Fábrica de cañones de Trubia en 1898

En la revista "Nuevo Mundo" del 6 de julio de 1898, cuando ya todo estaba perdido en Cuba, encontramos esta descripción de la fábrica de cañones de Trubia.

CAÑONES Y PROYECTILES

El viajero que pisa por vez primera el suelo de Trubia, conservando en su mente la impresión de aquella naturaleza grandiosa, de aquellos paisajes espléndidos que a un lado y otro de la via férrea se extienden y en cuya contemplación no hubiera sentido trascurrir el tiempo, si los ciento y pico de tuneles que perforan las inmensas montañas y en los que se hunde el tren a cada instante, produciendo en la vista el cansancio propio de la luz que hiere repentinamente la sombra y de la sombra que hiere repentinamente la luz, no le impidieran entregar su espíritu a la admiración del panorama, experimenta al varse en tierra, ante el poético aspecto de la campiña qué a derecha e izquierda se extiende, mostrando una vegetación feraz que cubre las montañas, convirtiendo sus elevadas cumbres en bosques espesisimos, serpenteados aquí y allá de casitas blancas que parece imposible que tengan moradores humanos, porque confundidas entre el follaje no se ve senda alguna que a ellas conduzca, y ante la mole inmensa de la fábrica que ocupa el frente extendiendo sus alas de edificios a un lado otro sobre el fondo verde, la montaña, del que destacan elevándose aquí y allá las chimeneas de ladrillo de los hornos que constantemente arrojan humo, cuyas nubes empañan el azul del cielo y difuminan el paisaje; deteniéndose un momento a contemplar aquel espectáculo sobre el puente que pone en comunicación el pueblo con la fábrica y bajo cuyos ojos se desliza el río que serpenteando entre los árboles que crecen en sus dos orillas humedecen sus ramas en las tranquilas ondas, piérdese a lo lejos, quédase el ánimo en suspenso ante aquel contraste vigoroso, que de un lado ofrece la quietud, la serenidad del paisaje y de otro el movimiento febril, la trepidación, el ruido de la industria que vive dentro de aquellos muros hace temblar la tierra en que los pies descansan.

Es verdaderamente asombroso.

Sirviendo de marco inmenso a aquel desenfrenado bullir de la fábrica, un paisaje tranquilo cuya serenidad no turba el vértigo de la actividad que se desarrolla en aquel recinto, penetrando en él, contemplando el incesante movimiento de máquinas y hombres, el vertiginoso girar de ruedas, el ir y venir de vagonetas transportando cañones, proyectiles, bloques de hierro, el lento elevarse de las grúas que suspenden, mediante cadenas de un grueso increible, piezas de un peso incalculable, parece como que el ánimo se revela, parece como que del fondo del ser surge un sentimiento de protesta ante aquel contraste brutal que ofrece la Naturaleza pacífica, amorosa, la humanidad sanguinaria, terrible, empleando su actividad en crear elementos de guerra para destruir todo aquello que la Divinidad creara.

Después, cuando a esta impresión puramente externa suceden reflexiones que justifican la necesidad de que sean las cosas como son, estos pensamientos románticos dejan plaza a la admiración del progreso humano que allí como en ninguna otra parte se observa con caracteres indudables, con toda la majestad del poderío. Escuchando el estruendo atronador de las máquinas poderosas que perforan el hierro, que de enormes bloques en bruto sacan virutas finísimas, dejando pulimentada la superficie como si se tratara de dúctil madera, que martillando sobre gruesas barras candentes de que han de formarse cañones de cincuenta toneladas de peso, proyectiles de cien kilogramos, cureñas de resistencia enorme, lo achatan, lo laminan como si fuera plomo; viendo como de aquellas máquinas, del horrible fuego de las hornillas, del lento girar de los tornos, del golpear de los martinetes, de la presión de las prensas surge esa artillería brillante a cuya posesión más que a cuyos efectos se debe el engrandecimiento de las naciones, va apoderándose del ánimo el entusiasmo bélico, y contaminado con aquella grandeza siéntese orgullo patriótico y verdadera admiración.

Mentira parece que sean obra de los hombres esos gigantescos productos que, sin embargo, vienen dar la medida de lo que alcanza la inteligencia humana.

Hacer a nuestros lectores que nos acompañen en la visita que bajo la dirección de un oficial hicimos a los talleres, y posteriormente en la tarea de ir y venir por ellos con la máquina para buscar los mejores puntos de vista y obtener las innumerables fotografías que ofrecemos en estas páginas, fuera tarea larga y enojosa, y como del mismo mal pecaríamos si trataremos de hacer una minuciosa descripción de aquellos importantes talleres, nos concretaremos a bosquejar a la ligera un resumen de nuestras impresiones, que si no son tan completas como merece la importancia de aquella fabrica, tendrán en cambio lo ventaja de no fatigar el ánimo del que leyere.

La fundación de la fábrica de Trubia data del año 1797; instalóse a once kilómetros de Oviedo, en las inmediaciones del río que le dio nombre.

La existencia de abundante mineral de hierro en los pueblos vecinos la confluencia inmediata del Nalón con el Trubia, motivaron la elección de este punto pera instalar la fábrica de artillería.

Los escasos elementos de que entonces podía disponerse fueron causa de que la producción, en esta primera época, fuera poco importante, reduciéndose a cañones de calibre pequeño, granadas y bombas.

Apagados los hornos en 1808, quedó convertida en una sucursal de la fábrica de armas de Oviedo, que se consagraba a la fabricación de los fusiles que entonces se usaban, hasta 1844 en que nombrado director el ilustre Elorza adquirió, mediante su iniciativa,vigoroso impulso la excepcional importancia que fue base de su engrandecimiento y prosperidad.

Hombre estudiosísimo, conocedor de la industria militar de Europa, director de Marbella primero, de la fundición de Pedroso después, dotado de singular inteligencia y de actividad infatigable, bondadoso enérgico; tal era a grandes rasgos aquel hombre al que tanto bien debe la patria.

A su gestión de diez y seis años se deben positivos progresos, tales como la ampliación del canal cuyas aguas se utilizan para motor; construcción de hornos, talleres de fundición y barrenado, de moldería de piezas y otros muchos de necesidad indudable; la adquisición de nuevos terrenos, la construcción de la carretera hasta Oviedo, el puente sobre el Nalón, otro sobre el Trubia construido a sus espensas, la edificación de un barrio populoso para los obreros, la creación de escuelas, la protección de la industria minera, etc., etc.; reformas mediantes las cuales se ensanchó considerablemente el campo de la industria militar en aquel establecimiento.

Posteriormente, los progresos realizados por Elorza han ido en aumento, gracias a la gestión provechosísima de los jefes que le han sucedido, entre los cuales merece mención muy especial D. Ramóu Fonsdeviela, hoy inspector general de la fábrica, el cual en los dos años que ha ocupado el cargo de director ha introducido muchas y muy importantes reformas, secundando la obra de aquel ilustre jefe y colocando la fábrica en tales condiciones de prosperidad, que hasta los extranjeros que la han visitado no vacilan en afirmar que es hoy una de las mejores de Europa.

Actualmente se hallan en construcción varios talleres importantísimos, tales como el de fabricación de acero, mediante los cuales la fábrica quedará completamente emancipada de la industria extranjera contando con todos los elementos nacionales necesarios para su funcionamiento.

Como de todas estas reformas dan idea las fotografías que publicamos, no nos extendemos en reseñarlas para invertir el poco espacio de que aún podemos disponer en una ligera descripción de los principales talleres y otros pormenores curiosos.

Unos mil quinientos obreros trabajan actualmente en las diferentes secciones en que está dividida la fábrica. De ellos la mitad aproximadamente viven en el barrio y el resto en las aldeas vecinas, donde poseen su casita y sus tierras.

El trabajo normal de esta población trabajadora produce anualmente de cincuenta a sesenta cañones u obuses de 15 a 30 centímetros, con sus montajes y proyectiles, mediante una consignación de 2.200.000 pesetas.

En estas labores consume la fábrica una fuerza motriz de 810 caballos, de los cuales toma una fuerza equivalente a 200 del río Trubia, por el canal hecho al electo, que emplea en los motores hidráulicos y los restantes en los de vapor, locomotoras y grúas, que lo tienen propio.

Dieciséis generadores de los últimos modelos, trece máquinas de vapor, tres turbinas de eje horizontal y tres poderosas ruedas hidráulicas ponen en movimiento las 300 máquinas operadoras de que dispone la fábrica, desde la prensa de forjar acero de 300 toneladas, hasta la máquina de rayar cañones de 12 metros de longitud.

Para la preparación del trabajo cuentan con 60 hornos, desde el Siemens de 12 toneladas, al de templar cañones de pequeño calibre, con ocho martillos y estampas de vapor, el mayor de 6,000 kilogramos, treinta y seis fraguas, una máquina soplante, seis ventiladores y trenes de laminar, forjar y hacer zunchos.

El transporte de los efectos se verifica mediante 47 grúas hidráulicas, de vapor y a mano; cuatro de 60 toneladas, cinco de 40, otras cinco de 30 y 25, descendiendo hasta las pequeñas de una tonelada para proyectiles.

Tres locomotoras sirven para el transporte de efectos, la mayor de 40 caballos, con el material móvil necesario para gruesa artillería, desde el truck, capaz de transportar piezas de 80 toneladas, hasta las vagonetas de seis.

Consume anualmente, por término medio, 2.500 toneladas de hierro, 12.000 de carbón, y viene a producir de 900 a 1.000 toneladas de material de guerra elaborado, cuyo valor es de pesetas 1,56 por kilogramo.

Todo esto, por de contado, en época normal. En circunstancias extraordinarias, como las actuales, la

producción aumenta considerablemente, en la proporción que las necesidades exigen, puesto que disponiéndose de elementos suficientes, todo consiste en duplicar ó triplicar el trabajo.

Además de los talleres preparadores donde se funde y forja el acero, se afina el lingote, se estira el hierro y se hacen los zunchos, para de cuyas operaciones se dispone de diez hornos de reverbero y 22 de viento, que pueden fundir 55 toneladas de hierro, fosas de moldear, estufas para secar moldes, ventiladores movidos por turbinas, grúas de gran potencia y todos los demás aparatos auxiliares, enseres y herramientas. Está dividida la fábrica en multitud de secciones a cual más importantes y de las que mencionaremos a la ligera aquellas que más nos llamaron la atención en nuestra visita.

Recordamos, en primer lugar, la de la prensa hidráulica de 1.300 toneladas, máquina notabilisima, de cuya enorme potencia existen muy pocos ejemplares.

La de afino y forja, en la que se afina el hierro, forjándolo y laminándolo hasta obtener chapas, planchuelas, redondos, cuadrados, etc., disponiendo para todas estas operaciones de cinco trenes laminadores, el mayor de ellos movido por una máquina de 90 caballos, que puede hacer dobletes de 200 milímetros; un martillo de vapor de seis toneladas para martillar bloques hasta de 1,500 kilógramos; tres más pequeños, grúas, punzones tijeras, máquinas de doblar llantas, yunques, cilindros, tenazas, etc., etc.

Una amplia nave de 4.188 metros cuadrados por la que marchan sobre columnas y pilares cuatro grúas de 40 toneladas, y en la que existen ciento once máquinas entre tornos mecánicos de plato, cepillos, garlopas, fresadoras, taladradoras, de alisar, de hacer tornillos, de dividir, de centrar, de cortar mazarotas, de barrenar cañones, de tornear cañones y zunchos, de esmerilar, de rayar, de recamar y roscar, de seccionar, etc., etc.; además de una prensa hidráulica de 1.000 atmósferas, una máquina dinamo eléctrica de 56 caballos y otras dos más pequeñas, constituyen el gran taller en que se construye la artillería.

Estas máquinas son de los mejores modelos conocidos, y permiten fabricar las piezas de mayor potencia hasta hoy fabricadas. Contigua a esta nave está la de conclusión de proyectiles, en la que se verifican todas las operaciones porque éstos pasan; desde el corte de la mazarrota, hasta la prueba. Tiene este taller 48 máquinas todas clases, entre ellas 36 operadoras a las que da movimiento un motor de 25 caballos.

En los doce años que lleva de existencia este taller ha producido más de 60.000 proyectiles de todos los calibres.

El taller de montajes es notabilisimo también. En él se construye para todos los calibres y clases,

desde los cañones y obuses de 30,5 centímetros hasta los de montaña, a la vez que cuantas obras de chapa de hierro y acero precisan. Ocupa una extensión de 1.848 metros cuadrados y dispone de un

parque de 3.168 con una grúa de 60 toneladas una red de vías férreas.

Sus máquinas son 52, importantísimas y de lo más perfecto que se conoce, y en un espacio de doce años ha producido más de 1.350 montajes.

Otros talleres de interés, en cuya descripción no podemos entretenernos, son los de construcciones diversas con 55 máquinas, carpintería, atenciones generales, escuelas de aprendices, de las que salen los maestros de taller, laboratorio químico y fotografía.

Un parque de más de 3.000 metros cuadrados con una grúa de 60 toneladas y red de vías férreas destinada a los cañones concluidos y el probadero de cañones, completan la fábrica, que en totalidad ocupa una extensión de 20 hectáreas con 3.920 metros de vía férrea para comunicación de sus talleres y enlace con la vía general. El probadero de cañones es digno de mención. En el se ven instalaciones de elementos fijos, como basas y carriles, correspondientes a las piezas reglamentarias, en los cuales se colocan para verificar las pruebas.

Los disparos se hacen sobre la montaña o apuntando al túnel construido al efecto, que tiene una profundidad de 50 metros y está relleno de arena.

Dispone de una grúa de 60 toneladas y todo clase de aparatos para medir velocidades, presiones, retroceso, etc.

No intentaremos dar idea de la animación, del movimiento de aquellos talleres, porque lo juzgamos

imposible.

Si la fotografía con su poder inimitable no alcanza a esto, ¿cómo, ha de lograrlo la pluma?

El lector se figurará probablemente con mayor exactitud que la que puede pedirse á una descripción de esta especie, el aspecto que ofrecen aquellas naves inmensas en que las máquinas ocupan casi todo el espacio; en que se confunden, causando vértigo en quien lo contempla, árboles, volantes y poleas girando sin cesar para imprimir distintos movimientos a los millares de ruedas de las máquinas que perforan, cepillan o barrenan las moles de hierro con facilidad increíble.

Centenares de hombres que parecen hormigas, agitándose en aquel laberinto de ruedas colosales, grúas que van y vienen sobre sus rails de hierro por encima de todo, vagonetas que cruzan de un lado a otro trasladando piezas enormes... un laberinto, en fin, indescriptible, que aturde, que marea y que da al mismo tiempo la medida de la pequeñez y de la grandeza del ser humano.

En gratisima conversación que sostuve con el general Fonsdeviela tuve ocasión de conocer un detalle curioso de sin igual importancia.

Los obreros de Trubia, al contrario de lo que suele ocurrir con esas colectividades de las grandes fábricas, no son políticos.

Sabido es que toda idea disolvente, todo principio anárquico, tiene su mejor campo de propaganda en el taller. Pero esto no reza con Trubia, donde la consideración con que se trata al obrero y la seguridad del jornal, siempre que cumple sus deberes, no le dá ocasión al descontento.

A este propósito, contóme el general el caso siguiente: En aquella época no muy lejana en que las clases trabajadoras de todos los países dedicaban el 1º de Mayo a la huelga pacifica con que pretendían mejorar su estado disminuyendo horas de trabajo y aumentando los jornales, huelga que dió ocasión a disturbios serios en algunas poblaciones del estranjero, el gobernador militar del departamento telegrafió al jefe de la fábrica preguntándole qué fuerzas juzgaba necesario enviar a Trubia para mantener el orden y prevenir contingencias posibles.

Conocedor de sus obreros como quien vive en continuo trato y es amigo cariñoso más que severo jefe, el general no vaciló un punto en responder al gobernador en estos términos:

«Tengo a la disposición de usted, si le son precisos para mantener el orden, los mil trescientos obreros de mi fábrica«

Este dato demuestra mejor que ningún otro argumento, el buen orden que reina en aquellos talleres.

El ingreso en la fábrica de Trubia, deciame también el general, es solicitado con tanto empeño como si se tratara de una canongia, y no porque el trabajo sea pequeño, sino por la seguridad que ofrece. En épocas apremiantes, como la actual, los obreros trabajan mucho. La fábrica está en constante movimiento, pues para obtener la producción necesaria se ha establecido el trabajo de noche.

Los hombres descansan, porque para este fin están divididos en tandas que se suceden, pero las máquinas solo están en reposo durante las horas que se dan los obreros para comer. Así se explica que en poco tiempo haya podido entregarse una cantidad considerable de cañones y proyectiles que, destinados a distintos puntos de la península y sus colonias, háyanse en disposición de contestar las agresiones del enemigo, y que en plazo muy breve queden terminados y prontos a aumentar nuestras defensas de mar y tierra otros muchos.

Concluido nuestro trabajo de información, descansábamos Amador y yo la ultima noche que permanecimos en Trubia, sentados en la terraza de la fonda, respirando el ambiente fresco de aquel campo feraz cuyas flores y cuyos árboles embalsaman la atmósfera con su perfume suave.

Aguardábamos la hora de cenar escuchando el murmullo del río cuya corriente quita placidez y silencio el suelo pedregoso. Estábamos rendidos; el incesante ir y venir por los talleres, Amador

para obtener las notables fotografías que ofrecemos en estas páginas, yo para tomar notas que sirviesen de base a este articulo, produjo en ambos un cansancio tal, que nuestros ojos se negaban a permanecer abiertos y nuestro espíritu cedía a las exigencias del sueño. La placidez, la quietud, el silencio del campo, la brisa fresca y el arrullo del río contribuían a aumentar aquel estado de somnolencia.

Entre las vaguedades del sueño llamó mi atención una linea de puntos luminosos que aparecían entre las ramas de los árboles.

¿Qué es aquello? interrogué a Amador. Y un oficial que cerca de nosotros descansaba, nos explicó el fenómeno.

Son los obreros que trabajan hasta las nueve de la noche y que se retiran ahora. Como tienen sus casas en las aldeas próximas y tienen que pasar la montaña, se valen de esos farolitos para alumbrarse.

En efecto, aprovechando las claras de los árboles, veiase a lo lejos ascender la linea de luces, ondular en la sombra formando caprichosos giros que determinaba sin duda la sinuosidad de la senda.

El espectáculo era hermoso y traía a la memoria los fantásticos relatos de nuestros poetas.

Aun hoy, recordando aquel serpenteo de luces por la montaña que difumina sus contornos en el azul del cielo de la noche estrellada, se me figura ver flotar en aquel espacio poético el alma de Espronceda.

Al amanecer del día siguiente contemplábamos Trubia desde las ventanillas del tren. Llegaba hasta nosotros el ruido indefinible de la trepidación del trabajo.

Pasados unos cuantos minutos arrancó el convoy, un instante después la extensión inmensa de la fábrica, con sus elevadas chimeneas, desaparecía de nuestros ojos, dejábamos de escuchar su vigorosa respiración; una otra cosa volvía a suceder la calma de un paisaje poético, silencioso, que parecía sonreír amorosamente.

E, CONTRERAS

En el siguiente vídeo se puede ver un reportaje sobre la fábrica en la actualidad.