Hasta ahora, las epístolas de Pablo estaban dirigidas a iglesias; de aquí en adelante, tenemos cuatro dirigidas a personas particulares: dos a Timoteo, una a Tito, y otra a Filemón. Timoteo y Tito eran colaboradores de Pablo en la tarea de evangelizar y edificar a las iglesias. Su comisión y tarea eran parecidas a las de los apóstoles y, según eso, eran itinerantes, como lo vemos con frecuencia en Timoteo. Por haber sido convertido mediante el ministerio de Pablo, éste le llama «genuino hijo en la fe» (1 Ti. 1:2) y «amado hijo» (2 Ti. 1:2). Estas dos cartas a Timoteo, junto con la dirigida a Tito, se llamaban, según refiere J. Collantes, «pontificales» en el siglo XVII, pero pasaron a ser llamadas «pastorales» en el siglo XVIII.
El objetivo de estas dos epístolas es instruir a Timoteo sobre el modo de desempeñar su oficio de evangelista en Éfeso, donde a la sazón se hallaba.
En cuanto a la división de esta primera Epístola a Timoteo, seguimos la que aparece en los epígrafes de la Ryrie Study Bible:
I. Saludos iniciales (1:1, 2).
II. Instrucción concerniente a la doctrina (1:3–10).
III. Instrucción concerniente al culto (2:1–15).
IV. Instrucción concerniente a los líderes (3:1–16).
V. Instrucción concerniente a los peligros (4:1–16).
VI. Instrucción concerniente a diversas obligaciones (5:1–6:21).
Después de la inscripción (vv. 1, 2), tenemos, I. el encargo dado a Timoteo (vv. 3, 4); II. el verdadero objetivo de la ley (vv. 5–11). III. Menciona Pablo su propio llamamiento a ser apóstol (vv. 12–16); IV. su doxología (v. 17). V. Repetición del encargo dado a Timoteo (v. 18). VI. Una referencia a Himeneo y Alejandro (vv. 19, 20).
Versículos 1–2
1. Como es costumbre en todas sus epístolas, Pablo comienza, en su saludo (v. 1), afirmando su autoridad apostólica: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza» (lit.). Cuatro puntos son dignos de especial análisis en este versículo:
(A) Hallamos aquí lo de «nuestro Salvador» aplicado a Dios Padre, como en 2:3; 4:10; Tito 1:3; 2:10; 3:4 (seis veces en total), mientras que, en otras seis ocasiones (Ef. 5:23; Fil. 3:20; 2 Ti. 1:10; Tit. 1:4; 2:13; 3:6), Pablo aplica dicho título a Jesucristo. En ambos casos, está bien aplicado, pues el designio de la salvación tuvo su fuente en el seno del Padre (v. por ej. Jn. 3:16; Gá. 4:4), pero su ejecución se llevó a cabo en la persona de nuestro Mediador (v. por ej. 2 Co. 5:19; 1 P. 1:18, 19).
(B) El orden de las palabras en el original nos da la combinación «Cristo Jesús» en lugar de «Jesús Cristo» que, en castellano, se escribe como «Jesucristo» Un estudio minucioso de S. Vernon McCasland (citado por W. Hendriksen) muestra que, en la medida en que va pasando el tiempo desde las primeras epístolas que Pablo escribió (Gálatas, Tesalonicenses, etc.) hasta las Pastorales (Timoteo y Tito), pasando por las de la Cautividad (Efesios, Filipenses, Colosenses, Filemón), la fórmula «Jesucristo», mayoritaria al principio, cede la mayoría a la de «Cristo Jesús», sin otro significado que el probable abandono del orden hebreo en que al Jesús de Nazaret se le aplica el sobrenombre de Cristo, como si dijese: «Jesús, el Mesías», para ponerlo en el orden griego, más flexible, de «Cristo Jesús», equivalente a «el Mesías Jesús», en forma parecida a como decimos hoy «el Presidente Reagan».
(C) La frase usual después de «Pablo, apóstol de Jesucristo» (o, de Cristo Jesús) es: «por la voluntad de Dios» (v. por ej. 2 Ti. 1:1), pero aquí dice: «por mandato (gr. epitaguén) de Dios» (comp. con Ro. 16:26; 1 Co. 7:6 y 2 Co. 8:8), para dar a entender, no sólo la fuente de la autoridad con que ejerce su ministerio, sino también su condición de subalterno con respecto de Dios. Dice D. Guthrie: «Nunca puede, en realidad, olvidar que es un hombre bajo órdenes».
(D) La expresión «nuestra esperanza», aplicada a Jesucristo significa (comp. con Hch. 28:20 y, sobre todo, con Col. 1:27) que Él es la base de nuestra seguridad en la salvación adquirida, pues toda ella se debe a la obra del Calvario (comp. con Hch. 4:12), así como la meta de nuestra salvación consumada (comp. con Col. 3:4; 1 Jn. 3:3).
2. Después de la mención del remitente, viene, como siempre, la del destinatario (v. 2): «a Timoteo, genuino hijo en (la) fe».
(A) Le llama «hijo» porque Timoteo fue convertido al cristianismo por medio del ministerio de Pablo. Caben pocas dudas de que lo de «en la fe» califica a lo de «hijo», para mostrar que dicha relación «padre- hijo» tenía su esfera en el plano sobrenatural, espiritual. Para quien piense que, de este modo, Pablo quebranta el precepto de Cristo en Mateo 23:9 («no llaméis padre vuestro en la tierra a nadie»), responde Calvino (citado por Hendriksen) del modo siguiente: «Pablo usa para sí el nombre de padre de tal manera que no le quita a Dios ni la menor partícula del honor que le pertenece … El único padre de todos en la fe es Dios, porque a todos regenera con su Palabra y el poder de su Espíritu y porque solamente Él confiere la fe. Pero, sin despojarse a Sí mismo de nada, admite también a la comunicación de su honor a los ministros de quienes se digna servirse para ese menester».
(B) Al llamarle «genuino», que es lo opuesto a «espurio o bastardo», el apóstol declara, no sólo que Timoteo fue sincero en la profesión de fe de su conversión, sino también que se ha portado en todo tiempo con Pablo como un buen hijo con su padre (v. Fil. 2:22).
3. También la bendición (v. 2b) tiene aquí (como en 2 Ti. 1:2 y en Tit. 1:4) otra variante, pues, en lugar del acostumbrado binomio gracia y paz, hallamos: «… Gracia, misericordia, paz, de parte (gr. apó) de Dios Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor» (lit.). Para entender por qué añade Pablo, en los tres lugares mencionados, lo de «misericordia», bueno será tener en cuenta que el griego éleos (de donde se deriva el vocablo castellano «limosna», a través del gr. eleemosúne) dice relación a una situación ajena en que impera alguna «miseria», de tal forma que bien puede decirse que la miseria es el pedestal de la misericordia («miseri-cors» = corazón inclinado a la miseria). En este caso, la «miseria» no era de carácter espiritual, ni siquiera económico, sino, más bien, psicológico y aun fisiológico, debido a la natural timidez y a la poca salud física del joven Timoteo. Y, aun cuando el caso de Tito no parece ser el mismo, quizá tenga buena aplicación la observación de M. Henry de que «los ministros (del Señor) necesitan más misericordia que otros». Sería más exacto decir que «necesitan más compasión». En cuanto a la diferencia entre gracia y misericordia, dice muy acertadamente W. Hendriksen: «El modo acostumbrado de distinguir entre gracia y misericordia es decir que la gracia perdona, mientras que la misericordia se apiada; la gracia es el amor de Dios hacia el culpable; la misericordia, su amor hacia el perdido y el miserable; la gracia tiene que ver con el estado; la misericordia, con la condición». Morris, por su parte, cita a Bernardo de Claraval: «Ni aun la gracia le dará paz al hombre, a no ser que la acompañe la misericordia; porque el hombre necesita perdón para el pasado, no menos que fuerza para el futuro».
4. De nuevo vemos unidos como fuente de estas bendiciones a Dios Padre y a Cristo Jesús nuestro Señor, porque Jesucristo es el Mediador de todas las gracias y bendiciones que el Padre nos otorga.
Versículos 3–11
J. Collantes compendia esta sección del modo siguiente: «San Pablo comienza por recomendar a su discípulo la resistencia denodada contra las falsas doctrinas de los herejes (3, 4). Las especulaciones que no tienen por objeto la caridad verdadera conducen al extravío (5–7). La misma Ley hay que mirarla en esa perspectiva evangélica (8–11)».
1. Como en otros lugares (v. el reciente de 2 Ts. 2:3 y ss.), nos encontramos aquí con uno de los frecuentes anacolutos (períodos en que falta la conclusión) del apóstol (v. 3): «Como te rogué (o, encargué; gr. parekálesa) …». El encargo, equivalente a una orden, era que Timoteo se quedase en Éfeso. Se lo había dado cuando estaba a punto de encaminarse (Pablo) a Macedonia. El objetivo del encargo era (vv. 3b, 4) «que mandase (verbo de tono militar) a algunos no enseñar diferentes doctrinas, ni prestar atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que (llevar adelante) la administración de Dios, la que (está centrada) en la fe» (lit.). La frase final de nuestra Reina-Valera («así te encargo ahora») no figura en el original, y fue añadida para corregir el anacoluto. Analicemos esta porción.
(A) El verbo que corresponde al «te quedases» (v. 3a) indica aquí algo más que una permanencia; añade el concepto de «permanecer resistiendo (prós) al adversario» (J. Collantes). Así lo exigía la situación en Éfeso. El verbo insinúa que Timoteo se resistía a quedarse.
(B) Pablo se limita a decir «algunos», sin mencionar los nombres (excepto en el v. 20) de quienes sembraban la confusión en la comunidad cristiana.
(C) La actividad de tales individuos se describe aquí de dos modos: (a) Promovían una enseñanza diferente (gr. heterodidaskaléin) de la del verdadero y único Evangelio (comp. con Gá. 1:6–9); (b) prestaban atención, se dedicaban en demasía (gr. prosékhein), a fábulas (gr. múthois, de donde viene el castellano «mito») y genealogías interminables. No son dos cosas distintas, sino los «cuentos de viejas» a que hace referencia en 4:7 (v. también 2 Ti. 4:4 y Tit. 1:14; en este último lugar las llama explícitamente
«fábulas judaicas»). El apóstol se refiere a las piruetas exegéticas, de «ciencia-ficción», a que los rabinos de todos los tiempos se han entregado para hallar las más extrañas interpretaciones de mínimos detalles de pasajes de la Biblia, con la consecuencia lamentable de perder el núcleo de la Palabra de Dios a fuerza de dar importancia a las ficciones de la fantasía. Tales mitos, que suplantan a la Palabra de Dios (comp. con Mt. 15:6) se hallan especialmente en el famoso Libro de los Jubileos, en la Haggadah y en la Cábala, libros característicos de esta mentalidad judía.
(D) El rabino Pablo que, sin duda, sabía bastante de estas cosas, asegura que tales «fábulas y genealogías interminables» acarrean disputas (gr. ekzetéseis, cavilaciones de importuno investigador) más bien que una instrucción en la fe, provechosa para la salvación.
(E) Algunos pocos MSS leen oikodomén, edificación (de donde ha pasado a nuestra Reina-Valera) en lugar del mucho mejor atestiguado oikonomían, administración (v. 4b). En 1 Corintios 4:1, Pablo pide a cada ser humano que considere a él y a los demás predicadores del Evangelio como a «administradores (gr. oikonómous) de los misterios de Dios». Estos misterios son los que exigen, de parte del oyente, el ejercicio activo de la fe. Comenta J. Collantes: «La oikonomía es la manera de llevar una casa. Dios tiene en los hombres su familia y su casa y, por tanto, lleva una economía general de la historia en orden a la salvación del género humano (Ef. 1:10; 3:9) y una providencia especial para que los individuos alcancen la salvación (1 Co. 9:17; Ef. 3:2; Col. 1:25). Ese camino para la salvación no es otro que la fe (1 Co. 1:21 y ss.). Todo paso que se dé fuera de la fe es paso inútil, pues está fuera de camino».
2. Pablo explica ahora (v. 5) que el objetivo de este mandamiento (de nuevo, el mismo término militar del v. 3) es que, en lugar de dedicar el tiempo a las inútiles especulaciones, mitos sin base real, que ha mencionado anteriormente (v. 4a), cumplan por medio del amor todo lo que tiene que ver con la vida práctica, la realidad de cada día. Nótense las condiciones que, según Pablo, requiere el amor para ser legítimo y servir así para cumplir la Ley (v. Mr. 12:30, 31; Ro. 13:8; Gá. 5:6, 14):
(A) Ha de nacer de un corazón limpio, regenerado por la gracia de Dios y el poder de su Espíritu en la recepción del mensaje de salvación. Mientras el corazón está sucio y negro, entenebrecido, la mente no puede ver claro (v. Ro. 1:21b, 22). En 2 Timoteo 2:22 hallamos de nuevo el corazón limpio como requisito de una genuina invocación de Dios.
(B) De un corazón limpio surge una conciencia buena, que juzga imparcialmente las acciones propias y ajenas y, por tanto, permite que el sujeto quede convicto de pecado y, al percatarse de su lamentable situación, se sienta ansioso de recibir la oferta de salvación que se le brinda en la predicación del Evangelio.
(C) Esta oferta de la salvación se recibe eficazmente cuando a ello incita una fe no fingida (lit. sin hipocresía). Solamente cuando la fe es sincera, es auténtica la entrega al Señor, a sus enseñanzas y a sus preceptos. Dice Collantes: «La fe sincera acepta plenamente el contenido de la doctrina y lo pone en práctica sin reservas».
(D) Esta tríada de virtudes cristianas se echaba totalmente en falta en los individuos que, con el pronombre indefinido «algunos» (v. 6, comp. con el v. 3), viene mencionando el apóstol, pues dice (vv. 6 y 7): «de las cuales cosas desviándose algunos, han venido a caer en una vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman categóricamente». Vemos aquí que estos falsos «doctores de la ley»:
(a) Se han desviado (el verbo significa literalmente «errar el blanco») de las tres virtudes mencionadas que son como las raíces del amor cristiano.
(b) El segundo verbo (exetrápesan), en aoristo de indicativo, es una consecuencia del primer verbo (astokhésantes), que está en aoristo también, pero en participio (lógicamente, no cronológicamente, anterior; es un caso parecido al de los dos aoristos de Ef. 1:13). Este segundo verbo significa literalmente «descarriarse o extraviarse». Una vez que dichos individuos «erraron el blanco» al carecer de corazón limpio, buena conciencia y fe sincera, perdieron el objetivo principal que era el amor genuino y dieron en vana palabrería (gr. mataiologuían); ése es el título que Pablo otorga a todas las futilidades en que los seudodoctores se hallan enfrascados.
(c) Deseaban (v. 7) ser doctores de la ley, no entendiendo, dice Pablo, ni lo que hablan (el tema que llevan entre manos) ni lo que afirman categóricamente (lit. ni sobre qué cosas aseveran enfáticamente). Con fina ironía el apóstol describe un caso que, por su frecuencia, conocemos suficientemente: Individuos que se hacen pasar por «expertos en la materia», que dogmatizan sobre cosas que pertenecen lo mismo al terreno científico que al religioso, sin haberse documentado a fondo y apoyándose en bases que no merecen crédito alguno. ¿Qué objeto buscan con todo esto? Certeramente sentencia Hendriksen, cuando dice: «¡Porque quieren brillar!» Pero querer brillar sin luces resulta vano y es exponerse al ridículo.
3. La mención de la ley conduce ahora (v. 8) a Pablo a declarar que «la ley es buena (comp. con Ro. 7:12, 16), si uno la usa legítimamente». Como si dijese: «Todos sabemos que el uso de la ley es bueno, que el estudio de la ley es provechoso, con tal de que se haga buen uso de ella». Con esto, parece como si el apóstol quisiera imprimir bien en la mente de Timoteo que esos individuos que se extravían del verdadero objetivo no hacen mal por querer ser doctores de la ley, sino por entretenerse en futilidades y en interpretaciones alegóricas de la ley que son meramente producto de su fantasía. A continuación, el apóstol va a explicar en qué sentido es buena la ley, en el presente contexto. Es de notar que, al comienzo de su exposición (v. 9), pasa del plural sabemos (v. 8) al sabedor (lit., es masculino singular del participio del mismo verbo), con lo que no apunta precisamente a sí mismo, sino a cada uno en particular de los que saben, o deben saber, esto. ¿Qué es esto que para todo conocedor de la ley es obvio?
(A) «Que la ley no fue puesta para el justo» (v. 9b). De aquí parece ser que sacó Juan de la Cruz, en el gráfico que precede a la Subida al Monte Carmelo, la frase siguiente: «Ya por aquí no hay camino / Que para el justo no hay ley». Sin embargo, el apóstol no intenta decir aquí que la ley mosaica no obliga al creyente cristiano (aunque esto sea verdad; v. Ro. 10:4; 1 Co. 9:20, 21), sino que la ley, al haber sido puesta para frenar las transgresiones (v. Gá. 3:19), no tiene nada en contra del justo (comp. con Gá. 5:23, al final), quien no transgrede, sino contra los transgresores e insumisos, etc.
(B) El apóstol enumera aquí catorce clases de transgresores de la ley, de los que ocho van en cuatro pares, y los seis restantes van sueltos. Como en Gálatas 5:19–21, Pablo no piensa con ellos agotar la lista, sino que añade al final (v. 10b): «y si algo diferente se opone a la sana enseñanza» (lit.), e indica con esto cualquier otro pecado que no esté en la lista. «Sana» es, en griego, un vocablo del que procede «higiene».
(a) Al comentar por los transgresores que van emparejados, vemos: En el primer par, a los sin ley (gr. anómois), es decir, a los que hacen caso omiso de la ley de Dios (suele traducirse por «inicuos»), y a los insumisos o insubordinados, que no aceptan disciplina alguna; en el segundo par, van los impíos, que no tienen piedad o temor de Dios, y los pecadores, apelativo genérico que designa a los que han errado el objetivo de su existencia, entre los que se cuenta (v. 15, con el mismo vocablo) a sí mismo el apóstol, aunque hace referencia a su vida anterior a la conversión. En el tercer par menciona a los irreligiosos (gr. anosíois, lo contrario de los hósioi, santos, en el sentido de devotos) y los profanos, que tratan con desprecio las cosas sagradas (de ahí la aplicación del vocablo a Esaú en He. 12:16, por haber menospreciado la primogenitura). Y en el cuarto par, menciona a los parricidas y marricidas, en los que, según la ley (v. Éx. 21:15) se incluyen, bajo pena de muerte, no sólo los que matan al padre o a la madre, sino también quienes los golpean.
(b) Vienen después, sueltos, otros seis géneros de transgresores: los homicidas, que quitan voluntariamente la vida a un semejante, los fornicarios (v. 10), donde se incluyen todos los que tienen relaciones sexuales ilegítimas con personas del sexo opuesto, los sodomitas (lit. que se acuestan con varones), los secuestradores, donde el vocablo griego designa primordialmente a los traficantes de esclavos, los mentirosos, los que dicen o ejecutan falsedad, y los perjuros. Van seguidos, como ya hemos dicho, de una especie de etcétera.
4. Tras de mencionar la sana enseñanza (v. 10, al final), el apóstol añade (v. 11): «conforme al Evangelio de la gloria del Dios bendito, que me fue confiado» (lit.). El Evangelio enseña la sana doctrina de vivir una vida santa, que es la higiene del alma, frente a las doctrinas erróneas y las prácticas viciosas, que perjudican a la persona y le arruinan la vida espiritual. «Evangelio de la gloria» equivale a «Evangelio glorioso». El vocablo para «bendito» no es el acostumbrado euloguetós, que corresponde al hebreo barukh, sino makários, que es el que aparece al frente de cada una de las bienaventuranzas de Mateo 5:3 y ss., y corresponde al hebreo ashrey (v. el comentario a Sal. 1:1). Pablo era siempre consciente de que le había sido encomendada la proclamación del Evangelio (v. 1 Co. 9:16, 16; Gá. 2:7; 1 Ts. 2:4).
Versículos 12–17
De la mención del Evangelio que le ha sido encomendado, pasa el apóstol a dar gracias a Dios por la misericordia que tuvo hacia él hasta dignarse hacerle tan honrosa encomienda, y termina la sección con una ferviente doxología.
1. «Doy gracias, dice Pablo (v. 12), al que me revistió de poder, a Cristo Jesús nuestro Señor (comp. con Fil. 4:13), de que me tuvo por fiel poniéndome (participio de aoristo) en el ministerio». Algunos pocos MSS leen endunamoúnti, en participio de presente (como se halla en Fil. 4:13). El contexto pide aquí el participio de aoristo, conforme aparece en la mayoría de los MSS, pues Pablo está refiriéndose ahora al pasado. Pablo no se atribuye ningún mérito al decir: «que me tuvo por fiel». Es cierto que el Señor sabía que Pablo sería fiel y, por eso, lo escogió para tal ministerio, pero basta con leer 1 Corintios 15:10, al final, para ver que el apóstol atribuía a la gracia de Dios, no sólo su conversión (vv. 14, 15), sino también su fiel desempeño del ministerio. Para «poniéndome» Pablo usa el mismo verbo de Juan 15:16, y la preposición griega eis, que traducimos por «en», da bien clara la idea de destino, pues es preposición de movimiento.
2 El apóstol, en un acto de gran humildad, exalta la gracia de Dios al encomendar tan alto y honroso ministerio «al que primeramente (v. 13) era blasfemo, perseguidor e insolente» (lit.). Pablo no olvidaba jamás su pasado de perseguidor de la Iglesia (comp. con Hch. 22:4; 26:11; 1 Co. 15:9; Gá. 1:13; Fil. 3:6). Se llama a sí mismo blasfemo por haber negado, antes de su conversión, la mesianidad de Jesucristo. El vocablo que traducimos por «insolente» o «injuriador» es hubristés, que comporta el concepto de furia y de violencia con que llevaba a cabo su persecución contra los discípulos de Cristo.
3. En la segunda parte del versículo 13 explica el apóstol por qué obtuvo misericordia. No fue por ningún mérito de su parte (comp. con v. 15, al final), sino porque su pecado de incredulidad se debía a la ignorancia. No era la suya una ignorancia de las que incrementan la culpabilidad (comp. con Ro. 10:3), sino la ignorancia de quien sinceramente cree estar sirviendo a Dios mientras persigue a la Iglesia (v. Jn. 16:2; Hch. 26:9, y comp. con Lc. 23:34; Hch. 3:17). Dice W. Hendriksen: «Aunque su pasado había sido terrible, no había llegado a pecar contra el Espíritu Santo, que es el pecado voluntario frente a un mejor conocimiento (He. 10:26). Para tal pecado no hay perdón (Mt. 12:31, 32; He. 6:4–6; 1 Jn. 5:16; cf. Nm. 15:30); además, el que vive en ese pecado, no tiene ningún deseo de perdón». Damos las citas según las presenta Hendriksen (v. el comentario en los lugares respectivos). La última frase de Hendriksen nos recuerda un famoso dicho de H. Kung: «El único pecado imperdonable es el rechazo del perdón».
4. Esta misericordia de Dios se tradujo (v. 14) en gracia (comp. con 1 Co. 15:10), es decir, en un favor inmerecido (más aún, desmerecido) hacia el apóstol; esta gracia fue más sobreabundante (gr. huperepleónasen, con valor de superlativo, por el prefijo de aumento) cuanto más había abundado el pecado (v. Ro. 5:20b) en Pablo, con la fe y el amor que es en Cristo Jesús (comp. con 2 Ti. 1:13). Al comparar la vida espiritual con un árbol sano que crece y da buen fruto, vemos que la gracia es como la savia de la que el árbol se nutre, pues esa savia se halla en el buen terreno (o al cambiar la metáfora, en la cepa; v. Jn. 15:1 y ss.) que es Cristo; en Cristo Jesús significa en unión con Él, y a causa precisamente de esta íntima unión. La fe es la raíz con que chupamos la savia salvífica (Ef. 2:8), y el amor es la energía mediante la que se producen los frutos (v. Gá. 5:6).
5. De ahí pasa el apóstol (v. 15) a establecer un principio general: «Es digna de fe y de toda aceptación la afirmación siguiente: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, el primero de los cuales soy yo» (excelente versión de J. Collantes). Notemos aquí lo siguiente:
(A) La fórmula «Fiel (es) la palabra» (lit.), esto es, un mensaje digno de todo crédito, aparece sólo en las epístolas pastorales, aquí y en otros cuatro lugares (3:1; 4:8, 9; 2 Ti. 2:11–13; Tit. 3:4–8). Pone de relieve cuán fiable y digno de ser aceptado por todos es lo que en tales declaraciones se afirma.
(B) Lo que aquí afirma Pablo es el núcleo del Evangelio y puede compararse con Juan 3:16. Según el apóstol, el glorioso designio de la venida del Hijo de Dios a este mundo fue salvar a los pecadores. Esto mismo es lo que el propio Jesús había repetido (v. Mt. 9:13; Mr. 2:17; Lc. 5:32; 19:10). ¿Quién desesperará de la salvación, sabiendo que son precisamente los pecadores el objeto del amor salvífico de Dios y del Señor Jesucristo? Más aún, quien esté pensando en reformarse, en hacerse «bueno» para acercarse al Salvador, pierde el tiempo y se niega a sí mismo el beneficio de la gracia de Dios. El «Tal como soy …» de Carlota Elliot es lo único que podemos decir ante la Cruz del Señor. Leith Samuel ha escrito que «el cristianismo es la única religión en que los hombres pueden acercarse a Dios llevando solamente sus miserias y pecados».
(C) Con toda humildad, dice el apóstol que, de todos los pecadores del mundo, él es el primero, no en el tiempo (por supuesto), sino en la categoría que él mismo se aplica como ser el peor de todos (¡y lo dice casi al fin de su vida!) Es notable que, al hablar de sí mismo como apóstol (1 Co. 15:8), Pablo dice ser el último de todos, mientras que, al hablar de sí como pecador, se tiene por el primero de todos: el primero en la fila de los que, a no ser por la sobreabundante gracia de Dios, merecía la condenación.
6. Al poner, una vez más, de relieve su exquisita humildad, dice a continuación el apóstol (v. 16):
«Pero a causa de esto se me otorgó misericordia, a fin de que en mí el primero exhibiese Cristo Jesús toda la (su) longanimidad, para (gr. pros) modelo de los que iban a creer en Él para (gr. eis) vida eterna» (lit.). Pablo dice aquí, ni más ni menos, que el fin próximo de la misericordia que le fue otorgada a él como al primero de los pecadores, tenía por objeto mostrar en público una longanimidad tan grande del Salvador (¡toda ella!, gr. ápasan), que nadie se sintiese en el futuro demasiado pecador como para no poder obtener perdón. Resulta muy interesante el vocablo griego que Pablo usa para «modelo», ya que el término griego hupotíposin (que sale únicamente aquí y en 2 Ti. 1:13) significa un esbozo hecho poniendo debajo el modelo de forma que sobre él pueda dibujarse una figura que siga en todo los contornos y formas del modelo. Frente a este estupendo modelo en que destaca la sobreabundante gracia de Dios con respecto al primero de los pecadores, cualquier otro pecador podría estar seguro de que, por muchas y graves que fuesen sus transgresiones, nunca serían capaces de extenderse más allá de los contornos que el esbozo de la gracia de Dios presenta en Pablo.
7. El apóstol finaliza esta sección declarando, por medio de una fervorosa doxología, el fin último de todo desbordamiento de la gracia sobre el más grande de los pecadores: «Así pues, al Rey eterno (lit. Rey de los siglos, expresión que sale únicamente aquí y, en algunos MSS, en Ap. 15:3), inmortal (lit. incorruptible, como en 1 P. 1:4), invisible (comp. con 6:16), al único Dios (lo de «sabio» no tiene fundamento en los MSS; algún copista lo tomó prestado de Ro. 16:27), sean dados honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (NVI). Aunque lo de «único Dios» halla suficiente base en Deuteronomio 6:4, 5; Isaías 40:12–31; Juan 5:44; Romanos 16:21; 1 Corintios 8:4, 5; 1 Timoteo 6:15 y Judas 25, es extraño que los autores no citen Juan 17:3, donde conecta perfectamente en toda la riqueza de su sentido. Riqueza que W. Hendriksen describe (aunque sin citar Jn. 17:3) del modo siguiente: «Tal Dios, finalmente, es el “único” Dios; no meramente en el frío, abstracto, sentido de que numéricamente no hay más que un Dios, sino en el cálido, escritural, sentido; a saber, que este Dios uno es “único, incomparable, glorioso, digno de ser amado”».
Versículos 18–20
Después de esta digresión, mayormente de tipo personal, el apóstol repite el encargo a Timoteo, exhortándole a que cumpla su ministerio de una manera digna de su llamamiento (v. 18), portándose como un genuino creyente (v. 19a), no como algunos que se han apartado de la verdadera fe (v. 19b), entre los que Pablo menciona dos por su nombre (v. 20). Analicemos esta última porción del capítulo 1.
1. «Este mandamiento, dice Pablo (v. 18), hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, pelees por (lit. en) ellas la buena batalla, manteniendo (v. 19a) fe y buena conciencia.»
(A) El mandamiento (gr. paranguelía) que Pablo encarga a Timoteo es el que le ha dado en los versículos 3–11: «quedarse en Éfeso para que mandase (gr. paranguéiles) …». Aunque aquí da al encargo diferente expresión, la «buena batalla, manteniendo fe y buena conciencia» incluye el mandar a algunos que no enseñen diferente doctrina. Para apoyar con ternura la orden que le da, le llama de nuevo «hijo Timoteo», cuyo sentido vimos ya en el comentario al versículo 2.
(B) Pablo alude a las profecías que se hicieron antes en cuanto a Timoteo, lo cual muestra que fueron más de una. Comentaremos esto en 4:14, que es donde el apóstol aporta más detalles en conexión con este aspecto. Podemos ya pensar en casos como los que se nos describen en Hechos 13:1–3; 14:23.
(C) La «buena batalla» (comp. con 6:12; 1 Co. 9:7; 2 Ti. 2:3, 4) requiere especialmente (v. 19a) fe (v. la armadura completa en Ef. 6:10–20). La buena conciencia nos lleva al v. 5. Aunque lo de corazón limpio de ese versículo 5 no sale aquí (sale en 2 Ti. 2:22), hallamos la expresión limpia conciencia en 3:9 y 2 Timoteo 1:3. Lo mismo que en 3:9, la fe en este versículo es la fe objetiva, esto es, la verdad del Evangelio.
2. Esta buena conciencia es la que han arrojado de sí con violencia (v. 19b), según el significado del verbo apothéo (comp. con Hch. 13:46), algunos (comp. con el algunos del v. 3). Al obrar de este modo, dichos individuos, dice el apóstol, naufragaron en la fe. Al perder la conciencia, semejante al timonel del barco, éste se quedó a la deriva e hizo que naufragase la fe. A la metáfora de la batalla, superpone ahora Pablo la del viaje por mar. Como dice Hendriksen, «el cristiano tiene que ser, no sólo un buen soldado, sino también un buen marinero».
3. Entre los que han sufrido este naufragio, Pablo menciona por su nombre a dos: Himeneo y Alejandro (v. 20). A Himeneo lo vemos mencionado de nuevo en 2 Timoteo 2:17, junto con un tal Fileto, desviándose de la verdad en cuanto a la doctrina de la resurrección. Alejandro era, y es, un nombre demasiado común; por lo que resulta muy problemática su identificación con el Alejandro de Hechos 19:33, 34 o con el de 2 Timoteo 4:14, 15, a quien Pablo tiene buen cuidado en mencionarle junto con el oficio que ejercía: «el calderero», quizá precisamente para que no se le confundiera con ningún otro. Con respecto a estos dos, el apóstol ha tomado (v. 20b) una medida drástica: «a quienes entregué a Satanás, a fin de que sean instruidos (lit. corregidos o disciplinados; el mismo verbo de 1 Co. 11:32) a no blasfemar». Consideremos de cerca estas expresiones.
(A) Al comparar este versículo con 1 Corintios 5:2, 7, no puede dudarse de que se trata también aquí de lo que se llama «poner fuera de comunión».
(B) ¿Indica Pablo que, en este caso, la medida abarca algo más, como una enfermedad corporal, por ejemplo? (comp. con 1 Co. 11:30). Son muchos los que se inclinan por la afirmativa, especialmente por el objetivo que la medida perseguía: que fuesen instruidos en cuanto a no blasfemar, esto es, «a no hablar mal de Dios o, lo que es lo mismo, a no enseñar doctrinas falsas, apartando a otros del camino del Señor, como lo hiciera Elymas» (Collantes). En efecto, una grave enfermedad corporal puede ofrecer la ocasión de recapacitar y arrepentirse, ya que la intención de la medida usada por Pablo era medicinal.
(C) Si se corrigieron o no, el texto no dice más. Pero si el Himeneo es el mismo que vemos junto a Fileto en 2 Timoteo 2:17, y si este Alejandro siguió la misma ruta que estos dos, podemos decir que la medida no surtió efecto (al menos, duradero) y que ambos acabaron por apostatar de la fe. En este caso, podemos asegurar que no habían nacido de nuevo.
Este capítulo se divide en dos partes. I. En la primera, Pablo exhorta a orar por todos los hombres, y se dirige especialmente a los varones (vv. 1–8). II. En la segunda, viene a detallar la función que las mujeres desempeñan en la congregación (vv. 9–15).
Versículos 1–8
Ésta es una porción de gran importancia doctrinal y que, a mi juicio, ha sufrido graves distorsiones a manos de muchos que se resisten a entenderla tal como está.
1. «Exhorto, pues, ante todo, dice Pablo (v. 1), a que se hagan peticiones, oraciones, súplicas de intercesión y acciones de gracias por todos los hombres» (NVI), es decir, por todos los seres humanos (gr. anthrópon). Vemos aquí lo siguiente:
(A) En el mismo tono que en 1:3, el verbo parakaléin indica animar a hacer algo que es de la mayor importancia y urgencia.
(B) Pablo quiere que se hagan oraciones públicas por todos los seres humanos SIN DISTINCIÓN NI EXCEPCIÓN. Está claro que de esas oraciones no excluye a nadie. Esto es de suma importancia para entender bien los versículos 4–6.
(C) Entre las clases de oración, el apóstol especifica peticiones (gr. deéseis), que comportan el sentido de necesidad, oraciones (gr. proseukhás), que indican un vivo deseo del alma, intercesiones (lit. gr. enteúxeis), término usado para indicar que la petición se hace a un superior, y acciones de gracias (gr. eukharistías), las cuales forman parte integral del culto de oración y no deberían faltar tampoco en las oraciones privadas.
2. En el versículo 2, el apóstol menciona personas que necesitan de modo especial las oraciones de los creyentes: «por los reyes y por todos los que están en posición de altura (lit.), esto es, en cargos de autoridad y responsabilidad especial, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad». Téngase en cuenta que cuando Pablo pide oraciones por los reyes, el rey que ocupaba el supremo trono del Imperio era ¡Nerón! Sean buenos o perversos los que ocupan los primeros puestos en el gobierno de la nación, necesitan de nuestras oraciones, no sólo por el bien espiritual y temporal de ellos mismos, sino en especial para que los ciudadanos vivan en condiciones de paz y seguridad, de modo que, en tal atmósfera, todos los creyentes puedan llevar, sin que nadie los estorbe, una vida piadosa y decorosa. «Esto, añade Pablo (v. 3), es decir, el orar por todos los hombres, es bueno (gr. kalón, hermoso, excelente) a los ojos de Dios nuestro Salvador». A Dios le agrada en gran manera que oremos por todos los hombres.
3. El apóstol aporta tres razones por las que es menester orar por todos los seres humanos:
(A) Por el deseo de Dios de que todos sean salvos (v. 4): «el cual (Dios) desea (gr. thélei) que todos sean salvos y lleguen al pleno conocimiento de la verdad» (lit.). Al ser ésta una de las razones por las que debemos orar por todos los seres humanos SIN EXCEPCIÓN (v. 1), es obvio que, en el pensamiento de Pablo, Dios desea la salvación de todos los hombres SIN EXCEPCIÓN. Nótese: (a) que el verbo thélei indica un deseo, no un decreto, de Dios. Si no todos se salvan, no es porque Dios los excluya a priori o les niegue la gracia necesaria para salvarse, sino porque la salvación personal depende de la fe personal y no todos tienen fe (2 Ts. 3:2); (b) que, por tanto, el deseo amoroso de Dios está condicionado al ejercicio de la fe por parte del ser humano (comp. con Jn. 3:16). Decir que «si Dios quisiera que todos se salvasen, todos se salvarían» es torcer el sentido de las Escrituras y desconocer la diferencia entre la obtención de la redención y la aplicación personal de la redención.
(B) «Porque (v. 5) hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres, (el) hombre Cristo Jesús» (lit.). En otras palabras, la unicidad universal del verdadero Dios, y la unicidad universal del Redentor, exigen que no se excluya a nadie de la oración en común. Dice J. Collantes: «Las oraciones del cristiano tienden a que los hombres se dobleguen libremente a los planes salvadores de Dios. No cabe excluir a nadie, puesto que nada ni nadie ha sido hecho por otro Dios. El orden de la creación, roto por el pecado (Ro. 5:12), fue restaurado por Cristo, que se ofreció a mediar entre Dios y los hombres. Su mediación es universal … Por ser Dios, es mediador universal; por ser Dios y hombre, está solidarizado con los dos extremos; por ser hombre, está más cerca de nosotros para mover nuestra confianza. Por eso pone san Pablo el acento en la humanidad: Jesucristo hombre». Sería más exacto decir que sólo como hombre perfecto puede ser Mediador a favor de los hombres, ya que, como Dios, no es un medio, sino uno de los extremos (comp. con Job 9:33).
(C) Porque la redención llevada a cabo en el Calvario tuvo carácter universal (v. 6): «el cual (Cristo hombre) se dio a sí mismo en rescate (gr. antílutron) por todos (¿excluye a alguien?), de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo. El gr. antílutron indica el precio que se paga por el rescate. Es notable el uso de la preposición huper, a favor de, tras de antílutron, donde el prefijo antí comporta la idea de sustitución («en lugar de»), como en Marcos 10:45 («lútron antí pollón»: rescate por muchos). Dice D. Guthrie: «El rescate, es cierto, tiene valor infinito, pero los beneficios requieren apropiación. El apóstol da a entender aquí que, puesto que el rescate es adecuado para todos, Dios ha de desear la salvación de todos». La frase final del versículo 6 es demasiado concisa: «el testimonio en sus propias sazones» (lit.). Opina Guthrie que «es mejor asumir que “el testimonio” intentado es el acto de Dios al enviar a Su Hijo en el tiempo designado (cf. Gá. 4:4)». Sin embargo, y aun a la vista del contexto posterior, es preferible ver aquí la necesidad de proclamar en todo tiempo oportuno (comp. con 2 Co. 6:2) las verdades que anteceden (vv. 4–6).
4. A continuación, Pablo asegura que a él le fue encomendado como predicador (kérux, heraldo o proclamador) y apóstol (enviado), dar dicho testimonio (v. 7): «Para lo cual fui puesto yo …». La mención de ser maestro de los gentiles tiene que ver, a mi juicio, no sólo con su ministerio específico y cualificado de «apóstol de los gentiles», sino también porque los gentiles estaban fuera de la esfera del verdadero Dios y del Mesías, por lo que necesitaban con mayor urgencia el pleno conocimiento de la verdad del versículo 4b. Lo de «en fe y verdad» con que concluye el versículo 7 se entienden de muy diversas maneras por los distintos autores. Dice Hendriksen: «él (Pablo) y su mensaje eran usados por Dios para llevar a las mentes y corazones de los gentiles fe viva en la verdad del Evangelio». Para Guthrie, «en fe y verdad muestra la esfera de la enseñanza, y abarcar tanto el espíritu del maestro como el contenido del mensaje». Opino, con Holzmann, Von Soden y otros, que lo que Pablo indica aquí es que él es maestro de los gentiles con toda lealtad (o fidelidad) y verdad.
5. Termina Pablo esta exhortación a orar, dirigiéndose a los hombres (gr. ándras, varones): «Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda» (v. 8). Vemos aquí lo siguiente:
(A) Que Pablo se dirige a los varones, no a las mujeres, porque se trata de la oración eclesial, en la que, según él mismo dice en 1 Corintios 14:34, las mujeres debían callar. «Quiero», dice; no aconseja; manda.
(B) «En todo lugar» no significa dondequiera se hallen, sino dondequiera esté reunida una congregación, como se ve por el contexto posterior.
(C) «Levantando manos santas» indica, primeramente, la postura de la oración, lo cual sólo tiene relevancia en la oración pública. Es una postura clásicamente «sacerdotal», de intercesión. Hendriksen ha encontrado unas ocho diferentes posturas de oración, ilustrándolas con muchos ejemplos, de los que citaremos uno en cada una: 1) de pie (Gn. 18:22); 2) con las manos levantadas hacia el cielo (como aquí); 3) inclinando la cabeza (Gn. 24:48); 4) elevando los ojos al cielo (Sal. 25:15); 5) de rodillas (2 Cr. 6:13); 6) postrándose rostro a tierra (Gn. 17:3); 7) inclinándose, con el rostro entre las rodillas (1 R. 18:42); 8) de pie, a lo lejos, golpeándose el pecho (Lc. 18:33). El apóstol añade que esas manos deben ser santas (gr. hosíous, que indica devoción y santidad interiores). Dice el Crisóstomo: «No lavadas con agua, sino puras de avaricia, de asesinatos, de violencias». Esto no quiere decir que se excluya la pureza física de las manos, pues también ésta llegó a estar prescrita. «Sin ira ni contienda», porque cuando un cristiano que se dispone a orar está amargado o indignado contra un hermano, no es posible que levante manos santas.
Versículos 9–15
Antes de entrar en esta porción, es conveniente que el lector repase lo que dijimos en el comentario a 1 Corintios 11:5 y ss.; 14:34, 35. Después de la exhortación a los hombres para que oren por quienes es debido, y de la forma que es adecuada, el apóstol va a decir qué función cumplen las mujeres en la congregación. Tres puntos contiene la exhortación que el apóstol les dirige: el atavío, el silencio y la virtud sin ostentaciones.
1. «Asimismo, dice Pablo (v. 9), que las mujeres se atavíen con ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino (v. 10) con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad» (comp. con 1 P. 3:3, 4). Lo de «asimismo» da a entender que es así como las mujeres deben presentarse en la congregación, pues profesan piedad. Dice Collantes:
«Son mujeres que hacen ostensible su religiosidad al venir a los actos litúrgicos. Deben procurar no desprestigiar lo que profesan, con su manera de vestir». Pablo no prohíbe todo adorno, sino sólo el que comporta cara ostentación.
2. «La mujer, prosigue (vv. 11, 12), aprenda en silencio, con toda sumisión. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.» Es preciso repetir, para que este punto quede bien claro, que lo que el apóstol prohíbe a la mujer no es enseñar en casa, en la Escuela Dominical o en reuniones de mujeres, sino enseñar autoritativamente en la congregación reunida como iglesia. Puede, aun en tal caso, dar testimonio personal o informes misioneros, etc., pero no predicar autoritativamente la Palabra en una congregación ya organizada con sus correspondientes líderes varones. Las razones que aquí aporta el apóstol son dos: (A) «Adán fue formado primero; después, Eva» (v. 13);
(B) en cambio, la mujer fue la primera en transgredir, fue seducida por la serpiente. No quiere decir que su pecado fuese mayor, sino que fue delante del hombre por el camino del pecado, por lo que ha de someterse ahora al papel de seguir al hombre (comp. con Gn. 3:16, al final). La primera razón se ve reforzada por otras dos que vemos en 1 Corintios 11:8, 9: La mujer fue hecha del hombre y para el hombre, no viceversa.
3. El versículo 15 requiere oportunas aclaraciones. Dice así literalmente: «Se salvará, empero, mediante la procreación de hijos, con tal de que permanezcan en fe, en amor y en santificación, con (gr. metá, preposición de compañía) sensatez (gr. sophrosúne, sano juicio)». Analicemos estas afirmaciones del apóstol:
(A) Lo primero que es menester advertir es que, con el empleo de la conjunción adversativa suave de, que traducimos por empero, Pablo da a entender que la mujer puede hacer algo con lo que contrarreste, por decirlo así, su inferioridad con respecto al varón en las reuniones eclesiales.
(B) Nótese el paso brusco del singular («se salvará», en voz pasiva) al plural («permanezcan»). La razón de este paso es, a mi juicio, la siguiente: Pablo está refiriéndose, en el versículo 14 (contexto más próximo), a Eva, la primera mujer, y continúa refiriéndose a la mujer en singular, pero, al darle un carácter representativo, colectivo, no halla ningún inconveniente en concertarle un verbo en plural.
(C) El verbo «será salva» (en pasiva) no puede significar la eterna salvación; y eso, por dos razones:
(a) el apóstol se está refiriendo a la mujer creyente y, por tanto, salva; (b) la salvación eterna no se obtiene por medio de la generación de hijos. La única interpretación que llena todas las condiciones que exigen, tanto el texto como el contexto, es que la esfera donde la mujer puede contrarrestar esa inferioridad respecto del varón es en la crianza, no en el mero parto, de los hijos (v. el comentario a Gn. 3:16). Ahí es donde ella se perfecciona espiritualmente y, por tanto, se santifica. Recordemos que el vocablo salvación es un concepto complejo y continuo que abarca la justificación, la santificación progresiva y la glorificación final. Y para que nadie piense que el criar bien a los hijos santifica ya, como automáticamente a una mujer creyente, el apóstol añade que es menester que las mujeres cristianas practiquen las virtudes que mejor las caracterizan: fidelidad, amor, pureza moral y sensatez. Dice Hendriksen: «El pensamiento completo es, pues, como sigue: si las mujeres que son miembros de la iglesia permanecen en la fe, el amor y la santificación, entretanto que ejercitan el debido dominio de sí mismas y la reserva, hallarán su gozo y salvación en llevar hijos para la gloria de Dios, sí, en todas las obligaciones y alegrías de la maternidad cristiana».
En este capítulo, Pablo expone las cualidades que deben adornar I. a los ancianos de las iglesias (vv. 1–7); II. a los diáconos (vv. 8–13). III. Declara finalmente los motivos que tiene para darle por escrito estas instrucciones (vv. 14–16).
Versículos 1–7
El apóstol Pablo tenía en Timoteo y Tito (comp. 1 Ti. 1:3 con Tit. 1:3) dos ayudantes en quienes delegaba su autoridad en orden a la organización y administración de las iglesias. Ésa es la razón por la que a Timoteo, lo mismo que después a Tito (v. Tit. 1:6 y ss.), les da instrucciones sobre las cualidades que deben adornar a los líderes de las iglesias. Comienza por los ancianos, a quienes llama aquí epískopos, supervisor.
1. Antes de pasar a declarar las cualidades de un «supervisor», dice que (v. 1) «Si alguno anhela oficio de supervisor, buena obra desea», esto es, ha puesto los ojos en una ocupación, de suyo, excelente. Lo confirma anteponiendo una de las cinco expresiones «Fiel es la palabra», que ya hemos visto en el comentario a 1:15. Que el supervisor u obispo es la misma persona que el anciano, puede verse si comparamos, en Hechos 20, el versículo 17 («ancianos») con el versículo 28 («supervisores») y, en Tito 1, el versículo 5 («ancianos») con el versículo 7 («supervisor»). También es conveniente tener en cuenta que el singular «supervisor», tanto aquí (v. 2) como en Tito 1:7, no significa que haya de haber en cada iglesia un solo supervisor (el apóstol se limita a dar sus cualidades, no su número); de Hechos 20:17 se deduce que, más bien, existía la pluralidad de ancianos en muchas, si no en todas, las iglesias. Finalmente, diremos que el vocablo anciano connota un contexto judío, mientras que supervisor es de extracción griega, tanto que, en los medios griegos, tal título se daba también a los que velaban por el buen orden y el trabajo eficiente en profesiones seculares.
2. El apóstol pasa luego a describir las cualidades que se requieren. («Es necesario», dice) en todo anciano o supervisor de una congregación cristiana. Estas cualidades son nada menos que dieciséis:
(A) El griego anepílemptos, que suele traducirse por irreprensible, es un término que sale únicamente tres veces en todo el Nuevo Testamento y precisamente en esta epístola (aquí, en 5:7 y 6:14); significa literalmente «que no hay por dónde agarrarle» (en buen sentido), es decir, no da motivo a nadie para que pueda atacarle. Es una cualidad genérica.
(B) Lo de «marido de una sola mujer» se ha interpretado de distintas maneras. Difícilmente puede sostenerse la opinión de que Pablo prohíbe aquí la poligamia simultánea, ya que ésta está vedada a todo creyente y, aun por ley natural, a todo hombre. Lo más probable es que se refiera a las segundas nupcias, las cuales, en el contexto espaciotemporal de la epístola, estaban mal vistas, incluso entre los sacerdotes paganos. Esto hizo exclamar a san Jerónimo: «Es nuestra condenación si no podemos hacer por Cristo lo que el error hace por el mal». De aquí, sin embargo, no puede deducirse que las segundas nupcias de cualquier ministro de Dios sean ilegítimas, pues podríamos invocar aquí lo que Pablo mismo dice en 1 Corintios 7:9.
(C) «Sobrio» (gr. nephálios) significa «moderado» en todo, no sólo en el uso del vino, pues sobraría lo de «no dado al vino» del versículo 3.
(D) «Prudente» o sensato (gr. sóphron) es el que dispone de una mente sana, es decir, juiciosa.
(E) «Ordenado» (gr. kósmios) es el que se comporta con educación, con decencia y, como lo dice la etimología, con orden. Ya dice el antiguo proverbio latino: «Guarda el orden, y el orden te guardará». Sin orden, no se puede llevar bien la administración, ni de una iglesia ni de una casa.
(F) «Hospedador» u hospitalario (gr. philóxenos; lit. amigo de extranjeros) fue siempre una cualidad muy estimada en la primitiva iglesia (comp. con He. 13:2). Como dice D. Guthrie, «sin la voluntaria hospitalidad de los cristianos, la expansión se habría visto seriamente retrasada».
(G) «Apto para enseñar» indica la suficiente competencia en el conocimiento de la Palabra de Dios, así como la aptitud para comunicar a otros las verdades fundamentales del cristianismo. Esto requiere, por supuesto, haber sido enseñado de forma conveniente (comp. con 2 Ti. 2:2).
(H) El griego pároinos, que suele traducirse por «dado al vino» (v. 3), indica efectivamente en el griego clásico el que es adicto al vino. No prohíbe el uso, sino el abuso, del vino o bebidas similares. El prefijo pará describe bien al que siempre tiene al lado la botella.
(I) «Pendenciero» es un epíteto suave para designar al que fácilmente llega a las manos, según indica el griego plektés. Dice Tomás de Aquino (citado por Collantes): «Convenientemente menciona éstos después del vino, porque los borrachos golpean a la menor provocación».
(J) En contraposición con lo de «pendenciero» (lo que sigue en la Reina-Valera «no codicioso de ganancias deshonestas», no está en el original), dice de inmediato el apóstol: «sino indulgente» (o conciliador; gr. epieikés. V. el comentario a Fil. 4:5). «Mesurado» podría ser también una buena traducción en este contexto, en que se pide al anciano que frene su genio.
(K) El griego ámakhon significa literalmente «el que no pelea», por lo que «enemigo de contiendas»
es una buena traducción.
(L) «No avaro» (gr. aphilárguiron) es, literalmente, el que no es amigo de la plata; en otras palabras, el que no tiene el corazón apegado al dinero, pues eso conduce a la idolatría: a servir a Mammón (comp. con Mt. 6:24; Ef. 5:5; Col. 3:5).
(M) «Que gobierne bien su casa» (v. 4). El griego proistámenos ha salido ya en Romanos 12:8 y 1 Tesalonicenses 5:12 aplicado a los que presiden el culto; aquí el sentido de «gobernar» es el que exige el contexto. Un líder de iglesia necesita, en cierta medida al menos, dotes de gobierno. Si estas dotes de gobierno no se manifiestan en la pequeña casa de su familia, ¿cómo podrán manifestarse en otra casa mayor, y en medio de problemas de toda índole, que es la iglesia? Eso mismo es lo que el apóstol se pregunta explícitamente en el versículo 5.
(N) Si bien es cierto que la segunda parte del versículo 4 está incluida en el buen gobierno que el anciano o supervisor ha de tener de su casa, Pablo especifica un aspecto de ese gobierno, al decir «que tenga a sus hijos en sumisión con toda dignidad». El griego semnótes significa seriedad, pero el apóstol no insinúa que todo haya de ser caras largas y restricciones innecesarias en la casa del ministro de Dios, sino que el comportamiento de los hijos de tal familia ha de ser decente, ordenado (sin frivolidad ni jaranas) y ejemplar. Ésa es una de las cargas que, junto con especiales privilegios, tienen que soportar los hijos de los ministros del Señor, pues la gente suele culpar a los padres del mal comportamiento de los hijos.
(O) En el versículo 6, el apóstol requiere que no se designe anciano a un neófito (palabra griega que significa «nueva planta»), es decir, a un recién convertido. La razón que aquí alega el apóstol no es falta de competencia o de experiencia, sino el peligro de que el promocionado a tal cargo se envanezca. El verbo tuphóo que Pablo usa aquí (con 6:4 y 2 Ti. 3:4, son las únicas veces que tal verbo ocurre en el Nuevo Testamento), del que se deriva el vocablo castellano tufo, connota, como se ve por el parentesco con el verbo túphomai, la idea de verse envuelto en una nube de humo, lo que dificulta la correcta visión. El apóstol añade que, al envanecerse, el neófito, designado prematuramente anciano, podría caer en la condenación del diablo; es decir (con la mayor probabilidad) en la sentencia (gr. kríma) pronunciada contra Satanás, quien también se envaneció hasta apetecer sentarse en el trono de Dios (v. Is. 14:14; Ez. 28:17 y comp. con 2 Ti. 3:4; 2 P. 2:4).
(P) Finalmente, el apóstol requiere que el anciano o supervisor tenga buen testimonio de los de afuera (v. 7), para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo. «Los de afuera» son, por supuesto, los inconversos. Dice W. Hendriksen: «La necesidad de añadir esta exigencia se sigue del hecho de que, con frecuencia, tales “externos” saben del hombre en cuestión más que los miembros de la iglesia. Con frecuencia ocurre, por ejemplo, que la mayoría o todos los que están con él en su ocupación de cada día son incrédulos». Si su reputación entre los de fuera no es buena, caerá en el descrédito de tales compañeros de trabajo y en lazo del diablo, quien lo habrá atrapado en la esfera de su poder. «Podemos imaginarnos, comenta Hendriksen, el saludo que, a la mañana siguiente a su inmerecida promoción al oficio, le darán los que trabajan con él, al añadir la siguiente exclamación: ¿Qué oímos ahora de ti? ¿De veras te han hecho anciano … a ti?» Un peligro ulterior, que también menciona Hendriksen (una caída más honda en el lazo tendido por el diablo, diría yo), es que tal persona podría endurecerse, y llegar a pensar: «Si, a pesar de mi conducta, todavía he sido designado anciano, seguramente podré salirme con lo que quiera».
Versículos 8–13
Después de detallar las cualidades que deben hallarse en los ancianos o supervisores, el apóstol pasa ahora a tratar de los requisitos que han de hallarse en los diáconos. Recuérdese lo dicho en el comentario a Hechos 6:5, donde ya advertimos que no consta que los diáconos allí mencionados desempeñasen el cargo ministerial que se atribuye a éstos de 1 Timoteo 3:8 y ss. (dígase lo mismo de los mencionados en Filipenses 1:1 que, como los de aquí, desempeñan ministerio de carácter espiritual). Las cualidades que en ellos requiere el apóstol son las siguientes:
1. «Deben ser (v. 8) personas respetables (gr. semnoús, serios, de porte digno)». Su respetabilidad ha de nacer del interior de un corazón lleno del Espíritu Santo, algo que necesitan tanto y más que los siete elegidos en Hechos 6.
2. «Sin doblez de palabra.» La razón por la cual no se menciona este requisito en las cualificaciones de los ancianos es, a mi juicio, muy sencilla: Son precisamente los diáconos, como ministros subalternos de la congregación, los que están (o deben estar) más en contacto con el grueso de la comunidad eclesial y, por eso, les acecha la tentación de querer complacer a varios creyentes, decir una cosa a uno y otra muy diferente a otro, o una cosa a los miembros de la congregación y otra a los ancianos.
3. «No dados a mucho vino» es una expresión que amplifica algún tanto, especificándola bien, la cualificación requerida en el anciano en el versículo 3.
4. «No codicioso de ganancias deshonestas» (lit. vergonzosas), es algo que se menciona aquí, no en el versículo 3 (v. el comentario a dicho versículo). Entre los requisitos de los supervisores, Pablo ha mencionado (v. 3, al final): no avaro (lit. no amigo de la plata). Aquí se refiere a algo peor, en lo que los diáconos, por estar encargados (o deben estarlo) de las finanzas de la congregación, corren mayor peligro. Dice Hendriksen: «El hombre que Pablo tiene aquí en mente es el de espíritu mercenario, que va siempre en busca de riquezas, y ansía aumentar sus posesiones sin atender al método, ya sea correcto o impropio».
5. «Que guarden (v. 9) el misterio de la fe con limpia conciencia.» El misterio de la fe equivale, sin duda, al misterio de la piedad (v. 16). Por tanto, lo que el apóstol requiere de los diáconos es que se adhieran a la sustancia de la fe cristiana con una conciencia limpia, que se esmera en poner por obra la doctrina de la salvación.
6. También exige que sean irreprensibles (v. 10, al final). El vocablo griego (anénkletos) no es el mismo que aparece en el versículo 2 aplicado a los supervisores, pero sí se aplica a éstos en Tito 1:7. El término griego significa literalmente «no acusado de cargo alguno» (comp. con Ro. 8:33: «¿Quién encausará …?»). Es, pues, una persona a quien nadie puede acusar de ningún crimen. Es un requisito para ejercer dignamente el diaconado y, como exige Pablo, deben ser sometidos a prueba primero (v. 10a). Aunque esto no quiere decir que hayan de pasar por un período de tiempo de probación, si que indica el suficiente escrutinio para percatarse de sí el candidato posee o no las cualidades requeridas. Aunque Pablo no menciona aquí lo de «no neófito» (v. 6), es lo más probable que tal requisito vaya implícito en lo de ser sometido a prueba.
7. Como en el caso de los supervisores o ancianos (v. 2b), también a los diáconos exige Pablo (v. 12) que sean maridos de una sola mujer. Con respecto a ellos, pues, vale el comentario al versículo 2.
8. Igualmente repite Pablo para los diáconos (v. 12b) lo mismo que requiere en los ancianos (v. 4): «y que gobiernen bien sus hijos y sus casas». Véase el comentario al versículo 4. Pero el apóstol añade ahora, con un «porque» (v. 13) algo así como una consecuencia, un hecho experimental: «Porque los que han ejercido (lit. ejercieron, en aoristo) bien el diaconado, obtienen para sí una posición (lit. un escalón) honrosa (gr. kalón, excelente, como en el v. 1), y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús». Dos detalles requieren análisis especial:
(A) Lo de «posición» (lit. escalón) se interpreta de varias maneras: (a) como una parte del escalafón que puede llevar al oficio de anciano o supervisor; (b) como un puesto en que el diácono se ha ganado el honor y la estima de la congregación; (c) como una posición delante de Dios. Como dice D. Guthrie, la primera interpretación está fuera de contexto. Scott hace notar que «tornaría ridículas las instrucciones anteriores si ése hubiese de ser el principal atractivo del oficio de diácono». La tercera interpretación tiene alguna probabilidad, pero, como apunta D. Guthrie, «la transición del pensamiento desde las cualificaciones morales a la condición espiritual resulta más difícil que la que requiere la segunda interpretación»; por lo que esta segunda, numerada como (b), es la más probable de las tres.
(B) La «mucha confianza (gr. parrhesían, vocablo que ya hemos visto repetidamente) en la fe que es en Cristo Jesús» es algo que sólo puede entenderse correctamente si se toma fe en sentido subjetivo: la fe que el sujeto ejercita. Esa fe que tiene su objeto central en Cristo Jesús es la que se ve animada, envalentonada (por decirlo así), cuando el diácono tiene conciencia de que ha ejercido su oficio bien.
Hemos dejado para el final de esta sección el versículo 11, por ser como una digresión parentética, dentro de las cualificaciones que se requieren en los diáconos. El hecho mismo de que se halle en medio de dichas cualificaciones es suficiente motivo para ver en estas mujeres, no una especie de diaconisas, sino las mujeres de los propios diáconos. Dos razones principales abonan esta afirmación: 1) el apóstol dedica gran parte del capítulo 5 para hablar de las mujeres que pueden prestar algún servicio en la congregación; 2) si Pablo quisiera referirse a un oficio especial de diaconisas, lo habría puesto aparte y no en medio de los requisitos de los diáconos. La mayoría de los autores, tanto antiguos como modernos, se pronuncian a favor de que sean, efectivamente, diaconisas; pero los mejores, aunque no tan numerosos, comentaristas (entre los que se cuentan Tomás de Aquino, Lutero, Prat, Knabenbauer y J. Jeremías) opinan que se trata de las mujeres de los diáconos, lo cual J. Collantes demuestra con muy buenas razones.
La principal objeción que se ha presentado contra la opinión que defendemos es que, al hablar de los supervisores, Pablo no hace ninguna mención de sus mujeres. Sin embargo, hay, a mi juicio, una razón muy poderosa para que se mencionen las mujeres de los diáconos, y no las de los supervisores, y es que los supervisores ejercen su función en un plano netamente espiritual, elevado sobre las contingencias financieras, de visitación, etc., por lo que sus mujeres hacen bastante con ser buenas amas de casa, aparte del ejemplo especial que han de dar como mujeres de los ancianos; en cambio, las mujeres de los diáconos, por estar éstos más implicados en cosas de orden temporal, han de participar en funciones similares a las de sus maridos y han de comportarse de forma que no perjudiquen a la buena reputación de ellos.
Sea como sea, los requisitos que el apóstol desea en estas mujeres son cuatro: (A) respetables (gr. semnás, el mismo vocablo—en femenino—del v. 8); (B) no calumniadoras (lit. no diablos); (C) sobrias (el mismo vocablo del v. 2) y (D) fieles en todo, es decir, que sean de fiar en todo lo que les pertenece hacer.
Versículos 14–16
En estos versículos, el apóstol viene a exponer los motivos que tiene para dar por escrito las instrucciones precedentes.
1. Dice así en los versículos 14, 15a: «Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que, si tardo, sepas cómo conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente». Conviene hacer aquí las siguientes observaciones:
(A) Hay quienes opinan, basados en el versículo 14, que a Pablo le faltó la necesaria previsión para dar a Timoteo las instrucciones precedentes mientras éste se hallaba todavía en Éfeso, o que Timoteo era todavía tan inmaduro que necesitaba se le diesen estas instrucciones elementales. Por lo que sabemos de otros lugares, ninguna de las dos hipótesis tiene fundamento alguno. Lo más probable es: (a) que Pablo quiera respaldar por escrito, con su autoridad apostólica, instrucciones que, en todo o en parte, había dado ya de palabra a Timoteo; (b) como hace notar Collantes, el apóstol usa el presente («te escribo»), en lugar del aoristo, con lo que quizás se refiere, no sólo a las instrucciones precedentes, sino a todo el contenido de la Epístola.
(B) El texto griego omite el te en el vocablo conducirte (v. 15a), pero, a la vista de la insistente repetición de dicho pronombre, es lo más probable que también aquí haya de suplirse te, en lugar de la expresión indefinida «conducirse».
(C) El apóstol llama a la iglesia «la casa de Dios». Discuten los autores si casa ha de tomarse aquí en el sentido de familia, como en los versículos 4, 5 y 12, o en el sentido de templo espiritual, por lo que añade que es la iglesia del Dios viviente (en contraste con los templos de los ídolos inertes; comp. con 1 Ts. 1:9, 10).
(D) En el original, iglesia no va precedida del artículo, lo que, como dice D. Guthrie, «sugiere que de nuevo se connota primariamente la iglesia local». A mi juicio, esto no tiene por qué decidir el sentido de la última frase del versículo 15.
2. Los epítetos que, en la frase final del versículo 15, pone a la iglesia el apóstol («columna y baluarte de la verdad») han servido para que la Teología de la Iglesia de Roma haya visto aquí un argumento a favor de la infalibilidad de la Iglesia Universal. En el extremo opuesto, Bengel defiende que estas palabras hay que unirlas a lo que sigue (v. 16). Esto, sin embargo, es indefendible, no sólo por la retorcida construcción gramatical que supone, sino, más aún, por el anticlímax (descenso en el énfasis) que produce: «columna … «baluarte … «grande»… Para dar con el correcto sentido de dichos epítetos, es menester tener en cuenta lo siguiente:
(A) Está fuera de toda duda que los epítetos «columna y baluarte de la verdad» (o, si se prefiere, la hendíadis resuelta en «columna sólida de la verdad»), esto es, de la fe cristiana, se refieren a la iglesia, no a Timoteo, por supuesto, ni al «misterio de la piedad» del versículo 16. No hay que perder de vista que Pablo tiene en mente la iglesia local de Éfeso, aunque esto es secundario, ya que las iglesias locales no son partes de un todo más amplio que las complete, sino células en que el misterio y la misión del Cuerpo de Cristo brotan y se desarrollan en plenitud, sin depender de las demás comunidades cristianas, aunque deben guardar con ellas la unidad de fe y de práctica que caracterizan al Camino, según se describe a la Iglesia en Hechos.
(B) Que la Iglesia sea columna sólida de la fe cristiana no puede significar en modo alguno que una iglesia local, ni todas juntas, disponga de un carisma especial de «infalibilidad», según reclama la Iglesia de Roma para sí. Y esto por las siguientes razones:
(a) Tanto la Historia de la Iglesia como la propia Escritura muestran abundantemente que ninguna comunidad cristiana ha demostrado ser infalible, sino que todas se han equivocado gravemente más de una vez, hasta llegar a enseñar doctrinas contradictorias entre sí.
(b) Es totalmente antibíblico, contrario enteramente a la propia mentalidad paulina, el que sea la Iglesia la que garantice de modo infalible la verdad de la fe, cuando es la verdad revelada la que ha de garantizar, no la infalibilidad, sino la fidelidad de las iglesias.
(c) La única interpretación que hace justicia, tanto al texto presente, como al contexto general de las Escrituras, es que la iglesia, cada comunidad de fieles cristianos, tiene el privilegio y la responsabilidad de mantener en alto la verdad del Evangelio para su propia edificación y para su proclamación a todas las gentes. Dice D. Guthrie: «Es importante percatarse de que, en el griego, no aparecen artículos ni con “columna” ni con “baluarte”, y esto debe ser considerado como hecho intencionadamente. Un edificio necesita más de una columna y Hort tiene, sin duda, razón al suponer que aquí se tiene en cuenta a “cada comunidad (society) viva de cristianos”».
3. En el versículo 16, el apóstol describe el «misterio de la piedad» con seis concisas frases, estructuradas de tal forma que, según opinión común, formaban ya algo así como un himno en la primitiva Iglesia; ésa es también la razón por la que aparece en nuestras versiones de ese modo. Conviene dar primero el texto del versículo lo más literalmente posible: «Y, confesadamente (esto es, por confesión unánime), grande es el misterio de la piedad: El cual (en masculino, según importantes MSS; en neutro, concertando con “misterio”, según muchos otros MSS) fue manifestado en carne; fue justificado en Espíritu; fue visto por los ángeles; fue proclamado entre los gentiles; fue creído en (el) mundo; fue recibido arriba (el mismo verbo de Hch. 1:11b) en gloria».
(A) Antes de entrar en el análisis del texto, es preciso hacer las siguientes observaciones: (a) Como puede verse, en el original falta el sujeto expreso de todos los verbos (en aoristo) que siguen. (b) El misterio de la piedad es, sin duda, equivalente al misterio de la fe del versículo 9. El misterio se refiere, pues, al Cristo personal, no al Cristo espiritual, místico (la Iglesia), según intenta demostrar Bullinger, quien alega que «de lo contrario, los tres últimos hechos al final del versículo están fuera de orden». Contra esto está, en primer lugar, lo sumamente extraño que resultaría, en este punto, presentar, con un aoristo proléptico, el futuro arrebatamiento de la Iglesia; en segundo lugar, Pablo usa aquí el mismo verbo de Hechos 1:2, 11, muy distinto del de 1 Tesalonicenses 4:17, donde menciona el arrebatamiento; en tercer lugar, estamos (con la mayor probabilidad) ante la cita parcial de un himno, donde no ha de extrañar que se den estas aparentes anomalías (falta de orden cronológico, ausencia de elementos doctrinales tales como la muerte y la resurrección del Señor); y, en cuarto lugar, lo de «fue manifestado
en carne», además de cuadrar mal con una alusión al Cuerpo espiritual de Cristo, guarda gran semejanza con el «ha venido en carne», atribuido expresamente a Jesucristo en 1 Juan 4:2.
(B) Tras de estas observaciones, podemos entrar ya en el análisis de las seis frases que describen compendiosamente «el misterio de la piedad»:
(a) «Fue manifestado en carne». Aunque «Dios» aparece a la cabeza de esta frase en gran número de MSS menos importantes, más bien parece desafortunado relleno de copistas, pues en la mente de Pablo y, en especial, en este contexto, resulta inaudita la idea de Dios Padre (gr. Ho Theós, sin más) manifestado en carne. Todavía es menos probable si va sin artículo, como figura en la casi totalidad de dichos MSS menos importantes, pues tendríamos Theós, ¡sin artículo! como sujeto de la oración, cosa impensable tratándose de una persona. Sólo pueden entenderse, pues, si se refiere a Cristo Jesús, aunque no aparezca tal nombre, debido, sin duda, a que Pablo no cita el himno entero. La verdad que aquí se nos presenta es la misma que tenemos, de un modo u otro, en Juan 1:1, 14; 2 Corintios 8:9; Gálatas 4:4; Filipenses 2:5– 11.
(b) «Fue justificado en el Espíritu (o espíritu)» (lit.). Esta frase puede entenderse de dos maneras: primera, entender por «Espíritu» (con mayúscula) la persona del Espíritu Santo, querría decir que Cristo fue vindicado por el Espíritu Santo (comp. con Jn. 16:10); segunda, entender por espíritu (con minúscula) la esfera (opuesta a la carne) en que Cristo fue justificado, o vindicado, en el sentido en que leemos, en Romanos 1:4, «declarado Hijo de Dios con poder». Esta segunda interpretación es preferible por el doble paralelismo de la preposición griega en y de la antítesis «carne-espíritu».
(c) «Fue visto por los ángeles» resulta, para muchos, una frase oscura. Sin embargo, no cabe duda de que, una vez mencionada, en el contexto próximo anterior, la resurrección del Señor, este otro miembro alude a pasajes como Mateo 28:2–7; Marcos 16:5–8; Lucas 24:4–7 y Juan 20:12, 13. Para ver el interés de los ángeles en el misterio de la piedad, basta con leer, además de los lugares citados, Lucas 2:9–14; Mateo 4:11 (siguiendo así el orden cronológico); Hechos 1:10, 11. Véase también el interés que muestran en conocer todo el programa divino de redención (1 P. 1:12). Así opina W. Hendriksen, a cuya opinión nos adherimos.
(d) «Predicado (lit. proclamado) entre los gentiles». Esto sigue naturalmente al hecho de la resurrección de Cristo, pues fue entonces cuando el Señor comisionó a los discípulos reunidos en el monte de la Ascensión para que hiciesen discípulos de entre todas las naciones (Mt. 28:19), donde el vocablo griego éthne es el mismo de aquí.
(e) «Creído en el mundo» viene a ser la contraparte de la proclamación del misterio: esta proclamación tuvo acogida en el mundo, entre toda clase de personas de toda tribu, nación y raza. Algunos, entre ellos Bullinger, toman esto como el resultado final de la proclamación del Evangelio en la presente dispensación. Sin embargo, estoy de acuerdo con D. Guthrie cuando dice: «Pero quizá no indica otra cosa que el hecho de que el proclamado Mesías es recibido por fe en esta esfera del mundo (usado aquí el vocablo sin connotación moral), en contraste con la ascensión en gloria con que concluye el himno».
(f) «Recibido arriba en gloria» se refiere a la ascensión al cielo. El verbo griego analambáno, que aquí aparece en aoristo de la voz pasiva, es aplicado a la ascensión del Señor, además de aquí, en Marcos 16:19 y Hechos 1:2, 11, 22. El nombre de la misma raíz, análempsis, se aplica también a la ascensión de Cristo en Lucas 9:51.
(C) Sólo resta por observar la simetría del himno en esta porción: La frase primera («manifestado en carne») empalma con la cuarta y quinta—las analizadas en las letras (d) y (e)—, mientras que la segunda frase («justificado en el espíritu») empalma con la tercera y la sexta—las analizadas en las letras (c) y (f)—. Un amplio estudio de esta simetría puede verse en el comentario de W. Hendriksen.
4. La razón por la que Pablo se ha detenido a declarar todo esto, sin aparente conexión con el versículo 15, no puede ser meramente que su pensamiento le haya llevado a ello después de mencionar «la verdad», esto es, la fe cristiana, sino que deliberadamente ha descrito el núcleo del misterio de la piedad, a fin de que Timoteo lo tenga en cuenta para conducirse como es debido y para saber cómo ha de tratar a los que enseñan doctrinas heterodoxas (1:3–7; 4:1 y ss.). Así, el empalme con el capítulo 4 resulta más suave.
En este capítulo, I. el apóstol describe la inminente apostasía en su carácter siniestro (vv. 1–5). II. Le dice a Timoteo cómo debe portarse en tales circunstancias: 1. nutriéndose con la buena doctrina y ejercitando la piedad (vv. 6–13); 2. ejercitando el don que le fue conferido (vv. 14–16).
Versículos 1–5
1. La conjunción adversativa suave de con que se establece la conexión con el capítulo precedente puede cómodamente suprimirse, como hace la NVI. En realidad, dicha conjunción marca aquí cierto contraste con lo que Pablo acaba de decir acerca del misterio de la piedad. Ese contraste aparece, del modo más claro, en el versículo 7.
2. El apóstol describe el contenido de la apostasía en los versículos 1–3, y refuta el fundamento gnóstico-maniqueo que subyace a las falsas doctrinas de los seudodoctores en los versículos 4 y 5.
3. Comienza diciendo (v. 1): «El Espíritu dice claramente que, en los últimos tiempos, algunos abandonarán la fe e irán en pos de espíritus engañadores y de enseñanzas propias de demonios» (NVI). Veamos:
(A) El ministerio del Espíritu Santo en revelaciones de tipo apocalíptico se pone de relieve con ese
«dice claramente (o expresamente) …», ya que al presente continuativo griego léguei añade el adverbio rhetós, expresamente, sin vaguedad de ninguna clase. En Hechos 20:29, 30, el apóstol había advertido a los ancianos de Éfeso lo que él sabía que iba a suceder sin tardar mucho. En Colosenses 2:16–23, había vuelto a la carga, porque el error gnóstico-judaico se estaba introduciendo. Ahora lo expone en todo su siniestro carácter.
(B) Los últimos tiempos (comp. con 1 Jn. 2:18) no son los días anteriores al Juicio Final, sino, como ya hemos dicho en otras ocasiones, representan todo el espacio de tiempo entre la Primera y la Segunda Venidas del Señor, especialmente desde el momento en que se presenta una oposición cerrada contra Cristo y contra el cristianismo. Por eso, dice 1 Juan 2:18b: «aun ahora han surgido muchos anticristos». En realidad, «Pablo vuelve aquí a su ataque contra la herejía» (Ryrie).
(C) Inspirado por el Espíritu, Pablo dice que algunos apostatarán (gr. apostesóntai, de donde se deriva apostasía) de la fe; es decir, se apartarán definitivamente de la doctrina ortodoxa cristiana. El verbo griego es mucho más fuerte que el empleado en 1:6 para «desviándose» y hasta más que el usado en 1:19 para «naufragar».
(D) Pablo atribuye la causa de esta apostasía a que los aludidos en el pronombre indefinido «algunos», están escuchando (participio de presente) o, más literalmente, se están adhiriendo (el mismo verbo de 1:4 y 3:8) a espíritus engañadores (comp. con 1 Jn. 4:6) y a doctrinas de demonios. No se trata de dos agencias distintas del error, sino a una sola, y pone de relieve, la primera frase, la enseñanza, y la segunda, los maestros del error, ya que, en último término, los falsos doctores humanos enseñan doctrinas inspiradas por los demonios (comp. con Ef. 6:11, 12).
4. Continuando con la exposición de tales falsas enseñanzas (vv. 2, 3), dice Pablo de los falsos maestros humanos, inspirados por los demonios: «Que están hablando mentiras con hipocresía, habiendo cauterizado su propia conciencia, que están prohibiendo casarse (y están mandando) abstenerse de alimentos que Dios creó para tomarse con acción de gracias por parte de los fieles y de los que han conocido plenamente la verdad» (lit.). En esta versión literal del pasaje, vemos que:
(A) Estos falsos maestros, inspirados por los demonios, hablan de continuo mentira con hipocresía. Esto significa que ocultan la falsedad con capa de verdad y de sinceridad; introducen el veneno al aparentar que dicen la verdad y que buscan el bien de los oyentes (comp. con Gn. 3:1–5, donde se escucha al consumado Maestro de la mentira, así como con Jn. 8:44; Ef. 4:14).
(B) Mediante el uso del participio de pretérito perfecto («habiendo cauterizado …»), cronológica y lógicamente anterior al participio de presente «que hablan mentiras …», el apóstol da a entender que la desvergüenza con que los falsos doctores enseñan el error se debe a que, de antemano, han tornado insensible su propia conciencia. El verbo kausteriázo que aquí usa Pablo (y es la única vez que ocurre en todo el Nuevo Testamento) significa quemar, aplicar un hierro ardiente, ya para curar una herida que tarda en cicatrizar, ya para marcar a un esclavo o un animal, e indicar así quién es su dueño. En este último caso, la marca indicaría que el dueño de tales falsos maestros es el diablo. Pero la metáfora cuadra mejor aquí con el sentido de hacer insensible la propia conciencia, e impidir así que reaccione debidamente ante el vicio y el error. Dice Hendriksen: «Han llegado así al punto en que la conciencia ya no les incomoda por más tiempo».
(C) Entre las falsedades que enseñan está la de prohibir casarse. El gnosticismo, cuyos principios fundamentales estudiaremos en la introducción a la primera Epístola de Juan, sostenía que la materia era de suyo mala éticamente; por tanto, lo perteneciente a la materia, como lo es la procreación, es indigno de una persona «espiritual». Dos siglos más tarde, surgió de la misma raíz el maniqueísmo, con las mismas tendencias ascéticas falsas. La ascética que, hasta hace pocos años, se ha enseñado y practicado, desde los primeros siglos, en la Iglesia de Roma, contiene resabios maniqueos, por lo que, aun cuando el matrimonio ha sido tenido por legítimo, y hasta como sacramento, el celibato se ha considerado como grado de mayor espiritualidad e impuesto así a todos los aspirantes al sacerdocio, y aun al diaconado y subdiaconado, en las comunidades de rito latino. Esto tiene, pues, cierto tinte de la falsa doctrina que el apóstol ataca aquí.
(D) Otra de las falsedades que estos maestros, inspirados por los demonios, enseñaban era la prohibición de ciertos alimentos. Este es el sentido del original, aunque la construcción gramatical desconcierta a primera vista, por lo que las versiones suplen las palabras que hemos puesto entre paréntesis («y están mandando»). Aquí se echan de ver elementos de tipo judaico, como los que vimos en Colosenses 2:16–23.
5. El apóstol hace ver a continuación (vv. 3b–5) que esta última prohibición, no sólo no sirve para fomentar la espiritualidad del creyente, sino que es contraria a la voluntad de Dios.
(A) «Dios creó, dice, dichos alimentos (v. 3b) para que sean tomados con acción de gracias por los fieles y que han conocido plenamente la verdad». Compárese con Romanos 14:6; 1 Corintios 10:30, 31 y el versículo 4b de este mismo capítulo, para ver la constante enseñanza del apóstol acerca de esto (v. en Mr. 7:19). Todo es bueno, con acción de gracias, para la gloria de Dios, en quienes son creyentes. Sin embargo, el apóstol usa el adjetivo pistós, que propiamente significa fiel: el creyente de quien Dios puede fiarse. Por eso añade, uniéndolos con un solo artículo (con lo que viene a mostrar que se trata de las mismas personas): «y que han conocido plenamente la verdad». No se les puede tachar, pues, de ser «poco espirituales».
(B) El apóstol prosigue su argumentación, y acumula razones en la misma línea que ha trazado en el versículo 3b, y dice ahora (v. 4): «Porque todo lo que Dios creó es bueno (comp. con Gn. 1:31), y nada es de desecharse si se toma con acción de gracias», es decir, si se reconoce que es don de Dios (v. Stg. 1:17). Como traduce, un poco libremente, Moffatt, «nada es tabú». El adjetivo que Pablo usa aquí para «desechable» (apóbleton) sale únicamente aquí en todo el Nuevo Testamento. De este modo ataca el apóstol en su raíz el principio gnóstico-maniqueo de que la materia es mala y, por tanto, que no fue creada por el Dios bueno.
(C) Extraña, a primera vista, la razón cumulativa que Pablo añade en el versículo 5: «porque es santificado mediante la palabra de Dios y la oración». El apóstol no quiere decir, con esto, que los alimentos prohibidos por los falsos maestros necesiten una especie de purificación para ser tomados por un creyente, sino que, con la acción de gracias, son elevados desde el plano meramente secular al rango de actividades santas (comp. con 1 Co. 10:31), como han de serlo todas las actividades cotidianas del creyente (v. Ro. 12:1, 2). «La palabra de Dios y la oración» se ha de entender aquí como una hendíadis; como opinan unánimemente los autores, Pablo se refiere aquí a lo que llamamos «bendición de la mesa», que el cristianismo heredó del judaísmo, y en la que los creyentes oran a Dios con frases bíblicas, sacadas de la Palabra, para que bendiga los alimentos.
Versículos 6–13
En estos versículos, el apóstol exhorta a Timoteo a nutrirse de la buena doctrina y a ejercitarse en la piedad.
1. «Si sugieres dice (v. 6), esto a los hermanos, serás buen ministro (gr. diákonos) de Cristo Jesús, nutriéndote (participio de presente continuativo) con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido» (pretérito perfecto; algo que comenzó en el pasado y continúa ejerciendo su efecto).
(A) De aquí vemos que, como ministro del Señor, Timoteo tenía la grave obligación de advertir a los hermanos contra los peligros que se cernían sobre las comunidades cristianas. En el vocablo «hermanos» están incluidos, por supuesto, los líderes de las iglesias; el vocablo mismo da a entender que estas instrucciones habían de ser dadas, no como las daría un amo a sus criados, sino como las debe dar un hermano mayor a sus hermanos. Un «ministro excelente» (gr. kalós), como dice Hendriksen, «es el que, con devoción amorosa hacia su tarea, hacia su pueblo y, sobre todo, hacia su Dios, advierte contra las desviaciones de la verdad y muestra cómo hay que habérselas con el error».
(B) Pero de la misma manera que los padres con los hijos (v. Ef. 6:4), así también el pastor ha de estar primero bien nutrido él mismo de la buena doctrina antes de poder impartirla a los demás. «Las palabras de la fe y de la buena (gr. kalés, excelente) doctrina» son unas mismas, e indican «fe» su condición de reveladas, o inspiradas, por Dios y, por tanto, dignas de fe, mientras que «doctrina» se refiere a su contenido.
2. Por una parte, Timoteo debe nutrirse de la buena doctrina; por otra, debe rechazar, desechar con enojo, las fábulas profanas y propias de viejas (v. 7a). En lo de «profanas» se contrasta su condición con
«las palabras de la fe», que son sagradas; y en lo de «cuentos propios de viejas», se indica, como escribe Cicerón, su futilidad: «no merecen ninguna atención».
3. De la doctrina, pasa el apóstol (vv. 7b, 8), a la práctica: «Ejercítate en (gr. pros, en relación con) la piedad. Pues el ejercicio corporal es de un valor reducido (gr. pros olígon, para poco), pero la piedad es útil para todo, pues tiene promesa de la vida, tanto para el presente como para el porvenir» (NVI). Obsérvese lo siguiente:
(A) El ejercicio corporal que aquí menciona Pablo no se refiere a una ascesis de tipo gnóstico (ayunos, penitencias, etc.), sino a los ejercicios propios de atletas, como el mismo vocablo griego (gumnasía, de donde procede «gimnasia») indica claramente.
(B) Nótese bien que Pablo no dice que los ejercicios gimnásticos no sirvan para nada; eso sería falso. Él mismo, con sus constantes símiles tomados de los juegos olímpicos, da a entender que servían para estar en forma en cuanto a la salud corporal (v. por ej., 1 Co. 9:25). Lo que quiere decir es que, comparado con la piedad, es poco (aunque algo) para lo que sirve, ya que todo lo corporal es de condición terrestre y temporal.
(C) En cambio, la piedad, dice Pablo, para todo aprovecha; y da como razón que «tiene promesa de la vida, tanto para el presente como para el porvenir». Por «vida» ha de entenderse la vida eterna, que se obtiene y desarrolla ya en el presente y se consuma en el porvenir. Al decir que «aprovecha para todo», en todas direcciones, el apóstol indica, aun cuando no lo dice explícitamente, que la piedad aprovecha también para la salud corporal. Dice J. Collantes: «Tiene su cortejo de bendiciones y promesas aun en esta vida temporal, como son, por ejemplo, el dominio de las pasiones, la consiguiente paz y libertad de espíritu que de ello se deriva, la salud corporal alimentada con la frugalidad y la ausencia de todo exceso, la alegría espiritual de la buena conciencia, la quietud en la victoria de los deseos». Y, al citar a Plummer, añade: «Cada uno de nosotros debe aplicarse esta palabra; jamás nos persuadiremos bastante de que la piedad es útil para todo, que es lo más real y más práctico que hay, una bendición permanente y universal».
4. El versículo 9 repite al pie de la letra la primera frase de 1:15. La conjunción «porque», con la que comienza el versículo 10, y la ausencia de enseñanzas de fondo teológico en los versículos 10 y ss., favorecen a la opinión de que el versículo 9 debe conectarse con lo que precede, no con lo que sigue.
5. Al continuar con la metáfora de los ejercicios gimnásticos o deportivos, el apóstol dice a continuación (v. 10): «Porque para (gr. eis, en dirección a) esto nos fatigamos y luchamos, pues hemos puesto nuestra esperanza en Dios vivo (comp. con 1 Ts. 1:9), que es Salvador de todos los hombres, sobre todo de los fieles» (lit.). Algunos MSS leen oneidizómetha, sufrimos reproches, en lugar de agonizómetha, luchamos, pero esta última lectura tiene el apoyo de los MSS más importantes y cuadra mejor con el contexto. ¿En qué sentido es Dios Salvador de todos los hombres? D. Guthrie y, especialmente, W. Hendriksen (quien diserta ampliamente sobre esta frase) opinan que, en esta frase,
«Salvador» equivale a «Preservador», según el sentido que tiene, en numerosas ocasiones, en el Antiguo Testamento (versión de los LXX), donde también aparece en el sentido de «Libertador»; según estos autores, en la segunda frase (implícitamente), adquiere su pleno sentido de «Salvador». Con J. Collantes, opino que el sentido de «Salvador» es el mismo en los dos miembros:
(A) Porque, en el Nuevo Testamento, el vocablo Soter siempre significa lo mismo en las 24 veces en que dicho vocablo ocurre.
(B) Porque desea sinceramente que todos los hombres (sin excepción; v. el comentario a 2:4) sean salvos y a todos provee de los medios que conducen a la salvación, aunque no todos se aprovechen de ellos.
(C) Esto es suficiente, contra la argumentación de Hendriksen, para que se le pueda llamar «Salvador de todos los hombres» (comp. con «Salvador del mundo», en Jn. 4:42), pues no se le puede atribuir a Él la condenación de los que no aceptan la salvación (v. Jn. 3:17–21, por ej.). Por supuesto, es Salvador, de un modo muy especial (gr. málista, máxime), de los creyentes, puesto que en éstos la aplicación de la salvación ha surtido efecto perfecto.
6. En el versículo 11, el apóstol, consciente de la importancia de todo lo que le viene diciendo a Timoteo, se detiene un momento para llamarle la atención: «Esto manda (verbo de tono militar) y enseña» (comp. con 1:3). Puede advertirse en estas frases cierta indicación de la timidez de Timoteo, por lo que necesitaba esta enérgica instrucción por parte del apóstol. El contexto posterior lo confirma.
7. Tras estas frases concisas, cortantes, el apóstol instruye a Timoteo sobre el modo de superar el complejo que un ministro joven puede sentir frente a líderes veteranos y de mucha mayor edad (vv. 12, 13): «Que nadie te tenga en menos por ser tan joven, pero sé modelo para los creyentes, tanto en tus palabras como en tu conducta, en el amor, en la fe y en la pureza. Hasta que yo llegue, dedícate a leer en público la Escritura, a predicar y a enseñar» (NVI). Estudiemos en detalle este versículo:
(A) Se calcula que, cuando Pablo escribía esto, Timoteo estaba entre los 34 y los 38 años de edad. En aquellos tiempos, toda persona menor de 40 años era tenida por joven. La mayoría de los ancianos de Éfeso (quizá todos) eran lo bastante mayores para figurar como líderes de la iglesia. Además, Timoteo había sido hasta ahora una especie de «coadjutor» del apóstol. A muchos de dichos ancianos, Timoteo se les antojaría un jovenzuelo que venía con humos ¡a mandar y enseñar! Por eso Pablo le dice que no se deje tener en menos; ése es el sentido de la frase. Por cierto, y esto es absolutamente necesario para entender bien lo que eso significa aquí, la juventud no es la de cualquier miembro joven de la iglesia, sino la de Timoteo como anciano o líder de una congregación. ¡No saquemos de su contexto las frases de la Biblia!
(B) El mejor modo de compensar el posible complejo de inferioridad no es, según el apóstol, que Timoteo se imponga con actitudes de dominio, sino con el ejemplo (gr. túpos, figura, en sentido de modelo): «sé modelo para los creyentes, tanto en tus palabras como en tu conducta» (NVI). Especifica tres virtudes: amor (consideración hacia los demás), fe (probablemente, en sentido de fidelidad o lealtad) y pureza (abstención de todo lo que mancha; no sólo lo sexual). El vocablo espíritu no aparece en ningún MSS de importancia y debería ser borrado de nuestras versiones.
(C) Igualmente le exhorta Pablo a que se dedique, de modo especial, a la lectura en público de los pasajes, previamente seleccionados, de las Escrituras, así como a la exhortación y a la enseñanza, en las que consiste principalmente el culto de edificación de la iglesia. Dice J. Collantes: «La enseñanza (didaskalía) era la exposición doctrinal del texto bíblico en su genuino significado, con todas las consecuencias prácticas de él derivadas, sin aberraciones extrañas (1:3), que merecían el duro apelativo de cuentos de viejas (4:6)».
Versículos 14–16
Continúa el apóstol con su exhortación a Timoteo, pero ahora va a introducir un nuevo elemento con el que espolearle a desempeñar su ministerio.
1. «No descuides, le dice (v. 14), el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con imposición de las manos del presbiterio» (lit.) Analicemos este importante versículo, que ha dado ocasión a la Iglesia de Roma (lo mismo que 2 Ti. 1:6) para apoyar su concepto sacramental del ministerio específico.
(A) El apóstol expresa mediante una negación («no descuides») lo mismo que dirá mediante una afirmación («que reavives») en 2 Timoteo 1:6, pues se refiere a lo mismo. No descuidar, pues, equivale aquí a usar.
(B) El don (kharísmatos) pertenece, como lo indica el vocablo griego, a los carismas que el Espíritu Santo imparte para el bien de la comunidad eclesial, como los vemos en 1 Corintios, capítulos 12 y 14. No se trata, pues, de la kháris o gracia salvífica que se otorga para provecho directo del individuo, sino del khárisma o don que el Espíritu otorga para beneficio directo de la comunidad, y que puede hallarse aun en individuos que ellos mismos no son salvos. El caso de ministros de Dios no salvos se ha dado, y se da, en todas las épocas de la Iglesia. al no tratarse de pecadores notorios (que habrían de ser puestos fuera de comunión), muchas veces predican y actúan correctamente, por lo que hay que obedecer y someterse, no a ellos, sino a la Palabra que predican (comp. con Mt. 23:3).
(C) Pablo añade que este don, que le capacitaba para el ministerio, le fue dado mediante profecía (comp. con 1:18), es decir, mediante testimonio de profetas, como en el caso de Hechos 13:1–3, que, por inspiración del Espíritu Santo, declararon el llamamiento de Dios para que el joven Timoteo fuese promovido al ministerio específico.
(D) La inducción (mejor que «ordenación», que suena a sacramento) al ministerio le fue conferida acompañada de un rito simbólico: «con (gr. metá) imposición de las manos del presbiterio». Para el significado de la imposición de las manos, véase el comentario a Hechos 6:6. El «presbiterio» significa el cuerpo de ancianos (gr. presbúteros) que intervinieron en la inducción de Timoteo. En 2 Timoteo 1:6, Pablo menciona únicamente la imposición de sus propias manos. Ello no significa, como algunos opinan, que se trate de un acto distinto, sino simplemente que Pablo fue el principal oficiante, por lo que usa allí la preposición griega diá, mediante (con genitivo), mientras que aquí usa metá, con lo que insinúa que el cuerpo de ancianos había acompañado a Pablo en este rito simbólico.
2. Después de hacerle a la memoria aquel acto tan significativo, el apóstol continúa (vv. 15 y 16) con sus exhortaciones.
(A) Al «no descuides» (gr. me amélei, de donde viene «Amelia»), el apóstol contrapone ahora (v. 15):
«Ocúpate (gr. meléta) en estas cosas. permanece (lit. sé, en sentido de estar) en ellas». Traduce Collantes: «Aplícate en estas cosas; pon tus cinco sentidos en ellas». Algo libre, pero muy expresivo.
¿Qué cosas son esas? Sin duda, todas las que ha mencionado en los versículos anteriores, desde el versículo 7, pero especialmente las del versículo 13, que son las más próximas en el contexto.
(B) Continúa diciendo (v. 15b): «a fin de que tu progreso sea manifiesto a todos» (lit.). Cuando un creyente, y en especial un líder de iglesia, un predicador de la Palabra, progresa espiritualmente mediante el estudio cordial de las Escrituras y la práctica de las virtudes cristianas, ese progreso no puede quedar oculto, sino que se manifiesta a vista de todos. ¿Qué mejor modo de superar limpiamente el posible complejo inicial que un joven ministro de Dios pueda sentir al comienzo de su ministerio?
(C) Termina el capítulo con una nueva insistencia del apóstol sobre lo mismo (v. 16): «Vigila de cerca tu conducta y tu enseñanza. Persevera en todo ello, porque, si así lo haces, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» (NVI). Dice Hendriksen: «Una vida santa y una enseñanza sana han de ir juntas, si Timoteo (o, en cualquier caso, un representante del apóstol, un ministro o un anciano, etc.) ha de servir de bendición». Ambas cosas han de ser constantemente objeto de su preocupación, pues el influjo que ejercen es de la máxima importancia para la vida espiritual del propio ministro de Dios, no menos que para los que han sido encomendados a su cargo: «te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen». La salvación inicial es por gracia mediante la fe (Ef. 2:8); pero, como vimos no hace mucho (v. el comentario a 2:15), la salvación es un proceso que se prolonga durante toda la vida (comp. con Fil. 2:12) hasta la consumación en la gloria. Comenta D. Guthrie: «El peligro de descuidar la propia salvación es mayor en el ministro cristiano que en otros, y aun el apóstol Pablo mismo podía temer el ser descalificado después de haber predicado a otros (1 Co. 9:27)». En efecto, todo lo que el predicador lee, oye o estudia, tiende instintivamente a orientarlo, no a su propio aprovechamiento espiritual, sino a lo que ha de predicar, y cómo lo ha de predicar, a los demás, con lo que corre el peligro de servir únicamente de canal, sin llegar a convertirse en depósito.
En este capítulo, el apóstol da instrucciones a Timoteo sobre el modo de comportarse I. con los ancianos y los jóvenes (vv. 1, 2); II. con las viudas (vv. 3–16); III. con los ancianos de la iglesia (vv. 17– 20); IV. consigo mismo (vv. 21–25).
Versículos 1–2
Estos dos versículos son un hermoso compendio de urbanidad cristiana. Dicen así a la letra: «Al anciano (en edad) no reprendas con dureza, sino exhórtale como a un padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las más jóvenes, como a hermanas en toda pureza». Si al tratar con un hermano o con una hermana, de más o de menos edad que uno, tuviésemos presente lo de considerarles como a nuestro padre, nuestra madre, nuestro hermano o nuestra hermana, la forma en que los trataríamos sería muy diferente. Ya Platón hacía un consideración tan parecida, que Pablo pudo haberla tenido en mente al escribir estos versículos. Al llegar a las jóvenes, Pablo añade lo de «con (lit. en) toda pureza», por el mayor peligro que entraña el trato con jovencitas, de viva emocionalidad. El hecho de que los contactos personales con los ministros del Señor se desarrollen con ocasión de materias espirituales, en lugar de aliviar, agrava la situación, pues el afecto espiritual es la santa excusa que el diablo aprovecha para inducir al amor carnal, mientras que el más remoto asomo de vergüenza basta para resistir una tentación carnal descarada.
Versículos 3–16
Pablo dedica esta larga sección al modo como Timoteo debe tratar a las viudas de la congregación.
De ellas, las hay que pasan necesidad (vv. 3–8), otras que están al servicio de la iglesia (vv. 9, 10) y otras, en fin, que, por ser jóvenes, están expuestas a especiales peligros (vv. 11–16).
1. Pablo comienza diciendo (v. 3): «Honra a las viudas que en verdad lo son», es decir, que están destituidas de todo apoyo financiero y que, por tanto, merecen especial consideración por parte de la iglesia. Como parafrasea Easton, citado por Guthrie, «Trata la pobreza, no como algo despreciable, sino como algo que merece honor». Ya en el Antiguo Testamento, las viudas y los huérfanos son objeto constante de la atención de Dios. Santiago 1:27 refleja bien esta mentalidad judía. En la Iglesia primitiva, fue precisamente el descuidar a ciertas viudas lo que provocó el nombramiento de los primeros diáconos (Hch. 6:1–6). Pero la exhortación de Pablo no es imprecisa en ningún momento:
(A) Ya ha declarado implícitamente, con la frase «viudas de verdad», que se trata de las que no tienen ningún apoyo económico, pues carecen de medios propios, así como de parientes próximos que dispongan de los suficientes medios para asistirlas.
(B) Pero inmediatamente cita el caso de las que tienen hijos o nietos (v. 4); se entiende, con medios suficientes para proveerlas del necesario sustento. La iglesia no tiene por qué cargar con los gastos que requiere la manutención de tales personas: «Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios (v. en 2:3 una frase sumamente parecida a ésta)». Vemos, pues, que los próximos descendientes de una persona son los que tienen obligación de mirar que a sus progenitores necesitados no les falte el sustento; la piedad, dice el apóstol, ha de comenzar por la propia familia. Dice «piedad», en lugar de «compasión» o de «generosidad», porque el quinto mandamiento del Decálogo pertenece a la primera tabla, que tiene que ver con la piedad, pues los padres han sido instrumentos de Dios en nuestra procreación. José habría de servir de ejemplo (v. Gn. 45:3, 9–13; 46:28–34; 47:7, 27–31; 50:1–14). Es curioso hallar aquí el griego amoibás (plural de intensidad), única vez que tal vocablo sale en el Nuevo Testamento, y del que procede el castellano «ameba», el cual significa «cambio» o «retorno», para dar a entender que lo que los hijos dan a los padres es sólo un pequeño retorno de lo que los padres dieron a los hijos. Dice bien un proverbio holandés, citado por W. Hendriksen: «Con frecuencia, parece más fácil para un padre pobre criar diez hijos, que para diez hijos ricos proveer para un padre pobre».
(C) El apóstol continúa (v. 5) describiendo a la viuda de verdad: «la que en verdad es viuda y ha quedado sola». De esta dice, que «ha puesto su esperanza en Dios y persevera en súplicas y oraciones noche y día». Nótese el orden invariable (comp. con 1 Ts. 2:9; 3:10; 2 Ti. 1:3) de «noche y día», nunca viceversa, puesto que, para un judío, el día comenzaba a la puesta del sol. Este orden es tenido ya en cuenta en Génesis 1:5, y de allí en adelante. Con la descripción que hace Pablo de esta «viuda de verdad», da a entender suficientemente que de esta clase de viudas es de las que ha de preocuparse la congregación para que no les falte lo necesario.
(D) A la viuda de verdad, contrapone el apóstol a continuación (v. 6) la que no es genuina, «la viuda alegre», como dice Hendriksen al citar una frase ya clásica, desde el título de la famosa opereta de F. Lehar. El verbo spalatáo, que Pablo usa aquí (comp. con Stg. 5:5), indica una vida regalada, aun cuando no sea escandalosa. Dice J. Collantes: «Esas viudas buscan en las frivolidades mundanas la compensación a su soledad». El apóstol las llama «muertas en vida»: muertas espiritualmente, como cadáveres dentro de la iglesia, a la que se han acogido con una falsa profesión de fe, «quizás, como dice Hendriksen, para cazar una buena pieza».
(E) En el versículo 7, el apóstol urge a los hijos y nietos del versículo 4 a cumplir con su obligación, y a las viudas descritas en el versículo 6 a que se comporten como las del versículo 5, a fin de que unos y otras sean irreprensibles (gr. anepílemptoi, el mismo vocablo de 3:2 y 6:14), es decir, que no den ocasión a nadie para que pueda criticarles.
(F) Hay quienes piensan que el versículo 8 está desplazado de su verdadero lugar y que habría que colocarlo después del versículo 4. Pero el testimonio unánime de los MSS está a favor del orden que aparece en el texto y, además, el contenido del versículo 8 se aplica mejor a dichas viudas frívolas que a los hijos o nietos del versículo 4. ¿Para qué una repetición del ya lejano versículo 4? Lo que aquí da a entender el apóstol es que tales viudas frívolas (las del v. 6), sin negar que el versículo tenga aplicación para los del versículo 4, al emplear su dinero en frivolidades mundanas, están descuidando proveer para los suyos, especialmente para los de su casa, esto es, los familiares más próximos, como en el versículo
4. Todos ellos, los que no cumplen con este deber primordial hacia los suyos, entran dentro de la fuerte condenación del apóstol: «ha negado la fe, y es peor que un incrédulo».
(a) En efecto, «ha negado la fe», porque con sus malas obras ha mostrado que no era genuina su fe (comp. con Stg. 2:14 y ss.).
(b) «Es peor que un incrédulo» (gr. ápistos, infiel—en el sentido de inconverso—), puesto que, en primer lugar, los inconversos no conocen el precepto de Juan 13:34; 15:12; Gálatas 6:2; en segundo lugar, los inconversos no conocen el ejemplo de Cristo ni tienen en sí el poder del Espíritu Santo; en tercer lugar, muchos inconversos muestran hacia sus familiares mayor afecto y les prestan más ayuda que muchos de los creyentes (o de los que profesan creer, como indica el apóstol aquí).
2. Con los versículos 9 y 10, el apóstol abre una nueva sección acerca de las viudas. ¿De qué viudas trata ahora el apóstol? Hendriksen demuestra con muy buenas razones que se trata de «viudas que poseían las necesarias cualificaciones para el desempeño de ciertas funciones espirituales y de caridad en la iglesia». Al señalar ciertos requisitos para poder alistarlas en un catálogo especial (v. 9), se da a entender que son cualidades que se requieren en ellas para que puedan desempeñar bien las funciones que se les van a encomendar. Las cualificaciones son siete:
(A) Que no sea menor de sesenta años. Es cierto que, en aquellos tiempos, esta edad era bastante avanzada, pero J. Collantes cita el testimonio de Platón, quien fijaba precisamente esa edad para los sacerdotes y sacerdotisas de su ciudad ideal. De todos modos, es de suponer que las funciones que les encomendasen en la iglesia no serían demasiado fatigosas.
(B) Que haya sido esposa de un solo marido. Por comparación con 3:2, 12, es seguro que aquí se da a entender (contra la extraña opinión de Hendriksen, que lo entiende en el sentido de que fue fiel a su marido—o a sus sucesivos maridos—mientras estuvo casada) que no se volvió a casar después de la muerte de su marido.
(C) Que (v. 10) tenga testimonio de buenas obras. Esto no es un requisito diferente de los cinco que siguen, sino como el título general que engloba las cinco actividades mencionadas, todas ellas, detrás de un condicional si (gr. ei con indicativo: condicional real) y con el verbo en aoristo, aunque vertemos por perfecto:
(a) Si ha criado hijos. Es de notar que el apóstol no usa el verbo ni el sustantivo (comp. con 2:15) que indican engendrar hijos, sino el verbo teknotrophéo (única vez que sale dicho verbo en el Nuevo Testamento), que significa alimentar hijos, lo cual puede indicar huérfanos adoptados por hijos. Spicq, citado por Collantes, se apoya precisamente en el versículo 4, para demostrar que sólo puede tratarse de huérfanos, pues, si fuesen sus propios hijos, éstos habrían tenido que cargar con el sustento de su madre viuda. La razón es muy fuerte, aunque no sea de una evidencia contundente.
(b) Si ha practicado la hospitalidad (comp. con 3:2), virtud que para un oriental tiene rango de primera clase (v. los ejemplos de la viuda de Sarepta, en 1 R. 17:9, el de la sunamita que hospedó a Eliseo, en 2 R. 4:8–11, y el de Lidia, en Hch. 16:15, 40).
(c) Si ha lavado los pies de los santos. Dice J. Collantes: «La costumbre de lavar los pies a los peregrinos, a los huéspedes, era antigua (Lc. 7:44), llena de reverencia y de delicada caridad y usada aun entre los paganos».
(d) Si ha socorrido a los afligidos, es decir, si prestó su ayuda, su consuelo, etc., a los que pasaban por pruebas amargas, por alguna enfermedad, por persecución, etc.
(e) Si ha estado dedicada a toda obra buena. Esta frase suena a un largo etcétera. Dice Collantes: «A ejemplo de Cristo, a quien siguen y en quien han puesto su esperanza, han pasado por el mundo estas viudas haciendo el bien» (Hch. 10:38).
3. En los versículos siguientes (vv. 11–16), el apóstol se ocupa de las viudas jóvenes. Primero (vv. 11–13), las describe; después (vv. 14–16), les prescribe lo que deben hacer.
(A) Dirigiéndose a Timoteo, le dice (v. 11): «En cuanto a las viudas más jóvenes (de 60 años), no las inscribas en tal lista» (NVI). La razón es que (sin duda, Pablo habla por experiencia) las viudas jóvenes eran presa de tres defectos, por los que no eran de fiar para las funciones que las viudas enlistadas habían de desempeñar.
(B) Tales defectos son:
(a) La pasión: «Pues cuando los impulsos de su pasión sensual pueden más que su dedicación a Cristo, no tienen otro deseo que casarse. Así atraen sobre sí mismas la condenación, por haber quebrantado su primera fidelidad» (vv. 11b, 12, NVI). Palabras fuertes son éstas, que necesitan alguna explicación. Expresan primero la inestabilidad emocional de estas viudas jóvenes. Cuando ha pasado algún tiempo (mucho o poco) después de la muerte del marido, son víctimas de la tentación que les acecha y desean casarse de nuevo. Esto no tiene nada de malo, si no fuese porque se han comprometido a servir únicamente al Señor. El griego dice literalmente «porque cuando se insolentan contra Cristo». El verbo katastreniázo ocurre únicamente aquí en todo el Nuevo Testamento y significa que alguien, como un buey joven, hace esfuerzos por escapar del yugo. «Condenación» es una palabra fuerte para traducir kríma, sentencia judicial, que no indica la condenación eterna, sino un severo reproche, porque equivale a
«tener por nula la primera fe» (lit.), es decir, el compromiso que libremente aceptaron de dedicarse al servicio de la iglesia.
(b) El segundo defecto es la ociosidad (v. 13a): «Además se acostumbran a estar ociosas, rondando de casa en casa» (NVI). Una vez que le han perdido el gusto al servicio que desempeñan, se vuelven negligentes y, con excusa de visitar a las hermanas, van, sí, de casa en casa, pero no para ofrecer verdadera ayuda, consuelo, etc. El griego dice que «están aprendiendo a ser ociosas», lo cual significa que adquieren voluntariamente el hábito de la ociosidad.
(c) El tercer defecto es consecuencia del segundo (v. 13b): «Y no sólo se vuelven holgazanas, sino también charlatanas y entremetidas, hablando lo que no se debe» (NVI). ¡La naturaleza humana no ha cambiado en 2.000 años! La lengua femenina no puede parar; y si no se dedica a construir, se dedicará a destruir: a llevar chismes de un lado para otro, a sembrar celos y discordias. Phlúaroi, charlatanas, es un vocablo que sale sólo aquí, aunque el verbo ocurre (también únicamente) en 3 Juan 10. El otro vocablo, períergoi (lit. obrando alrededor), es un adjetivo que sólo ocurre aquí y en Hechos 19:19 («practicado vanas artes», en la antigua Reina-Valera; «practicado la magia», en la RV 1960 y 1977), y es de la misma raíz que el verbo periergázomai, que vimos en 2 Ts. 3:11). La RV 1960 y 1977 lo traducen por «entremetidas», porque el «curiosas» de la antigua versión resulta actualmente un vocablo ambiguo. Dice
W. Hendriksen: «La descripción es tan vívida que uno no puede menos de pensar cómo es que estas viudas jóvenes habían sido entrenadas para esta clase de trabajo, cuando éste era el resultado». Sobre lo de «hablando lo que no se debe», comenta el mismo autor: «¡creando problemas para la iglesia, en lugar de resolver uno solo!»
(C) ¿Qué hacer, pues, con las viudas jóvenes? Pablo le dice a Timoteo lo que se debe hacer (v. 14):
«Quiero, pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa». El apóstol no les pide que se metan en un monasterio, pero tampoco puede contradecirse después de lo que dijo en 1 Corintios 7:7, 32, 40. En realidad, quiere prevenir, a fin de que no ocurra lo que reprende en los versículos 11–13. El Crisóstomo comenta con agudez: «Es como si dijese: Quiero que se casen porque ellas mismas lo quieren». Pablo ve en el deseo de estas mujeres de casarse algo muy legítimo y natural, con tal de que también cumplan con lo que eso comporta: criar hijos (en griego, el verbo es de la misma raíz que el sustantivo que ya vimos en 2:15) y gobernar su casa, es decir, ser buenas amas de casa, ya que la buena administración o la ruina de una casa dependen primordialmente de la mujer.
(D) A continuación, el apóstol apunta los malos resultados que se siguen, cuando las viudas jóvenes no cumplen con las instrucciones que él está dando aquí (vv. 14b, 15): «Que no den al adversario ningún pretexto para hablar mal. Porque ya algunas se han apartado en pos de Satanás. El «adversario» que podría hablar mal es, por supuesto, un adversario «humano», un enemigo de la religión cristiana, judío o gentil, siempre al acecho de cualquier oportunidad que se le ofreciese, no sólo de manchar la reputación de la joven viuda, sino también de deshonrar el nombre del Señor. Para «pretexto», Pablo usa el mismo vocablo de Gálatas 5:13, entre otros lugares (aphormé, lit. base de operaciones). «Ir en pos de Satanás» equivale a extraviarse del camino recto (comp. con 1:6), entregándose a una conducta inmoral.
(E) El versículo 16 viene a dar una pauta general sobre lo que debe hacerse con las viudas que no cumplan con las condiciones para ser puestas en la lista de la iglesia como dedicadas al servicio del Señor y de la congregación: Si hay quien pueda mantenerlas, aun sin ser pariente próximo de ellas, debe hacerlo, a fin de que la iglesia no tenga que cargar con ellas, sino reservar sus fondos para las viudas de verdad, es decir, las que están solas y no tienen medios de subsistencia. Hay quienes hallan alguna dificultad en lo de «Si alguna creyente tiene viudas …», ya que los MSS más importantes traen sólo el femenino pisté. Quizás es porque Pablo tiene en cuenta que son principalmente las mujeres las que, por tener a su cargo la administración de la casa (v. 14), pueden ayudar, si tienen medios de fortuna (por ejemplo, como Lidia; v. Hch. 16:14 y ss.), a una criada o amiga que sean viudas.
Versículos 17–20
A continuación (vv. 17–20), el apóstol instruye a Timoteo sobre el modo de comportarse con los ancianos (ahora, los líderes) de la iglesia.
1. «Los ancianos que gobiernan bien, dice el apóstol (v. 17), sean tenidos por dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en predicar y enseñar.» El verbo proístemi (lit. estar colocado delante) lo conocemos ya, pues ha salido en Romanos 12:8; 1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 3:4, 5, 12, y saldrá todavía en Tito 3:8, 14. Como es obvio, el término «gobernar» no indica en estos casos ningún dominio, sino solamente dirección, aunque con la autoridad que el Señor confiere a sus ministros. «Digno de doble honor» significa, según opinión casi unánime, dignos del respeto y de la remuneración que les pertenece. El apóstol dice que eso se les debe principalmente, no solamente, a los que enseñan y predican, por ser este un trabajo duro cuando está superpuesto, además, al de gobernar. Dice Hendriksen que «en muchos casos, los miembros de la iglesia están inclinados a olvidar esto y a creer que los supervisores viven en la Calle Fácil».
2. A continuación, Pablo cita dos porciones de la Escritura, por las que se ve su implícita referencia a la conveniente remuneración de los ministros de la Palabra (v. 18): «Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario». La cita primera es de Deuteronomio 25:4, y la vimos ya citada por el apóstol en 1 Corintios 9:9. La segunda es de Levítico 19:13 y aparece también en Deuteronomio 24:15; Mateo 10:10; Lucas 10:7, y el apóstol la repite en 1 Corintios 9:14.
3. Consecuente con el respeto que Pablo quiere que se les preste a los ancianos de la iglesia, dice ahora a Timoteo (v. 19): «Contra un anciano no admitas acusación, a no ser sobre la base de dos o tres testigos». Lo mismo aquí que en el versículo siguiente, no cabe ninguna duda de que el apóstol se refiere a los ancianos del presbiterio. Comenta J. Collantes: «Los presbíteros (nombre griego para anciano) están expuestos a las críticas, envidias y rencores de aquellos cuyos gustos no han podido satisfacer. Por eso Timoteo no podrá irse de ligero en oír fácilmente los rumores y acusaciones contra ellos». Si para cualquier hermano habían de necesitarse dos o tres testigos (Mt. 18:16, comp. con Dt. 19:15), ¡cuánto más para admitir acusación contra un líder de la iglesia!
4. Pero no por eso van a salir bien parados los ancianos que, por la autoridad que les confiere su cargo, piensen que nadie les va a reprender (v. 20): «A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás tengan temor». El verbo hamartáno, pecar, está aquí en participio de presente, por lo que las versiones hacen bien en traducir «persisten en pecar» (v. el comentario a 1 Jn. 2:1 y 3:6). Esto mismo indica que, con la mayor probabilidad, se les había corregido en privado, y se confirma por la medida que leemos de «reprenderlos delante de todos». Con la frase «para que los demás tengan temor», Pablo da a entender que sólo cuando la congregación vea que no por ser anciano se escapa de la reprensión un líder, se darán todos cuenta de que la cosa va de veras y, si la disciplina se cumple con un anciano, no dejará de cumplirse con cualquier miembro de la iglesia. Dice D. Guthrie: «El abuso de la disciplina ha conducido con frecuencia a un espíritu duro e intolerante, pero el descuido de ella ha demostrado ser un peligro casi tan grande. Cuando se da el caso de ancianos que persisten en pecar, una actitud débil es deplorable».
Versículos 21–25
En estos versículos, el apóstol trata del comportamiento personal de Timoteo, como último responsable de todas las instrucciones que acaba de darle con relación a otros.
1. Pablo comienza esta sección conjurando solemnemente a Timoteo (v. 21): «Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús y de los ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin (gr. khorís, aparte de; la misma preposición de Jn. 15:5b, entre otros lugares) prejuicio, no haciendo nada conforme a inclinación personal (lit.), esto es, por favoritismo o parcialidad». Vemos, pues, que Pablo apela al tribunal del cielo en su conjuro a Timoteo, y une los ángeles escogidos, es decir, los ángeles buenos, por oposición a los caídos, a Dios Padre y al Señor Jesucristo. Lo de «nuestro» no figura en el original; además, conviene observar el orden en que Pablo coloca los vocablos «Cristo Jesús». En cuanto a la necesidad de evitar en esto los prejuicios y las inclinaciones personales, dice J. Collantes: «La recomendación es tanto más apremiante cuanto que, dada la calidad de los acusados y la natural timidez de Timoteo, era más fácil dejarse influenciar por las personas».
2. Pablo sigue con la vista puesta en la solemne responsabilidad de los líderes de la iglesia, cuando manda a Timoteo (v. 22): «No tengas demasiada prisa en imponer las manos a nadie, y no te hagas cómplice de pecados ajenos. Consérvate puro» (NVI). La imposición de manos de que aquí se habla tiene el mismo sentido de siempre: es un símbolo de identificación y de prolongación; al imponer sus manos, Timoteo (en este caso) realiza la inducción al oficio de anciano (comp. con 4:14 y véase el significado en el comentario a Hch. 6:6). Hay quienes opinan que esta imposición de manos, en el versículo que comentamos, significa la recepción de un pecador arrepentido en la comunión eclesial. Pero esto no tiene precedente en el texto sagrado. Además, el contexto posterior cuadra mejor con el caso de ordenar precipitadamente a una persona posiblemente indigna. Por eso, añade Pablo: «y no te hagas cómplice de pecados ajenos», por cuanto la conducta indigna de alguien a quien Timoteo le hubiese impuesto las manos sin la necesaria probación, repercutiría en él como en el principal responsable de la precipitada ordenación. Añade Hendriksen: «Esto, a su vez, añadiría nueva dificultad a la que ya ofrece el tener que aplicarles la disciplina». El apóstol, a la vista de estos peligros, insiste: «Consérvate puro», es decir, «Pon tal cuidado en todo lo relacionado a la selección de los presbíteros y a su dirección, que en eso, como en todo, estés libre de toda mancha y seas irreprochable» (Collantes).
3. A continuación, y por raro que parezca dentro de este contexto, el apóstol no se olvida de la debilidad física de su hijo en la fe, Timoteo, y le dice (v. 23): «Deja ya de beber agua sola y toma un poco de vino para tu mal de estómago y por tus frecuentes enfermedades» (NVI). Habida cuenta de lo que el apóstol dice en 3:3a y 8b, y de la posibilidad de que Timoteo, en su afán por mantenerse irreprochable, llegase a extremos de rigor, su recomendación es que no beba agua, sino un poco de vino, pues su débil estómago necesitaba algún calor para digerir bien los alimentos, aparte de que el agua, en el Oriente, estaba (y está) muy lejos de ser sana. He de añadir que los autores excesivamente puritanos (Hendriksen, Ryrie) insisten en que Pablo recomienda aquí el uso de un poco de vino, no como bebida, sino como medicina. Es cierto que el consejo aqui es de tipo medicinal, pero Pablo no está, por eso mismo, prohibiendo el uso moderado del vino, pues realmente ayuda a la digestión, no sólo cuando el estómago está enfermo, sino también cuando está sano; especialmente, con cierta clase de viandas.
4. Los autores están de acuerdo en que, tras el paréntesis del versículo 23, el apóstol vuelve a la carga con respecto al cuidado que se debe tener en la selección de candidatos para el oficio de anciano de la iglesia (vv. 24, 25): «Los pecados de algunos hombres son notorios, emplazándoles a juicio por adelantado; los pecados de otros, en cambio, se manifiestan después. De la misma manera, las acciones nobles se evidencian de antemano; e incluso las que no lo son, no pueden quedar siempre ocultas» (NVI). En el versículo 24, Pablo parece apuntar hacia personas que no son aptas para que se las promueva al cargo de supervisor de la congregación. En el versículo 25, en cambio, es como si señalara a los que poseen las aptitudes necesarias para dicha promoción. Ambos se subdividen en dos grupos respectivos: En los que llevan una conducta indigna, hay algunos cuyos pecados son notorios antes de llegar a juicio: al juicio final de Dios, según insinúa la NVI y conforme a la opinión de muchos autores; al juicio de Timoteo y los demás ancianos que tienen la responsabilidad de poner a prueba a los candidatos, según opinan otros autores a cuya opinión me adhiero. En cambio, hay algunos cuya conducta indigna se hace patente después de haber sido promovidos al oficio. ¡De ahí la solemne prohibición de Pablo en el versículo 22! En cuanto a los que poseen aptitudes para el oficio, los hay cuyas obras, las excelentes (lit.) son manifiestas (se entiende, de antemano); las de otros, en cambio, aunque son también buenas, permanecen por algún tiempo ocultas, pero no pueden permanecer ocultas para siempre. Por lo cual, así como no se debe ordenar precipitadamente a nadie, tampoco se puede rechazar precipitadamente a otros, como bien dice Collantes.
En este capítulo, el apóstol continúa dando instrucciones a Timoteo I. acerca de los esclavos y los amos (vv. 1, 2); II. acerca de los falsos maestros (vv. 3–5); III. acerca del dinero y de la piedad (vv. 6– 19). IV. Termina la epístola con una exhortación a Timoteo para que guarde celosamente el sagrado depósito de la fe, y con una breve bendición (vv. 20, 21).
Versículos 1–2
El apóstol trata de las relaciones entre amos y criados esclavos en numerosas ocasiones (v. 1 Co.
7:21; Ef. 6:5–9; Col. 3:22–4:1; Tit. 2:9, 10; Flm. 10–17, además de aquí). Es de notar que los escritores del Nuevo Testamento (y el propio Señor) no abogan de plano por la abolición de la esclavitud, sino que dan normas para que se haga llevadera mediante el cambio radical de actitud de amos y esclavos creyentes. Con esta observación por delante, se entiende mejor lo que el apóstol dice aquí:
1. Dicen así estos versículos en la NVI: «Cuantos están bajo el yugo de la esclavitud deben tener a sus amos por dignos de todo respeto, para que no se hable mal del nombre de Dios ni de nuestra enseñanza. Los que tienen amos creyentes no tienen que mostrarles menos respeto por el hecho de que sean hermanos. Al contrario, deben servirles aún mejor, porque los que se benefician de sus servicios son cristianos y hermanos queridos. Esto es lo que debes enseñarles e inculcarles».
(A) Lo primero que notamos aquí es que el apóstol no deja de reconocer que la esclavitud es un yugo, incluso cuando el amo y el esclavo son creyentes. Hendriksen observa que «entre estos esclavos había algunos que habían alcanzado un grado—a veces, un alto grado—de cultura. No sólo el barbero, el repostero y el cocinero, sino hasta el médico de la familia podían estar “bajo el yugo”».
(B) Aunque Pablo no aboga directamente por la abolición de la esclavitud, tampoco obliga al esclavo cristiano a continuar en dicho estado (v. 1 Co. 7:21); pero, como muestra el contexto posterior, para él lo de ser libre o esclavo es de importancia secundaria, pues nuestro Amo verdadero, de amos y esclavos por igual (v. Ef. 6:9) es el Señor.
(C) Lo importante es que, dentro de la comunidad cristiana, la nueva relación espiritual sirva para revestir de amor y respeto las relaciones sociales ya existentes. Como dice Ryrie, «En la iglesia se veían en iguales condiciones como miembros de la comunidad, aunque habría casos en que los esclavos fuesen ancianos de la iglesia y, entonces, estarían dotados de autoridad sobre sus amos a quienes servían durante toda la semana».
(D) De ahí que el apóstol insista en que no deben tener menos respeto a sus amos por el hecho de que son hermanos, sino al contrario: la nueva relación espiritual ha de servir para que, aun en el caso de que en la iglesia estén presidiendo y gobernando sobre sus amos, en casa les muestren la sumisión y la obediencia voluntarias que corresponden a un buen criado. No sólo para con Dios, sino también para con nuestros hermanos, aun los más allegados, como los padres, el esposo, la esposa, etc. (aquí, los amos creyentes), el verdadero amor va siempre unido a un verdadero respeto; el que no respeta en cada creyente el templo de Dios, y aun en cada ser humano la imagen de Dios (v. Stg. 3:9), no los ama de veras.
(E) Lo que deben hacer, a su vez, los amos de tales esclavos no se ve en nuestras versiones, pero Hendriksen hace notar que el participio de presente antilambanómenoi («los que se benefician», v. 2b) indica que los amos «cargan con la responsabilidad de dar algo a cambio (antí) por la pronta y entusiasta cooperación de sus esclavos». Como siempre, dicho participio de presente indica que dicha responsabilidad (como el beneficio que obtienen de sus esclavos) es continua.
Versículos 3–5
En estos versículos, el apóstol tiene en mente, una vez más, a los falsos maestros, como puede observarse al hacer un paralelo entre estos versículos y 1:3–10.
1. No debe pasarse por alto la conexión de estos versículos con la frase final del versículo 2: «Esto enseña y exhorta», pues ello demuestra que tanto las enseñanzas que preceden a dicha frase, como las que siguen, son sanas palabras, son del Señor Jesucristo, cuyo enviado (apóstol) es Pablo, y son una enseñanza conforme a la piedad (v. 3).
2. Donde no hay sanidad, hay enfermedad; donde no hay sanas palabras, hay enseñanzas infectadas e infecciosas. Tales eran las de los falsos doctores que Pablo tiene aquí en mente, lo mismo que en otros lugares de la epístola. Múltiples son las infecciones de la heterodoxia:
(A) Se muestran primero en el carácter mismo de las personas (v. 4): «está envanecido, nada entiende y delira …». Nótese la secuencia: «está envanecido» (gr. tetúphotai, el mismo verbo de 3:6); el «tufo» no le deja ver bien; por eso «no entiende nada», sino que «tiene un afán morboso» (lit. gr. nosón; de ahí, el término técnico «nosocomio» para designar un hospital).
(B) Se muestra después en el área de interés de las personas que se apartan de la sana doctrina (v. 4; comp. con 1:4): «tiene un afán morboso acerca de cuestiones, es decir, necias cavilaciones, y juegos de palabras (gr. logomakhías, lit. contiendas o luchas acerca de palabras). Esto no es, ni mucho menos, cosa del pasado. También hoy, y entre cristianos, hay discusiones interminables que son un juego de palabras. Si el orgullo y los prejuicios se pusieran a un lado (¡el odio teológico!), los hermanos que contienden sobre detalles doctrinales hallarían que están diciendo lo mismo, pero con diferente lenguaje. Gran parte de la culpa por la ruptura que se operó durante la Reforma se debió a que cada una de las partes tenía su propio Diccionario y unas mismas cosas se definían de diferente manera. No quiero insinuar con esto que no hubiese un problema de fondo, pero sí que la acrimonia y, por tanto, la incomprensión por ambas partes, especialmente por parte de la Iglesia de Roma, obstaculizó todo buen entendimiento.
(C) Los resultados son desastrosos (v. 4b, 5a): «envidia, discordia, insultos (lit. blasfemias), sospechas malignas, fricciones constantes (gr. diaparatribaí)» (lit.). ¿Pueden describirse mejor los efectos de una discusión teológica? ¡Y aún dicen algunos: «De la discusión sale la luz»! En mi larga vida, no he visto un solo caso. A la vista de los espectadores (que suele haberlos), uno sale vencedor y el otro sale vencido, lo cual no quiere decir que la verdad haya sido la vencedora. El supuesto vencedor se engríe todavía más y menosprecia más la opinión contraria. El vencido, por su parte, abriga resentimiento; muchas veces, a falta de razones, surgen los insultos, las sospechas, las rencillas. Aquí viene al pelo la sabia consideración del Kempis: «¿De qué te sirve decir cosas profundas de la Trinidad, si careces de humildad, por donde desagradas a la Trinidad?» Un buen consejo a todo hermano que lea esto: Si quieres saber, aprende a escuchar; no te creas poseedor exclusivo de la verdad; no te avergüences si las razones del interlocutor pesan más que las tuyas; no te encierres en tu castillo de marfil.
(D) El caso que Pablo contempla aquí se ve agravado por otro motivo indigno (v. 5b): Tales hombres son «de mente corrompida, que se han dejado arrebatar la verdad y se figuran que la religión es un medio de hacer negocio» (NVI). Dice Hendriksen: «La mente depravada se opone a la verdad y acoge la mentira, hasta que, al final, los que poseen tal clase de mente se vuelven completa y permanentemente separados de la verdad». Todas las discusiones aludidas anteriormente han resultado en esterilidad espiritual, y lo único que surge de un corazón espiritualmente estéril es el egoísmo: la codicia de lo material, de forma que, una vez instalados en la «religión» y al profesar la fe que ni tienen ni practican, se sirven de esa misma religión para su lucro personal.
Versículos 6–10
Al llegar aquí, el apóstol establece la diferencia entre la verdadera y la falsa ganancia, entre lo que es un buen negocio y un mal negocio («negocio» significa, etimológicamente, «la negación del ocio», de acuerdo con lo que ya dijo en 4:8.
1. El buen negocio es la piedad (v. 6), puesto que vale para esta vida y para la venidera, mientras que las ganancias materiales no forman parte de la persona: aquí las hallamos (v. 7) cuando vinimos a este mundo, por lo que resulta evidente que (éste es, con la mayor probabilidad, el sentido del griego hóti con que se encabeza la segunda frase del v. 7) nada podemos sacar de él. El apóstol añade (v. 6b) que, para que la piedad sea un buen negocio, es menester que vaya acompañada de contentamiento. El vocablo autárkeia, que traducimos por «contentamiento», salió ya en 2 Corintios 9:8, y el vocablo de la misma raíz «autarkés» salió en Filipenses 4:11. El concepto que su etimología indica es «tener suficiente en sí mismo»; de donde, el significado de «independencia». Como puede verse por Filipenses 4:13, la autosuficiencia de que habla Pablo, tanto aquí como en Filipenses 4:11, no es absoluta; precisamente por depender en todo de Dios (comp. con Ro. 8:28), somos independientes de todo lo demás. Seguramente lo hemos dicho en algún otro lugar, pero conviene repetirlo aquí: Por ser Dios lo único necesario, ninguna otra cosa es suficiente; por ser Dios lo único suficiente, ninguna otra cosa es necesaria (v. también Fil.
4:6, 7).
2. El versículo 8 nos describe en pocas palabras el secreto del contentamiento cristiano: «Pero en teniendo lo suficiente para alimentarnos y vestirnos, nos contentaremos con ello» (NVI). Sinceramente, ¿hay alguna otra necesidad material que no esté comprendida en esos dos vocablos, alimento y abrigo? El vocablo sképasma ocurre únicamente aquí en todo el Nuevo Testamento y significa todo lo que cubre y protege, ya sea el vestido o el techo de una habitación. Dice J. Collantes: «La frase con sus dos términos, comida y techo, constituye un hebraísmo para significar lo necesario para la vida (Dt. 10:18; Is. 3:7; Mt. 6:25). Con esto ha de vivir contento el cristiano, que se echa en brazos de Dios y pide al Padre celestial tan sólo el pan de cada día (Lc. 11:3). Lo importante es el reino de Dios y la justicia; todo lo demás son añadiduras tangenciales (Mt. 6:33; Lc. 12:22–31)».
3. En los versículos 9 y 10, Pablo contrasta con este dichoso contentamiento del creyente la insatisfacción, los peligros y la ruina de los que se dejan llevar de la codicia de las riquezas materiales. El sentido de estos versículos queda perfectamente claro en la NVI: «La gente que sólo piensa en hacerse rica sucumbe a tentaciones y trampas y es presa de muchos deseos insensatos y perjudiciales, tales que llegan a hundir a los hombres en la ruina y en la destrucción. Pues la afición al dinero es raíz de toda clase de males, y algunos, en su desmedido afán de ganancias, se han desviado de la fe y se han torturado a sí mismos con muchos sufrimientos». Son de notar aquí los siguientes detalles:
(A) El original del versículo 9 comienza diciendo: «Los que quieren (no es un mero deseo, pues Pablo usa el verbo fuerte boúlomai) hacerse ricos». Aunque no se dice, se sobrentiende que están dispuestos a poner todos los medios a su alcance para adquirir las riquezas. Esto es lo opuesto a contentarse con el alimento y el cobijo del versículo 8.
(B) El deseo afanoso y desordenado de las riquezas materiales lleva a estos infelices a caer en toda clase de tentaciones y trampas. La unión de trampa (gr. paguís) con tentación, y el hecho de que, en los otros dos lugares en que ocurre en las Pastorales (3:7 y 2 Ti. 2:26), es llamada «trampa (o lazo) del diablo», hace pensar que también aquí se refiere Pablo al diablo como autor o instigador de estos males. Los deseos (gr. epithumías, vocablo con que se designa a la concupiscencia) insensatos y perjudiciales, es decir, contrarios a la razón y dañosos aun en el orden material, suelen cristalizar en decisiones demasiado arriesgadas en el orden financiero, ya sea por falta de visión o por sobra de deshonestidad en los negocios.
(C) No conformándose con nada, esta gente suele hundirse (gr. buthízousin, vocablo que sólo sale aquí y en Lc. 5:7) en la ruina y en la destrucción. Cada día vemos casos de éstos que acaban en la cárcel o en el suicidio. De las 18 veces en que el vocablo griego apóleia sale en el Nuevo Testamento, en 16 de ellas se refiere a la perdición espiritual, mientras que ólethron (v. 1 Co. 5:5) suele significar ruina material. Pero aun apóleia podría significar aquí una «pérdida irreparable» (D. Guthrie) en sentido material.
(D) Así como la piedad es raíz de todos los bienes (v. 4:8), la codicia es raíz de todos los males. Dice Collantes: «La falta de artículo hace pensar que la avaricia no es la única raíz de los males pero ella sola es suficiente para causarlos». Entre los males causados por ella, el apóstol menciona dos muy graves: (a) «se extraviaron de la fe» (lit.). El verbo que Pablo usa aquí (apeplanéthesan, en aoristo) contiene la raíz plan, de donde viene planeta (gr. planétes, en Jud. 13), llamados así por ir vagando continuamente en su órbita, línea curva reentrante, es decir, sin fin. No se trata, pues, de apostasía, ya que ésta supone un alejamiento definitivo, sino de un desvío difícil de corregir; (b) «se traspasaron a sí mismos con muchos dolores» (lit.). El vocablo para «dolores» es el que se usa constantemente para expresar los dolores de parto, pero el verbo periépeiran significa traspasarse de parte a parte. Podríamos citar muchos ejemplos de la vida cotidiana, pero basta con la lectura de la siguiente carta, citada por W. A. Maier y hallada en el bolsillo de un millonario que acababa de suicidarse: «He descubierto durante mi vida que montones de dinero no traen la felicidad. Me quito la vida porque no puedo hacer frente por más tiempo a la soledad y al aburrimiento. Cuando yo era un obrero corriente en Nueva York, era feliz. Pero ahora que poseo millones estoy infinitamente triste y prefiero la muerte».
Versículos 11–16
Los ojos compasivos del apóstol se vuelven ahora a su amado Timoteo para decirle (v. 11): «Mas tú, hombre de Dios, huye de estas cosas». Como si dijese: «Yo no quiero de ningún modo que tú llegues a caer en tan miserable condición como la de ésos». «Hombre de Dios» viene a ser equivalente a «varón de Dios», expresión aplicada en el Antiguo Testamento a especiales siervos del Señor, encargados de llevar a los hombres mandatos, bendiciones o amenazas de Dios desde el alto puesto en que habían sido colocados por Él (v. por ej., Dt. 33:1; 1 S. 2:27; 2 R. 1:9; 2 Cr. 8:14; Sal. 90:1). Dice J. Collantes: «El hombre de Dios es un hombre que tiene una misión celestial, por razón de la cual está unido con Dios con un vínculo de pertenencia y de proximidad que, al par que le comunica una buena especial, le obliga a llevar una conducta singularmente ejemplar».
1. Esta ejemplaridad es la que desea Pablo de su discípulo e hijo en la fe, el joven Timoteo, como se ve por las virtudes que le inculca (v. 11b): «la justicia (practicada, como en Ef. 6:14), la piedad, virtud que fomenta las relaciones filiales con Dios, la fe, el amor (juntos como en 1:5), la paciencia (gr. hupomoné, el aguante bajo circunstancias adversas), la mansedumbre o, mejor, suavidad de sentimientos (gr. praupátheia, única vez que este vocablo sale en todo el Nuevo Testamento, mientras que el más común, praútes, mansedumbre, ocurre 11 veces). Esta última virtud es más rara que la paciencia, «pero es un precioso objetivo para el hombre de Dios» (Guthrie). Dice de ella J. Collantes: «virtud propia de Cristo (Mt. 11:29) y de todo superior, que habrá de endulzar la energía con la suavidad, habrá de devolver bien por mal, y frenar en ocasiones con una sonrisa las amarguras de la incomprensión y la ingratitud de aquellos por quienes se sacrifica».
2. En el versículo 12, el apóstol estimula el espíritu combativo de Timoteo.
(A) Emplea, una vez más, una de sus metáforas deportivas: la lucha buena, excelente, es decir, conforme a las normas que han de seguirse para que se le adjudique al luchador el premio y la victoria. Los vocablos que el apóstol usa en 1:18 son diferentes de los de aquí. Es, pues, muy probable que en 6:12, se refiera a la lucha olímpica, mientras que en 1:18, se refiere a la lucha en el campo de batalla.
(B) «Echa mano de la vida eterna» es una frase que confirma lo dicho anteriormente sobre la metáfora de la lucha olímpica. El verbo está en aoristo, e indica algo que se ha de hacer de una vez por todas. Una comparación con el versículo 19, donde sale el mismo verbo, y también en aoristo, da a entender que, aunque la vida eterna es ya posesión de todo creyente, el agarrarla con firme seguridad subjetiva es propio de quienes se esfuerzan en la práctica de la virtud (comp. con 2 P. 1:10, 11). Un pensamiento parecido se halla en Filipenses 3:12, con la diferencia de que en este último lugar, el verbo es katalambáno (también en aoristo), «sujetar hacia abajo», mientras que en 1 Timoteo 6:12, 19 usa epilambáno, «agarrar desde arriba» (o «desde cerca», comp. con 1 P. 2:21 «seguir de cerca»).
(C) Después de hacerle a la memoria que a esa vida eterna fue llamado Timoteo, algo que Pablo siempre tiene interés en recalcar (v. entre otros lugares, Ef. 4:1, 4; 2 Ti. 1:9), le recuerda también la profesión (lit. confesión) de fe que hizo, seguramente en su bautismo, delante de muchos testigos.
3. Con una solemnidad parecida a la que ha usado en 5:21, el apóstol manda (v. 13), delante de Dios que da vida a todas las cosas (por lo que Timoteo no tiene motivo para temer por su vida) y de Cristo Jesús, que dio testimonio (de la verdad, frente a un enemigo de la verdad) de la buena (excelente, hermosa; gr. kaiés) profesión (lit. confesión, como en el versículo anterior), que (v. 14) guarde el mandamiento (gr. entolén, como en Jn. 10:18, al final). ¿A qué mandamiento se refiere aquí Pablo? No están de acuerdo los autores, pero la opinión de W. Hendriksen tiene, a mi juicio, las máximas probabilidades de acierto: «Este mandamiento, dice, comprende todo lo que se le ha ordenado hacer con respecto al ministerio del Evangelio y al gobierno de la iglesia». Un vistazo al versículo 20, compárese con 1:3–5, confirma el acierto de tal opinión.
4. El apóstol manda a Timoteo que guarde este mandamiento sin mácula (gr. áspilon, el mismo vocablo que aparece en Stg. 1:27 y 2 P. 3:14; spílon, mácula, aparece en Ef. 5:27) y sin reprensión (gr. anepílempton, el mismo vocablo de 3:2 y 5:7). El verbo terésai (guardar con una preservación activa, no con un mero custodiar, phuláxai) está en aoristo, y supone que se ha tomado la decisión de una vez por todas, pero la frase posterior, «hasta la aparición (gr. epiphaneías) de nuestro Señor Jesucristo» (excepción, en lugar de Cristo Jesús) indica que esa preservación y observancia han de continuar hasta la Segunda Venida del Señor (el vocablo es el mismo de 2 Ts. 2:8; 2 Ti. 1:10; 4:1, 8 y Tit. 2:13).
5. Como todos los demás eventos de la historia, la aparición escatológica del Señor Jesucristo, determinada por Dios desde su eternidad será mostrada (v. 15) a su debido tiempo por Dios Padre, a quien Pablo, en grandiosa doxología, describe con los más majestuosos atributos, todos los cuales tienen en el Antiguo Testamento numerosos paralelos:
(A) «Bienaventurado (gr. makários como en 1:11) y único Soberano (dunastés; este vocablo nunca más es aplicado a Dios en las Escrituras canónicas; sólo se le aplica en los apócrifos Eclesiástico y 2 Macabeos). Paralelos de la expresión conjunta se hallan en Deuteronomio 6:4; Salmos 41:13; Isaías 40:12–31; Daniel 4:35.
(B) «Rey de reyes y señor de los que dominan (kurieuónton)», son expresiones que tienen paralelos en Deuteronomio 10:17; Esdras 7:12; Salmos 136:3; Ezequiel 26:7; Daniel 2:37. Se aplican al Señor
Jesucristo en Apocalipsis 17:14; 19:16.
(C) «El único (v. 16) que posee inmortalidad» (gr. athanasían, equivalente al aphthartos de 1:17). Aunque la frase puede significar que Dios es el único que posee la inmortalidad por su propia esencia, quizá cuadre mejor con el contexto, al descartar nociones demasiado filosóficas, la idea de que Dios es el único Soberano que nunca muere. Pueden hallarse lugares paralelos en Salmos 36:9; Isaías 40:28; Daniel 4:34.
(D) «Que habita en luz inaccesible.» En la inmortalidad está implicada una vida sin término; y donde hay vida, hay luz (v. Jn. 1:4). «Habitar en la luz» es un hebraísmo, más fuerte que el de «vestirse de luz» (Sal. 104:2), pero menos fuerte que la afirmación «Dios es luz» (1 Jn. 1:5). Sin embargo, no es precisamente la idea de pureza la que aquí da a entender el apóstol, sino la de majestad inaccesible. Es una luz que, en lugar de revelarse, le esconde (comp. con Is. 45:15; v. también Éx. 24:17; 34:35; Sal. 104:2).
(E) «A quien ningún ser humano (lit. ninguno de los hombres) ha visto, ni puede ver.» No se puede dar una afirmación más contundente de la total invisibilidad de Dios (comp. con Éx. 33:20; Dt. 4:12; Jn. 1:18; 5:37; 6:46). Repitamos lo que ya hemos dicho en otros lugares: Los textos que hablan de «ver a Dios», «ver su rostro», «hablarle cara a cara», significan disfrutar del favor o de la comunión íntima de Dios, no de una visión facial de su misma esencia. La llamada «visión beatífica» es un error catolicorromano (v. un lugar definitivo en Jn. 14:9).
(F) «Al cual (sea) el honor (gr. timé) y el poderio (gr. krátos) eterno. Amén» (lit.). Pueden verse expresiones similares, además de en 1:17, en Nehemías 8:6; Salmos 41:13; 72:19; 89:52. Al comparar este lugar (6:16c) con 1:18, en que hallamos «honor y gloria» en lugar de «honor y poderío», comenta J. Collantes: «Como en esta doxología insiste san Pablo sobre todo en los caracteres de soberanía absoluta de Dios, resulta muy natural la sustitución de la gloria por el poder».
Versículos 17–19
Como si los versículos 11–16 fuesen una especie de paréntesis, vuelve el apóstol al tema de las riquezas, «aunque con un propósito diferente. La sección anterior concernía a los que aspiran a ser ricos, mientras que la actual trata de los que ya son ricos» (Guthrie). Vamos a dar primero el texto de los tres versículos conforme a la NVI, donde el sentido del original queda perfectamente clarificado: «A los ricos en riquezas de este mundo incúlcales que no sean arrogantes y que no pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee abundantemente de todo para que lo disfrutemos. Intímales que practiquen la beneficencia, que sean ricos en buenas obras, generosos y prestos a compartir. De este modo atesorarán para sí un seguro caudal para el futuro, de forma que lleguen a hacerse con la vida que es verdaderamente vida». Analicemos esta sección:
1. Como hace notar Collantes, es la primera vez que Pablo aplica el adjetivo ploúsios (rico), en sentido de riquezas literalmente entendidas, a los hombres, habiéndolo aplicado a Cristo en 2 Corintios 8:9, y a Dios en Efesíos 2:4. Por eso, se ha visto obligado a decir «ricos en el siglo de ahora» (lit.), es decir, en riquezas temporales, para que quedase claro que se refería a las riquezas materiales. Así que «los ricos de este siglo», conforme leemos en nuestra Reina-Valera, no significa los ricos mundanos, sino los creyentes que son ricos en riquezas materiales. De los mundanos no se ocupa el apóstol (comp. con 1 Co. 5:12, 13).
2. A estos creyentes de acomodada posición quiere Pablo que Timoteo les mande (no es un mero consejo), en primer lugar, que no sean de mentalidad altiva, que no se engrían de sí mismos; hupselophroneín es un verbo que parece inventado por Pablo, pues no se halla en el griego clásico, y es el contrario de tapeinophroneín, pensar humildemente de sí, el cual, aunque tampoco aparece en el griego clásico (ni en el Nuevo Testamento), se halla representado en los sustantivos tapeinophrosúne, humildad (v. Hch. 20:19; Ef. 4:2; Fil. 2:3; Col. 2:18, 23; 3:12; 1 P. 5:5) y tapeinóphron (únicamente en 1 P. 3:8). La humildad es una virtud muy rara en los ricos, aun en los ricos creyentes; pero dondequiera existe, va acompañada de las virtudes que Pablo enumera en los versículos 18 y 19.
3. Les ha de mandar igualmente que no pongan su esperanza en las riquezas (esto es, en las riquezas de este mundo, pues a ellas se ha referido antes el apóstol). Hay una razón muy poderosa para no poner la esperanza en las riquezas materiales: ¡Son tan inseguras! El apóstol se refiere literalmente a la incertidumbre (adelóteti) de las riquezas. El vocablo ádelos (v. Lc. 11:44; 1 Co. 14:8) significa «incierto, confuso, turbio» y es lo contrario de délos, «claro, manifiesto, evidente» (v. Mt. 26:73; 1 Co. 15:27; Gá. 3:11). Las riquezas materiales se van con mayor facilidad que cuando vienen; así que poner la esperanza en ellas es uno de los muchos modos de edificar la casa sobre arena (v. Mt. 7:26, 27).
4. El modo de ser verdaderamente rico es poner la esperanza en Dios. El artículo el aparece en unos pocos MSS, pero el adjetivo vivo no aparece en el original, por lo que debería ser borrado de nuestras Biblias. Poner la esperanza en Dios es ponerla en algo sumamente seguro, pues Dios, además de ser infinitamente amoroso y fiel a sus promesas, es también infinitamente rico y «siempre da, como hace notar Hendriksen, “de acuerdo con sus riquezas” (Ef. 1:7, comp. con Tit. 3:6), no sólo “de sus riquezas”». Este Dios inmensamente rico, fiel y amoroso, continúa Pablo, «nos provee abundantemente de todo para que lo disfrutemos». Nótense los matices:
(A) Dios nos provee abundantemente de todo lo necesario, «tanto para el alma como para el cuerpo, para el tiempo y para la eternidad» (Hendriksen). Basta con leer Hechos 14:17 y Santiago 1:17, así como Salmos 37:25; 58:19; 81:19b; 103:2–5, 15–18; 104:14, 15; y Salmos enteros, como el 107, 111, 112, 116 y el 145, cuyo versículo 9 es uno de los más hermosos, a mi juicio, de la Biblia (siete palabras, no más, en el hebreo).
(B) Nótese que dice «de todo lo necesario», pues no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.
(C) «Para que lo disfrutemos.» Nuestro Dios no es un Dios que nos exija privaciones porque sí, sino que desea nuestro bien total: que disfrutemos gozosamente de todo lo que nos da (v. 4:3, 4). Véase el comentario a Sofonías 3:17.
5. Intímales, continúa Pablo (v. 18), que practiquen la beneficencia» (comp. con He. 13:16, donde se compara a los sacrificios en que se agrada Dios), que sean ricos en buenas (kaloís, nobles, excelentes, como las de María de Betania) obras, generosos y prestos a compartir». Así como en el versículo 17 se expresa la relación que el creyente que es buen rico establece con el Dios en quien espera (no en las riquezas inseguras), en el versículo 18 se expresa la relación que dicho creyente rico establece, con la más espontánea naturalidad, con sus hermanos más necesitados que él. Dice Hendriksen: «Debe hacer esto en el espíritu de Hechos 2:42–44; 4:34–37».
6. El versículo 19 presenta el resultado que, para su propio provecho personal, obtiene el creyente rico que se comporta de la manera expresada en los versículos 17 y 18, al depender de Dios y ser generoso con sus hermanos: (A) «De este modo atesorarán para sí un seguro caudal para el futuro». Lo del «seguro» es algo conocido hoy día por el más analfabeto; todo el mundo quiere asegurarse; hasta hay «seguros de vida», que sólo se cobran después de la muerte. Ante la incertidumbre del futuro, es preciso ¡asegurarse! Pero la inseguridad de lo material no tiene remedio; así que sólo haciendo el bien atesora uno para sí un seguro caudal para el futuro (comp. con Lc. 16:9). (B) «De forma que (lit. para que) lleguen a hacerse con la vida (los mismos verbo y sustantivo del v. 12) que es realmente vida». Muchos MSS menos importantes dicen aioníou, eterna (sin duda, por repetición de la frase del versículo 12, a manos de algún copista), en lugar de óntos, realmente, según aparece en los mejores MSS. Comenta Hendriksen: «Ciertamente, la salvación es enteramente de gracia mediante la fe (Ef. 2:8; Tit. 3:5), pero la recompensa es conforme a las obras (Dn. 12:3; 2 Co. 5:10; Ap. 20:12)». Véase el comentario a este versículo del Apocalipsis.
Versículos 20–21
El profundo interés del apóstol en la persona y en el ministerio de Timoteo se echa de ver en ese «Oh Timoteo …»., con que encabeza el encargo final (vv. 20, 21a), antes de la breve bendición final (v. 21b).
1. «Guarda (gr. phúlaxon, custodia), le dice, lo que se te ha encomendado (lit. el depósito; gr. parathéken; vocablo que sólo sale aquí y en 2 Ti. 1:12, 14)». ¿Qué «depósito» es éste? A la vista del contexto posterior, y comparando con 2 Timoteo 1:11, 14, podemos asegurar que se trata del Evangelio de salvación. Probablemente se incluye lo que Pablo ha escrito en la presente epístola. El vocablo parathéke significa, como se ve por su etimología, «lo que se coloca a un lado», como algo precioso, valioso y digno de ser custodiado con toda diligencia. Dice Hendriksen: «Es como si Dios hubiese hecho un “depósito” en el Banco de Timoteo».
2. La segunda parte del versículo 20 nos lleva a 1:4, 6, lo mismo que a los versículos 3–5 de este mismo capitulo 6. «Deja a un lado, dice Pablo, las discusiones profanas e inútiles y las objeciones que presenta la mal llamada ciencia» (NVI). Tenemos aquí todo un conjunto de normas para la enseñanza y la predicación. (A) «Profano» es lo que no debe penetrar en el santuario (comp. con 2 Ti. 2:16) y abarca no sólo lo perjudicial para los oyentes, sino lo puramenle científico, a no ser que sirva de símil o ilustración de la verdad que se expone. Decía un médico a un predicador: «Venimos aquí a escuchar el Evangelio, no las cosas que pertenecen a nuestras profesiones seculares». He oído a predicadores que jamás decían otra cosa que razones filosóficas. (B) En lugar de la «necia palabrería» (lit.), mencionada en 1:6, Pablo usa ahora el término kenophonías, «voces altas, pero vacías»; quizá se refiere a los gritos con que algunos predicadores tratan de cubrir la vaciedad de contenido de lo que están diciendo. (C) Las objeciones (NVI) o argumentos (RV), que el original llama literalmente antítesis, se refieren, por analogía con el versículo 4 y con 1:4, a discusiones basadas en objeciones que otros ponen a la sana enseñanza que el predicador (o cualquier creyente, v. 1 P. 3:15) expone. El testigo de Cristo debe proclamar, no discutir, el Evangelio, pues el que no se rinde ante la revelación de Dios (v. 2 Co. 10:5), menos se rendirá ante la razón del hombre. Al dar por supuesto que el sentido del vocablo griego antithéseis es el que acabamos de exponer, también es de reprobar la costumbre de algunos predicadores que se proponen a sí mismos ciertas objeciones, antes de contestarlas, lo cual, si se hace sin conocer la mentalidad de los oyentes, produce a veces más confusión, pues pone en la cabeza de algunos objeciones que jamás se les habían ocurrido, con el peligro de que se les queden bien grabadas y que no les satisfaga la solución que el predicador les dé.
3. El apóstol menciona la mal llamada (lit. seudónima) ciencia. Aun cuando el apóstol usa aquí el término gnóseos, no quiere decir ello que se refiera a la gnósis de los herejes gnósticos, que surgió algo más tarde. «Los falsos maestros, dice Guthrie, proclamaban con toda naturalidad que su enseñanza era la verdadera ciencia o conocimiento (gnósis), una característica que ciertamente no estaba confinada al gnosticismo del siglo segundo». Por eso, lo que ellos llamaban verdadera ciencia lo llama el apóstol falsa ciencia. Como es obvio, tampoco ataca Pablo al conocimiento científico que no se dedica a poner objeciones a la religión.
4. Ahora bien, había algunos (los falsos doctores frecuentemente mencionados por Pablo) que profesaban (gr. epanguellómenoi, en participio de presente, el mismo de 2:10), es decir, proclamaban públicamente, como «haciendo propaganda» (Hendriksen), esta seudociencia y, aun sin salir de la iglesia, se desviaron de la fe (v. 21). El verbo es el mismo de 1:6 y de 2 Timoteo 2:18. Sujetos de esta clase se han dado en todas las épocas de la historia de la Iglesia. Dice Hendriksen: «Prefieren no dejar la iglesia, sino arrastrarla consigo a la ruina».
5. Pablo termina su epístola con la bendición más breve de todas. Dice escuetamente, según los MSS más importantes y más numerosos: «La gracia con vosotros». El mismo plural se halla al final de la 2 Timoteo y en Tito. No sabemos por qué usa Pablo el plural. Hendriksen da la solución más probable:
«Aunque la epístola va dirigida justamente a una sola persona, Timoteo, de seguro que este último se había de preocupar de que su contenido alcanzase a otros. Por consiguiente, la gracia de Dios es pronunciada sobre toda la comunidad cristiana». El «Amén» que aparece en nuestras versiones falta en los MSS más importantes.