1. Decisión
El maratón no empieza en la línea de salida, empieza desde el momento en el que decide uno correrlo. En el maratón anterior me sentí terrible, estuve a nada de abandonarlo. Mentalmente fue muy demandante y la experiencia no fue nada buena. Al cruzar esa meta me sentía muy satisfecha conmigo misma, pero no tenía ni las mínimas ganas de volverlo a hacer; tan sólo quería meterme a mi cama y no volver a salir de ahí. Por primera vez, no quería hacerlo de nuevo. Unos pasos en la pista de tartán hicieron que cambiara de parecer. ¿Por qué? Porque estoy convencida que uno no debe abandonar cuando se siente o le ha ido mal. De hacerlo, corre uno el riesgo de dejar en su memoria ese mal sabor y no todo lo bueno que ha sido. También dejaría de demostrarme que soy capaz de levantarme ante la adversidad, de tomar los retos hasta el final (todavía faltaban dos letras más) ... Así que antes de salir del estadio decidí regresar al año siguiente.
La decisión implica mucho, no sólo es quererlo, no sólo es pensarlo, hay que hacerlo realidad con dedicación, trabajo, compromiso, ... y toda una serie de cosas que a veces cuestan más de lo que parece. Pero si uno toma una decisión, hay que llevarla a cabo. Cualquier cosa intermedia, no podemos llamarla decisión. Y bueno, la decisión la había tomado desde hace años, cuando decidí que iría por M E X I C O. Entonces, no podía quedarme a medias.
Con titubeos hice mi registro nuevamente tan pronto se abrieron en línea. ¡A trabajarle pues!
Empecé el año con carreras ligeras, pero con cinco medios maratones programados. Me sentía temerosa e insegura. El primero fue el de la Secretaría de Salud el 13 de noviembre. Me fue bien, pero no me sentía tan a gusto. Después de eso, como siempre, el fin de año me cuesta más trabajo mantener el ritmo. A partir de noviembre dejé el gimnasio. La razón, una nueva integrante de la familia, que requería de mi tiempo. Así que dejé el gimnasio para poder correr con mis peques y hacer el ejercicio en casa, de tal manera que pasara más tiempo con la pequeña Kate y con Frijolita.
Me registré a la carrera San Silvestre, más obligada por ir con mi tía Coco que motivada. El día anterior, no quería ni ir por los paquetes, cruzaba los dedos para que Coco me dijera que no quería ir, para yo poder decir que estaba bien, que no era necesaria y que no fuéramos. Parece que ella tampoco estaba muy motivada y fue porque tenía el compromiso conmigo. Así llegamos las dos a la línea de salida, con cero motivación por hacerlo. Pero paso a paso las cosas fueron cambiando. La gente, la adrenalina, el ver la meta, el cruzarla nuevamente, ... nos motivó y nos inspiró a iniciar el 2017 con las metas puestas.Me registré a la carrera San Silvestre, más obligada por ir con mi tía @Irma (Coco) que motivada.
El 2017 inició bien, aunque lento. Eso de hacer ejercicio en casa y sin entrenador requiere de más compromiso y autodisciplina. Por si fuera poco, Kate se enfermó y tocó modificar más las rutinas. Mantuve un entrenamiento moderado, pero intentando ser constante. Llegó el siguiente medio maratón de la temporada: Rock & Roll Ciudad de México. Nuevamente llegué insegura, miedosa, y mal preparada mentalmente. Llevaba dos experiencias, la primera fue muy pesada por tener la rodilla lastimada. En la segunda pude sólo hacer la carrera de 11 km por llegar enferma y todavía recuperándome de las diversas abolladuras en mi lindo cuerpecito. Ésta era la tercera y no sabía cómo iba a responder mi cuerpo con el cambio de rutinas, el auto-entrenamiento, la falta de aparatos y de apoyo técnico, etc.
Llegó el día de recoger paquete y todavía me preguntaba si sería mejor cambiar mi inscripción nuevamente a sólo 11 km. Sin pensarlo mucho, recogí mi número y dejé que llegara el día. Ya de camino a la carrera me empezó a doler la cabeza, me temí un ataque de migraña. En realidad era mi conflicto interno. Fue mucha la duda, pero al final me posicioné en mi corral respectivo para correr 21 km. ¿Por qué? Porque 11 km los hago cualquier domingo. No implican ningún reto. Llego sin problema ni mayor esfuerzo. Ya 15 ó 17 están en el límite de lo cotidiano al esfuerzo. Pero si logro hacer 17, pues es un pelo de rana calva para terminar los 21. Ya en el segundo piso de Periférico tuve una batalla campal con Xyoli. Se estaba dejando influenciar por el entorno de cansancio, de derrota, de no querer estar ahí. Tuvo que buscar corredores en el horizonte que todavía tuvieran pila para contagiarse de ella. Y así, terminé los 21 con mucho auto-aprendizaje y auto-conocimiento. Eso me inyectó algo de confianza y me regresó seguridad. Pero un maratón no es medio por 2.
Seguí entrenando, el siguiente medio fue el de ESPN el 30 de abril. Aquí la historia fue completamente diferente. La ruta fue muy noble, casi plana. Eso me ayudó bastante, porque me sentí fuerte y segura en la carrera. Aunque como en todo, cuando logras algo, y te das cuenta que tuvo muchas facilidades, después de un momento de seguridad, la pierdes nuevamente por completo, te cuestionas tu preparación y casi todo tu ser. ¿Será que pude porque no había cuestas? ¿Será que pude porque la ruta fue fácil? ¿Cómo saber si estás lista para la subida continua de Insurgentes?
Además, mis entrenamientos largos en fin de semana dejaron de ser en CU. Desde que Kate enfermó, dejamos de ir a CU. Eso también coincidió que empezaron a cerrar más estacionamientos y los circuitos y campitos cada vez estaban más solos e inseguros. Punto aparte: Yo no entiendo las medidas de seguridad en CU, mas bien parece que están asegurando las zonas para los maleantes, para que nadie los interrumpa. Regresando a los entrenamientos largos, la ruta es completamente plana. Runtastic dice que tiene 2 metrotes de elevación, así que claramente no estaba entrenando cuestas. Resultado: La seguridad y confianza en mí misma y mi entrenamiento se vinieron nuevamente al suelo.
Después de ese momento de auto complacencia y caída automática de la confianza en mí misma, vino el momento de sensatez, de una introspectiva y autocuestionamiento. Los porqués y para qué son preguntas fundamentales en mi caminar, y correr, por esta vida. Las respuestas llegaron pronto: salud, satisfacción personal, autoreto, inclusive felicidad. Entonces dimos por iniciado el plan de entrenamiento específico, no para el medio maratón siguiente, sino para el maratón. Si bien quedamos que la preparación para el maratón empieza en el momento en el que se decide correrlo, el entrenamiento físico específico se empieza cuatro meses antes, al menos. El medio maratón del Día del padre no sería una meta, por primera vez lo vería como un entrenamiento.
Trabajé entonces en mejorar mis rutinas de fuerza, correr poco entre semana y cargar los domingos, aunque no tanto para no excederme. Las carreras largas fueron divididas en dos, la primera mitad con Kate, la segunda con Frijolita. Las tres aprendimos a optimizar los tiempos de intercambio de coach.
Llegó el día. El cómo iban a responder las piernas en la subida me aterraba. Cada año parecía que esa subida eterna de Periférico me costaba más trabajo. Quería que mi tiempo no fuera tan terrible pero no pensaba que fuera a mejorarlo. Unos pocos días antes, me encontré que si bien para calcular el tiempo que hará uno en algunos medios maratones toca multiplicar por 2.1 el tiempo que trae uno en 10 km. Sin embargo, para este medio en particular, toca multiplicar por 2.3. Lo hice y me salieron 2 horas con 33 minutos. Así que ese iba ser mi objetivo. Además de la parte sentimental que involucra ese medio maratón, me regresó la confianza. Por primera vez la subida no fue aterradora, de hecho no la sufrí. Parecía que la falta de cuestas en las corridas largas de los domingos se estaba compensando adecuadamente con las rutinas de fuerza. Mi tiempo fueron 2 horas 36 minutos. Tres minutos de diferencia con lo previsto, con lo cual me sentí mejor y lista para el cierre del entrenamiento.
Sabía que no iba a poder hacer el siguiente medio maratón planeado por un viaje. Mi entrenamiento de carrera larga tendría que ser durante ese viaje. La experiencia fue espectacular, pues tocó correr en Nara, Japón, al lado de Luis Antonio. Sin duda los lugares se ven diferentes si se corren. De ahí, todo fue de bajada y tratando de conservar la mente positiva.
Este texto lo estoy escribiendo casi un año después. Normalmente escribo este relato en las semanas posteriores al Maratón. Sin embargo, tuve que dejar el relato de lado ante los sismos que se dieron en septiembre de 2017. Hoy intento recobrar esos recuerdos como preparación para el día O. Así que aquí va.
La salida sería en el Zócalo. Acordé encontrarme con Dora Carreón en el corral de salida. Como siempre, el día anterior hice mi ritual de comida, hidratación, preparación de indumentaria, etc. Por la mañana, Frijolita, Kate y Raúl me llevaron hasta donde el acceso vehicular lo permitió. De ahí caminé hacia los corrales sobre 20 de noviembre. Lo primero era encontrar los baños. Las filas eran largas y yo tengo que pasar al menos dos veces antes de entrar al corral. La primera vez fue rápido, pero para la segunda fue tardado. Tanto que Dora y Mariano ya se habían metido al corral y no me fue posible coincidir con ellos.
Arrancamos. El plan era ver a la porra mayor (Yolanda y Nahúm) en Hidalgo y luego en el otro sentido, igual en Hidalgo. Son mis mejores momentos. Nahúm estaba sentadito en el parabús y Yolanda echando porras con todos los espectadores, incluso reconociendo a otros corredores amigos. Tres kilómetros después los volví a ver del otro lado de Reforma. Tocó recoger toda la buena vibra posible, pues ya no los vería más sino hasta la meta.
La ruta ya me es conocida. Eso es bueno y malo. Bueno, porque sabes qué esperar en cada momento, y malo porque tu cuerpo recuerda las partes que no le han gustado e inmediatamente las reclama.
Reforma y Polanco estuvieron sin novedad. En Reforma pasé justo por Insurgentes cuando los punteros estaban dando la vuelta. Es decir, yo llevaba apenas unos 7-8 km, y ellos ya llevaban unos 22 km. En una hora más ellos estarían llegando al Estadio Olímpico, yo no llegaría otras 5 horas después.
Chapultepec siempre me es difícil, pero ahora se convirtió en mi parada obligada al baño, por fortuna había tomado las precauciones necesarias y llevaba monedas para poder pasar a los baños de paga. Esa estrategia fue muy buena, pues no tuve que desviarme más de 20 metros de la ruta y no tuve que hacer fila. Lo que sí es terrible es que las piernas tienen que cambiar de ritmo y hacer una sentadilla sostenida por un par de minutos, para luego recuperar el caminar y el ritmo de carrera. No, no les gusta nada.
Si bien me fue pesada la zona de La Condesa, no fue como el año anterior, ahora lo estaba disfrutando. Ver a los papás de Alinne me dio tanto gusto que corrí a abrazarlos. No importaba el tiempo, importaba disfrutarlo.
Estaba muy cansada a mi llegada a Insurgentes, pero mentalmente esta vez estaba fuerte. Inclusive, mi hombro no me estaba “haciendo sentir que la Virgen que me hablaba”. Caminé en algunos momentos. No sabía si era el cansancio, los dolores, el miedo de lastimarme si me forzaba, o qué, pero sentía la necesidad de caminar y decidí permitírmelo por algunos momentos. No me torturaría ni me apabullaría con auto reclamos, ni con obsesiones. Simplemente disfrutaría de mi entorno, de la gente, del camino, del sol que ya pegaba con todo, de cada paso aunque me doliera.
La ilusión de ver a Aidé y familia me hacen tomar fuerza y retomar el paso. Así fue nuevamente en esta ocasión. Fue recargar la batería para los últimos 5 km. Con la mente en positivo, disfruté de esos últimos kilómetros. Disfruté la entrada al estadio como la primera vez. Disfruté el cruce por la meta nuevamente. Sintiéndome renovada, fortalecida e invencible. Una vez más lo había logrado. No habría obstáculo que se pudiera poner enfrente y que no pudiera vencer. Ni yo misma. Había vencido al peor de mis demonios: mis miedos, mi inseguridad, mi capacidad de autosabotaje.
¡Ahora vamos por la O! ¡Vamos a cerrar un ciclo!