Tomar la decisión de correr nuevamente el maratón de la Ciudad de México no fue fácil ni rápida. Tomó casi 10 meses después de haber cruzado la meta en el 2018. Por qué regresar, por qué volver a pasar por el dolor y el desgaste, por qué dedicar horas y kilómetros a un entrenamiento, ... porque lo disfruto, porque me representa, porque me llena, porque me hace sentir invencible.
Tomé la decisión el 14 de junio. El entrenamiento comenzó el 16 de junio. Empecé con toda mi dedicación y voluntad. Cada movimiento, cada metro corrido, cada alimento ingerido era con toda la conciencia de querer llegar bien, entera, fuerte y verme cruzar nuevamente esa meta que me hace sentir invencible.
Como siempre, mis planes en el trabajo se ven afectados por la ocurrencia de algún(os) sismo(s). Esta vez tocaron sismos en la Ciudad de México. No he tenido la oportunidad de trabajar con sus datos, pero alteraron mis planes y actividades. Mi dinámica tuvo que ajustarse. Mi cuerpo sintió la diferencia y reclamó como lo ha estado haciendo en el último año, con colitis.
Como con el maratón toca no dejar nada al azahar, fui a mi revisión médica a finales de julio. El médico me ha pedido que no fuera muy pegada a la fecha, pues ya no tendría oportunidad de ajustar mis niveles. Pasé con felicitaciones la evaluación. Los indicadores en sus mejores niveles en años. El entrenamiento en un mes ya estaba dando muy buenos resultados. Mi cuerpo se estaba transformando. Lo sentía en mi energía, en mi soltura, en todo. Y se estaba reflejando en algo tan contundente como los análisis de sangre.
Esto vino de la mano con la otra evaluación, el medio maratón de la Ciudad de México. Mi resultado fue sorprendente. Desde 2016 no lograba el tiempo que hice. Había bajado al menos 20 minutos a mis últimos tiempos y 15 a lo que esperaba hacer en el medio del Día del Padre. Eso me hizo sentir fuerte y esperanzada de poder bajar de las 6 horas en este maratón.
Continué con el entrenamiento, cuidado, alimentación. Abandoné las papas con salsa valentina, los esquites, los churros, y todos mis antojitos que me como cuando no tengo que bajar de peso para el maratón. Tal vez no parezca mucho, o muy difícil. Para mí lo es. La comida, sobre todo esas "golosinas", son una forma de desahogar mi ansiedad. Cuando estoy estresada, es la forma que mi mente ha encontrado para satisfacerse. Por supuesto tiene consecuencias desfavorables en mi cuerpo, pero hacer entender eso a mi mente no ha sido fácil. La lucha es continua y en general la pierdo. No así cuando me preparo para el maratón. Las luchas internas por evitar comer lo que no debo y mantener una dieta precisa son campales. A veces pierdo, pero definitivamente las batallas ganadas son por mucho más que las perdidas. Esto sólo pasa en temporada de entrenamiento para el maratón. Tengo un propósito y eso ayuda.
Las últimas tres carreras largas fueron muy buenas. Repartí los kilómetros entre Frijolita, Kate y los menos sola. Compartí el camellón con otros corredores que el año pasado y éste también se estaban preparando para el maratón. Es como la cita que no puedes faltar. Nos echamos porras con la mirada, con un pequeño movimiento de cabeza y una sonrisa. Probé las estrategias de hidratación y de recarga de energía, me había decidido por las gomitas. La primera prueba falló, pues no parecieron suficientes tres gomitas, así que probé con cinco cada 5 kilómetros. Esa dosis funcionó mejor. Con tres, en el kilómetro 25 empezaron los pensamientos traicioneros y derrotistas. Con 5, nunca llegaron. Es impresionante darte cuenta de cómo funciona tu cuerpo y tu cerebro. Aprendes a reconocer los falsos dolores y pensamientos negros producto de una mala hidratación o falta de azúcar, de los verdaderos dolores que empieza a experimentar tu cuerpo como resultado del esfuerzo.
Mi última carrera larga fue de 32 kilómetros efectivos. Me sentí bien y lista para los 10 adicionales. Frijolita me acompañó 14 y Kate otros 14, me tocó 4 sola. A dos semanas del gran día, me declaré lista. Me sentía fuerte. Mi mente estaba en la meta. Empezó a bajar la intensidad en el entrenamiento. El domingo previo fue una carrera "corta" de 16 kilómetros. De verdad se me hizo corta. Creo que a Frijolita y a Kate también.
Para el lunes comenzó otro ataque de colitis con todo lo que daba. Sí, no había podido controlar el estrés del trabajo. Supongo que 16 km y la baja en la intensidad del entrenamiento hicieron que no fuera suficiente para liberar el estrés. Mi vientre se inflamaba y el malestar estaba presente.
El jueves tuve mi sesión de nutrición. Todo parecía en orden. Había logrado bajar los kilos realistamente propuestos. Mis rodillas no sufrirían tanto. Revisé la estrategia de carga de carbohidratos, la cual empezaba ese mismo día, la de alimentación durante la carrera y la de hidratación. Llevaba mis notas conmigo y repasaba en mi cabeza todos los pormenores. Comencé pues con la carga de carbohidratos. Ese día comí un cuernito de atún, podría echarle la culpa de lo que siguió a eso, pero creo que tuvo más que ver con la colitis. Todo iba bien, pero mi vientre me reclamaba en cada oportunidad, como lo había estado haciendo toda la semana. Había cenado a las 9 pm. Para las 9:30 comenzó el vómito. En un par de horas saqué desde la comida, colaciones de la tarde y hasta la cena. Mi garganta quedó irritada. Me sentía débil por la mañana. Procuré enfocarme en la hidratación. Quería hacer la carga de carbohidratos, pero no tenía ganas de comer. Comí a regañadientes y no logré comer todo lo planeado. El viernes me sentía con malestar general, pero nada de preocupación. Pensé que sería el desgaste del vómito y con un buen descanso esa noche lograría recuperarme.
El viernes me salí a las 4 pm de la oficina para ir por mi paquete de corredor. Empecé entonces a sentir un poco de dolor de cabeza, así que cuando llegué a casa tomé un iboprufeno y procuré descansar. En la expo no iba con mi mejor humor, pero me encontré con mi amiga Norma y disfruté verla y platicar con ella. Entre las múltiples cosas que platicamos, me contó como previo a un maratón había tenido diarrea y había logrado correrlo. En ese momento no pensé mucho en ello, excepto en lo complicado que debió de haber sido.
Llegó el sábado, desayuno con la familia. No logré terminarlo pues me sentía llena. Así fueron mis tres comidas, no pude hacer las colaciones. Dimos los últimos detalles para que el hombro no diera lata. Terminando la comida el vientre se inflamó nuevamente. El malestar regresaba. Cené a regañadientes. Eran 9:30 pm y estaba lista para dormir. Excepto que un fuerte cólico no me lo permitió. Corrí al baño. La diarrea había empezado. Fueron 5 horas de diarrea. Cólicos seguidos por carreras al baño cada hora al menos. Dormía entre sesión y sesión, pero no parecía suficiente. A las 3:00 am vi por última vez el reloj. Dormí de corrido dos horas, por lo menos hasta que sonó el despertador a las 5:00 am. La hora había llegado. Por un minuto, mientras abría los ojos, pensé en no ir.
Mi mente hizo todo un análisis en ese minuto. Norma había podido, yo no sabría si hubiera podido si no iba. Así que me levante sin dudarlo y seguí mi rutina de preparación. Raúl se levantó a prepararme mi sandwich. No quería comerlo. Me daba asco tan sólo pensar en morderlo. Pero Raúl me insistió que no podía ir con el estomago vacío. Con muchos trabajos y sin nada de ganas, logré ingerirlo, excepto por la última mordida que preferí darla a Frijolita. Estaba lista. Me preparé un gatorade y me lo fui tomando poco a poco en el carro, con la esperanza de rehidratarme un poco.
Antes de salir pasé un par de veces más al baño, ya no era diarrea, sino lo normal suelto previo a una carrera. Esto sí parecían los nervios normales de la carrera. Pasé a dejar mi sudadera a la porra oficial. El sábado habíamos acordado los puntos y las horas en la que nos veríamos. Sería el primer maratón en el que la porra oficial no estaría completa. Mi papá ya no puede con esos trajines. Así que tras dejar la sudadera, pasé con él para que me diera mi besito y me echara mis porras.
Raúl me llevó. Me dejó hasta donde se pudo llegar en auto, a la esquina de Eje 10 y Universidad. De ahí a caminar al estadio. Esta vez se recorría ese camino en sentido contrario. Parecíamos hormigas. Eran ríos de gente. Había un espíritu de hermandad, de camaradería, de alegría, todos transpirábamos emoción y temor al mismo tiempo. Se platicaba con el desconocido, pero con el que se identifica uno por el mero hecho de estar ahí. Yo caminaba lento. Sentía debilidad en mis piernas, que al mismo tiempo las sentía fuertes.
Llegando al estadio, pasé nuevamente a mi regular visita al baño. De ahí a mi corral. Ahí compartí con los que se encontraban a mi alrededor. Una chica a quienes sus papás acompañaban. Era su primer maratón, los padres se veían emocionados, pero claramente preocupados. Le daban todo tipo de consejos. Llegó una señora, calculo cerca de los 70 años. Era su primer maratón. Había hecho su primera carrera de 30 km tres fines de semana atrás. Estaba emocionada y hablaba sobre su estrategia de ir a su ritmo. A mi lado, un señor que estaba en su tercer maratón. Recomendaba no comerse la bajada para no quemarse, pues ahora la ruta era en sentido contrario y la bajada podía hacernos correr más rápido. Escuchamos y nos emocionamos con el himno. El primer disparo había dado la salida al primer grupo. A esos guerreros que nos muestran que no hay límites, al menos no físicos. El segundo disparo nos dijo que salían las mujeres elite. Con el tercero arrancaron los hombres elite y el primer pelotón. Después de un rato empezamos a avanzar. En ese avance, varios aprovechamos para ir por última vez al baño.
Regresé al corral y seguíamos avanzando. El cuarto disparo había dado salida al pelotón intermedio. Sólo quedábamos los últimos. Recibí el mensaje de la porra oficial, mi mamá. Estaba en posición en el kilómetro 2. Lista para verme pasar. Seguimos avanzando y teníamos cerca el arco de salida. Llegó la hora. Vino el conteo final y sonó el disparo. Después de algunos minutos caminando llegué a la salida. Vi a las autoridades a mi izquierda, saludando a la gente y tomándose fotos con quienes lo solicitaban. Puse la música, activé Runtastic y arranqué.
Efectivamente, tocaba cuidar el paso. La estrategia era correrlo un kilómetro a la vez, uno lento y uno rápido. Esa estrategia era con la que había entrenado. Parecía funcionarme para mejorar mis tiempos y me daba momentos de recuperación y descanso. Mi primer kilómetro fue relativamente lento. Tocó cuidar que la bajada no me jalara de más. El segundo kilómetro tocaba hacerlo rápido, así que apreté el paso. Sin dejarme ir para no lastimar las rodillas ni exagerar en el esfuerzo, pero sí rápido. Además, al término de ese esfuerzo estaría la porra. Ahí estaba. Lista con el teléfono para las fotos, con las manitas para hacer ruido, y con el pulmón listo para el grito. Por supuesto ya había organizado a los vecinos para echar la porra cuando pasara. Me llené de energía y continué con un kilómetro tranquilo.
La mañana del sábado había preparado la tabla de tiempos kilómetro a kilómetro. Lo que me permitió visualizar la ruta y la estrategia. Cada marca de kilómetro era revivir ese momento en la sala con mi padre estudiando la ruta. Me daba seguridad y me permitía visualizar mi siguiente meta, el siguiente kilómetro.
Insurgentes, a diferencia de las otras ediciones, no estaba tan llena de gente. Había suficiente para mantener las porras de manera continua, pero no como cuando se trataba de la recta final. Llegamos a la Glorieta Insurgentes. De ahí a la Condesa. Resulta que correr las calles en sentido contrario no es sólo el sentido. Las piernas están acostumbradas a las inclinaciones en el sentido de los autos. Se sentía diferente el correr con la inclinación en el otro sentido. La Condesa se me hizo menos pesada que en las anteriores, claro, apenas llevaba 10 km cuando entré ahí, a diferencia de los 27 de las sesiones anteriores.
Al salir de la Condesa empecé a sentir mi cuerpo raro. Intentaba no pensar en ello. Empece a sentir sed antes de la marca de los 15 km. Llegué a Reforma. Estaba repleto de gente. Seguro Allen estaría a poca distancia a mi derecha, pero a mi me tocaba ir a la izquierda y recorrer 15 kilómetros más antes de encontrarlo. Tanta gente se veía espectacular, las porras al cierra se antojaban como las de Insurgentes. Por lo pronto, del lado por el que iba, no había tanta gente. Justo en eso estaba cuando empezaron las nauseas. Quería vomitar. Me lo pedía el cuerpo. No le quería hacer caso. Había cruzado la marca del kilómetro 16. Pero no, no me dejaba esa sensación. Entonces paré y empecé a caminar. Intentaba respirar profundo y concentrarme en que se pasara esa sensación. No pasaba y empezó a acompañarse de escalofrío. En ese momento comprendí que mi cuerpo me estaba avisando que estaba deshidratado. Ahí sentí derrumbarse todo. Mientras seguía caminando, pegada a la banqueta por si salía el vómito o tenía que sentarme, tomé el teléfono y marqué a Raúl. Me tomó tiempo agarrar aire para poder hablar. Estaba sollozando. Me sentía vencida y rota. Él primero me echaba porras. Después de que logré decirle lo que me estaba pasando físicamente me dijo "No tienes que demostrarle nada a nadie, ni siquiera a ti misma, eso ya lo has hecho". Esas palabras me dieron valor. Me devolvieron la serenidad. Me deshice del sentimiento de "quedar mal", de "qué dirán", de "me juzgarán", para ser transformado por "soy poderosa", "soy valiente", "yo puedo, he podido". Seguí el consejo de Raúl, caminé un poco más y retomé el trote. Así llegué a la entrada de Chapultepec. Entré al baño. Aproveché para refrescarme un poco y calmarme emocionalmente. No debía tomar la decisión en esas condiciones. Las decisiones no se toman cuando uno se siente mal. Eso puede llevar a arrepentimientos. Salí con ganas de continuar y en todo caso, de tomar la decisión cuando estuviera segura que no me iba a perseguir como un fantasma de impotencia.
Retomé el trote. Tocaba un kilómetro lento, así que me fui así. No había cumplido el kilómetro cuando regresaron las nauseas y los escalofríos. No había duda. La deshidratada estaba ahí. Traté de visualizar si podía terminar aunque fuera caminando. Faltaba la mitad en distancia, eso a mi ritmo significaba cerca de 3 horas más. Caminando sería todavía más tiempo. No era dolor de alguna parte de mi cuerpo. Sabía que con eso podía seguir. Era deshidratación. Esa no sede hasta que uno se rehidrata. Lo cual no parecía factible si el esfuerzo continuaba, sobre todo porque estaban por empezar las horas de más calor. No, no parecía sensato. Una deshidratada puede llevar a calambres, o un golpe de calor. No, no parecía sensato. Con las nauseas y los escalofríos sin ceder, tomé la decisión. Lloré nuevamente. En eso estaba cuando se acercó una chica. Llevaba una bolsa llena de papelitos. Me contó que este año no había podido entrenarse adecuadamente, pero no se había quedado con las ganas de participar. Que como sabía que no podría completarlo corriendo, caminaría un buen tramo, repartiendo mensajes de empoderamiento a quienes como yo lo necesitábamos. Me dio el mío "No pongas excusas. Cuando hayas decidido hacer algo, hazlo. Sin excusas eres autodisciplinado" (Eliud Kipchoge). Me acompañó varios metros, me consoló a momentos y reconoció mi decisión de parar. Ya que me vio tranquila, siguió con el siguiente corredor que estaba sufriendo.
Por supuesto que las palabras en ese papelito me hicieron reconsiderar mi decisión. ¿Era una excusa? ¿Me estaba venciendo alguna debilidad de mi mente? ¿Era una estrategia para evitar el dolor de la segunda mitad? ¿Era una medida de sobrevivencia de mi cuerpo por no sufrir lo que sabe que se sufre kilómetros adelante? No. La diarrea de la noche anterior no había sido un invento. Las nauseas y el frío que seguía sintiendo eran reales y son síntomas de deshidratación. Unos metros más y llegaría a mi madre. Ahí pararía.
Habiéndolo decidido, caminaba con temor al encuentro con mi madre. Imaginaba la escena: "Mamá, ya no puedo". "No mi hijita, a seguirle, tú puedes, a eso viniste, a terminarlo". Este temor no era infundado. 20 años atrás, cuando supe que no había más futuro con mi pareja, hablé por teléfono con mi madre. Llorando le dije que me regresaba a México, que iba a comprar un vuelo para el día siguiente y que pediría una baja temporal en mi doctorado. Que regresaría cuando me sintiera fuerte nuevamente. Ella fue muy fuerte y me dijo "¿Te fuiste a realizar un plan de vida? ¿O te fuiste a seguir el plan de alguien más? Si es tu plan de vida, yo aquí no te recibo de regreso. Vas a seguir con él. Si quieres yo voy y te acompaño unos días, pero no vas a abandonar". Y así fue, no abandoné ni un día mi plan de vida. Ella me acompañó algunos días y me fortaleció para sobrevivir y salir adelante. ¿Me acompañaría por algunos metros o kilómetros? Seguro lo haría. Pero, no era sensato. Ni para ella ni para mí. Con eso en mis pensamientos, la vi a la distancia. Estaba con mi prima Ericka.
Llegué hasta donde estaban. Me echaban porras. Me decía que siguiera. Logré decirle. "No puedo más. Voy a parar." Dice que iba a insistir, a echarme el discurso que yo imaginaba, pero que vio lo pálida que me veía y era mejor que parara ahí con ella a más adelante en algún lugar más complicado de acceder o de salir de ahí. Así que me abrazó y emprendimos la partida. Le pedí mi sudadera. En parte para controlar el frío que sentía y en parte para ocultar mi número. Finalmente estaba abandonando.
De ahí nos fuimos al restaurant del Asturiano. Muy lindo y cómodo. Pedí unos hotcakes y un té de manzanilla. Me tomé mi agua que traía en mis botellas y el plátano que me llevaba mi mamá para mi recarga. Eso sí, pasé un rato en el baño peleándome por no vomitar. Odio vomitar. Pero con las nauseas a todo lo que daban. No me sentía cansada. Sentía las piernas fuertes. Al mismo tiempo me sentía débil. Era una mezcla de sensaciones. Inmediatamente mandé el mensaje de que había decidido parar. No quería tener a la gente esperando. Aún así, Miguel, mi estudiante estaba esperándome unos metros más adelante de donde paré, en el kilómetro 21. Mi mamá y Ericka desayunaron. Ericka se fue a recibir a su esposo en la meta. Nosotros pasamos un rato más ahí. Después emprendimos el regreso a casa.
En ningún momento pasó por mi cabeza ir a la meta por mi medalla. Así que no la recogí. No me sentí digna de ella. No había logrado correr los 42.195 kilómetros. Cada una de las medallas que tengo representan que he logrado completar el recorrido. Cada una de ellas tiene su historia detrás. No importa la distancia, contienen todo el entrenamiento y esa recta final que me llevó a la meta. En este caso estaría incompleta por 22 kilómetros. Era mucho, no podría verla sin sentirme culpable.
Llegamos a casa, fui directo con mi papá, a quien con pocas palabras le conté lo que había pasado. Derramó un par de lágrimas conmigo y me dijo "hay decisiones difíciles pero hay que tomarlas y eso requiere de valor, hoy lo tuviste". Fue justo lo que yo me había dicho a mí misma en el kilómetro 19 cuando tomé la decisión. Eso me dejó muy tranquila.
Ya en casa, me puse la pijama, me metí a la cama y no supe cuánto dormí.
Sin duda, fue un maratón lleno de auto-aprendizaje. Cada maratón es diferente y me ha dejado mucho. Éste me reafirmó el amor incondicional de mi familia y amigos. Me recordó que no tengo que probar nada a nadie, ni siquiera a mí misma, que puedo más de lo que yo misma imagino y reconozco. Que debo continuar haciendo las cosas que me gustan con toda la pasión y entrega que me caracterizan. Me recordó que no importa que haya un obstáculo ajeno a uno que no permita el resultado deseado, el sentimiento de satisfacción de haberlo dado todo prevalece. Y bueno, como no se puede retirar uno tras una "mala" experiencia, y sobre todo porque ahora sé que soy maratonista y disfruto del proceso de preparación y del maratón mismo, nos vemos para la próxima. Gracias por acompañarme.