Al principio todo era perfecto. Tal y como lo había soñado mil veces pero nunca pensó que lo viviría. Dulce. Suave. Cálido. Sus palabras, sus gestos, sus atenciones. Los besos, los abrazos, las caricias. El placer compartido. Su risa. Una risa capaz de borrar el peso de todos los silencios y todas las amarguras. Su olor.
Todo era perfecto hasta que la escuchó llorar a través de la puerta del baño.
El primer impulso fue llamar con los nudillos y preguntarle si se encontraba bien. Tal y como hubiera hecho una persona normal. Pero se quedó congelado ante la puerta, incapaz de mover un músculo. Atornillado al suelo, se diría. Escuchando su llanto. Pasaron unos instantes eternos hasta que recobró el control de su cuerpo y pudo girar sobre sus talones y alejarse de allí. Se refugió en el extremo opuesto de la casa.
Minutos después ella salió del baño como si nada hubiera pasado y la normalidad, la perfecta y dulce normalidad volvió a cubrirlo todo. Una marea cálida y blanca. Pero ya nada era igual. Disfrutaba de cada instante a su lado, por supuesto. Pero esa duda, esa pregunta, saber que en la persona que más amaba crecía el dolor, un dolor, le atormentaba. Incluso a punto de quedarse dormido en sus brazos después de hacer el amor.
Quiso ocultarlo, pero ella se dio cuenta. Y llegó la conversación que nunca quiso haber tenido, pero que era inevitable o imprescindible (o ambos).
-¿Te ocurre algo?
-No me conoces desde hace mucho tiempo, quiero decir, no nos conocemos desde hace mucho tiempo pero ... Pero eres la persona a la que más quiero en el mundo y ....
-¡Pero eso es estupendo! Yo siento lo mismo por ti. Te quiero, te adoro. Quiero estar contigo. Tocarte. Besarte. Hacerte el amor
Un silencio incómodo. Tenso.
-Creo que me quieres. No estoy seguro ¿Cómo puedo saber si en realidad me quieres? Es imposible. Lo que es cierto es que ... algo te pasa. Te escucho llorar a veces en el baño. Pero nunca has llorado delante de mí. Y me pregunto por qué ¿He hecho algo mal?
Mientras hablaba pudo ver perfectamente como su rostro se desencajaba y su expresión feliz y jovial (aunque quizás levemente forzada) se tornaba en una mueca de sorpresa y a la vez tristeza infinita. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Se puso en pie rápidamente, casi de un salto, se alejó del sofá, se alejó de él y se refugió en el baño. Desde el salón pudo escuchar su llanto fuerte, se diría que inconsolable. Sus ojos también se humedecieron y se sintió un ser despreciable y mezquino por haber causado ese dolor en el ser que amaba. Siente un vértigo infinito. Siente que su cabeza va estallar por esa acumulación de pensamientos y emociones negativas. Se pone en pie y, con pasos torpes, recorre los pasos que le separan del baño. Abrió la puerta, con toda la delicadeza y determinación que fue capaz. Ella estaba en un rincón, en una esquina. Sentada en el suelo, con los brazos abrazados a las rodillas. La mirada clavada en esas mismas rodillas, baja. Al escuchar la puerta, levantó la mirada. Sus bellos ojos verdes, encharcados en lágrimas, enrojecidos por el llanto, se cruzaron con los suyos. Percibió ¿terror? en su cara. ¿Le tenía miedo? ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando?
-¡Vete! No debes verme llorar.
-Pero ... no entiendo lo que pasa, no entiendo lo que te ocurre. Pero te quiero y, si puedo ayudarte ...
-¡Vete! No puedes verme llorar. Lo dice .... ¡Vete! Por favor, por lo que más quieres, vete. Estaré bien.
Le hizo caso. Salió del baño. Sintió que algo se había roto. Dentro del él y en la relación. Los días pasaban y no servían de nada. Ella se esforzaba por agradarle. Pero todo se le antojaba artificial y falso. Sus gestos eran forzados. Y con un punto de tristeza.
Una tarde, volviendo casa en coche tras hacer la compra. Ella ocupaba el asiento del copiloto. Aparentaba calma y felicidad, pero dejaba entrever lo opuesto. Le miró, seria y preocupada.
-Tienes que ser feliz. Tienes que estar bien. ¿Me lo prometes?
-No puedes pedirme eso. No puedo ser feliz si se que estar conmigo te hace daño o te desagrada. No puedo ser feliz si se que algo malo te pasa y ni siquiera me lo dices. Te quiero. Podría intentar ayudarte. Podríamos arreglarlo juntos-
-¡No has entendido nada! Tu no puedes ayudarme, nadie puede ayudarme. Estoy aquí para hacerte feliz. Para que estés bien. Si no eres feliz, no cumplo mi cometido. Podrían prescindir de mi-
-¿Prescindir de ti? ¿Quién? Yo no voy a dejarte, te quiero-
-No puedo hablar más. No debo hablar más. Tienes que prometerme que serás feliz. Tienes que sonreír-
-Tienes razón, no entiendo nada, siento que todo lo que hemos vivido es una farsa. No puedes pedirme eso-
-Eres mi última oportunidad-
Fue lo último que dijo en el resto del viaje. Ocultó su rostro bajo sus manos y lloró en silencio. Verla llorar dolía.
Llegaron al piso que compartían. Mecánicamente colocaron la compra y cenaron. Ella intentaba aparentar normalidad, pero las lágrimas corrían de vez en cuando por su rostro desencajado.
Ella enseguida se escabulló en el dormitorio. Quedó solo, con el silencio, sus pensamientos. El dolor. ¿Qué sentido tenía el placer propio si implicaba dolor en la persona amada? Cometido, misión, prescindir. Daba vueltas una y otra vez a esas palabras sin acertar a entender nada. Sólo que todo era falso. En lo que había creído, lo que amaba, era falso. Representaba un papel. Como una actriz o una prostituta. Pensarlo dolía. El dolor se mezclaba con un millón de destellos de momentos felices. Miradas cómplices, sonrisas, caricias. El tacto de su piel. Sus manos recorriendo su cuerpo. Todos esos recuerdos corrompidos. Tinta húmeda que desaparece en un papel mojado.
Escuchó como la puerta del dormitorio se abría lentamente.
-Ven, por favor- susurró ella.
-¿Estás bien?
-Si- Mintió.
-¿Seguro?
-¿Podemos ir a algún sitio?
-¿Ir? ¿A dónde? ¿Ahora?
-Si. Ahora. Una especie de .... Escapada romántica.
-¿Lo dices en serio?
-Si.
-¿No preferirías que habláramos de ello?
-¿De qué?