encomendemos en sus manos nuestro espíritu, pues de sus manos lo hemos recibido. (B) El hombre es lo que es su alma. El cuerpo carecería de valor y utilidad, sería asquerosa carroña, si el alma no lo animase. Puesto que la producción del alma fue tan noble, y tan excelentes su naturaleza y sus facultades, no seamos como esos locos que desprecian su propia alma al preferir a su cuerpo (Pr. 15:32). El que hizo el alma es el único capaz de renovarla.
Versículos 8–15
Al constar el hombre de cuerpo y alma, de un cuerpo formado de la tierra y de un alma racional e inmortal que procede de un aliento celestial, vemos en estos versículos la provisión preparada para la felicidad de ambos; el que los formó se cuidó de hacerle feliz si el hombre se hubiese conservado así y lo hubiese reconocido cuando lo era.
I. Primero vemos una descripción del jardín del Edén, que estaba destinado a ser mansión y casa solariega de este gran señor, el palacio de este príncipe. El inspirado hagiógrafo, en esta historia, escribe en primer lugar para los judíos, y aplica su narración al estado infantil de la Iglesia, describe las cosas por su apariencia exterior y sensible, y deja que, por ulteriores descubrimientos, merced a la luz divina seamos guiados a la comprensión de los misterios encubiertos bajo ese exterior. Por eso no insiste en la felicidad de la mente de Adán tanto como en la de su condición exterior.
1. El lugar destinado para residencia de Adán era un jardín o huerto; no una casa de marfil ni un palacio sobrecargado de oro, sino un huerto surtido y adornado por la naturaleza, no por el arte. El cielo era el techo de la casa de Adán y nunca hubo otro techo tan curiosamente cubierto y pintado. La tierra era su suelo, y nunca hubo otro suelo tan ricamente pavimentado. La sombra de los árboles era su cámara interior; debajo de ellos estaban sus comedores, sus aposentos, y nunca hubo habitaciones tan finamente tapizadas como éstas; ni las de Salomón, en el esplendor de su gloria estaban ataviadas así. La naturaleza se contenta con poco y con lo más natural; la gracia, con menos; pero la concupiscencia, con nada.
2. Los utensilios y el mobiliario de esta mansión eran obra directa de la sabiduría y del poder de Dios. El Señor Dios planeó este jardín. Ningún deleite puede ser agradable ni satisfactorio para un alma, sino el que Dios mismo ha provisto y destinado para ella; no hay verdadero paraíso que no sea plantación de Dios.
3. La situación de este huerto era sobremanera excelente. Estaba en Edén, que significa deleite y placer. El lugar está aquí particularmente indicado mediante las señales y límites que resultaban suficientes. Preocupémonos de asegurarnos un lugar en el paraíso celestial, y no necesitaremos atormentarnos en la laboriosa búsqueda del lugar en que se encontraba el paraíso terrenal.
4. Los árboles plantados en este huerto. (A) Tenía los árboles mejores y más escogidos. Dios, como tierno Padre, no sólo miró por el provecho de Adán, sino también por su deleite; pues hay un deleite compatible con la inocencia; es más, hay en la inocencia un placer verdadero y trascendente. Pero (B) tenía dos árboles extraordinarios y exclusivos; no los había iguales en la tierra. (a) Estaba el árbol de la vida en medio del huerto, el cual estaba destinado a ser señal y sello para Adán, asegurándole la continuidad de la vida y de la felicidad, para vida inmortal y eterna beatitud, mediante la gracia y el favor de su Hacedor, bajo condición de perseverar en este estado de inocencia y obediencia. De éste podía comer y así vivir. Cristo es ahora para nosotros el árbol de la vida (Ap. 2:7; 22:2).4 (b) Estaba el árbol del conocimiento del bien y del mal, así llamado, no por tener en sí virtud alguna para engendrar o incrementar un conocimiento útil, sino en primer lugar, porque había una expresa y positiva revelación de la voluntad de Dios concerniente a este árbol, de manera que, por medio de él, pudiese conocer el bien y el mal morales. ¿Qué es bueno? Es bueno no comer de este árbol. ¿Qué es malo? Es malo comer de este árbol. La distinción entre cualquier otro bien y mal morales fue escrita por la naturaleza en el corazón del hombre; mas ésta, resultante de una ley positiva, fue escrita sobre este árbol. En segundo lugar, porque en este caso, el hecho fue que demostró dar a Adán un conocimiento experimental del bien por la pérdida de él, y del mal al sentirlo dentro de sí. Como el pacto de gracia comporta no sólo creer y ser salvo, sino también no creer y ser condenado (Mr. 16:16), así el pacto de inocencia comprendía no sólo «Haz esto y vivirás», sellado y confirmado por el árbol de la vida, sino también «Falta a esto y morirás» de lo cual Adán estaba cierto por este otro árbol. Así que, mediante estos dos árboles, Dios puso ante él el bien y el mal, la bendición y la maldición (Dt. 30:19).
4 En sentido espiritual, aunque no se descarta el sentido literal de la Jerusalén Celestial (Gá. 4:26; He. 12:22; Ap. 3:12; 21:2, 10).
5. Los ríos que regaban este huerto (vv. 10–14). Estos cuatro ríos (o un río dividido en cuatro corrientes) contribuían grandemente tanto a la delicia como a la fructuosidad de este huerto. En el paraíso
celestial hay un río que aventaja infinitamente a éstos; pues es un río del agua de la vida, que no surge del Edén, como éstos, sino que sale del trono de Dios y del Cordero (Ap. 22:1), un río que alegra la ciudad de Dios (Sal. 46:4). Javilá tenía oro, especias y piedras preciosas; pero Edén tenía algo que era infinitamente mejor: el árbol de la vida y la comunión con Dios.
II. La colocación del hombre en este paraíso de deleites (v. 15), donde observa:
1. Cómo Dios le dio posesión de él. (A) El hombre fue creado fuera del paraíso, pues Dios le puso en él después que lo creó; fue formado de arcilla común, no de polvo del paraíso. No podía apelar a sus derechos al huerto porque no había nacido en su interior ni tenía más que lo que había recibido. (B) El mismo Dios que fue el autor de su ser fue el autor de su gloria. Sólo el que nos hizo puede hacernos felices. (C) Mucho contribuye al bienestar de cualquier condición el haber visto a Dios yendo delante de nosotros y colocándonos en ella. Si no hemos forzado los pasos de la providencia, sino que hemos tenido en cuenta las insinuaciones que ella nos ha proporcionado para guiarnos, podemos abrigar la esperanza de encontrar un paraíso (v. Sal. 47:4).
2. Cómo le encargó Dios cultivar el huerto y custodiarlo. El paraíso mismo no era un lugar exento de trabajo. Nótese aquí: (A) Que ninguno de nosotros ha sido enviado al mundo para ser perezoso. El que nos hizo estos cuerpos y estas almas nos ha dado algo en que tenerlos ocupados; el que nos dio el ser nos dio el quehacer, para servirle a Él y a los hombres de nuestra generación, y para ocuparnos en nuestra salvación. (B) Los empleos seculares son perfectamente compatibles con un estado de inocencia y con una vida de comunión con Dios. (C) La vocación de labrador es una vocación antigua y honorable; se la necesitó incluso en el paraíso. Fue una vocación que le daba al hombre una oportunidad de admirar al Creador. Mientras sus manos estaban ocupadas en los árboles, su corazón podía estar con su Dios. (D) Hay un verdadero placer en el oficio al que Dios nos llama y en el que nos emplea.
III. El mandato que Dios dio al hombre en el estado de inocencia, y el pacto que con él estableció entonces. Hasta ahora habíamos visto a Dios como poderoso Creador y amoroso Bienhechor del hombre; ahora Dios aparece como su Rector y Gobernador.
Versículos 16–17
I. La autoridad de Dios sobre el hombre como criatura que tenía capacidad de razonar y libertad de albedrío. El Señor Dios mandó al hombre, que ahora figuraba como padre y representante de toda la humanidad, recibir una ley, como antes había recibido una naturaleza. Los animales brutos tienen sus respectivos instintos; pero el hombre fue hecho capaz de realizar un servicio racional y, por ello recibió no sólo el mandato de un Creador, sino también el mandato de un Rey y Dueño.
II. El acto particular de esta autoridad al prescribir al hombre lo que éste debía hacer.
1. Le fue hecha una confirmación de su actual felicidad en esta concesión: De todo árbol del huerto podrás comer. Esto suponía no sólo una asignación de libertad, sino, además un seguro de vida para él, de vida inmortal, bajo condición de obedecer. Así, bajo esta condición de perfecta, personal y perpetua obediencia, Adán tenía asegurado el paraíso para sí y para sus herederos para siempre.
2. Se le impuso una prueba de obediencia, bajo pena de perder toda su felicidad: «Sábete, Adán, que ahora dependes de tu buena conducta, estás puesto en el paraíso a prueba; sé obediente, y estás hecho para la eternidad; de lo contrario, serás tan miserable como feliz eres ahora». Aquí: (A) Adán es amenazado con la muerte en caso de desobediencia. Observa: (a) Incluso Adán, en su estado de inocencia, fue aterrorizado con una amenaza. (b) La pena intimada es la muerte. (c) Esta amenaza se cumpliría como consecuencia inmediata del pecado.
(B) Adán fue probado con una ley positiva a no comer del fruto del árbol de la ciencia. (a) Porque la razón de ello está derivada puramente de la voluntad del Legislador. Adán tenía en su naturaleza una aversión contra lo que era malo en sí mismo y por ello, es probado en algo que era malo sólo por estar prohibido. (b) Porque el freno para abstenerse de ello está situado en los deseos de la carne y en los de la mente, que, en la naturaleza corrupta del hombre, son las dos grandes fuentes del pecado. Esta prohibición tendía a comprobar tanto su apetito hacia los deleites sensibles como su curiosidad ambiciosa de saber, para que su cuerpo fuese gobernado por su alma, y su alma por su Dios.
Versículos 18–20
I. Un ejemplo del cuidado que el Creador tiene del hombre y de su paternal preocupación por su bienestar (v. 18). Le hace saber, para animarle en su obediencia, que es amigo suyo.
1. Cuán misericordiosamente se compadeció Dios de su soledad. Él que lo formó le conocía a él y lo que era bueno para él mejor que él mismo, y dijo: No es bueno que el hombre continúe solo. (A) No lo es para su bienestar; porque el hombre es una criatura sociable. Una soledad completa habría convertido el paraíso en un desierto, y un palacio en una prisión. (B) No lo es para el incremento y continuidad de su raza. Dios pudo haber hecho al principio un mundo de hombres para que llenasen la tierra. Dios consideró adecuado llegar a ese número mediante una sucesión de generaciones, las cuales, según el modo como Dios había formado al hombre, deben proceder de dos, uno varón y el otro hembra; uno será siempre uno.
2. Cuán benignamente resolvió Dios proveerle de compañía. El resultado de esta deliberación respecto al hombre fue esta amable resolución: Le haré ayuda idónea para él. De donde observa: (A) En nuestro mejor estado en este mundo tenemos necesidad de ayudarnos unos a otros. (B) Sólo Dios conoce perfectamente nuestras necesidades, y es perfectamente capaz para proveer a todas ellas (Fil. 4:19). Sólo en Él está nuestra ayuda, y de Él procede todo cuanto nos ayuda. (C) Una esposa conveniente es una ayuda idónea, y nos viene del Señor. (D) La sociedad familiar, si es agradable, es un remedio suficiente para la pesadumbre de la soledad. Quien tiene un buen Dios, un buen corazón y una buena esposa con quien conversar y aun así se queja de falta de conversación, no habría estado feliz y contento ni en el paraíso.
II. Un ejemplo de la sujeción de las criaturas al hombre, y del dominio de éste sobre ellas (vv. 19–20). Así dio Dios al hombre entrega y posesión del hermoso estado que le había otorgado, y le puso a ejercer su dominio sobre las criaturas. Dios se las presentó para que les pusiese nombre y dar así: 1. Una prueba de su conocimiento, como criatura dotada de las facultades de razonar y de hablar. Y 2. Una prueba de su poder. Imponer nombres es un acto de autoridad. Dios puso nombres al día y a la noche, al firmamento, a la tierra, y al mar; y llama a las estrellas por su nombre, para mostrar que es el supremo Señor de ellas. Pero dio a Adán licencia para poner nombre a las bestias y a las aves, como un señor subalterno de ellas; pues habiéndole hecho a su propia imagen, puso así en él algo de Su honor.
III. Un ejemplo de la insuficiencia de las criaturas para hacer feliz al hombre: Mas (entre todas ellas) para Adán no se halló ayuda idónea para él. Observa aquí: 1. La dignidad y excelencia de la naturaleza humana. 2. La vanidad de este mundo y de sus cosas pon todas ellas juntas, y no harán una ayuda idónea para el hombre. No se acomodarán a la naturaleza de su alma, ni proveerán para sus necesidades ni satisfarán sus legítimos deseos, ni se ajustarán a la naturaleza perdurable del hombre.
Versículos 21–25
I. La formación de la mujer, a fin de que fuese ayuda idónea para Adán. Observa: 1. Que Adán fue formado primero, después Eva (1 Ti. 2:13). Si el hombre es la cabeza, ella es la corona de su esposo y de la creación visible. El hombre era polvo refinado, pero la mujer fue polvo doblemente refinado, un paso más lejos de la tierra que el hombre. 2. Que Adán quedó dormido mientras su esposa era formada, como quien había descargado todo su cuidado en Dios con gozosa dejación de sí mismo y de todos sus asuntos en la voluntad y sabiduría de su Hacedor. Jehovájireh, que el Señor provea cuándo y a quien Dios le plazca. 3. Que Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán. Mientras no conoce el pecado, Dios se encargará de que no sienta dolor. 4. Que la mujer fue formada5 de una costilla (es decir, del costado) de Adán; no fue hecha de su cabeza, como para tener dominio sobre él; ni de sus pies, como para ser pisoteada por él; sino de su costado, para ser igual a él, de debajo de su brazo para ser protegida, y de junto al corazón para ser amada.
5 El original dice «edificó», o «construyó», del verbo banah = edificar, cuya raíz comporta imaginación e intuición (algo típicamente femenino). Esto arroja también luz sobre Mateo 16:16, donde el tekton. («albañil», no sólo «carpintero») Jesús habla de edificar su Iglesia (su esposa).
II. El matrimonio de la mujer con Adán. El matrimonio es honroso pero éste fue seguramente el matrimonio más honroso que ha existido, ya que en él tuvo Dios una intervención directa a todo lo largo de su celebración. Los matrimonios (según dicen) se hacen en el Cielo; estamos seguros de que éste lo fue, porque el hombre, la mujer y el casamiento fueron obra de Dios mismo Él por su poder, hizo a ambos, y ahora, por su ordenación, los hizo uno. 1. Dios, como Padre de ella, condujo a la mujer hasta el hombre, como su otro yo, y la dio como ayuda idónea para él. La esposa que es hechura de Dios por gracia especial, y nutrida y criada por Dios por providencia especial, es probable que resulte la mejor ayuda idónea para el hombre. 2. De Dios, como Padre de él, la recibió Adán. Los dones que Dios nos otorga deben ser recibidos con humilde y agradecido reconocimiento a su sabiduría por acomodarlos a nosotros, y a su favor por conferírnoslos. Además, en señal de que la aceptaba, le puso un nombre, no para ella en particular, sino para todo su sexo en general: Será llamada varona, Ishah, un hombre del sexo femenino, distinguiéndose del hombre en sexo, pero no en la naturaleza.
III. La institución del matrimonio y el establecimiento de una ley para él (v. 24). El reposo sabático y el matrimonio fueron dos instituciones del estado de inocencia, la primera para preservación de la religión, la segunda para preservación de la humanidad. Parece ser (por Mt. 19:4–5) que fue Dios mismo quien dijo aquí: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer». 1. Ve aquí cuán grande es la virtud de una institución divina; sus lazos son más fuertes incluso que los de la naturaleza. 2. Véase también cuán necesario es que los hijos reciban el consentimiento de sus padres en lo tocante al matrimonio. 3. Ve cuánta necesidad hay tanto de prudencia como de oración al escoger esta relación, que es tan cercana y tan duradera. 4. Ve cuán firme es el vínculo del matrimonio, que no debe ser dividido ni debilitado por tener muchas mujeres (Mal. 2:15), ni quebrantado o cortado por el divorcio, por ninguna causa, a no ser por concubinato o por voluntaria deserción del cónyuge incrédulo.6 5. Ve cuán cariñoso debería ser el afecto mutuo de esposo y esposa, como el que tenemos hacia nuestros propios cuerpos (Ef. 5:28).
6 Algunas denominaciones evangélicas admiten como causas legítimas de divorcio el adulterio y la deserción del cónyuge; otras, no admiten ninguna causa.
IV. Una prueba de la pureza y de la inocencia del estado en que fueron creados nuestros primeros padres (v. 25). Ambos estaban desnudos. No necesitaban ropas para defenderse del frío ni del calor. Tampoco las necesitaban por decencia; estaban desnudos, pero no tenían motivo para estar avergonzados. No sabían lo que era vergüenza, como dice el texto caldeo. Quienes no tenían pecado en su conciencia no tenían por qué mostrar vergüenza en el rostro, aunque no llevasen ropas con que cubrirse.
Tenemos aquí un relato del pecado y de la miseria de nuestros primeros padres, la ira de Dios contra ellos, la maldición de la tierra por causa de ellos, al quebrarse la armonía de la creación y ensuciarse su belleza, todo muy malo. I. Los inocentes tentados (vv. 1–5). II. Los tentados hechos transgresores (vv. 6–8). III. Los transgresores emplazados (vv. 9–10). IV. Tras ser emplazados, convictos (vv. 11–13). V. Una vez convictos, sentenciados (vv. 14–19). VI. Después de sentenciados, aliviados en su situación (vv. 20–21). VII. A pesar de este alivio, la sentencia es ejecutada en parte (vv. 22–24). Y, si no fuese por las misericordiosas indicaciones dadas aquí sobre una redención que ha de realizar la prometida simiente, ellos, y toda la raza degenerada y culpable, habrían quedado abandonados a eterna desesperación.
Versículos 1–5
I. El tentador, el diablo, en figura y semejanza de serpiente.
1. Es cosa cierta que fue el diablo quien sedujo a Eva. El diablo y Satanás es la serpiente antigua (Ap. 12:9), un espíritu maligno; por creación, ángel de luz e inmediato asistente al trono de Dios; pero, por su pecado, se convirtió en apóstata de su primer estado y en un rebelde contra la realeza y dignidad de Dios. Sabía que no podía destruir al hombre, a no ser con seducción y engaño. Por tanto, la partida que Satanás tenía que jugar consistía en atraer a nuestros primeros padres hacia el pecado y separarlos así de su Dios. La raza humana entera tenía aquí, por decirlo así, un solo cuello, y a este cuello asestó Satanás el golpe.
2. Fue el diablo en figura de serpiente. (A) Muchas tentaciones peligrosas nos asaltan revestidas de alegres y bellos colores, que no tienen más espesor que la piel, y parecen venirnos de arriba; porque Satanás puede aparecer como ángel de luz. Y (B) porque es un ser astuto. Tenemos muchos ejemplos de la astucia de la serpiente. Observa que no hay nada que sirva más al diablo y a sus intereses que una astucia no santa.
II. La persona tentada fue la mujer, que ahora se encontraba sola, a cierta distancia de su marido pero cerca del árbol prohibido. Esto prueba la astucia del diablo. 1. Asaltar con sus tentaciones al vaso más frágil. 2. Su táctica fue entrar en conversación con ella mientras estaba sola. Hay muchas tentaciones a las que la soledad presta gran ventaja, mientras que la comunión de los santos contribuye mucho a fortalecerlos y afianzarlos. 3. Se aprovechó de hallarla cerca del árbol prohibido, y probablemente echando una mirada a su fruto, aunque sólo fuese por satisfacer su curiosidad. Quienes no quieren comer del fruto prohibido no deben acercarse al árbol prohibido. 4. Satanás tentó a Eva para, por medio de ella, poder tentar a Adán.
III. La tentación misma y el artilugio de su proceso. Lo que el diablo pretendía era persuadir a Eva a que comiese del fruto prohibido; y, para conseguirlo, empleó el mismo método que siempre emplea. Puso en duda si era pecado o no (v. 1). Negó que hubiese ningún peligro en ello (v. 4). Sugirió que comportaba muchas ventajas (v. 5). Esos son los lugares comunes que usa.
1. Puso en duda si era pecado o no el comer de este árbol, y si realmente estaba prohibido su fruto.
A) Dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis …? Las primeras palabras insinuaban algo dicho antes, quizás alguna reflexión que Eva había hecho consigo misma y que Satanás asió para incorporarla a su pregunta. Observa aquí: (a) Que él no descubre sus planes al principio, sino que hace una pregunta, a primera vista inocente: «Oigo ciertos rumores; dime, es cierto? ¿De veras os ha prohibido Dios comer de este árbol?» (b) Cita el mandato falazmente, como si prohibiese comer, no sólo de este árbol sino de todos. (c) Parece hablar mofándose y echa en cara a la mujer su timidez en meterse con aquel árbol. (d) Es táctica astuta de Satanás el empañar la reputación de la ley divina haciéndola pasar por incierta o irracional, para atraer así a la gente al pecado.
B) En respuesta a tal pregunta, la mujer da un informe completo de la ley bajo la cual estaban (vv. 2–3). Obsérvese aquí: (a) Fue una debilidad de la mujer el entrar en conversación con la serpiente. Es muy peligroso hacer trato con la tentación, cuando debería ser rechazada al instante con desdén y aborrecimiento. La guarnición que entabla parlamento con el enemigo, no está lejos de rendirse. (b) Fue una muestra de sabiduría tener en cuenta la libertad que Dios les había otorgado. «Sí—dice ella—. Del fruto de los árboles del huerto podemos comer.» «Gracias a nuestro Hacedor, tenemos licencia para comer lo bastante en abundancia y variedad.» (c) Una prueba de su resolución fue el adherirse al mandato, y repetirlo fielmente, como que era una certeza incuestionable: «No debemos comer de él: por tanto, no lo tocaremos.7 Está prohibido en el más alto grado, y la autoridad de la prohibición es sagrada para nosotros.» (d) Parece vacilar un poco acerca de la amenaza, pues todo lo que dice es: «Para que no muráis» o «no sea que muráis».
7 En realidad, Dios no había dicho nada en cuanto a no «no tocar» el árbol, como si su contacto comportase algún maleficio. «Esta exageración dice el Talmud—fue la causa de su caída.» Más bien diremos que fue una señal de la perturbación que la sugestión de la serpiente empezaba a producir en la mente de Eva.
2. El diablo niega que haya ningún peligro en ello, e insiste en que, aun cuando pudiera suponer la transgresión de un precepto no por eso iban a incurrir en ninguna sanción: «Ciertamente no moriréis» (v. 4). Podría significar: (A) «No es cosa cierta que vayáis a morir»—así piensan algunos—. Satanás enseña a los hombres, primero a dudar y después a negar; primero los hace escépticos, y así gradualmente los hace ateos. O (B) «Es cierto que no moriréis»—como piensan otros—. Satanás afirma su contradicción con la misma frase de firmeza con que Dios había ratificado su amenaza. Así Satanás ocultaba su propia miseria para atraerlos hacia ella; así sigue engañando a los pecadores para su propia ruina. La esperanza de impunidad es el gran soporte de toda iniquidad.
3. Luego les promete las ventajas de comer de él (v. 5). No habría podido persuadirles a correr el riesgo de arruinarse, si no les hubiera sugerido una gran posibilidad de mejorarse.
A) Les insinúa las grandes ventajas que obtendrían comiendo de este fruto. Y así adereza la tentación conforme al estado puro en que se hallaban ahora, ofreciéndoles deleites y satisfacciones intelectuales. Eran como el cebo con que ocultaba su anzuelo. (a) «Serán abiertos vuestros ojos»; «tendréis mucho mayor poder y placer de contemplación que el que ahora tenéis; penetraréis en el fondo de las cosas mucho más hondamente que lo que ahora podéis». (b) «Seréis como Dios», «como Elohim, dioses poderosos; no sólo omniscientes, sino también omnipotentes». (c) «Sabiendo el bien y el mal, esto es, todo cuanto deseéis conocer.» Para cimentar esta parte de la tentación, abusa del nombre dado a este árbol: pervierte su sentido, como si éste árbol hubiese de proporcionarles un conocimiento especulativo completo de la naturaleza clases y orígenes del bien y del mal. Y (d), todo esto inmediatamente: «El día que comáis de él, encontraréis un súbito e inmediato cambio a mejor». Con todas estas insinuaciones, intenta producir en ellos: Primero, descontento con su actual estado. Segundo, ambición de ser promocionados, como si fueran aptos para ser dioses.
B) Les insinúa que Dios no tiene buen designio respecto a ellos, al prohibirles este fruto, como si no se atreviese a permitirles comer de este árbol porque entonces conocerían su propia fuerza, y estarían en condiciones de competir con Dios. Ahora bien: (a) Esto era una gran afrenta a Dios, y la mayor indignidad que podía hacérsele; un reproche a su poder, como si tuviese miedo de sus criaturas; y, mucho más, un reproche a su bondad, como si odiase la obra de sus manos y no quisiese ver felices a los que Él mismo había creado. (b) Fue una peligrosísima trampa tendida a nuestros primeros padres, pues tendía a enajenar de Dios sus afectos.
Versículos 6–8
Satanás, a la larga, alcanza su objetivo, y la fortaleza es tomada por sus artimañas.
I. Alicientes que les indujeron a transgredir. 1. No vieron daño alguno en este árbol, más que en ninguno de los restantes. Les pareció tan bueno como cualquier otro alimento de él, y ¿por qué les había de estar prohibido éste más bien que cualquier otro? A veces caemos en trampas traicioneras por un deseo desordenado de dar satisfacción a nuestros sentidos. Fue tanto más codiciado, precisamente por estar prohibido. En nosotros (esto es, en nuestra carne, en nuestra naturaleza corrompida) mora un extraño espíritu de contradicción. Nitimur in vetitum (Deseamos lo que está prohibido). 2. Eva se imaginó que había mayor virtud en este árbol que en cualquier otro, que no sólo no tenía por qué ser temido sino que era codiciable para alcanzar la sabiduría. Nótese cómo el deseo de un conocimiento innecesario bajo una falsa noción de sabiduría, demuestra ser dañino y destructivo para muchos. Nuestros primeros padres, que sabían tanto, no supieron esto—que ya sabían bastante.
II. Los peldaños de la transgresión, no hacia arriba, sino hacia abajo. 1. Vio. Debió haber apartado sus ojos de contemplar vanidad; pero se mete en la tentación y mira con placer el fruto prohibido. Observa que muchos pecados entran por los ojos. 2. Tomó. Fue un acto de su propia iniciativa. No fue el diablo el que lo tomó y se lo puso a ella en la boca, de grado o por fuerza sino que ella misma lo tomó. Satanás puede tentar, pero no puede forzar; puede persuadirnos a que nos arrojemos al vacío pero no puede arrojarnos él mismo (Mt. 4:ó). 3. Comió. Quizá, cuando lo miró, no intentaba tomarlo; ni, cuando lo tomó, pretendía comerlo; pero éste fue el resultado. Nótese que el camino del pecado es hacia abajo; una persona no puede pararse en él cuando quiere.
Hay que suprimir las primeras emociones del pecado y dejarlo antes de entretenerse con él. Principiis obsta (Destruye la maldad en su germen). 4. Y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Ella
se lo dio, persuadiéndole con los mismos argumentos que la serpiente había usado con ella, y añadió que ella misma había comido de él y había encontrado que, lejos de ser mortífero, era extremadamente placentero y agradable. Como lo fue el diablo, así también Eva, tan pronto como fue pecadora, fue también una tentadora. 5. Él comió, vencido por la importunidad de su esposa. Al desdeñar el árbol de la vida, del cual le estaba permitido comer, y comer del árbol del conocimiento que le estaba prohibido, claramente mostró desprecio de los favores que Dios le había otorgado, y una preferencia por lo que Dios sabía que no era adecuado para él. Quería ser el escultor y dueño de sí mismo, tener y hacer lo que le pluguiese; su pecado fue, en una palabra, de desobediencia (Ro. 5:19). Al estar la naturaleza humana enteramente contenida en nuestros primeros padres, ya no podía ser transmitida por ellos de ahí en adelante, sino bajo imputación de culpabilidad, mancha de deshonra y enfermedad hereditaria de pecado y corrupción. ¿Podemos, pues, decir que el pecado de Adán no entrañaba mucho daño?
III. Las consecuencias inmediatas de la transgresión.
1. La vergüenza los tomó por sorpresa (v. 7).
A) La fuerte convicción bajo la cual cayeron en su propio interior: Fueron abiertos los ojos de ambos. No se trata de los ojos del cuerpo, sino de los de la conciencia; su corazón les hirió por lo que habían hecho. Ahora, cuando ya era demasiado tarde, comprendieron la locura de haber comido del fruto prohibido. Vieron la felicidad de la que habían caído, y la miseria en que se habían precipitado. Vieron en sus miembros una ley que hace guerra contra la ley de su mente. El texto nos dice que conocieron que estaban desnudos, esto es, (a) que estaban desnudados, desposeídos de todos los honores y encantos de su estado paradisíaco. Estaban desarmados; su defensa se había ausentado de ellos. (b) Que estaban avergonzados. Se vieron al descubierto frente al desprecio y la reprensión de los cielos, de la tierra y de su propia conciencia. Nótese aquí, primero, cuánta deshonra y desasosiego comporta el pecado; produce daño dondequiera que se le admite. Segundo, qué engañador es Satanás. Les dijo a nuestros primeros padres, cuando les tentó, que serían abiertos sus ojos; y así lo fueron, pero no como ellos lo habían entendido; fueron abiertos para su vergüenza y pesar.
B) El miserable recurso a que se acogieron para paliar esta convicción, y para defenderse contra ella: Cosieron hojas de higuera (quizá las trenzaron) y, para cubrir, al menos, parte de su mutua confusión se hicieron delantales. Nótese aquí lo que ordinariamente constituye la locura de los que pecan. (a) Que andan más solícitos en salvar su prestigio ante los hombres que en obtener el perdón de Dios. (b) Que las excusas que los hombres inventan para cubrir o atenuar sus pecados, son vanas y frívolas. Como los delantales de hojas de higuera, nunca arreglan el asunto, sino que lo echan a perder; la vergüenza que así se trata de ocultar, resulta más vergonzosa todavía.
2. Inmediatamente después de comer del fruto prohibido se apoderó de ellos el miedo (v. 8). Observa aquí: (A) Cuál fue la causa y ocasión de su miedo: Oyeron la voz de Jehová Dios, que se paseaba en el huerto a la brisa del día. Fue la llegada del Juez lo que les asustó, aun cuando éste se acercó de un modo que sólo podía atemorizar las conciencias culpables. Vino al fresco del día, no por la noche cuando todos los miedos se duplican, ni en lo más cálido del día, pues no vino en el ardor de su furor. Oyeron su voz, y probablemente era una voz suave y apacible como aquel silbo con que manifestó a Elías su presencia. (B) Cuál fue el efecto y la evidencia de su miedo: Se escondieron de la presencia de Jehová Dios—¡qué triste cambio!—. Dios se había convertido para ellos en algo terrorífico, y así no es extraño que ellos se hubiesen convertido en algo terrorífico para ellos mismos. Su propia conciencia les acusaba y ponía ante ellos el pecado en sus propios colores. Sus hojas de higuera les traicionaban y no les prestaban ningún servicio. Sabiéndose culpables, no se atrevían a aguantar un juicio, sino que se escondieron para huir de la justicia. Nótese aquí, (a) la falacia del tentador. Les había prometido que estarían a salvo, y ahora no pueden ni imaginárselo; les había prometido que obtendrían conocimiento, pero ahora se encuentran perdidos y no saben ni dónde esconderse, les había prometido que serían como dioses, grandes, intrépidos y osados, y están como criminales descubiertos. (b) La locura de los pecadores al pensar que es posible o deseable el esconderse de la presencia de Dios. (c) El miedo que acompaña al pecado. Todo ese asombroso miedo a las apariciones de Dios, a las acusaciones de la conciencia, a la cercanía del apuro, a los asaltos de las criaturas inferiores y a ser apresados por la muerte, cosas corrientes entre los hombres, es efecto del pecado.
Versículos 9–10
El emplazamiento de estos desertores delante del justo Juez.
I. La alarmante pregunta con que Dios acosó a Adán y le detuvo: ¿Dónde estás tú? No, en qué lugar, sino en qué condición. «¿Es esto todo lo que has conseguido por comer del fruto prohibido?»
Nota: 1. Esta demanda hecha a Adán podría considerarse como una benévola persecución, como una fineza, a fin de restaurarle.
Nota: 2. Si los pecadores considerasen bien dónde se encuentran no descansarían hasta volverse a Dios.
II. La temblorosa respuesta que Adán dio a dicha pregunta: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo (v. 10). No se responsabiliza de su culpa, pero, sin embargo, la confiesa de algún modo al expresar su miedo y su vergüenza.
Versículos 11–13
Los ofensores quedan convictos de culpa por su propia confesión, y, con todo, se esfuerzan por presentar excusas y atenuantes de su falta.
I. Cómo les fue extraída esta confesión. Dios habló así al hombre: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? (v. 11). «¿Cómo llegaste tú a sentir tu desnudez como una vergüenza?» ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Aunque Dios conoce todos nuestros pecados quiere oírlos de nuestros labios y requiere de nosotros una sincera confesión de ellos; no para quedar Él informado, sino para quedar nosotros humillados. La pregunta dirigida a la mujer fue la siguiente: ¿Qué es lo que has hecho? (v. 13). Nótese que es incumbencia de quienes han comido del fruto prohibido, y especialmente de quienes han seducido a otros para comer de él igualmente considerar seriamente lo que han hecho. Al comer del fruto prohibido, hemos ofendido a Dios grande y amoroso. Al seducir a otros para que coman de él hacemos labor diabólica, nos hacemos culpables de los pecados ajenos y cómplices de su ruina.
II. Cómo trataron de atenuar su culpabilidad al confesar su pecado. No tenía finalidad alguna el descargarse de culpabilidad. En vez de confesar la gravedad de su pecado y avergonzarse de él, se excusan y les echan a otros la culpa y el descrédito. 1. Adán le echa toda la culpa a su mujer. Aprendamos de aquí a no ser atraídos al pecado por aquello que no nos ha de extraer del juicio; jamás, pues, obremos contra nuestra conciencia, ni desagrademos a Dios para agradar al mejor amigo que tengamos en el mundo. Pero esto no es lo peor del asunto. Adán no sólo le echa la culpa a su mujer, sino que se expresa de modo que tácitamente se la echa a Dios mismo. Insinúa que Dios ha sido cómplice del pecado pues le dio una mujer que le ha dado a él del fruto. Hay una extraña propensión en quienes son tentados, a decir que son tentados por Dios, como si nuestro abuso de los dones de Dios fuese una excusa de nuestras violaciones de la ley de Dios. 2. Eva, a su vez, echa toda la culpa a la serpiente: La serpiente me engañó. El pecado es como un rapaz a quien nadie se atreve a adoptar, señal de que es algo ignominioso. Aprendamos de aquí: (A) Que las tentaciones de Satanás son todas puro engaño, todos sus argumentos son falacias y todas sus seducciones, imposturas. El pecado nos engaña y, al engañarnos, nos estafa. Es por el engaño del pecado por lo que se endurece el corazón (v. Ro. 7:11; He. 3:13). (B) La astucia de Satanás no nos justificará de nuestro pecado, aunque el tentador es él, nosotros somos los pecadores; y, en realidad, es nuestra propia concupiscencia la que nos atrae y seduce (Stg. 1:14).
Versículos 14–15
Inmediatamente, Dios procede a pronunciar sentencia; y, en estos versículos, comienza por la serpiente (por donde comenzó el pecado), porque ésta era ya convicta de rebelión contra Dios.
I. La sentencia pronunciada contra el tentador podría considerarse como dirigida a la serpiente. Los instrumentos del diablo deben compartir los castigos del diablo. Ahora bien: 1. La serpiente es puesta aquí bajo la maldición de Dios: Maldita serás entre todas las bestias. Una astucia no santa muestra
muchas veces ser una gran maldición para el hombre, y cuanto más astutos son los hombres para hacer el mal, tanto mayor es el daño que producen. 2. Es puesta aquí bajo el vituperio y enemistad de parte del hombre. (A) Va a ser mirada siempre como una criatura vil y despreciable. Su crimen fue tentar a Eva a comer lo que no debía; su castigo fue tener que comer lo que no quería: Polvo comerás. (B) Va a ser mirada siempre como una criatura nociva y venenosa, y un objeto digno de odio y detestación. La serpiente es dañosa para el hombre, y a veces le hiere en el talón porque no puede llegar más arriba; más aún, nos es presentada como mordiendo los talones al caballo (Gn. 49:17). Pero el hombre sale victorioso de la serpiente y la hiere en la cabeza, esto es, le asesta una herida mortal, con ánimo de destruir toda la generación de víboras. Esta sentencia pronunciada sobre la serpiente queda muy fortalecida por la promesa de Dios a su pueblo: Sobre el león y el áspid pisarás (Sal. 91:13), y por la de Cristo a sus discípulos: Tomarán serpientes en sus manos (Mr. 16:18). Observa aquí que la serpiente y la mujer se habían tratado recientemente con mucha familiaridad y amistad conversando sobre el fruto prohibido, y que ambos llegaron a un admirable acuerdo; pero aquí aparecen irreconciliablemente enfrentados. Nótese cómo las amistades pecaminosas acaban justamente en enemistades mortales; los que se unen en la maldad no estarán unidos por mucho tiempo.
II. Esta sentencia puede considerarse como dirigida contra el diablo, el cual hizo uso de la serpiente sólo como vehículo en que aparecerse, siendo él el agente principal.
1. Un perpetuo improperio queda aquí fijado sobre este gran enemigo de Dios y del hombre. Bajo la cobertura de la serpiente, queda aquí él sentenciado a ser: (A) Degradado y maldecido por Dios. ¡Cómo caíste, oh Lucifer! (Is. 14:12). El que quería estar por encima de Dios, y encabezó una rebelión contra Él, es justamente expuesto aquí a desprecio, y Dios humilla a quienes no quieren humillarse a sí mismos. (B) Detestado y aborrecido por toda la humanidad. Aquí es condenado a un estado de guerra y de enemistad irreconciliable. (C) Destruido y arruinado, al fin, por el gran Redentor, indicado por el herirle en la cabeza. Su astuta política quedará frustrada toda ella, y su poder usurpado quedará enteramente aplastado.
2. Comienza aquí una perpetua pendencia entre el reino de Dios y el reino del diablo entre los hombres. Fruto de esta enemistad es: (A) El continuo conflicto entre la gracia y el cieno en el corazón de los hijos de Dios. (B) La continua lucha que existe en este mundo entre los impíos y los piadosos.
3. Aquí se hace una misericordiosa promesa acerca de Cristo, como el liberador del hombre caído del poder de Satanás. La oyeron ya nuestros primeros padres, quienes, sin duda, vieron que se les abría una puerta de esperanza. Ésta fue la aurora del día del Evangelio. Tan pronto como se produjo la herida, fue provisto y revelado el remedio. Se les notifican aquí tres cosas con respecto a Cristo: (A) Su encarnación, pues había de ser la simiente de la mujer, la simiente de esa mujer; por eso, su genealogía en Lucas 3 se remonta hasta mostrar que es hijo de Adán, pero Dios otorga a la mujer el honor de llamarle más bien simiente de ella, porque era ella a quien el diablo había engañado y a quien Adán había echado la culpa; en lo cual Dios engrandece su gracia, ya que, aunque la mujer fue la primera en la transgresión, será salva criando hijos (como algunos leen), esto es, mediante la simiente prometida que descenderá de ella (1. Ti. 2:15). Igualmente iba a ser simiente sólo de mujer, de una virgen. (B) Sus padecimientos y su muerte, indicados por la herida producida en su talón por Satanás, esto es, en su naturaleza humana. Satanás tentó a Cristo en el desierto para hacerle caer en pecado; y algunos piensan que fue Satanás el que aterrorizó a Cristo en su agonía para llevarlo a la desesperación. Fue el diablo quien puso en el corazón de Judas traicionar a Cristo, en el de Pedro para negarle, en el de los principales sacerdotes para procesarle, en el de los falsos testigos para acusarle, y en el de Pilato para condenarle teniendo en todo esto el objetivo de arruinar la salvación al destruir al Salvador; pero, por el contrario, fue por medio de su muerte como Cristo anuló al que tenía el dominio de la muerte (He. 2:14). El talón de Cristo fue herido cuando sus pies fueron traspasados y clavados en la cruz, y los sufrimientos de Cristo se continúan en los sufrimientos de los santos por su nombre (Col. 1:24). El diablo les tienta, los echa en la cárcel, les persigue y mata, y así hiere el talón de Cristo, quien es afligido en las aflicciones de ellos. Pero, mientras el talón es herido en la tierra, es bueno que la cabeza esté a salvo en el Cielo. (C) Su consiguiente victoria sobre Satanás. Satanás había ahora insultado y pisoteado a la mujer; pero la simiente de la mujer había de surgir en el cumplimiento del tiempo para triunfar sobre él (Col. 2:15). Le herirá en la cabeza, esto es, destruirá todas sus tácticas y todos sus poderes, y trastornará totalmente su reino y sus intereses. Cristo frustró las tentaciones de Satanás; con su muerte, asestó un golpe mortal al reino del diablo, una herida en la cabeza de esta bestia, que nunca será curada.
Versículo 16
La sentencia pronunciada sobre la mujer por su pecado.
I. Es puesta aquí en un estado de pesadumbre, del cual sólo un detalle se especifica, el de criar hijos; pero incluye pesar y miedo. Nótese que el pecado trajo pesadumbre al mundo; si no hubiésemos conocido la culpa, no habríamos conocido el pesar. No es extraño que se aumenten nuestros dolores cuando se aumentan nuestros pecados, porque ambos comprenden innumerables clases de males. Los dolores de procrear y criar hijos se multiplican y si los hijos salen malvados e insensatos, resultan ser una carga, más que nunca, para aquella que los dio a luz.
II. Esposas, sed sumisas a vuestros maridos (Ef. 5:22) Pero la entrada del pecado ha hecho de este deber un castigo, que de otro modo no habría existido. Si Eva no hubiese comido del fruto prohibido ni hubiese tentado a su marido a comer también de él nunca habría podido quejarse de su sujeción por tanto, aunque resulte duro, nunca debería nadie quejarse de ello, antes bien, lo que debería ser motivo de queja es el pecado, que puso las cosas así. Aquellas esposas que no sólo desprecian y desobedecen a sus maridos, sino que hasta se enseñorean de ellos, no consideran que no solamente están violando una ley divina, sino que están también oponiéndose a una sentencia divina.
III. Observa aquí cómo, en esta sentencia, está mezclada la misericordia con la ira. La mujer tendrá dolores pero los tendrá al dar a luz hijos, y la angustia será olvidada por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo (Jn. 16:21). La sentencia no es una maldición como para arruinarla, sino un castigo para llevarla al arrepentimiento.
Versículos 17–19
La sentencia pronunciada contra Adán, precedida de un resumen de la causa.
I. Dios resalta su desagrado sobre Adán en tres aspectos:
1. Queda maldita, con esta sentencia, la morada terrenal de Adán. Maldito es el suelo de la tierra por tu causa; y el efecto de esta maldición es: Espinos y cardos te producirá. Los frutos buenos que la tierra pueda producir de aquí en adelante, habrán de ser extraídos mediante el ingenio y el esfuerzo del hombre. Sin embargo, esta sentencia alberga también su dosis de misericordia, porque: (A) Adán en persona no es maldecido como lo fue la serpiente (v. 14). Dios tenía bendiciones reservadas para él. (B) Adán queda aún por encima del suelo. La tierra no abre su boca para tragárselo, a pesar de que se ha degradado de su primitiva belleza y fructuosidad.
2. Todos sus quehaceres y deleites le quedan amargados.
A) Su trabajo será desde ahora fatigoso, pues habrá de comer su pan con el sudor de su rostro (v. 19). Su ocupación, antes de pecar, era para él un placer constante; el huerto estaba entonces bien aderezado sin fatiga ni dificultad. Si Adán no hubiese pecado, no habría sudado. El trabajo es un deber que debemos cumplir fielmente.
B) Su alimento será de aquí en adelante (compárese con su estado anterior) difícil y desagradable de conseguir. Con dolor (v. 17) y con el sudor de su rostro (v. 19), habrá de comerlo. Todos, incluso los más felices de este mundo, tendrán algunas mitigaciones para sus goces: ejércitos de enfermedades, desastres y mortandades, de diversas formas, entraron en el mundo con el pecado, y siguen saqueándolo. Pero, también en esta parte de la sentencia hay alguna dosis de misericordia. Sudará, pero su fatiga hará más acogedor su descanso; cuando vuelva a su tierra como a su lecho lo pasará mal, pero no se morirá de hambre; tendrá dolores, pero con este dolor comerá su pan, lo cual fortalecerá su corazón bajo sus penas.
3. Su vida también será corta. Teniendo en cuenta lo llenos de problemas que estarán sus días, le será un favor el que sean pocos. Pero, aunque la vida resulte desagradable, la muerte, tan terrible para la naturaleza humana, será la culminación de su sentencia: «Volverás a la tierra, porque de ella fuiste tomado»; tu cuerpo, esa parte de ti que fue tomada de la arcilla del suelo, volverá a su lugar de origen; porque eres polvo. «Tu cuerpo será abandonado por tu alma, y se convertirá en un montón de escombros; y será alojado en la tumba, que es el lugar que le corresponde, para que se mezcle con el polvo de la tierra» nuestro polvo (Sal. 104:29). La tierra, a la tierra; el polvo, al polvo. Nótese aquí que: (A) El
hombre es una vil y frágil criatura, pequeña como polvo, el insignificante polvo puesto en la balanza; ligera como polvo más leve que la leve vanidad; y débil como polvo, sin consistencia alguna; (B) Es una criatura mortal y moribunda. El hombre más grande no es más que una gran masa de polvo, y debe volver a la tierra; (C) El pecado introdujo la muerte en el mundo. Si Adán no hubiese pecado, no habría muerto (Ro. 5:12).
II. No debemos perder de vista esta sentencia pronunciada sobre nuestros primeros padres, sin haber antes considerado dos cosas: 1. Cuán aptamente están representadas las tristes consecuencias del pecado sobre el alma de Adán y sobre su raza pecadora. Aunque sólo se mencionan las miserias que afectan al cuerpo, sin embargo eran una muestra de las miserias espirituales, y así la maldición entró en el alma. (A) Los dolores de parto de una mujer representan los terrores y angustias de una conciencia culpable, despertada al sentimiento del pecado. (B) El estado de sujeción al que la mujer quedó reducida representa la pérdida de la libertad espiritual y el deterioro del libre albedrío, que son efecto del pecado. (C) La maldición de esterilidad pronunciada sobre la tierra y su consiguiente producción de espinos y cardos son una representación adecuada de la esterilidad para todo lo bueno y de la fertilidad para todo lo malo que son las condiciones de un alma corrupta y pecadora. (D) La fatiga y el sudor nos hablan de la dificultad que el hombre experimenta, a causa de la debilidad de la carne, en el servicio de Dios y en el ejercicio de la piedad.
2. Cuán admirablemente dio la réplica a esta sentencia pronunciada contra nuestros primeros padres la satisfacción que el Señor Jesús realizó mediante sus sufrimientos y su muerte. (A) ¿Entraron con el pecado dolores de parto? Leemos en Isaías 53:11 de la aflicción del alma de Cristo. (B) ¿Vino con el pecado la sujeción? Cristo fue puesto bajo la ley (Gá. 4:4). (C) ¿Llegó con el pecado la maldición? Cristo fue hecho por nosotros maldición, murió de una muerte maldita (Gá. 3.13). (D) ¿Entraron con el pecado las espinas? Él fue coronado de espinas por nosotros. (E) ¿Entró con el pecado el sudor? Él sudó por nosotros como grandes grumos de sangre. (F) ¿Vino con el pecado el dolor? Él fue varón de dolores; su alma estaba, en su agonía, abrumada de una tristeza mortal. (G) ¿Entró con el pecado la muerte? Él se hizo obediente hasta la muerte. Así, el vendaje curativo resulta más ancho todavía que la herida producida por el pecado. ¡Bendito sea Dios por nuestro Señor Jesús!
Versículo 20
Habiéndole puesto Dios al hombre el nombre de Adán, que significa tierra rojiza, Adán le puso ahora a la mujer el nombre de Eva, que quiere decir vida. Así Adán lleva el nombre del cuerpo mortal; Eva, del alma viviente. La razón es: porque era ella madre de todos los vivientes, es decir, de toda la humanidad futura. Antes la había llamado Ishah = varona, en su función de esposa, ahora la llama Eva = vida, en su función de madre. Ahora bien: 1. Si esto se hizo por dirección divina, fue una muestra del favor de Dios, y un sello de su pacto con la humanidad y una seguridad que les otorgaba del carácter irreversible de aquella bendición que les dio en un principio: Fructificad y multiplicaos. Era igualmente una confirmación de la promesa hecha ahora, de que la simiente de la mujer, de esta mujer, habría de herir y aplastar la cabeza de la serpiente. 2. Si lo hizo Adán de su propia iniciativa, fue una señal de su fe en la palabra de Dios: (A) En la bendición que incluía un perdón, al dejar con vida a tales pecadores para que fueran los padres de todo viviente; (B) En la bendición que incluía la promesa de un Redentor, la simiente prometida, a la cual parecía aludir Adán, al llamar a su mujer Eva, madre de todos los vivientes, precisamente cuando acababa de constituirse, por el pecado, en madre de todos los mortales.
Versículo 21
Un ejemplo más del cuidado de Dios con relación a nuestros primeros padres, a pesar de su pecado. Aunque impone un correctivo a sus desobedientes hijos, sin embargo no los deshereda, sino que, como un tierno padre, les provee de sustento en las plantas del campo, y de vestido con túnicas de pieles. Tenemos que ser agradecidos a Dios, no sólo porque nos proporciona alimento, sino también porque nos procura vestido (Gn. 28:20). La lana y el lino son suyos, tanto como el trigo y el vino (Os. 2:9). Adán y Eva se habían cosido, o trenzado, delantales de hojas de higuera, una cobertura demasiado estrecha para envolverse (Is. 28:20). Así son todos los trapos de nuestra propia justicia. Pero Dios les hizo túnicas de
pieles, amplias, fuertes, duraderas, y adecuadas; tal es la justicia de Cristo. Por tanto, revestíos del Señor Jesucristo.
Versículos 22–24
Una vez pronunciada la sentencia contra los ofensores tenemos aquí la ejecución parcial de la misma, realizada en ellos inmediatamente.
I. Cuán justamente aparecen ahora en desgracia y vergüenza delante de Dios y de los santos ángeles con esa frase divina, mezcla de amargura y de ironía, respecto al triste resultado de su pecaminosa ambición: ¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal! Vaya, qué buen aspirante a dios! Esto lo dijo Dios para despertarles y humillarles, trayéndoles a tomar conciencia de su pecado y locura, así como a un sincero arrepentimiento. De esta manera, Dios llena sus rostros de vergüenza, para que busquen su nombre (Sal. 83:16). Los pone en confusión para su conversión.
II. Cuán justamente fueron desechados y expulsados del paraíso.
1. La razón por la cual echó Dios al hombre fuera del paraíso. No fue sólo porque había extendido su mano y había tomado del árbol del conocimiento, sino también para que no alargara otra vez su mano y tomase también del árbol de la vida y pudiera después pavonearse de vivir para siempre. Con lo primero Adán cayó en pecado al desobedecer a Dios; con lo segundo, hubiese intentado hacer nula la sentencia de muerte que Dios había Pronunciado contra él. Por cierto, un pecador rebelde, si lograse hacerse inmortal, sería un monstruo y el permanente terror del Universo.
2. El método que Dios adoptó para expulsar y excluir del paraíso a nuestros primeros padres. Los echó fuera y los retuvo fuera.
A) Los echó fuera, del huerto delicioso al terreno comunal. Esto indicaba su exclusión, y la de toda su raza, de la comunión con Dios, que era el gozo y la gloria del paraíso. Su relación con Dios quedó derogada y perdida, y aquella comunicación que había sido establecida entre el hombre y su Hacedor fue interrumpida y quebrantada. Pero, adónde lo envió al expulsarlo del Edén? Justamente podía haberlo echado fuera del mundo (Job 18:18), pero sólo lo echó fuera del huerto. El hombre fue enviado a cultivar la tierra de la que había sido tomado. Fue enviado a un lugar de trabajo, no a un lugar de tormento. Fue echado a la tierra no a la tumba; al taller, no a la cárcel; a empuñar un arado, no a arrastrar una cadena. Su trabajo en el campo sería recompensado con el comer de sus frutos, y su continua relación con la tierra de donde había salido tenía por objetivo mejorarle hacerle humilde y recordarle el fin de su vida. Nótese, pues, que, aun cuando nuestros primeros padres fueron excluidos de los privilegios de su estado de inocencia no fueron dejados en la desesperación, pues los amorosos designios de Dios les proporcionaron un segundo estado de prueba bajo nuevas condiciones.
B) Los retuvo fuera, privándoles de toda esperanza de volver al paraíso, pues puso al oriente del huerto del Edén un destacamento de querubines, huestes de Dios armados de un poder terrible e irresistible, para guardar el camino que conducía al árbol de la vida, de modo que no pudiesen forzar la entrada y tomar por asalto el fruto del árbol. Con esto se le intimaba a Adán: (a) Que Dios estaba disgustado con él, (b) que los ángeles estaban en guerra con él; no había paz posible con las huestes celestiales, mientras él estuviese en rebelión con el Señor de ellas y nuestro. (c) Que el camino al árbol de la vida estaba cerrado, a saber, el camino de la inocencia inmaculada en el que fue puesto el ser creado y por el que paseaba antes del pecado. Desde aquel momento en adelante resultaba inútil para él y para los suyos esperar vida, justicia y felicidad en virtud del primer pacto, pues estaba irreparablemente roto. Todos estamos perdidos si se nos juzga por aquel primer pacto. Dios le reveló a Adán esto, no para inducirle a desesperación, sino para reanimarle y obligarle a buscar la vida y la felicidad en la simiente prometida por quien había de ser retirada la espada flamígera. Dios y sus ángeles se reconcilian con nosotros cuando, por la obra de la Cruz, es consagrado y puesto delante de nosotros un camino nuevo y vivo al Lugar Santísimo.
En este capítulo vemos al mundo dentro de una sola familia. Y así como toda la humanidad estaba representada en Adán, así vemos ahora la gran distinción de santos y pecadores representados quí por Abel y Caín respectivamente, y se nos da un temprano ejemplo de la enemistad que recientemente había sido establecida entre la simiente de la mujer y de la serpiente. Vemos:
I. El nacimiento, nombres y oficios de Caín y de Abel (vv. 1–2). II. Su relación con Dios, y los diferentes efectos en uno y en otro (v. 3a). III. El enfado de Caín con Dios, y el reproche consiguiente de Dios (vv. 5–7). IV. Caín asesina a su hermano, y Dios le procesa por tal crimen (vv. 8–16). V. Familia y posteridad de Caín (vv. 17–24). VI. Nacimiento de otro hijo de Adán y de otro nieto (vv. 25–26).
Versículos 1–2
Adán y Eva tuvieron muchos hijos e hijas (5:4). Pero la historia bíblica se centra en Caín y Abel.
I. Los nombres de estos hijos. 1. Caín significa posesión; pues Eva, al darlo a luz, dijo con gozo, gratitud y gran expectación: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Obsérvese que los hijos son regalo de Dios, y hemos de reconocerle como formador de nuestras familias. Se duplica y se santifica el gozo y la ayuda que nos proporcionan cuando los vemos como venidos de las manos de Dios, quien no abandonará la obra y el regalo de sus propias manos. 2. Abel significa resuello, como si ya indicase que su vida iba a ser tan breve como el tiempo de una alentada; ¿o quizá le puso ese nombre su madre, por estar ya tan satisfecha de haber obtenido varón en Caín, que este otro le parecía una cosa vana?
II. Los oficios de ambos. 1. Ambos tuvieron un llamamiento.
Dios había dado al padre de ellos, cuando aún se hallaban en estado de inocencia, un quehacer que cumplir, y a ellos también les daba el suyo. Nótese que es la voluntad de Dios que cada uno de nosotros tenga algo que hacer en este mundo. Los padres deben criar a sus hijos para algún quehacer. «Dadles una Biblia y un oficio (decía el bueno de Mr. Donald), y Dios sea con ellos.» 2. Sus oficios eran diferentes, para que pudiesen intercambiarse los respectivos productos, como era menester en aquellas circunstancias. Los miembros del cuerpo social tienen necesidad unos de otros, y el mutuo amor se mantiene con el mutuo intercambio de bienes. 3. Sus oficios correspondían al trabajo del hombre de campo, que era la profesión de su padre. 4. Abel, aunque era el más joven de los dos, aparece como el primero en tomar oficio, y probablemente su ejemplo atrajo a Caín a hacer otro tanto. 5. Abel escogió el oficio más favorable para la contemplación y la devoción, pues así ha sido siempre considerada la vida pastoril.
Versículos 3–5
I. Las devociones de Caín y Abel. Andando el tiempo, Caín y Abel presentaron ante Adán el sacerdote nato de la familia, cada uno una ofrenda a Jehová. Dios probaría así la fe de Adán en la promesa y su obediencia a la ley medicinal, estableciendo así una comunicación ulterior entre el cielo y la tierra y ofreciendo como sombras de los bienes venideros. Nótese aquí: 1. Que el culto religioso a Dios no es una invención tardía, sino una institución primitiva. Es lo que existía desde el principio (1 Jn. 1:1); es el antiguo buen camino (Jer. 6:16). 2. Que es cosa buena el que los hijos sean bien educados cuando son jóvenes, y acostumbrados a los servicios religiosos, para que, cuando sean capaces de actuar por sí mismos, puedan, de su propia iniciativa, presentar ofrendas a Dios. 3. Que cada uno debe honrar a Dios con lo que posee, según Dios le haya prosperado. 4. Que los hipócritas y los malhechores pueden llegar tan lejos como los mejores hijos de Dios en los servicios exteriores de la religión. Caín trajo una ofrenda, lo mismo que Abel; más aún, Caín es mencionado primero, como si se hubiese adelantado a ofrecerla. También el fariseo y el publicano estaban orando al mismo tiempo en el templo (Lc. 18:10).
II. Los diferentes resultados de sus respectivas devociones. Lo primero que se requiere en todos los actos de religión es la aceptación de Dios; nuestra prisa es correcta, si alcanzamos ese objetivo; pero vana
es nuestra adoración, si falta ese requisito (2 Co. 5:9). Dios miró con agrado a Abel a su ofrenda, y le mostró su aceptación, probablemente mediante fuego enviado del cielo; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda de él.
1. Había una diferencia en los caracteres de los oferentes. Caín era un malvado y, por tanto, su sacrificio era una vana ofrenda (Is. 1:13). Dios no veía con agrado su persona y, por ello, no miraba con agrado su ofrenda. Pero Abel era recto; es llamado Abel el justo (Mt. 23:35); su corazón era recto y piadosa su vida. Dios le miró con agrado como a hombre santo y, por tanto, a su ofrenda como a santa ofrenda.
2. Había diferencia en las ofrendas presentadas. Expresamente se dice (He. 11:4) que Abel ofreció más excelente sacrificio que Caín: o (A) en la naturaleza del sacrificio, o (B) en las cualidades de la ofrenda. Caín ofreció del fruto de la tierra lo primero que le vino a mano, ejemplo de su desdén. Pero Abél tomó empeño para escoger su ofrenda: no lo defectuoso, no lo mezquino, no lo de desecho sino de los primogénitos de sus ovejas—lo mejor que tenía—y de lo más gordo de ellas—lo mejor de lo mejor.
3. La gran diferencia fue que Abel ofreció con fe; Caín, no. Había una gran diferencia en el principio que animaba a uno y a otro. Abel ofrecía con la vista puesta en la voluntad de Dios como norma suya, y en la gloria de Dios como objetivo final, mientras que Caín lo hacía sólo por seguir la corriente o por salvar su prestigio, no por fe, y así resultaba en pecado. Abel era humilde y contrito, Caín, altivo y complaciente; dentro de él anidaba la autoconfianza.
III. Desagrado de Caín ante la diferencia que Dios hacía entre su sacrificio y el de Abel. Caín se puso muy furioso, lo cual se le reflejó bien en su semblante. Este furor habla por sí mismo: 1. De su enemistad con Dios. Debió haber estado furioso consigo mismo por su propia infidelidad e hipocresía, por la cual había perdido el agrado de Dios. Nótese que es señal cierta de un corazón altivo el altercar con los reproches que, por nuestro pecado, hemos traído sobre nosotros. 2. De la envidia hacia su hermano. Concibió contra él un odio como contra un enemigo. Observa: (A) Que es propio de quienes se han hecho indignos del favor de Dios el indignarse contra los que se conservan dignificados por dicho favor. Los fariseos iban por este camino de Caín, cuando no entraban ellos mismos en el reino de Dios ni permitían hacerlo a los que entraban (Lc. 11:52). (B) La envidia es un pecado que, de ordinario, lleva consigo su propio castigo en el pudrimiento de los huesos.
Versículos 6–7
Dios razona aquí con Caín para convencerle del pecado y de la locura de su furia y de su descontento, y para traerle de nuevo al buen genio, para evitar así que la corriente del pecado siga su curso maligno. De modo parecido argüía con el hijo mayor el padre del hijo pródigo (Lc. 15:28 y ss.).
I. Dios interroga a Caín sobre la causa de este descontento: ¿Por qué ha decaído tu semblante? Observa: 1. Que Dios se percata de todas nuestras emociones y pasiones pecaminosas. 2: Preguntémonos: «¿Por qué me pongo furioso? ¿Hay alguna causa real, justa, proporcionada, para ello? ¿Por qué me enfurezco tan pronto?»
II. Para traer de nuevo a Caín a su buen sentido, se le demuestra aquí:
1. Que no tiene ninguna razón para estar enfadado con Dios.
A) Dios pone delante de Caín vida y bendición: o (a) «Si hubieses obrado bien, como tu hermano, habrías sido aceptado, como lo fue él», o (b) «Si en lo sucesivo obras bien, si te arrepientes de tu pecado, reformas tu corazón y tu vida, y ofreces tu sacrificio de mejor manera, serás todavía aceptado, tu pecado será perdonado, y tu bienestar y honor restaurados; todo marchará bien». Mira cuán temprano fue predicado el Evangelio, y fueron ofrecidos sus beneficios, incluso a uno de los mayores pecadores.
B) Dios pone delante de él muerte y maldición: «Si no vas a obrar bien, si persistes en esa ira y, en vez de humillarte delante de Dios, te endureces contra Él, el pecado está a la puerta», esto es, (a) otro pecado más. «Ahora que el enojo está en tu corazón, el homicidio está a la puerta.» O (b) el castigo del pecado. Tan emparentado está el castigo con el pecado, que una sola palabra expresa ambos en hebreo. Cuando el pecado se aloja dentro de casa, la maldición está a la puerta, como un alguacil, presto a arrestar
al pecador dondequiera que se meta. A la puerta está el pecado consumado, cuando ha sido concebido en el corazón (Stg. 1:15). Por consiguiente, Caín no tenía ninguna razón para estar enojado con Dios, sino sólo contra sí mismo.
2. Que no tiene ninguna razón para estar enojado con su hermano. No es su hermano el que lo ha puesto en esta situación de enfado, sino su propia envidia, su orgullo, la maldad de su propio corazón. Es cierto que el pecado está a la puerta, como una fiera hambrienta que se acuesta a la puerta acechando a que su víctima vaya a salir, para abalanzarse sobre ella. Alimentar el fuego de una pasión es como preparar la presa para los más terribles asaltos de una fiera, pero, por mucho que las pasiones asalten el corazón humano, están sujetas a nuestro deseo consciente. Nuestro corazón es una fortaleza que sólo puede ser tomada cuando se rinde voluntariamente desde dentro, por falta de decisión de seguir luchando.
Versículo 8
El asesinato de Abel, que puede considerarse desde dos puntos de vista:
I. Como pecado de Caín; así fue un pecado de color escarlata, un crimen de primera magnitud. Véase en él: 1. El acto de Adán de comer del fruto prohibido parece, en comparación un pecado pequeño, pero fue el pecado de Adán el que abrió la puerta a este horroroso crimen. 2. Es un fruto de la enemistad que hay en la simiente de la serpiente contra la simiente de la mujer. Tan temprano, el que era según la carne perseguía al que era según el Espíritu (Gá. 4:29). 3. Mira también lo que procede de la envidia, del odio, de la malicia y de toda falta de amor; si se les presta calor y cobijo dentro del alma, pronto surge el peligro de que el ser humano se vea envuelto en el horrible crimen del asesinato. Muchos eran los agravantes del pecado de Caín. (A) Fue a su propio hermano a quien mató, a su hermano menor, a quien debía haber protegido. (B) Fue a un buen hermano, que nunca le había hecho ningún daño. (C) Dios mismo le había prevenido contra lo que podía ocurrir; sin embargo, él había persistido en su bárbaro propósito. (D) Cubrió el crimen con capa de amistad y amabilidad: «Salgamos al campo»—dijo a su hermano. La paráfrasis caldea añade que Caín sostenía que no había juicio venidero ni un estado futuro, y que, cuando Abel tomó la Palabra en defensa de la verdad, Caín aprovechó la ocasión para lanzarse sobre él. Sin embargo: (E) Lo que la Escritura nos señala como razón por la cual lo mató, es una evidente agravante del asesinato; fue porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas (1 Jn. 3:12). Más aún (F) al matar a su hermano, asestó un golpe a Dios mismo; odiaba a Abel, porque Dios le amaba.
II. Como padecimiento de Abel. La muerte reinaba desde que Adán pecó, pero hasta ahora no habíamos leído de nadie que hubiese caído al filo de su guadaña; y ahora: 1. El primero que muere es un santo, uno que era aceptado y amado por Dios. El primero que fue a la tumba, fue también a la presencia de Dios. Más aún: 2. El primero en morir es un mártir, pues muere por su religión. La muerte de Abel no sólo no comporta maldición, sino que produce coronación.
Versículos 9–12
El juicio y la condenación del primer homicida.
I. El emplazamiento de Caín: Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Le pregunta para sacarle una confesión de su crimen, pues todos los que quieran ser justificados ante Dios deben acusarse a sí mismos, y los que están verdaderamente arrepentidos lo harán así.
II. Declaración de Caín: Alega no ser culpable, y añade a su crimen rebelión. Pues: 1. Se esfuerza en cubrir un asesinato deliberado con una mentira deliberada: No sé. Así, en Caín, el diablo se manifiesta homicida y mentiroso desde el principio. Son extrañamente ciegos los que piensan que es posible ocultar sus pecados a un Dios que todo lo ve, y son también extrañamente duros los que piensan que es deseable ocultarlos a un Dios que perdona sólo a los que los confiesan. 2. Imprudentemente acusa a Dios, su Juez de necedad e injusticia al hacerle la siguiente pregunta: ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Debería haberse humillado y haber dicho: ¿Acaso no soy yo el asesino de mi hermano? Algunos piensan que se refiere a Dios y a Su providencia, como si dijese: «¿No eres tú su guarda? Si no se le encuentra, será tuya la culpa y no mía, pues nunca pensé tenerlo a mi cargo.» Nótese que los que se desinteresan de los
asuntos de sus hermanos, y no se cuidan de ellos cuando tienen oportunidad, para impedir que sufran daño en sus vidas, bienes o buen nombre, y especialmente en sus almas, están hablando realmente el lenguaje de Caín (v. Lv. 19:17; Fil. 2:4).
III. Caín queda convicto de su pecado (v. 10): La evidencia contra ti es clara e incontestable: «La voz de la sangre de tu hermano clama». Dios se expresa como si la sangre misma fuese, a la vez, testigo y demandante, antes de que el propio conocimiento de Dios testificase contra él. Observa aquí: 1. El homicidio es un pecado que clama más que ningún otro. Los que sufren con paciencia claman por perdón (Padre, perdónales), pero su sangre (exceptuando la de Cristo) clama por venganza. 2. Leemos que la sangre de Abel clamaba desde la tierra … que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano (v. 11). 3. En el original está en plural, las sangres de tu hermano, como si dijera: no sólo su sangre, sino la de todos que podían haber descendido de él. ¡Cuán bueno es para nosotros el que la sangre de Cristo hable mejores cosas que la de Abel (He. 12:24)! La sangre de Abel clamaba por venganza; la de Cristo clama por perdón.
IV. La sentencia pronunciada contra Caín: Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra (v. 11).
1. Él es maldito. La maldición por la desobediencia de Adán recayó directamente sobre la tierra: Maldita será la tierra por tu causa; pero la maldición por la rebelión de Caín recayó directamente sobre él: Maldito seas tú. Todos hemos merecido esta maldición, y es sólo en Cristo como los creyentes son salvos de ella y heredan la bendición (Gá. 3:10, 13).
2. Es maldito de la tierra. Caín encontró su castigo donde escogió su porción y afincó su corazón. Dos son las cosas que esperamos de la tierra y, con esta maldición las dos son negadas a Caín y arrebatadas de él: el sostenimientó y la residencia. (A) Aquí le es retirado el sostenimiento que ofrece la tierra. Es una maldición que recae sobre su bienestar y sobre su amor al oficio, en particular: Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza. (B) Le es negada también una residencia fija en la tierra: Errante y extranjero serás en la tierra. Con esto, quedaba condenado (a) a perpetua desgracia y reconvención entre los hombres (b) a perpetua inquietud y horrorosa ansiedad en su propia mente. Su conciencia culpable habría de perseguirle dondequiera que fuese, hasta hacerle Magor-missabib, que se traduce terror en derredor. ¿Qué descanso, qué lugar seguro, pueden encontrar quienes andan cargados en su interior de sus propias confusiones inquietantes por dondequiera que van? Por fuerza tienen que ser fugitivos quienes andan así de agitados.
Ésta fue la sentencia pronunciada contra Caín, y aun en ella había mezcla de misericordia, por cuanto no fue inmediatamente cortado de la existencia, sino que se le dio lugar y tiempo para arrepentirse; porque Dios es paciente para con nosotros, no queriendo que nadie perezca (2 P. 3:9).
Versículos 13–15
Algo más sobre el proceso seguido contra Caín.
I. La queja de Caín por la sentencia pronunciada contra él, como dura y severa. Algunos piensan que habla el lenguaje de la desesperación. Hay perdón de parte del Dios de los perdones por los mayores pecados y para los mayores pecadores; pero se lo pierden los que desesperan de él. Hace poco, Caín tenía en nada su pecado, pero ahora se va al otro extremo. Satanás se las arregla para arrastrar a sus vasallos de la presunción a la desesperación. Piensa Caín que se le trata con rigor cuando realmente se le trata con favor: se queja de su mal, cuando tantas razones tiene para maravillarse de estar fuera del Infierno. Y, para justificar su queja, Caín comenta amargamente sobre su sentencia. 1. Por ella, se ve a sí mismo excluido del favor de su Dios. 2. Se ve expulsado de todas las comodidades de esta vida y concluye que siendo un fugitivo, es arrojado hoy de la faz de la tierra. 3. Se ve a sí mismo expuesto al odio y a la mala voluntad de toda la humanidad: Sucederá que cualquiera que me encuentre, me matará. Por dondequiera que esté vagando, su vida está en peligro; al menos, así lo cree él; y, a semejanza de un deudor insolvente, piensa que cualquiera que se encuentre con él, será un alguacil. Todos cuantos vivían entonces en la tierra eran parientes próximos suyos; sin embargo, precisamente de ellos tiene miedo; y justamente, pues él se había portado horriblemente con su hermano. Contempla a la creación armada contra él.
II. Confirmación de Dios añadida a la sentencia, pues cuando Él juzga, siempre vence (v. 15). 1. Obsérvese cómo es protegido Caín de la ira por medio de esta declaración notificada, según podemos suponer, a todo aquel pequeño mundó a la sazón existente: Cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado, porque, si Caín no es protegido de la muerte violenta, la sentencia pronunciada contra él (que sería errante y extranjero) quedaría sin efecto. Al decir Dios en el caso de Caín: Mía es la venganza, yo pagaré, hubiese sido una atrevida usurpación por parte de cualquier hombre el quitarle a Dios la espada de la mano. 2. Jehová puso señal en Caín, para distinguirle del resto de la humanidad y para que, con esta señal de protección, no lo matase cualquiera que le hallara, sino que cumpliese la condena que Dios le había impuesto.
Versículos 16–18
Sigue el relato de la historia de Caín, después de ser rechazado por Dios.
I. Caín se sometió mansamente a la parte de la sentencia por la que el rostro de Dios le quedaba oculto; pues (v. 16) salió de delante de Jehová, esto es, voluntariamente renunció a buscar el rostro de Dios y a la religión, y se sintió satisfecho de verse privado de sus privilegios, con tal de no estar bajo sus preceptos. Salió pues, Caín, de la presencia de Dios, y en ningún otro lugar encontramos que volviese de nuevo a ella para su bien.
II. Se esforzó en contrarrestar la parte de la sentencia por la cual había sido hecho errante y fugitivo; porque:
1. Escogió una tierra donde habitar, al oriente del Edén, a cierta distancia del lugar en que sus padres habían residido. Pero su intención de fijar residencia resultó vana, pues la tierra en que habitó resultó para él ser tierra de Nod (que significa: de sacudir o temblar), quizá por la continua inquietud y angustia de su propio espíritu. Nótese que los que se apartan de Dios no pueden encontrar reposo en ninguna parte.
2. Edificó una ciudad, un pequeno villorrio, para residencia fija de su familia (v. 17), sabedor personalmente de lo que significaba errar sin techo que cobije. (A) Algunos ven en este empeño un desafío a la sentencia divina. Dios le dijo que sería errante y extranjero en todas partes. Si se hubiese arrepentido y humillado esta maldición podía haber sido transformada en bendición. (B) Véase qué escogió Caín, después de abandonar a Dios. Trató de establecerse en este mundo, como lugar de su perpetuo descanso. (C) Véase asimismo qué método empleó para defenderse de los terrores de que se veía constantemente perseguido. Acometió la empresa de edificar esa ciudad, para apartar sus pensamientos de la consideracion de su miseria, y para ahogar los gritos de una conciencia culpable con el ruido de las hachas y de los martillos. De manera semejante, hay muchos que eluden sus remordimientos lanzándose al apresurado tráfago de los negocios mundanos. (D) Véase finalmente que, a menudo, la gente mala toma la delantera a los hijos de Dios y les aventaja en prosperidad exterior. Caín y su maldita parenteta habitaron en una ciudad mientras Adán y sus otros descendientes vivían en tiendas de cámpaña.
3. También levantó una familia. Aquí tenemos un breve relato de su posteridad, al menos los primogénitos de su familia, durante el curso de siete generaciones.
Versículos 19–22
Algunos detalles concernientes a Lamec, el séptimo desde Adán por la línea de Caín.
Aunque pecó al tomar para sí dos mujeres, con todo fue bendecido con hijos de las dos, y algunos de ellos fueron muy famosos en su generación, no por su piedad, sino por su ingenio. No sólo fueron hombres de negocios para sí mismos, sino también de servicio para el mundo y eminentes por la invención, o al menos el progreso, de algunas artes útiles. 1. Jabal fue un pastor famoso. 2. Jubal fue un famoso músico, y particularmente un organista y el primero que dio reglas para el noble arte (y ciencia) de la música. Luego que Jabal les puso en camino de hacerse ricos, Jubal les puso en camino de sentirse alegres. Así Jabal fue para ellos como el dios Pan, y Jubal fue su Apolo. 3. Tubalcaín fue un famoso artífice que hizo avanzar notablemente el arte de trabajar el bronce y el hierro, para bien del negocio y de la guerra. Así que éste fue su Vulcano. También los que están destituidos de la gracia y del conocimiento de Dios pueden estar adornados de muchas cualidades y de excelentes y útiles realizaciones, que les
proporcionen fama a ellos, y provecho a su generación. Dones de esta clase se encuentran con frecuencia en gente malvada, mientras que Dios escoge para sí lo necio del mundo (1 Co. 1:27).
Versículos 23–24
En este discurso, que aquí se nos refiere, y del cual se habló mucho, con toda probabilidad, en aquellos tiempos, Lamec se manifiesta como un hombre todavía más perverso, como lo eran los de la maldita raza de Caín, por lo general. Él mismo se atribuye una condición fiera y cruel, por la que siempre se mostraba inmisericorde y presto a matar a todo aquel que se cruzase en su camino. Sus mujeres, al saber el genio que tenía y cuán presto estaba siempre a provocar y a responder a la provocación, temían que alguien le causara la muerte. «Miedo nunca—venía a decirles él—; desafío a cualquiera a que se enfrente conmigo; si alguien se atreve, dejadme solo, que ya tomaré buena cuenta de él; sea joven o viejo, lo tengo de matar.»
Versículos 25–26
Ésta es la primera mención de Adán en este capítulo, si se tiene en cuenta que en el primer versículo, la traducción mejor sería: Conoció el hombre … No cabe duda de que el asesinato de Abel y la impenitencia y apostasía de Caín eran para él y para Eva una tremenda pesadumbre. Pero aquí aparece algo que sirvió de alivio a nuestros primeros padres en medio de su aflicción.
I. Dios les concedió ver la reconstrucción de su familia, sacudida y debilitada por tan tristes sucesos. Porque: 1. Tuvieron un nuevo vástago, otro hijo en lugar de Abel (v. 25). Observa la benignidad de Dios y su ternura hacia su pueblo, en su providencia para con ellos; cuando les arrebata algo valioso, les da otra cosa en su lugar, la cual puede resultarles en una bendición mayor que aquella otra a la que pensaban que sus vidas estaban estrechamente ligadas. Quienes matan a los siervos de Dios esperan que así van a acabar con los santos del Altísimo; pero se engañan. Cristo verá aún su linaje; Dios puede levantarle hijos hasta de las piedras, y hacer que, como decía Tertuliano, la sangre de los mártires sea semilla de cristianos. A este hijo, con cierto espíritu de profecía, le llamó Adán Set, que significa fijar o situar, porque, en su simiente, la humanidad continuará hasta el fin de los tiempos, y de él habrá de descender el Mesías; mientras que Caín, el cabecilla de los apóstatas, es condenado a vagar errante, Set, el padre de los piadosos, es bendecido para ser establecido. Así, en Cristo y en su Iglesia, se encuentra la verdadera residencia. 2. Vieron la simiente de su simiente (v. 26), pues a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós, que, en la poesía hebrea, significa hombre.
II. Dios les concedió también ver el reavivamiento de la religión en su familia: Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová (v. 26). No es gran consuelo para una buena persona el ver a los hijos de sus hijos, si no ve igualmente «paz sobre Israel», y a sus descendientes andar en la verdad. 1. Los adoradores de Dios comenzaron a aguijonearse para hacer en materia de religión algo más de lo que habían hecho hasta entonces. Ahora comenzaron a adorar a Dios, no sólo en privado y en familia, sino en público y en asambleas solemnes. 2. Los adoradores de Dios comenzaron a distinguirse así de los demás, pues la frase puede traducirse también de la siguiente manera: Entonces comenzaron los hombres a llamarse por el nombre de Jehová.
Breve resumen de la descendencia de Adán por la línea de Set, hasta llegar a Noé. Toda Escritura al ser inspirada por Dios, es útil, pero no toda es útil en el mismo grado.
Versículos 1–5
Las primeras palabras de este capítulo son como el título o argumento de todo el capítulo: Éste es el libro de las generaciones de Adán. La genealogía comienza por Adán mismo.
I. Su creación (vv. 1–2), donde encontramos un breve resumen de lo que se nos refirió anteriormente acerca de la creación del hombre. Obsérvese aquí: 1. Que Dios creó al hombre. El hombre no es su propio hacedor, por tanto no puede ser su propio señor, sino que el Autor debe ser el director de sus impulsos y el centro de ellos. 2. Que hubo un día en que Dios creó al hombre, no existió desde la eternidad, sino desde ayer, por decirlo así. 3. Que Dios lo hizo a su propia imagen—inteligente, dominador moral—; le hizo «recto» (Ec. 7:29)—sencillo—y, por tanto, feliz. 4. Que Dios los creó varón y hembra (v. 2), para ayudarse mutuamente, así como para preservación y aumento de la especie humana.
II. El nacimiento de su hijo Set (v. 3). Lo más digno de observación aquí en relación con Set es que Adán lo engendró a su semejanza, conforme a su imagen. Adán fue hecho a imagen de Dios; pero, cuando ya estaba caído y echado a perder, engendró un hijo a su propia imagen.
Versículos 6–20
Todo lo que el Espíritu Santo creyó conveniente que quedase registrado respecto a cinco patriarcas de antes del diluvio: Set, Enós, Cainán, Mahalalel y Jared. Nada se nos dice de ellos en particular, pero tenemos buenas razones para suponer que fueron hombres eminentes en su día, tanto por su prudencia como por su piedad.
I. De cada uno de ellos, excepto de Enoc se nos dice: «y murió». Al nombrar los años de sus respectivas vidas, ya está implícito que sus vidas llegaron a su fin al término de dichos años; sin embargo, se repite una y otra vez «y murió», para mostrar que la muerte pasó a todos los hombres. El uno sería un hombre muy fuerte, pero murió; el otro sería un hombre grande y rico, pero murió; otro sería un gran político o científico, pero murió; y aun otro sería muy buen hombre, quizá de muchísimo provecho para la sociedad, pero murió.
II. Lo más notable es que todos ellos vivieron muchísimos años. Una vida tan larga fue para los primeros patriarcas una bendición y haría de muchos de ellos bendición para los demás.
Versículos 21–24
El relato cubre aquí muchas generaciones sin nada digno de nota, y sin otra variación que la de los nombres y las cifras de los años, pero, al fin, llega uno que no puede ser pasado por alto sino que es digno de mucha consideración y éste es Enoc séptimo desde Adán por la línea de Set, y bisabuelo de Noé; podemos suponer que los demás se comportaron virtuosamente, pero éste los sobrepasó a todos, y fue la estrella más brillante de la era patriarcal. Es poco lo que queda registrado de él, pero este poco es bastante para hacer muy grande su nombre, mucho más grande que el de aquel otro Enoc, que tuvo una ciudad dedicada a su nombre. Aquí hay dos cosas con respecto a él:
I. Su santa conducta en este mundo, la cual es mencionada dos veces: «Caminó Enoc con Dios» (vv. 22 24). Aquí tenemos, en esta sola frase, la naturaleza, el objetivo y el tenor de su conducta pues ella indica: 1. Una religión verdadera. En efecto, ¿qué es la piedad, sino caminar con Dios? Los impíos y profanos están sin Dios en el mundo (Ef. 2:12); andan por camino contrario al de Dios (Is. 55:8); pero los piadosos caminan con Dios, lo cual supone que están de acuerdo con Él—reconciliados con Él—pues, ¿cómo andarán dos juntos, si antes no se han puesto de acuerdo? (Am. 3:3). Caminar con Dios es tenerle siempre presente, y sentirnos siempre presentes a Él, actuando como quienes están ante la mirada constante de Dios. Es vivir una vida de comunión con Dios tanto en sus ordenanzas como en sus providencias. Es hacer de su Palabra nuestra norma, y de su gloria nuestro objetivo en todos nuestros actos. Es acomodarse a su voluntad conformarse con sus designios y ser colaboradores suyos. 2. Una religión eminente. Estaba enteramente muerto al mundo pues no sólo andaba detrás de Dios, como hacen todos los buenos, sino que andaba con Dios, como si estuviese ya en el Cielo. 3. Actividad en promover la piedad entre otros. Ejercitar el oficio de sacerdote se llama andar delante de Dios (1 S. 2:30, 35; Zac.
3:7). Parece como si Enoc fuese sacerdote del Dios Altísimo. Ahora bien, el Espíritu Santo, en vez de decir que Enoc vivió dice que anduvo con Dios, porque la vida de un hombre santo consiste en andar con Dios. Este era, (A) el quehacer de la vida de Enoc, y (B) el gozo y sostén de su vida.
II. Su glorioso traslado a un mundo mejor. Como no vivió igual que los demás, tampoco murió, como sucedió a los demás (v. 24): Desapareció, porque lo llevó Dios; esto es, como se nos explica en Hebreos 11:5, fue trasladado para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo trasladó Dios.
Cuando quiera que muere un hombre piadoso Dios le toma, le saca allí, y lo lleva a su presencia. La palabra de Dios añade que antes que fuese trasladado tuvo testimonio de haber agradado a Dios. Aquellos cuya conducta en el mundo es verdaderamente santa, hallarán que su traslado desde el mundo es verdaderamente feliz.
Versículos 25–27
Matusalén—nombre ya proverbial para expresar longevidad—es el hombre que más larga vida ha vivido en este mundo, según la Biblia: 969 años. Sin embargo, no llegó al número perfecto (1.000); al final del breve relato sobre él, la palabra de Dios añade el mismo estribillo: y murió; la muerte le llegó más despacio que a otros, pero le llegó con la misma seguridad que a otros.
Versículos 28–32
Primera mención de Noé, de quien leeremos mucho en los siguientes capítulos.
I. Su nombre y su significado: Noé significa descanso; sus padres le dieron este nombre con la esperanza de que habría de ser de mucha bendición para los de su generación.
II. Sus hijos, Sem, Cam y Jafet. Parece ser que Jafet era el mayor (10:21) pero Sem figura el primero, por la bendición especial de Dios sobre él (9:26), donde el hebreo dice: Bendito sea Jehová el Dios de Sem. Es probable que a él le fue transferido el derecho de primogenitura y, desde luego, de él había de descender el Mesías. Su nombre significa precisamente nombre («shem»), como si diese a entender que en su posteridad habría de permanecer siempre el nombre de Dios, hasta que saliese de sus lomos aquel cuyo nombre está sobre todo nombre; así que, al ser puesto Sem el primero, su descendiente, Cristo, fue puesto también el primero, para que en todo tenga la preeminencia.
Lo más notable registrado acerca del mundo antiguo es el relato de su destrucción mediante un diluvio universal, del que se nos comienza a informar a partir de este capítulo. Aquí vemos la corrupción general de aquel malvado mundo, la justa ira de Dios por ello y su propósito de acabar con él, con la sola excepción de Noé y su familia, ocho personas en total.
Versículos 1–2
Relato de dos cosas ocasionadas por la maldad del mundo antiguo: 1. El incremento de la población del mundo: Comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra. Esto era, en sí, el efecto de una bendición y de un mandato (1:28), pero, con la corrupción general de la humanidad, la bendición se había convertido en maldición. Cuantos más pecadores, tantos más pecados. Las enfermedades infecciosas son más destructivas en las ciudades más populosas, y el pecado se extiende como la lepra. 2. Los matrimonios mixtos (v. 2): Los hijos de Dios (esto es, los que profesaban la religión verdadera) tomaron por esposas a las hijas de los hombres (es decir, profanas extrañas a Dios y a la piedad). La posteridad de Set no se guardó a sí misma como debía haberlo hecho, sino que se mezclaron con la descendencia maldita de Caín: Tomaron para sí mujeres, y escogieron entre todas. ¿Qué es lo que se
echaba a faltar en estos matrimonios? (A) Hacían la elección de mujer a ojo: Vieron que eran hermosas, eso era todo lo que les importaba. (B) Pusieron por obra la elección que habían hecho sus corrompidos afectos. Así pasó que (C) ello tuvo fatales consecuencias para quienes se habían unido a mujeres profanas, en yugo desigual con los incrédulos (2 Co. 6:14). El malo corrompe al bueno antes que el bueno reforme al malo.
Versículo 3
Este versículo nos habla del desagrado de Dios.
I. La resolución de Dios de no contender por su Espíritu con el hombre para siempre. Nótese: 1. Que el Espíritu Santo contiende con los pecadores por medio de la convicción de pecado, advirtiéndoles por medio de su conciencia, para que se vuelvan a Dios y dejen el pecado. 2. Si el Espíritu es resistido, apagado y contrarrestado, aunque contienda por largo tiempo, no contenderá para siempre (Os. 4:17).
II. La razón de esta resolución: Porque ciertamente Él es carne, es decir, incurablemente corrompido, carnal y sensual. Nótese: 1. Es su naturaleza corrompida, y la inclinación de su alma hacia la carne, lo que se opone a la pugna del Espíritu y la vuelve ineficaz. 2. Nadie es desechado por el Espíritu, sino el que antes ha desechado al Espíritu.
III. No obstante, hay una prórroga: Serán sus días ciento veinte años, esto es, le quedan 120 años para arrepentirse, después de los cuales cumpliré mi resolución. Nótese que el tiempo de la paciencia y de la longanimidad de Dios para con los rebeldes pecadores es, a veces, largo, pero siempre es limitado; no es lo mismo prórroga que perdón.
Versículos 4–5
Un ulterior relato de la corrupción del mundo antiguo.
I. Las oportunidades que tenían para oprimir y hacer violencia. Eran gigantes y varones de renombre. 1. Corpulentos, como los hijos de Anac (Nm. 13:33). 2. De renombre, como el rey de Asiria (Is. 37:11). Nótese que los que tienen tanto poder sobre otros para oprimirlos, rara vez tienen tanto poder sobre sí mismos como para abstenerse de oprimir.
II. El cargo presentado y probado contra ellos (v. 5). ¿Qué es lo que Dios vio? 1. Observó todos los torrentes de pecado que fluían en las vidas de los hombres, y notó la anchura y profundidad de dichos torrentes. Los malvados eran hombres poderosos y de renombre; y, luego, vio Jehová que la maldad de tos hombres era mucha en la tierra. Nótese que la maldad de un pueblo es grande de veras cuando los más notorios pecadores son gente de renombre entre ellos. Grande es la maldad cuando los malvados son grandes. Nótese también que todos los pecadores son conocidos por Dios, el Justo Juez. 2. Observó el manantial del pecado que había en el corazón de los hombres. Cualquiera podía ver que la maldad de los hombres era mucha, porque ellos mismos lo declaraban como Sodoma; pero el ojo de Dios penetraba más adentro: Vio que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. (A) Así eran los pensamientos del corazón; (B) así era la imaginación de los pensamientos del corazón, esto es, sus planes y sus métodos eran malvados. No hacían el mal por mero descuido, sino que lo hacían con toda deliberación y propósito, tratando de hacer el mayor mal posible.
Versículos 6–7
I. El pesar de Dios por la perversidad del hombre. No lo vio como un espectador a quien no le va ni le viene, sino como alguien que se ve injuriado y denigrado por él. Lo vio como ve un buen padre la necedad y testarudez de un hijo rebelde y desobediente, lo cual no sólo le provoca la ira, sino que le da pesar. 1. Estas expresiones no implican en Dios pasión o intranquilidad (nada puede perturbar a la Mente Eterna), sino que son una manera de indicar Su justo y santo desagrado contra el pecado y contra los pecadores. ¿Así odia Dios al pecado? ¿Y no lo vamos a odiar nosotros? ¿Le ha producido nuestro pecado
pesar en el corazón? ¿Y no vamos a sentir nosotros pesar y compunción en nuestros corazones? 2. Tampoco implican un cambio en la mente de Dios, sino en su manera de conducirse. Ante la apostasía del hombre, no puede menos de manifestar su desagrado; así que el cambio se ha efectuado en el hombre, no en Dios. Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, pero nunca vemos que se haya arrepentido de haber redimido al hombre.
II. La resolución de Dios de destruir al hombre por su perversidad (v. 7). Si decimos que sentimos el haber pecado, y que el pecado nos produce pesar en el corazón, pero continuamos entregados a él, nos estamos burlando de Dios. El original hebreo es muy expresivo: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres, como se rae una suciedad profunda de un lugar que debería estar limpio. Arruinan sus vidas quienes no responden al objetivo que Dios puso a sus vidas. Dios tomó esta resolución acerca de los hombres después que Su Espíritu estuvo contendiendo con ellos por largo tiempo. Sólo son arruinados por la justicia de Dios los que rehúsan ser reformados por la gracia de Dios.
Versículos 8–10
Noé distinguido del resto del mundo, y con una peculiar señal de honor sobre él.
I. Cuando Dios estaba descontento del resto del mundo, concedió su favor a Noé, habiendo un hombre bueno, le halló y sonrió sobre él. Así que fue hecho vaso de la misericordia de Dios. Dios le hizo más grande y más honorable de veras que todos los gigantes que había en aquellos días, los cuales se hicieron poderosos y varones de renombre. Sólo los favorecidos de Dios son real y altamente favorecidos.
II. Noé guardó su integridad: Noé, varón justo, era perfecto en su conducta (v. 9). El carácter de Noé aparece aquí, o, 1, como la razón del favor que Dios le dispensó, pues Dios ama a los que le aman, o, 2, como efecto del favor que Dios le otorgó. Fue la buena voluntad de Dios hacia él la que produjo esta buena obra en él. Era bueno, pero no mejor que lo que la gracia de Dios le había hecho (1 Co. 15:10). Ahora, observemos su carácter: (A) Era varón justo, esto es, justificado ante Dios por la fe en la simiente prometida; porque era heredero de la justicia que es según la fe (He. 11:7). Dios ha escogido a veces lo necio del mundo (1 Co. 1:27), pero nunca lo bribón del mundo. (B) Era perfecto no con perfección de impecabilidad, sino con perfección de sinceridad y rectitud; y es una gran ventaja para nosotros el que, en virtud del pacto de gracia sobre el fundamento de la justicia de Cristo, la sinceridad nos es contada por perfección evangélica. (C) Caminó con Dios. Vivió una vida de comunión con Dios. Dios mira hacia abajo con ojos de gracia sobre aquellos que sinceramente miran hacia arriba con ojos de fe. Es fácil ser religioso cuando la religión está de moda; pero es señal evidente de fuerte fe y firme resolución el nadar hacia el Cielo contra corriente, y el ponerse de parte de Dios cuando nadie más está de parte de Él.
Versículos 11–12
Nos hablan de nuevo de la perversidad de aquella generación. 1. Toda clase de pecado se encontraba entre ellos, pues se dice (v. 11) que la tierra estaba: (A) Corrompida delante de Dios; (B) llena de violencia e injusticia. La maldad, así como es la vergüenza de la naturaleza humana, también es la ruina de la sociedad humana. Si se quitan la conciencia y el temor de Dios, los hombres se convierten en fieras y en demonios los unos contra los otros. El pecado llena al mundo de violencia, y así lo convierte en una selva de fieras. 2. La prueba de tal perversidad era innegable pues Dios miró sobre la tierra, como para ser testigo de vista de la corrupción que había en ella. 3. Y lo que agravó la maldad fue la extensión universal del contagio: Toda carne había corrompido su camino. Cuando la maldad se vuelve general, la ruina universal no está lejos; mientras queda en una nación un remanente de gente que ora, para ir de algún modo vaciando la medida que se está llenando, Dios puede prorrogar sus juicios por algún tiempo.
Versículos 13–21
Claramente se ve que Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.
I. Dios hace a Noé un miembro de su consejo, comunicándole la decisión de destruir por agua aquel malvado mundo como después comunicó a Abraham su resolución de destruir por fuego a Sodoma (18:17). El designio de Dios se revela a sus siervos los profetas (Am. 3:7), informándoles en particular de sus propósitos. Así lo hace ahora, con mayor extensión y a nivel más alto, con los verdaderos creyentes dándoles espíritu de sabiduría y de fe capacitándolos para entender (Jn. 15:15; 1 Co. 2:6–16).
1. Dios le dijo a Noé en general, que iba a destruir al mundo (v. 13). Es de suponer que Noé, al predicar a sus vecinos, les habría advertido, y ahora Dios secunda sus esfuerzos.
2. Más en detalle, le dijo que iba a destruir al mundo mediante un diluvio: He aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra (v. 17). Podemos estar seguros de que Dios tenía, para obrar así, razones sabias y justas, aunque desconocidas Para nosotros. Dios tiene muchas flechas en su aljaba, y puede usar la que le place. La decisión de su juicio cierto e inevitable aparece en el original enfático: Yo, sí, yo. ¡Lo haré, lo haré!
II. Dios hace aquí a Noé el hombre de su pacto (v. 18), perífrasis hebrea para indicar especial amistad: Mas estableceré mi pacto contigo. 1. El pacto de providencia, promete que el curso de la naturaleza continuará hasta el final de los tiempos, a pesar de la interrupción que el diluvio iba a introducir en él. Esta promesa fue hecha pronta y directamente a Noé y a sus hijos (9:8 y ss.). Ellos quedaban así como albaceas y fideicomisarios para todo el resto de la creación. 2. El pacto de gracia, de que Dios sería para él Dios, y de su descendencia escogería Dios para sí un pueblo.
III. Dios constituye aquí a Noé por monumento de su gran misericordia. Una piedad singular será recompensada con una singular salvación.
1. Dios instruye a Noé para que fabrique un arca (vv. 14–16). Esta arca era como el casco de un navío, a propósito para flotar sobre las aguas, y en espera de que éstas cayeran, no para navegar sobre las aguas, pues no había oportunidad para ello, al no existir ningún puerto al que dirigirse. Plugo a Dios darle por quehacer el trabajar en aquello que había de ser el medio de su preservación, tanto para probar su fe y su obediencia, como para enseñarnos que Cristo no salvará sino a los que procuren su propia salvación. No podemos hacer esto sin Dios, pero Dios tampoco lo hará sin nosotros. Dios le dio instrucciones muy detalladas acerca de este trabajo. (A) Debía ser de madera de Gofer. (B) Debía hacer en ella tres pisos. (C) Debía dividirla en aposentos, con sus compartimentos correspondientes, es decir, sitios adecuados para las diferentes clases de criaturas, a fin de no desaprovechar espacio. (D) Le fueron comunicadas las exactas dimensiones. Los que trabajan para el Señor deben tomar de Él sus medidas y observarlas con todo esmero. (E) Debía calafatearla con brea por dentro y por fuera—por fuera, para sacudirse la lluvia e impedir que el agua la empapase; por dentro, para quitar el mal olor de las bestias cuando quedase completamente cerrada—. (F) Debía hacer una ventana pequeña cerca del techo, para que pudiese penetrar la luz. (G) Igualmente, una puerta a un costado para poder entrar y salir.
2. Dios promete a Noé que él y los suyos serán preservados vivos en el arca (v. 18): «Entrarás en el arca tú …». Obsérvese: (A) El cuidado de los buenos padres. Su solicitud se extiende no sólo a su propia salvación, sino también a los miembros de su familia, y especialmente de sus hijos. (B) La felicidad de los hijos que tienen padres piadosos. La piedad de sus padres les procura a menudo salvación temporal, como aquí; y los promociona en el camino de la salvación eterna, si se aprovechan de tan señalado beneficio.
IV. Dios hace de Noé una gran bendición para el mundo, y lo constituye en eminente tipo del Mesías. 1. Dios lo puso como predicador a los hombres de aquella generación. 2. Lo puso también como salvador de las criaturas inferiores, a fin de conservar las diferentes especies, para que no perecieran y se perdieran en el diluvio (vv. 19–21). (A) Él les procuró cobijo para que no se ahogasen. (B) Les procuró sustento para que no muriesen de hambre (v. 21). También en esto fue tipo de Cristo, a quien se debe que el mundo se mantenga en pie, todas las cosas tienen consistencia en Él (Col. 1:17), y Él es el que preserva a toda la humanidad de haber sido totalmente destruida y arruinada por el pecado. Noé salvó a aquellos sobre quienes tenía autoridad; igualmente Cristo (He. 5:9).
Versículo 22
El cuidado y diligencia de Noé en la fabricación del arca pueden considerarse: 1. Como efecto de su fe en la palabra de Dios.
2. Como acto de obediencia al mandato de Dios. Sus vecinos le ridiculizarían por su credulidad, y bien pudo ser la coplilla de los borrachos; su trabajo sería llamado la insensatez de Noé. Pero sobre todas estas consideraciones, y muchas más, triunfó Noé con su fe. Todo lo hizo exactamente de acuerdo con las instrucciones que se le habían dado y, una vez comenzada su tarea, no la abandonó hasta haberla acabado; así obró él, y así debemos obrar nosotros. 3. Debemos estar dispuestos para encontrarnos con el Señor en sus juicios sobre la tierra, y especialmente para encontrarnos con él a la hora de la muerte y en el juicio del gran día, estando edificados sobre la Roca que es Cristo (Mt. 7:24), para entrar en el Arca que es Cristo. 4. Cada golpe de sus hachas y de sus martillos era una llamada al arrepentimiento, y a que también ellos preparasen sus arcas.
En este capítulo, tenemos la ejecución de lo dicho en el capítulo anterior, tanto en cuanto a la destrucción del mundo antiguo, como a la salvación de Noé.
Versículos 1–4
I. Una benévola invitación a Noé y a su familia para que entrasen en un lugar de seguridad (v. 1).
1. La llamada misma es muy amable, como la de un tierno padre a sus hijos para que se metan en casa cuando se avecina la oscuridad o alguna tormenta. No le manda Dios ir al arca, sino venir al arca, dando a entender que Él iría con él, le guiaría hasta dentro, le acompañaría en ella, y le sacaría de ella sano y salvo a su debido tiempo. Esto es lo que hizo que el arca de Noé, que era una prisión, fuese para él no sólo un refugio, sino un palacio. Esta invitación a Noé era un tipo de la llamada que el Evangelio hace a los pobres pecadores. Cristo es un arca ya preparada, único lugar de refugio y salvación cuando llegan la muerte y el juicio.
2. La razón para esta invitación es un testimonio muy honroso de la integridad de Noé. Obsérvese: (A) Que son rectos de verdad los que lo son ante Dios, quien escudriña el corazón y no puede engañarse en cuanto al carácter de una persona. (B) Dios toma buena nota y se agrada de quienes son rectos delante de Él: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Ti. 2:19). (C) Dios, que es testigo de la integridad de los suyos, pronto será testigo a favor de ellos. (D) Dios se complace especialmente de los que son buenos en tiempos difíciles y lugares malos. (E) A quienes se conservan puros en tiempos de común iniquidad, Dios los guardará seguros en tiempos de común calamidad.
II. Eran necesarias órdenes respecto a los brutos animales que habían de ser preservados vivos con Noé en el arca (vv. 2–3). Ellos no estaban capacitados para recibir el aviso de peligro; por ello, queda el hombre encargado de cuidar de ellos; al estar bajo su dominio, deben quedar bajo su protección.
III. Luego se da comunicación de la inminente llegada del diluvio. 1. Pasados aún siete días yo haré llover … Dios concede prórroga de otros siete días, pero todo es en vano, estos siete días fueron desperdiciados, como todo el tiempo anterior; los hombres continuaron en su falsa seguridad y en sus placeres hasta el día mismo en que sobrevino el diluvio. 2. Sólo quedaban siete días. Mientras Noé les advertía del juicio aún distante eran tentados a demorar el arrepentimiento, pero ahora deben saber que el juicio es inminente, que está a la puerta.
Versículos 5–10
Pronta obediencia de Noé a los mandatos que Dios le había dado. Obsérvese: 1. Que entró en el arca, al saber que el diluvio comenzaría siete días después, aunque probablemente no aparecería aún ningún signo visible de su inminencia. Entró por fe en este aviso de que se aproximaba la fecha aun cuando no
veía que las causas segundas hubiesen comenzado ya a operar. En cada paso que dio, anduvo por fe, no por vista. 2. Tomó consigo a toda su familia: su mujer, sus hijos y las mujeres de sus hijos, para que por ellos, no sólo su familia, sino todo un mundo nuevo, pudieran ser reconstruidos. 3. Los animales entraron sumisamente con él.
Versículos 11–12
I. La fecha de este gran acontecimiento es cuidadosamente registrada, para mayor certeza de la historia.
Los años del mundo antiguo se computan no por los reinados de los gigantes, sino por las vidas de los patriarcas; para Dios son más tenidos en cuenta los santos que los príncipes. Noé era ahora muy anciano, aun para la edad de entonces. Nótese: 1. Que cuanto más vivimos en este mundo, tanto más vemos de sus miserias y calamidades. 2. Que, a veces, Dios ejercita a sus siervos ancianos con extraordinarias pruebas de paciencia y obediencia. Los más viejos soldados de Cristo no deben prometerse ser descargados de su milicia hasta que la muerte los licencia. Mientras tanto, deben ceñirse sus arreos militares y no jactarse de no necesitarlos.
II. Las causas segundas que intervinieron en este diluvio.
1. En cuanto Noé fijó su morada en el arca, comenzó la inundación. Mira lo que ocurrió ese día día fatal para los impíos del mundo. (A) Aquel día fueron rotas todas las fuentes del gran abismo (v. 11). Las aguas del mar volvieron a cubrir la tierra, como lo hacían en un principio (1:9). (B) Y las cataratas de los cielos fueron abiertas, y las aguas que estaban sobre el firmamento se vaciaron sobre el mundo. La lluvia, que ordinariamente desciende en forma de gotas, descendió entonces a torrentes, o a chorros como dicen en las Indias; cuando las nubes, como dicen allí, estallan, descienden con violencia torrencial, más de lo que hayamos podido jamás ver en el más copioso chaparrón.
2. Aprendamos de esto: (A) Que todas las criaturas están a disposición de Dios, y que Él las usa como le place, ya sea para corrección o para misericordia. (B) Que, a menudo, Dios hace que lo que habría de ser para nuestro bienestar se convierta en una trampa (Sal. 69:22) No hay cosa más útil y necesaria que el agua, tanto la que manan las fuentes como la llovida del cielo, pero también puede ser de lo más dañoso y destructivo; cada cosa es para nosotros lo que Dios hace que sea. (C) Que es imposible escapar de los justos juicios de Dios cuando reciben la comisión de caer sobre los pecadores.
Versículos 13–16
Repite lo que ya quedó dicho antes de la entrada de Noé en el arca, juntamente con su familia y las criaturas que fueron preservadas del diluvio.
I. Se repite así para honor de Noé, cuya fe y obediencia brillaron aquí tan espléndidamente.
II. Hace notar que los animales entraron según sus especies, de acuerdo con la expresión usada en el relato de la creación (1:21–25), pues esta preservación fue como una nueva creación; una vida preservada de una manera tan señalada es, en efecto, como una nueva vida.
III. Añade que Jehová le cerró la puerta (v. 16). Como Noé continuó en su obediencia a Dios, también Dios continuó en su cuidado de Noé. Dios cerró la puerta, 1. Para guardarle bien seguro dentro del arca. 2. Para dejar fuera a todos los demás. Hasta entonces, la puerta del arca había permanecido abierta, y si alguien, incluso durante los últimos siete días, se hubiese arrepentido y hubiese creído, me imagino que habría sido bienvenido en el arca; pero ahora se cerró la puerta.
IV. En esta preservación de Noé dentro del arca, hay mucho que ver en relación a los deberes y privilegios que el Evangelio nos confiere. Nótese: 1. Que es nuestro gran deber, en obediencia a la llamada del Evangelio, allegarnos, por fe viva en Cristo, al camino de salvación que Dios ha provisto para los pobres pecadores. Cuando Noé entró en el arca, renunció a su casa y a su hacienda; de la misma manera debemos nosotros renunciar a nuestra propia justicia y a nuestras posesiones, comoquiera que éstas se interpongan en nuestra entrega al Señor. Noé hubo de someterse, por algún tiempo, a las
estrecheces e incomodidades del arca, a fin de ser preservado para un mundo nuevo, de la misma manera, quienes se allegan a Cristo para ser salvos por medio de Él, deben negarse a sí mismos, tanto en el servicio como en el sufrimiento. 2. Que los que entran en el arca de salvación deben traer consigo a tantos cuantos puedan, por medio de una buena instrucción, de eficaz persuasión y, sobre todo, de buen ejemplo. En Cristo hay lugar más que suficiente para todos los que vengan. 3. Que todos los que vienen por fe a Cristo, que es el Arca, quedarán asegurados dentro por el poder de Dios, y guardados, como en un castillo fuerte por ese mismo poder (1 P. 1:5).
Versículos 17–20
I. Cuánto tiempo duró la crecida del diluvio—cuarenta días (v. 17). El mundo profano, que no creía que esto llegase a suceder, cuando por fin llegó, es probable que se hiciesen la ilusión de que pronto amainaría; pero no fue así. El proceso gradual de los juicios de Dios, que tiene por objetivo el guiar los pecadores al arrepentimiento, sirve a menudo para endurecerlos más por el abuso que ellos hacen, en su presunción, de tal misericordia.
II. A qué nivel llegaron las aguas. Subieron tan alto, que no sólo quedaron inundadas las comarcas bajas sino que, para asegurar su obra y que nadie pudiese escapar, hasta las cimas de los montes más altos quedaron rebasadas—en quince codos (v. 20), esto es, en más de siete metros. Así quedó barrido todo refugio del pecador. No hay en la tierra un lugar tan alto como para resguardar a los hombres fuera del alcance de los juicios de Dios (Jer. 49:16; Abd. 3–4).
III. Qué pasó al arca de Noé cuando fueron creciendo las aguas: Alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra (v. 17), y flotaba el arca sobre la superficie de las aguas (v. 18). Observa: 1. Las aguas que abatieron todo lo demás, levantaron el arca. 2. Cuanto más subieron las aguas, tanto más alta fue alzada el arca hacia el cielo. De la misma manera, las aflicciones santificadas se convierten en promociones espirituales.
Versículos 21–24
I. La destrucción general de toda carne por las aguas del diluvio.
1. Ganados, aves y reptiles murieron, con excepción de los pocos que había en el arca. La destrucción de estas criaturas fue para ellas una liberación de la esclavitud de corrupción, liberación por la que toda la creación gime (Ro. 8:21–22).
2. Todos los hombres, mujeres y niños que había en el mundo (excepto los que estaban dentro del arca) murieron. (A) Podemos fácilmente imaginar el terror y la consternación que se apoderarían de ellos cuando se vieron completamente cercados. (B) Podemos suponer que ensayaron todos los medios posibles para escapar, pero en vano. Quienes no están en Cristo, el Arca, están perdidos sin remedio.
Hagamos aquí una pausa para considerar este tremendo juicio. Elifaz apela a este relato como a una constante amonestación para un mundo despreocupado (Job 22:15–16): ¿Quieres tú seguir la senda antigua que pisaron los hombres perversos, los cuales fueron cortados antes de tiempo, cuando una riada arrasó sus cimientos?
II. La preservación especial de Noé y de su familia. Observa: 1. Que Noé queda vivo. Cuando todo en su derredor era un descomunal monumento de justicia, y caían a millares a su derecha, y a decenas de millares a su izquierda, él era un admirable monumento de misericordia. Tenemos razones para pensar que mientras la longanimidad estaba esperando, Noé no sólo estaba predicando a aquella generación perversa, sino que estaba también orando por ellos, con el deseo de que se aplacará la ira de Dios; pero sus oraciones volvieron a su seno, y sólo fueron escuchadas para preservación suya, a lo cual hay clara referencia en Ezequiel 14:14: Noé, Daniel y Job librarían únicamente sus propias vidas. 2. Se contenta con vivir. Eso es todo. En efecto, es como si estuviera sepultado vivo, encerrado en lugar estrecho. Pero se consuela con esto, que se mantiene en el camino del deber y, por tanto, en el camino de la liberación.
Al final del capítulo anterior, dejamos el mundo en ruinas. Ahora, la escena cambia, y aquellas nubes tan negras muestran ahora su lado luminoso; porque, aunque Dios contiende por largo tiempo, no contiende para siempre ni es eterna su ira. Cuando la tierra se habrá secado, el hombre volverá a habitarla, y Noé ofrecerá a Dios un sacrificio de alabanza y de acción de gracias. A su vez, Dios promete no anegar al mundo de nuevo. Así, a la larga, la misericordia triunfa sobre el juicio.
Versículos 1–3
I. Un acto de la gracia de Dios: Se acordó Dios de Noé y de todos los animales. Ésta es una expresión antropomórfica; porque ninguna de sus criaturas (Lc. 12:6) y, mucho menos, de los hombres, son olvidados por Dios (Is. 49:15–16). El acordarse Dios de Noé fue el retorno de su misericordia hacia la humanidad, pues Dios no había querido extinguirla. Noé mismo, aun cuando había hallado gracia a los ojos del Señor, parecía estar olvidado en el arca, y quizá comenzaba a pensarlo él mismo, pues no encontramos que Dios le dijera por cuánto tiempo había de quedar confinado allí ni cuándo había de ser soltado. Muchas veces grandes hombres de Dios han estado a punto de llegar a la conclusión de que el Señor les había olvidado, especialmente cuando sus aflicciones han sido inusitadamente serias y prolongadas. Quizá Noé, aunque era un gran creyente, al ver que el diluvio se prolongaba más de la cuenta, cuando parecía que ya debía haber concluido su obra se vio tentado a temer si el que le había encerrado allí se iba a cuidar de él, y comenzaría a decir: ¿Por cuánto tiempo me vas a tener en olvido? Pero, por fin, Dios se volvió a él en misericordia, y esto es lo que expresa la frase: Se acordó Dios de Noé.
II. Un acto del poder de Dios sobre el viento y el agua, ambos a completa disposición de Dios, aunque ninguno de los dos está bajo el control del hombre.
1. Mandó al viento y le dijo: Ve; y fue a cumplir su función sobre las aguas: Hizo pasar Dios un viento sobre la tierra. Véase aquí: (A) Cómo recordó Dios a Noé: aliviándole. (B) Qué dominio tan soberano tiene Dios sobre los vientos. Incluso los huracanes tormentosos cumplen su palabra (Sal. 148:8). En este caso, Dios envió un viento secador, semejante al que envió para dividir el Mar Rojo delante de Israel (Éx. 14:21).
2. Mandó a las aguas y les dijo: Venid; y vinieron. (A) Así quitó la causa del diluvio. Nótese que, así como Dios tiene una llave para abrir, también tiene una llave para volver a cerrar y detener el progreso de sus juicios haciendo que cesen las causas que los produjeron, y la misma mano que trae la desolación, trae también la liberación. El que hiere es el único que puede también curar (V. Job 12:14–15). (B) Entonces cesaron los efectos; no de una vez, sino por grados. Dios acostumbra a liberar los suyos gradualmente, para que no haya desprecio hacia los días de las cosas pequeñas, ni desesperación ante los días de las cosas grandes (Zac. 4:10. V. Pr. 4:18).
Versículos 4–5
Los efectos y las evidencias de la disminución de las aguas. 1. El arca se posó. Esto causó gran satisfacción a Noé, al sentir que la casa en que se encontraba estaba sobre tierra firme, sin moverse de un lado para otro. Reposó sobre una montaña, a la que fue dirigida, no por la pericia de Noé (él no la maniobró), sino por la sabia y benigna providencia de Dios, que así aceleró su aterrizaje. Nótese que Dios tiene tiempos y lugares de reposo para los suyos, después que han sido zarandeados; y muchas veces provee para su asentamiento oportuno y confortable, sin que ellos hayan aportado nada de su ingenio, ni aun siquiera lo hayan podido barruntar. 2. Las cimas de los montes podían verse como pequeñas islas que emergían de las aguas. Hemos de suponer que Noé y sus hijos las vieron, pues eran los únicos espectadores sobrevivientes. Probablemente habrían mirado cada día por la ventana del arca, como los anhelantes marineros tras un viaje tedioso, por ver si descubrían tierra.
Versículos 6–12
Un relato de los espías que Noé envió para recibir información de fuera, un cuervo y una paloma.
I. Aunque Dios le había dicho a Noé con todo detalle cuándo sobrevendría el diluvio, no le había revelado ningún detalle en cuanto al tiempo y al modo de su terminación: 1. Porque el conocimiento de lo primero era necesario para la preparación del arca mientras que el conocimiento de lo segundo podía servir sólo pará satisfacer su curiosidad, y el ocultárselo le serviría para ejercitar su fe y su paciencia. Y, 2. Él no podía prever el diluvio, si no era por revelación; pero podía descubrir, por medios ordinarios, la disminución de las aguas.
II. Aunque Noé esperaba, por fe, su liberación y la aguardaba con paciencia, también quiso hacer sus averiguaciones, como a quien se le hacía largo tal confinamiento. El que creyere, no se apresure delante de Jehová, pero debe apresurarse a encontrarse con Él (Is. 28:16). En particular: 1. Noé envió un cuervo por la ventana del arca, el cual marchó, como dice el hebreo, yendo y volviendo, esto es revoloteando de una parte a otra y volviendo al arca a descansar, probablemente no dentro de ella, sino sobre el techado. Esto no satisfizo a Noé, así que 2. Envió una paloma la cual volvió al arca sin noticias; más bien probablemente mojada y sucia; volvió a enviarla después de siete días, y entonces volvió trayendo una hoja de olivo en el pico, como señal inequívoca de que ahora los árboles habían comenzado a emerger sobre las aguas. Nótese aquí: (A) Que Noé envió la paloma la segunda vez siete días después de la primera vez, y la tercera vez también después de siete días; y probablemente la primera vez que la envió fue también siete días después de háber enviado el cuervo. Esto insinúa que lo hacía el sábado que al parecer, Noé observaba religiosamente en el arca. (B) La paloma es aquí símbolo del alma piadosa, que al no encontrar en el mundo paz, descanso ni satisfacción, se vuelve a Cristo como a su arca. El corazón carnal, como el cuervo, se inclina hacia el mundo y se alimenta de la carroña que encuentra en él. Y así como Noé extendió su mano, y tomó la paloma, y la hizo entrar consigo en el arca, así también Cristo preservará benignamente, ayudará y dará la bienvenida a quienes vuelen a él en busca de descanso. (C) La rama de olivo que es emblema de paz, fue traída, no por el cuervo, que es ave de presa, ni por un alegre y vanidoso pavo, sino por una paloma mansa, paciente y humilde. Una disposición semejante a la de la paloma proporciona al alma un anticipo del gozo y del descanso celestiales. (D) Algunos sacan de aquí la siguiente alegoría: La Ley fue primero enviada, como un cuervo, pero no trajo buenas nuevas; por tanto, en el cumplimiento del tiempo, Dios envió Su Evangelio, como la paloma, en cuya semejanza descendió el Espíritu Santo, el cual nos trae la rama de olivo de su paz y, con ella, la esperanza de cosas mejores.
Versículos 13–14
I. La faz de la tierra estaba seca (v. 13), esto es, toda el agua había desaparecido de ella, de lo cual, en el primer día del primer mes (cuán gozoso día de Año Nuevo fue), Noé mismo fue testigo de vista. Quitó la cubierta del arca para dar un vistazo a la tierra en torno suyo; y sacó la más favorable impresión. Porque, ¡qué maravilla!, la faz de la tierra estaba seca. Nótese: 1. Es gran merced encontrar tierra firme en torno nuestro. Noé podía apreciarlo mucho más que nosotros, porque el favor restaurado afecta mucho más que el favor continuado. 2. El poder divino que ahora renovaba la faz de la tierra puede renovar la faz de un alma afligida y atribulada, así como la faz de una iglesia atormentada y perseguida.
II. La tierra se secó, de modo que fuese morada adecuada para Noé. Dios considera nuestro beneficio más bien que nuestros deseos. Nosotros desearíamos salir del arca antes que el piso estuviese seco; y quizás, si la puerta estaba cerrada, nos dispondríamos a desmontar el techado. El tiempo en que Dios otorga sus favores es, con toda seguridad, el mejor, ya que es entonces cuando su gracia está madura para nosotros, y nosotros estamos preparados para recibirla.
Versículos 15–19
I. Noé es intimado a salir del arca (vv. 15–17). 1. Noé no se movió hasta que Dios se lo ordenó. Sólo los que siguen la dirección de Dios y se someten a su gobierno, marchan bajo su protección. 2. Aunque Dios lo retuvo allí por largo tiempo, al fin le concedió la libertad. 3. Dios le había dicho: Ven dentro del
arca lo que insinuaba que Dios iría con él; ahora le dice, no Ven fuera sino Ve fue a, lo que insinúa que Dios, que entró con él estuvo con él todo el tiempo, hasta que le sacó de allí sano y salvo.
II. Obtenida la licencia, Noé sale del arca. Al considerar que había sido preservado allí, no sólo para una nueva vida, sino también para un mundo nuevo, no encontró motivo para quejarse de su largo confinamiento. Ahora observa: 1. Noé y su familia salieron vivos. 2. Noé sacó todas las criaturas que habían entrado con él, excepto el cuervo y la paloma, los cuales, con toda probabilidad, estarían dispuestos a encontrarse, a la puerta, con sus respectivas parejas. Noé estaba preparado para rendir buena cuenta de lo puesto a su cargo, porque de todo lo que se le había encomendado, no había perdido nada.
Versículos 20–22
I. Reconocimiento agradecido de Noé a Dios por el favor que le había otorgado al completar la merced de su liberación (v. 20). 1. Edificó un altar. Dios se agrada de ofrendas voluntarias y de alabanzas dirigidas a su nombre. Noé había vuelto ahora a un mundo frío y desolado, donde se podría pensar que su primer cuidado habría de ser construir una casa para él; pero no es así; comienza por edificar un altar a Dios; Dios, que es el primero, debe ser servido el primero y bien comienza quien comienza por Dios. 2. Ofreció un sacrificio sobre el altar, de todo animal limpio, y de toda ave limpia. Obsérvese aquí: (A) Ofreció sólo los que eran limpios. (B) Aunque su surtido de ganado era tan menguado y rescatado de la ruina a costa de tanto cuidado y trabajo, no escatimó de dar a Dios lo que le era debido. Servir a Dios con nuestro poco es el modo de hacerlo mucho, y nunca debemos pensar que es malgastado aquello con lo que Dios es honrado. (C) Véase aquí la antigüedad de la religión; lo primero que encontramos realizado en el nuevo mundo es un acto de culto (Jer. 6:16). Ahora tenemos que expresar nuestro agradecimiento, no con holocaustos, sino con sacrificios de alabanza y de justicia, con piadosa devoción y con piadosa conducta.
II. Dios acepta benévolamente el agradecimiento de Noé.
1. Dios estaba complacido del sacrificio (v. 21). Percibió de él olor grato, o, como dice el hebreo, olor de satisfacción (o de aceptación). Quedó satisfecho con el piadoso celo de Noé, y estos comienzos esperanzadores del nuevo mundo. Después de haber hecho descansar su ira sobre un mundo de pecadores, hizo ahora descansar su amor sobre un pequeño remanente de creyentes.
2. Además, y por ello, tomó la resolución de no volver a anegar el mundo. Se nos da de ello buena seguridad, pues lo dijo alguien de quien nos podemos fiar bien. Por tanto:
A) Este castigo no se repetirá jamás. Noé podría pensar: «¿Para qué habría de ser renovado este mundo sí con toda probabilidad, al ser malvado en sí, pronto será de nuevo destruido de manera semejante?» «No—dice Dios—no lo será jamás.» Ni volveré más a destruir todo ser viviente. Como diciendo: «No volveré más a tomar este método tan severo porque, primeramente, es más bien digno de compasión, pues todo ello es efecto del pecado que habita en él, y no se puede esperar otra cosa de una raza degenerada; se le llama transgresor desde el vientre y, por ello, no es extraño que se porte tan traidoramente» (Is. 48:80). Así Dios se acuerda de que es carne. En segundo lugar: «Quedará completamente arruinado, porque, si se le trata como merece, tendrá que sucederse un diluvio detrás de otro, hasta su total destrucción». Véase aquí que (a) los castigos exteriores, aunque pueden aterrorizar y refrenar a los hombres, son incapaces de santificarlos y renovarlos por sí mismos, ya que con ellos debe cooperar la gracia de Dios; (b) los motivos que Dios tiene para mostrar su misericordia surgen todos de su amoroso corazón, nunca de ninguna cosa que pueda ver en nosotros.
(B) El curso de la naturaleza no se alterará más (v. 22): «Mientras la tierra permanezca, y el hombre sobre ella, habrá verano e invierno (aunque no todos los inviernos sean iguales), día y noche, no siempre noche, como sería cuando la lluvia estaba cayendo constantemente. Está claro en la Palabra de Dios que este mundo no ha de permanecer para siempre, pero, mientras permanezca, la providencia de Dios preservará cuidadosamente la sucesión regular de tiempos y sazones, haciendo que cada uno conozca y ocupe su lugar. A esto debemos que el mundo permanezca, y que la rueda de la naturaleza no pierda su pista. Así vemos cómo cambian los tiempos y, a la vez, cómo no cambian; puesto que, por una parte, el curso de la naturaleza es cambiante: día y noche, verano e invierno, en cambio recíproco; por otra parte, este orden no cambia, es una constante inconstancia. Las estaciones nunca han cesado ni cesarán, mientras el sol continúe midiendo el tiempo con tan fija regularidad, y la luna sea tan fiel testigo en los cielos. Éste es el pacto de Dios del día y de la noche, cuya estabilidad se menciona para confirmar nuestra fe en el pacto nuevo, que no es menos inviolable (Jer. 33:20–21).
El mundo queda ahora reducido de nuevo a una sola familia la familia de Noé, de la cual nos ofrece algunos pormenores el presente capítulo, terminando con la muerte de Noé.
Versículos 1–7
El capítulo se abre diciendo que Dios bendijo a Noé y a sus hijos, esto es, les aseguró en cuanto a su benevolencia y sus buenas intenciones para con ellos. Ya vimos cómo Noé bendijo a Dios, cómo levantó un altar y ofreció en él un sacrificio a Dios (8:20).
Ahora tenemos aquí lo que podríamos llamar la Magna Charta—la Gran Constitución de este nuevo reino de naturaleza que iba a ser erigido ahora, una vez que la anterior había sido abolida y decomisada.
I. Las concesiones de esta carta constitucional son benévolas y ventajosas para los hombres.
1. La concesión de terrenos de gran extensión, y la promesa de un gran incremento de población para ocuparlos y disfrutar de ellos. Se renueva aquí la primera bendición: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra (v. 1). Ahora: (A) Dios pone toda la tierra delante de ellos, y les dice que es toda de ellos, mientras permanezca, de ellos y de sus herederos. Aunque no es un paraíso, sino más bien un desierto, es mejor, sin embargo, de lo que nos merecemos. Bendito sea Dios, que no es un infierno. (B) Les da una bendición para que en poco tiempo todas las partes habitables de la tierra queden más o menos pobladas. Aunque la muerte continuará reinando, sin embargo la tierra nunca más se verá despoblada como ahora lo estaba, sino llena (Hch. 17:24–26).
2. Una concesión de dominio sobre las criaturas inferiores (v. 2). El hombre inocente gobernaba mediante el amor; el hombre caído gobierna mediante el temor. Con todo la concesión queda vigente y en ese grado nos beneficiamos de ella. En ello vemos: (A) Que Dios es un buen Amo y provee, no sólo para que podamos vivir, sino para que podamos vivir cómodamente en su servicio no sólo para obtener lo necesario, sino para disfrutar de lo placentero. (B) Que todo lo que Dios creó es bueno, y no hay por qué rechazar nada (1 Ti. 4:4).
II. Los preceptos y estipulaciones de esta carta no son menos benévolos y favorables, ejemplos patentes de la buena voluntad de Dios hacia el hombre. Los rabinos mencionan con frecuencia los siete preceptos de Noé, o de los hijos de Noé, que debían ser observados—dicen—por todas las naciones, y que no resulta impropio consignar por escrito. El primero es contra el culto a los ídolos. El segundo, contra la blasfemia, con requerimiento de bendecir el nombre de Dios. El tercero, contra el homicidio. El cuarto, contra el incesto y toda clase de impureza sexual. El quinto contra el robo y la rapiña. El sexto preceptúa la administración de justicia. El séptimo es contra el comer carne con vida, es decir, con sangre.
1. El hombre no debe perjudicar su vida comiendo cosas impuras y dañosas para su salud (v. 4); no deben ser voraces ni apresurados al tomar alimento; ni deben tratar con crueldad y violencia a las criaturas inferiores. Durante la continuación de la ley sobre los sacrificios, en que la sangre hacía expiación por la persona (Lv. 17:11), significaba que la vida de la víctima era aceptada por la vida del pecador, la sangre no podía ser considerada como algo común, sino derramada delante de Jehová (2 S. 23:16). Pero, en nuestro tiempo, cuando el grande y verdadero sacrificio ha sido ofrecido, ha cesado la obligación de tal ley, juntamente con la razón que la motivaba.
2. El hombre no puede quitarse la vida: Ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas (v. 5). Nuestras vidas no son nuestras como para disponer de ellas a nuestro antojo, sino que son de Dios.
3. No se debe consentir que los animales dañen la vida del hombre. Esto fue confirmado por la ley de Moisés (Éx. 21:28), y yo creo que sería bueno observarla todavía. Así mostraba Dios su odio hacia el
pecado de homicidio, para que los hombres lo odiasen con mayor motivo, y no sólo estuviesen prestos a castigarlo sino también a prevenirlo.
4. El homicidio voluntario debe ser castigado con la muerte. Este es el pecado que aquí se señala como algo que tiene que ser refrenado por temor al castigo. (A) Dios castigará a los homicidas. Tarde o temprano, en este mundo o en el otro, Él descubrirá los homicidios secretos, que están ocultos a los ojos de los hombres, y castigará los homicidios que la gente confiesa y justifica, pero que son demasiado grandes como para que el hombre se tome la justicia por su mano. (B) Los magistrados deben castigar a los homicidas (v. 6). Hay quienes son ministros de Dios a este fin para proteger al inocente e intimidar al malhechor, porque no en vano llevan la espada (Ro. 13:4). Es un pecado del que Dios no quiere perdonar a un príncipe (2 R. 24:3–4), y del que, por consiguiente un príncipe no debe perdonar a un súbdito. Esta ley lleva una razón aneja: Porque a imagen de Dios es hecho el hombre (v. 6). El hombre es imagen de Dios, y así debemos verlo. Si Dios puso en él honor, no pongamos nosotros en él desprecio. Incluso sobre el hombre caído resplandecen tales huellas de la imagen de Dios; que el que injustamente mata a un hombre, atenta contra la imagen de Dios y deshonra a Dios mismo.
Versículos 8–11
I. El establecimiento general del pacto de Dios con este mundo nuevo, y la extensión de dicho pacto (vv. 9–10). Obsérvese: 1. Que Dios se complace benignamente en tratar con la humanidad en términos de un pacto, con lo que estimula grandemente el sentido del deber y la obediencia del hombre. 2. Que Dios estipula sus pactos con el hombre por propia iniciativa: Yo, sí, yo (v. 9). 3. Que los pactos de Dios quedan establecidos más sólidamente que las columnas de los cielos o los cimientos de la tierra, y no pueden ser anulados. 4. Que los pactos de Dios se hacen con los destinatarios y con sus descendientes; la promesa es para ellos y para sus hijos.
II. La intención particular de este pacto. Fue instituido para preservar al mundo de otro diluvio: No exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio (vv. 11, 15). A la bondad y fidelidad de Dios se debe, y no a ninguna reforma introducida en el mundo el que la tierra no haya sido inundada muchas veces con diluvio, y aun el que no esté inundada al presente. Así como el viejo mundo fue destruido para que fuese un monumento de justicia, así también el mundo actual permanece hasta el día de hoy para ser monumento de misericordia, de acuerdo con el juramento de Dios de que las aguas de Noé nunca más pasaran sobre la tierra (Is. 54:9). Si el mar se abalanzara sobre la tierra durante unos pocos días al ritmo que lo hace durante unas pocas horas dos veces al día, ¡qué desolación se produciría! Glorifiquemos a Dios por su misericordia en prometer y por su fidelidad en cumplir.
Versículos 12–17
Las cláusulas de los acuerdos entre los hombres suelen sellarse. Así, pues, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su designio (He. 6:17), ha confirmado su pacto con un sello. El sello de este pacto de naturaleza fue suficientemente natural: el arco iris. Respecto a este sello del pacto, obsérvese: 1. Este sello se imprime con repetidas seguridades de la verdad de la promesa cuya ratificación estaba destinado a ser: Mi arco he puesto en las nubes (v. 13); se dejará ver en las nubes (v. 14), para que el ojo afecte al corazón y confirme la fe; y será la señal del pacto (vv. 12–13), y me acordaré del pacto mío … no habrá más diluvio de aguas para destruir toda carne (v. 15). 2. El arco iris aparece cuando las nubes están más cargadas de lluvia, y se retira después de la lluvia. Así Dios aparta nuestros temores cuando más razón tenemos para temer que prevalezca la lluvia. 3. Cuanto más densa es la nube, más nítido se destaca en ella el arco iris. De igual modo, cuanto mayor es la amenaza de nuevas aflicciones, tanto mayor es el estímulo de abundantes consolaciones (2 Co. 1:5). 4. El arco iris aparece cuando ya está clara una parte del firmamento, lo cual insinúa el recuerdo de la misericordia en medio de la ira; y parece como si las nubes estuviesen cercadas por el arco para que no se extiendan por el cielo, pues el arco es la lluvia en color o como la orla ricamente festoneada de una nube. Un arco inspira terror, pero este arco no tiene cuerda ni flecha y un arco desnudo poco puede hacer. Es un arco, pero está apuntando al cielo, no a la tierra; porque las señales del pacto no están destinadas a atemorizar, sino a consolar.
Versículos 18–23
I. La familia y el oficio de Noé. El quehacer a que Noé se dedicó fue la labranza. El hebreo dice hombre de la tierra, ocupado en la tierra. Aunque los rabinos lo entienden como una degradación, un quehacer profano, no cabe duda de que Dios le llamaba al primer oficio del hombre en el paraíso, del cual Noé había tenido que prescindir para dedicarse a la construcción del arca y, después, a la construcción de una casa para sí y su familia. Durante mucho tiempo había sido carpintero, pero ahora volvía a la labranza.
II. El pecado y la vergüenza de Noé. Plantó una viña (v. 20); y, tras la vendimia, probablemente escogió un día de fiesta y alegría con su familia, y estarían con él sus hijos y nietos para regocijarse con él del incremento de la familia, así como del incremento de la viña; y quizás escogió esta fiesta con el propósito de clausurarla con una bendición especial a sus hijos. En esta fiesta bebió vino; pero bebió en tanta abundancia que se embriagó (v. 21). obsérvese aquí cómo llegó a ser atrapado por su propia falta. Fue culpa suya, y un gran pecado, tanto peor por cometerlo teniendo tan reciente tamaña liberación; pero Dios le dejó a merced de sí mismo y quiso que su entuerto quedase aquí registrado para enseñarnos: 1. Que la mejor página que un puro hombre ha dejado escrita desde la caída, tiene sus erratas y borrones. 2. Que a veces los que, a fuerza de vigilancia y resolución, han guardado su integridad, por la gracia de Dios, en medio de las tentaciones, han sido sorprendidos y atrapados por el pecado, a causa de una falsa seguridad, de descuido y negligencia de la gracia de Dios, una vez que ha pasado la hora de la tentación. 3. Que tenemos necesidad de andar con mucho cuidado cuando usamos en abundancia las criaturas de Dios, para no usarlas con exceso. La consecuencia del pecado de Noé fue la vergüenza. Quedó desnudo para su vergüenza, como había quedado Adán después de comer del fruto prohibido. Obsérvese aquí el gran mal del pecado de ebriedad. (A) Descubre y desnuda a los hombres. Al estar borrachos fácilmente manifiestan sus debilidades y desembuchan los secretos que se les han confiado. Porteros borrachos puertas abiertas. (B) Rebaja a los hombres y los expone a vituperio. Los hombres dicen y hacen cosas, cuando están borrachos, que sólo el pensarlas les causaría sonrojo cuando están serenos (Hab. 2:15–16).
III. Impudencia e impiedad de Cam. Vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos (v. 22). 1. Se regodeó en la vista. Quizás él había estado borracho alguna vez. Es cosa corriente entre los que dan malos pasos el alegrarse de los malos pasos que ven dar a otros. Pero el amor no se goza de la injusticia (1 Co. 13:6). 2. Lo dijo a sus dos hermanos en son de burla, de forma que su padre pudiera parecerles vil. Gran mal y necedad es mofarse del pecado (Prov. 14:9) y publicar las faltas ajenas, especialmente las de los padres, a quienes tenemos la obligación de honrar.
IV. El piadoso cuidado de Sem y de Jafet en cubrir la vergüenza de su pobre padre (v. 23). 1. Hay un manto de amor para cubrir multitud de pecados (1 P. 4:8). 2. Además de él hay otro manto de reverencia para cubrir las faltas de los padres.
Versículos 24–27
I. Noé vuelve en sí. Despertó de su embriaguez (v. 24).
II. Viene sobre él el espíritu de profecía y como Jacob en su lecho de muerte (49:1), dice a sus hijos lo que les ha de sobrevenir.
1. Pronuncia una maldición sobre Canaán el hijo de Cam (v. 25), en quien Cam mismo queda maldito: Será a SUS hermanos siervo de siervos, es decir, el más bajo y más despreciable de los esclavos. Nótese: (A) Dios visita a menudo la iniquidad de los padres sobre los hijos, cuando los hijos heredan las malvadas disposiciones de los padres e imitan las perversas prácticas de sus progenitores, sin hacer nada para cortar la conexión maldita. (B) Justamente cae el vilipendio sobre los que vilipendian a otros, especialmente sobre los que deshonran y entristecen a sus padres.
2. Vincula una bendición a Sem y a Jafet.
A) Bendice a Sem o, más bien, bendice a Dios por él. Obsérvese que (a) llama a Jehová el Dios de Sem (así dice el original). Todas las bendiciones están incluidas en ésta. Queda Sem suficientemente recompensado por el respeto que ha tenido hacia su padre, al poner Dios sobre él este honor de ser su
Dios. (b) Da a Dios la gloria por esta buena obra que Sem había hecho. Al ver las buenas obras de los hombres, debemos glorificar, no a ellos, sino a nuestro Padre (Mt. 5:16). Es un honor y un favor trabajar para el Señor y ser usados por Él para hacer el bien. (c) Prevé que el trato benévolo que Dios va a dispensar a Sem y a los suyos será un testimonio a todo el mundo de que Dios es el Dios de Sem. (d) Se insinúa que las bendiciones mesiánicas han de surgir y continuarse en la posteridad de Sem; pues de él salieron los judíos, quienes por mucho tiempo fueron los únicos en el mundo que profesaron la fe en el verdadero Dios.
B) Bendice a Jafet y, en él, a los gentiles, que descienden de él. Ensanche Dios a Jafet y habite en las tiendas de Sem (v. 27), donde tenemos un juego de palabras, pues Jafet significa anchura. Es curioso que Europa, donde se extendió preferentemente la descendencia de Jafet, signifique en griego faz ancha. También puede significar belleza, con lo que el arte y la cultura de Grecia (Europa) vendría a mezclarse con la religión y la sabiduría hebreas. De aquí que algunos interpretan la bendición a Jafet para denotar o, en primer lugar, la prosperidad exterior, por la que su descendencia había de ser tan numerosa y victoriosa como para enseñorearse de las tiendas de Sem, lo cual se cumplió cuando los judíos, la familia más eminente de la raza de Sem, fueron tributarios, primero de los griegos, y después de los romanos, ambos de la descendencia de Jafet; o, en segundo lugar, denota la conversión de los gentiles y su injerto en el olivo de Israel. Entonces podríamos leer: Dios persuadirá a Jafet (según otra significación probable de la palabra) y entonces, así persuadido, habitará en las tiendas de Sem, esto es, judíos y gentiles quedarán unidos en el redil del Evangelio. Nótese que sólo Dios puede hacer tornar a la iglesia a quienes se han separado de ella. Las almas son introducidas en la iglesia, no por la fuerza, sino por persuasión (Sal. 90:3).
Versículos 28–29
1. Cómo Dios prolongó la vida de Noé; esta longevidad fue una recompensa más por su señalada piedad, y una gran bendición para el mundo. 2. Cómo Dios puso finalmente término a su vida. Noé vivió lo suficiente para ver dos mundos, pero, siendo heredero de la justicia que es por la fe, fue a ver, cuando murió, otro mundo mejor que los dos que vio aquí.
Este capítulo nos refiere el origen de las naciones; sin embargo, no hay nación, excepto quizá la de los judíos, que pueda jactarse de saber de cuál de estos setenta manantiales (pues no son menos las familias originales) deriva su corriente. Al no quedar registros de las genealogías, al estar tan mezclados los pueblos, tan revolucionadas las naciones y tan distantes las fechas, el conocimiento del respectivo linaje de los actuales habitantes de la tierra no es posible.
Versículos 1–5
A la posteridad de Jafet le fueron asignadas las costas de los gentiles o islas (v. 5). Todos los lugares allende los mares desde Judea, son llamadas en la Biblia islas (Jer. 25:22), y esto nos guía para entender la promesa de que las islas esperarán sus enseñanzas (Is. 42:4), donde se profetiza la conversión de los gentiles a la fe de Cristo.
Versículos 6–14
En estos versículos se nos habla de Nimrod (vv. 8–10), el cual aparece como un gran hombre en su tiempo, pues estaba decidido a sobrepujar a todos sus coetáneos. El mismo espíritu que albergaban los gigantes de antes del diluvio había revivido ahora en él. Hay personas en quienes la ambición y la ostentación de poder parecen congénitas. De este lado del infierno, no hay nada que pueda quebrantar el orgullo de tales personas. Así vemos que:
I. Nimrod era un gran cazador; por esto comenzó y por esto se hizo proverbial. 1. Hay quienes piensan que hizo mucho bien cazando, pues limpió su país de las fieras que lo infestaban. 2. Otros opinan que, bajo el pretexto de cazar, reunió hombres bajo su mando, para jugar otro papel distinto, que era constituirse en dueño del país. Nótese que los grandes conquistadores no han sido otra cosa que grandes cazadores. Alejandro y César (como Napoleón y Hitler) no serían tan relevantes en los libros de Historia si se les considerara en su historia más prosaica. Nimrod fue un vigoroso cazador contra Jehová—leemos en los LXX—; esto es: (A) Inició la idolatría. Para inaugurar un nuevo gobierno inauguró, una nueva religión. Babel fue la madre de las rameras. O: (B) Continuó en su opresión y violencia, al desafiar al mismo Dios.
II. Nimrod fue un gran gobernante: Y fue el comienzo de su reino Babel … (v. 10). De un modo o de otro, pero siempre por la fuerza de las armas, se hizo con el poder, y así puso los fundamentos de una monarquía. Si Nimrod y sus vecinos comenzaron, otras naciones aprendieron a cobijarse bajo una cabeza para su propia seguridad y bienestar, lo cual, fuese cual fuese el comienzo, demostró ser una bendición tan grande para el mundo, que se llegó a considerar que las cosas iban rematadamente mal cuando no había rey en Israel.
III. Nimrod fue un gran constructor. Probablemente hizo de arquitecto en la construcción de Babel, y allí comenzó su reino pero, cuando su plan de gobernar sobre todos los descendientes de Noé fracasó a causa de la confusión de las lenguas, salió de esta tierra para Asiria, y edificó Nínive, etc. (v. 11).
Versículos 15–20
1. El relato de la posteridad de Canaán, de las familias y naciones que descendieron de él, y de las tierras que poseyeron, situadas en lugares muy amenos y fértiles. Canaán tiene aquí mejor lote de tierras que Sem y Jafet, pero éstos tienen mejor lote de bendiciones.
Versículos 21–32
Dos cosas son especialmente dignas de observación en este relato de la posteridad de Sem:
I. La descripción de Sem (v. 21). Tenemos aquí, no sólo su nombre, Shem, que precisamente significa un nombre, sino también dos títulos más para distinguirle:
1. Fue padre de todos los hijos de Heber. Heber fue su bisnieto pero ¿por qué se le llama el padre de todos sus hijos, más bien que de todos los de Arfaxad, Sala, etc.? Probablemente, porque Abraham y su simiente, el pueblo del pacto de Dios no sólo descendía de Heber, sino que de él fueron llamados hebreos (14:13, «Abraham el hebreo»). Al ser el hebreo la sagrada lengua, llamada así de su nombre, es probable que la retuviera él en su familia cuando lo de la confusión de las lenguas, como especial señal del favor de Dios hacia él. Así que, cuando el autor inspirado hubo de imponer a Sem un título honroso, le llamó el padre de los hebreos. Así como Cam, aunque tenía muchos hijos es repudiado al ser llamado el padre de Canaán, así Sem, aunque tenía también muchos hijos, es dignificado con el título de padre de Heber a cuya descendencia estaba vinculada la bendición. La verdadera grandeza consiste en la bondad.
2. Era hermano mayor de Jafet. El historiador sagrado había mencionado como un título de honor que Sem era el padre de los hebreos; pero, para que no se creyese que la descendencia de Jafet iba a estar por siempre fuera de la Iglesia y de las bendiciones mesiánicas, nos recuerda aquí que era hermano de Jafet, no sólo por nacimiento, sino también en la bendición, pues Jafet había de habitar en las tiendas de Sem.
Comienza este capítulo con el relato de la torre de Babel y la consiguiente dispersión de los hijos de Noé, tras la confusión de las lenguas. Trae después la genealogía de Abraham a partir de Sem, y termina con la salida de Taré, con Abraham su hijo, Sarai su nuera y Lot su nieto, de Ur de los caldeos.
Versículos 1–4
Al final del capítulo anterior leíamos que de los hijos de Noé se esparcieron las naciones en la tierra después del diluvio; es decir, estaban distribuidas en tribus distintas, y estaba decidido, ya sea por disposición de Noé ya por acuerdo tomado entre ellos, por qué camino había de dirigirse cada tribu o colonia para establecerse en sus respectivos lugares. Pero parece ser que los hijos de los hombres no estaban muy dispuestos a dispersarse hasta lugares distantes. Pensaron que estar juntos era más seguro y más feliz, y fraguaron un plan para lograrlo, teniéndose por más sabios que Noé o el mismo Dios. De modo que aquí tenemos:
I. Las ventajas que comportaba su plan de mantenerse juntos: 1. Tenían una sola lengua (v. 1). Así, mientras podían entenderse bien unos a otros, era lo más probable que se amasen unos a otros, que estuviesen dispuestos a ayudarse mutuamente, y cada vez menos inclinados a separarse. 2. Encontraron un lugar conveniente y cómodo para fijar en él su residencia, una llanura en la tierra de Sinar (v. 2), es decir, una explanada espaciosa y fértil, suficiente para contenerlos y mantenerlos a todos ellos, de acuerdo con las cifras de la población de entonces.
II. El método que usaron para unirse de esta manera y mantenerse juntos en una sola corporación. En lugar de ambicionar una progresiva expansión de sus fronteras, extendiéndose pacíficamente bajo la protección divina, trataron de fortificarse y la resolución unánime fue: Edifiquémonos una ciudad y una torre (v. 4). Obsérvese aquí:
1. Cómo se estimularon y animaron unos a otros a poner manos a la obra. Decían: Vamos, hagamos ladrillo (v. 3); y de nuevo: Vamos, edifiquémonos una ciudad (v. 4) animándose mutuamente, se hacían todos más atrevidos y resueltos.
2. Qué materiales usaron en su construcción. Siendo llano el terreno, no podía proporcionar piedra ni argamasa, pero esto no les hizo desistir de su empresa, sino que cocieron ladrillos en vez de piedra y usaron asfalto en lugar de argamasa. ¡Qué cantidad de recursos emplean los que están resueltos en sus propósitos! Si tan celosos fuésemos nosotros para lo bueno, no cejaríamos en nuestros trabajos con tanta frecuencia como lo hacemos, bajo pretexto de que necesitamos comodidades para continuar.
3. Qué objetivos perseguían con esta obra. Parece ser que pretendían tres cosas con la construcción de esta torre.
A) Parecía destinada a afrentar al mismo Dios, pues querían edificar una torre cuya cúspide llegase al cielo (v. 4), lo que comporta un desafío a Dios o, al menos, un intento de rivalizar con él.
B) Con ello esperaban hacerse un nombre y dar a conocer a la posteridad que habían existido tales hombres en el mundo. Querían legar este monumento de su orgullo, de su ambición y de su insensatez. El caso es que no hallamos en ningún libro de historia ni un solo nombre de estos edificadores de Babel.
C) Lo hicieron para impedir su dispersión. Es probable que en todo esto anduviese la mano del ambicioso Nimrod. Él deseaba una monarquía universal, para lo cual, bajo pretexto de una unión encaminada a dar seguridad a todos, se amañaba para guardarlos en un solo cuerpo, a fin de que, al tener a todos bajo su mirada, no le fallara el tenerlos a todos bajo su poder. Pero es prerrogativa de Dios ser monarca universal, Señor de todos y Rey de reyes; el hombre que ambiciona tal honor pretende escalar el trono del Altísimo, quien no dará su gloria a otro.
Versículos 5–9
I. El reconocimiento que Dios hizo de lo que se estaba tramando. Dios es inapelablemente justo y equitativo en todos sus procedimientos contra el pecado y contra los pecadores, y a nadie condena sin oírle. Eran hijos de Adán, como dice el hebreo; sí, de aquel Adán pecador y desobediente, cuyos hijos son por naturaleza hijos de desobediencia. El piadoso Heber no se encuentra entre esta impía caterva, pues él y los suyos son llamados los hijos de Dios.
II. Las consideraciones y resultados del Dios eterno acerca de este asunto.
1. Toleró el que avanzaran un buen trecho en su empresa antes de detenerla, para que así tuviesen tiempo de arrepentirse.
2. Dios había intentado, con sus mandatos y advertencias, hacerles desistir de este proyecto, pero en vano; por tanto, se ve obligado a tomar otras medidas para guardar el mundo en orden y atar por la fuerza las manos de quienes no quieren someterse a su ley. Obsérvese aquí cuán grande es la misericordia de Dios al moderar su castigo y no infligirlo en proporción a la ofensa; porque no nos trata conforme a nuestros pecados. No dice, «Descendamos ahora con truenos y relámpagos, y acabemos con esos rebeldes en un instante». No; sólo dice «Descendamos y esparzámoslos». Merecían la muerte, pero sólo son castigados con deportación; porque es muy grande la paciencia de Dios hacia un mundo provocador. Tres cosas sucedieron
A) Fue confundida su lengua. A esta malaventurada confusión de la lengua se deben tantas lamentables disputas, tantas desgraciadas controversias que surgen de un malentendido de frases y aun de palabras. Hay rabinos que opinan que fue ésta la mayor maldición de la historia del hombre.
B) La edificación hubo de suspenderse: Dejaron de edificar la ciudad (v. 8). Esto fue efecto de la confusión del lenguaje; porque no sólo les incapacitó para ayudarse mutuamente, sino que probablemente les produjo un impacto tan fuerte en su ánimo que ya no pudieron continuar, al ver en esto la mano del Señor que se abatía contra ellos. Es señal de sabiduría abandonar lo que vemos que es impugnado por Dios.
C) Los edificadores fueron esparcidos por toda la faz de la tierra (vv. 8–9). Se marcharon distribuidos por familias, cada cual según su lengua (10:5, 20, 31), a los diversos países y lugares que les fueron asignados. Dejaron tras sí un perpetuo memorial de su baldón, en el nombre dado al lugar, que fue llamado Babel, esto es, confusión. Quienes ambicionan un gran nombre, salen ordinariamente con un mal nombre. Los hijos de los hombres quedaban así definitivamente dispersados, y nunca más volvieron a reunirse, ni volverán jamás a hacerlo, hasta aquel gran día en que el Hijo del Hombre se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas delante de Él todas las naciones (Mt. 25:31–32).
Versículos 10–26
Genealogía que termina en Abraham, el amigo de Dios y que conduce ulteriormente hasta Cristo, la simiente prometida, que era hijo de Abraham y desde Abraham es computada su genealogía (Mt. 1:1 y ss.). 1. Lo único que figura en esta lista es el nombre y la edad de los patriarcas, como si el Espíritu Santo tuviese prisa por llegar pronto a la historia de Abraham. Qué poco sabemos de los que nos han precedido en este mundo, aun de los que han vivido en los mismos lugares que nosotros, así como también sabemos muy poco de nuestros contemporáneos que viven en lugares distantes. Bastante tenemos con ocuparnos del trabajo de nuestro tiempo y lugar, y dejar a Dios la tarea de restaurar el pasado (Ec. 3:15). 2. Puede notarse un gradual descenso de la longevidad. Sem alcanzó todavía los 600 años, una edad muy por debajo de la de los patriarcas de antes del diluvio; sus tres más próximos descendientes ya no llegaron a los 500; los tres más próximos a éstos ya no alcanzaron los 300. Después de ellos, ninguno alcanzó los 200, excepto Taré; y no muchos siglos más tarde, Moisés calculaba que el límite ordinario de la mayoría de los hombres era 70 u 80 años. 3. Heber, de quien toman el nombre los hebreos, fue el más longevo de todos los que nacieron después del diluvio, lo cual fue quizás un premio a su singular piedad y a su estricta adhesión a los caminos de Dios.
Versículos 27–32
Comienza la historia de Abram cuyo nombre es famoso, de aquí en adelante, en ambos Testamentos.
I. Su país: Ur de los caldeos. Éste fue el país de su nacimiento, una región idólatra, donde hasta los descendientes de Heber se habían degenerado. Nótese que los que, por gracia, son herederos de la Tierra Prometida, deberían recordar cuál era su país de nacimiento, cuál era, por naturaleza, su estado pecaminoso y corrompido, la cantera de la que fueron cortados.
II. Sus parientes, mencionados por causa de él y por el interés que proporcionan a la historia que va a seguir. 1. Su padre era Taré, de quien se dice (Jos. 24:2) que servía a dioses extraños, aun después del diluvio; tan temprano puso pie la idolatría en el mundo, hasta resultarles duro el nadar contra corriente a muchos que están imbuidos de buenos principios. Se mencionan también: 2. Sus hermanos: (A) Nacor, de cuya familia tanto Isaac como Jacob tomaron esposa; (B) Harán, el padre de Lot, de quien se dice aquí (v. 28) que murió antes que su padre Taré. Nótese que los hijos no pueden estar seguros de que sobrevivirán a sus padres; porque la muerte no tiene contemplaciones con la edad, ni se nos lleva por orden de nacimiento. También se dice que murió en Ur de los caldeos, antes de que la familia saliera de aquel país idólatra. 3. Su esposa fue Sarai, de la que Abraham mismo dijo que era hija de su padre, pero no hija de su madre (20:12). Era diez años más joven que Abram.
III. Su salida de Ur de los caldeos con su padre Taré, su sobrino Lot y el resto de su familia, en obediencia a la llamada de Dios, de la que veremos más en el capítulo 12:1 y ss. El presente capítulo los deja en Harán, lugar a medio camino entre Ur y Canaán, donde vivieron hasta la muerte de Taré. Si lo aplicamos al plano espiritual, podemos decir que muchos llegan hasta Harán, pero no alcanzan a llegar hasta Canaán; no están lejos del reino de Dios, pero tampoco entran jamás en él.
De aquí en adelante, la historia sagrada se ocupa casi exclusivamente de Abram y de su posteridad. En este capítulo tenemos la llamada de Abram a ir a Canaán, su obediencia a la llamada, su llegada a Canaán, su viaje a Egipto y su cobardía, así como el peligro y liberación de Sarai.
Versículos 1–3
Llamamiento por el cual Abram fue retirado del país de su nacimiento a la tierra prometida. Este llamamiento estaba destinado a probar su fe y obediencia así como a separarle y ponerle aparte para Dios y para servicios especiales. Para el conocimiento de las circunstancias de esta llamada nos puede ayudar no poco el discurso de Esteban (Hch. 7:2), donde se nos dice: 1. Que el Dios de la gloria se apareció con tal alarde de gloria que no le dejó a Abram ningún lugar para dudar de la autoridad divina de tal llamamiento. Dios le habló después de diversas maneras; pero esta primera vez en que establecía su comunicación con él se apareció a él como el Dios de la gloria y le habló. 2. Que este llamamiento le fue hecho en Mesopotamia, antes de ir a vivir en Harán. Algunos piensan que Harán estaba en Caldea y, por tanto, era todavía parte del país de Abram, o que Abram, después de estar allí cinco años, comenzó a llamarle su país y a echar raíces en él, hasta que Dios le dio a entender que no era éste el lugar al que le destinaba. Nótese que, si Dios nos ama y tiene atesorada misericordia para nosotros, no tolerará que descansemos hasta que hayamos llegado a Canaán sino que benignamente repetirá sus llamamientos, hasta que lleve a feliz término la buena obra que comenzó en nosotros (Fil. 1:6) y nuestras almas reposen sólo en Dios. En la llamada misma tenemos un precepto y una promesa.
I. Un precepto para probarle: Vete de tu tierra (v. 1).
1. Con este precepto fue probado para ver si estaba apegado a su tierra nativa y a sus más queridos amigos, o si estaba dispuesto a dejarlo todo y marcharse con Dios. Su país se había vuelto idólatra, su familia era para él una tentación constante, y no podía continuar con ellos sin peligro de contagio. Este mandamiento que dio Dios a Abram es muy parecido a la llamada del Evangelio, por la que toda la simiente espiritual del creyente Abram es introducida al pacto con Dios. Porque: (A) Los afectos naturales deben dejar paso a la gracia divina. (B) el pecado, y todas las ocasiones de pecado, han de ser abandonados y en particular las malas compañías; debemos abandonar todos los ídolos de iniquidad que hemos instalado en nuestro corazón, desprendiéndonos de buena gana de todo lo que nos sea más querido, cuando no podamos conservarlo sin riesgo de nuestra integridad. (C) El mundo y todos sus deleites deben ser considerados con una santa indiferencia; ya no debemos tenerlo por nuestro país, o por nuestra casa, por más tiempo, sino como una posada y, por tanto, acostumbrarnos a vivir desligados de él, por encima de él, y fuera de él en nuestro corazón.
2. Con este precepto fue probado para ver si estaba dispuesto a confiar en Dios cuando ya no le viese, pues tenía que dejar su país para ir a una tierra que Dios le había de mostrar. Dios no le dice: «Es una tierra que te daré», sino «una tierra que te mostraré». Tiene que seguir a Dios con una fe implícita, a pesar
de que no se le da ninguna seguridad especial de que no va a perder nada dejando su tierra para seguir a Dios.
II. Hay luego una promesa estimulante, o, más bien, una combinación de promesas, muchas y sobremanera grandes y preciosas. Nótese que todos los preceptos de Dios van acompañados de promesas para el que obedece. Si nosotros obedecemos el mandamiento, Dios no dejará de cumplir la promesa. Aquí hay seis promesas:
1. Haré de ti una nación grande. Cuando Dios le sacó de su pueblo, prometió hacerle cabeza de otro; le arrancó de ser rama de olivo silvestre para hacerle raíz de un buen olivo. Esta promesa fue: (A) Un gran alivio para la carga de Abram, porque no tenía hijos en este momento. Nótese qué bien sabe Dios ajustar sus favores a las necesidades y deseos de sus hijos. El que tiene una venda para cada herida, proveerá primero para la herida más dolorosa. (B) Una gran prueba para su fe, porque Sarai era estéril.
2. Te bendeciré. Deja la casa de tu padre, y yo te daré una bendición paterna.
3. Engrandeceré tu nombre. Al abandonar su patria, dejó allí su nombre. Al no tener hijos, temía quedarse también sin nombre; pero Dios iba a hacerle una gran nación y, por consiguiente, un gran nombre.
4. Serás bendición; esto es: (A) «Tu felicidad será un modelo de felicidad, de suerte que quienes bendigan a sus amigos, orarán solamente para que Dios los haga como a Abram» (v. Rt. 4:11). (B) «Tu vida será una bendición para los lugares en que tú permanezcas.»
5. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré. Esto implica una especie de coalición, ofensiva y defensiva, entre Dios y Abram.
6 Serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Ésta fue la promesa que coronaba todas las demás, porque apunta hacia el Mesías, en quien todas las promesas son Sí y Amén (2 Co. 1:20). Nótese que: (A) Jesucristo es la gran bendición del mundo, la mayor que jamás el mundo haya podido disfrutar. (B) Es una bendición para la familia, pues por él entra la salvación en casa (Lc. 19:9).
Versículos 4–5
I. Traslado de Abram fuera de su país; primero, de Ur; después, de Harán, en sumisión al llamamiento de Dios. Salió sin saber adónde iba (He. 11:8), pero sabiendo a quién seguía.
II. Su edad cuando fue llamado a salir. Era de edad de setenta y cinco años, una edad en la que más bien debía tener descanso en una residencia fija. Pero si Dios quería que comenzase el mundo ahora que era viejo, estaba presto a someterse. Aquí un ejemplo de lo que pasa con uno que se convierte siendo ya anciano.
III. La compañía y los enseres que tomó consigo.
1. Tomó a su esposa y a su sobrino Lot consigo. Nótese cuán conveniente es que marido y mujer se pongan de acuerdo para marchar juntos por el camino del Cielo. También Lot, su pariente, fue estimulado por el buen ejemplo de Abram, quien era quizás el tutor de Lot después de la muerte del padre de éste, y así se ofreció voluntariamente a marchar con él.
2. Tomaron consigo todos sus bienes que habían ganado. Echar por la borda todo lo que habían ganado, con el pretexto de que Dios les había de bendecir, habría sido tentar a Dios, con confiar en Él.
IV. Aquí está su feliz llegada al final de su viaje: Salieron para ir a tierra de Canaán, y a tierra de Canaán llegaron. Ya se menciona tal salida en 11:31, pero con detención en Harán. Ahora se menciona la llegada, guiados por la buena mano de Dios que estaba sobre ellos. Allí en Canaán, Abram recibe una nueva revelación de Dios, en la que promete darle esta tierra, que antes dijo que le mostraría.
Versículos 6–9
Podría esperarse que, después de haber recibido un llamamiento tan extraordinario para ir a Canaán, le hubiese acontecido a Abram algo también extraordinario a su llegada a Canaán. Pero Dios no hace que suceda nada grande, pues quiere que Abram viva por fe.
I. Vemos qué pocas comodidades encontró en la tierra a la que había llegado; porque: 1. No la tuvo en propiedad, pues encontró el país poblado y poseído por los cananeos, que podía suponerse serían malos vecinos y peores propietarios. 2. No tuvo en ella residencia fija. Los hijos de Dios han de considerarse extranjeros y peregrinos en este mundo (1 P. 2:11), y estar desligados de él, por fe, como de un país extraño. Vamos siempre de viaje y marchamos siempre con renovado vigor, como quienes no han alcanzado todavía la meta.
II. Pero cuánto bienestar encontró en el Dios a quien seguía.
1. Dios le habló palabras amables y alentadoras: A tu descendencia daré esta tierra. Los enemigos nos pueden arrojar de nuestras viviendas, incluso de nuestros lugares de culto, pero no pueden apartarnos de nuestro Dios. Los favores mostrados a los hijos es como si lo fueran a los padres. «Daré, no a ti, sino a tu descendencia»; es una donación que ha de revertir a su simiente, lo cual Abram entendió como una concesión hecha a él personalmente porque él aspiraba a una patria celestial (He. 11:16).
2. Abram edificó allí un altar a Jehová, quien se le había aparecido … e invocó el nombre de Jehová (vv. 7, 8). Así le devolvió a Dios la visita y se mantuvo en comunicación con el Cielo, como quien ha resuelto no cejar en esto. Dondequiera que Abram tuvo una tienda de campaña, allí tuvo Dios un altar santificado por la oración. Las personas que habían adquirido en Harán, siendo seguidores, habían de ser buenos discípulos y seguir aprendiendo. El culto familiar es un método antiguo; no es una invención moderna, sino la vieja costumbre de todos los santos. Dondequiera que vayamos, no dejemos de llevar siempre con nosotros la devoción al Señor.
Versículos 10–13
I. Hambre, y hambre grande, en la tierra de Canaán, que fue una fuerte prueba para Abram, que examinó sus pensamientos. Sólo una fe fuerte pudo conservar buenos pensamientos acerca de Dios en tal coyuntura. Ahora era puesto a prueba para ver si podía preservar incólume la confianza en que el Dios que le había traído a Canaán, le mantendría allí, y para ver si podría regocijarse en él como en el Dios de su salvación aun cuando la higuera no floreciese (Hab. 3:17, 18). Es posible que un hombre se encuentre en el camino del deber, y en el camino hacia la felicidad, y que se enfrente con grandes problemas y desilusiones.
II. El viaje de Abram a Egipto por causa del hambre. Véase cuán sabio es Dios al proveer que haya abundancia en un lugar cuando hay escasez en otro. No debemos esperar milagros innecesarios. Cuando Abram tiene que dejar Canaán por algún contratiempo, escoge ir a Egipto, que cae al sudoeste, por el camino contrario al que vino, para que no parezca que se vuelve a mirar atrás (v. He. 11:15, 16).
III. Una gran falta de la que Abram fue culpable al negar a su esposa y pretender que era su hermana. La Escritura es imparcial al referir los pecados de los más celebrados santos, cosas registradas allí, no para nuestra imitación, sino para nuestra admonición, de que el que piensa estar firme mire que no caiga (1 Co. 10:12). 2. En el fondo de todo ello estaban los celos y el temor que tenía al imaginarse que algún egipcio quedase tan fascinado por la belleza de Sarai que, si se enteraba de que él era su marido, buscase algún modo de deshacerse de él para casarse con ella. La gracia más eminente de Abram era la fe y, a pesar de ello, cayó de este modo por falta de fe y de confianza en la divina Providencia, incluso después que Dios se le había aparecido dos veces. ¡Ay! ¿Qué acontecerá a los sauces, si los cedros son sacudidos de esta manera?
Versículos 14–20
I. El peligro en que estuvo Sarai de haber visto su castidad violada por el rey de Egipto. La recomendaron al rey e inmediatamente fue llevada a la casa de Faraón, como Ester lo fue al serrallo de Asuero (Est. 2:8), para ser introducida en su dormitorio.
II. Sarai fue liberada de este peligro. Si Dios no viniese en nuestro rescate, pronto estaríamos abocados a la ruina. Él no nos trata de acuerdo con lo que nos merecemos.
1. Dios castigó a Faraón, y así impidió que siguiese adelante en su pecado. Dichosos castigos, los que nos detienen a mitad de camino hacia el pecado, y nos devuelven eficazmente a la ruta de nuestro deber.
2. Faraón reprendió a Abram, y luego lo despidió respetuosamente.
A) La reprensión fue suave, pero muy justa: ¿Qué es esto que has hecho conmigo? Faraón razona así con él: ¡Por qué no me declaraste que era tu mujer?, con lo que insinúa que, si lo hubiese sabido, no la habría introducido en su casa. A veces encontramos más virtud, honor y conciencia en algunas gentes de lo que habíamos pensado que poseían; y debería ser para nosotros un placer sufrir una decepción de esta clase, como lo fue para Abram, al encontrar en Faraón una persona mejor de lo que esperaba. El amor nos en seña a esperar lo mejor.
B) La despedida fue amable y muy generosa. Le devolvió la mujer sin haber dañado en nada su honor. Faraón dio orden a su gente acerca de Abram. Les dio órdenes, cuando Abram se disponía a volver a su casa, después del hambre, para que le escoltaran hasta la frontera, conduciéndole a buen seguro.
Obsérvese la semejanza en la liberación de Abram de Egipto y la de su simiente también de allí, 430 años después; como él fue a Egipto a causa del hambre, también sus descendientes bajaron a Egipto por causa del hambre; Abram fue liberado de Egipto tras las grandes plagas infligidas por Dios a Faraón y a su casa (v. 17); ellos también salieron de Egipto tras terribles plagas. Porque el cuidado que Dios tiene sobre su pueblo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
En este capítulo se nos da un ulterior relato acerca de Abram sobre su conducta, sus riquezas, su devoción, su prudencia y generosidad al zanjar las disputas entre los pastores suyos y los de Lot. Tenemos también la partida de Lot para Sodoma y la aparición de Dios a Abram para confirmar la promesa que le había hecho acerca de la tierra de Canaán.
Versículos 1–4
I. Abram vuelve de Egipto (v. 1). Volvieron a Canaán, él y los suyos, y todo lo que tenía.
II. Sus riquezas: Era riquísimo (v. 2). El hebreo dice que era pesado, es decir, cargado de posesiones; expresión muy justa, porque las riquezas son una carga. Hay una carga de cuidado en alcanzarlas, de miedo en conservarlas, de tentación en usarlas, de pecado en abusar de ellas, de pesar en perderlas y, finalmente, de cuentas que rendir a Dios por ellas. Dios, en su providencia, a veces hace ricos a los buenos, y les enseña a abundar, lo mismo que a escasear. Aunque es difícil para un rico ir al Cielo, no es, sin duda, imposible (Mr. 10:23–24). La prosperidad exterior si se aprovecha bien, proporciona muchas oportunidades de hacer el bien en abundancia.
III. Su traslado a Betel (vv. 3–4). Allá fue, no sólo porque anteriormente había tenido allí su tienda de campaña, sino porque allí había tenido su altar (v. 4). Andando el tiempo, Dios envió a Jacob al mismo lugar en su huida (35:1). Tenemos necesidad de que se nos recuerden nuestras promesas solemnes; y quizás el lugar donde las hicimos puede ayudarnos para refrescarnos la memoria y, así, puede hacernos mucho bien el visitarlo.
IV. Su devoción allí. Su altar había desaparecido y así no pudo ofrecer sacrificio sobre él, pero invocó el nombre de Jehová (v. 4), como lo había hecho antes (12:8). Abram no se dejó la religión en Egipto, como hacen muchos cuando viajan.
Versículos 5–9
Un desdichado incidente entre Abram y Lot, que hasta entonces habían sido compañeros inseparables.
I. La ocasión de reyerta fueron sus riquezas. Las riquezas son a menudo ocasión de discordias y peleas. La pobreza y el esfuerzo penoso, la escasez y los viajes no habían podido separar a Abram y a Lot, pero las riquezas sí que pudieron. Los amigos y allegados pueden perderse fácilmente; pero Dios es un amigo tal, que de su amor no nos separarán jamás ni la altura de la prosperidad ni la profundidad de la adversidad.
II. La contienda comenzó entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot (v. 7). Contendieron sobre quién habría de disponer de los mejores pastos o de las mejores aguas.
III. La contienda se agravó por el hecho de que el cananeo y el ferezeo habitaban entonces en la tierra. Esto hizo que la contienda fuese: 1. Muy Peligrosa. 2. Muy escandalosa. Las contiendas de los que profesan la religión resultan en reproche de la religión que profesan y dan ocasión, tanto como cualquier otra cosa, a los enemigos de Dios para blasfemar de Él.
IV. La solución de la contienda fue en extremo feliz. Es mejor preservar la paz que dejar que se quiebre. Pero, si surgen las diferencias, lo mejor es en este caso arreglarlas con la mayor presteza. La propuesta para detener la contienda fue hecha por Abram.
1. Su petición de paz fue muy afectuosa: No haya altercado … Te ruego. Abram sabía cómo calmar la ira con una respuesta blanda y abrir la vía de la reconciliación. Los hijos de Dios deben siempre manifestarse como pacificadores; sea cual sea la reacción de los demás, la suya debe ser por la paz.
2. Su apelación a la paz fue muy convincente. (A) «No haya altercado entre nosotros dos. Deja que los cananeos y los ferezeos contiendan por naderías; pero no caigamos en eso nosotros, que conocemos mejores cosas y aspiramos a una patria mejor.» El recuerdo de viejas amistades debería poner rápidamente punto final a las contiendas y altercados que puedan surgir en algún momento. (B) No se olvide que somos hermanos. Somos criaturas racionales, que deben guiarse por la razón. Somos hombres, no animales brutos; hombres, no chiquillos. En fin, somos hermanos. Hombres de la misma naturaleza de la misma familia, de la misma religión, compañeros en la obediencia y compañeros en la paciencia.
3. Su proposición de paz fue muy equitativa. «¿Por qué hemos de contender por espacio, cuando hay espacio suficiente para ambos?» Le ofrece así suficiente participación de la tierra en que estaban. Más aún, le da a elegir, y se ofrece a quedarse con lo que le deje: Si te vas a la mano izquierda, yo iré a la derecha. Abram tenía toda la razón del mundo para escoger él primero; sin embargo, cede de su derecho. Es una noble victoria el estar dispuesto a ceder por causa de la paz; es la victoria sobre nosotros mismos, sobre nuestro orgullo y nuestras pasiones (Mt. 5).
Versículos 10–13
La elección que Lot hizo cuando se separó de Abram. Habiéndole Abram ofrecido la vez, él aceptó sin cumplidos e hizo su elección. La pasión y el egoísmo hacen ineducados a los hombres.
I. Cuán puesta tenía la mirada en la bondad de la tierra. Vio toda la llanura del Jordán (v. 10), la explanada en que se asentaba Sodoma, y que toda ella era de riego. Seguramente le proveería de una cómoda residencia, y en un suelo tan fértil medraría y se haría rico; y esto era todo a lo que él aspiraba. Pero, ¿qué tal le fue? Pues bien, las próximas noticias que tendremos de él es que se encuentra allí como entre zarzas y que él y los suyos son llevados cautivos. Finalmente, Dios prendió fuego a la ciudad encima de su cabeza, y le forzó a huir por su vida a la montaña, cuando él había escogido la llanura en busca de la riqueza y el placer. Una elección sensual es una elección pecaminosa y raras veces tiene éxito. Siempre que escogemos algo, deberíamos regirnos por el siguiente principio: Lo mejor para nosotros es lo que sea mejor para nuestras almas.
II. Mas los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra Jehová en gran manera (v. 13). Algunos pecadores son peores por vivir en buena tierra. Así les pasaba a los de Sodoma. Los sucios sodomitas habitan en una ciudad, en una llanura fértil, mientras que el fiel Abram y su piadosa familia se cobijan en tiendas de campaña sobre los montes estériles. Por otro lado, la llegada de Lot a Sodoma podría ser considerada como un gran favor para los sodomitas, y un medio conveniente para inducirlos al
arrepentimiento, porque ahora tenían entre ellos a un profeta y predicador de justicia, y si le hubiesen escuchado, habrían podido ser reformados, y se habría evitado la ruina.
Versículos 14–18
Un relato de la benévola visita que Dios hizo a Abram, para confirmarle la promesa a él y a los suyos.
I. Cuándo renovó y ratificó Dios la promesa. 1. Cuando ya se había acabado la contienda. 2. Después de la humilde y altruista condescendencia de Abram con Lot para preservar la paz. 3. Después que Abram había perdido la confortable compañía de su pariente, y su corazón estaba entristecido, entonces fue cuando vino Dios a él con estas palabras tan bondadosas y tan consoladoras. Quizá Lot tenía mejor tierra, pero Abram tenía mejor título. Lot parecía tener el paraíso, pero Abram tenía la promesa.
II. Las promesas mismas con que Dios confortó y enriqueció a Abram ahora. De dos cosas le da seguridad: Una buena tierra, y una copiosa descendencia para disfrutar de ella.
1. Concesión de una tierra buena, una tierra famosa por encima de todas, porque iba a ser la Tierra Santa, y la tierra de Emanuel. Nótese que lo que Dios tiene para ofrecer es infinitamente mejor y más deseable que ninguna otra cosa que el mundo pueda ponernos ante los ojos. Le asegura esta tierra para él y para su descendencia por siempre (v. 15).
2. Aquí está también la promesa de una numerosa descendencia para llenar esta buena tierra, de modo que nunca se pierda por falta de herederos (v. 16). El mismo Dios que provee la herencia provee los herederos.
Se nos dice a continuación lo que hizo Abram cuando Dios le había confirmado así la promesa (v. 18). 1. Removió su tienda. En sumisión a la voluntad de Dios aquí, removió su tienda, acomodándose a la condición de peregrino. 2. Edificó allí altar a Jehová, en señal de su gratitud a Dios.
Cuatro cosas nos ofrece el relato de este capítulo: una guerra con el rey de Sodoma y sus aliados; la cautividad de Lot en esta guerra; el rescate de Lot a manos de Abram, y la vuelta de Abram de la expedición.
Versículos 1–12
Un relato de la primera guerra que encontramos en las Escrituras.
I. Las partes comprometidas en ella. Los invasores eran cuatro reyes, dos de ellos nada menos que reyes de Sinar y Elam, esto es, Caldea y Persia. Los invadidos eran los reyes de las cinco ciudades situadas en las cercanías de la llanura del Jordán, a saber Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Zoar.
II. La ocasión de esta guerra fue la rebelión de los cinco reyes contra el dominio de Quedorlaomer. Por doce años le habían servido. Poco fruto le sacaban a su fértil tierra, eran tributarios de un poder extranjero, y no podían reclamar lo que era de ellos. En el decimotercer año, comenzaron a cansarse de tal sujeción, se rebelaron, le negaron los tributos, e intentaron sacudirse el yugo y recobrar sus antiguas libertades. En el decimocuarto año, luego de prepararse con calma, se dispuso Quedorlaomer, juntamente con sus aliados, a castigar y reducir a los rebeldes.
III. Proceso y final de la guerra. Los cuatro reyes devastaron las regiones vecinas y se enriquecieron con los despojos (vv. 5–7). 1. Las fuerzas del rey de Sodoma y de sus aliados fueron derrotadas. 2. Las ciudades fueron saqueadas (v. 11). 3. Lot fue llevado cautivo (v. 12). Se llevaron a Lot entre los demás, y todos sus bienes. Muchos hombres honestos lo pasan muy mal a causa de sus perversos convecinos. Es, pues, una muestra de sabiduría por nuestra parte separarnos y librarnos así de su destrucción (Ap. 18:4).
Nótese que, cuando nos salimos fuera del camino del deber, nos ponemos también fuera de la protección de Dios, y no podemos esperar que lo que hemos escogido siguiendo nuestras concupiscencias, resulte en beneficio nuestro.
Versículos 13–16
Relato de la única acción militar en que encontramos comprometido a Abram, y a ella se vio impulsado, no por avaricia o ambición, sino puramente por un sentimiento de caridad; no fue para enriquecerse, sino para ayudar a su amigo.
I. Las noticias que le llegan del apuro de su pariente. 1. Se le llama aquí Abram el hebreo (v. 13), esto es, hijo y seguidor de Heber en cuya familia se conservó la profesión de la religión verdadera en aquella época de degeneración. 2. Las noticias le llegaron por boca de uno que había salvado su vida al escapar.
II. Cómo se preparó para esta expedición. Esto muestra que Abram era: 1. Un gran hombre que tenía a sus órdenes servidores. 2. Un buen hombre, que no sólo servía a Dios, sino que instruía a todos los que le rodeaban en el servicio de Dios. 3. Un hombre sabio y prudente, porque, aunque era hombre de paz, dispuso a sus hombres para la guerra. Aunque nuestra religión nos enseña a estar a favor de la paz, no por eso nos prohíbe proveer para la guerra.
III. Sus aliados y confederados en esta expedición. Persuadió a sus vecinos, Aner, Escol y Mamré, a marchar con él. Quienes dependen de la ayuda de Dios deben, no obstante, en tiempo de apuro, echar mano de la ayuda de otros hombres, conforme se lo ofrezca la Providencia; de lo contrario, están tentando a Dios.
IV. Su coraje y la manera como se comportó fueron muy notables. 1. Se necesitaba una gran dosis de bravura en la empresa misma, si consideramos las desventajas que tenía. ¿Qué podía hacer una sola familia de agricultores y pastores contra los ejércitos de cuatro reyes, que venían envalentonados con la victoria conseguida? La religión tiende a hacer a los hombres, no cobardes, sino valientes de verdad. Un verdadero cristiano es un verdadero héroe. 2. También hubo una gran dosis de sagacidad en la gestión de tal empresa. Nótese que la sana sagacidad es un buen amigo, tanto para nuestra seguridad como para nuestra utilidad. Una cabeza de serpiente (con tal que nada tenga que ver con la serpiente antigua) bien puede figurar en el cuerpo de un creyente, especialmente si tiene ojos de paloma (Mt. 10:16).
V. Su éxito fue muy considerable (vv. 15–16). Derrotó a sus enemigos y rescató a sus amigos; y no encontramos que tuviese pérdidas.
1. Rescató a su pariente; dos veces se le llama aquí en el hebreo su hermano Lot. El recuerdo del parentesco que les unía, tanto por naturaleza como por gracia, le hizo olvidar el pequeño altercado que habían tenido. Nótese: (A) Debemos estar prestos, siempre que esté en nuestras manos hacerlo, para socorrer y aliviar a los que se encuentran en apuros. (B) Aunque otros no hayan cumplido con su obligación hacia nosotros, no por eso debemos nosotros negarles la obligación que tenemos con ellos. Hay quienes dicen que pueden perdonar a sus enemigos más fácilmente que a sus amigos; pero nosotros debemos sentirnos obligados a perdonar a ambos.
2. Rescató al resto de los cautivos, por amor de Lot, aunque le eran desconocidos y no tenía absolutamente ninguna obligación con ellos. Nótese que, siempre que tengamos oportunidad, debemos hacer el bien a todos.
Versículos 17–20
Este párrafo comienza con la mención de los respetos que el rey de Sodoma ofreció a Abram, pero, antes de referirla en detalle, la Escritura registra brevemente la historia de Melquisedec.
I. Quién era éste. Era rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo; y otras cosas gloriosas que se dicen de él (He. 7:1 y ss.): 1. Los escritores rabínicos concluyen que Melquisedec era Sem el hijo de Noé. Pero, ¿por qué habría cambiado su nombre? ¿Y cómo vino a fijar su residencia en Canaán? 2. Muchos
escritores cristianos han pensado que fue una aparición del mismo Hijo de Dios en figura de rey justo, que sale en defensa de una causa justa y da la paz. Piensan que es difícil imaginar un mero hombre de quien pueda decirse que es sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida (He. 7:3). 3. La opinión más común es que Melquisedec era un príncipe cananeo que reinó en Salem y conservó allí la verdadera religión; pero si es así, ¿por qué había de aparecer su nombre sólo aquí en toda la historia de Abram? La Cadena Arábica da de Melquisedec los siguientes datos: Que era el hijo de Heraclim, hijo de Peleg, hijo de Heber, y que el nombre de su madre era Salatiel, hija de Gomer, hijo de Jafet, el hijo de Noé.
II. Lo que hizo. 1. Sacó pan y vino, como refrigerio para Abram y sus soldados y como felicitación por su victoria. Esto lo hizo en cuanto rey. 2. En su calidad de sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abram, lo que podemos suponer que sería para Abram un refrigerio mayor que el pan y el vino. Así Dios, después de resucitar a su Hijo Jesús le ha enviado a bendecirnos, como quien tiene autoridad; y aquéllos a quienes Él bendice, son benditos de veras.
III. Lo que dijo (vv. 19–20). Dijo dos cosas: 1. Bendijo a Abram de parte de Dios. Observa los títulos que da aquí a Dios, y que son muy gloriosos. (A) El Dios Altísimo; (B) Creador de los cielos y de la tierra, o Dueño, como dice el hebreo, lo que implica que es el justo Dueño y Soberano Señor de todas las criaturas, por ser el Creador y Hacedor de todas ellas. 2. Bendijo a Dios de parte de Abram (v. 20): y bendito sea el Dios Altísimo.
IV. Lo que le fue hecho: Le dio Abram los diezmos de todo, es decir, del botín (He. 7:4). Esto podría considerarse: 1. Como un presente voluntario a Melquisedec, en correspondencia a sus señales de respeto. 2. Como ofrenda prometida y dedicada al Dios Altísimo y, por ello, puesta en manos de Melquisedec, su sacerdote. Notemos: (A) Cuando hemos recibido de Dios algún señalado favor, está muy en su punto que expresemos nuestra gratitud con algún acto especial de piedad caritativa. (B) El diezmo de lo que Dios nos haya prosperado es una conveniente porción para ponerla aparte para el honor de Dios y el servicio del santuario. (C) Jesucristo, nuestro gran Melquisedec, se merece nuestro homenaje, y que todos y cada uno le reconozcamos como nuestro rey y sacerdote; y no sólo el diezmo de todo, sino todo lo que poseemos debemos ponerlo a sus pies y ofrecérselo.
Versículos 21–24
Relato de lo que pasó entre Abram y el rey de Sodoma.
I. La ofrenda agradecida del rey de Sodoma a Abram (v. 21): Dame las personas, y toma para ti los bienes o, como dice el hebreo, Dame el alma y toma para ti la sustancia. Aquí le ruega finamente que le conceda las personas, mientras ofrece libremente a Abram los bienes.
II. Abram rechaza generosamente esta oferta. No sólo le entrega las personas, sino que le devuelve todos los bienes también. No quiere quedarse ni desde un hilo hasta una correa de calzado.
¿Qué suponen las bellezas y los deleites de los sentidos para quien tiene siempre ante los ojos a Dios y al Cielo?
1. Abram ratifica esta resolución con un solemne juramento. La ceremonia usada en este juramento: He alzado mi mano. En un juramento religioso, apelamos al conocimiento que Dios tiene de nuestra veracidad y sinceridad, e imprecamos su ira si juramos en falso, y el alzar la mano es un gesto que significa y expresa muy bien ambas cosas.
2. Apoya su rechazo en una buena razón: Para que no digas: Yo enriquecí a Abram, lo que supondría un vituperio: (A) A la promesa y al pacto de Dios; (B) a la piedad y caridad de Abram. El pueblo de Dios debe, por su propio crédito, tener mucho cuidado de no hacer nada que parezca ruin y mercenario, o que huela a avaricia y egoísmo.
En este capítulo tenemos un solemne convenio entre Dios y Abram con respecto al pacto que había de ser establecido entre ellos. En el capítulo anterior, veíamos a Abram en el llano con reyes; aquí le vemos en la montaña con Dios; y, aunque allí ya parecía grande, aquí parece mucho más grande todavía. El pacto que iba a ser establecido entre Dios y Abram era un pacto de promesas que aquí se detallan. La descendencia prometida y la tierra prometida, algo tan consolador para este gran creyente, son ambas tipo de aquellas dos inestimables bendiciones nuestras: Jesucristo y el Cielo.
Versículo 1
I. El tiempo en que hizo Dios este convenio con Abram. 1. Después de ese famoso acto de caridad generosa que Abram había hecho al rescatar del apuro a sus amigos y vecinos; y eso, no por precio ni recompensa. 2. Después de la victoria que había obtenido sobre cuatro reyes.
II. El modo como conversó Dios con Abram, pues tomó a Abram despierto y le otorgó alguna aparición visible de la Shekibah, o alguna señal sensible de la presencia de la divina gloria.
III. La benévola seguridad que Dios le dio de su favor hacia él.
1. Le llamó por su nombre: Abram. Las buenas palabras de Dios nos hacen mucho bien cuando, por Su Espíritu, nos son dirigidas a nosotros en particular. La palabra dice: A todos los sedientos (Is. 55:1); el Espíritu dice: A ésta persona.
2. Le previno contra la turbación y la inquietud: No temas, Abram. Deja que los pecadores de Sion estén atemorizados, pero tú, Abram, no temas.
3. Le garantizó seguridad y felicidad, para que siempre estuviese: (A) Tan seguro como Dios mismo podía conservarlo: Yo soy tu escudo; no sólo el Dios de Israel, sino un Dios para Israel. (B) Tan feliz como Dios mismo podía hacerle: Y tu galardón sobremanera grande; no sólo tu galardonador, sino tu galardón. Abram había rehusado generosamente las recompensas que el rey de Sodoma le ofrecía.
Versículos 2–6
La seguridad dada a Abram de una numerosa estirpe que descendería de él.
I. La queja repetida de Abram (vv. 1–2). Esto fue lo que dio ocasión para esta promesa. La gran aflicción que pesaba sobre Abram era la falta de un hijo. Aunque nunca debemos quejarnos de Dios, sí que podemos quejarnos a Dios, y para un espíritu fatigado y cargado es un alivio el abrirse y derramar su pena ante un amigo fiel y compasivo, como es Dios. La queja de Abram era cuádruple: 1. Que no tenía prole (v. 3). 2. Que no parecía haber esperanza de tenerla, al insinuar esto en ese: Ando sin hijo (v. 2), como si dijera: Estoy entrado en años y desciendo ya solitario por la vertiente que lleva al sepulcro. 3. Que sus siervos ocupaban al presente, y llevaban trazas de ocupar en el futuro, el lugar de hijos en su casa (vv. 2–4). 4. Que la carencia de prole constituía para él una pena tan grande, que le quitaba todo el gusto que pudieran proporcionarle sus satisfacciones, como si dijera: Todo eso no supone nada para mí, si me quedo sin hijo. Con todo, podemos suponer que Abram tenía aquí la vista puesta en la simiente prometida y, de este modo, la importunidad de su deseo tenía mucho de recomendable; todo eso no suponía nada para él, si no tenía seguridad de estar relacionado con el Mesías, del cual Dios le había animado ya a mantener la expectación. «Tengo esto y lo otro, pero ¿de qué me servirá todo ello, si ando sin Cristo?»
II. Benévola respuesta de Dios a su queja. 1. Dios le da promesa explícita de un hijo (v. 4): Ése que ha nacido en tu casa no te heredará, como temes, sino el que saldrá de tus entrañas, un hijo tuyo será el que te heredará. 2. Para impresionarle más con esta promesa, le sacó fuera, le mostró las estrellas, y le dijo: Así será tu descendencia (v. 5). (A) Tan numerosa; las estrellas parecen ya innumerables a simple vista. Abram temía quedarse sin siquiera un hijo. (B) Tan ilustre, pareciéndose a las estrellas en esplendor. La descendencia de Abram según la carne iba a ser como el polvo de la tierra (13:16), pero su descendencia espiritual iba a ser como las estrellas del cielo, no sólo numerosa, sino también gloriosa y muy preciosa.
III. La firme creencia de Abram en la promesa que Dios le hacía ahora, y la favorable aceptación que Dios hizo de su fe (v. 6). Véase cómo pondera y engrandece el Apóstol esta fe de Abram y la pone como ejemplo relevante (Ro. 4:19–21). Y le fue contado—por Dios—por justicia; es decir: sobre esta base fue aceptado por Dios y, como el resto de los patriarcas, por fe alcanzó testimonio de que era justo (He. 11:4). Esto es enfatizado en el Nuevo Testamento para probar que somos justificados por la fe sin las obras de la Ley (Ro. 4:6; Gá. 3:6). Todos los creyentes son justificados como lo fue Abram, y fue su fe lo que le fue contado por justicia; no que su fe ocupase el lugar de la justicia, sino que su fe fue un acto de justicia y le justificó delante de Dios.
Versículos 7–11
La seguridad dada a Abram de que obtendría la tierra de Canaán por herencia.
I. Dios declara su propósito respecto de ello (v. 7). Quienes estén seguros de tener interés en la simiente prometida no verán ningún motivo para dudar que tienen un título que les da derecho a la tierra prometida. Si Cristo es nuestro, el Cielo es nuestro. Cuando Abram creyó en la primera promesa (v. 6), Dios le explicó y ratificó entonces esto. Tres cosas le recuerda aquí Dios a Abram, para estimularle respecto a la promesa de esta buena tierra:
1. Lo que es Dios en sí mismo: Yo soy Jehová. «Yo te la puedo dar, se oponga quien se oponga, aunque sean los hijos de Anac.» Dios nunca promete cosa que no pueda cumplir, como hacen a menudo los hombres.
2. Lo que Dios había hecho por Abram. Te saqué de Ur de los caldeos. Los escritores judíos guardan una tradición según la cual Abram fue arrojado a un horno encendido por rehusar rendir culto a los ídolos, y fue milagrosamente librado. Éste fue un favor fundamental, principio de los demás favores, un favor particular a Abram y, por tanto, garantía y anticipo de ulteriores favores
3. Lo que Dios pensaba hacer aún por él: «Te traje aquí para darte a heredar esta tierra, no sólo para poseerla, sino para poseerla en herencia, que es lo más hermoso y lo más seguro». El gran designio de Dios en todos sus modos de proceder con los suyos es llevarlos con seguridad al Cielo.
II. Abram desea una señal: ¿En qué conoceré que la he de heredar? (v. 8). 1. Para fortalecer y afianzar su fe; había creído (v. 6), pero ahora es como si rogara: Señor, ayúdame contra mi incredulidad. Sí, creía, pero deseaba una señal para atesorarla frente a horas de tentación. 2. Para ratificar la promesa a su posteridad, a fin de que también ellos fuesen inducidos a creer.
III. Dios dirige a Abram para que prepare un sacrificio, e intenta con ello darle una señal, y Abram lo prepara conforme a las instrucciones que recibe (vv. 9–11). Los que han de recibir las seguridades del favor de Dios, y han de ver confirmada su fe, deben atenerse a las ordenanzas instituidas, y esperar tener un encuentro con Dios en ellas. Abram hizo lo que Dios le mandó, aun cuando no sabía cómo aquellas cosas le habrían de servir de señal. No fue ésta la primera vez que Abram hubo de ejercitar una obediencia ciega o, mejor, implícita. Partió los animales por la mitad, conforme a la ceremonia empleada para confirmar pactos (Jer. 34:18–19), pues se dice que dividieron en dos partes el becerro y pasaron por en medio de ellas. Mientras Dios difería el aparecerse en el sacrificio, Abram continuó esperando y su expectación iba en aumento con la dilación; cuando descendían aves de rapiña, Abram las ahuyentaba (v. 11). Cuando sobre nuestros sacrificios desciendan los vanos pensamientos, como estas aves de rapiña, debemos ahuyentarlos y prestar atención a Dios sin distracciones.
Versículos 12–16
Un descubrimiento pleno y detallado es hecho a Abram acerca de los propósitos de Dios respecto a su descendencia.
I. El tiempo en que vino Dios a él para hacerle esta revelación: A la caída del sol, aproximadamente a la hora de la oblación vespertina. Dios mantiene, a veces, a los suyos por largo tiempo en espera de las
bendiciones que les tiene destinadas, para probar y afianzar su fe, pero aunque las respuestas a la oración, y el cumplimiento de las promesas, lleguen con lentitud, siempre llegan con seguridad.
II. Los preparativos para esta revelación. 1. Sobrecogió el sueño a Abram, no un sueño corriente, causado por el cansancio o la indolencia, sino más bien como un éxtasis. Las puertas de su cuerpo quedaron herméticamente cerradas, a fin de que su alma quedase más concentrada en su interior y actuase con más libertad. 2. Con este sueño, el terror de una gran oscuridad cayó sobre él. Esta gran oscuridad, que comportaba consigo terror, estaba destinada: (A) A llenar de santo pavor el espíritu de Abram e investirle de una sagrada reverencia. El santo temor prepara el alma para el gozo santo; el espíritu de esclavitud prepara el camino para el espíritu de adopción. (B) A ser una muestra de los métodos que Dios había de emplear con su descendencia. Iban a encontrarse primero en el horror y la oscuridad de la esclavitud egipcia, y después entrar con gozo en la tierra prometida.
III. La predicción misma. Varias cosas se predicen aquí.
1. El estado de sufrimientos de la descendencia de Abram por largo tiempo (v. 13). Debe saber que la descendencia prometida será una descendencia perseguida. Aquí tenemos:
A) Los detalles de dichos sufrimientos. (a) Serán extranjeros. Así, los herederos del Cielo son antes extranjeros en la tierra. (b) Serán esclavos. Los cananeos servían bajo maldición; los hebreos, bajo bendición. (c) Serán oprimidos; sufrirán mucho. Aquellos a quienes servirán los afligirán (v. Éx. 1:11).
B) La duración de sus sufrimientos—cuatrocientos años—. Era mucho tiempo, pero tendría un límite.
2. El juicio sobre los enemigos de la descendencia de Abram: A la nación a la cual servirán, juzgaré yo (v. 14). Aunque Dios soporte el que los perseguidores y opresores pisoteen a su pueblo por algún tiempo, sin embargo llegará con certeza el día en que ajustará cuentas con ellos, porque le llega su día (Sal. 37:12–13).
3. La liberación de la descendencia de Abram de Egipto. Aquí se predice ese gran acontecimiento: Y después de esto saldrán con gran riqueza. Aquí se promete: (A) Que serán enriquecidos. Dios se cuidó, no sólo de que tuvieran una buena tierra a la cual ir, sino también un buen abastecimiento que acarrear consigo.
4. Su feliz establecimiento en Canaán (v. 16). No sólo saldrán de Egipto, sino que volverán acá, a esta tierra de Canaán donde tú estás ahora.
5. La muerte pacífica y tranquila de Abram, y su sepelio, antes de que estas cosas sucedan (v. 15). Nótese que los buenos son, a veces, grandemente favorecidos al ser recogidos de delante de la aflicción (Is. 57:1). Quede Abram satisfecho con que, por su parte:
A) Vendrá a sus padres en paz. Nótese: (a) Ni los amigos y favoritos del Cielo quedan exentos del golpe de la muerte. (b) Los buenos mueren de buen grado; no son conducidos, ni marchan forzados, sino que van. (c) Tras la muerte, vamos a los padres y a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos (He. 12:23). Paz exterior, hasta el fin, es prometida a Abram, paz y verdad en sus días, venga lo que venga después (2 R. 20:19); paz con Dios, paz eterna, hay asegurada para toda su descendencia espiritual.
B) Será sepultado en buena vejez. No sólo morirá en paz, sino también en honor. La vejez buena es una bendición y una gran oportunidad para ser útil.
Versículos 17–21
I. Es ratificado el pacto (v. 17) y es dada la señal que Abram deseaba.
1. El horno humeante significaba la aflicción de su descendencia en Egipto.
2. La antorcha de fuego denota el consuelo en esta aflicción; y Dios la mostró a Abram al mismo tiempo que le mostró el horno humeando. (A) La luz denota liberación fuera del horno. (B) La antorcha, dirección en medio del humo. La palabra de Dios sería la luz de ellos (Sal. 119:105); así lo fue para Abram, pues fue una antorcha que brilla en lugar oscuro (2 P. 1:19). (C) El fuego de la antorcha denota la destrucción de sus enemigos que los retuvieron por tanto tiempo en el horno.
3. El paso de estos elementos por entre las piezas era la confirmación del pacto que Dios había hecho ahora con él. Es probable que el horno y la antorcha que pasaron por entre las piezas de los animales, las
quemaran y consumieran, completando así el sacrificio y testificando que Dios lo aceptaba como el de Gedeón (Jue. 6:21). Así esto insinúa: (A) Que los pactos de Dios con el hombre se hacen con sacrificio (Sal. 50:5) por medio de Cristo, que consumó el gran sacrificio; no hay acuerdo sin sacrificio. (B) Que el aceptar Dios nuestros sacrificios espirituales es un anticipo de ulteriores favores.
II. El pacto es repetido y explanado: A tu descendencia daré esta tierra (v. 18). Aquí hay
1. Una relación minuciosa de la concesión. Las promesas de Dios son dones de Dios, y como tales han de ser consideradas. La posesión, a su debido tiempo, es tan segura como si ya les fuese otorgada en el tiempo presente. Lo que Dios promete es tan seguro como si estuviese hecho; de ahí que se nos dice: El que cree en el Hijo, tiene vida eterna (Jn. 3:36), porque irá al Cielo tan seguro como si ya estuviese allí.
2. Un recuento detallado de cada cosa concedida, como suele hacerse en la concesión de tierras. La tierra concedida se describe aquí en toda su extensión, porque iba a ser un tipo de la herencia celestial, donde hay lugar suficiente: en la casa de nuestro Padre hay muchas mansiones (Jn. 14:2).
Agar, una oscura egipcia, es la protagonista del presente capítulo. Es probable que fuese una de las esclavas que el rey de Egipto regaló a Abram (12:16). Acerca de ella, tenemos en este capítulo cuatro cosas: Su matrimonio con Abram, su amo; su mala conducta con Sarai, su dueña; su conversación con el ángel que le salió al encuentro en su huida; y el alumbramiento de un hijo.
Versículos 1–3
Casamiento de Abram con Agar, para que fuese su segunda esposa. Esta costumbre parece haber surgido del deseo desordenado de constituir familias numerosas para poblar el mundo con más rapidez. De cierto que no debe ser así ahora. Cristo ha restaurado este asunto a su primera institución, y hace que la unión matrimonial sea entre un hombre y una mujer solamente.
I. La instigadora de esta unión fue Sarai misma. Es táctica de Satanás el tentarnos por medio de nuestros más próximos y queridos allegados. Habría sido mucho mejor para los intereses de Sarai, si Abram se hubiese atenido a la promesa de Dios, y no a los insensatos proyectos de ella.
II. El pretexto para ello fue la esterilidad de Sarai. Éste fue el argumento que empleó para hacer que Abram se casase con la esclava; y él se dejó convencer por esa razón para llevar a cabo el matrimonio.
Tenemos motivos para pensar que el consentimiento de Abram a la propuesta de Sarai se debió a un intenso deseo de la prometida descendencia, a la que había de estar vinculado el pacto. Dios le había dicho que su heredero sería un hijo salido de su cuerpo, pero todavía no le había dicho que sería un hijo de Sarai; así que pensó: «¿Por qué no de Agar, puesto que Sarai misma lo ha propuesto?» La sabiduría de la carne, al adelantarse al tiempo de la misericordia de Dios, nos pone también fuera del camino de Dios. Esto podría evitarse felizmente, si pidiésemos consejo a Dios por medio de la Palabra y de la oración, antes de lanzarnos a decisiones presuntuosas y sospechosas.
Versículos 4–6
Las malas e inmediatas consecuencias del desdichado matrimonio de Abram. Rápidamente causó grandes daños. Cuando no obramos bien, tanto el pecado como la desazón llaman a la puerta. Veámoslo en este relato.
I. Sarai es despreciada y, por ende, provocada al resentimiento (v. 4). 1. Agar piensa ser mejor mujer que Sarai, más favorecida del Cielo y con mucha probabilidad de ser más amada de Abram; de ahí que no esté dispuesta a someterse como lo ha hecho hasta ahora. 2. Justamente sufrimos a manos de aquellos con
quienes hemos condescendido pecaminosamente, y es cosa justa que Dios haga ser instrumentos de nuestro tormento a quienes nosotros hemos hecho instrumentos de nuestro pecado.
II. Sobre Abram caen las quejas, y no se encuentra cómodo mientras Sarai continúa con su mal humor, echándole a él la culpa injustamente (v. 5). 1. Temerariamente apela a Dios en este caso: Jehová entre ti y mí; como si Abram hubiese rehusado hacerle justicia. Cuando la pasión reina, la razón se va de casa, y ni se la oye ni se le habla. 2. No siempre tienen razón los que levantan más la voz y se adelantan a apelar a Dios. Las imprecaciones atrevidas y precipitadas suelen ser señal evidente de culpabilidad y de causas perdidas.
III. Agar es afligida y echada de casa (v. 6). Ella misma fue la primera en provocar, al despreciar a su dueña.
Versículos 7–9
La primera mención que tenemos en la Escritura de la aparición de un ángel.
I. Cómo la detuvo el ángel en su huida (v. 7). 1. Ella había emprendido viaje con rumbo a su país nativo, a Egipto. Bien estaría que las aflicciones nos hicieran pensar en nuestra casa. Pero Agar estaba ahora fuera del camino del deber, y extraviándose más todavía. 2. Dios tolera que los que se salen del camino anden errantes por algún tiempo, para que cuando se den cuenta de su insensatez, estén mejor dispuestos a regresar. Agar no fue detenida hasta que no estuvo en el desierto. Dios nos lleva al desierto, y allí nos habla al corazón (Os. 2:14).
II. Cómo la interrogó (v. 8). Obsérvese:
1. La llamó Agar, sierva de Sarai. Aunque era mujer de Abram, sin embargo Él la llama sierva de Sarai, para humillarla. Nótese que, aunque la educación nos enseña a llamar a otros por los títulos más altos que poseen, sin embargo la humildad y la sabiduría nos enseñan a llamarnos a nosotros mismos por los más bajos. La sierva de Sarai debía estar en la tienda de Sarai, y no vagando por el desierto y haciendo el haragán junto a una fuente.
2. Las preguntas que el ángel le hizo eran muy apropiadas y puestas en razón. (A) «¿De dónde vienes tú?» Date cuenta de que estás huyendo de tu deber. (B) «¿Adónde vas?» Estás huyendo hacia el pecado, a Egipto, y hacia el peligro, en el desierto. Nótese que los que están abandonando a Dios y a sus deberes, harían bien en recordar, no sólo de dónde han caído, sino adónde están cayendo.
3. Su respuesta fue honesta, con una confesión sincera: Huyo de delante de Sarai, mi señora.
4. Cómo la hizo volver, dándole un consejo apropiado y compasivo: «Vuélvete a tu señora, y ponte sumisa bajo su mano» (v. 9).
Versículos 10–14
Podemos suponer que, habiéndole dado el ángel el buen consejo (v. 9) de volverse a su señora, ella prometió inmediatamente hacerlo así, y comenzó a volver a casa; y entonces el ángel continuó animándola con la seguridad de la misericordia que Dios tenía reservada para ella y para su descendencia; porque Dios sale con misericordia al encuentro de los que se vuelven a su deber. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. (Sal. 32:5.)
I. Para su consuelo en el presente apuro, el ángel le añade una predicción concerniente a su posteridad. Nótese que es un gran consuelo para las mujeres encinta el pensar que están bajo el particular conocimiento y cuidado de la divina Providencia. Ahora: 1. El ángel le asegura que tendrá un parto feliz, y de un hijo, que es lo que Abram deseaba. Dio a luz felizmente, no sólo por providencia, sino también por promesa. 2. Pone nombre al niño, lo cual era un honor, tanto para ella como para el niño: Llamarás su nombre Ismael, esto es: «Dios oirá»; la razón es, porque Jehová ha oído tu aflicción. Aun allí donde hay poco clamor de devoción, el Dios de compasión escucha a veces benignamente el clamor de aflicción. Las lágrimas hablan tan bien como las oraciones. 3. Le promete una numerosa descendencia (v. 10). Los árabes se tienen por descendientes de Ismael. Y son un pueblo muy numeroso. 4. Le declara el carácter
del niño que va a dar a luz. Será hombre fiero o, como dice el hebreo, asno salvaje de hombre, fiero y osado, rebelde, indolente y traicionero. Su mano será contra todos—éste es su pecado—; y la mano de todos contra él—éste es su castigo—. Nótese que los que tienen espíritus turbulentos, suelen tener vidas tormentosas. Con todo, vivirá a salvo. Nótese que muchos que, por su imprudencia, están expuestos a constantes peligros, son extrañamente preservados, aun así, por la divina Providencia, siendo Dios para ellos mucho mejor de lo que se merecen.
II. La piadosa reflexión de Agar sobre esta benigna aparición de Dios a ella (vv. 13–14). Presta atención a lo que dice:
1. Su respetuosa adoración de la omnisciencia y de la providencia de Dios, con aplicación de estos atributos divinos a sí misma: Tú eres Dios que ve o, como dice el hebreo, de ver; éste sería, para ella, el nombre de Dios por siempre. Dios es (como lo expresaban los antiguos) todo ojo. Él, que todo lo ve, me ve a mí; como dice David: Oh Jehová, tú me has escrutado y me conoces (Sal. 139:1). Para un arrepentido, como Agar es una expresión muy propia: «Tú ves la sinceridad y seriedad de mi conversión y de mi arrepentimiento».
2. Su humilde admiración del favor de Dios hacia ella: ¿No he visto también aquí al que me ve? Probablemente no sabía quién era el que hablaba con ella hasta que él se marchó y entonces ella se apercibió de él con una reflexión semejante a la de los dos discípulos de Emaús (Lc. 24:31–32). ¿No sólo en la tienda de Abram y en su altar, sino también aquí, en este desierto? ¿Aquí, donde nunca lo esperaba, donde yo estaba fuera del camino de mi deber? Señor, cómo es que … (Jn. 14:22).
III. El nombre que ella dio a este lugar: Beer-lahay-roí = Pozo del que vive y me ve (v. 14). Éste fue el lugar en que el Dios de la gloria manifestó su especial cuidado por una pobre mujer en apuros …
Versículos 15–16
Relato de lo que pasó después que Agar hizo como le mandó el ángel, volviéndose a su señora. Cuando se le cumplió el tiempo, dio a luz a su hijo.
Este capítulo contiene elementos del acuerdo pactado y concluido entre el Padre de las misericordias, por una parte, y Abram, el padre de los creyentes, por otra. Abram es llamado, por consiguiente, «el amigo de Dios», no sólo porque era el hombre de su consejo, sino porque era el hombre de su pacto; en ambas cosas tenía la exclusiva con Dios. Ya se hizo mención de este pacto (15:18), pero ahora es cuando se le da forma de pacto. Datos notables son: el cambio de nombre de Abram, la introducción de la circuncisión como señal del pacto, y la promesa de que tendría también un hijo de Sarai, a la cual, en prenda de ello, se le cambia también el nombre. El capítulo se cierra con la circuncisión de Abram y de todos los varones de su familia.
Versículos 1–3
I. El tiempo en que Dios hizo esta benévola visita a Abram: trece años cumplidos desde el nacimiento de Ismael. Hay consuelos especiales que no son el pan de cada día ni siquiera para los mejores hombres de Dios, pero ellos son favorecidos con dichos consuelos de vez en cuando. De este lado de la tumba, disfrutan de suficiente alimento, pero no gozan de un banquete continuo. Así pasó con esta larga dilación de la promesa de Isaac. Quizá fuese esto un correctivo para la precipitación de Abram en casarse con Agar.
II. El modo como Dios hizo este pacto con él: Se le apareció Jehová, en la Shekibah, con algún visible despliegue de la presencia gloriosa de Dios, dirigida particularmente a él.
III. La postura que Abram adoptó en esta ocasión: Abram se postró sobre su rostro (v. 3). 1. Como quien estaba sobrecogido por el resplandor de la gloria divina. 2. Como quien estaba avergonzado de sí mismo y abochornado al pensar en los honores que se le hacían, siendo él tan indigno.
IV. El objetivo general y compendio del pacto establecido como fundamento sobre el que lo demás fue edificado, y que no es otro que el pacto de gracia aún vigente con todos los creyentes en Jesucristo (v. 1).
1. Lo que podemos esperar que Dios sea para nosotros: Yo soy el Dios Todopoderoso o, mejor, el Dios Todosuficiente (hebreo: El-Shadday) (v. 1). Con este nombre prefirió darse a conocer a Abram más bien que con su nombre Jehová (Éx. 6:3). Lo usó también con Jacob (35:11). Y ellos lo llamaron con este nombre (28:3; 43:14; 48:3). Después de Moisés, se usa más frecuentemente Jehová, y este otro muy raras veces; nos habla del poder omnímodo de Dios, ya sea: (A) Como vindicador, o (B) como bienhechor. Efectivamente, es un Dios Todosuficiente y Todonecesario; con Él, nada es necesario; sin Él, nada es suficiente.
2. Lo que Dios requiere que seamos para Él. El pacto, en este sentido, es mutuo: Anda delante de mí, y sé perfecto. Obsérvese: (A) Que ser religioso es andar delante de Dios en nuestra integridad. Es estar interiormente con Él en todas las obligaciones pertinentes al culto, porque en ellas andamos especialmente delante de Dios (1 S. 2:30). No hay otra religión que la sinceridad en la creencia y en la vida. (B) Que un correcto caminar con Dios es la condición de nuestro interés en su todosuficiencia.
Versículos 4–6
El pacto de gracia es un pacto que Dios hace de su propia iniciativa (a mi pacto»—vv. 2, 4, 7, 10); ésta es su gloria, y ésta debe ser también la nuestra.
I. Se le promete a Abram que será padre de muchedumbre de gentes; esto es:
1. Que su descendencia según la carne será muy numerosa. 2. Que todos los creyentes de todas las edades serán considerados como su descendencia espiritual, y así será llamado, no sólo el amigo de Dios, sino el padre de los creyentes.
II. En prenda de esto le fue cambiado el nombre de Abram, padre excelso, a Abraham, padre de muchedumbre. Esto era: 1. Para honrarle. 2. Para animarle y confirmar su fe.
Versículos 7–14
I. La continuación del pacto, insinuada en tres cosas: 1. Es establecido; no será alterado ni revocado. 2. Es vinculado; es un pacto, no sólo con Abraham, sino también con su descendencia después de él, y no sólo con su descendencia según la carne, sino con su descendencia espiritual. 3. Es perpetuo en su sentido y significado evangélico. El pacto de gracia es perpetuo.
II. El contenido del pacto: es un pacto de promesas. Aquí hay dos que son verdaderamente todosuficientes: 1. Que Dios será el Dios de ellos (vv. 7–8). Lo que es Dios en sí mismo, eso será para su pueblo: su sabiduría será de ellos, para guiarles y aconsejarles; su poder será de ellos, para protegerles y sostenerles; su bondad será de ellos, para proporcionarles sustento consuelo y apoyo. 2. Que Canaán será su posesión perpetua (v. 8). Y debe considerarse a esta tierra como el tipo de la felicidad celestial, el reposo perpetuo que todavía le queda al pueblo de Dios (He. 4:9). Se dice aquí que Canaán es la tierra en que Abraham fue un extranjero y el Canaán celestial es la tierra de la cual todavía somos extranjeros, porque todavía no se ha manifestado lo que seremos (1 Jn. 3:2).
III. La señal del pacto, que es la circuncisión, por causa de la cual el pacto mismo es llamado pacto de circuncisión (Hch. 7:8). Es llamado señal y sello (Ro. 4:11), porque era: 1. Una confirmación a Abraham y a su simiente de las promesas que eran la parte de Dios en el pacto. (A) La circuncisión era una ordenanza sangrienta; porque todas las cosas, según la ley, eran purificadas con sangre (He. 9:22; v. Éx. 24:8). Pero, una vez derramada la sangre de Cristo, todas las ordenanzas sangrientas han quedado
abolidas. (B) Era sólo para los varones, aunque las mujeres estaban también incluidas en el pacto, porque el hombre es cabeza de la mujer. (C) Era la piel del prepucio la que se cortaba, ya que el pecado se propaga mediante la ordinaria generación. Como Cristo no se había ofrecido todavía por nosotros, Dios quería que el hombre entrase en el pacto mediante el ofrecimiento de alguna parte de su cuerpo. Es una parte oculta de su cuerpo, porque la verdadera circuncisión es la del corazón (1 Co. 12:23–24). (D) La ordenanza había de ser administrada a los niños cuando tenían ocho días. (E) Los hijos de los extranjeros, cuyo cabeza de familia era el dueño de la casa, tenían también que ser circuncidados (vv. 12–13), lo cual era una medida favorable para los gentiles, quienes a su debido tiempo habían de ser introducidos, por fe, en la familia de Abraham (v. Gá. 3:14.) (F) El desprecio de la circuncisión era un desprecio del pacto; si los padres no circuncidaban a sus hijos, se exponían al castigo, como le pasó a Moisés (Éx. 4:24–25).
Versículos 15–22
I. La promesa hecha a Abraham de tener un hijo de Sarai pues también ella vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella (v. 16). Nótese que: 1. Dios revela gradualmente a su pueblo sus propósitos de buena voluntad. Dios había dicho mucho antes a Abram que tendría un hijo, pero nunca hasta ahora que tendría un hijo de Sarai. 2. La bendición del Señor produce fertilidad y no le añade tristeza, al menos no la tristeza que hubo en el caso de Agar. 3. El gobierno y el orden del Estado son un gran bien para la Iglesia. Se promete aquí que no sólo pueblos sino reyes de pueblos vendrán de ella; no una chusma acéfala, sino una sociedad bien organizada y bien gobernada.
II. La ratificación de esta promesa fue el cambio del nombre de Sarai en Sara (v. 15). Sarai significa mi princesa; como si su honor estuviese confinado a una sola familia. Sara significa simplemente princesa—a saber, de muchedumbres.
III. El gozo y la gratitud con que Abraham acogió esta benévola promesa (v. 17). En esta ocasión manifestó: 1. Gran humildad: Se postró sobre su rostro. 2. Gran gozo: Y se rió. Fue una risa de gozo, no de incredulidad. Hay el gozo de la fe, como hay el gozo del disfrute. 3. Gran admiración: ¡A hombre de cien años le ha de nacer hijo!
IV. Oración de Abraham por Ismael: ¡Ojalá Ismael viva delante de ti! (v. 18). Esto lo dice, no como deseando que Ismael sea preferido al hijo que ha de tener de Sara, sino por miedo de que sea abandonado y desamparado de Dios. Aunque no debemos dar leyes a Dios, sin embargo Él nos permite, en oración, sentirnos humildemente libres con Él, y especialmente presentar delante de Él nuestras peticiones (Fil. 4:6). Es deber de los padres orar por sus hijos, por todos sus hijos, como Job, que ofrecía holocaustos según el número de todos ellos (Job 1:5). Lo mejor que podemos desear de Dios para nuestros hijos es que vivan delante de Él, esto es, que lleguen a ser partícipes del pacto con Él, y obtengan de Dios gracia para andar en integridad.
V. Respuesta de Dios a su oración; es una respuesta de paz.
1. Se le aseguran a Ismael bendiciones generales (v. 20): Y en cuanto a Ismael, de quien tan preocupado estás también te he oído; hallará favor en atención a ti: he aquí que le bendeciré. Su posteridad será numerosa: le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera, más que a sus vecinos. Su posteridad será prócer doce príncipes engendrará.
2. Las bendiciones del pacto son reservadas para Isaac, y le son otorgadas en propiedad (vv. 19, 21). (A) Dios le repite la promesa de tener un hijo de Sara. (B) Pone nombre a este niño—le llama Isaac, risa, porque Abraham se rió y se alegró en su espíritu cuando le fue prometido este hijo—. Los favores que Dios nos ha prometido serán a su debido tiempo nuestro gozo sobreabundante. Cristo será el gozo de los que le esperan. (C) Vincula el pacto a este niño.
Versículos 23–27
La obediencia de Abraham a la ley de la circuncisión. Se circuncidó él y toda su familia, recibiendo así la señal del pacto y distinguiéndose así de otras familias, que no tenían arte ni parte en este asunto. 1.
Fue una obediencia implícita. 2. Fue una obediencia rápida: en aquel mismo día (vv. 23, 26). La obediencia sincera no se anda con dilaciones (Sal. 119:60). 3. Fue una obediencia universal: No se eximió a sí mismo, al circuncidar a su familia, sino que se puso a sí mismo por ejemplo. Como Ismael obtiene bendición, también es circuncidado.
En este capítulo tenemos otra entrevista entre Dios y Abraham. Lo más relevante es la comunicación que Dios le hace en cuanto a su ira con respecto a Sodoma, por lo que decide destruirla. Concluye con la intercesión de Abraham por la ciudad.
Versículos 1–8
Esta aparición de Dios a Abraham parece haber comportado mucha libertad y familiaridad y, por tanto, se asemeja a aquella gran visita que nos hizo el Verbo cuando se hizo carne y apareció como uno de nosotros.
I. Cómo Abraham estaba a la expectativa de extranjeros, y cuán ricamente fueron recompensadas estas expectaciones (v. 1). Dios bendice con sus visitas a aquellos en quienes primeramente ha suscitado expectación por Él. Los que han estado deseosos de hospedar extranjeros han tenido el inefable honor y la gran satisfacción de hospedar ángeles. Mientras no encontremos motivo para sospechar algo malo, el amor nos enseña a esperar lo bueno y a mostrar amabilidad de acuerdo con ello. Es mejor dar de comer a cinco zánganos o avispas, que dejar morir de hambre a una sola abeja.
II. Cómo hospedó Abraham a aquellos extranjeros, y cuán amablemente fue aceptado su hospedaje. Olvidando su edad y pesadez, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos del modo más persuasivo y con la mayor cortesía. La religión no destruye, sino que mejora las buenas maneras y nos enseña a honrar a todos (1 P. 2:17). A los que Dios ha bendecido con muchos bienes, les sienta bien ser generosos y magnánimos. Su hospedaje, además de ser muy cortés, fue llano y casero. Su comedor fue una enramada debajo de un árbol. Su menú fue uno o dos buenos trozos de becerro y algunos panes cocidos debajo del rescoldo. Nada de golosinas, sino alimento bueno, sencillo y sano, aunque Abraham era muy rico y sus huéspedes muy honorables. Él y su esposa estaban muy atareados en obsequiar a sus huéspedes con lo mejor que tenían. Sara hace de cocinera y panadera; Abraham mete prisa a Sara («Toma pronto …», v. 6), corre él mismo a la vacada para tomar el becerro (v. 7), trae la mantequilla y la leche (v. 8), y no tiene a menos el quedarse de pie junto a la mesa, como obsequioso servidor de sus huéspedes. La amistad cordial condesciende con todo, menos con el pecado. Cristo mismo nos enseñó a lavarnos mutuamente los pies en amor y humildad.
Versículos 9–15
Estos huéspedes celestiales recompensan la amabilidad de Abraham. Recibe ángeles y tiene galardón de ángeles, un benigno mensaje de parte de Dios (Mt. 10:41).
I. Tienen interés en que Sara pueda oír lo que dicen. Las mujeres no se sentaban a la mesa con los hombres, al menos no con extraños, sino que se retiraban a sus propias habitaciones; por eso, Sara no está presente; pero no debe estar tan lejos que no pueda oír: ¿Dónde está Sara tu mujer?—dicen los ángeles—. Aquí en la tienda—responde Abraham—. «¿Dónde, si no va a estar? Está en el lugar donde suele estar». Quienes más probabilidades tienen de recibir de Dios bendiciones y promesas son los que están en su lugar y cumpliendo con su deber (Lc. 2:8).
II. Entonces le es renovada y ratificada la promesa de que tendrían un hijo (v. 10). Nótese que: 1. Las mismas bendiciones que otros obtienen de la providencia ordinaria de Dios, los creyentes las tienen además de la promesa de Dios, lo que acrecienta la calidad y la seguridad de esas bendiciones. 2. Los
descendientes espirituales de Abraham deben a la promesa su vida, su gozo, su esperanza y todas las cosas. Son nacidos de la Palabra de Dios (1 P. 1:23).
III. Sara piensa que estas noticias son demasiado buenas para ser verdaderas y, por ello, no puede aún resolverse a creerlas: Se rió Sara entre sí (v. 12), una risa de duda y desconfianza. La gran objeción que Sara no podía remontar era su edad: «He envejecido, y he sobrepasado el tiempo de tener hijos según el curso de la naturaleza». Cuando el ser humano se empeña en tener algo por inverosímil, se pone a veces en contradicción con las promesas de Dios. Es difícil aferrarse a la Causa Primera, cuando las causas segundas parecen enteramente desfavorables.
IV. El ángel la reprende por las inconvenientes expresiones de su desconfianza (vv. 13–14). Dios dio esta reprensión a Sara por medio de su esposo Abraham, pues le dijo: ¿Por qué se ha reído Sara? (v. 13). Nuestra incredulidad y desconfianza son una gran ofensa al Dios de los cielos. Justamente lleva a mal el que los sentidos exteriores pongan objeciones a sus promesas, como en Lucas 1:18: ¿Hay algo demasiado difícil para Dios?
V. Los insensatos esfuerzos de Sara por ocultar su falta (v. 15): Sara negó, diciendo: No me reí. Dijo esta mentira, porque tuvo miedo. Parece como si Sara se retrajera ahora de su desconfianza. Ahora que se percató, por todo el conjunto de circunstancias, de que le habían hecho una promesa de parte de Dios con respecto a ella, dejó a un lado aquellos pensamientos de duda y desconfianza que antes la embargaban. Con todo, hubo en ella un intento culpable de cubrir con una mentira el pecado de desconfianza. El obrar mal es algo vergonzoso, pero es mayor vergüenza el negarlo.
Versículos 16–22
Los mensajeros celestiales habían ya despachado una parte de su quehacer, que era un mensaje de gracia para Abraham y Sara pero ahora tenían ante sí un trabajo de distinta naturaleza. Sodoma tiene que ser destruida.
I. El honor que Abraham tributó a sus huéspedes: Abraham iba con ellos acompañándolos, como quien estaba reacio a desprenderse de tan buena compañía, y deseoso de tributarles sus mayores respetos.
II. El honor que ellos le tributaron a él, porque Dios honra a los que le honran. Dios comunicó a Abraham su intención de destruir Sodoma.
1. Pero: ¿por qué tiene que pertenecer Abraham al consejo privado de Dios? Los judíos sugieren que, como Dios había otorgado la tierra de Canaán a Abraham y a su descendencia por eso no quería destruir estas ciudades que eran parte de aquella tierra sin el conocimiento y el consentimiento de Abraham. Pero Dios da aquí otras dos razones:
A) Abraham debe saberlo, porque es un amigo favorito. Los que viven por fe una vida de comunión con Dios, es natural que conozcan de los planes de Dios más que otras personas. Tienen mayor penetración que otros acerca de lo presente (Os. 14:9; Sal. 107:43), y mayor previsión de lo por venir.
B) Abraham ha de saberlo, para que instruya a su familia. Quienes esperan bendiciones familiares deben tomar conciencia de los deberes familiares. Si nuestros hijos han de ser del Señor, deben ser nutridos y criados por Él; si visten su librea, han de ser entrenados en su obra. Abraham tomó a pecho el encargarse de promover en su familia la religión práctica. No les llenó la cabeza con materias de sutil especulación o de dudosa aceptación, sino que les enseñó, a guardar los caminos de Dios, y hacer juicio y justicia, esto es, a ser seriamente devotos en el culto a Dios, y sinceramente honestos en su trato con los hombres. Abraham ponía todo su empeño en que su familia, a ejemplo suyo, guardase los caminos del Señor, para que floreciese la religión en su familia, cuando él estuviese ya en el sepulcro.
2. La conversación amistosa de Dios con Abraham. Le habla de las evidencias que hay contra Sodoma. Algunos pecados, y los pecados de algunos pecadores, claman muy alto al Cielo por venganza. Los hombres tienden a sugerir que los caminos de Dios no son equitativos, pero sepan que sus juicios son el resultado de un consejo eterno, y nunca resoluciones tomadas precipitadamente y a la ligera. Quizás el decreto de que aquí se habla no era todavía perentorio, a fin de dar a Abraham espacio y estímulo para interceder por ellos. Así Dios miró por ver si había alguien que intercediese (Is. 59:16).
Versículos 23–33
La comunión con Dios se conserva por medio de la palabra y la oración. En la Palabra, nos habla Dios, en la oración, le hablamos a Él. Dios había revelado a Abraham sus propósitos con respecto a Sodoma, ahora Abraham toma pie de esta revelación para hablarle a Dios en favor de Sodoma. Nótese que la Palabra de Dios nos hace bien cuando nos proporciona materia para la oración y nos anima a ella.
I. La solemnidad de la alocución que Abraham dirige a Dios en esta ocasión: Se acercó Abraham (v. 23). Esta expresión insinúa: 1. Un santo interés: Puso su corazón (es decir, se jugó la vida) para acercarse a Dios (Jer. 30:21; hebreo). 2. Una santa confianza: Se acercó con seguridad de fe.
II. El objetivo general de esta oración. Es la primera oración solemne, registrada en la Biblia; y es una oración para que se perdone a Sodoma. Aun cuando se ha de odiar el pecado, se ha de tener compasión de los pecadores y hay que orar por ellos. Dios no se complace en su muerte, así que nosotros no hemos de desear, sino lamentar, el lastimoso día que les espera. 1. Comienza con una plegaria para que queden exentos del castigo los justos que se hallen entre ellos, con la vista puesta especialmente en su sobrino Lot. 2. Da un paso más, y pide que perdone a todos por amor a los justos que haya entre ellos; Dios mismo da su aquiescencia a esta demanda.
III. Consideremos las grandes cualidades, gracias de Dios al fin, que resplandecen en esta oración:
1. Una gran fe; y es precisamente la oración de fe la que tiene un valor eficaz (Stg. 5:15–16). (A) Nótese: (a) Que los justos están mezclados con los malvados en este mundo. Entre los mejores hay, de ordinario, algunos malos; y entre los peores, algunos buenos; incluso en Sodoma, hay un Lot. (b) Aun cuando los justos estén entre los malvados, sin embargo Dios no destruirá a los justos con los malvados.
A) Que los justos no serán como los impíos (v. 25). Aunque sufran con ellos, no sufren como ellos.
2. Una gran humildad. (A) Un profundo sentido de su propia indignidad (v. 27): He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza; y de nuevo en el versículo 31 habla como si estuviese asombrado de su propia osadía. Nótese que el acceso que tenemos al trono de la gracia, y la libertad de palabra que se nos permite, son materia de humilde asombro (2 S. 7:18).
B) Un tremendo temor de desagradar a Dios. Pero Aquel con quien tenemos que tratar es Dios y no hombre; y, aunque parezca airado, no está realmente indignado con las oraciones de los justos (Sal. 80:4), porque son su delicia (Pr. 15:8), y le agrada que se luche con Él en oración.
3. Una gran caridad. (A) Una opinión caritativa del carácter de Sodoma; aun siendo tan malos, él pensó que habría allí unas cuantas buenas personas. Nos va muy bien el esperar lo mejor aun en los peores lugares. De los dos extremos, es preferible equivocarse por ese lado. (B) Un deseo caritativo del bienestar de Sodoma; puso todo su interés ante el trono de la gracia para alcanzar misericordia en favor de ellos.
4. Un gran atrevimiento y una confianza absoluta: Quizá haya cincuenta justos (v. 24). Una y otra vez fue arrancando a Dios mayores concesiones.
IV. El éxito de su oración. La buena voluntad universal de Dios se echa de ver en que consintió en perdonar a los impíos por amor a los justos. Nótese qué gran bendición son los buenos para cualquier lugar. El favor especial que dispensó a Abraham se manifestó en que no dejó de conceder hasta que Abraham dejó de pedir. Tal es el poder de la oración.
El contenido de este capítulo es el relato de la destrucción de Sodoma, y el rescate de Lot de tal ruina. En el capítulo 18 veíamos la venida del Señor a echar un vistazo al actual estado de Sodoma. Aquí vemos el resultado de dicha investigación. Termina con el gran pecado de incesto de Lot y sus hijas.
Versículos 1–3
1. Sólo había un hombre bueno en Sodoma, y los mensajeros celestiales lo encontraron pronto. 2. Lot se distinguía suficientemente, en este tiempo, de sus conciudadanos lo cual le marcaba señaladamente entre todos los demás. (A) Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma a la caída de la tarde. (B) Era hospedador, como su tío Abraham, y muy generoso en sus invitaciones para acoger a otros en su casa. Así pues salió a recibir cortésmente a estos extranjeros, y les acogió de la mejor manera posible y con lo mejor que tenía de mesa y lecho, dándoles de su sinceridad las mayores evidencias. Cuando los ángeles aceptaron su invitación, les trató opíparamente. Nótese que los hijos de Dios deben ser (con prudencia) personas generosas.
Versículos 4–11
El clamor de Sodoma no era tan fuerte como la causa que lo provocaba.
I. Todos ellos eran impíos (v. 4). Su maldad se había hecho general, pues todos consentían unánimemente en cualquier propósito malvado.
II. Habían llegado al punto más alto de su maldad. Eran malos y pecadores contra Jehová en gran manera (13:13), porque: 1. Estaban esclavizados por la perversidad más antinatural y abominable, un pecado que todavía lleva el nombre de ellos: sodomía (homosexualidad). Quienes pecan desvergonzadamente suelen permanecer impenitentes en su pecado, hasta que éste los arruina. Los que ni aun saben lo que es sonrojarse (Jer. 6:15), tienen de cierto el corazón muy duro. 2. Cuando se interpuso Lot con toda la mansedumbre imaginable, para ver de calmar el furor y el ardor de su concupiscencia, se volvieron todavía más insolentes y fieros contra él. Tan descompuesto quedó Lot con la vileza de su intento, que injusta e imprudentemente les ofreció en prostitución sus dos hijas (v. 8). Es cierto que, entre dos males, debemos escoger el menor, pero entre dos pecados, no debemos escoger ninguno, ni debemos Jamás hacer el mal para que resulte un bien. Ellos le amenazaron y le hicieron violencia.
III. Ninguna otra cosa sino el poder de un ángel pudo salvar a un hombre bueno de las manos de aquellos impíos. 1. Rescataron a Lot (v. 10). Incluso en la muerte, los santos son arrebatados, como Lot, a una casa de perfecta seguridad, y así se les cierra para siempre la puerta a los que les persiguen. 2. Castigaron la insolencia de los sodomitas: Hirieron con ceguera desde el menor hasta el mayor (v. 11). Con todo, estos sodomitas, aun después de haber sido cegados, continuaban buscando la puerta para echarla abajo, hasta que estuvieron rendidos de fatiga. No hay castigo que, por sí mismo, pueda cambiar la naturaleza corrompida y los perversos planes de los impíos. Si sus mentes no hubiesen estado tan cegadas como sus cuerpos, habrían dicho, como los magos de Egipto: Este es el dedo de Dios (Éx. 8:19), y se habrían sometido.
Versículos 12–14
Los ángeles preparan la liberación de Lot.
I. Se le hace saber la inminencia de la destrucción de Sodoma: Vamos a destruir este lugar (v. 13).
II. Se le dice que avise a sus amigos y familiares para que ellos, si quieren, puedan salvarse con él (v. 12). 1. Que quienes, por la gracia de Dios, han sido liberados de la esclavitud del pecado, deben hacer cuanto puedan para liberar a otros, especialmente a sus parientes. 2. Oferta de un gran favor. Le preguntan cuántos parientes tiene allí, para que puedan salvarse con él sin preguntar si son malos o buenos. Nótese que, muchas veces, los malos disfrutan de bendiciones en este mundo en atención a sus parientes buenos. Resulta bien ser pariente de un hombre piadoso.
III. De acuerdo con las instrucciones de los ángeles, Lot advierte a sus yernos (v. 14). Obsérvese: 1. La amable invitación que Lot les hizo: Levantaos, salid de este lugar. 2. La poca atención que ellos pusieron en las palabras de Lot: Pareció a sus yernos como que se burlaba. Quizás pensaron que el asalto que acababan de hacer los sodomitas contra su casa le había perturbado las facultades mentales. Con la vida tan alegre que llevaban, y acostumbrados a bromearse de todo, tomaron también a broma su advertencia y perecieron así en la ruina de la ciudad.
Versículos 15–23
I. El rescate de Lot fuera de Sodoma (Ez. 14:14). A la mañana temprano, sus huéspedes, por amor a él, le sacaron de casa y a su familia con él (v. 15).
1. Con qué benigna violencia fue sacado Lot de Sodoma (v. 16). Parece ser que no se dio tanta prisa como el caso requería. Podía haberle sido fatal, si no le hubieran asido de la mano los ángeles y le hubiesen sacado de allí, salvándolo con temor (Jud. 23). La salvación de los hombres más justos debe ser atribuida a la misericordia de Dios, no a sus propios méritos. Somos salvos por gracia (Ef. 2:8).
2. Con qué benigna vehemencia le urgieron a escapar cuando lo llevaron ya fuera (v. 17). No debe sentir nostalgia de Sodoma: No mires tras ti. No debe perder tiempo por el camino: Ni pares en toda esta llanura. No debe detenerse hasta que llegue al lugar del refugio que le ha sido señalado: Escapa al monte. Semejantes a estos son los mandatos que se dan a los que, por gracia son liberados de la esclavitud del pecado. (A) No vuelvas al pecado y a Satanás, porque eso es volverse a mirar a Sodoma. (B) No te detengas en ti mismo y en el pecado, porque eso es quedarse en el llano. (C) Refúgiate en Cristo y en el Cielo, porque eso es escapar al monte, y no debemos parar hasta que lo consigamos.
II. Le fijaron un lugar en el que había de refugiarse. Primeramente se le había indicado un monte para que escapase a él, pero: 1. Él pidió que fuese una ciudad de refugio, una de las cinco que están próximas entre sí, llamada Bela (14:2, 18–20). Fue una debilidad por parte de Lot pensar en una ciudad de su propia elección como más segura que el monte que Dios le había fijado. Él que le había salvado de mayores males, ¿acaso no podía salvarle de males menores? Él insiste en su petición sobre la pequeñez de la ciudad: ¿No es ella pequeña? (v. 20). Eso le dio al lugar un nuevo nombre, pues se le llamó Zoar, es decir, pequeña (v. 22). 2. Dios le concedió lo que pedía, a pesar de la debilidad carnal que la petición entrañaba (vv. 21–22). Véase qué favor otorgó Dios a un verdadero justo, aunque débil. Y Zoar quedó exenta del castigo, en atención a él.
III. La Palabra de Dios hace notar el detalle de que el sol salía sobre la tierra, cuando Lot llegó a Zoar, porque cuando una persona buena entra en un lugar, es como si entrara una luz con ella, al menos así debería ser.
Versículos 24–25
Entonces, esto es, después que Lot llegó a Zoar sano y salvo, fue cuando llegó la destrucción a Sodoma; porque los justos son arrebatados del mal que se acerca. Entonces, cuando el sol había amanecido claro y brillante, presagiando un día maravilloso, es cuando surgió la tormenta para dar a entender que no procedía de causas naturales. Fue una tormenta sin precedentes y de tal magnitud que no la ha habido después igual. Fue un castigo que dejó todo asolado: Destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra (v. 25). Fue una ruina completa e irreparable. Aquel fructífero valle ha quedado hasta hoy convertido en un gran lago, o mar muerto. En Números 34:12, se le llama el Mar Salado. Tiene unos 48 km. de largo, y unos 16 de ancho; no alberga ningún ser vivo, no es agitado por el viento, despide mal olor y las cosas no se hunden fácilmente en él. Nadar en él es muy fácil, pero peligroso, porque una bocanada de agua puede ser fatal. Los griegos lo llamaban ya Asfaltites, por la especie de brea que despide. El Jordán cae en él y allí muere. Fue un castigo muy apropiado para sus pecados. Los que pecaban yendo en pos de carne diferente (Jud. 7 griego), fueron destruidos por fuego diferente. La Biblia alude con frecuencia a este castigo, y hace de él un ejemplo de la ruina de Israel (Dt. 29:23), de la de Babilonia (Is. 13:19), de la de Edom (Jer. 49:18), y de la de Moab y Amón (Sof. 2:9).
Versículo 26
Esto también está escrito para nuestra admonición. Nuestro Salvador se refiere a ello en Lucas 17:32: Acordaos de la mujer de Lot. Así como por el ejemplo de Sodoma, se advierte a los impíos que se vuelvan de su impiedad, así por el ejemplo de la mujer de Lot, se advierte a los justos a que no se vuelvan de su justicia (v. Ez. 3:18, 20).
I. El pecado de la mujer de Lot: Miró atrás, a espaldas de él (v. 26). Así desobedeció un mandamiento expreso. Probablemente tuvo nostalgia de su casa y de los bienes que dejaba en Sodoma, y se sintió remisa en dejarlos. Cristo insinúa que fue éste su pecado (Lc. 17:31–32); también ella tuvo en mucho sus enseres. Su mirar atrás evidenciaba una inclinación a volverse atrás y, por eso, nuestro Salvador la usa como una ilustración que nos amonesta contra la apostasía de nuestra profesión cristiana. Hemos renunciado al mundo y a la carne, y hemos afirmado nuestro rostro hacia el Cielo; estamos en la llanura, en estado de prueba; y nos enfrentamos a un gran peligro, si nos volvemos hacia los intereses que profesamos haber abandonado.
II. El castigo de la mujer de Lot por su pecado: Se volvió estatua de sal. Aunque era un monumento de la misericordia de Dios que la distinguió de sus paisanos liberándola de la destrucción de Sodoma, el Señor no hizo la vista gorda ante su pecado de desobediencia, sino que la convirtió en un monumento de amonestación para todos los que se vuelven a las cosas de atrás (Jn. 6:66). Puesto que mirar atrás es algo tan peligroso, extendámonos a lo que está delante, prosiguiendo hacia la meta (Fil. 3:13–14).
Versículos 27–29
I. El piadoso interés de Abraham. Subió por la mañana a mirar hacia Sodoma, por ver lo que había ocurrido después de sus oraciones a Dios. Debemos enviar nuestras oraciones como una carta, y luego esperar la respuesta; dirigir nuestras plegarias como flechas, y después mirar si han alcanzado el objetivo (Sal. 5:3).
II. Dios se muestra favorable a Abraham (v. 29). Como anteriormente, cuando oró por Ismael, Dios le oyó en cuanto a Isaac; así también ahora, cuando oró por Sodoma, Dios le oyó por Lot: Dios se acordó de Abraham y, en atención a él, envió fuera a Lot de en medio de la destrucción. Nótese que Dios, sin duda alguna, dará una respuesta de paz a la oración de fe, a su modo y en su tiempo; aunque, por algún tiempo, parezca haberla olvidado, tarde o temprano se verá claro que la recordaba.
Versículos 30–38
I. La gran dificultad y el gran apuro en que se vio Lot después de su liberación (v. 30). 1. Tuvo miedo de quedarse en Zoar probablemente porque halló que la ciudad era tan perversa como Sodoma, y de ahí concluyó que no había de permanecer por mucho tiempo. Nótese que las residencias y refugios de nuestra propia elección, en los que no seguimos la voluntad de Dios, resultan ordinariamente incómodos. 2. Se sintió constreñido a irse al monte y habitar allí en una cueva. Obsérvese que: (A) Ahora veía con gusto irse al monte, lugar que Dios le había fijado para su refugio. B) El que, no hace mucho, no encontraba en toda la tierra sitio suficiente para sí y para sus pertenencias, sino que tuvo que darse de codazos con Abraham y ausentarse de él cuan lejos pudo, se ve ahora confinado a un agujero en el monte, donde apenas tiene espacio para revolverse, y ahí se encuentra solitario y temblando.
II. El gravísimo pecado del que Lot y sus hijas fueron culpables, cuando se hallaban en este desierto lugar. Es una historia muy triste.
1. Sus hijas tramaron un perverso complot para hacerle pecar y, sin duda, ellas tuvieron la mayor culpa. (A) Hay quienes piensan que su intención era plausible. Su padre no tenía hijos, ellas no tenían marido, ni sabían dónde encontrar quienes fuesen de la santa descendencia y, por otra parte, si se casaban con extraños, los hijos que les naciesen no podrían llevar el nombre de Lot. Pero: (B) Cualquiera que fuese su intención, lo cierto es que su plan era una perversidad y una vileza, y un ultraje descarado a la luz y a la ley de la naturaleza.
2. Lot mismo, por su insensatez e imprevisión, fue miserablemente rendido hasta el punto de tolerar que sus propias hijas le embriagaran por dos noches consecutivas y cometiesen con él el pecado de incesto (vv. 33 ss.) ¡Señor, qué es el hombre! ¡Lo que son los mejores hombres, cuando Dios los deja de su mano! (A) El peligro de la seguridad. Lot, que se había conservado en Sodoma sobrio y casto, ahora que estaba solo en el monte, fuera de toda tentación según él pensaba, fue sorprendido y derrotado vergonzosamente. Por tanto, quien piense que está firme y alto, cuide no caiga. Mientras vivimos en este
mundo, no hay monte que nos pueda poner fuera del alcance de los encendidos dardos de Satanás. (B) El peligro de la ebriedad. No es sólo un pecado en sí misma, sino que es el pasadizo hacia muchos otros pecados; puede, en efecto, conducir a los peores y más antinaturales pecados.
3. Al final, tenemos el relato del nacimiento de los dos hijos (y, a la vez, nietos) de Lot, Moab y Amón, padres de dos naciones vecinas de Israel, de las que leemos con frecuencia en el Antiguo Testamento; ambos juntamente son llamados los hijos de Lot (Sal. 83:8).
Por último obsérvese que, tras esto ya no vemos ni una sola palabra acerca de Lot, pero del silenció que la Escritura guarda de él en lo sucesivo, podemos aprender que la ebriedad, que hace a los hombres olvidadizos, también los hace, a los ojos de Dios, olvidados.
Volvemos otra vez a la historia de Abraham, no toda ella es referida para honra de él. Los mejores mármoles tienen sus tachas y, si hay manchas en el sol, no podemos esperar cosas perfectas debajo del sol. Es muy de notar que la Escritura es absolutamente imparcial al referir las debilidades aun de los más notables caracteres. Abraham vuelve a negar que Sara sea su mujer, y vuelve a exponerla al peligro, aunque, por la misericordia de Dios, todo sale bien al final.
Versículos 1–2
Abraham se fue de Mamré. No se nos dice cuál fue el motivo de su traslado. Su pecado en negar a su esposa tuvo aquí dos agravantes: 1. Era reincidente en el mismo pecado, del cual ya había sido reprendido. Nótese que los buenos tienen la posibilidad, no sólo de caer en el pecado, sino de recaer en el mismo pecado, a causa del ataque imprevisto y de la fuerza con que la tentación puede asaltarnos, así como a causa de la debilidad de nuestra carne. 2. Sara estaba ahora encinta de Isaac, el hijo de la promesa. Por eso, debió haber tenido ahora un cuidado especial de ella (v. Jue. 13:4).
Versículos 3–7
I. Dios hace saber en sueños a Abimelec el peligro que corre (v. 3)—peligro de pecado—advirtiéndole que aquella mujer que ha tomado está casada. Con el pecado, va de la mano el peligro de muerte: Muerto eres. Si eres malo, de cierto que eres muerto.
II. Abimelec alega ignorancia de que fuesen otra cosa que hermanos (v. 6). Su corazón no le acusa (1 Jn. 3:21). Si la conciencia testifica de nuestra integridad y no pecamos voluntaria y conscientemente contra Dios, por grande que sea la trampa en que nos hayan hecho caer, podremos regocijarnos en el día malo.
III. Dios da una respuesta completa a lo que él acaba de decir.
1. Admite su apelación a que lo hizo en la integridad de su corazón: Yo también sé … (v. 6). Nótese que es motivo de consuelo para los que son honestos saber que Dios conoce su honestidad, y la ha de reconocer públicamente, aunque quizá los hombres que tengan prejuicios contra ellos no estén dispuestos a convencerse de dicha honestidad o no quieran confesar que están convencidos.
2. Le manda hacer una compensación: Ahora pues, que ya estás informado, devuelve la mujer a su marido (v. 7). Nótese que la ignorancia deja de ser una excusa desde el momento en que tenemos la necesaria información. Si, por ignorancia, hemos tomado un camino falso, salgamos de ese camino tan pronto como nos apercibamos del error (Lv. 5:3–5).
Versículos 8–13
Abimelec, después de ser avisado por Dios en sueños, toma buena nota del aviso y, con verdadero temor del pecado y de sus consecuencias, se levanta temprano para obedecer las órdenes que se le han dado.
I. Informa a todos sus siervos (v. 8).
II. Regaña fuertemente a Abraham.
1. La seria reprimenda de Abimelec a Abraham (vv. 9–10). Su razonamiento con Abraham, en esta ocasión, estuvo lleno de severidad y, al mismo tiempo, de mansedumbre. No pudo haberlo dicho mejor. No le vilipendia ni le insulta; no le dice: «¿Es ésta tu profesión? Ya veo que eres un gran mentiroso. Si así son los profetas, los quiero bien lejos de mi vista», sino que, con toda calma, expone la injuria que Abraham le ha hecho y cuánto lo ha sentido. (A) Llama «tan grande pecado», al que ahora se da cuenta que ha estado a punto de cometer. (B) Confiesa que, si hubiese sido culpable de tal pecado, aun en su ignorancia, tanto él como su reino habrían estado expuestos a la ira de Dios. Nótese que los pecados de los reyes suelen resultar en plagas de sus reinos; por tanto, los reyes deberían temer el pecado en atención a sus súbditos. (C) Acusa a Abraham de hacer lo que no tiene ninguna justificación, al negar su estado de casado. (D) Tiene por injuria grandísima hacia sí y su familia el que Abraham le haya puesto así en peligro de pecar: «¿En qué pequé yo contra ti? Si yo hubiese sido tu peor enemigo, no habrías podido hacerme peor mal, ni usar un procedimiento más eficaz para que me vengase yo». (E) Le desafía a que presente algún motivo para sospechar que ellos eran gente peligrosa. «¿Qué razón tienes para pensar que, si hubiésemos sabido que era tu mujer, habrías estado expuesto a ningún peligro por ello?» Nótese que una sospecha sobre nuestra honradez es justamente tenida por mayor afrenta que un desaire a nuestra grandeza.
2. La pobre excusa que presentó Abraham.
A) Apeló a la baja opinión que le merecía el lugar (v. 11): «Ciertamente no hay temor de Dios en este lugar, y me matarán». Hay muchos lugares y personas que tienen más temor de Dios del que nosotros pensamos; quizá no llevan el nombre de nuestra denominación, ni usan nuestros emblemas, no se atienen a las mismas rutinas que a nosotros nos parecen tan importantes y, por ello, concluimos que no tienen temor de Dios en su corazón, con lo cual injuriamos juntamente a Cristo y a los cristianos, y nos hacemos reos del juicio de Dios (Mt. 7:1). La falta de caridad y la sobra de crítica son pecados que, a su vez, causan muchos otros pecados. Los hombres no harían el mal si antes no pensaran mal.
B) Se excusó de la culpa de una mentira manifiesta, diciendo que, al fin y al cabo, también era su hermana (v. 12). Pero los que le oyeron decir: Es mi hermana, entendieron que era sólo su hermana, sin pensar por un momento que fuese también su mujer así que fue un equívoco, dicho con clara intención de engañar. Nótese que no hay peores mentiras que las medias verdades; por eso, Satanás nunca es más peligroso que cuando dice la verdad, porque la emplea para cubrir la mentira, como se cubre el anzuelo con el cebo.
C) Finalmente, quiere quedar limpio de la culpa de ultraje contra Abimelec y dice que era su costumbre hacer esto y que su mujer y él habían acordado practicar esta estratagema desde el primer día en que se pusieron a viajar (v. 13).
Versículos 14–18
I. La amabilidad que Abimelec mostró a Abraham, por donde se ve cuán injustos eran los recelos de Abraham. 1. Le da permiso real para habitar en el lugar de su país que le plazca. 2. Le da regalos reales, al devolverle a Sara, en compensación por el mal que había pensado hacer tomándola por mujer. La ley señalaba que, cuando se hiciese restitución, se añadiese algo a lo restituido (Lv. 6:5).
II. La amabilidad, propia de un profeta que Abraham mostró a Abimelec: Oró a Dios por él (vv. 17–18). Dios curó a María, cuando Moisés, al que ella había afrentado, oró por ella (Nm. 12:13), y quedó reconciliado con los amigos de Job, al que habían agraviado, luego que Job oró por ellos (Job 42:8–10). Nótese que las oraciones de los buenos pueden ser un gran servicio a los grandes, y como tal deben ser valoradas.
En este capítulo tenemos, como asuntos principales, el nacimiento de Isaac, el hijo de la promesa, y el despido de Ismael, el hijo de la esclava.
Versículos 1–8
Pocas personas fueron traídas al mundo, en el Antiguo Testamento, con tanta expectación como Isaac lo fue, no precisamente por causa de ningún lugar eminente al que personalmente había de ascender, sino porque estaba destinado a ser tipo de Cristo, de aquel descendiente santo que el Dios santo había prometido hacía tanto tiempo, y que los santos hombres esperaron por tan largo tiempo.
I. Cumplimiento de la promesa de Dios en la concepción y en el nacimiento de Isaac (vv. 1–2). 1. Isaac nació conforme a la promesa, es decir, en el tiempo que Dios le había dicho (v. 2). Nótese que Dios es siempre puntual con su reloj; aunque sus promesas no se cumplan en el tiempo que nosotros les fijamos, ciertamente se cumplirán en el tiempo que Él les fija, y éste es el mejor tiempo. 2. El nacimiento de Isaac no fue debido al poder de la providencia ordinaria de Dios, sino al poder de una promesa especial. Nótese que los verdaderos creyentes, en virtud de las promesas de Dios, quedan capacitados para hacer cosas que están muy por encima del poder de la humana naturaleza, puesto que son hechos partícipes de la naturaleza divina (2 P. 1:4).
II. Obediencia de Abraham al precepto de Dios concerniente a Isaac.
1. Le puso por nombre, conforme Dios le había mandado, Isaac, risa (v. 3). Había buenas razones para llevar ese nombre, porque: (A) Cuando Abraham recibió la promesa de tenerlo, se rió de alegría (17:17). (B) Cuando Sara recibió la promesa, se rió de desconfianza. (C) Después, Ismael se rió de Isaac (v. 9) y quizás el mismo nombre incitaba a ello. (D) La promesa de la que él era heredero había de ser el gozo de todos los santos de todas las edades.
III. La impresión que este favor hizo en Sara.
1. La llenó de gozo (v. 6): «Dios me ha hecho reír; Él me ha dado un motivo para regocijarme y un corazón con que regocijarme». Así se expresó también la madre de nuestro Señor (Lc. 1:46–47). Cualquiera que sea el motivo de nuestro gozo debemos reconocer en Dios al autor de él, a no ser que nos riamos con la risa del insensato. El ver el gozo de nuestros amigos asociados al nuestro añade consuelo y gozo al disfrute de las mercedes recibidas: Cualquiera que lo oiga, se reirá conmigo (v. 6), porque la risa es contagiosa (v. Lc. 1:58).
2. También la llenó de admiración (v. 7). «El hecho era tan improbable, tan cercano a lo imposible, que si lo hubiese dicho cualquiera que no fuese Dios, habría sido increíble.» Nótese que los favores de Dios a sus hijos sobrepasan los pensamientos y la expectación de ellos y de los demás. ¿Quién habría dicho que Dios había de enviar a su Hijo a morir por nosotros, a su Espíritu para santificarnos, y a sus ángeles para servirnos? ¿Quién habría dicho que tan grandes pecados habían de ser perdonados?
IV. Un breve relato de la infancia de Isaac: Creció el niño, etc. (v. 8). Creció como para no necesitar siempre leche, sino para ser capaz de soportar alimento sólido y fuerte, y entonces fue destetado (v. He. 5:13–14). Abraham hizo un gran banquete el día en que fue destetado, porque la bendición de Dios sobre la crianza de los hijos, y su preservación a lo largo de los peligrosos años de la infancia, son ejemplos señalados del cuidado y de la ternura de la divina providencia (v. Sal. 22:9–10; Os. 11:1).
Versículos 9–13
Relato del despido de Ismael.
I. Ismael dio ocasión a este despido por las afrentas que hizo a Isaac su hermanito. Sara fue ella misma testigo de vista de ello. A Ismael se le llama aquí hijo de la egipcia porque, como muchos piensan
con razón, los 400 años de aflicción de la descendencia de Abraham a manos de los egipcios comenzaron ahora (15:13). Ismael era catorce años mayor que Isaac; y denotaba una ruin disposición en Ismael el burlarse de un niño que no podía habérselas con él.
II. Sara tomó la iniciativa en este asunto: Echa a esta sierva y a su hijo (v. 10). Esto parece dicho en un acaloramiento y, con todo, es citado (Gá. 4:30) como dicho en espíritu de profecía.
III. Abraham era reacio a hacerlo: Este dicho apesadumbró en gran manera a Abraham (v. 11). 1. Le apesadumbró el que se hiciese este reproche a Ismael. 2. Le apesadumbró el que Sara insistiese en tal castigo. «¿No sería suficiente corregirle?—se diría—¿No hay otro remedio menos drástico que echarles?»
IV. Dios lo determinó (vv. 12–13). La descendencia de Abraham según el pacto debe ser un pueblo especial, distinto de los demás desde el principio, no mezclado con los que no pertenecen al pacto; por esta razón, Ismael debía ser separado. El despedir a Ismael no tenía por qué ser su ruina. (v. 13). Será cabeza de una nación, porque es tu descendiente. Es una presunción decir que todos los que son excluidos de la externa dispensación del pacto de Dios están, por ello, excluidos de todas sus gracias. Aunque fue echado del pueblo elegido, no fue echado fuera de este mundo. Yo haré de él una nación. Nótese: 1. Las naciones son hechura de Dios; Dios las funda, las forma y las fija. 2. Muchos que son extraños a las bendiciones del pacto están llenos de las bendiciones de la providencia de Dios.
Versículos 14–21
I. El despido de la sierva y de su hijo fuera de la familia de Abraham (v. 14). La obediencia de Abraham al mandato divino en este asunto fue rápida—muy de mañana—. Se sometió totalmente, aunque era contrario a su inclinación el hacerlotan pronto como se dio cuenta de que esa era la mente de Dios, no opuso objeciones, sino que cumplió en silencio lo que se le mandaba.
II. El extravío por el desierto, no acertando a dar con el camino hacia el lugar que Abraham les había indicado para que fijaran su residencia.
1. Se encontraron allí en gran apuro. Se les acabaron las provisiones y el niño se puso enfermo. Agar se echa a llorar por tantas dificultades. Ya ha perdido la esperanza de alivio, pues sólo piensa en la muerte del niño (vv. 15–16).
2. En este apuro, oyó Dios la voz del muchacho (v. 17). Fue enviado un ángel a consolar a Agar, y no era la primera vez que ella se encontraba con el consuelo de Dios en un desierto (16:13). (A) El ángel le asegura que Dios ha oído la voz del muchacho en donde está, aunque está en el desierto (pues, dondequiera que estemos, siempre hay una vía abierta hacia el Cielo); por tanto, alza al muchacho y sostenlo con tu mano (v. 18). (B) Repite la promesa concerniente a su hijo, de que sería una gran nación, como un motivo para que se estimule a ayudar al niño. (C) La dirige a abastecerse de algo que está al alcance de su mano (v. 19); Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua. Nótese que muchos que tienen abundantes motivos para sentirse animados, van lamentándose día tras día. Hay un manantial de agua junto a ellos en el pacto de gracia, pero no se aperciben de él hasta que el mismo Dios que les abrió los ojos para ver la herida, se los abre de nuevo para ver el remedio (Jn. 16:6–7). Ahora bien, el Apóstol nos dice que estas cosas concernientes a Agar e Ismael son allegoroúmena (Gá. 4:24), expresiones alegóricas; así que esto sirve para demostrar la insensatez, (a) de quienes, como los incrédulos judíos, van tras la justicia que es por la ley y tras las ordenanzas que le son anejas, y no tras la justicia que es por la fe de Cristo; (b) de quienes andan buscando satisfacción y felicidad en el mundo y en las cosas que hay en él. Quienes han abandonado las bendiciones del pacto y la comunión con Dios, vagan sin cesar en busca de satisfacción y, a la larga, yacen desfallecidos por no encontrarla.
III. El asentamiento de Ismael, por fin, en el desierto de Parán (vv. 20–21), un lugar salvaje, apropiado para un hombre salvaje; pues tal iba a ser (16:12). Obsérvese que: 1. Había disfrutado de ciertas señales de la presencia de Dios: Dios estaba con el muchacho. 2. Su oficio fue tirador de arco. 3. Se llevó bien con la parentela de su madre; ella le tomó mujer de la tierra de Egipto; a pesar de que era un gran arquero, no creyó que podría acertar bien al blanco, en el asunto de matrimonio, si se las arreglaba sin el consejo y el consentimiento de su madre.
Versículos 22–32
Relato del tratado que concertaron Abimelec y Abraham. A pesar de que comportaba la amistad de Abraham con un extraño, más aún, con cananeos y filisteos, esta amistad no es mal considerada en la Palabra de Dios.
I. La iniciativa del tratado parte de Abimelec y de Ficol, primer ministro del Estado y general en jefe de su ejército.
1. Lo que les indujo a proponerlo fue el favor que Dios mostraba a Abraham (v. 22): «Dios está contigo en todo cuanto haces, y no podemos menos de notarlo». Buena cosa es estar a favor de aquellos que gozan del favor de Dios. Iremos contigo, porque hemos oído que Dios está contigo. Mucho nos aprovechará tener comunión con quienes tienen comunión con Dios (1 Jn. 1:3).
2. El tenor del tratado era, en general, que habría de persistir entre las dos familias una firme y constante amistad. Del tratado habrían de beneficiarse, tanto el hijo como el nieto y la tierra misma de Abimelec.
II. Abraham consiente en el tratado, con tal de que inserte una cláusula especial acerca de un pozo. En esta parte de la transacción que corresponde a Abraham, observa que:
1. Estaba dispuesto a entrar en esta liga con Abimelec, al hallar en él un hombre de honor y conciencia, que tenía temor de Dios.
2. Fue prudente al dejar bien sentado el asunto concerniente al pozo de agua, que los siervos de Abimelec le habían quitado. Parece ser que los pozos de agua eran bienes muy estimados en aquel país. Abraham reconvino con mansedumbre a Abimelec acerca de esto (v. 25); y de un hombre honesto no se puede esperar más que el que esté dispuesto a rectificar tan pronto como se da cuenta que ha hecho mal.
3. Ofreció a Abimelec un buen presente (v. 27). El intercambio de favores sirve para aumentar la amistad: lo mío es también de mi amigo.
4. Ratificó el pacto con juramento, y lo dejó registrado mediante el nuevo nombre que impuso al lugar (v. 31), pues lo llamó Beerseba, pozo del juramento.
Versículos 33–34
Permaneció Abraham en tierra de filisteos muchos días, tantos como eran apropiados para aquel peregrino, que era Abraham, el hebreo. Allí hizo de su religión no sólo una práctica constante, sino una confesión manifiesta: Allí invocó el nombre de Jehová, Dios eterno; le invocó probablemente bajo aquel mismo tamarisco que había plantado, y que le servia de oratorio o casa de oración. Cristo oraba en un huerto, sobre un monte. Al invocar al Señor, debemos contemplarle como al Dios eterno (Is. 40:28), al que era antes de los mundos, al que es, y será para siempre, cuando ya no exista el tiempo; al que no cambia y, por eso, es fiable como Dios del pacto.
Hemos llegado a la famosa historia del sacrificio de Isaac, ordenado por Dios para probar la fe y la obediencia de Abraham, con la contraorden posterior de no consumarlo, y la provisión de otro sacrificio sustitutivo. A consecuencia de ello, Dios renueva solemnemente su pacto con Abraham.
Versículos 1–2
Dios prueba aquí la fe de Abraham. Al principio fue probado para que se viese que amaba a Dios más que a su padre. Ahora es probado para que se vea que ama a Dios más que a su hijo.
I. Quizás Abraham comenzaba a pensar que se habían acabado todas las tormentas; pero ahora le sobreviene una prueba mucho más difícil que todas las anteriores.
II. El autor de esta prueba: Dios puso a prueba a Abraham, no para inducirle al pecado, sino para descubrir cuán grande era su gracia en él, resultando en alabanza, gloria y honra (1 P. 1:7). Así probó Dios a Job, para que se mostrase, no sólo como un buen hombre, sino como un gran hombre. Dios tentó a Abraham, como dice el hebreo o, según leen otros, levantó a Abraham; como un escolar que es promovido a una clase superior, después de haber pasado con toda brillantez la prueba de un examen difícil.
III. La prueba misma. Probablemente, Abraham esperaba ahora alguna nueva promesa como en 15:1 y 17:1. Pero, para su asombro, lo que Dios le dice es simplemente: Abraham, anda y mata a tu hijo. Cada palabra es como una espada que llega hasta los huesos; la prueba es endurecida con frases de acero.
1. La persona a quien tenía que ofrecer. (A) «Toma tu hijo, no tus becerros ni tus corderos». «No, no tomaré de tu casa becerros» (Sal. 50:9). «Quiero tu hijo.» «Toma a Isaac, tu risa tu hijo único» (17:19), «a quien amas». En el hebreo se percibe mejor el énfasis, y podría leerse así: Toma ahora a ese hijo de ti, a ese único de ti, al que tú amas, a ese Isaac.
2. El lugar: En la tierra de Moria, tres días de camino; para que tenga tiempo de reflexionar, y así el servicio de su fe y de su obediencia sea más razonable y más honorable.
3. El modo: Ofrécelo allí en holocausto. No sólo debe dar muerte a su hijo, sino que tiene que sacrificarlo en holocausto.
Versículos 3–10
Obediencia de Abraham a este severísimo precepto. Cuando fue probado, ofreció a Isaac (He. 11:17).
I. Las dificultades a que hubo de hacer frente en este acto de obediencia.
1. Parecía directamente contrario a una anterior ley de Dios que prohíbe el homicidio bajo pena muy severa (9:5–6). 2. ¿Cómo podía eso compaginarse con su afecto natural hacia su propio hijo? 3. Dios no le daba ninguna razón para ello. Cuando tuvo que despedir a Ismael, le fue expuesta una justa causa, pero ahora Isaac tiene que morir, Abraham tiene que matarlo, y ni el uno ni el otro deben saber por qué. Si Isaac hubiese tenido que morir como mártir de la verdad, o su vida hubiese servido para rescatar otra vida de más precio que la suya habría sido otra cuestión. Pero éste no es el caso; es un hijo sumiso, obediente, que tanto promete. «Señor, ¿qué provecho hay en su sangre?» 4. ¿Cómo podía esto compaginarse con la promesa? ¿No se le había dicho: En Isaac te será llamada descendencia? (12:12). 5. ¿Cómo se atrevería a mirar a Sara en la cara de nuevo? 6. ¿Qué dirían los egipcios, y los cananeos y los ferezeos que vivían entonces en la tierra? Sería un perpetuo baldón para Abraham y para sus altares. «Si esto es gracia, ¡viva la naturaleza!»
II. Los diversos pasos de su obediencia.
1. Se levanta temprano (v. 3), porque el mandato era perentorio y no admitía discusión. Nótese que quienes hacen la voluntad de Dios de todo corazón, la hacen con toda diligencia.
2. Prepara todo para el sacrificio.
3. Es muy probable que no le dijese nada de todo esto a Sara.
4. Miró en torno suyo cuidadosamente, para descubrir el lugar fijado para este sacrificio, cuando dijo: «Iremos hasta allí, y oraremos» (v. 5).
5. Dejó a sus siervos a cierta distancia (v. 5), para que no se interpusiesen en esta extraña oblación. Así también, cuando Cristo entró en agonía en el huerto, tomó consigo sólo a tres de sus discípulos, y dejó al resto a la entrada del huerto.
6. Obligó a Isaac a acarrear la leña, mientras él tomaba en su mano el fatídico cuchillo y el fuego (v. 6).
7. Sin irritarse ni descomponerse, va conversando con Isaac acerca del sacrificio, como si fuese a ofrecer un sacrificio corriente (vv. 7–8).
A) Fue una pregunta muy emocionante la que le hizo Isaac, cuando iban caminando juntos: Padre mío—dijo Isaac—; ¡qué palabra, capaz de derretir el hierro! Podemos pensar que esa frase penetraría en el pecho de Abraham más profundamente que el cuchillo podría hacerlo en el pecho de Isaac. Con todo, conserva su temple y su talante, hasta extremos que asombran, y con toda calma espera la pregunta de su hijo: He aquí el fuego y la leña; más, ¿dónde está el cordero? (a) Pregunta tremenda para Abraham; ¿cómo podía ni soportar el pensamiento de que Isaac mismo era el cordero? Así era, pero de momento, Abraham no se atreve a decírselo. (b) Pregunta instructiva para todos nosotros. Cuando vamos a dar culto a Dios, debemos considerar seriamente: ¿Dónde está mi corazón? ¿Estoy dispuesto a ofrecérselo a Dios, para que suba hasta Él como un holocausto? (c) Pregunta de largo alcance, cuya respuesta conocemos bien: El Cordero está en el trono (Ap. 22:1), después de haber sido sacrificado por nosotros (1 P. 1:19–20; Ap. 5:6, 13:8).
B) Fue muy prudente la respuesta que Abraham le dio: Dios se proveerá de cordero, hijo mío (v. 8). Este fue el lenguaje de la obediencia y de la fe. Otro sacrificio fue provisto en lugar de Isaac. En primer lugar, Cristo, el gran sacrificio de expiación, fue provisto por Dios. En segundo lugar, todos nuestros sacrificios de reconocimiento son provistos también por Dios. Él es quien prepara el corazón (Sal. 10:17). Un espíritu quebrantado y un corazón contrito es el sacrificio para Dios (Sal. 51:17), y provisto por Él.
8. Abraham sigue adelante con santa obstinación; después de tantos pasos fatigosos, y con un corazón abrumado por la pena, llega por fin al fatídico lugar, edifica el altar, el más triste de los que había construido en su vida, compone la leña que ha de arder en la pira funeraria, y ahora va a decirle a su hijo la asombrosa noticia: «Isaac, tú eres el cordero que Dios se ha provisto». Isaac, en cuanto podemos suponer, está dispuesto a obedecer tanto como su padre, pues no encontramos que intentase escapar ni ofrecer ninguna resistencia. Con todo, es menester que la víctima del sacrificio sea atada. Pero, ¡con qué corazón pudo Abraham tierno padre, atar aquellas manos inocentes, que quizá se habían levantado con frecuencia para pedir su bendición, y se habían extendido para abrazarle, y ahora estaban más estrechamente atadas con las cuerdas del amor y del deber! No obstante, hay que hacerlo. Después de atarlo, lo coloca sobre el altar, y pone su mano sobre la cabeza de su sacrificio; y ahora, como podemos suponer, entre torrentes de lágrimas, da y recibe el final adiós de un beso de despedida. Con un corazón decidido y los ojos levantados al Cielo, toma el cuchillo y extiende el brazo ¡Quedad atónitos, Cielos! ¡Pásmate de asombro, tierra, ante este espectáculo! Es un acto de fe y de obediencia que merece ser contemplado por Dios, por los ángeles y por los hombres. Ahora bien, esta obediencia de Abraham al ofrecer a Isaac es una vívida representación: (A) Del amor de Dios hacia nosotros, al entregar a su Hijo Unigénito para sufrir y morir por nosotros en sacrificio de holocausto y de expiación por nuestros pecados. Jehová quiso quebrantarlo (Is. 53:10; Zac. 13:17). (B) De nuestro deber hacia Dios, en agradecimiento a tal amor. Debemos poner nuestros pies en las huellas de esta fe de Abraham. Dios, por medio de su Palabra, nos invita a dejarlo todo por Cristo.
Versículos 11–14
Hasta ahora, este relato ha sido muy triste y parecía precipitarse hacia el más trágico final; pero de repente se rasgan las negras nubes, el sol se abre paso por entre ellas, y aparece ante nuestra vista la escena más agradable y espléndida. La misma mano que había herido y abatido, ahora cura y levanta.
I. Isaac es rescatado (vv. 11–12). El mandato de ofrecerlo fue sólo dado para probar a Abraham; por eso, la orden es ahora revocada: No extiendas tu mano sobre el muchacho. Cuando más inminente es el peligro, tanto más admirable y bien acogida es la liberación.
II. Abraham resulta, no sólo aprobado, sino aplaudido: Ya conozco que temes a Dios. La mejor evidencia de nuestro temor de Dios es nuestra pronta y voluntaria disposición a obedecerle, servirle y honrarle con lo más querido que tengamos.
III. En lugar de Isaac, es provisto otro sacrificio (v. 13). Hay que reconocer a Dios con agradecimiento por la liberación de Isaac. Las palabras de Abraham tenían un fondo profético, cuando dijo: Dios se proveerá de cordero (v. 8). Hay aquí una referencia al Mesías prometido, la simiente bendita. 1. Cristo fue sacrificado en nuestro lugar, como este carnero lo fue en lugar de Isaac, y su muerte fue nuestro descargo de culpa. 2. Aunque esa bendita simiente fue antes prometida, y ahora tipificada en
Isaac (He. 11:19), el ofrecimiento de ella, de Cristo, tenía que ser suspendido por algún tiempo, y en su lugar había de ser aceptado entre tanto el sacrificio de animales, como lo fue el de este carnero como prenda de aquella expiación que había de hacerse mediante el gran sacrificio de la cruz. Y es de notar que el templo, el lugar del sacrificio, fue edificado después sobre este mismo monte Moria (2 Cr. 3:1); y el monte Calvario, donde Jesús fue crucificado, no estaba lejos de él.
IV. El lugar recibe un nuevo nombre, para animar a todos los creyentes a que pongan toda su confianza, siempre y alegremente, en Dios: Jehová-jireh, Jehová proveerá (v. 14), aludiendo, con toda probabilidad, a lo que Abraham había dicho: Dios se proveerá de cordero (v. 8).
Versículos 15–19
La obediencia de Abraham fue acogida muy favorablemente por Dios; pero eso no es todo; aquí tenemos la recompensa que recibió. Obsérvese: 1. Que Dios se complace en hacer mención de la obediencia de Abraham con referencia al pacto, y habla de ella con encomio: Por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo (v. 16). Dios confirma ahora la promesa con un juramento. Antes fue dicha y sellada; ahora es jurada: Por mí mismo he jurado; por cuanto no pudo jurar por otro mayor (He. 6:13). 2. Con toda reverencia podemos decir que incluso empeñó su propia vida, al jurar sobre ella (equivale al «Vivo yo» de Números 14:28, etc.), para que por medio de dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, él y los suyos tengan un fuerte consuelo (He. 6:18). 3. La promesa especial que aquí se renueva es la de una descendencia numerosa: Multiplicaré tu descendencia (v. 17) o, como dice el hebreo: Multiplicando multiplicaré tu simiente. ¡Qué cifras alcanza en la historia la descendencia de Abraham! ¡Cuán numerosos, cuán ilustres, fueron sus descendientes como quienes, hasta el día de hoy, se glorían de tener a Abraham por padre! 4. La promesa, sin duda, apunta hacia el Mesías y hacia la gracia del Evangelio. Este es el juramento hecho a nuestro padre Abraham, al que aludió Moisés (Éx. 32:13) y después Zacarías, el padre del Bautista (Lc. 1:73 y ss.). Y así tenemos aquí la promesa: (A) De la gran bendición del Espíritu: Bendiciendo te bendeciré (v. 17, hebreo), a saber, con la mejor de las bendiciones, que es el don del Espíritu Santo. (B) Del crecimiento de la Iglesia, pues los creyentes, descendientes espirituales de Abraham, habían de ser tan numerosos como las estrellas del cielo. (C) De las victorias espirituales. Probablemente Zacarías se refería a esta parte del juramento (Lc. 1:74): Que, liberados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor. Pero la que corona a todas las demás es la última promesa: (D) De la encarnación de Cristo: En tu simiente una persona individual que descenderá de ti (Gá. 3:16), serán benditas todas las naciones de la tierra.
Versículos 20–24
Esto es referido aquí para mostrar que, aunque Abraham vio a su propia familia tan altamente dignificada con especiales privilegios, también se alegró de tener noticias acerca del crecimiento y prosperidad de las familias de sus parientes.
Aquí se nos refiere la muerte de Sara, y la heredad que Abraham compró para enterrarla.
Versículos 1–2
En estos versículos se nos habla de la edad de Sara (v. 1) y de su muerte (v. 2). Murió en la tierra de Canaán en la que había peregrinado por más de sesenta años. Después se nos refiere el duelo que hizo Abraham por ella. Se nos dice que hizo duelo por ella, y la lloró. Las lágrimas son un tributo debido a nuestros parientes y amigos difuntos. Cuando el cuerpo ha sido sembrado (1 Co. 15:36–44), bien está que sea regado. Pero no debemos ponernos tristes como los que no tienen esperanza (1 Ts. 4:13), pues
tenemos una buena y gloriosa esperanza, por gracia, tanto respecto a ellos como respecto a nosotros mismos.
Versículos 3–15
I. La humilde petición que hizo Abraham a sus vecinos, los hijos de Het, para que le concediesen, entre ellos, una propiedad para sepultura (vv. 3–4). Esto proporcionó a Abraham cierta distracción en medio de su duelo: Y se levantó Abraham de delante de su muerta (v. 3). Hay un tiempo para levantarse de delante del muerto y cesar de hacer duelo. El llorar no debe estorbar el sembrar. La muerte de nuestros allegados debería hacernos recordar que no tenemos nuestro hogar en este mundo. Cuando ellos se han ido, digamos: «Vamos también.»
II. La generosa oferta que los hijos de Het le hacen (vv. 5–6). 1. Usan con él de muchos cumplimientos y le dan título de mucho respeto: Eres un príncipe de Dios entre nosotros. 2. Le ofrecen lo mejor que tienen para sepultura de Sara. Nótese que incluso la luz de la naturaleza nos enseña a ser educados y respetuosos con todos, aunque sean extranjeros y peregrinos.
III. La propuesta especial que Abraham les hizo (vv. 7–9). Les agradece mucho todo ello. Aunque era un gran hombre, anciano y ahora está de duelo, con todo se pone de pie y se inclina humildemente ante ellos (v. 7). Nótese que la religión enseña buenos modales; en ella no deben hallar lugar la ordinariez ni la grosería.
IV. El presente que Efrón hizo de su heredad a Abraham: Te doy la heredad (vv. 10–11). Abraham pensaba hacer trato para comprarla; pero, tan pronto como menciona el asunto, Efrón se la ofrece sin contrato, gratis. Algunos tienen más generosidad que lo que otros piensan de ellos.
V. Abraham rechaza modesta y sinceramente la amable oferta de Efrón (vv. 12–13). Vuelve a darle efusivamente las gracias por ello (v. 12), pero insiste en pagarle por la heredad, incluso el precio justo por ella. Era rico en plata y oro (13:2) y bien podía pagar por el campo; así que no iba a aprovecharse de la generosidad de Efrón. Nótese que la honradez, tanto como el honor, nos prohíben aprovecharnos de nuestros vecinos.
VI. Efrón le dice el precio, pero no insiste en que le pague: La tierra vale cuatrocientos siclos de plata; ¿qué es esto para ti y para mí? (v. 15). Prefiere hacer un favor a su amigo antes que tener en su bolsa tanto dinero: (Aproximadamente, un millón de pesetas en nuestros días–1979.) Cuando nos sintamos tentados a hacer valer nuestros derechos, o seamos duros en denegar un gesto amable, respondamos a la tentación con la siguiente pregunta: «¿Qué es esto entre mí y mi amigo?»
Versículos 16–20
Aquí tenemos la conclusión del trato entre Abraham y Efrón acerca de la sepultura de Sara. El trato se llevó a cabo públicamente delante de todos los vecinos: en presencia de los hijos de Het y de todos los que entraban por la puerta de la ciudad (v. 18). Merced a este trato, Abraham toma posesión de la finca y sepulta a Sara en la cueva existente en dicha finca. Es digno de notarse: 1. Que el primer palmo de terreno que poseyó Abraham en Canaán fue una sepultura. Ello sugiere que, cuando entramos en este mundo, debemos comenzar a pensar en nuestro salir de él, puesto que, tan pronto como nacemos, comenzamos a morir. 2. Que ese fue el único terreno que allí poseyó, aunque toda aquella tierra le había sido prometida en propiedad. Abraham aspiraba a una patria mejor, esto es, celestial (He. 11:16). Por eso, prefiere contentarse con revolotear, por así decirlo, sobre la tierra y cambiar constantemente la residencia mientras vive, pero asegura un lugar donde, cuando muera, pueda reposar su cuerpo en espera de la resurrección.
Matrimonios y funerales son las fases cambiantes de todas las familias al par que constituyen las noticias más corrientes entre los habitantes de aldeas y villorrios. En el capítulo anterior, veíamos a Abraham sepultando a su mujer; en el presente, le vemos casando a su hijo. La Palabra de Dios nos refiere con todo detalle, hasta las circunstancias más minuciosas, lo concerniente a esta familia, mientras que las historias de los reinos del mundo a la sazón existentes, con sus dinastías y revoluciones, quedan aquí sepultadas en el más profundo silencio.
Versículos 1–9
Tres cosas son aquí de notar respecto a Abraham:
I. El cuidado que tuvo de casar bien a su hijo. Este cuidado se mostró: 1. Procura que no se case con ninguna cananea, sino con una de su propia estirpe, pues se percata de que los cananeos degeneraban hacia una perversidad creciente. 2. No obstante, procura igualmente que no se fuese de la tierra de Canaán para irse a donde vivían sus parientes, ni siquiera con el pretexto de buscarse allí la esposa, no fuese que se sintiese tentado a quedarse allí.
II. El encargo que dio a su buen criado Eliezer de Damasco, de cuya conducta, fidelidad y sincero afecto a él y a su familia tenía pruebas abundantes. A él le confió este importante asunto, y no a Isaac mismo pues no podía consentir que Isaac se fuese en modo alguno al país aquel (v. 6), sino que se había de concertar la boda por poderes; y ¿quién mejor apoderado que este fiel criado de su casa? (v. 15:2). 1. El criado debe comprometerse con juramento a poner de su parte todo lo posible para conseguir para Isaac una esposa de entre sus parientes (vv. 2–4). Quedará libre del juramento si, después de hacer todo cuanto esté en su mano, no tiene éxito en su misión (v. 8).
III. La confianza que puso en su Dios, de quien no duda que dará a su criado el éxito de su empresa (v. 7). Recuerda también la promesa que Dios le había hecho y confirmado de que daría la tierra de Canaán a su descendencia, y de ahí deduce que Dios le ha de ayudar en sus esfuerzos por casar a su hijo no entre aquellos condenados pueblos, sino con quien fuese la mujer adecuada para ser la madre de tal descendencia. Las promesas de Dios, y nuestras propias experiencias, son suficientes para animarnos a depender totalmente de Dios en todos los asuntos de esta vida.
Versículos 10–28
Aunque no se nombra aquí al criado de Abraham, es mucho lo que se dice en su honor.
I. Cuán fiel a su amo demostró ser el criado de Abraham. Una vez recibido el encargo, él y todos los que le acompañaban se pusieron en camino, con un equipaje apropiado al objetivo de su negociación (v. 10).
II. Cuán devotamente reconoció a Dios en este asunto, como quien pertenecía a aquella feliz familia a la que Abraham había enseñado a guardar el camino de Jehová (18:19). Llegó a buena hora, por la tarde, después de varios días de viaje, al lugar de su destino, y se sentó junto a un pozo de agua, para considerar cómo se las arreglaría de la mejor manera a fin de llevar a buen término el asunto que tenía entre manos. Y:
1. Rinde a Dios reconocimiento en una singular oración (vv. 12–14), en la que: (A) Ora por la prosperidad y el feliz éxito en este asunto: Dame el tener hoy buen encuentro. Así debemos pedir cuando estamos en una situación similar. (B) Apela al pacto de Dios con su amo Abraham: Jehová, Dios de mi señor Abraham … haz misericordia con mi señor Abraham. Desea que la mujer para el hijo de su amo sea una doncella humilde y hacendosa, educada en la solicitud y el trabajo y dispuesta siempre a echar una mano a cualquier labor que se necesite; que sea de talante cortés, y caritativa con los extranjeros. Por eso, al ir en busca de una esposa para el hijo de su amo, no se dirige a un teatro o a un parque de paseo sino a una fuente de agua, esperando hallar allí a una mujer ocupada como conviene.
2. Dios le contesta con una providencia también singular. La respuesta a su oración fue: (A) Rápida—antes que él acabase de hablar—(v. 15). (B) Satisfactoria: la primera en venir a sacar agua era, y se
comportaba en todo, conforme a lo que él deseaba. (a) Estaba tan capacitada que, en todos los aspectos, respondía a los rasgos de carácter que él deseaba en la mujer que había de ser la esposa de su amo, hermosa y sana, humilde y laboriosa, muy cortés y educada con un extranjero, y llevaba todas las marcas de una buena disposición. Cuando vino al pozo (v. 16), descendió a la fuente y llenó su cántaro y se volvía, para ir a casa. No se detuvo a mirar al extranjero y a sus camellos, sino que iba a lo suyo, y no se hubiese distraído de su tarea, a no ser por la oportunidad de hacer el bien. (b) La Providencia ordenó las cosas de tal manera que ella hiciese exactamente lo que correspondía a la señal demandada, no sólo dio de beber al hombre, sino que, yendo más lejos de lo que podía esperarse, se ofreció también a dar de beber a los camellos, que era precisamente la señal que el hombre había propuesto. Por este detalle, y sin podérselo entonces imaginar ella, fue introducida Rebeca en la línea genealógica de Cristo y en el pacto de Dios con su pueblo. Puede haber una gran dosis de amabilidad y gentileza en cosas que nos cuestan poco: nuestro Salvador ha prometido recompensa por un vaso de agua fresca (Mt. 10:42). (c) A las primeras preguntas, halló el hombre, para su gran satisfacción, que la doncella era pariente cercana de su amo y que la familia a que pertenecía era importante y dispuesta a hospedarle (vv. 23–25).
3. Expresa su reconocimiento a Dios con una oración de acción de gracias. Primeramente ofreció sus respetos a Rebeca, en agradecimiento a su gentileza (v. 22). Hecho esto, convierte su asombro (v. 21) en adoración a Dios. Había orado por un buen encuentro (v. 12), y ahora que lo ha tenido, da gracias a Dios por ello. Lo que obtenemos por la oración, debemos usarlo con agradecimiento. Eliezer se tiene por muy feliz de haber sido guiado a la casa de los hermanos de su amo (v. 27).
Versículos 29–53
Aquí tenemos la concertación del matrimonio entre Isaac y Rebeca.
I. La amable acogida dada al criado de Abraham por los parientes de Rebeca.
1. La invitación fue amable: Ven, bendito de Jehová (v. 31). Quizá porque habían escuchado de labios de Rebeca (v. 28), las palabras piadosas que habían salido de su boca. Nótese que los que son bendecidos por Dios deberían ser bien acogidos por nosotros. Buena cosa es bendecir a los que Dios bendice.
2. El hospedaje fue también amistoso (vv. 32–33), con un especial cuidado de los camellos; porque el justo cuida del sustento de sus bestias (Pr. 12:10).
II. El relato completo que les dio de su viaje y el discurso que les hizo para pedir la mano de Rebeca.
1. Cuán absorto estaba en el encargo que se le había encomendado; aunque acababa de hacer un largo viaje, y había llegado a una casa acomodada, no pensaba correr hasta que expusiese su mensaje (v. 33).
2. Cuán hábil fue al exponer su mensaje.
A) Primero, hace un breve resumen de la situación de la familia de su amo (vv. 34–36). Dos cosas indica para recomendar su propuesta: (a) Que su amo Abraham, mediante la bendición de Dios, dispone de muy buena fortuna; y: (b) Que toda ella iría a parar a Isaac, su único hijo.
B) Les comunica el encargo que su amo le había dado de buscar esposa para su hijo de entre sus parientes, y da la razón de ello (vv. 37–38). El más alto grado de amor a Dios no debe despojarnos del afecto natural, sino al contrario, aumentarlo (2 Ti. 3:3).
C) Les refiere la maravillosa coincidencia de detalles providenciales, para defender y apoyar su propuesta, y muestra claramente que el dedo de Dios se hallaba allí.
D) Ellos muestran libre y gozosamente su acuerdo con la propuesta, basados en un principio muy sano: «De Jehová ha salido esto (v. 50). La Providencia está a favor, no podemos oponernos a ello.»
E) El criado de Abraham reconoce agradecido el buen éxito que ha tenido: Se inclinó en tierra ante Jehová (v. 52). Dios envió su ángel delante de él, y así le dio éxito (vv. 37, 40). Pero cuando disfruta del éxito apetecido, adora a Dios, no al ángel.
Versículos 54–61
Rebeca va a marcharse de casa de su padre. Los familiares de Rebeca, por afecto natural y de acuerdo con las acostumbradas expresiones de amabilidad en estos casos, solicitan que ella se quede por algunos días entre ellos (v. 55). Habían consentido en su casamiento, pero, no obstante, eran reacios a quedarse
sin ella quizá pensaban que no volverían a verla. Rebeca misma hubo de decidir el tiempo de su partida. Consintió, no sólo en irse, sino en irse inmediatamente. En consecuencia, es despedida con el criado de Abraham, con el acompañamiento conveniente y con cordiales y buenos deseos. Ahora que va a ser esposa, oran para que sea madre de una progenie tan numerosa como victoriosa.
Versículos 62–67
Isaac y Rebeca tienen, al fin, un feliz encuentro.
I. Isaac tenía una buena ocupación cuando se encontró con Rebeca: Había salido a meditar, u orar al campo, a la hora de la tarde (vv. 62–63). Fue a aprovecharse de una tarde silenciosa y de un campo solitario, para meditar y orar, esas divinas ejercitaciones en las que conversamos con Dios y con nuestro propio corazón. Nótese que: 1. Las almas santas gustan del retiro. Mucho bien nos haría el quedarnos con frecuencia solos, paseando a solas y sentados a solas; y, si poseemos el arte de beneficiarnos de la soledad, hallaremos que nunca nos encontramos menos solos que cuando estamos solos.
2. La meditación y la oración deberían ser tanto nuestro quehacer como nuestro placer cuando estamos solos. Los ejercicios de devoción habrían de ser el refrigerio y la recreación del atardecer, para aliviarnos de la fatiga ocasionada por la preocupación y la tarea de cada día, y para disponernos con miras al descanso y al sueño de la noche. Piensan algunos que Isaac estaba ahora orando por el buen éxito de la empresa que se estaba concertando, y ahora, cuando se coloca, por decirlo así, sobre su atalaya, para ver cuál es la respuesta de Dios a su oración, como el profeta (Hab. 2:1), ve los camellos que venían (v. 63).
II. Rebeca se comportó muy correctamente, cuando vio a Isaac; al saber quién era, descendió del camello (v. 64) y, luego tomó el velo, y se cubrió (v. 65), en señal de humildad, modestia y sumisión.
III. Comenzaron a vivir juntos para su mutuo consuelo y apoyo (v. 67). Obsérvese aquí: 1. Qué hijo tan afectuoso hacia su madre era Isaac; hacía unos tres años que ella había muerto, y todavía no se había consolado hasta ahora de la muerte de ella. 2. Qué esposo tan cariñoso fue para su mujer. 3. Es muy de notar el orden de los verbos: Tomó a Rebeca por mujer, y la amó. En la actual sociedad permisiva, suele invertirse el orden de dichos verbos, con lo que el galanteo anterior al casamiento suele ir en detrimento del amor posterior.
El historiador sagrado comienza este capítulo con los últimos detalles de la vida de Abraham, e incluye su tardío casamiento con Cetura y, tras narrar brevemente su muerte y sepultura hace un breve relato de Ismael (los nombres de sus hijos y su muerte a la edad de ciento treinta y siete años), para pasar inmediatamente a ocuparse de Isaac, del nacimiento de sus dos hijos, con la profecía sobre el futuro mayorazgo de Jacob, y termina con la venta de la primogenitura de Esaú a Jacob.
Versículos 1–10
Vivió Abraham, después del casamiento de Isaac, treinta y cinco años, y todo lo que se refiere a él durante ese tiempo, queda aquí registrado en muy pocos versículos. No se nos dice nada de que tuviese más apariciones de Dios ni más pruebas difíciles de su mano; pues no todos los días, aun de los mejores y mayores santos, son extraordinarios y relevantes, sino que muchos se deslizan en silencio, yéndose tan inadvertidos como vinieron; tales fueron estos días últimos de Abraham.
I. Breve recuento de los hijos que Abraham tuvo de Cetura, otra mujer con la que se casó tras la muerte de Sara.
II. El arreglo que Abraham hizo de su fortuna (vv. 5–6). Después que le nacieron estos últimos hijos, puso en orden su casa con prudencia y justicia.
1. Hizo a Isaac su heredero universal, como estaba obligado en justicia a Sara su primera y principal esposa, y a Rebeca que se había casado con Isaac bajo condición de tal seguridad (24:36). Habiendo hecho Dios a Isaac heredero de la promesa, forzosamente tenía Abraham que hacerlo heredero de su hacienda.
2. Dio las porciones correspondientes, tanto a Ismael, al que anteriormente había despedido de vacío, como a los hijos que había tenido de Cetura. Era de justicia proveer para ellos; los padres que no le imitan en esto, son peores que los infieles. Era igualmente medida de prudencia el enviarles lejos de donde Isaac vivía, para que no se les ocurriese la pretensión de partir la herencia con él, ni resultasen una carga o una preocupación para él. Obsérvese que hizo esto mientras él vivía (v. 6), no fuese que, después de muerto él, o no se hiciese o no se hiciese bien.
III. Edad y muerte de Abraham (vv. 7–8). Vivió 175 años, justamente 100 años después de haber llegado a Canaán; por tanto tiempo fue peregrino en una tierra extranjera. 1. Exhaló el espíritu (v. 8). La vida no le fue arrebatada a la fuerza, sino que de buena gana la dejó, encomendando su espíritu al Padre de los espíritus. 2. Murió en buena vejez, anciano y lleno de años; así se lo había prometido Dios. Su muerte fue como descargarse del peso de su edad. Fue también la corona de gloria de su vejez. 3. También estaba lleno de años, o de vida. No vivió hasta que el mundo estuviese cansado de él, sino hasta que él estuvo cansado del mundo, había tenido bastante de él, y no deseaba más. Los buenos, aunque no mueran de viejos, mueren llenos de días, satisfechos de vivir aquí y deseando vivir en un lugar mejor. 4. Y fue unido a su pueblo. Su cuerpo fue unido a la congregación de los muertos, y su alma a la congregación de bendecidos por Dios. La muerte nos une a nuestro pueblo. Los que son nuestro pueblo mientras vivimos, ya sean los hijos de Dios o los hijos de este mundo, son el pueblo al que la muerte nos unirá.
IV. Su enterramiento (vv. 9–10). 1. Lo enterraron sus hijos Isaac e Ismael (v. 9). Fue la última muestra de respeto a su buen padre. Isaac e Ismael habían vivido distanciados el uno del otro durante bastante tiempo; pero parece ser que o Abraham mismo los reconcilió mientras vivía, o fue su muerte la que los reconcilió. Lo enterraron en la misma sepultura que había comprado y en la que él había sepultado a Sara.
Versículos 11–18
Inmediatamente después de referir la muerte de Abraham Moisés comienza la historia de Isaac (v. 11), y nos dice dónde vivía y cuán señaladamente le bendijo Dios. Pero, de momento, hace una pequeña disgresión para darnos un breve resumen de Ismael, por cuanto también él era hijo de Abraham, y Dios había hecho algunas promesas concernientes a él. 1. Respecto a sus hijos, los doce que tuvo son llamados doce príncipes (v. 16), cabezas de familia, que andando el tiempo vinieron a ser naciones, con distintas tribus, numerosas e importantes, que poblaron Arabia. Aquí se mencionan los nombres de los doce. De Nebayot cuyos descendientes son llamados después los nabateos, y de Cedar, leemos con frecuencia en la Escritura. En el Salmo 120:5, los de Cedar son puestos como prototipo de vecinos hostiles. Algunos expositores juegan con los nombres de los tres mencionados en el versículo 14, como un buen aviso para nosotros, pues Mishma, Dumah y Massa significan respectivamente en hebreo: Oye, Calla y Aguanta; los tenemos en el mismo orden en Santiago 1:19: «Pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse». La posteridad de Ismael no sólo tenía tiendas de campaña en el campo, donde se hicieron ricos en tiempo de paz, sino también villas y campamentos (v. 16), donde se fortificaban en tiempo de guerra. 2. En cuanto a Ismael mismo, se nos dice su edad: Ciento treinta y siete años (v. 17), referida aquí para mostrar la eficacia de la oración de Abraham por él (17:18): «¡Ojalá Ismael viva delante de ti!» Se nos refiere asimismo su muerte; también él fue unido a su pueblo, pero no se nos dice que muriera lleno de años, a pesar de que también tuvo larga vida. Murió en presencia de todos sus hermanos, lo cual es un consuelo.
Versículos 19–28
Tenemos ahora un relato del nacimiento de Jacob y Esaú los hijos gemelos de Isaac y Rebeca; su venida al mundo fue una de las más importantes partes de su historia (lo cual no es corriente). Parece ser que Isaac no era hombre activo, ni había experimentado muchas pruebas, sino que había pasado su vida en quietud y silencio. Respecto de Jacob y Esaú, se nos dice:
I. Que se había orado por ellos. Sus padres después de pasar algún tiempo sin tener hijos, los obtuvieron mediante la oración (vv. 20–21). Isaac tenía cuarenta años cuando se casó (v. 20), pero tenía ya sesenta cuando nacieron sus hijos (v. 26); así que estuvieron sin hijos durante veinte años. Pero: 1. «Oró Isaac a Jehová por su mujer» (v. 21). Una tradición judía dice que Isaac tomó consigo a su esposa y fueron al monte Moria, donde Dios había prometido que multiplicaría la descendencia de Abraham (22:17), y allí, en su oración por ella y con ella, apeló a la promesa hecha en aquel mismo lugar. 2. Dios escuchó su oración y la respondió favorablemente. Nótese que los maridos y las mujeres deben orar juntos.
II. Que hubo profecía acerca de ellos antes que naciesen, y en esa profecía se incluían grandes misterios (vv. 22–23). Rebeca estaba encinta de ellos; obsérvese aquí:
1. Cuán perpleja estaba en su mente acerca de su caso: Los hijos luchaban dentro de ella (v. 22). Esta lucha entre Jacob y Esaú en el vientre de su madre bien podría representar la lucha que se mantiene entre el reino de Dios y el reino de Satanás. Una guerra santa es mejor que la paz en el palacio del diablo.
2. Lo que hizo para encontrar alivio: Fue a consultar a Jehová (v. 22). Es un gran alivio para nuestra mente exponer nuestro caso delante del Señor y pedir consejo de sus labios: Ir al santuario (Sal. 73:17).
3. La información que se le dio, en respuesta a su demanda, y que explicaba el misterio: Dos naciones hay en tu seno (v. 23). Estaba encinta, no sólo de dos hijos, sino de dos naciones, las cuales no sólo iban a diferenciarse grandemente entre sí en sus costumbres y disposiciones, sino que habrían de enfrentarse entre sí por sus intereses respectivos; y el resultado de todo ello vendría a ser que el mayor serviría al menor, lo cual se cumplió en la sumisión de los idumeos, por mucho tiempo, a la casa de David, hasta que se rebelaron (2 Cr. 21:8). En la lucha que el pecado y la gracia mantienen en el alma, la gracia, más joven, ganará de cierto la última batalla.
III. Ya al nacer, había gran diferencia entre ellos.
1. Había gran diferencia en sus cuerpos (v. 25). Esaú salio pelirrojo y velludo como si ya fuese un hombre crecido. Era una indicación de una complexión muy fuerte y cabía esperar de él que sería robusto, atrevido y activo. El Midrash judío dice que los que tienen esta clase de pelo parecen predispuestos para la caza y el derramamiento de sangre. En cambio, Jacob salió suave y delicado, como cualquier otro niño normal. Dios suele escoger lo débil del mundo y dejar a un lado lo fuerte (1. Co. 1:27).
2. Hubo entre ellos pugna por salir el primero (v. Os. 12:3). Jacob trabó del talón de su hermano (v. 26), como si quisiera dejarlo atrás e impedir que fuese el primogénito.
3. Eran muy diferentes en su mentalidad y en el estilo de vida que cada uno escogió (v. 27). (A) Esaú era un hombre de mundo, deportista como buen cazador, y campestre como Nimrod e Ismael. (B) Jacob era hombre del mundo de arriba: no estaba hecho para estadista ni con ambición de grandezas mundanas, sino que era quieto, enemigo de pendencias, y habitaba en tiendas acostumbrado a pensar bien y a obrar honestamente, prefería los deleites de la soledad y del retiro a todo el pretendido placer del deporte inquieto y ruidoso. Habitaba en tiendas, (a) como pastor. Ligado a ese oficio sano y tranquilo de apacentar ovejas en el cual crió también a sus hijos (46:34): (b) como estudiante. Piensan algunos que frecuentaba las tiendas de Melquisedec o de Heber, para que le enseñasen las cosas de Dios. En todo caso, el Midrash judío explica que «tiendas» equivale a «escuelas de estudio religioso». Este fue el hijo de Isaac al que fue vinculado el pacto.
4. También fueron diferentes en el afecto de sus padres. No tenían más que estos dos hijos, y parece ser que el uno era el favorito del padre, y el otro el favorito de la madre (v. 28). (A) Isaac amaba a Esaú, porque era activo, sabía cómo agradar a su padre: le mostraba gran respeto y le conseguía aquella caza que tanto le gustaba a Isaac. (B) Rebeca recordaba la profecía de Dios, que daba la preferencia a Jacob, y, por eso, ella también le prefería en su afecto.
Versículos 29–34
Trato entre Jacob y Esaú acerca de la primogenitura, que pertenecía a Esaú por providencia, pero era de Jacob por promesa. Esta primogenitura era un privilegio espiritual por la bendición que comportaba y la promesa a la que estaba vinculada.
I. Jacob deseaba piadosamente la primogenitura aunque procuró alcanzarla con subterfugios. No obstante, es de alabar en cuanto que codició vivamente los mejores dones; con todo, no puede justificarse el aprovecharse de la necesidad de su hermano para hacerle concertar un duro contrato (v. 31): Véndeme en este día tu primogenitura. Nótese que los hombres llanos, que conversan sencilla y sinceramente, sin sabiduría mundana ni astucia aviesa, son con frecuencia los más sabios para las cosas del alma y de la eternidad. La sabiduría de Jacob aparece en dos cosas: 1. Escogió el tiempo más apto. 2. Hecho ya el trato, se aseguró de que quedase firme con el juramento de Esaú: Júramelo en este día (v. 33).
II. Esaú menospreció profanamente la primogenitura, y la vendió insensatamente. Por ello, es llamado profano Esaú (He. 12:16), porque por una sola comida vendió su primogenitura, la comida más cara que hubo después de la del fruto prohibido; y le pesó de ello cuando ya era demasiado tarde. Nótese que hay quienes son sabios de céntimo y necios de millón, expertos cazadores para engañar a otros y enredarlos en sus trampas, pero ellos mismos caen fácilmente en las artimañas de Satanás y son hechos cautivos por el demonio para seguir la senda del mal y de la perdición. Obsérvense los aspectos de la insensatez de Esaú:
1. Su apetito fue desordenado (vv. 29–30). El pobre Jacob tenía un poco de pan y potaje (v. 34) para comer, cuando llegó Esaú de cazar, cansado y hambriento. Dame de ese guiso rojo o, como dice el hebreo, de eso rojo. El satisfacer el apetito sensual es la ruina de miles de inapreciables almas. Si Esaú estaba cansado y hambriento, seguramente habría podido conseguir otra comida más barata que la que le costó la primogenitura.
2. Su razonamiento fue muy débil (v. 32): Estoy a punto de morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? Aun cuando hubiese estado a punto de morir ¿no había otra cosa para mantenerlo en vida que este potaje? Si había ya hambre en la tierra (v. 26:1), como conjetura el Dr. Lightfoot, no podemos suponer que Isaac fuese tan pobre, o Rebeca tan mala ama de casa, como para no tener ningún otro alimento conveniente en reserva. Nótese que es una tremenda insensatez dejar a un lado nuestro interés por Dios, por Cristo y por el Cielo, a cambio de las riquezas, honores y placeres de este mundo, pues es un contrato tan malo como el del que vendió su primogenitura por un guisado de lentejas.
3. El arrepentimiento estaba entonces oculto a sus ojos (v. 34): Él comió v bebió y se levantó y se fue (v. 34). Después de darle gusto al paladar, se levantó despreocupado y se marchó, sin mostrar ningún pesar. Así despreció Esaú su primogenitura.
Al comienzo de este capítulo, vemos a Isaac en adversidad pero Dios le ayuda y consuela. Luego, como antaño su padre Abraham, niega a su esposa. Le vemos después en gran prosperidad. Termina el capítulo con el desdichado casamiento de Esaú.
Versículos 1–5
I. Dios puso a prueba a Isaac en su providencia. Había hambre en la tierra (v. 1). ¿Qué pensará de la promesa, si la tierra prometida no le da pan? Sí, Isaac se mantendrá adherido al pacto. Nótese que el valor intrínseco de las promesas de Dios no puede quedar menguado a los ojos de un creyente por un revés de la providencia.
II. Dios le dirigió por medio de su palabra en medio de la prueba. Isaac debía ir en busca de provisiones. Así que marchó a Egipto, adonde su padre había ido en una ocasión similar, pero se detuvo primeramente en Gerar. 1. Entonces Dios le dijo que se quedase allí y no descendiera a Egipto (vv. 2–3).
Hubo hambre en los días de Jacob, y Dios le dijo que bajase a Egipto (46:34); hubo hambre en los días de Isaac, y Dios le dijo que no bajase a Egipto (26:2); hubo hambre en los días de Abraham, y Dios le dejó en libertad para que hiciese lo que mejor le pareciera (12:10). Esta variedad de procedimientos por parte de Dios encuentra cierta base en los distintos caracteres de estos tres patriarcas. Abraham era un hombre de grandes alcances y de íntima comunión con Dios así que para él todos los lugares y condiciones eran similares. Isaac era buena persona, pero no estaba hecho a grandes dificultades; por tanto, se le prohíbe ir a Egipto. Jacob estaba avezado a las dificultades; era fuerte y paciente; por ello, era necesario que fuese a Egipto. De esta manera, Dios proporciona a sus hijos las pruebas de acuerdo a sus respectivas fuerzas. «Abraham oyó mi voz (v. 5); haz tú lo mismo, y la promesa te será asegurada.» Aquí es alabada la obediencia de Abraham en honor suyo, porque por ella adquirió buen testimonio ante Dios y ante los hombres.
Versículos 6–11
Se estableció, pues, Isaac en Gerar (v. 6), la tierra donde había nacido, y enseguida le acomete la tentación de negar a su esposa, diciendo que era su hermana.
I. Su pecado (v. 7). Como su mujer era hermosa, se imaginó que los filisteos hallarían algún modo de deshacerse de él para casarse alguno con ella; por tanto, debía pasar por hermana suya.
II. Su mentira fue detectada por el rey mismo. Abimelec (no es el mismo de 20:2, pues esto sucedía con casi 100 años de diferencia)—nombre bastante corriente entre los reyes filisteos—vio a Isaac que trataba a Rebeca con mayor familiaridad que lo hubiese hecho de haberse tratado de una hermana (v. 8); le vio jugueteando con ella o, como dice el hebreo, riéndose; es el mismo verbo del que Isaac tenía el nombre. En ningún lugar mejor que con su mujer y sus hijos debe permitir un hombre sentirse inocentemente alegre. Abimelec le reprendió por el engaño (v. 9), le mostró las malas consecuencias que podía haber tenido (v. 10), y después, para convencerle de cuán infundados e injustos eran sus celos, le tomó a él y a su familia bajo su protección especial, y prohibió bajo pena de muerte hacer ninguna injuria a él o a su mujer (v. 11).
Versículos 12–25
I. Señales de la buena voluntad de Dios hacia Isaac. 1. Su siembra de cereales alcanzó aquel año una cosecha extraordinaria (v. 12). No poseía tierra propia, pero tomó tierra de los filisteos para sembrar en ella, y Dios le bendijo multiplicándola grandemente. Sirva esto de estímulo a pobres labradores, que ocupan tierra ajena, pero son honestos y laboriosos. Se nos dice que Isaac cosechó ciento por uno aquel mismo año en que había hambre en la tierra. 2. También aumentó su ganado (v. 14). Y además: 3. Tuvo mucha servidumbre (como puede leerse también en el hebreo; v. 14), que él empleaba y mantenía a su costa.
II. Señales de la mala voluntad de los filisteos hacia él. 1. Le tenían envidia (v. 14). Mala raíz es la que hace que los hombres se entristezcan por el bien ajeno, como si el bien del vecino significase el mal de uno mismo. Como los filisteos no tenían ganados de su propiedad que abrevasen en los pozos de agua, los cegaron para que no pudiese usarlos Isaac; así de absurda es la mala idea.
El rey de Gerar comenzó también a mirarle con ojos envidiosos. La casa de Isaac venía a ser como un palacio y, por lo tanto, debía marcharse de allí. Una persona prudente y buena prefiere retirarse a la oscuridad, como aquí Isaac a un valle, antes que estar en alto para ser el blanco de la envidia y de la mala voluntad.
III. Su constancia y perseverancia en sus quehaceres a pesar de todo.
1. Conservó su servidumbre y continuó laboriosamente en la tarea de hallar pozos de agua; asimismo propuso sacar el mejor partido del país en que se había establecido, como hace toda persona verdaderamente prudente.
A) Volvió a abrir los pozos que había abierto su padre (v. 18). Nótese que, al escudriñar la verdad—esa fuente de agua viva—, es bueno que nos aprovechemos de los descubrimientos de épocas anteriores, que a veces quedan obnubilados por la desidia y la corrupción de edades posteriores. Sondeemos los antiguos pozos que nuestros padres cavaron y que los adversarios de la verdad han obstruido.
B) Sus siervos cavaron nuevos pozos (v. 19). Nótese que, aun cuando usemos la luz de anteriores épocas, eso no quiere decir que vayamos a descansar en ella sin hacer nuevos avances. Debemos seguir construyendo sobre el fundamento que ellos echaron.
C) Al abrir los pozos, se encontraron con mucha oposición (vv. 20–21). Quienes abren manantiales de luz, han de esperar contradicción. Los dos primeros pozos que abrieron fueron llamados Esek y Sitná, que significan respectivamente Rencilla y Odio.
D) Finalmente, se trasladó a un lugar más tranquilo; prefirió la paz a la victoria. Nótese que los que buscan la paz, tarde o temprano la hallarán. Al pozo que aquí cavaron le llamaron Rehoboth, que significa lugares anchos, sitio más que suficiente, lo cual, en la Biblia, es símbolo de comodidad y seguridad. En los dos primeros pozos, podemos ver lo que es la tierra: estrechez y odio. Este otro pozo nos muestra lo que es el Cielo: anchura y paz, lugar suficiente, porque allí hay muchas mansiones (Jn. 14:2).
2. Allí continuó Isaac firme en su religión, conservando la comunión con Dios. Llegó cansado y desasosegado a Beerseba, pero Dios le dijo: No temas, porque yo estoy contigo y te bendeciré (v. 24). Bien pueden trasladarse cómodamente quienes están seguros de que la presencia de Dios estará con ellos dondequiera que vayan. Y edificó allí un altar, e invocó el nombre de Jehová (v. 25).
Versículos 26–33
Los altercados que habían existido entre Isaac y los filisteos terminaron felizmente en paz y reconciliación.
I. Abimelec hace una visita amistosa a Isaac, en prenda del respeto que le había guardado (v. 26).
II. Isaac, con toda prudencia y cautela, pone reparos a la sinceridad de esta visita (v. 27).
III. Abimelec afirma su sinceridad al dirigirse ahora a Isaac y busca con todo empeño su amistad (vv. 28–29). Isaac se había quejado de que le habían aborrecido y le habían echado de allí (v. 27). No—dice Abimelec—, te enviamos en paz (v. 29). Reconoce las muestras del favor de Dios hacia Isaac, y hace de esto la base de su deseo de aliarse con él: Jehová está contigo … Tú eres bendito de Jehová (vv. 28–29).
IV. Isaac les hace banquete a él y a sus acompañantes y hace alianza de amistad con él (vv. 30–31). Nótese que la religión nos enseña a portarnos como buenos vecinos y, en cuanto esté de nuestra parte, a vivir en paz con todos (Ro. 12:18).
V. La Providencia le sonrió a Isaac por lo que acababa de hacer; porque aquel mismo día en que firmó la alianza con Abimelec, sus siervos le trajeron las buenas nuevas de haber encontrado un pozo de agua (vv. 32–33).
Versículos 34–35
1. El insensato casamiento de Esaú, al unirse con cananeas, que eran ajenas a la bendición de Abraham por lo cual se le llama profano (He. 12:16), ya que con ello insinuaba que ni deseaba la bendición de la promesa ni temía la maldición de Dios. 2. El pesar y la amargura que esto produjo a sus buenos padres. Les apesadumbró que se casase con las hijas de los heteos, que no tenían religión.
En este capítulo volvemos a la historia típica de la lucha entre Esaú y Jacob. Después de haber menospreciado la primogenitura, quiere obtenerla de nuevo, pero el complot de Rebeca y Jacob le hace fracasar en sus intentos. Ante la amenaza de muerte por parte de Esaú, Rebeca aconseja a Jacob que huya a casa de su tío Labán.
Versículos 1–5
I. La decisión de Isaac de hacer testamento y declarar a Esaú su heredero.
II. Las orientaciones que dio a Esaú, en orden al cumplimiento de tal decisión. Le hace llamar (v. 1), porque, aun cuando Esaú había entristecido grandemente a sus padres con ocasión de su matrimonio ellos no le habían echado de casa, sino que sacaron de la situación el mejor partido posible. Los padres que están justamente enojados con sus hijos, no deben, aun así, mostrarse implacables con ellos.
1. Le explica qué razones ha tenido en cuenta para hacer eso ahora (v. 2).
2. Le pide que tenga todo a punto para la ejecución de su última voluntad mediante testamento, por el que ha decidido hacerle su heredero (vv. 3–4). Esaú debe salir a cazar y traer alguna pieza de la que su padre pueda comer, y bendecirle después.
Versículos 6–17
Rebeca está aquí urdiendo su plan para obtener a favor de Jacob la bendición que Isaac había decidido dar a Esaú.
I. El fin era bueno. Dios había dicho que así sería, que el mayor serviría al menor (25:23); por tanto, Rebeca resuelve que sea así. Pero:
II. Los medios eran malos y no tenían justificación alguna. Si no fue una injuria a Esaú el arrebatarle la bendición (puesto que él mismo la había perdido al vender la primogenitura), sí que era injuria a Isaac, al engañarle aprovechándose de su ceguera; también fue un daño a Jacob, enseñándole a engañar. Igualmente podía exponerle a escrúpulos interminables acerca de la bendición, por haberla obtenido mediante fraude. Si Rebeca hubiese ido a Isaac y le hubiese traído a la memoria lo que Dios había dicho concerniente a sus hijos, y le hubiese mostrado que Esaú había perdido el derecho a la bendición, tanto por vender la primogenitura como por casarse con mujeres extrañas, es probable que Isaac hubiese sido persuadido a conferir a Jacob la bendición.
Versículos 18–29
I. El arte y el aplomo con que ejecutó Jacob la intriga. ¿Quién podía imaginarse que este hombre sencillo pudiese jugar su papel tan astutamente en un plan de esta naturaleza? Nótese lo pronto que se aprende a mentir. Me asombra el que el honesto Jacob pudiese dirigir su lengua tan fácilmente para decir (v. 19): Yo soy Esaú tu primogénito. Y, ¿cómo pudo decir: He hecho como me dijiste, cuando no había recibido ningún encargo de su padre, sino que estaba haciendo lo que le había pedido su madre? ¿Cómo pudo decir: Come de mi caza, cuando sabía que no había venido del campo, sino del corral? Pero especialmente me asombra el que se atreviera a atribuírsela a Dios, y a usar el nombre de Jehová para cubrir la impostura: Jehová tu Dios hizo que la encontrase delante de mí (v. 20). ¿Es éste Jacob? ¿Es éste aquel Israel, de cierto, sin dolor? Verdaderamente, esto ha sido escrito, no para nuestra imitación, sino para nuestra amonestación.
II. El éxito de esta estratagema. Jacob consiguió, con alguna dificultad, su objetivo y obtuvo la bendición.
1. Isaac no se convenció al principio, y hubiese descubierto el fraude, si hubiese dado más crédito a sus oídos, porque la voz era la voz de Jacob (v. 22). Su voz era la voz de Jacob, pero sus manos eran las de Esaú. Habla el lenguaje de un santo, pero hace las obras de un pecador; pero el juicio será, como aquí, por las manos.
2. Al final se rindió al poder del engaño, porque las manos eran vellosas (v. 23), y no tuvo en cuenta lo fácil que era falsificar esa circunstancia. Y ahora Jacob continúa con toda destreza.
El único pequeño atenuante del pecado de Rebeca y Jacob está en que el fraude no tenía por objeto acelerar el cumplimiento tanto como impedir la frustración, del oráculo divino; la bendición iba precisamente a caer sobre la cabeza errónea y ellos pensaron que era hora de moverse y hacer algo para impedirlo. Veamos ahora cómo dio Isaac su bendición a Jacob (vv. 26–29). (A) Lo abraza, en señal de especial afecto hacia él. (B) Lo ensalza: Olió Isaac el olor de sus vestidos y le bendijo, diciendo: Mira, el olor de mi hijo, como el olor del campo que Jehová ha bendecido. (C) Ora por él y en esa oración, profetiza acerca de él. Con tres cosas es aquí Jacob bendecido: (a) Abundancia (v. 28). (b) Poder (v. 29). (c) Predominio ante Dios e influencia en el Cielo: «Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren.»
Versículos 30–40
I. La bendición del pacto negada a Esaú. El que tan a la ligera trató su primogenitura, quería ahora heredar la bendición (v. 31). Observa:
1. Con cuánto empeño la buscó. Cuando se enteró de que Jacob la había conseguido fraudulentamente clamó con una muy grande y muy amarga exclamación (v. 34). Quienes ahora no quieren pedir y buscar, pronto llamarán a gritos: «¡Señor, Señor!» (Mt. 7:21, 25:11). Los menospreciadores de Cristo serán entonces humildes aspirantes a seguirle.
2. Cómo fue rechazado. Al percatarse Isaac del engaño del que había sido objeto, se estremeció grandemente (v. 33), pero, recuperándose de la emoción, ratificó la bendición que había dado a Jacob: Yo le bendije, y será bendito. Al sentirse lleno, más que de ordinario, del Espíritu Santo cuando estaba dando la bendición a Jacob, parece como si percibiera que Dios había interpuesto su Amén. Con esto (A) Jacob quedó así confirmado en la posesión de la promesa. (B) Isaac accedió a los designios de Dios, aunque contradecían a su propia expectación y al afecto que sentía hacia Esaú. (C) Esaú quedó excluido de la esperanza que abrigaba respecto a la bendición que él creyó le sería reservada cuando vendió su primogenitura. Los judíos, a imitación de Esaú, iban a la caza de la bendición legal de justicia (v. 31), pero se quedaron sin la justicia de la bendición, porque la buscaban por medio de las obras de la ley y en la primogenitura de la carne (v. 32), mientras que los gentiles, a imitación de Jacob, la buscaron por fe en la Palabra de Dios, y así la alcanzaron por la fuerza, por esa violencia que el reino de los cielos sufre (Mt. 11:12). Es lo que el Apóstol dice en Romanos 10:2–8. Quienes subestiman su primogenitura espiritual hasta venderla por un plato de lentejas, pierden sus derechos a las bendiciones espirituales. Los que dejan a un lado la sabiduría y la gracia, la fe y la buena conciencia, con tal de conseguir honores, riquezas o placeres de este mundo, aunque aparenten deseos de conseguir la bendición, ya se han juzgado a sí mismos indignos de ella (Hch. 13:46).
II. Aquí tenemos una bendición corriente otorgada a Esaú.
1. Esaú la deseaba: Bendíceme también a mí (v. 34); ¿No has guardado bendición para mí? (v. 36). La mayoría de los hombres son tan insensatos que están dispuestos a conformarse con cualquier bien (Sal. 4:6), como Esaú aquí, pues deseó una bendición de segunda clase, ya que era una bendición separada de la primogenitura. Como si dijese: «Me conformo con cualquier bendición del suelo, aunque haya perdido la bendición del Cielo.»
2. Esta es la bendición que tuvo, y de ella tenía que sacar el mejor partido posible (vv. 39–40).
A) Se le prometió: (a) Que dispondría de un mantenimiento más que suficiente—grosuras de la tierra, y rocío de los cielos—. Nótese que los que se quedan sin las bendiciones del pacto, pueden todavía disfrutar de una buena participación en las bendiciones temporales. (b) Que recobraría gradualmente su libertad. Servirá, pero no morirá de hambre; y, después de muchas escaramuzas, quebrará el yugo de su esclavitud y, al fin, llevará el indumento de la libertad. Esto se cumplió en la rebelión de los hijos de Edom (2 R. 8:20, 22).
B) Pero fue una bendición muy inferior a la de Jacob, a quien Dios había reservado algo mucho mejor. En la bendición de Jacob, el rocío del cielo va primero, que era lo que él más apreciaba. En la de Esaú, las grosuras de la tierra van en primer lugar, pues en ellas tenía él principalmente puesta la mirada.
Dios suele dar a cada uno lo que cada uno busca (Ro. 2:6–8). Jacob será señor de sus hermanos (v. 29); de aquí que los israelitas frecuentemente dominaron a los idumeos. Pero la gran diferencia está en que, en la bendición de Esaú, no hay nada que apunte hacia Cristo, nada que le introduzca en el pacto de Dios; sin lo cual, las grosuras de la tierra le van a servir de muy poca cosa.
Versículos 41–46
I. El odio que cobró Esaú contra Jacob a causa de la bendición que éste había conseguido (v. 41). Este odio de Esaú era: 1. Un odio injustificado. No tenía ninguna otra razón para odiarle sino el que su padre le había bendecido y Dios le había preferido. 2. Era un odio cruel. No se quedaría satisfecho con menos que matar a su hermano, como había hecho Caín con Abel. 3. Era un odio sagaz y astuto. Esperaría a que su padre muriese, y entonces se desempolvarían los documentos y se discutirían entre los hermanos los intereses de ambos y los bienes legados, lo cual le daría a Esaú una buena oportunidad para tomarse la revancha.
II. El método que usó Rebeca para impedir el crimen.
1. Avisó a Jacob del peligro y le aconsejó que se retirase por algún tiempo; que escapase para salvar la vida. Obsérvese aquí: (A) Lo que Rebeca esperaba: Que si Jacob se quitaba por algún tiempo de la vista de Esaú, la afrenta de la que tan ferozmente se resentía su hermano, iría desapareciendo también gradualmente de su mente.
2. Persuadió a Isaac de que era necesario que Jacob se fuese a vivir con los parientes, y alegó otro motivo, el de buscarse esposa allí (v. 46), y evitar así una nueva amargura, como la que les había producido Esaú, al buscarse esposas entre las hijas de Het.
Este capítulo nos refiere el viaje de Jacob a Padán-aram, con el encargo que le dio su padre, y cómo influyó esto en el proceder de Esaú. Es también notable el sueño que tuvo Jacob durante el viaje, con la visión de la escalera, y las promesas que Dios le hizo por este medio.
Versículos 1–5
Inmediatamente que Jacob obtuvo la bendición, se vio forzado a huir de su país.
Huyó a Siria (Os. 12:12). Había recibido bendición de abundancia de trigo y de mosto, y se fue pobre; se le había prometido señorío, e iba a servir en un servicio duro. Esto era: 1. Quizá para disciplinarle por haber engañado a su padre. La bendición le será confirmada, pero habrá de pagar caro el modo tortuoso de conseguirla. Sobre todo, era: 2. Para enseñarnos que los que heredan la bendición han de esperar persecución; los que tienen paz en Cristo tendrán tribulación en el mundo (Jn. 16:33). Jacob es despedido por su padre:
I. Con un encargo solemne: Lo bendijo, y le mandó diciendo, etc. (vv. 1–2). Nótese que los que tienen la bendición, deben guardar el encargo anejo a ella y no pensar en separar lo que Dios ha unido. Si Jacob es heredero de la promesa, no debe tomar mujer de las hijas de Canaán, los creyentes no deben casarse con los incrédulos (2 Co. 6:14).
II. Con una bendición solemne (vv. 3–4). Antes le había bendecido sin saber que era él, ahora le bendice a sabiendas, para animarle más en aquella triste situación en que se encontraba. Esta bendición es más explícita y completa que la primera, y lleva vinculada la bendición de Abraham. Es una bendición de parte del Dios Todosuficiente, nombre con que se apareció Dios a los patriarcas (Éx. 6:3).
1. La promesa de herederos: Dios te bendiga, y te haga fructificar y te multiplique (v. 3). (A) Y nunca ha habido una multitud de gente tan a menudo reunida en asamblea, como la de las tribus de Israel en el desierto y después. (B) A través de él había de descender de Abraham aquella persona en quien todas las
familias de la tierra habían de ser bendecidas y todas las cosas del universo habían de ser resumidas y restauradas (Ef. 1:10).
2. La promesa de una herencia para esos herederos: Para que heredes la tierra en que moras (v. 4). Canaán quedaba así vinculada a la descendencia de Jacob y desvinculada de la de Esaú. Aquí se le dice que heredará la tierra en la que ahora está como peregrino. Quienes tienen el corazón desapegado de las cosas presentes, son los que mejor pueden disfrutar de ellas. Ésta es la patria mejor, que Jacob y los otros patriarcas miraban sobre la tierra (He. 11:13).
Así fue enviado Jacob a Padán-aram (v. 5).
Versículos 10–15
Jacob de camino para Siria, en una situación muy desolada. Al llegar la primera noche, había hecho una larga jornada desde Beerseba hasta Betel, y allí tuvo:
I. Una dura cama (v. 11), con piedras por almohada, y el firmamento por dosel y cortinas.
II. En esta dura cama tuvo un sueño agradable. De cierto que cualquier israelita estaría dispuesto a aceptar la almohada de Jacob con tal de tener el sueño de Jacob. Allí, y entonces, oyó las palabras de Dios, y vio las visiones del Omnipotente. Fue el mejor sueño de su vida.
1. La visión alentadora que vio Jacob (v. 12). Vio una escalera que llegaba desde la tierra hasta el cielo, y a los ángeles de Dios, que subían y bajaban por ella, y Jehová estaba en lo alto de ella. Esto representa: (A) la providencia de Dios, por la cual hay una comunicación constante entre el Cielo y la tierra. Providencia que obra, de ordinario, gradualmente y como por pasos o peldaños. La sabiduría de Dios está en lo más alto de la escalera, y dirige todos los impulsos de las causas segundas hacia la gloria de la Causa Primera. Esta visión alentó muy oportunamente a Jacob, y le hizo saber que tenía un buen guía y un buen guardián en su ir y venir. (B) La mediación de Cristo. Él es esta escalera, cuyo pie en la tierra es su naturaleza humana, y su extremo superior en el cielo es su naturaleza divina; o, también, el primero representa su humillación, y el segundo su exaltación. Si Dios habita con nosotros, y nosotros con Él es por medio de Cristo. No hay otro camino para ir al Cielo que ésta escalera; si queremos entrar por otro lado, somos ladrones y salteadores. A esta visión alude nuestro Salvador cuando habla de los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre (Jn. 1:51). Es muy de notar que los ángeles aparecen primeramente subiendo como si hubiesen estado acompañando a Jacob en su viaje. Los hijos de Dios pueden encontrarse a veces sin amigos humanos pero van acompañados de ángeles invisibles, que les protegen y les animan (He. 1:14).
2. Las palabras alentadoras que Jacob oyó.
A) Las promesas hechas anteriormente a su padre le fueron repetidas y ratificadas a él (vv. 13–14). En general, Dios le insinuó que sería para él el mismo que había sido para Abraham e Isaac. (a) Le es prometida la tierra de Canaán. (b) Le es prometido que su descendencia se multiplicaría de modo extraordinario como el polvo de la tierra. (c) Se le añade que el Mesías saldrá de sus lomos, ya que en él serán benditas todas las familias de la tierra.
B) Se le hacen también nuevas promesas. (a) Jacob veía con aprensión el peligro que corría de parte de su hermano Esaú; pero Dios promete guardarlo. (b) Tiene delante de sí un largo viaje, y ha de marchar solo por un camino desconocido, a un país distante; pero Dios le dice: He aquí, yo estoy contigo (v. 15). (c) No barruntaba las dificultades con que se iba a encontrar en el servicio de su tío, pero Dios las sabía de antemano y, por eso, promete guardarlo por dondequiera que vaya. (d) Marcha como un exiliado a un lugar muy distante, pero Dios le promete que lo volverá a traer a la tierra de donde partió. (e) Parecía de momento estar abandonado de todos sus amigos, pero Dios le asegura: No te dejaré. Nótese que Dios no abandona a quien ama.
Versículos 16–22
El sueño había sido maravilloso. Veamos ahora la devoción de Jacob en esta ocasión.
I. Expresó una gran sorpresa por las señales que había tenido de la presencia especial de Dios con él en aquel lugar: Ciertamente Jehová está en este lugar y yo no lo sabía (v. 16). Nótese que Dios puede dar innegables demostraciones de su presencia, experiencia no comunicable a otros, pero convincente para los que las reciben. No hay lugar inadecuado para las visitas de Dios (16:13 como aquí, y Jn. 2:1 y ss.); dondequiera que estemos, en la ciudad o en el desierto, en casa o en el campo, en una tienda o en la calle, allí está Dios con nosotros.
II. Esto le produjo un miedo reverencial (v. 17): Tuvo miedo y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! Y así es como lo vio entonces: No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del Cielo.
III. Se preocupó de preservar un recuerdo de él de dos maneras: 1. Alzó por señal la piedra (v. 18), porque no tenía tiempo ahora para levantar un altar allí, como hacía Abraham en los lugares en que se le aparecía Dios (12:7). Con todo, derramó aceite sobre la piedra, tanto para distinguirla de las demás como para dejar allí prenda y anticipo del altar que pensaba construir allí cuando tuviese oportunidad, como lo hizo después en gratitud a Dios por esta visión (35:7). 2. Dio nuevo nombre al lugar (v. 19). Se había llamado hasta entonces Luz, almendro en hebreo, pero él le puso el nombre de Betel, casa de Dios.
IV. Hizo un solemne voto en esta ocasión (vv. 20–22). Cuando Dios nos ratifica sus promesas, es justo que le repitamos nuestras promesas. Obsérvese en este voto: 1. La fe de Jacob. Dios había dicho: Yo estoy contigo, y te guardaré. Jacob toma nota de esta promesa, y viene a decir: «dependo de ella» es decir, «pongo toda mi confianza en ella». 2. La moderación de Jacob en sus deseos. Se contenta alegremente con pan para comer y vestido para vestir (v. 20). La naturaleza tiene bastante con poco, y la gracia con menos. 3. La piedad de Jacob y su atención puesta en Dios, lo que se echa de ver aquí: (A) En lo que deseaba: que Dios estuviera con él y le guardara (v. 20). (B) En lo que se proponía. Su resolución era: (a) En general, aferrarse al Señor, como a Dios del pacto: Jehová será mi Dios (v. 21). (b) En particular, realizar ciertos actos especiales de devoción, como muestra de su gratitud. Primeramente, «Esta piedra tomará posesión del lugar hasta que yo vuelva en paz, y después será erigido aquí un altar para honra y gloria de Dios». En segundo lugar, «La casa de Dios no quedará desabastecida, ni su altar quedará sin sacrificio: De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti (v. 22), para ser empleado o en el altar de Dios o en los pobres de Dios, pues éstos son los dos consignatarios de Dios en este mundo».
Este capítulo nos refiere la providencia de Dios con Jacob. Cómo llegó felizmente al término de su viaje; su casamiento en buenas condiciones; y el nacimiento de sus cuatro primeros hijos.
Versículos 1–8
1. Jacob continuó gozosamente su viaje después de la dulce comunión que tuvo con Dios en Betel: Entonces Jacob levantó sus pies (v. 1), como también dice el hebreo. 2. Se nos dice también que llegó con felicidad al término de su viaje. La Providencia lo condujo al campo mismo en cuyo pozo iban a ser abrevados los ganados de su tío, y allí se encontró con Raquel, que iba a ser su esposa. (A) Debemos reconocer a la Providencia de Dios en todas las pequeñas circunstancias que concurren en un viaje, o en cualquier otra empresa, para que se lleve a cabo cómodamente y con éxito. Si nos encontramos oportunamente con quienes pueden guiarnos, no debemos decir que ha sido por casualidad, sino por providencia, y que Dios nos ha favorecido en ello. (B) Lo que aquí se dice del cuidado constante que los pastores tienen con sus ovejas (vv. 2, 3, 7, 8) puede servir para ilustrar el amoroso cuidado que nuestro Señor Jesús, el Gran Pastor de las ovejas (Jn. 10:1 y ss.; 1 P. 2:25), tiene con su rebaño, la Iglesia; pues Él es el buen pastor, que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas (Jn. 10:14). (C) Cuando todos los pastores venían juntos con sus rebaños a la hora de abrevarlos, lo hacían juntamente como vecinos amistosos. (D) Está puesto en razón que hablemos a los extranjeros con cortesía y respeto. La ley de la bondad en la lengua tiene un poder instructivo (Pr. 31:26).
Versículos 9–14
1. La humildad y laboriosidad de Raquel: Ella era la pastora (v. 9). Es curioso observar que Raquel significa, en hebreo, oveja. 2. La ternura y el afecto de Jacob. Cuando supo que era pariente suya, se mostró admirablemente obsequioso en servirla (v. 10). Los rabinos explican que, cuando el verbo besar no lleva acusativo, significa besar la mano en señal de respeto, no de pasión. 3. El afecto familiar hacia Raquel, y la sorpresa de un encuentro tan temprano, hizo que Jacob no pudiese contener el llanto. 4. Labán, de cuyo mal carácter tenemos después pruebas suficientes, le concedió una efusiva acogida, quedó satisfecho del relato que hizo de sí mismo y del motivo que le trajo en tan pobres condiciones (los rabinos dudan de la sinceridad de Labán en esta ocasión).
Versículos 15–30
I. El amistoso convenio entre Labán y Jacob durante el mes que éste pasó allí como huésped (v. 14). Ahora tuvo Jacob una buena oportunidad para notificar a Labán el afecto que sentía por su hija Raquel, y al no tener en su mano bienes materiales con que dotarla, le promete servirle durante siete años, bajo condición de que, al final de los siete años, ha de concedérsela por esposa.
II. Honesto cumplimiento por parte de Jacob, de la tarea que le correspondía en el convenio (v. 20). Jacob le sirvió honradamente los siete años. Le parecieron como pocos días, porque la amaba, como si el deseo de ganarla fuese mayor que el de tenerla.
III. El engaño vil que Labán hizo a Jacob; le puso a Lea en los brazos en lugar de Raquel (v. 23). Labán cometió así un pecado contra Jacob, y a la vez, contra Raquel. Fácilmente puede observarse cómo le pagaron a Jacob con su misma moneda. Él había engañado a su padre, haciéndose pasar por Esaú, y ahora su suegro le engañaba a él, haciéndole pasar a Lea por Raquel.
IV. La excusa y la reparación que Labán hizo por su engaño: 1. La excusa fue frívola: No se hace así en nuestro lugar (v. 26). Pero no había en su país tal costumbre como él dice en su pretexto; sólo pretende burlarse de Jacob y reírse del error que ha sufrido. 2. Su manera de deshacer el entuerto fue todavía peor: Se te dará también la otra (v. 27). Con esto, indujo a Jacob al pecado, trampa, y desasosiego, de multiplicar esposas, lo que constituye un borrón en su blasón. El honrado Jacob no lo planeó, pero no pudo tampoco evitarlo. No podía rehusar a Raquel, porque se había comprometido con ella; menos aún podía rehusar a Lea, por cuanto se había casado con ella. La poligamia de los patriarcas tenía cierta excusa en ellos, porque, aun cuando había contra ella una razón tan antigua como el matrimonio de Adán (Mal. 2:15), con todo no había un mandato explícito contra ella; en ellos era pecado de ignorancia. No hay justificación alguna para practicarla ahora, cuando es notoria la voluntad de Dios de que, como en el principio, el matrimonio sea de uno con una (1 Co. 7:2). El doctor Lightfoot hace de Lea y Raquel figuras respectivamente de la sinagoga y de la Iglesia; los judíos bajo la Ley, y los gentiles en el Evangelio; la más joven es la más bella, y la que más estaba en el pensamiento de Cristo, cuando vino en forma de siervo; pero la otra, como Lea, la que primeramente estuvo en sus brazos.
Versículos 31–35
Nacimiento de cuatro hijos de Jacob, todos de Lea. Nótese: 1. Que Lea, que era menos amada, fue bendecida con hijos, cuando a Raquel le era negada esa bendición (v. 31). 2. Los nombres que les puso a sus hijos expresaban su atención respetuosa, tanto hacia Dios como hacia su marido. Llamó a su primer hijo Rubén (mira, un hijo), con este agradable pensamiento: Ahora me amará mi marido (v. 32); y a su tercer hijo le llamó Leví (juntado), con esta esperanza: Ahora esta vez se unirá mi marido conmigo (v. 34). Asimismo reconoce agradecida la benigna providencia de Dios en ello: Ha mirado Jehová mi aflicción (v. 32). Y, al tener a su segundo hijo, le llamó Simeón (Oída), porque dijo: Por cuanto oyó Jehová que yo era menospreciada, me ha dado también éste (v. 33). Al cuarto hijo le llamó Judá (alabanza), y dijo: Esta vez alabaré a Jehová (v. 35). Y éste fue aquel de quien, según la carne, vino Cristo. Descendió de aquel cuyo nombre era alabanza, porque Él es nuestra alabanza. ¿Está Cristo formado en mi corazón? Ahora alabaré a Jehová.
Un relato del incremento de la familia de Jacob, pues le nacieron ocho hijos más y una hija. Luego se nos narra la gran prosperidad a que llegó Jacob bajo el servicio de Labán.
Versículos 1–13
Las malas consecuencias de aquel extraño casamiento que hizo Jacob con las dos hermanas. Vemos:
I. Un desdichado desacuerdo entre él y Raquel (vv. 1–2), ocasionado, no tanto por la esterilidad de Raquel, como por la fertilidad de su hermana.
1. Raquel se irrita: Tuvo envidia de su hermana (v. 1). La envidia es un pesar por el bien ajeno; no hay pecado tan ofensivo a Dios, ni tan injurioso a nuestro prójimo y aun a nosotros mismos.
2. Jacob se enoja, y con razón. Él amaba a Raquel y, en consecuencia, la reprendió por lo que había dicho fuera de lugar (v. 2). Nótese que las reprensiones fieles son producto y señal de verdadero afecto (Sal. 141:5; Pr. 27:5–6). Se enojó, no con la persona, sino con el pecado; así se expresó para mostrar su desagrado. Fue muy severa y, al mismo tiempo, piadosa la respuesta que dio Jacob a la rencillosa demanda de Raquel: ¿Soy yo acaso Dios? La versión caldea lo parafrasea de la siguiente manera: ¿A mí me pides hijos? ¿No deberías pedirlos de delante de Dios? La versión arábica dice así: ¿Soy yo por encima de Dios? ¿Puedo darte yo lo que Dios te niega?
II. Un desdichado acuerdo entre él y las dos siervas.
1. Por persuasión de Raquel, tomó a Bilha su sierva por mujer (v. 4), a fin de que, según la usanza de aquellos tiempos, los hijos tenidos de ella fueran adoptados y reconocidos como hijos de su señora (v. 3 y ss.). Prefería Raquel tener hijos de aquella manera antes que no tenerlos de ninguna; hijos que pudiera imaginar que eran suyos, y llamarlos suyos, aunque no lo eran. Y es para ella un placer el ponerles nombres que no comportan otra cosa, sino muestras de la emulación con su hermana, como si la sobrepujara: (A) En la ley. Así llama al primer hijo de su sierva Dan (juicio), y dijo: Me juzgó Dios (v. 6); esto es, ha dado sentencia a mi favor. (B) En la batalla. Al siguiente le llama Neftalí (mi lucha), y dice: He contendido con mi hermana, y he vencido (v. 8); como si todos los hijos de Jacob hubieran de ser, por nacimiento, hombres de contienda.
2. Por persuasión de Lea, tomó también a Zilpa su sierva por mujer (v. 9). Dos hijos dio Zilpa a Jacob, que Lea tomó por suyos, en señal de lo cual llamó al uno Gad (buena suerte), y al otro Aser (feliz), prometiéndose en ellos fortuna y felicidad. Hubo muchas salidas de tono en la contienda y competición entre estas dos hermanas; sin embargo, Dios sacó bien de este mal. Así la familia de Jacob se llenó con doce hijos, cabezas de los millares de Israel, de los cuales descendieron y tomaron su nombre las famosas doce tribus.
Versículos 14–24
I. Fue Rubén, que era un niño todavía, al campo y halló unas mandrágoras, también llamadas manzanas de amor, pues se suponía que contenían algún hechizo o filtro amoroso, por lo que se explicaba el afán de Raquel en obtenerlas. Por fin llegaron a un contrato por el que Raquel le cedió el marido a Lea a cambio de las mandrágoras. El erudito obispo Patrick sugiere aquí que la razón de fondo de todas estas contiendas entre Raquel y Lea por la posesión del marido, y el darle por mujeres a sus siervas, era el vivo deseo que tenían de cumplir la promesa hecha a Abraham de que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas del cielo. Y añade que, en su opinión, esta anécdota estaría por debajo de la dignidad de la historia sagrada si no comportase alguna consideración más profunda. A raíz de esto, Lea se vio bendecida con dos hijos más; al primero le llamó Isacar (alquiler), considerándose bien pagada por las mandrágoras. Al otro le llamó Zabulón (morada), con lo que reconocía el gran favor que Dios había hecho: Dios me ha dado una buena dote (v. 20). Considera a una familia con muchos hijos, no como una
lista de gastos, sino como una buena dote (Sal. 113:9). Se hace mención del nacimiento de una hija (v. 21), a causa del incidente concerniente a ella (cap. 34).
II. Raquel, por fin, fecunda (v. 22). Raquel llamó a su hijo José, que en hebreo está emparentado con dos palabras de signo contrario: Asaf (quitó), y Yasaf (añadió), pues dijo: Dios ha quitado (Asaf) mi afrenta (v. 23); y, después: Añádame (Yasaf) Jehová otro hijo (v. 24).
Versículos 25–36
I. Jacob piensa en un hogar propio. Había servido fielmente a Labán por el tiempo que éste le exigió, y ahora sentía nostalgia de su tierra de Canaán, no sólo porque era su país natal, y allí vivían su padre y su madre, a quienes ansiaba ver, sino porque era la tierra prometida.
II. Labán desea que se quede allí (v. 27). Por egoísmo, no por amor a Jacob, ni siquiera por sus hijas y nietos, Labán se esfuerza en persuadirle que continúe siendo su pastor en jefe. Los hombres groseros y egoístas saben proferir buenas palabras cuando éstas sirven a sus propios intereses y fines. Labán se dio cuenta de que sus ganados se habían incrementado asombrosamente con la buena administración de Jacob, y lo reconoce con muy buenas expresiones de respeto, tanto hacia Dios como hacia Jacob: He experimentado que Jehová me ha bendecido por tu causa.
III. El nuevo contrato al que llegaron. La astucia y la codicia de Labán se aprovecharon de la llaneza, de la honradez y del buen natural de Jacob. En consecuencia, Jacob hace una propuesta.
1. Muestra cuánta razón tenía al insistir tanto, y considera: (A) Que Labán estaba obligado por gratitud a comportarse bien con él. Obsérvese aquí, con todo, cómo lo dice con toda modestia pues así es él. Los santos humildes tienen más placer en hacer el bien, que en volver a oírlo. (B) Que él mismo estaba obligado a preocuparse por su propia familia.
2. Está dispuesto a depender totalmente de la providencia de Dios, que, como bien sabe él, se extiende a las cosas más pequeñas, incluso al color del ganado; y se quedará satisfecho con no tener otro salario que las ovejas y cabras de tal y tal color, pintadas, manchadas y de color oscuro, las cuales podrán ser después reconocidas públicamente (vv. 32–33). Labán estaba dispuesto a consentir en este trato, porque pensaba que, si las pocas que tenía pintadas, manchadas y oscuras, eran separadas del resto (lo que, por mutuo acuerdo, había de hacerse inmediatamente), el conjunto principal del rebaño que Jacob tenía que cuidar, siendo de un solo color, o todo negro o todo blanco, produciría pocas o ninguna de colores mezclados, y así dispondría de los servicios de Jacob por nada o por poco menos que nada.
Versículos 37–43
Ahora bien, la estratagema de Jacob fue la siguiente: Poner delante del ganado, cuando había que abrevarlo, varas verdes descortezadas parcialmente, de modo que, mirando las ovejas y las cabras aquellas inusitadas varas de dos colores repartidos a trechos, pudiesen engendrar, por una especie de autosugestión, corderos y cabritos igualmente de distintos colores cada uno (vv. 37–39). Probablemente, el uso de esta estratagema era corriente entre los pastores de Canaán, quienes codiciaban tener su ganado de estos colores, moteados o listados. Cuando comenzó a tener una buena reserva de este ganado joven, pintado o moteado y oscuro, los ponía en primera fila para asegurar la tendencia a procrear pintados o moteados. Finalmente, escogía para sí lo nacido de las ovejas más fuertes, con lo que su ganado crecía extraordinariamente en número y en calidad. Así se enriqueció el varón muchísimo (v. 43), y en poco tiempo. Los que, aun cuando sus comienzos sean pequeños, son humildes y honrados, alegres y laboriosos, tienen grandes probabilidades de ver más adelante prosperidad e incremento de sus bienes. A quien es fiel en lo poco, le serán confiadas cosas mayores. A quien es fiel en administrar lo que pertenece a otro, le será confiado algo que le pertenezca a él. Jacob, que había sido un criado fiel, llegó a ser un amo rico.
Jacob fue hombre de gran devoción e integridad; sin embargo, pasó por más aflicciones y trabajos que cualquiera de los patriarcas. En este capítulo vemos su partida clandestina, la persecución que sufrió de parte de su suegro Labán, con las frases agrias que se cruzaron, y el amistoso acuerdo al que finalmente llegaron.
Versículos 1–16
Jacob toma la resolución de dejar inmediatamente el servicio de su tío y suegro, para tomar sus posesiones y volver a Canaán. Tomó esta decisión:
I. A causa de la mala manera con que Labán y sus hijos se portaban con él.
1. Los hijos de Labán mostraron su mala voluntad en lo que dijeron (v. 1).
2. El propio Labán no dijo mucho, pero su semblante para con Jacob ya no era el de antes, y Jacob se apercibió de ello (vv. 2, 5). Siempre había sido Labán un avaro y un maleducado, pero ahora lo era más que anteriormente.
II. Bajo la dirección de Dios y escoltado por una promesa: Jehová dijo a Jacob: Vuélvete … y yo estaré contigo (v. 3). Vino acá por orden del Cielo, y aquí se estaría hasta que recibiera orden de volver. Es nuestro deber ponernos bajo la dirección de Dios, tanto en el salir como en el entrar. También animó a Jacob lo que se dice en el versículo 13, Yo soy el Dios de Betel. Este había sido el lugar en que Dios le había renovado el pacto. Levántate ahora (v. 13) … y vuélvete: (A) A tus devociones en Canaán; la solemnidad que habría quizás interrumpido en gran parte mientras estaba con Labán. (B) A tus comodidades en Canaán: Vuélvete a la tierra de tu nacimiento.
III. Con el conocimiento y consentimiento de sus esposas.
1. Envió a llamar a Raquel y a Lea al campo (v. 4), para consultar con ellas en privado. Los maridos que aman a sus esposas han de comunicarles sus planes e intenciones. Donde hay afecto mutuo, debe haber mutua confianza. Les dijo el mandato que Dios le había dado en sueños de volver a su país (v. 13), para que no sospecharan que su decisión era fruto de la inconstancia o de falta de afecto al país o a la familia de ellas, sino que vieran que se debía a la obediencia que había de prestar a su Dios.
2. Sus esposas consintieron de buena gana en lo que él había resuelto. Y deseaban marcharse con su marido y ponerse con él bajo la dirección divina: Haz todo lo que Dios te ha dicho (v. 16).
Versículos 17–24
I. Jacob huye de Labán. Fue un gesto de honradez por parte de Jacob el no llevarse consigo más que lo suyo, el ganado de su ganancia (v. 18). Se llevó lo que le había dado la Providencia, y se quedó satisfecho con ello. Pero Raquel no fue tan honesta como su marido, pues hurtó los ídolos de su padre (v. 19) y se los llevó consigo. En hebreo se llaman terafim. Algunos piensan que eran pequeñas estatuas o pinturas que representaban a los antepasados de la familia, y que Raquel les tenía afición y, por eso, se los quería llevar ahora que se marchaba a otro país. Pero parece ser que eran más bien imágenes para uso religioso, como los penates romanos, o dioses familiares, ya para darles culto, ya para consultarles como a oráculos; quizá podemos pensar—y así lo asegura el Midrash hebreo—que se los llevó para impedir que su padre los siguiese adorando y para que se diese cuenta de la insensatez que suponía el tener por dioses a quienes no podían cuidarse de sí mismos (Is. 46:1–2).
II. Que Labán persiguió a Jacob. Al tercer día le llegaron a Labán noticias de la huida de Jacob, e inmediatamente alertó a todo el clan familiar y se puso en marcha con todos sus parientes para darle alcance. Cuando ya habían recorrido el camino de siete días, Dios se interpuso, reprendió a Labán, resguardó a Jacob y encargó a Labán que se guardase de hablar a Jacob descomedidamente (vv. 23–24) o, como dice el hebreo, ni bien ni mal, hebraísmo que encontramos también en 24:50, y tiene sentido de
totalidad. Dios se aparece a Labán, y con una palabra le ata las manos, aunque no le cambia el corazón. La seguridad de los buenos se debe en gran parte al poder que Dios tiene sobre las conciencias de los malos y a la represión que ejerce sobre ellos.
Versículos 25–35
Altercado, con sus ribetes cómicos, que tuvieron entre sí Labán y Jacob cuando se encontraron en el monte que después se llamó Guilead (v. 25).
I. La fuerte acusación que presentó Labán contra Jacob. Le acusó:
1. Como a un renegado que había abandonado injustamente su servicio. Para hacerle pasar por un criminal, hace ver que tenía intenciones amables respecto a sus hijas (vv. 27–28). Es cosa corriente entre malas personas, cuando sus malvados proyectos quedan frustrados, aparentar que sólo tenían intenciones buenas y pacíficas.
2. Como a un ladrón (v. 30) ¿Por qué me hurtaste mis dioses? ¡Insensato! ¡Llamar dioses a los que podían ser robados! ¿Podía esperar alguna protección de los que ni podían resistir ni descubrir a sus secuestradores? Los enemigos pueden arrebatarnos nuestros bienes, pero no a nuestro Dios.
II. La defensa que hizo Jacob de sí mismo. 1. En cuanto a la acusación de llevarse prisioneras a sus esposas, se justifica dando la verdadera razón. Temía que Labán se quedase por la fuerza con sus hijas, para obligarle así, mediante los lazos del amor a sus esposas, a continuar sirviéndole. 2. En cuanto a la acusación de robarle sus dioses, apela a su inocencia (v. 32). No sólo no los había quitado él (no les tenía ningún afecto), sino que no sabía que los hubiesen robado.
III. Las diligentes pesquisas que Labán llevó a cabo para tratar de hallar sus dioses (vv. 33–35). No vemos que investigase en los rebaños de Jacob para ver si le había robado ganado, pero buscó con toda diligencia entre sus enseres para hallar sus hurtados dioses. Labán, después de todas sus pesquisas, no logró encontrar sus dioses y salió avergonzado de su importuna investigación; pero nuestro Dios no sólo es hallado por los que le buscan, sino que es hallado por los que no le buscan (Ro. 10:20), y es siempre un generoso galardonador de los que le encuentran.
Versículos 36–42
I. El poder de la provocación. El temperamento natural de Jacob era manso y pacífico, pero el proceder irracional de Labán hacia él le hizo montar en cólera no exenta de vehemencia (vv. 36–37).
II. El consuelo de una buena conciencia. Quienes, en cualquier empleo, se portan fielmente, si no pueden alcanzar de los hombres el reconocimiento que se merecen, al menos tienen el consuelo de que Dios conoce los corazones.
III. El carácter de un buen criado y, en especial, de un fiel pastor. 1. Jacob ponía sumo cuidado en que las ovejas y las cabras del amo no abortaran. 2. Se mostraba muy honesto en lo que tomaba para su alimento, pues jamás tomó para comer de lo que pertenecía a Labán. 3. Fue muy laborioso (v. 40), pues cumplió su oficio con toda diligencia, sin acobardarse ante las inclemencias del tiempo.
IV. El carácter de un amo duro. Así lo fue Labán para Jacob. Son malos amos: 1. Los que exigen a sus criados lo que es injusto, y les obligan a pagar cualquier daño del que no han tenido ninguna culpa. Esto es lo que hizo Labán (v. 39). 2. Son también malos amos los que niegan a sus criados lo que es justo y equitativo. También esto lo hizo Labán (v. 41). No estuvo puesto en razón el obligar a Jacob a servirle por sus hijas, cuando en retorno obtuvo una fortuna tan grande, asegurada además por la propia promesa de Dios.
V. El cuidado de la Providencia en proteger a un inocente maltratado (v. 42). Dios tuvo conocimiento del daño inferido a Jacob, y recompensó al que, de otra manera, Labán habría hecho marchar con las manos vacías. Nótese que Jacob habla de Dios como del Dios de Abraham y temor de Isaac, pues
Abraham había muerto ya y su espíritu había marchado al otro mundo donde el perfecto amor echa fuera al temor (1 Jn. 4:18), pero Isaac vivía, todavía, y santificaba al Señor en su corazón con temor reverente.
Versículos 43–55
Compromiso acordado entre Labán y Jacob. Labán no tenía nada que replicar a la argumentación de Jacob; ni podía justificarse a sí mismo ni condenar a Jacob, sino que fue convencido por su propia conciencia del daño que le había hecho.
I. Así, pues, ahora hace una profesión de amabilidad hacia las esposas y los hijos de Jacob (v. 43): Las hijas son hijas mías. Cuando ya no puede excusarse de lo que ha hecho, reconoce que debería haberse portado de otra manera; debía haberlas reconocido como hijas suyas, pero las había tenido como por extrañas (v. 15).
II. Propone un pacto de amistad entre ellos, al cual se aviene Jacob fácilmente, sin insistir en que Labán se someta, mucho menos en que restituya. La paz y el amor son joyas tan valiosas que apenas hay precio demasiado alto para comprarlas. Mejor es sentarse y perder que caminar luchando.
1. El contenido de este pacto. Jacob le dejó a Labán la iniciativa para establecerlo. (A) Que Jacob sería un buen marido para sus esposas. Jacob nunca le había dado ningún motivo para sospechar que había de ser otra cosa que un buen marido; con todo, estaba dispuesto a pasar por este compromiso como si hubiese sido culpable. (B) Que nunca sería mal vecino para Labán (v. 52). Se acordó que Jacob perdonaría y olvidaría todas las injurias que había recibido.
2. La ceremonia de este pacto. Se hizo y ratificó con gran solemnidad, según las costumbres de aquellos tiempos. (A) Fue erigido un majano (v. 45), y fue levantado un montón de piedras (v. 46), para perpetuar la memoria del acuerdo. (B) Fue ofrecido un sacrificio (v. 54), una ofrenda de paz. Nuestra paz con Dios es la que nos proporciona verdadero consuelo y aliento para tener paz con nuestros amigos. Si hay alguna discordia, la reconciliación de ambas partes con Dios facilita la mutua reconciliación de las partes. (C) Comieron pan juntos (v. 46), y participaron también juntos de la comida sacrificial (v. 54). Los pactos de amistad eran ratificados antiguamente comiendo y bebiendo juntamente las partes contratantes. Era como un festín de amor o ágape. (D) Ambos apelaron solemnemente a Dios respecto a su sinceridad en concertar el pacto: (a) Como testigo: Atalaye Jehová entre tú y yo (v. 49). Cuando estamos lejos unos de otros, que nos sirva de freno el saber que, dondequiera que estemos, estamos bajo la mirada de Dios. (b) Como juez: El Dios de Abraham (de quien descendía Jacob) y el Dios de Nacor (de quien descendía Labán), el Dios de sus padres (de los ascendientes comunes a ambos), juzgue entre nosotros (v. 53). La relación de Dios con ellos se expresa así para insinuar que ambos adoraban a un mismo Dios y que, en atención a esto, no debería existir enemistad entre ellos. (E) Pusieron un nuevo nombre al lugar (vv. 47–48). Labán en siriaco, y Jacob en hebreo, le llamaron majano del testimonio; y fue también llamado Mizpá, atalaya (v. 49). Estos nombres son aplicables a los sellos del pacto de gracia del Evangelio, que nos son testigos favorables Si somos fieles, pero testifican contra nosotros si somos falsos. El nombre que Jacob dio al majano (Galeed), es el que permaneció, no el que le dio Labán. En todo este encuentro, Labán habló ruidosa y abundantemente; pretendía decir mucho, mientras que Jacob se mantuvo tranquilo y habló poco. Finalmente, tras este enojoso parlamento, se separaron amistosamente (v. 55).
Jacob se detuvo en su marcha. Nunca en una marcha ocurrieron a una familia cosas tan memorables como las que aquí se cuentan. Aquí le vinieron buenas noticias de parte de Dios, y malas de parte de su hermano. En medio de su apuro, Jacob dividió la compañía, elevó su oración a Dios y envió un presente a su hermano. Finalmente, tenemos el grandioso episodio de su lucha con el ángel, que le valió el cambio de nombre.
Versículos 1–2
Escolta de Jacob en su marcha: Le salieron al encuentro ángeles de Dios (v. 1), en forma visible, ya fuese en visión diurna o en sueños por la noche como cuando los vio subir y bajar por la escalera (28:12). 1. Le habían estado guardando invisiblemente todo el tiempo, pero ahora se aparecieron a él porque tenía ante sí mayores peligros que los que había afrontado hasta entonces. Dios nos provee de fuerzas en tiempo de prueba, especialmente cuando ésta se presenta súbitamente, ya que por fe andamos, no por vista (2 Co. 5:7); con todo, quiere que estemos alerta y preparados y, cuando la prueba se presente, podremos sacar provecho de las observaciones y experiencias anteriores. Nótese también que los hijos de Dios, al morir, vuelven al Canaán celestial, a la casa del Padre; y entonces, les salen al encuentro los ángeles. 2. El consuelo que le proporcionó el apercibirse de esta escolta: Ejército de Dios es éste (v. 2). Para conservar el recuerdo de este favor, Jacob puso por nombre al lugar Mahanáyim, es decir los dos ejércitos o campamentos, uno a cada lado, o uno a vanguardia y el otro a retaguardia, para protegerle de Labán, que le seguía, y de Esaú, al que tenía delante; o, como piensan otros, con el significado del campamento angélico y el de Labán lo cual es más probable. Lo cierto es que Jacob se ve rodeado de la protección divina. Tal vez encontramos en Cantares 6:13 una alusión a esto al hablar allí de Mahanáyim, en una descripción de la esposa, paralela a la del esposo (cap. 5), o en dos coros distribuidos simé-tricamente. Otros quieren ver aquí una imagen de la Iglesia militante, representada por la familia de Jacob, y de la Iglesia triunfante, representada por los ángeles, lo cual no pasa de ser una alegoría en sentido acomodaticio.
Versículos 3–8
En esta pausa del camino, Jacob hizo memoria de los enemigos que tenía en torno, especialmente de Esaú. Es probable que Rebeca le hubiese comunicado el asentamiento de Esaú en Seír y la enemistad, todavía persistente, de éste. ¿Qué hará el pobre Jacob? Está ansioso de ver a su padre, pero temeroso de ver a su hermano.
I. Envía a Esaú un recado muy amable y humilde. Los actos de cortesía pueden ayudar a destruir enemistades. 1. Llama a Esaú su señor, y a sí mismo su siervo, para insinuar que no tenía intención de hacer hincapié en sus prerrogativas de primogénito ni en la bendición paternal que había conseguido para sí. 2. Le hace un breve resumen de su propia situación, y le dice que no es un fugitivo, ni un vagabundo ni un mendigo, y que no venía a casa como el hijo pródigo, sólo con lo puesto y para ser una carga a los parientes. Y: 3. Con esta advertencia, ruega su favor: Envío a decirlo a mi señor, para hallar gracia en tus ojos (v. 5).
II. Recibe un comunicado de la formidable hueste con que Esaú le salía al encuentro: «Él también viene a recibirte, y cuatrocientos hombres con él» (v. 6). 1. Sin duda, Esaú recuerda el pasado incidente, y piensa vengarse ahora en Jacob de la pérdida de la primogenitura y de la bendición paterna, haciendo lo posible para desposeer a Jacob de ambas. Los hombres airados tienen buena memoria. 2. Seguramente que Esaú tiene envidia de la fortuna que Jacob ha amasado y, aunque él posee, sin duda, mayores bienes no quedará satisfecho hasta que vea a Jacob arruinado y beneficiado él mismo de los despojos de Jacob. 3. Esaú saca la conclusión de que le es fácil acabar con su hermano, ahora que va de camino como un viajero cansado, sin rumbo fijo y (según él cree) indefenso. 4. Resuelve, pues, atacar de inmediato antes de que Jacob llegue hasta su padre, para que así no pueda éste interponerse entre ellos y mediar a favor de Jacob. Marcha, pues, espoleado por su furor; lleva consigo cuatrocientos hombres armados, y no respira otra cosa que amenazas y muerte. Con la décima parte tenía bastante para acabar con el pobre Jacob y con su inocente e indefensa familia, cortando así las ramas y destruyendo las raíces mismas. Jacob, a pesar de ser hombre de gran fe, tuvo gran temor y se angustió (v. 7). Nótese que una viva aprensión del peligro es compatible con la confianza humilde en el poder y la promesa de Dios. Cristo mismo, en su agonía, sintió pavor y angustia.
III. Jacob adoptó la mejor postura defensiva que las circunstancias le permitían en aquella sazón. Era un absurdo pensar en presentar resistencia, así que puso todo su empeño en sufrir el menor daño posible; por lo tanto dividió su compañía, no para luchar como había hecho Abraham (14:15), sino para escapar.
Versículos 9–12
Nuestra norma debe ser invocar a Dios en tiempo de angustia. Aquí tenemos un ejemplo de la recta aplicación de esta norma, y el resultado debe animarnos a seguir el ejemplo de Jacob. En su aflicción, invocó a Dios, y Dios le oyó. Una situación precaria debe ser una situación de plegaria; cualquier cosa que nos atemorice debe inducirnos a doblar nuestras rodillas ante nuestro Dios. Vale la pena considerar qué hubo de extraordinario en esta plegaria, para que alcanzase tal favor y tal honor al que la profería.
I. La petición era una sola y muy explícita: Líbrame ahora de la mano de mi hermano (v. 11).
II. Las razones alegadas son muchas y muy poderosas; nunca causa alguna fue mejor presentada (v. Job 23:4). Eleva su petición con fe, fervor y humildad grandes.
1. Se dirige a Dios como al Dios de sus padres (v. 9). Era tal el sentido humilde y abnegado que tenía de su propia indignidad, que no llamó a Dios su propio Dios, sino al Dios que hizo la alianza con sus antepasados. La protección que Dios ha dispensado a nuestros padres creyentes puede ser para nosotros un consuelo y un estímulo cuando nos encontramos en apuros.
2. Presenta su justificante: Me dijiste: Vuélvete a tu tierra (v. 9). Podemos estar yendo a donde Dios nos llama, y pensar, sin embargo, que nuestro camino está cercado de espinas; pero, si Dios es nuestro guía, Él será nuestro guardián.
3. Humildemente reconoce su propia indignidad para recibir ningún favor de Dios: «Menor soy—dice el hebreo—que todas las misericordias …». (v. 10). Esta es una confesión muy poco corriente. Jesús nunca alabó a ninguno de los que fueron a pedirle algo, tanto como al que dijo: Señor, no soy digno (Mt. 15:27). Ahora observa: (A) De qué forma engrandece y tributa honor a las misericordias de Dios hacia él: (B) Con cuánta mansedumbre y humildad habla de sí mismo, y desecha todo pensamiento de mérito por su parte: «No soy digno de la menor de tus misericordias; mucho menos de una misericordia tan grande como la que ahora tienes conmigo». Los mejor preparados para las mayores misericordias son aquellos que se ven indignos de las menores. Sin duda aquellos veinte años de servicio dirigente, paciencia y humillación habían moldeado y purificado brillantemente el carácter de Jacob.
4. Reconoce agradecido la bondad de Dios hacia él en su destierro y el grado con que esta bondad ha sobrepasado su expectación: «Con mi cayado pasé este Jordán, pobre y desolado, como un peregrino desamparado y despreciado»; «y ahora estoy sobre dos campamentos, rodeado de un numeroso y acomodado grupo de hijos y criados».
5. Insiste en la gravedad del peligro en que se encuentra: Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo (v. 11). Los hijos de Dios no se avergüenzan de exponerle sus temores. El temor que estimula a la oración es digno de exponerse en su presencia.
6. Insiste especialmente en la promesa que Dios le había hecho (v. 9): Me dijiste: … yo te haré bien. Y de nuevo, al terminar su oración: Y tú has dicho: Yo te haré bien (v. 12). Lo mejor que podemos decir a Dios en la oración es lo que Él mismo nos ha dicho.
Versículos 13–23
Jacob, después de haber conseguido piadosamente la amistad de Dios por medio de la oración, procura ahora con toda prudencia ganarse la amistad de Esaú con un presente. Había orado antes a Dios que le librara de la mano de Esaú, mas esta oración no le hizo tan presuntuoso de obtener el favor de Dios sin emplear otros medios. Cuando hayamos orado a Dios para alcanzar algún favor, debemos secundar nuestras oraciones con nuestros esfuerzos. Ya dice el antiguo refrán: A Dios rogando, y con el mazo dando.
Para apaciguar a Esaú:
I. Jacob le envió un sustancioso presente de ganado, en total 580 cabezas (vv. 13–15). Era un presente que él pensó que sería aceptable para Esaú, quien se había ocupado tanto en cazar bestias del campo, que quizás estaba poco provisto de ganado doméstico con el que poder abastecer a sus nuevos logros profesionales. La paz y el amor, aunque haya que comprarlos a un precio alto, demostrarán ser un buen negocio para el que los compre. Jacob perdona y olvida.
II. Le envió también un comunicado muy humilde, y encargó a sus criados que lo expresaran de la mejor manera posible (vv. 17–18). Debían llamar a Esaú su señor, y a Jacob su siervo, y decirle que el ganado que tenían para él era un pequeño presente que Jacob le enviaba. Especialmente debían no olvidar decirle que Jacob venía después de ellos (vv. 18–20), para que no sospechase que había huido de miedo. Si Jacob no parecía estar temeroso de Esaú, podía esperarse que Esaú no fuese un terror para Jacob.
Versículos 24–32
Extraordinario relato de la lucha que Jacob libró con el ángel y en la que prevaleció, a la cual se alude en Os. 12:4. Muy de mañana y mucho antes de que amaneciese, Jacob había tomado a sus mujeres y a sus hijos y les había ayudado a pasar el vado de Javoc, pero él se quedó a solas allí, para poder presentar, sin distracción alguna, con mayor detalle y urgencia, sus preocupaciones y sus temores ante Dios en oración. Mientras Jacob oraba con toda intensidad a Dios, un ángel le agarra y lucha con él. Unos piensan que se trata del ángel de su presencia (Os. 63:9), uno de los que rodean la shekinah, para servir a la Majestad Divina. Otros piensan que era Miguel, el príncipe del pueblo de Dios; otros, quizá con mejor acierto, creen que se trata del Verbo Eterno, una personificación visible del Hijo, el Ángel del pacto, con un nombre cuyo misterio no estaba aún maduro para ser revelado (v. 29).
I. Cómo se entabló la lucha entre Jacob y este ángel (v. 24). Jacob estaba ahora lleno de preocupación y temor por la entrevista que le esperaba, al día siguiente, con su hermano, y Dios mismo parece oponerse a que entre en la tierra de la promesa. Se nos dice por medio del profeta (Os. 12:3–4) que Jacob luchó con un ser divino. Luchó con el ángel, y prevaleció; lloró y le rogó. La oración y las lágrimas fueron sus armas.
II. Cuál fue el resultado de la lucha. 1. Jacob no perdió terreno, de tal manera que el ángel no pudo con él (v. 25), pues el desánimo no había podido sacudir la fe de Jacob ni silenciar su oración. No fue con una fuerza propia, sino con una fuerza derivada de lo alto, como Jacob luchó y prevaleció. Nótese que no podemos prevalecer con Dios si nos apoyamos en nuestras propias fuerzas; sólo es posible con las fuerzas mismas que Dios nos proporciona. Es su Espíritu el que intercede en nosotros y nos ayuda en nuestra debilidad (Ro. 8:26). 2. El ángel le descoyuntó a Jacob el muslo (v. 25). Algunos piensan que Jacob sintió poco o ningún dolor por ello, lo cual es probable, ya que no le impidió continuar la lucha (v. 26); si es así, ciertamente era evidencia de un toque divino, que hirió y curó al mismo tiempo. 3. El ángel, con admirable condescendencia, le pide a Jacob que le deje marchar, como dijo Dios a Moisés: Ahora, pues, déjame (Éx. 32:10). De este modo, honró la fe y la oración de Jacob, a la vez que ponía a prueba su constancia. 4. Jacob persiste en su santa importunidad: No te dejaré, si no me bendices. No le satisface el prestigio de una victoria sin el consuelo de una bendición. Al suplicar esta bendición, confiesa su inferioridad, a pesar de que parecía tener superioridad en la pelea. 5. El ángel le impone una especie de condecoración y marca perpetua de honor al cambiarle el nombre (vv. 27–28): «Tú eres un bravo combatiente» (viene a decirle el ángel), «un hombre de resolución heroica; ¿Cual es tu nombre?—Jacob—, dice él, suplantador (pues eso quiere decir Jacob en hebreo). «Pues bien»—dice el ángel—«tú te llamarás Israel: príncipe, o luchador, con Dios». Así Jacob es armado caballero, por decirlo así, en el campo, y recibe un título de honor, que permanecerá, para alabanza suya, hasta el final de los tiempos. Pero esto no es todo; al haber tenido poder con Dios, tendrá también poder con los hombres (v. 28). 6. Le despide con una bendición (v. 29). En lugar de decirle su nombre, le da su bendición, que es por lo que había luchado. El interés por la bendición del ángel es mejor que el conocimiento de su nombre. El árbol de vida es mejor que el árbol de ciencia. 7. Jacob pone al lugar un nombre nuevo: Peniel, cara de Dios (v. 30). El nombre que le pone preserva y perpetúa, no el honor de su bravura o de su victoria, sino el honor de la libre y soberana gracia de Dios: «En este lugar vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma». No dice: «Es mi gloria que salí vencedor», sino: «Es misericordia de Dios que escapé con vida». 8. El memorial que de esto conservó Jacob en sus huesos: Cojeaba de su cadera (v. 31). El honor y el consuelo que alcanzó con esta lucha fue más que suficiente para contrarrestar el daño sufrido, aunque fue hasta el sepulcro cojeando. Queda registrado el detalle de que le salió el sol cuando había pasado Peniel, porque realmente le amanece el sol al alma que tiene íntima comunión con Dios. El escritor inspirado menciona una costumbre tradicional entre los descendientes de Jacob de no comer jamás del tendón, o músculo de ningún animal, que está en el encaje del muslo (v. 31). Así han preservado el recuerdo de esta historia.
En el capítulo anterior, leíamos cómo Jacob tuvo poder con Dios y venció, aquí vemos qué poder tuvo también con los hombres, y cómo su hermano Esaú se ablandó y, súbitamente, se reconcilió con él. Termina el capítulo con el establecimiento de su residencia en Canaán.
Versículos 1–4
I. Que Jacob se apercibió de que Esaú venía hacia él (v. 1). Algunos piensan que el alzar sus ojos denota su optimismo y confianza, en contraste con un semblante deprimido al haber encomendado a Dios su caso en oración, marchó por su camino, y no estuvo más triste (1 S. 1:18).
II. Puso a su familia en el mejor orden posible a fin de recibirle. Es de observar el diferente aspecto que presentan estos dos hermanos. Esaú va acompañado de una guardia de 400 hombres, y parece un hombre grande. Jacob es seguido por una modesta caravana de mujeres y niños que están a su cuidado, y parece débil y solícito por su seguridad; con todo, Jacob tenía la primogenitura y había de tener el dominio, y en todos los aspectos era mejor. Jacob, al frente de su familia, ofrecía mejor ejemplo que Esaú al frente de su tropa.
III. Al encontrarse, intercambiaron expresiones de amabilidad de la mejor manera que pudo darse entre ellos.
1. Jacob se inclinó a tierra siete veces (v. 3). Aunque temía a Esaú como a un enemigo, le rindió homenaje como a hermano mayor. Muchos preservan su posición, y hasta su vida, humillándose; el proyectil pasa por encima de la cabeza del que se agacha.
2. Esaú abrazó a Jacob (v. 4): Corrió a su encuentro, no con furor, sino con amor, y como quien estaba reconciliado de corazón con él. Por fuerza tuvo que haber un cambio admirable en el espíritu de Esaú en ese momento; de lo contrario, ¿cómo podría decirse que Jacob había adquirido, por medio de su lucha, tal poder sobre los hombres como para ser denominado un príncipe? Dios tiene en sus manos los corazones de todos los hombres, y puede cambiarlos cuando y como quiere, mediante un poder secreto y silencioso, pero irresistible. Puede convertir, de súbito, en amigos a los más acérrimos enemigos, como lo hizo con los dos Saules, con el uno por medio de una gracia refrenante (1 S. 26:21, 25), y con el otro por medio de una gracia renovante (Hch. 9:21–22).
Ambos lloraron. Jacob lloró de gozo al ser tan amablemente recibido por su hermano; Esaú lloró quizá de pena y de vergüenza. En realidad los rabinos opinan que el beso de Esaú no fue sincero; de ahí que, en las Biblias hebreas, figuren sendos puntos encima de las seis letras de la palabra vayyishqehu = y le besó.
Versículos 5–15
Conversación habida entre los dos hermanos al encontrarse. Conversaron:
I. Acerca de la comitiva de Jacob (vv. 5–7). Once o doce criaturas, todas ellas menores de catorce años, seguían de cerca a Jacob ¿Quiénes son éstos?—pregunta Esaú. Jacob responde sencilla y seriamente: Son los niños que Dios ha otorgado a tu siervo. Jacob habla de sus hijos como de dones de Dios, son como herencia del Señor (Sal. 107:41).
II. Acerca del presente que Jacob le había enviado (vv. 8–11).
1. Esaú lo rehusó modestamente, porque ya tenía él bastante y no lo necesitaba (v. 9). Buena cosa es que, quienes tienen mucho, reconozcan que tienen bastante, aunque no tengan tanto como otros. Incluso Esaú pudo decir: Tengo suficiente.
2. Jacob le urge amablemente a que lo acepte, y así le obliga (vv. 10–11). Jacob se lo había enviado por miedo (32:20), pero, depuesto el miedo, le importuna ahora a que lo acepte por amor, para mostrar que desea la amistad de su hermano, y que no lo hace meramente por temor a su ira. Y, a la vez, le
prodiga el más alto cumplido: He visto tu rostro como si hubiera visto el rostro de Dios (v. 10). El sentido es que Jacob había visto el favor y el perdón de Esaú como si fuesen el favor y el perdón de Dios mismo. De ahí que le ofrezca el presente como un minjah, un sacrificio. Así tenía Jacob una señal bien clara de que Dios había aceptado sus oraciones. Se advierte también a quién atribuía Jacob el origen de sus bienes y lo que pensaba de las posesiones de este mundo: Dios me ha hecho merced, y todo lo que hay aquí es mío (v. 11). Lo suficiente de Esaú era mucho; pero lo suficiente de Jacob es todo. Tiene todo en perspectiva, y lo tendrá todo en posesión sin tardar mucho, cuando vaya al Cielo. Tras esta insistencia de Jacob, Esaú aceptó el presente.
III. Acerca de lo que restaba de viaje. 1. Esaú se ofrece a ser su guía y acompañante, en señal de reconciliación sincera (v. 12). Parece que Esaú está encantado con la compañía de Jacob y se ofrece a conducirle hasta Seír. Aprendamos a no desesperar de nadie y a no desconfiar de Dios, en cuyas manos están todos los corazones. Sin embargo, Jacob expresó con toda modestia sus razones para rehusar este ofrecimiento (vv. 13–14), y mostró una tierna preocupación por su familia y sus ganados, como buen padre y buen pastor. Debe tener consideración con los niños y con los rebaños con crías, para no conducirlos demasiado deprisa. Esta prudencia y delicadeza de Jacob debe ser imitada por quienes tienen el cuidado y el encargo de educar a los niños y a los jóvenes en las cosas de Dios. No hay que apresurarlos al principio con tareas duras en los servicios religiosos, sino guiarlos en la medida de sus fuerzas, y hacerles el trabajo lo más fácil posible. Así lo hace Cristo, el Buen Pastor (Is. 40:11). 2. Esaú ofrece algunos de sus hombres para que le sirvan de guardia y escolta (v. 15). (A) Jacob piensa, en su humildad, que no lo necesita para su dignidad. (B) Jacob se halla bajo la protección divina, así que tampoco lo necesita para su seguridad.
Versículos 16–20
1. Al separarse amistosamente de Esaú, que se había marchado a su país (v. 16), Jacob llega a un lugar en el que, al parecer, se quedó por algún tiempo. El lugar fue después conocido por el nombre de Sucot (que significa tiendas o cabañas), una ciudad en la tribu de Gad, al otro lado del Jordán, para que, cuando su posteridad habitase después en casas de piedra, se acordasen de que un arameo a punto de perecer fue su padre, el cual se contentó con vivir en cabañas (Dt. 26:5). 2. Después llegó a Siquem. Después de un peligroso viaje, en el que se había encontrado con muchas dificultades, llegó, por fin, sano y salvo a Canaán. Aquí: (A) Compró un campo (v. 19). Aunque la tierra de Canaán era suya por la promesa de Dios, como no había llegado aún el tiempo para tomar posesión de ella se contenta con pagar por ella. (B) Allí erigió un altar (v. 20): (a) En agradecimiento a Dios. (b) Para conservar el culto a Dios en su familia. Donde tengamos una tienda de campaña, allí debe Dios tener un altar al honor de Dios, el Dios de Israel (hebreo: El-Elohe-Israel). Dios había impuesto recientemente a Jacob el nombre de Israel, y ahora él llama a Dios el Dios de Israel; aunque él ha sido honrado con el título de príncipe con Dios, Dios será su Rey, su Señor y su Dios. En un momento en que Jacob va a habitar en medio de los idólatras cananeos, el gesto de Jacob expresa una firme profesión de fe en el único Dios verdadero.
En este capítulo comienza la historia de las aflicciones que le vinieron a Jacob por causa de sus hijos. Con ello se muestra la vanidad de este mundo, al par que las pruebas que son comunes a todos los hijos de Dios. Comienza el capítulo con el relato de la grave injuria inferida a su joven y única hija Dina, y acaba con la drástica venganza llevada a cabo por Simeón y Leví.
Versículos 1–5
Dina, la única hija de Jacob, tendría por ahora quince o dieciséis años cuando en esta ocasión dio pie a tantas desdichas. Obsérvese: 1. Su vana curiosidad. Fue a ver; no sólo eso, sino que fue a ser vista también. Fue a ver a las hijas del país, pero es posible que abrigase el pensamiento de ver también a los
hijos del país. El hebreo indica que deseaba hacer amistad con las cananeas, sin duda, quería conocer sus costumbres. 2. La pérdida de su honra mediante la violación forzada (v. 2). Dina marchó a mirar los alrededores; pero si hubiese mirado por sí misma como debía, no habría caído en aquella trampa. 3. El galanteo que le hizo Siquem después de haberla deshonrado (v. 3–4). 4. Las noticias llegan al pobre Jacob (v. 5). El buen hombre se calló, como atónito que no sabe qué decir. Había dejado en manos de sus hijos mayores la gestión de sus negocios (según todos los indicios), y no se atrevía a hacer nada sin ellos. Fue una imprudencia. Las cosas no marchan bien cuando la autoridad del padre está de baja en una familia.
Versículos 6–17
Cuando los hijos de Jacob se enteraron de la injuria hecha a Dina, mostraron gran resentimiento por ello, llevados quizá por el celo del honor de su familia más bien que por el sentido de la virtud. Hay muchos que se inquietan por lo vergonzoso del pecado, pero nunca sienten de corazón lo pecaminoso de la culpa. Aquí se llama a este pecado vileza; el hebreo le llama nebalah = insensatez: una maldad perversa sin sentido (v. 7). 1. Nótese que la impureza es insensatez, porque sacrifica el favor de Dios, la paz de la conciencia y todo cuanto de sagrado y honorable pueda un alma alcanzar, en aras de una vil y brutal concupiscencia. 2. Esta insensatez es más ignominiosa en Israel, en una familia de Israel, donde se conoce y se adora al verdadero Dios.
Hamor, mismo padre de Siquem vino a Jacob para hablar con él (v. 6), pero Jacob dejó el asunto en manos de sus hijos. Y aquí se nos refieren los términos del convenio (vv. 8–12), en el que los cananeos fueron más honestos que los israelitas.
I. Hamor y Siquem propusieron equitativamente esta alianza a fin de formar una especie de coalición comercial. Siquem estaba profundamente enamorado de Dina, y dispuesto a casarse con ella a cualquier precio (vv. 11–12). Su padre, no sólo presta su consentimiento, sino que aboga en favor de su hijo, e insiste machaconamente en las ventajas que se seguirían de la unión de las familias (vv. 9–10).
II. Los hijos de Jacob aparentan vilmente proponer una alianza religiosa, cuando realmente nada estaba más lejos de su ánimo, pues sólo estaban tramando venganza. Insisten en que los siquemitas se deben circuncidar (v. 15), no para que sean santos (nunca intentaron esto), sino para que el consiguiente dolor les convierta en más fácil presa para la espada. 1. La propuesta era engañosa. 2. La intención era maliciosa, como se ve por la historia que sigue; todo lo que ellos pretendían era prepararlos para el día de la matanza. Nunca se inflige mayor injuria a la religión, que cuando se usa para encubrir la maldad.
Versículos 18–24
Hamor y Siquem consintieron en ser circuncidados (vv. 18–19). Quizá les movió también a ello lo que habrían oído de las sagradas y honorables implicaciones de esta señal en la familia de Abraham, de lo cual es probable que tuviesen nociones confusas. Nótese que muchos que saben poco de religión, saben lo bastante para hacerles desear el juntarse con personas religiosas. Los hijos de Jacob eran gente laboriosa y próspera, y se prometían a sí mismos y a sus vecinos grandes ventajas aliándose con ellos; ello mejoraría el suelo y el comercio, y procuraría ganancias económicas al país. Ahora bien: 1. Ya estaba lo suficientemente mal el casarse con base a estos principios. 2. Todavía era peor el circuncidarse basándose en estos principios. Hay muchos para quienes la ganancia es piedad devota, y que gobernados e influidos por sus intereses seculares más que por cualquier principio religioso.
Versículos 25–31
Simeón y Leví, tercero y cuarto hijos de Jacob, jóvenes de poco más de veinte años de edad, mataron a filo de espada a todos los siquemitas, y con ello produjeron tremenda pesadumbre al corazón de su padre.
I. La bárbara matanza de los siquemitas.
1. Mataron a todos los varones de Siquem (v. 25) y entre ellos, a Siquem y Hamor, con quienes habían concertado una amistosa alianza poco antes; pero llevaban ya la mala intención en sus corazones. Nótese que, así como nada nos proporciona mayor seguridad que la verdadera religión, así también nada nos expone a mayores males que las meras apariencias religiosas. Este era el caso de Simeón y Leví al portarse de una manera tan injusta. (A) Es cierto que Siquem había hecho vileza en Israel (v. 7), al deshonrar a Dina; pero era de tener en cuenta la parte que Dina misma había tenido en esta vileza. (B) Es verdad que Siquem había obrado mal; pero estaba dispuesto a expiarlo y, tras el hecho consumado, se presenta tan honesto y honorable como lo permitía el caso. (C) Por otro lado, por mal que se hubiese portado Siquem, ¿qué culpa tenían en ello todos los demás siquemitas? ¿Acaso han de pagar los inocentes por los malhechores? (D) Pero lo que, sobre todo, agravaba la crueldad del hecho era la perfidia traicionera con que fue llevado a cabo.
2. Cometido el enorme crimen, los hijos de Jacob saquearon la ciudad, se llevaron todo el ganado y los demás bienes, y tomaron también cautivos a los niños y a las mujeres (vv. 27–29). Los siquemitas estaban dispuestos a contentar a los hijos de Jacob sometiéndose al sufrimiento de la circuncisión, basándose en el materialista principio de: Sus ganados, sus bienes y todas sus bestias serán nuestros (v. 23); y ¿cuál fue el resultado? En vez de hacerse ellos dueños de las riquezas de la familia de Jacob, fue la familia de Jacob la que se hizo dueña de las riquezas de ellos.
II. Aquí tenemos el resentimiento que le causó a Jacob la conducta sanguinaria de Simeón y Leví (v. 30). De dos cosas se queja amargamente: 1. Del desprestigio que le han causado: ¿Qué dirán de nosotros y de nuestra religión? 2. De la ruina a que le han expuesto: ¿Qué otra cosa podía esperarse de los cananeos, que eran numerosos y temibles, sino que se aliaran contra él, y que él y su familia se convirtieran en fácil presa para ellos? Nótese que, cuando el pecado habita en casa, hay razones para temer que la ruina esté a la puerta. Podría pensarse que la reconvención de Jacob les habría de enternecer, pero, en vez de ello, todavía se justifican a sí mismos y le dan a su padre esta respuesta insolente: ¿Habría él de tratar a nuestra hermana como a una ramera? (v. 31).
En este capítulo tenemos tres episodios de comunión con Dios en los que Jacob rinde culto a Dios y recibe de Dios la confirmación de su cambio de nombre y la ratificación del pacto con él; tenemos también tres funerales: de Débora, el ama de Rebeca, de Raquel y de Isaac; finalmente, está el gravísimo pecado de incesto de Rubén, que le costó la pérdida de la primogenitura.
Versículos 1–5
I. Dios recuerda a Jacob la promesa que éste le hizo en Betel y le envía allá para que la cumpla (v. 1). Jacob había dicho cuando se encontraba en apuros: Si vuelvo en paz … esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios (28:21–22). Hacía ahora siete u ocho años que había venido a Canaán; había comprado un terreno allí y construido un altar en recuerdo de la última aparición de Dios, cuando le puso el nombre de Israel (33:19–20). A pesar de tan señalado favor, parece ser que a Jacob se le ha olvidado Betel. Nótese: 1. A cuantos Dios ama, les hace recordar, de un modo o de otro—por la conciencia o por la providencia—, los deberes descuidados. 2. Cuando hayamos hecho alguna promesa a Dios, lo mejor es no diferir su cumplimiento (Ec. 5:4); sin embargo, más vale tarde que nunca. Nuestro deseo debería ser vivir en la casa de Dios, en Betel (Sal. 27:4). Ese debería ser nuestro hogar, no nuestra posada. Notemos que Dios no le recuerda explícitamente la promesa, sino la ocasión en que la hizo: Cuando huías de tu hermano Esaú (v. 1).
II. Jacob manda a su familia prepararse para esta solemnidad; no sólo para el viaje y el traslado, sino para los servicios religiosos que allí iban a llevarse a cabo (vv. 2–3). Obsérvense los mandatos que da a su familia, como Abraham (18:19). 1. Deben quitar los dioses ajenos (v. 2) ¡Dioses extraños en la familia de Jacob! ¡Extraña cosa, en verdad! ¿Cómo pudo esa familia, que había sido instruida en el recto
conocimiento de Dios, admitir dioses ajenos? También hoy, por desgracia, hay familias con apariencias religiosas y un altar erigido a Dios, en las cuales se echan de menos muchas cosas y hay más dioses extraños de los que uno podría sospechar. 2. Deben estar limpios, y mudar sus vestidos. Simeón y Leví, sin ir más lejos, tenían sus manos llenas de sangre; a ellos correspondía, de una manera especial, limpiarse y quitarse unos vestidos tan manchados. Estas eran meras ceremonias, que significaban la purificación y el cambio del corazón. ¿De qué servirían los vestidos limpios y nuevos, sin un corazón limpio y nuevo? 3. Deben ir con él a Betel (v. 3).
III. Sus familiares le entregaron todo lo que tenían de idolátrico y de supersticioso (v. 4). Jacob se encargó de enterrar todo ello, para que no lo encontrasen después y no se volviesen a las prácticas anteriores.
IV. Se traslada de Siquem a Betel sin que nadie les moleste (v. 5): El terror de Dios estuvo sobre las ciudades. Nótese que el camino del deber es un camino seguro. Mientras hubo pecado en casa de Jacob, tuvo él miedo de sus vecinos, pero ahora que habían quitado los dioses ajenos, y marchaban todos juntos a Betel los vecinos tenían miedo de él.
Versículos 6–15
Al llegar Jacob y su comitiva, sanos y salvos, a Betel, se nos dice ahora lo que pasó allí.
I. Edificó un altar (v. 7), y ofreció sacrificio sobre él. Al mismo tiempo profirió nuevas alabanzas y acciones de gracias por las mercedes anteriores. Y llamó al lugar (es decir, al altar) El-Beth-El, el Dios de Betel («El Dios de la casa de Dios»). Nótese que el consuelo que los santos obtienen de las santas ordenanzas, no es tanto por estar en la casa de Dios como por estar con el Dios de la casa. Las ordenanzas serían meras ceremonias vacías, si en ellas no tuviésemos comunión con Dios.
II. Enterró a Débora, el ama de Rebeca (v. 8). Rebeca había muerto ya, con toda probabilidad, pero su vieja nodriza, de la que se hace mención en 24:59, le había sobrevivido, y ahora la familia de Jacob le rinde honores en su funeral, aunque ya era muy vieja y no estaba ligada a ellos con lazos de parentesco. Obsérvese que, incluso cuando una familia está dedicada a su propia reforma y al servicio de Dios, pueden sobrevenirle aflicciones.
III. Se le apareció Dios (v. 9), para prestar su reconocimiento al altar, para corresponder al nombre con que Jacob le había llamado, El Dios de Betel (v. 7), y para consolarle en su aflicción (v. 8). También renovó y ratificó su pacto con Él, bajo el nombre de El-Shadday, el Dios que es Todo-suficiente (v. 11), capaz de cumplir sus promesas a su debido tiempo. Le promete dos cosas: 1. Que será padre de una gran nación (v. 11). 2. Que será dueño de una tierra buena (v. 12). No tendrá hijos sin hacienda, como es de ordinario el caso de los pobres, ni tampoco hacienda sin hijos, como es a menudo el caso de los ricos, sino ambas cosas a la vez. Estas dos promesas tienen un sentido espiritual, pues, sin duda, Cristo es la prometida descendencia, y el Cielo es la verdadera Tierra Prometida. Luego, Dios se fue de él (v. 13), o de sobre él, con algún visible despliegue de gloria, que había estado cerniéndose sobre Jacob cuando hablaba con él.
IV. Allí erigió Jacob un memorial de este hecho (v. 14), una señal de piedra; y, en prenda de que deseaba tenerla por monumento sagrado de su comunión con Dios derramó sobre ella aceite y los demás ingredientes propios de un sacrificio de libación. Su promesa fue: Esta piedra será casa de Dios (v. 15), es decir será levantada para honor de Dios, de la misma manera que las casas se erigen para alabanza de los arquitectos que las erigieron.
Versículos 16–20
Relato de la muerte de Raquel, la amada esposa de Jacob. 1. La tomaron de camino los dolores de parto, sin poder alcanzar la ciudad más próxima, que era Belén, a pesar de estar ya cerca de ella. El parto fue para la vida del hijo, pero para la muerte de ella misma. Su muerte es llamada aquí salírsele el alma (v. 18). Nótese que la muerte del cuerpo es sólo la partida del alma al mundo de los espíritus. Sus labios
moribundos dieron a la nueva criatura el nombre de Benoni, El hijo de mi dolor, pero Jacob, a fin de no renovar el triste recuerdo de la muerte de la madre cada vez que llamase al hijo por su nombre, se lo cambió y le llamó Benjamín, El hijo de mi mano derecha, es decir, «el hijo muy querido, sentado a mi diestra para bendición, para ser apoyo en mi vejez, como el bordón en mi mano derecha». El Targum samaritano—correctamente, según expertos rabinos—escribe Benyomim, El hijo de mi vejez (lit. de mis días). Jacob la sepultó cerca del lugar donde murió. Si el alma reposa después de la muerte, no importa gran cosa el lugar en que yazca el cuerpo. Jacob levantó un pilar sobre su sepultura (v. 20), y así fue reconocido como tal mucho después (1 S. 10:2) ordenó la Providencia; que este lugar perteneciera después al territorio de Benjamín.
Versículos 21–29
1. El traslado de Jacob (v. 21). Inmediatamente después del relato de la muerte de Raquel, se le llama aquí Israel (vv. 21–22), aunque el nombre le fue cambiado anteriormente por el mismo Dios (v. 10); después, ya no se le da este nombre con tanta frecuencia. Dicen los judíos: «El historiador le tributa aquí este honor porque soportó aquella aflicción con tan admirable paciencia y sumisión a la Providencia». 2. El pecado de Rubén. Fue culpable de una perversidad abominable (v. 22). Aunque quizá Bilha fuese la más culpable, y es probable que Jacob la abandonase por ello, el crimen de Rubén fue, con todo, tan terrible que a causa de él, perdió su primogenitura y la bendición consiguiente (49:4). El pecado de Rubén fue una gran aflicción para Jacob. 3. La lista completa de los hijos de Jacob, ahora que Benjamín, el más joven, había nacido. Esta es la primera vez que tenemos juntos los nombres de estas cabezas de las doce tribus. 4. La visita que Jacob hizo a su padre Isaac en Hebrón. Probablemente lo hizo ahora por haber fallecido Rebeca, con lo que Isaac se había quedado solo y ciego. 5. Se mencionan aquí la edad y la muerte de Isaac, quien, hombre tranquilo y pacífico, fue el más longevo de los patriarcas. Mención especial se hace del amistoso acuerdo entre Esaú y Jacob con ocasión del funeral de su padre (v. 29), para mostrar el modo admirable con que Dios había cambiado la mente de Esaú desde el día en que había jurado deshacerse de su hermano tan pronto como muriese su padre (27:41).
En este capítulo se da una relación de la posteridad de Esaú, por razón del parentesco con Israel, así como por la vecindad de los edomitas con el pueblo de Israel, y también para mostrar el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham de que había de ser «padre de muchas naciones». Este capítulo está resumido en 1 Crónicas 1:35 y ss.
Versículos 1–8
1. En cuanto a Esaú, se le llama Edom («rojo») en los versículos 1, 8, nombre con el que se perpetuó la memoria de aquel insensato trato en el que vendió su primogenitura por eso rojo, ese guiso rojo, como dice el hebreo (25:30). 2. En cuanto a sus mujeres y los hijos que le dieron en tierra de Canaán, se hace un recuento detallado desde el versículo 10 hasta el versículo 19:3. En cuanto a su traslado al monte Seír, era el país que Dios le había dado en posesión, cuando reservó para la descendencia de Jacob la tierra de Canaán. Dios mismo lo reconoce mucho después: Yo he dado por heredad a Esaú el monte de Seír (Dt. 2:5; Jos. 24:4). Esta es la razón por la que los edomitas no debían ser molestados en su posesión. Esaú se retiró, pues, al monte Seír, y tomó consigo cuanto le había pertenecido de la fortuna de su padre, dejando Canaán para Jacob, no sólo porque a él le había sido prometido, sino también porque Esaú se dio cuenta de que, si seguían prosperando como hasta entonces, no habría allí lugar suficiente para ambos (v. 13:6, para un caso similar).
Versículos 9–19
1. Que sólo se registran los nombres de los hijos y nietos de Esaú; sus nombres, no su historia. Y las genealogías no van más allá de la 3.a o de la 4.a generación. Sólo la estirpe de los israelitas, que habían de ser los herederos de Canaán, y de quienes había de proceder la prometida y santa simiente, es descrita con suficiente extensión, conforme se presentan las oportunidades, en todas sus doce tribus hasta la conquista de Canaán y el reparto de la tierra entre ellas, y en la línea dinástica hasta la venida de Cristo. 2. Que estos hijos y nietos de Esaú son llamados jefes, o capitanes, que tenían soldados a sus órdenes, pues a Esaú le había sido profetizado por su padre Isaac que viviría por la espada (27:40). Los hijos de Esaú eran jefes, o duques (pues también puede traducirse así), cuando los hijos de Jacob eran simples pastores (47:3). Esto no es razón para que los creyentes rechacen de plano tales títulos, pero sí para que no se atribuyan demasiado valor a sí mismos, ni lo atribuyan a otros, en razón de dichos títulos. 3. Esaú es el primero en crecer en familia y en fortuna. La promesa de Dios a Jacob comenzó a obrar más tarde, pero su efecto permaneció más tiempo y tuvo una agregación complementaria en el Israel espiritual.
Versículos 20–30
En medio de la genealogía de los edomitas, se inserta la genealogía de los horeos, de aquellos cananeos, o heteos (comp. 26:34), que eran los nativos del monte Seír. Esto viene aquí a cuento no sólo para arrojar luz sobre la Historia, sino para inducir a reflexionar sobre el caso de los edomitas, por los matrimonios que contrajeron con estas gentes. Al vender Esaú su primogenitura y perdido la bendición ajena, y al entrar después en alianza familiar con los heteos, no es extraño que su posteridad y la de los hijos de Seír aparezcan aquí mezcladas.
Versículos 31–42
Parece ser que, gradualmente, los edomitas se introdujeron solapadamente entre los horeos hasta apoderarse por completo del país y establecer allí un gobierno propio. 1. Eran gobernados por reyes, y parece que llegaban al trono por elección no por sucesión hereditaria. Estos reyes gobernaron en Edom antes que reinase rey sobre los hijos de Israel (v. 31). La sangre de Esaú se convierte en sangre real mucho antes que la de Jacob. Podemos suponer que constituiría una prueba muy grande para la fe del Israel de Dios el tener noticias de la pompa y del poder de los reyes de Edom mientras ellos estaban bajo esclavitud en Egipto; pero quienes esperan grandes cosas de Dios deben contentarse con aguardarlas porque el tiempo de Dios es el mejor. 2. Después fueron gobernados por duques, nombrados también aquí. Es de suponer que éstos gobernaban todos al mismo tiempo en diversas partes del país. Leemos en Éxodo 15:15 de los duques de Edom y, mucho después, otra vez de sus reyes. 3. El monte Seír es llamado la tierra de su posesión (v. 43). Mientras los israelitas vivían en la casa de la esclavitud, y su Canaán era sólo la tierra de la promesa, los edomitas vivían en sus propias mansiones, y Seír era su posesión. Nótese que los hijos de este mundo tienen todo lo suyo a mano, y nada en esperanza (Lc. 16:25), mientras que los hijos de Dios tienen todo lo suyo en esperanza, y casi nada al alcance de la mano. Pero, cuando todo se pondera como es debido es mejor tener Canaán en promesa que el monte Seír en posesión.
En este capítulo comienza la historia de José que va a ser la figura principal en todos los 14 restantes capítulos de este libro, exceptuando sólo uno. Su historia se divide de una manera tan tajante entre el período de su humillación y el de su exaltación, que no podemos menos de ver en ella un tipo de la de Cristo, que fue primero humillado, y exaltado después. También nos muestra el destino de los creyentes, que deben entrar en el reino a través de muchas tribulaciones.
Versículos 1–4
Esta es la historia de la familia de Jacob (v. 2). No es una mera y estéril genealogía como la de Esaú (36:1), sino una historia útil y memorable. Aquí: 1. Se describe a Jacob como a un peregrino juntamente con su padre Isaac, cuando éste vivía (v. 1). 2. Se describe a José como apacentando (o, quizá, supervisando) las ovejas con sus hermanos. El hecho de que se mencione a los hijos de Bilha y Zilpa, las concubinas de su padre, da mayor probabilidad a la segunda traducción, y explica mejor la envidia de sus hermanos hacia el «señorito» de la familia. 3. José, tan amado de su padre (v. 3), era el mayor consuelo de Jacob en su vejez. No cabe duda de que José se aprovechó de este favoritismo para sus sueños de grandeza. Jacob expresó claramente su gran afecto hacia él al hacerle una túnica de varios colores o, mejor—según el original hebreo—de mangas largas (y sin duda, de largura talar), que era un signo de nobleza. 4. José era aborrecido por sus hermanos (v. 4). (A) Porque su padre lo amaba más que a ellos. Cuando los padres hacen estas diferencias, los hijos se dan cuenta pronto de ello, y así se ocasionan con tanta frecuencia pendencias y altercados en las familias. (B) Porque informaba a su padre de la mala fama de ellos (v. 2). Se ha especulado mucho sobre la maldad de la que José daba cuenta a su padre. Unos piensan que se trataba simplemente de negligencia en el cuidado de los rebaños, otros que de riñas entre ellos, y no faltan autores, incluso judíos que opinan sobre cosas mucho más graves como pecados de inmundicia sexual (¿sodomía o bestialidad?)
Versículos 5–11
I. A José refiriendo los sueños proféticos que tenía (vv. 6, 7, 9, 10). Sus sueños eran: 1. Que las gavillas de sus hermanos se inclinaban ante la suya, con lo que insinúa la ocasión futura en que vendrían a prestarle homenaje en busca de trigo; entonces las gavillas vacías de sus hermanos tendrían que inclinarse ante la llena de él. 2. Que el sol, la luna y once estrellas se inclinarían sumisamente ante él (v. 9). Aquí se mostró José más profeta que político; de lo contrario, se habría guardado para sí estos sueños, ya que sabía que sus hermanos le odiaban y que el contar estas cosas sólo serviría para exasperarles aún más.
II. En efecto, sus hermanos lo tomaron muy a mal, y le aborrecían más y más (v. 8): ¿Reinarás tú sobre nosotros? Muestran así su resentimiento, como diciendo: «¿Reinarás tú, que eres uno, sobre nosotros, que somos muchos? ¿Tú, el más joven, sobre nosotros, los mayores?»
III. Su padre le reprende suavemente por ello, pero estos sueños le hacen meditar (vv. 10–11). Es probable que viese en ellos una confirmación de parte de la Providencia de lo que él había insinuado al vestir a José con la túnica de nobleza, propia del que había de obtener la jefatura sobre las tribus de sus hermanos a la muerte de Jacob. Así Jacob, como María (Lc. 2:51), guardaba estas cosas en su corazón, y no cabe duda de que las recordaría bien más tarde, cuando los hechos habían de responder a los sueños.
Versículos 12–22
I. La amable visita que, obedeciendo al encargo de Jacob, hizo José a sus hermanos, que estaban apacentando las ovejas en Siquem, muchos kilómetros lejos de donde vivían. Podemos ver en José un ejemplo: 1. De obediencia obsequiosa a su padre. Aunque era el hijo favorito de su padre, no desdeñaba ser también su obediente siervo, aprestándose inmediatamente a cumplir sus órdenes. 2. De amabilidad a sus hermanos. Aunque sabía que le odiaban y le tenían envidia, no puso ninguna objeción a la orden de su padre. Jacob le dice: Mira cómo están tus hermanos (v. 14) o, como dice el hebreo, Ve la paz de tus hermanos.
Quizá Jacob abrigaba sus temores de que saliese de Siquem algún grupo armado y les diese muerte en revancha por la bárbara matanza que algunos años antes habían cometido allí Simeón y Leví.
II. El malvado y sanguinario complot de sus hermanos contra él, cuando les devolvía bien por mal. No fue en el calor de un altercado o de una súbita provocación cuando pensaron ellos en matarle, sino con premeditación malvada y a sangre fría. Malo es cometer el mal, pero es peor el tramarlo y proyectarlo; la malicia aumenta en la medida de la programación del mal: Conspiraron para matarle (v. 18). ¡Y con qué burla se aprestan a cometer el crimen! Aquí viene el soñador (v. 19); veremos qué será de sus sueños (v. 20). Esto muestra cuál era el motivo de su enfado y de su rabia. No podían soportar el pensamiento de que
tuviesen un día que rendirle homenaje. Y, para mayor maldad, se ponen de acuerdo en encubrir el homicidio con una mentira: Diremos: Alguna mala bestia lo devoró (v. 20).
III. Rubén proyecta librarlo (vv. 21–22). De todos los hermanos, Rubén era el que más motivo tenía para estar celoso de José puesto que era el primogénito, sin embargo demuestra aquí ser su mejor amigo. Rubén hace una propuesta, que ellos pensaron que serviría eficazmente para llevar a efecto su propósito, pero que en realidad tenía por objeto servir al deseo de Rubén de rescatar a José de las manos de ellos y devolverlo sano y salvo a Jacob. Por encima de todo ello, estaba Dios, quien controlaba y movía sus peones para sus propios designios de hacer de José un instrumento valioso, a fin de salvar la vida de muchísimas personas, incluida su propia familia.
Versículos 23–30
Ejecución del complot contra José. 1. Primero se dieron prisa en quitarle la envidiada túnica que le señalaba como el jefe (v. 23). En la imaginación de ellos, este gesto era como una ceremonia de degradación, en que se le privaba de la primogenitura. Así fue nuestro Señor Jesús también desvestido de su túnica inconsútil; y así han sido muchos de sus santos desposeídos meticulosamente de todos sus honores y privilegios, antes de venir a ser como la escoria del mundo, el desecho de todos (1 Co. 4:13). 2. Después pensaron matarlo de hambre arrojándolo a una cisterna honda y vacía. Donde reina la envidia, desaparece la compasión y se olvidan todos los sentimientos de humanidad (v. Pr. 27:4) ¿Es a éste a quien habrán de rendir homenaje sus hermanos? Nótese que, a menudo, los pasos de la Providencia parecen contradecir a los designios de Dios, incluso cuando más están sirviendo a su cumplimiento. 3. Después de arrojarlo a la cisterna, se desentendieron completamente de él y se sentaron a comer pan (v. 25). Se ve que no sentían ningún remordimiento de su pecado; de haberlo sentido, les habría quitado el apetito, pero estaban tanto más complacidos cuanto que pensaban estar ya libres del temor de que su hermano llegase a dominar sobre ellos. 4. Finalmente, lo vendieron. No podía ser más oportuno el paso de la caravana de mercaderes ismaelitas, y fue Judá quien propuso venderlo a ellos, para que fuese llevado suficientemente lejos de allí, a Egipto, donde, con toda probabilidad, quedaría perdido y no volverían a saber de él jamás. (A) Judá lo propuso por compasión hacia José (v. 26): ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano? (B) Ellos accedieron a esta propuesta, pensando que si era vendido como esclavo, nunca llegaría a ser señor. Cuando Rubén volvió a la cisterna y no encontró a José, se sintió perdido: El joven no aparece; y yo ¿adónde iré yo? (v. 30). Siendo él el mayor, de él habría de esperar Jacob el relato de lo que le podía haber pasado a José. Sin embargo, los hechos demostraron que, en realidad, todos habrían estado perdidos, si José no hubiese sido vendido.
Versículos 31–36
I. Comoquiera que pronto se echaría en falta a José, y se haría una gran investigación para hallarle, sus hermanos tramaron otra gran mentira para hacer creer al mundo entero que José había sido despedazado por una fiera; y así lo hicieron: 1. Para ahuyentar de sí toda sospecha de que hubiesen cometido un crimen contra José. Nótese que, cuando el diablo induce a cometer un pecado, enseña al criminal a ocultarlo con otro el robo y el homicidio, con la mentira y el perjurio; pero el que encubre su pecado, no prosperará por largo tiempo. 2. Para apesadumbrar a su buen padre. Parece que lo hicieron adrede para vengarse del favoritismo que Jacob mostraba hacia José. Le enviaron la túnica de varios colores de José con un color más: púrpura de sangre (v. 32). Aparentaron haberla encontrado en el campo y le dijeron, con burla mal disimulada, a su padre: ¿Es ésta la túnica de tu hijo? Ahora, los que tengan idea de lo que es el corazón de un padre podrán imaginarse la agonía del pobre Jacob. Despierto o dormido, se imagina ver a la fiera arrojándose sobre José, despedazándolo y devorándolo miembro a miembro hasta no dejar de él otra cosa que la túnica. Entonces, sus hijos aparentan vilmente querer consolarle (v. 35); en su hipocresía perversa, resultaron consoladores falsos y miserables, cuando podían haberle dicho: «José vive, y ha sido vendido a Egipto, pero no será difícil enviar allá y rescatarlo». Así fue que Jacob no quiso recibir consuelo (v. 35).
II. Después que ismaelitas y madianitas compraron a José, sólo para hacer mercancía de él, lo vendieron a Potifar, oficial de Faraón (v. 36). ¡Qué pronto se convirtió Egipto en casa de esclavitud para la descendencia de Jacob! Nunca se hubiese imaginado Jacob que su amado hijo José había de ser así comprado y vendido como esclavo.
En este capitulo hallamos un relato de Judá y de su familia. Si hubiésemos de formarnos una idea del carácter de Judá por la historia que sigue, no podríamos decir: «Judá, te alabarán tus hermanos» (49:8). Pero, como sucede con frecuencia, también aquí «Dios escribe derecho con líneas torcidas».
Versículos 1–11
1. La amistad de Judá con un cananeo. 2. Su insensato casamiento con una cananea, concertado, no por su padre, que no parece haber sido consultado, sino por su nuevo amigo Hirá (v. 2). Tuvo de ella tres hijos: Er, Onán y Selá. Con toda probabilidad, Judá se casó muy joven y con mucha precipitación; asimismo casó a sus hijos demasiado jóvenes, cuando no tenían aún seso ni talante para comportarse debidamente, y las consecuencias fueron muy malas. (A) Su primogénito, Er, fue notoriamente malvado; y lo fue ante los ojos de Jehová (v. 7), como si dijera, en desafío a Dios y a su ley. (B) Su segundo hijo, Onán, se casó con la viuda, de acuerdo con la antigua costumbre para conservar el nombre de su hermano, que había muerto sin hijos. Esta costumbre de casarse con la viuda del hermano fue después incorporada a las leyes de Moisés (Dt. 25:5), y es conocida con el nombre de ley del levirato (del latín lévir, cuñado). Aunque consintió en casarse con la viuda, Onán rehusó dar descendencia a su hermano (v. 9), y abusó de su propio cuerpo, del de su mujer, y de la memoria de su fallecido hermano. (C) Selá, su tercer hijo, quedó prometido a la viuda (v. 11), pero a condición de que no se casase tan joven. Con esto, Tamar asintió por el momento, y esperó el resultado.
Versículos 12–13
Se cuenta de Judá una desdichada historia. Se portó injustamente con su nuera, por negligencia o adrede, al no darle el hijo sobreviviente, de acuerdo con lo prometido, y así la expuso a tentaciones.
I. Tamar se prostituyó malvadamente ante Judá como una ramera, a fin de que, si el hijo no quería, al menos el padre levantase descendencia a su primer marido. El obispo Patrick piensa que, probablemente, ella esperaba que Selá, que era legalmente su prometido, vendría con su padre, y quizás ella podría atraerlo con sus caricias. 1. Ella creyó llegada la oportunidad cuando Judá estaba de fiesta con los trasquiladores de sus ovejas. 2. Se exhibió como ramera en público (v. 14). Parece ser que, en aquel tiempo, era costumbre de las prostitutas sagradas de Astarté cubrirse el rostro con un velo, de modo que, aun no teniendo vergüenza, parecían tenerla. El pecado de impureza no se cometía tan descaradamente como se comete ahora.
II. Judá, viudo entonces (v. 12), cayó en la trampa, y aunque ignoraba que fuese su nuera y, por tanto, no cometió incesto culpablemente, sí fue culpable de fornicación, pues no era esposa suya y no debía tocarla. Nótese: 1. Que el pecado de Judá comenzó como el de David, por los ojos (v. 15): La vio. Necesitamos hacer un pacto con nuestros ojos, como Job (Job 31:1), y no permitir que se vayan tras la vanidad, para que el ojo no infecte al corazón. 2. Al escándalo de la fornicación añadió el pecado de alquilar por dinero a una ramera (¡nada más infamante!), pues el precio fue demandado, prometido y aceptado:—cabrito del rebaño (v. 17). ¡Buen precio para la honra y la castidad de ella! También en esto, es peor Judá que Tamar, porque ¿cuál es más de culpar—aunque cualquiera mal haga—la que peca por la paga o el que paga por pecar? Sí, aunque hubiese ofrecido miles de carneros y diez mil ríos de aceite, no habrían sido precio suficiente. El favor de Dios, la pureza del alma, la paz de la conciencia y la esperanza
del Cielo son demasiado preciosos para ponerlos a la venta a cualquier precio. 3. Todavía añadió Judá un nuevo motivo de reproche al dejar sus joyas y atributos de nobleza en prenda por un cabrito.
III. En el trato, perdió su prenda. Envió el cabrito, conforme a lo acordado, para redimir la prenda, pero la supuesta ramera no fue hallada. Judá queda satisfecho de perder su sello y el collar o brazalete del que éste pendía, además de su bordón de jeque, y prohíbe cualquier investigación posterior, para que no seamos menospreciados (v. 3). No parece preocupado por el pecado, para que le sea perdonado, sino por la vergüenza, para no verse confundido.
Versículos 24–30
I. Judá se muestra riguroso contra Tamar, cuando oye que es adúltera. Legalmente, era esposa de Selá y, por tanto, encontrarse encinta de otro hombre era considerado como injuria e infamia a la familia de Judá: Sacadla—dice Judá—, y sea quemada (v. 24). Como cabeza de familia, Judá tenía poder para aplicar la pena capital (v. 31:32). Nótese que es cosa muy corriente entre los hombres ser severos contra otros por los mismos pecados que ellos se permiten a sí mismos; de este modo, al juzgar a otros, se condenan a sí mismos (Ro. 2:1; 14:22).
II. La vergüenza de Judá, cuando quedó patente que él era el adúltero. Tamar presentó el sello, el cordón y el báculo, cuando la sacaban para ejecutar justicia contra ella lo cual evidenció que el padre de la criatura era Judá (vv. 25–26). Ante esta prueba contundente, Judá reconoció su pecado y cargó sobre sí la infamia del hecho. La Escritura no oculta los grandes pecados de los grandes hombres de Dios ni la confesión penitente de los mismos. Cuando el emperador Teodosio fue excomulgado por el obispo de Milán Ambrosio a causa de la matanza de Tesalónica, Teodosio replicó en su orgullo: «También David pecó». A lo que respondió Ambrosio: «Pues ya que has seguido a David en su pecado, síguele también en su arrepentimiento».
III. La edificación de la familia de Judá con el nacimiento de Pares (o Peres) y Zara, de quienes descendieron las numerosas familias de la ilustre tribu de Judá. Los cuatro primeros hijos de Jacob cayeron en asquerosos crímenes: Rubén y Judá cometieron incesto Simeón y Leví una matanza masiva. Con todo, figuran entre los patriarcas de Israel, y de Leví descendieron los sacerdotes, como de Judá descendieron los reyes y el propio Mesías. Así llegaron a ser modelos de arrepentimiento, y monumentos del perdón y de la gracia de Dios.
En este capítulo, volvemos a la historia de José. Le vemos aquí hecho esclavo de Potifar, encumbrado por su amo, vencedor en grave tentación, traicionado por la mujer de Potifar, metido en la cárcel, y favorecido allí con grandes señales de la especial presencia de Dios con él.
Versículos 1–6
I. José fue vendido a un oficial de Faraón, en cuya casa tuvo oportunidad de conocer a personas prominentes y enterarse de negocios importantes del país, con lo cual iba siendo capacitado para el alto puesto que después había de ocupar. Cuando Dios destina a una persona para algún servicio, también se cuida de equiparla para él, de un modo u otro.
II. José es bendecido maravillosamente, incluso en la casa de su esclavitud.
1. Dios le prosperó (vv. 2–3). Aunque es de suponer que, al principio, sus manos tendrían que ocuparse en los oficios más bajos, aun en éstos se echaría de ver su diligencia, tanto como su competencia y honestidad; le acompañaba una bendición especial del Cielo, la cual se hacía cada vez más notoria conforme ascendía en su empleo. Sus hermanos le habían despojado de la túnica propia de la nobleza,
pero no pudieron despojarle de la nobleza del corazón, ni de su prudencia y virtud. José estaba separado de su familia, pero no estaba separado de Dios; estaba exiliado de la casa de su padre, pero Jehová estaba con él (vv. 2, 3), y esto le servía de consuelo y sostén.
2. Su amo comenzó a ascenderle, hasta hacerle mayordomo de su casa (v. 4). Es señal de sabiduría por parte de los que ocupan algún puesto de autoridad el poner los ojos en las personas fieles y favorecidas con una presencia especial de Dios y darles el empleo conveniente (Sal. 101:6). Potifar sabía lo que hacía al poner todo en manos de José.
3. Dios favoreció a su amo por causa de él (v. 5): Bendijo la casa del egipcio, a pesar de ser un extraño al pueblo de Israel y ajeno al verdadero Dios, a causa de José. Los buenos son una fuente de bendición para los lugares donde viven.
Versículos 7–12
I. La más vergonzosa muestra de imprudencia e inmodestia de la mujer de Potifar y dueña de José, vilmente entregada a su instinto sexual y desposeída de toda virtud y honor.
1. Su pecado comenzó por la vista: Puso sus ojos en José (v. 7). Ya hemos visto en ocasiones anteriores la importancia de los ojos como ventanas del alma, y la consiguiente necesidad de hacer un pacto con ellos, como lo hizo Job (Job 31:1).
2. Vemos también el atrevimiento y la desvergüenza de esta mujer.
3. Nótese la urgencia, la violencia y la persistencia con que acosaba a José. Hablaba a José cada día (v. 10). Esto hace ver: (A) La gran perversidad de ella, y (B) la gran tentación que esto suponía para José.
II. Vemos aquí uno de los más ilustres ejemplos de virtud y castidad, con admirable resolución, en José, quien fue capacitado por la gracia de Dios para resistir y vencer esta tentación. Considerando bien todo, su escape fue una muestra del poder divino tan grande como la liberación de los tres jóvenes del horno encendido (Dn. 3:20–27).
1. La tentación que sufrió José fue muy fuerte. La tentadora era su dueña, de clase alta, a quien tenía la obligación de obedecer e interés en complacer, y cuyo favor hubiese contribuido más que nada a un mayor encumbramiento. Por otra parte, correría el mayor peligro si la despreciaba y la convertía así en enemiga. Para colmo, la oportunidad no podía ser mejor: la tentadora se encontraba sola con él en casa; su empleo le había llegado, al margen de toda sospecha, a donde ella estaba.
2. Su resistencia a la tentación fue muy valiente, y su victoria quedó revestida del máximo honor.
A) No estaba dispuesto a hacerle mal a su amo ni a ofender a Dios. Éste es el principal argumento con que refuerza su aversión al pecado: ¿Cómo haría yo este gran mal? (v. 9). No sólo ¿cómo haré? o ¿cómo me atreveré?, sino ¿Cómo podré? Id possumus quod jure possumus—dice el adagio latino—. Sólo podemos hacer lo que es según derecho. En realidad, el argumento en que José apoya su negativa, es triple: Primeramente, considera quién es la persona tentada: «Yo». Quizás otros puedan tomarse esa libertad yo no. Segundo, a qué pecado se le inducía: Esta gran maldad. Otros pensarían que era cosa de poca importancia, un pecadillo excusable, una aventura propia de la juventud; pero José tenía de ello una idea muy diferente. ¡Que el pecado se muestre pecado! (Ro. 7:13). Hay que llamar al pecado por su nombre y no intentar rebajar su malicia. Tercero, contra quién se le tentaba a pecar: Contra Dios, contra su santidad y dominio, contra su amor, sus designios y su providencia. El amor de Dios conlleva necesariamente el odio al pecado.
B) Venció con prontitud y resolución. La gracia de Dios le capacitó para vencer la tentación y escapar de la tentadora. Ya dice el adagio latino: Principiis obsta: Resiste a los comienzos. No se entretuvo a conversar con la tentación, sino que huyó de ella con la mayor aversión: allí dejó su manto, como quien escapa por su vida. Nótese que es mejor perder un buen manto que una buena conciencia.
Versículos 13–18
La dueña de José, después de haber intentado en vano hacerle criminal, se esfuerza ahora en presentarlo como a tal, para vengarse así de su virtud. El amor casto y santo persiste aunque se vea
menospreciado, pero el amor pecaminoso, como el de Amnón a Tamar, fácilmente se cambia en odio profundo, también pecaminoso. Le acusa ante los consiervos de él (vv. 13–15), infamándole a los ojos de quienes estarían envidiosos de aquel extranjero que tan fácilmente había ascendido al puesto de mayordomo. Le acusó también ante el amo, que tenía en su mano el poder para castigarle. Obsérvese: 1. La historia tan poco probable, tan poco creíble, que cuenta, pero la dice para vengarse de la virtud de José con una mentira de las más maliciosas. 2. Consigue así encender el furor de su marido contra José (v. 19), haciendo repercutir, al mismo tiempo, sobre Potifar el ultraje que ella había sufrido—según su relato—de José: El siervo hebreo que nos trajiste, vino a mí para deshonrarme (v. 17). Cada palabra es una flecha envenenada: un esclavo, de esa maldita raza asiática, traído por ti mismo, que se viene a mí para herir mi honra y la tuya.
Versículos 19–23
1. José castigado por su amo. Potifar creyó la acusación, aunque quizá sólo en parte (¡la honra de las egipcias!); de estar seguro, hubiese condenado a José, no a prisión, sino a morir (vv. 19–20). Así se encontró José encerrado con los prisioneros del rey, presos del Estado. Fue echado a la cárcel del rey para que pudiese después ser presentado a la persona del rey. 2. José se encontraba ahora distanciado de todos sus amigos, pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia (v. 21). No hay puertas, cerrojos ni rejas que puedan separar de los hijos de Dios la Presencia benévola del Padre, porque Él ha prometido que nunca los desamparará ni los dejará (He. 13:5). Quienes, aun en la cárcel, tienen buena conciencia, tienen allí a un buen Dios. José no está en prisión mucho tiempo sin que se convierta en un pequeño jefe: Jehová le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel (v. 21). Nótese que Dios puede hacer surgir amigos para sus hijos, incluso donde ellos tienen poca esperanza de encontrarlos. El jefe de la cárcel vio que Dios estaba con él y que todo prosperaba bajo su mano y, en consecuencia, le encargó del cuidado de todo lo que se hacía en la prisión (vv. 22–23).
En este capítulo, las cosas comienzan a obrar, aunque despacio, a favor del encumbramiento de José. En la cárcel, interpreta los sueños de dos sirvientes de Faraón. Ambos sueños tuvieron puntual realización, como había interpretado José. Pero el jefe de los coperos, una vez restituido a su cargo, no se acordó de la petición que José le había hecho.
Versículos 1–4
No encontraríamos registrada en la Escritura esta historia del jefe de los coperos y del jefe de los panaderos de Faraón, si no hubiese sido útil para el relato de la promoción de José a gobernador de Egipto. Obsérvese: 1. Que dos de los altos oficiales de la corte de Faraón son echados a la cárcel por haber ofendido al rey. Muchas conjeturas se han hecho acerca de la ofensa de estos sirvientes de Faraón; algunos piensan que se trataba nada menos que de quitarle la vida; otros, por el contrario, que fue sólo por haber encontrado casualmente el rey, o una mosca en su copa o un poco de arena en el pan. 2. Que el capitán de la guardia, que no era otro que el propio Potifar (v. 3, comp. con 39:1), encargó de ellos a José (v. 4), insinúa que comenzaba ahora a reconciliarse con José, y quizá se estaba convenciendo de su inocencia, aunque no se atreviera a soltarle por miedo de desagradar a su mujer.
Versículos 5–19
I. La especial providencia de Dios, llenó la cabeza de estos dos presos con sueños inusitados, tanto que hicieron en ellos una impresión extraordinaria y comportaban ciertas evidencias de su origen divino. Ambos los tuvieron la misma noche.
II. La impresión que hicieron en ellos estos sueños fue pesimista (v. 6): Estaban tristes.
III. José les mostró afecto y compasión, y les preguntó preocupado: ¿Por qué aparecen hoy mal vuestros semblantes? (v. 7) José era su guardián, así como su compañero de prisión, y tambien él había sido un soñador. Participar en los sufrimientos ajenos ayuda a compadecerse de los que sufren. Por otra parte, es un consuelo y un alivio para los que están en apuros, el saber que hay quien hace caso de ellos.
IV. Los sueños y su interpretación. No hay quien lo interprete—le dicen a José—. Entonces José les da la pista para encontrar un intérprete: ¿No son de Dios las interpretaciones? Como si dijera: «Si las interpretaciones pertenecen a Dios, Él es muy libre para comunicar su poder a quien le plazca; por tanto, decidme vuestros sueños». Ahora bien: 1. El sueño del jefe de los coperos era un feliz presagio de su liberación y de la restitución a su cargo en el término de tres días, y así se lo interpretó José (vv. 12–13). 2. El sueño del jefe de los panaderos mostraba proféticamente su muerte ignominiosa (vv. 18–19). La feliz interpretación del sueño del otro le animó a referir su sueño. No fue culpa de José el darle malas noticias. Así también, los ministros de Dios no son más que intérpretes; no pueden hacer que las cosas sean de otro modo del que son.
V. La ventaja que obtuvo José de esta oportunidad para tener un amigo en la corte (vv. 14–15). Modestamente imploró el favor del jefe de los coperos cuya restitución había predicho: Acuérdate de mí cuando tengas ese bien (v. 14). Y ¡cuán modestamente presenta también su propio caso! (v. 15). No acusa a sus hermanos que le habían vendido. Tampoco refiere el daño que le había causado su dueña, por cuya causa se encontraba en la cárcel, así como la credulidad de su amo, que se había convertido en su juez; se limita a confesar mansamente su inocencia. Cuando tengamos que vindicar nuestra conducta, debemos evitar al máximo, en la medida de lo posible el hablar mal de otros. Contentémonos con demostrar nuestra inocencia, sin tratar de afear la conducta, aunque sea mala, de otros.
Versículos 20–23
La realización de lo que José había interpretado acerca de los sueños, en el mismo día que él había fijado. El jefe de los coperos y el de los panaderos fueron promocionados; el uno, a su oficio; el otro, al cadalso; y ambos, a término de los tres días.
Algunos encuentran cierta semejanza entre José y Cristo en este relato. Los compañeros de prisión de José se asemejan a los dos malhechores que fueron crucificados con Cristo: el uno se salvó, y el otro—por todas las apariencias—se condenó. A uno de los encarcelados, cuando José le dijo: Acuérdate de mí cuando tengas ese bien, se le olvidó; en cambio, cuando uno de los ladrones dijo a Cristo: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino, no sólo no fue olvidado, sino que le fue prometido el Paraíso para aquel mismo día.
Dos cosas importantes realiza la Providencia a partir de este momento: 1. La elevación de José al cargo de supremo gobernador de Egipto. 2. El mantenimiento de Jacob y de su familia en tiempo de hambre severa.
Versículos 1–8
1. La demora que sufrió la liberación de José. Duró hasta pasados dos años (v. 1). Hay un tiempo señalado para la liberación de los hijos de Dios; ese tiempo ha de llegar, aunque parezca que se retrasa y, cuando llegue, será evidente que ése era el mejor tiempo. 2. Se refieren aquí los medios de la liberación de José, que fueron los sueños de Faraón. Si los hubiésemos de considerar como sueños ordinarios podríamos observar a través de ellos las necedades absurdas de una desbocada fantasía: unas vacas flacas, metidas a fieras de presa (sí, y más rabiosamente voraces que ninguna otra, hasta el punto de comerse a las de su misma especie), y unas espigas de grano que se comen a otras. Referir sueños necios no es mejor que tener necias conversaciones, pero estos sueños de Faraón llevaban la impronta divina y, por eso,
cuando se despertó, estaba agitado su espíritu (v. 8). Sus magos estaban desconcertados, pues no les servían para nada las artes mágicas. Esto sucedió para que la interpretación de José, por el Espíritu de Dios, resultase más admirable (comp. con Dn. 2:27; 4:7; 5:8). Los sueños de José fueron la causa de sus aflicciones, y ahora los sueños de Faraón iban a ser la ocasión de su engrandecimiento.
Versículos 9–16
1. Que José es recomendado, como intérprete, a Faraón. El jefe de los coperos lo hizo así, más por obsequio a Faraón y por complacerle que por gratitud o compasión hacia José. Lo que dijo de él, en resumen, fue que había en la cárcel del rey un oscuro joven hebreo que le había interpretado a él muy atinadamente un sueño, así como al jefe de los panaderos otro similar (correspondiendo, en cada caso, exactamente el hecho con la interpretación), y que él se lo recomendaría al rey su amo como intérprete. Si el jefe de los coperos hubiese mostrado inmediatamente su interés por la liberación de José y la hubiese obtenido es probable que, después de su salida de la cárcel, hubiese sido devuelto a la tierra de los hebreos, de la que tan sentidamente había hablado a sus compañeros de cárcel (40:15), y entonces, ni hubiese él recibido una bendición tan grande, ni habría sido de bendición de su familia, como lo fue después. Pero, al estar dos años más en la cárcel y salir, por fin, en esta ocasión para interpretar los sueños del Faraón, se le abrió el camino para su gran encumbramiento. Esto demuestra lo bien que ordena los tiempos la Providencia de Dios en favor de sus hijos. 2: Que José es introducido y presentado al Faraón. Y esto se hace con la máxima urgencia posible, de modo que José estaría casi tan sorprendido como Pedro cuando fue liberado milagrosamente de la cárcel (He. 12:9). Faraón, sin detenerse a preguntarle quién era ni de dónde procedía le comunica su sueño, y espera que se lo interprete (v. 15). A lo cual responde José con la mayor humildad (v. 16), pues: (A) Da toda la gloria a Dios: No está en mí, Dios será el que de respuesta. (B) Muestra su respeto a Faraón y una cordial buena voluntad hacia él y hacia su gobierno, al presuponer que la interpretación había de resultar provechosa para la paz y la prosperidad del reino.
Versículos 17–32
I. Faraón refiere su sueño. Soñó que estaba a la orilla del río Nilo y veía a las vacas, tanto las gordas como las flacas, salir del río. Así como que siete espigas crecían hermosas, y que otras espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas.
II. José le interpreta el sueño, y le dice que significaba siete próximos años de gran abundancia que serían inmediatamente sucedidos por otros siete de gran hambre. Obsérvese que: 1. Los dos sueños significaban la misma cosa, pero su repetición indicaba la certeza, la cercanía y la importancia del evento (v. 32). 2: Con todo, los dos sueños tenían una referencia distinta a las dos cosas en las que más experimentamos abundancia y escasez; a saber, la hierba y el grano. La abundancia y la escasez de hierba para el ganado estaban representadas por las vacas gordas y flacas; la abundancia y escasez de alimento para el hombre estaban representadas por las espigas llenas y las menudas. 3: Por aquí se ven los cambios a que están sujetas las comodidades de esta vida. Después de una gran abundancia puede venir una gran escasez. 4: Véase también la bondad de Dios al enviar los siete años de abundancia delante de los de hambre a fin de que pudiese hacerse a tiempo la necesaria provisión. ¡Con qué admirable sabiduría ha ordenado la Providencia, esa gran ama de casa los asuntos de esta numerosa familia desde el principio hasta ahora! Ha habido gran variedad de estaciones, y el producto de la tierra ha sido, y es a veces, más abundante a veces más escaso; sin embargo, al tomar la media de los años, lo que era un milagro respecto del maná se realiza ordinariamente en el curso común de la naturaleza por obra de la sabia Providencia: No sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco (Éx. 16:18). 5: También nos muestra esto la naturaleza perecedera de los goces mundanos. El gran incremento de los días de abundancia fue completamente engullido en los años de hambre; y lo sobrante, que parecía tanto, apenas sirvió para mantener a los hombres con vida (vv. 29–31). Obsérvese que Dios reveló esto de antemano a Faraón quien, como rey de Egipto, debía hacer de padre de su patria, y proveer prudentemente para su pueblo.
Versículos 33–45
I. El buen consejo que dio José a Faraón: 1. En los años de abundancia debía almacenar para los años de hambre comprar grano cuando estuviese barato y, así, poder enriquecerse él y suministrarlo al país cuando estuviese caro y escaso. 2. Como suele ocurrir que lo que es negocio de todos viene a ser negocio de ninguno, aconseja al Faraón nombrar gobernadores que se ocupen con diligencia del asunto, y poner a la cabeza de todos ellos un varón prudente y sabio, que presida y controle todo el quehacer (v. 33).
II. El gran honor que dispensó Faraón a José. 1. Dio de él un honroso testimonio al reconocerle como un hombre en quien estaba el espíritu de Dios (v. 38). Esto inviste a cualquier persona de una gran excelencia; tales hombres deben ser estimados en lo que valen. Más aún, para Faraón, no hay nadie que le iguale en prudencia: No hay entendido ni sabio como tú (v. 39). Ahora queda José abundantemente compensado de la infamia que habían cometido con él. 2. Le puso en un oficio muy honroso; no sólo lo empleó en comprar grano, sino que le hizo primer ministro del Estado y lo puso al frente de la casa real. 3. También le invistió de todas las señales honoríficas imaginables, para recomendarle a la estima y al respeto del pueblo como favorito del rey, a quien el rey tenía el placer de honrar. Le impuso un nombre nuevo, para mostrar que tenía autoridad sobre José y, al mismo tiempo, para mostrar también cuán valioso lo consideraba. Le llamó Safnat-Panéaj, que significa Declarador de lo oculto.8 Le dio también como esposa a la hija de un hombre principal con lo que le confería un nuevo honor. Al que Dios había mostrado su liberalidad, otorgándole sabiduría y otras grandes cualidades, Faraón no le escatimaba honores.
8 Según los egiptólogos, Safnat significa «hombre-alimento», y Panéaj significa «de la vida». Así José era tipo, también en esto, Cristo, quien pudo llamarse a sí mismo «pan de la vida» (Jn. 6:35, 48, 51)
Versículos 46–57
I. La formación de la familia de José con el nacimiento de dos hijos, Manasés y Efraím (vv. 50–52). En los nombres que les puso, dio a entender su reconocimiento a la divina providencia por el giro tan favorable que había dado a sus asuntos, pues le había hecho fructificar en la tierra de su aflicción (v. 52). Egipto había sido la tierra de su aflicción y todavía lo era en algún sentido, pues no era Canaán, la tierra de la promesa. La lejanía de su padre era aún su aflicción. Pero las aflicciones de los santos les hacen rendir mayores y mejores frutos. Efraím viene a significar fructífero; y Manasés, olvido. Las dos cosas suelen ir juntas, porque fue precisamente cuando engordó Jesurún, que se olvidó de su Hacedor (Dt. 32:15).
II. El cumplimiento de las predicciones de José. Faraón tenía gran confianza en la veracidad de las mismas. Vinieron los siete años de abundancia (v. 47) y llegaron también a su fin (v. 53). Es una gran lección para el tiempo de abundancia. Todo lo que esté al alcance de tu mano, esmérate en hacerlo según tus fuerzas (Ec. 9:10), y recoge diligentemente, cuando es el tiempo de recoger. Y comenzaron a venir los siete años del hambre (v. 54). Parece ser que esta hambre no sólo cundió en Egipto, sino también en otros países, por toda la tierra (v. 57), es decir, en todos los países vecinos. Mas en toda la tierra de Egipto había pan (v. 54), gracias a la previsión y a la provisión de José.
III. Cómo cumplió José con el cargo que se le había confiado. Fue fiel como corresponde a un buen administrador (1 Co. 4:2). 1. Fue diligente en recoger alimento y guardarlo en las ciudades mientras hubo abundancia (vv. 48–49). 2. Fue prudente y cuidadoso al abrir los graneros cuando llegó el hambre, manteniendo el mercado bastante barato mediante un suministro de grano hábilmente racionado. El pueblo, al sentirse en apuros, clamaba a Faraón pero él les enviaba a su primer ministro y supremo administrador del reino: Id a José (v. 55). No cabe duda de que José fijaba con justicia y sabiduría el precio del grano que se vendía, de modo que el país no sufriese opresión y de que nadie se aprovechase de la necesidad que el pueblo padecía. Debemos fijar los precios de acuerdo con la regla de oro de la justicia; hagamos así a los demás lo que desearíamos que nos hiciesen a nosotros (Mt. 7:12).
En este capítulo y en los siguientes, tenemos la realización de los sueños de José de que su familia habría de rendirle homenaje. La historia es referida con todo detalle, no sólo porque es sumamente instructiva, sino porque dio ocasión al traslado de su familia a Egipto, hecho del que muchos otros eventos posteriores habían de depender.
Versículos 1–6
Aunque todos los hijos de Jacob estaban casados (excepto Judá, que seguía viudo [es lo más probable]), permanecían asociados en corporación familiar, bajo la conducción y presidencia de su padre Jacob.
I. Las órdenes que les dio de ir a Egipto para comprar grano (vv. 1–2). Obsérvese: 1. El hambre se hizo sentir pesadamente sobre la tierra de Canaán (v. 5). Es de notar que los tres patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob), para quienes Canaán era la tierra prometida, pasaron hambre en dicha tierra, lo cual estaba destinado, no sólo a poner a prueba su fe, por ver si estarían dispuestos a creer y confiar en Dios, incluso cuando parecía que estaba a punto de consumirlos de hambre, sino también a enseñarles a buscar otra tierra mejor, es decir, la celestial (He. 11:14–16). 2. Con todo, mientras había hambre en Canaán, había grano abundante en Egipto. Así lo dispone la Providencia, para que un lugar venga en socorro y ayuda de otros, pues todos somos miembros de la misma familia. 3. Vio Jacob que en Egipto había alimentos (v. 1) y 4. Reprochó a sus hijos el diferir aprovisionarse de trigo para sus familias: ¿Por qué os estáis mirando? 5. Les urgió a marchar a Egipto: Descended allá (v. 2).
II. Ellos obedecieron sus órdenes (v. 3): Descendieron a comprar trigo; no enviaron a sus criados, sino que, con toda prudencia, fueron ellos mismos, para recoger el grano, y pagarlo directamente de su bolsillo. Que nadie piense ser demasiado grande o demasiado bueno para pasar fatigas y poner esfuerzos. Benjamín no marchó con ellos, porque era ahora el niño mimado de Jacob, después que José había desaparecido. Llegaron, pues, a Egipto y, como tenían que comprar un cargamento considerable de trigo, fueron llevados a la presencia de José, y se inclinaron a él rostro a tierra (v. 6). Así, sus gavillas vacías rindieron homenaje a la gavilla llena de su hermano.
Versículos 7–20
Nos podríamos preguntar cómo es que José, durante los veinte años que para estas fechas había pasado en Egipto, nunca hizo una excursión a Canaán a fin de visitar a su anciano padre, ya que estaba no muy lejos de la frontera de Egipto, país colindante con Canaán. Es una conjetura muy probable que ello se debiera a que todo su comportamiento en esta materia estaba dirigido especialmente por Dios, para que el propósito de Dios acerca de Jacob y su familia tuviese cabal cumplimiento. Cuando llegaron los hermanos de José, él los conoció por muchas señales notorias, pero ellos no lo reconocieron a él, pues mal podían imaginarse que lo iban a encontrar allí (v. 8). José tenía un ojo puesto en sus sueños, mientras tenía delante a sus hermanos, y deseaba conducirles a que se arrepintiesen de sus pecados anteriores.
I. Se mostró muy severo y duro con ellos, y les acusó de maquinar alguna iniquidad contra su gobierno, tratándolos como personas sospechosas: Espías sois (v. 9). ¿Por qué se mostraba José tan duro con sus hermanos? Podemos estar seguros de que no era por espíritu de revancha, sino por conducirlos al arrepentimiento. También, para sonsacar de ellos un relato del estado de su familia, algo que él estaba deseoso de conocer. Al no ver con ellos a su hermano Benjamín, quizá comenzó a sospechar si también se habrían deshecho de él y, por eso, les presta una oportunidad de hablar de su padre y de su hermano.
II. Ellos respondieron con mucha sumisión, hablándole con todo el respeto imaginable: No, señor nuestro (v. 10)—¡qué cambio tan grande, desde que dijeron: He aquí, ¡viene el soñador! (37:19)—. Negaron la acusación modestamente: Tus siervos nunca fueron espías (v. 11). Y le dijeron cuál era el motivo por el que habían ido a Egipto, que no era otro que el comprar alimentos (v. 10).
III No obstante, José los puso juntos en la cárcel por tres días (v. 17).
IV. Al tercer día, les propuso que uno de ellos se quedase como rehén, y que los demás marchasen a casa para volver con Benjamín. Sus primeras palabras fueron muy alentadoras: Yo temo a Dios (v. 18). Como si dijera: «Podéis estar seguros de que no os voy a hacer ningún daño; no me atrevería, porque sé que, aunque estoy en alta posición, hay otro más alto que yo». Nótese que, de los que temen a Dios, tenemos razón para esperar una conducta equitativa. El temor de Dios será un freno para los que están en el poder, impidiéndoles abusar de su posición para oprimir y tiranizar a los demás. Quienes no tienen en la tierra un superior que les inspire miedo, deben sentir el temor de Dios y el miedo a las acusaciones de la propia conciencia. Así lo hacía Nehemías: Yo no hice así, a causa del temor de Dios (Neh. 5:15).
Versículos 21–28
I. La reflexión, llena de arrepentimiento, que hicieron los hermanos de José acerca del mal que habían cometido antes contra él (v. 21). Hablaron en hebreo, sin sospechar que José, a quien creyeron nativo de Egipto, les entendía; menos aún sospechaban que él era precisamente la persona de la que estaban hablando.
Se acordaban con pesar de la bárbara crueldad con que le habían tratado. Aquí podemos ver: 1. El oficio de la conciencia. Así como no borra el tiempo la culpa del pecado, tampoco borra el registro de la conciencia. 2. El beneficio de las aflicciones que tan a menudo demuestran ser el medio eficaz y afortunado de despertar las conciencias.
II. La benignidad de José hacia ellos en esta ocasión, la cual es tipo de las misericordias de Dios hacia los pecadores arrepentidos: Siempre que hablo de él, todavía me viene con fuerza a la memoria (Jer. 31:20. V. Jue. 10:16).
III. El encarcelamiento de Simeón (v. 24). Lo escogió como rehén a él, probablemente porque recordaba que había sido su enemigo más acérrimo, o por observar que era ahora el menos humillado y preocupado.
IV. La despedida de los demás. Habían venido por grano, y ya lo tenían; y no sólo eso, sino que cada uno tenía el dinero devuelto en la boca del saco.
1. Fue realmente un hecho misericordioso, pues pienso que no se les hizo ningún mal con devolverles el dinero, sino que fue un gesto de amabilidad; sin embargo, esto les llenó de terror. Las malas conciencias son inclinadas a tomar en mal sentido las bondades de la Providencia. Seguramente que si les hubiesen robado el dinero, no se habrían sentido tan aterrorizados como lo estaban ahora al encontrar el dinero en sus sacos.
2. Ellos sabían que los egipcios odiaban a los hebreos (43:32) y, por eso, al no esperar recibir de ellos ningún gesto amable, concluyeron que esto tenía por objeto buscar querella contra ellos ya que el señor de la tierra les había acusado de espías. Sus conciencias estaban también despiertas, y sus pecados delante de ellos; todo lo cual ayudaba a sumirlos en confusión. Cuando los ánimos se hunden, todo parece cooperar a su hundimiento.
Versículos 29–38
1. Relato que los hijos de Jacob hacen a su padre del gran apuro que han pasado en Egipto; cómo han sido detenidos por sospechosos, se les ha amenazado y se les ha obligado a dejar allí como rehén a Simeón, hasta que traigan consigo a Benjamín. 2. La profunda impresión que esto hizo en el buen hombre. Los atados mismos de dinero que José había devuelto por atención a su padre, le atemorizaron (v. 35), pues pensó que esto tenía algún maléfico designio. (A) Sus reflexiones acerca del estado actual de la familia le llenan de melancolía. Jacob tiene a José por muerto, y a Simeón y Benjamín los ve en peligro; y concluye: Contra mí son todas estas cosas (v. 36). Los hechos demostraron cuán equivocado estaba, pues todas aquellas cosas estaban a su favor, y obraban conjuntamente para su bien y el de su familia (V. Ro. 8:28). A causa de nuestra ignorancia, de nuestras equivocaciones y de la debilidad de
nuestra fe, a menudo pensamos que está contra nosotros lo que realmente está a nuestro favor. (B) De momento, está resuelto a que Benjamín no vaya con ellos: No descenderá mi hijo con vosotros (v. 38). Sus siguientes palabras insinúan desconfianza hacia ellos; recuerda que ya no volvió a ver a José desde la última vez que estuvo con ellos.
Continúa en este capítulo la historia de José y de sus hermanos.
Versículos 1–10
1. Jacob urge a sus hijos a que vayan a Egipto a comprar más grano (vv. 1–2). El hambre continúa, y ya han gastado todo el trigo que habían comprado. 2. Judá le urge a él a que consienta que Benjamín marche con ellos. A Judá le había remordido la conciencia últimamente por lo que había hecho a José tiempo atrás (42:21) y, en prueba de la sinceridad de su arrepentimiento, quería reparar de alguna manera, redoblando su cuidado con respecto a Benjamín, la irreparable injuria que había hecho a José.
Versículos 11–14
I. Jacob es persuadido y se rinde a la razón: Pues que así es, hacedlo (v. 11). Como si dijera: «Si no es posible obtener trigo sino con estas condiciones, es preferible exponerle a los peligros del viaje, antes que consentir que perezcamos todos con nuestras familias, y Benjamín entre los demás, por falta de pan». La constancia es una virtud, pero la obstinación es un vicio.
II. Se echan de ver en tres cosas la prudencia y la justicia de Jacob:
1. Devolvió el dinero que habían encontrado en la boca de los sacos, con esta discreta consideración: Quizá fue equivocación (v. 12). Aunque obtengamos algo por equivocación, si nos lo quedamos una vez que ha sido descubierta la equivocación, lo estamos guardando fraudulentamente. 2. Envió el doble de dinero, puesto que ahora tenían que pagar por el trigo ya comprado y por el que iban a comprar en este viaje, especificando de nuevo (no es otro dinero) lo del dinero devuelto. 3. Envió también un presente de cosas que se hallaban en cierta abundancia en Canaán, pero que escaseaban en Egipto como la miel de dátiles y las almendras o probablemente, los pistachos (v. 11), además de otras cosas muy apreciadas que Canaán exportaba (37:25). La miel y los aromas no podían sustituir al trigo. El hambre era terrible en Canaán y, sin embargo, tenían bálsamo, mirra, aromas, etc. Podemos vivir desahogadamente a base de alimentos corrientes, aunque no disfrutemos de exquisiteces; pero no podemos vivir de exquisiteces si nos faltan los alimentos básicos. Demos gracias a Dios de que lo más necesario y lo más útil suele ser lo más barato y abundante.
III. La piedad de Jacob se echa de ver en su oración: El Dios Omnipotente (El-Shadday = el Dios Todosuficiente) os de misericordia delante de aquel varón (v. 14). Jacob apela al nombre con que Dios se había revelado a su abuelo Abraham (17:1), pues nadie, excepto el Todosuficiente, podía ayudar a un pobre padre que temblaba por la pérdida probable de su hijo menor tras haber perdido a su favorito José. Jacob había cambiado, hacía tiempo, un hermano furioso en amable mediante un presente y una oración; y ahora usa los mismos medios, con el mismo feliz resultado.
Versículos 15–25
Los hijos de Jacob, después de conseguir el consentimiento de su padre para llevar consigo a Benjamín, descendieron por segunda vez a Egipto a comprar grano. Si supiésemos lo que significa tener hambre de la palabra de Dios, estaríamos más prestos a viajar lejos, si ello fuera necesario, en busca del alimento espiritual, que lo estuvieron ellos por ir en busca del alimento corporal. A continuación tenemos
el relato de lo que pasó entre ellos y el mayordomo de José. Tuvieron temor, cuando fueron llevados a casa de José (v. 18). Pensaban que se les iba a interrogar acerca del dinero encontrado en la boca de los sacos, y serían tenidos por unos timadores. Por consiguiente, expusieron el caso al mayordomo y como prueba evidente de su honradez, presentaron el dinero anterior juntamente con el que traían para comprar nuevo grano. El mayordomo les animó diciéndoles: Paz a vosotros, no temáis.
E inmediatamente les incita a ver en la devolución del dinero una bendición de la divina providencia: Vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales (v. 23). Con esto les cierra la boca para que no pregunten sobre el dinero, como si les dijera: «No preguntéis cómo llegó aquí; la Providencia os lo trajo, y eso os debe bastar». Por lo que dijo parece ser que con las instrucciones de su buen amo fue atraído al conocimiento del verdadero Dios, el Dios de los hebreos.
Versículos 26–34
I. El gran respeto que los hermanos de José le mostraron. Cuando le trajeron el presente se inclinaron ante él hasta la tierra (v. 26), y de nuevo, al responderle acerca de la salud de su padre, se inclinaron, e hicieron reverencia, tras referirse a Jacob como tu siervo, nuestro padre (v. 28). Así, los sueños de José se iban cumpliendo más y más.
II. La gran amabilidad que José les mostró, cuando estaban lejos de pensar que fuese una amabilidad fraternal. Aquí tenemos:
1. Su amable interés por Jacob: ¿Vive todavía? (v. 27).
2. El amable interés que mostró igualmente por su hermano Benjamín. (A) Elevó una oración por él: Dios tenga misericordia de ti, hijo mío (v. 29). (B) Derramó abundantes lágrimas por causa de él (v. 30). Las lágrimas de ternura y afecto no son ningún desdoro, incluso en ojos de grandes y sabios.
3. Cuando se calmó su llanto y se pudo contener, se sentó a comer con ellos, los trató con nobleza digna de su rango, pero dándose maña también para hallar cualquier medio de divertirles.
Ordenó preparar tres mesas, una para sus hermanos, otra para los egipcios que comían con él (—ya que para los egipcios era abominación comer con los hebreos—v. 32), y otra para sí, que no podía comer con los egipcios y, por otra parte, aún no se había declarado hebreo ante sus hermanos.
Colocó a sus hermanos por orden de edad, de mayor a menor (v. 33).
Les sirvió un opíparo banquete, tomando viandas de delante de sí para ellos (v. 34). Este fue un gesto tanto más generoso y obsequioso, cuanto que a la sazón era tan grande la escasez de provisiones. Las preocupaciones y temores habían pasado ya, y comieron y bebieron con gozo, y sacaron la conclusión de que caminaban sobre buen pie en su relación con aquel hombre, que era el señor de la tierra. José les dio a entender que Benjamín era su favorito, pues la porción de Benjamín era cinco veces mayor que cualquiera de las de ellos (v. 34).
Después de haber obsequiado a sus hermanos, José les despidió; pero aquí les tenemos otra vez de vuelta con un susto mayor que cualquiera de los que habían tenido antes. El episodio sirvió para que José se convenciera de la sinceridad del arrepentimiento de sus hermanos, al ver la preocupación de todos ellos, especialmente de Judá, tanto por la seguridad de Benjamín como por el consuelo de su anciano padre.
Versículos 1–17
José muestra nuevas finezas hacia sus hermanos, les llena los sacos, les devuelve el dinero, y los despide llenos de alegría; pero los ejercita con una nueva prueba también. José ordena a su mayordomo que ponga su valiosa copa de plata, la copa sagrada, en la que bebía y por la que obtenía oráculos, en la
boca del saco de Benjamín, para que parezca como si él la hubiese robado de la mesa y la hubiese puesto allí, después que le fue entregado el trigo.
I. Cómo fueron perseguidos y arrestados los supuestos criminales, bajo sospecha de haber robado una copa de plata. El mayordomo les acusó de ingratitud.
II. Cómo hicieron ellos protestas de inocencia, y se ofrecieron a ser sometidos al castigo más severo si eran encontrados culpables (vv. 9–10).
III. Cómo quedó Benjamín inculpado del robo, pues la copa se halló en su saco. Entonces ellos no se atrevieron a inculpar a José de injusticia, ni siquiera a sugerir que quizás el que había puesto en sus sacos el dinero, habría puesto allí la copa, sino que se abandonaron totalmente a la misericordia de José.
IV. Aquí tenemos la humilde sumisión de ellos (v. 16). 1. Reconocen la justicia de Dios: Dios ha hallado la maldad de tus siervos (v. 16), quizá refiriéndose a la injuria que habían hecho anteriormente a José, por la que pensarían que Dios les estaba ahora ajustando las cuentas. 2. Se entregaron a José como prisioneros: Nosotros somos siervos de mi señor. Ahora los sueños de José se cumplían al máximo.
V. José, con aires de justicia, sentencia que sólo Benjamín se quede como esclavo, y que los demás sean despedidos, ya que ¿por qué habría de sufrir ningún otro, sino el culpable? Está claro que lo que intentaba con esto era poner a prueba el afecto de sus hermanos hacia Benjamín y hacia su padre. Si ellos se hubiesen marchado contentos, y hubieran dejado en prisión a Benjamín, no cabe duda de que José le habría soltado inmediatamente y le habría promovido a un alto cargo, enviando un comunicado a Jacob, y habría hecho que el resto de sus hermanos quedasen allí a sufrir por la dureza de sus corazones; pero ellos demostraron profesar hacia Benjamín un afecto más profundo de lo que él temía. Los que habían vendido a José no querían ahora abandonar a Benjamín. Las peores cosas pueden enmendarse a tiempo.
Versículos 18–34
Discurso habilísimo y extremadamente patético que dirigió Judá a José en favor de Benjamín para obtener su rescate. Quizá Judá era mejor amigo de Benjamín que los demás, o los demás eligieron a Judá como portavoz, por tener Judá mayor facilidad de lenguaje que ninguno de ellos.
I. El discurso carece de todo artificio y de retórica forzada. 1. Se dirige a José con todo respeto y deferencia. 2. Se refirió a Benjamín como a quien era digno de consideración compasiva (v. 20); era pequeño aún, en comparación con los demás; el más joven, criado tiernamente con su padre. Para mover con mayor fuerza a José a compasión, añadió que sólo él había quedado de los hijos de su madre, pues había muerto el único hermano que tenía, a saber, José. 3. Arguyó con gran acierto que José mismo les había constreñido a traer con ellos a Benjamín ¿No había sido traído a Egipto por obedecer el mandato de José? ¿Y no habría él de mostrar hacia Benjamín un poco de misericordia? 4. El argumento más fuerte en que insistió fue la pena insoportable que su anciano padre sufriría si Benjamín se quedaba allí como esclavo: «El joven no puede dejar a su padre porque si lo dejara, su padre moriría» (v. 22); mucho más le afectaría esto a su padre, si el joven quedase allí para no volver jamás a su casa. Esto es lo que Judá enfatiza con gran ahínco: Su vida está ligada a la vida de él (v. 30). 5. Judá, hace honor a la justicia de José, y para mostrar la sinceridad de su apelación, se ofrece a sí mismo a quedarse como esclavo en lugar de Benjamín (v. 33). Pero ni Jacob ni Benjamín necesitaban un intercesor ante José, porque él mismo les amaba.
II. Hagamos algunas consideraciones sobre todo esto. 1. Notemos con qué prudencia suprimió Judá toda mención del crimen por el que Benjamín había sido acusado. 2. Cuánta razón tenía Jacob cuando, en su lecho de muerte, dijo: Judá, te alabarán tus hermanos (49:8), porque él los superó a todos en denuedo, sabiduría, elocuencia y, especialmente, en ternura hacia su padre y su familia. 3. La fiel adhesión de Judá a Benjamín, que ahora se encontraba en tan grave apuro, fue recompensada mucho después por la constante adhesión de la tribu de Benjamín a la tribu de Judá, cuando las demás diez tribus se habían separado. 4. Cuán acertadamente observa el autor de la Epístola a los hebreos, cuando está hablando de la
mediación de Cristo, que nuestro Señor surgió de Judá (He. 7:14), porque, como su padre Judá, no sólo intercedió por los transgresores, sino que salió fiador por ellos.
Es una pena que este capítulo esté separado del anterior, y que se lea aparte. En el capítulo anterior veíamos la intercesión de Judá a favor de Benjamín. José le dejó hablar sin interrumpirle y, después de oír todo lo que tenía que decir, le contestó a todo con estas tres solas palabras: «Yo soy José» (v. 3). Ahora veía José a sus hermanos, (a) humillados por sus pecados, (b) recordándole a él (pues Judá le había mencionado dos veces en su discurso), (c) respetuosos hacia su padre y (d) muy afectuosos hacia su hermano Benjamín. Tremenda fue la sorpresa, mezclada de terror, que tuvieron los hijos de Jacob al oír de labios del primer ministro de Egipto: Yo soy José.
Versículos 1–15
Judá y sus hermanos estaban esperando la respuesta de José.
I. José ordenó a todos los servidores que se retiraran (v. 1). Siempre resultan más sinceras y llenas de sana libertad las conversaciones a solas entre amigos. También el Señor manifiesta su gracia y su misericordia a su pueblo, de una manera especial, lejos de la vista y del ruido de este mundo.
II. Las lágrimas fueron el prólogo de las palabras de José (v. 2). Eran lágrimas de gran ternura y afecto.
III. Sin más preámbulos les dice quién es: Yo soy José. Sólo le conocían por su nombre egipcio, Safnat-Panéaj, habiéndose perdido y olvidado en Egipto su nombre hebreo; pero ahora les invita a llamarle por él. Así Cristo, cuando quiso convencer a Pablo, le dijo: Yo soy Jesús; y cuando quiso animar a sus discípulos, les dijo: Soy yo, no temáis. Así, cuando Cristo se muestra a los suyos les anima a que se acerquen a él con corazón sincero (He. 10:22).
IV. Se esfuerza en mitigar el pesar de ellos por las injurias que habían cometido contra él mostrándoles cuánto bien había sacado Dios de todo ello: No os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá (v. 5). Los pecadores deben apenarse por sus pecados; pero las personas verdaderamente arrepentidas habrían de sentirse profundamente afectadas al ver cómo saca Dios bienes de los males. A continuación, les dice José cuánto tiempo resta todavía de hambre: cinco años (v. 6), y qué oportunidades tenía él para favorecer a sus parientes y amigos: Dios me envió delante de vosotros (vv. 5, 7). 1. El Israel de Dios es objeto de un cuidado especial por parte de la Providencia de Dios. 2. La Providencia tiene una vista muy larga, y tiene asimismo un brazo muy largo. El salmista alaba a Dios por esto: Envió a un varón delante de ellos, a José (Sal. 105:17). Dios ve su propia obra desde el principio hasta el fin, pero nosotros no (Ec. 3:11). 3. Dios obra a menudo por medios que parecen contrarios. Muchos de los que dieron muerte a Cristo fueron salvos por su muerte. 4. A Dios debe ser toda la gloria: No me enviasteis acá vosotros, sino Dios (v. 8). No deben ellos estar orgullosos por lo sucedido, porque ha sido obra de Dios, no de ellos.
V. Promete tomar a su cargo a su padre y a toda la familia durante el resto de los años de hambre. 1. Sus hermanos deben darse prisa en ir a Canaán e informar a Jacob de que su hijo José es gobernador en toda la tierra de Egipto (vv. 8, 9). Si algo podía rejuvenecer a Jacob, sería esto. 2. Muestra gran interés en que su padre y toda su familia vengan a él, a Egipto: Ven a mí, no te detengas (v. 9). Los piensa alojar en Gosén y proveer allí para ellos: Allí te alimentaré (v. 11). También en esto es tipo de Cristo, quien habiendo sido exaltado a los más altos honores y poderes del más alto Cielo, quiere que todos los suyos estén donde está él (Jn. 17:24).
VI. Después intercambió con sus hermanos expresiones de ternura. Comenzó por el más joven, su propio hermano Benjamín que era todavía un niñito de poco más de un año cuando José fue vendido por sus hermanos. Después de abrazar a Benjamín también besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos (v. 15); y después sus hermanos hablaron con él.
Versículos 16–24
I. La amabilidad de Faraón hacia José y hacia sus hermanos en atención a él, pues les dio la bienvenida (v. 16), aunque era tiempo de escasez y podía parecer que le iban a resultar una carga. Encargó igualmente a José que enviase a traer a su padre a Egipto, comprometiéndose a equiparle de todo lo necesario y conveniente tanto para su traslado como para su establecimiento allí. No tenía por qué preocuparse de sus enseres, pues toda la riqueza de la tierra de Egipto estaría a su disposición (v. 20). En comparación con lo que les reservaba en Egipto, todo lo que tenían en Canaán no era más que enseres.
II. La amable generosidad de José para con su padre y sus hermanos. Faraón respetaba grandemente a José, agradecido por el mucho bien que había recibido por medio de él. Este mismo respeto mostraba José, por los lazos de sangre, hacia su padre y sus hermanos. Les dio gran cargamento, con abundantes provisiones para la ida y para a la vuelta. A cada uno de todos ellos dio mudas de vestidos, y a Benjamín dio trescientas piezas de plata, y cinco mudas de vestidos (v. 22). A su padre envió un estupendo presente de todas las especialidades de Egipto (v. 23). Después les despidió con una advertencia muy sensata: No riñáis por el camino (v. 24). Después de perdonarles a todos, José les impone la obligación de que ya no se recriminen mutuamente por lo pasado. El Señor Jesús nos da el mismo encargo, después de habernos perdonado misericordiosamente: Amaos los unos a los otros (Jn. 23:34), porque: 1. Somos hermanos, ya que tenemos un mismo Padre. 2. Somos sus hermanos, y cubrimos de vergüenza nuestra relación fraternal con el que es nuestra paz (Ef. 2:14), si mantenemos discordia o enemistad entre nosotros. 3. Somos culpables, muy culpables y, en lugar de altercar unos con otros, tenemos todas las razones para reñirnos a nosotros mismos.
Versículos 25–28
Las buenas nuevas son llevadas a Jacob. Al principio, su corazón se afligió, porque no los creía (v. 26). Oír que José estaba vivo era una noticia demasiado buena para ser verdadera. Desfallece, porque no cree, lo mismo nos ocurre a nosotros: desfallecemos por no creer. Jacob había creído fácilmente a sus hijos cuando le dijeron: José está muerto; pero le resulta difícil creerles ahora que le dicen: José está vivo. El temor ejerce mayor influjo que la esperanza sobre las personas de ánimo débil y sensible. A la larga, Jacob se convence de la verdad del relato, especialmente cuando ve los carros que José enviaba para llevarlo (v. 27). No dice nada de la gloria de José, que tanto le han ponderado, le basta con saber que José está vivo todavía (v. 28).
Este capítulo nos refiere el traslado de Jacob a Egipto con toda su familia, de la que se hace un recuento detallado, y la bienvenida que le dio su hijo José.
Versículos 1–4
I. De camino para Egipto, Jacob prestó su reconocimiento a Dios. Vino a Beerseba, desde Hebrón donde ahora vivía; y allí ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac (v. 1). Allí había invocado Abraham el nombre de Jehová Dios eterno (21:33), y lo mismo hizo Isaac (26:25). En este caso, Jacob: 1. Tenía puesta la mirada en Dios como el Dios de su padre Isaac, esto es, el Dios del pacto con él. 2. Ofreció sacrificios: (A) En prueba de agradecimiento por el bendito cambio operado recientemente en el rostro espiritual de su familia, por las buenas noticias que había recibido respecto de José, y por la firme
esperanza que abrigaba de volver a verle. (B) Para implorar que Dios le acompañase con su presencia en el viaje que iba a emprender. (C) Para consultar la voluntad de Dios. Los gentiles consultaban sus oráculos por medio de sacrificios. Jacob tampoco quería marchar sin obtener el consentimiento de Dios.
II. Dios dirigió todos sus pasos: Habló Dios a Israel en visiones de noche (v. 2). Si le hablamos a Dios como es debido, Él no dejará de hablarnos a nosotros. ¿Qué tenía Dios que decirle a Jacob?
1. Primeramente, le renueva el pacto con estas palabras: Yo soy Dios, el Dios de tu padre (v. 3).
2. Le anima a efectuar el traslado de su familia: No temas descender a Egipto. El gozo debe sustituir al temor cuando oímos la voz de Dios. Jacob estaba muy preocupado por este viaje, y Dios lo tenía todo en cuenta. (A) Él era viejo, y el viaje era largo. (B) Abrigaba ciertos temores de que sus hijos se contaminasen con la idolatría de Egipto y se olvidasen del Dios de sus padres, o que se enamorasen de los placeres de Egipto y se olvidasen de la tierra prometida.
3. Le promete consuelo y ayuda para el traslado diciéndole: (A) Que se multiplicarían grandemente en Egipto (v. 3). (B) Que Su presencia le acompañaría durante el viaje: Yo descenderé contigo a Egipto (v. 4). (C) Que ni él ni los suyos se perderían en Egipto. Aunque Jacob murió en Egipto, esta promesa se cumplió. (a) Cuando su cadáver fue traído desde Egipto para ser sepultado en Canaán. (b) Cuando su descendencia se estableció más tarde en Canaán. Por muy ensombrecido que esté el valle por el que tengamos que atravesar alguna vez bajo el llamamiento de Dios, podemos marchar confiados, pues si Dios desciende con nosotros al valle, de seguro que nos acompañará para remontarlo de nuevo. Incluso cuando descienda con nosotros hasta el sepulcro, de cierto nos hará ascender después hasta la gloria. (D) Que, vivo o muerto su amado José sería su apoyo y consuelo: La mano de José cerrará tus ojos.
Versículos 5–27
Los hijos de Jacob se llevan a su padre a Egipto. Nunca le habría pasado por la cabeza que tendría que marcharse de Canaán, pues, sin duda, esperaría morir en su nido y dejar a su descendencia en posesión de la Tierra Prometida; pero la Providencia lo ordenaba de otra manera. Buena cosa es estar preparado, no sólo para el sepulcro, sino para cualquier cosa que haya de ocurrir entre nuestro estado actual y el sepulcro. En los versículos siguientes, tenemos registrados los nombres no sólo de los hijos de Jacob, sino también de los hijos de sus hijos, la mayoría de los cuales son mencionados posteriormente como cabezas de familia en las distintas tribus. Ahora que Jacob se trasladaba a un país de abundancia, no iba a dejar tras sí a ninguno de los suyos en una tierra de escasez para que se muriesen de hambre. Hacía ahora 215 años desde que Dios había prometido a Abraham hacer de él una gran nación (12:2); con todo, aquella rama de su descendencia, a la que estaba vinculada la promesa, había crecido sólo hasta el número de setenta. Cuando a Dios le place, El más pequeño vendrá a ser toda una tribu (Is. 60:22).
Versículos 28–34
I. El gozoso encuentro entre Jacob y su hijo José, respecto al cual se puede observar:
1. La prudencia de Jacob en enviar delante de sí a Judá para ver a José y comunicarle su próxima llegada a Gosén (v. 28).
2. El respeto filial que mostró José a Jacob. Salió en su carroza al encuentro de su padre y en esa primera entrevista mostró: (A) Cuánto le honraba. (B) Cuánto le amaba. El tiempo no le había desgastado el sentido de sus obligaciones, pero las lágrimas que derramó abundantemente sobre el cuello de su padre, de gozo por verle, indicaban realmente el profundo y sincero afecto que le profesaba.
3. La gran satisfacción de Jacob al encontrarse con su hijo.
II. La prudencia de José en la preocupación por el establecimiento de la residencia de sus hermanos. Hubo un tiempo en que ellos maquinaban cómo deshacerse de él; ahora él está planeando el modo de asentarlos para su satisfacción y comodidad; esto es devolver bien por mal. 1. José quiso que viviesen en Gosén, que era la región del país más cercana a Canaán y que probablemente era la menos poblada por los egipcios, ademas de que en ella podían encontrar abundantes pastos para el ganado. Así conseguía que viviesen separadamente, a fin de que tuviesen menor peligro de ser infectados por los vicios de los
egipcios y menor peligro también de ser insultados o vejados por los nativos del país. 2. Quería que continuasen con su oficio de pastores y no se avergonzasen delante de Faraón de su oficio. Es preferible alcanzar prestigio en un puesto inferior que sufrir vergüenza en un puesto superior.
En este capítulo se nos refiere primeramente la presentación que hizo José de sus hermanos y de su padre al Faraón, así como las medidas de gran prudencia que adoptó José en un asunto muy crítico entre el rey y el pueblo a causa de la creciente escasez de grano entre los particulares; las gentes llegaron a quedarse sin dinero para comprarlo de los graneros del Estado, y finalmente tuvieron que empeñar sus haciendas y sus personas para poder sobrevivir.
Versículos 1–12
I. El respeto que, como súbdito, mostró hacia el rey. Aunque había obtenido de él mandato explícito para que enviase a traer a su padre a Egipto, no quiso, sin embargo, que se estableciera allí sin notificarlo antes a Faraón (v. 1).
II. El respeto que, como hermano, mostró hacia sus hermanos.
1. Aunque era un hombre encumbrado en la más elevada posición del reino después de Faraón, y ellos ocupaban una posición despreciable y de poca importancia, especialmente para los egipcios, no desdeñó reconocerlos públicamente como hermanos suyos. No toda rama ocupa en un árbol la posición más elevada; pero, ¿acaso por no estar en la copa del árbol, será menos rama? El Señor Jesús, como aquí José, no se avergüenza de llamarnos hermanos (He. 2:11).
2. A pesar de que eran extranjeros y no eran cortesanos, los presentó a Faraón. Una vez introducidos a la presencia del rey, y conforme a las instrucciones que José les había dado, le dicen: (A) El oficio que tenían, que eran pastores (v. 3). Nótese que cuantos tienen un lugar en este mundo deberían tener en él un empleo de acuerdo a su capacidad. Los gobernantes habrían de investigar la ocupación en que se emplean sus súbditos, como quienes tienen el encargo de velar por el bienestar público, puesto que los holgazanes son como los zánganos en la colmena, cargas inútiles de la comunidad. (B) El motivo por el que se encontraban en Egipto, que no era sino morar allí por algún tiempo, mientras prevalecía tan agudamente el hambre en Canaán.
3. José obtuvo para sus hermanos el permiso real para asentarse en la tierra de Gosén (vv. 5–6). Esta fue una prueba de la gratitud de Faraón a José. Incluso les ofreció el rey el puesto de mayorales en su propio ganado.
III. El respeto que, como hijo, mostró José hacia su padre.
1. Lo presentó al Faraón (v. 7). En esta ocasión:
A) Faraón le hizo a Jacob una pregunta corriente: ¿Cuántos son los días de los años de tu vida? (v. 8). Una pregunta que se hace comúnmente a los ancianos, porque es cosa natural el que admiremos y reverenciemos la ancianidad (Lv. 19:32).
B) Jacob da a Faraón una respuesta poco corriente (v. 9). Habla en tono patriarcal, y con aire de seriedad para instrucción de Faraón. Obsérvese: (a) Que llama a su vida peregrinación, considerándose a sí mismo extranjero en este mundo y viajero hacia otro mundo; esta tierra es su posada, no su morada. (b) Cuenta su vida por días. (c) Atribuye a sus días tres características, pues dice de ellos que eran: Primeramente, pocos. En segundo lugar, malos. La vida de Jacob, es cierto, estaba tejida de malos días; los días más placenteros estaban ahora delante de él. En tercer lugar menos que los días de los años de sus padres, menores en número y más llenos de aflicciones.
C) Jacob tomó la iniciativa en la conversación con Faraón tanto en el encuentro como en la despedida, Jacob bendijo a Faraón (vv. 7, 10) y oró por él, como quien tiene autoridad de profeta y de patriarca.
Versículos 13–26
Ahora José vuelve al desempeño de la gran tarea que Faraón había puesto en sus manos. Seguramente que le habría gustado marcharse a vivir con su padre y sus hermanos en Gosén; pero su cargo no se lo permitía. En las transacciones de José con los egipcios, son de observar:
I. El extremo al que Egipto y las regiones adyacentes habían sido reducidos por el hambre. 1. Aquí se ve la absoluta dependencia que tenemos de la Providencia de Dios. Si sus favores corrientes, ordinarios, se suspendieran por un momento, moriríamos, todos pereceríamos. Toda nuestra fortuna, por considerable que sea, no nos preservaría de morir de hambre, con sólo que la lluvia no descendiera del Cielo durante dos o tres años. Viendo cuán a merced de Dios estamos, deberíamos ofrecerle siempre nuestro amor. 2. Podemos ver también cuán cara pagamos nuestra falta de previsión. Si todos los egipcios hubiesen hecho por sí mismos en los siete años de abundancia lo que hizo José por Faraón, no se verían ahora en esta estrechura.
II. El precio que tuvieron que pagar para obtener el necesario suministro de grano. 1. Se desprendieron de todo el dinero que poseían (v. 14). El oro y la plata no les servían para comer, sino el grano. 2. Cuando se acabó el dinero, tuvieron que desprenderse de todo su ganado, tanto del necesario para las labores como los caballos y los asnos, cuanto del necesario para alimentarse, como los rebaños de ovejas y vacas (v. 17). Faraón vio entonces en la realidad lo que había visto en sueños: nada, sino vacas flacas. 3. Una vez que habían vendido los ganados y enseres de labor, fue fácil persuadirse a sí mismos a vender también sus tierras, pues ¿para qué les servían ya, cuando no tenían trigo para sembrar ni ganado para pastar ni comer? Así que las vendieron también, a fin de poder conseguir grano. 4. Cuando ya la tierra estaba vendida, de modo que ya no tenían de qué vivir, no les quedaba otro recurso que venderse a sí mismos, para poder vivir puramente de su trabajo. Nótese que Piel por piel, todo lo que el hombre tiene incluso su libertad y su propiedad (esos dos gemelos tan codiciados y conservados), dará por su vida (Job 2:4), porque la vida es muy dulce.
III. El método que usó José para realizar las transacciones entre el rey y el pueblo. 1. En cuanto a las tierras, no necesitó llegar a ningún arreglo con la gente mientras duraron los años de hambre; pero, después que éstos pasaron, llegó a un acuerdo del que parece ser que ambas partes quedaron satisfechas, pues la gente podía ocupar y disfrutar sus tierras, conforme a él le pareció bien asignárselas, y sembrarlas con el cupo de semilla de los graneros del rey para su propio uso y provecho, y pagar sólo una quinta parte de los productos anuales a la corona en concepto de renta. Esto se convirtió en una ley estable para el país (v. 26). Es fácil de observar cuán fiel fue José al que le había nombrado para el cargo. No se echó un céntimo a su bolsillo, ni dio un palmo de tierra a su familia, sino que todo lo puso enteramente en manos de Faraón. 2. En cuanto a las personas, las trasladó a las ciudades (v. 21). Las trasplantó. Por muy duro que esto les resultase, ellos lo tuvieron en aquellas circunstancias por un gran favor, y estaban agradecidos de no haber sido trasladados de peor modo: La vida nos has dado (v. 25).
IV. La excepción que hizo en favor de los sacerdotes, los cuales eran mantenidos a costa de Faraón y, por tanto, no necesitaron vender sus tierras (v. 22).
Versículos 27–31
1. La comodidad con que vivió Jacob (vv. 27–28); mientras los egipcios se estaban empobreciendo en su propio país, Jacob se estaba enriqueciendo en un país ajeno. 2. Los cuidados de que se vio rodeado antes de morir. Al fin, llegaron los días de Israel para morir (v. 29). Ahora la preocupación de Jacob se centraba en su funeral: (A) Quería ser enterrado en Canaán, pues ésa era la tierra prometida, y era también tipo del Cielo, esa mejor patria que los que esto dicen, claramente dan a entender que la buscan (He. 11:14). Aspiraba a una buena tierra, que sería su descanso y su felicidad más allá de la muerte. (B) Hizo jurar a José que le llevaría allá para sepultarlo (vv. 29, 31). (C) Hecho esto, Israel se inclinó sobre la cabecera de la cama, como si se ofreciera al golpe de la muerte (comp. con Jn. 19:30: «Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu»).
Al acercarse la hora en que Jacob iba a morir, bendijo a Efraím y a Manasés, hijos de José, como si fuesen sus propios hijos, y lo hizo así cabezas de tribu, y dio la bendición de primogenitura a Efraím a pesar de ser el menor. Termina el capítulo con el legado especial que Jacob hace a favor de José.
Versículos 1–7
I. José visita a su anciano padre (v. 1). Visitar a los enfermos con quienes tenemos lazos que nos obligan o, simplemente, a quienes tenemos oportunidad de hacer algún bien, es nuestro deber. José tomó consigo a sus hijos para que recibiesen la bendición de su moribundo abuelo. Efraím y Manasés nunca olvidarían lo que pasó en aquellos momentos.
II. Jacob, al enterarse de la visita de su hijo, se preparó todo lo mejor que pudo para recibirle (v. 2). Nótese que es cosa muy buena para los enfermos y ancianos estar todo lo vivaces y alegres que puedan, para no desfallecer en el día de la adversidad. Esfuérzate, como Jacob en esta ocasión, y Dios te fortalecerá (v. Fil. 4:13).
III. En recompensa a José, por todas las atenciones que de él había recibido, adoptó a sus dos hijos. En esta cédula de adopción hay: 1. Una especial referencia a la promesa que Dios le había hecho: «El Dios Omnipotente me bendijo» (v. 3). Esta bendición era la que Jacob quería vincular a los hijos de José. 2. Una expresa recepción de los hijos de José en la familia, en condición porigual a la de los demás hijos de Jacob: Míos son (v. 5); «no son sólo mis nietos, sino que son también mis hijos». Explica esto en el versículo 16: Sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres. Así este anciano y moribundo patriarca enseña a estos jóvenes a no mirar a Egipto como su hogar y a no incorporarse al pueblo egipcio, sino a participar en la suerte del pueblo de Dios, como hizo después Moisés en una tentación similar (He. 11:24–26). Quienes, mediante la gracia de Dios, superan las tentaciones de la riqueza temporal y de los puestos eminentes en este mundo, y se abrazan a la pobreza y a la desdicha por causa de los valores espirituales, son dignos de doble honor. Jacob hace igualmente mención de Raquel, la madre de José y esposa bienamada suya (v. 7), y se refiere al episodio de su muerte y sepultura (35:19). Quienes eran para nosotros como parte de nuestro propio ser están muertos y enterrados, ¿y nos parecerá gran cosa el que les sigamos por la misma senda?
Versículos 8–22
I. La bendición que Jacob impartió a los dos hijos de José, la cual es más notable por la mención que de ella hace el autor de la Epístola a los Hebreos (He. 11:21).
1. Jacob estaba ciego a causa de su avanzada edad (v. 10), lo mismo que había sucedido a su padre en su ancianidad. Nótese que quienes tienen el honor de la longevidad, deben soportar con buen ánimo las cargas que tal privilegio comporta. Los ojos de la fe pueden estar muy claros y serenos cuando los ojos del cuerpo están oscuros y nublados.
2. Jacob estaba muy encariñado de los hijos de José. ¡Con qué satisfacción dice Jacob ahora (v. 11), No pensaba yo ver tu rostro (habiéndolo tenido por perdido durante muchos años), y he aquí que Dios me ha hecho ver también a tu descendencia!
3. Antes de pronunciar su bendición, hace un recuento de las experiencias de la bondad de Dios hacia él. (A) Dios le había mantenido desde el primer momento de su existencia hasta aquel día (v. 15). Nótese que, por todo el tiempo que hemos vivido en este mundo, hemos experimentado continuamente la bondad de Dios hacia nosotros, al proveer para el sustento de nuestra vida natural. Quien nos ha mantenido durante toda la vida, de cierto no nos abandonará al final. (B) Dios le había libertado de todo mal mediante su ángel (v. 16).
4. Al conferirles la bendición y el nombre de Abraham e Isaac, les recomienda seguir el ejemplo de ellos (v. 15). Llama a Dios El Dios en cuya presencia anduvieron sus padres Abraham e Isaac, esto es, en quien ellos creyeron, a quien ellos estuvieron atentos y obedecieron.
5. Al bendecirles, cruzó sus manos. José los había colocado de forma que la derecha de Jacob estuviese sobre la cabeza de Manasés, que era el mayor (vv. 12–13). Pero Jacob la puso sobre la cabeza de Efraím, el más joven (v. 14), y le explicó a José que sabía lo que hacía, y que no era una equivocación ni una broma, ni siquiera por favoritismo hacia Efraím, sino llevado por el espíritu de profecía y acomodándose a los designios de Dios. Manasés habría de ser grande, pero Efraím sería de cierto mayor. Josué era de esta tribu, y también lo fue Jeroboam. La tribu de Manasés se dividió, y quedó una mitad del otro lado del Jordán, y la otra mitad del otro lado, lo cual le restó poder y prestigio. En previsión de esto, Jacob cruzó las manos. Nótese que la gracia no sigue el orden de la naturaleza, ni prefiere Dios a los que pensamos que son más aptos para cualquier servicio, sino que hace las cosas conforme a su beneplácito. Es de notar cuántas veces ha puesto Dios al más joven por delante del mayor, al otorgar los favores distintivos de su pacto: Abel por encima de Caín, Sem sobre Jafet, Abraham sobre Nacor y Harán, Isaac sobre Ismael, Jacob sobre Esaú, Judá y José sobre Rubén, Moisés sobre Aarón, David y Salomón sobre sus respectivos hermanos mayores (v. 1 S. 16:7).
II. Las especiales señales de su favor a José. Le dejó, como un sagrado depósito, la promesa de su retorno de Egipto: Yo muero, pero Dios estará con vosotros y os hará volver (v. 21). Estas palabras de Jacob nos llenan de consuelo cuando contemplamos la muerte de nuestros amigos. Dios nos llevará a la tierra de nuestros padres, la Canaán celestial, adonde nuestros piadosos mayores han ido delante de nosotros. Si Dios está con nosotros mientras pasamos por este mundo, y nos ha de recibir en breve para estar con los que han marchado por delante para estar en otro mundo mejor, no nos hemos de entristecer como los demás que no tienen esperanza (1 Ts. 4:13).
Este capítulo es todo él una profecía. Jacob está en su lecho de muerte, y pronuncia su testamento. Los doce hijos de Jacob fueron, en su día, hombres de renombre, pero las doce tribus de Israel, que descendían de ellos, y de ellos recibieron su nombre, fueron mucho más renombradas. Ante la visión profética de esto, su padre moribundo dice algo muy notable de cada hijo, o de la tribu que había de llevar su nombre. Termina el capítulo con el relato concerniente a su sepelio.
Versículos 1–4
I. El prefacio a esta profecía, en el cual Jacob hace juntar a sus hijos. 1. Fue un gran consuelo para Jacob, ahora que estaba a punto de morir, ver a todos sus hijos en torno de su lecho. Su repetida llamada a que se juntaran (vv. 1, 2) insinuaba un mandato a unirse con amor y formar todos un solo pueblo. 2. Se anticipa una idea general del discurso que va a pronunciar: Os declararé lo que os ha de acontecer en los días venideros (v. 1); no a sus personas, sino a su posteridad. 3. Les pide atención: Oíd, y escuchad a vuestro padre Israel (vv. 2). Como si dijera: «Israel, que ha prevalecido con Dios, ha de prevalecer también con vosotros».
II. La profecía concerniente a Rubén. Comienza por él porque era el primogénito (vv. 3–4); pero, por haber cometido aquella vileza con la mujer de su padre, perdía las prerrogativas de la primogenitura. Tendrá todos los privilegios de un hijo, pero no los de un primogénito. Ni juez, ni profeta, ni príncipe, se encuentran en esta tribu, ni persona alguna de renombre, excepto Datán y Abiram, que se mencionan por su impía rebelión contra Moisés (Nm. 16). Rubén mismo parece haber perdido toda influencia sobre sus hermanos, a pesar de ser el primogénito, pues no le escucharon cuando les habló (42:22). La marca característica, impuesta a Rubén, marca debida a su infamia, es que era presuroso (o inestable) como las aguas (v. 4). 1. Su virtud era inestable; no tenía dominio de sí mismo ni de sus instintos. Los hombres no medran cuando no se establecen y echan raíces. 2. Consiguientemente, su honor era inestable; se marchó de él y quedó como agua derramada en el suelo. Nótese que quienes arrojan por la borda su virtud, no deben esperar que quede a salvo su reputación.
Versículos 5–7
1. El carácter de Simeón y el de Leví: eran hermanos de cualidades similares; pero, a diferencia de su padre, eran apasionados y vengativos, fieros e incontrolables; sus espadas, que debieron haber sido solamente armas de defensa, fueron armas de violencia (como dice el hebreo). Muchas veces no está en manos de los padres y educadores el formar las disposiciones de los hijos; Jacob crió a sus hijos en mansedumbre y paz y, sin embargo, éstos mostraron una furia desmedida. 2. Prueba de esto fue la cruel matanza de los siquemitas, de la que tan profundamente se resintió Jacob (34:30), y aún se resentía ahora. Simeón y Leví no se dejaban guiar por la experiencia de su anciano padre; preferían gobernarse por su propia pasión antes que por la prudencia de su padre. 3. La protesta de Jacob contra el bárbaro hecho de sus hijos: En su consejo no entre mi alma (v. 6). Con esto, no sólo expresa su odio a tales prácticas en general, sino también su inocencia respecto a tal hecho en particular. 4. Su odio hacia los brutos apetitos que les condujeron a tal iniquidad: Maldito su furor (v. 7). No maldice sus personas, sino su furor. Debemos distinguir con todo esmero entre el pecado y el pecador, de tal modo que ni hemos de amar el pecado por consideración hacia el pecador, ni hemos de odiar a la persona por causa de su pecado. 5. En señal de desagrado grande, anuncia de antemano a la posteridad que han de ser esparcidos en Israel (v. 7). Los levitas fueron esparcidos por todas las tribus, y la tribu de Simeón no se mantuvo unida. Esta maldición se convirtió después en bendición para los levitas, pero gravitó sobre los descendientes de Simeón, a causa del pecado de Zimrí (Nm. 25:14).
Versículos 8–12
De Judá se dicen aquí cosas gloriosas. Judá significa alabanza, y en alusión a esto, dice: Te alabarán tus hermanos (v. 8). Profetiza que: 1. La tribu de Judá será victoriosa y cosechará éxitos en la guerra. 2. Será superior a las demás tribus no sólo por su número y su renombre, sino por su dominio sobre ellas. De Judá sería el cetro (v. 10. V. Sal. 60:7). Esta tribu fue en vanguardia a través del desierto y en la conquista de Canaán (Jue. 1:2). 3. Habría de ser una tribu de fuerza y coraje, con cualidades para el mando y la conquista: Cachorro de león, Judá (v. 9). El león es el rey de las fieras; cuando agarra una presa, no hay quien le resista. Con esto se predice que la tribu de Judá llegaría a ser muy temible y que no sólo obtendría grandes victorias, sino que disfrutaría quieta y pacíficamente de lo conseguido mediante dichas victorias—que harían la guerra, no por la guerra misma, sino por causa de la paz—. Judá es comparado, no a un león rampante, siempre apresando, siempre matando, siempre despedazando, sino a un león agachado, satisfecho de su poder y de su éxito, sin crear peligros a los demás; esto es ser verdaderamente grande. 4. Había de ser la tribu regia, y de la que el Rey Mesías iba a proceder: No será quitado el cetro de Judá … hasta que venga Siloh (v. 10). Aquí Jacob prevé y predice: (A) Que el cetro vendría a la tribu de Judá, lo cual se cumplió en David, a cuya familia quedó vinculada la corona. (B) Que Siloh sería de esta tribu—su simiente—, aquella descendencia prometida, en la que sería bendecida la tierra: Aquél a quien le pertenece, o a quien le está reservado el cetro—nuestro divino Salvador—, saldrá de Judá. (C) Que, tras el venir el cetro a la tribu de Judá, continuaría en esta tribu. Desde el tiempo de David hasta la deportación de Babilonia, el cetro estuvo en Judá y, posteriormente, los gobernadores de Judea eran de esta tribu o de los levitas anejos a esta tribu (lo cual es equivalente), hasta que Judea se convirtió en una provincia romana justamente al tiempo del nacimiento del Salvador, y así fue censada (Lc. 2:1). Y al tiempo de su muerte, los judíos confesaron y reconocieron explícitamente: No tenemos otro rey que el César. Pero el ángel declaró a María que el niño que había de nacer de sus entrañas reinaría sobre la casa de Jacob para siempre, y que su reino no tendría fin (Lc. 1:33). 5. Habría de ser una tribu muy fructífera, abundaría especialmente en leche para los infantes y en vino para alegrar el corazón de los hombres fuertes (v. 11). Sus montes centellearían con el rojo de sus viñedos mientras que los valles estarían blancos de mieses listas para la siega (v. 12). Mucho de lo que aquí se dice de Judá puede aplicarse al Señor Jesús. En Él hay abundancia de todo lo nutritivo para el alma y de todo lo que constituye un refrigerio para el corazón, todo lo que sirve para mantener en nosotros la vida divina con el fruto del Espíritu; en Él tenemos vino y leche, las riquezas de la tribu de Judá, sin dinero y sin precio (Is. 55:1). Sus ojos también centellean como el vino (Ap. 1:14) y sus dientes son más blancos que la leche, por su pureza inmaculada.
Versículos 13–21
Esta parte de la profecía de Jacob concierne a seis de sus hijos.
I. De Zabulón (v. 13) dice que a su posteridad habría de corresponder el terreno de la costa, y que sus descendientes habrían de ser mercaderes, marineros y negociantes por mar. Esto se cumplió cuando la tierra de Canaán fue distribuida por suertes, y su límite occidental subió hasta el mar (v. Jos. 19:11).
II. De Isacar (vv. 14–15) dijo que los hombres de esta tribu serían fuertes y laboriosos, hechos para el trabajo e inclinados al trabajo, especialmente al trabajo de labranza, como el asno, que lleva su carga pacientemente y la encuentra más llevadera al acostumbrarse a ella. Isacar se sometió a dos cargas, la agricultura y la tributación. Fue una tribu que trabajó duramente y, al prosperar por ello, fue cargada con rentas y tributos.
III. Lo que se dice de Dan (vv. 16–17), se refiere, o a la tribu en general, dando a entender que, aunque Dan era uno de los hijos de las concubinas, habría de obtener ventaja sobre sus enemigos, usaría de sus mañas, de su sagacidad, de su rapidez para caer por sorpresa sobre su víctima, como una serpiente que de repente muerde el talón del caminante; o podría referirse al personaje más importante de la tribu de Dan, Sansón (Jue. cap. 13 y ss.). Dan habrá de ser incorporado a la tierra prometida con un título tan bueno como el de las demás tribus. Es de notar que algunos, como Dan, destacan en sutileza como la de la serpiente, mientras que otros, como Judá, destacan en el arrojo propio del león; y ambos pueden prestar un buen servicio a la causa de Dios contra los cananeos.
Así iba procediendo Jacob en su discurso; mas ahora se detiene un poco y descansa con aquellas palabras que podrían ser, o como un paréntesis, o como parte de la bendición a Dan, tribu que, por su posición, habría de estar más expuesta que las demás a las incursiones del enemigo: Tu salvación esperé, oh Jehová (v. 18).
IV. Respecto de Gad (v. 19), alude a su nombre, que significa también «tropa», previendo el carácter futuro de esta tribu, que habría de ser de talante guerrero (de ella era Jefté), como encontramos en 1 Crónicas 12:8: «Los de Gad … hombres de guerra muy valientes para pelea …». Preveía con ello que esta tribu, situada al otro lado del Jordán, estaría expuesta a las incursiones de sus vecinos, los moabitas y amonitas; y predice que las tropas de sus enemigos, en algunas escaramuzas, los vencerían; pero les asegura que ellos obtendrían las victorias definitivas, lo cual se cumplió en tiempos de Saúl y David, cuando los moabitas y amonitas fueron totalmente subyugados (V. 1 Cr. 5:18 y ss.). Nótese lo del adagio latino: Vincimur in praelio, sed non in bello = Somos vencidos en una batalla, pero no en la guerra. Es cierto que la gracia que Dios ha puesto en nuestra alma es muchas veces abatida en sus conflictos, pero la causa es de Dios y la gracia de Dios saldrá, al fin, vencedora; sí, más que vencedora (Ro. 8:37).
V. Respecto de Aser (v. 20), dice que había de ser una tribu muy rica, llena de todo, no sólo de pan para lo necesario, sino también de grosura y de cosas deleitosas, que Aser exportaría a otras tribus, y aun a otros países. Su futuro correspondería así a su nombre, pues Aser significa felicidad.
VI. En cuanto a Neftalí (v. 21), es tribu que comporta luchas según su nombre, y la bendición vinculada a ella es que, con la gracia y rapidez de sus movimientos, como una cierva suelta, prevalecerá y escapará de las emboscadas. Barac era de esta tribu (V. Jue. 4:6). Sus hijos serían también famosos por su elocuencia. Esta tribu sería, pues:
1. Como cierva cariñosa, amistosa y complaciente. 2. Como cierva suelta, celosa de su libertad. 3. Como cierva rápida (V. Sal. 18:33), veloz en despachar sus asuntos. Nótese que, entre los hijos de Dios, ha de encontrarse una gran variedad de cualidades, diferentes, y aun contrarias, unas de otras, pero todas ellas contribuyen a la belleza y a la fortaleza del cuerpo: Judá como un león, Isacar como un asno, Dan como una serpiente y Neftalí como una cierva.
Versículos 22–27
Jacob termina sus bendiciones por sus dos bienamados hijos, José y Benjamín; después de esto, exhalará su último suspiro.
I. La bendición que impartió a José es la más larga y llena. Le compara (v. 22) a una rama fructífera, porque Dios le había hecho fructificar en la tierra de su aflicción, como él mismo reconoce (41:52). Sus dos hijos eran como dos ramas de una vid, o de cualquier otra planta trepadora, extendiéndose sobre el muro (v. 22).
1. La providencia de Dios para con José (vv. 23–24). Obsérvense aquí: (A) Las estrechuras y aflicciones de José (v. 23). Aunque ahora vivía con honor y comodidad, Jacob le recuerda las dificultades por las que pasó anteriormente. Había tenido muchos enemigos, llamados aquí arqueros, expertos en hacer daño. Sus hermanos en casa de su padre, pensaron que habían acabado con él. Su dueña en casa de Potifar le asaltó desvergonzadamente en su castidad, lanzándole dardos contra los que no hay otra defensa que la que Dios suministra, en momentos de apuro a los que le temen y acuden a Él en busca de auxilio. Sin duda que tendría también enemigos en la corte de Faraón, quienes le envidiarían por su encumbrado puesto y harían todo lo posible para socavar su reputación. (B) La fortaleza y el aguante de José bajo todas estas tribulaciones (v. 24): Mas su arco se mantuvo poderoso, esto es, su fe no desfalleció. Los brazos de sus manos se fortalecieron, es decir, sus otras gracias pusieron su parte: su sabiduría su coraje y su paciencia, que son mejores armas que las de la guerra. (C) La fuente y manantial de su fortaleza era por las manos del Fuerte de Jacob. Toda nuestra fuerza para resistir a las tentaciones y para soportar las aflicciones, nos viene de Dios: su gracia es suficiente, y su fuerza se perfecciona en nuestra debilidad (2 Co. 12:9). (D) El estado de honor y de servicio al que fue posteriormente promovido. En esto, José es tipo, (a) de Cristo; (b) de la Iglesia en general.
2. Las promesas de Dios a José. Nuestras experiencias del poder y de la bondad de Dios en fortalecernos hasta el presente, nos animan grandemente a esperar su socorro en lo por venir. Podemos edificar mucho sobre nuestro Eben-ezer, nuestra piedra de ayuda. Considera las bendiciones conferidas a José. Bendiciones de los cielos de arriba (v. 25), es decir, lluvia a su tiempo, y cielo sereno a su tiempo, y las benignas influencias de los cuerpos celestes; bendiciones del abismo que está abajo, el cual, comparado con el mundo de arriba, es un gran abismo, con fuentes y minas subterráneas. Eminentes y trascendentes bendiciones, que prevalecerán sobre las de sus progenitores (v. 26). Bendiciones duraderas y extensas: Hasta el término de los collados eternos, incluyen todas las producciones de los collados más fructíferos, y perduran tanto como ellos han de perdurar (Is. 54:10).
II. La bendición de Benjamín (v. 27): Será lobo arrebatador; está claro que Jacob dijo esto guiado por el espíritu de profecía y no por su afecto natural; de otro modo, habría hablado con más ternura de su amado hijo Benjamín, del que sólo prevé y predice esto, que su posteridad sería una tribu guerrera, fuerte y atrevida, y que se enriquecerían con los despojos de sus enemigos, que serían activos y atareados en el mundo, una tribu más temida de sus enemigos que cualquiera otra. El apóstol Pablo era de esta tribu (Ro. 11:1; Fil. 3:5), y en él se cumplió espiritualmente esta profecía, pues en la mañana de su vida, devoró la presa como perseguidor, pero en la tarde de su vida, repartió los despojos como predicador, según el ingenioso comentario de Agustín de Hipona.
Versículos 28–33
I. El versículo 28 resume las bendiciones impartidas por Jacob a sus hijos. Aunque Rubén, Simeón y Leví fueron señalados por el desagrado de su padre fueron con todo bendecidos con su bendición correspondiente, pues ninguno fue rechazado como lo había sido Esaú.
II. El encargo solemne que Jacob les dio con respecto a su sepultura, el cual es una repetición del que anteriormente había dado a José. Mira cómo habla de la muerte: Voy a ser reunido con mi pueblo (v. 29). Aunque la muerte nos separa de nuestros deudos en este mundo, nos reúne con nuestros padres y con los hijos de Dios en el otro mundo.
III. La muerte de Jacob (v. 33). Como quien se acomoda alegremente para descansar, ahora que estaba fatigado por el esfuerzo, podía decir: Me acostaré y dormiré (Sal. 4:8). Con toda espontaneidad
encomendó su espíritu en las manos de Dios el Padre de los espíritus: expiró. Su alma, separada del cuerpo, fue a reunirse con las almas de los fieles en la asamblea celestial, los cuales, después de haber sido liberados del peso de la carne, viven en gozo y felicidad: fue reunido con sus padres (v. 33).
Comienza el capítulo con el funeral de Jacob y, después de referirnos el feliz entendimiento entre José y sus hermanos, termina con el funeral del propio José.
Versículos 1–6
José tributa sus últimos respetos a su difunto padre. 1. Con lágrimas y besos, con todas las tiernas expresiones de un afecto filial, se despide de su cuerpo exánime (v. 1). El alma que se marcha del cuerpo queda fuera del alcance de nuestras lágrimas y de nuestros besos, pero está muy puesto en razón mostrar nuestro respeto al pobre cuerpo, del cual esperamos una gloriosa y gozosa resurrección. 2. Ordenó que fuese embalsamado su cuerpo (v. 2), no sólo porque había muerto en Egipto, donde era ésa la costumbre, sino porque tenía que ser trasladado a Canaán. 3. También observó la ceremonia del solemne duelo por él (v. 3). Incluso los egipcios, muchos de ellos por el gran respeto que le tenían a José, hicieron también duelo por su padre. 4. Pidió y obtuvo permiso de Faraón para ir a Canaán, a fin de asistir allí al funeral de su padre (vv. 4–6), prometiéndole volver: Volveré. Cuando volvemos a nuestras casas después de haber dado sepultura a los cadáveres de nuestros familiares, decimos: «Les hemos dejado atrás»; pero si sus almas han marchado a la casa de nuestro Padre Celestial, podemos decir con mayor razón: «Nos ha dejado atrás.»
Versículos 7–14
Relato del funeral de Jacob. Ha muerto con honor, y es seguido hasta el sepulcro por todos sus hijos. 1. Fue un funeral de Estado. Fue acompañado hasta el sepulcro, no sólo por sus familiares, sino por los altos funcionarios de la corte, quienes, en señal de gratitud hacia José, tributaron a su padre estos respetos, honrándole aun después de muerto. El buen anciano Jacob se había comportado tan bien entre ellos, que había ganado estimación universal. Nótese que los que profesan la verdadera religión deben esforzarse, con sabiduría y amor, para hacer que desaparezcan los prejuicios que muchos han podido concebir contra ellos por no conocerlos de cerca. 2. Fue un funeral acompañado de tiernas endechas y de grande y muy triste lamentación (vv. 10–11). El solemne duelo por Jacob dio nombre al lugar, Abel-Misráyim, duelo de los egipcios, lo cual sirvió de testimonio contra la siguiente generación de los egipcios, que oprimieron a la posteridad de este Jacob, a quien sus antepasados habían mostrado tanto respeto.
Versículos 15–21
Establecimiento de unas relaciones francas y excelentes entre José y sus hermanos, ahora que su padre había muerto. Cuando la Providencia se lleva a los padres mediante la muerte, deberían adoptarse los mejores métodos posibles para salvar el amor y las buenas relaciones a fin de que continúe la unidad, incluso cuando haya desaparecido el que era el centro de dicha unidad.
I. Los hermanos de José imploran humildemente su favor. 1. Mientras vivía el padre, se creían a salvo bajo su sombra, pero ahora que había muerto temían de parte de José lo peor. Una conciencia culpable expone a los hombres a continuos sustos. Quienes quieran sacudirse el miedo deben conservarse sin culpa. 2. Se humillaron ante él, confesaron su falta y le pidieron perdón: Te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre … Henos aquí por siervos tuyos (vv. 17–18). 3. Así apelaron a su relación con Jacob y con el Dios de Jacob: (A) Con Jacob, insistían en que él les había mandado a decir esto a José: Tu padre mandó (v. 16). Si esto es cierto, no lo sabemos. (B) Con el Dios de Jacob:
Somos los siervos del Dios de tu padre (v. 17), no sólo hijos del mismo Jacob, sino también adoradores del mismo Jehová.
II. José, con una gran dosis de compasión, les confirma su reconciliación y su afecto; su compasión aparece en el versículo 17: José lloró mientras hablaban. Eran lágrimas de tristeza a causa de la suspicacia de ellos, y de ternura por su sumisión. En su respuesta: 1. Les conduce a mirar hacia Dios en su arrepentimiento: ¿Acaso estoy yo en lugar de Dios? (v. 19). Como si dijera: «Haced la paz con Dios, y entonces os será fácil hallar paz conmigo». 2. Pone atenuantes a su pecado, considera cuánto bien y de qué modo tan admirable sacó Dios de él, lo cual, aunque no debía servir para aminorar su pesadumbre por el pecado cometido, sí que le daba a él un mayor motivo para estar dispuesto a perdonarles (v. 20). El viejo refrán dice: «El hombre propone, y Dios dispone». Con frecuencia saca Dios bienes de los males, y ejecuta los designios de su providencia sirviéndose incluso de los pecados de los hombres; no es que Él sea autor del pecado, ¡lejos de nosotros tal pensamiento! Sino que su infinita sabiduría de tal manera gobierna y controla los vientos, que, en última instancia, resulta ser para su gloria lo que en su propia naturaleza tendía directamente a deshonrarle; así pasó en la muerte de Cristo (Hch. 2:23). 3. José les asegura que continuará mostrándoles su amabilidad: No tengáis miedo; yo os sustentaré (v. 21).
Versículos 22–26
I. La prolongación de la vida de José en Egipto; vivió hasta los ciento diez años (v. 22). En los escritos egipcios, esta edad aparece como el modelo de la longevidad ideal.
II. El crecimiento de la familia de José; vivió hasta ver a sus biznietos, por la línea de sus dos hijos solemnemente reconocidos como jefes de tribu, al igual que cualquiera de sus hermanos.
III. La última voluntad y testamento de José pronunciado en presencia de sus hermanos, cuando vio que se acercaba el día de su muerte. A los que aún sobrevivían, y a los hijos de los que habían muerto, y que ocupaban el lugar de sus respectivos padres: 1. Les confortó con la seguridad de su retorno a Canaán a su debido tiempo: Yo voy a morir, mas Dios ciertamente os visitará (v. 24). 2. Les rogó que tuviesen confianza: Dios … os hará subir de esta tierra; y, por tanto: (A) No debían considerarla como si fuese su mansión y su descanso para siempre; debían fijar los ojos y el corazón en la tierra prometida; a ésta debían llamar su patria y su hogar. (B) No debían temer el hundirse y arruinarse allí, pues Dios les visitaría para bien, y les sacaría triunfantes de Egipto, cuando fuese la hora oportuna en el reloj de Dios. 3. Como una confesión, por su parte, de la fe que le sostenía, y para confirmar la fe de ellos, les encargó que le tuviesen sin sepultar hasta que se estableciesen en la tierra de la promesa (v. 25). Les hizo prometer con juramento que le sepultarían en Canaán.
IV. La muerte de José, y la conservación de su cadáver para ser enterrado en Canaán (v. 26). Fue puesto en un ataúd en Egipto, pero no fue enterrado hasta que los hijos de Israel recibieron su herencia en Canaán (Jos. 24:32). Lo cierto es que el mero hecho de conservar su ataúd sin enterrar debía servir a los israelitas, aun en medio de sus posteriores sufrimientos, para avivar su fe en la promesa de Dios, proféticamente expresada por José en este significativo detalle. Otro detalle digno de tenerse en cuenta es que la palabra hebrea para ataúd es aquí arón y es la misma que se usa para el Arca que contenía las Tablas de la Ley, como dando a entender que una persona que ha tratado constantemente de obedecer la Ley de Dios es como un receptáculo vivo de dicha Ley.