Miqueas (hebr. mikáh, forma abreviada de mikayáh o mikayahu—«¿Quién como Yah?») procedía del reino del sur, esto es, de Judá. Aunque algo más joven que Isaías, desarrolló su ministerio profético por el mismo tiempo que Isaías, Oseas y Amós. Dice Ryrie: «Mientras Oseas profetizó a las tribus norteñas de Israel, e Isaías a la corte en Jerusalén, Miqueas, un judío de Morésheth en el suroeste de Palestina, predicó al común del pueblo de Judá». El lugar de donde procedía Miqueas, Moréset-Gat, distaba unos 36 km de Jerusalén. Como los profetas contemporáneos de él, que ya hemos citado, Miqueas profetizó en la segunda mitad del siglo VIII a. de C. No se sabe más de él, y no debe ser confundido con el hijo de Imlá (1 R. 22:8), quien vivió casi un siglo antes que el profeta. Es citado por el Señor Jesucristo en Mateo 10:35, 36 (al citar de Mi. 7:6) y por Jeremías (Jer. 26:18, 19). El versículo más importante de su profecía es, con la mayor probabilidad, 6:8.
El libro puede cómodamente dividirse en tres partes: 1) capítulos 1 y 2; 2) capítulos 3 al 5; 3) capítulos 6 y 7. Cada división es señalada por la palabra «Oíd» (1:2, 3:1; 6:1). La primera parte comienza por la reprensión de los pecados; la segunda, por el anuncio del castigo; y la tercera, por la promesa de las bendiciones mesiánicas.
Aquí tenemos: I. El título del libro (v. 1) y un prefacio que demanda atención (v. 2). II. Un aviso de los juicios que se apresuran a caer sobre Israel y Judá por el pecado (vv. 3–5). III. Detalles de la futura destrucción (vv. 6, 7). IV. Se muestra la magnitud de la destrucción: 1. Por la pena que el profeta siente por ella (vv. 8, 9); 2. Por la general pesadumbre que debería sentirse por dicha destrucción en los lugares que más afectados han de ser por ella (vv. 10–16).
Versículos 1–4
1. Si el mensaje de Jonás es el amor de Dios a todas las naciones, el de Miqueas es el juicio de Dios sobre Samaria y Jerusalén (v. 1), capitales respectivas de los dos reinos, Israel y Judá, del pueblo escogido. Dios las convoca a juicio (v. 2) y cita a todas las naciones como testigos. Habla desde el cielo, «su santo templo» (v. 2b), incapaz de ser profanado y aparece antropomórficamente al descender sobre las alturas de la tierra (v. 3), la cosa más sólida y estable (los montes), pero también lugar de volcanes y terremotos—teofanía al estilo de la del Sinaí (v. Jue. 5:4; Sal. 18:7–10; 50:3; 68:8; 97:5; Is. 64:1, 2; Hab. 3:5).
2. La reacción de la tierra es expresada (v. 4) con la metáfora de derretirse, tan frecuente en la Biblia. Los hechos profetizados son la destrucción de Samaria por Salmanasar, la invasión de Judá por Senaquerib y la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor.
Versículos 5–9
1. El centro de la corrupción de ambos reinos, el del norte y el del sur, eran (v. 5) sus capitales respectivas, Samaria y Jerusalén. Los lugares altos, como ya sabemos, eran aquellos en que se daba culto, ya fuese a los dioses ajenos, ya fuese a Jehová, pero de forma indebida y mezclándolo con infiltraciones paganas, especialmente cananeas. Esos lugares altos tenían, con la mayor frecuencia, altares destinados a que en ellos se ofreciesen sacrificios a los ídolos (v., por ej., 2 R. 12:3; 14:4; Ez. 6:6).
2. Parece ser que la bella ciudad de Samaria había sido antes un viñedo (1 R. 16:24). De ella (vv. 6, 7) no quedará más que un montón de piedras, las cuales descenderán al valle, y descubrirán los cimientos de la ciudad «para plantar viñas» (v. 6b). Lo que los asirios llevaron a cabo el año 721 a. de C., lo terminó del todo Juan Hircano el 207 a. de C.
3. Los «dones de rameras», de que habla el versículo 7 b, apuntan a la conocida prostitución «sagrada». En virtud de la ley del talión, correrán la misma suerte, pues irán a parar a templos de ídolos. El profeta acumula expresiones que designan duelo y lamento (vv. 8, 9). Ir descalzo y desnudo (es decir, mal vestido) eran señales de duelo (v. 2 S. 15:30). Habla también de lanzar aullidos como de chacales y lamentos como de avestruces (v. 8b). Dice Buck: «También en Job 30:29 los lamentos se comparan con los gritos lastimeros de los avestruces y chacales».
4. La llaga del pueblo se llama incurable (v. 9) porque afecta al propio corazón de la nación: Jerusalén. Y los compañeros en el pecado («la puerta de mi pueblo», el lugar de juicio—v. 9b—) serán también compañeros en el castigo, porque la paga del pecado es muerte (Ro. 6:23).
Versículos 10–16
1. «No lo digáis en Gat» (v. 10). Así comenzó David su elegía por la muerte de Saúl y Jonatán (2 S. 1:20). Feinberg lo entiende en el mismo sentido de las palabras de David, esto es, para que los filisteos no se alegrasen. Buck, en cambio, piensa que «Miqueas pide a sus compatriotas que no vayan a Gat en su aprieto en busca de ayuda». El profeta juega con casi todos los vocablos. «Tagguídu» («digáis») lo conecta con Gath. Lo de lloréis, hebr. tibkú) lo conecta con en Acó (hebr. bakó—comp. con el hebreo bokim, «lugar de llantos» en Jue. 2:1—). «El polvo (hebr. afar) de Bet-le-afrá («la casa del polvo») es otra manifiesta conexión.
2. Ryrie hace notar que el vocablo para morador (o habitante) en los versículos 11 y 12 es femenino.
«Miqueas—dice—predijo que las mujeres serían las primeras en ser tomadas cautivas.» Y siguen los juegos de palabras: Safir (v. 11) significa «lugar hermoso», y se pone en contraste con pasar desnudo y con vergüenza. Saanán (hebr. Tsaanán) suena en hebreo como el verbo salir («yatsá»); por contraste también, se dice de la moradora de Saanán que no sale por miedo al peligro. El llanto de Bet-ha-ésel os quitará (lit.) su apoyo. Dice Ryrie: «Beth-étsel suena como un vocablo que significa “fundamento” y ellos no tenían ninguno». Marot (v. 12) significa amarguras, porque las noticias se volvieron amargas.
También tiene dicho vocablo cierto parecido, según Ryrie, con una «palabra que significa esperar algo bueno, mientras que a ellos les esperaba lo malo.
3. Laquís (v. 13) había sido el vínculo de idolatría entre Israel y Judá. Dice Buck: «Por la asonancia entre Lakish y rékesh («corcel»), Miqueas invita a esta ciudad para que haga los preparativos de la defensa». Moréset (v. 14) era la patria de Miqueas, y el profeta lo conecta con la dote del padre a la hija casadera («daréis dones»), ya que el vocablo meorasá (prometida) suena como Moréset. Lo que aquí quiere decir Miqueas es que hay que entregar la ciudad a su nuevo dueño. Akzib (v. 14b) servirá para engaño (hebr. akzab). Los akzabim eran unos arroyos que estaban secos en verano y engañaban así al viajero sediento (v. Jer. 15:18). Maresá (v. 15) era una ciudad importante. Miqueas conecta el vocablo yorésh («heredero», «nuevo poseedor» o «el que se apodera de algo») con el nombre hebreo de la ciudad: Maresháh. La gloria (lit.), es decir, la flor y nata (v. 15b) de Israel (sus nobles o sus riquezas) tendrán que huir a Adullam, a refugiarse en cuevas (v. 1 S. 22:1) como los forajidos.
4. Finalmente, al contemplar Miqueas la futura deportación del reino del sur a Babilonia, exhorta a todos (v. 16), en un singular colectivo, a raparse en señal de duelo (comp. con Is. 15:2; Jer. 7:29; 16:6, y contra la orden de Dt. 14:1). Se alude (v. 16b) a la fealdad del buitre cuando carece de plumas en la cabeza y en el cuello. Todo el capítulo, con su énfasis en los nombres mismos de las ciudades, recalca las terribles consecuencias del pecado. Dice Feinberg: «El pecado es la más desastrosa actividad del hombre».
I. Los pecados de que aquí se acusa al pueblo de Israel (vv. 1, 2, 6–9, 11). II. Los juicios con que se les amenaza, a fin de que se humillen (vv. 3–5, 10). III. Promesas consoladoras al remanente de Israel, en conexión con la segunda venida de Cristo (vv. 12, 13).
Versículos 1–5
1. Si el capítulo 1 refiere los pecados contra Dios, este segundo refiere los que van contra el prójimo—violencia y opresión—. ¡Cómo traman la maldad! (v. 1, comp., por contraste, con Sal. 4:4). Para ellos, el derecho de la fuerza importa más que la fuerza del derecho (v. Gn. 31:29; Pr. 3:27), «porque tienen en su mano el poder» (frase final del v. 1). Codician (v. 2) la propiedad del pobre, como Acab y Jezabel (1 R. cap. 21). Dice Feinberg: «Siempre que los derechos de Dios son tratados a la ligera, los derechos del hombre no lo pasan mejor». Como en los días de Noé, la corrupción y la violencia campan por sus respetos.
2. El Dios justo amonesta (vv. 3–5) a la nación. Les pondrá (v. 3) un yugo tal, que no podrán mover el cuello (invasión y deportación); así no podrán andar erguidos con altivez, «porque el tiempo será malo» no sólo por la maldad de los gobernantes, como en Amós 5:13, sino por el tremendo castigo que alcanzará a todos. El enemigo (v. 4) hará de esto refrán proverbial y endecha burlona. El original dice: «lamentarán con lamento de lamentación» (hebr. naháh nehí nihyáh). Se cambiarán (v. 4b) las tornas: los que desposeyeron a los pobres serán desposeídos por los que se repartirán las heredades injustamente adquiridas. A causa de los pecados mencionados en los versículos 1, 2, nadie tendrá heredad que le sea dada en suerte (v. 5); «no habrá nadie que eche la cuerda»—dice literalmente el original.
Versículos 6–11
1. El versículo 6 debe leerse como en la Biblia de Jerusalén: «¡No babeéis—babean ellos—, que no babeen de esa manera! ¡El oprobio no nos alcanzará!» Y añade en nota a dicho versículo: «El verbo babear y el adjetivo baboso designan peyorativamente aquí y en el versículos 11 a los falsos profetas que babean palabras como borrachos charlatanes». Los que, en verdad, babean son los oyentes de Miqueas, enfurecidos por la reprimenda que les propina el profeta, y le tratan de baboso, confiados en que no les alcanzarán las amenazas que les lanza de parte de Jehová. Vemos aquí que la codicia y la opresión van unidas al endurecimiento del corazón y a la resistencia a escuchar el mensaje de Dios (comp. con Hch. 7:51). Israel no quiere que le profeticen calamidad. «Dios les toma la palabra, como dice Feinberg, para condenarles con su propio mal deseo.» No tendrán profetas, y así seguirán confiados en sus pecados, sin esperar ninguna confusión.
2. Tanto Buck como la Biblia de Jerusalén entienden el versículo 7 como si continuasen hablando los que se oponen a Miqueas; pero, para eso, se ven obligados a hacer demasiadas correcciones en el texto hebreo. Lo más acorde con el original es que, en este versículo 7, Miqueas conteste que no es cierto, como algunos dicen, que se haya acortado el Espíritu de Dios (v. Is. 59:1, 2), ni que Dios obre de forma contraria a Su carácter santo y fiel a Su palabra. ¡No! A Dios no le gusta obrar así, porque no se complace en castigar (comp. con Ez. 33:11). De ahí que Isaías 28:21 llame «extraña» la actuación de Dios al facilitar la invasión asiria. Si Dios obra así, es porque el pecado de Su pueblo ha colmado la medida y necesita la más drástica disciplina. Para el que camina rectamente (v. 7, al final), las palabras de Dios son buenas.
3. Al ser enemigos de sus hermanos (vv. 8, 9), los israelitas se habían vuelto también enemigos de Dios (Éx. 22:25–27; Dt. 27:18), del mismo modo que el que es enemigo de los cristianos es también enemigo de Cristo (v. Hch. 9:4). Decía Agustín de Hipona: «El que comulga con odio en el corazón o con la maledicencia en los labios, es como si besase a Jesús en el rostro y le diese un pisotón en los pies». Las frases del versículo 8b se refieren quizás a los que le quitaban su abrigo al pobre, despojándolo como a prisionero de guerra (v. Sal. 120:7). Desposeían (v. 9) de sus casas a las viudas, de las casas que habían sido construidas con el sudor de sus maridos; y a sus hijos huérfanos habían privado «de mi dignidad (hebr. hadari)»—dice Dios—. Con base en la última palabra de Salmos 8:5 («honra»—hadar, el mismo vocablo que aquí—), dice Buck: «del uso de este término se puede concluir que se trata de la dignidad que distingue al hombre del animal, y al israelita del pagano». Comoquiera que los endeudados se veían con frecuencia obligados a venderse como esclavos—contra las leyes levíticas—(v. también Stg. 1:27; 2:6; 5:1–6), la dignidad u honra que aquí se contempla es, a mi juicio, la del hombre libre frente al esclavo que carecía de derechos humanos.
4. Las expresiones del versículo 10 suenan como si Dios les diera ya la orden de marchar al destierro, pues son indignos de continuar permaneciendo en la tierra prometida, donde Dios había querido que reposasen (Dt. 12:9, 10). El pacto palestino tenía su base en la obediencia del pueblo; al faltar la obediencia, sólo quedaba el exilio, la expulsión del país.
5. El profeta que les conviene a estos malvados es (v. 11) el que camina (tras el) viento y miente con engaño, (diciendo): yo babearé (el mismo verbo del v. 6) para ti por vino y por bebida fermentada, ése vendrá a ser el babeador de este pueblo (lit.). El verbo yataf significa «dejar caer» (palabras, se entiende), como se deja caer la baba; de ahí su traducción por «babear». La misma preposición (le) va delante de «ti» y de «vino», pero los autores suelen traducirla por «acerca de». Quizás la mejor versión de la frase es la que ofrece Buck: «Yo te profetizo vino y licor». El viento en la imaginería hebrea es símbolo de inestabilidad (v. Ef. 4:14). Sobre lo de profetizar mentiras pueden verse también Jeremías 5:31; Ezequiel 13:3; Oseas 9:7. El falso profeta que el texto sagrado designa aquí es el que alienta al pueblo a seguir en sus malas costumbres; «que aconseja más bien el uso de bebidas fuertes que la penitencia» (Buck). Siempre son populares los profetas y predicadores que le dicen al vulgo lo que a éste le gusta; y cada vez se van haciendo más populares conforme nos acercamos al fin (v. 2 Ti. 4:3, 4). El pecado y la ignorancia son los que preparan el camino para esta aberración. Siempre son impopulares los que ponen el dedo en la llaga, en lugar de seguir la corriente.
Versículos 12–13
Después de lo que antecede, difícilmente podría pensarse que el profeta pasase de pronto a formular promesas. Sin embargo, el caso no es infrecuente (v. Os. 2:2; 6:1; 11:9). Después de todo, se trata del «resto de Israel» (v. 12b). Bosrá era famosa por sus ricos pastos (2 R. 3:4) como Basán lo era por sus robustas vacas (Am. 4:1) y Nebayot por sus carneros (Is. 60:7). Harán ruido de gran multitud (v. 12, al final). Lo mejor está aún por cumplir. Tres personajes importantes (v. 13), en gradación de menos a más, entran en escena: 1) El que abre caminos, como Elías y Juan el Bautista con respecto al Mesías; 2) El rey que pasa a la cabeza de ellos; 3) Jehová, a la cabeza de ellos. Sin embargo, tanto Feinberg como Buck afirman que se trata de una misma persona, ya que Jehová aparece en Isaías 42:13–16 como el que abre camino (aunque el verbo no es el mismo de aquí), y en Isaías 52:12 (v. también Éx. 13:21; Dt. 1:30, 33) le vemos como el que va a la cabeza de los que regresan del destierro. Dice Buck: «No hay dificultad en admitir que esta profecía se refiera, al menos típicamente, al Mesías». Y cita a Keil, quien añade que «esta profecía se cumplió cuando Cristo empezó su evangelización». Más acertado va Ryrie al decir: «Es una predicción de la recogida y de la liberación de Israel en conexión con la segunda venida del Mesías, quien es llamado El rompedor; esto es, el que va delante para retirar obstáculos en la senda». En efecto, el hebreo dice haporéts: El que rompe. Lo de «pasarán la puerta» alude a la entrada de las ovejas en el redil y no puede menos de traernos a las mientes Juan 10.
Al seguir la división de la Ryrie Study Bible, vemos aquí: I. Un juicio sobre los gobernantes (vv. 1–4).
I. Un juicio sobre los falsos profetas (vv. 5–8). III. Un juicio sobre Jerusalén (vv. 9–12).
Versículos 1–4
Comienza aquí la segunda parte de la profecía de Miqueas. Este capítulo nos da en detalle el contenido de los versículos 1 y 2 del capítulo anterior. El juicio es uno solo, pero hay mucha variedad de imágenes vívidas, y aun crudas, siempre valientes.
1. Comienza el capitulo (v. 1) llamando la atención («¡Oíd ahora!») a los gobernantes, es decir, a los jueces y magistrados del pueblo (v. Is. 1:10). A ellos corresponde el conocimiento (hebr. dáath) práctico, de aplicación a la vida, del derecho y de la justicia, pero ellos no obran según les compete (v. 1b). Su condenación (v. 4) será digna de su perversidad: los que juzgan, serán juzgados (Ro. 2:1). No se trata de un caso suelto, sino de una conducta habitual (vv. 2, 3). Aborrecen (v. 2) lo bueno y aman lo malo; su ética está vuelta del revés. De tal manera se conducen con los pobres, que su explotación es descrita bajo las figuras (v. 2b, 3) de despellejarlos, devorarlos, romperles los huesos y echarlo todo dentro de la olla.
2. Este pecado, expresado de una manera tan vívida, sube de punto al considerar que cada israelita había de ver en su prójimo «su propia carne y sus propios huesos» (comp. con Sal. 14:4; Pr. 30:14 y, sobre todo, Ef. 5:29, 30).
3. Cuando venga el castigo (v. 4), clamarán a Jehová, pero no por arrepentimiento, sino por la angustia del tormento. Ya que ellos no han escuchado el clamor de los necesitados, tampoco serán escuchados ellos en aquel día (comp. con Jer. 11:11; Pr. 21:13). En lugar de escucharles, Jehová esconderá de ellos Su rostro.
Versículos 5–8
1. Estos versículos hacen referencia a los falsos profetas, aludidos ya en el capítulo 2, versículos 6 y
11. Estos «falsos profetas (v. 5) hacen errar, esto es, enseñan caminos falsos, a mi pueblo»—dice Dios—; igualmente, proclaman paz cuando tienen algo que comer, es decir, cuando la gente les favorece con sus dones, y al que no les da de comer, «santifican» (lit.) guerra contra él—¡le declaran la guerra santa!
2. El versículo 6 acumula contrastes: visión—noche; oscuridad—presagio: los videntes se quedarán ciegos, y serán ciegos que guían a ciegos, lo mismo que los escribas y fariseos a los que acusaba nuestro Salvador. Los adivinos (v. 7) correrán la misma suerte por el mismo pecado. Se cubrirán los labios, es decir, la barba y el bigote. Dice Feinberg que los orientales se gloriaban de su bigote y de su barba; cubrirlos era signo de vergüenza o de duelo (Lv. 13:45). Estarán confusos y llenos de vergüenza, porque no tendrán respuesta de Dios.
3. Pero Miqueas (v. 8) es un verdadero profeta de Jehová y, por tanto, no tiene por qué avergonzarse (comp. con Ro. 1:16, 17): obra por el Espíritu y el poder de Dios y es imparcial. En este versículo 8 tenemos un buen dibujo a pluma de la preparación y del equipaje del profeta de Dios: «Mas yo (enfático en el original) estoy lleno de poder (hebr. khóaj) del Espíritu de Jehová, de sentido de la justicia (hebr. mishpat) y de valentía (hebr. gueburáh, fuerza o valentía), para denunciar a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado».
Versículos 9–12
1. Después de declarar (v. 8) sus cualificaciones como verdadero profeta, Miqueas va a denunciar el pecado, no ya del pueblo, sino de los más poderosos líderes del pueblo, pues se dirige ahora al conjunto (v. 9) de jefes, sacerdotes y profetas, como especifica el versículo 11. Todos ellos son abominables explotadores, que pervierten la justicia y el derecho y (v. 10) levantan lo mejor de la ciudad con sangre, es decir, exprimen a los necesitados.
2. ¡Qué perspectiva! (v. 11). Los jefes, gobernantes, jueces y magistrados, juzgan por soborno; se venden al mejor postor (contra Éx. 23:8; Dt. 16:19). Los sacerdotes cobran por enseñar lo que, al fin y al cabo, era su obligación (contra Nm. 18:20; Dt. 17:8–11, etc.). ¡Ya tenían bastante con sus ricos diezmos! Los profetas adivinan (verbo nunca usado para designar a los profetas verdaderos) por dinero, como Balaam. Y ¡todavía (v. 11b) se apoyan en Jehová, puesto que prometen al pueblo seguridad en nombre de Dios y apelan a la presencia visible (la shekináh) de Jehová en medio de ellos!
3. Adondequiera, pues, que se mirase, sólo se veía pecado y corrupción, especialmente el culto a Mamón. Como dice Ryrie: «Cada uno tenía su precio, porque mammón era su dios». Así había de ser el castigo (v. 12): Por culpa de todos ellos, va a venir sobre Sion, la ciudad santa, la más completa desolación: Sion (el monte propiamente dicho, al sur) será arada como un campo; Jerusalén (el grueso de la ciudad, al centro y al norte) vendrá a ser montones de ruinas; y el monte del templo (es decir, el monte Moria, al este) como oteros de bosque, es decir, «una guarida de bestias salvajes» (versión de Buck). Son muchos los que opinan que esto ocurrió el año 70 de nuestra era; pero el cuadro de desolaciones se cumplió abundantemente en la destrucción llevada a cabo por Nabucodonosor el año 586 a. de C.
Este capítulo se divide netamente en dos partes: I. Las glorias del reino mesiánico milenario (vv. 1– 8). II. Los padecimientos que han de preceder a la inauguración de dicho reino (vv. 9–13).
Versículos 1–5
La espléndida profecía mesiánica que contienen estos versículos se halla casi a la letra en Isaías 2:2–
1. Esto ha suscitado un problema de crítica textual, con gran diversidad de opiniones. Ciñéndonos únicamente a los autores fundamentalistas, las opiniones son tres: (A) Miqueas cita a Isaías. (B) Isaías cita a Miqueas. (C) Ambos citan una profecía anterior. Es difícil decidirse categóricamente por una de esas tres opiniones, pero la más probable es la segunda: Es Isaías el que cita a Miqueas.
1. El capítulo 3 terminaba con palabras de severo castigo para Israel, pero aquí tenemos el reverso de 3:12. Dios interpone ahora palabras de gracia y misericordia. Hay una clara referencia al tiempo en que el Mesías reinará sobre un Israel restaurado y reunido. Sion (vv. 1, 2) será el centro espiritual, cultural y gubernamental de todo el mundo. Que habrá también cambios físicos, se ve por Ezequiel 47:9 y, en especial, por Zacarías 14:9, 10 (v. el comentario a dichos versículos). Este reino no estará restringido a las fronteras de Israel. Todos los pueblos afluirán (lit.) a él (v. 1, al final), es decir, serán atraídos de forma irresistible al centro mismo del reino del Mesías, para recibir constante instrucción (v. 2: «y Él nos instruirá—hebr. yoránu, de la misma raíz que toráh—en sus caminos»), pues de Sion saldrá la ley (hebr. toráh, sin artículo, esto es, la doctrina bíblica). Es interesante la comparación con Zacarías 8:20–23.
¿Podemos imaginarnos hoy a los habitantes de Nueva York, Londres, París, Berlín y Moscú yendo todos a Jerusalén para aprender los caminos de Dios? ¡No! Eso ha de ser en el Milenio.
2. El Mesías, no sólo será Rey y Maestro, sino también (v. 3) el Árbitro en todas las disputas internacionales, pues regirá a todas las naciones con cetro de hierro. Todo lo que hoy (v. 3b) sirve para la guerra, servirá entonces para la paz. No habrá más guerras, ni maniobras bélicas, ni academias militares. Esa paz la impondrá Dios, no las Naciones Unidas, que siempre han fracasado en ese sentido. La viña (v. 4) es, como sabemos, uno de los símbolos de Israel (v. Is. 5); por eso, en el frontis del templo figuraba el racimo de oro (v. el comentario a Jn. 15:1). En tiempos posteriores figuraba también en las monedas judías. La higuera figura en Deuteronomio 8:8 como una plantación característica de la Tierra Prometida. El pensamiento es de seguridad, sin temor a guerras, invasiones, etc. Dice Buck: «Que cada familia poseyese un terreno y pudiese pasar agradables horas sentada bajo la parra y la higuera era un ideal de felicidad para los israelitas en Palestina». En efecto, basta leer 1 Reyes 4:25, donde aparece la frase subrayada, cuando Israel se sentía seguro, sin guerra, en tiempo de Salomón (que precisamente significa
«pacífico»), y Juan 1:48, en tiempo de la vida terrenal de nuestro Salvador. Lo inaudito es que Buck diga luego lo siguiente: «Esta profecía, así juzgan los exegetas católicos, se refiere a la Iglesia cristiana, que es conspicua y visible, que por la excelencia de sus enseñanzas y de su legislación atrae a todas las naciones …». ¡Para qué seguir! ¿Cabe mayor absurdo?
3. A primera vista, el versículo 5 parece contradecir al versículo 2. Sin embargo, la idea, en realidad, es de «protesta de constante fidelidad al puro monoteísmo israelítico» (Buck); no significa que entonces se adorará a muchos dioses, ni que adorarán al verdadero Dios bajo los nombres de sus dioses respectivos (idea muy corriente entre los actuales sincretistas), sino que, al ver la actual devoción de los gentiles a sus dioses, se expresa la decidida voluntad de Israel a seguir, ya para siempre, a Jehová. Hay un contraste entre el culto pasajero a los ídolos y el culto eterno y perenne (comp. con Is. 9:6: «perpetuamente Padre») al único Dios, lo cual harán entonces de todo corazón: pero nosotros andaremos en el nombre de Jehová (que equivale a “andar en el Espíritu”) nuestro Dios eternamente y para siempre».
Versículos 6–8
Cuando llegue el tiempo fijado en el versículo 1, Dios recogerá su pueblo Israel. Nótese (vv. 6, 7) cómo van llegando: los mutilados y los torturados por el enemigo, etc.; en fin de cuentas, los afligidos por el mismo Dios para disciplina y purificación, al tomar el pensamiento de 2:12, 13 (comp. con Is. 9:6, 7; Dn. 7:14, 27; Lc. 1:33; Ap. 11:15, pues todos esos lugares se refieren al reinado futuro del Mesías). El versículo 8 menciona dos lugares: Migdaléder, «torre del rebaño» (que Gn. 35:21 menciona cerca de Belén—Jerónimo dice que estaba a una distancia aproximada de un kilómetro y medio de Belén—) y Ófel, «fortaleza», al sureste del templo de Jerusalén. El primer lugar alude directamente a David y a su progenie, el Mesías; el segundo, a la ciudad de Jerusalén, donde reinó David y reinará también el Mesías.
Versículos 9–13
1. Desde la visión de la gloria incomparable del reino milenario, Miqueas desciende rápidamente hacia el oscuro futuro inmediato de la invasión por parte del imperio babilónico. Le falta rey y consejero; no tiene aún al «admirable consejero» de Isaías 9:6. Pero los dolores mismos de parto que se mencionan en los versículos 9 y 10 encierran una promesa de liberación, pues anuncian un nuevo nacimiento (comp. con Jn. 16:21). Allí, en el centro mismo del imperio babilónico, se emitirá el decreto de Ciro.
2. Pero, desde este primer plano, Miqueas se eleva a otro nivel profético (comp. con Ez. caps. 36 y ss.; Jl. cap. 3; Zac. caps. 12–14, etc.). Los versículos 11–13, como dice Ryrie, «apuntan a más lejos, a la gran campaña de Armagedón, inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo y del reino milenario. Allí se alineará el mundo contra Israel, pero Dios dará a Israel la victoria, al usar un cuerno de hierro y pezuñas de bronce». Lo de «Sea profanada» (v. 11b) nos presenta la figura de una virgen violada. Así es como los enemigos de Israel se refocilan («vean nuestros ojos su deseo cumplido …») en la destrucción de Jerusalén.
3. Pero los enemigos de Israel (v. 12) no entienden los pensamientos de Jehová. Siempre habían sido meros instrumentos en las manos de Dios para disciplinar a Su pueblo. Pero ahora (v. 12b) los va a juntar como gavillas en la era, para que Israel (v. 13) los trille. Dice Buck: «Las imágenes son tomadas de la trilla. Sion se compara a un buey; sus cuernos de hierro simbolizan fuerza triunfadora (cf. 1 S. 2:1; Sal. 75:11; 98:18, 25; 112:9; Ez. 29:21), y con las pezuñas de bronce el buey pisará más eficazmente las gavillas extendidas sobre la era». Lo de «consagrarás a Jehová su botín» (el de los enemigos) significa que «los despojos y riquezas tomados de los enemigos se aparten del uso profano y se consagren a Dios irrevocablemente» (Buck). El versículo 1 del capítulo 5 figura como versículo 14 del capítulo 4 en la Biblia Hebrea.
Este capítulo se divide de diversas maneras según la mentalidad de cada autor. Adoptamos la de la Ryrie Study Bible, que lo divide así: I. La primera venida del Mesías (vv. 2, 3; el v. 1 pertenece, en realidad, al capítulo anterior, como figura en la Biblia Hebrea). II. La segunda venida del Mesías (vv. 4– 15).
Versículos 1–3
1. El versículo 1 se refiere todavía a la tormenta que se cierne sobre Sion. El original dice «hija de la tropa» (hebr. bath-guedud), pero hay quienes leen bath-gader («hija del cerco»). En todo caso, que se alude al asedio de Jerusalén es cosa cierta por el contexto. La última frase de dicho versículo es explicada así por Ryle: «al juez de Israel. El rey marioneta Sedequías, que fue llevado cautivo a Babilonia (2 R. 24:17–25:7)». Herir en la mejilla era uno de los mayores insultos para un oriental. Desde luego, el personaje al que se alude en este versículo 1 no puede ser el Mesías, porque Cristo: (A) no fue herido con vara; (B) ni fue herido durante el sitio de una ciudad; (C) ni con ocasión de una invasión enemiga.
2. Tenemos aquí (v. 2) una espléndida profecía del Mesías, con el respaldo de Mateo 2:6, donde aparece citada. Belén (hebr. beth-léjem, que significa «casa del pan», muy apropiado para que allí naciese «el pan de la vida»—Jn. 6:35—) se halla a unos diez km al sudoeste de Jerusalén. Está, como dice el texto, en la región de Efrátah, que significa «fructuoso», e indica así ambos vocablos la fertilidad del distrito. Se la menciona como Belén Efrata para distinguirla de otra Belén, menos conocida, en los términos de Zabulón. No se la menciona en Josué 15 ni en Nehemías 11. En Juan 7:42 se alude a ella como «aldea». Pero de allí salió David y su más egregio descendiente, el Mesías. En Mateo 2:6, los sacerdotes y los escribas dan testimonio a Herodes el Grande de que allí había de nacer el futuro rey de los judíos. Ya los rabinos lo entendían del Mesías.
3. Lo que del Mesías se dice aquí merece especial consideración. Es Jehová el que habla y dice: «De ti (Belén) me saldrá …». Nótese el pronombre personal me. Dice eso porque el Mesías vendrá para llevar a cabo los designios de Dios. Su regia función mesiánica está clara en la frase «el que vendrá a ser gobernante (hebr. moshél) en Israel» (lit.), esto es, «el dominador, el jefe, el príncipe, el rey del renacido Israel» (Buck). El hebreo motsaotaiw, del verbo yatsá (salir), que va delante en el mismo versículo, puede traducirse por salidas, que es su sentido primario y directo, y por orígenes. Al estar en plural, da a entender claramente que las salidas del Mesías han sido varias: en la creación, en sus apariciones a los patriarcas (la primera, en Gn. 16:7; y, en este caso, precisamente a Agar, la sierva despreciada), y, después, en muchas otras ocasiones, que hemos estudiado en sus lugares respectivos, y aún veremos, por ejemplo, en Zacarías 3:1 y ss., hasta llegar a Juan 1:14.
4. Estas salidas, según vemos a continuación en el texto sagrado (v. 2b), han sido «desde antiguo, desde los días de la eternidad» (lit.). Dice Feinberg: «Las frases de este texto son el aserto más fuerte posible de infinita duración en el idioma hebreo». La idea, pues, de la eternidad del Mesías está subyacente al texto sagrado, pero la intención primordial del texto no es ocuparse de ese punto teológico, sino de sus múltiples salidas desde antiguo. Ver aquí un argumento explícito del origen eterno del Verbo que procede del Padre es uno de los ejemplos de «exceso teológico». Si se pierde de vista el contexto, se pierde también de vista el sentido de la porción.
5. El versículo 3 hay que compararlo con Isaías 7:14 y (con la mayor probabilidad) Apocalipsis 12:1–
6. En un solo versículo, podemos apreciar tres niveles de profecía: (A) «La mujer que ha de dar a luz» era, en un principio, una mujer del tiempo de Isaías (Is. 7:14); de lo contrario, no habría podido ser un signo para Acaz. (B) Su cumplimiento en la primera venida de Jesucristo queda avalado por Mateo 1:22, 23, donde se cita la profecía de Isaías 7:14. (C) No se puede perder de vista la Mujer de Apocalipsis 12, que estaba para dar a luz (Ap. 12:4) y, efectivamente, dio a luz un hijo varón (Ap. 12:5), que, por el contexto posterior, no puede ser sino el Mesías (v. el comentario al Apocalipsis). Si recordamos la expresión «virgen hija de Sion» (Lm. 2:13, comp. con Jer. 14:17), nos percataremos de que, en los tres casos, tenemos la circunstancia de una virgen israelita, como ya vio Agustín de Hipona.
1. Esta múltiple conexión de «la que ha de dar a luz» se palpa en la segunda parte del versículo 3, que se refiere indudablemente a la segunda venida de Cristo, ya que la obra que aquí se atribuye al futuro Mesías es la de reunir al remanente de Israel (comp. con los vv. 7 y 8) en los últimos días. Esta reunión tendrá como prólogo la tarea de unir en uno los dos reinos, el del sur (Judá) y el del norte (Israel), como ya vimos en Ezequiel 37:16 y ss.
Versículos 4–6
Los versículos 4–6 nos ofrecen una perspectiva de seguridad absoluta, paz y prosperidad completas durante el reinado futuro del Mesías, y pone al final un ejemplo hipotético de ataque enemigo,
«encamado» en el asirio, en ¡la tierra de Nimrod! (vv. 5, 6).
1. El que habrá sido rechazado primero por Su propio pueblo (Jn. 1:11), será el Rey-Pastor de Israel (v. 4). «ÉI estará de pie» (lit.), esto es, su gobierno será firme y estable; «y pastoreará (hebr. raáh, como Jehová, el roéh del Sal. 23:1) con la fuerza (hebr. beóz—comp. con el boáz de 1 R. 7:21) de Jehová». El oficio de Pastor supremo (v. 1 P. 2:25; 5:4) comporta su cuidado regio y su protección constante. Ya Homero llamaba a los reyes poiménes laón, «pastores de pueblos» (v. 2 S. 5:2; 7:7). Durante el gobierno del Mesías, Israel habitará seguro (v. 4b, comp. con 4:4). El concepto de alimentar entra en la idea de gobernar (Is. 40:11).
2. En el tiempo del que Miqueas está profetizando, el Mesías será grande y glorioso, porque regirá el mundo entero (Sal. 2:8; 72:8; Mal. 1:11, 14). Todo está incluido en la palabra PAZ: «Y éste (v. 5) será nuestra paz». Dice Buck: «Él será la paz: shalom, que significa salud, salvación, bienestar, felicidad, seguridad, paz, recapitula en sí toda la obra de la restauración mesiánica». Él mismo será paz; la tendrá en sí y la dará a su pueblo (Is. 9:6, 7; Ef. 2:14). Lo será para Israel en triple sentido: (A) defendiéndole de sus enemigos (vv. 5, 6); (B) les dará poder para que ellos mismos los venzan (vv. 7–9); y: (C) destruirá todas las armas de guerra y también la idolatría (vv. 10–15), de forma que la guerra será imposible (v. también Is. 9:4–6; Zac. 12:1–13:1).
3. Nimrod (v. 6b) aparece aquí (v. Gn. 10:10) como el tipo de los enemigos de Israel, encarnados en Asiria. De Joel 3, Zacarías capítulos 12 y 14, y otras porciones, sabemos que habrá una gigantesca confederación de las naciones contra Israel. Pero los israelitas pasarán de la defensa al ataque en territorio enemigo. Lo de «siete pastores y ocho hombres principales» (v. 5, al final), es una expresión de sentido acumulativo, parecida a las que hallamos en Proverbios 6:16; Eclesiastés 11:2, etc., y, especialmente, en Amós capítulos 1 y 2. Siete ya es número perfecto; ocho, en este contexto, muestra que es sobreabundante. Es una referencia a los futuros líderes y gobernantes del reino mesiánico milenario, subordinados a Cristo. Dice Buck: «Tal idea de autoridades subordinadas al Mesías no es extraña al profetismo mesiánico (cf. Is. 32:1; Jer. 23:4, etc.)»
4. El Mesías es, pues, presentado aquí (vv. 2–6) en una concisa, pero exhaustiva, biografía: Desde bebé en Belén, pero con actividades desde antiguo, desde los días de la eternidad, pasa a ser Pastor, Gobernante, Príncipe de paz y gran Libertador de su pueblo. Nadie tan humilde y, al mismo tiempo, tan majestuoso.
Versículos 7–15
1. Con dos ilustraciones muy plásticas (vv. 7, 8), se nos describe el carácter del «remanente de Jacob» (v. 7). La expresión aparece también en Isaías 10:21, pero lo corriente es describirlo como «resto de Israel». Recordemos que Jacob nos presenta más bien el lado débil, mientras que Israel es el que, a la larga, prevalece con Dios.
(A) La primera ilustración está tomada del rocío, «como el rocío de Jehová» (v. 7). De mayo a octubre no suele llover en Palestina, por lo que el rocío es la única fuente de humedad para la vegetación, y una imagen exquisita de la verdad divina (v. Dt. 32:2: «goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento»). Aquí, se trata del ministerio abundante, refrescante y fertilizador de Israel a las naciones. Como el rocío, vendrá de arriba; no vendrá de hombres, sino de Dios, por pura gracia.
(B) Pero para quienes en ese tiempo quieran rebelarse, Israel será (v. 8) como un león irresistible, lleno de poder y juicio—«como el león entre las bestias de la selva»—en manos de Jehová.
2. «Tu mano (v. 9), la mano fuerte del remanente de Jacob, se alzará (símbolo de fuerza, en contraste con los brazos caídos de debilidad y apatía—comp. con He. 12:12—). La mano de Israel se alzará poderosa, porque la sostendrá la mano poderosa de Dios (Éx. 14:8). ¡Qué cuadro tan diferente del que nos presentaba el versículo 1 en nuestras versiones! El gran cambio no se debía a una distinta disposición de Dios, sino a diferente actitud de parte de Israel. Como en Isaías 47:6–22, tiene que desaparecer y ser desarraigado todo mal. Ya no dependerá Israel (v. 10) de sus carros y caballos, en los que tenía antes puesta su confianza. Asimismo (v. 11) serán destruidas las ciudades fortificadas, quitadas (v. 12) las hechicerías manipuladas («de tu mano») y cesarán de existir allí los agoreros o adivinos.
3. La idolatría quedará arrancada de raíz (vv. 13, 14): Todos los pilares y las estelas (hebr. matsebá), símbolos paganos del culto cananeo, serán destruidos. Las imágenes de Aserá (v. 14) eran unos palos (mejor, cipos) sagrados, colocados junto al altar de Aserá (Astarté). La frase final dice literalmente: «y destruiré tus ciudades». Dice M. Henry: «Significa las ciudades que estaban dedicadas a los ídolos». Todos los objetos idolátricos y las prácticas que aquí se mencionan, todo ello estaba prohibido (Dt. 16:21) y debía ser destruido (Éx. 34:13). Sin embargo, los israelitas impíos los habían tenido y usado (2 R. 13:6; 23:6).
Conforme a Isaías 61:2b, Miqueas, de parte de Jehová, expresa el desahogo de la ira de Dios sobre las naciones, «porque no prestaron oídos» dice: «las que no escucharon» (lit. F. Dice Horton (citado por Hertz): «Amós dijo que Dios castigaría a Israel como a las naciones; Miqueas dice que Dios castigará a las naciones como a Israel». Permítasenos concluir el comentario a este capítulo con las siguientes observaciones de F. Buck: «La purificación de Israel, parece, recuerda al autor la del gran día: Israel y los pueblos que a Israel se alleguen (4:2, serán salvados; los demás sufrirán venganza y castigo. Aquí también se declara indirectamente que la verdad divina se anuncia a todos, y que unos la aceptan (cf. 4:1– 4; 5:6), mientras otros la rechazan (cf., el gr., 5:7). Este verso, además, con su sentido escatológico, completa la victoria del león de Judá. Hay esta diferencia: en 5:6–8 la victoria se atribuye directamente a Israel; en el Apocalipsis 5:5, al Mesías, y aquí a Jehová».
Este capítulo, como apunta la Ryrie Study Bible, contiene un mensaje de denuncia. ¿Contra quién?
Contra Su pueblo Israel. Seguimos la división que propone Ryrie: I. Primera acusación de Dios (vv. 1–5).
II. Primera respuesta de Israel (vv. 6–8). III. Segunda acusación de Dios (vv. 9–16). La segunda respuesta de Israel se halla, según el mismo autor, en el capítulo siguiente (7:1–10).
Versículos 1–5
Los capítulos 6 y 7 forman la tercera y última parte de esta profecía. Como en las otras dos partes (1:2; 3:1), también aquí (6:1) se comienza con el verbo «oíd» (hebr, shimehú, el mismo con que termina el capítulo 5, pero ahora está en imperativo).
1. Estos versículos 1–5 (y aun todo el capítulo) están escritos en forma de contienda judicial. Miqueas, como «encargado de negocios» (Buck) en nombre de Jehová, tiene que abrir el caso (v. Is. 1; Mi. 1). Se nos ofrece aquí un contraste conmovedor entre la misericordia y la fidelidad de Dios, por una parte, y la ingratitud y superstición de Israel que son su ruina, por otra. Dice Henry: «Al final del capítulo precedente, Él (Dios) arguye con los paganos airado, pero aquí arguye con Israel con compasión y ternura, a fin de conducirlos al arrepentimiento». En este momento el profeta no contempla el futuro lleno de bendición, sino el presente lleno de pecado. Reina Manasés—es un período de tremenda apostasía, un tiempo en que rey y pueblo practican los ritos paganos.
2. Miqueas apela a la conciencia y al corazón de los israelitas, para que digan (v. 3) por qué están contra su Dios. Invita a la tierra, desde sus cimientos hasta los montes más altos (v. 2), testigos mudos, pero perpetuos, de pecado a lo largo de las edades—método con que los profetas demuestran la gravedad del pecado (v. Dt. 32:1; Is. 1:2; Jer. 2:12, 13).
3. ¡Qué ternura la de Dios al contender así con sus criaturas! ¡Cómo repite lo de «¡Pueblo mío!» (vv. 3, 5)! Dice Horton (citado por Hertz): «Dios no menciona los pecados de Israel, sino que pregunta solamente cuáles han sido Sus propias faltas». Para información de mis lectores no católicos, diré que estos versículos se recitaban (o cantaban) el día de Viernes Santo durante los «improperios» en la ceremonia de la adoración de la cruz. A pesar de que eran ellos los que tantos y tan graves pecados habían cometido, es Él quien les pregunta qué les ha hecho o en qué les ha molestado para que se aparten así de Él. ¿Les ha mandado cosas demasiado pesadas (Is. 43:23) o ha dejado de cumplirles alguna de Sus promesas (Jer. 2:31)? ¡Al contrario! Son ellos los que han molestado constantemente a Dios (Is. 43:24). Preguntas parecidas a éstas son las que hace a Su viña en Isaías 5:4.
4. Dios les trae a la memoria los grandes favores que les ha hecho en el pasado: la liberación de Egipto (v. 4), que fue un rescate (hebr. padá, rescate a precio de dinero) de la casa de servidumbre, etc. Les dio también a Moisés como libertador y legislador; a Aarón como sumo sacerdote, para hacer expiación por ellos; y a María para enseñar y guiar a las mujeres (v. Jer. 2:6, 7; Os. 11:1; 12:13; Am. 2:10). Todavía más (v. 5): Cuando Balac rey de Moab buscó la ruina de Israel y alquiló a Balaam para maldecir a Israel, ¿qué es lo que dijo Balaam? (v. Nm. caps. 22–24). Dios no permite que nadie maldiga a Su pueblo (Sal. 105:14, 15—pero ya desde Gn. 12:3).
5. Delante de lo de «desde Sitim hasta Guilgal» (v. 5b), hay que suplir: «Recuerda lo que pasó», puesto que Balaam no cruzó el Jordán hasta Guilgal, sino que fue muerto en tierra de Madián (v. Nm. 31:8). Sitim (propiamente, Sittim) fue el primer campamento desde el que Israel se encontró con Balaam (Nm. 25:1), así como fue también el último que ocuparon al este del Jordán; mientras que Guilgal, entre Jericó y el Jordán, fue el primer campamento que tuvieron en la orilla occidental, ya en Canaán. Allí se cerraba la gran etapa intermedia de la gran gesta («las justicias—hebr. tsidqoth—de Jehová»—v. 5, al final—) en favor de Su pueblo. Cada uno de nosotros, peregrinos desde nuestra conversión hasta nuestra entrada en el cielo, puede escuchar también—cuando no obedecemos a nuestro Padre, andamos según la carne y nos olvidamos de Sus muchos y grandes beneficios—Su voz que nos dice: «¿Qué te he hecho o en qué te he molestado?»
Versículos 6–8
Ahora el pueblo parece convencido y ansioso de obtener el favor de Dios a toda costa, pero ignora los medios. La respuesta de Israel demuestra cuán poco conocen y entienden cuál es el culto y el servicio que verdaderamente agrada a Dios. (¿No tiene esto ninguna aplicación a nosotros?)
1. El pueblo responde (v. 6), y pregunta, no a Dios, sino al profeta: «¿Con qué me presentaré ante Jehová y me postraré (hebr. ikáf) ante el Dios de las alturas (hebr. Elohey maróm)?» Según advierte Buck, «esta expresión se encuentra solamente aquí». También hace notar el mismo autor que el verbo kafaf, postrarse, «se encuentra solamente en textos tardíos (e. gr., Sal. 145:14; 146:8; Is. 58:5)».
2. Piensa, pues, el pueblo en ofrecer dones con los que aplacar a Dios, como se hace con alguien que, por alguna razón, está enemistado y es preciso hacer algo para volver a congraciarse con él, como hizo Jacob para congraciarse con su hermano Esaú (v. Gn. 33:8–11). Lo que la Ley ordenaba era sacrificios, especialmente holocaustos consagrados totalmente a Jehová. Conforme a Levítico 9:3, piensan que lo más agradable a Dios será ofrecerle los mejores animales (v. 7). ¿O será cuestión de cantidad? ¿Miles de carneros? ¿Diez mil ríos de aceite para libación? (v. Lv. 2:1, 15; 7:12). «La última pregunta—dice Feinberg—es la más desesperada de todas»: ¿Daré mi primogénito por mi prevaricación …? (v. 7b). Esta pregunta es, o simplemente retórica, o muestra la nefasta influencia de los pueblos idólatras en el pueblo de Dios. Es cierto que los primogénitos pertenecían a Jehová (Éx. 13:2, 12) y tenían que ser redimidos. Pero los sacrificios humanos estaban prohibidos en la Ley bajo pena de muerte (v. Lv. 18:21; 20:2–5; Dt. 12:31; 18:10). Dos observaciones finales acerca de este versículo 7:
(A) Al hablar de la «imposible» expiación (v. 7b), ni aun a costa de la vida del primogénito, el texto sagrado tiene, en hebreo, los términos peshá, prevaricación, y jattáth, término genérico para «pecado». Aunque no son propiamente sinónimos, aquí aparecen en paralelismo de sinonimia (v. también 1:5 3:8, Am. 5:12).
(B) La última frase ofrece un contraste singular: «el fruto de mi VIENTRE por el pecado de mi ALMA» (lit.). La desproporción salta a la vista: Nada que proceda del hombre, aun cuando sea algo tan entrañable como la vida del hijo primogénito, puede expiar por el pecado, que constituye la barrera entre el hombre pecador y el Dios santo.
3. Viene ahora el versículo 8, del que alguien (citado por Feinberg) ha dicho que es «el dicho más grande del Antiguo Testamento». Si no es el más grande, ciertamente es un magnífico compendio de la verdadera piedad. Dice así, a la letra, en el original: «Te ha declarado (Dios), oh hombre (hebr. Adán), qué (es lo) bueno, y qué demanda (hebr. dorésh, más como un deseo que como un mandato riguroso) de ti, salvo el hacer justicia (hebr. mishpat, el derecho ajeno que hay que respetar), y amar benevolencia (hebr. jésed) y ser humilde para caminar con tu Dios». El versículo requiere un detenido análisis, debido a su importancia.
(A) Ya sabemos que Dios había instituido el sacerdocio y los sacrificios. Como ya hemos advertido en otros lugares, tampoco aquí los reprueba, pero lo que Él requiere y desea, por encima de toda observancia exterior, es la disposición interna del corazón, lo que marca el tono general de la conducta y el carácter personal del individuo. Por eso, demanda la obediencia, no en lugar del sacrificio, sino por delante del sacrificio, para conferirle lo que de más aceptable tiene para Dios.
(B) El profeta declara concisamente lo que Dios desea de todo hombre. Dice Buck: «Se usa aquí la palabra Adán, tal vez a causa de su significado colectivo y universal; la palabra, además, acentúa la pequeñez del hombre, tomado de la tierra (cf. Gn. 2:7; 3:19; Sal. 8:5)». Como hace notar Hertz, esto no constituye una «nueva revelación. Es el mensaje de Abraham, Moisés, Samuel y Elías».
(C) El profeta aclara precisamente que no es una nueva revelación, al decir: «Te ha declarado …» (comp. con Dt. 10:12). El pueblo es culpable por ignorarlo. Dice Buck: «El gran programa que el profeta presenta podría llamarse un compendio de la enseñanza de Amós (justicia), de Oseas (piedad, bondad) e Isaías (humildad)».
(D) Como ya hemos insinuado al dar el texto literal del versículo, la justicia de que aquí se habla consiste en adherirse a lo que es justo y equitativo en todas nuestras relaciones con nuestros semejantes (v. Sal. 15:2 y ss.). Se trata, pues, de respetar los derechos inalienables de la persona humana.
(E) En cuanto al hebr. jésed, que suele traducirse por «misericordia», sabemos que comporta la idea de benevolencia, de un amor activo, fiel y constante, que nos inclina a hacer el bien a todos, mayormente a los de la familia de la fe (Gá. 6:10). Pero sólo puede hacer el bien quien tiene el corazón inclinado a hacer el bien. Dice H. Cohen (citado por Hertz): «En cuanto a la justicia, basta con cumplirla, pero la misericordia no basta con hacerla; el amor (hebr. ahab) es acompañamiento esencial de toda obra misericordiosa».
(F) El tercer elemento consiste en caminar humildemente con Dios o, como dice literalmente el original, en ser humilde para caminar con tu Dios. Sin humildad no se puede tener comunión íntima con Dios, pues sólo se arrima de veras a Dios el que es consciente de que depende en todo de Él. Dice Buck:
«La humildad exige que el hombre esté contento con lo que la voluntad divina dispone, que esté listo para aprender de Dios y someterse a su guía».
(G) Tenemos, pues, aquí, como un epítome de toda la Ley (Dt. 10:12, 18) y aun de todo el Evangelio, en cuanto que connota una justicia puesta en práctica. El gran rabino Hertz tiene dos citas notables. La primera es del rabino Fineés (o Pinjás) ben Yair, quien dice: «La devoción conduce a la humildad; la humildad, al temor del pecado; el temor del pecado, a la santidad; la santidad, al Espíritu Santo». «Esto es, dice el propio Hertz, lo que distingue la ética judía de la griega.» La otra cita es de H. Cohen, quien dice: «Todo lo heroico es insignificante y perecedero, toda sabiduría y virtud es incapaz de pasar el test crucial, a menos que sean frutos de la humildad».
Versículos 9–16
1. Pecado y castigo se entremezclan en estos versículos. Los pecados son muchos y flagrantes. ¡Qué triste contraste con el versículo 8! En vez de la actitud que el versículo 8 describe, tenemos ahora a Israel que fracasa en todos los sentidos de la ética que Dios requiere del hombre. Y el centro mismo del reino (v. 1:5) es también el centro del pecado. Falta el temor de Dios, que es el principio de la sabiduría y del conocimiento (Pr. 1:7; 9:10). «Escuchad la vara» (dice lit. el v. 9b). Como si dijese: «Prestad diligente atención, porque el castigo está cercano». Dice Feinberg: «La bendición comienza cuando el alma admite la justicia y rectitud de Dios en sus medidas disciplinarias». ¡Qué catálogo de pecados en los versículos 10–12!
2. Los castigos aparecen especialmente en los versículos 13–15. Israel ya ha sufrido bastante, pero le espera todavía más. Dice Buck: «Todos aquellos que usaron medios injustos o ilícitos para enriquecerse más de lo debido y de lo honesto, serán privados de lo necesario o conveniente (cf. Os. 4:10; Sof. 1:13). Será, en cierto sentido, una aplicación de la “ley del talión”».
3. Lo tiene todo bien merecido, porque (v. 16), en lugar de seguir los estatutos de Dios, han seguido las normas de Omri, el perverso fundador de la ciudad de Samaria (1 R. 16:25), y del idólatra Acab (1 R. 16:33). Y, ¿quién hizo eso? ¿Solamente Efraín? ¡No! El profeta se refiere aquí directamente a Judá, porque era Judá precisamente donde se habían copiado e imitado las prácticas paganas del reino del norte, «especialmente, en cuanto al culto de Baal, al lujo de los jefes, a la opresión de los pobres» (Buck).
«Llevaréis, por tanto—dice Dios por boca del profeta—, el oprobio de mi pueblo» (v. 16, al final). Comenta M. Henry: «Cuando un pueblo que ha sido floreciente es puesto en desolación, viene a ser el asombro de unos y el triunfo de otros. Llevaréis, por tanto, el oprobio de mi pueblo. Ahora que sus pecados y los juicios de Dios habían dejado asolado el país, el haber sido antaño el pueblo de Dios repercute tanto más en oprobio de ellos, pues sus enemigos dirán: Éstos son pueblo de Jehová (Ez. 36:20)».
Al seguir de nuevo la división de la Ryrie Study Bible, dividiremos el presente capítulo en dos partes:
I. Segunda respuesta de Israel (vv. 1–10). II. Bendiciones futuras para Israel (vv. 11–20).
Versículos 1–7
1. De la misma manera que Diógenes con la linterna, buscaba en pleno día un hombre entre la multitud de la plaza pública, así también Miqueas busca un solo justo en el país, pero no lo halla (v. 2b):
«no hay ninguno recto entre los hombres» (comp. con Ro. 3:10–23). «Faltó el piadoso (hebr. jasid) de la tierra» (v. 2) porque faltaba la jésed de 6:8 en el pueblo.
2. ¿Qué piedad va a existir en el pueblo, cuando (v. 3) tanto el príncipe como el juez piden, no sólo reciben, regalo de soborno? En otras palabras, ambos hacen extorsión, y el potentado manifiesta lo que su alma ambiciona (éste es el sentido de la frase «el grande habla el antojo—la concupiscencia de su alma»): lo que ese magnate ambiciona es prosperar a costa de los demás, y juntos urden sus maquinaciones (RV 1977), porque todos sirven al mismo dios: Mamón.
3. Para poner de relieve la maldad del pueblo, el profeta dice (v. 4) que el mejor de ellos hiere como un espino, y el más recto es tan «torcido» como un seto de espinas (hebr. mesukáh, vocablo que no sale en ningún otro lugar de la Biblia). Pero (v. 4b) vendrá el castigo; el que anunciaron tus atalayas, es decir, los profetas (comp. con Is. 21:6; Ez. 33:2), ahora será su consternación (vocablo más claro que confusión).
4. La corrupción, efecto de la desbocada ambición que hemos visto en el versículo 3, ha producido tan nefastos resultados en la sociedad, que «han quedado rotos todos los vínculos de naturaleza, amistad, parentesco y gratitud» (Feinberg). El Señor citó el versículo 6 (v. Mt. 10:35, 36; Lc. 12:53), pero en un contexto diferente: En Miqueas, la situación es resultado de la caótica corrupción del pueblo, mientras que en Mateo y en Lucas comportan «la total adhesión a Cristo (que) se le exigirá al discípulo cristiano, no obstante las tensiones sociales que un seguimiento tal pueda provocar» (Buck).
5. Miqueas no desespera por eso. Aprendió aquello de que «uno solo con Dios, ya es mayoría», y tanto Miqueas como el remanente han hallado uno en quien confiar. El versículo 7 es una maravilla de fe y esperanza (comp. con Jer. 17:5–8). ¡Qué consuelo para los creyentes es tener un Dios y Padre en quien se puede confiar totalmente!
Versículos 8–13
1. En los versículos 8–10 habla la ciudad personificada. ¿A quién se dirige? Un repaso a Isaías 34:6, 8; Abdías versículo 12, y aun Salmos 137:7, nos sugiere que se dirige a Edom, pero no se puede asegurar, pues quizás es una figura de dicción para designar en ese singular («enemiga mía»—v. 8—) a todas las naciones vecinas, enemigas de Israel. Los judíos, según dice Feinberg, piensan que esa enemiga es Roma, aunque todo el contexto posterior, como el mismo Feinberg hace ver, nos llevaría, en ese trasfondo escatológico que se hace cada vez más explícito conforme nos acercamos al final del libro, a una Roma más moderna que la antigua Roma imperial.
2. Los versículos 9 y 10 dan a entender que nos hallamos ante un Israel ya arrepentido (en los últimos tiempos—comp. con Ro. 11:26—). Así lo proclaman la confesión sincera, humilde y paciente del versículo 9. Israel se somete de buena gana a la disciplina que Jehová le ha impuesto, a la vez que abriga la esperanza segura de que Dios la vindicará y la sacará a luz, frase que, ya de por sí, comporta la idea de «prisión»: Jehová va a llevar a cabo por Israel una liberación redentora (comp. con 2 Ti. 1:10). «Ser hollado» (frase final del v. 10) como el lodo de las calles equivale a ser derrotado completamente, y sufrir la confusión (vergüenza) más espantosa. «¿Dónde está Jehová tu Dios?» es, como dice Buck, «el grito blasfemo, a menudo repetido por los enemigos de Israel (cf. Sal. 42:4, 11; 79:10; 115:2; Jl. 2:17, etc.»).
3. En los versículos 11–13 vemos la seguridad de restauración de Israel (comp. con Is. 5:5; Sal. 80:8, 9). Los «muros» (v. 11), reedificados en torno a la ciudad, nos recuerdan el vallado de seguridad en torno a la viña. ¿Cuándo acontecerá esto? Una ojeada a lugares como Salmos 72:8 y Zacarías 9:10 nos lleva a los últimos tiempos. Dice el propio Buck: Así la vuelta del destierro no es más que un cumplimiento parcial, anticipativo y de carácter típico, de la (ahora va a citar Buck de Gil Ulecia) gran vuelta, que se irá verificando, también parcial y paulatinamente, hasta el gran día escatológico». Pero antes de ese feliz final habrá un tiempo de gran desolación (v. 13) «por el fruto de sus obras», esto es, por los muchos pecados del pueblo.
Versículos 14–20
1. En los versículo 14–17 tenemos una oración de Miqueas. En 5:4, él mismo había prometido, de parte de Jehová, que el Mesías apacentaría al pueblo. De acuerdo con esa promesa, el profeta se dirige ahora a Dios como al gran Pastor de Israel para que apaciente al pueblo, «el rebaño de tu heredad» (v. 14, comp. con Dt. 26:18), no con la vara de castigo de 6:9, sino con el cayado de Salmos 23:4. Basán y Galaad eran prototipo de fertilidad y, por eso, ese territorio había sido escogido por Rubén, Gad y la media tribu de Manasés, al comienzo de la ocupación de la tierra prometida. Basán y Galaad, con su fertilidad, están aquí contrastados con la frase anterior, que dice literalmente: «que mora solitario en la maleza», es decir, apartados donde sólo se crían malas hierbas. «El tiempo pasado» hace referencia directa, como en Amós 9:11, a los días de David y de Salomón (comp. Mi. 4:4 con 1 R. 4:25).
2. El versículo 15 dice literalmente: «Como en los días de tu salir de la tierra de Egipto, haz que veamos (hebr. harénu, mejor que arénnu) portentos (hebr. niflaóth)». La lectura que ha prevalecido en el actual texto masorético (arénnu, yo les haré ver) rompe abruptamente el contexto de la oración de Miqueas. Es cierto que se le dice a Jehová «en tu salir de la tierra de Egipto», pero basta leer Éxodo 13:21 para darse cuenta de que, efectivamente, Jehová iba delante de ellos cuando salieron de Egipto. Miqueas pide, pues, en su oración que él y el pueblo (el remanente) de Israel puedan ver portentos semejantes a los que Dios hizo cuando sacó a Israel de Egipto.
3. Entonces (vv. 16, 17), cuando se inaugure el reino mesiánico milenario, y Jehová haya hecho una liberación como la que hizo en los días de Moisés y de Josué (Ro. 11:26—«el Libertador»—), «las naciones paganas, enemigas de Israel, se avergonzarán de su fuerza», es decir, de la fuerza propia, que creían invencible, y reconocerán su impotencia al haber luchado contra el Omnipotente. Como en Isaías 52:15, tendrán que cerrar ante Él la boca y quedar ensordecidos (un asombro que priva del uso normal de los sentidos). «Lamer el polvo» (v. 17) es ya una expresión proverbial en nuestro propio idioma para designar una derrota completa que obliga a someterse, rostro en tierra, al vencedor. Dice M. Henry: «Lamerán el polvo como una serpiente, como si estuviesen sentenciados a la misma maldición que cayó sobre la serpiente (Gn. 3:14)». Es curioso que la frase se aplica, como en un desdoble de Miqueas 7:17, a las naciones en señal de sumisión a Israel (Is. 49:23) y al Mesías (Sal. 72:9). La frase «saldrán temblando de sus fortines» (lit.) los presenta como medrosas alimañas que salen arrastrándose de los lugares en que se creían fuertes, pero tienen que entregarse derrotados. Nótese que se entregan a Jehová por miedo, no por amor. En cambio, en el Salmo 2:11, el temblor sirve de un buen comienzo a la adoración y al acatamiento. Dice Buck: «Con este mismo pensamiento termina también el libro de Isaías».
4. De la oración de petición pasa Miqueas (vv. 18–20) a la oración de alabanza. La descripción que de la bondad de Dios hace aquí el profeta no es superada en ninguna otra porción de la Biblia. «¿Qué Dios como tú?» (v. 18) parece una alusión al nombre mismo de Miqueas («Mi-ka-yah»—¿Quién como Yah?—
), y aparece por primera vez en Éxodo 15:11, tras el paso del mar Rojo. Campean aquí (vv. 18–20) tres ideas: perdón, clemencia y misericordia (o benevolencia), y aparecen unos 13 atributos (mejor, perfecciones) de Dios, como en Éxodo 34:6 y ss. En estos versículos hay nada menos que cuatro verbos diferentes para expresar el perdón de Dios a Su pueblo: (A) Nashá, que significa, como el griego aíro (v. Jn. 1:29), levantar, quitar, suprimir (en la RV es perdona); (B) Abar, que significa «pasar por alto» (v. Hch. 17:30; Ro. 3:25—corresponde en nuestras versiones a olvida—); (C) Kabásh (v. 19b), que significa
«hollar o aplastar», con lo que da a entender que vence, con Su fidelidad, nuestra infidelidad; y: (D) Shalákh, que significa «echar hacia abajo». «A lo profundo del mar» parece una alusión a Éxodo 15:4, 10. Dice Buck: «Algunos Padres (santos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, según la Iglesia de Roma—el paréntesis es mío—), además, ven en las palabras de Miqueas una alusión al tránsito del mar Rojo y del bautismo». Las mismas ideas aparecen en Jeremías 31:34; 50:20.
5. En cuanto al futuro, tenemos (v. 20) el ya conocido binomio jésed veeméth, misericordia y verdad, aunque en esta ocasión eméth (aquí, más bien, equivalente a fidelidad, como en la mayor parte de las ocasiones en que aparece el binomio) va delante de jésed (amor de misericordia o benevolencia). Representa lo que Dios había jurado a los patriarcas (v. Lc. 1:72, 73) y se halla en Juan 1:14, 17 en forma de un binomio equivalente: «gracia y verdad».
6. Como final de esta admirable porción, pasamos a nuestros lectores la información que nos da Feinberg acerca de la lectura de los versículos 18–20 en las sinagogas en la tarde del Día de la Expiación, que es el primer día del año religioso. «Todo judío ortodoxo—dice—va esa tarde a un río o arroyo y, con un gesto simbólico, vacía en el agua sus pecados, sacándolos de sus bolsillos, mientras recita estos tres versículos. Este acto de culto se llama tashlíj, que significa “arrojarás”.» «Por la gracia de Dios— continúa Feinberg—sabemos que no es ése el modo como arroja Dios nuestros pecados a lo profundo del mar. Lo hace a favor de nosotros solamente a causa de la obra el Señor Jesucristo en el Calvario, donde Él llevó por nosotros esos pecados. Al haber sido Él castigado por ellos, Dios puede pasar por alto la transgresión de cualquier pecador.»