Ya olía a CU. Nos acercábamos a territorio Puma. En eso se para la música. ¿Qué pasó? ¡Plop! Se me olvidó prender la batería extra del celular. El celular había muerto. Prendo la batería, habrá que esperar un rato a que se recargue. Llegamos a Av. de la Paz. La subida se deja sentir. Tengo que caminar nuevamente. El flexor y la rodilla me lo piden a gritos. Raymundo no para las porras. Sólo son un par de kilómetros más. Trato de apretar el paso aunque sea caminando. Quiero correr pero siento la molestia en la rodilla, mejor terminar con rodilla que sin ella. Camino más rápido. Falta poco, falta poco, es lo que me repito una y otra vez. Eso sí, la sonrisa no la pierdo. Con todo el dolor que traigo por todos lados y lo enojada que estoy conmigo misma por haber caminado, no puedo esconder que lo estoy disfrutando. Son heridas de la guerra, son marcas que llevaré para marcar un éxito más. Quizá no el éxito como a mí me hubiera gustado, pero al final, habré logrado el objetivo: terminar el maratón por tercera vez.
Cruzo Eje 10, ahora sí es "planito", bueno, no tanto pero no tan de subida como los últimos metros. Retomo el trote. Ahora sí, no se vale caminar hasta la meta. ¡Puff! Avanzamos, seguimos, la gente sigue con las porras, te dicen que ya llegaste, que estás a unos pasos, que no falta nada. Smartphonito regresó a la vida. Retomo el Runtastic y la música. Alcanzo a escuchar "¡Vamos doctora!" Es una estudiante de mi grupo de Mecánica del Medio Continuo. Eso me recarga la batería y el orgullo. Tengo que terminar corriendo, no puedo volver a caminar. Ya falta poco.
Dejamos Insurgentes. Recuerdo que todavía falta mucho, casi un kilómetro más. Me concentro más. La mente empieza, finalmente, a dominar al cuerpo. Todo me duele pero el sentimiento de poder, de vencer las adversidades, de logro, de ver cerca la meta se vuelcan sobre todo mi ser. Ya no duele tanto. No puedo apretar el paso como me lo pide la mente y el cuerpo mismo, pero ya no pienso en caminar, sólo pienso en terminar. Visualizo la meta, está cerca.
Entramos al túnel de Tecel, son mariposas monarcas. Debe ser una señal. Es mi tatuaje, es mi símbolo de superación personal. Es mi símbolo de regreso a casa. Es mi símbolo de volar sin mirar atrás. Es una señal. Puedo continuar, puedo volar, soy invencible.
Salimos del túnel. ¡Sorpresa! Están Miguel y Jorge. Los X-Men están aquí. Jorge se mete en un huequito entre las vallas para correr a nuestro lado, me felicita, me echa porras. Miguel desde afuera también lo hace. Jorge sigue y está decidido a entrar al estadio con nosotros. Miguel le pide permiso a uno de los que estaban cuidando y entra, también corre a nuestro lado.
La entrada al estadio se vuelve en una entrada de triunfo. En la subida Jorge me empuja, "¡vamos doctora!, ya casi llega". Entro al tartán llena de alegría y acompañada de una escolta espectacular: mis tres niños, ¡los adoro! Nos divertimos los cuatro. No puedo decirles nada, sólo hacerles señas de satisfacción. Les pido sus manos, quiero que entremos como el equipo que hemos formado.
Cruzamos la meta.
Ya no duele nada. Ya no siento nada.
Me invade nuevamente el sentimiento de triunfo, de haberlo logrado. Llego con muchas marcas de guerra, pero he llegado. El aprendizaje fue enorme. El reto mental fue más fuerte que los otros dos anteriores. Nuevamente tuve puntos en los que la pregunta de - ¿qué haces aquí? - tuvo que ser respondida, que tuvo que imponerse el deseo de lograr el objetivo trazado, de concluir con lo propuesto, de sobreponerse a la adversidad. Aun con todos estos sentimientos no dejo de tener un sentimiento de derrota y impotencia. No puedo sobreponerme al hecho de haber caminado. Parece que tengo buenas razones para haberlo hecho, pero la decisión me sigue torturando. Por más que pienso que fue por mi propio bien y por continuar corriendo, el no haber dado más allá del 100% y llegar arrastrándome, me hace sentir el que no dejé cuerpo y alma. Claro, por la noche, durante toda esta semana tomo la medicina que tengo que tomar para desinflamar la rodilla y pienso que pudo ser más que una pastilla y un poco de descanso. Todavía puedo correr. Así que me reenfoco en sentimiento de logro.
Pensar que odiaba correr, pensar que llegó un momento en mi vida que no caminaba siquiera. Hoy soy maratonista.