La Muerte Y El Infierno

Una de las doctrinas más dañinas que hoy es creída en todo el mundo es la de la inmortalidad del alma. Esta enseñanza se origino en el mismo huerto de Edén. Satanás, usando como su “meduim” la serpiente, habló a la primera mujer, asegurándole que si comía de la fruta del árbol prohibido, no moriría. Esa mentira satánica se dispersó por el mundo, desde la antigua Babilonia, hasta el místico Egipto. Pero fueron los griegos los que más contribuyeron a su dispersión en el mundo occidental.

El gran filósofo heleno Platón se educó en la gran logia blanca de Egipto. Allí tuvo conocimiento de la mitología de esta nación y del libro de los muertos. Al regresar a su patria griega, este notable maestro fundó su academia donde presentaba sus postulados filosóficos. Fruto de su pluma son los libros “La República” y “El Fedón”. En el primero él menciona el símil de la caverna. En ese oscuro lugar el ser humano está atado, obligado a mirar solo hacia el frente,, donde se proyecta una luz que le permite ver las sombras de las cosas que pasan a su espalda. Para ver la realidad, el hombre tiene que morir. Asé el alma se libera y podrá ver las cosas reales y convivir con los dioses y los grandes filósofos que murieron. El estudio de los libros de Platón y otros filósofos griegos llevó a los medievales a creer que “el cuerpo es la cárcel del alma”.

En “el Fedón”, Platón relata los últimos discursos de Sócrates con sus discípulos antes de beber la cicuta que segaría su vida. El maestro indicaba a sus seguidores que no se afligieran por su partida, ya que él estaría en un estado mejor, en convivencia con los grandes hombres y los dioses del Olimpo.

El neoplatonismo entró bien temprano en la iglesia cristiana de los primeros siglos, cuando los líderes eclesiásticos hicieron caso omiso a lo que las Sagradas Escrituras tan claramente dice: “los muertos nada saben” (Eclesiastés 9:6 ). Pablo indica que Dios es “quien sólo tiene inmortalidad” (1Timoteo 6:16), y que Cristo “sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10).

Decir que el ser humano es inmortal por naturaleza es negar la obra de Cristo. Su muerte nos garantiza la vida eterna. Por eso Pablo aconseja a Timoteo: “Echa mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:12).

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se llama dormir a la muerte. Porque eso es justamente la muerte: una separación del cuerpo del espíritu. En el principio, cuando Dios creó a Adán, se nos dice: “Formó pues Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra (la materia), y alentó en su nariz soplo de vida (espíritu), y fue el hombre en alma viviente” (Génesis 2:7). El texto no dice que Dios le dio al hombre un alma, mas bien dice, que, con la unión del espíritu con el cuerpo de tierra, el hombre fue un alma.

El proceso de la muerte es el mismo de la vida, pero invertido. Veamos este texto de Salomón: “Y el polvo se torne a la tierra como era, y el espíritu se vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:7). El muerto no siente nada, está profundamente dormido. Su despertar será cuando venga el Señor, cuando los justos verán cara a cara a Aquel que dio su vida para salvarlos. Esa era la esperanza del patriarca Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha ésta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios, al cual tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro” (Job 19:25-27). En otro texto, el mismo Job dice: “El hombre morirá y será cortado0; y perecerá el hombre, y ¿dónde estará él? Las aguas de la mar se fueron, se agotó el río y se secó. Así el hombre yace y no se tornará a levantar: hasta que no haya cielo no despertarán, ni se levantarán de su sueño (Job 14:10-12). Más adelante, prosiguiendo con el mismo tema, él pregunta y él mismo se contesta: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi mutación. Aficionado a la obra de tus manos, llamarás y yo te responderé” (Id.14,15). La claridad con que este pasaje menciona la resurrección, como el momento en que el justo recibirá su recompensa, es maravillosa.

Se menciona el infierno como un lugar de llamas eternas, donde Satanás está atormentando continuamente los espíritus de los malos. ¿Es que el espíritu tiene materia que puede ser quemada? Algunos usan la parábola del rico y Lázaro para afirmar que hay conciencia en la muerte. Pero lo que Cristo quiere decir con el relato es que es en la vida donde podemos hacer el bien. Luego de muertos ya no podemos hacer nada. Si se ha vivido en opulencia y nos olvidamos de los pobres, lo que queda es un futuro terrible, sin ninguna esperanza. Si fuera cierto esa doctrina, entonces Caín lleva casi 6 mil años siendo castigado en las llamas infernales. La crueldad es peor, cuando tendrá que resucitar, para luego continuar su castigo infinito en las llamas. Cierto que los impíos serán castigados, en lo que la Biblia llama “la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8). Esto no contempla una eternidad ardiendo sin terminar de quemarse, mas bien presenta un aniquilamiento total por el “fuego eterno”. El profeta dice que los impíos arderán como “la estopa” y serán “ceniza” (Malaquías 4:1,3). Después del milenio, Apocalipsis dice : “Y bajó fuego del cielo y los devoró” (Apocalipsis 20:9).

Cristo dijo que la verdad nos habría de libertar (Juan 8:32). Alguien dijo que no hay peor cárcel que la ignorancia. La iglesia es “columna y apoyo de la verdad” (1 Timoteo 3:15). No podemos darnos el lujo de creer mentiras. “Antes, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en aquel que es la cabeza, a saber Cristo” (Efesios 4:15).