La Justificacion Por La Fe

La justificación por la fe fue la bandera que enarboló Martín Lutero y que encendió los fuegos de la Reforma en Europa. ¿Y qué tiene esta doctrina que hizo tal cambio en la humanidad? Ciertamente es el centro mismo del Evangelio.

Creo que la sencilla definición que hace la autora E.G.White es excepcional: “La justicia por la fe es la obra de Dios, que abate al polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que él no puede hacer por sí mismo.”

Los cultos orientales pretenden ganar la justificación mediante las obras. Es común ver a personas caminando sobre fuego, acostados sobre clavos, flagelándose y haciendo otros ritos para tratar de allegarse a sus dioses. En el cristianismo han penetrado solapadamente esos conceptos paganos y vemos a diario personas caminando de rodillas, crucificándose y haciendo otros sacrificios muy parecidos a los paganos. Ante este espectáculo preguntamos: ¿Cómo puede el hombre justificarse ante Dios? ¿Es posible alcanzar la justificación? ¿Cual es la tarea, si alguna, del ser humano para llegar a ser justo?

Cuando el primer hombre pecó, se sintió desnudo y se vistió con hojas de higuera. Pero esa vestidura no pudo cubrir su desnudez, pues, cuando sintió la presencia de Dios, se escondió. Su respuesta a la pregunta de Dios ¿dónde estás tú?, fue: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo y me escondí (Génesis 3:9,10).” Las hojas representan la justicia propia, que jamás podrá cubrir nuestros pecados. Dios vistió al hombre y a su esposa con las pieles

de un cordero sacrificado (Génesis 3:21). Cristo es “el cordero que fue muerto desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8).” Aquellas ropas con las cuales fueron vestidos nuestros primeros padres, representan la justicia de Cristo.

Una gran verdad bíblica es que todos somos pecadores.. “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3;23).” Y aún más:

“La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23)…” Todos somos acusados de alta traición contra Dios por haber transgredido sus mandamientos. Y estamos condenados a la muerte eterna.

Ante el tribunal de Dios no podemos presentarnos solos. Es necesario que contemos con el único que puede ser nuestro abogado. Uno de mis textos favoritos, quizás el más, es 1 Juan 2;1: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; mas si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre: a Jesucristo el justo.” Pero, ¿cómo este Abogado puede declararnos libres o inocentes sin recurrir al engaño o a la mentira? Cristo no puede mentir. No puede decir al Padre que no hemos pecado. Estaría mintiendo. Sólo hay una forma de hacerlo y esta es la justificación por la fe.

Pablo nos dice una verdad maravillosa en Romanos 5:10: “Porque si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” He aquí la clave: Por su vida. Por la vida justa de Cristo. Jesús vivió una vida sin pecado (Isaías 53:9). Como “la paga del pecado es muerte”, Él no podía morir, pero murió; así que esa vida justa que Él vivió es la garantía de nuestra justificación. Ante el Padre, Él dice: “Esta persona ha pecado, pero como me ha aceptado como su Salvador, se ha arrepentido de su vida pasada, yo aplico mi vida justa a su vida injusta; yo tomo sus pecados, por los cuales di mi vida, y le proporciono mi justicia.”

Veamos este acto de una manera más sencilla. Yo no tengo dinero. Mi cuenta bancaria está en cero. Pero un amigo rico va a mi banquero y deposita a mi cuenta una considerable cantidad de dinero. Ahora yo puedo girar cheques sin peligro de ser acusado, pues mi cuenta está colmada. De igual forma, la cuenta de justicia nuestra estaba en cero. Por más que tratamos por nosotros mismos de ser santos, justos y obedientes, no podemos. “Nuestras justicias son como trapo de inmundicia (Isaías 64:6).” Pero aparece el amigo Jesucristo y pone en nuestra cuenta su justicia y ahora somos ricos. Ahora somos declarados justos por Dios, porque Él nos mira a través del tamiz de la obra justa de Cristo. Esta historia, que debe repetirse en cada pecador, la describe maravillosamente el apóstol Pablo: “Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia los hombres, no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó, por el lavacro de la regeneración, y de la renovación del Espíritu Santo; el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador. Para que, justificados por su gracia, seamos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna (Tito3:4-7).”

Al hablar de la justicia por la fe, Pablo dice que es “atribuida” (Romanos 4:3). Esta palabra no es muy común en nuestro hablar cotidiano. Tiene que ver con “acreditar”. Esta sí la conocemos bien. En un pasaje sumamente bello, el apóstol nos presenta esta transacción. Se halla en la breve epístola a Filemón. Es con relación a Onésimo, con quien Pablo envió la carta a su amigo y compañero. Onésimo había sido esclavo de Filemón y había huido de su casa. Esto era un tremendo delito y era rudamente castigado. Pablo pide a Filemón que trate con benevolencia al fugitivo. He aquí sus palabras: “Así que, si me tienes por compañero, recíbelo como a mí. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta (versos 17,18).” Esta es la forma como Jesús nos trata. Él pide al Padre que nuestros pecados sean puestos en su cuenta de justicia. Nos acredita su justicia y el Padre nos acepta por la intercesión de su Hijo y nos trata como si nunca hubiésemos pecado. Cristo cubre nuestros harapos de pecado con el ropaje inmaculado de su propia justicia.

Las más lindas verdades sobre la justificación por la fe la encontramos en el libro de Romanos. “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús (3:24).” Para obtener la justificación lo único que tenemos que hacer es aceptar por fe la obra realizada por Cristo en el Calvario. “Empero al que obra, no se le cuenta el salario por merced. sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia (4:4,5).” ¡Qué sublime verdad! Con sólo creer, ¡qué mucho se recibe! Ahí está el hombre, incapaz por sí mismo de obrar con justicia, reconociéndose pecador y con el corazón derretido ante el amor de Cristo demostrado en la cruz del Calvario. Acepta a Jesús y es recibido en el amor del Padre. “Justificados pues por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (5:1).”

Pero, ¿qué sucederá con la persona perdonada, justificada y reconciliada con Dios? ¿Qué será de su futuro? Nuevamente recurrimos a Pablo: “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, la cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:8-10).” Esto parece una contradicción: no por obras- para buenas obras. Para recibir la salvación, nada hay que hacer, excepto ejercer fe. Fe en Cristo; fe en su sacrificio. Eso es todo. Ya somos salvos. ¡Gloria a Dios! Pero para permanecer en Cristo, para continuar en ese estado de salvación, tenemos que realizar buenas obras. Estas obras tienen que ver con orar, estudiar la Biblia, compartir el Evangelio, obedecer los mandamientos de Dios, etc. Estas cosas las haremos, no para salvarnos, sino porque somos salvos. La gracia que obró en nuestra salvación ha de seguir con nosotros para asegurarnos esa salvación.

El hacer el bien es necesario, no para salvarnos, sino para crecer en Cristo. Dios se propone hacer de nosotros, mediante su gracia y su Espíritu Santo, criaturas nuevas, santificadas. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5.17).” La santificación es parte integrante de la justificación. Mientras la justificación la recibimos al instante en que creímos, la santificación comienza en ese instante y se extiende por el resto del tiempo que vivamos sobre la tierra. Veamos este pasaje de Pablo: Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras. A los que perseverando en hacer el bien, buscan gloria e inmortalidad; la vida eterna. Mas a los que son contenciosos, y no obedecen a la verdad, antes obedecen a la injusticia; enojo e ira. Tribulación y angustia sobre toda persona que obra lo malo… Mas gloria y paz a cualquiera que obra el bien (Romanos 2:6-10)…”

En el pasaje de Romanos 10 Pablo presenta el conflicto con la ley, tema que es común en varias de sus epístolas. Obviamente el apóstol no se refiere a la obediencia a los diez mandamientos cuando presenta la ley en estos términos. Mas bien él está hablando de todo el conjunto de mandatos dados por Dios a través de Moisés, lo que los judíos llamaban la “Torah”. Este conjunto de variadas leyes constituían la base del judaísmo y algunos creyentes cristianos de descendencia judía insistían en que los que aceptaran el Evangelio tenían que circuncidarse y guardar todos los preceptos de la Torah. Siendo que el “libro de la ley” contenía una gran variedad de leyes rituales, las cuales fueron abolidas al morir Jesús e introducir el Nuevo Pacto, Pablo hace mención de que no estamos obligados a ella. Ciertamente, la ley de Moisés es Escritura, y como tal sigue su vigencia. Además hay muchas leyes que son útiles para nosotros, pero Pablo prefiere que los creyentes cristianos, aunque deben escudriñar las Escrituras, y Moisés es parte de ellas, deben descartar todo lo ritual y las leyes que aplicaban a Israel como una Teocracia.

Nuevamente recurrimos a la epístola a los Romanos. Pablo hace claro que todo somos esclavos, o del pecado o de la justicia. Antes de conocer a Cristo éramos siervos del pecado. Nos solazábamos en la injusticia. Una vez convertidos, sencillamente cambiamos de amo. Ahora somos siervos de Dios. Miremos la conclusión de Pablo: “Mas ahora, librados del pecado, y hechos siervos a Dios, tenéis por fruto la santificación (6:22)…” ¿Ve usted, amigo? La santificación es un fruto, una consecuencia natural de ser salvado y justificado.

La santificación es un proceso educativo, prolongado. No se consigue en un instante, como es la justificación. Es necesario librar severas batallas contra el pecado, contra el yo, contra las tendencias heredadas y cultivadas. Pero no estamos solos en esta lucha. Además de su Gracia y su Espíritu, Dios nos ha proporcionado su Palabra, la Biblia. Ella es la maestra y guía de nuestra vida. Como el alimento material diario fortalece nuestros músculos y prolonga nuestra vida. así la Palabra de Dios fortalece nuestros músculos espirituales y nos hace candidatos a la vida eterna.

Volvamos a Pablo. En Efesios 4:22-24 menciona al “hombre viejo” y al “hombre nuevo”. La clave del éxito en la vida cristiana estriba en lograr la muerte del “hombre viejo” y mantener la vida del “hombre nuevo”. ¿Y cómo logramos matar al hombre viejo? ¡De hambre, si, de hambre! ¡Niéguele su comida! Así él morirá de seguro. Niéguele las lecturas frívolas, los vicios, la música estridente, las malas compañías, las películas negativas y todo lo que constituya en su alimento diario. Mientras el hombre viejo languidece, dele al hombre nuevo el alimento que lo ha de robustecer: la oración, la lectura ferviente de la Biblia, el testificar por Cristo, la lectura de buenos libros, la buena música y todo aquello que contribuya a su crecimiento. Esto es santificación. Estas son las buenas obras a las que alude el apóstol. Nadie puede negar que hacer esto es necesario.

“En todo tiempo sean blancas tus vestidura (Eclesiastés 9:8).” Es nuestra tarea cuidar ese ropaje inmaculado que recibimos una vez hemos aceptado a Cristo. Nada debe manchar ese precioso vestido. “Bienaventurado el que vela, y guarda sus vestiduras, para que no ande desnudo y vean su vergüenza (Apocalipsis 16:15)”.

¿Por qué es tan importante la santificación? En Hebreos 12:14 se nos dice: “Seguid la paz con todos, y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor.” Esto es un gran reto. Ser santos aquí y ahora. ¿Es esto posible? Sí que lo es. Recuerde que no es obra nuestra. Es el Espíritu Santo el que obra esa santidad en nuestras vidas. Pero tenemos que desearla. Tenemos que demandarla. Tenemos que estar dispuestos a una entrega diaria a Jesús. Tenemos que sacrificar nuestros gustos, los placeres negativos y todo aquello que nos aleje del modelo divino.

La ley de Dios ha de ser respetada, obedecida y enseñada por los hijos de Dios. En nuestro mundo hay miles de voces que proclaman que el hombre no tiene que obedecer los mandamientos de Dios, que ya Cristo los observó por nosotros y que el Nuevo Pacto nos libra de la ley. La confusión estriba en no entender la diferencia entre la ley moral: los diez mandamientos, y la ley ceremonial. Mientras no estamos obligados a seguir los ritos mosaicos: sacrificios de animales, fiestas, circuncisión, etc., sí estamos llamados a seguir los diez mandamientos. El mismo Pablo, que tanto escribió sobre la libertad cristiana y la no observancia de la ley ritual, dice, en Romanos 2:13: “Porque no los oidores de la ley son justos ante Dios, mas los hacedores de la ley serán justificados.” La misma ley que nos condena y nos lleva a Cristo para ser perdonados y justificados, ahora se convierte en nuestra aliada. En otro texto que muchos no quisieran leer de Pablo, el apóstol nos indica: “La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es; sino la observancia de los mandamientos de Dios (1 Corintios 7:19)”.

Como el que se mira en un espejo para ver las manchas de su cara y no puede recurrir a este para que lo limpie, sino a jabón y agua, así la ley, aunque revela nuestras manchas de pecado, no tiene la capacidad de limpiarnos (Santiago 1:22-25). Tenemos que recurrir a la sangre del Cordero. La ley no es un medio de salvación, más bien es una norma para los salvados. Una vez hemos sido salvados, justificados y reconciliados con Dios, seguiremos mirando aquella ley que antes nos condenaba, pero que ahora nos indica que la obra de Cristo en nuestras vidas ha sido realizada.

El Evangelio sin obediencia no es Evangelio. El Evangelio que enseña sólo la salvación inicial es incompleto, cojo, tullido. Le falta la santificación en todas las faces de la vida. Al describir a la última iglesia, el Remanente, el profeta de Patmos dice: “Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús (Apocalipsis 14:12)”. He aquí la correcta combinación: La fe de Jesús, que es el ropaje blanco de la justificación, y la observancia de los 10 mandamientos, mediante la gracia divina. que es nuestra santificación.

Pero, ¿y si pecamos luego de recibir la justificación? ¿Es que acaso la gracia nos libra de pecar? Dios sabe que somos débiles. No somos llamados a continuar pecando, que la violación a los preceptos divinos. Pero en nuestra flaqueza humana podemos caer. Ya vimos el maravilloso texto de 1 Juan 2:1, donde nos habla de nuestro gran Abogado Cristo Jesús. Si has caído, levántate en el nombre de Jesús. En ti se repetirá la justificación y la santificación. Pero que esto no sea una causa para seguir pecando. Cristo anhela que seamos victoriosos en su nombre. Que venzamos como Él venció. Amigo: cuida esas ropas blancas hoy. Recuerda: sólo con ellas podremos pasar los umbrales del reino eterno.