Este segundo libro de los Reyes (que los LXX llaman el cuarto, a partir del primero de Samuel) es continuación del anterior; hay quienes opinan que mejor podría haber comenzado en el versículo 51 del último capítulo 1 Reyes, donde se da principio al reinado de Ocozías. 1 Reyes tenía un ilustre comienzo, en las glorias del reino de Israel, que por entonces estaba todavía entero, 2 Reyes concluye melancólicamente con las desolaciones, primero del reino de Israel; después del de Judá. Pero así como las grandiosas hazañas de Elías contribuían en gran medida a la gloria de 1 Reyes (hacia la última parte de él), así contribuyen a la gloria de 2 Reyes (en sus mismos comienzos) las grandiosas hazañas de Eliseo.
Estos dos profetas oscurecieron con su luz a sus respectivos príncipes; de ahí el lugar relevante que se les da en la historia de Israel. El libro puede dividirse en ocho partes: 1) Elías hace descender fuego del cielo y sube al cielo en un carro de fuego (caps. 1 y 2). 2) Eliseo lleva a cabo numerosos milagros a favor del rey y del pueblo, de israelitas y de extranjeros (caps. 3 al 7). 3) Son ungidos Hazael y Jehú; el primero, para corrección de Israel; el segundo para destrucción de la casa de Acab y del culto de Baal (caps. 8 al 10). 4) Reinado de diversos reyes en el norte y en el sur (caps. 11 al 16). 5) Deportación de las diez tribus del norte (cap. 17). 6) El glorioso reinado de Ezequías (caps. 18 al 20). 7) Mal reinado de Manasés y buen reinado de Josías (caps. 21 al 23). 8) Destrucción de Jerusalén a manos del rey de Babilonia (caps. 24 y 25).
Vemos aquí en el trono de Israel a Ocozías, hijo y sucesor de Acab. Su reinado no llegó a dos años; murió de una caída en su palacio. I. El mensaje que envió al dios de Ecrón (v. 2). II. El mensaje que recibió del Dios de Israel (vv. 3–8). III. La destrucción, una y otra vez, de los emisarios que envió para prender al profeta (vv. 9–12). IV. Compasión de Elías con el tercer emisario, y mensaje que entregó al rey en persona (vv. 13–16). V. Muerte de Ocozías (vv. 17, 18). Podemos observar en este relato cuán grande aparece el profeta y cuán pequeño el rey.
Versículos 1–8
Ocozías, el perverso rey de Israel, es castigado por la providencia de Dios y por el profeta de Dios, mediante la vara y mediante la espada.
I. Sus asuntos marchan mal. ¿Cómo pueden esperar prosperidad los que hacen lo malo ante los ojos de Jehová (1 R. 22:53) y le provocan a ira? Al rebelarse él contra Dios y sublevarse contra la sumisión que le debía, Moab se rebeló contra Israel y se sublevó contra la sujeción en que le había tenido Israel por mucho tiempo (v. 1).
II. Se encuentra enfermo de gravedad, no por una causa interior, sino por un accidente fatal: cayó por la celosía (v. 2). Ocozías no intentó reducir a los moabitas, para no perecer en el campo de batalla; pero no por quedarse en casa se halló a salvo. Los palacios reales no siempre permiten pisar firme.
III. En su apuro, envía emisarios al dios de Ecrón para consultar si se ha de recobrar o no (v. 2). 1. Su consulta fue muy necia: «si he de sanar». El más imbécil habría preguntado: «¿Qué medios debo usar para sanar?» 2. Su consulta fue muy perversa. Baal-zebub significa «señor de las moscas», era uno de los títulos de Baal como protector contra la picadura de los insectos y las enfermedades transmitidas por las moscas. En el Nuevo Testamento el príncipe de los demonios es llamado Beel-zebub (Mt. 12:24).
IV. Elías, instruido por Dios, sale al encuentro de los emisarios y les hace regresar con una respuesta que les va a preservar la fatiga del viaje hasta Ecrón.
1. Fiel al mensaje de Dios, Elías reprocha al rey su pecado: ¿No hay Dios en Israel (esto es, ¿pensáis que no le hay?), que vais a consultar a Baal-zebud dios de Ecrón? (v. 3). Ecrón era una de las cinco ciudades filisteas (Jos. 13:3), pero despreciable (Zac. 9:7) y conquistada por Israel hacía mucho tiempo.
(A) El pecado ya era suficientemente grave al dar al diablo el honor que se debe únicamente a Dios. (B) Lo que la consulta implicaba es mucho peor, como lo hace ver Elías, en nombre de Dios: «No es sólo que pensáis que el Dios de Israel no puede responderos, sino que pensáis que no hay Dios en Israel; de no ser así, no iríais tan lejos a consultar a otro dios».
2. Con toda claridad, Elías pronuncia la sentencia: «Id a decirle: Ciertamente morirás» (v. 4).
V. Al recibir de sus emisarios el mensaje, les pregunta por el mensajero y, por la descripción que ellos hacen de él, concluye que ha de ser Elías (vv. 7, 8). Su modo de vestir era el mismo con que Ocozías le había visto en la corte de su padre: vestido con una piel y ceñido con un cinturón de cuero, como después el Bautista.
Versículos 9–18
I. El rey expide documento de autorización para arrestar a Elías. Si el dios de Ecrón le hubiese respondido que iba a morir, es probable que hubiese aceptado el mensaje con resignación; pero ahora que se lo dice un profeta de Jehová, reprendiéndole su p ecado y trayéndole a la memoria que había Dios en Israel, no lo puede soportar.
II. El capitán enviado con sus cincuenta soldados halló a Elías en la cumbre de un monte. La presencia del artículo determinativo en el hebreo da a entender que se trataba de un monte bien conocido, no lejos de Samaria. El capitán intima a Elías que descienda por orden del rey (v. 9). Este Elías, que antes se había escondido en lo más profundo de una cueva, aparece ahora con todo denuedo en la cima de un monte, animado por la experiencia de la protección de Dios. El capitán le llama varón de Dios. Sin duda, lo dijo en tono despectivo. Si realmente le hubiera considerado como a verdadero profeta, no habría intentado arrestarle; y si le hubiese considerado como varón portador de la palabra de Dios, no le habría conminado a descender por palabra de un rey.
III. Elías, para probar su misión, hace descender fuego del cielo que consuma a este altivo y atrevido pecador. No hacía mucho que Elías había hecho descender fuego del cielo para consumir el sacrificio (1 R. 18:38), pero puesto que ellos habían menospreciado aquel fuego, ahora cae, no sobre el sacrificio, sino sobre los pecadores mismos (v. 10).
1. La influencia que los profetas tenían en el cielo; lo que demandaba el Espíritu de Dios en ellos, lo efectuaba el poder de Dios por ellos. Con sólo pronunciar Elías unas palabras, se produjo el milagro.
2. La disposición del cielo a responder a los profetas. Dios estaba siempre dispuesto a defender la causa de ellos y vengar las injurias que contra ellos se cometían. Sin duda que Elías hizo esto llevado de un impulso divino. Con todo, nuestro Salvador no permitió a sus Apóstoles que lo tomaran como un buen precedente (Lc. 9:54). «¡No!», dijo Cristo, «vosotros no sabéis de qué espíritu sois»; esto es: (A)
«Vosotros no sabéis de qué espíritu habéis de ser, como discípulos míos, al estar en una dispensación tan diferente de la del Antiguo Pacto; en aquella dispensación de temor era apropiado que Elías invocase fuego del cielo; pero la dispensación del Espíritu y de la gracia no permite eso». (B) «Vosotros no sabéis de qué espíritu estáis movidos en esta ocasión; os mueve un espíritu muy diferente del de Elías: él lo hizo por santo celo; vosotros, por inconsiderada pasión; él estaba interesado en la gloria de Dios; vosotros, en vuestra propia reputación.»
IV. Ocozías envía nuevos emisarios para arrestar a Elías (v. 11), como si estuviese decidido a no dejarse intimidar ni aun por la divina omnipotencia. Es despachado otro capitán con sus cincuenta. Es tan desvergonzado e imperioso como el anterior, pero más impetuoso todavía: «Desciende pronto». Como si dijese: «No pierdas el tiempo en bagatelas, que el asunto del rey requiere prisa». Elías no se amilana por ello, sino que invoca una segunda serie de rayos consumidores, con los que capitán y soldados caen fulminados en el sitio.
V. El tercer capitán se humilla y se echa en brazos de la misericordia de Dios y de la compasión de Elías. Tomó buena nota del desastroso final de sus predecesores y, en lugar de conminar al profeta a que descendiera, cayó delante de él y le suplicó que le conservase la vida a él y a sus soldados, reconociendo sus propios pecados y el poder del profeta (vv. 13, 14): Te ruego que sea de valor delante de tus ojos mi vida.
VI. Elías hace más de lo que le pide este capitán. Dios está dispuesto a mostrar misericordia a quienes se arrepienten y se someten a Él; nunca lo hacen en vano los que se echan en brazos de la misericordia de Dios. Este capitán ve, no sólo cómo se le preserva la vida, sino también cómo se le permite seguir adelante con su misión: Elías, por orden del Ángel de Jehová, descendió con él al rey (v. 15). Se presenta valientemente al rey y le repite en su cara lo que ya había enviado antes a decirle (v. 16): que en breve había de morir. No le mitiga la sentencia ni por miedo al desagrado del rey, ni por compasión hacia la miseria del rey. Puesto que le ha condenado el Dios de Israel, que envíe a ver si puede librarle el dios de Ecrón. Tan anonadado se siente Ocozías con este mensaje al recibirlo de la propia boca del profeta, que ni él ni ninguno de sus servidores se atreven a hacer la menor violencia a Elías, ni aun a proferir contra él un insulto; de modo que sale indemne, como Daniel, de aquel foso de leones.
VII. Finalmente, se cumple la predicción en el plazo de breves días. Murió Ocozías (v. 17) y, al carecer de descendencia, dejó el reino a su hermano Joram.
I. Traslado de Elías. Al final del capítulo anterior veíamos a un inicuo rey dejar este mundo en desgracia, aquí vemos a un santo profeta que deja el mundo en gloria y honor. 1. Elías se despide de sus amigos, los hijos de los profetas y, especialmente, de Eliseo, que le siguió de cerca y caminó con él a través del Jordán (vv. 1–10). 2. Elías es arrebatado al cielo por ministerio de los ángeles (v. 11), y Eliseo se lamenta por la gran pérdida que para la tierra significaba su traslado (v. 12). II. Manifestación de Eliseo como profeta en lugar de Elías: 1. Mediante la división de las aguas del Jordán (vv. 13, 14). 2. Mediante los respetos que le presentaron los hijos de los profetas (vv. 15–18). 3. Mediante el saneamiento de las salobres aguas de Jericó (vv. 19–22). 4. Mediante la destrucción de los muchachos de Betel que se mofaban de él (vv. 23–25).
Versículos 1–8
Los años en que Elías ejerció su ministerio, como ocurre con los de muchos otros grandes hombres de la Biblia, no aparecen fechados; no se nos dice su edad, ni en qué año del reinado de Acab se presentó en público por primera vez, ni en qué año del reinado de Joram desapareció; por lo que no podemos conjeturar el tiempo en que floreció; se supone que duró unos veinte años en total.
I. Dios había resuelto trasladarlo al cielo en un torbellino (v. 1). No nos compete a nosotros decir por qué quiso Dios conferir este honor a Elías con preferencia a otros profetas, pues fue «hombre de pasiones semejantes a las nuestras» (Stg. 5:17, lit.), conoció el pecado, pero no gustó la muerte (al contrario que nuestro Salvador). Pero podemos suponer que con ello:
1. Dios quiso recompensarle por sus pasados servicios, que fueron muchos, eminentes y extraordinarios, ya que animó al mismo tiempo a los «hijos de los profetas» a seguir las huellas de su celo y fidelidad y dar testimonio contra las corrupciones de la época en que vivieron.
2. Dios tuvo en cuenta el miserable estado del pueblo escogido, dado a la sazón a las cosas de este mundo, ofreciéndoles con el traslado de Elías una prueba muy tangible de la otra vida y atrayendo el corazón del remanente fiel (los 7.000 que no habían doblado la rodilla ante Baal) hacia las cosas del cielo y de la otra vida.
3. Dios apuntaba hacia la dispensación del Evangelio, y en dicha traslación nos ofrecía un tipo y figura de la ascensión de Cristo y de la apertura del reino de los cielos a todos los creyentes. Por medio de la fe y de la oración, Elías había mantenido gran comunión con el cielo, y es trasladado ahora allá para asegurarnos de que, si nuestra ciudadanía está en los cielos, en breve estaremos allí, aunque estemos ahora en la tierra.
II. Eliseo había resuelto seguir a Elías y no abandonarle por todo el tiempo que éste continuase en la tierra. Parece ser que Elías quería quitárselo de encima y que se hubiese quedado en Guilgal, en Betel, en Jericó (vv. 2, 4, 6). Opinan algunos que por humildad; sabía la gloria que Dios le tenía destinada, pero no quería gloriarse en ella. En vano trata Elías de conseguir que se quede allí o aquí; ha resuelto no quedarse en ninguna parte detrás de su maestro hasta que éste ascienda al cielo y no tenga él otro remedio que quedarse en la tierra: «Pase lo que pase, no te dejaré» (vv. 2, 4, 6); ¿por qué? 1. Porque deseaba ser edificado con su santa compañía todo el tiempo que permaneciese en este mundo. 2. Porque deseaba quedar satisfecho en cuanto a la partida de su maestro, viéndole cuando fuese trasladado, para que su fe fuese robustecida y su familiaridad con las cosas celestiales fuese incrementada.
III. Elías, antes de su partida, visitó las escuelas de los profetas y se despidió de ellos. Parece ser que había escuelas de profetas en muchas ciudades de Israel, con toda probabilidad, incluso en Samaria. Aquí hallamos los «hijos (es decir, discípulos) de los profetas» en número considerable, aun en Betel, donde había sido erigido uno de los becerros de oro y en Jericó, que había sido reedificada recientemente en desafío a la maldición divina. En Jerusalén, y en el resto del reino de Judá, tenían sacerdotes, levitas y el servicio del templo. En el reino de Israel, Dios hizo benévolamente que, a falta de todo eso, disfrutasen de esos colegios en los que los jóvenes eran entrenados y ejercitados en la devoción religiosa.
IV. Los hijos de los profetas tenían información de que Elías iba a partir en breve, y se lo dijeron a Eliseo, primero en Betel (v. 3) y después en Jericó (v. 5): ¿Sabes que Jehová te quitará a tu señor de sobre ti? Eliseo lo sabía muy bien, y se le llenó de tristeza el corazón al saberlo (como a los Apóstoles en una ocasión parecida—Jn. 16:6—), por eso, no tenía necesidad de que se lo dijeran ni quería oírlo: También yo lo sé; callad. En expectación del acontecimiento, habla con su propio silencio reverente (comp. con Zac. 2:13). Cincuenta de entre los «hijos de los profetas» fueron para ser testigos de la partida de Elías, aunque se mantuvieron a distancia (v. 7). Ellos intentaban satisfacer su curiosidad, pero Dios lo ordenó para que, de este modo, fuesen testigos de vista del honor que el cielo dispensaba al profeta despreciado y rechazado por los hombres.
V. La división milagrosa de las aguas del Jordán fue como el prefacio del traslado de Elías a la Canaán celestial, como lo había sido a la entrada de Israel en la Canaán terrestre (v. 8). Debía ir al otro lado del Jordán para ser trasladado, por ser aquella región su país natal y para estar cerca del lugar en que murió Moisés, y también a fin de que se tributase mayor honor a aquella parte de la nación que era la más despreciada. Dios quería engrandecer a Elías en su salida, como había engrandecido a Josué en su entrada, mediante la división de las aguas del Jordán (Jos. 3:7). Cuando Dios se lleva al cielo a sus hijos, la muerte es como un Jordán que han de atravesar, y hallan para ello un camino cómodo y seguro, pues la muerte de Cristo ha dividido esas aguas a fin de que los rescatados del Señor puedan pasar al otro lado.
Versículos 9–12
I. Elías hace testamento y deja por heredero a Eliseo, ungiéndole ahora por profeta en lugar suyo, más que cuando echó sobre él su manto (1 R. 19:19).
1. Complacido con la constancia del afecto y de los servicios de Eliseo, Elías le dice: Pide lo que quieras que haga por ti (v. 9). Como si dijese: «¿Qué bendición quieres que te deje antes de partir?»
2. Eliseo aprovecha la buena oportunidad que se le presenta para enriquecerse con los mejores tesoros, y le pide «una doble porción de su espíritu». No pide riquezas, ni honores, ni comodidades, sino ser equipado para servir a Dios y a su generación. Pide: (A) «espíritu»; no porque estuviese en poder de Elías conferir los dones y las gracias espirituales que él tenía (por eso no dice: «Dame el Espíritu», pues sabía muy bien que era don de Dios), sino como pidiéndole que interceda delante de Dios a tal fin: «Te ruego que vengan sobre mí …». (B) Su espíritu (el de Elías), pues iba a ser profeta en lugar de él, para continuar su obra, y hacer las veces de padre con los hijos de los profetas y salir al paso de sus enemigos, pues le iban a salir al encuentro las mismas dificultades que a ellos. (C) «Una doble porción de su espíritu»; no quiere decir el doble de lo que Elías tenía, sino el doble de lo que tenían los demás profetas; algo así como la porción del primogénito (Dt. 21:17), que se había criado bajo la tutela de Elías y había de sucederle en el ministerio.
3. Elías le prometió lo que le pedía, pero bajo dos condiciones (v. 10): (A) Que apreciase el don conforme al valor que tenía. Implícitamente se lo dice al llamarlo «cosa difícil», no porque fuese demasiado difícil para Dios el darlo, sino porque era demasiado grande para que él lo esperase. (B) Que se mantuviese muy cerca de su maestro, incluso hasta el último momento antes de su partida: «Si me ves cuando sea quitado de ti, te será hecho así; mas si no, no».
II. Elías es transportado al cielo en un carro de fuego (v. 11). Como Enoc, fue trasladado para no ver la muerte (He. 11:5); fue (como dice Mr Cowley) el segundo hombre que saltó al otro lado del pozo en el que cae todo el resto de la humanidad, y no lo hizo bajando al firmamento. Se nos dice aquí:
1. Qué hacía cuando vino el Señor a llevárselo. Estaba hablando con Eliseo, instruyéndole, animándole, dirigiéndole en su trabajo y avivándole para ello en beneficio de aquellos a quienes dejaba en este mundo. No meditaba ni oraba, como quien está completamente absorto en las cosas del otro mundo al que está a punto de partir, sino ocupado en conversación edificante, como quien está interesado en el reino de Dios entre los hombres.
2. Qué vehículo le envió Dios para el traslado—un carro de fuego con caballos de fuego (v. 11), para que suba montado en majestad y en triunfo, como un príncipe, como un vencedor; sí, más que vencedor. El carro y los jinetes aparecen como de fuego, no porque se quemasen, sino por el brillo que despiden; no para torturarle ni consumirle, sino para hacer que su ascensión resulte conspicua e ilustre a los ojos de quienes estaban a distancia. Elías había ardido en santo celo por el honor de Dios, y era ahora un fuego divino el que lo refinaba y lo trasladaba.
3. Cómo fue separado de Eliseo. Este carro de fuego «apartó a los dos».
4. Adónde fue trasladado. «Subió al cielo en un torbellino.» En un momento de depresión, Elías había deseado morir; pero Dios fue tan bueno para él como para honrarle con este privilegio singular de no ver la muerte; y con este ejemplo y el de Enoc; (A) Dios mostró cómo habrían de dejar los hombres el mundo si no hubieran pecado: no por muerte, sino por traslado. (B) Dio como una vislumbre de aquella vida inmortal que fue sacada a la luz por el evangelio, con la apertura del reino de los cielos a todos los creyentes, como entonces a Elías. (C) Fue también figura de la ascensión de Cristo.
III. Eliseo se lamenta patéticamente de la pérdida de tan gran profeta. 1. Él vio el traslado; con lo que tuvo completa seguridad de que se le había concedido la petición de obtener la doble porción del espíritu de Elías. Fijó sus ojos en el cielo, de donde había de esperar aquel don, como lo hicieron los discípulos del Señor (Hch. 1:10). Lo vio por unos momentos, hasta que desapareció de su vista: Y nunca más le vio.
2. Rasgó sus vestidos en señal del sentimiento que tenía por la pérdida que suponía para él mismo y para la nación. Aunque Elías se marchaba al cielo triunfalmente era un día de luto para el país. De seguro que es duro el corazón de aquellos cuyos ojos están secos cuando Dios se lleva a hombres fieles y útiles, de los que el mundo está tan escaso. Aunque la partida de Elías significaba la promoción de Eliseo, éste lloró porque le amaba y estaba dispuesto a servirle durante toda la vida. 3. Eliseo le tributó grandes honores en las mismas frases con que se despidió de él (v. 12): «¡Padre mío, padre mío!» Había perdido el guía de su juventud. «¡Carro de Israel y su gente de a caballo!» El pueblo había perdido a su mejor guardián. Así como los carros de guerra eran en aquel tiempo la fuerza más temible de un ejército con sus jinetes bien armados, así también era Elías el más poderoso instrumento del poder de Dios para Israel, su más decidido protector. Y al cielo los habría llevado Él, como en este carro de fuego, si no hubiese sido por la dureza del corazón de ellos.
Versículos 13–18
Lo que ocurrió inmediatamente después de la traslación de Elías.
I. Las señales de la presencia de Dios con Eliseo y las marcas de su elevación al puesto de Elías.
1. Entró en posesión del manto de Elías, emblema de su oficio, y del que podemos suponer que iría vestido por amor a su maestro (v. 13). Al ser trasladado al cielo, Elías le dejó a Eliseo como un legado su manto, y al ser una señal del descenso del Espíritu Santo sobre él, le era de mayor estima que si le hubiese legado miles de talentos de oro y plata. Eliseo recibió ese manto como algo de profundo significado y digno de ser llevado. Quien tan alegremente había obedecido la convocatoria de este manto (v. 1 R. 19:19) para hacerse sirviente de Elías, es ahora dignificado por él, y llega a ser sucesor de Elías.
2. Entró en posesión del poder de Elías para dividir las aguas del Jordán (v. 14). Habiéndose despedido de su padre espiritual, regresa a sus hijos en las escuelas de los profetas. El Jordán se interponía entre él y ellos; sus aguas se habían dividido para abrir camino a la glorificación de Elías; él va a procurar ahora hacer que se dividan de nuevo para abrirle el camino conducente al desempeño del ministerio de Elías. Así, el último milagro de Elías será idéntico al primero de Eliseo. Al dividir las aguas:
(A) Hizo uso del manto de Elías, como lo había hecho el propio Elías (v. 8), para dar a entender que tenía el propósito de observar los métodos de su maestro.
(B) Apeló al Dios de Elías: ¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías? No pregunta: «¿Dónde está Elías?» «El Dios que dio a Elías reconocimiento, protección y provisión, y le honró de tantas maneras, especialmente al final, ¿dónde está? Señor, ¿no se me ha prometido el espíritu de Elías? Cumple esa promesa». Golpeó, pues, las aguas del Jordán, y éstas se apartaron a uno y otro lado y pasó Eliseo. Hemos perdido a Elías, pero no hemos perdido el Dios de Elías. Los que caminan en el espíritu y los pasos de sus fieles y devotos predecesores, experimentarán de seguro la misma gracia que ellos experimentaron; el Dios de Elías será también el Dios de Eliseo. El Señor Dios de los santos profetas es el mismo, ayer, hoy y para siempre, pues ¿de qué nos serviría poseer los mantos, los libros, etc., de los que ya se fueron, si no tenemos su espíritu y su Dios?
3. Entró en posesión del mismo interés que había tenido Elías en los hijos de los profetas (v. 15). Algunos, que se habían situado en un lugar cercano al Jordán para ver lo que pasaba, quedaron sorprendidos al ver el Jordán dividido delante de Eliseo al regresar éste, y tomaron esto como prueba convincente de que el espíritu de Elías reposaba sobre Eliseo. Por consiguiente, fueron a su encuentro para felicitarle por su feliz paso a través del fuego y del agua y por el honor con que Dios le había distinguido: «y se postraron delante de él». Ellos habían sido entrenados en una escuela de profetas mientras que Eliseo había sido tomado del arado; no obstante, tan pronto como percibieron que Dios estaba con él, y que éste era el hombre a quien Dios tenía a bien honrar, de buen grado se sometieron a él como a su cabeza y padre, como se sometió el pueblo a Josué cuando murió Moisés (Jos. 1:17). A quien Dios honra, también nosotros debemos honrar.
II. La innecesaria búsqueda de Elías emprendida por los hijos de los profetas. 1. Se imaginaron que era posible que el Espíritu de Jehová lo hubiese echado, vivo o muerto, en algún monte o en algún valle (v. 16). Quizás algunos sugirieron esto como una alegación que ponía en tela de juicio la elección de Eliseo, como si dijesen: «Asegurémonos primero de que Elías se ha marchado efectivamente». 2. Eliseo se opuso a ello hasta que le importunaron de tal manera que consintió en la búsqueda (v. 17). Le urgieron hasta que se sintió avergonzado de ofrecer más resistencia, no sea que se le considerase como falto de respeto hacia su anterior amo, o como reacio a desprenderse del manto. 3. El resultado de las pesquisas los dejó a ellos avergonzados de su propuesta. Sus emisarios, después de haberse fatigado con una búsqueda infructuosa, regresaron y dieron a Eliseo la oportunidad de reprender a sus amigos por su necedad (v. 18): ¿No os dije yo que no fueseis? El ir a través de valles y collados nunca nos llevará al encuentro de Elías, pero sí lo hará, a su debido tiempo, la imitación de su fe y celo santos.
Versículos 19–25
Eliseo llevó a cabo más milagros que Elías. Por lo que parece, obró justamente el doble. Dos de ellos quedan registrados en estos versículos—un milagro de misericordia para Jericó, y un milagro de juicio para Betel.
I. Tenemos aquí una bendición sobre las aguas de Jericó, con la cual quedaron perfectamente saneadas. Jericó fue reedificada en desobediencia a un mandato de Dios, pero incluso dentro de aquellos muros edificados por la iniquidad hallamos un criadero de compasión piadosa. Allá llegó Eliseo para robustecer los ánimos de los discípulos con un informe más detallado de la traslación de Elías que el que pudieron darles los exploradores enviados por ellos para presenciar el hecho a cierta distancia. Aquí se había quedado él, mientras los cincuenta hombres iban en busca de Elías (vv. 17, 18). Y:
1. Los hombres de Jericó le presentaron su problema (v. 19). No habían apelado a Elías acerca de esto, quizá porque no era tan accesible como Eliseo. La ubicación de la ciudad era buena y agradable, pero carecían de agua sana para beber y de suelo fértil para proveerse de sustento.
2. Pronto les arregló Eliseo este asunto. Los profetas han de esforzarse por mejorar todo lugar al que llegan, y procurar endulzar los ánimos amargados y hacer fértiles las almas estériles, mediante la oportuna aplicación de la Palabra de Dios. Eliseo les va a sanar las aguas, pero: (A) Ellos han de traerle sal en una vasija nueva (v. 20). Si la sal hubiese bastado para purificar naturalmente las aguas, ¿habría bastado una pequeña cantidad para sanear toda el agua?; ¿y lo habría hecho mejor por ir en una vasija nueva? Todo ello era un símbolo, pues la sal sirve para preservar de corrupción las carnes. Además, al tener que traer la sal en una vasija nueva, se ponía a prueba la fe y la obediencia de los que habían de ser beneficiados con el milagro. Las obras de gracia que Dios lleva a cabo exigen que observemos los medios que Él ha instituido, aun cuando su eficacia no se deba a nuestra obra. (B) Eliseo echó la sal en los manantiales de las aguas (v. 21), con lo que fueron saneadas en su propio origen. Así, también, el método para reformar la vida es la regeneración del corazón, pues éste es la fuente de la vida. Al purificar el corazón se limpian las manos. (C) No pretendió hacerlo por su propio poder, sino en nombre de Dios: Así ha dicho Jehová: Yo saneo estas aguas. Con esta invocación las aguas habían de obedecer con mayor presteza a la voz de su Creador. (D) El saneamiento fue duradero, no momentáneo: Y fueron sanas las aguas hasta hoy (v. 22).
II. Viene ahora una maldición sobre los jovenzuelos de Betel. En Betel había otra escuela de profetas. Allí se dirigió a continuación Eliseo. Los escolares lo recibieron con el mayor respeto posible, pero las gentes de la ciudad le fueron hostiles. Quedan pocas dudas de que los jovenzuelos (no chiquillos) que se burlaron de Eliseo respiraban el mal espíritu de la ciudad. En Betel estaba uno de los becerros de oro que Jeroboam mandó fabricar; estaban orgullosos de ello y odiaban a quienquiera se lo reprochase. Podemos suponer que era práctica habitual en ellos insultar a los profetas cuando los veían pasar por las calles y hacer cuanto estuviese en su mano para echarlos de la ciudad. Si el insulto contra Eliseo hubiese sido el primero de esta índole, es probable que no hubiesen sido castigados de una forma tan severa. Pero el hacer escarnio de los mensajeros de Dios y burlarse de sus profetas era uno de los pecados de Israel que clamaban al cielo, como vemos en 2 Crónicas 36:16.
1. Un ejemplo de dicho pecado. Los jovenzuelos de Betel, que estaban divirtiéndose por las calles, salieron al encuentro de Eliseo y se reunieron en torno suyo para burlarse de él. En realidad, desafiaban a Eliseo a que demostrase su misión profética: «¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!» (v. 23). Como si dijesen:
«Sube tú también al cielo, como aseguras que lo hizo Elías». No es probable que Eliseo fuese entonces calvo, pues era aún muy joven, pero el vocablo era un epíteto no sólo de burla, sino también de maldición, como se ve al compararlo con Isaías 2:17, 24. El honor que Dios le había conferido debería haber bastado para tenerlo a cubierto de estos insultos, pero estos jóvenes habían aprendido de sus mayores el mal lenguaje contra los buenos, especialmente contra los profetas de Dios.
2. Un anticipo de la ruina que le sobrevino por fin a Israel por tratar de mala manera a los profetas de Dios. El presente castigo tenía por objeto darles una seria advertencia. Eliseo aguantó por algún tiempo estos insultos, pero, al perder justamente la paciencia, se volvió a mirarlos, por ver si una mirada seria era bastante para hacerles que se comportaran como era debido, pero ellos no se avergonzaron por eso; así que los maldijo en nombre de Jehová, para castigar el deshonor hecho a Dios mismo. Su maldición obtuvo rápida respuesta: Inmediatamente salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos (v. 24). El profeta tenía que quedar justificado, pues los había maldecido por impulso divino, para castigar en ellos a una ciudad perversa. Nada bueno se puede esperar de una juventud que no ha sido educada en temor de Dios, y a nadie, sino a sí mismos, han de echar los padres la culpa de los infortunios que acaezcan a sus hijos a causa de una falta de educación. Lo triste es que, cuando ocurre una desgracia de esta clase, los padres no quieren reconocer su culpabilidad en ella.
Eliseo se ve implicado en los asuntos públicos de Israel. I. Carácter de Joram, rey de Israel (vv. 1–3).
II. Guerra con Moab en la que se vieron comprometidos Joram y sus aliados (vv. 4–8). III. Apuros en que se vio el ejército confederado en su expedición contra Moab y consulta que hicieron a Eliseo en su aprieto, con la respuesta de paz que él les dio (vv. 9–19). IV. Glorioso resultado de esta campaña (vv. 20– 25) y bárbaro procedimiento al que recurrió el rey de Moab para obligar al ejército confederado a retirarse (vv. 26–27). La casa de Acab es condenada a ser destruida.
Versículos 1–5
Está ahora en el trono de Israel Joram, hijo de Acab y hermano de Ocozías; y, aunque era mala persona, se hallan aquí consignadas a su nombre dos cosas buenas que hizo:
I. Quitó una estatua de Baal que su padre había hecho (v. 2). Se nos dice explícitamente en el mismo versículo que no fue tan malo como su padre y su madre. Tal vez Josafat a pesar de empeorar la condición de su propia familia mediante la alianza con la casa de Acab, contribuyó de algún modo a mejorar la de la familia de éste. Al quitar la estatua de Baal (nótese el singular, conforme al hebreo, contra la incorrecta pluralización de los LXX, la Vulgata y la siríaca), parece ser que Joram resolvió adorar solamente al Dios de Israel y no consultar sino a los profetas de Jehová. Con todo, no pudo impedir la destrucción de la familia de Acab.
1. Sólo quitó la imagen de Baal que su padre había hecho, pero no puso fin al culto que el pueblo tributaba a Baal, puesto que Jehú lo halló todavía predominante (10:19). Bien estuvo reformar su familia, pero debió haber usado su poder para reformar también su reino.
2. Aunque quitó la imagen de Baal, continuó adherido al culto del becerro, el típico pecado político de Jeroboam (v. 3): se entregó a los pecados de Jeroboam … y no se apartó de ellos. Así se perpetuaba la división de los dos reinos. No es verdadera ni sincera la política de un reformador que se contenta con suprimir los pecados que le perjudican personalmente, pero no suprime los que le permiten continuar ejerciendo su poder pacíficamente.
3. Se contentó con quitar de su lugar la imagen de Baal, no la hizo pedazos como era su obligación.
II. Hizo cuanto pudo por recuperar lo que su hermano había perdido. Así como llevaba dentro un poco más de religión de un israelita que su padre, así también poseía algo más del espíritu de un rey que su hermano. Moab se rebeló contra Israel inmediatamente después de la muerte de Acab (1:1), pero no vemos que Ocozías hiciese cosa alguna para castigarles o reducirles. El tributo que pagaba el rey de Moab era una fuente de ingresos muy considerable para la corona de Israel: cien mil corderos y cien mil carneros con SUS vellones (v. 4). Antiguamente las tasas no se pagaban en moneda tanto como en artículos y objetos de gran estima en el país. La sublevación de Moab suponía una gran pérdida para Israel; sin embargo, Ocozías continuaba sentado en su pereza y comodidad. Pero una celosía de su piso superior le resultó tan fatal como le habrían resultado las alturas del campo de batalla (1:2); la rotura de la celosía permitió que llegase al trono un hombre de carácter más activo.
Versículos 6–19
Tan pronto como tuvo Joram el cetro en su mano, tomó la espada para reducir a Moab.
I. Joram rey de Israel concierta esta expedición con Josafat rey de Judá. Tal era la opinión que tenía del piadoso rey de Judá que después de pasar revista a todo su ejército (v. 6), envió recado a Josafat para que se aliase con él: ¿Irás tú conmigo a la guerra contra Moab? (v. 7). Y lo consiguió. Judá e Israel, aunque desgraciadamente divididos entre sí, pudieron unirse en esta ocasión contra el enemigo común. Josafat trata a Israel como a un reino hermano. Quienes nunca saben hallar en su corazón el perdón y el olvido de antiguas injurias, son enemigos de su propia paz y seguridad. No sólo pidió Joram a Josafat ayuda, sino que también se fió de su consejo (v. 8), consideró que tenía mayor pericia y experiencia que él para saber cuál era la mejor ruta en el descenso contra Moab. Josafat le aconsejó que no marchasen por el camino más corto, que era cruzar el Jordán, sino dar un rodeo por el desierto de Edom, para tomar consigo al rey de Edom (que era tributario suyo) y las fuerzas de éste.
II. El grave aprieto en que se halló en esta expedición el ejército de los confederados. Antes de verle la cara al enemigo, estuvieron todos en trance de perecer por falta de agua (v. 9). El rey de Israel estalló en amargas lamentaciones (v. 10), atreviéndose a culpar a la providencia divina del presente infortunio.
III. Josafat, por el contrario, sugirió consultar a Dios en esta emergencia (v. 11). El lugar en que ahora se encontraban no podía menos de traerles a la memoria las grandes maravillas y portentos que sus padres les habían contado, cuando Dios hizo salir agua de la roca. Es probable que fuese este pensamiento lo que indujo a Josafat a preguntar: ¿No hay aquí algún profeta de Jehová, como Moisés? Bien estuvo que Josafat propusiera consultar a Jehová ahora, pero habría sido mucho mejor si lo hubiese propuesto anteriormente, con lo que se habrían evitado el presente apuro.
IV. Uno de los siervos del rey de Israel recomendó que se llamase a Eliseo (v. 11). Podemos suponer que fue por especial instrucción del cielo por lo que Eliseo se hallaba entre los expedicionarios como carro de Israel y su gente de a caballo. Ninguno de los reyes lo sabía, pero sí estaba enterado de ello un siervo del rey de Israel. Probablemente era este siervo algo parecido a lo que había sido Abdías para su padre Acab: alguien que era temeroso de Jehová (1 R. 18:3); a éste se dio a conocer Eliseo, no a los reyes.
V. Por lo que dice el texto sagrado (v. 12), se deduce que los reyes descendieron a la residencia de Eliseo. El que se humillaba a sí mismo y pasaba desapercibido en la expedición, fue exaltado de esta manera hasta aparecer verdaderamente grande cuando tres reyes acudieron a llamar a su puerta en petición de ayuda urgente.
VI. El recibimiento que les hizo Eliseo.
1. Se dirigió sin tapujos al malvado rey de Israel (v. 13): «¿Qué tengo yo contigo? Ve a los profetas de tu padre y a los profetas de tu madre, a quienes has consentido y mantenido en tu prosperidad, y que te ayuden ellos en tu apuro. El mundo y la carne han sido tu norma; que sean también tu ayuda; ¿por qué habría de ser Dios consultado por ti?» (comp. Ez. 14:3). Eliseo le dice en su cara, santamente indignado por su perversidad, que no se siente animado a atenderle ni aun a mirarle (v. 14). Joram era de respetar como príncipe, y Eliseo había de prestarle honor como súbdito, pero como profeta tenía que hacerle ver su iniquidad. Joram se domina lo suficiente para recibir con paciencia la invectiva de Eliseo; no le interesa oír a los profetas de Baal, sino que acude al profeta del verdadero Dios, y presenta el caso como muy deplorable y ruega humildemente a Eliseo que se compadezca de los otros reyes, aun cuando a él lo tenga por indigno de compasión.
2. Eliseo mostró gran respeto hacia el piadoso rey de Judá (v. 14) y, por consideración a su rostro, se presta a consultar a Jehová a favor de todos ellos.
3. Sin embargo, con este estallido de indignación, aunque santa y justa, el espíritu de Eliseo no estaba en las mejores condiciones para recibir oráculo de Dios. Por este motivo y a fin de recobrar la calma de su mente y de su corazón, pide que le traigan un músico de cuerda (v. 15) devoto y acostumbrado a acompañarse del arpa para cantar alabanzas al Señor. Calmado así el tumulto de su corazón con las suaves melodías musicales, la mano de Jehová vino sobre Eliseo, y esta visita le honró mucho más que la de los tres reyes.
4. Por medio del profeta, Dios les dio seguridades de que el resultado del presente apuro sería cómodo y glorioso. (A) Muy pronto dispondrían de suficiente provisión de agua (vv. 16, 17). Para poner a prueba la fe y la obediencia de ellos, les pide que hagan muchas zanjas en el valle a fin de que puedan recoger el agua. Elías, por medio de la oración, consiguió agua de las nubes, pero Eliseo la saca nadie sabe de dónde. La fuente de estas aguas va a quedar tan secreta como la cabeza del Nilo, pues Dios no está atado a las causas segundas. Ordinariamente es con abundante lluvia con lo que Dios reanima la heredad exhausta (Sal. 68:9), pero aquí eso sucede sin lluvia, al menos sin que lloviera en aquel lugar.
(B) Que tal provisión sería como las arras de la victoria (v. 18): «Y aun esto es poca cosa a los ojos de Jehová; no sólo seréis salvos de perecer, sino que regresaréis triunfantes». Se les promete que serán dueños del país que se ha rebelado.
Versículos 20–27
I. El regalo divino de las dos cosas que había prometido Dios por medio de Eliseo, agua y victoria, al ser la primera no sólo como arras de la segunda, sino también un medio para conseguirla.
1. Alivió a sus ejércitos, que estaban a punto de perecer (v. 20). Y este alivio vino justamente a la hora en que se ofrecía el sacrificio matutino en el altar de Jerusalén. En la presente dispensación no hay hora preferida para nuestro aprovisionamiento, porque nuestro sumo sacerdote está continuamente intercediendo por nosotros en apelación al sacrificio consumado de una vez por todas en el Calvario. Dios escogió esa hora para honrar el sacrificio diario, que había sido menospreciado. Dios respondió a la oración de Daniel a la hora del sacrificio vespertino (Dn. 9:21).
2. Engañó a sus enemigos, que se disponían a celebrar el triunfo prometiéndose una fácil victoria sobre un ejército que estaría fatigado por tan larga marcha a través del desierto de Edom.
(A) Cuán fácilmente fueron atraídos por los espejismos de su fantasía. (a) Vieron el agua en el valle donde acampaba el ejército de Israel y les pareció que era sangre (v. 22), pues sabían que el valle había de estar seco y no podían imaginarse que el líquido que relucía fuese agua. Al brillar el sol sobre el valle y estar el firmamento rojizo (causa probable de la ilusión óptica), el agua se les antojó roja; por lo que dedujeron: Eso es sangre. (b) Y si el campamento estaba lleno de sangre, una segunda conclusión era segura (v. 23): «Los reyes se han vuelto uno contra otro, y cada uno ha dado muerte a su compañero. Ahora, pues, ¡Moab, al botín!»
(B) Cuán fatalmente corrieron hacia su propia destrucción. Se lanzaron precipitadamente hacia el campamento de Israel, a fin de hacerse con los despojos, y se desengañaron cuando ya era demasiado tarde. Los israelitas, animados con la seguridad de la victoria que les había prometido Eliseo, cayeron sobre ellos con la mayor furia, los derrotaron y los persiguieron dentro de su propio país (v. 24), al que devastaron (v. 25). Asolaron las ciudades, estropearon el terreno, cegaron las fuentes, derribaron los árboles, en fin, como comenta el Dr. Ryrie, aplicaron la política de tierra calcinada, cosa que no estaba normalmente permitida (Dt. 20:19). Solamente en Quir-jaréset (mejor que Kir-haráset) dejaron piedra sobre piedra (éste es el sentido de la frase), aunque abrieron brechas en sus muros con sus máquinas de guerra.
Al final del capítulo se nos dice lo que hizo el rey de Moab cuando se vio reducido al último extremo. 1. Intentó una salida valiente, con setecientos hombres escogidos, por entre las trincheras del ejército edomita, del cual no se esperaba gran resistencia por ser un cuerpo mercenario en esta expedición; pero no surtió efecto este intento de escape ya que incluso el rey de Edom le resultó demasiado duro y le obligó a retirarse (v. 26). 2. Al fallarle este recurso, llevó a cabo algo sumamente bárbaro y brutal: tomó a su hijo primogénito, al que le había de suceder en el trono y por lo que debería haber sido, tanto para él mismo como para el país, más querido que cualquier otra cosa, y lo sacrificó en holocausto sobre el muro (v. 27). Con esto intentaba: (A) Obtener el favor de su dios Quemós, el cual, al ser (si es que era algo) de carácter demoníaco se deleitaba en la sangre y en el asesinato, pues lo que el diablo ambiciona es la destrucción de la humanidad. (B) Aterrar a los sitiadores para obligarles a retirarse; por eso lo hizo sobre el muro, a la vista de ellos, a fin de que se percataran de lo desesperado de los recursos a que había resuelto acudir antes que rendirse, y de lo cara que estaba dispuesto a vender su ciudad capital y su propia vida.
Eliseo había prestado gran servicio a los tres reyes confederados: a sus oraciones y profecías les debían ellos sus victorias y sus vidas. Habría de esperarse que el capítulo siguiente nos declarase los honores y las recompensas que por ello confirieron a Eliseo. No, no fue así. El hombre sabio libró la ciudad con su sabiduría, pero nadie se acordó de él (Ec. 9:15). O, si es que le fue ofrecida alguna cosa, él declinó la oferta: prefirió el honor de hacer el bien en las escuelas de profetas antes que ser grande en las cortes de los príncipes. Dios le exaltó, y con eso tuvo él bastante, pues le tenemos aquí cuando lleva a cabo no menos de cinco milagros. I. Multiplicó el aceite de la pobre viuda (vv. 1–7). II. Obtuvo para la buena sunamita la bendición de un hijo en su vejez (vv. 8–17). III. Devolvió la vida al niño cuando éste murió (vv. 18–37). IV. Saneó el potaje emponzoñado (vv. 38–41). V. Alimentó a cien hombres con veinte pequeños panes (vv. 42–44).
Versículos 1–7
Los milagros de Eliseo eran para utilidad, no por alarde. Este primero fue un acto de gran caridad. Tales eran también los milagros de Cristo, pues no eran sólo grandes portentos, sino también grandes favores para las personas en quienes los obró.
I. Eliseo escucha amablemente la queja de una pobre viuda. Era viuda de un profeta; por donde vemos que los profetas se casaban igual que los sacerdotes. En todos es honroso el matrimonio (He. 13:4), y es compatible con las profesiones más sagradas. Por lo que se nos da a entender de la querella de esta mujer (v. 1), vemos:
1. Que su marido, siendo uno de los hijos de los profetas, sería bien conocido de Eliseo.
2. Que tenía reputación de hombre piadoso, uno de los 7.000 que no habían doblado la rodilla ante Baal. La tradición rabínica lo identifica con el Abdías de 1 Reyes 18:3 (¿se debía, en ese caso, su pobreza a la generosidad que había desplegado para salvar la vida a los profetas de Jehová perseguidos por Jezabel?)
3. Que había muerto. Quienes están investidos del espíritu de profecía no están, por eso mismo, libres de los golpes de la muerte.
4. Que había muerto no sólo pobre, sino endeudado. No había contraído sus deudas por prodigalidad ni por vida disipada, pues era temeroso de Jehová. Si, como hemos notado, se trata del propio Abdías, se explican fácilmente las deudas a causa de su generosidad. También los creyentes pueden contraer deudas por imprudencia, ya que los hijos de luz no siempre son sabios para las cosas del mundo.
5. Que los acreedores se mostraban muy severos con ella. Tenía dos hijos que eran el sostén de su viudez, pero se los iban a llevar para servir durante siete años (Éx. 21:2) a fin de pagar de este modo la deuda. En este apuro la pobre viuda acude a Eliseo, al depender de la promesa de que la descendencia del justo no se verá abandonada.
II. Alivia completamente la situación de esta pobre mujer y obra un milagro por el que no sólo podrá pagar sus deudas, sino también mantenerse a sí misma y a su familia. No la proveyó de una cantidad de dinero, o de cualquier otro artículo, con la que hacer frente a la situación presente, sino que le puso en las manos el negocio de vender aceite.
1. La instruyó sobre lo que había de hacer, y consideró su caso (v. 2): «¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa». Lo único que tenía era una vasija de aceite. Si no la hubiese tenido, el poder divino la habría provisto al crear lo que no existía; pero, al tener esto, le multiplicó lo que tenía, enseñándonos a sacar el mejor partido posible de lo que ya tenemos. El profeta que sabe que la mujer estaba bien considerada por sus vecinas, le manda pedir prestadas vasijas vacías, no pocas (v. 3), que se encierre en casa con sus hijos y llene todas las vasijas con el aceite de la vasija. El aceite se multiplicaría al echarlo, así como la ración de harina y de aceite de la otra viuda (1 R. 17:14 y ss.) se multiplicaba al gastarla. El modo de incrementar lo que tenemos es usarlo; al que tiene le será dado.
2. Así lo hizo ella, creyó firmemente en el poder y en la bondad de Dios y por obediencia al profeta de Dios. Se asombran al ver su vasija, como una fuente de agua viva, que siempre fluye y siempre llena.
3. El aceite continuó fluyendo mientras hubo vasijas vacías para recibirlo. Dios da más de lo que le pedimos: si hubiese más vasijas, siempre hay en Dios bastante poder para llenarlas todas; bastante para todas y bastante para cada una.
4. El profeta le dice lo que tiene que hacer con el aceite (v. 7). (A) Debe vender el aceite a quienes tengan suficiente dinero para pagarlo. (B) Con el dinero de la venta podrá pagar sus deudas. Una de las leyes fundamentales de nuestra religión es que devolvamos a cada uno lo que le pertenece. (C) Del dinero que quede han de vivir ella y sus hijos mientras no tengan otro medio de vida. (a) Los que se ven en apuros de esta clase han de animarse a confiar en Dios y tendrán para comer, aunque no tengan para banquetear. Es cierto que no hemos de esperar milagros como éstos, pero sí hemos de esperar favores de la providencia de Dios si buscamos primero el reino de Dios y su justicia. (b) Por otra parte, aquellos a quienes Dios ha concedido abundancia de bienes, sepan usarlos para la gloria de Dios en beneficio de los necesitados, siempre bajo la dirección de la Palabra de Dios.
Versículos 8–17
Dar un hijo a quienes ya están entrados en años y han pasado mucho tiempo sin tener descendencia, es un antiguo ejemplo del poder y de la bondad de Dios. Una vez más lo hallamos aquí entre los portentos obrados por Eliseo.
I. La amabilidad que mostró a Eliseo esta mujer sunamita. Sunem estaba en el camino entre Samaria y Carmel, un camino que Eliseo frecuentaba (2:25). Allí vivía una mujer importante que, además, era muy hospitalaria. Un hombre tan famoso como Eliseo no podía pasar y repasar por allí inadvertido. Es probable que esta piadosa matrona le hubiese invitado más de una vez a comer y que él se disculpara para no causarle molestias o para poner a prueba su generosidad, pero el hebreo da a entender que ella llegó a constreñirle para que aceptara la invitación, por lo que él aceptó, y siempre que pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer (v. 8). Al hablarle ella a su marido (vv. 9, 10), le insinúa: 1. Que el forastero a quien invita era un varón santo de Dios y, por ello, había de ser beneficioso para la familia. 2. Que el favor que le habían de dispensar no les había de costar gran dispendio; sólo era menester hacerle un pequeño aposento con sobrio mueblaje: cama, mesa, silla y candelero; lo más necesario para su conveniencia. Parece ser que Eliseo se sintió muy satisfecho con esta acomodación.
II. Gratitud de Eliseo por el favor que le prestaban. l. Les ofreció sus buenos servicios en la corte del rey (v. 13), pero la mujer respondió que lo pasaba suficientemente bien en medio de su pueblo; es decir, no necesitaban ningún oficio de honor, civil ni militar, en la corte. Varios años después (8:3 y ss.) Eliseo tendría la oportunidad de interceder por ella, al haber cambiado las circunstancias. 2. Pero sí pudo ofrecer sus buenos servicios en la corte de los cielos. Al recordarle el criado que esta mujer no tenía hijos y que su marido era ya viejo (v. 14), con lo que la única necesidad que les afligía era no tener heredero a quien legar sus bienes, Eliseo mandó llamar inmediatamente a la mujer y ella, modestamente se detuvo a la entrada de la habitación (v. 15). Entonces Eliseo le aseguró que al año siguiente, por aquellas mismas fechas, tendría un hijo (v. 16), lo cual sucedió efectivamente, como lo había profetizado Eliseo (v. 17).
Versículos 18–37
Podemos muy bien suponer que, tras el nacimiento del hijo, Eliseo era doblemente bienvenido en la casa de la buena sunamita. Él se había sentido deudor de ella, pero desde ahora ella se sentirá deudora hacia él de por vida, no pareciéndole nunca bastante cuanto por él haga. Hemos de suponer también que Eliseo le cobró gran afecto al niño, como hijo de su oración así como le tendrían especial afecto sus padres por ser hijo de su ancianidad.
I. Muerte repentina del niño. Hijo de promesa, hijo de oración y amorosamente concebido; con todo, les es arrebatado súbitamente por una insolación. Pero ¡cuán admirablemente guarda sus labios esta prudente y piadosa madre bajo la presente aflicción! Quizás estaría enterada de la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta, y de que el espíritu de Elías se había posado sobre Eliseo; y tal confianza tenía en la bondad de Dios, que estaba presta a creer que quien tan súbitamente le había arrebatado lo que milagrosamente le había concedido, también podía devolverle lo que ahora le había quitado. Con esta fe, y sin decirle nada a su marido, prepara al difunto no para su sepelio, sino para su resurrección, pues lo pone sobre la cama del varón de Dios (v. 21), con la esperanza de que Eliseo seguirá dando muestras de su amistad. ¡Oh mujer, grande es tu fe!
II. La entristecida madre acude al profeta en esta ocasión, pues se daba la favorable coincidencia de que él se hallaba ahora en el colegio de profetas del Carmel, no lejos de allí.
1. Pide primero permiso al marido para ir a ver al varón de Dios, sin decirle el motivo de su viaje, no fuera que él careciese de la fe suficiente para dejarla marchar (v. 22). Véase qué bien se guardaban el mutuo respeto esta mujer y su marido; ella no se marchó sin antes obtener de él el permiso para marchar, y él fue tan benévolo con ella que no se opuso al viaje, aunque a ella no le había parecido conveniente comunicarle el objeto de su viaje.
2. La mujer se dio toda la prisa que pudo por llegar al lugar donde estaba el profeta (v. 24). Viéndola a distancia, envió Eliseo a su criado a preguntar si todo iba bien en su casa (lit. si tenían paz ella, su marido y el niño), a lo que ella contestó lacónicamente: Bien (v. 26—lit. paz—), y pensó explicarle personalmente la situación más adelante, ya que Guejazí no era la persona a quien ella iba a quejarse; por eso le respondió así. Notemos que cuando Dios llame a su presencia a nuestros más próximos familiares, bien nos vendrá decir con resignada esperanza: ¡Está bien! Bien para los que se van, cuando se van al Cielo; y bien para los que quedamos en la tierra, cuando la aflicción nos hace progresar en el camino hacia el Cielo.
3. Cuando llegó adonde estaba el profeta, arguyó humildemente con él acerca de su aflicción. Eliseo esperó a que ella terminara de hablar, pues Dios le había encubierto el motivo de lo sucedido (v. 27). Ella se expresó de forma muy patética, y expresó: (A) Su indiferencia hacia el favor que ahora le había sido arrebatado: «¿Pedí yo hijo a mi señor?» (v. 28). Como si dijese: «Tú sabes que no fui yo quien te pidió que oraras para que yo tuviese un hijo; fuiste tú quien lo propuso, no yo. Ni me puse frenética como Ana, ni a punto de morir como Raquel, por falta de hijos». (B) Su entera dependencia de la palabra del profeta, pidiéndole implícitamente que el niño sea devuelto a la vida: «¿No dije yo que no te burlases de mí? Estoy segura de que no te burlarás».
III. Resurrección del niño. Podemos suponer que la mujer refirió la muerte del niño con más detalles de los que aquí se nos refieren, y que Eliseo le avivaría la esperanza de la resurrección del niño con otras expresiones que aquí se omiten. Brevemente se nos declara:
1. Que Eliseo envió a su criado a toda prisa a la casa del niño, le dio su báculo y le pidió que lo pusiera sobre el rostro del niño (v. 29). El obispo Hall sugiere que el fracaso de tal medida se debió a que fue tomada sin el impulso divino. También es probable que Dios no lo permitiese para evitar que se atribuyese al báculo de Eliseo algún poder mágico.
2. La mujer estaba resuelta a no regresar sin que el profeta fuese personalmente con ella (v. 30): No te dejaré. Parece ser que no esperaba gran cosa del báculo, y quería tener la mano. Y estaba en lo cierto.
3. El profeta, por medio de una oración ferviente e insistente obtuvo de Dios la resurrección del niño. Halló en su propia cama al niño muerto (v. 32) y cerró la puerta tras ambos (v. 33). Veamos:
(A) Cuán intensamente se dedicó el profeta a esta delicada operación, consciente quizá de que había tentado a Dios al esperar demasiado del báculo en manos de Guejazí. (a) Oró a Jehová (v. 33) probablemente como lo había hecho Elías: Te ruego que hagas volver el alma de este niño a él (1 R. 17:21). Cristo resucitó a los muertos (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín y Lázaro) con su mandato, como quien tiene autoridad, pues era el Señor de la vida, pero Elias y Eliseo lo hicieron mediante oración, como siervos de Dios. (b) Se tendió sobre el niño (v. 34), como si quisiera comunicarle algo de su calor vital. Puso su boca sobre la boca de él, como si quisiese infundirle, en nombre de Dios, el aliento de vida (¡no se piense en «respiración artificial»! ¡El niño llevaba muchas horas muerto!); puso sus ojos sobre sus ojos, como para abrirlos a la luz de la vida; sus manos sobre las manos suyas, para poner fuerzas en ellas. Después, se puso a pasear por la habitación, de un lado para otro (v. 35). Si lo hizo por preocupación, como opina el propio M. Henry (nota del traductor), o excitado por el éxito que ya presentía, como opina el Dr. Ryrie, no es fácil de adivinar, aunque la opinión de Ryrie parece estar respaldada por el final del v. 34. Subió de nuevo al aposento y se tendió sobre el niño nuevamente (v. 35).
(B) Cuán gradualmente fue realizada la operación. Al primer intento el cuerpo del niño entró en calor (v. 34), lo que animaría al profeta a continuar orando fervientemente. Después, el niño estornudó siete veces (v. 35), algo que en una persona sana suele ser indicio de resfriado, pero en un muerto era señal de vida, y hasta de vitalidad, conforme al simbolismo del número siete.
(C) Cuán gozosamente fue devuelto a su madre el niño ya vivo (vv. 36, 37), y todas las personas interesadas en la salud del niño quedaron grandemente consoladas (comp. con Hch. 20:12).
Versículos 38–44
Eliseo se encuentra ahora en su elemento, entre los hijos de los profetas, les enseña y, como un padre, provee para ellos. Había hambre en la tierra a causa de la perversidad de sus habitantes; es la misma que vemos en 8:1. Continuó durante siete años, lo mismo que la del tiempo de Elías (1 R. 17:1 y ss.).
I. Saneó milagrosamente un potaje mortífero. 1. Como a la reunión tenían que asistir todos los «hijos de los profetas», ordenó a su criado que fuese a buscar alimento para el cuerpo, mientras él les impartía con su instrucción alimento para el alma. El potaje había de ser de hierbas, no sólo por la escasez de alimentos en el país, sino también porque era conveniente que los estudiantes para profetas fuesen ejemplo de sobriedad y mortificación (v. 38). 2. Uno de los servidores, que fue enviado a recoger hierbas, trajo por equivocación unas calabazas silvestres, como las llama el texto sagrado (v. 39) y las echó en la olla del potaje. Se trata, sin duda, de la planta llamada coloquíntida, que produce unos calabacines del tamaño y forma de las naranjas y cuyo sabor es muy amargo y sus efectos excesivamente laxantes y peligrosos. 3. Al probarlo los comensales se quejaron de lo insano del potaje, diciéndole a Eliseo: ¡Varón de Dios, hay muerte en esa olla! (v. 40). 4. Eliseo lo saneó inmediatamente, le quitó el mal gusto e impidió las malas consecuencias que habría traído; así como anteriormente había saneado las aguas con sal, ahora saneó el potaje con harina (v. 41). Y todo fue bien; no sólo no hubo muerte, sino que hubo alimento sano.
II. Aumentó milagrosamente un pequeño alimento. 1. Un hombre de Baal-Salisá le trajo como presente primicias del grano: veinte panes de cebada y trigo nuevo (v. 42), probablemente molido y tostado en forma de galletas, un regalo muy de apreciar en tiempos de tanta carestía. 2. Habiéndolo recibido gratis, gratis lo dio, ordenó que lo pusieran para los estudiantes de profetas, sin reservar nada para sí. ¡Bien cuadra a los padres de los profetas ser generosos con los hijos de los profetas! 3. Aunque los panes eran pocos, estos veinte fueron suficientes para dejar satisfechos a cien hombres (vv. 43, 44). Su criado pensaba que poner tan poca comida delante de tantos hombres sólo serviría para avergonzar a su amo; pero Eliseo, en nombre de Dios, proclamó que eso bastaría, y aun sobraría Y así fue; comieron todos y les sobró, no porque lo rechazaran los estómagos, sino porque el pan se multiplicaba conforme se lo comían.
En este capítulo se nos refieren otros dos milagros de Eliseo. I. La curación de Naamán, un general sirio que era leproso. 1. Su caso no tenía remedio (v. 1). 2. La Providencia, por medio de una esclava cautiva, le puso al tanto de Eliseo (vv. 2–4). El rey de Siria envió una carta al rey de Israel para presentarlo (vv. 5–7), y la invitación que le hizo Eliseo (v. 8). 3. El método que le prescribió para curarse y su curación tan pronto como se sometió a dicho método (vv. 9–14). 4. La gratitud que mostró Naamán a Eliseo por esta curación (vv. 15–19). II. El castigo infligido a su criado. 1. Pecados de Guejazí: codicia de bienes ajenos, traición a su amo delante de Naamán (vv. 20–24) y mentir a su amo al ser interrogado por él (v. 25). 2. Castigo por estos pecados: La lepra de Naamán le pasó a él y a su familia (vv. 26 27). Si la curación de Naamán es tipo del llamamiento a los gentiles para salvación, como parece ser que lo interpretó el propio Señor, nuestro Salvador (Lc. 4:27), el castigo de Guejazí puede considerarse como tipo de la ceguera y consiguiente rechazo de los judíos, quienes tuvieron envidia de la gracia que Dios dispensaba a los gentiles (Hch. 13:45); como Guejazí tuvo envidia de la generosidad de Eliseo hacia Naamán.
Versículos 1–8
Los milagros de nuestro Salvador estaban destinados a las ovejas perdidas de la casa de Israel; sin embargo, uno de ellos, como migaja caída de la mesa, fue en favor de una cananea; así también, este milagro de Eliseo fue a favor de un sirio; porque Dios hace el bien a todos y quiere que todos sean salvos (1 Ti. 2:4).
I. La gran aflicción que oprimía a Naamán en medio de todos sus honores (v. 1). Era el favorito del rey, jefe del ejército, valiente, rico y poderoso, pero era leproso. Cada persona tiene su pero, mayor o menor, pero el pero de este hombre era muy grande, pues eclipsaba todos sus bienes. Naamán era tan grande como el mundo puede hacer a un hombre, pero, como dice el obispo Hall, el más vil de los esclavos de Siria no habría cambiado su piel por la de él.
II. Las noticias que le llegaron del poder de Eliseo, por conducto de una esclava de su mujer (vv. 2, 3). Esta esclava era israelita de nacimiento, y fue llevada cautiva providencialmente a Siria, a la familia de Naamán, donde publicó la fama de Eliseo para honra de Israel y del Dios de Israel. La infortunada dispersión del pueblo de Dios ha resultado con frecuencia una feliz ocasión para difundir el conocimiento de Dios (Hch. 8:4). Esta esclava, como cuadra a una verdadera israelita, miró por el honor de su país y, aun cuando era muy joven cuando la llevaron cautiva, pudo dar testimonio del gran profeta que tenían en Israel. Como criada fiel, deseaba la salud completa de su amo. Eliseo no había limpiado a ningún leproso en Israel (Lc. 4:27); pero, aun así, esta esclava creyó que podría, y querría, curar a su amo aunque era sirio.
III. El rey de Siria, por el afecto que tenía a Naamán, envió una carta al rey de Israel rogándole que curara de la lepra a su amigo, lo cual fue una equivocación, pues no era al rey, sino al profeta a quien debía haberse dirigido. Notemos, con todo, las buenas cualidades que mostró Naamán en esta expedición.
1. No pidió que el profeta viniera a él, sino que marchó él en persona a verle, con lo que honró así el poder divino que Eliseo había recibido para curar enfermedades. 2. No marchó de incógnito o disfrazado, aunque su visita proclamaba su fea enfermedad, sino que viajó con toda pompa y con gran escolta, para mejor honrar al profeta. 3. Tampoco viajó con las manos vacías, sino que tomó consigo oro, plata y vestidos como presentes para su médico. 4. No quiso ir sin recomendación, sino con una carta del rey su señor para el rey de Israel, ya que el propio rey de Siria le deseaba de todo corazón la salud.
IV. La alarma que con esto recibió el rey de Israel (v. 7). Como quien recibe malas noticias, se rasgó los vestidos, al ver en esta carta un insulto y un pretexto para hacerle la guerra. Joram habla aquí de una forma parecida a la de Jacob en Génesis 30:32, pero el rey de Israel no es tan considerado con el verdadero Dios, ni tan reflexivo como el gran patriarca de Israel, al hablar de este modo: «¿Soy yo Dios, que mate y de vida, para que éste envíe a mí a que sane a un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí». Si hubiese tenido él consideración hacia Eliseo y al poder que Dios ejercía por medio de él, habría entendido la carta y habría obrado en consecuencia.
V. El ofrecimiento que hizo Eliseo de sus servicios. Enterado de que el rey de Israel se había rasgado los vestidos, envió a decirle que si su paciente venía a él, no perdería el viaje: «Venga ahora a mí y sabrá que hay profeta en Israel» (v. 8); un profeta que puede hacer lo que el rey de Israel no se atreve y lo que los profetas de Siria no pueden pretender hacer.
Versículos 9–14
Curación de la lepra de Naamán.
I. La breve y clara instrucción que el profeta le dio, con seguridad de éxito. Naamán, con toda su escolta, se paró a la puerta de Eliseo como un mendigo para pedir limosna. Esperaba que, a cambio, el profeta en persona saliera a recibirle, pero Eliseo le dio respuesta sin ningún cumplido, ni salió a recibirle, pues no quería que se quedara demasiado satisfecho con el honor que se le prestaba, sino que le envió a decirle por medio de un mensajero: Ve y lávate siete veces en el Jordán (v. 10). La promesa era segura: Serás limpio. El método no podía ser más sencillo: Ve a lavarte en el Jordán. Esto tenía por objeto ser una señal de la curación y una prueba para su obediencia. Los que quieran que Dios les ayude han de estar dispuestos a hacer lo que Dios manda.
II. Disgusto de Naamán por el método prescrito, pues no era esto lo que él esperaba. Dos cosas le disgustaron:
1. Que Eliseo, según a él le pareció, menospreciara su persona al darle órdenes mediante un criado, en lugar de venir él mismo a recibirle (v. 11). Creciéndose con la esperanza de la curación, se había imaginado cómo se llevaría a cabo ésta: «Saldrá él luego—es lo menos que puede hacer por mí, un gran personaje de Siria—a mí que con frecuencia he vencido a Israel, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, me nombrará en su oración, y luego, alzará su mano y tocará el lugar de la lepra, y así se llevará a cabo la curación». Al no salir la cosa como él la había imaginado, se puso de mal genio. Parece como si le importara más recibir satisfacción para su honor que curación para su enfermedad.
2. Que Eliseo, según a él le pareció, menospreciara su país. Tomó a mal que le enviara a lavarse en el Jordán, un despreciable río de Israel, cuando el Abaná y el Farpar (o Farfar), ríos de Damasco, eran mejores que todas las aguas de Israel (v. 12). ¿No puedo yo lavarme en ellos y ser limpio?, añadió. Sí, es cierto que podía lavarse en ellos y quedar limpio de suciedad, pero no curado de la lepra. El Jordán era el río prescrito y, si esperaba que el poder divino le curase, había de someterse a la voluntad divina, sin preguntar por qué ni cómo. Tal era el acaloramiento con que hablaba Naamán (como suelen hacer las personas apasionadas), que se retiró airado de la puerta del profeta, dispuesto a jurar que nunca jamás tendría que ver con Eliseo. Pero, entonces, ¿quién sería el perdedor?
III. El modesto y humilde consejo que le dieron sus criados de que observara las prescripciones del profeta, reprochándole tácitamente su resentimiento (v. 13): «Si el profeta te mandara alguna cosa muy difícil, como un largo y tedioso tratamiento médico, ¿no la harías? Sin duda que la harías. ¿Y no te vas a someter a un método tan fácil como éste: Lávate, y serás limpio?» El reproche fue no sólo modesto y respetuoso, sino también prudente y de sentido común. Si los criados hubiesen añadido leña al fuego del resentimiento de su amo y le hubiesen propuesto vengar su querella con el profeta, ¡qué terribles podían haber sido las consecuencias! Pero ellos razonaron con él:
1. Basándose en el vehemente deseo que él tenía de curarse: «¿No la harías?» Nótese que cuando los pecadores llegan a este punto de contentarse con cualquier cosa, de someterse a cualquier cosa y de deshacerse de cualquier cosa, para curarse de su grave enfermedad espiritual, entonces, y no antes, comienza a haber para ellos esperanza de curación. Entonces recibirán a Cristo bajo las condiciones que Él les imponga, puesto que estarán dispuestos a recibir la salvación bajo cualquier condición.
2. Basándose en la facilidad del método prescrito: «Lávate, y serás limpio». Nótese que los métodos prescritos para la curación de la lepra del pecado son tan sencillos y claros que no tenemos excusa alguna si no los observamos: «Cree, y serás salvo» (Hch. 16:31); «Arrepentíos, y seréis perdonados» (comp. Hch. 2:38), equivalentes a «Lávate, y serás limpio».
IV. La curación es llevada a cabo mediante el uso del método prescrito (v. 14). Apaciguada la ira de Naamán con el prudente consejo de sus criados, y pensándolo mejor, se sometió al experimento «y quedo limpio», con gran sorpresa y gozo por su parte.
Versículos 15–19
De los diez leprosos que nuestro Salvador limpió en una ocasión, sólo uno regresó a dar gracias, y precisamente era samaritano (Lc. 17:16). Así lo hizo también este sirio, y aquí expresa él su gratitud:
I. Convencido del poder del Dios de Israel y de que no sólo era Dios, sino que era el único verdadero Dios (v. 15): «Ahora conozco que no hay otro Dios en toda la tierra, sino en Israel». Si hubiese visto curarse a otros leprosos, quizás esta vista no le habría convencido, pero al haber experimentado en sí mismo el gran favor de la curación, esto le afectó más que el propio milagro. Los más capacitados para hablar del poder de la gracia divina son los que la han experimentado en sí mismos.
II. Agradecido al profeta Eliseo: «Por consiguiente, por amor del Dios a quien sirves, te ruego que recibas un presente de tu siervo, plata, oro, vestidos, todo cuanto te dignes aceptar». Pero Eliseo rehusó generosamente recibir honorarios por su obra, no porque no los necesitara, pues vivía en condiciones muy modestas, sino para no quedar obligado, como en deuda, a este sirio. Era mucho más honroso para Dios mostrar a este nuevo convertido que a los siervos del Dios de Israel se les había enseñado a considerar con santo desprecio las riquezas de este mundo, lo que le confirmaría en la conclusión de que no había Dios sino en Israel (v. 1 Co. 9:18; 2 Co. 11:9).
III. Hecho prosélito del culto al Dios de Israel. No sólo se dispone a ofrecer sacrificios a Jehová, en agradecimiento por la presente curación, sino que promete no ofrecer jamás sacrificio a otros dioses (v. 17). Esto fue un feliz resultado de la curación de su lepra pues quedó curado de su idolatría, que es una enfermedad mucho más peligrosa. Y: 1. Por una parte, llegó a excederse, pues no sólo estaba dispuesto a sacrificar únicamente en honor del Dios de Israel, sino que quiso llevar consigo tierra de Israel (la que podía ser cargada en un par de mulas) para ofrecer el sacrificio sobre ella. El que hace poco menospreciaba las aguas de Israel, ahora tenía en tanta estima la tierra de Israel, que pensaba que sólo sobre ella sería aceptable al Dios de Israel el sacrificio que él le ofreciese. Naamán (nota del traductor) creía, según la opinión corriente entre los paganos, que una divinidad era poderosa solamente en el territorio que la reconocía por tal; así que, fuera de Israel, Jehová sólo podía ser adorado sobre la tierra de Israel. 2. Por otra parte, se quedó corto al pensar que era libre para inclinarse en el templo de Rimón cuando el protocolo de la corte lo exigiese (v. 18). Sin duda que esto era pecaminoso para un verdadero adorador de Jehová, el único Dios de toda la tierra, como él mismo había confesado. Pero nótese la extraordinaria prudencia de Eliseo al responderle escuetamente «Ve en paz», sin decirle «No lo hagas» ni
«Lo puedes hacer». No se lo podía permitir abiertamente, pues era algo pecaminoso; pero si se lo hubiese prohibido de plano, habría puesto un grave tropiezo ante los pies de Naamán, un extranjero recién convertido, y troncado así innecesariamente una plantita recién brotada del suelo, puesto que lo que Naamán pedía era algo no intrínsecamente malo, sino en sus apariencias, que, por otro lado, ningún escándalo habrían de causar en el contexto en que se movía. (Todo esto es nota del traductor, pues el propio M. Henry no parece encontrar excusa alguna. Pero, entonces, ¿qué decir de la actitud de Eliseo?
¿Fue un acomodaticio? ¡Quede aquí esta nota para lección de los moralistas ultrapuritanos!)
Eliseo, santo profeta, varón de Dios no tenía más que un criado el cual se muestra aquí en toda su vileza. Habría de esperarse que el criado de Eliseo fuese tan santo, al menos, como Abdías, el servidor de Acab, pero recordemos que el propio Señor Jesucristo tuvo un traidor entre sus Apóstoles.
I. Pecados de Guejazí. 1. El amor al dinero, raíz de todo mal, estaba en el fondo de su corazón y se manifestó bien en esta ocasión. Mientras su amo menospreció los tesoros de Naamán, él los codició (v. 20). Como dice el obispo Hall, su corazón estaba dentro de los cofres de Naamán y por eso corrió a recogerlo. 2. Reprochó a su amo el haber rechazado el presente de Naamán, y tener a mal su generosidad con este extranjero. 3. Cuando Naamán saltó de su carro para salir a su encuentro (v. 21), le contó deliberadamente una mentira, diciéndole que le había enviado su amo. 4. Dejó muy malparado a su amo ante Naamán, como si Eliseo se hubiese arrepentido de su generosidad. El cuento de los dos hijos de los profetas era tan falso como ridículo; si le hubiera pedido un pequeño recuerdo para dos jóvenes estudiantes, de seguro que con un talento de plata habría tenido más que suficiente. 5. Había el peligro de alejar a Naamán del propósito que había confesado de seguir la verdadera religión; al menos, de rebajar la buena opinión que había concebido de ella. 6. Al tratar de ocultar lo que injustamente había adquirido añadió mucha y grave maldad a su pecado: Lo guardó en la casa (v. 24) hasta tener la oportunidad de usarlo públicamente. Cuando su señor le dijo (v. 25): ¿De dónde vienes, Guejazí?, él mintió y dijo: Tu siervo no ha ido a ninguna parte.
II. Castigo de estos pecados. Eliseo le pidió cuentas de inmediato.
1. Cómo quedó convicto. Pensó que podía engañar al profeta, pero pronto hubo de entender que el Espíritu de profecía no podía ser engañado y que era en vano tratar de mentirle al Espíritu Santo. Eliseo le pudo decir: (A) Lo que había hecho, aunque él lo negase: «Has dicho que no fuiste a ninguna parte, pero
¿no estaba allí también mi corazón?» (v. 26); es decir, «mi conocimiento». (B). Lo que había pensado hacer, aunque lo guardaba en su pecho como un secreto. Pudo decirle los pensamientos y planes que tenía en su corazón, ahora que poseía dos talentos de plata, de comprarse tierras y ganado, a fin de dejar el servicio de Eliseo y establecerse por su cuenta. ¿Es tiempo de tomar plata, etc.?, le pregunta Eliseo.
Como si dijese: «¿Es ésta la oportunidad de enriquecerte? ¿No pudiste hallar otro medio de hacerte con dinero que traicionar a tu señor y poner un grave tropiezo delante de un recién convertido?»
Cómo fue castigado por ello: La lepra de Naamán se te pegará a ti (v. 27). Y salió de su presencia leproso, blanco como la nieve. Así queda marcado con el estigma de la infamia, llevándose esta marca por dondequiera que vaya. ¿De qué le aprovechó a Guejazí haber ganado dos talentos de plata, cuando por ello perdió su salud, su honor, su paz y, si no se arrepintió a tiempo, su alma para siempre? (v. Job 20:12 y ss.). Por otra parte, al quedar todo él «blanco como la nieve», esto no le privaba del contacto con el público, conforme a Levítico 13:13 (v. 8:4 y ss.)
I. Continúan los portentos obrados por Eliseo. 1. Hace nadar el hierro (vv. 1–7). 2. Descubre al rey de Israel los planes secretos del rey de Siria (vv. 8–12). 3. Se salva de las manos de los que iban a prenderle (vv. 13–23). II. El sitio de Samaria por los sirios y el gran aprieto en que se vio la ciudad (vv. 24–33).
Versículos 1–7
I. Con respecto a los hijos de los profetas. El colegio de que aquí se habla parece ser el de Guilgal, que estaba cerca del Jordán; es muy probable que, dondequiera residiera Eliseo, acudiesen a él muchos
«hijos de los profetas», jóvenes que querían sacar provecho de sus instrucciones, consejos y oraciones. Eran muchos los que deseaban vivir con él y estar cerca de él.
1. Su número aumentaba de tal forma que pronto les faltó espacio (v. 1): El lugar en que moramos contigo nos es estrecho. Era una dicha oír esto, porque era señal de que eran muchos los que se les añadían. Sin duda que los milagros de Eliseo atraían a muchos.
2. Eran jóvenes humildes. Bien les cae a los hijos de los profetas, que profesan tener la mira puesta en las cosas del mundo venidero, contentarse con las cosas indispensables de éste.
3. Eran pobres. La pobreza no es un impedimento para la profecía.
4. Eran trabajadores y dispuestos a la fatiga. Nadie piense que un empleo honesto es una carga o un rebajamiento.
5. Tenían en gran estima y veneración a Eliseo. (A) No querían ir a trabajar fuera sin que él les acompañase (v. 2). (B) Especialmente, no querían ir sin él a recoger madera (v. 3): Te rogamos que vengas con tus siervos. Los buenos discípulos desean estar siempre bajo buena disciplina.
6. Eran personas honradas y preocupadas por dar a cada uno lo suyo. Uno de ellos, al caérsele al agua el hierro del hacha con que cortaba la leña, gritó angustiado: ¡Ah, señor mío, era prestado! (v. 5). Parece ser que este profeta era pobre en extremo y no le llegaba para pagar por un hacha, por lo que su pérdida le ponía en grave apuro.
II. Con respecto al padre de los profetas Eliseo. 1. Era hombre de gran condescendencia y compasión; fue al bosque con los hijos de los profetas, ya que ellos deseaban su compañía (v. 3). 2. Era hombre de gran poder, pues pudo hacer nadar el hierro a pesar de la densidad de éste, cuyo peso específico es casi ocho veces mayor que el del agua (v. 6). De manera semejante puede la gracia de Dios levantar el corazón de piedra o de hierro que se ha hundido en el fango de este mundo y elevar hacia las cosas de arriba los sentimientos y las aficiones que son naturalmente terrestres.
Versículos 8–12
Eliseo sirve al rey con su espíritu de profecía, como anteriormente había ayudado a los hijos de los profetas.
II. Cómo se informó el rey de Israel, por medio de Eliseo, de todos los planes de su enemigo el rey de Siria (vv. 8–10). 1. Los enemigos del Israel de Dios son astutos en su política e infatigables en sus intentos de hacerle daño. 2. Todos estos intentos y planes, aun los más secretamente urdidos, son conocidos de Dios. No sólo sabe Dios lo que los hombres hacen, sino también lo que intentan hacer; y tiene muchos medios para contrarrestarlos. 3. Nos es de gran ventaja que se nos avise de los peligros que nos amenazan, para que estemos sobre aviso contra ellos. Es oficio de los profetas avisarnos. El rey de Israel estaba dispuesto a prestar atención a los avisos que Eliseo le daba del peligro que le acechaba de parte de los sirios, pero no prestaba atención a los avisos que le daba del peligro que le acechaba de parte de sus pecados.
II. Cómo se resintió de esto el rey de Siria. Sospechó alguna traición por parte de sus senadores y pensaba que alguien descubría sus proyectos al enemigo (v. 11). Pero uno de sus servidores, que estaría enterado, por Naamán y por otros, de las portentosas obras de Eliseo, concluye que tiene que ser él quien le hace saber las cosas al rey de Israel (v. 12).
Versículos 13–23
I. El gran ejército que envió el rey de Siria para prender a Eliseo. Después de averiguar dónde se hallaba, en Dotán (v. 13), no lejos de Samaria, envió allá un gran ejército para que cayesen sobre él de noche y le trajesen vivo o muerto (v. 14). Así esperaba estar seguro de hacerse con él, especialmente cayendo sobre él por sorpresa.
II. El tremendo susto que se llevó el siervo del profeta cuando vio la ciudad rodeada por los sirios, y el medio efectivo que usó Eliseo para apaciguarle y librarle de sus temores.
1. Grande era la consternación del criado. Corrió hacia Eliseo y le dijo, todo apurado (v. 15): ¡Ah, señor mío!, ¿qué haremos? Como si dijese: «¡Estamos perdidos! No podemos luchar ni huir; así que vamos a caer en manos de ellos». Si él hubiese considerado que iba embarcado con su amo, por medio del cual había obrado Dios tantos portentos, y al que no iba a dejar ahora caer en manos de aquellos incircuncisos no se habría sentido tan desesperado. Si sólo hubiese dicho: «¿Qué haré?», habría tenido alguna excusa.
2. Grande fue la tranquilidad que le prestó Eliseo: (A) Con su palabra. Lo que en esta ocasión le dijo es como dicho a todos los fieles siervos de Dios cuando están asediados de luchas por fuera y de temores por dentro: «No tengas miedo, no tiembles ni te desconciertes, porque más son los que están con nosotros, para protegernos, que los que están con ellos, para destruirnos» (v. 16). Efectivamente tenían a su favor un ejército de ángeles, inefablemente superior en número y calidad al de los sirios, y un Dios infinitamente poderoso. Cuando nuestra imaginación agranda el volumen de los peligros que nos amenazan, debemos pararnos a reflexionar unos momentos para traer a la memoria la grandeza de Dios que es nuestro Padre: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31). (B) Con su oración (v. 17). (a) Parece ser que Eliseo tenía interés en que este nuevo criado, recién venido a su servicio, quedase satisfecho y apaciguado. (b) Él se vio a sí mismo a seguro y deseó ardientemente que su criado viese lo que él estaba viendo: el ejército de ángeles que les protegían. (c) Para ello, bastaba con que Dios le abriese espiritualmente los ojos al criado, y lo obtuvo con su oración. Con los ojos del cuerpo, sólo veía el peligro; pero con los ojos de la fe podía ver el remedio. Cuando se nos abren los ojos, se acallan nuestros temores. En la oscuridad somos propensos a tener miedo. Cuanto más clara sea la visión que tengamos de la soberanía y del poder del Cielo, tanto menor será nuestro temor de las calamidades de esta tierra.
III. La vergonzosa derrota que infligió Eliseo a las huestes sirias que venían a prenderle.
1. Oró a Dios que los hiriese con ceguera y los hirió inmediatamente conforme a la petición de Eliseo (v. 18); no de forma que quedasen completamente sin vista, sino con la visión alterada de tal forma que su mente quedó confusa y aturdida, de manera que no podían reconocer a las personas ni los lugares. Ésta es la idea que entraña el vocablo «ceguera» en este lugar (dicho término sólo ocurre dos veces en toda la Biblia: aquí y en Gn. 19:11). Tan confusos estaban que no se daban cuenta de que aquel lugar era Dotán ni de que la persona aquella era Eliseo, sino que andaban como a tientas a plena luz del mediodía como si fuera de noche.
2. Cuando se hallaban tan confusos, los guió a Samaria (v. 19) prometiéndoles que les mostraría al hombre a quien buscaban, y así lo hizo. No les mintió al decirles: «No es éste el camino, ni es ésta la ciudad», puesto que cuando les dijo esta palabras ya estaban fuera de la ciudad.
3. Después de conducirles hasta Samaria, oró a Dios que les abriera los ojos para que se dieran cuenta del lugar en que estaban (v. 20), y, para gran terror de ellos, ¡estaban en medio de la ciudad de Samaria! Y es muy probable que les estuviese esperando un gran ejército para cortarles la retirada o para hacerlos prisioneros de guerra.
4. Cuando los tuvo a su merced, dio a entender que era impulsado por la bondad divina no menos que por el poder divino, pues:
(A) Los protegió del peligro en que él mismo los había metido y se contentó con mostrarles lo que podía haber hecho con ellos. Ansioso por matarles, preguntó por dos veces el rey: «¿Heriré, heriré, padre mío?» (v. 21, lit.); pero el profeta no le dejó meterse con ellos; habían sido llevados allá, no para ser ejecutados, sino para ser avergonzados y convictos (v. 22). No eran prisioneros del rey, sino de Dios y del profeta, y por consiguiente, no tenía por qué hacerles ningún daño.
(B) Pero no se contentó con protegerles de la ejecución, sino que ordenó que se les preparase un opíparo banquete, conforme indica el término kera, única vez que sale en toda la Biblia y que se les despidiese después en paz; así lo hizo el rey (v. 23). (a) Es de alabar en el rey el que fuese tan obsequioso con el profeta, contra su costumbre e incluso, al parecer, contra sus intereses (comp. 1 S. 24:19). Tan dispuesto se sentía a complacer al profeta, que les preparó ese gran banquete, para prestigio de la corte, del país y de Eliseo. (b) Es de alabar también en el profeta el que fuese tan generoso con sus enemigos. El gran deber de amar a los enemigos y de hacer el bien a los que nos odian estaba ya mandado en el Antiguo Testamento: «Si el que te aborrece tiene hambre, dale de comer, etc.» (Pr. 25:21, 22. V. también Éx. 23:4, 5), y así lo practicó aquí Eliseo.
IV. El buen efecto que esto hizo, de momento, en los sirios: «Nunca más entraron bandas armadas (es decir, de merodeadores) de Siria en la tierra de Israel» (v. 23). La más gloriosa victoria que se puede obtener sobre un enemigo es convertirlo en amigo.
Versículos 24–33
La última parte de este capítulo nos refiere una historia nueva y muy diferente de la anterior.
I. El asedio que el rey de Siria puso a Samaria. Los sirios olvidaron muy pronto la gentileza con que habían sido tratados recientemente en Samaria y, sin mediar provocación alguna por parte de los israelitas, trataron de destruirla (v. 24). Para no hallar contradicción alguna con el v. 23, nótese que allí se habla de «bandas de merodeadores», mientras que ahora es el ejército regular en pleno el que viene a poner sitio a la capital. Por el v. 25 vemos que, a consecuencia de aquel sitio, la carestía de lo más indispensable cobró tales proporciones en la capital que la cabeza de un asno, animal inmundo, llegó a venderse por ochenta siclos de plata, que es aproximadamente un kilogramo, y una pequeña cantidad (unos 300 gramos) de grano tosco de una planta llamada entonces «excremento de paloma», por cinco siclos (unos 55 gramos). ¡De qué poco sirve el dinero, puesto que, en tiempo de hambre, tan de buena gana se gasta por cualquier cosa que sirva para comer! Es probable que el hambre reciente que había atacado al país fuese la causa de que los graneros y almacenes estuviesen ahora vacíos, de forma que, cuando la espada siria comenzó a devorar desde fuera, el hambre empezó a consumir desde dentro, pues el plan de los sirios no era destruir la ciudad a cuchillo, sino por inanición.
II. La triste queja que una pobre mujer presentó ante el rey, al verse en situación desesperada. Pasaba el rey por el muro, quizá para dar órdenes a la guardia, cuando le gritó una mujer de la ciudad: «Salva, rey señor mío» (v. 26). Él le devolvió una melancólica respuesta: Si no te salva Jehová, ¿de dónde te puedo salvar yo? (v. 27). Algunos piensan que fue una respuesta áspera, de irritación. Otros opinan que le habló así para calmarla, como si dijese: «Esperemos que Dios nos saque del apuro, pues yo no te puedo salvar». Se lamenta de que el granero y el lagar estén vacíos, y aunque se siente impotente para ayudarla, está presto a escucharla, pues le pregunta (v. 28): «¿Qué tienes?»; es decir, «¿qué te pasa?; ¿es tu caso peor que el de tus vecinas?» Efectivamente lo era, pues ella y otra vecina suya habían llegado a un bárbaro acuerdo al acabárseles todas las provisiones, habían decidido que cocerían y se comerían primero su hijo, y luego el de la otra (v. 29). El suyo ya se lo habían comido, pero la otra escondió el suyo.
III. Al oír el caso, el rey se indignó contra Eliseo. Lamentándose de la tragedia, rasgó sus vestidos, y se pudo ver la túnica de saco (llamada «cilicio» en nuestras versiones Reina-Valera) que llevaba debajo, enseñar de solidaridad con la situación de su pueblo. Pero no se lamentó de sus propias iniquidades, como debía, ni de las iniquidades de su pueblo. En lugar de prometer el derribo de los becerros de oro de Dan y de Betel, jura dar muerte a Eliseo (v. 31). ¿Por qué? ¿Qué culpa tenía Eliseo del hambre? Su cabeza era la más inocente y la más valiosa de todo Israel. Así pasó también en tiempo de la persecución de los cristianos a manos de los emperadores romanos: siempre que el imperio gemía bajo alguna calamidad extraordinaria, echaban la culpa a los cristianos y los sentenciaban a muerte: «Christianos ad leones» =
«¡Los cristianos a los leones!»
IV. El presentimiento profético que tuvo Eliseo del plan que el rey tramaba contra él (v. 32). Se sentó en su casa con toda calma, y con él estaban sentados los ancianos, a los que dijo que estaba viniendo un emisario del rey para cortarle la cabeza y que le impidieran la entrada. La última frase de este versículo 32 suele interpretarse de varias maneras: M. Henry (nota del traductor) da por seguro que el rey venía detrás del emisario para suspender la orden de ejecución de Eliseo, pero esta opinión carece de fundamento en el texto sagrado. La única explicación posible es que el rey, en su extrema indignación, viniese en persona contra Eliseo, pero se detuviese al verle rodeado de los ancianos; en lugar de matar a Eliseo, se queja de que ha resultado vana la esperanza en Jehová (v. 33), cuya ayuda le habría prometido de antemano Eliseo (bajo condición de arrepentimiento, que el rey ya creía cumplido por los signos exteriores que ofrecía: vestido de saco, etc.). Por eso, agrega:«¿Para qué he de esperar más en Jehová?
¡Me voy a rendir a los sirios!»
Viene ahora el tan deseado alivio. I. Lo predice Eliseo, pero se ve privado de disfrutarlo un incrédulo asistente del rey (vv. 1, 2). II. Se consigue: 1. Mediante un inexplicable susto que dio Dios a los sirios (v. 6), haciéndoles retirarse precipitadamente (v. 7). 2. Por el oportuno descubrimiento del suceso, como pudieron verificarlo cuatro leprosos (vv. 3–5), quienes llevaron la noticia a conocimiento del rey (vv. 8– 11). 3. Mediante la cautelosa investigación que de la verdad del hecho emprendió el rey (vv. 12–15). III. El acontecimiento respondió a la predicción, tanto por la súbita abundancia (v. 16), como por la muerte del ayudante incrédulo (vv. 17–20).
Versículos 1–2
I. Eliseo predice que en el plazo de veinticuatro horas tendrán abundancia (v. 1). El rey de Israel desesperaba de la ayuda y se cansaba de esperar pero Eliseo le hizo la predicción cuando habían llegado al último extremo. 1. La situación extrema del hombre es la ocasión suprema de Dios para engrandecer su poder omnímodo; el tiempo de aparecerse a su pueblo es: «Cuando ve que su fuerza se agotó» (Dt. 32:36). El rey había dicho: «¿Para qué he de esperar más en Jehová?» «¡Bien!—responde Eliseo—. Oíd la palabra de Jehová escuchad lo que dice: Mañana a estas horas se venderá el grano a su precio corriente en la puerta de Samaria». 2. La consecuencia había de ser gran abundancia. Que ello se realizase a la larga, era fácil de predecir; pero que en un plazo tan corto se hubiese de vender tan barato el grano, estaba fuera de toda imaginación.
II. Uno de los nobles de Israel que estaba presente declaró que no creía en tal predicción (v. 2). Era un cortesano especialmente favorito del rey («sobre cuyo brazo el rey se apoyaba»—comp. con 5:18).
III. La justa sentencia que recibió por su incredulidad, pues le fue predicho que vería la abundancia para que se convenciese, pero que no disfrutaría de ella.
Versículos 3–11
I. Levantamiento del sitio de Samaria al filo de la noche (vv. 6, 7) no por fuerza ni poder, sino por el Espíritu de Jehová de las huestes, quien infundió pánico en el ánimo de los sitiadores. Ni una sola espada fue desenvainada contra ellos, sino que: 1. Jehová había hecho que en el campamento de los sirios se oyese estruendo de carros, ruido de caballos y estrépito de gran ejército (v. 6). Los sirios que sitiaron a Dotán sufrieron una distorsión de la vista (6:18). Estos otros, del oído. No sabemos si confundieron el sonido de alguna otra cosa o si fue pura ilusión acústica, causada directamente por Dios. Las sensaciones procedentes del mundo invisible, o son estupendamente confortadoras o tremendamente espantosas, según que los hombres estén en paz con Dios o en guerra con Él. 2. Al oír este ruido, dedujeron que el rey de Israel había alquilado contra ellos a los reyes de los heteos y a los reyes de los egipcios. 3. En consecuencia, todos ellos huyeron con increíble precipitación para salvar la vida, y dejaron el campamento como estaba, sin preocuparse siquiera de llevarse los caballos, los cuales les habrían ayudado a acelerar la huida (v. 7). Quienes no temen a Dios, Él puede hacer que lleguen a temblar por el sacudido de una hoja.
II. Cómo fue descubierta por cuatro leprosos esta huida de los sirios. Samaria había quedado libre, pero no estaba enterada de ello. Los centinelas sobre los muros no se habían percatado de la retirada del enemigo, tan calladamente se habían escapado. Pero la Providencia usó cuatro leprosos como noticieros. Se alojaban fuera de la puerta, como excluidos de la comunidad por estar ceremonialmente inmundos. Una tradición rabínica asegura que eran Guejazí y sus tres hijos.
1. Vemos cómo razonaron entre ellos estos leprosos para decidirse a hacer una visita nocturna al campamento de los sirios (vv. 3, 4). Estaban próximos a perecer de hambre; nadie salía a traerles alguna provisión. Así que resolvieron pasarse al enemigo y ponerse a merced de los sitiadores; quizá les perdonarían la vida, compadecidos de su miserable condición. Fueron, pues, al comienzo de la noche al campamento de los sirios y, para gran sorpresa suya, lo hallaron completamente abandonado, sin que se viera ni se oyera a un solo hombre (v. 5).
2. Vemos cómo razonaron entre ellos para decidirse a llevar las noticias a la ciudad. Banquetearon en la primera tienda donde cayeron (v. 8) y comenzaron a pensar en enriquecerse con el botín; pero se percataron de pronto de que no estaban haciendo bien (v. 9). No difundir las buenas nuevas entre la comunidad a la que pertenecían era pecado, de cuyo castigo no habían de escapar. Resolvieron, pues, volver a las puertas y gritar a los centinelas para declararles lo que habían descubierto (v. 10), quienes de inmediato lo pusieron en conocimiento de la corte (v. 11). La noticia no fue menos de aceptar por venir de noche, pues era como recobrar vida después de la muerte ni por llegar de mano de leprosos, quienes nos han dejado una lección de Misionología.
Versículos 12–20
I. El rey abrigaba temores de que se tratase de una estratagema de los sirios (v. 12). ¿No se habrían retirado para emboscarse y provocar así una salida de los sitiados para caer sobre ellos más fácilmente?
II. Medidas que tomó para impedir el caer en una trampa. Envió unos exploradores para ver qué había sido de los sirios y hallaron que de cierto habían huido todos, tanto jefes como soldados. Lo comprobaron por los vestidos que, para quedar expeditos en su huida, habían arrojado los sirios por el camino (v. 15). El que aconsejó esta exploración era bien consciente de la deplorable situación en que se hallaba la gente (v. 13), pues creyó suficiente con enviar cinco jinetes, pero parece ser que resultó demasiado optimista, pues sólo hallaron, por lo que se ve (v. 14), dos caballos de un carro.
III. La abundancia de que disfrutó Samaria por el botín tomado del campamento de los sirios (v. 16). Dios determinó que el sitio de Samaria, que estaba destinado a la ruina de la ciudad, se volviese en gran provecho, y que Israel se enriqueciera ahora con los despojos de los sirios, como antaño con los de los egipcios. La predicción de Eliseo se cumplió al pie de la letra: Una medida de flor de harina se vendió por un siclo. Los que despojaron el campamento tuvieron, así, no sólo para abastecerse bien de todo, sino también para vender lo que les sobró, a un precio asequible para cualquier comprador, con beneficio de otros. Así, hasta las que se quedaban en casa repartían los despojos (Sal. 68:12. Comp. con Is. 33:23).
IV. Muerte del cortesano incrédulo, que puso en duda la palabra de Eliseo. Este hombre: 1. Fue comisionado por el rey para vigilar la puerta (v. 17), mantener la paz y hacer que se guardase el orden y no se provocasen tumultos ni confusiones en el reparto del botín. 2. Pero fue atropellado de muerte por la gente en la misma puerta, ya fuese por accidente, al acudir en tromba las turbas al pillaje, o de intento, por haber abusado de su poder (lo cual es menos probable) en todo caso, lo importante es que la profecía de Eliseo se cumplió en todos sus detalles. El profeta quedó rehabilitado y Dios glorificado. Hubo abundancia de grano sin que Jehová hiciese ventanas en et cielo, como había dicho en son de burla el incrédulo (v. 2). Así vio su propia necedad por haber prescrito a Dios lo que debía hacer, sin poder comer de aquella abundancia que contemplaron sus ojos. En los vv. 18–20 se compara el hecho con la predicción, a fin de que tomemos buena nota de ellos y aprendamos: (A) Cuán profundamente se resiente Dios de nuestra desconfianza en Él, en su poder, en su providencia y en sus promesas. (B) Cuán inciertos son la vida misma y los goces que aquí podamos procurarnos. El honor y el poder son incapaces de poner al hombre a salvo de una muerte repentina y carente de gloria. Aquel en quien el rey apoyaba su brazo, murió por la fuerza con que la gente le apoyo los pies.
Los episodios registrados en este capítulo nos obligan a volver la vista atrás. I. Ya leímos acerca de la sunamita que se comportó generosamente con Eliseo; ahora vemos qué beneficio le reportó ello, tanto por el consejo que le dio Eliseo, como por la benevolencia que le mostró el rey en atención a Eliseo (vv. 1–6).
II. Ya leímos de la designación de Hazael como rey de Siria (1 R. 19:15), ahora tenemos un relato de su elevación al trono mediante el asesinato de su antecesor y señor (vv. 7–15). III. Leímos antes sobre el reinado de Joram en Judá como sucesor de su padre Josafat (1 R. 22:50). Aquí se nos ofrece una breve y triste historia de su corto y perverso reinado (vv. 16–24) y del comienzo del reinado de su hijo Ocozías (vv. 25–29).
Versículos 1–6
I. La maldad de Israel fue castigada con larga y terrible hambre, uno de los fuertes castigos de Dios con los que con frecuencia amenaza su ley. El hambre de Samaria se alivió pronto con el levantamiento del asedio; pero ni el castigo ni el favor de Dios hicieron en el pueblo el debido impacto. Si los castigos menores no inducen a los hombres al arrepentimiento, Dios enviará otros mayores y más largos. Esta hambre continuó por siete años, otra vez igual que la del tiempo de Elías; pues, cuando los hombres se endurecen más y más, Dios también calienta más y más el horno de sus juicios.
II. La bondad que la sunamita había mostrado a Eliseo se ve ahora recompensada por el interés que él se toma ahora por ella en esta época de hambre severa. 1. Ya le pasó aviso del hambre inminente (v. 1) a fin de que proveyese para sí convenientemente, y le aconsejó que se marchara a otro país, pues hallaría abundancia en cualquier otra nación que no fuese Israel. 2. La Providencia le deparó alojamiento cómodo en tierra de los filisteos (v. 2), quienes, aunque sometidos por David, no habían sido completamente derrotados. Parece ser que el hambre fue exclusiva de Israel, mientras que las naciones limítrofes tenían abundancia al mismo tiempo, lo cual mostraba palmariamente la acción directa de la mano de Dios en el castigo.
II. Petición que hizo al rey a su regreso, al aprovechar el momento oportuno de la cesación del hambre. 1. Cuando pasó el hambre, volvió de la tierra de los filisteos (v. 3). 2. Al volver vio su casa y su hacienda enajenadas, ya fuese por confiscación oficial o por usurpación de los vecinos. 3. Apeló al rey para que le devolvieran lo suyo. 4. Se halló con que el rey estaba hablando con Guejazí acerca de los milagros de Eliseo (v. 4). Ya vimos que el caso de Guejazí no era tal que le privase de comunicación con los demás. 5. Esta feliz coincidencia favoreció tanto a la narración de Guejazí como a la petición de ella.
(A) Hizo que el rey estuviese dispuesto a creer lo de los milagros de Eliseo, al verlo confirmado en un testigo de mayor excepción (v. 5): «Ésta es la mujer, y éste es su hijo, al cual Eliseo resucitó». (B) También le predispuso a conceder a la mujer lo que ella demandaba, ya que ¿quién no estaría dispuesto a conceder un favor a una persona a la que tanto había favorecido el Cielo, y a proveer el sostén para una vida que había sido dada y recobrada mediante milagros? En consideración a esto, dio orden el rey de que se les restituyese la hacienda, así como los intereses que durante los siete años hubiese producido. Los que están en autoridad, no sólo deben procurar no hacer el mal ellos mismos, sino también mantener el derecho de quienes han sido de algún modo perjudicados.
Versículos 7–15
I. Podemos preguntarnos qué es lo que trajo a Eliseo a Damasco, la principal ciudad de Siria. Quizá fue a girar una visita a su convertido Naamán y a robustecerle en los principios de la verdadera religión, lo cual era más urgente ahora, puesto que, al parecer, el alto puesto de Naamán era ocupado por Hazael; también es posible que él mismo hubiese renunciado al cargo, para no verse comprometido a inclinarse con el rey en el templo de Rimón. Otros opinan que Eliseo fue a Damasco con ocasión del hambre que azotaba al país; pero lo más probable es que fuese a cumplir la orden dada a Elías de ungir a Hazael por rey (1 R. 19:15).
II. Podemos observar que Ben-adad un rey grande, rico y poderoso, estaba enfermo. Ni el honor, ni la riqueza, ni el poder pueden inmunizar a los hombres contra las comunes enfermedades y calamidades de la vida terrenal; los palacios y los tronos están abiertos a la enfermedad y a la muerte tanto como lo están las más humildes cabañas de los pobres.
III. Nos causará sorpresa ver que el rey de Siria, en su enfermedad, busca un oráculo por medio de Eliseo.
1. Pronto le comunicaron que el varón de Dios, conforme se le llamaba incluso en Siria desde que había curado a Naamán, había venido a Damasco (v. 7). «¡Nunca tan oportuno!», dice Ben-adad. «Ve y consulta por él a Jehová». Cuando tenía salud, se inclinaba en el templo de Rimón, pero ahora que está enfermo desconfía de su ídolo y envía a consultar al Dios de Israel. Esto es más de notar cuanto que: (A) No hacía mucho que un rey de Israel, al estar enfermo, había enviado a consultar al dios de Ecrón (1:2), como si no hubiese habido Dios en Israel. (B) Tampoco hacía mucho que este Ben-adad había enviado un gran ejército para prender a Eliseo como a su mayor enemigo (6:14), y ahora buscaba su oráculo honrándole como a profeta.
2. Para mejor honrar al profeta: (A) Envía a su más alto dignatario para que vaya a él, no por él, como si, al igual que el centurión del Evangelio, se sintiese indigno de que el varón de Dios viniese a estar bajo su techo. (B) Le envía un magnífico presente, de entre los bienes de Damasco (v. 9), tanto como para cargar cuarenta camellos, le ruega que lo acepte y le dice que será bienvenido en Damasco. Es probable que Eliseo lo aceptara, aunque había rechazado el de Naamán. (C) Ordena a Hazael que le lleve el presente de parte de su hijo Ben-adad, conforme al uso de Israel, donde se llamaba «padres» a los profetas. (D) Todavía le otorga mayor honor al considerarle confidente de los secretos del Cielo, pues le pregunta: ¿Sanaré de esta enfermedad?
IV. Especialmente notable es lo que pasó entre Hazael (mejor Jazael) y Eliseo.
1. Eliseo respondió a la consulta del rey y le dice que podría recuperarse, al no ser de muerte la enfermedad, pero que moriría por otra causa (v. 10), no de muerte natural, sino violenta.
2. Luego le miró Eliseo fijamente a la cara, hasta hacerle ponerse encarnado de rubor, y rompió a llorar (v. 11).
3. Cuando le preguntó Hazael por qué lloraba, Eliseo contestó y dijo que preveía los grandes males que Hazael iba a hacer a los hijos de Israel (v. 12). Lloró Eliseo al ver de qué mala forma eran tratados siempre los israelitas. Véase cuántos males ocasiona la guerra, y cuán mayores males ocasiona el pecado, y en qué grado ha degenerado la naturaleza humana a causa de la caída original, hasta despojarse de toda humanidad.
4. Hazael quedó grandemente sorprendido ante esta predicción (v. 13): «¿Qué es tu siervo, un perro, para hacer tamaña cosa?» (lit.). Considera el crimen que Eliseo le predice: (A) Como una cosa demasiado grande para él, que no es una cabeza coronada, sino como un «perro» (vocablo corriente para expresar humildad). (B) Como una cosa demasiado bárbara, que sólo puede cometerla quien haya perdido todo sentido del honor y de la virtud. Entra dentro de lo posible el que el malvado, bajo súbita convicción de la conciencia exprese gran aborrecimiento de un pecado, aun cuando después lo cometa sin ningún escrúpulo.
5. A la pregunta de Hazael, Eliseo se limitó a responder: «Jehová me ha mostrado que tú serás el rey de Siria», entonces tendría poder para hacer las cosas que Eliseo le había predicho, y también la maldad suficiente para llevarlas a cabo.
V. Crimen que cometió Hazael en la persona de su señor. 1. Engañó vilmente al rey, al citar malamente y a medias la respuesta de Eliseo: «Me dijo que seguramente sanarás» (v. 14). Esto fue juntamente una injuria al rey, quien así perdió el beneficio de prepararse para morir, así como a Eliseo, que a cuenta de esto podría ser tenido por falso profeta. 2. Asesinó bárbaramente al rey, e hizo así buena la palabra de Eliseo (v. 15, comp. con v. 10). Mojó un paño y se lo puso a Ben-adad en el rostro. El texto no dice más; por lo que discuten los autores si realmente lo sofocó con este paño o si murió a consecuencia de pulmonía o apoplejía; fuese como fuese, Hazael fue, directa o indirectamente, el regicida; del que menos podía el rey sospechar, al ser su confidente.
Versículos 16–24
Breve relato de la vida y del reinado de Joram, uno de los peores reyes de Judá, al ser hijo y sucesor de Josafat, que fue uno de los mejores. A veces, es castigada justamente una nación con la calamidad de un mal reinado por no haberse aprovechado de las bendiciones que les había proporcionado un buen reinado. En cuanto a Joram:
I. Idea general que se nos da aquí de su perversidad (v. 18): «Anduvo en el camino de los reyes de Israel, como hizo la casa de Acab». Nada peor pudo hacer Joram que escoger por modelo de su conducta a la casa de Acab, más bien que a la casa de su padre Josafat. Esto ocasionó su ruina.
II. La ocasión de su perversidad. Su padre era buena persona y no cabe duda de que se interesó por la sana educación de su hijo en el buen conocimiento de Jehová, pero: 1. Hizo muy mal en casarlo con la hija de Acab. Los que se juntan mal, ya están medio arruinados. 2. No hizo bien en asociarlo al trono (v. 16): «siendo Josafat rey de Judá, comenzó a reinar»; con ello no hizo sino fomentar su orgullo. Josafat había hecho ya virrey a su hijo cuando fue con Acab a Ramot de Galaad, por lo que el año diecisiete de Josafat (1 R. 22:51) es computado como el segundo de Joram (2 R. 1:17), pero después, en el año veintidós de su reinado, le asoció definitivamente en el gobierno. Suele resultar dañoso para los jóvenes llegar antes de tiempo al disfrute de su cargo o de su hacienda. Incluso Samuel no ganó nada con hacer jueces a sus hijos.
III. Los castigos que la Providencia le impuso por su maldad. 1. Se sublevaron los edomitas, quienes habían estado bajo el gobierno de lo reyes de Judá desde el tiempo de David (unos 150 años): «se rebeló Edom» (v. 20). Intentó someterlos y, por cierto, los derrotó (v. 21), pero consiguieron librarse del dominio de Judá (v. 22) y fueron después enemigos acérrimos de Judá como vemos por la profecía de Abdías y el Salmo 137:7. 2. También se sublevó Libná (v. 22), ciudad de Judá, en el corazón del país, y ciudad sacerdotal. Los habitantes de esta ciudad se sacudieron el yugo de Judá, «por cuanto él había dejado a Jehová el Dios de sus padres» y quería forzar a sus súbditos a hacer otro tanto (2 Cr. 21:10, 11). Quisieron ser independientes precisamente para preservar la verdadera religión. 3. Su reinado fue breve. Dios lo cortó en la flor de la vida, a los cuarenta años de edad y después de un reinado de ocho años (sin contar sus años de corregencia).
IV. La misericordia de Jehová al preservar de la destrucción al reino de Judá y la casa de David, a pesar de las apostasías y calamidades del reinado de Joram (v. 19): «Con todo eso, Jehová no quiso destruir a Judá, por amor a David su siervo».
V. La conclusión de este reinado impío y sin gloria (vv. 23, 24). Nada peculiar se nos dice de él; pero se nos dice (2 Cr. 21:19, 20) que «los intestinos se le salieron por la enfermedad, muriendo en medio de terribles dolores», y «sin que nadie lo llorara».
Versículos 25–29
Así como entre las personas corrientes hay algunas que llamamos pequeñas—no se las mira, ni se las considera, ni se las estima—, así también entre los reyes hay algunos a quienes, en comparación con otros, podemos llamar pequeños. De éstos fue Ocozías; muy poca cosa en el curso de la Historia y muy vil en el registro de Dios a causa de su perversidad. Josafat y Acab tuvieron en sus respectivas familias los mismos nombres al mismo tiempo, con lo que trataban de cumplimentarse el uno al otro. Acab tuvo dos hijos Ocozías y Joram, quienes reinaron por este orden; Josafat tuvo un hijo y un nieto que se llamaron Joram y Ocozías, respectivamente, quienes reinaron igualmente por este orden. El Ocozías de Israel había reinado solamente dos años; el de Judá reinó solamente un año. Se nos dice aquí que el parentesco de Ocozías de Judá con la familia de Acab fue la ocasión: 1. De su maldad (v. 27): Anduvo en el camino de la casa de Acab, de esa familia idólatra y sanguinaria pues su madre era hija de Acab (v.
26). Cuando los hombres escogen esposa deben recordar que están escogen madre para sus hijos y por tanto deben extremar su cuidado con doble motivo. 2. De su caída. Joram de Israel, su tío materno, le invitó a que se uniera a él para la reconquista de Ramot de Galaad, un intento que había resultado fatal para Acab; lo mismo le ocurrió a su hijo Joram, pues fue herido en la expedición (v. 28) y regresó a Yizreel para curarse, por lo que tuvo que dejar allí a su ejército en posesión de la plaza. También Ocozías regresó, pero fue a Yizreel a ver cómo estaba su tío Joram (v. 29).
Hazael y Jehú habían sido designados instrumentos de la justicia divina para destruir la casa de Acab.
Le fue dicho a Elías que los nombrase para este servicio; pero, tras la humillación de Acab le fue concedida una prórroga y, por eso, quedó Eliseo encargado de nombrarlos. Ya vimos en el capítulo anterior la elevación de Hazael al trono de Siria; ahora veremos la de Jehú al trono de Israel, pues Jehú había de matar a los que habían escapado de la espada de Hazael, como escaparon Joram y Ocozías. I. Comisión enviada a Jehú por mano de uno de los profetas para que asumiese el gobierno y destruyese la casa de Acab (vv. 1–10). II. Rápida ejecución de dicha comisión: 1. Jehú lo comunica a sus capitanes (vv. 11–15). 2. Marcha directamente a Yizreel (vv. 16–20) y allí despacha: (A) A Joram rey de Israel (vv. 21– 26). (B) A Ocozías rey de Judá (vv. 27–29). (C) Y a Jezabel (vv. 30–37).
Versículos 1–10
Unción de Jehú por rey. No parece que Jehú ambicionase la corona. Hay quienes opinan que había sido ungido ya rey antes por Elías, a quien Dios había comisionado para ello, pero que lo hizo en privado con la insinuación de que no actuase hasta que recibiese ulteriores órdenes como había sido el caso de David, a quien ungió Samuel mucho antes de que llegase al trono; pero no es probable en el caso de Jehú, pues entonces deberíamos suponer que Elías había ungido también a Hazael.
I. Envío de la comisión.
1. Eliseo no fue en persona a ungir a Jehú, porque era demasiado viejo para arrostrar el viaje y demasiado conocido para hacerlo en secreto; por lo que envió a uno de los hijos de los profetas (v. 1) para hacerlo.
2. Al enviarlo: (A) Le puso en la mano el aceite con que había de ungir a Jehú: Toma esta redoma de aceite en tu mano. Salomón fue ungido con aceite del tabernáculo (1 R. 1:39). Esto no podía conseguirse ahora, pero el aceite tomado de la mano de un profeta equivalía al aceite de la casa de Dios. (B) Le puso en la boca las palabras que había de decir (v. 3): «Así dijo Jehová. Yo te he ungido por rey sobre Israel» (vv. 3, 7–10). (C) Igualmente le ordenó: (a) Que lo hiciese en privado; que llamase a Jehú de entre el resto de los capitanes y le ungiese en una cámara secreta (v. 2). (b) Que lo hiciese apresuradamente. En cuanto hubiese acabado, debía echar a huir y no esperar (v. 3).
II. Cumplimiento de la comisión. El joven profeta se presentó de inmediato en Ramot de Galaad (v. 4). Allí encontró a los jefes del ejército en consejo de guerra (v. 5). Con la seguridad de que actuaba como mensajero de Dios, y como quien tiene autoridad llamó a Jehú de entre el resto de los generales:
«Príncipe, una palabra tengo que decirte». ¿Había recibido Jehú alguna insinuación—o tuvo presentimiento—de lo que significaba esta llamada del joven profeta? Si es así, se explica mejor que disimulase como quien no ambiciona el honor, y por eso preguntase: «¿A cuál de todos nosotros?» Cuando el profeta estuvo con él a solas, le ungió (v. 6).
1. Le invistió de la dignidad regia: «Así dijo Jehová Dios de Israel, cuyo mensajero soy, en su nombre yo te he ungido por rey sobre Israel pueblo de Jehová». Le recuerda que ha sido hecho rey: (A) Por el Dios de Israel; de él ha de saber que se deriva su poder; para Él lo ha de usar y a él ha de rendir cuentas. (B) Sobre el Israel de Dios. Aunque el pueblo de Israel había perdido su honor y había desmerecido su relación con Dios, aun así es llamado el pueblo de Jehová, pues Jehová tenía derecho sobre ellos. Jehú tenía que considerar a este pueblo sobre el que era constituido rey como pueblo de Jehová, hombres libres, siervos de Dios, no de los hombres, y, no tanto, no se les podía explotar ni tiranizar; pueblo de Dios, que había de ser gobernado por las leyes de Dios y dirigido para la gloria de Dios.
2. Le da órdenes para su inmediato servicio, que era destruir toda la casa de Acab (v. 7), no para tener más expedito su acceso al trono, sino para ejecutar los juicios de Dios sobre esa familia perversa y perniciosa. Llama a Acab «tu señor», pero le recuerda que está bajo superior obligación, y que debe obedecer, antes que a Acab, al Señor de los cielos. Y este Señor ha resuelto que perezca toda la casa de Acab, y precisamente por mano de Jehú; así que no ha de temer ningún peligro. Y, para que lleve a cabo la ejecución de la comisión divina con todo conocimiento de causa, le dice: (A) Cuál era el crimen de la casa de Acab. Ya era bastante con ser idólatras, pero Dios se querella de modo especial de que hubiesen derramado la sangre de todos los siervos de Jehová. Este fue el pecado que atrajo sobre Jerusalén su primera destrucción (2 Cr. 36:16), así como la segunda (Mt. 23:37, 38). Las fornicaciones y hechicerías de Jezabel no eran tan provocadoras como la persecución que había emprendido contra los profetas, al matar a unos y al confinar al resto a rincones y cuevas (1 R. 18:4). (B) Cuál era la sentencia de la casa de Acab. Había de ser destruida completamente; en especial, se señala que a Jezabel la comerán los perros (v. 10).
Versículos 11–15
Después de una pausa regresa Jehú a su lugar, no da a entender nada de lo que había pasado sino, por lo que parece, decide guardárselo para sí de momento.
I. Con qué desprecio hablan del joven profeta los jefes (v. 11): «¿Para qué vino a ti aquel loco? ¿Qué asunto tenía contigo?» Tenían por locos a los profetas y por insensato al varón de espíritu (Os. 9:7). Los que carecen de fe suelen hablar con desdén de los creyentes, teniéndoles por gente extraña (v. 1 P. 4:4). De nuestro Salvador decían: «Está fuera de sí», de Juan Bautista, «tiene demonio»; del apóstol Pablo, «las muchas letras te están llevando a la locura». De este modo, la más alta sabiduría es tenida por locura, y de los que mejor se comprenden a sí mismos se dice que están fuera de sí. Quizás intentó Jehú reprenderles al rectificar: «Vosotros conocéis al hombre, que es un profeta. ¿Por qué le llamáis loco?» Pero ellos insitieron (v. 12): «¡Mentira! ¡Dínoslo ahora!» Advirtamos de paso que las gentes tenían a veces por locos a los profetas a causa de los éxtasis que acompañaban con frecuencia a las manifestaciones proféticas. El versículo se puede interpretar de tres maneras: 1) Los compañeros de Jehú niegan tener la menor idea de lo que el profeta ha podido decir a Jehú. Éste parece ser el sentido obvio. 2) Jehú no está seguro de si sus compañeros de armas están de su parte, y finge admitir que el profeta dice locuras o mentiras, pero son unas mentiras que a él le vienen muy bien. 3) Jehú está seguro de sus compañeros y les habla en tono irónico: «Sí, vosotros ya conocéis a ese loco y sus palabras». «¡Claro! Te habrá dicho mentiras», replican ellos. Pero, ya en serio, Jehú les declara que el profeta le ha ungido rey, quizá les mostró incluso el aceite que llevaba en la cabeza.
II. Con qué respeto cumplimentan al nuevo rey tan pronto como tienen noticia de su nombramiento (v. 13). En señal de homenaje y sumisión, colocan sus mantos debajo de Jehú en un trono alto, a la vista de los soldados, quienes al toque de corneta se reunirían para celebrar la solemnidad.
III. Con qué cautela procedió Jehú. Tenía consigo al ejército. Joram se había marchado a casa malamente herido. La prudente actitud de Jehú se echa de ver en dos cosas: 1. Cumplimentó a los jefes y no hizo nada sin el consejo y consentimiento de ellos. 2. Vino velozmente, y cayó por sorpresa sobre Joram. Muchas veces, el éxito de un ataque depende más de la sorpresa que de la fuerza.
Versículos 16–29
Desde Ramot de Galaad hasta Yizreel hay mayor trecho que el camino de una jornada; a mitad de camino es preciso cruzar el Jordán.
I. El centinela de Joram descubre a distancia a Jehú y a su escolta y comunica al rey que se acerca una tropa (v. 17), no puede decir si de amigos o enemigos. Pero el rey envía una y otra vez un jinete para que vaya a reconocerles (vv. 17–19). Cada emisario hace la misma pregunta: «¿Hay paz?» Como si dijesen:
«¿Estáis por nosotros o por nuestros adversarios?» Y cada uno recibe la misma respuesta: «¿Qué tienes tú que ver con la paz? ¡Vuélvete conmigo!» (vv. 18, 19). El vigía comunica que los emisarios han sido hechos prisioneros y, al final, observa que el jefe de esta tropa es uno que cabalga como Jehú, quien parece que era bien conocido por su impetuosidad (v. 20). Para el servicio que se le había asignado a Jehú era menester un hombre de este temple.
II. Joram sale en persona a recibirle y lleva consigo a Ocozías de Judá, ninguno de los dos equipados para luchar, pues no esperaban el ataque de un enemigo, sino presurosos por satisfacer su curiosidad.
1. El lugar donde Joram se encontró con Jehú era de mal agüero: «En la heredad de Nabot de Yizreel» (v. 21). Solamente la vista de aquel lugar bastaba para hacer temblar a Joram y triunfar a Jehú, pues Joram tenía el crimen de la sangre de Nabot que luchaba contra él, y Jehú tenía la fuerza de la maldición de Elías que luchaba a favor de él.
2. La pregunta de Joram continuó siendo la misma: «¿Hay paz, Jehú? ¿Vienes huyendo de los sirios o vienes como vencedor de los sirios?»
3. La respuesta de Jehú fue desconcertante para Joram. Le respondió con otra pregunta: «¿Qué paz
puedes esperar con las fornicaciones de Jezabel tu madre y sus muchas hechicerías?» (v. 22). Obsérvese:
(A) Que lo culpa por la perversidad de su madre. Ella queda denunciada por fornicación, tanto corporal como espiritual, igual que por hechicerías, encantamiento y adivinaciones usadas en honor de sus ídolos; y todo esto, en gran número, porque los que se abandonan a la corriente de la maldad no saben dónde pararse. (B) Que, a causa de ello, le quita toda pretensión de paz: «¿Qué puede sobrevenirle a una casa en la que hay tanta perversidad sin arrepentimiento?» El camino del pecado nunca puede ser el camino de la paz (Is. 57:21). No hay paz posible mientras persista el pecado en el corazón; pero tan pronto como hay sincero arrepentimiento y abandono del pecado hay paz.
4. La ejecución fue llevada a cabo de inmediato. Cuando escuchó Joram lo de los crímenes de su madre, le desfalleció el corazón; se percató de que había llegado el profetizado día de rendir cuentas y gritó: «¡Traición, Ocozías!» (v. 23). Huyeron, pues, ambos y: (A) Joram rey de Israel fue ejecutado en seguida (v. 24). Jehú lo despachó con su propia mano. Murió como un criminal, bajo la sentencia de la ley, que Jehú puso en ejecución conforme a la palabra de Dios, pronunciada por medio de Elías en una ocasión en que el propio Jehú acompañaba a Acab (vv. 25, 26). Aquella misma parcela de terreno, de la que con tanto orgullo y placer se había hecho dueño Acab a costa de sangre inocente, era ahora el escenario en el que el cadáver de su hijo quedaba expuesto como un espectáculo para el mundo. (B) Ocozías rey de Judá fue también alcanzado en su huida y ejecutado poco después no muy lejos de allí (vv. 27, 28). Aunque estaba ahora en compañía de Joram, no habría sido muerto si no hubiese estado unido a la casa de Acab, tanto en parentesco como en perversidad.
Versículos 30–37
La mayor delincuente de la casa de Acab era Jezabel; ella fue la que introdujo el culto a Baal, asesinó a los profetas de Jehová, planeó el homicidio de Nabot y animó, primero a su marido y después a sus hijos, a obrar perversamente; «maldita» se la llama aquí (v. 34). Su dominio había perdurado durante tres reinados, pero, por fin, le había llegado su día. La destrucción de Jezabel puede considerarse como paradigma de la destrucción de los idólatras y perseguidores.
I. Atrevimiento de Jezabel. Se enteró de que Jehú había matado a su hijo, y que lo había matado por las fornicaciones y hechicerías de ella; que había arrojado su cadáver a la parcela de Nabot y que venía ahora a Yizreel. Con todo, se apostó en una ventana a la entrada de la puerta para afrentar y desafiar a Jehú. 1. En lugar de esconderse, temiendo la venganza divina, se expuso a sí misma y renunció con mofa a huir. 2. En lugar de humillarse y hacer duelo por su hijo, se pintó los ojos con antimonio y atavió su cabeza (v. 30), para aparecer (así pensaba ella) grande y majestuosa, con lo que esperaba así intimidar a Jehú. No hay presagio tan seguro de ruina inminente como un corazón no humillado bajo circunstancias humillantes, favorecidas por la Providencia. 3. En lugar de temblar ante Jehú, instrumento de la justicia de Dios pensó que podía hacerle temblar con esta amenazadora pregunta: «¿Sucedió bien a Zimrí, que mató a su señor?» (v. 31). (A) No se dio cuenta de que la mano de Dios había salido en contra de su familia y desafió al que era la espada en la mano de Dios. (B) Se complacía en el pensamiento de que lo que Jehú hacía ahora resultaría en la ruina de él mismo. (C) Citó un precedente, para ver de detenerle en la prosecución de su empeño: «¿Sucedió bien a Zimrí?» ¡Ciertamente no! Llegó al trono por medio de la traición y de la violencia y en el plazo de siete días se vio obligado a morir en su propio palacio después de prenderle fuego. Pero Zimrí no estaba autorizado para hacer lo que hizo, sino que obró llevado de su ambición y crueldad, mientras que Jehú había sido ungido rey por uno de los hijos de los profetas y estaba haciendo esto por orden celestial.
II. Jehú miró hacia la ventana y, sin intimidarse por las amenazas de la desvergonzada, pero impotente, mujer, gritó: «¿Quién está conmigo, quién?» (v. 32). Cuando alguien emprende una obra de verdadera reforma, es tiempo de preguntar: «¿Quién toma partido con nosotros a favor de la causa de Dios?»
III. Los sirvientes mismos de Jezabel ayudaron a que se cumpliese la sentencia contra ella. Se inclinaron hacia Jehú dos o tres eunucos, con tal expresión de rostro como para convencerle de que estaban de su parte, y él les mandó que la arrojaran abajo (v. 33). Este era uno de los modos de apedrear a los malhechores, echándoles cabeza abajo desde algún lugar alto. Así se tomó venganza en ella del apedreamiento de Nabot. Así murió aquella perversa, aplastada contra el pavimento y contra la pared.
IV. Los perros completaron su vergüenza y su ruina, de acuerdo con la profecía. Jehú pensó que ya era bastante el honor que se le tributaba sepultándola, por ser «hija de rey» (v. 34). Era, en efecto hija, madre y esposa de rey. Pero, mientras él comía y bebía, los perros se la comieron a ella; para ellos, las carnes de una hija de rey no eran mejores ni peores que las de otra persona cualquiera. Cuando le comunicaron esto a Jehú, se acordó él de la amenazadora profecía (1 R. 21:23): «En esta heredad de Yizreel comerán los perros las carnes de Jezabel». El nombre de Jezabel quedó por siempre marcado con estigma en el texto sagrado (v. Ap. 2:20), pero de sus restos nadie pudo decir: «Éste es su cadáver», ni «Aquí está su sepulcro».
I. Jehú continúa ejecutando su comisión. 1. Acaba con todos los hijos de Acab (vv. 1–10). 2. Extermina a los demás familiares de Acab (vv. 11–14, 17). 3. Desarraiga la idolatría de Acab, y toma a Jonadab por testigo de su celo (vv. 15, 16), convoca a todos los adoradores de Baal (vv. 18–23), los ejecuta a todos (vv. 24, 25) y queda abolida su idolatría (vv. 26–28). II. Breve informe de la administración de su gobierno. 1. La antigua idolatría de Israel, el culto a los becerros, se mantuvo (vv. 29–31). 2. Esto atrajo sobre ellos el castigo de Dios por mano de Hazael, con lo que concluye el reinado de Jehú (vv. 32–36).
Versículos 1–14
Jehú sabía que toda la familia de Acab había de ser exterminada.
I. Consiguió que las cabezas de todos los hijos de Acab fuesen cortadas por los guardianes de ellos en Samaria. Quizás estaban en aquella plaza fuerte, como lugar seguro, protegido de la guerra con Siria, o por las noticias que les habían llegado de la insurrección de Jehú; con ellos estaban los altos oficiales de la corte, que habían ido a Samaria a ponerse a buen seguro o a consultar qué es lo que debían hacer. Jehú no creyó conveniente llevar sus fuerzas a Samaria para destruirlos, sino que, para que mejor se mostrara la mano de Dios en ello, hizo que les diesen muerte sus propios guardianes.
1. Desafió a los partidarios de Acab a que pusiesen por rey a uno de sus descendientes (vv. 2, 3). No es que él desease que lo hicieran, ni que esperase que lo hicieran, sino que de este modo podía reprocharles por su cobardía y total impotencia para oponerse a los designios de Dios.
2. Con esto se ganó la sumisión de ellos. Ellos razonaron entre sí prudentemente: «Dos reyes no pudieron resistirle, sino que cayeron víctimas de su furor; ¿cómo le resistiremos nosotros?» (v. 4). Por tanto, le enviaron un mensaje de rendición: «Siervos tuyos somos, y haremos todo lo que nos mandes» (v. 5).
3. Esto solucionó el problema hasta hacer de ellos los ejecutores de aquellos a quienes tenían a su cargo (v. 6). Estos ancianos de Yizreel habían obedecido obsequiosamente la perversa orden de Jezabel de asesinar a Nabot (1 R. 21:11). Es muy probable que ella se gloriase del poder que ejercía sobre ellos; y ahora, la misma vileza de carácter les hacía plegarse a las órdenes de Jehú para matar a los hijos de Acab. Cuando le fueron presentadas a Jehú las cabezas, les echó en cara el ser ejecutores de la sentencia, aunque reconoció en ello la mano de Dios. (A) «Yo he conspirado contra mi señor y le he dado muerte», dice Jehú, «pero ¿quién ha dado muerte a todos éstos? (v. 9). Que no me culpen a mí las gentes de Samaria ni los amigos de la casa de Acab de esta matanza, cuando sus mismos ancianos, que eran los tutores de los huérfanos, la han hecho». Pero: (B) Añade (v. 10): «Jehová ha hecho lo que dijo por su siervo Elías. Aquí se cumple el justo juicio de Dios».
II. Procede luego a exterminar a todos los que quedan de la familia de Acab, no sólo a sus descendientes, sino a los emparentados de algún modo con él. Después de llevar a cabo esto en Yizreel, hizo lo mismo en Samaria (v. 17): «Mató a todos los que habían quedado de Acab en Samaria». Esto fue un procedimiento ferozmente sanguinario, que no puede servir de precedente en ningún caso. Bien está que sufran los culpables, pero no los inocentes por causa de los culpables. No se olvide que los justos juicios de Dios pueden ser llevados a cabo por mano de impíos (comp. Hch. 2:23).
III. Al ponerle delante la Providencia a los hermanos de Ocozías, cuando iba de camino cumpliendo su comisión, Jehú los hizo prender y degollar igualmente (vv. 12–14). 1. Éstos eran ramas de la casa de Acab, al ser hijos de Atalía, la hija de Acab y Jezabel y, por tanto, caían dentro de la comisión que había recibido Jehú. 2. Estaban contagiados de la perversidad de la casa de Acab. 3. Iban ahora a «saludar a los hijos del rey Joram y de la reina madre Atalía», con lo que demostraban que estaban unidos a ellos en el afecto lo mismo que en el parentesco.
Versículos 15–28
I. Jehú solicita la amistad de una buena persona, Jonadab, hijo de Recab (vv. 15, 16). Este Jonadab, aunque ajeno a las cosas del mundo y poco amigo de interferirse en negocios terrenales (como se ve por el encargo que dio a sus descendientes, y ellos lo observaban 300 años más tarde, de no beber vino ni habitar en ciudades—Jer. 35:6 y ss.—), sin embargo, en esta ocasión, fue al encuentro de Jehú a fin de animarle en la obra a la que le había llamado Dios. Aun cuando no era profeta, ni sacerdote, ni levita, Jonadab era generalmente respetado por la vida de piedad y abnegación que llevaba. Jehú, aunque era un soldado, le conoció y honró. Es probable que Jehú condujese el carro tan impetuosamente como siempre, pero aun así se paró a hablar con él.
1. Jehú le saludó (le bendijo, dice lit. el hebreo), esto es, le presentó sus respetos. Luego le preguntó:
«¿Es recto tu corazón, como el mío es recto con el tuyo?» (v. 15). Como si dijese: «¿Eres sincero conmigo, como yo lo soy contigo, conocedor de tu piedad?» Jonadab se lo aseguró, pues veía en él un instrumento en la mano de Dios para bien del país y de la verdadera religión. Al darse la mano, no sólo se saludaban mutuamente, sino que equivalía a una especie de pacto de mutua ayuda.
2. Jehú le hizo entonces subir a su carro y acompañarle a Samaria. Todas las personas piadosas pensarían bien de Jehú al ver a Jonadab en su carro. Aunque los intereses de ambos eran muy diferentes: los de Jehú, políticos; los de Jonadab, religiosos; si ambos son partidarios de Jehová y enemigos de Baal, bien pueden trabar amistad sincera. «Ven conmigo», dice Jehú, «y verás mi celo por Jehová» (v. 16). Esta frase ha dado lugar a pensar que su pretendido celo por Jehová era en realidad un celo por su propio interés y encumbramiento, puesto que: (A) Se jactaba de él, como si Dios mismo le fuese deudor por el celo que desplegaba. (B) Deseaba ser visto y tenido en cuenta, como los fariseos, que todo lo hacían para ser vistos de los hombres. En todo caso, Jonadab fue con él y es probable que le animase a dar cumplimiento a su cometido (v. 17). Sin duda, odiaba la crueldad, pero amaba más la justicia.
II. Vemos después a Jehú cuando trama la destrucción de todos los adoradores de Baal. 1. Por medio de un engaño les hizo presentarse a todos en el templo de Baal. Dio a entender que iba a servir a Baal más de lo que le había servido Acab (v. 18). Proclamó una convocación a fin de que se reuniesen todos los adoradores de Baal a ofrecer un sacrificio en su honor (vv. 19, 10). 2. Se esmeró en cuidar de que ninguno de los siervos de Jehová se hallase entre ellos (v. 23). 3. Dio orden de que los matasen a todos ellos, estando presente Jonadab con él (v. 23). Los mataron, pues, a espada (v. 25). 4. Exterminados así los idólatras, quedó también abolida la idolatría: fueron sacadas del templo de Baal todas las imágenes, estatuillas, pinturas, etc., y las quemaron (vv. 26, 27). También derribaron el templo de Baal. De manera semejante acabará Dios, un día, no sólo con los dioses paganos, sino también con los ídolos de los creyentes.
Versículos 29–36
Informe del reinado de Jehú.
I. Dios aprobó lo que había hecho Jehú. 1. Pronunció que era justo lo que había llevado a cabo. El exterminio de los idólatras y de la idolatría era una cosa justa a los ojos de Dios. 2. Le prometió una recompensa: sus hijos se sentarían sobre el trono de Israel hasta la cuarta generación (v. 30).
II. Descuido de Jehú en cuanto a algo que quedaba aún por hacer; con ello quedó manifiesto que su corazón no estaba a bien con Dios y que sus reformas eran parciales. 1. No quitó completamente la maldad; se apartó de los pecados de Acab, pero no de los de Jeroboam; descartó a Baal, pero se adhirió a los becerros. La adoración de los becerros era un acto de idolatría «política», puesto que había comenzado por razones de Estado, a fin de impedir que los súbditos del reino del norte deseasen volver a unirse a la casa de David—lo cual no le convenía a Jehú—; mientras que una conversión sincera tiene en cuenta no sólo los pecados que van contra los intereses temporales, sino, especialmente, los que fomentan dichos intereses con negación de la suprema obligación que tenemos de poner a Dios por encima de todo, aun cuando sea necesario arrostrar la pérdida de todos los bienes materiales, incluida la propia vida. 2. Quitó de en medio algunos males, pero no se preocupó de hacer todo el bien necesario (v. 31): «no cuidó de andar en la ley de Jehová Dios de Israel con todo su corazón». Había mostrado gran celo en el exterminio del culto a Baal; pero en cuanto a la verdadera religión: (A) No se mostró solícito en agradar a Dios. (B) Ni mostró verdadero celo. Por lo que parece, era hombre de muy poca piedad, aunque Dios se valió de él como instrumento de reforma en Israel.
III. El castigo que sobrevino a Israel durante su reinado. Había una decadencia general de la piedad y un aumento de la profanidad; por consiguiente, no es extraño que, a renglón seguido (v. 32), leamos: «En aquellos días comenzó Jehová a cercenar el territorio de Israel». Sus vecinos los estrecharon por todos los lados. Sobre todos ellos, Hazael de Siria fue el más pernicioso: «Los derrotó Hazael por todas las fronteras».
Finalmente, la conclusión del reinado de Jehú (vv. 34–36). Por no haberse preocupado él de servir a Dios, el recuerdo de sus éxitos políticos y militares yace sepultado en el olvido.
Los asuntos en el reino de Judá. I. Atalía usurpa el trono y destruye a toda la familia real (v. 1). II. Es preservado maravillosamente Joás niño de un año (vv. 2, 3). III. Después de seis años es presentado y, por mediación de Yehoyadá, proclamado rey (vv. 4–12). IV. Muerte de Atalía (vv. 13–16). V. Los intereses del reino, tanto civiles como religiosos, quedan bien establecidos en las manos de Joás (vv. 17–21).
Versículos 1–3
Dios había asegurado a David que no faltaría descendiente suyo en el trono de Israel; lo mismo había prometido a Salomón. Esa «lámpara» de David estaba ahora a punto de extinguirse, pero fue maravillosamente preservada.
I. Fue casi extinguida por la feroz maldad de Atalía, la reina madre, la cual, cuando oyó que su hijo Ocozías había muerto a manos de Jehú, «se levantó y destruyó toda la descendencia real» (v. 1), todos los que sabía que podían acceder al trono. Lo hizo: 1. Por ambición. Tenía sed de dominio y pensó que no podía saciarla de otro modo. 2. Por espíritu de revancha y de furia contra Dios. Puesto que la casa de Acab, de quien era hija, había sido destruida, procuró ella vengarse destruyendo la casa de David. Bien pudo ser llamada «la impía Atalía» (2 Cr. 24:7), digna hija de la «maldita Jezabel».
II. Fue preservada maravillosamente mediante el cuidado de una de las hijas de Joram (no de Atalía, sino de otra mujer de Joram), esposa del sumo sacerdote Yehoyadá (Joyadá, en nuestras versiones—nota del traductor—) quien tomó a uno de los hijos del rey, de nombre Joás, y lo escondió (vv. 2, 3). El lugar en que permaneció a buen seguro fue la casa de Dios, en una de las cámaras del templo, un lugar del que Atalía se cuidaba muy poco. Su tía, al llevarlo allá, lo puso bajo especial protección de Dios y, así, lo escondió por fe, como fue escondido Moisés. Ahora se cumplían en uno de los descendientes las palabras de David: «Porque Él me esconderá en su tabernáculo el día del mal» (Sal. 27:5). Buenas razones tuvo Joás cuando, al hacerse mayor, se propuso reparar la casa de Jehová, puesto que había sido para él un santuario de refugio. Véase aquí la sabiduría y el cuidado de la Providencia, y cómo prepara las cosas para la ejecución de sus designios; y véase también qué bendiciones atesoran para sus familias los que casan a sus hijos con personas prudentes y piadosas.
Versículos 4–12
Durante seis años ejerció Atalía su tiránico gobierno. Mientras Jehú extirpaba en Israel el culto a Baal, Atalía lo establecía en Judá, como aparece en 2 Crónicas 24:7. Durante todo este tiempo Joás estaba escondido, con derecho a la corona y reservado para ella y, no obstante, como sepultado vivo en la oscuridad. A los siete años de edad, Joás estaba presto para ser mostrado; había llegado a la edad de discreción. Para ese tiempo, el pueblo estaba ya harto de la tiranía de Atalía y maduro para una revolución. Veamos cómo se llevó a cabo ésta:
I. El conductor de este gran asunto fue Yehoyadá el sacerdote; con la mayor probabilidad, sumo sacerdote. Por nacimiento y oficio era hombre de autoridad; por casamiento, emparentado con la familia real y si era destruido todo el resto de la descendencia regia, su esposa, hija de Joram, tenía mejor título para heredar el trono que Atalía. Por sus eminentes dotes y gracias, él estaba equipado para servir a su país y no pudo prestarle mejor servicio que el libertarlo de la usurpación de Atalía.
II. El procedimiento fue tan discreto como correspondía a un hombre tan prudente y bueno como Yehoyadá.
1. Consultó el asunto con los jefes de centenas, capitanes y gente de la guardia (v. 4). Los trajo al templo, consultó con ellos, les pidió juramento de guardar secreto y les mostró al hijo del rey. ¡Qué sorpresa tan agradable para ellos, quienes temían que la casa y el linaje de David se hubieran extinguido, hallar un ascua así entre las cenizas!
2. Apostó a los sacerdotes y levitas, quienes estaban directamente bajo su autoridad, en las diferentes entradas del templo para mantener la guardia. David había dividido en clases a los sacerdotes. Cada mañana de sábado venía un nuevo grupo de guardia, pero el grupo de la semana anterior no se marchaba hasta la tarde del sábado, por lo que, en día de sábado, cuando el servicio que había de hacerse era doble, era también doble el número de los que habían de mantener la guardia. A éstos empleó Yehoyadá para esta ocasión, equipándolos con las armas de David que se guardaban en la casa de Dios (vv. 8–11). Dos cosas se les mandó hacer: (A) Proteger de cualquier injuria al joven rey. (B) Impedir que el santo templo fuese profanado por el concurso de gente que se iba a reunir en aquel lugar en esta ocasión (v. 6).
3. Cuando los guardias estuvieron situados en sus lugares respectivos, fue mostrado el rey (v. 12). Esto se llevó a cabo con gran solemnidad: (A) En señal de ser investido con el poder regio, le puso la corona. (B) En señal de su obligación de gobernar bajo la ley de Dios y de hacer de la Palabra de Dios su norma de gobierno, le dio el testimonio (v. Dt. 17:18, 19). (C) En señal de recibir el Espíritu a fin de cualificarle para esta gran obra a la que era llamado, le ungió. (D) En señal de la aceptación del pueblo y de la sumisión a él batieron las palmas de gozo, y expresaron sus buenos deseos hacia él. «¡Viva el rey!»; así le hicieron rey, conforme al nombramiento de Dios. Tenían motivos para darle la bienvenida al trono, puesto que a él le pertenecía, y a desear que viviera quien había sido mostrado a ellos como vivo entre los muertos, y en el que había de continuar viviendo la casa de David. Con mayores aclamaciones aún, de gozo y satisfacción, hemos de dar la bienvenida al reinado de Cristo, cuando sea puesto en alto su trono entre nosotros y sea depuesto el usurpador Satanás.
Versículos 13–16
Se había dispuesto que, tras concluirse la solemnidad de la entronización del rey, se girase una visita a Atalía, para llamarla a rendir cuentas de sus asesinatos, de su usurpación y tiranía; pero, como su madre Jezabel, fue ella misma al encuentro de ellos, precipitándose así ella misma a su propia destrucción. 1. Al oír el clamor, vino asustada a ver qué pasaba (v. 13). Yehoyadá y sus amigos proclamaron lo que hacían. Es extraño que fuese tan imprudente como para venir en persona y, por lo que parece, sola al lugar del clamor. 2. Al ver lo que sucedía, gritó pidiendo socorro. Vio situado en el sitial del rey junto a la columna a un niño a quien los nobles y el pueblo rendían homenaje (v. 14). Esto la impulsó a rasgarse los vestidos y gritar: «¡Traición, traición!» Como si dijese: «¡Venid a ayudarme contra los traidores!» 3. Yehoyadá dio orden de que se le diera muerte como a idólatra, usurpadora y enemiga del bien común. Se tomaron precauciones: (A) Para que no se le diese muerte dentro del templo. (B) Para que quienquiera se pusiese de parte de ella, fuese ajusticiado con ella. Ella trató de escapar por la entrada de las caballerizas; se abrió paso por entre las filas de los soldados, pero la siguieron y la mataron (v. 16).
Versículos 17–21
Yehoyadá había dado cima ya a la parte más difícil de su cometido, una vez que, con la muerte de Atalía, el acceso del joven príncipe al trono había quedado expedito de toda oposición.
I. Los buenos fundamentos que echó mediante un contrato original (v. 17). Ahora que el príncipe y los representantes del pueblo estaban juntos en la casa de Dios, Yehoyadá se preocupó de que hiciesen pacto con Dios y entre ellos mismos, de que habían de entender correctamente los deberes que tenían tanto para con Dios como para con la comunidad. 1. Se esforzó por establecer y asegurar entre ellos los intereses de la religión mediante un pacto entre ellos y Dios. En este pacto, el rey estaba al mismo nivel que sus súbditos y tan obligado como cualquier otro a servir a Jehová. Mediante este compromiso renunciaban a Baal, al que muchos de ellos habían rendido culto, y se sometían al gobierno de Jehová. Por medio de nuestros vínculos con Dios se refuerzan los vínculos de toda clase de relación: «Se dieron a sí mismos primero al Señor y luego a nosotros» (2 Co. 8:5). 2. Después estableció el juramento de la coronación y el juramento de fidelidad entre el rey y el pueblo, por lo que el rey se obliga a gobernar según ley y a proteger a los súbditos y éstos se obligan a obedecerle y guardarle fidelidad.
II. Los buenos comienzos que se levantaron sobre estos fundamentos. 1. Conforme a su pacto con Jehová, abolieron inmediatamente la idolatría. Cada uno, ahora que estaban tan estupendamente encabezados, echaría una mano para derribar el templo, los altares y las imágenes de Baal. Parece ser que todos los adoradores de Baal le abandonaron; sólo su sacerdote Matán se mantuvo adherido a su altar. Aunque todos los demás abandonaron a Baal, él no quiso, y allí se le dio muerte (v. 18). Después de destruir el templo de Baal, Yehoyadá puso guarnición sobre la casa de Jehová, a fin de observar que el servicio de Dios fuese llevado a cabo correctamente por las personas designadas para ello, a su debido tiempo y de acuerdo con las normas establecidas. 2. Conforme al pacto mutuo de unos con otros: (A) El rey fue conducido con toda pompa al palacio real y se sentó allí en el trono de los reyes (v. 19), presto a recibir peticiones y apelaciones, que él pasaría a Yehoyadá a fin de que éste juzgara y diera las respuestas.
(B) El pueblo se regocijó y la ciudad quedó en reposo (v. 20).
Este capítulo nos ofrece la historia del reinado de Joás, que no responde a la expectación que ofrecía el glorioso comienzo de dicho reinado, según vimos en el capítulo precedente. No fue Joás tan ilustre a los cuarenta años como lo era a los siete; con todo, su reinado es considerado aquí como uno de los mejores, pero en Crónicas aparece mucho peor (2 Cr. 24) que aquí. I. Actuó bien mientras vivió Yehoyadá (vv. 1–3). II. Se preocupó de reparar el templo (vv. 4–16). III. Después de una vil componenda con Hazael (vv. 17, 18), murió con más pena que gloria (vv. 19–21).
Versículos 1–3
El informe general que se nos da de Joás es: 1. Que reinó cuarenta años. 2. Que hizo lo bueno mientras vivió Yehoyadá para aconsejarle (v. 2). 3. Que los lugares altos no fueron quitados (v. 3). A lo largo y a lo ancho del país tenían altares para víctimas de sacrificio y para perfume de incienso, dedicados únicamente en honor del Dios de Israel. Tal vez estos altares privados habían sido usados en los últimos malos reinados con más frecuencia que anteriormente, porque resultaba arriesgado subir a Jerusalén y, por otra parte, el servicio del templo dejaba mucho que desear. Es probable que el propio Yehoyadá no quisiera forzar la máquina, porque esperaba que la reforma del templo y el poner las cosas en orden allí apartaría gradualmente al pueblo de los lugares altos y decaerían éstos por sí mismos.
Versículos 4–16
Relato de la reparación del templo durante el reinado de Joás.
I. Aunque Salomón lo había edificado con los mejores materiales y de la mejor manera, fue deteriorándose con el tiempo y se hallaron portillos o brechas en él (v. 5). También los templos terrenales están expuestos al deterioro, pero el templo celestial nunca se hará viejo. Mas no fueron sólo los dientes del tiempo los que abrieron esas brechas en el templo, pues leemos (2 Cr. 24:7) que Atalía y sus hijos habían arruinado la casa de Dios.
II. El rey mismo fue el primero que se adelantó a poner interés en la reparación del templo: 1. Porque era el rey, y Dios espera y demanda de los que están en autoridad que la ejerzan para el mantenimiento de la verdadera religión, que corrijan los defectos y reparen los daños. 2. Porque el templo había sido su santuario de refugio y su lugar de crianza cuando era niño, por lo que, en justo agradecimiento, se mostraba ahora celoso por su honor. Quienes han experimentado las bendiciones y beneficios de las asambleas religiosas, han de preocuparse de aportar su sostén y regocijarse, con un gozo especial, de que prosperen.
III. Se dieron órdenes a los sacerdotes de que hiciesen una colecta de dinero para estas reparaciones, y de que pusiesen cuidado en que las obras se llevasen a cabo del modo conveniente. El v. 4 señala tres fuentes de ingresos: 1. El dinero del rescate de cada persona, conforme a Éxodo 30:12, 16. 2. El dinero de las personas consagradas al Señor, según insinúa la primera parte del versículo (Lv. 27:2–8); y 3. Las donaciones voluntarias que se mencionan en la última cláusula del versículo.
IV. Este método no surtió el efecto deseado (v. 6). Fue poco el dinero que se recogió. Ya fuese debido al descuido de los sacerdotes, que no pusieron empeño en la colecta, o quizás, a la desconfianza del pueblo en la administración de los sacerdotes el dinero no era suficiente; y aun el que llegaba no era usado para la reparación (v. 6): «Pero en el año veintitrés del rey Joás aún no habían reparado los sacerdotes las grietas del templo».
V. Se intenta entonces un nuevo método. El rey tenía sumo empeño en que se reparasen las grietas del templo (v. 7). Su apostasía final nos da motivos para dudar de si le interesaba más o no el servicio que la estructura del templo. Muchos han abrigado enorme celo por edificar y decorar iglesias y promover toda clase de formas de piedad y, sin embargo, han sido completamente ajenos al poder de la piedad. No obstante, su celo presente es algo laudable. Se puso en ejecución otro método:
1. De reunir dinero (vv. 9, 10). Yehoyadá tomó un cofre, hizo en él una ranura y allí llevó el pueblo dinero en gran abundancia. Con esto: (A) Se daba a entender que, tan pronto como el dinero se había entregado al Señor, era irrecuperable para el donante. (B) El cofre fue puesto junto al altar, a la mano derecha según se entra en el templo. Según opinan algunos, a esto aludió nuestro Salvador cuando al hablar de la limosna, dijo: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt. 6:3). No por eso se disminuyó la contribución para mantenimiento de los sacerdotes (v. 16), con lo que se nos enseña que la reparación de las brechas del templo no debe ser excusa para dejar que se mueran de hambre los servidores del templo.
2. De usar el dinero reunido. (A) No lo pusieron en manos de los sacerdotes, quienes no eran expertos en asuntos de esta índole ya que estaban ocupados en ministerios más altos, sino de personas comunes aptas para ello: «A los que hacían la obra y a los que tenían a su cargo la casa de Jehová» (v. 11).
Ciertamente, no había sido una medida prudente por parte del rey encomendar a los sacerdotes una responsabilidad que no debió serles impuesta. Las personas designadas ahora para la administración del dinero llevaron a cabo su cometido: (a) Con competencia, tanto en la compra de materiales como en el pago de los jornales de los obreros (v. 12). (b) Con fidelidad. Tal reputación se ganaron por su honradez, que nadie les pidió cuentas. Quienes piensan que no es pecado defraudar al gobierno, al país o a la iglesia, pensarán de manera muy diferente cuando Dios les ponga delante sus pecados en el juicio. (B) No emplearon el dinero en ornamentación del templo ni en utensilios de oro o plata, sino en las necesarias reparaciones primeramente (v. 13).
Versículos 17–21
Cuando Joás se sublevó contra Dios y se convirtió en idólatra y perseguidor, la mano de Jehová se extendió contra él y su condición última fue mucho peor que la primera.
I. Su riqueza y su honor llegaron a ser fácil presa de sus vecinos. Hazael, después de haber sido instrumento de castigo a Israel (10:32), amenazó igualmente a Judá y a Jerusalén. Tomó Gat (v. 17) ciudad fuerte, y desde allí se dispuso a marchar con sus tropas contra Jerusalén. Joás no tuvo ánimo ni fuerzas para hacerle frente, sino que le entregó todas las cosas sagradas y todo el oro que se halló tanto en sus tesoros personales como en los del templo (v. 18), a fin de apaciguarle y que cesase en su intento. Si él no hubiese abandonado a Dios y no se hubiese hecho indigno de la protección del Cielo, su situación no habría llegado a tales extremos. Perdió, pues, su honor como príncipe y como soldado; se empobreció a sí mismo y a su país; y tentó a Hazael a volver de nuevo al ataque, sabedor de que podía llevarse tan rico botín sin disparar una sola flecha. En efecto, al año siguiente, el ejército sirio vino a Judá y a Jerusalén, mataron a todos los principales del pueblo y enviaron todo el botín al rey de Damasco (2 Cr. 24:23).
II. Su vida misma llegó a ser fácil presa de sus propios servidores, quienes conspiraron contra él y lo mataron (vv. 20, 21), para vengar en él al nieto de Yehoyadá, el Zacarías (con bastante probabilidad) del que habló nuestro Salvador en Mateo 23:35. Así cayó Joás, quien comenzó en el espíritu y terminó en la carne.
Historia de los reyes de Israel; en particular, de la familia de Jehú. Se nos refiere aquí el reinado: I. De su hijo Joacaz, que duró 17 años. 1. Su mal carácter en general (vv. 1, 2), el apuro en que se vio metido (v. 3) y el mal estado de sus asuntos (v. 7). 2. Su humillación delante de Dios, y la compasión que tuvo Dios de él (vv. 4, 5, 23). 3. No obstante, continuó la idolatría (v. 6). 4. Su muerte (vv. 8, 9). II. De su nieto Joás, que reinó 16 años. Junto a un informe general de su reinado (vv. 10–13), tenemos un informe especial sobre la muerte de Eliseo. 1. La amable visita que le giró el rey (v. 14) y el ánimo que Eliseo dio al rey con respecto a sus guerras contra Siria (vv. 15–19). 2. Su muerte y sepultura (v. 20), y un milagro llevado a cabo mediante sus huesos (v. 21). Finalmente, las victorias que obtuvo Joás sobre los sirios, conforme a la predicción de Eliseo (vv. 24, 25).
Versículos 1–9
Informe general del reinado de Joacaz y el estado en que se encontró Israel durante los diecisiete años de su reinado.
I. La gloria de Israel se tornó en vergüenza. Vemos profanada la corona, y su honor por los suelos. 1. El honor de Israel consistía en que adoraban al único Dios vivo y verdadero, que es Espíritu, mente eterna, y ha dispuesto las normas con las que quiere ser adorado; pero al cambiar la gloria del Dios incorruptible en la semejanza de un buey, la verdad en una mentira, perdieron su honor y se pusieron a la altura de las naciones que adoraban a las obras de sus manos. Vemos aquí que el rey siguió en los pecados de Jeroboam (v. 2) y que ellos no se apartaron de los pecados de Jeroboam, sino que en ellos anduvieron (v. 6). 2. El honor de Israel consistía también en que gozaban de una especial protección celestial, pues Dios mismo era su defensa. Pero ahora, como muchas veces antaño, los hallamos despojados de esta gloria y expuestos a los insultos de todos sus vecinos. Por su pecados provocaron a Dios a ira, y entonces Él los entregó en mano de Hazael … y de Ben-adad (v. 3). «Hazael … afligió a Israel» (v. 22). De seguro que no ha habido otra nación tan frecuentemente oprimida y saqueada por sus vecinos como lo fue Israel.
II. En medio de estas cenizas aparecen algunas chispas del antiguo honor de Israel. Pues: 1. Era parte del antiguo honor de Israel el que era un pueblo orante; y aquí hallamos un pequeño avivamiento de ese honor al ver al rey Joacaz orando en presencia de Jehová (v. 4), pedir ayuda, no a los becerros de oro (¿qué ayuda podían prestarle ellos?), sino a Jehová. 2. También era parte del antiguo honor de Israel el que tenían un Dios cercano a ellos para todo aquello que le invocaban (v. Dt. 4:7), y así lo estaba también ahora. Aun cuando bien podía haber rechazado la oración de Joacaz como una abominación, Jehová lo oyó sin embargo; respondió a la oración que le hizo por sí mismo y por el pueblo y dio Jehová salvador a Israel (v. 5), no al rey mismo, pues durante todos sus días afligió Hazael a Israel (v. 22), sino a su hijo, al que, en respuesta a la oración de su padre, Dios le dio éxito contra los sirios, de forma que recuperó las ciudades que le habían sido arrebatadas a su padre (v. 25). Esta benévola respuesta a la oración de Joacaz la dio Dios en recuerdo de su pacto con Abraham (v. 23). Véase cuán presto está Dios a mostrar misericordia y cuán dispuesto a hallar una razón por la que otorgar favores;.de otra manera, no habría tenido en cuenta un pacto concertado tantos siglos antes.
Versículos 10–19
Tenemos a otro Joás, hijo de otro Joacaz, hijo de Jehú, en el trono de Israel. Es probable que la casa de Jehú tratase de pagar ciertos respetos a la casa de David al poner al heredero de la corona el mismo nombre del que por entonces ocupaba el trono de Judá.
I. Este Joás de Israel no fue de los peores, pero, aun así, al conservar la antigua idolatría de la casa de Jeroboam, se dice de él que hizo lo malo ante los ojos de Jehová (v. 11).
II. Relato especial de lo que pasó entre él y Eliseo:
1. Eliseo cayó enfermo (v. 14). (A) Hacía ahora unos sesenta años desde que había sido llamado al ministerio profético, por lo que tenía de 85 a 90 años. Fue un gran beneficio para Israel, y especialmente para los hijos de los profetas, el que continuase viviendo por tanto tiempo esta lámpara que ardía y brillaba. (B) En toda la segunda mitad de su vida, desde la unción de Jehú por rey, la cual se llevó a cabo cuarenta y cinco años antes de que comenzase a reinar Joás, no hallamos ninguna mención de su persona ni de cosa alguna memorable que hiciera, hasta este momento en que le hallamos ya en el lecho de muerte.
2. El rey Joás le visitó en su enfermedad y lloró delante de él (v. 14). Esto era señal de que alguna cosa buena quedaba en Joás, de que profesaba afecto y estima al fiel profeta. Al oír que estaba enfermo, Joás vino a visitarle y a recibir su consejo y su última bendición. Expresó ante él el mismo lamento que había pronunciado Eliseo cuando fue arrebatado Elías: «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!» (v. 14).
3. Eliseo dio al rey gran seguridad del éxito que había de tener contra los sirios, quienes al presente afligían a Israel, y le animó a proseguir con vigor la guerra contra ellos. Aunque Eliseo muriese, el Dios de Eliseo podía suscitar otros profetas para orar por su pueblo. Eliseo le da al rey una señal: le ordena que tome un arco y unas saetas (v. 15). Dios sería el agente, pero el rey había de ser el instrumento. Y en señal de que habría de tener éxito, le ordena:
(A) Arrojar una saeta contra Siria (vv. 16, 17). Joás recibió la orden de mando de labios del profeta:
«Pon tu mano sobre el arco … Abre la ventana … Tira». Como si fuese un niño pequeño que en toda su vida no hubiese manejado un arco, «puso Eliseo sus manos sobre las manos del rey», para dar a entender que, en todas sus expediciones contra los sirios, Joás había de esperar de Dios instrucción y fuerzas. Las trémulas manos de un profeta moribundo, al ser símbolo de la comunicación del poder de Dios, confirieron a esta saeta mayor fuerza que las manos del rey en todo su vigor juvenil. Los sirios se habían hecho dueños del territorio que cae hacia el oriente (10:33). Hacia allá, pues, fue dirigida la saeta, y Eliseo dio al rey, como interpretación de ese lanzamiento de la saeta: (a) La comisión de atacar a los sirios. (b) La promesa de éxito seguro en tal empresa, pues era «Saeta de salvación de Jehová, y saeta de salvación contra Siria» (v. 17).
(B) Golpear el suelo con las saetas (vv. 18, 19). Al haberle asegurado el profeta en nombre de Dios la victoria sobre los sirios, va a poner a prueba al rey ahora para ver qué provecho va a sacar de sus victorias; si va a explotarlas o no con mayor celo que el que mostró Acab cuando Ben-adad estuvo totalmente a merced suya. Para esta prueba le pide que golpee la tierra con las saetas, como si dijese:
«Ahora muéstrame lo que vas a hacer cuando los hayas derrotado». El rey no mostró el empeño y el entusiasmo que podía esperarse de él en esta ocasión pues golpeó tres veces, ni una más. Al menospreciar la señal, perdió la realidad significada y entristeció grandemente al moribundo profeta, quien le dijo que debía haber golpeado cinco o seis veces. Al no estar animado con la expectación del poder y de la promesa de Dios, ¿por qué había de tener éxito en sus propias expectaciones y en sus esfuerzos personales?
Versículos 20–25
I. El sepulcro de Eliseo. Falleció Eliseo en edad avanzada, y le sepultaron. Después que él murió, fue invadido el país por bandas de moabitas—bandas errantes que rondaban al socaire de las oportunidades, que saqueaban y mataban por sorpresa—. El rey temía el peligro de parte de los sirios únicamente, pero mira por dónde le invaden el país los moabitas. El cadáver de Eliseo comunicó la vida a otro cadáver (v. 21). Este grandísimo milagro se llevó a cabo cuando unos hombres que se disponían a dar sepultura a un cadáver, al verse sorprendidos por una banda armada, para no caer en manos de los moabitas, dejaron el cadáver en un lugar que les pareció conveniente y se dieron a la fuga. El lugar en que lo dejaron resultó ser el sepulcro de Eliseo, y tan pronto como el cadáver tocó los huesos de Eliseo, revivió y es probable que se marchase a casa con sus amigos. Elías fue honrado por Dios en su partida de este mundo, pero Eliseo fue honrado después de su partida. Dios otorga sus honores como le place, pero, de un modo u otro, todos sus santos serán un día glorificados.
II. La espada de Joás, rey de Israel, obtiene éxitos sobre los sirios. 1. La causa de estos éxitos fue el favor de Dios (v. 23): «Jehová tuvo misericordia de ellos». A la misericordia de Dios se debió que no fueran consumidos, pues Él quería darles oportunidad para que se arrepintieran. 2. El efecto de estos éxitos. Joás recuperó de las manos de Ben-adad las ciudades de las que los sirios habían desposeído a Israel (v. 25). Por tres veces batió Joás a los sirios así como había golpeado tres veces el suelo con las saetas; con ello se puso punto final a sus victorias.
Continúa la historia de los reinos de Judá e Israel. I. En el reino de Judá tenemos: 1. El informe de todo el reinado de Amasías: (A) Su buen carácter (vv. 1–4). (B) La justicia que ejecutó en los asesinos de su padre (vv. 5, 6). (C) Su victoria sobre los edomitas (v. 7). (D) Su guerra con Joás de Israel y su derrota en dicha guerra (vv. 8–14). (E) Finalmente, su caída como resultado de una conspiración contra él (vv.
17–20). 2. El comienzo de la historia de Azarías (vv. 21, 22). II. En el reino de Israel, la conclusión del reinado de Joás (vv. 15, 16) y la historia de todo el reinado de su hijo Jeroboam, el segundo de este nombre (vv. 23–29).
Versículos 1–7
Vemos ahora a Amasías, hijo y sucesor de Joás de Judá.
I. En el templo actuó bien hasta cierto punto, como Joás, pero no como David (v. 3). Comenzó bien, pero no perseveró. No basta con hacer lo mismo que hicieron nuestro predecesores, únicamente para seguir la costumbre, sino que hemos de hacerlo como lo hicieron ellos: apoyados en los mismos principios de fe y devoción y animados de la misma sinceridad y resolución. Como antes, se nos hace notar aquí (v. 4) que los lugares altos no fueron quitados.
II. En el tribunal le vemos como hace justicia sobre los traidores que asesinaron a su padre; no lo hizo inmediatamente después de subir al trono, no fuese que ello diese ocasión a disturbios, sino cuando hubo afirmado en sus manos el reino (v. 5). Sin embargo, no mató a los hijos de los que le dieron muerte (v. 6); obedeció así a la Ley de Moisés (Dt. 24:16).
III. En el campo de batalla le vemos cómo triunfa sobre los edomitas (v. 7). Edom se había rebelado antes, en tiempo de Joram (8:22). Ahora Joás les hizo la guerra a fin de que volviesen a someterse. Un informe más detallado de esta expedición se halla en 2 Crónicas 25:5 y ss.
Versículos 8–14
Durante algunas generaciones desde la división de los reinos, el de Judá sufrió mucho a causa de la enemistad del de Israel. Después de los tiempos de Asá, durante algunas generaciones, sufrió mucho a causa de la amistad de Israel, por el cruce de las respectivas familias reales y por las alianzas resultantes de ese parentesco. Pero ahora volvemos otra vez a los tiempos de hostilidad.
I. Amasías, sin mediar provocación ni presentar queja alguna, retó a Joás a verse las caras (v. 8) en el campo de batalla. Con ello se mostró arrogante, presuntuoso y sanguinario. Hay quienes piensan que fue tan vanidoso como para pensar en someter el reino de Israel y volverlo a unir con el de Judá.
II. Joás le respondió con una severa reprimenda por su reto y con la advertencia de que lo retirara (vv. 9–10). 1. Para herirle en su orgullo se comparó a sí mismo a un cedro, árbol majestuoso y noble, y a Amasías a un cardo, arbusto despreciable y dañino, diciéndole con esto que estaba tan lejos de temerle como para despreciarle, sin dignarse a medir las fuerzas con él ni hacer con él alianza de parentesco, así como el cedro no se rebajaría a dar por mujer a un cardo uno de sus brotes. 2. Le predice su caída:
«Pasaron las fieras que están en el Libano, y hollaron el cardo» (v. 9). Tan fácil ve Joás el triunfo de sus fuerzas sobre Amasías. 3. Le muestra la insensatez de su reto: «Has derrotado a Edom, y tu corazón se ha envanecido (v. 10); como si ese triunfo te hiciese temible ante la faz del mundo entero». 4. Le aconseja que se contente con el triunfo que ha conseguido y no se arriesgue a perderlo todo por ambicionar más de lo que está al alcance de su poder.
III. Amasías persistió en su resolución y el resultado fue desastroso para él. 1. Su ejército fue derrotado y dispersado (v. 12). Dice Josefo que cuando se enfrentaron al enemigo les entró tal pánico que, sin dar un solo golpe, cada uno escapó de la mejor manera que pudo. 2. Él mismo fue tomado prisionero por el rey de Israel, con lo que tuvo suficiente oportunidad de verle la cara. 3. El vencedor entró en Jerusalén sin hallar resistencia, rompió el muro de Jerusalén (v. 13) y, según dice Josefo, entró triunfante por en medio de la brecha montado en su carro. 4. Saqueó la ciudad llevándose cuanto había de valor y regresó a Samaria cargado de despojos (v. 14).
Versículos 15–22
Aquí vemos, en pocos versículos, dos reyes que baja a sus sepulcros: 1. Joás de Israel (vv. 15, 16). 2. Amasías de Judá, que sobrevivió quince años a su vencedor, el rey de Israel (v. 17), pero fue asesinado por sus súbditos quienes le aborrecían por su mala administración (v. 19); los de la capital achacaban a su presunción e insensatez la ignominiosa brecha que Joás había abierto en su muralla. Huyó a Laquís. No se nos dice el tiempo que permaneció oculto allí, pero finalmente le dieron muerte (v. 19). 3. Azarías (llamado Uzías en v. 30, así como en 2 Cr. 26:1 y en Is. 6:1) sucedió a Amasías, pero sólo doce años después de la muerte de su padre, pues tenía cuatro años cuando murió su padre; así que, hasta que tuvo dieciséis años, el gobierno estuvo en manos de sus tutores. Reinó 52 años, como vemos por 15:2. Su historia se nos refiere en el capítulo siguiente, pues aquí solamente se nos dice que reedificó a Elat y la restituyó a Judá (v. 22); la ciudad había pertenecido a los edomitas.
Versículos 23–29
Informe del reinado de Jeroboam II.
I. Su reinado fue el más largo de todos los de los reyes de Israel: Cuarenta y un años (v. 23), aunque más corto que el de Azarías (o Uzías) de Judá, su contemporáneo. Reinó en los mismos años que Asá de Judá (1 R. 15:10), pero éste hizo lo bueno, mientras que Jeroboam hizo lo malo (v. 24). No se pueden valorar los caracteres de los hombres por la largura de sus vidas ni por la prosperidad de sus negocios.
II. Su carácter fue semejante al del resto de los reyes de Israel pues hizo lo malo ante los ojos de Jehová y no se apartó de todos los pecados de Jeroboam (v. 24), pues continuó con el culto a los becerros de oro. Los pecados no disminuyen en maldad por el hecho de haber pasado a ser costumbre.
III. En lo material su reinado fue muy próspero, ya que, a pesar de su pecado ya citado, hizo algunas cosas buenas, por las que Dios le premió (cosa frecuente en los malos que hacen cosas buenas), 1. Mediante profecía, pues Dios suscitó a Jonás hijo de Amitay, galileo. Cuando Dios envía a su pueblo ministros fieles es señal de que no le ha abandonado por completo. Al morir Eliseo, que fortalecía las manos de Joás, es enviado a animar a su hijo. Es probable que Jonás fuese enviado a Nínive al ser aún muy joven, lo que explicaría su miedo y su irritación; sin embargo, al ser empleado ahora como mensajero de paz y misericordia a Israel, es señal indudable de la longanimidad de Dios al perdonarle su pecado y su insensatez. Una comisión ulterior implica un perdón anterior. 2. Mediante providencia, pues, de acuerdo con la palabra de Dios, sus armas tuvieron éxito y restauró los límites de Israel, y recuperaró las ciudades fronterizas y los territorios perdidos que se extendían desde Hamat en el norte hasta el mar del Arabá en el sur. Dos razones por las que les bendijo Dios con estas victorias: (A) Porque el aprieto en que se hallaba Israel era muy grave, lo que les hizo objeto de la compasión de Jehová (v. 26). Los que vivían en los territorios donde los enemigos se habían hecho los amos, estaban oprimidos y esclavizados, y los demás estaban empobrecidos por las frecuentes incursiones de los enemigos que venían a saquearlos. Que tomen consuelo de esta compasión divina cuantos se hallan en situación digna de compasión: leemos de las entrañas de misericordia de Dios (Is. 63:15; Jer. 31:20) y que está lleno de compasión (Sal. 86:15). (B) Porque Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo (v. 27). Aunque en los registros humanos la dispersión de las diez tribus del norte acabó en su mayor parte con dicho nombre, Dios ha prometido que Israel no será cortado para siempre, sino que un día todo Israel será salvo (Ro. 11:26).
IV. Conclusión del reinado de Jeroboam. Se nos habla de su valentía y de todos sus éxitos (v. 28). Es de notar que, a pesar de que había habido antes muchos profetas en Israel, ninguno había dejado por escrito sus profecías hasta la época que comentamos; fue precisamente en tiempo de Jeroboam II cuando comenzó a profetizar Oseas, quien fue el primero en escribir su profecía. No es extraño que hallemos en Oseas 1:2: «Comienzo de lo que habló Jehová …». Por el mismo tiempo profetizó Amós y escribió su profecía; poco después, Miqueas y, luego, Isaías, en los días de Acaz y Ezequías. De esta manera Dios nunca se dejó a Sí mismo sin testigos.
I. Breve informe de dos reyes de Judá. 1. De Azarías, o Uzías (vv. 1–7). 2. De su hijo Jotam (vv. 32– 38). II. De cinco reyes de Israel que reinaron sucesivamente por el mismo tiempo que los dos de Judá. 1. Zacarías, el último de la casa de Jehú, reinó seis meses y fue asesinado y sucedido por Salum (vv. 8–12).
2. Salum reinó un mes y fue igualmente asesinado y sucedido por Menajem (vv. 13–15). 3. Menajem reinó diez años (o, más bien, tiranizó) y murió en su cama; dejó el trono a su hijo Pecajías—o Pecajyá— (vv. 16–22). 4. Éste reinó dos años, tras lo cuales fue asesinado por su sucesor Pecaj (vv. 23–26). 5. Pecaj reinó veinte años; le asesinó y sucedió Oseas, último rey de Israel (vv. 27–31), en cuyo reinado los acontecimientos se aceleraron hacia la destrucción final de dicho reino.
Versículos 1–7
Reinado de Azarías. 1. Comenzó a reinar joven; reinó por mucho tiempo y, en general, hizo lo recto (v. 3), aun cuando no tuvo el celo ni la valentía suficientes para quitar los lugares altos (v. 4). 2. Dios le hirió con lepra. El porqué y cómo se nos narran en 2 Crónicas 26:16 y ss., donde hallamos también un informe más detallado de las glorias de la primera parte de su reinado, así como de las desgracias de la segunda parte de él. Aquí se nos dice: (A) Que era leproso. (B) Que Jehová lo hirió con lepra, para castigarle por usurpar funciones correspondientes a los sacerdotes (2 Cr. 26:17–21). (C) Que permaneció leproso hasta el día de su muerte. Aunque tenemos motivos para pensar que se arrepintió de su pecado y Dios le perdonó, con todo, para aviso de otros, continuó con esta marca del desagrado de Dios. (D) Que vivió en casa separada, al ser ceremonialmente inmundo según la ley, a cuya disciplina hubo de someterse a pesar de ser el rey. (E) Que su hijo fue nombrado virrey para los asuntos de la corte, lo mismo que para los del reino; fue un consuelo para él y una bendición para el reino tener tal hijo para que ocupase su lugar.
Versículos 8–31
Los mejores días del reino de Israel fueron aquellos en que el gobierno estuvo en manos de la familia de Jehú. Durante su reinado, y en los tres siguientes, aunque en Israel había muchas maldades y desgracias, la corona pasó por sucesión familiar, los reyes murieron de muerte natural, y los asuntos públicos tuvieron quien se preocupara de ellos; pero, pasados aquellos tiempos, la historia que tenemos ahora ante nuestra vista, de un período que abarca unos treinta y tres años, nos presenta los asuntos de aquel reino en la mayor confusión imaginable.
I. Causas de esta miserable situación en el reino del norte.
1. Dios había probado a su pueblo de Israel con castigos, lo mismo que con favores, predichos ambos por medio de sus siervos los profetas, pero ellos continuaban endurecidos, reacios a corregirse; por lo que Dios trajo justamente sobre ellos esas miserias.
2. Dios hizo buena su promesa a Jehú de que sus hijos se sentarían en el trono de Israel hasta la cuarta generación, lo cual fue un favor mayor que el que fue otorgado a ninguna de las familias reales de Israel antes o después de la casa de Jehú. Así le recompensó Dios por el celo que desplegó en destruir la casa de Acab y el culto a Baal; sin embargo, cuando se colmó la medida de los pecados de la casa de Jehú, Dios vengó en ella la sangre anteriormente derramada por él, llamada (Os. 1:4) la sangre de Yizreel.
3. Todos estos reyes hicieron lo que es malo a los ojos de Jehová, pues anduvieron en los pecados de Jeroboam hijo de Nebat. Aunque en otras cosas se diferenciaban, estuvieron todos de acuerdo en mantener la idolatría, y esto con aplauso del pueblo.
4. Todos ellos (excepto uno) conspiraron contra sus respectivos antecesores y los asesinaron: Salum, Menajem, Pecaj y Oseas, todos ellos fueron traidores y asesinos, y así subieron al trono. Con frecuencia un malvado sirve de azote para otro malvado, y, al fin y a la postre, todo perverso se crea su propia ruina.
5. La ambición de los magnates trajo la desgracia al país. Aquí está Tifsá, ciudad de Israel, bárbaramente destruida, con todos sus contornos por uno de estos conspiradores (v. 16).
6. Mientras la nación se hallaba sacudida de este modo por divisiones internas, los reyes de Asiria, primero uno (v. 19), después otro (v. 29), vinieron contra ella e hicieron cuanto les vino en gana.
7. Ésta era la situación de Israel poco antes de su ruina final y su deportación, pues ésta se llevó a cabo en el noveno año de Oseas, el último de estos usurpadores. Si en aquellos días de confusión y perplejidad se hubiesen humillado delante de Dios y buscado su rostro, habría podido ser impedida dicha destrucción final.
II. Breve informe de cada uno de estos reinados.
1. Zacarías, hijo de Jeroboam II, comenzó a reinar en el año treinta y ocho de Azarías (o Uzías) de Judá (v. 8). Hay cronólogos que opinan que entre Jeroboam y su hijo Zacarías estuvo vacante el trono durante veintidós años a causa de los disturbios y las disensiones que había en el reino. Zacarías fue depuesto apenas estuvo sentado en el trono, pues reinó sólo seis meses, tras los que Salum lo mató en presencia de su pueblo (v. 10) y con la aprobación del pueblo al que, de alguna manera, se había hecho odioso; así se acabó la dinastía de Jehú.
2. Pero, ¿gozó de paz Salum después de asesinar a su amo? No, no gozó de ella (v. 13), pues al cabo de un mes de reinado cayó también. Menajem, ya fuese provocado por su crimen o animado por su ejemplo, lo despachó como él había despachado a su amo: lo mató y reinó en su lugar (v. 14).
3. Menajem reinó diez años (v. 17). Fue tan extraordinariamente cruel con los de su propio país que, por no sometérsele de antemano la ciudad, no sólo la arruinó, sino que abrió el vientre a todas las mujeres que estaban encinta (v. 16). Con estos crueles métodos esperaba aterrorizar a otros y atraerlos a su causa; pero cuando vino contra él el rey de Asiria: (A) Tan poca confianza tenía en su propio pueblo que no se atrevió a salir contra él como contra un enemigo, sino que se vio forzado a comprar la paz a un precio muy alto. (B) Tal necesidad tuvo de ayuda para ver confirmado el reino en su mano (v. 19) que una de las cláusulas de su contrato estipulaba que el rey de Asiria le ayudaría a defenderse de sus propios súbditos si éstos le eran desafectos. De esta forma se libró por esta vez del rey de Asiria; pero el ejército asirio se enriqueció tanto con tan poco esfuerzo que se animó a volver sin tardar mucho; y esta segunda vez, para devastarlo por completo.
4. Pecajías, hijo de Menajem, sucedió a su padre, pero sólo reinó dos años y fue traidoramente asesinado por Pecaj.
5. Pecaj, a pesar de haber obtenido el trono a traición, lo conservó durante veinte años (v. 27), hasta que, por fin, su violencia cayó sobre su cabeza. Este Pecaj, hijo de Remalías: (A) Se hizo notar en sus campañas al exterior más que ningún otro de los usurpadores mencionados, pues fue un terror para el reino de Judá, como hallamos en Isaías 7:1 y ss. (B) Perdió gran parte de su reino, la cual fue a parar a las manos del rey de Asiria. Con este juicio Dios le castigó por su intento contra Judá y Jerusalén. (C) Poco después fue víctima del resentimiento de sus paisanos, quienes es probable que estuviesen disgustados con él por haberles dejado a merced del enemigo exterior mientras él invadía Judá, de lo cual se aprovechó Oseas para arrebatarle la corona, pues lo mató y reinó en su lugar (v. 30). Este Oseas debió de estar demasiado aficionado a poseer una corona, para atreverse a arriesgarse, en época como aquella, a obtenerla mediante traición—una corona que cualquier hombre medianamente prudente no se habría atrevido a tomar del suelo—; sin embargo, Oseas, no sólo se aventuró a tomarla, sino que se aventuró por tomarla, ya que le costó enormemente cara.
Versículos 32–38
Breve relato del reinado de Jotam, rey de Judá, de quien se nos dice:
1. Que hizo lo recto ante los ojos de Jehová (v. 34), como buen gobernante. Josefo le colma de alabanzas, y dice que fue piadoso para con Dios, justo para con los hombres y entregado al bien público. Aunque no fueron quitados los lugares altos, mostró gran respeto hacia el templo, a fin de apartar al pueblo de los lugares altos y atraerlos al santuario de Dios. También edificó la puerta superior del templo. Si los magistrados no pueden hacer cuanto querrían para suprimir el vicio y la profanidad, que al menos hagan cuanto puedan para el sostén y el aumento de la piedad y de la virtud. Si no pueden derribar los lugares altos del pecado, que edifiquen y embellezcan la puerta alta de la casa de Dios.
2. Que murió en la flor de la vida, pues sólo tenía cuarenta y un años (v. 33). Por los informes que nos da el texto sagrado, parece ser que ninguno de los reyes de Judá llegó a la edad de David, setenta años, la edad común del hombre, según la Biblia. La edad de Asá no consta. Uzías llegó a los sesenta y ocho años, Manasés a los sesenta y siete, Josafat a los sesenta; y éstos fueron los que llegaron a una edad más avanzada, muchos de los que se hicieron famosos no llegaron a los cincuenta.
3. Que en su tiempo se formó una confederación contra Judá a cargo de Rezín, rey de Siria, y Pecaj rey de Israel. Esta coalición parecía tan temible en los comienzos del reinado de Acaz que el corazón de este príncipe y el de su pueblo se estremecieron como se estremecen los árboles del monte a causa del viento (Is. 7:2).
Reinado de Acaz (propiamente, Ajaz). I. Fue un notorio idólatra (vv. 1–4). II. Con los tesoros del templo y con los suyos personales, alquiló al rey de Asiria para que invadiese Siria e Israel (vv. 5–9). III. Del altar de un ídolo que vio en Damasco sacó un modelo para hacer un nuevo altar en el templo de Dios (vv. 10–16). IV. Descompuso y estropeó el mueblaje del templo (vv. 17, 18).
Versículos 1–4
Carácter general del reinado de Ajaz. 1. No hizo lo recto ante los ojos de Jehová su Dios, como David su padre (v. 2). No sentía estima hacia el templo, no cumplió sus deberes para con Dios ni tuvo ninguna consideración con la Ley. Fue una vergüenza total para la casa de David, sin tomar conciencia del reproche que esto significaba para él. 2. Anduvo en el camino de los reyes de Israel (v. 3), todos los cuales dieron culto al becerro de oro. Los reyes de Israel apelaban a razones de Estado para continuar con dicha idolatría, pero Ajaz no podía aducir tales razones. A pesar de que eran enemigos suyos, imitó la conducta de los reyes de Israel. 3. Hizo pasar por fuego a su hijo (v. 3) para honrar a Moloc. Según 2 Crónicas 28:3, fueron varios los hijos a los que hizo pasar por fuego, aunque es probable que ahí se trate de un «plural de categoría» y que sólo quemase un hijo en honor de Moloc. 4. En esto siguió las prácticas abominables de las naciones que Dios había expulsado de delante de Israel. 5. También sacrificó y quemó incienso en los lugares altos (v. 4). Si su padre hubiese tenido el suficiente celo para quitar dichos lugares, habría preservado a sus hijos de cometer tal abominación; pero los que hacen la vista gorda ante el pecado, no se dan cuenta de las peligrosas trampas que ponen ante los pies de los que les suceden.
Versículos 5–9
1. Los reyes de Siria e Israel, vecinos de Ajaz, se coligan contra él. Pensaron hacerse los amos de Jerusalén y poner allí un rey de su gusto (Is. 7:6). No lo consiguieron, pero el rey de Siria recuperó Elat, puerto importante del mar Rojo, que Amasías había arrebatado a los sirios (14:22). 2. Su plan para librarse de ellos. Al haber abandonado a Dios, no tuvo fuerza ni valentía para hacer frente a sus enemigos, ni podía pedir ayuda a Dios, ya que era indigno de ella; en lugar de eso pidió ayuda al rey de Asiria, y en el pecado tuvo la penitencia, pues, a la larga, fue un trato desventajoso. Es cierto que consiguió lo que de momento deseaba, pues el rey de Asiria descendió a Damasco e hizo que el rey de Siria desistiese de su intento (v. 9); pero para lograr esto: (A) Ajaz se hizo esclavo suyo (v. 7): «Yo soy tu siervo», le dijo al rey de Asiria. (B) Se empobreció miserablemente, pues tomó el tesoro del templo y el del reino y los entregó al rey de Asiria (v. 8). No se comprende con qué autoridad pudo disponer así del tesoro público; pero es cosa corriente entre los que se han puesto en estrechura a causa de algún pecado ver de buscar salida al aprieto mediante otros pecados.
Versículos 10–16
Aunque Ajaz había sacrificado en los lugares altos (v. 4), el altar de Dios continuaba aún en su lugar y en uso, pero ahora lo vemos quitado de su sitio por el perverso Ajaz, quien puso en su lugar un altar idólatra.
I. El rey mismo tomó de un altar de Damasco el modelo para este nuevo altar (v. 10). Como el rey de Asiria se había apoderado de Damasco, allá fue Ajaz a felicitarle y recibir sus órdenes. En Damasco vio un altar que agradó sobremanera a su fantasía, y pensó que había de tener un altar como aquel, por lo que hizo tomar inmediatamente modelo de él.
II. Para ello comisionó al sumo sacerdote Urías (v. 11). Cualquiera que fuese la excusa, fue la cosa más vil y perversa para un sumo sacerdote el prestarse a fabricar ese altar por complacer a su príncipe idólatra, pues de este modo: 1. Prostituyó su autoridad y profanó la corona de su sacerdocio, al tiempo que se hizo esclavo de la concupiscencia de los hombres. 2. Quebrantó su fidelidad.
III. Dedicación del nuevo altar. Urías lo colocó cerca del altar de bronce. El rey se puso extremadamente contento con él y ofreció sobre él holocaustos, etc. (vv. 12, 13). Sus sacrificios no eran en honor del Dios de Israel, sino de los dioses de Damasco.
IV. El altar de Dios fue retirado de su lugar para hacer sitio al nuevo altar. Ajaz retiró el altar de Dios a un oscuro rincón en el lado norte del atrio y puso el suyo delante del santuario en lugar del otro. Al principio coexistieron juntos los dos altares; al fin, el nuevo sustituyó al verdadero. Quienes no están contentos con que Dios sea todo para ellos, a la larga querrán que Dios no sea nada para ellos. Ajaz no se atrevió a demoler el altar de bronce, sino que, al parecer, quiso promocionarlo a un empleo que no era el designado para él, pues quiso usarlo para oráculos, esto es, para consultar a Dios por medio de él. La tradición judía dice que del bronce de dicho altar hizo Ajaz después lo que se llamó el famoso reloj de Ajaz (20:11).
Versículos 17–20
I. Vemos aquí a Ajaz en el acto de estropear el templo, no la fábrica, sino el mueblaje (v. 17):
«Desmontó los paneles de las basas, y les quitó las fuentes» que los sacerdotes usaban para los lavados. 2. También suprimió «el pórtico para los sábados», esto es, una especie de tribuna (o baldaquino) para los días solemnes, lo cual era una señal de soberanía que el rey de Asiria exigiría que fuese suprimida al que ahora era su vasallo. 3. También quitó el pasadizo del rey hacia la casa de Dios (tal vez una de las maravillas que Salomón había edificado y que dejaron sin aliento a la reina de Seba—1 R. 10:5—), ya que hizo una desviación; todo ello para dar gusto al rey de Asiria, pues de ese modo daba a entender que no pensaba frecuentar la casa de Dios en lo sucesivo.
II. Ajaz murió en la flor de la edad. Según el v. 2 (y 2 Cr. 28:1) tenía 36 años cuando murió. Pero, ¿cómo se explica que, a su muerte, tuviese un hijo de 25 años? (18:2; 2 Cr. 29:1). Hay quienes piensan que Ezequías tenía, no 25 años, sino 5, cuando comenzó a reinar. Esta es una solución arbitraria e insatisfactoria. Es mucho más probable que Ajaz tuviese 25 años, en vez de 20, cuando comenzó a reinar, según varios MSS de los LXX en 2 Crónicas 28:1; con lo que Ajaz habría muerto a los 41 años. En todo caso, lo importante es que su hijo Ezequías resultó tan bueno como malo había sido su padre.
Relato de la deportación de las diez tribus del norte, con lo que se acaba la historia del reino de Israel, después de 265 años desde que se separó de Judá bajo Jeroboam hijo de Nebat. I. Breve informe de esta destrucción (vv. 1–6). II. Comentarios sobre ella y sus causas (vv. 7–23). III. Naciones que les sucedieron en la ocupación del país y religión híbrida que quedó establecida allí (vv. 24–41).
Versículos 1–6
Reinado y ruina de Oseas, último rey de Israel, del que vemos:
I. Que, aunque se abrió paso al trono por medio de la traición y del asesinato (15:30), no se posesionó de él hasta siete u ocho años después.
II. Que, aunque fue malo, no lo fue tanto como los reyes de Israel que le habían precedido (v. 2), pues no prestó a los becerros tanta devoción como sus antecesores. Hay incluso quienes opinan que este rey levantó a sus súbditos la prohibición de acudir a Jerusalén a dar culto a Dios. ¿Qué pensar de esta disposición de la Providencia, de que la destrucción del reino del norte hubiese de suceder durante el reinado de uno de sus mejores reyes? Si Oseas no fue tan malo como sus antecesores, se ve que los súbditos fueron tan malos como sus antepasados, o peores que ellos. Su rey les permitió mejorar, pero ellos se empeñaron en empeorar, con lo que atrajeron sobre sí la culpa de la ruina que les sobrevino.
III. La destrucción vino gradualmente. La cosa comenzó al sospechar el rey de Asiria que Oseas conspiraba para sacudirse el yugo de él (v. 4). Si el rey, lo mismo que el pueblo, hubiesen apelado a Dios en oración y se hubiesen vuelto a Él de corazón habrían podido recobrar libertad, honor y comodidad; pero retuvieron el tributo y confiaron en que el rey de Egipto les ayudaría a sublevarse, lo que, de haber tenido éxito, sólo habría servido para que cambiasen de opresor. Pero Egipto les resultó una caña rajada.
IV. Finalmente sobrevino la destrucción total. 1. El rey de Israel fue tomado prisionero. 2. El país fue presa del enemigo. El ejército del rey de Asiria trató a la gente como a traidores dignos de ser castigados con la espada de la justicia, más bien que como a enemigos noblemente caídos en el campo de batalla. 3. La capital fue sitiada y, al fin, tomada. Por tres años resistió después que el país había caído en poder del enemigo. 4. Los habitantes del reino fueron deportados cautivos a Asiria (v. 6). Todas las personas de nota fueron forzadas a marchar al exilio para ser esclavos y mendigos en país ajeno. Quienes habían olvidado a Dios, pronto fueron olvidados. Quedaron atrás muchos de la clase más baja; algunos pasaron a Judá; otros quedaron sometidos a las colonias asirias de la región, y sus descendientes fueron los galileos y los samaritanos. Así acabó Israel como nación; ahora eran «Lo-ammí» = «No-mi pueblo», y «Lo- rujamah» = «No-compadecida». Santiago escribe a las doce tribus de la dispersión (Stg. l:l) y Pablo habla de «nuestras doce tribus» (Hch. 26:7); así que, cuando no leemos ya en el texto sagrado nada de los que fueron llevados cautivos, es seguro que escapó un remanente para conservar el nombre de Israel hasta que llegue la hora en que el Israel de Dios (Gá. 6:16) esté completo.
Versículos 7–23
Motivos por los que fue destruido el reino de las diez tribus. 1. Fue Jehová quien los quitó de delante de su rostro (v. 18). Él fue quien trajo sobre ellos la calamidad, pues Asiria fue únicamente el báculo de su furor (Is. 10:5). ¿Por qué trajo Dios la ruina sobre un pueblo suscitado y acrecentado mediante milagros y oráculos, como era Israel? ¿Fue puramente un acto de la soberanía de Dios? No, fue un acto de necesaria justicia, puesto que le provocaron con sus maldades y ellos mismos atrajeron sobre sí la ruina mediante sus desobediencias (vv. 14–17). Los minuciosos detalles de sus abominaciones se ponen aquí para que Dios quede justificado, veraz, y todo hombre mentiroso (Ro. 3:4).
I. Lo que había hecho Dios por Israel a fin de comprometerle a que le sirvieran. 1. Les dio la libertad (v. 7). Así quedaban obligados a ser sus siervos por gratitud, ya que les había soltado las cadenas. El que los había rescatado de la mano del rey de Egipto, ¿acaso los habría entregado en manos del rey de Asiria si no hubiesen profanado ellos su libertad y se hubiesen vendido a sí mismos? 2. Les dio su Ley para ser Él mismo su rey, por lo que no podían alegar ignorancia del bien y el mal, del pecado y el deber. 3. Les dio el país, después de expulsar a las naciones de delante de ellos (v. 8) para hacerles sitio; al expulsar las naciones a causa de sus idolatrías, les hacía la mejor advertencia posible para que ellos no incurriesen en la misma maldad.
II. Lo que habían hecho ellos contra Dios, a pesar de la forma en que Dios se había portado con ellos.
1. Pecaron contra Jehová su Dios (v. 7), maquinaron cosas no rectas contra Jehová su Dios (v. 9), se entregaron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová (v. 17), es decir, se ofrecieron totalmente al pecado, como los esclavos que entregan todo su servicio al amo que los compró, y, al persistir obstinadamente en el pecado, de tal manera endurecieron su corazón que, al final, llegó a resultar moralmente imposible el que se recuperaran. Aunque eran culpables de muchas inmoralidades y habían quebrantado todos los mandamientos de ambas tablas del Decálogo, lo único que aquí se especifica es su idolatría. Éste fue el pecado que los arruinó, pues es, entre todos los pecados, el que más provoca a Dios, porque equivalía al adulterio espiritual, del que se derivan todas las demás iniquidades. Reverenciaron a otros dioses (v. 7), esto es, los adoraron y les prestaron homenaje como si temiesen desagradarles. Se edificaron lugares altos en todas sus ciudades (v. 9); donde no había torre de vigía, lo hacían sobre la muralla. Levantaban también estatuas e imágenes de Astarté (v. 10) sobre los collados y bajo los árboles. Servían a los ídolos (v. 12), obra de manos humanas, quemaban incienso en los lugares altos (v. 11), honor que sólo el Dios verdadero se merece. Como si fuesen poco los dos becerros de oro, todavía adoraron al sol, la luna y las estrellas («todo el ejército de los cielos»—v. 16—), y usaron adivinaciones y agüeros (v. 17) a fin de recibir instrucciones de los dioses.
III. Los medios que Dios usó en vano para retirarlos de su idolatría. Aunque ellos habían abandonado a la familia de Dios que eran los sacerdotes, Él no les dejó sin profetas, quienes en todo tiempo se preocuparon, también en vano, por enseñarles el verdadero conocimiento del verdadero Dios (v. 14).
IV. Cómo los castigó Dios por sus pecados. Se airó en gran manera contra Israel (v. 18), los desechó, los afligió y los entregó en manos de saqueadores (v. 20), tanto en los días de los Jueces y Saúl, como después en la mayoría de los reinados de los reyes, para ver si así despertaban de su letargo mediante los juicios de Dios y se ponían a considerar y enmendar sus caminos; pero, al no ser estas correcciones suficientes para hacerles salir de su insensatez, Dios, como primera medida fuerte separó a Israel de la casa de David (v. 21), bajo la que habrían podido ser felices.
V. Finalmente, en medio de todo esto, hay una queja contra Judá (v. 19): «Mas ni aun Judá guardó los mandamientos de Jehová su Dios». Aunque todavía no eran tan malos como Israel, estaban infectados del mal de Israel.
Versículos 24–41
Cuando los hijos de Israel fueron desposeídos de su tierra en el país de Canaán, el rey de Asiria se apresuró a trasplantar allá el excedente de habitantes de su propio país, los cuales habían de ser siervos de su rey y amos de los israelitas que quedaron allí. Aquí se nos informa de estos nuevos habitantes del país.
I. En cuanto a los asirios que fueron traídos al país de Israel, se nos dice:
1. Que poseyeron a Samaria y habitaron en sus ciudades (v. 24). Al principio, Dios envió contra ellos leones que los mataban (v. 25). Sin duda eran insuficientes en número para poblar el país, por lo que se aumentaban contra ellos las fieras del campo (Éx. 23:29), además de la notoria mano de Dios en ello. Dios ordenó que tuvieran esta dura acogida, a fin de castigar su orgullo.
2. Que ellos se quejaron de esta desgracia a su rey, dándole a entender que ello se debía a que no conocían la ley del Dios del país y, por ello, no le servían como era debido (v. 26). Con esto avergonzaban a los israelitas, quienes no habían estado dispuestos a escuchar la voz de Dios como lo estaban estos advenedizos. Estos asirios pidieron ser enseñados lo que los israelitas se habían negado a aprender.
3. Que el rey de Asiria accedió a su petición y se preocupó de que se les enseñase la ley del Dios del país (vv. 27, 28), no por afecto a Dios, sino por librar de los leones a sus súbditos. Mandó, pues, regresar a uno de los sacerdotes de los becerros de oro, quien habitó entre ellos para enseñarles cómo habían de temer a Jehová (v. 28). Así instruidos, adoptaron una forma híbrida de religión, adoraron al Dios de Israel por miedo y a sus ídolos por amor (v. 33): «Temían a Jehová, y honraban a sus dioses». Si hemos de dar crédito a la tradición de los rabinos, nos dicen que Sucot-Benot era adorado bajo la forma de una gallina y sus pollos, Nergal en un gallo, Asimá en una cabra pelona, Nibjaz en un perro, Tartac en un asno, Adramélec en un pavo real, y Anamélec en un faisán. Pero, si tenemos en cuenta el predominio de la astrología en Asiria, es más probable que Sucot-Benot («tiendas de las hijas») sea símbolo de Venus (v. Am. 2:8), Nergal sería Marte (para los persas, el fuego), Tartac sería Saturno, planeta de mal agüero; es posible que Asimá sea sinónimo de Astarté. Al ser Adad y Anu deidades babilónicas, es probable que Adramélec signifique «Adad es rey», y Anamélec «Anu es rey». Se nos dice en el texto (v. 41) que esto perduró hasta hoy, esto es, hasta el tiempo en que fue escrito el libro y varios siglos más, hasta que, en tiempo de Alejandro Magno, Manasés consiguió que volviesen suficientes israelitas para superar en número a los de las primeras colonias, y obtuvo de ellos que arrojaran de sí esos ídolos y diesen culto únicamente al Dios de Israel.
II. En cuanto a los israelitas que fueron deportados a Asiria. Cuando las otras dos tribus fueron deportadas a Babilonia se curaron de su idolatría y, por eso, después de setenta años, volvieron a su país con gozo, pero las diez tribus del norte se endurecieron en el horno de la prueba y, por consiguiente, perdieron justamente su identidad. Cuando estaban en manos de sus enemigos y necesitaban liberación, fueron tan estúpidos que no escucharon; antes hicieron según su costumbre antigua (v. 40): sirvieron al Dios verdadero, y juntamente a los dioses falsos, como si no hubiese entre ellos ninguna diferencia.
«Efraín está ligado a los ídolos, ¡déjalo!» (Os. 4:17). Así fue dejado, y así le dejaron las naciones que les sucedieron.
Este capítulo nos muestra los asuntos de Judá en buen orden, para que se vea que Dios no había dejado de su mano del todo a la descendencia de Abraham. Aquí está Ezequías en el trono. I. Reforma el reino (vv. 1–6). II. Prospera en todas sus empresas (vv. 7, 8) precisamente cuando las tribus del norte eran deportadas (vv. 9–12). III. Invadido, aun así, por Senaquerib rey de Asiria (v. 13). 1. El país fue puesto bajo tributo (vv. 14–16). 2. Jerusalén fue sitiada (v. 17). 3. En un virulento discurso, el Rabsaces blasfemó de Dios, atacó a Ezequías y llegó a instar al pueblo a que se sublevase contra él (vv. 18–37). Pero en el próximo capítulo veremos qué bien terminó todo ello, para honor y consuelo del gran rey reformador de Judá.
Versículos 1–8
Informe general del reinado de Ezequías.
I. Su gran piedad, tanto más de admirar cuanto que su padre había sido uno de los peores reyes, mientras que él fue uno de los mejores. Esto nos muestra que el bien que se halla en una persona no es obra de la naturaleza, sino de la gracia, la cual, al contrario que la naturaleza, injerta en el buen olivo lo que por naturaleza es silvestre (Ro. 11:24); además, la gracia remonta las mayores dificultades y desventajas. Es de suponer que Ajaz dio a su hijo una educación tan mala como su ejemplo; su tutela estuvo tal vez a cargo del mal sacerdote Urías; sus sirvientes y compañeros serían adictos a la idolatría; con todo, Ezequías resultó eminentemente bueno. Cuando obra la gracia de Dios, ¿qué podrá resistirle?
1. Fue un genuino hijo de David (v. 3): «Hizo lo recto … conforme a todas las cosas que había hecho David su padre». Ezequías fue un segundo David, pues tenía hacia Dios y hacia su casa el mismo amor que David tuvo. No nos intimidemos ni asustemos al contemplar la decadencia de la virtud, ni pensar que, porque las cosas van mal, irán de mal en peor. Ésa no es buena lógica, pues, después de muchos reyes malos, Dios suscitó uno que era como el propio David.
2. Fue celoso reformador de su reino (2 Cr. 29:3). Encontró muy corrompido su reino, y la gente extremadamente supersticiosa. Siempre lo habían sido pero en el último reinado lo habían sido más que nunca. La idolatría se había extendido por todo el país, pero su espíritu se agitó contra esta idolatría y, por consiguiente, tan pronto como tuvo el poder en sus manos, se propuso abolirla (v. 4).
(A) Acabó con los lugares altos, las imágenes y los símbolos de Astarté, y lo destruyó todo totalmente. El celo de Ezequías se echa de ver especialmente en haber quitado los lugares altos, cosa que sus antecesores, aun los buenos, no se habían atrevido a hacer. Él vio que eran una afrenta para el templo y ocasión de idolatría, por lo que siguió la norma de Dios, no el ejemplo de sus predecesores; hizo ley su remoción y ejecutó esta ley con todo vigor. (B) Al ver que la serpiente de bronce, a pesar de ser de institución divina, se había convertido en ocasión de idolatría, la hizo pedazos (v. 4). Parece ser que había sido cuidadosamente preservada como memorial de la bondad de Dios hacia sus antepasados en el desierto (Nm. 21:9). Pero cuando comenzaron a adorar a la criatura en lugar de al Creador, los que no habrían sido atraídos al culto de las imágenes prestadas de los gentiles, fueron llevados por el tentador a quemar incienso a la serpiente de bronce por haber sido ordenada por Dios mismo como el instrumento de curación para los mordidos por las serpientes venenosas. Pero Ezequías en su piadoso celo por el honor de Dios, no sólo prohibió al pueblo que la adorasen, sino que, para que nunca más abusasen de ella les demostró que no era otra cosa que un pedazo de bronce (hebreo, nejustán) y que, por tanto, era necio y perverso quemarle incienso. Así pues, la hizo pedazos. Si alguien piensa que, por eso, se le quitó a la serpiente de bronce el honor que merecía, que vea cuán abundantemente le fue restituido cuando nuestro Salvador la presentó como tipo de sí mismo (Jn. 3:14).
3. En su reforma dio muestras de dos eminentes cualidades: (A) Gran valentía y confianza en Dios. Al abolir la idolatría había peligro de malquistarse con sus súbditos e incitarlos a sublevarse pero en Jehová Dios de Israel puso su esperanza (v. 5) de que le sostendría en lo que estaba haciendo y le preservaría de todo daño. (B) Constancia y perseverancia en el cumplimiento de su deber.
II. Su gran prosperidad (vv. 7, 8). Como estuvo de parte de Dios, Dios estuvo de parte de él. Al ver que tenía éxito: 1. Se sacudió el yugo del rey de Asiria, al que se había sometido vilmente su padre. Después de haber arrojado del país la idolatría de las naciones, bien pudo sacudirse también el yugo de la opresión de esas naciones. 2. Realizó un vigoroso ataque contra los filisteos y los derrotó hasta Gaza (v. 8).
Versículos 9–16
El reino de Asiria se había engrandecido por ahora considerablemente. Leemos aquí de:
I. El éxito de Salmanasar, rey de Asiria, contra Israel. Puso sitio a Samaria (v. 9), la tomó (v. 10) y se llevó cautiva a la población (v. 11). ¿Por qué trajo Dios sobre ellos este castigo? «Por cuanto no habían atendido a la voz de Jehová su Dios» (v. 12). Ya se menciona esto en el capítulo anterior, pero se repite aquí: 1. Como lo que impulsó a Ezequías y al pueblo a terminar con la idolatría, pues veían la ruina que había traído al reino del norte. 2. Como algo de lo que Ezequías se lamentó, pero no pudo evitar. Aunque las diez tribus se habían sublevado contra la casa de David, Ezequías no pudo alegrarse de su ruina, ya que, al fin y al cabo, pertenecían a la posteridad de Israel. 3. Como algo que puso a Ezequías y a su reino a merced del rey de Asiria, quien ahora tenía el camino expedito para invadir Judá.
II. El ataque de Senaquerib, nuevo rey de Asiria, contra Judá. Este ataque fue una gran calamidad para el país; por medio de él, Dios quería poner a prueba la fe de Ezequías y castigar al pueblo, pues no se desprendía de buena gana de sus ídolos, sino que los guardaba en el corazón. Incluso las épocas de reforma pueden ser tiempos de calamidad, y entonces suele echarse la culpa de ello a los reformadores. La presente calamidad pesó gravemente sobre Ezequías, puesto que: 1. Perdió gran parte de su territorio (v. 13). El rey de Asiria tomó todas las ciudades fortificadas, es decir, todas las fronterizas con sus guarniciones. 2. Pagó muy cara la paz que obtuvo del vencedor. Vio que Jerusalén estaba en peligro de caer en manos del enemigo y se dispuso a comprar la seguridad de la capital a expensas: (A) De una afrentosa sumisión (v. 14). ¿Dónde estaba la valentía de Ezequías? ¿Dónde su confianza en Dios? (B) De una gran suma de dinero: 300 talentos de plata y 30 de oro. Para reunir esta suma se vio forzado no sólo a vaciar el tesoro público (v. 15), sino a quitar el oro de las puertas del templo y de los quiciales (v. 16). Aunque el templo santificaba al oro, con todo, al ser urgente la necesidad, pensó que podía imitar a su antepasado David cuando hizo con los panes de la proposición algo parecido. Su padre Acaz había saqueado el templo por menosprecio del lugar sagrado (2 Cr. 28:24). Él había puesto todo su interés por reponer lo que su padre había quitado; ahora, con toda la reverencia debida, únicamente lo entregó como prestado en una situación de emergencia y para evitar mayores males.
Versículos 17–37
I. Jerusalén, sitiada por el ejército de Senaquerib (v. 17), quien envió contra la capital de Judá tres de sus generales con gran ejército. ¡Qué deshonra para este rey de Asiria! ¿Se le puede llamar grande? No. Que nadie le nombre con honor después de hacer algo tan vergonzoso como recibir el dinero de Ezequías bajo condición de retirar sus tropas, y venir luego contra la capital.
II. El Rabsaces, o copero mayor del rey de Asiria, fue el portavoz de los generales de Senaquerib, como más hábil para manejar la sátira junto con la intimidación. En su discurso se burló de Ezequías, de sus nobles y del pueblo. Senaquerib mismo le había ordenado lo que había de decir, pues quería entablar otra disputa con Ezequías. Como había prometido retirar sus tropas bajo condición de recibir el dinero, no podía de inmediato, sin más, lanzar un ataque directo contra Jerusalén; pero envió a Rabsaces a persuadir a Ezequías de que se rindiera, y si se negaba, que pusiera sitio a la ciudad y la tomase por asalto. Rabsaces tuvo la desvergüenza de pedir audiencia al rey junto al acueducto del estanque de arriba, fuera de los muros de la ciudad (v. 17), pero Ezequías tuvo la prudencia de declinar una entrevista personal y envió a parlamentar a tres comisionados. Éstos interrumpieron a Rabsaces sólo una vez para rogarle que les hablase en arameo (v. 26), esto es, en el idioma de Siria (lengua culta de los diplomáticos), para que no se enterase el pueblo antes que el rey. Los comisionados no se habían dado aún cuenta de que el hombre con quien estaban tratando no atendía a razones. Este razonable ruego, en lugar de aplacarle, sólo sirvió para exasperarle (v. 27). Contra todas las normas del honor y la decencia, amenazó a los soldados, les instó a desertar o sublevarse, les aseguró que les haría morir de hambre si persistían en resistirse y trató de persuadir a Ezequías, a sus príncipes y al pueblo a que entregasen la ciudad. Para ello:
1. Engrandece a su señor el rey de Asiria. Una y otra vez le llama el gran rey de Asiria (vv. 19, 28). Pero para quienes por fe ven al Rey de reyes en todo su poder y gloria, aun el rey de Asiria parece algo vil e insignificante (Sal. 82:6, 7).
2. Se esfuerza en hacerle creer que les conviene muchísimo rendirse. Si capitulan y se ponen a merced del rey de Asiria, él les tratará bien (v. 31). Si tienen la prudencia de rendirse, aun cuando han de esperar ser considerados como prisioneros y esclavos, les reportará mayores bienes que la resistencia. (A) Su cautividad será para bien de ellos, pues podrá comer cada uno de su vid y de su higuera (v. 31); aunque la propiedad de sus haciendas pasará a manos de los conquistadores ellos continuarán con el usufructo de las mismas. (B) Su deportación será para ellos una ventaja (v. 32): «Hasta que yo venga y os lleve a una tierra como la vuestra». Pero, ¿en qué va a ser mejor tierra que la de ellos, cuando allí no tendrán nada que puedan llamar suyo?
3. Pero su principal objetivo es convencerles de que de nada les va a servir resistirle (v. 19): «¿Qué confianza es ésta en que te apoyas?», le dice al rey. Y al pueblo le dice (v. 29): «No os engañe Ezequías, porque no os podrá librar de mi mano». Como si dijese: «Si le creéis a él, va a ser vuestra ruina; así que más os conviene entregaros». Supone que Ezequías confía en tres cosas y se esfuerza por demostrar que ninguna de las tres le ha de sacar del apuro:
(A) Su poder militar (v. 20): «Dices (pero son palabras vacías): Consejo, estrategia, tengo y fuerzas, tropas numerosas y preparadas, para la guerra». Efectivamente, los tenía (v. 2 Cr. 32:3–8); pero el Rabsaces los menosprecia. Con la mayor arrogancia le reta a que presente 2.000 hombres que puedan gobernar un caballo, y él le dará 2.000 caballos si es que halla jinetes expertos. Así da a entender que Ezequías no dispone de gente preparada para la guerra (v. 23).
(B) Su alianza con Egipto. Supone que Ezequías confía en Egipto para proveerse de carros y jinetes (v. 24), pues así lo había hecho el rey de Israel, y, en cuanto a esta confianza, dice con toda verdad que es báculo de caña cascada (v. 21), la cual no sólo cede cuando alguien se apoya en ella, sino que además se entra por la mano y la traspasa (v. Ez. 29:6, 7). Así es el rey de Egipto, dice él.
(C) Su interés en Dios: «Nosotros confiamos en Jehová nuestro Dios» (v. 22). Con esta confianza en el poder y en la promesa de Dios se animaba él y animaba a su pueblo (v. 30): «Ciertamente nos librará de Jehová». Y de nuevo en el v. 32. Rabsaces se daba cuenta de que éste era el principal sostén de la confianza de Ezequías y del pueblo; por eso, se esfuerza en sacudir este bastión, como hicieron los enemigos de David quienes emplearon todos los medios posibles para apartarle de la confianza en Dios (Sal. 3:32; 11:1); así lo hicieron también los enemigos del Señor (Mt. 27:43). Tres argumentos presenta Rabsaces para quitarles la confianza en Dios:
(a) Que Ezequías había perdido el derecho a la protección de Dios, pues había quitado los lugares altos y los altares (v. 22). Mide así al Dios de Israel por el mismo rasero que los dioses de los paganos, quienes se deleitaban en la multitud de altares y templos, y concluye que Ezequías ha hecho una gran ofensa al Dios de Israel al limitar su culto a un solo altar.
(b) Que Dios mismo le había ordenado destruir Jerusalén en esta ocasión (v. 25): «Jehová me ha dicho: Sube a esta tierra y destrúyela». Todo esto es burla y fanfarronería. Lo dice para aterrorizar al pueblo que estaba sobre el muro.
(c) Que, aun en el caso de que Jehová el Dios de Israel se empeñase en protegerles contra el rey de Asiria, no podría hacerlo. Con esta blasfemia concluye su discurso (vv. 33–35). Véase aquí: Primero, su orgullo. Cuando conquistaba una ciudad, se consideraba conquistador de sus dioses y tenía la arrogancia de pensar que era más poderoso que ellos. Segundo, su profanidad. El Dios de Israel no era una divinidad local, sino el Dios de todo el Universo. Es tradición rabínica que el Rabsaces era un judío apóstata, lo cual explicaría su inclinación a hablar en hebreo; si esto fuese cierto, su ignorancia acerca del carácter del Dios de Israel sería menos excusable, y su enemistad más explicable, pues los apóstatas suelen ser los enemigos más acerbos y despectivos, como lo vemos en el emperador romano Julián el Apóstata.
III. Finalmente, se nos dice lo que hicieron los comisionados de parte de Ezequías. 1. Guardaron silencio (v. 36), no porque no tuvieran nada que decir a favor de Dios o de Ezequías, sino porque el rey les había ordenado no responderle, y ellos obedecieron esta orden. 2. Se rasgaron los vestidos en señal de detestación de su blasfemia y de pesadumbre por la miserable y despreciada condición de Jerusalén, cuya culpabilidad era para ellos una pesada carga. 3. Informaron fielmente de todo ello al rey su señor y le contaron las palabras del Rabsaces (v. 37).
Relato del levantamiento del asedio de Jerusalén. I. Ezequías muy preocupado, envió recado a Isaías y solicitó sus oraciones (15) y recibió de él respuesta de paz (vv. 6–7). II. Senaquerib envió una carta a Ezequías para asustarle y obligarle a rendirse (vv. 8–13). III. Ezequías extendió la carta en la presencia de Dios e imploró su ayuda (vv. 14–19). IV. Dios le dio, por medio de Isaías, seguridad de rápida liberación (vv. 20–34). V. El ejército asirio fue exterminado por el Ángel de Jehová, y Senaquerib fue asesinado por sus hijos (vv. 35–37).
Versículos 1–7
I. Cuando Ezequías se enteró del contenido del discurso del Rabsaces, mostró gran preocupación por el deshonor hecho a Dios con la blasfemia del Rabsaces (v. 1): «Rasgó sus vestidos y se cubrió de cilicio», esto es, se vistió de paño burdo o saco. Ni las ropas reales eran demasiado buenas para que no merecieran romperse, ni las carnes regias eran demasiado delicadas para que no debieran cubrirse de saco, en justa humillación por las indignidades cometidas contra Dios y por los peligros y terrores de Jerusalén. El rey se vistió de saco, mientras sus súbditos iban vestidos de lino.
II. Entró en la casa de Jehová (v. 1) para meditar y orar. No pensaba en la respuesta que iba a dar al Rabsaces, sino que exponía el asunto a Dios.
III. Envió recado al profeta Isaías, por medio de mensajeros nobles, para solicitar sus oraciones (vv. 2–4). Eliaquim y Sebná eran de los que habían oído las palabras del Rabsaces y podían informar de ello a Isaías. Los mensajeros iban cubiertos de saco, pues eran representantes del rey, quien iba vestido de la misma manera.
1. Su recado a Isaías era (v. 4): «Eleva oración por el remanente que aún queda», esto es, por Judá, pues era el remanente ahora que las diez tribus del norte habían marchado al exilio. Cuando pedimos a otros que oren por nosotros, no hemos de pensar que ya podemos excusarnos de orar por nosotros mismos. Ezequías envió recado a Isaías para que orara por el país, pero él mismo entró en la casa de Jehová para presentar sus oraciones. Especialmente necesarias son las oraciones cuando las iglesias se hallan en situación lamentable y es muy pequeño el remanente de los verdaderos creyentes.
2. Dos puntos se le indican especialmente a Isaías para encomendarlos a su oración: (A) El temor que tenían al enemigo (v. 3): «Este día es día de angustia, etc.». Es interesante el símil de la que está de parto y no tiene fuerzas para dar a luz, pues era un proverbio muy expresivo para dar a entender un gravísimo peligro que además era inevitable. (B) Su esperanza en Dios (v. 4): «Quizás oirá Jehová tu Dios todas las palabras del Rabsaces, etc.». Esta frase no implica desconfianza, sino completa dependencia de la soberanía divina, como en 2 Samuel 16:12.
IV. Por medio de Isaías, Dios le asegura a Ezequías que va a glorificar su nombre con la destrucción de los asirios. El recado de Ezequías al profeta no era para inquirir sobre el resultado del asedio, sino para solicitar la ayuda de Dios. Dios le da más de lo que él pide: 1. Le anima en su desmayo (v. 6): «No temas por las palabras que has oído; aunque hinchadas y feroces, son sólo palabras, un poco de aire que se lleva el viento». 2. Le promete asustar al rey de Asiria mucho más de lo que el Rabsaces le ha asustado a él (v. 7): «Haré que en su tierra caiga a espada».
Versículos 8–19
Después de pronunciar su discurso sin recibir respuesta, el Rabsaces dejó el ejército bajo el mando de los otros generales y se marchó a recibir ulteriores órdenes del rey. Le halló sitiando a Libná (v. 8), ciudad que se había rebelado contra Judá (8:22). Le alarmó el rumor de que el rey de Etiopía, país fronterizo de Arabia, había salido contra él con un gran ejército (v. 9). Esto le hizo desear obtener la rendición de Jerusalén con toda urgencia. Tomarla por la fuerza le iba a costar más tiempo y hombres que los que tenía a su disposición; por tanto, renovó su ataque contra Ezequías para persuadirle a rendir la plaza.
I. Senaquerib envió a Ezequías una carta insultante y blasfema para persuadirle a que Jerusalén se rindiera (v. 10): «No te engañe tu Dios en quien tú confías». Para asustar a Ezequías y soltarlo de su ancla se engrandece a sí mismo, se jacta de sus éxitos. Se jacta arrogantemente: 1. De los países que ha conquistado: «todas las tierras» (v. 11) a las que ha llegado. Pero tan lejos estaba de conquistar todas las tierras, que Etiopía y su rey Tirhacá le asustaban. 2. De los dioses sobre los que había prevalecido (v. 12).
3. De los reyes a quienes había vencido (v. 13). Se tiene a sí mismo por el mayor conquistador de la historia.
II. Ezequías fue lo bastante humilde para recibir y leer la carta. Después de leerla no pensó en darle una respuesta provocativa, sino que se fue inmediatamente al templo, tomó las cartas y las extendió delante de Jehová (v. 14), no porque Dios necesitase que se las mostrase, sino para indicar que reconocía la soberanía de Dios en todas las cosas. En la oración que ahora pronuncia, Ezequías: 1. Adora al Dios de quien había blasfemado Senaquerib (v. 15), le llama Dios de Israel, porque Israel era su pueblo escogido, y el Dios que mora entre los querubines, puesto que allí estaba la señal especial de su presencia gloriosa en la tierra; pero también le glorifica como a Dios de todos los reinos de la tierra, no como Senaquerib pensaba—Dios sólo de Israel y confinado al templo de Jerusalén—. 2. Apela a Dios acerca de la insolencia y arrogancia de Senaquerib (v. 16). 3. Reconoce los triunfos de Senaquerib sobre los dioses paganos, pero distingue entre éstos y el Dios de Israel (vv. 17, 18): «Los reyes de Asiria … echaron al fuego a sus dioses, por cuanto ellos no eran dioses». 4. Ora para que Dios se glorifique ahora con la derrota de Senaquerib y con la liberación de Jerusalén (v. 19): «Ahora, pues, oh Jehová Dios nuestro, sálvanos, te ruego, de su mano. Y que el mundo reconozca y se vea obligado a confesar que sólo tú, Jehová, eres Dios, el eterno y soberano Dios, y que todos los demás que pretenden ser dioses, son vanidad y mentira».
Versículos 20–34
Benévola respuesta que otorgó Dios a la oración de Ezequías. En general, Dios le aseguró que su oración había sido escuchada (v. 20).
I. Le informa de la confusión y vergüenza que van a caer sobre el rey de Asiria. Le predice que será humillado y destruido. Senaquerib es presentado aquí:
1. Como objeto de burla para Jerusalén (v. 21). Él se tenía por terror de la hija de Sion, capaz de hacerla someterse a él mediante amenazas. Pero al ser Sion una virgen que se hallaba en casa de su Padre y bajo su protección, podía desafiar al rey de Asiria, despreciarle y reírse de él, como si dijese: «Tu arrogancia es blasfema, pero impotente y ridícula; el que se sienta en el trono celestial se ríe de ti y, por consiguiente, también se ríen de ti los que se cobijan bajo la sombra de las alas de Dios». Con estas palabras Dios quiere silenciar el miedo de Ezequías y del pueblo.
2. Como enemigo de Dios. Ezequías había apelado a Dios y le dice: «Ha enviado a blasfemar del Dios viviente» (v. 16). Pero Dios responde: «¿A quién has vituperado y blasfemado? (v. 22). ¿No es contra el Santo de Israel, por cuyo honor Él mismo vela, que tiene poder para vindicarlo, poder del que carecen los dioses paganos?»
3. Como un insensato arrogante y vanaglorioso, que hablaba palabras henchidas de necedad contra Dios, puesto que: (A) Exaltaba sus éxitos desproporcionadamente (vv. 23, 24): «Has dicho esto y lo otro». ¡Qué tremendo héroe hace de sí mismo Senaquerib, que conduce sus carros hasta la cima de los más altos montes, se abre paso por entre bosques y ríos, supera todos los obstáculos, y se hace amo y señor de todo lo que se propone! (B) Se atribuye a sí mismo la gloria de todas estas grandes hazañas, sin percatarse de que es solamente un instrumento en las manos de Dios (vv. 25, 26). Las jactancias de Senaquerib se hallan detalladas en Isaías 10:13, 14: «Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque soy inteligente, etc.». La respuesta se halla en el versículo 15: «¿Se jactará el hacha frente al que con ella corta?»
4. Como un malvado que se halla bajo la reprensión del Dios contra el que ha blasfemado impotentemente, pues todos sus movimientos estaban: (A) Bajo el conocimiento de Dios (v. 27): «He conocido tu situación, etc.». Dios conocía no sólo lo que Senaquerib hacía, sino también todo lo que pensaba hacer y la arrogancia por lo que llevaba conseguido. (B) Bajo el control absoluto de Dios (v. 28):
«Yo pondré mi garfio en tu nariz y mi freno en tus labios, como al gran leviatán de Job 41:1, 2. Yo te frenaré, te controlaré y te dirigiré adonde me plazca, y te enviaré a casa como a un necio que salió de allí en su insensatez».
II. Le asegura salvación para él y para el pueblo. El buen resultado del presente apuro será para ellos señal del favor de Dios y de que Dios está reconciliado con ellos, pues su indignación se apartó (Is. 12:1).
1. Las provisiones eran escasas y caras. ¿Qué harán para mantenerse? Los productos del suelo habían sido devorados por el ejército asirio (Is. 32:9 y ss.). Pero no tienen por qué preocuparse (v. 29): «Este año comeréis lo que nacerá de suyo, y segaréis lo que no sembrasteis». Pero el año siguiente era año sabático, en el que la tierra debe descansar; no pueden sembrar ni segar, ¿qué harán? Yahwehyireh = Dios proveerá. Al tercer año, volverán a la labranza como antes; sembrarán y recogerán como solían.
2. El país estaba desolado, las familias rotas y dispersas, y todo era confusión; ¿cómo podía ser de otro modo, cuando estaban bajo la opresión de un ejército tan numeroso? En cuanto a esto, se les promete que el remanente que haya escapado volverá, será establecido de nuevo en sus moradas («volverá a echar raíces abajo») y se aumentará y prosperará («llevará fruto arriba»). De esta manera tan gráfica está descrito (v. 30). Así es la prosperidad espiritual: echa raíces por fe en Cristo (Col. 2:7) y después da fruto de justicia (He. 12:11).
3. La ciudad estaba cerrada, nadie entraba ni salía; pero ahora el remanente de Jerusalén y de Sion podrán salir libremente (v. 31); nadie se lo impedirá ni les meterá miedo. Grande era la destrucción que habían sufrido la ciudad y el país entero, pero en ambos había un remanente que escapó, el cual era tipo del remanente de los israelitas que se habían de salvar (como se ve al comparar Is. 10:22, 23, que habla de este acontecimiento, con Ro. 9:27, 28) y salir a la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
4. Los asirios avanzaban hacia Jerusalén, la iban a sitiar por completo y pronto estaría la ciudad en gran peligro de caer en manos del enemigo. Pero aquí se promete que, aunque el enemigo estaba ahora acampado delante de la ciudad, nunca entrarían en la ciudad (v. 32), ni siquiera para echar una sola saeta; por el contrario, se verían forzados a retirarse vergonzosamente (v. 33).
5. En todo esto andaba de por medio el honor y la fidelidad de Dios. ¿Cómo se llevarán a cabo estas grandes cosas? «El celo de Jehová de las huestes hará esto» (v. 31). Esto es, el celo: (A) Por su honor (v. 34): «en atención (mejor que por amor) a mí mismo». Las razones de Dios para impartir sus beneficios están fundadas en la santidad y bondad de su propio carácter. (B) Por su fidelidad a las promesas: «y en atención a David mi siervo. No en atención a sus méritos, sino a la promesa que le hice a él y al pacto que hice con él: las misericordias fieles, seguras, de David».
Versículos 35–57
Tan pronto como se habló la palabra, se llevó a cabo la obra.
I. El ejército asirio fue completamente derrotado. Ezequías carecía de fuerzas suficientes para hacer una salida contra el campamento enemigo, pues Dios no iba a dar la victoria por espada ni por arco (v. Is. 31:8); no por espada de hombre, sino de ángel. Josefo asegura que el desastre se debió a la violenta peste ocasionada por ratas (comp. con 2 S. 24:15 y ss.). Un ejército colosal, 185.000 hombres y Rabsaces entre ellos (es lo más probable), cayeron allí (v. 35): «Cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos». Era tal la cantidad de cadáveres, que cubrían totalmente el suelo. Las frases concuerdan casi a la letra con Isaías 37:36. Hay quienes opinan que el Salmo 76 fue escrito con ocasión de esto, pues las frases del v. 5 reflejan admirablemente este hecho: «Los fuertes de corazón fueron despojados, duermen su sueño; no hizo uso de sus manos ninguno de los varones fuertes».
II. El rey de Asiria fue con esto presa de la mayor confusión. Avergonzado de verse, después de su arrogante jactancia, de esta forma derrotado, partió, se volvió a Nínive y permaneció allí. La construcción hebrea da a entender el estado de confusión en que se hallaba su mente (v. 36). Una lectura superficial del v. 37 puede dar ocasión a pensar que murió poco después. Dice Rodríguez-Molero: «En realidad pasaron cerca de veinte años entre aquella expedición y su muerte, durante los cuales realizó brillantes campañas». Pero al fin y a la postre, su final fue tan vergonzoso como había sido su derrota en el sitio de Jerusalén, pues sus dos hijos Adramélec y Saréser lo mataron (v. 37). El Dios de Israel había hecho bastante para convencerle de que era el único Dios verdadero a quien, por consiguiente, debería adorar; pero él persistió en su idolatría y buscó en un dios falso e impotente protección contra un Dios de poder irresistible. Sus hijos mayores, quienes le asesinaron, se vieron forzados a escapar, y habrían sido forzados a ello igualmente si no hubiesen matado a su padre, pues (según el parecer del obispo Patrick) su padre estaba en el templo y prometía ofrecerlos en sacrificio a su dios. El sucesor fue otro de sus hijos, Asarhadón (o Esarhadón). Por la historia profana sabemos que Asarhadón conquistó el trono después de derrotar (680 a. de C.) a su hermano mayor. Este rey no pensó (al contrario que su padre) en ensanchar sus dominios, sino en mejorarlos, pues él fue quien envió las primeras colonias de los asirios para poblar el país de Samaria (Esd. 4:2, donde los samaritanos dicen: «… Esar-hadón, rey de Asiria, que nos hizo venir aquí»).
I. Enfermedad de Ezequías y su recuperación en respuesta a su oración (vv. 1–11). II. Pecado de Ezequías y su insuficiente recuperación (vv. 12–19). En ambas cosas, el mensajero que Dios le envió fue Isaías. III. Fin de su reinado (vv. 20, 21).
Versículos 1–11
El historiador, después de mostrarnos al blasfemo Senaquerib destruido en medio de los más ambicionados proyectos de su vida, nos muestra ahora al piadoso Ezequías libre, mediante su oración, de sus más profundos temores de la muerte.
I. Enfermedad de Ezequías. «En aquellos días» (v. 1) es una vaga indicación cronológica. Los vv. 6, 12, etc., muestran que se trata de un hecho anterior a la campaña de Senaquerib, narrada en los dos caps. anteriores; quizá, muy poco antes de que empezase dicha campaña. No se nos dice que clase de enfermedad fue, pero los indicios son de llaga o úlcera tropical (v. 7). ¿Sería la misma que, poco después, acabó con el ejército asirio? Lo cierto es que la enfermedad era de suyo mortal.
II. Aviso de que se prepare a morir. Le es llevado por medio de Isaías. El profeta dice: 1. Que su enfermedad es mortal y, a no ser que se recupere por milagro de misericordia, ciertamente morirá (v. 1):
«Ordena tu casa, porque morirás y no vivirás». He aquí un caso de paralelismo antitético, que se repite en el v. 15. 2. Que por tanto, se prepare para morir; esto es lo que indica la frase: «Ordena tu casa» (comp. con 2 S. 17:23). «Ordenar la casa» implica hacer testamento, disponer de la hacienda, dejar los asuntos pendientes en la mejor postura posible, etc. Pero más importante que eso es poner en orden el corazón por medio de renovados actos de arrepentimiento, fe, resignación en la voluntad de Dios, alegres adioses a este mundo y bienvenidas al otro mundo.
III. Su oración ante este aviso (v. 2): «Oró a Jehová.» ¿Está alguno enfermo? Que oren por él, que oren con él, que ore también él (v. Stg. 5:14–16). Ezequías sabía que las oraciones con fe traían respuestas de paz. Ahora recibía él la sentencia de muerte dentro de sí pero si era reversible, había de serlo por medio de la oración. Por otra parte, si era irreversible, la oración había de ser una de las mejores preparaciones para la muerte, porque por ella se obtiene de Dios la fuerza y la gracia que nos capacitan para terminar bien (comp. He. 5:7).
1. Las circunstancias de esta oración. (A) «Volvió su rostro a la pared», según estaba acostado en su lecho. Quizá lo hizo para hacerlo más en secreto y concentrarse mejor, ya que no podía retirarse a la cámara especial donde solía orar, ni a la casa de Dios. O, según opinan otros, para volver el rostro en dirección al templo y mostrar así cómo habría deseado estar allí, según lo hizo en 19:1, 14, si hubiese podido. (B) «Lloró con gran llanto» (v. 3). Se deduce de aquí que se resistía a morir. Es natural en el hombre el temor a la separación tremenda que la muerte efectúa entre los dos elementos integrantes de la persona: el cuerpo y el alma. Pero había algo especial en el caso de Ezequías: estaba empeñado en su estupenda obra de reforma y temía que, si él se moría, se volviese el pueblo a las andadas por su persistente y ya añeja corrupción. Que la oración de Ezequías sea el mejor intérprete de sus lágrimas, y en ella no hallaremos nada que nos insinúe en él cobardía o tormento de esclavitud bajo la muerte.
2. La oración misma: «Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y, o consérvame la vida para continuar andando de la misma manera, o, si ya está mi obra acabada, recíbeme en la gloria que tienes preparada para los que así han andado» (v. 3). Ezequías no dice: «Sálvame a toda costa», ni «Llévame, si ésta es tu voluntad», sino «Te ruego que hagas memoria, etc.» A la vista de lo que sucedió después (vv. 12–19), es probable que Dios, en su omnisciencia, quisiera preservar a Ezequías de cometer ese pecado, por lo que la decisión de llevárselo era buena, pero ante la insistencia y el gran llanto de Ezequías, Dios resolvió alargarle la vida a pesar de lo que había de sucederle después.
IV. La respuesta que Dios dio inmediatamente a la oración de Ezequías. Aún no había llegado el profeta hasta la mitad del patio (v. 4) cuando Dios le hizo volver con otro mensaje para Ezequías: mensaje de curación (v. 5). De no haber orado Ezequías de aquel modo, Dios no le habría alargado la vida. Dios llama aquí a Ezequías príncipe de mi pueblo (v. 5), dándole a entender que le conservaría la vida en atención a su pueblo. Se llama a sí mismo el Dios de David tu padre, para darle a entender que va a concederle prórroga en atención al pacto hecho con David. En esta respuesta: 1. Dios manifiesta haber escuchado lo que le ha pedido: Ezequías le había rogado que se acordase de su integridad, pero Dios le promete aquí: (A) Restaurarle la salud: «He aquí que yo te sano». (B) Restaurársela de una forma tan rápida que al tercer día subirá a la casa de Jehová para darle gracias. (C) Va a alargarle la vida quince años. (D) Va a librarle a él y a Jerusalén de manos del rey de Asiria (v. 6). Esto era lo que más deseaba Ezequías, al par que su recuperación, y por eso se le repite aquí la promesa de ello.
V. Los medios que se usaron para curarle (v. 7). Isaías fue su médico. Ordenó un remedio exterior muy barato y de fácil aplicación: Una masa de higos, emplasto sobre la llaga para que por allí saliese el mal. Esto nos enseña que, cuando estemos enfermos, hemos de hacer uso de los remedios que son apropiados para ayudar a la naturaleza; de no hacerlo así, demostramos que no confiamos en Dios, sino que le estamos tentando. Las medicinas convenientes no han de ser menospreciadas, pues Dios mismo ha creado muchas para beneficio de la humanidad.
VI. La señal que le fue dada para robustecer su fe. 1. Ezequías pidió una señal, no por desconfiar de Dios, sino porque se trataba de algo extraordinario y digno de ser confirmado. Su pensamiento no estaba puesto en subir al trono, sino en subir a la casa de Jehová al tercer día (v. 8). El objetivo principal de nuestra vida es servir a Dios. 2. Se le dio a elegir entre el avance o el retroceso del sol y, como el retroceso es mucho más difícil, escogió esto último. Y así le fue hecho (v. 11). En el reloj de sol de Ajaz (ya fuese un reloj corriente o una especie de obelisco), la sombra retrocedió diez grados. 2. Crónicas 32:31 e Isaías 38:8 dan a entender que se trató de un fenómeno localizado, por lo que no puede hablarse de un retroceso en el movimiento de rotación de la tierra, lo cual habría afectado a todo el orbe; bastaba con una simple refracción de los rayos solares.
Versículos 12–21
I. El rey de Babilonia envía a Ezequías una embajada para felicitarle por su recuperación (v. 12). En 17:24 hallamos a Babilonia tributaria de los reyes de Asiria, ya que era Nínive la capital, pero la situación cambió gradualmente hasta que Asiria quedó sometida a los reyes de Babilonia. Este cumplido del rey de Babilonia a Ezequías se explica por dos motivos: 1. Por motivo de religión. Los babilonios adoraban al sol y, al enterarse del honor que su dios había otorgado a Ezequías al retroceder su sombra en atención a él, pensaron que estaban obligados a honrar también a Ezequías. 2. Por motivo de interés político. Si el rey de Babilonia planeaba ya sublevarse contra el rey de Asiria, le convenía tener a Ezequías de su parte. Se sentía obligado hacia Ezequías, y también hacia el Dios de Ezequías, por el triunfo conseguido contra el ejército asirio mediante la intervención del Ángel de Jehová, pues tenía razón para pensar cuán importante era un aliado que tenía de su parte a los poderes del mundo celestial.
II. El buen recibimiento que Ezequías dispensó a estos embajadores (v. 13). 1. Se excedió en la acogida que prestó. El hebreo dice que «los escuchó», pero los LXX (algunos MSS), la Vulgata, la Siríaca e Isaías 39:2 dicen: «los recibió con alegría». Aunque eran idólatras, estaba dispuesto incluso a entrar en una confederación con el rey de Babilonia. 2. Se excedió especialmente en mostrarles todo lo que había en su palacio, para que viesen—y pudiesen informar a su señor de ello—que era un rey grande y rico. Fue un acto de vanagloria (v. 2 Cr. 32:25).
III. El examen a que le sometió Isaías sobre este punto (vv. 14–15). Isaías, que tantas veces le había traído consuelo, ahora le traía reprensión: «¿Qué dijeron aquellos varones y de dónde vinieron a ti?…
¿Qué vieron en tu casa?» Ezequías respondió con toda ingenuidad, no exenta de vanagloria: «Nada quedó en mis tesoros que no les mostrase». ¿Por qué no los llevó también a Isaías, para que viesen cuál era su mejor tesoro, ya que con sus oraciones había sido el instrumento de Dios para que Ezequías disfruta de todas sus riquezas?
IV. La sentencia pronunciada contra él por su vanidad ostentosa (vv. 17, 18). 1. Los tesoros de los que tan orgulloso se sentía vendrían a ser presa ajena. 2. El rey de Babilonia, cuya alianza procuraba con tanto interés, vendría a ser el gran enemigo que se apoderaría de todos aquellos tesoros. Los pecados de su hijo Manasés, sus idolatrías y violencias serían la causa de tal calamidad, pero le es predicha aquí a Ezequías para que se percate de la insensatez de su orgullo. Ezequías estaba interesado en ayudar al rey de Babilonia a elevarse, a fin de disminuir el exorbitante poder de los reyes de Asiria; pero ahora se le dice que sus propios descendientes serán esclavos del rey de Babilonia. Babilonia será la ruina de quienes se enamoren de ella.
V. Sumisión de Ezequías a esta sentencia divina (v. 19). Su respuesta tiene cierto tono egoísta («Habrá al menos paz y seguridad en mis días») y no se menciona ni arrepentimiento ni confesión de su pecado. Pero 2 Crónicas 32:26 dice explícitamente que «se humilló».
VI. Finalmente, tenemos aquí la conclusión del reinado y de la vida de Ezequías (vv. 20, 21). En 2 Crónicas capítulos 29 al 32 se nos dice mucho más de la obra de reforma de este rey, así como de la traída de aguas a la ciudad capital. El historiador de 2 Reyes lo deja durmiendo con sus padres, y en el acto de dejar el trono a su hijo que resultó ser muy distinto de su padre. El malvado Acaz fue hijo de un padre piadoso y padre de un hijo piadoso. El piadoso Ezequías fue hijo de un padre malvado y padre de un hijo malvado.
Breve y triste relato de los reinados de dos reyes de Judá, Manasés y Amón. I. De Manasés se nos dice: 1. Que se dedicó a toda clase de maldades (vv. 1–9, 16). 2. Que, por ello, Dios lo destinó (y a Jerusalén por causa de él) a la ruina (vv. 10–18). 2 Crónicas menciona su aflicción y su arrepentimiento.
I. De Amón se nos dice únicamente que vivió en pecado (vv. 19–22), murió a espada y dejó el trono a su buen sucesor Josías (vv. 23–26). Jerusalén se corrompió y debilitó mucho durante estos dos reinados.
Versículos 1–9
La belleza de Jerusalén aparece aquí empañada; todo su gozo y toda su gloria se hundieron. Tal es el cuadro que estos versículos nos ofrecen de este reinado, que lo hacen aparecer, en todos los aspectos, como el reverso, y aun la ruina, del anterior.
I. Manasés comenzó a reinar joven, pues tenía doce años (v. 1); así que había nacido cuando su padre tenía cuarenta y dos, tres años después de su grave enfermedad. Al ser joven: 1. Se hinchó en su honor y, al considerarse a sí mismo muy inteligente, pensó que debía deshacer lo que su padre había hecho. 2. Fue fácil presa de astutos y seductores. Los enemigos de la reforma llevada a cabo por Ezequías, que conservaban su afecto a las antiguas idolatrías, le adularon y se aprovecharon de su poder para salirse con la suya.
II. Su reinado fue el más largo de todos: cincuenta y cinco años. Fue también el único reinado malo que fue largo. Al principio las cosas continuaron por algún tiempo en la forma que las dejó su padre; y al final de su reinado, tras su arrepentimiento, la religión volvió a levantar cabeza. Por algún tiempo fue prisionero del rey de Babilonia (v. 2 Cr. 33:11).
III. Su reinado fue pésimo.
1. En general: (A) Hizo lo malo ante los ojos de Jehová. (B) Lo hizo según las abominaciones de las naciones (v. 2), como había hecho Acab (v. 3); más aún (v. 9), Manasés los indujo a que hiciesen más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel.
2. En particular: (A) Volvió a edificar los lugares altos que Ezequías su padre había derribado (v. 3).
(B) Estableció otros dioses: Baal y Astarté (v. 3) y todo el ejército de los cielos (vv. 3, 5), a los que sirvió y dio culto, edificándoles altares en los que, sin duda, ofrecería sacrificios. (C) Pasó a su hijo por fuego (v. 6), y lo dedicó así a Moloc, con desprecio absoluto del sello de la circuncisión por la que había sido dedicado al Dios de Israel. (D) Hizo del diablo su oráculo, pues se dio a presagios y agüeros e instituyó hechiceros y médiums (v. 6). (E) Derramó mucha sangre inocente en gran manera (v. 16). La tradición judía dice que hizo morir al profeta Isaías aserrándole por la mitad; a esto apunta la referencia de Hebreos 11:37.
3. Dos circunstancias se mencionan como agravantes de la idolatría de Manasés: (A) Que edificó los altares idolátricos en la casa de Jehová (v. 4), en los dos atrios del templo (v. 5), en el templo mismo del que había dicho Dios a Salomón: Yo pondré mi nombre para siempre en esta casa (v. 7). (B) Que con esto menospreció grandemente la palabra de Dios y el pacto de Dios con Israel.
Versículos 10–18
Aquí se lee la sentencia contra Judá y Jerusalén. Los profetas eran enviados, en primer lugar, para enseñarles el conocimiento de Dios y traerles a la memoria los deberes que tenían para con Él. Si no tenían éxito en esto, el siguiente cometido era reprenderles por sus pecados a fin de que se arrepintieran. Si tampoco esto se conseguía, sino que los pecadores se endurecían, la siguiente comisión era anunciarles los juicios de Dios, para que al menos el terror del castigo despertase el arrepentimiento en los que se habían mostrado insensibles a las llamadas del amor.
I. Tenemos primero los considerandos sobre los que se va a apoyar el veredicto (v. 11): Por cuanto Manasés rey de Judá ha hecho estas abominaciones, etc.
II. Viene después la predicción del castigo que va a imponer Dios por tales crímenes (v. 12): Por tanto … he aquí yo traigo tal mal sobre Jerusalén y sobre Judá, que al que lo oyere le retiñirán ambos oídos. Esta última frase es anuncio siempre de una gravísima calamidad (comp. con 1 S. 3:11; Jer. 19:3). El juicio de Jerusalén se hará según la estricta justicia que representa la plomada por la que se verifica y rectifica la perpendicular exacta de una pared, es la justicia que descargó contra Samaria y contra la casa de Acab (v. 13). Especialmente expresivo es el símil del plato que se friega, y se vuelve de un lado y después del otro, para que no quede ni rastro de lo que se comió. Así quedará el país, con sus habitantes deportados; el suelo gozará del descanso sabático. Pero nótese que todo esto lo hace Dios, no para
destruir, sino para purificar. El plato no será arrojado al suelo, ni hecho pedazos, ni derretido al fuego, sino sólo esmeradamente limpiado.
III. Esto es todo lo que aquí tenemos de Manasés, pero en 2 Crónicas se nos habla de su arrepentimiento y de su aceptación por Dios. Fue sepultado (al parecer, por orden suya) en el huerto de su casa (v. 18), pues al haberse humillado por sus pecados, no se juzgó digno de ser llamado hijo de David ni de ser sepultado, por consiguiente, en el sepulcro de sus padres. Es mejor y más honorable para un pecador el morir arrepentido y ser sepultado en un huerto, que morir impenitente y ser sepultado en una catedral.
Versículos 19–26
Breve y oscuro reinado de Amón, el hijo y sucesor de Manasés—hijo que le nació a Manasés cuando ya tenía éste cuarenta y cinco años—. 1. Su reinado fue perverso (v. 22): Dejó a Jehová el Dios de sus padres, con lo que desobedeció así el mandamiento dado a sus padres. Siguió los pasos de su padre en la idolatría (v. 21) y renovó lo que su padre, en sus últimos años, había hecho cesar. 2. Su final fue trágico. Como él se había rebelado contra Dios sus siervos conspiraron contra él y le mataron (v. 23), después de haber reinado sólo dos años (v. 19). Dos cosas buenas hizo entonces el pueblo: (A) Justicia contra los asesinos que habían matado al rey a traición, pues aunque era mal rey, era su rey. La fidelidad que debían al rey les impulsó a matar a los traidores. (B) Misericordia hacia sí mismos al poner en el trono a Josías su hijo (v. 24), quien, a pesar de su corta edad, parece que daba ya señales de buena disposición. Así cambiaron de uno de los peores reyes de Judá a uno de los mejores.
Reinado del buen rey Josías. Después de una descripción general de su carácter (vv. 1, 2), se nos dan detalles particulares del respeto que mostró: I. Hacia la casa de Dios, la cual reparó (vv. 3–7). II. Hacia el libro de Dios, con cuya lectura quedó muy impresionado (vv. 8–11). III. Hacia los mensajeros de Dios, a quienes consultó (vv. 12–14) y por medio de los cuales recibió de Dios una respuesta el la que amenazaba con destruir a Jerusalén (vv. 15–17), pero prometiéndole a él favor y protección (vv. 18–20), con lo que se puso a llevar a cabo la gloriosa obra de reforma, de la que se nos informa en el capítulo 23.
Versículos 1–10
Respecto de Josías se nos dice:
I. Que era muy joven cuando comenzó a reinar (v. 1): Era de ocho años, un año mayor que Joás (12:1) cuando comenzó éste su reinado. Siendo tan joven no había recibido malas impresiones ni de su padre ni de su abuelo, pero pronto se percató de los errores de ellos, y Dios le dio gracia para que tomase aviso de las consecuencias (v. Ez. 18:14 y ss.)
II. Que hizo lo recto ante los ojos de Jehová (v. 2). El texto sagrado asegura que «no hubo otro rey antes de él que se convirtiese a Jehová de todo corazón … ni después de él nació otro igual» (v. 25). Superó, pues, a los mejores: David, Asá, Ezequías. Pero son tan escasos los personajes en los que no se halla un pero, que también Josías lo tuvo, pues murió a causa de su insistencia en salir al paso del rey de Egipto que le provocaba (v. 29; más extenso en 2 Cr. 35:20–24).
III. Que se preocupó por reparar el templo. Esto lo hizo cuando tenía dieciocho años (v. 3; comp. 2 Cr. 34:8). Mucho antes había comenzado a buscar al Dios de David su padre (2 Cr. 34:3), pero es de temer que su obra de reforma encontrase fuerte oposición y, por eso, marchase despacio hasta que el rey fue mayor de edad. Envió al secretario de Estado, Safán (v. 3) para que fuese al sumo sacerdote Hilcías a fin de llevar la cuenta del dinero que los guardianes de la puerta habían recogido del pueblo (v. 4), pues parece ser que siguieron el mismo método que Joás en la leva de dinero (12:9). Josías ordenó que este dinero fuese empleado en la reparación del templo (vv. 5, 6). Y, por lo que leemos (v. 7), como en los tiempos de Joás, los trabajadores se portaron con tal honradez que no se les exigieron cuentas, lo cual se menciona para alabanza de ellos.
IV. Que, al reparar el templo, fue hallado el libro de la Ley y llevado al rey (vv. 8, 10). Hay quienes opinan que era todo el Pentateuco, pero es mucho más probable que fuese sólo el Deuteronomio, ya entero, ya en su parte legislativa.
1. Parece ser que este libro de la Ley se había perdido o había sido arrinconado por quienes no lo tenían en estima. En todo caso, había quedado en el olvido durante el reinado del impío Manasés. Es posible que este rey tratase de acabar con todas las copias de la Ley de las que tuviese noticia, y fuesen precisamente algunos amantes de la Ley quienes lo escondiesen. Cualesquiera que fuesen los instrumentos de su conservación, debemos reconocer en ello la mano de Dios. Y si ésta era la única copia que quedaba, tenemos motivos para dar a Dios muchas gracias por la feliz providencia que llevó al sumo sacerdote Hilcías a encontrarlo.
2. Ya fuese o no la única copia existente de la Ley, las cosas contenidas en este libro eran nuevas para el rey y aun para el sumo sacerdote, pues, al oír las palabras de la Ley, el rey se rasgó los vestidos. Si el libro se había perdido, parece difícil determinar por qué normas se regía Josías para hacer lo recto ante los ojos de Jehová, sin desviarse a derecha ni a izquierda (v. 2) y cómo pudieron los sacerdotes continuar observando los ritos de su ministerio. Quizás el pueblo usaba sumarios o compendios de la Ley, como nosotros hacemos con rituales, profesiones de fe, etc., y dejaba más o menos en el olvido cosas que no consideraba tan importantes, especialmente las promesas y las amenazas que hallamos en Levítico 26, Deuteronomio 28, etc. Éstas serían las porciones que habrían afectado tanto al rey (v. 13), pues serían nuevas para él. De ahí la importancia de leer, estudiar y meditar toda la Biblia.
3. Fue un gran ejemplo del favor de Dios y una señal de bondad especial hacia Josías y su pueblo el hallar tan oportunamente el libro de la Ley para dirigir y acelerar la bendita reforma que había emprendido el rey. La versión de las Escrituras a las lenguas vernáculas fue la gloria, la fuerza y el gozo de la reforma. Es de observar que estaban comprometidos en una buena obra; reparaban el templo cuando fue hallado el libro de la Ley. Quienes cumplen con su deber de acuerdo con el conocimiento que poseen, verán incrementado su conocimiento.
4. El sumo sacerdote Hilcías estaba sobremanera contento con el hallazgo. «¡Oh!—le dice al escriba (o secretario) Safán—, he hallado el libro de la Ley»; «eureka, éureka—pudo decir, con mayor motivo que Arquímedes—, he hallado esa joya de inestimable valor. Llévaselo al rey, pues será también la joya más rica de la corona real. Léelo delante de él, pues él anda en el camino de David su padre».
Versículos 11–20
El libro de la Ley no es colocado en la cámara real como una pieza de museo que solo necesita ser admirada, sino que es leído en presencia del rey. El mayor honor que puede tributarse a la Santa Biblia es estudiarla y meditarla diariamente hasta familiarizarse con ella, de forma que sirva de alimento y luz espirituales.
I. La impresión que la lectura de la Ley causó a Josías. Hacía mucho que había considerado grave la situación de su reino a causa de las idolatrías e impiedades que habían penetrado en el pueblo, pero nunca le pareció tan grave como cuando lo descubrió ante la lectura del libro de la Ley. El rasgarse los vestidos era el símbolo de la herida de su corazón.
II. La consulta que hizo a Dios a raíz de ello (v. 13): «Id y preguntad a Jehová por mí y por el pueblo»
1. Podemos suponer que deseaba saber dos cosas: (A) «Qué debemos hacer; qué curso hemos de tomar para aplacar la ira de Dios e impedir los castigos que merecen nuestros pecados». (B) «Qué hemos de esperar y qué medios hemos de emplear.» Josías reconoce: «Nuestros padres no escucharon las palabras de este libro» (v. 13). Como si dijera: «Si este libro es la norma de conducta, nuestros padres han estado obrando el mal». Por eso comenta: «Grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros. Si esto es palabra de Dios, como sin duda lo es, estamos perdidos».
2. Josías hizo esta consulta: (A) Por medio de sus más allegados nobles, citados por sus nombres repetidamente (vv. 12, 14). (B) A la profetisa Huldá (mejor, Juldá), mujer de Salum (v. 14), única mujer a la que se atribuye en el Antiguo Testamento este título, aunque la hermana de Moisés y Débora habían profetizado en alguna ocasión. Miriam (María, en nuestras versiones—nota del traductor—) había ayudado a sacar de Egipto al pueblo de Israel (Mi. 6:4), Débora había sido juez y madre en Israel; ahora Juldá les daba instrucciones de parte de Dios; el estar casada no era obstáculo para ser profetisa (v. He. 13:4). Fue una bendición para Jerusalén el que, cuando escaseaban las Biblias, tenían profetas; y cuando cesó después la profecía, hubo más Biblias. Los mensajeros del rey fueron a consultar a Juldá porque es probable que la hubiesen consultado en otras ocasiones y hubieran hallado que la palabra de Dios era la verdad en la boca de ella. Estaba cerca, pues vivía en la parte nueva de la ciudad, el barrio nuevo que se extendía al oeste del templo. Es tradición judía que profetizaba entre las mujeres en el atrio de éstas. Comenta Rodríguez-Molero: «Conocida su larga actuación profética, acudieron a ella en vez de a Sofonías y Jeremías, porque hacía poco que éstos habían empezado su ministerio, y tal vez también con la esperanza de obtener una respuesta menos severa».
III. La respuesta que recibieron de parte de Dios. Juldá la dio en la forma que acostumbraban los profetas (v. 15): «Así ha dicho Jehová … Decid al varón que os envió a mí». Alude al rey como a quien, en este punto, está delante de Dios al mismo nivel de los súbditos.
1. Le hace saber los juicios que Dios tiene destinados para Judá y Jerusalén (vv. 16, 17): «Mi ira se ha encendido contra este lugar».
2. Le hace saber también la misericordia que Dios le tiene destinada a él personalmente. (A) Dios conoce la ternura y la preocupación de Josías (v. 19): «Tu corazón se enterneció». Había sido afectado sobremanera por la lectura de la palabra de Dios, había temblado ante ella y se había sometido a ella. Con esta ternura de corazón se había humillado delante de Jehová. Los que más temen la ira de Dios son los menos expuestos a sentirla sobre sí. (B) Dios prorroga el castigo hasta después que muera Josías (v. 20):
«Yo te recogeré con tus padres y serás llevado a tu sepulcro en paz». Dios le promete que no vivirá para ver la gran catástrofe, lo cual habría sido pequeña recompensa si no hubiese otro mundo en el que había de ser sobradamente recompensado (He. 11:16). Murió en favor y amor de Dios, una paz que no pudo ser alterada por la desafortunada circunstancia de morir en el campo de batalla.
I. Feliz continuación del reinado de Josías y progreso de la reforma que había comenzado: Se lee la Ley (vv. 1, 2); se renueva el pacto (v. 3); se purifica el templo (v. 4); se exterminan los ídolos y la idolatría, con todos sus resabios, en todos los lugares adonde llega el poder del rey (vv. 5–20); se observa una Pascua solemne (vv. 21–23); queda libre de brujas el país (v. 24); y en todo esto el rey actúa con vigor extraordinario (v. 25). II. Desafortunada conclusión de su reinado con una muerte prematura y violenta, como señal de que continuaba la ira de Dios sobre Jerusalén (vv. 26–30). III. Las todavía más desgraciadas consecuencias de su muerte en los malos reinados de sus dos hijos que le sucedieron, Joacaz y Joacim (vv. 31–37).
Versículos 1–3
Josías había recibido de Dios el mensaje de que nada había de impedir la ruina de Jerusalén, pero no por eso se sentó desesperado, sino que continuó, con renovado vigor, su obra de reforma. 1. Convocó una reunión general de los ancianos o jefes representativos de los clanes de Judá y de Jerusalén a fin de que se presentaran con él en el templo, juntamente con los sacerdotes y profetas (algunos MSS dicen levitas, así como 2 Cr. 34:30). Acudieron (v. 2) «desde el más chico hasta el más grande», es decir, pobres y ricos o jóvenes y viejos. 2. En lugar de pronunciar un discurso en esta convención, el rey mismo leyó en voz alta (lit.) el libro (v. 2), como quien, al haber sido afectado por él, deseaba que también los demás sintiesen la misma impresión. 3. En lugar de proponer nuevas leyes para que cumpliesen con sus deberes, propone una renovación del pacto delante de Jehová (v. 3). El libro de la Ley era el libro del pacto de que, si ellos eran un pueblo dedicado a Dios, Él sería para ellos un Dios amoroso y protector; aquí ellos se comprometen a cumplir con la parte que les toca, y no dudan de que Dios cumplirá con la suya.
Los pactantes eran, en primer lugar, el rey mismo, quien estaba situado junto a la columna (comp.
11:14) y declaró públicamente su consentimiento a este pacto. Después, todo el pueblo confirmó el pacto.
Versículos 4–24
Informe de una reforma tal cual no la hemos visto en toda la historia de los reyes de Judá, pues se deshicieron totalmente de todas las abominaciones y se echaron los cimientos para una obra gloriosa. Después de todo, la generalidad de la gente se resistía a reformarse.
I. La maldad abundaba, y había abundado, sobremanera en Judá y en Jerusalén.
1. Incluso en la casa de Dios, el sagrado templo que Salomón había edificado y dedicado al honor, y para la adoración, del Dios de Israel, se hallaron utensilios de toda clase para el culto de Baal (v. 4):
«Para Baal, para Aserá (Astarté) y para todo el ejército de los cielos». Aunque Josías había suprimido el culto a los ídolos, los utensilios para todo el culto se conservaban aún en el templo mismo.
2. En la entrada misma de la casa de Jehová (v. 11) había un establo de caballos «sagrados», dedicados al sol, por la supuesta idea de que el sol mismo era conducido por un tiro de caballos en un carro. Parece ser que estos caballos (blancos) eran llevados pomposamente cada mañana al encuentro del sol naciente. Otros opinan que los adoradores del sol iban montados en los carros para adorar al sol.
3. También había en la casa de Dios lugares de prostitución (v. 7), tenida por sagrada por los idólatras y practicada tanto por mujeres como por hombres. Tal clase de impureza, y además en honor de los dioses, no podía ser más abominable. Quienes deshonran al verdadero Dios son entregados a las impurezas con que hombres y mujeres se deshonran a sí mismos (Ro. 1:24 y ss.). Había mujeres que tejían las tiendas para Astarté; en ellas se rendía culto a Venus, y sus adoradores cometían allí toda clase de impurezas; y esto, en la casa de Jehová.
4. Había también muchos altares idolátricos (v. 12), algunos en el palacio, sobre la azotea de la sala de Ajaz. Al ser planos los techos de las casas, eran aptos para edificar altares en ellos (Jer. 19:13; Sof. 1:5), altares domésticos sobre los que quemaban incienso los adoradores del «ejército de los cielos».
5. Igualmente había un Tófet, o crematorio, en el valle del hijo de Hinom (v. 10), muy cerca de Jerusalén, donde se guardaba la imagen de Moloc (el dios de la crueldad, mientras los otros eran dioses de la liviandad), al cual sacrificaban algunos a sus propios hijos en el fuego, mientras otros los hacían pasar simplemente por entre las llamas. Parece ser que se le llamó Tófet de tof = tamboril o pandereta, porque tocaban estos instrumentos mientras quemaban a los niños, para que no se oyeran los gritos de las pobres víctimas.
6. Había lugares altos delante de Jerusalén, los cuales Salomón había edificado (v. 13). También los había por todo el reino, desde Gueba hasta Beerseba (v. 8). Había asimismo altares a la entrada de la puerta del gobernador.
7. Había sacerdotes idólatras, quienes oficiaban en todos aquellos altares idolátricos (v. 5). No se les llama kohanim, que es el nombre propio de los sacerdotes del verdadero Dios, sino quemarim, de la raíz kmr, que en siríaco significa «negro», pues parece ser que los sacerdotes de los ídolos oficiaban vestidos de negro, o porque se postraban delante de sus dioses, de acuerdo con el significado de la raíz kmr en el idioma asirio (v. Os. 10:5; Sof. 1:4). Especialmente iban vestidos de negro los que ofrecían sacrificios a Osiris, los que hacían duelo por Tamuz (Ez. 8:14) y los que adoraban a las deidades infernales, pues el negro era (y es en muchos países del Occidente) el color de los que están de luto.
8. Había, finalmente, encantadores, adivinos, etc., y conjuradores de los espíritus familiares
(terafines), contra lo dispuesto en Deuteronomio 18:11 (v. 24).
II. Josías llevó a cabo la destrucción total de tales restos de idolatría.
1. Ordenó a Hilcías y a los otros sacerdotes que limpiaran el templo y retiraran todos los utensilios que servían para el culto a Baal. Se habían de quemar, y sus cenizas habían de ser transportadas a Betel. Este lugar había sido el manantial común de la idolatría, pues allí había sido erigido uno de los dos becerros de oro.
2. Los sacerdotes idólatras fueron depuestos. Los que no eran de la casa de Aarón, o habían sacrificado a Baal o a otros dioses falsos, fueron ejecutados conforme a la ley (v. 20). Los mató sobre los mismos altares, el sacrificio más aceptable que jamás se había ofrecido en ellos. A los que eran descendientes de Aarón, pero habían quemado incienso en los lugares altos, aunque sólo al verdadero Dios, les prohibió que volvieran a acercarse al altar de Jehová, pero les permitió que comiesen los panes sin levadura entre sus hermanos (v. 9), con los que habían de residir. Ese pan sin levadura (macizo y desagradable como era) todavía era mejor de lo que ellos merecían, y al menos servía para mantenerles con vida.
3. Todas las imágenes fueron hechas pedazos y quemadas. La imagen de Astarté (v. 6) fue reducida a cenizas, y las cenizas fueron esparcidas sobre los sepulcros de los hijos del pueblo, es decir, sobre las sepulturas del pueblo llano en la ciudad. Según la ley, se contraía impureza ceremonial al tocar un sepulcro; así que, al echar allí tales cenizas, se las declaraba totalmente impuras. Llenó de huesos humanos el lugar donde habían estado las estatuas y las imágenes (mejor, cipos) de Aserá—Astarté—(v. 14). Así como había transportado a los sepulcros las cenizas de las imágenes para mezclarlas con huesos de cadáveres humanos, así también transportó huesos de cadáveres humanos a los lugares donde habían estado las imágenes, y los puso en el lugar de ellas, para que, de ambos modos, apareciese más asquerosa la idolatría y se guardase el pueblo tanto de las cenizas de las imágenes como de las ruinas de los lugares en que se les había rendido culto y adoración.
4. Fueron suprimidas todas las casas de perdición, aquellos nidos de impiedad que fomentaban la idolatría en su forma más repugnante: la prostitución sagrada con fornicación y sodomía (v. 7). Profanó los lugares altos; los derribó y, al parecer, los cubrió de basura (v. 8). El Tófet que, al contrario de los otros lugares de idolatría, estaba en un valle, mientras los otros estaban en lugares altos, fue también profanado (v. 10) con huesos humanos (con la mayor probabilidad), con lo que fue así convertido en lugar común de enterramiento. Con respecto a esto tenemos un mensaje que ocupa todo el capítulo 19 de Jeremías. Allí se dice (v. 11): «En Tófet se enterrarán», y (v. 12): «Pondré toda esta ciudad (Jerusalén) como un Tófet».
5. Los caballos que habían sido dedicados al sol fueron retirados y dedicados a usos comunes, y los carros del sol fueron consumidos a fuego.
6. Los encantadores, adivinos y terafines fueron barridos por Josías (v. 24).
III. El celo de Josías se extendió a todas las ciudades de Israel que estuvieron a su alcance. Las diez tribus del norte habían marchado al destierro, y las colonias asirias no poblaban suficientemente el país, por lo que es de suponer que muchas ciudades se hubiesen puesto bajo la protección de los reyes de Judá (2 Cr. 30:1; 34:6). A éstas giró Josías una visita, a fin de extender hasta ellas su obra de reforma.
1. Profanó y derribó el altar de Jeroboam en Betel, así como el lugar alto y la imagen de Astarté que allí estaban (vv. 15, 16). Parece ser que el becerro de oro había desaparecido, pero el altar estaba aún allí.
(A) Primero, profanó el altar (v. 16). En su piadoso celo Josías saqueaba todas las antiguas sedes de idolatría, después de rebuscarlas, y exploraba los sepulcros de los montes, en los que probablemente estaban sepultados los sacerdotes idólatras. Los abría, sacaba los huesos y los quemaba sobre los altares (v. 20). Así desecraba los altares y los hacía abominables a los ojos del pueblo. (B) Demolió el altar, y lo destruyó con todas sus pertenencias (v. 15), y quemó lo que era combustible hasta hacerlo polvo.
2. Destruyó todas las casas de los lugares altos, todas aquellas sinagogas de Satanás que había en las ciudades de Samaria (v. 19).
3. Preservó con todo cuidado el sepulcro de aquel varón de Dios que vino de Judá para predecir esto (1 R. 13:1 y ss.). Este fue aquel buen profeta que predijo estas cosas contra el altar de Betel. Aunque lo mató un león, para mostrar, sin embargo, que el desagrado de Dios contra él se había aplacado con su muerte; el mismo Dios dispuso que, cuando todos los sepulcros en torno del suyo fuesen rebuscados y vaciados el suyo permaneciese intacto (vv. 17, 18) y nadie moviese de su sitio los huesos.
IV. Se nos informa, a continuación, de la solemne Pascua que Josías y su pueblo observaron después de todo esto. Después de purificar de la vieja levadura el país, no antes, se dedicaron a celebrar la festividad. Aunque de esta Pascua no se nos dan los detalles como los que leemos (2 Cr. 30) de la que se celebró en tiempo de Ezequías, sin embargo se nos dice (v. 22) que no se había celebrado una pascua tal como ésta desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel. Parece ser, pues, que esta Pascua fue extraordinaria por el número y devoción de los participantes, por el de sus sacrificios y ofrendas, y por la exacta observancia de las normas de la fiesta. Plugo a Dios recompensar su celo en la destrucción de la idolatría con señales no corrientes de su presencia y favor. Todo ello contribuyó a hacer de esta Pascua algo distinguido y memorable.
Versículos 25–30
I. Se reconoce que Josías fue uno de los mejores reyes (en realidad, el mejor) que se sentaron en el trono de David (v. 25). Así como Ezequías fue sin par por su fe y dependencia de Dios en medio de los apuros (18:5), así Josías fue sin par por su sinceridad y celo en llevar a cabo la obra de la reforma del país. 1. Se convirtió a Jehová, de quien se habían apartado sus padres, e hizo todo lo posible para que también su reino entero se convirtiese a Jehová. 2. Lo hizo de todo su corazón, de toda su alma y con todas sus fuerzas es decir, con todo su vigor, toda su resolución, toda su bravura: con todo su ser. 3. Lo hizo conforme a toda la ley de Moisés. En todo lo que hizo se ajustó a la norma de Dios.
II. A pesar de todo esto, murió violentamente a los treinta y nueve años, en la flor de la edad; y su reino fue destruido pocos años después. Luego de una reforma como la que llevó a cabo, ninguna otra cosa habríamos esperado que prosperidad y gloria tanto para el rey como para el país; pero, por el contrario, vemos empañadas ambas cosas bajo densas nubes de inminente calamidad. 1. Aunque reformado, el reino marcha irreversiblemente hacia su ruina (v. 26): «Con todo eso, Jehová no desistió del ardor con que su gran ira se había encendido contra Judá». Por Jeremías 18:8 dice Dios: «Si el pueblo contra el cual hablé se vuelve de su maldad, yo me arrepiento del mal que había pensado hacerles». En vista de lo cual, hemos de concluir que, aunque el pueblo se había sometido a la reforma de Josías, no lo había hecho de corazón, sino por fuerza, y que continuaban aficionados a los ídolos; por eso, el que conoce los corazones, no volvió atrás la sentencia (v. 27). No obstante, incluso este castigo tenía por objeto la reforma del pueblo, para que, a través de tan drástica medicina, el remanente fuese curado completamente de la idolatría. 2. Como señal de lo irreversible del castigo, el propio rey reformador muere cuando tan beneficioso era—aunque para bien de él, a fin de que no viese el mal que se aproximaba a su reino—. El rey de Egipto subió en ayuda del rey de Asiria (así leen la mayoría la preposición hebrea, en lugar de contra). En efecto, por otras fuentes sabemos que el último rey asirio, Asur-uballit, huyó a Harrán en espera de ayuda por parte de Egipto, pero sucumbió (610 a. C.) ante el ataque combinado de los babilonios y los medos. Esto explica que Josías saliese al paso del rey de Egipto para que no ayudase al rey asirio, pues de este modo pensaba sacar ventaja para Judá. Pero lo que hizo fue reforzar la posición de Nabopolasar señor ya de Babilonia, cuyo hijo y sucesor, el famoso Nabucodonosor, había de acabar con Jerusalén y el reino de Judá. Josías impidió que el rey de Egipto llegase a tiempo para ayudar al asirio, pero sucumbió en la refriega con el egipcio (vv. 29, 30). Sólo nos resta adorar los inescrutables designios de la Providencia y la justicia de Dios al llevarse, de un modo tan extraño, una joya cuyo valor era desconocido de sus ingratos súbditos. Con todo, lamentaron grandemente su muerte (2 Cr. 35:25), por iniciativa de Jeremías, quien les explicó lo que aquella pérdida significaba y el mal augurio que representaba para el país.
Versículos 31–37
Jerusalén no vio ya día bueno desde que Josías fue puesto en el sepulcro, sino que vio una calamidad después de otra, hasta que, en el plazo de ventidós años, fue completamente destruida. Aquí tenemos un breve informe del reinado de dos de sus hijos; vemos al primero, hecho prisionero, y al segundo hecho tributario del rey de Egipto. Éste, que había matado a Josías, se esforzó en hacer todo el daño posible a su familia y a su reino.
I. Joacaz, hijo menor de Josías, fue hecho rey por el pueblo de la tierra (v. 30), probablemente porque era de carácter más guerrero que su hermano mayor y, por ello, mejor dotado para enfrentarse al rey de Egipto y vengar la muerte de su padre. «Hizo lo malo ante los ojos de Jehová» (v. 32). El texto añade que obró «conforme a todas las cosas que sus padres (sus antepasados, no su padre) habían hecho». Aunque no tuvo mucho tiempo para actuar, ya había escogido el mal camino. Sólo reinó tres meses (v. 31), tras los cuales fue hecho prisionero y murió en Egipto (v. 34), después de estar encarcelado en Riblá, a unos 100 kilómetros al norte de Damasco.
II. Eliaquim, hijo mayor de Josías, fue hecho rey por el rey de Egipto. El trono de Judá había sido ocupado hasta ahora por un hijo del rey anterior, nunca por un hermano. Ahora, un hermano mayor sucedía a un hermano menor. Después de hacerle rey, el rey de Egipto le cambió el nombre por el de Joacim (hebreo, Yehoyakim), nombre que significa «Jehová establece»; quizá pensaba así que, con este nombre, no olvidaría la religión del país ni renunciaría a ella. De este Joacim se nos dice que el rey de Egipto le exigió un fuerte impuesto de oro y plata, y él se lo pagó mediante una contribución extraordinaria del pueblo de cada uno según la estimación de su hacienda (v. 35). A pesar de las aflicciones con que le reprendió la Providencia, y con las que debería haber sido convencido, humillado y enmendado, hizo lo malo ante los ojos de Jehová (v. 37).
Es ya inminente la destrucción de Jerusalén. Dejamos en el trono a Joacim, puesto allí por el rey de Egipto. Ahora vemos: I. Las aflicciones de su reinado, durante el cual fue sometido él mismo por el rey de Babilonia (vv. 1–6), y Egipto fue conquistado por Nabucodonosor (v. 7). II. Las desolaciones durante el reinado de su hijo, que duró solamente tres meses; tras los cuales, él y todos sus nobles, forzados a rendirse sin condiciones, fueron deportados a Babilonia (vv. 8–16). III. Los preparativos del siguiente reinado (que fue el último de todos) para la ruina total de Jerusalén (vv. 17–20).
Versículos 1–7
Tenemos aquí la primera mención de Nabucodonosor, rey de Babilonia (v. 1), aquella cabeza de oro (Dan. 2:38). Fue un rey poderoso; el terror de los poderosos. Con todo, su nombre no habría sido mencionado en el texto sagrado si no hubiese sido instrumento en las manos de Dios para la destrucción de Jerusalén y la cautividad de los judíos.
I. Hizo tributario a Joacim y le tuvo sometido durante tres años (v. 1). Nabucodonosor comenzó a reinar en el cuarto año de Joacim. Al octavo año de su reinado le hizo prisionero, pero le soltó bajo promesa de fidelidad. Joacim fue fiel a la promesa durante tres años, pero después se rebeló, probablemente por esperar ayuda del rey de Egipto.
II. Al rebelarse él, Nabucodonosor envió contra él bandas de caldeos, sirios, moabitas y amonitas, todos los cuales estaban ahora al servicio del rey de Babilonia como mercenarios (v. 2) y conservaban, como lo demostraron ahora, su antigua enemistad contra Israel. Dos objetivos tenía Dios al permitir que Judá se hallase en situación tan apurada: 1. Castigar los pecados de Manasés en la tercera y cuarta generación (Éx. 34:7). Esperó todo este tiempo por ver si la nación se arrepentía de veras, pero continuaron impenitentes. Aunque el propio Manasés se arrepintió, y tenemos motivos para pensar que le fueron perdonados los crímenes de que era culpable, al ser pecados nacionales pendían sobre el país, y reclamaban el juicio de Dios. Véase la necesidad que tienen las naciones de lamentarse por los pecados de sus antepasados, a fin de no sufrir el castigo que ellos merecieron.
III. El rey de Egipto fue igualmente sometido por el rey de Babilonia y le fue arrebatada gran parte de su territorio (v. 7). Y nunca más salió de su tierra. Más tarde quiso aliviar la situación de Sedequías, pero se vio forzado a retirarse (Jer. 37:7).
IV. Joacim, al ver su país desolado y a sí mismo en trance de caer en manos del enemigo, murió (al parecer, de pesadumbre) a los 36 años de edad (v. 6; comp. con 23:39).
Versículos 8–20
Joacim (hebreo, Yehoyaquim) dejó el trono a su hijo Joaquín (hebreo, Yehoyakhin = Jehová dispone; se le menciona también—invirtiendo los componentes—como Yekhonyahu o Konyahu). En estos versículos tenemos la historia de la cautividad (como se la llama en Ez. 1:2) del rey Joaquín. Obtuvo la corona, no para tener el honor de llevarla, sino la vergüenza de perderla.
I. Su reinado fue breve y sin relieve alguno, pues sólo reinó tres meses, tras los cuales fue depuesto y deportado a Babilonia. Aun así, reinó lo suficiente para mostrar que justamente había de pagar por los pecados de sus padres, pues fue por el mismo camino que ellos (v. 9).
II. Las calamidades que le sobrevinieron a él, a su familia y a su pueblo al comienzo mismo de su reinado.
1. Jerusalén fue sitiada por el rey de Babilonia (vv. 10, 11) y Joaquín se rindió inmediatamente; careció de la fe y de la piedad de un verdadero israelita, tampoco tuvo el valor de un soldado y de un príncipe, sino que él y su familia se entregaron como prisioneros de guerra.
2. Nabucodonosor se hizo con los tesoros del templo y del país y se llevó el oro y la plata de ambos (v. 13). Ahora se cumplía la palabra que había hablado Dios por medio de Isaías (20:17): «Todo lo que tus padres han atesorado hasta hoy, será llevado a Babilonia».
3. Se llevó cautivos a gran parte de los habitantes de Jerusalén. Algunos habían sido deportados ocho años antes, en el primer año de Nabucodonosor y tercero de Joacim, entre ellos Daniel y sus compañeros (Dan. 1:1, 6). Ahora se llevó: (A) Al joven rey y a su familia (v. 15), y vemos (25:27–29) que continuó prisionero durante treinta y siete años. (B) A todos los príncipes, nobles, etc., así como a los principales militares, y aun a los artesanos y herreros (vv. 14–16). En esta expedición fue deportado también el profeta Ezequiel (Ez. 1:1, 2).
El sucesor nombrado por el rey de Babilonia en lugar de Joaquín fue Matanías, hijo de Josías; y para dar a entender a todo el mundo que este rey era hechura suya, le cambió el nombre por el de Sedequías (v. 17). Curiosamente, este nombre (hebreo, Tsidquiyahu) significa «justicia de Jehová», con lo que Nabucodonosor quería dar a entender a los judíos que lo que él hacía era un justo castigo de Dios. Éste fue el último rey de Judá. Después de hacer lo malo ante los ojos de Jehová (v. 19), cometió la mayor locura que pudo hacer, pues se rebeló contra el rey de Babilonia (v. 20), con lo que apresuró la ruina de su reino.
I. Completa destrucción de Jerusalén a manos de los caldeos, con la deportación de sus habitantes (vv. 1–4, 8–12). La gloria de Jerusalén consistía en que: 1. Era la ciudad real, pero esta gloria se había marchado, pues el rey era ahora el más miserable prisionero, sus hijos degollados en presencia suya (vv. 5–7), y sus principales ayudantes fueron también ejecutados (vv. 18–21). 2. Era la ciudad santa, donde estaba el testimonio de Israel, pero también esta gloria se había marchado, porque el templo de Salomón fue quemado hasta el suelo (v. 9), y todos los utensilios sagrados que quedaban fueron transportados a Babilonia (vv. 13–17). II. Dispersión del remanente que fue dejado en Judá bajo el mando de Guedalías (vv. 22–26). III. El favor que, tras 37 años de prisión, fue otorgado al rey Joaquín de Judá (vv. 27–30).
Versículos 1–7
Sedequías se rebela contra el rey de Babilonia (24:20), en un esfuerzo por sacudirse su yugo.
I. El ejército del rey de Babilonia puso sitio a Jerusalén (v. 1). El asedio, durante el cual prevaleció el hambre (v. 3), duró dos años; al principio se retiró el ejército por miedo al rey de Egipto (Jer. 37:11), pero al ver que no era tan poderoso como temían, regresaron pronto. La ciudad fue tomada por asalto, después que el enemigo abrió una brecha en el muro (v. 4).
II. El rey, su familia y todos los principales escaparon de noche por un paso secreto (v. 4). Se dio aviso a los caldeos de la huida del rey, y le alcanzaron pronto (v. 5). 1. Fue llevado a la presencia del rey de Babilonia y juzgado en consejo de guerra por rebelarse contra el rey a quien había jurado fidelidad. 2. Sus hijos fueron degollados en presencia suya. 3. A él le sacaron los ojos. Jeremías profetizó que Sedequías sería llevado a Babilonia (Jer. 32:5; 34:3). Por su parte, Ezequiel profetizó que no vería Babilonia (Ez. 12:13). Ambas cosas se cumplieron: fue llevado a Babilonia, pero no pudo ver la ciudad, puesto que le habían sacado los ojos. 4. Se lo llevaron atado con cadenas, para mayor desgracia.
Versículos 8–21
Como un mes después de esto (comp. el v. 8 con el v. 3), Nebuzaradán fue enviado con orden de completar la destrucción de Jerusalén. Todavía les concedió Dios este espacio para que se arrepintieran, después de toda su paciencia anterior, pero en vano.
1. La ciudad y el templo fueron incendiados (v. 9). Aquella casa de Dios, que David había preparado con tanto interés y que Salomón había edificado con tantas expensas, aquella casa sobre la que estaban de continuo los ojos y el corazón de Dios (1 R. 9:3), fue convertida en cenizas. Con el incendio del templo quería mostrar Dios cuán poco le interesa la pompa externa del culto cuando falta la vida y el poder de la piedad. El pueblo confiaba en el templo como si éste pudiese protegerles a pesar de todos sus pecados (Jer. 7:4). Es curioso que el segundo templo fuese incendiado por los romanos el mismo mes y el mismo día del mes en que fue incendiado por los caldeos el primer templo; según Josefo, fue el diez de agosto.
2. Los muros de Jerusalén fueron derribados (v. 10), como si el ejército victorioso quisiera vengarse de ellos por no permitirles la entrada en la ciudad por tanto tiempo. Estos muros no volvieron a ser reparados hasta el tiempo de Nehemías.
3. El resto de los habitantes fueron deportados a Babilonia (v. 11). Únicamente los pobres de la tierra fueron dejados en el país (v. 12) a fin de que cultivasen los campos, para beneficio de los conquistadores. Algunas veces la pobreza es una protección, pues los que no tienen nada, nada tienen que perder.
4. Los utensilios de bronce, y otras pertenencias del templo, son transportados también, pues la mayoría de los de oro y plata ya se habían marchado antes. Aquellas dos famosas columnas de bronce, cuyos nombres (Bóaz y Yaquín) significaban respectivamente la fuerza y la estabilidad de la casa de Dios, fueron hechas pedazos y llevados éstos a Babilonia (v. 13).
5. A muchos de estos nobles se les dio muerte a sangre fría (vv. 18–21). Con esto se completó la calamidad del país: Así fue llevado cautivo Judá lejos de su tierra, unos 860 años después de haber tomado posesión de ella bajo el mando de Josué. El pecado impidió durante 40 años que sus antepasados entrasen en Canaán, y ahora era también el pecado lo que les hacía salir de allí.
Versículos 22–30
I. Dispersión del pueblo que permaneció en el país. La ciudad de Jerusalén quedó completamente desolada. Algunos del país (v. 22) capearon como pudieron el temporal y se les respetó la vida. El rey de Babilonia nombró a uno de ellos, Guedalías, para que los gobernase y protegiese bajo la autoridad de Nabucodonosor. Guedalías era muy bueno, una persona que podía sacar de una mala situación el mejor partido posible (v. 22). Su padre Ajicam fue uno de los protectores de Jeremías cuando los magnates habían jurado darle muerte (Jer. 26:24). Es probable que este Guedalías se fuese a los caldeos por consejo de Jeremías y se comportase allí tan bien que el rey de Babilonia le confió el gobierno de los que se quedaron en el país. No residió en Jerusalén, sino en Mizpá, territorio de Benjamín y sitio famoso en tiempos de Samuel. Allá se dirigieron los que habían huido de Sedequías (v. 4), a fin de ponerse bajo su protección. Aunque Guedalías no poseía el poder ni la pompa de un soberano, podría haber sido para ellos de mayor bendición que muchos de los reyes que habían tenido. Sin embargo, este feliz arreglo fue hecho añicos, no por los caldeos, sino por alguien del propio país. Un tal Ismael, que era del linaje real envidioso del nombramiento de Guedalías y de la feliz condición del pueblo bajo su mando, asesinó vilmente a él y a sus amigos, tanto judíos como caldeos. Los caldeos tenían suficiente motivo para ofenderse con el asesinato de Guedalías; pero si los que quedaron del pueblo se hubiesen portado humildemente, y hubieran alegado que sólo Ismael y sus amigos tenían la culpa de lo sucedido, los que eran inocentes no habrían sido castigados por ello; pero, contra el consejo de Jeremías, se fueron todos ellos a Egipto, donde es de temer que fuesen mezclándose gradualmente con los egipcios hasta perder por completo su identidad como israelitas. Así acabaron por su necedad y desobediencia, para que se cumpliese el último versículo de aquel capítulo de amenazas (Dt. 28:68): «Y Jehová te hará volver a Egipto». Estos acontecimientos fueron registrados con más detalles por el profeta Jeremías (Jer. caps. 40 al 45).
II. Rehabilitación del rey prisionero. De Joaquín, o Jeconías, quien se rindió al vencedor (24:12), se nos dice aquí que, tan pronto como subió al trono de Babilonia Evil-merodac a la muerte de su padre Nabucodonosor, le sacó de la prisión donde había estado 37 años (tenía ahora 55 años), le habló con benevolencia (v. 28), le cambió las ropas de preso por las regias, le mantuvo en su palacio (v. 29) y le otorgó para él y para su familia una pensión correspondiente, en cierta medida, a su rango (v. 30). Disfrutar de honor y libertad, después de estar por tanto tiempo en confinamiento y desgracia, fue como el regreso de la alborada después de una noche oscura y tediosa. Que nadie diga, por haber visto por largo tiempo casi nada más que calamidades, que nunca más verá cosa buena; los más desdichados ignoran las bendiciones que la Providencia puede tenerles destinadas (Sal. 90:15). Con todo, la muerte de los santos que padecen graves aflicciones es para ellos el mejor cambio, pues les saca de la prisión de este cuerpo que es como ropa de cárcel, y los envía al trono y a la mesa del Rey de reyes, libres, con la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Tal vez consideró Evil-merodac que era demasiado pesado el yugo que su padre había impuesto a sus cautivos y, por consiguiente, con la ternura de un hombre y el honor de un príncipe, les alivió el peso. Dice la tradición judía que este Evil-merodac había sido encarcelado por su mismo padre, después que éste volvió en sí de su locura, por algún error en la administración del país, y que en la cárcel contrajo amistad con Joaquín, por lo que, tan pronto como subió al poder, se portó con él tan estupendamente como con un antiguo compañero de prisión. Hay hasta quienes sugieren que Evil- merodac había aprendido de Daniel y de sus compañeros los principios de la verdadera religión. Habían pasado ahora treinta y seis de los setenta años de cautividad, y el ver al rey Joaquín promocionado de esta forma sería para los cautivos israelitas un buen augurio de que también su libertad se aproximaba. Por consiguiente, cuando estemos en apuros, no desesperemos (comp. con 2 Co. 4:8).