-¿Haces descansos? ¿A qué hora el primero? ¿Sales a la calle?-
-Si. A las 11. Salimos a la puerta de la oficina.-
Mensajes aparentemente triviales a través de aquella archiconocida aplicación para teléfonos móviles. Sabía leer entre líneas y supo que algo no andaba bien. Se le antojó que tras aquellas palabras aparentemente neutras se ocultaba una petición de ayuda. Como el piloto de un avión con una avería grave que se comunica con los controladores aereos y declara emergencia.
Minutos después, tal y como le había dicho estaban en la calle, bajo el sol con uñas del invierno. Una pausa breve como necesaria. Mientras algunos insistían en seguir hablando de trabajo el intentaba desviar la conversación hacia otros temas, banales, pero que por lo menos servían para despejar la mente.
La vio llegar, en su coche azul cielo, del mismo color que el íris de sus ojos. La vio llegar como quien ve llegar la tormenta. Como un controlador aéreo en la torre de control pendiente de los aviones.
-297 ¿declara emergencia?-
-Afirmativo-
-297 autorizado pista tres cero, servicios de emergencia avisados-
Aparcó en doble fila –las malas costumbres nunca se olvidan- y se acercó a ellos. Medía como 1,60 m y transmitía fragilidad, aunque sabía que en parte sólo era una falsa impresión, puesto que era cinturón negro de kárate. Podía expresarse con fluidez en cinco idiomas (a él le costaba hablar inglés medianamente bien) y manejaba con soltura complejos conceptos macroeconómicos. Pero los dos compartían un vínculo: el que ha paseado por el alambre, con el vacío a sus pies, con un inabarcable mar de negrura lamiendo sus pasos y ha vuelto a la luz, pero no sabe si tendrá que volver a hacer ese camino, ni si tendrá fuerzas para volver a hacerlo.
Recorrió los escasos metros que les separaban con pasos cortos y rápidos. Saludó al grupo, de forma cortés pero breve y se dirigió a él. Sus miradas se cruzaron y supo que algo no andaba bien. Pudo leer la pena en sus ojos. Le tomó de la mano y se apartó unos pasos del grupo.
-¿Me abrazas por favor?-
Desplegó sus brazos, largos y delgados, se le antojó con la rapidez que se despliega un paracaídas en plena caída libre. Y le abrazo. Se abrazaron.
-¿Cuánto has dormido?-
-¿Y tu? ¿Cuánto has dormido?-
-Menos de lo que debería, pero lo suficiente para llegar a la noche-
Fighting back the tears. Luchando por no romper a llorar. Eso debía sentir ella. A punto de llorar, a punto de estallar.
-Ven. ¿Has desayunado?-
Comenzaron a andar hacia el pequeño coche azul cielo. Reto moderno, o neo reto. Con aspecto de los 50 pero tecnología del SXX-
-¡Pareces mi madre!-
-Si, si, pero apuesto a que no has comido nada desde ayer. Necesitas comer regularmente e hidratarte. Aunque haya días que no tengas apenas apetito o no te apetezca. Déjame las llaves de tu coche que te propongo una experiencia religiosa.-
Desbloqueó el cierre centralizado con el mando integrado en la llave, abrió la puerta izquerda y se acomodó en el asiento del conductor. Ella hizo lo propio en el lugar del copiloto. Conducir a agotado y a punto de llorar no era nada recomendable. Lo que no le impedía saltarse sus propias recomendaciones.
-¿Qué experiencia?-
Giró la llave de contacto y arrancó el motor. Ronroneaba de forma apenas audible. Se le antojó un sonido comedido y educado, tal y como lo era ella. Salvo quizás en un día como ese. Las emociones desbocadas, como un devastador huracán, todo lo arrasaban. Objetos volando en todas direcciones. Golpeando su cuerpo, su piel, su pelo. Dolía.