La Ley En Los Excritos De Pablo

Una Respuesta al tratado de "San Pablo Y El Sabado" De Ernesto Bravo

Introduccion

Por vía de un entrañable amigo, el profesor Roberto González, llegó a mis manos el tratado “San Pablo y el Sábado”, escrito por el sacerdote católico Ernesto Bravo. Lo estudié detenidamente y noté más de lo mismo: un ataque brutal al día de descanso bíblico. Los argumentos parecerían muy razonables para un desconecedor de la historia de la iglesia y la literatura abundante en pro y en contra del Sábado. Lo que más me llamó la atención del tratado del señor Bravo es el uso de la obra del doctor Samuele Bacchiocchi: “From Sabbath to Sunday (Del Sábado al Domingo)”. Las cortas citas del mencionado autor adventista son muy bien escogidas, pero fuera de su contexto.

Lo que más importa es preguntarnos: ¿Acaso Dios cambió su día de reposo? Si es así, ¿dónde en la Biblia se puede hallar la prueba? ¿Acaso Pablo tenía autoridad para cambiar el santo mandamiento de Dios? Ciertamente que Pablo tiene algunos pasajes extraños y difíciles de entender. De todos modos, aun en sus días, algunos temas de sus epístolas traían confusión (Vea 2 Pedro 3: 15,16). No es que Pablo quería traer confusión a sus lectores, mas bien algunos han tergiversado sus escritos. Si eso pasaba cuando vivían los apóstoles del Señor, ¿qué será en nuestros días, cuando tantas sectas y denominaciones han fragmentado el cristianismo?

Me temo que el mundo cristiano de hoy predica unn dios contradictor. Pero los que servimos al Dios verdadero, el Dios de la Biblia, creemos lo que Él tan claramente expone: “Yo Jehová no me mudo (Malaquías 3:6).” O como Santiago apóstol ha escrito, que en Dios “no hay mudanza ni sombra de variación (Santiago 1:17)”. En Salmos 89:34 es el mismo Dios que dice: “ No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios”.

Al leer el relato de Éxodo 20, cuando el Dios Todopoderoso desciende del cielo y proclama sus “diez palabras” desde la cumbre del Monte Sinaí, razonamos: esa Ley es santa, es de Dios, es eterna, no puede ser anulada. Moisés describe la escena: “Estas palabras habló Jehová a toda vuestra congregación en el monte, de en medio del fuego, de la nube, de la oscuridad, a gran voz: y no añadió más. Y las escribió en dos tablas de piedra, las cuales me dio a mi (Deuteronomio 5:22)”. Poco antes había dicho: “Y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego: oísteis la voz de sus palabras, … Y Él os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra, los diez mandamientos; … (Deuteronomio 4:12,13)”. ¿Cómo es posible que hombres finitos se atrevan a, no sólo desechar esta santa Ley, sino a vilipendiarla, a decir que está abolida, a sacar de su contexto pasajes de la Biblia para criticarla? Yo creo que Pablo era un fiel cristiano y jamás se levantó contra los mandamientos de Dios.

La extraña paradoja que vemos a menudo es la de ministros que critican el pecado y a la vez hablan contra la Ley. Pero la única definición de “pecado” que da la Biblia es “transgresión de la ley (1 Juan 3:4)”. Entonces, censurar el pecado equivale a indicar que debemos obedecer los mandamientois de Dios. Ningún ministro jamás ha negado que tenemos que apartarnos de tener otros dioses, servir a ídolos, tomar en vano el nombre de Dios, deshonrar a los padres, matar, fornicar, mentir, robar o codiciar. Estos pecados son censurados por la ley de Dios. Pero ¿y qué diremos del cuarto que ordena descansar el séptimo día, sábado? ¿Acaso hay alguna evidencia bíblica para divorciar ese mandamiento de los otros nueve? Indudablemente los ministros tienen que revisar sus puntos de vista al respecto, a no querer ser contados como falsos profetas delante de Dios.

El tan mencionado tema del nuevo y viejo pacto tiene a muchos confundidos. Junto con el viejo pacto se habla de “nueva ley”. Pero, ¿dónde menciona la Biblia eso de “nueva ley”? El asunto de los pactos es descrito ampliamente en Jeremías 31. El pasaje no puede ser más claro: el pacto nuevo no anula el decálogo, más bien lo escribe en los corazones de los creyentes. Yo invito al señor Bravo, y a todos los que han leído su escrito, a meditar seriamente sobre esto. Cosa terrible es difamar al Santo de Israel.

EL TEMA DE LA LEY EN LOS ESCRITOS DE PABLO

Para poder entender la problemática de la Ley, tenemos antes que visualizar la trayectoria de el apóstol pablo, desde su conversión. Él mismo se describe como israelita, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, fariseo y perseguidor de la iglesia. Ante el procurador Félix, Pablo hizo la siguiente confesión: “Esto empero te confieso, que conforme a aquel Camino que llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y los profetas están escritas (Hechos 24:14)”. La frase “la ley”, usada tantas veces en los escritos de Pablo, no ha entenderse como los 10 mandamientos, a menos que el contexto así lo indique. La mayoría de las veces se refiere a la Torah o Pentateuco, los cinco libros de Moisés. Pero, además de las instrucciones de Dios para el pueblo como una teocracia, los libros de Moisés son parte de las Sagradas Escrituras. Cuando Cristo dijo “Escudriñad las Escrituras” y sus palabras a los Saduceos “Errais ignorando las Escrituras”, se refería a las Escrituras que había en su tiempo, el mal llamado “Antiguo Testamento”, que incluye la Ley y los Profetas.

Es correcto entender, según Pablo dice, que la parte ceremonial del Pentateuco queda naturalmente abolida al morir Cristo. Todo el ceremonial levítico apuntaba hacia el sacrificio expiatorio de Cristo. Sería hasta ofensivo a Dios que hoy trajéramos a la iglesia un chivo o cordero a ser sacrificado. Pablo dice que “Cristo, nuestra pascua, ha sido sacrificado por nosotros”. Tenemos que ser razonables. Pablo no podía enseñar que no es malo adulterar, mentir, matar o robar, lo que es parte de los 10 mandamientos. Entonces, ¿a qué se refiere Pablo cuando presenta argumentos contra la ley, especialmente en su carta a los Gálatas? Preguntémonos, ¿me puedo salvar por guardar los 10 mandamientos? Estos existían aun antes de su proclamación desde el Sinaí. Si los hombres podían salvarse guardándolos, entonces , ¿para qué vino Cristo? Él nos libra de la maldición de la ley. Él perdona todos nuestros pecados. En la cruz, nuestra vida pasada está crucificada con Cristo. La gran pregunta es, ¿qué importancia tienen los 10 mandamientos luego que nos hemos convertido a Cristo?

Cuando alguien es condenado por las cortes de justicia y luego es liberado “bajo palabra”, ¿acaso se le permite volver a cometer los mismos delitos? Claro que no. Volver a delinquir equivaldría a volver a ser encarcelado. De igual manera, cuando usted viene a Cristo y le reconoce como Salvador, su deuda de pecado ha sido cancelada, pero eso no le permite a usted seguir una vida de pecado. No es que no vayamos a pecar, ya que eso es parte de nuestra naturaleza heredada, pero el cristiano es una “nueva criatura”, que no se solaza en el pecado. Juan nos da el más precioso texto de la Escritura: “Hijitos, estas cosas os escribo para que no pequéis; más si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 2:1)”. La gracia que nos llevó a la aceptación de Cristo, ahora nos guía en la vida cristiana. Mientras más apegados estemos a Cristo, más aborreceremos el pecado y más segura será nuestra victoria.

Fue Martín Lutero quien dijo: “No puedes evitar que las aves vuelen sobre tu cabeza, pero sí evitar que hagan nido en ella.” Hasta que venga Cristo de los cielos, cuando “cambirá el cuerpo de nuestra bajeza para ser semejantes al cuerpo de su gloria” hemos de librar severas luchas contra el pecado que nos asedia.

El concilio de Jerusalén, registrado en Hechos 15, fue motivado por la conducta de algunos cristianos procedentes del judaísmo, los cules “enseñaban a los hermanos: que si no se circuncidaban conforme al rito de Moisés no podían ser salvos (verso 1)”. A causa de la disención que trajo esta actitud, el concilio decidió que a los Gentiles conversos no se les inquietara con los ritos mosaicos. Esta fue la desición del concilio: “Escribirles que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, y de fornicación, y de ahogado, y de sangre (verso 20)”. Como no se menciona ahí el sábado, muchos hoy indican que no es necesaria su observancia bajo el nuevo pacto. Pero tampoco se prohibe en ese mandato el matar, mentir, robar o codiciar. ¿Quiere entonces esto decir que los conversos Gentiles tenían permiso para quebrantar estos mandamientos? La respuesta es obvia. La acentuación de Santiago, como presidente del concilio, de que los conversos Gentiles se apartaran de la idolatría y la fornicación, que son dos de los 10 mandamientos, es que estos pecados eran muy comunes en las comunidades de los Gentiles. Pero eso no quiere decir que los otros mandamientos eran eliminados.

Los Gentiles tenían gran aprecio a la religión judía. A pesar de las restricciones de la ley mosaica y las tradiciones de los ancianos, muchos Gentiles asistían a los servicios de las sinagogas. Sólo habían dos cosas que a ellos les causaba repugnancia: la circunsición, a la que llamaban “el cortamiento”, y los sacrificios de animales. Cuando Pablo predicaba un judaísmo sin esa dos cosas, los Gentiles entraron de lleno a la iglesia. Pero los judaizantes, aquellos cristianos celosos de la ley, se introducían en las iglesias que Pablo había edificado e insistían en que los creyentes siguieran los ritos de la Ley.

El pasaje de Hechos 13 es singular. Pablo y sus acompañantes van a Antioquía de Pisidia y entran en la sinagoga en un día sábado. Con autorización de los principales de la sinagoga, Pablo predicó ese día un elocuente sermón que conmovió sobre todo a los Gentiles presentes. Al salir de la sinagoga, estos Gentiles rogaron a Pablo que les predicara a ellos “el sábado siguiente”. Siendo que esto pasó unos 13 años después de la crucifixión de Cristo, cuando obviamente estaba ya en efecto el nuevo pacto, ¿por qué Pablo, si fuera verdad que los cristianos en su tiempo observaban el primer día de la semana, no les dijo a estos Gentiles que vinieran al día siguiente? El verso 44 dice que “el sábado siguiente se juntó casi toda la ciudad a oír la palabra de Dios”. Es claro que la reunión no fue en la sinagoga judía, donde podrían caber escasamente una 200 ó 300 personas. El pasaje contradice a los que aseguran que Pablo iba los sábados a las sinagogas judías, no porque creyera en el sábado, sino para ganar a los Judíos y aprovechar que estaban reunidos. Pero Hechos 13 presenta a Gentiles pidiendo que se les enseñe la Palabra del Señor.

Hechos 17 habla de Pablo guardando tres sábados en Tesalónica y en Hechos 18, estando en Corinto por “un año y seis meses (verso 11)”, “disputaba en la sinagoga todos los sábados, y persuadía a Judíos y Griegos (verso 4)”. Esto quiere decir que el apóstol guardó 78 sábados en Corinto. ¿Cómo Pablo podía hablar contra el sábado si la Biblia muestra su fidelidad observándolo?

Debido a la dura carta a los Gálatas, e posible que sea en esa ciudad que hicieron más estragos los judaizantes. Estos, según Pablo, predicaban “otro evangelio”, aunque luego acentúa que “no ha otro, sino que hay algunos os inquietan y quieren pervertir el evangelio de Cristo (Gálatas 1:6,7)”. Luego de recibir por boca de Pablo la verdad del evangelio de la gracia, que indicaba la aceptación de la obra de Cristo para ser salvos, ¿cómo ahora volverían a los ritos mosaicos, abolidos al morir Cristo? Los insistentes judaizantes tenían a la iglesia de Galacia confundida y fue necesaria la carta de Pablo para que volvieran al puro evangelio de la salvación.

En el capítulo 3, verso 19 Pablo escribe que “la ley fue puesta por causa de las rebeliones”. ¿Qué cosa es “rebelión”? Significa transgresión, desobediencia. ¿Transgredir o desobedecer qué? Los mandamientos de Dios, obviamente, ya que, como apunté anteriormente, Juan dice que “el pecado es transgresión de la ley”. Entonces, ¿qué ley vino por las rebeliones? La ley de Moisés o la Torah. El hecho que en la Torah se mencionen los 10 mandamientos no quiere decir que sean parte de ella. Mas bien resalta su promulgación por Dios y la escritura en piedras. Lo que Moisés hizo, por inspiración del Espíritu Santo, fue ampliar los mandamientos e imponer las diversas sanciones por la desobediencia. Es importante visualizar esto así para poder entender los escritos de Pablo. Esto no quiere decir que hoy debemos insistir en la obediencia como requisito para la salvación. Predicamos a Cristo, su vida perfecta , su muerte vicaria, su resurrección y mediación, y su segunda venida para completar la salvación ofrecida. Quien diga que obedeciendo los mandamientos se salva una persona, está restando validez a lo que es la esencia del Evangelio.

Los varios textos en que Pablo presenta la frase “la ley” deben ser entendidos con su contexto. En la mayoría de las veces se refiere a la Torah. Otras veces al Decálogo. A veces a ámbas. Otras veces a la parte ritual de la ley de Moisés, como cuando dice “mandamientos en orden a ritos (Efesios 2:14)”. Hay al menos un caso en que el apóstol habla de la ley como un principio. Esto lo vemos en Romanos 2: 14,15: “Porque los Gentiles que no tienen ley, naturalmente haciendo lo que es de la ley, los tales, aunque no tengan ley, ellos son ley a sí mismos. Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente sus conciencias, y acusándose, y también excusándos sus pensamientos unos con otros.”

En un texto paulino que a muchos les parecería extraño, el apóstol dice que “los hacedores de la ley serán justificados (Romanos 2:13)”. Obviamente Pablo quiere decir que aquellos que han creído en Cristo siguen lo que la ley expone, ya que Cristo es el centro de la ley y de todas las Escrituras. Si usted elimina de los libros de Moisés todo lo referente a ritos, lo que queda es pura Escritura inspirada, con bellísimas historias, lo cual es imposible que sea eliminado por la introducción de la gracia. Aun la parte ceremonial de Moisés fue inspirada por Dios y es útil para comprender mejor lo que significa el sacrificio y la mediación de Cristo. Las fiestas hebreas tienen importantes lecciones y repercusiones proféticas. Bien podemos decir con Pablo. “Toda Escritura (el Antiguo Testamento) es inspirada divinamemte (2 Timoteo 3:16)”.

EL SÁBADO Y LA LEY

Ya hemos visto que el sábado es parte del Decálogo. Es el cuarto mandamiento. Deben ser diez, porque el número denota “abarcante”. Es el múltiplo más común entre los Semitas. Como el número 7 y el 12, el 10 tiene que mantenerse. Basta ver que los diez mandamnientos del catecismo católico, al eliminar el segundo que prohibe la idolatría, y quedarse con 9, se las arreglaron para dividir en dos el décimo y así conservar el número simbólioc de 10. ¿Por que no se quedaron con 9? Sería bueno preguntarle al señor Bravo.

Entonces vemos que, al igual que los restantes 9, el 4to. mandamiento lo habló Dios y lo escribió Dios. Nadie, ni Judío, ni Católico, ni Protestante, ni Rabino, ni Teólogo, ni Profeta, ni ser alguno sobre el planeta tiene la autorización de remover ese o culaquiera de los mandamientos de la sagrada ley del Altísimo. El Salmo 119, que es dedicado a la Palabra y la Ley de Dios, reza en el verso 142: “Tu justicia es justicia eterna, y tu ley la verdad”. ¿Cuántos de esos mandamientos son verdad? El verso 151 contesta: “Cercano estás tú, oh Jehová; y todos tus mandamientos son verdad.”

El señor Bravo, en la págian 1 de su tratado, expone: “Así los Adventistas del Séptimo Día, al resucitar el tema del sábado y concederle tal vigencia que sirve hasta para darles nombre e individuación entre todos los cristianos, forzosamente han tenido que resucitar al mismo tiempo y dar vigencia a la ley: sí, a la Ley mosaica, a la ley del Sinaí.” Si con la ley del Sinaí, Bravo quiere decir los 10 mandamientos, está en lo correcto. Lo que no es correcto es llamarla ley mosaica.

Los Adventistas del Séptimo Día no fuimos los primeros cristianos de los últimos siglos en reavivar el reposo sabático. De hecho, la única iglesia del movimiento milerista norteamericano de mediados del siglo 19 en guardar el sábado fue la Washington, New Hampshire. Su pastor, Frederick Wheeler, fue convencido por una mujer Bautista del Séptimo Día, Rachel Oakes, de que estaba equivocado sobre los mandamientos de Dios. El pastor comenzó a observar el sábado y con él toda su congregación. Como los Bautistas del Séptimo Día hay otras denominaciones, tan grandes y aun más que la adventista que siguen la ley santa de Dios, promulgada por el Altísimo desde la cumbre del Monte Sinaí.

El señor Bravo pretende insultarnos llamándonos “judaizantes redivivos”. Si ser judaizante es llamar la atención a la Escritura Sagrada, ¡gloria a Dios por ser judaizante! Si ser judaizante es aceptar al Judío que murió por mis pecados, ¡Aleluya por ser judaizante! Si ser judaizante redivivo es respetar el sábado santo de Jehová, seremos judaizantes por siempre. Pero lo que no quisiera que me llamaran es pagano redivivo. Porque estos son los que siguen el culto pagano al guardar (si es que lo guardan) el día dedicado al dios sol del mitraísmo. Estos son los que, impusieron el domingo a la fuerza, desde los días de Constantino. Estos son los que, mediante supersticiones hicieron creer al pueblo que Dios había cambiado su día de reposo. Estos paganos redivivos son los que masacraron millones de cristianos en la Edad Media por no aceptar su religión paganizada. Estos paganos redivivos son lo que han hecho de la tradición una medida similar a la Biblia, cuando saben que ella contiene falacias paganas y doctrinas de hombres. Estos renovados paganos son los que han establecido concordatos con los gobiernos del mundo para hacer que su religión muerta sea considerada la única con derechoa subsistir. Y pensar que tantos protestantes están congraciándose con esta iglesia perseguidora y pagana y están hoy envueltos en un ecumenismo anti bíblico. Sepan los protestantes, evangélicos y pentecostales, que esta super iglesia que le pone al mundo hoy una cara afable es la misma que adulteró la ley de Dios, persiguió implacablemente a los cristianos y ha despreciado la Palabra Santa. No nos engañemos: Roma no ha cambiado. Sigue con sus pretenciones de infalibilidad.

No, señor Bravo, la Iglesia Adventista no ha dado la espalda al Evangelio, sino que ha puesto el Evangelio en su correcto lugar. Dios ha dicho: “A la ley y al testimonio, si no hablaren conforme a esto, es porque no es ha amanecido (Isaías 8:20).” Ciertamente no les ha amanecido a los que no pueden ver la relación de la ley con el Evangelio. Los mandamientos acusan al transgresor, pero nada pueden hacer por él. Por lo tanto la ley les lleva al Calvario. Allí pueden lavar sus pecados en la fuente carmesí de la sangre del Cordero. Al aceptar a Cristo como Salvador, el Señor le aplica su propia justicia, declarando al pecador justificado ante Dios. Pero el que es justificado, debe vivir por la fe. Esta vivencia significa una vida de obediencia a aquella ley que antes transgredió. Esta obra llamada “santificación” es por toda la vida del creyente. Este debe vivir asido de Cristo, quien dijo: “Sin mí, nada podéis hacer”. La fe (la gracia) no deshace la ley, antes la establece (Romanos 3:31). Si luego de ser justificados caemos en transgresión de la ley, entonces volvemos a la vida anterior a nuestra conversión. Entonces debe repetirse la entrega a Cristo. Tenemos que arrepentirnos y pedir perdón a Dios por nuestras transgresiones. Aquí entra el verso más esperanzador del Nuevo Testamento, 1 Juan 2:1: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; mas si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. ¡Gloria a Dios!

En la página 2, el señor Bravo habla de la “liberación de la ley” y luego dice que “la norma antigua, que era la Ley, ha quedado eliminada.” Por favor, señor Bravo, explique. Porque si se refiere a las leyes rituales y teocráticas y a las tradiciones judaicas, suena correcto a la luz de la Biblia. Pero si usted, por su enemistad con el cuarto mandamiento, quiere decir con esto que el Decálogo es eliminado, entonces usted yerra terriblemente. Cristo no nos libera de la obediencia a la ley, sino de la transgresión de la ley, lo que es el pecado.

Bravo dice que Pablo “no fue adventista del Séptimo día (página 3)”, claro amigo, la denominación moderna adventista no existía en su tiempo. Pero si consideramos que “Adventista” significa creer y aguardar el segundo advenimiento de Cristo, Pablo era un gran Adventista, pues ese tema está en casi cada una de sus epístolas. La otra parte de nuestro nombre es “Del Séptimo Día”. Pablo dio el más bello ejemplo al guardar el Sábado bíblico. Lo demuestran los variados textos que he mencionado del libro de Los Hechos. Entonces Pablo, si viviera hoy, fuera Adventista del Séptimo Día y no de otra denominación cristiana.

Nuevamente en la página 3, Bravo asegura que “quien tenía a Cristo no necesitaba de la ley”. ¿Puede matar, robar, adulterar, mentir, etc, porque tenía a Cristo? ¿O es lo contrario? Una persona que ha aceptado a Cristo vive como Cristo, que dijo: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y estoy en su amor.” El creyente ya no necesita de las leyes mosaicas, ni de los ritos, pues Cristo está real. El Evangelio lo libra de toda tradición judaica, pero, aunque lo libra de la condenación de la ley, no le da licencia para pecar (transgredir los mandamientos).

El pasaje de Gálatas 4:8-11, que Bravo dice ser “duro y amargo” y lleno de “frases acerbas”, no es como él lo dice. El pasaje que se refiere dice: “Antes en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a lo que por naturaleza no son dioses: Mas ahora, habiendo conocido a Dios, o más bien, siendo conocidos de Dios, ¿cómo os volvéis de nuevo a los flacos y pobre rudimentos en los cuales queréis volver a servir? Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Temo por vosotros, que no haya trabajado en vano en vosotros.” Si es que Pablo se refería a las fiestas judías, al unirlas todas es muestra de que no estaba incluido el sábado, sino las variadas celebraciones hebreas. “Días” se trata de las fiestas y días de ayuno, algunos de los cuales eran llamados “sábados”, porque no era permitido el trabajar; “meses” a los novilunos; los “tiempos” son las “ocasiones establecidas” por los judíos como festividades especiales y los “años” a las fiestas que se celebraban luego de siete años (el año sabático) y la del jubileo (cada 50 años). Por otro lado, es incomprensible que Pablo se atreva, sin dar lugar a la blasfemia, llamar “flacos y pobres rudimentos” a la Torah, que fue dada por Dios a través de Moisés. Algunos comentaristas, por el hecho que Pablo diga “os volvéis de nuevo”, se refiera a una vuelta a los conceptos paganos o al menos a algo parecido a ellos.

Bravo justifica la celebración de los días de fiesta “cristianos” diciendo que tienen distinto significado. Pero aunque muchos cristianos celebran la Pascua y Pentecostés, que son de origen judío, los católicos celebran un sin fin de fiestas dedicadas a los “santos” y otras celebraciones que son más bien una copia de las fiestas paganas. Esas fiestas sí pueden celebrarse, según Ernesto Bravo.

En cuanto al domingo, hay que ver como los católicos hacen incapié en su observancia. Los colonos norteamericanos llegaron hasta a penalizar con la muerte a los que violaaban el domingo por tercera vez. Basta leer la carta apostólica del papa Juan Pablo II, “Dies Domini”. Este documento fue escrito posiblemente después del tratado de Ernesto Bravo, y , aunque expresa solidaridad con el domingo, jamás pone la observancia del sábado como un rito. Si él la hubiera conocido no hubiera escrito tan disparatado tratado, en contra del Sábado santo de Dios, ni hubiera terjiversado las palabras del apóstol San Pablo.

En la página 6, Bravo dice que “el domingo cristiano no es cambiar un día de reposo por otro…” Luego añade que los cristianos tienen en el domingo “la presencia misma del Cuerpo de Cristo”. Al decir esto, el señor Bravo se refiere a la llamada “Eucaristía”, donde se pretende que el sacerdote crea a Cristo en la forma del pan. La pretención es absurda y demuestra un desconocimiento de la forma en que la iglesia católica realizó el cambio paulatino del sábado bíblico al domingo pagano. Es inútil tratar de probar la observancia del “día del sol” con documentos de los primeros siglos, aparte de las cartas apostólicas, las cuales callan respecto a un supuesto cambio. Ningún apóstol tiene autoridad para cambiar la ley de Dios. Sólo la iglesia católica, en el diccionario de Lucio Ferraris, se atrvió a decir que “el papa puede modificar la ley divina”. Bien dijo Dios por el profeta Daniel, que vendría una entidad que “pensaría en mudar los tiempos y la ley (Daniel 7:25.” El mismo profeta relatando las palabras del ángel Gabriel al interpretar la visión del capítulko 8, dice que esta entidad “echó por tierra la verdad (verso 12)”. Nada más claro respecto a las pretenciones papales. ¿No será esta entidad el Anticristo tan mencionado en las profecías?

Citando al escritor Daniélou, la págian 7 del tratado de Ernesto Bravo dice que el domingo es “día de la Asamblea del culto y día de la Presencia sacramental del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, se llama “el día del Señor”, que eso quiere decir Domingo (gr. ‘kiriaké hemera?, crf. Apoc. 1,10; ‘dominicus dies’: latín”. El señor Daniélou va por la misma ruta de los extraviados teólogos. La frase “kiriaké” , del griego, quiere decir “del señor” y era usada para referirse a todo lo referente al emperador. Naturalmente, Juan se refiere a algo del Señor Dios. Ese “algo” es el “emera”, día. Al traducir al latín la frase, Jerónimo dice “dominicus dies”, o sea, “día del Señor”. Pero para saber cual es el día del Señor no podemos recurrir, ni al calendario, ni al diccionario, ni a enciclipedia alguna, ni aun a los escritos de los llamados “padres de la iglesia”, los cuales fueron influenciados en gran manera por los dogmas paganos. En la Biblia Dios dice con claridad meridiana cuál es su día de reposo. En Isaías 58:13, Él llama al sábado “mi día santo” y Jesús se proclamó “Señor del sábado” en Mateo 12:8. Nada más tenemos que buscar. Dios ha hablado y el pueblo debe responder: “Amén”.

Basado en los textos de Gálatas que hemos considerado, donde el apóstol no menciona el sábado en texto alguno, el señor Bravo termina diciendo que Pablo consideraba el sábado “como una regresión a una esclavitud indigna del cristiano.” Como los adventistas ni seguimos los ritos hebreos, ni practicamos la circunsición, ni guardamos las fiestas ceremoniales, ni mucho menos observamos las tradiciones judías, entonces no nos pueden acusar de seguir la ley (entiéndase la ley ceremonial). Lo único que aceptamos y seguimos es el sábado, pero no los ceremoniales, sino el sábado del mandamiento, aquel que forma parte de la ley escrita y hablada por el Dios Santísimo. Seguimos el ejemplo de Jesús (Lucas 4:16), el de las mujeres creyentes (Lucas 23:55,56) y el de Pablo (Hechos 17:11,2 y 18:1-4).

El guardar los mandamientos de Dios es una característica de la última iglesia, el Remanente. Eso lo declara Juan en Apocalipsis 12:17: “Entonces el dragón fue airado contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.” Más adelante, los señala diciendo: “Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.” Por eso, y sólo por eso, aunque rabie el señor Bravo y todos los otros enemigos de la verdad, los Adventistas respetamos, guardamos y enseñamos el sábado, como parte de esos mandamientos del Señor.

EL TEXTO DE COLOSENSES Y LAS NOTAS DE BACCHIOCCHI

El clímax del tratado de Ernesto Bravo es su interpretación de Colosenses 2: 16 y 17, texto favorito de los detractores del sábado. Veamos estos dos versos: “Por tanto nadie os juzgue en comida, o en bebida, o en parte de día de fiesta, o de nueva luna o de sábados: Lo cual es sombra de lo porvenir; mas el cuerpo es de Cristo.” Los detractores del sábado cantan victoria porque al fin encuentran, según ellos, un texto que abiertamente declara nulo el día de reposo bíblico. Cansados ya de incluir el sábado en los textos de la ley, ahora se sienten campeones del tema. Pero su victoria no está asegurada, hasta ver el pasaje completo.

El señor Bravo cita al erudito adventista Samuele Bacchiocchi, de su libro “Del Sábado al Domingo”, tesis doctoral del autor en la Universidad Gregoriana de Roma. Dice el señor Bravo que Bacchiocchi desacredita “la interpretación de su propia iglesia (página 13)”. Lo que pasa es que Bacchiocchi presenta diversos ángulos del pasaje y, aunque niega en parte lo que el Comentario Adventista expone, cita a otros autores que dicen cosas diversas sobre el mismo. Pero al señor Bravo le conviene citar fuera de contexto al autor adventista para sostener su punto de vista errado el cual permea todo su tratado.

Un estudio concienzudo del pasaje completo de Colosenses, los versos 8-23, nos revelan de qué se trata el asunto. El verso 8 es vital para entender el mensaje del apóstol. Veamos: “Mirad que nadie os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo.” Detengámonos un poco en esta parte. ¿Podría usted creer en alguien, sea quien sea, que, pretendiendo ser mensajero de Dios, se atreva a hablar así de alguna porción de las Sagradas Escrituras? La respuesta la sé muy bien. Nadie. Obviamente Pablo no está hablando de la ley de Moisés y mucho menos de los mandamientos de Dios. Una interpretación segura sería que él está hablando de las tradiciones judías o, más seguro aun, de prácticas gnósticas o místicas de algunas de las religiones de misterio, tan comunes en los días apostólicos.

El verso 11 del pasaje en cuestión menciona la circuncisión, rito importante en la Torah, pero ampliado sobremanera en la Mishná y el Talmud, libros de tradiciones judaicas. El verso 14 menciona “la cédula de los ritos”. Ya que el señor Bravo cita a Bacchiocchi, le cito del mismo autor y el mismo libro, las páginas 345 y 346: “ Podemos… establecer que el Sábado es mencionado en el pasaje no en el contexto de una discusión directa en la obligación de la ley, pero más bien en el contexto de creencias y prácticas sincretistas ( la que incorporaban elementos del Viejo Testamento, indudablemente para proveer una justificación para sus principios ascéticos) promovidos por los ‘filósofos’ de Colosas. No tenemos información sobre que tipo de observancia sabática estos maestros promovían, sin embargo en base a su énfasis en su escrupulosa adherencia a ‘regulaciones’, es aparente que el día era observado en una manera muy rigurosa y supersticiosa….” En la página 347, el mismo autor añade: “En todo el pasaje de Colosenses 2 el término ‘ley’ está ausente de la controversia, … y corrobora… que la herejía colosense no era basada en el usual legalismo judío pero mas bien en un inusual (sincretístico) tipo de regulaciones ascéticas y cúlticas…”

Volviendo al pasaje de Colosenses 2, veamos otros detalles que corroboran que el apóstol no está hablando necesariamente de los preceptos de la ley de Moisés y mucho menos del Decálogo. El verso 16 habla de “comidas y bebidas”. Según Hebreos 9:10, los servicios del santuario terrenal consistían sólo “en viandas y en bebidas, y en diversos lavamientos y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de la corrección.” Los “días de fiesta” son aquellos días en que se celebraban algunas de las festividades características del Judaísmo. Los “novilunos” eran las festividades en tiempo de la luna nueva, las cuales eran exigidas por el ritual mosaico. Los “sábados” eran las fiestas en las cuales era prohibido trabajar. Un estudio de Levítico 23, nos lleva a descubrir que en el mes séptimo habían cuatro fiestas que eran llamadas “sábados”, sin importar en qué día de la semana cayeran. Estas eran el día 1ro, el 10, el 5 y el 22. Cuando un sábado ceremonial coincidía con el sábado semanal, este era llamado “un gran día de sábado” o “un sábado muy solemne”. El señor Bravo indica que los adventistas enseñamos que estos “sábados” se refieren al año sabático, pero lo que he expuesto es lo que la iglesia adventista enseña y no lo que otros dicen que decimos.

El verso 17 menciona el “culto a los ángeles”, cosa ajena totalmete a la ley de Moisés, pero sí a los cultos cabalísticos judíos. Las “ordenanzas” mencionadas en los versos 20 y 21 , “tales como, no manejes, ni gustes, ni aun toques”, son características de las tradiciones judías y los cultos místicos orientales. Al terminar en el verso 22, Pablo llama a todas esas ordenanzas “mandamientos y doctrinas de hombres”. Esta es la misma frase que usó el Maestro Jesús en el pasaje de Mateo 15:9: “Mas en vano me honran enseñando doctrinas y mandamientos de hombres”. El contexto de esas palabras de Cristo es la “tradición de los ancianos”. Es una manera clara de concluir el pasaje que tanto usan contra los adventistas los enemigos de la verdad. Una vez más salimos en defensa de Pablo, al desmentir a los que enseñan que él está en contra del sábado santo de Dios.

Nada causa más satisfacción que saber que se está en la verdad. En el mundo confundido de hoy, la Iglesia Adventista del Séptimo Día se levanta como un baluarte contra el error. Bien dijo Dios por Isaías: “Toda herramienta que fuere fabricada contra ti, no prosperará; y tú condenarás toda lengua que se levantare contra ti en juicio. Esta es la heredad de los siervos de Jehová, y su justicia de por mí, dijo Jehová (Isaías 54:17)”.