El 15 de junio de 1969, 500 trabajadores de la cadena de supermercados Spar viajaron a Segovia para celebrar su convención anual, el billete de tren costaba 175 pesetas, la comida era gratis, pagada por la empresa, nadie sospechaba nada, el lugar era un complejo de lujo recién construido, en Los Ángeles de San Rafael a 70 kilómetros de Madrid, lo había construido un joven empresario llamado Jesús Gil, con mucha ambición, con mucha prisa y con muy pocos escrúpulos. La sala donde iban a comer esos 500 trabajadores, se estaba inaugurando ese mismo día, y tenía un problema que Jesús Gil conocía perfectamente, el cemento no había fraguado del todo. La estructura no estaba terminada. Para que nadie lo notara, los obreros taparon las ventanas y los tabiques con lonas, la noche anterior y Jesús Gil abrió las puertas igualmente.
A las 2 de la tarde, con 500 personas dentro, comiendo y celebrando, el techo de las alas se vino abajo, sin avisar, sin tiempo para reaccionar. Los testimonios de los supervivientes describen un ruido sordo, un segundo de silencio y luego el caos absoluto, escombros, polvo, gritos, gente atrapada bajo toneladas de hormigón. Las ambulancias tardaron en llegar, porque nadie había preparado un plan de emergencia para algo así. Los vecinos de los pueblos cercanos acudieron a ayudar con sus propias manos. El estadio del Bernabéu emitió avisos por megafonía para localizar a familiares de las víctimas. El balance final fue de 58 muertos y más de 150 heridos, 58 personas que ese domingo se levantaron de casa, se pusieron su mejor ropa para ir a una convención de trabajo y nunca volvieron.
Jesús Gil fue detenido ese mismo día, fue condenado a cinco años de cárcel por imprudencia temeraria y homicidio involuntario, pero Jesús Gil no era el tipo de persona que acepta las consecuencias de sus actos, desde la cárcel de Segovia convirtió su celda en una oficina, máquina de escribir, alfombra, teléfono, recibía comida de los mejores restaurantes de la zona, mientras las familias de las víctimas enterraban a sus muertos.
Su madre se recorrió todos los ministerios buscando un indulto, habló con ministros, habló con generales, habló con la hermana de Franco. Y en febrero de 1972, el régimen dictatorial le concedió el indulto, Jesús Gil salió de la cárcel tras cumplir apenas unos meses de sus cinco años de condena. Nunca pidió perdón públicamente a las familias de las víctimas, nunca. Lo que se hizo, fue volver a construir, volver a ganar dinero, volver a crecer. Años después, compró el Atlético de Madrid, fue elegido alcalde de Marbella y la tragedia de Los Ángeles de San Rafael quedó enterrada, bajo el ruido de sus escándalos, sus declaraciones y su personalidad arrolladora.
Las familias de las 58 víctimas llevan más de 50 años pidiendo que no se olvide lo que pasó ese domingo, porque 58 personas fueron a comer y no volvieron a casa y el responsable nunca pagó de verdad por ello. La lección no es solo sobre Jesús Gil, es sobre un sistema que permitió que un hombre que mató a 58 perso pero nas, por negligencia criminal, saliera de la cárcel en pocos meses, gracias a sus contactos con el poder. ¿Cuántas veces el dinero y los contactos, cambian lo que debería ser justicia? Las historias duelen un poco, pero enseñan mucho.