Lo había logrado. Había logrado quitarme esa nube gris y velo de ansiedad que fue el maratón anterior. El XXXIV Maratón de la Ciudad de México me fue realmente difícil. Mi mente no sabía qué estaba haciendo ahí y no quería que mi cuerpo siguiera corriendo. Había perdido la razón, no tenía a quién demostrarle nada. Ya no había necesidad. Pero había logrado terminarlo. Era por mí. Era para demostrarme a mí misma de lo que soy capaz cuando me lo propongo. Y con eso en mente había regresado por una tortura más. Lo había logrado y ya sólo quedaba una letra más para lograr.
Empecé mi semana de descanso, necesitaba recuperarme. Transcurrió sin contratiempos. La segunda semana empezaría a trotar poco a poco. Tenía ya alineado el primer medio maratón para noviembre. Empecé el lunes con un trote muy ligero y el martes otro poquito. Los miércoles descanso y pasó lo del gran aguacero y la alerta sísmica falsa. El jueves, llegue cansada a casa y decidí no salir a correr, preferí dormir. Poco me duró el gusto. Llevaba casi un par de horas en los brazos de Morfeo cuando Raúl me despertó. Sonaba la alerta sísmica. Salí del cuarto, regresé por los zapatos. Estaba muy dormida. Frijola con la tranquilidad que la caracteriza y Kate sin saber qué hacer. Raúl decidió pasar al baño. Empezaron a entrar los whats preguntando si se trataba de una alerta falsa. Ya había sonado el radio con la noticia de que era un monstruo que tarde o temprano haría su entrada a la ciudad. En eso se sintió el bamboleo. Muchos pensamientos cruzaron por mi mente, pero quizás se quedaron cortos. Gracias a los vecinos, salí rápidamente rumbo al Sismológico, donde todo estaba en marcha. Fue una larga noche, seguida por un día intenso. Eso fue el inicio de varios días en vela y meses de no más de 4 horas de sueño.
No sólo fue el sismo del día 7. El día 19, como cabalístico y como una macabra coincidencia, llegó el segundo sismo que más ha afectado a la ciudad. En mí tuvo muchas consecuencias, de todo tipo. Esta es la primera vez que intento expresar mis sentimientos con palabras. Quizás sea importante, quizás sea necesario. Ha sido un nudo continuo, ha sido un bloqueo de emociones, ha sido un dar mi mejor cara y mostrar fortaleza. Fueron tres meses de intensidad, de mucho trabajo, de cubrir todos los frentes y de mantenerme de pie. En momentos en los que sentía que flaqueaba, llegaba a mí un pensamiento que me daba fuerza: “Soy maratonista, mi cuerpo soporta el dolor, soporta lo intenso, puede dar aún más. He podido con un maratón, no espera, he podido con seis maratones, puedo con esto, puedo con más.” Con eso en mi cabeza, me levantaba y seguía adelante, trabajando todas las horas que podía, diciendo que sí a cualquier invitación a hablar sobre el tema y a escuchar a quien lo necesitara.
La falta de entrenamiento, la falta de descanso, el exceso de ansiedad y los ritmos de trabajo me llevaron a comer de más y muy mal. Eso me hizo subir de peso. Fueron en total 6 kilos. No se me nota, pero el cuerpo sí los siente. Para noviembre las cosas ya estaban mal con mi cuerpo. Estaba muy cansada, sin entrenamiento, mal nutrida y con 3 kilos arriba. Decidí entonces no correr el medio maratón. En esas condiciones podría lastimarme y no llegar al maratón. La decisión me dolió, pero era lo mejor. Corrí sólo 10 km.
Ese ritmo siguió hasta diciembre. Estaba ya al tope de sentimientos acumulados. Sentía que la olla express explotaría en cualquier momento. Contener el llanto ya casi era imposible. Mi nube gris era muy difícil de controlar. Fue entonces que platiqué con alguien que estaba pasando por un mal momento emocional y recordé la estrategia: “un día a la vez, tu tranquilidad emocional se busca y se logra, un día a la vez”. Coincidió con las vacaciones y varios días de poder dormir por más horas. Fue entonces que retomé correr con regularidad. Llegando a la carrera San Silvestre y cerrando un año para el cual, sólo correr un maratón (o seis), me pudieron haber preparado. Corrí muy lento, pero disfruté cada paso. Sería el inicio de la temporada. Me lo tomaría con calma y llegaría al día O lo mejor posible.
Había concluido el 2017 con mi registro de maratón y había iniciado el 2018 con mi plan de entrenamiento. El pronóstico era positivo. Sin mucha carga en la semana, aumentando poco a poco la distancia los domingos, tres medios maratones: el primero en abril, el segundo para el día del padre y el tercero para el Medio Maratón de la Ciudad de México. Si todo funcionaba, quizás volvería a lograr un tiempo cercano a mis primeros maratones, quizás volver a un sub 5:30. Ese era el objetivo.
Empezó enero y poco a poco fui aumentando el entrenamiento. Todo parecía ir sobre ruedas. Me sentía muy bien. Recuperaba mi resistencia, aumentaba mi velocidad. Seguía conforme el plan. Hasta que el primer martes de abril, de la nada, me empezó a doler el pie derecho como nunca lo había hecho. Nuevamente, el exceso de peso estaba cobrando su factura. A pesar del entrenamiento, no había logrado detener el proceso de exceso de comida por ansiedad.
Ya antes había tenido fascitis, justo cuando empecé a correr. No lo recuerdo tan doloroso, pero sí dejé de correr casi un año. En realidad, antes de ese martes ya tenía una leve molestia que lograba callar con un poco de ejercicio y estiramientos, pero regresaba y se hacía presente. Ese martes no podía ni estar sentada. Se me vino el mundo encima. No sabía qué era peor, el dolor físico o el sentimiento de frustración de que no llegaría a mi meta del día O. Me fui a Medicina del Deporte y le rogué al doctor que me revisara. Inmediatamente me atendió, me recetó medicina muy eficaz y al otro día a las 8:00 estaba yo en fisioterapia. Me dio esperanzas, me dijo que sí estaría lista para el maratón, pero tendría que saltarme el medio maratón planeado para abril. Me apliqué, seguí el tratamiento, la fisioterapia y los ejercicios que me mandaron.
En 10 días ya estaba corriendo. Tocó replantear el programa de entrenamiento, casi que volver a empezar. Tuve que bajar velocidades y cargas, y llevármela con más calmita. Tocó darle sus baños de agua con hielo a los piecitos todos los domingos, ser más rigurosa con la estirada después de correr y replantear el objetivo. Abandoné la idea del sub 5:30 y sólo sería llegar completa y terminar.
Ya para mayo estaba en plan entrenamiento, poquito a poquito y despacito iba aumentando kilómetros. Así llegó junio con mi carrera favorita, el Medio Maratón del Día del Padre. Fue para variar muy lenta, pero creo que es la vez que más la he disfrutado. Incluso a la llegada mi mamá comentó que me veía muy diferente a los demás años, que no me veía agotada y que no podía disimular la sonrisa. Así me sentía por dentro. Disfruté cada paso, no sentí dolor y eso me hizo muy feliz. Comprendí que no tenía que ir rápido ni romper marcas personales para sentirme satisfecha, que el simple hecho de estar ahí venciendo mis miedos e inseguridades era suficiente para sentirme satisfecha y feliz. No faltó el abrazo a Nahúm Pérez Paz por su día y la Selección puso la cereza con su triunfo a Alemania.
Con el mismo paso seguí el entrenamiento. Entre semana corría poca distancia, pero procuraba fueran al menos tres días, acompañados de una sesión de yoga. Las distancias se repartían en 70 % Frijolita y 30% Kate. Éste es el primer año de entrenamiento con Kate. Ella no había corrido mucho, de hecho no había pasado de 5 km el año pasado y me estaba costando trabajo el volverla a adaptar a correr a mi paso y enfocada en el entrenamiento. Ya para junio Firjolita estaba corriendo 8 km y Kate 5 km, pero pasando el día del padre las distancias de los domingos ya alcanzaban los 20 kilómetros, así que tocó repartir más kilómetros a mis coaches e irles aumentando distancia.
Toda la semana esperaba la rutina de los domingos. Despertarme antes de las 5 am, para estar saliendo a más tardar a las 5:30 con Frijolita, su ruta mínima era de 9 km. Regresar a casa y cambiar de coach. Con Kate tocó probar rutas diferentes, pues no le gusta encontrarse con otros perritos, se pone medio loquita. Encontré que Miramontes hacia al norte no era muy socorrido por perritos paseadores en domingo por la mañana, así que a pesar de ser un paisaje nada lindo, decidí que era buena ruta para Kate. Poco a poco se fue acostumbrando al ritmo y la rutina. El plan era que alcanzara un máximo de 13 km, pero al final la empujé un poquito más y logró un máximo de distancia de 17 km. Frijolita iba por 17 km, pero justo al principio de la semana en la que iría por esa distancia tuvo un problema con un nervio en su patita trasera y tocó que descansara un par de días y sólo corriera 9 km ese domingo. Así que la distancia máxima de Frijolita fue de 15 km pero una semana anterior. Cabe mencionar que la distancia máxima que ha alcanzado es de 22 km, pero era una jovenzuela de 3 años, ahora tiene 9 años y toca cuidarla más.
Para inicios de julio, a medio entrenamiento con Frijolita me encontraba a un par de cuates que se veía también estaban entrenando. Después de un par de domingos, me quedó claro que al menos estaban entrenando para el Medio Maratón de la CDMX. Éste fue el último domingo de julio. Las subiditas estuvieron tremendas pero todo funcionó en mi cuerpo. Lo mejor fue que Irma Campos me espero en el kilómetro 19 para hacer junto a mí los últimos dos kilómetros.
Al siguiente domingo me volví a encontrar al par de corredores. Así como yo, ellos también estaban empezando más temprano. Ya nos reconocíamos, saludábamos y echábamos porras.
Un entrenamiento chistoso fue en el que alcancé 26 km. Los primeros 20 fueron distribuidos entre Frijolita, Kate y a mí me tocaban sola 8 más. Pero en el kilómetro 26 me entró un no sé qué que no sé cómo explicarlo y decidí parar. Estaba a un poco más de 2 km de casa. Así que tocaba regresar caminando. Pero llevaba mis monedas en la bolsa, así que tomé un pesero en Miramontes, y sólo caminé 900 m a casa.
A tres domingos del día O tocó el mayor kilometraje. Salí con Frijolita a eso de las 5:15. En mis primeros 5 km me encontré al par de corredores por primera vez. Ese día fueron sólo 9 km con Frijolita. A eso del kilómetro 8 me los volví a encontrar. Me fui por Kate y fue cuando corrió sus 17 km. Eso fue muy chistoso porque dimos varias vueltas al deportivo de GNP, la vuelta son como 1.65 km. Una señora estaba barriendo y cuando llevaba ya seis vueltas me preguntó cuántas hacía, le dije que iba a dar 8 vueltas y que ya llevaba seis. Lo que no le dije es que en realidad ya llevaba más de 20 km corriendo y que todavía me faltaban más de 10. Regresé con Kate e Irma Campos ya me esperaba. Ella me acompañaría los siguientes 5 a 8 km. Empezamos bien, pero en el camellón de Miramontes, después de 1.5 km, ella empezó a sentir molestias en una pierna y tuvo que parar. Me tocó echarme sola el resto de kilómetros. Llevaba 2.5 cuando me volví a encontrar a los corredores. Entonces quedó claro, sólo alguien que está entrenando para maratón se avienta más de 3 horas corriendo un domingo por la mañana. Así que éramos tres locos en el camellón de Miramontes acumulando kilómetros para llegar preparados al día O. Ya hacia el kilómetro 30 me los volví a encontrar. Saqué un poquito de aliento y les pregunté si iban al maratón, me dijeron que sí y nos echamos porras mutuamente. A ellos debían quedarles un par de kilómetros más de entrenamiento, yo me dirigí a casa para continuar con mi domingo familiar. Con eso me declaraba lista para el día O y empezaría la bajada en cargas de kilometraje.
La preparación para un maratón no sólo es correr y acumular kilómetros, implica toda una estrategia que va desde las cargas de carrera, entrenamientos de fuerza y elasticidad, hasta el buen descanso. Toca ser igual de disciplinado en los entrenamientos como en la comida. Sin duda es mucho más fácil hacerlo en compañía de un grupo con el mismo objetivo y con el apoyo de un coach, un nutriólogo, un fisioterapeuta y todo profesional que pueda apoyarte y asesorarte en cada aspecto. Así había hecho los primeros maratones y sin era más fácil mantener el orden y la línea recta. Por diversos motivos, éste fue el primer maratón que me eché la preparación en solitario. Tocó aplicar todo lo aprendido en los últimos seis años, repasar cada aspecto y adecuarlo a mis circunstancias presentes.
La alimentación siempre me ha sido un tema difícil, sobre todo cuando tengo niveles de estrés elevado. Este año creo que sí alcance niveles récord y como ya lo mencioné, comer por ansiedad hicieron estragos. Tanto viaje tampoco ayudó. Los viajes me alteran el organismo muy fuerte, me cuesta días recuperarme. Para julio había tenido varios altibajos, pero en ningún bajo había logrado reducir más allá de los 65 kilos. Después de un viaje a California, para el 10 de julio estaba en 67.5 kg. Era demasiado para el maratón, casi seguro que terminaría lastimada. Retomé lo aprendido ccn Mariana Velázquez y ser muy rigurosa. Los antojos no me dejaban, los ataques de ansiedad y necesidad de llevarme a la boca un dulce, una galleta, unas papas eran continuos y severos al principio, pero poco a poco fueron cediendo y me era más fácil. Logré llegar al día O en 64 kg, muy similar al año pasado. Si bien había reducido el riesgo de lastimarme, seguía presente y debía ser cautelosa.
La componente mental es brutal. Ya en el maratón de 2016 me había traicionado y me había hecho sufrir por más de 15 km. Así que en esta ocasión trabajé también mucho ese aspecto. La música fue fundamental. Armé una buena “playlist” que lograba hacerme cantar y agarrar buen ritmo. Eso era básico para cuando la mente empezaba a dar lata preguntándose qué demonios estaba haciendo ahí.
Otro aspecto importante es la salud en general. En varios de los maratones y medios maratones de la CDMX han muerto corredores. Uno da por hecho que está uno bien, y no da importancia a la revisión médica. El año pasado había ido al endocrino una semana antes del maratón. Me regañó. Me dijo que en una semana no podía arreglar cualquier desajuste que trajera en mis hormonas, que debía ir un mes antes, así, podría trabajar en ese mes para tener todo en orden y no poner en riesgo mi participación. Así que este año me apliqué. A principio de año, con otros fines, me hicieron un electrocardiograma, el cual salió normal y me dejó más tranquila. A finales de julio fui con el endocrino, todos los niveles salieron en orden, en el examen físico también y me puso mi estrellita de que estaba lista.
Así, son varios los componentes, muchos los frentes que debe uno cuidar. Tal vez porque soy muy maniática, o porque ya tengo más de 40 y toca cuidarse, correr un maratón lo veo como una continua toma de decisiones en torno a una estrategia integral para lograr un objetivo.
Como con un examen, no se puede la semana previa al maratón recuperar el entrenamiento perdido o forzar al cuerpo a perder los kilos que no se perdieron. Al contrario, toca recuperarse y cuidar muy bien la alimentación y la hidratación. Es el examen final, como decía el Ing. Ocariz, “duerma bien y desayune”, que el cerebro, y en este caso el cuerpo, necesitará de la concentración y energía.
El domingo anterior fue día de mani/pedi. En realidad voy al podólogo de manera regular y procuro sea una semana antes de alguna carrera, así mis pies no llegan muy sensibles pero tampoco llegan con las molestias que provocan los callitos. Es el mismo ritual con el manicure. Como me muerdo y jalo los pellejitos, es bastante molesto ir con el ardor en los dedos por haberse arrancado un pellejín. Esta vez decidí darle un toque de color y combinarme con el tema, así que el esmalte fue amarillo, no amarillo canario ni amarillo sol, fue amarillo O de maratón.
Esa semana tocó viajar. Intenté cuidar al máximo los detalles durante el viaje. Sólo fue de miércoles a viernes. El sábado, ya en casa, me desperté temprano para un sábado, tarde para el cotidiano. Raúl me acompañó por mi paquete. Llegamos antes de las 8:00 a la Magdalena Mixhuca. Ya casi estaba lleno el estacionamiento. Hubo que esperar unos minutos en la fila para poder ingresar. Algunos puestos todavía no estaban listos para abrir. Nosotros no nos detuvimos, nos fuimos directo al salón donde estaban entregando los números. Fui la primera de mi fila. En un par de minutos ya tenía todo mi paquete. Me probé la playera para asegurarme que me quedaba bien. Todo en orden. Pasé al muro con los nombres de los participantes. Es la ventaja de tener un nombre único y que empiece con X, rapidito te encuentras.
Después de tomarle la foto al nombre siguió el “shopping”. Me compré una sudadera para correr y una playera conmemorativa. También pasé por mi medallero para colgar mi M E X I C O. Saliendo le comenté a Raúl que me urgía reforzar y arreglar la casa, pues ya quería colgar mi medallero.
De ahí a desayunar. Nos fuimos al Toks. Es la comida que más disfruto, unos ricos hotcakes con un chocomilk. De ahí al super, tocaba comprar los ingredientes exactos para comida, cena y desayuno pre-maratón.
Llegamos a casa. Pasé el resto del día trabajando desde mi camita. Raúl preparó comida y cena de acuerdo con las instrucciones precisas. A media tarde fui a ver a la porra oficial para afinar los últimos detalles. Ya estaba la estrategia, como el año pasado irían ambos (Yolanda y Nahúm) a Metro Hidalgo, los vería ahí antes del kilómetro 2, luego ellos se cruzarían y los vería a mi regreso, aproximadamente en el kilómetro 7. De ahí se irían a desayunar, a la casa a cambiar de Nahúm y luego al Estadio, donde los vería a mi llegada, a eso de las 2 pm. Le dejé la mochila del “para después”. Traía una muda completa, sudadera, tenis y paraguas. El pronóstico decía que había más de 40% de probabilidades de lluvia a partir de las 12:00 y más alta después de las 13:00.
Ya en casa preparé todo para la mañana siguiente: El número bien colgado con sus seguritos en el frente, no muy abajo para que no lo apachurre el cinturón, y no muy arriba para que no moleste. Puse en la silla toda la ropa para el día siguiente, incluyendo los chones, no pueden ser cualquiera, ni muy flojos ni muy apretados, tienen que ser justos. También preparé mis cintas kinesiológicas. No sé si mecánicamente funcionen como lo dice su propaganda, pero si no lo hacen, el efecto placebo funciona, y eso es lo importante, que algo funcione. Dejé listos los audífonos, incluido su segurito para evitar que se estén deslizando hacia abajo. También el cinturón con una botellita de agua. En él llevaría el celular con su pila adicional que me habían prestado, dinero para un taxi en caso de sismo, monedas para pasar al bañito en Chapultepec, papel higiénico para las múltiples escalas técnicas, un icehot para cuando el hombre derecho empezara a aullar, … Era todo. No cargaría el radio del Sismológico. Había dejado al Dr. Espíndola a cargo. Todo en buenas manos.
A seguir descansando y a enviar los tiempos estimados a la porra. No iba a pretender que podría ser más rápida, por más rápido que quisiera, sabía que no lograría hacer menos de 5:41. Dejaría el estimado “pesimista” en 6:02.
Estaba todo listo. Ahora a dormir, esperaba caer rápidamente pues no había dormido todo el día, apenas eran las 9:00 y ya sentía sueño, parecía que lo lograría, parecía que caería pronto, parecía que … zzzzz.
Había llegado el día O, el despertador sonó a las 4:45. Fue la primera vez que dormí tranquila y tenido una buena noche y casi 7 horas de sueño. Me fui directo al baño. Raúl se levantó y se fue directo a la cocina a prepararme mi super sandwich que serviría como gasolina. Frijolita entendió que no le tocaría ir conmigo y se quedó tranquila. Kate ni se inmutó, para ella las mañanas son despacito. A las 5:40 estaba lista para salir. Si bien yo saldría quizás una hora después del disparo inicial, no quería llegar tarde. Dejamos a las peques descansando y salimos.
Yo iba particularmente tranquila. Sí un poco nerviosa, pero tranquila. Raúl me iba preguntando sobre los detalles y si no había olvidado nada. Creo que iba preocupado. Nos fuimos todo Tlalpan, el punto donde me dejaría no estaba definido, todo dependía si pasábamos un tren del metro o no, y dependía hasta dónde hubiera acceso vehicular. Resultó que gracias a que fuimos temprano pudimos acceder hasta 20 de Noviembre. Ahí me dejó Raúl en la primera esquina para regresarse por Pino Suárez. Si bien ya había mucho carro, todavía era manejable. Antes de despedirse, Raúl hizo el repaso final, revisó que tuviera todo y me sintiera lista. En ese momento comenzó mi aventura en solitario rodeada por decenas de miles más.
Lo primero era ubicar los baños, decidir si iría una vez o más y la hora en la que entraría al corral. Caminé hacia el primer grupo de sanitarios. La fila era larga, así que caminé hacia el inicio del contingente, efectivamente había más baños, como siempre, los más vacíos son los que están hacia adelante. Así que sin fila de por medio entré tranquilamente. Fui todavía a dar una vueltecita más hacia Palacio Nacional, a disfrutar de la vista de la madrugada, los corredores, la bandera en alto, la Torre Latinoamericana, la catedral, … Me senté un momento a contemplar, bueno, también a hacer alguito de tiempo para la siguiente visita al sanitario. Cuando dieron las 6:30 caminé nuevamente al bloque de sanitarios e hice una segunda visita. Saliendo pensé que estaba lista y caminé hasta la entrada de mi bloque. Era el último, de aquellos que estimamos que nuestro tiempo será mayor de 5 horas. La caminata no fue corta, iba en contraflujo. Se empezaba a sentir la ansiedad de las personas por llegar a sus bloques para salir.
Llegué a mi bloque, no sabía si entrar o no, ¿tendría que ir nuevamente al baño o ya no? Mi bloque todavía estaba medio vacío. Si ya entraba podría salir hasta adelante del bloque. Si todavía no entraba, pues se podía llenar y salir todavía más atrás de lo que ya estaba saliendo. Decidí entrar, el Maratón estaba a punto de comenzar.
Estaba dentro de mi corral, casi hasta el frente. Había suficiente espacio, así que empecé a calentar. Escuchamos el primer anuncio, daban el disparo para sillas de ruedas y con discapacidad. El Maratón había comenzado. Pasaron los minutos, a punto de dar las 7:00 empezó el frío de la mañana a condensar la hidratación del día anterior y de la mañana. ¡Oh no! Tenía que pasar al baño nuevamente. Pero la fila todavía estaba larga en los baños cercanos a mi bloque. Incluso en los baños de la plaza, la fila era larguísima. No, no era buena idea. Regresé a mi bloque, nuevamente en el sitio en el que estaba. Seguía sin tanta gente.
Empezaron las primeras notas, era el Himno Nacional, a entonarlo con todo furor, era por M E X I C O, era con todo el sentimiento. No fui la única, varios a mi alrededor transpiraban la emoción. Con eso sonó otro disparo, salieron mujeres elite. Minutos más tarde, salieron los hombres elite seguidos por todo el primer contingente. En lo único que podía ya concentrarme era en que tendría que pasar al baño, que quizás me pasaría como en el medio maratón que tuve que ir en el kilómetro 2. Pero eso me haría perder mucho tiempo. Los baños de la primera mitad del maratón siempre están muy llenos y con largas filas. No era buena idea.
Pasaban ya de las 7:30 cuando empezó a avanzar el contingente. Era un avance muy lento. Ahí fue cuando se me ocurrió. Cuando quedara frente a una entrada/salida evaluaría nuevamente la ida al baño. Seguimos avanzando, me pegué a la derecha. Quedamos frente a una de las entrada/salida a los bloques, en frente había un bloque de baños vacíos. Ni tarda ni perezosa pedí permiso para salir y corrí al primer baño. No fui la única, varios me siguieron, afortunadamente fui la primera, pues detrás de mí se formó la fila. Terminé el negocio, regresé a la entrada/salida y pedí permiso para entrar, varios más seguían la misma estrategia. Unos saliendo para la escala técnica y otros reincorporándonos al contingente. Ahora sí estaba nutrido de gente. Me fui adelantando cada que avanzábamos, buscaba a la gente que me rodeaba antes de salir. Me seguí escabullendo entre las personas para ir lo más adelante que podía. Al fin logré reconocer a uno que otro y hasta ahí llegué. Esto fue un poco antes de dar la vuelta y quedar frente a la Catedral.
Quedé a unos pasos de la salida. Ya habían salido los demás grupos. El mío era el último, pasaban de las 8:00, aunque habían anunciado nuestra salida a las 7:50. Se sentía la emoción y ansiedad en todos. Estaba yo tratando de concentrarme en algo, pero no lo lograba, mis pensamientos rebotaban de un lado a otro, cuando una chica atrás de mí me dice “Doctora, ¿va a correr?”. Muchas cosas pasaron por mi mente, no sabía quién era, la conocía y no la reconocía, o era una desconocida que me había reconocido. Creo que fue lo segundo. Contesté que sí y me deseó una buena carrrera. Lo mismo hice. Acomodé mis audífonos, alisté a Smartphonito. Todo listo.
Comienza la voz de las carreras “Son el último grupo, esta vez el Maratón del CDMX es walking friendly, así que el límite es de 9 horas. Pero saben que hay un señor de 100 años que ha corrido el maratón y lo terminó en 7 horas, yo espero que ustedes no necesiten las 9 horas …” … Yo pensé, “Ésta es una rara manera de motivarnos. En fin, no, no necesitaré las 9, pero que bueno que ya no son 6, porque necesitaré unos minutos extra para terminar”.
“Bien, pues ¿Corredores, están listos? … 5, 4, 3, 2, 1, ...” PUM. ¡Allá vamos! De aquí hasta CU.
El disparo había sonado. A mí me tomó sólo unos pasos cruzar el arco de salida. Una aventura nueva pero conocida había llegado. Mis primeros pensamientos fueron para la porra principal. Los vería pronto. En la parada de Metro Hidalgo estaban muy listos Yolanda y Nahúm para la primera porra del día. Les mandé besos y seguí con mi paso. La ventaja de salir con mi bloque es que no te presionan para ir rápido, más o menos llevamos el mismo paso.
El paso por Tlatelolco volvió a remover sentimientos. Mi mente me trasladó al 85, me traslado al 19 de septiembre, al recuerdo que me había llevado hasta ese momento. Tantas preguntas surgieron ese día y volvieron a surgir 32 años después. Llegó el retorno y con él el cambio de tema. Había que mirar al frente y retomar la concentración.
Poco antes de Juárez me tocaría un grupo del pelotón de pentatlón, traían buen ritmo, coreaban estrofas para mantener el ritmo. Daban ganas de pegarse a ellos y seguir su paso. Lo malo es que sólo lo podría hacer por unos minutos, los cuales seguramente me desgastarían enormemente. Así que decidí sólo tomarles foto y continuar con mi camino.
Estaba nuevamente cerca de volver a la porra. La ilusión me invade. Es quizá uno de los momentos más esperados en el año. Es todo un privilegio que disfruto al máximo. Ya los veo, llego a ellos, me lanzo a sus brazos. No me importa nada, sólo llevarme su cariño, sentirme abrazada y energetizada por sus besos. ¡Es lo máximo!
Ahora sí, no habrá porras de conocidos por 25 kilómetros. Toca armarme de valor y tener buenas conversaciones con Cerebro.
Normalmente me tocaba ver a los punteros a la altura del Ángel de la Independencia. En esta ocasión me tocó pasar más tarde. Pude ver a las mujeres, pero los hombres ya habían pasado.
Polanco pasó sin novedad. Saliendo hacia Reforma y después de pasar el Auditorio me empecé a sentir cansada y con ganas de ir al baño. Había cruzado la marca del medio maratón. Decidí entonces tomármela con calma. A la entrada de Chapultepec pasé al baño. Lo hice con calma. No quería experimentar pensamientos negativos ni derrotistas, no quería sentir dolor físico ni mental. Necesitaba re-enfocar mi energía y mi concentración. Chapultepec siempre me ha sido difícil, así que debía tomarlo con calma. Logré salir sin mayor contratiempo. Ya iban más de 26 km. Comenzaba la parte más difícil y desmoralizadora. La gente que empieza a caminar y a abandonar hace que la motivación se venga al suelo, hace que uno se cuestione todo.
Siempre he pensado que es mucho más difícil mentalmente salir con el último bloque que con el primero. Salir con el primer bloque implica ver menos personas enfrentando batallas campales consigo mismos, menos personas sufriendo fuertes calambres o abandonando la carrera, inclusive, es menos probable que le toque ver a un desfallecido fatal. En el último bloque se ve todo eso y más. La lucha mental no es sólo con los demonios propios y el cansancio y dolor que uno experimenta, es contagiarse de todo eso a tu alrededor. Para el kilómetro 26 hay muy poca gente que mantiene un paso constante. Uno que otro van ajenos a estas luchas, concentrados en su carrera y logran contagiar un poco de ese espíritu. Pero es difícil encontrarlos. Esta experiencia me ha hecho entender a los estudiantes rezagados. Es muchísimo más difícil que ir con los punteros.
En fin, en Reforma, hacia Insurgentes, empecé a colapsarme. No iba a aceptar el abandono y no estaba dispuesta a lastimarme. Tocó reinventar la estrategia. Mi trote era demasiado lento. Parecía que caminaba más rápido. Me plantee un recorrido de carrera-caminata con tiempos cronometrados hasta que lograra recuperarme. Corría 2 minutos, caminaba 1 minuto. Los dos minutos de carrera los hacía a una velocidad más rápida de lo que lo venía haciendo. Esta estrategia me permitió mantener una velocidad de 8.5 min/km.
Así llegué a la Condesa. Este año extrañé a Alinne y a sus papás. Sentía sus porras desde Puerto Ángel y Cuernavaca. Pero ya me urgía salir de la Condesa para poder encontrarme con Aline Concha, que estaba de visita desde Barcelona y me había dicho que intentaría estar ahí. ¡Y sí! ¡Ahí estaba! Echando porras a todo pulmón. Fue buenísimo y re-energetizante. Me dio batería para aumentar los lapsos de carrera, aunque seguí incluyendo un minuto de caminata.
Con ese empujoncito llegué al Parque Hundido. Estaban ahí esperándome para la porra Mateo y Jesse. Corrieron un rato a mi lado. Mateo muy propio y muy serio, aunque emocionado. La gente nos echaba muchas porras, supongo que parecía la mamá de Mateo. Fue otro buen empujoncito, y lo mejor, Jesse me dijo que Aidé y Jimena me estaban esperando por La Paz para correr conmigo los últimos kilómetros. Eso me lleno la pila. Fue una carga rápida de emoción.
Llegando a La Paz, ahí estaban Aidé y Jimena, vestidas para la ocasión y listas para trotar a mi lado. Con la energía y vitalidad que caracteriza a Aidé, y parece haber heredado Jimena, no pararon de echarme porras el resto del camino. Saltaban a mi lado, me contagiaban de su entusiasmo. Me sentía afortunada de tenerlas a mi lado y de sentir su cariño. Así es fácil llegar a cualquier meta.
No era seguro que Aidé y Jimena pudieran entrar al Estadio conmigo, pues no siempre dejan. Pero supongo que como ya éramos de los últimos, se había relajado el asunto. Pudieron entrar conmigo, así que sus porras en el túnel de entrada, en esa subida espantosa y hermosa a la vez, lograban inyectarme aún más energía. El túnel estaba especialmente adornado con las letras de M E X I C O y sus colores. Se veía la luz al final del túnel. Se veía el interior del Estadio. Podía visualizar mi llegada a la meta.
Al salir del túnel, mi atención estaba dividida: correr lo más rápido que me permitiera mi cuerpo para cruzar la meta y encontrar a mi madre y hermano. Logré ambos. Logré ver a Yolanda y Nahúm en el público, saludarlos a la distancia y hacerle señas de que lo estaba logrando, de que lo había logrado. En la meta también estaba Miguel, mi estudiante y compañero de cierres de maratones, con su pareja. Me dio mucho gusto que fuera partícipe de este cierre en particular.
El cruce por la meta fue con Jimena y Aidé. Ellas celebrando y llenándome de porras. Yo agradeciéndoles en silencio y disfrutando de un cierre más. Sintiendo la cosquillita de querer seguir en esto, pero a la vez permitiéndome cerrar un ciclo. Lo había logrado. No era una sola meta, no era una meta más, era haber logrado concluir con un ciclo de seis maratones continuos (más el primero que corrí, en total fueron 7 seguidos).
Después de la hidratación, recoger la medalla y encontrarme con toda la porra, viene el regreso a casa. Ese regreso que implica un kilómetro más de caminata mientras platica uno con la porra, identifica las dolencias y digiere sus pensamientos y sentimientos. Tocó platicar con Jimena sobre la prepa, pues tenía unos días de haber iniciado esa nueva etapa en su vida. Tocó digerir lo que se siente cuando se cierran ciclos: satisfacción y nostalgia. Tocó aceptar que el cuerpo no estaba listo para otro trajín como el de 2017-2018 y que lo había tratado bastante mal en muchos aspectos. Llegamos al auto, Miguel y su pareja se despidieron. Nosotros seguimos hasta dejar a Aidé y Jimena donde Jesse y Mateo pasarían por ellas. Nahúm, mi mamá y yo seguimos al Tok's, ahí haría mi recarga de alimentos. Ya eran las 3:00 pm. Mi cuerpo se había alimentados en esas 9 horas de gomitas de glucosa y pedazos de naranja. Era hora de recibir una buena dosis de carbohidratos y proteínas para recuperarme.
Todo empezó como un reto: demostrar(me) que podía correr un maratón. El asunto fue que tras cruzar la primera meta, a pesar de haber sufrido mucho, sólo pensaba en correr el segundo. El segundo trajo amarrados otros cinco, pues me subí a la estrategia de mercadotecnia que hubo a su alrededor. Una vez que tuve en mis manos la medalla con la M, quería toda la colección y completar MEXICO. ¡Cómo no quererla! Es mi gran amor, es por lo que hago lo que hago, es por lo que doy cuerpo, alma y corazón. Tener su nombre en esa colección de medallas tendría un significado doble para mí: haber logrado un reto que jamás imaginé y ver su nombre materializado en satisfacción personal.
Como todo reto, hoy parece más fácil de lo que fue. Pero toca reconocer todo lo que implicó. No sólo de mi parte, sino también de la gente a mi alrededor, sobre todo de Raúl. El maratón no es cosa de unas horas, es mucho tiempo, son hábitos, acciones, decisiones, … Por varios meses la rutina familiar se modifica para acomodar las carreras largas. Para alguien que corre rápido esto puede implicar una a tres horas, para alguien que corre lento, esto va de 3 a 5 horas en domingo, más las horas de entrenamiento entre semana. Implica orden en la alimentación y complica las salidas a comer fuera, las reuniones con familia o amigos. En mi caso, Raúl es el que hace el mandado y cocina, por lo que le toca estar pendiente de los detalles. La parte mental es tremenda. No sólo del kilómetro 25 al 42, sino en toda la etapa de entrenamiento. Días en los que no quiere uno moverse y que toca luchar contra esos mementos que te chupan la energía. Días en que te abruma la frustración porque te duele la rodilla, el tendón, o el pie. Días en que por más que quieres ir rápido pareces tortuga porque tus pensamientos están saturados con preocupaciones que no tienen nada que ver con tu carrera pero que igual no te dejan correr en paz. Días en los que la tristeza y la melancolía se imponen y no permiten la liberación y el flujo óptimo de la oxitocina. Días en los que el cansancio te dice que no te levantes, que no salgas, que no corras. Y así, toca vencerte pues tienes un objetivo y no lo lograrás si no te sobrepones. Toca tenerte paciencia, toca conocerte, saberte engañar para que cuando te des cuenta, estés corriendo y nada te pueda parar. Toca aprender a vencer el autosabotaje, la autolástima, la autodestrucción. Toca apapacharte, pero sin permitir que te caigas. Toca a veces darte una tregua, pero nunca claudicar.
Entonces, he logrado un maratón que se convirtió en siete. He logrado coleccionar mis medallas que dicen MEXICO. Y ahora, ¿qué sigue? No lo sé. No se si vendrán más maratones. Sé que vendrán muchos medios maratones más. Maratones completos no lo sé. No quiero prometerlo, no quiero negarlo. Sólo quiero que cuando llegue el momento, si es, lo disfrute, si no lo es, lo acepte.
GRACIAS por acompañarme en esta aventura. Gracias por leerme estos seis (siete) maratones. Gracias por tus porras y sobre todo, gracias por hacerme sentir querida. Esa energía es más efectiva que cualquier gomita de glucosa. Esa energía me la puedo quedar de por vida y llevarla conmigo en mis próximas metas.
GRACIAS Y ¡HASTA LA PRÓXIMA!