Uno llega a los cincuenta mortalmente herido,
ajeno a las fotografías y a los embelesos, al rumor
tenue de los pies descalzos.
Uno lee relatos de antaño. Lee analíticas, prospectos y prescripciones.
Uno deviene sus diagnósticos, sus hematíes a la
baja, sus cartílagos gastados, su falta de hierro.
¿Está la pátina en el espejo o en la mirada? Nada
nos describe mejor que todo lo que no dijimos.
Y así, uno avanza, por el desfiladero de sus dudas.
Inmortal, a pesar de todo.
A pesar de tanto, y sin embargo.