El frescor del alba le despertó. Por un momento no supo donde se encontraba. Le dio una pista el sonido, o la ausencia de sonidos, mejor dicho. El silencio. El silencio solo roto por el rumor del mar y los ácidos graznidos de las gaviotas. Se desperezó lentamente en la cama. Una cama amplia y cómoda, pero que le resultaba levemente extraña. Aquella no era su casa, ni su cama. Pero no le incomodaba ni desagradaba. Más bien todo lo contrario. No tenía prisa. Ni prisa, ni despertador ni obligaciones.
Venciendo el dulce sopor que le acunaba de nuevo, se incorporó hasta quedar sentada al borde de la cama. Sus pies rozaron el suelo de madera, cálido y algo desgastado. Con la pátina hermosa que el tiempo daba a las cosas. La luz de la mañana se filtraba a través del balcón. La calidad iluminaba a medias los contornos de la habitación: un lugar anónimo pero acogedor, destinado a los turistas. Una cama enorme, un escritorio, un armario, un par de mesitas de noche. Descalza, recorrió el pequeño trecho que le separaba del aseo. Tras pulsar el interruptor, la luz artificial reveló suelos y paredes blancos. Los pequeños azulejos de las paredes le recordaban a los que había visto en alguna vieja estación de metro.