1 Oscuridad
-No lo voy a hacer-
-Si que lo vas a hacer. Te lo ordeno.-
-Tú no tienes poder sobre mí.-
El dolor regresó. Por un instante pensó que le iba a estallar la cabeza. Un enanito azul con un mazo golpeaba su cráneo con regularidad precisa. Bum. Bum.
-Lo vas a hacer. Y el dolor se irá.-
Cada día nos cruzamos con decenas, cientos, quizás miles de personas. No somos conscientes de la lucha interior que puede tener lugar en cada uno de ellos. Hasta que una de esas luchas nos salpica. Una ciudad enorme y llena de gente. Una ciudad enorme y llena de gente y de voces, pero su cabeza también está llena de voces y le ordenan que lo haga. Un vagón de metro lleno de gente. Él es un humano más, un humano anónimo, indistinguible de los demás. Quizás el sudor en su rostro y la mueca que forma su boca pudieran delatarle. Pero los humanos intentan no rozarse y no mirarse a la cara. De pie en un rincón del vagón. Con una mochila entre las piernas. Una mochila negra, como otras tantas.
-Vamos. Es el momento.-
Abrió la cremallera y palpó algo en el interior de la mochila. Ya no había vuelta atrás. Podía quedarse allí y acabar con todo. Acabar con su sufrimiento. Callar de una vez por todas las voces de su cabeza.
-No. Saldrás del tren el la próxima estación. Todavía puedes serme útil.-
Obedeció y abandonó el tren con la marea humana.
El tren se puso de nuevo en marcha. Lleno de gente, nadie se percató de la mochila abandonada en el suelo, en un rincón. ¿Nadie? En el último instante, alguien abrió los ojos desmesurádamente. Dormitaba en un asiento, como tantos otros. Pero una sensación de peligro infinito le sacó de su sopor. Era demasiado tarde. Sintió miedo. Después llegó la oscuridad.
2 Luz
-Si te salvo ¿Me ayudarás?-
En el camino que le separaba desde el piso donde vivía a la parada del autobús solía toparse con gatos callejeros. Le fascinaban. Gatos de diversos colores: grises, naranjas, blancos y negros, negros. Pensó en si tendrían dueño. Parecían bien cuidados y alimentados, aunque desconfiados. La mayor parte corría nada más verle. Algunos, más atrevidos, le observaban con descaro desde un rincón de la acera o desde lo alto de una tapia. Los menos se dejaban acariciar. La colonia de gatos se concentraban en la porción de barrio donde algún día le gustaría vivir. En lugar de edificios de decenas de plantas, todos iguales, todos feos y asépticos, semejantes a colmenas, pequeñas casas unifamiliares, con jardín. Se imaginaba viviendo en una casa así, rodeada de gatos. Quizás en compañía de alguien que le quisiera. Sólo era un sueño. De momento, su espacio vital se reducía a una habitación en un piso compartido. Pero al menos sus compañeros eran amables y ordenados. Y discretos. Ni escándalo, ni música, ni tampoco gritos de madrugada.
Un amanecer más, del piso al autobús, del autobús al trabajo. Pero la luz de la primavera era suave y delicada. Los almendros florecían, tiñendo las calles grises con una marea entre blanca y rosada. Un pequeño gato negro le maulló tímidamente. Se acercó a él, intento acariciarlo. Pero cuando sus dedos estaban a punto de rozar su pelo negro y brillante salió corriendo y se deslizó bajo una oxidada verja, del mismo color que el gato. Curiosa, no pudo evitar ir tras él. Dudó un instante. Estaba a punto de entrar en una propiedad privada. Pero la casa parecía abandonada. Empujó la puerta de la verja, y, con un chirrido, ésta se abrió. Se adentró en un paraíso descuidado de hierba y plantas exuberantes. Un jardín olvidado y salvaje. El gato negro le miraba, curioso, desde el borde de una fuente de piedra, cubierta de musgo. Quiso acercarse de nuevo a él para intentar acariciarlo.
Entonces el suelo se abrió bajo sus pies. Durante un instante infinito se deslizó en el vacío y en la oscuridad. Hasta que su cuerpo chocó contra el agua y se hundió en ella. Debía ser un pozo, acertó a pensar mientras su conciencia se desdibujaba. No sabía nadar. El agua era gélida y oscura. No sabía nadar. Que manera más estúpida de morir.
En medio de la oscuridad que poco a poco se adueñaba de su mente le pareció escuchar una voz. Una pregunta:
-Si te salvo ¿Me ayudarás?-
-Si-
Sintió que unas manos cálidas y suaves tiraban de ella. Y que la oscuridad estallaba en un amasijo de luz dorada y cálida y dulce, como una marea extraña y, a la vez suave como un abrazo, capaz de borrar todo lo demás.
Despertó, volvió a tener conciencia de su cuerpo y de sus ojos y se atrevió a abrirlos. Estaba tumbada boca abajo al borde de la boca del pozo, esa boca a ras de suelo cubierta por maderas podridas a su vez cubiertas por hierba y hiedra, que no había visto. Estaba empapada y helada. Levantó la mirada y vio de nuevo al pequeño gato negro, que la miraba, curioso. Y acertó a ver una silueta semitransparente, brillante, de luz pura, tan bella que dolía mirarla, arrodillada junto al gato, acariciando al gato.
-No tengas miedo. Estás a salvo. Pero yo … he llegado tarde … Y ya no sé si tiene remedio-
No comprendió lo que aquel ¿ser? que acababa de salvarle la vida, quería decirle. Su voz era indescriptible, dulce como una caricia, pero a la vez con un matiz de tristeza y amargura infinita.
-Y ahora ella está sola y perdida y malherida. Nunca me lo podré perdonar. Pero quizás puedas ayudarme. Me lo prometiste. Tu vida me pertenece.-
3 Confusión
En el hospital todavía se sentía mareada y confusa. Lo vivido en esa mañana se le antojaba una pesadilla, o un sueño, o ambos. Recordaba vagamente estar sentada al borde del pozo al que acababa de caerse. Tropezar con su bolso, buscar su teléfono móvil y llamar a emergencias. Desde ese momento comenzó a contar, a repetir, una versión editada de la realidad. A los médicos que le atendieron en la ambulancia. A los que más tarde le atendieron en el hospital. Si, se había caído a un pozo (era imposible de negar, estaba empapada hasta la ropa interior). Pero había podido salir de allí por sus propios medios. Obvió a aquella ser de luz, aquel ángel, que le había salvado. ¿Se estaría volviendo loca? Quizás al caer se había golpeado en la cabeza. Pero le habían hecho pruebas. Muchas. Aparentemente estaba bien. Pero le notaban confusa. Si supieran lo que había sentido y visto, si que dudarían de su salud … mental. Le dejaron en observación. En cuanto se supo un poco a salvo, en una habitación de hospital, aséptica pero acogedora, llamó a su trabajo y después a sus compañeros de piso. Les dijo que había sufrido un pequeño accidente, pero que no se preocuparan. Que seguramente mañana le darían el alta. Intentó aparentar normalidad, cuando en realidad estaba muerta de miedo. Ella era así. Optimista por naturaleza, o inconsciente. Intentaba ver la parte positiva de todo, a cualquier precio. Estaba viva. Eso era lo importante. Si tenía alguna lesión, estaba en un hospital. Allí podrían diagnosticarla y tratarla.
Pero estaba asustada.
Tu vida me pertenece.
Eso había dicho. El miedo avanzaba desde la boca del estómago, una marea amarga y helada. Recordó algo que había leído en algún sitio. Quizás en un juego de rol:
Aquellos que temen a la oscuridad no saben de lo que es capaz la luz.
Rebuscó en el interior de su bolso. Necesitaba escribir. Encontró una libreta y una pluma. La pluma era un regalo devuelto.
-¿Qué has escrito con tu nueva pluma?-
-Nada. Es para ti-
-¿Qué? No es necesario. Mi amor es incondicional-
Incondicional y perecedero. Con fecha de caducidad, como los yogures. Cómo le gustaría volver a estar entre sus brazos, escuchar su voz, que le abrazara.
Escribió con detalle todo lo que había pasado desde el amanecer. Sin ocultar nada. Le llevó más de una hora y varias páginas. Cuando terminó de escribir estaba agotada. Su circunstancial compañera de habitación, dormía. Se puso en pié y caminó hasta la ventana. En el exterior reinaba la oscuridad rota por mil y una luces. El hospital era enorme y tenía varios edificios. Desde su atalaya en una planta alta, lo que ocurría a sus pies se le antojaba una maqueta. Un mundo de juguete. A lo lejos, un tren de cercanías se deslizaba en la oscuridad. Coches recorrían una calle. Y, frente al hospital, distinguió otro edificio enorme, con grandes ventanales, que se le antojó un hotel. Distinguió una luz tenue en una de las ventanas. Quizás alguien contemplaba la noche insomne como ella.
4 Tinieblas
Minutos de arena. Minutos de plomo. Minutos de goma. Eternos. Infinitos. La noche no avanzaba. El amanecer seguía tan lejano como un minuto antes. Se había despertado hace horas. Apenas había dormido en toda la noche. Pensó que quizás extrañaba la cama. La habitación del hotel era grande y cómoda. La cama también, pero no era su cama. Pensó en tomar algo para dormir. Su neceser de viaje era una auténtica farmacia. Pero ya era demasiado tarde. O demasiado pronto. Además, no quería acostumbrarse a depender de calmas artificiales para conciliar el sueño.