Análisis de la obra de Ronald D. Laing.  

El yo y los otros "

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 Fenomenología de la conciencia de sí.  

 En homenaje a la obra de R. D.  Laing.

 

LA CONCIENCIA de SÍ, en el uso ordinario del término designa dos cosas.

* Un percatarse de sí por uno mismo.

* un percatarse de uno mismo como objeto de la observación de otro.

 

Dos formas del percatarse del yo: como objeto a ojos de uno mismo y como objeto a ojos de otro, que están estrechamente relacionadas entre sí.

 El individuo esquizoide –o esquizofrénico- se halla frecuentemente atormentado por la naturaleza compulsiva del percatarse de sus propios procesos, y también por la naturaleza igualmente compulsiva del sentido que tiene de su cuerpo como un objeto en el mundo de los otros.

 Este agudizado sentido de ser siempre visto, o, por lo menos, de ser siempre potencialmente visible, puede referirse principalmente al cuerpo, pero la preocupación por ser visible puede estar condensada en la idea de que el yo mental es penetrable y vulnerable, como cuando el individuo siente que uno puede traspasarlo con la mirada y llegar a ver en su "mente", o en su "alma".

De tales sentimientos de "luna de espejo" se habla usualmente con metáforas o símiles, pero en las condiciones psicóticas la mirada o escrutinio del otro pueden experimentarse como una penetración real hasta el meollo del yo "interior".

 

El aumento o intensificación de la conciencia del propio ser, a la vez como un objeto del propio percatarse de uno y del percatarse de los demás, es prácticamente universal en los adolescentes, y está asociado a los bien conocidos acompañantes: timidez, sonrojo y turbación general.

Se invoca fácilmente alguna versión de "culpa" para explicar tal desmaña. Pero, decir que, por ejemplo, el individuo es consciente de sí "porque" tiene secretos culpables (por ejemplo, masturbación) no nos lleva demasiado lejos. La mayoría de los  adolescentes se masturban, y es muy común que tengan miedo a que se les refleje esto de alguna manera en la cara.

Muchas personas que sienten una profunda y aplastante culpa no experimentan una indebida conciencia de sí mismos. Además, por ejemplo, es posible contar una mentira y sentirse culpable por haberla dicho sin tener miedo de que le salga a uno la culpa a la cara, o sin temor a quedar ciego.

 

Ciertamente, es un logro para el niño obtener la seguridad de que los adultos no tienen la posibilidad de saber lo que hace, si no lo ven; que no pueden más que suponer lo que él piensa para sí mismo, si no se lo cuenta a ellos; y que las acciones que nadie ha visto y que los pensamientos "que se ha guardado" no están a la vista de los demás, a menos de que él mismo "se traicione".

 

El niño que no puede guardar un secreto, o que no puede contar una mentira a causa de la persistencia de tales temores primitivos no ha logrado establecer su plena autonomía e identidad. Sin duda, en la mayoría de las circunstancias pueden descubrirse buenas razones para no contar mentiras, pero la incapacidad de hacerlo no es una de las mejores razones.

 

La persona excesivamente consciente de sí, siente que es el objeto del interés de otras personas más de lo que en realidad es.

Tal persona, yendo por la calle, se acerca a la cola de un cine; tendrá que "armarse de valor" para atravesarla: de preferencia, cruzará al otro lado de la calle.

Es una empresa dificultosa para ella entrar en un restaurante y sentarse sola a una mesa. En un baile, esperará a que dos o tres parejas estén bailando antes de atreverse a salir a bailar y así sucesivamente.

 

Es muy curioso que aquellas personas que padecen una intensa angustia cuando actúan o ejecutan algo ante una audiencia no son, de ninguna manera, necesariamente "conscientes de sí" en general, y las personas que comúnmente son en extremo conscientes de sí pueden perder sus compulsivas preocupaciones con este problema cuando ejecutan algo delante de los otros; y ésta es la mismísima situación que, a primera vista, creería uno que es más difícil de resolver para ellos.

Ver conciencia de sí y ansiedad o fobia social”

 


Otros rasgos de tal conciencia de sí pueden señalar a la culpa como clave de la comprensión de la dificultad.

La mirada que el individuo espera que otras personas dirijan sobre él casi siempre es imaginada como si fuese desfavorablemente crítica para él.

Tiene miedo de parecer un tonto, o tiene miedo de que otras personas crean que desea exhibirse.

Cuando un paciente expresa tales fantasías es fácil suponer que tiene un secreto deseo no advertido de exhibirse, de ser el centro de atracción, de ser superior, de hacer aparecer a los otros como tontos, y que este deseo, como está cargado de culpa y de angustia es incapaz de ser experimentado como tal. Por tanto, las situaciones que evocan fantasías en las que este deseo es satisfecho pierden todo placer. Entonces, el individuo será un solapado exhibicionista, cuyo cuerpo ha sido inconscientemente equiparado a su pene. Por tanto, cada vez que su cuerpo se exhiba, la culpa neurótica asociada con esta vía potencial de satisfacción lo expone a una forma de miedo de castración que "se presenta" fenomenológicamente como "conciencia de sí".

 

 


La conciencia de sí en la persona ontológicamente insegura.

Desempeña un doble papel:

 

1. Percatarse de sí mismo y saber que otras personas se percatan de él son medios de asegurarle a él que existe, y también que existen los demás.

Kafka lo  demuestra claramente en su cuento titulado "Conversación con el suplicante": el suplicante parte de la posición exis­tencial de inseguridad ontológica.         

Declara:

"En ningún momento he llegado a convencerme, desde dentro de mí mismo, de que estoy vivo."

La necesidad de alcanzar una convicción de su propio estar vivo y de la realidad de las cosas es, por tanto, el problema básico de su existencia.

Trata de alcanzar tal convicción esforzándose por sentirse a sí mismo como un objeto en el mundo real; pero, como su mundo es irreal, debe ser un objeto en el mundo de algún otro, pues los objetos para las demás personas parecen ser reales, y aún serenos y bellos.

Por lo menos, " ... así debe ser, pues a menudo oigo hablar de ellos a la gente como si lo fueran".

 De ahí que haga esta confesión " ... no te enfades si te digo que el propósito de mi vida es que la gente me mire"

 

Otro factor es la discontinuidad en el yo temporal.

Cuando existe una incertidumbre respecto de la identidad en el tiempo, a veces puede depositarse la mayor confianza en percatarse de uno mismo en el tiempo. Esto ocurre especialmente cuando el tiempo se experimenta como una sucesión de momentos.

La pérdida de un tramo de la serie lineal temporal de momentos, por descuido de la atención al propio yo-tiempo, puede sentirse como una catástrofe.

Dooley (1941) nos da varios ejemplos de este temporal percatarse de sí mismo, que surge como parte de la "lucha de la persona contra el miedo a la extinción" y de su intento de preservar su integridad  contra las amenazas de ser tragado, aplastado, de perder ... su identidad ... ".

Una de sus pacientes dijo:

 

 "Me olvidé de mí misma en el Carnaval del Hielo, la otra noche; me absorbí tanto contemplándolo, que olvidé la hora que era, y quién era yo, dónde me encontraba. Cuando de pronto me percaté de que no había estado pensando en mí misma, sentí un miedo de muerte. Me llegó el sentimiento de irrealidad. No debo olvidarme de mí misma ni un solo minuto. Vigilo el reloj y me mantengo atareada, pues de otra manera no sabré quién soy"

 


2. En un mundo lleno de peligros, ser un objeto potencialmente visible es estar expuesto al peligro de manera constante.

Entonces, la conciencia de sí puede ser un percatarse de sí mismo lleno de aprensión, como si estuviese potencialmente expuesto al peligro por el simple hecho de ser visible a otros. La defensa evidente contra tal peligro es hacerse a sí mismo invisible de una o de otra manera.

El suplicante de Kafka, convierte en la finalidad de su vida el lograr que la gente lo mire, porque con ello mitiga su estado de desperso­nalización, irrealidad y muerte interior. Necesita que otras personas lo experimenten como una persona real viva, porque nunca ha llegado a estar convencido, desde dentro de sí mismo, de estar vivo.

 Esto, sin embargo, envuelve una confianza en la cualidad benigna de la aprehensión que la otra persona tiene de él, que no siempre existe.

En cuanto se torna consciente de algo se vuelve irreal, aunque "siempre sentí que hubo un tiempo en que ellos [los otros] fueron reales y ahora se están desvaneciendo".

No debe sorprendemos encontrar que tal persona habrá de experimentar, en cierta medida, desconfianza respecto de la conciencia que de él tienen otras personas. 

¿Qué pasaría, por ejemplo, si después de todo tuviesen la misma "conciencia fugitiva" de él que él tiene de ellos? ¿ podría él confiar más en su conciencia que en la suya propia para obtener la convicción de que estaba vivo?.  

Muy a menudo, de hecho, el equilibrio se rompe, de modo que el individuo siente que su mayor peligro estriba en ser el objeto del per­catarse de otra persona.

El mito de Perseo y de la cabeza de Medusa, del "mal de ojo", de la alucinación de la existencia de rayos mortales, y así sucesivamente, pueden referirse, a mi juicio, a este temor. (dice Laing)

 

Ciertamente, considerado desde el punto de vista biológico, el hecho mismo de ser visible expone a un animal al riesgo de ser atacado por sus enemigos, y no hay animal que carezca de enemigos.

 El ser visible es, por tanto, un riesgo biológico básico; y el ser invisible es una defensa biológica básica.

Todos empleamos alguna forma de camuflaje.



A continuación una descripción escrita, redactada por una paciente que utilizaba una forma de camuflaje mágico para ayudarse a vencer su angustia, cuando tenía doce años de edad.

 

“Tenía unos doce años.. y debía caminar hasta la tienda de mi padre atravesando un gran parque, lo cual era una larga y pesada caminata. Supongo, también, que sentía miedo. No me gustaba, especialmente cuando empezaba a hacerse de noche. Comenzaba a jugar un juego para ayudarme a pasar el tiempo. Sabe usted, cuando uno es niño, cuenta las piedras o se detiene en los cruces de las rayas del pavimento; pues bien, descubrí esta manera de pasar el tiempo. Se me ocurrió que si me ponía a mirar durante largo tiempo a lo que me rodeaba llegaría a fundirme con ello, y a desaparecer tal como si el lugar estuviese vado y yo me hubiese desvanecido. Es como cuando se pone uno a pensar que no sabe quién es, ni dónde se encuentra. Se trata, por así decido, de fundirse en el paisaje. Luego, empieza uno a tener miedo, porque comienza a ocurrir lo mismo sin que uno lo provoque. Solía estar caminando y comenzar a sentir que me había fundido con el paisaje. Luego, me llenaba de miedo y empezaba a repetir mi nombre una y otra vez, para volver a la vida, por así decido”.

 

Puede ser que tengamos aquí lo análogo biológico de muchas angustias provocadas por ser evidente, por ser fuera de lo común, por ser distinto, por llamar la atención sobre uno mismo, en las que las defensas empleadas contra tales peligros consisten muy a menudo en intentos de fundirse con el paisaje humano, de hacer lo  más difícil posible que los demás vean en qué forma uno difiere de cualquier otra persona.

 

Oberndorf (1950), por ejemplo, ha indicado que la des­personalización es una defensa análoga a "hacerse el muerto".

Ver estas defensas, con algún detalle, en el caso de Peter (capítu10.  VIII).

  Trastornos disociativos, de despersonalización y desrealización. 


Ser como todos los demás, ser algún otro distinto de uno mismo, desempeñar un papel, ser incógnito, anónimo, no ser nadie (psicóticamente, pretender que no se tiene cuerpo) son defensas que se lle­van a cabo con gran cuidado en algunas condiciones esquizoides y esquizofrénicos.

El autor cita  los casos de James, David, la señora D., y otros.

Al fundirse con el paisaje, perdía su identidad autónoma; de hecho perdía su yo y era precisamente su "yo" el que corría peligro al encontrase solo al caer la noche en un lugar desierto.

¡¡ La expresión más general de este principio es que cuando el riesgo consiste en la pérdida de ser, la defensa estriba en caer en un estado de no-ser, con la íntima reserva, sin embargo, presente constantemente, de que este caer en el no-ser es un puro juego, un puro simular. ¡¡

 


Como escribe Tillich (1952, p. 62):

"la neurosis es la manera de evitar el no-ser evitando ser".

 Neurosis is the way of avoiding nonbeing by avoiding being.” Paul Tillich.

            An examination of tillich's theory of anxiety and neurosis, RD Laing.

 

Lo malo es que el individuo puede descubrir que la simulación ha consistido en simular y que, de una manera más real de lo que quería, ha caído realmente en ese estado de no-ser que le inspiraba tanto temor, en el que ha quedado despo­jado de su sentimiento de autonomía, de realidad, de vida, de identidad, y desde el cual quizá no le sea posible recuperar de nuevo su apoyo "en" la vida, mediante la simple repetición de su nombre.

 

La "conciencia de sí" está envuelta en esta paradoja.

- “El yo teme, y a la vez suspira, por un real estar vivo”.

-“ El yo teme vol­verse vivo y real, porque teme que al hacerlo se eleve a la potencia inmediatamente el riesgo de aniquilación”.

La conciencia de sí es aquello en lo que se confía para ayudar a sustentar la precaria seguridad ontológica del individuo.

Esta insistencia en per­catarse, especialmente en percatarse del yo, se ramifica en muchas direcciones.

- el histérico parece compla­cerse en ser capaz de olvidar y en "reprimir" aspectos de su ser.

- el individuo esquizoide trata característicamente de lograr que su per­catarse de sí mismo sea lo más intenso y lo más amplio posible.

 

Sin embargo, se ha señalado cuán cargado de hostilidad es el auto-escrutarse a que el individuo esquizoide se sujeta a sí mismo.

 El individuo esquizoide (y esto puede decirse con mayor razón del esquizofrénico) no se calienta al sol de un amoroso mimarse a sí mismo.

Muy impropiamente, el auto-escrutarse es considerado como una forma de narcisismo. Ni el esquizoide ni el esquizofrénico son narcisistas en este sentido.

Como decía una esquizofrénica (véase, p. 200) le quemaba el resplandor de un sol negro.

--nos dice Laing:  

El individuo esqui­zoide vive bajo el sol negro, el ojo maligno de su propio escrutarse. El resplandor de su percatarse de sí mismo mata su espontaneidad, su frescura; destruye toda alegría. Todo se marchita bajo sus rayos. Y sin embargo, aunque en el fondo no sea narcisista, está compulsiva­mente preocupado con la constante observación de sus propios pro­cesos mentales y corporales.

El individuo esquizoide despersonaliza su relación con­sigo mismo.

Es decir, transforma la viviente espontaneidad de su ser en algo muerto y sin vida, al inspeccionarlo. También hace lo mismo a otros, y teme que se lo hagan a él (petrificación).

Nos hallamos ahora en situación de indicar que aunque no teme estar muerto y sin vida -como dijimos, teme estar realmente vivo­, también teme no seguir teniendo conciencia de sí mismo.

Percatarse de su yo es todavía una garantía, una seguridad de su existencia conti­nuada, aunque quizá tenga que vivir una muerte-en-vida. La con­ciencia de un objeto amengua su peligro potencial. Así, la conciencia es un tipo de radar, un mecanismo para escudriñar. Puede sentirse que el objeto está dominado.

Como un rayo mortal, la conciencia tiene dos propiedades principales: su poder de petrificar (de convertir en piedra: de convertirse a sí mismo o al otro en cosas); y su poder de penetrar.

 

De tal modo, si es en estos términos como se experimenta la mirada de otros, hay un constante temor a ser convertido en la cosa de algún otro, a ser penetrado por él, y un sentimiento de estar sujeto al poder y al dominio de algún otro. La libertad, entonces, consiste en ser inaccesible.

 

El individuo puede tratar de prevenir estos peligros convirtiendo al otro en piedra. Desgraciadamente, como una piedra no puede verle a uno, uno se convierte, en tanto que los demás han sido reducidos a cosas a los ojos de uno, en la única persona que puede verle a uno mismo. El proceso oscila ahora en la dirección contraria, y culmina en el anhelo de deshacerse de la anonadadora e intolerable conciencia de sí, de manera que la perspectiva de ser una cosa pasiva, penetrada y dominada por otro puede mirarse como un alivio apetecible. En tal oscilación no hay una posición de paz, puesto que el individuo no puede elegir entre opciones factibles.

 


La persona "consciente de sí" está atrapada en un dilema.

 

- Quizá necesite ser vista y reconocida, a fin de mantener su sentimiento de realidad y de identidad. No obstante, al mismo tiempo:

 - El otro representa una amenaza a su identidad y realidad.

Uno descubre que se emplean esfuerzos extremadamente sutiles a fin de resolver este dilema en términos del yo secreto interior y de los sistemas del falso-yo beha­viorales “conductuales”  ya descritos.

 

James, por ejemplo, siente que "las demás personas me proporcionan mi existencia". A solas, sentía que estaba frío y que no era nadie.

"No puedo sentirme real a menos de que esté en compañía de alguien ... ".

No obstante, no se siente a sus anchas con otra persona, porque se siente "en peligro" cuando se halla con otro, lo mismo que cuando está consigo mismo. Por tanto, se ve empujado a buscar compañía, pero nunca se permite ser "él mismo" en presencia de algún otro.

 

Evita la angustia social no estando nunca realmente con otros.

Nunca dice exactamente lo que piensa, ni piensa lo que dice.

El papel que siempre desempeña no es totalmente él mismo.

Procura reír cuando piensa que un chiste no es gracioso, y pone cara de aburrimiento cuando está divertido.

Hace amistad con personas a las que realmente no quiere, y es frío con aquellos con quienes le gustaría "realmente" hacer amistad.

Por tanto, nadie lo conoce real­mente, ni lo comprende.

 Puede ser con seguridad él mismo, sólo en el aislamiento, aunque con un sentimiento de vacío y de irrealidad, con otros, juega un complicado juego de simulaciones. Siente que su yo social es falso y fútil.

 Lo que más anhela es la posibilidad de "un momento de reconocimiento", pero siempre que ocurre esto, por casualidad, cuando accidentalmente "se ha traicionado a sí mismo", se siente lleno de confusión y de pánico.

 

Cuando más oculto, escondido, no-visto mantiene a su "verda­dero yo", y cuanto más ofrece a los otros un falso frente, tanto más compulsiva se vuelve esta falsa presentación de sí mismo.

Parece ser en extremo narcisista y exhibicionista. De hecho, se aborrece a sí mismo y le aterra revelarse a sí mismo a los otros.

En vez de esto, exhibe compulsivamente a otros lo que considera que son unos puros adornos extraños; se viste ostentosamente, habla en voz alta e insis­tentemente.

De manera constante llama la atención sobre sí mismo, y, al mismo tiempo, aparta la atención de su yo. Su conducta es compulsiva.

Todos sus pensamientos están dirigidos al miedo a ser visto.

Suspira por ser conocido. Pero, por otra parte, esto es también lo que más teme.

 


Aquí el "yo" se ha convertido en una invisible entidad trascendente, que sólo él mismo conoce.

 El cuerpo en acción ya no es la expresión del yo.

El yo no es puesto en acto en y a través del cuerpo. Es distinto y disociado.

 

El significado implícito de las acciones de la señora R. (p. 50) era el siguiente:

"Soy solamente lo que otras personas piensan que soy."

 

James recurrió a la posibilidad opuesta.

"No soy lo que todo el mundo puede ver."

Su aparente exhibicionismo es, por tanto, una manera de evitar que la gente descubriera qué era, o quién era lo que él, realmente, pensaba que era.

 

El adulto no puede utilizar ni el ser visto ni el ser invisible como defensa estable contra el otro, puesto que cada uno de ellos guarda peligros propios, a la vez que proporciona su propia forma de seguri­dad.

 


Los niños suelen jugar a ser invisibles y a ser vistos.

Este juego tiene algunas variantes. Puede jugarse a solas; delante de un espejo; o con la complicidad de adultos.

..ver famosa descripción, del caso de Freud (1920) del juego del niño con el carrete y la cuerda, ...

el niño había encontrado un método de hacerse desaparecer a sí mismo, había descubierto su imagen en un espejo que no llegaba hasta el suelo de manera que el niño, agachándose, podía hacer que su imagen en el espejo "se fuera". ...

como cree Freud, al hacerse desaparecer a sí mismo, al no poder ver su imagen en el espejo. Es decir, si no podía verse a sí mismo allí, él mismo se habría "ido"; de tal modo, estaba empleando una presuposición esquizoide con ayuda del espejo, en virtud de la cual había dos "él", uno allí y otro aquí. Es decir, al superar o tratar de superar la pérdida o ausencia del otro real, ante cuyos ojos vivía y se movía y tenía su ser, se convierte en otra persona para sí mismo, que podía mirarlo a él desde el espejo.

 (ver texto completo).

 

El autor aprovecha para destacar el papel del vínculo madre-hijo en la génesis del yo:

...”Si es así, el miedo a ser invisible, a desaparecer, está estrechamente asociado al temor de que su madre desaparezca. Al parecer, la pérdida de la madre, en una determinada etapa, amenaza al individuo con la pérdida de su yo. La madre, sin embargo, no es simplemente una cosa que el niño puede ver, sino una persona que ve al niño. Por tanto, yo sugiero que un componente necesario en el desarrollo del yo es la experiencia de uno mismo, como una persona, bajo la mirada amorosa de la madre. El niño común vive continuamente bajo la mirada de adultos. Pero ser visto es simplemente una de las innume­rables maneras en que se presta atención al ser total del niño. Se le atiende cuando se descubre su presencia, cuando se le mima, se le arrulla, se le abraza, cuando se le tira al aire, cuando se le baña: se manipula su cuerpo hasta un grado que no volverá nunca a repe­tirse".


Caso clínico del autor. 
La enfermedad de un hombre ocurrió cuando al mirarse en un espejo vio a otro en él (de hecho, su propia imagen): "él".

"El" habría de ser su perseguidor en una psicosis paranoide.

"Él" era el instigador de un complot  para matarlo (es decir, al paciente) y el pa­ciente estaba decidido a meterle un balazo a "él" (es decir, a su yo alienado).

(excelente descripción fenomenológica)

 

Una versión. mágica del juego del escondite.

Laing describe el juego de sus hijos:

“A los dos años y medio de edad, una de mis hijas jugaba un  juego semejante. Tenía que cubrirme los ojos con las manos a la orden de "no nos veas". Luego, a la orden de "me ves", tenía que apartar repentinamente mis manos y expresar sorpresa y deleite por verla. También tenía que mirarla y pretender que no podía verla. Me han hecho jugar este juego otros niños. No se trata de no verlos hacer algo malo. Parece que todo estriba en que el niño se experimente a sí mismo, transitoriamente, como si no fuese visto. No se trata de que el niño no me vea a mí. Uno observa, también, que no se pro­duce en el juego una separaci6n física real. Ni el adulto, ni el niño, en este juego tienen que esconderse o desaparecer realmente.

 


Fenomenología la conciencia del yo en el niño y los  miedos infantiles.

Laing explica desde esta postura los miedos infantiles.

El miedo a la oscuridad.

 

(muy bello)

--“El niño que llora cuando su madre desaparece del cuarto se ve amenazado con la desaparición de su propio ser, puesto que para él, también percipi es esse.

Esse est percipi (“ To be is to be perceived ”) George Berkeley

 Sólo en presencia de la madre es capaz de vivir y moverse y tener su ser plenamente.

¿ Por qué quieren los niños que les dejen la luz encendida en la noche, y por qué quieren que sus padres estén con ellos hasta quedarse dormidos?

El niño se asusta cuando ya no se puede ver a sí mismo, o sentir que es visto por algún otro, u oír a otros y ser oído por ellos.

 

El dormirse consiste, fenomenológi­camente, en una pérdida de la conciencia que uno tiene de su propio ser, así como del percatarse del mundo. Esto, en sí mismo, puede ser aterrador, de manera que el niño necesita que otra persona lo vea o lo oiga mientras va perdiendo la propia conciencia de su ser al irse quedando dormido.

 

 En el sueño, la luz "interior" que ilumina al propio ser está apagada.

 Que le dejen encendida la luz no sólo le da la seguridad de que si despierta no habrá terrores en lo oscuro, sino que le proporciona una seguridad mágica de que durante el sueño está siendo vigilado por presencias benignas (padres, hadas buenas, ángeles de la guarda). Peor todavía, quizá, que la presencia posible de malas cosas en lo oscuro, es el terror de que en la oscuridad no hay nada ni nadie.

No tener conciencia de uno mismo, por tanto, puede equi­pararse a no existir.

El individuo esquizoide se asegura a sí mismo de que existe por tener siempre conciencia de sí mismo. Sin embargo, es perseguido por su propia penetración y lucidez. (al igual, un paciente obsesivo)

 

La necesidad de ser percibido, por supuesto, no es asunto pura­mente visual.

Se extiende a la necesidad general de que otro respalde o confirme la presencia de uno, a la necesidad de que se reconozca la existencia total de uno; a la necesidad, en efecto, de ser amado.

Así pues, las personas que no pueden alimentar desde sí mismos el sentimiento de su propia identidad o que, como el suplicante de Kafka, no poseen la íntima convicción de estar vivos, pueden sentir que son personas vivas reales solamente cuando otros las experimen­tan en cuanto tales, como era el caso de la señora R. (p. 50), que se veía amenazada de despersonalización cuando no podía ser reconocida, o cuando no podía imaginarse ser reconocida y correspondida por alguien que la conociese lo suficientemente bien como para que su reconocimiento y su responderle tuviesen significación.

 

La necesidad que sentía de ser vista se basaba en la ecuación:

 "soy la persona que las otras personas saben y reconocen que soy ".

Necesitaba la confortación tangible de la presencia de otra persona que la conociese, en cuya presencia sus propias incertidumbres, acerca de lo que ella podía ser,  se apaciguaban transitoriamente.

 

¡¡Extraordinario¡¡ .

 

Recordar, leer el texto seminal de Roland D. Laing.

Sólo para estudio fenomenológico.

      “El yo y los otros”. Self and others .

       F.C.E. 1969.

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 ¡ esto no está en el DSM - 5 ¡ ¡  esto es fenomenología ¡