Este libro comienza con el reinado de Salomón y la construcción del templo y continúa con la historia de los reyes de Judá desde Salomón hasta la deportación a Babilonia, y concluye así con la caída de aquella ilustre monarquía y con la destrucción del templo. En los libros 1 y 2 de Reyes, la historia de los reyes de Judá estaba mezclada con la de los reyes de Israel, pero aquí sólo se mencionan los de Judá. Se repite mucho de lo que ya sabemos, pero se amplían algunas de las porciones ya conocidas y se añaden otras nuevas, especialmente en lo referente a los asuntos religiosos, que es donde se pone el énfasis en Crónicas.
En el libro anterior veíamos cómo engrandeció Dios a Salomón y cómo le prestó homenaje el pueblo. Ahora se nos dice: I. Cómo honró él a Dios mediante sacrificios (vv. 1–6) y oración (vv. 7–12). II. Cómo honró él a Israel al incrementar la fuerza, la riqueza y el comercio del país (vv. 13–17).
Versículos 1–12
I. La gran prosperidad de Salomón (v. 1). Como Dios estaba con él, lo engrandeció sobremanera.
II. Su gran piedad y devoción.
1. Hasta ahora, todos sus nobles debían de ser buenas personas, pues estuvieron dispuestos a unirse a él en sus devociones. Les habló a los capitanes y a los jueces, a los gobernadores y a los jefes de las familias, para ir con ellos a Gabaón (vv. 2, 3). Comenzó Salomón su reinado con esta piadosa y pública visita al altar de Dios, lo cual fue un buen presagio. Los magistrados que comienzan su mandato de manera piadosa tienen grandes probabilidades de prosperar ellos mismos y de llevar a su país a buen puerto.
2. Ofreció allí abundantes sacrificios (v. 6). Su padre David le había dejado rebaños y ganado mayor en abundancia (1 Cr. 27:29, 31), y así pudo ofrecer a Dios de ellos en gran cantidad. El Arca estaba en Jerusalén (v. 4), pero el altar estaba en Gabaón (v. 5), y allí ofreció él los sacrificios.
3. Dirigió a Dios una buena oración; de ella, y de la respuesta que Dios le dio, ya vimos en 1 Reyes 3:5 y ss. (A) Dios le dijo que pidiera lo que desease, no sólo para concederle su favor, sino también para descubrir lo que había en su corazón, ya que el carácter de los hombres se echa de ver en sus deseos y preferencias. «¿Qué querrías tener?» es una pregunta que pone a prueba a una persona, tanto o más que:
«¿Qué querrías hacer?» (B) Como buen hijo de David, escogió algo espiritual, más bien que cosas temporales. (Recuérdese lo dicho en 1 R. 3:5 y ss.: Salomón pudo haber escogido algo mejor: incesante comunión con Dios. Nota del traductor.) Pidió «sabiduría e inteligencia» (v. 10). Dos razones expone, las cuales no se citan en 1 Reyes: (a) «Me has puesto por rey en lugar de mi padre» (v. 8). Como si dijese:
«Si he de reinar en lugar de mi padre, dame el saber de mi padre». (b) «Confírmese … tu palabra dada a David mi padre» (v. 9). La promesa está en 2 Samuel 7:13, 14; 1 Reyes 5:5; 1 Crónicas 28:6: «Él edificará mi casa y yo confirmaré su trono …» «Dame, pues, sabiduría de lo contrario—parece decir Salomón—, ni tu casa será edificada, ni mi trono será confirmado».
4. Recibió cumplida respuesta a su oración (vv. 11, 12). (A) Dios le concedió la sabiduría que le había pedido. Nunca faltará el favor de Dios a quienes sinceramente lo desean. (B) Dios le concedió también riquezas y honores que no había pedido. Los que ponen su corazón en las cosas de este mundo, verán cómo se les acaban un día y pierden lo eterno; mientras que los que ponen la mira en las cosas de arriba, no sólo las obtendrán, sino que también disfrutarán de todo lo conveniente aquí en la vida presente.
Versículos 13–17
1. El comienzo del gobierno de Salomón (v. 13): Volvió de delante del tabernáculo … y reinó sobre Israel. No quiso intervenir en asuntos del gobierno, sino después de llevar a cabo primeramente sus actos de devoción; ningún honor quería para sí sin dar antes a Dios el honor—primero, el tabernáculo; después, el trono—. 2. La magnificencia de su corte (v. 14): «Juntó carros y gente de a caballo». Hasta qué punto quebrantó así la ley de Deuteronomio 17:16, no están los autores de acuerdo. Quizá dependa la solución del motivo que le indujo: ¿fue por lujo y ostentación, o por hacer un buen negocio para el país? El oro y la plata llegaron a ser en su reinado cosa común y barata (v. 15), pues el incremento de estos metales hace que baje su valor; en cambio, el aumento de gracia incrementa su precio, pues cuanto más tienen los hombres de ella, más la estiman. De Egipto importaba Salomón caballos y lienzos finos (v. 16) que él exportaba a los reyes heteos y de Siria, y hacía, sin duda, gran negocio (v. 17). Ya vimos esto en 1 Reyes 10:28, 29.
El negocio de Salomón con sus importaciones y exportaciones no tenía nada de malo, pero la obra principal que le estaba destinada era la construcción, y a ella se dedica ahora. I. Su resolución de edificar el templo y un palacio real, y su designación de los que habían de trabajar en ambos edificios (vv. 1, 2, 17, 18). II. Su petición al rey de Tiro para que le ayudase con artesanos y materiales (vv. 3–10). III. El rey de Tiro accede a su petición (vv. 11–16).
Versículos 1–10
La sabiduría le había sido dada a Salomón no solamente para especular ni para conversar, sino especialmente para actuar; y a la acción se dedica de inmediato.
I. Su resolución de construir (v. 1): «Determinó, pues, Salomón edificar casa al nombre de Jehová y casa real para sí». Al primero se le sirve primero—primero el templo y después el palacio—; éste, no tanto por comodidad y ostentación cuanto por honor del reino y decorosa recepción del pueblo siempre que necesitasen acudir a su rey, así como de los embajadores de otros países; el bien común tenía prioridad en su intención.
II. Su embajada a Huram (como se llama aquí al rey de Tiro, en vez de Hiram). El objetivo de esta embajada aparece aquí, con poca diferencia, como en 1 Reyes 5:2 y ss.
1. Las razones que presenta al rey de Tiro están aquí expresadas con más detalle que en 1 Reyes: (A) Apela a la amistad que unía a David con Huram (v. 3): «Haz conmigo como hiciste con David mi padre».
(B) Le declara su objetivo al edificar el templo (v. 4): era para fines religiosos; para ser dedicado a Dios y usado en su servicio, del que menciona varios detalles para conocimiento de Huram. (C) Procura excitar en Huram altos pensamientos con respecto al Dios de Israel (v. 5): Porque el Dios nuestro es grande sobre todos los dioses. Por consiguiente: (a) «Su casa había de ser grande, no al nivel del Dios al que se dedicaba (pues no cabe proporción entre lo infinito y lo limitado), sino a la medida de la gran estima en que tenemos a nuestro Dios». (b) «Pero que no piense Huram que el Dios de Israel habita, como los dioses de las demás naciones, en templos hechos por manos humanas (Hch. 17:24), pues los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerle (v. 6). Sólo se va a edificar para conveniencia de los sacerdotes y de los adoradores a fin de que tengan un lugar para quemar incienso delante de Dios.» (c) Se considera a sí mismo, aun siendo un gran rey, como indigno del honor de ser usado para esta gran obra: «¿Quién soy yo para que le edifique casa?»
2. También aparecen aquí con más detalle las peticiones que le hace. (A) Desea que Huram le envíe una buena mano para la obra, un hombre hábil, etc. (v. 7). Como si dijese: «Tenemos hombres hábiles en Jerusalén, pero no tan expertos como los de Tiro en el trabajo del oro, etc.; por eso, puesto que la obra del templo debe ser la mejor de su clase envíame los mejores artífices que puedas encontrar». (B) Desea también los mejores materiales para esta obra (v. 8), «porque la casa que tengo que edificar ha de ser grande y portentosa» (v. 9).
3. Por su parte, Salomón se compromete a mantener a sus obreros (v. 10), a darles trigo y cebada, vino y aceite, tanto cuanto necesiten. No iba a tenerles a pan y agua, sino que les iba a dar de lo mejor, y en abundancia.
Versículos 11–18
I. La respuesta que Huram dio a Salomón, en la cual muestra su gran respeto a Salomón y su disposición a servirle.
1. Felicita a Israel por tener un rey como Salomón (v. 11): Por el amor que Jehová tiene a su pueblo, te ha puesto por rey sobre ellos.
2. Bendice a Dios por haber suscitado tal sucesor a David (v. 12). No sólo estaba Huram en buena disposición hacia la nación judía, y contento de que prosperara, sino que adoraba a Jehová el Dios de Israel (con cuyo nombre se le conocía en las naciones vecinas). Ahora que el pueblo de Israel se adhería a la Ley y al culto de Dios, y preservaba así su propio honor, las naciones vecinas parecían dispuestas a ser instruidas en la verdadera religión, como había sido infectado Israel, en los días de su apostasía, por las idolatrías y supersticiones de sus vecinos.
3. Le envió un artífice muy hábil que en ninguna cosa le había de decepcionar: Hiram-abí, que llevaba en sus venas sangre judía y gentil, pues su madre era israelita y su padre tirio. Como Hiram-abí significaba «Hiram, mi padre», comenta el Dr. Ryrie que se llamaba padre por ser un gran experto en su oficio, según la costumbre antigua.
4. En cuanto a los materiales, pide a Salomón que le envíe los víveres que ha prometido para los obreros, y él hará que la madera sea transportada hasta Jope, desde donde Salomón hará que la lleven hasta Jerusalén (vv. 15, 16).
II. Las órdenes que dio Salomón acerca de los obreros. A los nativos de Israel no iba a emplearlos en la carga y descarga de materiales, sino que para ello emplearía a los extranjeros que vivían en el país como prosélitos de la religión judía. Por este tiempo había gran número de ellos en Israel (v. 17), quienes, como los gabaonitas, estaban bajo ley de ser cortadores de leña para la congregación. La cifra que se nos da de estos obreros (v. 17) es de 150.000, cuya distribución se nos refiere en los versículos 2 y 18.
En este capítulo tenemos: I. El lugar y el tiempo de la construcción del templo (vv. 1, 2). II. Sus dimensiones y ornamentación (vv. 3–9). III. Los querubines en el Lugar Santísimo (vv. 10–13). De todo esto ya se nos habló en 1 Reyes caps. 6 y 7.
Versículos 1–9
I. El lugar en que fue construido el templo. 1. Había de ser en Jerusalén (1 Cr. 22:1), pues ése era el lugar que había escogido Dios; la ciudad regia había de ser la ciudad santa. 2. Había de estar en el monte Moria, que, en opinión de muchos fue el lugar donde Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac (Gn. 22:2). 3. Había de ser donde se había aparecido Jehová a David y le había contestado por fuego (1 Cr. 21:18, 26). Allí se había hecho una vez la expiación y, por consiguiente, en recuerdo de ello, allí había de hacerse de nuevo la expiación. 4. Había de ser en el lugar que David había preparado, no sólo por haberlo comprado con su dinero, sino por haberlo escogido bajo la dirección de Dios. 5. Había de estar en la era de Ornán o Arauna.
II. El tiempo en que empezó a construirse: en el cuarto año del reinado de Salomón (v. 2). Los tres primeros años fueron empleados en hacer los preparativos necesarios, pues no es de extrañar que pasasen pronto esos tres años si tenemos en cuenta la cantidad de manos y de materiales que había de reunirse para la construcción.
III. Sus dimensiones, respecto de las cuales, como de otras cosas, Salomón había recibido de su padre las instrucciones necesarias (v. 3): «Éstas son las medidas (o esto es lo establecido) que fijó Salomón para la edificación de la casa». Es decir, por esta norma de medida se rigió—tantos codos de largo, tantos de ancho, etc.—conforme a la primera medida, la que le fue señalada por la sabiduría divina para las dimensiones del templo.
IV. La ornamentación del templo. El maderamen era de primera calidad y, aun así, estaba cubierto de oro puro (v. 4), de oro fino (v. 5) y realzado con palmeras y cadenas. Era oro de Parváyim (v. 6), el mejor. Las vigas, los umbrales, las paredes y las puertas estaban cubiertos de oro (v. 7). El Lugar Santísimo, de veinte codos de largo por otros veinte de ancho, estaba todo él cubierto de oro fino (v. 8), cuyo peso era de seiscientos talentos (¡unas 21 toneladas métricas!). Los clavos, también de oro, pesaban 50 siclos (unos 700 gramos) en total, no cada uno (como dicen nuestras versiones, al seguir a los LXX y a la Vulgata).
Versículos 10–17
1. Ya había sobre el Arca dos querubines que cubrían el propiciatorio con sus alas extendidas. Pero ahora que el Lugar Santísimo era mucho más amplio, Salomón hizo esculpir otros dos querubines, también cubiertos de oro (v. 10), para representar a los ángeles que custodian la majestad de Dios (Is. 6:3). Éstos estaban con las alas extendidas de una pared a otra (más de nueve metros en total): 2’30 m. por cada ala; con lo que el total (20 codos = 9’20 m) equivalía a la anchura del Lugar Santísimo (v. 8). Estaban de pie (v. 13) en actitud de servir, y con los rostros vueltos hacia la cámara (o hacia el Arca), no hacia los adoradores (pues entonces habrían estado sentados o en un trono), con lo que se daba a entender que no estaban allí para ser ellos adorados, sino para adorar ellos mismos a Dios. No hemos de adorar a los ángeles, sino, con los ángeles, a Dios; pues hemos sido convocados a la misma asamblea festiva que ellos (He. 12:22) y hemos de hacer, lo mismo que ellos, la voluntad de Dios (comp. 1 Co. 11:10 con Is. 6:2). Más aún, los ángeles son servidores de los creyentes (He. 1:14).
2. El velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo (v. 14) era señal de la oscuridad de la dispensación de la Ley, y de la distancia a la que habían de pararse los adoradores; pero, al morir Cristo, este velo se escindió de arriba abajo, para indicar que podemos ya acercarnos con toda confianza al trono de la gracia (He. 4:15, 16), no sólo podemos mirar, sino también entrar. En este velo hizo Salomón bordar (lit. hizo subir, esto es, realzar sobre la tela al bordarlos) querubines (v. 14).
3. Se mencionan también las dos columnas que ya conocemos por 1 Reyes 7:15 y ss., a las que puso los nombres de Jaquín y Bóaz («firmeza» y «fuerza», respectivamente), de 35 codos (unos 16 metros) de alto (v. 15).
Más detalles sobre el mueblaje del templo. I. Objetos de bronce. El altar de los holocaustos (v. 1), el estanque, o mar de agua, y las fuentes (o pilas) para las abluciones (vv. 2–6), el revestimiento de las puertas del atrio (v. 9), los utensilios del altar de bronce y otros accesorios (vv. 10–18). II Objetos de oro. Diez candeleros (v. 7) y cien tazones (v. 8), el altar del incienso (v. 19) y los accesorios de cada uno de estos objetos (vv. 20–22).
Versículos 1–10
David habla a menudo con afecto de la casa de Jehová y de los atrios de nuestro Dios.
I. Objetos del atrio que estaban a la vista de todo el pueblo, y que tenían un significado muy importante.
1. El altar de bronce (v. 1). Sobre él se ofrecían los sacrificios, y él santificaba las ofrendas. Este altar era mucho mayor que el que había hecho Moisés para el tabernáculo; éste era de cinco codos en cuadro, mientras que el del templo era de veinte codos en cuadro. Dios había ampliado considerablemente las fronteras de la nación; estaba, pues, muy puesto en razón que ellos ampliasen los altares de Dios. Nuestra gratitud ha de ser a la medida de los beneficios que Dios nos otorga. Tenía diez codos de alto (unos 4’50 m), a fin de que el pueblo que adoraba en los atrios pudiese ver cómo se quemaban los sacrificios, y la vista pudiese infundir al corazón arrepentimiento por el pecado. Con el humo de los sacrificios podía elevarse también el corazón en oración a Dios y gratitud por sus favores. En todas nuestras devociones hemos de poner nuestra vista en Jesús (He. 12:20), la gran propiciación por nuestros pecados (1 Jn. 2:1– 2).
2. El estanque, o mar, de bronce fundido y de forma redonda, para que los sacerdotes se lavaran en él (vv. 2, 6). (A) Hay abundancia plena de méritos en la obra de Jesucristo para todos cuantos se acerquen por fe a purificar su conciencia para servir al Dios vivo (He. 9:14). (B) Y nosotros tenemos el deber de purificarnos por medio de un arrepentimiento sincero. Nuestro corazón ha de ser santificado para poder santificar el nombre de Dios. Para acercarnos a Dios hemos de limpiar las manos y purificar el corazón (Stg. 4:8).
3. Había también diez fuentes, o pilas, para lavar y limpiar en ellas lo que se ofrecía en holocausto (v. 6). Así como los sacerdotes tenían que lavarse, también tenían que lavarse los sacrificios. No sólo hemos de purificarnos, sino que hemos de quitar de nosotros con todo esmero los vanos pensamientos que se apegan a nuestras acciones y las manchan.
4. Las puertas del atrio estaban cubiertas de bronce (v. 9), tanto para embellecerlas como para fortalecerlas y protegerlas de la acción corrosiva de los elementos atmosféricos.
II. En la casa de Dios, o santuario propiamente dicho (en donde sólo los sacerdotes podían entrar a oficiar), había objetos de significado aún más importante. Todo era de oro allí. Cuanto más nos acercamos a Dios, tanto más puros debemos ser y más puros nos hará. 1. Había allí diez candeleros de oro de la misma forma que el del tabernáculo (v. 7). La Palabra de Dios es una luz (Sal. 119:105) que alumbra en un lugar oscuro (2 P. 1:19). En tiempo de Moisés sólo tenían un candelero, pues sólo disponían del Pentateuco el actual aumento en el número de candeleros podía significar las adiciones que, al paso del tiempo, se hicieron con otros libros de las Escrituras. Todos los candeleros eran de oro, así como toda la Escritura es inspirada por Dios (2 Ti. 3:16), aunque no sea toda igualmente importante. También las iglesias locales están destinadas a ser candeleros (Ap. 1:20). 2. Había diez mesas para los panes de la proposición, las cuales habían de ser de oro como la primera (vv. 8, 19). A estas mesas pertenecían cien tazones de oro (v. 8). 3. Y estaba el altar de oro (v. 19), donde se quemaba el incienso.
Versículos 11–22
Compendio de toda la obra de bronce y oro del templo. 1. Huram fue muy puntual, pues acabó a tiempo toda la obra que tenía que hacerle al rey (vv. 11, 16). 2. Salomón no escatimó dinero ni materiales, pues hizo todos los enseres en número tan grande que no pudo saberse el peso del bronce (v. 18), a fin de que pudieran reponerse los que se fuesen desgastando con el uso.
Una vez edificado y amueblado para Dios el templo, tenemos aquí: I. La posesión que de él se hizo a Dios al llevar allí las cosas que David había dedicado (v. 1), especialmente el Arca, señal de su presencia (vv. 2–10). II. La posesión que Dios tomó de él mediante la nube (vv. 11–14).
Versículos 1–10
Todo esto concuerda con lo que ya vimos en 1 Reyes 8:2 y ss., donde se nos informó de la solemne introducción del Arca en el recién edificado templo.
1. No necesitaron gran solemnidad para traer las cosas dedicadas (v. 1), pues ellas prestaban al templo riqueza y, quizá belleza; pero no podían prestar santidad al templo que santificaba al oro (Mt. 23:17). Véase cuán bien se portó en esto Salomón, tanto para con Dios como para con David su padre, pues todo lo que David había dedicado a Dios, lo empleó para las cosas del templo. Y después de haber hecho en abundancia todos los utensilios del templo (4:18), no empleó para otros usos los materiales que habían quedado, sino que los dejó en el tesoro del templo para casos de necesidad.
2. Pero el Arca merecía ser introducida con toda solemnidad; y así se hizo. Todos los demás utensilios se habían hecho nuevos y más amplios o más numerosos, en proporción a las medidas del templo; pero el Arca, con el propiciatorio y los querubines, era la misma, porque la presencia y la gracia de Dios es la misma en pequeñas congregaciones como en grandes asambleas. Donde dos o tres están reunidos en nombre de Cristo, allí está Él tan presente como donde hay 2.000 o 3.000 reunidos.
3. El Arca entró escoltada por un gran número de los ancianos y de los jefes de Israel, que vinieron para asistir a la solemnidad (vv. 2–4). Fue llevada a hombros de los sacerdotes (v. 7), introducida en el Lugar Santísimo y colocada bajo las alas de los grandes querubines que había puesto allí Salomón (vv. 7, 8). La frase «y allí están hasta hoy», del versículo 9, no se refiere a la fecha en que se escribió el libro de Crónicas, sino la fecha en que se inscribió en el documento, anterior al año 587 a. de C., del que se extrajo la noticia para registrarla ahora. El Arca era tipo de Cristo y, como tal, señal de la presencia de Dios. El templo mismo, al marcharse de él Cristo, fue un lugar desolado (Mt. 23:38). Con el Arca introdujeron también el tabernáculo de reunión y todos los utensilios del santuario que estaban en el tabernáculo (v. 5).
4. Todo esto se llevó a cabo con gran regocijo. Observaron fiesta solemne en esta ocasión (v. 3), y sacrificaron ovejas y bueyes en número incalculable (v. 6). Cuando Cristo es formado en una persona, la ley queda escrita en el corazón, y el Arca de Dios se establece allí de forma que la persona se convierte en templo del Espíritu Santo, con lo que aquel corazón queda verdaderamente satisfecho y gozoso.
Versículos 11–14
Salomón y los ancianos y jefes de Israel habían hecho lo que pudieron para solemnizar la traída e introducción del Arca; pero Dios le prestó el mayor honor posible al manifestar que aceptaba lo que habían hecho. La nube de gloria que llenó la casa de Dios (v. 14) la embelleció más que todo el oro con que estaba cubierta; pero, aun así, esta gloria no tuvo comparación con la gloria de la dispensación del Evangelio (2 Co. 3:8–10).
I. Cómo tomó Dios posesión del templo: «Lo llenó de una nube» (v. 13). 1. Con esto mostraba que aceptaba este templo del mismo modo que había aceptado el tabernáculo de Moisés (Éx. 40:34). 2. Con esto tenía en consideración la debilidad de aquellos a quienes se manifestaba pues no habrían podido soportar el brillo de la luz divina (1 Ti. 6:16). Así también Jesucristo fue revelando a sus discípulos las cosas de Dios de forma que pudiesen entenderlas, y en parábolas, como si envolviese las cosas de Dios en una nube.
II. Cuándo tomó posesión de él. 1. Cuando los sacerdotes salieron del santuario (v. 11). Ésta es la forma de dar posesión. Todos tienen que salir, para que el legítimo dueño pueda entrar. ¿Queremos que habite Dios en nuestro corazón? Hemos de dejarle sitio; todo lo demás ha de quedarle sometido, si es bueno, o expulsado, si no puede convivir con Dios. 2. Cuando los músicos y cantores alababan a Dios, entonces llenó la nube la casa. Esto es muy de notar; no fue al ofrecer sacrificios a Dios sino al cantarle alabanzas cuando la nube llenó la casa, porque el sacrificio de alabanza (He. 13:15) agrada a Dios más que el de un buey o un becerro (Sal. 69:31). Donde hay avenencia con Dios, hay bendición de Dios. La bondad de Dios es su gloria, y por eso se agrada Dios cuando le damos la gloria que se merece su bondad.
Cuál fue el resultado. «No podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube» (v. 14). El Verbo se hizo carne (Jn. 1:14); y cuando venga a su templo como fuego purificador, ¿quién podrá soportar el día de su venida?, o ¿quién podrá estar en pie cuando Él se manifieste? (Mal. 3:1, 2).
Ya que hubo llenado la gloria de Dios, por medio de la nube, el templo, Salomón aprovecha inmediatamente la ocasión y se dirige a Dios. I. Hace una solemne declaración de su intención al edificar esta casa, para satisfacción del pueblo y honor de Dios y bendice al pueblo y a Dios (vv. 1–11). II. Dirige a Dios una solemne oración para que se digne aceptar benévolamente y responder convenientemente todas las oraciones que se le hagan en esta casa (vv. 12–42). Todo este capítulo aparece, con ligeras variantes, en 1 Reyes 8:12–53, al que hará bien el lector en volver su mirada.
Versículos 1–11
En todas nuestras devociones, es de gran importancia, que nuestra intención sea recta («el ojo sencillo» de Mt. 6:22). Si Salomón hubiese construido el templo por orgullo, no le habría resultado de
provecho, pero: 1. Lo construyó para la gloria y el honor de Dios; éste fue su motivo principal, su último fin. Lo edificó al nombre de Jehová Dios de Israel (v. 10), como morada para Dios (v. 2). Lo hizo en cumplimiento de la elección que Dios se había complacido en hacer de Jerusalén, a fin de que fuese la ciudad en que estuviese su nombre (v. 6): A Jerusalén he elegido para que en ella esté mi nombre. 3. Lo hizo al cumplir las buenas intenciones de su padre, quien no había tenido la oportunidad de llevarlas a la práctica (v. 7): David mi padre tuvo en su corazón edificar casa al nombre de Jehová Dios de Israel. Dios había aprobado su intención aunque no le permitió edificarlo (v. 8). Así pasa con frecuencia con la obra de Dios: uno siembra y otro siega (Jn. 4:37, 38). No todas las obras bellas son originales. 4. Lo hizo, en fin en cumplimiento de la palabra que Dios había dicho: «Tu hijo … él edificará casa a mi nombre. Y Jehová ha cumplido su palabra» (vv. 9, 10).
Versículos 12–41
En los versículos precedentes Salomón había firmado y sellado, por decirlo así, el documento de dedicación, por el cual el templo quedaba destinado al honor y servicio de Dios. Ahora profiere la oración de consagración, por la que fue hecho tipo de Cristo, el gran Mediador, mediante el cual hemos de ofrecer todas nuestras oraciones.
I. Vemos expresadas varias verdades doctrinales. 1. El Dios de Israel es un Ser de incomparable perfección. No podemos describirlo; pero sabemos que no hay semejante a Él en el cielo ni en la tierra (v. 14). 2. Que es fiel a toda palabra que dice, y todos los que le sirven sinceramente hallarán, sin duda, que es fiel y amoroso. 3. Que es infinito e inmenso, al que los cielos y los cielos de los cielos (los más altos cielos) no pueden contener, y a cuya felicidad nada podemos añadir por mucho que podamos hacer en servicio suyo (v. 18). Así como rebasa todas las fronteras del Universo, también supera infinitamente las alabanzas de todas las criaturas inteligentes. 4. Que sólo Él conoce el corazón de los hijos de los hombres (v. 30). Todos los pensamientos, intenciones, sentimientos, etc., están abiertos y desnudos delante de Él; nada podemos esconderle a Dios, quien no sólo conoce lo que hay en el corazón, sino que conoce el corazón mismo y todas sus palpitaciones. 5. Que en esta vida no puede hallarse tal cosa como una perfección absoluta (v. 36).
II. Hay aquí también algunas suposiciones o hipótesis. 1. Supone Salomón que, si surgen dudas y controversias entre un hombre y otro, ambas partes estarán de acuerdo en apelar a Dios y exigir juramento a la persona cuyo testimonio tenga que zanjar la disputa (v. 22). 2. Supone también, aun cuando Israel disfrutaba entonces de profunda paz y tranquilidad, que vendrían tiempos de calamidad y que quienes no habían invocado a Dios en otras circunstancias, le buscarán con afán y prontitud en su tribulación. A quienes se hayan apartado de Dios, la tribulación los devolverá a Él (vv. 24, 26, 28). 3. Supone que habían de venir de tierras lejanas extranjeros para adorar al Dios de Israel y prestarle homenaje.
III. Finalmente, hay peticiones. 1. Que Dios reconozca por suya esta casa (v. 20). 2. Que Dios oiga y acepte las oraciones que se hagan en ella o en dirección a ella (v. 21). Oró para que Dios oyera desde su morada celestial que es la verdadera morada de Dios, de la que ha de venir su socorro. «Que oigas y perdones» (v. 21). El perdón de los pecados es la llave que abre la puerta a todas las demás respuestas a nuestras oraciones. 3. Que la justicia divina actúe con toda equidad ante todas las apelaciones que a ella se hagan aquí (vv. 23, 30). 4. Que Dios tenga misericordia de su pueblo cuando ellos se arrepientan y le busquen (vv. 25, 27, 38, 39). 5. Que acoja bien a los extranjeros que vengan a esta casa y conteste a sus oraciones (v. 33). 6. Que defienda siempre la causa de su pueblo Israel contra todos sus enemigos:
«Ampara su causa» (vv. 35, 39). 7. Termina su oración con algunas expresiones que había aprendido de su buen padre, inscritas en los Salmos. No se mencionaron en 1 Reyes, pero las tenemos aquí (vv. 41, 42). Ora: (A) Para que Dios se digne tomar posesión del templo y que haga de él su morada; «Tú y el Arca de tu poder» (v. 41), pues ¿de qué serviría el Arca sin el Dios del Arca, las ordenanzas de Dios sin el Dios de las ordenanzas? (B) Que se digne hacer de los ministros del templo una gran bendición para el pueblo: Sean vestidos de salvación tus sacerdotes», es decir, de santidad, como se ve por el Salmo 132:9, 16), de donde toma Salomón estas frases (aunque la palabra «justicia» del Salmo 132:9 significa las vestiduras de gala, es decir, las ordenadas por Dios mismo. Nota del traductor). (C) Que el servicio del templo llene de gozo al pueblo de Dios.
Respuesta de Dios a la oración de Salomón. I. En público, por medio del fuego que consumió los sacrificios (v. 1), lo que impresionó mucho a sacerdotes y pueblo (vv. 2, 3). Con está señal de la aceptación de Dios se animaron grandemente a continuar durante catorce días la solemnidad de la fiesta, y Salomón se animó a seguir adelante con todos sus planes para el honor de Dios (vv. 4–11). II. En privado, durante un sueño o una visión en la noche (vv. 12–22). La mayor parte de estas cosas las vimos ya en 1 Reyes capítulos 8 y 9.
Versículos 1–11
I. La bondadosa respuesta que concedió Dios inmediatamente a la oración de Salomón (v. 1):
«Descendió fuego de los cielos y consumió el holocausto y las víctimas». De este modo había testificado Dios su aceptación de Moisés (Lv. 9:24), de Gedeón (Jue. 6:21), de David (1 Cr. 21:26); y, en general, aceptar el holocausto es, en la fraseología hebrea, convertirlo en cenizas (Sal. 20:3). Apliquemos esto: 1. A los padecimientos de Cristo. Cuando plugo a Dios quebrantarlo, y lo sometió al padecimiento, en eso mismo mostró su buena voluntad hacia los hombres, al cargar sobre Él la iniquidad de todos nosotros (Is. 53:6, 10). Su muerte fue nuestra vida; y Él fue hecho maldición (Gá. 3:13) y pecado (2 Co. 5:21) para que nosotros heredásemos bendición y justicia. 2. A la santificación del Espíritu quien desciende como fuego, y consume nuestra corrupción y nuestras escorias esas bestias que deben ser sacrificadas, si no hemos de darnos por perdidos; y que enciende en nuestro espíritu un fuego santo de piadosos sentimientos y afectos, fuego que ha de arder de continuo en el altar de nuestro corazón.
II. La gratitud mostrada a Dios por esta señal de su favor.
1. El pueblo adoró y alabó a Jehová (v. 3): Se postraron sobre sus rostros en el pavimento y adoraron y alabaron a Jehová, con lo que expresaron así su tremendo pavor ante la majestad divina, su gozosa sumisión a la autoridad de Dios y el sentimiento que tenían de su propia indignidad para acercarse a la presencia de Dios. Incluso cuando descendió del cielo el fuego de Jehová, le alabaron diciendo: Él es bueno, y su misericordia es para siempre». Este es un cántico que nunca se pasa de moda, y por el que nuestro corazón y nuestra lengua nunca deberían estar fuera de tono.
2. El rey y todo el pueblo ofrecieron sacrificios en abundancia (vv. 4, 5). Y los sacerdotes cumplieron también con su función, así como los cantores y músicos con la suya (v. 6) con los instrumentos que había hecho David y, sin duda, con el cántico que David había entregado a Asaf (comp. con 1 Cr. 16:34).
3. Toda la congregación expresó el mayor gozo y la mayor satisfacción imaginables. Observaron durante siete días la fiesta de la dedicación del altar (desde el segundo hasta el noveno); el décimo día era el Día de la Expiación, cuando tenían que afligir su alma por el pecado, lo cual no estaba fuera de sazón en medio de su regocijo; el día quince comenzaron la fiesta de los Tabernáculos, la que continuó hasta el veintidós, y no se separaron hasta el veintitrés.
Versículos 12–22
Dios se apareció a Salomón de noche, como lo había hecho otra vez (1:7), y, como entonces, también después de un día de ofrecer sacrificios, y le dio una respuesta especial a su oración. Su contenido lo vimos ya en 1 Reyes 9:2–9.
1. Le prometió reconocer esta casa como casa de sacrificio (v. 12) y de oración (Is. 56:7), para que estuviese en ella su nombre para siempre (v. 16).
2. Le prometió responder las oraciones de su pueblo siempre que viniesen a elevarlas en este lugar (vv. 13–15). (A) Se supone que ha de haber tiempos de hambre en el país, y, probablemente, guerra, si por langostas que consuman la tierra se dan a entender enemigos que consumen y devastan como las langostas (v. Jl. 1:4–7; 2:25). (B) Del pueblo se espera y exige arrepentimiento, oración y reforma de vida (v. 14). (C) Bajo esa condición, se promete misericordia al país; Dios perdonará el pecado que atrajo sobre ellos la calamidad, y sanará la tierra, que había sido devastada. La gracia del perdón prepara el camino para la gracia de la curación (Sal. 103:3; Mt. 9:2).
3. Prometió perpetuar el trono de Salomón, a condición de que él persevere en el cumplimiento de su deber (vv. 17, 18). Pero pone delante de él la muerte y la vida, la maldición y la bendición. (A) Da como posible que, aunque ha edificado este templo para honrar a Dios, se aparten para adorar a otros dioses (v. 19). (B) Les amenaza de cierto que, si lo hacen, de seguro verán la ruina tanto el trono como el altar.
En este capítulo se nos dice: I. Qué ciudades edificó Salomón (vv. 1–6). II. Qué obreros empleó (vv. 7–10). III. Qué interés puso en acomodar bien a su mujer (v. 11). IV. Qué buenas normas estableció para el servicio del templo (vv. 12–16). V. Qué comercio hizo con los países extranjeros (vv. 17, 18). Un relato similar en 1 Reyes 9:10–24.
Versículos 1–11
1. Aunque Salomón era muy sabio y erudito, no pasó sus días en la especulación, sino en la acción: construyó ciudades y las fortificó.
2. Empleó para ello a mucha gente. Habían quedado en el país muchos antiguos habitantes de Canaán, se les permitió permanecer en el país, pero no para que fuesen holgazanes.
3. Una vez que Salomón llevó a cabo con toda diligencia la obra de la construcción del templo, prosperó en todas sus empresas y edificó todo lo que quiso (v. 6). Sabía poner límite a sus deseos; llevó a cabo lo que deseaba, y ya no deseó más.
4. La razón por la que Salomón edificó un palacio especial para su mujer fue porque no resultaba apropiado que ella morara en la casa de David, pues allí había estado el Arca; eran habitaciones sagradas, y la reina era egipcia; es probable que fuese prosélita de la religión judía, pero es muy problemático que lo fuese su servidumbre, y en este caso habría ídolos de Egipto en las habitaciones. Su matrimonio con una princesa egipcia pudo ser una medida política de prudencia, y el texto sagrado no le reprende por esto; especialmente, al tener cuidado de que no quedasen profanadas aquellas habitaciones donde había morado el Arca de Dios y donde el dulce cantor de Israel había entonado sus salmos y había elevado sus oraciones.
Versículos 12–18
1. Devoción de Salomón. La construcción del templo estaba destinada al servicio del templo. Por muy suntuosa que hubiese resultado la estructura del edificio, si hubiese descuidado la adoración que allí se había de ofrecer a Dios, todo habría carecido de propósito. Tras edificar el templo, Salomón: (A) Hizo que continuasen ofreciéndose los sacrificios que prescribía la Ley de Moisés (vv. 12, 13). Nosotros hemos de ofrecer ahora sacrificios espirituales cada día, y bueno será que destinemos un espacio de tiempo conveniente para nuestras devociones personales y familiares. (B) También hizo que continuasen los demás servicios del templo (el canto, entre ellos—«para que alabasen …»—), porque así lo había mandado David varón de Dios (v. 14), llamado así, como Moisés, porque había sido instruido y autorizado por Dios para establecer estas normas. El rey puso interés en que se llevase a cabo cada cosa en su día (v. 14), y ellos no se apartaron del mandamiento del rey (v. 15). Es notable que, luego que todo el servicio del templo fue puesto en buen orden, leemos que «así la casa de Jehová fue acabada totalmente» (v. 16). Fue entonces cuando quedó «perfecta».
2. Comercio de Salomón. Visitó personalmente las ciudades portuarias de Elot y Esyón-Guéber. Canaán era un país rico y fértil pero tenían que comprar oro de Ofir; los israelitas eran un pueblo inteligente, pero dependían de Tiro en cuanto a marineros diestros en el mar (v. 18). Y eso que Canaán era tierra de Dios, e Israel era heredad de Dios. Esto nos enseña que la mayor riqueza es la gracia, no el oro, y que la mejor erudición es la instrucción en la ley de Dios.
Salomón aparece todavía grande a los ojos de sus súbditos y de los extranjeros (v. 1 R. 10). Su apostasía posterior, de la que sabemos por 1 Reyes 11, es omitida aquí, con lo que este capítulo le lleva al sepulcro sin empañar su reputación. I. La visita que le hizo la reina de Sebá (vv. 1–12). II. Riquezas y esplendor de la corte de Salomón (vv. 13–28). III. Conclusión de su reinado (vv. 29–31).
Versículos 1–12
Esta porción de historia ha sido considerada en detalle en 1 Reyes. Nuestro Salvador la propuso (Mt. 12:42) como un ejemplo que nos ha de servir para poner todo nuestro interés en Cristo.
1. Dios honra a los que le honran (1 S. 2:30). Salomón había honrado grandemente a Dios en la edificación, el embellecimiento y la dedicación del templo; usó toda su sabiduría y sus riquezas para que saliese una obra consumada y perfecta. Ahora Dios hace que la sabiduría y las riquezas de Salomón redunden grandemente en su reputación.
2. Quienes conocen el valor de la sabiduría no escatiman dinero ni fatigas por obtenerla. La reina de Sebá se expuso a los peligros, la fatiga y las expensas de un largo viaje por oír la sabiduría de Salomón; pero, al aprender de él a servir a Dios y a cumplir con su deber se vio cumplidamente retribuida por todos sus esfuerzos. La sabiduría del Cielo es la perla de gran valor por cuya adquisición vale la pena desprenderse de todo lo demás, pues resulta un buen negocio.
3. Según el don que cada uno ha recibido debería usarlo para provecho y edificación de los demás siempre que haya oportunidad. Vemos que Salomón era comunicativo y dispuesto a enseñar a otros lo que él sabía. La reina de Sebá quedó muy impresionada al ver el porte con que los criados de Salomón le servían, y la forma en que tanto él como sus sirvientes asistían a la casa de Jehová.
4. Son dichosos los que tienen la oportunidad de conversar con mucha frecuencia con personas sabias y buenas. La reina de Sebá tuvo por dichosos a los siervos de Salomón, quienes continuamente oían su sabiduría (v. 7). Es de notar que los descendientes de quienes ocupaban entonces sitios en la corte, se tuvieron por muy distinguidos y honrados al ser mencionados como hijos de los siervos de Salomón (Esd. 2:55; Neh. 7:57). Bien cae a los sabios y ricos ser generosos conforme al puesto que ocupan y al poder que ostentan. Así lo fue la reina de Sebá para Salomón, y así lo fue Salomón para ella (vv. 9, 12). Ambos apreciaban la sabiduría y, por consiguiente, ninguno de los dos codiciaba el dinero, sino que cultivaron por medio de ricos presentes la amistad que habían contraído.
Versículos 13–30
I. Salomón reina en riquezas y poder, con abundancia y comodidad, tal como difícilmente habrá podido jamás disfrutar un rey. Los más ilustres alcanzaron fama en la guerra, mientras que Salomón reinó cuarenta años en la más tranquila paz. Algunos que podrían rivalizar con Salomón en majestad y pompa, trataban de mantener su prestigio y mantenían a sus súbditos a gran distancia; pero Salomón viajó mucho y no tuvo empacho en aparecer frecuentemente en público. Se cumplió la promesa de que Dios le daría riquezas, bienes y gloria como nunca habían tenido los reyes que fueron antes de él, ni habían de tener los que viniesen después de él (1:12).
1. Nunca apareció ningún rey en público con tanto esplendor como apareció Salomón, lo cual habría de darle enorme prestigio entre los que juzgan por lo que ven, como pasa con la mayoría de los hombres. Tenía doscientos paveses y trescientos escudos de oro batido, para ser llevados delante de él (vv. 15, 16) y se sentaba en el trono más suntuoso que puede imaginarse (vv. 17–19): «Jamás fue hecho trono semejante en reino alguno».
2. Nunca jamás tuvo ningún rey o príncipe tanta cantidad de oro y plata, aunque no había en su reino minas de oro ni de plata.
3. Nunca hubo príncipe alguno a quien llevasen todos sus vecinos tantos presentes como los que llevaban a Salomón: «Todos los reyes de Arabia y los gobernadores de la tierra traían oro y plata a Salomón» (v. 14), no como tributo que él les exigiese, sino como regalos por los sabios consejos que de él podían escuchar (v. 23). En esto fue tipo de Cristo, a quien, apenas recién nacido, los magos del oriente trajeron presentes, oro, incienso y mirra (Mt. 2:11).
4. Nunca jamás hubo un príncipe tan renombrado por su sabiduría, tan cortejado, tan consultado ni tan admirado como él (v. 23).
Después tenemos a Salomón que muere, despojado de toda su pompa y deja toda su riqueza y todo su poder, no a uno del que no sabía si sería sabio o necio (Ec. 2:19), sino a quien sabía que era un insensato. En cuanto a su apostasía, no es mencionada aquí. M. Henry (nota del traductor) opina que este silencio de Crónicas se debe a que se arrepintió y fue perdonado su pecado como si nunca hubiese existido. «Me inclino a creer—dice—que este silencio acerca del pecado de Salomón es una insinuación de que ninguno de los pecados que cometió fueron mencionados contra él (Ez. 33:16). Cuando Dios perdona el pecado, se lo echa a la espalda y ya no se acuerda más de él». Rodríguez Molero tiene otra explicación más probable de este silencio: «La idealización de Salomón, completa ya en tiempo del Cronista, le obliga a suprimir todos los hechos sombríos que empañaron sus últimos años» (1 R. 11:1– 39).
Este capítulo es una copia, casi al pie de la letra, de 1 Reyes 12:1–19. La defección de Salomón con respecto a Dios no se repite en Crónicas, pero la defección de las diez tribus de la casa de Salomón sí que se menciona aquí, donde vemos: I. Cuán insensatamente las trató Roboam (vv. 1, 5–14). II. Cuán malvado fue el pueblo al quejarse de Salomón (vv. 2–4) y abandonar a Roboam (vv. 16–19). III. Cuán justo y recto fue Dios en todo esto (v. 15). Su designio se cumplió con esta revuelta.
Versículos 1–11
1. El hombre más sabio y mejor del mundo no puede dar gusto a todos. Salomón enriqueció e hizo prosperar su reino, hizo cuanto pudo por la felicidad de sus súbditos, pero fue indiscreto en la imposición de tasas y contribuciones. No hay nadie sabio del todo. Es probable que la indiscreción hiciese presa a Salomón cuando él se apartó de Dios, y Dios le abandonó de forma que comenzó a actuar de esta forma tan poco discreta. Quizá la sobreabundancia de mujeres que tuvo acabó con las muchas riquezas que poseía, y fue entonces cuando, para conservar su prestigio, su lujuria y su idolatría, sobrecargó a sus súbditos.
2. Por otra parte, los hombres de ánimo turbulento e ingrato hallan siempre faltas en el gobierno y se quejan de injusticias imaginarias. ¿No habían tenido paz en tiempo de Salomón? Nunca habían sido presa de bandoleros o merodeadores como antiguamente, nunca fueron atemorizados con rumores de guerra ni obligados a jugarse la vida en el campo de batalla. ¿No habían tenido abundancia de alimento y de dinero? Con todo, se quejan de que Salomón les había impuesto un pesado yugo y una dura servidumbre (v. 4).
3. Vemos también la forma en que muchos se arruinan a sí mismos al atropellar y provocar a sus inferiores. Roboam pensó que, por ser rey, tenía autoridad para hacer lo que quisiera y ejercer el dominio como su padre. Es cierto que llevaba la corona de su padre, pero le faltaba el cerebro de su padre. Un hombre tan sabio como Salomón podía hacer lo que quisiera, pero un insensato como Roboam podía hacer sólo lo que estuviese a su alcance. Roboam pagó muy cara la arrogancia de sus amenazas. La consideración hacia los súbditos, la comprensión de sus problemas y la disposición a facilitarles las soluciones son el apoyo, el consuelo y la alabanza de toda autoridad, tanto en el Estado como en la iglesia y en la familia.
4. Los consejeros de moderación son, de ordinario, los más prudentes y los mejores. La amabilidad puede hacer lo que no consigue la violencia. Éste es el método que le sugerían a Roboam los consejeros veteranos y experimentados (v. 7): «Si te conduces humanamente con este pueblo, y les agradas y les hablas buenas palabras ellos te servirán siempre». Las buenas palabras no cuestan sino un poco de negación de sí mismo y pueden comprar cosas muy valiosas.
Versículos 12–19
1. Cuando el malestar comienza a fermentar en un país, las medidas violentas no hacen otra cosa que empeorar la situación. Las respuestas ásperas (como las que dio aquí Roboam) sólo sirven para exasperar la ira y añadir combustible al fuego.
2. Cualesquiera sean los planes y designios de los hombres, Dios hace siempre su obra en todas las cosas y cumple su palabra, de la cual no ha de caer al suelo ni una jota ni una tilde (Mt. 5:18).
3. Las riquezas, el honor y el dominio materiales son cosas inseguras. Salomón reinó sobre todo Israel, y habríamos de pensar que aseguraría suficientemente el dominio de todo el país, por muchos años, a su descendencia; sin embargo, escasamente se había enfriado en su tumba antes de que diez de las doce tribus se sublevasen contra su hijo, y todos los buenos servicios que había prestado a Israel habían quedado sepultados con él en el olvido.
4. Dios visita con frecuencia en los hijos las maldades de los padres. Salomón abandona a Dios y, en consecuencia, su hijo es abandonado por la mayor parte de su pueblo. Así es cómo Dios, al hacer que perduren notoriamente las consecuencias penales del pecado después de la muerte del pecador, nos muestra la malignidad del pecado y nos insinúa que su castigo puede ser perpetuo. Quien peca contra Dios, no sólo se perjudica a sí mismo, sino también a su descendencia, quizá mucho más de lo que él se piensa.
5. Cuando Dios cumple sus amenazas, también se preocupa de que, al mismo tiempo, sus promesas no caigan al suelo. Cuando es recordada la maldad de Salomón y por ella pierde su hijo diez tribus, no es olvidada la piedad de David ni la promesa que Dios le había hecho, y en atención a ello le son preservadas dos tribus a su nieto.
I. Intento de Roboam de recuperar las diez tribus perdidas, y la cesación de tal intento en obediencia al mandato de Dios (vv. 1–4). II. Sus esfuerzos exitosos para conservar las dos tribus que le quedaban (vv. 5–12). III. La adhesión que le prestaron los sacerdotes y levitas (vv. 13–17). IV. Informe acerca de sus mujeres e hijos (vv. 18–23).
Versículos 1–12
Ya vimos en el capítulo anterior la rebelión de las diez tribus contra la casa de David. Anteriormente, ya habían estado temporalmente desvinculadas de esa familia (2 S. 20:1, 2), y ahora se separaron completamente de ella, al no tener en cuenta la debilidad que tal actitud había de acarrear al interés común. Pero así es como debía tener su correctivo el reino, lo mismo que la casa de David.
1. Roboam se atreve finalmente a reunir un ejército con el fin de someter a los sublevados (v. 1). Judá y Benjamín estaban dispuestos a prestarle la mejor ayuda que podían para que recuperase sus derechos. Judá era su propia tribu y le reconoció algunos años antes de que lo hicieran las demás tribus; Benjamín era la tribu sobre cuyo territorio se asentaba, en su mayor parte, la ciudad de Jerusalén.
2. Todavía era lo suficientemente concienzudo para obedecer a Dios, cuando le prohibió seguir adelante con su plan y dejó que se separasen de él dichas tribus, ya fuese por respeto a la autoridad divina o por temor de que las cosas le salieran mal si contravenía el mandamiento de Dios (v. 4): Y ellos oyeron la palabra de Jehová y se volvieron; aunque parecía que se rebajaban y se exponían a la burla de sus vecinos, al mandarlo Dios, depusieron las armas.
3. Como hombre de alguna discreción, fortificó su país. Ahora prestó oído a sus veteranos y experimentados consejeros, quienes le aconsejaron someterse a la voluntad de Dios en cuanto a lo que se había perdido y esforzarse por retener lo que había quedado. Fue probablemente por el consejo de ellos por lo que: (A) fortificó las fronteras y las ciudades más importantes de su reino. (B) Las proveyó de abundantes víveres y armas (vv. 11, 12). Por haberle prohibido Dios atacar, se preparó prudentemente contra cualquier ataque. Quienes no puedan ser conquistadores, quizá podrán ser edificadores.
Versículos 13–23
I. Roboam se ve fortalecido por los sacerdotes y levitas, así como por los más devotos israelitas.
1. Jeroboam había instituido una forma de adoración que les obligaba a estar retirados del altar que él había erigido y por otra parte, no les permitía subir a Jerusalén para adorar en el altar de la ciudad santa. Así que les prohibió ejercer el ministerio de Jehová (v. 14). De esta manera podía dejar sitio para los serviles y escandalosos hombres a quienes instituyó como sacerdotes suyos (v. 15), para que oficiasen en los lugares altos (comp. 1 R. 12:31).
2. Consiguientemente, ellos dejaron sus ejidos y sus posesiones (v. 14). Fueron expulsados de sus ciudades, excepto de las de Judá y Benjamín. Pero, ¿por qué dejaron sus posesiones? (A) Porque vieron que no podían hacer ningún bien entre sus vecinos, en los que revivió su antigua inclinación a la idolatría, ahora que Jeroboam había erigido sus becerros de oro. (B) Porque ellos mismos habrían de estar expuestos continuamente a la tentación. (C) Porque tenían razón para temer que Jeroboam y sus descendientes les persiguiesen.
3. Venían a Judá y a Jerusalén (v. 14) y se juntaban a Roboam (v. 13). (A) Fue una bendición el que, al arrojarlos Jeroboam, hubiese quienes les prestasen generosa acogida. (B) Era evidencia de que amaban más su ministerio que su manutención, pues al dejar sus ejidos por impedírseles servir a Dios allí, se echaban en brazos de la divina Providencia y de la caridad de sus hermanos. Es mejor vivir de limosna o morir en una cárcel, con buena conciencia, que nadar en riquezas y placeres con una conciencia prostituida. (C) Roboam y su gente les dieron la bienvenida. Los refugiados concienzudos llevan consigo bendiciones a los países que les acogen, así como dejan tras sí una maldición a los que les expulsan.
4. Cuando los sacerdotes y levitas vinieron a Jerusalén, todos los piadosos israelitas de todas las tribus les siguieron (v. 16). Y así fortalecieron el reino de Judá (v. 17) con su piedad y sus oraciones (v. Zac. 12:5). Este fortalecimiento duró tres años, porque tres años anduvieron en el camino de David y de Salomón (se entiende, antes de la apostasía de éste, cosa que calla el autor de Crónicas). Pero cuando abandonaron el buen camino, los mejores amigos que tenían fueron incapaces de seguir fortaleciéndoles.
II. Roboam se debilitó al entregarse a excesivos placeres: Tomó muchas mujeres (v. 21) y procuró muchas mujeres para sus hijos (v. 23), aunque en esto: 1. Fue más prudente que su padre pues no tomó mujeres extranjeras. Las mujeres que aquí se mencionan por su nombre eran todas de la familia de David.
2. Fue más feliz que su padre, pues tuvo muchos hijos e hijas, mientras que de su padre sólo se menciona un hijo. Algunos de los hijos de Roboam que aquí se mencionan (vv. 19, 20) fueron personas importantes y activas, por lo que sagazmente los esparció por todas las tierras de Judá y de Benjamín (v. 23); de este modo, de paso, evitaba que se peleasen entre sí, como ocurrió a los hijos de David. Al estar distribuidos también por todas las ciudades fortificadas, su padre podía confiar en que preservarían eficazmente la paz del reino y estarían prontos a resistir, en nombre y autoridad del rey, a cualquier invasión.
Un informe del reinado de Roboam, más detallado aquí que en 1 Reyes. I. Roboam y su pueblo abandonan la Ley de Dios (v. 1). II. Dios entonces los pone en manos de Sisac rey de Egipto (vv. 2–4).
I. Y les envía un profeta que les declare el juicio de Dios y les exhorte al arrepentimiento (v. 5). IV. Ellos se humillan (v. 6). V. Entonces Dios retira su enojo (vv. 7, 12), pero les deja bajo las señales de su desagrado (vv. 8–11). VI. Resumen del carácter del reinado de Roboam, y su conclusión (vv. 13–16).
Versículos 1–12
Israel había quedado muy debilitado al dividirse en dos reinos. Con todo, si el reino de Judá, al tener el templo y la ciudad regia, hubiese continuado en el cumplimiento de su deber, podría haber prosperado.
I. Roboam y su pueblo abandonaron a Dios (v. 1). Anduvo por algún tiempo (11:17) en el buen camino de David y de Salomón, pero se fue volviendo remiso en el culto de Dios. Mientras temió que su reino se tambalease, cumplió con su deber a fin de que Dios le fuese propicio; pero cuando pensó que su trono estaba consolidado, creyó que ya no necesitaba más religión y podía dispensarse de ella.
II. Dios atrajo rápidamente sobre ellos calamidad, a fin de que se arrepintieran antes de que se les endureciera el corazón. Fue el año cuarto de Roboam cuando comenzaron a corromperse, y en el quinto año subió el rey de Egipto contra ellos con un gran ejército (vv. 2, 3), tomó las ciudades fortificadas de Judá y llegó hasta Jerusalén (v. 4). Al caer sobre ellos esta calamidad tan pronto como abandonaron el culto de Dios, y venirles mediante una mano de la que tenían muy pocos motivos para sospechar (después de tanto, y tan amistoso, comercio con Egipto durante el anterior reinado), era clara evidencia de que esto provenía de Jehová por haber pecado contra Él.
III. Por si no entendían bien el significado de esta providencia, Dios les declara abiertamente el motivo de su ira (v. 5). Al estar los principales de Judá convocados en un consejo de guerra, les envió un profeta, el mismo que les había prohibido, de parte de Dios, luchar contra los sublevados de las diez tribus (11:2). Semaías, que así se llamaba el profeta, les dijo claramente que la razón por la que Sisac prevalecía contra ellos era por haber dejado ellos a Dios.
IV. Ante los reproches conjuntos de la vara y de la palabra, el rey y los príncipes se humillaron delante de Dios por su iniquidad y, con toda paciencia, aceptaron el castigo, al decir: Justo es Jehová (v. 6).
V. Ante esta profesión de arrepentimiento, Dios les salvó de la ruina, pero les dejó bajo el temor del juicio divino, a fin de impedir que volvieran a prevaricar.
1. Ya que Sisac tenía un ejército tan numeroso y victorioso, ¿qué otra cosa podía esperarse, sino que todo el país, incluida Jerusalén, cayese en sus manos? Pero cuando Dios dice: «Hasta aquí has llegado y ya no pasarás», las fuerzas más poderosas y victoriosas se tambalean extrañamente y se tornan impotentes. Al ángel exterminador se le prohíbe una vez más destruir Jerusalén: «No se derramará mi ira contra Jerusalén» (v. 7; comp. v. 12). ¡Tan presto está el Dios de misericordia a mostrar misericordia tan pronto como se presenta la ocasión!
2. Les otorgó liberación, no completa, sino parcial. Su reforma fue parcial y transitoria, ya que volvieron pronto a apostatar; y al ser parcial su reforma, también fue parcial su liberación. Con todo, se nos dice que en Judá las cosas fueron bien (v. 12). (A) Con respecto a la piedad, las cosas iban bien, pues tenían buenos ministros de Dios, buena gente y buenas familias. (B) Con respecto a la prosperidad. En Judá, las cosas fueron mal cuando fueron tomadas las ciudades fortificadas (v. 4), pero cuando se arrepintieron, las cosas fueron bien.
3. Sin embargo, Dios les afligió duramente por mano de Sisac, tanto en su libertad como en su riqueza. (A) En su libertad (v. 8). «Serán sus siervos, para que sepan lo que es servirme a mí, y qué es servir a los reinos de las naciones». Se quejaban, tal vez, de lo estricto de la religión judía ¡Que se busquen, pues, algo mejor! ¡Que sirvan a los reyes vecinos por algún tiempo! Cuanto más se compara el servicio de Dios con otros servicios, tanto más razonable y fácil aparece. ¿Parecen duras las normas de la templanza? Los efectos de la intemperancia serán mucho más duros. El servicio de la virtud es libertad perfecta; el servicio del pecado es esclavitud completa. (B) En su riqueza. El rey de Egipto saqueó el templo y el tesoro real, que Salomón había dejado muy llenos, pero Sisac todo lo llevó (v. 9). Para eso había venido.
Versículos 13–16
Conclusión del reinado de Roboam. Dos cosas especialmente son dignas de observación. 1. Que, por fin, reinó en Jerusalén fortalecido (v. 13) durante diecisiete años. Tenía su sede en la ciudad santa, lo cual era una circunstancia agravante de su impiedad—cerca del templo, pero lejos de Dios—. Hubo frecuentes escaramuzas entre sus súbditos y los de Jeroboam: guerra constante (v. 15), pero él no tuvo dificultades con sus súbditos y no abandonó la ley de Dios del todo como había hecho el año cuarto de su reinado (v. 1). 2. Que nunca acabó de estar bien consolidado en su religión (v. 14). No sirvió al Señor porque no buscó al Señor. No oró para obtener gracia, ni siquiera sabiduría, por la que oró su padre. Si orásemos mejor, nos iría mejor en todo. Hizo lo malo porque nunca estuvo decidido del todo a hacer lo bueno.
Informe, más detallado que el de 1 Reyes, del reinado de Abías el hijo de Roboam. Le vemos aquí más valiente y con mayor éxito en la guerra que el que su padre tuvo. Sólo reinó tres años, pero se hizo famoso por la victoria que consiguió contra las fuerzas de Jeroboam. I. Salen ambos ejércitos al campo de batalla (v. 3). II. Declaración de Abías sobre la justicia de su causa (vv. 4–12). III. Apuro en que se vio el ejército de Roboam por la estrategia de Jeroboam (vv. 13, 14). IV. La victoria que, no obstante, consiguieron por el poder de Dios (vv. 15–20). V. Conclusión del reinado de Abías (vv. 21, 22).
Versículos 1–12
La madre de Abías se llama aquí Micaía hija de Uriel, mientras que en 11:20 se llama Maacá hija de Absalón. El nombre es el mismo con dos variantes, cosa frecuente en la Biblia. Su padre era Uriel, casado (es lo más probable) con Tamar, la única hija de Absalón (2 S. 14:27), por lo que Micaía o Maacá era nieta de Absalón (caso también frecuente en la Biblia).
I. Dios permitió a Abías presentar batalla a Jeroboam y le protegió en esta guerra. Es probable que el agresor fuese Jeroboam y que Abías luchase en legítima defensa. Jeroboam reclamaba la corona de Judá, y contra esta desvergonzada pretensión se levantó en armas Abías y Dios le protegió para que castigase a Jeroboam como se merecía.
II. El ejército de Jeroboam era dos veces más numeroso que el de Abías (v. 3), pues disponía de diez tribus, mientras que Abías tenía sólo dos. Pero el menos numeroso obtuvo la victoria.
III. Antes de luchar, Roboam razonó con ellos para que desistieran de pelear contra la casa de David. Buena cosa es usar la razón antes de emplear la fuerza. Nunca hemos de precipitarnos a usar métodos violentos mientras no se haya usado antes en vano el arte de la persuasión. La guerra debe ser el último recurso. Un buen razonamiento puede hacer mucho bien e impedir mucho mal. Abías estaba ya con su ejército en el corazón del territorio enemigo, pues pronunció este discurso en el monte Efraín. Dos cosas se esfuerza Abías en hacerles ver:
1. Que tenía la razón de su parte (v. 5): «¿No sabéis que Jehová Dios de Israel dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos?» Lo había dado «bajo pacto de sal», que es símbolo de permanencia e incorrupción (Lv. 2:13); era un pacto hecho mediante sacrificio, sobre el que siempre se ponía sal. Todo Israel había reconocido que David era el rey por elección de Dios, y que Dios había vinculado la corona a su familia, así que Jeroboam era un usurpador al hacerse con la corona de Israel. Abías muestra: (A) Que Jeroboam obró mal ya al principio, pues se levantó y rebeló contra su señor (v. 6), quien le había promocionado (1 R. 11:28), y se aprovechó vilmente de la debilidad de Roboam. Los que se declararon a favor de Jeroboam son llamados aquí hombres vanos y perversos (v. 7). (B) Que su presente intento era impío, pues al luchar contra la casa de David, luchaba contra el reino de Jehová (v. 8).
2. Que tenía a Dios de su parte. Insistió mucho en que la religión de Jeroboam y de su ejército era falsa e idolátrica, mientras que él y su pueblo de Judá conservaban la pureza del culto al único Dios vivo y verdadero. Por lo que sabemos de Abías (1 R. 15:3), no parece ser que él mismo fuese muy religioso, aunque aquí saca ánimos para la guerra precisamente basado en la religión de su reino. En todo caso, no parece que fuese idólatra. Por mucha que fuera la corrupción en el reino de Judá, el estado de la religión era allí mucho mejor que en el reino de Israel contra el que ahora luchaban. Abías defendía la causa de su reino y aunque él mismo no fuese tan bueno como debería haber sido, esperaba que, en atención a las buenas personas y a las buenas cosas que había en Judá Dios les daría la victoria (v. 11): «Nosotros guardamos la ordenanza de Jehová nuestro Dios». Es decir: «No adoramos imágenes, no tenemos sacerdotes que Dios no haya ordenado ni ceremonias cultuales que Él no haya prescrito. Él es nuestro capitán y, por eso, podemos estar seguros de que está con nosotros pues nosotros estamos con Él (v. 12); y en el día de la batalla seremos recordados delante de Jehová nuestro Dios y salvados de nuestros enemigos». Concluye con una solemne advertencia a sus enemigos: «No peleéis contra Jehová el Dios de vuestros padres».
Versículos 13–22
Jeroboam estaba resuelto a no escuchar y, por consiguiente, hizo como que no había oído. Había venido a luchar, no a discutir. Pensó que el asunto se zanjaría, no con la causa más justa, sino con la espada más fuerte.
I. Jeroboam que confiaba en su arte militar, fue vencido. Tan lejos estaba de razonar bien, que ni siquiera se puso a luchar caballerosamente. Parece ser que se fijó una tregua mientras Roboam pronunciaba su discurso, pero Jeroboam se aprovechó de esta circunstancia para, sin perder tiempo, «tender a Judá una emboscada por la espalda» (v. 13), contra todas las leyes de guerra.
II. Abías y los suyos, que confiaban en su Dios, salieron vencedores a pesar de la desproporción, en fuerza y número, de ambos ejércitos.
1. Se hallaron en grave aprieto, pues Judá tenía batalla por delante y a las espaldas (v. 14). Una causa buena puede, por algún tiempo, verse en apuros y dificultades.
2. En este apuro, amenazados por todos los lados, ¿a qué lado se habían de volver, sino hacia arriba, en busca de la liberación? Es un consuelo inefable el que ningún enemigo, ninguna estratagema, ninguna emboscada pueden cortarnos la comunicación con el Cielo; siempre está expedito el camino hacia allí.
(A) «Clamaron a Jehová» (v. 14). (B) Se apoyaban en Jehová el Dios de sus padres (v. 18). La oración de fe es oración eficaz, y así es como vencemos al mundo (1 Jn. 5:4). (C) Los sacerdotes tocaron las trompetas (v. 14) para dar ánimos a la fe. (D) Los de Judá gritaron con fuerza (v. 15). Al clamor de la oración añadieron el grito de la fe, y así salieron más que vencedores.
3. La victoria fue completa (v. 15): «Así que ellos alzaron el grito, Dios desbarató a Jeroboam y a todo Israel», de tal forma que huyeron con la mayor precipitación imaginable (v. 16), y los vencedores no les dieron cuartel, sino que hicieron en ellos una gran matanza (v. 17), pues la batalla era de Jehová, quien quiso castigar así la idolatría de Israel y reconocer como suyo al reino de Judá, la casa de David.
4. La consecuencia fue que, aunque los hijos de Israel no fueron devueltos a la casa de David, fueron humillados y quedaron muy débiles tras la pérdida colosal de medio millón de soldados (vv. 17, 18). Muchas ciudades fueron recuperadas y permanecieron en posesión de los reyes de Judá; especialmente, Betel (v. 19).
Finalmente, vencedor y vencido murieron no mucho después. 1. Jeroboam no volvió a levantar cabeza, aunque sobrevivió dos o tres años (v. 20). 2. Abías se hizo más poderoso (v. 21), pero murió poco después de su triunfo.
En este capítulo, y en los dos siguientes tenemos la historia del reinado, bueno y largo, de Asá. I. Su piedad (vv. 1–5). II. Su política (vv. 6–8). III. Su prosperidad; en particular, la gran victoria que obtuvo contra un gran ejército de etíopes que salieron contra él (vv. 9–15).
Versículos 1–8
I. Carácter general de Asá (v. 2): «Hizo lo bueno y lo recto ante los ojos de Jehová su Dios». 1. Procuró agradar a Dios y se esforzó en presentarse a Dios aprobado (2 Ti. 2:15). 2. Se sintió siempre en la presencia de Dios y eso le ayudó mucho a hacer lo bueno y lo recto.
II. La reforma que emprendió tan pronto como subió al trono. 1. Retiró y abolió la idolatría. Desde que Salomón había iniciado la idolatría en la última parte de su reinado, nada se había hecho para suprimirla. Dioses extranjeros eran adorados y tenían sus altares, imágenes y cipos; y el servicio del templo, aunque era llevado a cabo por los sacerdotes (13:10), era descuidado por gran parte del pueblo. Tan pronto como Asá tuvo el poder en sus manos, se propuso destruir todos aquellos altares idolátricos con sus imágenes (vv. 3, 5). Esperaba que, al destruir los ídolos, volverían en sí los idólatras. 2 Reavivó y estableció el culto a Dios solo y, puesto que los sacerdotes cumplían con su oficio y servían a los altares de Dios, obligó al pueblo a que cumplieran también con su deber (v. 4): «Mandó a Judá que buscase a el Dios de sus padres, y no a los dioses de los paganos, y pusiese por obra la ley y sus mandamientos». Al obrar así, «estuvo el reino en paz bajo su reinado» (v. 5).
III. La tranquilidad de su reino tras las constantes alarmas de guerra durante los dos reinados anteriores (v. 1): «En sus días tuvo sosiego el país por diez años»; no hubo guerra con el reino del norte.
La victoria de Abías había puesto el fundamento para la paz de Asá la cual era recompensa de su piedad y devoción. Aunque Abías no tenía mucha religión, preparó el camino para otro mejor que él.
IV. Ventajas que sacó de esa tranquilidad. El país disfrutaba de paz porque Jehová le había dado paz (v. 6).
1. Asá reconoce que la paz de que disfrutan es don de Dios, así como una recompensa por la reforma que habían emprendido (v. 7): «Porque hemos buscado a Jehová nuestro Dios … Él nos ha dado la paz por todas partes». Sabemos por experiencia que es bueno buscar a Dios, pues Él nos da paz.
2. Consulta a su pueblo, en la persona de sus representantes, para ver de sacar de la paz el mayor provecho posible, y sacan esta conclusión: (A) Que no han de ser perezosos, sino que han de estar ocupados. Al no tener por entonces guerra, decía (v. 7): «Edifiquemos estas ciudades, etc.». Cuando «las iglesias tenían paz, eran edificadas» (Hch. 9:31). Cuando la espada está envainada, hay que echar mano a la paleta. (B) En tiempo de paz, hemos de prepararnos para tiempos de conflicto: (a) Asá cercó de muros las ciudades, con torres, puertas y barras (v. 7). Habla como quien espera que pueda surgir el peligro cuando sea demasiado tarde para fortificarse y desearían haberlo hecho antes. «Edificaron, pues, y fueron prosperados» (v. 7). (b) Tenían también un buen ejército, bien equipado para salir al campo de batalla (v. 8). Tanto Judá como Benjamín estaban bien entrenados, y tenía Benjamín casi tantos soldados como Judá. Las dos tribus estaban armadas de manera diferente, tanto en cuanto a las armas defensivas, como a las ofensivas. Los de Judá se protegían con paveses, mientras que los de Benjamín lo hacían con escudos, y eran los primeros mucho más amplios que los segundos (1 R. 10:16, 17). Los de Judá luchaban con lanzas; los de Benjamín, con arcos, para alcanzar a distancia al enemigo.
Versículos 9–15
I. La paz del reino de Asá es perturbada por un formidable ejército de etíopes que les invadieron (vv. 9, 10).
II. Bajo la nube negra que pendía sobre su cabeza Asá acude a Dios. Quien había buscado a Dios en los días de prosperidad, bien podía clamar confiado en el día de la aflicción, a su Dios (v. 11). Su oración es breve, pero densa de contenido.
1. Alaba a Dios por su infinito poder y por su soberanía: «Para ti no hay diferencia alguna en dar ayuda al poderoso o al que no tiene fuerzas». Dios actúa con su propia fuerza, no con la de sus instrumentos. Es como si dijera: «Señor, no te decimos que te pongas de nuestra parte por tener un buen ejército con el cual puedes actuar, sino que te pongas de nuestra parte porque sin ti no tenemos poder alguno».
2. Apela a la relación pactada que tienen con Dios: «Oh, Jehová Dios nuestro».
3. Apela también a la dependencia que tienen de Él. Asá estaba bien preparado para la lucha; sin embargo, no ponía su confianza en sus preparativos, sino: «En ti nos apoyamos, y en tu nombre venimos contra esa gran muchedumbre; tenemos tu garantía, buscamos tu gloria y confiamos en tu fuerza».
4. Compromete a Dios en su causa: «No prevalezca contra ti el hombre». El enemigo es un hombre mortal. ¡Que se vea cuán desigual es su lucha contra el Dios inmortal!
III. La gloriosa victoria que le otorgó Dios sobre sus enemigos. 1. Dios derrotó al enemigo y puso sus fuerzas en desorden (v. 12): Y Jehová deshizo a los etíopes, los cuales huyeron aterrorizados; no sabían ni por qué ni adónde. 2. Asá y sus soldados aprovecharon la ventaja que les dio Dios contra sus enemigos, pues: (A) Les persiguieron y cayeron los etíopes hasta no quedar uno vivo. (B) Les saquearon el campamento. (C) Atacaron las ciudades en las que se habían refugiado los enemigos (v. 14). (D) Se llevaron numeroso ganado del país enemigo (v. 15).
El enemigo exterior había sido derrotado, pero Asá tenía en su propio país enemigos más peligrosos: ídolos en Judá y Benjamín. I. El mensaje que Dios le envió por medio de un profeta, para animarle en la obra de reforma (vv. 1–7). II. La vida que este mensaje puso en aquella buena causa, y los procedimientos que se siguieron para llevarla adelante (vv. 8–19).
Versículos 1–7
Es enviado un profeta a Asá y a su ejército, cuando volvían de la guerra victoriosos, no para felicitarles por su éxito, sino para exhortarles a cumplir con su deber; éste es el cometido de los ministros de Dios. Vino el Espíritu de Dios sobre el profeta (v. 1) tanto para ordenarle lo que había de decir, como para capacitarle a fin de que lo dijera con claridad y denuedo.
I. Les dijo claramente en qué términos estaban con Dios. Que no piensen que, por haber obtenido la victoria, todo estaba bien para siempre. Constantemente han de obrar bien, para que les vaya bien siempre, no de otra manera, 1. «Jehová estará con vosotros, si vosotros estáis con Él». 2. «Si le buscáis, será hallado de vosotros.» 3. «Si le dejáis a Él y a sus mandamientos y ordenanzas, Él no está atado a vosotros, sino que también Él os dejará».
II. Les expone las consecuencias de abandonar a Dios y sus ordenanzas y que no hay otro modo de prevenir las desgracias, sino arrepintiéndose y volviéndose a Dios. Cuando Israel faltó a su deber, se vieron inundados por un diluvio de ateísmo, impiedad, irreligión y toda clase de irregularidades (v. 3), y continuamente perturbados con guerras y conflictos internos (vv. 5, 6). Pero cuando las calamidades les llevaron a Dios, vieron que no era en vano el buscarle (v. 4). Surge la pregunta: ¿A qué tiempo se refiere? Algunos, muy pocos, opinan que se refiere al presente, al describir las guerras entre Israel y Judá. Otros piensan que se refiere al futuro (así están los verbos en los LXX y en la Vulgata. Nota del traductor). Lo más probable es que se refiera al pasado (así están los verbos en hebreo), a la época de los Jueces, con cuya situación encaja perfectamente todo lo que se dice en los versículos 3–6; Asá y los suyos habrían de tener así en cuenta, para el futuro, las lecciones de la historia. Por eso, el profeta les exhorta a proseguir con todo empeño la obra de la reforma (v. 7): «Pero esforzaos vosotros y no desfallezcan vuestras manos, pues hay recompensa para vuestra obra».
Versículos 8–19
El buen efecto que el anterior sermón le hizo a Asá.
I. Cobró ánimos para servir mejor aún a Dios. Vio cuán necesaria era una mayor reforma y se mostró seguro de que Dios estaba con él. Se decide, pues, a destruir todos los abominables ídolos y a reparar el altar de Jehová (v. 8).
II. Extendió su influencia más lejos que antes (v. 9). Convocó asamblea solemne, no sólo de Judá y Benjamín, sino también de los que de las otras tribus se habían pasado a él. Esto le animó mucho porque el motivo por el que se habían venido era ver que Jehová su Dios estaba con él. Y, a su vez, la invitación que él les hizo para que asistieran a la asamblea les animó mucho a ellos. Esta asamblea se celebró en el mes tercero, probablemente en la fiesta de Pentecostés, que caía en ese mes.
III. Él y su pueblo ofrecieron sacrificios a Dios del botín que habían traído (v. 11). Estos sacrificios eran en agradecimiento por los favores que habían recibido, y en petición de ulteriores beneficios. Oraciones y alabanzas son ahora nuestros sacrificios espirituales; Y trajo a la casa de Dios lo que su padre había dedicado (v. 18). Dar a Dios lo que es suyo, es cuestión no sólo de honestidad, sino de justicia.
IV. Hicieron a Dios promesa solemne de que le buscarían de todo corazón (v. 12), se arrepintieron de haber violado sus leyes y resolvieron enmendarse. Está muy bien que los arrepentidos renueven sus promesas.
1. En qué consistía esta promesa. En dos cosas: (A) Que buscarían a Dios con toda diligencia, tanto su favor como sus preceptos. En esto consiste la verdadera religión. (B) Que obligarían a los demás (v. 13) a buscar también a Dios. Acordaron que «Cualquiera que no buscase a Jehová el Dios de Israel, muriese». Esta solemne promesa les ayudaría a incrementar su sentido del deber, a armarles contra las tentaciones y a dar buen testimonio. Además, a unirse todos en esta especie de pacto con Dios, se fortalecían unos a otros.
2. De qué forma hicieron esta promesa. (A) Con regocijo (vv. 14, 15). Todo buen israelita estaba contento de adherirse así a Dios y de que los demás lo hicieran también. Se alegraban al ver en esto un medio esperanzador de impedir la apostasía, y una feliz indicación de que Dios estaba con ellos. Es un honor y una dicha estar comprometido con Dios. (B) Con gran sinceridad, celo y resolución (v. 15): «De todo su corazón lo juraban, y de toda su voluntad lo buscaban». Y tuvieron paz. Si hay amor, hay gozo y paz (Gá. 5:22).
V. El efecto de esta solemne resolución. 1. Dios fue hallado por ellos, y ellos hallaron paz también por todas partes (v. 15), de forma que no hubo guerra por largo tiempo (v. 19), aunque no faltaron riñas en las fronteras de Israel (1 R. 15:16). 2. Llevaron adelante con éxito la reforma, hasta el punto de que la abuela (lit. madre) del rey fue depuesta de su alto cargo de Gran Dama por su idolatría, y su ídolo fue destruido (v. 16). Asá sabía que tenía que honrar a Dios más que a su abuela y no iba a consentir que quedase un ídolo en las habitaciones de su palacio mientras destruía los ídolos que había en las ciudades de su reino. Podemos suponer que Maacá se arrepintió de su pecado y por eso no se le dio muerte, pero, por haber sido idólatra, Asá juzgó que debía ser depuesta del honor y de la autoridad que ostentaba. No obstante, la reforma no fue completa, los lugares altos no fueron quitados del todo, aun cuando lo fueron algunos (vv. 14:3, 5); también podría entenderse en el sentido de que quitó todas las señales idolátricas (estatuas, cipos, etc.), pero dejó los altares que, aunque ilegítimos no eran de suyo idolátricos. Podemos decir que fue sincero, pero con defectos. Es de notar que 2 Crónicas 14:2 dice que Asá hizo lo bueno y lo recto, pero no añade como en 1 Reyes 15:11 «como David su padre».
En este capítulo finaliza la historia del reinado de Asá. I. Hace un insensato trato con el rey de Siria (vv. 1–6). II. Reprensión que Dios le dio por medio de un profeta (vv. 7–9). III. Desagrado de Asá ante esta reprensión (v. 10). IV. Enfermedad, muerte y sepelio de Asá (vv. 11–14).
Versículos 1–6
Se repite lo dicho en 1 Reyes 15:17 y ss. Asá obró muy mal en muchos aspectos. 1. Mal estuvo hacer alianza con Ben-adad, un rey pagano (v. 3). Si se hubiese apoyado en el pacto que su padre y él mismo habían hecho con Dios, no se habría jactado de su alianza con Siria. 2. Si hubiese tenido en consideración el honor de Israel, habría hallado algún otro medio de zafarse de Baasá sin apelar a un poder extranjero
que era enemigo común de Judá e Israel y que, al correr de los años, había de ser una amenaza para Judá también. 3. Fue una iniquidad por parte de Ben-adad quebrantar su alianza con Baasá sin provocación por parte de éste, sino sobornado por Asá, el cual fue todavía más culpable por incitar a Ben-adad a comportarse tan vilmente. 4. Tomar plata y oro de la casa de Jehová para este soborno fue una circunstancia que agravó grandemente el pecado de Asá. 5. Quizá pensó Asá que las cosas no llegarían tan lejos; pero el proyecto prosperó: Ben-adad atacó a Israel y obligó a Baasá a suspender las fortificaciones que hacía en Ramá para hacer frente al enemigo que le atacaba por el norte, lo cual dio a Asá la oportunidad, no sólo de demoler las fortificaciones, sino también de apropiarse los materiales para su provecho.
Versículos 7–14
I. Reprensión que un profeta de Jehová da al rey Asá por hacer este trato con Ben-adad. Fue el vidente Hananí quien le presentó el reproche de parte de Dios. De él leemos que era el padre de Jehú, otro vidente (v. 1 R. 16:1; 2 Cr. 19:2). Lo que aquí le echa en cara Hananí como lo más grave es: «Te has apoyado en el rey de Siria y no te apoyaste en Jehová tu Dios» (v. 7). Le dice claramente al rey que ha procedido neciamente en esto (v. 9). Necia cosa es apoyarse en una caña rajada cuando podemos apoyarnos en la Roca de los siglos. Para convencerle de su insensatez, le muestra:
1. Que ha olvidado las lecciones de la experiencia (v. 8). Si alguien tenía razón para apoyarse únicamente en Dios, era él. «¡Cómo!—le dice el profeta—, los etíopes y los libios, ¿no eran un ejército numerosísimo, suficientes para tragarse un reino? Con todo porque te apoyaste en Jehová, Él los entregó en tus manos; ¿no era capaz de ayudarte contra Baasá?» Véase cuán engañoso es nuestro corazón: Confiamos en Dios cuando no tenemos ninguna otra cosa en que confiar, pero tan pronto como nos parece que hay alguna otra cosa en que apoyarse, nos inclinamos a confiar en ella y a olvidarnos de Dios.
2. Que ha actuado en contra del conocimiento que tenía de Dios y de su providencia (v. 9). ¿Cómo es que había olvidado la omnisciencia y la omnipotencia de Dios a favor de los que tienen corazón perfecto para con Él?
3. Que ha actuado contra sus propios intereses. (A) Había perdido la oportunidad de poner a prueba las fuerzas crecientes del rey de Siria (v. 7): «El ejército del rey de Siria ha escapado de tus manos, cuando podía haber caído en las tuyas junto con el del rey de Israel». (B) Ha incurrido en el desagrado de Dios, y de aquí en adelante, no ha de esperar paz, sino constantes alarmas de guerra (v. 9).
II. Desagrado de Asá por esta reprensión. Aunque procedía de Dios por medio de un reconocido mensajero suyo, se enojó contra el vidente por haberle hecho ver su insensatez (v. 10), lo echó en la cárcel, como si fuese un malhechor, y maltrató también a algunos del pueblo, ya fuese porque estaban descontentos de su alianza con Ben-adad o por protestar contra el trato que daba al siervo de Dios.
III. Su enfermedad. Dos años antes de morir, enfermó gravemente de los pies (v. 12), de gota o podagra. Parece ser que puso los pies de Hananí en el cepo, cuando le echó en la cárcel, y ahora sus pies eran puestos en el cepo de Dios; así que la enfermedad correspondió a su pecado. El hacer uso de médicos no fue pecado, pero quizá lo fue el esperar demasiado de ellos, especialmente si, como opinan algunos, eran médicos egipcios que acostumbraban usar artes mágicas (v. 12). Además, el hebreo rofim = médicos, puede significar las deidades subterráneas a las que, en caso de grave aprieto, los israelitas sentían la tentación de consultar (1 S. 28:6 y ss.; 2 R. 1:2 y ss.). Ésta puede ser la razón por la que el Cronista le critica.
IV. Su muerte y sepultura. Su funeral fue extraordinariamente solemne, pues quemaron, no su cuerpo, sino grandes cantidades de perfumes junto a su cadáver. Esta pompa fue expresión del gran respeto que el pueblo le tenía a pesar de todos sus defectos y debilidades de sus últimos años. La piedad de los buenos y los beneficios que han reportado a su país son dignos de recuerdo laudatorio, aunque hayan tenido sus fallos. ¡Dejemos que sus faltas queden enterradas en sus tumbas, mientras sus servicios quedan recordados por encima de sus sepulcros!
Vida y reinado de Josafat, uno de los mejores reyes de Judá. Fue buen hijo de un buen padre, de modo que esta vez la gracia corrió con la sangre. I. Su accesión al trono y su confirmación en él (vv. 1, 2, 5). II. Su piedad personal (vv. 3, 4, 6). III. El método que usó para promover la religión de su reino (vv. 7–9). IV. El respeto que se ganó de sus vecinos (vv. 10, 11). V. La gran fuerza de su reino en guarniciones y en soldados (vv. 12–19).
Versículos 1–9
I. Josafat fue un rey prudente. Tan pronto como subió al trono, se hizo fuerte contra Israel (v. 1). Estaba en el trono de Israel, desde hacía tres años, un rey activo y guerrero, Acab. Lo primero que tuvo que hacer Josafat fue frenar la creciente fuerza del rey de Israel, lo cual llevó a cabo tan eficazmente, y sin derramamiento de sangre, que el propio rey de Israel procuró ganarse su amistad. Se hizo fuerte Josafat, no precisamente para atacar o invadir a Israel, sino pera defenderse de cualquier ataque de Israel, puesto que se dedicó a fortificar las ciudades fronterizas y poner en ellas guarniciones más fuertes que las que antes había.
II. Josafat fue, sobre todo, un rey recto. 1. Anduvo en los primeros caminos de David su padre (v. 3). Al describir el carácter de los reyes, los caminos de David se ponen con frecuencia como modelo (1 R. 15:3, 11; 2 R. 14:3; 16:2; 18:3). Josafat imitó a David, no en todo, sino «en los primeros caminos», esto es, antes de los pecados que mancharon su carácter. Hemos de imitar, aun a los mejores hombres, con toda cautela, no sea que, al seguirles en los aciertos, les sigamos también en sus errores y desvíos. 2. No buscó a los baales, sino que buscó al Dios de su padre (vv. 3, 4). 3. Anduvo en los mandamientos de Dios (v. 4); no sólo adoró al verdadero Dios, sino que le adoró como Él quiere ser adorado, y no según las obras de Israel. 4. Se animó su corazón (lit. fue exaltado su corazón) en los caminos de Jehová (v. 6), es decir, se enfervorizó en el deseo de servir a Dios de forma constante y gozosa.
III. Josafat fue un rey altamente beneficioso para su pueblo. No sólo fue bueno, sino que hizo el bien.
1. Quitó esos maestros de mentiras (como se llama a las imágenes en Habacuc 2:18) que son los lugares altos (no del todo. V. 1 R. 22:44) y las imágenes de Aserá (v. 6). 2. Puso maestros de la verdad. Al inquirir sobre el estado de la religión en su reino, halló que era grande la ignorancia del pueblo y resolvió poner remedio. Comenzó por donde era necesario. En esta buena obra empleó: (A) Sus príncipes (v. 7), administradores de la justicia, para enseñar al pueblo a no cometer errores y a obrar en todo del mejor modo posible. (B) Los levitas y sacerdotes (v. 8), maestros por su propio oficio (Dt. 33:10). ¡Cuánto bien puede hacerse cuando Moisés y Aarón van de la mano, los príncipes con su autoridad y los levitas y sacerdotes con su conocimiento de la Ley para enseñar al pueblo el conocimiento de Dios y de su Ley! Estos itinerantes jueces y predicadores fueron juntamente los difusores de una bendita luz por la ciudades de Judá, pues tenían consigo el libro de la ley de Jehová (v. 9).
IV. Josafat fue un rey próspero y feliz. Jehová estuvo con Josafat (v. 3). Jehová confirmó el reino en su mano, y todo Judá dio a Josafat presentes; y tuvo riquezas y gloria en abundancia (v. 5). El pueblo se sentía agradecido a la buena obra de su rey. Cuanto más instruido en religión está el pueblo, tanta mayor lealtad puede esperarse de él. Las riquezas y los honores son trampas para muchos, pero no para Josafat: su abundancia fue como un lubricante para las ruedas de su obediencia, y cuanto más tuvo de la riqueza de este mundo, tanto más fue levantado su corazón en los caminos de Jehová.
Versículos 10–19
Más informes de la gran prosperidad de Josafat y del floreciente estado de su reino.
I. Causaba gran impresión en los príncipes y en las naciones limítrofes. Quizá no era tan gran soldado como David ni tan sabio como Salomón, pero cayó el pavor de Jehová sobre todos los reinos de las tierras que estaban alrededor de Judá (v. 10), a causa del respeto que Josafat les merecía; y nadie se atrevió a hacerle la guerra; por el contrario, le traían muchos y buenos presentes (v. 11), a fin de ganarse su amistad.
II. Tenía grandes centros de aprovisionamiento en las ciudades de su reino (v. 12).
III. Tenía un gran ejército bien organizado y equipado. Las cifras (1.160.000) son colosales y han de entenderse como referentes a todos los hombres hábiles para el uso de las armas, no a soldados enlistados ya en la milicia. De uno de sus cinco generales, Amasías, se dice (v. 16) que se había consagrado voluntariamente a Jehová; no sólo al rey para servirle, sino también a Dios para glorificarle. Era corriente entre los grandes generales ofrecer a Dios el botín de sus victorias (1 Cr. 26:26), pero este buen general ofreció a Jehová primeramente su persona, antes de ofrecerle sus despojos. Nótese, finalmente, que no fue este formidable ejército el que infundió pavor en las naciones vecinas, sino la reforma que emprendió en su propio país Josafat con la enseñanza de la Ley de Dios (vv. 9, 10).
Conforme ya vimos en 1 Reyes 22, aquí tenemos: I. La alianza que concertó Josafat con Acab (v. 1).
I. Su consentimiento a ir con él a recuperar Ramot de Galaad de manos de los sirios (vv. 2, 3). III. Su consulta a los profetas (falsos y verdaderos) antes de la expedición (vv. 4–27). IV. Resultado de la lucha: A duras penas pudo escapar Josafat (vv. 28–32), mientras que Acab recibió una herida mortal (vv. 33, 34).
Versículos 1–3
Josafat prosperaba, pero no en prudencia, pues se une con Acab, aquel degenerado israelita que se había vendido a obrar maldad. Se unió con él con lazos de afinidad matrimonial al casar a su hijo Joram con Atalía la hija de Acab.
1. Ésta fue la peor unión que se hizo jamás en la casa de David. (A) Quizá se debió a su orgullo. Su religión le prohibía casar a su hijo con la hija de cualquiera de los príncipes paganos circunvecinos y, al abundar en honor y riquezas, tal vez creyó que se rebajaba si lo casaba con una mujer del pueblo. Había de ser hija de un rey, y por tanto, de Acab, sin tener en cuenta que su madre era Jezabel. (B) Otros opinan que fue por razones políticas, ya que confiaba que por este medio podría unir en su hijo los dos reinos.
2. Este casamiento arrastró a Josafat: (A) A una íntima familiaridad con Acab. Le giró una visita en Samaria, y Acab, orgulloso del honor que Josafat le rendía, le hizo un recibimiento conforme al esplendor de aquella época. (B) A una coalición con Acab contra los sirios. Acab le persuadió para que se uniera a él en una expedición destinada a la recuperación de Ramot de Galaad, ciudad de la tribu de Gad, al otro lado del Jordán. ¿No sabía Acab que dicha ciudad, y todas las demás ciudades de Israel, le pertenecían a Josafat por derecho de sucesión dentro de la casa de David?
Versículos 4–27
Tenemos, casi al pie de la letra, lo que ya vimos en 1 Reyes 22.
I. Vemos el deber de reconocer a Dios en todos nuestros caminos y consultar la palabra de Jehová
(v. 4). Josafat no quería ir a la expedición sin hacer esto.
II. Vemos también el peligro que para los buenos representan las malas compañías. Por complacer a Acab, Josafat, sentado con sus regias ropas, contempla, sin una palabra de reproche, la forma en que un falso profeta abusa de un verdadero siervo de Dios, ni se opone a Acab cuando éste manda meter en la cárcel a Miqueas.
III. Vemos igualmente la desdicha de quienes prestan oídos a los aduladores, especialmente si éstos se hacen pasar por profetas que sólo anuncian cosas agradables. Así fue engañado Acab para ruina suya; y le estuvo bien por dar oídos a los tales, porque le predecían victoria, sin escuchar al verdadero profeta que le advertía honestamente del peligro.
IV. Notemos, una vez más, el poder que Sanatás ejerce en los hijos de desobediencia (Ef. 2:2). Un espíritu mentiroso puede producir 400 profetas mentirosos y hacer uso de ellos para engañar a Acab (v. 21).
V. Notamos también la justicia de Dios en entregar a los impíos a necias ilusiones y creer mentiras, por negarse a recibir el amor a la verdad.
VI. Finalmente, es de observar con cuánta frecuencia los fieles ministros de Dios son aborrecidos, perseguidos y maltratados por ser fieles al Señor y justos y buenos para con sus semejantes. Por cumplir en conciencia con su deber, Miqueas es abofeteado, encarcelado y condenado a pan de aflicción y agua de angustia (v. 26, lit.), esto es, con una mínima ración de pan y agua. Pero pudo, con toda seguridad, apelar al resultado, como pueden hacerlo todos cuando son perseguidos por su fidelidad (v. 27).
Versículos 28–34
El buen Josafat se expone a la muerte con sus regias ropas, pero es librado por Dios. Hay motivo para pensar que Acab, con todas sus alegaciones de amistad, deseaba la muerte de Josafat; de lo contrario, no habría aconsejado jamás a Josafat que entrase en batalla con las ropas reales, lo cual equivalía a convertirse en blanco seguro del ataque enemigo, como lo demostraron los hechos, pues pronto se fijaron en él los sirios y se lanzaron a atacarle con toda su furia. El imprudente rey se dio cuenta ahora de que le habría sido mejor presentarse con el uniforme del más pobre soldado, en lugar de vestir su regio ropaje.
«Josafat clamó, y Jehová lo ayudó, y los apartó Dios de él» (v. 31). Véase aquí una notable variante de 1 Reyes 22:32, 33, donde se dice que Josafat gritó y que los enemigos se apartaron de él. En Crónicas es notorio el énfasis en la providencia de Dios en su acción directa a favor de los buenos. Mientras tanto, el malvado Acab, al creerse seguro con su disfraz de soldado, es herido de muerte (v. 33). ¡Admirable contraste: Josafat, seguro bajo sus ropas de rey; Acab muere con su armadura de soldado!
Más detalles sobre el reinado de Josafat. I. Su regreso a salvo a Jerusalén (v. 1). II. La reprensión que recibe por su unión con Acab (vv. 2, 3). III. El interés que, a raíz de esto, puso en la reforma de su reino (v. 4). IV. Las instrucciones que dio a sus jueces, tanto a los de la comarca, de rango inferior (vv. 5–7), como a los que en la capital ostentaban la suprema magistratura (vv. 8–11).
Versículos 1–4
I. El gran favor que mostró Dios a Josafat:
1. En traerlo a salvo de la peligrosa expedición con Acab, que estuvo a punto de costarle la vida (v. 1): Volvió en paz a su casa. Siempre que volvemos en paz a casa, deberíamos reconocer agradecidos la providencia de Dios en proteger nuestras idas y venidas. A Josafat le fue mejor de lo que se merecía.
2. En enviarle una reprensión por su unión con Acab. Es una bendición recibir a tiempo un reproche, para que podamos arrepentirnos y enmendar el error antes de que sea demasiado tarde. El profeta por quien le vino la reprensión fue Jehú el hijo de Hananí. El padre había sido un fiel profeta en el reinado anterior, como lo muestra el hecho de haber sido encarcelado por decir la verdad al rey Asá, y el hijo no se intimidó por eso, sino que reprendió a otro rey, y le dijo claramente que lo había hecho muy mal al unirse con Acab (v. 2): ¿Amas a los que aborrecen a Jehová? Por esto ha caído contra ti la cólera de Jehová. Josafat se arrepintió y cesó la ira de Dios contra él. Es de notar que Jehú menciona justamente las cosas buenas de Josafat, como debemos hacer siempre que nos vemos obligados a reprender a alguien.
II. Josafat recibió bien la reprensión, al contrario que su padre (v. 16:10). Vivió en Jerusalén (v. 4), cumplió con su deber y visitó a su pueblo como para expiar la mala visita que había hecho a Acab, y los conducía a Jehová el Dios de sus padres, es decir, hacía todo lo que estaba en su mano para que se convirtieran a Dios, pues su reciente amistad con la idólatra familia de Acab hubo de tener mala influencia en su propio reino. Muchos se atreverían a volverse a los ídolos al ver a su rey reformador tan íntimamente vinculado a los idólatras. Por eso, se sentía ahora doblemente obligado a hacer todo lo posible para obtener de ellos que se volviesen a Jehová el Dios de sus padres.
Versículos 5–11
Después de hacer todo lo posible para reconducir a su pueblo al buen camino, Josafat procura ahora que continúen bajo la influencia de buenos magistrados. Anteriormente, les había enviado predicadores que les enseñasen la Ley de Dios (17:7–9) pero ahora creyó conveniente establecer jueces que pusiesen en ejecución las leyes y atemorizasen a los malhechores.
I. Instituyó tribunales de justicia de primera instancia en distintas ciudades del reino (v. 5). Los jueces de estas cortes habían de mantener en el pueblo el culto al verdadero Dios, castigar las violaciones de la Ley y decidir controversias personales. «Mirad lo que hacéis», les repite (vv. 6, 7); es decir, «cumplid a conciencia con vuestro oficio y evitad errores». ¡Grave es la responsabilidad de los jueces, pues depende mucho de que den sentencia justa! Les advierte que actúan como representantes del Dios infinitamente justo, a quien tienen doble motivo para temer.
II. Instituyó un tribunal supremo en Jerusalén, de última instancia, al que había de apelarse en los casos más difíciles. Allí estaría bajo la inspección del rey.
1. Las causas que habían de verse en este tribunal eran de dos clases: (A) Alegatos de la corona, llamados aquí justicia de Jehová (v. 8), porque la ley de Dios era la ley del reino. Todos los criminales eran acusados de haber quebrantado dicha ley, y ofendido así la paz, el dominio y la dignidad de Dios.
(B) Causas comunes entre ciudadanos, llamadas aquí disputas o litigios (causas en la RV 1960. Nota del traductor), causas de sangre o cuestiones de ley y precepto, etc. (vv. 8, 10), con referencia a Deuteronomio 17:8. Desde la secesión de las diez tribus del norte, todas las ciudades de refugio, excepto Hebrón, pertenecían al reino de Israel; por lo tanto, hemos de suponer que, en estos casos, se usaban principalmente como santuarios de refugio los atrios del templo o los cuernos del altar; de ahí que el juicio de los homicidas fuese reservado al tribunal de Jerusalén.
2. Los jueces de este tribunal se escogían de entre los más expertos levitas y sacerdotes, doctos en la Ley, eminentes por su prudencia y de probada integridad, y de entre los jefes de la casa de Judá, personas de edad y experiencia.
3. Los dos jefes o presidentes de este tribunal. Amarías, el sumo sacerdote, había de presidir en las causas religiosas. Zebadías, primer ministro del rey (v. 11), había de presidir en todas las causas civiles.
4. Oficiales de inferior rango en el tribunal: «También los levitas estarán a vuestra disposición como escribas».
5. Deben esmerarse en actuar apoyados en sanos principios: «Con temor de Jehová con verdad y con corazón íntegro» (v. 9). Han de actuar con toda decisión y denuedo sin temor a los hombres: «Esforzaos, pues, para hacerlo, y Jehová éstará con el bueno» (v. 11).
I. Josafat se halla en grave aprieto a causa de una invasión del exterior (vv. 1, 2). II. Acude a Dios con ayuno y oración (vv. 3–13). III. Dios le da seguridades de la victoria (vv. 14–17). IV. Estas seguridades son recibidas con fe y gratitud (vv. 18–21). V. Derrota de los enemigos (vv. 22–25). VI Solemne acto de acción de gracias por la victoria y por las felices consecuencias de ella (vv. 26–30). VII. Fin del reinado de Josafat (vv. 31–37).
Versículos 1–13
Josafat se halla en apuros, pero es librado gloriosamente como premio a su piedad.
I. Grandes bandas de moabitas, amonitas y maonitas (o meunitas. El hebreo, por equivocación de algún copista, dice—de nuevo—amonitas. Nota del traductor) invaden el reino de Judá (v. 1). Josafat se vio sorprendido de esta invasión (v. 2). No sabemos qué excusa tenían para atacar a Josafat. Venían del otro lado del mar, es decir, del mar Muerto, donde había estado Sodoma, y de Edom (no de Aram = Siria). Las naciones vecinas temían en otro tiempo a Josafat (17:10), pero tal vez su unión con Acab había rebajado la estima en que le tenían anteriormente.
II. La forma en que se preparó Josafat contra los invasores.
1. No se dice que pasara revista a sus fuerzas, aunque es probable que lo hiciese, pero su principal preocupación fue obtener el favor de Dios. Conforme a la mentalidad de su padre David, si ha de ser corregido, prefiere no caer en manos de los hombres. La conciencia de su culpa le hizo temer. Humilló su rostro para consultar a Jehová (v. 3).
2. Hizo pregonar ayuno a todo Judá (v. 3); señaló un día de ayuno y oración, a fin de confesar unidos sus pecados y pedir socorro a Jehová (v. 4). El pueblo se reunió de todas las ciudades para unirse a Josafat en oración en los atrios del templo.
3. Josafat fue el portavoz de la congregación en este acto, y su oración es registrada aquí:
(A) Reconoce el dominio soberano de la divina Providencia, da, a Dios toda la gloria por ello y toma ánimos con este pensamiento (v. 6): «¿No eres tú Dios en los cielos? Detén, pues, a esos paganos y pon mordaza a sus insultos».
(B) Se apoya en el pacto de Dios con su pueblo: «Jehová Dios de nuestros padres (v. 6), Dios nuestro (v. 7), ¿a quién vamos a acudir en busca de socorro y en quién vamos a confiar sino en el Dios a quien hemos escogido y servido? Tú nos has otorgado esta tierra. No permitas que nos arrojen de la heredad que tú nos diste en posesión» (v. 11).
(C) Hace mención del templo que han edificado al nombre de Dios, no porque mereciesen, por ello, nada de la mano de Dios, puesto que de lo que habían recibido de Él le daban, sino porque era la señal de que Dios habitaba entre ellos para bien (vv. 8, 9). Este era el momento en que tenía aplicación la plegaria de Salomón (6:28–30), y a eso apelaban (v. 9).
(D) Profesa su entera dependencia de Dios en cuanto a su liberación. Aunque disponía de un gran ejército, y bien disciplinado, dice (v. 12): «Porque en nosotros no hay fuerza contra tan gran multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos».
Versículos 14–19
Benévola respuesta de Dios a la oración de Josafat. Antes de que se dispersara la congregación, recibieron seguridad de que saldrían victoriosos, pues nunca se busca a Dios en vano.
1. El espíritu de profecía vino sobre un levita en medio de la asamblea (v. 14). Era uno de los hijos de Asaf y, por tanto, uno de los cantores; a este oficio quería Dios honrar. No necesitaban ninguna señal; los hechos del día siguiente serían bastante prueba para confirmar su profecía.
2. Les animó a confiar en Dios, sin amedrentarse por la multitud de invasores (v. 15): «Porque no es vuestra la guerra, sino de Dios».
3. Les da noticias sobre los movimientos del enemigo y les ordena que marchen contra él, dándoles instrucciones sobre lo que han de hacer (vv. 16, 17): «Bajad mañana contra ellos … salid mañana contra ellos».
4. Les asegura que no tendrán necesidad de intervenir como actores, sino como espectadores, de la total derrota del enemigo (v. 17): «Paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros». Lo mismo ha de hacer el soldado cristiano: resistir a sus enemigos espirituales, y el Dios de paz los pondrá bajo sus pies y le hará salir más que vencedor.
5. Josafat y su pueblo recibieron estas seguridades con fe, reverencia y gratitud. Se inclinaron rostro a tierra; primero, Josafat; después, todo el pueblo; y adoraron a Jehová. Luego, se levantaron los levitas
… para alabar a Jehová (vv. 18–19).
Versículos 20–30
Dios da respuesta a la oración de Josafat y confirma la promesa dada por medio del levita, y destruye totalmente a las fuerzas enemigas.
I. Josafat tenía 1.160.000 hombres dispuestos para la guerra (17:14–18), pero aquí no tenemos ninguna mención ni del número de soldados ni de la forma en que iban equipados. Josafat se preocupó de que: 1. La fe fuese su ormamento. Cuando salían al campo de batalla, en vez de animarles a blandir sus armas, les animó a creer en Jehová su Dios y en las palabras de sus profetas; con esto estarían seguros y serían prosperados (v. 20). 2. La alabanza había de ir en vanguardia (v. 21). Josafat mandó salir por delante de los soldados a los cantores para que dijesen: «Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre». Ésta es la siempre antigua y siempre nueva doxología que la eternidad misma no será capaz de retirar por anticuada. Con esta extraña forma de avanzar hacia el campo de batalla, Josafat quería expresar su firme dependencia de la palabra de Dios.
II. El enemigo, aun siendo innumerable, cayó derrotado, no a filo de espada de hombre o de ángel, ni con tempestad de truenos y granizo, sino por intervención inusitada de Dios, quien puso contra los enemigos las emboscadas que ellos mismos habían puesto contra Judá, y las diversas bandas se obcecaron de tal forma que se destruyeron unas a otras, y ninguno escapó (vv. 22–24). Tan pronto como los de Judá comenzaron su obra de alabanza, Dios llevó a cabo su obra de liberación.
III. Los despojos del enemigo eran tan cuantiosos que necesitaron tres días para recogerlos. Cosecharon el fruto sin haber peleado y celebraron la victoria con sumo gozo; al cuarto día se juntaron para bendecir a Jehová y, por eso, llamaron al lugar Beracá, que significa bendición (v. 26). Regresaron después a Jerusalén en solemne procesión, con Josafat a la cabeza, para que el país se uniese a ellos según pasaban, en alabanzas a Dios. Así entraron en la casa de Jehová (vv. 27, 28). Los favores públicos demandan gratitud pública en los atrios de la casa de Jehová (Sal. 116:19).
IV. Esta victoria tuvo beneficiosos resultados para el país. 1. El reino de Josafat volvió a mostrarse grande (v. 29), pues todos los países circunvecinos se llenaron de temor hacia Judá y hacia el Dios que de tal manera había peleado por su pueblo. 2. En el interior reinó la tranquilidad (v. 30), porque Dios, su Dios, le dio a Josafat paz por todas partes. Y, cuando Dios da paz, ¿quién podrá perturbarla?
Versículos 31–37
Final del reinado de Josafat. El carácter general de su reinado fue que hizo lo recto ante los ojos de Jehová (v. 32). Pero dos cosas son de lamentar: 1. Todavía estaba aficionado el pueblo a los lugares altos (v. 33). Los erigidos en honor de los dioses falsos habían sido retirados (17:6), pero los consagrados al verdadero Dios eran tenidos por permitidos. 2. Josafat siguió afecto a la casa de Acab, con la que había emparentado al casar a su hijo Joram con Atalía la hija de Acab y Jezabel, a pesar de las reprensiones que recibió por ello. Ahora se unió al hijo de Acab, Ocozías, no en la guerra, como con Acab, sino en el comercio; se hizo socio suyo en una flota que iba a partir para Tarsis (vv. 35, 36). Para mostrarle su error e incitarle al arrepentimiento, Dios le envió: (A) Un profeta que le predijo el fracaso de su proyecto. (B) Una tormenta que hizo pedazos las naves que había preparado (v. 37). Parece ser que Josafat aprendió la lección, pues sabemos por 1 Reyes 22:50 que cuando Ocozías le invitó a seguir adelante con él en el negocio de las naves, Josafat no quiso.
Joram, uno de los peores reyes de Judá, sucede a Josafat, uno de los mejores. Así tuvieron su castigo por no haber sacado provecho del buen reinado de Josafat y de la reforma que había emprendido. I. Joram sube al trono de Judá (vv. 1–3). II. Su perversidad al establecerse en él mediante la matanza de sus hermanos (v. 4). III. Sus idolatrías y otras perversidades que cometió (vv. 5, 6, 11). IV. Profecía de Elías contra él (vv. 12–15). V. Castigos que Dios le envió, en la revuelta de sus súbditos contra él (vv. 8–10) y en los éxitos de sus enemigos contra él (vv. 16, 17). VI. Su repugnante enfermedad y su final tan poco glorioso (vv. 18–20). VII. No obstante, fue preservada la descendencia de David (v. 7).
Versículos 1–11
I. Josafat fue para Joram un padre demasiado indulgente. Había tenido muchos hijos, quienes se mencionan aquí (v. 2) y de los que se dice (v. 13) que eran mejores que Joram. Cualquiera de ellos habría sido más apto para ceñir la corona pero, al ser Joram el primogénito (v. 3), su padre le había asegurado la sucesión. Es cierto que eso le daba derecho a una doble porción de la hacienda de su padre (Dt. 21:17); pero, puesto que no era el apropiado para el bien común, y era lo más probable que había de deshacer lo que su padre había hecho, habría sido mucho más prudente dejarlo a un lado y poner por sucesor a otro que diese mejores esperanzas y que no estuviese inclinado a la idolatría.
II. Joram resultó un hermano extremadamente bárbaro para los hijos de su padre. Tan pronto como se asentó en el trono, mató a espada a todos sus hermanos. No sabemos si echó mano de alguna falsa acusación que le diese excusa para ejecutarlos bajo capa de legalidad, o si lo hizo descaradamente. También mató a algunos de los príncipes de Israel (v. 4), ya fuese porque eran afectos a sus hermanos o por temor a que vengasen la muerte de los hijos del rey.
III. Joram resultó también extremadamente perverso al corromper su reino con la idolatría y arruinar la reforma que su padre y su abuelo habían emprendido (v. 6): Anduvo en el camino de los reyes de Israel. No cabe peor recomendación, pues todos los reyes del norte fueron pésimos. 1. Hizo lugares altos en los montes de Judá (v. 11) e hizo cuanto pudo por introducir en el reino la idolatría. 2. Indujo a los moradores de Jerusalén a seguirle en esa fornicación espiritual y sexual. 3. Parece ser que halló más dificultad en inducir a los de la comarca; pero, a los que no pudo inclinar con halagos, los doblegó con amenazas: Y a ello impelió a Judá.
IV. Al dejar él a Dios y prostituir el culto, sus súbditos le retiraron el juramento de fidelidad. 1. Así lo hicieron algunas de las provincias que le eran tributarias. Se sublevó Edom (v. 8) y, aunque él les impuso un severo castigo (v. 9), no pudo reducirlos a servidumbre (v. 10), y se constituyó en Estado independiente, como lo había sido antiguamente, cuanto tuvo rey propio (Jos. 12:15).
V. Dios, no obstante, se acordó de su pacto con la casa de David y no permitió que se extinguiera la dinastía, aunque se había corrompido y había degenerado tan miserablemente (v. 7).
Versículos 12–20
I. Dios envía a Joram una seria advertencia por medio de una carta del profeta Elías. Por aquí se echa de ver que Joram llegó al trono y se mostró cual era, antes del arrebatamiento de Elías. Podemos suponer que era inminente el día de su partida, por lo que no pudo trasladarse a Jerusalén; pero, al enterarse de la gran perversidad de Joram al matar a sus hermanos, dejó a Eliseo el escrito para que fuese enviado al rey en la primera oportunidad.
1. Se le acusa claramente de sus crímenes (v. 12): Su apartamiento de los caminos de Dios, en los que había sido educado, su seguimiento de los caminos de la casa de Acab, su instauración de la idolatría en el reino y el asesinato de sus hermanos (v. 13).
2. Se le pasa sentencia por todos estos crímenes, y se le dice que su pecado traerá la ruina: (A) A su reino y a su familia (v. 14). Su pueblo sufrirá justamente, por ser cómplice de su idolatría, y sus mujeres por haberle arrastrado a ella. (B) A su salud y a su vida. Si hubiese aprendido a humillarse ante el recibo de este amenazante mensaje de Elías, ¿quién sabe si no habría obtenido por lo menos una prórroga? Pero no parece ser que hiciera caso alguno. Quizá le pareció que Elías se burlaba de él.
II. Al no hacer caso de esta advertencia, los castigos anunciados vinieron sobre él.
1. Joram se vio despojado de todas sus comodidades (v. 16): Jehová despertó contra él la ira de todos sus enemigos. Estos se aprovecharon de una u otra oportunidad para disputar con él e invadir su país, pero atacaron solamente la casa del rey y se llevaron todo, incluidos sus hijos y sus mujeres, no le dejaron más que al menor de los hijos. En 22:1 hallamos que mataron a todos los mayores. Si no hubiera sido de la casa de David, es seguro que ni el menor habría escapado de la muerte.
2. Su enfermedad fue terrible y repugnante. Por dos años estuvo enfermo sin hallar alivio (v. 18), cebándose en él la enfermedad mientras se llevaban a sus mujeres e hijos. Quizá fue esta calamidad la que le ocasionó la enfermedad. Enfermo, empobrecido, solitario y, especialmente, en pecado, destituido de la gracia necesaria para soportar la aflicción y del consuelo para contrarrestarla. ¡Qué situación tan deplorable!
3. Reinó solamente ocho años, y murió sin que nadie lo llorara (v. 20). Para mostrar cuán poco le apreciaban o le respetaban, no quisieron sepultarlo en los sepulcros de los reyes, pues le tenían por indigno de tal póstumo honor. Ni siquiera encendieron en su honor el fuego que habían encendido a sus antecesores (v. 19); es decir, no quemaron perfumes en su sepelio.
Vemos: I. Al nuevo rey, Ocozías que participa: 1. En el pecado, y 2. En la destrucción de la casa de Acab (vv. 1–9). II. A la reina madre, Atalía, que destruye la descendencia real y usurpa el trono (vv. 10– 12).
Versículos 1–9
Informe del breve reinado de Ocozías (de sólo un año). Se le llama Joacaz en 21:17, pero Ocozías aquí (v. 1) que no es sino el mismo nombre en hebreo por transposición de los dos componentes (Ajaz- Yah = Yeho-Ajaz). Se dice aquí (en el texto hebreo) que tenía cuarenta y dos años cuando comenzó a reinar (v. 2), cosa totalmente absurda, pues en 2 Reyes 8:26 se nos dice que tenía veintidós, y hay que tener en cuenta que su padre había muerto a los cuarenta (21:20). Su historia se compendia en dos cláusulas (vv. 3, 4).
I. Actuó perversamente, pues anduvo en los caminos de la casa de Acab (v. 3), hizo lo malo ante los ojos de Jehová (v. 4), como los de la familia de Acab, porque adoró a los mismos dioses falsos que ellos adoraban: Baal y Astarté. Estos baales animaban a sus adoradores a cometer toda clase de sensualidad y lascivia, lo que el Dios de Israel prohibía estrictamente.
II. En esto era aconsejado por su madre y los parientes de su madre: «Su madre le aconsejaba» (v. 3) y «los de la casa de Acab» (v. 4), al morir su padre. El consejo de los impíos es la ruina de muchos jóvenes precisamente cuando se preparan para entrar en la vida pública. Mejor le hubiera ido a este joven príncipe de recibir consejo de los jefes y jueces, así como de los sacerdotes y levitas que, en los días de su abuelo, habían enseñado al pueblo el conocimiento de Dios y de su Ley; pero la casa de Acab le halagó para que siguiera el consejo de ellos.
III. «Ellos le aconsejaron para su perdición» (v. 4). Ya fue cosa mala exponerle a la espada de los sirios, persuadiéndole a que se uniese a su tío Joram de Israel en la expedición a Ramot de Galaad, en la que salió herido Joram; una expedición poco honrosa para Ocozías. Pero eso no fue todo: Al comprometerle a unirse con Joram de Israel, le envolvieron en la ruina general de la casa de Acab. Fue a visitar a Joram (v. 6), precisamente cuando Jehú ejecutaba el juicio de Dios contra aquella familia idólatra, con lo que fue exterminado con ellos (vv. 7–9).
Versículos 10–12
Vemos a una malvada mujer que trata de destruir la casa de David, a fin de sentarse en el trono de Judá sobre las ruinas de dicha casa. Atalía (hebreo, Atalyahu), nieta (lit. hija) de Omrí (v. 3), al ver muerto a su hijo Ocozías, exterminó a toda la descendencia real de la casa de Judá (v. 10), intentaba, quizá, transmitir la corona de Judá, a su muerte, a uno de sus parientes de la casa de Acab. Pero vemos a una buena mujer que preserva a la casa de David de ser completamente destruida. Josabat, esposa del sumo sacerdote Joyadá y hermana de Ocozías (¿o de Joram?, la cifra de 24:15 favorece a esto último), rescató de la muerte a Joás, hijo de Ocozías, de un año de edad, y lo tuvo escondido junto con su nodriza por espacio de seis años en las cámaras del templo (vv. 11, 12).
Atalía depuesta y ejecutada; y a Joás, el legítimo heredero de la corona de Judá, entronizado. La historia la sabemos ya por 2 Reyes 11:4 y ss. I. Joyadá prepara al pueblo para el rey (vv. 1–10). II. Después, presenta el rey al pueblo, lo proclaman y lo ungen (v. 11). III. Manda matar a la usurpadora (vv. 12–15). IV. Reforma el reino, restablece la religión y restaura el gobierno (vv. 16–21).
Versículos 1–11
Puede imaginarse la situación en que se hallaba Jerusalén durante los seis años de usurpación del trono por Atalía. El día de la revolución brilló con mayor esplendor y fue mejor acogido después de esta negra y tediosa noche. Dios había jurado conservar la descendencia de David en el trono de Judá (Sal. 89:35), y aquí vuelven las aguas del gobierno a su legítimo canal. El instrumento de esta restauración fue Joyadá, quien era: 1. Hombre de gran prudencia, al reservar por seis años al príncipe hasta que fuese apto para aparecer en público y efectuar con admirable sigilo y rapidez su presentación al pueblo. 2. Hombre de gran prestigio. Se le unieron pronto los jefes y los levitas (vv. 1, 8). 3. Hombre de gran fe (v. 3): «He aquí el hijo del rey, el cual reinará, como Jehová ha dicho respecto a los hijos de David». 4. Hombre de gran piedad. Dio orden de que nadie, excepto los sacerdotes y levitas, entrara en la casa de Dios, bajo pena de muerte (vv. 6, 7). Las cosas sagradas nunca deben ser profanadas, ni siquiera bajo pretexto de defender los derechos políticos, civiles o militares. 5. Hombre de gran resolución. Cuando tuvo a punto la empresa que había acometido, él y sus hijos sacaron al rey, le coronaron y le ungieron, y le entregaron también el Testimonio (v. 11), es decir, la copia de la Ley, según estaba mandado en Deuteronomio 17:18.
Versículos 12–21
1. El pueblo se regocijó (vv. 12, 13) al ver que había sido preservado un retoño de Isaí (Is. 11:1).
2. Atalía fue ejecutada. Se aventuró a venir al templo y gritó: ¡Traición, traición! (v. 13). Pero nadie se puso de su parte. Joyadá como tutor del rey durante su minoría de edad, ordenó que fuese muerta (v. 14), lo que se llevó a cabo inmediatamente (v. 15).
3. El pacto que concertó Joyadá (v. 16). En 2 Reyes 11:17 leemos que se concertó entre Jehová, el rey y el pueblo, pero aquí se dice que fue entre sí y todo el pueblo y el rey, puesto que, como sumo sacerdote, era el representante de Dios en esta transacción, o una especie de mediador del pacto, como lo había sido Moisés. Veámonos a nosotros mismos, y unos a otros, como pueblo de Dios, y esto nos servirá de admirable acicate en el descargo de nuestros deberes para con Dios y para con los hombres.
4. Destrucción del culto de Baal (v. 17). No habrían cumplido ni con la mitad de su obra si solamente hubiesen destruido a la usurpadora de los derechos del rey, sin destruir al usurpador de los derechos de Dios; si hubiesen afirmado los derechos del trono, y no los del altar. ¡Abajo la casa, los altares y las imágenes de Baal! (Dt. 13:5, 6).
5. Fue reavivado el servicio del templo (vv. 18, 19). Joyadá ordenó los oficios en la casa de Jehová (v. 18). 1. Asignó a los sacerdotes sus turnos, para ofrecer los sacrificios como era debido. 2. Asignó a los cantores los suyos, conforme a la organización hecha por David. 3. Puso a los porteros en sus puestos respectivos, como había ordenado David (v. 19), a fin de que impidieran la entrada en los atrios del templo a toda persona ceremonialmente inmunda.
6. Restableció el gobierno del reino (v. 20). Llevaron en pompa al rey a su palacio y le sentaron sobre el trono del reino, para dar ley y juicio personalmente o mediante Joyadá su tutor. Así se llevó a cabo felizmente esta justa revolución.
Joás comenzó en el espíritu, pero acabó en la carne. I. Mientras vivió Joyadá, lo hizo bien; en particular, puso interés en la reparación del templo (vv. 1–14). II. Después de morir Joyadá, Joás apostató de Dios y esto le causó la ruina. 1. Restauró el culto a Baal (vv. 15–18). 2. Hizo matar a Zacarías por haberle reprendido (vv. 20–22). 3. Vinieron sobre él los juicios de Dios: (A) Le invadieron los sirios (vv. 23, 24). (B) Se vio agobiado de dolencias y lo mataron en su cama sus propios siervos (vv. 25–26).
Versículos 1–14
Relato de los buenos comienzos de Joás.
1. Es una dicha para los jóvenes, cuando salen al mundo, estar bajo el cuidado de personas buenas, prudentes y fieles a ellos, como lo estuvo Joás bajo el cuidado de Joyadá. Fue entonces cuando hizo Joás lo recto ante los ojos de Jehová (v. 2). Quien no se deja aconsejar no puede ser ayudado. Especialmente necesario para los jóvenes es tomar consejo antes de contraer matrimonio.
2. Hay muchos que cumplen externamente sus deberes religiosos por influencia de sus tutores, educadores, amigos, etc., pero que tienen solamente la forma de la piedad sin experimentar interiormente la eficacia de una piedad verdadera. Joás aparece más solícito que el propio Joyadá en reparar el templo (v. 6). Es más fácil construir templos que ser templos de Dios.
3. La reparación de las iglesias es una buena obra. Cuando vio Joás que el dinero no llegaba por el medio que él esperaba, probó otro. Echar dinero en un cofre mediante una abertura hecha en él era algo nuevo, y quizá la misma novedad resultó un éxito para recoger dinero; se recogió mucho y con gran gozo (v. 10).
Versículos 15–26
Triste relato de la degeneración y apostasía de Joás. Dios había hecho por él grandes cosas; él también había hecho algo por Dios; pero ahora se mostró ingrato a Dios.
I. La ocasión de su apostasía. Se ve que nunca había sido sincero ni había obrado por principios, sino por influencia de Joyadá, quien le había llevado al trono y le había protegido y guardado en el templo. Así que, cuando cambió el viento, también él cambió.
1. Murió su buen consejero (v. 15) y lo sepultaron con los reyes a causa del mucho bien que había hecho en Israel (v. 16). Notemos que aquí se llama Israel a Judá, pues eran los únicos verdaderos israelitas al sublevarse las otras tribus contra el Dios de Israel. Joyadá acabó su vida lleno de años (130) y de honor, pero, después de su muerte, rey y reino degeneraron miserablemente. Véase aquí cuán necesario es, como dijo nuestro Salvador, ser nosotros mismos sal, y actúar en virtud de un principio interior que nos acompañe a través de todos los cambios. Sólo así no nos perjudicará la muerte de un padre, de un ministro de Dios o de un amigo.
2. Vinieron entonces a Joás malos consejeros. Aparecieron como buenos amigos que, en lugar de condolerse de la pérdida del buen mentor, le felicitaron por haber quedado libre de la disciplina. ¿Por qué había de estar aconsejado por sacerdotes? Los príncipes de Judá se esforzaron en corromperlo con sus adulaciones, y el rey los oyó (v. 17). Su padre y su abuelo habían sido corrompidos por la casa de Acab, de la que no se podía esperar mejor cosa; pero que los príncipes de Judá fueran sus seductores fue cosa triste en extremo.
II. Su apostasía. «Desampararon la casa de Jehová … y sirvieron a los símbolos de Aserá y a las imágenes esculpidas» (v. 18). Los jefes de Judá requirieron del rey que erigiera de nuevo los ídolos y cipos que habían sido destruidos al comienzo de su reinado, pues estaban fastidiados del antiguo y, para ellos, aburrido servicio del templo. Y Joás, no sólo les permitió que lo hicieran, sino que se unió a ellos en la apostasía.
III. Agravación de su apostasía. Dios les envió profetas para que los volviesen a Jehová. Es oficio de los ministros de Dios llevar, no a sí mismos, sino a Dios, a quienes se han apartado de Él. Estos jefes del pueblo y el propio Joás menospreciaron a todos los profetas y mataron a uno de ellos, Zacarías (no el que figura entre los 12, antes de Malaquías), hijo (es decir, nieto) de Joyadá (v. 20).
1. El pueblo estaba reunido en el atrio del templo cuando este profeta de familia sacerdotal, lleno de espíritu de profecía, puesto en pie, declaró lisa y llanamente el pecado del pueblo y cuáles iban a ser sus consecuencias: «Así ha dicho Dios: ¿Por qué quebrantáis los mandamientos de Jehová?»
2. Por conspiración de los príncipes y por mandato del rey (v. 21) lo mataron inmediatamente a pedradas, no en cumplimiento de la ley como si hubiese sido un blasfemo, un traidor o un falso profeta, sino en el arrebato de un tumulto popular. Le dieron muerte en el patio de la casa de Jehová. La persona era sagrada, pues era sacerdote; el lugar también era sagrado (el atrio interior «entre el templo y el altar»—Mt. 23:35—); y el mensaje era igualmente sagrado, pues era una exhortación al arrepentimiento, dada de parte de Dios mismo. Los judíos dicen que en este crimen hubo siete transgresiones: mataron a un sacerdote, profeta y juez; derramaron sangre inocente, profanaron el templo, el sábado y el Día de la Expiación, pues dice la tradición judía que ocurrió en ese día.
3. Este Zacarías, mártir de la fidelidad a Dios y a su país, era hijo de Baraquías, como dijo el Señor, y nieto de Joyadá, el que tanto bien había hecho en Israel y especialmente a Joás, para quien había sido como un padre (v. 22).
4. La imprecación del moribundo mártir: «¡Jehová lo vea y lo demande!» (v. 22). No la dijo por espíritu de venganza, sino de profecía. Esta preciosa sangre fue pronto vengada con los castigos que le sobrevinieron al rey apóstata y fue incluso tenida en cuenta después en la destrucción de Jerusalén a manos de los caldeos (36:16) más aún, nuestro Salvador, en el lugar citado, responsabiliza a los perseguidores suyos y de su Evangelio de la sangre de este Zacarías. ¡Tan alto y tan largo clama la sangre de los mártires!
Los castigos que Dios envió a Joás por esta agravación de su apostasía. 1. Una pequeña tropa de sirios se hicieron los amos de Jerusalén, mataron a todos los principales del pueblo, saquearon la ciudad y enviaron el botín a Damasco (vv. 23, 24). 2. Dios le hirió con graves dolencias. 3. Sus propios siervos conspiraron contra él a causa de la sangre de los hijos de Joyadá el sacerdote (no cabe duda de que ha de entenderse «del hijo»—nieto—en singular. Nota del traductor). 4. El pueblo no quiso sepultarlo en los sepulcros de los reyes (v. 25) por haber manchado con su apostasía y mala administración el honor real.
El reinado de Amasías, que vemos aquí, no fue de los peores, aun cuando distó mucho de ser bueno (v. 2 R. 14). I. Vengó justamente la muerte de su padre (vv. 1–4). II. Obedeció al mandato que se le ordenó de parte de Dios (vv. 5–10). III. Se portó cruelmente en la conquista de Edom (vv. 11–13). IV. Adoró neciamente a los dioses de Edom y perdió la paciencia al ser reprendido por ello (vv. 14–16). V. Retó inconsideradamente al rey de Israel y lo pagó muy caro (vv. 17–24). VI. Murió con pena y sin gloria (vv. 25–28).
Versículos 1–13
I. Carácter general de Amasías: Hizo lo recto ante los ojos de Jehová: adoró al Dios verdadero, mantuvo el servicio del templo y promovió en su reino la verdadera religión; pero no lo hizo de perfecto corazón (v. 2), es decir, no fue un hombre de sincera devoción. No fue enemigo de la piedad, sino un
amigo frío e indiferente. Tal es el carácter de muchos en esta época de «Laodicea» (así se expresaba Henry a principios del siglo XVIII—nota del traductor—): hacen cosas buenas, pero no de perfecto corazón.
II. La justa retribución que infligió a los asesinos de su padre: Los mató (v. 3). Aunque ellos habían intentado vengar en el rey la sangre de Zacarías, se tomaron por su mano la justicia que pertenecía a Dios y, por tanto, obró Amasías justamente al tomarles cuentas por su pecado (v. 4).
III. Su expedición contra los edomitas.
1. Los grandes preparativos que hizo para ella: (A) Pasó revista a sus fuerzas (v. 5) y halló en Judá y Benjamín sólo 300.000 hombres aptos para las armas, mientras que en tiempo de Josafat había cuatro veces más. El pecado debilita a los pueblos, los disminuye, los desanima y reduce el número de sus fuerzas. (B) Alquiló del reino del norte tropas auxiliares (v. 6).
2. El mandato que Dios le dio, por medio de un profeta, de que dejara marchar las tropas alquiladas de Israel (vv. 7, 8). Si estaba seguro de la presencia de Dios con él, el ejército que ya tenía era más que suficiente. Especialmente, era impropio pedir ayuda a Israel, por cuanto Dios no estaba con los hijos de Efraín, ya que éstos no estaban con Dios, sino con los becerros de oro.
3. La objeción que expuso Amasías a este mandato, y la respuesta satisfactoria que dio el profeta a esta objeción (v. 9). Amasías les había adelantado a los hombres de Israel cien talentos y ahora teme perderlos. Ésta es una objeción frecuente, por la que los hombres temen perder dinero por cumplir con su deber. Pero el profeta le asegura: «Jehová puede darte mucho más que esto». ¿Qué otra cosa es confiar en Dios, sino estar dispuesto a arriesgar la pérdida de cualquier cosa por Él, y confiar en la seguridad que nos da de que no vamos a perder nada con eso, sino que todo aquello de que nos desprendamos por Él, será compensado con creces por otros beneficios mayores que nos ha de dispensar? Dios es justo, bueno y solvente. El rey perdió cien talentos por su obediencia; pero vemos (27:5) que los amonitas le dieron a su nieto Jotam precisamente cien talentos y, además, diez mil coros de trigo y diez mil de cebada, con lo que le abonaron un estupendo interés.
4. Su obediencia al mandato de Dios, que es registrada aquí en honor suyo (v. 10): «Apartó el ejército de ta gente que había venido a él de Efraín». Y ellos se marcharon a sus casas encolerizados.
5. Sus triunfos sobre los edomitas (vv. 11, 12). Dejó 10.000 muertos en el campo de batalla. Otros
10.000 fueron hechos prisioneros y, después, bárbaramente asesinados al ser lanzados por un precipicio. No se nos dice qué pudo inducirle a esta crueldad.
6. Los soldados de Israel que habían sido despedidos por Amasías se vengaron invadiendo las ciudades de Judá cuando regresaban a sus casas. Tan enojados estaban (v. 10) porque el rey de Judá no les había permitido compartir el despojo de Edom que fueron a despojar a Judá. Saquearon las ciudades de Judá que eran fronterizas, mataron a 3.000 hombres que les ofrecieron resistencia y se llevaron gran botín. Sin duda, Dios lo permitió en castigo de las idolatrías de estas ciudades, las más expuestas a la apostasía por ser limítrofes del reino del norte.
Versículos 14–16
I. Apostasía de Amasías al dar culto a los dioses de Edom. ¡Extraña locura! Acaz dio culto a los dioses de los que le habían derrotado (28:23), pues le habían infundido cierto miedo, pero adorar a los dioses de aquellos a quienes había derrotado él, dioses que no habían podido proteger a sus adoradores, fue el mayor absurdo que pudo cometer Amasías. Si en vez de arrojar a los edomitas por un precipicio hasta hacerlos pedazos (v. 12), hubiese arrojado a sus ídolos para que se hiciesen añicos, habría manifestado la devoción y la compasión propias de un verdadero israelita; pero quizá por aquella bárbara inhumanidad fue entregado a esta ridícula idolatría.
II. La reprensión que recibió de Dios, por medio de un profeta, de su pecado. El profeta razonó con él con toda sensatez y mansedumbre (v. 15): «¿Por qué has buscado los dioses de otra nación, que no libraron a su pueblo de tus manos?»
III. La mala respuesta que dio al profeta (v. 16). Al no poder dar ninguna excusa de su necedad, recurrió al insulto. 1. Vino a decirle que se metía donde no le importaba: «¿Te han puesto a ti por consejero del rey?» 2. Le mandó callar: «Déjate de esto». Como los que decían a los videntes: No veáis (Is. 30:10). 3. Le amenazó: «¿Por qué quieres que te maten? 4. Parece hacerle a la memoria lo sucedido a Zacarías en el reinado anterior, quien fue apedreado por reprender a Joás, y le pide que tome nota del aviso.
IV. La sentencia que el profeta pronunció contra él por eso. Le había advertido con mansedumbre, pero, al hallarle obstinado en su iniquidad, le anunció su ruina. ¡Cuán miserable es la condición del hombre con quien el Espíritu Santo, por medio de los ministros de Dios y de la conciencia, deja de contender! (Gn. 6:3). Es entonces cuando son entregados los hombres a los deseos de su corazón.
Versículos 17–28
Ahora, este degenerado príncipe es mortificado por su vecino y muerto por sus súbditos.
I. Nunca hubo un príncipe orgulloso que fuese tan mortificado como lo fue Amasías por el rey de Israel.
1. Hay una parte de este relato que ya hemos visto en 2 Reyes 14:8 y ss., y comprende el necio reto de Amasías a Joás de Israel (v. 17), la burlona y arrogante respuesta de éste (v. 18), con el buen consejo que Joás le dio de que estuviese quieto y le iría mejor (v. 19); la persistencia de Amasías en su reto (vv. 20, 21), la derrota que sufrió (v. 22) y la calamidad que atrajo sobre sí mismo y sobre su ciudad (vv. 23, 24). Esta parte ilustra lo que dice Salomón en dos de sus proverbios: (A) «La soberbia del hombre le abate» (Pr. 29:23). (B) «No entres apresuradamente en pleito, no sea que no sepas qué hacer al fin, después que tu prójimo te haya avergonzado» (Pr. 25:8).
2. Pero hay dos porciones en esta historia que no aparecen en 2 Reyes (A) Que Amasías lanzó el reto a Joás después de tomar consejo (v. 17). ¿De quién? No del profeta, sino de sus asistentes que querían halagar su orgullo y le prometían una fácil victoria sobre Joás. (B) Aquí, la imprudencia de Amasías es presentada como castigo por su impiedad (v. 20).
Nunca hubo un pobre príncipe que fuese tan violentamente perseguido por sus propios súbditos. Desde el tiempo en que se apartó de Jehová (como leemos en el v. 27), el corazón de sus súbditos se apartó de él y comenzaron a conspirar contra él en Jerusalén. A la larga, el fermento aumentó de tal forma que se apercibió de que la enemistad del pueblo contra él era muy profunda y pensó que lo más prudente era dejar la ciudad regia y huir a Laquís; pero no le valió, pues enviaron tras él a Laquís, y allá lo mataron.
Relato del reinado de Uzías (o Azarías, como se le llama en 2 R. 14:21; 15:1, etc.). I. Su buen carácter en general (vv. 1–5). II. Su gran prosperidad en guerras, construcciones, asuntos del reino, etc. (vv. 6–15).
I. Su presunción al usurpar funciones sacerdotales, por lo que fue herido con lepra y confinado por ella (vv. 16–21) hasta su muerte (vv. 22–23).
Versículos 1–15
Dos detalles especiales se mencionan acerca de Uzías:
I. Su piedad. No es que fuera eminente en este aspecto, pero de él se dice que hizo lo recto a los ojos de Jehová (v. 4), como su padre en sus buenos primeros años. Mantuvo el culto al verdadero Dios, mejor que su padre, pues nunca adoró a los ídolos como su padre los había adorado. Se añade que persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías (v. 5). Este profeta es desconocido para nosotros, ya que no puede
tratarse del ya muerto hacía bastantes años por orden de su abuelo Joás, ni del profeta que ejerció su ministerio después de la deportación a Babilonia.
II. Su prosperidad.
1. En general (v. 5): «En estos días en que buscó a Jehová, Él le prosperó».
2. Algunos ejemplos particulares de su prosperidad:
(A) Su éxito en las guerras (v. 7): Dios le dio ayuda. Así triunfó contra los filisteos, demolió las fortificaciones de sus ciudades y puso en ellas sus propias guarniciones (v. 6). Obligó a los amonitas a pagarle tributo (v. 8).
(B) La grandeza de su fama y reputación. Se divulgó su fama hasta la frontera de Egipto (v. 8). Fue buena fama: fama en cuanto a cosas buenas para con Dios y para la gente buena.
(C) Sus construcciones. Mientras actuaba a la ofensiva en el exterior, no descuidó la defensa de su reino, sino que edificó torres en Jerusalén y las fortificó (v. 9). Gran parte de la muralla de Jerusalén había sido derribada en tiempos de su padre (25:23), pero él edificó una torre junto a la puerta del ángulo. Pero la mejor fortificación de Jerusalén fue su firme adhesión al culto de Dios. Al fortificar la ciudad, no olvidó el país, sino que edificó también torres en el desierto (v. 10), para proteger al pueblo de los ataques de los merodeadores (21:16).
(D) Su fomento de la agricultura y de la ganadería. Hizo muchas obras para la expansión del ganado y aprovechó las tierras fértiles y aun los montes para viñas y huertos, porque era amigo de la agricultura (v. 10).
(E) Su ejército. Parece ser que tuvo dos cuerpos distintos de milicia: (a) «Un ejército de guerreros» (v. 11), esto es, un cuerpo militar bien entrenado y equipado, que salía a la guerra en compañías (mejor que divisiones). Estos se encargaban también de saquear a los países limítrofes en represalia por las incursiones de despojo que tan frecuentemente hacían en Judá los merodeadores de dichos países. (b) Otro ejército más numeroso para guarniciones y defensa del país en caso de invasión (vv. 12, 13). Uzías equipó al ejército con toda variedad de armas (v. 14): escudos, lanzas yelmos, coseletes, arcos y hondas. No se mencionan espadas, porque es probable que cada soldado tuviese la suya. También se aprovechó de la reciente invención de máquinas de guerra (v. 15). Es una pena que las guerras y disputas que surgen de la concupiscencia de los hombres hagan necesario el uso de armas inventadas para ser instrumentos de muerte.
Versículos 16–23
La única mancha que hallamos en el nombre del rey Uzías.
I. Su pecado consistió en usurpar funciones sacerdotales. La transgresión de sus predecesores había sido abandonar el templo de Jehová (24:18) y quemar incienso en altares idolátricos (25:14). La suya consistió en entrar en el templo de Jehová más adentro de lo que le era permitido y ponerse a quemar incienso en el altar del incienso (v. 16).
1. El motivo de este desacato fue el orgullo: «Su corazón se enalteció para su ruina» (v. 16). Su gran fama y prosperidad (v. 15) le inclinó a enaltecer su propio corazón en lugar de enaltecer el nombre de Dios en gratitud.
2. Este pecado lo cometió probablemente cuando vio que necesitaba el favor de Dios en alguna coyuntura que no conocemos. (A) Quizá pensó que los sacerdotes no cumplían con su oficio tan devotamente como debían y creyó que podía hacerlo mejor que ellos. (B) O quizás observó que los reyes idólatras quemaban incienso en los altares de sus dioses, como su propio padre había hecho (y Jeroboam—1 R. 13:1—), y, al estar él resuelto a seguir adherido al altar de Jehová, quiso aproximarse a él tanto como los reyes idólatras se acercaban a sus altares. Pero a este atrevimiento se le llama aquí rebelión contra Jehová su Dios (v. Éx. 30:1–10).
3. En su intento, halló la oposición del sumo sacerdote y de los otros sacerdotes que le asistían (vv. 17, 18). Ellos estaban prestos a quemar incienso por el rey, conforme el deber de su oficio; pero, al ver que él intentaba hacerlo, le hicieron saber claramente que se estaba interfiriendo en lo que no le pertenecía, y que con ello se exponía al castigo de Dios: «No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar
incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón» (v. 18). Además de Éxodo 30:7, pueden verse Deuteronomio 33:10; 1 Crónicas 23:13. David había bendecido al pueblo; Salomón y Josafat habían orado con el pueblo y les habían predicado. Si Uzías hubiese hecho esto, sería mencionado para alabanza suya; pero, al quemar incienso, es mencionado para su vergüenza. Coré y sus cómplices, aun siendo levitas pagaron muy caro el atrevimiento de quemar incienso, que era competencia exclusiva de los sacerdotes (Nm. 16:35). El incienso de nuestras oraciones debe ponerse por fe en manos de nuestro sumo sacerdote Jesucristo, el gran sumo sacerdote de nuestra profesión; de lo contrario, no será aceptado por Dios (v. Ap. 8:3).
4. En lugar de humillarse, Uzías se enojó contra los sacerdotes sin soltar de su mano el incensario (v.
19).
II. Su castigo fue una lepra incurable, que le brotó en la frente mientras se enojaba contra los
sacerdotes.
1. Al aparecer la lepra en su frente, los sacerdotes se atrevieron aún mejor a expulsarle del templo a toda prisa. Y él también se dio prisa a salir, porque Jehová le había herido (v. 20) con una enfermedad que es una señal especial de su desagrado, y que él sabía que le separaba automáticamente del trato con los demás y, con mayor motivo, del altar de Dios. Leproso permaneció hasta el día de su muerte y hubo de habitar confinado en una casa apartada (v. 21).
2. Fue un castigo que correspondió muy apropiadamente a su pecado. (A) En el fondo, era un pecado de orgullo y, por eso, Dios le impuso esta humillación y este deshonor. (B) Usurpó una función sacerdotal y Dios le hirió con una enfermedad que le sometía a la inspección y al juicio de los sacerdotes, como estaba mandado en Deuteronomio 24:8.
Se metió en el santuario de Dios, lugar que estaba reservado a los sacerdotes y, por ello, fue excluido aun de los atrios del templo, donde el más vil de sus súbditos podía entrar con tal que estuviese ceremonialmente limpio.
Breve informe del reinado de Jotam, piadoso y próspero príncipe, de quien desearíamos saber algo más. I. Fecha en que subió al trono y duración de su reinado (vv. 1, 8). II. Su buen carácter general (vv. 2, 6). III. Su prosperidad (vv. 3–5). IV. Su muerte (v. 9).
Versículos 1–9
De Jotam se nos dice:
I. Que reinó bien: Hizo lo recto ante los ojos de Jehová (v. 2). Preparó sus caminos delante de Jehová su Dios (v. 6). Cumplió de modo constante con sus deberes, no como algunos de sus predecesores, quienes, aun cuando hicieron cosas buenas, perdieron su crédito por su inconstancia o su inconsecuencia. Dos detalles se señalan en particular de Jotam: 1. Que no cometió el pecado de su padre, pues no entró en el santuario de Jehová (v. 2). 2. Que no pudo impedir la corrupción del pueblo: Pero el pueblo continuaba corrompiéndose.
II. Que prosperó. 1. Construyó. Comenzó con la puerta mayor de la casa de Jehová (v. 3), reparándola bellamente y levantándola. Luego edificó mucho sobre el muro de la fortaleza (o, mejor, del Ofel), y, además, edificó ciudades en las montañas de Judá (v. 4). 2. Conquistó. Prevaleció contra los amonitas, quienes habían invadido Judá en tiempo de Josafat (20:1). 3. Se hizo fuerte (es decir, poderoso) en riqueza y poder (v. 6), así como en influencia sobre los países vecinos, que procuraban su amistad y temían su desagrado, porque preparó sus caminos delante de Jehová su Dios.
III. Terminó prematuramente el curso de su vida, pero lo acabó con honor. Murió a los cuarenta y un años de edad (vv. 8), pero sus guerras y sus caminos fueron lo suficientemente gloriosos como para quedar consignados por escrito en los anales de los reyes de Israel y de Judá (v. 7).
Tenemos ahora la historia del reinado de Acaz, hijo de Jotam: Mal hijo y mal reinado. I. Su gran perversidad (vv. 1–4). II. El aprieto en que se metió por eso (vv. 5–8). III. La reprensión que Dios envió por medio de un profeta al ejército de Israel por atropellar a sus hermanos de Judá, y la obediencia que ellos prestaron a la voz de Dios (vv. 9–15). IV. Las muchas calamidades que sobrevinieron a Acaz y a su pueblo (vv. 16–21). V. No obstante, continuó la idolatría (vv. 22–25) y así termina este relato (vv. 26, 27).
Versículos 1–5
Nunca tuvo hombre alguno una oportunidad tan buena como Acaz la tuvo para hacer el bien y sin embargo, le vemos aquí: 1. Totalmente corrompido y degenerado. Había recibido buena educación, pero no hizo lo recto ante los ojos de Jehová (v. 1), sino que hizo mucho mal; se portó mal con Dios, consigo mismo y con su pueblo; anduvo en los caminos de los reyes de Israel (v. 2); hizo imágenes de fundición y las adoró. Abandonó el templo de Dios y sacrificó y quemó incienso en los altos (v. 4), como si ello le acercase más al Cielo, y bajo todo árbol frondoso, como si allí el Cielo le protegiese con «buena sombra». Para completar su maldad, como quien carece de afecto natural lo mismo que de religión, hizo pasar a sus hijos por fuego (v. 3) en honor de Moloc. 2. Miserablemente despojado. (A) Los sirios le insultaron y le vencieron en el campo de batalla, y se llevaron cautivos a muchos del pueblo. (B) El rey de Israel, aunque también él era idólatra, le batió con gran mortandad (v. 5).
Versículos 6–15
I. Vemos al traicionero Judá bajo la reprensión de la providencia de Dios. Nunca había ocurrido una mortandad igual desde el comienzo del reino de Judá, y eso a manos de israelitas. Dios obra con toda justicia y hace que aquellos que son nuestros modelos o cómplices en el pecado sean nuestra plaga y nuestra ruina. Estalló la guerra entre Israel y Judá, y Judá llevó la peor parte en ella. 1. Un enorme número de soldados valientes, algunos notables, e incluso un hijo del rey, murieron (v. 6); y eso que el reino de Israel no era fuerte en este tiempo; pero fue lo suficientemente fuerte como para infligir a Judá este enorme castigo. 2. Todavía fue mayor el número de cautivos: docientos mil, mujeres, muchachos y muchachas (v. 8).
II. También vemos al victorioso Israel bajo la reprensión de la Palabra de Dios.
1. Veamos el mensaje que les envió Dios por medio de un profeta (Oded, no Obed. Nota del traductor), quien les salió al encuentro, no para aplaudirles por su valor, sino para declararles sus faltas en nombre de Dios.
(A) Les declaró cómo habían llegado a esta victoria de la que tan orgullosos estaban: No habían conseguido la victoria por ser mejores que Judá, sino por el enojo de Dios contra Judá (v. 9. V. Dt. 9:5). Por tanto, no tenían de qué gloriarse, sino de qué temer, no fuese que también ellos cayesen (Ro. 11:20– 22).
(B) Les acusó de abuso del poder que Dios les había concedido contra sus hermanos. Son reprendidos aquí los vencedores: (a) Por la crueldad de la matanza que habían llevado a cabo en el campo de batalla (v. 9): «Los habéis matado con un furor que ha llegado hasta el cielo». Lo habían hecho por odio, enemistad y crueldad. La ira del hombre no obra la justicia de Dios (Stg. 1:20). (b) Por el tratamiento que habían determinado imponer a los prisioneros, pues pensaban tenerlos como esclavos y esclavas (v. 10), siendo hermanos (v. 11), descendientes de un mismo patriarca y libres por ser israelitas.
(C) Les trae a la memoria sus pecados, por los que son reos igualmente de la ira de Dios (v. 10): «¿No habéis pecado vosotros contra Jehová vuestro Dios?» Esto tenía por objeto: (a) Frenar su orgullo por la victoria; como si les dijese: «Sois pecadores, y les cae mal a los pecadores ser orgullosos, porque si el juicio comienza por los que tienen entre ellos la casa de Dios, ¿qué será de los que adoran a los becerros?» (b) Frenar su severidad para con sus hermanos. También les cae mal a los pecadores ser crueles: «Habéis cometido transgresiones por las que tenéis que dar cuenta, y no necesitáis añadir ésta a las demás».
(D) Les mandó que soltasen a los prisioneros y les dejasen volver a sus casas, «porque el furor de la cólera de Jehová está contra vosotros» (v. 11). Como si dijese: «No hay otro modo de escapar de la ira de Dios que mostrando misericordia».
2. La decisión que tomaron entonces los principales de Efraín de soltar a los prisioneros. «Se levantaron contra los que venían de la guerra», aunque venían exaltados por la victoria, y les dijeron claramente que no debían traer a Samaria los prisioneros (vv. 12, 13).
3. Los guerreros accedieron y dejaron tanto los cautivos como el botín a disposición de los príncipes y de toda la multitud (v. 14); mostraron así mayor heroísmo en el dominio de sí mismos que el que habían mostrado en la guerra al hacerlos prisioneros. Es un gran honor para cualquiera ceder ante la autoridad de la razón y de la religión aun en contra de los propios intereses. Los príncipes tomaron a los cautivos, los trataron generosamente y, una vez acomodados y reanimados, los llevaron hasta la frontera de Judá (v. 15).
Versículos 16–27
I. El gran aprieto en que se vio el reino de Judá por el pecado de Acaz. En general: 1. Jehová había humillado a Judá (v. 19). Últimamente, habían estado muy altos en riqueza y poder, pero Dios halló medios de humillarlos y hacerlos tan despreciables como formidables habían sido. 2. Acaz había expuesto a Judá al escarnio, despojándole de todo (v. 21), como quien desnuda a una persona y la expone así al asalto de cualquiera (Éx. 32:25). El pecado desnuda al hombre y lo expone a la vergüenza. En particular, los edomitas, para vengarse de la crueldad de Amasías contra ellos (25:12), atacaron a Judá y se llevaron muchos cautivos (v. 17). También los filisteos les insultaron, tomaron posesión de varias ciudades y aldeas cercanas a ellos (v. 18) y se vengaron así de las incursiones que Uzías había llevado a cabo en su país (26:6).
II. Lo que Acaz añadió por su cuenta a este aprieto de la nación así como la culpabilidad del pueblo.
1. Aumentó el aprieto al cortejar a reyes extranjeros con la esperanza de que vendrían en su ayuda. Cuando le atacaban los edomitas y los filisteos, envió a pedir a los reyes de Asiria que le ayudasen (v. 16). Despojó para ello la casa de Dios, el palacio real y los bolsillos de los principales del país, a fin de tener dinero con el que alquilar a las fuerzas extranjeras para que le ayudasen (v. 21). ¿Y qué sacó Acaz del rey de Asiria? Sí que vino, pero no para ayudarle, sino para reducirlo a estrechez (vv. 20, 21). Las tropas asirias pusieron su cuartel en Judá, con lo que lo empobrecieron y debilitaron.
2. Aumentó la culpabilidad al cortejar a dioses extranjeros con la esperanza de que le sacasen del apuro. (A) Abusó de la casa de Dios pues quebró los utensilios de la casa de Dios (v. 24), para que los sacerdotes no pudiesen llevar a cabo el servicio del templo por falta de utensilios; y, al fin, cerró las puertas para que el pueblo no pudiera asistir a los cultos. (B) Afrentó al altar de Dios, pues se hizo altares en todos los rincones de Jerusalén, de forma que, como dice el profeta, sus altares eran como montones en los surcos del campo (Os. 12:11). Y en las ciudades de Judá erigió lugares altos a fin de que el pueblo quemase incienso a los ídolos que mejor le parecieran, como a propósito para provocar ira a Jehová el Dios de sus padres (v. 25). (C) Dejó por completo a Dios, pues ofreció sacrificios a los dioses de Damasco (v. 23), pues les temía, y pensó que ellos eran quienes habían ayudado a sus enemigos y que, si los podía atraer a su causa, le ayudarían a él. ¿Y qué pasó? Los dioses de Siria no le ayudaron más de lo que le habían ayudado los reyes de Asiria; al contrario, fueron su ruina y la de todo Israel. Este pecado corrompió al pueblo de tal manera que la reforma del reino siguiente no fue suficiente para curarles de su inclinación a la idolatría y retuvieron esta raíz de amargura hasta que la deportación a Babilonia la arrancó de cuajo.
3. Por lo que se ve, murió impenitente y, por tanto, sin gloria, ya que no lo metieron en los sepulcros de los reyes de Israel (v. 27).
Cambia agradable y gloriosamente la escena con el reinado de Ezequías, en quien hallamos mayor devoción a Dios que la que hasta ahora hemos visto en los reyes que le precedieron. En este capítulo vemos el inicio de la reforma que se propuso llevar a cabo tan pronto como subió al trono. I. Su exhortación a los sacerdotes y levitas al ponerlos de nuevo en posesión de la casa de Dios (vv. 1–11). II. El interés y el esfuerzo que se tomaron los levitas para limpiar el templo y poner allí las cosas en orden (vv. 12–19). III. Solemne reavivamiento de las ordenanzas de Dios que habían sido descuidadas, durante el cual se hizo expiación por los pecados del reinado anterior y comenzaron a funcionar las ruedas del servicio del templo, para gran satisfacción del rey y del pueblo (vv. 20–36).
Versículos 1–11
I. Cuando comenzó a reinar, Ezequías tenía veinticinco años (v. 1). Cuando, después de dos malos reinados, llegó Joás al trono, sólo tenía siete años; Josías, que también llegó al trono después de dos malos reinados, tenía ocho años, lo cual ocasionó la demora de la reforma en ambos casos; pero Ezequías era ya mayor de edad, por lo que se dedicó de inmediato a la reforma.
II. Su carácter general. Hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre (v. 2). De algunos de sus predecesores se lee que hicieron lo recto, pero no como David, no con la integridad y el celo de David. Pero aquí tenemos uno que abrigaba para el Arca y la Ley de Dios el mismo cordial afecto que tuvo David.
III. Su presteza en emprender la gran obra de reforma religiosa. Lo primero que hizo fue abrir las puertas de la casa de Jehová (v. 3). Encontró a Judá en baja forma, pero su primera preocupación no fue mejorar la condición material de su reino, sino restaurar la religión. Quienes comienzan por Dios en su obra, comienzan por donde se debe empezar.
IV. Su discurso a los sacerdotes y levitas. La exhortación de Ezequías a los levitas es muy patética.
1. Les expone la desolación en que se halla la religión por causa de la transgresión de sus mayores (vv. 6, 7): «Nuestros padres se han rebelado». Se queja: (A) De que la casa de Dios ha sido abandonada: Dejaron a Dios y apartaron sus rostros del tabernáculo de Jehová (v. 6). (B) De que los servicios del templo, instituidos por Dios, habían sido interrumpidos. Las lámparas estaban apagadas, no se había quemado incienso ni se habían ofrecido holocaustos (v. 7). Cuando no se lee la Palabra de Dios (simbolizada por las lámparas) ni se ofrecen dignamente oraciones y alabanzas (simbolizadas por el incienso), se cometen negligencias similares a las de aquí.
2. Les mostró las tristes consecuencias del descuido y decaimiento de la religión entre ellos (vv. 8, 9).
3. Les declaró su firme propósito y resolución de reavivar la religión y promoverla con todas sus fuerzas (v. 10): «Yo he determinado hacer pacto con Jehová el Dios de Israel». Como si dijese: «He resuelto adorarle a Él solamente, y de la manera que Él ha instituido». No sólo iba él a hacer el pacto con Dios, sino que iba a vincular también a su pueblo a este pacto.
4. Exhortó e incitó a los levitas y sacerdotes a que cumplieran con su deber en esta ocasión. Con esto comenzó su discurso (v. 5) y con esto lo termina (v. 11). Les había llamado levitas (v. 5) para traerles a la memoria la obligación que tenían con Dios, y les llama hijos (v. 11) para recordarles la relación que tenían con él mismo, y esperaba que, como un hijo a su padre, le sirvieran (comp. Fil. 2:22) en la reforma del país. (A) Les dice cuál es su deber: santificarse (esto es, purificarse), primero mediante el arrepentimiento de sus descuidos y mediante la renovación de sus pactos con Dios, y, después purificar la casa de Dios como siervos suyos, sacando del santuario la inmundicia. (B) Les incita a ello haciéndoles tomar conciencia de la seriedad de la situación: «No os engañéis ahora» (v. 11). Quienes son negligentes en el servicio de Dios pueden pensar que no tiene importancia burlarse así de Dios, pero se engañan a sí mismos. Dios esperaba de ellos que estuviesen ocupados en su servicio; no habían sido escogidos para estar ociosos, ni disfrutar de la dignidad del oficio y dejar a otros el cumplimiento de los servicios, sino para servir y ministrar delante de Dios.
Versículos 12–19
Purificación de la casa de Dios; obra buena, útil y necesaria.
I. Las personas empleadas en este trabajo fueron los sacerdotes y los levitas, cuyo deber era conservar limpio el templo. Se mencionan aquí los levitas de cada una de las tres casas, Coat, Merarí y Gersón (v. 12), y otros dos de cada una de las familias de cantores, Asaf, Hemán y Jedutún (vv. 12, 13), porque éstos eran más activos y celosos que los demás. Cuando Dios tiene alguna obra que realizar, hace surgir buenos líderes para dirigirla. Y no siempre son los primeros en rango y dignidad los más apropiados o los más celosos para llevarla a cabo.
II. El trabajo consistía en purificar la casa de Dios: 1. De la basura corriente que allí se había acumulado mientras estaba cerrada: polvo, telarañas, orín de los utensilios, etc. 2. De los ídolos y altares idolátricos erigidos en ella, los cuales, por muy limpios que los conservaran, eran para el templo una suciedad mucho peor que si lo hubiesen convertido en cloaca de la ciudad. No se menciona a ninguno de los sacerdotes como director de esta limpieza, pero nadie, sino ellos, podía entrar en el santuario propiamente dicho ni aun para limpiarlo; quizás el sumo sacerdote limpió el Lugar Santísimo y los sacerdotes el Lugar Santo. La basura que los sacerdotes sacaron al atrio, fue llevada por los levitas al torrente de Cedrón (v. 16).
III. Fue notable la prisa que se dieron en esta operación. Empezaron en el primer día del primer mes—¡buen comienzo de año!—y terminaron la limpieza del santuario en ocho días, y en otros ocho la del atrio (v. 17). También nosotros deberíamos comenzar cada año con la reforma de aquello que necesitamos reformar y con la purificación, por medio del arrepentimiento, de todos los pecados y contaminaciones contraídos en al año anterior.
IV. El informe que hicieron llegar al rey del término de su obra (vv. 18, 19). Sabían que el buen rey anhelaba ver limpia la casa de Dios para poder asistir a los servicios del altar y, por eso, le dieron cuenta detallada de todo el trabajo que habían llevado a cabo con celeridad. Mencionan especialmente los utensilios que en su infidelidad había desechado el rey Acaz (v. 19), el padre del rey; utensilios que el hijo de Acaz quería ver otra vez limpios y en su lugar debido: delante del altar de Jehová.
Versículos 20–36
Se convoca solemne asamblea para reunirse con el rey en el templo al día siguiente (v. 20). No cabe duda de que todas las buenas personas de Jerusalén acudirían contentas, al mismo tiempo que dirían: «A la casa de Jehová iremos» (Sal. 122:1). Tan pronto como supo Ezequías que el templo estaba listo, no perdió tiempo, sino que madrugó para ir allá, a fin de mostrar que su corazón había estado puesto en la obra llevada a cabo allí.
I. Había de hacerse expiación por los pecados del reinado anterior. Pensaron que no era suficiente con hacer duelo y apartarse del pecado y, por eso, presentaron un gran sacrificio como expiación. Tampoco nuestro arrepentimiento puede asegurarnos el perdón, sino en Jesucristo y por medio de Él, pues fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21). No hay paz posible para nadie, ni aun para los arrepentidos, sino por la sangre de Jesús.
1. El sacrificio fue para expiación por el reino por el santuario y por Judá (v. 21); es decir, por los pecados de los reyes, de los sacerdotes y del pueblo, pues todos habían corrompido su camino. La ley de Moisés fijaba ciertos sacrificios para hacer expiación por los pecados de toda la congregación (Lv. 4:13, 14; Nm. 15:24, 25), para que no cayeran sobre el país los castigos nacionales que merecían los pecados nacionales. Para esto mismo hemos de tener ahora los ojos fijos en Jesús, no sólo como propiciación por nuestros pecados, sino también para remisión y salvación de personas privadas.
2. La Ley señalaba solamente un macho cabrío para expiación por el pecado, como en el Día de la Expiación (Lv. 16:15) y en otras ocasiones extraordinarias como ésta (Nm. 15:24); pero ellos ofrecieron siete (v. 21), porque los pecados de la congregación habían sido muy graves y persistentes. Siete es nombre de perfección (para el bien o para el mal). Nuestro gran sacrificio por el pecado es solamente uno, pero con Él perfeccionó Dios para siempre a los santificados (He. 10:12–14).
3. El rey y la congregación (es decir, los representantes de la congregación) pusieron sus manos sobre los machos cabríos para la expiación (v. 23), se reconocieron así culpables delante de Dios y expresaron el deseo de que la culpa del pecador fuese transferida a la víctima del sacrificio. Por fe ponemos nosotros las manos sobre el Señor Jesús, y así recibimos la reconciliación (Ro. 5:11).
4. Con los sacrificios por el pecado fueron ofrecidos también holocaustos: siete novillos, siete carneros y siete corderos (v. 21). La finalidad de los holocaustos era glorificar al Dios de Israel, a quien reconocían como único Dios verdadero, lo cual era muy apropiado al mismo tiempo que hacían expiación por sus pecados por medio del sacrificio por el pecado. En ambas clases de sacrificios fue esparcida sobre el altar la sangre de las víctimas (v. 22), para reconciliar a todo Israel (v. 24), y no sólo a Judá. Así también Jesús es propiciación, no sólo por nuestros pecados, sino también por los de todo el mundo (1 Jn. 2:2).
5. Mientras eran quemadas las víctimas en el altar los levitas comenzaron a cantar el cántico de Jehová (v. 27), los Salmos compuestos por David y por Asaf (v. 30), acompañados de los instrumentos musicales que Dios había mandado, por medio de sus profetas, que se usasen (v. 25) y que se habían descuidado por largo tiempo. Ni aun el dolor por el pecado ha de impedirnos cantar las alabanzas al Señor.
6. El rey y toda la congregación dieron testimonio de participar en todo lo que se llevaba a cabo, pues
se inclinaron y adoraron (vv. 28, 30).
II. Las solemnidades de este día fueron sólo el comienzo de lo que había de continuar de allí en adelante, pues el servicio del templo se había de celebrar normalmente, como apuntó el propio rey (v. 31):
«Vosotros os habéis consagrado ahora a Jehová, habéis hecho expiación y renovado el pacto mediante sacrificio; estáis solemnemente reconciliados con Dios y comprometidos a servirle; acercaos, pues, y presentad sacrificios y alabanzas». Una vez que nos hemos consagrado primeramente a Dios, hemos de traer a su casa sacrificios de alabanza, oración y ofrendas. En respuesta al requerimiento del rey se halló:
1. Que el pueblo ofrendó libremente. Convocados por el rey, trajeron sus ofrendas, aunque no tan abundantes como en los gloriosos días de Salomón, sí de acuerdo con sus posibilidades, al tener en cuenta su pobreza y el decaimiento de la piedad entre ellos. (A) Algunos fueron tan generosos como para traer holocaustos, de los que, al ser consumidos totalmente por el fuego, ellos no recibían ninguna porción. (B) Otros trajeron ofrendas de paz y de acción de gracias, de las que la grasa se quemaba en el altar, pero la carne se repartía entre los sacerdotes y los oferentes (v. 35).
2. Que los sacerdotes eran pocos (v. 35), demasiado pocos para este servicio.
3. Que los levitas mostraron una disposición estupenda, pues estaban más dispuestos de corazón para santificarse que los sacerdotes (v. 34); tenían más interés en la obra y estaban mejor preparados para ella. Esto era de alabar y, en recompensa, tuvieron el honor de ser empleados en un servicio que normalmente era llevado a cabo por los sacerdotes: les ayudaron a desollar los holocaustos (v. 34). Esta operación competía a los sacerdotes (Lv. 1:5, 6), pero en casos de necesidad se dispensaba de esta norma, y así se daba ánimos a los fieles y celosos levitas, para bochorno de los poco cuidadosos sacerdotes.
4. Que todos estaban satisfechos. El rey y todo el pueblo se regocijaron de este bendito nuevo estado de cosas y de la rapidez con que se había llevado a cabo la obra (v. 36). Dos cosas, sobre todo les agradaron: (A) Que se llevó a cabo con presteza: La cosa fue hecha rápidamente, en poco tiempo, con facilidad y sin oposición. (B) Que allí estaba claramente la mano de Dios en todo ello: Dios había dispuesto bien al pueblo mediante la secreta influencia de su gracia, de forma que muchos de los que en el anterior reinado habían puesto su afecto en los altares idolátricos, mostraban ahora mayor amor al altar de Dios.
Relato de la solemne Pascua que observó Ezequías en el primer año de su reinado. I. Consulta con el pueblo y resolución de celebrarla (vv. 2–5). II. Invitación a Judá y a Israel para venir a observarla (vv. 1, 6–12). III. Gozosa celebración de la misma (vv. 13–27).
Versículos 1–12
I. Resolución de celebrar una Pascua. ¿Es oportuna ahora? Por este año, el tiempo se pasó, y los sacerdotes no están preparados (v. 3). Es probable que muchos prefirieran aplazarla, pero Ezequías halló en la Ley una excepción para el caso en que hubiera personas ceremonialmente inmundas en el primer mes y en este caso podían celebrar la Pascua el día catorce del segundo mes (Nm. 9:11), y no dudó de que en el caso presente esta excepción podía extenderse a toda la congregación. Así que decidieron celebrar la Pascua en el segundo mes (v. 2).
II. Notificación de la voluntad del rey y convocatoria al pueblo para celebrar la Pascua.
1. Se envió también invitación a las tribus del norte para incitarlas a que asistieran a esta solemnidad. Se escribieron cartas a Efraín y a Manasés (v. 1) para invitarles a venir a Jerusalén para observar esta Pascua con el piadoso objeto de hacerles volver a Jehová el Dios de Israel. Parece ser que pensó Ezequías: «Que tomen por rey a quien quieran, con tal que tengan por Dios a Jehová».
(A) Contenido de estas cartas, en las que Ezequías muestra gran interés tanto por el honor de Dios como por el bienestar del reino vecino (v. 6): «Hijos de Israel volveos a Jehová el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel. Las puertas del santuario están ahora abiertas y podéis entrar con completa libertad; el servicio del templo está de nuevo en funciones y seréis bienvenidos a tomar parte en él. Sois hijos de Israel y, por tanto, sois convocados a volver al Dios que hizo pacto con vuestros antepasados. Vuestros posteriores ascendientes se rebelaron contra Él, pero lo han pagado muy caro; su apostasía y su idolatría han sido su ruina, como vosotros veis (v. 7). Vosotros mismos sois un remanente que a duras penas ha escapado de la mano de los reyes de Asiria (v. 6). Si volvéis a Dios por el camino del deber, Él se volverá a vosotros por el camino de la misericordia». Con esto empieza (v. 6) y con esto termina el rey su invitación (v. 9). ¿Pudo el rey expresarse con mayor emoción y patetismo? ¿Podía haber una causa más excelente o mejor defendida?
(B) La acogida que tuvieron los emisarios del rey. No se ve que Oseas, que era ahora el rey de Israel, prohibiera a sus súbditos ir a Jerusalén, pues, aunque era malo y obró el mal, no lo fue tanto como los reyes de Israel que habían sido antes de él (2 R. 17:2). Pero la mayor parte de ellos se rieron y se burlaron de los emisarios (v. 10). La destrucción del reino de las diez tribus estaba ahora muy próxima. En el plazo de unos dos o tres años desde esta fecha, el rey de Asiria puso sitio a Samaria y se llevó cautivos a los de esas tribus. Pero hubo unos pocos que aceptaron la invitación. En los peores tiempos, Dios se reserva siempre un remanente. Aquí también tenemos que comen la Pascua una gran multitud del pueblo de Efraín y Manasés, de Isacar y Zabulón (v. 18), aun cuando en el versículo 11 no se menciona Efraín.
2. Se manda a los hombres de Judá que asistan a esta solemnidad y obedecen como con un solo corazón (v. 12; comp. con Hch. 4:32). Dios les dio un solo corazón, porque antes les había dado una sola mente (v. 4).
Versículos 13–20
Habiendo llegado el tiempo fijado para la celebración de la Pascua, se congregó una asamblea muy grande (v. 13).
I. La preparación que hicieron para la Pascua, muy buena preparación (v. 14): Quitaron todos los altares idolátricos que hallaron, no sólo en el templo, sino en Jerusalén. La mejor preparación que podemos hacer para la Pascua del Evangelio es quitar de nuestro corazón las idolatrías espirituales.
II. Celebración de la Pascua. En esto se mostró tan decidido y celoso el pueblo, que los sacerdotes y los levitas se llenaron de vergüenza al ver al pueblo más presto a traer sacrificios que ellos a ofrecerlos. Esto les incitó a santificarse (v. 15).
III. Las irregularidades que se cometieron en esta ocasión. 1. Los levitas sacrificaron la pascua, lo cual era competencia exclusiva de los sacerdotes (v. 17). 2. Se permitió comer la Pascua a muchos que no estaban purificados de la forma que señalaba la Ley (v. 18). Dice Rudolph: «El Cronista, que para muchos es un típico representante de la piedad legal, da aquí más valor a la disposición confiada del corazón (cf. Mal. 9:1–13)». También Grocio observa que de aquí podemos deducir que las leyes ceremoniales deben ceder el lugar no sólo a la necesidad pública, sino también al beneficio público.
IV. Oración de Ezequías para que Dios perdonase esta irregularidad. 1. Fue una oración breve, pero acertada: «Jehová, que es bueno, sea propicio a todo aquel que ha preparado su corazón para buscar a Dios» (vv. 18, 19). En efecto, buscar a Dios con sinceridad es lo único necesario. Donde impera esta sinceridad del corazón, aunque haya defectos y debilidades, los cuales necesitan—es cierto—gracia que sane con su perdón, se puede obtener el perdón por esas deficiencias si se acude acudiendo al Señor en oración. Nótese que las omisiones en nuestro deber son pecados lo mismo que las omisiones de nuestro deber. 2. Fue una oración eficaz: «Y oyó Jehová a Ezequías y sanó al pueblo» (v. 20); no sólo no les tuvo en cuenta el pecado, sino que aceptó con benevolencia los servicios de ellos, puesto que la curación denota, no sólo el perdón de los pecados (Sal. 103:3; Is. 6:10), sino también el consuelo y la paz (Is. 57:18; Mal. 4:2).
Versículos 21–27
Después de la Pascua vino la fiesta de los Panes sin Levadura, que continuó por siete días.
1. Fueron sacrificadas a Dios abundantes ofrendas de paz, por las que reconocían y, al mismo tiempo imploraban, el favor de Dios.
2. Sobre estas ofrendas de paz se pusieron abundantes oraciones (v. 22): «Dando gracias a Jehová el Dios de sus padres», con las que el objetivo y el significado de las ofrendas de paz quedaban manifiestos y explícitos.
3. Hubo también abundancia de buena predicación. Los levitas (como lo exigía su oficio—Dt. 33:10—) tenían un perfecto conocimiento de lo relativo a Jehová y no cabe duda de que enseñaron al pueblo, como se deduce del contexto anterior, aunque el original no dice explícitamente que lo hicieran. Ezequías no predicó personalmente, pero habló al corazón de todos los levitas (v. 22), esto es, les animó a cumplir con su oficio de maestros del pueblo en las cosas de Dios.
4. Cantaban salmos, acompañándose de instrumentos musicales, todos los días de la fiesta (v. 21).
5. Recibieron tal consuelo y ánimo con la observancia de estos siete días de la fiesta, que decidieron celebrar la fiesta por otros siete días (v. 23). La ocasión era extraordinaria; habían estado largo tiempo sin esta ordenanza, habían contraído culpabilidad por haberla descuidado, estaban reunidos en asamblea numerosa y se hallaban en disposición muy devota; no sabían cuándo volverían a tener una oportunidad similar; por eso, no pudieron consentir el partirse unos de otros mientras no hubieran celebrado la fiesta por un número doble de días. ¡Cuán diferente disposición de la que tienen muchos que dicen: ¡Qué aburrido es este culto!, o ¡Cuándo se pasará el domingo!
6. Todo esto lo hicieron con alegría (v. 23); todos se regocijaron, y, en especial, los forasteros (v. 25); así que hubo entonces gran regocijo en Jerusalén (v. 26). Nunca se había visto cosa semejante desde el día en que Salomón dedicó el templo.
7. Finalmente, la congregación fue despedida con una solemne bendición (v. 27). (A) La pronunciaron los sacerdotes, pues era parte de su oficio bendecir al pueblo (Nm. 6:22, 23); en esto eran como la boca del pueblo para dirigirse a Dios en oración y, al mismo tiempo, la boca de Dios al pueblo en forma de promesa, pues esta bendición incluía los dos aspectos. ¡Qué consuelo para una asamblea, marchar cada uno a su casa coronado con tal bendición! (B) Dios puso su Amén a esta bendición: «Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo». Las oraciones que suben al cielo, descienden después a la tierra en lluvia de bendiciones.
Ulterior informe de la reforma que llevó a cabo Ezequías. I. Todos los restos de la idolatría fueron destruidos y abolidos (v. 1). II. Los sacerdotes y los levitas reasumieron sus respectivos servicios, cada hombre en su lugar (v. 2). III. Se proveyó para su sustento. 1. El rey contribuyó generosamente (v. 3). 2. Se dieron órdenes para que el pueblo aportara su contribución (v. 4). 3. El pueblo ofreció en abundancia (vv. 5–10). 4. Se designaron los comisionados para la justa distribución de lo que se había ofrecido (vv. 11–19). IV. Alabanza que el escritor sagrado tributa a Ezequías por su celo y sinceridad en toda esta obra (vv. 20, 21).
Versículos 1–10
Relato de lo que se hizo después de la Pascua. Los defectos que se habían cometido en los preparativos de la fiesta fueron subsanados por la excelente forma en que se conservaron los buenos efectos de ella.
I. Se dedicaron con vigor a la destrucción de todos los monumentos de idolatría (v. 1). 1. Esto se hizo inmediatamente después de la Pascua. Si el corazón nos ha estado ardiendo en la observación de una ordenanza, ese fervor consumirá las escorias de corrupción. Al no prohibirlo Oseas el rey de Israel, el celo de los israelitas les llevó a destruir la idolatría incluso en muchas partes de su reino. Al menos, los que vinieron de Efraín y Manasés para observar la Pascua (como hicieron muchos—30:18—) destruyeron todas sus imágenes y los cipos en sus propias ciudades y en otras muchas. 2. Lo destruyeron todo, por muy antiguo, costoso, hermoso y aun bien patronizado que estuviese.
II. Ezequías restauró los turnos de los sacerdotes y levitas que David había señalado y que, últimamente, habían dejado de funcionar por largo tiempo (v. 2). Se dice que estos servicios se hacían en las puertas de los campamentos de Jehová (v. 2, lit.); es una expresión tomada de la historia del tabernáculo durante su peregrinación por el desierto, y resulta muy apropiada, puesto que los privilegios del templo eran cosas movibles y que luego se habían de retirar del uso.
III. Dedicó una fuente de ingresos de la corona al mantenimiento del altar y de sus ministros. Fue un generoso acto de piedad, con el que honró a Dios y dio buen ejemplo al pueblo, como fiel siervo de Dios y buen padre de Judá.
IV. Emitió un edicto, primero a los habitantes de Jerusalén (v. 4), pero extendido después a las ciudades de Judá, para que pagasen sus contribuciones, según la Ley, a los sacerdotes y levitas.
V. El pueblo respondió y trajo sus diezmos con toda presteza. Los sacerdotes hicieron uso de todo lo que necesitaban para sí y para sus familias; y lo que sobró fue depositado en montones (v. 6). Durante todo el tiempo de la cosecha, se aumentan estos montones, conforme se recogieron los frutos de la tierra, pues Dios había de tener su porción de todos ellos. Cuando terminó la cosecha, terminaron de hacer aquellos montones (v. 7). Ezequías preguntó a los sacerdotes y levitas acerca de esos montones (v. 9); es decir, por qué no se usaba lo que se había dado, a lo que ellos respondieron que eso era lo que había sobrado de aprovisionarse ellos en abundancia (v. 10). No tenían aquellos montones por codicia, sino como una muestra de la abundante provisión que Dios les había procurado. Ezequías y los príncipes reconocieron agradecidos la bendición de Dios en aquellos montones (v. 8). Dieron gracias a Dios por su providencia que les había dado tanto que traer, y por su gracia que les había dado corazón para traerlo.
Versículos 11–21
I. Dos ejemplos especiales del interés que tenía Ezequías por las cosas de Dios, pues dispuso que: 1. Los diezmos y las demás cosas dedicadas no quedasen en aquellos montones expuestas al despilfarro y la malversación, sino que fueran depositadas en cámaras en la casa de Jehová (v. 11). 2. Todo lo depositado había de ser luego distribuido conforme a los usos para los que estaba destinado. De las ofrendas a Jehová, se hizo donación: (A) A los sacerdotes de las ciudades (v. 15), que permanecían en sus casas mientras sus hermanos iban a Jerusalén, quedándose ellos para enseñar el buen conocimiento de Jehová.
(B) A los que entraban en la casa de Jehová, a todos los varones de tres años arriba (v. 16), pues desde esa edad se les permitía venir al templo con sus padres y recibir su parte en esta distribución. (C) Los levitas, de veinte años arriba, tenían también su parte (v. 17). (D) Las mujeres y los hijos de los sacerdotes y levitas recibían de estas ofrendas un buen sustento (v. 18). Al mantener a los ministros de Dios, hay que tener en cuenta sus familias.
II. Ezequías es alabado por su celo en las cosas de Dios (vv. 20, 21). 1. Su piadoso celo alcanzó a todas las partes de su reino: De esta manera hizo en todo Judá. 2. Lo hacía para honrar y agradar a Dios y así se mostró aprobado en todo lo que hizo: Ejecutó lo bueno recto y fiel (mejor que verdadero) delante de Jehová su Dios (v. 20).
Con este capítulo concluye la historia del reinado de Ezequías. I. Invasión de Senaquerib y la forma en que se defendió Ezequías (vv. 1–8). II. Los mensajes insolentes y blasfemos que Senaquerib le dirigió (vv. 9–19). III. La respuesta que dio Dios a las blasfemias de Senaquerib y a las oraciones de Ezequías (vv. 20–23). IV. Enfermedad y recuperación de Ezequías, con los honores que le fueron prestados mientras vivió y en su muerte (vv. 24–33).
Versículos 1–8
I. Amenaza formidable de Senaquerib contra el reino de Judá. Este rey asirio era ahora, como lo fue Nabucodonosor después, el terror y azote de aquella parte del mundo. Anhelaba levantar para sí una monarquía sin límites a costa de la ruina de sus vecinos. Su antecesor Salmanasar se había hecho dueño recientemente del reino de Israel y se había llevado cautivas las diez tribus. Senaquerib pensó que podía hacer lo mismo con Judá. Quizá pensó así castigar también a Ezequías por haber destruido la idolatría. Podía esperarse que, después de lo visto en el capítulo anterior, tendríamos perfecta paz, sin que nadie osase entremeterse con su pueblo que tan señaladamente gozaba del favor de Dios; pero la noticia que leemos a continuación es que un ejército destructor y amenazante entra en el país dispuesto a asolarlo por completo. La exigua oposición que encontró Senaquerib al entrar en Judá le llevó a imaginarse que todo era ya suyo e intentó atacar a Jerusalén (v. 2. V. 2 R. 18:7, 13).
II. Los preparativos que hizo Ezequías contra esta tormenta que se cernía sobre él (v. 3): «Tuvo consejo con sus príncipes», y así procuró: 1. Que el invasor hallase pocas facilidades a su llegada pues cegaron las fuentes de agua que estaban fuera de la ciudad (vv. 3, 4). 2. Que la ciudad estuviese bien defendida contra el invasor. Para ello edificó los muros caídos, levantó torres, preparó las armas en abundancia (v. 5) y designó capitanes (v. 6).
III. Los ánimos que dio al pueblo para que dependiesen de Dios en este aprieto. Reunió a todos los capitanes en la plaza de la puerta de la ciudad (v. 6) y les habló al corazón, esto es les animó grandemente. 1. Se esforzó en quitarles el miedo: «Esforzaos y animaos; no penséis en capitular ni rendir la ciudad, sino decidíos a defenderla hasta el último hombre». Así les había animado de parte de Dios el profeta: «No temas de Asiria» (Is. 10:24). 2. Se esforzó en avivar su fe, con lo que desaparecerían los temores: «Porque más hay con nosotros que con él» (v. 7; comp. 2 R. 6:16). Como si dijese: «Nosotros tenemos de nuestra parte al Dios del Universo, omnipotente e irresistible, y a sus santos ángeles, tenemos también las inviolables promesas de Jehová, quien ha hecho su pacto con nosotros; ellos confían, al fin y al cabo, en brazo de carne (v. Jer. 17:5). El que teme el furor del opresor, se ha olvidado de Jehová su Hacedor (v. Is. 51:12, 13). Es probable que Ezequías dijese muchas más cosas acerca de la presencia de Dios con ellos y del poder de Dios para sacarles de todo aprieto. Así es como los buenos soldados de Cristo pueden estar confiados en este mundo, pues «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31).
Versículos 9–23
El relato del furor blasfemo de Senaquerib, de la oración de Ezequías y de la liberación de Jerusalén de la invasión siria lo tenemos con más detalles en 2 Reyes, capítulos 18 y 19.
I. Senaquerib está ocupado en sitiar Laquís (v. 9), pero se entera de que Ezequías fortifica Jerusalén y anima a su pueblo; así que decide enviar emisarios y escribe cartas para asustar a Ezequías y a su pueblo a fin de que rindan la ciudad. No trata con el rey de Judá como hombre de honor ni le propone condiciones de arreglo, sino que usa medios bajos y viles para aterrar al pueblo y persuadirles a que abandonen a Ezequías. Presenta a éste como a quien les engaña para entregarles a muerte, a hambre y sed (v. 11) y como a quien les ha expuesto ya al desagrado de Dios al quitar los altares y los lugares altos (v. 12), compara así a Jehová, el Dios de cielos y tierra, con los ídolos de las naciones, como si no fuese capaz de librar a sus adoradores, al modo de los dioses de los pueblos de la tierra (v. 19). Se jacta de sus triunfos sobre los dioses de las naciones que no pudieron proteger a sus respectivos países (vv. 13–15) y de ahí infiere: «¿Cuánto menos vuestro Dios os podrá librar de mi mano?», como si Jehová fuera inferior a los demás dioses. Todo esto lo decía para asustar al pueblo y hacerles desistir de su esperanza en Dios. Pensaba tomar la ciudad debilitando las manos de los defensores. Así también Satanás, en sus tentaciones, procura destruir nuestra fe en la todosuficiencia de Dios, pues sabe que puede ganar la batalla si consigue eso; pero si le resistimos, nuestra fe no desfallecerá (Lc. 22:32).
II. En los días de apuro, el deber es orar y clamar al Cielo. Esto es lo que hicieron el rey Ezequías y el profeta Isaías (v. 20). Fue una feliz conjunción cuando el rey y el profeta oraron juntos.
III. El poder y la bondad de Dios, quien es capaz de frenar a sus enemigos, por muy altos que sean, y de librar a sus amigos, por muy decaídos que estén.
1. Así como las blasfemias de sus enemigos le compelían a ir contra ellos (Dt. 32:27), así también las oraciones de su pueblo le comprometían a ir en favor de ellos. El ejército asirio fue destruido por un ángel, quien triunfó de manera espectacular al destruir a todo valiente y esforzado (v. 21). El rey asirio, después de esta derrota, murió a manos de sus propios hijos.
2. Mediante este portento. Dios fue glorificado como protector de su pueblo. Así salvó a Jerusalén, no sólo de la mano de Senaquerib, sino también de las manos de todos (v. 22), pues una liberación como ésta era una especie de arras de muchas otras que Dios tenía en reserva. Y les dio paz (o, como dice el original hebreo los condujo) por todos los lados: los guió, los guardó, los protegió.
Versículos 24–33
Concluye en estos versículos la historia de Ezequías.
I. Su enfermedad y su recuperación, de las que se nos dan más detalles en 2 Reyes 20. Su enfermedad era «de muerte» (v. 24). Puesto en tal extremo, oró y Dios le escuchó dándole una señal de que se curaría: el retroceso de la sombra diez grados en el reloj de Acaz (2 R. 20:11).
II. Su pecado y su arrepentimiento (con más detalles, aunque no se citan explícitamente allí ni su pecado ni su arrepentimiento, en 2 R. 20:12 y ss.).
1. La ocasión fue una embajada que le envió el rey de Babilonia para felicitarle por su recuperación. Pero aquí se añade que vinieron para saber del prodigio que había acontecido en el país (v. 31), esto es (con la mayor probabilidad), el retroceso del sol, más bien que la destrucción del ejército asirio, ya que los caldeos eran muy dados a la astrología y, como también adoraban al sol, vinieron a ver el favor que su dios había concedido a Ezequías y a honrar así a quien había sido honrado por el sol.
2. El pecado de Ezequías consistió en que se enalteció su corazón (v. 25). Se envaneció del honor que Dios le había otorgado en tantas ocasiones, del honor que sus vecinos le otorgaban trayéndole presentes y de que ahora el rey de Babilonia le enviase una embajada para felicitarle y desear su amistad. Después de destruir tantos ídolos, Ezequías comenzaba a idolatrarse a sí mismo.
3. Su arrepentimiento de este pecado (v. 26): «Después de haberse enaltecido su corazón, se humilló».
III. Últimas muestras del honor tributado a Ezequías en vida y en muerte: «Tuvo Ezequías riquezas y gloria en gran abundancia» (v. 27). Entre sus grandes realizaciones se menciona la conducción del agua hacia el occidente de la ciudad de David (v. 30), lo cual se llevó a cabo con ocasión de la invasión de Senaquerib (vv. 3, 4). El agua había corrido hasta el que, en Isaías 22:11, es llamado estanque viejo y en Isaías 7:3, estanque de arriba. Pero Ezequías reunió las aguas en otro lugar, para mayor conveniencia de la ciudad: el estanque de abajo (Is. 22:9). En general, fue prosperado en todo lo que hizo (v. 30), porque eran obras buenas. El profeta Isaías (v. 32) escribió su vida y su reinado, sus hechos y sus misericordias u obras de piedad y compasión. El pueblo le honró en su muerte (v. 33), sepultándolo en el lugar más prominente de los sepulcros de los hijos de David.
En este capítulo tenemos la historia: I. De Manasés, con su largo reinado. 1. Su apostasía de Dios al volverse a la idolatría y a toda perversidad (vv. 1–10). 2. Su retorno a Dios en medio de su aflicción: su arrepentimiento (vv. 11–13), su reforma (vv. 15–17) y prosperidad (v. 14), con la conclusión de su reinado (vv. 18–20). II. De Amón, con su perverso reinado (vv. 21–23), cuyos días terminaron pronto y desdichadamente (vv. 24, 25).
Versículos 1–10
La gran perversidad de Manasés. Se nos repite aquí, casi palabra por palabra, lo que ya vimos en 2 Reyes 21:1–9. Este insensato joven, en contradicción con el buen ejemplo y la buena educación que le dejó su padre, se abandonó a toda clase de impiedad, y copió las abominaciones de los paganos (v. 2), arruinó la religión establecida y deshizo la gloriosa reforma llevada a cabo por su padre (v. 3), profanó con su idolatría la casa de Dios (vv. 4, 5) al dedicar sus hijos a Moloc e hizo de los mentirosos oráculos del diablo sus guías y consejeros (v. 6). Son de admirar aquí tanto la gracia de Dios en hablar a su pueblo, como la obstinación de ellos en hacerse los sordos a la voz de Dios, y que ni la maldad de ellos le hizo retirarles Su bondad, pues todavía insistió en favorecerles, ni Su bondad les apartó a ellos de su maldad, pues todavía insistieron en no ser reformados. Las corrupciones en el culto son en la iglesia enfermedades tan graves, que es difícil no volver a caer en ellas aun cuando parezca que están bien curadas. El dios de este mundo ha cegado extrañamente la mente de los hombres y detenta un tremendo dominio sobre los que se dejan llevar cautivos por él; de no ser así, ¿cómo podría retirarlos de Dios, que es su mejor amigo, para hacerles depender de su peor enemigo?
Versículos 11–20
Manasés deshizo con su maldad el bien que había hecho su padre, pero con su arrepentimiento deshizo el mal que él mismo había hecho. Es un ejemplo memorable de las riquezas de la misericordia perdonadora de Dios y del poder de su gracia regeneradora.
I. La ocasión del arrepentimiento de Manasés fue la aflicción que le sobrevino. Dios trajo un enemigo extranjero contra él: el rey de Asiria, Asurbanipal, sucesor de Esar-hadón, envió a sus generales a Judá y se llevaron a Manasés atado con cadenas a Babilonia (v. 11), de la que era dueño entonces el rey de Asiria.
II. Las expresiones de su arrepentimiento (vv. 12, 13): Luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios; tuvo tiempo para pensar en su miserable situación, y tenía suficientes motivos para pensar. 1. Se convenció de que Jehová es el único Dios vivo y verdadero. Si hubiese vivido como un príncipe en el palacio de Babilonia, es probable que se hubiese endurecido en su idolatría; pero al ser un cautivo en la cárcel de Babilonia, se convenció de su pecado y renunció a la idolatría. 2. Apeló ahora a Jehová como a su Dios, renunció a los demás dioses y resolvió adherirse sólo a Él, al Dios de sus padres, al Dios del pacto con su pueblo. 3. Se humilló grandemente en la presencia de Dios, le pidió perdón por su pecado y le rogo que le devolviese su favor. Es una buena oración y muy apropiada a su caso. En los libros apócrifos aparece con el título de La oración de Manasés, rey de Judá, cuando estaba retenido cautivo en Babilonia.
III. Dios aceptó benévolamente la oración del arrepentido Manasés (v. 13). Aunque sea la aflicción lo que nos lleve a Dios, no por eso nos rechazará Él, con tal que le busquemos con sinceridad, pues el objetivo de las aflicciones es precisamente hacernos volver a Dios. Que no desesperen los mayores pecadores, cuando el propio Manasés, al arrepentirse, halló favor con Dios (v. Is. 1:18; 1 Ti. 1:16).
IV. Los frutos dignos de arrepentimiento que Manasés mostró cuando regresó a su patria (vv. 15, 16). Quitó los dioses ajenos, esto es, sus imágenes y, en particular, el ídolo aquel (fuese el que fuese) que con tanta solemnidad había puesto en la casa de Jehová. También reparó el altar de Jehová (v. 16), en el que ofreció sacrificios de ofrendas de paz para implorar el favor de Dios, y sacrificios de alabanza para darle gracias por su liberación.
V. Su prosperidad posterior. Cuando él se volvió a Dios en cumplimiento de su deber, Dios se volvió a él en cumplimiento de su misericordia. Dice Josefo que durante todo el resto de su vida permaneció tan cambiado de su anterior mal camino que se le consideraba como hombre muy dichoso.
Versículos 21–25
Respecto a Amón, hijo y sucesor de Manasés, se nos dice:
I. Su gran perversidad. Hizo lo malo … como había hecho Manasés en sus primeros años de apostasía (v. 22). Al arrojar las imágenes, Manasés no las destruyó como lo mandaba la ley que requería a Israel prender fuego a los ídolos (Dt. 7:5). Este caso nos muestra cuán necesaria era la observancia de dicha ley, pues, al haber sido echadas fuera las imágenes, pero no quemadas, Amón sabía dónde hallarlas y pronto las erigió y les ofreció sacrificios. Se añade que aumentó el pecado, y nunca se humilló delante de Jehová, como se humilló Manasés su padre (v. 23). Cayó como él, pero no se levantó como él. No es tanto el pecado como la impenitencia en el pecado lo que arruina a los hombres. Dice un proverbio:
«Santos son, no los que nunca han caído, sino los que siempre se han levantado».
II. Su rápida destrucción. Reinó sólo dos años, al cabo de los cuales conspiraron contra él sus siervos y lo mataron en su casa (v. 24).
En este capítulo, tenemos: I. Un informe general del carácter de Josías (vv. 1, 2). II. Su celo en destruir de raíz la idolatría (vv. 3–7). III. Su interés en la reparación del templo (vv. 8–13). IV. El hallazgo del libro de la Ley y el buen uso que hizo de él (vv. 14–28). V. La lectura de la Ley al pueblo y la renovación del pacto con Dios a raíz de ello (vv. 29–33). Ya vimos mucho de esto en 2 Reyes 22.
Versículos 1–7
Josías llegó al trono cuando era muy joven (sólo tenía ocho años) y reinó treinta y un años (v. 1). Al comienzo de su reinado las cosas marcharon, poco más o menos, como en tiempo de su padre, porque, al ser todavía un niño, hubo de dejar a otros la administración del Estado; así que sólo cuando tenía doce años comenzó la reforma (v. 3). Reinó muy bien (v. 2), siguió las pisadas de David sin apartarse a la derecha ni a la izquierda. Cuando tenía unos dieciséis años (v. 3), comenzó a buscar al Dios de David su padre y, en el año doce de su reinado, cuando es probable que tomase enteramente en sus manos la administración del gobierno, comenzó a limpiar su reino de los restos de la idolatría; destruyó los lugares altos, los cipos, las imágenes, los altares y los demás utensilios de idolatría (vv. 3, 4). No sólo los arrojó como había hecho Manasés, sino que los quebró y los redujo a polvo. Se dice aquí que esta destrucción de la idolatría se llevó a cabo en el año doce de su reinado, pero en 2 Reyes 23:23 se dice que fue a los dieciocho años del rey Josías. Esto insinúa que algo se llevó a cabo a los doce años, pero, debido quizás a que encontró alguna oposición o negligencia, no se terminó de llevar a cabo hasta que se halló el libro de la Ley seis años más tarde.
Versículos 8–13
El rey da orden de que se repare el templo (v. 8). Después de purificar de corrupciones el templo, comenzó a disponerlo para los servicios que se habían de hacer en él. Quienes aman sinceramente a Dios, han de amar también la habitación de su casa. Los levitas fueron por el país y recogieron dinero para dicha obra, dinero que fue puesto en manos de los tres comisionados ya mencionados (v. 8). Lo trajeron al sumo sacerdote Hilcías (v. 9) y fue entregado a los trabajadores de la obra (vv. 10, 11). Se nos dice que estos hombres procedían con fidelidad en la obra (v. 12), esto es, trabajaban concienzudamente. Se insinúa asimismo que los supervisores o mayordomos eran ingeniosos, pues de los que inspeccionaban el trabajo se dice que eran entendidos en instrumentos de música, no es que su habilidad musical les sirviese de ayuda para los arquitectos y obreros, pero era una prueba de que eran artistas. Todos se ayudaban, de alguna manera, unos a otros. Esto nos enseña que los supervisores de una obra no han de menospreciar a los trabajadores manuales, ni éstos han de tener envidia de aquellos cuyo oficio es dirigir, sino que todos han de estimarse y servirse con amor mutuamente, y que Dios tenga la gloria de todo, y la iglesia el beneficio de los diferentes dones y las distintas disposiciones.
Versículos 14–28
Toda esta porción la tenemos, igual que aquí, en 2 Reyes 22:8–20 y no hay nada que añadir a lo dicho allí. Aprovechemos la ocasión para dar gracias a Dios por disponer de tantas copias de la Palabra de Dios. Las Biblias son joyas, pero, gracias a Dios, no son escasas. Si las cosas contenidas en la Biblia fueran nuevas para nosotros como lo fueron para Josías, de seguro que nos harían una impresión más profunda de la que nos hacen; pero no por ser bien conocidas son menos valiosas e importantes, y, por tanto, les habríamos de prestar mayor consideración. Aquí se nos instruye a buscar al Señor cuando nos hallamos bajo convicción de pecado y expuestos a la ira de Dios; así lo hizo Josías (v. 21). Debemos decir, como los convertidos el día de Pentecostés: «Varones hermanos, ¿qué haremos?» (Hch. 2:37), o como el carcelero de Filipos: «¿Qué debo hacer para ser salvo?» (Hch. 16:30). Bendito sea Dios, pues tenemos los oráculos vivos a los que apelar con esta clase de preguntas. Aquí se nos anima a humillarnos delante de Dios y buscarle, como hizo Josías.
Versículos 29–33
Informe de otras reformas que hizo Josías en su reino después de la lectura de la Ley y escuchar lo que Dios les dijo por medio de la profetisa Huldá. ¡Cuán dichoso es el reino que tiene un rey como éste! Todos fueron bien adoctrinados. El rey no fue de un lado para otro a fin de obligarles a cumplir con su deber, sin antes instruirles bien acerca de su deber. Convocó a todos, pequeños y grandes, jóvenes y viejos, ricos y pobres, altos y bajos (vv. 29–32): El que tenga oídos para oír, que oiga las palabras del libro del pacto, viene a decir Josías. El propio rey leyó el libro al pueblo (v. 30). Una vez leídos los términos del acuerdo entre Dios e Israel para entender bien el pacto que hacían con Dios, rey y pueblo suscribieron con gran solemnidad las estipulaciones. Hizo que todos se obligasen a ello como él (v. 32) y que sirviesen a Jehová su Dios (v. 33). No se apartaron de sus padres, todo el tiempo que él vivió. Él les preservó de caer de nuevo en la idolatría. Todo ese tiempo fueron días de freno para ellos; pero esto mismo insinúa que en ellos había una inclinación a apostatar. Josías obró con toda sinceridad, pero la generalidad del pueblo seguía todavía afecta a los ídolos. Esto lo sabía Dios, y, por eso cuando uno pensaría que se habían echado los cimientos para una perpetua paz y seguridad, precisamente en esos momentos emitía Dios su decreto de destrucción (v. 25).
Vemos a Josías: I. En el templo, al observar la Pascua (vv. 1–19). II. En el campo de batalla, donde su indiscreción le costó la vida (vv. 20–23). III. En el sepulcro, donde le vemos amargamente lamentado por su pueblo (vv. 24–27).
Versículos 1–19
La destrucción que llevó a cabo Josías de los ídolos y de la idolatría se nos refiere en Reyes con más detalles que aquí, pero aquí se nos dan más detalles de la celebración solemne de la Pascua, que era la principal de las fiestas del Señor señaladas en la ley ceremonial. Ezequías y Josías, los dos grandes reformadores, reavivaron la religión del pueblo en ese día. La ordenanza de la Cena del Señor está tipificada en la Pascua, y la observancia correcta y constante de dicha ordenanza es índice tanto de la creciente pureza y belleza de las iglesias, como de la creciente piedad y devoción de los creyentes particulares. En el informe que se nos dio de la Pascua celebrada por Ezequías, era de notar el gran celo del pueblo y los transportes de júbilo y devoción, pero en esta otra se nota muy poco de aquel espíritu. Fue más bien por agradar al rey por lo que la celebraron (vv. 17, 18), no porque ellos se sintieran interiormente inclinados a celebrarla. Por lo que se ve, esta celebración superó en pompa a las demás (v. 18), pero quizá fue sólo esta pompa lo que agradó al pueblo, la forma de piedad, no la eficacia de la piedad.
I. El rey exhortó, instruyó, avivó y animó a los sacerdotes y a los levitas a que cumplieran bien con su oficio en esta solemnidad. 1. Les recordó el ministerio para el que habían sido designados por la ley de Moisés (v. 6), y la ordenación que habían hecho de los turnos David y Salomón (v. 4). 2. Ordenó que fuese colocada en su sitio el Arca. 3. Les encargó que sirvieran a Jehová su Dios y a su pueblo Israel (v. 3). 4. También les encargó que se santificaran y prepararan a sus hermanos (v. 6). La obra de los ministros de Dios ha de empezar por sus casas; pero no ha de terminar allí, sino que han de hacer cuanto esté en sus manos para preparar a sus hermanos mediante admoniciones, instrucciones, exhortaciones, despertamientos y consolaciones. 5. Los animó (mejor que confirmó) en el ministerio de la casa de Jehová (v. 2); esto es, les habló fervorosamente, al corazón como había hecho Ezequías (30:22).
II. Los príncipes del pueblo, al seguir el ejemplo del rey, dieron con liberalidad al pueblo y a los sacerdotes y levitas (vv. 7, 8). Josías dio de su peculio corderos y cabritos en gran abundancia, para que fuesen sacrificados durante los siete días de la fiesta. Los jefes de los sacerdotes dieron para los sacerdotes, así como el rey había dado para el pueblo.
III. Los sacerdotes y los levitas cumplieron fielmente su ministerio (v. 10), y honraron igualmente a Dios al participar también ellos de la Pascua (v. 14).
IV. Los cantores expresaron el gozo de la congregación, y los porteros cuidaron de que nadie ni nada perturbara ni profanara la asamblea, y de que nadie se marchara hasta que hubiese terminado la celebración.
V. Toda la solemnidad se celebró de acuerdo con las normas de la Ley (vv. 16, 17). Se añade que,
desde los días de Samuel, no se había celebrado una Pascua como ésta (v. 18).
Versículos 20–27
Pasaron trece años desde esta Pascua hasta la muerte de Josías. Durante este tiempo marcharon bien las cosas en su reino y floreció la religión. La próxima noticia de que se nos da cuenta es su muerte prematura en la flor de su vida y de su utilidad para el país (tenía 39 años). Ya vimos esta triste historia en 2 Reyes 23:29, 30.
I. Josías fue un óptimo rey, pero hay que reprocharle su irreflexiva precipitación en salir al campo de batalla, sin motivo alguno, contra el rey de Egipto. Ya estuvo lo suficientemente mal entremeterse donde no le llamaban, como vemos en Reyes, pero aquí aparece peor, pues el rey de Egipto le envió emisarios para advertirle que no se enredara en aquella empresa (v. 21).
1. El rey de Egipto trató de convencer a Josías: (A) Por principios de justicia. Si un hombre justo se mete en una causa injusta, no puede esperar que le salga bien. (B) Por principios de religión (v. 21):
«Dios está conmigo». Más aún: «Dios me ha dicho que me apresure». Por tanto, le dice: «Deja de oponerte a Dios». Y no podemos decir que el rey de Egipto se inventara todo esto con la esperanza de que Josías desistiera de salirle al paso, pues leemos a continuación (v. 22) que «las palabras de Neco eran de la boca de Dios», ya fuese en sueños o por un impulso interior del que tenía razón para pensar que venía de Dios, o quizá por medio de Jeremías o de algún otro profeta. Esto no dice nada a favor de la condición espiritual de este rey pagano; como comenta Rodríguez Molero: «Dios también habló por medio de la burra de Balaam». Por otra parte el pecado de Josías pudo ser de ignorancia, aunque el texto sagrado no deja lugar a dudas de que obró imprudentemente. (C) Por principios de política sana: «… no sea que te destruya; allá tú si te metes contra alguien que tiene no sólo mejor ejército y mejor causa, sino también a Dios de su parte».
2. Josías, cuyo corazón era recto con Dios y llevado de la sospecha contra una nación pagana, fue demasiado lejos al no prestar oídos al buen razonamiento de Neco: No se retiró, sino que se disfrazó para atacarle … y vino a darle batalla en el campo de Meguidó (v. 22). En este asunto no anduvo en los caminos de David su padre, pues debió haber preguntado al Señor: «¿Subiré? ¿Los entregarás en mi mano?»
II. El pueblo era gente malvada, pero aun así son de alabar por el duelo que hicieron a la muerte de Josías (v. 24): Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías. La elegía que compuso Jeremías en esta ocasión se ha perdido, pero quedan alusiones en Jeremías 22:10 y Lamentaciones 4:20. Parece, pues, que el pueblo: 1. Tenía algún respeto a Josías, y aunque no estuviesen cordialmente de acuerdo con él en todas sus cosas buenas, no podían menos de tributarle un honor que bien se merecía. 2. Tenían cierto presentimiento del peligro en que se hallaban ahora que él se había marchado. Hay muchos que derraman lágrimas por sus desdichas, pero no se deciden a apartarse de sus pecados, que son la causa.
I. Breve, pero triste, historia de la completa ruina de Judá y Jerusalén pocos años después de la muerte de Josías. 1. Se suceden los desdichados reinados: de Joacaz, por tres meses (vv. 1–4); de Joacim o Joyaquim, por once años (vv. 5–8); de Joaquín, por tres meses (vv. 9, 10) y de Sedequías, por once años (v. 11). La destrucción se completa con la matanza de multitudes (v. 17), el saqueo e incendio del templo y de todos los palacios, la desolación de la ciudad (vv. 18, 19) y la deportación de los supervivientes (v. 20). 2. Aquí está el castigo del pecado, la maldad de Sedequías (vv. 12, 13), la idolatría del pueblo (v. 14) y los malos tratos infligidos a los profetas de Dios (vv. 15 16). Así se cumplió la Palabra de Dios (v. 21).
II. Brilla la luz del alba de la liberación del pueblo en la proclamación del decreto de Ciro (vv. 22, 23).
Versículos 1–10
La gradual destrucción de Judá y Jerusalén. Dios les da tiempo e incitación al arrepentimiento, siempre dispuesto a hacer misericordia. La historia de estos reinados aparece con más detalles en los tres últimos capítulos de 2 Reyes.
1. Joacaz fue designado rey por el pueblo (v. 1), pero fue depuesto por el Faraón y llevado prisionero a Egipto (vv. 2–4). Y ya no sabemos más de este joven príncipe.
2. Joacim (o Joyaquim) fue entronizado por el rey de Egipto y reinó durante once años. ¡Cuán bajo tuvo que estar el reino de Judá para que el rey de Egipto, enemigo desde antiguo del país, pusiese en él el rey que le plugo y le cambiase el nombre como le placío! (v. 4). Hizo rey a Elyaquim (que significa «Dios establece») y le cambió el nombre por el de Yehoyaquim (que significa «Jehová establece») en señal de que tenía autoridad sobre él y de que esta autoridad era ejercida en nombre de Jehová, el Dios de Israel.
Del nuevo rey leemos que hizo lo malo ante los ojos de Jehová su Dios (v. 5), y las abominaciones que hizo (v. 8). Nabucodonosor, a la sazón príncipe heredero de Babilonia, subió contra él en el cuarto año de su reinado (605 a. de C.), conforme vemos en 2 Reyes 24:1, le infligió una severa derrota y le obligó a someterse a él, pero Joacim se rebeló y, entonces (v. 6), Nabucodonosor, ya rey, se lo llevó a Babilonia atado con cadenas. También se llevó los utensilios de la casa de Jehová y los puso en su templo (v. 7).
Con respecto a la frase «lo que se halló en él» (v. 8), podría entenderse su rebelión contra el rey de Babilonia, pero algunos escritores judíos dicen que se refiere a ciertas marcas o firmas halladas en su cadáver, hechas mediante incisiones en honor de su ídolo, cosa que Dios había prohibido (Lv. 19:28). En cuanto al traslado de los vasos sagrados a Babilonia, es de observar que así como con ese traslado comenzó la desgracia de Jerusalén, así también la profanación que de ellos hizo Belsasar colmó la medida de la iniquidad de Babilonia (Dn. 5:3 y ss.).
3. Joaquín, o Jeconías, el hijo de Joacim, trató de reinar en su lugar, y aunque sólo reinó tres meses y diez días, reinó lo bastante para mostrar su mala inclinación. Después de esto, Nabucodonosor le hizo llevar cautivo a Babilonia con el resto de los objetos preciosos de la casa de Jehová que habían quedado (v. 10).
Versículos 11–21
Relato de la destrucción del reino de Judá y de la ciudad de Jerusalén a manos de los caldeos.
Abraham, el amigo de Dios, había vivido en Ur de los caldeos, de donde lo llamó Dios e hizo pacto con él; ahora, sus degenerados descendientes eran deportados allá, como para dar a entender que habían perdido todos los derechos a la consideración que Dios les había tenido en atención a su antepasado patriarca.
I. Los pecados que atrajeron esta tremenda ruina.
1. Sedequías, en cuyo reinado ocurrió, la hizo venir sobre sí con su insensatez. (A) Si hubiese hecho a Dios amigo suyo, Él le habría preservado de la ruina. Jeremías le trajo mensajes de parte de Dios, pero se le culpa aquí de que no se humilló delante del profeta Jeremías (v. 12). Al rehusar así ser siervo de Dios, fue hecho esclavo de sus enemigos. (B) Si hubiese sido fiel al pacto que hizo con el rey de Babilonia, esto también habría podido preservarle de la ruina, pero se rebeló (v. 13) también contra él, después de haber jurado continuar siendo tributario suyo. Fue esto lo que provocó al rey de Babilonia a tratarlo con tanta severidad. Lo que definitivamente arruinó a Sedequías fue, no sólo que no se volvió a Jehová Dios de Israel, sino que endureció su cerviz y obstinó su corazón a no hacerlo (v. 13). Se negó, pues, a curarse y, por tanto, a vivir.
2. El gran pecado que ocasionó esta ruina fue la idolatría. Los sacerdotes, y aun el jefe de los sacerdotes, que tenían la obligación de oponerse a la idolatría, fueron los cabecillas de esta prevaricación (v. 14).
3. Este pecado se agravó notablemente con el mal trato que dieron a los profetas de Dios, enviados para incitarles al arrepentimiento (vv. 15, 16).
(A) Dios mostró su tierna compasión hacia su pueblo al enviarles profetas. Expresamente se dice que la razón por la que Dios les enviaba estos profetas era porque Él tenía misericordia de su pueblo y del lugar de su morada (v. 15) y, por este medio, quería preservarles de la ruina. El método que Dios usa para convencer a los pecadores, por medio de su Palabra, de sus ministros, de la conciencia y de tantas circunstancias providenciales, es un ejemplo de la compasión que siente hacia ellos, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 P. 3:9).
(B) Mas ellos hacían escarnio de los mensajes de Dios y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas (v. 16). Ejemplo de esto es el mal trato que dieron, por este tiempo, al profeta Jeremías como leemos en el libro de su profecía. Esto atrajo sobre ellos una subida de la ira de Dios contra su pueblo, y no hubo ya remedio, pues pecaban contra el único remedio. No hay nada que provoque tanto a Dios como el mal trato que se da a sus fieles ministros, y aun a sus fieles siervos, pues lo toma como hecho a Sí mismo: «Saulo Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch. 9:4). La persecución fue el pecado que atrajo sobre Jerusalén su final destrucción a manos de los romanos (v. Mt. 23:34–37).
II. La desolación de la ciudad santa, de la que tenemos más detalles en 2 Reyes 25.
1. Grandes multitudes fueron pasadas a cuchillo, incluso en la casa de su santuario (v. 17), donde se habían refugiado con la esperanza de que la santidad del lugar les serviría de protección. Pero los caldeos no tuvieron ningún respeto ni a la santidad del santuario ni a la compasión especial de que son dignos los ancianos y las mujeres.
2. Todos los utensilios del templo que aún quedaban, grandes y pequeños, y todos los tesoros, sagrados y seculares, los tesoros de la casa de Dios y los del rey y sus príncipes, fueron llevados a Babilona (v. 18).
3. Quemaron la casa de Dios, rompieron el muro de Jerusalén y también consumieron a fuego todos sus palacios (v. 19; comp. Sal. 48:3), cómo son llamados aquí los edificios que servían de morada a los principales de la ciudad, por ser tan ricos y suntuosos. ¡Todos ellos, reducidos a cenizas! Y, con ellos, su mueblaje, tan bello y costoso que se le llama «sus objetos deseables».
4. Los que escaparon del filo de la espada fueron deportados a Babilonia (v. 20), empobrecidos, esclavizados, insultados y expuestos a todas las miserias de la vida en una nación extranjera y bárbara. Ahora iban a sentarse junto a los ríos de Babilonia para mezclar con su corriente las amargas lágrimas del destierro (Sal. 137:1). Y aun cuando allí, por lo que parece, se curaron de la idolatría, no se curaron de burlarse de los profetas, como vemos en la profecía de Ezequiel.
5. La tierra quedó desolada mientras ellos estaban cautivos en Babilonia (v. 21). Esto puede considerarse: (A) Como justo castigo del abuso que habían hecho de ella, pues habían servido a Baal con sus frutos; por tanto, quedaba maldito el suelo por su causa (Gn. 3:17). Ahora la tierra pagó sus sábados (v. 21), como había amenazado Dios por medio de Moisés (Lv. 26:34). Si los 70 años de cautividad han de corresponder a 70 años sabáticos descuidados (70 × 7 = 490 años) y la cautividad comenzó de lleno en el año 586 a. de C., eso significaría que ese descuido comenzó hacia el año 1076 a. de C., es decir, ¡en la época de los Jueces! ¡Tan pronto! (B) Con todo, puede considerarse también como un signo de esperanza pues indicaba que, a su tiempo, volverían de nuevo al país. Si hubiesen venido otros a poblar y cultivar la tierra, habrían tenido que perder toda esperanza de volver a vivir en ella, pero, mientras permanecía desolada, estaba como aguardándoles hasta que volviesen.
Versículos 22–23
Los dos últimos versículos de este libro tienen un doble aspecto. 1. Miran hacia atrás, a la profecía de Jeremías, y muestran cómo se cumplió (v. 22). Dios había prometido, por medio de él, la vuelta de los cautivos y la reconstrucción de Jerusalén al término de setenta años; y este plazo de favor para Sion, el plazo fijado, se cumplió por fin. Después de una larga y oscura noche, les visitó de nuevo un amanecer del sol desde lo alto (Lc. 1:78). 2. Miran hacia adelante, a la historia de Esdras, que comienza precisamente con la repetición de estos dos últimos versículos (Esd. 1:1, 2). Allí son el prólogo de una historia agradable; aquí son la conclusión de una historia muy triste; y así aprendemos de ellos que, aunque la Iglesia de Dios se halle decaída, no está descartada; aunque el pueblo de Dios sea castigado, no es abandonado; aunque sea metido en el horno, no es dejado allí para que se consuma; sólo queda allí hasta que se desprenda la escoria. La prueba puede durar bastantes años, pero la visión es para un plazo bien determinado, y al final del plazo hablará y no mentirá; así que, aunque se tarde, ¡esperemos su llegada!