El Santuario

Las palabras griegas Agia, Agión y Agiós son una misma en el diccionario de Strong y llevan el número 39 del diccionario griego. Puede traducirse como Santo, lugar santo, lugares santos o santuario. Para denotar el Lugar Santísimo o Santo de los Santos, el griego lo coloca “Agión ton Agión”, “Agión Agión”, “Ta Agia ton Agión” o “Agia Agión”, que es el equivalente al hebreo “Kodesh Kodashim”. La Vulgata traduce esta palabra como “Sancta”, y el Santo de los santos como “Sancta sanctorum”.

Tanto en la Septuaginta como en el Nuevo Testamento griego, siempre que se menciona el lugar santísimo, se menciona dos veces la palabra “Agia” o “Agión”. La versión Reina Valera del 60 comete un error de traducción, según las más conocidas y aceptadas versiones, tales como la Valera Antigua, Dios Habla Hoy, Bover Cantera, Sytraubinger, Torres Amatt y otras más. Esta versión moderna traduce “Ta Agia” en Hebreos 9: 12 como “Lugar Santísimo”. Todas las versiones

castellanas arriba mencionadas, dan la correcta traducción de “Santuario”. En Hebreos 9: 3, la Reina Valera del 60, al igual que todas las otras versiones, traducen “Hagia Agión” como “Lugar Santísimo” o “Santo de los Santos”. Lo extraño es que en Hebreos 13: 11, esta versión traduce “Ta Agia” como “Santuario”, que es lo correcto, según el resto de las traducciones.

No puedo entender esa contradicción de la versión del 60. Sólo lo puedo visualizar al notar lo que han hecho los traductores de esta versión con la palabra hebrea “Shabbat” o la griega “Sabatón”, la cual la traducen “Día de reposo”. Craso error, ya que la palabra día (heb. Yom) no aparece en la mayoría de los textos. Lo mismo pasa en el griego, la palabra día (Emera) tampoco aparece en casi todos los casos. La versión RV original contenía la traducción correcta, Sábado, la cual eliminaron del mandamiento de Éxodo 20:8-11 en las versiones posteriores. Para la década del 40 apareció lo que se llamó la Versión Moderna, en la cual eliminaron la palabra Sábado de todo el AT. La revisión del 60 quitó la palabra Sábado de toda la Biblia. Esto es un atropello a la Palabra de Dios. Comprendo que lo hacen atemorizados con el avance de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que, después de todo, es la cliente más grande de la Sociedad Bíblica. Las Sociedades Bíblicas Unidas han sacado la cara publicando la Biblia de Estudio: Reina Valera del 95, donde han restaurado la palabra Sábado en todo los lugares que los originales la presentan. ¡Enhorabuena!

Ojalá lo hagan así en todas las versiones que publiquen en el futuro.

Todas las versiones católicas, que suman más de 15, tienen la palabra Sábado en todos los lugares que los originales lo exigen. Es una gran ironía que los que son los responsables del cambio del día de reposo, y que se jactan de ello, respetan el Texto Sagrado, mientras los protestantes, que se vanaglorian de seguir la Biblia y la Biblia sola, se han atrevido a poner su mano sobre la santa Palabra de Dios.

Volviendo al tema del Santuario, la razón del cambio de la Reina Valera del 60 en Hebreos 9:12, ha dado un arma a los detractores de la Iglesia Adventista para contradecir nuestra posición respecto a la fecha de la purificación del Santuario celestial. Estos enemigos de la verdad indican que la repetición de la frase “una vez” o “una sola vez” en Hebreos 9 y 10 es indicio de que Cristo, como Sumo Sacerdote, entró al lugar Santísimo una vez ascendió al cielo. Esto es cierto, ya que Cristo es Dios, y como tal tiene derecho al trono que está en el lugar santísimo, simbolizado por el arca del pacto. Pero es también sacerdote y víctima inmolada. Como sacerdote su obra se limitó a lo que equivale al lugar santo. Es por eso que Juan lo vio entre siete candeleros, que es uno de los muebles del lugar santo.

El autor de la epístola a los Hebreos cita abundantemente los libros del Pentateuco, sobre todo los de Éxodo y Levítico. Sin embargo no contiene citas del libro de Daniel, quien habla del Santuario en casi la mitad de su libro. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: el ángel le dijo a Daniel que sellara el libro “hasta el tiempo del fin (Daniel 12:4)”. Tenemos sobradas razones para creer que el tiempo del fin comenzó en el 1798, cuando culmina la profecía de tiempo más mencionada en Daniel y Apocalipsis. Por lo tanto, no esperamos que autor alguno del Nuevo Testamento hable de las profecías de Daniel, exceptuando Apocalipsis, que es un complemento de Daniel.

La obra del sumo sacerdote con sus ayudantes en el Santuario consistía en dos faces: el continuo o ministerio diario y el servicio anual. El continuo se llevaba a cabo en el atrio y en el lugar santo. El día de las expiaciones, que se celebraba el 10 del séptimo mes, era el único tiempo en que el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo. Esta fiesta era la única en que se requería que el pueblo se afligiese. Aquel que no cum-pliera esta demanda era cortado de sus pueblos (Vea Levítico 23: 26-31).

Al sonido de la séptima trompeta, la cual creemos comenzó a sonar en el 1844, se habla de que había llegado “el tiempo de juzgar a los muertos (Apocalipsis 11:18)”.

En el próximo verso, Juan nos dice: “El templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se dejó ver en el templo.” ¿Cuándo debían suceder estos dos eventos? Repito: No fue hasta después del 1798 que las profecías de Daniel comenzaron a abrirse. Para el 1831, los Estados Unidos fueron escenario del gran despertar del siglo 19. William Miller comenzó a divulgar sus hallazgos proféticos.

Su prédica llegó a conmover todo el continente. Más de 100,000 norteamericanos aceptaron la inminencia del retorno de Cristo, fijado por Miller para el 1843. Ese año era el momento en que, según Daniel 8:14 el Santuario sería purificado. Miller entendía que en la era evangélica el santuario era símbolo de la tierra y que esta sería purificada por el advenimiento del Señor Jesucristo.

El desenlace de la historia es historia conocida. Miller falló en cuanto al evento que debía suceder al final de los 2,300 años. Pero, ¿y qué de la fecha? Muchos hoy critican a Miller, pero no dan respuesta satisfactoria y razonable sobre esa cifra profética. ¿Es que Dios estaba jugando a la lotería o bingo al darnos estos números?

Creemos que estas citas numéricas están en Daniel y Apocalipsis porque Dios nos da en ellas importantes revelaciones. Creemos que Miller fue pionero en este asunto de las profecías de tiempo.

Cristo debía cumplir todo lo referente al servicio levítico. También habría de cumplir al pie de la letra las profecías de Daniel 8 y 9. Las interpretaciones que nos dan la mayoría de los escritores y predicadores evangélicos son infantiles y obscuras. La Iglesia Adventista es la única institución que tiene respuestas claras y contundentes sobre estos temas proféticos.

El sistema levítico contemplaba que el santuario era contaminado por los pecados del pueblo, simbolizados en la sangre de los animales que era asperjada sobre el santuario.

El servicio anual era realizado para purificar el santuario de los pecados acumulados durante el año. En la era cristiana, según Hebreos, Cristo es “ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre (8:2)”. Puesto que ya no sacrificamos animales, lo que contamina el santuario celestial son nuestros pecados. Cuando hemos aceptado a Cristo, nuestros pecados son perdonados y nuestro nombre es escrito en el libro de la vida, pero, según en el rito levítico, la final expiación se hacía el día anual de las expiaciones, los nombres escritos en el libro dela vida son cotejados. Algunos pasan airosos el escrutinio del juicio. Los que no son vencedores, su nombre es borrado. Eso es lo que nos dice Apocalipsis 3:5. El acto de borrar es un acto de juicio. En el tiempo de las plagas finales, sólo habrán de ser liberados “los que se hallaren en el libro”, entiéndase, el libro de la vida. (Vea Daniel 12:1) Cuando Cristo regrese por segunda vez, ha de venir con el galardón o premio para todos. No habrá de juzgar individualmente a los humanos. Esa fase del juicio tiene que ser realizada antes de que Él venga. (Vea Apocalipsis 22:11,12)

Durante el milenio, en la tierra “desolada y vacía” (Jeremías 4: 23-26), Satanás sufrirá la suerte del Azazel de Levítico 16. El tentador tendrá que cargar finalmente

con los pecados que ha hecho cometer a los hijos de Dios.

A los que contradicen esta posición adventista les sugiero que lean el libro de Levítico. Verán que, aunque los que pecaban y traían sus sacrificios eran perdonados, sus pecados seguían al ser transferidos al santuario. Allí quedaban hasta el día de las expiaciones. Si alguno moría antes del día de las expiaciones, ¿acaso habría de perderse? No. La fe en el sacrificio que había realizado es suficiente, ya que simboliza el sacrificio de Cristo en la cruz.. Pero esto no le quita importancia al servicio del día anual de las expiaciones. En el orden de Dios, cada detalle es importante.

En el 1844 comenzó el juicio con los muertos. Pronto habrá de comenzar con los vivos. Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo. Al ser llamado nuestro nombre de la lista del libro de la vida, nuestro Abogado responderá por nosotros. Si nuestra vida corresponde a nuestra profesión de fe, entonces nuestro nombre quedará en el libro de la vida. Lo contrario nos llevaría a la ruina eternal. Podemos com-prender esto al revisar la parábola de la fiesta de bodas, registrada en Mateo 22:1-14.

Cuando la fiesta estuvo en pleno apogeo, sorprende la visita del Rey para inspeccionar a los convidados. Esta inspección es el juicio pre-advenimiento. Todos somos llamados a la gran fiesta del Evangelio. Todos hemos aceptado las provisiones del plan de salvación de Dios. Pero, ¿y qué de nuestra vida luego de nuestra conversión?

Cada acto nuestro es registrado en el libro de las memorias (Malaquías 3:16). Ningún cristiano tiene que temer al juicio, si cuenta con Cristo, nuestro fiel Abogado. El secreto de la victoria está en nuestra dependencia constante en la justicia de cristo.