-Documentación, por favor-
-No la llevo encima. Es que suelo perderla y los trámites para renovara son tan pesados...-
-Necesito poder identificarle. Por favor, colabore-
-Veré que puedo hacer-
Por toda respuesta, Marcos se volvió, con una sonrisa entre cansada y traviesa a la mujer del uniforme blanco, que observaba la escena desde un discreto segundo plano. A diferencia de su circunstancial compañera, no llevaba ningún arma. Pero, se le antojaba mucho más poderosa y amenazadora. Le infundía más temor que el Heckler & Koch MP5 colgado del hombro de la soldado o policía (¿A que cuerpo pertenecería?) que le estaba pidiendo los papeles. Aunque no pudiera confirmarlo con sus sentidos, tal y como hubiera hecho antes.
-Buenos días, señorita. Hace una mañana perfecta para cazar monstruos ¿no le parece?-
-Creo que sería mejor que hiciera caso a mi compañera y se identificara- dijo con voz apenas audible
-En ello estoy. ¿Sabe leer runas? Apuesto a que si-
No esperó a que respondiera. Sin prisa pero tampoco sin parsimonia desabrocho la cremallera del abrigo amarillo. Amarillo brillante, casi fosforescente, con franjas reflectantes en la espalda y en las mangas. Prenda de alta visibilidad, homologada para tal fin. Se deshizo de él y lo dejó caer sobre el asfalto húmedo. Después desabrocho la cremallera del forro polar azul marino y también se lo quitó. Se le antojaba que cada capa de ropa que se quitaba era, a la vez, una defensa menos contra el frío de la mañana y la humedad de la niebla, pero sobre todo de sus propios miedos. Por ultimo, con una lentitud estudiada, se remangó la manga derecha de la camiseta térmica blanca, dejando a la vista las runas tatuadas en su piel. Desde el codo hasta más allá del hombro.
Sonrió burlón, mirándola a los ojos. Sorprendida. Perpleja. Los ojos muy abiertos y la boca crispada en una mueca imposible de identificar. Se esforzó por mantener la mirada y la sonrisa aparentando serenidad. Pero en su interior crecía un recuerdo estremecedor: el sabor de su propia sangre en los labios. Sangre corriendo por sus antebrazos. La vida escapando a chorros de su ser. La vida que le era arrebatada.
-Eres un cabrón, siempre el mismo espectáculo. Siempre el mismo espectáculo.-
Escuchó una voz a su espalda, llena de cansancio, ligeramente quebrada. Volvió la mirada. Marina seguía en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos entrecerrados. El cachorro de pastor alemán estaba en su regazo, todavía nervioso, pero a la vez, pendiente de ella. ¿Cómo una criatura tan pequeña podía darse cuenta de lo que ocurría?. En su rostro, a parte del agotamiento se dibujaba una mezcla de fastidio y enfado.
-Marina ¿cómo estas?-
-¿Por qué preguntas cosas que ya sabes? Si no puedo ni levantarme del suelo, muy bien no puedo estar. Tu sigue con tu numerito que así me das más tiempo a recuperarme.-
-De acuerdo …-
-Bien …. ¿por donde íbamos? Ah, si, creo que su compañera del uniforme blanco podrá leer sin dificultad alguna las runas de mi brazo derecho y eso bastará para identificarme-
-Eso no es suficiente-
-Lo será. Si hicieran bien su trabajo, yo no estaría aquí-
-¿Insinua que no hacemos bien nuestro trabajo? ¿Cómo se atreve?-
-No lo insinuo. ¡Lo afirmo! Y tengo pruebas. Grandes.-
La escena era surrealista. Completamente. No lo creería, no podría creerlo si no lo vieran sus ojos. A no más de diez metros de donde se encontraba estaba eso … Le costaba describirlo. Más grande que un oso. Más pequeño que un elefante. Afiladas garras. Piel … violeta. No la había tocado, ni pensaba hacerlo, pero se le antojó áspera y resistente, como el caparazón de una tortuga. Estaba vivo. De no ser por la magia de Marina, no se atrevería a acercarse a aquello a menos de un kilómetro.
-Marina ¿cómo estas?-
-Te lo acabo de decir ¿estás sordo?-
-Me refiero a tu magia …-
-Se a lo que te refieres. Media hora. No más. A partir de media hora ya no será agotador, sino que dolerá.-
-Lo siento-
-¿El qué?-
-No poder ayudarte-
-Ya me has ayudado bastante …-
La mujer del uniforme azul interrumpió la conversación
-Ya discutiremos en otro lugar su intromisión. Ahora lo principal es despejar la autopista lo antes posible-
-Estoy de acuerdo. Si el hechizo se rompe, tendremos serios problemas. ¿Tienen una red de carga?-
-¿Una red de carga?-
-Si. Eso mismo. Para el helicóptero-
Señaló el helicóptero decorado en tonos blancos y rojos que reposaba unos doscientos metros más adelante, sobre el asfalto de la autopista, como un ave que reposa antes de iniciar el vuelo. Y con un fogonazo vuelven los recuerdos. Otro lugar, otra vida casi. En el interior de un helicóptero. Con el fusil en las manos. Casi podía sentir su tacto. Los sentidos desbocados. Un impacto. Una explosión. Caer …
Sacudió la cabeza.
-No se cuanto pesa ese bicho pero creo que el helicóptero podría levantarlo. Creo.-
-No tenemos ninguna red. No es un helicóptero de carga.-
-Marcos … el camión. Te dije que necesitábamos un camión. Y era por algo ¿lo ves?-
De nuevo la voz de Marina. Como un oráculo.
-Es verdad. ¡Voy! … Pero voy a necesitar ayuda … el camión está … por lo menos a medio kilómetro y hay muchos coches de por medio. No se como voy a pasar …-
-Déjelo de mi cuenta-
Recogió el forro polar y el abrigo y, sin dejar de caminar, se los puso. Hacía fresco. La humedad de la niebla calaba hasta los huesos. Pero la luz del sol, aun al otro lado de la niebla, transmitía esperanza. Aunque no calor. Mientras se alejaba, desandando tus pasos, le escuchó hablar por radio. Pidiendo refuerzos, suponía. Rodeó aquella cosa. Bajo sus botas crujían los cristales. Aquela cosa había abierto un coche como un melón maduro, de dentro a fuera, desgarrando la chapa como si fuera papel. Aun dormido e inmovilizado, presintió su poder. Podría haberlos matado. Sintió miedo, de nuevo. Volvó la vista a donde estaba Marina y suspiró. ¿Cómo una mujer que no llegaba al metro sesenta podía albergar tanto poder –y tanto mal genio- en su interior? No estaba en plenitud de facultades –apenas podía presentir nada- pero aun así, lo había neutralizado. Sintió miedo otra vez. ¿Y si aquello hubiera sido más poderoso que ella? ¿Y si la hubiera perdido?
Otra vez.
Por suerte tenía otras cosas de las que preocuparse. No lejos del lugar donde estaba aquella cosa, la autopista estaba literalmente colapsada. Lo que empezó como un atasco más había acabado con los conductores abandonando sus coches y escapando a pie. Dejando los vehículos en todo el medio, literalmente. Y “un millón” de coches después, con dos ruedas en la cuneta y las otras dos en el arcén estaba el camión. Caja abierta, con grua pluma. Blanco. Esperaba que suficientemente grande para transportar aquello. Zigzagueando entre los coches, con pasos largos y rápidos llegó hasta el camión. Se encaramó hasta la cabina. Coches por delante.Coches por detrás. Y el arcén, delimitado por un guardarrail, era demasiado estrecho para que pasara el camión.
-Media hora-
Se le había olvidado. Miró el reloj. Pulsando un par de botones llegó hasta la cuenta atrás. Por si acaso, hizo que se iniciara en 25 minutos. Demasiado poco ….
En realidad, aquella mañana surrealista, de niebla y monstruos, había empezado 24 horas antes o quizás más. De madrugada. Por una vez estaba en brazos de Morfeo cuando sonó su móvil. Era Marina.
-Marcos, siento llamarte a estas horas, pero necesito tu ayuda …-
-Buenas noches Marina o buenos días, ya no se ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?-
-Pero que preguntas me haces, son las cuatro de la mañana, ¿crees que si estuviera bien te llamaría a estas horas?-
-Igual … Dicen que tengo una voz muy agradable. Los que no me han oído gritar ni quejarme, claro.-
-Las ironías guardatelas, por favor. Todo está mal …-
-¿Todo?-
-En mi vida me había sentido así …. No puedo sentir apenas nada. Sentir ¿Recuerdas lo que era eso?-
-No metas el dedo en la llaga. Que ya no sea lo que fui no significa que haya perdido la memoria. Lo que me queda de vida recordaré lo que era sentir. Porque ya no siento …. No tengo ese don o esa maldición. Es como perder uno de los otros cinco sentidos …-
-Lo siento, tengo la habilidad de ponerte triste siempre. Lo siento, lo siento.-
-No te preocupes. Hasta en un corazón herido se hace callo ¿Qué te pasa?-
-Apenas puedo sentir nada. Solo tengo la certeza de que algo muy malo va a pasar. Algo tan malo que es capaz de bloquear mis sentidos.-
Se quedó sin palabras … Si por algo destacaba Marina era por su capacidad de percibirlo todo o casi todo. Junto a ella se sentía seguro. Todo lo seguro que podía sentirse en ese mundo, al lado de una maga que, por exprerimentada que fuera, podía cometer un error y desatar sin control una energía devastadora. Nunca había pasado. Pero eso no garantizaba que no pudiera ocurrir.
-Marina, estoy a 400 kilómetros de allí. Y los primeros cien, como bien sabes, son de carreteritas de montaña, y en esta época del año puede que haya hielo. Intentaré llegar lo antes que pueda, pero es de noche y ya solo veo con mis ojos, así que no puedo ir más deprisa de lo que se. No se lo que voy a tardar. Lo antes que pueda estaré allí …. –
-Gracias. Eres un cielo. Sabes que si no fuera importante, no te haría venir desde tan lejos.-
-Lo se. Y, por cierto, hazme un hueco en tu casa que igual de estas me despiden … Que mañana tenía que trabajar … Bueno, hoy, ya me entiendes. La última vez estuve una semana sin aparecer …-
-Lo siento …. Aparecí para complicarte la vida. Lo siento.-
-En un mundo ideal, ni tu ni yo tendríamos que hacer lo que hacemos, y podríamos limitarnos a vivir nuestra vida todo lo tranquilos que sepamos. Pero no existen los mundo ideales. Te dejo. Tengo que ducharme si quiero tener la mente mínimamente despejada para poder conducir.-
En mitad de la noche, abandonar la calidez y comodidad de su cama no le seducía particularmente. Pero tenía que hacerlo. Se dio una ducha rápida con agua templada que arranco parte del sueño de su ser. Desayunó rápidamente: una infusión y un tazón de cereales. Preparó una bolsa de viaje pequeña con un par de mudas y bajó al garaje. Al lado de la KTM EXC 300 y de su bici reposaba el Fiat Panda 4x4 banco.
"Hoy tienes que portarte bien cosita."
Al guardar la bolsa en el maletero encontró un pequeño paquete, envuelto en papel de regalo de brillantes colores. No tenía ni idea de lo que podía ser así que sin demasiados miramientos rasgó el papel. Unos guantes. Y una dedicatoria, escrita con la perfecta caligrafía de Sofía.
“Gato con guantes no caza ratones”
Unos guantes de piloto. Azules y grises, ignífugos, lo suficientemente finos como para permitirle un buen tacto del volante y del cambio. No pudo evitar estremecerse …
Recordó una mañana de Abril, que se le antojaba irreal después de los años que habían pasado y de todo lo que había sentido y sufrido desde entonces.
A veces su trabajo, si es que a esa vida casi de bandolero podía llamársele trabajo se le antojaba tremendamente aburrido. Llevaba tres semanas así. Tres semanas. Vigilando aquel colegio privado. Le constaba que hijos de familias digamos que acomodadas e influyentes estudiaban en aquel lugar, por lo que no había juzgado oportuno colarse en su interior, salvo que fuera estrictamente necesario y todavía no lo había sido. Así que se limitaba a esperar. Un par de veces a la semana, aparcaba a una distancia prudencial de la puerta y esperaba a que los alumnos de diversas edades salieran en tropel. A unos les esperaban pequeños y coquetos minibuses. A otros sus padres, una procesión interminable de Mercedes, Audis, BMW’s similares. Y a alguno más, le recogía algún cuidador, chófer o algo parecido.
Para pasar desapercibido, se había agenciado un Corsa de color gris, con los cristales traseros de chapa. Incluso llevaba una maleta con herramientas en la zona de carga y una escalera en el techo. Sumado al mono azul, le bastaba para hacerse pasar por algún empleado de la compañía de electricidad/teléfono o lo que fuera. La urbanización donde estaba situado el colegio no era cerrada ni privada, pero también le constaba que tenía una discreta pero eficaz vigilancia, por lo que todas las precauciones eran pocas.
Y allí estaba, una tarde más. Con una consola de videojegos en el regazo –que además de para dejar pasar los minutos muertos jugando al Moto GP, le servía para navegar por internet-, los habituales guantes Sparco de piloto y un bocadillo de lomo y queso.
Los guantes …
Eran un regalo de Sofía. Y a la vez le recordaban a Irene. Y a Silvia. Recordaba lo que le habían enseñado. A no malgastar ni un gramo de energía vital inutilmente. No tenía sentido destinar energía en proteger o, llegado el caso, curar sus manos, si podía protegerlas con unos guantes. Le hubiera bastado con un par de guantes de trabajo, pero Sofía se encaprichó de ellos y se los había regalado. En cierto modo, como una metáfora. Estaba preocupado por él, por los riesgos que estaba asumiendo en su nueva vida, en aquella cruzada enloquecida que no lograba entender. Además, pretendía con ellos que recordara algo.
La huella más difícil de rastrear es aquella que no existe.
Oficialmente estaba muerto. Incluso había una lápida en un pequeño cementerio con su nombre. Si, por una maldita casualidad, sus huellas aparecían en algún lugar digamos delicado, alguien de la policía podía preguntarse como un tipo que supuestamente llevaba muerto años seguí dejando sus huellas dactilares impresas aquí y allá. Era algo realmente improbable, pero no imposible. Y si algo puede salir mal, saldrá mal. Así que intentaba llevar guantes. Tenía otro par más corriente, de trabajo, en la guantera. Pero para conducir se había acostumbrado a aquellos, que eran mucho más cómodos. Para conducir y para manejar la espada.
Levantó la cabeza. Dejó la consola en un pequeño hueco tras la palanca de cambios y se concentró en el bocadillo. No había probado bocado en toda la mañana –se levantó con la tripa revuelta tras otra noche de pesadillas- y su estómago comenzaba a protestar sonoramente. Y faltaban pocos minutos para la hora de salida, así que debía apresurarse. El bocadillo le sentó bien. Eso, y medio litro de agua. Por un instante, incluso le pareció que sus sentidos eran un poco más precisos.
No sabría decir cuando sucedió. Como cada tarde comenzó el desfile de alumnos, autobuses, coches. Como cada tarde sintió su presencia antes de que saliera del edificio. Pero todo era diferente. Una sensación muy extraña se adueñó de su ser. Algo iba terriblemente mal. No entendía el que. Pero esa certeza era tan intensa como para bloquear el resto de percepciones.
Como cada tarde vio llegar el monovolumen gris, con la madre de la alumna a la que llevaba semanas vigilando al volante. Era fácil de distinguir, por su enorme tamaño y exótica marca y porque, salvo el parabrisas y las ventanillas de las puertas delanteras, llevaba los cristales tintados. Por intimidad o porque quizás acostumbraran a llevar objetos de valor en su interior. La joven estudiante subió al coche, saludó a su madre y se alejaron.
Algo estaba terriblemente mal.
Giró la llave de contacto y arrancó el coche. Seguirlos. Solo podía hacer eso. Con cuidado se incorporó al tráfico de la calle. Entonces, aquella mujer se plantó delante del coche. Una bocanada, una marea amarga y dolorosa de miedo subió desde su estómago. El primer impulso fue hundir el pie derecho en el acelerador y llevársela por delante. Pero sintió su poder y supo que era suficiente para reducir el coche a un amasijo de hierros e incluso causarle daño a él. Así que pisó el freno y, sorprendido, le vio rodear el coche y abrir la puerta del copiloto. En un acto reflejo buscó la espada, que estaba tras los asientos.
-No voy a hacerte daño-
-Eso habrá que verlo-
-No tenemos tiempo para discutir, se escapan. Arranca ya.-
De perdidos al río. Tan pronto se hubo acomodado en el asiento y cerrado la puerta inició la marcha. Ni deprisa ni despacio, al mismo ritmo que el resto de los coches.
-Los vas a perder. Tienes que ir mas rápido-
-Perdona, bonita, pero por si no lo sabes hay vigilancia y si corro más de lo debido, nos van a parar. Y entonces si que vamos a perder tiempo. Cuando salgamos de la urbanización ya iré más rápido. Además, es imposible que los pierda. Puedo sentirla. Igual que siento tu magia. Lo que no me explico es como me has descubierto.-
-Ha sido por Laura. Es una chica muy especial, muy sensible. Lleva toda la semana rara. Hoy me contó que llevaba días teniendo la misma pesadilla: un tigre le atacaba y un pequeño gato negro intentaba defenderla. Y, perdona que te lo diga, es la tercera vez que veo este mismo coche en dos semanas …-
-Joder, si que os enseñan cosas ahora en la universidad. Y yo creía que me escondía bien …. Pero lo de las pesadillas … Es muy malo. Un mago no puede percibir el futuro o una amenaza de forma consciente, como puedo hacerlo yo … Pero si mediante los sueños-
-Será mejor que no los pierdas-
Puso todo su empeño en ello. Palabrita de niño Jesús. Condujo con suavidad pero con toda la rapidez de que era capaz sin llamar la atención. Además, joder, podía sentirla. Dejaron la urbanización y en medio del habitual caos de tráfico se incorporaron a una autopista de circunvalación. Hasta ahí, todo normal. Era el camino habitual hasta la urbanización donde vivía, más lujosa y exclusiva si cabe. Pero, en un punto indeterminado, sintió como el monovolumen se apartaba de la autopista y se adentraba en un polígono industrial. Uno de esos polígonos venidos a menos, desiertos y grises aun en mitad de un día laborable.
-Esto no me gusta nada-
Al doblar la primera esquina clavó los frenos y detuvo el coche.
-¿Qué pasa ahora? ¿Por qué te paras? Los vamos a perder-
No dijo nada. Solo se aferró con fuerza al volante, para evitar que el temblor de sus manos fuera perceptible.
-Son demasiado poderosos. Si continuo nos pueden descubrir y son demasiado poderosos … Nos pueden destrozar en un abrir y cerrar de ojos-
Esperaron durante unos minutos interminables, hasta que sintió que aquella energía devastadora se alejaba y, sólo entonces, siguió adelante. Aceleró bruscamente, haciendo patinar las ruedas motrices sobre el asfalto sucio. Los neumáticos protestaron con un estridente chillido que se le antojó un grito de miedo y de rabia, el grito que era incapaz de salir de su garganta.
Dos calles más allá se toparon con el monovolumen. Estaba en una orilla, junto a la acera. Habían tenido la precaución de dejar las puertas cerradas, para que no llamara demasiado la atención. Quizás lo habían conseguido, para un humano común, pero no para el. Detuvo el corsa tras el monovolumen y saltó literalmente del coche. Abrió la puerta del conductor. Allí estaba la madre. Pálida. Rígida. Como petrificada. Los ojos muy abiertos, la boca crispada en una mueca de dolor y de sorpresa. Se quitó los guantes y cogió su mano izquierda con su derecha. Estaba viva.
-Me cago en mi puta vida- murmuró
Transferencia. Transferencia. Cualquiera de su condición sabía hacerlo. Cualquiera de su condición, además de utilizar su energía o magia interior para autorrepararse, sabía cederla a otro humano para insuflarle vida, dentro de un orden. Sabía … no era la palabra correcta. Podía. Saber no sabía. Era peligroso. Si transfería demasiada energía vital podía perder el conocimiento o, en casos muy extremos, morir. Por eso recordaba aquella primera vez, con el resto de sus compañeros, alumnos como el, en un hospital, rodeados de médicos y enfermeras. Hasta con electrodos que monitorizaban su pulso en el pecho. Eran jóvenes e inexpertos. Su misma pasión por aprender, su misma ansia, podía poner sus vidas en peligro.
-Se consciente en todo momento de tus posibilidades y nunca vayas más allá. Vaciarte puede matarte o al menos dejarte fuera de juego un tiempo, en el que tu mago estará indefenso, con magia, pero sin tus ojos, sin tus sentidos y eso puede ser fatal-
Recordó las sabias palabras de Irene y, en un milisegundo, volvió a la realidad. Estaba de pie en la caja del Nissan Cabstar. Como una estatua de sal, recordando. En las manos tenía un par de eslingas –por eso había trepado hasta la caja del camión como un gato, para ver que podía utilizar para colgar al monstruo de la grúa-. Como un gato sin uñas y si bigotes.
-Me cago en mi puta vida ¿cómo no lo he pensado antes? Si es que soy estúpido del todo.-
Bajó de un salto al suelo y comenzó a correr, desandando sus pasos. Corría todo lo rápido que podía, zizgagueando entre los coches. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para que Marina pudiera oirle, comenzó a gritary a mover los brazos intentando llamar su atención.
-¡Transferencia! ¡Transferencia!-
Llegó a su altura, con el corazón latiendo enloquecido en las sienes y jadeando.
-Siempre gritando, siempre gritando. ¿Qué coño pasa ahora?-
-Marina, transferencia- Señaló a la joven maga que los observaba, nerviosa, con los labios apretados, sin saber que hacer. Se le antojó asustada.
-Igual ella no es lo suficientemente experta como para ayudarte con su magia a controlar al monstruo, pero si que podrá transferirte un poco de su energía …-
La joven maga se puso colorada. Que un no-mago cuestionara sus propias habilidades digamos que no era de lo más agradable. Aunque fuera una especie de leyenda-viviente, ahora no era más que un humano corriente.
Recorrió en un par de zancadas la distancia que les separaba, y le miró a los ojos. Parecía enfadada o quizás, ofendida.
-Es cierto que no tengo apenas experiencia, pero eso no le da derecho a tratarme de ese modo. Debería tenerme un poco más de respeto ...-
-Siento mi brusquedad y si en algún momento le ha parecido que le faltaba al resperto. Pero mi compañera está bastante débil y ahora lo prioritario es ayudarla-
-Mi compañera .... vaya, así que ahora soy tu compañera. ¿En qué sentido?-
Marina se había puesto en pie trabajosamente. Agotada y entre enfadada y divertida. El cachorro seguía sus pasos, expectante.
-Prefiero no decir nada. Que todo se malinterpreta. Adelante, haced lo que tenéis que hacer. Yo no puedo ayudaros. Solo advertíos lo que ya sabéis: que es delicado y peligroso-
La joven del uniforme blanco volvió a mirarle con dureza.
-Por supuesto que se que es peligroso. Pero mi capacidad mágica es infinitamente superior al de un humano común-
-El que más tiene más puede perder. Creerse invulnerable es el primer paso para menospreciar el riesgo.-
Marina le puso una mano en el hombro
-Es una conversación muy interesante, pero te recuerdo que, como bien has dicho, estoy débil, y no nos sobra el tiempo. Adelante, querida-
Se cogieron de las manos. El contacto físico, piel con piel, no era imprescindible para la transferencia de magia, pero si que facilitaba el proceso. Un vidente o un mago experto podrían transferir energía a distancia. En antiguos libros había leído sobre transferencias realizadas a miles de kilómetros de distancia. Pero en su vida, no había percibido nada más allá de unos cuantos metros, menos de diez.
Contuvo la respiración y apretó los puños. Marina sabía lo que hacía, pero estaba débil. De nuevo, el equilibrio era delicado. Una transferencia insuficiente no serviría apenas para nada. Una transferencia demasiado grande pondría incluso en peligro la vida de la joven mago.
Después de un instante eterno, apartaron las manos. Las miró aliviado. Marina había recuperado color en las mejillas y podría jurar que su magia era más intensa. La chica del uniforme blanco parecía un poco cansada, y más pálida de lo habitual, pero parecía estar bien.
-Por cierto, querida, deberías decirle tu nombre al estúpido que tienes delante. Cuando piensa sobre ti no hace más que decir "la chica del uniforme blanco" y alguna cosa parecida. Que desperdicio de pensamientos ...
-Oh. Es verdad … No me he presentado. Me llamo Míriam.-
-Encantado. Yo soy Marcos, leyenda urbana, experto en meterme en la mierda hasta las ingles. Y ella es Marina. Una rareza. Mago y vidente a la vez. Un consejo: cuidado con lo que piensas. Aun estando agotada y algo desorientada, es capaz de saber lo que piensas antes siquiera de que lo pienses.-
-No le hagas ni caso. Ven aquí tonto y dame un abrazo. Ya estoy mucho mejor. Pero tengo frío.-
¡Ah! Los abrazos. Ese delicado gesto de cariño. Sentir que el tiempo se para por un instante y que nada importa, solo ese instante cálido y mágico. Frío. Frio físico. Y frío interior. Frío del sudor reseco. Frío del miedo que se expande imparable por tu cuerpo, como el agua se expande al congelarse dentro de una grieta.
-He pasado tanto miedo. No estaba seguro de que pudieras con él-
-Que poco confías en mí-
-Se que tu magia es poderosa y tus sentidos precisos …-
-Menos hoy ..-
-Cuando algo turba los sentidos, es algo realmente poderoso y extraordinario. Como eso.- Señaló al monstruo- Era un humano común y corriente, hasta que pasó algo que no acierto a entender. Y de no haber estado aquí, podría haber sido una masacre-
Podría pasarse la mañana abrazado a ella. Solo era una circunstancial compañera de lucha. ¿Solo? No. Una amiga. Alguien que le había devuelto la ilusión. Alguien que le había hecho sentirse útil de nuevo.
Pero tenía cosas que hacer. Dejó de abrazarla de la forma más delicada posible …
-Bueno, te olvidas de ellos-
Señaló a Míriam. Pensó que ella estaba a la vez incómoda, abrumada, asustada … todo a la vez.
-Hacemos lo que podemos …-
-A ver …. No te lo tomes a mal. No tengo nada en contra tuya. Imagino que lo haces lo mejor que puedes y sabes, pero en las altas esferas algo no anda bien-
Sacudió la cabeza … Entonces escuchó unas sirenas de fondo.
-Igual son los refuerzos … Ahora vuelvo-
Volvió corriendo al camión. Al menos, un poco más aliviado que la última vez que desandó sus propios pasos. Marina podía aguantar un tiempo indeterminado conteniendo a aquel engendro. Si la cosa se alargaba (mover un camión, aunque no fuera demasiado grande, por aquella maraña de coches no se le antojaba fácil) no rozarían el desastre a cada minuto que pasara.
Los vio llegar. Uniforme naranja y motos naranja. De tipo trail, mixtas campo-carretera. Lo ideal para moverse en esa maraña de coches. Dos motos y dos personas, soldados, agentes o como quisiera llamarles en cada una.
-No sabéis lo que me alegro de que estéis aquí. Hay que mover el camión hasta allá delante y está todo lleno de coches-
-Lo sabemos, nos han informado. Déjalo de nuestra cuenta.-
¿Cómo lo iban a hacer? Esperaba un ejército, maquinaria pesada, no cuatro personas, que si, tenían pinta de muy eficientes (a la par que jóvenes), pero solo eran cuatro. La solución fue tan simple como eficaz. Mover los coches. La mayor parte tenían las llaves puestas. Fue tan sencillo como llegar al primero de la fila y mover hacia delante uno tras otro hasta abrir un pequeño pasillo por el que pudo avanzar con el camión.
Se sintió aliviado al detener el Nissan junto al monstruo. Aunque quedaba algo por hacer: subir aquello a la caja del camión. Y no era una tarea precisamente pequeña Sacudió la cabeza. El sol brillaba tras la niebla. Transmitía una leve sensación de irrealidad.
Se le antojaba que todo había pasado demasiado rápido. Aquella llamada en mitad de la noche. Carreteras preñadas de curvas al volante del pequeño Panda 4x4. Con cuidado. Era extraño conducir así. Como volver a aprender a conducir. Sus sentidos eran los de cualquier humano corriente. No podía adivinar el hielo de la próxima curva. Ni ver más allá del pequeño pedazo de carretera que iluminaban los faros del coche.
Suspiró al alcanzar la autovía. Allí pudo rodar prácticamente a fondo. Hubiera agradecido un coche con un poco más de velocidad punta, más que esos 140/150 por hora de los que era capaz el pequeño coche. Pero claro, un deportivo no resultaría ni práctico ni discreto allá arriba en las montañas.
Al amanecer se deslizaba por las calles de la ciudad. Hasta el piso de Marina. La encontró despierta, preocupada. Echa un ovillo en el sofá, con un cachorro de pastor alemán en su regazo.
-¿Cómo estas?-
-Mal. Es … la oscuridad. Apenas puedo sentir nada. Me siento mal. Esa premolición de que algo horrible va a pasar, pero no se el que, ni cuando, ni como evitarlo. Es horrible.-
Marina nunca se ponía nerviosa. O al menos no lo exteriorizaba. Aunque no podía sentirlo, sabía que su magia era poderosa, tanto como sus sentidos. Recordó, casi en una vida anterior. Cuando algo turbaba sus precisos sentidos. Era horrible. Como un manto de niebla o de oscuridad, opaco, descorazonador.
Había estado llorando. Se le encogió el corazón.
-¿Tienes alguna idea de eso tan horrible que se nos viene encima?-
-No estoy segura. Es algo grande. Enorme. Y poderoso. Siento no ser mas precisa. Algo que hay que transportar. Necesitaríamos algo grande para transportarlo. Un camión quizás.-
-Un camión … Veré lo que puedo hacer-
Si necesitas algo, lo que sea, llámame. ¿Cuanto tiempo había pasado desde entonces? Antes de la zona cero. Antes del fin del mundo. Cuando todavía podía ver más allá.
Un par de llamadas después tenía no un camión, sino decenas de camiones donde elegir. Tras mucho pensar se decidió por un pequeño Nissan Cabstar caja abierta, con grúa pluma.
-¿Y no preferirías algo más militar?- Su interlocutor señaló un viejo Pegaso 6038. El Nissan parecía de juguete a su lado.
-Es una pasada, pero es demasiado grande y llamativo. Y además no estoy acostumbrado a conducir vehículos muy grandes. El Nissan puede pasar por un camión de reparto.-
-Una maga con sus sentidos turbados, un vidente que no puede ver más allá y un cachorro de pastor alemán. Casi tiene gracia.-
-Ja ja, ¿tengo que reírme? No es nada divertido.-
-Y una caja de pañuelos-
Le alargó un pañuelo. Nunca la había visto llorar. De impotencia. Hasta bien entrada la noche se dedicaron a recorrer la ciudad sin rumbo fijo. Le recordaba a sus lejanos y continuos días de acecho. Compraron algo de comida y algo de ropa de abrigo. La noche la pasaron en la cabina del camión. Apenas pudieron conciliar el sueño.
En algún lugar más allá de las nubes debía estar amaneciendo. Un amanecer agridulce de agotamiento y desesperanza. El manto de niebla se deslizaba a ras de suelo. Se le antojó una metáfora. Algo cegaba los sentidos de Marina. Y ahora, la niebla cegaba los ojos de ambos
-¿Cómo estás?-
Marina se esforzó en intentar sonreír. El cansancio y la desesperación se reflejaban en su bello rostro.
-Igual. La misma sensación de que algo horrible va a pasar, pero nada más. No puedo sentir nada más. ¿Y tu?-
-Cansado. Tengo unos pocos años más que tu y empiezan a pesar después de noches como ésta. Y no poder hacer nada por ti me llena de impotencia. Si mis sentidos estuvieran operativos quizás podría ayudarte.-
-Ya haces bastante. Vienes, me consuelas, has conseguido un camión. Nadie más me ayuda.-
El silencio volvió a instalarse en la cabina. En medio del habitual atasco de la hora punta. Una autopista de circunvalación. Avanzaban a trompicones. El tráfico era abundante y la niebla desde luego no ayudaba nada.
Entonces sucedió. El tráfico se detuvo completamente. El cachorro levantó sus orejas e, inquieto, saltó del regazo de Marina. Araño la puerta derecha. Quería salir.
-Para donde puedas-
Por suerte no tenía la costumbre de ir pegado al vehículo que le precedía, lo que le permitió maniobrar hasta el arcén y dejar el camión en un lugar donde no estorbara demasiado. Tan pronto abrió la puerta, el cachorro saltó de la cabina. Y detrás, Marina. Y él detrás.
Corrían entre los coches detenidos. Al principio, los conductores les miraban sorprendidos. Momentos después los sorprendidos fueron ellos. Les pareció escuchar un rugido. Cristales rotos, hierros retorcidos. Y entonces se toparon con una horda de conductores aterrados moviéndose en dirección opuesta a la suya. Después, el silencio.
Había perdido de vista a Marina y al cachorro. Siguió corriendo todo lo deprisa que podía.
-¡Marina! ¡Si tu magia no es suficiente, retrocede!-
No le haría caso. La conocía demasiado bien. La niebla pareció despejarse un instante y entonces lo vio. Marina estaba en cuclillas, en el suelo, sujetando al cachorro. Respiraba pesadamente y el sudor bañaba su rostro. Su bellos labios murmuraban algo incomprensible. Quizás, el final de un hechizo. Y, apenas a dos o tres metros estaba …. Aquello. Se le antojó un monstruo sacado de algún aterrador relato de Lovecraft.
-¿Estás bien?-
Asintió con la cabeza. Entre agotada y concentrada, no podía ni hablar.
-¿Has podido neutralizarlo?-
Volvió a asentir. Entonces sintió como algo se derramaba en su interior, el cansancio acumulado, la tensión, la impotencia. Se le humedecieron los ojos.
¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel momento? Menos de una hora. Y se le antojaba un siglo. Bajó de la cabina y trepó a la caja. Cogió varias eslingas y regresó a la seguridad del suelo.
-¿Alguien sabe manejar una grúa pluma …..? Pues yo tampoco –
No podía ser tan difícil. Arrancó el camión y desplegó las patas. Le llevó algunos minutos desplegar la grúa y extender el brazo mecánico más o menos sobre el monstruo. Grúa, monstruo, eslingas. Solo quedaba algo pendiente: cómo sujetar el monstruo con las eslingas y colgarlo de la grúa. No sabría calcular a ciencia cierta cuanto pesaba aquella cosa, pero desde luego una barbaridad. No podrían levantarlo salvo … Salvo con la ayuda de la magia. Marina estaba demasiado cansada y a la vez, ocupada en mantener el hechizo sobre aquella cosa. Pero quizás Míriam
Marina cuchicheaba algo al oído de Míriam. Ella se puso colorada. Su boca se torció en una mueca de duda.Después, se acercó ceremoniosamente al monstruo. En una vida anterior, hubiera podido sentirlo. Ahora se limitaba a ser un espectador de excepción. Míriam esbozó un hechizo. Había subestimado su poder. Con tiempo y entrenamiento podría llegar a ser una mago tan poderosa como Marina. El monstruo se elevó suavemente del suelo. Pero todavía le tenía reservado una sorpresa: las eslingas se deslizaron suavemente de sus manos y rodearon al monstruo. Su boca se abrió en un gesto de absoluta admiración al ver los ojales de las eslingas deslizarse en el gancho de la grúa. En realidad ni siquiera habría sido necesaria la ayuda de la grúa, Míriam hubiera sido capaz de depositar al monstruo en la caja del camión. Pero ninguno de los presentes hubiera podido imaginar tal cosa, por lo que se limitó a manipular de nuevo los mandos de la grúa pluma hasta que aquella pesada y horrible carga descansó plácidamente en la caja del pequeño Nissan.
-No digas nada, tu cara de bobo habla por si misma. Sube al camión y conduce. Estoy agotada. Estamos agotadas.-
Por toda respuesta, suspiró. Recogió las patas hidráulicas del camión, abrió la puerta y se encaramó a la cabina. En el asiento corrido se apretaban Marina, y Míriam. En el regazo de Marina, el cachorro de pastor alemán.
-Me pareció que sería conveniente ir con vosotros- Murmuró Míriam. Seguía sonrojada, pero a la vez, sonriente. Orgullosa. Probablemente llevaba mucho tiempo preparándose para un momento como ese. Y, a pesar de los años de estudio y del entrenamiento, quizás dudaba de sus capacidades, de su habilidad como mago. Siempre había una primera vez, a veces tan especial y complicada como aquella. Superado el reto, podía imaginar como se sentía. Alegría y alivio infinitos.
-Después de lo que acabas de hacer puedes hacer lo que te apetezca, pero, tienes razón, es una buena idea.-
De nuevo al volante de una máquina levemente conocida, sintiendo el latir de sus órganos mecánicos bajo sus manos y pies. De nuevo en la compañía de Marina, pero ésta vez con una nueva y poderosa acompañante. Suspiró.
Se dejó llevar. Los motoristas le escoltaban. Se limitó a conducir. Una tarea que todavía le resultaba placentera. Pero en su interior se mezclaba el cansancio, las emociones de los últimos días y los recuerdos.
Transferencia.
No sentía nada. Dolor, rabia, ira. Todo se le antojaba muy lejano. No sentía nada. Eso debía ser morir. Una vida por otra. ¿Quién decidía? Sólo era un asesino movido por la rabia y la venganza. Y sin embargo estaba dispuesto a entregar su vida por salvar a una desconocida. De nuevo, interrumpió el proceso y cerró el círculo. Dejó de entregar su energía vital y concentró su escasa conciencia en autorrepararse. Alguien le hablaba, le gritaba, le zarandeaba, pero todo se le antojaba irreal. Por fin, volvió a sentir su cuerpo. Dolía. Dolor, confusión y agotamiento. Sintió de nuevo sus ojos y logró abrirlos.
-¿Estás bien? ¡Háblame!-
-Me he equivocado-
-¿Equivocado?-
Leyó en su rostro una mezcla de preocupación y desconcierto. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el coche.
-La transferencia. Demasiado tiempo. Demasiada energía. Pero ha valido la pena. Y todavía estoy aquí.-
-Por favor ¿me ayudas a levantarme?-
Le tendió la mano, ella la cogió y tiró de el. ¿Cómo era esa frase? Una eslinga sirve para que tiren de ti, a parte de para tirar de alguien. El contacto físico le desagradaba profundamente, pero de otra forma se le antojaba imposible ponerse en pie. Incluso mantener el equilibrio le resultaba difícil. Volvía a sentir todo su cuerpo y dolía. Respirar. Se concentraba en respirar. Notaba como el proceso de autorreparación avanzaba en su interior. Entonces recordó que había logrado salvar a aquella mujer, pero que su hija, Laura, era el verdero objetivo.
-Vamos. Hemos perdido mucho tiempo.-
-Pero … ¿Podrás conducir?-
-Creo que sí.-
Giró la llave de contacto y arrancó el motor. Su cuerpo se le antojaba extaño, pesado y gomoso. Cada gesto suponía un gran esfuerzo. Hasta pensar se le antojaba complicado. A pesar de todo, fue capaz de salir de aquel maldito lugar y volver a incorporarse a la carretera. Intentó volver a sentir. Desplegar sus redes. Como el haz del radar de un caza buscando un blanco no identificado. Un objetivo. Conducir, orientarse y autorrepararse. Todo a la vez. Se sintió confuso. Hasta que, por fin, percibió algo. Lejano, etereo, titilante. Apenas un destello en la oscuridad. Un rastro.
Pulsó el botón que activaba la luneta térmica dos veces. Eso activaba un mapa secundario de inyección. No convertía al Corsita en un Ferrari, pero si arrañaba algunos caballos más. Tenía que correr. Desplegó sus recuperados sentidos y se fundió con el coche. Le habría encantado poder volar sobre el atasco. Volar. Pero no podía volar.
-Agárrate-
Como una culebra, entre los coches, rozando guardarrailes y carrocerías, rompiendo espejos retrovisores propios y ajenos. Hasta que el atasco quedó atrás y la sierra más cerca y pudo correr todo lo que podía y sabía, o quizás un poco más. La inquietud crecía en su interior. Confrontación.
-Tu … quiero decir ¿Has utilizado tu magia?-
-¿Mi magia?-
-Tu poder. Puedes, podéis arrebatar magia a otros. Para incrementar la vuestra. Para haceros más fuerte. O a la vez para defenderos. Para acabar con alguien.-
-Yo ….-
-Así que no lo has hecho nunca. Pero es algo innato. Igual que yo se autocurarme y transferir energía. Lo harás bien.-
O no lo contaremos. Una espada y esa clase de maga que podría ser poderosa e incluso despiadada, pero que nunca había usado su poder. Un día como cualquier otro para dejar de ser. Dejar de sentir, dejar de soñar, dejar de sufrir.
La autovía dejó paso a una carretera de doble sentido, y ésta a su vez, a otra más estrella y preñada de curvas. A medio camino entre ninguna parte y ningún sitio, sintió que perdía el rastro. La carretera, a media ladera, atravesaba un bosque de pinos. Le desagradó profundamente perder el rastro de Laura. Esa rabia interior llegó hasta el pie derecho. A mitad de una pequeña recta, frenó en seco. Intentó olvidarse de todo lo demás, incluso de sí mismo, de su propio cuerpo, concentrarse en sus precisos sentidos, en el rastro, en el rastro de Laura. De nuevo una pequeña luz en medio de la oscuridad. Buscó la marcha atrás y retrocedió unos metros. En el lado derecho de la carretera arrancaba una pista de grava y tierra. Torció los labios en una mueca de disgusto: su fiel Opel Corsa comercial no era el vehículo más adecuado para trepar por pistas de montaña. Entonces recordó las sabias palabras de Sofía: “un conductor hábil puede hacer grandes cosas con un coche corriente”. Por suerte la pista estaba en razonablemente buen estado. Las ruedas motrices escarbaban en la grava en alguna horquilla en subida, pero nada más. Había recuperado el rastro. Eso era lo realmente importante. Entonces, entre las copas de los árboles, acertó a distinguir la silueta de un edificio. Detuvo el coche en una orilla de la pista, paró el motor. Antes de salir del vehículo susurró a su circunstancial pasajera:
-Procura no hacer ruido. Están muy cerca.-
-¿Vamos a enfrentarnos a ellos? Antes dijiste que eran muy poderosos … mas ...-
-No hay más remedio.-
Se colgó la vaina de la espada en el hombro y dejó el coche atrás. Caminaba con rapidez y suavidad. Como un gato. La profesora le seguía. Por una vez, alguien le guardaba las espaldas. Aunque no sabría decir si era un alivio o no. El fuego amigo. Recordó momentos digamos, complicados en Oriente Medio. Cuando les habían confundido con los chicos malos -si es que en realidad había buenos y malos- y se habían salvado por un pelo.
La amenazadora silueta del edificio se hacia más y más grande ante ellos. Dudó de su finalidad. Quizás un hospital. O un hotel. Ahora amenazaba ruina. De día transmitía una extraña sensación de vértigo y desolación. De noche daría miedo. El escenario para una película de terror. Pero era real. Y los monstruos existían. Él los daba caza y había sido testigo de sus estragos muchas veces y blanco de su ira alguna.
Veía sin ver. Sus cinco sentidos estaban alerta, su sexto sentido, desplegado al máximo. Lo que percibía se le antojó una mezcla de imagen infrarroja y la pantalla de un rádar o un sónar. Localizó el punto de entrada al edificio más cercano a su posición actual. Se orientó en su interior bañado de cascotes y escombros. Alcanzaron una estancia más amplia. Una piscina cubierta. Los había presentido. Ahora los veía. Escogió uno de los dos. Desenvainó la espada y dejó que la ira y la rabia se desbocaran.
Percibió su sorpresa. Pero pronto intentó protegerse usando su magia contra él. Dolía. Su sorpresa aumentó al contemplar con horror como era inmune a sus hechizos. El dolor le cegaba y embotaba sus sentidos y sus movimientos. La estocada, dirigida al cuello, rozó el hombro izquierdo. El hechizo se interrumpió de inmediato. Escuchaba sus gritos, pero de forma lejana e irreal. En la niebla roja de dolor y de rabia, dibujó una sonrisa en sus labios. La siguiente estocada alcanzó su cuello y le decapitó de un sólo tajo. Su sangre chorreaba por el filo de su espada y por sus brazos.
Matarlos a todos.
Matarlos a todos.
En medio de esa enloquecedora marea de rabia, dolor y euforia, percibió una energía desconocida y poderosa estallando a su espalda. La profesora. Con el suficiente entrenamiento podría haber acabado con los dos ella sola. Se volvió lentamente. Estaba de pie y se tapaba la cara con las manos. Lloraba. A sus pies, el otro oponente. En posición fetal. Muerto.
Se miraban sin verse, recuperándose de aquel instante horrible. En sus labios leyó un nombre.
Laura.
¿Dónde estaba? La sentía viva.
En el fondo de la piscina, acurrucada. No sabría decir cómo llegó hasta allí. Quizás saltó. Quizás encontró una escalerilla. Lo siguiente que recordaba era estar a su lado, en el fondo. Con su mano derecha entre las suyas. Parecía más pequeña y más frágil. Débil, pero viva. No le quedaban muchas fuerzas pero de nuevo decidió que valía la pena.
Transferencia.
Cuando recobró de nuevo el conocimiento las vio abrazadas. Estaba viva. Había despertado demasiado pronto a una realidad demasiado horrible de creer, pero estaba viva. La escuchó preguntar por su madre.
-Tu madre está bien, razonablemente bien después de todo lo que ha pasado. Saldrá adelante y tu también lo harás. Sé que no entiendes nada de lo que ha pasado. Ni tengo fuerzas ni soy quién para explicártelo. Es horrible, si, y da mucho miedo. Pero tú eres poderosa y hay gente que se preocupará por ti y te cuidará de ellos-
Le tiró las llaves del coche a la profesora.
-Teneis que iros de aquí. Yo no os soy útil por el momento. No puedo conducir todavía. Y mi ropa y yo mismo está manchada de sangre. Eso supondría preguntas.-
-¿Cómo vamos a dejarte aquí?-
-Se cuidar de mi mismo. Vamos. Marchaos-
-Esperad. En el coche hay una mochila. Por favor, traedmela. Las herramientas me dan un poco igual perderlas, pero lo que hay en la mochila no-
Cuando se fueron quedó a solas con dos cadáveres, con su dolor y su euforia. Al llegar la noche fue capaz de ponerse en pie. Salir del edificio. Perderse en el bosque. Parecía sacado de alguna pesadilla: un tipo con las ropas manchadas de sangre y una espada en su vaina colgada del hombre, avanzando en la oscuridad de la noche, en silencio. Como un animal salvaje. Como un lobo. Sonriendo.