Este Libro se llamó primeramente «La Repetición de la Ley», frase basada en 17:18. Los LXX lo vertieron por «Deuteronomio», que significa «Segunda Ley». Contiene tres discursos de Moisés, en los cuales pasa revista a los acontecimientos de los cuarenta años de peregrinación por el desierto, y exhorta patéticamente a los israelitas de la nueva generación a observar fielmente los mandamientos divinos advirtiéndoles del gravísimo peligro que comportaba la desobediencia. En los capítulos 12 al 26, se incluye un resumen de todas las leyes principales, que necesitaban ser bien recordadas ahora que estaban a las puertas de Canaán (comp. con Fil. 3:1). Digno de destacarse es: el capítulo 5, en que se repiten los diez mandamientos, y 6:25, compendio de la teología y de la ética de Israel. Todo israelita ortodoxo lo repite en sus devociones diarias. Son también memorables los tres últimos capítulos del Deuteronomio: el 32 contiene un cántico de Moisés; el 33, su bendición final a las doce tribus, el 34 su muerte y sepultura, con una alabanza extraordinaria de este gran líder y profeta (34:10–12).
El libro se divide en cinco partes: 1.a, introductoria (1:1–5); 2.a, contiene el primer discurso de Moisés (1:6–4:40); 3.a, incluye el 2.o discurso de Moisés (4:44–26:19); 4.a, con el tercer discurso de Moisés (27:1–30:20); 5.a, contiene lo sucedido en los últimos días de Moisés.
Cuando el Señor contestó al diablo, al ser tentado por éste en el desierto, tomó todas sus referencias del libro del Deuteronomio (v. Mt. 4:4, 7, 10).
En este capítulo comienza el primer discurso de despedida de Moisés, para continuar hasta el final del capítulo 4. En los cinco primeros versículos tenemos el lugar y la fecha en que Moisés pronunció este discurso.
Versículos 1–5
Lugar y la fecha de este discurso. 1. El lugar en que estaban acampados ahora era el Arabá (v. 1), es decir, en el hondo valle que bordea el mar Muerto por el sur hasta extenderse hacia el golfo de Aqaba, que ocupa la parte septentrional del mar Rojo; estaban en tierra de Moab (v. 5), listos para entrar en Canaán, y empeñarse en una guerra contra los habitantes de aquella tierra prometida. Con todo, Moisés no les habla de asuntos militares, sino de sus deberes para con Dios. 2. El tiempo era próximo al final del año cuadragésimo desde que habían salido de Egipto. Ahora que se ofrecía a la vista un nuevo y agradable escenario, como un buen auspicio, Moisés les repite la ley (v. 3).
Versículos 6–8
Moisés comienza su discurso a partir del traslado desde el Sinaí (v. 6), y refiere: I. Las órdenes que Dios les había dado de levantar el campamento y comenzar la marcha: Habéis estado bastante tiempo en este monte (v. 6). Hasta aquí los había traído Dios para humillarlos y disponerlos por medio de los terrores de la Ley para su entrada en la tierra prometida. Aun cuando Dios conduce a los suyos a las aflicciones del espíritu, Él sabe muy bien cuándo es tiempo de sacarlos de ellas y va a prepararles la mejor oportunidad de hacerles avanzar desde los terrores de la esclavitud hasta los consuelos del espíritu de adopción (Ro. 8:15). 2. La perspectiva que puso delante de ellos, de un feliz y pronto establecimiento en Canaán. Cuando Dios nos manda marchar adelante en el curso de nuestra vida cristiana, pone delante de nosotros el Canaán celestial para animarnos a olvidar lo que queda atrás (Fil. 3:13).
Versículos 9–18
Moisés les recuerda la ventajosa constitución de su gobierno, capaz de darles seguridad y felicidad, con sólo que ellos hiciesen lo que se les mandaba (v. 18). En esta parte de su relato les indica:
I. Que se alegraba grandemente del aumento numérico del pueblo. En ello reconoce el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham: Sois como las estrellas del cielo en multitud (v. 10). Jehová Dios os haga mil veces más de lo que ahora sois (v. 11). En el poder y en la bondad de Dios, no estamos estrechos, ¿por qué lo habremos de estar en nuestra fe y en nuestra esperanza, que deberían ser tan amplias como la promesa? Más amplias no necesitan ser. Podrían llegar a ser mil veces más numerosos de lo que eran ahora, siendo ahora diez mil veces más numerosos que cuando descendieron a Egipto.
II. Que no tenía ninguna ambición de monopolizar el honor de la primera magistratura, y de gobernarles él sólo como si fuese un monarca absoluto (v. 9).
III. Que no deseaba preferir a sus propios hijos, o a cualquiera que tuviese con él relación de parentesco o servidumbre, sino que, después de tomar consejo de ellos (v. 13), escogió de entre ellos los más sabios y expertos (v. 15).
IV. Que, en todo este asunto, trató siempre de agradar al pueblo. Y ellos consintieron en la propuesta (v. 14). El gobierno contra el que habían contendido era el mismo en que habían consentido.
V. Que sólo le había movido el deseo de edificarles e instruirles y, en lo posible, de contentarles; puesto que:
1. Les había constituido por jefes a hombres de excelentes cualidades (v. 15), sabios y expertos: que conociesen lo que llevaban entre manos y fuesen fieles al cometido que se les había encomendado en provecho del bien común.
2. El encargo que había hecho a dichos jefes era justo y oportuno (vv. 16–17). (A) Les había encargado ser diligentes y pacientes: que oyesen a ambas partes con todo cuidado y diligencia. A la lengua del sabio le hace falta tener oído de sabio (Is; 50:4), por eso, Dios nos ha provisto de una sola boca y de dos orejas. (B) Les había encargado también ser justos e imparciales. Pintan a la justicia con los ojos vendados, para que no afecte a la sentencia la vista del rostro ajeno, sino el dictado de la propia conciencia, y así triunfe la equidad contra el peligro de soborno y de perjuicio. (C) Finalmente, les había encargado que fuesen valientes, que temisensólo a Dios, ya que eran sus vicegerentes y, por tanto, habían de juzgar como juzga Dios; si no juzgaban justamente, tergiversarían ante el pueblo la propia imagen de Dios. Juzgar es un atributo divino (Ec. 3:17); por eso, los jueces de Israel son llamados dioses e hijos del Altísimo (Sal. 82:6) por cuanto participaban de este tributo (v. Jn. 10:34), del cual participan ahora todos los hijos de Dios (1 Co. 2:15, 6:2–3; 14:29).
3. Les permitió que les trajesen a él los casos más difíciles, con la promesa de oírles y atenderles, y hacer así más fácil la labor de los jueces y la audiencia del pueblo.
Versículos 19–46
Moisés hace un amplio resumen del grave quebranto que sufrió el bien común de la nación por los pecados del pueblo. Tenemos en Números capítulos 13 y 14 la historia de estos hechos fatales, pero aquí encontramos varias circunstancias que no se narran allí.
I. Les hace memoria primeramente de la marcha desde Horeb hasta Cadés-barnea (v. 19), a través de aquel grande y terrible desierto. Menciona esto para que recuerden la gran bondad de Dios hacia ellos, al guiarles a través de un desierto grande, inhóspito y peligroso. El recuerdo de los peligros en que nos hemos encontrado debería hacernos agradecidos a las liberaciones que Dios nos ha otorgado.
II. Les muestra cuán propicia era la ocasión entonces para haber entrado en Canaán sin demora (vv. 20–21). Les hace ver cuán próximos estaban a establecerse felizmente cuando ellos mismos levantaron una valla frente a su propia puerta.
III. Les reprocha el haber tomado la iniciativa, por su propia cuenta, de enviar espías a Canaán (v. 22); con lo que se completa el relato de Números 13:1 y siguientes. Moisés dice que le pareció bien la idea (v. 23), pero no le pareció bien a Dios, pues suponía una desconfianza en la promesa divina, y el texto hebreo de Números 13:2 da a entender que Dios se disoció de esta aventura, pues dice: «Envíate (para ti) hombres …». Así que, al permitirles subir a Canaán por su propia cuenta, Dios les entregó a sus propios deseos. Moisés les había dado palabra de parte de Dios (Dt. 1:20–21), de que podían subir a Canaán confiados, pero ellos no tuvieron fe en la palabra de Dios. Los planes humanos pudieron en ellos más que la sabiduría divina, como quien enciende una antorcha para añadir luz al sol.
IV. Repite el informe de los espías acerca de la bondad de la tierra que habían ido a explorar (vv. 24–25). Sin embargo, la mayoría de ellos presentaron como insuperables las dificultades para conquistarla (v. 28).
V. Les dice que se esforzó en animarles a subir, cuando sus hermanos los espías habían exagerado las dificultades para desalentarlos (v. 29). Les había asegurado que Dios estaría con ellos y en prueba del poder divino contra los enemigos, les refirió lo qué Dios había hecho por ellos en Egipto. Ahora, en prueba de la bondad divina, les hace ver lo que Dios ha hecho por ellos en el desierto (vv. 31, 33), a través del cual les había conducido con el mismo cuidado y ternura con que lleva en sus brazos un buen padre a su hijo pequeño (comp. Os. 11:1–3). ¿Podría alguien desconfiar de un Dios como éste?
VI. Les censura por los pecados de que se hicieron culpables en aquella ocasión. 1. De desobediencia y rebelión contra la ley de Dios. 2. De suspicacia contra la bondad de Dios. 3. En el fondo de todo esto, de incredulidad de corazón: No creísteis a Jehová vuestro Dios (v. 32).
VII. Les repite la sentencia pronunciada contra ellos. 1. Todos fueron condenados a morir en el desierto (los que entonces eran de veinte años arriba), y Dios no permitió que entrasen en Canaán ninguno de ellos (con las excepciones explícitas de Caleb y Josué, y las implícitas de Eleazar y, Probablemente otros de la tribu de Leví, que no se habían sumado a la rebelión), como dice en los versículos 34–38. No fue, no, el quebrantamiento de algún mandamiento del Decálogo lo que les cerró las puertas de Canaán, ni siquiera lo del becerro de oro, sino únicamente su incredulidad, no creer las promesas de Dios, especialmente la Promesa de entrar en la Tierra Prometida, algo típico del Evangelio de la gracia, para mostrar que el único pecado que provoca nuestra ruina es la incredulidad, porque es el pecado que ataca directamente al remedio que Dios ha provisto (v. Jn. 3:16–21, 8:24, 9:41, etc.). Este es el pecado para el cual no hay ya más sacrificio (He. 10:26 y ss.). 2. Moisés mismo desagradó a Dios por las palabras inconsideradas que ellos le provocaron a decir: También contra mí se airó Dios por causa de vosotros (v. 37). 3. Sin embargo, se ve que la ira de Dios va mezclada con misericordia: (A) En que, aunque Moisés no los iba a introducir en Canaán, Josué lo haría (v. 38); (B) en que aunque aquella generación no había de entrar en Canaán, la siguiente lo haría (v. 39).
VIII. Les recuerda el insensato y estéril intento de hacer que se revocase esta sentencia cuando ya era demasiado tarde. 1. Trataron de enmendar su conducta, desearon subir contra los cananeos por su cuenta, cuando antes no habían querido subir por orden de Dios. Esto, que parecía una reforma, era sin embargo una nueva rebelión; por ello, fueron cazados y destruidos. 2. Trataron de nuevo, con súplicas y lágrimas, de hacer revocable la sentencia: Volvisteis y llorasteis delante de Jehová (v. 45). Pero Dios no les oyó, porque eran lágrimas de pesar por las consecuencias del pecado (lo que llaman «contrición» en la Iglesia de Roma), pero no mostraban un sincero arrepentimiento («contrición») por el pecado mismo (v. 2 Co. 7:10).
Moisés sigue en este capítulo mencionando las providencias de Dios para con Israel durante el viaje hacia Canaán. Tampoco en este relato aparece mención alguna acerca de lo ocurrido durante aquellos treinta y ocho años que mediaron entre la primera llegada a Cadés-barnea y su marcha atrás hacia el mar Rojo, sino que empalma su narración con lo que sucedió después a su llegada al extremo oriental de Edom en dirección a Moab (v. Jue. 11:18).
Versículos 1–7
I. Breve resumen de la larga estancia de Israel en el desierto: Rodeamos el monte de Seír por mucho tiempo (v. 1). Cerca de 38 años estuvieron vagando por el desierto de Seír; probablemente, en algunos de los lugares permanecieron por varios años.
II. Reciben orden de volverse hacia Canaán.
III. Se les encarga que no molesten a los edomitas.
1. No deben mostrar hacia ellos ninguna hostilidad como si fuesen enemigos: No os metáis con ellos (v. 5).
2. Deben comerciar con ellos como vecinos, han de comprar de ellos todo lo que necesiten, pagando hasta por el agua (v. 6). La religión no debe servir de capa para cubrir injusticias.
Versículos 8–23
Puede observarse aquí que Moisés, al hablar de los edomitas (v. 8), les llama nuestros hermanos, los hijos de Esaú. Aunque éstos no habían sido amables con Israel al rehusar concederles paso por su territorio, con todo los llama hermanos. En estos versículos tenemos:
I. El relato que Moisés da del origen de los moabitas, edomitas y amonitas. Nos dice aquí cómo llegaron a estos países donde los encontró Israel; no eran aborígenes, es decir, primeros habitantes de esos territorios, sino que: 1. Los moabitas vivían en un país que había pertenecido antes a una numerosa raza de gigantes, llamados Emim, que quiere decir terribles, tan altos como los hijos de Anac, y quizá más fieros que ellos (vv. 10–11). 2. Los edomitas habían desposeído igualmente de su territorio a los horeos y se asentaron allí, en Seír (vv. 12, 22), lugar mencionado en Génesis 36:20. 3. Los amonitas, por su parte se posesionaron de una tierra habitada anteriormente por unos gigantes llamados zonzomeos (zanzummim), a los que en Génesis 14:5 se les llama zuzitas y viene a significar, probablemente, lo que el vocablo «bárbaro» significaba para los griegos y romanos, es decir, gente de habla tosca o ruda. Ilustra estos detalles con un ejemplo de otra raza más antigua que éstas: los caftoreos (kaftorim), que eran descendientes de Mizraím, hijo de Cam, lo mismo que los filisteos (Gn. 10:14), y que ya habían desposeído antes del territorio a los aveos («avvim», mencionados en Jos. 13:3 y siguientes como filisteos), como dice el versículo 23. El erudito obispo Patrick opina que estos aveos, al haber sido expulsados de allí, se asentaron en Asiria, y que son los mismos que bajo ese nombre aparecen en 2 Reyes.
II. Las marchas que hizo Israel hacia Canaán: Tomaron el camino del desierto de Moab (v. 8). Después pasaron el arroyo de Zéred (v. 13), y hace notar Moisés que allí se cumplió la palabra que Dios había dicho respecto a ellos, de que ninguno de los que habían sido contados al pie del Sinaí vería la tierra que Dios había prometido (Nm. 14:23).
III. La advertencia que se les hace de que no se metan con los moabitas ni con los amonitas, a quienes no deben molestar ni tratar de desposeerlos de sus tierras: No molestes a Moab, ni te empeñes con ellos en guerra (v. 9). Pero, ¿por qué no habían de meterse con los moabitas ni con los amonitas? 1. Porque eran los hijos de Lot (vv. 9, 19), el justo que no perdió su integridad en Sodoma. 2. Porque el territorio que ocupaban les había sido dado por Dios y no estaba destinado a ser posesión de Israel.
Versículos 24–37
Habiendo comprobado Dios la obediencia de su pueblo al no meterse con los moabitas y amonitas, y haber pasado junto a sus territorios con paz y generosidad, cuando, siendo tan superiores en número, podrían haberles atacado y expoliado, Dios le recompensa ahora dándole posesión del país de Sehón rey de Hesbón, en tierra de los amorreos.
I. Dios les encarga apoderarse de la tierra de Sehón rey de Hesbón (vv. 24–25). Dios quería entonces disponer de los reinos de esta manera, pero nadie puede esperar ahora de parte de Dios que le conceda un permiso semejante para invadir territorios ajenos.
II. Moisés envió a Sehón un mensaje de paz, y sólo le pidió permiso para pasar por su territorio, y le prometió no causar ningún trastorno a su país; al contrario, le ofrecía la oportunidad de hacerse fácilmente con mucho dinero, al comerciar con un cuerpo expedicionario tan numeroso (vv. 26–29).
III. Pero Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón (v. 30), de modo similar al de Faraón (Éx. 7:3). No es que Dios endurezca directamente el corazón de ninguna persona. Como hace notar Harper, «nunca leemos que Dios endurezca el corazón de un hombre bueno». Lo que ocurre es que, cuando un malvado, en su protervia, resiste a la voz de Dios y se rebela contra Él, los mensajes y las señales de Dios que, de suyo, son para bien, provocan una mayor resistencia, lo que aumenta la maldad al mismo tiempo que vuelve cada vez más insensible el corazón a la voz de la conciencia. Sin embargo, esta resistencia, en vez de frustrar los planes de Dios, sólo sirve de instrumento a los planes de su providencia; por eso, se dice que Dios mismo endurece el corazón del impío.
IV. Israel sale victorioso de esta guerra. 1. A todos los amorreos de aquel lugar los pasaron a espada sin dejar ni uno (v. 34). El hebreo dice que «los trataron como herem, es decir los proscribieron para ser exterminados. Aunque parezca bárbaro el método, debe tenerse en cuenta lo que ya hemos dicho en otro lugar: era una violencia necesaria (sin excusar la saña con que pudo llevarse a cabo, cosa corriente en aquellos tiempos), a fin de que los israelitas pudiesen habitar en reposo en la tierra prometida, sin
contaminarse con las idolatrías y los vicios de los nativos. Era una especie de guerra santa y, como alguien ha dicho, los exterminaron, no por ser enemigos de Israel, sino como sacrificio (anatema) a la divina justicia, dignamente airada contra la perversidad de los habitantes. 2. Se apoderaron de todo lo que los enemigos poseían: sus ciudades (v. 34), sus bienes (v. 35) y su territorio v. 36).
En este capítulo, Moisés refiere la derrota de Og rey de Basán, con lo cual se completa la conquista de la Transjordania por parte de Israel.
Versículos 1–11
Otro territorio, el de Basán, es ahora entregado en manos de Israel.
I. Se nos refiere cómo entregó Dios en manos de Israel a Og, un hombre verdaderamente temible. 1. Era muy fuerte, pues era remanente de la raza de los gigantes (v. 1). Cuando Dios aboga por la causa de su pueblo, Él es poderoso para habérselas con gigantes como si fuesen saltamontes. No hay fuerza humana que pueda resistir el poder de Dios ni poner al hombre a salvo del juicio del Todopoderoso. El ejército de Og era muy poderoso, pues tenía bajo su mando nada menos que sesenta ciudades fortificadas, sin contar las ciudades sin muro (v. 5). 2. Era muy atrevido. Confiaba en su propia fuerza, y así fue endurecido para su propia destrucción. Dios dijo a Moisés que no tuviese miedo de él (v. 2). Si Moisés mismo tenía una fe tan fuerte como para no necesitar esta advertencia, es probable que el pueblo la necesitase, y al pueblo estaba destinada esta palabra de seguridad: «En tu mano he entregado a él, y a todo su pueblo» (v. 2).
II. Se nos refiere también cómo tomaron posesión de Basán, una tierra tan fértil y deseable. Tomaron todas las ciudades (v. 4) y sus despojos (v. 7), todo pasó a ser posesión del pueblo de Israel (v. 10). Así que ahora tenían en sus manos todo el fértil territorio situado al este del Jordán, desde el arroyo de Arnón hasta el monte de Hermón (v. 8).
Versículos 12–20
Después de haber mostrado cómo fue conquistada esta tierra en la que estaban ahora, muestra luego cómo se habían asentado en ella los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés, que ya se mencionaron antes (Nm. 32). 1. Moisés especifica detalladamente la parte que le correspondió en la tierra a cada tribu, en particular la que correspondió a la media tribu de Manasés, donde se advierte la subdivisión de dicha tribu. 2. Repite la condición bajo la cual les fue concedida y en la que habían consentido (vv. 18–20); a saber, que habían de enviar un fuerte destacamento al otro lado del Jordán, para marchar en vanguardia durante la conquista de Canaán, con orden de no regresar a sus familias mientras no hubiesen visto a sus hermanos asentados en sus respectivas heredades, como ellos estaban ya en las suyas. Una persona buena no puede regocijarse plenamente en las comodidades de su familia mientras no vea paz sobre Israel (Sal. 128:6).
Versículos 21–29
I. El ánimo que dio Moisés a Josué, quien le iba a suceder en el gobierno (vv. 21–22). Le encargó que no tuviera miedo. Para sentirse animado, había de considerar dos cosas: 1. Lo que Dios había hecho. Josué había visto la derrota total que Dios había concedido a las huestes de Israel sobre aquellos dos reyes. De aquí ha de inferir, no sólo lo que Dios puede hacer en todo lo demás, puesto que su brazo no se había acortado, sino lo que Dios va a hacer, puesto que su propósito no ha cambiado. 2. Lo que Dios había prometido: Jehová vuestro Dios, Él es el que pelea por vosotros (v. 22). Cuando el Dios de los ejércitos lucha por una causa, esa causa tiene asegurada la victoria.
II. La oración que Moisés hizo para sí mismo, y la respuesta que Dios dio a dicha oración.
1. Su oración era que, si ésa era la voluntad de Dios pudiese pasar el Jordán con el resto de Israel hasta Canaán: Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena. No basa su demanda en los servicios prestados al pueblo de Israel, sino que ruega un favor basado en la pura gracia de Dios. Tampoco dice: «Haz que yo pase y conduzca al pueblo como comandante en jefe», pues no buscaba su propio honor, una vez que había resignado ya sus poderes en manos de Josué, sino que viene a decir: «Déjame pasar como un espectador de tu bondad hacia Israel, para ver lo que ya creo firmemente respecto a la bondad de la tierra prometida».
2. Dios responde a su petición con una mezcla de disciplina y misericordia, a fin de que pueda ensalzar tanto la gracia de Dios como su Justicia.
A) El juicio de Dios, e incluso su ira se echan de ver en la negativa a dicha petición: Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros (v. 26). Esto puede entenderse de varias maneras: (a) Por el pecado al que le habían provocado (v. Sal. 106:32–33); (b) la remoción de Moisés en el preciso momento en que parecía haber más falta, era como un reproche a todo Israel, y un castigo por su pecado; (c) al atender a la construcción gramatical, algunos de los más expertos rabinos opinan que el sentido es «por vuestro bien» (hebreo lema’anjem). «Si la incredulidad de Moisés—dice Dummelow—hubiese quedado sin castigo, el pueblo se habría endurecido en su propia transgresión.» En todo caso, Moisés, buen descendiente del luchador Israel, no buscó en vano, aun cuando no obtuviese precisamente lo que pedía. El hecho de que Dios no nos conceda a veces lo que le pedimos, no significa que no haya aceptado nuestras oraciones (v. He. 5:7).
B) Pero hay también una buena dosis de misericordia mezclada con la ira de Dios en este caso: (a) Dios tranquilizó el ánimo de Moisés: ¡Bástete esto! (v. 26). Aunque, a primera vista, parezca que estas palabras insinúan una reprensión, podemos estar seguros de que sirvieron para que Moisés se conformase completamente con la voluntad de Dios, dada su íntima comunión con Él. Si Dios, en los sabios y amorosos designios de su providencia, no nos concede lo que le pedimos, será una gracia importante de su parte el que nos otorgue quedar satisfechos sin lo que deseábamos. (b) Al decirle: Basta, no me hables más de este asunto, Dios mostró el honor que concedía a las oraciones de Moisés, rogándole que no insistiera en su petición y dando a entender que no quería verse forzado por sus súplicas a volverse atrás de su propósito. (c) Le prometió una vista de Canaán desde la cumbre del Pisgá (v. 27). Aunque no había de entrar a poseer la tierra prometida, satisfaría su deseo de verla; no lo hacía Dios por ponerle los dientes largos, como suele decirse, sino para proporcionarle una visión de Canaán que le produjese verdadera satisfacción y le capacitase para formarse una idea clara y agradable de aquella hermosa tierra. (d) Le proveyó de sucesor en alguien que habría de mantener en alto el honor de Moisés y llevar a cabo aquella obra gloriosa que tan metida tenía Moisés en su corazón, hasta completarla con el asentimiento de Israel en Canaán (v. 28).
En este capítulo tenemos la seria y patética exhortación de Moisés al pueblo de Israel, basada en los más afectuosos y conmovedores argumentos, repetidos una y otra vez, a fin de que obedeciesen fielmente los preceptos de Dios.
Versículos 1–40
Esta elocuente y vívida apelación de Moisés se repite con insistencia.
I. En general, significa una aplicación sacada de la historia que acaba de referir. Así deberíamos usar también nosotros una especie de revisión de las providencias de Dios respecto a nosotros, a fin de que nos sirviese para reavivarnos y dedicarnos más al cumplimiento de nuestros deberes en obediencia fiel a la voluntad de Dios.
II. El principal objetivo de este discurso es persuadirles a que se mantengan estrechamente unidos a su Dios y dedicados a su servicio, y firmemente decididos a no abandonarle por ningún otro dios.
1. Les muestra y recomienda lo que Dios requiere de ellos.
A) Les pide primero diligente atención a la Palabra de Dios: Oh Israel, escucha (v. 1). Es menester que pongan oído atento, para recordarlos bien y ponerlos por obra fielmente (en ello les va la vida), los estatutos y decretos (hebreo el-hajuqim veel-hamishpatim), significa los primeros algo así como preceptos informativos cuya razón queda oculta, y los segundos una especie de decisión judicial sobre algo nuevo y que va a sentar precedente para el futuro.
B) Les encarga que preserven completamente pura e íntegra la ley de Dios (v. 2). Que la mantengan pura, no añadiéndole nada; que la mantengan íntegra, no quitándole nada (comp. Ap. 22:18–19).
C) Les encarga que guarden los mandamientos de Jehová su Dios (v. 2), para ponerlos en práctica (vv. 5, 14), que los guarden y pongan por obra (v. 6), para cumplir así el pacto (v. 13). El escuchar ha de ser para poner por obra; el conocimiento ha de ser práctico.
D) Les encarga que guarden estrictamente, con toda diligencia la ley de Dios. Guárdate, y guarda tu alma con diligencia (v. 9). Guardad, pues, mucho vuestras almas (v. 15). Guardaos (v. 23).
E) En especial, les encarga que se guarden del pecado de idolatría. Les advierte contra dos clases de idolatría: (a) Contra la adoración de las imágenes, aunque intenten por medio de ellas adorar al verdadero Dios, como hicieron con el becerro de oro, cambiando la verdad de Dios por una mentira, y la gloria de Dios por una vergüenza (v. Ro. 1:23–26). Esto va directamente contra el segundo mandamiento del Decálogo, el cual se detalla en los versículos 15–19. Representar el Espíritu Infinito con una imagen material, y al Creador inmenso con la imagen de una débil criatura, es la mayor afrenta que podemos hacer a Dios y el mayor engaño que podemos hacernos a nosotros mismos. Como argumento contra la fabricación de imágenes para representar a Dios, insiste mucho en hacerles ver que, cuando Dios quiso mostrárseles en Horeb, lo hizo por medio de palabras que oyeron, para enseñarles que la fe viene por el oír (Ro. 10:17), y que Dios está cerca de nosotros en su palabra (Ro. 10:8, comp. con Dt. 30:14), pero no vieron ninguna figura (v. 12), pues no hay figura que pueda representar a Dios como es en sí; de ahí que su presencia se hiciese notar mediante una nube, tras la cual se vela al revelarse, y de la que no podía hacerse figura estable, ya que las nubes cambian constantemente de forma y de figura. Dios es absolutamente invisible (1 Ti. 6:16), y tratar de representarlo en una figura sólo sirve para engañarnos a nosotros mismos, con grave peligro para la idea que nos podamos forjar de Dios y, por consiguiente, para el modo de relacionarnos con Él. El versículo 15 repite: Ninguna figura visteis. (b) La adoración del sol, de la luna y las estrellas es otra clase de idolatría contra la que se les amonesta igualmente (v. 19). Esta era la especie más antigua de idolatría y Ea que parecía más plausible, era la más peligrosa, puesto que la altura, el brillo, la regularidad de movimientos y la incuestionable influencia de los astros puede tentar fuertemente a los hombres a que les den la gloria y les otorguen la eficacia que sólo a Dios competen y sólo a Él se han de atribuir. Es notorio que los israelitas necesitaban que se les inculcase con mucho énfasis lo peligrosa que era esta clase de idolatría, ya que era tan débil la fe de ellos en un Dios invisible y en un mundo también invisible. Estas pretendidas deidades: el sol, la luna y las estrellas, eran bendiciones de Dios a la humanidad en general (v. Gn. 1:14–18). Es, pues, absurdo adorarlas, cuando Dios las hizo para que fuesen servidoras del hombre, para que diesen luz a la tierra y ejercieran otras influencias favorables para la vida en general. No está de más advertir que nuestro porvenir no está escrito en las estrellas, aunque las estrellas tengan cierta influencia en la constitución y funcionamiento de nuestro organismo. Por eso, los horóscopos de moda sólo sirven para engaño de incautos y artimaña de Satanás.
F) Les encarga que enseñen a sus hijos a guardar las leyes de Dios: Las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos (v. 9); y las enseñarán a sus hijos (v. 10).
G) Les encarga que jamás se olviden de sus deberes como pueblo de Dios: Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios (v. 23).
2. Veamos ahora los motivos o argumentos con que sustenta Moisés sus exhortaciones.
A) Insiste en la grandeza, en la gloria y en la bondad de Dios. Si considerásemos cómo es ese Dios con quien nos las hemos de haber, de seguro procuraríamos concienciarnos de nuestros deberes para con Él, y no nos atreveríamos a ofenderle con nuestros pecados. Les recuerda aquí que el Señor Jehová es el único Dios vivo y verdadero. Todas las deidades de los gentiles son imitaciones caricaturescas y usurpadoras; y ni siquiera tienen la pretensión de ser monarcas universales en cielos y tierra, sino sólo
divinidades locales. Los israelitas, que adoraban nada menos que al supremo Numen-Divinidad, no tenían excusa si renunciaban a su Dios o lo menospreciaban. Tened cuidado de no ofenderle—les viene a decir Moisés—, pues Él debe tener todo vuestro afecto y toda vuestra adoración, y no consentirá en modo alguno que le opongáis un rival. Incluso en el Nuevo Testamento encontramos el mismo argumento con que se nos constriñe a servir a Dios agradándole con temor y reverencia (He. 12:28–29), porque, aunque es nuestro Dios y una luz regocijante para quienes le sirven fielmente, es también un fuego que consume a quienes se burlan de Él. Con todo, es un Dios misericordioso (v. 31), lo cual considera Moisés muy apropiado para estimularles al arrepentimiento, pero debe servir también como una incitación a la obediencia y como una consideración apta para impedir la apostasía.
B) Insiste en la relación con este Dios, en la autoridad que Dios tiene sobre ellos, y en las obligaciones que ellos tienen para con Él. Jehová es el Dios de vuestros padres (v. 1), así que sois suyos por herencia; vuestros padres le pertenecían, y vosotros habéis nacido en su casa. Jehová es vuestro Dios (v. 2), así que también le pertenecéis por consentimiento a nivel personal. Jehová es mi Dios (v. 5), así que yo os trato como su agente y embajador.
C) También les hace ver que la devoción al verdadero Dios es la suprema sabiduría: Guardar los mandamientos Y ponerlos en obra es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos (v. 6). Con toda razón y justicia han de esperarse grandes cosas de aquellos que son guiados por la revelación divina, y a quienes ha sido confiada la palabra de Dios (Ro. 3:2).
D) Les hace ver las peculiares ventajas de que ellos disfrutaban, debido al privilegiado régimen bajo el cual se hallaban (vv. 7–8). Nuestra comunión con Dios (que es el mayor honor y la mayor felicidad que podemos obtener en este mundo) se mantiene mediante la oración y el estudio y lectura de la Palabra, en ambas cosas llevaba Israel enorme ventaja a todas las naciones del mundo. La Ley de Dios es inmensamente más excelente que las leyes de las naciones. No hay ninguna ley tan ajustada a la equidad natural y a los dictados imparciales de la recta razón, ni tan consecuente consigo misma en todas sus partes, ni tan conveniente para el bienestar y el interés de la humanidad, como lo es la ley de la Escritura (Sal. 119:128). Los que glorifican a esta ley y la obedecen, serán glorificados por ella con toda clase de bendiciones.
E) Les recuerda cómo se les manifestó Dios gloriosamente en el monte Sinaí, cuando les dio esta ley. En esto insiste mucho Moisés: El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb (v. 10). Por lo que sabemos de Dios mediante la razón natural, tenemos suficiente fundamento para creer en Él como en un Ser de infinito poder y perfección infinita, pero no podíamos sospechar que Él pudiese dirigirse a alguien con voz audible, ya que resultaba evidente que no tiene cuerpo como nosotros. Ellos le oyeron al pie del Sinaí: Habló Jehová con vosotros de en medio del fuego, oísteis la voz de sus palabras (v. 12). Dios se manifiesta a todo el mundo en las obras de la creación sin lenguaje propiamente dicho, aunque de algún modo se oye su voz (Sal. 19:1–3), pero a Israel se manifestó con voz de palabras, con lenguaje audible e inteligible, condescendiendo con la condición de los que le escuchaban.
F) Insiste en la benignidad que Dios manifestó hacia ellos al sacarlos de Egipto, del horno de hierro, es decir, de un horno de tan elevada temperatura como para derretir el hierro (símbolo de intenso padecer y de amarga esclavitud), para hacer de ellos un pueblo santo, sacerdotal, para ser el pueblo de su heredad (v. 20); eso implica una relación por la que esa heredad es doblemente inalienable, pues ni Israel puede renunciar a ella, ni Dios ha de renunciarla; de esto tenemos plena seguridad (v. 1 S. 12:22, Ez. 20:32–33). A esto vuelve a referirse en los versículos 34, 37, 38. Dios tenía el propósito de asentarlos felizmente en Canaán: Para introducirte y darte su tierra por heredad (v. 38).
G) También les recuerda la manifestación de un Dios airado contra ellos a causa de sus pecados. En particular, especifica el caso de Peor (vv. 3–4). Esto había ocurrido recientemente; sus ojos habían visto hacía pocos días la súbita destrucción de los que se habían involucrado en el asunto de Baal-peor, y la preservación de los que se habían mantenido fieles a Jehová; de ello podían deducir fácilmente el peligro de apostasía y el beneficio de permanecer en comunión con su Dios.
H) Les señala también las ventajas de la obediencia.
I) Una vez más insiste en las fatales consecuencias de la apostasía ya que apostatar de su Dios comportaría sin duda alguna la ruina de la nación (vv. 25–31). Obsérvese aquí: (a) Que desde cualquier lugar en que nos encontremos podemos buscar a Jehová nuestro Dios (v. 29), por muy alejados que estemos de nuestro propio país y del lugar en que solemos reunirnos a rendirle culto en compañía de nuestros hermanos. No hay ningún lugar en el mundo, que represente un foso infranqueable entre la tierra
y el cielo. El único foso que hace separación entre Dios y nosotros es el pecado (Is. 59:1–2). (b) Sólo los que buscan a Dios con todo su corazón, lo hallarán para bendición y felicidad. (c) Las aflicciones que nos salen al paso, sirven para avivarnos y estimularnos a dedicarnos más al Señor. Son muchos los que, por medio de la tribulación y de la gracia de Dios que opera conjuntamente con ella, son vueltos en sí y traídos al buen camino (v. Lc. 15:17–18).
Pongamos ahora juntos delante de nuestra vista todos estos argumentos, y veremos que la verdadera devoción a Dios tiene su justa razón por cualquier lado que se la mire. Nadie se sacude el ligero yugo de un buen Dios, sin haberse antes sacudido el sentido común de una mente sana.
Versículos 41–49
I. La institución de las ciudades de refugio situadas en este lado del Jordán donde ahora estaban acampados. Tres son las ciudades designadas aquí para este propósito, una para los rubenitas; otra para los gaditas, y otra para la media tribu de Manasés (vv. 41–43).
II. La introducción de otro discurso de Moisés a Israel, el cual hallamos en los capítulos siguientes. Probablemente lo pronunció en el sábado siguiente, cuando la congregación de Israel se reunía para recibir instrucción. En el discurso anterior, les había exhortado a la obediencia en general; aquí les repite la Ley que habían de observar, porque Dios demanda una obediencia universal, pero no una obediencia implícita. ¿Cómo podemos cumplir nuestros deberes, si no los conocemos? Así pues, ahora pone ante ellos la Ley que ha de servir de norma para toda su conducta.
En este capítulo tenemos una segunda edición del Decálogo, junto con algunos detalles históricos que Moisés les recuerda, para estimularles más eficazmente a la obediencia.
Versículos 1–5
1. Moisés convoca a la congregación: Llamó Moisés a todo Israel (v. 1). 2. Les pide atención. 3. Les hace recordar el pacto hecho con ellos en Horeb, como la norma por la que habían de regirse. Véase aquí la gran condescendencia de la gracia divina al convertir en pacto un mandato. (A) Las partes que intervienen en este pacto: «Este pacto se hizo con nosotros, los que estamos vivos, ya que la generación pasada que lo recibió en el Sinaí, ha caído en el desierto». (B) La promulgación de este pacto. Dios mismo les leyó el articulado: Cara a cara habló Jehová con vosotros (v. 4). El caldeo añade: palabra a palabra. Muchos de los que ahora escuchaban a Moisés, habían escuchado de niños la proclamación del Decálogo en Horeb. (C) El mediador del pacto: Moisés estaba entre Dios y ellos (v. 5) al pie del monte: «Para declararos la palabra de Jehová». Moisés aparece aquí como el intérprete de Dios, tipo de Jesucristo, que está entre Dios y los hombres, para poner sobre ambos su mano (1 Ti. 2:5, comp. con Job 9:33) y hacernos la exégesis de Dios, como dice el original de Juan 1:18. (Es curioso que la versión hebrea del Nuevo Testamento use en Juan 1:18 la misma palabra haguid que aparece aquí en Dt. 5:5), de modo que al oír a Cristo, podamos oír al mismo Dios y hablarle con toda confianza (He. 4:16), sin temblar.
Versículos 6–22
En esta porción tenemos la repetición de los Diez Mandamientos, en lo cual se puede observar: 1. Que aunque ya habían sido promulgados antes, y escritos, se repiten aquí: 2. Que hay algunas variantes con lo registrado en Éxodo 20. 3. Que la mayor variación aparece en el 4.o mandamiento. En Éxodo 20, la razón que se alega está tomada de la creación del mundo en seis días mientras que aquí se hace referencia a la liberación de Egipto, la cual era tipo de nuestra redención mediante la obra de Jesucristo, en recuerdo de la cual observamos ahora el domingo, como nuevo día de reposo: Acuérdate que fuiste siervo en tierra
de Egipto y que Dios te sacó de allí (v. 15). Por consiguiente: (A) Es una señal de gratitud, al poder disfrutar del descanso de un día a la semana, después de la esclavitud en que el trabajo, además de ser extremadamente duro y fatigoso, no cesaba ni un solo día. (B) Es también señal de gratitud, al considerar todas las grandes cosas que Dios ha hecho con nosotros por medio del Señor Jesús. En la resurrección de Cristo fuimos introducidos a la gloriosa libertad de hijos de Dios, con mano poderosa y brazo extendido. Ese acontecimiento que hizo nuevas todas las cosas (2 Co. 5:17), acabó por completo con todo lo ceremonial de la Ley, para que podamos dedicar al Señor, no un día de la semana, sino todos los días y todos los instantes de nuestra vida. 4. En el 5.o mandamiento se añade «para que sean prolongados tus días y para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da» (v. 16). En esta forma cita el 5.o mandamiento el Apóstol (Ef. 6:3). Longevidad y prosperidad eran las dos grandes bendiciones (podría añadirse la fertilidad) que la observancia de este mandamiento comportaba en el Antiguo Testamento; estas bendiciones aparecen sublimadas espiritualmente en el Nuevo, donde una vida corta y atribulada puede igualmente ser bendición de Dios (v. Ro. 5:3–5; Fil. 1:21–23). 5. Los cinco últimos mandamientos están unidos por la conjunción y («No cometerás homicidio, y no cometerás adulterio, etc.), la cual falta en Éxodo. Con ello se da a entender que todos los mandamientos de la segunda tabla, la que se refiere al deber hacia nuestro prójimo, están conectados entre sí, puesto que quien no ama a su prójimo, estará dispuesto a inferirle un agravio en sus múltiples formas: contra la vida, contra la honra y fidelidad, contra los bienes, contra la fama, así como a codiciar todo eso. 6. Que estos mandamientos se volvieron a promulgar en medio de una solemnidad (v. 22) que inspiraba pavor.
Versículos 23–33
I. Moisés les recuerda el consentimiento de ambas partes en el pacto del que ahora trataban, y que les fue dado por mediación de Moisés.
1. Primeramente es de observar la consternación del pueblo ante la pavorosa solemnidad con que les era promulgada la Ley. Reconocieron que no podían soportar la voz de Dios: Este gran fuego nos consumirá; si seguimos oyendo la voz de Jehová nuestro Dios, moriremos (v. 25).
2. Ruegan encarecidamente que, de allí en adelante, les hable Dios por medio de Moisés, con la promesa de hacer todo lo que él les diga, como si oyeran al mismo Dios (v. 27).
3. Dios otorga su aprobación a este ruego, y nombra a Moisés mensajero suyo para que reciba la ley de los labios de Dios y la comunique al pueblo (v. 31). De ahí en adelante, Dios les iba a hablar por medio de hombres como nosotros, por medio de Moisés y de los profetas, y a nosotros por medio de los apóstoles y de los evangelistas y, si no les creemos a ellos, tampoco nos dejaremos persuadir aun cuando Dios mismo nos hable como lo hizo a Israel en el Sinaí, o realice milagros ante nuestra vista (v. Lc. 16:31).
II. De toda la exposición que acaba de hacerles, infiere Moisés como conclusión el encargo de que observen con toda diligencia, sin apartarse a diestra ni a siniestra, todo lo que Dios les ha mandado (vv. 32–33).
En este capítulo, Moisés continúa urgiendo al pueblo a guardar los mandamientos, estatutos v decretos de Dios, con aquel temor que es el principio de la sabiduría (Pr. 1:7). Este capítulo contiene los dos pilares fundamentales de la doctrina y de la ética respectivamente, tanto para el antiguo Israel, como para la Iglesia de Dios: la unidad exclusiva de nuestro Dios v. 4, y el apego exclusivo a nuestro Dios (v. 5).
Versículos 1–3
1. Que Moisés enseñó al pueblo todo y sólo lo que Dios le había mandado que enseñase (v. 1). De la misma manera, los ministros de Cristo han de enseñar a las iglesias todo lo que Él ha mandado (Mt. 28:20). 2. Que el objetivo de dicha enseñanza era que guardaran los mandamientos de Dios (v. 2), y los pusieran por obra (v. 3). 3. Que Moisés se esforzó denodadamente en que la mente y el corazón de los hijos de Israel quedasen afianzados en su fe y lealtad al Dios que les sacó de Egipto, hizo de ellos su heredad, una nación santa, y estaba a punto de introducirlos en Canaán.
Versículos 4–16
I. Un breve compendio de la verdadera religión, resume los dos primeros principios de fe y obediencia (vv. 4–5). Los judíos tienen estos dos versículos como la porción más importante de la Escritura; los tienen inscritos en sus filacterias, y se sienten obligados a repetirlos por lo menos dos veces cada día, lo que expresa, en una bienaventuranza, el gozo extraordinario que tal repetición les proporciona: Bienaventurados somos los que cada mañana y cada tarde decimos: Oye Israel: Jehová es nuestro Dios; Jehová es uno.
1. Lo que se nos enseña aquí a creer acerca de Dios: (A) Que Jehová es nuestro Dios. El Dios a quien amamos y servimos, por el que somos protegidos y cuidados, es Jehová (o Yahweh), es decir, el Ser infinita y eternamente perfecto, autoexistente y todosuficiente. (B) Que Él es el único Dios vivo y verdadero. Nadie ni nada puede arrogarse la Deidad, sino sólo Él, en exclusiva. La fe firme en esta verdad debía ser suficiente para mantenerlos libres de toda idolatría, y debería ser suficiente para mantenernos a los creyentes libres del apego idolátrico a las cosas de este mundo. ¡Dichosos los que tienen a Éste por su único Dios, a Él aman por encima de todo, y a Él sirven con todo su ser; porque tienen al único amo que ni cambia ni se les puede morir, y al único bienhechor de quien asirse y en quien refugiarse (Stg. 1–17). (C) Los judíos inconversos y los unitarios de todos los tiempos (como los actuales Testigos de Jehová, etc.) han visto en este versículo una negación de la Trinidad de personas en Dios. Sin meternos en argumentos teológicos, podemos asegurar que Deuteronomio 6:4 no es contrario a la Trina Deidad: (a) porque el desdoblamiento de Jehová en dos personas es patente en el Antiguo Testamento, no sólo en las varias menciones del divino Ángel de Jehová, sino en lugares como Zacarías 3:2, donde el desdoblamiento es evidente; (b) porque la palabra uno expresa la unidad de naturaleza individual (Jn. 10:30); «somos UNO …». (el mismo uno de Dt. 6:4; Jn. 17:3), compatible con una misteriosa pluralidad de personas, bien atestiguada en el Nuevo Testamento (por ej. Mt. 28:19). (c) porque el término hebreo ejad = uno, proviene del verbo ajad = unir; de donde se deduce que el concepto es de unidad compacta, que puede darse en una unidad compuesta. (d) Que este Dios único en las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es la única fuente de aguas vivas (Jer. 2:13); el único Hacedor y Salvador necesario y suficiente de cada ser humano. Por ser el único necesario, todos los demás son insuficientes; por ser el único suficiente, todos los demás son innecesarios.
2. Lo que aquí se nos enseña referente a la conducta que Dios requiere del hombre, está compendiado en el versículo 5: Amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Ningún rey demandó de sus súbditos amor. Más aún, en ninguna otra religión se había jamás demandado el amor a sus dioses. Pero la condescendencia de la gracia divina es tal que ha hecho del primer mandamiento (el l.o en orden e importancia) un mandamiento de amor, para que todos nuestros deberes para con Dios se cumplan por amor. El códice alejandrino de la versión de los LXX sustituye kardías = corazón, por dianoias = mente, por lo que el Señor Jesucristo, al citar de los LXX, añadió mente a los tres vocablos de Deuteronomio 6:5. El corazón indica el centro de la personalidad y, por tanto, de la conducta; el alma es el centro de los deseos e inclinaciones; las fuerzas representan las energías operativas del ser humano y, con mucha probabilidad, las posesiones o bienes de fortuna. La mente es el centro del discernimiento (1 Co. 2:14–16).
II. También se prescriben aquí los medios para conservar y observar la verdadera religión en el corazón y en el hogar, para que no se marchite ni decaiga. Estos medios son principalmente dos: 1. La meditación de la Palabra de Dios: Estas palabras que yo te mando estarán sobre tu corazón (v. 6). 2. La educación religiosa de los hijos: Las repetirás a tus hijos (v. 7). Además, al repetirlas, crece el conocimiento de ellas. Esto nos enseña a aprovechar todas las oportunidades para conversar con quienes nos rodean, no de materias intrincadas ni de opiniones discutibles, sino de las verdades llanas y sencillas
de Dios, que constituyen el «saber de salvación» (2 Ti. 3:15). Cuanto más nos familiaricemos con las Santas Escrituras, más las amaremos, las admiraremos, nos alimentaremos de ellas y estaremos deseosos de comunicarlas a otros, comenzando por nuestros familiares. Aquí (vv. 8–9) se dan instrucciones a los hijos de Israel, con el objeto de que tuviesen siempre bien presentes las enseñanzas de Dios. Las filacterias eran precisamente las cintas que se ataban a la frente, y en las que se inscribía lo más importante del shemá, para tener Deuteronomio 6:4–5 como un recordatorio ante tus ojos (v. 8). El Señor Jesucristo censuró a los fariseos (Mt. 23:5), no por llevarlas, sino por la orgullosa ostentación (mera fachada) que hacían de ellas, al llevarlas más anchas que los demás. Con todo, es una costumbre digna de encomio el tener sobre las paredes de los lugares de culto, lo mismo que sobre las paredes de nuestras casas algunas porciones escogidas de la Palabra de Dios, que nos recuerden constantemente la bondad del Señor y nuestro deber de serle agradecidos.
III. Se añade a continuación una exhortación a no olvidarse de Dios en los días de prosperidad y abundancia (vv. 10–12). Estimula la esperanza que habían de tener en la bondad de su Dios dando por seguro que había de introducirles en aquella buena tierra que les había prometido (v. 10), para que no habitasen por más tiempo en tiendas de campaña como los nómadas y los pastores, sino que se asentasen en ciudades y se acomodasen en casas llenas de todo bien; así no andarían ya vagando por inhóspitos desiertos, sino que disfrutarían de mansiones convenientemente edificadas y amuebladas, y de huertos y campos bien plantados. Y todo ello, por pura gracia y obra de su Dios: Ciudades que tú no edificaste, casas que tú no llenaste, cisternas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste (vv. 10–11).
IV. Siguen algunos preceptos y ciertas prohibiciones. 1. En toda ocasión, han de temer, servir y honrar a Dios (v. 13). Esta porción es la que Jesús lanzó al rostro del diablo, cuando éste le tentó en el desierto (v. Mt. 4:10; Lc. 4:8), con el señuelo de obtener los reinos de este mundo y su gloria a trueque de servir a los planes de Satanás y adorarle. 2. También habían de cuidar mucho de no deshonrar a Dios tentándole, esto es, poniendo en duda su poder, su providencia, su protección, etc., como en Éxodo 17:2; Isaías 7:12–13, o como si esperasen presuntuosamente la protección divina exponiéndose por propia iniciativa a un peligro al margen de la voluntad de Dios, como es el caso de lo que le proponía el diablo al Señor en otra de las tentaciones, y al que replicó Jesús con el versículo 16 de esta misma porción (v. Mt. 4:7; Lc. 4:12).
Versículos 17–25
I. Moisés les encarga una vez más que guarden los mandamientos de Dios: Guardad cuidadosamente los mandamientos de Jehová vuestro Dios, etc. (vv. 17–19).
II. Les encarga que instruyan a sus hijos en los mandamientos divinos, para que no sólo puedan en su tierna edad acompañarles en los servicios religiosos gozosamente y con conocimiento de causa, sino que puedan después en su edad madura cumplir la Palabra de Dios y transmitirla igualmente a los que han de venir después de ellos. Ahora bien:
1. Hay una pregunta apropiada que se supone que los niños han de hacer: ¿Qué significan los estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó? (v. 20) ¿Qué significan las fiestas que cumplimos, los sacrificios que ofrecemos, y las peculiares costumbres que observamos? Obsérvese aquí: (A) Que todas las instituciones divinas tienen su significado, y que algo muy importante se contiene en ellas. (B) Nos interesa conocer y entender dicho significado, para que podamos rendir al Señor un culto espiritual razonable (Ro. 12:1), no sea que ofrezcamos animal ciego para sacrificio (Mal. 1:8).
2. Tenemos aquí la correcta respuesta que ha de haber en los labios de los padres cuando los hijos les hagan una pregunta tan pertinente. ¿Han preguntado los hijos por el significado de las leyes divinas? Díganles que deben ser observadas: (A) En agradecido recuerdo de los favores que recibieron de Dios, especialmente de la maravillosa liberación de Egipto (vv. 21–23). (B) Como condición prescrita por Dios para que pudiesen gozar de posteriores bendiciones: Para que nos vaya bien todos los días (v. 24). Si pudiésemos cumplir perfectamente ese solo mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, y poder decir: «Nunca lo he dejado de cumplir», nuestra justicia personal sería tan grande que nos calificaría para disfrutar de los beneficios que comportaba el
estado de inocencia; si continuásemos en la observancia de todo lo que está escrito en el libro de la Ley, estaríamos justificados por la Ley. Pero nadie puede albergar semejante pretensión; así que nuestra obediencia sincera ha de ser aceptada a través de un Mediador, como a través de un Mediador hemos recibido, mediante la sola fe, la gracia de la salvación (Ef. 2:8).
En este capítulo, Moisés exhorta a los israelitas a guardar, en general, los mandamientos de Dios, pero muy especialmente a guardarse de toda comunión con los idólatras, y les muestra los muchos motivos que tienen para conducirse de esta manera.
Versículos 1–11
I. Han de precaverse muy estrictamente de toda amistad y comunión con ídolos e idólatras.
1. Se nombran primeramente y se numeran los siete pueblos que habitan la tierra prometida a quienes han de echar de en medio de ellos para de esta manera poder disfrutar en paz y obediencia del beneficio que Dios les otorga (v. 1). Se los especifica con todo detalle, para que Israel sepa los límites y fronteras de la comisión que se les encarga. Ello insinúa que esta operación de limpieza que Dios les encomienda no ha de servir de precedente para justificar las bárbaras leyes que, sin motivo alguno, presentan a otros pueblos guerra sin cuartel. Pero, si Dios les manda ahora que echen de su territorio a esas naciones, no deben ellos permitirles su permanencia en él, ni como colonos, ni como tributarios ni como esclavos. La iniquidad de los amorreos había llegado ya a su límite, y cuanto más se había prolongado la perpetración de dicha iniquidad, tanto más duro había de ser el castigo y más severa la venganza cuando llegase la hora fijada por Dios. La descendencia santa de Abraham no podía mezclarse con los pueblos que cometían tales abominaciones, so pena de ser corrompida por ellos. Así hemos de proceder nosotros con las concupiscencias que combaten contra nuestras almas; Dios las ha puesto en nuestras manos mediante la promesa que dice: Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros (Ro. 6:14), a no ser que nosotros nos rindamos a él cobardemente. No hagamos, pues, pacto con nuestros malos deseos, ni les mostremos compasión alguna, sino démosles muerte crucificándolos (Gá. 5:24) y destruyéndolos por completo. No tratemos de engañarnos a nosotros mismos concediéndoles tregua con una indulgencia solapada. Es preciso asegurar el triunfo con un NO rotundo y decidido. Es preciso quemar las naves, para evitar el viaje de vuelta a la condición anterior de pecado y mundanalidad.
2. No deben emparentar con los nativos al celebrar matrimonios mixtos con los que hayan escapado a la espada (vv. 3–4). En los matrimonios mixtos, es más de temer que la parte buena se pervierta, que de esperar a que la parte mala se convierta. Es cierto que, a veces, surge la excepción. Son bendiciones que se deben a la condescendencia divina, pero no disculpan la desobediencia humana. Hay una paráfrasis caldea del versículo 3, que da la razón de este mandamiento: Porque el que se casa con idólatras, se casa en realidad con sus ídolos.
3. Deben destruir todos los restos de idolatría que encuentren en el territorio (v. 5): sus altares y estatuas, sus imágenes y sus ídolos; todo ha de ser destruido en señal de abominación y como preventivo contra la infección.
II. Hay muy buenos y fuertes motivos para insistir en esta preocupación.
1. La elección que Dios ha hecho de este pueblo para que sea su pueblo (v. 6).
2. La libre y soberana gracia de la elección de tal pueblo por parte de Dios. Dios ha escogido a Israel por puro amor (v. 8). Todo lo que Dios ama, lo ama así, puesto que no existe un bien anterior que pueda merecer la atención de Dios (v. Os. 11:1; 14:4).
3. Todo el tenor del pacto que Dios había concertado con ellos, en el fondo del cual subyacía la estipulación de que, según se portasen ellos con Dios, así se portaría Dios con ellos.
Versículos 12–26
I. Se repite la advertencia contra la idolatría, y contra la comunión con los idólatras. También se repite el encargo de destruir las imágenes (vv. 25–26). Los ídolos que los gentiles adoraban eran abominación para Dios y, por tanto, debían ser abominación también para ellos; pues todos cuantos aman de veras a Dios, deben aborrecer lo que Él aborrece.
II. Se les promete y se les asegura a todos los niveles el favor de Dios, si son obedientes a los mandamientos que les ha dado. Si ellos son constantes en la obediencia Dios será constante en su beneficiencia. Si ellos se guardan puros de las idolatrías de Egipto, Dios los conservará sanos de las enfermedades de Egipto (v. 15). No se refiere a las plagas de Egipto, mediante las cuales actuó milagrosamente Dios para liberarlos, sino a las enfermedades corrientes en Egipto, ya que el clima de este país es muy insano, especialmente en ciertas estaciones del año; tanto que el historiador Plinio describe a Egipto como «la madre de las peores enfermedades» (v. 28:27, 60).
III. La promesa de Dios es de echar a los nativos de la tierra poco a poco (v. 22). Así se les dice, para que no se descorazonen por el lento progreso de la conquista, ni piensen que los cananeos no van a ser expulsados, por el hecho de que no sean subyugados al primer año de la entrada en la tierra prometida. Tampoco nosotros debemos pensar que, por el hecho de que la Iglesia se vea perseguida, Dios no va a efectuar jamás su liberación. Dios efectúa su obra a su manera y a su tiempo y podemos estar seguros de que siempre llega a tiempo, porque, desde las alturas de su eternidad, vigila las sazones y controla los tiempos. Podemos descansar seguros, como David, y decir: «En tu mano están mis tiempos» (Sal. 31:15). Lo mismo hemos de decir de la santificación; es un proceso paulatino, que ha de hacerse poco a poco. Dice un himno inglés: «Tómate tiempo para ser santo». La santificación, como la educación, no se puede atropellar por una impaciencia poco inteligente. A un estudiante que pretendía hacer en seis meses los estudios de tres años, le dijo el rector del Colegio Bíblico en que deseaba matricularse: «Eso depende de lo que quiera usted hacer de su vida. Cuando Dios piensa en hacer una calabaza le sobra con seis meses; pero cuando piensa en formar un roble, le dedica cien años». Finalmente, el poco a poco no significa negligencia, sino seguridad (v. 22).
Moisés había encargado a los padres que enseñasen la Ley a sus hijos (6:7), repitiéndoles frecuentemente las mismas cosas. Aquí, él mismo hace de padre de los hijos de Israel, inculcándoles insistentemente los mismos preceptos y las mismas precauciones.
Versículos 1–9
El encargo que les hace Moisés aquí es el mismo de antes: que guarden y pongan por obra todos los mandamientos de Dios. Les instruye y exhorta:
I. A que vuelvan la vista al desierto por el que Dios les ha traído. Ahora que ya han llegado a la mayoría de edad y van a entrar en posesión de la herencia, deben recordar la disciplina a que han estado sometidos durante los años pasados y el método que Dios ha usado para llevarlos a la madurez de un pueblo escogido para servirle en santidad. El desierto había sido la escuela en que habían sido formados y alimentados durante cuarenta años, bajo tutores y rectores; y ahora era la ocasión propicia para recordarlo.
1. Debían recordar las estrechuras en que, a veces, se habían encontrado: (A) Para mortificar su orgullo. (B) Para manifestar su perversidad. Dios les había sometido a prueba con todo ello, a fin de que confiaran en sus promesas y obedecieran sus preceptos.
2. Debían recordar igualmente la continua provisión que Dios les había otorgado. Aunque Dios ha destinado el pan para fortalecer el corazón del hombre y ser el alimento básico de su dieta diaria, Dios puede, con todo, mantener y alimentar sin él al hombre, y emplear para ello las cosas más extrañas. El
texto tiene una referencia clara al maná, pero desborda el sentido de cualquier alimento corporal, ya que las necesidades espirituales del hombre son más importantes que las corporales, y sólo pueden ser satisfechas mediante la Palabra de Dios, revelación de su voluntad, de su gracia, de su amor. Y esa Palabra, recibida por fe y observada con obediencia, es el alimento de nuestras almas. Por eso, el Señor Jesús tomó de esta porción (v. 3) la respuesta que dio a la primera tentación del diablo (v. Mt. 4:4; Lc. 4:4). De esta Palabra de Dios se alimentaba nuestro Salvador (Jn. 4:34), y de ella hemos de alimentarnos nosotros mediante el mismo Señor Jesús, de quien era tipo el maná (Jn. 6:31–51); Él es el Verbo de Dios, es decir, la Palabra viva y personal del Padre, por la cual vivimos y somos salvos.
3. Deben también recordar las reprensiones que han recibido de parte de Dios (v. 5). Durante estos años de educación en su infancia espiritual, han sido sometidos a estricta disciplina, y bien que la necesitaban. Fueron disciplinados para no ser condenados (v. 1 Co. 11:32), castigados con vara humana, pero no con la vara que hiere para destruir, sino con la de un padre que desea corregir al hijo cuya felicidad y cuyo bienestar persigue con amor (v. Sal. 94:12–13; He. 12:5 y ss.).
II. Les exhorta a mirar hacia delante, a la tierra de Canaán en la que Dios los iba a introducir. A dondequiera que miremos tanto los recuerdos como las esperanzas nos equiparán con suficientes argumentos para que obedezcamos al Señor.
Versículos 10–20
Después de mencionar la gran abundancia que habían de encontrar en la tierra de Canaán Moisés se ve en la necesidad de precaverles contra el abuso de tal abundancia, pues era un pecado al que se sentirían tanto más inclinados ahora que entraban en aquella viña del Señor, cuanto que venían de un desierto estéril.
I. Les exhorta a que cumplan el deber que impone una condición próspera (v. 10). De todo lo que habían de disfrutar, de Dios había de ser la gloria, y a Él habían de darle las gracias. Así como nuestro Salvador nos enseñó a dar gracias antes de comer (Mt. 14:19–20), así también se nos enseña aquí a darlas después de comer. Dando siempre gracias por todo—dice el Apóstol—(Ef. 5:20), especialmente al recibir de Dios el sustento diario (v. Ro. 14:6, 1 Co. 10:30–31; 1 Ti. 4:3–4). De esta ley tomaron los judíos piadosos la costumbre laudable de bendecir a Dios, no sólo en sus comidas, sino en muchas ocasiones; si bebían una copa de vino, levantaban sus manos y decían: Bendito sea el que creó el fruto de la vid que alegra el corazón. Incluso al oler una flor, decían: Bendito el que hizo esta flor suave y fragante.
II. También les previene contra las tentaciones de una condición próspera. 1. Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios … no suceda que comas y te sacies … y se enorgullezca tu corazón (vv. 11–14). Cuando sube la fortuna y crece la hacienda, hay peligro de que se suba la mente y se hagan altivos los ojos en autosuficiencia, autocomplacencia y también en autoconfianza. 2. No sea que … te olvides de Jehová tu Dios. Cuando una persona se enriquece, le viene la tentación de pensar que no necesita de la religión. En efecto, la palabra salvación connota un aprieto, una necesidad, un estado miserable del que se sale con la ayuda de otro. Pero, el que ve que sus necesidades presentes están ampliamente cubiertas y se siente seguro en su posición económica y social, ¿qué entenderá por salvación, a menos que no pierda de vista su constante necesidad espiritual? (v. Ap. 3:17). ¡Desgraciado del que se cree feliz sin Dios! Será un impío y un egoísta; su falso concepto de la dignidad le impedirá agacharse, y su falso concepto de la libertad le impedirá servir.
El objetivo de Moisés en este capítulo es convencer al pueblo de Israel de su completa indignidad para recibir de Dios aquellos favores que ahora les iba a otorgar. Les asegura la victoria sobre los enemigos, pero les advierte que no se deberá a sus méritos, sino a la justicia, a la misericordia y a la fidelidad de Dios. Les recuerda sus grandes pecados y rebeliones y la intercesión que él ha tenido que ejercitar por ellos delante de Dios.
Versículos 1–6
La llamada de atención: Oye, Israel (v. 1) insinúa que se trata de un nuevo discurso de Moisés.
I. Moisés pone delante de la consideración del pueblo la formidable fuerza de los enemigos con quienes se van a encontrar muy pronto (v. 1). Esta representación es muy parecida a la que hicieron los malos espías (Nm. 13:28, 33), pero está hecha con muy diferente intención; aquélla iba encaminada a apartarlos de Dios y arruinar las esperanzas que tenían en Él; ésta tenía por objeto acercarlos más a Dios y a poner toda su esperanza solamente en Él.
II. Les da por segura la victoria, en virtud de la presencia de Dios en medio de ellos, a pesar de toda la fuerza de los enemigos (v. 3).
III. Les previene contra cualquier pensamiento de su propia justicia y suficiencia, como si a ello se debiesen estos favores de la mano de Dios. Nótese que nuestra posesión del Canaán celestial, así como ha de atribuirse al poder de Dios y no a nuestra propia fuerza, así también ha de atribuirse a la gracia de Dios y no a nuestros propios méritos.
IV. Les da a entender las verdaderas razones de por qué Dios iba a quitarles de las manos a los cananeos esta buena tierra, y a ponerla en manos de Israel.
Versículos 7–29
Para que no se les ocurra jamás pensar que Dios los ha traído a Canaán por la justicia de ellos, Moisés les muestra aquí qué gran milagro de la misericordia de Dios ha sido el que no hayan perecido todos en el desierto: Acuérdate; no olvides que has provocado la ira de Jehová tu Dios en el desierto (v. 7). Como si dijera: Lejos de merecer el favor de Dios, no has hecho otra cosa que provocar su ira y exponerte a su desagrado. Habían sido un pueblo provocador desde su misma salida de Egipto (v. 7). Aunque Moisés sólo registra algunas incidencias del primero y del último de los 40 años que pasaron en el desierto, parece ser por estas palabras que no fueron mejores en el resto de dicha peregrinación, sino que fue una continua provocación.
Si tomaban esto en consideración, se percatarían de que, cualquiera que fuese el favor que Dios les otorgase en lo venidero, al someter a los enemigos y ponerles a ellos en posesión de la tierra de Canaán, no sería debido a la integridad de ellos. También a nosotros nos conviene recordar, de vez en cuando nuestros pecados de antaño, y revisar con pena y con vergüenza el archivo de nuestra conciencia, para que veamos cuánto le debemos a la pura, libre y soberana gracia de Dios, y reconocer con toda humildad que, a los ojos de Dios, no hemos merecido otra cosa que ira y maldición.
En este capítulo, Moisés pone delante de los israelitas la gran misericordia que Dios ha tenido con ellos, no obstante las rebeliones con que le han provocado. Así les hace ver la obligación que tienen de temer, amar y servir a Dios.
Versículos 1–11
Cuatro eran las cosas por las que Dios mostró que estaba reconciliado con Israel, para hacer de ellos un pueblo grande y feliz.
I. Les dio por escrito su Ley en prenda firme de su favor. Al poner Dios su Ley en nuestros corazones y escribirla en lo más recóndito de nuestro interior, nos da la evidencia más segura de que estamos reconciliados con Él, y las mejores arras de nuestra futura felicidad en Él. Dios enviará su Ley y su Evangelio a aquellos cuyos corazones estén preparados como arcas para recibirlos y guardarlos. Cristo es,
de modo especial, el Arca en que nuestra salvación está guardada con seguridad, para que en sus manos no se pierda como se perdió en las manos del primer Adán. Las dos tablas de la Ley, labradas por las manos de Moisés, fueron colocadas fielmente dentro del Arca. Y allí están—añadió Moisés—(v. 5), y apuntan probablemente hacia el santuario. De acuerdo con la tradición rabínica, Moisés depositó también en el Arca, los fragmentos de las primeras tablas. Así quedaría más patente el quebrantamiento de la Ley cuando adoraron el becerro de oro. Moisés les recuerda que aquel tesoro que le fue encomendado, él se lo transmitió a ellos fielmente y allí estaba en manos de ellos, con la responsabilidad que esto entrañaba. Así también nosotros hemos de decirles a los de la nueva generación: Dios nos ha confiado su Palabra, su Ley y sus ordenanzas, etc., como señales de su presencia y de su favor, y ahí están; las confiamos a vosotros (v. 2 Ti. 1:13–14).
II. Fue delante de ellos guiándolos a Canaán, aunque ellos se volvían hacia Egipto en sus corazones, y bien podía Dios haberles complacido en sus engaños (vv. 6–7).
III. Constituyó un ministerio estable entre ellos, para tratar con ellos en lo concerniente a las cosas santas. Un ministerio estable es una gran bendición para el pueblo de Dios y una señal especial del favor de Dios. Bajo la Ley, se mantenía la sucesión del ministerio vinculando el oficio a una determinada tribu y a una determinada familia; pero ahora, bajo el Evangelio, después que el Espíritu Santo ha sido derramado con toda abundancia y poder, la sucesión se mantiene mediante la operación del Espíritu en los corazones de los hombres, cualificando debidamente a las personas e inclinándolas al ministerio, en todo lugar y tiempo.
IV. Aceptó a Moisés como abogado e intercesor en favor de ellos, y lo constituyó príncipe y guía del pueblo (vv. 10–11): Jehová me escuchó y desistió de destruirte. Y me dijo Jehová: Levántate anda, para que marches delante del pueblo. Fue una gran bendición para ellos tener un amigo así, tan fiel para el que le había consituido y tan fiel para aquellos en favor de los cuales había sido constituido.
Versículos 12–22
Aquí tenemos una exhortación sumamente patética a obedecer.
I. Nos vemos aquí confrontados directamente con nuestros deberes hacia Dios, hacia el prójimo y hacia nosotros mismos.
1. Se nos enseñan primero nuestros deberes para con Dios. Debemos temer a Jehová nuestro Dios (vv. 12, 20). Temerle como a un gran Dios y Señor, y amarle como a un buen Dios y Padre. A Él sólo hemos de servir (v. 20), con todo corazón y con toda el alma (v. 12). Todo lo que hemos de hacer para con Él, lo hemos de hacer gozosamente y de buen grado. Debemos guardar sus mandamientos y sus estatutos (v. 13).
2. Se nos enseñan después nuestros deberes para con el prójimo: Amaréis al extranjero (v. 19). Esta demanda de amar al extranjero no tiene par en las leyes antiguas de ningún pueblo. En tiempos posteriores, este término (hebreo ger) vino a representar especialmente al prosélito, a quien se había de acoger con peculiar afecto. Pero, si hemos de amar al extraño, ¡cuánto más a nuestros hermanos! Dos razones se dan aquí como bases de este deber:
(A) La providencia ordinaria de Dios, que se extiende a todos los pueblos (v. 17), pues los ha hecho a todos de una misma sangre (Hch. 17:26). Dios ama al extranjero (v. 18), es decir, a todos da la vida, la respiración y todas las cosas (Hch. 17:25) y, por ello, también a los gentiles, excluidos de la ciudadanía de Israel y extranjeros en cuanto a los pactos de la promesa (Ef. 2:12). (B) La condición angustiosa en que los israelitas mismos se habían encontrado, cuando eran extranjeros en Egipto. Quienes se han encontrado en apuros y han sido liberados por la misericordia de Dios, han de simpatizar profundamente con quienes se hallan en apuros parecidos y se han de mostrar compasivos y amables con ellos.
3. Se nos enseñan finalmente nuestros deberes para con nosotros mismos: Circuncidad el prepucio de vuestro corazón (v. 16), es decir, echad de vosotros—cortad y arrancad—todo afecto mundano e inclinación corrompida, que os impida temer, amar y servir a Dios. La circuncisión del corazón sirve para
hacernos dóciles al yugo de Dios y no endurecer nuestra cerviz. Una cerviz endurecida denota un talante altivo, incapaz de doblegarse en humildad.
II. Viene después la más patética exhortación a cumplir fielmente esos deberes.
1. Hay que considerar la grandeza y majestad de Dios y, por ello, hay que temerle y, en consecuencia, servirle y obedecerle (vv. 20–21).
2. Hay que considerar igualmente la bondad y la gracia de Dios y, por ello, hay que amarle, servirle y obedecerle. Su bondad pertenece a Su gloria tanto como Su majestad, pues estas dos son las vertientes de la santidad de Dios: un Ser infinito, infinitamente lejano por su pureza y su trascendencia; un Ser infinito, infinitamente cercano por su bondad y por su inmanencia.
Con este capítulo concluye Moisés el prólogo a la repetición de los estatutos que el pueblo de Israel ha de observar. Tras haber mencionado al final del capítulo precedente las grandes cosas que Dios había hecho en favor de ellos, y repetir al comienzo del presente capítulo el mandato general de amar a Dios y guardar sus ordenanzas (v. 1), pasa a detallar algunas de las grandes obras que había realizado Dios ante los ojos de ellos, y termina poniéndoles en la alternativa de escoger el mal o el bien, la muerte o la vida, la maldición o la bendición.
Versículos 1–7
Guardarás sus ordenanzas (v. 1), esto es los oráculos de Su Palabra y las ordenanzas de Su culto, que a ellos habían sido confiadas y de las cuales eran responsables. Es una frase que se usa con frecuencia en lo concerniente al oficio de los sacerdotes y levitas, en cuanto a que todo Israel era un reino de sacerdotes, una nación santa. Obsérvese la conexión entre estas dos frases: Amarás a Jehová tu Dios; y: Guardarás sus ordenanzas, ya que el amor se ha de mostrar en obediencia y, por otra parte, sólo es aceptable la obediencia que fluye del amor (v. 1 Jn. 5:3).
Versículos 8–17
Moisés sigue e insiste en lo mismo, sin decidirse a dar por rematado el asunto mientras no haya conseguido su propósito: Para entrar en la vida, para entrar en Canaán tipo de la vida verdadera en Cristo, en aquella tierra buena, guarda los mandamientos (Mt. 19:17). Guardad, pues, todos los mandamientos que yo os prescribo hoy (v. 8); amando a Jehová vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma (v. 13).
No les va a enseñar el arte de la guerra, cómo tensar el arco cómo empuñar la espada, cómo guardar las filas, para que sean fuertes y entren a poseer la tierra; no, sino que basta con que observen los mandamientos de Dios para que sean fortalecidos y entren a poseer la tierra (v. 8). Es el pecado el que tiende a debilitar a una persona y acortarle los días; como es el pecado el que debilita la prosperidad de un pueblo y le acorta los éxitos, pero la obediencia prolonga la vida, asegura la paz y fomenta la prosperidad. En abundancia o escasez, todo favorece a que amemos y sirvamos a Dios; si Dios ha provisto abundantemente para nuestra comodidad y conveniencia, tanto más hemos de abundar nosotros en gratitud y servicio para Él y, cuanto menos tengamos que preocuparnos de nuestro cuerpo, tanto más podremos preocuparnos de nuestra alma y de las cosas de Dios; por otra parte, la escasez de medios de fortuna nos ha de tener más pendientes de la providencia divina, más confiados en su bondad, menos apegados a las cosas de este mundo, menos propensos a infatuarnos (v. 16).
Para exhortarles a mantenerse; apartados de los dioses ajenos, Moisés les advierte muy seriamente que, si se vuelven a otros dioses: 1. Se encenderá el furor de Jehová sobre ellos. 2. Y todas las cosas buenas les serán retiradas; los cielos retendrán su lluvia, y la tierra no dará su fruto, con lo cual ellos mismos habrán de perecer (v. 17).
Versículos 18–25
I. Moisés repite las instrucciones que había dado para dirección y ayuda del pueblo en su obediencia. A todos nosotros van dirigidas las tres normas que aquí se dan: 1. Que nuestro corazón se llene de la Palabra de Dios: Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma (v. 18). 2. Que nuestros ojos estén fijos en la Palabra de Dios: Las ataréis como señal en vuestra mano, la cual siempre está a la vista (Is. 49:16), y serán por frontales entre vuestros ojos, para que, a dondequiera que dirijamos la mirada, tengamos siempre presentes los mandamientos de Dios. 3. Que nuestra lengua se use para la Palabra de Dios: Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas, etc. (v. 19). Si la Palabra de Dios es el asunto constante y primordial de nuestras conversaciones, especialmente delante de nuestros hijos, la difícil sumisión de la lengua (Stg. 3:8), que es un deber (Stg. 3:10), llegará a ser una realidad en la medida que lo permite nuestra condición actual.
II. Repite también las seguridades que antes les había dado en nombre de Dios, de prosperidad y éxito, bajo la condición de que sean obedientes. No hay cosa que tanto contribuya al bienestar de una nación, presentándola como valiosa para sus aliados y como formidable para sus enemigos, como la observancia de la Ley de Dios, porque, si Dios está con ella, ¿quién estará (se mantendrá de pie) contra ella? Y Dios está de cierto con los que sinceramente le aman y le sirven.
Versículos 26–32
Moisés concluye en esta porción su exhortación general a la obediencia.
I. Resume todos sus argumentos en favor de la obediencia en dos palabras: bendición y maldición (v. 26), y la maniobra así sobre la esperanza y el temor, que son los dos asideros del alma, con los que se la agarra, se la retiene y se la maneja.
II. Señala para un plazo determinado una pública y solemne proclamación de la bendición y de la maldición que ha puesto delante de ellos, y que se llevará a cabo sobre los montes Gerizim y Ebal (vv. 29–30), que son las montañas más prominentes a ambos lados de lo que es territorialmente el centro natural de Palestina. Instrucciones más detalladas para esta solemnidad se encuentran en 27:11 y siguientes y el relato de su realización se halla en Josué 8:33 y siguientes. Se llevó a cabo inmediatamente después de su entrada en Canaán, a fin de que al comenzar a tomar posesión de la tierra, supiesen cuáles eran las condiciones para disfrutarla felizmente y el riesgo que entrañaba el incumplimiento de tales condiciones.
En este capítulo Moisés pone delante del pueblo los estatutos y decretos en cuya observancia habían de poner un cuidado especial después de su entrada en Canaán, y comienza por los que se refieren al culto de Dios, y especialmente por los aspectos detallados en el segundo mandamiento, en los que Dios se mostraba particularmente celoso.
Versículos 1–4
De aquellas verdades básicas: Que Jehová es el Dios de Israel y que el Dios vivo y verdadero es único, surgen las leyes fundamentales: Que a ese Dios hay que adorar, y a Él solamente; y que, por consiguiente, no hemos de servir ni adorar a otro dios fuera de Él, éste es el primer mandamiento. El segundo mandamiento está puesto como salvaguardia del primero. A fin de prevenirnos contra el peligro de acogernos a dioses falsos, se nos prohíbe adorar al verdadero Dios a la manera que son adorados los falsos dioses, y se nos manda atenernos a las ordenanzas instituidas para observar un culto correcto, a fin de que podamos alcanzar el objetivo mismo del culto, que es adorar en espíritu y en verdad al Dios verdadero que es Espíritu (Jn. 4:24). Esta es la razón por la cual Moisés se extiende tanto en la exposición
del segundo mandamiento, ya que a esto se refiere principalmente lo contenido en este capítulo y en los cuatro siguientes.
I. Encarga a los israelitas que destruyan y extirpen todo aquello con que los cananeos habían dado culto a sus ídolos (vv. 2–3). Los lugares altos que ahora habían de ser demolidos eran estelas o pilares de piedra colocados en la cima de los montes y collados, como si la altura del suelo les pusiese en contacto más cercano con sus dioses, y debajo de los árboles, a los que se atribuía cierta influencia mágica, ya favorable, ya adversa, y donde el culto a los ídolos era acompañado de ritos obscenos y abominables (v. 31; Os. 4:13). Moisés comienza por aquí los estatutos que se refieren al culto divino, porque debe existir un profundo aborrecimiento de lo que es malo, antes de que se de una permanente adhesión a lo que es bueno (Ro. 12:9). El reino de Dios ha de establecerse, tanto en personas como en lugares, sobre las ruinas del reino del diablo, por cuanto no pueden existir juntos, ya que no puede haber comunión alguna entre Cristo y Belial (2 Co. 6:14–16).
II. Les encarga que no introduzcan en el culto de Dios ritos y costumbres de los que usan los idólatras, ni siquiera con el pretexto de embellecer de alguna manera el culto al verdadero Dios. Aquí se muestra la equivocación, y aun profanación, que cometen quienes, so pretexto de modernizar, atraer y amenizar los cultos, introducen en ellos ciertas cosas más apropiadas para una discoteca que para un lugar de adoración a la majestad divina (v. 4).
Versículos 5–32
No hay, que yo recuerde, ningún otro precepto en la Ley de Moisés en que tanto se insista y que tanto se inculque como éste por el que se obliga a los israelitas a traer todos sus sacrificios al altar erigido en el atrio del tabernáculo, y sólo a él, y a celebrar allí todos los ritos de la religión judaica; porque, en cuanto a las devociones privadas, no cabe duda de que los hombres podían orar, como nosotros ahora, en cualquier lugar, según lo hacían en las sinagogas. El mandato de hacerlo así, y la prohibición de contravenir esta orden, se repiten aquí: 1. Por la extraña inclinación del pueblo hacia la idolatría y la superstición. 2. Por la gran utilidad que tendría la observancia de este precepto en orden a preservar entre ellos la unidad y el amor fraternal, ya que al reunirse todos en un mismo lugar, se había de mantener más fácilmente la unanimidad de mente, corazón y conducta. 3. Por el significado que tenía la designación de este solo lugar, ya que ello comportaba la creencia en aquellas dos grandes verdades que después encontramos juntas (1 Ti. 2:5): Que hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres.
Vengamos ya a los aspectos particulares que este precepto incluye en su parte positiva.
I. Se les promete aquí que, cuando ya estén asentados en Canaán y hayan reposado de todos sus enemigos, Dios va a escoger un cierto lugar que Él señalará para que sea el centro de sus reuniones y a Él lleven todos sus sacrificios y ofrendas (vv. 10–11). No señala de momento el lugar, como había hecho con los montes Gerizim y Ebal para pronunciar las bendiciones y las maldiciones (11:29), sino que reserva para después el hacerlo, para que así estén dispuestos a esperar del Cielo posteriores instrucciones y la dirección personal de Dios, una vez que Moisés les haya sido arrebatado. De momento, el Arca era la señal de la presencia divina, y dondequiera que se encontrase el Arca, allí se invocaba el nombre de Dios, y allí residía Él. El primer lugar que Dios escogió para su residencia en el Arca fue Siló; y, después que aquel lugar quedó deshonrado por el pecado, la hallamos en Quiryat-jearim (1 S. 7:1) y otros lugares. Todos estos lugares eran residencia provisional del Arca, ya que sólo durante el reinado de David alcanzó Israel reposo completo de sus enemigos; de ahí que fuese entonces cuando surgió en el corazón de David el deseo de edificar el Templo (2 S. 7:1 y ss.). Por eso dijo Dios a Salomón, refiriéndose a dicho Templo: He elegido para mí este lugar por casa de sacrificio (2 Cr. 7:12, comp. con 2 Cr. 6:5). Ahora, en esta dispensación de la gracia, no tenemos templo que santifique al oro (ya no son sagradas las piedras muertas, sino que el templo de Dios se levanta con piedras vivas; 1 P. 2:5), ni altar que santifique a la ofrenda, sino sólo a Cristo, que se ofreció una vez por todas en el altar de la Cruz (He. 13:10); y en cuanto a lugares de culto y clases de sacrificios, ya predijo Dios por medio del profeta Malaquías, que en todo lugar se ofrecería a su nombre incienso y ofrenda limpia (v. 1 Ti. 2:8; Ro. 12:1). Y el Señor declaró a la mujer de Samaria que los adoradores aceptos a Dios eran los que le adoraban en espíritu y en verdad, sin consideración ni al monte Gerizim ni al Templo de Jerusalén (Jn. 4:23–24).
II. Se les manda traer todos sus holocaustos, ofrendas y sacrificios de expiación al lugar que Dios había de escoger (vv. 6, 11).
III. Se les manda que se alegren y celebren fiesta en sus solemnidades sagradas delante del Señor, con gozo santo. El gozo es fruto del Espíritu Santo (Gá. 5:22) y, por eso, con gozo hemos de glorificar a Dios, edificarnos a nosotros mismos, cultivar nuestras mentes mediante la gracia de Dios, el estudio de Su Palabra y la fe en Su providencia, avivar los santos afectos y resoluciones de nuestro corazón, y confirmar las buenas costumbres de nuestra vida cristiana, de esta manera se alimenta el alma. Por eso se les mandaba a los israelitas regocijarse delante de Jehová (v. 12). Sí, es la voluntad de Dios que le sirvamos con gozo. Nada desagradaba a Dios tanto como el que cubrieran de lágrimas el altar (Mal. 2:13). Por aquí se ve cuán bueno es el Señor a quien servimos, pues nos ha impuesto como un deber cantar mientras trabajamos para Él.
Parece ser que, mientras vagaban por el desierto, no comían la carne de los animales que se usaban para los sacrificios sin que dichos animales fuesen primeramente degollados a la puerta del tabernáculo, y parte de la víctima se presentase a Dios como ofrenda de paz (Lv. 17:3–4). Pero al llegar a Canaán, donde la mayoría había de vivir a gran distancia del tabernáculo, podían matar de sus rebaños y ganados lo que bien les pareciese para su sustento, sin tener que traer al altar parte de ello con la única condición de que no comiesen la sangre (vv. 16, 23). Si no podían traer la sangre al altar para derramarla ante el Señor, como algo que le pertenecía (la vida), la habían de derramar en tierra, en señal de que la vida no les pertenecía a ellos, sino a Dios, el Dador de la vida y el único a quien hay que entregarla en señal de expiación por el pecado. El obispo Patrick opinaba que había un motivo adicional en esta prohibición de comer la sangre, y era el impedir que se contagiasen con el error supersticioso de los antiguos idólatras, quienes creían que sus falsos dioses se deleitaban en la sangre de sus sacrificios y, por eso, al beber sangre se imaginaban que tenían comunión con ellos.
Nunca hubo un gobernador tan bueno como Moisés, y estaríamos inclinados a pensar que nunca tendrían tan buena oportunidad de guardar el buen orden y la disciplina en el pueblo de Israel como ahora que se encontraban tan juntos, acampados bajo la mirada de su gobernador; sin embargo, parece ser que dejaban mucho que desear y se habían deslizado entre ellos muchas irregularidades. «Pero cuando entréis en Canaán—dice Moisés—, no harás así a Jehová tu Dios» (v. 31). Cuando el pueblo de Dios se halla en una situación inestable, se pueden pasar por alto algunas cosas que no se deben tolerar en tiempo normal. Moisés estaba ahora a punto de acabar su vida mortal y, con ella, su gobierno sobre el pueblo, y era para él un consuelo prever que Israel se vería durante la época siguiente en mejor situación que durante la presente que estaba a punto de acabar.
En este capítulo, Moisés previene al pueblo contra el peligro de idolatría y les incita a que acaben rápidamente contra todo brote de esta maldad, provenga de donde provenga.
Versículos 1–5
I. Una extraña suposición (vv. 1–2). 1. Es realmente extraño que pudiera surgir entre ellos mismos alguien que al pretender haber tenido alguna visión profética, pudiese instigarles a ir en pos de otros dioses y servirles (v. 2). ¿Es posible que un israelita, y con capa de profeta, pudiese hacerse culpable de tal impiedad? Con todo, algo parecido podemos ver en nuestros días, sin que nos resulte extraño; pues vemos multitudes que profesan creer y practicar el cristianismo y, sin embargo, se estimulan a sí mismos y a otros, no sólo a adorar a Dios por medio de imágenes, sino también a rendir honores divinos a santos y ángeles. 2. Así que Moisés quiere fortalecerles contra los peligros de imposturas y prodigios mentirosos (2 Ts. 2:9).
II. Dos cosas les encarga con la mayor insistencia:
1. No dar oído a la tentación: No darás oído a las palabras de tal profeta (v. 3). No sólo no harás lo que te diga el tentador, sino que ni siquiera te detendrás a escuchar lo que te diga, sino que lo rechazarás con el mayor desdén y aborrecimiento. Cumple fielmente con tu deber, y estarás a salvo de todo daño. Dios nunca nos desamparará si antes no le dejamos nosotros a Él.
2. No tener compasión del tentador (v. 5). Hay que impedir que se extienda la infección, y para eso es menester amputar pronto el miembro gangrenado, pues, con casos tan peligrosos como éste, han de tomarse rápidamente todas las medidas necesarias.
Versículos 6–11
En esta porción, se previene al pueblo contra el peligro de recibir la infección idolátrica de parte de los más allegados, como un hijo o la propia esposa. Recordemos que Satanás tentó a Adán por medio de Eva, y a Jesucristo por medio de Pedro.
Versículos 12–18
Aquí se trata del caso de toda una ciudad que hubiese sido persuadida a abandonar al Dios de Israel para servir a dioses ajenos (v. 13).
I. Se supone que tal crimen sería cometido: 1. Por una de las ciudades de Israel, es decir, de las situadas dentro de los límites de la tierra prometida. Se trata de una ciudad que se supone haber adorado al verdadero Dios y darse después al crimen de idolatría volviéndose a otros dioses para servirlos, con lo que se da a entender la magnitud del delito. 2. Se supone que el delito lo cometen los habitantes de la ciudad en general. 3. Se supone que han sido incitados a la idolatría por ciertos hombres impíos (lit. «hijos de Belial»). Belial equivale al diablo (2 Co. 6:15), así que los hijos de Belial son los hijos del diablo (v. Jn. 8:44).
II. El procedimiento para encausar a los culpables ha de seguirse con toda diligencia y paciente investigación: Inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia (v. 14).
III. Si se prueba el delito, supuesta la contumacia, la ciudad debe ser completamente destruida. Si hubiese allí algunos pocos hombres rectos, no cabe duda de que ellos mismos se retirarían juntamente con sus familias, de un lugar tan peligroso. Los fieles adoradores del verdadero Dios deben aprovechar todas las oportunidades para mostrar su justa indignación contra la idolatría lo mismo que contra el ateísmo y la incredulidad que comporte actitudes antirreligiosas. Puede haber quien juzgue esta conducta como impolítica y contra los intereses de la nación. ¿Acaso no es impolítico destruir toda una ciudad por un delito que tiene que ver meramente con la religión? ¿No se ha de escatimar algo mejor la sangre de los israelitas? Sin embargo, Moisés no piensa así. «No temáis—viene a decirles—. Dios os multiplicará más y mejor; el cuerpo de vuestra nación no perderá nada con hacer salir de él la sangre corrompida.» Aun cuando los idólatras puedan escapar del castigo que imponen los hombres, Dios nuestro Señor no permitirá que escapen de sus justos juicios.
En este capítulo, Moisés enseña al pueblo la manera en que se han de distinguir de los pueblos vecinos en cuanto al modo de hacer duelo por los difuntos y en cuanto a las carnes de que se pueden alimentar. El capítulo termina detallando la ley de los diezmos.
Versículos 1–21
Moisés le dice al pueblo de Israel:
I. La alta dignidad que Dios le ha concedido, distinguiéndolo, como a pueblo suyo especial, con tres privilegios exclusivos: 1. Su elección como pueblo escogido: Jehová te ha escogido (v. 2). No los había escogido porque, entre todas las demás naciones, ellos se hubiesen dedicado y sometido a Él fielmente, sino que los había elegido Él por su pura, libre y soberana gracia para que fuesen su pueblo. 2. Su adopción como hijos de Dios: Hijos sois de Jehová vuestro Dios (v. 1). Era un pueblo que Él mismo había elegido y formado, para reconocerlo como su familia peculiar en la tierra, los que estaban cerca (Ef. 2:17). En efecto, Dios está cerca de todos (Hch. 17:27–28), pero no todos están cerca de Dios, sino sólo los que, por el sacrificio de Cristo, tienen acceso al trono de la gracia (He. 4:15–16). 3. Su santificación, como hijos de un Dios Santo: Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios (v. 2). Es decir, un pueblo separado y puesto aparte para Dios, dedicado a Su servicio, destinado para Su gloria y alabanza, gobernado por Su santa Ley, favorecido con Su santo tabernáculo, ocupado primordialmente en las sagradas ordenanzas concernientes al santuario.
II. La alta responsabilidad que sobre ellos había depositado más que a ninguna otra nación, en el modo de comportarse de modo diferente a los demás pueblos. En dos cosas habían de distinguirse, en particular, de las demás naciones:
1. En el modo de hacer duelo por los difuntos: No os sajaréis ni os raparéis a causa de muerto (v. 1). Los gentiles se sajaban como signo de pesar, no sólo en los funerales por sus difuntos, sino en señal de lamentación suplicante ante sus ídolos (1 R. 18:28). Pensaban, sin duda, que con el derramamiento de su sangre y el sufrimiento del dolor podían aplacar a sus dioses infernales. En cambio, a los israelitas se les prohíbe lamentarse de esta manera: (A) Porque no les estaba permitido desfigurar su cuerpo en modo alguno. (B) Porque, como hijos de un Dios bueno y providente, debían acatar sus designios con paciente resignación. Esto tiene todavía mayor fuerza para nosotros, que hemos recibido una revelación más completa de la patria celestial y de la bienaventuranza que acompaña a los que mueren en el Señor (Ap. 14:13). Animados por una esperanza tan gloriosa no debemos dejarnos dominar por la tristeza en la muerte de nuestros seres queridos (1 Ts. 4:13), sino anhelar compartir la suerte de quienes pasan a la presencia del Señor (2 Co. 5:6–8).
2. Deben distinguirse también en su alimentación. (A) Que habían de abstenerse, como de cosa ceremonialmente inmunda, de muchas clases de carne que otros pueblos comían ordinariamente y que son lo suficientemente sanas, aunque no cabe duda de que había también alguna razón sanitaria en la prohibición de la mayoría de dichas carnes. (a) En cuanto a los cuadrúpedos, se enumeran aquí más detalladamente que en el Levítico los que estaban permitidos para comer. (b) En cuanto a los peces, sólo se da una regla general: Únicamente se puede comer lo que tiene aleta y escama, todo lo demás que vive en el agua es inmundo y prohibido (vv. 9–10). (c) En cambio, no se da regla general en cuanto a las aves, sino que se mencionan en detalle las que no podían comer, por no ser limpias, dándose el caso de que ninguna de las que se prohíben se come ordinariamente entre nosotros. (d) Además de esto, hay dos cosas más que aquí se prohíben: Primera, comer de cualquier animal que haya muerto de muerte natural, por no haberle sido extraída la sangre, y además de ser inmundo, ceremonialmente (Lv. 11:39) no es sano para la salud. Segunda, cocer el cabrito en la leche de su madre (v. 21), de acuerdo con lo de Éxodo 23:19; 34:26, y ya comentado en su lugar. (B) En cuanto a todos estos preceptos concernientes a la alimentación: (a) Está claro en la Ley misma que tenían que ver sólo con los judíos, y tenían, por consiguiente, carácter ceremonial, no moral, puesto que, aun cuando ellos no podían comer de los animales prohibidos, podían dar a comer de su carne o venderla a un extranjero, tanto si éste venía de fuera como si vivía en medio de ellos (v. 21). (b) Está claro igualmente que, como todo lo ceremonial (Col. 2:16), ya no tienen vigencia en la era del Evangelio, porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias (1 Ti. 4:4, comp. con Mr. 7:19—según la lectura más probable—; Hch. 10:15).
Versículos 22–29
Parte del estatuto concerniente a los diezmos. Los productos del campo rendían dos veces el diezmo, de modo que, en conjunto, una quinta parte de la producción era dedicada a Dios y las otras cuatro quintas partes eran para el uso común de los israelitas. El primer diezmo estaba destinado al mantenimiento de los levitas. Este segundo diezmo había de extraerse una vez que se hubiese entregado a los levitas el primero.
I. Se les encarga separarlo y ponerlo aparte para Dios: Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rinda tu campo cada año (v. 22).
II. Se les instruye acerca del modo de usarlo, una vez que lo hayan separado. Este segundo diezmo ha de usarse:
1. Para consumirlo ellos mismos en la Ciudad Santa (Jerusalén), que Dios había de escoger (v. 23), en señal de dependencia de Dios: Para que aprendas a temer a Jehová tu Dios. El comerlo en la Ciudad Santa había de ayudar a todo israelita a considerar que el producto del campo se debía a la bondad de Dios.
2. Para ejercitar la caridad con el necesitado. En los años tercero y sexto del período sabático (un año cada tres; v. 28), esa tercera parte del segundo diezmo del que estamos hablando, que debía estar convenientemente guardada en casa había de sacarse para sustento del necesitado—el extranjero, el huérfano y la viuda—(v. 29), al mismo tiempo que se entregaba al levita su parte anual correspondiente al primer diezmo (Nm. 18:21). Esta parte había de estar almacenada dentro del recinto de las ciudades (v. 28).
En este capítulo, Moisés da instrucciones acerca del año sabático, excepto en los cinco últimos versículos que tratan de la dedicación a Dios de los primogénitos del ganado.
Versículos 1–11
I. Una ley para aliviar a los deudores pobres. Cada siete años, había un año de remisión, en el cual los campos no se labraban y los siervos quedaban libres; y entre otros actos de misericordia, se liberaba a quienes habían pedido dinero prestado y no habían podido devolverlo antes, de la obligación de pagarlo; y aunque, si después estaban en condiciones de pagar, estaban obligados a ello en conciencia; sin embargo el acreedor no podía reclamarlo por la ley. La opinión más probable, avalada por la tradición rabínica es que la remisión de la deuda se hacía al final del año sabático ya que aquel año la tierra había estado sin cultivar y era natural que, quien ya estaba en situación económica apurada, se encontrase todavía peor al final de dicho año. Con el aumento de la vida comercial, las deudas contraídas podían revestir algún aspecto que la presente ley no había tenido en cuenta. Por ello, al comienzo de nuestra era, el famoso fariseo Hillel instituyó una norma por la que la remisión del año sabático no afectaba a las deudas que hubiesen sido reclamadas ante los tribunales en los años anteriores a dicho año. Téngase en cuenta que la ley no prohibía recibir el pago de la deuda de manos del deudor, o de sus amigos por él, sino sólo exigir el pago mediante proceso legal. Los objetivos de esta ley eran: 1. Honrar el año sabático: Porque es pregonada la remisión de Jehová (v. 2). 2. Para impedir que un hijo de Israel cayera en la extrema pobreza: Para que así no haya ningún pobre en medio de ti (v. 4). 3. Afianzar la confianza en la providencia paternal de Dios, pues se añade a la ley la promesa divina a los acreedores de que, si cumplen con esta ley, Dios les resarcirá con holgura de la pérdida que les haya ocasionado la remisión de la deuda. Es cierto que no habían de faltar menesterosos en medio de la tierra (v. 11, que Jesús tuvo en mente: Mt. 26:11; Mr. 14:7; Jn. 12:8), pero eso se debía (y se debe) al incumplimiento de la condición expresada en el versículo 5.
II. Se añade una nueva ley en favor de los pobres que se veían forzados a pedir prestado, a fin de que no sufran ningún perjuicio a causa de la ley anterior. 1. Se da por supuesto que habrá entre ellos menesterosos que necesitarán algún préstamo (v. 7) y, por eso, nunca cesarán las oportunidades de ejercitar la caridad, por la causa antes expresada (v. 11). 2. En tales casos se mandaba (y se nos recomienda) prestar o dar según las posibilidades de cada uno y la necesidad del prójimo: No endurecerás tu corazón (comp. con 1 Jn. 3:17–18), ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino que abrirás a él tu mano liberalmente y en efecto le prestarás lo que necesite (vv. 7–8). A veces, resulta más caritativo prestar que dar, pues así se estimula al deudor a que trabaje honradamente y pueda ayudarse a sí mismo.
Alguien ha dicho que es mejor dar una caña de pescar que un pescado, y tenía mucha razón. De todos modos, si a veces no podemos confiar en la persona a quien prestamos algo, hagámoslo y pongamos nuestra confianza en Dios, sin esperar nada a cambio en este mundo, pero seguros de que seremos recompensados en la resurrección de los justos (Lc. 6:35; 14:14).
III. La ley comporta el mandato de dar alegremente lo que damos por caridad: No serás de mezquino corazón cuando le des (v. 10, comp. con Pr. 19:17; 2 Co. 9:5, 7).
Versículos 12–18
I. Aquí tenemos una repetición de la ley ya existente acerca de los siervos hebreos que se habían vendido a sí mismos por esclavos, o habían sido vendidos por sus padres a causa de extrema pobreza, o por los tribunales de justicia por haber cometido algún crimen. La ley mandaba: 1. Que sólo sirviesen así durante seis años, y fuesen despedidos libres al séptimo (v. 12 comp. con Éx. 21:2). Y, si el año del jubileo ocurría antes de que ellos terminasen el tiempo de su servidumbre, quedarían igualmente libres. 2. Que si cuando expiaba el plazo de sus seis años de servidumbre, preferían continuar en su servicio antes que recobrar la libertad, entonces se obligaban a servir de por vida al amo y, como señal de esta determinación, el amo le había de horadar la oreja contra la puerta (vv. 16–17 v. Éx. 21:5–6). Es aquí donde la conjunción de textos como Salmo 40:6 «has horadado (lit. excavado) mis oídos», y Hebreos 10:5 «me preparaste cuerpo» (para el sacrificio; v. 10), a la luz de Juan 10:18; Filipenses 2:7–8 («esclavo», «obediente hasta la muerte»), nos ofrece una maravillosa visión de nuestro Señor Jesucristo como esclavo voluntario hasta la muerte, por nosotros en obediencia al Padre, ya que vivía de hacer la voluntad de Dios (Jn. 4:34), como un esclavo vive de la mesa de su amo. La discrepancia entre el hebreo «excavaste mis orejas» del Salmo 40:6, y el griego de los LXX «me preparaste cuerpo» de Hebreos 10:5, se desvanece si nos percatamos de que ambas expresiones completan un mismo y profundo pensamiento, pues si el oído es el órgano mediante el cual se recibe la orden del amo, el cuerpo es el instrumento con el que la orden se cumple.
II. Como complemento de esta ley, se añade una requisitoria a los amos, para que cuando hayan de despedir libres a sus siervos, al llegar el año del jubileo sabático, no les envíen con las manos vacías, sino que les abastezcan de lo necesario (vv. 13–14).
Versículos 19–23
I. Una repetición de la ley concerniente a los primogénitos del ganado. 1. Como explicación de dicha ley, se añaden algunas instrucciones sobre lo que había que hacer con dichos animales: (A) No se habían de servir para el trabajo del primogénito de las vacas, ni habían de trasquilar el primogénito de las ovejas. (B) Si tenían algún defecto (v. 21), no podía ser llevado al santuario porque no era decoroso para sacrificio, ni apto para honrar a Diós. (C) En los versículos 22 y 23, se sobrentiende que quienes habían de comerlo eran los sacerdotes (Nm. 18:17 y ss.). ¡Qué bendición tan grande la nuestra, pues no estamos bajo el yugo de la Ley! No tenemos restringida la dieta como ellos la tenían; no tenemos que hacer diferencias entre primogénitos y no primogénitos, entre lo que tiene defecto y lo que no lo tiene, entre lo que todos pueden comer y lo que sólo una casta puede comer, etc. Tomemos, sin embargo, lo espiritual de esta ley, dedicándónos totalmente al Señor: lo primero de nuestro tiempo y lo mejor de nuestras fuerzas, como una especie de primicias de sus criaturas.
En este capítulo tenemos una repetición de las leyes concernientes a las tres fiestas anuales, así como ciertas disposiciones sobre la administración de la justicia. Termina el capítulo con una seria advertencia contra el culto idolátrico.
Versículos 1–17
Las tres fiestas anuales de Israel ayudaban en gran manera a conservar la comunión del pueblo con su Dios y a preservar el testimonio de pueblo escogido, «separado», que Israel había de ofrecer ante las naciones. Esta es la razón por la que se repite tantas veces la mención de dichas fiestas, como se hace aquí una vez más.
I. Tenemos primero la ley de la Pascua, que constituía una solemnidad tan grande, que todo el mes en que tenía lugar adquiría una especial relevancia a causa de ella: Guardarás el mes de Abib (v. 1). Aunque sólo una semana de este mes había de observarse como festividad, su preparación y la forma en que su celebración afectaba a la vida del pueblo revestían tal solemnidad, que todo el mes era objeto de una observancia peculiar. Las leyes concernientes a esta fiesta eran: 1. Habían de celebrar el sacrificio de la Pascua en el lugar que Dios escogiese (v. 2), y en modo alguno podían hacerlo en cualquier otro lugar (vv. 5–7). 2. Debían comer pan sin levadura durante siete días; no se había de ver levadura en todo el territorio durante ese tiempo (vv. 3, 4, 8). El sentido evangélico de esta fiesta nos lo da el Apóstol cuando dice: Nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad (1 Co. 5:7–8). Pablo tiene en cuenta el mal testimonio de un miembro podrido, que puede corromper la masa de una congregación, pero la enseñanza tiene aplicación directa al corazón de cada creyente, para que eche de sí toda levadura de malicia y maldad, restos del viejo fermento malo que a toda costa debe desaparecer.
II. Siete semanas después de la Pascua, había de observarse la fiesta de Pentecostés. Habían de traer ofrenda a Jehová: «De la abundancia voluntaria de tu mano será lo que des, según Jehová tu Dios te haya bendecido» (v. 10). La ley no determinaba la cantidad, sino que se dejaba a la generosidad de cada uno lo que había de traer, y todo lo que trajese lo había de dar con alegría (v. 11).
III. Debían observar igualmente la fiesta de los Tabernáculos (vv. 13–15). Cuando nos regocijamos en el Señor, debemos hacer todo lo posible para ayudar a otros a fin de que también ellos se regocijen en Dios; eso lo podemos hacer al consolar y ayudar a los que están de duelo o necesitados («el huérfano y la viuda»; v. 14; v. Job. 29:13; Stg. 1:27). Quienes tienen su gozo en Dios, se gozan en la esperanza (Ro. 12:12), pues es fiel el que ha prometido.
IV. Las leyes concernientes a las tres fiestas solemnes del año están resumidas en los versículos 16–17. Los preceptos generales con respecto a ellas son: 1. Que todos los varones han de aparecer personalmente delante de Jehová. 2. Que nadie debe presentarse delante de Dios con las manos vacías, sino que todos han de traer alguna ofrenda según les haya bendecido Dios.
Versículos 18–22
I. Las previsiones divinas para que se administre entre ellos la debida justicia, se decidan las controversias, se lleven a un arreglo los asuntos en discusión, se indemnice a los damnificados y se castigue a los malhechores. Mientras estaban acampados en el desierto, tenían jueces y oficiales según su número, jefes de millar y de centena (Éx. 18:25). Cuando lleguen a Canaán, han de tenerlos en todas sus ciudades (v. 18). El hebreo dice: en todas tus puertas, porque los jueces se sentaban a ejercer su oficio en las puertas de entrada a la ciudad.
II. También se amonesta severamente a que no se acomoden a las costumbres idolátricas de los gentiles (vv. 21–22). No deben hacer de ningún árbol objeto de culto para Astarté, la diosa de la fertilidad, en competición con el altar levantado a Jehová, con lo que el culto al verdadero Dios tendría un aspecto parecido al dedicado a los falsos dioses. Esto nos enseña: 1. Que nada corrompe y pervierte la mente y el corazón del hombre tanto como representar y adorar mediante una imagen al Dios que es Espíritu infinito y eterno. 2. Que el ser humano no puede servir a dos señores. Todo lo que seduce y arrastra al corazón humano a apegarse a alguna persona o cosa, está levantando un altar a un ídolo en el mismo lugar donde sólo Dios debe ser adorado, servido y obedecido. Donde hay un ídolo, no puede morar el Espíritu de Dios o, al menos, no puede hacerlo con alegría (v. Ef. 4:30), porque aquello no pertenece al Templo de Dios. (v. 1 Co. 6:19).
Cuatro materias se tocan en este capítulo: 1. La pureza y perfección de los animales que se han de ofrecer en sacrificio; 2. el castigo de los que adoren a los ídolos; 3. el recurso de alzada desde los tribunales ordinarios de justicia hasta el sanedrín superior; y 4. las instrucciones que han de seguir cuando deseen tener un rey sobre ellos.
Versículos 1–7
I. Una ley para preservar el honor del culto al verdadero Dios, manda que no se le ofrezca en sacrificio ningún animal que tenga algún defecto (v. 1). Los sacrificios del Antiguo Testamento eran tipo de Cristo de una manera especial, ya que Cristo es el Cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 1:19). En los tiempos posteriores a la cautividad de Babilonia cuando ya estaban curados de la idolatría, todavía se les acusaba de profanar y quebrantar esta ley, ofreciendo el animal ciego, el cojo y el enfermo (Mal. 1:8).
II. Ley para castigar a los que adorasen a dioses falsos. Se especifica la idolatría más antigua y, al parecer más razonable: el adorar al sol, a la luna y a las estrellas; y, si esto era una cosa tan detestable, mucho más lo era el adorar troncos o piedras, o las representaciones de imágenes de animales bajos y despreciables. Por muy nefando y peligroso que fuese el crimen nadie podía, sin embargo, ser castigado por él a menos que hubiese suficientes pruebas, bajo palabra de dos téstigos, al menos. Un castigo tan grande como la pena de muerte, y una muerte tan terrible como la muerte por lapidación, habían de ser impuestos a los idólatras, ya fuesen varones o mujeres, porque en este caso la debilidad del sexo no constituía atenuante para el castigo (v. 5).
Como en los demás casos, las manos de los testigos habían de ser las primeras en arrojar la piedra, para avalar así su propio testimonio, y lanzar la solemne imprecación de que cayese sobre sus cabezas la culpa por el derramamiento de la sangre, si la evidencia que habían presentado resultaba ser falsa (v. Mt. 27:25). Esta costumbre era útil para disuadir a los hombres de decir falso testimonio.
Versículos 8–13
Había tribunales de juicio, que después habían de ejercer justicia y dictar sentencia en las puertas de las ciudades (16:18). Estos tribunales tenían poderes para oír y decidir causas según la ley, tanto si el litigio era personal contra alguna ley, como si lo era entre persona y persona; podemos suponer que estos tribunales decidían ordinariamente los asuntos de un modo definitivo pero: 1. Se da aquí por supuesto que, a veces, se pueden presentar casos demasiado difíciles como para que los tribunales inferiores puedan determinar lo legalmente correcto. Estos casos difíciles, cuyo recurso de alzada había sido presentado hasta ahora a Moisés, conforme al consejo que le dio su suegro, habían de ser presentados, después de la muerte de Moisés, al tribunal supremo, dondequiera que se estableciese, ya estuviese incorporado en una sola persona, llamada por Dios y capacitada especialmente para ello, como era el caso de Otoniel, Débora, Gedeón, etc., o en el sumo sacerdote, cuando por la excelencia de sus dones era llamado por Dios para ejercer tal oficio, como fue el caso de Elí, Samuel, etc., o si Dios no otorgaba tal honor a ninguna persona en particular, en la corporación sagrada de los sacerdotes y levitas.
Versículos 14–20
Después de las leyes referentes a los súbditos con toda razón siguen las leyes referentes a los reyes; porque quienes gobiernan a otros, deben recordar que también ellos están bajo autoridad. Estas leyes afectan:
I. A los electores, dándoles normas sobre el modo como deben hacer la elección (vv. 14–15). 1. Se supone aquí que, andando el tiempo, el pueblo deseará tener un rey, cuya pompa y cuyo poder serían considerados como el mejor medio para hacer que la nación judía tuviese grandeza y prestigio entre los países vecinos. 2. Se les dan instrucciones para dicha elección. Si quieren tener rey sobre ellos, conforme Dios preveía que habían de desearlo algunos siglos después, entonces deben: (A) Pedir consejo a Dios mismo, y poner por rey al que Dios escoja. Consiguientemente, cuando el pueblo deseó un rey, recurrió a Samuel, el profeta del Señor, y tuvo a Saúl por rey; después de él, David, Salomón, Jeroboam, Jehú, y otros, fueron escogidos por los profetas. (B) No deben escoger a un extranjero, bajo pretexto de fortalecer sus alianzas, no sea que un rey extranjero introduzca usos y costumbres extraños al pueblo de Dios.
II. También se dan leyes para el príncipe que haya de ser elegido, para la debida administración de su gobierno.
1. Debe evitar con toda diligencia todo aquello que pueda apartarle de Dios y del cumplimiento de su santa Ley. Las riquezas, los honores y los placeres son los tres grandes obstáculos contra la piedad (v. 1 Jn. 2:16), especialmente para quienes ocupan altos lugares; por eso, se le advierte al rey contra todas estas cosas.
2. Tiene que aplicarse con todo esmero a estudiar la Ley de Dios, y hacer de ella su norma. Ella debe ser para él de mayor estima que todas las riquezas, todos los honores y placeres, todos los caballos y todas las esposas, mejor que millares de piezas de oro y plata.
A) Debe escribir esta Ley, copiándola del ejemplar que obraba, para su custodia, en poder de los sacerdotes que servían al santuario (v. 18). Nótese que nos es de mucha utilidad escribir en agendas o cuadernos lo que más nos impresiona y edifica tanto de las Escrituras, como de los buenos libros y de los sermones que oímos. Una pluma inteligente y selectiva suple bien las deficiencias de nuestra memoria, y nos equipa con ricos tesoros, de donde podamos extraer a su tiempo cosas nuevas y cosas viejas (Mt. 13:52).
B) Su escritura y su lectura no servían de nada, si no ponía en práctica lo que había escrito y leído (vv. 19–20). Debía percatarse del dominio que la Ley había de ejercer en su vida y de la influencia que había de tener en toda su conducta. Primeramente, había de imbuirle pavor reverencial ante la majestad y la autoridad de Dios. En segundo lugar, debía comprometerle a una constante observancia de la Ley de Dios, y a una consciente obediencia a ella, como efecto de aquel temor reverencial. Y en tercer lugar, debía mantenerle siempre en humildad. Por muy encumbrado que se hallase, su espíritu había de conservarse humilde, para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos (v. 20). En especial, los ministros del Señor, pastores y maestros, han de considerarse, según la recomendación del propio Señor (Mt. 20:26–27, 23:11) y de su gran Apóstol (1 Co. 3:5, 21–22) como servidores.
Este capítulo detalla, en su primera parte, cuáles han de ser las porciones de los levitas, para amonestar en la segunda parte contra algunas costumbres paganas.
Versículos 1–8
La magistratura y el ministerio son dos instituciones divinas de gran utilidad para dar apoyo y avance al reinado de Dios entre los hombres. Al final del capítulo anterior veíamos las leyes concernientes a la primera magistratura de la nación judía; al comienzo de éste, vemos las instrucciones que se dan respectó al ministerio. Se marca así la línea divisoria entre las haciendas del pueblo y la heredad de los sacerdotes.
I. Se toman precauciones para que los sacerdotes no se enreden en los negocios de esta vida, ni acumulen riquezas de este mundo; tienen mejores cosas en que pensar, y tesoros más valiosos que poseer y compartir.
II. También se toman precauciones para que nada les falte de todo lo conveniente para la vida material. Aunque su herencia es Dios, el cual es Espíritu, no por eso se sigue que hayan de alimentarse del aire. El pueblo debe proveer para ellos, y este deber del pueblo es el derecho de los sacerdotes de parte del Pueblo (v. 3). Su mantenimiento no debe depender de la generosidad del pueblo, sino que deben tener derecho a él por ley.
Versículos 9–14
Después de tantas amonestaciones, podría pensarse que no hacía falta insistir aquí de nuevo en el cuidado que el pueblo había de tener en no contaminarse con las costumbres idolátricas de los cananeos, pero la insistencia en estas advertencias demuestra el peligro constante en que se habían de encontrar (v. 9)
I. Se especifican aquí algunos detalles, como por ejemplo: 1. La consagración de sus hijos a Moloc, un ídolo que representaba al sol, al que daban culto haciendo pasar a sus hijos por fuego (v. 10), y, a veces, los consumían como sacrificios en dicho fuego (v. Lv. 18:21). 2. El uso de artes adivinatorias, a fin de conseguir un conocimiento innecesario del porvenir, sortilegios, hechicerías, encantamientos, etc. (vv. 10–11).
II. Se presentan las razones para que no se acomoden a las costumbres de los gentiles. 1. Porque les harían abominables a los ojos de Dios. 2. Porque dichas prácticas abominables habían sido la ruina de los cananeos de cuya ruina ellos mismos, los israelitas, eran no sólo testigós, sino instrumentos. 3. Porque al pueblo de Israel le habían enseñado cosas mucho mejores (vv. 13–14). Es un argumento parecido al empleado por el Apóstol contra los creyentes que andaban como gentiles inconversos (Ef. 4:17–18), y les dice: Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo (v. 20).
Versículos 15–22
I. La promesa del gran Profeta, con el mandato de recibirle y escucharle.
1. Hay quienes piensan (en general, los judíos inconversos) que se trata de una sucesión de profetas que en cada generación habían de surgir en Israel, no del mismó rango que Moisés (34:10) aunque sí en la línea de profetas, de los que podría decirse que Moisés era como el «padre». En este caso, además de los sacerdotes y levitas, sus ministros ordinarios, cuyo oficio era enseñar a Israel la ley y propiciar a Dios por el pueblo, estarían estos otros ministros extraordinarios, los profetas, encargados de recriminarles por sus pecados, recordarles sus deberes, y predecirles cosas venideras, ya sean juicios para su aviso, ya sean liberaciones para su consuelo.
2. No sabemos si en esta promesa está de algún modo incluida la antedicha sucesión de profetas, pero lo cierto es que, primordialmente, se trata de una promesa referente a Cristo, y es la promesa más clara acerca de Él, que encontramos en todo el Pentateuco, puesto que es explícitamente aplicada a Él como al Mesías prometido (Hch. 3:22; 7:37), y el pueblo tenía un ojo puesto en esta promesa, al decir de Él: Éste es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo (Jn. 6:14); y fue su Espíritu el que habló por medio de todos los otros profetas (1 P. 1:11). Está también el encargo y el precepto que se dan al pueblo todo, de oírle y creerle, de oírle y obedecerle, a este gran Profeta prometido aquí: A Él oiréis (v. 15). Y a todo aquel que no le escuche, le será contado severamente como gran desprecio: Mas a cualquiera que no oiga mis palabras que Él hable en mi nombre, yo le pediré cuenta (v. 19).
II. Viene después una advertencia contra los falsos profetas. Todo lo que vaya directamente contra el sentido común, contra la luz y la ley de la naturaleza, así como contra el sentido claro de la Palabra de Dios, podemos estar seguros de que Dios no lo ha hablado; tampoco, por supuesto, lo que suponga
connivencia con el pecado o incite a él, o manifieste simplemente una tendencia a destruir el amor o la verdadera piedad.
Las leyes que Moisés había estado repitiendo y urgiendo hasta ahora, se referían principalmente a los actos de religión y devoción hacia Dios; pero ahora va a recalcar con insistencia los deberes de la justicia entre los hombres, especialmente en lo concerniente a los mandamientos sexto, octavo y noveno del Decálogo.
Versículos 1–13
Uno de los preceptos dados a Noé y a sus hijos fue que el que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por el hombre (Gn. 9:6), esto es, por el vengador de la sangre. En el presente capítulo, se establece una ley entre sangre y sangre, entre la sangre del muerto y la sangre del homicida, y provee eficazmente a fin de que:
I. Las ciudades de refugio sirvan de protección a quien haya matado a otro involuntariamente, por accidente, para que no muera por ello, como si hubiese cometido un crimen quien tuvo la desdicha de ocasionar, sin quererla, la muerte de un semejante.
1. Para proteger al criminal involuntario, se señalan tres ciudades en Canaán. Esta región iba a ser dividida en tres distritos con una ciudad de refugio en el centro de cada uno, para que desde cualquier punto del territorio se pudiese llegar a tiempo a uno de ellos.
2. El uso que había de hacerse de tales ciudades (vv. 4–6). (A) Podía ocurrir que alguien causase la muerte de su prójimo, sin ninguna intención de hacerle daño, sino meramente por un accidente desdichado; por ejemplo, al dar un golpe con el hacha para cortar un leño, que es el caso que aquí se menciona; la cabeza del hacha podía saltar y matar a alguien que se encontrase muy cerca del lugar. (B) Se supone que los parientes del fallecido, al tener en cuenta el hecho de la muerte, se dispondrían a vengar la sangre del muerto. Si conseguían dar alcance al homicida antes de que éste llegase a una ciudad de refugio, el pariente más próximo que vengase la sangre y diese muerte al agresor, quedaría libre del cargo de homicidio, ya que no le sería contado como crimen el haber derramado la sangre de quien, a su vez, había derramado la sangre de un hombre, aunque hubiese sido sin querer. (C) En este caso, se proveía una protección para que, si el vengador de la sangre estaba tan furioso que no atendía a razones, sino que se obstinaba en demandar satisfacción por la sangre vertida accidentalmente, el homicida involuntario encontrase una ciudad de refugio en que guarecerse.
3. Se establecen otras tres ciudades más, con este mismo objetivo, para que, si Dios tenía a bien ensanchar más adelante los límites del territorio, aquellas ciudades gozasen del mismo privilegio que éstas, y quienes tuviesen la misma desdicha de derramar involuntariamente sangre ajena, pudiesen escapar a tiempo del vengador de la sangre (vv. 8–10). Una condición se señala para que puedan disfrutar de estos privilegios: siempre y cuando guarden los mandamientos de Dios: amar a Jehová y andar en sus caminos todos los días, porque para que alguien disfrute del privilegio de dicha protección, es preciso que se encuentre dentro de los términos en que se practica la verdadera religión.
II. Se hace también provisión para que las ciudades de refugio no vengan a servir de defensa y protección para los homicidas voluntarios, sino que incluso de allí se les había de sacar y ponerlos en manos del vengador de la sangre (vv. 11–13). Antes de la Reforma, había algunas iglesias y casas religiosas (como las llamaban), que se convertían en santuarios de protección para toda clase de criminales que se refugiaban en ellas, sin exceptuar los homicidas voluntarios, de tal modo que, como escribe Stamford, al referirse a Inglaterra, el gobierno no seguía a Moisés sino a Rómulo, y fue sólo al final del reinado de Enrique VIII cuando el privilegio de santuario para el homicida voluntario fue abolido.
Versículos 14–21
Ley para prevenir los fraudes y perjurios; porque la Ley de Dios se preocupa de los derechos y de la propiedad de los seres humanos, y los ha vallado con un seto de protección.
I. Primeramente, hay una ley contra el fraude (v. 14). 1. Encontramos implícita aquí una norma dada a los primeros ocupantes israelitas de la tierra de Canaán en el sentido de fijar bien los límites de las heredades, de acuerdo con la distribución de la tierra entre las distintas tribus y familias, lo cual se hizo echando suertes. 2. Bien explícita está la orden que se da a los descendientes de los primeros ocupantes, de que no reduzcan los límites de las heredades ajenas. De esta forma: (A) Se prohíbe que alguien invada el círculo de los derechos ajenos y se apropie de lo que no es suyo, y use de fraude o malas artes, como encubrir, falsear, alterar escrituras, testamentos o cualesquiera otros documentos a los que apelar en caso de duda o discusión, o a adelantar setos y mojones. (B) Prohíbe igualmente sembrar discordias entre vecinos, o hacer otras cosas que ocasionen contiendas y litigios ante los tribunales.
II. Hay otra ley contra el perjurio, la cual ordena dos cosas: 1. Que nunca se admita un testigo solo para deponer en causa criminal, para que no se de sentencia por el testimonio de una sola persona (v. 15). 2. Que al testigo que se atreva a proferir falso testimonio contra alguna persona, se le imponga la misma pena que había de ser infligida a la persona a la que él acusó (vv. 16–21).
Este capítulo fija las leyes de la guerra, y establece las ordenanzas referentes al ánimo con que han de entrar en batalla así como las normas que han de seguir, tanto en el reclutamiento de los soldados, como en la manera de proceder con las ciudades conquistadas.
Versículos 1–9
En el tiempo al que se refiere esta porción, Israel había de ser tenido por un campamento, más bien que por un pueblo o un reino, ya que se disponía a entrar en territorio enemigo, sin estar aún asentado en ningún territorio propio; además, incluso después de terminada la guerra en que iban a empeñarse para establecerse en el país en que iban a entrar, habrían de estar por mucho tiempo en constante alarma para protegerse a sí mismos y, por otra parte, ir ensanchando los límites de sus conquistas hasta los límites marcados por Dios mismo. Por consiguiente, era necesario recibir instrucciones precisas por las que regirse en sus asuntos militares.
I. Quienes estuviesen dispuestos a luchar, debían ser alentados a entrar en batalla sin ningún temor al enemigo. Había muchas razones para tener buen ánimo: 1. La presencia de Dios en medio de ellos: Está contigo Jehová tu Dios (v. 1). Como si dijese: No estás en peligro ni tienes por qué abrigar ningún temor (v. Is. 41:10). 2. La experiencia que ellos y sus padres habían tenido del poder y de la bondad de Dios al sacarlos de la tierra de Egipto, desafiando o a Faraón con todas sus huestes. Que no se enternezcan vuestros corazones (según dice el hebreo), para que no recibáis las impresiones del miedo, sino que vuestro corazón se muestre duro con una fe enteramente confiada en el poder y en la promesa de Dios. No temáis y no os apresuréis (como también dice el hebreo), porque el que tiene fe, no se da mayor prisa que la que le marca la velocidad impuesta por Dios. Es preciso no anticiparse antes de tiempo a gozar de las ventajas, o a huir vergonzosamente a la primera desventaja. El que fuese precisamente el sacerdote quien diese ánimos al pueblo antes de entrar en batalla, nos insinúa la necesidad de que los ejércitos tengan sus capellanes, no sólo para orar por los soldados, sino también para predicarles la buena doctrina y las buenas prácticas, así como para reprenderles por todo lo que podría impedir sus éxitos y para darles ánimos, y contar sobre todo, con que estén en paz con Dios, requisito necesario para entrar en batalla sin tener miedo a la muerte. Especialmente, han de ayudarles en sus luchas entre la carne y el espíritu, cosa que deben hacer los ministros de Dios con todos los miembros de sus respectivas congregaciones, pues
todo creyente es un soldado de Cristo y debe aprender, no sólo a luchar contra las asechanzas del enemigo, sino a ser más que vencedores por medio de Cristo que nos amó y se entregó por nosotros.
II. Quienes no estuviesen, por alguna causa, bien dispuestos para la lucha, debían ser descargados de tal obligación. Frente al militarismo cruel de los pueblos y de los gobiernos sin temor de Dios están estas normas de una condescendencia admirable con las flaquezas naturales y con las diversas circunstancias que hacen del servicio militar una grave inconveniencia: poder estrenar una casa nueva, disfrutar de las primicias de la viña que uno mismo plantó, gozar de la llamada «luna de miel» con la esposa que Dios proveyó para disfrutar de la vida, son los casos que la Palabra de Dios menciona, y nos dan idea de la magnanimidad divina.
III. Si la mala disposición para luchar era motivada por el miedo y la debilidad de ánimo, no sólo se les permitía volverse a sus casas, sino que se les imponía como una obligación (v. 8). En parte, era una medida de bondad para ellos el descargarles de la milicia, porque, aunque se fuesen avergonzados, se veían liberados; pero, sobre todo, era una medida de bondad para el resto del ejército, pues así se veían libres de la rémora que suponía la compañía de soldados cobardes, inútiles y perjudiciales, ya que el miedo suele ser más contagioso que la bravura.
IV. Se ordena igualmente que, cuando hayan sido retirados todos los cobardes, sean nombrados capitanes (v. 9), que se pongan al frente de los distintos destacamentos en que había de dividirse el ejército, porque era especialmente necesario que los jefes y comandantes fuesen hombres de ánimo y valor militar.
Versículos 10–20
Ahora se les instruye sobre la norma que han de seguir respecto a las ciudades que vayan conquistando (v. 10). Sólo se mencionan ciudades, pero no cabe duda de que el caso era aplicable a los ejércitos en el campo de batalla y a las naciones mismas a las que se veían obligados a declarar la guerra. No debían lanzar ningún ataque contra los enemigos, sin antes proponerles, mediante un manifiesto público, una retirada pacífica, haciéndoles ver claramente las razones por las que tenían que enfrentarse con ellos.
I. Antes de proclamar la guerra, los israelitas se veían así obligados a proponer una paz honrosa, si el enemigo estaba dispuesto a aceptarla en términos razonables. Primero, paz. Esto nos muestra: 1. La gracia de Dios en el modo de comportarse con los pecadores aunque con toda justicia y con suma.facilidad podría destruirlos, comoquiera que no se deleita en la ruina de ellos, les proclama paz, y les exhorta a reconciliarse con Él (v. 2 Co. 5:20). 2. Nuestro deber de comportarnos pacíficamente con nuestros hermanos y, en general, con todos (Ro. 12:18). Si surge alguna contienda, estemos dispuestos, no sólo a prestar oídos a las propuestas de paz, sino a ser nosotros los primeros en hacer tales propuestas. Nunca deberíamos echar mano de los recursos legales, sin antes haber tratado por todos los medios de encontrar una solución amistosa al problema planteado, sin los dispendios, las vejaciones y el mal testimonio que un litigio ante los tribunales civiles comporta. Hemos de estar siempre a favor de la paz, sea quienquiera el que esté a favor de la guerra.
II. Si las ofertas de paz no eran escuchadas, entonces había que proceder a las medidas de orden militar, e iniciar la guerra.
III. Estas disposiciones benignas eran aplicables a las ciudades que se encontrasen distantes del territorio que iban a ocupar pero no eran válidas para el territorio de Canaán. Incluso de las ciudades lejanas con las que se hubiesen visto obligados a entrar en guerra, habían de dejar un resto con vida (v. 15), puesto que de parte de estas ciudades no había tanto peligro de infección de idolatría, pero de las ciudades que habían sido asignadas a Israel en la tierra prometida no había de quedar ningún resto (v. 16), puesto que, comoquiera que no había esperanza de que se curasen de su idolatría, si se les dejaba con vida, serían siempre entre ellos una llaga contagiosa en constante peligro de infectar a Israel, que siempre se había mostrado demasiado predispuesto a recibir la infección.
IV. Se ordenan después ciertas medidas para que, en el asedio de las ciudades no se destruyan los árboles frutales (vv. 19–20). Israel no debía usar los crueles métodos de «tierra calcinada», propios de las guerras modernas. Sólo los árboles que no fuesen necesarios para la vida humana, podían ser talados si así lo exigían las necesidades de la guerra. Los preceptos divinos siempre tienen en cuenta la preservación de la vida y del alimento necesario para ella, a no ser que un principio de orden superior imponga medidas más drásticas. Tanto el ejército como sus jefes deben, pues, obedecer este precepto: No destruirás (v. 19). No les está permitido sembrar la desolación por donde pasen. ¡Quede eso para los imitadores de Atila rey de los hunos, de quien dice la leyenda que, donde pisaba su caballo, ya no volvía a nacer la hierba!
En este capítulo se dan normas para descargar de culpabilidad a un lugar donde es hallado algún muerto a mano airada, cuando ha huido el que cometió el crimen; también para preservar el honor de una doncella, para asegurar el derecho de primogenitura, para castigar a un hijo díscolo, y para mantener el honor del cuerpo humano mediante el precepto de enterrar decentemente los cuerpos humanos, incluso los de los peores malhechores.
Versículos 1–9
Ya se habían tomado las medidas oportunas mediante algunas de las leyes antedichas, para dar eficaz alcance al homicida voluntario (19:11 y ss.), cuya muerte comportaba expiar la culpabilidad contraída en el país por la sangre derramada; pero, si esto no era posible, por no haber sido encontrado el asesino no habían de pensar que con eso quedaban sin peligro de contraer la polución respectiva, por el mero hecho de que la impunidad del crimen no se debía a negligencia por parte de ellos; no había de ser así, sino que se impone una solemne ceremonia para expiar el delito, como una clara expresión de la profunda detestación con que aborrecían tal pecado.
I. El caso de que se trata es cuando alguien es hallado muerto tendido en el campo, y no se sabe quién lo mató (v. 1).
II. Se dan instrucciones concernientes a lo que se debe hacer en tal caso. Los sacerdotes tenían que orar a Dios por la ciudad y por la nación, para que Él tuviese misericordia de ellos y no trajese sobre ellos los juicios que habría merecido la connivencia con el crimen de homicidio.
Versículo 10–14
Por medio de otra ley, se permitía a un soldado casarse con una cautiva que él hubiese apresado, si así le placía. Por la dureza de su corazón, les dio Moisés este permiso, no fuese que, si no les concedía esa libertad de contraer matrimonio decentemente se contaminasen con ellas y, con esa perversidad, el campamento entero se encontrase en grave aprieto y tribulación bajo la mano y el juicio de Dios. Se supone que el individuo tenía ya esposa legítima, y tomaba a esta otra por concubina o, como la llamaban los judíos esposa secundaria. Esta condescendencia con los deseos desordenados, en los que el corazón se iba tras de los ojos, no es ya permitida en modo alguno en la Ley de Cristo, la cual supera en gran medida a la Ley de Moisés, tanto en pureza como en gloria.
Versículos 15–17
Viene ahora otra ley por la que se prohibía desheredar a un primogénito por mero capricho de su padre, sin provocación por parte del hijo.
I. El caso aquí expuesto (v. 15) es muy instructivo. 1. Muestra el gran mal de tener más de una esposa, aunque este mal estaba permitido por la ley de Moisés. 2. Muestra también que la Providencia
toma partido ordinariamente del lado del más débil. En cuanto al hijo primogénito, se supone que es hijo de la que es aborrecida; así pasó en la familia de Jacob: Vio Jehová que Lea era menospreciada (Gn. 29:31).
II. La ley que se menciona en este caso está vigente todavía. Así que están obligados los padres a respetar imparcialmente los derechos de los hijos. En el caso que aquí se menciona, el hijo mayor, aunque había sido tenido con la esposa menospreciada, había de tener sus derechos de primogenitura resguardados, lo cual comportaba una porción doble en la herencia del padre puesto que era el principio de su fuerza procreadora. Ningún hijo debe ser abandonado por su padre mientras no haya sido abandonado por Dios, lo cual nadie puede asegurar de nadie mientras tiene vida en este mundo.
Versículos 18–23
I. Una ley para castigar a un hijo contumaz y rebelde (v. 18). Después de la ley en que se preceptúa que los padres no priven de sus derechos a los hijos, era conveniente otra ley en la que se mandase que los hijos no privasen a sus padres del honor y la obediencia que les deben.
1. Se describe al hijo díscolo como contumaz y rebelde. Ningún hijo había de ser castigado por la escasez de sus aptitudes, ni por lo obtuso de su inteligencia, sino por su obstinación rebelde. Se le describe igualmente como glotón y borracho (v. 20). Esto insinúa que: (A) O que éstos eran los vicios de los que de manera especial le reprendían sus padres, o: (B) Que el ser glotón y borracho era la causa de su insolencia y su obstinación contra sus padres, pues el término hebreo indica, más que glotón, una vida licenciosa y perdida (comp. con Lc. 15:13). Cuando los hombres se entregan a la bebida, olvidan la ley y pervierten el derecho (Pr. 31:5), incluso la ley fundamental de honrar a los padres.
2. Se describe cómo había que proceder contra este criminal. Sus propios padres habían de ser sus acusadores (vv. 19–20). Cuando se compara este caso con el de Lucas 15:11 y siguientes, no podemos menos de sorprendernos del agudo contraste: En Deuteronomio 21, el mal hijo es acusado por su padre y por su madre, y es presentado a los ancianos del lugar para que sea apedreado y muera; en cambio, al mal hijo de Lucas 15, su padre le echa los brazos al cuello, y celebra una fiesta por haberlo recobrado. Es cierto que el hijo de vida disoluta de Deuteronomio 21, es descrito siempre como contumaz y rebelde, mientras que el hijo de vida disoluta de Lucas 15 volvió en sí, se arrepintió, se levantó y se volvió a su padre; pero aun así, ¡qué diferencia! En el primer caso impera la justicia de la Ley; en el segundo, domina la misericordia del Evangelio.
II. Ley que regula el enterramiento de los cadáveres de malhechores que habían sido colgados de un madero, después de muertos por lapidación (v. 22). Los cadáveres de tales individuos eran colgados de un madero, por orden judicial, y allí estaban por algún tiempo, expuestos públicamente al vituperio general, como expresión de la ignominia de su crimen. Aquí se dicta la norma de que, sea cual sea la hora del día en que hayan sido colgados, han de ser descolgados y sepultados antes de la puesta del sol. Con esto: 1. Dios quería preservar el honor del cuerpo humano y mostrar su compasión y delicadeza al vislumbrar en aquel criminal ciertos rasgos, aunque borrosos, del ser humano hecho a imagen y semejanza de Dios. 2. Es obvio que, en este acto, estaba implicada también la ley ceremonial; por ley de Moisés el contacto de un cadáver contaminaba legalmente y, por ello, los cadáveres no habían de permanecer colgados así por mucho tiempo, ya que su putrefacción y el mero hecho de ser pasto de las aves de rapiña, contaminaría la tierra que Dios había dado por heredad a Israel (v. 23). 3. «Porque maldito por Dios es el colgado»—dice el mismo versículo—. No significa que fuese maldito por Dios por estar colgado, sino que el estar colgado, al mismo tiempo que era espectáculo de ignominia para la vista humana, era expresión evidente de la maldición divina por haber violado la Ley. Podemos pues, ver que, con esta maldición divina sobre el criminal, la justicia que la Ley demandaba quedaba satisfecha. Por eso, el Apóstol Pablo, aplica a Cristo este versículo (Gá. 3:13), para demostrar que, al haber sido Él colgado de un madero (Hch. 5:30; 1 P. 2:24; que fuese clavado, no meramente suspendido, no entrañaba diferencia), había llevado sobre sí la maldición que la Ley proclamaba contra nosotros, miserables pecadores, «muertos por nuestros delitos» (Ef. 2:1), de forma que, por la sustitución redentora de su sacrificio en la Cruz, pasase a nosotros la bendición de las promesas divinas en Abraham, mientras Cristo cargaba con la maldición que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Aquí radica el escándalo de la Cruz, que Pablo menciona (1 Co. 1:23;
Gá. 5:11), ya que todo judío que no haya quedado convicto por el Espíritu Santo del sentido de la obra del Calvario, se ve forzado a decir, por Deuteronomio 21:23, «Jesús es maldito» (1 Co. 12:3).
Podríamos resumir en tres palabras las leyes promulgadas en el presente capítulo: caridad, pureza y castidad, ya que aquí se dan normas: 1a. Para preservar en el pueblo de Dios las normas de buena vecindad y caridad con el prójimo. 2a. Para evitar toda mezcla que vaya, al menos simbólicamente, contra la pureza y sinceridad, libre de toda doblez, que Dios exige de los suyos. 3a. Para garantizar el honor que la castidad, tanto dentro como fuera del matrimonio, requiere para sí.
Versículos 1–4
La benignidad que, de acuerdo con la Ley (Éx. 23:4 y ss.), ha de mostrarse hacia los enemigos, se requiere aquí, con mucha mayor razón en relación con los vecinos, aun en el caso de que no fuesen israelitas. Esta buena voluntad había de mostrarse en que: 1. Si se extraviaba alguna cabeza de ganado, y la encontraba un israelita, había de devolverla, o a su amo o al lugar donde había estado pastando (vv. 1–2). Si tal cuidado hay que tener del ganado del prójimo, para ir en busca de un buey extraviado, ¡cuánto mayor habremos de tenerlo de la persona misma del prójimo que se haya descarriado de Dios y de su deber! Deberíamos poner todo nuestro empeño en volver al buen camino a los extraviados (Stg. 5:19; Jud. vv. 22–23), y en restaurar a los débiles considerándonos a nosotros mismos (Gá. 6:1). 2. Los bienes perdidos deben ser devueltos a su dueño (v. 3). Los judíos dicen que «quien encuentra bienes perdidos debe anunciarlos tres o cuatro veces». Nótese que se dice: Le ayudarás a levantarlo (v. 4), con lo que se da a entender que el amo no puede cruzarse de brazos al ver trabajar a otros en beneficio de él. Con estas normas, Dios quería mostrar a su pueblo cuán incorrecta es la actitud de quienes, como Caín dicen: ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? (Gn. 4:9). Más aún la Ley (Lv. 6:1–5) tenía por ladrón a quien no devolviese lo perdido que él hubiese hallado, castigándole con una multa de 1/5, además del valor del objeto, si lo negaba con juramento. El Señor Jesucristo nos enseñó que la persona misma del prójimo es un bien nuestro, que perdemos si se extravía, y recobramos si se restaura, al decir: «Si te escucha, has ganado a tu hermano» (Mt. 18:15).
Versículos 5–12
En estos versículos hay varias leyes que parecen volar muy bajo y hacerse cargo de cosas pequeñas y sin importancia.
I. Hay que mantener bien clara la distinción de los sexos mediante el vestido, para mejor preservar la castidad propia y la ajena (v. 5). Hay quienes opinan (y es muy probable) que aquí se tiene en cuenta la costumbre pagana de vestir a las mujeres con arreos de soldado, pues el hebreo dice: instrumentos de guerrero. Pero también podría referirse a las filacterias que sólo los varones usaban. No debe olvidarse, por otra parte, que en aquel tiempo, tanto los hombres como las mujeres usaban faldas; y que, en ocasiones, pueden resultar más modestos en una mujer unos pantalones no demasiado ajustados que una falda, especialmente si ésta es corta. 2. La ley tenía por objeto preservar una clara distinción entre el ropaje y el porte exterior de los sexos. 3. Es probable que la confusión en el ropaje hubiese servido de ocasión para cometer ciertas inmoralidades y, por este motivo, es objeto de especial prohibición.
II. Si se encontraba algún nido podían tomarse los huevos o los polluelos, pero se había de dejar libre a la madre (vv. 6–7). Pero, ¿se cuida Dios de los pájaros?—podríamos preguntar, a imitación de Pablo—(v. 1 Co. 9:9). A esta pregunta responde el propio Salvador, cuando, quizás aludiendo a esta porción, dice: ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios (Lc. 12:6). Esta ley: 1. Prohíbe ser crueles con los animales, o gozarse en destruirlos. 2. Nos educa así para sentir compasión hacia nuestros propios semejantes, y para aborrecer hasta el pensamiento de todo
cuanto tiene apariencias de bárbaro, de cruel, especialmente si se trata del sexo más débil, al que siempre hay que considerar con el mayor respeto, teniendo en cuenta, además de su calidad humana y su condición parigual a la del varón en cuanto a la herencia de la gracia de la vida (1 P. 3:7), sus trabajos y fatigas en dar a luz y criar a los hijos (Gn. 3:16; 1 Ti. 2:15).
III. Al edificar una casa, hay que poner sumo cuidado en que no haya peligro de caerse de la azotea (v. 8). Comoquiera que las casas remataban en azoteas o terrados, por los que los dueños y sus amigos solían pasear (y dormir), era necesario ponerles un pretil alrededor para evitar caídas que podían ser mortales. Según los rabinos, dicho pretil o parapeto había de tener, al menos, dos codos de altura. La negligencia en cumplir esta ley hacía al dueño culpable de la muerte que pudiese ocasionarse. De aquí puede verse: 1. En cuánto aprecio tiene Dios la vida humana pues la protege, no sólo con su providencia, sino también con su ley. 2. En cuánto aprecio, por consiguiente, hemos de tener también nosotros la vida de nuestro prójimo, y procurar evitar todo aquello que pueda ponerla en peligro, poner pretiles en puentes y espacios vacíos, cubrir pozos, reparar muros, guardar a buen recaudo, o sujetar con cadenas, etc. los animales que puedan atacar a las personas, y cualquier otro caso similar.
IV. Se prohíben las mezclas que no conglutinan decentemente (vv. 9–10). Ya vimos algo de esto en Levítico 19:19. Aparentemente, no hay nada inmoral en estas mezclas, excepto su carácter ceremonial y simbólico de la pureza y sinceridad. Por ello, carecen de vigencia actualmente; podemos sembrar juntamente trigo y avena o centeno, arar con caballos y bueyes, vestir de lino y lana, con conciencia tranquila. No olvidemos, además, que estas leyes tenían en cuenta a la sazón costumbres paganas de los pueblos vecinos y, por ello, los hijos de Israel habían de distinguirse también en esto, como pueblo separado para Dios.
V. Hay otra ley concerniente a los flecos que habían de ponerse en los bordes del manto, como recordatorio de los mandamientos de Dios. Se repite así lo dicho en Números 15:38–39. Por todo esto, habían de distinguirse de los demás pueblos de modo que, a primera vista, pudiese decirse con seguridad: ¡Ahí va un israelita! En el Talmud se halla una bien conocida historia de cierto joven de vida licenciosa que, al fijarse un día en los flecos de su manto, volvió en sí hasta el punto de abandonar su vida depravada. Es cierto que, como dice el viejo refrán, «el hábito no hace al monje», pero también es verdad que, en muchas ocasiones, ayuda a mantener el respeto propio.
Versículos 13–30
Estas leyes se refieren al séptimo mandamiento, y pone un freno, mediante la imposición de un duro castigo, a los deseos carnales que militan contra el alma.
I. Si un hombre, seguramente por haber puesto sus ojos en otra mujer, trata de deshacerse de la que ya es legalmente su esposa por compromiso formal, valiéndose para ello de la calumnia, una vez que se pruebe que es falsa su acusación, sera castigado con una fuerte multa y además perderá el derecho a divorciarse de ella en lo sucesivo (vv. 13–19). Esto nos enseña que, cuanto más próxima es la relación que una persona tiene con nosotros, tanto más grave el pecado de calumniarla y manchar su reputación.
II. Si la mujer que se había comprometido en matrimonio en calidad de virgen resultaba no serlo, a requisitoria del esposo debía morir apedreada a la puerta de su padre (vv. 20–21). 1. Esto constituía un freno poderoso para ayudar a las jóvenes a huir de la fornicación, puesto que, por mucho que quisieran ocultarlo antes, a fin de no echar a perder un futuro enlace matrimonial, había muchas probabilidades de que se descubriera después, con la consiguiente infamia y su ruina total. 2. Con ello, se intimaba a los padres el deber de preservar por todos los medios la castidad de sus hijos, dándoles los oportunos avisos y amonestaciones, presentándoles buenos ejemplos, reguardándoles de malas compañías, orando por ellos, y teniéndolos a raya constantemente.
III. Si algún hombre, soltero o casado, yacía con una mujer casada, ambos habían de morir (v. 22). Ya vimos antes esta ley en Levítico 20:10.
IV. Si una doncella estaba comprometida en matrimonio, pero no convivía todavía con su prometido, estaba bajo la protección de la ley, ya que su esposo no podía observarla constantemente. Si ella admitía voluntariamente la violación de castidad por parte de cualquier otro hombre, ambos habían de morir, puesto que legalmente pertenecía ya a su prometido; por eso, se la trataba a ella (y al hombre que se acostó con ella) como en caso de adulterio.
El presente capítulo contiene muy diversas leyes sobre diferentes materias: personas que deben ser excluidas de la congregación de Israel, algunas normas sanitarias, contra la prostitución y la usura, contra el quebrantamiento de los votos hechos a Dios, y finaliza con una ley de gran condescendencia con las necesidades vitales, sobre lo que una persona puede tomar del campo o de la viña del prójimo, y lo que no puede tomar.
Versículos 1–8
Discuten mucho los intérpretes sobre lo que significa eso de no entrar en la congregación de Jehová (v. 1), en el contexto de esta porción, pero la opinión más probable, avalada por el testimonio de los rabinos, es que significa simplemente la prohibición de incorporarse a la comunidad de Israel mediante casamiento con una mujer israelita. Por temor a que el entronque con extranjeros condujese al pueblo a la idolatría, era regla general que los extraños no fuesen admitidos, a no ser que se convirtiesen a la fe judaica. Pero aquí se matizan algunos detalles que imponen ciertos límites a la regla general. Los primeros en ser excluidos de la comunidad israelita eran los que se habían mutilado a sí mismos en el servicio de algún culto pagano. Sin embargo, si su mutilación no había sido voluntaria de su parte, estarían capacitados algún día a entrar en la congregación (v. Is. 56:3 y ss.). «Bastardo» o «mestizo» parece significar, más bien que un hijo de israelita y de nativo del país de Canaán, el fruto de una unión ilegítima por haberse contraído el matrimonio dentro de los grados de parentesco prohibidos por la Ley (Lv. caps. 18 al 20). Parece no caber duda, según la exégesis más probable, que el Señor se refirió a estas uniones ilegítimas, cuando dijo la frase parentética de Mateo 5:32; 19:9 (excepto en caso de concubinato»). «En la décima generación» significaría el límite (v. Gn. 31:7); por tanto, la prohibición es a perpetuidad. En cuanto a los moabitas y amonitas, al tener en cuenta que el hebreo está en masculino, pero no en femenino, se deduce que no estaban excluidas las mujeres, y tenemos un ejemplo claro en Rut la moabita. Edom es admitido en la tercera generación (v. 8), por varias razones: 1a. Porque su parentesco con Israel era más cercano que el de los moabitas y amonitas; 2a. Porque éstos habían surgido de una unión incestuosa en el máximo grado; 3a. Por no haber procedido contra Israel con la misma saña y malicia con que lo habían hecho amonitas y moabitas (v. 4). La primera y la tercera de estas razones están explícitas en esta porción.
Versículos 9–14
Israel estaba ahora acampado, y este vasto ejército velaba sus armas en este momento y las había de velar por algún tiempo, antes de entrar en acción contra el enemigo. Era, pues, muy conveniente darles algunas instrucciones para el buen orden del campamento. Estas instrucciones podrían resumirse en una sola palabra: limpieza. Habían de cuidar con todo esmero conservar el campamento limpio de toda polución, tanto moral como ceremonial y natural.
I. Habían de conservarse limpios de la polución moral, que es el pecado: Cuando salgas a campaña contra tus enemigos, te guardarás (de manera especial, dado lo especial de la ocasión) de toda cosa mala (v. 9). 1. Los soldados deben cuidarse mucho para no cometer pecado, al cual están más expuestos, tanto por las malas compañías, como por estar lejos de la vigilancia de sus padres. 2. Por otra parte, el pecado embota el valor, pues la culpabilidad agudiza la cobardía, y el peligro de muerte en la batalla debería estimular una comunión íntima con el Señor, a cuya presencia puede pasar en cualquier momento. 3.
Además, la milicia es ocasión de despojo y pillaje, más peligroso aún en aquel tiempo, cuando era corriente encontrar, en el campo de los vencidos, ídolos y otras cosas que habían de darse al anatema. 4. Finalmente, el campamento de Israel estaba santificado por la presencia de Dios y, por tanto, debía ser un lugar de pureza total. Los tiempos de guerra habrían de ser tiempos de reforma espiritual; de otro modo, ¿cómo vamos a esperar que Dios escuche nuestras oraciones y nos conceda la bendición de la victoria? (v. 1 S. 7:3; Sal. 66:18).
II. Habían de estar limpios también de polución ceremonial. Por este motivo, era necesario mantener los ojos y el corazón libres de deseos carnales, así como de excesiva comida o bebida, con lo que se evita la frecuencia de poluciones involuntarias nocturnas.
III. En cuanto a la limpieza natural, el campamento de Israel había de estar libre de excrementos, etc. En este aspecto, las leyes sanitarias del pueblo de Israel suponían un adelanto de tres milenios sobre la propia civilización occidental. Espíritu, alma y cuerpo constituyen la integridad del individuo humano, y en los tres niveles ha de conservarse la pureza. Porque Jehová tu Dios anda en medio de tu campamento (v. 14). Si estamos acostumbrados a considerarnos siempre bajo la mirada de nuestro Dios, lo estaremos a mantenernos limpios en su divina presencia.
Versículos 15–25
Se dan aquí instrucciones sobre cinco materias muy distintas, que no tienen ninguna relación entre sí:
I. La tierra de Israel era toda ella un santuario, o ciudad de refugio, para todo esclavo maltratado por su amo, y que huyese a guarecerse en Israel desde los países vecinos (vv. 15–16). 1. Es cosa honorable y caritativa ofrecer refugio y protección a los débiles que no son viles. El ángel ordenó a Agar que se volviese a su señora, y Pablo devolvió a Filemón su siervo Onésimo, porque ninguno de los dos tenía motivo para marcharse de casa, ni se exponían a peligro alguno si volvían a ella. 2. Si el sobredicho siervo había sido maltratado por su amo, no sólo se le debía proteger sino que, si se suponía que quería libremente abrazar la religión judaica, se le había de animar a que fijase su residencia entre los hijos de Israel (v. 16).
II. Por el contrario, la tierra de Israel no había de ser lugar de refugio para los impuros; ni la prostitución ni la sodomía habían de tener entrada en el pueblo de Dios. Una cosa es ser refugio de pecadores, y otra muy distinta, ser refugio de pecados, ya que todo pecador es admitido a comunión con Dios, con tal que se arrepienta y crea, mientras que el pecado no puede tener comunión con Dios, como no la pueden tener las tinieblas con la luz (2 Co. 6:14; 1 Jn. 1:5). Todo antro de maldad es un tumor maligno en el corazón de la sociedad humana ¡cuánto más, en medio del pueblo de Dios!
III. También se establecen aquí las normas para el préstamo a interés (vv. 19–20). 1. No debían prestar a usura a sus hermanos de raza, es decir, a los de su propio pueblo. Escasamente se presentaba la ocasión en que se necesitase el préstamo de una fuerte suma, pues se trata del caso de un israelita cuyos campos o viñas hubiesen sufrido algún considerable revés. En estos casos, un israelita había de mostrar sincera compasión hacia su hermano prestándole dinero o comestibles sin esperar nada a cambio (Lc. 6:35). Otra cosa muy distinta es cuando se necesita reponer lo suficiente para seguir adelante con un negocio, y hay esperanza segura de salir de apuro en un futuro próximo. En cambio, al extraño (hebreo najrí, distinto del que, no siendo nativo de Israel, residía entre ellos; hebreo ger), que solía ser un mercader transeúnte, se le podía prestar a usura, puesto que pedía para incrementar su negocio y, por ello, era muy puesto en razón que hiciese partícipe de su ganancia al que le prestó el dinero. De todo esto se desprende que el prestar a interés no es ilegítimo, con tal que se guarden las normas que aparecen descritas de alguna manera en esta porción.
IV. En la porción siguiente (vv. 21–23), se urge el cumplimiento de los votos con que se hayan ligado nuestras propias almas en la presencia de Dios. 1. Somos enteramente libres para emitir votos o no. Dios había ya indicado que estaba pronto a aceptar ofrendas que se le presentasen con buen ánimo, aunque fuese solamente de un poco de flor de harina (v. Lv. 2:4 y ss.). Pero, a fin de evitar que los sacerdotes, quienes recibían la mayor parte de lo presentado en dichas ofrendas, abusasen de su oficio y presionasen
sobre el pueblo como si fuese una obligación el hacer dichos votos, sin tener en cuenta las posibilidades o la voluntad de las personas, se declara aquí para conocimiento de todos, que no hay ningún pecado en abstenerse de prometer (v. 22). 2. Pero, una vez hecho el voto, la persona queda estrictamente obligada a cumplirlo.
V. Se da permiso (vv. 24–25) para comer uvas o espigas de trigo en la viña o el campo, respectivamente, del prójimo; pero queda prohibido el abastecerse de la heredad ajena, y poner en el cesto o aplicar la hoz al campo de mies. 1. Esta ley venía a insinuarles la gran abundancia de trigo y vino que habían de tener en la tierra de Canaán. 2. Era una provisión benigna para el caminante pobre, quien, después de un viaje extenuador, necesitaba urgente alivio para el hambre y la sed. 3. También servía para recordarles que la tierra es del Señor, y que nosotros somos meros administradores, que debemos estar siempre dispuestos a compartir con el necesitado. De esta manera, se acostumbra uno mejor a la hospitalidad (v. Ro. 12:13; 1 Ti. 5:10; He. 13:2; 1 P. 4:9).
En este capítulo tenemos diversas leyes, como la ley acerca del divorcio, la dispensa del servicio militar para los recién casados, de nuevo sobre préstamos, sobre trata de esclavos, acerca de la lepra, etcétera.
Versículos 1–4
La ley que aquí aparece no es para instituir, permitir o preceptuar el divorcio. El divorcio se supone ya permitido en Levítico 21:7 y Números 30:10. La norma que aquí se da es simplemente que, si un hombre se ha divorciado de su mujer, no puede volver a casarse con ella, en el caso de que su posterior marido muera o se divorcie de ella. Aunque las palabras de Mateo 19:7 «mandó Moisés …» pueden entenderse en el sentido de que una vez decidido el divorcio, había la obligación de dar carta de repudio a la mujer, no puede pasarse por alto el hecho de que, al «mandó» de los fariseos, respondió Jesús con un «permitió repudiar» (v. 8) que puso en claro la correcta normativa de la ley del divorcio, y añadió que dicha ley se debía únicamente a la dureza de los corazones de ellos, no a la buena voluntad de Dios hacia su pueblo; ya que el divorcio en sí no es causa de bienes, sino de males, se trataba, pues, de un mal menor que Dios permitía, ya que el hombre, de propia iniciativa, no puede escoger el mal menor, sino que debe elegir el mayor bien posible, con plena fe en el Dios vivo y verdadero, que tiene poder para dirigir y controlar todas las situaciones. Como decía Spurgeon: «Cada uno debe cumplir con su deber; de las consecuencias se encarga Dios». En la norma presente encontramos: 1. Que, para que un hombre pudiese legalmente divorciarse de su mujer, necesitaba haber hallado en ella alguna cosa vergonzosa (hebreo ʾervath dabar). Se necesitaba, pues, alguna causa; no se podía dar carta de repudio simplemente por desagradarle ya la actual esposa, o por agradarle más otra mujer. Sin embargo; el sentido de la frase ʾervath dabar se prestaba a distintas interpretaciones, de ahí que se formasen distintas escuelas rabínicas, como las de Shammay y la de Hillel al comienzo de nuestra era. El rabino Shammay (que hoy llamaríamos «de manga estrecha») opinaba que dicha frase debía traducirse por «cosa de indecencia», con lo que la única causa legal sería el adulterio de la mujer; en cambio, el rabino Hillel traducía «indecencia» en alguna cosa, con lo que se daba ocasión de interpretar, con «manga más o menos ancha», cualquier cosa que desagradara al marido como encontrar mal cocinada la comida del día. 2. La ley ordenaba que el comunicado de repudio se diera por escrito, ya que las palabras pueden proferirse precipitadamente, en un momento de ira; el escrito debía, además, formalizarse delante de testigos, lo cuál demandaba la intervención de la autoridad pública. 3. El marido debía poner el documento en manos de ella lo que le obligaba también, de algún modo, a proveerla de lo necesario. 4. Una vez repudiada, ella podía casarse con otro (v. 2). El divorcio disolvía el matrimonio como podría haberlo hecho la muerte. Por eso, «carta de divorcio» (v. 1) es literalmente, en hebreo, «escrito de amputación», para dar a entender una especie de operación quirúrgica para separar lo que era «una sola carne» (Gn. 2:24). 5. Si el marido posterior moría o se divorciaba de ella, podía casarse todavía con un tercero, pero su primer
marido no podía volver a tomarla. Vemos, en 2 Samuel 4:14, que David volvió a tomar a su mujer Mical, pero ha de notarse que ella no había sido repudiada por su marido, sino que le había sido robada. Los escritos judíos dicen que esta preocupación estaba establecida a fin de que los hombres no se acostumbraran a tratar a la mujer como un objeto que pasa de mano en mano, sino como a una persona. Esto contrasta con la costumbre abominable de los egipcios, quienes intercambiaban sus esposas con la mayor facilidad.
Versículos 5–13
I. Se hace provisión para preservar y fomentar el amor entre los recién casados (v. 5). Muy apropiadamente viene esta ley después de la del divorcio, el cual podría impedirse fácilmente si el mutuo afecto entre los esposos estuviese bien afianzado desde el principio. Si el marido estaba ausente de casa por mucho tiempo el primer año de su vida conyugal, había peligro de que el cariño de ambos se enfriase y surgiesen nuevas ocasiones de romance amoroso, que pondrían en peligro la fidelidad conyugal. Por esta ley, pues, quedaba dispensado el esposo, en el primer año de su matrimonio, de ir a la milicia o a cualquier otro negocio que le impidiese alegrar a la mujer que tomó. Esto nos enseña: 1. Cuán importante es la preservación del mutuo cariño entre los cónyuges. 2. Que uno de los deberes conyugales es animarse y alegrarse mutuamente bajo los cuidados y las penas que la vida cotidiana depara; porque un corazón alegre es la mejor medicina.
II. Ley contra la compraventa de esclavos (v. 7). La pena establecida para el delito de robar ganado u otros bienes no era la muerte; pero robar un niño o una persona débil o simple, o un siervo propio, y hacer mercancía de ellos, estaba castigado, bajo la ley de Moisés, con la pena capital, puesto que suponía privar a un israelita de su libertad, casi de tanto valor para él como su vida.
III. Un memorándum concerniente a la lepra (vv. 8–9). Las leyes acerca de la lepra habían de observarse escrupulosamente (v. Lv. 13:14).
IV. Algunas instrucciones necesarias acerca de las prendas prestadas, para asegurar el dinero del préstamo. 1. No podía tomarse en prenda la muela del molino (v. 6), pues era necesaria para moler el trigo con que fabricar el pan de cada día; lo mismo había de hacerse respecto a cualquier otra cosa sin la cual el hombre no pudiese satisfacer las necesidades perentorias suyas y de su familia. Todo acreedor que no se preocupe de la necesidad de sus deudores, sino que sólo le trae cuenta su propio interés, aunque su prójimo se muera de hambre, no sólo va contra la ley de Cristo, sino contra la ley de Moisés y contra la misma ley natural. 2. El acreedor no debe ir a casa del deudor a tomarle prenda, sino que ha de esperar a que éste le entregue aquello de que pueda disponer sin grave perjuicio. Por ejemplo, la ropa que alguien necesita para cubrirse en el lecho no puede tomarse en prenda (vv. 12–13 v. Éx. 22:26–27). Pero si llegaba a tomarse, de ninguna manera había de retenerla ni aun hasta el día siguiente, sino que había de devolverla antes de la puesta del sol.
Versículos 14–22
I. Se manda a los amos que traten con justicia a sus pobres siervos (vv. 14–15). 1. No deben oprimirles, sino acordarse de que ellos fueron siervos en Egipto (v. 18). Como si dijera: «Por propia experiencia, sabes qué cosa tan terrible es estar bajo la servidumbre de un capataz; por eso, no oprimirás a un siervo». 2. Deben ser justos y puntuales al pagarles el salario. El que vive del jornal diario, se supone que vive «de mano a boca», como suele decirse y no puede tener el pan de mañana para su familia, si no se le paga por el trabajo de hoy (v. Stg. 5:4).
II. A los magistrados y jueces se les manda que administren justicia según derecho (v. 17); esto se les recalca más expresa y directamente en 25:1.
III. A los ricos se les encarga que sean compasivos y caritativos con los pobres. En la ley de Moisés, se insiste mucho en este punto. Como dice Houghton, «ningún otro sistema de jurisprudencia en ningún otro país y en ninguna otra época de la Historia está imbuido de tanta benignidad para con los
desdichados». El precepto especial de compasión que aquí se impone es que no deben ser avaros al recolectar el grano, la uva y la oliva, hasta el punto de rebuscar codiciosamente lo que vaya quedando atrás, sino que han de estar bien dispuestos a no fijarse en menudencias, y dejar el rebusco para el extranjero, para el huérfano y para la viuda (vv. 19–21), es decir, para los más necesitados.
En este capítulo, encontramos diversas leyes: A los magistrados se les encarga que administren la justicia con misericordia; se promulga la ley del levirato; se dispone el castigo que han de llevar los que cometen ciertos delitos contra el honor y la propiedad de las personas, etc. El capítulo termina con la orden de exterminar a Amalec.
Versículos 1–4
I. Se instruye a los jueces respecto al número de azotes que han de darse a los malhechores, junto con otros detalles acerca del modo de ejecutar este castigo (vv. 1–3). Nos hemos encontrado ya con muchos preceptos que no llevaban anejo ningún castigo especial y cuya violación, de acuerdo con la práctica constante de los judíos, era castigada con la pena de azotes. Las instrucciones que aquí se dan para la aplicación de esta pena son: 1. Que se había de aplicar con toda solemnidad; no de forma tumultuaria por las calles, sino delante del tribunal, a los ojos mismos de los jueces, quienes habían de deliberar incluso sobre el número de azotes que habían de darse, de acuerdo con el delito cometido. Los judíos dicen que, mientras era llevada a cabo la ejecución de la sentencia, el juez principal del tribunal leía en alta voz Deuteronomio 28:58–59 y 29:9, y concluía con las palabras del Salmo 78:38. «Pero Él, misericordioso, perdonaba la maldad». De esta manera, resultaba una especie de acto religioso, y así parecía tener mayor eficacia, tanto para reformar al ofensor como para servir de advertencia a otros. 2. Que, por muy grave que fuese el delito, dentro de este género, el número de azotes no debía exceder de cuarenta (v. 3). La costumbre ya tradicional era aplicar cuarenta menos uno, como se ve por 2 Corintios 11:24. Se había rebajado uno, por temor de contar mal en alguna ocasión y excederse así en aplicar un castigo mayor que el que imponía la ley. Los azotes se aplicaban con un cinturón de cuero, no con varas o cualquier otro material que pudiese producir heridas mortales.
II. Se encarga a los labradores que no impidan al ganado comer cuando el animal está trabajando, y el alimento está al alcance de su boca (v. 4). Esta prohibición se extiende a todo animal de labranza y no sólo al buey. Con ello se muestra que Dios quería un pueblo con sentimientos humanitarios, no sólo hacia sus semejantes, sino también hacia los animales, mientras que el hijo pródigo del Evangelio no gozaba del beneficio que aquí se ordena otorgar a los animales (v. Lc. 15:16). Dice Proverbios 12:10: «El justo cuida del sustento de sus bestias; mas el corazón de los impíos es cruel». Esta disposición de la ley mosaica contrasta con las leyes y costumbres de otros pueblos aun de los llamados «civilizados» y en nuestro tiempo, en los cuáles hay todavía criados y jornaleros que son tratados peor que las bestias. El Apóstol cita este versículo para aplicarlo a los obreros del Señor que trabajan en la expansión del Evangelio (1 Co. 9:9). Por cierto Pablo no quiere decir que Dios no tenga providencia de los animales, sino que la Ley apuntaba a un sentido más elevado, en el que la norma adquiría la suprema vigencia.
Versículos 5–12
I. Se establece una ley concerniente al casamiento con la viuda de un hermano. Es lo que se llama la ley del levirato, de la palabra latina levir, que significa cuñado. La ley sanciona, y modifica en algunos detalles, lo que ya era costumbre en algunos pueblos antiguos, y ya se practicaba en Israel en tiempos de los patriarcas, como se ve por Génesis 38:8. Se trata de un caso que ocurre a veces en el que un hombre casado muere sin dejar descendencia, pero deja hermanos todavía solteros. Entonces: 1. La viuda no podía volver a casarse dentro de otra familia, a no ser que todos los parientes varones de su difunto marido rehusasen casarse con ella para que la hacienda que ella poseía de parte del marido, no pasase a
manos de ajenos. 2. El hermano del difunto marido, o el pariente más próximo debía casarse con ella, en parte por respeto hacia ella, ya que había dejado su propio pueblo y la casa de su padre y, por eso, era apropiado que la familia en que se había casado, le mostrase esta deferencia; en parte también, por respeto al propio marido fallecido para que su nombre no quedase olvidado ni se perdiese, descontado de las genealogías de su tribu. Por eso, el primogénito que en su caso tuviese de la viuda el nuevo marido, había de llevar el nombre del difunto, así entraba en la genealogía como hijo suyo (vv. 5–6). 3. Pero si el hermano o el pariente cercano declinaba prestar este buen servicio al difunto ¿qué había que hacer? (A) No se le debía obligar a ello (v. 7). (B) Sin embargo, había de ser públicamente avergonzado por negarse a ello (v. 7–10).
II. Hay otra ley muy severa contra la mujer que se atreva a cometer el delito deshonroso que se detalla en el versículo 11. En este caso, único en la Ley, se aplica la pena de amputación de la mano (v. 12). Los rabinos conmutaron más tarde esta pena por la de una multa cuya cantidad había de calcularse según la condición, tanto del reo como de la víctima.
Versículos 13–19
I. Una ley contra los falsos pesos y medidas; no sólo no se deben usar, sino que tampoco se deben tener, no sea que, teniéndolos, se vean fuertemente tentados a usarlos. Menos aún debían tener peso grande y medida grande para comprar, y peso pequeño y medida pequeña para vender, porque entonces el fraude era doble. Sino que, pesa exacta y justa tendrás (v. 15).
II. Otra ley para exterminar a Amalec.
1. El daño que Amalec causó a Israel, debía ser recordado aquí (vv. 17–18). Los amalecitas no tenían ningún motivo para luchar contra Israel, y además le atacaron sin previo aviso ni declaración de guerra, sino que se aprovecharon de la desventaja en que el pueblo de Dios se encontraba al llevar a los más débiles en la retaguardia, cuando estaban recién salidos de Egipto (Éx. 17:8–16), y desbaratarle precisamente esa parte del pueblo, ya de por sí cansado y trabajado (v. 18). Un pueblo tan despiadado y tan carente de religión como para salir a atacar a gente que marchaba pacíficamente, merecía ser borrado de debajo del Cielo (v. 19). Contrasta lo de borrar «la memoria» de Amalec, con el encargo a Israel de «no lo olvides».
2. Esta cobarde agresión había de ser vindicada a su debido tiempo. Algunos siglos después se le ordenó a Saúl que pusiese por obra la ejecución de esta sentencia (1 S. 15), y fue rechazado por Dios por no haberla llevado a cabo en la forma que se le había mandado. En aquella ocasión, Saúl añadió nuevos pecados, pues se excusó malamente (1 S. 15:20–21), en contraste con la actitud de David, quien confesó sinceramente su pecado (2 S. 12:13).
Con este capítulo, termina Moisés de dar los preceptos especiales que había considerado conveniente encargar a Israel poco antes de marchar al sepulcro. Lo que sigue es una especie de sanción y ratificación.
Versículos 1–11
I. La orden de hacer una buena obra, como era la de ofrecer a Dios cada año, una canasta con los primeros frutos de la cosecha (vv. 1–2). Cuando alguien iba a su campo y a su viña al tiempo en que los frutos estaban madurando, había de señalar los que observaba más adelantados y destinarlos para ser las primicias que debían ser ofrecidas a Dios. Estos frutos, según se desprende de la enumeración hecha en 8:8 como típica de la tierra prometida, eran siete: trigo, cebada, uvas, higos, granadas, olivas y dátiles. De todos ellos había de ponerse algo en la canasta con algunas hojas entre ellos, y ser presentados a Dios en el lugar que Él había de escoger. De esta ley debemos aprender: 1. A reconocer a Dios como al Dador de
todos los bienes que constituyen el sustento y alivio de nuestra vida natural (v. Stg. 1:17). 2. A negarnos a nosotros mismos. Los primeros frutos nos atraen de un modo especial, y con ellos solemos obsequiar a quienes nos visitan, cuando son personas de alguna relevancia o hacia quienes sentimos un afecto especial. 3. A dar a Dios lo primero y lo mejor de lo que tenemos. Quienes consagran a Dios los días de su juventud y las primicias de su tiempo diario, le están ofreciendo sus primeros frutos.
II. A esta buena obra, habían de acompañar buenas palabras salidas de sus labios. Para cumplir bien este objetivo, habían de reconocer dos cosas: 1. La baja condición racial de su común antepasado: Un arameo a punto de perecer fue mi padre (v. 5). Jacob es llamado aquí arameo o sirio, porque vivió durante veinte años en Padán-aram. 2. La miserable condición en que se encontró la nación israelita durante su infancia: habían descendido a Egipto como extranjeros, y sirvieron allí como esclavos (vv. 5–6).
Versículos 12–15
Ya vimos en 14:28–29 la ley acerca del modo de disponer del diezmo al tercer año. El segundo diezmo que, en los dos primeros años de cada trienio, había de ser llevado por su poseedor a la ciudad santa, que Dios había de escoger, y consumido allí en familia delante del Señor, o rescatado con dinero, había de ser reservado en casa al tercer año, para ponerlo a disposición de los necesitados.
I. A este fin, habían de formular una pública confesión de haber llevado a cabo lo que estaba preceptuado por la Ley (vv. 13–14). 1. Proclamado que no habían retenido para sí nada de lo «sagrado» (hebr. kodesh): «He sacado de mi casa lo que era sagrado (v. 13). No he guardado nada secretamente para mi uso personal, sino que lo he entregado a aquellos a quienes la Ley me manda darlo». 2. Así quedaba manifestado que los pobres, en particular los ministros de Dios, los extranjeros, las viudas y los huérfanos, habían tenido su parte, conforme al mandamiento. 3. Que nada absolutamente de este diezmo había sido empleado en ningún uso profano; mucho menos, en ningún uso pecaminoso. Dicen los judíos que esta protesta de integridad por parte de los que daban el diezmo había de formularse en voz baja, ya que comportaba el carácter de una autoacusación, mientras que la anterior confesión (vv. 3–10) de la bondad de Dios había de hacerse en voz alta para glorificarla a Jehová. 4. Que no habían comido del segundo diezmo durante el luto (lit. como un enlutado; v. 14), puesto que este segundo diezmo había de comerse con alegría (14:26). 5. Que nada de ello se había ofrecido a los muertos, lo cual podría entenderse de varias maneras, según las diversas exégesis rabínicas: unos piensan que se trata de usar parte del dinero del segundo diezmo para comprar un ataúd o ropas para amortajar a un difunto, o para comer en la casa del duelo; otros, que se refiere a la costumbre que tenían los egipcios de colocar alimentos en las tumbas; otros, a la reprobable práctica de ofrecer sacrificios a los espíritus de los difuntos para hacerlos propicios hacia los supervivientes. El culto a los muertos es opuesto al espíritu y a la letra de la Ley (v. 18:11; Sal. 106:28). 6. El que no se atrevía a hacer esta pública y solemne confesión había de ofrecer sacrificio por la culpa, conforme a Levítico 5:15.
II. A esta solemne protesta, habían de añadir una solemne oración (v. 15), no precisamente por ellos mismos, sino por el pueblo de Dios; al fin y al cabo, dentro de la común paz y prosperidad, toda persona particular tiene paz y prospera.
Versículos 16–19
En dos cosas insiste aquí Moisés para urgir el cumplimiento de todos estos preceptos: 1. En que eran mandamientos de Dios (v. 16); no eran dictados de su propia sabiduría o autoridad, sino ordenados por la infinita sabiduría de Dios, y hechos obligatorios por la suprema autoridad del Rey de reyes. 2. Que el pacto que Jehová había hecho con ellos les obligaba a guardar estos mandamientos.
Comienza aquí el tercer discurso de Moisés en este libro (caps. 27–30) en el que va a poner todo su empeño en responsabilizar al pueblo respecto al cumplimiento fiel de los mandamientos que le acaba de dar de parte de Dios. En este capítulo, prescribe ciertos medios: l.o, para venir en auxilio de la memoria de ellos, y poner por escrito los mandamientos que acaba de prescribir; 2.o, impresionar los sentimientos de ellos, mediante el mandato de proferir bendiciones y maldiciones respectivamente sobre los observantes e incumplidores de los mandamientos divinos; bendiciones y maldiciones que habían de proferirse sobre los montes Gerizim y Ebal, luego que hubiesen entrado en la tierra prometida.
Versículos 1–10
I. Un encargo general al pueblo a fin de que guarden los mandamientos de Dios, intimado con toda autoridad: Moisés, con los ancianos de Israel, los jefes de cada tribu (v. 1) y de nuevo, Moisés, con los sacerdotes levitas (v. 9), mandaron al pueblo que cumpliesen la Ley de Dios.
II. Les instruye en especial con gran solemnidad a escribir todas las palabras de esta ley (v. 3), tan pronto como entren en Canaán. Ya se había realizado una ratificación solemne del pacto entre Jehová e Israel en el Sinaí, cuando fue erigido un altar al pie del monte y doce columnas (Éx. 24:4), y fue presentado el libro del pacto. La solemnidad de ahora es similar a la de entonces.
1. Han de levantar un monumento (piedras grandes, revocadas con cal v. 2), en el que se escriban todas las palabras de esta ley.
2. Han de erigir también un altar (v. 5). Por las palabras de la ley, escritas sobre las piedras encaladas, Dios les hablaba a ellos; mediante el altar, y los sacrificios que iban a ofrecer sobre él ellos le hablaban a Dios; así se conservaba y fomentaba la comunión entre ellos y su Dios.
Versículos 11–26
Había en Canaán, en la parte que después tocó por suerte a la tribu de Efraín (la tribu de Josué), dos montañas cercanas la una a la otra, con un pequeño valle por medio, llamada la una Gerizim, y la otra Ebal. Las seis tribus mencionadas en el versículo 12 habían de colocarse sobre el monte Gerizim y, de cara a ellas, las otras seis mencionadas en el versículo 13 habían de colocarse sobre el Ebal. Según la tradición rabínica, en un lugar del valle, intermedio entre ambos montes, estaban los levitas en torno al Arca. Hecho el silencio, tras el toque de atención, los levitas habían de volverse hacia la multitud situada sobre el Ebal, y pronunciar en voz alta una de las maldiciones aquí registradas y todo el pueblo sobre la cima y la falda del monte había de contestar: Amén. A continuación, habían de volverse los levitas hacia la multitud situada en la cima y en la falda del Gerizim, y pronunciar la bendición correspondiente, y toda la multitud situada allí había de contestar: Amén.
I. Es menester hacer algunas observaciones generales respecto a esta solemnidad, la cual había de tener lugar una sola vez pero había de ser narrada muchas veces a la posteridad. 1. Dios mismo nombró las tribus que habían de estar sobre cada uno de los dos montes (vv. 12–13). Las seis tribus nombradas para refrendar las bendiciones eran todas de los hijos de las mujeres libres de Jacob (Lea y Raquel), porque a ellas les pertenece la promesa (v. Gá. 4:31). Es de notar que, entre ellas, aparece la de Leví, con lo que se nos enseña que los ministros de Dios han de aplicarse a sí mismos las bendiciones y los juicios que ellos proclaman y predican a los demás y añadir, por fe, su correspondiente Amén. 2. De las tribus que habían de decir Amén a las bendiciones, se dice que estarán de pie para bendecir al pueblo, pero de las otras se dice simplemente que estarán de pie para pronunciar la maldición, sin mencionar al pueblo, como dando a entender que era difícil de suponer que alguien a quien Dios había tomado por hijo, se colocase a sí mismo bajo maldición. Los levitas que fuesen nombrados para el oficio, habían de pronunciar las maldiciones lo mismo que las bendiciones. 4. En esta porción, tenemos las maldiciones expresadas, pero no las bendiciones. En cambio, en el Sermón de Cristo sobre el monte, que era el verdadero Gerizim, tenemos sólo bendiciones (Mt. 5:3 y ss.). Por algo, el Antiguo Testamento, que contiene la Ley, termina con la palabra «maldición» (Mal. 4:6); en cambio, el Nuevo Testamento, en el que domina el Evangelio = «Buena Nueva», termina con una bendición (Ap. 22:21). 5. A cada una de las maldiciones, el pueblo había de decir Amén. Los judíos tienen dos refranes referentes a esto: (A) «Todo el
que responde Amén a un voto o juramento, es como si él mismo hubiese pronunciado ese voto o juramento». (B) «A todo el que dice Amén con toda su fuerza, a ése le serán abiertas las puertas del Paraíso». Pero, ¿cómo podrían decir Amén a las maldiciones? Sí, porque Amén, no sólo significa: Es cierto que así será, sino también: Es cierto que así debe ser.
II. Consideremos ahora cuáles son en detalle los pecados contra los que se pronuncian estas maldiciones. Son doce en total y se distribuyen del modo siguiente:
1. Pecados contra el segundo mandamiento. Esta espada flameante se alza primeramente para defender este mandamiento (v. 15). Quedan malditos aquí, no sólo los que adoran imágenes, sino también los que las hacen o las conservan, si son como las que los idólatras usaban en el servicio de sus dioses.
2. Contra el quinto mandamiento (v. 16). El desprecio a los padres es algo tan abominable, que figura inmediatamente después del desprecio a Dios mismo.
3. Contra el octavo mandamiento. Aquí, la maldición de Dios cae: (A) Sobre el injusto vecino que reduce el límite de la heredad ajena (v. 17; v. 19:14). (B) Sobre el injusto consejero. (C) Contra el injusto juez, que pervierte el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda (v. 19), precisamente de los que debería proteger y vindicar.
4. Contra el séptimo mandamiento. Pecado maldito es el incesto, y aquí se especifican los cometidos con la madrastra, con la hermana y con la suegra (vv. 20, 22, 23).
5. Contra el sexto mandamiento. Se especifican aquí dos de las peores clases de homicidio: (A) El homicidio con alevosía, cuando un hombre no planta cara a su adversario, sino que lo hiere ocultamente, matándolo a traición (v. 24), ya sea con veneno, ya de cualquier otro modo en que el atacado no pueda ver quién es el que le ataca (v. Sal. 10:8–9). (B) El homicidio cometido «legalmente»; es decir, el de quien es comprado por dinero para acusar, presentar falso testimonio, o condenar, para quitar así la vida al inocente (v. 25; v. Sal. 15:5).
6. La solemnidad concluye con una maldición general sobre todo aquel que no confirme las palabras de esta ley para hacerlas (v. 26). Con nuestra obediencia a la Ley, ponemos nuestro sello sobre ella y la confirmamos, mientras que con nuestra desobediencia, hacemos todo lo que está de nuestra parte para anularla (v. Sal. 119:126).
Este capítulo no es otra cosa que una larga exposición de dos palabras relevantes del capítulo anterior: bendición y maldición. Moisés pone ante los ojos del pueblo las profundas y definitivas consecuencias que comporta la gran alternativa de cada ser humano al escoger el bien o el mal.
Versículos 1–14
Aparecen las bendiciones delante de las maldiciones, para indicar: 1. Que Dios es tardo para la ira, pero presto a mostrar misericordia; Él ha dicho, y ha jurado por su vida, que es infinita y eterna, que su voluntad es que obedezcamos y vivamos, no que pequemos y muramos. 2. Que la obediencia más agradable a Dios es la que surge de un principio de contentamiento en la bondad de Dios. Veamos dichas bendiciones en detalle:
I. Se promete que la providencia de Dios les hará prosperar en todos sus quehaceres y menesteres. Si obedecen los mandamientos de Dios, estas bendiciones les alcanzarán (v. 2). Más aún, les sobrepasarán hasta llenarlos de gratas sorpresas, como aquellos a quienes les será impartida la bendición de Dios, y responderán al Rey: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te alimentamos? (Mt. 25:37). El hebreo dice que les adelantarán, como adelanta un coche a otro, se pone delante y va en cabeza. Este es el sentido de Apocalipsis 14:13 «siguen con ellos», como escolta de gloria frutos manifiestos de una fe viva, y probada en la tribulación (allí la Gran Tribulación).
1. Se enumeran varias cosas en las que Dios, con su providencia, les había de bendecir: (A) Estarían a salvo en cualquier parte, ya fuese en la ciudad o en el campo (v. 3). Quedarían protegidas sus personas, y saldría bien el quehacer en que estuviesen ocupados (v. 6). (B) Sus familias aumentarían en número y en bienestar (v. 4). (C) Tendrían abundancia de todos los bienes de esta vida. Se les promete bendición, (a) en todo lo que tuviesen fuera de casa: el grano y el ganado en el campo (vv. 4, 11), en especial, sus vacas y ovejas; (b) en todo lo que tuviesen dentro de casa: la canasta y la artesa de amasar (v. 5), lo mismo que en los almacenes o graneros (v. 8). Dependemos de Dios y de sus bendiciones, no sólo para la cosecha anual del trigo en el campo, sino también para el pan de cada día y la cesta de cada día; por eso, se nos enseña a orar por ello cada día. (D) Tendrían éxito en todos sus quehaceres, pues Dios tomaría a su cargo las empresas de ellos y bendeciría toda obra de sus manos (v. 12). (E) Tendrían mucho honor entre sus vecinos (v. 1). Dos cosas les ayudarían grandemente a hacerles grandes en medio de las naciones: (a) Sus riquezas: «Prestarás a muchas naciones» (v. 12); mientras que ellos disfrutarían siempre de tal abundancia, que no tendrían que pedir prestado. (b) Su poder: «Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo» (v. 13). Es decir, habrían de imponer su ley a los demás y exigirles tributo, y hasta servir de árbitro en sus controversias, mientras que ellos no estarían bajo ninguna de estas servidumbres. Su religión y la bendición de Dios sobre ellos, harían que todos sus enemigos les temiesen, y que los ejércitos más numerosos y mejor pertrechados huyesen acobardados delante de ellos (v. 7): «por siete caminos huirán delante de ti», donde se emplea el número siete como número redondo de perfección para indicar una cantidad indefinida de vías de escape y huida, en contraste con la compacta formación («por un camino») con la que el enemigo avanzaba confiado. Así, pues, se les promete que habrían de salir victoriosos de todos sus enemigos, y prosperar en todas sus guerras.
2. De todo esto aprendemos (¡ojalá los hombres lo creyeran y se persuadiesen de ello!) que la religión y la piedad verdaderas son el mejor aliado de toda prosperidad. Aunque las promesas acerca de los bienes de este mundo no ocupan en el Nuevo Testamento tanto lugar como ocupaban en el Antiguo, nos basta sin embargo con la palabra que el Señor Jesucristo nos ha dado, refrendándola con su autoridad divina, de que si buscamos primero el reino de Dios y su justicia, todas las otras cosas nos serán añadidas (Mt. 6:33), en la medida en que la Sabiduría Infinita ve que son buenas para nosotros, y ¿quién puede desear más que eso?
II. Se les promete igualmente que la gracia de Dios los había de confirmar por pueblo santo (v. 9), es decir, separado para Jehová y, por consiguiente, inviolable. El establecimiento de su devoción será también el establecimiento de su reputación y seguridad
Versículos 15–44
Después de ver el lado resplandeciente, las luces del cuadro que son para los obedientes, veamos ahora el lado oscuro, que se cierne sobre los desobedientes. Si no guardamos los mandamientos de Dios, no sólo no vamos a participar de las bendiciones prometidas, sino que nos ponemos a nosotros mismos bajo maldición, la cual es el compendio de todos los males, como la bendición lo es de todos los bienes.
I. Equidad de esta maldición. No es una maldición sin motivo, o por motivos ligeros; Dios no busca ocasión de hacernos daño ni le apetece contender con nosotros. Lo que aquí se menciona como motivo de la maldición es: 1. Despreciar a Dios, rehusando oír su voz (v. 15), lo que comporta el mayor desprecio imaginable. 2. Desobedecer a Dios, no cumpliendo sus mandamientos. 3. Abandonar a Dios. Dios nunca nos abandona, si antes no le abandonamos nosotros a Él.
II. Extensión y eficacia de esta maldición.
1. En general, se declara: «Vendrán sobre ti (desde arriba) todas estas maldiciones, y te alcanzarán (v. 15); es decir, te adelantarán (como dice el hebreo), te cerrarán el paso, de manera que no podrás escapar de ellas, por mucho que te esfuerces en conseguirlo». No hay escape posible de Dios, a no ser que escapemos a refugiarnos en Dios; no hay otra huida posible de Su justicia, que no sea la huida hacia Su misericordia (v. Sal. 21:7–8). Para quienes tienen contaminadas la mente y la conciencia, todo es malo y
contaminado (Tit. 1:15). Así, pues, esta maldición es el reverso de la bendición que hemos visto en la primera parte de este capítulo.
2. Se enumeran después en detalle muchos castigos, como frutos de esta maldición. Comoquiera que todos ellos son el reverso de las bendiciones anteriores, no necesitan especial explicación. Sin embargo, es notable la maldición del versículo 29, «y palparás al mediodía como palpa el ciego en la oscuridad». Podría preguntarse, ¿qué más le da al ciego palpar al mediodía que a la medianoche? La respuesta la da el Talmud judío, al referir la anécdota de cierto rabino llamado José (¿español?), quien dijo en cierta ocasión: «Toda mi vida estuve apenado por no poder comprender el sentido de esta frase, hasta que una noche en que yo iba por la calle, me encontré a un ciego con una antorcha encendida en la mano. Le pregunté: Hijo, ¿por qué llevas esa antorcha, si no puedes ver su luz? Y me respondió: Amigo, es cierto que yo no puedo ver nada, pero al llevar esta antorcha, los demás me pueden ver a mí, compadecerse de mí, y librarme de caer en un pozo o de ser lastimado con zarzas o espinos». Al ser la ceguera física símbolo de la ignorancia y del error, podemos notar por todas estas maldiciones que los juicios de Dios alcanzan a la mente humana, llenándola de oscuridad y horror, así como alcanzan a cuerpo y a la hacienda; y los juicios más severos y dolorosos son los que constituyen a los hombres en terror y destrucción para sí mismos.
Versículos 45–68
Podría pensarse que ya se había dicho lo bastante para impresionarles poderosamente y llenarles de temor a la ira de Dios, que se revela desde el Cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres (Ro. 1:18). Pero para mostrar la amplitud de los almacenes de dicha ira («atesoras para ti mismo ira …»; Ro. 2:5), y que todavía quedaba mucho más por decir, Moisés comienza de nuevo, cuando podría pensarse que habría concluido ya con este lúgubre asunto, y añade a esta larga lista de maldiciones muchas palabras de repetición e insistencia, con nuevos detalles, como haría después Jeremías (Jer. 36:32). En esta última parte, Moisés les predice la destrucción a manos de los romanos y la dispersión subsiguiente. Y el actual estado deplorable de los judíos, y de todos los que se han unido a ellos y han abrazado su religión, responde tan plena y exactamente a la predicción contenida en estos versículos que sirve de prueba incontestable de la verdad de esta profecía, y consiguientemente de la autoridad divina de las Escrituras. Al ser representada esta última destrucción como mucho más terrible que la anterior, esto muestra que el pecado de los judíos, al rechazar a Cristo y a su mensaje de salvación, fue mucho más grave. Bajo esta destrucción, agudizada a mediados del presente siglo por el inhumano antisemitismo de Hitler y de sus esbirros, continúan los judíos por más de 1.900 años hasta que venga de Sion el Libertador, que aparte de Jacob la impiedad (Ro. 11:26).
I. Es asombroso que un pueblo tan bendecido por Dios, que por tantos siglos fue el favorito del Cielo (y no ha sido revocada su elección; Ro. 11:29), haya sido tremendamente abandonado y rechazado; que un pueblo tan compactamente aglutinado, esté tan universalmente dispersado y, que al mismo tiempo, al haber estado (y estar aún) tan dispersado entre todas las naciones, se haya preservado racialmente distinto, sin mezclarse con ninguno; fugitivos y vagabundos como Caín, después que mató a su hermano, también los judíos, que se hicieron a sí mismos responsables de la sangre de su hermano Jesús, llevan como Caín una especie de marca (no se olvide que la marca de Caín no fue para maldición, sino para protección; Gn. 4:15). Las dos últimas guerras de los judíos con los árabes (1967 y 1973) muestran claramente que Dios les protege en estos tiempos próximos a la venida del Libertador. Cuando los árabes atacaron a Israel por sorpresa en el Yom Kippur (Día de la Expiación) de 1973 contaba un general sirio que, al llegar con sus ejércitos cerca del lago de Genesaret, vio en el Cielo como una gigantesca mano que se cernía sobre ellos; el ejército se detuvo, como extasiado ante la maravilla de aquel panorama de Galilea, y esta pausa les fue fatal, puesto que dio al ejército israelí el tiempo suficiente para reaccionar a tiempo y repeler triunfalmente la agresión.
II. Se describe a continuación la destrucción profetizada. Moisés trata ahora sobre el mismo triste tema que nuestro Salvador expuso a sus discípulos en su discurso de despedida (Mt. 24), a saber, la destrucción de Jerusalén y de la nación judía.
1. Aquí se describen cinco pasos en el proceso de la ruina de Israel:
A) Que serán invadidos por un enemigo lejano (vv. 49–50). Aunque muchos rabinos entienden estos versículos de la invasión asiriobabilónica, no cabe duda de que tienen un fondo más lejano, y se aplican mejor al sitio y toma de Jerusalén por parte de los romanos el año 70 de nuestra era: Una nación de lejos, del extremo de la tierra (el remoto occidente), que vuele como águila (el águila en la enseña de los romanos), nación cuya lengua no entenderás (v. 49). Nuestro Salvador echó mano de este símil poco después de referirse a esta destrucción, cuando dijo: «Dondequiera que esté el cadáver, allí se juntarán las águilas» (Mt. 24:28), aunque es más probable que se refiera al final de la «Gran Tribulación» (Mt. 24:21), a la vista de Apocalipsis 19:17–19.
B) Que el país quedará desolado, y todos sus frutos serán comidos por el ejército enemigo, lo cual es consecuencia natural de la invasión, especialmente cuando ésta se lleva a cabo, como fue la de los romanos, para sofocar el levantamiento de rebeldes.
C) Que sus ciudades serán sitiadas, y que será tal la obstinación de los sitiados y el vigor de los sitiadores, que la nación será reducida al último extremo, para caer finalmente en manos del enemigo (v. 52).
D) Que perecería una gran muchedumbre de ellos, de modo que quedarían pocos en número (v. 62).
E) Que el resto sería dispersado entre las naciones: Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo (v. 64). Es aquí donde todos los comentaristas, incluidos los rabinos judíos, admiten que se trata de la dispersión en que Israel se encuentra en los últimos diecinueve siglos.
2. La triste condición del pueblo judío durante la presente era se echa de ver con toda su aflicción angustiosa en los versículos 66–68. (A) Tendrás tu vida como pendiente de un hilo (v. 66), es decir, como un objeto que pende de un débil hilo ante los ojos de la persona (¿quién no recuerda lo de la espada de Damocles?) siempre a punto de romperse y caer en cualquier momento. (B) El versículo 67 describe el dolor agudo que sufre un paciente, y que le hace suspirar por el paso rápido del tiempo. (C) El versículo 68 contiene una profecía asombrosa en todos sus detalles. Cuando Jerusalén fue destruida en el año 70, tanto Tito como después Adriano sumieron en la esclavitud a una multitud ingente de israelitas, gran número de los cuales fue llevado a Egipto. Por otra parte en esa misma fecha, las tropas romanas, como el mismo Flavio Josefo atestigua, hartas ya de tanta matanza, reservaron de los prisioneros un número de unos 97.000. Los mayores de 17 años fueron enviados a las minas o a luchar con las fieras en el Circo de Roma como gladiadores. Los menores de 17 años fueron destinados a ser vendidos en el mercado de esclavos pero el mercado rebosa de esclavos hasta los topes, de modo que ¡no hubo quien los comprara! (v. 68, al final). Los sobrantes fueron confinados en una especie de campo de concentración, en el que murieron de hambre por millares.
3. Al resumir nuestras consideraciones sobre todo este tema hemos de decir: (A) Que el cumplimiento de todas estas predicciones sobre el pueblo de Dios muestra que Moisés habló llevado y movido por el Espíritu de Dios (2 P. 1:21). (B) Que de aquí hemos de aprender a sentir, no sólo miedo, sino pavor al pecado. Se cuenta de un malvado que, después de leer las amenazas de esta porción, se puso tan furioso que arrancó esta hoja de la Biblia, del mismo modo que Joacim rompió y quemó el rollo de Jeremías (Jer. 36:23); pero, ¿de qué sirve romper una copia, cuando el original está bien guardado en el archivo de los decretos divinos por los cuales está dictaminado inalterablemente que «la paga del pecado es muerte» (Ro. 6:23), lo escuchen o no los hombres?
Las primeras palabras de este capítulo resumen bien su contenido: Éstas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel … «Éstas» se refiere a las que siguen, no a las que anteceden.
Versículos 1–9
Ahora que Moisés había repetido ampliamente los mandamientos que el pueblo debía observar como la parte que a ellos les correspondía en el pacto, y las promesas y amenazas de Dios (según se condujeran
ellos), que era la parte que correspondía a Dios cumplir, todo ello se resume aquí en una transacción federal. El pacto hecho anteriormente, es renovado ahora, y Moisés, que fue mediador del pacto antes, lo es también ahora (v. 1). Es probable que algunos de los que aún vivían ahora, pero demasiado viejos para ser educados, tenían ya la edad suficiente para dar su consentimiento personal cuando el pacto se hizo en Horeb, y ahora han de consentir en su renovación. Pero la gran mayoría pertenecían a la nueva generación y, por eso, para ellos era cosa enteramente nueva, en la que especialmente habían de tomar ahora parte activa, pues está puesto en razón que el pacto sea renovado a los hijos del pacto, y que ellos den su consentimiento personal a él.
I. Es corriente en las escrituras y documentos contractuales comenzar por una relación o descripción; y así lo encontramos aquí, con un resumen de las grandes cosas que Dios había hecho por ellos: 1. Para animarles a creer que Jehová seguiría siendo para ellos su Dios, porque no habría Él hecho tan grandes cosas por ellos, si no hubiese resuelto hacer más todavía, puesto que todo lo que había hecho hasta entonces no era sino el prólogo de lo que pensaba hacer. 2. Para comprometerles a ser para Dios un pueblo obediente y agradecido, en consideración a lo que Él había hecho por ellos.
II. Para demostrarles todo lo que dice, apela al testimonio de los ojos de ellos: Vosotros habéis visto todo lo que Jehová ha hecho (v. 2). Sus propios sentidos constituían una evidencia incontestable de los hechos: Guardaréis, pues, las palabras de este pacto (v. 9). No había excusa posible.
III. Detalla estas cosas, para mostrar el poder y la bondad de Dios en las manifestaciones que había tenido a bien hacerles. 1. Al liberarlos de Egipto (vv. 2–3). 2. Al conducirles por el desierto durante cuarenta años (vv. 5–6). Allí habían sido guiados, vestidos y alimentados por medio de milagros. El carácter milagroso de aquellos beneficios les demostraba que Jehová era Dios, y el carácter beneficioso de aquellos milagros les daba a entender que Jehová era su Dios. 3. La victoria que recientemente habían conseguido sobre Sehón y Og, y la buena tierra de la que acababan de tomar posesión (vv. 7–8).
IV. En contraste con todas estas memorias maravillosas de amor y poder por parte de Dios, Moisés lamenta la estupidez de ellos: Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender (v. 4). 1. El oído para oír, el ojo para ver, y el corazón para entender son un don de Dios. 2. Dios da no sólo alimento y vestido, sino riquezas y grandes posesiones, a muchos a quienes no da su gracia. Hay muchos que disfrutan de grandes dones que sólo Dios puede dar y, sin embargo, carecen de un corazón lo bastante sensato como para apercibirse del Dador, y carecen también de la buena intención y del uso correcto de dichos dones. 3. La buena voluntad de Dios para otorgarnos sus beneficios en otros terrenos, es una evidencia clara de que si no tenemos su gracia que es el mejor de todos los beneficios, no es por culpa de Él, sino de nosotros.
Versículos 10–29
Se echa aquí de ver por la largura de las frases, y por la abundancia y contundencia de las expresiones, que Moisés, ahora que estaba llegando al final de su discurso, estaba muy celoso y deseoso de inculcar y grabar fuertemente en las mentes del pueblo lo que acababa de decir; tanto más cuanto que aquel pueblo carecía del necesario entendimiento. Para ligarlos más estrechamente a su Dios y a los deberes que tenían para con Él, ajusta un trato (por decirlo así) entre ellos y Dios, pero un trato que debería ser un pacto perpetuo. No les demanda consentimiento explícito, sino que deja el asunto ante ellos, y apelan a sus conciencias en la presencia de Dios.
I. Las partes de este pacto. 1. Aquel con quien van a hacer el pacto es Jehová su Dios (v. 12). 2. Todos ellos habían de entrar en este pacto con Dios, pues a todos ellos se les había convocado (v. 2). (A) Incluso sus grandes hombres, los jefes de sus tribus, sus ancianos y sus oficiales, no han de tener por desdoro el poner su cerviz bajo el yugo de este pacto, y caminar con él puesto. (B) No sólo los hombres, sino también sus mujeres e hijos deben entrar en este pacto (v. 1). (C) Y no sólo los israelitas, sino también los extranjeros que residen en el campamento de Israel, con tal que sean prosélitos de la religión judía, al menos en el punto de haber renunciado a todos los dioses falsos. Esta era una indicación muy temprana del favor y de la benignidad que Dios tenía reservados para los gentiles. (D) No sólo las
personas libres, sino también los siervos ocupados en los oficios más bajos, «desde el que corta tu leña hasta el que saca tu agua» (v. 11). (E) No sólo los que estaban allí presentes delante de Dios en aquella solemne asamblea, sino los que no estaban allí, habían de entrar en el pacto (v. 15), es a saber: (a) Los que se veían recluidos en casa, ya por enfermedad ya por un trabajo que no se podía dejar. (b) Los de las sucesivas generaciones. En la presente dispensación de gracia, vemos que el pacto de la redención sellado en el Calvario (2 Co. 5:19) incluye a todos los seres humanos (Jn. 1:9; 3:16; Hch. 17:30; 1 Ti. 2:4–6; 1 Jn. 2:2, etc.). Este es también un pacto perpetuo, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos (He. 13:8), y Él es el Mediador del nuevo pacto (Jn. 1:17; 1 Ti. 2:5).
II. El resumen de este pacto. Todos los preceptos y todas las promesas del pacto están incluidos en la relación contractual de este pacto entre Dios y ellos (v. 13).
III. El principal objetivo de la renovación del pacto en este momento era fortalecerlos contra las tentaciones de idolatría. Los idólatras eran como borrachos, apegados sin tino ellos mismos a los ídolos y trataban de arrastrar a otros a la misma insensatez. El Apóstol Pedro enumera toda clase de excesos entre las cosas que agradaban a los gentiles (1 P. 4:3). Efectivamente, vemos que la embriaguez es un pecado que endurece el corazón y corrompe la conciencia tanto como pueda hacerlo cualquier otro, al que los hombres se sienten extrañamente tentados y atraídos, incluso después de haber experimentado todas las nocivas consecuencias que comporta, y al que tienen especial empeño por atraer a otros.
IV. La idolatría habría de ser la ruina de la nación, acarrearía toda clase de plagas al país que consintiera en esta raíz de amargura y recibiera su infección; tanto como se extienda el pecado, se extenderá también el juicio de Dios. El versículo 29 nos enseña a no inquirir por pura curiosidad en los secretos designios de Dios. A la pregunta: ¿por qué hizo esto Jehová a esta tierra? (v. 24) se le da (vv. 25–28) una respuesta suficiente para justificar a Dios y amonestarnos a nosotros. Pero si alguien vuelve a preguntar por qué quiso Dios, mediante un despliegue tan vasto de obras portentosas, milagrosas, formarse un pueblo de tal talante, cuya apostasía y consiguiente ruina previó claramente desde toda la eternidad, o por qué no lo impidió con su gracia omnipotente, o qué es lo que pretende todavía hacer con ellos, que sepa la tal persona que éstas son preguntas que no se pueden contestar (v. 29, comp. con Jn. 21:22; Hch. 1:7; Ro. 9:20; 11:33–34; Col. 2:18). Todo lo que nos es necesario y conveniente nos ha sido revelado por su Espíritu (1 Co. 2:10). Las cosas reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre (v. 29). 1. Que, aunque Dios se ha reservado muchos de sus secretos, nos ha revelado lo suficiente para satisfacernos y salvarnos. No se ha reservado nada de cuanto nos es útil y conveniente. 2. Que debemos anhelar el conocer y poner por obra todo lo que Dios nos ha revelado, así como enseñarlo a nuestros hijos y procurar, con nuestro ejemplo y con nuestras palabras, que ellos lo conozcan bien y lo cumplan. No es que meramente se nos permita hacerlo, sino que se nos manda, para mostrar cuánto hemos de preocuparnos de ello. Y no es extraño que así sea, puesto que son cosas que nos interesan más que ninguna otra cosa, ya que son normas según las que hemos de vivir, y promesas por las que hemos de vivir; por eso, hemos de aprenderlas con diligencia nosotros mismos, y enseñarlas con la misma diligencia a quienes son los más allegados a nosotros. 3. Que todo nuestro conocimiento ha de estar orientado hacia la práctica (v. 1 Co. 8:1–3), porque este es el objeto de toda la revelación divina, no precisamente el equiparnos con materias de sutil especulación, en las cuales disfrutar nosotros y entretener a nuestros amigos, sino en que cumplamos todas las palabras de esta ley (v. 29). Se puede asegurar que, si cada hijo de Dios pusiese en práctica la cuarta parte de lo que conoce, seríamos espiritualmente ricos. ¿No es nuestro destino ser partícipes de la naturaleza divina (2 P. 1:4)? ¿Quién se sentirá indolente ante una perspectiva tan amplia, cuyos límites se desplazan indefinidamente hasta la misma infinitud de Dios?
Podría pensarse que las serias amenazas con que se cierra el capítulo anterior iban a acabar para siempre con el pueblo de Israel, y dejar ya por desesperado su caso; pero en este capítulo tenemos una
clara insinuación de la misericordia que Dios tiene en reserva para ellos en los últimos días; de manera que, a la larga, la misericordia prevalezca contra el juicio y tenga la última palabra.
Versículos 1–10
Estos versículos se pueden considerar como una promesa condicionada o como una predicción absoluta.
I. Primordialmente han de considerarse como una promesa condicionada, y en ese sentido tienen aplicación, no sólo para Israel, sino también para todos los países y para todos los individuos humanos; y tienen por objeto darnos la seguridad de que los más grandes pecadores, si se arrepienten y se convierten, tendrán perdonados sus pecados y serán restaurados al favor de Dios. Este es el objeto del pacto de gracia; deja lugar al arrepentimiento en caso de mala conducta, y promete el perdón a todo el que se arrepienta.
1. Cómo se describe aquí al arrepentimiento que es la condición de estas promesas. (A) Comienza por una seria reflexión: «Cuando hayan venido sobre ti (cuando recuerdes) todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti» (v. 1). La consideración es el primer paso hacia la conversión: Volved en vosotros, prevaricadores (Is. 46:8). El hijo pródigo volvió en sí (Lc. 15:17), antes de volver a casa de su padre. Lo que se debe considerar es la bendición y la maldición. Si los pecadores considerasen seriamente la felicidad que han perdido por el pecado, y la miseria que han traído sobre sí, y que, mediante el arrepentimiento, pueden escapar de la miseria y recobrar la felicidad no demorarían convertirse a Jehová su Dios (v. 2). El hijo pródigo recordó la bendición y la maldición cuando consideró su necesidad presente y la abundancia de pan en casa de su padre. (B) Consiste en una sincera conversión. El efecto directo de la reflexión no puede ser otro que un santo pesar y una santa vergüenza (Ez. 6:9; 7:16). Pero lo que constituye el alma y la vida del arrepentimiento, y sin lo cual las más apasionadas expresiones no son más que una burla, es volverse a Dios (v. 2); si te conviertes a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma (v. 10). (C) El verdadero arrepentimiento se demuestra con una vida de constante obediencia a la santa voluntad de Dios. (a) Esta obediencia ha de estar atenta a la voz de Dios: Oirás la voz de Jehová (v. 8); si obedeces a la voz de Jehová (v. 10). (b) Ha de ser sincera, gozosa y total; con todo tu corazón y con toda tu alma (vv. 2, 6, 10). Como ha dicho un escritor moderno, todos nuestros problemas espirituales residen en que no nos hemos decidido a una entrega total. (c) Debe surgir de un principio de amor, y ese amor ha de ser con todo el corazón y con toda el alma (v. 6).
2. Qué favor se promete a los que se arrepientan de este modo. Aunque son atraídos a Dios por su sufrimiento y su aflicción en medio de las naciones a las que Dios les haya arrojado (v. 1), Dios les acogerá con toda benignidad a pesar de todo, porque con este objetivo se nos envían las aflicciones con el de llevarnos al arrepentimiento. Como dice el adagio latino: Undique ad coelos tantumde est viae = Desde cualquier parte hay el mismo camino al cielo. Aquí se promete: (A) Que Dios tendrá compasión de ellos como objetos propios de su misericordia (v. 3). (B) Que Dios dará la vuelta a su cautividad, como da a entender el hebreo; es decir, hará cambiar la suerte de ellos y los restaurará a su primer estado, recogiéndolos de entre todos los pueblos adonde los haya esparcido (v. 3) por muy remoto que sea el país donde se encuentren (v. 4). (C) Que los hará volver a la tierra que heredaron sus padres (v. 5). Los pecadores arrepentidos, no sólo son liberados de su miseria, sino restaurados a la verdadera felicidad en el favor de Dios.
II. Todo esto puede considerarse también, y en primer plano, como una predicción del arrepentimiento y restauración final de los judíos: Cuando hayan venido sobre ti TODAS ESTAS COSAS (v. 1), primero las bendiciones, y después las maldiciones, entonces entrará en acción la misericordia de Dios atesorada y reservada durante siglos. Aunque sus corazones se hayan endurecido perversamente, la gracia de Dios tendrá poder para ablandarlos y cambiarlos (Jer. 31:33–37; Ez. 36:26). Entonces aun cuando su caso sea deplorable, la providencia de Dios enderezará todos los entuertos de ellos. Ahora bien, es cierto que esto se cumplió en cierto grado a su vuelta de la cautividad de Babilonia. Fue un ejemplo maravilloso de su arrepentimiento y de su reforma el que Efraín, que se había entregado a los ídolos, renunciase a ellos y dijese: ¿Qué tengo yo que ver ya más con ídolos? La deportación de Babilonia los sanó completamente de la idolatría; y entonces Dios los plantó de nuevo en su tierra y les hizo bien. Pero: 2. Muchos opinan que ha de cumplirse de manera plena en la conversión final de los judíos, que todavía
andan dispersos entre las naciones y que, mediante el arrepentimiento del pecado que cometieron sus padres al crucificar a su Mesías, y del que ellos mismos son partícipes al no aceptarle como su Salvador, escucharán por fin el Evangelio y se volverán a su Dios a través del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Ti. 2:5). Este es precisamente el tema que el Apóstol Pablo desarrolla en el capítulo 11 de su epístola a los fieles de Roma.
Versículos 11–14
Moisés les urge ahora a que obedezcan, y atiendan a la sencillez y facilidad del mandamiento.
I. Esto es verdad en relación con la Ley de Moisés. Nunca pudieron alegar, para excusar su desobediencia, que Dios les había mandado algo ininteligible, esotérico, o impracticable fuera del alcance de la vida cotidiana: No es demasiado difícil para ti (v. 11); esto es: 1. No está demasiado alto para ti como para que tengas que enviar mensajeros al Cielo, para inquirir lo que debes hacer para agradar a Dios (v. 12), ni necesitas ir al otro lado del mar (v. 13), a una isla distante, como hacían los filósofos, que viajaban por muchas y distantes regiones, en busca de erudición. 2. No es demasiado duro o pesado para ti, como lee la versión de los LXX en el versículo 11. Hay algo dentro de ti que está de acuerdo con la Ley (Ro. 7:16). Por tanto, no tienes razón para quejarte de que su observancia entrañe ninguna dificultad insuperable.
II. Es verdad también en relación con el Evangelio, y a ello lo aplica el Apóstol, y hace de ello la expresión de la justicia que es por la fe (Ro. 10:6–8). En esta dispensación del Evangelio, éste es ahora el mandamiento de Dios: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado (1 Jn. 3:23). La Palabra de Dios está cerca de nosotros y Cristo está en esa Palabra, y el Espíritu está en esa Palabra y la llena de vida, y calienta nuestro corazón para recibirla. El israelita no podía siempre llevar consigo el santuario, pero sí la Ley, en sus labios y en su corazón. Nosotros tenemos un mayor privilegio, porque, además de eso, nuestro corazón es morada de la Trina Deidad (Jn. 14:17, 23). Por consiguiente, si creemos de corazón que las promesas de la encarnación y de la resurrección del Mesías se han cumplido en el Señor Jesucristo y, de acuerdo con esto, le recibimos en nuestro corazón y le confesamos con nuestros labios, tendremos a Cristo con nosotros y seremos salvos. Está cerca, muy cerca, el que nos justifica. La Ley era sencilla y fácil, pero el Evangelio lo es mucho más todavía.
Versículos 15–20
Moisés concluye ahora con una luz muy brillante y con un fuego muy ardiente, para que si es posible, todo lo que ha dicho tenga entrada en el entendimiento y en el corazón de este pueblo tan endurecido.
I. Expone el caso con toda claridad. 1. Todo ser humano ambiciona obtener la vida y el bien, y escapar de la muerte y del mal, desea la felicidad y teme la miseria y la desgracia. «Pues bien—dice Moisés—yo he puesto delante de ti el camino para obtener todo el bien que deseas y evitar toda la miseria que temes. Obedece, y todo te saldrá bien, sin que eches en falta nada» (v. 15). 2. Todo ser humano es movido y regido en sus acciones por una de estas dos grandes fuerzas: la esperanza o el miedo, la esperanza de obtener el bien, y el miedo de ser atrapado por el mal, real o aparente. «Ahora bien—viene a decir Moisés—, yo he probado ambos caminos; si quieres ser atraído a obedecer por la esperanza segura de obtener así grandes ventajas, o ser constreñido a obedecer por la no menos segura ruina en caso de que desobedezcas; por cualquiera de los dos lados que lo mires desearás mantenerte cerca de Dios y del deber de amarle y servirle; pero, si no lo haces así, no tendrás ninguna excusa.»
II. Al haber presentado así el caso, lo deja ahora a la elección de ellos, invitándoles a elegir bien (v. 19). Cualquiera que sea la opinión que se sustente acerca del difícil problema de la gracia de Dios y de la responsabilidad humana, no cabe duda de que, así como la salvación es de Jehová, la condenación está en que los hombres prefirieron las tinieblas a la luz (Sal. 3:8, Jn. 3:19). Los rabinos judíos tienen una máxima que dice: «Todo está en las manos de Dios, excepto el temor de Dios». Y otra máxima judía dice: «Someter nuestra voluntad a la voluntad de nuestro Padre que está en los Cielos, es el gran objetivo de la
vida del hombre sobre la tierra» (comp. con Jn. 4:34). Es cierto que, sin la gracia, no podemos hacer nada (Jn. 15:5), pero también es verdad que, sin nuestra colaboración, la gracia queda estéril (1 Co. 15:10).
III. En el último versículo (v. 20), Moisés les dice, en pocas palabras, cuál es su deber: amar a Dios; amarle como al Dios que es Señor de todo y lo más amable de todo; y amarle como a su Dios, el Dios del pacto con ellos: «Él es vida para ti, y prolongación de tus días».
En este capítulo, Moisés una vez terminado su discurso, anima al pueblo que está para entrar en Canaán, y anima también a Josué, que los va a introducir en aquella tierra prometida; se cuida además de que todas estas cosas permanezcan siempre en la memoria de ellos, ahora que él va a morir.
Versículos 1–8
Dice un proverbio inglés que “quien está remiso en partir, dice adiós muchas veces” (loth to part bids of to farewell). Así hace Moisés con los hijos de Israel no porque esté remiso en ir a la presencia de Dios, sino porque lo está en dejar solos a los hijos de Israel, y teme que, cuando él los deje, dejen ellos a Dios (para un caso similar, comp. Fil. 1:21–24). Aquí los llama a todos (v. 1), para darles a todos una palabra de aliento. Era causa de desánimo para ellos el que Moisés se les fuera en el momento que más falta les hacía. Aunque Josué continuaría luchando con ellos y por ellos en el valle, ellos preferían tener a Moisés el cual intercedía por ellos en el monte como ya lo había hecho (Éx. 17:10). 1. Pero él tiene 120 años, y es hora de que piense en dejar el cargo y marchar al reposo. 2. Muere por sentencia de Dios: No pasarás este Jordán (v. 2).
I. Moisés anima al pueblo; nunca hubo general que pudiese arengar a sus soldados, espoleándoles con promesas tan sustanciosas y seguras como las que puso Moisés delante de los hijos de Israel. 1. Les asegura la presencia constante de Dios entre ellos: Jehová tu Dios, el que te ha guiado y te ha guardado hasta aquí, Él pasa delante de ti (v. 3). Él no los dejará ni los desamparará (v. 6); palabras que el autor de Hebreos dirige a los creyentes, para alentarles en su fe y en su esperanza (He. 13:5). 2. Les deja por jefe a Josué, de cuya conducta, valentía y sincera preocupación por ellos, tenían ya larga experiencia; además, Dios mismo le había llamado y capacitado para que fuese el sucesor de Moisés y, por ello, no cabía ninguna duda de que le había de bendecir a él, y hacer de él una gran bendición para ellos (v. Nm. 27:18). 3. Les asegura el éxito. Había dos motivos principales para alimentar gran esperanza en el éxito: (A) Las victorias ya conseguidas sobre Sehón y Og (v. 4), de las que podían inferir, tanto el poder de Dios, que podría seguir obrando como hasta entonces, como el propósito de Dios que había de llevar a buen término lo que había comenzado (Fil. 1:6). (B) El mandato que Dios les había dado de destruir a los cananeos (7:2; 12:2), de lo cual podían inferir también que, sin duda ninguna, había de poner en las manos de ellos el poder necesario para llevar a cabo lo que les mandaba.
II. Anima también a Josué (vv. 7–8). 1. Que Josué era ya un experto general, un hombre de bien probada bizarría y muy satisfecho de ser exhortado por Moisés a esforzarse y tener buen ánimo (v. 7). 2. Le da este encargo en presencia de todo Israel, para que estén tanto mejor dispuestos a marchar bajo las órdenes de quien habían visto investido de un modo tan solemne. 3. Le da las mismas seguridades de la presencia de Dios con ellos y, consiguientemente, del mismo glorioso éxito, con que había animado al pueblo.
Versículos 9–13
La Ley fue dada por medio de Moisés—dice Juan—(Jn. 1:17). No sólo se le encomendó que la diera a aquella generación, sino que la transmitiera a las generaciones venideras. Aquí queda manifiesto que fue fiel en el desempeño de tal comisión.
I. Y escribió Moisés esta ley (v. 9). 1. Para que los que la habían oído, pudiesen ellos mismos leerla y memorizarla. 2. Para que fuese transmitida con mayor seguridad a la posteridad. Nótese que la Iglesia ha recibido abundantes bendiciones de la escritura, así como de la predicación, de las cosas divinas, la fe viene, no sólo por el oír, sino también por el leer. El mismo cuidado que se tuvo respecto de la Ley, se ha tenido también, gracias a Dios, respecto del Evangelio; poco después de haber sido predicado, fue escrito para que pudiese llegar hasta los últimos confines de la tierra, y hasta los últimos momentos del tiempo; hasta la consumación de los siglos.
II. Después de escribirla, la encomendó al cuidado y a la custodia de los sacerdotes y de los ancianos. Entregó una copia auténtica a los sacerdotes, para ponerla al lado del Arca (v. 26), a fin de que quedase allí como modelo original al que habían de ajustarse todas las copias que hubiesen de hacerse de la Ley.
III. Mandó que se leyese toda la Ley una vez cada siete años en la asamblea general de Israel, precisamente en el año sabático. Es probable que los judíos piadosos leyesen diariamente la Ley en familia. Santiago asegura que, desde generaciones antiguas, Moisés es leído en las sinagogas cada sábado (Hch. 15:21). Pero para tributar un honor especial, en una solemnidad singular, a la Ley, Moisés manda que se lea una vez cada siete años en asamblea general del pueblo. Para ello, da las siguientes instrucciones:
1. En cuanto al tiempo en que esta lectura solemne de la Ley ha de hacerse, se ha de efectuar: (A) En el año de la remisión. En ese año, la tierra descansaba, de modo que quedaba mucho más tiempo para dedicarlo a este servicio. Los siervos que en este año adquirían la libertad, y los pobres deudores que en ese año obtenían la remisión de sus deudas, habían de entender que, al obtener dichos beneficios gracias a la Ley, con toda razón y justicia había de esperarse que le rindiesen obediencia y, por consiguiente, se ofreciesen a Dios como sus siervos, ya que Él se había dignado romper las cadenas de su servidumbre. El año de la remisión era tipo del Evangelio de la gracia, que por eso se llama el tiempo favorable del Señor (Lc. 4:19, 2 Co. 6:2), ya que la remisión de nuestros pecados y la libertad que nos regala la verdad de Cristo (Jn. 8:32) nos comprometen a guardar sus mandamientos (Lc. 1:74–75). (B) En la fiesta de los tabernáculos del año sabático. En esa fiesta, se les exigía de un modo especial regocijarse delante de Jehová (Lv. 23:40).
2. A quiénes había de leerse: Delante de todo Israel (v. 11); varones, mujeres, niños y extranjeros (v. 12). Las mujeres y los niños no estaban obligados a subir a las otras fiestas, sino sólo a ésta en que se leía la Ley. Dice el rabino Rashi que los hombres se reunían para aprender; las mujeres, para escuchar; los niños, para recompensar a los que los llevaban. Los rabinos judíos daban (y dan) mucha importancia a la instrucción que se da a los niños por el poder espiritual que sale de la boca de los niños y de los que maman—eso dicen—, y citan precisamente el Salmo 8:2, que el propio Señor Jesucristo citó también (Mt. 21:16, comp. con Mt. 11:25). Uno de los proverbios rabínicos es que «el universo moral descansa sobre el aliento de los niños en edad escolar».
3. Quién había de leerla: Les mandó … (v. 10): leerás esta ley (v. 11). Toda la nación queda responsabilizada de este mandato aunque habían de delegar en sus representantes este servicio. Josué mismo cumplió esta función (Jos. 8:34–35). Un antiguo Mishná atribuye esta función al rey, y así vemos a Josías leyéndola (2 Cr. 34:30), y después a Esdras (Neh. 8:3). Josefo atestigua que, en su tiempo, esta función era desempeñada por el sumo sacerdote.
4. Con qué objeto había de leerse solemnemente. Para que la generación que la escuchaba, aprendiese a temer a su Dios y a guardar todos los mandamientos que en ella estaban contenidos (v. 12). Lo mismo debemos hacer nosotros: hemos de oír la Palabra de Dios para aprender y crecer en el conocimiento; y cada vez que leamos y estudiemos las Escrituras, nos daremos cuenta de que siempre queda más y más que aprender de ellas.
Versículos 14–21
I. Que Moisés y Josué son convocados al tabernáculo de reunión, a esperar una manifestación de la majestad divina (v. 14). A Moisés le repite Dios que va a morir en breve. Por eso, ha de traer consigo a Josué, para que sea presentado como su sucesor a Dios, y reciba de Él la comisión y el encargo.
II. Dios se les manifiesta benignamente: Y se apareció Jehová en el tabernáculo, en la columna de nube (v. 15). Allí estaba la shekinah, el signo visible de la presencia de Dios.
III. Dios le dice a Moisés que, después de su muerte, el pacto entre Dios e Israel, en cuya celebración tanta parte y tantas fatigas había tenido él mismo, habría de ser quebrantado por Israel: Este pueblo se levantará y fornicará tras los dioses ajenos (v. 16). Adorar los dioses de Canaán era la más abominable idolatría y el más alevoso quebrantamiento del pacto. De modo semejante, se rebelan contra Cristo, ya sea al hacer de su dinero un ídolo a quien servir con la codicia (Mt. 6:24; Col. 3:5), ya sea hacer de su vientre un dios a quien satisfacer con toda clase de sensualidad (o con su dieta judaizante); Filipenses 3:19. Los que se vuelven a dioses ajenos (v. 18), dejando a Jehová (v. 16), dejan a un lado toda bendición («esconderé mi rostro» vv. 17, 18, comp. con Stg. 1:17). 2. Si ellos dejan a Dios, justamente les abandonará Él (v. 17). Quienes dejan a Dios para entregarse al pecado, harán caer sobre sus cabezas toda clase de males.
IV. Instruye a Moisés para que les lea un cántico, para cuya composición Dios promete su ayuda a fin de que, al ser divinamente inspirado, quede para siempre como un testimonio permanente de la fidelidad y bondad de Dios al darles su paternal amonestación. La sabiduría humana ha ideado muchas maneras de comunicar los conocimientos tanto del bien como del mal: leyes, historias, predicciones, proverbios, novelas, cánticos, y todos los medios audiovisuales de la sociedad moderna; cada uno tiene sus ventajas. De igual manera, la sabiduría de Dios ha echado mano en las Escrituras, de todas las figuras y modos de expresión, a fin de que los indoctos e inconstantes (2 P. 3:16) queden sin excusa. 1. Este cántico, si se le presta atención, puede ser un buen medio de impedir la apostasía. 2. Si, a pesar de todo, no impedía que cayesen en la apostasía, podría ayudar a conducirlos al arrepentimiento. Cuando les vengan muchos males y angustias, entonces este cántico responderá en su cara como testigo (v. 21), es decir, será recordado por ellos y podrá servirles de espejo en que mirarse la cara (Stg. 1:23–25), para reconocerse pecadores (manchados), humillarse delante de su Dios, y volver al que es fuente de aguas vivas, a quien abandonaron para cavarse cisternas rotas (Jer. 2:13). Nótese que Dios puede permitir, por sus inescrutables designios, que algún hijo suyo deje la casa paterna y se aleje, pero para su mal; como buen Padre, tiene ya en reserva los medios para hacer que se recupere y vuelva. Dios prepara la medicina de antemano, incluso antes de que se produzca la enfermedad.
Versículos 22–30
I. Ahora se le da a Josué la comisión que Dios había dicho (v. 14) le había de dar. Josué acababa de oír de labios de Dios cuán perverso iba a ser el pueblo al que tendría la misión de conducir, y esto podía ser para él un motivo de desánimo. Pero Dios le dice: «Por malos que hayan de ser, tú podrás desempeñar tu cometido, porque yo estaré contigo. Así que, esfuérzate y anímate
II. La entrega solemne del libro de la Ley a los levitas, para ser depositado al lado del Arca, es registrada de nuevo aquí (vv. 24–26). Se les instruye aquí para que sepan dónde han de guardar este valioso original, no dentro del Arca (en la que sólo las tablas del Decálogo habían de estar), sino en otro recipiente junto al Arca. Este fue, sin duda, el libro que se encontró en la casa de Dios (desplazado seguramente de su propio lugar) en los días de Josías (2 Cr. 34:14).
III. El cántico que aparece en el capítulo siguiente, lo escribió Moisés aquel día, y lo enseñó a los hijos de Israel (v. 22). Por lo demás: 1. Les declara que pocas satisfacciones tuvo, mientras anduvo con ellos (v. 27). No hace mención ahora de las muchas veces que se habían rebelado contra él; estas rebeliones las había perdonado y las había olvidado; pero no puede pasar por alto las veces que se habían rebelado contra Jehová, a fin de que se arrepientan de ellas y no las vuelvan a cometer. 2. También les dice cuán pocas esperanzas tenía en ellos en estos momentos de su despedida: Yo sé que después de mi muerte, ciertamente os corromperéis (v. 29). Así también, nuestro Señor Jesucristo, poco antes de morir, predijo que se levantarían falsos cristos y falsos profetas (Mt. 24:24), a pesar de lo cual, y de todas las apostasías del tiempo presente, podemos estar seguros de que las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia (Mt. 16:18), porque el fundamento de Dios está firme (2 Ti. 2:19).
En este capítulo, encontramos el ya aludido cántico de Moisés.
Versículos 1–6
I. En esta porción, podemos apreciar como una introducción o prefacio de Moisés a su cántico (vv. 1–2). 1. Comienza con una solemne apelación a los cielos y a la tierra respecto a la verdad y a la trascendencia de lo que iba a decir, y respecto a la justicia de los procedimientos divinos contra un pueblo rebelde («generación torcida y perversa»; v. 5). El Cielo y la tierra serán testigos contra los pecadores, testigos de los avisos que se les han dado, y de su negativa a recibir tales avisos (v. Job 20:27). 2. Comienza también con una solemne aplicación de la forma en que las enseñanzas del cántico iban a fluir de sus labios: Goteará como la lluvia mi enseñanza (v. 2). Como una lluvia mansa que poco a poco empapa la tierra (v. He. 6:7, comp. con Sal. 65:10), como un rocío, que cae suave y desapercibido, pero contiene gran poder vivificante como llovizna sobre la hierba recién nacida, que no aguanta los fuertes aguaceros, y como chaparrones (mejor que gotas) sobre la hierba ya crecida, así caerá la enseñanza de Moisés sobre las mentes y los corazones de los israelitas para refrescarlos, estimularlos, confortarlos y reavivarlos. Es lluvia para bendición, que añade una tremenda responsabilidad para quien se endurece y se vuelve impermeable a la gracia (He. 6:8), y produce espinos y abrojos de maldad, en lugar de la buena cosecha de los frutos del Espíritu (Gá. 5:22–23). (A) Que el contenido de este cántico es doctrinal, ya les había pronunciado otro cántico de alabanza y acción de gracias (Éx. 15), pero éste es un himno de instrucción, porque en los himnos, salmos y cánticos espirituales, no sólo hemos de dar gloria a Dios, sino también hemos de enseñarnos y amonestarnos unos a otros en toda sabiduría (Col. 3:16). De ahí que muchos de los salmos de David lleven por título mashil = para dar instrucción. (B) Muy apropiadamente se compara esta doctrina a la lluvia y a los aguaceros que descienden de arriba para fertilizar la tierra. (C) También promete que esta doctrina fluirá como el rocío y la llovizna, que descienden silenciosamente, sin hacer ruido. Del mismo modo, la predicación que tiene mayores probabilidades de penetrar en los corazones y sacar buen provecho es la que fluye mansamente y se insinúa suavemente, como un silbo apacible y delicado, pues en él está Dios (1 R. 19:12). Los fuertes gritos y las amplias gesticulaciones suelen ser el sucedáneo estéril de un contenido claro, vivo y convincente. (D) Comporta una urgente peroración a escuchar, aceptar y cumplir.
II. También encontramos en esta porción una solemne declaración de la grandeza y de la justicia de Dios (vv. 3–4).
1. Esta declaración es como el principio y fundamento de todo el mensaje contenido en este cántico: Todos sus caminos son rectitud (v. 4). Dios queda completamente justificado (Sal. 36:6; 51:4; Jer. 12:1, etc.) en todo cuanto hace, aunque muchas veces nos parezca extraño su modo de obrar.
2. Moisés se dispone a proclamar valientemente el nombre de Jehová (v. 3), para que nunca se le ocurra a Israel la locura de cambiar este Dios admirable por los dioses falsos que son pura nada. ¡Cuán útil nos sería, tanto para prevenirnos contra el pecado, como para preservarnos dentro del camino del deber, albergar siempre un alto concepto del carácter de Dios y aprovechar toda oportunidad para expresar este concepto (v. Is. 40:21–31). Lo curioso es que, al expresar la grandeza de Dios no lo hace Moisés con una descripción de su eternidad, su inmensidad o el resplandor de su gloria arriba en los Cielos, sino muestra la fidelidad a su palabra, la perfección de sus obras en este mundo y la sabiduría y equidad de todas sus medidas de gobierno; porque en todas estas cosas es como mejor se nos manifiesta su gloria, y en ellas se nos revelan las que sirven de provecho para nosotros y para nuestros hijos (v. 4, comp. con 29:29).
A) Él es la Roca (v. 4). Nueve veces se repite en el decurso de este cántico esta figura, extraída quizá de los graníticos riscos del Sinaí y celebrada a través de los salmos de la Biblia y de los himnos de los creyentes a lo largo del tiempo y a lo ancho del espacio, como símbolo de la estabilidad firme de un Dios que no cambia y es el refugio seguro, e inaccesible al enemigo, para todo aquel que a Dios se allega en busca de perdón y de salvación por medio de Jesucristo.
B) Su obra es perfecta. No hay defecto en ella, es irreprochable, como dice el hebreo. Así lo fue la obra de su creación: muy buena (Gn. 1:31, «buena en gran manera»); así lo fue la obra de su redención, por medio del sacrificio de Jesús (He. 10:14); así lo es la obra de su providencia (Ro. 8:28). Nunca deja su obra a medio hacer (Fil. 1:6); todo lo hizo hermoso en su sazón (Ec. 3:11), de forma que sus obras no admiten, porque no la necesitan, reparación ni enmienda: sobre ello no se añadirá, ni de ello se disminuirá (Ec. 3:14). Hay muchas cosas que no entendemos, pero cuando el Señor se manifieste en el último día, la perfección de todas sus obras será evidente a los ojos de todo el mundo.
C) Todos sus caminos son rectitud. El término hebreo mishpat, que aquí traducimos por rectitud, comporta prudencia y justicia, para indicar que los objetivos de Dios son siempre rectos, y que los medios de que se vale son sabios. Es de notar que el texto no dice que los caminos de Dios (su modo de comportarse) son rectos (adjetivo), sino rectitud (sustantivo); con lo que se nos da a entender que su propio Ser Divino es rectitud, como es verdad, es luz, es amor, es vida, etc. (comp. con Jn. 14:6; 1 Jn. 1:5; 4:8, 16). Todo esto no es en Dios accidental y transitorio como lo es en nosotros, sino tan sustantivo, tan entrañado en su propia esencia, que si, por un imposible, le fallara alguno de esos benditos atributos, ello equivaldría a negarse a sí mismo (2 Ti. 2:13).
D) Él es Dios de verdad (mejor, de fidelidad; hebr. emunah) cuyas palabras comportan plena garantía, porque el que es fiel a toda prueba, ni puede mentir, ni puede faltar a sus promesas, ni hay nada ni nadie que pueda impedirle cumplir lo que ha prometido, ya sea salvación para el que le obedezca, ya sea condenación para el que le rechace.
E) No hay ninguna iniquidad en Él. El término hebreo indica más bien, injusticia. Dios nunca engaña al que confía en Él, nunca perjudica al que apela a Su justicia, nunca es duro para el que se refugia en Su misericordia.
F) Es justo y recto. Los latinos de principios de nuestra era tenían un axioma que llegó a cristalizar en el mismo Derecho Romano: Summum jus, summa injuria, que podríamos traducir: La justicia a secas puede convertirse en una gran injusticia, ya que la justicia ha de ser «humana» para ser, en verdad, justa y equitativa. En este sentido, la justicia de Dios siempre está impregnada de misericordia, hasta confundirse con ella (Dn. 9:7–9). Por eso, como decían los teólogos medievales, «Dios siempre castiga por debajo de lo merecido, y premia por encima de lo merecido». Si sustituimos el concepto de «mérito» por el de recompensa, nos acercaremos mejor a la expresión bíblica de dicho axioma.
III. Hace un cargo muy grave contra el Israel de Dios, cuyo carácter era, en todos los aspectos, el reverso del carácter del Dios de Israel (v. 5). 1. La corrupción de Israel no es suya; no puede achacarse a Dios ninguno de los pecados con que Israel se ha corrompido a sí mismo; Él es santo en todos sus procedimientos. 2. De sus hijos es la mancha. (A) Cuán deshonroso es para Dios, y cuánto daño hace al testimonio, el que sus hijos dejen tanto que desear. (B) Que los hijos de Dios tienen sus manchas mientras peregrinan por el desierto de esta vida; si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos (1 Jn. 1:8). Pero el pecado de Israel no era uno de esos actos pecaminosos que las imperfecciones del estado presente ocasionan en los creyentes más piadosos y delicados; no era una debilidad contra la cual combatiesen velando y orando, sino una perversidad hondamente arraigada en sus corazones y a la que conscientemente estaban inclinados, y hasta decididos a cometerla, puesto que: 3. Eran una generación torcida y perversa, que actuaba por espíritu de rebeldía y contradicción; hacían lo que estaba prohibido, precisamente porque estaba prohibido.
IV. Termina esta porción con una patética reconvención a este pueblo provocador, por su ingratitud: ¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante? (v. 6). 1. Les recuerda así las obligaciones que Dios les ha impuesto para que le sirvan y le sigan, puesto que había sido para ellos un verdadero Padre. ¿Y no son nuestras obligaciones, como creyentes bautizados, tan grandes o mayores hacia nuestro Creador que nos hizo, hacia nuestro Redentor que nos compró, y hacia nuestro Santificador que nos ha establecido en la vida eterna, nos ha regenerado y mora en nosotros? 2. De ahí infiere Moisés la maldad que hay en dejar a Dios y rebelarse contra Él, puesto que es: (A) Una tremenda ingratitud. (B) Una prodigiosa locura.
Versículos 7–14
Después de haber presentado a Dios como el gran Bienhechor, en general, de Israel, ahora Moisés refiere en estos versículos algunos casos de la bondad de Dios hacia ellos, y del cuidado que ha tenido de
ellos. 1. Había casos antiguos, a los que apela: Acuérdate de los tiempos antiguos (v. 7). Las historias auténticas de los tiempos antiguos son de gran provecho, en especial la historia de Israel y la historia de la primitiva Iglesia. 2. Otros casos eran más recientes y, a este respecto, apela a la memoria de sus padres y de los ancianos de Israel que todavía vivían y estaban entre ellos.
Tres son específicamente los casos de bondad de Dios hacia su pueblo Israel, a los que desciende Moisés con particular detalle:
I. La temprana designación de la tierra de Canaán para que fuese la heredad de ellos, pues ella era tipo y figura de la herencia espiritual que nosotros habíamos de tener en Cristo. Esta designación estaba determinada y preparada en los divinos designios (v. 8).
1. Que, cuando la tierra fue dividida entre los hijos de los hombres Dios tenía ya a Israel en su pensamiento, pues reservó para él una heredad proporcional a lo numeroso del pueblo actual.
2. La razón que se da del cuidado singular que Dios tuvo con su pueblo, antes de que entrase en la escena de la historia humana, razón que exalta en gran manera la bondad de Dios y obliga a un profundo agradecimiento, es que la porción de Jehová es su pueblo (v. 9). Aunque Dios es el Dueño y Señor de cielos y tierra, ha querido reservarse como heredad peculiar a Israel en un sentido mucho más íntimo que cualquier otro pueblo de la tierra.
II. Hacer de ese pueblo una nación un pueblo corporativamente bien organizado, para que estuviesen a punto para entrar en posesión de la herencia, como un primogénito llegado a la mayoría de edad, en el tiempo prefijado por el Padre. Y, en este sentido, era Canaán también tipo de nuestra herencia espiritual porque, al haber nacido de nuevo por la Palabra y el Espíritu también se nos ha adoptado por hijos mayores de edad, para que disfrutemos conscientemente de los privilegios que nos otorga la participación de la naturaleza divina, con el ingreso pleno en las actividades de la familia de Dios (Ro. 8:15–17; Gá. 4:5–7; Col. 1:12). ¡Cuánto tiempo y trabajo se necesitó para moldear a este pueblo, darle una forma bien definida, y adaptarlo a las grandes cosas destinadas para ellos en la tierra prometida!
1. Le halló en tierra de desierto (v. 10). Aquí se describe a Israel como una criatura abandonada y famélica, destinada a morir en el desierto, y a Dios se le presenta como a un viajero rico, poderoso y misericordioso, que se encuentra a esta pobre criatura, la rescata y se cuida de ella con todo cariño (v. Ez. 16:3–9). Efectivamente, Israel se hizo pueblo en el desierto, allí comienza propiamente su historia, en aquellos cuarenta años durante los cuales Dios le sostuvo con sobrenatural alimento y solícita protección sin los que necesariamente hubiese perecido por completo. Se le llama la congregación en el desierto (Hch. 7:38). Allí nació, fue criado y educado. (A) Su condición era desesperada. Era un yermo de horrible soledad (v. 10), en el que no habría podido sobrevivir por sí mismo. (B) Su natural disposición era muy poco prometedora. La mayoría de ellos eran tan ignorantes de las cosas divinas, tan estúpidos e ineptos para entenderlas, tan volubles, displicentes y antojadizos, que bien podría deducirse que habían nacido en un desierto o en una selva, y allí habían sido descubiertos.
2. Lo trajo alrededor y lo instruyó. Lo condujo por medio de la columna de nube; pero no lo introdujo directamente en la tierra de Canaán, sino que, por la incredulidad de ellos, les obligó a dar un gran rodeo y de este modo les instruyó y educó. Los que aprenden cualquier asignatura, han de tomarse el tiempo necesario para aprender bien la materia. Mediante esta escuela, les puso a prueba la fe y la paciencia, así como su dependencia de Dios, y les acostumbró a la dureza del desierto, para fortalecerles el carácter. Cada etapa comportaba alguna instrucción. Podemos imaginarnos cuán poco preparado habría estado este pueblo para entrar en Canaán, si no hubiese pasado por la dura disciplina del desierto.
3. Lo guardó como a la niña de su ojo con todo el cuidado y toda la ternura posibles, y los protegió de las malignas influencias de los elementos en un campamento al aire libre, y de todos los peligros de un inhóspito desierto. La columna de nube y fuego era guía y protección para ellos.
4. Hizo con ellos lo que el águila hace con sus polluelos (vv. 11–12). Se alude a este símil en Éxodo 19:4: «Os tomé sobre alas de águilas». Aquí se detalla mejor este símil. El águila se caracteriza por el gran afecto que muestra hacia sus polluelos, ya que los protege y provee para ellos, y enseñándoles a volar. Para ello, excita la nidada revoloteando sobre ellos, a fin de que salgan de su sopor y se lancen al espacio, no sin antes tomarlos sobre sus alas para acostumbrarlos a surcar los aires apoyados en la madre, para que aprendan así a mover las alas, y puedan hacerlo después, sin peligro, por sí mismos. De paso,
esto es un ejemplo para los padres, a fin de que sepan cómo educar a sus hijos y prepararlos para la vida, no permitiendo que se acostumbren a gustar de la ociosidad y educándoles con su ejemplo a seguir el camino recto y volar siempre hacia las alturas. Esto es lo que hizo Dios con Israel; cuando estaban ya acostumbrados a la esclavitud, y poco inclinados a dejarla, los excitó por medio de Moisés, a que aspiraran a la libertad. Los sacó de Egipto, les condujo a través del desierto, y ahora los puso a las puertas de la tierra prometida.
III. Los estableció en una buena tierra. Esto ya estaba realizado en parte, con la feliz instalación de las dos tribus y media, anticipo de lo que segura y rápidamente iba a hacerse con el resto de las tribus, que habían de disfrutar de gran abundancia de todo lo bueno: Miel de la peña, y aceite del duro pedernal (v. 13). Incluso de las rocas les había dado miel, y del terreno silicoso de Palestina emergían abundantes olivos. Pastos y ganados, mieses y viñedos de aquella tierra del otro lado del Jordán, eran ya proverbiales por su exquisita calidad. Todo ello es, una vez más, tipo y figura de las abundantes y valiosísimas riquezas que en Cristo poseemos nosotros, especialmente el pan de su cuerpo, el vino de su sangre y el aceite de su Espíritu.
Versículos 15–18
En esta porción tenemos una descripción de la apostasía de Israel, al abandonar a su Dios, hecho que iba a suceder en breve, y a lo que ya estaban de antemano inclinados. Aquí tenemos dos ejemplos notables de tal perversidad.
I. La abundancia y la prosperidad iban a ser, como suele suceder, ocasión de suficiencia y sensualidad, de orgullo e insolencia y otros abusos (v. 15). Irónicamente se llama a Israel Jesurún, que significa el Recto (comp. con v. 5 e Is. 44:2). Se dice que tiró coces como buey bien engordado, que se vuelve intratable y se niega a llevar el yugo de su amo, se atrevió a tirar coces contra el mismo Dios, incluso en medio del dolor que produce el cocear contra el aguijón de una evidencia que hiere porque confunde (Hch. 9:5), al par que enfurece. Con esta misma furia, persiguieron los israelitas a los profetas que Dios les enviaba y con esta misma furia llevaron a la Cruz al mismo Hijo de Dios.
II. El otro ejemplo notable de su apostasía fue la idolatría. Fue precisamente la idolatría la que les llevó a abandonar al Dios verdadero, pues al querer seguir sus propios caminos y al hacerse 2amantes de novedades, se hastiaron de servir y adorar al único Dios verdadero.
1. Los versículos 16–17 nos describen la clase de dioses a los que siguieron y ofrecieron sacrificios, después que abandonaron al Dios que los había creado. Los servicios que debían haber ofrecido a Dios, los ofrecieron: (A) A dioses ajenos (v. 16), que nada habían hecho por ellos, y para quienes eran unos desconocidos. (B) A nuevos dioses venidos de cerca; es decir, recientemente inventados o importados. ¡Un dios nuevo! ¿Cabe un absurdo más monstruoso? ¡O es el Dios eterno, o no es dios de ninguna clase! (C) No eran dioses en modo alguno, sino pura invención humana, obra de artífices, que de un leño sacaban un dios y con el resto se calentaban al fuego (v. Is. 44:19). (D) Más aún; eran abominaciones (v. 16) y demonios (v. 17). El término shedim, usado aquí para «demonios», transcribe el asirio shidu con el que se designaba a las imágenes de los semidioses encarnados en figuras de animales enormes, con las que se decoraban los frontispicios o las escalinatas de los palacios.
2. ¡Qué gran afrenta era esto para Jehová su Dios! (A) Suponía olvido imperdonable del que era la Roca de su defensa, seguridad y protección: De la Roca que te creó te olvidaste (v. 18).
(B) Suponía menosprecio; la ofensa mayor que puede inferirse. El amor y el odio son pasiones extremas en las que el movimiento pendular de la psicología humana hace pasar, con cierta frecuencia, del uno al otro; pero la indiferencia es algo que nadie puede soportar, porque equivale a negar prácticamente la existencia del ser menospreciado.
Versículos 19–25
Las estancias de este cántico siguen el mismo curso que las predicciones del capítulo anterior.
I. Dios se había deleitado en ellos, pero ahora los iba a rechazar. Nótese que cuanto más cerca de Dios se halla alguien en la profesión de su fe, tanto más desagradable resulta para Dios si se mancha con los pecados del mundo (Sal. 106:39–40; Stg. 1:27b).
II. Les había dado abundantes pruebas de Su presencia en medio de ellos, y de Su gracia y favor para con ellos; pero ahora se iba a retirar de en medio de ellos: Esconderé de ellos mi rostro, los dejaré de mi mano y de mi favor (v. 20), y contemplaré impávido su fin; veré en qué vienen a parar. 1. Porque son una generación perversa, es decir que escapan de la verdad y de lo recto, perversos. 2. Hijos infieles, desleales a un Padre tierno y amante, gente que no es de fiar.
III. Dios había hecho todo lo posible para hacerles fácil el camino de la obediencia (v. Is. 5:4), pero ahora, como suele decirse, «en el pecado van a llevar la penitencia», el pecado les alcanzará. 1. Ellos habían provocado a celos a Dios con dioses que no merecen el nombre de dioses. 2. Dios los iba a provocar a celos por medio de pueblos que no merecen el nombre de pueblos así de despreciables eran los enemigos que, en manos de Dios, habían de ser los instrumentos de su ira. Cuanto más viles fuesen los enemigos que les tiranizasen, más bárbaro y cruel sería el yugo que les impusieran. Dice un proverbio inglés: Nadie tan insolente como un menesteroso a lomo de caballo. Y en nuestro país se dice: No hay peor amo que el pobre llegado de pronto a rico; o no hay peor ama que la criada que llega a ser señora.
IV. Los había instalado en una tierra óptima y los había llenado de toda cosa buena, pero ahora iba a amontonar males sobre ellos (v. 23), hasta llevarlos a la más completa ruina. Los castigos con que les amenaza específicamente son: 1. Hambre. 2. Peste. 3. Ataque de parte de las bestias: Diente de fieras enviaré sobre ellos (v. 24). 5. La guerra, con todas sus fatales consecuencias (v. 25).
Versículos 26–38
Después de tan terribles amenazas de una ira y de una venganza bien merecidas, nos encontramos en esta porción con sorprendentes insinuaciones de misericordia, de una misericordia no merecida (o, mejor, desmerecida), la cual prevalece contra el juicio, y por ella se echa de ver que Dios no se deleita en la muerte del impío, sino más bien en que se convierta y viva (Ez. 33:11).
I. Celoso de su honor, no acabará del todo con ellos (vv. 26–28). La misericordia va a prevalecer para reservarse un remanente y salvar de la destrucción total a un pueblo indigno: De no haber temido la provocación del enemigo los habría destruido por completo; pero no podía tolerar que ello envalentonase a los enemigos de Israel (que eran también enemigos de Dios). No necesitó que Moisés se lo recordase ahora, como cuando le dijo: ¿Qué dirán los egipcios? (Éx. 32:12 y otros lugares). Por mucho que merezcamos ser privados del favor de Dios, Él nunca dejará en mal lugar el trono de su gloria.
II. Preocupado por el bienestar de ellos, desea ardientemente que se conviertan. Dios no se complace en la ruina de los malvados, sino que desea que vuelvan en sí y echen por el buen camino; y, en el momento en que se vuelven a Él, les ayuda a caminar y los acoge favorablemente. Si el pecador reflexionase atentamente, con toda seriedad, lo que ha de ser de él por toda la eternidad, no tardaría en volverse a Dios. En esta porción se trata directamente de los enemigos de Israel (vv. 28–29), que no se dan cuenta de lo que se dice en los versículos 30–31. Así lo ha entendido siempre la exégesis rabínica, y es la más probable, no obstante las referencias de nuestras Biblias.
III. Les explica cuál ha sido el motivo por el cual han sido vencidos a veces por los enemigos, y lo habían de ser también en lo futuro, por su infidelidad. Si Jehová no hubiese abandonado a su pueblo, ¿cómo podría un gentil idólatra perseguir a mil israelitas, y dos hacer huir a diez mil? (v. 30). Sólo fue posible porque Jehová mismo se convirtió en enemigo de su pueblo (v. Is. 63:10). Dios habría sometido rápidamente a los enemigos de Israel, si no hubiese sido por la perversidad de éste (Sal. 81:14). Al fin y al cabo, la roca de los enemigos, su protección y refugio (sus ídolos), no era como la Roca de Israel, y los propios enemigos habían sido jueces (no tenían más remedio que dictaminarlo) de que las maravillas que Jehová había hecho por Israel no tenían paralelo (Éx. 14:25). Si los presentes y futuros enemigos de Israel no fuesen insensatos (vv. 28–29), se darían cuenta de esta realidad, y no se atribuirían a sí mismos una
gloria que no les pertenece; si derrotaban a Israel, no era por su propia fuerza, sino porque Dios había abandonado de momento a su pueblo.
IV. Pero esta situación no va a durar para siempre. Dios resuelve, al fin, destruir a los que habían perseguido y oprimido a Israel.
1. Por el sumo desagrado con que ve la perversidad de ellos (vv. 32–33). No se le escapa a Dios el recuerdo de esta perversidad, porque la tiene escrita, sellada y bien guardada en sus archivos (v. 34) y, cuando llegue su tiempo, les retribuirá conforme a su maldad (v. 35). Que no piense el pecador que su maldad pasa desapercibida para Dios. De la misma manera que Dios atesora con todo cariño, en su redoma, las lágrimas de los suyos (Sal. 56:8), así también guarda en reserva, para el día de la ira, el castigo que el propio pecador está atesorando para sí (Ro. 2:5).
2. Por la suma compasión que siente hacia su pueblo. Es cierto que Israel ha provocado mucho y constantemente a Jehová, pero sigue siendo su pueblo, y la propia miseria de Israel apela a la misericordia de su Dios (v. 36). Esto apunta claramente a las liberaciones que Dios obró en favor de Israel, por medio de los jueces, y los sacó de las manos de aquellos a quienes los había vendido por sus pecados (Jue. 2:11–18), pues Dios fue movido a compasión a causa del sufrimiento de Israel (Jue. 10:16). Cuando la fuerza del pueblo estaba ya agotada (v. 36), Dios prestó su ayuda amorosa y todopoderosa a quienes ya no podían en modo alguno ayudarse a sí mismos.
3. Por su desprecio y aborrecimiento a los dioses falsos (vv. 37–38): ¿Dónde están sus dioses? (v. 37). De dos maneras se puede entender este apóstrofe: (A) Que Dios haría por su pueblo lo que los dioses falsos no podían hacer por sus adoradores. (B) Que Dios haría contra los enemigos de Israel lo que los dioses de sus enemigos no podían hacer para librarles de las manos de Jehová. Senaquerib y Nabucodonosor desafiaron osadamente al Dios de Israel a que librara a sus adoradores (Is. 37:10; Dn. 3:15), y los libró para confusión de sus enemigos. En cambio, el Dios de Israel retó a Bel y a Nebó, a sus sacerdotes y hechiceros, a que librasen a sus adoradores, a levantarse para ayudarles y protegerles (Is. 47:12–13); pero lejos de protegerlos, ellos mismos, es decir, sus imágenes, que constituían todo su ser, tuvieron ellos mismos que ir en cautiverio (Is. 46:1–2).
Versículos 39–43
Esta conclusión del cántico de Moisés nos habla de tres cosas:
I. De la gloria de Dios (v. 39). Aquí el gran Dios de Israel demanda para sí: 1. La gloria de su autoexistencia: Sólo yo soy (hebr. Yo, sí, yo, él). Esto significa directamente que Jehová es el único Dios verdadero, pero no podemos menos de ver en esta expresión un eco de aquel YO SOY EL QUE SOY (Éx. 3:14), con que se había manifestado a Moisés desde la zarza ardiendo. Como si dijera: «Yo soy el que siempre he sido, el que soy, el que he prometido ser, el que he amenazado con ser; siempre fiel a mí mismo y a mi palabra». El Targum de Uzzielides lo parafrasea así: «Cuando la Palabra de Dios se revelará para redimir a su pueblo, dirá a todas las gentes: Ved que ahora soy lo que soy, y lo que he sido, y yo soy lo que seré». Nosotros sabemos muy bien cómo aplicarlo al que dijo a Juan: Yo soy el que es y que era y que ha de venir … el primero y el último (Ap. 1:8, 17). Estas palabras: «Yo soy» las encontramos con frecuencia en los capítulos de Isaías en que Dios está animando a su pueblo a esperar ser liberados de la cautividad de Babilonia (Is. 41:4; 43:11, 13, 25; 46:4). 2. La gloria de su supremacía única: No hay ningún otro dios conmigo (v. 39); ni para ayudarme, porque no los necesito; ni para acompañarme, porque no están a mi altura (v. Is. 43:10–11). 3. La gloria de su absoluta soberanía y universal providencia: Yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano. 4. La gloria de un poder irresistible: Y no hay quien pueda librar de mi mano.
II. Del terror que invadirá a sus enemigos (vv. 40–42). Terror, sí, para quienes odian a Dios, como son todos los que sirven a otros dioses, los que persisten en su voluntaria desobediencia a la ley divina, y que dañan y persiguen a los fieles siervos de Dios. A fin de darles la voz de alarma para que se arrepientan a tiempo: 1. La sentencia divina se ratifica con un juramento: Alzo al cielo mi mano, y digo: Vivo yo para siempre (v. 40). Alza las manos al Cielo, domicilio de su santidad y majestad; era una antigua y corriente fórmula de juramento (v. Gn. 14:22). Permanecer en el odio a Dios (v. 41c) es el
colmo del pecado, pues acarrea una ruina total. 2. La justicia divina se prepara para la ejecución de la sentencia: Cuando afile mi espada reluciente (v. 41; v. Sal. 7:12). 3. La ejecución misma de la sentencia será terrible en gran manera (v. 42).
III. Del consuelo y ánimo para su pueblo: Alabad, naciones, a su pueblo (v. 43). Concluye su cántico Moisés con palabras de gozo; porque en Israel hay un remanente al que espera un final dichoso. El pueblo de Dios tendrá gozo al fin, y lo tendrá para siempre; su liberación será perpetua; tanto que Moisés convoca a todas las naciones a que se unan a Israel en su canto de liberación. Tres cosas se mencionan en particular como motivo de gozo para el pueblo: 1. El ensanchamiento de las fronteras del Israel de Dios. Por eso el Apóstol Pablo, citándolo de los LXX, aplica a la conversión de los gentiles las primeras palabras de este versículo. «Alegraos, gentiles, con su pueblo» (Ro. 15:10). 2. La vindicación de la sangre de los suyos, derramada por manos de sus adversarios: Hará expiación por la tierra de su pueblo (v. 43c). Aquí la Tierra Prometida aparece empapada por la sangre inocente de israelitas injustamente masacrados. 3. Implícita va la gloriosa manifestación de misericordia en favor de su pueblo al que va a otorgar una liberación completa y definitiva. Esta será también la suerte final de cuantos le teman y le sirvan.
Versículos 44–52
I. La solemne recitación de este cántico a oídos del pueblo (vv. 44–45). Parece ser que Moisés leyó una parte del cántico a una parte del pueblo, y Josué leyó otra a otra parte del pueblo. Así ambos, el líder que iba a morir y el que le iba a suceder, tomaron parte en esta recitación solemne. El texto dice Oseas, que era el nombre anterior de Josué (v. Nm. 13:8, 16). Dice el rabino Sifri: «¿Por qué se llama aquí Oseas a Josué? Para mostrar su modestia. Aunque estaba a punto de asumir sus funciones como nuevo líder de Israel, nombrado por Dios mismo, él se consideraba a sí mismo todavía como el humilde joven que era en los días de su oscuridad».
II. Sigue un encargo muy serio que Moisés les hace de que recuerden bien éstas y todas las demás palabras que les había dicho.
1. Los deberes que les impone son: (A) Que guarden con toda diligencia las palabras que les ha testificado (v. 46), como si les dijera: «Ligad vuestros corazones a estas leyes; recordad bien, tanto las promesas como las amenazas; tened en cuenta, tanto las bendiciones como las maldiciones, y ahora, atended bien a este cántico». (B) Que transmitan fielmente todas estas cosas a sus descendientes. Quienes disfrutan de los favores de Dios, necesariamente han de desear para los suyos unos favores semejantes.
2. Los argumentos que usa para persuadirles a cumplir todas las palabras de la ley y perseverar en el temor y servicio del verdadero Dios: (A) La gran importancia de las cosas mismas que les encarga: No os es cosa vana; es vuestra vida (v. 47; v. Lv. 18:5; Dt. 30:19; Jn. 6:63, 68; 12:50). No es algo indiferente, sino de absoluta necesidad. (B) El gran beneficio que les reportaría: Por medio de esta ley haréis prolongar vuestros días en Canaán, tipo de la promesa de vida eterna que Cristo asegura para los que guarden los mandamientos de Dios (Mt. 19:17).
III. Moisés recibe instrucciones de Dios respecto de su muerte. Ahora que este relevante testigo de Dios ha terminado su testimonio, debe ir al monte Nebó a morir (vv. 48–49). Había cumplido su tarea ¿para qué seguir en este mundo? (v. 2 Ti. 3:6–8). Es cierto que anteriormente había rogado a Dios que le permitiese pasar el Jordán y ver aquella hermosa tierra que iban a poseer los hijos de Israel (3:25). No iba a pasar, pero la había visto, y había quedado satisfecho y ya no volvió a hablar a Dios de tal asunto, de acuerdo con el ruego de Dios: No me hables más de este asunto (3:26). 1. Aquí Dios vuelve a recordarle el pecado del que Moisés había sido culpable, y por el que había quedado excluido de entrar en Canaán (v. 51). El pecado había sido tanto más grave cuanto que había sido cometido en medio de los hijos de Israel. Moisés había engrandecido el nombre de Dios ante Faraón y ante los demás enemigos de Israel, pero había dado mal testimonio en medio del propio pueblo de Dios. 2. También le recuerda la muerte de su hermano Aarón (v. 50), para que pueda familiarizarse mejor con la muerte, después de haber sido testigo de ella en la persona de su hermano. 3. Le hace subir a un monte, al pico de Nebó que destaca en la cadena montañosa de Abarim, para que vea la tierra de Canaán antes de morir. Ya la había visto antes (3:27), pero ahora le sería de gran provecho y consolación, porque si el recuerdo de su pecado le hacía ver más terrible el momento de su muerte, la visión que Dios le otorgaba de Canaán tendía a serenarle, al ser ésta una clara señal de que Dios le había reconciliado consigo y de que, si el pecado le había cerrado las puertas del Canaán terrenal, no le había privado de aquella patria mejor (He. 11:16), que sólo por la fe se puede vislumbrar en este mundo.
Todavía no había terminado Moisés todas sus funciones con los hijos de Israel. Les había echado un sermón de despedida; después del sermón, les había recitado un salmo o cántico; sólo queda ahora despedirlos con una bendición; la pronuncia en el presente capítulo, y así se parte de ellos.
Versículos 1–5
Las primeras palabras del primer versículo nos dan el título del capítulo: es una bendición. En el capítulo anterior, había lanzado los truenos terroríficos de la ira de Dios contra Israel por su pecado. Ahora, para que no parezca que se marcha a la muerte airado, termina con una bendición. Así también, lo último que el Señor hizo al subir a los Cielos fue bendecir a sus discípulos (Lc. 24:50), como quien se despide de amigos. Moisés los bendijo: 1. Como profeta—varón de Dios—(v. 1, comp. con 1 S. 9:6). 2. Como un padre de Israel, como lo son los buenos reyes para sus súbditos. Así bendijo Jacob a sus hijos en su lecho de muerte (Gn. 49:1), de acuerdo con cuyo ejemplo Moisés bendice aquí a las tribus que descendían de ellos. Les desea toda felicidad, aunque él no ha de participar de ella porque va a morir pronto—antes de morir—; probablemente el mismo día de su muerte (v. Gn. 27:7).
Comienza su bendición con una elevada descripción de las manifestaciones gloriosas que Dios les había hecho de sí mismo al darles la Ley; también describe el honor y el provecho que Dios les había otorgado con su santa Ley.
I. Fue una visible y radiante manifestación de la majestad divina, suficiente para convencer y silenciar para siempre a incrédulos y ateos, para despertar y avivar a los más indolentes y negligentes, y para sacar a pública vergüenza todas las secretas inclinaciones hacia otros dioses (v. 2). Su escolta era gloriosa; vino con sus miríadas de santos, o con sus santas decenas de millares (las huestes angélicas que hacen guardia a su Trono Celeste), como había profetizado Enoc muchos siglos antes, que había de venir en el último día a juzgar al mundo (Jud. v. 14). Por eso leemos que la Ley fue dada por disposición de ángeles (Hch. 7:53; He. 2:2), aun cuando también puede tratarse de la sustitución de la teofanía por una angelofanía («El ángel de Jehová» podría tener aquí una de sus manifestaciones; comp. Jn. 1:17).
II. Les dio Dios esta Ley, la cual: 1. Es llamada ley de fuego (v. 2), porque fue dada de en medio del fuego (4:33). En sentido espiritual, puede también decirse de fuego, porque actúa como el fuego: si se recibe, derrite, calienta, purifica, y quema la escoria de corrupción; si se la rechaza, endurece, seca, atormenta y destruye. El Espíritu Santo descendió en lenguas como de fuego (Hch. 2:3), porque el Evangelio es también un mensaje de fuego que calienta los corazones iluminados por la Palabra. 2. Se dice que la llevaba a su mano derecha, para denotar el poder y la energía de la Ley, y la fuerza divina de que está investida, para que no vuelva a Él vacía. Vino como un buen regalo para ellos; un precioso regalo, un don de la mano derecha. 3. Era un ejemplo del cariño especial con que les amaba: De cierto ama a su pueblo (v. 3). Por eso, aunque era una ley de fuego, era para ellos, como añade el hebreo al final del versículo 2, es decir, a favor de ellos. La Ley de Dios escrita en el corazón (Ro. 2:15), es evidencia cierta del amor que Dios ha depositado allí, por eso, hemos de tener a la Ley de Dios como uno de los dones de su gracia, por más que en la Biblia no se le llame a la Ley gracia, sino que, antes bien, se la contrapone claramente a ella (Ro. 6:14). Todos los consagrados estaban en tu mano (v. 3). Ya se trate de los santos de Israel o de todas las naciones, lo cierto es que los hijos de Dios están cubiertos y protegidos por la mano de Dios (comp. Ap. 1:16).
III. Los dispuso convenientemente para recibir la Ley que les daba. Estaban sentados a tus pies (como dice el hebreo; v. 3), como discípulos a los pies del maestro, para recibir instrucción, y en actitud
de atención, humildad y reverencia. Así estuvo Israel al pie del Sinaí, y prometió oír y hacer cuanto Dios le mandase. Esa era entonces su buena disposición, como lo fue cuando Josué volvió a leerles la Ley (Jos. 8:34).
1. Se les enseña a hablar de la Ley con gran respeto, llamándola heredad a la congregación de Jacob (v. 4). No dice herencia, que podría entenderse como algo que ellos podrían gastar y consumir, sino heredad, como un patrimonio vinculado a la familia, inalienable, que ha de pasar sin falta de padres a hijos.
2. Se les enseña a hablar de Moisés con gran respeto; y estaban tanto más obligados a guardar con respeto su nombre, cuanto que él no había provisto para que se guardase en su familia; así vemos que sus descendientes nunca son llamados los hijos de Moisés, mientras que los sacerdotes son llamados los hijos de Aarón.
Versículos 6–7
I. La bendición a Rubén. Aunque Rubén había perdido el honor de la primogenitura, sin embargo Moisés comienza por él (v. 6), ya que no hay que ensañarse con el caído, ni desear a nadie las marcas de una infamia perpetua. Moisés desea y predice: 1. La preservación de dicha tribu, allá al otro lado del Jordán, tan expuesta a los ataques de sus vecinos. 2. Lo numeroso de su descendencia si se traduce: Y no sean pocos sus varones. La traducción más probable es: Viva Rubén, y no muera, al hacerse pocos sus varones. Parecida a esta traducción, es la que da el obispo Patrick: Aunque sean pocos sus varones. Lo cierto es que la tribu de Rubén fue muy a menos con el paso del tiempo; en tiempo de Moisés, sus varones en edad militar eran 46.500 (Nm. 1:21), en el segundo censo, habían descendido a 43.730 (Nm. 26:7); y en tiempo de David, gran parte de su territorio fue conquistado por los moabitas. Sin embargo, en Apocalipsis 7:5, conservan su correspondiente cuota de 12.000 sellados, mientras que la tribu de Dan desaparece allí del recuento. Lo curioso es que todas las paráfrasis caldeas de Deuteronomio 33:6 refieren esta bendición al otro mundo: Viva Rubén en la vida eterna, y no muera en la segunda muerte—dice la paráfrasis de Onkelos—. Y la de Jonatán, junto con el Targum de Jerusalén dicen: Viva Rubén en este mundo, y no muera la muerte, que los malvados mueren en el mundo venidero.
II. La bendición a Judá, que es antepuesto a Leví (en Ap. 7:5, va en cabeza Judá) porque el Señor había de surgir de Judá. Esta bendición no se puede entender, si no se tiene en cuenta la historia de la conquista de Canaán. 1. Llévalo a su pueblo. Para entender esta oración, es preciso recordar que Judá fue el primero en emprender la conquista de Canaán, de tal modo que, durante algún tiempo, el territorio conquistado por dicha tribu fue un enclave, rodeado de cananeos por todas partes. De ahí la oración para que sea reunido a las demás tribus. 2. Sus manos le basten. Necesita la ayuda especial de Dios, ya que va a luchar, él solo, la lucha de todo Israel. 3. Es de notar la omisión de Simeón. Hay quienes piensan que ello se debió a que Jacob, en su lecho de muerte, maldijo a Simeón y a Leví (Gn. 49:5–7); pero, mientras Leví puso mucho de su parte para recobrar su honor (y su mayor honor, sin duda, fue que de él descendían Moisés, Aarón y María), Simeón no hizo nada que le liberase del reproche. Fue disminuido en el desierto más que ninguna otra tribu, y de esa tribu procedía el malvado Zimrí, tan escandalosamente culpable en el enojoso incidente de Baal-peor (Nm. 25:6–15). Sin embargo, es más probable que la omisión de Simeón se deba a que las heredades de Simeón consistían en sólo unas 19 ciudades desconectadas entre sí y diseminadas por todo el territorio de Judá (Jos. 19:2–9), del que llegó a ser como un apéndice.
Versículos 8–11
Al bendecir a la tribu de Leví, Moisés se extiende algo más, no tanto por ser él de esa tribu (pues no menciona su relación cor ella), cuanto por ser la tribu de Dios. La bendición a Leví hace referencia:
I. Al sumo sacerdote, llamado aquí varón piadoso tuyo (v. 8) porque su oficio era de piedad y santidad, en señal de lo cual llevaba escrito sobre su frente, en la lámina de oro de su mitra, SANTIDAD A JEHOVÁ. 1. Hay quienes piensan que la mención de Meribá podría significar que Dios podía haber destituido justamente a Aarón (y a su posteridad) del oficio sacerdotal a causa de su pecado (Nm. 20:12),
pero es mucho más probable la opinión sostenida por los rabinos y por la mayoría de los exegetas cristianos de que, por el contrario, apela al celo y a la fidelidad de Aarón (y del propio Moisés), cuando la piedad de los dos grandes hijos de Leví que puesta a severa prueba en Massá (Éx. 17:1–7) y Meribá (Nm. 20:1–13). Todas las paráfrasis caldeas están de acuerdo en que, durante aquellas pruebas, Leví fue encontrado perfecto (íntegro) y fiel. 2. Ruega que el oficio del sumo sacerdote sea permanente: Tu Tumim y tu Urim sean con él (hebr. para él); como si dijese: «No dejes que le sean arrebatados». Se le habían dado para un servicio eminente, como era el consultar la voluntad de Dios, lo cual era propio del santo de Dios (Sal. 106:16) y quizá se aluda a esto en Malaquías 2:5. A pesar de esta bendición, los Urim y Tumim se perdieron en la cautividad de Babilonia, y no se encuentran restaurados jamás en el segundo Templo. Si atendemos al significado de los términos, Tumim significa integridades; y Urim iluminaciones, así que la bendición de Moisés, en forma de plegaria vendría a decir: «Señor, haz que el sumo sacerdote sea siempre un hombre íntegro y sabio». Es una oración muy apta para ser elevada en favor de los ministros del Evangelio, para que tengan mente clara y corazón honesto; la luz y la sinceridad hacen completo a un ministro de Dios.
II. A los sacerdotes inferiores a los levitas (vv. 9–11).
1. Ensalza el celo por Dios de esta tribu, cuando se situaron del lado de Moisés (y, por tanto, del de Dios) contra los adoradores del becerro de oro (Éx. 32:26 y ss.). Todos aquellos que, no sólo se conservan puros de las iniquidades comunes en los lugares y tiempos en que viven, sino que, en la medida de sus posibilidades, testifican contra ellas y se ponen de parte de Dios contra los malhechores, recibirán del Señor especiales distinciones honoríficas. Quizá tenía Moisés en su mente en este momento a los hijos de Coré, que rehusaron unirse a su padre en la rebelión que éste provocó (Nm. 26:11). También a Fineés, que ejecutó justicia, e hizo cesar la mortandad (Nm. 25:8).
2. Confirma la comisión encargada a esta tribu de ministrar en las cosas santas, lo cual fue una recompensa a su celo y fidelidad (v. 10). (A) Ellos habían de encargarse de instruir al pueblo en las cosas de Dios: «Ellos enseñarán tus juicios a Jacob y tu ley a Israel, tanto en calidad de predicadores en las asambleas religiosas ya que leyeron y explicaron la Ley (Neh. 8:7–8), como en calidad de jueces, al decidir los casos complicados y difíciles que el pueblo les presentase» (2 Cr. 17:8–9). (B) También habían de encargarse de propiciar a Dios a favor del pueblo, quemarían el incienso para alabanza y gloria de Dios, y ofrecerían sacrificios para hacer expiación por el pecado y obtener el favor divino. Esto era oficio de los sacerdotes, pero los levitas les asistían en todo ello.
3. Ruega por ellos (v. 11): (A) Para que tengan fuerza y eficacia en su labor: Bendice, oh Jehová, lo que hagan, y recibe con agrado la obra de sus manos. Pide para ellos capacidad suficiente para el desempeño de sus obligaciones, y aceptación del oficio que realizan por el honor de Dios y el servicio del pueblo. (B) Pide también que les proteja contra sus enemigos, de los que les aborrezcan como había sido el caso de Coré (Nm. 16). «Los lomos» indica la sede del vigor corporal.
Versículos 12–17
I. En el versículo 12 tenemos la bendición a Benjamín. La bendición de éste viene inmediatamente después de la bendición a Leví, porque el Templo, donde se ejercía el oficio sacerdotal, estaba sobre el límite rocoso de la tribu de Benjamín, aunque los atrios del Templo estaban ya sobre el territorio de la tribu de Judá. Se le pone delante de la bendición a José, en parte por la preeminencia de Jerusalén (parte de la cual pertenecía a Benjamín) sobre Samaria, donde residía la tribu de Efraín; y en parte también, porque Benjamín se adhirió a la casa de David y al Templo de Jehová cuando las diez tribus desertaron para unirse a Jeroboam. 1. A Benjamín se le llama aquí el amado de Jehová porque el patriarca de esta tribu era el amado de Jacob, el hijo de su mano derecha, que es lo que Ben-jamín significa (Gn. 35:18). Moisés ve en el cariño de Jacob hacia su hijo menor, un reflejo del amor de Dios hacia su tribu. Saúl, el primer rey de Israel, y Pablo el gran Apóstol de los gentiles, eran de esta tribu. 2. Le es asegurada la protección divina: Lo cubrirá siempre, como con un dosel de protección. 3. Se dice que Dios morará entre sus hombros, con lo que se insinúa que, como hemos dicho antes, el Templo estaría situado sobre el borde del territorio de Benjamín, como se deduce de Josué 18:16, 28. El monte Sion de Jerusalén estaba sobre el territorio de Judá, pero el monte Moria estaba situado en su mayor parte sobre el territorio de Benjamín. Por eso, se dice que Dios morará entre sus hombros, como lo hace la cabeza de un hombre ya
que el Templo estaría situado sobre aquel lado del monte. Es de notar que Josué emplea el mismo vocablo usado aquí como «hombro», al aludir a ese «lado» (Jos. 15:8).
II. La bendición a José, que incluye tanto a Manasés como a Efraín. En la bendición de Jacob (Gn. 49), la de José es la más amplia, y también lo es aquí, y de allí toma Moisés prestado aquí el título que da a José, de que es príncipe entre sus hermanos (v. 16). Sus hermanos le odiaron y le vendieron por esclavo, pero Dios le distinguió haciéndole príncipe.
1. Bendice a José con gran abundancia (vv. 13–16). En general: Bendita de Jehová sea tu tierra (v. 13). Ya eran muy fértiles los territorios que les habían caído en suerte a Efraín y a Manasés pero Moisés ora todavía para que sean regados con las bendiciones de Jehová.
A) Enumera muchos detalles por los que ora que contribuyan a la riqueza y abundancia de estas dos tribus. Ora: (a) Por el sol y la lluvia, lo mejor de los cielos, dones tan preciosos, aunque no los apreciemos por ser tan corrientes, que sin ellos no habría frutos de la tierra; (b) por el rocío, que cae manso y calladamente sobre la tierra, mencionado también por Isaac en la bendición de primogenitura dada a Jacob (Gn. 27:28); (c) por múltiples fuentes de aguas, que ayudan a fertilizar la tierra, llamadas aquí el abismo que está abajo; (d) por las benignas influencias de los cuerpos celestes (v. 14): Con los más escogidos frutos del sol, madurados por la fuerza vivificante del sol; y lo que brota a cada luna, es decir, el fruto y la vegetación que corresponde a las sucesivas estaciones; (e) por el fruto de los montes y de los collados (v. 15), que en otros países estaban secos y estériles; (f) y con las mejores dádivas de la tierra y de su plenitud (v. 16); es decir, con los preciosos productos de las llanuras y de los valles.
B) Corona todas estas bendiciones, con la de la benevolencia y aceptación del que habitó en la zarza (v. 16), esto es, de Jehová que se apareció a Moisés en la zarza que ardía y no se consumía (Éx. 3:2–10), en señal de que era el Redentor de Israel, que refina a su pueblo, pero no lo consume del todo, y por eso enviaba a Moisés con la comisión de sacar a Israel de la esclavitud de Egipto. Aunque la gloria de Dios se manifestó en la zarza por un poco de tiempo se dice aquí la gracia del que habitó en la zarza literalmente: la buena voluntad (hebr. ratsón, comp. con Is. 60:10; Lc. 2:14 y Fil. 2:13, donde las versiones hebreas emplean dicho vocablo para verter el griego eudokía) de la shekinah en la zarza. Muchas veces se apareció Dios a Moisés, pero ahora que Moisés está a punto de morir, parece tener el más agradable y memorable recuerdo de aquella primera vez que se le apareció; cuando comenzó su comunicación más íntima con Dios fue un tiempo de amor jamás olvidado. Así que, al orar por la buena voluntad del que habitó en la zarza, tiene en cuenta el pacto que fue renovado entonces allí, en el cual estaban fundadas todas las esperanzas de Israel, como las nuestras están fundadas en el pacto de la redención en Cristo (2 Co. 5:19).
2. Bendice a José también con gran poder (v. 17). Aquí se predicen tres aspectos de este poder: (A) Su autoridad sobre sus hermanos: Como el primogénito de su toro es su gloria; se entiende de un toro joven, que era símbolo de la fortaleza, con lo que impone temor por su porte majestuoso, por lo cual era antiguamente emblema de la majestad real. (B) La fuerza que Efraín tendrá (pues a él, como primogénito legal de José, se refiere todo esto) contra sus enemigos, y las victorias que conseguirá sobre ellos: Sus astas como astas de búfalo; con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los confines de la tierra; es decir, su fuerza será formidable e irresistible, como la del re’em, especie de búfalo ya extinto del que se habla en Números 23:22. (B) Lo numeroso de su pueblo, en lo cual Efraín excedía con mucho a su hermano Manasés, ya que había sido ya predicha esta superioridad por Jacob, cuando después de cruzar las manos y bendecir a Efraín como a primogénito, a pesar de ser Manasés el mayor, dijo: Pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia formará multitud de naciones (Gn. 48:19). Aquí Moisés especifica la superioridad numérica de Efraín, y dice: Tales son los diez millares de Efraín, y tales son los millares de Manasés.
Versículos 18–21
I. Tenemos juntas las bendiciones de Zabulón y de Isacar, porque ambos eran hijos de Jacob por Lea, y sus territorios en Canaán eran contiguos; de ellos se predice:
1. Que ambos habrían de disfrutar de una residencia ventajosa y de un quehacer próspero (v. 18). Zabulón debe alegrarse, porque tendrá motivos para ello; y Moisés ruega para que Zabulón tenga éxito en
sus salidas, ya que había de ser tribu de hombres de acción y negociantes. Ya Jacob había señalado que Zabulón sería puerto de naves (Gn. 49:13). En cambio, Isacar había de alegrarse en sus tiendas, con vida pacífica y tranquila, dedicado a la agricultura, a la consideración de la naturaleza y a la reflexión sobre las cosas del espíritu. En 1 Crónicas 12:32 vemos que los hombres de Isacar habían sido los maestros espirituales de Israel. Por eso, el Talmud interpreta tiendas como «hogares para el estudio de la Ley». (A) Que la providencia de Dios al disponer las diversas residencias de los hombres a unos en las ciudades y a otros en las aldeas de la campiña, a unos en los puertos de mar y a otros en tierra adentro, prepara sabiamente las inclinaciones y aptitudes humanas para los diferentes oficios y quehaceres. La inclinación, el temperamento y las aptitudes diversas llevan a uno a enfrascarse en los libros, a otro a ocuparse en barcos de pesca, y a otro a dedicarse a la milicia; unos se encuentran a gusto en zonas rurales, otros en el comercio, otros tienen especiales habilidades e inclinación a la mecánica. Y es bueno que así sea, como dice Pablo al hablar de los dones en la Iglesia: Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? (1 Co. 12:17). Tanto contribuyó al bien común de Israel el que los hombres de Zabulón fuesen mercaderes, como el que los hombres de Isacar fuesen agricultores. (B) Que cualquiera que sea el lugar en que nos hallemos y el quehacer en que nos ocupemos, es norma de sabiduría y urgencia de deber que nos ajustemos a las circunstancias y tratemos de echar raíces (por así decir) donde el Señor nos ha colocado con el asiento suficiente para llevar a cabo una obra perdurable. Gran felicidad hay en contentarse con ello; lo más importante es que, como creyentes, sigamos la dirección que nos da ese bello himno que dice:
«Nunca esperes el momento de una gran acción,
Ni que pueda lejos ir tu luz
De la vida a los pequeños actos da atención,
Brilla en el sitio donde estés.»
2. Que, en consecuencia, ambos han de prestar un buen servicio en sus respectivos lugares, para el honor de Dios y para los intereses espirituales de la nación (v. 19). Se ha observado con frecuencia que los que viven en lugares de confluencia de muchas gentes, como son los puertos de mar y las grandes áreas comerciales tienen más luz de conocimiento, aun espiritual; mientras que quienes, como los hombres de Isacar, viven en lugares pequeños y en el campo, tienen más vida y más calor espiritual. (A) Aquí se predice que ambas tribus se harían ricas, Zabulón extraerá (hebr. chupará) la abundancia de los mares, que se comparan aquí a las ubres llenas de ganancia para los mercaderes, mientras que Isacar extraerá su riqueza de los tesoros escondidos en la arena, ya sea que esto se refiera a frutos de la tierra, o a minerales y metales o (más probablemente) a la manufactura de objetos de vidrio que según Flavio Josefo, el Talmud y el Targum de Jonatán, se hacía en Acre, dentro del territorio asignado a Isacar. (B) Se predice que estas tribus, del producto de sus riquezas, les sobrará para invitar a los pueblos a su monte (a Sion, donde había de estar el santuario), cuando fuesen a sacrificar allí sacrificios de justicia; es decir, como era justo según la Ley (v. Sal. 4:5). En esto cumplirían lo que se dice en Miqueas 4:13 (al final).
II. Inmediatamente después viene la bendición a la tribu de Gad (vv. 20–21). Esta era una de las tribus que estaban ya asentadas en el lado del Jordán en que Moisés se encontraba ahora.
1. Primero predice lo que esta tribu había de ser (v. 20): (A) Que Dios había de ensanchar el territorio de Gad. En efecto, su territorio llegó a ser más amplio que el de las otras tribus del otro lado del Jordán, por el éxito que tuvo en sus guerras contra los agarenos (1 Cr. 5:19, 20, 22). (B) Que había de ser una tribu de hombres valientes y victoriosos; de ahí el simbolismo de león (hebr. leona) que arrebata brazo (la fuerza del ejército) y testa (los jefes); aunque no entraría en guerra por propia iniciativa, sino provocado; por eso se dice de él que como león reposa.
2. Ensalza a esta tribu por lo que habían hecho y por lo que estaban haciendo (v. 21). Cada una de las frases de este versículo tiene un sentido muy específico, aunque a veces resulte algún tanto incierto. Gad tuvo vista para escoger un rico territorio (Nm. 32:1 y ss.), ocupó un distrito digno de un líder (legislador), fue en la delantera, o vanguardia, del pueblo, para ayudar a sus hermanos en la conquista de Canaán, y ejecutó los mandatos, es decir la promesa hecha de cruzar el Jordán para ayudar al resto de las tribus.
Versículos 22–25
I. La bendición a Dan (v. 22). Jacob, en su bendición, le había comparado a una serpiente por su astucia; Moisés lo compara aquí a un león por su coraje y resolución; y ¿qué cosa habrá que pueda sostenerse delante de quienes tienen cabeza de serpiente y corazón de león? Dan es comparado al cachorro de león que salta desde Basán, monte famoso por sus fieros leones, que descendían de allí para lanzarse sobre su presa en la llanura. Un grupo de danitas, por la información recibida acerca de Lais. «el pueblo tranquilo y confiado» (Jue. 18:7, 27), cayeron sobre él por sorpresa, los hirieron a filo de espada, y quemaron la ciudad. Sansón era de esta tribu (Jue. 13:2). Un dato extraño acerca de esta tribu es que no figura en la enumeración en Apocalipsis 7. La explicación con mayores visos de probabilidad es que fue una de las primeras en darse a la idolatría, la más alejada del santuario, pequeña en número y, probablemente, fue después incorporada a la de Neftalí, que era hermano uterino de Dan.
II. La bendición a Neftalí (v. 23). Moisés considera a esta tribu con admiración y la ensalza: Saciado de favores, y lleno de la bendición de Jehová. Jacob la había descrito como cierva suelta, por la gracia de su porte, que pronunciará dichos hermosos (Gn. 49:21). Efectivamente, los hombres de la tribu de Neftalí parece ser que brillaban por su elocuencia. Moisés asegura aquí que, mediante la gracia y gentileza de los hombres de esta tribu, y por el interés mostrado por los demás, se van a ganar el afecto de sus vecinos: Posee el occidente y el sur, el occidente aquí es propiamente el mar, es decir, el mar de Tiberíades o lago de Genesaret, con su incomparable clima, la belleza de su paisaje y la fertilidad de su suelo. Dicen los judíos que «la porción de la tribu de Neftalí era tan fértil, y sus productos tan tempranos, a pesar de estar situada al norte, que de las primicias que se llevaban al Templo, las de Neftalí solían ser las primeras, y así ellos eran los primeros en llevarse la bendición del sacerdote, que era la bendición de Jehová». A esta tribu pertenecía Capernaúm, en la que residía principalmente Jesús. Se menciona el sur, que era la parte occidental del lago, y la parte más fértil de la región. Betsaida y Capernaúm eran las ciudades más ricas de Galilea.
III. La bendición a Aser (vv. 24–25). Cuatro cosas destacan en la oración y profecía de Moisés acerca de esta tribu, que comportan la bendición indicada en el nombre, ya que Lea llamó al patriarca de esta tribu Asher, que significa feliz (Gn. 30:13): 1. Su prosperidad excepcional: Bendito sobre los hijos (quizás aluda también a su proliferación). 2. El interés y el favor de sus vecinos hacia ellos: Sea el amado de sus hermanos. 3. La riqueza de su suelo: (A) En su superficie: Moje en aceite su pie. Era proverbial la abundancia y buena calidad de los olivos situados en la porción de Aser. De tal manera se recalca esta abundancia de aceite, que Moisés parece decir: «Que tenga tanta abundancia de aceite, que no sólo le baste para ungir su cabeza, sino que, si le place pueda bañarse los pies en él». (B) En el subsuelo. A esto podría aludir la abundancia de minas allí: Hierro y bronce serán tus cerrojos (v. 25); aunque es mucho más probable que se refiera a la necesaria fortificación de sus ciudades, por estar situado en el extremo norte y en la costa; de ahí, la necesidad de estar preparado para defenderse del exterior. La paráfrasis caldea lo entiende en sentido figurado: «Serás fuerte y brillante, como el hierro y el bronce». 4. La continuidad de su fuerza y de su vigor: Como tus días serán tus fuerzas; lo cual suele ser parafraseado de la manera siguiente: «El vigor de tu ancianidad será como el de tu juventud; no sentirás decaimiento, ni sufrirás deterioro, sino que renovarás tu juventud; como si, no sólo tu calzado, sino también tus huesos, fuesen hierro y bronce». ¿Tienen asignado algún trabajo? Tendrán fuerzas para llevarlo a cabo. ¿Tienen muchas cargas, muchos problemas delante? Tendrán fuerzas para soportarlos; y nunca serán tentados más de lo que puedan resistir (1 Co. 10:13).
Versículos 26–29
Moisés, el hombre de Dios, engrandece en los últimos hálitos de su pecho, tanto al Dios de Israel como al Israel de Dios.
I. «No hay—dice—como el Dios de Jesurún» (v. 26). Ninguno de los dioses de las naciones eran capaces de hacer por sus adoradores lo que Jehová había hecho por los suyos. 1. Su poder y autoridad soberanos: Cabalga sobre los cielos. Moisés compara a Dios con un rey que avanza en su carro de guerra para dar rápida y completa victoria a su pueblo. Va sobre las nubes con su grandeza (lit. excelencia), con su grandiosa, infinita majestad. No hay enemigo que pueda impedir el avance del que cabalga sobre los cielos. 2. Su eternidad sin límites; es un Dios eterno, y sus brazos, por tanto, son eternos (v. 27). Los
dioses de los gentiles habían sido inventados muy recientemente, e iban a perecer prontamente; pero el Dios de Jesurún es eterno; Él ya existía antes de los mundos, y continuará existiendo cuando ya no exista el tiempo (Hab. 1:12).
II. ¡No hay pueblo como Israel! Después de haber profetizado, felicidad sobre cada una de las tribus, pronuncia gran felicidad sobre el conjunto de ellas: ¡Bienaventurado tú, oh Israel! (v. 29). Una nación tan feliz, en todos los aspectos, que no había bajo el cielo una nación que pudiese compararse a ella: ¿Quién como tú? Si Israel honra a su Dios como al Dios sin par, Dios también honrará a Israel como al pueblo sin par. Lo que aquí se dice de Israel tiene aplicación segura a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos (He. 12:13), la Iglesia de Cristo.
1. Nunca hubo un pueblo tan bien establecido y protegido: El eterno Dios es tu refugio (v. 27) o, como dice el hebreo, tu mansión, en la cual una persona se encuentra a salvo, en reposo y tranquilidad, como en su propia casa, como el mismo Moisés dice: Tú nos has sido, Señor, por mansión en todas las generaciones (Sal. 90:1). Todo israelita se sentía con su Dios como en casa; el alma retorna a Él y reposa en Él, como en su lugar de reposo (Sal. 116:7) y como en su lugar de refugio (Sal. 32:7).
2. Nunca hubo un pueblo tan bien sostenido y llevado a cuestas: Y acá abajo los brazos eternos (v. 27) es decir, la omnipotencia de Dios. El pacto perpetuo y las perpetuas consolaciones y bendiciones que fluyen de Él, ciertamente son brazos eternos, que no se fatigan ni se decepcionan (v. Is. 43:2). Por esos brazos están sostenidos aquí abajo los creyentes, y permanecen siempre gozosos en medio de las mayores dificultades, porque con la gracia divina nos basta (2 Co. 12:9).
3. Nunca hubo un pueblo tan bien conducido y mandado en la batalla: «Él echó delante de ti al enemigo con su poder omnipotente, para hacerte sitio a ti». De esta forma es como los creyentes somos más que vencedores (lit. triunfamos completamente) por medio de aquél (Cristo) que nos amó (Ro. 8:37). El autor de nuestra salvación (He. 2:10; 5:9) echó de delante de nosotros al enemigo, cuando venció al mundo y despojó a los principados y potestades en la Cruz (Jn. 16:33; Col. 2:15).
4. Nunca hubo un pueblo tan bien protegido y puesto a salvo: Israel habitará confiado (v. 28). Cada uno, sin necesidad de protección masiva, se sentará debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente (Mi. 4:4). El que pone a Dios como torre de su refugio habita confiado; baluarte de rocas será su lugar de refugio (Is. 33:16). Sólo se requiere que se mantengan (y nos mantengamos) puros, separados de todo lo malo, y sin mezclarse con los idólatras.
5. Nunca hubo un pueblo con el sustento tan seguro: La fuente de Jacob aparte brota en tierra de grano y de vino (v. 28). Aquí, como dice Driver, «la sucesión de generaciones en Israel es semejante a la corriente de un río de aguas frescas, que están continuamente brotando de su fuente» (v. Ap. 22:1). Es curioso que la misma palabra significa fuente y ojo. Así, también el ojo de Jacob estaba sobre tierra de grano y de vino, ya que, delante de ellos, al otro lado del río, estaba aquella tierra de Canaán, con abundancia de todo fruto de la tierra.
6. Nunca hubo un pueblo tan bien provisto de ayuda y de socorro. Si se encontraban en algún aprieto, Dios mismo cabalgaba sobre los cielos para su ayuda (v. 26). Era pueblo salvo por Jehová (v. 29).
7. Nunca hubo un pueblo tan bien armado. Dios mismo era el escudo de su socorro, para disfrutar de una defensa segurísima, y la espada de su triunfo (v. 29) o, como dice el hebreo, de su excelencia, una espada que siempre triunfa gloriosamente, sea cual sea el enemigo al que haya que vencer.
8. Nunca hubo un pueblo que pudiese estar tan seguro de la victoria sobre sus enemigos: Tus enemigos serán humillados (v. 29) o, como dice el hebreo, serán encontrados mentirosos delante de ti (nótese la semejanza con Ro. 3:4 y Sal. 116:11); es decir, «se verán forzados a someterse a ti contra su voluntad, a prestar un homenaje insincero, como lo hacen los vencidos en batalla, al someterse al vencedor. Y tú hollarás sobre sus alturas. Es la figura más expresiva para dar a entender el dominio de un territorio enemigo, puesto que el que domina las alturas, tiene segura la posesión de la tierra desde sus fortalezas (v. 32:13).
Al haber leído cómo terminó Moisés su testimonio aquí leemos cómo terminó su vida en este mundo. Hemos visto el relato de las palabras de un moribundo y ahora vemos el relato de la obra de un moribundo, obra que todos hemos de hacer, y que conviene hacer bien.
Versículos 1–4
I. Vemos ya a Moisés que sube hasta la cumbre del Pisgá pues ése era el lugar fijado por Dios para que allí muriese (32:49–50); sube como para llegar más cerca del Cielo. Israel quedaba abajo acampado en las llanuras de Moab, mientras Moisés ascendía. Podemos suponer que Moisés se despidió solemnemente de Josué, de Eleazar y de los demás amigos más íntimos, que probablemente le acompañaron hasta la falda del monte, pero no a la cumbre. 1. Allá se dirigiría, a solas con Dios, y con paso alegre, para mostrar que, lejos de atemorizarse ante la muerte, estaba dispuesto a subir por un empinado repecho para salirle al encuentro. 2. Así mostraba también que consideraba su muerte como una ascensión. El alma del hombre, del hombre recto, va hacia arriba cuando deja el cuerpo (Ec. 12:7). A todos nosotros nos dice, de algún modo, Dios: Sube y muere.
II. Desde la cumbre del monte, Moisés baja los ojos de nuevo, hacia la tierra, para ver el Canaán terrestre en el que nunca había de entrar, pero al ver desde allí, con los ojos de la fe, aquel otro Canaán celestial en el que iba muy pronto a entrar. 1. Aunque subía él solo a la cumbre del Pisgá sin embargo no estaba enteramente solo, porque el Padre estaba con él (v. Jn. 16:32). 2. Nótese que todas las vislumbres que poseemos de la patria mejor nos son otorgadas por la gracia de Dios; Él nos imparte el espíritu de sabiduría lo mismo que el espíritu de revelación; es decir, nos provee del ojo, al mismo tiempo que del objeto. 3. Moisés vio Canaán a distancia, pero al aire claro de Palestina, vislumbró desde la cumbre del Nebó, el pico prominente de la cadena de montañas del Pisgá los ondulantes bosques de Galaad, las cumbres nevadas del Hermón, del Tabor, del Ebal y del Gerizim, las alturas de Judá y Benjamín, Sion, Belén, el Hebrón, Beerseba, el monte de los Olivos, etc. Y, según opinan muchos vio también proféticamente más allá del estado actual de la tierra, la historia futura de Israel en Canaán, tanto en los días de prosperidad como en los días de adversidad. Así también los hijos de Dios tenemos, mediante el telescopio de la fe, y el vigor que da a nuestros ojos espirituales una segura y gloriosa esperanza, un atisbo de la gloria de aquella eterna mansión que el Señor ha ido a prepararnos (Jn. 14:2–3). 4. Moisés vio la tierra prometida, pero no llegó a disfrutar de ella. ¡Cuántas veces pasa algo parecido, cuando unos siegan lo que otros sembraron! (Jn. 4:37–38). 5. Canaán era la tierra de Emanuel (hebr. Immanuel = Dios con nosotros), conforme vemos en Isaías 8:8, de modo que, al ver Canaán Moisés pudo vislumbrar, en cierto modo, las bendiciones de que disfrutamos en Cristo.
Versículos 5–8
I. Aquí se nos refiere la muerte de Moisés: Murió allí Moisés, siervo de Jehová (v. 5). Cosa dura hubo de ser para Moisés, después de todas las fatigas y aflicciones del desierto, verse impedido de disfrutar de la tierra prometida. Pero aquel varón era muy manso; y, como Dios lo había dispuesto así, él se sometía de buena gana. 1. Aquí se le llama siervo de Jehová no sólo por ser un hombre bueno (todos los creyentes son siervos de Dios), sino también por ser un hombre útil (que sirve para algo) y él había sido eminentemente útil, pues había estado al servicio de los planes de Dios en sacar a Israel de Egipto y conducirlo a través del desierto. 2. Y con todo, muere. Ni su piedad ni sus útiles servicios le eximen del golpe de la muerte. Los siervos de Dios mueren por tres razones: para descansar de sus labores, para recibir su recompensa, y para dejar su lugar a otros. Pero, cuando los siervos de Dios son retirados del servicio de esta tierra van a servirle mejor en otra patria mejor, en otro santuario mejor: Delante del trono de Dios, le sirven día y noche en su santuario (Ap. 7:15). 3. Moisés muere conforme al dicho de Jehová (v. 5. lit. según la boca de Jehová). Como dicen los judíos «murió de un beso de la boca de Dios». «Dios—dicen los rabinos—evita a los suyos la amargura de la muerte, llevándoseles el alma con un beso.» Así vemos que, aquel Jehová que, con un aliento de su pecho, hizo del vaso de arcilla una persona viva, pensante y hablante (Gn. 2:7), con un beso de su boca se lleva del hombre el espíritu que le dio (Ec. 12:7). ¡Dichosos de nosotros si, en la hora de la muerte, podemos decir, como Jesús: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! (v. también Hch. 7:59).
II. Su sepultura (v. 6). Dios se cuida de los cadáveres de sus siervos. Si estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos (Sal. 116:15), también lo es su cadáver, pero su pacto con él será recordado y el sello del Espíritu nos da la garantía de la resurrección (Ro. 8:11). Moisés fue sepultado por el mismo Dios (v. 6), en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor. Si el alma descansa con Dios, no es de mucha monta el lugar donde esté sepultado el cadáver. No se conoce el lugar de su sepultura, como refiere probablemente Josué en este mismo versículo (v. Jud. v. 9). Además del honor que Dios quería otorgar a Moisés, al darle Él mismo sepultura, está el importante motivo de ocultar el lugar de su sepultura, para impedir que los hijos de Israel, tan inclinados a la idolatría, hiciesen del sepulcro de Moisés un lugar nacional de peregrinación y llegasen a tributar honores divinos al cadáver del que había sido el gran fundador, bienhechor y guía del pueblo de Israel. Es también la última expresión de su proverbial abnegación: Yace en un sepulcro ignorado, en una tumba que nadie puede visitar.
III. Su edad (v. 7). 1. Vivió hasta una edad muy avanzada, pues tenía 120 años, lo cual, lejos ya de los tiempos de los patriarcas, más longevos que él, no era ya corriente entre sus contemporáneos. Su vida quedó así distribuida en tres grupos de cuarenta años: los primeros cuarenta años los pasó como un príncipe en la corte de Faraón; los segundos cuarenta años los vivió en el solitario oficio de un pobre pastor de Madián; y los últimos cuarenta años los vivió como un rey en Jesurún, con mucho honor y poder, pero también con gran responsabilidad, con pesadas fatigas y continuos disgustos. 2. Vivió hasta una ancianidad muy bien llevada, pues sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor (v. 7).
IV. El solemne duelo que se hizo por él (v. 8). 1. Quiénes hicieron el duelo: Los hijos de Israel. 2. Por cuánto tiempo le hicieron duelo: Por treinta días. Pero, al fin, se cumplieron los días del llanto y del luto por Moisés. Esto nos da a entender que, por muy graves que sean nuestras pérdidas, y por muy queridos que nos sean nuestros familiares, no debemos abandonarnos a un duelo perpetuo; hemos de permitir que las heridas se cicatricen. Si esperamos ir gozosamente al Cielo, ¿por qué se ha de bajar tristemente al sepulcro?
Versículos 9–12
Termina el Deuteronomio y, por tanto, el Pentateuco (La Ley por antonomasia) con un encomio lleno de honor para Moisés tanto como para Josué; cada cual tiene su alabanza, en su respectivo servicio y en su sazón respectiva, como debe ser. ¡Que Dios sea glorificado en ambos!
I. Josué es ensalzado como un hombre admirablemente cualificado para la obra a la que fue llamado (v. 9). Moisés condujo a Israel hasta las fronteras de Canaán y allí los dejó para morir indicando así que la Ley no llevó nada a la perfección (He. 7:19). Lleva al ser humano hasta el desierto de la convicción de pecado, pero no lo introduce en el Canaán del reposo y de la paz permanente. Este honor estaba reservado a Josué = Jesús, de quien Josué era tipo en esto, para que él hiciera por nosotros lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil a causa de la carne (Ro. 8:3). A través de Cristo, del camino nuevo y vivo que Él abrió para nosotros (He. 10:20), entramos en descanso, en la paz con Dios, en descanso espiritual de nuestra conciencia, sin miedo a la condenación (Ro. 8:1), y en descanso eterno de los cielos (Col. 3:1). Dos cosas concurrieron para que se viese claro el llamamiento de Dios para esta gran empresa: 1. Dios le equipó para ello: Fue lleno del espíritu de sabiduría (v. 9). Sabiduría divina es el requisito indispensable, lo mismo que el valor y la bravura, en un general del ejército de Dios. 2. Moisés, por orden de Dios, le transmitió la comisión: Moisés había puesto sus manos sobre él, instituyéndole así por sucesor y rogaba a Dios que le capacitase para el servicio al que le había llamado.
II. Moisés es ensalzado con mucho encomio (vv. 10–12), y con mucha razón.
1. Fue de veras un hombre muy grande, especialmente en dos aspectos: (A) En su comunión íntima con Dios: Con quien trataba Jehová cara a cara (v. 10), como habla cualquiera a su compañero (añade Éx. 33:11). Boca a boca hablaré con él, y no por figuras, y verá la apariencia de Jehová (Nm. 12:8, comp. con Éx. 33:19). Y con la misma intimidad con que Dios le trataba, trataba él a Dios. Basta con recordar su maravillosa oración en Éxodo 32:11–14, y la del día siguiente (Éx. 32:31–32). (B) El poder que Dios le concedió para obrar sobre la naturaleza. Los milagros de juicio que llevó a cabo en Egipto
delante de Faraón, y los milagros de gracia y misericordia que llevó a cabo en el desierto delante de Israel, sirvieron para demostrar que era un favorito especial del Cielo, y tenía que desempeñar en este mundo una comisión extraordinaria, como así lo hizo. Nunca jamás hubo otro hombre a quien Israel tuviese mayores motivos para amarle, ni los enemigos de Israel mayor razón para temerle.
2. Fue más grande que ningún otro profeta del Antiguo Testamento. Es cierto que el Señor Jesús dijo de Juan el Bautista: «Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista» (Mt. 11:11). Y poco antes había dicho que era «más que profeta» (v. 9); pero ha de tenerse en cuenta que a Juan no se le puede poner en la misma fila que los profetas del Antiguo Testamento, cuya lista se acaba con Malaquías muchos años antes, sino que se halla a caballo entre ambos Testamentos, introducido ya en los «últimos tiempos» (Mr. 1:15), con el privilegio singular de ser el Precursor, el primero que había de señalar con el dedo al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29), y sirve al divino Esposo de «padrino» (Jn. 3:29) para sus nupcias con la Iglesia. Por tanto, ni su persona ni su comisión pueden ponerse en la misma línea con Moisés. Con esta advertencia por delante, podemos ver que, aunque hubo antiguamente hombres de gran interés en el Cielo, y de gran influencia en la tierra, ninguno puede compararse con este gran hombre; ninguno de ellos presentó evidencias, ni llevó a cabo el fiel cumplimiento de una comisión de parte del Cielo como lo hizo Moisés. Este encomio de Moisés pudo ser escrito, en parte, mucho tiempo después de su muerte, por la afirmación de que «nunca más se levantó profeta en lsrael como Moisés» (v. 10), pues la expresión no parece admitir un sentido meramente retrospectivo. Por medio de Moisés, dio Dios su Ley (Jn. 1:17), y moldeó y formó el pueblo de Israel; mientras que, por medio de los demás profetas, envió reprensiones, instrucciones, promesas y predicciones particulares. El último de los profetas del Antiguo Testamento, Malaquías, casi al final de su profecía, pone en boca de Dios la siguiente intimación: Acordaos de la ley de Moisés mi siervo (Mal. 4:4). Jesucristo mismo apeló con frecuencia a los escritos de Moisés, y le puso por testigo, como quien vio su día a distancia, y escribió acerca de él (por ej. Lc. 16:29–31, en boca de Abraham, Jn. 5:47–49, en sus propias palabras). Moisés fue fiel como siervo, pero Cristo como Hijo (He. 3:5–6). La historia de Moisés termina dejándolo sepultado en los llanos de Moab, y concluye así con el período de su gobierno sobre Israel; pero la historia de nuestro Salvador le muestra sentado a la diestra de la Majestad en las alturas (He. 1:3), y se nos asegura que lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite (Is. 9:7). Nótese el contraste establecido en Juan 1:17: La Ley FUE DADA por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad VINIERON por medio de Jesucristo. Moisés, con toda su grandeza, fue un mero vehículo, portador comisionado de la Ley que condena; Jesús encarnó en Sí mismo la gracia y la verdad que salvan.
«AL QUE ESTÁ SENTADO EN EL TRONO, Y AL CORDERO
SEA LA ALABANZA, EL HONOR, LA GLORIA Y EL DOMINIO,
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.» ¡AMÉN!