El cuidado de las crías y la cooperación entre individuos adultos para la obtención y almacenamiento de alimento así como para la defensa frente a predadores y la expansión territorial son características que aparecen muy pronto en muchas especies animales. Sociabilidad, cooperación y cuidado son tres rasgos estrechamente unidos.
Sin necesidad de un cerebro muy desarrollado, sin apenas conductas aprendidas sino únicamente instintivas, los insectos sociales son uno de los grupos animales con mayor éxito a lo largo de la historia de la vida en nuestro planeta.
Las hormigas son los animales sociales más exitosos en términos evolutivos: se calcula que hay más hormigas en el planeta que cualquier otro tipo de animal y que aportan entre el 15% y el 25% de la biomasa total del planeta. Su éxito se atribuye en gran medida a su organización social que incluye la cooperación entre adultos y el cuidado de los huevos. Además, están evolutivamente cerca de otros insectos sociales también muy bien adaptados: abejas y avispas.
Frente a las hormigas, las arañas no son animales sociales: no cuidan de sus crías ni cooperan entre ellas en su vida adulta. Pero llevan en el planeta tanto tiempo o más que las hormigas (aproximadamente 200 millones de años). Si bien son menos abundantes en número, son más diversas: hay aproximadamente tres especies de arañas por cada especie de hormiga. Por tanto, la cooperación no es la única estrategia de una especie para alcanzar el éxito biológico.
El grupo de los mamíferos se caracteriza entre otros rasgos por la necesidad ineludible del cuidado de las crías hasta que éstas pueden sobrevivir por sí mismas.
Más que en ningún otro grupo, en los mamíferos se dan comportamientos sociales de cuidado y cooperación. El periodo de cuidados de los recién nacidos se extiende en algunas especies hasta dos o más años, y los jóvenes no alcanzan la madurez hasta los doce o más años. Los mamíferos cuentan con cerebros más complejos, capaces de aprender del entorno y de guiar sus conductas por emociones y sentimientos. Esto es especialmente cierto en el caso de los primates. Ya Darwin observó que chimpancés y gorilas muestran emociones con gestos faciales idénticos a como lo hacemos los seres humanos. Esta coincidencia es un argumento más a favor del parentesco evolutivo entre unos y otros.
Las emociones nos mueven a actuar ante estímulos muy determinados. Las emociones son también mecanismos de comunicación: quien las siente comunica mediante gestos corporales a quienes le rodean su disposición a actuar; quienes ven sus gestos reciben un mensaje ante el que reaccionan.
La concepción popular de la evolución de las especies se resume en la frase "la supervivencia de los más fuertes". Según esta concepción, los individuos luchan entre sí por su propia supervivencia, y esta lucha no sólo se da entre depredadores y presas, sino entre los individuos de una misma especie cuando compiten por la comida o por aparearse: los más fuertes triunfan sobre los más débiles. Si la evolución fuese sólo lucha y competición egoísta, ¿qué sentido tendría cuidar de otros? ¿por qué cooperar? Y sin embargo el altruismo (hacer algo por los demás sin buscar un beneficio propio) está presente por doquier:
Altruismo familiar. Los padres se sacrifican y en ocasiones arriesgan sus vidas por su descendencia. Esta forma de altruismo es fácilmente comprensible desde un punto de vista evolutivo: nuestros descendientes portan nuestros genes y sacrificarnos por ellos es una forma de triunfar biológicamente.
Altruismo recíproco. Podemos cuidar y cooperar sin que nos unan lazos de parentesco, siempre que los cuidados y la ayuda sean mutuos: hoy por ti, mañana por mi. El altruismo recíproco sólo se da entre especies sociales con capacidades cognitivas y emocionales avanzadas: es necesario que los individuos se reconozcan unos a otros y recuerden las veces que uno ayudó al otro para llevar cuenta de quiénes devuelven los favores y quienes no lo hacen.
Altruismo social. Más allá de ayudar sólo a quienes nos ayudan, algunas especies de primates y en particular la especie humana desarrollan una forma de altruismo en la que los beneficios de cuidar y cooperar con otros no repercuten directamente en quienes cuidan. Es la forma más genuina de altruismo, pues ayudamos sin esperar nada a cambio y con frecuencia la ayuda va en detrimento de nuestros propios intereses.
Entre los primates, los cuidados se extienden más allá de la infancia. Los adultos se ayudan mutuamente en actividades como la desparasitación, la defensa del territorio, la búsqueda de comida y la solución de problemas que requieren la colaboración de varios individuos.
Estas conductas cooperativas se dan no sólo entre individuos emparentados genéticamente (progenitores y crías, hermanos, etc.). Con frecuencia son conductas recíprocas sin que pase demasiado tiempo entre dar y devolver los favores. En raras ocasiones, puede observarse altruismo social: pequeños o grandes sacrificios de un individuo por el beneficio del grupo.
La continuidad de una especie depende crucialmente de la supervivencia de sus individuos. Su evolución es resultado de la ventaja reproductiva de algunos de sus individuos con rasgos más beneficiosos frente a otros menos capaces de sobrevivir: los primeros van desplazando a los segundos generación tras generación y así evoluciona la especie. En este marco, la cooperación es un rasgo que muy bien puede resultar beneficioso: aquellos grupos que más y mejor cooperen, cuidándose y ayudándose mutuamente, tienen una ventaja reproductiva frente a otros grupos de su misma especie en los que la cooperación está menos presente. La especie humana es la mejor prueba del triunfo de la cooperación: gracias a las emociones, al lenguaje y a nuestra capacidad de aprendizaje, somos los mamíferos con mayor éxito biológico tanto en número de individuos como en nuestra presencia en todo el planeta.
Contrariamente a la concepción popular, la evolución no está determinada principalmente por la lucha y el triunfo de los más fuertes, sino que con frecuencia estrategias grupales cooperativas, de cuidado y ayuda mutua, hacen que un grupo de individuos se reproduzca más que otros con inferiores capacidades cooperativas. Es cierto sin embargo que la competencia, si bien entre grupos y no entre individuos, es el factor que hace que se impongan conductas cada vez más cooperativas al ir desplazando (y en casos extremos eliminando) los grupos más cooperativos a otros más individualistas.
En este vídeo, la bióloga evolutiva Sarah Brosnan nos presenta evidencia experimental del sentido de la justicia que poseen los primates. Argumenta que la conducta cooperativa y el sentido de la justicia (fairness) están estrechamente unidos.
Estos resultados son consistentes con nuestro sentido de la justicia: experimentos con bebés han demostrado que nacemos con tendencias cooperativas y con un sentido de la justicia muy acentuado que nos hace rechazar aquellas situaciones en las que no recibimos una recompensa justa por nuestros esfuerzos.
El tribalismo se define como el conjunto de conductas y actitudes en las que la lealtad al grupo al que pertenecemos nos hace poner por delante a miembros de nuestro grupo frente a individuos de otros grupos a la hora de cooperar, ayudar o cuidar. El tribalismo es el caldo de cultivo para el enfrentamiento entre grupos (nosotros frente a ellos), la discriminación, la violencia y la guerra.
Aunque a primera vista tribalismo y cooperación parecen contraponerse, la lógica de la evolución hace que vayan unidos: tendemos a cooperar tanto más intensamente cuanto más cerca estamos de otros seres humanos y recelamos de hacerlo con extraños. En las especies sociales, la evolución es un proceso competitivo entre grupos rivales y el tribalismo (ayudar sólo a los nuestros) es un rasgo que está presente en todas ellas.
Reflexiona sobre la pregunta planteada en el título de esta página. Sopesa nuestras capacidades innatas para el cuidado de los demás frente a nuestras tendencias tribalistas contrarias a extender estos cuidados más allá de los límites de nuestro grupo a la humanidad en general, a animales no humanos y al medio ambiente.
¿Hay razones para defender que nuestras capacidades de diálogo y reflexión superen nuestra naturaleza, a la vez cooperadora y tribal?
¿Qué factores pueden lograr que extendamos el cuidado más allá de nuestra familia, amigos y vecinos?