I. El título de este libro. En hebreo se le llama Ekháh, por la primera palabra, que significa «¿Cómo
…?», aunque el Talmud lo apellida quinot, «elegías», por el argumento, que es eso precisamente: elegías. Jerónimo le puso, en griego, el nombre de Thrénoi, que equivale a Lamentaciones.
II. El autor fue Jeremías, según el consentimiento unánime de la tradición judía, aunque el nombre del autor no aparece en el libro, y dicha autoría es admitida por todos los cristianos fundamentalistas.
III. La estructura del libro. Se compone de cinco poemas, uno por cada capítulo, y los primeros cuatro están escritos en forma acróstica, pero con notables diferencias: 1. El primero, el segundo y el tercero constan de tres esticos por cada letra del alfabeto hebreo, con algunas pequeñas irregularidades que veremos; el cuarto consta de dos esticos por cada letra hebrea. Esta división puede notarse en nuestras versiones. 2. El primero, el segundo y el cuarto comienzan cada estrofa con una letra hebrea por orden alfabético; el tercero repite dicha letra tres veces, es decir, al comienzo de cada estico. 3. El quinto poema consta de 22 versículos, pero no está en orden acróstico.
IV. En cuanto al uso del libro, dice Ryrie: «Los judíos leen este libro públicamente el día nueve del mes de Ab (hacia mediados de julio), en conmemoración de las destrucciones de Jerusalén, en 586 a. de
C. (por los babilonios) y en el 70 d. de C. (por los romanos). Los catolicorromanos lo usan durante los tres últimos días de Semana Santa (concretamente, en los maitines del jueves, del viernes y del sábado de dicha semana—nota del traductor—). La preocupación del libro nos trae a la memoria el agobio que Jesús sentía sobre Jerusalén (Mt. 23:37, 38). Los versículos mejor conocidos del libro son, sin duda alguna, 1:12a y 3:22, 23».
V. División. Adoptamos la de la Ryrie Study Bible, y seguimos sólo los epígrafes en negrita:
1. La desolación de Jerusalén (cap. 1)
2. La destrucción de Jerusalén (cap. 2)
3. El desconcertado profeta (cap. 3)
4. El derrotado pueblo de Jerusalén (cap. 4)
5. La oración por el pueblo (cap. 5)
Aquí tenemos el primer alfabeto de esta lamentación, veintidós estrofas, en las que son lamentadas las miserias de Jerusalén, y su presente deplorable condición es presentada más grave todavía al compararla con el próspero estado anterior; el pecado es reconocido como la causa de todas estas miserias; y el autor apela a Dios para que haga justicia contra los enemigos de Jerusalén y para que tenga piedad de Su pueblo. I. Una queja a Dios por las calamidades de Jerusalén (vv. 1–11). II. Otra queja a los amigos de Sion (vv. 12–17). III. Apelación a Dios y a Su justicia con respecto a todo esto, hecha de forma humilde (vv. 18–22).
Versículos 1–11
I. Las miserias de Jerusalén.
1. En cuanto al aspecto civil de su actual estado:
(A) Una ciudad que antes era populosa está ahora despoblada (v. 1). La llenaban no sólo gente del propio pueblo judío, sino también de otros países que se habían acogido a ella y con los que mantenía un provechoso comercio, pero ahora su propio pueblo es deportado al exilio, y ella está sentada en solitario. Los principales lugares de la ciudad no son ahora, como solían ser, lugares de concurrencia. ¡Cómo ha quedado viuda! (v. 1b). Su rey-esposo ha tenido que marchar al destierro, y ha sido privada también de sus hijos.
(B) Una ciudad que antes era señora, pues ejercía dominio como capital de las provincias (las tribus de Israel) está ahora en sujeción, hecha tributaria (v. 1c). Los vocablos hebreos para «señora» y
«tributaria», respectivamente (sarati y lamás), designan literalmente a una princesa que es llevada a trabajos forzados (¡a un campo de concentración!), por lo que Ryrie hace notar que «el contraste entre princesa y trabajadora forzada (tributaria) muestra la extensión de la caída de Jerusalén». Y no sólo señoreaba en Israel, sino también en países como Moab y Edom, «que estaban sometidos a Israel en los días de David y Salomón» (rabino Goldman). Unas naciones la amaban, otras la temían; unas le llevaban presentes, otras le pagaban impuestos y tributos. Pero ahora, no sólo ha perdido a sus amigos y está sola, sin o que ha perdido su libertad y es tributaria; primero pagó tributo a Egipto, y ahora a Babilonia. El pecado no sólo conduce a la soledad, sino también a la esclavitud.
(C) Una ciudad que estaba llena de gozo y alegría está ahora llena de pesadumbre. Allá subían las tribus de Israel a regocijarse delante de Jehová; era el gozo de toda la tierra, pero ahora llora amargamente en la noche (v. 2a), llora en silencio y soledad; en la noche, cuando otros descansan, ella tiene su pensamiento fijo en sus aflicciones. Su cabeza es como aguas, y sus ojos como fuentes de lágrimas, de forma que llora día y noche (Jer. 9:1); sus lágrimas están continuamente en sus mejillas.
(D) Los que estaban separados de los gentiles habitan ahora entre los gentiles (v. 3b); los que eran un pueblo especial de Dios son ahora una mezcla de razas y n aciones. Judá está desterrada (v. 3a), fuera de su país al país de sus enemigos, entre los que son extraños a Dios y a los pactos de la promesa, con los cuales ella no halla descanso (v. 3b). Al citar, no habría anhelado volver a Jerusalén». «Sus hijos (v. 5c) salieron para la cautividad delante del enemigo; los que tenían que haber sido la simiente de la generación siguiente son deportados, por lo que parece lo más probable que el país se quede todavía desolado por falta de herederos». Quienes viven entre su propia gente, libres y en su país, estarían más agradecidos por las mercedes que reciben, si considerasen las miserias de los que se ven forzados a vivir en países extraños.
(E) Los que estaban acostumbrados a conquistar están ahora en condición de conquistados (v. 3c):
«Todos sus perseguidores la alcanzaron entre las estrechuras». Esto, dice Goldman, «podría entenderse literalmente, con referencia al alcance dado a los fugitivos en estrechos desfiladeros, pero probablemente debe preferirse el sentido figurado de peligros y dificultades que alcanzan y cercan a la gente». Así que, al no haber escape, no pudo menos de caer en manos del enemigo (v. 7a). En todas partes (v. 5a) «sus enemigos han sido puestos por cabeza, en el puesto del dominio (comp. con Dt. 28:44), sus aborrecedores fueron prosperados».
(F) Los que habían sido un pueblo digno y honorable, en quienes Dios había puesto honor, y a los que las naciones vecinas pagaban sus respetos, son ahora tenidos en menosprecio (v. 8b): «Todos los que la honraban la han menospreciado». Ellos mismos se han rebajado por sus pecados, y contra ellos (v. 9c)
«el enemigo se ha engrandecido». El pecado es la mayor afrenta de un pueblo.
(G) Los que vivían en una tierra fértil, fructífera, estaban ahora a punto de perecer por falta del alimento necesario (v. 11): «Todo su pueblo gime en busca de pan», pues llegó a faltar el pan para la gente del pueblo (Jer. 52:6), y en su cautiverio tuvieron que pasar grandes apuros para mendigar un pedazo de pan (5:6). Tanto es así que (v. 11b) «dieron por la comida todas sus cosas preciosas, es decir, sus tesoros más valiosos, para recobrar la vida (lit. para hacer subir el alma); tan desmayados estaban».
2. En cuanto al aspecto religioso de su actual estado:
(A) Sus fiestas religiosas no eran observadas (v. 4): «Las calzadas de Sion están de luto, llenas de maleza, porque no hay quien venga a las fiestas solemnes». Esas fiestas habían sido descuidadas y profanadas (Is. 1:11, 12); y, por consiguiente, así como las calzadas de Sion (v. 4a) estaban de luto, así también «las puertas de Sion (v. 4b) estaban desoladas, pues ya no pasaban por ellas los fieles judíos que venían a rendir a Jehová culto de adoración».
(B) «Sus sacerdotes gimen» (v. 4b) por las desolaciones del templo; sus cánticos se han convertido en gemidos y suspiros. En los días de prosperidad de Sion (Sal. 68:25), iban las doncellas con panderos; y se toma buena nota aquí de que (v. 4c) «sus doncellas están afligidas y, por eso, ella está en amargura»; esto es, todos los habitantes de Sion están afligidos y, para ellos, el oprobio de ella es una carga (Zac. 3:18).
(C) Sus lugares religiosos eran profanados (v. 10b): «Ella ha visto entrar en su santuario a las naciones, es decir, a los gentiles», adonde ni los israelitas podían entrar, por muy devotos y reverentes que fueran, sino sólo los sacerdotes. Ahora los gentiles entran allá en masa y sin ningún respeto, pues no van a adorar, sino a saquear.
(D) Todas las cosas valiosas que adornaban el templo y servían para el culto al verdadero Dios eran botín para el enemigo (v. 10a): «Extendió su mano el enemigo a todas sus cosas preciosas». Cuáles eran esas cosas preciosas podemos aprenderlo en Isaías 64:11, donde, a la queja del incendio del templo, se añade: «… y todas nuestras cosas más estimadas han sido destruidas»; el Arca y el altar, y todas las demás señales de la presencia de Dios en medio de ellos, estimables sobre toda otra cosa, habían sido hechas pedazos ahora y transportadas lejos de allí. Así que (v. 6) «desapareció de la hija de Sion toda su hermosura, la hermosura de la santidad». Cuando fue destruido el templo, la santa y hermosa casa de Dios, desapareció también la hermosura de Sion.
(E) Los enemigos de Sion hacían burla de sus días religiosos (v. 7d): «La miraron los enemigos, y se burlaron de su ruina». Así dice el texto masorético actual, pero la Vulgata (es decir, Jerónimo) leyó shabb totéha, sus sábados (y ésa es la lectura que M. Henry comenta, con base en la AV inglesa), en lugar de mishbatéha, su desaparición. M. Henry cita un par de hexámetros de Juvenal, en que el poeta ridiculiza a los judíos por perder una séptima parte del tiempo:
«Guardan los sábados a su costa, pues se pierde así un día entre siete».
Mientras que si el día de descanso se santifica como es debido, puede ser más provechoso que todos los demás días de la semana juntos. Los enemigos de los judíos podían decir ahora (aunque descartemos la versión «sus sábados»): «¿Qué provecho sacáis de observar las ordenanzas de vuestro Dios, quien ahora os abandona en vuestra aflicción?»
(F) Su estado era ahora el reverso de lo que anteriormente había sido (v. 7b): Ahora, en los días de su aflicción, cuando todo aparece negro y desalentador, ella recuerda también todos los bienes que tuvo desde los tiempos antiguos. Con frecuencia, Dios nos hace apreciar los beneficios mediante la ausencia de ellos.
II. Los pecados de Jerusalén son la causa de todas estas calamidades. Es Jehová quien la afligió por la multitud de sus transgresiones (v. 5b) y lo hizo como justo Juez. ¿Son muchas sus congojas? Sus pecados son muchos más (v. Jer. 30:14); y no son poca cosa, sino cosa grave (v. 8a): «Pecado grave cometió Jerusalén, por lo cual se ha vuelto cosa impura». El hebreo es muy expresivo, pues dice:
«Pecado pecó Jerusalén, etc.»; como si dijese: «Pecó con toda voluntad y deliberación». Así pecó la que tal profesión de fe en Dios hacía y la que de tales privilegios disfrutaba; «por eso (v. 9b) ha caído de modo tan sorprendente». Habían sido opresores los unos de los otros, los ricos de los pobres (v. Jer.
34:11), y eran ahora especialmente los ricos los sujetos a opresión y servidumbre (v. 3a). Y, en el v. 8b,
«todos los que la honraban la han menospreciado, porque vieron su vergüenza, esto es, su desnudez moral y espiritual». Dice Goldman: «La imagen de este versículo es la de una mujer que otrora fue honrada y aceptada por todos, pero ha sido sorprendida en pecado, y ahora es esquivada como impura». Según Asensio (en opinión del traductor, con toda razón—véase el v. 9—), la imagen es la de «una mujer desnuda durante su menstruación».
III. Se queja de sus amigos Jerusalén por la falsedad con que se han comportado con ella (v. 2c):
«Todos sus enemigos la han traicionado, se le volvieron enemigos». «Sus príncipes (v. 6b) han venido a ser como ciervos que, a la primera alarma, se han apresurado a huir, famélicos por falta de pasto y van a ser alcanzados por el cazador, pues (v. 6c) caminan sin fuerzas delante del perseguidor.» Tampoco sus vecinos se portan amistosamente, pues (v. 7a) «… no hubo quien la ayudase»; «… no tiene quien la consuele» (v. 9b), nadie que simpatice con ella o le preste algún alivio.
IV. Jerusalén apela a su Dios y lo encomienda todo a la consideración compasiva de Jehová (v. 9c):
«Mira, oh Jehová, mi aflicción»; y de nuevo (v. 11c): «Mira, oh Jehová, y ve cómo estoy de despreciada». La única forma de sentirnos aliviados bajo nuestras cargas es depositarlas primero en los hombros de Dios y dejar a Su discreción el obrar con nosotros como mejor le parezca.
Versículos 12–22
En estos versículos, el profeta, en nombre del pueblo que se lamenta reconoce particularmente la mano de Dios en estas calamidades, y la justicia de dicha mano.
1. Sion muestra aquí la magnitud de su aflicción a todos cuantos la ven (v. 12): «¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay un dolor como el dolor que me aflige». Esto pudo aplicarse quizá con toda razón a Jerusalén en su tremenda calamidad; pero somos muy propensos a aplicárnoslo a nosotros mismos al menor agobio que padecemos. Si las aflicciones del mundo entero pudiesen echarse en un solo saco y se repartiesen después entre todos a partes iguales, la mayoría de lo hombres diría: «Por favor, devuélvame la aflicción que tenía antes».
2. Mira luego, por encima de los instrumentos, al autor de su aflicción (v. 12c): «Porque Jehová me ha afligido en el día de su ardiente furor y me ha afligido porque está muy enfadado conmigo». La fiebre se la come hasta los huesos (v. 13a): «Desde lo alto envió (Dios) fuego y lo hizo penetrar en mis huesos». Dice Goldman: «El Midrash toma esto a la letra para significar que Dios mismo le pegó fuego al Templo a fin de que los gentiles no pudiesen jactarse de haberlo destruido ellos». También se ve como metida (v. 13b) en una red, en la que se le enredan más y más los pies cuanto más procura ella desenredarse. Dios la ha hecho volver hacia atrás, a fin de que no pueda huir hacia adelante, hacia donde ella desea ir, y así la dejó desolada y con dolor todo el día (v. 13c).
3. Especialmente interesante es la figura bajo la que se ve Sion en el versículo 14: «El yugo de mis rebeliones (o transgresiones) está impuesto por Su mano; entretejidos han subido sobre mi cuello» (lit.). Dice Goldman: «Figura complicada, cuyo significado es que Dios, como si hubiese entretejido las transgresiones de Jerusalén con un yugo, se lo hubiera puesto en el cuello para hundirla con él». El yugo de los preceptos de Cristo es fácil y ligero (Mt. 11:30), pero el de nuestros pecados es pesado. Cuando la conciencia, como voz de Dios, nos ata para llevarnos a Su juicio, entonces el yugo va atado y entretejido por la mano de Su justicia, y solamente la mano de Su misericordia perdonadora lo desatará.
4. También es Dios quien (v. 15), después de quitar de en medio a los más valientes del pueblo, ha convocado solemne asamblea para aplastar a los jóvenes de Sion, y a ella misma, la inviolable virgen (4:12) de Judá, la ha estrujado como en un lagar. Dice Goldman: «El derramamiento de sangre es comparado con el estrujamiento de las uvas en un lagar para sacarles el jugo». Esa sangre la derraman los enemigos de ella y de Dios, pero ellos son instrumentos en la mano de Dios (v. 14c): «Me ha entregado el Señor (hebr. Adonay) a merced de aquellos ante quienes no podré resistir». El que (Sal. 44:4b) decretaba las victorias de Jacob, ahora ordena una invasión contra Jacob (v. 17b), porque Jacob ha desobedecido los preceptos de Su Ley. 5. Sion justifica su pesadumbre (v. 16): «Por esta causa lloro; mis ojos, mis ojos se deshacen en lágrimas (lit. aguas; comp. con v. 2a)». Extiende sus manos (v. 17), pero no tiene quien la consuele. Extiende las manos no como gesto de deseo, sino más bien de desesperación, pues su Dios se ha retirado de ella. No es extraño que el alma de los santos desmaye, cuando Dios, que es el único Consolador que puede aliviarles, se mantiene a distancia. Sus hijos le han sido arrebatados y no pueden venir en ayuda de ella. ¿Cómo podrán ayudar a su madre cuando no pueden ayudarse a sí mismos? (v.18c): «Mis doncellas y mis jóvenes fueron llevados al cautiverio». Sus amigos tampoco pueden ayudar a Sion; unos, porque no quieren; otros, porque no pueden. Sus amantes (v. 19, comp. con v. 2b) la han engañado; esperaba de ellos ayuda, pero no acudieron. Los que habrían estado encargados de mirar por ella, los sacerdotes y los ancianos (v. 19b) perecieron de hambre. Los que no mueren a espada (v. 20c), mueren de hambre y de pestilencia dentro de la ciudad. Y, para mayor congoja, los enemigos (v. 21), especialmente los más cercanos (edomitas y amonitas), se alegran de lo que Dios le ha hecho. Les gusta ver que Dios e Israel están mutuamente enemistados.
6. Pero no por eso deja de justificar a Dios, pues reconoce que sus pecados han merecido estos castigos. El yugo que tanto le pesa en el cuello y tanto aprieta es el yugo de sus transgresiones (v. 14). Los palos que sufrimos nos vienen de nuestra propia vara. Reconoce la equidad de Dios, al reconocer su propia iniquidad: «Jehová es justo, porque contra su palabra me rebelé» (v. 18); y, de nuevo (v. 20b), «mi corazón se retuerce dentro de mí, porque me rebelé en gran manera». Nunca debemos minimizar la culpa de nuestros pecados, ni tratar de excusarlos, sino que hemos de considerarlos y llamarlos como lo hace la Palabra de Dios: transgresión, iniquidad, rebelión, etc. No puede haber sincero arrepentimiento del pecado si falta la debida consideración de la enorme gravedad que encierra cada pecado.
7. En el presente caso apela juntamente a la misericordia y a la justicia de Dios. Apela a la justicia de Dios con respecto a las injurias que los enemigos le han infligido (vv. 21, 22), y pide que llegue pronto el día en que sufran ellos lo que ella está ahora padeciendo. Esta súplica equivale a una protesta contra todo pensamiento de coligarse con sus enemigos. Nuestras oraciones deben estar acordes con la palabra y la voluntad de Dios; y aunque estamos obligados por el amor que debemos a nuestros enemigos a orar por ellos y perdonarles, podemos también pedir para que se cumpla lo que Dios ha predicho contra los enemigos Suyos y de Su Iglesia. Asensio ha captado muy bien todo el sentido de esta plegaria de Sion para que llegue el día en que, lo que ahora sufre ella, lo sufran sus enemigos. «Esta igualdad de trato, dice Asensio, pondrá a salvo la justicia de Jehová como justicia universal. La Jerusalén culpable se rinde ante ella; la Jerusalén religiosa la pide igual para todos; la Jerusalén arrepentida hace una llamada a la misericordia de su Dios».
La segunda elegía acróstica sigue el mismo tono que la primera, y su contenido es parecido.
Comienza también con el hebreo Ekhah, «¡Cómo …!». Tenemos aquí: I. La ira de Dios como la causa de las calamidades de Sion (vv. 1–9). II. La tristeza de los hijos de Sion como efecto de dichas calamidades (vv. 10–19). III. El asunto encomendado a la consideración misericordiosa de Dios (vv. 20–22). La mano que hirió es la que debe curar.
Versículos 1–9
Vemos aquí un cuadro muy triste de la situación del pueblo de Dios, de Jacob e Israel, de Sion y Jerusalén; pero lo que estos versículos ponen especialmente de relieve es la mano de Dios. Lo que causa la tristeza es que Dios está enfadado con ellos; los está castigando, y los castiga en Su desagrado.
1. Hubo un tiempo en que Dios se deleitaba en Su pueblo y se manifestaba a él como amigo. Pero ahora está enfadado con él y se porta como enemigo. Para quienes saben apreciar el favor de Dios, no hay nada que les parezca tan terrible como Su dedo amenazador; las correcciones hechas con amor se soportan fácilmente, pero los reproches en amor hieren profundamente. Es la ira de Dios la que (v. 3c)
«ha encendido en Jacob como una llama de fuego que devora todo alrededor», pero era el pecado de Jacob lo que había encendido aquel fuego. Dios es un Padre tan tierno con Sus hijos, que podemos estar seguros de que nunca se enfada con ellos, a menos que ellos le den motivo para enfadarse. Ahora es como enemigo (v. 5); «entesó (v. 4) su arco como enemigo, afirmó su mano derecha como adversario»; contra ellos se mantuvo con la derecha alzada y extendida y con la espada desenvainada. No dice que sea enemigo ni aun cuando les castiga con enojo, sino que es como enemigo cuando todas Sus providencias concernientes a ellos llevan las apariencias de tender a arruinarles.
2. Hubo un tiempo en que el pueblo de Dios aparecía muy ilustre y de gran prestigio entre las naciones; pero ahora el Señor (hebr. Adonay) ha cubierto con una nube a la hija de Sion (v. 1, lit.), la ha oscurecido con una negra, densa, nube, a través de la cual ella no puede ver el rostro de Dios; no es la nube con que los condujo por el desierto, ni la que se posaba sobre el tabernáculo y el templo llenándolos de Su gloria; no, el lado de esa nube que ahora está vuelto hacia ellos es el mismo que estaba vuelto hacia los egipcios en el mar Rojo. «Retiró (v. 3b) de él (de Israel) su diestra frente al enemigo», de forma que no pudieron ponerse en guardia frente al golpe que se les venía encima. ¿Qué puede hacer la mano derecha del mayor ejército del mundo contra cualquier enemigo si Dios les retira a sus amigos Su mano protectora?
3. Hubo un tiempo en que Jerusalén y las ciudades de Judá eran fuertes y estaban bien fortificadas. Pero ahora (v. 2b) Dios … ha derruido las fortalezas de la hija de Judá»; y, de nuevo (v. 5), «destruyó todos sus palacios, derribó sus fortalezas y, de este modo, multiplicó en la hija de Judá la tristeza y el lamento, cuando vieron que todas sus defensas habían desaparecido». En esto se insiste otra vez en los versículos 7–9: «Ha entregado (v. 7b) en manos del enemigo los muros de sus palacios». Los muros de los palacios no pueden protegerles, a menos que Dios mismo sea para ellos un muro de fuego en derredor. Pero toda desolación que Dios envía a los Suyos es de acuerdo con Sus propósitos santos y con medida:
«Extendió el cordel (v. 8b), no retrajo su mano de la destrucción», para obrar con exactitud, como si dijese: «Hasta aquí llegará, y de aquí no pasará». Dice Goldman: «Con su habitual fuerte sentido de trágico contraste, Jeremías describe al Omnipotente mostrando tanta precisión en la destrucción como la que muestra un albañil en la construcción».
4. Hubo un tiempo en que su gobierno prosperaba y el volante del poder estaba en su mano; pero ahora no es así (v. 2c): «Ha echado por tierra (Dios) y profanado el reino y a sus príncipes». Primero, se habían profanado ellos a sí mismos con sus idolatrías y, después, Dios los trató como cosas profanadas, inmundas. No es extraño que el rey y el sacerdote (v. 6d, al final), cuyas personas siempre parecían venerables e inviolables, sean despreciados por todos, cuando Dios, en el ardor de Su ira, los ha desechado. La corona se les ha caído de la cabeza, porque (v. 9b) «su rey y sus príncipes están entre los gentiles», es decir, prisioneros de ellos y en el exilio, y tratados como lo más bajo del mundo, sin consideración alguna a su condición regia. Es justo que Dios rebaje con Sus juicios a los que se han rebajado a sí mismos con sus pecados.
5. Hubo un tiempo en que las ordenanzas de Dios eran administradas en toda su pureza y comportaban las señales de la presencia de Dios en medio de ellos; pero ahora esa parte de la hermosura de Israel que era su mayor belleza, ha desaparecido.
(A) El Arca era el escabel de los pies de Dios, debajo del kapporeth o propiciatorio, entre los querubines; éste era, entre todos los demás, el más sagrado símbolo de la presencia de Dios. Es llamada
«el estrado de Sus pies» (1 Cr. 28:2; Sal. 99:5; 132:7); allí reposaba la shekinah; pero ahora (v. 2c) «no se acordó del estrado de sus pies». El Arca misma cayó en manos de los caldeos, como otrora había caído en manos de los filisteos. ¡Qué poco valor tienen las señales de la presencia de Dios cuando ha cesado Su presencia! Dios y Su reino pueden subsistir sin tal estrado.
(B) Los que ministraban en las cosas sagradas, y aun sus nobles: todos sus distinguidos (lit.) eran más puros que la nieve, más blancos que la leche (4:7), pero ahora habían sido asesinados y su sangre había sido mezclada con la de los sacrificios (Lc. 13:1). El templo era el tabernáculo de Dios pero el mismo Dios había destruido (v. 6b) el lugar donde se congregaban, ha arrancado las estacas y ha roto las cuerdas, para que no vuelva a ser tabernáculo, ni Suyo ni de nadie. Cuando los hombres profanan el tabernáculo de Dios, justo es que Él se lo lleve. Ahora (v. 7), «desechó el Señor su altar, menospreció su santuario». Ha sido profanado por el pecado, la única cosa que Él odia y, por esa causa, aborrece ahora hasta su santuario en el cual se deleitaba y lo llamaba el lugar de su reposo para siempre (Sal. 132:14).
(C) Las fiestas solemnes y los sábados habían sido cuidadosamente recordados, pero ahora Jehová (v. 6c) los ha hecho olvidar incluso en Sion. Ahora que la ciudad estaba en ruinas, no se hacía diferencia entre días de reposo y otros días, entre días festivos y días ordinarios; cada día era día de duelo y de lamentación.
(D) El altar que santificaba las ofrendas está ahora desechado por Dios (v. 7), pues Él no quiere ya aceptar más sus ofrendas ni ser honrado con sus sacrificios. El altar no era la mesa de Jehová, pero Dios no quiere ya ser comensal de ellos.
(E) Habían sido bendecidos con profetas y maestros de la Ley, pero ahora (v. 9b) «¡Ya no hay Ley! (hebr. torah, la ley como instrucción). Ya no la lee el pueblo, ya no la exponen los escribas, ya no la enseñan los sacerdotes. Además, las tablas de la Ley han desaparecido con el Arca; les ha sido quitado el libro de la Ley. Sus profetas tampoco reciben ya visión de Jehová, porque la mayoría de ellos no habían cumplido con las obligaciones de su oficio». «No es, pues, el profetismo lo que se condena aquí, sino su defectuoso desempeño de los deberes de ese oficio» (Goldman).
Versículos 10–22
Justamente se llaman Lamentaciones estos versículos, expresiones perfectas de dolor y pesadumbre, como el contenido del rollo de Ezequiel (Ez. 2:10).
I. Son presentados aquí casos extremos de lamentación y gráficamente descritos en la vida real.
1. Los jueces y magistrados, que solían aparecer en ropas majestuosas, están despojados de ellas y vestidos con hábito de enlutados (v. 10). Los ancianos no se sientan ya en los asientos del tribunal, los tronos de la casa de David, sino en tierra. Guardan silencio, abrumados de pena, sin saber qué decir, con el polvo sobre la cabeza y vestidos de saco. Igualmente (v. 10c), las doncellas, que siempre estaban dispuestas para la alegría y la diversión, inclinan la cabeza hasta la tierra en señal de duelo (comp. con Job 2:12; Ez. 17:30).
2. El propio profeta es modelo de enlutados (v. 11): «Mis ojos están consumidos de lágrimas»; ha llorado hasta no poder más, hasta quedarse casi ciego de tanto llorar. Jeremías recibía mejor trato que sus prójimos, mucho mejor que el que había recibido de sus compatriotas anteriormente; de hecho, la destrucción de ellos significó la libertad de él. Con todo, sus intereses personales quedan completamente absorbidos por su preocupación en favor de los intereses del pueblo, y se lamenta (v. 11b) «del quebrantamiento de la hija de su pueblo», como si fuese él mismo quien sufriera más en esa común calamidad. La mención del hígado indica hasta qué punto el centro mismo de las emociones (en la mentalidad hebrea) estaba afectado por el dolor y la tristeza. Comparar con Job 16:13c. Asensio ve aquí un «dolor intenso e íntimo, hasta provocar un vómito de hiel», pues también en Job 16:13 ocurre el vocablo hebreo kabed (hígado).
II. El corazón del pueblo clama al Señor (el verbo hebreo está en indicativo, no en imperativo), y continúa (v. 18b—ahora en imperativo—): «Oh muro de la hija de Sion (comp. con v. 8a), echa lágrimas cual torrente día y noche». La razón por la que aquí, como en el versículo 8, se menciona el muro en lugar de la ciudad misma es que, «desde el punto de vista militar era la parte más importante de la ciudad» (Goldman). Esto es algo que sirvió de lamentación a Nehemías muchos años después (v. Neh. 1:3, 4). Las calamidades iban a continuar, y las causas de pesadumbre habían de recurrir, con lo que darían así nuevas ocasiones para que se lamentasen cada día y cada noche. Había peligro de que se volvieran insensibles y tendrían necesidad de afligir su alma, hasta que su orgulloso y endurecido corazón quedase completamente humillado y ablandado.
III. Se citan ahora varios motivos para lamentarse.
1. Muchedumbres perecían de hambre. Dios les había disciplinado mediante la escasez de provisiones por la falta de lluvia que habían padecido anteriormente (Jer. 14:1), y ahora, mediante las estrecheces del asedio, Dios los condujo al extremo de la calamidad, pues los niños y aun los lactantes (vv. 11c, 12, 19, 21) mueren de inanición en las calles y plazas de la ciudad. Había incluso niños que eran muertos a manos de sus madres y comidos por ellas (v. 20), como ocurrió también en el asedio de Samaria (v. 2 R. 6:29).
2. Muchedumbres caían a espada, que devora a diestro y siniestro, especialmente en manos de tan crueles enemigos como eran los caldeos. Estos no atendían a edad ni sexo (v. 21). Ni los niños ni los ancianos tenían fuerzas para combatir, tampoco las doncellas empuñaban la espada; no obstante, «niños y ancianos yacen por tierra en las calles; mis vírgenes (esto es, como siempre, doncellas casaderas) y mis jóvenes cayeron a espada». Y, como los caldeos eran meramente instrumentos de Jehová, Jeremías continúa, dirigiéndose a Dios (v. 21c): «Mataste en el día de tu furor; degollaste sin piedad». sólo un corazón profundísimamente afectado por el dolor puede desahogarse de esta manera ante Dios; y así lo han hecho santos como Moisés, Job y el propio Jeremías. Recordemos que Dios no toma como insulto el que un hijo Suyo derrame humildemente las penas de su corazón delante de Él (v. el v. 19b).
3. Sus falsos profetas les habían engañado (v. 14). Esto es algo que Jeremías había lamentado mucho antes y había observado con honda preocupación (Jer. 14:13): «¡Ah!; ¡ah, Señor Jehová! He aquí que los profetas les dicen: No veréis espada, etc.». Aquí inserta también esta queja en sus lamentaciones. Las visiones de los falsos profetas eran pura fantasía, y, con la mayor probabilidad, ellos mismos sabían que las visiones que pretendían haber tenido eran una impostura. El pueblo mismo los había elevado y les había dictado lo que habían de decir; así que eran profetas según el corazón del pueblo. Los profetas verdaderos son los que le dicen al pueblo, de parte de Dios, tanto sus pecados como la necesidad de arrepentirse de ellos, con lo que impiden así su ruina; pero estos falsos profetas sabían que, si obraban de ese modo, el pueblo les negaría su afecto y su contribución pecuniaria. Por consiguiente (v. 14b), «no revelaron tu pecado para impedir tu cautiverio», cuando la remoción del pecado habría sido el mejor medio para evitar el exilio.
4. Sus vecinos se reían de ellos (v. 15): «Todos los que pasan por el camino baten palmas sobre ti, etc.». Son gestos de gozo y desprecio malignos. Y añadían (v. 15c, comp. con Sal. 48:2; 50:2): «¿Es ésta la ciudad que decían de perfecta hermosura, el gozo de toda la tierra?» ¡Ahora no era sino la perfección de la deformidad! ¿Adónde se había ido su belleza?
5. Sus enemigos cantaban victoria sobre ellos (v. 16). Los que odiaban a Jerusalén abrían la boca, como si quisieran tragarse al pueblo de Dios (comp. con Sal. 22:14), silbaban y rechinaban los dientes, en gesto de rabia triunfal. «Nos la hemos tragado», añaden, como si ya se la hubiesen comido; y piensan que lo consiguen con sus propias fuerzas, como si Dios no anduviese por medio: «Ciertamente éste es el día que esperábamos; lo hemos hallado, lo vemos».
6. Dios mismo, el Dios de ellos, se manifiesta, en todo esto, contra ellos (v. 17): «Jehová ha hecho lo que tenía determinado, etc». (comp. con Jer. 4:28). Lo que Dios trama contra Su pueblo está destinado a ellos y, por consiguiente, sucederá como Dios predijo. Cuando les dio la Ley por medio de Moisés, ya les dijo los castigos que, con toda certeza, había de infligirles si transgredían aquella Ley; y ahora que por tanto tiempo han sido culpables de transgredir en muchos puntos esa Ley, Él ha ejecutado la sentencia correspondiente, de acuerdo con Levítico 26:16, etc., y Deuteronomio 28:15.
IV. A continuación, se buscan, y se prescriben, consuelos para la curación de este estado de profundas lamentaciones.
1. El profeta (v. 13) trata de hallar la forma más conveniente de consolar a la virgen hija de Sion.
Pero no encuentra las frases más apropiadas para ello. Dice Goldman: «El sentido del versículo es:
¿Puedo mencionar alguna otra nación que haya sufrido una calamidad igual que la tuya, y consolarte con el pensamiento de que no eres la única en tu pesadumbre?» Nos esforzamos en consolar a nuestros amigos diciéndoles que su caso no es el único (y éste es un recurso malísimo, como lo he visto por propia experiencia—«¡Vaya un consuelo que me das!»—, me dijo un amigo a quien se le había muerto a los catorce años el hijo único, en quien tantas esperanzas tenía puestas; nota del traductor).
2. Y es que el caso de Jerusalén era realmente único. Único era su castigo, como únicas eran su ingratitud y su rebeldía contra Dios (v. Is. 1:26), y único el honor que Dios le había otorgado en el pasado. No había ya remedio en este caso, porque la herida estaba gangrenada (v. 13c): «Porque grande como el mar es tu quebrantamiento; ¿quién te podrá curar?» Ni la sabiduría ni el poder de ningún hombre puede reparar una brecha tan profunda; por lo que es inútil el querer aplicar ninguno de los remedios corrientes.
3. El método prescrito para la curación de este caso desahuciado es dirigirse humildemente a Dios y, mediante una oración de verdadero penitente, encomendarle el caso a Él, ya que es el único que puede ponerle remedio eficaz (v. 19): «Levántate, no sigas acostada en tu indolencia, da voces de oración ferviente en la noche, al comenzar las vigilias», frase que puede entenderse de dos maneras: (A) al comienzo de la primera vigilia, cuando la gente disfruta del primer sueño; (B) al comienzo de cada una de las tres vigilias en que se dividía la noche. En este segundo sentido lo entienden Asensio, Ryrie y el propio M. Henry (Goldman da como probables ambos sentidos). Y prosigue (v. 19b): «Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor (como ya hemos aludido arriba, al final de III, 2), con toda libertad, con seriedad, con sinceridad; alza tus manos a Él, con santo deseo y confiada expectación, implorando la vida de tus pequeñitos. ¿Qué habían hecho esos pobres corderitos? Y dile a tu Dios (v. 20): Mira, oh Jehová, y considera a quién has tratado así». Como si dijese: «¿No son tuyos? ¿No son descendientes de Abraham, tu amigo, y de Jacob, tu escogido? ¡Oh, Señor! ¡Toma en tu compasiva consideración su caso!»
El objetivo del presente capítulo es el mismo que el de los capítulos anteriores, pero la estructura poética es diferente: en aquéllos, el verso era largo; aquí, es corto; en aquéllos, la letra del acróstico figuraba sólo al comienzo de cada estrofa; aquí, figura al comienzo de cada estico, es decir, tres veces en cada verso. Aquí vemos: I. Una triste queja del desagrado de Dios y de sus consecuencias (vv. 1–20). II. Palabras de consuelo al pueblo de Dios (vv. 21–36). III. El deber que se prescribe en este estado de aflicción (vv. 37–41). IV. Se renuevan las quejas (vv. 42–54). V. Los ánimos que otorga la esperanza en Dios (vv. 55–66). Dice Goldman: «Son posibles dos interpretaciones de este capítulo: que es una descripción de las experiencias personales de Jeremías, o una personificación, en un individuo, de las experiencias de todo el pueblo». Goldman se adhiere a esta segunda interpretación y da varias razones para ello.
Versículos 1–20
El título del Salmo 102 estaría más que apropiado al comienzo de este capítulo: «Oración del que sufre, cuando está angustiado, y delante de Jehová derrama su lamento». El profeta se queja:
1. De que Dios está enojado. Esto es lo que da nacimiento y amargura a la aflicción (v. 1): «Yo soy el hombre (hebr. haguéber, el varón apto para el servicio militar) que ha visto aflicción bajo la vara de Su enojo». La ha visto, es decir, la ha sentido. Dios está, a veces, enojado con Su pueblo; pero no usa la espada para cortar, sino la vara para corregir; es la vara de Su enojo, y el enojo de Dios es siempre provechoso, aunque de momento no lo parezca (He. 12:11). Bajo esta vara hemos de esperar aflicción, no caricias; y si llega el caso en que se nos hace ver una extraordinaria aflicción, no debemos querellarnos, pues podemos estar seguros de que el enojo es justo y de que la aflicción está mezclada con misericordia.
2. De que él (el profeta) está en la oscuridad. La oscuridad es aquí símbolo de aflicción y perplejidad; éste es el caso del que aquí se queja (v. 2): «Me guió mediante una innumerable cadena de sucesos y me hizo caminar en tinieblas y no en luz; en las tinieblas que yo temía y no en la luz que yo esperaba». Y (v. 6) «me dejó en oscuridad, en una oscuridad como la del sepulcro, como los muertos de hace mucho». Así suelen traducir las versiones el olam del original, pero seguramente tiene razón Goldman al decir que «lo “desde hace mucho” escasamente añade nada a los de muertos, por lo que una traducción preferible sería “muertos para siempre”».
3. De que Dios se presenta contra él como un enemigo: «Sí, dice (v. 3), contra mí vuelve y revuelve su mano todo el día» (comp. con Sal. 73:14: «… azotado todo el día, y castigado todas las mañanas»). Cuando la mano de Dios se vuelve y revuelve contra nosotros, estamos tentados a pensar que también Su corazón se ha vuelto contra nosotros. «Fue para mí (v. 10) como oso que acecha, sorprendiéndome con sus juicios, como león en escondrijo, de suerte que a cualquier lado que me vuelvo, nunca me puedo sentir seguro.» «Entesó su arco (v. 12) y me puso como blanco de sus saetas.» Y de nuevo (v. 13): «Hizo entrar en mis riñones (que los antiguos suponían ser el asiento de la vida—v. Job 16:13; Sal. 38:3; Pr. 7:23—) las flechas (lit. los hijos) de su aljaba», por lo que le herían en lo más vital.
4. De que la nación judía podría ser comparada muy apropiadamente con un hombre lleno de arrugas por la edad (v. 4): «Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos»; su cuerpo se va deteriorando por momentos. «Me llenó (v. 15) de amarguras, etc.», pues estas penas y aflicciones sólo destilan amargor. Al cocerle el pan mezclado con guijarros, le ha roto los dientes (v. 16) y le ha hecho revolcarse en ceniza (así lo entiende Goldman).
5. De que no puede discernir para sí ninguna vía de escape (v. 5): «Edificó baluartes contra mí, como se construyen para atacar una ciudad ya sitiada, y me rodeó de amargura y de fatiga, como a quien se esfuerza por escapar y no encuentra por dónde salir». Se siente (v. 7) cercado (mejor, amurallado) por todos los lados y, para hacer más terrible su prisión, encadenado. Dice Ryrie: «Los asirios popularizaron la práctica de amurallar a los prisioneros, a fin de que se muriesen más rápidamente». Además (v. 9), la cerca es de piedras sillares, con lo que le torció los senderos, e hizo que su conducta se volviese perpleja y hasta tortuosa (así lo entiende Goldman), o que fuese de un lado para otro, sin conseguir ningún avance (así lo entiende M. Henry y es lo más probable). «Torció mis caminos», añade (v. 11), es decir, le ha hecho desviarse «como la presencia de una fiera le haría desviarse de su camino a un viandante» (Goldman), y continúa (v. 11b): me despedazó y me dejó desolado (lit.), privado de todo consuelo en mi alma.
6. De que Dios se hace el sordo a sus oraciones (v. 8): «Aun cuando grito y pido auxilio, como quien se halla en una situación desesperada, cierra los oídos a mi oración, como quien rehúsa deliberadamente escuchar». Algunas veces Dios parece estar enojado incluso contra las oraciones de Su pueblo (v. Sal. 80:4), y es verdaderamente deplorable el caso de aquellos a quienes se niega el consuelo de la aceptación.
7. De que sus mismos vecinos se ríen de sus aflicciones (v. 14): «He venido a ser la irrisión de todo mi pueblo, etc.». Esto podría parecer extraño, cuando todo el pueblo de Israel está sufriendo estas calamidades; pero, si recordamos que quien así habla (con la mayor probabilidad—v. la introducción a este capítulo—) es «una personificación, en un individuo, de las experiencias de todo el pueblo» (Goldman), se entenderá, como explica el propio Goldman (y Asensio está de acuerdo con esta interpretación), que «como un individuo es al pueblo de su propio país, así lo es una nación con respecto a los demás pueblos del mundo», con lo que el versículo se entiende perfectamente.
8. De que él mismo estaba a punto de desesperar de cualquier liberación (v. 17): «Y mi alma se alejó de la paz, esto es, de la felicidad que las bendiciones divinas comportan, y me olvidé del bienestar (lit. hebr. tobah)». Como si dijese: «Hace tanto tiempo que lo paso mal, que ya ni me acuerdo de lo que es el pasarlo bien; tan acostumbrado estoy a la tristeza y a la esclavitud, que ya no sé lo que significan el gozo y la libertad». «Y dije (v. 18): Perecieron mis fuerzas, y mi esperanza en Jehová; ya no puedo confiar en Dios para apoyarme en Él, cuando se muestra tan inexorable».
9. De que le abrumaba la tristeza cada vez que recordaba su desdicha, y sus reflexiones eran tan melancólicas como su expectativa (vv. 19, 20): «Acuérdate (el hebreo zekhar es ciertamente imperativo, no infinitivo) de mi aflicción y de mi vida errante (el vocablo hebreo puede significar también “angustia” o “sufrimiento”; quizás hayamos de ver aquí juntas la culpa y la pena como causa y efecto, respectivamente), del ajenjo y de la amargura (lit.)». El pecado es el que hace que el cáliz de la aflicción sea un cáliz de amargura. Los cautivos de Babilonia tenían continuamente en su mente todas las miserias del asedio de Jerusalén y lloraban cuando se acordaban de Sion; nunca, nunca, podían olvidarse de Jerusalén (Sal. 137:1, 5).
Versículos 21–36
Aquí las nubes comienzan a disiparse y el cielo a serenarse. Cambia la melodía, y los que hacían el duelo en Sion cobran un aspecto más grato. Si no fuese por la esperanza, el corazón se rompería. Para evitar que el corazón se quebrante por completo, hay aquí (v. 21) algo con cuya meditación se aviva la esperanza. Lo que reposa en el fondo de nuestro corazón está con frecuencia como olvidado, hasta que Dios, con Su gracia, hace que salga de ese fondo y aflore a la conciencia. Podríamos decir parodiando a Descartes: Espero, luego medito. Una meditación pacífica acerca de las promesas de Dios salva de la desesperación al hijo de Dios.
1. Aunque las cosas están mal, a la misericordia de Dios se debe el que no estén todavía peor. Somos afligidos por la vara del enojo de Dios (v. 1), pero el enojo de Dios tiene límite, mientras que Su amor misericordioso no lo tiene (v. 22): «Las misericordias los favores del amor) de Jehová ciertamente no se han agotado, porque sus compasiones no decaen» (lit.). Este versículo 22 y el 23 son de los más conocidos, y vale la pena estudiarlos con base en la versión literal del original. Lo que aquí da a entender el hebreo es que los favores del amor misericordioso (hebr. jasdey) son inagotables de verdad, precisamente porque las ternuras de su compasión (hebr. rajamáyu) no se menguan. El amor de Dios no es un amor en frío, un amor platónico que no se conmueve, sino un amor cálido, salido de unas entrañas llenas de compasión. Es cierto que el texto masorético actual trae lo-tamnu, no hemos sido consumidos, y así traducen muchas versiones: «A las misericordias de Jehová (se debe) que no hayamos sido consumidos», pero el signo (asterisco o círculo) sobre la primera sílaba del verbo indica que es una lectura dudosa, por lo que, al tener en cuenta el paralelismo del estico, la mayoría de los modernos (Asensio, Ryrie, Goldman) leen lo-tamu, no se han agotado. La AV inglesa, como la RV anterior a la 1977, han seguido la versión no hemos sido consumidos; sobre esa lectura, M. Henry hace un par de aplicaciones en particular:
(A) Se presta reconocimiento a los raudales de la misericordia: No hemos sido consumidos. El pueblo de Dios es como la zarza de Moisés: arde, pero no se consume; es perseguido por los hombres, pero no es abandonado de Dios, y, por consiguiente, aunque esté derribado, no está destruido (2 Co. 4:9b); refinado, como se refina la plata en el horno, pero no consumido como se consume la escoria.
(B) Estos raudales fluyen de la fuente: Se debe a las misericordias de Jehová. Dios es una fuente inagotable de misericordia, Padre de misericordias o, más exactamente, de compasiones (2 Co. 1:3b). Si Dios nos hubiese tratado conforme a nuestros pecados, hace mucho que habríamos sido consumidos; pero nos ha tratado conforme a sus misericordias.
2. Incluso en lo más profundo de su aflicción, disfrutan de la gozosa experiencia de la ternura de la compasión de Dios y de la certeza de la promesa de Dios. Varias veces se habían quejado de que Dios se había mostrado sin piedad (2:17c, 21c, al final), pero ahora se retractan y reconocen: (A) Que las compasiones de Dios no se menguan (v. 22b); no se menguan, no, ni siquiera cuando, en su furor, parece haber cerrado con llave sus compasiones. Estos ríos de misericordia fluyen de lleno y constantemente, pero nunca se secan. «Nuevas son (v. 23a) cada mañana; cada mañana nos trae frescas pruebas de la compasión que Dios nos tiene». Como leemos en Sofonías 3:5b, «cada mañana saca a luz su juicio». Aun cuando nos falte el consuelo, no nos faltarán las compasiones de Dios. (B) Que la fidelidad (hebr. emunah) de Dios es grande (hebr. rabah)—no sólo en tamaño (hebr. gadol), sino en abundancia de cantidad y calidad—. Aunque Jerusalén esté en ruinas, la fidelidad de Dios permanece para siempre.
3. Dios es, y siempre será, el Todosuficiente para la felicidad de Su pueblo, por lo que bien puede Su pueblo depender entera y únicamente de Él (v. 24): «Mi porción es Jehová, dice mi alma». Esto es: (A)
«Aun cuando he perdido todo lo que tenía en este mundo, libertad, sustento y casi la vida misma, todavía no he perdido mi interés en Dios». (B) «Mientras tenga interés en Dios, con eso tengo bastante; tengo lo que es suficiente para contrapesar todas mis aflicciones y dar por ganancia todas mis pérdidas». (C) «Esto es lo que sirve de sostén a mi esperanza (v. 24b): “por eso espero en Él”; en Él me apoyaré cuando todos los demás apoyos me fallen».
4. Los que así confían en Dios hallarán que no lo hacen en vano (v. 25). Mientras esperamos en Él por fe, hemos de buscarle en oración. La búsqueda diligente ayuda a mantener la espera paciente. «Bueno es (v. 26)—es bueno por ser nuestro deber y por ser nuestro consuelo y satisfacción—, esperar en silencio la salvación de Jehová, la que sólo Él puede proveer (comp. con Jon. 2:9c)»; esperar que ha de venir, esperar hasta que venga y, mientras esperamos, guardar calma y silencio, no en discusión con Dios, sino sometiéndonos a las disposiciones divinas: Padre, ¡hágase tu voluntad!
5. Las aflicciones son realmente buenas para nosotros y, si las llevamos bien, obrarán para nuestro bien. No sólo es bueno esperar la salvación, sino también (v. 27) estar mientras tanto bajo disciplina:
«Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud». Muchos jóvenes eran llevados en cautiverio. Jeremías parece decirles que les era bueno llevar el yugo de ese cautiverio, y que así lo hallarían si procuraban responder a los objetivos que Dios se había propuesto al imponerles ese pesado yugo. Aquí parece significar el yugo de la aflicción. Muchos han hallado que les fue bien en llevarlo ya en su juventud, pues les hizo ser humildes y sumisos cuando, de otro modo, habrían sido orgullosos y díscolos, como el novillo no acostumbrado al yugo. Pero, ¿cuándo llevamos el yugo de forma que nos sea realmente bueno llevarlo en nuestra juventud?
(A) Cuando nos mantenemos en calma bajo nuestras aflicciones, cuando nos sentamos solos y en silencio (v. 28), a fin de conversar con Dios y meditar calladamente, para ver de acallar todos los pensamientos de descontento y desconfianza.
(B) Cuando nos portamos con humildad y paciencia bajo la aflicción. Para sacar provecho del yugo es menester no sólo poner la mano en la boca, guardando silencio, sino poner la boca en el polvo (v. 29),
«el modo oriental de expresar absoluta sumisión» (Goldman). Los que de veras se humillan por sus pecados, se alegrarán de obtener buena esperanza, por la gracia de Dios, aunque tengan que poner la boca en el polvo para ello.
(C) Cuando nos portamos mansamente con los que son el instrumento de nuestra aflicción, y estamos dispuestos a perdonarles (v. 30). El Señor Jesús nos ha dejado buen ejemplo en esto, pues dio su mejilla al que le golpeaba, como estaba profetizado (Is. 50:6; Mt. 26:67). El que soporta bien el desprecio y el insulto, y no responde con afrenta a la afrenta, ni con palabras amargas a las palabras ásperas, hallará que es bueno llevar el yugo, pues le habrá procurado beneficios espirituales.
6. Dios devolverá benignamente a Su pueblo los consuelos conforme al tiempo en que les ha afligido (vv. 31, 32). Debemos cobrar ánimo con lo siguiente: (A) Con que, cuando estamos abatidos, no estamos desechados para siempre (v. 31); el padre que corrige a su hijo, no lo deshereda por eso. (B) Con que, cualquiera que sea la pena que nos aflija, en ella está la mano de Dios y, por consiguiente, podemos estar seguros de que es sólo por un poco de tiempo (1 P. 1:6). (C) Con que Dios tiene en reserva compasiones y consuelos, incluso para aquellos a quienes Él mismo ha entristecido: «Él ha desgarrado, y Él nos curará» (Os. 6:1). (D) Con que, cuando Dios vuelve a tratarnos benignamente, no será de acuerdo con nuestros méritos, sino (v. 32) según la multitud de sus misericordias.
7. Cuando Dios entristece, es por sabios y santos objetivos, pues no se deleita en nuestra aflicción (v. 33): «Porque no humilla ni aflige por gusto (lit. de su corazón) a los hijos de los hombres». En otras palabras, la aflicción al hombre no le brota a Dios espontáneamente del corazón; la inflige contra Su gusto, como a regañadientes. Dice Goldman: «Dios no trama aflicciones ni pesares sin relación a la conducta de una persona. Dios causa la aflicción, pero es el hombre quien la atrae sobre sí mismo». En efecto:
(A) Dios sólo nos aflige cuando le damos motivo para ello. Cuando actúa con amabilidad hacia nosotros, es porque así le parece bien; pero si escribe contra nosotros cosas amargas, es porque nos las merecemos y las necesitamos.
(B) Dios no se deleita en la muerte del pecador ni en el desasosiego del justo, sino que castiga con repugnancia. No le agrada la miseria de ninguna de sus criaturas; tan lejos está de ello que leemos (Is. 63:9): «En toda angustia de ellos (los israelitas), Él fue también angustiado», y Su alma estaba apenada por la miseria de Israel.
(C) Dios conserva el amor que tiene a Su pueblo, incluso cuando los está afligiendo. Si no aflige con gusto a los hijos de los hombres, mucho menos afligirá con gusto a Sus propios hijos. Estos pueden, por fe, ver el amor en el corazón de Dios, aun cuando vean el ceño fruncido en Su rostro y la vara en Su mano.
8. Aunque hace de los hombres instrumentos en Su mano para corregir a Su pueblo, está muy lejos de complacerse en la injusticia, la violencia y la malignidad con que dichos instrumentos actúan personalmente (vv. 34–36). De dos maneras oprimen los enemigos al pueblo de Dios, y el profeta nos asegura aquí que Dios no aprueba ninguna de las dos:
(A) Si los hombres le oprimen por la fuerza de las armas, Dios no lo aprueba, pues no es Él quien aplasta bajo sus pies a todos los prisioneros de la tierra. Goldman halla extraño que se singularice aquí a los prisioneros de la tierra, y opina que es mejor interpretarla poéticamente en el sentido de toda la humanidad, «esto es, a los que están atados a la tierra». Con todos los respetos al rabino Goldman, ¿no es más fácil ver aquí una alusión a los israelitas prisioneros de los caldeos? Tanto más cuanto que el vocablo árets o érets, tierra, designa con la mayor frecuencia la «tierra santa».
(B) Si los hombres lo oprimen torciendo el derecho del hombre (v. 35), un derecho que todo hombre tiene delante de la presencia del Altísimo, «esto es, un derecho otorgado por Dios, o derecho natural» (Goldman), o hacen (v. 36) que se condene injustamente a una persona—ése parece ser el sentido—, sepan que Dios lo ve, no lo aprueba. Aquí se implica más de lo que se expresa. Pervertir el derecho y la justicia, privar a una persona de sus derechos humanos y condenar a un inocente, son cosas que afrentan gravemente a Dios, y Él, tarde o temprano, tomará severa cuenta a los que así se comportan.
Versículos 37–41
1. No debemos disputar con Dios por ninguna aflicción que tenga a bien enviarnos en cualquier tiempo (v. 39): «¿Por qué se queja un hombre viviente? ¡Que sea un valiente (hebr. guéber) contra sus pecados!» Ésta parece ser la versión literal más probable de este difícil versículo. Dice el Midrás (citado por Goldman): «Debería estar agradecido de estar vivo». La soberanía de Dios en la administración universal de los planes de Su providencia habría de ser suficiente base doctrinal para acallar todas las quejas que contra Dios se atreven a presentar los seres humanos (Adán, en la primera parte del versículo). En concreto, los llevados al cautiverio de Babilonia deben someterse a la voluntad de Dios en sus padecimientos. ¿Se cree alguien lo suficientemente valiente, fuerte, frente a Dios? (v. 1 Co. 10:22). ¡Que tenga esa valentía para reconocer sus pecados y enmendarse de ellos! Quien se acusa así mismo, hallará a un Dios misericordioso, pero quien se excusa y se queja de sufrir sin merecerlo, hallará a un Dios justiciero.
2. Debemos ponernos a responder a los objetivos que Dios abriga al afligirnos, lo cual conseguiremos si nos ponemos primero (v. 40) a escudriñar nuestros caminos, con lo que estaremos dispuestos a volvernos a Jehová. ¡Examinemos nuestra conducta! ¡Que nos ayude la conciencia a buscar y a juzgar! Al examinar nuestra conducta, nos examinaremos a nosotros mismos, pues hemos de juzgar de nuestro estado espiritual, no por nuestras inútiles fantasías y nuestros débiles deseos, sino por los motivos que nos incitan, las normas que nos rigen y el tenor general de nuestra vida conforme a esos motivos y esas normas. ¡El árbol se conoce por sus frutos! Cuando nos hallamos en aflicción, es conveniente meditar bien sobre nuestros caminos (Hag. 1:5), para que lo que no está del todo derecho sea enderezado por el arrepentimiento y enmendado para lo futuro y, de este modo, podamos responder al objetivo de la aflicción. En tiempo de pública calamidad, estamos inclinados a señalar con el dedo a otros para echarles la culpa de lo que ocurre, mientras que el deber nuestro, y el de cada uno, es examinar nuestros caminos.
«Y (v. 40b) volvámonos a Jehová. Ya estuvimos con Él, y nunca nos ha ido bien desde que nos separamos de Él; volvámonos, pues, a Él». Y, cuando elevamos (v. 41) nuestras manos al cielo para orar a Dios, «levantemos también el corazón sobre las palmas de las manos, del mismo modo que hemos de poner toda el alma en nuestras palabras». Orar es levantar el alma a Dios (Sal. 25:1), como a nuestro Padre que está en los cielos; y el alma que abrigue la esperanza de estar con Dios en el cielo para siempre, ha de querer estar siempre aprendiendo, mediante frecuentes actos de devoción, el camino hacia allá y proseguir diligentemente hacia esa meta.
Versículos 42–54
El profeta ha reconocido que un ser viviente no debe quejarse a Dios, pero aquí vuelven las nubes de la perplejidad y de la amargura.
1. Confiesan la justicia de Dios al afligirles (v. 42): «Nosotros hemos transgredido y nos hemos rebelado». Si llamamos al pecado rebeldía y transgresión, lo llamamos por sus propios nombres, no exageramos.
2. Se quejan de las aflicciones que padecen, no sin ciertos reproches a Dios.
(A) Se quejan de las señales de Su desagrado (v. 42b): «Tú no has perdonado». Y más aún en el versículo 43: «Te has cubierto de ira (comp. con 2:1) y nos has perseguido; mataste sin piedad». Se quejan de que hay como un muro que les separa de Dios (v. 44, comp. con Is. 59:2): «Te cubriste de nube para que no pasase nuestra oración» (comp. con el v. 8). ¡Una nube tan densa como un muro!
(B) Se quejan del menosprecio en que les tienen sus vecinos (v. 45): «Nos has hecho basura y desecho en medio de los pueblos». Si ellos no se hubiesen envilecido a sí mismos, sus enemigos no los habrían tenido por basura y desecho.
(C) Se quejan de la destrucción que han sufrido a manos de sus enemigos: «Terror y fosa es nuestra porción, desolación y ruina». Hay un juego de palabras en el hebreo para cada uno de los dos pares de vocablos de este versículo 47: pajad waphájath … hasheth whasháber. Y, en el versículo 48, «… el quebrantamiento de la hija de mi pueblo». Y, en el versículo 51, «… por todas las hijas de mi ciudad». Por medio de metáforas, más bien que con expresiones de sentido literal, el poeta se lamenta de la forma en que el enemigo ha tratado al pueblo (vv. 52–57). Como advierte Goldman, no ha de pensarse, por algunas expresiones de los versículos 52–54, que Jeremías se refiere a sus experiencias personales, pues «no consta que le arrojaran piedras, y su cisterna no tenía agua, sino sólo cieno».
(D) Se quejan (vv. 48, 49) de su extraordinario pesar. Nótese la bella metáfora del versículo 51: «Mi ojo afecta a mi alma», que significa: mis muchas lágrimas me están poniendo enfermo. Cuanto más llora, peor está; cuanto peor está, más llora (es un círculo vicioso).
(E) En medio de todas estas tristes quejas hay una palabra de consuelo (v. 50). Continúa llorando sin alivio, pero (como un rayo de luz que se filtra por entre la densa nube) hay un atisbo de esperanza en esa frase … hasta que Jehová mire y vea desde los cielos». Aun cuando el caso parece desesperado, una mirada favorable desde los cielos bastará para poner todo en orden. Mientras continuaban llorando, también continuaban aguardando. Cuando Jehová mire desde arriba, todas las lágrimas serán enjugadas.
Versículos 55–66
Lucha en el pecho del profeta entre la fe, el temor y la esperanza; pero la fe tiene la última palabra y sale del conflicto vencedora. En tres cosas han hallado bueno a Dios el profeta y sus amigos:
1. En que ha escuchado sus oraciones, aunque habían estado inclinados a temer que la nube del enojo de Dios fuese tal que no pudiese pasar su oración (v. 44). Cuando estaban en lo más profundo de la fosa (hebr. bor, no sheol), invocaron el nombre de Jehová (v. 55). Y Jehová oyó su grito cuando clamaban en busca de auxilio (v. 56). Ante la aparente contradicción entre la segunda parte del versículo y la primera, el Rashí sugería que «los verbos de estos versículos estaban en imperfecto» (Goldman), lo cual es muy difícil de sostener desde el punto de vista gramatical; es mucho más probable que la segunda parte exprese el contenido del grito de la primera frase del versículo, como lo tienen, entre otras versiones, la Biblia de las Américas y, más claro todavía, la Nueva Versión Internacional. El versículo 56 dice, pues, literalmente: «Mi voz (hebr. qolí) escuchaste. “No cierres tu oído a mi suspiro (hebr. leravjatí, de ruaj), a mi grito (hebr. leshavatí)”». Obsérvese cómo llama a su oración su aliento, porque en la oración alentamos, respiramos, hacia Dios. La oración es la respiración del hombre nuevo, aspirando el aire de la misericordia en las peticiones, y respiramos el aire de nuestro pecho en alabanzas; es, a un mismo tiempo, la evidencia y el sostén de la vida espiritual.
2. En que Dios había acallado los temores de ellos (v. 57): «Te acercaste el día que te invoqué, y dijiste. No temas». Cuando nos acercamos a Dios por el camino del deber, podemos verle, por fe, acercándose a nosotros por el camino de la misericordia.
3. En que ya había comenzado a manifestarse a favor de ellos (v. 58): «Abogaste, Señor, las causas (lit.) de mi alma; redimiste mi vida». Se consuela con el pensamiento de haber apelado a la justicia y a la omnisciencia de Dios: «Tú has visto (v. 59), oh Jehová, mi agravio: que estoy sufriendo tanto, sin haber dado motivo para ello». «Has visto (v. 60) … todos sus planes contra mí. Ellos se están divirtiendo con mis calamidades (vv. 61–63), como los filisteos con Sansón. ¡Que sean tratados de la misma forma con que nos tratan a nosotros! (vv. 64–66). ¡Que tu mano pese sobre ellos como su mano ha pesado sobre nosotros!»
Este capítulo guarda la misma estructura acróstica que los dos primeros con la sola diferencia de presentar dos esticos, en vez de tres, bajo cada letra. Una característica común a los cuatro primeros capítulos, y que no hemos hecho notar anteriormente, es que la letra Pe aparece delante de Ayin, invirtiendo en esto el orden alfabético. No se sabe cuál es la razón de esto: pe significa «boca», y ayin «ojo»; ¿por qué va el hablar antes del ver? Mejor es dejarlo así, para no inventar explicaciones que podrían ser ingeniosas, pero dudosamente bíblicas. I. El profeta se lamenta aquí de las indignidades cometidas contra aquellos a quienes se solía guardar y mostrar mayor respeto (vv. 1, 2). II. Se lamenta también de los efectos del hambre (vv. 3–10). III. Se lamenta igualmente del saqueo de Jerusalén (vv. 11, 12). IV. Reconoce que los pecados de los líderes fueron la causa de todas estas calamidades (vv. 13–16).
V. Abandona toda esperanza de que pueda evitarse la ruina total (vv. 17–20). VI. Predice la destrucción de los edomitas, que se regocijaron con la caída de Jerusalén (v. 21). VII. Anuncia el regreso de los cautivos a Sion (v. 22).
Versículos 1–12
La elegía de este capítulo comienza con una lamentación del triste cambio que ha experimentado Jerusalén. La ciudad que antes era como el oro más fino, ha perdido su brillo (v. 1); se ha convertido en escoria.
1. El templo, que era la gloria y la protección de Jerusalén, está derruido (v. 1b). Más bien que el oro del templo, lo que aquí (v. 1a) se describe, según Goldman, es «metafóricamente el pueblo mismo. El pueblo de Sion era con respecto a los demás pueblos de la tierra como el oro con respecto a un vil metal, pero han sido tratados como escoria». El paralelismo con el versículo 2 demuestra que la explicación de Goldman es correcta. De la misma forma que el oro, las piedras del santuario (v. 1b) habían perdido también su gloria, pues estaban esparcidas a la cabeza (lit.), es decir, en la esquina, de todas las calles. Allí estaban mezcladas con las piedras de la común demolición.
2. Los príncipes, los sacerdotes, etc., en una palabra, los preciados hijos de Sion (v. 2), estimados más que el oro fino, por su posición, dignidad y autoridad, han sido tratados de la manera más baja, como si fuesen vasijas de barro. Se habían empobrecido y habían marchado al cautiverio, como si fueran criminales despreciables.
3. Los niños pequeños perecían de hambre y de sed por falta de alimento, por una carestía de tal calibre que había desnaturalizado a las madres. Asensio comenta los versículos 3 y 4 del modo siguiente:
«Madres desnaturalizadas por fuerza, las hijas de mi pueblo hacen buenos a los chacales, que, entre las ruinas de la ciudad destruida (Is. 13:22; 34:13; Jer. 50:39), siguen amamantando a sus crías. Atontadas por el dolor, proceden como las estúpidas avestruces, que, después de las fatigas pasadas para la puesta de los huevos y la incubación de las crías, lo abandonan todo en el desierto con peligro de que el hombre o la bestia lo aplaste con su pie (Job 39:13–16). Abandonados e indefensos, los pequeñuelos van pereciendo faltos de la leche materna o del pan que en vano reclaman (1:11; 2:11)».
4. Las personas de rango fueron reducidas a la pobreza del pordiosero (v. 5). Quienes eran de buena familia y habían estado bien alimentados desfallecen en las calles, sin el alimento necesario, por haber quedado despojados de todo a causa de la guerra, y yacen en la calle al no tener lecho cómodo donde acostarse. Así como, algunas veces, es alzado del muladar el menesteroso (Sal. 113:7b), así también hay casos en que los que se criaron entre púrpura se abrazan a los estercoleros, esto es, «yacen postrados allí» (Goldman).
5. Personas que habían sido eminentes por su dignidad, y aun quizá por su santidad, compartían con los demás la común calamidad (vv. 7, 8). «Sus distinguidos (lit.), es decir, sus nobles, más bien que sus nazareos o nazireos, eran más puros que la nieve, más blancos que la leche (v. 7); más sonrosados eran sus cuerpos que el coral, su talle más hermoso que el zafiro», todo ello, «tipos de frescura y de hermosura natural (puros, blancos y rojos: Cantares 5:10), realzada con retoques y vestir elegante (zafiro)» (Asensio); pero ahora (v. 8) su aspecto se ha oscurecido más que el hollín (lit. es más negro que la negrura); no los reconocen (¡tan cambiados están!) por las calles, pues hoy son como «esqueletos ambulantes» (Asensio); huesos y piel (comp. con Job 19:20).
6. Jerusalén murió de muerte lenta (recuérdese que fueron 18 los meses de asedio); el hambre contribuyó a su destrucción más que ningún otro castigo. Murió centímetro a centímetro, hasta sentirse ella misma morir (vv. 9–12). La iniquidad de Jerusalén se había agravado más que la de Sodoma; no es extraño que el castigo sea también más severo, pues Sodoma nunca dispuso de los medios de gracia que poseyó Jerusalén. Vemos de nuevo (v. 10, comp. con 2:20) a las mujeres cociendo y comiéndose a sus propios hijos. Ya era bastante serio el caso de no tener con qué alimentarlos, pero era mucho peor el de llegar a alimentarse de ellos. La destrucción de Jerusalén era total, completa (v. 11) y sorprendente (v. 12), impensable e increíble. No sólo los israelitas, sino aun los reyes de la tierra y cuantos moran en el mundo no podían creer que el enemigo y el adversario entrara por las puertas de Jerusalén, la ciudad santa, la morada del gran Rey. Pensaban que había de estar bajo la protección divina, de forma que fuese vano intento de parte de sus enemigos atacarla con éxito.
Versículos 13–20
1. Los pecados por los que trajo Dios esta destrucción sobre ellos sirvieron para justificar la intervención divina en ella (vv. 13, 14): «Es por causa de los pecados de sus profetas, y las iniquidades (hebr. avonoth) de sus sacerdotes». El pecado particular de que se les acusa es la opresión y persecución de los justos inocentes (v. 13).
2. Ahora (vv. 14–16) les llega su pago. La explicación más probable de dichos versículos es la siguiente: En pago de sus pecados (v. 13), vagan ahora por las calles; temen la venganza de los sencillos ciudadanos, los cuales ven en ellos gente contaminada con sangre (v. 14) y, por tanto, lo mismo que los leprosos, personas cuyo contacto había que evitar (v. 15; comp. con Lv. 13:45). Incluso en las naciones extranjeras (v. 15b) se les negaba la estancia. Jehová mismo los ha dispersado (v. 16). La segunda parte de este versículo ha confundido a varios autores, haciéndoles errar en toda esta porción. Acerca del versículo 16b, comenta Goldman: «Esto, en contraste con el v. 13, ha de referirse a los buenos sacerdotes. La segunda parte de este versículo declara la razón del enojo de Dios».
3. Los versículos 17–20 ponen de relieve la desesperación del pueblo bajo todas estas calamidades: En vano esperaban socorro del exterior (v. 17); en concreto, de una nación que no puede salvar, es decir, de Egipto (v. Is. 30:1–7; Jer. 37:7). Sin auxilio del exterior, y dejados de la mano de Dios, más aún, al pesar sobre ellos la mano de Dios, eran fácil presa de los caldeos que (v. 18), como crueles cazadores, acechaban (con razón) todos los movimientos de los judíos que habían quedado en Palestina después de ser ocupada por los babilonios. Los que quisieron huir fueron prontamente cazados (v. 19). Dice Asensio:
«Destacamentos ligeros del ejército babilónico dan alcance a los fugitivos y apresan al respiro de nuestra nariz (v. 20), ungido de Jehová y a cuya sombra pensábamos seguir viviendo entre las naciones adonde con él huíamos. Tres títulos honoríficos con que se llama al rey de Judá».
Versículos 21–22
Los salmos de lamentación de David suelen concluir con alguna palabra de consuelo, la cual es como vida de entre los muertos, y luz que alumbra en medio de las tinieblas; así pasa con la lamentación de Jeremías en este capítulo. Aquí se predice, para dar ánimos al pueblo de Dios:
1. Que un día se pondrá fin a las aflicciones de Sion (v. 22). Las aflicciones de los hijos de Dios solamente continúan el tiempo preciso hasta que hayan producido el efecto para el cual las envió Él.
2. Que también se pondrá fin a las alegrías y regocijos de Edom. Las frases son irónicas (v. 21):
«Alégrate y regocíjate, hija de Edom, la que habitas en tierra de Us (hebr. Uts), porque te van a durar poco esas alegrías; también a ti te llegará la copa, la copa del castigo y de la destrucción que ahora intoxica a Sion; te embriagarás y te desnudarás, exponiéndote al desprecio de los espectadores, como Noé después de embriagarse». La destrucción de los edomitas ya fue predicha por este profeta (Jer. 49:7– 22). La imagen de la desnudez de Edom (Esaú) a manos (en último término) de Dios ya salió en Jeremías 49:10, y volverá a salir en Abdías 6. Dice Asensio: «desnuda … totalmente devastada y con la vergüenza de una esclava al arbitrio de un enemigo cruel y sin pudor (Ez. 16:37; Os. 2:3; Nah. 3:5)».
Este capítulo tiene los mismos versículos que el primero, el segundo y el cuarto, pero no es acróstico como los cuatro primeros. Representación del actual estado calamitoso del pueblo de Dios en su cautiverio (vv. 1–16). II. Declaración solemne de su interés por el santuario de Dios (vv. 17, 18). III. Humilde súplica a Dios a que se vuelva a ellos en Su misericordia (vv. 19–22). Algunas versiones antiguas llaman a este capítulo «La oración de Jeremías».
Versículos 1–16
El pueblo de Dios, abrumado de pesadumbre, da rienda suelta a sus tristezas ante el trono de la gracia, y comienza a hablar como haciéndole a la memoria a Dios sus calamidades pasadas y su oprobio presente (v. 1), como si Dios las hubiese tenido en poco (Neh. 9:32). La palabra que parece compendiar mejor la desgracia es oprobio: «Acuérdate, oh Jehová, de lo que nos ha sucedido; mira, y ve nuestro oprobio».
Puesto que era un oprobio para el pueblo de Dios, era algo que repercutía en el nombre y en el honor del Dios de Israel.
I. Reconocen el oprobio del pecado, el oprobio de la nación. Es una confesión penitente de los pecados de sus padres (v. 7), pecados en los que ellos mismos habían persistido y por los que ahora sufrían. Aunque podría pensarse que se refieren a sus próximos antepasados, se alcanza a ver una solidaridad general de la generación presente con las anteriores (v. Éx. 20:5; 2 R. 23:26, 27; Jer. 16:11– 13). Dice Asensio: «No es un recurso a la amarga cantilena de otras ocasiones para descargo propio y acusación de culpas ajenas (Jer. 31:19; Ez. 18:2), sino confesión de las propias culpas que han convertido en esclavos de pueblos esclavos (v. 8), inferiores al Israel escogido, al pueblo hijo de Jehová (Éx. 4:22, 23; Os. 11:1)». De hecho, como advierte Goldman, el propio «Jeremías había negado explícitamente tal doctrina (de que los hijos sean castigados por los pecados de los padres—Jer. 31:29 y ss.—); pero las malas consecuencias del pecado se sienten inevitablemente durante muchas generaciones».
II. Presentan en diversos detalles particulares, que tienden a incrementar su desgracia, el oprobio que soportan:
1. Se les ha desposeído de la buena tierra que les dio Jehová (v. 2): «Nuestra heredad ha pasado a extraños; nuestras casas a forasteros; ¿no es un gran oprobio el que ellos vivan en las casas que nosotros edificamos?»
2. Los israelitas se sienten todos ellos (v. 3) huérfanos sin padre, esto es, huérfanos de padre, sin el apoyo de la fuerza y del dinero que el padre les proporcionaba. Viven las madres, pero como viudas: «el destierro de los hombres ha completado el cuadro de la muerte en la batalla» (Asensio).
3. Se hallan en situación muy precaria en cuanto al sustento (v. 4). Antes disponían de agua abundante; ahora tienen que comprarla; antes tenían también combustible suficiente, pero ahora han de pagar alto precio por cada gavilla de leña. ¿Y qué harán para comer pan? Habían extendido la mano (v. 6), es decir, se habían sometido, a Egipto (v. Jer. 43:5–7) y Asiria, esto es, a Babilonia (v. Jer. 2:18, donde también vemos Asiria en lugar de Babilonia). Así opina Goldman, mientras Asensio dice: «los israelitas evocan antiguas alianzas politicoeconómicas con Egipto y Asiria (Jer. 2:18, 36; Os. 7:11; 11:5), con que un día creyeron poder asegurar su libertad y su existencia». La dificultad en procurarse el pan de cada día se expresa también en el versículo 9, donde, al aludir a los peligros de caer en manos de los babilonios, o de ladrones armados, que ocupaban toda la campiña, leemos: «Con peligro de nuestras vidas nos procuramos nuestro pan (es decir, el alimento, no precisamente el pan) ante la espada del desierto».
4. Han sido puestos en esclavitud, y esto es para ellos el peor de los oprobios (v. 5): «Hasta nuestros cuellos somos perseguidos (lit.); nos fatigamos con el trabajo forzado, y no hay para nosotros reposo». La frase que menciona los cuellos no alude a ningún yugo (contra la opinión de algunos, incluido M. Henry), sino «probablemente es una referencia a la práctica bárbara de cabalgar sobre los cuerpos de los enemigos conquistados, como aparece en algunas inscripciones asirias (cf. ls. 51:23)» (Goldman). Los israelitas no querían someterse al gobierno suave de su Dios, y tienen que someterse ahora al riguroso trato que les dan sus nuevos amos y hasta los esclavos de sus amos (v. 8).
5. Los que solían banquetear están ahora ennegrecidos por el hambre (v. 10), es decir, por la fiebre producida por el hambre; ardientes como un horno—dice el original—, a causa del calor abrasador del hambre (lit. de la fiebre del ardor del hambre).
6. Todas las clases del pueblo fueron víctima de abusos e indignidades (v. 11) «Violaron a las mujeres en Sion, a las doncellas en las ciudades de Judá». «A los príncipes colgaron (v. 12), esto es, ahorcaron por sus manos, “por las manos de los esclavos mencionados en el versículo 8”» (Goldman). A los adolescentes (hebr. nearim, casi niños) les obligaban a acarrear enormes cantidades de leña, bajo cuyo peso se tambaleaban, mientras a los jóvenes algo mayores (hebr. bajurim) les forzaban a hacer girar la piedra de moler el grano, «duro y humillante trabajo» (Asensio), propio de mujeres (v. Jue. 16:21).
7. Se puso fin a toda alegría (v. 14b): «Los jóvenes, acostumbrados a cantar y a toda alegría festiva, dejaron sus canciones». Y lo mismo (v. 15) ocurrió al resto del pueblo: «Cesó el gozo de nuestro corazón. Nuestra danza se cambió en luto». La «corona» (v. 16), es decir, «el prestigio y la prosperidad nacionales» (Goldman), se le cayó de la cabeza a Israel. Gracias a Dios que la corona que Dios da no cae ni se marchita, pues las coronas terrenas de toda clase son caducas.
Versículos 17–22
1. El pueblo de Dios expresa su profunda preocupación por las ruinas del templo, más que por ninguna otra de sus calamidades (vv. 17, 18). Aunque no se menciona por su nombre el santuario en estos versículos, la mención del monte de Sion que está asolado implica, ante todo, la desolación del templo, de tal manera que las raposas merodean por allí, sin temor de encontrarse con seres humanos.
2. A pesar de todo, se consuelan con el pensamiento de que Jehová y Su trono permanecen para siempre; ¿permanecerá para siempre Su enojo contra Israel? ¡Evidentemente, no! La Biblia entera está diciendo que Dios se compadecerá, finalmente, de Israel. Su ira puede durar algún tiempo, pero su amor misericordioso dura para siempre (Sal. 100:5; 106:1; 107:1; 118:1; 136—repetido en cada uno de sus 26 versículos).
3. Confiados precisamente en que Dios siempre es el mismo, hacen humildemente una pregunta al Señor (v. 20): «¿Por qué te olvidas completamente de nosotros, y nos abandonas tan largo tiempo?» Comenta Asensio: «Bajo la apariencia externa de duda e incertidumbre, late en realidad la evocación de experiencias antiguas, como base de una inconcusa y tradicional (3:31–42; Éx. 20:6; 34:6, 7; Jer. 3:5) fe- esperanza en que ese olvido-abandono divino no se prolongará por mucho tiempo». Aunque no debemos disputar con Dios, sí podemos alegar nuestra causa ante Él (v. Jer. 12:1).
4. Suplican a Dios con vehemencia que les otorgue Su misericordia y Su gracia (v. 21): «Haznos volver, oh Jehová, a ti, y nos volveremos; renueva nuestros días como antaño»; «nostalgia de aquellos días perdidos en el recuerdo de un pasado lejano (hebr. quedem) de su historia de pueblo escogido» (Asensio). El versículo 22 termina de un modo melancólico, tras de este rayo de esperanza, por lo que los rabinos hicieron que, en caracteres más pequeños, se repitiese el versículo 21, para que acabase el libro de modo más optimista. El mismo recurso se repite al final de Eclesiastés, de Isaías y de Malaquías.