Caprichos

1

El despertador suena a la misma hora de siempre. Eso le da confianza. La rutina. No le gustan los acontecimientos inesperados. Abre los ojos, enciende la luz y apaga el despertador. Contempla un lugar conocido en el que se siente protegido. Su dormitorio. Esta lleno de cosas que le gustan: su preciado ordenador (ensamblado por él mismo escogiendo los mejores componentes) libros, cd's, películas y miniaturas de aviones y helicópteros. Por un momento se imagina a los mandos de un helicóptero. Quizás un Ec 145. En una misión de rescate. Pero no está nervioso. Sabe lo que tiene que hacer y el helicóptero es casi una prolongación de su cuerpo. Pero ...

No es real. Solo es un joven de ventipico años despertándose en una cama demasiado grande para él solo. Suspira. Se le va a hacer tarde. Ni siquiera tiene carnet de conducir. ¿Como va a pilotar un helicóptero?

La ducha le despeja y le hace sentir mejor. Después desayuna cereales y fruta viendo la BBC. Así practica su inglés. Además las noticias son igual de horribles en cualquier idioma.

En la calle es de noche. Le da un poco igual. En un rincón del salón/cocina esta su otro tesoro: su bicicleta plegable. De color rojo. Prefiere colores mas neutros para vestir, ya que no le gusta la atención. Pero se enamoró de aquella bici navegando por internet. Una locura, ya que costaba más de la mitad de lo que ganaba en un mes y cuando la compró ni siquiera sabía ir en bici. A veces se decía que Dios le había creado descompensado. Su mente era casi tan precisa como el procesador de un ordenador de última generación. Pero su cuerpo era torpe. Aun así, consiguió aprender a ir en bici, y ahora, cada día utilizaba aquella pequeña obra de arte hecha de aluminio para ir de casa a la estación de tren y de la estación al trabajo. Ahorra tiempo y es mas ecológico. Además, le gusta ir en bici. Le relaja. Mochila, casco, guantes y a correr, pero sin correr.

En apenas un cuarto de hora ha llegado la estación. La bici plegada apenas abulta y puede pasar inadvertido junto a su jinete en un rincón del vagón. Para que el trayecto se le haga mas ameno escucha música instrumental en su móvil y lee un manual de programación. Cuando quiere darse cuenta ha llegado a su destino. Está amaneciendo y la luz del alba se le antoja preciosa. En diez minutos está a las puertas de su trabajo.

Todavía se pregunta como ha llegado a trabajar en una de las empresas de informática mas importantes del mundo. Su expediente académico sólo era bueno, no brillante. En la entrevista personal se puso tan nervioso. Pero en la prueba práctica lo dio todo. Un ordenador. Lineas de código. Su terreno. Los dejó a todos impresionados. ¿Como alguien recién salido de la universidad podía programar así? Rapidez, precisión, incluso elegancia. Pensaban ofrecerle un puesto de becario, unas practicas... Pero al ver su talento pasó a ser programador junior directamente. Recordaba como lloraba de alegría y emoción cuando se lo contó a su madre.

Desde el primer momento le llamó la atención las extremas medidas de seguridad. Para acceder a la empresa no se utiliza una tarjeta convencional, sino sus huellas dactilares. Y en el hall de entrada hay una guardia de seguridad armada con un revolver. Se llama Ana. Le saca media cabeza (y él mide 170 cm) y observando sus movimientos sabe que podría tumbarle en un instante. Pero es muy amable. Siempre le saluda por su nombre e intenta entablar conversación con él. Le cuesta horrores, pero ahora, es capaz de hablar con naturalidad con ella. Aunque le intimida. Todas las mujeres le intimidan.

Es el primero en llegar. Siempre. Le gusta el silencio de la oficina a primera hora de la mañana. Guarda la comida en la nevera de la pequeña cocina/comedor y se sienta en su sitio. Arranca el ordenador y se sumerge en su medio vital. Las lineas de código.

2

La jornada laboral termina. Está un poco cansado. Quizás lo que más le agota es tener que relacionarse con sus compañeros y jefes. Pero ahora le resulta más fácil.

-Hasta mañana a todos. Que descanseis.-

Al pasar por delante de Ana, la vigilante de seguridad, decide intentar algo atrevido: cruzar algunas palabras con ella. Solo acariciar esa idea le hace casi tropezar. Empuja la bici, plegada, con la mano izquierda. En la derecha, el casco, la mochila en su espalda. Demasiadas cosas para solo dos brazos.

-Hasta mañana, Ana. Que lo que te queda de jornada sea lo más agradable posible. Que descases.-

-Vaya, no me lo puedo creer. Tres frases seguidas, Mario.-

No puede evitar sonrojarse. Abre la boca, y vuelve a cerrarla. Pero por fin logra articular algo.

-Es que ... Soy tímido-

-Ya me había dado cuenta. Pero además de tímido amable. ¿Sabes? A veces me siento invisible, como si fuera un mueble, una máquina. Hay gente que ni me saluda. Pero tu siempre lo haces, aunque te cueste. Lo creas o no es importante para mi-

Los ojos de Mario se abren como platos, pero a la vez sonríe.

-Verás, tu trabajo me parece difícil. No se si yo podría hacerlo. Y todos los trabajos son importantes. Somos personas antes que trabajadores. Por eso intento ser amable, aunque me cueste.-

-Pues lo consigues. Al 100%. Gracias.-

Ana sonríe. Mario mira su sonrisa y baja la mirada. Sonríe. Murmura un "hasta mañana" apenas audible y sale del edificio. Cuando transpasa el muro que delimita la parcela del edificio, despliega su bicicleta. Casco y guantes. El trayecto hasta el tren se le hace más corto recordando la sonrisa de Ana.

Una vez en el tren prescinde del libro y de la música. Un rincón del vagón, uno de esos asientos plegables cerca de las puertas, su bici plegada junto a él y el recuerdo de una sonrisa. No necesita más.

El tren se detiene mas tiempo de lo habitual en una de las estaciones. Con las puertas abiertas. Fuera anochece. Piensa que qué puede ocurrir. Muchas cosas. No dependen de él, así que intenta no impacientarse. Entonces un sonido inconfundible le llamó la atención. Un helicóptero. Acierta a ver su silueta recortada en la luz del atardecer. Las luces intermitentes. Es precioso. El fuselaje va pintado en tonos grises, cree acertar a ver. A pesar de que vuela a pocos pies del suelo, hay poca luz y no puede adivinar de que modelo se trata. Suspira. Le gustaría estar en su interior.

3

Autoequilibrarse. Silvana concentra su pensamiento en respirar despacio y acompasadamente. Y después, intenta, poco a poco, bajar el umbral de percepción de sus sentidos. De todos sus sentidos. Se imagina recorriendo una casa muy bonita al anochecer, cerrando contraventanas, bajando estores, corriendo cortinas. Y cuando el interior se queda en penumbra, un chico muy atractivo le abraza. Un abrazo cálido. Uno de esos abrazos en los que se le antoja que se para el tiempo. El chico sonríe, le acaricia la espalda y el pelo. Su mente es un remanso de paz. Se le antoja que él sólo desea mimarla, darle cariño. Cuando por fin se separan, rompiendo ese bello abrazo, el le lleva de la mano al dormitorio, sin dejar de sonreír y juntos se meten en la cama. Poco a poco, se queda dormida abrazado a él. Lo último que recuerda antes de dormirse es un susurro. Una promesa:

Llevo toda la vida esperándote. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, y protegerte, hacerte feliz. Y darte placer. ¿Me enseñarás?

Pero solo es una fantasía. Al despertar la pesadilla continúa. Está atada de pies y manos, tumbada en el suelo sucio de una especie de baño publico. Eso es lo que más le enfada. A unos metros hay tres o cuatro puertas, que dan a sus respectivos cubículos con un retrete. Pero no le han desatado para ir al servicio y ha tenido que orinarse encima. Tiene sed y hambre, y un poco de frío. Y se siente sucia con mayúsculas. Su olfato, preciso (al igual que el resto de sus sentidos) percibe el hedor de los retretes, su propia orina, su sudor. No quiere llorar pero es inevitable. Vuelve a quedarse dormida, llorando. Sus preciosos ojos azules inundados en lágrimas.

Un tiempo indeterminado después, le despertó un desagradable chirrido metálico. Una bocanada de luz iluminó la estancia.

-Silvana, ¿qué vamos a hacer contigo?-

4

Silvana se estremece y el miedo, una descarga amarga y violenta inunda su ser. Cuando sus ojos logran acostumbrarse a la luz, acierta a ver a Virginia. Lleva una potente linterna en la mano derecha y, a su espalda hay dos personas más, a las que no ha visto nunca.

Sus sentidos, todos ellos, vuelven a estar operativos al 120% tras ese amargo despertar. Virginia está enfadada, cansada, quizás hasta furiosa. Sivana tiembla y no puede evitar volver a orinarse encima.

Virginia se acerca a ella, despacio.

-Tranquila, por favor. No vamos a hacerte daño. Es mas, me repugna haberte dejado atada aquí. Pero era necesario. Debías comprender que eres parte de nuestro equipo y que no puedes escaparte.-

Se agacha junto a ella, en cuclillas, y le acaricia el rostro. Parece no importarle ni el hedor del lugar ni el intenso olor a orina de su propio cuerpo.

-Voy a desatarte ¿de acuerdo? Después podrás asearte y cambiarte de ropa. Además me acompaña una médico que comprobará tu estado. Nos espera un viaje muy largo.-

Virginia corta las bridas de plástico que aseguran sus pies y manos y le ayuda a ponerse en pie. Entonces otra mujer se acerca a ellas. Debe ser la médico.

-Os voy a dejar solas. Tranquila, por favor.-

La medico tiene un gesto entre concentrado y amable. Le ayuda a quitarse la ropa y a asearse con toallitas húmedas. Después le proporciona ropa limpia. Silvana se siente mejor. Un poco mejor.

-Puedes sentarte aquí-

Una silla plegable de color azul. Sivana se sienta. La medico le tiende una botella de agua. Bebe con rapidez, tiene sed. Y después le da algo de comer, unas barritas de cereales.

-Ahora voy a auscultarte y a tomarte la tensión-

Comprueba su pulso, le toma la tensión y coloca en la yema del índice de su mano derecha un curioso cacharrito, una especie de pinza. No puede evitar leer en su mente cómo se llama eso: es un pulsioxímetro.

-Quédate aquí, por favor-

La medico se marcha y vuelve a los pocos segundos con Virginia y otro hombre. El hombre le da miedo. No es otro médico. Aunque no lleva uniforme, es un soldado. Una especie de soldado. Y va armado.

-Sivana, vamos a salir de aquí, al exterior. No intentes escapar. Por favor-

-No lo haré. Lo prometo-

-Espero que ésta vez cumplas tus promesas. Por nuestro bien y por el tuyo-

Por fin salen al exterior. Esta anocheciendo. Gracias a lo que ve y a los pensamientos que puede leer en las mentes de las personas que tiene al lado comprende dónde está. Los aseos de una antigua estación de tren, apenas un apeadero, abandonada. Sin uso. Los andenes siguen allí, pero no hay rastro de las vías, solo un lecho de grava.

Rodean los edificios de la estación. Silvana se deja llevar, obediente. Como una oveja. No le queda otro remedio.

En una amplia explanada frente a la estación hay un helicóptero de color gris. La médico lo conoce bien. Quizás no esa unidad en concreto, pero si otras.

Cuando quiere darse cuenta está en el interior. Le ajustan los arneses de seguridad del asiento.

-Silvana, estás muy cansada y necesitas dormir. Te voy a dar una pastilla y te quedarás dormida en pocos minutos-

Sabe que es una verdad a medias. Necesita descansar, pero sobre todo quieren que se duerma para que no sepa a donde la llevan.

Una diminuta pastilla, un trago de agua y en pocos minutos duerme. Entonces el piloto pone en marcha los potentes propulsores del helicóptero.

5

Silvana despierta tendida en una cama que extraña, pero a la vez es cómoda. Por un instante, tan corto o tan largo como un parpadeo (o como un beso fugaz en los labios) piensa que hace tiempo no puede llamar a ningún lugar su casa ni siquiera a ninguna cama, su cama. La tristeza se desborda en su interior. Agua. Agua helada y amarga saltando diques hechos con sacos terreros e inundando su conciencia.

-No voy a llorar-

Intenta dibujar una sonrisa en sus labios. Son finos y delicados. Como toda ella: delgada, flexible. Roza los 170 cm, bastante para una chica. Acostumbra a llevar el pelo muy corto. Aunque se ha teñido muchas veces, ahora luce su color natural, pelirrojo. Ojos azules, entre azules y verdes mejor dicho. Se siente frágil, aunque sabe que guarda en su interior una gran fortaleza, tanto física como mental. Y sus sentidos son precisos. Estremecedoramente precisos. Literalmente, puede leer las mentes. Es su don. Y su castigo.

La habitación en la que ha despertado podría pasar por una habitación de hotel. Pero también, por una habitación de hospital. O la celda de una cárcel.

6

No sabe cuanto tiempo ha dormido, pero el descanso le ha hecho bien. Al menos, mas bien que mal. Está hambrienta. Obedeciendo un deseo irrefrenable se pone en pié y, en silencio, llega hasta la puerta. Está cerrada, no podía ser de otra manera. La ventana, oculta tras unas cortinas, también. El paisaje confirma sus sospechas. Juraría que está en el interior de un hospital. Uno enorme. A sus pies es de noche, la oscuridad extiende sus interminables tentáculos y una miriada de luces intentan aplacarla. A sus pies. Se encuentra en las alturas. Una décima planta, al menos. Es como contemplar una maqueta, con diminutas personas (médicos, enfermeras, pacientes, familiares) moviendose de un edificio a otro, furgonetas, pequeños camiones, ambulancias.

Fuera está lloviendo. Se le antoja que son lágrimas, pero intenta ser positiva y piensa que sólo es agua, agua que limpia. Una lluvia fina, delicada, casi imperceptible, pero que acaba calando.

Un pijama blanco. Una aséptica habitación en la que apenas hay una cama, un sillón y una televisión en un soporte atornillado a la pared. Y otra pequeña puerta. ¡Un baño! Intimidad. Se desliza en su interior. Está limpio. Suspira aliviada y después alivia su cuerpo. Le hace sentir mejor. Justo al salir del baño, la puerta de acceso a la habitación se abrió lentamente. Sus sentidos, hasta ese instante en mero estado de letargo, despertaron con súbita rapidez. No pudo evitar ponerse nerviosa, y ahogar un grito.

-Siento haberte asustado. Vengo a ver cómo estas y a traerte algo de cenar-

Una enfermera. No la ha visto antes. Utiliza sus sentidos. Todos ellos. Un recuerdo acude fugaz y preciso a su mente. Es tan solo una niña (ya no lo es). Viendo la televisión en casa de sus padres. Una película sobre submarinos. Sónar. A veces siente que su percepción puede funcionar así: como el sónar de un submarino. En décimas de segundo analiza a la enfermera, un posible oponente y llega a la conclusión de que sólo pretende hacer el su trabajo (un trabajo en ocasiones difícil y poco agradecido) y que no pretende hacerle daño, sino lo contrario.

Deja la bandeja sobre la cama y le invita con un gesto a sentarse en el sillón. Le ausculta, le toma la tensión. Todo parece correcto.

-Que aproveche. Volveré en un rato a por la bandeja y los platos sucios. Bueno, volveremos-

La última parte de la frase da que pensar. Silvana se muerde ligeramente el labio inferior. No le gusta la incertidumbre. Pero ahora solo puede dejarse llevar. Rersistirse es una pérdida de energía. Y no le sobra. La comida huele estupendamente. A veces, un plato de comida, una cama y un abrazo bastan para curar todas las penas. Da buena cuenta de la comida y el postre.

Apenas unos minutos después de que haya terminado de comer la puerta se entreabre. Acierta a ver un delicioso hocico. Es un perro. Un cachorro de pastor alemán. Deja la comida, salta de la cama y va a su encuentro. Es precioso. Le olisquea. Casi se olisquean mutuamente e intercambian caricias y lametones. Por primera vez en muchos días, sonríe y siente una oleada de cariño, una sensación cálida y dulce, derramándose en su interior.

7

La puerta se abre completamente, levanta la vista. Es la misma enfermera. Sonríe. Le devuelve la sonrisa.

-Creo que os habéis caído bien-

Se lleva la bandeja con los platos vacíos y vuelve a dejarles a solas. Lo agradece. Acaricia al cachorro, lo abraza. De forma inconsciente utiliza su don para explorar al cachorro. Es muy diferente a explorar el interior de la mente de un humano. Pero siente su cariño y su alegría y eso le basta. Han conectado de alguna manera. Y presiente que él sabe que ella es especial. Él también lo es. En su rostro se dibuja una expresión de sorpresa, abre la boca y suspira. Todo encaja. Coge en brazos al cachorro y vuelve a la cama. En el lugar que ocupaba la bandeja, hay una carpeta color arena que no recuerda haber visto antes. Sin dejar de acariciar al cachorro, la abre. Papeles. Textos. Fotos. Fotos que parecen hechas desde lejos, con teleobjetivo. Un chico. Bueno, ya un hombre. Ventitantos años. Corriente. Ni feo ni guapo. Más guapo que feo quizás. Adivina timidez en sus gestos. Y una vida ordenada: los lugares en los que tienen lugar las fotos se repiten. Una calle. La puerta de un supermercado. Una estación de tren.

La voz de Virginia no le sobresalta, porque le ha presentido llegar.

-Como supongo imaginarás, ese va a ser tu objetivo.-

-No se a qué te refieres. ¿Objetivo? No soy un soldado.-

-No, por supuesto que no. Eres mucho más valiosa que un soldado. Si quiseras, podrías derrotar a toda una unidad con tus manos desnudas.-

-Pero no quiero ¿me escuchas? ¡No quiero! Prefiero dejarme morir antes de hacerlo-

8

Silvana despierta de un sueño pesado, artificial, irreal. Un sueño tan profundo que, durante los primeros minutos tras el despertar, se siente confusa. Sus sentidos no están completamente operativos, tan solo a un 20% quizás. Eso le desconcierta. Se siente vulnerable, como una tortuga sin su caparazón. Intenta serenarse y observar el lugar en el que se encuentra, con los sentidos que si están disponibles en ese momento.

Está tendida en una cama. Que a su vez ocupa el interior de uno de esos pisos modernos que solo tienen una única estancia, diáfana. Un loft. Salvo el baño, que afortunadamente está separado. Le cuesta un instante encontrarlo y corre a su interior. En ese espacio más pequeño se siente a gusto. Lo primero que hace es orinar. Después, se despoja del pijama y de la ropa interior y se ducha. El agua acaba por despejar sus sentidos. Todos. Y vuelve la confianza. Bajo el chorro de agua caliente, aprieta los dientes y cierra los puños. Abre la boca, vuelve a cerrarla. Arde en deseos de gritar lo que siente, pero quizás estén escuchando. Así que lo piensa. No pueden saber lo que piensa. Sólo los que son como ella. Y no siente a nadie así cerca.

Está bien. Haré lo que quieren. Dejaré que se confíen. Y después me iré. Me iré lo más lejos que pueda. Me iré a la primera oportunidad. Esperaré al momento adecuado. Y no me encontrarán de nuevo.

Las lágrimas se mezclan con el agua caliente. El agua es cálida y dulce. Las lágrimas, calientes y saladas. Unidas llegan a sus labios. Intenta dejar de llorar. Imagina que su cuerpo es de metal. Un metal muy resistente, una aleación especialmente dura. Como la que se utiliza para hacer herramientas. El metal no siente. El metal no llora. El metal la protege. No van a volver a sedarla. No.

9

Silvana suspira. De vuelta a casa. Bueno. Al lugar que le han asignado para que viva. Podría llamarle casa. El tren recorre veloz los raíles. Recostada en un asiento junto a la ventanilla, su mirada se pasea por el cielo poblado de nubes blancas. Vuelve a suspirar. Está nerviosa y no debería estarlo. Debería estar por encima de todo eso. Al fin y al cabo, sólo es una especie de trabajo.

Para que su tapadera sea perfecta, de algún modo que no comprende ni quiere saber, le han conseguido un trabajo en el mismo parque empresarial que su objetivo. Recepcionista. No está mal. Tiene por costumbre no juzgar ninguna clase de trabajo hasta que lo ha realizado y es algo más pesado de lo que creía, pero no nada que no pueda hacer. Incluso sin hacer uso del más preciso de sus sentidos.

Las instrucciones son precisas. La primera semana debe, simplemente, hacerse al nuevo trabajo. La segunda semana debe entrar en contacto, tímidamente, con su objetivo. Y, a partir de ahí, dejar que ese contacto de sus frutos. No hay excesiva prisa. En parte lo prefiere. En parte, no. Está cansada mentalmente de todo eso. Pero ha de aparentar que no le importa y que está conforme. Es un mundo de apariencias, así que una más.

Vuelve a casa. Nadie le espera. Una vez más.

-No voy a llorar-

No. Además, el día ha sido bastante agradable. Si olvida que ella no ha elegido ese trabajo, ni las otras tareas que deberá realizar. Igual esa es la clave: olvidar que está viviendo una vida impuesta y dejarse llevar.

Además, es agradable tener un lugar al que llamar casa.

10

El primer contacto fue sencillo. Inocuo. Inocente.

Se limitó a preguntarle, en el andén de la estación de tren, si era el correcto para llegar a su destino. Como si se tratara de una actriz, interpretó el papel de una chica tímida y un poco perdida. No olvidó sonreirle y mirarle a los ojos. Como esperaba, el le respondió de forma precisa. Como un ordenador. Como un reloj suizo. Sin siquiera utilizar el más preciso de sus sentidos notó que se había puesto nervioso, pero que a la vez, esa conversación trivial y fugaz, le había resultado agradable.

Fue algo recíproco. Aunque eso no dejara de ser un trabajo o, mejor dicho, una misión, no dejaba de tener un punto agradable. Aquel chico le resultaba simpático.

Ten cuidado. Ésto no es un juego.

¿Por qué no? Ya no era una niña. Estaba más cerca de la treintena que de la veintena. Pero le seguía buscando jugar. Por un momento se imaginó como una gata al acecho de un ratón. Una gata de sentidos precisos que juega con su presa, antes de lanzarse sobre ella.

Sólo unas cuantas semanas. Aunque ... quizás sea agradable.

11

¿Cuanto puede durar el recuerdo de un instante?

Mientras pedalea de vuelta a casa, ese momento se repite una y otra vez en la mente de Mario. Estaba esperando al cercanías, como cada mañana, cuando aquella chica se le acercó y le hizo una pregunta sencilla. Si estaba en el andén correcto para ir a su destino. Le confirmó que si (casualmente era la misma estación a la que él se dirigía). Y no pudo evitar detallarle las paradas intermedias, la frecuencia de los trenes y la duración aproximada del viaje.

Se le da mal calcular las edades, pero aproximadamente es más o menos de su misma edad. Quizás un poco mayor, quizás no. Delgada. Más o menos de su misma estatura, como 170 cm. Pelirroja. Lleva el pelo corto, casi como un chico. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos verdeazulados. Hipnóticos. No se le ocurre otra forma de describirlos. Y su sonrisa encandila.

Pero ...

Su instinto le advierte algo. Hay algo en su expresión que le intriga. No sabe el qué.

Le da igual. Un recuerdo. Un instante. Una sonrisa y una mirada serena, que transmite calma, pero a la vez vértigo.

El recuerdo de un instante ¿cuanto puede durar?

12

Al llegar a casa lo supo. Alguien estaba dentro. Era algo que, a los que no eran como ella, a los humanos corrientes, le era muy complicado de explicar. Podía sentirlo. Podía sentirla, concretamente. Era una mujer. Un poco más joven que ella. Ante la puerta de acceso al loft, casi de forma inconsciente, utilizo sus sentidos para explorarla. Era algo ... Mágico. A veces se sentía como una ladrona de sueños, de emociones, de recuerdos. Accediendo sin permiso a los rincones más íntimos de la mente de las personas. Siempre que le era posible, pedía permiso. Intentaba explicarle a quién tenía delante su percepción. Y le rogaba que, si en algún momento se sentía muy incómodo, muy avergonzado, que simplemente pensara o le dijera que parara. Pero la mayor parte de las veces no tenía elección.

Silvana suspiró en silencio e intentó concentrarse, de nuevo, en sentir. La emoción característica que percibía de aquella mujer desconocida era el amor y la dedicación por los animales. Accedió a un recuerdo lejano y, fugazmente, la vio siendo muy pequeña rodeada de perros. Los perros confían en ella, le dan su cariño, intercambian lametones, caricias, mimos. Con el tiempo se convirtió en una doctora de animales. Una veterinaria.

Abrió la puerta. Ella estaba sentada en la parte de la estancia que hacía las veces de salón, sentada en un sillón. Y no estaba sola. El precioso cachorro de pastor alemán estaba en su regazo. El instante en el que ambos se vieron y percibieron, fue mágico. De una forma que no podía explicar, aunque solo habían estado juntos una vez, sintió que entre los dos había germinado un vínculo fuerte. Se le antojó resistente, capaz de soportar varias toneladas, como el cable de acero de una grúa industrial. El cachorro corrió a su encuentro. Silvana sonrió y dejo que las emociones que aquel perro le transmitía la embargaran completamente. Se sentó en el suelo de tarima sintética y recibió al perro en sus brazos. Caricias, lametones. Precioso. El cachorro estaba tan a gusto con ella. Sintió que aquel perro podía darle, en parte, el cariño que tanto necesitaba.

Se había olvidado de la veterinaria. Levantó la vista, sin dejar de acariciar al cachorro.

-Es precioso. Habéis conectado desde el primer minuto.-

-Si. Completamente.-

-Tenía ganas de conocerte, Silvana. Me llamo Paula. Me habían hablado mucho de ti, y se quedaban cortos.-

-Me halagas, pero no soy tan especial como crees. Y si me conocieras mejor, me tendrías miedo.-

El rostro de Paula se entristeció. A partir de entonces la conversación tuvo lugar en un plano mucho mas profesional. Le explicó que Virginia, como premio por haber seguido las precisas instrucciones en relación con Mario, había decidido que se encargara de cuidar al cachorro. Paula le explicó que le había traído todo lo necesario para que cuidara del perro, desde pienso, pasando por juguetes y hasta un transportín. Después se despidió y los dejó a solas. Lo agradeció. El amor que sentía por el animal colmaba su ser. Ya no estaba sola. El recuerdo del placer físico y lejano cruzó su mente un instante. Él era un perro. Y ella llevaba demasiado tiempo sin que ningún hombre le proporcionara cariño y placer. Suspiró.

13

Silvana se quedó dormida con el cachorro entre sus brazos. Escuchar su respiración y los latidos de su corazón le relajó profundamente. Tanto, que por primera vez en muchos días fue capaz de conciliar el sueño durante muchas horas seguidas, sin despertares y sin pesadillas.

Pero con sueños.

-No puedo hacerlo-

Sonrió al chico del tren. A Mario. Tomó sus manos entre las suyas. Le gustó el tacto de sus manos, a pesar de ir cubiertas y protegidas por guantes de trabajo, aislantes de la electricidad. El tacto de sus manos temblorosas le transmitía una ternura infinita.

-Si que puedes. No es tan difícil. Ya estamos dentro. Solo tienes que entrar a la sala que te he dicho, la tercera puerta a la izquierda. Hay un fluorescente fundido, en el fondo de la sala, al lado de la fotocopiadora. Despliegas la escalera, y lo cambias. Cerca del cebador encontrarás una tarjeta de memoria sujeta con cinta adhesiva. Si mantienes la calma, será nuestra. Es muy importante para mi. Y también para ti. Si me quieres-

Las yemas de sus dedos rozaban las suyas.

-Y no, ahora no puedes besarme. Después. En un sitio más tranquilo y más íntimo. Se que lo deseas. Me gustará. Yo también lo deseo. Por una vez, siento que alguien me quiere de verdad. Y ahora, vamos, adelante. Yo podría hacerlo, pero tu pasarás más fácilmente por un técnico de mantenimiento. Respira hondo y olvida el miedo. Busca la calma en tu interior. Imagina que empieza siendo pequeña como la cabeza de un alfiler y que poco a poco va creciendo hasta envolverte en una burbuja protectora, del material más duro que puedas imaginar: el tacto de los sueños.-

14

El zumbido del móvil vibrando en la mesilla de noche fue suficiente para despertarla. Clara suspiró. Se estaba tan bien en la cama, arropada, cálida y segura. Pero no se puede vivir eternamente en la cama.

Se despereza y busca el interruptor de la pequeña lámpara que hay en la mesita de noche. Es demasiado impersonal. La lámpara. Comprada en una enorme tienda de muebles sueca. ¿Cuantas miles de unidades iguales hay repartidas a lo largo del mundo? Pero cumple su función: iluminar. Como ella. ¿Cuantas personas hay con una formación, experiencia y habilidades similar a las que tiene ella?

-Bueno, hay algunas, pero no tantas. Y me queda mucho por aprender- Susurra.

Su voz es delicada. Toda ella parece delicada. Roza los 170 cm de estatura. Más bien delgada (aunque perder un par de kilos no le vendría mal, bueno, mejor no pesar en eso). Piel blanca, suave, un poco frágil. Quizás su piel a la vez es un resumen de como es ella y a la vez no lo es. Frágil, pero fuerte. Ojos marrones, de mirada intensa y a veces soñadora. Pelo castaño, media melena, por lo general liso. Dependiendo de la ropa que lleve puesta puede parecer una estudiante en los últimos años de una licenciatura universitaria, una becaria o quizás, una joven trabajadora, pero ya con cierta experiencia.

Y en cierto modo, lo es.

Coge el móvil. Es un nuevo correo electrónico. Da un respingo. Lo esperaba.

Para el común de los mortales solo sería uno más de esos correos basura de una conocida operadora de telefónia móvil, ofreciendole un nuevo y flamante terminal y una tarifa inmejorable si portaba su número. Para ella ocultaba un mensaje en clave. Le costó un poco descifrarlo -lógico, si fuera una clave sencilla, no sería lo suficientemente segura-. Una estación de tren, una hora y un número de consigna. Su boca se torció en una mueca de contrariedad. ¿Y la llave?

Ya pensaría en ello más tarde. No tenía mucho tiempo. A pesar de que ni siquiera había amanecido debía apresurarse para que le diera tiempo ducharse, desayunar algo, hacer la maleta y llegar hasta aquella estación. Pero, a pesar de ello, mientras el agua tibia culebreaba por su piel desnuda, no pudo evitar recordar ...

Esa misma estación que ahora tenía que visitar. Era distinta. Fue mucho antes de que la reformaran. ¿Cuantos años tendría ella? No puede recordarlo. Dos, o tres. No está segura. Su madre la tiene en brazos y ella mira embobada a su papá. Es quien guía aquella cosa grande de hierro que se le antoja un monstruo. Está en las tripas de la ballena y le saluda por la ventanilla. Después la expresión de su rostro cambia, se pone serio, concentrado. No entiende como pero, después de hacer sonar un silbato atronador, hace que la bestia de metal empiece a moverse dócilmente. El tren empieza a rodar y sus lágrimas se mezcan con el estruendo que produce al rodar cada vez más rápido.

Pide un taxi, afortunadamente tarda poco en llegar y no hay mucho tráfico. Es domingo. Y hace frío.

Abrigo. Maleta con ruedas. Bolso. Poco más. En poco tiempo localiza la consigna indicada en el mensaje. Está cerrada. Lo esperaba. Resbusca en el bolso, en apariencia distraída. Sus dedos alcanzan un pequeño estuche semirrígido de manicura. O eso parece. Tiene tijeras, limas ... y ganzúas. Parecen horquillas para el pelo, de hecho, pueden utilizarse para tal fin. Pero, en manos hábiles, tienen otras utilidades. Comprueba que nadie le observa y logra abrir la cerradura. Ha tardado más tiempo del óptimo para esa tarea, debe practicar más. Pero lo ha conseguido. En el interior hay un sobre grueso de color marron y un billete de tren a su nombre. Rápidamente comprueba la hora de salida ... ¡solo faltan 5 minutos para que salga! Corre como una loca arrastrando su maleta con el sobre y el billete bajo el brazo. Pero llega a tiempo. Sólo consigue calmar sus nervios y la intensa descarga de adrenalina cuando se acomoda en el confortable asiento del tren.

Entonces se decide a abrir el sobre. Hay un manojo de llaves y decenas de folios impresos, algunas fotos. Es su objetivo. Comienza a leer, absorviendo tan rápido como es capaz la información relevante. Su objetivo se llama Silvana. ¡Una telépata! Por fin va a trabajar con uno de ellos. Ha estudiado y escuchado mucho sobre ellos, pero nunca ha conocido cara a cara a nadie con esa capacidad. ¿Cómo va a hacer el seguimiento? Seguir a algien que, si te acerca lo suficiente puede saber lo que piensas y que le estás siguiendo ... se le antoja imposible.

Guarda el expediente en el sobre y el sobre el bolso (es un bolso grande y cabe de todo). Suspira. El traqueteo del tren le recuerda a su padre. No puede pensar en eso. No es una niña. Es una mujer echa y derecha y tiene un trabajo que hacer ...

15

Silvana se limitó a hacer su trabajo. La rutina le resulta casi agradable. A pesar de que no mantiene relación con nadie a parte de sus compañeros de trabajo, se le antoja casi placentero. Un lugar al que llamar casa. Trabajo. Y el pequeño cachorro. Decidió llamarle Rex como aquel perro policía de una antigua serie de televisión. El vínculo entre los dos es precioso. El pequeño pastor alemán parece intuir su estado de ánimo y le colma de mimos, lametones. Atenderle es un placer. Darle comida, sacarlo a pasear, jugar con él.

Pero ... tiene una tarea que hacer. Una verdadera tarea. Sutilmente, comenzó a acercarse a Mario. Hacen el mismo trayecto, a la misma hora. Se limitó a preguntarle algo trivial sobre el tren o sobre el tiempo. Y poco a poco dejó que fuera cogiendo confianza. Al llegar a la estación le busca con la mirada (aunque no lo necesita) y se sientan juntos. Una vez vencida la timidez resulta sorprendentemente locuaz. Sabe que debe mantener las distancias, pero el contacto con el perro y con él, es lo más agradable del día, lo que le da energía para seguir adelante.

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Los ecos del placer se apagaban en su interior. Se le antojó la vibración que dejan en el aire agudas notas de piano apenas disipándose. Todo resulta real, extrañamente real, aunque no lo sea, o en parte no lo sea. ¿Cómo puede no ser real algo que sientes en tu interior? El tacto de la piel de su pecho es real. El tacto de las sábanas. El murmullo de su respiración. Su aliento cálido en la nuca de ella. Cierra los ojos e imagina su sonrisa dibujándose en su rostro. No le hace falta preguntar, ni mirar, ni usar otra clase de sentidos únicos y especiales para saber que él se siente feliz, tan feliz que casi le duele. Que ese momento ha sido enórmemente placentero y único.

Un momento. Contiene la respiración, todavía con los ojos cerrados, su cabeza descansando sobre su pecho, notando las caricias de su mano izquierda en su espalda. Aquello sólo era un papel, una farsa, una trampa. Pero da igual. Él la quiere y ella piensa o sueña que podrá aprender a quererle. Silvana se estremece de forma leve. Por primera vez en muchos meses la alegría se desborda en su interior. Es una marea levemente amarga, como de café y arroz con leche. Y canela. Olvida por un instante quién es, su cometido, la pesada carga que guarda en su interior y, muy despacio, busca sus labios. Vuelve a recorrer su cuerpo, buscando el placer mutuo y propio.

Ojalá ese instante, esa noche, durara para siempre.

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¿Cómo realizar un seguimiento a una persona que puede percibir tu presencia incluso antes de verte? Había leído mucho a cerca de los telépatas ...
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