El Inicuo 3: Hecho Es
En las oficinas del Mercado Común Europeo, un numeroso grupo de líderes mundiales está reunido. El representante de España tomó la palabra:
- Mis colegas: Es necesario que tomemos acción sobre este grave problema. Sólo en mi país, la iglesia católica ha perdido más de 50 mil feligreses en apenas 3 meses. ¿Qué vamos a hacer? La gente se nos va. Estos sabatistas son una verdadera amenaza. Son diez veces peores que los comunistas. Ya el papa nos ha indicado que la iglesia tomará acción sobre esto. Pero es a nosostros, como el gobierno central de Europa, intervenir en este problema. El momento es ahora.
- Señor ministro, - indicó el representante de Suiza,- nosotros no podemos hacer nada. ¿Sabe usted cuántas personas se hallan en campos de concentración en casi cada país del mundo? Pues ya son más de 10 millones. He escuchado a varios de esos predicadores y les aseguro que es imposible detenerlos. Hablan con tal poder que no se puede hacer otra cosa que escuchar lo que tienen que decir.
- Sí, señor ministro, - ripostó el representante español,- ¿y qué es lo que dicen? Que el papa es el anticristo y que la Iglesia Católica es la ramera de Apocalipsis. Se empeñan en desobedecer las leyes del estado y predicar contra ellas.
- ¿Qué leyes?
- Al menos la ley dominical. El santo día de Dios ha sido profanado y los sabatistas son los responsables.
- ¿Sabe usted, amigo? Creo que ellos tienen la razón. La democracia exige que se escuche a todos y que todos tienen el derecho de seguir sus propias conciencias. Esta gente nos ha traído a relucir lo lejos que estamos de seguir la verdadera democracia.
La conversación es interrumpida por uno de los representantes de la organización:
- No sé por qué usted, señor ministro de España, insiste en el asunto, pues hacen ya dos días que esta gente no aparece. Están muy tranquilos y la mayoría se ha internado en los montes.
- No sabía eso, señor ministro, - dijo el ministro español, - pero apenas la semana pasada vi una gran reunión en las afueras de Madrid y me quedé boquiabierto. Nunca había visto tanta gente en una reunión religiosa. Al frente estaba un joven, de unos veinte años. Le juro que lo vi realizando milagros. En un momento vi a más de veinte personas sanadas por él. Era increíble.
- Pues yo vi algo semejante en mi país y parece que esto es general. Pero ya no se preocupe, señor ministro. Es posible que esa desaparición de los sabatistas se debe a que le hayan tenido miedo a la ley que les prohibe predicar.
- Yo no estoy tan seguro, pues apenas ayer vi un grupo muy grande reunido en el campo, a las afueras de la ciudad. Aunque muchos se han ido a los campos y aldeas aledañas, lo cierto es que no han dejado de predicar. Las autoridades no pueden hacer nada, pues la gente del pueblo los defiende y muchos se van con ellos. Algunos han sido castigados y hasta hay casos en que han sido muertos. Esto hace de ellos mártires de su causa. En vez de menguar, crecen como una plaga.
- Esto es intolerable. Vemos como nuestra religión ha sido acusada y mancillada y nosotros sin poder hacer nada. ¿Es que vamos a seguir tolerando esto? Algo se puede hacer y tenemos que hacerlo ya.
La reunión continuó por más de una hora. Habló el representante del Vaticano, el de los Estados Unidos de Norteamérica y otros. Ya era de noche cuando los ministros salieron del edificio.
En un bosque alejado de la ciudad, un grupo numeroso de cristianos sabatistas se hallan reposando. El joven Marcos se dirige a los presentes.
- Hermanos ya está cerca la hora. Creemos que ya está a punto de cesar el ministerio de Cristo en el Santuario. Ya pronto comenzarán las plagas. Salimos a tiempo, pero todavía hay algunos que han quedado. Oremos por ellos.
Un anciano se adelanta al joven y le dice:
- No te preocupes, Marcos, todos están seguros.
- Lo sé, hermano, pero también pienso en los que están presos; deben estar sufriendo mucho.
- Así es, pero ya pronto serán liberados.
- ¿Como? ¿Van las autoridades a sacarlos?
- No, Dios lo hará. Recuerda que durante este tiempo, ninguno será muerto.
Un joven interrumpe. Trae en sus manos un pequeño radio, y dice a gran voz:
- Hermanos, escuchen esto:
Pudo escucharse la voz del locutor de noticias:
- Ha sucedido algo espantoso en el continente europeo. Una plaga de enormes proporciones se ha desatado. Son miles y miles los que han caído enfermos. Esto es peor que lo de la “vacas locas”. Los afectados muestran unas llagas horribles. Y no es un mero cáncer de la piel, sino llagas supurantes, grandes. Las tienen por todo el cuerpo. Los médicos dicen que no hay antídoto ni cura para esa cruel enfermedad. Y lo peor es que el resto de la población no está segura, pues es altamente contagiosa. Ya los hospitales están llenos y los enfermos están echados en las calles. Se ha reunido de emergencia el gobierno de la Unión Europea para ver como hacer frente a la epidemia.”
- Hermanos, - dijo el anciano, - es la primera de las siete plagas postreras, indicio de que terminó el tiempo de gracia y comienza el tiempo de angustia.
- Sí, - dijo Marcos, - veámoslo en Apocalipsis 16: 1,2: “Y oí una gran voz del templo, que decía a los siete ángeles: Id y derramad las siete copas de la ira de Dios sobre la tierra. Y fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra, y vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres que tenían la señal dela bestia, y sobre los que adoraban su imagen.”
- ¡Eso es exactamente lo que está pasando! - dijo uno de los hermanos.
A medida en que el tiempo transcurre, la plaga se va regando por todo el continente. Los muertos son ya varios millares. La prensa mundial ha cubierto el caso. La televisión muestra a lo vivo la gran plaga. Las llagas han sido declaradas incurables por la Asociación Médica mundial. Muchos países han enviado socorro a los hermanos países afectados.
En el Vaticano, el papa se halla reunido con su cuerpo de cardenales. El obispo de Roma se dirige a los reunidos:
- Amadísimos hermanos: Tenemos que rezar a la santísima virgen por los miles que están sufriendo en el continente europeo. Ya la ciencia ha hecho lo posible, pero es inútil. Es obvio que esto es un castigo de Dios. Aun en el Vaticano tenemos muchos afectados.
- Si, su santidad, - dijo uno de los cardenales - esto es ya insopor- table. Yo he sido testigo de esta peste tan terrible. Mis parroquias se han vuelto como hospitales. Todo lo que podemos hacer es rezar.
- Creo que esto no es una cosa de poca monta, - dijo otro de los presentes, - Dios nos está enviando un aviso, el cual debemos atender. Cuando Acán cometió el pecado, Dios castigó a todo el campamento israelita. Cuando se descubrió el culpable y fue castigado, la paz volvió al pueblo de Dios.
- ¿Y quién o quienes son los culpables de esto? -preguntó el papa.
- Creo que sabemos, su santidad, - respondió el cardenal español - hacen ya 5 años usted escribió la carta pastoral Dies Domini...
- Sí, - dijo el papa, - y esa carta fue de bendición para la iglesia.
- Es cierto, su santidad, pero no detuvo a los enemigos de la verdad. Los sabatistas han seguido predicando contra el domingo, a pesar de la ley dominical que fue aprobada por la legislatura norteamericana, y hoy la sigue el mundo entero, esta gente continúa aun más fuerte su obra anti domingo. ¿No será que Dios está hablándonos para que obremos en favor de su ley pisoteada? ¿No es acaso ese manda-miento la señal de la autoridad de la iglesia? ¿Y qué pasa ahora con esa autoridad? Está siendo retada por un grupo insignificante de religiosos.
- No es un grupo insignificante como su eminencia dice, pues en los últimos meses esta iglesia ha triplicado su membresía.
- Es cierto, su santidad, en mi país ya esto es insoportable. ¿Es que vamos a permitir que esto continúe? Si ya sabemos quien es el anatema, ¿qué esperamos?
- Nada podemos hacer todavía, hermanos, - dijo el papa - esperemos la decisión de una gran reunión que está pautada para dentro de 15 días. Allí habrá representantes de todas las religiones y jefes de estado de todo el mundo. Yo estaré allí como presidente y espero que el Señor también valla, pues su presencia dará fuerza a nuestras decisiones.
- Eso está bien, su santidad, propongo que hagamos una misa especial este domingo, para rezar especialmente por los azotados por esta plaga. Entreguemos este caso a la santísima virgen. Que ella abogue por nuestra causa ante el Padre. Bien hermanos cardenales, eso haremos, y que Dios nos ayude.
En todos los países, sobre todo los occidentales, se pudo ver la unión de las iglesias. Las iglesias llamadas de avivamiento o pentecostales, que tanto acusaban a Roma de ser la prostituta de Apocalipsis, ahora se han unido a ella por causa de los sabatistas. Fogosos sermones eran predicados desde los púlpitos acusando a la Iglesia Remanente de ser la causante de los desastres que agobian al mundo. Un caso grande sucedió en Puerto Rico, donde la tercera parte del país pertenecía a alguna de las iglesias carismáticas. Veamos un sermón característico en un domingo de noche en una muy grande iglesia de corte pentecostal.
Luego de los cantos rítmicos, el evangelista toma el púlpito con su sermón de la noche:
- Hermanos: ¡Gloria a Dios!, estamos viviendo en la parte final de la historia, ¡Aleluya! Les dije por mucho tiempo del peligro de los sabatistas. Ellos han engañado a la gente con el asunto del sábado judío... ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! Han pretendido que sigamos la ley de Moisés, pero hemos ganado esa batalla, pues ya es una realidad la ley que obliga la observancia del domingo, el día de la resurrección de nuestro bendito Salvador Jesucristo; el día de la nueva alianza... ¡Aleluya! ¡Él vive! Pero lo más grande que nos ha podido pasar es que ya contamos con la presencia personal de Cristo... ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! Él se encuentra en Jerusalén. Sí, hermanos, en la ciudad santa, entre su pueblo, la nación de Israel.
En ese instante, la gente prorrumpió en alabanzas y aplausos. El predicador intentó proseguir, pero fue interrumpido por una mujer que se puso en pie y comenzó a decir:
- Aba, kía, mansa..., urra, saba, sake, kendo, mia, saka..., aba, shenda..., anda, la, kia, sika, banda..., sima, kaba, lua, basa..., sila, jaia, makila..., sábala, kendo, kima...
- ¡Gloria a Dios!, - dijo el predicador, - ¡El Señor ha hablado! ¡Aleluya! ¡Santo! ¡El vive! ¡Aleluuuuuyaaa! ¿Hay alguien que interprete las lenguas que habló el Señor por la hermana?
Uno de los miembros de la iglesia, que se hallaba en la fila del frente, se puso de pie y dijo:
- Esto dice el Señor: Yo dije que vendría y aquí estoy. Traigo consuelo a mi pueblo. Yo los cuidaré. Mi Espíritu está con ustedes. ¡Nadie sienta temor! ¡Yo soy su Dios!
El predicador se adelantó y dijo:
- ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya! ¡Dios ha hablado! No haya temor de los enemigos. Somos mayoría porque contamos con el Espíritu Santo. ¿Cuántos dicen amén?
El pueblo respondió:
- ¡Amén! ¡Amén! ¡Aleluya!
El sermón continuó:
- Hermanos, ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! Anoche tuve una revelación del Señor. Lo vi sobre una montaña, con los brazos abiertos y me decía: “Dí a mi pueblo que avance, que sea valiente. Ya pronto comenzará el ansiado milenio y mi iglesia, mi esposa, estará al fin a mi lado”. Luego vi a millones de ángeles rodear al Salvador. Sí, mis hermanos, ya es el fin. Ya hemos visto al Anticristo en los sabatistas. ¡Ellos son el anticristo!
En este punto, los feligreses se pusieron en pie y estuvieron por más de cinco minutos en alabanzas y exclamaciones de júbilo, mezcladas con la supuestas lenguas. Entre las palabras podía escucharse amenazas contra los sabatistas.
Finalmente, el predicador terminó su mensaje, dejando en su audiencia un sentimiento de odio y venganza contra los del Remanente.