La palabra Némesis indica la justa fuerza compensadora de otra. Némesis es el nombre de una deidad griega que representa a la Justicia, Castigo, o Venganza.
(I) Muerte. Dolor. Ira.
Gracias a CqCV por las correciones varias :)
Regresó de su letargo, lentamente. Abrió los ojos. Un gesto simple, automático, que realizaba decenas de veces cada día. Pero le supuso un gran esfuerzo. Apenas alcanzó a ver una masa gris plomiza, en penumbra. Su mente trabajaba despacio, muy lentamente. Le llevó unos instantes eternos comprender que aquello era el cielo. Poco a poco, el resto de sus sentidos fueron despertando de aquel letargo. Sintió frío, mucho frió. Una sensación dolorosa, húmeda, cortante. Tiritaba sin control. Y también sintió pena, pena inabarcable, infinita. Intentó mover uno de sus brazos, el izquierdo. En ese momento se dio cuenta de que su mano izquierda se aferraba a algo... Otra mano. Una mano gélida. Rígida. Los recuerdos acudieron de golpe a su mente. Estaba muerta. Paula estaba muerta. Su mitad. Sus manos. Su maga. Estaba muerta.
Lentamente, movió su cuerpo hasta quedar abrazado a ella, como tantas otras veces, pero ya no escuchaba los latidos de su corazón, esa pulsación rítmica que le calmaba en las noches de insomnio. Estaba muerta. Ellos la habían matado. ¿Cómo era posible? Había reglas. No podían hacer eso, no podían hacer eso. Estaba muerta. Comenzó a llorar, lentamente, despacio, en silencio. Lágrimas calientes y saladas en sus mejillas. Lágrimas calientes y saladas en el rostro gélido, pero todavía bello, de Paula.
Verificar las reservas de energía vital antes de llevar a cabo cualquier otra acción.
Estaba agotado, al límite de sus fuerzas. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas sin control. Una vez más, comenzó la transferencia de energía vital. Sería la última. Lo sabía. No valdría para nada. Lo sabía. No podía revivirla. Era demasiado tarde. Estaba muerta. Pero le daba igual. Si transfería una pizca más de su energía vital a aquel cuerpo inerte, moriría. Pero no le importaba. Con la muerte terminaría aquel dolor. Comenzó la transferencia. Sus sentidos se fueron apagando. El frío, el dolor, se le antojaban lejanos. Apenas sentía nada. Todo estaba bien. Oscuridad. Oscuridad y calma. Pero...
Un pensamiento comenzó a germinar en su mente. Y una emoción en su interior. Un sentimiento poderoso. Intenso, amargo, desagradable y a la vez confortable. La ira.
Si moría, quedarían impunes. Los que habían acabado con la vida de Paula. Eso no estaba bien. No podía permitirlo. Tenía que remediarlo. Tenía que matarlos. Tenía que matarlos a todos, a todos. Uno por uno. Con sus propias manos. ¿Cómo podría hacerlo?
Interrumpió el proceso. Su energía vital dejó de fluir al cuerpo inerte de Paula. Intento cerrar el círculo interior. Como tantas otras veces. Como aquella primera vez, con la clavícula y el bazo rotos en el fondo de aquel hueco de ascensor. Una sensación cálida se derramó en su interior. Aquella sensación se unió a la ira y ambas, como una sola, recorrieron cada fibra de su cuerpo. Matarlos a todos. Matarlos a todos.
Trabajosamente logró ponerse de rodillas. Miró a su alrededor. Estaba amaneciendo o anocheciendo, no sabría decirlo. Un olivar entre pequeños cerros. Tierra helada debajo de sus rodillas y allá en el cielo, nubes amenazadoras. Hacía muchísimo frió. Su respiración generaba nubecillas de vaho. Estaba agotado. Debía buscar un lugar cálido donde poder descansar y algo de comer. Miró de nuevo al cielo. Tenía cara de nevar. Casi podía escuchar las palabras de su abuela: "Abrígate mozón, hace un frío que pela y tú como siempre con la amoto a todos lados; un día vas a coger una pulmonía". Apenas acabó de recordar esas palabras, comenzó a nevar. Copos grandes y suaves. Pero helados. No, eso no mejoraba en nada su situación. Intentó ponerse de pie pero no pudo, así que se alejó del cuerpo de Paula a gatas. Era complicado gatear por aquel olivar bien arado. Agotador. Volvió la cabeza. El cuerpo de Paula seguía allí, boca arriba sobre la tierra helada. El pelo castaño claro bajo su nuca recogido en una cola de caballo. Los ojos color miel desmesuradamente abiertos. Sus labios crispados en una mueca de dolor y sorpresa. No podía dejarla allí. Tenía que enterrarla. Tal y como hizo con sus padres.
Regreso gateando hasta donde estaba el cuerpo de Paula y comenzó a remover la tierra con sus propias manos. Estaba muy dura, casi congelada. Y estaba agotado. Pero siguió intentándolo. Necesitaba ayuda. Avanzaba milímetro a milímetro, cavando un pequeño agujero. Necesitaba ayuda.
Sintió unos pasos pequeños a su espalda. Antes de que pudiera volver la cabeza, una silueta oscura se acercó a él. Sintió una lengua cálida y húmeda en su rostro. Era un perro. De tamaño mediano tirando a grande. Desconocía la raza. Pero él parecía entenderle. Tenía fuertes patas y uñas afiladas. Comenzó a cavar un agujero al lado del que él estaba haciendo, pero mucho más rápido. Sintió alegría y le acarició el lomo negro.
Gracias.
Como por arte de magia, al primer perro se le unieron otros tres. Cavaban rápidamente, sin descanso, horadando la tierra helada que comenzaba a cubrirse de nieve. No sabría decir cuánto tiempo tardaron, pero entre los cinco consiguieron hacer un agujero lo suficientemente grande para que cupiera el menudo cuerpo de Paula. La quería tanto. Cerró sus ojos color miel antes de depositarla en el fondo del agujero. En el fondo de la tumba. Estaba muerta. Les llevó otro rato cubrir el agujero con tierra. Pero no importaba.
Estaba agotado, pero, a la vez, su mente funcionaba con mayor claridad. Necesitaba ropa limpia y un lugar cálido. Estaba lleno de barro y la nieve comenzaba a mojar su ropa. Haciendo un gran esfuerzo logró ponerse en pie ¿Dónde ir? No sabía dónde estaba. Un olivar sin nombre. Era una sensación extraña sentirse perdido.
Siempre sabes hacia dónde ir. Te paras, miras a tu alrededor y escoges el camino correcto. Tienes un don.
La claridad del alba se abría paso tímidamente entre las nubes. Estaba amaneciendo. Nevaba con mas intensidad y, por una vez, su don le había abandonado. Por suerte, no estaba solo. Los perros le rodeaban y comenzaron a andar lentamente hacia algún lugar que él desconocía. En un extremo del olivar se abría un camino. Seguramente lo utilizaban para subir con tractores y arar la tierra. Sí. Tenía sentido. El camino serpenteaba valle abajo, entre más olivares. Quizás, más abajo habría un pueblo...
Unos pasos más adelante, pasos torpes e inseguros, no sabría decir cuantos, mecido por aquella demoledora mezcla de pena, frío y agotamiento, al doblar un recodo del camino, se topó con su moto. Una veterana Honda Dominator de color azul. Sonrió. Habían compartido muchos momentos juntos. Los tres. Y la sonrisa se le congeló en el rostro y la pena volvió a ganar terreno en su interior. Recordó llegar a aquel lugar con prisa, con esa sensación amarga y húmeda en la tripa, sus sentidos saturados de estímulos, miedo y prisa, pero junto a Paula no tenía miedo, él era sus ojos y ella, sus manos, nada malo podría pasar. Quitarse el casco y dejarlo colgando de uno de los espejos, Paula hizo lo mismo, quitarse la chaqueta (no recordaba por qué) y los guantes, dejarlos sobre el asiento y salir corriendo camino arriba, como un perro de presa siguiendo un rastro. Y, sinembargo, ciego.
Con las manos heladas, sin apenas sensibilidad en los dedos, le costó un triunfo asegurar el casco de Paula en el portabultos y colocarse la chaqueta, el casco y los guantes. Todo estaba helado y cubierto de nieve, pero el contacto de aquellas prendas familiares le hizo sentirse un poco mejor, sólo un poco. La Honda arrancó a la primera y, dulcemente, se dejó caer camino abajo, muy despacito, con los perros trotando a su alrededor, cuidándole, enseñándole el camino. Pronto se recortaron entre la niebla las primeras edificaciones, un pueblo, seguro. Naves. Lugares donde guardar maquinaria agrícola, semillas, mil cosas. Se detuvo ante el portalón metálico de una de las naves, confuso. Estaba cerrado, podría abrirlo, podría abrirlo en menos de treinta segundos en condiciones normales y con algo de herramienta, pero, apenas podía tenerse en pie y el sueño avanzaba poco a poco en su interior. Esta vez, sus sentidos no le eran de ayuda. Pero contaba con los perros. Le guiaron hasta la parte trasera, donde pudo esconder la moto bajo un paraiso y colarse en el interior de la nave por una diminuta puerta.
El interior era un lugar algo más cálido que el campo, buscó un rincón abrigado, utilizó algunos sacos como lecho y, con los perros dándole calor, se internó en el mundo de los sueños. Dormir. Autoequilibrarse. Autorrepararse. Cerrar el círculo mágico. Una vez más.
Cuando despertó sintió mucho hambre. Aquella sensación de agotamiento había desaparecido en su mayor parte, no así la pena y el frío. Era hora de volver a casa, donde podría comer y continuar durmiendo en un lugar mucho más cálido y agradable, para así acabar el proceso de aurorreparación. Era de noche, no sabía cuanto tiempo habría pasado. Hambre y sed y oscuridad. Se despidió de los perros y partió sigiloso en la noche a lomos de la Honda ...
(II) Valls (Parte 1)
-No sabía que ir en moto fuera tan divertido-
Apenas detuvo la moto y paró el motor, Sofía levantó la pantalla del casco y se volvió hacia el pasajero que ocupaba el asiento trasero. Sonreía. Le gustaba verla sonreír, porque su rostro adoptaba una expresión risueña e infantil lindísima. Como si volviera a ser una niña traviesa, en lugar de una mujer recién iniciada la treintena. Marcos bajó de la moto y también levantó la pantalla de su casco.
-Sí, es muy divertido. Es como volar. Piénsalo. En un coche giras el volante y ya está, tomas una curva. En una moto has de inclinar primero para girar. Es como pilotar un avión a ras de suelo ... No se como describirlo ... es ... -
-¿Cómo bailar?-
-Justo.-
-¿Cómo un valls?-
-La experta en música clásica eres tu, te recuerdo que yo soy muy bruto para esas cosas. Si tu lo dices, será como bailar un valls-
-¿Te gusta bailar?
-Me gustaba. Ahora no.-
-Una vez, en Suiza, cuando estaba estudiando, en el internado, en una fiesta, estaba bailando un valls con un tipo bastante guapo. Creo que era suizo. Si, era suizo, estoy seguro. Tenía un cuerpo de la hostia, aunque eso me daba igual, pero además bailaba bastante bien. Me sentí importante a su lado. Lo malo es que sus manos, digamos que se adentraban en terrenos pantanosos. Vamos, que el muy mamón me tocaba el culo todo lo que quería. Yo estaba un poco borracha, así que no me importaba demasiado, pero el tipo se estaba pasando y me enfadé.-
-¿Y que hiciste?-
-Se lo dije. Que se estaba pasando. En alemán, italiano, francés, inglés ... Pero el seguía y seguía. Así que opté por pasar a un lenguaje más universal.-
-¿Un lenguaje más universal?-
-Si, que pareces tonto. Rodillazo en los huevos. Eso si lo entendió, puedes jurar que si- rió Sofía.
-¿Y qué pasó después?-
-Resulta que la familia de aquel tipo era íntima amiga del director del internado y, para no variar, casi me expulsan. Mi padre tuvo que viajar hasta Suiza, al internado, para apaciguar los ánimos. Y estaba en Estados Unidos. Así que te puedes imaginar el humor que tenía. Estuvo un mes sin hablarme y me recortó la asignación semanal a la mitad. Cuando por fin conseguí hablar con él y le explique lo que había pasado. Pensé que no valdría de nada. Al principio no me entendió. Después hablé con mi madre. Ella si que me comprendió, porque era como yo. Habló con mi padre, tuvieron otra de sus habituales discusiones, pero al final pareció comprenderme. Y como para él siempre seré su nena, se enfadó todavía más, pero con aquel tipo y con su familia.-
-Deberías escribir un libro sobre tu vida. Tiene un montón de pasajes interesantes. O al menos un diario.-
-¿Quién te dice que no lo he hecho ya? Quizás algún día puedas leerlo ...Y tu deberías hacer lo mismo-
-Nadie me creería-
-Yo te creo ...-
-¿De verdad?-
-Deberías saberlo ...-
-Si, debería saberlo. Quieres creerme. Si. Pero hasta que no lo veas con tus propios ojos, no lo creerás. Espero que no lo veas nunca. Pero no puedo saberlo. Tiene que llegar y llegará, pero no sé cuando- mostró las palmas de sus manos enguantadas hacia arriba, hacia el cielo de la noche – Y solo tengo dos manos. No es suficiente ... –
-Cuando hablas así, llegas a asustarme ....-
-Lo siento-
-No, tranquilo, está bien. Hace una noche muy bonita y me has enseñado a ir en moto y eso me gusta ... Aunque seguro que no me lo has enseñado todo, apuesto a que no ... ¿qué más sabes hacer?-
Mientras hablaba, Sofía había extendido el caballete lateral y bajado de la moto, expectante. Por toda respuesta, Marcos bajó la pantalla de su casco y se acomodó sobre el asiento. Giró la llave de contacto y devolvió a la vida el motor de la CBR 600 F. De las primeras series. Sin inmovilizador ni inyección ni ninguna sarta de despliegues tecnológicos de las motos actuales, pero rápida y ágil.
Primero avanzó despacio, desplegando sus sentidos, fundiendo sus extremidades con aquel caballo de acero, hasta ser un único todo, hasta resultarle incapaz percibir donde acababa su cuerpo y donde empezaba aquel noble caballo de acero. Después, dio rienda suelta a su agresividad. Con un golpe de gas hizo que la rueda delantera buscara el cielo. Sonreía debajo del casco. Era un juego arriesgado, pero sabía lo que hacía y era un lugar despejado, tranquilo, lejos de miradas indiscretas. Caballitos, algunos invertidos y un par de derrapadas. Estaba disfrutando. Pero …
Recordó aquella noche. La primera noche del resto de su vida. Hambre y sed. Frío. Desiertas carreteras secundarias. Niebla. Y pena. Volver a casas con las manos vacías y aquella imagen tallada de forma indeleble en su mente: los ojos de Paula desmesuradamente abiertos y aquella mueca de dolor y de sorpresa en su rostro inerte. Le gustaba montar en moto con ella, desde el día en que se conocieron, había sido su principal forma de desplazarse. Ambos se sentían seguros. Los sentidos de Marcos y la magia de Paula. Y aquella unión, aquella especie de comunicación telepática entre ellos, sin palabras.
Una noche de pena sin luna, de vuelta a casa, intentando concentrar sus esfuerzos en rodar lo más rápido que sabía, quizás, más allá de lo aconsejable, estirando las marchas, frenando muy tarde y abriendo el gas muy pronto y muy brusco. Nada tenía sentido sin ella. Pero pudo llegar a casa. Si estaba vivo, era por algo. Lo pagarían. Lo pagarían.
Sus ojos se inundaron en lágrimas, como aquella noche. No podía seguir con sus acrobacias en esas condiciones, así que rodó despacio hasta el lugar donde le esperaba Sofía.
Aquella sonrisa pícara volvía a dibujarse en su rostro. Estaba disfrutando con el espectáculo que él le había desplegado ante ella.
-¡Impresionante! Sabía que eras rápido, pero siempre tan fino, tan discreto, sin llamar la atención, pero … ¿Qué te pasa?-
-Recuerdos. No preguntes.-
-¿Malos recuerdos?-
-¿Alguna vez has perdido a alguien? Alguien que te importara mucho.-
-Si. Mi madre. Todavía era joven. Y guapa. La mayor parte de mi belleza, la he heredado de ella, o eso dicen. ¿Y tu?-
-Si. Y duele. Pero no tanto, como duele quién me arrebataron. Si … Pero algún día ...-
-¿Por eso me necesitabas? ¿Para ser más listo que ellos y poder vengarte?-
(III) Emboscada
Estaba a punto de empezar a llover. Podía sentirlo. El cielo estaba completamente cubierto por nubes grises y amenazadoras. El suelo estaba húmedo. Seguramente por la noche había llovido. Avanzaba muy despacito sobre una moto, por aquel céntrico y pequeño parque. Una isla de paz y de silencio en aquella maraña de edificios. Oficinas, en su mayoría. Sabía que no debía hacer eso, ir en moto por un parque, estaba prohibido, pero tenía prisa. Y la pena era demasiado grande. Estaba cansado, muy cansado. Y además el parque estaba desierto. Casi. Silvia estaba allí, en medio del parque, junto a una fuente con estatuas de piedra y pequeños chorros de agua. De pie. Quieta. Con un paraguas en la mano derecha. Avanzó, muy despacito, hasta llegar a su altura. Paró el motor, se quito los guantes y después el casco.
-Creí que ya vendrías-
-Pero estoy aquí, Silvia-
-Y me alegro por ello.-
El se quedó en silencio, todavía sobre la moto, el pie derecho firmemente apoyado sobre el sueño empedrado del parque y la mirada clavada en el cuadro de relojes de la moto. Una mirada ausente, perdida
-Siento mucho la pérdida de Paula. Todos lo sentimos. Y me han encargado de que te transmita nuestras más sinceras condolencias. Es una tragedia ... Era una mujer maravillosa. Y una maga excelente-
-No es una tragedia, fue algo deliberado, fue un asesinato, han roto las reglas, las han roto, y volverán a hacerlo-
-¿Qué quieres decir?
-Lo que oyes. Se ha acabado la partida. Han roto las reglas y pagarán por ello-
-No puedes hacer eso. Cualquier acción violenta podría ser malinterpretada. Comprendo que estés apenado por la pérdida de Paula ...-
-¿Apenado? ¿Apenado? No te puedes ni imaginar cómo me siento. Este dolor no me deja vivir ... No puedo vivir sin ella, no puedo, no puedo.-
Rompió a llorar desconsoladamente. Silvia intento acercarse un poco más a él y consolarle, pero él extendió el brazo derecho.
-Claro que se como te sientes... Soy como tu ¿lo has olvidado? Te enseñé a canalizar tu intuición. A potenciarla. De la misma forma que me lo enseñaron a mí. Deja que te de un abrazo. Te sentirás mejor. Lo sabes.-
-No. Si he venido hasta aquí, ha sido para decirte que lo dejo. Punto final. Podéis olvidaros de mi.-
-No puedes dejarnos. Somos tu familia. Somos tu vida.-
-Una familia se enfrenta unida a las adversidades. Como uno solo.-
-¿Enfrentarse... ? No has escuchado nada de lo que te he dicho, no podemos ¿Me estás escuchando? ¿Entiendes lo que te digo?-
Tenía la mirada perdida, los ojos muy abiertos. Respiraba deprisa como si acabara de hacer un gran esfuerzo. Comenzó a ponerse el casco. Le costó mucho trabajo abrochárselo, sus manos temblaban.
-¡Es una trampa! ¡Sabían que vendría! No se como pero lo sabían, es una trampa, me cago en la puta, lo sabían... -
-¿Qué dices? Creo que estás perdiendo el juicio... -
-¡Cállate! Calla y siente ¿has olvidado lo que me enseñaste? ... –
Ella se dio la vuelta, despacio, muy despacio. Comenzó a desplegar sus sentidos. Lentamente. Como una tela de araña. Como el haz de un radar, barriendo a impulsos rítmicos el espacio que les rodeaba. Ella también podía percibirlo. Esa sensación amarga en el estómago. Esa extraña vibración en el aire. Ese sonido chirriante, aunque muy débil, pero tremendamente desagradable. Sintió miedo. Mucho miedo
-Siento haberte hablado así... -
-No te disculpes... creo que... tienes... razón-
Acabó de ponerse los guantes. Giró la llave de contacto y pulsó el botón de arranque. Nada. El motor giraba, pero no se ponía en marcha. Tiró del aire y volvió a intentarlo.
-Mierda... Tenemos que irnos de aquí. Ahora-
-¿Irnos? ¿A dónde?-
Levanto la vista. Silvia estaba pálida. Mucho.Y temblaba
-¿Estás bien?-
-No... ¡vete! ¡Márchate mientras puedas! ¡Corre!-
-Me voy pero te vienes conmigo, vamos, sube- le dijo señalando la parte trasera del asiento de la moto. Volvió a pulsar el botón de arranque. Quitó el aire y probó a acelerar un poco...
-Por tus muertos arranca. -murmuró
El propulsor monocilíndrico de 650cc se puso en marcha por fín, con un sonido que daba gloria escucharlo. Pero .... algo estaba mal. Volvió la cabeza. Silvia estaba tendida en el suelo, sin sentido. Con los ojos muy abiertos y la boca crispada en una mueca de dolor. Quiso bajarse de la moto la moto. Tenía que ayudarla. No podía dejarla allí. Pero su cuerpo no le respondía. Un extraño hormigueo se adueñaba de sus piernas, de sus brazos, de sus manos. No podía sentirlos. Y esa sensación de terror. Su instinto le gritaba que saliera cagando leches de ahí, mientras pudiera. No entendía nada. Haciendo un gran esfuerzo logró apretar la maneta del embrague, poner la primera y dar un poco de gas. Se sentía tan débil... Girar el puño de gas le costaba un esfuerzo tremendo. Sus manos parecían de plomo. Muy despacito se alejó de allí. Un metro, y otro y otro. Por los espejos retrovisores podía ver a Silvia, tirada en el suelo empedrado, quieta. Muerta. Lo supo. Estaba muerta. Siguió muy despacito avanzando y con cada metro pudo recuperar el control de su cuerpo. El hormigueo cesó y volvió a ser dueño de sus manos. Aceleró un poco más. Al llegar a un extremo del parque, cogió el embrague y pisó el freno de atrás a fondo. La rueda se bloqueó, la moto culeó un poco hasta que se detuvo. Giró la cabeza y vio una silueta junto a Silvia. Una mujer. Vestida de negro. Muy elegante. Abrigo caro, traje de chaqueta, botas de piel. Pelo castaño y rizado. Guantes negros. Ni muy alta ni muy baja. Piel morena. Desde donde estaba no acertaba a distinguir el color de sus ojos. Pero si acertaba a entrever su sonrisa. Sonreía. Estaba disfrutando con aquello. Allí, de pie. Desafiante
Sintió la ira desbocándose en su interior, colmándolo todo, arrasando el miedo. Inclinó un poco la moto, cogió el freno delantero soltó el embrague despacio, y dio gas bruscamente. La rueda de atrás patinó un poco sobre el empedrado húmedo, inclinó más la moto y así pudo girar 180º en muy poco tiempo. En cuanto tuvo la rueda delantera encarada hacia donde quería, puso la moto recta y soltó el freno delantero. Más gas, picó embrague y la moto se encabritó, como un caballo, la rueda delantera buscó el cielo por unos instantes, para luego regresar al suelo. Segunda, más gas. La mujer seguía sin moverse. Calculó que les separaban apenas cien metros, quizá menos. Entonces ella se dio la vuelta y comenzó a correr, en dirección a la verja que delimitaba el parque.
Al llegar a la altura del cuerpo de Silvia, detuvo la moto, la dejó sobre la pata de cabra, en punto muerto, bajó de ella y se arrodilló junto a Silvia. Sus ojos, sus preciosos ojos canela estaban desmesuradamente abiertos. La boca crispada en una mueca de dolor. Le buscó el pulso en el cuello. Nada. Estaba muerta. Le cerró los ojos con las yemas de los dedos enguantadas y acarició sus mejillas. Había rechazado su abrazo, sin saber que era el último. Un abrazo. Aquel gesto cálido y cómplice con el que se habían saludado tantas veces...
-Pagará por ello, la encontraré, aunque sea lo último que haga, pagará por ello, te lo juro. La encontraré y la mataré, todavía no se como, pero encontraré la forma, aunque tenga que buscarla en el averno.-
Subió de nuevo a la moto y salió del parque. Con la mirada y con su intuición buscaba a aquella mujer vestida de negro, no podía estar muy lejos, si, allí, un poco más adelante, en la calle, junto a la acera, pudo ver un Audi A3 rojo, aparcado en un lugar donde estaba prohibido. Ella estaba abriendo la puerta del conductor, pero antes de entrar en el coche, giró la cabeza, como la mujer de Lot y le miró. Desafiante ...
(IV) Ratones suicidas
Aquella mujer desapareció en el interior del coche y cerro la puerta. El motor arrancó de forma suave y silenciosa, igualito que su moto, un trasto que de tercera mano y con casi diez años en su chasis. Comprobó con un leve vistazo que podía incorporarse al tráfico sin que nadie le llevara por delante, se puso de pie sobre las estriberas, golpe de gas y tirón del manillar para salvar el bordillo en una rueda. El A3 ya se había puesto en marcha, cruzando los 3 carriles de la calle de golpe para girar a la izquierda en el siguiente cruce, al menos tres coches y una furgoneta de reparto estuvieron a punto de chocar con el Audi. Y él detrás. El asfalto estaba húmedo, para pocas bromas. Y las ruedas de su moto, mixtas campo - carretera, digamos que no eran lo más adecuados para hacer el cabra en esas condiciones. Pronto tuvo el primer susto, al abrir gas demasiado fuerte sobre un paso de cebra, la moto protestó con un seco latigazo. Confiaba en que pudiera atrapar a aquella mujer, por mucho Audi que llevara, él iba en moto y, coño, que estaban en Madrid, la capital mundial del atasco.
Pero la suerte no estaba de su parte. Ella escogía las avenidas más amplias y más despejadas, donde poder hundir el pie derecho sin contemplaciones. Y se pasaba por el forro la mayor parte de normas de tráfico, semáforos, pasos de cebra, límites de velocidad, ceda el paso, todo le daba igual.
Y él detrás. Se la estaba jugando. Los espejos y las carrocerías de los coches pasaban muy cerca de los extremos del manillar de su moto. Y de sus codos. Apuraba las marchas hasta la línea roja, frenaba muy tarde. Una parte de su cabeza le recomendaba ir más despacio o de lo contrario se iba a calzar una hostia como un piano. Pero la ira podía mas. Inundaba su ser. Lo pagaría. Si. Y la ira llegaba hasta su puño derecho que roscaba el gas sin compasión. Sentía de nuevo que el y su moto eran uno. Un organismo mitad mecánico mitad humano. O quizás, un ratón. Un ratón enloquecido, suicida, que en lugar de dar media vuelta y poner tierra de por medio, se dedicaba a perseguir al gato. Un gato fiero, poderoso, que en cualquier momento podía volverse y darle un zarpazo terrible en la cara. Sus sentidos estaban alerta, siempre alerta, la sentía, aunque les separaran unos cuantos metros, sentía su magia, su poder, su energía, poderosa, desbocada, le asustaba pero la ira vencía a la razón, a su propio instinto de supervivencia.
Cuando quiso darse cuenta ya no rodaban rápido, demasiado rápido, por amplias y céntricas avenidas, sino por uno de esos barrios nuevos, del extrarradio, todavía a medio hacer y casi desiertos. Y entonces sucedió. Llegó a una rotonda demasiado rápido, en cuarta a fondo a más de cien por hora. Frenó fuerte, se ayudó con el motor bajando un par de marchas, pero era imposible, no entraba en la rotonda ni de coña. Al final, no muy deprisa por fortuna, bloqueó la rueda delantera y se fue al suelo. Se deslizó unos metros por el asfalto mojado y acabo por detenerse, junto a su moto, junto al bordillo que delimitaba el centro de la rotonda. Casi inmediatamente se puso en pie y levantó la moto, como pesaba la puñetera. Al ir a buscar el punto muerto se dio cuenta de que la maneta del embrague estaba rota. Entonces levantó la vista y vio el Audi parado a la salida de la rotonda, esperándole, desafiante. Esto le desconcentró completamente, el manillar se le escurrió de las manos y la moto acabó de nuevo en contacto íntimo con el asfalto. Apretó los puños. El Audi se puso en marcha y , lentamente, desapareció de su vista. Su primera intención fue intentar seguirle, pero sin maneta del embrague complicado, lo único que conseguiría sería cargarse el cambio. Así que empujó su moto fuera de la rotonda, la subió a la acera y la dejó atada a una farola con un candado tipo "U". No fueran a llevársela, que todo podía ser. Se quitó el casco. Revisó de nuevo visualmente la moto. Uno de los intermitentes estaba roto, colgando del cable. El carenado tenía un par de arañazos bastante majos. A parte de eso y de la maneta rota del embrague, parecía estar bien. Después comprobó su propio estado. Los vaqueros empapados de agua, le dolía un poco la mano izquierda pero nada más. Respiró despacio. Se dio cuenta de que tenía hambre. Bastante. Coño, ni había desayunado. Se despidió mentalmente de su moto y comenzó a andar. Sin rumbo aparente. Buscando las zonas más habitadas, menos en construcción. Anda, si tenía un centro comercial y todo. Con un burger. Entro y pidió una súper hamburguesa con extra de patatas y refresco grande. Con el estómago lleno cualquier pena parecía más pequeña. Después sus preocupaciones se centraron en su moto. Entró en el hipermercado que tenía el centro comercial y compró un tubo de pegamento rápido, de esos que prometían pegarlo todo en segundos. A la salida del centro comercial había una boca de metro, perfecto. Otra vez de vuelta al centro de la ciudad. A su tienda de recambios de moto de confianza. Como esperaba el recambio original Honda era bastante caro, por decirlo de forma diplomática, así que compró una maneta entera, con soporte y todo, de una marca que no le sonaba de nada pero tenía buena pinta, larga y robusta. Volvió junto a su moto, montó la maneta y pegó el intermitente, no fueran a multarle los hombres de verde. Y volvió a las calles.
Desplegó sus sentidos, lentamente, como una tela de araña, como el radar de un caza acechando aviones enemigos. Patrulló las calles. Arriba y abajo. Despacio esta vez. Sin rumbo. Como una fiera tras una presa. Buscando su rastro. Pero era como encontrar una aguja en un pajar. Estaba a punto de darse por vencido y volver a casa para poder dormir y llorar a gusto cuando lo percibió. Una energía poderosa. Si. Era ella, sin duda. El rastro le condujo al interior de un aparcamiento subterráneo público. Culebreó entre los coches aparcados hasta que se topó con ella. Les separaban apenas treinta o cuarenta metros. Allí, de pie, desafiante. Mirándole. Sentía su poder. Tenía miedo. Sobre la moto, con la primera engranada y el embrague apretado. Un golpe de gas, soltar el embrague y sería el fin. Le bastaba con avanzar unos pocos metros y todo acabaría. El saco de dolor. No más lágrimas.
Entonces la vio. Paula. No podía ser. Estaba muerta. Él había llevado su cuerpo inerte en sus brazos. Él la había enterrado al amanecer en un olivar sin nombre, entre la niebla. Estaba muerta pero a la vez estaba allí delante de él, vestida con algo blanco y vaporoso una especie de túnica. Cerro los ojos, sacudió la cabeza y cuando volvió a abrirlos ya no estaba allí. Pero escuchó su voz susurrando un nombre, tan claro como el ronroneo del motor de su moto latiendo entre sus piernas.
AIRIN
Si estaba vivo, vivo, era por algo. No podía dejarse matar así. No.
Rompió a llorar, maniobró torpemente la moto en parado, y se alejó de allí.
La echaba tanto de menos.
(V) Airin (Irene)
Mil gracias a Dreamer por su paciencia y por sus correcciones. Son cambios pequeños, pero importantes.
Poco antes de llegar a un cruce notó que algo no funcionaba bien en la moto. Un poco más allá arrancaba un camino de tierra, si, era un buen lugar, dirigió la moto hasta aquel lugar y paró el motor. Además, estaba cansado. Necesitaba descansar. Demasiadas horas sobre la moto. Demasiados kilómetros. Ni siquiera el hermoso paisaje escocés ante sus ojos lograba mitigar el cansancio. Intentaría solucionar la avería y descansaría un poco. Tenía algo de comida y agua. Dejó la Honda recostada sobre la pata de cabra y comenzó a buscar la posible avería. Primero pensó qué había sentido. Un ruido. Un ruido que no era normal en la parte trasera de la moto. Eso facilitaba bastante la busqueda. Comenzó a revisar visualmente la parte trasera de la moto, partiendo del eje trasero. Pronto encontró el problema: uno de los tensores de la cadena, que se encargan de mantener la rueda de atrás en su sitio, se había aflojado. Descargó la moto, para que le fuera más fácil trabajar. La bolsa sobre deposito y la mochilona, mitad sobre el portabultos y mitad sobre el asiento, tanto que casi le servía de respaldo. Buscó las herramientas, comprobó la tensión de la cadena y apretó bien el eje y los tensores.
Estaba enfrascado en esa tarea cuando escuchó un petardeo lejano. Casi música. Una Harley-Davidson. Antes de que llegara a su altura, supo que era ella. En cuanto llegó a su altura, se detuvo a su lado, se quitó el casco negro, dejando a la vista su larga melena cobriza. Paró el motor –que pena, con lo bien que sonaba- puso la pata de cabra, y se acercó hasta donde él estaba.
-La primera vez que te vi estabas así, tirado en el suelo, con las manos llenas de grasa y arreglando tu moto-
Tal y como la recordaba su voz cálida, dulce, preciosa, un castellano perfecto, pero con un marcado acento escocés. Sus ojos marrones, bellísimos. Su rostro sereno y limpio. Su piel blanca y delicada.
-Pero de eso ya hace casi diez años-
-A ti te han sentado mejor que a mí. Mírame. Más años, más arrugas, más kilos-
-Pero tu magia sigue intacta. Igual que la primera vez. Sentí tu energía interior.-
-¿Lo recuerdas?-
-Como olvidarlo... aquella mañana sonreí después de muchos meses oscuros-
Un destello de luz y de alegria en un mar de desesperanza.
Recordaba la luz de la mañana y el sonido suave y metálico del motor de la Suzuki, en cuarta a fondo devorando el asfalto de aquella carretera en construcción.
Fue feliz, por primera vez desde hacía mucho tiempo, sonrió, se olvidó de todo, y se sintió bien. Una mañana de marzo, la luz de la primavera, el amanecer y su moto. Y el asfalto.
Después de que murieran sus padres, sus abuelos maternos se hicieron cargo de él. Pero de eso ya habían pasado casi dos años. Sí. Al principio el dolor no le dejaba vivir, pero pronto se dio cuenta de que no le quedaba más remedio que seguir adelante. Intentó volcarse en los estudios. No era mal estudiante. Medio. Del montón. De suficientes, bienes y algún notable de vez en cuando. Pero una tragedia así descentraba a cualquiera. Por eso le costó mucho acabar la EGB limpio, sin repetir. Pero lo consiguió.
Cuando supo que había aprobado, su abuelo le mostró la sorpresa que le tenía preparado. Nunca lo olvidaría. Le vio venir por la calle donde vivían, con la vieja Nissan Vannette blanca. Antes era cerrajero, estaba jubilado, pero seguía haciendo pequeños trabajos, para tal fin la furgoneta le era muy útil. Llegó donde estaba él, aparcó, y sin decirle nada abrió el portón trasero de la furgoneta. Allí estaba. Una moto. Una Suzuki Dr Big 50. De segunda mano. Blanca y azul. Preciosa. Había conocido mejores días, sobre todo a nivel estético, tuvieron que sustituir algunos plásticos que estaban rajados. En septiembre, a punto de comenzar las clases, se sacó la licencia de ciclomotor. Así ya podía utilizarla legalmente para ir al instituto, quedaba un poco lejos de casa de sus abuelos.
En marzo del año siguiente tocó abrir el motor para cambiar el pistón y los segmentos, estaban al límite de su vida útil. Aprovecharon para limpiar bien el cilindro de carbonilla y, ya puestos, su abuelo retocó un poco los transfers de admisión y escape. No estaban seguros de cómo iba a resultar, pero funcionó. Subía mejor de vueltas y se estiraba con fuerza hasta el corte de encendido. Aquella mañana se le metió en la cabeza probar un desarrollo más largo, un piñón con un diente más, a ver que pasaba, se levantó muy pronto, bajó al antiguo taller de cerrajería de su abuelo, donde guardaba la moto, le cambió el piñón y salió a probarla. Resultó. Buscó un lugar tranquilo y despejado, si, aquella autopista nueva, de circunvalación, que estaban haciendo. Quizás el desarrollo era un poco largo, pero en llano, agachándose bien detrás de la pequeña cúpula, corría más. Si. Aquel amanecer fue feliz, sonreía debajo del casco. El alba, el asfalto, el viento y su moto. Le bastaba para ser feliz.
Pero, con las prisas, dejó la cadena mal tensada y a dos manzanas del instituto se salió. Mierda. Llegaba tarde. Le tocó empujar un poco, a la hora del recreo ya miraría que había pasado. En el pequeño aparcamiento del instituto, al sol de marzo, con la moto sobre el caballete y las manos llenas de grasa de devolver la cadena a su sitio. Estaba concentrado en dejar bien alineada la rueda trasera cuando levantó la mirada y se topó con unos ojos marrones. Sintió algo extraño. Una energía poderosa. Una mujer. Bastante mayor que él, pero no mucho. No se le daba demasiado bien calcular las edades. Podía tener los mismos años que alguno de sus profesores, algo así. Bajaba de un coche, ella, y otra mujer. Lo habían aparcado junto a su moto, pero estaba tan ensimismado en el arreglo que no se había dado cuenta, hasta que levantó la vista y se topó con su sonrisa y sus ojos marrones.
-¿Se salió la cadena?- Le llamó la atención su acento. Pronunciaba cada sílaba perfectamente, pero aun así su acento resultaba extraño. Inglés quizás ...
-Si. Estaba mal tensada. Demasiado floja.-
Comenzó a apretar las tuercas del eje trasero y cuando volvió a levantar la vista ella se había alejado unos pasos, estaba junto a la otra mujer (más joven), quizás cruzando algunas palabras en voz baja. Desde donde él estaba no podía escuchar lo que decían, pero sintió que estaban hablando de él y se sonrojó.
-Hasta luego- le dijo mientras se alejaba, otra vez ese acento tan curioso
-Hasta luego-
Comprobó que las tuercas del eje trasero estaban bien apretadas –no fuera a pasarle lo mismo otra vez-, guardó las herramientas. Volvió al interior del instituto, fue al baño a lavarse las manos. Esa sensación seguía bullendo en su interior. Había percibido una energía poderosa. Intensa. Desconocida. Algo que le asustaba y a la vez le atraía.
(VI) Valls (parte 2)
Gotas de lluvia …
Escuchaba el estruendo de las gotas de lluvia estrellándose contra el asfalto mojado. Estaba tendido en el suelo, hecho un ovillo. La lluvia mojaba su ropa, el casco, las botas. En ese instante se dio cuenta de que contemplaba desde fuera de su cuerpo. Flotando un par de metros sobre el asfalto mojado. Se asustó mucho. Podia verlo todo, escucharlo todo: el rumor de la lluvia, la luz de las farolas, su cuerpo inmóvil sobre el asfalto, hecho un ovillo, en el arcén, junto a un amenazante guardarrail. El scooter que conducía estaba unos metros más adelante, a la salida de la rotonda, destrozado, tirando gasolina y aceite.
Recordaba haber llegado al la rotonda demasiado rápido, a todo lo que daba el scooter (que era muy robusto y fiable y muy manejable, pero no pasaba de 60 por hora ni cuesta abajo y eso que le había hecho unos retoquillos muy majos) con esa sensación amarga y desagradable en el estómago ...
(algo muy malo está a punto de pasar, vamos, vamos, deprisa, tienes que ir todo lo rápido que puedas, vamos, tienes que impedirlo, antes de que sea demasiado tarde).
Trazar una rotonda, aunque fuera de noche, diluviando y al manillar de una Peugeot Ludix como las que usaban los repartidores de pizzas, no tenía mayor complicación: llegas, frenas un poco, miras a ver si viene algún coche y luego trazas de lado a lado, intentando tumbar lo menos posible. Pero a mitad de rotonda un coche apareció de la nada mucho más rápido que el y literalmente le pasó por encima. Recordaba haberlo visto demasiado tarde, intentar esquivarlo sin éxito. Recordaba el impacto tremendo, rodar por el capó del coche, reventar el parabrisas con la espalda, seguir rodando por el techo y caer en el asfalto, junto a los guardarrailes …
Continuaba viendo su cuerpo desde arriba, inmóvil en el asfalto y eso solo podía significar una cosa: que estaba muerto. Se había acabado todo, todo. Sintió un pánico tremendo y entonces todo se volvió negro.
Cuando volvió a tener conciencia de si mismo estaba sobre el asfalto, cerca del arcén. La lluvia seguia lamiendo el suelo implacablemente. Intentó desabrochar la correa del casco, sin éxito. La mano derecha le dolía terriblemente. Quizás se había roto algo. Era un problema, porque era diestro. Manipuló torpemente el cierre con la mano izquierda y por fin logró quitarse el casco integral. La lluvia le mojó la carra y le hizo sentirse mejor. A parte de la mano derecha, también le dolía terriblemente la espalda. Y no pasaba ningún coche. Aunque la sensación de angustia seguía creciendo en su tripa, hubiera agradecido que alguien le llevara a un hospital. Pero al menos estaba vivo. La cazadora con protecciones y el casco le habían salvado. Eso y su propia condición. Su magia. Tanteó en la parte superior de su espalda, con la mano operativa, la izquierda. Bajo el cuello de la cazadora, cerca de la nuca, pudo acariciar apenas el comienzo de la empuñadura de su espada. Eso le hizo sentir mejor, pero sólo un poco.
Logró incorporarse hasta quedar sentado sobre el asfalto empapado de lluvia. Su moto estaba un poco más para allá, en medio de la calzada. Uno de aquellos trastos que utilizaban para repartir pizzas, que no pasaba de 60 por hora ni cuesta abajo pero que le permitía mimetizarse entre el tráfico urbano. Nadie sospecha de un repartidor. El cajón de plástico para llevar pizzas se había soltado con el golpe y estaba el exterior de la rotonda, en el borde de la calzada. Le costó un triunfo llegar hasta allá pero podía necesitar lo que había dentro: una mochila pequeña: algo de herramienta, comida, agua y una cámara de fotos. Ni siquiera abrió la cremallera para comprobar el estado de su contenido. Tenía cosas más importantes en las que pensar.
Una vez recuperada se sintió sólo un poco mejor. Apenas podía caminar y estaba en medio de ninguna parte, en una rotonda cualquiera cercana a algún indistinguible polígono industrial. Era de noche, estaba diluviando y oleadas de dolor brotaban de la espalda y de la mano derecha. Si. Definitivamente tenía suerte de estar vivo. Con muchas horas de sueño, calor, líquidos y algo de comer el dolor desaparecería, pero no tenía tiempo que perder. Dejó que su intuición le guiara. No sabíría decir cuanto tiempo o cuantos kilómetros caminó, pero se le hizo eterno. Cuando divisó alcanzó las luces de un aséptico y desierto polígono industrial se sintió aliviado. Pero estaba demsasiado desierto. Ningún coche. Ningún vehículo que le sacara de allí, que le devolviera a la ciudad, que le permitiera volver al punto de partida y volver a encontrar el rastro que había perdido.
Por una vez en toda la noche, la suerte le sonrió. Una verja, al otro lado, decenas de camiones aparcados, alguna naves, quizás talleres. Y en la puerta de aquel recinto, un pequeño camión, diminuto, casi de juguete, blanco y verde, detenido, con el motor en marcha. Con cautela miró en el interior de la cabina: nadie. No podía ser tan fácil. Sin tiempo que perder abrió la puerta del conductor y se acomodó en el asiento. Desde dentro parecía más grande, nunca habría conducido un trasto tan grande. Recordó las sabias palabras de Sofía, su particular instructora en conducción extrema: “Cualquier cosa con cuatro ruedas y un volante sirve para ir deprisa … con un buen piloto”. Se alejó de allí rápido, pero sin llamar la ateción. Esperaba que alguien se diera cuenta de que el camioncito había desaparecido, pero nadie protestó ni le siguió. La mano derecha dolorida protestaba, le costaba girar el volante y sobre todo cambiar. Cuando alcanzó el final del polígono industrial, antes de sumergirse en aquel mar de rotondas, carreteras, autopistas de circunvalación, se detuvo un instante. Buscó en el interior de la mochila, que había dejado en el asiento del copiloto. Tanteó en el interior: encontró una pequeña funda de neopreno, dentro, una PDA con GPS integrado. Funcinaba, era robusta, si. Seleccionó la aplicación de navegación: por fin supo donde estaba. ¿A dónde ir? Al punto de partida. Dejó el pequeño aparato tras el volante, sobre el cuadro de instrumentos. A pesar del dolor y del desasosiego, tener algo que le guiara le resutó agradable.
Volver al punto de partida.
El rastro. Así llamaba a mezcla de percepción, intuición y premolición que guiaba sus pasos. Igual que un pastor alemán bien entrenado podía seguir un rastro durante kilómetros.
(VII) Ritual / El sueño de la razón produce monstruos (Parte 1)
Su corazón latía desbocado en las sienes. Una noche más aquel sueño se interrumpía despierto, en mitad de la madrugada ¿Qué hora sería? Aunque no podía ver el exterior (el lugar donde dormía era una antigua sala de reuniones, sin ventanas, en lo que fuera un aséptico edificio de oficinas) afuera estaba oscuro todavía. No acertaba a recordar ni un solo detalle del sueño. Bruscos despertares, sensación de desasosiego. Nada más. Como Silvia les había explicado durante su formación -hace un siglo, se le antojaba- los sueños eran una importante herramienta para predecir el futuro. Ante una sensación, un presentimiento, imposible de concretar, si las circunstancias lo permitían, intentar dormir un poco, invocar a Morfeo, resultaba más que aconsejable. Por eso, ser capaz de dormir en los lugares más insospechados había sido parte de su entrenamiento. Autoequilibrarse y escrutar en futuro, por eso era tan importante ser capaz de dormir en cualquier parte. Que un ser de su condición sufriera insomnio era preocupante.
Se incorporó en la cama, con la espalda apoyada en la pared. No podría volver a dormirse. Lo sabía. Y aquella de sensación desasosiego seguía creciendo en su interior. Al principio solo incómoda y diminuta, como una canica gélida en el fondo de su tripa. Pero cada día, con cada pesadilla, con cada sueño, iba creciendo.
Decidió levantarse y hacer algo positivo. Caminó a oscuras, en penumbra, como un gato, por la sala. En el extremo opuesto estaba su bici. Le recordaba a aquellos poster que abarrotaban las paredes de su habitación cuando era poco más que un crío. Al lado de Arcarons, surcando el desierto con su KTM Rallye y de Crivillé arañando el asfalto con la NSR siempre estaba Tomas Misser, volando en dirección a la meta de alguna prueba de descenso. Y también María Elena García … Su actual montura le recordaba aquellas brutales bicis de descenso: cuadro de aluminio de caprichosas formas, suspensiones de largo recorrido y frenos de disco. Resultaba un placer para la vista contemplar cada uno de sus detalles, un placer para el tacto acariciar los precisos cordones de soldadura, cada pieza mecanizada, y un placer para todo su cuerpo rodar sobre ella por terrenos accidentados y sentir como se tragaba cada bache sin inmutarse.
Decidió salir a rodar un poco sobre su bici. Hacer ejercicio y mantener su mente ocupada, era un buen plan. Junto a la bici, sobre una mesa, estaba la ropa que necesitaba, amontonada -el orden no era una de sus virtudes-. Comenzó por lo más íntimo, lo más pegado a su piel y no era la ropa interior: una espaldera, un complejo protector de columna vertebral, hombros y codos. En su caso, además de para proteger su cuerpo, servía de alojamiento para su espada. Había sido un auténtico trabajo de artesanía integrar una esbelta vaina de kevlar en la espaldera, pero era la única forma que se le ocurría para llevar consigo su preciada espada. Apenas había necesitado modificar la empuñadura reduciendo su tamaño a la mínima expresión con un torno para que la espada pasara desapercibida. Un observador externo antes se fijaría en el resto de su indumentaria -el casco integral, los pantalones con protecciones, los guantes … la cazadora- que en aquel leve bulto casi imperceptible. Y en el hipotético caso de que alguien preguntara, siempre podía referirse a la espaldera, aduciendo motivos de seguridad.
Desconocía cuando tiempo iba a estar fuera así que preparó una mochila pequeña con lo imprescindible: un camelback -ese curioso depósito de agua flexible que se integraba en el interior de la mochila y que permitía beber líquido sin soltar las manos del manillar gracias a un largo tubo- algo de comida y una manta de supervivencia. Igual acaba durmiendo dios-sabe-donde, al raso, y aquel pequeño trozo de plástico aluminizado le aislaría del frío. Para orientarse, por si acaso -no sabía donde podría llevarle su rodar-, incluyó entre su pequeño equipaje una pda con gps integrado y cartografía diversa.
Fuera la noche era gélida. Le costó entrar en calor, pedaleando enérgicamente. Primero jugó inocentemente con algunos bordillos y escalones que encontró a su paso. Después, aunque su montura no estaba pensada para ese fin, regresó al asfalto y trató de rodar todo lo deprisa que podía. Escuchaba su respiración acelerada, el corazón latiendo desbocado en las sienes, el aire en la cara, el leve rumor de la cadena y el ronroneo de las ruedas de tacos sobre el asfalto. Cuando quiso darse cuenta llevaba más rato del que creía pedaleando. Estaba cerca del parque del Oeste e imagino que sus caminos, subidas y bajadas resultarían un reto interesante de noche, en penumbra. Su mente concentrada en trazar, frenar, cambiar. Su cuerpo en tensión y el corazón bomeando sangre con intensidad. Se sentía vivo, vivo y no había lugar para los amargos pensamientos, para aquella descorazonadora sensación de desasosiego que le mantenía despierto multitud de madrugadas.
Entonces, sucedió. La sensación, la premolición que le había despertado regresó multiplicado por 10. Aquella sensación demoledora se extendió por todo su cuerpo hasta llegar a los dedos de la mano derecha, apretó con fuerza la maneta de freno y detuvo su rodar con una derrapada. Permaneció unos instantes en la semioscuridad del parque, con su bici entre las piernas, aferrado al manillar y el vaho brotando de su boca con cada respiración. Algo horrible estaba a punto de ocurrir.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente.Lejos. Muy lejos algo se estaba fraguando, algo horrible. Permaneció unos instantes quieto en la penumbra, sin atreverse a moverse. Norte, noroeste. En su mente se dibujaba una flecha vacilante como en la pantalla de un GPS. Sólo una dirección, nada más. Demasiado lejos para llegar en bici, sin duda. Pensó en hacerse con un vehículo: un coche o una furgoneta donde poder dormir un poco. Abrir el vehículo y arrancarlo sin tener las llaves supondría un reto. Pero estaba demasiado cansado para conducir. Acabar empotrado en un guardarrail tras quedarse dormido al volante no entraba entre sus planes, al menos aquella noche. Maniobró la bici torpemente en parado y desandó el camino recorrido, hasta transpasar los limites del parque y volver a las calles de la ciudad. Intentaba precisar dónde estaba físicamente el origen de su inquietud: apenas un revoltijo de sensaciones e imágenes inconexas. Montañas. Árboles. Como buscar una aguja en un pajar. Pero así era su don. Norte. Noreste. Casi podía sentirlo: una débil flecha vacilante en la pantalla de un GPS. En su mente. Antes de que la sensación se le escurriera entre los dedos, dirigió el manillar de su bici hacia la Estación de Chamartín. Un tren era una buena idea. No pondría en peligro su vida, ni la otros. Podría dormir algo, si es que era capaz. ¿Cuánto tiempo estaría fuera? Una manta de supervivencia y algo de comida, una espada …
El empleado de la taquilla debió pensar que se trataba de una alucinación producto del sueño: un tipo con casco integral y una bicicleta de aspecto futurista pidiendo un billete “para el primer tren que fuera al norte” con voz entrecortada. La suerte le fue popicia y en uno de los últimos andenes, estaba a punto de partir un tren. Salvó las escaleras sobre su máquina, de pie sobre los pedales. El tren partió apenas un par de minutos después de que penetrara en su interior. Descubrió un espacio destinado a llevar bicicletas y allí, tras acomodar su montura, se acurruco en el suelo. Intentó mantenerse despierto, pero el suave ronroneo del tren y las noches sin dormir pudieron más…
(VIII) Ritual / El sueño de la razón produce monstruos (Parte 2)
Mordió la boquilla del camelback y bebió un trago de agua. Su estómago protestó: demasiadas horas sin comer nada. Rebuscó en el interior de la mochila algo con lo que saciar su hambre. Encontró una barrita de cereales un poco aplastada y una bolsita con pasas. Nada más. Tenía que conseguir comida. No podía seguir así …
El tiempo pasado desde que dejó el tren se le antojaba irreal. Se quedó dormido al poco de partir de la estación y el miedo y la angustia le despertaron cuando el tren llegaba a una pequeña estación. Descendió del tren: un pequeño pueblo entre las montañas. Y a partir de ahí, se puso a recorrer pistas de tierra encharcadas guiado por su intuición. Estaba … en medio de ninguna parte. En una pista de tierra que atravesaba una zona de montaña, boscosa. Llevaba dos días así, peinando las montañas sobre la bici, durmiendo en el bosque envuelto en una manta de supervivencia y recorriendo palmo a palmo pistas y senderos del alba al ocaso. Niebla, frío, lluvia, hasta algunos copos de nieve. Y nada. La sensación continuaba allí, en algún átomo de su cuerpo, pero a cada minuto se apagaba poco a poco. No, se apagaba no. Algo la ocultaba. Un farol cubierto por una tela negra. El resultado era el mismo: no podía percibir la luz, no podía encontrar lo que estaba mal.
Con la boca llena de pasas se colgó de nuevo la mochila a la espalda y miró a su alrededor: una pista de tierra, a media ladera, cerca de un talud. Arriba, arboles, hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Abajo, en el fondo de la vaguada, la cicatriz de la vía del tren. Una buena forma de orientarse, para volver a la civilización, buscar un pueblo, comprar comida y, con la tripa llena, decidir si prolongar la búsqueda una jornada más o recresar a … ¿casa? Buscó el pedal con el pie derecho y estaba a punto de darse impulso para comenzar a rodar de nuevo, cuando un sonido lejano y leve llamó su atención. No era su respiración, ni el susurro del aire en los árboles. Ni el goteo del riachuelo cercano donde había rellenado el camalback. Su boca se torció en un gesto de fastidio. No lograba identificar el sonido. Entonces, lo vió: una pequeña mancha blanca, en la lejanía, oculta en parte por los jirones de niebla, avanzando por el fondo de la vaguada, por la vía del tren. Buscó el catalejo en uno de los bolsillos de su mochila, con la ayuda de sus lentes de aumento pudo descifrar su silueta: un caballo blanco corriendo por la vía. Deprisa. Mucho. Oh no. Un caballo. Una vía. Otra vez. Sin pensar, se tiró ladera abajo, esquivando piedras, maleza y tocones de árboles. La pendiente era tan acusada que estuvo a punto de caerse varias veces. Al final no pudo seguir avanzando sobre la bici y continuó a pie, tropezando, resbalando sobre la hierba y el barro. Le costó alcanzar la vía, justo cuando el caballo llegaba a su altura. A todo galope, desbocado. Se puso en medio de la vía, interceptando su trayectoria. Acertó a ver espuma en su boca y sudor corriendo por sus costados. Alzó los brazos, el caballo detuvo en seco su desenfrenado avance y se encabritó. Los cascos de las patas delanteras pasaron muy cerca de su cuerpo. Resistió los impulsos de alejarse del caballo, mientras trataba de recordar lo que le habían enseñado. Le miró a los ojos. Se miraron a los ojos: desorbitados, llenos de terror, los del caballo. Inyectados de sangre y de desesperación los suyos, después de varios días sin apenas dormir ni comer. Los ojos del caballo reflejaban el más puro terror. Sintió como ese mismo miedo inmenso, irracional, devastador, crecía en su interior. Pero no podría permitírselo. Cerro los ojos y comenzo a acariciar al caballo cerca del nacimiento de las crines, mientras le susurraba palabras tranquilizadoras. No sabría precisar cuanto tiempo pasó, pero el caballo se calmó. Ambos se calmaron. Acarició sus crines. El caballo temblaba. Quizás algo de comer … Rebuscó en la mochila, la bolsita de pasas. Le ofreció algunas al caballo, que las aceptó con gusto.
Pensó que, en cierto modo, el caballo era más inteligente que él. Y con sentidos o instintos más precisos. Escapaba de un peligro que él apenas podía percibir. Quizás pudiera ayudarle. Una vez más, dejó fluir sus sentidos buscando una fuente intensa de peligro. Como el sónar de un submarino escudriñando el océano. Nada. Sintió miedo de nuevo. O bien no ocurría nada, o bien lo que ocurría escapaba a su percepción.
Se que estás asustado, pero tienes que llevarme al lugar del que has venido.
Reparo en que llevaba silla, estribos, riendas. Alguien lo había ensillado. Esperaba por el bien del humano que lo hubiera hecho, que no estuviera sobre la silla en el momento en que se había desbocado. Se encaramó a la silla de montar. Le costó. Estaba cansado y hacía siglos que no montaba a caballo. Observó su reflejo en un charco, a un lado de la vía. El casco integral y la ropa de bici contrastaban con el blanco del caballo. Recuerdos inconexos acudieron a su mente. El jinete sin cabeza, o algo así. Y el hombre del saco. El jinete sin cabeza seguramente era una leyenda (aunque él había visto cosas realmente extrañas). El hombre del saco no. Gador. Almería. El tampoco era una leyenda.
Vamos …
Como resupuesta a sus pensamientos, a aquellas palabras apenas susurradas, el caballo giró sobre sí mismo y comenzó a desandar sus pasos. En cuanto pudo se alejó de la vía, a través de un estrecho camino. El camino desembó en una pista de tierra. El caballo primero había avanzado al paso, pero tan pronto alcanzó terreno más favorable y despejado, aumento su velocidad. Al galope. Se dejaba llevar. Repartía su peso entre silla y estribos y se aferraba a las riendas. Sus sentidos, alerta, pero sin éxito. No sabría precisar cuanto tiempo pasó hasta que distinguió la silueta de unos edificios recortada en el fondo del valle. Pensó en utilizar de nuevo el pequeño catalejo, pero estaba en la mochila. Dejó que el caballo salvara la distancia que les separaba de aquel lugar. Cuando estaban a un kilómetro más o menos, el caballo frenó su galope. Al paso, se fueron acercando allí. Intuyó quizás que se trataba de un centro de equitación. A la derecha de uno de los edificios, distinguió lo que parecía una pista ovalada de arena. Y conforme se acercaban pudo ver más detalles, que aumentaron su miedo. Dos pequeños autobuses. Mimibuses o como cojones se llamaran. Con capacidad para veinte o quizás treinta personas cada uno. Eso implicaba gente. Comenzó a pensar en una excusa que justificara qué hacía allí a lomos de un caballo que no era suyo. El caballo se había escapado y el lo encontró. Que mejor excusa que la verdad. Pero no le tranquilizaba. De hecho al alcanzar por fin los edificios, al ir a rodear el primero de ellos, lentamente, el miedo explotó en su interior. Instintivamente busó la espada alojada en la espaldera. No. Lo de que el caballo se había escapado podría colar, ya que era estrictamente verdad. Pero la espada no. Si no ocurría nada (que era posible) quién le viera se iba a llevar el susto de su vida y quizás llamara a la Guardia Civil. Hay un loco en un caballo con una espada, vengan pronto.
Al doblar la esquina de uno de los edificios la vio. Parpadeó varias veces para comprobar que no era una ilusión. Una niña pequeña, de seis o siete años, quizás alguno más, vestida con el uniforme de lo que quizás era un colegio privado. Falda de cuadros escoceses, medias o leotardos negros, zapatos negros y un abrigo azul marino encima de todo. Apostaba que bajo él se ocultaba un jersey de lana y la típica camisa de vestir. ¿Qué hacía una niña tan pequeña allí sola? El caballo se negó a avanzar. Se detuvo. A diez o quince metros de la niña. Saltó al suelo y caminó hacia ella.
-Hola ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Te has perdido? ¿Te puedo ayudar en algo?-
Por toda respuesta la niña empezó a llorar. Llegó a su altura y se arrodilló junto a ella. Entonces supo que había cometido un error. En una décima de segundo, la niña le tomó la mano izquierda entre las suyas. Dejó de llorar y en sus rostro se dibujó una mueca de triunfo.
Dolor. Oscuridad. Era una centinela. Si, una niña de menos de diez años como centinela. Pero también una maga poderosa. Capaz de ocultar su poder. Capaz de dibujar en décimas de segundo un hechizo que le arrebatara la vida. Y aquel gesto aparentemente trivial de cogerle de la mano facilitaba el hechizo. Literalmente le estaba robando la vida a espuertas. No podía ver, ni sentir apenas nada. Le costaba trabajo hasta hilbanar sus pensamientos. Que estupidez. Iba a morir a manos de una colegiala. Recordó por un instante Irak y el Líbano. Morir a kilómetros de su casa por el hechizo de una niña. Si Dios existía ahora mismo estaba muerto de risa.
No. Le quedaba un hilo de vida. Su cuerpo se le antojaba pesado y rígido, de piedra. Pero podía mover el brazo derecho. Lentamente. Milímetro a milímetro. La espada. Venga. Otro milímetro. Vamos. Cuando su mano alcanzó la empuñadura sintió alivio y terror a la vez. ¿Tendría fuerzas para sacar la espada de su vaina? Una voz ensordecedora gritaba en su mente. No te pares. No te pares. Logró sacar la espada de su vaina. Sin siquiera ver nada era difícil no acertar a un blanco tan cercano. La espada entró en el cuerpo de la niña de arriba abajo, un poco por debajo del hombro izquierdo. Rasgó sus ropas sin dificultad. El simple contacto del metal mágico con la piel bastó para que el hechizo se interumpiera. Escuchó débil, lejano, un grito de sorpresa y de puro terror, antes de que la oscuridad le atrapara completamente.
¿Cuánto tiempo tardó en despertar? Volvió a sentir su propio cuerpo. Sobre el piso de tierra apisonada, medio de lado. Notó un peso sobre su cuerpo, lo apartó lentamente y buscó una posición más cómoda, boca arriba, antes de abrir los ojos. La visión del cielo cubierto de nubes fue tremendamente bella. Estaba vivo. En algún momento, antes de caer inconsciente, había cerrado su círculo mágico vital. Su cuerpo se autorreparaba lentamente. Entonces recordó a la niña. Giró la cabeza. Estaba a su lado. Muerta. Todavía con la espada clavada en su cuerpo, de arriba abajo, un poco por debajo del hombro izquierdo. Sangre por todas partes. Acababa de matar a una niña desarmada. Aunque fuera una experta maga. Aunque hubiera intentado matarle. Toda vida era valiosa, preciosa. Él había sido entrenado para proteger la vida. En qué se había convertido. En un asesino. Rompió a llorar casi en silencio.
(N+0): El rastro (parte 1)
El pastor alemán levanta el hocico y husmea el aire. Mueve la cabeza y la cola. Gira sobre sí mismo, intranquilo. Avanza y retrocede. Ha perdido el rastro. Araña el suelo con las patas delanteras mientras husmea de nuevo el aire. La maleza roza su cuerpo. Levanta las orejas, atento a cualquier sonido por pequeño que sea. Duda.
-¿Cómo estás? ¿Quieres que conduzca yo un rato? Así podrías concentrarte en lo que sientes.
Él negó con apenas un gesto, sin apartar las manos del volante ni desviar la vista del tráfico. El gesto mitad preocupado mitad aterrado seguía instalado en su rostro, los ojos muy abiertos, clavados en el asfalto, respirando deprisa, pesadamente. Silvia le observaba, también preocupada., desde el asiento del copiloto, una banqueta corrida de dos plazas donde se apretaban Irene y ella. Alargó el brazo izquierdo y le acarició el hombro.
-Lo estás haciendo muy bien. Ni siquiera puedo sentir nada todavía.
-Puedo estar equivocado. Llevamos mucho tiempo dando vueltas.
-No, no lo creo. Y tú lo sabes.
Rodaban por una de aquellas enormes autopistas de circunvalación, un poco por debajo de la velocidad máxima permitida. Su primer impulso fue conducir lo más rápido que sabía -que no era demasiado, puesto que apenas tenía el carnet desde hacía un par de meses- por suerte sus acompañantes supieron calmarle en parte y frenar su prisa. Llevaban más de una hora dando vueltas, de un extremo al otro de la ciudad. Miraba los carteles indicadores azules sin acertar a comprender nada, mientras aquella sensación de malestar y terror continuaba creciendo en su tripa, agotándole.
Mecánicamente, accionó el intermitente y tomó un desvío. Un barrio del extrarradio. Calles con nombres anónimos y edificios construidos en los ’70, quizás antes. Algunos les recordaban a colmenas. Calles irregulares, a veces estrechas, a veces anchas. Coches aparcados encima de las aceras.
Minutos antes compartian una animada charla en una pizzeria. Los seis. Quién les observara pudiera pensar que eran un grupo de profesores y alumnos, quizás. O una pareja, comiendo con unos amigos, y con sus hijos. En parte tenían razón. Los mayores en edad y sabiduría, Silvia, Irene, Martín y Carlos, les enseñaban y evaluaban a la vez que cuidaban de ellos, Paula y Marcos.
Charlaban animadamente. Los más jóvenes se interrumpian constantemente, rememorando lo ocurrido durante la mañana. Sus ojos brillan de entusiasmo. Los mayores intercambian sonrisas y miradas de complicidad, recordando, años antes, situaciones similares con ellos de protagonistas.
Un par de pizzas, coca-cola, agua, según gustos. Hasta que ….
Marcos levanto la cabeza y su mirada se cruzó con la de Silvia. Torció la boca en una mueca de desconcierto y desasosiego.
-¿Qué te pasa?
-No es nada.
Se levantó atropelladamente, y buscó los servicios con pasos apresurados. A la vuelta, diez minutos después, tenía peor cara: blanco y tembloroso.
-¿Has sentido algo?
-Si. Pero no puedo precisarlo. Solo se que me siento fatal. ¿Sientes algo? Deberías poder sentirlo ... Tu ... Sabes más que yo.
-Debería pero ...
Silvia miró a Martín.
-¿Nada?
Negó con la cabeza. Suspiró.
-Igual estoy equivocado … -
-Solo hay una manera de averiguarlo. Buscar. Como siempre.
En la calle les esperaba una Fiat Scudo de la organización, suficiente para acomodarles a los seis. Irene le lanzó las llaves a Marcos.
-Conduces tu.
-¿Por qué?
-Tengo la impresión de que sigues un rastro muy tenue … Sigue tu instinto.
Un instante. Volvió a sentir ese vértigo en la tripa. Sivia sintió un escalofrío. Ahora podía percibirlo: débil, desconcertante. Una pequeña llama brillando en la oscuridad. Una luz roja destelleando en el cielo. Suspiró.
Giró a la derecha y luego a la izquierda. Al final de la calle arrancaba una especie de descampado: tierra, hierba, charcos y grava. Algunos coches aparcados desordenadamente. Y, un poco más allá, la silueta de varios edificios. Una mirada más precisa podría advertir los puntales en los soportales y algunas ventanas tapiadas.
Detuvo la furgoneta en un extremo del descampado, paró el motor y abrió la puerta con manos temblorosas. El primer impulso fue salir corriendo, pero Silvia le tomó por la muñeca derecha y le detuvo.
-Espera. No tengas tanta prisa. Ahora iremos todos juntos. Y despacito.
No le hizo caso. Salió corriendo.
-Maldita sea.
Silvia corrió tras él.
El corazón le martilleaba desbocado en las sienes cuando detuvo su carrera frente aquel portal. El edificio parecía ocupado: la fachada, llena de pintadas. Las ventanas, cegadas con yeso y rasillas.
Silvia alcanzó su posición apenas treinta segundos después.
-Te he dicho que no corras. ¿No me has oído?
-Lo siento Silvia. Todo está mal. ¿Puedes sentirlo?
-Ahora si. Y por eso te he dicho que no corrieras. Has dejado atrás a tu mago. Has dejado atrás a tus profesores. Estamos aquí para que nada malo os ocurra. Además de como profesores.
-Lo siento. No quería perder el rastro.
-Lo se.
-¿Puedes sentirlo?
-Si. ¿Qué emoción provoca en tí ese rastro?
-Estoy cagado de miedo. Esto ... Me hace sentir miedo.
-No debería decirlo, pero a mí también me asusta.
-¿Qué vamos a hacer?
-¿Qué harías tú? Si yo no estuviera aquí. Si no estuviéramos aquí.
El resto del grupo llegó gastado donde estaban ellos dos.
-No lo sé. Una parte de mí quiere seguir adelante. Otra me grita que me dé media vuelta y salga corriendo.
-Si esto fuera un ejercicio teórico ¿Cómo resolverías esa duda?
-Lo primero sería ... Intentar saber cómo es de mala la sensación.
-Evaluar la amenaza. Correcto. ¿Cómo es de grande la amenaza?
-Muy grande.
-¿Más grande que la magia de tu mago? ¿Más grande que las habilidades de Paula?
-No lo sé. Creo que sí.
-Dudabas sobre si avanzar o retroceder. Si estuvierais los dos solos ¿Qué harías?
-Retroceder. Buscar ayuda.
-Pero has salido corriendo tu solo.
-Lo siento. Yo solo ...
-No querías perder el rastro. Te entiendo. Pero no ha sido lo más inteligente. Intenta tenerlo en cuenta la próxima vez. Además de Paula, cuentas con dos magos más. Dos magos expertos. ¿Cambiarías tu decisión?
-Si. Entraría en el edificio.
-¿Tu solo?
-No. Los seis.
-¿En qué orden?
-No lo sé.
-Es una pregunta difícil. En mi opinión, lo más adecuado sería ir tú y yo delante. Los tres magos en medio. Y el otro vidente detrás. Cubriendo las espaldas. ¿Alguien tiene otra idea? Hablad sin miedo.
Intercambiaron miradas. Algunas serenas, otras llenas de nervios y miedo. Asintieron. Parecía la opción más sensata.
-Si todos estamos de acuerdo, adelante. Pero con cuidado. En el momento que alguien no lo vea claro, retrocedemos y pedimos más ayuda.
-¿Más ayuda? ¿Tan mal lo ves?
-No lo veo ni mal ni bien. Mi prioridad es la seguridad de todos. Adelante.
Marcos miró a Silvia. Ella le sonrió y asintió.
Vamos allá.
Marcos intentó abrir la puerta del portal. Estaba cerrada con llave.
-Has tocado una puerta que no conoces sin guantes. ¿Crees que has hecho lo correcto? -Preguntó Silvia.
-La puerta no me asusta. Me asusta lo que hay dentro.
-¿La puerta es una amenaza para nosotros?
-Creo que no.
-Pero está cerrada con llave. ¿Qué te dice eso?
-Que no quieren que entremos.
-Puede ser. Pero, si fuera un portal cualquiera ¿Qué sería lo más habitual? ¿Que la puerta estuviera cerrada o abierta?
-Cerrada. Y más en un barrio como éste.
-¿Percibes magia en la puerta?
-No. ¿Tú ...?
-Tampoco. ¿Cómo abrirías la puerta?
-Sin hacer ruido ...
Buscó en el bolsillo trasero del pantalón vaquero. Sacó una lámina de plástico transparente semirrígido. De un tamaño algo mayor a una tarjeta de crédito o un carnet. En menos de 20 segundos, la puerta estaba abierta.
-¿Quién te ha enseñado a hacer eso?
-Mi abuelo. Es mecánico pero también sabe un poco de cerrajería.
-Has sabido resolver la situación de forma rápida. Pero recuerda que cuentas con más recursos. Cuentas con tres magos. No lo olvides.
El interior del portal estaba en penumbra. Marcos pensó en buscar el interruptor, pero quizás no fuera una buena idea. La luz podría alertar a alguien dentro de la casa. Silvia pareció leer sus pensamientos. Volvió la cabeza y susurró: "luz tenue". Una diminuta bola de luz anaranjada, del tamaño de una canica, se materializó en la nada, flotando a media altura, delante de Marcos. Hubiera preferido seguir en penumbra. Las paredes estaban repletas de signos. La pintura roja destacaba sobre el blanco del yeso.
De sus labios escapó una maldición apenas audible.
-Me cago en ...-
-Habla bien. ¿Sabes que significa?
-Una invocación.
-¿De qué nivel?
-Cinco.
-Es correcto. Hace años que no veía una invocación de un nivel tan elevado.
-¿Podemos seguir?
-¿Qué harías tú? ¿Afecta a la decisión que tomamos hace cinco minutos?
-No lo sé.
-¿Qué te dice tu instinto?
-El mal se puede revertir todavía. Ahora. Cada minuto que pase será peor.
Silvia asintió.
-Pero te asusta avanzar. Te da miedo. Yo también tengo miedo. Intento que el miedo no me impida pensar. Eso que te asusta, ese mal, es poderoso. Pero nosotros también. ¿Sabes a qué me refiero?
-Una campana de protección.
-Eso es.
-Invisible.
-Perfecto. Paula, es tu turno.
Marcos clavó sus ojos en los labios de Paula. Apenas en un susurro, pronunció las palabras precisas. Pudo sentir como esa burbuja protectora les envolvía a los seis.
-Irene ¿cómo lo ves?
-Impecable. Ejecutar un hechizo aquí no es lo mismo que en clase. Ni el entorno ni los nervios ayudan. Buen trabajo, Paula.
-Adelante, Marcos. Puedes ir un paso por delante de mí, si lo prefieres. Pero sólo un paso ¿Vale?
Marcos asintió. Avanzó apenas unos centímetros por delante de Silvia. Buscó las escaleras. Se movía con esa mezcla de agilidad y silencio tan suya. Como un gato. Cuidaba donde ponía los pies, esquivando basura y cascotes. Las escaleras parecían sólidas.
-Están en el último piso -Susurró Marcos.
Silvia asintió. Ascendieron sin apresurarse pero tampoco despacio.
-Puerta B.
-¿Estás seguro?
-¿Tu no?
El grupo se detuvo un instante ante la puerta que Marcos había señalado. Esta vez Irene tomó la palabra. Con ese marcado acento escocés que le caracterizaba.
-Paula, continúa con la campana. Yo abriré la puerta. Martín y Carlos nos cubrirán las espaldas. Silvia ¿que opinas de la puerta?
-Que no es una puerta.
-Marcos ¿Estás de acuerdo?
-Es una trampa.
-Irene ¿Podrás abrirla?
-Dame un minuto.
Un minuto. Sesenta eternos segundos hilvanando el hechizo adecuado para abrir la puerta.
-Todos atentos. Allá va.
La puerta se deshizo ante sus ojos. Sin ruido. Ni un fogonazo. Ni una explosión.
Transferencia.
El primer impulso fue entrar en el piso. Puerta B. Pero Marcos supo o pudo reprimirse. La campana mágica vibró. Tembló. Pudo sentirlo. Giró sobre sus talones, esquivó a Silvia, buscó a Paula. Buscó sus manos. Tomó su mano derecha entre las suyas. Sus rostros quedaron muy cerca, a unos centímetros el uno del otro. De haber estado en un lugar más íntimo la habría besado. Pero no era ni el momento ni el lugar.
Parte de su energía vital fue transferida a Paula, con ese simple gesto y su voluntad. Bastó para fortalecer lo suficiente la campana de protección.
-Aguantará ... -Murmuró Silvia
-¡Irene!
Silvia nunca gritaba. Era demasiado educada para gritar. Y dominaba de forma forma esquisita sus emociones. El pánico de Marcos creció. Sintió como Irene dibujaba un hechizo. A veces sentía los hechizos, la magia, como burbujas de colores. La amenaza a la que se enfrentaban era una enorme burbuja de color magenta. Más grande que un caballo. El hechizo que dibujaba Irene, una burbuja de un precioso color oro envejecido. La lucha fue breve e intensa. La burbuja de color oro envolvió a la burbuja de color magenta.
Tres sombras grises escaparon del piso. Pudo sentir la estela que dejaban a su paso. Estela de aire, estela de magia. Magia que se agotaba. El sutil cambio en el continuo espacio/temporal que sólo puede crear la magia.
-¡Se escapan!
-No importa. Ya no pueden hacer ningún mal.
Y después llegó ... La calma.
El piso estaba vacío e increiblemente sucio. Paredes, suelos y techos, llenos de runas.
-¿Todos bien?-Preguntó Silvia.
Una pregunta retórica.
-Casi me hago pis encima. Y no es una forma de hablar -Confesó Marcos.
Rompieron a reír.
-Vuestra primera caza. Vuestra primera gran caza. Irene ¿Cual fue la última vez que viste algo así?
-Hace mucho tiempo -Bufó- Más de diez años. No tenía ni la mitad de canas que tengo ahora.
-Marcos ¿Qué sensación te deja todo lo que ha pasado ahora? A parte de ganas de orinar ...
-Tu tienes más experiencia que yo. No veo cómo te puede ayudar lo que yo sienta.
-Tu encontraste el rastro. Responde, por favor.
-Algo ha cambiado.
-¿En tí?
-En todo. En el mundo. En la realidad.
-¿Estás seguro?
-No.
-Pero, lo sientes. Con eso me basta. Volvamos a .... casa. Estoy agotada. Todos lo estamos.
-Y sedientos. Nos hemos ganado una buena ronda de cervezas. Conozco un pub no lejos de aquí donde si cierras los ojos parece que estés en Escocia- Añadió Irene.
Silvia miró a Irene con gesto de reprobación.
-Lo sé Silvia, lo sé. El alcohol está estrictamente prohibido para los alumnos. Pero yo ya no soy ni alumna ni tampoco vidente. Por una ronda de cervezas no va a pasar nada. Que los alumnos y los videntes tomen refrescos, si quieren. Y si no, que corra la cerveza para todos. Antes de que ...
-No digas eso.
-¿Ahora me lees la mente?
-No
-Silvia, negar la realidad no hará que cambie.
-Irene, no es el momento.
-¿Cuando lo será? Está bien, volvamos a casa. Conduces tu, por hablar.
El grupo de seis volvió sobre sus pasos, bajó por las escaleras y regresó a la aparente seguridad de la calle.
-¿Qué ha querido decir Irene? -Preguntó en voz vaja Paula a Marcos.
-Que algo malo está a punto de ocurrir.
N+1 Paso a nivel sin barreras.
-¿Sabes montar a caballo?-
Sonó el móvil, estaba durmiendo, soñando, pero la melodía (el Nessun dorma de Turandot) y la vibración del aparato el despertaron casi de inmediato. Y al otro lado de la línea estaba Sofía, con su voz ligeramente quebrada y preciosa.
-¿Montar a caballo?-
-Si, montar a caballo-
-Bueno yo ...-
-Contesta un si o un no, si es necesario te enseñaré-
-No hace falta. Claro que sé montar a caballo, lo único es que hace más de diez años que no monto. Aunque supongo que me acordaré-
-Eso lo veremos pronto. Te recojo en media hora-
-Y tu ¿sabes montar a caballo?-
-Por supuesto. Soy toda una señorita de buena familia. Me educaron en los mejores colegios ... institutos ... universidades ... En realidad de alguno incluso estuvieron a punto de expulsarme. Y desde muy pequeña recibí clases de equitación. Los caballos me fascinaron ... hasta que descubrí otro tipo de caballos. Mecánicos. Y si son más de 200, mejor.-
Cuando quiso darse cuenta estaban en la Carretera de la Coruña a bordo de un Range Rover plateado, con suspensión neumática, navegador y todo tipo de sofisticaciones. Y un V8 de casi 300 cv latiendo bajo el capó, capaz de impulsarle a velocidades bastante ilegales.
El picadero estaba cerca de las montañas, en medio de un paisaje precioso. Cuando llegaron un empleado les estaba esperando, les indicó donde podían aparcar el coche y les condujo a las cuadras, enormes. Sofía se encargo de elegir personalmente dos preciosos ejemplares. Tras cambiarse de ropa, pronto traspasaban los límites del picadero, cada uno a lomos de un caballo. Lentamente, al paso, al principio.
-Para llevar diez años sin montar a caballo no lo haces nada mal-
-El mérito no es mío, sino de ella- Acariciaba las crines de la yegua mientras hablaba –En realidad, no montas a caballo, sino que el caballo deja que vayas sobre su lomo. Para hacer cosas más complicadas, como los saltos, si que necesitas mucho aprendizaje, por supuesto. Pero para dar un paseo, basta con entender un poquito al caballo. Son unos animales preciosos. Tan nobles ... Si todos los humanos fueran la mitad de nobles que un caballo, el mundo sería un lugar infinitamente mejor-
Se alejaron del picadero por una pista de tierra que serpenteaba a lo largo de una ladera cubierta de abetos. El paisaje era precioso. Casi de cuento. La luz del otoño, aquel lugar, dos preciosos caballos ...
Pero Sergio estaba callado, serio. Con los ojos muy abiertos y una mueca triste en el rostro.
-¿Qué té pasa? Te veo ... no sé ¿preocupado? ¿Triste?-
-Cuando estemos camino de casa, en el coche, te lo diré. Ahora no es el momento-
Entonces llegaron al paso a nivel. Sin barreras. Una sola vía, de ancho ibérico, sin electrificar. Tras un recodo de la pista, la cicatriz de la vía cortaba el bosque. Y el camino atravesaba los raíles, allí unos gruesos maderos, probablemente antiguas traviesas, igualaban el piso.
-No me gustan los pasos a nivel-
-No es para tanto. He pasado cientos de veces por aquí. No hay mucha visibilidad pero al tren se le escucha desde uno o dos kilómetros antes. Y además tocan la bocina. Hay que estar sordo o ser gilipollas para meterse en las vías cuando viene el tren-
-O tener mala suerte-
-No sabía que fueras supersticioso-
-No lo soy. Pero la fatalidad existe. Espero que nunca te toque, ni siquiera te roce la piel. Lo espero y lo deseo, pero con eso no basta. Y no quiero hablar más de ello-
-Como quieras-
Se quedaron un rato en silencio, al borde de las vías, escuchando. Cuando hubieron comprobado que ningún tren se acercaba, las atravesaron.
-No me gusta este lugar-
-¿Es otra de esas corazonadas tuyas? ¿Por eso apenas has dicho nada desde que salimos del picadero?-
-Algo así ...-
Siguieron adelante, subieron, subieron y subieron, hasta que se acabaron los árboles y llegaron a la cima de la montaña. El paisaje cortaba la respiración. La ciudad parecía a mil años luz de allí, aunque solo les separaban unas pocas decenas de kilómetros del asfalto.
Desandaron el camino, despacio, casi sin hablar. Disfrutando del paisaje y de los caballos. Siempre al paso. No había prisa
Cuando les faltaban dos o tres kilómetros para volver a cruzar el paso a nivel sucedió. Otra vez. Lo sintió. Esa extraña vibración en el aire. Ese sonido agudo, y desagradable. Como si se tratara de uno de esos silbatos para perros. Uno muy especial, que solo los que eran como él podía escuchar. Se quedó quieto, tieso como un palo a lomos de aquella preciosa yegua blanca. Con los ojos muy abiertos, y respirando despacio.
-¿Qué pasa? Me estas asustando ...-
No la escucho. Estaba hablando con la yegua, susurrándole algo mientras le acariciaba las crines. Tenemos que correr, mucho, todo lo que puedas, preciosa, sé que eres muy rápida, yo no sé si estaré a la altura pero me sujetaré fuerte para no caer. Vamos, pequeña, hazlo por mí.
La yegua pareció comprenderle e inició un galope rapidísimo. Sofía les vio partir, perpleja, salió detrás de ellos, pese a ser una gran amazona le costaba seguirles. En muy poco tiempo llegaron al paso a nivel. Sergio detuvo a la yegua a unos cien metros de la vía. Desmontó y ató las riendas a una cerca. Después se quedó quieto, rígido, en medio del camino, con los ojos clavados en la vía.
-No puede ser-
En ese momento llegó Sofía. También desmontó y ató las riendas de su caballo a la misma cerca.
-¿No puede ser el qué?-
Entonces, lentamente, una furgoneta blanca apareció por la pista, al otro lado de las vías. Casi a cámara lenta. Se detuvo un instante antes de cruzar las vías y por fin avanzó. En medio del paso a nivel el motor se paró de repente.
-No va a arrancar. Dios, lo sabía, lo sabía.-
Sergio corrió hasta la furgoneta. Escuchaba como intentaban poner el motor en marcha, pero sin duda la batería había conocido días mejores. El motor de arranque giraba con un sonido agónico para detenerse unos momentos después. Cuando llegó a la altura del vehículo, una Nissan Vanette Cargo combi, escuchó, percibió algo que le heló la sangre. El tren.
Al volante de la Nissan estaba una mujer de unos cuarenta años, con el pelo castaño y rizado. Y en el asiento de atrás tres niños, pequeños pero no mucho, nueve, diez años.
-Fuera fuera fuera. Deprisa, todos abajo, viene el tren-
Sofía le ayudó a bajar a los niños de la furgoneta y alejarles de la vía. Pero la mujer no quería bajar. Discutieron durante casi medio minuto. Y el tren seguía acercándose.
-Esta bien, intentaremos empujarla, punto muerto, embrague pisando a fondo y la dirección recta-
Los dos empujaron como bestias. Fue más fácil de lo que creían. En unos segundos sacaron la furgoneta del paso a nivel, a pesar de que pesaba cerca de tonelada y media y era enorme. La fuerza de la desesperación, seguramente. 20 segundos después llegó el tren. Una enorme locomotora amarilla y negra y muchos vagones de mercancías.
La mujer les dio las gracias muchas veces, parecía asustada. Bajó de la nissan y abrazó a los niños, eran sus hijos. Iban al pueblo, a hacer la compra. Ese era el camino más corto, por la pista, en lugar de por la carretera, que tenía un hermoso y sólido puente sobre la vía, pero daba más vuelta.
-Muchísimas gracias otra vez. Esta mierda de furgoneta... no sé que le pasa. Y ahora ¿qué hago? ¿Llamara la grúa?-
-Aquí no va a venir ninguna grúa. Esto no es una carretera. Sofía, supongo que en el picadero tendrán algún todo terreno o algo así como vehículo de servicio-
-Claro, tienen varias pick-up’s-
No tardaron más de veinte minutos en bajar al picadero y volver a subir, esta vez al volante de una Mitsubishi L200 de doble cabina. Y con una buena caja de herramientas. Sergio abrió el capó de la Nissan, comprobó que los bornes de la batería estaban sulfatados y además poco apretados, los limpió, los cubrió con vaselina y los apretó bien. Además le añadió un poco de agua destilada, estaba baja de nivel. Comprobó visualmente el cableado y luego intentó arrancarla con unas pinzas, ayudándose de la batería de la pick-up. Arranco a la primera.
-Dese una buena vuelta para que cargue la batería. Si al salir del supermercado no arranca, llame a la grúa.-
Sergio apenas dijo nada más hasta que estuvieron de nuevo en el interior del Range Rover, de vuelta a Madrid. Esta vez, más despacio. A la velocidad que imponían insistentemente las señales y los paneles luminosos.
-¿Me contarás que te pasó en un paso a nivel? Tuvo que ser horrible ...-
-Lo fue. Pero a mi no me pasó nada. Fue a mis padres. Tenían una casita en el campo, en la sierra, más al norte, pero el lugar era muy parecido a este. Era una casa bastante antigua, estaba sola, para llegar al pueblo no había carretera, solo un camino, pero no estaba mal, además entonces teníamos un todo terreno, un nissan patrol. Al lado de la casa había otra casa, igual de sola, eran amigos de mi padre y tenían un pequeño cercado con dos caballos. Así aprendí a montar a caballo. A mi padre le encantaban los caballos, pero son tan caros.
Una tarde de invierno, yo estaba en la cama, con gripe, me pasé casi todo el día durmiendo. Me desperté empapado en sudor, una pesadilla pensé. Llamé a mi madre pero no me contestó nadie, vi una nota, habían bajado al pueblo a comprar. Entonces, no me digas como, lo supe. Ni siquiera me vestí. Solo me puse unas zapatillas, salí de la casa, fui al cercado de los vecinos, lo salté y me subí en uno de los caballos, a pelo. No me digas como salté el cercado, no lo sé. Todo lo rápido que podía el caballo fui por la pista, en dirección al pueblo. Antes de llegar, como un kilómetro antes del pueblo, había un paso a nivel, sin barreras, como el de hoy. Me faltó un minuto, Dios, un minuto, solo un minuto, cuando llegué el tren estaba parado en la siguiente recta, y el patrol destrozado al borde de la vía, como una lata de coca-cola, hecho pedazos. Los bomberos tardaron dos horas en sacar los cuerpos de mis padres del coche. Muertos. Muertos. Un minuto, solo un minuto. Me falto un minuto. Si me hubiera despertado un minuto antes, estarían vivos. Lo sé. Y tendré que vivir con ello toda mi vida ...
Tenía los ojos llenos de lágrimas. No volvio a abrir la boca en todo el trayecto. Sofía le tomo la mano izquierda con su derecha, la otra estaba en el volante. Y se la apretó fuerte fuerte.
Mientras él se acordaba de las palabras de Silvia ...
Nunca podrás controlar tu don al 100%. Ni siquiera lo intentes. Podrías hacerte mucho daño. Perder el juicio. Ha ocurrido en el pasado, y, por desgracia, supongo que seguirá ocurriendo en el futuro.
Algunas veces, tu don te parecerá una bendición. Pero más tarde te darás cuenta de que puedes protegerte a si mismo, aunque no eres infalible, pero con una probablidad bastante alta puedes ponerte a salvo en casi cualquier situación. Pero no puedes proteger a la gente que te importa. Y entonces, tu don se convertirá en una maldición, porque estás condenado a ver morir a gente que quieres, sin poder evitarlo.
Seguramente ahora no enterderás lo que acabo de decirte, es complicado. Pero, dentro de unos años, lo descubriás por ti mismo. Es la lección más dificil que puedo enseñarte. La más dolorosa de aprender.
Pero el ya había aprendido esa lección. Y cargaba con aquel saco de dolor y de culpa.
N+2 La telépata.
Abrió los ojos. Le dolía la cabeza ¿Dónde estaba? Logró ponerse en pie y abrió los ojos. La grava crujió bajo sus botas. Un universo irreal. Solo el azul del cielo sobre su cabeza y una inmensa planicie, hasta donde alcanzaba la vista, completamente cubierta de grava. Comenzó a andar, despacio, sin rumbo ¿dónde ir? Costaba caminar. Una especie de desierto, quizás. ¿Cómo había llegado hasta allí? No tenía sentido. Era una pesadilla, una pesadilla, no tenía sentido. Se detuvo. Estaba mareado así que optó por sentarse el suelo, con la cabeza entre las rodillas. Volvió a cerrar los ojos. Sólo quería despertar. Despertar.
Sintió un aliento cálido en su oreja izquierda. Una respiración pesada, dificultosa. Una voz tenue, de mujer. Una súplica
-¡Que alguien me ayude!-
El suelo vibró bajo su cuerpo, al tiempo que un estruendo enorme, metálico y compacto, lo inundó todo. En ese momento comenzó a recuperar poco a poco el sentido. Le dolía la cabeza. Mucho. Tanto que embotaba sus sentidos. Todos sus sentidos. Todos. No recordaba donde estaba ni que había pasado. Le costó incorporarse hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en la barandilla. Estaba en una pasarela de hormigón, sobre las vías del tren. Y probablemente, estruendo que le había hecho despertar, había sido un tren.
El corazón latía desbocado en las sienes. Bum. Y con cada latido, un dolor enloquecedor. Bum. Bum. Parecía que le golpearan con un pesado mazo en la cabeza. Bum. Bum. Bum. Y sus sentidos ¡sus sentidos! Estaban aletargados. Los comunes a cualquier mortal y el resto. No recordaba que jamás le hubiera sucedido algo parecido. Sintió miedo. Así estaba desnudo. Indefenso. Se quitó la mochila y rebusó en su interior. Necesitaba beber agua. Pero la pequeña botella metálica que siempre portaba consigo estaba vacía. Mierda. Acarició la empuñadora de la daga que llevaba aquel día en el interior de la mochila -a veces la espada resultaba demasiado pesada y voluminosa- y eso le hizo sentirse mejor. Sólo un poco. Notaba la boca seca, con un sabor metálico. Y una extraña sensación en la tripa.
Alguien le había llamado. Alguien le necesitaba. De nuevo esa sensación amarga en la tripa, en la boca del estómago. Intentó desplegar sus sentidos, lentamente, pero le fue completamente imposible. Sus sentidos estaban saturados. Todo lo que consiguió fue que el dolor de cabeza aumentara.
Se puso en pie trabajosamente. Estaba atardeciendo. Aproximadamente a un kilómetro, hacia el norte, había una estación de cercanías. Le costaba pensar con claridad, pero algo se iluminó en su cabeza. En la estación seguramente habría maquinas de venta automática. Agua y quizás algo de comer. Aunque no creía que pudiera comer nada, tenía el estómago del revés. Bajó las escaleras de la pasarela, lentamente, hasta alcanzar la calle, la seguridad del suelo. Se trataba de un polígono industrial o un parque empresarial o como demonios lo llamaran ahora, que extendía sus tentáculos al borde de las vías. Enormes edificios de oficinas se recortaban bajo el azul intensísimo del cielo del anochecer. Todo estaba tranquilo, dormido. Quizás fuera fin de semana o festivo. Todavía le costaba hilvanar sus pensamientos con claridad y andar con rapidez. Por fin alcanzó la estación, también desierta, atravesó las puertas, saltó los torniquetes hasta llegar a uno de los andenes. Buscó las máquinas de venta automática, pronto las encontró. No tenía ni tiempo ni fuerzas para muchas tonterías, había pensado sencillamente romper a patadas el cristal de la máquina y así poder acceder a las botellas de agua y a los bollos y las chocolatinas. Pero estaba protegido con una rejilla metálica. Así que debía pensar en otra cosa. Se quito la mochila de la espalda y se sentó en el suelo, junto a la máquina, mientras rebuscaba en el interior de la mochila. Algo de herramienta y su “mágico” juego de ganzúas.
De rodillas sobre el frío suelo del andén comenzó a hurgar en la cerradura de la máquina. Cerró los ojos, con el sentido del tacto de bastaba. En condiciones ideales le habrían bastado menos de 10 segundos, pero con aquel dolor de cabeza, le costó varios minutos. Pero por fin pudo abrir la máquina y acceder a las preciadas botellas de agua. Agua. Vació un par de botellas en segundos, con ansia. Se sintió algo mejor. Rellenó la pequeña botella metálica que llevaba y guardó otro par de botellas en la mochila. Después hizo exactamente lo mismo con la otra máquina, que en lugar de agua y refrescos tenía chocolatinas, bollos, patatas fritas y cosas por el estilo. Quizás tardara algo menos, puesto que ya conocía la cerradura. Todavía notaba el estómago del revés, no probó bocado, pero guardó algunas chocolatinas y bollos en la mochila. Quizás alguien los necesitara.
Dejó la estación. Ya era noche cerrada. ¿Cuál era el siguiente paso? Decenas de edificios de oficinas, enormes moles de hormigón y cristal que lanzaban destellos metálicos. Comenzó a caminar sin rumbo. La cabeza le estallaba. El dolor saturaba sus sentidos, sus otros sentidos. Podía caminar con relativa facilidad y rapidez, podía pensar con claridad. Pero de poco le servía. Rodeó varios edificios. Aquello no tenía sentido. ¿Quién le había llamado? ¿Cómo había hecho eso? Nunca le había ocurrido nada parecido, nunca, nunca. ¿Dónde se encontraba? Era como buscar una aguja en un pajar. Y le dolía tanto la cabeza. Quizás lo mejor era volver a casa e intentar autoequilibrarse. Recuperarse. Pero sintió una punzada de temor en la tripa. Alguien le necesitaba.
Escuchó algo. Se encontraba junto a una verja metálica. Al otro lado, una parcela de césped bastante grande, algunos aparcamientos y por fin, dos o tres enormes edificios. Y, corriendo sigilosamente por la hierba, un pastor alemán. Precioso. Se acercó a la verja, y le miró, apremiante. Esa era la señal que estaba esperando. Después echó a correr paralelo a la verja. Lo entendió. Sin duda se dirigía al punto más vulnerable de la verja, el que no estuviera vigilado por cámaras o por sensores volumétricos. Mentalmente le dio las gracias al perro mientras intentaba seguirle, con un trote vacilante. Ahora sus sentidos eran los suyos. El perro se detuvo instantes después, si, aquel era un buen lugar. Volvió a mirarle apremiante. Se encaramó a la verja. Le costó muchísimo superarla y cuando lo logró de nuevo se sintió mareado. Permaneció unos instantes tumbado en la hierba, mirando un cielo sin estrellas, con el perro lamiéndole la cara. Cuando se encontró mejor, se incorporó y acarició el lomo del animal cariñosamente.
-¿y ahora que hacemos?-
Por toda respuesta, el perro avanzó despacio por la hierba, sin duda siguiendo de nuevo un itinerario resguardado de los ojos electrónicos, hasta llegar a una estructura de hormigón que se alzaba aproximadamente medio metro, quizás más, sobre la hierba. Estaba coronada por una especie de rejillas metálicas, quizás se trataba de alguna parte del sistema de climatización del edificio pero ... ¿a ras de suelo? Se había pateado unas cuantas azoteas y allí era donde solían ubicarse las torres de refrigeración. Pero eso daba igual. El perro arañaba suavemente una de las rejillas metálicas. Estaba asegurada con varios tornillos, rebuscó en la mochila hasta encontrar la herramienta adecuada –no hay nada como la buena herramienta- para aflojarlos. Movió la rejilla con toda la suavidad que pudo. Estaba oscuro. Se le encogió el corazón. Introdujo una pierna y después la otra. El perro fue más decidido y, de un salto, se hundió en la oscuridad. Dudó un instante. En la oscuridad no podía calcular la altura de la caída. Y sus sentidos seguían igual, saturados. Se deslizó por la abertura, se dejo caer. Metro o metro y medio más abajo, una especie de plataforma metálica. Aterrizó en la oscuridad. Palpó lo que le rodeaba. Una maraña de enormes conductos de climatización. El perro le estaba esperando. Para guiarle por uno de aquellos tubos. El sentido común me gritaba que se diera media vuelta mientras pudiera. Pero esa sensación amarga seguía latiendo en la boca del estómago. Estaba cerca. El perro le guió por aquel laberinto de conductos de ventilación. En aquella oscuridad densa y pesada. Solo escuchaba las uñas del perro arañando la superficie metálica del conducto, su respiración agitada. El corazón martilleándole en las sienes. Arrastrarse por aquel lugar no apaciguaba precisamente el dolor de su cabeza.
De pronto el perro se detuvo y arañó suavemente una rejilla que se abría en el conducto. Ese era el lugar. Al otro lado de la rejilla había luz, luz tenue. Acertó a ver una camilla, una persona tumbada en ella. Diversos aparatos a su alrededor, con aspecto médico. Tanteó la rejilla, también asegurada por varios tornillos. Buscó un destornillador en la mochila y los aflojó con cuidado, intentando hacer el menor ruido posible y procurando que la rejilla no saliera disparada de su ubicación. Eso supondría un estruendo horrible. Una vez hubo sacado los tornillos retiró la rejilla de su lugar. El techo era alto, más de dos metros y medio. Mucha altura. Se estaba preguntando como bajar de allí arriba y si la sala estaría vigilada de algún modo (apostaba a que si) cuando el perro, de nuevo se le adelantó. Aterrizó suavemente en el suelo y le miró, apremiante. Descolgó su cuerpo por la abertura, y se dejó caer. Fue sencillo. Una vez más resultaba más complicado en su cabeza que en la realidad.
Una mujer ocupaba la camilla. Era joven. No más de 23 o 24 años. El pelo muy corto, casi afeitado. Su cuerpo, muy delgado, increíblemente pálido, apenas estaba cubierto por un escueto camisón azul. Como los que se usaban en los hospitales. Parecía dormida Estaba asegurada firmemente a la camilla por varias correas. Piernas, brazos, cabeza. No querían que se escapara, quizás. En el brazo izquierdo tenía una vía, conectada a una bolsa de un líquido translucido que colgaba de un soporte plateado. Supuso que se trataría de algún tipo de sedante. No estaba dormida, sino sedada. ¿Por qué tantas precauciones? Parecía inofensiva y, a juzgar por la delgadez de su cuerpo, seguramente estaba débil. A parte de la vía, le habían colocado varios electrodos. En la cabeza y en el pecho. El haz de cables que salían de los electrodos estaba conectado a un ordenador que había en una pequeña mesa junto a la camilla. Sin duda querían monitorizar sus constantes vitales. Pero eso ahora daba igual. Tenía que sacarla de allí
Primero le quitó el gotero de la vía, con cuidado. Esas cosas siempre le daban dentera. Después, liberó las correas, una tras otra, de los pies a la cabeza. A la vez iba retirando los electrodos. Parecía tan frágil. La ira comenzó a bullir en su interior. ¿Quién le habría hecho eso? Mientras retiraba con cuidado los electrodos de su cabeza, ella abrió los ojos bruscamente. Sintió un dolor agudo, desgarrador en su cabeza y se desplomó, sin sentido.
Otra vez en aquel desierto de grava. Luz, silencio y grava. No, no, otra vez no. Ni siquiera abrió los ojos. El dolor en su cabeza era aun mayor. Estaba convencido de que estallaría apenas unos cuantos latidos después. Entonces volvió a percibir un aliento cálido en su cuello. Una voz suave y dulce que repetía, lo siento, lo siento. Unas manos heladas rozaron su cabeza y el dolor desapareció por completo, y una sensación cálida y dulce inundó su cuerpo.
Abrió los ojos y se topó con una mirada cansada, pero sonriente, uno ojos grises, un rostro pálido y demacrado, unos labios finos apenas esbozando una sonrisa. La sensación cálida y dulce en su interior poco a poco se iba disipando, pero todavía podía percibirla. Entonces escuchó una voz ... ¡dentro de su cabeza!
-Oh, lo siento-
-Por favor, no hagas eso-
Esta vez utilizó sus labios, su boca, sus cuerdas vocales, para hilvanar palabras.
-Lo siento de nuevo. Debe ser desconcertante, si no estás acostumbrado. Aunque es curioso que puedas percibirlo ¿Estas mejor?-
-Si ... la cabeza ya no duele. Y vuelvo a tener mis sentidos operativos-
-¡Tus sentidos! Claro, ahora puedo entenderlo. Tu ... eres como yo ... Bueno, no igual, pero parecido. Por eso pudiste oírme, sentirme. Gracias ... de verdad ... gracias-
Y ella lloraba. Y las lágrimas rodaban por sus mejillas y volaban hasta su rostro. Cálidas y saladas. Su cabeza descansaba en el regazo de ella, le acariciaba el pelo y lloraba. De nuevo aquella sensación amarga subiendo desde la boca del estómago. Sus ojos se humedecieron. Giró levemente la cabeza. El perro estaba a su lado, tumbado, expectante.
-Por favor, no llores-
-No puedo evitarlo ... estaba desesperada. Creí que nadie podría oírme. Y mis fuerzas se agotaban. Pero tú si que me escuchaste. Siento haberte causado daño. Lo siento. No pude medir mis fuerzas. No en este estado. ¿Estás mejor?-
-Después de dormir un poco estaré bien del todo. Pero ahora no tenemos tiempo. Tenemos que salir de aquí. Vendrán a buscarnos.-
Se puso en pié despacio, se quitó la mochila y la dejó en el suelo. Comenzó a estudiar la sala. Era bastante amplia. Las paredes parecían de hormigón. Claro, estaban bajo tierra. Solo tenía una puerta, metálica, reforzada, con cerradura electrónica (había un pequeño teclado numérico junto al marco) y una pequeña ventana circular de vidrio templado. A parte de la camilla y la mesa con el ordenador y una silla, no había ningún tipo de mobiliario. Sin duda la mejor forma de salir de allí era por el mismo lugar por el que habían llegado.
Ella continuaba sentada en el suelo, seguramente agotada. Cogió la mochila, la abrió y rebuscó en su interior. Sonrió al toparse con algunas botellas de agua, bollitos y chocolatinas.
-Has pensado en todo ... tu necesitarás dormir, yo también. Claro, para autoequilibrarnos ... tal y como nos enseñaron. Yo además estoy muerta de hambre. Gracias. Descansa un instante. Todavía no vienen. Lo sé. Y tu también lo sabes.-
-De acuerdo, pero solo un momento. Debemos irnos.-
Se sentó a su lado. En el suelo. Los tres, el perro y ellos dos, sobre aquel suelo gris tan frió. Daba gusto verla comer. Lamentó no tener nada más que ofrecerle. No cocinaba demasiado bien, pero un plato de pasta, con tomate y queso rallado, si que sería capaz de cocinar. Seguro que le encantaba ... pero ... Algo no andaba bien. Lo percibió en sus entrañas y en el rostro de ella. El pastor alemán se puso en pie, con las orejas tiesas y el pejale del lomo erizado.
-Ya vienen.-
Se puso en pié. Había tenido una idea. Corrió hasta el ordenador. Estaba bloqueado, protegido por una contraseña. Probó tres o cuatro de las más usuales. Bingo. Estaba dentro. Cinco minutos después pudo acceder al sistema de seguridad del edificio, a la red cámaras de vigilancia. Un escuadrón de hombres armados se encaminaba hacia allí con rapidez. Torció el gesto: eran demasiados. También pudo acceder a los planos del edificio. Era una especie de sótano. Y estaban en el lugar más alejado de la salida. Aquello era una ratonera.
-Tenemos que irnos. Si me subo a la camilla y te pones sobre mis hombros, creo que podrás llegar al sistema de ventilación.-
Ella negó con la cabeza.
-Estoy demasiado débil para irme por donde tu has llegado. No podría ...-
-No voy a dejarte aquí- Apretó los puños. De nuevo la ira se desbordaba en su interior. Era un día como cualquier otro para ir al encuentro de la muerte. Y si se llevaba con él, de cabeza al infierno a unos cuantos, mejor.
-No puedes enfrentarte a ellos y lo sabes. Son demasiados. Te matarán. Pero ... quizás haya algo que yo pueda hacer. Les haré probar su propia medicina-
Una siniestra sonrisa se dibujó en su rostro. Se puso en pié y se sentó en la camilla. Le costaba caminar, pero aquella sonrisa seguía creciendo en su rostro.
-¿Puedes abrir la puerta? En el pasillo hay mejor acústica...-
-¿Abrir la puerta? Lo intentaré-
Sus dedos volaban por el teclado mientras el tiempo corría en su contra. No iba a poder. Era demasiado complicado. Se acordó de Sofía. Vamos. Sus dedos temblaban. Cuando estaba a punto de darse por vencido, la puerta se abrió con un leve zumbido.
-Llévame hasta el pasillo. Rápido-
Cogió la mochila, se la puso en la espalda, empujó la camilla hasta el pasillo. El perro les siguió con un trote casi imperceptible. Después se quedó quieto, mirándola. Expectante. Ella, sentada sobre la camilla, balanceaba las piernas y le miraba.
-Ahora tienes que protegerte. ¿Podrás? Si no podría hacerte mucho daño. Mucho. Más del que puedas imaginar.-
Podía imaginarlo. Recordó lo que le habían enseñado. Hacía siglos, se le antojaba ...
-Si, creo que podré, pero necesito tiempo ...-
-No tenemos mucho tiempo. Te necesito. Después estaré demasiado débil. No podré salir de aquí y mucho menos sacarte a ti. Te necesito. Haz lo que puedas.-
Sintió una punzada de miedo en la tripa. Volvió a mirarla y se sentó en el suelo, contra la pared, en un rincón. Llamó al perro, que se hizo un ovillo a su lado. Comenzó a acariciarle, mientras respiraba profundamente. Tenía que blindarse. Vamos. Era sencillo. Algo que, de forma casi innata, todos los que eran como él, sabían hacer. Pero requería tiempo. Sintió miedo, pero continuó el proceso. Se cubrió la cara con las manos.
Ella empezó a cantar. Despacio, dulcemente. Tenía una voz preciosa, nunca hubiera podido imaginarlo. Intentaba no escucharla, concentrarse en respirar, relajarse, bajar el umbral de sensibilidad de sus sentidos hasta no sentir prácticamente nada. Pero no podía evitar escucharla. Su voz era tan bonita. No entendía lo que cantaba. Algo emotivo pero amargo, intenso. Ella debió percibir de algún modo que le estaba escuchando e interrumpió su cántico un instante.
-No me escuches. Podría hacerte mucho daño ...-
Lo intentó, lo intentó con todas sus fuerzas, cegó sus sentidos, hasta hundirse en la más profunda oscuridad. Ya no escuchaba su voz. Ni siquiera podía sentir su cuerpo pero... Sintió miedo. Una energía poderosa creciendo cerca de él. Al principio no mayor que una cabeza de alfiler, pero fue creciendo, creciendo y creciendo hasta ser mayor que el sol e igualmente poderosa. Sintió miedo. Sintió como aquel sol negro estallaba en mil pedazos. Sintió cómo una energía poderosa se expandía en todas direcciones. Sintió cómo se estrellaba contra su improvisada coraza, haciéndola vibrar violentamente... Y se hizo el silencio. Un silencio como no lo recordaba en mucho tiempo. Un silencio espectral. Sintió miedo.
Se atrevió a abrir los ojos y los sentidos. Se puso en pie. Ella estaba tendida en la camilla, temblando.
-Sácame de aquí, por favor, no tenemos mucho tiempo.-
La cogió en brazos ¡pesaba tan poco! Llamó al perro.
-Seguro que conoces la salida. ¡Vamos!-
El perro pareció entenderle y echó a correr por el pasillo iluminado por decenas de tubos fluorescentes. Le siguió lo más rápido que podía. Comenzaron a toparse con enormes puertas de metal, todas abiertas ¿cómo era posible? Al doblar un recodo se detuvo un instante, a recuperar el aliento. El perro también se detuvo, le miraba apremiante. Se acordó de algo. La dejó en el suelo y se dirigió a una de las puertas que jalonaban el corredor.
-¿Qué vas a hacer?-
-Tardaré un minuto-
La puerta estaba cerrada, como esperaba, pero la cerradura era convencional y bastante sencilla. No le llevó más de treinta segundos. En el interior encontró varios servidores en sus racks. Su intuición no le había fallado. Buscó los discos duros y se llevó un par de ellos. Información.... para poder entender aquello.
Guardó los discos en la mochila y volvió al corredor. Volvió a cogerla en brazos y siguieron caminando a través del corredor, tras el perro.
-Ah, buscabas información. Buena idea-
Al cruzar la siguiente puerta se topó con un espectáculo dantesco. Quince, veinte hombres armados hasta las cejas, tirados en el suelo, quietos.
-¿Están muertos?-
-No, solo sin sentido. Despertarán en unos cinco minutos. No creo que puedan olvidar el dolor de cabeza que van a tener. Vamos, date prisa. No queda mucho tiempo-
Trató de caminar más deprisa, siguiendo al perro. Aquel lugar era un laberinto. Sin él habría sido incapaz de encontrar la salida. Tras otra puerta, unas escaleras. Subió dos tramos que se le antojaron eternos. Estaba cansado. El sudor brotaba por cada poro de su piel. Y ella temblaba. Tan débil.... Otro par de puertas más y por fin, la calle. La noche. El frió aire de la noche se le antojó una caricia maravillosa. Giró sobre sí mismo. Apenas una pequeña puerta metálica en un pequeño edificio de hormigón. Se le antojaba una de aquellas subestaciones que estaban bajo tierra. De echo en la puerta había un letrero bien visible: Peligro, riesgo eléctrico.
Junto al edificio había un pequeño aparcamiento, con dos o tres coches. Se decidió por un pequeño Citroën C2 de color amarillo. Era la versión comercial, con los cristales traseros de chapa y un espacio de carga tras los asientos delanteros. La dejó en el suelo, junto al perro. Apenas le llevó unos segundos abrir el coche. La acomodó en el asiento del copiloto y al perro en el espacio de carga, dejó allí también la mochila. Arrancar el motor le llevó algo más de tiempo (malditos inmovilizadotes)
-Vamos, date prisa ...-
El sonido del pequeño motor en marcha se le antojó gloria bendita. Sonrió mientras acariciaba el volante y los pedales. Atravesó el aparcamiento todo lo rápido que pudo hasta alcanzar la cerca perimetral. Una garita, una barrera. Pensó en llevarse por delante la barrera, pero eso quizás dañaría el coche. Se detuvo, bajó del coche y miró dentro de la garita. Los guardias estaban en el suelo, sin sentido. Entró en la garita y accionó el pulsador que levantaba la barrera.
Estaban fuera. Sintió un alivio tremendo. Concentró todos sus sentidos en conducir rápido, pero con suavidad, cortando la noche. Volver a casa ¡estaba tan cansado! Ella temblaba en el asiento del copiloto. Paró un instante, se quitó el forro polar y la tapó con el. Sintió miedo. Tan pequeña, tan frágil, pero tan poderosa. Reemprendió la marcha.
Minutos después llegaron a su guarida. Otro polígono industrial, esta vez casi en medio de la cuidad. De aspecto decadente. Con decenas de letreros en las fachadas de cristal de los edificios de oficinas. “Se vende”. “Se alquila”. Nadie les buscaría allí. Calles desiertas y edificios vacíos. Perfecto. Se detuvo frente a una rampa que conducía a un garaje subterráneo. Bajó del coche, abrió el portón. Saludó al perro.
-Gracias, precioso, sin ti no habríamos salido de allí. Gracias.-
Rebuscó en la mochila hasta toparse con un pequeño mando. Pulso el botón mientras se mordía el labio inferior. Esperaba que funcionara. Apenas utilizaba aquella entrada, pero ahora era preciso ocultar el coche. La puerta comenzó a abrirse lentamente, en medio de fuertes chirridos –tendría que engrasarla. Pero pudo abrirse del todo. Dejó caer el coche en la oscuridad del garaje subterráneo y volvió a cerrar la puerta. Rodó lentamente por el garaje oscuro y desierto hasta detenerse en un extremo, junto a una especie de ascensor.
-¿Hemos llegado? Estoy agotada. Necesito dormir. Y tu también lo necesitas.-
-Si, ya falta poco. Solo faltan unos cuantos pisos. espero que el montacargas funcione. Espera un segundo-
Bajó del coche. A la luz de los faros buscó un cuadro eléctrico. Abrió la pequeña porteruela metálica que lo cerraba. La mayor parte de los interruptores ocupaban la posición de “apagado”. No quería llamar la atención de la empresa suministradora de electricidad, con un consumo desmesurado en unas oficinas supuestamente vacías. Le había llevado casi un día conseguir que su pequeña guarida, allí, unos pisos más arriba, tuviera electricidad. En la parte de abajo había un par de interruptores, marcados con cinta aislante amarilla. Los accionó. Se dirigió al montacargas. Había luz en el interior. Perfecto. Empujó manualmente la puerta corredera. Después volvió al coche. Abrió primero el portón (el perro estaba harto de estar allí encerrado) y después la puerta del copiloto. Volvió a cogerla en brazos y la dejó delicadamente en el suelo del montacargas. Llamó al perro.
-Vamos, ven aquí. Vamos a casa-
El perro corrió obedientemente al interior del montacargas. Cerro la puerta. Miró suplicante a la botonera que había en la caja del montacargas. Pulso uno de los botones. Con un crujido se puso en marcha. Suspiró. Latamente comenzó a ascender, piso a piso, hasta que se detuvo. Empujó de nuevo la puerta corredera. Habían llegado. Buscó una linterna en la mochila. Una de tipo frontal, de las que se colocan en la cabeza y dejan las manos libres. Ideales para ... Bueno, dejémoslo en que era muy útil.
-Espera, traeré una silla-
Si algo sobraba en aquel lugar desierto eran sillas de oficina, con ruedas. No tardó en encontrar una (literalmente se tropezó con ella). Volvió a montacargas, la cogió en brazos y la depositó delicadamente sobre la silla. Comenzó a empujarla a través de pasillos desiertos y oscuros, solo iluminados por el haz de luz de la linterna. El perro seguía sus pasos, meneando el rabo.
-Ya estamos casi ... Ah, creo que he olvidado presentarme. Me llamo Sergio.-
-Lo sé- Le costaba trabajo hablar – Sé muchas cosas sobre ti. Puedo sentir tu dolor ... Es horrible-
No volvieron a pronunciar palabra alguna hasta llegar a un extremo de la planta. Había habilitado lo que fuera un despacho como vivienda. Apenas una cama –enorme, demasiado grande para él solo, pero la había probado en una tienda de muebles, era comodísima y no había parado hasta que ha había conseguido. Subirla hasta allí fue una pequeña hazaña ... - un enorme escritorio con un ordenador y unas pocas estanterías. Todo parecía a medio hacer. A lado había una pequeña cocina y un baño. Aunque para duchase tenía que bajar tres plantas, hasta aquellos vestuarios. Y la mitad de los días no había agua ...
Encendió un pequeño flexo, lo justo para poder ver sin que ningún destello pudiera ser visto desde el exterior, aunque todos los estores estaban bajados. Volvió a cogerla en brazos y la llevó hasta la cama.
-Así que esta es tu casa. No está mal ...-
-Siento el desorden. Soy un poco desastre ...-
-No te preocupes, está bien. Aquí podremos descansar. Autoequilibrarnos. Nadie nos molestará.-
-¿Quieres comer algo? ¿Necesitas alguna otra cosa?-
-Solo un poco de agua-
-Ahora vuelvo-
El perro siguió sus pasos hasta la pequeña cocina. Él también quería agua. Miró en una diminuta nevera. Siempre tenía varias botellas de agua mineral, no se fiaba demasiado de la instalación de agua del edificio. Le sirvió un poco en un plato, cogió un par de botellas pequeñas y regreso a su “casa”.
Cuando volvió junto a la cama ella ya estaba dormida. Dejó una de las botellas junto a la cama, y bebió de la otra. En un extremo del despacho había una bolsa de deportes, rebuscó en su interior hasta encontrar un pijama limpio. Después se deslizó entre las sábanas. Ella dormía, hecha un ovillo, respirando despacio. Le gustó dormirse escuchando su respiración. Se acordó de Paula. La echaba tanto de menos. Una vez más, se durmió llorando.
N+3 Lágrimas en la lluvia.
-¿Puedo quitarme ya el pañuelo de los ojos?-
-Sí, claro, por supuesto. Antes iba a decirte que ya podías quitártelo, pero estabas dormido.-
Suavemente tiró del pañuelo negro que tapaba sus ojos. Lo dejó en torno a su cuello. Como un amuleto. Como un trofeo. Se sonrojó. Si, se había quedado dormido. En un coche. La temperatura en el interior del coche era muy agradable y ella conducía con una suavidad exquisita. Estaba cansado. No conseguía dormir bien. Sobre todo las últimas semanas. Por el viaje. Se sentía aliviado pero a la vez nervioso. Allí lo hacían casi todo por él. Tenía sus necesidades básicas cubiertas. Fuera estaría solo. ¿Y si no era capaz de valerse por si mismo? Lo había hecho durante la mayor parte de su vida, pero en aquél momento ...
-¿Estás bien?-
Una simple pregunta. Tono de voz neutro. Sin apartar la vista de la carretera. Fuera era de noche. La autovía de circunvalación estaba casi desierta. Pero llovía. Mucho. Los limpias trabajaban sin descanso. Estelas de agua, luces lejanas, reflejos. Sin apenas girar la cabeza permaneció unos instantes mirándola. Pelo castaño oscuro, media melena, casi ocultándole el rostro, los ojos de un marrón intenso, como 1.70 de alto, delgada. Toda ella, incluida su voz, transmitían calma, serenidad. Supongo que la habían escogido por eso.
-Tu ... eres especial ¿verdad? Como yo ... quiero decir ... como yo lo era ...- y una sombra de pena cruzó su rostro.
-Si, es verdad. Eres muy inteligente. Creí que no te darías cuenta ...-
-No pasa nada. Tu no tienes la culpa-
Se recostó en el asiento, cerro los ojos. No volvió a pronunciar palabra alguna en todo el trayecto. De vez en cuando entreabría los ojos, se orientaba y comprobaba cuanto quedaba para su destino.
-¿Puedes parar aquí, por favor?-
-Pero ... todavía no hemos llegado. Son solo cinco minutos-
-Se que te pidieron, te ordenaron que me llevaras a la estación, apuesto que debes verificar que subo al tren, pero coño, nací aquí, estamos a veinte minutos andando de Atocha, puede que menos y, aunque no lo parezca estoy lo suficientemente lúcido para llegar hasta allí. Necesito caminar ¿lo entiendes? Tengo que despedirme de Madrid.-
Buscó un lugar donde detenerse, junto a la acera, con la misma suavidad de todo el viaje señalizó la maniobra y se detuvo.
-Gracias por el paseo-
-De nada. Cuídate, por favor-
-Lo intentaré-
Iba a bajar del coche, sus dedos acariciaban el tirador de la puerta, pero se quedó quieto y volvió la cabeza hacia la conductora.
-Supongo que tendrás que seguirme hasta la estación, lo entiendo, es tu trabajo. Pero hazlo de un modo discreto ¿de acuerdo? Que no me de cuenta. Será fácil. Ya no soy lo que era ...-
Se le humedecieron los ojos. No supo que decir. Ni ella tampoco. Bajó del coche y abrió el maletero. Diluviaba. El abrigo tenía capucha, escondida en el cuello. Intentó sacarla, con el agua corriendo por su rostro. Agua. Fría. Dulce. Al contrario que las lágrimas que corrían por sus mejillas, saladas y cálidas, mezcladas con las gotas de lluvia.
Antes de que acabara de desplegar la capucha, ella estaba delante suyo, sujetando un paraguas abierto.
-Ten, está diluviando-
-No hace falta ...-
No acertaba a sacar la capucha. Sus dedos temblaban. Ella se dio cuenta.
-Sujeta el paraguas, te ayudaré-
Con dulzura, acabó de sacar la capucha de su escondite y cubrió con ella su cabeza.
-Gracias-
Sacó el equipaje del maletero, una especie de bolsa de deporte muy grande, de color negro. Con ruedas en un extremo y un asa en el otro. Así era más fácil llevarla. No se despidió de ella. No le dijo nada. Sólo se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sintió sus ojos clavados en su espalda. No. Antes lo hubiera sentido. En las tripas. En sus entrañas. Tal y como un pastor alemán bien entrenado puede seguir un rastro. Ahora volvía a ser un humano anónimo más. Con algunas cicatrices en su cuerpo y otras, más difíciles de apreciar y de curar, en su mente, en su alma.. Subió a la acera. El asfalto, las aceras, todo brillaba bajo la luz anaranjada de las farolas. Su último recuerdo de aquella ciudad. Recorrer calles desiertas bajo la lluvia, en la noche. Solo su respiración, sus pasos, el sonido áspero de las ruedecillas de la bolsa de viaje sobre las baldosas de la acera. Y la música de la lluvia ...
Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
N+4. Estación terminal.
El viaje se le antojó muy largo. Mucho. Al primer tren, modernísimo y ultrarrápido, le sucedió otro, más modesto. Y a éste un diminuto tren de vía estrecha, casi de juguete, que serpenteaba entre las montañas. Cuando se detuvo en el pequeño apeadero ya era noche cerrada. Bajó un par del peldaños hasta alcanzar el andén. Enseguida dejó la enorme mochila en el suelo, pesaba demasiado. Afortunadamente tenía unas pequeñas ruedas en uno de sus extremos, lo que facilitaba su transporte. Arrastrarla era mucho más fácil que cargar con ella. El tren apenas se detuvo unos instantes, después volvió a arrancar, pesadamente y se perdió en la noche. Quedó completamente solo en el andén, apenas iluminado. Hacía frío. Parecía a punto de empezar a nevar. Suspiró y comenzó a andar lentamente hacia el edificio de la estación. Atravesó el pequeño vestíbulo y se encontró a las puertas de la estación. Un pequeño aparcamiento. Apenas quedaban coches. Rebuscó en los bolsillos del abrigo hasta toparse con un manojo de llaves. Supuestamente una de ellas era de un coche, si esa, tenia toda la pinta. Azul. De un Fiat. El único Fiat que había allí era un pequeño Panda, de color blanco. Se acercó a el y se dio cuenta de que era la versión 4x4. Algo más alto, con ruedas más grandes. Parecía robusto. Recordó que ... bueno, digamos que en su vida anterior había conducido un coche como aquel. Abrió el coche y dejó la mochila en los asientos traseros y se puso al volante. Al dar el contacto se iluminó la pantalla del navegador. ¡Vaya! Aquel trasto que casi parecía de juguete tenía navegador y todo. Ajustó el asiento, los espejos y arrancó el motor. Maniobró lentamente para salir del pequeño aparcamiento. Entonces la voz femenina, pero metálica, del navegador comenzó a guiarle. Volvió a suspirar. Antes su instinto le hubiera bastado, sus sentidos, pero ahora era uno más, un humano común y corriente y sólo podía ver lo que tenía delante de los ojos. Volvieron las ganas de llorar casi irresistibles, respiró despacio y trato de concentrarse en conducir. No no, mal, mal, no podía ir todo el rato en primera, aceleró y puso segunda y después tercera.. El apeadero estaba en las afueras de un pueblo, mediano, no demasiado pequeño. Pronto alcanzó sus calles, y el navegador le guió por ellas. Le condujo a las afueras del pueblo. Se dejó llevar. Pronto abandonaron aquel lugar y se internaron en una carretera de montaña. Tenía buen piso aunque era estrecha y con muchísimas curvas. Conducía despacio, con cuidado. Todavía estaba débil. Los kilómetros se le hicieron largos, aunque apenas fueran quince o veinte. Llegaron a otro pueblo. El nombre le era familiar, si, era ese. Ese sería su hogar. A la entrada divisó un edificio bastante grande. Tenía pinta de instituto. Tras detener el coche bajó y echo un leve vistazo. Si, era un instituto. Allí estaría su nuevo trabajo. Pero era viernes, las siete de la tarde, y estaba cerrado a cal y canto. Volvió al coche. Hacía muchísimo frío fuera. Subió un poco la calefacción. Reemprendió la marcha y el navegador le llevó hasta las afueras del pueblo. Se detuvo ante una pequeña casita, aislada, parecía nueva, o quizás restaurada. No era muy grande, pero se le antojó bonita, planta baja y primera, tejado muy inclinado y una especie de garaje anexo.
-Ha llegado a su destino, muchas gracias-
Le sobresaltó la voz metálica del navegador le sobresalto. Bajó del coche y rebuscó otra vez en el manojo de llaves. Le costó encontrar la que abría la puerta metálica del garaje. Buscó algún interruptor, se veía incapaz de meter el coche allí solo con la luz de sus faros. Palpando lo encontró, se encendieron varios fluorescentes en el techo. En el garaje vio una caldera de gasoil, varios armarios ... y algo que le hizo sonreír. Una bici de montaña y una moto de campo. Habían pensado en todo. Acomodó el panda en el interior de la estancia, paró el motor y cerro la puerta. Dentro se estaba más a gusto. La calefacción estaba encendida. Alguien la había encendido para él ¿quién? No lo sabía. Un miembro de la organización. Alguien de la familia. Sacó la mochila de viaje del coche. Una pequeña puerta comunicaba el garaje con la casa. Avanzó arrastrando la mochila de viaje, y encendiendo luces. Todo era agradable y acogedor. Supuso que el dormitorio estaría en la planta de arriba, así que abrió la mochila y rebuscó en su interior, sacó un pijama, un neceser y un mp3. Subió lentamente las escaleras. El dormitorio no era muy amplio pero si muy acogedor. Un escritorio, muchas estanterías con libros, un armario. Era bonito. Lo que más le gustó fue la cama, enorme. Estaba agotado, así que se desvistió y se puso el pijama. Supo que le costaría dormirse. Rebuscó en el interior del neceser. Mitad neceser mitad botiquín. Un poco de todo. Por supuesto con pastillas para dormir. Le costaba dormir. Se tragó un par de ellas, sin agua y entonces se acostó. La pena volvió lentamente, como una marea amarga y húmeda, antes de que pidiera dormirse estaba llorando. Pronto llegó el sueño, un sueño artificial, pesado. Se durmió llorando.
N+5 Nieve
Por la tarde el dolor regresó. El hombro derecho volvió a molestarle, por tercera o cuarta vez en la misma semana. Ni el calor ni el ibuprofeno le habían aliviado demasiado. Cualquier pequeño gesto reavivaba el dolor: colocar los libros o manejar el ratón. Fuera era de noche y la nieve volvía a caer lentamente. Buscó el teléfono del fisio en un pequeño cuaderno de tapas naranjas que le hacía las veces de agenda. Mientras sus dedos pulsaban las teclas en el teléfono recordó los ojos grises de Lidia, su risa y el tacto de sus manos.
-¿Lidia? Vuelve a molestarme el hombro. ¿Tienes un hueco esta tarde? ¿A las ocho? Perfecto, muchas gracias ...-
Dejó pasar las horas y, algo más pronto de lo habitual, cerro la biblioteca. El lugar donde trabajaba. El lugar donde, después de todo, se refugiaba. Libros, y algunos ordenadores. Un pueblo rodeado de montañas. Su refugio. Un lugar diferente para una persona diferente. En la calle, nevaba. Oscuridad y frío, las luces de las farolas iluminando los tejados llenos de nieve. Suspiró. Esperaba que la carretera estuviera limpia, puesto que la consulta de Lidia estaba en el pueblo de al lado, que era un poco más grande. Confió en el pequeño Fiat Panda 4x4 calzado con neumáticos de invierno. Condujo dulcemente. El hombro le molestaba en alguna maniobra. Las quitanieves habían limpiado la pequeña carretera, pero la nieve volvía a cubrir el asfalto. En otra ocasión, habría resultado estimulante controlar el coche, en la oscuridad, sobre aquella superficie tan deslizante, pero con el hombro así, le costaba mover el volante. Pensó en cómo era volver a conducir, desde entonces. Su técnica permanecía inalterada, pero sin intuición, se le antojaba más difícil.
Después del calor y de los ultrasonidos, las manos de Lidia acariciaban su piel. Tendido sobre la camilla, se dejó adormecer, olvidando el dolor.
-Me fascina tu tatuaje-
Del pecho al antebrazo, extraños caracteres de un intenso color negro recorrían su piel. Incapaces de ocultar cicatrices aun visibles después del tiempo pasado. Runas. Si.
-Parecen letras ¿qué quieren decir?-
Volvió la cabeza y esbozó una media sonrisa. Dudó un instante …
-Cuenta una historia. Mi historia. Tuve un accidente de moto hace algunos años y el brazo casi me queda inútil. Me rompí la clavícula, tendones … un desastre. Pensé que no volvería a poder usar el brazo derecho, pero con mucho trabajo y rehabilitación, pude recuperarme. Aunque a veces me molesta. Sobre todo con el frío-
Volvió a esbozar una media sonrisa, amarga. Ah, una mentira más. Si le contara la verdad no le creería. Recordó la sangre corriendo por sus antebrazos. Recordó aquella sensación irreal de la vida escapando a chorros de su ser. Se estremeció.
-¿Te duele?-
-Si, un poco- Y no mentía. El hombro. Y el corazón.
Se despidió de Lidia con besos en las mejillas. Fuera nevaba más. El pequeño Fiat tenía los cristales y el techo cubiertos de nieve. Mientras limpiaba los cristales sus ojos se posaron en la nieve. Le llamó la atención unas pequeñas pisadas en torno al coche. Tenía frío. Entró en el coche. Giró la llave de contacto y arrancó el motor. El haz de los faros iluminó una silueta menuda y encapuchada, frente al coche. Con pasos pequeños se acercó a la puerta del conductor. Bajó la ventanilla, sorprendido. Como si se tratara de una aparición. Un fantasma del pasado.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí?-
Bajo la capucha brillaban unos ojos verdes, un rostro lleno de pecas. Una melena cobriza. Abrigo, pantalones de travesía, botas. Inmóvil, bajo la nieve.
-Eres complicado de localizar-
-De eso se trata. Estoy retirado. Del todo. Siento que hayas hecho todo este camino en balde.-
-No te creo. Tu mente está llena de dolor. Y de música. Tus sentidos ya no son tan precisos, pero todavía podrías ser útil. El mundo ha cambiado. La memoria es frágil. La gente intenta olvidar el pasado, pero el pasado vuelve-
-Yo también intento olvidar-
Sus dedos buscaron el mando del elevalunas.
-Espera. Nieva, y está helando. Necesito un sitio para pasar la noche.-
-En el pueblo hay varios hoteles.-
-¿Tanto has cambiado? Si he llegado hasta aquí, déjame contarte mi historia-
-Está bien. Sube. Vuelve a nevar y nos queda un buen trecho. Está nevando más. Igual no podemos salir de aquí-
-Gracias-
La joven ocupó el asiento del copiloto. Se quitó la capucha y le dirigió una mirada de agradecimiento.
-Me llamo Marina-
-Y yo Marcos-
-Lo se-
-No es muy educado leer la mente de los demás-
-Puede. Pero no puedo evitarlo. Arranca. Sigue nevando.-
Inicia la marcha, despacio. Las calles están cubiertas de nieve y también la carretera. Manejando con suavidad volante, freno y gas logra avanzar. El hombro está mejor y puede manejar el volante con más agilidad. Un alivio, porque la carretera está realmente complicada. Los ojos clavados en la carretera, en la nieve, en la oscuridad. Como en un sueño …
-Seguro que podrías ayudarme-
-Podría, pero lo haces bastante bien tu solo-
Se ha quitado los guantes y sus manos buscan el calor que surge de los aireadores en el salpicadero.
-¿Recuerdas cuando percibir se te antojaba agotador y te hubiera gustado que alguien se ocupara de todo lo demás?-
-Pero ahora sois manos y ojos. No os hace falta nadie.-
-No es verdad. Todo ha cambiado. Todos quieren olvidar y nadie mira. Y todavía hay cosas que ver. Piezas que no encajan en el puzzle. ¿Recuerdas? Así empezó todo.-
Los ojos fijos en el aslfalto cubierto de nieve. Las manos en el volante y los pies acariciando los pedales. Una sombra cruzó su rostro.
-Lo siento. Soy tan tonta. Vengo aquí y lo remuevo todo. Y no tengo derecho.-
-Tendrás tus razones-
-Necesito tu ayuda.-
N+6. Percepción
Se despereza con agilidad gatuna en el asiento del copiloto, con los ojos entrecerrados, pero él intuye que el resto de sus sentidos están alerta, barriendo el espacio que les rodea como el haz de un rádar. Buscando. Lo intuye, pero no lo sabe, no lo siente y eso le apena. Antes podría percibirlo, antes, en una vida anterior.
Levanta el pie del acelerador medio milímetro y mira de reojo a la mujer que ocupa el asiento del copiloto. No deja de recordarle a un felino: bella, enigmática, independiente y con unos sentidos extremadamente precisos …
-Mira a la carretera, no me mires a mi.-
Está a punto de añadir algo más pero una sombra de tristeza cruza su rostro lleno de pecas, sus ojos verdes tiemblan un instante imperceptible. Extiende su brazo izquierdo y le acaricia el hombro derecho con en un gesto de ternura y complicidad.
Sonrie. Por experiencia sabe que sentir, percibir en letras mayúsculas a menudo es poco compatible con otras actividades como conducir y cuando lo es, resulta agotador. Ya que ella es a la vez sus ojos y sus manos, es mejor que se canse lo menos posible, y pueda concentrarse en esa amenaza indefinida que ha sentido.
Su boca se crispa un instante. La sonrisa desaparece de su rostro. Respira despacio. Se muerde el labio interior.
-Un tren. Un tren junto a el mar. Un tren pequeño, corto. La via tiene muchas curvas y también es pequeña ...-
-Vía estrecha, junto al mar, vamos en dirección éste. Debe ser el Mediterraneo. Tengo que consultarlo. Hay que parar en algún sitio-
Ruedan a velocidades legales por una monótona y aséptica autovía. Si por él fuera, irían más rápido. Pero más velocidad no sirve de mucho.
-Corriendo, pero sin correr- murmura ella de vez en cuando, cuando la aguja del velocímetro llega a 140/150 km/h
A pocos kilómetros hay un area de servicio. Se le hacen eternos …
-Ponerte nervioso no va a solucionar nada.-
-No es justo. Puedes percibir lo que pienso y lo que siento. Yo tengo que intuirlo por tus gestos, por tus palabras. Y puedes percibir el peligro, como lo hacía yo. Es frustrante.-
-Se lo que sientes, y te entiendo. Ojalá pudiera ayudarte. Delvolverte tu poder. Hacerte como yo. Pero no puedo.´-
-No se si podría vivir siendo como tu. No te lo tomes a mal, me basta con sentir lo que pienso y siento, me bastaba con intuir el peligro. Percibir lo que sienten y piensan otras personas me parece enloquecedor, casi perverso.-
-No elegí percibir lo que percibo. Pero he de vivir con ello.-
Dejan la autopista y entran en un area de servicio. Después de llenar el depósito, entran en una cafeteria. Observa el cielo cargado de nubes.
-Va a llover-
Ella resopla, molesta.
-¿Vas a decirme algo que no sepa? Lo se hace doscientos kilómetros-
Ocupan una mesa junto al ventanal. Una manzanilla y una porción de pizza para cada uno. Ella prefiere no tomar café ni ninguna otra bebida excitante cuando tiene que concentrarse en sentir y, por solidaridad, él hace lo mismo. Además, los refrescos con burbujas le dan gases. Mientras da cuenta de la porción de pizza, extrae un Ipad de su funda de neopreno negra. Acaricia su pantalla con una mezca de sopresa y admiración. Le encanta aquel cacharro pequeño y ligero, pero que le da acceso a la red, a un banco de datos que su mente jamás podría contener.
-Esto lo había en mi época, cuando empecé en esto. Los portátiles eran una rareza, carísimos y enormes. Hasta los móviles eran una rareza. En los vehículos de la organización solíamos llevar emisoras-
-Estás viejo.-
-Un respeto, pequeña, que sólo nos llevamos diez años.-
-Quince. Estás viejo, tienes canas y eres un pervertido.-
-No es justo. Puedes leer lo que pienso, quizás antes de que lo piense. Soy humano y eres muy guapa. Además, siempre te he tratado con respeto ¿O no?-
-Claro, pero eso no quita que seas un viejo ver….-
La sonrisa se le congela en el rostro. Murmura palabras incomprensibles. Tiembla. Alarga su brazo derecho hasta el otro lado de la mesa y roza la mano izquierda de él.
-¿Puedes sentirlo?
-Estas temblando. Algo malo malo de verdad viene. Recuerdo esa sensación. Pero ya no puedo sentirla.-
-Vámonos- Señala la pantalla del Ipad -¿Has encontrado lo que buscabas?-
-Más o menos. Quizás sea el Trenet.-
-No se lo que es, pero ya me lo contarás. Paga tu. Te espero en el coche. Aquí hay demasiada gente y piensan en voz alta. Así no me puedo concentar …-
Cuando llega al coche ella ya está sentada en el lugar del copiloto, mirando la pantalla del navegador.
-Hacia el mar. Me gustaría ser más precisa, pero no puedo.-
Su voz tiembla. Está rígida y nerviosa. Eso le asusta. Ella bromea casi siempre, derrocha ironía. Verla seria y nerviosa, le asusta.
-De acuerdo, hacia el mar-
-No hace falta que fundas ningún radar, pero rápido-
-Rápido y fino, lo intentaré-
Hacia el mar, con rapidez y delicadeza, difícil combinación. Los ojos clavados en el asfalto y en los espejos. Fugaces vistazos al cuadro de instrumentos y a la pantalla del navegador. Ella tiene la mirada perdida, está seria, respira despacio, tiembla a veces. Se le antoja frágil, aunque es consciente de su poder. No puede sentirlo, pero si imaginarlo. Impotencia. No puede hacer otra cosa que conducir lo mejor que sabe para ayudarla. Sabe que, de alguna manera, está sufriendo. Sentir significa sufrir. Y, en muchas ocasiones, impotencia. Pero ella es especial. Ojos y manos.
-Mi magia no es infalible ni invulnerable. Lo sabes-
Concentrado en conducir, sintió que algo se removía en su interior. Se estremeció. Un recuerdo amargo. Intento anularlo, pensar en lo que estaba haciendo, en las sensaciones que le transmitía el coche. Habían dejado atrás la autopista y recorrían una carretera de montaña: el mar a un lado, la pendiente al otro. Habían pasado 200 kms o más en un suspiro. Cada uno concentrado en su tarea: conducir, percibir. Pero el recuerdo avanzaba en su interior. Ni siquiera el tacto del volante, de la palanca de cambio, aquella máquina precisa y conococida latiendo bajo su ser, logró confortarle. Las lágrimas pugnaban por escapar de sus ojos.
Dolor. Un dedo roto o dislocado. Sangre. Sangre por todas partes: en el volante, en el salpicadero, en los guantes que cubrían sus manos. Y en el asiento del copiloto, aquella mujer se desangraba, podía notar como la vida se le escapaba a chorros. Había taponado la herida con gasas, había transferido parte de su energía vital, pero no era suficiente. Necesitaba atención médica de inmediato.
Rodaban por una pista embarrada. Le costaba controlar el Land Cruiser. Que era noble, y bastante rápido, pero pesado. Las inercias de sus más de dos toneladas resultaban complicadas de controlar sobre el barro, más cuando contravolantear con una mano dañada era una pesadilla. Intentaba conducir lo más rápido que podía, pero se le antojaba que no era lo suficientemente rápido. La pena acabó por desbordarse en su interior, comenzó a llorar, aunque no podía permitirselo: las lágrimas no le dejaban ver bien la pista. Intentó secar los ojos con las manos enguantadas, manos manchadas de sangre. En un reflejo fugaz, al verse reflejado en los espejos retrovisores, se le antojó que lloraba sangre.
Intentó concentrarse en el instante, en lo que estaba haciendo: conducir lo más rápido que podía o sabía. El tacto del volante, de los pedales, del cambio. Las reaciones del coche. El firme que pisaba: asfalto bacheado, a veces roto, cunetas salpicadas de grava que no podía evitar morder. El sonido de esa misma grava golpeando los bajos. Pero no sirvió de nada: en un bucle perverso, infinito, las imágenes se repetían una y otra vez en su cabeza. Hasta que, en una de las fugaces visitas a la palanca de cambios, notó una mano cálida y suave que acariciaba la suya. Marina le cogía de la mano, en un gesto dulce y cómplice.
-Estoy a tu lado. No puedo eliminar tu dolor, pero estoy a tu lado.
Los recuerdos amargos seguían flotando en su mente, pero aquel gesto amable, dulce, precioso, sirvió para aliviar su dolor y permitirle concentrarse en lo que estaba haciendo.
-Para. No se dónde estoy.-
-Nunca creí que te oiría decir eso-
-No se cual es el camino correcto. Sentir y orientarse a la vez no es tarea fácil. ¿O es que ya lo has olvidado?-
-No, claro que no.-
-Da la vuelta y vuelve por donde hemos venido, despacio.-
Aprovechando las cunetas consiguió completar el giro de 180º casi en una maniobra.
-¿Ves? Es por ahí- Marina señaló un diminuto camino de tierra que arrancaba del borde de la carretera, casi oculto entre los pinos. Agradeció que aquel trasto fuera un todo camino o como quiera (con algún vocablo inglés incomprensible) se les llamara ahora. Con un turismo les habría sido más complicado llegar. El camino tenía mucha pendiente y el piso descarnado. Grava y tierra suelta. Subió dulcemente, agradeciendo las ayudas electrónicas del coche, que le ayudaban a traccionar en lo posible. El camino desembocó en un paso a nivel que atravesaba la vía de ancho métrico. En otra ocasión se le habría antojado un paisaje idílico: el mar a la espalda, la vía tallada en la montaña, la pista trepando por la misma ladera. Pero no entonces.
-¿Y ahora qué?-
-Esperar-
Espera incómoda, a veces en el interior del coche, otras caminando por los alrededores. A través del Ipad buscó información sobre la frecuencia de paso de los trenes, diminutos convoyes diesel. Aunque tampoco le sirvió de mucho.
Entonces, sucedió. Ella estaba sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida, jugeteando con su pelo cobrizo. Llevaba horas sin decir nada. Rechazó la comida que le ofreció a mitad de tarde. “Eres un ser primario, solo piensas en comer, dormir y …”. De repente, levantó la mirada, con un gesto de terror en la mirada. Salió del coche y miró al mar. Estaba anocheciendo …
-Dime que ves lo mismo que yo-
-Eh, habla bien-
-No he dicho nada-
-Pero lo has pensado-
Estaba anocheciendo. La ladera cubierta de árboles y el mar allá abajo, lámina infinita de un azul intenso, se adivinaban más que veían. Hasta que una extraña luminosidad verdeazulada comenzó a filtrarse desde el fondo del mar. Por un momento recordó esos programas de radio sobre OVNIS que escuchaba de pequeño. Había visto muchas cosas raras, si, pero nada como aquello. Le pareció que algo se movía bajo la superficie del mar un décima de segundo antes de que un enorme dragón de escamas verdes surgiera del agua, en medio de una nube de espuma.
-No puede ser…-
-Si puede ser, así que cierra la boca y piensa en voz baja, que me desconcentras-
Concentración. En una vida anterior podría sentirlo, como preparaba su magia para responder al adversario, como daba forma a los hechizos. Esos instantes tensos en los que a veces se sentía orgulloso del mago que tenía al lado o debía hacer grandes esfuerzos para no salir corriendo, ya que la magia, en manos inexpertas, podía volverse contra quien ejecutaba el hechizo, escapar a su control, tener consecuencias imprevisibles. Un horror.
El dragón surcaba el aire. Era largo, como una serpiente. Sin puntos de referencia no acertaba a precisar sus dimensiones, pero sin duda era MUY grande. Cuando, de vuelta al suelo, su cola rozó la ladera y provocó un desprendimiento de tierra y piedras que cegó la vía, confirmó esa impresión. Sintió miedo. La inactividad le podía, así que fue al coche y del maletero sacó un pequeño tesoro: un arco y un carcaj con flechas mágicas. Le parecía ridículo enfrentarse a un dragón con aquello, pero el tacto del arma mágica en sus manos le tranquilizaba.
-Te cubro-
-No te creo, tu lo que quieres es mirarme el culo-
-Como tú digas-
Prefirió no entrar en discusiones, ya que ella estaba en medio de una maniobra muy delicada. En lugar de quedarse absorto mirándola (un mago en acción puede ser muy espectacular, algo digno de ver) decidió, tal y como había dicho, cubrirle las espaldas. Volvió la vista a su espalda y el miedo estalló en su interior. Desde el cielo, una enorme esfera negra avanzaba hacia ellos. Que el no la hubiera visto, lógico. Que ella no lo hubiera sentido, imposible. ¿O no?
-¡Marina!-
Tensó el arco, apuntó a aquella nada negra, cerró los ojos y disparó. Lo que pasó después no podía precisarlo con claridad. Sintió un dolor agudo en la pierna derecha, un poco por debajo de la rodilla. Sintió el calor y la humedad de su sangre. Y una fuerza irresistible le lanzó ladera abajo. Quizás llegó a perder el conocimiento, lo siguiente que recordaba fue la silueta de Marina envuelta en luz, embriagada de magia, acariciándole la cara.
-¡El tren, el tren! Desprendimiento de tierra, tienes que hacer algo.-
-Está hecho. He interferido los frenos de la unidad. Se ha detenido antes del desprendimiento, pero lo suficientemente cerca para poder verlo. Supongo que el maquinista ya habrá avisado de lo ocurrido…-
Le ayudó a subir hasta el coche.”Ayudar” no era la palabra correcta, le llevó en volandas, flotando a ras de suelo.
-Se que la magia no tiene ningún efecto en ti, al menos hasta cierto punto. No puedo curarte con mi magia, lo que es frustrante. Pero si pienso en ti como en un objeto, como en un cuerpo, con sus huesos y músculos, al menos puedo transportarte-
Hizo revisión de daños. Además de algunas magulladuras, un corte en la pierna derecha y el tobillo del mismo lado dolorido, quizás torcido. En el coche había un botiquín. Suturas plásticas, gasas, esparadrapo. Después se alejaron de allí, esta vez con ella al volante. Quedarse a ver el final de aquella historia hubiera sido tan interesante como arriesgado.
-Necesitas un médico-
-Si, venga, vamos a urgencias y les contamos que un dragón verde me ha atacado. Incluso ahora, podemos acabar en un manicomio-
-Igual lo mereces, pero tienes razón, no es una buena idea. De todas maneras, todavía quedan personas… digamos… leales. Aunque intenten aparentar normalidad, negar lo que pasó, cosas inexplicables ocurren todavía. Algunos luchamos, y otros velan por nosotros-
Detuvo el coche en una orilla de la carreterina, con dos ruedas en la cuneta. Sacó su teléfono móvil y comenzó a hurgar en su memoria.
-Si, ahora las magas tenemos teléfonos con pantalla táctil y no volamos en escoba. O no siempre.-
Un par de llamadas, muchas preguntas…
-Nos atenderán. Al norte, como 50 kilómetros. ¿Puedes aguantar?-
-Creo que sí. Duele, pero no mucho-
-Es una vieja conocida, te cuidará bien-
-¿Vieja? Pero si tú eres casi una niña…-
-Deberías saber que el tiempo y el espacio son relativos. Deberías saberlo. Tu. Con lo que has vivido… A veces pareces tan ingenuo-
-Puede, pero me debes una-
-Otra. Gracias, viejo verde-
De nuevo, la caricia de su mano, mientras ruedan deprisa, en la noche, por estrechas carreteras. Intenta olvidar el dolor y dejarse acunar por aquella alegría y satisfacción infinita. Sabe que ella lo siente también y que, de la misma manera está alegre. Le basta.
-¿Aún no sabes qué hacer con tu vida?-
N+6 Mermelada y grasa
(Parte 1)
A través de los ventanales de la piscina, la primavera se adivinaba. Árboles brotando. Almendros en flor. Precioso. De vez en cuando no podía evitar detener su nado un instante y contemplar los preciosos almendros en flor. A veces se le olvidaba que era un humano común y corriente. Quizás no el más común de los humanos pero aun así necesitaba desconectar. Nadando un rato en la piscina. Un poco de ejercicio, y de descanso. Cansarse para desconectar. Quizás un contrasentido. Pero funcionaba. Cuando dejó el gimnasio se sentía mejor. La calma creciendo en su interior. Apostaba que dormiría bien.
Fuera anochecía. Aparcado en la calle le esperaba un pequeño Suzuki Jimny techo de fibra, de un curioso color naranja cobrizo. Su aspecto era bastante de serie. Quizás un ojo experto advetiría las ruedas de campo y que estaba levemente elevado. En realidad, a parte de los neumáticos, alguna protección extra y los muelles y amortiguadores, todo era de serie. Y estaba impecablemente limpio.
Barro.
Después de dormir toda la noche lo ocurrido el día anterior se le antojaba lejano y desdibujado. Como un sueño. Como un mal sueño. Pero en el garaje del chalet adosado, el pequeño Suzuki cubierto de barro afirmaba que todo era real. Ya era mediodía. Había dormido muchas horas, más de diez, doce, quizás. Marina todavía dormía. No tenía hambre ni se sentía cansado, así que decidió limpiar el coche. Lo sacó a la puerta del garaje. La temperatura era agradable, primaveral. Encontró una máquina de agua a presión para lavar que le resultó muy útil para limpiar el coche. Después decidió que era el momento ideal para cambiarle el aceite y el filtro. Una especie de agradecimiento a aquella pequeña máquina.
Cuando estaba acabando la tarea, Marina emergió de la casa. Su rostro todavía reflejaba cansancio, pero sonreía.
-¡Vaya! No parece el mismo coche. No tiene nada de barro. ¿Te aperece comer algo?-
-Mmmmmm. Pan con mermemelada.-
-¿Sólo eso?-
-Para empezar, si. Esto me recuerda a cuando era pequeño y estaba limpiando o arreglando mi bici. Muchas veces al terminar comía pan con mermelada.-
Marina trajo algunas rebanadas de pan, un bote de mermelada, platos, cuchillos, agua y vasos. Se sentaron en el jardín, en torno a una pequeña mesa de plástico de color blanco. El Suzuki brillaba bajo el sol de la primavera y parecía agradecido.
-¿Has podido dormir?-
-Si. Mucho. Diez horas, quizá doce.-
-Hablaste en sueños. Como casi siempre.-
-¿Qué es lo que dije.-
-No lo recuerdo. Sólo se que desperté y te oí hablar. Fui a la habitación donde dormías y estabas dormido.-
(Parte 2) (04.04.2019)
-Onda vital ilimitada.
Sin apartar la vista de la pista, ni sus manos y pies del volante y los pedales, murmuró esas palabras.
-¿Qué has dicho?- Preguntó Marina.
-No importa. Recordaba una serie de televisión. De animación.
-¿Cómo puedes pensar en eso ahora?
Marina ocupaba el asiento del copiloto. A Marcos, que conducía el coche, le hubiera gustado sentir cómo se encontraba, pero ese don le había sido arrebatado hacía demasiado tiempo. El sudor bañaba su rostro y respiraba pesadamente. Eso le bastaba para intuir su enorme agotamiento.
El pequeño Suzuki color cobre volaba literalmente por la pista embarrada. El barro salpicaba los cristales. Los limpiaparabrisas apenas daban a basto para contener la avalancha de barro.
-Tienes que correr. Como tu sabes. Hoy .... es preciso.
Marina nunca se alteraba. Conservaba esa mezcla de serenidad e ironía tan suya en las peores circunstancias. El miedo que percibió en sus palabras alimentó su propio temor.
Conducir tan rápido como pudiera. No era tan difícil. Mentira. Si que podía llegar a serlo. Dependiendo de las circunstancias. Intento olvidar su miedo y concentrar su mente y su cuerpo en lo que tenía entre manos. Nunca mejor dicho. El volante, los pedales, el cambio. Incluso la palanca de la caja de transferencia requirió de sus atenciones.
-Tu puedes pequeño, me cago en la puta- Susurró Marcos.
-¿Ahora hablas con los coches?
Escuchaba y notaba las cuatro ruedas patinando sobre el barro mientras subían aquella empinada rampa, de primera con reductora.
-¿Por qué no? Ahora dependemos de él. ¿Todavía nos siguen?
-No lo sé. Me duele mucho la cabeza. Me cuesta pensar. Me encuentro mal.
No lo sé. Marina parecía o podía persentirlo casi todo. El pequeño Suzuki acabó por coronar la rampa. Quitó la reductora y se esforzó en hacer volar el coche sobre un terreno que tornaba ahora un poco más favorable.
N+7 Alegría. Alivio. Agridulce.
-¿Y qué pasó al final?-
-¿Al final de qué?-
-Qué le ocurrió a esa mujer. La que iba en el asiento del copiloto del Toyota.-
-Marina, Marina, deberías saber que curiosear en recuerdos y pensamientos ajenos, no es de buena educación ...-
-... pero puede ser a la vez, interesante y descorazonador.-
-Está bien. Podrías leerlo tu misma, pero te lo contaré. Ponte cómoda.-
A partir de aquel instante sus recuerdos eran menos nítidos. Desdibujados. En realidad todo lo que había ocurrido aquella mañana, de no haberlo vivido, se le antojaría un sueño. Una pesadilla. La pista, como afirmaba el GPS dio paso a una estrecha carretera de montaña. Y la pequeña carretera, a otra mayor. Conduciendo lo más rápido que podía o que sabía sin poner a nadie en peligro, logro llegar a su ansiado objetivo: una población lo bastante grande como para tener un hospital. En algún punto de los Pirineos.
Detuvo el Toyota no lejos de la entrada de las urgencias. Cargo a la mujer en brazos y entró en el hospital. Durante un instante aún tuvo tiempo de pensar que la escena sin duda era totalmente surrealista, digna de una película de acción norteamericana: un tipo alto y flaco vestido con ropas de ir en bici de colorines fosforitos, pero manchadas de barro y de sangre, con una Guardia Civil igualmente cubierta de sangre en sus brazos.
Pidió ayuda. No recordaba con precisión sus palabras. Algo así como "la encontré en las montañas ... Creo que tiene una herida de bala". Más información era innecesaria. Cuando por fin vio al personal sanitario ocupándose de ella, sintió un alivio infinito, una sensación agridulce derramándose en su interior. Le fallaron las fuerzas. Estaba herido y agotado. Por una vez, bloqueó el círculo mágico interior. Dejó que aquel inmenso mar de negrura que tantas veces había sentido a sus pies le alcanzara. Y, con una mueca en su cara mezcla de alegría y dolor, perdió el conocimiento.
Más tarde recuperó el sentido. Pero se dejó hacer. Se dejó atender y curar mansamente. Por una vez era un alivio que alguien se ocupara de él. Estaba cansado y confuso, así que no le costó exagerar esa confusión. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está ella?
Estuvo tentado de exagerar todavía más su confusión añadiendo alguna frase como ¿Dónde está mi nave? ¿Qué planeta es este? ¿Cuando vienen los marcianos? Pero igual acababa ingresado en psiquiatría y no era plan. Al final del día, después de muchas pruebas para descartar alguna lesión interna, acabó ingresado en observación, con la mano derecha vendada. En una cama bastante cómoda de una aséptica y anónima habitación de hospital, con una vía y suero en vena. Al llegar la madrugada decidió que ya estaba lo suficientemente recuperado. Se quitó el suero y la vía, sin organizar ningún festival de sangre, lo que ya era un logro. Y después, tal y como había aprendido y le habían enseñado, tal y como casi le era innato, se deslizó en silencio, sin hacer ruido, como un pequeño gato negro que sabe fundirse con las sombras. No recordaba bien dónde encontró algo de comer, a pesar del suero tenía mucho hambre, lo que era buena señal. Y una vez llenada la tripa, la buscó. ¿Cómo? No sabría explicarlo. ¿Cómo se orientan las aves en sus migraciones? ¿Cómo sigue un perro el rastro de una presa? Había compartido su energía vital con aquella desconocida y, al menos durante un tiempo, eso los unía, con un vínculo invisible y frágil, pero perceptible. La encontró en la unidad de cuidados intensivos. Estaba vida. Y sedada. Quizás si hubiera estado despierta se habrían enamorado perdidamente el uno del otro. Quizás el hubiera ingresado también en la Guardia Civil y hubieran sido felices y comido perdices. Pero estaba sedada y aquello era el mundo real y no un culebrón surrealista.
En un vestuario encontró lo más parecido a ropa de calle. El uniforme de algún tipo de personal de servicios o de limpieza quizás, ropa de trabajo con bolsillos y franjas reflectantes. Un poco grande, pero para un apuro como lo era esa situación le podría servir. Sus efectos personales los dio por perdidos. No eran gran cosa, una mochila de la suerte con lo imprescindible para pasar algun tiempo en las montañas. Ya conseguiría otra y su contenido. Fue como dejar atrás la ropa húmeda después de nadar en un mar enloquecido y estar a punto de ahogarse.
En silencio, por una entrada de servicio, se marchó. Todavía algo cansado, pero sonriendo.
-¿Y qué paso antes?
-¿Antes? ¿Antes de qué?
-¿Cómo hirieron a la mujer? ¿Cómo te involucraste tú en todo eso?
-Eso es una historia todavía más larga.
-No tengo prisa-
Entrenamiento. Disciplina. Como si se tratara de un soldado. En la vieja Europa, un arma de fuego no era tan fácil de conseguir, legalmente, como en otros lugares del mundo. Así que para mantener precisa su puntería, lo más parecido que había encontrado era un arco.
El otoño desplegaba su paleta de colores ante sus ojos. Estaba en algún lugar de los Pirineos, a caballo entre España, Andorra y Francia. Como medio de transporte y, a la vez, para dormir, una vieja autocaravana. No era muy rápida, pero si cómoda. Tenía incluso una pequeña ducha y diminuto retrete. Le bastaba para dormir, comer, asearse y resguardarse de los días más fríos y lluviosos. Por toda compañera, su bici de montaña. Doble suspensión. Apta para bajar, pero también para subir si demasiados problemas ¿Cómo la llamaban ahora? Trail o All Mountain. Largas suspensiones, tija telescópica, incluso guiacadenas. Así recorría los caminos. En la espalda, una mochila con algo de comida, ropa extra por si cambiaba el tiempo y un par de litros de agua. Y el arco, en una funda especial. Cuando alcanzaba un lugar lo suficientemente tranquilo, sacaba el arco y el carcaj con flechas y utilizaba el tronco de un árbol como blanco. Llevaba una semana viviendo así, de forma nómada. Recorriendo muchos kilómetros sobre la bici.
N+8 Madrugada
Le escuchó llegar, a pesar de que él intentaba y lograba moverse con el mayor de los sigilos. Se encontraron por primera vez, bajo el frío cortante y la oscuridad de la noche. En aquella inmensidad de coches nuevos e inmaculados aparcados unos junto a otros. En la penumbra rota por potentes focos colgados de enormes torres metálicas.
Abrió la boca para decir algo, pero ella le cortó con un gesto hecho con su mano derecha. En la izquierda sujetaba lo que pensó podría ser una radio, un transceptor.
-¿Y bien? ¿Te has quedado dormido o qué? ¿No has visto nada? Pues lo tengo aquí delante-
Su voz era firme, pero a la vez educada. Se podría de decir hasta que con clase. Es lo que transmitía toda ella. Su ropa no era llamativa, pero pudo jurar que bastante cara. Desde los guantes de piel marrón suave al abrigo verde. O los botines de piel.
-¿Por dónde has entrado?- Por primera vez se dirigió a él. Con las palabras justas y precisas le explicó por donde había entrado en la campa y cómo había llegado hasta allí. El lugar donde se habían citado. Asintió y volvió a hablar por el transceptor.
-Hay un punto ciego. De las cámaras y de los sensores. Mañana hablo con tus jefes con más calma. Si ha entrado él, cualquiera puede hacerlo-
-Yo no soy cualquiera-
-Eso está por ver. Has tenido suerte. Has llegado hasta aquí sin ser visto-
-Las máquinas no entienden de suerte. La suerte no existe-
-Ah ¿no?-
-No. La suerte no existe. La intuición sí-
-Así que has llegado aquí por intuición …-
Le observó detenidamente. Era más alto que ella. En torno a 180 cm. Delgado. Se le antojó fuerte, pero no musculoso. Sus ropas eran corrientes, pero discretas. Cazadora de cuero negro, como de motorista, algo gastada. Vaqueros azules. Zapatillas negras. Braga y guantes negros. Sólo adivinaba a ver la mayor parte de su rostro, bastante corriente y el brillo de sus ojos.
-Creo que por esta noche basta. Hace mucho frío-
Tenía razón. Cada bocanada de aire expirado generaba pequeñas nubes de vaho, brillando bajo la luz fría de los focos.
En aquella enormidad de coches a estrenar le llamó la atención uno. Diferente a los otros y no precisamente nuevo. Más pequeño. Un viejo mini, verde inglés.
-¿Cómo has llegado aquí?-
-Caminando-
-Dentro de la campa no. Hasta la campa-
-En moto-
-Te llevo hasta donde la hayas aparcado-
-Gracias-
Le llamó la atención que el coche tenía el volante a la derecha. Y que ella era zurda. Así que él ocupó el asiento de la izquierda y ella el de la derecha. A pesar de la escasa luz, se dio cuenta de que el coche, aunque sin duda con algunas décadas en su carrocería, estaba impecable. Ella dejó el transceptor tras el volante. La parte trasera de la radio debía tener velcro adhesivo o similar, y esa parte del salpicadero también, porque la radio se quedó perfectamente sujeta en el lugar donde la dejó.
-Este coche debe tener muchos años-
-Si-
-Pero parece que está bien cuidado-
-Correcto. ¿Quieres una demostración?-
No era una pregunta, era una afirmación. Cogió de nuevo el transceptor y se dirigió a su misterioso interlocutor, seguramente algún tipo de personal de seguridad de la campa.
-Abre bien los ojos y estate atento a las cámaras no te lo vayas a perder-
Marcos se abrochó el cinturón de seguridad. No dudaba ni de las cualidades al volante de ella ni de su propia capacidad para autorrepararse, pero ¿para qué tentar a la suerte?. El viejo motor se puso en marcha a la primera solicitud de su conductora. Apenas unos instantes después, tras engranar la primera velocidad se puso en marcha rápidamente. Casi podría decirse que con agresividad. Escucho las ruedas motrices patinando levemente sobre el asfalto. Prefirió no mirar al exterior, a las hileras de coches quietos que se deslizaban vertiginósamente a ambos lados a través de las ventanillas. Prefirió centrarse en las manos y los pies de ella. La agilidad con que manejaba cada uno de los mandos del coche: el volante, los pedales, el cambio. Algún día le gustaría conducir así.
El pequeño Mini culebreaba a toda velocidad por los espacios libres de la campa. Se diría que la conocía bien y que no era la primera vez que rodaba por aquel lugar a esa velocidad endiablada. Minutos después, no sabría precisar cuantos, el coche se detuvo junto a una de las puertas de acceso a la campa. Ella le miró, sus miradas se cruzaron.
-Me encantaría saber conducir un coche así-
-Desconozco tus aptitudes para conducir, pero eres ágil y te mueves en silencio. Con un buen maestro lo harías bien-
Entonces desde el altavoz del transceptor les llegaron gritos y aplausos. Sin duda su misterioso interlocutor había disfrutado de la exibición.
-Que pena que tenga que borrar las cintas.-
La puerta se abrió el característico ruido de un motor eléctrico. Sin duda ella conocía perfectamente aquel lugar, porque en minutos llegó al extremo opuesto de aquella enorme playa de vías que rodeaba a la campa. Allí, sobre la acera, le esperaba la vieja Honda Dominator de color azul cielo.
-Sin duda no es tan antigüa como el mini, pero también tiene sus años. Y también parece bien cuidada.-
-¿Quieres una demostración?-
Bajó del coche, introdujo la llave en el contacto y arrancó el veterano motor con una leve pulsación del botón de arranque. Se quitó los guantes. Sobre el pequeño portabultos, sujeto con una red elástica estaba su casco. Con lentitud estudiada se puso el casco y más tarde los guantes. Se encaramó al asiento. Bajó la moto de la acera y se detuvo en paralelo con el pequeño mini.
-¿Hasta el final de la calle?-
Siempre había tratado de pasar inadvertido. Tal y como le habían enseñado y como le era prácticamente innato. Tal y como le dictaba la prudencia y la cordura. Pero era una madrugada muy tranquila en un lugar lo suficientemente apartado, un polígono industrial desierto a aquellas horas de la noche. Apretó la maneta del embrague y engranó la primera velocidad. Dejó que ella fuera quién indicara el momento de empezar aquella especie de carrera. El ronroneo del motor del Mini casi ahogaba el petardeo del escape de la Honda. Cuando escuchó las ruedas motrices del Mini chirriar sobre el asfalto, giró el puño de gas al tiempo que soltaba el embrague. Una vez en movimiento tiró del manillar. Podía haber buscado una salida más efectiva, pero hacía siglos que no jugaba sobre una moto. Como tantas veces de adolescente al manillar de la pequeña Suzuki DR BIG 50. Los primeros metros los recorrió con la rueda delantera en el aire, de pie sobre los estribos, cargando peso en el tren trasero. En el momento de engranar la segunda velocidad dejó que la rueda delantera volviera al suelo dulcemente. Entonces se concentró en cambiar lo más rápido posible y en esconderse tras el carenado, adoptando una posición lo más aerodinámica posible para cortar el aire. Por el rabillo del ojo primero, y más tarde por los retrovisores observaba al Mini, a su izquierda. Poco a poco se iba quedando atrás, más tarde de lo que pensaba. La vieja Honda no era una superbike de más de 100 cv, pero confiaba en su superior relación peso/potencia. Aunque podría apostar que el pequeño Mini conservaba los mismos caballos con los que abandonó la cadena de montaje bajo el capó, o incluso alguno más.
La avenida, aunque larga, llegaba a su fin. Ya iba en quinta a fondo a más de ciento cuarenta. Por poder podría haberse incorporado así a la M30, que es donde iba a desembocar la avenida. Pero juzgó sensato dar por terminada la carrera. Con los dedos índice y corazón de la mano derecha apretó la maneta del freno delantera. Con firmeza pero sin brusquedad. La moto perdió velocidad con mucha más rapidez que la había ganado. Se detuvo en la orilla derecha de la avenida, junto a la acera. Volvió la cabeza y contempló como el pequeño Mini verde llegaba hasta donde él estaba. Una vez detenido a su altura, Sofía bajó la ventanilla.
-Algún día me gustaría conducir una moto como tú lo has hecho.- Dijo Sofía
-Podría enseñarte. Si es cierto todo lo que dicen de tí, te será fácil aprender a ir en moto.
-Hace tiempo que no me importa ni me preocupan los rumores que hay sobre mi. Pero tengo que hacerte una pregunta.
-¿Cuál?
-¿Por qué me has buscado?
-Necesito aprende de tí.
-¿Aprender? ¿Qué?
-Lo sabes perfectamente.
-No soy una profesora. No enseño lo que sé a cualquiera.
-Yo no soy cualquiera.
-Eso está por ver.
-¿No he pasado el examen? Porque esto era una especie de prueba ¿verdad?
-Me pondré en contacto contigo.
-¿Cómo? No sabes apenas nada de mi.
-Se lo suficiente. Sabré encontrarte.
Sintió que la conversación se había terminado y quizás fuera mejor así. Vio como Sofía subía la ventanilla del conductor del Mini, engranaba la primera velocidad y se alejaba con rapidez. Quedó un instante en silencio, en la madrugada, sentado en el asiento de la moto, con el pie derecho en el sueño, las manos en el manillar. Escuchaba el petardeo del veterano propulsor de la moto al ralenti, su propia respiración, los latidos de su corazón. Pensaba en todo lo que había vivido y sentido aquella noche y si habría pasado el examen. Si aquel camino le llevaría a algún lugar. Si Sofía querría mostarle sus habilidades. De las que había leído abundantemente en Internet. Y seguro que en capas de la red más oscuras y profundas, sólo al alcance de unos pocos, se contaban más cosas. Era algo así como un mito. Su alias en la red era Trinity. Como la protagonista de aquella película: The Matrix. Por lo que havía visto y sentido aquella noche, aquel alias se ajustaba bastante a Sofía.
Trató de ordenar su mente. Estaba cansado, tenía sueño. Volver a casa. Intentar dormir. Aunque fuera con la ayuda de algún tipo de calma artificial. Un ser de su condición recurriendo a análogos a las benzodiazepinas para poder dormir. Que desastre. Debía evitar pensamientos tan negativos. Si no era capaz de dormir por sus propios medios, una ayuda química siempre era bien recibida. Sacudió la cabeza. De nuevo, una pequeña esperanza para poder seguir adelante.
N+9 Vértigo
-Te dije que tú traes suerte. Te lo dije-
Le abrazó con tanta fuerza que escuchó crujir sus vértebras.
-Eh, ten cuidado. La espalda duele-
No se lo tuvo en cuenta. Michael ponía la misma pasión y determinación en todo lo que hacía: desde hablar a pilotar un helicóptero o empuñar un arma. Y su físico de gigante, de gladiador, sus casi dos metros de piel azabache, reforzaban esa determinación.
Dejaron de abrazarse y chocaron las palmas de las manos en un gesto de complicidad. Estaban en el pasillo del hospital de una base militar cuyo nombre y ubicación eran más o menos confidenciales. Se respiraba una calma tensa. Algunos de sus compañeros todavía eran atendidos por personal sanitario, al igual que ellos habían sido atendidos. Aunque la radiografía no había revelado ninguna lesión en su espalda, sabía que alguna minúscula fisura en sus vértebras se estaba soldando lentamente, todavía dolía. De todas formas, algunas molestias en la espalda y ocho puntos de sutura en el hombro izquierdo se le antojaban peaje pequeño para lo que acababan de vivir. Alguno de sus compañeros se había fracturado algún hueso, de todas formas, eran heridas si no leves, no demasiado graves. Se felicitaban por seguir vivos y enteros.
N+10 Cuento de Navidad
Dormir.
Al no tener una vida común, con su trabajo y sus horarios establecidos, se había acostumbrado a dormir cuando tenía tiempo para ello y era capaz. Dos cosas a veces opuestas. Cuando tenía tiempo para dormir y era capaz de ello, dormía. Le daba igual que fuera mañana, madrugada, noche, tarde. Vivía un poco ajeno a horarios ni calendarios. Dormía cuando era capaz. Comía cuando tenía apetito. Intentaba llevar una vida lo más ordenada posible, tanto en la comida como en el sueño, pero no era capaz. A menudo se alimentaba de comida rápida. Su preferida eran las pizzas. De hecho, durante algunas semanas había trabajado como repartidor de pizzas. Ya no recordaba cómo le habían apodado sus compañeros al ver su forma de ir en moto: precisa, rápida, con un punto de anarquía.
Su mente saltaba de un pensamiento a otro en medio de un nervioso duermevela. Entonces sonó el teléfono móvil que descansaba sobre una cajonera con ruedas, que le hacía las veces de mesilla. Alargó el brazo y buscó el teléfono, a tientas.
-Hola, feliz navidad. ¿No estarías dormido?
-¿Qué hora es?
-Las cinco y media.
-¿De la tarde?
-Claro ¿te encuentras bien?
-Perfectamente. Sólo que estaba intentando dormir y no recuerdo bien qué hora es ni si es de día o de noche.
-Siento haberte despertado.
-Tu nunca molestas.
-Necesitaba escuchar tu voz.
-Agradezco el halago, pero se que no soy tu tipo.
-Si alguna vez volviera a acostarme con un tío, tu estás el primero de mi lista.
-¿Me llamas para eso? Perdona, creo que no te entiendo.
-Estoy en Barajas. Han cancelado mi vuelo. Dicen que por la niebla. Yo no veo tanta niebla, la verdad. Es nochebuena y mis planes se acaban de ir a tomar por el culo. No tengo ganas de nada. Sólo de escuchar una voz conocida y amable. Y también necesito un abrazo.
-¿Quieres que pase la nochebuena contigo?
-Si no tienes un plan mejor, me encantaría.
-Mis planes eran dormir y salir a correr cuando ya no pudiera dormir. Me halaga mucho que quieras pasar la nochebuena contigo. He de levantarme, y ducharme y todas esas cosas que hacen los seres humanos, pero te prometo que lo antes que pueda estaré en el aeropuerto.
-Gracias. De verdad.
Le pareció que sus palabras se transformaban en un llanto silencioso.
-¿Estas llorando?
-Si.
-Voy a por ti, pero no tengo alas. No te muevas de ahí.
-Gracias.
Saltó de la cama como un resorte. Caminando en silencio en la penumbra del lugar donde dormía, llegó hasta el baño. Tenía agua caliente y luz eléctrica todo el día. No tenía por qué esconderse. Había acondicionado aquella pequeña nave industrial como vivienda. En la planta baja, que antes fue un taller o algo así, descansaban sus vehículos: el Opel Corsa comercial con el que pasar desapercibido entre el tráfico, una vieja Nissan Vanette blanca, su fiel bici de montaña y un pequeño ciclomotor, como el que usaban las cadenas de pizzerías con reparto a domicilio. Ideal para colarse entre los coches, en medio de un atasco o en las calles más estrechas del centro de la ciudad.
La entreplanta, antaño una especie de oficina, era su hogar. A la vez, dormitorio, sala de estar y cocina. El mobiliario era escaso: apenas una cama, algunas estanterías y una especie soporte para perchas con ruedas, tomado prestado de una tienda de ropa. Le hacía las veces de armario. Por toda cocina, un microondas y un hervidor de agua. Montar una cocina de verdad era una de las cosas que le quedaban por hacer. Al menos ya tenía baño. Un baño de verdad. Con lavabo, retrete, bided y un plato de ducha enorme. Bajo el agua caliente acabó de despertarse. Al salir de la ducha pensó que ropa ponerse. Quizás un traje sería lo más apropiado. Sofía le había regalado uno. Le sentaba como un guante. Prefería no pensar los cientos de euros que costaba. Se lo ponía cuando ese tipo de ropa le ayudaba a pasar desapercibido. Por costumbre, se decidió una vez más por ropa de trabajo de alta visibilidad. En lugar del habitual color amarillo, naraja. Sólo la camiseta termica era verde lima. El resto, naranja. Con franjas reflectantes. Pantalones, forro polar, abrigo largo. Para los pies, unos botines de piloto de rallyes, de la marca sparco. Quizás el único detalle discordante.
No tenía hambre pero, aun así, visitó el armario que le hacía las veces de despensa. Pensó que podía ser adecuado para una cena de nochebuena improvisada. Encontró espárragos, revuelto de setas, anchoas, paté y pan de molde. Para beber, solo tenía agua mineral y una bebida para deportistas de color azul. Menos es nada. Guardó todo en una mochila, junto con dos juegos de cubiertos (de plástico) y algunas servilletas de papel.
Bajó al taller. Sus ojos se clavaron en la vieja Nissan Vanette. La había encontrado en un desguace. Agonizando. Su carrocería, salvo algún pequeño golpe sin importancia, parecía estar en buen estado. El motor, destrozado. Se encaprichó de ella. Su abuelo había tenido una igual, del mismo color blanco. Acordó con el dueño del desguace un precio razonable. Y, en ese momento comenzó su periplo por decenas de desguaces hasta encontrar un motor en buen estado. Le llevó meses lograr que aquella pequeña y vieja furgoneta volviera a la vida.
Dejó el abrigo y la mochila en el asiento del copiloto. Abrió las enormes puertas correderas metálicas del taller. Después se perdió en la noche al volante de la vieja furgoneta.
-¿En qué parte del aeropuerto estás?
-Terminal tres. Salidas internacionales.
-Voy para allá.
-Esto está lleno de gente. ¿Podrás encontrarme?
-Será más facil que tu me encuentres a mi. Una pista: voy de naranja.
Con música de fondo, su encuentro habría servido para un video clip. Se deslizaba como una culebra entre la gente. Una culebra de casi 180 cm de alto, completamente vestida de naranja. Pasaba inadvertido. Parecía personal del aeropuerto. Sofía le encontró entre la multitud y le llamó con un leve gesto de su mano izquierda. Estaba preciosa. Siempre lo estaba. Supo que muchos hombres le envidiaban cuando se fundieron en un abrazo. Sintió las lágrimas de ella en su rostro.
-Mi niña bonita ¿Qué te pasa?
-No me gusta la navidad.
-A mi tampoco.
-Tu me entiendes. No sé como pero me entiendes. Parece que leas mi mente.
-Veo que has comprado algo ¿Se come? ¿Es la cena de ésta noche?
-Algo así.
-Yo también he traído algo para comer. No es muy sofisticado pero creo te gustará: espárragos, anchoas, setas, paté y pan de molde.
-Es el mejor menú de nochebuena que me han ofrecido nunca. Yo he comprado alguna delicatesen para completarlo, también bombones y cava. ¿Cómo has llegado aquí?
-No he venido en moto. Hace mucho frío. Sígueme.
Se hizo cargo de la maneta samsonite con ruedas, de un elegante color gris antracita. Ella siguió sus pasos en silencio, con el rostro levemente congestionado por el llanto y una bolsa del duty free en la mano derecha. Marcos notaba las miradas incrédulas de los cientos de viajeros cabreados con los que se cruzaron de camino a la salida. Supongo que se preguntaban qué había visto una mujer de esa belleza elegante tan única en un tipo corriente, además vestido de naranja, como él.
Le guió hasta donde había aparcado la furgoneta, técnicamente reservado para vehículos de servicio del aeropuerto. Pero conocía aquel lugar casi palmo a palmo y sabía que, si no dejaba la furgoneta demasiado tiempo, nadie se daría cuenta.
Al ver la vieja Nissan Vanette Sofía suspiró.
-No es lo más lujoso en lo que he viajado pero hoy se me antoja mejor que una limusina.
-Es igual que la que tenía mi abuelo.
-Recuerdo que me lo dijiste.
-¿Cómo puedes acordarte de todo?
-De todo no. Sólo de lo importante.
-¿Dónde quieres que te lleve? ¿A tu ático?
-No.
-¿A un hotel?
-¡Menos!
-Ya sabes donde vivo, es, digamos, espartano.
-Tampoco. Lleváme a un lugar que signifique algo para tí en una noche como ésta.
-De acuerdo. Hay un lugar que me recuerda a mi niñez. Y está cerca de aquí.
-El barrio donde te criaste. Donde viviste después de que ...
-Ciudad Pegaso.
-Creo que no he estado nunca allí.
-Al lugar donde te llevo, seguro que no.
El acceso al viejo apeadero de O'donnell estaba cerrado. Una enorme puerta de malla metálica, asegurada por un candado.
-Me cago en la puta de oros. Y no tengo herramienta. Ni una simple cizalla.
-Habla bien. ¿No te he enseñado nada?
Rebustó en el interior de la maleta.
-Al ser de acero no puedo llevarlas como equipaje de mano. Si me preguntan qué es en alguna aduana, siempre digo que es un juego de herramientas de precisión, para relojes. Una vez tuve que cambiarle la pila a un reloj baratísimo de un funcionario de aduanas, porque no se lo creía.
A la luz de los faros de la furgoneta, Sofía no tardó más de 10 segundos en abrir el candado. Después, abrió las puertas lo suficiente para que la furgoneta pudiera pasar por ellas. Más tarde, volvió a cerrar la puerta, para que nadie pudiera advertir que había sido abierta.
-¿Por qué me has traído aquí?
-Aquí venía a pensar. Me sentaba en un rincón del andén, protegido de las miradas por el edificio del apeadero, y podía pasarme horas viendo pasar trenes. Alguna noche de verano pasé aquí. Éste lugar me calmaba. No se por qué. Quizás el traqueteo de los trenes tenía un efecto hipnótico para mi. No lo sé.
-Hay algo que no sé como definir aquí. Una atmósfera especia. Gracias por haberme traído aquí. Gracias por pasar una noche tan especial conmigo.
-No hay por que darlas. De no ser por tí, la habría pasado sólo. La soledad no me asusta, pero a veces me pesa.
-A mi, en cambio, la soledad me aterra.
-Podías haber llamado a alguna de tus ....
-¿Amantes? No quiero sexo. Quiero que me escuchen. Y tu me escuchas.
-¿Tienes hambre?
-A decir verdad, no. Pero tendremos que cenar algo.
-¿Qué te apetece para empezar?
-Brindar. Por ti y por mi. Por la amistad.
-¿Qué has traído para brindar?
-Un champagne que nunca pensé que pudiera encontrar en un duty free. Es esquisito.
-No puedo beber alcohol. De hecho, con lo que tengo que tomar para poder dormir ni siquiera debería conducir. Por eso he traído agua mineral.
-Da mala suerte brindar con agua.
-Yo no creo en la suerte. Lo sabes.
-Sólo crees en el instinto y en lo que sientes en las tripas. Lo se. Da igual. Yo brindaré con champagne y tu con aguas. He traido dos copas.
-¿Por qué brindamos?
-Por la amistad. Por ti. Por mi. Por los abrazos.
N+11 Cuento de Navidad (parte 2)
-¿Cuando te diste cuenta de que no eras ...?
-¿... normal? La normalidad es relativa. Es un término estadístico. A lo largo de toda mi vida he visto muchas cosas que parecen increibles. La primera vez que escuché algo así, algo que parecía una de esas historias para asustar a los niños pequeños, fue de los labios de mi abuelo. Hace mucho tiempo. Yo tendría seis o siete años. Me habló de un amigo que era maquinista en Renfe. La historia que él le contó a mi abuelo, que mi abuelo me contó a mí y que yo voy a contarte, tuvo lugar aquí mismo. En el apeadero de O'Donnell.
-Apuesto que es una historia de fantasmas.
-Apuestas con sabiduría, Sofía. Si no te aburro, te la contaré.
-Tu nunca me aburres. Al contrario. Me descubres porciones del mundo que no conozco.
-Cuando te conocí pensé que lo sabías todo, o casi todo.
-Eso no es verdad. Soy buena en algunas áreas de la vida. Llámalo formación, perseverancia, experiencia ...
-O instinto.
-Yo no creo en el instinto. Tu si. Empieza con tu historia. Cenar en compañía de una persona cuya conversación es rica e interesante es un placer. Es casi tan placentero como la comida o el lugar en el que comes.
-Espero que mi conversación sea realmente interesante. Porque una Nissan Vanette dista mucho de ser el lugar más cómodo en el que celebrar una cena de nochebuena.
-De no ser por tí la habría pasado en el aeropuerto o en mi ático. Sola.
-Yo también habría pasado la nochebuena sólo. Y puede que hasta durmiendo.
-Somos dos personajes sacados de un cuento de Charles Dickens.
-Tu eres la experta en literatura.
-Y a tí se te da bien contar historias.
-Entonces, empezaré.
El amigo de mi abuelo era maquinista. De trenes de mercanías. No recuerdo cuando tuvo lugar la historia que voy a contarte. Quizás fue a principios de la década de 1970. Estaba a los mandos de una locomotora diesel, al paso por esta misma estación. Se detuvo ante un semáforo en rojo. Porque en las vías de tren también hay semáforos, y otras señales. Era una noche de invierno, de Diciembre. Una noche de frio intenso. Empezaba a nevar. En la cabina de la locomotora, el maquinista y un interventor o un ayudante. Ya no recuerdo cuales fueron las palabras exactas de mi abuelo. Mientras esperaban a que les dieran vía libre para poder seguir con su viaje, el motor de la locomotora se detuvo. Una locomotora no es como un coche. Las locomotoras diesel suelen ser, en realidad, diesel eléctricas. Un motor diesel enorme, más grande que de el de un camión, que mueve un generador, que a su vez proporciona energía a varios motores eléctricos. Pues el motor diesel de la locomotora se detuvo. En la cabina se hizo la oscuridad. Se apagaron todas las luces, todos los relojes, todos los diales, todos los testigos. Un silencio pesado lo inundó todo. Hasta que empezaron a escuchar algo. Música de violín. Les pareció que venía del exterior de la locomotora. De los andenes de la estación. El maquinista bajó la ventanilla derecha de la cabina y sacó la cabeza. Vio algo que no podría olvidar. Una mujer vestida de blanco, de los pies a la cabeza, tocando el violín. Tenía el pelo rubio, muy largo, recogido en una trenza. Lo vio perfectamente porque ella estaba de espaldas. Sin dejar de tocar el violín se volvió sobre sí misma, muy despacio. El maquinista pudo ver sus ojos, brillando en la penumbra rota por las farolas que entonces iluminaban los andenes. El maquinista estaba a punto de bajar de la locomotora para preguntarle a aquella mujer qué hacía allí. Pero ella dejó de tocar y les hizo un gesto con la mano derecha, la mano con la que manejaba el arco del violín. El maquinista interpretó ese gesto como una advertencia. Quieto ahí. No te muevas. Entonces, la mujer se esfumó ante sus ojos. El motor de la locomotora se puso en marcha de nuevo. Sin que ni el maquinista ni el interventor pulsaran el mando de puesta en marcha. El semáforo se puso en verde. El maquinista movió el regulador o mando de freno y tracción y la locomotora empezó a andar lentamente, arrastrando el pesado tren.
-¿No estaría borracho?
-¿Quién? ¿El maquinista? ¿Un maquinista borracho a los mandos de un tren?
-Conozco bien a los hombres. Muchos más de los que crees, abusan del alcohol.
-Yo conozco menos a los hombres. El área que domino es aquella que está, digamos, en los límites de la realidad. Y, desde mi experiencia, está muy claro lo que pasó.
-Y ¿qué pasó? ¿Qué crees que pasó?
-Un hechizo. La música puede utilizarse como un hechizo. Lo se. Lo he visto. La única mujer a la que he amado era una maga. Si, una maga. Te lo prometo. Te lo juro por la madre que me parió, que Dios (si es que existe) tenga en su gloria. Cuando le conté esta historia, sin pestañear, me dijo que lo que aquel maquinista vio fue un hechizo. La maga estaba de caza. De un tipo de ente digamos que .... oscuro. El maquinista y el interventor o ayudante, no fueron conscientes del peligro que corrieron. Si la maga se hubiera equivocado al realizar el hechizo, los tres habrían muerto. Mientras cenamos, tiene lugar una lucha invisible. Yo formé parte de esa lucha. Durante más de una década. Respeté las reglas, tal y como hacían nuestros oponentes. Hasta que ellos me arrebataron al ser que más he amado en éste mundo. Mis compañeros de lucha me repudiaron en cuanto supieron mis intenciones. Vengarme. Matarlos. Desde ese momento me convertí en un asesino. Me entrenaron para defender la vida. Ahora he aprendido a arrebatar la vida. He matado a más adversarios que los años que tengo multiplicados por cien. Y no me arrepiento.
Sofía le miró fijamente a los ojos, sin pestañear.
-No te creo. Es una broma ¿verdad? Una broma de mal gusto.
-Si eso es lo que quieres creer, que así sea. Estaba bromeando. Ya sabes que mi sentido del humor es muy ácido.
-Si es una broma ¿por qué lloras?
-Porque me duele. Lo siento. No quiero que me veas así.
Abrió la puerta corredera de la Nissan y se perdió en la noche. Sofía siguió sus pasos, en silencio.
-Espera. ¿No irás a hacer una locura?
-No estoy loco. Y tampoco quiero dejar de vivir, aunque vivir duela.
-¿Qué puedo hacer por ti? Para que te sientas mejor.
-Música.
-Estás de suerte. ¿Sabes lo que llevo en el bolsillo?
-No.
-Una armónica.
-¿Sabes tocar la armónica?
-Si. Me enseñó una chica que conocí en Zúrich. Me enseñó a besar y a tocar la armónica.
-Seguro que tocas como los ángeles.
-Yo no soy un ángel.
-Yo tampoco. Toca. Por favor.
Y el silencio de la noche se llenó de música. Música de armónica. Marcos no reconocía la melodía, pero le gusto. Era, a la vez, dulce y nostálgica. Le recordó a aquella ciudad de los Estados Unidos llamada Nueva Orleans. ¿Por qué? Si nunca había estado en aquella ciudad ni, siquiera en aquel país. Sólo supo que aquella melodía le calmó y que, cuando Sofía dejo de tocar, ya no lloraba.
-¿Te ha gustado?
-Mucho.
-Has dejado de llorar ¿te encuentras mejor?
-Un poco.
-¿Puedo hacer algo más por ti?
-¿Tienes hambre?
-¿Vas a responder a todas mis preguntas con otra pregunta?
-No.
-¿Quieres que continuemos cenando?
-No tengo apetito.
-Yo tampoco. Cuando te llamé estabas durmiendo. Supongo que estarás cansado. Te dejo descansar por ésta noche. Gracias por tu compañía.
-Gracias a tí también por tu compañía. Y por tu música.
-¿Quieres que conduzca?
-Si no te importa.
-Para nada. Me gusta conducir.
-Pero es una furgoneta. Vieja. Mucho. No es divertida de conducir.
-¿Has olvidado lo que te enseñé? Un conductor experto puede hacer maravillas con un vehículo corriente.
-Lo recuerdo.
-¿La has reparado tu?
-Si.
-Entonces seguro que funciona bien. He conocido a muchos mecánicos y se que tu eres de los buenos. Podrías trabajar como mecánico, si quisieras.
-Exacto. Si quisiera. La furgoneta tiene un motor reconstruido que funciona más o menos bien. Pero no corre como un Ferrari, claro. Los frenos, la suspensión, la dirección, están más o menos igual que como supongo estaban cuando salió de fábrica. Pero te repito que no es un deportivo.
-Pero apuesto que se puede ir de lado con ella.
-¿Sobre asfalto? No lo creo ...
-¿Y sobre tierra?
-Puede ser. ¿Sabrías llegar al otro lado de las vías? Con la furgoneta, digo.
-Claro ¿con quién te crees que estás hablando? Sabría salir de aquí. Siempre tengo una ruta de escape. Sabría llegar a donde creo que quieres llevarme, incluso sin tu ayuda.
-Por supuesto. Te orientas casi tan bien como yo.
-No es verdad. Tu ...
-¿Presiento los peligros? ¿Veo lo que no se puede ver?
-Hoy estás demasiado metafísico.
-Me dibujaron así.
-Da igual. Vamos a la furgoneta. Hace frío. Y tengo frío.
-El frío que viene de dentro. Se lo que quieres decir.
Sofía ocupó el asiento del conductor. Lo colocó a su gusto, aunque sólo se regulaba longitudilamente, no en altura. Era un poco más baja que Marcos, sólo un poco, ni diez centímetros. Arrancó el motor y encendió las luces. Después, cerró la puerta y se abrochó el cinturón de seguridad. Marcos hizo lo propio en el asiento del copiloto.
-Los faros ¿son de serie?
-Las ópticas si. Todo lo nuevas que he podido encontrar, pero de serie. Las bombillas son de la misma potencia pero de mejor calidad. Hay una pequeña diferencia, pero se nota.
-Ya lo creo. Y están bien ajustados. No esperaba menos de ti.
Sofía inició la marcha. Tuvo que detenerse ante la puerta de metálica. Marcos bajó, abrió la cancela, y la cerró una vez hubo pasado la furgoneta. Volvió a montar y comenzaron a rodar en dirección a Ciudad pegaso.
-Gracias.
-¿Sabes cómo aprendí a conducir?
-Se que fue en un Mini, con el volante a la derecha, pero no recuerdo ni cómo ni dónde.
-Fue en un taller especializado en coches clásicos, mi padre colecciona ese tipo de coches. Era muy pequeña. Diez años, quizás once. Estaba aburrida y curioseaba entre los muchos coches del taller. Me llamó la atención un Mini, verde inglés. Nunca había visto un coche igual. Me encantó. Abrí la puerta del conductor y me senté tras el volante. Entonces se me antojó enorme. Ahora, es casi angosto para mi altura. Un mecánico me vió dentro del coche. Le hizo gracia. Le pregunté cómo se arrancaba el motor. Me lo explicó, pero aseguró que no podría arrancarlo, que era muy difícil. Eso me enfadó. Lo intenté, me costó tres intentos pero lo conseguí. Le pregunté al mecánico cómo conducir un coche. Cómo meter las marchas, cómo arrancar desde parado. Me lo explicó a regañadientes. Era demasiado pequeña para llegar a los pedales y ver por encima del volante, me dijo. Cuando me vió conducir el coche, muy despacio, a trompicones, por el taller, no podía creerlo. Quince años después volví a ese mismo taller y le compré ese mini. El apenas se acordaba de mí. Yo nunca olvidé ese momento.
-Es muy propio de ti.
-Y tu ¿cómo aprendiste a conducir?
-Yo empecé sobre dos ruedas, ya lo sabes. Primero bicis. Con 14 años, bueno, con trece y pico, mi abuelo me regaló una moto de marchas. Una Suzuki DR 50. No sabes el cariño que le tuve a esa moto. Bueno, si lo sabes. Mis padres habían muerto hace menos de dos años. Aquella moto me hizo sonreír. Apréndí no lejos de aquí. en un campo. Me enseñó mi abuelo. En cuanto cumpli los catorce me saqué el carnet para poder conducirla. En esa moto sentí por primera vez ...
-¿El qué?
-El tacto del cuerpo de una mujer. Su calor. Su olor. Paula sentada detrás de mi, abrazada a mi cintura.
-Todavía la echas de menos. Todavía la quieres.
-Siempre la querré, mientras viva.
-Quizás la vuelvas a encontrar, en otro tiempo, en otra vida.
-No lo sé.
-Me estabas contando cómo aprendiste a conducir una moto. Pero ¿cómo aprendiste a jugar sobre una moto? Te he visto. Haces cosas que parecen imposibles. Tienes un ... ¿don?
-Aprendí jugando. Primero en bici, luego en moto. Pensaba que tenía mucha suerte, porque hacía todo tipo de burradas y nunca me pasó nada. Luego me di cuenta que no era suerte, que era algo más. Algunos compañeros de instituto también tenían moto. Éramos unos crios, llenos de rabia, llenos de ansia por demostrarnos mejores que los otros. Más rápidos que los otros. Pero, pese a todo, teníamos cabeza. La mayor parte de burradas las hacíamos sobre tierra. Precisamente en el campo al que te llevo. Aunque para atajar, cruzábamos las vías. Si, las vías, con las motos. Y al otro lado de las vías, nos hicimos una especie de circuito por caminos y senderos. Allí aprendí realmente a ir en moto. A frenar, a acelerar, a trazar, a saltar. Con la Suzuki.
-¿Y qué fue de esa moto?
-Me la robaron. Menudo berrinche. Ya tenía 18 años. Estudiaba en ... el internado, desde hacía varios años. Después del bachillerato, hice FP especialidad automoción. Allí aprendí a reparar casi cualquier tipo de vehículo y a conducir coches y furgonetas.
-¿Y la moto que tienes ahora?
-¿La Honda? Fue un regalo de mis compañeros.
-¿Un regalo? ¿Por qué te la regalaron?
-Porque .... Les salvé el culo. Nos metimos en un lío. Bueno, se metieron ellos. Yo presentí el peligro y pude avisar a Paula. Ella fue la que en realidad nos pasó a todos. Todo salió bien. Me estaban tan agradecidos que me regalaron una moto. Como su presupuesto era limitado, tenía el motor roto. Y mira que es difícil. Ese motor es durísimo. Lo tuve que reconstruir. Por eso también le tengo cariño.
-¿Hemos llegado?
-Si. Es ese camino. Estará bloqueado con piedras o con trozos de mediana de hormigón para que no entre nadie. Pero creo que podremos pasar. Me bajo, y te guío. Será estrecho.
Con la ayuda de las indicaciones de Marcos, Sofía pudo esquivar los obstáculos. Delante de ellos, la oscuridad solo rota por los faros de la furgoneta. Una pista de tierra. Húmeda por la niebla. Embarrada.
-Vamos a bailar.
Recorrió unos metros de la pista a baja velocidad, leyendo el terreno. Buscando piedras, agujeros, árboles. Cosas que pudiera golpear. Después de un par kilómetros o quizás mas, detuvo la furgoneta y maniobró para dar la vuelta.
-¿Necesitas mis ojos?- Preguntó Marcos.
-Creo que me basto con los míos. Pero una ayuda siempre es bien recibida. Permanece alerta, por favor.
-Siempre estoy alerta. Deberías saberlo.
-¿Nunca descansas? ¿Ni siquiera en Nochebuena?
-Y tu ¿dejas de ser quién eres en algún momento?
-Creo que no. Nunca.
-Pues yo tampoco. Somos lo que somos.
Mientras conversaban Sofía acabó de maniobrar adelante y atrás hasta dejar la furgoneta con el morro apuntando hacia donde quería.
-Pero siempre existe la opción de cambiar.
-No para mí. Tu todavía eres joven ...
-¡No soy una niña!
-Lo se. Pero yo llevo demasiada vida sobre mis hombros. Demasiada vida y demasiadas muertes.
-Si no te conociera, pensaría que te lo estas inventando. Ojalá te lo estuvieras inventando. Abre los ojos. Comienza el baile.
El callejeo hasta el comienzo de la pista de tierra le había servido a Sofía para empezar a acostumbrarse a la furgoneta. Conocer el tacto de cada uno de sus mandos. Que era más bien rudo y duro. La dirección era lenta y pesada, sin más asistencia que sus brazos, delgados pero fuertes. El tacto del resto de los mandos (acelerador, freno, embrague, cambio) también era rudo, pero con un leve matiz de suavidad. Marcos sin duda había hecho un buen trabajo restaurando la vieja Nissan Vanette. Cada rincón de su vetusta carrrocería rezumaba el cariño y atención por el detalle que Marcos ponía en cada cosa que era capaz de hacer.
N+12. Datos.
-Necesito un servidor.
-¿Qué tal un "hola, buenos días", para empezar?
-Hola, buenos días. Necesito un servidor.
-Te has equivocado de número. No soy ninguna tienda de informática.
-Te pido disculpas. Es que estoy muy espeso hoy.
-Más de lo habitual.
-Más de lo habitual.
-¿Cuanto has dormido hoy?
-No lo sé. He dormido acompañado.
-Vaya. Eso si que es una novedad.
-No es lo que tu crees.
-¿Y qué es lo que yo creo?
-Da igual. Necesito tu ayuda.
-Haber empezado por ahí. ¿Qué puedo hacer por tí?
-Necesito tu magia.
-Me temo que no es la clase de conversación que se pueda tener por teléfono. Mejor cara a cara. ¿Dónde estás?
-En mi castillo.
-Sé donde queda. ¿Si estoy allí en una hora, bajarás el puente levadizo?
-Por supuesto.