Síntomas de la hipocondría. (Wilhelm GRIESINGER)

La neurosis hipocondriaca.


Docencia MIR PSIQUIATRÍA Y PIR PSICOLOGÍA CLÍNICA de Aragón.

 Psicopatología y fenomenología de la corporalidad.

Lugar: Unidad docente del Hospital Miguel Servet de Zaragoza. 

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Docencia residentes mir y pir psiquiatría y psicología de Aragón  

        

        Los síntomas de la hipocondría:

Según la “Patología y terapéutica de las enfermedades mentales”.

De Wilhelm GRIESINGER.

Título original: Die Pathologie und Therapie der psichischen Krankheiten. Primera edición alemana, Leipzig 1845. Segunda edición, Berlín. 1861.

Primera edición francesa, París, 1865.

Primera edición en castellano, Polemos, Buenos Aires, 1.997. 

http://library.psicotecnica.eu/Biblio2VirtueDue.html

 

En  homenaje a Wilhem Griesinger. (1817-1868).

Nacido en Stuttgart 1817. Estudió medicina en Tubinga y Zurich. Con 21 años acabó su tesis sobre difteria. Tras un periplo por París, hizo un internado en el asilo de alienados de Winmenthal (Wurtemberg). Privat-Dozent y profesor en Tubinga, después Titular en Kiel. Viajó a El Cairo (como médico particular del jedive Abbas-Pacha). De regreso a Alemania, en 1854, ostenta la cátedra de clínica médica de Tubinga, y se dedica al hospital de “idiotas” de Mariaberg. A partir de 1860, acepta la cátedra de Zurich, y la dirección de la clínica deBurghölzli (más tarde dirigida por E. Bleuler). En Berlín, sucedió a la cátedra de Romberg.

A mediados del siglo XIX, Griesinger vive el apogeo de la psiquiatría alemana, “romántica” (Heinroth, Reil, Ideler,..). Con 28 años publica su tratado de psiquiatría (Die pathologie und Therapie der psychischen Krankheiten. 1845).

 

“la enfermedad mental es debida al funcionamiento morboso del cerebro, aun reconociendo la falta de lesiones anatómicas”, admite “lesiones fisiológicas”, y reconoce el papel de los conflictos internos, de la “represión” de las ideas y sentimientos (influido por las tesis asociacionistas del filósofo J. F. Herbart).

Defendió la relación entre la ensoñación y los síntomas mentales, que permiten la reaparición de sentimientos reprimidos. Opuesto a toda terapia violenta, hizo mucho por la mejora y organización de los manicomios en Alemania. En Prusia abolió el “Restraint” , e introdujo el uso de peritajes médico-legales de los criminales. 

 


 Capítulo 1: Hipocondría

   La hipocondría, nos dice Griesinger, representa la forma más benigna y más moderada de la enajenación, y ofrece diversas particularidades que la distinguen esencialmente de las otras formas de la melancolía.


    ¿es melancólica la hipocondría?.

      La hipocondría comparte con la melancolía el carácter genérico de abatimiento, de tristeza, de depresión de los sentimientos, de disminución respecto de la energía de la voluntad y de un “delirio” (falsos juicios) correspondiente a la disposición del espíritu; sin embargo, difiere de las mismas de un modo característico debido a que, en la hipocondría, la depresión de los sentimientos afectivos proviene de un sentimiento más o menos intenso de enfermedad física que mantiene constantemente la atención del enfermo altamente despierta; en consecuencia, los falsos juicios se relacionan casi exclusivamente con el estado de salud del sujeto y el delirio de éste gira no sólo alrededor del miedo a tener una enfermedad grave, sino también alrededor de ideas extrañas y no motivadas relativas a la naturaleza, al género y al peligro de esta enfermedad.

       El sentimiento de enfermedad física es general y vago, o bien se resuelve en alguna sensación anómala aislada; a menudo este sentimiento depende de una irritación de los centros nerviosos que proviene de una enfermedad periférica, oscura y oculta del intestino, pero también puede nacer directamente del cerebro influenciada por causas morales (lectura de obras de medicina, contacto frecuente con hipocondríacos).

 Estas sensaciones mórbidas aumentan en la medida en que la atención se dirige hacia ellas y, cuando la enfermedad ha alcanzado un cierto grado de desarrollo, el pensamiento, concentrado en tal o cual órgano puede desplazarlas y hacer que el enfermo las sienta sucesivamente en cada uno de ellos.

       En lo referente a la parte que la inteligencia toma en esta enfermedad, a pesar de esta perversión de los sentimientos y de las falsas concepciones, la razón persiste normalmente por mucho tiempo; incluso las sensaciones y las ideas anómalas son enca­denadas y elaboradas de un modo lógico y consecuente y justi­ficadas por motivos que siguen estando en los límites de la po­sibilidad.

     Debido incluso a la ausencia de confusión propia­mente dicha en la inteligencia, la hipocondría aparece esencial­mente como una locura razonadora melancólíca, de la cual en­contraremos el opuesto correspondiente ‑la locura razonadora (monomaníaca)‑ en los estados de exaltación mental. (añade Griesinger)

 

‑ La hipocondría sólo encuentra realmente su lugar entre las enfermedades mentales, entre las cuales Sauvages y Cullen ya las ubicaban, así como lo han hecho luego Pinel, Esquirol, Georget y Falret; ello se dedu­ce naturalmente de la sintomatología de nuestra afección. Se trata de una perversión de los sentimientos que puede ir desde el grado más bajo hasta el grado más extremo sin cambiar esen­cialmente de carácter; el hipocondríaco puede razonar bien‑, partiendo de falsas premisas, ‑pero ello no significa en absolu­to que la hipocondría no sea un trastorno mental; si bien la mis­ma acompaña o complica a menudo diversas enfermedades crónicas que tienen su asiento en diversos órganos, éste no es un motivo para identificarla ni para confundirla con estas en­fermedades.

 

Síntomas de la hipocondría: ( Patología y terapéutica de las enfermedades mentales.  De Wilhelm GRIESINGER. 1845. )

 


- El cambio de humor en el hipocondríaco:

 En primer lugar, el humor de los enfermos cambia sin motivo exterior; están abatidos, afligidos, atormen­tados, gruñones, tienen una extrema sensibilidad, siempre rela­cionan todo con ellos mismos, todo les molesta y los cansa. En los primeros tiempos, este estado presenta momentos de cal­ma, y los paroxismos que revisten la forma de un humor triste, agitado y desconfiado, o bien de una frescura moral que puede ir hasta el asco por la vida, de una ansiedad que puede ir hasta una desesperación insalvable.

-el sentimiento de enfermedad que atormenta:

Un sentimiento indeterminado pero fuerte de enfermedad atormenta y agita vagamente al en­fermo; todas las partes del sistema nervioso de la sensibilidad pueden ser el asiento de sensaciones mórbidas, a menudo muy dolorosas (hormigueo, frío y calor; al enfermo le parece que arrastra un cuerpo que le es ajeno, que su cabeza va a estallar, que la misma está vacía, que está muerta, etc.), y los sentidos su­periores presentan con frecuencia también una sensibilidad exagerada o, por el contrario, obtusa, y son el asiento de aluci­naciones reales.

Todas las sensaciones anómalas se amontonan siempre en la conciencia, las mismas despiertan y mantienen ideas que se relacionan con la enfermedad, con las diversas for­mas que la misma puede revestir y con su curación; el enfermo escucha todas estas sensaciones, las comenta seriamente y las analiza de acuerdo a la disposición sombría e inquieta que do­mina su espíritu; se convence de que padece enfermeda­des graves, peligrosas y a menudo expresa sus temores con una exageración de la que es a medias consciente y de un modo enérgico e incluso algunas veces pintoresco.

 


- Las ideas delirantes sobre su cuerpo y enfermedades imaginarias:

El enfermo, que por otro lado puede presentar sólo síntomas totalmente insig­nificantes, habla de apoplejía; dice estar medio muerto, que su corazón está disecado o petrificado; sus nervios están como el carbón ardiente (ansiedad), su sangre está que hierve, etc.; tam­bién dice, con gusto, que tiene las enfermedades más graves, o bien enfermedades muy nuevas que nunca existieron, y ello porque para él la gravedad y el peligro de su enfermedad están en relación con la intensidad del sentimiento que lo agobia. A medida que las sensaciones mórbidas se desplazan y cambian de naturaleza, las ideas que el enfermo se hace sobre el asiento y el género de su afección cambian también, y cree que padece sucesivamente todas las enfermedades que conoce.

Estas ideas constituyen un verdadero delirio, las mismas son falsas y pura­mente imaginarias; sin embargo, no ocurre lo mismo respecto de las sensaciones que les sirven de base en relación a estas ideas; las mismas sólo representan el papel de tentativas de ex­plicación.

Encontramos entonces en la hipocondría exactamente el mismo origen, la misma falta de fundamento objetivo, la mis­ma producción subjetiva de las concepciones delirantes que en las otras formas de melancolía y de una locura aún más profun­da. Retírele al hipocondríaco sus sensaciones mórbidas y ya no tendrá enfermedades imaginarias; retírele también a un me­lancólico los sentimientos que lo agitan y lo atormentan, y ya no se creerá perseguido por enemigos, etc.

 En la melancolía misma, los sentimientos anormales de los que proviene el deli­rio también son reales, y encontramos también en esta enfer­medad, al menos al principio, la misma inestabilidad, el mismo cambio brusco de las complicaciones delirantes que en la hipocondría.

 


- La excesiva preocupación por los remedios de su salud.

El hipocondríaco, continuamente preocupado por sus males, intenta por todos los medios controlarlos. A menudo se controla el pulso, la lengua, sus excreciones e incluso con frecuencia en sus excrementos encuentra motivos para tener miedo o esperanza, encontrando a veces una especie de placer en contárselo a todo el mundo por más asquerosos que sean los detalles.

Puesto que tiene un gran deseo de curarse cambia seguido de médico y de tratamiento; intenta informarse leyendo obras de medicina, y entonces cambia de opinión respecto de su enfermedad, atribuyéndose todas aquellas de las que leyó la descripción o de las que oyó hablar; basta con hablar de una enfermedad delante de él para que crea que la padece, y entonces, influenciado por esta idea, siente en los órganos correspondientes algunos fenómenos que nunca había sentido antes.



- El hipocondríaco también se queja de sí mismo, de su excesiva preocupación mórbida:

Lo que preocupa y atormenta al hipocondríaco, no siempre son simplemente los miedos respecto de enfermedades físicas comunes; con frecuencia la participación de su imaginación respecto de la producción de sus sufrimientos no se le escapa, y se queja especialmente de que su personalidad está cambiada, de que está prisionero de sensaciones y de ideas mórbidas, y en particular de una cierta anomalía en la interpretación de las sensaciones sensoriales que hace que, aunque las percepciones se realicen, ya no producen las mismas impresiones.

 

Ver ejemplo de “insight” o introspección en paciente hipocondríaco:

(conciencia de enfermedad en la hipocondría).

Una paciente de Esquirol trató de explicarlo lo mejor que pudo:

 

    "Sufro constantemente, no tengo ni un minuto de bienestar, no tengo ni una sola sensación humana; rodeada de todo lo que hace la vida feliz y agradable, no poseo la facultad de gozar de las cosas y sentirlas; ello se me hizo físicamente imposible. Encuentro amargura en todas las cosas, hasta en las caricias más tiernas de mis hijos; los cubro de besos, pero hay algo entre ellos y mis labios, y esta cosa horrible está entre yo y todos los placeres de la vida. Mi existencia está incompleta; he conservado las funciones y los actos de la vida común, pero en cada uno de ellos me falta algo, me falta la sensación que les es propia y la alegría que les sigue... Cada uno de mis sentidos, cada parte de mi misma está por así decir separa da de mí y ya no puede procurarme ninguna sensación; esta imposibilidad parece depender de un vacío que siento en la parte anterior de mi cabeza y de la disminución de la sensibilidad de toda la superficie de mi cuerpo; me parece que nunca llego, a decir verdad, hasta los objetos que toco... Siento los cambios de temperatura sobre mi piel, pero ya no tengo la sensación del aire en mi interior al respirar... Mis ojos ven, mi espíritu percibe, pero me falta por completo la sensación de lo que veo, etc".

 


-Pérdida de la voluntad en el hipocondríaco:

Voluntad del hipocondríaco:

      En el orden moral, los cambios que sobrevienen por el lado de la voluntad también son bastante sorprendentes; los enfermos están abatidos, pensativos, indecisos; en un grado más elevado, están completamente sin voluntad.

 "Quisiera decidirme, quisiera perseverar, pero el quererlo ya no depende de mí. Siento que si tuviera la voluntad de hacerlo podría arrancarme de esta posición desesperante, pero estoy obligada a dejarme llevar hacia mis sentimientos dolorosos, me siento incapaz de todo, la más pequeña resistencia me parece invencible, etc"


Afectación de la inteligencia en la hipocondría grave:

 De cómo el hipocondríaco se vuelve distraído y desmemoriado:

Tales son las expresiones que oímos con mucha frecuencia en boca de los individuos que padecen hipocondría profunda, como de los que padecen de otras formas de melancolía.

En un grado más elevado de la enfermedad, además de las ideas erróneas sobre las que acabamos de hablar, la inteligencia presenta diversas lesiones; el enfermo está continuamente preocupado por su estado de salud, así como por los medios que podrían aliviarlo, lo cual le da una cierta monotonía a su pensamiento y, en medio de esta preocupación dominante de la consciencia, nada de lo que sale de este círculo de ideas le interesa, todo le es indiferente y se borra rápidamente de la memoria; es por ello que estos individuos son con frecuencia extremadamente distraídos y olvidadizos. Hablan mucho sobre su enfermedad, pero están poco dispuestos a hablar de alguna otra cosa; en consecuencia podríamos decir que la hipocondría nunca es profunda si el enfermo sigue siendo amable y puede intervenir en una conversación.

 

-Casos extremos de demencia por hipocondría melancólica.

 (la pseudodemencia del hipocondríaco melancólico).

La inteligencia y el humor, pueden estar intactos incluso respecto de las circunstancias objetivas, y encontramos una disminución real de la inteligencia, una especie de demencia sombría y triste sólo en los grados extremos de la hipocondría, lo que hace que el enfermo sea casi incapaz de realizar un esfuerzo intelectual.


            - La hipocondría como una forma más de melancolía:

            El conjunto de los trastornos psíquicos que tienen el carácter de la depresión hace de la hipocondría misma una forma de la melancolía.

 

            Ver: melancolía y sus tipos. según textos de J.L. Día :

            . Tristeza. Reacción depresiva y  melancolía. 

            -El hipocondríaco se hace egocéntrico por su egoísmo mórbido.

A pesar de que normalmente la hipocondría tenga en sí mis­ma una cierta especificidad debido al fondo particular alrede­dor del cual giran las concepciones delirantes y a la facultad mucho mayor (que en la melancolía) que tiene el enfermo de controlarse.

La tendencia dominante que tiene el enfermo de relacionar y comparar todo con él, la limitación de pensar sólo en su yo y el egoísmo mórbido constituyen ya el ras­go esencial que denota la concentración del individuo en sí mismo que encontramos en general en la melancolía y algunas veces al inicio de la perversión melancólica.

 

¿Cómo surgen las ideas delirantes en el hipocondríaco?.

Los grados elevados de la hipocondría se transforman gradualmente, debido a la exageración de los sentimientos de ansiedad y también de la fijación de ciertas tentativas de explicación, no sólo en una verdadera melanco­lía, sino también en una demencia parcial o delirio melancólico (el individuo cree que está sometido a una influencia nociva, que está siendo víctima de maquinaciones hostiles, que se lo magnetiza, etc.).

 

            -Complicaciones somáticas en los hipocondríacos:

      ( Patología y terapéutica de las enfermedades mentales. 

       De Wilhelm GRIESINGER. 1845. )

Fuera de los trastornos intelectuales y de las anomalías de la sensibilidad que ya hemos señalado en los hipocondríacos, podemos observar los síntomas mórbidos más variables en todos los órganos, y la comparación que antes se hacía entre la hipocondría como un trastorno crónico del sistema nervioso entero y la fiebre como el estado mórbido agudo más general (Hoffmann), no nos parece impropia.

        - Síntomas físicos en los hipocondríacos:

En efecto, con frecuencia no se hace bien la digestión, la lengua está cargada, el apetito se encuentra exagerado o disminuido; hay constipa­ción y la digestión se acompaña de un desarrollo considerable de gas; este estado provoca una tensión en los hipocondrios y una compresión del diafragma, con opresión.

Con frecuencia en los hipocondríacos encontramos hemorroides, pulsaciones abdominales, palpitaciones de corazón; sufren de congestiones, de jaquecas, su sueño es agitado; con mucha frecuencia tienen una expectoración con abundante mucosidad que viene de la garganta y de la laringe.

 En muchos casos no podemos estar seguros si estos síntomas tan variables, provocados por ciertos trastornos primitivos del intestino, son los que produjeron la hipocondría, o bien hasta qué punto tienen un origen en el sistema nervioso central.

 

- El médico debe explorar siempre al hipocondríaco:

El médico siempre debe proceder a un examen minucioso de todos los órganos accesibles a la exploración; con mucha frecuencia vemos que a lo largo del desarrollo de la hipocondría aparece progresivamente alguna afección visceral que en sus inicios oscuros pudo ser la causa de la enfer­medad mental.

¡ el hipocondríaco también padece enfermedades físicas ¡¡

 


- Origen de la hipocondría: 

( Patología y terapéutica de las enfermedades mentales.  De Wilhelm GRIESINGER. 1845. )

La hipocondría sobreviene de dos maneras diferentes.

-Por una irritación cerebroespinal se­cundaria debida a enfermedades internas a menudo leves (del intestino, del hígado, de los órganos genitales, quizás también de los riñones), enfermedades que dan más bien lugar a un sentimiento general de gran malestar y no a dolores localizados; por un lado, los obstáculos mecánicos para la circulación de las materias contenidas en el intestino, las flatulencias y especial­mente los catarros gastrointestinales, son los que determinan con mucha frecuencia la hipocondría en los individuos sensi­bles y muchas veces de un modo muy agudo.

(Hipocondría por dispepsia y síntomas digestivos)

Las afecciones de los órganos genitales y del sistema nervioso que suceden al “onanismo”, a la blenorragia y a los excesos venéreos, y por último todos los estados de “empobrecimiento” –anemias-  de la san­gre.

(Ver relación entre hipocondría y onanismo, según la literatura clásica)

 

-La hipocondría puede también sobrevenir debido a causas morales:

Algunas circunstancias exteriores pueden llamar constantemente la atención de un individuo respecto de su estado de salud en general o sobre un órgano en particular y provocar de este modo sensaciones mórbidas. Ello se observa en los individuos que leen bibliografía médica, que tienen contacto fre­cuente con hipocondríacos, o bien en tiempos de epidemia, de cólera, etc.

Estos casos son leves y poco frecuentes en relación a aquellos en los que la hipocondría es engendrada por causas morales indirectas tales como las emociones deprimentes, la concentración intelectual exagerada, etc. que provocan trastornos respecto de la digestión, de la circulación, de la hematosis, a partir de los cuales nace la sensación de enfermedad que experimenta el individuo.

-Edad para  la hipocondría:

La hipocondría se observa ya de vez en cuando en la infancia y con mucha más frecuencia también durante la pubertad; es sumamente frecuente en los jóvenes y muy poco común en la gente de edad. La hipocondría es más común en los hombres que en las mujeres; sin embargo, no es raro ver en ellas casos característicos y completos.

-Duración de la enfermedad hipocondríaca:

El desarrollo de esta enfermedad es en general muy lento; a veces presenta remisión. He visto casos en los que la hipocon­dría aparecía, al igual que la manía intermitente, en épocas ca­si regulares con intervalos de varios años. He visto que una mu­jer que padecía hipocondría profunda tuvo una remisión casi completa, la cual sobrevino durante la aparición espontánea de una diarrea intensa con dolores lancinantes en toda la colum­na vertebral.

 

Con frecuencia, cuando la hipocondría tiene un desarrollo muy lento, la nutrición puede seguir siendo buena aún duran­te mucho tiempo, y el enfermo puede tener buen semblante; cuando existe una afección orgánica de las vísceras, el enfermo entra en un período de decaimiento físico generalmente de lar­ga duración (con adelgazamiento, decoloración de la piel, pér­dida considerable de las fuerzas, etc.) y a veces vemos que la per­versión hipocondríaca retrocede al mismo tiempo. Algunas ve­ces también vemos aparecer ciertos fenómenos de apoplejía, de parálisis, o bien la locura reviste progresivamente otra forma, en particular la de la demencia parcial con el carácter de la de­presión. (2)

-Tratamiento moral en la hipocondría.

Con mucha frecuencia llegamos a la curación gracias al tra­tamiento moral y también haciendo desaparecer las causas psí­quicas; también hemos visto que la hipocondría cesa ante la aparición de gota o de fiebre intermitente.

 


Notas:

El autor cita a  Brachet (“Tratado sobre la hipocondría”), y sus casos clínicos sobre hipocondría y parálisis general progresiva. 

 

BRACHET, JEN-LOUIS (1789-1858).   Natural de Givors (Ródano), en 1810. Fue nombrado médico de los Hospitales de Paris y en 1814 lo encargaron de acompañar a Napoleón a la isla de Elba. Regresó a Lyon y fue nombrado médico del Hospital General y Profesor de la Escuela de Medicina. 
Sus investigaciones más personales versaron sobre "Les functions du systéme nerveurx ganglionanaire, et leurs applicatións a la pathologie", pero es especialmente conocido por sus estudios sobre la Hipocondría ("Traité complet de l´hypocondrie y L´Hysterie, 1844"), y aunque sus ideas no fueron muy originales, sin embargo en algunos aspectos puede ser considerado como un antecedente de las observaciones de Charcot sobre la histeria


Ver bibliografía clásica de la hipocondría.

-Dubois, Frédéric (1799-1873)
Histoire philosophique de l'hypochondrie et de l'hystérie , par E.-Frédéric Dubois (d'Amiens),... Deville-Cavellin (Paris) 1833

-Brachet, Jean-Louis (1789-1858)
Traité complet de l'hypochondrie ([Reprod.]) / par J.L. Brachet,... J. B. Baillière (Paris) 1844

-Falret, Jean-Pierre (1794-1870)
De l'hypochondrie et du suicide , considérations sur les causes, sur le siège et le traitement de ces maladies, sur les moyens d'en arrêter les progrès... par J.-P. Falret,... 
Croullebois (Paris) 1822

 

 


    MICHÉA, C-F. Du Délire des Sensations. Paris: LABE (Librarie Faculté de Médicine) 1846. 

Michéa ha citado dos observaciones de delirio hipocondriaco que precedían a los síntomas de la parálisis general.

Sa­bemos –nos dice Griesinger- que la parálisis general es poco frecuente en los jóvenes y en las mu­jeres de clase alta. Por ende, en el caso de los hombres de 35 a 40 años debe­mos temer la invasión de esta afección debido a la hipocondría.

“En este mo­mento, estoy atendiendo a dos enfermos profundamente hipocondríacos en quienes se manifestaron, por medio de trastornos pasajeros del habla y del entumecimiento de un miembro, leves congestiones cerebrales, etc. “

“He visto morir, debido a una congestión cerebral, a un magistrado presa de una hipocondría que había durado más de 18 meses. Supe, luego de la muerte de este enfermo, que el mismo tenía un hermano epiléptico. Hay entonces, se­gún mi opinión, algunas relaciones muy íntimas entre la hipocondría y las afecciones orgánicas del cerebro, y no tendríamos que sorprendernos por la aparición de los fenómenos de apoplejía y de parálisis señalados aquí por Griesinger.

(según texto de Baillarger).

    Jules Baillarger (Montbazon, 1806-París, 1891) Neurólogo y psiquiatra francés. Fue discípulo de Esquirol, quien le confió la dirección del manicomio de Irvy. Describió en la corteza cerebral las estrías que llevan su nombre.

 


Casos clínicos de hipocondría según los clásicos: 

Wilhelm GRIESINGER. Y Brachet J.L. (Traité complet de l´hypocondrie y L´Hysterie, 1844)

 

Observación de casos*:

* Nota del Editor: Se han seleccionado a lo largo de toda la obra los casos clínicos que constituyen, a nuestro criterio, los más ilustrativos de las descripciones del au­tor. Figuran así prácticamente todos los casos relevantes de manifestaciones en­tendidas como psiquiátricas y no así los de enfermedades somáticas como neumo­nías, reumatismo agudo, "fiebres intermitentes", etc, con repercusión psíquica.

 

 


Observación I.

 Hipocondría simple curada gracias al tratamiento mo­ral.

 La señorita H..., de 21 años de edad, con una constitución muy fuerte, pero no muy ordenada, cuya salud presentaba como único accidente una constipación fuerte y constante, de pronto pierde su alegría habitual; se escapa de todas las reuniones, sólo le gusta estar en absoluta soledad. Se la interroga en vano durante todo un año acer­ca de las causas del cambio que se produjo en ella. Finalmente la en­ferma le hace una confidencia a su médico; le confiesa, enrojecién­dose, la causa de su tristeza; tiene siempre del lado derecho una mo­lestia, un malestar en el cual piensa incesantemente. Luego de haber examinado la región enferma, no encontramos nada que nos expli­que la sensación señalada por la enferma. De pronto, ésta nos dice llorando que morirá dentro de poco tiempo, que siente muy clara­mente que sus entrañas van a escaparse a través de sus paredes abdo­minales entreabiertas. El médico se cuidó de combatir esta idea fron­talmente; le dijo a la enferma que en efecto los músculos del abdo­men presentaban una leve separación, pero que ello no era raro y que bastaba perfectamente, para remediar este debilitamiento de la pared abdominal, con llevar un cinto apropiado. La señorita H... lle­vó un cinto y pronto todos los miedos que envenenaban su vida de­saparecieron y la constipación tenaz que tenía desde hacía mucho tiempo también desapareció, lo cual fue muy notable.

 


Observación II.

Conmoción de la constitución e hipocondría por causa moral; curación gracias a una pasión satisfecha. 

La señora N, de 26 años de edad, de una gran sensibilidad tanto física como moral, era madre de tres niños. Su salud era buena cuando la asiduidad y las atenciones de un amigo de su marido encontraron el camino de su corazón. Firmemente posicionada en sus deberes, resistió a la se­ducción de una pasión que le causaba culpa. Guardó su secreto y nadie supo lo que le pasaba, ni siquiera aquel que había hecho na­cer un sentimiento tan violento. Esta presión alteró su salud, se manifestaron palpitaciones con un sentimiento de plenitud en el pecho. Diferentes espasmos indeterminados tuvieron lugar en va­rias partes del cuerpo. Perdió el apetito, comenzó a tener dolores estomacales y punzadas en el pecho. Las ideas más extrañas y graves sobre su salud se le sumaron a las sensaciones reales, al senti­miento que la consumía. Imaginaba tener sucesivamente varias enfermedades, aneurisma, cirrosis y muchas veces tisis pulmonar. Debido al efecto del retorno de esta idea o a que la reacción de la imaginación respecto de los pulmones era más intensa, estos dos órganos se encontraron afectados del modo más inquietante. Opresión, tos, expectoración abundante, fiebre continua, sudores nocturnos, todo ello hizo pensar en una afección tuberculosa y los médicos de la ciudad en que ella vivía, en el norte, la hicieron tras­ladarse al sur. Cumpliendo con estos sabios consejos quiso pasar por Lyon para ver a algunos parientes.

He debido llamarla el día de su llegada y la encontré en un esta­do deplorable, sobre todo porque además de su decaimiento físico, ya muy avanzado, su imaginación se encontraba sumamente afec­tada. Según ella, sufría de manera atroz; sentía como si le clavasen un hierro caliente en la carne, como si la atravesaran con fibras y tironeasen de ellas con tenazas y por otro lado, se quejaba apenas del órgano que parecía estar más comprometido, el pulmón. De­terminé el mismo pronóstico que sus médicos y al igual que ellos, pensé que la estancia en el sur de Francia podía, si bien no curar una enfermedad orgánica que parecía estar ya muy avanzada, al menos frenar el progreso. Pensaba sobre todo que el viaje y el cambio de clima y de hábitos podría alejarla un poco de sus males, procurán­dole nuevas sensaciones y nuevos temas de estudio y observación y, en consecuencia, un poco de distracción.

La señora N partió dos días después. Se quedó durante seis meses en el sur. Esta larga estancia no mejoró su suerte en el aspecto moral ni físico; regresó igual que como se había ido. Si la afección pulmo­nar no parecía haber mejorado, su imaginación, por el contrario, pa­recía mucho más oscura. Todo lo que sentía le parecía mal.

De regreso a París, su estado parecía empeorar. Volvió a ver a la persona que quería.

Esta señora, que hasta ese momento había re­sistido a la seducción, finalmente sucumbió a ella. Al haber enton­ces perdido una virtud de la que estaba muy orgullosa, no guardó ninguna medida; abandonó a su marido y a sus hijos y huyó con su seductor. La vi seis meses después; estaba irreconocible. La belle­za, la frescura y su rostro habían tomado el lugar de un estado veci­no al marasmo. Ya no había tos, ni expectoración, ni palpitación, ni males estomacales, ni dolores, ni enfermedad imaginaria. La pa­sión satisfecha y el placer le habían devuelto la salud y disipado las ideas negras y la hipocondría. (Brachet, De Phypocondrie, p. 69).

 


Observación III.

 Hipocondría producida por una causa moral y mantenida por la superstición; curación gracias al tratamiento moral.

A. M.... mujer activa y trabajadora, pero muy limitada, se lastimó un brazo en una caída; un pastor al que consultó le dijo que "las ve­nas de su brazo se encontraban demasiado dañadas como para que la pudiese curar completamente"; luego consultó a un médico, quien tampoco pudo curarla; se le puso entonces la idea de que po­día tener una vena dañada en el brazo y que, al faltarle una, nunca más podría volver a usar su miembro.

Esta triste idea la perseguía constantemente; estaba apenada, y como le decía a sus amigos que tenía mala suerte, le aconsejaron aplicarse, sobre la herida en la que su vena había sido lastimada, una pata de rana que luego debía arrojar al río. Cuando lo hizo, el ruido del río le quedó grabado en sus oídos. Desde entonces su tris­teza aumentó considerablemente; creía que todos sus sufrimientos eran un castigo de Dios por no haber rezado lo suficiente en su in­fancia y se quejaba de que su padre no la había obligado a rezar más; para reparar su falta rezaba día y noche.

Su hijo, de 23 años, quien tenía una conducta ejemplar y leía li­bros ascéticos, cuidó a su madre con tanto celo, que sus amigos, in­quietos por su salud, intentaron distraerlo un poco. Como era ex­tremadamente tímido, una joven activa y despierta lo tomó con fuerza del brazo para hacerlo sentar. Cuando regresó a su casa le dolía un poco el brazo y su madre, lamentándose, le hizo ver que le había sucedido lo mismo que a ella y que él también tenía una ve­na lastimada. A la mañana siguiente, realmente le dolía mucho más y creía que no podía mover su brazo tan bien como el día an­terior; esta idea se hizo cada día más fuerte; dejó entonces de traba­jar, asegurando que le faltaba un vaso en el brazo y que, en conse­cuencia, no podía hacer absolutamente nada con ese miembro. La madre y el hijo sólo se ocupaban de rezar. De tanto pensar, el hijo llegó a la conclusión de que, como las venas de los dos brazos se co­munican, su otro brazo también debía estar afectado y de hecho creyó que no podía usarlo; al cabo de un año, había caído en un es­tado tal de apatía, que había que vestirlo, desvestirlo y hacerlo co­mer. La melancolía y las ideas religiosas de la madre también au­mentaron; cuando ella encendía un fuego, creía que eran las lla­mas del infierno que estaba encendiendo para ella misma, etc., y la pena era tal que quería quitarse la vida. Lo que alejaba al hijo de la idea de dejarse morir de hambre, eran sólo los buenos consejos de un eclesiástico.

Encontré a estos dos individuos librados a su única ocupación, rezando; el hijo tenía los dos brazos colgando a lo largo del cuerpo, las manos y los dedos extendidos. Se quejaba de no poder darme la mano, porque le faltaba un vaso en los brazos. Me mostró el lugar, y luego de haberlo examinado bien, le dije que efectivamente en ese preciso lugar le faltaba una vena, pero le di la seguridad de que lo curaría.

Puse varias veces mis dedos en el sitio que él me indicaba, luego, agarrándolo bruscamente de la uña del pulgar, corté rápidamente la uña con una pequeña porción de carne, de manera de hacerlo sangrar; luego me puse nuevamente a frotar con fuerza su brazo con mis manos; entonces gritó: "Gracias a Dios, mi vaso volvió". Para convencerlo de que ese vaso ya funcionaba, le mostré la san­gre que corría. Pronto lo obligué a hacer algunos movimientos.

De todos modos, como su madre decía que no era posible que su hijo estuviese curado, porque aún tenía signos de condenación eterna (suciedad en el pecho), lavamos inmediatamente esta sucie­dad y limpiamos la piel. Entonces el hijo, luego de algunas nuevas exhortaciones del eclesiástico, le dio la mano a las personas que lo rodeaban, se desvistió y se volvió a vestir sin ayuda y a partir del día siguiente retomó su trabajo. En cuanto a la madre, cuando estuvo segura de que su hijo se había curado, volvió a trabajar como antes; los dos se curaron en el plano físico y moral. (Berlyn, in Nasse Zeitschr. Fürpsych. Aertze, 1819, p. 363)

 


Observación IV.

Enfermedad del corazón, hipocondría; varias ope­raciones simuladas sin resultado apreciable; estado febril. Curación; re­caída.

Lucie M...., de 50 años, sin disposición hereditaria a la locu­ra, clorótica a los 14 años, casada a los veintidós (dos abortos natu­rales y ocho hijos). Durante su segundo embarazo, experimentó violentos dolores de cabeza y mareos acompañados por delirio; es­tos síntomas recién desaparecieron por completo en el momento del parto. Hace dos meses entró en la menopausia. En 1839, sufre un malestar general, ardor en el estómago, palpitación en todo el cuerpo, con accidentes nerviosos. Poco tiempo después de su en­trada al hospital, de pronto recordó que hacía unos meses había bebido de una fuente en la que había tres arañas. A partir de ese momento, se convenció de habérselas tragado; una gran agitación se apodera de ella y el 11 de febrero de 1.840 entra, con este mismo estado, al asilo de alienados de Tours.

La enferma se queja de sentir hormigueos y picazón por todos la­dos, comezón y palpitaciones en la garganta, en el estómago, en el vientre y en los miembros; tiene zumbido en los oídos, insomnio, mareos, sueños extraños. Sus razonamientos son buenos y sus res­puestas justas; pero, en cuanto se abandona a las aberraciones de su delirio, se anima, se exalta y entonces ya no son sólo arañas que la devoran interiormente, es el diablo, serpientes, bestias de todo tipo que la comen y la destrozan. Leve hipertrofia con soplo en un primer tiempo; pulso duro. (Preparaciones calmantes, digital).

 La enferma se atormenta continuamente y se desespera pensando que nunca se curará. Ponemos arañas en su ropa; la enferma las descubre, pero di­ce que son las madres, que éstas han dejado a sus pequeños y que las siente moverse en su vientre. Cuatro días después utilizamos la mis­ma táctica con el mismo resultado; la enferma asegura que sus ara­ñas se multiplican sin cesar y que ahora tiene de los pies a la cabeza. Alguien intenta demostrarle su profundo error, recibe de su parte los más fuertes insultos y las amenazas más violentas.

Le proponemos entonces a la enferma una operación cuyo re­sultado infalible será quitarle las arañas. La acepta con alegría y ha­bla de su curación con esperanza y confianza. Todo está dispuesto con una cierta solemnidad para impresionar la imaginación de la enferma y, en presencia de varios médicos, practicamos una pe­queña incisión sobre la piel de la espalda; dejamos que algunas de las arañas que habíamos preparado ad hoc corran sobre la cama y le decimos a la enferma que son las que le sacamos; responde que las sintió perfectamente salir de su espalda y se alegra del resultado. De todos modos, como el delirio persiste, estamos obligados a practi­car varias veces estas pequeñas incisiones, practicadas en diferen­tes partes del cuerpo. Se declara una fiebre intermitente; adminis­tramos sulfato de quinina y antiespasmódicos.

Lucie está siempre muy agitada; cada vez que siente dolores inso­portables en todo el cuerpo pide instantáneamente una nueva ope­ración; una vez, se tira por la ventana, pero no se hace daño; otra vez, intenta estrangularse. Finalmente, un día, le declaramos que ya no tiene arañas en el estómago y para convencerla de ello le hacemos dos nuevas incisiones, le pasamos la sonda esofágica y le suministra­mos purgantes. El 9 de septiembre, la enferma atribuía aún a la pre­sencia de las arañas varios fenómenos fisiológicos, tales como los movimientos de elevación y bajada de la laringe, las palpitaciones de las arterias, etc., pero no tarda en dejarse convencer de que todo ello le sucede igual que a las demás personas. Hacia esa época, sobrevie­ne la fiebre con cefalalgia y zumbido de oídos; pero el 18 de septiem­bre todo desapareció y a partir de ese día la enferma se encuentra cal­ma, alegre, expansiva, agradecida y se ocupa de la cocina. La noticia de la muerte de su marido, la cual le fue dada torpemente, le causó mucha pena, pero no dificultó para nada sus facultades intelectua­les. De todos modos, durante el invierno siguiente, que fue muy fuerte, al encontrarse en la miseria, sufriendo frío y hambre, volvió a caer; tenía violentas palpitaciones, estaba muy agitada y durante sus ataques de furor quería matarse. Esta vez, la enferma no fue tratada según su creencia; el aislamiento, las afusiones, las duchas, los nar­cóticos y los purgantes resultaron, con el tiempo, consiguiendo  su restableci­miento. (Extracto de Charcellay, Annal. Méd.‑psic., 1841)

 

 

Extraído de: Patología y terapéutica de las enfermedades mentales.

De Wilhelm GRIESINGER.

 

 

MUY IMPORTANTE:

Texto para uso exclusivo docente.

Para estudio de la psicopatología y fenomenología clásica.

(citar siempre el libro, capítulo y página)

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Hospital Miguel Servet. Seminario de nosología y semiología psiquiátrica.