La Ultima Iglesia De Las Profecías
Es posible que usted se haya preguntado alguna vez: ¿por qué existen tantas iglesias? Si todas creen en el mismo Dios y en el mismo Señor Jesucristo y todas aceptan la misma Biblia como única regla de fe, ¿por qué hay tantas divisiones en el cristianismo? Con tanta diversidad de doctrina es imposible que todas estén en la verdad. Entonces, ¿qué camino seguir? ¿Es posible que un Dios amoroso permita que el ser humano permanezca en tinieblas? ¿Indica la Biblia cuál es la iglesia verdadera en estos últimos días? La respuesta es positiva. Las profecías apocalípticas presentan con suma claridad cuál es esa iglesia que está en el mundo llevando el mensaje final de Dios.
Apocalipsis 12 presenta a la iglesia del Señor bajo el símbolo de una mujer. La representación no es nueva, pues en Jeremías 6:2 el Señor dice: “A mujer hermosa y delicada comparé a la hija de Sión.” La mujer de la visión apocalíptica está “vestida del sol”, símbolo de Cristo, que es “el sol de justicia (Malaquías 4:2)”. Las doce estrellas de la corona representan, en primera instancia, a las doce tribus de Israel. Esto es así porque el pueblo israelita constituyó la primera iglesia o nación de Dios. También las estrellas representan a los doce apóstoles del Cordero. La mujer está “encinta y sufría dolores por dar a luz”. La iglesia del Antiguo Testamento regala al mundo la luz de la salvación. Este “hijo varón” presentado en el verso 5 es Cristo, quien “fue arrebatado para Dios y a su trono”.
En Pentecostés nació la iglesia neotestamentaria con la solemne misión de evangelizar al mundo. En menos de un siglo, los cristianos llevaron por todo el mundo conocido el mensaje de un Salvador muerto por el pecado, resucitado para la salvación de la raza humana y pronto a venir por los suyos. Pablo llegó a decir: “He llenado todo del Evangelio de Cristo (Romanos 15:9)”.
La visión del capítulo 12 trae un cambio, al presentar al archienemigo de Dios y su pueblo bajo la forma de “un dragón escarlata”, a quien el verso 9 llama “la serpiente antigua que se llama diablo y Satanás”. Con su cola, este dragón arrastró “la tercera parte de las estrellas del cielo”, símbolo de los ángeles que él engañó y que se convirtieron en los demonios que son sus agentes en su obra de engaño y destrucción.
El enemigo especial de Satanás es la iglesia. Apocalipsis 12:13 indica: “Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al varón.” El diablo se ha propuesto destruir a la iglesia de Jesucristo. Al principio él usó a Roma pagana, quien en tres siglos mató a cerca de un millón de cristianos. Pero el enemigo notó que esto, en lugar de mermar la iglesia, la aumentaba considerablemente, pues los paganos, al notar la valentía con que estos afrontaban la muerte, se decidían por el mensaje salvador del cristianismo. Viéndose derrotado, el tentador ideó un nuevo plan: introducirse en la iglesia. Este plan le trajo gran éxito, pues en apenas dos siglos la iglesia fue maleada, al punto de convertirse en una “ramera (Apocalipsis 17:1-5)”.
Cuando Israel se corrompió, al aceptar doctrinas y prácticas paganas, Dios la llamó “ramera (Isaías 1:21).” La connotación de esta palabra, tanto en Isaías como en el Apocalipsis, es de una mujer adúltera. También por Ezequiel Dios dijo de Israel: “¡Cuán inconstante es tu corazón, dice el Señor Jehová, habiendo hecho todas estas cosas, obras de una poderosa ramera, edificando tus altares en cabeza de todo camino, y haciendo tus altares en todas las plazas! Y no fuiste semejante a ramera, menospreciando el salario, sino como una mujer adúltera, por cuanto que en lugar de su marido recibe a ajenos (Ezequiel 16:30,31).” Pedro visualizó este cambio en el cristianismo, al escribir: “Pero hubo también falsos profetas en el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías de perdición, y negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos perdición acelerada. Y muchos seguirán sus disoluciones, por los cuales el camino de la verdad será blasfemado (2 Pedro 2:12).”
Todos los escritores del Nuevo Testamento presentan este fenómeno: Como la iglesia se corrompería al unirse al paganismo. En medio del oscurantismo medieval. el Señor indicó: “No hagas daño al vino ni al aceite (Apocalipsis 6:6).” El vino simboliza la sangre de Cristo o el Evangelio, mientras que el aceite representa al Espíritu Santo, agente mediante el cual se han recibido las verdades de la Palabra de Dios. Esas preciosas verdades habían de ser preservadas. Si hoy las disfrutamos, es gracias a miles de mártires, quienes predicaron el Evangelio en medio de la más oscura apostasía.
Apocalipsis 12:5 nos dice que la mujer huye al desierto con alas de águila. El siglo 4to. trajo a Constantino, quien unió la iglesia con el estado. Los errores que desde mediados del siglo segundo venían agrandándose, fueron fortalecidos y otras doctrinas y prácticas paganas fueron introducidas en el cristianismo. La super iglesia del medioevo llegó a decir: “Yo estoy sentada reina… (Apocalipsis 17:7).” Los cristianos sinceros, al notar la corrupción reinante, optaron por apartarse de su iglesia madre y buscar asilo en lugares apartados. Grupos como los Valdenses, los Lolardos, los Cátaros, Albigenses y otros fueron testigos del Evangelio. Muchos de ellos, millones, fueron torturados y matados por los gobiernos manipulados por la iglesia medieval. El profeta de Patmos se asombró sobremanera al visualizar a esta iglesia “embriagada de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (Apocalipsis 17:6).” Mentes diabólicas inventaban los más sofisticados instrumentos de tortura. Grandes masacres se realizaron en toda Europa con la intención de acallar las voces que se levantaban valientemente por la verdad.
La persecución no se limitó a los hombres, sino que fue extendida a la Santa Biblia, la Palabra del Dios viviente. Durante el período de oscurantismo de la Edad Media se prohibió el poseer o leer, en parte o en su totalidad, las Sagradas Escrituras. Bajo el símbolo de los “dos testigos”, la Biblia fue vencida y “matada (Apocalipsis 11:7)”, pero la Palabra, como su Autor, es indestructible. La misma profecía contemplaba la “resurrección” de los Testigos y su sublimación (versos 11,12).
A pesar de la ola de materialismo y ateísmo que trajo la Revolución Francesa y los movimientos filosóficos europeos, las Sagradas Escrituras fueron traducidas en todos los idiomas y distribuidas en todos los rincones del mundo. La casa de Voltaire, el arquitecto de la revolución, se convirtió en una casa distribuidora de Biblias en Francia.
Cuando los fuegos de la persecución se levantaron en los principales estados europeos, tal parecía que la iglesia cristiana verdadera iba a perecer, y que las verdades preciosas de la Palabra de Dios no serían más predicadas en el mundo. Pero surgió la Reforma Protestante. Varios hombres se levantaron denunciando los errores que minaban el cristianismo. Muchos de ellos ofrendaron sus vidas por la causa de la verdad.. Pero hubo uno, Martín Lutero, que logró el reconocimiento general de su patria alemana. Todos los príncipes sajones se pusieron de parte del reformador ante la férrea autoridad del llamado “Santo Imperio Romano”.
Nuevamente la profecía indica el futuro de ese gran movimiento reformador. En su mensaje a la iglesia de Sardis, que representa la iglesia de la Reforma, Cristo le dice: “Tienes nombre que vives y estás muerto… No he hallado tus obras perfectas delante de mí (Apocalipsis 3:1,2)”. Los seguidores de la Reforma en Alemania, Francia, Suiza, Inglaterra y otros países de la vieja Europa se estancaron en su obra, produciendo pseudo reformadores que presentaban enseñanzas ajenas a la “sana doctrina”. Aun llegaron a convertirse en opresores de los que no comulgaban con sus ideas, imitando a la iglesia que abandonaron.
Los versos 15 y 16 del capítulo 12 de Apocalipsis nos presentan un cuadro esperanzador: “Y la serpiente (Satanás) echó de su boca tras la mujer (la iglesia) agua como un río (naciones, pueblos y lenguas), a fin de que fuese arrebatada del río. Y la tierra ayudó a la mujer…” Esta “tierra” que ayuda a la iglesia representan las tierras del Nuevo Mundo, donde los Peregrinos, huyendo de la persecución, fundaron una nueva nación: los Estados Unidos de Norteamérica. Cuando los colonos se tornaron fanáticos, Rogelio Williams fundó a Rhode Island, que se convirtió en la cuna de un nuevos sistema de gobierno basado en las libertades individuales, donde cabían todas las ideologías religiosas y políticas.
El verso final del capítulo 12 es maravilloso, pues nos presenta la última iglesia. Veamos el texto: “Entonces el dragón fue airado contra la mujer y se fue a hacer guerra contra los otros de la simiente (residuo o remanente) de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.” Isaías 8:16 nos dice: “Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos.” Es claro que Dios exige de su pueblo la obediencia a su santa ley: los diez mandamientos.
Es fácil reconocer hoy a la verdadera y final iglesia de Jesucristo. Es aquella que respeta y enseña la observancia de los mandamientos de Dios. No es rechazar uno o parte de uno de estos preceptos, sino apreciarlos todos. Pero, ¿qué vemos hoy en el mundo religioso con relación a los 10 mandamientos? La iglesia Católica indica que hay que guardarlos, pero la ley que presenta en su catecismo. Una mirada atenta a esa ley, nos mostrará que hay cambios considerables. El primer mandamiento no es el mismo de Éxodo 20:3, sino que dice: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, que es un precepto de la parte moral de la ley de Moisés (Deuteronomio 6:5). El segundo mandamiento, que prohibe el culto a las imágenes y estatuas, fue eliminado por razones obvias: la iglesia rinde culto a imágenes y sus templos están cargados de ellas. El tercero queda en segundo lugar y no fue afectado. El cuarto, tercero en el catecismo, el cual presenta el día de reposo de Dios como el Sábado de Yahvé, fue reemplazado por el escueto: “Santificar las fiestas”. Más adelante, el catecismo señala estas fiestas como el domingo y otros días establecidos por la iglesia.
El Sábado fue pisoteado por los falsos cristianos y puesto en su lugar el domingo pagano. Este cambio fue predicho en la profecía de Daniel 7:25, donde indica que el “cuerno”, representación del Anticristo, “pensará en mudar los tiempos y la ley”. Las iglesias reformadas, que pretendían seguir “la Biblia y la Biblia sola”, teniendo la gran oportunidad de restaurar el verdadero día de reposo, siguieron con la tradición romana.
La Reforma hizo bien en desenterrar la gloriosa verdad de la justicia por la fe, pero la profecía apocalíptica indica que el mensaje completo es: “Los mandamientos de Dios y la fe de Jesús (Apocalipsis 14.12)”. Los protestantes indican que no hay que guardar la ley de Dios y que esta fue abolida por Cristo. Pero cada sincero creyente tiene que hacerse esta pregunta, ¿Acaso por el hecho de aceptar el Evangelio tengo licencia para pecar? La única definición de “pecado” que da la Biblia es: la “transgresión de la ley (1 Juan 3:4)”. No podemos ser salvos y a la vez aceptar el pecado. Es cierto que la salvación no nos exime de pecar, ya que seguimos viviendo con una carne de pecado y con las inclinaciones naturales a pecar. Pero en caso de que pequemos, luego de aceptar a Cristo, contamos con nuestro Abogado ante el Padre, “a Jesucristo el justo (1 Juan 2:1)”. Él nos levanta y nos restaura. Pablo nos dice: “luego, ¿deshacemos la ley por la fe? No, antes establecemos la ley (Romanos 3.31)”.
Otro de los argumentos usados contra la obediencia a la ley de Dios es el decir que el Nuevo Pacto elimina el requerimiento divino de observar los mandamientos. Este argumento es derrotado por las palabras mismas del Nuevo Pacto: “Pondré mi ley en sus corazones y en sus almas las escribiré (Jeremías 31:33)”. Ezequiel nos dice como es que guardaremos la ley luego de convertidos: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu y haré que guardéis mis mandamientos… (Ezequiel 36:27)”
Los modernos predicadores prefieren emplear en sus discursos aquellos textos paulinos que hablan despectivamente de la ley. Si vieran el contexto, notarán que en estos casos el apóstol se refiere a las ordenanzas rituales de la ley de Moisés. No nos salvamos por guardar ley alguna, sino por aceptar a Cristo como nuestro Señor y Salvador. La observancia de los mandamientos de Dios no la hacemos por algún poder inherente que tengamos, sino, como dijo Dios por Ezequiel, por la intervención del Espíritu Santo en nuestras vidas. La misma gracia que nos condujo a Cristo nos ha de ayudar a obedecer en todo a Aquel que dio su vida por salvarnos.
Los pocos entre los protestantes que dicen que sí hay que obedecer los mandamientos de Dios indican que se guardan todos menos el cuarto que ordena la observancia del séptimo día. Dicen que el Nuevo Pacto trae un nuevo día de reposo: el primer día de la semana, llamado comunmente domingo. Pero si seguimos la Biblia, nos daremos cuenta que en ella no se hace mención de este día como día bendecido y santificado por Dios. La Palabra de Dios es clara al presentar el Sábado como el día que Dios, desde el mismo principio, bendijo y santificó. El Señor lo puso en el centro de su ley, aquella que Él pronunció desde la cumbre del monte Sinaí y escribió con su dedo en las tablas de piedra (Éxodo 31:18).
La iglesia final de Jesucristo, la que es señalada como guardadora de los mandamientos de Dios, no puede referirse a la iglesia católica, que se atrevió a cambiar la santa ley de Dios. Tampoco puede referirse a las iglesias protestantes que declaran nula la santa ley del Altísimo. Sólo hay una iglesia, una que está por todo el mundo predicando el mensaje de “la verdad presente”. Una sola iglesia que cree y enseña la observancia de los 10 mandamientos, tal como aparecen en la Santa Biblia. Una iglesia que muestra al mundo el verdadero Evangelio, el cual no sólo quita los pecados pasados, sino que provee gracia abundante para concedernos el poder de obedecer a Dios. La profecía apunta a esta iglesia, la iglesia Adventista del Séptimo Día, con estas palabras: “Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús (Apocalipsis 14:12)”.
Pero hay otra característica de la última iglesia de las profecías. Está en la última parte del verso final de Apocalipsis 12, donde dice que, además de guardar los mandamientos de Dios, esta iglesia tiene “el testimonio de Jesucristo.” ¿Y qué es el testimonio de Jesucristo? El mismo libro de Apocalipsis lo revela: “el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía (19:10)”. El don de profecía es el más importante entre los dones concedidos a la iglesia (1 Corintios 14:1). Es el medio que Dios siempre ha usado para comunicar su voluntad a sus hijos. Fruto de ese indispensable don es la Biblia. Pero el indicar que la última iglesia tiene este don es indicio de una manifestación especial de este don en ella.
Luego de la gran desilusión de los adventistas mileristas en octubre del 1844, el grupo se dispersó. La mayoría de ellos estaban confundidos. Fue entonces que Dios levantó profeta en el rebaño. No usó a alguien de gran erudición ni prominencia, sino a una humilde y joven mujer: Elena Harmon. No pudo estudiar, sino apenas hasta el tercer grado de escuela elemental y estaba enferma. Pero Dios la usó poderosamente. Su primera obra fue viajar y visitar a los desanimados mileristas y contarles las visiones que Dios le había dado. Luego comenzó a escribir y de su pluma salieron más de sesenta obras.
Aunque Elena G. de White (llamada así luego de su matrimonio con Jaime White en el 1846) murió en el 1915, sus escritos siguen instruyendo a la Iglesia Remanente en su preparación para el reino eterno. Su obra literaria no es dada para añadir o anular la Biblia, al contrario, al leer sus libros estos nos llevan a la Biblia. La Biblia es más hermosa y sus preceptos más claros cuando estudiamos los libros del Espíritu de Profecía. Ninguna doctrina adventista es presentada usando los escritos de la señora White. Ella misma llamó sus escritos como “la luz menor”, ya que la Biblia es “la luz mayor”.
Los libros de Elena G. de White son muy variados. Muchos tratan sobre historia, doctrina, salud, cuidado de los enfermos, educación, sicología, la juventud, el hogar y el matrimonio. Su más celebrado libro, “El Deseado de Todas las Gentes”, es considerado por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, como la más grande obra sobre la vida de Cristo. Su libro “El Conflicto de los Siglos”, ha sido traducido en más de 100 idiomas y ha dado la vuelta al mundo. Probablemente su libro más editado es “El Camino a Cristo”.
Amigo: Dios tiene hoy, como en toda época, un pueblo especial con un mensaje especial; una iglesia que, como el antiguo Elías, prepara a un pueblo para la segunda venida de Cristo. Te invito a conocer esta iglesia. Búscala.