Sus pisadas resonaban por el desierto corredor subterráneo débilmente iluminado. Sin dejar de caminar consultó el reloj. Medianoche. La melancólica melodía emitida por un violín rasgaba la quietud del silencio. A medida que avanzaba podía percibir el sonido con mayor claridad. Al doblar un recodo, sus ojos se toparon con la culpable de la melodía: una mujer, envuelta en una capa de color oscuro, arrodillada sobre el frío piso. Al llegar a su altura aminoró su marcha y rebuscó en uno de sus bolsillos. Con un metálico tintineo, una moneda se unió al resto de la calderilla, en la funda rígida del instrumento.
La melodía se interrumpió bruscamente.
-Eso no basta.
-¿Perdón?
El hombre había pronunciado la palabra de manera mecánica, mientras clavaba sus ojos en la mujer.
-Eso no basta ... para saldar su deuda con El Maligno.
La mujer levantó la vista, dejando al descubierto su rostro, hasta entonces cubierto por su abundante pelo negro, mientras dejaba caer otra moneda al suelo. En ella brillaba una estrella de cinco puntas.
El hombre palideció. Retrocedió un par de pasos, con la intención de huir. Pero ella le fulminó con la mirada, mientras murmuraba incomprensibles palabras.
Sin estrépito ni relámpago, el rechoncho cuerpo del sujeto desapareció, quedando en su lugar un pequeño gato negro. Asustado, corrió por el largo pasillo.
Con la satisfacción del trabajo bien hecho, la mujer sonrió mientras recogía sus bártulos.