Había dejado a la porra oficial. Cruce la marca del medio maratón. Los tiempos iban conforme los había planeado, la primera mitad más rápida que la segunda. Todavía no logro acostumbrarme a lo contrario. Es una meta de este año, hacer splits negativos. Entramos al Bosque de Chapultepec. Ahora me doy cuenta que es la parte más difícil para mí. No hay gente echando porras, toca ir sólo acompañado por los demás corredores y por los arbolitos que lo rodean a uno.
¿Qué pasa? Están disminuyendo la velocidad. Todos se salen del camino y se dirigen a la zona de arbolitos. Un mega charco. Regresamos al duatlón. Si no me anime a atravesarlo en Reforma, aquí menos, que tal que me encuentro con un adoquín salido, un hoyo, una piraña, ... mejor sigo a los demás. No quiero caminar, aprieto puños y trato de mantener el paso. Es imposible, el lodo hace que me resbale y tenga jaloncitos en las piernas. Tengo que caminar. ¡Oh no! Se siente horrible el cambio de ritmo en las piernas. Siento cómo se contraen los muslos, cómo se contraen las pantorrillas. Intento recuperar el paso nuevamente y siento las patinadas. Ni modo, a caminar. El trecho es largo, o por lo menos así lo siento. Finalmente salimos del lodo. Esto parece una Spartan Race. Los pies se sienten pesados, no quieren recuperar el ritmo. Volteo a verlos. Los tenis traen una capa muy gruesa de lodo, con razón pesan tanto. Poco a poco el lodo se va cayendo y voy recuperando el paso.
Todavía no salgo de Chapultepec cuando entra la llamada de Raúl. Ya están él y Frijolita esperándome en la Diana. Me pregunta por donde voy y con muchos trabajos logro decirle "Chapu". Como no se ubica, me pregunta si ya pasé por la Diana, esa respuesta es más fácil de pronunciar: "NO". La gente que está en Chapultepec está en lo suyo, los vendedores atendiendo su puesto y los visitantes visitando, nadie echa porras. En los puestos ya hay corredores que están comprándose su Gatorade o su Coca Cola.
Salgo de Chapultepec y me perfilo a la Diana, ya están cerca mis amores. Sólo pienso en verlos. ¡Ahí están! Frijolita se emociona al verme. Raúl asume su papel de apoyo y corren a mi lado. Frijolita me da besitos en la mano cada que puede. Me voltea a ver con una carita hermosa, como diciéndome "¡vamos mamita!, aquí vamos contigo". Pero Frijolita tiene escala técnica y se quedan atrás atendiendo el asunto.
Saco un pedacito de tutsi que me quedaba. Siento la falta de Gatorade. Pero me da miedo intentarlo nuevamente y que la barriguita haga un guruguru imparable. Me alcanzan nuevamente Raúl y Frijolita. Le paso a Raúl el rompevientos. Éste ya está seco pero la playera continua empapada. Mi cabeza sigue bien mojada también. Siento toda la humedad en los hombros.
Damos la vuelta en Insurgentes. Tomamos la glorieta, está sonando la misma canción que el año pasado. Esta vez no es grupo, es un cantante con cover. Seguimos por Av. Chapultepec. Antes de dar la vuelta en U no me siento tan bien. Vamos por ahí del kilómetro 27. No quiero parar. La mente me ruega que no lo haga, pero algo en el cuerpo me pide que lo haga. No estoy segura si son las piernas o qué es. Algo me pide a gritos que pare. Empieza una lucha interna y finalmente decido parar. Inmediatamente siento un mareo, ligero, pero mareo. No sé qué fue. Si me mareé porque paré o paré porque me mareé y era ese malestar lo que me estaba rogando que parara. Raúl me atiende, me pregunta que pasa. Sólo le digo que estoy bien que es sólo un momento. No quiero que me diga que es mejor no seguir. Quiero continuar. Sigo caminando, poco a poco me siento mejor y retomo el trote. Le pido a Raúl que le dé agua a Frijolita, pues la veo que me lo pide. Ellos se quedan un poco atrás y me alcanzan rápidamente.
Entramos a la Roma y Condesa. Mucha gente apoyando y echando porras. Me empiezo a preocupar que Raúl no va a saber regresar a donde sea que haya dejado el carro y que Frijolita va a tener que correr mucho. Raúl me pregunta si me siento bien porque tiene que ir al baño. Le hago seña de que todo bien y se va con Frijolita. Yo sigo pero poco más adelante el flexor de cadera derecho empieza a molestar bastante. Lo primero que viene a mi mente es que hace un año así empezó el izquierdo y lo que terminó lastimado fueron los tendones de Aquiles. Eso me genera mucha inseguridad. Tanta que el dolor se vuelve insoportable. Tengo que parar nuevamente. Empiezo a caminar, a respirar, a tratar de cambiar los pensamientos. Lo logro y empiezo a trotar nuevamente. En eso siento una palmadita y una vocecita que me dice "¡Doctora! ¡Por fin la alcance!" Era Raymundo, mi estudiante. A la par nos alcanza Raúl. Me dice "¿Estás bien?" Le hago señas de que todo va en orden. "Veo que ya estás acompañada y en buenas manos. Nosotros nos vamos, te vemos otra vez en Churubusco".