Este libro es continuación de la historia de los hijos de la cautividad y en él vemos completada la restauración comenzada bajo la dirección de Esdras. También nos provee el trasfondo histórico de la profecía de Malaquías. Aquí vemos: I. La preocupación que tenía Nehemías por Jerusalén y la comisión que obtuvo del rey Artajerjes (caps. 1 y 2). II. Edifica el muro de Jerusalén a pesar de la oposición que se le hace (caps. 3 y 4). III. Acaba con ciertos abusos del pueblo (cap. 5). IV. Termina la construcción de la muralla (cap. 6). V. Hace la lista del pueblo (cap. 7). VI. Solemnidades religiosas a las que convocó al pueblo (caps. 8 al 10). VII. Interés que puso en la repoblación de la capital y en el establecimiento de la tribu de Leví (caps. 11 y 12). VIII. Su celo en acabar con ciertos abusos (cap. 13).
Vemos a Nehemías en la corte de Persia: I. Inquiere el estado de los judíos y de Jerusalén (vv. 1, 2).
II. Se informa de su deplorable condición (v. 3). III. Ayuna y ora por ello (vv. 4–11).
Versículos 1–4
1. Estaba Nehemías en la capital de Persia (v. 1), donde ejercía como copero del rey (v. 11). Así fue preparado para mejor servir a su país posteriormente, de manera parecida a Moisés en la corte del Faraón y a David en la de Saúl. Bien considerado por el rey y los demás cortesanos, tendría también mejor oportunidad para servir a su país. Dios tiene hijos suyos en todos los lugares: Abdías en la casa de Acab, santos en la casa de César y un devoto Nehemías en el palacio de Susa. Dios puede hacer para sus hijos, de las cortes y de los príncipes paganos, lugares de entrenamiento y hasta santuarios de protección.
2. Nehemías muestra su tierna compasión al inquirir sobre el estado de los judíos en su país (v. 2). Tuvo ocasión de enterarse por la información que le facilitaron unos hombres venidos de Judá. Él vivía cómodamente en la corte, pero, como Moisés (Hch. 7:23), tuvo el deseo de visitar (en espíritu) a sus hermanos. A pesar de ser un alto funcionario en el palacio de Artajerjes no se tuvo a menos de inquirir sobre sus compatriotas que se hallaban despreciados y en baja condición.
3. El triste informe que recibe (v. 3). Hananí y los que iban con él le informaron melancólicamente de la miserable situación en que se hallaban los repatriados y la ciudad santa. Es probable que su venida a la corte tuviese por objeto solicitar ayuda y protección. Dicen: (A) Que los repatriados se hallan en gran mal y afrenta, afligidos, oprimidos e insultados por sus vecinos. (B) Que los muros de la ciudad santa estaban aún en ruinas como los habían dejado los caldeos. Esto agravaba la situación de los habitantes, no sólo por las permanentes marcas de pobreza y esclavitud, sino también por el constante peligro de ser presa fácil de sus enemigos. El templo estaba edificado, el gobierno restablecido, la reforma hecha hasta cierto punto; pero quedaba sin hacer la importante obra de amurallar la ciudad.
4. La gran aflicción que este informe causó a Nehemías (v. 4). (A) Lloró e hizo duelo por algunos días. (B) Ayunó y oró.
Versículos 5–11
Oración de Nehemías, que resume, sin duda, todas las plegarias que, por mucho tiempo había dirigido a Dios día y noche mientras continuaba entristecido por las desolaciones de Jerusalén.
I. Se dirige a Dios con toda humildad y reverencia, que pueden servirnos de ejemplo. 1. Con santo pavor ante la majestad gloriosa de Dios, del Dios de los cielos, infinitamente superior a todo lo creado. 2. Con santa confianza en la gracia y la fidelidad de Dios, el que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman.
II. Su petición general a Dios para que acepte la oración y la confesión que se dispone a hacerle (v. 6): «Esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos». A continuación, se incluye entre los que han pecado contra Dios: no sólo habla en primera persona al reconocer los pecados de Israel, sino que insiste más expresamente: «Sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado».
III. Las razones que presenta para que Dios tenga misericordia de su pueblo Israel. 1. Apela a lo que Dios mismo había dicho de que si los israelitas le eran infieles los dispersaría entre las naciones, pero que si se volvían a Él (como ahora habían comenzado a hacer) los recogería de todos los lugares y los traería al lugar que había escogido (v. Dt. 30:1–5). Si Dios no recordase sus promesas más de lo que nosotros observamos sus preceptos, estaríamos perdidos. Por eso, lo mejor que podemos hacer en nuestras oraciones es apelar a las promesas de Dios: ésa es la base de nuestra esperanza (Sal. 119:49). 2. Apela a la relación que, desde antiguo, les une a Dios (v. 10): «Ellos son tus siervos y tu pueblo». ¿Sufrirá el que sus enemigos se burlen de ellos? Si Dios no los defiende, ¿quién los va a defender? 3. En favor de sus compatriotas dice que «desean reverenciar tu nombre» (v. 11). Como si dijese: «No sólo se llaman por tu nombre, sino que ahora lo reverencian, te rinden el culto debido y de la forma que tú has instituido». 4.
Apela igualmente a las grandes cosas que ha hecho por ellos en el pasado (v. 10): «Los cuales redimiste con tu gran poder».
IV. Concluye con una petición especial: Que Dios le prospere en su empresa y le obtenga favor del rey, a quien llama «aquel varón». No pide gracia del rey, sino gracia de Dios delante del rey. El favor de los hombres sólo es realmente beneficioso cuando surge en virtud del favor de Dios.
Vimos en el capítulo anterior a Nehemías en lucha con Dios en oración, aquí le vemos, como a Jacob que prevalece también con los hombres. I. Prevalece con el rey para que lo envíe a Jerusalén con comisión de levantar el muro y obtiene del rey todo lo necesario para ello (vv. 1–8). II. Prevalece con los enemigos que intentaban impedirle el viaje (vv. 9–11) y se reían del trabajo que había emprendido (vv.
19, 20). III. Prevalece con su pueblo para que se unan a él en esta buena obra (vv. 12–16), y obtiene que cada uno ponga su mano en la reconstrucción del muro (vv. 17, 18).
Versículos 1–8
Habían pasado cerca de cuatro meses, de Quisléu a Nisán (desde noviembre hasta marzo), antes de que Nehemías pidiera permiso al rey para ir a Jerusalén; ello pudo deberse a que el invierno no era el tiempo más apropiado para el viaje, o a que no le había tocado aún el turno de servir al rey y no podía ir a su presencia sin ser llamado (Est. 4:11). Pero ahora le llegaba la oportunidad.
1. La ocasión que dio al rey de inquirir acerca de su preocupación, al aparecer triste en su presencia, esperaba que el rey le miraría al rostro. No estaba permitido presentarse al rey con muestras externas de duelo (Est. 4:2), por lo que su aspecto triste era algo totalmente desacostumbrado. Los hijos de Dios han de mostrar al mundo, con su semblante gozoso, la dicha de servir a tan buen Padre; pero también hay tiempo de llorar (Ec. 3:4) ante las miserias propias y ajenas. Y éste era ahora el tiempo de Nehemías.
2. El rey se dio cuenta inmediatamente de la tristeza de Nehemías y le preguntó la causa (v. 2). Con mansedumbre y temor, Nehemías se la declaró (v. 3): «¿Cómo no estará triste mi rostro, cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, etc.?»
3. El ánimo que le dio el rey para que le declarase lo que deseaba, y la oración, breve y rápida (lo que llaman «jaculatoria») que hizo a Dios. El rey le tenía afecto y no le gustaba verle triste. Nehemías pidió a Dios que le diese prudencia para expresarse ante el rey de la mejor manera posible (v. 4), a fin de que Dios inclinase el corazón del rey a concederle lo que le iba a pedir.
4. Su humilde petición al rey. Le rogó que le comisionase para ir a Jerusalén con poderes para reedificar el muro (v. 5) y para que le fuese franqueado el paso hasta Judá (v. 7), así como una carta para el guardabosques del rey, con el fin de que les aproveche la madera que necesitaba para la obra (v. 8).
5. El aprecio que el rey le mostró al preguntarle cuándo volvería (v. 6), al insinuar así que sentía mucho que tuviera que ausentarse de palacio, aunque le concedía todo lo que le pidió (v. 8). Dos detalles hace notar acerca de esta entrevista con el rey: 1. La presencia de la reina, sentada junto al rey (v. 6), lo cual dicen que no era corriente en la corte de Persia (Est. 1:11). 2. El poder y la gracia de Dios en esta ocasión (v. 8): «Y me lo concedió el rey, según la benéfica mano de Jehová sobre mí».
Versículos 9–20
I. Cómo fue despedido Nehemías de la corte que le enviaba. El rey le cedió buena escolta (v. 9):
capitanes del ejército y gente de a caballo, no sólo para defenderle, sino para honrarle.
II. Cómo fue recibido en el país al que era enviado.
1. Por los judíos y sus amigos en Jerusalén.
(A) Mientras él ocultó el motivo que le traía, no le hicieron mucho caso. Después de estar allí tres días (v. 11), no parece ser que ninguno de los principales de la ciudad viniese a saludarle y felicitarle por su llegada, sino que pasó desapercibido.
(B) Aunque ellos no se apercibieron de él, él sí que se apercibió de ellos y del estado en que se hallaban. Se levantó de noche y fue a echar un vistazo a las ruinas, quizás a la luz de la luna (v. 13), a fin de saber lo que había que hacer y cómo había que hacerlo; si servirían o no los antiguos cimientos, y si podría disponerse de algún material anterior. Todos cuantos desean contribuir a edificar los muros de la Iglesia, han de tomar nota de las ruinas de esos muros; pues para ver cuál ha de ser el remiendo, es preciso conocer bien cuál es el deterioro.
(C) Cuando les descubrió su objetivo, tanto los principales como el pueblo se unieron a él con entusiasmo. No les dijo al principio para qué venía (v. 16), a fin de evitar así la ostentación y, si veía que no era factible su misión, poder retirarse honorablemente. Pero, tras pulsar los sentimientos de jefes y pueblo, les dijo lo que Dios le había puesto en el corazón (v. 12), esto es, edificar el muro de Jerusalén (v. 17). Él solo no podía llevar a cabo la obra, ni quería imponer su autoridad, aunque tenía comisión del rey, sino que les exhortó de modo fraternal a que cooperaran con él. Para animarles a ello: (a) Les dice que la iniciativa es de la gracia de Dios; no dice que es una idea que se le ocurrió a él, sino que se debía a la mano de Dios (v. 18); y (b) Que su ejecución se debía a la providencia de Dios, que había inclinado el corazón del rey para mostrarse favorable y concederle al instante lo que le pidió. Así que ellos dijeron: Levantémonos y edifiquemos. Y así se esforzaron mutuamente las manos para hacer esta buena obra. Hay muchas obras que fácilmente hallarían suficientes manos para llevarlas a cabo si hubiera allí una buena cabeza para dirigirlas.
Por los enemigos de los judíos. Dos samaritanos, Sanbalat, que era moabita de nacimiento, y Tobías, amonita de nacimiento, con Gésem, jefe árabe bajo cuya jurisdicción estaban los edomitas, cuando vieron que venía un judío armado con una comisión del rey de Persia al servicio de Israel, se enojaron mucho y trataron por todos los medios de impedir que prosperase la obra (v. 19), pero en vano. Los despreciados judíos desestimaron a sus despreciadores y profesaron ser los siervos del Dios de los cielos, contra cuyo poder nadie ni nada podía prosperar (Sal. 2:1).
¡Manos a la obra! No se pierde tiempo, sino que todos comienzan a trabajar. I. Nombres de los albañiles que se mencionan aquí para honor suyo. II. Orden que observaron en la reparación: 1. Desde la puerta de las Ovejas hasta la del Pescado (vv. 1, 2). 2. De allí hasta la puerta Antigua (vv. 3–5). 3. De allí hasta la puerta del Valle (vv. 6–12). 4. Desde allí hasta la del Muladar (vv. 13, 14). 5. De allí hasta la del Estanque (v. 15). 6. De allí hasta la de las Aguas (vv. 16–26). 7. Y desde allí, pasando por la puerta de los caballos, de nuevo hasta la puerta de las Ovejas, por la que habían empezado (vv. 27–32), con lo que dan la vuelta a toda la ciudad.
Versículos 1–32
Varias cosas son dignas de observación en el informe aquí registrado acerca de la reparación de los muros de Jerusalén:
1. Que el sumo sacerdote Elyasib, al frente de los sacerdotes, dirigió la reparación de la puerta de las Ovejas (v. 1), la más cercana al templo. Se llamaba así porque por ella eran traídas las ovejas que habían de ser sacrificadas en el templo. Únicamente de ella se dice en el original que la «santificaron», así como también el muro adyacente. ¿Quién mejor que los sacerdotes para esta labor?
2. Que los trabajadores eran muchísimos, y cada uno puso mano a la obra conforme a su especial habilidad.
3. Que muchos de ellos no habitaban en Jerusalén, por lo que su trabajo era más generoso, pues miraban por el interés general más que por el suyo propio. Tenemos aquí hombres de Jericó (v. 2), de Gabaón y Mizpá (v. 7) y de Zanoa (v. 13). Todo buen israelita ha de poner su mano en la obra de reedificar los muros.
4. Que trabajaban activamente en esta obra varios jefes, tanto de Jerusalén como de otras ciudades, los cuales tenían por gran honor cooperar en esta obra tan generosamente como les permitía su poder y su riqueza.
5. Se lanza aquí un justo reproche a los nobles de Técoa porque no se prestaron a doblar el cuello al servicio de sus señores (v. 5) es decir, se negaron a arrimar el hombro al trabajo dirigido por Nehemías y sus colegas, como si la dignidad de su linaje sufriese detrimento en servir a Dios bajo la dirección de otros.
6. Dos personas compartieron el honor de restaurar la puerta Vieja. Hay quienes piensan que se llamaba así por haber pertenecido a la antigua Salem, de la que fue rey Melquidesec.
7. Trabajaron activamente en esta obra varios artífices: plateros, perfumeros y comerciantes (vv. 8, 32). No se excusaron con que tenían otro trabajo que hacer, pues sabían que Dios les supliría de sobra por lo que perdieran en el negocio privado.
8. Incluso algunas mujeres colaboraron en esta obra, pues leemos que el hijo de uno de los gobernadores, restauró … él con sus hijas (v. 12). Con esta expresión se quiere dar a entender, sin duda, que ellas, herederas o viudas ricas, contribuyeron con su dinero a esta obra. También el Apóstol Pablo habla de algunas buenas mujeres que combatieron juntamente con él en el Evangelio (Fil. 4:3).
9. De algunos de ellos se dice que repararon frente a sus casas (vv. 10, 23, 28, 29) o enfrente de su cámara (¿quizás un inquilino o huésped?). Cuando se trata de una buena obra cada uno debería arrimar el hombro en la parte que le toca. Si cada uno limpiase el espacio que cae delante de su casa, toda la calle estaría limpia. Si cada uno echase un remiendo, todo quedaría remendado.
10. De otro se dice que con todo fervor restauró otro tramo (v. 20). Bueno es el celo por las cosas buenas, pues, además de mostrar el interés de la persona, puede servir de ejemplo para que otros muestren mayor entusiasmo por la obra.
11. De uno de estos trabajadores se hace notar el detalle de que era el sexto hijo de su padre (v. 30). Quizá se quiera dar a entender con esto que sus cinco hermanos mayores no pusieron manos en esta obra, pero él sí. Cuando se trata de hacer el bien, no hemos de esperar a que otros mayores que nosotros comiencen antes, si ellos no lo hacen, no por eso nos hemos de echar atrás nosotros. No es la edad la que da honor, sino el servicio.
12. Algunos de ellos, después de hacer el trabajo que les correspondía, ayudaron a otros a hacer el suyo. Se menciona a Meremot (v. 4), y por segunda vez (v. 21). Igualmente los de Técoa, después del tramo que les correspondía (v. 5), restauraron otro tramo (v. 27), lo cual es tanto más de alabar cuanto que sus nobles les habían dado mal ejemplo al negarse a colaborar. Quizás intentaron de este modo suplir con su diligencia el descuido de sus jefes, a fin de avergonzarlos o de expiar por ellos.
Finalmente, no se menciona a Nehemías tomar parte en el trabajo manual. El que se cita en el v. 16 lleva el mismo nombre, pero es persona diferente. ¿Quiere decir eso que no hacía nada? ¡En modo alguno! Él hizo más que cualquier otro, pues llevaba la dirección y supervisión de toda la obra. Más tarde, hallamos a la mitad de sus siervos que trabajan donde más falta hacen, y a la otra mitad: vigilan arma en mano (4:16), mientras él camina alrededor de los muros: dirige y anima a los trabajadores, pone su mano donde hace falta y vigila los movimientos del enemigo, como veremos en el capítulo siguiente. El piloto de una nave no tiene por qué tensar los cables; su puesto está junto al timón.
La obra no iba a quedar sin oposición, y aquí vemos la oposición que halló Nehemías y el método que usó para llevar la obra adelante, a pesar de toda oposición. I. Los enemigos se burlaban de su trabajo, pero él respondió con oraciones a las burlas y siguió adelante en la obra (vv. 1–6). II. Cuando las burlas no les valieron, los enemigos recurrieron a la fuerza de las armas (vv. 7, 8, 10–12). III. Para defenderse, Nehemías oró (v. 9), puso guardias (v. 13) y les animó a luchar (v. 14), con lo que fracasó el plan de los enemigos (v. 15), y así prosiguieron las obras con toda precaución necesaria para prevenirse de cualquier ataque por sorpresa (vv. 16–23).
Versículos 1–6
I. Vemos las burlas con que Sanbalat y Tobías intentaron detener las obras de la reparación de los muros de Jerusalén. Tan pronto como llegaron las noticias a Samaria, aquel nido de enemigos de los judíos, vemos cómo reaccionaron. 1. Se enfurecieron (v. 1). Ya les disgustó el que Nehemías llegara para ver cómo iban las cosas en Jerusalén (2:10) pero cuando se enteraron de la obra que había emprendido, perdieron totalmente la paciencia. 2. Hablaron con desprecio (vv. 2, 3): «¿Qué hacen estos débiles judíos? ¿De dónde van a sacar los materiales? ¿Resucitarán de los montones del polvo las piedras que fueron quemadas? ¿Para qué se dan tanta prisa? ¿Acabarán en un día, para observar la fiesta de la dedicación con sacrificios al día siguiente? ¡Pobres necios! Lo que ellos edifican del muro de piedra, si sube una zorra lo derribará, no con su astucia, sino con su peso».
II. Al oír estos insultos, Nehemías se dirige a Dios humilde y devotamente. No responde a estos necios según su necedad; no les devuelve los insultos, sino que busca a Dios en oración. 1. Ruega al Señor que tome nota de las indignidades de que son objeto (v. 4); en esto, debemos imitarle: «Oye, oh Dios nuestro, que somos objeto de su menosprecio». 2. Pide a Dios que vindique su causa y vuelva contra sus enemigos los vituperios de que son objeto (vv. 4, 5). Esto lo dijo con espíritu de profecía más bien que con espíritu de venganza, y no lo hemos de imitar quienes hemos sido instruidos por Cristo a rogar por los que nos desprecian y persiguen. Cristo mismo rogó al Padre por los que le injuriaban: «Padre, perdónales».
III. La valentía de los edificadores, a pesar de los insultos (v. 6). Trabajaron con tal celo y constancia que en poco tiempo tenían ya levantados los muros hasta la mitad de su altura, porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar. Allí habían puesto el corazón, y esto les agilizaba las manos.
Versículos 7–15
I. La conspiración que los enemigos de los judíos urdieron contra ellos para detener la restauración y matar a los restauradores. Los conspiradores eran, además de Sanbalat y Tobías, otros pueblos vecinos a quienes ellos habían conseguido ganar para su causa. Todos estos (vv. 7, 8): «Se encolerizaron mucho y conspiraron todos a una para venir a atacar a Jerusalén y hacerle daño». ¿Acaso les habían provocado los judíos? Sin motivo alguno les atacaban; sólo por odio a la religión de ellos y por la forma en que prosperaba la obra. Los malos intentan impedir las buenas causas, pero las buenas causas son causas de Dios y han de prosperar.
II. El desánimo que cundió en las filas de los trabajadores. Al mismo tiempo que los enemigos estaban decididos a hacer cesar la obra (v. 11), dijo Judá (v. 10): Las fuerzas de los acarreadores se han debilitado … y no podemos edificar el muro. Presentan cansados a los trabajadores, tienen por gran dificultad incluso el retirar el escombro y piensan que lo más prudente es suspender las obras. Los buenos líderes necesitan muchas veces mayor vigor para sostenerse frente a los temores de los amigos que frente a las amenazas de los enemigos.
III. La información que le llegó a Nehemías de los planes del enemigo (v. 12). Había algunos judíos dispersos por el país, los cuales, aunque no tenían el ánimo o el celo suficiente para subir a Jerusalén en ayuda de sus hermanos, tenían la oportunidad de enterarse de los movimientos del enemigo, y el suficiente afecto a la causa como para venir una y otra vez (hasta diez veces) a dar información útil a fin de que estuvieran sobre aviso: Adondequiera que os volváis, nos atacarán. (Ésta parece ser la mejor traducción de esta cláusula de sentido muy incierto. Nota del traductor.)
IV. El piadoso y prudente método que al recibir la información tomó Nehemías para frustrar los planes del enemigo y poder continuar a salvo la obra.
1. Se nos dice (v. 14) que miró: (A) Hacia arriba, y se puso a sí mismo y su causa bajo la protección de Dios (v. 9): Entonces oramos a nuestro Dios. Esto es lo primero que hizo este buen hombre y esto es lo que habríamos de hacer nosotros también: extendió delante de Dios todas sus preocupaciones, todos sus pesares, todos sus temores y, de este modo, aligeró el peso que llevaba. (B) En torno suyo: Se puso a considerar la situación, a explorar el estado de la obra y de los obreros, y puso guardia de día y de noche. Esta fue la consigna que nos dejó el Señor (Mt. 26:41): Velad y orad. Si pensamos que, con orar, ya no necesitamos velar para estar seguros, somos unos holgazanes y estamos tentando a Dios; pero si velamos sin orar, somos unos orgullosos y estamos menospreciando a Dios; de cualquiera de las dos maneras, nos hacemos indignos de su protección.
2. (A) Cómo puso los guardas (v. 13): Por las partes bajas, detrás del muro, para que éste les sirviera de escudo contra el enemigo; pero en las partes altas los puso encima del muro, para que desde allí pudiesen arrojar piedras o dardos sobre la cabeza de los asaltantes; y los puso por familias, a fin de que el parentesco les animase mejor a defenderse mutuamente. (B) Cómo animó al pueblo (v. 14): «No temáis delante de ellos; portaos valientemente, y tened en cuenta: (a) Bajo quién lucháis: Acordaos del Señor, grande y temible. Quizá pensáis que nuestros enemigos son grandes y temibles, pero ¿qué son en comparación de nuestro Dios, especialmente cuando se oponen a Él? Es grande sobre todos ellos para dominarlos y terrible contra todos ellos cuando venga a pedirles cuentas. (b) Por quién lucháis: Por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas».
¡Os jugáis todo lo que tenéis en el mundo!
V. El desencanto que esto produjo en sus enemigos (v. 15). Cuando vieron que sus planes habían sido descubiertos y que los judíos estaban haciendo guardia, concluyeron que no había nada que hacer, pues Dios había desbaratado el consejo de ellos. Sabían que ya no podían atacar por sorpresa y que su táctica no les había servido. Así que los judíos pudieron volver cada uno a su tarea, tanto más contentos cuanto que veían claramente que Dios les reconocía y les amparaba en la obra que llevaban a cabo.
Versículos 16–23
Aun cuando los trabajadores tenían motivos para pensar que el plan de los enemigos había fracasado y, por eso, se volvieron al trabajo, no estaban sin embargo confiados del todo como para dejar las armas. Así que tomaron sus precauciones.
1. Mientras la mitad de ellos trabajaba, la otra mitad estaba con armas: lanzas, escudos, arcos y corazas, no sólo para ellos mismos, sino también para los trabajadores si llegaba el momento de defenderse (v. 16). El versículo 17 quizá deba interpretarse en el sentido de que, mientras trabajaban, tenían la espada cerca de ellos, no precisamente empuñándola, pues les habría sido difícil trabajar de este modo. Así lo da a entender, además, el v. 18 («tenía su espada ceñida a sus lomos»). La palabra de Dios es la espada del Espíritu (Ef. 6:17), que debemos tener siempre a mano, tanto en nuestras labores como en nuestros conflictos con el enemigo.
2. En caso de que alguien se atreviese a atacarles por sorpresa, se dispuso que alguien diera inmediatamente aviso a todos mediante toque de trompeta (v. 20), ya que la obra era amplia y los trabajadores estaban dispersos por el muro, apartados unos de otros (v. 19). Nehemías recorría constantemente la obra para inspeccionar y animar a los obreros. Cuando trabajaban, estaban separados, pero si tenían que defenderse de un ataque todos formaban un bloque. Así deberían también hacer los obreros del Señor en la edificación de la Iglesia: prestos a unirse contra el enemigo común.
3. Los habitantes de las aldeas tenían que residir de momento en Jerusalén con sus criados (v. 22), no sólo para estar más cerca del trabajo cada mañana, sino también para que pudieran ayudar en caso de ataque durante la noche. También Nehemías y sus hombres estaban de guardia cerca de la obra, y la mitad de ellos tenían lanzas desde el amanecer hasta el anochecer (v. 21).
Vemos ahora a Nehemías que soluciona problemas de administración. I. Quejas que recibió contra los explotadores del pueblo (vv. 1–5). II. Solución que aplicó Nehemías a este problema (vv. 6–13). III. El buen ejemplo que, como gobernador, dio de compasión y ternura (vv. 14–19).
Versículos 1–5
Tiempos duros y corazones duros hacen más miserables a los míseros.
I. Los tiempos en que vivían eran duros. Había escasez de grano (v. 3), probablemente por falta de lluvia. Cuando los precios están altos y las provisiones están escasas, los primeros en sufrir el daño son los pobres. Lo que agravaba la situación era la superpoblación (v. 2): Nosotros, nuestros hijos y nuestras hijas somos muchos. Las familias más necesitadas eran las más numerosas. Además, había que pagar el tributo al rey (v. 4), del que no valían excusas. Llevaban aún sobre sí las marcas de la cautividad. Al no tener dinero para comprar grano ni para pagar el tributo, tenían que pedir prestado. Sus familias habían venido ya pobres de Babilonia habían gastado en edificar y no habían recobrado su fuerza cuando vinieron sobre ellos estas nuevas cargas.
II. Las personas con las que trataban eran duras. Los que les prestaban dinero se aprovechaban de la situación: 1. Exigían subidos intereses: La centésima parte, dice el hebreo en el versículo 11; es decir, el 12 por ciento al año. 2. Lo que les obligaba a hipotecar las tierras y las casas (v. 3) para poder asegurar el dinero que prestaban y hacerse con el tiempo dueños de las haciendas. Y esto no era lo peor. 3. Les tomaban por esclavos a sus hijos y a sus hijas (v. 5), sin posibilidad de rescatarlos por falta de dinero. Fueron, pues, los pobres a quejarse ante Nehemías no sólo porque le conocían como hombre de autoridad que podía ayudarles, sino también como hombre de bondad que querría ayudarles. Pongámonos en el lugar de tantos y tantos como en este mundo pasan por tremendas estrecheces y tratemos de socorrer a cuantos podamos, no sólo con oraciones, sino con donaciones. Los que no muestran misericordia han de esperar un juicio sin misericordia. Una circunstancia agravante de este pecado era que los que así oprimían a sus hermanos habían sido ellos mismos libertados de la casa de servidumbre de Babilonia, lo que les obligaba con mayor motivo de gratitud a soltar las coyundas del yugo (Is. 58:6).
Versículos 6–13
La querella le fue presentada a Nehemías cuando más ocupado se hallaba en la obra de la reparación de los muros pero no por eso le dio largas al asunto, sino que, al darse cuenta de la flagrante injusticia, puso manos inmediatamente a su solución; sabía que, por muy altos, recios y fuertes que fuesen los muros de la ciudad, Jerusalén no sería lugar seguro mientras se tolerasen semejantes abusos. Así que se indignó mucho (v. 6) y se dispuso a tomar las medidas necesarias para desfacer el entuerto.
1. Lo meditó (v. 7). Con esto se da a entender que reflexionó bien sobre el asunto y no hizo nada precipitadamente. Antes de reprender a los opresores, consideró qué debía decir cuándo y cómo.
2. Tras esta meditación, reprendió a los nobles y a los oficiales, que eran los adinerados opresores y que pensarían que su poder les daba facilidades para oprimir impunemente a los pobres. Por desgracia, es bastante frecuente el que los potentados queden impunes en sus abusos. Un antiguo proverbio latino decía que «las leyes son como las redes de pescar; los peces pequeños quedan atrapados en ellas, pero los grandes las rompen».
3. Convocó asamblea pública (vv. 7, 12) para que todos pudiesen dar testimonio contra las opresiones (cosa que el pueblo siempre está dispuesto a hacer). Notemos que Esdras y Nehemías, aun siendo ambos muy buenos, prudentes y beneficiosos para el pueblo, tenían un carácter diferente. Cuando le dijeron a Esdras el pecado de los que tenían mujeres extranjeras, se rasgó los vestidos, lloró y oró pero costó mucho persuadirle a tomar medidas de reforma ya que temía que no fuese posible llevarla a cabo, pues era hombre de gran mansedumbre y ternura. En cambio, cuando le dijeron a Nehemías el pecado de los opresores, se enojó en gran manera, reprendió a los delincuentes delante del pueblo y no cejó hasta obligarles, por la vía rápida y drástica, a enmendar lo hecho, pues era hombre de ánimo fuerte y decidido. Los grandes siervos de Dios difieren mucho en su carácter y en los métodos que emplean, lo cual ha de enseñarnos a ser lo suficientemente prudentes para no criticarlos inconsideradamente ni tratar de imitarlos gregariamente.
4. Razonó el caso con ellos y les mostró la maldad de su proceder. El método general y sencillo de reformar al prójimo es tratar, en primer lugar, de persuadirle despertándole la conciencia. Nehemías les hace ver: (A) Que aquellos a quienes oprimían eran hermanos suyos. (B) Que habían sido rescatados recientemente de las manos de los gentiles. Eran de nuevo un pueblo por la maravillosa y misericordiosa providencia de Dios. «Ahora que nos ha costado tanto trabajo el rescatarles de las naciones—viene a decirles—(v. 8), ¿los vais a esclavizar de nuevo vosotros?» (C) Que era un gran pecado oprimir de esa manera a los pobres (v. 9). (D) Que era un oprobio para su condición de israelitas: «¿No queréis caminar en el temor de nuestro Dios, para no ser oprobio de las naciones enemigas nuestras? Van a decir: Mirad esos judíos, que profesan tanta devoción a su Dios y se portan tan bárbaramente unos con otros». No hay nada que desacredite tanto la profesión de fe cristiana como la mundanidad y el egoísmo de los que la profesan.
5. Les urgió insistentemente no sólo a dejar de oprimir a sus hermanos, sino también a restituir lo mal adquirido (v. 11). Véase cuán familiarmente les habla (v. 10): Quitémosles ahora este gravamen; se incluye él, como deben hacer los que reprenden, aun cuando estaba lejos de cometer tal pecado. Aunque tenía autoridad para mandar, ruega.
6. Consiguió de ellos la promesa de restituir (v. 12): Lo devolveremos y nada les demandaremos. Entonces él mandó llamar a los sacerdotes para que les tomasen juramento y, tras una acción simbólica (v. 13), apeló al juicio de Dios: Así sacuda Dios de su casa y de su trabajo a todo hombre que no cumpla esto. Esta fue una imprecación a la que el pueblo respondió con un ¡Amén!, y alabaron a Jehová. Buena fue la disposición con que hicieron la promesa, y mejor aún la prontitud con que la cumplieron: Y el pueblo hizo conforme a esto.
Versículos 14–19
Nehemías se refiere a continuación a lo que él mismo solía hacer. No lo dice por orgullo o vanagloria, sino para incitar a sus sucesores y a los demás magistrados a obrar como es debido.
1. Cita el caso de sus predecesores (v. 15). No los menciona por sus nombres, porque lo que va a decir de ellos no es honroso y en tales casos, mejor es no citar nombres. Los gobernadores anteriores gravaban al pueblo, exigiéndole para el mantenimiento de ellos y de sus criados cuarenta siclos de plata (una gran suma diaria—unos 500 gramos—), y aun así permitían que sus criados esquilmaran al pueblo.
2. Declara lo que él hacía. (A) En general, no actuaba como los otros gobernadores. El temor de Dios le refrenaba de oprimir al pueblo. Era, pues, generoso por motivos de conciencia, sin conseguir para sí mismo otra cosa que la satisfacción por el deber cumplido. (B) En particular: (a) Detalla cuán poco recibía en comparación con lo que podía haber exigido. Tan lejos estaba de exigir más de lo debido, que nunca pidió nada al pueblo, sino que vivía de lo que se le daba en la corte de Persia y lo que sacaba de su hacienda en Israel; la razón que da de este proceder es que el trabajo que pesaba sobre el pueblo era duro (v. 18). En nuestras demandas hemos de considerar no sólo si son justas, sino también si pueden ser razonablemente satisfechas. (b) Declara que daba muchas cosas que podía haberse reservado: El trabajo de sus criados en la obra (v. 16) y el alimento que brindaba en su mesa a 150 judíos y oficiales, sin contar los que venían de las naciones (vv. 17, 18).
3. Finaliza con una breve oración (v. 19): Acuérdate de mí para bien, Dios mío. (A) Nehemías menciona aquí lo que había hecho por el pueblo, para avergonzar a los opresores y explotadores. (B) Lo menciona en una oración a Dios, no para exhibirlo como mérito ante Dios, sino como en ruego de recuerdo, pues lo que realmente le interesa es que Dios se acuerde de él para bien; con eso le basta.
Una vez aquietados los clamores de los oprimidos, las obras prosiguen su curso, y aquí las vemos acabadas con gozo. Ya vimos (cap. 4) cómo quedaron frustrados los planes de los enemigos para detener por la fuerza los trabajos. Aquí vemos cómo quedaron frustrados sus esfuerzos para convencer a Nehemías que los suspendiese. I. Le invitaron a una reunión, pero no quiso acudir (vv. 1–4). II. Quisieron, entonces, hacerle ver que aquello era una sedición, pero él respondió que era mentira (vv. 5– 9). III. Alquilaron a un falso profeta para sobornarle, pero no lo consiguieron (vv. 10–14). IV. A pesar de la secreta correspondencia entre los enemigos y algunos judíos traidores, la obra se terminó felizmente (vv. 15–19).
Versículos 1–9
Vemos dos complots contra Nehemías.
1. Un complot para meterle en una trampa. Sabían los enemigos (v. 1) que se había restaurado el muro, aunque no se habían puesto las hojas de las puertas; así que intentaron un golpe de astucia: Atraer a Nehemías a una reunión en una aldea de la tribu de Benjamín, pero con la intención de hacerle mal. Él declinó la invitación con una buena excusa: Yo hago una gran obra y no puedo ir, porque cesaría la obra, dejándola para ir a vosotros (v. 3). Cuatro veces le invitaron, y cuatro veces les dio la misma respuesta (v. 4).
2. Un complot para atemorizarle y que dejase así la obra. Sanbalat fue el que lo intentó, pero en vano. Se esfuerza en hacer ver a Nehemías que la obra que está haciendo es tenida por rebelión (vv. 5–7). Eso constaba según Sanbalat, en una carta abierta, como algo del dominio público, de lo que podía dar fe Gasmu, es decir, el Gésem que ya conocemos (jefe árabe de los edomitas). Hasta se rumoreaba que Nehemías quería hacerse rey de Jerusalén, en rebelión contra el rey de Persia. Simula Sanbalat amistad, pues le dice: «Consultemos juntos» (v. 7); como si dijese: «Vamos a ver si conseguimos acallar ese rumor». Intentaba, como Judas entregarle con un beso. Nehemías, por su parte, no sólo negó que tal cosa fuera cierta, sino que también era falso el rumor: «Todo eso te lo inventas tú», llega a decirle (v. 8). Así escapó de la trampa que se le tendía. Tras esto, Nehemías levantó el corazón a Dios en otra breve oración: Oh Dios, fortalece tú mis manos (v. 9). Cuando en nuestra milicia cristiana, entremos en algún servicio especial o en algún conflicto, hemos de decir también: «Ahora, oh Dios mío, fortalece tú mis manos».
Versículos 10–14
Los enemigos de los judíos no dejan piedra sin remover para impedir que Nehemías termine la construcción de los muros de Jerusalén. Ahora tratan de atraerlo al templo, y simulan que es para su propia seguridad. ¡Que esté en cualquier lugar, aun en el templo, menos en su trabajo!
1. Cuán vilmente planearon los enemigos esta tentación. (A) Su verdadero objetivo era burlarse de Nehemías como de hombre miedoso (v. 13): «Para hacerme temer así, y que pecase, y les sirviera de mal nombre con que fuera yo infamado». (B) Los instrumentos de que se valieron fueron un falso profeta y una falsa profetisa, a los que alquilaron para infundir miedo a Nehemías y que se retirase así de la obra que estaba haciendo. El supuesto profeta era Semaías, del cual se dice que estaba en casa detenido, impedido o encerrado, no sabemos si por impureza legal o, más probablemente como símbolo de meditación y recogimiento a fin de dar a entender la gravedad de la situación para el pueblo judío y para el propio Nehemías. Éste fue a casa de Semaías para consultarle (v. 10). También había una supuesta profetisa, y otros profetas quienes hacían el juego a los enemigos de los judíos (v. 14). (C) La excusa parecía plausible, pues tenía que ver con el derecho de asilo. Pero si Nehemías hubiese sucumbido a la tentación, los enemigos podían haber dicho que, no siendo sacerdote, se había atrevido a entrar en el santuario. Además, el pueblo habría abandonado la obra y arrojado las armas, y cada uno habría huido para salvar la vida. Entonces, los enemigos podrían fácilmente, sin ninguna oposición, derribar de nuevo los muros.
2. Nehemías salió más que victorioso de esta tentación. (A) De inmediato decidió no ceder a ella (v. 11): «¿Un hombre como yo ha de huir?… No entraré. Prefiero morir en mi trabajo a vivir con vergüenza retirándome de él». (B) Pronto se dio cuenta también de que se trataba de un complot (v. 12). «Entendí que Dios no lo había enviado; de que me daba este consejo, no por orden de Dios, sino sobornado para mi mal». De dos cosas tenía temor Nehemías: (a) De ofender a Dios (v. 13): «Para hacerme temer así y que pecase». El pecado es lo que se debe temer por encima de todo; y el mejor modo de preservarse del pecado es no temer otra cosa, sino el pecado. (b) De exponerse a la infamia: «Y les sirviera de mal nombre con que fuera yo infamado». (C) Ruega a Dios humildemente que les tenga en cuenta estas vilezas que cometen contra él (v. 14): «Acuérdate, Dios mío, de Tobías y de Sanbalat, conforme a estas cosas que hicieron, etc.».
Versículos 15–19
Todavía no se le han acabado a Nehemías los problemas, aun cuando ya había acabado de edificar el muro.
1. Tobías y los demás enemigos de los judíos se sentían mortificados al ver edificado el muro, sin que les hubiesen valido los intentos para impedirlo. El muro fue edificado en cincuenta y dos días, y tenemos motivos para pensar que descansaban los sábados (v. 15). Eran muchos los que estaban empleados en la obra y la hacían con alegría porque la amaban. Cuando se enteraron los enemigos de que estaba acabado el muro, se sintieron humillados (v. 16). Envidiaban la prosperidad y el éxito de los judíos y se recomían de ver edificados los muros de Jerusalén. En vano se habían opuesto ya que, al ser cosa de Dios, de cierto había de prevalecer y salir adelante.
2. Nehemías pasó todavía, a pesar de este triunfo, por la aflicción de ver que algunos de los de su propio pueblo mantenían traidoramente correspondencia con Tobías. Con esta secreta conspiración no hacían otra cosa que favorecer a los intereses de los enemigos de Israel y ocasionar la ruina de su propio país. Estaban conjurados con él (v. 18), no como a su príncipe, sino como a su aliado, porque tanto Tobías como su hijo se habían casado con mujeres de Israel. Véase una vez más el mal resultado de casarse con incrédulos: por cada gentil que se hacía prosélito de este modo, se corrompían diez israelitas. Y aún tenían la desvergüenza de intentar que Nehemías se hiciera amigo de él. A esta traición añadían la de comunicar a Tobías todo lo que Nehemías decía y aconsejaba, y de presentar a Tobías como buena persona delante de Nehemías. Pero Dios velaba por él.
Terminados los muros, Nehemías se preocupa ahora: I. Por ver bien guardada la ciudad (vv. 1–4). II. Por verla bien poblada. Para ello, registra y pone por escrito las familias que habían regresado de la cautividad (vv. 5–73). Después (11:1) se verá el uso que hizo de este registro.
Versículos 1–4
Isaías había profetizado de Sion (Is. 62:6): «Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas»: éste es ahora el objetivo de Nehemías porque los muros muertos, sin guardas vivos, son pobre defensa para una ciudad.
1. Nombró porteros, cantores y levitas (v. 1) para que sirvieran en sus respectivos lugares. El culto a Dios es la mejor defensa de un lugar, y los guardas sobre los muros son sus ministros cuando cumplen con su deber.
2. Nombró también dos gobernadores o supervisores, a los que encomendó el cuidado de la ciudad y les encargó que velasen por la paz y la seguridad del pueblo. Uno de ellos era Hananí, su hermano, el que había ido a él con las noticias de la desolación de Jerusalén (1:2, 3), hombre de probada integridad y que amaba de veras a su país; el otro era Hananías, jefe de la fortaleza de Jerusalén, es decir de la ciudadela que protegía el templo; había sido, pues, una especie de virrey en Jerusalén, a las órdenes del rey de Persia. De él se dice aquí que era varón de verdad y temeroso de Dios, más que muchos.
3. Dio órdenes acerca del abrir y cerrar de las puertas de la ciudad (vv. 3, 4). El perímetro de Jerusalén era muy grande. Los muros cerraban el mismo espacio de antes, pero la mayor parte estaba en desolación, pues no se habían edificado muchas casas; así que Nehemías había amurallado la ciudad por fe, con la vista puesta en la profecía de Zacarías (Zac. 8:3 y ss.). Aun cuando el pueblo no era aún numeroso, él tenía fe en que se multiplicaría, y por eso había edificado los muros como para que dentro de ellos pudiese albergarse una gran población.
4. Ordenó también a los jefes de la ciudad que, además del cuidado en cerrar las puertas al anochecer y atrancarlas, se pusiesen guardas, o centinelas que, en caso de una invasión enemiga, diesen a tiempo la noticia de la inminencia del peligro. Una medida muy práctica era que cada uno estuviese vigilando delante de su casa a fin de que, de este modo, tuviese un cuidado especial. La seguridad pública depende, en gran medida, de que cada uno se defienda a sí mismo, y a los suyos, del pecado, porque éste es el peor y más común enemigo de la paz y de la seguridad. Sabían que «Si Jehová no guarda la ciudad, en vano vela la guardia» (Sal. 127:1).
Versículos 5–73
Otro buen proyecto de Nehemías. Sabía muy bien que la seguridad de una ciudad depende, después de Dios, más del número y valor de sus habitantes que de la altura y solidez de sus murallas y, por ello, pensó que era muy conveniente pasar revista al pueblo, a fin de hallar qué familias eran las que anteriormente habían habitado en Jerusalén, para que volviesen a morar allí, y qué familias podían recibir de ellas un atractivo, ya fuese por motivos religiosos o económicos, para que viniesen a reedificar las casas de Jerusalén y vivir en ellas. Es una prueba de sabiduría política por parte de los gobernantes de un país el mantener el debido equilibrio entre la capital y el resto de la nación, entre las grandes ciudades y el campo a fin de que la metrópoli no sea ni lo extravagantemente enorme como para absorber y empobrecer el país, ni demasiado débil y pequeña como para no poder protegerlo y dirigirlo.
1. De dónde sacó Nehemías este proyecto: Reconoce que había sido como una inspiración de Dios (v. 5): «Entonces puso Dios en mi corazón …».
2. Qué método usó para ponerlo por obra. (A) Convocó a los jefes y al pueblo para enterarse del estado de las familias: su número, su fuerza y su emplazamiento. (B) Revisó el antiguo libro de la genealogía de los que habían subido antes y comparó con él el presente censo. Se repite aquí la cuenta de Esdras 2 pero hay muchas diferencias en los números. Acerca de estas discrepancias dicen acertadamente (nota del traductor) Jamieson, Fausset y Brown, en su comentario a este lugar: «Se explica la discrepancia satisfactoriamente por la diferencia de circunstancias en que fueron hechos los dos registros: el de Esdras fue hecho en Babilonia, mientras que el de Nehemías fue confeccionado en Judea, después que fueron reedificados los muros de Jerusalén». Naturalmente, se esperaría que un lapso de tantos años haría que apareciese una diferencia en el catálogo, por fallecimientos u otras causas; en particular, que alguna persona, según la costumbre judía, sea llamada por nombres distintos. De esta manera, Harif (v. 24) es la misma persona que Jorá (Esd. 2:18). «Bendigamos a Dios porque nuestra fe y nuestra esperanza no están fundadas en sutilezas de nombres, números, genealogías y cronologías, sino en las grandes verdades de la Ley y del Evangelio.»
Esdras salió de Babilonia trece años antes que Nehemías; no obstante, tenemos aquí una buena obra que hizo, y que pudo haber sido hecha antes, pero no lo fue hasta que vino Nehemías, que era más emprendedor y activo. I. Solemne y pública lectura y exposición de la Ley (vv. 1–8). II. Se dio orden al pueblo de que expresaran su gozo en esta ocasión (vv. 9–12). III. La solemne observancia de la fiesta de los Tabernáculos conforme a la Ley (vv. 13–18).
Versículos 1–8
Relato de una solemne asamblea religiosa y la buena obra que se llevó a cabo en dicha asamblea.
1. Se celebró el primer día del mes séptimo (v. 2), que era el día de la fiesta de las trompetas, que es llamado sábado, es decir, día de reposo, y en el que había de celebrarse santa convocación (Lv. 23:24; Nm. 29:1). Pero eso no es todo: fue en ese día cuando se erigió el altar y comenzaron a ofrecer sus holocaustos al regreso de su exilio, una bendición reciente en la memoria de muchos que vivían entonces.
2. El lugar de la celebración fue la plaza que está delante de la puerta de las Aguas (v. 1), un lugar espacioso, en el que cabía gran multitud, para la que era insuficiente el atrio del templo, el cual es probable que no fuese ahora tan amplio como lo había sido en tiempo de Salomón. Los sacrificios habían de ofrecerse a las puertas del templo, pero las oraciones, las alabanzas y los mensajes eran, y son, servicios religiosos tan aceptablemente llevados a cabo en un lugar como en otro. Cuando esta congregación se reunió en la plaza pública, no cabe duda de que Dios estaba con ellos.
3. Allí se reunieron todos cuantos quisieron acudir de común acuerdo, como un solo hombre; nadie fue forzado a asistir. No sólo vinieron los hombres, sino también las mujeres y los niños. Los pequeños deben ser entrenados en los ejercicios de la religión tan pronto como llegan al uso de la razón.
4. El director de esta asamblea fue Esdras, el sacerdote y escriba. (A) Por ambas cualificaciones, era el hombre más indicado para ello, por lo que le dijeron que trajese el libro de la ley de Moisés para leerlo delante de todos (v. 1) (B) Se apostó en una especie de púlpito o torre de madera que habían hecho para ello (v. 4), a fin de que se le oyese y se le viese mejor. (C) Tenía varios ayudantes, algunos de los cuales estaban junto a él (v. 4): seis a su derecha y siete a su izquierda. (D) En el versículo 7 se mencionan trece levitas que «hacían entender al pueblo la ley» y (v. 8) «ponían el sentido, de modo que el pueblo entendiese la lectura». Esto significa, simplemente, que el trabajo de estos levitas consistía principalmente en traducir al arameo lo que Esdras leía en hebreo, pues el pueblo había olvidado el hebreo (v. 13:24).
5. Los ejercicios religiosos llevados a cabo en esta asamblea no eran de carácter ceremonial, sino moral: orar y predicar. Como presidente de la asamblea, Esdras era: (A) La boca del pueblo para dirigirse a Dios, y todo el pueblo se unió a él en las alabanzas a Dios (v. 6): Bendijo a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén, amén!, al alzar sus manos (lit.), en señal de que se unían a él en su oración de alabanza, y se inclinaron (lit.), en señal de humillación y reverencia. (B) La boca de Dios para dirigirse al pueblo, y el pueblo le estaba atento, cuando leyó la Ley (v. 3). Cuando los ministros de Dios suben al púlpito deben llevar consigo sus Biblias, pues de ellas han de sacar sus mensajes, como hizo Esdras (comp. 2 Cr. 17:9). Abrió el libro de la Ley con gran reverencia y solemnidad a ojos de todo el pueblo (v. 5). Él y otros leyeron en el libro de la Ley desde el alba hasta el mediodía (v. 3). Unos leían, otros traducían; todo ello, claramente … de modo que entendiesen la lectura (v. 8). Los que leen y proclaman la Palabra de Dios han de procurar hacerlo de manera que los oyentes puedan entenderla (no sólo oírla), retenerla y ser afectados por ella; para eso, es menester que los predicadores mismos la entiendan y la sientan. Cuando Esdras abrió el libro, todo el pueblo se puso en pie (v. 5), en señal de respeto, tanto hacia Esdras como, especialmente, a la Palabra de Dios.
Versículos 9–12
1. El pueblo se sintió herido en el corazón por las palabras de la Ley (comp. Hch. 2:37). La Ley muestra al hombre sus pecados y el peligro en que se halla a causa de ellos. Por eso, cuando oyeron la lectura de la Ley, todo el pueblo lloraba (v. 9): era señal de que el corazón estaba enternecido, lo mismo que el de Josías cuando oyó las palabras de la Ley. Lloraban al ver cuánto era lo que habían ofendido a Dios.
2. Fueron consolados y sanados por las palabras de ánimo que les fueron dirigidas. Era fiesta solemne y debían regocijarse. El dolor por el pecado no debe impedir nuestro gozo en Dios, sino más bien conducirnos a tal gozo. Parece ser que fue Nehemías el que tomó la iniciativa en exhortar el pueblo a cesar en el llanto, ya que el sujeto del verbo dijo (v. 10) debe ser, aunque no esté expreso en el texto, el mismo del v. 9, esto es, Nehemías, con el que estuvo de acuerdo Esdras (v. 9). En efecto, el afligirse era apropiado en el Día de la Expiación, pero no en el Día de las Trompetas. Así que los levitas hicieron callar (es decir cesar de llorar) a todo el pueblo (v. 11). En lugar de llorar, debían alegrarse, comer y beber. Este gozo había de ir acompañado: (A) De caridad hacia los pobres (v. 10): Enviad porciones a los que no tienen nada preparado. (B) De piedad y devoción: El gozo de Jehová es vuestra fuerza. El gozo santo es como aceite para las ruedas de nuestra obediencia.
3. La asamblea obedeció. Cesó de llorar (v. 11) y todo el pueblo se fue a celebrar la festividad y a gozar de gran alegría (v. 12). Los que habían sembrado con lágrimas, recogían con gozo. Quienes tiemblan ante la convicción de pecado, bien pueden triunfar ante el perdón de los pecados. Es de notar que estaban alegres, no por lo que habían comido y bebido, sino porque habían entendido las palabras que les habían enseñado (v. 12). La oscuridad de la aflicción surge de la oscuridad de la ignorancia y del error. Cuando les fue leída la Ley al principio, les hizo llorar; pero cuando les fue bien explicada, se alegraron, pues hallaron bellas promesas para quienes se arrepienten y comienzan una nueva vida. ¡Había esperanza en Israel!
Versículos 13–18
1. De nuevo se reunió el pueblo al día siguiente a escuchar la Ley de labios de Esdras (v. 13). No sólo el pueblo llano, sino también los sacerdotes y levitas vinieron a aprender, a fin de poder enseñar a otros
(comp. 2 Ti. 2:2). Conscientes, más que nunca, de sus deficiencias tanto como de sus excelencias, se humillaron al segundo día para ponerse a los pies de Esdras, como discípulos suyos.
2. El pueblo, consciente más que nunca de su deber, vino igualmente a escuchar la lectura de la Ley. Es probable que Esdras, conforme a la sabiduría que tenía de su Dios (Esd. 7:25), les leyese en este segundo día las porciones de la Ley concernientes a las fiestas que correspondían a aquel mes; entre ellas, la fiesta de los Tabernáculos (Lv. 23:34; Dt. 16:13).
(A) Hallada la designación divina de esta fiesta (vv. 14, 15), la cual era memorial de su habitación en tiendas de campaña durante su peregrinación por el desierto, y un símbolo de nuestra situación en este mundo (v. 2 Co. 5:1–4; 2 P. 1:13, 14). A esto apunta la profecía de Zacarías (Zac. 14:16), cuando los que sobrevivan de las naciones suban a Jerusalén para celebrar dicha fiesta. El pueblo salía a traer ramas de olivo, etc., para construir dichas tiendas. Los de Jerusalén acudirían al monte de los Olivos.
(B) Observada puntualmente la fiesta (vv. 16, 17). Toda la congregación habitó en tabernáculos, construidos en diversos lugares: los sacerdotes y levitas los pusieron en los patios de la casa de Dios; los que tenían ya casa propia, cada uno sobre su terrado; los que no la tenían, en las plazas de la puerta de las Aguas y de la puerta de Efraín (v. 16). Y hubo alegría muy grande (v. 17), como correspondía a esta fiesta. Asimismo asistieron a la lectura y exposición de la Palabra de Dios durante todos los días de la fiesta (v. 18).
Relato de un ayuno que fue celebrado como día de humillación. I. Cómo fue observado (vv. 1–3). II. Quiénes fueron los conductores de la oración que fue elevada a Dios en esta ocasión, y que concluyó con una solemne resolución de obediencia (vv. 4–38).
Versículos 1–3
Relato de un ayuno que observaron los hijos de Israel, probablemente por orden de Nehemías. Lo señalaron los hombres, pero lo había escogido Dios, porque: l. Era un día para afligir el alma (Is. 58:5). Es muy probable que se reunieran en los atrios del templo vestidos de saco y con polvo en la cabeza, en actitud de duelo (v. 1). Antes se les había prohibido llorar (8:9), pero ahora se les incitaba a llorar. 2. Era día de desatar las cadenas de maldad (Is. 58:6) pues ése es también el ayuno que Dios ha escogido. Sin eso, de nada sirve vestirse de saco y cubrir de polvo la cabeza. 3. Era día de comunión con Dios.
Ayunaban para Dios (Zac. 7:5), porque: (A) Le hablaban en oración. El ayuno sin oración es como un cuerpo sin alma, cadáver inerte. (B) Le oían hablar mediante su palabra, pues leían en el libro de la Ley, a fin de que, en el espejo de la Ley (comp. Stg. 1:23–25), pudiesen ver sus deformidades y manchas y saber qué tenían que enmendar y limpiar. Dividieron el tiempo entre estas dos ocupaciones: emplearon tres horas en leer, exponer y aplicar las Escrituras, y otras tres horas en orar y confesar sus pecados. Así que se dedicaron a estos actos de devoción durante seis horas, sin decir: «¡Qué aburrimiento!»
Versículos 4–38
Labor que se hizo este mismo día festivo. 1. Se mencionan los nombres de los levitas que exhortaron al pueblo a rendir alabanzas a Dios (vv. 4, 5). No se nos dice si exhortaban sucesivamente por turno o si formaban diferentes grupos a cierta distancia unos de otros, con un levita que lo presidiera. 2. Aunque los levitas ejercían este ministerio de exhortación, los autores coinciden en afirmar que la oración propiamente dicha (al menos, desde el v. 6) fue pronunciada por el propio Esdras. En ella se rinden alabanzas a Dios, especialmente por su misericordia y fidelidad, y se pide perdón por los pecados del pueblo.
I. Solemne adoración a Dios como Ser perfecto y glorioso, y como la fuente de todos los seres (vv. 5, 6). Se convoca a la asamblea a unirse a esta alabanza poniéndose en pie. El conductor de la oración se dirige a Dios diciéndole: «Bendígase el nombre tuyo». Dios es aquí adorado: 1. Como el único Dios vivo y verdadero: «Tú solo eres Jehová». 2. Como el Creador de todas las cosas: «Tú hiciste los cielos … la tierra … los mares, y todo lo que hay en ellos». 3. Como el gran Vivificador de todo: «Tú vivificas todas estas cosas». 4. Como Aquel a quien todas las criaturas han de alabar: «Bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza» (v. 5); «Los ejércitos de los cielos te adoran» (v. 6).
II. Un reconocimiento agradecido de los favores de Dios a Israel, los cuales se enumeran aquí en orden.
1. El llamamiento de Abraham (v. 7).
2. El pacto que hizo Dios con él de darle la tierra de Canaán a él y a su descendencia (v. 8), tierra que era tipo de un país mejor.
3. Liberación de Israel de la esclavitud de Egipto (vv. 9–11). Era muy apropiado recordar esto cuando estaban orando para que se completara la liberación de la esclavitud de Babilonia.
4. La conducción del pueblo a través del desierto mediante la columna de nube y fuego, la cual les mostraba el camino que habían de tomar, así como el momento en que debían trasladarse de un lugar a otro y el lugar en que debían descansar en cada etapa (v. 12). También era una señal visible de la presencia de Dios en medio de ellos para guiarles y protegerles.
5. La abundante provisión para ellos en el desierto, a fin de que no pereciesen de hambre: «Les diste pan del cielo en su hambre, y en su sed les sacaste aguas de la peña» (v. 15); y, para mantenerles en alto el corazón, la promesa de que entrarían a poseer la tierra de Canaán. Comida y bebida durante todo el viaje, y una buena tierra en perspectiva al final. ¿Qué más podían desear? Estos beneficios se repiten en los vv. 20 y 21 como algo que continuó a pesar de las seguidas provocaciones del pueblo: «Los sustentaste cuarenta años en el desierto» (v. 21).
6. La promulgación de la Ley en el monte Sinaí. No sólo les dio la Ley, sino que descendió Él en persona a hablarles desde el cielo (v. 13), no envió a un ángel (v. Dt. 4:33). Ninguna nación bajo el sol tenía estatutos y juicios justos como los de esta Ley (Dt. 4:8). Y con la Ley y el sábado les dio su buen Espíritu para enseñarles (v. 20). Los cinco libros del Pentateuco, escritos por Moisés, el cual era movido (lit. llevado) por el Espíritu Santo (v. 2 P. 1:21), eran una continua instrucción divina para ellos.
7. Darles posesión de la tierra prometida: «reinos y pueblos» (v. 22). Se multiplicaron allí hasta llenar el país (v. 23) y obtuvieron continuas victorias hasta hacerse dueños de él (v. 24).
8. Dios estuvo siempre dispuesto a perdonarles los pecados y otorgarles liberación siempre que, a causa de sus rebeliones, habían atraído sobre sí el castigo de Dios. Después, cuando ya estaban establecidos en Canaán y, por sus pecados, se vendieron en manos de sus enemigos, tan pronto como se sometieron y clamaron a Dios, les envió libertadores (v. 27), los Jueces, por medio de los cuales obró grandes proezas en favor de ellos cuando estaban al borde de la ruina.
9. Las admoniciones y los tiernos avisos que les dio por medio de sus siervos los profetas. Al librarles de sus aflicciones, testificó contra los pecados de ellos (vv. 28–30), a fin de que no interpretasen sus liberaciones como connivencias de Dios con respecto a sus maldades. El testimonio de los profetas era el testimonio del Espíritu en los profetas, y en ellos estaba el Espíritu de Cristo (1 P. 1:10, 11). Hablaban movidos por el Espíritu Santo (2 P. 1:21), y lo que ellos decían había de ser (y ha de ser) recibido como inspirado por Dios.
10. Su continua longanimidad y paciencia y la moderación de las reprensiones que les dirigía (v. 30):
«Los soportaste por muchos años». Era tardo para la ira y esperaba por ver si se arrepentían; y aun cuando les castigaba, no los consumió ni los desamparó (v. 31).
III. Una confesión sincera de sus propios pecados y de los de sus antepasados.
1. Comienza por los pecados de Israel en el desierto (v. 16): Mas ellos y nuestros padres fueron soberbios y endurecieron su cerviz. El orgullo (la autosuficiencia) está siempre en el fondo de la obstinación y de la desobediencia. Cuando los hombres no hacen el uso debido de las ordenanzas ni de las providencias de Dios, ¿qué se puede esperar de ellos? Se especifican aquí dos grandes pecados de los que se hicieron culpables en el desierto, al desear volver: (A) A la esclavitud de Egipto, la cual preferían, en atención a los ajos y cebollas, a la gloriosa libertad del Israel de Dios, en atención a ciertas dificultades e incomodidades. (B) A la idolatría de Egipto (v. 18): «Hicieron para sí becerro de fundición y dijeron: Éste es tu Dios».
2. Después vinieron las provocaciones del pueblo una vez que estuvieron asentados en el país de Canaán.
3. Finalmente, lamentaron los pecados que habían atraído sobre ellos el tremendo castigo de la ruina del templo de la ciudad santa y de la nación, y la subsiguiente deportación del pueblo a Babilonia. De esta deportación y ruina estaban siendo librados ahora en parte. De dos pecados específicos culpan a sus padres, como causantes de la reciente aflicción: (A) Desprecio de la ley que Dios les había dado (v. 34): No pusieron por obra tu ley, ni atendieron a tus mandamientos y a tus testimonios con que los amonestabas. (B) Desprecio de la buena tierra que Dios les había dado (v. 35): En la tierra espaciosa y fértil que entregaste delante de ellos, no te sirvieron. Los que no quisieron servir a Dios en su propio país, tuvieron que servir a sus enemigos en un país extranjero, como se les había amenazado (Dt. 28:47, 48).
IV. Un humilde memorial de los juicios de Dios, bajo los cuales habían estado y aún estaban. 1. Recuerdan los castigos anteriores. No habían hecho caso a los avisos de Dios. En los días de los Jueces los enemigos los afligieron (v. 27); y cuando volvieron a hacer el mal, también Dios volvía a abandonarlos en manos de sus enemigos (v. 28). 2. Presentan ante Dios el estado calamitoso en que se hallan al presente (vv. 36, 37): Hoy somos esclavos, etc. Israelitas, libres de nacimiento, hechos ahora esclavos, pues la tierra que por tanto tiempo habían poseído en propiedad estaba ahora bajo la jurisdicción del rey de Persia, cuyos vasallos eran. Reconocen honestamente que esto se debe a sus pecados. La pobreza y la esclavitud son frutos del pecado, pues es el pecado el que trae sobre nosotros las peores calamidades.
V. Bajo el peso de estas calamidades se dirigen a Dios: 1. Por vía de súplica (v. 32); piden a Dios que todo su sufrimiento no sea tenido en poco delante de Él. Es la única petición que aparece en toda esta larga oración. El sufrimiento era general: había alcanzado a sus reyes, príncipes, sacerdotes y padres, además del pueblo llano (v. 34); todos compartían el sufrimiento porque todos habían sido cómplices del pecado. La cosa había durado muchos años (v. 32): Desde los días de los reyes de Asiria hasta este día. No es que le prescriban a Dios lo que tiene que hacer, sino que lo dejan en sus manos. 2. Por vía de reconocimiento de que, no obstante, era realmente menos de lo que ellos se merecían (v. 33). Reconocen la justicia de Dios en todos los sufrimientos que han padecido y padecen (v. 33): Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros.
VI. Resultado y conclusión de todo este asunto. Después de todo este reconocimiento del caso, llegan a esta resolución: «A causa, pues, de todo esto, hacemos fiel promesa, como un pacto firme con nuestro Dios; esto es, al reconocer nuestros frecuentes apartamientos de Dios, nos vamos a ligar a Él más fuertemente que nunca; por habernos entregado continuamente al pecado, vamos a luchar infatigablemente contra el pecado, a fin de que no volvamos a retirar el hombro». Un cierto número de príncipes, levitas y sacerdotes fueron escogidos como representantes de la congregación, a fin de que firmasen y sellasen la promesa en nombre de los demás.
Vemos: 1. Los nombres de los que suscribieron la promesa que hemos visto hace poco (vv. 1–27). II. El consentimiento de los demás (vv. 28, 29). III. El pacto en sí, con sus términos de que, en general,
«guardarían y cumplirían todos los mandamientos» (v. 29); en particular, que no se mezclarían en matrimonio con extraños (v. 30), ni profanarían el sábado ni serían rigurosos con sus deudores (v. 31), y que pagarían sus contribuciones para el mantenimiento del servicio del templo (vv. 32–39).
Versículos 1–31
La primera vez que Israel entró en pacto con Dios, se llevó a cabo mediante sacrificio y rociamiento de sangre (Éx. 24). Pero aquí se hizo mediante el modo corriente de sellar y suscribir los artículos del pacto.
I. Nombres de las personas que, como representantes y cabezas de la congregación, pusieron sus manos y sellos en este pacto. Firmó primero Nehemías, que era el gobernador. Tras él, veintidós sacerdotes. Después de los sacerdotes firmaron diecisiete levitas entre los que hallamos a todos o casi todos los que habían exhortado a la congregación a alabar a Dios (9:4, 5). Los que guían en la oración, bien está que guíen también en toda otra obra buena. Y después de los levitas lo suscribieron, por sí y por el resto del pueblo, cuarenta y cuatro jefes, o cabezas, del pueblo.
II. El consentimiento que a esta firma del pacto dio el resto del pueblo y el resto de los sacerdotes y levitas. A ellos se unieron: 1. Las mujeres y los niños: todos habían transgredido y todos habían de reformarse. 2. Los prosélitos de otras naciones (v. 28): «Todos los que se habían apartado de los pueblos de las tierras a la ley de Dios». Véase por aquí en qué consiste la conversión: en separarnos de la corriente y las costumbres del mundo, para dedicarnos a una conducta conforme con la ley de Dios. Al haber una sola ley, es uno solo el pacto, tanto para el extranjero como para el nacido en el país. Todos ellos se reunieron con sus hermanos y sus principales (v. 29), a fin de expresar su consentimiento en protestar y jurar que andarían en la ley de Dios. No necesitaban imponerse otra carga que ésta.
III. Algunos de los términos específicos de este pacto, como era conveniente para evitar las tentaciones que les rondaban al presente. 1. Que no se unirían en matrimonio con los gentiles (v. 30). 2. Que no tendrían mercado en día de sábado ni en ningún otro día del que la Ley decía: No trabajarás en él. El sábado o día de reposo es día de mercado para las almas pues es el día de rescatarlas de la posesión del diablo mediante la predicación de la Palabra de Dios, pero es día de reposo para los cuerpos. 3. Que no serían severos en la exacción de deudas, sino que observarían el séptimo año como año de remisión, conforme a la Ley (v. 31).
Versículos 32–39
I. Se resolvió, en general, que el servicio del templo se observase con todo esmero, a fin de que la obra de la casa de su Dios se llevase a cabo en sus tiempos, conforme a la Ley (v. 33). Si nos esmeramos en que la obra de la casa de Dios vaya bien, podemos esperar que nos vaya bien igualmente en nuestra casa. Asimismo se resolvió que no abandonarían la casa de su Dios (v. 39) por lo tanto que no darían culto a otros dioses, ni en los lugares altos. Los que abandonan el culto de adoración a Dios abandonan a Dios.
II. En consecuencia, se resolvió que contribuirían generosamente al mantenimiento del servicio del templo (v. 32): con la tercera parte de un siclo (unos cuatro gramos) por cada uno; poca cosa en sí, pero que alcanzaría una suma considerable en conjunto. No se ha de olvidar que tenían que pagar también tributo al rey de Persia. Con ese tercio de siclo, llegaba y sobraba para todo el servicio del templo (v. 33). Especial esmero habían de poner en la ofrenda de la leña (v. 34), a fin de que no faltase combustible para el altar de Dios. Igualmente se comprometieron a traer todo aquello que la Ley mandaba para la manutención de sacerdotes y levitas, a fin de que no cayeran en la tentación de descuidar su deber para obtener con qué mantener a sus familias. Las primicias y los diezmos eran las principales fuentes de ingreso de los ministros del templo. Así lo habían de hacer, según mandaba la Ley (Nm. 18:21–28). Este deber había estado descuidado por bastante tiempo, por lo que Dios, por medio del profeta, les acusa de robar a Dios (Mal. 3:8, 9), mientras les promete sobreabundancia (Mal. 3:10, 11) si cumplen con esta ley. Así prometen, pues, hacerlo en todas las ciudades (v. 37). A pesar de las grandes tasas que pagaban al rey de Persia, y las dificultades que su servidumbre al rey comportaba, no se excusan por ello para dejar de pagar sus diezmos y primicias, sino que están decididos a dar a Dios lo que es de Dios, y a César lo que es de César.
Jerusalén estaba ya amurallada, pero no estaba aún bien poblada. La próxima tarea de Nehemías va a ser traer gente a la ciudad. I. Los métodos que usó para ello (vv. 1, 2). II. Las principales personas, de Judá y Benjamín, que vivían allí (vv. 3–9), así como de los sacerdotes y levitas (vv. 10–19). III. Las distintas ciudades y aldeas de Judá y Benjamín que fueron pobladas con el resto de sus familias (vv. 20– 36).
Versículos 1–19
Jerusalén es llamada aquí (v. 1) ciudad santa porque allí estaba el templo de Dios, y Dios había escogido poner allí su nombre, también la descendencia santa debería haber escogido morar allí, pero no fue así; muchos se negaron a ello, ya fuese: 1. Porque se esperaba de los habitantes de Jerusalén una conducta más estricta que la de otros, o: 2. Porque era la ciudad más aborrecida por sus vecinos los gentiles. En el primer caso era señal de carnalidad; en el segundo de cobardía. O quizá: 3. Porque les resultaba más ventajoso materialmente el morar en las aldeas. Jerusalén no era ciudad de comerciantes, mientras que en la campiña había abundancia de ganado y de grano con los que podían negociar. Todos éstos no apreciaban suficientemente las grandes bendiciones que comportaba el vivir en Jerusalén, morada de quietud bajo la protección especial de Jehová (Sal. 46:4, 5; Is. 33:20).
I. Por qué medios fue repoblada. 1. Allí moraban los jefes (v. 1) pues era su lugar apropiado, ya que allí estaban las sillas del juicio, los tronos de la casa de David (Sal. 122:5). El que habitaran allí los jefes debería animar a otros a habitar allí, conforme al adagio latino: Magnates magnetes = «los magnates son como imanes». 2. Hubo algunos que se ofrecieron voluntariamente a vivir en Jerusalén; dejaron noblemente a un lado sus intereses seculares en aras del bien común (v. 2). 3. Al ver que había espacio suficiente echaron suertes para traer uno de cada diez para que morase en Jerusalén (v. 1).
II. Quiénes fueron los que moraron en ella.
1. Muchos de los hijos de Judá y Benjamín, ya que, originalmente, parte de la ciudad cayó en la heredad de Judá, y otra parte (la mayor) cayó en la de Benjamín por lo que hallamos en Jerusalén sólo 468 familias de los hijos de Judá (v. 6), mientras que las de Benjamín sumaban 928 (vv. 7, 8). Mas, aun cuando los hombres de Benjamín eran más numerosos, los de Judá se dice (v. 6) que eran fuertes, es decir, guerreros valientes, aptos para defender la ciudad en caso de peligro. Judá no había perdido su carácter de león. De los benjaminitas que moraban en Jerusalén, se nos dice quién era el prefecto o supervisor y quién era el segundo (v. 9).
2. Muchos sacerdotes y levitas se establecieron también en Jerusalén. De entre los que hacían el servicio del templo por sus turnos, tenemos aquí 822 de una familia, 242 de otra, y 128 de otra (vv. 12– 14). De algunos se dice que eran hombres de gran vigor (v. 14). También vinieron a morar en Jerusalén algunos levitas, pocos en comparación de los sacerdotes: 284 en total (v. 18), con 172 porteros (v. 19), ya que gran parte de su ministerio consistía en enseñar el buen conocimiento de Dios por todo el país, para lo que estaban dispersos en Israel. (A) De dos levitas se nos dice que eran capataces de la obra exterior de la casa de Dios (v. 16), es decir, la recogida de ofrendas y contribuciones, así como de los materiales para el servicio del templo. Quienes, en la iglesia, sirven a las mesas, son tan necesarios como los que se dedican a la oración y al ministerio de la palabra (Hch. 6:2, 4). (B) De otro se dice que era el que empezaba las alabanzas y acción de gracias al tiempo de la oración (v. 17). Quizá tenía muy buen oído y buena voz: era un cantor bien entrenado y, por ello, se le había escogido para comenzar el salmo, algo así como lo que antiguamente era el chantre en las catedrales.
Versículos 20–36
El resto de Israel (v. 20) moraba en otras ciudades. Era menester que Jerusalén estuviese bien habitada, pero no tanto como para drenar el país. 1. Los Nethinim, o descendientes de los gabaonitas, moraban en Ofel, que estaba en la parte alta de los muros de la ciudad (3:26). 2. Aunque los levitas estaban dispersos por las ciudades de Judá, tenían un superintendente que residía en Jerusalén. 3. Algunos de los cantores fueron designados para velar sobre la obra de la casa de Dios: notar si había que hacer alguna reparación, etc. (v. 22). El rey de Persia les había asignado un jornal diario, además de lo que les correspondía como levitas (v. 23). 4. Había también un comisionado especial al servicio del rey en todo negocio del pueblo (v. 24), para decidir controversias entre los oficiales del rey y los ciudadanos, ver si se pagaba al rey el tributo que se le debía, y si se pagaba a los servidores del templo lo que el rey tenía estipulado, etc. Era una bendición para los judíos el que este puesto estuviese ocupado por un judío, no por un extranjero. 5. Recuento de las ciudades y aldeas en las que habitaba el resto de Israel: las habitadas por los de Judá (vv. 25–30), las habitadas por los de Benjamín (vv. 31–35), y los grupos de levitas que vivían entre ellos en ambas tribus (v. 36).
I. Nombres de los sacerdotes y levitas que vinieron con Zorobabel (vv. 1–9). II. Linaje sucesorio de los sumos sacerdotes (vv. 10, 11). III. Enumeración de los sacerdotes jefes de familia en la siguiente generación (vv. 12–21). IV. Levitas eminentes en tiempo de Nehemías (vv. 22–26). V. Solemne dedicación del muro de Jerusalén (vv. 27–43). VI. Establecimiento de los oficios de los sacerdotes y levitas en el templo (vv. 44–47).
Versículos 1–26
Nombres de muchos sacerdotes y levitas que eran eminentes en su tiempo entre los judíos repatriados. Quizá tenga por objeto su mención incitar a sus respectivos descendientes que les sucedieron en el oficio y en la dignidad, a imitar el valor y la fidelidad de ellos Tenemos la sucesión de los sumos sacerdotes durante la monarquía persa, desde Jesúa (o Josué), que lo era en el tiempo de la restauración, hasta Jadúa, que lo era cuando Alejandro Magno, después de la conquista de Tiro, llegó a Jerusalén y presentó sus respetos a este Jadúa, quien salió a recibirle vestido de sus hábitos pontificales y le mostró la profecía de Daniel, quien había predicho sus conquistas. Después viene la siguiente generación de sacerdotes que eran jefes principales de familias sacerdotales en los días de Joyaquim (por tanto, después del año 500 a. de C.). Todos los mencionados en los versículos 1 y ss. como eminentes en su generación, son mencionados de nuevo, aunque con algunas variantes en los nombres (vv. 12 y ss.). Al emparentar el sumo sacerdote Elyasib con Tobías (13:4), los demás sacerdotes se volvieron algún tanto remisos, pero entonces los levitas se portaron con mayor celo. Los que habían tenido a su cargo la traducción y exposición de la Ley (8:7) y la exhortación a orar y alabar a Dios (9:4, 5), eran todos levitas, no sacerdotes, habida cuenta de su celo y competencia más bien que del rango que ostentaban.
Versículos 27–43
Dedicación del muro de Jerusalén.
1. El significado de esta dedicación. No se llevó a cabo hasta que la ciudad estuvo bien poblada (cap. 11). Fue una solemne acción de gracias a Dios por su gran misericordia, y una dedicación especial al honor de su nombre. Jerusalén era una ciudad santa como ninguna otra lo ha sido jamás, la ciudad del gran rey (Sal. 48:2; Mt. 5:35). Pusieron bajo la protección divina la ciudad y sus muros, y reconocieron que, a menos que Jehová guarde la ciudad, en vano se edifican los muros.
2. La solemnidad con que se llevó a cabo bajo la dirección de Nehemías. Fueron convocados a asistir a ella los levitas desde todas las partes del país (vv. 27–29). Se purificaron, y después purificaron al pueblo, así como las puertas y el muro (v. 30). Esto se llevó a cabo mediante el agua de la purificación, llamada en Números 19:9 el agua de la separación, rociada sobre las personas, las puertas y el muro, lo cual era tipo de la sangre de Cristo, con la que nuestra conciencia, purificada de obras muertas, nos permite estar aptos para servir al Dios vivo (He. 9:14). Los príncipes, los sacerdotes y los levitas fueron en procesión sobre el muro distribuidos en dos grupos y acompañados de instrumentos musicales, para dar a entender la dedicación de todo el muro a Dios. Un grupo partió por la derecha, bajo la conducción de Esdras, y llegabaa primero hasta la puerta del Muladar y, luego, hasta la puerta de las Aguas (con lo que se formaba así un semicírculo, primero hacia el sur y, después, subía por el este), mientras que el otro grupo, al que seguía Nehemías, subió a la izquierda, hasta detenerse en la puerta de la Cárcel (formaba otro semicírculo menor, en dirección norte y, después, hacia el este). Hecho esto, los dos grupos llegaron el uno enfrente del otro y, juntos, fueron a la casa de Dios (vv. 31–40). Por el v. 38 vemos que también el pueblo acompañó a príncipes, sacerdotes y levitas en esta procesión. Dios los regocijó con gozo grande, dice el hebreo en el v. 43, tanto que el alborozo de Jerusalén se oía desde lejos.
Versículos 44–47
Cuando las solemnidades de un día de acción de gracias dejan en los ministros de Dios, lo mismo que en el pueblo, una impresión tal que les induce a cumplir con su deber con mayor celo y dedicación, son aceptadas en gran manera por Dios. Así pasó aquí.
1. Los ministros se dedicaron a su servicio con mayor celo que antes (v. 45). Sacerdotes, levitas, cantores y porteros brillaron por su solicitud en cumplir sus respectivos oficios.
2. También el pueblo puso mayor interés en proveer para la manutención de los ministros (v. 44). Ahora: (A) Son diligentes en aportar sus diezmos y primicias. Hasta ahora, el pueblo había sido remiso en el cumplimiento de esta obligación, mientras los sacerdotes y levitas preferían perder de su derecho antes que llamar la atención al pueblo. Por eso, fueron designadas algunas personas para recoger de las propias ciudades y de los campos lo que pertenecía a los ministros de Dios (v. 44). (B) Esto se llevó a cabo con toda regularidad en tiempo de Zorobabel y en tiempo de Nehemías. Los cantores y los porteros tenían su porción especial, además del diezmo que les correspondía como levitas. Los levitas, por su parte daban el diezmo de sus porciones a los sacerdotes (v. 47).
Después de cumplir su primera comisión (445–433 a. de C.), Nehemías regresó a la corte de Persia, pues Artajerjes no quería estar sin él. Pero algún tiempo después obtuvo permiso de nuevo para volver a Jerusalén con objeto de poner fin a ciertas irregularidades que se habían deslizado solapadamente. I. Son separados de Israel los extranjeros (vv. 1–3). II. Con especial indignación echa a Tobías del alojamiento que había conseguido en las cámaras del templo (vv. 4–9). III. Asegura el mantenimiento de sacerdotes y levitas (vv. 10–14). IV. Refrena la profanación del sábado (vv. 15–22). V. Corrige el pecado, introducido de nuevo, de casarse con mujeres extranjeras (vv. 23–31).
Versículos 1–9
1. En aquel tiempo, expresión vaga (mejor que en aquel día—v. 1—), se leyó al pueblo lo que dice la Ley (Dt. 23:3–5) acerca de no admitir amonitas ni moabitas en la congregación de Jehová. Las razones que aquí se dan (v. 2) son las mismas que en Deuteronomio 23:4, 5: se habían portado muy mal con Israel durante la peregrinación del pueblo por el desierto. Los autores no están de acuerdo (nota del traductor) sobre la fecha del episodio que aquí se narra. M. Henry lo interpreta como sucedido en el mismo día de la dedicación del muro. Otros opinan que se llevó a cabo poco después. Pero lo más probable es que sucediera (como el resto del capítulo) en el segundo viaje de Nehemías, cuya fecha exacta desconocemos.
2. El pueblo estuvo dispuesto a cumplir lo que mandaba la Ley (v. 3). Véanse los beneficios que comporta la lectura pública de la Palabra de Dios, pues nos descubre el pecado y el deber, el mal y el bien, y nos muestra en qué hemos errado. Separaron, pues, de lsrael a todos los mezclados con extranjeros (lit. a toda mezcla). Este rigor sobrepasó lo mandado por la Ley (v. Dt. 23:7, 48).
3. El caso particular de Tobías el amonita. Como se ve por su indignación contra Nehemías (Neh. 2:10), albergaba contra Israel la misma enemistad que sus antepasados. Vemos aquí:
(A) La vileza que el sumo sacerdote Elyasib cometió al prestarle alojamiento en una de las cámaras del templo. Era amigo de Tobías, primero por parentesco (v. 4) y luego por afecto. Además, un nieto suyo se casó con una hija de Sanbalat (v. 28). Un cruce similar debió de efectuarse entre su familia y la de Tobías. No tenía nombre la vileza de alojar a este perverso amonita en las cámaras del templo de Dios, pues equivalía a erigir un ídolo cerca del verdadero Dios. Cuando un amonita no podía entrar en la congregación de Israel, ni siquiera a la décima generación (es decir, nunca), este perverso amonita se alojaba dentro del templo mismo. Bien pudo añadir Nehemías: Cuando sucedía esto, yo no estaba en Jerusalén (v. 6). ¡Él no lo habría permitido de ninguna manera!
(B) La valentía con que Nehemías, gobernador delegado por el rey, arrojó del templo a Tobías con todas sus pertenencias. Cuando, al venir esta vez a Jerusalén, se enteró de la intimidad surgida entre el sumo sacerdote de Israel y el sumo enemigo de Israel, le dolió en gran manera (v. 8). Nehemías tenía autoridad y estaba dispuesto a usarla por el honor de Dios; así que expulsó a Tobías, sin temor al resentimiento de éste ni al de Elyasib. Así purificó nuestro Salvador el templo, a fin de que la casa de oración no continuase siendo cueva de ladrones. Así también, todos los que estén dispuestos a expulsar el pecado del corazón, templo vivo de Dios, han de expulsar igualmente todo cuanto sirve de incentivo y pábulo a la concupiscencia.
(C) Una vez limpias las cámaras del templo, Nehemías hizo volver a ellas los utensilios de la casa de Dios, las ofrendas y el incienso (v. 9). No pudo hacerlo antes porque no cabe concordia entre el santuario de Dios y los ídolos (2 Co. 6:16). Sólo cuando el pecado es arrojado del corazón por el arrepentimiento y se le aplica por fe la purificadora sangre de Cristo, puede ser equipado con las gracias y dones del Espíritu de Dios para toda obra buena.
Versículos 10–14
Nehemías corrige ahora otro abuso.
1. No les habían sido dadas a los levitas las porciones que les correspondían (v. 10). Ellos, en lugar de quejarse y reclamar lo suyo se habían marchado a sus heredades respectivas. El texto no da motivo para pensar que el pueblo les negaba las porciones debidas porque ellos abandonasen su ministerio, sino que ellos marchaban a buscarse otro empleo porque el pueblo no les sostenía. ¡Triste suerte la de los ministros que tienen que dedicarse a otros trabajos porque la aportación de las congregaciones no les llega para vivir, y más triste aún la condición de tales congregaciones, pues se privan así de un fructífero ministerio!
2. Nehemías culpó de ello a los oficiales y les exigió cuentas (v. 11): «¿Por qué está la casa de Dios abandonada? ¿Por qué se ha permitido que los levitas carezcan de lo necesario?»
3. Inmediatamente les hizo venir y los restableció en sus funciones (v. 11) o, como dice el hebreo, en sus puestos. Obligó entonces al pueblo a traer los diezmos (v. 12) y procuró que se diese cuanto antes a los levitas la porción que les correspondía (v. 13).
4. Al no tener ninguna recompensa de parte de quienes se habían beneficiado de todos estos buenos servicios, Nehemías se dirige a Dios, que es muy buen pagador (v. 14): «Acuérdate de mí, oh Dios, en orden a esto». No dice: Prémiame, sino: Acuérdate de mí. Vemos que Nehemías era muy dado a estas breves oraciones o jaculatorias.
Versículos 15–22
Otro ejemplo de la reforma en la que Nehemías se mostró tan activo. Él revivió la santificación del sábado y mantuvo la autoridad del cuarto mandamiento del Decálogo.
1. La ley del sábado era muy estricta; y con buen motivo, pues nunca está la religión en el trono cuando los sábados están por el suelo. Nehemías descubrió que esta ley había sido miserablemente violada incluso en Judá. (A) Los agricultores pisaban en los lagares y acarreaban el grano en sábado (v. 15), a pesar del precepto expreso de no hacer tales labores en el día de reposo (Éx. 34:21). (B) Los que venían a Jerusalén a vender sus productos cargaban a sus asnos con toda suerte de carga en el día de reposo, a pesar de otro precepto expreso en contra de tal costumbre (Dt. 5:14; Jer. 17:21). (C) Los de Tiro venían a Jerusalén en día de reposo para vender allí toda mercadería (v. 16).
2. Nehemías se lanzó a corregir estos abusos:
(A) Dio testimonio contra este abuso (vv. 15, 21) y reprendió por ello a los jefes, especialmente a los nobles de Judá como culpables del pecado: ¿Qué cosa tan mala es ésta que vosotros hacéis? Es notable el tiempo presente en el hebreo, formado con el pronombre (que así está explícito) y el participio. No eran ellos los que prensaban las uvas, ni acarreaban el grano, ni vendían el pescado pero al permitir la violación del sábado, son tenidos por tan culpables o más que los que de hecho lo violaban. Si los que están en autoridad, civil o religiosa, emplean el día de reposo en vanos espectáculos, vanas visitas y vanas conversaciones, los comerciantes y negociantes de toda clase lo emplearán en sus oficios y negocios, teniéndolos como más excusables que las vanidades de los otros. Nehemías les hace ver (v. 18) que, si no hacen caso, tienen motivos para esperar ulteriores castigos: Vosotros añadís ira sobre Israel profanando el día del sábado.
(B) Trató de evitar la profanación del día de reposo puesto que deseaba la reforma del pueblo. Si los podía reformar, no necesitaría castigarles; y si se veía precisado a castigarles, era a fin de que se reformasen. Esto debe servir de ejemplo a los magistrados, a fin de que sepan usar con discreción la brida lo mismo que la espuela, y así no tengan necesidad de echar mano de la fusta. Ordenó que las puertas de Jerusalén permanecieran cerradas desde el atardecer del viernes hasta la mañana del sábado y puso allí a sus criados para que nadie introdujese carga en la ciudad (v. 19). Amenazó a los que venían a las puertas de la ciudad con mercancías diciéndoles que si volvían, les echaría mano (v. 21). Encargó a los levitas que se purificasen y viniesen a guardar las puertas (v. 22), para dar así ejemplo al pueblo. Cuando magistrados y ministros de Dios unen sus fuerzas para bien, se puede esperar que haya buenos resultados. La medicina que empleó tuvo efectos drásticos y duraderos, pues vemos a los judíos, en tiempo del Salvador, yéndose al otro extremo, con escrúpulos y minucias fuera de ley en cuanto a la santificación del día de reposo. Concluye Nehemías todo esto con otra breve oración (v. 22).
Versículos 23–31
Un ejemplo más del celo de Nehemías por la purificación de sus compatriotas como pueblo especial de Dios.
1. Se habían corrompido de nuevo ya que habían tomado mujeres extranjeras. Ya hubo queja de esto en los días de Esdras, y se hizo bastante en este punto (Esd. caps. 9 y 10). Nehemías, como buen gobernador, inquirió el estado de las familias que estaban a su cargo, a fin de corregir lo que en ellas había de defectuoso y purificar así las corrientes de aguas saneando las fuentes. Halló que muchos judíos habían tomado mujeres de Asdod, de Amón y Moab (v. 23). Habló con los niños y vio que la mitad de ellos no sabían el idioma del país (v. 24), sino el de sus respectivas madres.
2. Medidas que tomó Nehemías para corregir esta corrupción.
(A) Les mostró la maldad de este pecado y la obligación que él tenía de advertírselo. Cita un precepto para probar cuán grande era el pecado que cometían, y les hace jurar la observancia de dicho precepto: No daréis vuestras hijas a sus hijos, etc. (v. 25), que está tomado de Deuteronomio 7:3. Cita también un precedente, para mostrar las consecuencias nefastas de dicho pecado (v. 26): «¿No pecó en esto Salomón, rey de Israel?»
(B) Se mostró profundamente disgustado de esto, a fin de despertar en ellos la convicción de pecado (v. 25): Los reprendí, los maldije, hice azotar a algunos de ellos y les arranqué los cabellos. Es decir discutió con ellos para convencerles de que sus excusas no tenían ningún valor; después les maldijo, esto es, pronunció sobre ellos una especie de anatema o imprecación de los castigos divinos, como los pecados de estos delincuentes merecían y les arrancó el pelo, lo cual era temido, más por la vergüenza de la calvicie que por el dolor de la operación. En un caso como éste, Esdras se habría arrancado su pelo, pero Nehemías optó por arrancar el de ellos. Quizá no sea aventurado decir que, en tales circunstancias, un carácter enérgico como el de Nehemías era más efectivo que la mansedumbre de Esdras. Es curioso observar (nota del traductor) que el autor del Eclesiástico (libro tenido por la Iglesia de Roma como inspirado, pero que nosotros no admitimos como canónico), al hacer elogio de los hombres más ilustres de Israel, silencia a Esdras, mientras que hace grandes elogios de Nehemías (Ecco. 49:13).
(C) Después de hacerles jurar (v. 25) que no volverían a cometer ese pecado, puso particular empeño en purificar de él las familias de los sacerdotes. Se enteró de que un nieto del sumo sacerdote Elyasib se había casado con una hija de Sanbalat, aquel notorio enemigo de los judíos (2:10; 4:1), mezclándose así con los samaritanos (v. 28). Parece ser que éste se negó a separarse de su mujer, por lo que Nehemías lo arrojó de su lado, es decir, lo depuso y lo declaró inhábil para ejercer el sacerdocio. Dice Josefo que se llamaba Manasés y que cuando Nehemías lo echó, se fue a casa de su suegro, quien erigió para él un templo en el monte Guerizim y le constituyó allí sumo sacerdote; de aquí nacieron las pretensiones de los samaritanos, las cuales perduraban en tiempo del Salvador (Jn. 4:20). Nehemías dice de ellos (v. 29): Acuérdate de ellos, Dios mío, por haber contaminado el sacerdocio, etc. Y concluye todo esto (y el libro) con otra breve oración por sí mismo (v. 31): Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.